La decepción no fue grande. Una búsqueda tan trabajosa no podía terminar así, sin más ni más, sería ridículamente simplista. Es verdad que las guías telefónicas siempre han sido uno de los primeros instrumentos de investigación de cualquier detective particular o policía de barrio dotado de luces básicas, una especie de microscopio de papel capaz de sacar la bacteria sospechosa hasta la curva de percepción visual del pesquisador, pero también es verdad que este método de identificación tiene sus espinas y fracasos, son los nombres que se repiten, son los contestadores sin compasión, son los silencios desconfiados, es esa frecuente y desalentadora respuesta, Ese señor ya no vive aquí. El primero y, por lógico, acertado pensamiento de Tertuliano Máximo Afonso es que el tal Daniel Santa-Clara no haya querido que su nombre figurase en la guía. Algunas personas influyentes de más relevante evidencia social adoptan ese procedimiento, a eso se llama defensa del sagrado derecho a la privacidad, lo hacen, por ejemplo, los empresarios y los financieros, los politicastros de primera grandeza, las estrellas, los planetas, los cometas y los meteoritos del cine, los escritores geniales y meditabundos, los cracks del fútbol, los corredores de fórmula uno, los modelos de alta y media costura, también los de baja, y, por razones bastante más comprensibles, igualmente los delincuentes de las distintas especialidades del crimen prefieren el recato, la discreción y la modestia de un anonimato que hasta cierto punto los protege de curiosidades malsanas. En estos últimos casos, incluso si sus hazañas los convierten en famosos, podemos tener la certeza de que nunca los encontraremos en un anuario telefónico. Ahora bien, no siendo Daniel Santa-Clara, por lo que de él vamos conociendo, un delincuente, no siendo tampoco, y sobre ese punto no puede quedarnos ninguna duda, a pesar de pertenecer a la misma profesión, una estrella de cine, el motivo de la no presencia de su nombre en el reducido grupo de los apellidados Santa-Clara tendría que causar una viva perplejidad, de la que sólo será posible salir reflexionando. Fue ésa precisamente la ocupación a que se entregó Tertuliano Máximo Afonso mientras nosotros, con reprobable frivolidad, discurríamos sobre la variedad sociológica de las personas que, en el fondo, apreciarían estar presentes en un listín telefónico particular, confidencial, secreto, una especie de otro anuario de Gotha que registrase las nuevas formas de nobilitación en las sociedades modernas. La conclusión a que Tertuliano Máximo Afonso llegó, aunque pertenezca a la clase de las que saltan a la vista, no es por eso menos merecedora de aplauso, puesto que demuestra que la confusión mental que ha venido atormentando los últimos días al profesor de Historia todavía no se ha transformado en impedimento para un libre y recto pensar. Es cierto que el nombre de Daniel Santa-Clara no se encuentra en la guía telefónica, pero eso no significa que no pueda haber una relación, digámoslo así, de parentesco, entre una de las tres personas que figuran y el Santa-Clara actor de cine. Tampoco costará admitir la probabilidad de que todos pertenezcan a la misma familia, o incluso, si vamos por este camino, que Daniel Santa-Clara viva en una de esas casas y que el teléfono de que se sirve esté aún, por ejemplo, a nombre de su fallecido abuelo. Si, como antiguamente se contaba a los niños, para ilustración de las relaciones entre las pequeñas causas y los grandes efectos, una batalla se perdió porque se le soltó una de las herraduras a un caballo, la trayectoria de las deducciones e inducciones que llevaron a Tertuliano Máximo Afonso a la conclusión que acabamos de exponer, no se nos antoja más dudosa y problemática que aquel edificante episodio de la historia de las guerras cuyo primer agente y final responsable sería, en resumidas cuentas y sin margen para objeciones, la incompetencia profesional del herrero del ejército vencido. Qué paso dará ahora Tertuliano Máximo Afonso, ésa es la candente cuestión. Tal vez se contente con haber devanado el problema con vistas al ulterior estudio de las condiciones para la definición de una táctica de aproximación no frontal, de esas prudentes que proceden con pequeños avances y mantienen siempre un pie atrás. Quien lo vea, sentado en el sillón, en el que comenzó esta que es ya, a todos los títulos, una nueva fase de su vida, con el dorso curvado, los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos, no imagina el duro trabajo que va por ese cerebro, pesando alternativas, midiendo opciones, estimando variantes, anticipando lances, como un jugador de ajedrez. Ha pasado media hora, y no se mueve. Y otra media hora tendrá que pasar hasta que de repente lo veamos levantarse, ir al escritorio y sentarse allí con la lista telefónica abierta por la página del enigma. Es manifiesto que ha tomado una viril decisión, admiremos el coraje de quien finalmente vuelve la espalda a la prudencia y decide atacar de frente. Marcó el número del primer Santa-Clara y esperó. Nadie respondió y no había contestador. Marcó el segundo y atendió una voz de mujer, Diga, Buenas tardes, señora, perdone que la moleste, pero me gustaría hablar con don Daniel Santa-Clara, me han dicho que vive en esa casa, Está equivocado, ese señor ni vive aquí ni ha vivido nunca, Pero el apellido, El apellido es una coincidencia, como tantas otras, Si al menos fueran de la misma familia quizá me pueda ayudar a encontrarlo, Ni siquiera lo conozco, A él, A él y a usted, Perdone, debería haberle dicho mi nombre, No me lo diga, no me interesa, Por lo visto, me informaron mal, Así es, por lo visto, Gracias por su atención, De nada, Buenas tardes, y perdone la molestia, Buenas tardes. Sería natural, después de este intercambio de palabras, inexplicablemente tenso, que Tertuliano Máximo Afonso hiciera una pausa para recuperar la serenidad y la normalidad del pulso, pero tal no sucedió. Hay situaciones en la vida en las que ya nos da lo mismo perder por diez que perder por cien, lo que queremos es conocer lo más rápidamente posible la última cifra del desastre, para luego no volver a pensar más en el asunto. El tercer número fue marcado sin vacilación, una voz de hombre preguntó, bruscamente, Quién es. Tertuliano Máximo Afonso se sintió como pillado en falta, balbuceó un nombre cualquiera, Qué desea, volvió a preguntar la voz, el tono seguía siendo desabrido, pero, curiosamente, no se percibía ninguna hostilidad, hay personas así, la voz les sale de tal manera que parece que están irritadas con todo el mundo, y, finalmente, se ve que tienen un corazón de oro. Esta vez, dada la brevedad del diálogo, no llegaremos a saber si el corazón de la persona está hecho realmente de aquel nobilísimo metal. Tertuliano Máximo Afonso manifestó su deseo de hablar con don Daniel Santa-Clara, el hombre de la voz irritada respondió que no vivía allí nadie con ese nombre, y la conversación no parecía que pudiera avanzar mucho más, no merecía la pena repisar la curiosa coincidencia de los apellidos ni la posible casualidad de una relación familiar que encaminase al interesado a su destino, en casos así las preguntas y las respuestas se repiten, son las mismas de siempre, Fulano está, Fulano no vive aquí, pero esta vez surgió una novedad, y fue que el hombre de las cuerdas vocales destempladas recordó que hacía más o menos una semana otra persona le había telefoneado con idéntica pregunta, Supongo que no sería usted, por lo menos su voz no se parece, tengo muy buen oído para distinguir voces, No, no fui yo, dijo Tertuliano Máximo Afonso, súbitamente perturbado, y esa persona quién era, un hombre o una mujer, Era un hombre, claro, Sí, era un hombre, qué cabeza la suya, es evidente que por mucha diferencia que pueda existir entre las voces de dos hombres, muchas más habría entre una voz femenina y una voz masculina, Aunque, añadió el interlocutor a la información, ahora que lo pienso, hubo un momento en que me pareció que se estaba esforzando por desfigurarla. Después de haber agradecido, como debía, la atención, Tertuliano Máximo Afonso posó el auricular en el aparato y se quedó mirando los tres nombres en la guía. Si el tal hombre llamó preguntando por Daniel Santa-Clara, la simple lógica de procedimiento lo obligaba a tener que, como él mismo estaba haciendo, llamar a los tres números. Tertuliano Máximo Afonso desconocía, obviamente, si de la primera casa le habría respondido alguien, y todo indicaba que la mal dispuesta mujer con quien habló, ésa sí, persona grosera pese al tono neutro de la voz, o no se acordaba o no consideró necesario mencionar el hecho, o, lo más lógico, que no fuera quien atendiera la llamada. Tal vez porque viva solo, se dijo Tertuliano Máximo Afonso, tengo tendencia a imaginar que los otros viven de la misma manera. De la fortísima perturbación que le causó la noticia de que un desconocido andaba también buscando a Daniel Santa-Clara le quedó una inquieta sensación de desconcierto, como si se encontrara ante una ecuación de segundo grado después de haber olvidado cómo se resuelven las de primero. Probablemente sería algún acreedor, pensó, es lo más seguro, un acreedor, suele ser así entre artistas y literatos, gente que casi siempre lleva una vida irregular, habrá dejado a deber dinero en esos sitios donde se juega y ahora quieren hacerle pagar. Tertuliano Máximo Afonso había leído tiempos atrás que las deudas de juego son las más sagradas de todas, hay hasta quien las llama deudas de honor, y aunque no comprendiera por qué el honor tendría más que ver en estos casos que en otros, aceptó el código y la prescripción como algo que no le incumbía, Allá ellos, pensó. Sin embargo, hoy hubiera preferido que de sagrado no tuviesen nada esas deudas, que fuesen de las comunes, de las que se perdonan y olvidan, como en el antiguo padrenuestro además de rogar también se prometía. Para amenizar el espíritu, fue a la cocina a prepararse un café y, mientras lo tomaba, hizo balance de la situación. Todavía me falta esa llamada, dos cosas pueden suceder cuando la haga, o me dicen que desconocen el nombre y la persona, y el asunto por ese lado queda cerrado, o me responden que sí, que vive allí, y entonces lo que haré será colgar, en este momento sólo me importa saber dónde vive.

Con el ánimo fortalecido por el impecable raciocinio lógico que acababa de producir y por la no menos impecable conclusión, regresó a la sala. La guía telefónica seguía abierta sobre el escritorio, los tres Santa-Clara no habían cambiado de sitio. Marcó el número del primero y esperó. Esperó y siguió a la espera después de saber que ya no lo atenderían. Hoy es sábado, pensó, probablemente están fuera. Colgó el teléfono, había hecho todo cuanto estaba a su alcance, de irresolución o timidez nadie lo podría acusar. Miró el reloj, era una buena hora para salir a cenar, pero el tétrico recuerdo de los manteles del restaurante, blancos como sudarios, los míseros búcaros con flores de plástico sobre las mesas, y, sobre todo, la permanente amenaza del rape, le hicieron cambiar de idea. En una ciudad de cinco millones de habitantes hay, evidentemente, restaurantes en proporción, por lo menos varios miles, y aunque excluya, por una razón, los lujosos, y por otra, los insufribles, todavía le restaría un amplísimo campo de elección, por ejemplo, ese lugar agradable donde almorzó hoy con María Paz, una casualidad al paso, pero a Tertuliano Máximo Afonso no le gustaba la perspectiva de que lo vieran ahora entrar solo cuando antes apareció tan bien acompañado. Decidió, por tanto, no salir, comería, según la expresión consagrada, cualquier cosa, y se iría a la cama temprano. Ni iba a necesitar abrirla, estaba todavía como la dejaron, las sábanas enrolladas a los pies, las almohadas sin mullir, el olor del amor frío. Pensó que sería conveniente telefonear a María Paz, decirle una palabra cordial, una sonrisa que ella sentiría al otro lado, es verdad que la relación de éstos acabará día antes día después, pero hay obligaciones tácticas de delicadeza que no pueden ni deben ser menospreciadas, sería dar muestras de una grave insensibilidad, por no decir de indisculpable grosería moral, comportarse como si, en esta casa, esta mañana, no hubiesen ocurrido algunas de esas acciones apacibles, beneficiosas y regocijantes que, aparte de dormir, suelen pasar en la cama. Ser hombre no debería significar nunca un impedimento para actuar como un caballero. No tenemos dudas de que Tertuliano Máximo Afonso actuaría como tal si, por singular que parezca a primera vista, precisamente el recuerdo de María Paz no le hubiera hecho volver a su obsesiva preocupación de los últimos días, es decir, cómo encontrar a Daniel Santa-Clara. El nulo resultado de las tentativas que había hecho por teléfono no le dejaba otro camino que escribir una carta a la empresa productora, puesto que está fuera de cuestión que se presente él mismo, en carne y hueso, arriesgándose a que la persona que le vaya a informar le pregunte, Cómo está, señor Santa-Clara. El recurso al disfraz, a los clásicos postizos de barba, bigote y peluca, aparte de superlativamente ridículo, sería de lo más estúpido, le haría sentirse como un mal intérprete de melodrama decimonónico, como un padre noble o un cínico de cuarto acto, y, como siempre había temido que la vida lo eligiera como blanco de jugadas de mal gusto en las que tanto se esmera, tenía la certeza de que el bigote y la barba se le caerían en el justo momento en que preguntase por Daniel Santa-Clara y que la persona interrogada se echaría a reír llamando a los colegas para la fiesta, Muy gracioso, muy gracioso, venid, venid a ver a Daniel Santa-Clara preguntando por él mismo. La carta era, por tanto, el único medio y a todas luces el más seguro para alcanzar sus conspirativos designios, con la condición sine qua non de no poner en ella ni su nombre ni su dirección. En este embrollo de táctica podemos jurar que venía reflexionando últimamente, aunque de tan difusa y confusa manera que a este trabajo mental no se le debería llamar con entera propiedad pensamiento, más se trata de un fluctuar, de un vagabundear de fragmentos vacilantes de ideas que sólo ahora logran ajustarse y organizarse con pertinencia suficiente, por lo que también sólo ahora se dejan aquí registradas. La decisión que Tertuliano Máximo Afonso acaba de tomar es realmente de una simplicidad desconcertante, de una meridiana y transparente claridad. No tiene la misma opinión el sentido común, que acaba de entrar por la puerta, preguntando, indignado, Cómo es posible que semejante idea haya nacido en tu cabeza, Es la única y es la mejor, respondió Tertuliano Máximo Afonso fríamente, Tal vez sea la única, tal vez sea la mejor, pero, si te interesa mi opinión, sería una vergüenza que escribas esa carta con el nombre de María Paz y dando su dirección para la respuesta, Vergüenza, por qué, Pobre de ti si necesitas que te lo expliquen, A ella no le importará, Y cómo sabes tú que no le importará, si todavía no se lo has preguntado, Tengo mis razones, Tus razones, querido amigo, son de sobra conocidas, se llaman presunción de macho, vanidad de seductor, jactancia de conquistador, Macho soy, la verdad, es ése mi sexo, pero al seductor que dices jamás lo he visto reflejado en el espejo, y en cuanto al conquistador, mejor ni hablar, si mi vida es un libro, ése es uno de los capítulos que le faltan, Gran sorpresa, Yo no conquisto, soy conquistado, Y qué explicación le vas a dar que justifique escribir una carta pidiendo informaciones sobre un actor, No le diré que estoy interesado en saber datos de un actor, Qué le dirás entonces, Que la carta está relacionada con el estudio del que le hablé, Qué estudio, No me obligues a repetirlo, Sea como sea, piensas que basta chasquear los dedos para que María Paz venga corriendo a satisfacer tus caprichos, Me limito a pedirle un favor, En el punto en que se encuentra vuestra relación has perdido el derecho de pedirle favores, Podría ser un inconveniente firmar la carta con mi propio nombre, Por qué, No se sabe qué consecuencias tendrá en el futuro, Y por qué no usas un nombre falso, El nombre sería falso, pero la dirección tendría que ser auténtica, Sigo pensando que tienes que acabar con esta maldita historia de sosias, gemelos y duplicados, Tal vez, pero no lo consigo, es más fuerte que yo, Me da la impresión de que has puesto en marcha una máquina trituradora que avanza hacia ti, avisó el sentido común, y, como el interlocutor no le respondió, se retiró moviendo la cabeza, triste con el resultado de la conversación. Tertuliano Máximo Afonso marcó el número de teléfono de María Paz, probablemente lo atendería la madre, y el breve diálogo sería una pequeña comedia más de fingimientos, grotesca y con un ligero toque patético, María Paz está, preguntaría, Quién la llama, Un amigo, Su nombre, Dígale que es un amigo, ella sabrá de quién se trata, Mi hija tiene otros amigos, Tampoco creo que sean tantos, Muchos o pocos, los que tiene tienen nombre, Está bien, dígale que soy Máximo. A lo largo de los seis meses de su relación con María Paz no han sido muchas las veces que Tertuliano Máximo ha necesitado llamarla a casa y menos las que ha sido atendido por la madre, pero siempre, por parte de ella, el tenor de las palabras y el tono de la voz fueron de suspicacia, y siempre, por parte de él, de una mal refrenada impaciencia, ella tal vez por no saber de la relación tanto cuanto le gustaría, él por la contrariedad de que supiera tanto. Los diálogos anteriores no habían diferido mucho del ejemplo que aquí se deja, sólo una muestra más de lo que podría haber sido y no fue, dado que atendió la llamada María Paz, aunque, todos, éstos y los otros, sin excepción, tendrían perfecta cabida en la referencia Incomprensión Mutua de un Breviario de Relaciones Humanas. Ya creía que no me ibas a llamar, dijo María Paz, Como ves, te has equivocado, estoy aquí, Tu silencio habría significado que el día de hoy no ha representado para ti lo mismo que para mí, Lo que haya representado, lo representa para los dos, Pero tal vez no de la misma manera ni por las mismas razones, Nos faltan los instrumentos para medir esas diferencias, si las hubiere, Sigues queriéndome, Sí, sigo queriéndote, No lo expresas con mucho entusiasmo, no has hecho nada más que repetir mis palabras, Explícame por qué no deberían servirme a mí, si a ti te sirven, Porque al ser repetidas pierden parte del poder de convencimiento que tendrían si se hubiesen dicho en primer lugar, Bravo, aplausos para el ingenio y la sutileza de la analista, Tú también sabrías esto si te dedicaras más a las lecturas de ficción, Cómo quieres que me ponga a leer ficción, novelas, cuentos, o lo que quiera que sea, si para la Historia, que es mi trabajo, me falta tiempo, ahora mismo estoy liado con un libro fundamental sobre las civilizaciones mesopotámicas, Me di cuenta, estaba sobre la mesilla de noche, Ya ves, En todo caso, no creo que andes tan apurado de tiempo, Si conocieras mi vida, no lo dirías, La conocería si tú me la dieras a conocer, No estamos hablando de eso, sino de mi vida profesional, Mucho más que una novela que leas en tus horas libres, supongo que te estará perjudicando ese famoso estudio en que andas metido, con tantas películas para ver. Tertuliano Máximo Afonso ya se había dado cuenta de que la conversación tomaba un rumbo que no le convenía, que se apartaba cada vez más de su objetivo, encajar en ella, con la mayor naturalidad posible, la cuestión de la carta, pero ahora, por segunda vez en el día, como si se tratase de un juego automático de acciones y reacciones, la propia María Paz acababa de ofrecerle la oportunidad, prácticamente, en la palma de la mano. Tendría sin embargo que ser cauteloso, no darle a entender que el motivo de la llamada era únicamente el interés, que no la llamó para hablarle de sentimientos, o de los buenos momentos que habían pasado juntos en la cama, si a pronunciar la palabra amor se le negaba la lengua. Es verdad que el asunto me interesa, dijo, conciliador, pero no hasta el punto que supones, Nadie lo diría viéndote como te vi, despeinado, en bata y zapatillas, sin afeitar, rodeado de vídeos por todas partes, no parecías el juicioso, el sensatísimo hombre que creía conocer, Estaba a mis anchas, solo en casa, entiéndelo, pero, ya que hablas de eso, se me ha ocurrido una idea que podría facilitar y acelerar el trabajo, Espero que no intentes ponerme a ver tus películas, no he hecho nada para merecer ese castigo, Tranquila, mis feroces instintos no llegan hasta ese extremo, la idea sería simplemente que escribas a la empresa productora pidiéndoles un conjunto de datos concretos, relacionados, en especial, con la red de distribución, la localización de las salas de exhibición y el número de espectadores por filme, creo que me sería muy útil y me ayudaría a sacar conclusiones, Y eso qué tiene que ver con las señales ideológicas que buscas, Puede ser que no tenga tanto cuanto imagino, en todo caso quiero intentarlo, Tú sabrás, Sí, pero hay un pequeño problema, Cuál, No querría ser yo quien escribiera esa carta, Y por qué no vas a hablar personalmente, hay asuntos que se resuelven mejor cara a cara, y apuesto a que se quedarían encantados, un profesor de Historia interesándose por las películas que producen, Es precisamente lo que no quiero, mezclar mi cualificación científica y profesional con un estudio que queda fuera de mi especialidad, Por qué, No lo sabría explicar, quizá por una cuestión de escrúpulos, Entonces no veo cómo vas a solucionar una dificultad que tú mismo te estás creando, Podrías escribir tú la carta, He ahí una idea absolutamente disparatada, explícame cómo voy a escribir una carta que trate un asunto que es para mí tan misterioso como el chino, Cuando digo que escribas la carta, lo que quiero decir realmente es que la escribiría yo dando tu nombre y tu dirección, de esa manera quedaría a cubierto de cualquier indiscreción, Que no sería tan grave, supongo que en ese caso tu honra no se pondría en causa ni en duda tu dignidad, No seas irónica, ya te he dicho que es sólo una cuestión de escrúpulos, Sí, ya me lo has dicho, Y no me crees, Te creo, sí, no te preocupes, María Paz, Sí, Sabes que te quiero, Creo saberlo cuando me lo dices, después me pregunto si será verdad, Es verdad, Y esta llamada se debe a que ansiabas decírmelo o era para que escribiese la carta, La idea de la carta ha nacido de nuestra conversación, Sí, pero no pretenderás convencerme de que la tuviste justo cuando conversábamos, Es cierto que ya había pensado en ello, pero de un modo vago, De un modo vago, Sí, de un modo vago, Máximo, Dime, querida, Puedes escribir la carta, Te agradezco que hayas aceptado, la verdad es que pensé que no te importaría, una cosa tan simple, La vida, querido Máximo, me ha enseñado que nada es simple, que a veces lo parece, y que cuanto más lo parece, más hay que dudar, Estás siendo escéptica, Nadie nace escéptico, que yo sepa, Entonces, ya que estás de acuerdo, escribiré la carta en tu nombre, Supongo que tendré que firmarla, No creo que valga la pena, yo mismo inventaré una rúbrica, Por lo menos que se parezca un poco a la mía, Nunca se me ha dado muy bien lo de imitar caligrafías, pero lo haré lo mejor que pueda, Ten cuidado, vigílate, cuando una persona comienza a falsear nunca se sabe dónde acaba, Falsear no es el término exacto, falsificar habrás querido decir, Gracias por la rectificación, querido Máximo, lo que yo pretendía era manifestar el deseo de que hubiese una palabra capaz de expresar, por sí sola, el sentido de las dos, Según mi ciencia, una palabra que en sí reúna y funda el falsear y el falsificar, no existe, Si el acto existe, también debiera existir la palabra, Las que tenemos se encuentran en los diccionarios, Todos los diccionarios juntos no contienen ni la mitad de los términos que necesitaríamos para entendernos unos a otros, Por ejemplo, Por ejemplo, no sé qué palabra podría expresar ahora la superposición y confusión de sentimientos que noto dentro de mí en este instante, Sentimientos, en relación a qué, No a qué, a quién, A mí, Sí, a ti, Espero que no sea nada malo, Hay de todo, como en botica, pero tranquilízate, no te lo conseguiría explicar, por más que lo intentase, Volveremos a este tema otro día, Quieres decir que nuestra conversación ha terminado, Ni ésas han sido mis palabras, ni ése su sentido, Realmente no, perdona, En todo caso, pensándolo bien, convendría que lo dejáramos ya, es notorio que hay demasiada tensión entre nosotros, saltan chispas a cada frase que nos sale de la boca, No era ésa mi intención, Ni la mía, Pero así está sucediendo, Sí, así está sucediendo, Por eso vamos a despedirnos como niños buenos, nos deseamos buenas noches y felices sueños, hasta pronto, Llámame cuando quieras, Así lo haré, María Paz, Sí, Te quiero, Ya me lo habías dicho.

