Kazuo Ishiguro
Los inconsolables

1

Al taxista pareció darle un poco de apuro ver que no había nadie para recibirme, ni siquiera un conserje tras el mostrador de recepción. Cruzó el desierto vestíbulo…, tal vez con la esperanza de descubrir a algún empleado oculto detrás de los maceteros con plantas o de los butacones. Hasta que, finalmente, dejó en el suelo mis maletas junto a la puerta del ascensor y se despidió de mí murmurando unas palabras de excusa.

El vestíbulo era amplio sin exageración: lo suficiente para albergar varias mesitas de café sin dar sensación de agobio. Pero el techo era bajo y el cielo raso estaba claramente pandeado, lo que inspiraba una leve claustrofobia, a la que contribuía también el hecho de que, a pesar del espléndido sol que hacía fuera, en el interior reinaba la penumbra. Sólo junto a la recepción había una franja brillante de luz solar en la pared, que iluminaba una zona con revestimiento de madera oscura y un expositor con revistas en alemán, francés e inglés. Vi también una campanilla de plata en el mostrador y estaba a punto de hacerla sonar cuando se abrió una puerta a mis espaldas y apareció un joven uniformado.

– Buenas tardes, señor -dijo en tono cansino, y, tras introducirse detrás del mostrador, inició los trámites de registro. Musitó una disculpa por su ausencia pero, aun así, durante unos instantes su acogida me pareció un tanto brusca. En cuanto dije mi nombre, advertí en él un respingo y un cambio de actitud.

– Perdone que no le haya reconocido, señor Ryder. El director, el señor Hoffman, deseaba darle la bienvenida personalmente, pero, por desgracia, ha tenido que ausentarse para asistir a una reunión importante.

– No importa. Espero poder verle más tarde.

El hombre rellenó apresuradamente la tarjeta de registro, sin dejar de repetir lo mal que le sabría al director no haber estado allí para recibirme. Y mencionó un par de veces que los preparativos para «la noche del jueves» traían de cabeza a su jefe, obligándole a ausentarse del hotel mucho más tiempo que de costumbre. Me limité a asentir comprensivamente, incapaz de reunir fuerzas suficientes para inquirir detalles precisos sobre lo que se preparaba para «la noche del jueves».

– ¡Oh…! ¡Y el señor Brodsky está genial hoy! -añadió el conserje animándose-. Espléndido de veras. Esta mañana se ha pasado cuatro horas ensayando sin parar con la orquesta esa… ¡Y véalo ahora…! Aún dale que te pego…, repasándolo todo de pe a pa.

Indicó con un gesto hacia el fondo del vestíbulo. Sólo entonces me di cuenta de que estaban tocando el piano en algún lugar del edificio, pues la música destacaba apenas sobre el sordo ruido del tráfico que llegaba de la calle. Alguien repetía una y otra vez una misma frase musical no muy larga -perteneciente al segundo movimiento de Verticality, de Mullery-, interpretándola morosamente, con los cinco sentidos en ello.

– Si el director hubiera estado en el hotel -seguía diciendo el conserje-, seguro que le habría comunicado su llegada al señor Brodsky para que saliera a saludarle… Pero yo…, no sé… -se excusó riendo-. No estoy muy seguro de atreverme a molestarle. Está totalmente enfrascado en su tarea, ya ve.

– Sí, claro, claro… En otro momento.

– Si el señor director hubiera sabido que… -Dejó la frase inacabada para reír de nuevo. E, inclinándose sobre el mostrador, dijo en tono confidencial-: ¿Se imagina usted, señor?… Algunos huéspedes han tenido el valor de quejarse. De que cerremos, como ahora, el saloncito cada vez que el señor Brodsky necesita el piano. ¡Es sorprendente cómo son algunos! Ayer mismo fueron dos a quejarse al señor Hoffman. Ni que decir tiene que él les paró enseguida los pies…

– No lo dudo. Así que Brodsky, dice usted… -Estaba dándole vueltas al nombre, pero no me decía absolutamente nada. Noté que el conserje me observaba con expresión de perplejidad y me apresuré a terminar-: Sí, sí, por supuesto… Espero tener ocasión de conocer personalmente al señor Brodsky.

– ¡Si estuviera aquí el señor director…!

– No se preocupe, de verdad. Y ahora, si todo está en orden, le agradecería…

– Por supuesto, señor. Debe de estar usted muy fatigado después de un viaje tan largo. Aquí tiene su llave. Gustav le acompañará a su habitación.

Miré a mi espalda y vi a un mozo de hotel de edad madura que aguardaba al otro lado del vestíbulo. Estaba de pie frente a la puerta abierta del ascensor, mirando el interior con aire absorto. Se sobresaltó cuando me acerqué a él. Alzó del suelo mis maletas y se apresuró a entrar en el ascensor detrás de mí.

