15 de octubre


Hace unos días escribí sobre novedades. Dejé una sin apuntar y con razón porque estuve, o imagine haber dado un paso, una pequeñez, un algo, un alguito que me regalaba el destino para acercarme a las puertas de la felicidad.

La cosa es que yo estaba en mi vereda jugando con el perro Tra. Creo que cada día somos más amigos. Se que le agradan mi olor y mi compañía. Tra ha crecido mucho y me alarma un poco el grosor de sus patas. Nunca supe que atacara a nadie pero desprecia a Eufrasia simulando sordera y ojos de ciego.

Estaba molestando a Tra para divertirme con sus gruñidos de amenaza juguetona de modo que no pude oír los pasos a mi espalda. Dos manos me taparon los ojos y supe que eran de mujer porque no presionaban. Simplemente se habían posado en mi cara. Ninguna voz preguntó la estupidez: adivina quien soy. Temiendo que se estropeara la alegría que supuse, cubrí con mis manos las intrusas y murmure: «Elvirita querida».

Me enderecé para ella. Me ofreció la mejilla pero un temor me hizo besarla en la cabeza, en el pelo tan recortado que parecía cubrirla como un casco. Mis ojos estaban húmedos mientras cambiamos las tonterías de los reencuentros. Ella mostraba su sonrisa, para mí dolorosa, de adolescencia y salud. Tenía largas las piernas, tenía para siempre quince años, tenía algunos movimientos desganados con un leve toque másculino como si la naturaleza no hubiera terminado aun de imponerle totalmente una feminidad absoluta. La blusa de mil dibujos apenas insinuaba la presión de los pequeños pechos. Una cartera le colgaba del hombro y llevaba pantalones azules.

Recuerdo que me obligué vagamente a evocar a la niña cuando más de una vez tuve que cambiarle las ropas en ausencia de Eufrasia.

Era muy hermosa, los grandes ojos claros me mostraban alegría y un algo defensivo y desafiante y el cuidado de un secreto como todas las muchachas. Apenas era por encima de todo una niña puesta en el mundo para añadir dicha a los pesares humanos. Sin tener conciencia de su misión, le bastaba con ser y estar.

Al repasar estos apuntes me parece oportuno explicar el significado que, felizmente para mí, la vida me otorgó mostrándome muchachas. Esto acabo de escribirlo hoy y ya muy lejos de Elvirita, a la que sigo adorando. Hace tiempo un amigo que comentaba su vida matrimonial me dijo: «Uno se casa con una muchacha y una mala mañana se encuentra con una mujer a su lado». Sucede.

Es que el mundo, generacion va y viene, esta perpetuamente poblado por falsas muchachas. Hay muchas que nacieron no muchachas y nunca variará su condición, tan lamentable. Las muchachas legítimas al dar sus primeros berridos ya son esclavas deliciosas de su destino inmutable. Porque el muchachismo persevera y se mantiene exento de edades o peripecias. Es eterno, y la hermosura no es indispensable.

Fue otra la que sentenció, entre rosas y vino: Muchacha serás y agregarás belleza a este mundo.

Entramos en la casona. Yo detrás de ella, amando su culito inmaduro, rabiosamente apretado por el pantalón. Elvirita dejó la cartera entre botellas y vasos sobre la mesa grande y se puso a caminar examinando el estado de las reproducciones de pinturas. Las que ella había conocido en su infancia, recién llegadas y que fui pegando a las paredes. más de una vez me arrepentí del criterio empleado para la distribución. Nunca hice nada para corregirlo. Eufrasia había venido con ella y se había encerrado en su cuchitril. Tal vez estaba durmiendo.

Tra seguía a la muchacha olfateando las sandalias. Le daba la bienvenida con la cola. Me chocó la indiferencia de ella para con el animal.

De pronto Elvira abandonó la inspección y me dijo:

– Todo en ruina ¿no?

Me estaba defendiendo cuando le hable de la humedad de las paredes, de una corriente subterránea de agua imposible de secar. Pero ella no me escuchaba. Señaló con el pulgar a la cortesana picassiana que estaba a su espalda y sonrió con algo de melancolía y burla: «¿Te acordás?, ¿Tu novia, verdad?»

Abandonó a la cortesana y con un movimiento de cabeza señaló la puerta de la pocilga donde Eufrasia reinaba sin súbditos.

– ¿Es cierto que sos un alcohólico y que te vas a casar con eso?

No supe si estaba loca o decía una broma desgraciada.

Me reí un poco y ella seguía seria. Me tocó el brazo y nos alejamos de Eufrasia, de sus oídos. Salimos al sol y todavía caminamos, prudentes, unos pasos más. El Tra eligió quedarse echado adentro.

– Niña -dije-, ¿a que viene ese disparate?

Y fue así, en la esquina de la casona, de pie y muy cercanos, con desconcierto, incredulidad e indignación, mirándole la boca que decía, acariciándola mentalmente, como en un bautismo, con la dulzura de la palabra rosebud, que me fui enterando de como era Carr contado por Eufrasia. En mi vida no faltaron homúnculos que interpretaran con bajeza algún acto mío. Pero nunca había escuchado nada comparable a aquel Carr fabricado con mentira y bilis.

– Que la vida de ustédes era un verdadero martirio porque tu estabas siempre borracho y, cuando habías tornado una de más, le dabas palizas que casi eran de hospital y que la tenías loca con el asedio de que deseabas casamiento, pero ella no podía porque siendo menor, casi una niña, la casaron de obligación con un muchacho de familia bien y rica, siendo este muchacho de piel muy blanca, que leche parecía, pero hubo factores de parte de los suegros y todo terminó en separación y el esposo quiso consolarse recorriendo el mundo, que ya nadie sabe por dónde anda, que ni dirección dejó, así que ahora, aunque tenga que soportar imploración y castigo…

Elvirita no mentía y la mala fe de Eufrasia me pareció tintada de locura; ignoro si las muchachas legítimas pueden tener adenoides. Ella se interrumpía para respirar un rato con la boca abierta. Y su voz era apagada. Descansaba y hablaba hasta que nos llegó la orden insolente y grosera de Eufrasia:

– Elvirita, venga acá enseguida.

