A Pilar, mi casa
Sabremos cada vez menos
qué es un ser humano.
LIBRO DE LAS PREVISIONES
Piensa por ex. más en la muerte, – amp; sería extraño en verdad que no tuvieras que conocer por ese hecho nuevas representaciones, nuevos ámbitos del lenguaje.
WITTGENSTEIN
Al día siguiente no murió nadie. El hecho, por absolutamente contrario a las normas de la vida, causó en los espíritus una perturbación enorme, efecto a todas luces justificado, basta recordar que no existe noticia en los cuarenta volúmenes de la historia universal, ni siquiera un caso para muestra, de que alguna vez haya ocurrido un fenómeno semejante, que pasara un día completo, con todas sus pródigas veinticuatro horas, contadas entre diurnas y nocturnas, matutinas y vespertinas, sin que se produjera un fallecimiento por enfermedad, una caída mortal, un suicidio conducido hasta el final, nada de nada, como la palabra nada. Ni siquiera uno de esos accidentes de automóvil tan frecuentes en ocasiones festivas, cuando la alegre irresponsabilidad o el exceso de alcohol se desafían mutuamente en las carreteras para decidir quién va a llegar a la muerte en primer lugar. El fin de año no había dejado tras de sí el habitual y calamitoso reguero de óbitos, como si la vieja Átropos de regaño amenazador hubiese decidido envainar la tijera durante un día. Sangre, sin embargo, hubo, y no poca. Desorientados, confusos, horrorizados, dominando a duras penas las náuseas, los bomberos extraían de la amalgama de destrozos míseros cuerpos humanos que, de acuerdo con la lógica matemática de las colisiones, deberían estar muertos y bien muertos, pero que, pese a la gravedad de las heridas y de los traumatismos sufridos, se mantenían vivos y así eran transportados a los hospitales, bajo el sonido dilacerante de las sirenas de las ambulancias. Ninguna de esas personas moriría en el camino y todas iban a desmentir los más pesimistas pronósticos médicos, Este pobre diablo no tiene remedio posible, no merece la pena perder tiempo operándolo, le decía el cirujano a la enfermera mientras ésta le ajustaba la mascarilla a la cara. Realmente, quizá no hubiera salvación para el desdichado el día anterior, pero lo que quedaba claro era que la víctima se negaba a morir en éste. Y lo que sucedía aquí, sucedía en todo el país. Hasta la medianoche en punto del último día del año aún hubo gente que aceptó morir en el más fiel acatamiento de las reglas, tanto las que se refieren al fondo de la cuestión, es decir, se acabó la vida, como las que se atienen a las múltiples formas en que éste, el dicho fondo de la cuestión, con mayor o menor pompa y solemnidad, suele revestirse cuando llega el momento fatal. Un caso sobre todos interesante, obviamente por tratarse de quien se trata, es el de la ancianísima y veneranda reina madre. A las veintitrés horas y cincuenta y nueve minutos de aquel treinta y uno de diciembre nadie sería tan ingenuo para apostar el palo de una cerilla quemada por la vida de la real señora. Perdida cualquier esperanza, rendidos los médicos ante la implacable evidencia, la familia real, jerárquicamente dispuesta alrededor del lecho, esperaba con resignación el último suspiro de la matriarca, tal vez unas palabras, una última sentencia edificante para la formación moral de los amados príncipes sus nietos, tal vez una bella y redonda frase dirigida a la siempre ingrata retentiva de los súbditos futuros. Y después, como si el tiempo se hubiera parado, no sucedió nada. La reina madre no mejoró ni empeoró, se quedó como suspendida, balanceándose el frágil cuerpo en el borde de la vida, amenazando a cada instante con caer hacia el otro lado, pero atada a éste por un tenue hilo que la muerte, sólo podía ser ella, no se sabe por qué extraño capricho, seguía sosteniendo. Ya estamos en el día siguiente, y en él, como se informó nada más empezar este relato, nadie iba a morir.
La tarde ya estaba muy avanzada cuando comenzó a circular el rumor de que, desde la entrada del nuevo año, más exactamente desde las cero horas de este día uno de enero en que estamos, no había constancia de que se hubiera producido en el país fallecimiento alguno. Podría pensarse, por ejemplo, que el rumor tuviera origen en la sorprendente resistencia de la reina madre a desistir de la poca vida que aún le restaba, pero lo cierto es que el habitual parte médico distribuido por el gabinete de prensa de palacio a los medios de comunicación social aseguraba no sólo que el estado general de la real enferma había experimentado una visible mejoría durante la noche, sino que incluso sugería y hasta daba a entender, eligiendo cuidadosamente las palabras, la posibilidad de un completo restablecimiento de la importantísima salud. En su primera manifestación el rumor podría haber partido con toda naturalidad de una agencia de pompas fúnebres y traslados, Por lo visto nadie parece dispuesto a morir en el primer día del año, o de un hospital, Ese tipo de la cama veintisiete ni ata ni desata, o del portavoz de la policía de tráfico, Es un auténtico misterio que, habiéndose producido tantos accidentes en la carretera, no haya ni un muerto para muestra.