Mientras iniciábamos la subida, el anciano mozo seguía sosteniendo en sus manos mis dos maletas y noté que el esfuerzo congestionaba su rostro. Las maletas eran realmente pesadas y la preocupación de que el hombre pudiera pasar a mejor vida sin haberme conducido a mi habitación me hizo decirle:

– ¿No cree que sería mejor dejarlas en el suelo?

– Me alegra que lo diga, señor -respondió con una voz que, sorprendentemente, no delataba el esfuerzo físico que se estaba imponiendo-. Cuando comencé en esta profesión, hace ya muchos años, solía dejar los bultos en el suelo del ascensor, para alzarlos sólo cuando era absolutamente necesario. Al entrar en acción, por expresarlo de algún modo. De hecho tengo que confesar que empleé ese método durante mis primeros quince años de trabajar aquí. Es el que todavía utilizan muchos de los mozos jóvenes de la ciudad. Pero no me verá hacer eso ahora… Aparte de que no vamos demasiado lejos, señor.

Proseguimos la ascensión en silencio. Que rompí diciendo:

– ¿Así que lleva usted ya tiempo trabajando en este hotel?

– Veintisiete años se han cumplido ya, señor. Y he visto muchas cosas en todo ese tiempo. Aunque, por supuesto, el hotel data de mucho antes de venir yo a él. Se dice que Federico el Grande se alojó aquí una noche, en el siglo dieciocho, y según todos los indicios era ya una posada acreditada desde mucho antes. ¡Oh, sí…! En el transcurso de los años se han vivido aquí acontecimientos de gran interés histórico. En otro momento, cuando el señor no esté tan cansado, me encantará contarle algunos de ellos.

– Pero me estaba usted diciendo por qué consideraba un error dejar el equipaje en el suelo…

– ¡Ah, sí…, en efecto! Es un tema muy interesante. Verá usted, señor… Ya imaginará usted que en una ciudad como ésta hay muchos hoteles. Lo que quiere decir que, en un momento u otro de sus vidas, muchos paisanos míos han probado a ejercer el oficio de mozo de hotel. Pero hay quienes parecen creer que con venir y ponerse el uniforme ya está, que serán capaces de realizar el trabajo. Es una ilusión bastante extendida en esta ciudad. Un mito local, podría decirse. Y me apresuro a reconocer que hubo un tiempo en que yo mismo irreflexivamente lo creí también. Pero en cierta ocasión, mucho ha llovido desde entonces, mi mujer y yo nos permitimos unas pequeñas vacaciones y fuimos a Suiza, a Lucerna. Mi mujer ya no vive, señor…, pero siempre que pienso en ella me acuerdo de aquellas vacaciones. Es un paisaje precioso el del lago… Sin duda lo conocerá usted. Dimos algunos deliciosos paseos en barca por las mañanas, después del desayuno. Pero, en fin…, como le estaba diciendo, durante aquellas vacaciones observé que la gente de aquella ciudad no tenía las mismas ideas preconcebidas acerca de los mozos de hotel que las que aquí se estilan. ¿Cómo se lo diría, señor…? Que allí eran mucho más respetuosos con los mozos…, sí. Los mejores del oficio eran figuras de cierto renombre y los principales hoteles rivalizaban por hacerse con sus servicios. Debo confesarle que aquello me abrió los ojos. Pero aquí, en cambio…, bueno…, esta idea lleva mucho, muchísimo tiempo arraigada. A veces me pregunto incluso si alguna vez se podrá erradicar. Compréndame… No estoy diciendo ni muchísimo menos que la gente de aquí se comporte de forma grosera con nosotros. Todo lo contrario: a mí me han tratado aquí siempre con cortesía y consideración. Pero, ya digo…, con esa idea subyacente de que cualquiera puede hacer este trabajo si le da por ahí. Supongo que se debe a que, hasta cierto punto, todos han tenido la experiencia de transportar equipaje de un lugar a otro… Y, basándose en ella, dan por supuesto que el trabajo de mozo en un hotel es una simple extensión de lo mismo. Con los años me he encontrado gente que, en este mismo ascensor, me han dicho: «Cualquier día dejaré mi trabajo actual para hacer de mozo en un hotel.» ¡Oh, sí, como lo oye! El caso es que, no mucho después de aquellas vacaciones en Lucerna, tuve que oír de boca de uno de nuestros más destacados munícipes estas mismas palabras, casi al pie de la letra: «Me gustaría dedicarme a su trabajo -dijo señalándome las maletas-. Es mi ideal de vida. Vivir sin preocupaciones.» Supongo que trataba de mostrarse amable conmigo, señor… Dándome a entender que envidiaba mi suerte. Esto ocurrió cuando yo era más joven, señor, cuando no sostenía las maletas todo el rato, sino que las dejaba en el suelo del ascensor… Me imagino que entonces tal vez causaba esa impresión… Ya sabe, de despreocupación, como me dio a entender aquel caballero. Pero fue la gota que colmó el vaso. No es que viera en sus palabras nada ofensivo. Sólo que, cuando me dijo aquello…, bueno…, fue como si todo encajara. Cosas que ya llevaba pensando hacía tiempo. Ya le he dicho, señor, que tenía fresco el recuerdo de aquellas vacaciones en Lucerna, con la nueva perspectiva que me habían dado. Así que me dije…, que ya era hora de que los mozos de hotel de esta ciudad hicieran algo para cambiar las actitudes predominantes aquí. Comprenda, señor… Había visto algo muy diferente en Lucerna y sentía que…, bueno, que no estaba bien lo que pasaba aquí. Así que, tras reflexionar mucho, decidí adoptar personalmente cierto número de medidas. Probablemente me diera ya cuenta entonces de lo difícil que iba a resultarme, sí… Pienso que ya en aquel instante, hace tantos años, entreví que tal vez era demasiado tarde para mi propia generación. Pero me dije que, bien…, que aunque sólo lograra aportar un granito de arena y cambiar las cosas mínimamente, se lo dejaría más fácil a los que habrían de venir después de mí. Y por eso adopté mis medidas, señor, y me he atenido a ellas desde el día en que oí a aquel concejal del ayuntamiento decir lo que dijo. Me enorgullece decir también que algunos otros mozos de la ciudad han seguido mi ejemplo. No estoy diciendo que hayan hecho exactamente lo mismo que yo, pero sí que han tomado medidas, por así decir, compatibles.