Tertuliano Máximo Afonso se pasó el dorso de la mano por la frente mojada de sudor después de colgar el auricular. Había logrado su objetivo, luego no le faltaban razones para estar satisfecho, pero la dirección de ese largo y dificultoso diálogo le perteneció siempre a ella incluso cuando parecía que no estaba sucediendo así, sujetándolo a un continuo rebajarse que no se objetivaba explícitamente en las palabras por uno y otro pronunciadas, pero que una a una iban dejando un gusto cada vez más amargo en la boca, como es común decir del sabor de la derrota. Sabía que había ganado, pero también sabía que la victoria contenía una parte de ilusión, como si cada uno de sus avances no hubiese sido más que la consecuencia mecánica de un retroceso táctico del enemigo, puentes de plata hábilmente dispuestos para atraerlo, banderas desplegadas y sonido de trompetas y tambores, hasta un punto en que tal vez se descubriría cercado sin remedio. Para alcanzar sus objetivos, había rodeado a María Paz de una red de discursos capciosos, calculados, pero, al fin y al cabo, eran los nudos con los que suponía haberla atado a ella los que limitaban la libertad de sus propios movimientos. Durante los seis meses de relación, para no dejarse prender demasiado, mantuvo a María Paz al margen de su vida privada, y ahora que había decidido terminar la relación, y para tal sólo esperaba el momento oportuno, se veía obligado a pedirle ayuda y a hacerla partícipe de actos cuyos orígenes y causas, así como las intenciones finales, ella ignoraba totalmente. El sentido común le llamaría aprovechado sin escrúpulos, pero él argüiría que la situación que estaba viviendo era única en el mundo, que no existían antecedentes que marcasen pautas de actuación socialmente aceptadas, que ninguna ley preveía el inaudito caso de duplicación de persona, y que, por consiguiente, era él, Tertuliano Máximo Afonso, quien tenía que inventar, en cada ocasión, los procedimientos, regulares o irregulares, que lo condujeran a su objetivo. La carta era uno de ellos y si, para escribirla, tuvo que abusar de la confianza de una mujer que decía amarlo, el crimen no era para tanto, otros hicieron cosas peores y nadie los exponía a la condena pública.

Tertuliano Máximo Afonso metió una hoja de papel en la máquina de escribir y se puso a pensar. La carta tendrá que parecer obra de una admiradora, tendrá que ser entusiasta, pero sin exageración, ya que el actor Daniel Santa-Clara no es precisamente una estrella de cine capaz de arrancar expresiones arrobadas, en principio deberá cumplir el ritual de petición de fotografía firmada, aunque a Tertuliano Máximo Afonso lo que más le importe sea conocer dónde vive y el nombre auténtico, si, como todo indica, Daniel Santa-Clara es seudónimo de un hombre que tal vez se llame, también él, quién sabe, Tertuliano. Enviada la carta, dos hipótesis subsiguientes serán posibles, o la empresa productora responde directamente dando las informaciones pedidas, o dice que no está autorizada a proporcionarlas, y en ese caso, según todas las probabilidades, remitirá la carta al verdadero destinatario. Será así, se preguntó Tertuliano Máximo Afonso. Una rápida reflexión le hizo ver que la última posibilidad es la menos probable porque demostraría poquísima profesionalidad y todavía menor consideración por parte de la empresa al sobrecargar a sus actores con la tarea y los gastos de responder a cartas y enviar fotografías. Ojalá sea así, murmuró, todo se vendría abajo si le enviase a María Paz una carta personal. Durante un instante le pareció ver cómo se derrumbaba fragorosamente el castillo de naipes que desde hace una semana está levantando con milimétricos cuidados, pero la lógica administrativa y también la conciencia de que no tiene otro camino le ayudaron, poco a poco, a restaurar el ánimo abatido. La redacción de la carta no fue fácil, lo que explica que la vecina del piso de arriba haya oído el ruido machacón de la máquina de escribir durante más de una hora. Hubo una vez que el teléfono sonó, sonó con insistencia, pero Tertuliano Máximo Afonso no atendió. Debía de ser María Paz.


Se despertó tarde. La noche fue de sobresaltos, atravesada por sueños fugaces e inquietantes, una reunión del consejo escolar a la que faltaban todos los profesores, un pasillo sin salida, una cinta de vídeo que se negaba a entrar en el aparato, una sala de cine con la pantalla negra y en la que se exhibía una película negra, una guía telefónica con el mismo nombre repetido en todas las líneas que él no conseguía leer, un paquete postal con un pescado dentro, un hombre que llevaba una piedra a la espalda y decía, Soy amorreo, una ecuación algebraica con rostros de personas donde deberían estar las letras. El único sueño que consiguió recordar con alguna precisión era el del paquete postal, pero no fue capaz de identificar el pescado, y ahora, apenas despierto, se tranquilizaba a sí mismo pensando que, por lo menos, rape no sería, porque el rape no cabría dentro de la caja. Se levantó con dificultad, como si un esfuerzo físico excesivo e inusual le hubiese agarrotado las articulaciones, y fue a la cocina. a beber agua, un vaso lleno bebido con la avidez de quien hubiera cenado un menú salado. Tenía hambre, pero no le apetecía prepararse el desayuno. Volvió al dormitorio para enfundarse la bata y se dirigió a la sala. La carta a la productora estaba sobre el escritorio, la última y definitiva de las numerosas tentativas que llenaban hasta el borde el cesto de los papeles. La releyó y le pareció que estaba bien, no se limitaba a pedir el envío de una fotografía firmada del actor de quien también, como de paso, se solicitaba la dirección de su residencia. En una alusión final, que Tertuliano Máximo Afonso no tenía reparo en considerar un golpe imaginativo y estratégico de primer orden, insinuaba algo así como la urgente necesidad de un estudio sobre la importancia de los actores secundarios, tan esencial para el desarrollo de la acción fílmica, según la autora de la carta, como la de los pequeños cursos de agua afluentes en la formación de los grandes ríos. Acreditaba Tertuliano Máximo Afonso que este metafórico y sibilino remate de la misiva eliminaría completamente la posibilidad de que la empresa la reenviara a un actor que, aunque en los últimos tiempos haya visto su nombre en los títulos de crédito iniciales de las películas en que participaba, no por eso dejaba de pertenecer a la legión de los considerados inferiores, subalternos y accesorios, una especie de mal necesario, una inoportunidad irrecusable que, según opinión del productor, siempre pesa demasiado en los presupuestos. Si Daniel Santa-Clara llegase a recibir una carta redactada en estos términos, lo más natural sería que comenzase a pensar muy seriamente en reivindicaciones salariales y sociales equiparables a su contribución como afluente del Nilo y de las Amazonas cabezas de cartel. Y si esa primera acción individual, habiendo comenzado por defender el simple bienestar egoísta del reivindicante, acabara multiplicándose, ampliándose, expandiéndose en una copiosa y solidaria acción colectiva, entonces toda la estructura piramidal de la industria del cine se vendría abajo como otro castillo de naipes y nosotros gozaríamos de la suerte inaudita, o mejor aún, del privilegio histórico de testificar el nacimiento de una nueva y revolucionaria concepción del espectáculo y de la vida. No hay peligro de que tal cataclismo venga a suceder. La carta firmada con el nombre de una mujer llamada María Paz será desviada a la sección idónea, ahí un empleado llamará la atención del jefe para la ominosa sugestión contenida en el último párrafo, el jefe hará subir sin pérdida de tiempo el peligroso papel a la consideración de su inmediato superior, en ese mismo día, antes de que el virus, por inadvertencia, pueda salir al exterior, las pocas personas que del caso tuvieran conocimiento serán instantemente conminadas a guardar silencio absoluto, de antemano recompensado por adecuados ascensos y sustanciales mejoras de salario. Quedará por decidir qué hacer con la carta, si dar satisfacción a las peticiones de fotografía firmada y de información sobre la residencia del actor, de pura rutina lo primero, algo insólito lo segundo, o simplemente proceder como si nunca hubiera sido escrita o se hubiese extraviado en la confusión de correos. El debate del consejo de administración sobre el asunto ocupará todo el día siguiente, no porque fuera difícil conseguir una unanimidad de principio, sino por el hecho de que todas las consecuencias previsibles fueran objeto de demorada ponderación, y no sólo ellas, también lo fueron algunas otras que más parecían haber sido generadas por imaginaciones enfermas. La deliberación final será, al mismo tiempo, radical y hábil. Radical porque la carta será consumida por el fuego al final de la reunión, con todo el consejo de administración mirando y respirando de alivio, hábil porque satisfará las dos peticiones de manera que garantice una doble gratitud de la peticionaria, la primera, de rutina como quedó dicho, sin ninguna reserva, la segunda, En atención a la consideración particular que su carta nos ha merecido, fueron éstos los términos, pero resaltando el carácter excepcional de la información prestada. No quedaba excluida la posibilidad de que esta María Paz, conociendo un día a Daniel Santa-Clara, ahora que va a tener su dirección, le hable de su tesis sobre los ríos afluentes aplicada a la distribución de papeles en las artes dramáticas, pero, tal como la experiencia de comunicación ha demostrado abundantemente, el poder de movilización de la palabra oral, no siendo, en lo inmediato, inferior al de la palabra escrita, e incluso, en un primer momento, quizá más apta para arrebatar voluntades y multitudes, está dotada de un alcance histórico bastante más limitado debido a que, con las repeticiones del discurso, se le fatiga rápidamente el fuelle y se le desvían los propósitos. No se ve otra razón para que las leyes que nos rigen estén todas escritas. Lo más seguro, por tanto, es que Daniel Santa-Clara, si un encuentro tal llega a producirse y si una cuestión tal fuese suscitada, no prestase a las tesis afluenciales de María Paz nada más que una atención distraída y sugiriera transferir la conversación hacia temas menos áridos, séanos disculpada una tan flagrante contradicción, considerando que era de agua de lo que hablábamos y de los ríos que la llevan.

Tertuliano Máximo Afonso, después de colocar ante él una de las cartas que María Paz le había escrito tiempo atrás, y luego de unas cuantas experiencias para soltar y adiestrar la mano, floreó lo mejor que pudo la sobria aunque elegante firma que la cerraba. Lo hizo respetando el infantil y algo melancólico deseo que ella expresó, y no porque creyera que una mayor perfección en la falsificación aportara credibilidad a un documento que, como ya fue debidamente anticipado, dentro de pocos días habrá desaparecido de este mundo, reducido a cenizas. Dan ganas de decir, Tanto trabajo para nada. La carta ya está dentro del sobre, el sello en su sitio, sólo falta bajar a la calle y echarla en el buzón de la esquina. Siendo domingo este día, la furgoneta de correos no pasará a recoger la correspondencia, pero Tertuliano Máximo Afonso ansía verse libre de la carta lo más rápidamente posible. Mientras esté aquí, ésta es su vivísima impresión, el tiempo se mantendrá parado como en un escenario desierto. Y la misma impaciencia nerviosa le está provocando la fila de vídeos del suelo. Quiere limpiar el terreno, no dejar restos, el primer acto se ha acabado, es hora de retirar el atrezo de escena. Se acabaron las películas de Daniel Santa-Clara, se acabó la ansiedad, Intervendrá en ésta, No intervendrá, Aparecerá con bigote, Llevará el pelo partido con raya, se acabaron las crucecitas ante los nombres, se acabó el rompecabezas. En ese momento le saltó a la memoria la llamada que hizo al primer Santa-Clara de la guía telefónica, aquella de la casa donde nadie respondía. Hago una nueva tentativa, se preguntó. Si la hiciera, si alguien le respondiera, si le dijeran que Daniel Santa-Clara vivía allí, la carta que tanta elaboración mental le había exigido pasaba a ser innecesaria, dispensable, podía romperla y echarla a la papelera, tan inútil como los borradores que le prepararon el camino a la redacción final. Entendió que estaba necesitando una pausa, un intervalo de descanso, aunque fuese una semana o dos, el tiempo de que llegue una respuesta de la productora, un periodo en el que hiciera como que no había visto Quien no se amaña no se apaña ni al recepcionista de hotel, sabiendo sin embargo que ese falso sosiego, esa apariencia de tranquilidad tenían un límite, un plazo a la vista, y que el telón, llegando su hora, inexorablemente, se levantaría para el segundo acto. Pero también comprendió que si no hiciese un nuevo intento permanecería de ahí en adelante atado a la obsesión de haberse portado cobardemente en una contienda a la que nadie le había desafiado y en la que, tras provocarla, entró por su única y exclusiva voluntad. Andar buscando a un hombre llamado Daniel Santa-Clara que no podía imaginar que estaba siendo buscado, he aquí la absurda situación que Tertuliano Máximo Afonso había creado, mucho más adecuada para los enredos de una ficción policial sin criminal conocido que justificable en la vida hasta aquí sin sobresaltos de un profesor de Historia. Puesto entre la espada y la pared, llegó a un acuerdo consigo mismo, Llamo una vez, si me atienden y dicen que vive allí, tiro la carta y me aguanto, ya veremos si hablo o no, pero, si no me responden, la carta sigue su curso y no volveré a llamar, suceda lo que suceda. La sensación de hambre que sentía hasta ahí fue sustituida por una especie de palpitación nerviosa en la boca del estómago, pero la decisión estaba tomada, no daría marcha atrás. El número fue marcado, el sonido se escuchaba a lo lejos, el sudor comenzó a bajarle lentamente por la cara, el tono sonaba y sonaba, era ya evidente que no había nadie en casa, pero Tertuliano Máximo Afonso desafiaba a la suerte, le ofrecía al adversario una última oportunidad no colgando, hasta que los toques se convirtieran en estridente señal de victoria y el teléfono marcado se callara por sí mismo. Bien, dijo en voz alta, que no se diga de mí que no hice lo que debía. De repente se sintió tranquilo, hacía tiempo que no estaba así. Su periodo de descanso comenzaba, podía entrar en el cuarto de baño con la cabeza erguida, afeitarse, asearse sin prisas, vestirse con esmero, de manera general los domingos son días tristones, aburridos, pero hay algunos que son una suerte que hayan venido al mundo. Era demasiado tarde para desayunar, todavía temprano para almorzar, tenía que entretener el tiempo de alguna manera, podía bajar a comprar el periódico y volver, podía echar un vistazo a la lección que tendrá que dar mañana, podía sentarse a leer unas cuantas páginas más de la Historia de las Civilizaciones Mesopotámicas, podía, en ese momento una luz se le encendió en un recodo de la memoria, el recuerdo de uno de los sueños de la noche, ese en que el hombre iba transportando una piedra sobre la espalda y diciendo Soy amorreo, tendría gracia que la piedra fuese el famoso Código de Hammurabi y no un peñasco cualquiera levantado del suelo, lo lógico, realmente, es que los sueños históricos los sueñen los historiadores, que para eso estudiaron. Que la Historia de las Civilizaciones Mesopotámicas lo llevaran a la legislación del rey Hammurabi no debe sorprendernos, es un tránsito tan natural como abrir la puerta que da a otro cuarto, pero que la piedra que el amorreo acarreaba sobre la espalda le hubiera recordado, que no telefoneaba a la madre desde hacía casi una semana, ni el más pintado lector de sueños sería capaz de explicarlo, excluida sin dolor ni piedad, por abusiva y mal intencionada, la fácil interpretación de que Tertuliano Máximo Afonso, a la callada, sin atreverse a confesarlo, considera a la progenitora como una pesada carga. Pobre mujer, tan lejos, sin noticias, y tan discreta y respetuosa con la vida del hijo, figúrese, un profesor de instituto, a quien sólo en casos extremos osaría telefonear, interrumpiendo una labor que ciertamente se encuentra más allá de su comprensión, y no es que ella no tenga sus letras, no es que ella misma no haya estudiado Historia en sus tiempos de niña, aunque siempre le perturba la idea de que la Historia pueda ser enseñada. Cuando se sentaba en los bancos de la escuela y oía a la profesora hablar de los sucesos del pasado, sentía que todo aquello no pasaba de imaginaciones, y que, si la maestra las tenía, también ella podía tenerlas, como a veces se descubría imaginando su propia vida. Que tales acontecimientos le apareciesen después ordenados en el libro de Historia no modificaba su idea, lo que el compendio hacía no era nada más que recoger las libres fantasías de quien lo había escrito, luego no deberían existir tantas diferencias entre esas fantasías y las que se leían en cualquier novela. La madre de Tertuliano Máximo Afonso, cuyo nombre, Carolina, de apellido Máximo, aquí por fin aparece, es una asidua y fervorosa lectora de novelas. Como tal, sabe todo de teléfonos que suenan a veces sin ser esperados y de otros que a veces suenan cuando desesperadamente se esperaba que sonasen. No era así el caso de ahora, la madre de Tertuliano Máximo Afonso simplemente se ha preguntado, Cuándo me llamará mi hijo, y he aquí que de repente tiene su voz juntito al oído, Buenos días, madre, qué tal estás, Bien, bien, como de costumbre, y tú, Yo también, como siempre, Has tenido mucho trabajo en el instituto, Lo normal, los ejercicios, los exámenes, alguna que otra reunión de profesores, Y esas clases, cuándo acaban este año, Dentro de dos semanas, después tendré una semana de exámenes, Quiere eso decir que antes de un mes estarás aquí conmigo, Iré a verte, claro, pero no podré quedarme nada más que tres o cuatro días, Por qué, Es que tengo algunas cosas que arreglar por aquí, hacer unas gestiones, Qué cosas son ésas, qué gestiones, la escuela cierra por vacaciones, y las vacaciones, que yo sepa, se hacen para el descanso de las personas, Tranquila, madre, que descansaré, pero tengo que resolver unos asuntos primero, Y son serios, esos asuntos tuyos, Creo que sí, No entiendo, si son serios, son serios, no es cuestión de andar creyendo que sí o que no, Es una manera de hablar, Tienen que ver con tu amiga, con María Paz, Hasta cierto punto, Pareces un personaje de un libro que acabo de leer, una mujer que cuando le preguntan responde siempre con otra pregunta, Mira que las preguntas las haces tú, la única que yo he hecho es para saber cómo estás, Es porque no hablas claro y derecho, dices creo que sí, hasta cierto punto, no estoy habituada a que te andes con tantos misterios, No te enfades, No me enfado, pero tienes que comprender que me parezca raro que al empezar las vacaciones no vengas en seguida, no recuerdo que eso haya sucedido ninguna vez, Ya te lo contaré todo, Vas a hacer algún viaje, Otra pregunta, Vas o no vas, Si fuese ya te lo habría dicho, Pero no entiendo por qué dices que María Paz tiene que ver con esos asuntos que te obligan a quedarte, No es así exactamente, debo de haber exagerado, Estás pensando en casarte otra vez, Venga ya, madre, Pues quizá deberías, La gente ahora se casa poco, seguro que ya lo has visto en las novelas que lees, No soy una estúpida y sé muy bien en qué mundo vivo, pero pienso que no tienes derecho a entretener a una chica, Nunca le he pedido que nos casemos ni que vivamos juntos, Para ella, una relación que dura seis meses es como una promesa, no conoces a las mujeres, No conozco a las de tu tiempo, Y conoces poco a las del tuyo, Es posible, realmente mi experiencia de mujeres no es grande, me casé una vez y me divorcié, el resto cuenta poco, Está María Paz, Tampoco cuenta mucho, No te das cuenta de que estás siendo cruel, Cruel, qué solemne palabra, Ya sé que suena a novela barata, pero las formas de crueldad son muchísimas, algunas hasta se disfrazan de indiferencia o de indolencia, si quieres te doy un ejemplo, no decidir a tiempo puede llegar a ser un arma de agresión mental contra los otros, Sabía que tenías dotes de psicóloga, pero no que llegaran a tanto, De psicología no sé nada, nunca he estudiado ni una línea, pero de personas creo saber algo, Hablaremos cuando vaya, No me hagas esperar mucho, a partir de ahora no tendré un instante de sosiego, Tranquilízate, por favor, de una manera u otra todo se acaba resolviendo en este mundo, A veces de la peor manera, No será el caso, Ojalá, Un beso, madre, Otro, hijo mío, ten cuidado, Lo tendré. La inquietud de la madre hizo desaparecer la impresión de bienestar que había proporcionado una vivacidad nueva al espíritu de Tertuliano Máximo Afonso tras la llamada al Santa-Clara que no estaba en casa. Hablar de asuntos serios que tenía que resolver cuando terminara el curso fue un error imperdonable. Es cierto que la conversación derivó en seguida hacia María Paz, incluso, hasta cierto punto, parecía que se iba a quedar por ahí, pero esa frase de la madre, A veces de la peor manera, cuando, para tranquilizarla, le dijo que todo en este mundo acaba solucionándose, le sonaba ahora como un vaticinio de desastres, el anuncio de fatalidades, como si, en lugar de la señora de edad que se llama Carolina Afonso y es su madre, hubiera tenido al otro lado del hilo a una sibila o una casandra diciéndole, con otras palabras, Todavía estás a tiempo de parar. Durante un momento pensó en tomar el coche, hacer el largo viaje de cinco horas que lo llevaría a la pequeña ciudad donde vivía la madre, contárselo todo y después regresar con el alma limpia de miasmas enfermizas a su trabajo de profesor de Historia poco amante del cine, decidido a pasar esta confusa página de su vida y hasta, quién sabe, dispuesto a considerar muy seriamente la posibilidad de casarse con María Paz. Les jeux sont faits, rien ne va plus, dijo en voz alta Tertuliano Máximo Afonso, que en toda su vida ha entrado en un casino, pero tiene en su activo de lector algunas novelas famosas de la belle époque. Se guardó la carta para la productora en uno de los bolsillos de la chaqueta y salió. Se olvidará de depositarla en el buzón de correos, almorzará por ahí, luego regresará a casa para beber hasta el fin las heces de esta tarde de domingo.