El rumor, cuya fuente primigenia nunca fue descubierta, aunque a la luz de lo que sucederá después eso importe poco, llegó pronto a los periódicos, a la radio, a la televisión, e hizo que inmediatamente las orejas de los directores, adjuntos y redactores jefes se alertaran, son personas preparadas para olfatear a distancia los grandes acontecimientos de la historia del mundo y entrenadas para agrandarlos siempre que tal convenga. En pocos minutos ya estaban en la calle decenas de reporteros de investigación haciendo preguntas a todo bicho viviente que se les pusiera por delante, mientras que en las caldeadas redacciones los teléfonos se agitaban y vibraban con idéntico frenesí indagador. Se realizaron llamadas a los hospitales, a la cruz roja, a la morgue, a las funerarias, a las policías, a todas, con comprensible exclusión de la secreta, y las respuestas llegaban siempre con las mismas lacónicas palabras, No hay muertos. Más suerte tuvo aquella joven reportera de televisión a quien un transeúnte, alternando la mirada entre ella y la cámara, contó un suceso vivido en persona y que era copia exacta del ya citado episodio de la reina madre, Estaba sonando la medianoche, dijo, cuando mi abuelo, que parecía a punto de expirar, abrió los ojos de repente antes de que sonase la última campanada del reloj de la torre, como si se hubiese arrepentido del paso que iba a dar, y no murió. La reportera, hasta tal punto estimulada con lo que acababa de oír, sin atender a súplicas ni protestas, Por favor, señora, no puedo, tengo que ir a la farmacia, mi abuelo necesita la medicina, empujó al hombre hasta dentro de la unidad móvil, Venga, venga conmigo, su abuelo ya no necesita medicinas, gritó, y a continuación ordenó regresar al estudio de televisión, donde en ese preciso instante se estaba preparando todo para un debate entre tres especialistas en fenómenos paranormales, a saber, dos brujos reputados y una famosa vidente, convocados a toda prisa para analizar y dar su opinión sobre lo que ya comenzaba a ser llamado por algunos graciosos, de esos que no respetan nada, la huelga de la muerte. La confiada periodista trabajaba partiendo de la más grave de las equivocaciones, porque había interpretado las palabras de su fuente informativa como significando que el moribundo, en sentido literal, se arrepintió del paso que estaba a punto de dar, o sea, morir, finar, estirar la pata, y por tanto decidió dar marcha atrás. Sin embargo, las palabras que el feliz nieto pronunció efectivamente, Como si se hubiese arrepentido, eran radicalmente diferentes de un perentorio Se arrepintió. Unas cuantas luces de sintaxis elemental y una mayor familiaridad con las elásticas sutilezas de los tiempos verbales habrían evitado el equívoco y el consiguiente rapapolvo que la pobre muchacha, roja de vergüenza y humillación, tuvo que soportar de su jefe directo. Lo que no podían imaginar, ni uno ni otra, es que la tal frase, pronunciada en directo por el entrevistado y nuevamente escuchada en la grabación que emitió el telediario de la noche, sería entendida de la misma equivocada manera por millones de personas, lo que acabará teniendo como desconcertante consecuencia, en un futuro muy próximo, la creación de un movimiento de ciudadanos firmemente convencidos de que con la simple acción de la voluntad se puede vencer a la muerte y que, por consiguiente, la inmerecida desaparición de tantas personas en el pasado se habría debido a una censurable flaqueza de voluntad de las generaciones anteriores. Pero las cosas no se quedaron así. Dado que las personas, sin que para tal tengan que acometer ningún esfuerzo perceptible, seguirán sin morir, otro movimiento popular de masas, dotado de una visión prospectiva más ambiciosa, proclamó que el mayor sueño de la humanidad desde el principio de los tiempos, es decir, el gozo feliz de una vida eterna aquí en la tierra, se había convertido en un bien para todos, como el sol que nace todos los días y el aire que respiramos. Pese a disputarse, por decirlo así, el mismo electorado, hubo un punto en que los dos movimientos supieron ponerse de acuerdo, y fue nombrar para la presidencia honoraria, dada su eminente calidad de precursor, al intrépido veterano que, en el instante supremo, había desafiado y derrotado a la muerte. Hasta donde se sabe, no se le atribuyó particular importancia al hecho de que el abuelo se encuentre en estado de coma profundo y, según todos los indicios, irreversible.