– Ya veo… ¿Y una de esas medidas fue no dejar en el suelo las maletas, sino cargar con ellas todo el rato?

– Precisamente, señor. Veo que ha captado usted perfectamente la esencia. Ni que decir tiene que, cuando me impuse estas normas, era yo bastante más joven y fuerte… Supongo que no tomé en cuenta que me iría debilitando con los años. Tiene gracia, pero olvidas una cosa tan simple… A los demás mozos les han pasado cosas por el estilo. Aun así, tratamos todos de mantenernos fieles a nuestros viejos propósitos. Con los años hemos formado un grupito muy unido…, doce de nosotros, los que quedamos de quienes nos propusimos cambiar las cosas hace tanto tiempo. Si fuera a flojear ahora, señor, me parecería estar traicionando a los otros. Y estoy seguro de que, si alguno de ellos renunciara a sus antiguas normas, me sentiría traicionado también. Porque, no le quepa ninguna duda, algunos progresos se han logrado en nuestra ciudad. Nos queda un largo camino por recorrer, es cierto, pero cuando nos reunimos… Nos encontramos todos los domingos por la tarde en el Café de Hungría, en el barrio antiguo de la ciudad; si algún día quisiera usted venir, nos sentiríamos muy honrados, señor… Digo que a menudo hemos comentado este tema y estamos todos de acuerdo en que ha habido notables mejoras en la actitud que se nos dispensa aquí. Los jóvenes que han venido detrás, naturalmente, lo dan por descontado. Pero los poquitos del Café de Hungría somos conscientes de haber marcado la diferencia, aunque sea pequeña. De veras que sería usted muy bien recibido entre nosotros, señor. Me encantaría presentarle a los del grupo. Ahora no somos tan rigoristas como en algún momento lo fuimos y desde hace tiempo se acepta que, en especiales circunstancias, tengamos invitados a nuestra mesa. El lugar es muy agradable en esta época del año con el soléenlo de las primeras horas de la tarde. Nuestra mesa está a la sombra de la marquesina, mirando a la Plaza Vieja. Se está muy bien allí, señor; estoy seguro de que le gustará. Pero, volviendo a lo que le decía, este tema ha sido muy debatido en el Café de Hungría. El de las resoluciones que cada uno de nosotros adoptó en el pasado. Ya ve…, a ninguno se nos ocurrió pensar qué ocurriría cuando nos hiciéramos viejos… Supongo que estábamos tan absortos en nuestro trabajo, que sólo podíamos pensar a corto plazo. O tal vez calculamos con demasiado optimismo el tiempo que haría falta para cambiar unas actitudes tan profundamente inveteradas. Y está usted en lo cierto, señor. Tengo ahora los años que tengo, y a cada año que pasa se me hace más duro.

El hombre hizo una pausa y, a pesar del esfuerzo físico a que se obligaba, pareció abismarse en sus pensamientos. Luego prosiguió:

– Debería serle sincero, señor… Es lo justo. Cuando era joven, es decir, cuando me impuse por primera vez estas normas de conducta, podía cargar hasta con tres maletas, por grandes o pesadas que fueran. Si algún huésped traía una cuarta maleta, tenía que dejarla en el suelo. Pero hasta tres me las arreglaba. El caso es que, hará cuatro años, pasé una temporada de mala salud y, como las cosas se me estaban poniendo difíciles, saqué el tema a colación en el Café de Hungría. Resumiendo: todos mis colegas se mostraron de acuerdo en que no había ninguna necesidad de que fuera tan estricto conmigo mismo.