La primera tarea de Tertuliano Máximo Afonso al día siguiente fue hacer dos paquetes con las películas que tenía que devolver a la tienda. Luego juntó las restantes, las ató con una guita y las guardó en un armario del dormitorio que se cerraba con llave. Metódicamente, fue rompiendo los papeles en los que había apuntado los nombres de los actores, lo mismo hizo con los borradores de la carta olvidada en el bolsillo de la chaqueta que aún tendrá que esperar unos minutos antes de dar su primer paso en el camino que la conducirá hasta su destinatario, y luego, como si tuviese algún motivo fuerte para borrar sus impresiones digitales, limpió con un paño húmedo todos los muebles de la sala que había tocado estos días. Borró también las que María Paz dejó, pero en eso no pensaba ahora. Las huellas que quería que desaparecieran no eran las suyas ni las de ella, eran, sí, las de la presencia que lo arrancó violentamente del sueño la primera noche. No merece la pena que le observemos que semejante presencia sólo existió en su cerebro, que seguramente la fabricó una angustia generada en su espíritu por un sueño del que se había olvidado, no merece la pena sugerirle que pudo haber sido, tal vez, y nada más, la consecuencia sobrenatural de una mala digestión de la carne guisada, no merece la pena demostrarle, finalmente, con las razones de la razón, que, incluso estando dispuestos a aceptar la posibilidad de una cierta capacidad de materialización de los productos de la mente en el mundo exterior, lo que bajo ningún concepto podemos admitir es que la inaprehensible e invisible presencia de la imagen cinematográfica del recepcionista de hotel hubiese dejado, esparcidos por toda la casa, vestigios del sudor de los dedos. Por lo que hasta ahora se sabe, el ectoplasma no transpira. Terminado el trabajo, Tertuliano Máximo Afonso se vistió, tomó su cartera de profesor y los dos paquetes, y salió. En la escalera se encontró con la vecina del piso de arriba que le preguntó si necesitaba ayuda, y él dijo que no señora, muchas gracias, luego, educado, se interesó por su fin de semana, y ella respondió que así así, como siempre, y que lo había oído escribiendo a máquina, y él dijo que más pronto que tarde tendrá que decidirse a comprar un ordenador de ésos, que, al menos, son silenciosos, y ella dijo que el ruido de la máquina no le molestaba nada, al contrario, que hasta le hacía compañía. Como hoy es día de limpieza, ella le preguntó si volvería a casa antes del almuerzo y él respondió que no, que comería en el instituto y que regresaría por la tarde. Se despidieron hasta luego, y Tertuliano Máximo Afonso, consciente de que la vecina observaba misericordiosa su falta de habilidad para cargar con dos bultos y la cartera, bajó las escaleras mirando bien dónde ponía los pies para no dar un tropezón y morirse de vergüenza. El coche estaba pasando el buzón de correos. Guardó los paquetes en el portaequipajes y volvió atrás, al mismo tiempo que sacaba la carta del bolsillo. Un joven que pasaba corriendo chocó con él sin querer y la carta se le soltó de los dedos y cayó sobre la acera. El muchacho paró unos pasos adelante y le pidió disculpas, pero, por temor a una reprimenda o a un castigo, no volvió para entregársela, como era su obligación. Tertuliano Máximo Afonso hizo un gesto complaciente con la mano, el gesto de quien acepta las disculpas y perdona el resto, y se agachó para recoger la carta. Pensó que podía hacer una apuesta consigo mismo, dejarla donde estaba y entregar al destino la suerte de ambos, de la carta y de él. Pudiera suceder que la próxima persona que pasara por allí, viendo la carta perdida y con el sello puesto, como buen ciudadano, la echara al buzón, pudiera suceder que la abriese para ver lo que contenía y la tirase después de haberla leído, pudiera suceder que no reparara en ella e indiferente la pisase, que durante el resto del día anduvieran sobre ella muchas personas, cada vez más sucia y arrugada, hasta que alguien decidiese empujarla de una vez con la punta del zapato fuera de la acera, de donde se la llevaría la escoba de un barrendero. La apuesta no se llevó a cabo, la carta fue levantada y depositada en el buzón, la rueda del destino se puso finalmente en movimiento. Ahora Tertuliano Máximo Afonso irá a la tienda de los vídeos, conferirá con el empleado las películas que trae en los paquetes y, por exclusión de partes, las que se quedaron en casa, pagará lo que debe y posiblemente dirá para sus adentros que nunca más entrará allí. Al final, para su alivio, el empleado adulador no estaba, quien le atendió fue la chica nueva e inexperta, por eso las operaciones fueron tan lentas, aunque la facilidad de cálculo mental del cliente de nuevo ayudó cuando hubo que hacer las cuentas. La empleada le preguntó si quería alquilar o comprar algunos vídeos más, él respondió que no, que había acabado su trabajo, y esto lo dijo sin acordarse de que la chica todavía no estaba en la tienda cuando hizo su famoso discurso acerca de las señales ideológicas presentes en todos y cada uno de los relatos fílmicos, también, naturalmente, en las grandes obras del séptimo arte, pero sobre todo en las producciones de consumo corriente, series B o C, esas de las que en general se hace nulo caso, pero que son las más eficaces porque pillan descuidado al espectador. Le pareció que la tienda era más pequeña que cuando entró por primera vez, aún no hace una semana, realmente era increíble cómo había cambiado su vida en tan poco tiempo, en este momento se sentía flotando en una especie de limbo, en un pasillo entre el cielo y el infierno que le llevó a preguntarse, con cierto sentimiento de asombro, de dónde venía y adónde iba ahora, porque, a juzgar por las ideas que sobre el asunto corren, no puede ser lo mismo que un alma vaya del infierno al cielo que sea empujada del cielo al infierno. Ya iba conduciendo el automóvil hacia el instituto cuando estas reflexiones escatológicas fueron desplazadas por una analogía de otro tipo, sacada ésta de la historia natural, sección de entomología, que le hizo verse a sí mismo como una crisálida en estado de reposo profundo y en secreto proceso de transformación. Pese al humor sombrío que le acompañaba desde que se levantó de la cama, sonrió con la comparación al pensar que, en este caso, habiendo entrado en el capullo como gusano, saldría de él como mariposa. Yo, mariposa, murmuró, lo que me faltaba por ver. Estacionó el coche no muy lejos del instituto, consultó el reloj, todavía tendría tiempo para tomarse un café y echar un vistazo a los periódicos, si alguno estaba libre. Sabía que había descuidado la preparación de la clase, pero la experiencia de los años resolvería la falta, otras veces improvisó y nadie notó la diferencia. Lo que no haría nunca sería entrar en el aula y disparar a bocajarro contra los inocentes infantes, Hoy examen oral. Sería un acto desleal, la prepotencia de quien, porque tiene el cuchillo en la mano, hace de él el uso que le apetece y varía el grosor de las lonchas de queso según los caprichos de la ocasión y las preferencias establecidas. Cuando entró en la sala de los profesores vio que todavía quedaban periódicos disponibles en el estante, pero para llegar hasta ellos se interponía una mesa donde, ante tazas de café y vasos de agua, tres colegas charlaban. Le pareció mal pasar de largo, sobre todo teniendo en cuenta que uno era el profesor de Matemáticas, a quien, en comprensión y paciencia, tanto está debiéndole. Los otros son una profesora de Literatura ya mayor y un joven profesor de Ciencias Naturales con quien nunca ha establecido relaciones de proximidad afectiva. Dio los buenos días, preguntó si podía acompañarlos y, sin esperar respuesta, empujó una silla y se sentó. Quizá una persona no informada de los usos del lugar consideraría incorrecto un procedimiento que lindaba con la mala educación, pero los protocolos de relación en la sala de profesores estaban organizados así, de manera natural por llamarlo de alguna forma, sin estar escritos se asentaban en sólidos cimientos de consenso, puesto que, como no entraba en la cabeza de nadie responder negativamente a la pregunta, lo mejor era saltarse el coro de concordancias, unas sinceras, otras no tanto, y dar la cosa por hecha. El único punto delicado, ése, sí, capaz de generar tensión entre quien estaba y quien acaba de llegar, reside en la posibilidad de que el asunto en debate sea de naturaleza confidencial, pero eso se soluciona con el recurso táctico a otra pregunta, retórica esta por excelencia, Interrumpo, para la cual sólo hay una respuesta socialmente admisible, De ningún modo, únase a nosotros. Decirle al recién llegado, por ejemplo, aunque sea con las mejores maneras, Sí señor, interrumpe, siéntese en otro sitio, causaría tal conmoción que la red de relaciones de grupo se tambalearía gravemente y quedaría en entredicho. Tertuliano Máximo Afonso regresó con el café que había ido a buscar, se instaló y preguntó, Qué novedades hay, Te refieres a las de fuera o a las de dentro, preguntó a su vez el profesor de Matemáticas, Es temprano para saber las de dentro, me refería a las de fuera, todavía no he leído los periódicos, Las guerras que había ayer siguen hoy, dijo la profesora de Literatura, Sin olvidar la altísima probabilidad o incluso certeza de que otra está a punto de comenzar, añadió el profesor de Ciencias Naturales como si estuvieran de acuerdo, Y tú, qué tal te ha ido en el fin de semana, quiso saber el profesor de Matemáticas, Tranquilo, en paz, me he pasado casi todo el tiempo leyendo un libro del que creo haberte hablado, un libro sobre las civilizaciones mesopotámicas, el capítulo que trata de los amorreos es interesantísimo, Pues yo fui al cine con mi mujer, Ah, exclamó Tertuliano Máximo Afonso, desviando los ojos, Aquí el colega es poco cinéfilo, bromeó el de Matemáticas dirigiéndose a los otros, Nunca he afirmado redondamente que no me guste el cine, lo que digo y repito es que no forma parte de mis afectos culturales, prefiero los libros, No te sulfures, amigo, el asunto no tiene importancia, sabes bien que tenía la mejor de las intenciones cuando te recomendé aquella película, Qué significa exactamente sulfurarse, preguntó la profesora de Literatura, tanto por curiosidad como para echar agua al fuego, Sulfurarse, respondió el de Matemáticas, significa irritarse, encolerizarse o, más exactamente, enfurruñarse, Y por qué enfurruñarse es, según su opinión, más exacto que irritarse o encolerizarse, preguntó el profesor de Ciencias Naturales, No es más que una interpretación personal que tiene que ver con recuerdos de la infancia, cuando mi madre me reprendía o castigaba por cualquier tropelía, yo volvía la cara y me negaba a hablar, mantenía un silencio absoluto que podía durar muchas horas, entonces ella decía que estaba enfurruñado, O sulfurado, Exactamente, En mi casa, cuando yo tenía esa edad, dijo la profesora de Literatura, la metáfora para las rabietas infantiles era diferente, Diferente, en qué, Digamos que era asnina, Explique eso, Amarrar el burro, era lo que se decía, y no se molesten buscando la expresión en los diccionarios porque no la encontrarán, supongo que era exclusiva de la familia. Todos rieron, salvo Tertuliano Máximo Afonso que dejó aparecer una sonrisa medio contrariada para corregir, Exclusiva no creo que fuera, porque en mi casa también se usaba. Hubo nuevas risas, la paz estaba hecha. La profesora de Literatura y el profesor de Ciencias Naturales se levantaron, dijeron luego nos vemos como despedida, probablemente sus clases estarían más lejos, quizá en el piso de arriba, estos que se quedaron sentados disponen todavía de algunos minutos para lo que falta decir, De una persona que declara que ha pasado dos días entregado a la serenidad de una lectura histórica, observó el colega de Matemáticas, esperaría todo menos esa cara atormentada, Eso es impresión tuya, no tengo nada que me atormente, lo que debo de tener es cara de haber dormido poco, Podrás darme las razones que quieras, pero la verdad es que desde que viste aquella película no pareces el mismo, Qué quieres decir con eso de que no parezco el mismo, preguntó Tertuliano Máximo Afonso con un tono inesperado de alarma, Nada salvo lo que he dicho, que te noto cambiado, Soy la misma persona, No lo dudo, Es cierto que estoy algo aprensivo por culpa de unos asuntos sentimentales que últimamente se han complicado, son cosas que le pueden suceder a cualquiera, pero eso no significa que me haya convertido en otra persona, Ni yo lo he dicho, no tengo la mínima duda de que sigues llamándote Tertuliano Máximo Afonso y eres profesor de Historia en este instituto, Entonces no comprendo por qué insistes en decir que no parezco el mismo, Desde que viste la película, No hablemos de la película, ya sabes mi opinión sobre ella, De acuerdo, Soy la misma persona, Claro que sí, Deberías tener en cuenta que he estado con una depresión, O marasmo, que era el otro nombre que le dabas, Exactamente, y eso merece respeto, Respeto lo tienes todo, bien lo sabes, pero no hablábamos de respeto, Soy la misma persona, Ahora eres tú quien insiste, Es verdad, hace poco he dicho que estoy pasando un periodo de fuerte tensión psicológica, de modo que es natural que se refleje en la cara y se note en mis modos, Claro, Pero eso no quiere decir que haya mudado moral y físicamente hasta el punto de parecerme a otra persona, Me he limitado a decir que no parecías el mismo, no que te parecieras a otra persona, La diferencia no es grande, Nuestra colega de Literatura diría que es, muy al contrario, enorme, y ella de esas cosas entiende, creo que en sutilezas y matices la Literatura es casi como la Matemática, Y yo, pobre de mí, pertenezco al área de Historia, donde los matices y las sutilezas no existen, Existirían si la Historia pudiera ser, digámoslo así, el retrato de la vida, Te estoy notando raro, no es propio de ti ser tan convencionalmente retórico, Tienes toda la razón, en tal caso la Historia no sería la vida, sino uno de sus posibles retratos, parecidos, sí, pero nunca iguales. Tertuliano Máximo Afonso desvió nuevamente los ojos, luego, con un difícil esfuerzo de voluntad, volvió a fijarlos en el colega, como para averiguar lo que pudiera haber escondido tras la serenidad aparente de su rostro. El de Matemáticas le mantuvo la mirada sin que pareciera poner especial atención, después, con una sonrisa en la que había tanto de ironía amable como de franca benevolencia, dijo, Quizá un día vea otra vez la tal comedia, puede que consiga descubrir lo que te trae trastornado, supongo que ahí es donde se encuentra el origen del mal. Tertuliano Máximo Afonso se estremeció de pies a cabeza, pero, en medio de la confusión, en medio del pánico, logró dar una respuesta plausible, No te esfuerces, lo que me trae trastornado, por usar tu palabra, es una relación de la que no sé cómo salir, si alguna vez, en tu vida, te encontraste en situación semejante, sabrás lo que se siente, y ahora me voy a clase, que ya estoy retrasado, Si no te importa, y aunque en la historia del lugar haya por lo menos un antecedente peligroso te acompaño hasta la esquina del pasillo, dijo el de Matemáticas, quedando ya solemnemente prometido que no repetiré el imprudente gesto de ponerte la mano en el hombro, Así son las cosas, hoy hasta puede suceder que no me importe, Soy yo quien no quiero correr riesgos, tienes todo el aspecto de estar con las pilas cargadas al máximo. Ambos rieron, sin ninguna reserva el profesor de Matemáticas, esforzadamente Tertuliano Máximo Afonso, en cuyos oídos todavía resonaban las palabras que le hicieron entrar en pánico, la peor de las amenazas que en estos momentos alguien le puede hacer. Se separaron en la esquina del pasillo y cada uno fue a su destino. La aparición del profesor en el aula de Historia hizo perder a los alumnos una agradable ilusión que el retraso había propiciado, la de que hoy no hubiese clase. Incluso antes de sentarse Tertuliano Máximo Afonso anunció que en tres días, luego el próximo jueves, habría un nuevo y último trabajo escrito, Quedan informados de que se trata de un ejercicio decisivo para la definición final de las notas, dijo, ya que no pretendo hacer exámenes orales durante las dos semanas que faltan para acabar el año lectivo, además, el tiempo de esta clase y de las dos siguientes se dedicará exclusivamente a repasar las materias dadas, de modo que puedan presentarse con las ideas frescas el día del ejercicio. El exordio fue bien acogido por la parte imparcial de la clase, era patente, gracias a Dios, que Tertuliano no pretendía hacer más sangre que la que no se pudiera evitar. De ahí en adelante toda la atención de los alumnos estará puesta en el énfasis con que el profesor vaya tratando cada una de las materias del curso, porque, si la lógica de los pesos y medidas es realmente cosa humana y la suerte a favor uno de sus factores variables, tales mudanzas de intensidad comunicativa podrían estar preanunciando, sin que él se diera cuenta de la inconsciente revelación, la elección de los temas de que constará el ejercicio. Si es bastante conocido que ningún ser humano, incluyendo los que han alcanzado las edades que llamamos de senectud, puede subsistir sin ilusiones, esa extraña enfermedad psíquica indispensable para una vida normal, qué no diríamos entonces de estas muchachitas y de estos muchachos que después de haber perdido la ilusión de que hoy no hubiera clase ahora se empeñan en alimentar otra ilusión mucho mas problemática, la de que el ejercicio del jueves pueda ser para cada uno, y por tanto para todos, el puente dorado por donde triunfalmente transitarán al año siguiente. La clase estaba a punto de terminar cuando un bedel llamó a la puerta y entró para decirle al profesor Tertuliano Máximo Afonso que el director le rogaba que tuviera la gentileza de pasar por su despacho en cuanto terminase. La exposición que estaba realizando, sobre un tratado cualquiera, fue despachada en dos minutos, y tan por las ramas que Tertuliano Máximo Afonso consideró que debía decir, No se preocupen mucho de esto porque no va a salir en el examen. Los alumnos intercambiaron miradas de entendimiento cómplice, de las cuales fácilmente se desprendía que sus ideas sobre las valoraciones del énfasis se habían visto confirmadas en un caso en que, más que el significado de las palabras, contó el tono displicente con que fueron pronunciadas. Poquísimas veces una clase llegó al final con tal ambiente de concordia.

Tertuliano Máximo Afonso guardó los papeles en la cartera y salió. Los pasillos se llenaban rápidamente de estudiantes que aparecían de todas las puertas charlando ya de asuntos que nada tenían que ver con lo que les fue enseñado un minuto antes, aquí y allí un profesor trataba de pasar desapercibido en el encrespado mar de cabezas que por todos lados le rodeaba y, esquivando los escollos que le iban surgiendo, se escabullía hacia su puerto de abrigo natural, la sala. Tertuliano Máximo Afonso atajó camino a la parte del edificio donde se encontraba el despacho del director, se detuvo para prestar atención a la profesora de Literatura que le cortaba el paso, Nos hace falta un buen diccionario de expresiones coloquiales, decía sujetándolo por la manga de la chaqueta, Más o menos, todos los diccionarios generales suelen recogerlas, recordó él, Sí, pero no de manera sistemática y analítica ni con ambición de agotar un tema, registrar eso de amarrar el burro, por ejemplo, y decir lo que significa, no bastaría, sería necesario ir más allá, identificar en los diversos componentes de la expresión las analogías, directas e indirectas, con el estado de espíritu que se quiera representar, Tiene toda la razón, respondió el profesor de Historia, más para ser agradable que porque realmente le interesara el tema, y ahora le pido que me disculpe, tengo que irme, el director me ha llamado, Vaya, vaya, hacer esperar a Dios es el peor de los pecados. Tres minutos después Tertuliano Máximo Afonso llamaba a la puerta del despacho, entró cuando la luz verde se encendió, dio los buenos días y recibió otros, se sentó a la señal del director y esperó. No sentía ninguna presencia intrusa, astral o de otro tipo. El director apartó los papeles que tenía sobre la mesa y dijo, sonriente, He pensado mucho en nuestra última conversación, aquella sobre la enseñanza de la Historia, y he llegado a una conclusión, Cuál, director, Pedirle que nos haga un trabajo en las vacaciones, Qué trabajo, Evidentemente podrá responderme que las vacaciones son para descansar y que es todo menos razonable pedirle a un profesor, acabadas las clases, que siga ocupándose de los asuntos del instituto, Sabe perfectamente, director, que no lo diría con esas palabras, Me lo diría con otras que significarían lo mismo, Sí, aunque, hasta este momento, no he pronunciado ninguna, ni unas ni otras, de modo que debo rogarle que acabe de exponer su idea, Pienso que podríamos intentar convencer al ministerio, no dar la vuelta de campana al programa, que eso sería demasiado, el ministro no es persona de revoluciones, pero estudiar, organizar y poner en práctica una pequeña experiencia, una experiencia piloto, limitada, para comenzar, a una escuela y a un número reducido de estudiantes, preferentemente voluntarios, donde las materias históricas fuesen estudiadas desde el presente hacia el pasado en vez de ser del pasado al presente, en fin, la tesis que viene defendiendo desde hace tanto tiempo y de cuya bondad tuve el gusto de ser convencido por usted, Y ese trabajo que me quiere encargar, en qué consistiría, preguntó Tertuliano Máximo Afonso, En que elabore una propuesta fundamentada para enviar al ministerio, Yo, director, No es por lisonjearlo pero, la verdad, no encuentro en nuestro instituto persona más habilitada para hacerlo, ha demostrado que viene reflexionando mucho sobre el asunto, que tiene ideas claras, realmente me daría una gran satisfacción si aceptase la tarea, se lo digo con total sinceridad, y excuso decirle que será un trabajo remunerado, sin duda encontraremos en nuestro presupuesto un capítulo para dotar esta partida, Dudo de que mis ideas, ya sea en calidad, ya sea en cantidad, la cantidad también cuenta, como sabe, puedan convencer al ministerio, usted los conoce mejor que yo, Ay de mí, demasiado, Entonces, Entonces, permítame que insista, creo que ésta es la mejor ocasión para adoptar una posición ante ellos como centro capaz de producir ideas innovadoras, Aunque nos manden a paseo, Quizá lo hagan, quizá archiven la propuesta sin más consideraciones, pero ahí quedará, alguien, algún día, la retomará, Y nosotros esperaremos a que ese día llegue, En un segundo tiempo, podremos invitar a otros institutos a que participen en el proyecto, organizar debates, conferencias, involucrar a los medios de comunicación, Hasta que el director general le escriba una carta mandándonos callar, Lamento observar que mi petición no le entusiasma, Confieso que hay pocas cosas en este mundo que me entusiasmen, pero el problema no es tanto ése como no saber lo que las próximas vacaciones me reservan, No le entiendo, Voy a tener que afrontar algunas cuestiones importantes que han surgido recientemente en mi vida y temo que no me sobre el tiempo ni me ayude la disposición de espíritu para entregarme a un trabajo que reclamaría de mi parte una entrega total, Si así es, daremos este asunto por cerrado, Déjeme pensar un poco más, concédame unos días, me comprometo a darle una respuesta antes del fin de semana, Puedo esperar que sea positiva, Tal vez, director, pero no se lo aseguro, Lo veo realmente preocupado, ojalá consiga resolver de la mejor manera sus problemas, Ojalá, Qué tal la clase, Sobre ruedas, los alumnos trabajan, Estupendo, El jueves tienen examen, Y el viernes me da la respuesta, Sí, Piénselo bien, Voy a pensarlo, Supongo que no es necesario que le diga en quién pienso para conducir la experiencia piloto, Gracias, director. Tertuliano Máximo Afonso bajó a la sala de profesores, pretendía leer los periódicos mientras hacía tiempo para el almuerzo. Sin embargo, a medida que se iba aproximando la hora, comenzó a sentir que no soportaría estar con gente, que no sostendría otra conversación como la de la mañana, aunque no lo implicase directamente, aunque transcurriese, desde principio a fin, sobre inocentes expresiones coloquiales, como amarrar el burro, andar moqueando o que el gato se haya comido la lengua. Antes de que sonase el timbre, salió y se fue a almorzar a un restaurante. Volvió al instituto para dar su segunda clase, no habló con nadie y cuando la tarde caía estaba ya en casa. Se tumbó en el sofá, cerró los ojos, intentó dejar vacío de pensamientos el cerebro, dormir si lo consiguiera, ser como una piedra que se queda donde cae, pero ni el enorme esfuerzo mental que hizo para concentrarse en la petición del director logró borrar la sombra con que tendría que vivir hasta que llegara respuesta a la carta que había escrito con el nombre de María Paz.

