– ¿Tomas algo más aparte del antidepresivo?
– Sí. Es más que nada un sedante. Pero no son los tranquilizantes, son los antidepresivos. Creo que funcionan.
– ¿Puedes dormir?
– Desde luego. Al principio me costaba un poco, pero ahora me lo han solucionado.
– ¿Hablas con un médico durante el día?
– Sí. -Brad se echó a reír, y por primera vez pareció él mismo-. No sirve de nada. Es simpático. Te dice que levantes el ánimo y que todo se va a arreglar.
– Escucha, Bradford. ¿Recuerdas cuando te enfadaste por algo con Clarence y le diste dos semanas de preaviso antes de marcharte? Te dije que no lo hicieras. «Pero ya he presentado la dimisión», me dijiste. «Pues rescíndela», te dije. Y tú me hiciste caso. ¿Quién más, aparte de Clarence, y qué otra agencia habría tolerado semejante actitud por parte de un redactor? Recuerdo que lo hiciste en dos ocasiones. Y te quedaste otros diez años.
Logró que Brad volviera a reír.
– Sí, siempre he estado como una cabra -comentó.
– Trabajamos juntos durante muchos años. Interminables y silenciosas horas juntos, cientos y cientos, tal vez miles y miles de silenciosas horas juntos en tu despacho o el mío, tratando de sacar el trabajo adelante.
– Eso era algo serio -dijo Brad.
– Ya lo creo. Tú eras algo serio. No lo olvides.
– Gracias, amigo.
– ¿Cuándo van a darte el alta? ¿Cuándo crees que será?
– Pues la verdad es que no lo sé. Imagino que será cuestión de un par de semanas. Desde que estoy aquí me siento mucho menos deprimido que cuando estaba fuera. Me siento bastante centrado. Creo que voy a recuperarme.
– Esa es una buena noticia. Volveré a llamar. Espero que hablemos muy pronto en mejores circunstancias.
– Muy bien -replicó Brad-. Gracias por llamarme. Muchísimas gracias. No puedes imaginarte cuánto me alegra que me hayas llamado.
Después de colgar el aparato, se preguntó: ¿Sabía que era yo? ¿Recordaba de veras lo que yo recordaba? Tan solo por su voz no puedo imaginar que pueda salir jamás de ahí.
Luego hizo la tercera llamada. No podía dejar de hacerla, aunque enterarse de la hospitalización de Brad y de la muerte de Clarence y ver el daño causado por la apoplejía de Phoebe le daban bastante motivo para reflexionar durante un tiempo. Como también que Gwen le recordara cómo enseñó a Nancy a cantar «Smile» igual que Nat «King» Cole. Llamó a Ezra Pollock, de quien no se esperaba que llegara vivo a fin de mes pero que, asombrosamente, cuando respondió al teléfono parecía feliz, satisfecho y no menos arrogante que de costumbre.
– ¿Qué pasa, Ez? -le dijo-. Pareces eufórico.
– Me siento con ánimo para conversar porque es la única diversión que tengo.
– ¿Y no estás deprimido?
– En absoluto. No tengo tiempo para estar deprimido. Estoy totalmente concentrado. -Ezra se echó a reír y añadió-: Ahora veo cómo son realmente las cosas.
– ¿Incluido tú mismo?
– Sí, por increíble que parezca. He prescindido de todas las chorradas y por fin voy al grano. He empezado mis memorias sobre el negocio publicitario. Antes de irte has de enfrentarte a los hechos. Si vivo, escribiré algo bueno.
– Estupendo, y no te olvides de incluir la ocasión en que entraste en mi despacho y me dijiste: «Muy bien, aquí tienes la terrorífica fecha límite: mañana a primera hora debo tener ese esquema argumental en mis manos».
– Y funcionó, ¿verdad?
– Eras diligente, Ez. En una ocasión te pregunté por qué aquel puñetero detergente era tan suave para las delicadas manos de una dama. Me entregaste veinte páginas sobre los áloes. Obtuve el premio a la dirección de arte por aquella campaña, y fue gracias a esas páginas. Deberían habértelo dado a ti. Cuando estés mejor, iremos a comer y te llevaré la estatuilla.
– Trato hecho -dijo Ez.
– ¿Y el dolor, si es que tienes?
– Sí, está ahí, lo tengo, pero he aprendido a dominarlo. Me dan medicamentos especiales y me atienden cinco médicos. Cinco. Un oncólogo, un urólogo, un especialista en medicina interna, una enfermera de pacientes terminales y un hipnotizador para ayudarme a superar las náuseas.
– ¿A qué se deben las náuseas, a la terapia?
– Sí, y el cáncer también te provoca náuseas. Vomito mucho.
– ¿Es eso lo peor?
– A veces tengo la sensación de que voy a excretar la próstata.
– ¿No te la pueden extirpar?
– No serviría de nada. Ya es demasiado tarde para eso. Y es una operación importante. He perdido mucho peso. Tengo anemia. La intervención me debilitaría tanto que también debería abandonar el tratamiento. Eso de que avanza lentamente es una gran mentira. Avanza a la velocidad del rayo. A mediados de junio no tenía nada en la próstata, pero a mediados de agosto el tumor se había extendido demasiado para poder extirparlo. Así que hazte mirar la próstata, muchacho.
– Siento mucho todo esto, pero me alegra oír que sigues siendo el de siempre. Eres tú mismo, incluso más aún.