– Pero que mierda se habrá creído -estalló furiosa la muchachita y empezó a caminar, casi correr, hacia la puerta de la casona. Muy curioso, la seguí alargando los pasos.

Trato de recordar y apunto la escena.

La Eufrasia sostenía con la mano derecha una tira de plástico azulenco que hacia girar sobre la cartera abierta de Elvirita. Preservativos, reconocí, fracasado un impulso de equivocarme.

– Condones -gritaba la mujer- y ni es sorpresa porque hace tiempo que me estaba sospechando que eras una putita que andaba con machos.

– Quién te dio permiso para revisarme la cartera, negra de mierda.

Se volvió hacia mí con una sonrisa forzada y dijo:

– Es que los muchachos son tan descuidados.

Así me convertí en el anciano padre bondadoso que todo lo comprendía y todo lo perdonaba.

– Cochina -gritó la Eufrasia con espuma en los labios. Dejó caer los condones y avanzó hacia Elvirita preludiando la bofetada. Pero la siempre muchacha fue más rapida. Sacó de la cartera una navaja abierta y retrocedió, afirmándose en las piernas.

– Si me llegás a tocar, negra sucia…

– Puta mentirosa -dijo Eufrasia. Pero ya no me pareció agresiva; más bien triste.

Con la mano libre Elvirita se oprimía el pubis.

– Esto es mío y de nadie más y con mi cosa hago lo que quiero.

– Elvirita, te has vuelto loca. No sos Elvirita.

La cara de la más joven parecía envejecida; no por el tiempo sino por un cinismo que le estaba incrustando una mueca pervertida. El muchachismo se le estaba desprendiendo como cortezas de un árbol.

El griterío atrajo al perro que ahora gruñía y mostraba los dientes sin decidir a cual de las mujeres debía atacar. Muchas veces repetí «tranquilo Tra», mientras le acariciaba la pelambre erizada. En aquel momento sentí que el perro podría ser una bestia peligrosa.

– Sí-dijo Elvira-, somos dos mentirosas. ustéd empezó a mentir desde que otra mujer me parió y yo le estuve fingiendo desde mi primera sospecha. Porque supe irle sonsacando al padrino. Pero mírese en un espejo y míreme a mi. Por Dios, dígame quien se lo va a creer.

Se puso a reír y estas burlas, estoy seguro, le dolían más a Eufrasia que los insultos. Dejo caer brazos y lagrimas y muy lentamente, arrastrando los pies, volvió a su covacha. Yo devolví los condones a la cartera y la cerré. Sin mirar, supe que la muchacha había quedado inmóvil y trataba de espiarme la cara.

Di unos golpes en la puerta de Eufrasia y entré. Estaba boca arriba en el jergón y seguía llorando sin ruido.

– Don Carr -dijo convulsa-, yo sólo quise hacer un bien. Me lo pidió el medico. Creo estar muriendo. El corazón.

Le tomé el pulso y le acaricié la frente. Todo normal. Salí cuando el llanto comenzó a ser estrepitoso.

Afuera no había Elvirita ni perro. Claro, tampoco cartera. Ahora podía revolcarse tranquila otras seis veces. La muy puta.

Pero me sorprendió saliendo de una esquina de la casona.

– Perdóname -dijo-. Fue muy feo y las cosas feas me asquean. No me disculpo pero te explico.

Muy despacio, con la mansedumbre de una ola arribando a la playa, asomó de nuevo su sonrisa adolescente.

– Disculpame, fue como una explosión que estuve reteniendo durante años. La navaja era sólo para defenderme de esa negra loca que te hace borracho y, de a poco, te va a convertir en un pobre hombre, en una lastima. A veces pienso en como eras y lo que yo esperaba que podrías ser. La navaja la llevo porque somos un grupo de chicas que hemos jurado muerte a los violadores que siguen violando con permiso de la policía y de los jueces. Reite si querés, pero atraparon a uno y le rompieron el culo con un ortopédico magnum y le cortaron las bolas y lo dejaron tirado en la puerta de un hospital. Y nunca aparecio el culpable porque, ¿sabés quién fue? Fuenteovejuna, todas a una.


11 de octubre


Más de una vez en mis visitas nocturnas a Díaz Grey tuve la tentación de contarle la anécdota de Elvirita y su banda de niñas antivioladores. Anoche lo hice sin decirle lo que sucedió con Eufrasia que se había repuesto tomando litros de infusiones de yuyos y se había marchado a Santamaría Nueva, no sé si para continuar la pelea, y provoque varias reacciones que me resultaron confusas. Me preguntó sobre las visitas de la muchacha a mi palacio de ladrillo y cemento. Quisó saber con qué frecuencia, aproximadamente, se producían; me preguntó por Eufrasia, buscando otro tema. Lo que dejó traslucir era si la madre de mentira estaba presente cuando venía la niña, como él acostumbraba llamarla. Lo que no se atrevía a preguntarme de frente era si yo me acostaba con la niña. (Que Dios lo oiga.)

– Siempre esta Eufrasia y con frecuencia tienen peleas muy cómicas -le dije haciendo esquives yo también.

– Sí -dijo el medico-. Pero ahora la pobre Eufrasia está en el hospital, yo mismo la lleve. Grave, ni mal ni bien.

– Sí. Ya lo sabía. Espero que se salve.

Hace mucho que pensé, y ahora lo apunto, que las frases que el médico pronunciaba tenían cara de poker. Tenía sobre el escritorio dos grandes cajas de bombones Cadbury y una botella de whisky del país de Gales. Anoche tuve la sospecha, alimentada por embriones de confidencias, por algunas frases que los whiskies de Gales hicieron escapar durante la charla, que canto Eufrasia como su niña visitaban la casa de los pilotes absurdos. Sobre todo que la niña estaba en contacto con Díaz Grey.

– Me preocupan esas fantasías de la niña. En eso reconozco a la madre. Esa historia es pura mentira o casi. Es cierto que unas muchachas asaltaron al violador y lo violaron. Pero no fue con un mágnum, me entristece que esa niña conozca ya que existen esas cosas, lo hicieron con una zanahoria muy grande, como las que exige el mercado. No le cortaron nada y el hombre llego como pudo al hospital. Desgarramiento, hemorragia muy seria. ¿Esta seguro de haber visto un cuchillo?