Esperó casi dos semanas. Mientras tanto, dio clases, llamó dos veces a la madre, preparó el examen del jueves y esbozó el que tenía que realizar a los alumnos de otra clase, el viernes informó al director de que aceptaba su amable invitación, el fin de semana no salió de casa, habló por teléfono con María Paz para saber cómo estaba y si ya había recibido respuesta, atendió una llamada del colega de Matemáticas que quería saber si tenía problemas, terminó la lectura del capítulo sobre los amorreos y pasó a los asirios, vio un documental sobre las glaciaciones en Europa y otro sobre los antepasados remotos del hombre, pensó que este momento de su vida podría dar para una novela, pensó que serían trabajos vanos porque nadie creería semejante historia, volvió a telefonear a María Paz, pero con una voz tan desmayada que ella se preocupó y le preguntó si le podía ayudar en algo, le dijo que viniese y ella vino, y se acostaron, y luego salieron a cenar, y al día siguiente fue ella quien le telefoneó para decirle que la respuesta de la productora había llegado, Te estoy llamando desde el banco, si quieres pasa por aquí, o yo te la llevo luego, cuando salga. Temblando por dentro, sacudido por la emoción, Tertuliano Máximo Afonso consiguió reprimir en el último instante la interrogación que en ningún caso le convendría hacer, La has abierto, y esto le hizo demorar dos segundos la respuesta terminante con que disiparía cualquier duda que existiera sobre si estaba o no dispuesto a compartir con ella el conocimiento del contenido de la carta, Voy yo. Si María Paz había imaginado una enternecedora escena doméstica en la que se viese a sí misma escuchando la lectura mientras bebía a pequeños sorbos el té que ella misma hubiera preparado en la cocina del hombre amado, ya podía quitarse esa idea. La vemos ahora, sentada ante su pequeña mesa de empleada bancaria, con la mano aún sobre el teléfono que acaba de colgar, el sobre de formato oblongo ante sí y dentro la carta que su honestidad no le permite leer porque no le pertenece, aunque a su nombre haya sido dirigida. Todavía no ha pasado una hora cuando Tertuliano Máximo Afonso entra a toda prisa en el banco y pide hablar con María Paz. Allí nadie le conoce, nadie sospecharía que tuviese negocios de corazón y secretos oscuros con la joven que se acerca al mostrador. Lo había visto ella desde el fondo de la gran sala donde tiene su puesto de trabajadora de los números, por eso ya trae la carta en la mano, Aquí la tienes, dice, no se saludaron, no se desearon el uno al otro buenas tardes, no dijeron hola cómo estás, nada de eso, había una carta para entregar y ya está entregada, él dice, Hasta luego, después te llamo, y ella, cumplida la parte que le cupo en las operaciones de distribución postal urbana, regresa a su lugar, indiferente a la atención interesada de un colega de más edad que hace tiempo estuvo rondándola sin resultado y que a partir de ahí, por despecho, la tiene siempre controlada. En la calle, Tertuliano Máximo Afonso camina rápidamente, casi corre, dejó el coche en un aparcamiento subterráneo a tres manzanas de distancia, no lleva la carta en la cartera sino en un bolsillo interior de la chaqueta por miedo de que se la pueda arrebatar algún pequeño díscolo desencaminado, como tiempos atrás se llamaba a los mozalbetes criados en el libertinaje de la calle, luego ángeles de cara sucia, después rebeldes sin causa, hoy delincuentes que no se benefician de eufemismos ni de metáforas. Se va diciendo a sí mismo que no abrirá la carta hasta que llegue a casa, que ya tiene edad para no comportarse como un adolescente ansioso, pero, al mismo tiempo, sabe que estos sus adultos propósitos se van a evaporar cuando esté dentro del coche, en la media penumbra del aparcamiento, con la puerta cerrada defendiéndolo de las mórbidas curiosidades del mundo. Tardó en encontrar el sitio donde dejó el automóvil, lo que agravó el estado de angustia nerviosa que ya traía, parecía el pobre hombre, mal comparado, un perro abandonado en medio del desierto, mirando perdido a un lado y a otro, sin ningún olor conocido que lo guíe a casa, El nivel es éste, de eso estoy seguro, pero verdaderamente no lo estaba. Por fin encontró el coche, tres veces había estado a media docena de pasos sin verlo. Entró rápidamente como si estuviera siendo perseguido, cerró la puerta y bajó el seguro, encendió la luz interior. Tiene el sobre en las manos, finalmente, es el momento de conocer lo que trae dentro, así como el comandante de navío, alcanzado el punto en que las coordenadas se cruzan, abre la carta sellada para saber qué rumbo tendrá que seguir de ahí en adelante. Del sobre salen una fotografía y una cuartilla. La fotografía es de Tertuliano Máximo Afonso, pero tiene la firma de Daniel Santa-Clara bajo las palabras Muy cordialmente. En cuanto al papel, además de informar de que Daniel Santa-Clara es el nombre artístico del actor Antonio Claro añade, adicionalmente y a título excepcional, la dirección de su residencia particular, En atención a la consideración especial que su carta nos ha merecido, así está escrito. Tertuliano Máximo Afonso recuerda los términos en que la redactó y se felicita por la brillante idea de sugerir a la productora la realización de un estudio acerca de la importancia de los actores secundarios, Lancé el barro a la pared y se quedó pegado, murmuró, al mismo tiempo que se daba cuenta, sin sorpresa, de que su espíritu recuperaba la calma antigua, de que su cuerpo está distendido, ningún vestigio de nerviosismo, ninguna señal de angustia, el afluente desembocó simplemente en el río, el caudal de éste aumentó, Tertuliano Máximo Afonso sabe ahora qué rumbo debe tomar. Sacó de la guantera un plano de la ciudad y buscó la calle donde Daniel Santa-Clara vive. Está en un barrio que no conoce, por lo menos no se acuerda de haber pasado nunca, y para colmo está lejos del centro, como acaba de comprobar en el mapa desdoblado sobre el volante. No importa, tiene tiempo, tiene todo el tiempo del mundo. Salió para pagar el aparcamiento, volvió al coche, apagó la luz del techo y arrancó. Su objetivo, como fácilmente se adivina, es la calle donde vive el actor. Quiere ver el edificio, mirar desde abajo su piso, las ventanas, qué tipo de gente habita el barrio, qué ambiente, qué estilo, qué modos. El tráfico es denso, los automóviles se mueven con exasperante lentitud, pero Tertuliano Máximo Afonso no se impacienta, no hay peligro de que la calle adonde se dirige mude de lugar, es prisionera de la red viaria de la ciudad que por todas partes la cerca, como muy bien se puede confirmar en este mapa. Durante la espera ante un semáforo rojo, mientras Tertuliano Máximo Afonso acompañaba con toques rítmicos de los dedos en el aro del volante una canción sin palabras, el sentido común entró en el coche. Buenas tardes, dijo, No te he llamado, respondió el conductor, Realmente no recuerdo que ninguna vez me hayas pedido que viniera, Lo haría si no conociese de antemano tus discursos, Como hoy, Sí, vas a decirme que lo piense bien, que no me meta en esto, que es una imprudencia de marca mayor, que nada me garantiza que el diablo no esté detrás de la puerta, la cháchara de siempre, Pues esta vez te equivocas, lo que vas a hacer no es una imprudencia, es una estupidez, Una estupidez, Sí señor, una estupidez, y de las gordas, No veo por qué, Es lógico, una de las formas secundarias de la ceguera de espíritu es precisamente la estupidez, Explícate, No es necesario que me digas que vas a la calle donde vive tu Daniel Santa-Clara, es curioso, el gato tenía el rabo fuera y no te has dado cuenta, Qué gato, qué rabo, déjate de adivinanzas y ve derecho al grano, Es muy simple, del apellido Claro se sacó el seudónimo Santa-Clara, No es un seudónimo, es un nombre artístico, Ya, el otro tampoco quiso la vulgaridad plebeya del seudónimo, le puso heterónimo, Y de qué me serviría haber visto el rabo del gato, Reconozco que no de mucho, de la misma manera tendrías que buscar, pero, yendo a los Claro de la lista telefónica acabarías acertando, Ya tengo lo que me interesa, Y ahora vas a la calle donde vive, vas a ver el edificio, el piso donde vive, las ventanas, qué tipo de gente habita el barrio, qué ambiente, qué estilo, qué modos, fueron éstas, si no me equivoco, tus palabras, Sí, Imagínate ahora que cuando estés mirando las ventanas aparece en una de ellas la mujer del tal actor, en fin, hablemos con respeto, la esposa de ese Antonio Claro, y te pregunta por qué no subes, o entonces, peor aún, aprovecha para pedirte que vayas a la farmacia y le compres una caja de aspirinas o un jarabe para la tos, Qué disparate, Si te parece disparate, imagina ahora que alguien pase y te salude, no como este Tertuliano Máximo Afonso que eres, sino como el Antonio Claro que nunca serás, Otro disparate, Pues, si también esta posibilidad es disparatada, imagina que cuando estás en la acera mirando a las ventanas o estudiando el estilo de los habitantes te topas de frente, en carne y hueso, con Daniel Santa-Clara, y los dos quedáis mirándoos igual que dos perros de porcelana, cada uno como reflejo del otro, pero un reflejo diferente, pues éste, al contrario de lo que hace el espejo, mostraría el izquierdo donde está el izquierdo y el derecho donde está el derecho, tú cómo reaccionarías si eso sucediese. Tertuliano Máximo Afonso no respondió en seguida, permaneció en silencio dos o tres minutos, después dijo, La solución será no salir del coche, Incluso así, si yo estuviese en tu lugar no me fiaría, objetó el sentido común, puedes tener que parar en un semáforo, puede haber un embotellamiento, un camión descargando, una ambulancia cargando, y tú allí en exposición, como un pez en un acuario, a merced de que la adolescente cinéfila y curiosa que vive en el primer piso de tu mismo edificio te pregunte cuál va a ser tu próxima película, Qué hago entonces, Eso no lo sé, no es de mi competencia, el papel del sentido común en la historia de vuestra especie nunca fue más allá de aconsejar cautela y caldos de gallina, principalmente en los casos en que la estupidez ya ha tomado la palabra y amenaza con tomar las riendas de la acción, El remedio sería que me disfrazara, De qué, No lo sé, tendré que pensarlo, Por lo visto, para ser quien eres, la única posibilidad que te queda es que te parezcas a otro, Tengo que pensar, Sí, ya es hora, Siendo así, lo mejor es que vuelva a casa, Si no te importa, llévame hasta la puerta, luego ya me las arreglaré, No quieres subir, Nunca me habías invitado, Estoy invitándote ahora, Gracias pero no debo aceptar, Por qué, Porque tampoco es saludable para el espíritu compartir intimidad con el sentido común, comer en la misma mesa, dormir en la misma cama, llevarlo al trabajo, pedirle su aprobación o consentimiento antes de dar un paso, algo tendréis que arriesgar por cuenta propia, A quién te refieres, A todos vosotros, al género humano, Me he arriesgado consiguiendo esta carta y en su momento tú me lo reprochaste, No hay nada de lo que puedas enorgullecerte en el modo como la conseguiste, apostar en la honestidad de una persona como tú lo hiciste, es una forma de chantaje bastante repugnante, Me hablas de María Paz, Sí, te hablo de María Paz, si yo hubiera estado en su lugar abriría la carta, la leería y te daría con ella en la cara hasta que implorases perdón de rodillas, Así procede el sentido común, Así debería proceder, Adiós, hasta otro día, voy a pensar en mi disfraz, Cuanto más te disfraces más te parecerás a ti mismo. Tertuliano Máximo Afonso encontró un sitio libre casi en la puerta del edificio donde vivía, aparcó el coche, recogió el mapa y el callejero, y salió. En la acera del otro lado de la calle, había un hombre con la cabeza levantada, mirando los pisos altos de enfrente. No tenía ninguna semejanza de cara o figura, su presencia allí no pasaba de una casualidad, pero Tertuliano Máximo Afonso sintió un escalofrío en la espina dorsal al pasársele por la cabeza, no lo pudo evitar, la enfermiza imaginación tuvo más fuerza que él, la posibilidad de que Daniel Santa-Clara anduviese en su busca, yo a ti, tú a mí. Luego empujó la incómoda fantasía, Estoy viendo fantasmas, el tipo ni siquiera sabe que existo, la verdad, no obstante, es que le temblaban las rodillas cuando entró en casa y se dejó caer exhausto en el sofá. Durante unos minutos estuvo inmerso en una especie de sopor, ausente de sí mismo, como un corredor de maratón cuya fuerza se agota de súbito al pisar la línea de llegada. De la energía tranquila que lo animaba al salir del aparcamiento y, luego, cuando conducía el automóvil hacia un destino que acabó viéndose frustrado, no le quedaba nada más que un recuerdo difuso, como algo no realmente vivido, o que lo fue por esa parte de sí que ahora estaba ausente. Se levantó con dificultad, las piernas le parecían extrañas, como si perteneciesen a otra persona, y fue a la cocina a hacerse un café. Lo bebió a sorbos vagarosos, consciente del calor reconfortante que le bajaba por la garganta hasta el estómago, después lavó la taza y el plato, y volvió a la sala. Todos sus gestos eran meditados, lentos, como si estuviese ocupado en manipular sustancias peligrosas en un laboratorio de química, aunque no tenía nada más que hacer que abrir la guía telefónica en la letra C y confirmar las informaciones que constaban en la carta. Y después, qué hago, se preguntó, mientras iba pasando las páginas hasta encontrar. Había muchos Claro, pero los Antonio no eran más allá de media docena, aquí estaba, finalmente, lo que tanto trabajo le había costado, tan fácil que lo podía haber hecho cualquier persona, un nombre, un domicilio, un número de teléfono. Copió los datos en un papel y repitió la pregunta, Y ahora, qué hago. En un acto reflejo, posó la mano derecha en el auricular, allí la dejó mientras releía una vez y otra lo que había apuntado, después la retiró, se levantó y dio una vuelta por la casa, discutiendo consigo mismo que lo más sensato sería dejar el asunto hasta después de acabados los exámenes, de esa manera tendría que habérselas con una preocupación menos, infelizmente se había comprometido con el director del instituto para redactar el proyecto de propuesta sobre la enseñanza de la Historia, no podía escapar a esa obligación, Día antes o día después no tendré más remedio que ponerme a trabajar en algo a lo que nadie va a hacer caso, fue una rematada estupidez aceptar el encargo, sin embargo, no merecía la pena fingir que estaba engañándose a sí mismo, pareciendo que admitía la posibilidad de posponer para después del trabajo del instituto el primer paso en el camino que lo conducirá a Antonio Claro, ya que Daniel Santa-Clara, en rigor no existe, es una sombra, un títere, un bulto variable que se agita y habla dentro de una cinta de vídeo y que regresa al silencio y a la inmovilidad cuando se acaba el papel que le enseñaron, mientras que el otro, ese Antonio Claro, es real, concreto, tan consistente como Tertuliano Máximo Afonso, el profesor de Historia que vive en esta casa y cuyo nombre puede ser encontrado en la letra A de la guía telefónica, por mucho que algunos afirmen que Afonso no es apellido, sino nombre propio. Tertuliano Máximo Afonso está otra vez sentado frente a su escritorio, tiene el papel con las notas tomadas delante, tiene la mano derecha de nuevo sobre el auricular, da idea de que se ha decidido finalmente a telefonear, pero cuánto tarda en resolver este hombre, qué vacilante, qué irresoluto nos ha salido, nadie diría que es la misma persona que no hace muchas horas casi arranca la carta de las manos de María Paz. En un repente, sin pensar, como única manera de vencer la cobardía paralizante, el número fue marcado. Tertuliano Máximo Afonso escucha el tono, una vez, dos veces, tres, muchas, y en el momento en que va a colgar, pensando, con mitad de alivio y mitad de decepción, que no hay nadie para atender, una mujer, jadeante como si hubiese venido corriendo desde el otro extremo de la casa, dijo simplemente, Diga. Una súbita contracción muscular constriñó la garganta de Tertuliano Máximo Afonso, la respuesta tardó, dio tiempo a que la mujer repitiese, impaciente, Diga, quién es, por fin el profesor de Historia consiguió pronunciar tres palabras, Buenas tardes, señora, pero la mujer, en lugar de responder con el tono reservado que se utiliza con un desconocido del que para colmo no se puede ver la cara, dijo con una sonrisa que se palpaba en cada palabra, Si quieres disimular, no te esfuerces, Disculpe, balbuceó Tertuliano Máximo Afonso, sólo quería pedirle una información, Qué información puede querer una persona que sabe todo de la casa donde ha llamado, Lo que quería saber es si vive ahí el actor Daniel Santa-Clara, Querido señor, yo me encargaré de comunicar al actor Daniel Santa-Clara, cuando llegue, que Antonio Claro ha llamado preguntando si los dos viven aquí, No comprendo, comenzó a decir Tertuliano Máximo Afonso para ganar tiempo, pero la mujer se adelantó abruptamente, No te reconozco, no sueles bromear así, di de una vez lo que quieres, el rodaje se ha retrasado, es eso, Disculpe, señora, aquí hay una equivocación, yo no me llamo Antonio Claro, No es mi marido, preguntó ella, Sólo soy una persona que deseaba saber si el actor Daniel Santa-Clara vive en esa casa, Por la respuesta que le he dado ya sabe que sí vive, Sí, pero el modo como lo ha dicho me ha dejado confuso, desconcertado, No fue mi intención, creí que era una broma de mi marido, Puede tener la certeza de que no soy su marido, Me cuesta trabajo creerlo, Que yo no sea su marido, Me refiero a la voz, su voz es exactamente igual que la de él, Es una coincidencia, No hay coincidencias de éstas, dos voces, como dos personas, pueden ser más o menos semejantes, pero iguales hasta ese punto, no, Quizá no pase de una impresión suya, Cada palabra está llegándome como si saliese de su boca, Realmente cuesta creerlo, Me dice su nombre para darle el recado cuando llegue, Déjelo, no merece la pena, además su marido no me conoce, Es un admirador, No precisamente, Incluso así, él querrá saberlo, Llamaré otro día, Pero, oiga. La comunicación fue cortada, lentamente Tertuliano Máximo Afonso había colgado el teléfono.


Los días fueron pasando y Tertuliano Máximo Afonso no telefoneó. Estaba satisfecho de la manera de conducir la conversación con la mujer de Antonio Claro, se sentía por tanto con confianza suficiente para volver a la carga, pero, pensándolo bien, decidió optar por el silencio. Por dos razones. La primera porque se percató de que le agradaba la idea de alargar y aumentar la atmósfera de misterio que su llamada debió de haber creado, se divertía imaginando el diálogo entre el marido y la mujer, las dudas de él sobre la supuesta igualdad absoluta de dos voces, la insistencia de ella en que nunca las habría confundido si esa igualdad no existiese, Ojalá estés en casa cuando llame, lo apreciarás por ti mismo, diría ella, y él, Si es que telefonea, lo que pretendía saber ya se lo dijiste, que vivo aquí, Sin olvidar que preguntó por Daniel Santa-Clara, y no por Antonio Claro, Eso sí que es extraño. La segunda y más fuerte razón fue haber considerado definitivamente justificada su anterior idea sobre las ventajas de despejar el terreno antes de dar el segundo paso, es decir, esperar que acaben las clases y los exámenes para, con la cabeza tranquila, trazar nuevas estrategias de aproximación y cerco. Es cierto que le espera la aborrecible tarea que el director le ha encargado, pero, en los casi tres meses de vacaciones que tiene por delante, ha de encontrar un hueco de tiempo y la indispensable disposición de espíritu para los estudios áridos. Cumpliendo la promesa realizada, es hasta probable que decida pasar unos días, pocos, con la madre, con la condición, por supuesto, de descubrir la forma segura de confirmar su casi certeza de que el actor y la mujer no se irán de vacaciones tan pronto, basta recordar la pregunta que hizo ella cuando creía que hablaba con el marido, Se ha retrasado el rodaje, es eso, para concluir, a + b, que Daniel Santa-Clara está participando en una nueva película, y que, si su carrera está en fase ascendente, como La diosa del escenario demostraba, su tiempo de ocupación profesional excederá en mucho, por razones de necesidad, al que le exigía el de poco más que figurante que era en sus principios. Las razones de Tertuliano Máximo Afonso para retrasar la llamada son, por tanto, como acaba de verse, convincentes y sustantivas. Pero no lo obligan, ni condenan, a la inactividad. Su idea de ver la calle donde vive Daniel Santa-Clara, pese al revés de aquel cubo de agua fría que le arrojó el sentido común, no había sido descartada. Consideraba Tertuliano Máximo Afonso que esa observación, digamos que prospectiva, sería indispensable para el éxito de las operaciones siguientes porque se constituiría en un tomar el pulso, algo parecido, en las guerras clásicas o pasadas de moda, al envío de una patrulla de reconocimiento con la misión de evaluar las fuerzas del enemigo. Felizmente para su seguridad, no se le fueron de la memoria los providenciales sarcasmos del sentido común acerca de los más que probables efectos de una comparecencia a cara descubierta. Es cierto que se podría dejar crecer el bigote y la barba, cabalgar sobre la nariz unas gafas oscuras, colocar una gorra en la cabeza, pero, excluyendo la gorra y las gafas, que son cosas de poner y quitar, tenía la certeza de que los ornamentos pilosos, la barba y el bigote, ya sea por caprichosa decisión de la productora, ya sea por modificación de última hora en el guión, comenzarían, en ese mismo instante, a crecer en la cara de Daniel Santa-Clara. Por consiguiente, el disfraz, indudablemente forzoso, tendría que recurrir a los postizos de todos los enmascaramientos antiguos y modernos, no sirviendo contra esta incontestable necesidad los temores que experimentó el otro día, cuando se puso a imaginar las catástrofes que podrían sucederle si, así disimulado, hubiese ido a la empresa a pedir información sobre el actor Santa-Clara. Como todo el mundo, sabía de la existencia de establecimientos especializados en la venta y alquiler de trajes, aderezos y toda la restante parafernalia indispensable tanto para las artes del fingimiento escénico como para los proteiformes avatares del oficio de espía. La posibilidad de ser confundido con Daniel Santa-Clara en el momento de la compra sólo sería tomada seriamente en consideración si fuesen los propios actores los que anduvieran por ahí comprando postizos de barba, bigote y cejas, pelucas y peluquines, parches para ojos falsamente ciegos, verrugas y lunares, rellenos internos para dilatar las mejillas, almohadillas de todo tipo y para ambos sexos, por no hablar de las cosméticas capaces de fabricar variaciones cromáticas a voluntad del consumidor. No faltaría más. Una productora de cine que se precie deberá tener en sus almacenes todo cuanto necesite, si algo le falta lo comprará, y, en caso de dificultades presupuestarias, o simplemente porque no valga la pena, entonces se alquilará, que no por eso se le caerán los anillos. Honestas amas de casa han empeñado las mantas y los abrigos cuando llegaban los primeros calores de la primavera y no por eso su vida merece menos respeto de la sociedad, que tiene obligación de saber lo que es necesidad. Hay dudas de que lo que acaba de ser escrito, desde la palabra Honestas hasta la palabra necesidad, haya sido obra efectiva del pensamiento de Tertuliano Máximo Afonso, pero representando éstas, y las que entre una y otra se pueden leer, la más santa y pura de las verdades, malo sería dejar pasar la ocasión. Lo que finalmente nos debe tranquilizar, aclarados ya los pasos que se darán, es la certeza de que Tertuliano Máximo Afonso puede acercarse sin ningún recelo a la tienda de disfraces y aderezos, elegir y comprar el modelo de barba que mejor le vaya a su cara, observando, eso sí, la cláusula incondicional de que una sotabarba de esas que van de un lado a otro de la cara, pasando por debajo de la barbilla, aunque lo transformase en un árbitro de la elegancia, tendría que ser finalmente rechazada, sin regateos ni cesión a las tentaciones de una reducción de precio, pues el diseño de oreja a oreja y la relativa cortedad del pelo, sin hablar de la desnudez del labio superior, dejarían poco menos que a la luz cruda del día las facciones que justamente se pretenden llevar ocultas. Por orden inversa de razones, o sea, porque llamaría demasiado la atención de los curiosos, también deberá excluirse cualquier especie de barba larga, incluso las que no pertenecen al tipo apostólico. Lo conveniente será, por tanto, una barba cerrada, abundante, aunque tirando más a corta que a larga. Tertuliano Máximo Afonso pasará horas haciendo experimentos ante el espejo del cuarto de baño, pegando y despegando la finísima película en que los pelos se encuentran implantados, ajustándola con precisión a las patillas naturales y a los contornos de los maxilares, de las orejas y de los labios, aquí en especial, porque tendrán que moverse para hablar y hasta, quién sabe, para comer, o, por qué no, para besar. Cuando miró por primera vez su nueva fisonomía sintió un fortísimo impacto interior, esa íntima e insistente palpitación nerviosa del plexo solar que tan bien conoce, pero el choque no es el resultado, simplemente, de verse distinto del que era antes, mas sí, y esto es mucho más interesante teniendo en cuenta la peculiar situación en que ha vivido durante los últimos tiempos, una conciencia también distinta de sí mismo, como si, finalmente, hubiese acabado de encontrarse con su propia y auténtica identidad. Era como si, por aparecer diferente, se hubiera vuelto más él mismo. Tan intensa fue la impresión del choque, tan extrema la sensación de fuerza que se apoderó de el, tan exaltada la incomprensible alegría que lo invadió, que una necesidad angustiosa de conservar la imagen le hizo salir de casa, usando de todas las cautelas para no ser visto, y dirigirse a un establecimiento fotográfico lejos del barrio donde vive, para que le saquen una foto. No quería sujetarse a la mal estudiada iluminación y a los maquinismos ciegos de un fotomatón, quería un retrato cuidado, que le gustase guardar y contemplar, una imagen de la que pudiera decirse a sí mismo, Éste soy yo. Pagó una tasa de urgencia y se sentó a esperar. Al empleado que le sugirió que se diese una vuelta, para entretener el tiempo, Todavía tardará un poco, le respondió que no, que prefería esperar allí, e innecesariamente añadió, Es para regalar. De vez en cuando se llevaba las manos a la barba, como si se la atusara, certificaba por el tacto que todo parecía estar en su lugar y regresaba a las revistas de fotografía que estaban expuestas en una mesa. Cuando salió llevaba con él media docena de retratos de tamaño medio, que ya había decidido destruir para no tenerse que ver multiplicado, y la respectiva ampliación. Entró en un centro comercial próximo, pasó a un servicio, y allí, fuera de miradas indiscretas, se retiró el postizo. Si alguien vio entrar en el lavabo a un hombre barbado, difícilmente será capaz de jurar que sea éste, de cara rapada que acaba de salir cinco minutos después. En general, de un hombre con barba no se repara en lo que lleva encima, y aquel sobre eventualmente delator que antes portaba en la mano, ahora está escondido entre la chaqueta y la camisa. Tertuliano Máximo Afonso, hasta estos días pacífico profesor de Historia de enseñanza secundaria, demuestra estar dotado de suficiente talento para el ejercicio de cualquiera de estas dos actividades profesionales, o la de disfrazado delincuente, o la del policía que lo investiga. Demos tiempo al tiempo, y sabremos cuál de las dos vocaciones prevalecerá. Cuando llegó a casa comenzó por quemar en el fregadero los seis duplicados pequeños de la fotografía ampliada, hizo correr agua que arrastró las cenizas por el desagüe, y, después de contemplar complaciente su nueva y clandestina imagen, la restituyó al sobre, que escondió en una balda de la estantería, tras una Historia de la Revolución Industrial que nunca había leído.