– Lo único que quiero es escribir esas memorias-replicó Ez- Ya he hablado bastante de ello, ahora tengo que escribirlo. Todo lo que me ocurrió en ese negocia Si puedo escribir esas memorias, le habré dicho a la gente quién soy. Si puedo escribirlas, moriré con una sonrisa en los labios. ¿Y qué me dices de ti? ¿Eres feliz con lo que haces? ¿Te dedicas a pintar? Siempre decías que eso era lo que harías. ¿Estás pintando?
– Sí, lo hago -le mintió-. Todos los días. Va bien.
– Nunca pude escribir ese libro, ¿sabes? Nada más jubilarme, empecé a bloquearme una y otra vez. Pero en cuanto se me declaró el cáncer, la mayor parte de mis bloqueos desaparecieron. Ahora puedo hacer lo que quiera.
– Es una terapia brutal contra el bloqueo del escritor.
– Sí -replicó Ez-. Así es. No lo aconsejo. Mira, puede que salga de esta. Entonces podremos ir a comer juntos y me darás la estatuilla. Si lo supero, los médicos dicen que podré llevar una vida normal.
Si ya le habían asignado una enfermera de pacientes terminales, parecía improbable que los médicos le hubieran dicho tal cosa. Aunque tal vez lo hubieran hecho para levantarle el ánimo, o tal vez Ez se imaginaba que lo habían hecho, o puede que la arrogancia le hiciera hablar así, aquella maravillosa arrogancia suya, imposible de erradicar.
– Bueno, te deseo suerte, Ez -le dijo-. Si quieres hablar conmigo, toma nota de mi número. -Se lo dio.
– Estupendo -dijo Ezra.
– Estoy siempre aquí. Si te apetece, hazlo, llámame. Cuando quieras. ¿Lo harás?
– Muy bien. Lo haré.
– De acuerdo. Bueno, adiós.
– Adiós, hasta pronto -replicó Ezra-. Sácale brillo a la estatuilla.
Durante horas, después de las tres llamadas consecutivas (y tras la predecible banalidad e inutilidad de la charla para levantar la moral, tras el intento de revivir el espíritu de antaño al evocar recuerdos de las vidas de sus colegas, tratando de encontrar algo que decir para animar a los que carecían de esperanzas y apartarlos del borde del abismo), lo que quería hacer no solo era telefonear a su hija, a la que había encontrado en el hospital con Phoebe, sino revivir su propio espíritu telefoneando a sus padres. Sin embargo, lo que había sabido no era nada comparado con el ataque inevitable que es el final de la vida. De haber sido consciente del sufrimiento mortal de cada hombre y mujer a los que había conocido durante sus años de vida profesional, de la dolorosa historia de pesar, pérdida y estoicismo de cada uno, de miedo, pánico, aislamiento y terror, de haber conocido cada cosa que les había sido arrebatada y que en otro tiempo había sido vitalmente suya, y la manera sistemática en que eran destruidos, habría tenido que permanecer junto al teléfono todo el día hasta la noche, haciendo otro centenar de llamadas por lo menos. La vejez no es una batalla; la vejez es una masacre.
La siguiente vez que fue al hospital para la revisión anual de las carótidas, el sonograma reveló que la segunda carótida estaba seriamente obstruida y requería una intervención quirúrgica. Aquel iba a ser el séptimo año seguido que le hospitalizaban. La noticia le sobresaltó, en particular porque aquella mañana le habían comunicado por teléfono la muerte de Ezra Pollock, pero por lo menos le operaría el mismo cirujano vascular y la intervención sería en el mismo hospital, y esta vez sabría lo suficiente para no conformarse con anestesia local y pedir que le durmieran del todo. Se esforzó tanto por convencerse, tras su experiencia de la primera operación de carótida, de que no en nada preocupante, que no se molestó en informar a Nancy, sobre todo mientras ella todavía tuviera que ocuparse de su madre. Sin embargo, se empeñó en localizar a Maureen Mrazek, aunque en pocas horas agotó todas las pistas que podía haber tenido sobre su paradero.
Solo quedaba Howie, a quien por entonces llevaba un tiempo sin telefonear. Era como si desde que sus padres murieran hacía tiempo experimentara toda clase de impulsos que antes estaban proscritos o sencillamente no existían, y el hecho de que les diera rienda suelta con la cólera de un enfermo (la cólera y la desesperación de un enfermo sombrío incapaz de evitar la trampa más letal de la enfermedad prolongada, que es la distorsión del carácter) hubiera destruido el último vínculo con las personas que más quería de todas las que había conocido. Su primera aventura amorosa había sido con su hermano. Lo único sólido durante toda su vida había sido su admiración por aquel hombre bueno. Todos sus matrimonios habían sido un desastre, pero a lo largo de sus vidas adultas él y su hermano se habían mantenido verdaderamente fieles. A Howie nunca era necesario pedirle nada. Y ahora lo había perdido, y de la misma manera había perdido a Phoebe… y el único culpable era él. Como si no hubiera ya cada vez menos personas que significaran algo para él, había completado la descomposición de la familia original. Pero descomponer familias era su especialidad. ¿No había despojado a tres hijos de una infancia coherente y de la protección amorosa y constante de un padre como aquel a quien él mismo había idolatrado, que había pertenecido exclusivamente a él y a Howie, un padre que no había sido de nadie más?