Después de todo, me dijeron, lo que se pretendía era simplemente imbuir en los huéspedes cierta idea de la verdadera naturaleza de nuestro trabajo. Con dos maletas, o con tres, el efecto sería prácticamente igual. Si reducía mi mínimo de tres a dos maletas, no se derivaría ningún perjuicio. Acepté lo que me aconsejaron, señor, aunque sé que no es del todo verdad. Yo mismo me doy cuenta de que la cosa no impresiona en idéntico grado a la gente cuando me miran. La diferencia entre ver a un mozo cargado con dos maletas y ver a otro cargado con tres…, en fin, señor, reconocerá usted que, hasta para el ojo menos avezado, el efecto es considerablemente distinto. Lo sé, señor, y le confieso que me resulta penoso aceptarlo. Pero volviendo a su primera pregunta…, espero que comprenderá ahora por qué no quiero dejar sus maletas en el suelo del ascensor. Sólo trae usted dos. Y durante unos pocos años más, como mínimo, pienso que dos maletas estarán dentro de mis posibilidades.

– Sí, ya veo… Todo esto es muy digno de elogio -dije-. Ciertamente ha provocado usted en mí el impacto que deseaba.

– Me gustaría que supiera usted que no soy el único que ha tenido que introducir algún cambio. Comentamos con frecuencia estas cosas en el Café de Hungría y la verdad es que todos nosotros hemos tenido que adaptarnos en alguna medida. Pero no quiero que piense que estamos demostrando una excesiva tolerancia con respecto a nuestros compromisos. Si así hiciéramos, serían vanos los esfuerzos de tantísimos años. No tardaríamos en convertirnos en el hazmerreír de todos, objeto de burlas para cuantos nos vieran reunidos en nuestra mesa las tardes de los domingos. ¡Oh, no, señor…! Seguimos siendo muy estrictos unos con otros y, como no dudo que le confirmará la señorita Hilde, nuestras reuniones dominicales se han ganado el respeto de la ciudadanía. Lo repito, señor… Será usted muy bien recibido si desea unirse a nosotros. Tanto el café como la plaza resultan de lo más agradables en estas tardes soleadas. En ocasiones, el propietario del café se ocupa de que algunos violinistas zíngaros toquen en la plaza. Él también nos profesa una gran estima, señor. El suyo no es un establecimiento muy amplio, pero cuida siempre de que haya espacio suficiente alrededor de nuestra mesa para que nos sentemos cómodamente. E incluso cuando el resto del café está lleno, vela por que no nos molesten o atosiguen. Hasta en las tardes de mayor concurrencia, si estando sentados alrededor de la mesa nos diera por extender los brazos todos a la vez, no se produciría ningún contacto físico entre unos y otros. Hasta ese extremo nos considera el propietario, señor. Estoy seguro de que la señorita Hilde corroborará mis palabras.

– Sí, pero, dígame… ¿Quién es esa tal señorita Hilde a la que ha aludido usted un par de veces?

En cuanto lo hube dicho me di cuenta de que el mozo miraba por encima de mis hombros, a algún punto situado a mi espalda. Y, al volverme, descubrí con un pequeño sobresalto que no estábamos solos en el ascensor: detrás de mí, en un rincón de la cabina, se hallaba una joven menuda que lucía un traje de chaqueta impecable. Viendo que por fin me había dado cuenta de su presencia, sonrió y dio un paso hacia adelante.

– Lo siento mucho -se disculpó-. Espero que no me juzgue una fisgona, pero no he podido evitar oír su conversación. He estado oyendo lo que le contaba Gustav y tengo que decir que es un tanto injusto con los habitantes de nuestra ciudad. En lo que afirma respecto a que no valoramos a nuestros mozos de hotel. ¡Naturalmente que los apreciamos, y a Gustav más que a nadie! Todos le tienen un gran afecto. Ya se habrá dado cuenta usted mismo de que hay una contradicción en lo que decía Gustav… Si no los apreciáramos, ¿cómo se explica ese gran respeto con que son tratados en el Café de Hungría? Realmente, Gustav…, no está bien que nos deje en tan mal lugar ante el señor Ryder…

En las palabras de la joven había una nota inconfundible de afecto, pero el portero pareció sentirse avergonzado de veras. Recompuso su postura separándose un poco de nosotros, con los maletones golpeándole las piernas al hacerlo, y luego desvió la mirada cabizbajo.