Aunque la palabra crisis no sea ciertamente la más apropiada para caracterizar los singularísimos sucesos que venimos narrando, por tanto sería absurdo, incongruente y atentatorio contra la lógica más común hablar de crisis en una situación existencial justamente privilegiada por la ausencia de la muerte, se comprenderá que algunos ciudadanos, celosos de su derecho a una información veraz, se pregunten a sí mismos, y unos a otros, qué diablos pasa con el gobierno, que hasta ahora no ha dado la menor señal de vida. Es cierto que el ministro de sanidad, interpelado cuando pasaba en el breve intervalo entre dos reuniones, había explicado a los periodistas que, teniendo en cuenta la falta de elementos suficientes de juicio, cualquier declaración oficial sería forzosamente prematura, Estamos tratando de colegir las informaciones que nos llegan de todo el país, añadió, y realmente en ninguna se hace mención de fallecimientos, pero, como se puede suponer, pillados por sorpresa como todo el mundo, todavía no estamos preparados para enunciar una primera idea sobre el origen del fenómeno y sobre sus implicaciones, tanto las inmediatas como las futuras. Podría haberse quedado aquí, lo que, teniendo en cuenta las dificultades de la situación, ya sería de agradecer, pero el conocido impulso de recomendar tranquilidad a las personas a propósito de todo y de nada, de mantenerlas sosegadas en el redil sea como sea, ese tropismo que en los políticos, en particular si están en el gobierno, se ha convertido en una segunda naturaleza, por no decir automatismo, movimiento mecánico, le obligó a rematar la intervención de la peor manera, Como responsable de la cartera de sanidad, les aseguro a quienes me escuchan que no existe motivo alguno de alarma, Si he entendido bien lo que acabo de oír, observó un periodista con tono que no quería parecer demasiado irónico, en su opinión de ministro no es alarmante el hecho de que nadie esté muriendo, Exacto, aunque con otras palabras, es eso mismo lo que he dicho, Señor ministro, permítame que le recuerde que todavía ayer había personas que morían y a nadie se le pasaba por la cabeza que eso fuera alarmante, Es lógico, lo habitual es morir, y morir sólo es alarmante cuando las muertes se multiplican, una guerra, una epidemia, por ejemplo, Es decir, cuando se salen de la rutina, Podría decirse así, Pero, ahora que no se encuentra a nadie dispuesto a morir, es cuando usted nos pide que no nos alarmemos, convendrá conmigo que, por lo menos, es bastante paradójico, Es la fuerza de la costumbre, reconozco que el término alarma no tiene aquí cabida, Qué otra palabra usaría entonces, señor ministro, le pregunto porque, como periodista consciente de mis obligaciones que presumo ser, me preocupa emplear el término exacto siempre que sea posible. Ligeramente enfadado con la insistencia, el ministro respondió secamente, No una, sino cuatro, Cuáles, señor ministro, No alimentemos falsas esperanzas. Habría sido, sin duda, un buen y honesto titular para el periódico del día siguiente, pero el director, tras consultar con su redactor jefe, consideró desaconsejable, incluso desde el punto de vista empresarial, lanzar ese cubo de agua fría sobre el entusiasmo popular, Ponga lo mismo de siempre, Año Nuevo, Vida Nueva, dijo.
En el comunicado oficial, finalmente difundido cuando la noche ya iba avanzada, el jefe del gobierno ratificaba que no se había registrado ninguna defunción en todo el país desde el inicio del nuevo año, pedía comedimiento y sentido de la responsabilidad en los análisis e interpretaciones que del extraño suceso pudieran ser elaborados, recordaba que no se debería excluir la posibilidad de que se tratara de una casualidad fortuita, de una alteración cósmica meramente accidental y sin continuidad, de una conjunción excepcional de coincidencias intrusas en la ecuación espacio-tiempo, pero que, por si acaso, ya se habían iniciado contactos exploratorios ante los organismos internacionales competentes para habilitar al gobierno en una acción tanto más eficaz cuanto más concertada pudiera ser. Enunciadas estas vaguedades pseudocientíficas, destinadas también a tranquilizar, por lo incomprensibles, el desbarajuste que reinaba en el país, el primer ministro concluía afirmando que el gobierno se encontraba preparado para todas las eventualidades humanamente imaginables, decidido a encarar con valentía y con el indispensable apoyo de la ciudadanía los complejos problemas sociales, económicos, políticos y morales que la extinción definitiva de la muerte inevitablemente suscitaría, en el caso, más que previsible, de que llegara a confirmarse. Aceptaremos el reto de la inmortalidad del cuerpo, exclamó con tono arrebatado, si es ésa la voluntad de dios, a quien agradeceremos por siempre jamás, con nuestras oraciones, que haya escogido al buen pueblo de este país como su instrumento. Significa esto, pensó el jefe del gobierno al terminar la lectura, que estamos con la soga al cuello. No se podía imaginar hasta qué punto la soga iba a apretarle. Todavía no había pasado media hora cuando, en el coche oficial que lo conducía a casa, recibió una llamada del cardenal, Buenas noches, señor primer ministro, Buenas noches, eminencia, Le telefoneo para decirle que me siento profundamente consternado, También yo, eminencia, la situación es muy grave, la más grave de cuantas el país ha vivido hasta hoy, No se trata de eso, De qué se trata entonces, eminencia, Es deplorable desde todos los puntos de vista que, al redactar la declaración que acabo de escuchar, usted no tuviera en cuenta aquello que constituye los cimientos, la viga maestra, la piedra angular, la llave de la bóveda de nuestra santa religión, Eminencia, perdone, recelo no comprender adonde quiere llegar, Sin muerte, óigame bien, señor primer ministro, sin muerte no hay resurrección, y sin resurrección no hay iglesia, Demonios, No he entendido lo que ha dicho, repítalo, por favor, Estaba callado, eminencia, probablemente habrá sido alguna interferencia causada por la electricidad atmosférica, por