Al darse cuenta de todo lo que había aniquilado, por si solo y sin ninguna buena razón aparente, y, lo que era todavía peor, contra su misma intención, contra su voluntad, al pensar en su dureza hacia un hermano que nunca había sido duro con él, que jamás había dejado de sosegarle y acudir en su ayuda, en el efecto que había tenido en sus hijos su abandono de hogares… ante el humillante reconocimiento de que ahora estaba disminuido no solo físicamente sino convertido en alguien que no quería ser, empezó a golpearse el pecho con el puño, de forma cadenciosa a modo de autoinculpación, y solo por unos pocos centímetros no lo hizo sobre el desfibrilador. En aquel momento, sabía mucho mejor de lo que Randy o Lonny sabrían jamás dónde radicaba su insuficiencia. Aquel hombre, de ordinario ecuánime, se golpeaba enfurecido el corazón como un fanático al orar, y, bajo los embates del remordimiento, no solo por aquel error sino por todos sus errores, todos los imborrables, estúpidos e inevitables errores, arrebatado por la desgracia de sus limitaciones pero actuando como si cada incomprensible contingencia de la vida fuese obra suya, dijo en voz alta: «¡Sin Howie siquiera! ¡Acabar así, y ni siquiera con él!».
En el rancho que Howie tenía en Santa Bárbara había una confortable casita para invitados, casi tan grande como su apartamento. Un verano, años atrás, él, Phoebe y Nancy se alojaron allí durante dos semanas, mientras Howie y su familia estaban de vacaciones en Europa. La piscina se encontraba justo enfrente de la entrada, los caballos de Howie correteaban por las colinas y la servidumbre les preparó la comida y los atendió en todo. Lo último que había sabido era que uno de los hijos de Howie, Steve, el oceanógrafo, vivía temporalmente allí con su novia. ¿Se atrevería a pedirlo? ¿Podría ir directamente allí y decirle a su hermano que le gustaría alojarse en la casa para invitados durante un par de meses hasta que decidiera dónde viviría a continuación? Si pudiera volar a California después de la intervención y disfrutar de la compañía de su hermano durante el período inicial de la convalecencia…
Marcó el número telefónico de Howie. Le respondió el contestador automático, y dejó su nombre y su número. Más o menos una hora después le telefoneó Rob, el hijo menor de Howie.
– Mis padres están en el Tíbet -le informó Rob.
– ¿El Tíbet? ¿Qué están haciendo allí? -Creía que estaban en Santa Bárbara y que Howie no quería ponerse al aparato.
– Papá fue a Hong Kong en viaje de negocios, creo que a una reunión de la junta, y mi madre le acompañó. Luego fueron a visitar el Tíbet.
– ¿Permiten a los occidentales visitar el Tíbet?
– Sí, claro -respondió Rob-. Estarán allí tres semanas más. ¿Quieres dejarles un mensaje? Puedo comunicarme con ellos por correo electrónico. Es lo que hago cada vez que les llama alguien.
– No, no es necesario. ¿Cómo están tus hermanos, Rob?
– Todos están bien. ¿Y tú qué tal estás?
– Voy tirando -respondió, y colgó.
Muy bien, se había divorciado tres veces, había sido un marido en serie distinguido no menos por su entrega que por sus felonías y errores, y debería seguir arreglándoselas solo. A partir de entonces debería arreglárselas siempre solo. Incluso cuando era veinteañero, cuando él mismo se consideraba convencional, y hasta bien entrada la cincuentena, había recibido por parte de las mujeres toda la atención que podía desear; desde que ingresó en la escuela de arte, esa atención nunca había cesado. Era como si no estuviera destinado a otra cosa. Pero entonces sucedió algo imprevisto, imprevisto e impredecible: había vivido cerca de tres cuartos de siglo, y el estilo de vida productivo y activo había quedado atrás. Ya no poseía el atractivo viril del hombre productivo ni podían germinar en él los goces masculinos, y procuraba no echarlos mucho de menos. Durante cierto tiempo, y sin ayuda de nadie, había tenido la sensación de que el componente que le faltaba de algún modo regresaría para hacerle de nuevo inexpugnable y reafirmar su autoridad, que el derecho cancelado por error sería restaurado y que podría reanudar el camino allí donde lo había interrumpido solo unos años atrás. Pero ahora parecía que, como les sucede a todos los ancianos, se encontraba en un proceso de creciente disminución y tendría que pasar sus días sin sentido hasta el final tan solo como lo que era… los días y las noches inciertas y la obligación de soportar impotente el deterioro físico y la tristeza terminal y la espera, la interminable espera de nada. Así son las cosas» se decía, esto es lo que no podías saber.,…
El hombre que cruzó a nado la bahía con la madre de Nancy había llegado a donde jamás había soñado estar. Era el momento de preocuparse por la desaparición. Había alcanzado el remoto futuro.
