Walter M. Miller Jr. Cántico a San Leibowitz

Primera Parte Fiat Homo

1

El hermano Francis Gerard, de Utah, tal vez no hubiera descubierto los sagrados documentos de no haber sido por el peregrino de los lomos ceñidos que apareció durante el ayuno cuaresmal del joven novicio en el desierto.

El hermano Francis nunca antes había visto a un peregrino con los lomos ceñidos, pero se convenció de que se trataba de un ser real tan pronto como se hubo recobrado del escalofrío que recorrió su cuerpo ante la aparición del peregrino en el lejano horizonte; parecido a una iota serpenteante y negra en la trémula neblina del calor. Sin piernas, pero sosteniendo una cabeza pequeña, la iota se materializó a través del espejo de la neblina en la maltratada carretera; pareció deslizarse, más que caminar, hasta llegar a distinguirse, y obligó a que el hermano Francis se aferrase al crucifijo de su rosario y murmurase un par de avemarías. La iota semejaba una diminuta aparición engendrada por los demonios del calor que torturaban la tierra al mediodía, cuando toda criatura capaz de moverse en el desierto (a excepción de los buitres y algunos monjes eremitas como Francis) se quedaba quieta en su madriguera o detrás de una roca, protegiéndose de la ferocidad del sol. Sólo algo monstruoso, preternatural o con el ingenio atrofiado caminaría voluntariamente por la carretera al mediodía.

El hermano Francis añadió una apresurada plegaria a san Raúl el Ciclópeo, patrono de los deformes, para protegerse de sus infelices protegidos. (¿Quién no sabía que en aquellos días había monstruos en la tierra? ¿Que lo que nacía vivo, por la ley de la Iglesia y de la naturaleza, estaba condenado a vivir y que, de ser posible, quienes lo habían engendrado tenían que ayudarlo a desarrollarse? La ley, aunque no siempre obedecida, lo era con la suficiente frecuencia como para mantener una extendida multitud de monstruos adultos, los cuales escogían a menudo las más remotas de las tierras desiertas para sus vagabundeos y rondas nocturnas cerca de los viajeros de la pradera.) Pero finalmente la iota emergió al aire claro retorciéndose entre nubes de vapor y allí se reveló como un lejano peregrino. El hermano Francis soltó el crucifijo con un tenue amén.

El peregrino era un viejo zanquilargo que se apoyaba en un báculo; llevaba un sombrero de paja, una barba hirsuta y un odre que se balanceaba colgado del hombro. Masticaba y escupía con demasiado placer para ser un espectro y aparentaba ser muy frágil y estar derrengado para poder practicar con éxito el ogrismo o el bandolerismo. A pesar de todo, Francis se apartó silenciosamente del campo de visión del peregrino y se acurrucó detrás de un montón de piedras sin labrar, desde donde podía mirar sin ser visto. En el desierto, los encuentros con extraños, aunque raros, eran ocasión de mutua sospecha y se subrayaban con preparaciones iniciales por ambas partes por si se daba el caso de un incidente, que tanto podría resultar cordial como bélico.

En muy pocas ocasiones, no más de dos o tres veces al año, algún seglar o extraño recorría el viejo camino que pasaba ante la abadía, a pesar de que el oasis que permitía la existencia de ésta habría hecho del monasterio una posada natural para los caminantes; pero se daba la circunstancia de que, dadas las costumbres de la época para viajar, aquella carretera no venía de ninguna parte y no conducía a ningún sitio. Tal vez en épocas pretéritas había formado parte de la ruta más corta entre el lago Great Salt y el viejo El Paso; al sur de la abadía cruzaba otra cinta similar de piedra fragmentada, que se extendía de este a oeste. El cruce estaba erosionado por el tiempo; el hombre no había tenido últimamente nada que ver con ello.

El peregrino estaba ya al alcance de la voz, pero el novicio permaneció oculto detrás del montón de piedras. El hombre llevaba los lomos verdaderamente ceñidos por un pedazo de sucia arpillera; su única vestimenta, además del sombrero y las sandalias. Avanzaba obstinada y penosamente con una cojera mecánica ayudando su pierna tullida con el báculo. Sus pasos rítmicos eran los del hombre que ha hecho un largo recorrido y tiene un largo camino que cubrir. Pero al penetrar en la zona de las viejas ruinas, interrumpió su marcha y se detuvo para orientarse.

Francis se encogió aún más.

No habla ninguna sombra entre el racimo de montículos donde antiguamente se asentó un grupo de edificios; sin embargo, algunas de las piedras más grandes podían proporcionar sensaciones refrescantes a partes selectas de la anatomía de los viajeros acostumbrados a vivir en el desierto, entre los que el peregrino pronto demostró que se contaba. Buscó brevemente una roca del tamaño deseado. Aprobadoramente, el hermano Francis vio que no se aferraba a la piedra y la arrancaba de modo imprudente, sino que, al contrario, se quedaba a cierta distancia de la misma y, con el báculo como palanca y una pequeña piedra como puntal, la levantó hasta que la inevitable criatura reptante salió embistiendo de frente. Fríamente, el viajero mató con su báculo a la serpiente y de un golpe apartó el cuerpo todavía palpitante. Después de haber despachado a la ocupante del agradable hueco de debajo de la piedra, el peregrino se posesionó del refrescante techo del hueco por el método usual de dar vuelta a la piedra. Hecho esto, levantó la parte de atrás de su taparrabo y apoyó su marchito trasero contra la relativamente fresca parte interior de la piedra; se quitó las sandalias con un solo movimiento y presionó las plantas de sus pies contra lo que había sido el suelo arenoso del hueco refrigerante. Así acomodado, movió los dedos de los pies, sonrió haciendo evidente que carecía de dientes y empezó a canturrear una tonada. Pronto estuvo cantando, con verdadero sentimiento, un curioso canto en una lengua desconocida para el novicio. Cansado de su posición, el hermano Francis se removió inquieto.

El peregrino, mientras cantaba, sacó un panecillo y un trozo de queso; interrumpió su canto y se levantó para murmurar suavemente en la lengua de la región, con una especie de deje nasal:

— Bendito seas, Adonái Elohim, Rey de Todos, que hiciste que el sustento saliese de la tierra.

Terminada la oración, se sentó de nuevo y empezó a comer.

Realmente el caminante venía de lejos, pensó el hermano Francis, el cual no sabía de ningún reino vecino gobernado por un monarca con un nombre tan poco familiar y con tales extrañas pretensiones. Aventuró que el viejo hacía una peregrinación de penitencia — quizás a la capilla de la abadía, aunque no fuese de modo oficial una capilla ni el santo fuese aún oficialmente un santo —. Al novicio no se le ocurría otra explicación de la presencia de un viejo caminante en este camino que no iba a ningún sitio.

El peregrino se tomaba su tiempo en comer el pan y el queso; y a medida que la ansiedad del novicio se desvanecía, su incomodidad aumentaba. La regla del silencio para los días de la vigilia de cuaresma no le permitía conversar voluntariamente con el viejo; pero debido a que se le había prohibido abandonar los alrededores de la ermita antes del final de la cuaresma, estaba seguro de que si salía de su escondite antes de que el hombre se marchase éste lo vería u oiría.

Aunque ligeramente vacilante, el hermano Francis se aclaró ruidosamente la garganta y se levantó.

El pan y el queso del peregrino volaron por el aire. El viejo agarró su báculo y se levantó de un salto.

— ¡Trata de acercarte y verás!

Agitó amenazadoramente su báculo hacia la figura encapuchada que se había alzado detrás del montón de piedras. El hermano Francis observó que el grueso final del bastón estaba armado con una punta de hierro. El novicio se inclinó cortésmente tres veces, pero el peregrino ignoró aquella cortesía.

— ¡Quédate donde estás! — chilló —. No te acerques, mutante. No tengo nada de lo que buscas… a menos que sea el queso, y éste puedes quedártelo. Si lo que quieres es carne, soy sólo cartílagos, pero lucharé para conservarlos. ¡Atrás! ¡Atrás!

— Espera… — El novicio hizo una pausa. Cuando las circunstancias exigían la palabra, la caridad y hasta la natural cortesía, podían tener prioridad sobre la regla cuaresmal del silencio; pero hacerlo por su propio impulso lo ponía siempre ligeramente nervioso —. No soy ningún mutante, buen hombre — prosiguió con términos educados. Echó hacia atrás la capucha para mostrar su corte de pelo monástico y le enseñó las cuentas de su rosario —. ¿Comprende su significado?

Durante unos segundos el viejo permaneció al acecho, en actitud beligerante, mientras estudiaba la adolescente cara del novicio cubierta de granos. Su error había sido natural. Las criaturas monstruosas que merodeaban por los límites del desierto llevaban a menudo capuchas, máscaras o hábitos holgados para ocultar sus deformidades. Había algunos cuyas imperfecciones no se limitaban a las del cuerpo, y eran quienes a veces buscaban en los viajeros una fuente segura de carne de venado.

Después de su breve escrutinio, el peregrino se enderezó.

— Ah… uno de ellos. — Se apoyó en su báculo y lo miró ceñudo —. ¿Es la abadía de Leibowitz lo que se ve allí? — preguntó señalando en dirección al sur, hacia el distante grupo de edificios.

El hermano Francis se inclinó educadamente hacia el suelo y asintió.

— ¿Qué haces aquí en las ruinas?

El novicio cogió un pedazo de piedra caliza. Que el viajero supiese leer era estadísticamente improbable, pero decidió probar suerte. Ya que los dialectos vulgares empleados por el populacho no tenían ni alfabeto ni ortografía, escribió en latín: «Penitencia, Soledad y Silencio» sobre una gran piedra plana y las repitió debajo en inglés antiguo. Esperaba, a pesar de su no declarado deseo de tener alguien con quien hablar, que el viejo comprendería y le dejaría en su solitaria vigilia de cuaresma.

El peregrino sonrió burlonamente ante la inscripción. Su risa pareció una mueca fatalista más que otra cosa.

— ¡Vaya, escribiendo aún cosas periclitadas! — dijo, aunque sin condescender a admitir que había comprendido la inscripción.

Dejó su báculo a un lado, se sentó de nuevo en la roca, recogió su pan y su queso de la arena y empezó a limpiarlos.

Francis se humedeció los labios ansiosamente, pero apartó la mirada. Desde el Miércoles de Ceniza sólo había comido frutos de cactos y un puñado de maíz tostado. Las reglas del ayuno y la abstinencia eran muy rígidas en las vigilias vocacionales.

Viendo su turbación, el peregrino partió en dos su pan y su queso y le ofreció una parte al hermano Francis.

A pesar de la deshidratación producida por el insuficiente abastecimiento de agua, la boca del novicio se llenó de saliva. Sus ojos se negaron a apartarse de la mano que le tendía la comida. El universo se contrajo y en su exacto centro geométrico flotó el arenoso bocado de pan oscuro y queso claro. Un demonio dirigió los músculos de su pierna izquierda, los cuales hicieron que su pie avanzase. Después, el demonio se posesionó de su pierna derecha para que colocase el otro pie más adelante que el izquierdo, arreglándoselas, además, para que sus pectorales derechos y bíceps balanceasen su brazo hasta que su mano tocó la mano del peregrino. Sus dedos sintieron la comida y hasta parecieron saborearla. Un estremecimiento involuntario recorrió su cuerpo medio muerto de hambre. Cerró los ojos y vio al padre abad mirándole y blandiendo un látigo. Cada vez que el novicio trataba de imaginar la santísima Trinidad, el rostro de Dios Padre se confundía con la cara del abad, cuyo estado normal, le parecía a Francis, era el del enojo. Detrás del abad ardía furiosamente una fogata, y en medio de las llamas, los ojos del bendito mártir Leibowitz miraban, en la agonía de la muerte, cómo su ayunante protegido era descubierto en el acto de aceptar queso.

El novicio se estremeció de nuevo.

— ¡Apage Satanas! — susurró, echándose hacia atrás y dejando caer la comida. Sin previo aviso, roció al viejo con agua bendita de un pequeño frasco que sacó de su escondite en la manga. Por un momento, el peregrino se había confundido con el demonio, en la mente ligeramente afiebrada del novicio.

El ataque por sorpresa a las Fuerzas de la Oscuridad y la Tentación no produjo resultados sobrenaturales inmediatos; pero el resultado natural pareció surgir ex opere operato. El peregrino — Belcebú no desapareció en una explosión de humo sulfuroso, pero emitió sonidos gorgoteantes, se volvió de un color rojo subido y se abalanzó hacia Francis con un grito aterrador. El novicio se alejó velozmente enredándose con su hábito mientras trataba de escapar de los golpes del báculo con punta de hierro que blandía el peregrino, y si logró escaparse fue porque el viejo había olvidado sus sandalias. La carga renqueante del anciano se convirtió en una serie de piruetas. De pronto sintió las piedras abrasadoras bajo sus plantas desnudas. Se detuvo preocupado. Cuando el hermano Francis miró por encima de su hombro, obtuvo la clara impresión de que la retirada del peregrino a su refugio de frescor iba acompañada de la proeza de avanzar saltando sobre la punta de un gran dedo gordo.

Avergonzado del olor a queso que impregnaba sus dedos y arrepintiéndose de su exorcismo irracional, el novicio se retiró cabizbajo para seguir con sus autoimpuestas ocupaciones entre las viejas ruinas, mientras el peregrino se refrescaba los pies y satisfacía su cólera lanzando alguna piedra ocasional contra el joven cada vez que éste aparecía a su vista, entre los montones de pedruscos. Cuando su brazo se hubo cansado, lanzó más amenazas que piedras, y tan pronto Francis dejó de escabullirse, se limitó a gruñir sobre su pan y queso.

El novicio iba de un lado para el otro por entre las ruinas, tambaleándose ocasionalmente hacia algún punto focal de su trabajo, con una piedra del tamaño de su propio pecho cerrada en un penoso abrazo. El peregrino le observaba seleccionar una piedra, estimar sus dimensiones en palmos, rechazarla y seleccionar cuidadosamente otra, liberarla con dificultad de entre el montón de rocas; levantarla y llevársela a trompicones.

Después de unos pasos, Francis dejó caer la piedra y, sentándose de pronto, apoyó la cabeza sobre las rodillas en un aparente esfuerzo para evitar desmayarse. Respiró profundamente durante un rato y se levantó de nuevo dispuesto a llevarse la piedra haciéndola rodar, lado sobre lado, hacia su destino. Continuó con esta actividad mientras el peregrino, ya sin el aspecto feroz, empezaba a bostezar.

El sol lanzó sus llameantes maldiciones del mediodía sobre la tierra calcinada, soltando su anatema contra todas las cosas húmedas. A pesar del calor, Francis siguió trabajando.

Cuando el viajero hubo terminado con su arenoso pan y queso rociándolos con algunos sorbos de su odre, se calzó las sandalias, se levantó con un gruñido y avanzó cojeando entre las ruinas hacia donde trabajaba el novicio. Al ver acercarse al viejo, el hermano Francis echó a correr hasta alejarse a una distancia prudencial. Burlonamente, el peregrino agitó, en su dirección, su garrote con punta de hierro; pero al parecer estaba más interesado en la obra de albañilería del muchacho que ansioso de venganza. Se detuvo para examinar la madriguera del novicio.

Allí, cerca del borde este de las ruinas, el hermano Francis había cavado una trinchera poco profunda, empleando un bastón como azadón y las manos como pala. El primer día de cuaresma la había cubierto con abrojos y la ocupaba durante la noche como refugio contra los lobos del desierto. Pero a medida que los días de su ayuno aumentaban en número, su presencia acrecentaba su rastro en la vecindad, de tal modo que los lobunos merodeadores nocturnos parecían sentirse excesivamente atraídos por el área de las ruinas e incluso se acercaban a su techo de abrojos cuando el fuego se había consumido.

Francis, al principio, trató de desanimar sus husmeos nocturnos aumentando el grosor de la capa de abrojos y rodeando su trinchera de un anillo de piedras apretadamente colocadas en un surco. Pero la noche anterior, algo, aullando, había saltado sobre su montón de abrojos mientras él temblaba debajo. Debido a ello, determinó fortificar la madriguera, y, con el primer anillo de piedras como base, había empezado a inclinarse una pared. Al crecer, el muro empezó a inclinarse hacia el interior, pero ya que el cerco formaba casi un óvalo, las piedras de cada nueva capa quedaban presionadas por sus vecinas, que evitaban así su caída. El hermano Francis esperaba ahora que, con una cierta habilidad y una selección cuidadosa de piedras falcadas y apisonadas con barro, sería capaz de construir una cúpula. Y un simple arco de abrojos, que en cierto modo desafiaba la gravedad, se sostenía sobre la madriguera como un distintivo de su ambición. El hermano Francis se revolvió como un cachorro cuando el peregrino golpeó, con curiosidad, aquel arco con su báculo.

Preocupado por su morada, el novicio se acercó durante la inspección del peregrino. El hombre contestó a sus quejidos con un molinete de su garrote y un grito horripilante. El hermano Francis se enredó con el borde de su hábito y se sentó. El viejo se echó a reír socarronamente.

— Vas a necesitar una piedra de extraña forma para que se adapte a este agujero — dijo, y golpeó con su báculo los lados del espacio vacío en la capa más alta de piedras.

El muchacho asintió y apartó la mirada. Continuaba sentado en la arena, y, por medio del silencio y la mirada baja, esperaba hacerle comprender al viejo que no era libre de conversar ni aceptar voluntariamente una presencia ajena en su lugar solitario de cuaresma. Empezó a escribir en la arena con un palo: Et ne nos inducas in…

— Aún no me he ofrecido para cambiar estas piedras en panes, ¿verdad? — dijo con enojo el viejo peregrino.

El hermano Francis levantó vivamente la mirada. ¡Así que el viejo sabía leer y conocía, además, las Escrituras! Y aún más; su observación implicaba que comprendía tanto el empleo impulsivo del agua bendita por parte del novicio, como la razón de su presencia en el lugar. Convencido ahora de que el peregrino lo enredaba, bajó de nuevo la mirada y esperó.

— ¿Conque hay que dejarte solo? Bien, entonces será mejor que siga mi camino. Dime, ¿dejarán tus hermanos en la abadía que un viejo repose un poco a su amparo?

El hermano Francis asintió.

— También le darán comida y agua — añadió suavemente en señal de caridad.

El peregrino esbozó una sonrisa.

— Por lo que acabas de decir, antes de irme te buscaré una piedra que se adapte a este agujero. Queda con Dios.

«Pero no tiene…», la protesta murió antes de ser pronunciada. El hermano Francis miró cómo se alejaba lentamente renqueando. El peregrino deambuló de un lado para otro entre los túmulos de piedra. Se detenía de vez en cuando para inspeccionar una roca o para remover otra con su báculo. El novicio se dijo que con seguridad su búsqueda no daría frutos, pues la suya era la repetición de una búsqueda que él mismo había estado haciendo desde media mañana. Había decidido por fin que sería más fácil quitar y volver a construir una parte de la hilera más alta, que encontrar una piedra angular que se pareciese a la forma de reloj de arena del agujero. Seguramente, al peregrino se le acabaría pronto la paciencia y seguiría su camino.

Mientras tanto, el hermano Francis descansó y rezó por recobrar aquel aislamiento interior que el propósito de su vigilia le exigía buscar: su espíritu, como un limpio pergamino, en el que las palabras de una llamada pudiesen ser escritas en su soledad… si aquella otra inconmensurable soledad que era Dios tendía su mano para tocar su propia y deleznable soledad humana y señalar allí su vocación. El libro de oraciones que el prior Cheroki le había prestado el domingo anterior le servía de guía en sus meditaciones. Tenía varios siglos de antigüedad y se llamaba Libellus Leibowitz, aunque sólo una incierta tradición atribuía su paternidad al propio beato.

«Parum equidem te diligebam, Domine, juventute mea; quare doleo nimis… Muy poco, Señor, te amé en mi juventud; por eso me aflijo excesivamente en mi vejez. En vano me alejé de Ti en aquellos días…»

— ¡Eh! ¡Aquí! — le llegó un grito desde detrás de los montones de ruina.

El hermano Francis levantó brevemente la mirada, pero no distinguió al peregrino. Su atención volvió a centrarse en la página.

«Repugnans tibi, ausus sum quarere quidquid doctius mihi fide, certius spe, aut dulcius caritate visum esset. Quis itaque stultior me…»

— ¡Eh! ¡Muchacho! — le llegó de nuevo el grito —. Te he encontrado una piedra, una que probablemente encajará.

Esta vez, cuando el hermano Francis levantó la mirada, pudo ver el báculo del peregrino agitándose desde detrás de la cima de un montón de piedras. Suspirando volvió a su lectura.

«O inscrutabilis Scrutator animarum, cui patet omne cor, si me vocaveras, olim a tefugeram. Si autem nunc velis vocare me indignum…»

E, irritadamente, desde detrás del cúmulo de piedras, dijo el peregrino:

— Está bien, haz lo que te parezca. Marcaré la roca y clavaré un palo a su lado. Puedes usarla o no, como prefieras.

— Gracias — musitó el novicio, pero dudó que el viejo peregrino le hubiese oído. Siguió afanándose con el texto:

«Libera me, ab vitiis meis, ut solius tuae voluntatis mihi capidus sim, et vocationis…»

— ¡Ya está! — gritó el peregrino —. Marcada y señalada. Y que encuentres pronto la voz, muchacho… Olla allay!

Tan pronto como el último grito se desvaneció y murió, el hermano Francis pudo ver al peregrino enfilar trabajosamente la senda que conducía a la abadía. Susurró una rápida bendición en su beneficio y una oración por la seguridad del caminante.

Recobrado su aislamiento, el hermano Francis llevó el libro a la madriguera y reemprendió su azarosa obra de piedra sin tan siquiera tomarse el trabajo de investigar el descubrimiento del peregrino. Mientras su cuerpo hambriento forcejeaba y se tambaleaba bajo el peso de las rocas, su mente repetía automáticamente la oración para la certidumbre de su vocación:

— Libera me, Domine, ab vitiis meis… Libérame, Señor, de mis vicios, para que en mi corazón sólo tenga cabida tu voluntad y tenga conciencia de tu llamada si ésta llega… ut solius tuae voluntatis mihi cupidus sim, et vocationis tuae conscius si digneris me vocare. Amen.

»Libérame, Señor, de mis vicios, para que en mi corazón…


Un rebaño celeste de cúmulos, en su camino para conceder húmedas bendiciones sobre las montañas, después de haber decepcionado cruelmente al requemado desierto, empezó a ocultar el sol y a arrastrar oscuras manchas sombrías a través de la tierra ardiente, ofreciendo intermitentes aunque agradables refugios contra la cruel luz del sol. Cuando una sombra veloz se deslizaba sobre las ruinas, el novicio trabajaba rápidamente hasta que la sombra desaparecía; entonces descansaba hasta que la siguiente bola de lana ocultaba de nuevo el sol.

Fue accidentalmente como el hermano Francis descubrió, por fin, la piedra del peregrino. Al vagar de un lado para otro, tropezó con el palo que el viejo había clavado en el suelo como señal, y se encontró de manos y rodillas en tierra, observando unos signos escritos hacía poco sobre una antigua piedra:

Habían sido tan cuidadosamente dibujados, que el hermano Francis supuso de inmediato que se trataba de símbolos, pero después de varios minutos de meditación sobre ellos, se levantó todavía aturdido. ¿Marcas de brujería, tal vez? Pero no; el viejo había dicho «Queda con Dios», y un brujo no diría tal cosa. El novicio liberó la piedra del montón de ruinas y la hizo rodar. Al hacerlo, el túmulo retumbó ligeramente en su interior y una pequeña piedra rebotó pendiente abajo. Francis esquivó de un salto un posible alud, pero la perturbación había sido momentánea. Sin embargo, en el lugar donde la piedra del peregrino había estado clavada aparecía ahora un pequeño agujero negro.

Los agujeros, por lo general, estaban habitados.

Pero aquél parecía haber estado tan apretadamente sellado por la piedra del peregrino, que ni tan siquiera una mosca podía haber penetrado en él antes de que Francis la retirase. De todas maneras, buscó un palo y lo agitó cautelosamente en el agujero sin encontrar resistencia. Cuando lo soltó, el palo resbaló por la abertura y desapareció como engullido por una cavidad subterránea mayor. Esperó nervioso, pero nada salió.

De nuevo se arrodilló y olisqueó con precaución el agujero. Al no descubrir ningún olor animal ni un asomo de azufre, dejó caer un pedazo de grava en su interior y se inclinó a escuchan La grava rebotó, primero, a unos centímetros de la abertura y después siguió haciéndolo hacia abajo golpeando algo metálico al pasar, para detenerse finalmente a bastante profundidad. El eco le sugirió una cavidad subterránea del tamaño de una habitación.

El hermano Francis se levantó vacilante y miró a su alrededor. No había nadie, como de costumbre, fuera de su compañero, el buitre, el cual, meciéndose en lo alto, lo observaba con tal interés que otros buitres habían abandonado de momento sus territorios, cerca de la línea del horizonte, para acercarse a investigar.

El novicio dio una vuelta alrededor del montón de piedras, pero no encontró señales de un segundo agujero. Trepó a un túmulo vecino y estudió el camino. El peregrino había desaparecido hacía rato. Nada se movía por la antigua carretera; pero a poco más de un kilómetro hacia el este, tuvo la fugaz visión del hermano Alfred cruzando por una loma baja en busca de leña, cerca de su propia ermita cuaresmal. El hermano Alfred era sordo como una tapia. No había nadie más a la vista. A Francis no se le ocurrió ninguna razón para gritar en busca de ayuda, pero estimar por adelantado el resultado probable del grito, si se presentaba tal eventualidad, le parecía un acto de prudencia. Después de un cuidadoso escrutinio del terreno, bajó del túmulo. El aliento necesario para gritar sería mejor emplearlo en correr.

Pensó en volver a colocar la piedra del peregrino para tapar el agujero, pero las rocas vecinas se habían movido ligeramente y aquélla ya no se adaptaba a su lugar de origen en el rompecabezas. Además, el hueco en la hilera más alta de su pared protectora permanecía sin llenar y el peregrino tenía razón; la forma y el tamaño de la piedra sugerían una probable adaptación. Después de sólo breves recelos, la levantó y, tambaleándose, marchó a su madriguera.

La piedra se deslizó perfectamente en su lugar. Probó la nueva falca con un golpe y la hilera se sostuvo, aunque la sacudida produjo un resquebrajamiento menor un poco más lejos. Los signos del peregrino, aunque medio borrados por el manoseo de la piedra, estaban aún lo suficientemente claros para ser copiados. El hermano Francis los reprodujo cuidadosamente en otra piedra empleando un palo quemado como lápiz. Cuando el prior Cheroki efectuase su recorrido sabatino por las ermitas, tal vez podría decirle si los signos tenían algún significado, fuese de gracia o de maldición. Temer a las cábalas paganas estaba prohibido, pero el novicio sentía curiosidad por saber cuando menos qué signo colgaría sobre su rústico dormitorio, en vista del peso de la obra de albañilería en la que éste estaba escrito.

Sus labores continuaron durante el calor de la tarde, pero no pudo dejar de pensar en el agujero… el interesante y a la vez temible agujero, y el modo en que la pequeña piedra había resonado causando débiles ecos en algún punto bajo tierra. Sabía que las ruinas que lo rodeaban eran muy antiguas y también sabía, por la tradición, que habían sido gradualmente erosionadas hasta formar aquellos anómalos montones de piedra, por generaciones de monjes y ocasionales extraños; hombres que buscaban una carga de piedra o pedazos oxidados de hierro, que se encontraban rompiendo los grandes pedazos de columnas y losas para extraer las antiguas tiras de aquel metal misteriosamente plantado en las rocas por hombres de una época casi olvidada por el mundo. Esta erosión humana había poco menos que destruido el parecido a edificios que la tradición otorgaba a las ruinas en un período anterior, si bien el actual constructor de obras de la abadía se enorgullecía de su habilidad en presentir y señalar los restos de un plano de pavimento aquí y allá. Y había todavía metal escondido, que alguien encontraría si se entretenía en romper la piedra lo suficiente como para hallarlo. La propia abadía había sido construida con ese material.

Que varios siglos de trabajadores de la piedra hubiesen dejado aún algo de interés por descubrir en las ruinas era considerado por Francis como una fantasía poco probable. Y lo que era más importante: nunca había oído que nadie mencionase edificios con basamento o sótanos. El maestro de obras, recordó finalmente, había sido bastante contundente al decir que las edificaciones de aquel lugar habían tenido el aspecto de construcciones apresuradas, carecían de cimientos profundos y reposaban sobre losas de superficie plana.