Algunos días más transcurrieron, el año lectivo llegó a su fin con el último examen y las notas en la última pauta de clasificaciones, el colega de Matemáticas se despidió, Me voy de vacaciones, pero después, si necesitas algo, llámame, y ten cuidado, mucho cuidado, el director le recordó, No se olvide de lo que concertamos, cuando regrese de las vacaciones le llamo para saber cómo va el trabajo, si decide salir de la ciudad, también tiene derecho a descansar, déjeme su número en el contestador. Uno de esos días Tertuliano Máximo Afonso invitó a María Paz a cenar, le pesaba por fin en la conciencia la incorrección con que se estaba comportando, sin ni siquiera la delicadeza formal de un agradecimiento, sin una explicación acerca de los resultados de la carta, aunque fueran inventados. Se encontraron en el restaurante, ella llegó con un poco de retraso, se sentó en seguida y se disculpó con la excusa de la madre, nadie diría, mirándolos, que son amantes, o tal vez se note que lo fueron hasta hace poco tiempo y que todavía no se han habituado a su nuevo estado de indiferentes el uno para con el otro, o a parecer que lo son. Pronunciaron algunas frases de circunstancias, Cómo estás, Qué tal lo has pasado, Mucho trabajo, Yo también, y cuando Tertuliano Máximo Afonso una vez más dudaba en el rumbo que le convendría dar a la conversación, ella se anticipó y saltó con los dos pies sobre el asunto, Satisfizo la carta tus deseos, preguntó, te dio todas las informaciones que necesitabas, Sí, dijo él, demasiado consciente de que su respuesta era, al mismo tiempo, falsa y verdadera, A mí, en aquel momento no me dio esa impresión, Por qué, Sería de esperar que fuera más voluminosa, No entiendo, Si no recuerdo mal, los datos que requerías eran tantos y tan minuciosos que no podrían caber en una sola hoja de papel, y dentro del sobre no había más que eso, Y tú cómo lo sabes, lo abriste, preguntó Tertuliano Máximo Afonso con súbita aspereza y sabiendo anticipadamente qué respuesta iba a recibir a la gratuita provocación. María Paz lo miró fijamente a los ojos y le dijo serena, No, y tú tienes obligación de saberlo, Te pido por favor que me disculpes, me salió de la boca sin pensar, dijo él, Puedo disculparte, si para ti eso significa algo, pero me temo que no pueda ir más lejos, Más lejos, dónde, Por ejemplo, olvidar que me has considerado capaz de abrir una carta que no me viene dirigida, En el fondo de ti misma, sabes que no es eso lo que pienso, En el fondo de mí misma, sé que no sabes nada de mí, Si tuviera dudas sobre tu carácter, no te habría pedido que la carta fuese enviada con tu nombre, Ahí, mi nombre no ha sido nada más que una máscara, la máscara de tu nombre, la máscara de ti, Te expliqué las razones por las que consideraba más oportuno el procedimiento que seguimos, Me las explicaste, Y estuviste de acuerdo, Sí, estuve de acuerdo, Entonces, Entonces, a partir de ahora, estaré esperando que me muestres las informaciones que dices que recibiste, y no porque tenga interés en ellas, es simplemente porque creo que es tu deber mostrármelas, Ahora eres tú quien desconfía de mí, Sí, pero dejaré de desconfiar si me dices cómo es posible que quepan en una simple hoja de papel todos los datos que pediste, No me los dieron todos, Ah, no te los dieron todos, Es lo que te acabo de decir, Pues muéstrame los que tengas. La comida se enfriaba en los platos, la salsa de la carne se adensaba, el vino dormía olvidado en las copas y había lágrimas en los ojos de María Paz. Durante un instante Tertuliano Máximo Afonso pensó que le causaría un alivio infinito contarle toda la historia desde el comienzo, este extrañísimo, singular, asombroso y nunca antes visto caso del hombre duplicado, lo inimaginable convertido en realidad, lo absurdo conciliado con la razón, la demostración acabada de que a Dios nada le es imposible y que la ciencia de este siglo es realmente, como dice el otro, tonta. De haberlo hecho, de haber tenido esa franqueza, sus desconcertantes acciones anteriores se encontrarían explicadas por sí mismas, incluyendo las que para María Paz habían sido agresivas, groseras o desleales, o que, simplemente, ofendían al más elemental sentido común, es decir, casi todas. Así la concordia regresaría, sus errores y faltas serían perdonados sin condiciones ni reservas, María Paz le pediría No sigas con esa locura, que puede traer malos resultados, y él respondería Te pareces a mi madre, y ella preguntaría Ya se lo has contado, y él diría Sólo le he dado a entender que tenía ciertos problemas, y ella concluiría Ahora que te has desahogado conmigo, vamos a resolverlo juntos. Son pocas las mesas que están ocupadas, les asignaron una mesa en una esquina y nadie les presta particular atención, situaciones como ésta, de parejas que vienen a dirimir sus conflictos sentimentales o domésticos entre el pescado y la carne o, peor todavía, porque necesitan de más tiempo, entre el aperitivo y el pagar la cuenta, forman parte integrante del cotidiano histórico de la hostelería, modalidad restaurante o casa de comidas. El bien intencionado pensamiento de Tertuliano Máximo Afonso, tal como apareció, se fue, el camarero se acercó a preguntar si habían terminado y retiró los platos, los ojos de María Paz están casi secos, mil veces se ha dicho que es inútil llorar por la leche derramada, lo malo de este caso es el cántaro que la llevaba, hecho pedazos en el suelo. El camarero trajo el café y la cuenta que Tertuliano Máximo Afonso pidió, pocos minutos después estaban en el coche. Te llevo a casa, había dicho él, Pues sí, si haces el favor, fue su respuesta. No hablaron hasta entrar en la calle donde vivía María Paz. Antes de llegar a la puerta donde ella iba a bajar, Tertuliano Máximo Afonso estacionó el coche junto a la acera y apagó el motor. Sorprendida por el inopinado gesto, le miró de reojo, pero siguió callada. Sin volver la cara, sin mirarla, con voz decidida pero tensa, él dijo, Todo cuanto en las últimas semanas has oído de mi boca, incluyendo la conversación que acabamos de mantener en el restaurante, es mentira pero no pierdas el tiempo preguntando cuál es la verdad porque no puedo responderte, Luego lo que querías de la productora no eran aclaraciones estadísticas, Exactamente, Presumo que será inútil por mi parte esperar que me digas el verdadero motivo de tu interés, Así es, Tendrá que ver con los vídeos, Conténtate con lo que te he dicho y déjate de preguntas y suposiciones, Preguntas, te puedo prometer que no haré, pero soy libre para suponer lo que quiera, aunque puedan parecerte disparates, Es curioso que no te hayas quedado sorprendida, Sorprendida, por qué, Sabes a qué me refiero, no me obligues a repetirlo, Más pronto o más tarde tendrías que decírmelo, pero no esperaba que fuera hoy, Y por qué tendría yo que decírtelo, Porque eres más honesto de lo que crees, En todo caso, no lo suficiente para contarte la verdad, No creo que la razón sea la falta de honestidad, lo que te cierra la boca es otra cosa, El qué, Una duda, una angustia, un temor, Qué te hace pensar así, Haberlo leído en tu cara, haberlo percibido en tus palabras, Ya te he dicho que mentían, Ellas, sí, pero no cómo sonaban, Hemos llegado al momento de usar las frases de los políticos, ni confirmo ni desmiento, Ése es un truco de baja retórica que no engaña a nadie, Por qué, Porque cualquier persona ve en seguida que la frase se inclina más hacia la confirmación que hacia el desmentido, Nunca me había dado cuenta, Yo tampoco, se me ha ocurrido ahora mismo, gracias a ti, No he confirmado ni el temor, ni la angustia, ni la duda, Pero tampoco los has desmentido, El momento no es para entretenerse en juegos de palabras, Mejor eso que tener lágrimas en los ojos ante la mesa de un restaurante, Perdona, Esta vez no tengo nada que perdonarte, ya sé la mitad de lo que tenía que saber, no me puedo quejar, Sólo he confesado que era mentira lo que te venía diciendo, Es la mitad que sé, a partir de ahora espero dormir mejor, Tal vez perdieses el sueño si conocieras la otra mitad, No me asustes, por favor, Ni hay razón para eso, tranquilízate, aquí no hay hombre muerto, No me asustes, Sosiégate, como mi madre suele decir, todo acabará resolviéndose, Prométeme que tendrás cuidado, Está prometido, Mucho cuidado, Sí, Y que si en todos esos secretos que no soy capaz de imaginar encuentras algo que me puedas decir, me lo dirías aunque a ti te pareciera insignificante, Te lo prometo pero, en este caso, lo que no sea todo es nada, Aun así, esperaré. María Paz se inclinó, dio un beso rápido en la cara de Tertuliano Máximo Afonso e hizo un movimiento para salir. Él la sujetó por el brazo y la retuvo, Quédate, vamos a mi casa, ella se desprendió suavemente y dijo, Hoy no, no podrías darme más de lo que ya me has dado, Salvo si te cuento lo que falta, Ni siquiera eso, imagínate. Abrió la puerta, todavía volvió la cabeza para despedirse con una sonrisa y salió. Tertuliano Máximo Afonso puso en marcha el motor, esperó a que ella entrase en el portal y después, con gesto cansado, arrancó y se fue a casa, donde, paciente y segura de su poder, lo estaba esperando la soledad.

Al día siguiente, a media mañana, partió para el primer reconocimiento del territorio ignoto en el que vivía Daniel Santa-Clara con su mujer. Llevaba la barba postiza meticulosamente ajustada a la cara, una gorra para que le hiciera sombra protectora sobre los ojos, que a última hora decidió no ocultar tras gafas oscuras porque le daban, con el resto del disfraz, un aire de fuera de la ley capaz de despertar todas las sospechas de los vecinos y ser objeto de una persecución policial en regla, con las previsibles secuencias de captura, identificación y oprobio público. No esperaba una cosecha de resultados especialmente relevantes de esta excursión, como mucho aprehendería algo del exterior de las cosas, el conocimiento topográfico de los sitios, la calle, el edificio, y poco más. Sería el cúmulo de las casualidades presenciar la entrada de Daniel Santa-Clara en su casa, todavía con restos de maquillaje en el rostro y el aspecto irresoluto, perplejo, de quien está tardando demasiado en salir de la piel del personaje que ha interpretado una hora antes. La vida real siempre nos parece más parca en coincidencias que las novelas y las otras ficciones, salvo si admitimos que el principio de la coincidencia es el verdadero y el único regidor del mundo, y en este caso tanto debe valer para lo que se vive como para lo que se escribe, y viceversa. Durante la media hora que Tertuliano Máximo Afonso estuvo por allí, deteniéndose a ver escaparates y comprando un periódico, leyendo después las noticias sentado en la terraza de un café, justo al lado del edificio, Daniel Santa-Clara no fue visto entrando ni saliendo. Tal vez descanse en la tranquilidad del hogar con la mujer, y con los hijos, en caso de haberlos, tal vez, como el otro día, ande ocupado en los rodajes, tal vez no haya ahora nadie en el piso, los hijos porque se fueron de vacaciones a casa de los abuelos, la madre porque, como tantas otras, trabaja fuera de casa, ya sea por querer salvaguardar un estatuto de real o supuesta independencia personal, ya sea porque la economía casera no puede prescindir de su contribución material, la verdad es que las ganancias de un actor secundario, por mucho que éste se esfuerce corriendo de papel pequeño a pequeño papel, por mucho que la productora que lo mantiene contratado en una especie de exclusividad táctica tenga a bien utilizarlo, siempre estarán, las ganancias, subordinadas a la rigidez de criterios de oferta y demanda que nunca vienen establecidas por las necesidades objetivas del sujeto, sino únicamente por sus supuestos o verdaderos talentos y habilidades, los que se le hace el favor de reconocer o los que, con intención reservada y casi siempre negativa, le son otorgados, sin que nunca se haya pensado que otros talentos y otras habilidades, menos a la vista, merecerían ser puestos a prueba. Quiere esto decir que Daniel Santa-Clara quizá pudiera llegar a ser un gran artista si lo eligiera la fortuna para ser mirado con ojos de ver y un productor sagaz y amante de riesgos, de esos que si, a veces, les da por deshacer estrellas de primera grandeza, también a veces, magníficamente, les da por sacarles brillo. Dar tiempo al tiempo siempre es el mejor remedio para todo desde que el mundo es mundo, Daniel Santa-Clara todavía es un hombre joven, de cara agradable, tiene buena figura e innegables dotes de intérprete, no sería justo que se pasase el resto de la vida desempeñando papeles de recepcionista de hotel u otros de la misma laya. Todavía no hace mucho que lo hemos visto representando a un empresario teatral en La diosa del escenario, ya debidamente identificado en los títulos de crédito, y eso puede ser un indicio de que comienzan a fijarse en él. Allá dondequiera que esté, el futuro, aunque no sea una novedad decirlo, le espera. A quien no le conviene esperar más, bajo pena de dejar grabada en la memoria fotográfica de los empleados del café la inquietante negrura de su aspecto general, nos ha faltado mencionar que lleva un traje oscuro, y ahora, debido a la intensa luz del sol, ha tenido que recurrir a la protección de las gafas, es a Tertuliano Máximo Afonso. Dejó el dinero en la mesa para no tener que llamar al camarero y se dirigió a una cabina de la otra acera. Sacó del bolsillo superior de la chaqueta un papel con el número de la casa de Daniel Santa-Clara y lo marcó. No quería hablar, sólo saber si alguien respondería, y quién. Esta vez no acudió una mujer corriendo desde el otro extremo de la casa, tampoco un niño diciendo Mi mamá no está, ni oyó una voz semejante a la de Tertuliano Máximo Afonso preguntando Quién es. Ella estará en el trabajo, pensó, y él seguramente en los rodajes, haciendo de policía de carretera o de empresario de obras públicas. Salió de la cabina y miró el reloj. Se iba aproximando la hora del almuerzo, Ninguno de ellos vendrá a casa, dijo, en ese momento pasó una mujer ante él, no le llegó a ver la cara, atravesaba ya la calle dirigiéndose al café, daba la impresión de que también se iba a sentar en la terraza, pero no fue así, prosiguió, anduvo unos cuantos pasos más y entró en el edificio donde Daniel Santa-Clara vive. Tertuliano Máximo Afonso hizo un gesto de contenida contrariedad, Seguramente era ella, murmuró, el peor defecto de este hombre, por lo menos desde que lo conocemos, es el exceso de imaginación, verdaderamente nadie diría que se trata de un profesor de Historia a quien sólo los hechos históricos deberían interesar, nada más que por haber visto de espaldas a una mujer que acaba de pasar ya lo tenemos aquí fantaseando identidades, para colmo sobre una persona a la que no conoce, a la que nunca ha visto antes, ni por detrás ni por delante. Justicia debe serle hecha a Tertuliano Máximo Afonso porque, a pesar de su tendencia al desvarío imaginativo, todavía consigue, en momentos decisivos, sobreponerse con una frialdad de cálculo que haría empalidecer de celo profesional al más encallecido de los especuladores en bolsa. Efectivamente, hay una manera simple, incluso elemental, aunque como en todas las cosas, es necesario haber tenido la idea, de saber si el destino de la mujer que entró en el edificio era la casa de Daniel Santa-Clara, bastará aguardar unos minutos, dar tiempo a que el ascensor suba al quinto piso donde Antonio Claro vive, esperar todavía que abra la puerta y entre, dos minutos más para que deje el bolso sobre el sofá y se ponga cómoda, no sería correcto obligarla a correr como el otro día, que bien se le notaba en la respiración. El teléfono sonó y sonó, sonó y volvió a sonar, pero nadie atendió. Finalmente no era ella, dijo Tertuliano Máximo Afonso mientras colgaba. Ya no tiene nada que hacer aquí, su última acción preliminar de aproximación está concluida, muchas de las anteriores habían sido absolutamente indispensables para el éxito de la operación, con otras no habría valido la pena perder el tiempo, pero éstas, al menos, habían servido para entretener las dudas, las angustias, los temores, para fingir que marcar el paso era lo mismo que avanzar y que el mejor significado de retroceder era pensar mejor. Tenía el coche en una calle próxima y hacia él se encaminaba, su trabajo de espía había terminado, eso era lo que creíamos, pero Tertuliano Máximo Afonso, qué pensarán ellas, no puede hurtarse de mirar con ardorosa intensidad a todas las mujeres con las que se cruza, no a todas exactamente, quedan fuera de campo las demasiado viejas o demasiado jóvenes para estar casadas con un hombre de treinta y ocho años, Que es la edad que yo tengo, y por tanto debe ser la edad que él tiene, en este punto, por así decir, los pensamientos de Tertuliano Máximo Afonso se bifurcaron, unos para poner en causa la discriminatoria idea subyacente en su alusión a las diferencias de edad en matrimonios o uniones similares, perfilando así los prejuicios de consenso social en los que se han generado los fluctuantes aunque enraizados conceptos de lo propio e impropio, y el resto, a los pensamientos nos referimos, para controvertir la posibilidad luego aventurada, es decir, basándose en el hecho de que cada uno es el vivísimo retrato del otro, según demostraron en su tiempo las pruebas videográficas, el profesor de Historia y el actor tienen la misma exacta edad en años. Por lo que respecta al primer ramal de reflexiones, no tuvo Tertuliano Máximo Afonso más remedio que reconocer que todo ser humano, salvo insalvables y privados impedimentos morales, tiene derecho a unirse con quien quiera, donde quiera y como quiera, siempre que la otra parte interesada quiera lo mismo. En cuanto al segundo ramal pensante, ése sirvió para que resucitara bruscamente en el espíritu de Tertuliano Máximo Afonso, ahora con mayores motivos, la inquietante cuestión de saber quién es el duplicado de quién, desplazada por inverosímil la posibilidad de que ambos hayan nacido, no sólo en el mismo día, sino también en la misma hora, en el mismo minuto y en la misma fracción de segundo, lo que implicaría que, aparte de haber visto la luz en el mismo preciso instante, en el mismo preciso instante habrían conocido el llanto. Coincidencias, sí señor, pero con la solemne condición de acatar los mínimos de verosimilitud reclamados por el sentido común. A Tertuliano Máximo Afonso le desasosiega ahora la posibilidad de que sea él el más joven de los dos, que el original sea el otro y él no pase de una simple y anticipadamente desvalorizada repetición. Como es obvio, sus nulos poderes adivinatorios no le permiten distinguir en la bruma del futuro si eso tendrá alguna influencia en el porvenir, que tenemos todas las razones para clasificar de impenetrable, pero el hecho de que hubiera sido él el descubridor del sobrenatural portento que conocemos hizo nacer en su mente, sin que de tal se hubiese percatado, una especie de conciencia de primogenitura que en ese momento se está revelando contra la amenaza, como si un ambicioso hermano bastardo viniese por ahí para apearle del trono. Absorto en estos poderosos pensamientos, revuelto por estas insidiosas inquietudes, Tertuliano Máximo Afonso entró con la barba todavía puesta en la calle donde vive y donde todo el mundo lo conoce, arriesgándose a que alguien se ponga a gritar de repente que le están robando el coche al profesor y que un vecino decidido le corte camino con su propio automóvil. La solidaridad, sin embargo, perdió muchas de sus antiguas virtudes, en este caso es lícito decir que afortunadamente, Tertuliano Máximo Afonso prosiguió su camino sin impedimentos, sin que nadie diese muestras de haberle reconocido o al coche que conducía, dejó el barrio y sus inmediaciones y, ya que la necesidad lo había convertido en asiduo cliente de centros comerciales, entró en el primero que le salió al paso. Diez minutos después estaba otra vez fuera, perfectamente afeitado, salvo lo poquísimo que habían crecido desde la mañana los pelos de su propia barba. Cuando llegó a casa tenía una llamada de María Paz en el contestador, nada importante, sólo para saber cómo estaba. Estoy bien, murmuró, estoy muy bien. Se prometió a sí mismo que le devolvería la llamada por la noche, pero lo más seguro es que no lo haga, si se decide a dar el paso que falta, ese que no puede tardar ni una página más, telefonear a Daniel Santa-Clara.