Un sábado por la mañana, menos de una semana antes del día fijado para la intervención -tras una noche de sueños horribles en la que se despertó debatiéndose por respirar a las tres de la madrugada, tuvo que encender todas las luces del apartamento para aquietar sus temores y solo pudo volver a dormirse con las luces todavía encendidas-, pensó que le haría bien ir a Nueva York para ver a Nancy y los gemelos y visitar de nuevo a Phoebe, que ahora estaba en casa con una enfermera. Normalmente su deliberada independencia constituía su mayor fortaleza; por eso podía llevar una nueva vida en un nuevo lugar sin preocuparse por dejar atrás a familiares y amigos. Pero desde que abandonara toda esperanza de vivir con Nancy o alojarse en casa de Howie, tenía la sensación de que se estaba convirtiendo en una criatura infantil que iba debilitándose cada día que pasaba. ¿Era la inminencia de la séptima hospitalización anual lo que minaba su confianza? ¿Era la perspectiva de que su pensamiento estuviera monopolizado por la enfermedad y excluyera todo lo demás? ¿O era la percepción de que con cada una de aquellas estancias en el hospital, que se remontaban a la infancia y proseguían hasta su inminente operación, el número de presencias junto a su cama disminuía y el ejército con el que empezara se había reducido hasta quedarse en nada? ¿O era sencillamente la premonición de lo irremisible por venir?
Lo que había soñado era que estaba acostado desnudo junto a Millicent Kramer, aquella alumna de su clase de arte. El abrazaba su cuerpo muerto y frío como había abrazado a Phoebe aquella vez en que la migraña era tan fuerte que vino el médico para ponerle una inyección de morfina, que eliminó el dolor pero le provocó unas alucinaciones aterradoras. Cuando él se despertó en plena noche y encendió todas las luces, bebió un poco de agua, abrió una ventana y fue de un lado a otro del apartamento para recobrar la compostura, a su pesar solo pensaba en una sola cosa: cómo había sido para ella la experiencia de suicidarse. ¿Lo había hecho en un arrebato, engullendo las píldoras antes de poder cambiar de idea? Y después de que por fin las hubiera tomado, ¿empezó a gritar diciendo que no quería morir, que tan solo no podía seguir enfrentándose a aquel dolor paralizante, que todo lo que quería era que el dolor cesara, gritó entre lágrimas que tan solo quería que Gerald estuviera allí para ayudarla, para decirle que aguantara, asegurarle que podía soportarlo y que entre los dos lo superarían? ¿Murió con lágrimas en los ojos, musitando su nombre? ¿O lo hizo todo serenamente, convencida al final de que no estaba cometiendo un error? ¿Se tomó su tiempo, sosteniendo el frasco con expresión contemplativa antes de vaciar el contenido en la palma y tragarlo lentamente con su último vaso de agua, saboreando la última agua que tomaría jamás? ¿Estaba resignada y plenamente consciente de lo que hacía, enfrentándose con valor a todo cuanto dejaba atrás, tal vez sonriendo mientras lloraba y recordaba todos los placeres, todo lo que la había emocionado y complacido, su mente llena con centenares de momentos normales y corrientes que en su día significaron poco pero que entonces parecían especialmente destinados a inundar sus días de una felicidad trillada? ¿O acaso había perdido el interés por lo que dejaba atrás? ¿No estaba atemorizada y tan solo pensaba: Por fin ha terminado el dolor, el dolor ha desaparecido finalmente, y ahora no tengo más que dormirme para abandonar esta cosa alucinante?
Pero ¿cómo elige uno voluntariamente abandonar nuestra plenitud por esa nada interminable? ¿Cómo lo haría él? ¿Podría tenderse allí con serenidad y decir adiós? ¿Tenía la fuerza de Millicent Kramer para borrarlo todo?
Era una mujer de su edad. ¿Por qué no? En una situación tan terrible como la de ella, ¿qué eran unos años más o menos? ¿Quién se atrevería a recriminarle que abandonara la vida precipitadamente? Debo hacerlo, debo hacerlo, pensó. Mis seis stents me dicen que un día cercano deberé despedirme de todo sin temor. Pero abandonar a Nancy… ¡no puedo hacerlo! ¡Las cosas que podrían sucederle camino de la escuela! ¡La hija abandonada sin más protección por su parte que el vínculo biológico! ¡Y él privado por toda la eternidad de sus llamadas telefónicas matinales! Se vio corriendo en todas direcciones y al mismo tiempo atravesando el cruce principal del centro de Elizabeth: el padre fallido, el hermano envidioso, el marido artero, el hijo inútil, y solo a unas pocas manzanas de la joyería de su familia, llamando a gritos al elenco de familiares a los que no podía dar alcance por mucho que corriera tras ellos. «Mamá, papá, Howie, Phoebe, Nancy, Randy, Lonny… ¡ojalá hubiera sabido cómo hacerlo! ¿No podéis oírme? ¡Me marcho! ¡Esto ha terminado y me voy dejándoos a todos atrás!» Y, desapareciendo con tanta rapidez ante él como él ante ellos, volvían las cabezas para gritar a su vez, y de una manera muy significativa: «¡Demasiado tarde!».
«Me marcho»: las mismas palabras que le habían hecho despertarse, presa del pánico y sin aliento, pronunciadas en vida al abrazar a un cadáver.