Con su refugio casi terminado, el hermano Francis se aventuró a volver al agujero y se quedó mirándolo incapaz de sustraerse a la convicción del morador del desierto, que si hay un lugar donde ocultarse del sol, algo se oculta ya en él. Aunque el agujero estuviese ahora deshabitado, algo se deslizaría en él antes del amanecer del día siguiente. Por otra parte, si algo ya vivía en el hoyo, Francis consideró más seguro conocerlo durante el día que de noche. Por los alrededores no parecía haber más huellas que las suyas, las del peregrino y las de los lobos.

Decidiéndose rápidamente, empezó a limpiar de piedras y arena el agujero. Pasada media hora, éste no era mayor, pero su convicción de que daba a una cavidad subterránea se había convertido en certidumbre. Dos pequeños guijarros, medio enterrados y pegados a la abertura, estaban evidentemente unidos por la fuerza de un exceso de masa agolpándose en la boca de un pozo; parecían estar atascados en un cuello de botella. Cuando movió uno de ellos hacia la derecha, su vecino rodó hacia la izquierda hasta que ya no fue posible el movimiento. El efecto inverso se produjo cuando lo arrastró en dirección opuesta; sin embargo, siguió removiendo el amasijo de piedras.

De pronto, su palanca se le escapó de las manos y le dio un golpe de refilón a un lado de la cabeza para desaparecer en un súbito hundimiento. El golpe seco le hizo tambalear. Una piedra salió disparada del desprendimiento, le acertó en la mitad de la espalda y le hizo caer sin aliento, resbaló sin saber si se deslizaba en el agujero hasta el instante en que su estómago dio contra el suelo y lo acarició. El ruido del alud fue ensordecedor, pero breve.

Cegado por el polvo, Francis se quedó tendido jadeando en busca de aire y preguntándose si se atrevería a moverse, de tan agudo que era el dolor en su espalda. Habiendo recobrado ligeramente el aliento, se las ingenió para meter una mano dentro de su hábito y tantear el lugar entre sus hombros, donde presumía tener algunos huesos rotos. El lugar parecía áspero y le escocía. Sacó sus dedos húmedos y rojos. Se movió, pero gruñó y de nuevo se quedó quieto.

Se produjo un suave aleteo. El hermano Francis levantó la cabeza a tiempo para ver al buitre preparándose para posarse sobre un montón de piedras a unos metros de distancia. De inmediato, el pájaro, volando, se alejó de nuevo, pero Francis tuvo la sensación de que lo había mirado con una especie de interés maternal, como una gallina preocupada. Giró rápidamente sobre sí mismo. Una negra hueste volátil de ellos se había reunido y volaba en círculos a una altura desacostumbrada, baja, apenas evitando los túmulos. Cuando él se movió se alejaron hacia lo alto. Ignorando de pronto la posibilidad de vértebras astilladas o de una costilla rota, el novicio se levantó tembloroso. Desengañada, la horda negra tomó de nuevo altura en sus invisibles ascensores de aire caliente y se dispersó hacia sus remotas vigilancias aéreas. Oscuras alternativas para el Paráclito, cuya Regada esperaba, los pájaros parecían a veces ansiosos por descender en lugar del Espíritu Santo; su momentáneo interés le había hecho perder la calma, y rápidamente, después de algunos gestos de prueba, comprobó que la piedra sólo le había producido magulladuras y rasguños.

La columna de polvo que se había levantado en el lugar del hundimiento se deslizaba llevada por la brisa. Supuso que alguien le vería desde las atalayas de la abadía y vendría a investigar. A sus pies, una abertura cuadrada bostezaba en la tierra: un lado del túmulo había caído en el hueco. Un tramo de escalera bajaba, pero sólo los escalones superiores permanecían al descubierto, después del alud que se había detenido durante seis siglos a medio caer, esperando la presencia del hermano Francis para completar su rugiente descenso.

En una pared de la escalera, aunque medio enterrado, aparecía un letrero legible. Tratando de recordar su modesto dominio del inglés prediluviano, deletreó defectuosamente las palabras:


REFUGIO SUPERVIVENCIA FALLOUT.

Máximo Ocupantes: 15


Limitación de provisiones para un solo ocupante: 180 días. Dividir por el número actual de ocupantes. Inmediatamente después de entrar en el refugio comprobar que la primera compuerta quede perfectamente cerrada y sellada, y que las defensas contra intrusos estén electrificadas para repeler la posible entrada de personas contaminadas. Las luces exteriores de aviso deben quedar encendidas…

El resto quedaba oculto, pero una palabra fue suficiente para Francis. Jamás había visto un Fallout, y esperaba no llegar a verlo nunca. No había perdurado ninguna descripción consistente del monstruo, pero Francis conocía la leyenda. Hizo la señal de la cruz y se alejó del agujero. Contaba la tradición que el propio beato Leibowitz había encontrado un Fallout, que se había posesionado de él durante meses antes de que el exorcismo que acompañó a su bautismo expulsase al demonio.

El hermano Francis se imaginaba al Fallout como mitad salamandra, dado que, según la historia, había nacido en el Diluvio de Fuego, y mitad íncubo, que desfloraba vírgenes mientras dormían. ¿No había monstruos en el mundo llamados todavía «hijos del Fallout»? Que el demonio era capaz de infligir todos los infortunios que descendieron sobre Job era un hecho seguro, si no un artículo de fe.

El novicio estudió con angustia aquel signo. Su significado era lo suficientemente claro. ¡Había, inconscientemente, penetrado en la morada (rogó por que estuviese desocupada) de no sólo uno, sino quince de los terribles seres! Rebuscó su frasco de agua bendita.

2

A spiritu fornicationis, Domine, libera nos.

De los rayos y la tempestad, líbranos, Señor.

Del azote del terremoto, líbranos, Señor.

De la peste, el hambre y la guerra, líbranos, Señor.

De la tierra asolada, líbranos, Señor.

De la lluvia de cobalto, líbranos, Señor.

De la lluvia de estroncio, líbranos, Señor.

De la caída del cesio, líbranos, Señor.

De la maldición del Fallout, líbranos, Señor.

De procrear monstruos, líbranos, Señor

De la maldición de los deformes, líbranos, Señor.

A morte perpetua, Domine, libera nos.

Peccatores, te rogamus, audi nos.

Que nos otorgues tu clemencia, te imploramos, escúchanos,

Que nos perdones, te imploramos, escúchanos.

Que no impongas la penitencia, te rogamus, audi nos.


Fragmentos de tales versículos de la letanía de los santos susurraba el hermano Francis en cada jadeo, mientras se inclinaba precavidamente sobre el pozo de la escalera del antiguo Refugio Fallout, armado como estaba sólo con agua bendita y una antorcha improvisada encendida con las ascuas cubiertas del fuego de la noche anterior. Había esperado más de una hora por si alguien de la abadía acudía a investigar el penacho de polvo. Nadie lo había hecho.

Abandonar su vigilia vocacional, aunque fuese brevemente, a menos que se tratase de seria enfermedad o se le ordenase regresar a la abadía, se consideraría como una renuncia ipso facto a su aceptación de una verdadera vocación por la vida de monje, según la Orden Albertiana de Leibowitz. El hermano Francis habría preferido la muerte. Se enfrentaba, por lo tanto, a la alternativa de investigar el temible agujero antes de la puesta del sol o pasar la noche en su madriguera sin saber qué podía ocultarse en el refugio y si podía despertar de nuevo para arrastrarse por la oscuridad. Como riesgo nocturno, los lobos hacían ya suficiente ruido, y ellos eran simples criaturas de carne y hueso. A las de sustancia menos sólida, prefería encontrarlas a la luz del día. Sin embargo, para su completa tranquilidad, caía poca luz en la cavidad a sus pies, pues el sol se estaba poniendo en el oeste.

Los escombros caídos en el refugio formaban un montículo, cuya cima alcanzaba casi el principio de la escalera, quedando sólo un estrecho paso entre las piedras y el techo. Entró con los pies por delante y se vio forzado a continuar así debido a la inclinación del declive. Así, enfrentándose a lo desconocido, de espaldas, buscaba a tientas dónde poner los pies entre las piedras sueltas, y poco a poco empezó a descender. De vez en cuando, al perder intensidad su antorcha, se detenía e inclinaba la llama para que el fuego prendiese más en la madera. Durante aquellas pausas, trataba de apreciar el peligro que le acechaba y permanecía a sus pies. Había poco que ver. Estaba en una habitación subterránea de la que por lo menos un tercio de un volumen estaba lleno con los escombros que habían caído por el hueco de la escalera. La cascada de piedras había cubierto el suelo, destrozando varios muebles que habían quedado a la vista y quizás enterrando otros. Vio armarios metálicos, aplastados por las rocas que se asomaban entre las ruinas. En el rincón más alejado de la habitación había una puerta metálica, que se abría hacia fuera y había quedado obstruida por el alud. En la puerta, y todavía descifrables, a pesar de la pintura desconchada, estaban inscritas las palabras:


COMPUERTA INTERIOR

CERCO SELLADO


Era evidente que la habitación a la cual descendía era sólo una antecámara. Pero hubiese lo que hubiera detrás de aquella «compuerta interior», estaba sellado con varias toneladas de piedra contra la puerta. Su cerco estaba ciertamente «sellado», a menos que tuviese otra salida.

Al llegar al pie del declive y después de asegurarse de que la antecámara no contenía ninguna amenaza evidente, el novicio fue cautelosamente a investigar de más cerca, y con su antorcha, la puerta metálica. Impreso bajo las palabras de «compuerta interior», había un pequeño letrero mohoso:


AVISO: Esta compuerta no debe ser sellada antes de que todo el personal haya sido admitido o antes de que todos los pasos para los procedimientos de seguridad prescritos por el Manual Técnico CDBu-83 A hayan sido cumplidos. Cuando la compuerta esté sellada, el aire en el interior del refugio será acondicionado a 2.0 p.s.i. sobre el nivel barométrico ambiental para minimizar la difusión interior. Una vez sellada, la compuerta se abrirá automáticamente por el sistema servomonitor cuando, pero no antes, prevalezca cualquiera de las condiciones siguientes: i) cuando las radiaciones exteriores bajen a menor nivel del de peligro; 2) cuando falle el sistema de depuración del aire o del agua; 3) cuando se termine la provisión de comida; 4) cuando falle la fuente interna de energía. Para posteriores instrucciones, véase el CD-Bu-83A.


El hermano Francis se sintió ligeramente confuso ante el aviso pero intentó estudiarlo sin tocar la puerta. Los milagrosos artefactos de los antiguos no debían de ser manejados con descuido, como lo atestiguaba el último suspiro de muchos de los husmeadores del pasado.

El hermano Francis comprobó que los escombros que permanecieron en la antecámara durante siglos eran más ásperos y oscuros que los que habían estado expuestos al sol del desierto y al viento arenoso antes del hundimiento que acababa de ocurrir. Con una simple mirada a las piedras, podía decirse que la compuerta interior estaba bloqueada no por el actual deslizamiento, sino por otro más antiguo que la propia abadía. Si el cerco sellado del Refugio Fallout contenía un Fallout, el demonio no había abierto la compuerta interior desde los tiempos del Diluvio de Fuego, antes de la Simplificación. Y si permanecía sellado detrás de la puerta de hierro durante tantos siglos, existía poco fundamento, se dijo Francis, para temer que se lanzase violentamente a través de la compuerta antes del sábado santo.

La luz de su antorcha era tenue. Encontró una pata de silla astillada, la encendió con la llama que se desvanecía y después empezó a reunir pedazos de muebles destrozados para encender un buen fuego. Mientras lo hacía, reflexionaba sobre el significado de aquel signo antiguo. «Refugio Supervivencia Fallout.»

Como el mismo hermano Francis admitía de entrada, sus conocimientos del inglés prediluviano distaban de ser completos. El modo que tenían los nombres de modificar a veces otros nombres en aquella lengua había sido siempre uno de sus puntos débiles.

En latín, como en la mayoría de los dialectos sencillos de la región, una construcción como servus puer quería decir más o menos lo mismo que puer servus y hasta en inglés «joven esclavo» quería decir «esclavo joven», pero aquí terminaba la similitud. Por fin había aprendido que gato de casa no era lo mismo que casa de gato, y que el dativo de propósito o de posesión, como el mihi amicus, estaba en cierto modo expresado por comida perruna o cal. a musical hasta sin declinación. Pero ¿qué ocurría con una triple aposición como «Refugio Supervivencia Fallout»? El hermano Francis meneó la cabeza. El aviso sobre la puerta mencionaba comida, agua y aire, y, sin embargo, no podían ser necesidades para los demonios del infierno. A veces el novicio encontraba el prediluvio todavía más sorprendente que la Angeología Intermedia o el Cálculo Teológico de san Leslie.

Encendió la fogata cerca del montón de escombros, desde donde podía iluminar, incluso, los rincones más oscuros de la antecámara. Entonces intentó explorar lo que quedaba al descubierto. Las ruinas, a ras de tierra, habían sido reducidas a una confusión arqueológica por generaciones de rapiñadores, pero la única mano que se había posado sobre aquellos restos subterráneos era la del desastre impersonal. El lugar parecía habitado por presencias de otra era. Un cráneo que descansaba entre las rocas conservaba todavía un diente de oro en su mueca, como clara prueba de que el refugio nunca había recibido la visita de los vagabundos. Cuando la llama bailaba alta, el incisivo relumbraba.

Más de una vez el hermano Francis había encontrado en el desierto, cerca de algún arroyo reseco, un pequeño montón de huesos humanos, roídos y calcinándose al sol. No era especialmente melindroso y no se sorprendía de tales cosas. Debido a ello no se inmutó cuando descubrió el cráneo en el rincón de la antecámara, aunque el brillo del oro en su mueca atraía su mirada mientras estudiaba las puertas, cerradas o atascadas, de los enmohecidos armarios y tiraba de los cajones, también atascados, de un destrozado escritorio metálico. El escritorio podía resultar un descubrimiento inapreciable si contenía documentos o algún pequeño libro que hubiese sobrevivido a las furiosas fogatas de la Era de la Simplificación. Mientras intentaba abrir los cajones, el fuego disminuyó en intensidad y le pareció que el cráneo empezaba a relucir por sí mismo. Tal fenómeno no le era desconocido, pero en la tenebrosa cripta, el hermano Francis lo consideró realmente sobrecogedor. Reunió más madera para el fuego, volvió a remover y tirar de los cajones del escritorio y trató de ignorar la parpadeante mueca de la calavera. Aunque todavía un poco circunspecto en cuanto a los ocultos Fallouts, Francis se había recobrado lo suficiente de su miedo inicial para darse cuenta de que el refugio, sobre todo el escritorio y los armarios, podían muy bien estar rebosantes de ricas reliquias de una época que el mundo, en su mayor parte, deliberadamente había decidido olvidar.

La providencia había otorgado sus bendiciones al lugar. Encontrar un rastro del pasado, liberado tanto de las fogatas como de los saqueadores, era en estos días un golpe de buena suerte. De todas maneras, siempre implicaba un riesgo. Se sabía que excavadores monásticos, interesados en los tesoros antiguos, salieron de un agujero de la tierra llevando triunfantes un extraño artefacto cilíndrico y que — mientras lo limpiaban o trataban de establecer su utilidad — tocaron un botón por otro o dieron vuelta erróneamente a un tornillo poniéndole con ello fin al problema, sin ningún beneficio para el clero.

Tan sólo ochenta años atrás, el venerable Boedellus había escrito, con evidente deleite, a su padre abad que la pequeña expedición que dirigía había descubierto los restos de, según sus palabras, «el lugar de una pista de lanzamiento intercontinental, completada con varios fascinantes tanques subterráneos de almacenamiento». Nadie en la abadía supo nunca lo que el venerable Boedellus quiso decir con «pista de lanzamiento intercontinental»; pero el padre abad que en aquella época gobernaba decretó severamente que los anticuarios monásticos debían, a partir de aquel momento y bajo pena de excomunión, evitar tales «pistas». La carta del abad fue lo último que se supo del venerable Boedellus, de su grupo, su «pista de lanzamiento» y del pequeño pueblo que había crecido sobre esa pista. Gracias a algunos pastores que variaron el curso de un riachuelo dirigiéndolo hacia el cráter para almacenar agua para sus rebaños en tiempos de sequía, un interesante lago adornaba ahora el paisaje donde el pueblo estuvo en otro tiempo. Un viajero procedente de esa dirección, hacía unos diez años, informó que en el lago había excelente pesca, pero que los pastores de los alrededores miraban a los peces como las almas de los pueblerinos y arqueólogos difuntos y se negaban a pescar allí debido a Bodollos, el barbo gigante que se ocultaba en las profundidades.

«…Ni deberá iniciarse ninguna otra excavación que no tenga como motivo principal el aumento de la Memorabilia», había añadido el decreto del padre abad, lo cual quería decir que el hermano Francis debía limitar el registro del refugio a la búsqueda de libros y papeles, sin meterse con artefactos interesantes.

Mientras el hermano Francis intentaba, con afán, abrir los cajones del escritorio, el diente cubierto de oro no dejaba de centellear y relucir en su rincón. Los cajones se negaron a moverse. Le dio al escritorio un golpe final y se volvió impaciente hacia el cráneo.

— ¿No podrías sonreír hacia otro lado?

La mueca permaneció inmutable. El despojo con diente de oro reposaba con la cabeza apoyada entre una roca y una mohosa caja metálica. Abandonando el escritorio, el novicio se abrió paso entre los escombros para inspeccionar desde más cerca los restos mortales. Era obvio que la persona había muerto en ese mismo lugar, abatida por torrentes de piedras, y medio enterrada por los escombros. Sólo el cráneo y los huesos de una pierna quedaron al descubierto. El fémur estaba roto, la nuca destrozada.

El hermano Francis musitó una oración por el difunto. Después, muy suavemente, levantó el cráneo de su lugar de reposo y le dio vuelta de modo que mirase a la pared. Fue entonces cuando descubrió la caja oxidada.

Tenía la forma de un maletín y estaba evidentemente dedicada a transportar alguna cosa. Podía haber servido para gran número de menesteres, pero había quedado muy maltrecha por las piedras arrojadas. Con sumo cuidado la separó de los escombros y la acercó al fuego. La cerradura parecía estar rota, pero la tapa se había atascado con la herrumbre. Al agitarla, la caja resonó. No era el lugar idóneo para buscar papeles o libros, pero — también era evidente — estaba destinada a ser abierta y cerrada y podía contener algún papel interesante para la Memorabilia. De todas maneras, recordando el destino del hermano Boedellus y otros, la roció con agua bendita antes de intentar abrirla y manejó la antigua reliquia tan reverentemente como le fue posible, mientras golpeaba sus oxidados goznes con una piedra.

Por fin los goznes cedieron y la tapa cayó. Pequeñas piezas metálicas saltaron de las cubetas y se desperdigaron entre las piedras, algunas de ellas perdiéndose de modo irreparable entre las hendiduras. Pero en el fondo de la caja, en el espacio debajo de las cubetas, pudo ver… ¡papeles! Después de una rápida oración de gracias, reunió tantas piezas metálicas como le fue posible y, tras colocar la tapa, empezó a trepar por el montón de escombros hacia la escalera y el pequeño pozo de cielo, con la caja fuertemente apretada bajo un brazo.

Al salir de la oscuridad del refugio, el sol le deslumbró; pero no prestó atención al hecho de que se hundía peligrosamente por el oeste, sino que enseguida empezó a buscar una piedra plana en la que poder extender el contenido de la caja y examinarlo sin peligro de perder algo en la arena.

Minutos más tarde, sentado sobre una losa rota, empezó a sacar los artilugios de metal y vidrio que llenaban las cubetas. La mayoría eran pequeñas cosas tubulares con un bigote de alambre en cada extremo del tubo. Ya las conocía. El diminuto museo de la abadía contenía algunas de diversas formas, tamaños y colores. Una vez había visto a un hechicero de los paganos de la colina usarlas como «collar de ceremonia». La gente de la colina las consideraba como «parte del cuerpo del dios» — de la legendaria Machina Analytica, aclamada como el más sabio de sus dioses —. Decían que tragándose una de ellas, un hechicero podía adquirir la «infalibilidad». De aquel modo, lo que ciertamente adquirían era autoridad ante su propia gente, a no ser que tragasen una de la especie venenosa. Los artefactos similares que tenían en el museo también estaban conectados entre sí, no en forma de collar, sino como un complejo y muy desordenado amasijo, en el fondo de una pequeña caja metálica, expuesta con el título: «Chasis de radio: Uso incierto».

En su cara interna, la tapa de la caja tenía pegada una nota; la cola se había secado; la tinta, desvanecido, y el papel estaba tan oscurecido por las manchas de herrumbre, que aunque la caligrafía hubiese sido buena, resultaba difícil de leer; pero aquello estaba apresuradamente garrapateado. Lo estudió, con muchas interrupciones, mientras vaciaba las cubetas. Parecía ser inglés de alguna especie, pero pasó más de media hora antes de poder descifrar la mayor parte del mensaje:


CARL:

Dentro de veinte minutos debo abordar el avión para [indescifrable]. Por el amor de Dios, haz que Em se quede ahí hasta saber si estamos en guerra. ¡Por favor, trata de meterla en la lista de suplentes para el refugio! No puedo conseguirle asiento en el avión. No le digas por qué la envío con esta caja de herramientas; pero trata de que se quede ahí hasta que sepamos [indescifrable] lo peor, uno de los de la lista no se presenta.

P. D. He sellado la cerradura y he puesto ALTO SECRETO en la tapa para evitar que Em la abra. Es la primera caja de herramientas que he encontrado. Guárdala en mi armario o donde quieras.

L. E. L.


De momento, la nota le pareció incoherente, pues estaba demasiado excitado para concentrarse en un punto más que en otro. Después de esbozar una sonrisa despreciativa por los garabatos, empezó la tarea de quitar las cubetas para estudiar los papeles que había en el fondo de la caja. Estaba montada sobre un sistema articulado oscilatorio, evidentemente diseñado para que las cubetas se deslizasen en forma escalonada, pero los pernos se habían oxidado y Francis tuvo que arrancarlos con una pequeña herramienta de acero encontrada en uno de los compartimientos. Cuando el hermano Francis sacó la última cubeta, tocó los documentos con reverencia. Sólo había un puñado de papeles y, sin embargo, se trataba de un tesoro, por haber escapado a las llamas furiosas de la Simplificación, en las que hasta las escrituras sagradas se habían retorcido, ennegrecido y convertido en humo, mientras turbas ignorantes aullaban y vitoreaban ebrias de triunfo. Manipulaba los papeles tal como debe hacerse con las cosas sagradas; los defendía del viento con su hábito, pues todos estaban quebradizos y resecos por el tiempo. Había una hoja de bocetos mal acabados y diagramas, algunas notas escritas a mano, dos enormes papeles doblados y un pequeño libro titulado Memo.

Primero examinó las notas apresuradamente escritas. Estaban garrapateadas por la misma mano que había escrito la nota pegada a la tapa y la letra no era menos abominable. «Libra de pastrami. Lata de kraut, traer a casa para Emma», decía una de las notas. Otra recordaba: «No olvidar recoger formulario 1040, Impuesto Tío Sam». Una tercera era sólo una columna de números con un total subrayado del que una segunda cantidad era restada y, finalmente, sacado un porcentaje, seguido de la palabra «¡maldición!». El hermano Francis comprobó las cantidades, y si bien no encontró ningún error en la aritmética del torpe calígrafo, no supo deducir lo que las cantidades significaban.

Tomó el Memo con especial reverencia, pues su título le sugería la Memorabilia. Antes de abrirlo se persignó y musitó la bendición de los textos. Pero el librito lo desilusionó. Esperaba hallar algún tema impreso, pero sólo encontró una lista de nombres, escrita a mano, sitios, números y fechas. Estas últimas fluctuaban entre el final de la quinta década y el principio de la sexta del siglo xx. ¡De nuevo quedaba confirmado! El contenido del refugio procedía del crepúsculo de la Edad del Esclarecimiento. Un descubrimiento realmente importante.

De los grandes papeles doblados, uno estaba enrollado apretadamente y empezó a partirse cuando trató de extenderlo; pudo sacar en claro las palabras «Formulario de circuito», pero nada más. Lo guardó de nuevo en la caja para un posterior trabajo de restauración y se dedicó al segundo documento doblado: sus dobleces estaban tan quebradizos, que únicamente se atrevió a inspeccionar una pequeña parte del mismo, separando ligeramente los pliegues y mirando entre ellos.

Parecía ser un diagrama, pero… ¡era de líneas blancas en papel oscuro!

Sintió de nuevo estremecerse ante el descubrimiento. ¡Era, sin lugar a dudas, una heliografía! Y en la abadía no quedaba ni una sola de ellas, sino únicamente algunas copias hechas a tinta de algunos originales que, con el tiempo, se habían desteñido al verse expuestos a la luz. Era la primera vez que Francís veía un original, pero había visto las suficientes reproducciones hechas a mano para reconocer que se trataba de una heliografía. Y ésta, aunque manchada y descolorida, podía leerse todavía después de varios siglos, debido a la total oscuridad y poca humedad del refugio. Al observar la otra cara del documento, sintió un breve arranque de furia. ¿Qué idiota había profanado aquel documento inestimable? Alguien había dibujado de modo inconsciente, figuras geométricas y máscaras infantiles por todo el dorso. ¡Qué vándalo sin seso!

Después de un momento de reflexión, la furia desapareció. En el momento de los hechos, aquellas copias eran, probablemente, tan comunes como la hierba, y el propietario de la caja posiblemente fuera el culpable. La ocultó del sol con su propia sombra mientras trataba de desdoblarla un poco más. En el extremo superior de la derecha había un rectángulo impreso con varios títulos en simples mayúsculas, de fechas, «números de patente», números de referencia y nombres. Sus ojos siguieron la lista hasta dar con «Diseño del circuito: Leibowitz, I. E.».

Cerró con fuerza los ojos y meneó la cabeza hasta que le pareció que resonaba. Después miró de nuevo. Allí estaba claramente:


«DISEÑO DEL CIRCUITO: Leibowitz, I. E.»


Dobló de nuevo el papel. Entre los dibujos infantiles y las figuras geométricas, claramente marcada con tinta roja, estaba la forma:



El nombre estaba escrito con clara letra femenina, no en el apresurado garrapateo de las demás notas. Miró de nuevo las iniciales del escrito pegado en la caja: I. E. L., y de nuevo «diseño del circuito…». Las mismas siglas aparecían en todos los papeles.

Se había discutido, aunque en el terreno de las conjeturas, si al beatificado fundador de la Orden, de ser por fin canonizado, se le honraría como san Isaac o san Eduardo. Algunos se inclinaban por san Leibowitz como el modo correcto, puesto que el beato, hasta el presente, había sido mencionado por su apellido.

— Beate Leibowitz, ora pro me! — musitó el hermano Francis.

Sus manos temblaban con tal violencia, que amenazaban con destruir los frágiles documentos.

Había descubierto reliquias del santo.

Claro que Nueva Roma todavía no había proclamado la santidad de Leibowitz, pero el hermano Francis estaba tan convencido de ello, que se atrevió a añadir:

— ¡Sancte Leibowitz, ora pro me!

El hermano Francis no perdió el tiempo en inútiles disquisiciones lógicas para saltar a su inmediata conclusión: el propio cielo acababa de otorgarle la prueba de su vocación. Desde su punto de vista había encontrado lo que buscaba en el desierto. Estaba llamado a profesar como monje de la orden.

Olvidando el severo aviso de su abad en contra de esperar que una vocación llegase de cualquier forma milagrosa o espectacular, el novicio se arrodilló en la arena para dar las gracias y ofrecer varias decenas de rosarios a la intención del viejo peregrino que le había indicado la roca que conducía al refugio. «Que encuentres pronto la voz, muchacho», le había dicho el caminante. No fue sino hasta aquel momento que al novicio se le ocurrió pensar que quizá quiso decir Voz con mayúscula.

— Ut solius tuae voluntatis mihi cupidus, et vocationis, tuae conscius, si digneris me vocare…

El abad estaría en su derecho si pensaba que la «voz» hablaba la lengua de las circunstancias y no la de la causa y efecto, y lo mismo ocurría con el Promotor Fidei si pensaba que «Leibowitz» era quizás un nombre común y corriente antes del Diluvio de Fuego, y que I. E. podía tanto significar «Ichabod Ebenezer» como «Isaac Edward». Para Francis sólo existía uno.

Tres campanadas de la abadía distante resonaron a través del desierto, una pausa y después las tres notas fueron seguidas de otras nueve.

— Angelus Domini nuntiavit Mariae — respondió el novicio respetuosamente, levantando la cabeza sorprendido al ver que el sol se había convertido en una gorda elipse escarlata, que ya tocaba el horizonte occidental. La barrera de roca alrededor de su cubil no estaba terminada.