la estática, o un problema de cobertura, el satélite a veces falla, decía usted que, Decía lo que cualquier católico, y usted no es excepción, tiene obligación de saber, que sin resurrección no hay iglesia, además, cómo se le metió en la cabeza que dios podría querer su propio fin, afirmarlo es una idea absolutamente sacrílega, tal vez la peor de las blasfemias, Eminencia, no he dicho que dios quiera su propio fin, No con esas exactas palabras, pero admitió la posibilidad de que la inmortalidad del cuerpo resultara de la voluntad de dios, no es necesario estar doctorado en lógica trascendental para darse cuenta de que quien dice una cosa dice la otra, Eminencia, por favor, créame, fue una simple frase de efecto destinada a impresionar, un remate del discurso, nada más, bien sabe que la política tiene estas necesidades, También la iglesia las tiene, señor primer ministro, pero nosotros meditamos mucho antes de abrir la boca, no hablamos por hablar, calculamos los efectos a distancia, nuestra especialidad, si quiere que le dé una imagen que se comprenda mejor, es la balística, Estoy desolado, eminencia, En su lugar yo también lo estaría. Como si estuviera calculando el tiempo que tardaría la granada en caer, el cardenal hizo una pausa, luego, en un tono más suave, más cordial, dijo, Me gustaría saber si dio a conocer la declaración a su majestad antes de leerla ante los medios de comunicación social, Naturalmente, eminencia, tratándose de un asunto de tanto melindre, Y qué dice el rey, si no es secreto de estado, Le pareció bien, Hizo algún comentario al acabar, Estupendo, Estupendo, qué, Es lo que dijo su majestad, estupendo, Quiere decirme que también blasfemó, No soy competente para formular juicios de esa naturaleza, eminencia, vivir con mis propios errores ya me cuesta demasiado trabajo, Tendré que hablar con el rey, recordarle que, en una situación como ésta, tan confusa, tan delicada, sólo la observancia fiel y sin desfallecimientos de las probadas doctrinas de nuestra santa madre iglesia podrá salvar al país del pavoroso caos que se nos viene encima, Vuestra eminencia decidirá, está en su papel, Le preguntaré a su majestad qué prefiere, si ver a la reina madre siempre agonizante, postrada en un lecho del que no volverá a levantarse, con el inmundo cuerpo reteniéndole indignamente el alma, o verla, por morir, triunfadora de la muerte, en la gloria eterna y resplandeciente de los cielos, Nadie dudaría la respuesta, Sí, pero al contrario de lo que se cree, no son tanto las respuestas lo que me importa, señor primer ministro, sino las preguntas, obviamente me refiero a las nuestras, fíjese cómo suelen tener, al mismo tiempo, un objetivo a la vista y una intención que va escondida detrás, si las hacemos no es sólo para que nos respondan lo que en ese momento necesitamos que los interpelados escuchen de su propia boca, es también para que se vaya preparando el camino de las futuras respuestas, Más o menos como en la política, eminencia, Así es, pero la ventaja de la iglesia es que, aunque a veces no lo parezca, al gestionar lo que está arriba, gobierna lo que está abajo. Hubo una nueva pausa, que el primer ministro interrumpió, Estoy casi llegando a casa, eminencia, pero, si me lo permite, todavía me gustaría exponerle una breve cuestión, Dígame, Qué hará la iglesia si nunca más muere nadie, Nunca más es demasiado tiempo, incluso tratándose de la muerte, señor primer ministro, Creo que no me ha respondido, eminencia, Le devuelvo la pregunta, qué hará el estado si no muere nadie nunca más, El estado tratará de sobrevivir, aunque dudo mucho que lo consiga, pero la iglesia, La iglesia, señor primer ministro, está de tal manera habituada a las respuestas eternas que no puedo imaginarla dando otras, Aunque la realidad las contradiga, Desde el principio no hemos hecho otra cosa que contradecir la realidad, y aquí estamos, Qué dirá el papa, Si yo lo fuera, que dios me perdone la estulta vanidad de pensarme como tal, mandaría poner en circulación una nueva tesis, la de la muerte pospuesta, Sin más explicaciones, A la iglesia nunca se le ha pedido que explicara esto o aquello, nuestra otra especialidad, además de la balística, ha sido neutralizar, por la fe, el espíritu curioso, Buenas noches, eminencia, hasta mañana, Si dios quiere, señor primer ministro, siempre si dios quiere, Tal como están las cosas en este momento, no parece que pueda evitarlo, No se olvide, señor primer ministro, que fuera de las fronteras de nuestro país se sigue muriendo con toda normalidad, y eso es una buena señal, Cuestión de punto de vista, eminencia, tal vez fuera nos estén mirando como un oasis, un jardín, un nuevo paraíso, O un infierno, si fueran inteligentes, Buenas noches, eminencia, le deseo un sueño tranquilo y reparador, Buenas noches, señor primer ministro, si la muerte decide regresar esta noche, espero que no tenga la ocurrencia de elegirlo a usted, Si la justicia en este mundo no es una palabra vana, la reina madre debería irse antes que yo, Le prometo no denunciarlo mañana ante el rey, Cuánto se lo agradezco, eminencia, Buenas noches, Buenas noches.
Eran las tres de la madrugada cuando el cardenal tuvo que ser trasladado a todo correr al hospital con un ataque de apendicitis aguda que obligó a una inmediata intervención quirúrgica. Antes de ser succionado por el túnel de la anestesia, en ese instante veloz que precede a la pérdida total de la conciencia, pensó lo que tantos otros han pensado, que podía morir en la operación, después recordó que tal ya no era posible, y, finalmente, en un último destello de lucidez, todavía se le pasó por la mente la idea de que si, a pesar de todo, muriese de verdad, eso significaría que habría, paradójicamente, vencido a la muerte. Arrebatado por una irresistible ansia de sacrificio iba a implorar a dios que lo matase, pero no llegó a tiempo de poner las palabras en orden. La anestesia le ahorró el supremo sacrilegio de querer transferir los poderes de la muerte hacia un dios más generalmente conocido como dador de vida.