– Cuchillo o navaja, no distingo. Pero ella me lo estuvo mostrando con orgullo.

– En cuanto a lo de los condones, puedo asegurarle que se trataba de pura baladronada. No me pregunte como lo sé.

Sin palabras ni gestos el doctor ordenó silencio y seguimos bebiendo sin apuro.


20 de diciembre


Ahora, tan lejos y tan sólo como siempre, me obligué a escribir el final.

Tal vez lo haga por un oscuro, incomprendido deseo de venganza. Acaso para aliviar una culpa que no quise tener.

Aquí estoy nuevamente. Desnudo y no es literatura porque este verano es rabioso para los pobres y lo siento vibrar implacable contra el techo de chapas de la pocilga en que vivo.

Esta vez logré huir sin ayuda y dejé todo allá en Santamaría Vieja, lugar que estuve aprendiendo a querer. Cuando vi los uniformes moviéndose en las sombras verdes de mi bosque de enfrente, comprendí que tenia que escapar de un destino policial.

Ahora, sudando y tomando un vino retinto de Lorenzo, soy un pobre de solemnidad y un solo de solemnidad.

Y cada anochecer vuelve el recuerdo de los días ya gastados, de mi acto canalla.

Repito que no sé bien por que lo escribo.

Yo estaba sentado junto a la mesa; la tarde era tibia y yo, ahí en la casona, único habitante aparte de Tra, perseguidor de moscas siempre frustrado, yo escribiendo y saboreando lento un whisky irlandés, regalo del médico.

Hasta que el perro hizo un corto ladrido cariñoso. (A veces, cuando el recuerdo vuelve a doler y tengo unos tragos de más, culpo al sol por mi humillación.)

Estaba apuntando la confesión de Díaz Grey cuando algo se interpuso entre mi mesa y la blancura soleada del umbral. El perro ya había saludado la visita por sorpresa de Elvirita, Maria Elvira. Estaba quieta y sonriente en la puerta y la claridad apenas le tocaba las rodillas. No había sostén, creí ver el triangulo oscuro de la ropa interior. Un segundo apenas pero, cuando ella entró en el cuarto, yo ya estaba excitado con la locura indomable de mis lejanísimos veinte años.

Vino, me ofreció las mejillas para sustitutos risibles del beso y el olor de su cabeza. Le inventé perfumes de sudores y traté de sonreír tranquilo y paternal.

– ¿Siempre escribiendo tonteras? Si te diera por un trabajo en serio. Alguien anda diciendo que sos el primer historiador del villorrio.

Ahora la sonrisa, pequeña carcajada, sus dientes, el atisbo de lengua. Y como un reflejo, mi estupidez. Cuando uno esta deseando demasiado es fácil creer que el otro acompaña.

Mi beso fue desviado con un movimiento furioso de la cabeza y cayó sin ruido entre la oreja y el cuello. La muchacha dio un paso atrás.

– No te hagas el loco con ese olor a viejo que voltea.

Perniabierta y sonriente de espaldas al sol que hacia traslucida su falda y denunciaba el breve triangulo celeste, apenas oscurecido por la seda, que le había regalado, que en horas de soledad, deseo y celos yo había olfateado y lamido, me dijo: «Viejo querido. Voy en el jeep y vuelvo. A lo mejor, hago lo que siempre pensé hacer. Si me acompañas de alma, dejas de tomar y rompemos el gualicho.»

Supongo, desde mi ahora, que por un momento perdí la conciencia, la memoria, el mismísimo yo. Recuerdo que hubo otra corta risotada y que ella habló y yo no entendí. Oí después el ruido del jeep que se alejaba.

Recuerdo que me descubrí otra vez sentado frente a la carpeta y a la botella. Estuve bebiendo como odiando la bebida, como buscando matarla a cada trago. Hasta el atardecer y la sorpresa repugnante. No sólo repugnante fue la sorpresa. Tenía fuertes agregados de horror y demencia. Oí las palmadas y dije adelante y enseguida vi a Autoridá, a Tra embozalado, mudo, y a Elvirita, Maria Elvira, con las muñecas esposadas.

La bestia, ahora con su tan odiado uniforme de milico, dió un paso adelante y dijo:

– Aquí le traigo a la criminala de su hija y ustéd queda acusado de inducidor.

El odio me basto para casi gritar:

– Esa mujer no es mi hija.

Todo era extraño, casi irreal porque mi Elvirita ya no era la crueldad del olor a viejo. Estaba, simplemente. Sonriente, dulce, apenas caída de visita unas horas antes.

Supe que aquel milico estaba borracho o dopado o ambas cosas.

Siguió la bestia uniformada:

– Atención, exijo a su silencio. Formalmente, siendo aproximadas las quince y treinta horas esta delincuente sin entrañas fue sorprendida por la enfermera Sonia Matero, casada, mayor de edad y su edad de treinta y cuatro años, en circunstancias de intentar interrumpir la trasmisión de oxigeno mediante tijera aplicada al tubo que unía la garrafa con la carpa bajo la que mal respiraba su propia madre, señora Ufrasia, esposa de ustéd.

El hombre estaba loco y mi asombro, junto con una tentación de risa, me hicieron resucitar.

– Se equivoca y puedo llevarlo a los tribunales por difamación y calumnia. La señora Eufrasia no es mi esposa. Es mi cocinera.

– En este país no hay más perro que el chocolate. El único tribunal es Usía y Usía me dio orden y permiso. Si no es o era su señora esposa es caso evidente de concubinato y puede caber un adulterio.

Maria Elvira seguía tranquila y sonriente, las manos con las esposas apoyadas en el pubis. En aquello que yo hubiera besado hasta morir y que continuaba ajeno e imposible.

No recuerdo que estupidez increíble vomitaba el demente uniformado cuando ella la atravesó con una voz clara y sin apuro:

– Perdóname, Juan. Perdóname por todo.

– Usté se calla -ladró Autoridá-. Usía me la declare estar sujudis. Secreto del sumario. No se habla.

– Esa mujer no es mi madre, ya le expliqué delante del juez.

– Silencio -grito la bestia y le golpeo las esposas buscando causarle más dolor-. Consultare con Usía y vuelvo por usté. Para mí, se trata de crinen pasional. Y usté como inducidor. Voy a destapar mucha mugre, muchas culpas.