En cuanto terminó el ángelus, guardó apresuradamente los papeles en la vieja caja oxidada. Una llamada del cielo no comportaba necesariamente el carisma de sojuzgar a las bestias salvajes ni de ser amistoso con los lobos hambrientos.

Cuando el ocaso se hubo desvanecido y aparecieron las estrellas, su refugio temporal quedó lo más fortificado posible, aunque faltaba saber si era a prueba de lobos. Pronto lo averiguaría, pues había ya oído algunos aullidos hacia el oeste. Avivó de nuevo su fogata, pero más allá del círculo iluminado por el fuego no había luz suficiente para permitir el acopio de su recolección diaria de los frutos de cactos púrpura, su única fuente de alimento, menos los domingos, cuando unos puñados de maíz tostado eran enviados de la abadía después de que un sacerdote había hecho sus rondas con el Santo Sacramento. La letra de la regla para la vigilia vocacional de cuaresma no era tan rígida como su aplicación práctica. Tal como la aplicaban, la regla se limitaba a simple letra muerta.

Aquella noche, sin embargo, la mordedura del hambre era menos penosa para Francis que su propia impaciencia ante la necesidad de correr a la abadía y anunciar la nueva de su descubrimiento. Hacerlo representaría renunciar a su vocación más pronto de lo que le había llegado.

Tenía que permanecer allí durante toda la cuaresma: con vocación o sin ella debía continuar su vigilia como si nada extraordinario hubiese ocurrido.

Soñadoramente, desde cerca de la fogata, miró hacia la oscuridad en dirección al Refugio Supervivencia Fallout y trató de imaginarse una alta basílica levantada en aquel punto. La fantasía era agradable, pero era difícil presumir que alguien escogiese aquel remoto espacio del desierto como centro de una futura diócesis. Si la basílica no era posible, entonces una pequeña iglesia. La iglesia de San Leibowitz del Desierto, rodeada de un jardín y un muro, con una capilla del santo atrayendo riadas de peregrinos, ceñidos los lomos, procedentes del norte. El «padre» Francis de Utah conduciendo a los peregrinos a dar una vuelta por las ruinas, aun a través de la Compuerta Dos hasta los esplendores del «Cerco Sellado», detrás del cual, las catacumbas del Diluvio de Fuego estaban… estaban…, bueno, después les ofrecería una misa en el altar de piedra, que encerraba la reliquia del santo que daba nombre a la iglesia… ¿un poco de arpillera?, ¿fibras de la soga del verdugo?, ¿recortes de uña del fondo de la caja oxidada? ¿Quizás el «Formulario del Circuito»? Pero la fantasía languideció. Las oportunidades para que el hermano Francis se convirtiese en sacerdote eran pocas… ya que al no tratarse de una orden misionera, los hermanos de Leibowitz sólo necesitaban unos cuantos sacerdotes para la propia abadía y algunas pequeñas comunidades de monjes en otras localidades. Además, el «santo» era todavía oficialmente un beato y no se le santificaría a menos que obrase algunos milagros más importantes y sólidos para apoyar su beatificación, la cual no era una proclamación infalible, como lo sería la canonización, aunque permitía a los monjes de la Orden de Leibowitz venerar formalmente a su fundador y patrono fuera de la misa y el oficio.

Las proporciones de la fantasmagórica iglesia fueron disminuyendo junto con el tamaño de la capilla lateral; la riada de peregrinos se redujo hasta formar un riachuelo. Nueva Roma estaba ocupada en otros asuntos, tales como la petición para una definición formal en el asunto de los dones preternaturales de la Santísima Virgen: los dominicos sostenían que la Inmaculada Concepción implicaba no sólo que la gracia moraba en ella, sino también que la Bendita Madre había tenido los poderes preternaturales, que eran los de Eva antes de la caída, y algunos teólogos de otras órdenes, incluso admitiendo que éstas eran conjeturas piadosas, negaban que el caso fuese necesario y aducían que una «criatura» podía ser «originalmente inocente», aunque sin ser dotada de dones preternaturales; los dominicos se inclinaban ante esto, pero afirmaban que la creencia había ido siempre implícita en otro dogma — tal como la asunción (inmortalidad preternatural) y la preservación del pecado actual (con implicación de integridad preternatural) y aún otros ejemplos —. Mientras trataba de zanjar esta disputa, Nueva Roma había dejado, según parecía, el caso de la canonización de Leibowitz cubriéndose de polvo en un archivo.

Contentándose con una pequeña capilla en honor del beato y alguna peregrinación casual, el novicio se adormeció. Cuando despertó, el fuego se había reducido a brasas relucientes. Algo parecía estar mal. ¿Estaba solo? Miró parpadeando la oscuridad que lo rodeaba.

Desde un poco más lejos de la cama de ascuas rojizas, el oscuro lobo parpadeó a su vez.

El novicio dio un grito y corrió en busca de un refugio.

El chillido, se dijo cuando se tendió temblando en su cubil de piedras y abrojos, había sido sólo una ruptura involuntaria de la regla del silencio. Se tendió, aferrado a la caja de metal, rezando para que los días de cuaresma pasasen pronto, mientras unas patas peludas rastreaban su cercado.

3

— Y entonces, padres, casi me apoderé del pan y el queso.

— Pero ¿lo hiciste?

— No.

— Entonces no hay pecado de hecho.

— Pero lo deseé tanto, que casi le encontré sabor.

— ¿Voluntariamente? ¿Gozaste deliberadamente con tu fantasía?

— No.

— ¿Trataste de deshacerte de ella?

— Sí.

— Por lo tanto, tampoco hubo glotonería de pensamiento. ¿Por qué lo confiesas?

— Porque después perdí la calma y lo rocié con agua bendita.

— ¿Hiciste qué? ¿Por qué?

El padre Cheroki, con su estola, miró al penitente que se arrodillaba de perfil ante él, bajo la abrasadora luz del sol en pleno desierto; no dejaba de preguntarse cómo era posible que un joven como aquél — no demasiado inteligente por lo que hasta el momento había podido deducir — se las arreglaba para encontrar ocasiones, o casi, de pecado, a pesar de estar completamente aislado en la yerma extensión, lejos de cualquier distracción o aparente fuente de tentación. Los motivos de desasosiego que un muchacho podía encontrar en aquel sitio debían ser pocos, armados como iba con sólo un rosario, un trozo de pedernal, un cortaplumas y un libro de oraciones. Por lo menos así le parecía al padre Cheroki. Pero esta confesión le tomaba demasiado tiempo y deseaba que el muchacho terminase con ella. Su artritis le molestaba de nuevo, pero debido a la presencia del Santo Sacramento en el altar portátil que llevaba consigo en sus rondas, el sacerdote prefería quedarse de pie o arrodillarse junto al penitente. Había encendido un cirio ante la pequeña urna que contenía la eucaristía, pero la llama era invisible a la luz del sol o la brisa la había apagado.

— Pero el exorcismo está permitido en estos días sin autorización superior. ¿Qué es lo que confiesas? ¿Haberte enfadado?

— También.

— ¿Con quién te enfadaste? ¿Con el viejo o contigo mismo por haber aceptado la comida?

— No… no estoy seguro.

— Pues decídete — se impacientó el padre Cheroki —. 0 te acusas o no te acusas.

— Me acuso.

— ¿De qué? — suspiró Cheroki.

— De abusar de un sacramento en un arranque de ira.

— ¿Abusar? ¿No tenías ningún motivo racional para sospechar de influencia diabólica? ¿Tan sólo te enfureciste y le rociaste con ella? ¿Como echándole tinta en los ojos?

Captando el sarcasmo del prior, el novicio se removió y dudó. La confesión era siempre difícil para el hermano Francis. Nunca podía encontrar las palabras correctas para sus malas acciones, y al tratar de recordar sus propios motivos, se confundía sin remedio. Ni el padre le ayudaba al tomar como base el «o — lo — hiciste — o — no — lo — hiciste», aunque, evidentemente, o bien lo había hecho o bien no.

— Creo que por un momento perdí los estribos — dijo finalmente.

Cheroki abrió la boca con la evidente intención de seguir con el tema, pero lo pensó mejor.

— Ya veo. ¿Qué más?

— Pensamientos glotones — dijo Francis, después de un momento.

El prior suspiró.

— Creí que ya habíamos terminado con ello, ¿o te refieres a otro momento?

— Ayer. Fue ese lagarto, padre, tenía rayas azules y amarillas y unas ancas tan magníficas, gruesas como el pulgar y regordetas. Me puse a pensar que debían de tener el mismo sabor que el pollo, bien asadas y crujientes por fuera, y…

— Está bien — le interrumpió el sacerdote. Sólo una sombra de revulsión cruzó su vieja cara. Después de todo, el muchacho pasaba muchas horas al sol —. ¿Te complaciste en esos pensamientos? ¿No trataste de librarte de la tentación?

Francis enrojeció.

— Traté… de apresarlo, pero se escapó.

— Así que no fue sólo de pensamiento sino también de hecho. ¿Sólo esta vez?

— Pues… sí, sólo esta vez.

— Bien, de pensamiento y obra, deseando comer carne durante la vigilia. Por favor, trata de ser lo más específico que puedas al respecto. Creí que habías examinado a fondo tu conciencia. ¿Hay más?

— Bastante.

El prior dio un respingo. Tenía aún que visitar varias ermitas, sería una cabalgada larga y calurosa y le dolían las rodillas.

— Por favor, sigue con ello lo más aprisa que puedas — suspiró.

— Impureza, una vez.

— ¿Pensamiento, palabra u obra?

— Pues estaba ese súcubo y ella…

— ¿Súcubo? Ah…, nocturno. ¿Dormías?

— Sí, pero…

— Entonces, ¿por qué lo confiesas?

— Por lo que sucedió después.

— ¿Después de qué? ¿Cuando despertaste?

— Sí, seguí pensando en ella, volví a imaginar todo, de nuevo.

— Muy bien, pensamiento concupiscente deliberadamente alimentado. ¿Lo sientes? Bien, ¿qué más?

Aquello era lo usual que oía una vez tras otra, postulante tras postulante, novicio tras novicio, y le parecía al padre Cheroki que lo menos que el hermano Francis podía haber hecho era numerar sus acusaciones una, dos, tres, de un modo claro y ordenado, sin todos esos circunloquios y sugerencias, pero al muchacho parecía dificultársele todo lo que pensaba decir. El sacerdote esperó.

— Creo que me ha llegado la vocación, padre, pero…

Francis se humedeció los resecos labios y miró un insecto que se había posado sobre una roca.

— ¿Lo ha hecho? — La voz de Cheroki fue apagada.

— Me parece que sí, pero ¿pequé, padre, si cuando lo encontré consideré la letra con desprecio?

Cheroki parpadeó. ¿Letra? ¿Vocación? De qué se trataba…, estudió unos segundos la expresión seria del novicio y después frunció el ceño.

— ¿Habéis estado tú y el hermano Alfred intercambiando ciertas notas? — preguntó, severo.

— ¡Oh, no, padre!

— Entonces, ¿de qué letra hablas?

— De la del bendito Leibowitz.

Cheroki se quedó pensativo. ¿Había o no en la abadía alguna colección de documentos antiguos, algún manuscrito escrito personalmente por el fundador de la orden? ¿Alguna copia original, quizá? Después de un momento de reflexión, decidió afirmativamente: quedaban algunos papeles cuidadosamente guardados bajo llave.

— ¿Te refieres a algo ocurrido en la abadía? ¿Antes de venir?

— No, padre, sucedió ahí — señaló hacia la izquierda —. Tres túmulos más allá, cerca del cactos alto.

— ¿Dices que es algo que tiene que ver con tu vocación?

— Sí, pero…

— Claro que — dijo secamente Cheroki — no es posible que intentes decirme que has recibido, del bendito Leibowitz, muerto, fíjate bien, desde hace por lo menos seiscientos años, una invitación escrita para que profeses tus solemnes votos y que no te ha gustado su letra. Discúlpame, pero ésta es la impresión que me has dado.

— Pero es que se trata de algo así, padre.

Cheroki empezó a farfullar, y, alarmado, el hermano Francis extrajo un pedazo de papel de la manga y se lo tendió al sacerdote. Estaba reseco por los años y manchado. La tinta estaba desvanecida.

— «Una libra de pastrami — pronunció el padre Cheroki, pasando velozmente sobre las palabras poco familiares —, una lata de kraut, traer a casa para Emma.» — Se quedó mirando fijamente al hermano Francis durante unos segundos —. ¿Quién ha escrito esto?

Francis se lo dijo.

Cheroki se quedó pensativo.

— No es posible, mientras estés en estas condiciones, que hagas una buena confesión, y no estaría bien que yo te absolviese sin que tu mente esté centrada. — Al ver respingar a Francis el sacerdote le tocó un hombro con un gesto tranquilizador —. No te preocupes, hijo, hablaremos de ello cuando estés mejor. Entonces escucharé tu confesión. Por el momento… — Miró nervioso la urna que contenía la eucaristía —. Quiero que reúnas tus cosas y regreses de inmediato a la abadía.

— Pero, padre, yo…

— Te lo ordeno — dijo apagadamente el sacerdote —, vuelve de inmediato a la abadía.

— Sí… sí, padre.

— Por ahora no pienso absolverte, pero puedes hacer un buen acto de contrición y ofrecer dos decenas de tu rosario como penitencia. ¿Quieres mi bendición?

El novicio asintió, intentando reprimir las lágrimas. El sacerdote lo bendijo, hizo una genuflexión ante el Sacramento y colgó de nuevo la vasija de oro en la cadena que pendía de su cuello. Después de guardarse el cirio en un bolsillo, dobló el altar y lo ató en su sitio detrás de la silla de montan Le hizo a Francis una seria inclinación, montó y se alejó en su mula para completar la ronda de las ermitas de vigilia. Francis se dejó caer sobre la arena caliente y lloró.

Todo habría sido más fácil si hubiese podido llevar el sacerdote a la cripta para mostrarle la antigua habitación, vaciar el contenido de la caja, o si le hubiese mostrado la señal que el peregrino hizo en la piedra; pero el prior llevaba la eucaristía y resultaba imposible inducirlo a bajar a gatas a un sótano lleno de escombros o a entretenerse con el contenido de la vieja caja y enzarzarse en disquisiciones arqueológicas. Sabía que no debía pedirlo. La visita de Cheroki era necesariamente solemne, en tanto la urna que llevaba contuviese aunque fuese una sola hostia. De no ser así y estar vacía, habría sido posible discutirlo. El novicio no podía culpar al padre por haber sacado la conclusión de que había perdido la cabeza. Estaba en verdad un poco mareado por el sol y había balbuceado bastante. Más de un novicio había regresado con el entendimiento huero después de una vigilia vocacional.

Nada podía hacer sino obedecer la orden de regreso.

Fue al refugio y lo miró de nuevo para asegurarse de que realmente estaba allí. Después fue a buscar la caja; cuando lo tuvo todo guardado y estaba a punto de marcharse, un penacho de polvo apareció en el oeste, anunciando la llegada del proveedor de abastecimientos con agua y maíz de la abadía. El hermano Francis decidió esperar su ración de alimento antes de emprender su largo viaje al hogar.

Tres borricos y un monje aparecieron encabezando la columna de polvo. El primer borrico avanzaba penosamente bajo el peso del hermano Fingo. A pesar de su capucha, Francis reconoció al ayudante de cocina por sus hombros cargados y por las largas espinillas peludas que colgaban a cada lado del asno de tal modo que sus sandalias casi tocaban el suelo. Los animales que le seguían iban cargados con pequeñas bolsas de maíz y odres de agua.

— ¡Gorrinos, gorrinos, gorrinos! — gritó Fingo, haciendo trompa con las manos y lanzando su llamada a los cerdos, desde las ruinas, como si no hubiese visto a Francis, que le esperaba cerca del sendero —. ¡Gorrinos, gorrinos, gorrinos! ¡Ah, aquí estás, Francis! Te había confundido con un montón de huesos. Tendremos que engordarte para los lobos. Aquí está, sírvete los desperdicios del domingo. ¿Cómo va el negocio de las ermitas? ¿Crees que obtendrás algo de ello? Si no te importa, sólo un odre y una bolsa de maíz. Y cuídate de las patas traseras de Malicia, está en celo y se siente algo traviesa… ha coceado a Alfred. ¡Crac! En medio de la rótula. ¡Ten cuidado!

El hermano Fingo echó hacia atrás su capucha y rió socarronamente, mientras el novicio y Malicia tomaban posiciones. A no dudar, Fingo era el hombre más feo de la Tierra, y cuando reía, la enorme distribución de encías rosadas y grandes dientes de variados colores añadía muy poco a su encanto. Era un mutante, pero casi no podía considerársele un monstruo. La suya era una herencia bastante común en el país de Minnesota, del que era oriundo: producía la calva y una distribución muy desigual de la melanina, por lo que el larguirucho pellejo del monje era una mezcla abigarrada de manchas de hígado de buey y chocolate sobre fondo albino. Sin embargo, su perpetuo buen humor compensaba de tal modo su aspecto que, después de unos minutos, uno dejaba de notarlo, y después de un largo contacto, las manchas del hermano Fingo parecían tan normales como las de un pony pintojo. Lo que habría resultado horrible de haber sido él un hombre malhumorado llegaba a ser, al ir acompañado por aquella exuberante alegría, casi tan decorativo como el maquillaje de un payaso.

La asignación de Fingo en la cocina era de castigo y probablemente temporal. Era tallista de oficio y normalmente trabajaba en el taller de carpintería. Pero un incidente de orgullo relacionado con una estatuilla del bendito Leibowitz, que se le había permitido tallar, promovió que el abad ordenase su transferencia a la cocina hasta que diese alguna señal de mayor humildad. Mientras tanto, la estatua del beato esperaba a medio esculpir en el taller de carpintería.

La sonrisa de Fingo empezó a desvanecerse cuando notó el aspecto de Francis, que descargaba el grano y el agua de la retozona burra.

— Pareces un perro apaleado, muchacho — le dijo al penitente —. ¿Qué te pasa? ¿Está de nuevo el padre Cheroki en uno de sus malos momentos?

El hermano Francis movió la cabeza.

— No, que yo sepa.

— ¿Entonces qué te pasa, estás enfermo?

— Me ha ordenado que regrese a la abadía.

— ¿Qué…?

Fingo hizo pasar una peluda extremidad por encima de su montura y se dejó caer unos centímetros hasta el suelo. Se inclinó sobre el hermano Francis, le puso una carnosa mano sobre el hombro y le observó la cara.

— ¿De qué se trata? ¿Ictericia?

— No. Cree que estoy.

Francis se tocó una sien y se encogió de hombros.

Fingo se echó a reír.

— Bueno, eso es verdad, pero todos lo sabemos. ¿Por qué te envía de regreso?

Francis miró la caja que tenía a sus pies.

— Encontré algunas cosas que pertenecieron al bendito Leibowitz. Empecé a decírselo, pero no me creyó, no me dejó que se lo explicase, él…

— ¿Encontraste qué?

Fingo sonrió incrédulo y, después de dejarse caer de rodillas, abrió la caja, mientras el novicio le observaba nervioso. El monje agitó los cilindros bigotudos con un dedo y silbó suavemente.

— Son encantamientos de los paganos de la colina, ¿verdad? Esto es antiguo, Francis, verdaderamente antiguo. — Miró la nota de la tapa —. ¿Qué son esos garabatos? — preguntó de soslayo al infeliz novicio.

— Inglés prediluviano.

— Nunca lo he estudiado, sólo sé lo que cantamos en el coro.

— Lo escribió el propio beato.

— ¿Esto? — Los ojos de Fingo fueron del hermano Francis a la nota. Meneó súbitamente la cabeza, colocó la tapa en su lugar y se levantó. Su sonrisa era ahora forzada —. Quizás el padre tiene razón, será mejor que regreses y el hermano farmacéutico te haga algún preparado de hongos. Debes de tener fiebre, hermano Francis se encogió de hombros.

— Quizá.

— ¿Dónde encontraste esto?

El novicio se lo indicó.

— Unos túmulos más allá. Quité unas piedras, encontré un hueco y después un sótano. Puede ir a comprobarlo.

Fingo agitó la cabeza.

— Tengo un largo camino por delante.

Francis asió la caja y emprendió la marcha hacia la abadía mientras Fingo volvía a su asno. Después de unos pasos, el novicio se detuvo y gritó:

— Hermano Pecas ¿puede otorgarme unos minutos?

— Quizá — contestó Fingo —, ¿para qué?

— Vaya allí y mire por el agujero.

— ¿Por qué?

— Para que pueda decir al padre Cheroki que está realmente allí.

Fingo se detuvo con una pierna a medio cruzar sobre el asno.

— Ya — dijo desmontando —, de acuerdo. Si no está allí, te lo diré a ti.

Francis esperó un momento mientras el desgarbado Fingo se perdía de vista entre los túmulos; después dio la vuelta para seguir penosamente la larga senda polvorienta que conducía a la abadía, masticando maíz y bebiendo algunos sorbos del odre. De vez en cuando miraba hacia atrás. Fingo permaneció oculto mucho más de dos minutos. El hermano Francis había dejado de mirar a su espalda cuando oyó un distante bramido procedente de las ruinas que había dejado atrás. Se volvió y pudo ver la lejana figura del tallista de pie en la cima de uno de los túmulos. Agitaba los brazos y asentía vigorosamente. Francis le hizo, a su vez, una seña y siguió cansadamente su camino.

Dos semanas de casi inanición habían cobrado su tributo, y después de cuatro o cinco kilómetros empezó a tambalearse. Cuando estaba a sólo un par de la abadía, se desmayó junto a la cuneta. Avanzada la tarde, Cheroki, de vuelta de sus rondas, lo encontró allí tendido. Desmontó rápidamente y humedeció la cara del joven hasta que gradualmente recuperó el sentido. El sacerdote había dado con los mulos de abastecimiento en su camino de vuelta y escuchado el relato de Fingo confirmando el hallazgo de Francis. Aunque no estaba dispuesto a aceptar que el novicio hubiese encontrado algo de importancia real, el sacerdote lamentó su anterior impaciencia con el muchacho. Vio la caja, cuyo contenido estaba desperdigado a su alrededor, y le dio una breve ojeada a la nota pegada a la tapa. Francis se sentó mareado y confuso al borde de la carretera, y Cheroki decidió considerar los anteriores balbuceos del novicio como resultado de una imaginación romántica más que como locura o delirio. No había visitado la cripta ni examinado de cerca el contenido de la caja; pero era evidente, por lo menos, que el muchacho había malinterpretado sucesos reales más que confesado alucinaciones.

— Tan pronto volvamos, podrás terminar tu confesión… — le dijo suavemente al novicio, ayudándolo a subir detrás de la silla de la mula —. Creo que si no insistes en mensajes personales de los santos, podré absolverte, ¿verdad?

El hermano Francis estaba, de momento, demasiado débil para poder insistir en nada.

4

— Hizo lo correcto — gruñó finalmente el abad.

El padre Cheroki se había sentado nervioso en el borde de la silla mientras el abad se paseaba lentamente por su estudio durante por lo menos cinco minutos, con su amplia cara campesina que denotaba honda preocupación. Ninguno de los dos había pronunciado ni una sola palabra desde que Cheroki entrase en la habitación en respuesta a la llamada de su superior, y el primero saltó ligeramente cuando el abad Arkos gruñó finalmente aquellas palabras.

— Hizo lo correcto — repitió el abad, deteniéndose en el centro de la habitación y mirando de soslayo a su prior, que por fin empezó a relajarse.

Era cerca de medianoche y Arkos se preparaba para retirarse y dormir un par de horas antes de la misa de maitines y laúdes. Aún mojado y despeinado, después de una reciente zambullida en la tina del baño, le recordaba a Cheroki un hombre oso, sólo a medias convertido en hombre. Llevaba una túnica de piel de coyote y la única muestra de su condición era la cruz pectoral, que, posada sobre la piel negra de su pecho, brillaba con la luz de las velas cada vez que se volvía hacia la mesa. El cabello húmedo le colgaba sobre la frente, y, con su corta barba hirsuta y la piel del coyote, en aquel momento no parecía un clérigo sino un caudillo militar rebosante de un limitado espíritu batallador después de un asalto reciente. El padre Cheroki, procedente de la baronía de Denver, tendía a reaccionar formalmente ante las capacidades oficiales de los hombres y a hablar cortésmente ante la insignia del poder, aunque sin permitirse ver al hombre que la usaba, siguiendo en esto las costumbres de la corte en todas las épocas. Así el padre Cheroki había mantenido siempre una relación formalmente cordial con el anillo y la cruz pectoral y con el poder de su padre abad, pero se permitía ver lo menos posible a Arkos, el hombre. En las presentes circunstancias era difícil, pues el reverendo padre abad acababa de salir del baño y se paseaba descalzo por su despacho. Según parecía, acababa de arreglarse un callo, se había hecho un corte demasiado profundo y uno de sus gruesos dedos estaba cubierto de sangre. Cheroki trató de no mirarlo, pero se sintió muy incómodo.

— ¿Sabe de qué estoy hablando? — gruñó Arkos, impaciente.

Cheroki dudó.

— ¿Le importaría, padre abad, ser un poco más explícito por si se trata de algo de lo que me haya enterado por confesión?

— ¿Eh? ¡Vaya, no sé lo que digo! Olvidé que lo supo usted a través de una confesión. Bien, haga que él se lo diga de nuevo y así podrá hablar de ello… supongo. El cielo sabe que en la abadía no se habla de otra cosa. No, no vaya ahora, yo hablaré de momento y usted no me contestará nada que forme parte del secreto de confesión. ¿Ha visto todo esto?

El abad señaló una mesa sobre la que estaba colocado el contenido de la caja del hermano Francis para ser examinado.

Cheroki asintió lentamente.

— Cuando se desmayó la dejó caer al suelo. Yo la recogí, pero no lo examiné detenidamente.

— ¿Sabe lo que dice que es?

El padre Cheroki miró hacia otro lado como si no hubiese oído la pregunta.

— Está bien, está bien — gruñó el abad —, no se preocupe por lo que él dice que es, y decida lo que usted piensa que puede ser.

Cheroki se inclinó sobre el escritorio y estudió cuidadosamente los papeles uno a uno mientras el abad pensaba y aparentemente hablaba con el sacerdote, pero medio para sí:

— ¡Es imposible! Hizo usted bien enviándolo a casa antes de que descubriese algo más. Pero claro está que esto no es lo peor Lo peor es lo que murmura del viejo. Está tomando demasiado empuje. No sé de nada que pueda perjudicar más el caso que una oleada de «milagros» poco convincentes. ¡Unos cuantos incidentes reales, nada más! Antes de la canonización debe quedar establecido que la intercesión del beato ha dado lugar a lo milagroso, ¡pero esto puede ser demasiado! Mire el caso del beato Chang, beatificado hace dos siglos, pero nunca canonizado. Y todo porque su orden se mostró demasiado ansiosa, justamente por eso. Cada vez que alguien paseaba un resfriado, el beato producía una cura milagrosa. Apariciones en los sótanos, evocaciones en el campanario, parecía más una colección de cuentos de fantasmas que actos milagrosos. Quizás un par de incidentes fueron realmente válidos, pero cuando hay hojarasca, ¿qué ocurre?

El padre Cheroki levantó la mirada. Sus nudillos habían palidecido en el borde del escritorio y su cara estaba tensa. Parecía no haber escuchado.

— ¿Decía usted, padre abad?

— Pues que aquí puede ocurrir lo mismo, esto es lo que digo — contestó el abad, empezando de nuevo su paseo de un lado para otro —. El año pasado fue el hermano Noyon y su milagrosa soga del verdugo; el año anterior, al hermano Smirnov se le curó milagrosamente la gota… ¿Cómo? Pues tocando una probable reliquia de nuestro beato Leibowitz, dicen los jóvenes patanes. Y ahora este Francis encuentra un peregrino que usa como kilt la mismísima túnica de arpillera que fue empleada como capucha del bendito Leibowitz antes de colgarlo. ¿Y qué usa en vez de cinturón? Una soga. ¿Qué soga? Pues la misma… — Hizo una pausa y miró a Cheroki —. Puedo decir por su mirada sorprendida que no sabía usted nada de esto. ¿No? Está bien, no lo puede decir. No, no, Francis no lo dijo, todo lo que explicó fue que… — El abad Arkos trató de darle una tonalidad de ligero falsete a su voz normalmente profunda —. Todo lo que el hermano Francis dijo fue: «Encontré a un viejo y pensé que era un peregrino que se dirigía a la abadía, pues ése era el camino que llevaba. Se vestía con un viejo saco de arpillera atado a la cintura con un pedazo de soga. Hizo una señal en la piedra y la señal era así».

Arkos se sacó un pedazo de pergamino de un bolsillo de su túnica y lo desplegó frente a la cara de Cheroki a la luz de una vela. Aun tratando con poco éxito de imitar la voz de Francis, añadió:

— Y no supe lo que quería decir, ¿lo sabe usted?

