Rachel Gibson
Daisy Vuelve A Casa

Capítulo 1

Una ráfaga de aire caliente barría el asfalto cuando el Thunderbird del 63 surgió de la oscuridad del taller mecánico. El motor de ocho cilindros en V con carburador Holley de doble boca ronroneaba como una mujer complacida: con voz afectuosa, sexy e insinuante. El tórrido sol de Tejas les arrancó mil destellos a los tapacubos metálicos, se paseó por los alerones cromados y acarició la brillante pintura negra. Mientras esa belleza se le iba acercando su dueño la observaba con una sonrisa de orgullo en el rostro. Hacía tan solo unos meses que aquel Sports Roadster era poco más que un montón de chatarra. Pero ahora le habían devuelto toda su gloria original y tenía un aspecto deslumbrante: era un recordatorio de una época en la que a la industria automovilística de Detroit le preocupaba más batir récords de aceleración que rentabilizar los litros de gasolina por kilómetro, conseguir estructuras de seguridad o encontrar el lugar adecuado donde colocar el posavasos.

Jackson Lamott Parrish estaba sentado dentro del automóvil, un T-Bird con asientos de cuero rojo, con la muñeca apoyada sobre el volante, también rojo. La luz hizo brillar su tupida cabellera de color castaño, y se le formaron pequeñas arruguitas cuando entornó los ojos deslumbrado por el sol. Pisó el acelerador una vez más, apartó la mano del volante y detuvo el motor. Abrió la portezuela y plantó una de sus botas tejanas sobre el asfalto. Salió del coche con mucha calma y el dueño del Roadster restaurado se le acercó y le tendió un cheque. Jack le echó un vistazo, comprobó que todos los ceros estaban en el lugar adecuado y lo dobló para guardárselo en el bolsillo de su elegante camisa blanca.

– Que lo disfrute -dijo antes de dar media vuelta y regresar al taller. Pasó junto a un Cuda 446 de 1970 cuyo enorme motor Hemi colgaba de una pequeña grúa. Por encima del estruendo de los compresores de aire y el resto de herramientas, se oyó la voz de Billy, el hermano menor de Jack, llamando al mecánico desde debajo de un Dodge Custom Royal Lancer del 59.

El vacío que había dejado el T-Bird lo ocuparía al día siguiente un Corvette del 54. Habían localizado ese deportivo clásico en un garaje desvencijado del sur de California, y Jack había volado hasta allí hacía tres días para echarle un vistazo. Al descubrir que el cuentakilómetros original indicaba tan solo setenta mil kilómetros y que todo lo demás parecía en orden, lo compró de inmediato por ocho de los grandes. Una vez restaurado, aquel Corvette le haría ganar diez veces lo que había pagado por él. En lo que a restaurar coches antiguos se refería, en Clásicos Americanos Parrish eran los mejores. Todo el mundo lo sabía.

Los hermanos Parrish llevaban el rugir de los motores y el olor de la gasolina en la sangre. Jack y Billy habían trabajado en el taller de su padre desde pequeños. Repararon su primer motor siendo unos mocosos. Podían distinguir un ocho cilindros en V de 260 en uno de 289 con los ojos cerrados, y eran capaces de reparar un inyector de gasolina incluso durmiendo. Orgullosos hijos de la comunidad de Lovett, Tejas, con una población de diecinueve mil tres habitantes, los hermanos Parrish habían crecido adorando el fútbol americano, la cerveza fría y quemando neumáticos en carreteras anchas y llanas, por lo general acompañados de alguna de esas hembras de espesa cabellera y moral relajada que se pintaban los labios mirándose en el retrovisor.

Los muchachos habían crecido en una pequeña casa con tres dormitorios situada detrás del taller mecánico. El negocio original había cambiado mucho. Lo reemplazaron por un local más grande y moderno con espacio para ocho automóviles. También limpiaron el jardín que se extendía en la parte trasera. Los coches viejos y las piezas desechadas habían desaparecido de allí hacía tiempo.

La casa, sin embargo, seguía igual que siempre. Los mismos rosales que había plantado su madre, las mismas zonas de tierra y césped bajo el gigantesco olmo. El mismo porche con el suelo de cemento y la misma puerta con mosquitero, que seguía necesitando una dosis de aceite como agua de mayo. La casa había recibido una buena mano de pintura, tanto por dentro como por fuera. El color, eso sí, seguía siendo el mismo. La única diferencia real era que ahora Jack vivía solo en ella.