– Nada…, que se le ha visto el plumero, Gustav -dijo la joven sonriendo-. Lo que no le ha dicho es que es toda una institución aquí. Le queremos muchísimo. Es tan modesto que jamás se lo confesará, pero todos los otros mozos de hotel de la ciudad lo consideran un ejemplo. Hasta pienso que no es una exageración decir que le profesan mucho respeto. A veces los verá usted sentados a su mesa los domingos por la tarde y, si Gustav no ha llegado aún, están en silencio. Como si no les pareciera correcto iniciar su reunión sin él… Diez u once personas sorbiendo silenciosamente café, esperando… O intercambiando a lo sumo murmullos, como si estuvieran dentro de una iglesia… Hasta que no se presenta Gustav, no se sienten a gusto y se lanzan a charlar distendidamente. Vale la pena acercarse hasta el Café de Hungría para presenciar la llegada de Gustav. El contraste entre el antes y el después es de lo más llamativo, se lo aseguro. Un momento antes todo lo que ve usted allí son hombres maduros, taciturnos, sentados en silencio alrededor de una mesa. Pero en cuanto aparece Gustav comienzan a reír y a gritar. Se dan codazos en broma, palmadas en la espalda… Y hasta bailan a veces…, sí, sí, ¡encima de las mesas! Tienen uno llamado Baile de los Mozos de Hotel…, ¿no es así, Gustav? ¡Oh, sí…, se lo pasan en grande! Pero no se permiten la más mínima si no está con ellos Gustav. Él no se lo dirá, naturalmente…, ¡es tan modesto! Pero en esta ciudad todos le queremos.

Mientras la joven hablaba, Gustav debió de proseguir su retirada pues, cuando me volví a mirarle, lo encontré en el rincón opuesto de la cabina, dándonos la espalda. El peso de las maletas hacía flaquear sus rodillas y temblar sus hombros. Tenía la cabeza gacha y escondida prácticamente de nosotros detrás de su cuerpo, pero no sabría decir si era por algún sentimiento de vergüenza o por efecto del esfuerzo físico.

– Perdóneme, señor Ryder -dijo la joven-. Aún no me he presentado. Soy Hilde Stratmann. Me han confiado la tarea de procurar que todo marche como una seda mientras esté usted entre nosotros. Me alegro mucho de que por fin haya podido llegar. Comenzábamos a estar un poco preocupados. Todos le han esperado esta mañana hasta última hora, pero muchos tenían compromisos importantes que atender y han debido ir desfilando uno a uno. Así que me ha correspondido a mí, una humilde empleada del Instituto Municipal de Bellas Artes, darle la bienvenida y expresarle lo honrados que nos sentimos por su visita.

– Me alegra mucho estar aquí. Pero, en cuanto a esta mañana… ¿Decía usted que…?

– ¡Ah, no…! No tiene importancia, señor Ryder. No se preocupe en absoluto por esta mañana. No fue ninguna molestia para nadie. Lo importante es que usted ya está aquí. Por cierto…, en una cosa sí que debo decirle que estoy totalmente de acuerdo con Gustav: tiene usted que visitar la ciudad antigua. De verdad que es maravillosa. Siempre aconsejo a nuestros visitantes que no se la pierdan. El ambiente es extraordinario, con numerosos cafés en las aceras, tiendas de artesanía, restaurantes… Desde aquí puede llegar dando un corto paseo, así que le aconsejo que no deje escapar la oportunidad en cuanto se lo permita su agenda.

– Trataré de no perderla, seguro. Y, a propósito, señorita Stratmann, respecto de mi agenda… -Hice una pausa deliberadamente, esperando que la joven, lamentando su olvido, abriera tal vez su portafolios para sacar de dentro una hoja o una carpeta. Pero, aunque reaccionó con presteza, fue sólo para decir:

– Es una agenda muy apretada, sí. Pero confío en que no le parecerá poco razonable. Hemos tratado de incluir estrictamente lo más esencial. Aunque era inevitable que nos viéramos desbordados por las peticiones de muchas de nuestras asociaciones, de los medios de comunicación locales, de todo el mundo. Cuenta usted con muchos admiradores en esta ciudad, señor Ryder… Muchos que opinan que no sólo es usted el pianista más genial del momento, sino también posiblemente el más grande del siglo. Pero nos parece que al final hemos conseguido mantener sólo los compromisos imprescindibles. Y le aseguro que no encontrará entre ellos nada que pueda resultarle demasiado desagradable.

En aquel preciso momento se abrieron las puertas del ascensor y el viejo mozo echó a andar por el pasillo. El peso de las maletas le obligaba a arrastrar los pies por la moqueta, y la señorita Stratmann y yo, que le seguíamos, tuvimos que aflojar el paso para no adelantarle.

– Confío en que nadie se molestará -le comenté a la joven mientras caminábamos-. Quiero decir por no haber podido disponer de tiempo para ellos en mi programa.

– ¡Oh, no, no se preocupe, se lo ruego! Todos sabemos por qué está usted aquí y nadie querría mostrarse inoportuno y distraerle. De hecho, señor Ryder, dejando aparte un par de actos sociales realmente importantes, todo el resto de su programa está relacionado más o menos directamente con la noche del jueves. Claro que ya habrá tenido usted tiempo de familiarizarse con las líneas básicas del programa.