No llegó a Nueva York. Cuando viajaba hacia el norte por la autopista de Jersey, recordó que al sur del aeropuerto de Newark se encontraba la salida del cementerio donde sus padres estaban enterrados, y cuando llegó allí, tomó el desvió y siguió la carretera que serpenteaba por un decrépito barrio residencial y pasaba ante una antigua y lúgubre escuela primaria hasta desembocar en una maltrecha carretera para camiones que bordeaba las aproximadamente diez hectáreas del cementerio judío. En el extremo había una calle deshabitada donde los instructores de las autoescuelas llevaban a sus alumnos para que aprendieran a hacer el cambio de sentido. Enfiló lentamente con el coche a través de la puerta abierta, de hojas con barrotes en forma de lanza, y estacionó el vehículo ante un pequeño edificio que en otro tiempo debió de ser una casa de oración y ahora era una ruina cavernosa. La sinagoga que administraba los asuntos del cementerio había sido desmantelada años atrás, cuando los fieles se trasladaron a los suburbios de los condados de Union, Essex y Morris, y no parecía que nadie se ocupara ya de su mantenimiento. La tierra estaba cediendo y se hundía alrededor de muchas tumbas, por todas partes las lápidas al pie de las sepulturas estaban ladeadas, y todo esto ni siquiera sucedía en el cementerio original, donde sus abuelos estaban enterrados, entre centenares de lápidas apretujadas, sino en las secciones más recientes, donde las lápidas de granito databan de la segunda mitad del siglo veinte. El no había reparado en nada de esto cuando se reunieron para enterrar a su padre. Todo lo que había visto era el ataúd sujeto por las correas sobre la tumba abierta. A pesar de lo sencillo y modesto que era, resultaba tan imponente que era imposible fijarse en nada más. Después siguió la brutalidad del entierro y la boca llena de tierra.
Durante el mes anterior, él había estado entre los deudos de dos entierros en dos cementerios distintos del condado de Monmouth, ambos bastante menos deprimentes que aquel y también menos peligrosos. En el transcurso de las últimas décadas, aparte de los vándalos que dañaban y destruían las lápidas y las edificaciones anexas del lugar donde sus padres estaban enterrados, también había atracadores en el cementerio. A plena luz del día atacaban a los ancianos que de vez en cuando iban solos o en parejas a visitar la tumba de un familiar. En el entierro de su padre, el rabino le informó de que, si estaba solo, lo más juicioso era que visitara a sus padres durante el período de las grandes festividades judías, cuando el departamento local de policía, a solicitud del comité de directivos del cementerio, habían accedido a proporcionar protección a los practicantes que iban a recitar los salmos pertinentes y recordar a sus difuntos. Él había escuchado al rabino y hecho gestos de asentimiento, pero no formaba parte de los creyentes, no digamos ya de los practicantes, y sentía una marcada aversión por las grandes festividades judías, por lo que nunca iba al cementerio en esa época.
Los fallecidos eran las dos mujeres de su clase que padecían cáncer y que murieron con una semana de diferencia. A los entierros asistió mucha gente de Starfish Beach. Al mirar a su alrededor no pudo evitar especular sobre quién de ellos sería el próximo en morir. En uno u otro momento, todo el mundo piensa que dentro de cien años nadie de los ahora vivos estará en el mundo, que la fuerza abrumadora los habrá barrido a todos. Pero él estaba pensando en términos de días. Cavilaba como un hombre marcado.
A los dos entierros asistió una anciana rechoncha y bajita que lloraba con tal desconsuelo que parecía ser más que una simple amiga de las difuntas y en cambio, de manera imposible, también la madre de ambas. En el segundo entierro estuvo sollozando muy cerca de él y del desconocido con sobrepeso que estaba junto a él y del que supuso que era su marido, a pesar de que (o tal vez por eso mismo), con los brazos cruzados, los dientes apretados y el mentón alzado, permanecía sorprendentemente distante y ajeno a ella, como un espectador indiferente que se negara a seguir aguantando a aquella persona. En todo caso, las lágrimas de la mujer parecían haberle provocado un profundo desprecio en lugar de comprensión compasiva, porque, en medio del acto, cuando el rabino entonaba en inglés las palabras del libro de oraciones, el marido se volvió de forma espontánea e impaciente hacia él y le preguntó:
– ¿Sabe por qué se comporta así?
– Creo que sí -susurró él.
Su respuesta significaba: Porque esto es para ella como siempre lo ha sido para mí desde que era un niño. Porque es para ella como lo es para todo el mundo. Porque la fuerza más intensamente turbadora de la vida es la muerte. Porque la muerte es muy injusta. Porque una vez que has saboreado la vida, la muerte ni siquiera parece natural. Yo había pensado -y en secreto estaba seguro de ello- que la vida prosigue indefinidamente.
– Pues bien, se equivoca -replicó el hombre con rotundidad, como si le hubiera leído el pensamiento-. Ella siempre es así. Lleva cincuenta años en este plan -añadió con un fruncimiento de ceño implacable-. Se comporta así porque ya no tiene dieciocho años.
Sus padres estaban situados cerca del perímetro del cementerio, y tardó un tiempo en localizar las tumbas junto a la vega que separaba la última hilera de parcelas de una calle estrecha que parecía ser una improvisada zona de descanso para camioneros que hacían un alto en su viaje por la autopista. En los años transcurridos desde la última vez que estuvo allí había olvidado el efecto que la lápida tuvo sobre él la primera vez que la vio. Distinguió los dos nombres grabados en la piedra y le sobrevino un ataque de llanto como el que se apodera de los bebés y los deja sin fuerzas. No tuvo ninguna dificultad para evocar su último recuerdo de cada uno de ellos -el recuerdo del hospital-, pero cuando trató de evocar el más antiguo, el esfuerzo por retroceder tanto como pudiera en su pasado común hizo que le abrumara una segunda oleada de sentimiento.