Cheroki miró los símbolos y denegó con un gesto.

— No se lo pregunto — gruñó Arkos, con su voz normal —. Esto fue lo que dijo Francis. Yo tampoco lo supe.

— ¿Lo sabe ahora?

— Lo sé, alguien más lo estudió. Ésta es la lamedh y ésta es la sadhe, son letras hebreas.

— ¿Sadhe, lamedh?

— No, de derecha a izquierda, lamedh, sadhe. Una ele y un sonido ts. Si tuviese vocales, podría ser luts, lots, lets, lats, lits o algo parecido. Si tuviese alguna consonante entre estas dos, podría ser algo parecido a Llll… adivine quién.

— Leibo… ¡Oh, no!

— ¡Oh, sí! Al hermano Francis no se le ocurrió; lo pensó alguien más. Al hermano Francis no se le ocurrió tampoco lo de la capucha de arpillera y la soga del verdugo, uno de sus camaradas lo hizo. Así que, ¿qué ocurre ahora? Esta noche todo el noviciado zumba con la pequeña y dulce historia de que Francis se encontró en el desierto con el propio beato, quien condujo a nuestro muchacho al sitio donde estaba todo esto y le dijo que había encontrado su vocación.

Una mueca perpleja cruzó la cara de Cheroki.

— ¿El hermano Francis ha dicho eso?

— ¡Nooo! — rugio Arkos —. ¿No me ha escuchado? Francis no ha dicho nada de esto. ¡Ojalá lo hubiese hecho, entonces tendría al bribón! Pero lo cuenta de un modo simple y hasta estúpido, diría yo, y deja que los demás saquen sus conclusiones. Todavía no he hablado con él. He enviado al director de la Memorabilia a escuchar su historia.

— Será mejor que hable con Francis — murmuró Cheroki.

— ¡Hágalo! Cuando entró, todavía dudaba si debía asarlo vivo o no. Por haberlo hecho volver, quiero decir. Si lo hubiese dejado en el desierto no tendríamos esa fantástica historia corriendo por aquí. Pero por otra parte, de haberse quedado allí, vaya a saber lo que habría podido sacar del sótano. Creo que al hacerlo regresar hizo lo correcto.

Cheroki, que no había tomado esa decisión por tal razón, decidió que el silencio era la política más apropiada.

— Vaya a verle — gruñó el abad —, y después envíemelo.


Eran casi las nueve de la mañana de un luminoso lunes cuando el hermano Francis llamó tímidamente al despacho del abad. Una provechosa noche de descanso en el duro jergón de paja de su vieja celda familiar y un poco de desayuno no tan familiar no habían, quizás, hecho maravillas en el estómago hambriento ni aclarado totalmente la niebla que el sol había metido en su cerebro; pero aquellos lujos relativos le habían dado, por lo menos, la suficiente claridad de criterio para saber que tenía motivos para estar asustado. De hecho, estaba aterrorizado, y su primer golpe a la puerta del abad pasó desapercibido. Ni siquiera él pudo oírlo. Después de varios minutos reunió la valentía suficiente para llamar de nuevo.

— Benedicamus Domino.

— ¿Deo gratias? — preguntó Francis.

— ¡Entra, muchacho, entra! — exclamó una voz afable que, después de unos segundos de duda, reconoció con extrañeza como la de su soberano abad —. Dale la vuelta al pestillo, hijo — dijo la misma voz amistosa, después de que Francis se hubo quedado paralizado durante unos segundos con los nudillos todavía en posición de llamada.

— Sí…

Francis casi no tocó el pestillo, pero la condenada puerta se abrió, a pesar de haber esperado que estuviese pesadamente cerrada.

— ¿El padre abad me ha mandado llamar? — musitó el novicio.

El abad Arkos se humedeció los labios y asintió lentamente.

— Sí, el padre abad te ha mandado llamar. Entra y cierra la puerta.

El hermano Francis obedeció y permaneció tembloroso en el centro de la habitación. El abad jugueteaba con algunas de las cosas con bigote de alambre que había en la vieja caja de herramientas.

— Aunque tal vez sería mejor decir — prosiguió el abad Arkos — que quizá sea el reverendo padre abad quien ha sido llamado por ti. Ahora que te has visto de tal modo favorecido por la Providencia y eres tan famoso, ¿no te parece? — sonrió con dulzura.

— ¿Je, je? — El hermano Francis rió inquisitivamente —. Oh, no, reverendo padre.

— ¿No niegas que has ganado fama en una noche? ¿Que la Providencia te ha elegido para descubrir esto? — Señaló con un amplio gesto las reliquias que había sobre la mesa —. ¿Esta caja de basuras como la llamó acertadamente su antiguo propietario?

El novicio balbuceó desamparadamente y se esforzó en formar una sonrisa.

— Tienes diecisiete años y eres claramente idiota, ¿verdad?

— No hay duda de ello, reverendo padre.

— ¿Qué excusas propones por creerte llamado a la religión?

— Ninguna, magister meus.

— ¿Ah? ¿Es así? Entonces, ¿piensas que no tienes vocación para pertenecer a la orden?

— ¡La tengo! — exclamó el novicio.

— Pero ¿no encuentras motivo?

— Ninguno.

— Pequeño cretino, te pido una razón. Ya que no das ninguna, supongo que estás preparado para negar que el otro día encontraste a alguien en el desierto; tropezaste con esto, con esta caja de basuras sin ayuda de nadie y que lo que he oído comentar a los demás es únicamente un delirio producido por la fiebre.

— ¡Oh, no, dom Arkos!

— ¿No, qué?

— No puedo negar lo que vi con mis propios ojos, reverendo padre.

— ¿Así que encontraste un ángel… o fue un santo? ¿Él te mostró dónde tenías que mirar?

— Nunca he dicho que fuese…

— Y ésta es tu excusa para creer que tu vocación es verdadera, ¿no es así? Que aquella… aquella llamémosla criatura te habló de encontrar una voz y marcó una roca con sus iniciales y te dijo que era lo que buscabas, y cuando miraste debajo… allí estaba esto, ¿verdad?

— Sí, dom Arkos.

— ¿Qué opinas de tu propia execrable vanidad?

— Mi execrable vanidad es imperdonable, reverendo maestro.

— El creerte lo suficientemente importante para ser imperdonable es una vanidad todavía mayor — rugió el soberano de la abadía.

— Reverendo padre, soy en verdad un gusano.

— Muy bien, tienes que negar únicamente la parte del peregrino. Nadie más lo vio, ¿sabes? Tengo entendido que vino en esta dirección y hasta dijo que se detendría aquí. Que te preguntó acerca de la abadía. ¿No es así? En caso de haber existido, ¿cómo desapareció? Nadie pasó por aquí. El hermano que en aquel momento estaba de guardia en la atalaya no lo vio. ¿Estás dispuesto a aceptar ahora que lo imaginaste?

— De no haber existido las dos marcas en aquella roca, quizás hubiese…

El abad cerró los ojos y suspiró profundamente.

— Las señales están aquí… borrosas — admitió —. Pudiste hacerlas tú.

— No, reverendo padre.

— ¿Admitirás que imaginaste a la vieja criatura?

— No, reverendo padre.

— Muy bien, ¿sabes lo que te espera ahora?

— Sí, reverendo padre.

— Entonces, prepárate a recibirlo.

Temblando, el novicio se arrebujó el hábito hasta la cintura y se inclinó sobre el escritorio. El abad sacó una dura regla de nogal de un cajón, la probó en su palma y después le dio un fuerte golpe a Francis cruzándole las nalgas con ella.

— Deo gratias! — respondió sumisamente el novicio, conteniendo ligeramente el aliento.

— ¿Piensas cambiar de idea, hijo mío?

— Reverendo padre, no puedo negar…

¡Plaf!

— Deo gratias!

¡Plaf!

— Deo gratias!

Por diez veces fue repetida esa simple pero dolorosa letanía, con el hermano Francis resollando sus gracias al cielo por cada punzante lección sobre la virtud de la humildad, como se esperaba de él. El abad se detuvo después del décimo golpe. El hermano Francis estaba de puntillas y se balanceaba ligeramente. Las lágrimas se abrían paso entre sus apretados párpados.

— Mi querido hermano Francis — dijo el abad Arkos —, ¿estás seguro de que viste al viejo?

— Seguro — murmuró, endureciéndose en espera de nuevos golpes.

El abad Arkos miró clínicamente al joven, después dio la vuelta a su mesa y se sentó con un gruñido. Se quedó un rato contemplando abstraídamente el pedazo de pergamino con las letras.

— ¿Quién supones que pudo ser? — murmuró el abad, con voz ausente.

El hermano Francis abrió los ojos llenos de lágrimas.

— Me has convencido, muchacho, peor para ti.

Francis no contestó, pero rogó silenciosamente porque la necesidad de convencer a su soberano de su veracidad no se presentase muy a menudo. En respuesta a un gesto irritado del abad, se bajó el hábito.

— Puedes sentarte — dijo el abad, con acento casual y hasta cordial.

Francis fue hacia la silla indicada, pero al intentar sentarse dio un respingo y se enderezó.

— Si le es igual, reverendo padre abad…

— Está bien, quédate de pie. De todas maneras no te entretendré mucho. Tienes que marcharte a terminar tu vigilia — Hizo una pausa al ver que la cara del novicio se iluminaba ligeramente —. Oh, no, no lo harás — exclamó —, no volverás al mismo sitio. El hermano Alfred y tú intercambiaréis ermitas y no te acercarás para nada a esas ruinas. Y aún más, te prohíbo que hables del asunto con nadie, excepto con tu confesor y conmigo. De todas maneras, el cielo sabe que el mal ya está hecho. ¿Sabes lo que has empezado?

El hermano Francis movió la cabeza.

— Ayer, por ser domingo, reverendo padre, no tuvimos que observar silencio, y en el recreo contesté algunas de las preguntas de los muchachos. Pensé…

— Pues tus muchachos han imaginado una encantadora solución, querido hijo. ¿Sabes que a quien encontraste allí fue al mismísimo beato Leibowitz?

Francis quedó sorprendido y después meneó nuevamente la cabeza.

— No, reverendo padre, estoy seguro de que no puede ser. El beato mártir no haría una cosa así.

— ¿Qué es lo que no haría?

— No perseguiría a alguien tratando de pegarle con un palo que tenía la punta de hierro.

El abad se secó la boca para ocultar una sonrisa involuntaria. Trató de parecer pensativo.

— No sé nada de esto. ¿Eres tú ese alguien a quien perseguía? Comprendo, es lo que suponía. ¿Contaste esto a los demás novicios? ¿Sí, eh? Pues mira, ellos no excluyeron la posibilidad de que fuese el beato. Dudo que haya mucha gente a quien el beato persiguiese con su palo, pero… — Se calló, incapaz de contener la risa que la expresión en la cara del novicio le producía —. Está bien, hijo, pero ¿quién supones que pudo ser?

— Pensé que era un peregrino que recorría el camino para visitar nuestra capilla, reverendo padre.

— Todavía no es una capilla y no debes llamarla así. Pero de todas maneras no pensaba visitarla o, por lo menos, no lo hizo. No pasó ante nuestra puerta, a menos, claro está, que el vigía durmiera. Y el novicio que estaba de guardia niega haberse dormido aunque admite que aquel día se sentía amodorrado. Así que, ¿qué es lo que sugieres?

— Si el reverendo padre abad me perdona, yo mismo he estado de guardia algunas veces.

— ¿Y…?

— Bueno, en un día brillante en el que lo único que se mueve son los buitres, después de unas horas se empieza a mirarlos.

— Conque sí, ¿eh? ¿Cuándo se supone que hay que mirar el camino?

— Y si se mira demasiado hacia el cielo, llega un momento en que se pierde la lucidez… no se puede decir que dormido, pero sí algo así como abstraído.

— ¿Y esto es lo que haces cuando estás de guardia? — gruñó el abad.

— No necesariamente. Quiero decir que no, reverendo padre, de haberme ocurrido no lo sabría, no lo creo. El hermano Je… quiero decir que un hermano a quien sustituí un día estaba así. Ni siquiera se había dado cuenta de que había llegado la hora del cambio de guardia. Estaba sentado en la torre mirando el cielo con la boca abierta. Como ausente.

— Sí, y la primera vez que tú te amodorres de este modo, llegará una horda pagana de guerreros de Utah, matará a algunos jardineros, cortará el sistema de irrigación, estropeará nuestras cosechas y llenará el pozo de piedras, antes de que tengamos tiempo de defendernos. ¿Por qué pones esa cara tan…? Ah, lo había olvidado, tú procedes de Utah, ¿verdad? Pero no te preocupes, puede que después de todo tengas razón acerca del vigía, quizá no vio al viejo. ¿Estás seguro de que se trataba de un viejo común y corriente y nada más? ¿No era un ángel o un beato?

La mirada del novicio se detuvo pensativamente en el techo y después se posó rápidamente en la cara de su superior.

— ¿Los ángeles y los santos tienen sombra?

— Sí, quiero decir no, quiero decir… ¡cómo voy a saberlo! Él la tenía, ¿verdad?

— Pues… era tan pequeña que casi no se le notaba.

— ¿Que?

— Era casi mediodía.

— ¡Imbécil! No te estoy pidiendo que me digas lo que era. Yo lo sé muy bien, si es que lo viste. — El abad Arkos dio unos golpes sobre la mesa para dar mayor énfasis a sus palabras —. Quiero saber si tú… ¡tú!, estás seguro, más allá de toda duda, de que se trataba de un viejo común y corriente.

Aquella clase de interrogatorios desconcertaban al hermano Francis. En su propia mente no existía ningún límite preciso que separase lo natural de lo sobrenatural, sino más bien una zona crepuscular intermedia. Había cosas que eran claramente naturales y cosas que eran claramente sobrenaturales; pero entre esos dos extremos cabía una región de confusión (la suya) — lo preternatural —, donde las cosas hechas de simple tierra, aire, fuego o agua tendían a comportarse de modo perturbador como Cosas. Para el hermano Francis, esta región incluía todo lo que podía ver, pero no podía comprender. Y el hermano Francis jamás estaba seguro «más allá de toda duda», como el abad le pedía que estuviese, de comprender exactamente de qué se trataba. Así, al poner la pregunta en el tapete, el abad Arkos involuntariamente había lanzado al peregrino del novicio a la zona intermedia; a la misma perspectiva de la primera aparición del hombre como un despojo negro sin piernas que se arrastraba en medio de un lago que un espejismo de calor había creado en el camino; en la misma perspectiva que había ocupado momentáneamente cuando el mundo del novicio se redujo hasta no contener nada sino una mano ofreciéndole un poco de comida. Si alguna criatura más que humana decidía disfrazarse de humano, ¿cómo iba él a descubrir su disfraz o a suponer su presencia? Si tal criatura no desease que recayeran sospechas sobre ella, ¿no se acordaría de producir sombra, dejar huellas y comer pan y queso? ¿No masticaría hojas aromáticas, le escupiría a un lagarto y se acordaría de imitar la reacción de un mortal que ha olvidado ponerse las sandalias antes de pisar el suelo ardiente?

Francis no se decidía a estimar la inteligencia o el ingenio de los seres infernales o celestiales, o a imaginar la extensión de sus cualidades histriónicas, aunque presumía que tales criaturas eran infernal o celestialmente inteligentes. El abad, al plantear tan claramente su pregunta, había formulado la naturaleza de la respuesta de Francis, es decir: tomar en consideración la pregunta en sí misma, a pesar de no haberlo hecho previamente.

— ¿Bien, hijo?

— Reverendo padre, ¿no supone que puede haber sido…?

— No te pido que supongas. Quiero que estés completamente seguro. ¿Era o no una persona común y corriente, de carne y hueso?

La pregunta era aterradora. Y el hecho de que se viese dignificada, al proceder de labios de una persona tan exaltada como su abad, la hacía aún más aterradora, a pesar de poder ver con claridad que su superior la planteaba tan sólo porque deseaba una respuesta en particular y la deseaba ardientemente. Y si mostraba tal interés, la pregunta debía ser importante. Y si era lo suficientemente importante para un abad, entonces lo era muchísimo más para el hermano Francis, el cual no se atrevía a equivocarse.

— Creo… creo que era de carne y hueso, reverendo padre, pero no exactamente «común y corriente». En algunos aspectos era muy poco común.

— ¿En qué aspectos? — preguntó el abad Arkos, secamente.

— Pues… la puntería que tenía al escupir. Y sabía leer, creo.

El abad cerró los ojos y se acarició las sienes con aparente exasperación. Qué fácil habría sido decirle sencillamente al muchacho que su peregrino era sólo algún viejo vagabundo y después ordenarle que lo considerase de ese modo. Pero al haberle permitido al muchacho saber que la pregunta era posible, restaba efectividad a la orden antes de ser pronunciada.

Hasta donde el pensamiento podía ser gobernado, sólo cabía ordenarle seguir lo que la razón afirmaba; de hacerlo de otro modo, no obedecería. Como director prudente, el abad Arkos no daba órdenes en vano cuando sabía que era posible desobedecer y obligar no lo era. Era mejor apartar la vista que dar órdenes no efectivas. Había hecho una pregunta que ni él mismo podía contestar razonablemente, pues jamás vio al viejo, y debido a ello, tampoco tenía derecho a exigir la respuesta.

— Puedes irte — dijo finalmente sin abrir los ojos.

5

Ligeramente desconcertado por la conmoción producida en la abadía, el hermano Francis regresó al desierto aquel mismo día para completar su vigilia de cuaresma en una soledad bastante desventurada. Había esperado que se produjese cierta agitación al aparecer él con las reliquias, pero el excesivo interés que todos demostraron por el viejo vagabundo le había sorprendido. Francis únicamente mencionó al viejo por el papel que supuso, fuese por accidente o por obra de la Providencia, en su tropiezo con la cripta y sus reliquias. Por lo que a Francis se refería, el peregrino era tan sólo un ingrediente menor de un cuadro en cuyo centro estaba la reliquia de un santo. Pero los novicios, sus camaradas, pareció que se interesaban más por el peregrino que por la reliquia y hasta el abad le había llamado, no para preguntarle por la caja, sino por el viejo.

Le habían hecho un centenar de preguntas acerca del peregrino a las que sólo había podido contestar: «No me di cuenta»… «En aquel momento no miraba»… «Si lo dijo no lo recuerdo»… y algunas de las preguntas eran un poco extrañas. Debido a todo ello, empezó a interrogarse: «¿Tenía que haberme dado cuenta? ¿Fui estúpido al no vigilar lo que él hacía? ¿No presté la suficiente atención a lo que dijo? ¿Dejé de percibir algo importante por estar medio aturdido?».

Meditó sobre ello en la oscuridad mientras los lobos rondaban su nuevo campamento y llenaban la noche con sus aullidos. Se encontró pensando en ello en momentos del día que estaban señalados como propios para la oración y los ejercicios espirituales de la vigilia vocacional, y así se lo confesó al padre Cheroki en su siguiente ronda dominical.

— No debiste dejar que la imaginación desatada de los demás te obsesionase; ya tienes suficientes problemas con la tuya propia — le dijo el confesor después de reprenderlo por descuidar sus ejercicios y oraciones —. Ellos no piensan en esas cosas basándose en lo que puede ser verdad, sino que confeccionan sus preguntas basándose en lo que puede ser sensacional si resulta ser verdad. ¡Es absurdo! Debo decirte que el reverendo padre abad ha prohibido que en el noviciado se siga hablando de este asunto. — Después de un breve silencio, añadió con poca fortuna y con un tenue rastro de duda esperanzada en el tono -: En el viejo no había nada que sugiriese lo sobrenatural, ¿verdad?

El hermano Francis también dudaba. Si hubo una sugerencia de lo sobrenatural, él no la notó. Pero de todas maneras, a juzgar por la gran cantidad de preguntas que no pudo contestar, poco había notado. La profusión de las preguntas le hacía sentir que su poca observación era en cierto modo culpable. Agradecía al peregrino el descubrimiento del refugio. Pero no interpretó enteramente los acontecimientos en función de sus propios intereses, de acuerdo con su propio anhelo por un fragmento de evidencia de que la dedicación de su vida a las labores del monasterio procedían no sólo de su deseo sino también de la gracia; facultando la voluntad, pero no obligándola a escoger correctamente. Tal vez los acontecimientos tenían un significado más amplio, que él no llegó a percibir durante su gran ensimismamiento.

¿Qué opinas de tu execrable vanidad?

«Mi execrable vanidad es como la del gato de la fábula que estudió ornitología, reverendo padre.»

¿Su deseo de profesar los votos finales y perpetuos no era análogo al del gato que se convirtió en ornitólogo para poder glorificar su propia ornitofagia, devorando secretamente un Serinus canarius canarius, pero nunca comiéndose un canario? Porque como el gato que era por naturaleza ornitófago, también Francis estaba, por naturaleza, dispuesto a devorar hambriento todo el conocimiento que se enseñaba en aquellos días y debido a que no había más escuelas que las monásticas, tomó primero el hábito de postulante y después el de novicio. Pero ¿sospechar que Dios, al igual que la naturaleza, lo llamaba para ser un monje profeso de la orden…?

¿Qué otra cosa podía hacer? No había modo de volver a su tierra, en Utah. De pequeño fue vendido a un hechicero que lo educó como su sirviente y acólito. Después de escapar, no podía volver si no era para enfrentarse a la espantosa «justicia» de la tribu: había robado la propiedad de un hechicero — su propia persona —, y aunque el robo era una profesión honorable entre los habitantes de Utah, ser cogido era un crimen capital, cuando la víctima del ladrón era el brujo de la tribu.

Después de sus estudios en la abadía, tampoco le interesaba caer en la relativamente primitiva vida de un pastor analfabeto.

Pero ¿qué más? El continente estaba escasamente habitado. Pensó en el mapa mural de la biblioteca de la abadía y la desperdigada distribución de las áreas marcadas con una cruz, que eran regiones, si no de civilización, por lo menos de orden civil, en las que dominaba cierta forma de soberanía legal que sobrepasaba a la tribal. El resto estaba muy poco poblado por gente de los bosques y las llanuras que, aunque en su mayoría no eran salvajes, formaban simples clanes vagamente organizados en pequeñas comunidades dispersas, que vivían de la caza, el pillaje y la agricultura primitiva, y su índice de natalidad era escasamente suficiente — descontados los monstruos de nacimiento y los mutantes — para sostener a la población. Las principales industrias del continente, sin tener en cuenta algunas regiones costeras, eran la caza, el cultivo, la guerra y la brujería; esta última era la «industria» más prometedora para cualquier joven que desease escoger carrera y tuviese en mente como finalidad principal la máxima opulencia y prestigio.

Los conocimientos que Francis recibió en la abadía no le habían preparado para nada que tuviese un valor práctico en el mundo oscuro e ignorante de todos los días; donde la cultura no existía y un joven educado, además, no tenía valor para una comunidad, a menos que supiese cultivar la tierra, pelear, cazar o mostrase algún talento especial para el latrocinio intertribal o para el descubrimiento de aguas subterráneas o metales maleables. Aun en los dominios dispersos donde existía una forma de orden civil, el hecho de la cultura de Francis no le ayudaría en nada si debía llevar una vida independiente de la Iglesia. Era verdad que algunos pequeños barones empleaban a veces a uno o dos escribientes, pero aquellos casos eran tan raros que podían descartarse, y cuando se daban, eran desempeñados tanto por monjes como por legos de educación monástica.

La única demanda de escribientes y secretarios había sido creada por la propia Iglesia, cuyo tenue tejido jerárquico estaba tendido por todo el continente — y ocasionalmente hasta costas distantes, aunque las diócesis de ultramar eran virtualmente gobiernos autónomos sujetos en teoría a la Santa Sede, pero raramente en la práctica, pues estaban separados de Nueva Roma, más que por el cisma, por los océanos no cruzados con mucha frecuencia — y podía mantenerse unido sólo por una red de comunicaciones. La Iglesia se había convertido, casi por coincidencia y sin querer serlo, en el único medio por el que las noticias eran transmitidas de un lugar a otro a través del continente. Si la plaga llegaba al nordeste, el sudeste pronto lo sabía como resultado de las historias contadas y vueltas a contar por los mensajeros de la Iglesia que iban y venían de Nueva Roma.

Si la infiltración nómada, en el lejano noroeste, amenazaba a una diócesis cristiana, una carta encíclica era pronto leída en púlpitos tan lejanos como los del sur y el este, previniendo de la amenaza y extendiendo las bendiciones apostólicas a los «hombres de cualquier condición que sean diestros en el manejo de las armas y que, con medios para hacer el viaje, estén piadosamente dispuestos a efectuarlo, para jurar fidelidad a nuestro querido hijo N., gobernante legítimo del lugar, por tal período de tiempo como se juzgue necesario para el mantenimiento del ejército en pie de guerra para la defensa de los cristianos del lugar contra la reunión de las hordas paganas, cuyo brutal salvajismo es demasiado conocido y quienes, para nuestro mayor dolor, torturaron, asesinaron y devoraron a los sacerdotes de Dios que Nos mismo les enviamos con la Palabra, para que pudiesen entrar como corderos en la grey del Cordero, de cuyo rebaño en la tierra Nos somos el pastor; porque mientras Nos no hemos desesperado nunca ni dejado de orar para que esas criaturas nómadas sean conducidas de la oscuridad a la Luz y vengan a Nuestro reino en paz — pues no hay que pensar que extranjeros pacíficos sean expulsados de una tierra tan amplia y vacía; y es más, serán bien venidos los que vengan en paz, aunque sean extraños a la Iglesia visible y a su divino fundador, en tanto atiendan a la ley natural que está escrita en el corazón de todos los hombres, vinculándolos al espíritu de Cristo, aunque ignoren su nombre —, es, sin embargo, conveniente, adecuado y prudente que la cristiandad, mientras ora por la paz y la conversión de los infieles, se prepare para la defensa en el noroeste, donde debido a la reunión de las hordas, los salvajes incidentes han aumentado últimamente. Y sobre cada uno de vosotros, queridos hijos, que podéis emplear las armas y viajar al noroeste para unir vuestras fuerzas a las de los que se disponen, con todo su derecho, a defender sus tierras, hogares e iglesias, Nos extendemos y por la presente conferimos, como signo de nuestro especial afecto, la Bendición Apostólica».

Francis había pensado brevemente en ir al noroeste si fracasaba en encontrar la vocación en la orden. Pero aunque era fuerte y lo suficientemente hábil con la hoja y el arco, era muy bajo y no demasiado pesado, mientras que, según los rumores, los paganos medían tres metros. No podía asegurar que el rumor fuese verídico, pero no se le ocurría ningún motivo por el cual considerarlo falso.

Además de morir en el campo de batalla, era poco lo que se le ocurría hacer con su vida que mereciese la pena ser hecho, si no podía entrar en la orden.

La certidumbre de su vocación no había sido quebrada, sino ligeramente doblada por la azotaina que el abad le había propinado y por el pensamiento del gato que se convirtió en ornitólogo, cuando por naturaleza era llamado a ser únicamente un ornitófago. El pensamiento lo hizo lo bastante desgraciado para dejarse llevar por la tentación, y el Domingo de Ramos, cuando sólo faltaban seis días de hambre para el final de la vigilia, el padre Cheroki oyó de labios de Francis — o del encogido y requemado residuo de Francis donde el alma permanecía ligeramente enquistada — unos breves sones que constituyeron la que fue probablemente la confesión más sucinta que el novicio había hecho o el sacerdote — oído:

— Dios me perdone, padre, me comí un lagarto.

El padre Cheroki, que llevaba muchos años como confesor de penitentes en vigilia, había descubierto que la costumbre, como en el caso del sepulturero de la fábula, le confería al asunto «una calidad de desembarazo», por lo que replicó con perfecta ecuanimidad y sin un parpadeo:

— ¿Que en día de abstinencia y hecho con premeditación?


La semana santa resultaría menos solitaria que las primeras semanas de la cuaresma, si los ermitaños no estuvieran ya entonces más allá de toda preocupación. Parte de la liturgia de la Pasión se efectuaba extramuros de la abadía para acercarse a los penitentes en sus centros de vigilia; dos veces se les ofreció la eucaristía, y el jueves santo el propio abad hizo las rondas con Cheroki y trece monjes, para efectuar el mandatum en cada ermita. Las vestiduras del abad Arkos quedaban ocultas bajo una cogulla, y el león casi parecía un humilde gatito cuando se arrodillaba para lavar y besar los pies de sus súbditos penitentes con la máxima economía de gestos y el mínimo de adornos y exhibición, mientras los demás cantaban las antífonas. «Mandatum novum do vobis: ut diligatis incivem…» El Viernes Santo, la procesión de la cruz trajo un velado crucifijo y se detuvo ante cada ermita para descubrirlo lentamente ante el penitente, levantando la tela centímetro a centímetro para la adoración mientras los monjes cantaban los improperios:

«Pueblo mío, ¿qué te he hecho o en qué te he afligido? Respóndeme… Te he ensalzado con gran poder y tú me has colgado del patíbulo de una cruz…»

Y después, el sábado santo.