Billy se había casado con Rhonda Valencia hacía siete años y había dejado atrás, felizmente, su salvaje modo de sobrellevar la vida doméstica. En cuanto a Jack, todos en el pueblo sabían que no tenía la mínima intención de abandonar ese modo de vida. Por lo que se sabía de él, no había conocido a ninguna mujer que le llevase a plantearse la posibilidad de formar una pareja, en definitiva, de pronunciar el «hasta que la muerte nos separe».

Sin embargo, en el pueblo no lo sabían todo de él.

Jack llegó a su despacho, en la parte trasera del taller, y cerró la puerta. Guardó el cheque en un cajón y se sentó al escritorio. Antes de comprar el Corvette del 54 investigó todos sus antecedentes y después voló a California para asegurarse de que la estructura del coche no había sufrido ningún daño grave. Informarse del historial de un vehículo, encontrar las piezas de recambio y restaurarlo le obligaba a dedicarle hasta el último minuto de su tiempo, hasta conseguir que el coche estuviera de nuevo en perfectas condiciones. Reparado. Mejorado. Completo.

Penny Kribs, la secretaria de Jack, entró en el despacho y entregó a su jefe la correspondencia del día.

– Tengo que ir a la peluquería -le recordó a Jack.

Jack alzó la vista y observó que Penny se había recogido el cabello en lo alto de la cabeza. Había sido compañero de estudios de Penny durante doce años, y había jugado a fútbol americano en el equipo de la escuela con su marido, Leon.

Jack se puso en pie y cogió las cartas.

– ¿Vas a ponerte guapa para mí?

Ella lucía anillos en todos y cada uno de los dedos, y sus largas uñas, siempre pintadas de color rosa, parecían garras. Jack se preguntaba a menudo cómo lograba teclear sin presionar más de una tecla a un tiempo, y también cómo se las arreglaba para extenderse todo ese maquillaje por el rostro sin sacarse un ojo. No se atrevía a imaginar lo que debía sentir Leon cuando su mujer le agarraba la polla. Cada vez que lo pensaba un escalofrío le recorría la espalda.

– Claro -respondió con una sonrisa-. Sabes muy bien que tú fuiste mi primer amor.

Sí, lo sabía. En tercero, Penny le dijo que estaba enamorada de él y, acto seguido, ella le propinó una patada en la espinilla con sus zapatos negros de charol. A partir de entonces, Jack pensó que no necesitaba esa clase de amor.

– No se lo digas a Leon.

– Oh, ya lo sabe. -Hizo un gesto con la mano en señal de despedida y se encaminó hacia la puerta, dejando tras de sí el aroma de su perfume-. También sabe que jamás me enrollaría contigo.

Jack cruzó los brazos y apoyó los codos en el borde de la mesa.

– ¿Por qué?

– Porque tú haces con las mujeres lo mismo que las anoréxicas con las chocolatinas. Pruebas un poco de aquí, otro poco de allá. A veces incluso les das un par de mordisquitos, pero nunca te comes una entera.

Jack se echó a reír.

– Sé de más de una que no diría lo mismo.

Penny no le vio la gracia a la respuesta.

– Ya sabes a qué me refiero -replicó por encima del hombro mientras salía por la puerta.

Sí, Jack sabía perfectamente a qué se refería. Como la mayoría de las mujeres a las que conocía, Penny estaba convencida de lo que debía hacer era casarse, formar una familia y comprarse un todoterreno. Sin embargo, él consideraba que su hermano ya había cumplido con ese tipo de expectativas por los dos. Billy tenía tres hijas, la mayor de cinco años y la más pequeña de seis meses. Vivían en una calle sin salida de lo más tranquila y tenían instalados un par de columpios en el jardín; Rhonda, además, conducía un Tahoe, el todoterreno preferido por la mayoría de madres del país. Con tantas sobrinas, Jack no sentía en absoluto la necesidad de traer otro Parrish al mundo. Era «tío Jack», una denominación que encajaba bien con su carácter.