Aunque hubiese sido inmediatamente puesto en ridículo por los periódicos de la competencia, que fueron capaces de arrancar de la inspiración de sus redactores principales los más diversos y sustanciosos titulares, algunas veces dramáticos, líricos otras, y, aunque pocos, filosóficos o místicos, cuando no de conmovedora ingenuidad, como el de un diario popular que se contentó con la pregunta, “Y Ahora Qué Será De Nosotros”, añadiendo al final de la frase el alarde gráfico de una enorme interrogación, el ya comentado titular Año Nuevo, Vida Nueva, pese a su aflictiva banalidad, cayó como miel sobre hojuelas en algunas personas que, por temperamento natural o educación adquirida, preferían por encima de todo la firmeza de un optimismo más o menos pragmático, incluso cuando tuvieran motivos para sospechar que se trataba de una mera y tal vez fugaz apariencia. Habiendo vivido, hasta estos días de confusión, en lo que creían que era el mejor de todos los mundos posibles y probables, descubrían, complacidos, que lo mejor, lo mejor realmente, estaba llegando ahora, ya lo tenían ahí mismo, ante la puerta de casa, una vida única, maravillosa, sin el miedo cotidiano a la chirriante tijera de la parca, la inmortalidad en la patria que nos dio el ser, a salvo de incomodidades metafísicas y gratis para todo el mundo, sin un sobre lacrado para abrir a la hora de la muerte, tú al paraíso, tú al purgatorio, tú al infierno, en esta encrucijada se separaban en otros tiempos, queridos compañeros de este valle de lágrimas llamado tierra, nuestros destinos en el otro mundo. Así pues, no tuvieron los periódicos reticentes o problemáticos otra solución, y con éstos las televisiones y las radios afines, que unirse a la marea alta de alegría colectiva que se extendía de norte a sur y de este a oeste, refrescando las mentes temerosas y arrastrando lejos de la vista la larga sombra de tánatos. Con el paso de los días, y viendo que realmente no moría nadie, los pesimistas y los escépticos, poco a poco al principio, después en masa, se fueron uniendo al mare mágnum de ciudadanos que aprovechaban todas las ocasiones para salir a la calle y proclamar, y gritar, que, ahora sí, la vida es bella.
Un día, una señora en estado de viudez reciente, no encontrando otra manera de manifestar la nueva felicidad que le inundaba el ser, bien es verdad que con el ligero dolor de saber que, al no morir ella, nunca más volvería a ver al llorado difunto, tuvo la ocurrencia de colgar en la calle, en el florido balcón de su comedor, la bandera nacional. Fue lo que se suele llamar dicho y hecho. En menos de cuarenta y ocho horas el abanderamiento se extendió por todo el país, los colores y los símbolos de la bandera ocuparon el paisaje, con mayor visibilidad en las ciudades por la evidente razón de que se benefician de más balcones y ventanas que el campo. Era imposible resistirse a tal fervor patriótico, sobre todo porque, llegadas de no se sabe dónde, comenzaron a difundirse ciertas declaraciones inquietantes, por no decir francamente amenazadoras, como por ejemplo, Quien no ponga la inmortal bandera de la patria en la ventana de su casa no merece estar vivo, Quienes no anden con la bandera nacional bien a la vista es porque se han vendido a la muerte, Únete, sé patriota, compra una bandera, Compra otra, Compra otra más, Abajo los enemigos de la vida, la suerte que tienen es que ya no haya muerte. Las calles eran un auténtico real de insignias desplegadas batidas por el viento, si soplaba, o, cuando no, un ventilador eléctrico colocado con maña hacía esa función, y si la potencia del aparato no era suficiente para que el estandarte virilmente ondease, obligándolo a dar esos chasquidos de látigo que tanto exaltan a los espíritus marciales, al menos permitía que honrosamente ondearan los colores de la patria. Algunas personas, pocas, con mucho sigilo murmuraban que aquello era una exageración, un despropósito, que más pronto que tarde no quedaría más remedio que retirar ese enredo de banderas, Y cuanto antes lo hagamos, mejor, porque de la misma manera que demasiada azúcar en el pudín empacha el paladar y perjudica el proceso digestivo, también el normal y más que justo respeto por los emblemas patrióticos acabará convertido en chacota si permitimos que resbale en auténticos atentados contra el pudor, como los exhibicionistas de gabardina de execrada memoria. Además, decían, si las banderas están ahí para celebrar el hecho de que la muerte ha dejado de matar, una de dos, o las retiramos antes de que hartos comencemos a detestar los símbolos de la patria, o vamos a pasar el resto de la vida, es decir, la eternidad, sí, decimos bien, la eternidad, mudándolos cada vez que los pudra la lluvia, que el viento los desgarre o el sol les coma los colores. Eran poquísimas las personas que tenían la valentía de poner así, públicamente, el dedo en la llaga, y hubo un pobre hombre que tuvo que pagar el antipatriótico desahogo con una paliza que, si no se le terminó allí la pobre vida, fue porque la muerte había dejado de operar en este país desde primeros de año.