Maria Elvira y Tra componían la traílla que arrastro hasta el coche negro y grande que yo no había oído llegar.

Por única vez el teléfono fue para mí. Llame a Díaz Grey para pedirle que me prestara un coche porque ignoraba donde podía estar mi jeep.

Aquella noche me instalé en el café prostíbulo esperando que llegara Autoridá para preguntarle por el destine de la muchacha. Pero el Chamamé era otro. Detalles. La noche iba creciendo y empujaba hacia el techo el humo y el olor de cigarrillos de marihuana. Ni noticias del milico. Las mujeres, ya no formando fila en la vereda, habían invadido con sus perfumes y sus risas las mesas y las letrinas sin puertas. No recuerdo a que altura encaré al juez para preguntarle por Elvirita. Demasiado tarde; ya estaba borracho y sólo contestó:

– La justicia sigue su curso.

Sentí que el mundo entraba en un final y le dije suavemente que se fuera a la raíz cuadrada de la putísima madre que lo parió.


2 de febrero


Apunto ahora, ya lejos de los sucesos pero conservando la angustia que siento que se adelgaza cono para clavarse mejor.

Dejé al juez en su mugres ruidosa y pensé que en el medico. Pero no había ninguna luz en las ventanas. Recordé haber oído que Autoridá afirmaba que su casa era una «verdadera cárcel preventiva» y que tuvo encerrados en ella a ladrones de gallinas, a críticos burlones, a otros por la sinrazón de un capricho. Pero yo ignoraba donde vivía la sucia bestia. En algún lugar de la ciudad vieja. Recordé el titulo de una película vista en mi juventud, Bailando en la oscuridad. Mis calles eran, cada paso más, silenciosas y ya de tierra. En la película se escuchaban fragmentos de uno de los dos blues que considero inmortales. Este era Saint Louis. Y yo era un pobre alucinado que se perdía entre los últimos faroles de suburbios nunca antes visitados. Y mientras, caminaba deseando cansarme y olvidar por agotamiento, ciego por la noche, esperando el milagro denunciador de la casa buscada. Iba sabiendo, descubriendo con maravilla que siempre, desde un pasado tan lejano que nunca existió, te estuve queriendo y esperando antes de que tu nacieras. Que durante toda mi vida mi amor por ti palpitaba escondido, debajo de alegrías y penas.


13 de febrero


Hoy es viernes y trece. Autoridá siempre me resulto hediondo; hace dos días que su mal olor guió a vecinos y policías de verdad para descubrirlo en su «Cárcel preventiva».

La mala bestia estaba muerta, con la garganta destrozada, Tra estaba también muerto, se cree que por balazos de la pistola del milico, y Elvirita no estaba.


15 de febrero


Pienso en Díaz Grey y se me ocurre que apunto o podría apuntar una elegía a dos voces, un paso de dos de un ballet bailado por un par de títeres. Trato de calmarme, bebo y reconstruyo un pasado que comenzó a serlo pocos días atrás.

Perro y milico muertos. Nada más por ahora. Mi Tra defendió y fue baleado. Pero no puedo apuntar que trato de defender. Porque no creo que Autoridá atacara. Pertenecía a la creciente legión que rechaza asqueada el perfume de mujer y disfruta con olores distintos.

Pero hoy, en este adiós, ya no debo mentir ni ocultar una vieja simpatía por los juegos lesbianos que, irremediablemente, la vejez hace grotescos. Pero, ¿acaso no son grotescas todas las formas envejecidas del amor sexual?

Antes de sentarme puse sobre la mesa el quitapenas que me regalo, mucho tiempo atrás, el medico. Pura farsa y tan estúpida. El revolver, que seguirá siendo virgen con sus seis balas, es uno de los objetos más hermosos, de más bello diseño que haya visto en mi vida. Lo admiro y pienso que contribuye con dignidad a prestar apoyo a la comedia que nunca se hará verdad. En la casona, que ahora sólo yo habito y hace enorme el silencio de las hojas marchitas y la guadaña de la luna menguante, sólo yo, escribiendo lento un epílogo que no puede ni quiere evitar su dosis de errores.

Trato de verlos como adherencias inseparables impuestas a machos y hembras.


29 de febrero


Muchos mejores años atrás, cuando yo era joven y creía en la redención de los hombres, las pulgas y los piojos, como escribió el poeta, leí un libraco del que sólo recuerdo el título: El contenido de una botella de tinta. Ahora, en esta noche tibia y sanmariana, me dispongo a escribir el contenido de botellas tres estrellas.

Ya no se trata de un apunte. Será una historia de extensión no predecible y cuya veracidad me sigue resultando dudosa. Pero fue, sucedió sin mentiras posibles y fue sellada con la muerte para ahuyentar así confusiones y remiendos.

Como debe ser o siempre sucede con disimulo, empiezo por mi. La matanza sucedida en la casa de Autoridá, llamada por el prisión preventiva, me provocó dolor por dos razones.

La compañía de Tra que me dio felicidad durante tantos meses y años, hasta el punto de sentirla eterna, llego a convertirme en el mejor amigo del perro.


3 de marzo


Pero ya apunte que yo, ahora, no soy exclusivamente yo. Tristeza y culpa hacen buenos mellizos. Dijo Díaz Grey:

– Parece que mi actividad forense culminó autopsiando a dos animales. Me resulta gracioso. Me preocupa la fuga de nuestra niña.

Me encajo el plural con una pequeña sonrisa que el quería cómplice.

– Comprenderá que durante muchas horas las pase esclavo del teléfono. Primero, llame al glorioso defensor de los limites patrios, el padrino, claro. Nada, sólo sirvió para que también el hombre tuviera su preocupación. Luego llamé a todos mis contactos en las dos Santamaría. Los legales y los otros. Y otra vez nada. No consta que ella haya cruzado ninguna de las fronteras. Pero alegre un poco esa cara. Fíjese que yo mismo estoy confiado. Conociéndola, estoy seguro de que anda escondiéndose por pura travesura. Muy pronto tendremos buenas noticias. Entretanto, como cualquier sufriente personaje de tango o de jipis, trate de consolarse.