Los mejores recogieron uno a uno a los novicios, hambrientos y delirantes. Francis pesaba tres kilos menos y estaba mucho más débil que el Miércoles de Ceniza. Cuando lo dejaron de pie en su propia celda, se tambaleó y cayó antes de poder llegar a su camastro. Los hermanos lo tendieron en él, lo lavaron, afeitaron y cubrieron de aceite su maltratada piel, mientras Francis deliraba y hablaba de algo que se cubría con un taparrabo de arpillera al que llamaba a veces ángel y otras santo, invocaba frecuentemente el nombre de Leibowitz y trataba de disculparse.

Sus cofrades, a quienes el abad había prohibido hablar del asunto, se limitaban a cambiar miradas significativas y a asentir misteriosamente entre sí.

Los informes de lo sucedido llegaron al abad.

— Que me lo traigan — gruñó tan pronto supo que Francis podía andar.

Su voz hizo que el recadero obedeciese a toda velocidad.

— ¿Niegas haber dicho estas cosas? — exclamó Arkos.

— No recuerdo haberlas dicho, reverendo padre — dijo el novicio, mirando de reojo la regla de su superior —. Quizá deliraba.

— Aceptando que entonces delirabas, ¿lo repetirías ahora?

— ¿Que el peregrino era el beato? Oh, no, magister meus.

— Entonces, di lo contrario.

— No creo que el peregrino fuese el beato.

— ¿Por qué no dices sencillamente que no lo era?

— Porque como no he visto nunca personalmente al beato Leibowitz, no podría…

— ¡Basta ya! — ordenó el abad —. ¡Es demasiado! ¡Fuera de aquí, y no quiero verte ni saber de ti en mucho tiempo! Sólo una cosa más… No esperes poder profesar tus votos este año. No se te permitirá.

Para Francis fue como si le propinaran un puñetazo en el estómago.

6

El peregrino, como tema de conversación, continuó prohibido en la abadía; pero en cuanto a las reliquias y al refugio Fallout, la prohibición fue por necesidad gradualmente olvidada, menos para su descubridor, que siguió bajo la orden de no discutirlo y, de ser posible, que pensara en ello lo menos posible. De todas maneras, no podía evitar oír algunas conversaciones aquí y allá y sabía que en uno de los talleres de la abadía los monjes estudiaban los documentos, no sólo los suyos, sino otros, encontrados en el antiguo escritorio, antes que el abad diera la orden de que el refugio fuese cerrado.

¡Cerrado! La noticia conmovió al hermano Francis. El refugio apenas había sido registrado. Más allá de su propia aventura, nadie intentó penetrar más profundamente en los secretos del refugio, excepto abrir el escritorio que él trató de abrir, sin lograrlo, antes de descubrir la caja. ¡Cerrado! Sin intentar descubrir lo que podía haber detrás de la puerta llamada «compuerta dos», ni investigar el cerco sellado. Sin ni tan siquiera quitar las piedras o los huesos. ¡Cerrado! La investigación fue abruptamente reprimida sin causa aparente.

Entonces comenzó a correr el rumor.

Emily tenía un diente de oro. Emily tenía un diente de oro. Ernily tenía un diente de oro.

Y, además, era cierto. Era una de esas trivialidades históricas que, sin saber cómo, sobreviven a hechos más importantes, que alguien tenía que haberse preocupado de hacer constar, pero que seguían sin ser mencionadas hasta que algún historiador monástico se vería, por ejemplo, forzado a escribir: «Ni el contenido de la Memorabilia ni ninguna otra fuente arqueológica descubierta hasta el momento da el nombre del gobernante que ocupaba el Palacio Blanco durante la mitad y final de los últimos sesenta, aunque Fr. Barcus asegura, con suficientes pruebas, que su nombre era…».

Y sin embargo, en la Memorabilia estaba claramente escrito que Emily tenía un diente de oro.

No era sorprendente que el abad ordenase que la cripta fuese sellada de inmediato. Al recordar cómo había levantado el cráneo y lo había colocado cara a la pared, el hermano Francis temió, de pronto, la cólera del cielo. Emily Leibowitz desapareció de la faz de la Tierra al principio del Diluvio de Fuego, y sólo después de muchos años admitió su viudo que había muerto.

Se decía que Dios, para poder probar a la especie humana, que estaba henchida de orgullo como en tiempos de Noé, había ordenado a los hombres sabios de la época, entre los que se hallaba el beato Leibowitz, que ideasen grandes máquinas de guerra como nunca habían existido en la Tierra; armas con tal energía, que encerrasen los propios fuegos del infierno. Consintió que esos magos colocasen las armas en manos de los príncipes y les dijesen a cada uno de ellos: «Sólo porque el enemigo tiene tal instrumento, hemos ideado éste para ti, para que sepa que tú también lo tienes y no se atreva a atacarte. Piensa, mi señor, que los temiste a ellos tanto como te temen ahora a ti y que ninguno usará esta horrible cosa que hemos creado».

Pero los príncipes, haciendo caso omiso de las palabras de sus hombres sabios, se dijeron: «Si ataco lo suficientemente aprisa y en secreto, destruiré a los demás mientras duermen y no habrá nadie que me responda; la Tierra será mía».

Tal fue la locura de los príncipes, y a ella siguió el Diluvio de Fuego.

En algunas semanas — algunos decían que días — todo terminó. Las ciudades se convirtieron en un amasijo de vidrios rodeado de una vasta extensión de escombros. Las naciones desaparecieron y la tierra quedó cubierta de cuerpos de hombres y de ganado; de toda clase de bestias: junto con los pájaros del aire y todos los seres que volaban, todos los que nadaban en los ríos, se arrastraban entre la hierba o se ocultaban en madrigueras, enfermaron y murieron, cubriendo la tierra, y, pese a todo, en donde los demonios del Fallout quedaron desperdigados, durante un tiempo los cuerpos no entraron en putrefacción, a no ser los que estaban en contacto con la tierra fértil. Grandes nubes de ira se tragaron los bosques y prados, secaron los árboles y destruyeron las cosechas. Donde antes existía la vida, se extendían grandes desiertos, y en los puntos de la Tierra donde los hombres subsistían, habían enfermado todos debido al aire envenenado. Por ello, y a pesar de que algunos escaparon de la muerte, ninguno quedó intocado; y muchos, hasta en esas tierras donde las armas no habían atacado, murieron debido a la contaminación del aire.

Por todo el mundo los hombres iban de un lado para otro creándose una gran confusión de lenguas. Cundió la furia contra los príncipes y sus servidores y contra los magos que habían ideado las armas. Pasaron los años y la Tierra todavía no estaba limpia. Así constaba claramente estipulado en la Memorabilia.

De la confusión de lenguas, de la mezcla de los supervivientes de muchas naciones y del miedo, nació el odio. Y el odio dijo:

«Vamos a lapidar, destripar y quemar a quienes hicieron esto. Hagamos un holocausto con quienes idearon este crimen, junto con sus mercenarios y sus sabios; quemémoslos, que mueran junto con sus obras, sus nombres y hasta su recuerdo. Destruyámoslos a todos y enseñemos a nuestros hijos que el mundo es nuevo, que no sepan nada de los hechos antes ocurridos. Hagamos una gran simplificación y después el mundo comenzará de nuevo.»

Así fue que, después del Diluvio, el Fallout, las plagas, la locura, la confusión de lenguas y la ira, comenzó la época sangrienta de la Simplificación, cuando unos supervivientes de la raza humana aniquilaron a otros supervivientes miembro a miembro, mataron gobernantes, científicos, dirigentes, técnicos, maestros y cualquier persona que los adalides de la enloquecida multitud considerasen merecedora de la muerte por haber ayudado a hacer de la Tierra lo que era. Nada era tan odioso a los ojos de esa multitud como los hombres cultos, al principio porque sirvieron a los príncipes y más tarde porque se negaron a unirse a la riada de sangre y trataron de oponerse a la chusma, a la que motejaban de «gente simple sedienta de sangre».

La chusma aceptó alegremente el nombre y gritó:

«¡Simples! ¡Sí, sí! ¡Soy simple! ¿Eres simple? ¡Construiremos una ciudad y la llamaremos «Ciudad Simple» porque para entonces todos los bastardos inteligentes que causaron esto estarán muertos! ¡Simples! ¡Vamos! ¡Esto les servirá de lección! ¿Hay alguien aquí que no sea simple? ¡Si lo hay, coged al bastardo!»

Para escapar de la ira de aquella multitud de simples, los hombres cultos que quedaban con vida huyeron a cualquiera de los santuarios que les ofrecían asilo. La santa Iglesia los recibió, los vistió con hábitos monacales y trató de ocultarlos en tantos monasterios y conventos como habían sobrevivido y que podían ser habitados de nuevo, porque las religiones no eran muy despreciadas por la multitud a no ser que la desafiasen o aceptasen el martirio.

A veces el santuario era seguro, pero en general no resultó así. Los monasterios fueron invadidos; los archivos y libros sagrados, quemados; los refugiados, apresados y juzgados sumariamente y colgados o quemados. Al poco tiempo de iniciada, la Simplificación dejó de tener un plan o un propósito y se convirtió en un loco frenesí de crímenes en masa y destrucción, como sólo puede ocurrir cuando los últimos restos del orden social desaparecen. La locura se transmitió a los niños, acostumbrados como estaban, no sólo a olvidar, sino a odiar, y oleadas de furia se reprodujeron esporádicamente hasta la cuarta generación después del Diluvio. Entonces, la ira se dirigió, no contra los sabios, pues ya no quedaba ninguno, sino contra los que sabían leer y escribir.

Isaac Edward Leibowitz, después de buscar infructuosamente a su esposa, se refugió en los cistercienses, con quienes permaneció oculto durante los primeros años del Posdiluvio. Después de seis años, marchó de nuevo al lejano suroeste en busca de Emily o de su tumba. Allí se convenció de su muerte, porque en aquel lugar, ésta fue la triunfadora incondicional. Allí, en el desierto, hizo un juramento. Después volvió con los cistercienses, tomó su hábito y al cabo de unos años se ordenó sacerdote. Reunió algunos cofrades con él y les hizo una proposición. Después de unos años, aquella propuesta se «filtró» hasta Roma, que ya no era Roma — que ya no era una ciudad —, pues se había trasladado tres veces en menos de dos décadas, después de haber permanecido en el mismo sitio por dos milenios. Doce años después de haber hecho su proposición, el padre Isaac Edward Leibowitz obtuvo permiso de la Santa Sede para crear una nueva comunidad de religiosos, llamada de San Alberto Magno, maestro de santo Tomás y patrón de los científicos.

Su cometido no anunciado, y al principio sólo vagamente definido, era conservar la historia humana para los tataranietos de los nietos de los simples que querían destruirla. Su primer hábito fue un trozo de arpillera y una correa, uniforme de las turbas de simples. Sus miembros eran o bien «contrabandistas de libros» o «memorizadores», según la tarea asignada. Los contrabandistas llevaban clandestinamente libros al sudoeste y los enterraban allí en barriles. Los memorizadores se aprendían de memoria volúmenes enteros de historia, escrituras sagradas, literatura y ciencia por si algún infortunado contrabandista de libros era apresado, torturado y obligado a delatar dónde estaban enterrados los barriles. Mientras tanto, otros miembros de la nueva orden encontraron una fuente a unos tres días de viaje del escondite de los libros y empezaron a construir un monasterio. El proyecto, que el pequeño remanente de cultura humana se proponía salvar del resto de los humanos que pretendían fuese destruida, se puso entonces en marcha.

Leibowitz, mientras cumplía con su turno de contrabandista, fue descubierto por un simple; se trataba de un técnico renegado a quien el monje perdonó de inmediato, a pesar de haberlo identificado no sólo como a un hombre culto, sino también como especialista en el campo de los proyectiles. Cubierto con una capucha de arpillera, fue martirizado sin dilación; fue estrangulado con una soga, sin apretarla lo suficiente para romper el cuello, y al mismo tiempo lo asaron vivo, zanjando así una disputa entre la multitud, respecto al método de ejecución.

Los memorizadores eran pocos y su memoria limitada.

Algunos de los barriles de libros fueron encontrados y quemados, al igual que varios de los contrabandistas. El propio monasterio fue atacado tres veces antes de que la locura se apaciguase.

Del vasto almacenamiento de conocimiento humano, sólo algunos barriles de libros originales y una lastimosa colección de textos copiados de memoria sobrevivieron en posesión de la orden en la época en que la locura terminó.

Ahora, después de seis siglos de oscuridad, los monjes cuidaban todavía su Memorabilia, la estudiaban, copiaban y volvían a copiar, y esperaban pacientemente. Al principio, en tiempos de Leibowitz, presumían — y casi anticipaban como probable — que la cuarta o quinta generación empezaría a querer recobrar su herencia. Pero los monjes de aquella época no contaban con la habilidad humana para generar una nueva herencia cultural en un par de generaciones si una más antigua es totalmente destruida; lo harían movidos por legisladores y profetas, genios o maníacos, a través de un Moisés, a través de un Hitler o de un ignorante, pero tiránico abuelo; una herencia cultural puede ser adquirida de la noche a la mañana, y muchas lo fueron de este modo. Pero la nueva «cultura» era una herencia de la oscuridad en la que «simple» quería decir lo mismo que «ciudadano» y lo mismo que «esclavo».

Los monjes esperaron, sin importarles que el conocimiento que habían salvado fuese inútil, que buena parte de él no fuese ya comprensible y que para ellos fuese a veces tan inescrutable como lo sería para un muchacho salvaje y analfabeto de las colinas. Este conocimiento estaba vacío de contenido, la importancia de su tema había desaparecido hacía mucho, pero, sin embargo, tenía una estructura simbólica que era peculiar en sí misma, y cuando menos esta trama simbólica podía ser observada. Estudiar el modo en que un sistema de conocimientos estaba entrelazado era aprender por lo menos un mínimo de conocimiento, del conocimiento, hasta que algún día — algún día o algún siglo — apareciese un integrador y las cosas fuesen puestas nuevamente en su sitio.

Por lo tanto, el tiempo no tenía importancia. La Memorabilia estaba allí, se les había conferido el deber de preservarla y lo harían, aunque la oscuridad del mundo se prolongase durante diez siglos más o hasta diez mil años, porque ellos, aunque nacidos en esta era de oscuridad, eran aún los mismos contrabandistas de libros y memorizadores del beato Leibowitz. Cuando salían de su abadía, cada uno de ellos, los profesores de la orden — desde el encargado de los establos hasta el abad — llevaban como parte de su hábito un libro, generalmente un breviario, colgado de una correa.


Antes de cerrar el refugio, los documentos y las reliquias fueron sacados secretamente y reunidos uno por uno y con suma discreción por el abad. Se convirtieron en no investigables y fueron probablemente encerrados en su despacho. A efectos prácticos era como si se hubiesen desvanecido. Todo lo que desaparecía en el despacho del abad no constituía un tema apropiado para la conversación en público. Era algo que sólo se podía comentar en voz baja en los pasillos desiertos. El hermano Francis no oía nunca los comentarios, que gradualmente disminuyeron, sólo para revivir cuando, una noche en el refectorio, un mensajero de Nueva Roma conferenció, en voz baja, con el abad y una pequeña parte de su conversación llegó a las mesas vecinas. Los comentarios se mantuvieron unas semanas después de la partida del mensajero y volvieron a disminuir.

El hermano Francis Gerard, de Utah, volvió al desierto el año siguiente y ayunó en soledad. Una vez más, regresó débil y demacrado, y llamado enseguida a la presencia del abad Arkos, que quiso saber si pensaba mencionar nuevas conferencias con los seres de la corte celestial.

— Oh, no, padre abad; durante el día sólo vi buitres.

— ¿Y por la noche? — preguntó Arkos, suspicaz.

— Sólo los lobos — dijo Francis. Y añadió precavidamente -: Creo.

Arkos decidió no hacer caso de la cauta coletilla y se limitó a fruncir el ceño. El hermano Francis había llegado a la conclusión que cuando el abad fruncía el ceño emanaba de él una energía radiante que viajaba por el espacio con enorme velocidad sin llegar a ser totalmente comprendida, a no ser en términos de su efecto demoledor sobre cualquier cosa que la absorbiese, y por lo general esta cosa era un postulante o un novicio. Francis captó cinco segundos de aquella energía cuando recibió la segunda pregunta.

— ¿Qué me dices de lo del año pasado?

El novicio tragó saliva.

— ¿El… viejo?

— El viejo.

— Sí, dom Arkos.

Tratando de eliminar toda sombra de pregunta en su tono, Arkos zumbó:

— Sólo un viejo. Nada más. Ahora estamos seguros de ello.

— Yo también creo que se trataba de un viejo.

El padre Arkos se inclinó cansadamente para asir la regla de nogal.

¡Plaf!

— Deo gratias!

¡Plaf!

— Deo…

Al ir Francis para su celda, el abad lo llamó desde la puerta.

— Por cierto, se me olvidó decirte…

— ¿Sí, reverendo padre?

— Este año no hay votos — murmuró apagadamente, y se encerró en su despacho.

7

El hermano Francis pasó siete años en el noviciado, siete vigilias de cuaresma en el desierto, y se convirtió en un perfecto imitador de los aullidos de los lobos. Para divertir a sus camaradas, llamaba a la manada que rondaba la abadía, aullando desde los muros en la oscuridad. Durante el día ayudaba en la cocina, fregaba los suelos y continuaba sus estudios de los tiempos pasados.

Entonces, un día el mensajero de un seminario de Nueva Roma llegó a la abadía, montando un asno. Después de conferenciar largamente con el abad, el mensajero buscó al hermano Francis. Pareció sorprenderse al encontrar a aquel joven, ahora ya un hombre, todavía vestido de novicio y limpiando el suelo de la cocina.

— Hemos estudiado durante estos años los documentos que encontraste — dijo al novicio —, y muchos de nosotros estamos convencidos de su autenticidad.

Francis levantó la cabeza.

— No se me permite mencionar el asunto, padre — dijo.

— Oh, toma. — El mensajero sonrió y le tendió un papel con el sello del abad, en el que, escrito de su puño y letra, decía:

Ecce Inquisitor Curiae. Ausculta et obsequere. Arkos, AOL, Abbas.

— Todo va bien — se apresuró a decir al notar la súbita tensión del novicio —, no te hablo oficialmente; alguien de la corte te tomará declaración más adelante. ¿Sabes, en realidad, que tus documentos hace mucho están en Nueva Roma? Acabo de traer de vuelta algunos.

El hermano Francis negó con un gesto. Sabía quizá menos que nadie referente a las reacciones en los altos niveles de su descubrimiento de las reliquias. Vio que el mensajero llevaba el hábito blanco de los dominicos y se preguntó con cierto malestar cuál sería la corte a la que el dominico se refería. En la región de la costa del Pacífico tenía lugar una inquisición contra el catarismo, pero no se le ocurría la relación que podía existir entre las reliquias del beato y aquella corte. Ecce Inquisitor Curiae, decía la nota. Quizás el abad quería decir «investigador». El fraile parecía ser un hombre de humor tranquilo y aparentemente no llevaba consigo ningún aparato de tortura.

— Esperamos que el caso de la canonización de vuestro fundador se abra pronto de nuevo — explicó el mensajero —. Vuestro abad Arkos es un hombre muy listo y prudente — rió por lo bajo —. Presentando las reliquias a otra orden para que las examinase y sellando el refugio antes de explorarlo en su totalidad… Bueno, lo comprendes, ¿verdad?

— No, padre. Suponía que consideraba el descubrimiento tan trivial que no merecía desperdiciar el tiempo con él.

El dominico se echó a reír.

— ¿Trivial? No lo creo. Pero si vuestra orden presenta pruebas, reliquias, milagros y todo lo demás, la corte tiene que investigar su procedencia. Toda comunidad religiosa está ansiosa de que su fundador sea canonizado. Así que vuestro abad os dijo prudentemente: «Fuera del refugio». Sé que para muchos de vosotros ha sido una decepción, pero será mejor para la causa de vuestro fundador que el refugio sea explorado ante otros testigos.

— ¿Lo abrirá usted de nuevo? — preguntó Francis, ansiosamente.

— No, no lo haré yo. Pero cuando la corte esté preparada enviará observadores. Así todo lo que se encuentre en el refugio que afecte a la causa estará a salvo, en caso de que la oposición ponga en duda su autenticidad. Como es natural, la única razón para sospechar que el contenido del refugio pueda afectar la causa es… bueno, las cosas que encontraste.

— ¿Puedo preguntar por qué, padre?

— Porque una de las complicaciones que se presentaron durante la beatificación fue la primera parte de la vida del beato Leibowitz, antes de convertirse en monje y sacerdote. El abogado del lado contrario trató de inculcar la duda sobre el primer período, el del Prediluvio. Trataba de establecer que Leibowitz nunca efectuó una búsqueda cuidadosa, que quizá su esposa todavía estaba viva cuando se ordenó. Claro que no sería la primera vez que esto ocurre, a veces se han concedido dispensas, pero no viene al caso. El advocatus diaboli trató simplemente de inculcar la duda sobre el modo de ser de vuestro fundador, sugiriendo que había aceptado las órdenes sagradas y pronunciado sus votos antes de asegurarse del fin de su responsabilidad familiar. La oposición fracasó, pero puede que lo intente de nuevo. Y si los restos humanos que encontraste son realmente… — Se encogió de hombros y sonrió.

Francis asintió.

— Establecerían la fecha de la muerte de la esposa.

— Acaecida al principio de la guerra que casi arrasó con todo. Y en mi opinión, bueno, la nota manuscrita de la caja o bien es del beato o es una falsificación perfecta.

Francis enrojeció.

— No digo que estés complicado en una falsificación — añadió apresuradamente el dominico, al ver el rubor.

El novicio sólo había estado recordando la opinión que le había merecido la escritura.

— Dime cómo ocurrió. Me refiero a cómo diste con el sitio. Necesitaré conocer toda la historia.

— Pues empezó con los lobos…

El dominico fue tomando notas.

Unos días después de la partida del mensajero, el abad Arkos hizo llamar al hermano Francis.

— ¿Piensas todavía que tu vocación está con nosotros? — dijo amablemente.

— Si el reverendo padre perdona mi execrable vanidad…

— Olvidemos, por un momento, tu execrable vanidad. ¿Lo piensas o no?

— Sí, magister meus.

El abad sonrió.

— Creo que ahora, hijo mío, nosotros también estamos convencidos de ello. Si estás dispuesto a comprometerte para siempre, ha llegado la hora de que pronuncies tus solemnes votos. — Hizo una ligera pausa, y, al mirar la cara del novicio, pareció decepcionado al no ver en ella ningún cambio de expresión —. ¿Qué ocurre? ¿No te alegras de ello? ¿No estás…? ¿Qué te pasa?

Aunque la cara de Francis permaneció como una máscara educadamente atenta, gradualmente fue perdiendo color. Sus rodillas se doblaron súbitamente.

Francis se había desmayado.


El novicio Francis, que quizás había batido el récord de resistencia en las vigilias del desierto, abandonó dos semanas más tarde los rangos del noviciado, y pronunciando votos perpetuos de pobreza, castidad y obediencia, junto con otros compromisos especiales peculiares de la comunidad, recibió las bendiciones y un zurrón en la abadía y se convirtió para siempre en un monje profeso de la Orden Albertiana de Leibowitz encadenándose con eslabones de su propia forja a los pies de la Cruz y a la regla de la orden. Tres veces se le hizo la pregunta de ritual:

— Si Dios te llamase a ser su contrabandista de libros, ¿sufrirías la muerte antes que traicionar a tus hermanos?

Y tres veces, Francis respondió:

— Sí, padre.

— Entonces, levántate, hermano contrabandista y hermano memorizador, y recibe el beso de la hermandad. Ecce quam bonum, et quam jucundum…

El hermano Francis fue relevado de la cocina y asignado a una labor menos servil. Se convirtió en aprendiz de copista de un monje de edad llamado Horner. Si las cosas seguían su curso normal para él, podía razonablemente ver transcurrir toda su vida en la sala de copias y dedicar el resto de sus días a tareas tales como copiar a mano textos de álgebra y pintar sus páginas con hojas de olivo y alegres querubines ornando las tablas de logaritmos.

El hermano Horner era un anciano gentil y a Francis le agradó desde el primer momento.

— La mayoría de nosotros trabajamos mejor en las copias asignadas si además tenemos nuestro proyecto particular — le dijo Horner —. Casi todos los copistas se interesan por algún trabajo especial de la Memorabilia y les agrada pasar en ello un poco de tiempo extra. Por ejemplo, al hermano Sarl, que está allí, como su trabajo se atrasaba y cometía errores, le consentimos pasar una hora diaria en un proyecto que él mismo escogió. Cuando el trabajo se le hace tan tedioso que empieza a cometer errores al copiar, puede dejarlo un rato y trabajar en su propio proyecto. Les permitimos a todos hacer lo mismo. Si terminas el trabajo que se te asigne antes del final del día, pero sin tener tu propio proyecto, tendrás que pasar el tiempo sobrante en nuestros perennes.

— ¿Perennes?

— Sí, y no me refiero a plantas. Hay una demanda perenne por parte de todo el clero de diversos libros… Misales, escrituras, breviarios, la Summa, enciclopedias y cosas así. Vendemos muchos de ellos. Así que si no tienes un proyecto preferido y terminas temprano, te pondremos en los perennes. Tienes mucho tiempo para decidirte.

— ¿Qué proyecto escogió el hermano Sarl?

El anciano encargado hizo una pausa.

— Dudo que lo comprendas. Yo no. Parece haber encontrado un método para restaurar las palabras que faltan y las frases de algunos de los viejos fragmentos del texto original de la Memorabilia. Quizás el lado izquierdo de un libro a medias quemado sea legible, pero el lado derecho de cada página está quemado y faltan algunas palabras al final de cada línea; pues ha inventado un sistema matemático para encontrar las palabras que faltan. No es perfecto, pero da resultado hasta cierto punto. Ha conseguido restaurar cuatro páginas desde que comenzó con ello.

Francis miró al hermano Sarl, que era octogenario y casi ciego.

— ¿Cuánto tiempo lleva haciendo ese trabajo? — preguntó el aprendiz.

— Unos cuarenta años — dijo el hermano Horner —. Claro que sólo ha pasado en ello unas cinco horas semanales y se necesitan muchos cálculos.

Francis asintió pensativamente.

— Si cada diez años se restaura una página, quizás en pocos siglos…

— No tanto — bramó el hermano Sarl, sin apartar la vista de su trabajo —. Cuanto más se restaura, más fácilmente se encuentra lo que falta. La página siguiente la terminaré en un par de años. Después de esto, Dios mediante, quizá…

Su voz se perdió en un susurro.

Francis había notado en varias ocasiones que el hermano Sarl solía hablar solo mientras trabajaba.

— Haz lo que gustes — dijo el hermano Horner —, una ayuda en los perennes es siempre de agradecer. De todas maneras, cuando quieras podrás tener tu proyecto particular.

La idea le vino a Francis de modo inesperado, y dijo impulsivamente:

— ¿Puedo emplear mi tiempo sobrante en sacar una copia de la heliografía de Leibowitz que encontré?

El hermano Horner pareció momentáneamente sorprendido.

— No lo sé, hijo. Nuestro abad es… un poco susceptible respecto al asunto. Además, puede ser que esto no pertenezca a la Memorabilia. Ahora está en el archivo provisional.

— Pero usted sabe que se decoloran, hermano. Y ésta ha estado muy expuesta a la luz. Los dominicos la han tenido tanto tiempo en Nueva Roma…

— Bien, supongo que sería un proyecto muy breve. Si el padre Arkos no se opone, pero… — Agitó la cabeza indeciso.

— Quizá podría incluirla en un grupo — ofreció Francis rápidamente —. Las pocas reproducciones de copias heliográficas que tenemos están tan viejas, que se desmenuzan. Si yo hiciese varios duplicados… de algunas de las otras…

Horner sonrió burlonamente.

— Lo que sugieres es que incluyendo la heliografía de Leibowitz en un grupo podrás escapar mejor a las averiguaciones.

Francis enrojeció.

— Y puede que el padre Arkos no lo note si se da una vuelta por aquí, ¿no es así?

Francis se encogió.

— Está bien — dijo Horner, parpadeando ligeramente —. Puedes emplear el tiempo que te sobre en hacer duplicados de cualquiera de las copias que estén en malas condiciones. Si algo más se mezcla en el conjunto, procuraré no darme cuenta.