Había algo en la forma como hizo esa observación, que me impidió responderle con entera franqueza. Así que murmuré:

– Sí, naturalmente.

– Es un programa muy cargado. Pero nos orientó mucho su petición de conocer las cosas de primera mano en la medida de lo posible. Un planteamiento muy digno de elogio, si me permite que se lo diga.

Por delante de nosotros dos, el anciano mozo se había detenido ante una puerta. Finalmente depositó mis maletas en el suelo y empezó a hurgar en la cerradura. Al llegar junto a él, Gustav volvió a alzar las maletas y entró tambaleándose en la habitación, diciendo:

– Tenga la bondad de seguirme, señor.

Estaba a punto de hacerlo cuando la señorita Stratmann colocó su mano en mi brazo.

– No quiero entretenerlo ahora -dijo-. Sólo quería asegurarme cuanto antes de que no habíamos incluido en su programa nada que no le pareciera satisfactorio.

La puerta se cerró de golpe, dejándonos de pie en mitad del pasillo.

– Verá, señorita Stratmann… En conjunto me sorprendió… Sí, como un programa muy bien equilibrado, en efecto.

– La reunión con el Grupo Ciudadano de Ayuda Mutua la hemos organizado precisamente pensando en esa petición suya a que aludía. Esta asociación está integrada por personas corrientes de toda condición social, unidas por la experiencia de los padecimientos derivados de la crisis actual. Así podrá usted oír relatos de primera mano de las cosas que han debido sufrir.

– ¡Ah, sí! Seguro que resultará sumamente útil.

– Como habrá visto, hemos respetado también su deseo de entrevistarse con el señor Christoff. Dadas las circunstancias, comprendemos perfectamente sus razones para solicitar esa entrevista. Ni que decir tiene que el señor Christoff, por su parte, está encantado. Tiene, por supuesto, sus propios motivos para desear conocerle. Lo que quiero decir es que él y sus amigos harán lo imposible para lograr que vea usted las cosas como ellos las pintan. Será un cúmulo de disparates, sin duda, pero estoy segura de que lo encontrará muy útil para trazarse un cuadro de conjunto de lo que ha estado ocurriendo aquí. Tiene usted cara de estar muy cansado, señor Ryder… No quiero molestarle más tiempo. Aquí tiene mi tarjeta. Por favor, no dude en llamarme si tiene algún problema o para cualquier cosa que se le ofrezca.

Le di las gracias y la seguí con la mirada mientras se alejaba por el pasillo. Entré en mi habitación dándole vueltas al cúmulo de cosas implicadas en aquella corta conversación, por lo que tardé unos instantes en advertir la presencia de Gustav de pie junto a la cama.

– Ah, señor…, ésta es la habitación.

Tras la preponderancia de los revestimientos de madera oscura en todo el edificio, me sorprendió el aspecto moderno y ligero del cuarto. La pared que tenía enfrente era prácticamente un ventanal desde el suelo al techo, que dejaba pasar un agradable sol por entre los visillos dispuestos verticalmente. Mis maletas se hallaban ya alineadas junto al armario ropero.

– Y ahora, señor, si me lo permite -añadió Gustav-, le mostraré dónde está todo. Será un instante. Así su estancia entre nosotros será lo más confortable posible.

Observé las evoluciones de Gustav por el cuarto mientras me indicaba dónde se hallaban los interruptores y las demás instalaciones. En determinado momento me guió hasta el baño y prosiguió allí dentro sus explicaciones. Había estado a punto de cortarle como suelo hacer cuando en los hoteles me muestran las habitaciones, pero la diligencia con que desempeñaba aquella tarea, su evidente esfuerzo en personalizar algo que sin duda tenía que hacer muchas veces al día, me conmovieron hasta el punto de impedir que le interrumpiera. Pero luego, mientras él proseguía sus explicaciones indicando con la mano las distintas partes de la habitación, se me ocurrió que, a pesar de su profesionalidad, por encima de su genuino deseo de asegurarse de que estuviera instalado cómodamente, afloraba a su espíritu algún asunto que había estado preocupándole durante todo el día. El hombre, en efecto, estaba otra vez pensando en su hija y en el hijo de ésta.