Brindamos. Era un aguardiente de sidra dulzón procedente de Calvados.

Todo esto, y muchas cosas más, durante los primeros días que siguieron a la perdida.

Por entonces el médico se mantuvo idéntico al Díaz Grey de nuestra primera entrevista. Con criterio de funcionario policial podría llegar a conocerlo, a él y a su alma, escribiendo: altura mediana; cabello rubio, escaseando, griseando; ojos castaño verdosos; sin señas particulares visibles. Tal vez estos datos alcanzaran para que los milicos de las fronteras lo identificaran y le aplicaran alguna ley de fugas en caso de que el intentara huir de un peligro que yo estaba maliciando próximo, por esas cosas sin razón de las intuiciones que por algo son femeninas.

Pero yo sabía, y de ese saber ya no podía escapar, que todo lo que estaba respirando era una farsa gigantesca y sin sentido porque tanto Díaz Grey como las nostalgias que estaba compartiendo conmigo nunca habían sido lo que yo, forastero, llamaba realidad. Por inercia, por miedo a tropezar y sentir la obligación de sumar hasta el infinito dos más dos y quedarme tranquilo porque siempre el juego me confirmaba cuatro.

Aquella repetición que se iniciaba cuando el sol se hacía débil y anunciaba con lentitud un hasta mañana, que podía sentirse amistoso o burlón. Aquellos atardeceres que entraban en la noche acunando el velatorio que el médico y yo ofrecíamos a la ausente que nos aferrábamos en creer viva y tal vez próxima. Díaz Grey se conservaba siempre tranquilo y casi feliz. Alguna vez pensé: un tahúr con un naipe en la manga. Hasta que empecé a sentir que los gusanos del hastío se hacían viboritas y molestaban enroscándose en los tallos de las copas y en las historias, simples hilachas de recuerdos que nos íbamos ofreciendo, insistentes, miedosos de que él o yo confesáramos el cansancio, el para que seguir.

Yo pude y una tarde falte a la cita no pactada y estuve ayudando a que el sol enrojecido buscara escondite detrás de la isla de Latorre. Dicen que era o fue refugio o cuartel general de contrabandistas tal vez fantasmas o simplemente fantasmas. Dicen que los que se acercaron a su luz engañosa no volvieron. La isla de Latorre siempre conservó su misterio y no seré yo quien lo estropee. Si alguna vez existió un fundador y propietario, los mismos viejos que dicen haber vivido aquella gran inundación que bajo desde Brasil coinciden en sus visiones. Latorre era o había sido obeso, blancuzco, amadamado, tímido y bondadoso.

Pero no, esto no vale. La verdad es que sigo apartado de Díaz Grey y su entorno. Que me alimento con comidas enlatadas que pocas veces pongo a calentar, que algunos dolores soportables relampaguean de vez en cuando por mi vientre, que bebo un vino muy fuerte y casi negro. Y que sigo escribiendo.


7 de octubre


Ahora, libre de la amenaza llamada Tra, mi grillo hacia vibrar su violín casi sin pausas, convertido en una de las grandes y pequeñas mil cosas indispensables para que la noche quede constituida y aquietada en la sombra.

Hasta que a todos los desastres físicos de mis despertares se agregaron una media mañana los toques de bocina de un automóvil. Me lavé los ojos y salí. La maldita bocina ya no sonaba y al dar unos pasos me sentí un intruso en una escena domestica. La José, la morochona, estaba sentada al volante y la hija de Jeremías Petrus, rubia y a su lado, balanceaba una cara de muerta. La José me saludo con una exhibición de dientes muy blancos que debe haber durado una fracción de segundo. De inmediato ordenó a la otra que se ubicara en el asiento trasero del coche. La rubia gruñó quejosa y no se movió. Entonces la José, que se estaba acercando a la corpulencia materna pero en sus brazos desnudos no había grasa sino una musculatura casi hombruna, le dio un bofetón que sonó muy fuerte y su compañera lloró gritando y pareció regresar a la infancia empequeñecida y dócil. -Bien mansita, querida, ¿si? -dijo la morocha.

Lentamente, siempre llorando, Angélica Inés abrió la portezuela, bajó, abrió otra portezuela y se encogió en el asiento trasero. Ahora lloraba despacito, como un niño en penitencia. Subí junto a la José, que me dijo mientras hacia arrancar el coche:

– Perdone. Mire que si no fuera urgencia de veras no hubiera venido a molestar. Puede tomarlo como un secuestro con un buen motivo.

Dejo oír una carcajada corta, dije la estupidez correspondiente y avanzamos sin hablar durante un tiempo. Allá, cuando las aldeas de Pescadores estarían a nuestra derecha, ocultas por la arboleda, la mujer habló. Ahora ya no había llanto a sus espaldas.

– Tranquilo, no lo estoy llevando para un duelo. Pero es una gran desgracia y ustéd que, casi, es el único amigo del doctor puede ser que nos de una ayuda. Mucho la estamos necesitando y cada día va para peor.

Pregunté por Eufrasia, doña Eufrasia para la hija que no puso veloz la cara adecuada para decir:

– Pobre mamá, que nunca le dan el alta en el hospital. Siempre inventan novedades. Yo digo: si no tiene cura, mejor que la dejen morir en paz.

– Días atrás que yo ni sé, apareció el que le llamamos «dos veces» por el de la película. ¿Usté la vió? La de la Turner. Es que a Habib le decimos el cartero siempre se emborracha dos veces. Y así le quedó el nombrete. Vino y trajo una carta para el patrón. Sólo pude ver la estampilla y no la comprendí. Bueno, así empezó esta desgracia que usté verá y tal vez la explique.

Y por fin el coche se detuvo frente a los grandes portones de hierro ennegrecido con las enlazadas iniciales JP, cuyas puntas no movidas desde muchos años atrás se clavaban en la tierra. Subí la escalera, abrí la puerta del despacho y me detuve a mirar la desgracia anunciada.

Así como unos minutos atrás el rostro de Angélica Inés había retrocedido hasta un año de su infancia, la cara del medico, el cuerpo mismo y hasta su camisa suelta avanzaban hasta ese momento en que la vejez sólo ofrece desagrado.