Volvió a sentarse en la silla y se desabotonó los puños de la camisa. Se arremangó hasta los codos y se puso manos a la obra. Era viernes y tenía mucho que hacer antes de poder dar por inaugurado el fin de semana. A las cinco de la tarde Billy abrió la puerta para decirle que se marchaba. Jack le echó un vistazo al reloj con forma de Buick Riviera que tenía colocado junto al monitor del ordenador. Llevaba tres horas y cuarto allí sentado.

– Voy al partido de Amy Lynn -dijo Billy refiriéndose a su hija de cinco años-. ¿Te pasarás por el parque?

Amy Lynn era la mayor de las hijas de Billy y Jack siempre intentaba arreglárselas para asistir a los partidos de béisbol en los que ella participaba.

– Hoy no -respondió dejando el bolígrafo sobre la mesa-. Esta noche se celebra la despedida de soltero de Jimmy Calhoun en el Road Kill -añadió. Hasta hacía bien poco, Jimmy había sido un conocido juerguista. Ahora estaba dispuesto a cambiar su libertad por un par de alianzas de oro-. Le prometí que me pasaría un rato.

Billy sonrió.

– ¿Habrá striptease?

– Supongo que sí.

– No me digas que prefieres ver a mujeres desnudas antes que asistir al partido de tu sobrina.

Jack también sonrió.

– Lo sé, la decisión es difícil. Es duro tener que escoger entre mujeres que se quitan la ropa y niñas de cinco años correteando por el campo de una base a otra.

Billy soltó una de sus particulares carcajadas, echando la cabeza hacia atrás. Su risa era tan parecida a la de su padre, Ray, que Jack estaba convencido de que se debía a algo genético.

– Menuda suerte la tuya -le dijo Billy medio en broma. Ambos sabían que Billy prefería ver corretear a su hija por el campo-. Si necesitas que alguien te lleve a casa desde el Road Kill -añadió desde la puerta-, llámame.

– Por supuesto. -Un conductor borracho había acabado con la vida de sus padres cuando Jack tenía dieciocho años. Los dos hermanos se prometieron no conducir jamás bajo los efectos del alcohol.

Jack trabajó una hora más antes de apagar el ordenador y atravesar el taller sorteando las grúas. Todos se habían ido ya, y sus pasos resonaban rompiendo el silencio. Cerró la puerta con llave, activó la alarma y se montó en su Mustang Shelby. Cuando salía de Lovett empezó a llover. La fina llovizna se mezcló con la tierra y el viento, y el brillante color negro de la carrocería fue adquiriendo un apagado tono grisáceo.

El Road Kill era muy parecido a los demás bares de esa zona del estado de Tejas. La máquina pinchaba un disco de música country tras otro mientras los clientes no dejaban de consumir cerveza Lone Star. Sobre el espejo de la barra pendía un enorme cartel en letras rojas, blancas y azules en el que se leía NO TE METAS CON TEJAS. Viejas señales de circulación, armadillos y serpientes de cascabel disecados formaban parte de la decoración del local. El dueño era taxidermista, y si algún cliente insistía lo suficiente, o estaba lo bastante borracho, podía comprar un cinturón de piel de serpiente o un llamativo bolso de piel de armadillo a un precio bastante razonable.

Cuando Jack entró en el bar se levantó el ala de su sombrero de vaquero y permaneció en la puerta durante un buen rato, a la espera de que su vista se adaptase a la iluminación del local. Saludó a unos cuantos conocidos, y enseguida localizó al grupo de la fiesta de despedida de soltero de Jimmy en el fondo del local: hacían tal alboroto que al pobre Clint Black, el cantante que estaba sonando en ese momento, casi ni se le oía.

– Ponme una Lone Star -le pidió al camarero. Cuando la botella apareció sobre la barra, Jack le tendió un billete de cinco dólares. Sintió entonces el roce de una mano suave sobre su brazo y, cuando se volvió para mirar por encima del hombro, se encontró con el rostro de Gina Brown.

– ¿Qué tal, Jack?

– Hola, Gina.

Gina tenía la misma edad que Jack y había pasado por dos divorcios. Era una mujer alta y delgada a la que le gustaba montar en el toro mecánico del Slim Clem’s, junto a la autopista Setenta. Llevaba unos Wrangler muy ajustados metidos en unas botas vaqueras e iba teñida de pelirrojo. Jack sabía que se teñía el pelo porque, además de montar en toro mecánico, a Gina también le gustaba montarlo a él. Pero últimamente le había dado a entender que estaba empezando a pensar en él como su posible tercer marido. Con el fin de quitarle aquella absurda idea de la cabeza, Jack había enfriado de forma drástica su relación.