No eran más que huesos, huesos en una caja, pero los huesos de ellos también eran los suyos, y se acercó tanto como pudo a los huesos, como si la proximidad pudiera unirle a ellos y mitigar el aislamiento surgido de la pérdida de su futuro y enlazarlo de nuevo con todo cuanto había desaparecido. Durante una hora y media, aquellos huesos fueron los objetos que más le importaban. Eran lo único que importaba, pese a la intrusión del deteriorado ambiente de aquel cementerio sumido en el abandono. Una vez que estuvo con aquellos huesos no podía dejarlos, no podía sino hablar con ellos, no podía sino escucharlos cuando le hablaban. Entre él y aquellos huesos había mucha comunicación, mucha más de la que existía ahora entre él y los que aún estaban revestidos de carne. La carne se disuelve, pero los huesos aguantan. Los huesos eran el único consuelo que existía para alguien que no daba ningún crédito a la vida ultraterrena y sabía sin la menor duda que Dios es una ficción y que esta es la única vida que tenemos. Como la joven Phoebe podría haberle dicho cuando se conocieron, no resultaba descabellado decir que ahora su placer más profundo estaba en el cementerio. Solo allí podía encontrar satisfacción.
No tenía la sensación de estar jugando a algo. No se sentía como si tratara de hacer que algo se convirtiera en realidad. Aquello era lo real, la intensidad de su relación con los huesos allí enterrados.
Su madre había muerto a los ochenta años, su padre a los noventa.
– Tengo setenta y un años -les dijo en voz alta-. Vuestro chico tiene setenta y un años.
– Muy bien -replicó su madre-. Has vivido.
– Mira atrás y repara lo que puedas reparar -le dijo su padre-, y saca el máximo provecho del tiempo que te queda.
No podía marcharse. La ternura estaba descontrolada. También el deseo vehemente de que todo el mundo viviera. Y de que todo comenzara de nuevo.
Cruzaba el cementerio de regreso a su coche cuando se encontró con un negro que cavaba una fosa. El hombre estaba como a medio metro de profundidad en la fosa sin terminar y, cuando el visitante se le acercó, dejó de recoger tierra con la pala y arrojarla a un lado. Vestía un mono de trabajo y llevaba una vieja gorra de béisbol, y por el color gris de su bigote y las arrugas de la cara parecía tener por lo menos cincuenta años. Pero su cuerpo era todavía macizo y fuerte.
– Creía que hacían esto con una máquina -le dijo al sepulturero.
– En los grandes cementerios, donde hay muchas tumbas, a menudo se usan máquinas, es verdad. -Hablaba como un sureño, pero con mucha naturalidad y precisión, más como un maestro de escuela pedante que como un trabajador manual-. Yo no las uso -siguió diciendo el sepulturero- porque pueden hundir las otras tumbas. El suelo puede ceder y aplastar la caja. Y hay que tener en cuenta las lápidas. En mi caso es mucho más fácil hacerlo todo a mano. Mucho más limpio. Es más fácil sacar la tierra sin arruinar todo lo demás. Uso un tractor muy pequeño que puedo maniobrar con facilidad, y cavo a mano.
Entonces reparó en el tractor que estaba en el sendero cubierto de hierba entre las tumbas.
– ¿Para qué sirve el tractor?
– Lo utilizo para llevarme la tierra. Lo he hecho durante tanto tiempo que sé cuánta tierra he de llevarme y cuánta debo dejar. Me llevo los diez primeros remolques de tierra. La que queda la echo sobre unas tablas. Coloco unas tablas de madera contrachapada. Son esas de ahí. Pongo tres tablas, de modo que la tierra no quede sobre la hierba. La última mitad de la tierra la echo sobre las tablas. Para el relleno posterior. Entonces lo cubro todo con esta alfombra verde. Intento que tenga buen aspecto para la familia. Da la impresión de que es hierba.
– ¿Cómo la cava? ¿Le importa que se lo pregunte?
– En absoluto -respondió el sepulturero, que seguía dentro de la fosa, donde había estado cavando-, A la mayoría de la gente no le interesa. Para la mayoría de la gente, cuanto menos sepan mejor.
– Quiero saberlo -le aseguró. Y era cierto. No quería irse.
– Bueno, tengo un plano. En él aparecen todas las tumbas que se han vendido o trazado en el cementerio. Por medio del plano localizas la parcela, comprada Dios sabe cuándo, hace cincuenta, setenta y cinco años. Una vez que la he localizado, vengo aquí con una sonda. Mírela, ese pincho de dos metros que está en el suelo. Tomo la sonda y la introduzco en el suelo unos sesenta o noventa centímetros, y así es como localizo la siguiente tumba. Me lo indica el sonido al tocarla. Entonces, con un palo, señalo en el suelo dónde está la nueva tumba. A continuación tengo un marco de madera que pongo en el suelo y que me sirve para establecer los lados de la fosa. Primero, con un cortabordes, hago un rectángulo en el suelo que tiene el tamaño del marco. Entonces lo mido, hago tepes cuadrados de treinta centímetros y las pongo detrás de la tumba, donde no puedan verlas, porque no quiero que se vea mucho jaleo en el lugar donde estarán los asistentes al entierro. Cuanta menos tierra, más fácil resulta de limpiar. Pongo una tabla junto a la tumba vecina, adonde puedo transportar los tepes cuadrados con la horqueta. Los coloco en forma de cuadrícula, de forma que parece el mismo sitio de donde los saqué. Eso me lleva cerca de una hora. Es una parte dura del trabajo. Entonces empiezo a cavar. Voy a buscar el tractor y le engancho el remolque. Lo que hago primero es cavar. Eso es lo que estoy haciendo. Mi hijo cava la parte difícil. Es más fuerte de lo que yo soy ahora. Le gusta intervenir una vez que he terminado. Cuando está ocupado o no puede venir por algo, cavo yo solo, pero si está aquí le dejo cavar la parte difícil. Tengo cincuenta y ocho años. No cavo como solía hacerlo. Cuando empecé, él siempre estaba conmigo, y nos turnábamos para cavar. Era divertido, porque mi hijo era joven y así tenía tiempo para hablar con él, aquí solos los dos.