Cuando, meses atrás, le propusieron aquel arreglillo, poco había imaginado Gustav que le reportaría algo que no fuera un placer sin complicaciones. Una tarde de cada semana, dedicaría un par de horas a pasear por la ciudad antigua con su nietecillo, para que Sophie pudiera salir y disfrutar de un rato de tiempo libre. Más aún: aquel trato había resultado un éxito inmediato, y a las pocas semanas abuelo y nieto se habían acostumbrado a una rutina sumamente agradable para ambos. Si no llovía, iban primero a los columpios del parque, donde Boris podía lucir sus últimas temerarias proezas. Si hacía mal tiempo, comenzaban tal vez por el museo de embarcaciones. Y paseaban luego por las callejuelas de la ciudad antigua, mirando los escaparates de las tiendas de juguetes y deteniéndose quizá en la Plaza Vieja para contemplar la actuación de algún mimo o acróbata callejero. Como el veterano mozo era persona bien conocida en aquel barrio, no daban muchos pasos sin que alguien les saludara, y Gustav recibía numerosos cumplidos a propósito de su nieto. Después se acercarían hasta el viejo puente, desde cuyo pretil contemplarían las embarcaciones que pasaban por debajo. Y la expedición concluiría en su café favorito, donde pedirían un pastel o un helado y aguardarían a que llegara Sophie.

Al principio, estas pequeñas excursiones le habían producido a Gustav una inmensa satisfacción. Pero el creciente contacto con su hija y su nieto le había obligado a notar ciertas cosas que en otras circunstancias hubiera pasado por alto, pero que ahora ya no podía seguir ignorando como si todo fuera bien. Para empezar, estaba la cuestión del estado de ánimo de Sophie. Las primeras semanas se había despedido de ellos animadamente, para ir sin pérdida de tiempo de compras al centro o a encontrarse con alguna amiga. Pero últimamente le daba por remolonear y alejarse con aire indeciso, como si no tuviera nada que hacer después de dejarlos. Había indicios claros, además, de que el problema, cualquiera que fuese, empezaba a afectar a Boris. Cierto que su nieto estaba alegre casi todo el tiempo que pasaban juntos. Pero el viejo mozo había notado que ahora, de vez en cuando, y en particular cuando se aludía a su vida en casa, por la expresión del rostro del niño pasaba como una nube. Y, para colmo, dos semanas atrás había sucedido algo que el bueno de Gustav no había podido alejar de su mente.

Había ido de paseo con Boris hasta uno de los numerosos cafés de la ciudad antigua cuando de pronto vio a su hija sentada allí dentro. La marquesina daba sombra al cristal, permitiendo ver desde fuera hasta el fondo del establecimiento, y a Sophie en una mesa, sola, con una taza de café delante y una expresión de profundísimo abatimiento. La revelación de que su hija no había tenido ánimos ni para dejar la ciudad antigua, y no digamos ya la expresión de su rostro, había sido un mazazo para Gustav…, tanto que tardó unos momentos en reponerse de él y en pensar en distraer a Boris. Pero ya era demasiado tarde porque el pequeño, siguiendo la mirada del abuelo, había distinguido también a su madre. Y a continuación Boris había desviado inmediatamente la vista y los dos habían continuado paseando sin mencionar ni una sola vez lo ocurrido. Boris recuperó su buen humor en unos minutos, pero aquel episodio había turbado profundamente al mozo de hotel, que desde entonces no hacía más que reflexionar sobre él. De hecho, el hallarse recordando aquel incidente era lo que lo había hecho parecer tan taciturno en el vestíbulo y lo que volvía a preocuparlo ahora mientras me mostraba mi habitación.

A mí me había caído bien aquel hombre y sentí una corriente de simpatía hacia él. Estaba claro que llevaba mucho tiempo rumiando sus cosas y que ahora corría el peligro de dejar que sus inquietudes alcanzaran proporciones peligrosas. Pensé en abordar francamente el tema con él, pero Gustav había llegado ya al término de su rutina y volvía a pesar sobre mí el cansancio que experimentaba intermitentemente desde que bajé del avión. Así que, decidido a tratar el asunto en otro momento, le despedí con una generosa propina.

En cuanto la puerta se hubo cerrado a sus espaldas, me tumbé en la cama completamente vestido y permanecí durante un buen rato con la mirada perdida en el techo. Por mi cabeza estuvieron pasando al principio pensamientos acerca de Gustav y de sus diversos problemas, pero al prolongarse mi inmovilidad me encontré reflexionando de nuevo sobre la conversación que acababa de mantener con la señorita Stratmann. Estaba claro que en la ciudad se esperaba de mí algo más que un simple recital. Pero, al intentar recordar algunos detalles básicos acerca de la presente visita, tuve escaso éxito. Y me di cuenta de lo tonto que había sido al no haberme mostrado más franco con la señorita Stratmann. Porque si yo no había recibido una copia de mi programa, la culpa era suya, no mía, y aquella actitud a la defensiva por mi parte no tenía el más mínimo sentido.