Antes de atreverse a tocar la heliografía de Leibowitz, el hermano Francis estuvo durante varios meses utilizando su tiempo libre en rehacer algunas de las viejas copias existentes en los archivos de la Memorabilia. Las viejas reproducciones que merecían ser conservadas debían ser renovadas cada uno o dos siglos. No sólo perdían color las copias originales, a menudo las versiones copiadas se hacían casi ilegibles después de un tiempo, debido a la poca estabilidad de las tintas empleadas. No tenía la menor idea del motivo por el que los antiguos habían empleado tinta blanca en una base oscura y no al contrario. Cuando esbozó de nuevo un diseño con carbón, invirtiendo de este modo la base, el burdo esbozo parecía más real que el blanco sobre oscuro; pero los antiguos eran inconmensurablemente más inteligentes que Francis, y si se habían tomado el trabajo de poner tinta donde generalmente el papel estaba en blanco y dejar líneas blancas donde en un dibujo normal serían negras, tendrían sus razones. Por ello copiaba los documentos de manera que se pareciesen lo más posible al original, a pesar de que la tarea de extender la tinta azul alrededor de las pequeñas letras blancas era particularmente pesada y se llevaba gran cantidad de tinta, hecho que hacía gruñir al hermano Horner.

Copió una vieja heliografía arquitectónica, después un plano de una parte de máquina cuya geometría era atractiva, pero cuyo propósito era vago. Copió de nuevo una abstracción titulada «Estator WNDG 73-A 3-HP 6-P 1.800-RPM 5-HP CL-A en caja de ardilla», que resultó ser completamente incomprensible y absolutamente incapaz de mantener prisionera una ardilla. Los antiguos eran a menudo perspicaces; quizá se necesitaba un conjunto especial de espejos para poder ver al animal. De todas maneras, la copió de nuevo trabajosamente.

Casi un año después de haber empezado su proyecto en tiempo libre y sólo después que el abad, en alguna de sus ocasionales visitas a la sala de copias, lo hubo visto por lo menos tres veces trabajando en otra heliografía (un par de veces se había detenido para echar una ojeada al trabajo de Francis), se atrevió a aventurarse entre los archivos de la Memorabilia en busca de la copia heliográfica de Leibowitz.

El documento original había sido ya sujeto a un cierto grado de restauración. Salvo el hecho de que llevaba el nombre del beato, era, de un modo decepcionante, idéntico a las otras que había copiado.

La heliografía Leibowitz era una abstracción que no movía a nada y menos que nada a la razón. La estudió hasta que pudo ver el sorprendente complejo con los ojos cerrados, pero no pudo comprenderlo. Parecía solamente una red de líneas conectando una mezcla de toda clase de cuadrículas y figuras cuyo nombre ignoraba. La mayoría de las líneas eran horizontales y verticales, y se cruzaban entre sí con un espacio en blanco o un punto; daban vuelta en ángulo recto para rodear alguna de aquellas extrañas figuras y jamás se detenían en medio de la nada, sino que siempre terminaban en alguno de aquellos signos, cuyo nombre ignoraba. Tenía tan poco sentido que si se lo miraba mucho tiempo producía un efecto adormecedor. Sin embargo, empezó a copiar cada detalle, sin olvidar una mancha oscura situada en el centro del dibujo y que pensó podía ser de sangre del beato mártir, aunque el hermano Jeris la considerase una mancha producida por un corazón de manzana en mal estado.

El hermano Jeris, que había entrado en la sala de copia de los aprendices al mismo tiempo que Francis, parecía gozar molestándole acerca de su proyecto.

Mirando por encima del hombro de Francis, preguntó:

— Sabio hermano, ¿podrías decirme, si no es molestia, qué significa «Sistema de control transistorizado para la unidad Seis-B»?

— Se ve claramente que se trata del título del documento — dijo Francis, ligeramente molesto.

— Se ve claramente. Pero ¿qué quiere decir?

— Es el nombre del diagrama que tienes ante los ojos, hermano simple. ¿Qué significa Jeris?

— Estoy seguro que muy poco — dijo éste, con fingida humildad —. Por favor, perdona que sea tan obtuso. Has podido definir el nombre indicando a la criatura nombrada que es en verdad el significado del nombre. Pero si el diagrama criatura representa algo por sí mismo, ¿qué es?

— Es evidente que el «Sistema de control transistorizado de la unidad Seis-B».

Jeris se echó a reír.

— ¡Está clarísimo! ¡Elocuente! Si la criatura es el nombre, el nombre es entonces la criatura. «Las cantidades iguales pueden ser sustituidas por cantidades iguales» o «el orden de una igualdad es reversible». ¿Podernos pasar al siguiente axioma? Si las «cantidades iguales a la misma cantidad pueden ser sustituidas las unas por las otras», ¿no existe entonces alguna «misma cantidad» a la que tanto el nombre como el diagrama representan? ¿0 es que se trata de un sistema cerrado?

Francis enrojeció.

— Yo diría — respondió lentamente, después de una ligera pausa para acallar su enojo — que el diagrama representa un concepto abstracto más que una cosa concreta. Quizá los antiguos tenían un método sistemático para representar una idea pura. Se ve claramente que no se trata de la representación de un objeto reconocible.

— ¡Sí, sí, es claramente irreconocible! — aceptó el hermano Jeris, riendo socarronamente.

— Puede también que represente un objeto, aunque de una manera formalmente estilizada, de tal modo que se necesitaría un entrenamiento especial o…

— ¿Un enfoque especial?

— En mi opinión se trata de una gran abstracción o quizá de un valor trascendental que expresa un pensamiento del beato Leibowitz.

— ¡Bravo! ¿Y cuál puede ser este pensamiento?

— Pues… el «Diseño del circuito» — dijo Francis, sacando el término del conjunto de letras escritas en la parte inferior derecha.

— ¿A qué disciplina pertenece este arte, hermano? ¿Cuál es el género, especie, propiedad y diferencia? ¿0 se trata únicamente de un accidente?

Francis pensó que Jeris se volvía pretencioso en un sarcasmo y decidió responderle, suavemente:

— Observa esta columna de números y su título: «Numeración piezas electrónicas». Hubo antiguamente un arte o ciencia llamado electrónica, que pudo pertenecer tanto al arte como a la ciencia.

— Vaya, esto nos da el género y la especie. Ahora, y siguiendo en ello, falta la diferencia. ¿De qué trataba la electrónica?

— Esto también está escrito — dijo Francis, que había revisado la Memorabilia de arriba abajo en busca de pistas que le ayudasen a comprender un poco la heliografía, aunque sin mucho éxito —. La base principal de la electrónica era el «electrón» — explicó.

— Está realmente escrito. Me interesa, pues sé muy poco de estas cosas. Dime, por favor, ¿qué era el electrón?

— Pues existe un fragmento de una relación que lo menciona como una «torsión negativa de la nada».

— ¿Cómo? ¿Podían negar la nada? ¿No la convertiría esto en un algo?

— Quizá la negación se aplica a la torsión.

— ¡Ah! Entonces, tendríamos una «nada extendida». ¿Has descubierto el modo de extender la nada?

— Todavía no — admitió Francis.

— ¡Continúa explicándome, hermano! Qué listos debieron ser los antiguos… sabían extender la nada. Sigue con ello y puede que descubras el modo de hacerlo. Entonces tendríamos al electrón entre nosotros, ¿no es así? ¿Qué podríamos hacer con él? ¿Ponerlo en un altar de la capilla?

— Está bien — suspiró Francis —. No lo sé. Pero tengo motivos para suponer que en un tiempo existió el electrón, aunque no sé cómo estaba construido ni para qué servía.

— ¡Qué conmovedor! — dijo el iconoclasta y volvió a su trabajo.

Las burlas esporádicas del hermano Jeris entristecieron a Francis, pero no lograron disminuir su devoción al proyecto.

El exacto duplicado de cada señal, borrón o mancha resultó imposible, pero la fidelidad de su facsímil fue suficiente para engañar a la vista a una distancia de dos pasos, quedando por ello apto para ser expuesto y poder así sellar y guardar el original. Terminada la copia, el hermano Francis se sintió defraudado. El dibujo era demasiado árido, no había nada en él que sugiriese a primera vista que se trataba de una reliquia sagrada. El estilo era conciso y sin pretensiones… de acuerdo, quizá, con el propio beato, pero…

Una copia de la reliquia no era suficiente. Los santos eran gente humilde que no se glorificaban a sí mismos sino a Dios, y era obligación de los demás el retratar la gloria interna de los santificados con signos exteriores y visibles. Aquella copia simple no era suficiente: era fríamente realista y no conmemoraba, a través de sus líneas, las santas cualidades del beato.

«Glorificemus», pensó Francis, mientras trabajaba en los perennes. Estaba copiando páginas de los Salmos para después reencuadernarlos. Hizo una pausa para situarse de nuevo en el texto y encontrarle sentido a las palabras, pues pasadas varias horas de copia, dejaba de leer y se limitaba a que su mano trazara las letras que sus ojos encontraban. Se apercibió de que en aquel momento copiaba la oración de David en demanda de perdón, cuarto salmo penitencial:

«Miserere mei, Deus… porque conozco mi iniquidad y mis pecados están siempre ante mí.»

Era una plegaria humilde, pero la página que tenía ante los ojos no estaba dibujada en consonancia con ella. La M de Miserere tenía incrustaciones de oro. Un arabesco caprichoso de filamentos entretejidos dorados y violeta llenaba los márgenes y formaba nidos alrededor de las espléndidas mayúsculas del principio de cada verso. Aunque la oración era humilde, la página era magnífica. El hermano Francis copiaba únicamente el cuerpo del texto en pergamino nuevo, dejando espacio para las espléndidas mayúsculas y márgenes tan amplios como las líneas del texto. Otros artífices llenarían con un desenfreno de color su simple copia a tinta y construirían las mayúsculas ilustradas. Aprendía a pintar, pero no tenía aún la suficiente experiencia como para que le fuese confiado el trabajo de incrustaciones de oro en los perennes.

«Glorificemus.» Pensaba de nuevo en la heliografía.

Sin hablar con nadie de su idea, el hermano Francis empezó a planearla. Buscó la más apta y mejor piel de cordero y pasó varias semanas de su tiempo libre curándola, atesándola y aplanándola hasta formar una superficie perfecta, finalmente la blanqueó, quedando como la nieve y la guardó con sumo cuidado. Después pasó meses en los que dedicó todos sus minutos libres en repasar la Memorabilia, buscando de nuevo pistas que indicasen el significado de la heliografía de Leibowitz. No encontró nada que se pareciese a las figuras del dibujo ni nada que le ayudase a interpretar su significado; pero después de mucho tiempo, dio con un fragmento de libro que contenía una página parcialmente destruida, cuyo tema eran las heliografías. Parecía formar parte de una enciclopedia. La referencia era breve y faltaba parte del artículo, pero después de leerla varias veces, empezó a sospechar que él — y muchos copistas antes que él — habían perdido mucho tiempo y tinta. El efecto de blanco sobre negro parecía no haber sido una característica aceptable, sino más bien el resultado de las características de un cierto procedimiento barato de reproducción. El dibujo original del que se había sacado la copia heliográfica fue hecho en negro sobre blanco. Tuvo que resistir un súbito impulso de golpearse la cabeza contra el suelo de piedra. ¡Toda aquella tinta y aquel trabajo para copiar un accidente! Quizá sería mejor no mencionárselo al hermano Horner. Sería una obra de caridad no decirlo debido al estado del corazón del viejo hermano.

El saber que el color de las heliografías era una característica accidental de los antiguos dibujos le infundió nuevo ímpetu a su plan. Una copia glorificada de la heliografía de Leibowitz podía hacerse sin necesidad de incorporar la característica accidental. Con el esquema del color inverso, al principio nadie reconocería el dibujo. Ciertas formas podían ser evidentemente modificadas. No se atrevía a cambiar nada de lo que no comprendía, pero con seguridad las tablas de piezas y los informes podían ser colocados de modo simétrico alrededor del diagrama en forma de espiral o escudos. Debido a que el significado del conjunto era oscuro en sí mismo, no intentaba alterar en lo más mínimo su forma o plano, pero puesto que su color no tenía importancia, podía igualmente ser hermoso. Para algunas de las figuras pensó utilizar el oro, pero para otras la aplicación del metal era demasiado intrincada y hasta ostentosa. Los puntos de cruce debían ser negros como el azabache, pero esto significaba que las líneas tenía que hacerlas con un color que resaltase los puntos de cruce. Aunque era preciso conservar el diseño asimétrico, no se le ocurría ninguna razón para suponer que su significado se alteraba si se empleaba como enrejado para una parra cuyas ramas, rodeando con cuidado las cuadrículas, podían ser hechas para dar la impresión de simetría o para convertir la asimetría en algo natural.

Cuando el hermano Horner pintaba una M mayúscula, y la convertía en una hermosa selva de hojas, bayas, ramas y hasta alguna serpiente astuta, no dejaba por ello de ser legible como una M. A Francis no se le ocurría nada que le hiciese presumir que con el diagrama no sucedería lo mismo.

Principalmente, la forma general con el borde en espiral, podía muy bien formar un escudo en vez del rectángulo que encerraba el dibujo en la copia. Hizo docenas de bocetos preliminares. En la parte superior del pergamino representaría a la santísima Trinidad, y en la parte baja, el escudo de armas de la Orden Albertina coronado con una imagen del beato.

Pero, por lo que él sabía, no existía ninguna imagen adecuada que representase al beato. Había algunos retratos caprichosos, pero ninguno de la época de la Simplificación. Ni tan sólo existía una representación convencional; aunque tradicionalmente se decía que Leibowitz había sido alto y ligeramente encorvado. Quizá cuando el refugio se abriese de nuevo…

Los bosquejos preliminares del hermano Francis fueron interrumpidos una tarde al darse cuenta súbitamente de que la presencia que se inclinaba a su espalda era la de… la de…

«¡No! ¡Por favor! Beate Leibowitz, audi me!… ¡Piedad, Señor! Que no sea…»

— Vaya, ¿qué tenemos aquí? — preguntó el abad, mirando sus diseños.

— Un dibujo, reverendo padre.

— Ya lo veo, pero ¿qué representa?

— Es la heliografía de Leibowitz.

— ¿La que encontraste? ¿Qué? No se le parece mucho. ¿A qué se deben los cambios?

— Va a ser…

— ¡Habla más fuerte!

— ¡Una copia en color! — gritó involuntariamente Francis.

— ¡Oh!

El abad Arkos se encogió de hombros y siguió su ronda. Unos segundos más tarde, el hermano Horner pasó junto a la mesa del aprendiz y vio con sorpresa que Francis se había desmayado.

8

Ante la sorpresa del hermano Francis, el abad Arkos ya no opuso objeción alguna a su interés por las reliquias. Desde que los dominicos aceptaron examinar el asunto, el abad se había tranquilizado, y teniendo en cuenta que la causa de la canonización de nuevo progresaba ligeramente en Nueva Roma, a veces parecía olvidar por completo que algo especial había ocurrido durante la vigilia vocacional de un tal Francis Gerard, AOL, oriundo de Utah y en la actualidad en el scriptorium y sala de copias. El incidente tenía ya once años. Los descabellados comentarios del noviciado referentes a la identidad del peregrino se habían extinguido hacía mucho tiempo. Los novicios de la época del hermano Francis no eran los de la actualidad. Los más nuevos de la reciente promoción de jóvenes nunca habían oído hablar del asunto.

El asunto le había costado al hermano Francis siete vigilias de cuaresma entre los lobos y nunca llegó a considerarlo como muy seguro. Cada vez que hablaba de ello, por la noche soñaba con los lobos y con Arkos. En su sueño, el abad no dejaba de echar carne a los lobos, y la carne era de Francis.

El monje vio, sin embargo, que podía seguir con su proyecto sin ser molestado, a no ser por el hermano Jeris, que seguía burlándose. Empezó a trabajar sobre la piel de cordero. Lo complicado de las espirales y la intensa delicadeza de la incrustación en oro harían que, debido a la brevedad de su tiempo libre, la suya fuese una labor de años; pero en un oscuro mar de siglos, en los que nada parecía ir de prisa, una vida era únicamente un breve remanso aun para el hombre que la vivía. El tedio de los días iguales se sucedía con el de las estaciones repetidas; existían, asimismo, los dolores y las penas, después, hacia el fin de la extremaunción, y para terminar, un momento de vacío — o quizás era mejor decir para empezar —. Entonces la pequeña alma temblorosa, que había, bien o mal, soportado el tedio, penetraría en un lugar de luz y al presentarse ante el justo quedaría prendida por la mirada ardiente de unos ojos infinitamente compasivos. El Rey diría: «Ven», o diría: «Ve», y sólo aquel momento justificaba el tedio de los años. Habría sido difícil creer de otro modo en la era que Francis conocía.

El hermano Sarl terminó la quinta página de su restauración matemática, se desplomó inconsciente sobre su mesa y, unas horas más tarde, murió. Era igual. Sus notas estaban intactas. Quizá después de uno o dos siglos aparecería alguien, las encontraría interesantes y completaría su trabajo. Mientras tanto, se rezaron oraciones por el alma de Sarl.

Después estaba el hermano Fingo y sus tallas de madera. Había vuelto al taller de carpintería hacía un par de años, y de vez en cuando se le permitía esculpir su imagen del mártir aún a medio terminan Como Francis, Fingo sólo tenía, espaciadamente, una hora libre para poder trabajar en su labor particular; la talla progresaba a una velocidad casi imperceptible a menos que se la mirase a intervalos de varios meses. Francis la veía demasiado a menudo para notar su crecimiento. Estaba encantado por la alegría exuberante del carácter de Fingo, y a pesar de darse cuenta de que éste había adoptado sus modales afables para compensar su fealdad, le agradaba pasar sus minutos de descanso, cuando podía tenerlos, viéndole trabajar.

El taller de carpintería olía a una mezcla de pino, cedro, virutas de abeto y sudor. La madera era difícil de obtener en la abadía. A no ser por unas higueras y un par de chopos cercanos a la fuente, la región estaba desnuda de árboles. Era necesaria una expedición de tres días para llegar a la más cercana arboleda enana que pasaba por madera, y los leñadores faltaban a veces una semana de la abadía para volver con algunos mulos cargados de ramas para hacer clavijas, travesaños y, en algunas ocasiones, la pata de una silla. A veces arrastraban un par de troncos para reemplazar una viga rota. Con un abastecimiento tan limitado de madera, los carpinteros tenían que ser a la vez ebanistas y escultores.

A veces, mientras miraba trabajar a Fingo, Francis se sentaba en un banco en un rincón del taller y hacía bocetos, tratando de imaginar los pormenores de la talla que estaban, hasta el momento, sólo a grandes rasgos esbozados en la madera. Las vagas líneas de la cara estaban allí, pero aún cubiertas de esquirlas y con las marcas del cincel. Con sus bocetos, el hermano Francis intentaba anticiparse a las facciones antes de que emergiesen del material. Fingo miraba sus dibujos y reía. Pero a medida que el trabajo progresaba, Francis no podía escapar a la sensación de que la cara de la talla tenía una sonrisa vagamente familiar. La dibujó de aquel modo y la sensación de familiaridad aumentó. Sin embargo, no podía situarla ni recordar quién sonreía con tanta amargura.

— No está mal, de verdad, no está mal — dijo Fingo ante sus dibujos.

El copista se encogió de hombros.

— No puedo quitarme de la cabeza la idea de que lo he visto en algún sitio.

— No por aquí, hermano, no en mis días.


Francis enfermó durante el adviento, y transcurrieron varios meses antes de poder visitar de nuevo la carpintería.

— La cara está casi terminada, Francis — dijo el escultor —. ¿Quieres verla?

— ¡Le conozco! — exclamó Francis ahogadamente, observando aquellos ojos alegres — pero — tristes entrecerrados, el asomo de sonrisa amarga en la comisura de los labios… Había algo demasiado familiar.

— ¿De verdad? ¿De quién se trata? — preguntó Fingo.

— Es…, pues no estoy seguro. Creo que le conozco, pero…

Fingo se echó a reír y le explicó:

— Reconoces tus propios bocetos.

Francis no estaba tan seguro, pero no acababa de situar la cara.

«Vaya, vaya», parecía decir la sonrisa amarga.

Pero el abad la encontró irritante, y aunque permitió que el trabajo fuese terminado, declaró que nunca dejaría que la figura fuese empleada, según se había previsto originalmente, como imagen para ser colocada en la iglesia, si la canonización del beato tenía lugar. Muchos años más tarde, cuando la figura estuvo terminada, Arkos hizo que se la colocase en el pasillo de la sección de huéspedes, pero al poco tiempo la hizo trasladar a su despacho como consecuencia del susto que había causado a un visitante de Nueva Roma.


Lentamente, con sumo trabajo, el hermano Francis iba convirtiendo la piel de cordero en una luminosa belleza. La noticia de su proyecto empezó a correr por la sala de copias y los monjes se reunían a menudo alrededor de su mesa para mirar el trabajo y dar muestras de su admiración.

— Es la inspiración — dijo uno de ellos —. Hay la suficiente evidencia. Puede haber sido el beato al cual encontró allí…

— No comprendo por qué no pasas tu tiempo libre haciendo algo útil — gruñía el hermano Jeris, agotado su sarcástico ingenio por años de pacientes respuestas por parte del hermano Francis.

El escéptico había empleado su tiempo libre en hacer decorar pantallas enceradas para las lámparas de la iglesia, que atrajeron la atención del abad, el cual lo puso enseguida a cargo de los perennes. Como los libros de contabilidad pronto atestiguaron, la promoción del hermano Jeris había sido justificada.

El hermano Horner, el viejo maestro copista, enfermó. A las pocas semanas fue un hecho evidente que el amado monje estaba en su lecho de muerte. Al principio del adviento se le cantó una misa de difuntos, y los restos del devoto viejo copista volvieron a la tierra que le había visto nacen Mientras la comunidad expresaba su dolor en oraciones, Arkos nombró silenciosamente al hermano Jeris maestro de la sala de copias.

Al día siguiente de su nombramiento, el hermano Jeris informó al hermano Francis que consideraba apropiado para él que se dejase de niñerías e hiciese trabajos de hombre. Con suma obediencia, el monje cubrió de pergamino su precioso proyecto, lo protegió con pesados tableros y lo guardó en un armario. En sus momentos libres empezó a construir pantallas enceradas. No protestó, se limitó a resignarse con la idea de que algún día el alma del hermano Jeris seguiría el mismo camino que la de Horner y empezaría aquella vida para la que este mundo no era sino una plataforma de espera. Esto podría ocurrir en una temprana edad, dado el modo que tenía de irritarse, encolerizarse y agitarse; después, Dios mediante, le sería permitido a Francis terminar su amado documento.

Sin embargo, la Providencia tomó parte, mucho antes, en el asunto sin necesidad de llamar el alma del hermano Jeris ante su Hacedor. Durante el verano que siguió a su nombramiento de maestro, un protonotario apostólico y su comitiva de clérigos llegaron montados en mulas a la abadía, procedentes de Nueva Roma. El hombre se presentó como monseñor Malfreddo Aguerra, el postulador para el beato Leibowitz en los procedimientos de canonización. Le acompañaban diversos dominicos. Acudía para observar la reapertura del refugio y la explotación del cerco sellado, y también para investigar tantas pruebas como a la abadía le fuese posible presentar y que tuviesen relación con el caso, incluidos — ante el desaliento del abad — reportes de una supuesta aparición del beato, según decían los viajeros, ocurrida ante un tal Francis Gerard, de Utah, AOL.

El abogado del santo fue afectuosamente recibido por los monjes, aposentado en las habitaciones reservadas a los prelados visitantes y se vio pródigamente servido por seis jóvenes novicios a los cuales se indicó acatar sus menores deseos. Como pudieron ver, monseñor Aguerra era hombre muy parco; se descorcharon las mejores botellas de vino, y, ante el desconsuelo de los esforzados proveedores, Aguerra las cató educadamente, pero prefirió la leche; el hermano Montero atrapó rollizas codornices y pollos de chaparral para la mesa del huésped, pero después de preguntar los hábitos alimenticios de los pollos de chaparral («¿Alimentados con grano?», «No, monseñor, con serpientes»), pareció inclinarse más por el potaje de los monjes en el refectorio. Aunque si hubiese preguntado por los anónimos pedazos de carne del estofado, quizás habría preferido los verdaderamente suculentos pollos de chaparral.

Malfreddo Aguerra insistió en que la vida de la abadía siguiese normalmente. A pesar de ello, el abogado era entretenido todas las noches por violinistas y un grupo de payasos, al extremo que empezó a creer que «la vida como de costumbre» en la abadía era extraordinariamente animada si se la comparaba con las vidas de las comunidades monásticas.

Al tercer día de la visita de Aguerra, el abad llamó al hermano Francis. La relación entre el monje y su superior, aunque no íntima, era formalmente amistosa desde el momento en que el abad le permitió al novicio pronunciar sus votos. El hermano Francis ni siquiera tembló cuando llamó a la puerta del despacho, y preguntó:

— ¿Me ha mandado llamar, reverendo padre?

— Sí — dijo Arkos, y añadió ligeramente -: Dime, ¿has pensado alguna vez en la muerte?

— Con frecuencia, padre abad.

— ¿Le rezas a san José para que tu muerte no sea desdichada?

— A menudo, reverendo padre.

— Supongo, entonces, que no te agradaría ser abatido de pronto. Que alguien emplease tus tripas para hacer cuerdas de violín. Ser alimento de los cerdos. Que tus huesos fuesen encerrados en tierra no sagrada.

— No, magister meus.

— Lo suponía. Así que ten mucho cuidado con lo que cuentes a monseñor Aguerra.

— ¿Yo?

— Tú. — Arkos se frotó la barbilla y pareció abstraerse en una idea desagradable —. Puedo verlo con demasiada claridad: la causa Leibowitz ha sido archivada, y una teja al caer abate al pobre hermano; allí, en medio de nosotros, queda tendido, pidiendo a gritos la absolución. Allí estamos, mirándole con lástima, entre nosotros hay clérigos, le vemos exhalar su último suspiro sin ni tan siquiera impartir una última bendición sobre el muchacho. Derecho al infierno, sin bendiciones ni confesión. Bajo nuestras propias narices. Una lástima, ¿verdad?

— Padre… — susurró Francis.

— Oh, no me culpes a mí. Estaré demasiado ocupado intentando evitar que tus hermanos obedezcan a su impulso y te maten a palos.

— ¿Cuándo?

— Esperemos que nunca. Porque vas a ser cuidadoso, ¿no es así? Vigilarás tus palabras a monseñor, pues de no ser así quizá les permita matarte a palos.

— Sí, pero…

— El postulador quiere verte inmediatamente… Por favor, frena tu imaginación y asegúrate de lo que dices. Procura, sobre todo, no pensar.

— Bien, creo que podré hacerlo.

— Fuera, hijo, fuera.

Francis llamó con miedo a la puerta de Aguerra, pero pronto descubrió que su temor no tenía razón de ser. El protonotario era un viejo suave y diplomático, que parecía interesarse amistosamente por la vida del pequeño monje.

Después de unos minutos de amenidades preliminares, tocó el delicado asunto.

— Respecto a tu encuentro con la persona que puede haber sido el beato fundador de…

— Yo nunca dije que se tratase de nuestro beato Leibo…

— Claro que no, hijo, claro que no. Tengo aquí una relación del incidente… Se basa únicamente en las historias que corren. Quiero que la leas y me digas si es o no correcta. — Hizo una pausa para sacar un rollo de su maleta y tendérselo al hermano Francis —. Esta versión se remite sólo a los dichos de los viajeros — añadió —. Sólo tú puedes descubrir realmente lo que sucedió. Quiero que me lo repitas del modo más escrupuloso posible.

— Ciertamente, monseñor, pero lo que sucedió fue en verdad muy simple.

— Lee, lee esto y después lo discutiremos.

El tamaño del rollo daba a entender que las historias que se contaban no eran «en verdad muy simples». El hermano Francis leía cada vez más asustado. Poco después, aquel miedo se convirtió en horror.

— Estás muy pálido, hijo — dijo el postulador —. ¿Hay algo que te molesta?

— Monseñor, esto… no tiene nada que ver con lo que sucedió.

— ¿No? Pues aunque indirectamente, con seguridad tú fuiste el autor de esto. ¿Cómo habría ocurrido si no? ¿No fuiste el único testigo?

El hermano Francis cerró los ojos y se mesó las sienes. Les había contado la verdad a sus camaradas novicios. Éstos habían murmurado entre sí y habían contado la historia a los viajeros. ¡Y aquél era el resultado! Con razón el abad había prohibido que se tocase el tema. ¡Ojalá nunca hubiese hablado del peregrino!

— Sólo me dirigió unas cuantas palabras. Nunca más le volví a ver. Me persiguió con un palo, me preguntó el camino a la abadía e hizo las marcas en la roca donde encontré la cripta. Después, nunca más le volví a ver.