– ¿Has venido por la despedida de soltero? -Sus profundos ojos azules le miraron de medio lado. Jack tendría que haber sido ciego para no apreciar la invitación que había en la curvatura de sus labios.

– Así es. -Jack alzó la botella de cerveza y le dio un trago. No tenía la mínima intención de volver a calentar las cosas entre ambos. Le gustaba Gina, pero no estaba hecho para el matrimonio. Recogió las monedas del cambio y se las metió en el bolsillo del pantalón-. Nos vemos -añadió, y se volvió con la intención de alejarse.

La pregunta de Gina le hizo detenerse en seco.

– ¿Has visto ya a Daisy Lee?

Jack bajó la botella y, de repente, tuvo la sensación de que la cerveza no lograba descender por su garganta. Se volvió hacia Gina.

– La vi esta mañana en la gasolinera. Estaba echándole gasolina al Cadillac de su madre. -Gina sacudió la cabeza-. Me hizo pensar… ¿Cuánto tiempo hace que se fue de aquí, diez o doce años?

Quince, para ser exactos.

– La reconocí al instante. Es la misma Daisy Lee Brooks de siempre.

Excepto por el hecho de que Daisy Brooks era ahora Daisy Monroe y había pasado quince años lejos de allí. Eso hacía que todo fuese diferente.

Gina se le acercó y jugueteó con uno de los botones de su camisa.

– Me apenó mucho lo de Steven. Sé que erais amigos.

Steven Monroe y él habían sido prácticamente inseparables desde que tenían cinco años y se sentaban juntos en la iglesia baptista de Lovett para entonar al unísono Sí, Jesús me ama. Pero eso también había cambiado: la última vez que había visto a Steven fue la noche en que llegaron a las manos ante la mirada aterrorizada de Daisy. Y ésa fue también la última vez que había visto a Daisy.

Aunque Jack no estaba mostrando interés alguno por la conversación, Gina siguió insistiendo.

– Morir a nuestra edad me parece algo horrible, ¿no crees?

– Si me disculpas, Gina -respondió Jack, y desapareció entre la gente. Una oleada de ira, algo que él suponía enterrado para siempre, amenazó con arrastrarlo de vuelta al pasado. Se resistió a su influjo y consiguió reducirla a base de fuerza de voluntad.

Ya no sentía nada.

Con la cerveza en la mano, se abrió camino entre la multitud que empezaba a abarrotar el bar y llegó hasta el grupo que ocupaba la sala del fondo. Apoyó el hombro en el marco de la puerta y centró toda su atención en Jimmy Calhoun. El anfitrión estaba sentado en una silla en medio de la estancia, rodeado por una docena de hombres. Todos tenían los ojos fijos en un par de chicas vestidas de reinas del rodeo, que iban restregándose la una contra la otra mientras las Dixie Chicks cantaban algo sobre un tren pecaminoso. Ya iban en tanga, pero todavía llevaban el torso cubierto por una blusa sedosa. En ese momento, las dos chicas se abrieron la blusa de un tirón y dejaron que se fuera deslizando por sus hombros bronceados y sus cuerpos perfectos: sus grandes pechos, cubiertos simbólicamente por diminutos bikinis, quedaron a la vista de todos. Jack bajó la mirada hasta los minúsculos tangas brillantes.

Marvin Ferrell también se detuvo junto a Jack, en la entrada de la sala para presenciar el espectáculo.

– ¿A ti te parece que esos pechos son naturales? -preguntó.

Jack se encogió de hombros y se llevó la botella de cerveza a los labios. Era evidente que Marvin hacía demasiado tiempo que estaba casado: empezaba a hablar como una mujer.

– ¿A quién le importa?

– Tienes razón -respondió Marvin con una sonrisa-. ¿Sabías que Daisy Brooks ha vuelto?

Jack miró a Marvin y se retiró la botella de los labios.

– Sí, ya me lo han dicho.

De nuevo le invadió una oleada de ira, y de nuevo consiguió controlarse hasta no sentir nada. Volvió a centrarse en las bailarinas, que en ese momento emparedaron a Jimmy entre sus cuerpos casi desnudos y empezaron a besarse por encima de su cabeza. La visión de esas bocas entreabiertas, de esas lenguas entremezclándose, espoleó a los muchachos, que ahora ya pedían algo más. Jack inclinó la cabeza hacia un lado y sonrió. Se estaba poniendo interesante.