No todo es fiesta, porque, al lado de unos cuantos que ríen, siempre habrá otros que lloren, y a veces, como en el presente caso, por las mismas razones. Importantes sectores profesionales, seriamente preocupados con la situación, ya comenzaron a transmitir la expresión de su descontento ante quien procediera. Como era de esperar, las primeras y formales reclamaciones llegaron de las empresas del negocio funerario. Brutalmente desprovistos de su materia prima, los propietarios comenzaron haciendo el gesto clásico de llevarse la mano a la cabeza, gimiendo en plañidero coro, Y ahora, qué será de nosotros, pero luego, ante la perspectiva de una catastrófica quiebra que a nadie del gremio funéreo salvaría, convocaron asamblea general del sector, a cuyo término, tras acaloradas discusiones, todas ellas improductivas porque todas, sin excepción, se daban de bruces contra el muro indestructible de la falta de colaboración de la muerte, esa a que se habían habituado, de padres a hijos, como algo que por naturaleza les era debido, aprobaron un documento para someterlo a la consideración del gobierno de la nación, documento que adoptaba la única propuesta constructiva, constructiva, sí, aunque también hilarante, que fue presentada a debate, Se van a reír de nosotros, avisó el presidente de la mesa, pero reconozco que no tenemos otra salida, o esto, o será la ruina del sector. Informaba el documento de que, reunidos en asamblea general extraordinaria para examinar la gravísima crisis en que se estaban debatiendo con motivo de la falta de abastecimiento en todo el país, los representantes de las agencias funerarias, después de intenso y participativo análisis, durante el cual siempre había imperado el respeto por los supremos intereses de la nación, llegaron a la conclusión de que todavía era posible evitar las dramáticas consecuencias de lo que sin duda iba a pasar a la historia como la peor calamidad colectiva que nos cayó encima desde la fundación de la nacionalidad, o sea, que el gobierno decida declarar obligatorios los entierros o la incineración de todos los animales domésticos que fenezcan de muerte natural o por accidente, y que tal entierro o incineración, regulados y aprobados, sean obligatoriamente realizados por la industria funeraria, teniendo en cuenta los méritos prestados en el pasado como auténtico servicio público que ha sido, en el sentido más profundo de la expresión, generaciones tras generaciones. El documento proseguía, Solicitamos también la mejor atención del gobierno para con el hecho de que la indispensable reconversión de la industria no será viable sin abultadas inversiones, ya que no es lo mismo sepultar a un ser humano que llevar hasta su última morada a un gato o un canario, y por qué no decir un elefante de circo o un cocodrilo de bañera, siendo por tanto necesario reformular de arriba abajo nuestro know how tradicional, sirviendo de providencial apoyo a esta indispensable actualización la experiencia ya adquirida desde la oficialización de los cementerios de animales, o sea, lo que hasta ahora no había pasado de intervención marginal de nuestra industria, aunque, no lo negamos, bastante lucrativa, pasará a ser actividad exclusiva, evitando así, en la medida de lo posible, el despido de centenares si no millares de abnegados y valerosos trabajadores que durante todos los días de su vida se han enfrentado valerosamente a la imagen terrible de la muerte y a quienes la misma muerte ahora les da de forma inmerecida la espalda, Expuesto lo que, señor primer ministro, rogamos, con vista a la merecida protección de una profesión a lo largo de milenios clasificada de utilidad pública, se digne considerar, no solamente la urgencia de una decisión favorable, sino también, en paralelo, la apertura de una línea de créditos bonificados, o mejor, y eso sería oro sobre azul, o dorado sobre negro, que son nuestros colores, por no decir de la más elemental justicia, la concesión de préstamos a fondo perdido que ayuden a viabilizar la rápida revitalización de un sector cuya supervivencia se encuentra amenazada por primera vez en la historia, y desde mucho antes de ella, en todas las épocas de la prehistoria, pues nunca a un cadáver humano debe de haberle faltado quien, más pronto o más tarde, acudiese a enterrarlo, aunque no fuera nada más que la generosa tierra abriéndose. Respetuosamente, solicitamos de V E. que atienda nuestra solicitud.
Tampoco los directores y administradores de los hospitales, tanto los del estado como los privados, tardaron mucho en llamar a la puerta del ministerio del ramo, el de sanidad, para expresar ante los servicios competentes sus inquietudes y sus ansias, las cuales, por extraño que parezca, casi siempre tenían más que ver con cuestiones logísticas que propiamente sanitarias. Afirmaban que el corriente proceso rotativo de enfermos entrados, enfermos curados y enfermos muertos había sufrido, por decirlo así, un cortocircuito o, si queremos hablar con términos menos técnicos, un embotellamiento como el de los coches, y cuya causa radicaba en la permanencia indefinida de un número cada vez mayor de internados que, por la gravedad de sus enfermedades o de los accidentes de que fueron víctimas, ya habrían pasado, en circunstancias normales, a otra vida. La situación es difícil, argumentaban, ya empezamos a colocar a enfermos en los pasillos, o sea, más de lo que era habitual, y todo indica que en menos de una semana nos toparemos no sólo con la escasez de camas, sino también, estando repletos los pasillos y las salas, sin saber, por falta de espacio y dificultades de maniobra, dónde colocar las que todavía estén disponibles. Es cierto que hay una manera de resolver el problema, concluían los responsables hospitalarios, aunque ésta quizá ofenda de pasada el juramento