Aquello ya no era Díaz Grey. Era un viejo borracho, impúdico, que alzaba la calvicie y los ojos aceptando resignado no comprender. La cara, también esta oscilante, parecía dominada por la piel que se apoyaba inclemente y antigua en la calavera que había estado vigilando y protegiendo desde el momento en que alguien, azotándole las nalgas, provocó el primer berrido de arrepentimiento. Y ahora la piel, razonablemente fatigada de su larga tarea, se aflojaba en descanso, se iba plegando para repetir las arrugas que sus hermanas habían impuesto durante siglos antes de dejar desnudas calaveras, cuencas vacías y buscar el total reposo de la gusanera y el polvo.

Pensé que aquello, todavía persona, se estaba momificando, era casi momia. Me examinó un momento y comprendí que yo seguía siendo nadie para él. Tenia delante una botella y un vaso. No reconocí la etiqueta. El casi hombre aquél me insulto con palabras muy sucias, palabras que nunca habría dicho mi amigo médico y llenó el vaso sin derramar, lo que yo hubiera creído imposible. Bebió toda su medicina o veneno sin respirar. Devolvió el vaso al escritorio y la cabeza se le fue derrumbando hasta quedar apoyada en la madera, rodeada por los brazos, repitiendo la actitud clásica de quien duerme una borrachera. Pero allí se agregaba algo o algos que no eran alcohol.

Me desconcertó aun más la sonrisa de labios plegados con que José, la morochona, acompañó su mirada a la cabeza casi del todo calva, abatida sobre el escritorio. Me hizo una seña con la mano y los tres pasamos a otra habitación que yo no había pisado nunca. Observé que Angélica Inés se movía trotando como un perrito faldero detrás de la mujer que la había obligado a disfrutar los placeres del masoquismo.

En aquella pieza confirme mi adhesión a la leyenda de un gran amigo escritor: «Cuando me presentan a alguien me basta con saber que es un ser humano para estar seguro de que peor cosa no puede ser».

Recuerdo muy claramente la entrevista en el cuarto que el sol iba calentando hasta el desagrado. Ellas en un sofá, enganchadas las manos, yo en una silla de respaldo alto y duro. Yo escuchaba y mis cabezadas aprobatorias coincidían secretas con los puntales de piedad e ironía que lograban mantenerme por encima del asco.

La José le dijo dulcemente a la otra:

– Nena, date una vuelta por abajo a ver si llueve y el año que viene me traes el informe.

Angélica Inés festejo la gracia con una risita.

– Si, mami. Pero lo prometido es deuda.

– A su hora, nena. Nunca te falle.

Solos, enfrentados, la José ensayó conmigo viejos trucos iniciales de seducción, desinhibida de la posible conciencia de estarse repitiendo.

Sonrisa que iba creciendo desde la timidez de un primer encuentro (es nada más que simpatía) hasta una húmeda blancura, muy ancha, desprejuiciada. (Puede interpretar como guste.) Pero sobre todo los ojos, espejo traidor de las almas, los grandes ojos que agrandaban «expectativas que nunca confesaré pero que tal vez adivinés». Y a veces una puntita de lengua quedaba olvidada entre los dientes.

No sé ni adivinaré nunca como se logra. Pero la verdad es que mientras estuvo hablando conservo la no confesada provocación ojibucal.

– Y usté ya vio nuestra desgracia. A la desgracia en que se abandona el doctor y que cae sobre nosotras. Aunque le parezca mentira, casi al borde del hambre de todos los días. Bueno, comprenda si exagero. Nadie puede negarle crédito a don Díaz Grey. Cuando vi el peligro me dije que los inocentes no deben pagar por pecadores y anduve recorriendo hasta acumular surtidos que bastaran aunque nos cercaran por meses. Los de la costa no nos abandonan aunque no sepan lo que nos esta pasando, pobres de nosotras. Y yo sé como manejar las luces.

Seguía creciendo el calor y yo miraba invitado o invitándome la viborita plateada que el sudor le hacia correr entre las tetas. Pensé en la tristeza caída de las de su madre. Pero toda aquella hembra la estaba traicionando y delataba trampa. Y hablábamos, elevábamos frases tontas que formaban una barrera que escondía el propósito. Hasta que ella, increíble, exageró tristeza y sonrisa. Se resignó para decirme lo que había proyectado desde que estropeó mi mañana con la grosería de los bocinazos.

Se interrumpió la gran confidencia porque el sol, todavía no ahuyentado, le ponía franjas en la cara y le molestaba los ojos. Dijo perdón y se levanto para clausurar la persiana.

– Comprenda mi desesperación porque veo acercarse el fin y ni quiero imaginar como será. Fíjese: cuando después de muchos años de bregar se hizo justicia y allá en la capital le dieron la razón al señor Petrus que fue más que un padre para mí y hacía que descansaba en paz. Pero déjeme dejarle bien aclarado que cuando el médico se caso con la muchacha no había todavía ningún fallo judicial favorable y nosotras, pobres como ratas, nos defendíamos vendiendo cosas que fueron quedando. Se lo quiero recalcar porque en este poblacho de porquería no faltara quien diga que el casamiento del medico fue un puro braguetazo.

«Yo supe siempre, en cambio, que fue un acto de gran nobleza y el hizo lo que debía hacer sin que nada lo obligara. Yo sabia, supe la verdad pero nunca quise forzarlo. Puede ser que algunas se me escaparan, insinuaciones. Y él, siempre cara distraída. Aunque ya supiera que la cosa no era discutible. Perdone si demoro a lo que voy. Pero yo siempre he creído que hay cosas que no tienen perdón del cielo. Bien me acuerdo, como si fuera hoy, cuando mi pobre chica quedo en estado y fuimos a ver al doctor Díaz Grey, ella lo reconoció y se fue disparando. Y él, claro, también recordó y mucho estuvo discurseando de moral y tribunales médicos. La verdad verdadera fue que aquella vez le era imposible. Quién le dice que no se le estuviera formando cariño y siempre pensé que, antes que el señor cura, fue Dios que los unió.

»Él, viviendo sin mujer, paseándose por las noches del pueblo, haciendo farsa con el golpeteo del bastón que no tenía utilidad y ella que se me escape justamente aquella mismísima noche y andaba buscando hombre. Después hice la comedia de echar culpa a un gringo de la represa, pero empecé sospechando y no demoré en saber.