– Vi a Daisy en el Minute Mart -prosiguió Marvin-. Joder, Jack, sigue estando tan buena como en el instituto.

La sonrisa de Jack se esfumó: el imborrable recuerdo de sus grandes ojos pardos y labios suaves y rosados amenazaba con arrastrarlo de nuevo hacia el oscuro pozo de su pasado.

– ¿Recuerdas lo bien que le sentaba el traje de animadora?

Jack se apartó de la puerta y se adentró en la sala, pero no le sirvió de nada. Al parecer, todo el mundo quería recordar el pasado. Todo el mundo excepto él.

Mientras las bailarinas se iban quitando mutuamente la parte superior del bikini, el tema de conversación no era otro que Daisy. Entre silbidos y aullidos, Cal Turner, Lester Crandall y Eddy Dean Jones le preguntaron si ya la había visto.

Asqueado, Jack se alejó de allí y regresó a la barra. No había derecho, que no le dejasen a uno disfrutar del espectáculo de ver a un par de mujeres montándoselo justo delante de sus narices. No tenía ni idea de cuánto tiempo iba a quedarse Daisy en el pueblo, pero deseó con todas sus fuerzas que se tratase de una visita relámpago. Quizá de este modo la gente volviera a tener algo mejor de lo que hablar. Pero, sobretodo, esperaba que Daisy tuviese el suficiente sentido común para no cruzarse en su camino.

Dejó la botella vacía sobre la barra y se dispuso a salir del Road Kill, dejando atrás los comentarios y los chismorreos sobre Daisy. La lluvia golpeaba con fuerza la copa de su sombrero y le iba empapando los hombros a medida que cruzaba el aparcamiento. A cada paso los recuerdos se hacían más presentes. El recuerdo de aquellos hermosos ojos pardos mientras la besaba. La suavidad de sus muslos cuando deslizaba la mano por debajo de su faldita azul y dorada de animadora. Daisy Lee con su par de botas vaqueras con corazones blancos… y nada más.

– ¿Ya te marchas? -le preguntó Gina corriendo tras él.

Jack volvió para mirarla.

– Me estaba aburriendo.

– Podríamos montar una fiesta por nuestra cuenta. -Muy típico de Gina: nunca esperaba a que él diese el primer paso. Por lo general, a Jack esa actitud le incomodaba. Pero esa noche no. Gina acercó los labios para besarle: sabía a cerveza y avidez. Jack le devolvió el beso. Cuando sus firmes pechos se estrecharon contra su cuerpo, Jack sintió la primera arremetida de deseo en sus entrañas. Atrajo a Gina hacia sí y la temperatura entre ambos fue aumentando, hasta sentir únicamente el empuje de la lujuria y la humedad de la lluvia que había calado su camisa. Borró de su mente cualquier pensamiento relacionado con ojos pardos y falditas de animadora y los reemplazó por el roce de aquella hembra contra su entrepierna.


Daisy Monroe alargó la mano hacia la puerta con mosquitero, pero la retiró. El corazón le latía desbocado y tenía un nudo en la boca del estómago. La lluvia repicaba en el tejado del porche y el agua caía desde la bajante sobre el lecho de flores. A su espalda, el cartel del taller mecánico iluminaba todo lo que se alzaba alrededor de Clásicos Americanos Parrish. La zona donde se encontraba Daisy, sin embargo, estaba a oscuras; era como si la luz no se atreviese a adentrarse en el jardín de la casa.

El taller era nuevo; lo habían remodelado por completo desde que ella se había ido. También habían limpiado el jardín y retirado los coches viejos y las piezas sueltas. Al parecer, la casa seguía exactamente igual; recordó entonces la brisa del verano perfumada de rosas revolviéndole el pelo, y todas esas noches que había pasado en ese mismo porche, sentada entre Steven y Jack, riéndose con sus estúpidos chistes.