hipocrático, la decisión, en caso de ser tomada, no podrá ser ni médica ni administrativa, sino política. Como a buen entendedor siempre le ha bastado con media palabra, el ministro de sanidad, tras haber consultado con el primer ministro, dio salida al siguiente despacho, Considerando la imparable sobreocupación de internos que ya comienza a perjudicar seriamente el hasta ahora excelente funcionamiento de nuestro sistema hospitalario y que es la directa consecuencia del creciente número de personas ingresadas en estado de vida suspendida y que así se mantendrán por tiempo indefinido, sin ninguna posibilidad de cura o de simple mejoría, por lo menos hasta que la investigación médica alcance las nuevas metas que se ha propuesto, el gobierno aconseja y recomienda a las direcciones y administraciones de los hospitales que, tras un análisis riguroso, caso por caso, del perfil clínico de los enfermos que se encuentren en esa situación, y confirmándose la irreversibilidad de los respectivos procesos mórbidos, sean entregados a los cuidados de las familias, asumiendo los establecimientos de salud la responsabilidad de asegurarles a los enfermos, sin reserva, todos los tratamientos y exámenes que sus médicos de cabecera todavía juzguen necesarios o aconsejables. Se fundamenta esta decisión del gobierno en una premisa fácil y admisible por todas las personas, la de que a un paciente en tal estado, permanentemente al borde de un fallecimiento que permanentemente le viene siendo negado, deberá serle poco menos que indiferente, incluso en algún momento de lucidez, el lugar donde se encuentre, ya sea en el seno cariñoso de su familia o en la congestionada sala de un hospital, puesto que ni aquí ni allí conseguirá morir, como tampoco allí ni aquí podrá recuperar la salud. El gobierno quiere aprovechar esta oportunidad para informar a la población de que prosiguen a ritmo acelerado los trabajos de investigación que, así lo espera y confía, nos conducirán a un conocimiento satisfactorio de las causas, hasta este momento todavía misteriosas, de la súbita desaparición de la muerte. Igualmente informa que una nutrida comisión interdisciplinaria, incluyendo representantes de las diversas religiones en vigor y filósofos de las diversas escuelas en actividad, que en estos asuntos siempre tienen una palabra que decir, está encargada de la delicada tarea de reflexionar sobre lo que será un futuro sin muerte, al mismo tiempo que intentará elaborar una previsión plausible de los nuevos problemas que la sociedad tendrá que encarar, el principal de los cuales algunos han resumido en esta cruel pregunta, Qué vamos a hacer con los viejos, si ya no está ahí la muerte para cortarles el exceso de veleidades macrobias.
Los hogares para la tercera y cuarta edad, esas benefactoras instituciones creadas en atención a la tranquilidad de las familias que no tienen tiempo ni paciencia para limpiar los mocos, atender los esfínteres fatigados y levantarse de noche para poner la bacinilla, tampoco tardarán, tal como ya lo habían hecho los hospitales y las funerarias, en dar con la cabeza en el muro de las lamentaciones. Haciendo justicia a quien se debe, tenemos que reconocer que la incertidumbre en que se encuentran divididos, es decir, continuar o no continuar recibiendo huéspedes, era una de las más angustiantes que podrían desafiar los esfuerzos equitativos y el talento planificador de cualquier gestor de recursos humanos. Principalmente porque el resultado final, y esto es lo que caracteriza los auténticos dilemas, siempre iba a ser el mismo. Habituados hasta ahora, tal como sus quejosos colegas de la inyección intravenosa y de la corona de flores con cinta morada, a la seguridad resultante de la continua e imparable rotación de vidas y muertes, unas que venían entrando, otras que iban saliendo, los hogares de la tercera y cuarta edad no querían ni pensar en un futuro de trabajo en que los objetos de sus cuidados no mudarían nunca de cara y de cuerpo, salvo para exhibirlos más lamentables cada día que pasase, más decadentes, más tristemente descompuestos, el rostro encogido, arruga tras arruga, igual que una pasa de uva, los miembros trémulos y dubitativos, como un barco que inútilmente anduviese en busca de la brújula que había caído en el mar. Un nuevo huésped siempre era motivo de regocijo para los hogares del feliz ocaso, tenía un nombre que iba a ser necesario retener en la memoria, hábitos propios traídos del mundo exterior, manías que eran sólo suyas, como un cierto funcionario retirado que todos los días tenía que lavar a fondo el cepillo de dientes porque no soportaba ver restos de pasta dentífrica, o aquella anciana que dibujaba árboles genealógicos de su familia y nunca acertaba con los nombres que deberían colgar de las ramas. Durante algunas semanas, hasta que la rutina nivelase la atención debida a los internados, él sería el nuevo, el benjamín del grupo, y lo sería por última vez en su vida, aunque durase tanto como la eternidad, esta que, como del sol suele decirse, brilla para todos los habitantes de este país afortunado, nosotros que veremos extinguirse el astro del día y seguiremos vivos, nadie sabe cómo ni por qué. Ahora, sin embargo, el nuevo huésped, excepto si ocupa alguna vacante que todavía existiera y que redondea el presupuesto del hogar, es alguien cuyo destino se conoce de antemano, no lo veremos salir de aquí para morir en casa o en el hospital, como sucedía en los viejos tiempos, mientras otros huéspedes cerraban con llave apresuradamente la puerta de sus habitaciones, para que la muerte no entrara y se los llevara también a ellos, ya sabemos que todo esto son cosas de un pasado que no volverá, pero alguien del gobierno tendrá que pensar en nuestra suerte, a nosotros, empresario, gerente y empleados