Puedo hablar con Daniel Santa-Clara, preguntó Tertuliano Máximo Afonso cuando la mujer atendió, Supongo que es la misma persona que llamó el otro día, le reconozco la voz, dijo ella, Sí, soy yo, Su nombre, por favor, No creo que merezca la pena, su marido no me conoce, Tampoco usted lo conoce a él, y sabe cómo se llama, Es lógico, él es actor, por tanto una figura pública, Todos andamos por ahí, más o menos todos somos figuras públicas, lo que difiere es el número de espectadores, Mi nombre es Máximo Afonso, Un momento. El auricular fue dejado sobre la mesa, luego otra vez levantado, la voz de ambos se repetirá como un espejo se repite ante otro espejo, Soy Antonio Claro, qué desea, Me llamo Tertuliano Máximo Afonso y soy profesor de Historia en la enseñanza secundaria, A mi mujer le ha dicho que se llamaba Máximo Afonso, Se lo dije para abreviar, el nombre completo es éste, Muy bien, qué desea, Ya habrá notado que nuestras voces son iguales, Sí, Exactamente iguales, Así parece, He tenido repetidas ocasiones de confirmarlo, Cómo, He visto algunas de las películas en las que ha trabajado en los últimos años, la primera fue una comedia ya antigua que lleva por título Quien no se amaña no se apaña, la última La diosa del escenario, supongo que debo de haber visto en total unas ocho o diez, Confieso que me siento un tanto halagado, no podía suponer que el género de cine en que durante algunos años no tuve más remedio que participar pudiese interesar tanto a un profesor de Historia, he de decir, sin embargo, que los papeles que interpreto ahora son muy diferentes, Tengo una buena razón para haberlos visto y sobre ella me gustaría hablarle personalmente, Por qué personalmente, No sólo en las voces nos parecemos, Qué quiere decir, Cualquier persona que nos viese juntos sería capaz de jurar por su propia vida que somos gemelos, Gemelos, Sí, más que gemelos, iguales, Iguales, cómo, Iguales, simplemente iguales, Usted perdone, no lo conozco, ni siquiera puedo estar seguro de que su nombre sea realmente ése y que su profesión sea la de historiador, No soy historiador, soy nada más que un profesor de Historia, en cuanto al nombre, no tengo otro, en la enseñanza no usamos seudónimo, mejor o peor enseñamos a cara descubierta, Esas consideraciones no vienen al caso, dejemos la conversación en este punto, tengo que hacer, O sea, no me cree, No creo en imposibles, Tiene dos marcas en el antebrazo derecho, una al lado de la otra, longitudinalmente, Las tengo, Yo también, Eso no prueba nada, Tiene una cicatriz debajo de la rótula izquierda, Sí, Yo también, Y cómo sabe todo eso si nunca nos hemos encontrado, Para mí ha sido fácil, lo he visto en una escena de playa, no recuerdo ahora en qué película, había un primer plano, Y cómo puedo saber que tiene las mismas marcas que yo, la misma cicatriz, Saberlo depende de usted, Las imposibilidades de una coincidencia son infinitas, Las posibilidades también, es verdad que las marcas de uno y de otro pueden ser de nacimiento o aparecer después, con el tiempo, pero una cicatriz es siempre consecuencia de un accidente que ha afectado a una parte del cuerpo, los dos tuvimos ese accidente y, con toda probabilidad, en la misma ocasión, Admitiendo que exista esa semejanza absoluta, fíjese que sólo lo admito como hipótesis, no veo ninguna razón para que nos encontremos, ni comprendo por qué me ha telefoneado, Por curiosidad, nada más que por curiosidad, no todos los días se encuentran dos personas iguales, He vivido toda mi vida sin saberlo, y no me hace falta, Pero a partir de ahora lo sabe, Haré como que lo ignoro, Le va a suceder lo mismo que a mí, cuando se mire a un espejo no tendrá la certeza de si lo que está viendo es su imagen virtual o mi imagen real, Empiezo a pensar que estoy hablando con un loco, Acuérdese de la cicatriz, si yo estoy loco, lo más seguro es que lo estemos los dos, Llamaré a la policía, Dudo que este asunto pueda interesarles a las autoridades policiales, me he limitado a hacer dos llamadas telefónicas preguntando por el actor Daniel Santa-Clara, a quien no he amenazado ni insultado, ni le he perjudicado de ninguna manera, pregunto dónde está mi delito, Nos está molestando a mi mujer y a mí, así que acabemos con esto, voy a colgar, Está seguro de que no quiere encontrarse conmigo, no siente por lo menos un poco de curiosidad, No siento curiosidad ni me quiero encontrar con usted, Es su última palabra, La primera y la última, Siendo así, debo pedirle disculpas, mis intenciones no eran malas, Prométame que no volverá a llamar, Lo prometo, Tenemos derecho a nuestra tranquilidad, a la privacidad del hogar, Así es, Me agrada que esté de acuerdo, De todo esto, permítame todavía decirlo, sólo tengo una duda, Cuál, Si siendo iguales moriremos en el mismo instante, Todos los días mueren en el mismo instante personas que no son iguales ni viven en la misma ciudad, En esos casos se trata sólo de una coincidencia, de una simple y banal coincidencia, Esta conversación ha llegado a su fin, no tenemos nada más que decirnos, ahora espero que tenga la decencia de cumplir su palabra, Le he prometido que no volvería a llamar a su casa y así lo haré, Muy bien, Le pido una vez más que me disculpe, Está disculpado. Buenas noches, Buenas noches. Extraña serenidad es la de Tertuliano Máximo Afonso cuando lo natural, lo lógico, lo humano habría sido, por este orden de gestos, posar con violencia el auricular, dar un puñetazo en la mesa para desahogar su justa irritación y luego exclamar con amargura Tanto trabajo para nada. Semana tras semana delineando estrategias, desarrollando tácticas, calculando cada nuevo paso, ponderando los efectos del anterior, maniobrando con las velas para aprovechar los vientos favorables, procedieran de donde procedieran, y todo esto para llegar al final y pedir humildemente disculpas y prometiendo, como un niño sorprendido en falta en la despensa, que no lo haría más. Sin embargo, contra toda expectativa razonable, Tertuliano Máximo Afonso está satisfecho. En primer lugar, por considerar que durante todo el diálogo estuvo a la altura que la ocasión requería, no intimidándose nunca, argumentando, y ahora sí que se puede decir con propiedad, de igual a igual, e incluso, alguna que otra vez, pasando gallardamente a la ofensiva. En segundo lugar, por considerar que es simplemente impensable que las cosas se queden aquí, razón, sin la menor duda, subjetiva donde las haya, pero avalada por la experiencia de tantas y tantas acciones que, no obstante la fuerza de la curiosidad que velozmente debería ponerlas en marcha, se quedaron atrás hasta el punto de parecer, en ciertos casos, para siempre olvidadas. Incluso en la hipótesis de que el efecto inmediato de la revelación no sea tan convulsivo para Daniel Santa-Clara como lo fue para Tertuliano Máximo Afonso, es imposible que Antonio Claro un día de éstos no dé un paso, frontal o sigiloso, para comparar una cara con otra cara, una cicatriz con otra cicatriz. Realmente no sé qué voy a hacer, le dijo a la mujer después de haber completado su parte de la conversación con la parte del interlocutor, que ella no pudo oír, este tipo habla con una seguridad tal que dan ganas de saber si la historia que cuenta es realmente verdad, Si yo estuviera en tu lugar, me borraría el asunto de la cabeza, me diría cien veces al día que no puede haber en el mundo dos personas iguales, hasta convencerme y olvidar, Y no harías ninguna tentativa para comunicarte con él, Creo que no, Por qué, No lo sé, supongo que por miedo, Evidentemente, la situación no es común, pero no veo motivo para tanto, El otro día sentí como un vértigo cuando me di cuenta de que no eras tú quien estaba al teléfono, Lo comprendo, oírlo a él es oírme a mí, Lo que pensaba, no, no fue pensado, fue más bien sentido, fue algo así como una ola de pánico ahogándome, erizándome la piel, sentía que si la voz era igual, todo lo demás también lo sería, No tiene que ser necesariamente así, la coincidencia tal vez no sea total, Él dice que sí, Tendríamos que comprobarlo, Y cómo lo haremos, lo citamos aquí, tú desnudo y él desnudo para que yo, nombrada juez por los dos, pronuncie la sentencia, o no la pueda pronunciar por ser absoluta la igualdad, y si me retiro de donde estuviéramos y vuelvo al cabo no sabré quién es uno y quién es otro, y si uno de los dos sale, si se va de aquí, con quién me quedaré después, dime, me quedé contigo, me quedé con él, Nos distinguirías por las ropas, Sí, si no os las hubieseis cambiado, Tranquila, estamos sólo hablando, nada de esto sucederá, Fíjate, decidir por lo de fuera y no por lo de dentro, Cálmate, Y ahora me pregunto qué habrá querido decir con eso de que, por el hecho de ser iguales, moriréis en el mismo instante, No lo afirmó, sólo expreso una duda, una suposición, como si estuviese interrogándose a sí mismo, De todas maneras, no entiendo por qué tuvo que decirlo, si no venía a cuento, Habrá sido para impresionarme, Quién es ese hombre, qué querrá de nosotros, Sé lo mismo que tú, nada, ni de lo que es ni de lo que quiere, Dice que es profesor de Historia, Será verdad, no iba a inventárselo, por lo menos parece una persona culta, en cuanto a lo de habernos telefoneado, creo que haría lo mismo si en vez de él hubiera sido yo quien descubriese la semejanza, Y cómo nos vamos a sentir de ahora en adelante con esa especie de fantasma vagando por la casa, tendré la impresión de estar viéndolo cada vez que te mire, Todavía estamos bajo el efecto del choque, de la sorpresa, mañana todo nos parecerá simple, una curiosidad como tantas otras, no será un gato con dos cabezas ni un ternero con una pata de más, sólo un par de siameses que han nacido separados, Te acabo de hablar de miedo, de pánico, pero ahora comprendo que es otra cosa lo que estoy sintiendo, Qué, No te lo sé explicar, quizá un presentimiento, Malo o bueno, Es sólo un presentimiento, como otra puerta cerrada después de una puerta cerrada, Estás temblando, Eso parece. Helena, éste es su nombre y todavía no había sido dicho, retribuyó abstraída el abrazo del marido, después se encogió en la esquina del sofá donde se había sentado y cerró los ojos. Antonio Claro quiso distraerla, animarla con una gracieta, Si algún día llego a ser un actor de primera fila, este Tertuliano podrá servirme de doble, le mando que haga las escenas peligrosas y pesadas, y me quedo en casa, nadie se daría cuenta del cambio. Ella abrió los ojos, sonrió desmayadamente y respondió, Un profesor de Historia haciendo de doble debe ser cosa digna de verse, la diferencia es que los dobles de cine sólo vienen cuando se les llama y éste nos ha invadido la casa, No pienses más en eso, lee un libro, mira la televisión, entretente, No me apetece leer, mucho menos ver la televisión, me voy a acostar. Cuando Antonio Claro una hora más tarde se fue a la cama, Helena parecía dormir. Él fingió creerlo y apagó la luz, sabiendo de antemano que tardaría mucho tiempo en conciliar el sueño. Recordaba el inquietante diálogo mantenido con el intruso, rebuscaba intenciones ocultas en las frases oídas, hasta que las palabras, por fin tan cansadas como él, comenzaron a tornarse neutras, perdiendo sus significados, como si ya nada tuvieran que ver con el mundo mental de quien en silencio y desesperadamente seguía pronunciándolas, La infinitud de posibilidades de una coincidencia, Mueren juntos los que son iguales, había dicho, y también, La imagen virtual del que se mira al espejo, La imagen real del que desde el espejo lo mira, después la conversación con la mujer, sus presentimientos, el miedo, para sí mismo adoptó la resolución, iba avanzada la noche, de que el asunto tendría que resolverse para bien o para mal, fuese como fuese, y rápidamente, Iré a hablar con él. La decisión engañó al espíritu, engatusó las tensiones del cuerpo y el sueño, encontrando el camino abierto, avanzó mansamente y se echó a dormir. Cansada de haberse forzado a una inmovilidad contra la cual todos sus nervios protestaban, Helena finalmente se había dormido, durante dos horas consiguió reposar al lado de su marido Antonio Claro como si ningún hombre hubiese venido a interponerse entre los dos, y así probablemente seguiría hasta el amanecer si su propio sueño no la hubiese despertado de sobresalto. Abrió los ojos al cuarto inmerso en una penumbra que era casi oscuridad, oyó el lento y espaciado respirar del marido, y de pronto percibió que había una otra respiración en el interior de la casa, alguien que había entrado, que se movía fuera, tal vez en la sala, tal vez en la cocina, ahora por detrás de esta puerta que da al pasillo, en cualquier parte, aquí mismo. Temblando de miedo, Helena extendió el brazo para despertar al marido, pero, en el último instante, la razón le hizo detenerse. No hay nadie, pensó, no es posible que haya alguien ahí fuera, son imaginaciones mías, a veces sucede que los sueños salen del cerebro que los soñaba, entonces les llamamos visiones, fantasmagorías, premoniciones, advertencias, avisos del más allá, quien respira y anda por la casa, quien se acaba de sentar en mi sillón, quien está escondido detrás de la cortina de la ventana, no es aquel hombre, es la fantasía que tengo dentro de la cabeza, esta figura que avanza directa a mí, que me toca con manos iguales a las de este otro hombre que duerme a mi lado, que me mira con los mismos ojos, que con los mismos labios me besaría, que con la misma voz me diría las palabras de todos los días, y las otras, las próximas, las íntimas, las del espíritu y las de la carne, es una fantasía, nada más que una loca fantasía, una pesadilla nocturna nacida del miedo y de la angustia, mañana todas las cosas volverán a su lugar, no será necesario que cante un gallo para expulsar los malos sueños, bastará con que suene el despertador, todo el mundo sabe que ningún hombre puede ser exactamente igual a otro en un mundo en que se fabrican máquinas para despertar. La conclusión era abusiva, ofendía el buen sentido, el simple respeto por la lógica, pero a esta mujer, que toda la noche ha vagado entre las impresiones de un oscuro pensar hecho de movedizos jirones de bruma que mudaban de forma y de dirección a cada momento, le parecía nada menos que incontestable e irrefutable. Hasta a los razonamientos absurdos deberíamos agradecerles que sean ellos quienes en medio de la amarga noche nos restituyan un poco de serenidad, aunque sea tan fraudulenta como ésta es, y nos den la llave con la que finalmente franquearemos titubeantes la puerta del sueño. Helena abrió los ojos antes que el despertador sonara, lo apagó para que el marido no se despertara y, acostada de espaldas, con los ojos fijos en el techo, dejó que sus confusas ideas se fuesen poco a poco ordenando y tomasen el camino donde se reunirían en un pensar ya racional, ya coherente, libre de asombros inexplicables y de fantasías con explicación demasiado fácil. Apenas conseguía creer que entre las quimeras, las verdaderas, las mitológicas, las que vomitaban llamas y tenían la cabeza de un león, la cola de un dragón y el cuerpo de una cabra, porque ésa también podría haber sido la figura en que se mostrasen los desmadejados monstruos del insomnio, apenas podía creer que la hubiese atormentado, como una tentación impropia, por no decir indecente, la imagen de otro hombre que ella no tenía necesidad de desnudar para saber cómo sería físicamente de la cabeza a los pies, todo él, a su lado duerme uno igual. No se censuró porque aquellas ideas en realidad no le pertenecían, fueron el fruto equívoco de una imaginación que, sacudida por una emoción violenta y fuera de lo común, se salió del carril, lo que cuenta es que está lúcida y alerta en este momento, señora de sus pensamientos y de su querer, las alucinaciones de la noche, sean las de la carne, sean las del espíritu, siempre se disipan en el aire con las primeras claridades de la mañana, esas que reordenan el mundo y lo recolocan en su órbita de siempre, reescribiendo cada vez los libros de la ley. Es tiempo de levantarse, la empresa de turismo donde trabaja está en el otro extremo de la ciudad, sería estupendo, todas las mañanas lo piensa durante el trayecto, si consiguiera que la trasladasen a una de las agencias centrales, y el maldito tráfico, a esta hora punta, justifica copiosamente la designación de infernal que alguien, en un momento feliz de inspiración, le dio no se sabe cuándo ni en qué país. El marido seguirá acostado una o dos horas más, hoy no tiene rodaje que le reclame, y el actual, según parece, está llegando a su fin. Helena se deslizó de la cama con una levedad que, siendo en sí natural, se ha visto perfeccionada por los diez años que ya lleva vividos como atenta y dedicada esposa, luego se movió sin ruido por el dormitorio mientras descolgaba la bata y se la ponía, después salió al pasillo. Por aquí anduvo la visita nocturna, junto al resquicio de esta puerta respiró antes de entrar para esconderse detrás de la cortina, no, no hay que temer, no se trata de un vicioso segundo asalto de la imaginación de Helena, es ella misma ironizando con sus tentaciones, tan poca cosa, ahora que las puede contemplar bajo la rosada claridad que entra por esa ventana, la de la sala de estar donde ayer noche se sintió tan afligida como la niña del cuento abandonada en el bosque. Ahí está el sillón en que se sentó el visitante, y no lo hizo por casualidad, de todos los sitios en que hubiera podido descansar, si era eso lo que quería, eligió éste, el sillón de Helena, como para compartirlo con ella o apropiarse de él. No faltan motivos para pensar que cuanto más intentamos repeler nuestras imaginaciones, más se divertirán éstas procurando atacar los puntos de la armadura que consciente o inconscientemente hayamos dejado desguarnecidos. Un día, esta Helena, que tiene prisa y un horario profesional que cumplir, nos dirá por qué razón se sentó también ella en el sillón, por qué razón durante un largo minuto allí quedó anidada, por qué razón habiendo sido tan firme al despertar, ahora se comporta como si el sueño la hubiese tomado otra vez en sus brazos y la acunase dulcemente. Y también por qué, ya vestida y dispuesta para salir, abrió la guía telefónica y copió en un papel la dirección de Tertuliano Máximo Afonso. Entreabrió la puerta del dormitorio, el marido todavía parecía dormir, pero su sueño ya no era más que el último y difuso umbral de la vigilia, podía por tanto aproximarse a la cama, darle un beso en la frente y decir, Me voy, y después recibir en la boca el beso de él y los labios del otro, Dios mío, esta mujer debe estar loca, las cosas que hace, las cosas que se le pasan por la cabeza. Vas retrasada, preguntó Antonio Claro frotándose los ojos, Todavía tengo dos minutos, respondió ella, y se sentó en el borde de la cama, Qué vamos a hacer con este hombre, Qué quieres hacer tú, Esta noche, mientras esperaba el sueño, he pensado que tengo que hablar con él, pero ahora no sé si será lo más conveniente, O le abrimos la puerta, o se la cerramos, no veo otra solución, de una manera u otra nuestra vida ha cambiado, ya no volverá a ser la misma, En nuestra mano está decidir, Pero no está en nuestra mano, o de quien quiera que sea, obligar lo que fue a que deje de ser, la aparición de este hombre es un hecho que no podemos borrar o remover, aunque no lo dejemos entrar, aunque le cerremos la puerta, se quedará en la parte de fuera hasta que no consigamos aguantar más, Estás viendo las cosas demasiado negras, tal vez, y a fin de cuentas, todo pueda resolverse con un simple encuentro, él me prueba que es igual que yo, yo le digo sí señor, tiene razón, y, hecho esto, adiós hasta nunca más, háganos el favor de no volver a molestarnos, Él seguiría esperándonos en la parte de fuera de la puerta, No le abriríamos, Ya está dentro, dentro de tu cabeza y de mi cabeza, Acabaremos olvidándolo, Es posible, no es cierto. Helena se levantó, miró el reloj y dijo, Tengo que irme, ya estoy retrasada, dio dos pasos para salir, pero aún preguntó, Vas a llamarlo, vas a concertar una cita, Hoy no, respondió el marido incorporándose sobre el codo, ni mañana, esperaré unos días, quizá no sea mala idea apostar por la indiferencia, por el silencio, dar tiempo al asunto para que se pudra por sí mismo, Tú verás, hasta luego. La puerta de la escalera se abrió y se cerró, no nos dirán si Tertuliano Máximo Afonso estaba sentado en uno de los escalones, a la espera. Antonio Claro volvió a tumbarse en la cama, si la vida no hubiera mudado realmente, como había dicho la mujer, se volvería para el otro lado y dormiría una hora más, parece ser verdad lo que afirman los envidiosos, que los actores necesitan dormir mucho, será una consecuencia de la vida irregular que llevan, incluso saliendo tan poco por la noche como Daniel Santa-Clara. Cinco minutos después Antonio Claro estaba levantado, extraño a esta hora, aunque la justicia manda que se diga que cuando los deberes de su profesión lo determinan este actor, perezoso según todas las evidencias, es tan capaz de madrugar como la más matutina de las alondras. Miró al cielo desde la ventana del dormitorio, no era difícil pronosticar que el día sería de calor, y se fue a la cocina a prepararse el desayuno. Pensaba en lo que le había dicho la mujer, Lo tenemos dentro de la cabeza, es su habilidad, ser perentoria, no exactamente perentoria, lo que ella tiene es el don de las frases cortas, condensadas, demostrativas, emplear cuatro palabras para decir lo que otros no serían capaces de expresar ni en cuarenta, y aun así se quedarían a mitad de camino. No estaba seguro de que la mejor solución fuera la que había arbitrado, esperar cierto tiempo antes de pasar a la ofensiva, que tanto podría suceder en un encuentro personal y secreto, sin testigos que se fueran luego de la lengua, o en una seca llamada telefónica, de esas que dejan al interlocutor cortado, sin respiración y sin réplica. Sin embargo, ponía en duda la eficacia de su capacidad dialéctica para arrancar de raíz, sin dilaciones, a ese Tertuliano Máximo Afonso de mala muerte, cualquier veleidad, presente o futura, de arrojar sobre la vida de las dos personas que viven en esta casa factores de perturbación psicológica y conyugal tan perversos como ese del que implícitamente ya se ha hecho gala y los que explícitamente le dieron origen, como por ejemplo, que Helena hubiera tenido, ayer noche, el atrevimiento de declarar, Tendré la impresión de estarlo viendo a él cada vez que te vea a ti. En efecto, sólo una mujer que haya sido seriamente tocada en sus fundamentos morales podría soltar semejantes palabras a su propio marido sin reparar en el elemento adulterino que en ellas se halla presente, diáfano, es cierto, pero suficientemente revelador. En estas circunstancias a Antonio Claro le anda rondando en el cerebro, aunque él, sin duda irritado, lo negaría si se lo hiciéramos notar, un esbozo de idea que sólo por cautela no vamos a clasificar como propio de un Maquiavelo, al menos mientras no se hayan manifestado sus eventuales efectos, con toda probabilidad negativos. Tal idea, que por ahora no pasa de un mero bosquejo mental, consiste, ni mas ni menos, y por muy escandaloso que nos parezca, en examinar si será posible, con habilidad y astucia, sacar del parecido, de la semejanza, de la igualdad absoluta, en el caso de que llegue a confirmarse, alguna ventaja de orden personal, es decir, si Antonio Claro o Daniel Santa-Clara conseguirán encontrar alguna manera de ganar en un negocio que de momento en nada se presenta favorable a sus intereses. Si del propio responsable de la idea no podemos, en este momento, esperar que nos ilumine los caminos, sin duda tortuosos, por donde vagamente estará imaginando que alcanzará sus objetivos, no se cuente con nosotros, simples transcriptores de pensamientos ajenos y fieles copistas de sus acciones, para que anticipemos los pasos siguientes de una procesión que todavía está en el atrio. Lo que sí puede ser ya excluido del embrionario proyecto es el aventurado servicio de doble que Tertuliano Máximo Afonso acaso pudiera prestar al actor Daniel Santa-Clara, concordemos en que sería faltar al debido respeto intelectual el pedirle a un profesor de Historia que aceptase compartir las frivolidades casposas del séptimo arte. Bebía Antonio Claro el último trago de café cuando otra idea le atravesó las sinapsis del cerebro, que era meterse en el coche e ir a echar una ojeada a la calle y al edificio donde Tertuliano Máximo Afonso vive. Las acciones de los seres humanos, pese a no estar ya regidas por irresistibles instintos hereditarios, se repiten con tan asombrosa regularidad que creemos que es lícito, sin forzar la nota, admitir la hipótesis de una lenta pero constante formación de un nuevo tipo de instinto, supongamos que sociocultural será la palabra adecuada, el cual, inducido por variantes adquiridas de tropismos repetitivos, y siempre que responda a idénticos estímulos, haría que la idea que a uno se le ha ocurrido necesariamente se le tenga que ocurrir al otro. Primero fue Tertuliano Máximo Afonso el que vino a esta calle dramáticamente enmascarado, todo de oscuro vestido en una luminosa mañana de verano, ahora es Antonio Claro el que se dispone a ir a la calle del otro sin atender a las complicaciones que puedan surgir presentándose en aquellos sitios a cara descubierta, salvo que cuando se esté afeitando, duchando y arreglando el dedo de la inspiración venga y le toque en la frente, recordándole que guarda en un cajón cualquiera de su ropa, en una caja de puros vacía, como un emotivo recuerdo profesional, el bigote con que Daniel Santa-Clara interpretó hace cinco años el papel de recepcionista en la comedia Quien no se amaña no se apaña. Como el dictado antiguo sabiamente enseña, encontrarás lo que necesitas si guardaste lo que no servía. Donde reside el tal profesor de Historia va a saberlo sin tardar Antonio Claro por la benemérita guía telefónica, hoy un poco torcida en el anaquel donde siempre la tienen, como si hubiera sido depositada con prisas por una mano nerviosa después de haber sido consultada nerviosamente. Ya apuntó en la agenda de bolsillo la dirección, también el número de teléfono, aunque hacer uso de él no se incluya en sus intenciones de hoy, si algún día llama a casa de Tertuliano Máximo Afonso quiere poder hacerlo desde donde esté, sin tener que depender de una guía telefónica que se había olvidado de guardar y que por eso no podrá encontrarla cuando sea necesario. Ya está dispuesto para salir, tiene el bigote pegado en su lugar, no bastante seguro por haber perdido algo de adherencia con los años, en todo caso no es de recelar que se caiga en el momento justo, pasar por delante de la casa y echarle una ojeada será sólo cuestión de segundos. Cuando estaba colocándoselo, guiándose por el espejo, se acordó de que, cinco años antes, se había tenido que afeitar el bigote natural que entonces le adornaba el espacio entre la nariz y el labio superior porque al realizador de la película no le habían parecido apropiados para los objetivos previstos ni el perfil ni el diseño respectivos. Llegados a este punto, preparémonos para que un lector de los atentos, descendiente en línea recta de aquellos ingenuos pero avispadísimos muchachitos que en tiempos del cine antiguo gritaban desde la platea al protagonista de la película que el mapa de la mina estaba escondido en la cinta del sombrero del cínico y malvado enemigo caído a sus pies, preparémonos para que nos llamen al orden y nos denuncien, como una distracción imperdonable, la desigualdad de procedimientos entre el personaje Tertuliano Máximo Afonso y el personaje Antonio Claro, que, en situaciones semejantes, el primero ha tenido que entrar en un centro comercial para poder colocarse o retirarse sus postizos de barba y bigote, mientras que el segundo se dispone a salir de casa con plena tranquilidad y a plena luz del día llevando en la cara un bigote que, perteneciéndole de derecho, no es de hecho suyo. Se olvida ese lector atento lo que ya varias veces ha sido señalado en el curso de este relato, es decir, que así como Tertuliano Máximo Afonso es, a todas luces, el otro del actor Daniel Santa-Clara, así también el actor Daniel Santa-Clara, aunque por otro orden de razones, es el otro de Antonio Claro. A ninguna vecina del edificio o de la calle le parecerá extraño que esté saliendo ahora con bigote quien ayer entró sin él, como mucho dirá, si repara en la diferencia, Ya va preparado para otro rodaje. Sentado dentro del coche, con la ventanilla abierta, Antonio Claro consulta el callejero y el mapa, aprende de ellos lo que nosotros ya sabíamos, que la calle donde Tertuliano Máximo Afonso vive está en el otro extremo de la ciudad, y, habiendo correspondido amablemente a los buenos días de un vecino, se pone en marcha. Tardará casi una hora en llegar a su destino, tentando la suerte pasará tres veces ante el edificio con un intervalo de diez minutos como si anduviera buscando un lugar libre para aparcar, podría suceder que una coincidencia afortunada hiciese bajar a Tertuliano Máximo Afonso a la calle, aunque, los que gozan de informaciones sobre los deberes que el profesor de Historia tiene que cumplir saben que él, en este preciso instante, se encuentra tranquilamente sentado ante su escritorio, trabajando con aplicación en la propuesta que el director del instituto le encargó, como si del resultado de ese esfuerzo dependiese su futuro, cuando lo cierto, y esto ya podemos anticiparlo, es que el profesor Tertuliano Máximo Afonso no volverá a entrar en una clase en toda su vida, sea en el instituto al que algunas veces tuvimos que acompañarlo, sea en cualquier otro. A su tiempo se sabrá por qué. Antonio Claro vio lo que tenía que ver, una calle sin importancia, un edificio igual que tantos, nadie podría imaginar que en aquel segundo derecha, tras aquellas inocentes cortinas, esté viviendo un fenómeno de la naturaleza no menos extraordinario que las siete cabezas de la hidra de Lerna y otras similares maravillas. Que Tertuliano Máximo Afonso merezca en verdad un calificativo que lo expulsaría de la normalidad humana es cuestión que aún está por dilucidar, puesto que seguimos ignorando cuál de estos dos hombres nació el primero. Si ese tal fue Tertuliano Máximo Afonso, entonces es a Antonio Claro a quien le cabe la designación de fenómeno de la naturaleza, puesto que, habiendo surgido en segundo lugar, se presentó en este mundo para ocupar, abusivamente, tal como la hidra de Lerna, y por eso la mató Hércules, un lugar que no era el suyo. No se habría perturbado en nada el soberano equilibrio del universo si Antonio Claro hubiera nacido y fuese actor de cine en otro sistema solar cualquiera, pero aquí, en la misma ciudad, por decirlo así, para un observador que nos mirara desde la Luna, puerta con puerta, todos los desórdenes y confusiones son posibles, sobre todo los peores, sobre todo los más terribles. Y para que no se piense que, por el hecho de conocerlo desde hace más tiempo, alimentamos alguna preferencia especial por Tertuliano Máximo Afonso, nos aprestamos a recordar que, matemáticamente, sobre su cabeza se suspenden tantas inexorables probabilidades de haber sido el segundo en nacer como sobre la de Antonio Claro. Por tanto, por muy extraño que pueda resultar ante ojos y oídos sensibles la construcción sintáctica, es legítimo decir que lo que tenga que ser, ya ha sido, y lo que falta es escribirlo. Antonio Claro no volvió a pasar por la calle, cuatro esquinas adelante, disimuladamente, no se diese la casualidad de que algún buen ciudadano sorprendiera el movimiento y llamase a la policía, se quitó el bigote Daniel Santa-Clara y, como no tenía otra cosa que hacer, tomó el camino de casa, donde lo esperaba, para estudio y anotaciones, el guión de su próxima película. Volvería a salir para almorzar en un restaurante próximo, echaría una breve siesta y retomaría el trabajo hasta que llegara su mujer. No era todavía el personaje principal, pero ya tenía su nombre en los carteles que a su hora serían colocados estratégicamente en la ciudad y estaba casi seguro de que la crítica no dejaría pasar sin un comentario elogioso, aunque breve, la interpretación del papel de abogado que esta vez le había sido asignado. Su única dificultad estaba en la enorme cantidad de abogados de todas formas y hechuras que había visto en el cine y en la televisión, acusadores públicos y particulares de diferentes estilos de jerga forense, desde la lisonjera a la agresiva, defensores más o menos bien hablantes para quienes estar convencidos de la inocencia del cliente no siempre parecía ser lo más importante. Le gustaría crear un tipo nuevo de jurisconsulto, una personalidad que en cada palabra y en cada gesto fuese capaz de aturdir al juez y deslumbrar a la asistencia con la agudeza de sus réplicas, su impecable poder de raciocinio, su sobrehumana inteligencia. Era verdad que nada de esto se encontraba en el guión, pero tal vez el realizador se dejase convencer orientando en tal sentido al guionista si una palabra interesada le fuese dicha al oído por el productor. Tengo que pensar. Haberse murmurado a sí mismo que tenía que pensar transportó inmediatamente su pensamiento a otros parajes, al profesor de Historia, a su calle, a su casa, a las ventanas con cortinas, y desde ahí, en retrospectiva, a la llamada de anoche, a las conversaciones con Helena, a las decisiones que sería necesario tomar más pronto o más tarde, ahora ya no estaba tan seguro de poder sacar algún provecho de esta historia, pero, como antes dijo, tenía que pensar. La mujer llegó un poco más tarde que de costumbre, no, no había ido de compras, la culpa es del tráfico, con este tráfico nunca se sabe lo que puede suceder, de sobra lo sabía Antonio Claro que tardó una hora en llegar a la calle de Tertuliano Máximo Afonso, pero de eso no conviene que se hable hoy, estoy seguro de que ella no entendería por qué lo he hecho. Helena también se callará, también tiene la certeza de que el marido no comprendería por qué lo había hecho ella.