Los truenos restallaron en la lejanía y los relámpagos iluminaron el cielo nocturno, alterando sus recuerdos. Era como si algo pretendiese decirle que se marchase y volviese en otro momento. No se le daban bien las confrontaciones. No era una de esas personas a las que les gusta mirar los problemas cara a cara. Había mejorado un poco en ese sentido, pero… tal vez debería haber llamado antes por teléfono. No era lo más adecuado presentarse en casa de alguien a las diez de la noche sin avisar; y menos aún con la pinta de gato remojado que llevaba.

Antes de salir de casa de su madre, se había peinado a conciencia: llevaba el pelo perfectamente cepillado con todas las puntas hacia dentro. Se había maquillado con esmero y puesto una camisa blanca y unos pantalones caqui. Ahora tenía el pelo hecho un desastre, el maquillaje había desaparecido y llevaba los pantalones manchados de barro. Se volvió con la intención de marcharse, pero entonces se detuvo en seco y se forzó a permanecer allí. Su aspecto era lo de menos, y sabía muy bien que nunca iba a encontrar el momento adecuado para hacer lo que debía hacer. Llevaba ya tres días en el pueblo. Tenía que hablar con Jack. Esa misma noche ya lo había pospuesto demasiado. Tenía que decirle lo que le había ocultado durante quince años.

Alargó la mano una vez más y casi dio un brinco cuando la puerta de madera se abrió antes de darle tiempo a llamar. A través del mosquitero de la puerta, y a pesar de que estaba todo bastante oscuro, pudo ver la silueta de un hombre. No llevaba camisa, y la luz que brillaba al fondo de la casa le aportaba a sus brazos y hombros desnudos un cálido alo dorado. No había duda: debería haber telefoneado antes.

– Hola -se apresuró a decir Daisy antes de que la invadieran las dudas de nuevo-. Estoy buscando a Jackson Parrish.

– Pe… pero… -Su voz resonó en la penumbra-. Vaya…, Daisy.

Habían pasado quince años, pero tenía la misma voz de siempre. Era algo más profunda que la del muchacho que había conocido, pero ese tono malicioso la hacía inconfundible. Sólo Jack podía transmitir tal carga de burla únicamente con la voz. Lo había descubierto hacía tiempo, y ahora sabía lo que se ocultaba tras aquella. Ya no se engañaba a sí misma pretendiendo que lo conocía.

– Hola, Jack.

– ¿Qué quieres, Daisy?

Ella miró a través del mosquitero intentando descubrir entre las sombras la silueta de ese hombre que tan bien había llegado a conocer en el pasado. El nudo que tenía en el estómago se estrechó aún más.

– Quería… Tengo que hablar contigo, y he pe… pensado que… -Respiró hondo y se esforzó para dejar de tartamudear. Tenía treinta y tres años. La misma edad que él-. Quería decirte que estaba en el pueblo antes de que te avisasen los demás.

– Demasiado tarde. -El repiquetear de la lluvia en el tejado del porche evitaba el silencio entre los dos. Sintió el peso de la mirada de Jack sobre su rostro y la parte delantera de su chubasquero amarillo; y justo cuando Daisy se convenció de que Jack no volvería a abrir la boca, le dijo:

– Si eso es lo que has venido a decirme, ya puedes irte.

Pero había algo más. Mucho más, de hecho. Le había prometido a Steven que le entregaría a Jack la carta que le había escrito pocos meses antes de morir. La llevaba en el bolsillo del chubasquero. Tenía que contarle a Jack todo lo que realmente había ocurrido hacía quince años y a continuación entregarle aquella carta.

– Tengo que hablar contigo, es importante. Por favor.

La miró durante un buen rato; luego se volvió y se adentró en las profundidades de la casa. No le abrió la puerta para que pasase, pero tampoco se la cerró en las narices. Había dejado bien claro que no iba a ponérselo fácil. Pero ¿acaso le había facilitado las cosas alguna vez?

Al igual que antaño, la puerta con mosquitero chirrió cuando Daisy la abrió. Le siguió por el salón hacia la cocina. Su alta silueta desapareció al doblar la esquina, pero ella conocía a la perfección el camino.

El interior de la casa olía a pintura fresca. Le pareció ver muebles oscuros y la gran pantalla de un televisor; entrevió la silueta del piano de pared de la señora Parrish; se preguntó cuánto habría cambiado todo desde la última vez que había recorrido esa casa. La luz de la cocina se encendió cuando ella entró, y entonces tuvo la sensación de haber cruzado el túnel del tiempo. Le pareció ver a la señora Parrish delante del horno, haciendo pan o preparando las galletas preferidas de Daisy. Las marcas que el linóleo verde siempre había tenido al os pies del fregadero todavía seguían allí y las encimeras eran del mismo color azul turquesa y moteado.