— ¿No tenía halo?

— No, monseñor.

— ¿No había un coro celestial?

— ¡No!

— ¿Qué me dices de la alfombra de rosas que creció por donde él había pasado?

— ¡No, no, nada de esto, monseñor! — dijo ahogadamente el monje.

— ¿No escribió su nombre en la roca?

— Como Dios es mi juez, monseñor, sólo hizo esos dos signos y no supe lo que querían decir.

— Bien — suspiró el postulador —. Las historias de los viajeros son siempre exageradas. Pero me pregunto cómo empezó todo esto. ¿Qué te parece si ahora me cuentas lo que realmente sucedió?

El hermano Francis lo hizo brevemente. Aguerra pareció entristecerse. Después de meditar en silencio, tomó el grueso rollo, lo partió en dos y lo tiró a la papelera.

— Ahí va el milagro número siete — gruñó.

Francis se apresuró a disculparse.

El abogado le hizo callar con un gesto.

— No pienses más en ello. Ya tenemos pruebas suficientes. Hay varias curas espontáneas… varios casos de recobramiento instantáneo por intercesión del beato. Son sencillas y bien documentadas. Los casos de canonización acostumbran basarse en ellas. Claro que les falta la poesía de esta historia; pero, por tu bien, casi me alegro de que sea infundada. El abogado del diablo te habría crucificado, ¿sabes?

— Yo nunca dije nada parecido a…

— ¡Lo comprendo, lo comprendo! Todo empezó con el refugio. Por cierto, hoy lo hemos abierto de nuevo.

Francis se animó.

— ¿Han encontrado algo más de san Leibowitz?

— ¡Beato Leibowitz, por favor! — le corrigió monseñor —. Todavía no. Hemos abierto la cámara interior. El hacerlo nos costó un tiempo endemoniado… Había en ella quince esqueletos y una serie de artefactos fascinantes. Aparentemente la mujer… era una mujer, los restos de la cual encontraste, fue admitida en la cámara exterior, pero la interior ya estaba llena. Quizá le habría proporcionado cierto grado de protección si la pared, al caer, no hubiese causado aquel derrumbe. Los pobres tipos de dentro quedaron atrapados por las piedras que bloquearon la entrada. El cielo sabrá por qué la puerta fue ideada para abrirse hacia fuera.

— ¿La mujer de la antecámara era Emily Leibowitz?

Aguerra sonrió.

— Aún no sé si podremos probarlo. Creo que lo era, sí… lo creo. Pero quizá dejo que la esperanza sobrepase a la razón. Tenemos que ver qué más descubrimos. El otro lado tiene un testigo presente. Todavía no debo sacar conclusiones.

A pesar de la desilusión que le había causado la narración de Francis de su encuentro con el peregrino, Aguerra se comportó de un modo cordial.

Pasó diez días en el lugar arqueológico antes de regresar a Nueva Roma y dejó a dos de sus asistentes para supervisar futuras excavaciones.

El día de su partida visitó al hermano Francis en su scriptorium.

— Me han dicho que trabajas en un documento para conmemorar las reliquias que encontraste — dijo el postulador —. Por las descripciones que me han hecho, creo que me agradaría mucho verlo.

El monje protestó diciendo que en realidad no era nada; pero fue enseguida a buscarlo, con tal ansiedad, que al desenvolver la piel de cordero le temblaban las manos.

Alegremente observó que el hermano Jeris miraba y fruncía nervioso el ceño.

Monseñor se quedó quieto unos segundos.

— ¡Precioso! — exclamó finalmente —. ¡Qué glorioso color! Es soberbio, soberbio. ¡Termínalo… hermano, termínalo!

Francis miró al hermano Jeris y sonrió interrogadoramente. El maestro de la sala de copias dio media vuelta alejándose rápidamente.

Se mostraba perturbado.

Al día siguiente, Francis desenvolvió sus plumas, tintas y panes de oro, y reemprendió su labor en el diagrama en color.

9

Unos meses después de la partida de monseñor Aguerra, llegó a la abadía procedente de Nueva Roma una segunda caravana de mulas, montadas por clérigos y guardias armados para la defensa contra los bandoleros, maníacos mutantes y, según los rumores, dragones. Esta vez la expedición estaba encabezada por un monseñor con pequeños cuernos y afilados colmillos, que anunció tenía el deber de oponerse a la canonización del beato Leibowitz y había venido a investigar — y sospechaba que quizás a establecer responsabilidades — ciertos increíbles rumores histéricos que habían salido de la abadía y, lamentablemente, llegado a las puertas de Nueva Roma. Dejó establecido que no aceptaría románticas tonterías como cierto visitante anterior, sin duda, había hecho.

El abad lo recibió educadamente y le ofreció un camastro duro en una habitación orientada hacia el sur, después de disculparse por el hecho de que la celda de los huéspedes se hubiese visto recientemente expuesta a las viruelas. Monseñor fue atendido por su propia gente y comió gachas y verduras con los monjes en el refectorio; las codornices y los pollos de chaparral escaseaban mucho en aquella época, dijeron los cazadores.

Esta vez, el abad no consideró necesario prevenir a Francis contra cualquier ejercicio liberal de su imaginación. Que lo hiciese si se atrevía. Había poco peligro de que el advocatus diaboli diese crédito inmediato aún a la verdad, sin antes darle una buena paliza y ahondar en la herida.

— Tengo entendido que eres propenso a desmayos histéricos — dijo monseñor Flaught, cuando él y el hermano Francis estuvieron solos, mirando al monje con lo que éste consideró ojos malignos —. ¿Hay algún caso de epilepsia en tu familia? ¿De locura? ¿Estructura neural mutante?

— No, excelencia.

— No soy una excelencia — espetó al sacerdote —. Bueno, ahora dirás la verdad.

Un pequeño gesto de cirujano será lo adecuado, parecía indicar su tono; sólo se necesitará una amputación menor.

— ¿Estás enterado de que los documentos se pueden envejecer artificialmente?

El hermano Francis no estaba tan al corriente.

— Je das cuenta de que el nombre de Emily no apareció en los escritos encontrados?

— Oh, pero… — calló súbitamente, dudando.

— El nombre que apareció era Em, ¿no es así? Puede que sea un diminutivo de Emily.

— Creo que así es, monseñor.

— Pero también puede serlo de Emma, ¿verdad? ¡El nombre de Emma apareció en la caja!

Francis no dijo nada.

— ¿Y bien?

— ¿Cuál fue la pregunta, monseñor?

— ¡Es igual! Tan sólo se me ocurrió demostrarte que la evidencia sugiere que Em era por Emma y que Emma no es el diminutivo de Emily. ¿Qué tienes que decir a esto?

— No había pensado en ello, monseñor, pero…

— Pero ¿qué?

— ¿No es verdad que los matrimonios se llaman a veces con otros nombres?

— ¿Tratas de burlarte de mí?

— No, monseñor.

— ¡Dime la verdad! ¿Cómo fue que descubriste el refugio y qué puedes decirme de esas fantásticas habladurías acerca de la aparición?

El hermano Francis trató de explicarlo. El advocatus diaboli lo interrumpió con periódicos bufidos y preguntas sarcásticas. Cuando terminó su narración, el abogado examinó la historia con dientes y uñas semánticos hasta que el propio monje se preguntó si había visto realmente al viejo o se había imaginado el incidente.

La técnica de examen era despiadada, pero Francis encontró la experiencia menos terrible que una entrevista con el abad. Lo más que el abogado podía hacer era arrancarle, aquella vez, los miembros uno a uno; pero saber que la operación terminaría pronto ayudaba al amputado a soportar el dolor. Sin embargo, al enfrentarse al abad, estaba siempre convencido de que un error podía ser castigado una y otra vez, pues Arkos era su superior de por vida y el perpetuo inquisidor de su alma.

Después de observar la reacción de Francis a la furiosa arremetida inicial, monseñor Flaught pareció encontrar la historia del monje demasiado sencilla para garantizarle un gran margen de ataque.

— Bien, hermano, si ésta es tu historia y te aferras a ella, no creo que tengamos que preocuparnos por ti en absoluto. Aunque sea verdad, cosa que no admito, de tan trivial es absurda. ¿Te das cuenta de ello?

— Es lo que siempre dice.

Francis, que durante años intentó quitarle al peregrino la importancia que los demás le habían atribuido.

— ¡Pues ya era hora de que lo dijeses! — exclamó Flaught.

— Siempre he dicho que pensaba que probablemente no era más que un viejo.

Monseñor Flaught se cubrió los ojos con una mano y suspiró ruidosamente. Su experiencia con los testigos inseguros le dejaba sin nada qué decir.


Antes de abandonar la abadía, el advocatus diaboli, como el abogado del santo antes que él, se detuvo en el scriptorium y pidió ver la conmemoración en colores de la heliografía de Leibowitz («aquella terrible incomprensibilidad», como la llamó Flaught). Aquella vez las manos del monje no temblaron de ansiedad sino de miedo; una vez más, podía verse obligado a abandonar el proyecto. Monseñor Flaught observó en silencio la piel de cordero. Tragó saliva tres veces y, finalmente, se obligó a asentir.

— Tu imaginación es viva — admitió —. Pero esto ya lo sabíamos, ¿verdad? — Hizo una pausa —. ¿Cuánto tiempo hace que trabajas en ello?

— Seis años, monseñor, aunque de modo intermitente.

— Comprendo. Según veo, deberás trabajar los mismos años para poderlo terminar.

Inmediatamente los cuernos de monseñor Flaught disminuyeron un par de centímetros y sus colmillos desaparecieron por completo. Aquella misma noche salió hacia Nueva Roma.

Los años transcurrieron lentamente, marcaron las caras de los jóvenes y encanecieron sus sienes. La labor perpetua del monasterio continuó, atronando todos los días al cielo con el mismo himno del Divino Oficio, proveyendo diariamente al mundo con un lento fluir de manuscritos copiados y vueltos a copiar, cediendo ocasionalmente clérigos y escribanos al episcopado, los tribunales eclesiásticos y a los pocos poderes seglares que los solicitaban. El hermano Jeris ambicionaba construir una prensa de imprimir, pero al saberlo, Arkos rechazó el plan: no había ni el papel suficiente ni la tinta necesaria, y en un mundo satisfecho de su incultura no se necesitaban libros a buen precio. Debido a ello, la sala de copias siguió con sus botes y plumas.

Durante la Festividad de los Cinco Santos Inocentes, un mensajero del Vaticano llegó con alegres nuevas para la orden. Monseñor Flaught había retirado todas sus objeciones y hacía penitencia ante una imagen del beato Leibowitz. El caso de monseñor Aguerra había sido aprobado y el Papa había ordenado la presentación de un decreto en el que recomendaba la canonización. La fecha para la proclamación formal había sido señalada para el siguiente Año Santo y coincidiría con la llamada a Consejo General de la Iglesia con el propósito de efectuar una cuidadosa reestructuración de la doctrina referente a la limitación del magisterium a los hechos de fe y moral. Era una cuestión muchas veces tratada en la historia; pero en cada país parecía resurgir con nuevas formas, especialmente en aquellos períodos oscuros en que los «conocimientos del hombre» acerca del viento, las estrellas y la lluvia eran realmente la única creencia. Durante este Consejo, el fundador de la Orden Albertiana sería inscrito en el calendario de los santos.

Una temporada de regocijo en la abadía siguió a aquel anuncio. Dom Arkos, encanecido por la edad y cercano ya a la senectud, llamó al hermano Francis a su presencia y jadeando dijo:

— Su Santidad nos invita a Nueva Roma para la canonización. Prepárate a partir.

— ¿Yo, reverendo padre?

— Tú solo. El hermano farmacéutico me prohíbe viajar y no estaría bien que el padre prior marchase estando yo enfermo. No me vengas ahora con desmayos — dijo plañideramente dom Arkos —. Lo más probable es que obtengas más crédito del que mereces por el hecho de que la corte haya aceptado la fecha de la muerte de Emily Leibowitz como probada de modo definitivo. De todas maneras, Su Santidad te ha invitado. Te sugiero que le des gracias a Dios y no te atribuyas ningún mérito.

El hermano Francis se tambaleó.

— ¿Su Santidad…?

— Sí. Enviaremos al Vaticano la heliografía original de Leibowitz. ¿Qué te parece si te llevas tu versión conmemorativa en colores como regalo personal al Santo Padre?

— Ah… — dijo Francis.

El abad lo reanimó, lo bendijo, lo llamó buen simple y lo envió a llenar su zurrón.

10

El viaje a Nueva Roma requería, por lo menos, tres meses y quizá más. El tiempo dependía en cierto modo de la distancia que Francis pudiese cubrir antes de que la inevitable banda de ladrones le privase de su asno. Viajaría solo y sin armas, únicamente con su zurrón y escudilla de mendicante, además de la reliquia y la copia en color. Rezó para que los ladrones ignorantes no supiesen qué hacer de esta última; porque, en realidad, entre los asaltantes del camino había a veces ladrones amables que sólo robaban lo que tenía valor para ellos y le permitían a su víctima conservar la vida, la integridad física y los efectos personales. Otros eran menos considerados.

Como medida de precaución, se puso un parche negro sobre el ojo derecho. Los montañeses eran muy supersticiosos y a veces huían sólo con la posibilidad del mal de ojo. Así armado y equipado, salió para obedecer la llamada del Sacerdos Magnus, aquel santísimo padre y maestro, el papa León XXI.

Cerca de dos meses después de abandonar la abadía, el monje tropezó con un ladrón en una montaña cubierta de bosques, lejos de cualquier poblado, a no ser el del Valle de los Deformes, que se hallaba a unos pocos kilómetros, detrás de un pico en el oeste y donde, como leprosos, una colonia de monstruos genéticos vivían aislados del mundo. Algunas de estas colonias estaban supervisadas por los hospitalarios de la santa Iglesia, pero el Valle de los Deformes no se contaba entre ellas. Los mutantes que consiguieron escapar de morir en manos de las tribus de los bosques, hacía siglos que se congregaban en el lugar, y sus filas se veían continuamente aumentadas por cosas que se retorcían y arrastraban, y que acudían allí a refugiarse del mundo. Algunos de ellos eran fértiles y daban a luz, pero a menudo esas criaturas heredaban las deformidades paternas, nacían muertas o no llegaban a la madurez. De vez en cuando el carácter monstruoso tendía a retroceder, y como resultado de la unión de dos mutantes venía al mundo una criatura aparentemente normal. Sin embargo, alguna vez, los vástagos superficialmente «normales» estaban dañados por una deformidad invisible de la mente o del corazón, que les privaba de la esencia de la humanidad, aunque les prestaba su apariencia.

En la misma Iglesia algunos se atrevieron a exponer el criterio de que aquellas criaturas habían sido privadas de la De¡¡mago desde la concepción, que sus almas eran como las de los animales y que por ley natural podían impunemente ser eliminadas como animales y no como hombres. Dios había castigado a las especies con la prole animal, debido a los pecados que casi habían terminado con la humanidad. Algunos, cuya creencia en el infierno nunca les había privado de las demás, no le quitaban a Dios el derecho a valerse de cualquier forma de castigo temporal, sino que consideraban que al arrogarse los hombres el derecho a juzgar cualquier criatura nacida de mujer como no poseedora de la divina imagen, usurpaban el privilegio del cielo. «Hasta el idiota que parece menos inteligente que un perro, un puerco o una cabra será, si es nacido de mujer, portador de un alma inmortal», proclamaba una y otra vez el magisterium. Cuando Nueva Roma hizo varias declaraciones como ésta, pronunciadas para refrenar el infanticidio, los infortunados seres deformes fueron llamados, por algunos, los «sobrinos del Papa» o los «hijos del Papa».

— Dejemos que los que hayan nacido vivos de padres humanos sigan viviendo — había dicho el León anterior —. Dejemos que, de acuerdo con la ley natural como con la ley divina del amor, sean criados como niños y alimentados sea cual fuere su forma y comportamiento, porque es un hecho de la razón que no necesita de la revelación divina que, entre los derechos naturales del hombre, el derecho a la asistencia de los padres para poder sobrevivir se antepone a todos los demás y no puede ser modificado legítimamente por la sociedad o el Estado, excepto hasta donde los príncipes tengan el poder de ejecutar este derecho. Ni las propias bestias de la Tierra actúan de otro modo.

El ladrón que abordó al hermano Francis no era, bajo ningún concepto, uno de los monstruos, pero de su procedencia del Valle de los Deformes dieron fe dos figuras encapuchadas que se alzaron detrás de una maraña de arbustos en el declive que daba sobre el camino y que le gritaron burlonamente al monje desde su escondite, mientras le apuntaban con sus arcos tensos. Desde aquella distancia, Francis tuvo la impresión, aunque no estaba seguro, de que uno de ellos sostenía su arco con seis dedos o un pulgar extra; pero no había ninguna duda de que una de las figuras llevaba un hábito con dos capuchas, aunque no podía ver ninguna cara, ni pudo determinar si la segunda capucha contenía o no otra cabeza.

El ladrón estaba en el sendero frente a él. Era un hombre bajo, pero pesado como un toro, con una protuberancia azul y sin pelo como cabeza y una quijada como un bloque de granito. Estaba en medio del camino con las piernas abiertas y sus fuertes brazos cruzados sobre el pecho en espera de la pequeña figura que se acercaba a horcajadas sobre el asno. El ladrón, como pudo ver Francis, estaba únicamente armado con la propia musculatura y un cuchillo, que no se tomó el trabajo de quitarse del cinto. Le hizo un gesto al monje para que avanzase. Cuando éste se detuvo a unos cincuenta metros de distancia, uno de los «hijos del Papa» lanzó una flecha que fustigó el camino justo detrás del burro, haciendo que éste saltase hacia delante.

— Baja — ordenó el ladrón.

El asno se detuvo, el hermano Francis echó hacia atrás su capucha para mostrar su ojo cubierto y levantó un dedo tembloroso para tocárselo. Poco a poco fue levantando la tela.

El ladrón levantó la cabeza y lanzó una carcajada que le pareció a Francis como salida de la garganta del mismísimo Satanás. Murmuró un exorcismo, pero el ladrón permaneció tranquilo.

— Vosotros, los encapuchados negros, usáis este truco desde hace demasiado tiempo — dijo —. Ahora, baja.

El hermano Francis sonrió, se encogió de hombros y descabalgó sin decir nada. El ladrón inspeccionó el asno, golpeándole los flancos y examinándole dientes y cascos.

— ¿Comemos? ¿Comemos? — gritó una de las criaturas encapuchadas del declive.

— Esta vez no — gritó el ladrón —, demasiado huesudo.

Francis no quedó muy convencido de que hablasen del asno.

— Buenos días, señor — dijo amablemente —. Puede quedarse mi montura. Caminar me hará bien, creo. — Sonrió de nuevo y emprendió la marcha.

Una flecha se enterró en el suelo, a sus pies.

— ¡Basta ya! — chilló el ladrón. Después dijo a Francis -: Ahora desnúdate y déjame ver ese rollo y ese paquete.

El hermano tomó su escudilla e hizo un gesto desvalido que sólo dio lugar a una nueva carcajada burlona del ladrón.

— Ya me habéis hecho otras veces el truco de la limosna — dijo —. El último hombre que me presentó la escudilla tenía una moneda de oro oculta en la bota. Desnúdate.

Francis, que no llevaba botas, enseñó esperanzado sus sandalias, pero el ladrón le hizo un gesto impaciente. Entonces desató su zurrón, extendió su contenido y empezó a quitarse la ropa. El ladrón la registró sin encontrar nada y se la devolvió, haciendo que suspirase agradecido, pues había temido que le dejasen desnudo en el camino.

— Ahora veamos lo que hay en el otro paquete.

— Sólo contiene documentos, señor — protestó el monje —. Sin valor para nadie a no ser su propietario.

— Ábrelo.

En silencio, el hermano Francis desató el paquete y extendió la heliografía original y la conmemoración en color. El dibujo en oro y el colorido del diseño brillaron deslumbradores con la luz que se filtraba a través del follaje. La tosca mandíbula del ladrón cayó unos centímetros.

Silbó suavemente.

— ¡Qué belleza! ¡Cómo le gustaría a mi mujer poder colgarla de la pared de la cabaña!

Francis se sintió desfallecer.

— ¡Oro! — les gritó el ladrón a sus cómplices en el declive.

— ¿Comemos? ¿Comemos? — llegó la réplica gorgoteante y burlona.

— ¡Comeremos, no tengáis miedo! — gritó el ladrón, y después le explicó a Francis -: Después de pasar un par de días aquí, esperando, tienen hambre. Los negocios van mal. Es una temporada de poco tráfico.

Francis asintió. El asaltante volvió a mostrar su admiración por la copia en color.

«Señor, si le has enviado para probarme, entonces ayúdame a morir como un hombre, que pueda quedársela únicamente sobre el cadáver de tu siervo. Bendito Leibowitz, contempla este acto y reza por mí…»

— ¿De qué se trata? — preguntó el ladrón —. ¿Es un hechizo? — Estudió un rato los documentos —. Uno es el fantasma del otro. ¿Qué clase de magia es? — Observó al hermano Francis con sus suspicaces ojos grises —. ¿Cómo lo llamáis?

— Pues… «Sisterna de control transistorizado para la unidad Seis-B» — espetó el monje.

El asaltante, que había estado mirando los documentos al revés, pudo sin embargo darse cuenta de que los dos diagramas tenían la base y las líneas invertidas — un efecto que parecía intrigarle tanto como la hoja dorada —. Marcó las similitudes del diseño con un índice corto y sucio, dejando una débil mancha sobre la piel de cordero iluminada. Francis contuvo las lágrimas.

— ¡Por favor! — dijo el monje sin aliento —. La capa de oro es tan tenue que puede decirse que no tiene ningún valor. Sopésela, podrá ver que en total no pesa más que la de papel. No le sirve de nada. Por favor, señor, quédese mis vestidos, pero no esto. Puede quedarse el mulo y mi zurrón, lo que quiera, pero devuélvame los documentos. No significan nada para usted.

La mirada gris del ladrón quedó pensativa. Observó la agitación del monje y se frotó la barbilla.

— Voy a dejar que conserves tus vestidos, tu asno y todo lo demás, menos esto — le ofreció —. Sólo me quedaré con los hechizos.

— Por el amor de Dios, señor, entonces máteme también — se lamentó el hermano Francis.

El asaltante rió burlonamente.

— Ya veremos, dime para qué sirven.

— Para nada. Uno es un recuerdo de un hombre que murió hace mucho. Una antigüedad. El otro es sólo una copia.

— ¿Para qué os sirven?

Francis cerró momentáneamente los ojos tratando de buscar el modo de explicárselo.

— ¿Conoce las tribus de los bosques? ¿Cómo veneran a sus antepasados?

Los ojos grises brillaron súbitamente airados.

— Nosotros despreciamos a nuestros antepasados — gritó —. ¡Malditos sean todos los que nos dieron vida!

— ¡Malditos! ¡Malditos! — repitió uno de los arqueros encapuchados desde el declive.

— ¿Sabes quiénes somos? ¿De dónde venimos?

Francis asintió.

— No quise ofenderles. El antiguo a quien perteneció esta reliquia es… no es nuestro antepasado. Fue nuestro maestro de lo antiguo. Veneramos su memoria. Esto es sólo un recuerdo, nada más.

— ¿Qué me dices de la copia?

— La hice yo. Por favor, señor, me costó quince años hacerla. Por favor… ¡no le quitará usted a un hombre quince años de su vida sin ningún motivo!

— ¿Quince años? — El ladrón echó hacia atrás la cabeza y rió con fuerza —. ¿Pasaste quince años haciendo esto?

— Oh, pero…

— Francis se quedó súbitamente silencioso. Su mirada se posó sobre el achatado índice del ladrón. El dedo indicaba la heliografía original.

— ¿Esto te tomó quince años? Pero si al lado del otro es casi feo, — Se golpeó los ijares y entre risotadas siguió señalando la reliquia —. ¡Quince años! ¿Es esto lo que hacéis allí encerrados? ¿Por qué? ¿De qué sirve esta imagen oscura? ¡Quince años para hacer esto! ¡Ja, ja! ¡Es un trabajo de mujer!

El hermano lo miraba con un silencio atónito. Que el asaltante confundiese la sagrada reliquia con la copia le había sorprendido demasiado para poder replicar.

Todavía riendo, el ladrón tomó ambos documentos en sus manos y se preparó para partirlos por la mitad.

— Jesús, María y José! — gritó el monje cayendo de rodillas en el camino —. ¡Por el amor de Dios, señor!

El atracador tiró los papeles al suelo.

— Lucharé contigo por ellos — se ofreció deportivamente —. Éstos contra mi cuchillo.

— De acuerdo — dijo Francis impulsivamente, pensando que una lucha le daría por lo menos al cielo la oportunidad de intervenir de un modo discreto.

«Oh, Dios, que fortaleciste a Jacob para que venciese al ángel en la roca…»

Se prepararon para la lucha. El monje se persignó. El asaltante se quitó el cuchillo del cinto y lo tiró junto a los papeles. Empezaron a dar vueltas.

Tres segundos más tarde, el hermano se encontraba gruñendo tendido bajo una pequeña montaña de músculos, su espalda contra el suelo. Una piedra puntiaguda parecía taladrarle la espina dorsal.

— Je, je — rió el ladrón, y se levantó para reclamar su cuchillo y sus documentos.

Con las manos unidas como si rezase, el hermano Francis se arrastró tras él de rodillas rogando a voz en cuello:

— ¡Por favor, entonces quédese sólo con una, no con las dos! ¡Por favor!

— Ahora tendrás que comprarlas — dijo socarronamente —. Las he ganado legalmente.

— No tengo nada, soy pobre.

— Está bien, si es verdad que te interesan tanto, obtendrás el oro. Dos monedas, éste es el precio del rescate. Tráelas aquí cuando quieras. Yo esconderé tus cosas en mi choza. Si las quieres, trae el oro.

— Pero es que son importantes para otra gente, no para mí. Se las llevaba al Papa. Quizá paguen porque tiene mayor importancia, pero tiene que dejarme la otra para podérsela enseñar. No tiene ningún valor.

El ladrón rió despreciativo.

— Se diría que me besarías las botas por tenerla.

El hermano Francis se le aferró y besó sus botas con fervor. Aquello resultó ser demasiado hasta para un tipo como el ladrón. Apartó al monje con el pie, separó los dos documentos y le lanzó uno a la cara con una maldición. Subió al asno y empezó a trepar por el declive rumbo a los arbustos. Francis se apoderó del precioso documento y caminando tras el asaltante se lo agradecía profusamente y cubría de bendiciones mientras el hombre llevaba al asno hacia los encapuchados arqueros.

— ¡Quince años! — bufó, y de nuevo apartó al hermano con el pie —. ¡Lárgate! Agitó en lo alto el colorido pergamino a la luz del sol —. Recuerda, con dos monedas de oro recobrarás tu recuerdo. Y dile a tu Papa que la gané en justicia.

Francis se detuvo. Bendijo al bandido en retirada y en voz baja alabó a Dios por la existencia de ladrones tan generosos y capaces de cometer un error tan craso. Acunó amorosamente la heliografía original mientras avanzaba penosamente por el camino. El ladrón les mostraba con orgullo la hermosa conmemoración a sus compañeros mutantes de la colina.

— ¡Comernos! ¡Comemos! — dijo uno de ellos dándole golpecitos al asno.

— Montamos, montamos — le corrigió el ladrón —. Comeremos más tarde.

Cuando el hermano Francis se hubo alejado, una gran tristeza le embargaba. La voz burlona resonaba todavía en sus oídos: «¡Quince años! ¿Esto es lo que hacéis allí? ¡Quince años! ¡Un trabajo de mujer! Ja, ja, ja…».

El ladrón había cometido un error, pero de todas formas quince años habían desaparecido y con ellos todo el amor y tormento que había puesto en la conmemoración.

Habiendo estado enclaustrado, Francis había perdido contacto con las costumbres del mundo exterior, de sus modales duros y actitudes bruscas. Su corazón quedó profundamente herido por la burla del ladrón. Recordó la mofa más gentil del hermano Jeris en los primeros tiempos. Quizás el hermano tenía razón.

Bajó la encapuchada cabeza y comenzó a caminar lentamente. Por lo menos quedaba la reliquia original. Por lo menos.

11

La hora había llegado. El hermano Francis, ataviado con su sencillo hábito de monje, nunca se había sentido menos importante que en el momento en que se arrodilló en la majestuosa basílica antes de comenzar la ceremonia. Los movimientos pausados, los torbellinos de vivo color, los sonidos que acompañaban a los ceremoniosos preparativos de la celebración parecían tener ya espíritu litúrgico, y hacían difícil comprender que todavía no ocurría nada importante. Obispos, monseñores, cardenales, sacerdotes y diversos funcionarios legos, en elegantes y anticuadas vestimentas, iban de un lado para otro en la gran nave; pero sus ¡das y venidas eran como una maquinaria ágil que nunca se detenía, tropezaba o cambiaba de idea para salir apresuradamente en otra dirección.