Pensé de nuevo en aquel tipo, Brodsky, y esta vez tuve la impresión clarísima de haber oído o leído algo sobre él en un pasado no muy lejano. Que se esfumó cuando, de pronto, me asaltó un recuerdo del largo viaje en avión que acababa de realizar. Me hallaba en mi asiento en la penumbra de la cabina, estudiando el programa de aquella visita al tenue rayo de luz proyectado por la lamparilla de lectura, mientras los demás pasajeros dormían. En determinado momento, el hombre que ocupaba el asiento contiguo se había despertado y a los pocos minutos se había dirigido a mí con una observación jovial. De hecho, si no recordaba mal, se había vuelto hacia mi lado para hacerme un comentario jocoso sobre los jugadores del Campeonato Mundial de fútbol. Pero puesto que yo no quería que nada me distrajera del concienzudo estudio del programa que llevaba entre manos, me lo había quitado de encima con cierta frialdad. Todo esto me venía ahora a la memoria de forma muy nítida. Recordaba perfectamente la textura de aquella hoja de grueso papel agrisado en que aparecía escrito a máquina el programa, el apagado círculo amarillo que trazaba en él la luz de lectura, el rumor de los motores del avión… Pero, por más que me esforzaba, no conseguía recuperar en mi memoria nada de cuanto figuraba escrito en aquella hoja.

A los pocos minutos, finalmente, me venció el cansancio y decidí que de poco servía darle más vueltas al asunto mientras no hubiera dormido algo. Sabía por experiencia cuánto más claro se ve todo después de un descanso. Luego podría localizar a la señorita Stratmann, le explicaría el malentendido, obtendría de ella una copia de mi programa y haría que me ilustrara sobre todos los puntos que requirieran sus aclaraciones.

Estaba empezando a adormilarme cuando, de pronto, algo me hizo abrir de nuevo los ojos y elevarlos al techo. Dediqué un rato a estudiarlo con suma atención y luego me senté en la cama y me puse a mirar a mi alrededor mientras aumentaba por segundos mi sensación de reconocer aquel sitio. La habitación en que me encontraba, ahora lo veía, era la misma que había sido mi dormitorio durante los dos años que mis padres y yo habíamos vivido en casa de mi tía, en las tierras limítrofes entre Inglaterra y Gales. Volví a examinarla atentamente y, echándome otra vez hacia atrás, alcé la mirada para estudiar de nuevo el techo. El enlucido era reciente, como la pintura, y parecía mayor porque habían quitado las cornisas; también habían eliminado por completo las molduras que señalaban el lugar del que colgaba la lámpara. Pero era, sin posibilidad de confusión, el mismo techo que había contemplado tantísimas veces desde la estrecha y crujiente cama en que dormía entonces.

Me puse de lado y miré el suelo, junto a la cama. El hotel había dispuesto una alfombra oscura en el lugar en que supuestamente aterrizarían mis pies al saltar del lecho. Recordaba ahora que aquella misma zona del suelo había estado cubierta en otros tiempos por una desgastada estera verde, en la que varias veces por semana desplegaba yo mis soldados de plástico -más de un centenar en total, que guardaba en dos latas de galletas- en formación perfecta. Alargué el brazo y rocé con los dedos la alfombra del hotel, en un gesto que evocó en mí el recuerdo de cierta tarde en la que, mientras me hallaba perdido en mi mundo de soldados de plástico, estalló una riña tremenda en el piso de abajo. La ferocidad de las voces había sido tal, que incluso un niño de seis o siete años como era yo entonces tuvo que darse cuenta de que no se trataba de una discusión ordinaria. Pero le quité importancia y seguí con la mejilla apoyada en la estera, enfrascado en mis planes de batalla. Más o menos en el centro de aquella estera verde había un roto cuya existencia me había fastidiado siempre. Pero aquella tarde, mientras los gritos arreciaban abajo, se me ocurrió por primera vez que podría utilizarlo como una especie de terreno agreste y enmarañado por el que debían cruzar mis soldados. Descubrir que el defecto que había amenazado siempre con socavar mi mundo imaginario podía ser integrado perfectamente en él me resultó excitante, y desde entonces aquel terreno impracticable se convirtió en un elemento clave para muchas de las batallas que posteriormente orquesté.

Todos estos recuerdos vinieron a mi memoria mientras seguía con la mirada clavada en el techo. Por supuesto que era muy consciente de las transformaciones que había sufrido la habitación. Pero la idea de que, después de tanto tiempo, volvía a encontrarme en aquel santuario de mi infancia hizo brotar en mí una profunda sensación de paz. Cerré los ojos y por un instante fue como si me hallara rodeado otra vez del viejo mobiliario del cuarto. En el rincón de la derecha estaba el alto armario blanco que tenía roto el tirador de la puerta. En la pared, sobre mi cabeza, una vista de la catedral de Salisbury pintada por mi tía. La mesita de noche tenía dos cajoncitos que guardaban mis pequeños tesoros y mis secretos… Todas las tensiones del día…, el larguísimo vuelo, las confusiones acerca de mi programa, los problemas de Gustav… parecieron esfumarse de pronto, y me sumí en un sueño profundo y reparador.

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