»Pero la verdad es que no queríamos remover historias viejas que ya aventó el tiempo.»

Me causaba gracia ver como incluía a la pobre infeliz de la bofetada.

– Todo eso es pasado, le repito, y tenemos que enfrentar este presente que se nos impone. Porque cuando vino el fallo favorable después de todo lo que robaron abogados y jueces y los de las influencias, la chica única heredera fue reclamada para recibir el dinero, que valía más que hoy. Por esta ciudad se habló de millones. Yo no sé nada, sea lo que Dios quiera. El resultado fue que el doctor pensó más vale prevenir y todo fue a los bancos y a su nombre, creo que la casa no. Hay renta que siempre ha sido más que suficiente. Pero, la verdad. Si el doctor no firma, acá no entra una moneda. Llevo pasados muchos insomnios y se me ocurrió que había solución. Tal vez fue con ayuda de lo alto porque yo como mamá, la pobre, soy muy santera.»

Sé que algo tuve que decir para aliviar la impaciencia y el aburrimiento que iban creciendo. La hora ya era de almuerzo y siesta. Algo dije, volvía la lucidez cuando la mujer estaba diciendo:

– No soy profesora pero tampoco borrica. Se trata de que el doctor hoy es incapaz, usté pudo verlo y comparar. Ahora que esa incapacidad tiene que ser declarada por la justicia y entonces el declina la firma en la pobre esposa, como corresponde. Usté puede ser testigo imparcial junto, por ejemplo, con el doctor Rius, ¿qué le parece?

Me pareció, por lo menos, un par de cosas que no quise decir.

Pero le hablé de ordenes de jueces, de tribunales médicos, de la lentitud que imponía trepar una cuesta pedregosa y repugnante. Argumentó y suplicó, jamás en su nombre sino en nombre de la pobre chica de amargo e injusto destino. Pudo humedecer los ojos pero el llanto, comprobé, no seria nunca amistad suya.

Era como caminar remangándome los pantalones por temor de que se ensuciaran los bajos.


2 de mayo


Deseoso de apartarme de todo asunto que tuviera relación con el dinero, con incapacidades y codicias, con la tristeza irremediable de que el vasto mundo estuviera habitado por gente así, por gente como yo mismo, aunque me protegieran la indiferencia y el desdén, resolví enclaustrarme en la casona. La basura mundial sólo molestaba por una radio antigua. Pero era inevitable usar el jeep -quien es su dueño sigo ignorando- para buscar comida, visitar a don Lanza, hombre tan querido, para regresar con un montón de periódicos y algunas detestables novelitas que el llamaba mierditas policíacas. «Parece mentira que ustéd».

Sus ofertas de buena literatura chocaban siempre con mi obstinada negativa. Tiempo después me felicité por no haber querido enterarme. Escuchaba a veces las noticias de la radio y allí todo era igual a los periódicos. El horror de las noticias internacionales alteradas con la prosodia arrabalera de locutores y políticos. En los periódicos también brillaban joyas como «soles de justicia», «defensas numantinas» y los reiterados «dijo de que». Una gloria, pero yo no tenía ganas de festejar con alegres «pero qué animal».

En aquella mi paz y soledad los camiones llegaban y descargaban regularmente. Pero no pude disfrutar mucho de aquella pereza del alma.

Alguien estaba afuera aplaudiendo mis pensamientos. Aplaudía fervorosamente. Bajé a ver o insultar y allí estaba, sonriente y no muy borracho, Habib el cartero. Nada más verme intento una venia, me dijo doctor y se introdujo en la casona, que estuvo recorriendo como si imitara la vuelta del propietario. Terminó por sentarse en mi sillón repitiendo el título de doctor.

Apague las suciedades y bobadas de la radio y estuve un rato de pie cambiando sonrisas con Habib.

Nos estuvimos mirando un buen rato y sonriendo como si hubiéramos apostado quien de los dos mantenía más tiempo aquellas sonrisas de calaveras que nada significaban. No nos estábamos saludando ni burlando. Nada. Fue como un momento de idiotez en que él y yo nos miramos pensando conozco tu secreto. Pero no había secreto alguno aparte del secreto a voces del mal olor que rodeaba el cuerpo de Habib.

Por fin el cartero se levanto golpeándose las rodillas con las grandes manos.

– Dos cosas, mi doctor. Ya sé que no. Lo digo doctor por respeto. Oí ese ruido del gran comentarista deportivo. Ese hombre dice verdades de a puño. Le digo una de las cosas pero póngase cómodo y tomamos una copita si le parece.

Me moví, tomamos copitas crecidas del vino vomitivo que el acostumbraba tomar. Me llevó tiempo encontrar una botella entre las de cosas buenas, regalos de Díaz Grey y los compañeros de la costa.

Y estuvimos bebiendo y el conversando, entreverando idioteces. Lo escuché paciente sin preocuparme de entender lo que decía con el murmullo propio de las graves confesiones o los gritos del manejador de multitudes. Era un bicho muy raro, de una especie jamás extinguida y me interesaba observarlo. Por fin me alertó diciendo:

– Yo ahora estoy siendo dos. Y no quiero decir que ustéd me este viendo doble. Se respetar y respeto. Un domingo en el bar proclame declararme en huelga. Fíjese lo curioso del asunto. Único cartero y en huelga el mismo día exacto que no trabajo. Fue un clamor de los amigos pero no aflojé. Pero cuando me hizo llamar el médico para entregarme un recado, opiné que lo mejor era cobrar de cartero y convertirme además en empresa de mensajería. La parienta, de acuerdo. Así que aquí le traigo el primer mensaje. Saco un sobre de la mugre de sus ropas y me lo entregó.

Un sobre conservado milagrosamente blanco que llevaba el nombre de Carr dibujado con grandes letras azules. No sé cuanto dinero le di a Habib para que se fuera y leí en soledad y silencio:


Amigo Carr:


Unas líneas para decirle adiós y para tratar de disminuir una deuda a la que llamare, con perdón de la grosería, metafísica. Tal vez ustéd no me entienda y espero que no trate de adivinar.