Jack tenía la mitad superior del cuerpo oculta tras la puerta abierta de la nevera. Agarraba el tirador cromado con sus bronceados dedos, y todo lo que Daisy podía ver era la curva de sus nalgas y sus largas piernas. Uno de los bolsillos de sus ajustados Levi’s tenía un desgarrón en forma de triángulo, y el zurcido parecía algo gastado.

La adrenalina corría libre por las venas de Daisy, que tuvo que cerrar los puños con fuerza para evitar que le temblaran las manos. Jack se incorporó y entonces todo pareció ralentizarse, como si fuera a cámara lenta. Jack, con un cartón de leche en la mano se volvió mientras cerraba la puerta de la nevera. La atención de Daisy se centró durante unos segundos en la fina línea de vello que ascendía desde la cintura del pantalón y que acababa rodeando el ombligo. Paseó la mirada por su vientre, totalmente plano, y llegó a los marcados músculos del pecho. Si tenía alguna duda acerca del tiempo que había transcurrido, la visión de Jack la borró de golpe. Sin duda, aquél no era el muchacho que ella había conocido. Aquél era un hombre en toda regla.

Se obligó a alzar la mirada hacia su recio mentón, el definido contorno de sus labios, y la fijó en sus ojos. Sintió que se le secaba la garganta. Jack Parrish siempre había sido un chico muy guapo, pero ahora su belleza tenía un toque letal. Un mechón de pelo le colgaba sobre la frente rozándole una ceja. Aquellos claros ojos verdes que ella tan bien recordaba, aquellos ojos que antaño la habían mirado con una mezcla de pasión y posesión, la miraban ahora con el mismo interés que habrían mostrado por un perro callejero.

– ¿Has venido aquí sólo para mirarme?

Daisy dio un par de pasos por la cocina y se metió las manos en los bolsillos del chubasquero.

– No, he venido para decirte que pasaré unos días en el pueblo visitando a mi madre y a mi hermana.

Él alzó el cartón de leche y le dio un trago, como si esperara que ella elaborase un poco más su respuesta.

– Creí que tenías que saberlo.

La miró con el cartón de leche todavía en la boca. Algunas cosas no habían cambiado. A pesar de ser un chico malo y tener fama de peleón, Jack Parrish siempre había sido un bebedor de leche empedernido.

– ¿Qué te ha hecho pensar que eso iba a importarme? -le preguntó secándose la boca con el reverso de la mano.

– No sabía si te importaría. O sea, me pregunté qué te parecería, pero no lo tenía claro. -Estaba resultando mucho más duro de lo que había imaginado. Y lo cierto es que lo que había imaginado ya lo era bastante.

– Ahora ya no tienes que preguntártelo. -Señaló hacia la puerta con el cartón de leche-. Si has acabado, allí esta la puerta.

– No, no he acabado. -Daisy se miró la punta de las botas, la lluvia había humedecido la piel negra-. Steven quería que te dijese algo. Quería que te dijese que lo lamenta… Todo. -Sacudió la cabeza y se corrigió a sí misma-. No… Lo que quiero decir es que lo lamentaba. Ya hace siete meses que murió, pero sigue costándome mucho hablar de él en pasado. De algún modo, no me parece correcto. Es como si al hacerlo él dejase de existir para siempre. -Miró a Jack, su expresión no había variado un ápice-. Te agradezco mucho que enviases flores.

Jack se encogió de hombros y dejó la leche sobre la encimera.

– Fue Penny quien las envió.

– ¿Penny?

– Penny Colten. Se casó con Leon Kribs. Ahora trabaja para mí.

– Pues dale las gracias a Penny de mi parte. -Pero Penny no las habría enviado ni habría firmado a su nombre si él no hubiera dado su consentimiento.

– No le des más importancia.

Ella sabía lo mucho que Steven había significado para él durante una época.

– No finjas que no te afectó su muerte.

Jack enarcó una de sus oscuras cejas.

– Olvidas que intenté matarle.

– Tu no le habrías matado, Jack.

– No, tienes razón. Supongo que el esfuerzo no habría merecido la pena.