Tres días después, a media mañana, el teléfono de Tertuliano Máximo Afonso sonó. No era la madre por causa de las nostalgias, no era María Paz por causa de su amor, no era el profesor de Matemáticas por causa de la amistad, tampoco era el director del instituto queriendo saber cómo iba el trabajo. Habla Antonio Claro, fue lo que dijeron al otro lado, Buenos días, Quizá estoy llamando demasiado temprano, No se preocupe, ya estoy levantado y trabajando, Si interrumpo, llamo más tarde, Lo que estaba haciendo puede esperar una hora, no hay peligro de que pierda el hilo, Yendo derecho al asunto, he pensado muy seriamente durante estos días y he llegado a la conclusión de que nos deberíamos encontrar, También ésa es mi opinión, no tiene sentido que dos personas en nuestra situación no quieran conocerse, Mi mujer tenía algunas dudas, pero ha acabado reconociendo que las cosas no pueden seguir así, Menos mal, El problema es que aparecer juntos en público está fuera de cuestión, no ganaríamos nada siendo noticia, saliendo en televisión y en la prensa, principalmente yo, sería perjudicial para mi carrera que se supiera que tengo un sosia tan parecido, hasta en la voz, Más que un sosia, O un gemelo, Más que un gemelo, Precisamente eso es lo que quiero confirmar, aunque le confieso que me cuesta creer que haya entre nosotros esa igualdad absoluta que dice, Está en sus manos salir de dudas, Tendremos que encontrarnos, por tanto, Sí, pero dónde, Se le ocurre alguna idea, Una posibilidad sería que viniera a mi casa, pero está el inconveniente de los vecinos, la señora que vive en el piso de arriba, por ejemplo, sabe que no he salido, imagínese cómo se quedaría si me viese entrar donde ya estoy, Tengo un postizo, puedo disfrazarme, Qué postizo, Un bigote, No sería suficiente, o ella le preguntaría, es decir, me preguntaría a mí, porque creería que está hablando conmigo, si ahora estoy huyendo de la policía, Tiene tanta confianza, Es ella quien me limpia y ordena la casa, Comprendo, la verdad es que no sería prudente, porque además está el resto del vecindario, Pues sí, Entonces, creo que tendrá que ser fuera de aquí, en un sitio desierto en el campo, donde nadie nos vea y donde podamos conversar tranquilamente, Me parece bien, Conozco un lugar que servirá, a unos treinta kilómetros saliendo de la ciudad, En qué dirección, Explicárselo así no es posible, hoy mismo le envío un croquis con todas las indicaciones, nos encontraremos dentro de cuatro días para dar tiempo a que reciba la carta, Dentro de cuatro días es domingo, Un día tan bueno como cualquier otro, Y por qué a treinta kilómetros, Ya sabe cómo son estas ciudades, salir de ellas lleva su tiempo, cuando se acaban las calles, comienzan las fábricas, y cuando las fábricas acaban comienzan las chabolas, por no hablar de las poblaciones que ya están dentro de la ciudad y todavía no lo saben, Lo describe muy bien, Gracias, el sábado le llamaré para confirmar el encuentro, Muy bien, Hay todavía una cosa que quiero que sepa, De qué se trata, Iré armado, Por qué, No lo conozco, no sé qué otras intenciones podrá tener, Si tiene miedo de que lo secuestre, por ejemplo, o de que lo elimine para quedarme solo en el mundo con esta cara que ambos tenemos, le digo que no llevaré conmigo ningún arma, ni siquiera un simple canivete, No sospecho de usted hasta ese punto, Pero irá armado, Precaución, nada más, Mi única intención es probarle que tengo razón, y, en cuanto a eso que dice, de no conocerme, me permito objetar que estamos en la misma posición, es cierto que a mí nunca me ha visto, pero yo, hasta ahora, sólo le he visto a usted como quien no es, representando papeles, por tanto estamos empatados, No discutamos, debemos ir en paz a nuestro encuentro, sin declaraciones de guerra anticipadas, El arma no la llevo yo, Estará descargada, De qué le sirve entonces, si la lleva descargada, Haga como que estoy representando uno de mis papeles, el de un personaje atraído a una emboscada de la cual sabe que saldrá vivo porque ha leído el guión, en fin, el cine, En la Historia es exactamente al contrario, sólo después se sabe, Interesante observación, nunca había pensado en eso, Yo tampoco, acabo de darme cuenta ahora mismo, Entonces estamos de acuerdo, nos encontramos el domingo, Espero su llamada, No me olvidaré, ha sido un placer hablar con usted, Lo mismo digo, Buenos días, Buenos días, y salude de mi parte a su mujer. Tal como Tertuliano Máximo Afonso, Antonio Claro estaba solo en casa. Avisó a Helena de que iba a telefonear al profesor de Historia y que preferiría que ella no estuviera presente, después le contaría la conversación. La mujer no se opuso, dijo que le parecía bien, que comprendía que quisiera estar a sus anchas en un diálogo que ciertamente no iba a ser fácil, pero él nunca llegará a saber que Helena realizó dos llamadas desde la empresa de turismo donde trabaja, la primera a su propio número, la segunda al de Tertuliano Máximo Afonso, quiso la casualidad que marcara cuando el marido y él ya estaban comunicando el uno con el otro, así tuvo la certeza de que el asunto seguía adelante, tampoco en este caso sabría decir por qué lo había hecho, va siendo cada vez más evidente que, después de tantas tentativas más o menos malogradas, por fin alcanzaríamos la explicación completa de nuestros actos si nos propusiésemos decir por qué hacemos eso que decimos que no sabemos por qué hacemos. Es de espíritu confiado y conciliador presumir que, en el caso de encontrar desocupado el teléfono de Tertuliano Máximo Afonso, la mujer de Antonio Claro habría cortado la comunicación sin esperar respuesta, ciertamente no se anunciaría Soy Helena, la mujer de Antonio Claro, no preguntaría Es para saber cómo está, tales palabras, en la situación actual, serían de alguna manera inapropiadas, si no inconvenientes del todo, porque entre estas personas, aunque ya hayan hablado la una con la otra dos veces, no existe bastante intimidad para que sea natural interesarse cada una por el estado de ánimo o por la salud de la otra, no pudiendo aceptarse como razón para disculpar un exceso de confianza que es a todas luces evidente la circunstancia de tratarse de expresiones normales, corrientes, de esas que en principio a nada obligan o comprometen, salvo si queremos afinar nuestro órgano auditivo para captar la compleja gama de subtonos que quizá las hubiesen sustentado, según la exhaustiva demostración que en otro párrafo de este relato dejamos para ilustración de los lectores más interesados en lo que se esconde tras aquello que se muestra. En cuanto a Tertuliano Máximo Afonso, fue patente el alivio con que se recostó en la silla y respiró hondo cuando la conversación con Antonio Claro llegó a su fin. Si le preguntasen cuál de los dos, en su opinión, en el punto en que nos encontramos, estaba conduciendo el juego, se sentiría inclinado a responder, Yo, aunque no dudaba de que el otro pensaría tener suficientes motivos para dar la misma respuesta si la pregunta le hubiese sido hecha. No le preocupaba que estuviera tan distante de la ciudad el lugar elegido para el encuentro, no le inquietaba saber que Antonio Claro pretendía ir armado, pese a estar convencido de que, al contrario de lo que le había asegurado, la pistola, con toda probabilidad sería una pistola, estaría cargada. De una manera que él mismo percibía como totalmente falta de lógica, de racionalidad, de sentido común, pensaba que la barba postiza que iba a llevar lo protegería cuando la tuviese colocada, fundamentando esta absurda convicción en la idea firme de que no se la quitaría en el primer instante del encuentro, sólo más adelante, cuando la igualdad absoluta de manos, ojos, cejas, frente, orejas, nariz, pelo, hubiese sido reconocida sin discrepancia por ambos. Llevará consigo un espejo de tamaño suficiente para que, retirada por fin la barba, las dos caras, al lado una de otra, puedan compararse directamente, donde los ojos pudieran pasar de la cara a la que pertenecían a la cara a la que podrían haber pertenecido, un espejo que declare la sentencia definitiva, Si lo que está a la vista es igual, también el resto deberá serlo, no creo que sea necesario ponerse en pelota para seguir con las comparaciones, esto no es una playa nudista ni un concurso de pesos y medidas. Tranquilo, seguro de sí mismo, como si esta partida de ajedrez estuviese prevista desde el principio, Tertuliano Máximo Afonso regresó al trabajo, pensando que, tal como en su arriesgada propuesta para el estudio de la Historia, también las vidas de las personas pueden ser contadas de delante hacia atrás, esperar que lleguen a su fin para después poco a poco ir remontando la corriente hasta el brotar de la fuente, identificando de paso los distintos afluentes y navegarlos, hasta comprender que cada uno, hasta el más escaso y pobre de caudal, era, a su vez, y para sí mismo, un río principal, y, de esta manera vagarosa, pausada, atenta a cada cintilación del agua, a cada burbujeo subido del fondo, a cada aceleración de declive, a cada pantanosa suspensión, para alcanzar el término de la narrativa y colocar en el primero de todos los instantes el último punto final, tardar el mismo tiempo que las vidas así contadas hubiesen efectivamente durado. No nos apresuremos, es tanto lo que tenemos para decir cuando callamos, murmuró Tertuliano Máximo Afonso, y continuó trabajando. A media tarde telefoneó a María Paz y le preguntó si quería pasarse por casa cuando saliera del banco, ella le dijo que sí, pero que no podría entretenerse mucho porque la madre no se encontraba bien de salud, y entonces él le contestó que no viniese, que en primer lugar estaba la obligación familiar, y ella insistió, Al menos para verte, y él concordó, dijo, Al menos para vernos, como si ella fuese la mujer amada, y sabemos que no lo es, o tal vez lo sea y él no lo sepa, o tal vez, se detuvo en estas palabras por no saber cómo podría terminar honestamente la frase, qué mentira o qué fingida verdad se diría a sí mismo, es cierto que la emoción le había rozado con suavidad los ojos, ella quería verlo, sí, a veces es bueno que haya alguien que nos quiera ver y nos lo diga, pero la lágrima delatora, ya enjugada por el dorso de la mano, si apareció fue porque estaba solo y porque la soledad, de repente, le pesó más que en las peores horas. Vino María Paz, intercambiaron dos besos en la mejilla, luego se sentaron a conversar, él le preguntó si era grave la enfermedad de la madre, ella respondió que felizmente no, son los problemas propios de la edad, van y vienen, vienen y van hasta que acaban quedándose. Él le preguntó que cuándo comenzaría las vacaciones, ella le dijo que dos semanas después, pero que lo más probable sería que no salieran de casa, dependía del estado de la madre. Él quiso saber cómo iba su trabajo en el banco, ella respondió que como de costumbre, unos días mejores que otros. Después ella le preguntó si él no se aburría mucho, ahora que las clases habían terminado, y él dijo que no, que el director del instituto le había encargado una tarea, redactar una propuesta sobre los métodos de enseñanza de la Historia para el ministerio. Ella dijo Qué interesante, y después se quedaron callados, hasta que ella le preguntó si no tenía nada que decirle, y él respondió que todavía no era el momento, que tuviese un poco más de paciencia. Ella dijo que esperaría todo el tiempo que fuese necesario, que la conversación que mantuvieron en el coche después de aquella cena, cuando le confesó que había mentido, fue como una puerta que se abrió durante un instante para luego volver a cerrarse, pero por lo menos ella quedó sabiendo que lo que los separaba era sólo una puerta, no un muro. Él no respondió, se limitó a afirmar con la cabeza, mientras pensaba que el peor de todos los muros es una puerta de la que nunca se ha tenido la llave, y él no sabe dónde encontrarla, ni siquiera sabe si la llave existe. Entonces, como él no hablaba, ella dijo, Es tarde, me voy, y él dijo, No te vayas todavía, Tengo que irme, mi madre me está esperando, Perdona. Ella se levantó, él también, se miraron uno al otro, se besaron en la mejilla, como habían hecho a la llegada, Bueno, adiós, dijo ella, Bueno, adiós, dijo él, llámame cuando estés en casa, Sí, se miraron una vez más, después ella le tomó la mano que él iba a ponerle en el hombro como despedida y, dulcemente, como si guiase a un niño, lo llevó al dormitorio.

La carta de Antonio Claro llegó el viernes. Acompañando el croquis venía una nota manuscrita, no firmada y sin vocativo, que decía, El encuentro será a las seis de la tarde, espero que pueda encontrar el sitio sin dificultad. La letra no es exactamente igual a la mía, pero la diferencia es pequeña, donde más se nota es en la mayúscula, murmuró Tertuliano Máximo Afonso. El plano mostraba una salida de la ciudad, señalaba dos poblaciones separadas por ocho kilómetros, una a cada lado de la carretera y, entre ellas, un camino hacia la derecha que se adentraba en el campo hasta otra población de menor importancia que las otras según el plano. Desde allí, otro camino, más estrecho, se detenía, un kilómetro más allá, en una casa. Lo que la señalaba era la palabra casa, no un dibujo rudimentario, el esbozo simple que la más inhábil de las manos es capaz de trazar, un tejado con su chimenea, una fachada con la puerta en medio y una ventana a cada lado. Sobre la palabra, una flecha roja eliminaba cualquier posibilidad de equivocación, No vaya más lejos. Tertuliano Máximo Afonso abrió un cajón, sacó un mapa de la ciudad y de las áreas limítrofes, buscó e identificó la salida conveniente, aquí está la primera población, el camino que sale a la derecha, antes de llegar a la segunda, la población pequeña más adelante, sólo le falta el acceso final. Tertuliano Máximo Afonso miró otra vez el croquis, Si es una casa, pensó, no vale la pena que cargue con un espejo, de eso hay en todas las casas. Se había imaginado que el encuentro se produciría en un descampado, lejos de miradas curiosas, tal vez bajo la protección de un árbol frondoso, y resulta que iba a ser bajo techo, algo así como una reunión de personas conocidas, con la copa en la mano y frutos secos para picar. Se preguntó si la mujer de Antonio Claro también iría, si estaría allí para comparar el tamaño y la configuración de las cicatrices de la rodilla izquierda, para medir el espacio entre las dos señales del antebrazo derecho y la distancia que las separa, a uno del epicóndilo, al otro, de los huesos del carpo, y después decir No se aparten de mi vista para que no los confunda. Pensó que no, que no tendría sentido que un hombre digno de este nombre acudiera a un encuentro potencialmente conflictivo, por no decir llanamente arriesgado, baste recordar que Antonio Claro tuvo la delicadeza caballerosa de prevenir a Tertuliano Máximo Afonso de que se presentaría armado, llevando detrás a la mujer, como para esconderse entre sus faldas a la menor señal de peligro. Irá solo, yo tampoco llevaré a María Paz, estas palabras desconcertantes las pronunció Tertuliano Máximo Afonso sin tener en cuenta la abisal diferencia que hay entre una esposa legítima, exornada de todos los inherentes derechos y deberes, y una relación sentimental de temporada, por más firme que la afección de la mencionada María Paz nos haya parecido siempre, ya que del otro lado es lícito, si no obligatorio, dudar. Tertuliano Máximo Afonso guardó el mapa y el croquis en el cajón, pero no el billete manuscrito. Se lo colocó delante, tomó una pluma y escribió toda la frase en un papel, con una caligrafía que procuraba imitar lo mejor posible a la otra, principalmente la mayúscula, donde la diferencia más se notaba. Siguió escribiendo, repitió la frase hasta cubrir toda la hoja de papel, en la última ni el más experimentado grafólogo sería capaz de descubrir el más insignificante indicio de falsificación, lo que Tertuliano Máximo Afonso consiguió en aquella rápida copia de la firma de María Paz no tiene sombra de comparación con la obra de arte que acaba de producir. A partir de ahora sólo tendrá que averiguar cómo Antonio Claro traza las mayúsculas desde la A a la D y desde la F a la Z, y luego aprender a imitarlas. Esto no significa, claro, que Tertuliano Máximo Afonso esté alimentando en su espíritu proyectos de futuro que tengan que ver con la persona del actor Daniel Santa-Clara, se trata únicamente de dar satisfacción, en este caso particular, a un gusto por el estudio que lo incitó, joven todavía, al ejercicio público de la laudable actividad de magíster. Igual que puede llegar a resultar útil saber cómo se mantiene un huevo de pie, tampoco deberá excluirse que una correcta imitación de las mayúsculas de Antonio Claro le pueda llegar a servir de algo en la vida a Tertuliano Máximo Afonso. Como enseñaban los antiguos, nunca digas de esta agua no beberé, sobre todo, añadimos nosotros, si no tienes otra. No habiendo sido formuladas estas consideraciones por Tertuliano Máximo Afonso, no está en nuestra mano desmenuzar la relación que pese a todo pudiera existir entre aquéllas y la decisión que acaba de tomar y adonde alguna reflexión suya que no captamos ciertamente le ha conducido. Esta decisión manifiesta el carácter por llamarlo así inevitable de lo obvio, porque, disponiendo Tertuliano Máximo Afonso del croquis que lo llevará al lugar donde se realizará el encuentro, nada más natural que se le ocurra la idea de inspeccionar antes el sitio, de estudiar las entradas y salidas, de tomarle las medidas, si la expresión se nos autoriza, con la ventaja adicional no desdeñable de que, haciéndolo, evitará el riesgo de perderse el domingo. La perspectiva de que el pequeño viaje lo distraerá durante unas horas de la penosa obligación de redactar la propuesta para el ministerio, no sólo le despejó los pensamientos, como, de manera en verdad sorprendente, le descongestionó la cara. Tertuliano Máximo Afonso no pertenece al número de esas personas extraordinarias que son capaces de sonreír hasta cuando están solas, su natural se inclina más a la melancolía, al ensimismamiento, a una exagerada conciencia de la transitoriedad de la vida, a una incurable perplejidad ante los auténticos laberintos cretenses que son las relaciones humanas. No comprende satisfactoriamente las razones del misterioso funcionamiento de una colmena ni lo que hizo que una rama de un árbol haya brotado donde y como brotó, es decir ni más arriba, ni más abajo, ni más gruesa, ni más delgada, pero atribuye esa dificultad suya de entendimiento al hecho de ignorar los códigos de comunicación genética y gestual en vigor entre las abejas y, más todavía, los flujos informativos que más o menos a ciegas circulan por la maraña de la red de autopistas vegetales que ligan las raíces hondas del suelo a las hojas que revisten el árbol y en calma descansan o con el viento se balancean. Lo que no comprende en absoluto, por mucho que haya puesto la cabeza a trabajar, es que, desarrollándose en auténtica progresión geométrica, de mejoría en mejoría, las tecnologías de comunicación, la otra comunicación, la propiamente dicha, la real, la de mí a ti, la de nosotros a vosotros, siga siendo esta confusión cruzada de callejones sin salida, tan engañosa de ilusorias plazas, tan simuladora cuando expresa como cuando trata de ocultar. A Tertuliano Máximo Afonso tal vez no le importase llegar a ser árbol, pero nunca lo ha de conseguir, su vida, como la de todos los humanos vividos y por vivir, no experimentará jamás la suprema experiencia del vegetal. Suprema, imaginamos nosotros, porque hasta ahora a nadie le ha sido dado leer la biografía o las memorias de un roble, escritas por él mismo. Preocúpese pues Tertuliano Máximo Afonso de las cosas del mundo a que pertenece, este de hombres y de mujeres que vocean y alardean con todos los medios naturales y artificiales, y deje los arbóreos en sosiego, que ellos ya tienen bastante con las plagas filopatológicas, la sierra eléctrica y los fuegos forestales. Preocúpese también de la conducción del coche que lo lleva al campo, que lo transporta fuera de una ciudad que es modelo perfecto de las modernas dificultades de comunicación, en versión tráfico de vehículos y peatones, especialmente en días como éste, viernes por la tarde, con todo el mundo saliendo de fin de semana. Tertuliano Máximo Afonso sale, pero luego regresará. Lo peor del tráfico ha quedado atrás, la carretera que tiene que tomar no es muy frecuentada, dentro de poco estará ante la casa en que Antonio Claro, pasado mañana, le estará esperando. Lleva pegada y bien ajustada la barba, por si acaso al atravesar la última población alguien le llama por el nombre de Daniel Santa-Clara y lo invita a tomar una cerveza, si, como es presumible, la casa que viene a examinar es propiedad de Antonio Claro o por él alquilada, vivienda en el campo, segunda residencia, gran vida la de los actores secundarios de cine si ya tienen entrada en comodidades que aún no hace muchos años eran privilegio de pocos. Teme no obstante Tertuliano Máximo Afonso que el camino estrecho por donde llegará a la casa y que ahora está ante él no tenga más que ese uso, es decir, no continúe más allá o sirva para otras viviendas cercanas, entonces la mujer que se asoma a la ventana se estará preguntando, o en voz alta a la vecina de al lado, adónde irá ese coche, que yo sepa no hay nadie en casa de Antonio Claro, y la cara del hombre no me gusta, quien usa barba es porque tiene algo que esconder, menos mal que Tertuliano Máximo Afonso no la ha oído, pasaría a tener ahora otra razón para inquietarse. En el camino de macadán casi no caben dos coches, no se circulará mucho por aquí. Al lado izquierdo, el terreno pedregoso baja poco a poco hacia un valle donde una extensa e ininterrumpida hilera de árboles altos, que a esta distancia se diría que está formada por fresnos y chopos, señala probablemente el margen de un río. Incluso a la velocidad prudente a que va Tertuliano Máximo Afonso, no sea que le aparezca de frente otro coche, un kilómetro se vence en nada, y éste ya está vencido, la casa debe de ser ésa. El camino sigue, serpentea en la ladera de dos colinas encabalgadas y desaparece al otro lado, lo más probable es que sirva a otras viviendas que desde aquí no llegan a verse, finalmente la mujer desconfiada sólo parece preocuparse de lo que está cerca del lugar donde vive, lo que quede más allá de sus fronteras no le interesa. De la explanada que se abre ante la casa, baja hacia el valle otro camino todavía más estrecho y con el piso en peor estado, Será otra manera de llegar aquí, pensó Tertuliano Máximo Afonso. Es consciente de que no deberá aproximarse demasiado a la vivienda, no vaya algún paseante, o pastor de cabras, que tiene aspecto de haberlas por aquí, a dar la alarma, Vengan, que hay un ladrón, en dos tiempos aparecerá por ahí la autoridad policial o en su falta un destacamento de vecinos armados de hoces y chuzos, a la antigua. Tiene que comportarse como un paseante que se detiene un minuto para contemplar el panorama y que, ya que está allí, echa una mirada apreciativa a una casa, cuyos dueños, ahora ausentes, tienen la suerte de disfrutar de esta magnífica vista. La vivienda es simple, de un solo piso, una típica casa rural con aspecto de haberse beneficiado de una restauración con criterio, aunque presenta algunas señales de abandono, como si los propietarios viniesen por aquí poco y poco tiempo cada vez. Lo que se espera de una casa en el campo es que tenga plantas en la entrada y en los antepechos de las ventanas, y ésta apenas puede mostrarlas, sólo unos tallos medio secos, una flor marchita y unos geranios valientes todavía en lucha contra la ausencia. La casa está separada del camino por un muro bajo, y por detrás, con las ramas sobresaliendo por encima del tejado, hay dos castaños que, por la altura y por la longeva edad que no es difícil calcularles, parecen muy anteriores a la construcción. Un sitio solitario, ideal para personas contemplativas, de esas que aman la naturaleza por lo que es, sin diferenciar entre el sol y la lluvia, entre el calor y el frío, entre el viento y la calma, con la comodidad que nos dan unos y otros nos niegan. Tertuliano Máximo Afonso dio la vuelta por la parte trasera de la casa, por un jardín que en tiempos habría merecido ese nombre y ahora no pasa de un espacio mal murado, invadido por cardos y una maraña de plantas bravías que ahogan un manzano atrofiado y un melocotonero con el tronco cubierto de líquenes, unas cuantas higueras del infierno, o estramonios, que es la palabra culta. Para Antonio Claro, tal vez también para la mujer, la casa rural debió de ser un amor de poca duración, una de esas pasiones bucólicas que atacan a veces a los urbanos y que, como la paja suelta, arden con fuerza si se les acerca un fósforo, y luego no son nada más que cenizas negras. Tertuliano Máximo Afonso ya puede regresar a su segundo piso con vistas a uno y otro lado de la calle y esperar la llamada telefónica que le hará volver aquí el domingo. Entró en el coche, desanduvo por donde había venido y, para mostrar a la mujer de la ventana que no le pesaba en la conciencia ningún delito contra la propiedad ajena, atravesó con reposada lentitud el pueblo, conduciendo como si estuviese abriéndose camino por entre un rebaño de cabras acostumbradas a usar las calles con la misma tranquilidad con que van a pastar al campo, entre retamas y tomillos. Tertuliano Máximo Afonso pensó si valdría la pena, sólo por curiosidad, tomar el atajo que, delante de la casa, parecía bajar al río, pero reconsideró a tiempo la idea, cuantas menos personas lo viesen por ahí, mejor. También es cierto que después del domingo nunca más volverá aquí, pero siempre sería mejor que nadie recordara al hombre de barba. A la salida de la población aceleró, pocos minutos después estaba en la carretera principal, en menos de una hora entraba en casa. Se dio un baño que lo alivió de la solanera del viaje, se cambió de ropa, y, acompañado por un refresco de limón que sacó del frigorífico, se sentó ante el escritorio. No va a seguir trabajando en la propuesta para el ministerio, va, como buen hijo, a telefonear a la madre. Ha de preguntarle cómo le va, ella dirá que bien, y tú cómo estás, igual que siempre, sin razones de queja, ya me extrañaba tu silencio, perdona, es que he tenido mucho que hacer, se supone que estas palabras, en los seres humanos, son el equivalente de los rápidos toques de reconocimiento que las hormigas se hacen unas a otras con las antenas cuando se topan en el sendero, como si dijeran, Eres de los míos, ya podemos comenzar a ocuparnos de cosas serias. Y cómo van tus problemas, preguntó la madre, En camino de resolverse, no te preocupes, Qué dices, preocuparme, como si no tuviese nada más que hacer en la vida, Menos mal que no te tomas muy a pecho el asunto, Será porque no ves mi cara, Venga, madre, tranquilízate, Me tranquilizaré cuando estés aquí, Ya no falta mucho, Y tu relación con María Paz, en qué punto está en este momento, No es fácil explicarlo, Por lo menos puedes intentarlo, Es verdad que me gusta y que la necesito, Otros se han casado con menos razones, Sí, pero me doy cuenta de que la necesidad es sólo cosa de un momento, nada más que eso, si mañana deja de existir, qué hago, Y el gustar, El gustar es lo natural en un hombre que vive solo y tiene la suerte de conocer a una mujer simpática, de aspecto agradable, con buena figura y, como se suele decir, de buenos sentimientos, O sea, poco, No digo que sea poco, digo que no es bastante, Querías a tu mujer, No lo sé, no me acuerdo, ya han pasado seis años, Seis años no es tanto como para olvidarse, Creía que la quería, ella seguramente creía lo mismo a mi respecto, al final los dos estábamos equivocados, es de lo más común, Y no quieres que con María Paz suceda una equivocación idéntica, No, no quiero, Por ti, o por ella, Por ambos, Más por ti que por ella, en todo caso, No soy perfecto, es suficiente que le evite a ella lo malo que no quiero para mí, mi egoísmo, en este caso, no llega hasta el punto de no ser capaz de defenderla también a ella, Tal vez a María Paz no le importe arriesgarse, Otro divorcio, el segundo para mí, el primero para ella, madre, ni pensarlo, En cualquier caso, podría salir bien, no sabemos todo lo que nos espera más allá de cada acción nuestra, Así es, Por qué lo dices de esa manera, Qué manera, Como si estuviéramos a oscuras y hubieses encendido y apagado una luz de repente, Ha sido impresión tuya, Repite, Repito, el qué, Lo que has dicho, Para qué, Te pido que lo repitas, Hágase tu voluntad, así es, Di sólo las dos palabras, Así es, No es lo mismo, Cómo que no es lo mismo, No ha sido lo mismo, Madre, por favor, fantasear en demasía no es el mejor camino para la paz del espíritu, las palabras que he dicho no significan nada más que asentimiento, concordia, Hasta ahí alcanzan mis luces, cuando era joven también consultaba los diccionarios, No te enfades, Cuándo vienes, Ya te lo he dicho, en breve, Necesitamos tener una conversación, Tendremos todas las que quieras, Sólo quiero una, Cuál, No finjas que no entiendes, quiero saber qué te pasa, y por favor no me vengas con historias preparadas, juego limpio y cartas sobre la mesa es lo que de ti espero, Esas palabras no parecen tuyas, Eran más de tu padre, acuérdate, Pondré todas las cartas sobre la mesa, Y me prometes que el juego será limpio, sin trucos, Será limpio, no habrá trucos, Así quiero a mi hijo, Veremos qué me dices cuando te ponga delante la primera carta de esta baraja, Creo que ya he visto todo lo que había que ver en la vida, Quédate con esa ilusión mientras no hablemos, Es así de serio, El futuro lo dirá cuando lo alcancemos, No tardes, por favor, Tal vez esté ahí a mediados de la semana que viene, Ojalá, Un beso, madre, Un beso, hijo. Tertuliano Máximo Afonso colgó el auricular, después dejó vagar libremente el pensamiento, como si siguiese hablando con la madre, Las palabras son el diablo, creemos que sólo dejamos salir de la boca las que nos convienen, y de repente aparece una que se mete por medio, no vemos de dónde surge, no era allí llamada, y, por su causa, que a veces después tenemos dificultad en localizar, el rumbo de la conversación muda bruscamente de cuadrante, pasamos a afirmar lo que antes negábamos, o viceversa, lo que acaba de ocurrir es el mejor de los ejemplos, no era mi intención hablarle tan pronto a mi madre de esta historia de locos, si es que realmente pensaba hacerlo alguna vez, y de un minuto a otro, sin darme cuenta cómo, ella se hizo con la promesa formal de que se la contaré, en este instante, probablemente, estará marcando una cruz en el calendario, en el lunes de la semana que entra, no vaya a ser que aparezca de improviso, la conozco, cada día que señale es el día que estaba obligado a llegar, la culpa no será suya, si falto. Tertuliano Máximo Afonso no está contrariado, goza de una indescriptible sensación de alivio, como si de súbito le hubiesen quitado un peso de los hombros, se pregunta qué ha ganado guardando silencio durante todos estos días y no encuentra ni una respuesta justa, dentro de poco tal vez sea capaz de dar mil explicaciones, cada una más plausible que otra, ahora sólo piensa que necesita desahogarse lo más rápidamente posible, tendrá el encuentro con Antonio Claro el domingo, dentro de dos días, nada le impedirá, pues, tomar el coche el lunes por la mañana y mostrarle a la madre todas las cartas que componen este rompecabezas, verdaderamente todas, porque una cosa sería haberle dicho a la madre hace tiempo, Existe un hombre tan parecido a mí que hasta tú nos confundirías, y otra, muy diferente, será decirle, He estado con él, ahora no sé quién soy. En este mismo instante se evaporó el breve consuelo que caritativamente lo había estado acunando y, en su lugar, como un dolor que de repente se hace recordar, el miedo reapareció. No sabemos todo lo que nos espera más allá de cada acción nuestra, había dicho la madre, y esta verdad común, al alcance de una simple ama de casa de provincia, esta verdad trivial que forma parte de la infinita lista de las que no vale la pena perder el tiempo enunciando porque ya a nadie le quitan el sueño, esta verdad de todos e igual para todos puede, en algunas situaciones, afligir y asustar tanto como la peor de las amenazas. Cada segundo que pasa es como una puerta que se abre para dejar entrar lo que todavía no ha sucedido, eso a que damos el nombre de futuro, aunque, desafiando la contradicción con lo que acaba de ser dicho, tal vez la idea correcta sea la de que el futuro es solamente un inmenso vacío, la de que el futuro no es más que el tiempo de que el eterno presente se alimenta. Si el futuro está vacío, pensó Tertuliano Máximo Afonso, entonces no existe nada a lo que pueda llamar domingo, su eventual existencia depende de mi existencia, si yo muero en este momento, una parte del futuro o de los futuros posibles quedaría para siempre cancelado. La conclusión a que Tertuliano Máximo Afonso iba a llegar, Para que el domingo exista en la realidad es necesario que yo siga existiendo, fue bruscamente cortada por el sonido del teléfono. Era Antonio Claro preguntando, Ha recibido ya el croquis, Lo he recibido, Tiene alguna duda, Ninguna, Quedé en telefonearle mañana, pero supuse que la carta ya había llegado, así que quiero confirmar el encuentro, Muy bien, allí estaré a las seis, No se preocupe del hecho de tener que atravesar el pueblo, yo usaré un desvío que me lleva directamente a casa, así a nadie le extrañará que pasen dos personas con la misma cara, Y el coche, Cuál, El mío, No tiene importancia, si alguien le confunde conmigo pensará que he cambiado de coche, además, últimamente, he ido pocas veces a la casa, Muy bien, Hasta pasado mañana, Hasta el domingo. Después de colgar, Tertuliano Máximo Afonso pensó que le podría haber dicho que llevaría una barba postiza. Tampoco tiene importancia, me la quitaré en seguida. El domingo dio un gran paso adelante.