Por un tiempo salió mi cabeza del agua, porque sí, sin ayuda de voluntad. Con límites, Elvirita era muy amiga suya y se empeñaba en la tarea, o nada más que en el deseo de salvarlo. Gran palabra con destino fracaso y muy femenina. Abundan ejemplos. Nunca la veremos. Hace unos meses ejercía en algún país sudamericano donde se turnan civiles y militares para robar y hacer creer que están gobernando. Estoy mirando la nada y allí no hay tradiciones ni moral ni moralinas. Perdón si daño. Basta decirle que ella se salteaba las clases y yo el hospital. Josefina cobró mucho dinero y cumplió callándose. No pensé, amigo Carr, que le iba a escribir una carta tan extensa. Arreglé con bancos y demás parásitos la situación económica de A.I. La morochona quedará muy contenta. Ojalá se la lleve una enfermedad muy larga.


D.G.


30 de agosto


Agonizaba otro invierno y no había necesidad de la ayuda de Santa Rosa para que asomaran brotes verdes en los escasos árboles que podía divisar en mis andanzas también escasas y protegidas por bigotes, barbas y melenas. Me limito a pasear para la compra de tabaco, novelas policiales, cada vez más malas, acompañando fieles la decadencia mundial de la literatura. Que se hicieron los hombres de antaño. Por desagradables razones de higiene me es forzoso visitar muy pausadamente el bulevar de los sueños perdidos donde los travestidos tratan de confundir a los clientes de gustos anticuados.

Y en este final de invierno llego la desconcertante carta que copio. El sobre era brasileño pero la carta, muy fatigada y con una gran mancha circular de culo de botella, esta fechada en Haití:


Querido:


Supe del suicidio. Acaso mi carta era demasiado cruel. No me disculpo ni culpo. No sufras si te digo que el perro Tra fue más mío que tuyo. Me acompañó hasta la puerta del Hospital y ahí estuvo tirado, lo echaban y volvía. Así hasta el escándalo. No se si algún día te llegará esta carta. Tu dirección, que hacés bien en esconder, me la dio la Diosa del Gran Vudú. La vida me sigue asombrando porque cada día me despierto más joven. Espero que también te asombre esta carta y sobre todo el color del papel en que esta escrita y que mucho trabajo me dio conseguir. Es un color de alma en declive, lo preferí a otro que era alma en subida y correspondía a un estado más erótico, digamos que más orgásmico. (Pero de orgasmo verdadero, no de aquellos que mi analista dice que no son los buenos). Bien se que a esta altura estarás desesperado por saber mucho del tema más importante del mundo, o sea yo misma, mi vida actual. Estos negros de los que te hablo es verdad que tienen una mezcla civilizada que los disminuye. Pero si añadinos a eso su diminuta herencia francesa, pueden dar… pueden. Los Franceses siempre se las arreglan para poder y ellos sumando las dos cosas alcanzan marcas olímpicas. Claro, yo simulo. Las mujeres sabemos como se hace. Hay que mezclar algún gritito y dos o tres -no más- palabras inteligibles. Yo, para estos casos suelo usar el copto y también el bengalí de la parte occidental del África central. Por supuesto usando las reales palabras que corresponden al momento. Por ejemplo REFRIENMA KIU KIU, que en copto significa «me matas» y también, si le agregas una g al final, «cuidado, puedes matarme». Esto por precaución ya que allí, llegado el momento, el varón te toma los hombros y te golpea la cabeza contra el catre, dependiendo la fuerza de los golpes de la fase de la luna. En general luna creciente golpe batiente y luna menguante golpe delirante. En fin, es antropológico de la primera a la última caricia y un poco secreto para el resto. Cuídate mucho y aquí va el beso que no fue.


M.E.


Miro mil veces el sobre donde no hay nombre de remitente. El matasellos del correo, verde y amarillo, dice Agua Branca. Eso esta en San Pablo, Brasil. La carta fue escrita en Haití, en un papel de color endemoniado, casi violeta pero no del todo. Un color escogido para dañar los ojos. También en esto reconozco a Maria Elvira. Alguien descubrió y dijo que hay colores perversos. Ya he aceptado que nunca sabré como pudo conocer Elvira, siempre muchacha, mi dirección. Aquí sólo la conocen algunos amigos de café y bar, ningún desfigurado fantasma del ayer, que los días fueron borrando casi del todo de esa parte de la vida que es la memoria. La mía.


30 de octubre


Ahora, definitivamente, para siempre en Monte, persisto en redactar apuntes porque absurdamente siento que debo hacerlo como cumpliendo un juramento sagrado que nunca hice pero que lo siento impuesto.

Podría haber traído mucho dinero y duplicarlo en este país donde no falta el cómo. Pero vine con lo suficiente para asegurarme un sueldo hasta la muerte, libre de trabajos, patrones y la compañía indeseable de colegas oficinistas. Libre de esta peste, gracias a Dios.

Vivo escondido aunque ignorado por las llanadas fuerzas del orden que no me tienen en sus prontuarios.

Me escondo porque aquí hay personas, sobre todo mujeres, cuyas caras y renuncias me niego a conocer después de tantos años. Por iguales motivos me disgusta muchísimo mostrarles mi cara de hoy, permitir que sospechen o adivinen algo de mis pasadas, pequeñas infamias.

Escribí la palabra muerte deseando que no sea más que eso, una palabra dibujada con dedos temblones. No puedo decir que el cuerpo me haya traicionado nunca ni haya reclamado venganza por mis malos tratos. Apenas, en esta etapa comienza a sugerir análisis, palpaciones, compañías químicas.

Sé muy bien que terminará rebelándose y que usará dolores de intensidad escalonada para obligarme a tenerlo en cuenta, justamente cuando ya no importe demasiado al mezclarse con hastío y resignación.

Otra vez, la palabra muerte sin que sea necesario escribirla. Hay en esta ciudad un cementerio marino más hermoso que el poema. Y hay o había o hubo allí, entre verdores y el agua, una tumba en cuya lápida se grabó el apellido de mi familia. Luego, en algún día repugnante del mes de agosto, lluvia, frío y viento, iré a ocuparlo con no sé qué vecinos. La losa no protege totalmente de la lluvia y, además, como ya fue escrito, lloverá siempre.

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