La conversación estaba tomando un rumbo equivocado y ella tenía que hacer todo lo posible para enderezarla.

– No seas desagradable.

– ¿Te parezco desagradable? -Jack dejó escapar una risa forzada-. Esto no es nada, florecita. Si te quedas un rato más vas a ver lo desagradable que puedo llegar a ser.

Ella ya estaba al corriente de lo desagradable que podía llegar a ser. Pero si bien Daisy podía pecar de cobarde, también era muy testaruda. Así como Jack tenía poco que ver con el muchacho que ella conoció, Daisy tampoco era la misma chica de entonces. Había ido a su casa para contarle la verdad. De una vez por todas. Para poder seguir adelante con su propia vida, tenía que hablarle de Nathan. Le había costado quince años llegar hasta ahí, de modo que Jack podía ponerse todo lo desagradable que quisiera, que de todos modos tendría que escucharla.

Justo después de que Daisy percibiera un destello blanco con el rabillo del ojo, una mujer entró en la cocina vestida con una de las camisas blancas de Jack.

– Hola a todos -dijo la mujer acercándose a Jack.

Él la miró.

– Te dije que te quedases en la cama.

– Sin ti me aburría.

A Daisy se le subieron los colores; fue la única de los presentes que se sintió incómoda por la situación. Jack tenía novia, así que aquello no era nada raro. Siempre había salido con alguien. Hubo un tiempo en que la situación habría destrozado a Daisy.

– Hola, Daisy. No sé si te acuerdas de mí. Soy Gina Brown.

Ahora ya no le dolía, y casi le daba vergüenza admitir que, en gran medida, lo que sintió en ese momento fue una sobrecogedora sensación de alivio. Había viajado desde Seattle para hablarle de Nathan, y todo lo que sentía en ese momento era alivio… Como si de pronto algo hubiese liberado su estómago del nudo que lo había estado oprimiendo. Se dijo que posiblemente era más cobarde de lo que creía. Daisy sonrió y cruzó la cocina para tenderle la mano a Gina.

– Por supuesto que me acuerdo de ti. Íbamos juntas a clase de historia en el último año de instituto.

– Con el señor Simmons.

– Exacto.

– ¿Recuerdas cuando tropezó con el borrador? -le preguntó Gina como si no estuviese en la cocina vestida tan sólo con una de las camisas de Jack.

– Nos reímos de lo lindo. Fue como…

– ¿Qué demonios es esto? -la interrumpió Jack-. ¿Una maldita reunión de ex alumnas?

Ambas mujeres le miraron y Gina dijo:

– Estaba intentando ser amable con tu invitada.

– No es mi invitada, y además ya se iba. -Le dedicó a Daisy una mirada tan fría e implacable, como lo que había visto en sus ojos a su llegada.

– Ha sido un placer, Gina-dijo Daisy.

– Lo mismo digo.

– Buenas noches, Jack.

Él apoyó la cadera en la encimera y cruzó los brazos.

– Ya nos veremos. -Daisy recorrió la casa a oscuras y salió por la puerta. Había dejado de llover, pero tuvo que esquivar los charcos hasta llegar al Cadillac de su madre, que había aparcado junto al taller. Sin lugar a dudas, la próxima vez telefonearía antes.

Cuando llegó a la altura del coche sintió que la agarraban del brazo. Daisy se volvió y se encontró con el rostro de Jack. Las luces de la calle lo iluminaban desde arriba y dejaban en la penumbra la expresión severa de su boca. La miró fijamente. Ya no era una mirada fría sino iracunda.

– No sé qué has venido a buscar aquí, si lo que quieres es la absolución o el perdón -dijo con un acento sureño más marcado que nunca-. Pero no vas a tener ninguna de las dos cosas. -Bajó la mano como si le incomodase el mero hecho de tocarla.

– Sí, ya lo sé.

– Muy bien. Pues mantente alejada de mí, Daisy Lee -espetó-, o me ocuparé de que tu vida sea un infierno.

Ella observó su rostro, tocado por una pasión y una rabia que no habían disminuido en quince años.

– Aléjate de mí -repitió una última vez antes de volverse y desaparecer entre las sombras.

Daisy sabía que la opción más inteligente era hacerle caso. Lo malo era que no tenía más remedio que desobedecerle.

Aunque él todavía no lo sabía.

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