– ¿De qué le hablaba?
– No de cementerios -respondió el sepulturero, y soltó una risotada-. No eran conversaciones como esta que tenemos usted y yo.
– ¿De qué, entonces?
– Pues de todo, de la vida en general. En fin, yo cavo la primera mitad. Uso dos palas, una cuadrada cuando el trabajo es fácil y puedo sacar más tierra, y luego utilizo una pala redondeada y puntiaguda, una pala corriente. Eso es lo que se emplea para la tarea básica de cavar, una pala normal. Si el trabajo es fácil, sobre todo en primavera, cuando el suelo no está endurecido, cuando está húmedo, uso la pala grande y puedo sacar grandes paladas y cargarlas en el remolque. Cavo de delante atrás, cavo una serie de franjas paralelas, y a medida que avanzo uso el cortabordes para cuadrar el hoyo. Utilizo eso y una horqueta recta… la llaman una horqueta pala. También la utilizo para los bordes, para golpearlos, recortarlos y hacer que el hoyo sea rectangular. Uno tiene que mantenerlo rectangular a medida que avanza. Echo las primeras diez cargas en el remolque y llevo la tierra a una zona más hundida del cementerio y que estamos rellenando, vuelco la tierra del remolque, regreso y lo lleno de nuevo. Diez cargas. En ese momento voy más o menos por la mitad del trabajo. Unos noventa centímetros de profundidad.
– Así pues, ¿cuánto tiempo le lleva desde el principio al final?
– Tardo unas tres horas en hacer mi parte. Incluso pueden ser cuatro. Depende del grado de dificultad del terreno. Mi hijo es un buen cavador, él tarda otras dos horas media. Es un día de trabajo. Suelo venir a las seis de la mañana, y mi hijo se presenta alrededor de las diez. Pero ahora está ocupado, y le he dicho que puede hacerlo cuando le vaya bien. Si hace calor, vendrá por la noche, cuando el ambiente es más fresco. En el caso de los judíos nos avisan con solo un día de antelación, y tenemos que trabajar rápido. En el cementerio cristiano -señaló el gran cementerio que se extendía sin orden ni concierto al otro lado de la carretera- las funerarias nos avisan dos o tres días antes.
– ¿Y desde cuándo se dedica a este trabajo?
– Treinta y cuatro años. Mucho tiempo. Es un buen trabajo, tranquilo. Le da a uno tiempo para pensar. Pero hay mucho que hacer. Está empezando a dañarme la espalda. No tardaré en pasárselo a mi hijo. El me sustituirá y yo me iré a un lugar donde haga calor todo el año. Porque, no lo olvide, solo le he hablado de la tarea de cavar. Tienes que volver y llenar la fosa, y eso te lleva tres horas. Hay que poner otra vez los tepes y todo lo demás. Pero volvamos al momento en que cavamos la tumba. Mi hijo ha terminado. Ha alisado los lados del rectángulo, y el fondo está aplanado. Tiene metro ochenta de profundidad y buen aspecto, podrías saltar al hoyo. Como solía decir el viejo con quien primero cavé, tiene que ser lo bastante llano para que se pueda poner ahí una cama. Me reía de él cuando decía eso. Pero es verdad: tienes este hoyo, de metro ochenta de profundidad, y debe estar bien hecho, por la familia y por el difunto.
– ¿Le importa que me quede aquí mirando?
– En absoluto. En este sitio se cava bien. No hay rocas. Penetras sin dificultades.
Observó al hombre mientras clavaba la pala, sacaba la tierra y la depositaba con facilidad sobre la madera contrachapada. A intervalos de pocos minutos utilizaba las púas de la horqueta para aflojar los lados. Y entonces elegía una de las dos palas y volvía a cavar. De vez en cuando una piedra pequeña golpeaba el tablero, pero lo que salía de la fosa era sobre todo tierra marrón y húmeda que se disgregaba con facilidad al desprenderse de la pala.
De pie a un lado de la tumba, miró hacia la parte de atrás, donde el sepulturero había depositado los tepes cuadrados que colocaría de nuevo en la parcela después del entierro. Los tepes encajaban perfectamente en el tablero contrachapado sobre el que descansaban. Y seguía sin querer marcharse, no deseaba hacerlo mientras le bastara con volver la cabeza para tener un atisbo de la lápida de sus padres. No quería irse nunca de allí.
El sepulturero señaló una lápida.
– Ese hombre luchó en la segunda guerra mundial. Prisionero de guerra en Japón. La mar de simpático. Le conozco de cuando venía de visita con su mujer. Simpático de veras. Siempre muy buena persona. La clase de hombre que, si se te atasca el coche, te ayudaría a sacarlo.
– Así que conoce a algunas de estas personas.
– Pues claro. Ahí hay un chico de diecisiete años. Muerto en un accidente de tráfico. Sus amigos vienen aquí y ponen latas de cerveza en la tumba. O una caña de pescar. Le gustaba la pesca.