Eran las seis y cinco de la tarde cuando Tertuliano máximo Afonso estacionó el coche enfrente de la casa, al otro lado del camino. El automóvil de Antonio Claro ya está ahí, junto a la entrada, arrimado al muro. Entre uno y otro media la diferencia de una generación mecánica, nunca Daniel Santa-Clara cambiaría su coche por alguno que se asemejara a este de Tertuliano Máximo Afonso. La cancela está abierta, la puerta de la casa también, pero las ventanas están cerradas. En el interior se entrevé un bulto que casi no se distingue desde fuera, pero la voz que sale de dentro es nítida y precisa, como debe ser la de un artista de plató, Entre, siéntase como si estuviera en su casa. Tertuliano Máximo Afonso subió los cuatro escalones de acceso y se paró en el umbral. Entre, entre, repitió la voz, sin cumplidos, aunque, por lo que veo, no me parece que usted sea la persona que esperaba, creía que el actor era yo, pero me he equivocado. Sin decir palabra, con parsimonia, Tertuliano Máximo Afonso se despegó la barba y entró. He aquí lo que se llama tener sentido escénico de lo dramático, me ha recordado a los personajes que aparecen exclamando altivamente Aquí estoy, como si eso tuviese alguna importancia, dijo Antonio Claro, mientras emergía de la penumbra y se colocaba en la plena luz que entraba por la puerta abierta. Se quedaron los dos parados mirándose. Lentamente, como si le resultara penoso arrancarse desde lo más hondo de lo imposible, la estupefacción se diseñó en el rostro de Antonio Claro, no en el de Tertuliano Máximo Afonso, que ya sabía lo que iba a encontrar. Soy la persona que le llamó, dijo, estoy aquí para que compruebe, con sus propios ojos, que no pretendía divertirme a su costa cuando le dije que éramos iguales, Efectivamente, balbuceó Antonio Claro con una voz que ya no parecía la de Daniel Santa-Clara, creía, debido a su insistencia, que habría entre nosotros una gran semejanza, pero le confieso que no estaba preparado para lo que tengo ante mí, mi propio retrato, Ahora que ya tiene prueba, puedo irme, dijo Tertuliano Máximo Afonso, No, eso no, le pedí que entrara, ahora le pido que nos sentemos para hablar, la casa está un poco descuidada, pero estos sillones están en buen estado y debo de tener algunas bebidas, aunque no hay hielo, No quiero que se moleste, Por favor, estaríamos mejor atendidos si mi mujer hubiera venido, pero no es difícil imaginar cómo se sentiría en este momento, más confusa y perturbada que yo, eso seguro, A juzgar por mi propia experiencia, no me cabe la menor duda, lo que he vivido estas semanas no se lo deseo ni a mi peor enemigo, Siéntese, por favor, qué quiere tomar, whisky o coñac, Soy poco bebedor, pero aun así prefiero el coñac, una gota, nada más. Antonio Claro trajo las botellas y las copas, sirvió al visitante, se puso a sí mismo tres dedos de whisky sin agua, después se sentó al otro lado de la pequeña mesa que los separaba. No salgo de mi asombro, dijo, Yo ya he pasado esa fase, respondió Tertuliano Máximo Afonso, ahora sólo me pregunto qué ocurrirá después de esto, Cómo me descubrió, Se lo dije cuando le llamé, le vi en una película, Sí, me acuerdo, esa en que hacía de recepcionista de un hotel, Exactamente, Después me vio en otras películas, Exactamente, Y cómo llegó hasta mí, si el nombre de Daniel Santa-Clara no viene en la guía telefónica, Antes de eso tuve que encontrar la manera de identificarlo entre los diversos actores secundarios que aparecen en los rótulos sin referencia alguna al personaje que interpretan, Tiene razón, Me llevó tiempo, pero conseguí lo que quería, Y por qué se tomó ese trabajo, Creo que cualquier otra persona en mi lugar habría hecho lo mismo, Supongo que sí, el caso era demasiado extraordinario como para no darle importancia, Llamé a las personas de apellido Santa-Clara que venían en la guía, Le dijeron que no me conocían, evidentemente, Sí, aunque una de ellas recordó que era la segunda persona que le telefoneaba preguntándole por Daniel Santa-Clara, Que otra persona, antes de usted, había preguntado por mí, Sí, Sería alguna admiradora, No, un hombre, Qué extraño, Lo extraño fue que me dijera que el hombre parecía estar desfigurando la voz, No entiendo, por qué iba alguien a desfigurar la voz, No tengo ni idea, Puede haber sido una impresión de la persona con quien habló, Quizá, Y cómo dio finalmente conmigo, Le escribí a la empresa productora, Me sorprende que le hayan dado mi dirección, También me dieron su verdadero nombre, Pensé que sólo lo supo a partir de la primera conversación que tuvo con mi mujer, Me lo dijo la empresa, En lo que a mí respecta, por lo menos que yo sepa, es la primera vez que lo han hecho, Puse en la carta un párrafo hablando de la importancia de los actores secundarios, supongo que eso los convencería, Lo más natural sería precisamente lo contrario, Aun así, lo conseguí, Y aquí estamos, Sí, aquí estamos. Antonio Claro bebió un trago de whisky, Tertuliano Máximo Afonso mojó los labios en el coñac, después se miraron, y en el mismo instante desviaron la vista. Por la puerta que seguía abierta entraba la luz declinante de la tarde. Tertuliano Máximo Afonso apartó su copa a un lado y puso las palmas de las manos sobre la mesa, con los dedos abiertos en estrella, Comparemos, dijo. Antonio Claro tomó otro sorbo de whisky y colocó las suyas en simetría con las de él, presionándolas contra la mesa para que no se notara que temblaban. Tertuliano Máximo Afonso daba la impresión de estar haciendo lo mismo. Las manos eran iguales en todo, cada vena, cada arruga, cada pelo, las uñas una por una, todo se repetía como si hubiese salido de un molde. La única diferencia era la alianza de oro que Antonio Claro usaba en el dedo anular izquierdo. Veamos ahora las señales que tenemos en el antebrazo derecho, dijo Tertuliano máximo Afonso. Se levantó, se quitó la chaqueta, que dejó caer en el sillón, y se remangó la camisa hasta el codo. Antonio Claro también se había levantado, pero primero fue a cerrar la puerta y a encender las luces de la sala. Al colocar la chaqueta en el respaldo de una silla, no pudo evitar un ruido sordo. Es la pistola, preguntó Tertuliano Máximo Afonso, Sí, Creía que no la iba a traer, No está cargada, No está cargada son sólo tres palabras que dicen que no está cargada, Quiere que se lo demuestre, ya que parece que no cree en mí, Haga lo que quiera. Antonio Claro metió la mano en un bolsillo interior de la chaqueta y exhibió el arma, Aquí está. Con movimientos rápidos, eficaces, sacó el cargador vacío, echó para atrás la corredera y le mostró la recámara, vacía también. Está convencido, preguntó, Lo estoy, Y no sospecha que tenga otra pistola en otro bolsillo, Ya serían demasiadas pistolas, Serían las necesarias si hubiese planeado verme libre de usted, Y por qué el actor Daniel Santa-Clara tendría que librarse del profesor de Historia Tertuliano Máximo Afonso, Usted mismo puso el dedo en la herida cuando se preguntó qué sucedería después de esto, Estaba dispuesto a irme, fue usted quien me dijo que me quedara, Es cierto, pero su retirada nada habría resuelto, aquí o en su casa, o dando sus clases, o durmiendo con su mujer, No estoy casado, Usted siempre sería mi copia, mi duplicado, una imagen permanente de mí mismo en un espejo en el que no me estaría mirando, algo probablemente insoportable, Dos tiros resolverían la cuestión antes de que fuera patente, Así es, Pero la pistola está descargada, Exacto, Y no lleva otra en otro bolsillo, Justamente, Luego volvamos al principio, no sabemos qué va a suceder después de esto. Antonio Claro ya se había subido la manga de la camisa, a la distancia en que se encontraban uno del otro no se distinguían bien las señales en la piel, pero, cuando se aproximaron a una luz, aparecieron, nítidas, precisas, iguales. Esto parece una película de ciencia ficción escrita, dirigida e interpretada por clones a las órdenes de un sabio loco, dijo Antonio Claro, Todavía tenemos que ver la cicatriz de la rodilla, recordó Tertuliano Máximo Afonso, No creo que merezca la pena, la prueba está más que hecha, manos, brazos, caras, voces, todo en nosotros es igual, sólo faltaría que nos desnudásemos por completo. Volvió a servirse whisky, miró el líquido como si esperase que de allí pudiera emerger alguna idea, y de repente preguntó, Y por qué no, sí, y por qué no, Sería caricaturesco, usted mismo acaba de decir que la prueba ya está hecha, Caricaturesco, por qué, de cintura para arriba o de cintura para arriba y para abajo, nosotros, los actores de cine, y de teatro también, casi no hacemos otra cosa que desnudarnos, No soy actor, No se desnude, si no quiere, pero yo voy a hacerlo, no me cuesta nada, estoy más que habituado, y, si la igualdad se repite en todo el cuerpo, usted se estará viendo a sí mismo cuando me mire a mí, dijo Antonio Claro. Se quitó la camisa con un solo movimiento, se descalzó y se sacó los pantalones, después la ropa interior, finalmente los calcetines. Estaba desnudo desde la cabeza a los pies y era, desde la cabeza a los pies, Tertuliano Máximo Afonso, profesor de Historia. Entonces Tertuliano Máximo Afonso pensó que no podía quedarse atrás, que tenía que aceptar el desafío, se levantó del sillón y comenzó también a desnudarse, pero conteniendo los gestos por pudor y falta de hábito, pero, cuando terminó, un poco encogida la figura debido a la timidez, se había convertido en Daniel Santa-Clara, actor de cine, con la única excepción visible de los pies, porque no llegó a quitarse los calcetines. Se miraron en silencio, conscientes de la total inutilidad de cualquier palabra que profiriesen, víctimas de un sentimiento confuso de humillación y pérdida que se sobreponía al asombro, que sería la manifestación natural, como si la chocante conformidad de uno hubiese robado algo a la identidad propia del otro. El primero en acabar de vestirse fue Tertuliano Máximo Afonso. Se quedó de pie, con la actitud de quien piensa que ha llegado el momento de retirarse, pero Antonio Claro dijo, Le pido el favor de que se siente, hay todavía un último punto que me gustaría aclarar, no lo retendré mucho más tiempo, De qué se trata, preguntó Tertuliano Máximo Afonso mientras, con reluctancia, volvía a sentarse, Me refiero a las fechas en que nacimos, y también a las horas, dijo Antonio Claro sacando del bolsillo de la chaqueta la cartera y, de su interior, un documento de identidad que presentó a Tertuliano Máximo Afonso por encima de la mesa. Éste lo miró rápidamente, se lo devolvió y dijo, Nací en la misma fecha, año, mes y día, No se molestará si le pido que me muestre su documentación, De ningún modo. El carnet de Tertuliano Máximo Afonso pasó a las manos de Antonio Claro, donde se demoró tres segundos, y regresó a su propietario, que preguntó, Se da por satisfecho, Todavía no, todavía falta por conocer las horas, mi idea es que las escribamos en un papel, cada uno en uno, Por qué, Para que el segundo en hablar, si ésa es la manera acordada, no ceda a la tentación de sustraer quince minutos a la hora que hubiese sido declarada por el primero, Y por qué no aumentar esos quince minutos, Porque cualquier aumento iría en contra de los intereses del segundo que hablara, El papel no garantiza la seriedad del proceso, nadie podría impedirme escribir, y esto es un ejemplo, que nací en el primer minuto del día, cuando no fue así en realidad, Habría mentido, Pues sí, pero cualquiera de los dos, con quererlo, puede faltar a la verdad aunque, simplemente, nos limitemos a decir en voz alta la hora en que nacimos, Tiene razón, es una cuestión de rectitud y buena fe. Tertuliano Máximo Afonso temblaba por dentro, desde el principio de todo sabía que este momento acabaría llegando, pero nunca imaginó que iba a ser él quien lo invitara a manifestarse, quien rompiera el último sello, quien revelara la única diferencia. Conocía de antemano cuál iba a ser la respuesta de Antonio Claro, pero incluso así preguntó, Y qué importancia puede tener que nos digamos uno a otro la hora en que vinimos al mundo, La importancia que tendrá es que sabremos cuál de los dos, usted o yo, es el duplicado del otro, Y qué nos sucederá, a uno y a otro, cuando lo sepamos, De eso no tengo la menor idea, sin embargo, mi imaginación, los actores también tenemos alguna, me dice que, como mínimo, no será cómodo vivir sabiéndose el duplicado de otra persona, Y está dispuesto, por su parte, a arriesgarse, Más que dispuesto, Sin mentir, Espero que no sea necesario, respondió Antonio Claro con una sonrisa estudiada, una composición plástica de labios y dientes donde, en dosis idénticas e indiscernibles, se reunían la franqueza y la maldad, la inocencia y el descaro. Después añadió, Naturalmente, si lo prefiere, podemos echar a suertes a quién le tocará hablar en primer lugar, No es necesario, yo empiezo, usted mismo acaba de decir que es una cuestión de rectitud y buena fe, dijo Tertuliano Máximo Afonso, Entonces a qué hora nació, A las dos de la tarde. Antonio Claro puso cara de pena y dijo, Yo nací media hora antes, o, hablando con absoluta exactitud cronométrica, saqué la cabeza a las trece horas y veintinueve minutos, lo lamento, querido amigo, pero yo ya estaba aquí cuando usted nació, el duplicado es usted. Tertuliano Máximo Afonso engulló de un trago el resto del coñac, se levantó y dijo, La curiosidad me trajo a este encuentro, ahora que ya está satisfecha, me retiro, Hombre, no se vaya tan deprisa, hablemos un poco más, todavía no es tarde, y hasta, si no tiene otro compromiso, podríamos cenar juntos, aquí cerca hay un buen restaurante, con su barba no correríamos peligro, Gracias por la invitación, pero no acepto, tendríamos poca cosa que decirnos el uno al otro, no creo que a usted le interese la Historia, y yo estoy curado de cine para los años más próximos, Está contrariado por el hecho de no haber sido el primero en nacer, de que yo sea el original y usted el duplicado, Contrariado no es la palabra justa, simplemente preferiría que no hubiese sucedido así, pero no me pregunte por qué, sea como sea no lo he perdido todo, todavía tengo una pequeña compensación, Qué compensación, La de que usted no va a lucrarse yendo por el mundo presumiendo de ser el original de nosotros dos, si el duplicado que soy yo no está a la vista para las necesarias comprobaciones, No intento difundir a los cuatro vientos esta historia increíble, soy un artista de cine, no un fenómeno de feria, Y yo un profesor de Historia, no un caso teratológico, Estamos de acuerdo, No hay, por tanto, ninguna razón para que volvamos a encontrarnos, Eso creo, No me queda más, por consiguiente, que desearle la mayor suerte en el desempeño de un papel del que no va a sacar ninguna ventaja, dado que no tendrá público aplaudiéndole, y le prometo que este duplicado se mantendrá fuera del alcance de la curiosidad científica, más que legítima, y del cotilleo periodístico, que no lo es menos, porque de eso vive, supongo que ya habrá oído decir que la costumbre hace ley, si no fuera así, puedo asegurarle que el Código de Hammurabi no hubiera sido escrito, Nos mantendremos alejados, En una ciudad tan grande como esta en la que vivimos no será difícil, además, nuestras vidas profesionales son tan diferentes que nunca habría sabido de su existencia de no ser por aquella maldita película, en cuanto a la probabilidad de que un actor de cine se interese por un profesor de Historia, ésa ni siquiera tiene expresión matemática, Nunca se sabe, la probabilidad de que existiésemos tal como somos era cero, y sin embargo estamos aquí, Intentaré imaginarme que no vi la película, ésa y las otras, o mejor recordaré sólo que viví una larga y agónica pesadilla, para comprender al final que el asunto no era para tanto, un hombre igual a otro, qué importancia tiene, si quiere que le hable francamente, la única cosa que me preocupa en este momento es si, habiendo nacido en el mismo día, también moriremos en el mismo día, No veo a qué propósito viene ahora semejante preocupación, La muerte siempre viene a propósito, Usted da la impresión de que sufre una obsesión morbosa, cuando me llamó el otro día dijo las mismas palabras, y tampoco venían a cuento, Entonces me salieron sin pensar, fue una de esas frases fuera de lugar y de contexto que entran en una conversación sin que las hubiésemos llamado, Que no es el caso de ahora, Le molesta, No me molesta nada, Quizá sí le molestaría si reflexionase sobre una idea que se me acaba de ocurrir, Qué idea, La de que, si somos tan iguales, como hoy nos ha sido dado comprobar, la lógica identitaria que parece unirnos determinará que usted muera antes que yo, precisamente treinta y un minutos antes que yo, durante treinta y un minutos el duplicado ocupará el espacio del original, será original él mismo, Le deseo que viva bien esos treinta y un minutos de identidad personal, absoluta y exclusiva, porque a partir de ahora no va a tener otros, Muy simpático por su parte, agradeció Tertuliano Máximo Afonso. Se colocó la barba con todo el esmero, comprimiéndola delicadamente con las puntas de los dedos, ya no le temblaban las manos, dio las buenas tardes y se encaminó a la puerta. Allí se detuvo de repente, se volvió y dijo, Ah, se me había olvidado lo más importante, todas las pruebas se han realizado excepto una, Cuál, preguntó Antonio Claro, La prueba del ADN, el análisis de la codificación de nuestra información genética, o, con palabras más sencillas, al alcance de cualquier inteligencia, el argumento decisivo, la prueba del nueve, Eso ni pensarlo, Tiene razón, tendríamos que ir los dos al laboratorio de genética de la mano para que nos cortaran una uña o nos extrajeran una gota de sangre, y entonces, sí, sabríamos si esa igualdad no es nada más que una casual coincidencia de colores y formas exteriores, o si somos la demostración duplicada, en original y en duplicado, quiero decir, de que la imposibilidad era la última ilusión que nos quedaba, Nos considerarían casos teratológicos, o fenómenos de feria, Y eso sería insoportable para ambos, Nada más exacto, Menos mal que estamos de acuerdo, En algo tendría que ser, Buenas tardes, Buenas tardes.

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