Un sampetrius entró en la basílica. Iba tan grandiosamente ataviado, que al principio Francis confundió al trabajador de la catedral con un prelado. Llevaba un escabel y lo hacía con una pompa tan sencilla que el monje, de no haber estado arrodillado, lo habría hecho al pasar el objeto frente a él. El sampetrius flexionó una rodilla ante el altar mayor y después fue hacia el trono papal, donde puso el nuevo escabel quitando uno que parecía tener una pata suelta; hecho esto, se fue por donde había venido. El hermano Francis se maravilló ante la estudiada elegancia de movimientos que acompañó a un acto tan trivial. Nadie tenía prisa. Nadie se entretenía o titubeaba ni se producía ningún gesto que no contribuyese quietamente a la dignidad y avasalladora belleza de aquel antiguo lugar. Hasta las inmóviles estatuas y los cuadros parecían tomar parte en ello. Aun el susurro de la propia respiración parecía ser suavemente devuelto por el eco de los distantes ábsides.

Terribiles est locus iste: hic domus Dei est, et porta caeli; ¡terrible en verdad, la casa de Dios, puerta del cielo!

Pasado un rato vio que algunas de las estatuas tenían vida. Había una armadura cerca de la pared, a unos metros a su izquierda. Su puño de malla sostenía el mango de una brillante hacha de combate y ni tan sólo la pluma de su casco se había agitado durante el tiempo que el hermano Francis permaneció arrodillado allí. Doce armaduras idénticas se hallaban situadas a lo largo de la pared a distancias regulares. Sólo después de ver un tábano arrastrarse a través de la visera de la «estatua» que estaba a su izquierda, sospechó que la guerrera envoltura contenía un ocupante. Sus ojos no notaron ningún movimiento, pero la armadura produjo algunos chasquidos metálicos mientras dio albergue al tábano.

Aquellos eran, pues, los guardias papales, tan renombrados en las batallas caballerescas: el pequeño ejército privado del Primer Vicario de Dios.

Un capitán de la guardia pasaba majestuosamente revista a sus hombres. Por primera vez, la estatua se movió: alzó su visera en señal de saludo. El capitán se detuvo pensativamente y antes de seguir la inspección empleó su pañuelo para apartar el tábano de la frente de aquel rostro inexpresivo que permanecía inmutable en el interior del casco. La estatua bajó su visera y recobró su inmovilidad.

El decorado mayestático de la basílica se vio brevemente destruido por la entrada de una multitud de peregrinos. Estaban bien Organizados y eficientemente dirigidos, pero era evidente que eran extraños al lugar. La mayoría de ellos dio la impresión de dirigirse de puntillas a su sitio, cuidando de no hacer ningún ruido y moverse lo menos posible, a diferencia de los sampetrii y el clero neorromano, que se movían y hacían ruido de modo elocuente. Aquí y allá, entre los peregrinos, alguien tosía o tropezaba.

De pronto la basílica pareció militarizarse: la guardia se había Puesto en posición de firme. Una nueva escolta de estatuas acorazadas entró pisando con fuerza en el propio santuario, se dejó caer sobre una rodilla e inclinó sus picas como saludo ante el altar antes de ocupar su sitio. Dos de sus miembros fianquearon el trono papal y un tercero cayó de rodillas a la derecha y allí permaneció, arrodillado y sosteniendo la espada de Pedro sobre sus palmas alzadas. El cuadro quedó de nuevo inmóvil a no ser por el temblor ocasional de los cirios del altar.

Sobre el sacro silencio, resonó un súbito clamor de trompetas.

El sonido fue aumentando de intensidad hasta que el vibrante ta-ra ta-ra-raa se sintió en la cara y fue doloroso para el oído. La voz de las trompetas no era musical sino estridente. Las primeras notas empezaron en un tono medio, después fueron subiendo lentamente en agudeza, intensidad y urgencia, hasta que los pelos del monje se pusieron de punta y en la basílica pareció no existir nada sino la explosión de las tubas.

Después, un silencio de muerte seguido por el canto de un tenor:

PRIMER CANTOR: Appropinquat agnis pastor et ovibus pascendis.

SEGUNDO CANTOR: Genua nunc flectantur omnia.

PRIMER CANTOR: Jussit olim Jesus Petrum pascere gregem Domini.

SEGUNDO CANTOR: Ecce Petrus Pontifex Maximus.

PRIMER CANTOR: Gaudeat igitur populus Christi, et gratias agat Domino.

SEGUNDO CANTOR: Nam docebinur a Spiritu Sancto.

CORO: Alleluia, Alleluia…

La multitud se levantó y después se arrodilló en una lenta oleada que siguió el movimiento de la silla en la que iba sentado un frágil anciano vestido de blanco, que bendecía a la gente mientras la procesión dorada, negra, púrpura y roja, lo conducía lentamente hacia el trono. El aliento obstruía la garganta del pequeño monje de la distante abadía en un apartado desierto.

Era imposible abarcar todo cuanto ocurría. La oleada de música y movimiento era tan avasalladora, que ahogaba los propios sentidos y arrastraba la mente, aun contra su voluntad, hacia lo que pronto iba a suceder.

La ceremonia fue breve. De haber sido más larga, habría sido difícil soportar su intensidad. Un prelado — Francis vio que se trataba de Malfreddo Aguerra, el propio abogado del santo — se acercó al trono y se arrodilló. Después de un breve silencio alzó su petición en canto llano.

— Sancte pater, ab Sapientia summa petimus ut ille Beatus Leibowitz cujus miracula mirati sunt multi…

Se le pedía a León que comunicase a su pueblo por medio de una definición solemne la pía creencia de que el beato Leibowitz era en realidad un santo, merecedor de la dulia de la Iglesia como de la veneración de los fieles.

— Gratissirna Nobis causa, fili — cantó la voz del anciano vestido de blanco como respuesta, explicando que el deseo de su corazón era anunciar por solemne proclama que el bendito mártir estaba entre los santos, pero también que tenía que hacerlo por guía divina que coincidía con la petición de Aguerra —, sub ducatu sancti Spiritus. — Pidió a todos que orasen por esta guía.

De nuevo el coro atronó la basílica con la letanía de los Santos:

— Oh Dios, Padre del Cielo, ten piedad de nosotros. Oh Dios, Hijo Redentor del Mundo, ten piedad de nosotros. ¡Oh Santísima Trinidad, Dios uno y único, miserere nobis! Oh Dios, Espíritu Santo, ten piedad de nosotros. Santa María, ruega por nosotros. Sancta Dei Genitrix, ora pro nobis. Sancta Virgo virginum, ora pro nobis…

El trueno de la letanía continuó. Francis miró el cuadro del bendito Leibowitz, recién descubierto. El fresco era de enormes proporciones. Mostraba el juicio del beato ante la multitud, pero la cara no sonreía con amargura como en la obra de Fingo. Era, de todas maneras, majestuosa, y Francis se dijo que estaba en consonancia con el resto de la basílica.

— Omnes sancti Martyres, orate pro nobis…

Cuando la letanía hubo terminado, monseñor Malfreddo Aguerra hizo de nuevo su petición al Papa, pidiendo que el nombre de Isaac Edward Leibowitz fuese formalmente inscrito en el calendario de los santos. De nuevo se invocó al espíritu guía, mientras el Papa entonaba el Ven¡, Creator Spiritus.

Y por tercera vez Malfreddo Aguerra solicitó la proclamación.

— Surgat ergo Petrus ipse…

Por fin llegó. León XXI entonó la decisión de la Iglesia, obtenida bajo la guía del Espíritu Santo, en la que se proclamaba como hecho seguro que un antiguo y bastante oscuro técnico llamado Leibowitz era en realidad un santo del cielo cuya poderosa intercesión podía y tenía derecho a ser reverentemente implorada. Se señaló una festividad para una misa en su honor.

— San Leibowitz, ruega por nosotros — susurró el hermano Francis con los demás.

Después de una breve plegaria, el coro entonó un Tedeum y, tras una misa en honor del nuevo santo, todo había terminado.

Escoltado por dos sedarii de librea escarlata del palacio exterior, el pequeño grupo de peregrinos siguió por lo que parecía una interminable secuela de corredores y antecámaras, deteniéndose ocasionalmente ante la ornada mesa de algún nuevo funcionario que examinaba credenciales y estampaba su firma en un licet adire para que un sedarius se lo entregase al siguiente funcionario, cuyo título era progresivamente más largo y más difícil de pronunciar a medida que el grupo avanzaba. El hermano Francis temblaba.

Entre sus compañeros peregrinos, había dos obispos; un hombre vestido de armiño y oro; un jefe de clan de la gente de los bosques convertido, pero luciendo aún la túnica de piel de pantera, y como casco, la cabeza de pantera de su tótem tribal; un «simple» con traje de piel que llevaba un halcón peregrino encapuchado en la muñeca — evidentemente un regalo para el Padre Santo -; y varias mujeres que parecían ser esposas o concubinas — como se dijo Francis ante sus actos — del jefe del clan del pueblo pantera, aunque podía tratarse de antiguas concubinas apartadas por el canon, pero no por la costumbre tribal.

Después de subir la Scala caelestis, los peregrinos fueron recibidos por el sombrío carneralis gestor, que los condujo a una pequeña antesala del enorme vestíbulo consistorial.

— El Padre Santo los recibirá aquí — les informó en voz baja un lacayo de alto rango al sedarius que traía las credenciales.

A Francis le dio la impresión de que los miraba desaprobadoramente. El hombre le dirigió unas palabras al sedarius, quien enrojeció y, a su vez, le dijo algo al jefe del clan. Éste lo miró ceñudo y se quitó su casco de afilados colmillos, dejando que se balancease sobre su hombro. Se produjo una breve conferencia acerca de las posiciones mientras su Suprema Untuosidad, el lacayo en jefe, en voz tan baja como reprobadora, colocó sus piezas de ajedrez en la habitación de acuerdo con algún protocolo secreto que únicamente los sedarii parecieron comprenden.

El Papa no tardó en llegar. El hombrecillo del hábito blanco, rodeado de su comitiva, avanzó vivamente por la sala de audiencias. El hermano Francis experimentó un súbito conato de mareo. Recordó que dom Arkos le había amenazado con desollarlo vivo si se desmayaba durante la audiencia, e intentó reunir fuerzas para evitarlo.

El grupo de peregrinos se arrodilló. El anciano de blanco les hizo levantarse con un gesto amable. Finalmente el hermano Francis se atrevió a fijar la vista. En la basílica, el Papa había sido únicamente una radiante mancha blanca en un mar de color. Gradualmente, allí en la sala de audiencias, Francis pudo ver más de cerca que el Papa no medía tres metros como los nómadas de la historia. Para sorpresa del monje, el frágil anciano, Padre de reyes y príncipes, constructor de los puentes del mundo y Vicario de Cristo en la Tierra, parecía ser mucho menos feroz que dom Arkos, Abbas.

El Papa avanzó lentamente por la hilera de peregrinos, saludando a cada uno de ellos, mientras abrazaba a uno de los obispos, hablaba con cada uno en su propio dialecto o a través de un intérprete, sonreía ante la expresión del prelado al cual encomendó la tarea de cuidar del pájaro halconero, y se dirigía al jefe del clan de la gente del bosque con un gesto peculiar de la mano y emitiendo un sonido gutural de su dialecto, que hizo que la expresión de pantera del jefe brillase con una sonrisa de deleite. El Papa vio la cabeza de pantera colgada de su hombro y se detuvo para colocársela de nuevo. El pecho del hombre de la tribu se dilató de orgullo, miró a su alrededor en la habitación, probablemente buscando a su Suprema Untuosidad, el lacayo en jefe, pero el oficial parecía haberse escabullido por la pared.

El Papa se aproximó a Francis.

Ecce Petrus Pontifex… Mira a Pedro, el gran sacerdote: el propio León XXI: «A quien Dios había nombrado príncipe de todos los países y reinos, para extirpar, derrumbar, desperdiciar, destruir, plantar y construir, para que pueda proteger a un pueblo creyente…». Sin embargo, el monje vio en el rostro de León una amable mansedumbre que indicaba que merecía el título, más encumbrado que cualquiera de los otorgados a príncipes y reyes, por el cual se le llamaba «el esclavo de los esclavos de Dios».

Francis se arrodilló rápidamente para besar el anillo del Pescador. Al levantarse, se encontró aferrando la reliquia del santo a su espalda como si el mostrarla le avergonzase. Los ojos ambarinos del Pontífice le dominaron. León habló suavemente, al modo de la curia: una afectación que parecía desagradarle, que sentía agobiante, pero que practicaba por el bien de las costumbres al hablar con visitantes menos salvajes que el jefe pantera.

— Nuestro corazón quedó profundamente dolorido cuando nos enteramos de tu desgracia. La historia de lo sucedido llegó a nuestros oídos. Viniste aquí invitado por Nos, pero en el camino encontraste a unos ladrones. ¿Es verdad?

— Sí, Padre Santo. Pero en realidad no tiene importancia. Quiero… decir… Era importante, pero… — dijo Francis tartamudeando.

El anciano blanco esbozó una sonrisa.

— Sabemos que nos traías un regalo y que en el camino te fue robado. Que esto no te preocupe. Tu presencia es suficiente regalo para Nos. Hace tiempo esperábamos la oportunidad de poder dar personalmente la bienvenida al descubridor de los restos de Emily Leibowitz. Conocemos también cuál es vuestra labor en la abadía. Siempre hemos sentido un ferviente afecto por los hermanos de san Leibowitz. Sin vuestro trabajo, la amnesia del mundo sería total. Como la Iglesia, Mysticum Christi Corpus, es un cuerpo, vuestra orden le ha servido de memoria. Debemos mucho a vuestro santo patrono y fundador. Los años futuros quizá le deberán aún más. ¿Podemos saber algo más de tu viaje, querido hijo?

El hermano Francis le tendió la heliografía.

— El asaltante fue lo suficientemente amable para permitirme conservar esto, Padre Santo. Lo tomó por una copia del dibujo en color que yo traía como regalo.

— ¿No le informaste de su error?

El monje se sonrojó.

— Me avergüenza admitir, Padre Santo…

— ¿Entonces se trata de la reliquia original que encontraste en la cripta?

— Sí.

La sonrisa del Papa tomó una expresión amarga.

— ¿El bandido pensó que tu obra era el tesoro? Ah…, hasta un ladrón puede verse atraído por el arte. Monseñor Aguerra nos habló de la belleza de tu conmemoración. Lástima que fuese robada.

— No tiene importancia, Padre Santo. Sólo lamento haber perdido quince años en ella.

— ¿Perdido? ¿Cómo perdido? Si el ladrón no se hubiese visto engañado por la belleza de tu conmemoración podía haber robado ésta, ¿no es así?

El hermano Francis admitió la posibilidad.

León XXI tomó la antigua heliografía en sus pálidas manos y la desenrolló con sumo cuidado. Estudió el diseño en silencio y finalmente dijo:

— Dime, ¿entiendes los símbolos usados por Leibowitz? ¿Cuál es el significado de la… cosa representada?

— No lo sé, Padre Santo, mi ignorancia es completa.

El Papa se inclinó hacia él para murmurar:

— Lo mismo que la nuestra.

Contuvo una sonrisa, presionó los labios sobre la reliquia como si besase la piedra de un altar, la enrolló de nuevo y se la tendió a un asistente.

— Te agradecemos desde el fondo de nuestro corazón estos quince años, querido hijo — le dijo al hermano Francis —. Fueron pasados para la conservación del original, nunca pienses en ellos como perdidos. Ofréceselos a Dios. Quizás algún día se descubra el significado del original y tal vez resulte ser importante. — El anciano guiñó los ojos… ¿o no fue un guiño? Francis estaba casi convencido de que el Papa le había guiñado un ojo —. Te lo deberemos a ti.

El guiño o el parpadeo pareció obligar a la habitación a volver a sus dimensiones normales a los ojos del monje. Por vez primera, descubrió un agujero de polilla en el hábito papal, que estaba, además, casi deshilachado. En varios puntos el yeso del techo había caído. Pero la dignidad había sobrepasado a la pobreza. Sólo durante unos instantes después del guiño notó Francis aquellos signos de penuria. La distracción fue momentánea.

— A través tuyo queremos enviar nuestros más cordiales saludos a todos los miembros de tu comunidad y a tu abad — decía León —. Para ellos y para ti, queremos extender nuestra bendición apostólica. Te daremos una carta anunciándola. — Hizo una pausa y guiñó o parpadeó de nuevo —. Por cierto, la carta estará salvaguardada. Pondremos en ella el Nolí molestare, excomulgando a cualquiera que se atreva a asaltar a su portador.

Francis murmuró su agradecimiento por aquel seguro contra los asaltantes aunque no juzgó conveniente añadir que el ladrón sería incapaz de leer el aviso o comprender la penalidad.

— Haré lo posible por entregarla, Padre Santo.

De nuevo, León se inclinó para murmurar:

— A ti te daremos una muestra especial de nuestro afecto. Antes de irte habla con monseñor Aguerra. Nos habría gustado más dártelo de propia mano, pero éste no es el momento adecuado. Monseñor te lo dará en nuestro nombre. Haz con ello lo que quieras.

— Muchas gracias, Santo Padre.

— Ahora adiós, querido hijo.

El Pontífice se alejó, para seguir hablando con cada peregrino de la fila. Cuando hubo terminado: la bendición solemne. La audiencia había terminado.

Cuando el grupo de peregrinos apareció en el claustro, monseñor Aguerra asió a Francis por el brazo y le abrazó calurosamente. El postulador de la causa del santo había envejecido tanto, que el monje le reconoció con dificultad pese a estar a su lado. Pero también él había encanecido y se le habían arrugado las comisuras de los ojos de tanto escrutar sobre la mesa de las copias. Cuando bajaban por la Scala caelestis, el prelado le tendió un paquete y una carta.

Francis miró la dirección de la carta y asintió. Su propio nombre estaba escrito sobre el paquete que llevaba un sello diplomático.

— ¿Es para mí, monseñor?

— Un regalo personal del Padre Santo. Será mejor que no lo abras aquí. ¿Puedo hacer algo por ti antes de que abandones Nueva Roma? Te mostraré con gusto todo lo que no hayas podido ver.

El hermano se quedó pensativo un momento. Había sido un viaje exhaustivo.

— Me gustaría ver, una vez más, la basílica, monseñor — dijo finalmente.

— Muy bien, pero ¿es todo?

El hermano Francis se detuvo de nuevo. Se habían quedado rezagados del resto del grupo de peregrinos.

— Quisiera confesar — añadió suavemente.

— No hay nada más fácil — dijo Aguerra añadiendo mientras contenía una sonrisa -: Estás en la ciudad ideal para ello, ¿sabes? Aquí se te puede perdonar todo lo que te preocupe. ¿Es algo lo suficientemente terrible que merezca la atención del Papa?

Francis enrojeció y agitó la cabeza.

— ¿Qué te parece el Gran Penitenciario? Si estás arrepentido, no sólo te absolverá, en el trato te dará un palo en la cabeza.

— Es que… se lo pido a usted, monseñor — tartamudeó el monje.

— ¿A mí? ¿Por qué? No soy nadie importante. Aquí estás en una ciudad llena de birretes rojos y quieres confesarte con Malfreddo Aguerra.

— Es que… es que ha sido usted el abogado de nuestro patrono — explicó el monje.

— Comprendo. Escucharé tu confesión. Pero ya sabes que no puedo absolverte en nombre de tu patrono. Tendrá que ser, como de costumbre, en el de la santísima Trinidad. ¿Será suficiente?

Francis tenía poco que confesar, pero su corazón había estado mucho tiempo agitado — bajo la incitación de dom Arkos — por el temor de que su descubrimiento del refugio hubiese dificultado el caso del santo. El postulador de Leibowitz le escuchó, consoló, le dio la absolución en la basílica y después le acompañó por aquella vieja iglesia. Durante la ceremonia de canonización y la misa que le siguió, el monje había notado únicamente el majestuoso esplendor del edificio. Ahora, el viejo monseñor le mostró la desmoronada obra de albañilería, los lugares que necesitaban ser reparados y la penosa condición de algunos de los viejos frescos.

De nuevo tuvo una visión fugaz de una pobreza velada por la dignidad. En aquella época la Iglesia no era rica.

Finalmente, Francis quedó en libertad de abrir su paquete. Contenía una bolsa, y en ella había dos monedas de oro. Miró a Malfreddo Aguerra. Monseñor sonrió.

— Dijiste que el ladrón te ganó la conmemoración en un combate, ¿no es así? — preguntó Aguerra.

— Sí, monseñor.

— Bien, aunque te vieses forzado a ello, tú mismo decidiste luchar, ¿verdad? ¿Aceptaste su reto?

El monje asintió.

— Entonces no creo que sea justificar un mal acto si la compras a la vuelta. — Dio unos golpecitos en la espalda del monje y le bendijo. Era hora de partir.

El pequeño conservador de la llama del conocimiento salió a pie hacia su abadía. El viaje duraría días y semanas, pero su corazón palpitaba al acercarse al escondite del ladrón. «Haz con ello lo que gustes», había dicho el papa León refiriéndose al oro. No sólo esto, el monje tenía ahora, además de la bolsa, una respuesta a la burlona pregunta del asaltante. Pensó en los libros de la sala de audiencias, esperando allí su nuevo despertar.

El ladrón, sin embargo, no estaba emboscado en el lugar como Francis había esperado. Había huellas recientes en el sendero, pero lo cruzaban y no había rastro del hombre. El sol se filtraba a través de los árboles para cubrir el suelo con reflejos en forma de hoja. El bosque no era denso, pero ofrecía sombra. Se sentó al lado del camino para esperar.

Un búho silbó al mediodía desde la relativa oscuridad de las profundidades de algún arroyo distante. Los buitres daban vueltas en un retazo de azul sobre la copa de los árboles. Aquel día el bosque parecía pacífico. Al escuchar medio dormido el cantar de los gorriones entre unos arbustos cercanos, pensó que no le importaba que el ladrón apareciese aquel día o al siguiente. Su viaje era tan largo, que sería agradable quedarse reposando todo un día mientras le esperaba. Se sentó observando a los buitres. A veces miraba el camino que conducía a su distante hogar en el desierto. El ladrón había escogido un punto perfecto para su cubil. Desde allí se podía observar más de un kilómetro del camino en cualquier dirección y permanecer oculto en el bosque.

A lo lejos, algo se movía en el camino.

El hermano Francis protegió sus ojos del sol con las manos y estudió el movimiento distante. Había una zona soleada en el sendero, donde un fuego de arbustos había aclarado varios acres de terreno alrededor de la senda que conducía al sudoeste y que rielaba bajo un espejo de calor en la región en la que reinaba el sol. No podía ver con claridad debido a los reflejos brillantes, pero en medio del camino se distinguía movimiento: una iota negra que se arrastraba. A veces parecía tener cabeza y a veces desaparecía totalmente en el velo producido por el calor; pero a pesar de todo pudo darse cuenta de que poco a poco se acercaba. En un momento en que el borde de una nube ocultó el sol, el débil resplandor del calor se debilitó durante unos segundos; sus ojos, cansados y miopes, llegaron a la conclusión de que la iota serpenteante era un hombre, aunque estaba demasiado lejos para poder ser reconocido. Se estremeció. Algo en la iota era demasiado familiar.

Pero no, no podía de ningún modo ser aquel viejo.

El monje hizo la señal de la cruz y empezó a pasar las cuentas de su rosario mientras sus ojos permanecían fijos en aquella cosa distante en el rielar del calor.

Mientras estuvo esperando allí la llegada del ladrón, una discusión se había suscitado más arriba en la ladera de la colina. El debate conducido por susurrantes monosílabos duró casi una hora. Ahora había terminado. Dos — Capuchas había sido vencido por Una — Capucha. Juntos, los «hijos del Papa» salieron sigilosamente por detrás de su mata de abrojos y se arrastraron colina abajo.

Avanzaron hasta llegar a unos diez metros de Francis antes que una piedra sonase. El monje estaba murmurando la tercera avemaría del cuarto misterio glorioso del rosario cuando miró a su alrededor.

La flecha le dio limpiamente entre los ojos.

— ¡Comemos! ¡Comemos! ¡Comemos! — gritaron los «hijos del Papa».

En la senda, hacia el sudoeste, el viejo vagabundo se sentó en un tronco y cerró los ojos para descansarlos del sol. Se abanicó con un maltrecho sombrero de paja y masticó sus hojas aromáticas. Hacía mucho que deambulaba. La búsqueda parecía no tener fin, pero siempre existía la promesa de encontrar lo que buscaba pasada la siguiente colina o detrás de la curva en el camino. Cuando terminó de abanicarse, se puso de nuevo el sombrero y se rascó la hirsuta barba mientras, parpadeando, miraba el paisaje. En la ladera que estaba frente a él se hallaba un pequeño bosque que no había sido quemado. Ofrecía sombra, pero sin embargo el vagabundo se quedó sentado al sol observando a los curiosos buitres. Se habían reunido y sobrevolaban el bosque a muy baja altura. Uno de los pájaros se atrevió a descender entre los árboles, pero pronto estuvo de nuevo a la vista, quedó un momento aleteando débilmente hasta que encontró una columna de aire que se elevaba, y entonces ascendió planeando. Los negros huéspedes de la carroña parecían estar gastando más energía que de costumbre en batir las alas. Generalmente se elevaban conservando sus fuerzas. Ahora barrían el aire sobre la ladera como si estuviesen impacientes por posarse en tierra.

Mientras los buitres permanecieron interesados, pero indecisos, el vagabundo hizo lo mismo. En aquellas colinas había jaguares. Detrás del pico había cosas peores que estos animales, y a veces merodeaban lejos de su hogar.

El vagabundo esperó. Finalmente los buitres descendieron entre los árboles. Esperó otros cinco minutos. Después se levantó y renqueando fue hacia la mancha del bosque, dividiendo su peso entre su pierna maltrecha y su bastón.

Al poco rato entraba en la zona boscosa. Los buitres estaban ocupados sobre los restos de un hombre. El vagabundo ahuyentó a los pájaros con su garrote e inspeccionó los restos. Faltaban importantes partes. Una flecha le cruzaba el cráneo formando un bulto en su nuca.

El viejo miró nervioso hacia los arbustos que le rodeaban. No había nadie a la vista, pero el lugar estaba cubierto de huellas de pisadas y no era prudente quedarse.

Prudente o no, el trabajo tenía que hacerse. El viejo vagabundo encontró un punto en que la tierra era lo suficientemente blanda para cavar con las manos y el bastón. Mientras lo hacía, los furiosos buitres volaban bajo sobre las copas de los árboles. A veces se precipitaban como una flecha hacia tierra, pero inmediatamente volvían a remontarse. Durante una hora, después dos, chillaron ansiosos sobre la ladera boscosa.

Uno de los pájaros se atrevió finalmente a posarse en tierra. Recorrió indignado el montículo de tierra recién removida. Desengañado, salió de nuevo volando. La bandada de aves abandonó el lugar y subió a gran altura aprovechando las corrientes de aire mientras observaban hambrientos la tierra.

Detrás del Valle de los Deformes había un cerdo muerto. Los buitres lo observaron alegremente y descendieron en busca del festín.

Más tarde, en un desfiladero lejano, un jaguar limpió sus costillas y lo abandonó. Los buitres parecieron agradecerle el poder terminar su comida.

Llegado el momento, los buitres pusieron sus huevos y alimentaron a sus crías: una serpiente muerta y pedazos de perro salvaje.

La joven generación creció fuerte, voló alto y lejos con sus negras alas, esperando que la tierra fecunda entregase sus abundantes carroñas. A veces la comida era sólo un sapo. Una vez fue un mensajero de Nueva Roma.

Sus vuelos los llevaron hacia las llanuras del oeste. Estaban encantados con la abundancia de cosas buenas que los nómadas dejaban abandonadas durante su viaje hacia el sur.

Llegado el momento, los buitres pusieron sus huevos y alimentaron a sus crías. La tierra los había nutrido abundantemente durante siglos.

Seguiría haciéndolo aún varios más…

Durante un tiempo, los desperdicios fueron buenos en la zona de Red River; pero entonces, de aquella carnicería se levantó una ciudad. Los buitres no sentían afición por las ciudades que se levantaban, aunque aprobaban su eventual caída. Se alejaron de Texarkana y se situaron lejos en las llanuras del oeste. Al modo de las cosas vivas, repoblaron la tierra muchas veces con los de su especie.

Era el año de Nuestro Señor de 3174.

Había rumores de guerra.

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