Rompió un terrón con la pala, golpeándolo sobre el tablero, y siguió cavando.
– Vaya, ya la tenemos aquí -dijo, mirando a la calle más allá del cementerio.
Al instante dejó la pala a un lado y se quitó los sucios guantes de trabajo amarillos. Por primera vez salió de la fosa, y golpeó cada uno de los maltrechos zapatos contra el otro para desprender la tierra aferrada a ellos.
Una anciana negra se acercaba a la tumba abierta, con una pequeña bolsa refrigeradora a cuadros escoceses en una mano y un termo en la otra. Llevaba zapatillas deportivas, unos pantalones de nailon del mismo color de los guantes del sepulturero y una cazadora azul, con cremallera y el logo de los New York Yankees.
El sepulturero se dirigió a la mujer.
– Este simpático señor me ha visitado esta mañana -le dijo.
Ella hizo un gesto de asentimiento y le alargó la bolsa y el termo, que él dejó al lado del tractor.
– Gracias, cariño. ¿Arnold está durmiendo?
– Está levantado -respondió ella-. Te he hecho dos pasteles de carne mechada y una salchicha ahumada.
– Estupendo. Gracias.
La mujer asintió de nuevo, luego se dio la vuelta y salió del cementerio, subió a su coche y se marchó.
– ¿Es su esposa? -le preguntó al sepulturero.
– Es Thelma. -Sonriente, añadió-: Me da de comer.
– No es su madre.
– Oh, no, no… no, señor -dijo el sepulturero, riéndose-. Thelma no.
– ¿Y no le importa venir hasta aquí?
– Uno ha de hacer lo que ha de hacer. Esa es su filosofía en dos palabras. Para Thelma es lo mismo que cavar una tumba. Esto no es nada especial para ella.
– Bueno, voy a dejarle para que coma tranquilamente. Pero quisiera preguntarle algo… me gustaría saber si cavó usted las tumbas de mis padres. Están enterrados ahí. Déjeme que se lo enseñe.
El sepulturero le siguió un trecho hasta que pudieron ver con claridad el lugar donde se alzaba la lápida de su familia.
– ¿Cavó usted esas tumbas?
– Sí, claro -respondió el sepulturero.
– Pues bien, quiero darle las gracias. Quiero agradecerle todo lo que me ha contado y lo claro que ha sido. No podría haber sido usted más concreto. Es muy instructivo para una persona mayor. Le agradezco la concreción, y le agradezco que haya sido tan minucioso y considerado al cavar las tumbas de mis padres. Me gustaría darle algo.
– Ya cobré mi tarifa en su momento, gracias.
– Sí, pero quisiera darles algo a usted y a su hijo. Mi padre siempre decía: «Es mejor dar mientras tienes la mano todavía caliente».
Le deslizó dos billetes de cincuenta dólares y, mientras la palma grande y áspera del sepulturero se cerraba alrededor del dinero, le miró de cerca, contempló la cara afable y arrugada y la piel picada del negro con bigote que tal vez pronto cavaría una fosa para él con el fondo lo bastante llano para colocar en él una cama.
En los días que siguieron, le bastaba con añorarlos para conjurar su presencia, y no solo la de los padres esqueléticos del anciano sino también la de los padres carnosos del adolescente, camino del hospital en autobús con La isla del tesoro y Kim en la bolsa que su madre tenía sobre las rodillas. Un chiquillo todavía pero que, gracias a la presencia de su madre, no mostraba ningún temor y reprimía sus pensamientos acerca del cuerpo hinchado del marino que había visto cómo los guardias costeros retiraban de la orilla de la playa sucia de petróleo.
Un miércoles, a primera hora de la mañana, ingresó en el hospital para someterse a la operación de la carótida derecha. El procedimiento fue exactamente el mismo que el seguido con la carótida izquierda. Esperó su turno en la antesala con el resto de los pacientes programados para ese día hasta que le llamaron por su nombre, y, con la delgada bata y las zapatillas de papel, se dirigió al quirófano acompañado por una enfermera. Esta vez, cuando el anestesista enmascarado le preguntó si quería anestesia local o general, él pidió la general, para que soportar la operación le resultara más fácil que la primera vez.
Las palabras que le habían dicho los huesos le hacían sentirse eufórico e indestructible, lo mismo que el sometimiento, conseguido con tanto esfuerzo, de sus pensamientos más sombríos. Nada podía extinguir la vitalidad de aquel muchacho cuyo cuerpo indemne y esbelto como un torpedo cabalgó en el pasado las grandes olas del Atlántico embravecido desde cien metros mar adentro hasta la orilla. ¡Ah, el dejarse ir durante aquel trayecto, el olor del agua salada y el sol abrasador! Pensó en la luz del día que lo penetraba todo, un día veraniego tras otro en aquel mar vivo y deslumbrante, un tesoro óptico tan vasto y valioso que era como si mirase, a través de la lupa de joyero con las iniciales grabadas de su padre, al perfecto, de incalculable valor, planeta en sí mismo: a su hogar, ¡el planeta Tierra con sus miles de millones, billones, trillones de quilates! Se sumió en la inconsciencia sintiéndose lejos de haber sido abatido, en absoluto condenado, deseoso de realizarse plenamente una vez más; sin embargo, no se despertó. Paro cardíaco. Ya no existía, liberado de ser, entrando en la nada sin saberlo siquiera. Tal como había temido desde el principio.