de los hogares del feliz ocaso, el destino que se nos presenta es que no haya nadie que nos recoja cuando llegue la hora en que tengamos que bajar los brazos, mire que ni siquiera somos señores de lo que de alguna manera también era nuestro, al menos por el trabajo que nos costó durante años y años, aquí deberá sobreentenderse que los empleados han tomado la palabra, lo que queremos decir es que no habrá sitio para estos que somos en los hogares del feliz ocaso, salvo si despedimos a unos cuantos huéspedes, al gobierno se le había ocurrido la misma idea cuando aquel debate sobre la plétora de los hospitales, que la familia reasuma sus obligaciones, dijeron, pero para eso sería necesario que todavía se encontrase en ella a alguien con suficiente tino en la cabeza y bastante energía en el resto del cuerpo, dones cuyo plazo de validez, como sabemos por experiencia propia y por el panorama que el mundo ofrece, tienen la duración de un suspiro si lo comparamos con esta eternidad recientemente inaugurada, el remedio, salvo opinión más experta, sería multiplicar los hogares del feliz ocaso, no como hasta ahora, aprovechando viviendas y palacetes que tuvieron tiempos mejores, sino construyendo de raíz grandes edificios, con la forma de un pentágono, por ejemplo, de una torre de babel, de un laberinto de cnosos, primero barrios, después ciudades, después metrópolis, o, usando palabras más crudas, cementerios de vivos en donde la fatal e irrenunciable vejez sería cuidada como Dios quisiera, hasta no se sabe cuándo, pues sus días no tendrán fin, el problema es peliagudo, y sentimos que es nuestro deber llamar la atención de quien por derecho corresponda, porque, con el paso del tiempo, no sólo habrá más personas de edad en los hogares del feliz ocaso, sino que también será necesaria cada vez más gente para ocuparse de ellos, resultando que el romboide de las edades dará rápidamente una vuelta de pies a cabeza, una masa gigantesca de viejos en la parte de arriba, siempre creciendo, engullendo como una serpiente pitón a las nuevas generaciones, las cuales, a su vez, convertidas en su mayoría en personal de asistencia y administración de los hogares del feliz ocaso, después de haber empleado la mayor parte de su vida cuidando vejestorios de todas las edades, ya sean las normales, ya sean las matusalénicas, multitudes de padres, abuelos, bisabuelos, trisabuelos, tetrabuelos, pentabuelos, hexabuelos, y por ahí, ad infinitum, se unirán, una tras otra, como hojas que se desprenden de los árboles y caen sobre las hojas de los otoños pretéritos, mais oü sont les neiges d'antan, al hormiguero interminable de los que, poco a poco, consumirán la vida perdiendo los dientes y el pelo, de las legiones de los de la mala vista y mal oído, de los herniados, de los bronquíticos, de los que se fracturaron el cuello del fémur, de los parapléjicos, de los caquécticos, ahora inmortales, que no son capaces ni de retener la baba que les chorrea por la barbilla, ustedes, señores que nos gobiernan, quizá no nos quieran creer, pero lo que se nos viene encima es la peor de las pesadillas que alguna vez un ser humano pudo haber soñado, ni siquiera en las oscuras cavernas, cuando todo era terror y temblor, se vería una cosa igual, lo decimos nosotros que tenemos la experiencia del primer hogar del feliz ocaso, es cierto que entonces todo era muy pequeño, pero para alguna cosa nos ha de servir la imaginación, si quiere que le hablemos con franqueza, con el corazón en la mano, antes la muerte, señor primer ministro, antes la muerte que semejante suerte.
Una terrible amenaza que se avecina pondrá en peligro la supervivencia de nuestra industria, es lo que declaró ante los medios de comunicación social el presidente de la federación de compañías de seguros, refiriéndose a los muchos miles de cartas que, más o menos con idénticas palabras, como si las hubiesen copiado de un modelo único, estaban entrando en los últimos días en las empresas conteniendo una orden de cancelación inmediata de las pólizas de seguros de vida de los respectivos signatarios. Afirmaban éstos que, teniendo en cuenta el hecho público y notorio de que la muerte había puesto fin a sus días, era absurdo, por no decir simplemente estúpido, seguir pagando unas primas altísimas que sólo servirían, sin ninguna especie de contrapartida, para enriquecer todavía más a las compañías. No estoy para atar perros con longanizas, se desahogaba, en posdata, un asegurado especialmente irritado.
Algunos iban más lejos, reclamaban la devolución de las cuantías ya abonadas, pero eso se notaba enseguida que era nada más que un intento, a ver si colaba. A la inevitable pregunta de los periodistas sobre qué pensaban hacer las compañías de seguros para contrarrestar la salva de artillería pesada que de pronto se les vino encima, el presidente de la federación respondió que, aunque los asesores jurídicos estuvieran, en este preciso momento, estudiando con toda atención la letra pequeña de las pólizas en busca de cualquier posibilidad interpretativa que permitiese, siempre dentro de la más estricta legalidad, claro está, imponer a los asegurados heréticos, incluso contra su voluntad, la obligación de pagar mientras estuvieran vivos, es decir, sempiternamente, lo más probable sería que se llegase a un pacto de consenso, un acuerdo entre caballeros, que consistiría en la inclusión de una breve cláusula en las pólizas, tanto para la rectificación de ahora como para la vigencia futura, en que quedaría establecida la edad de ochenta años para muerte obligatoria, obviamente en sentido figurado, se apresuró a añadir el presidente, sonriendo con indulgencia. De esta manera, las compañías cobrarían los premios en la más perfecta normalidad hasta la fecha en que el feliz asegurado cumpliera su octogésimo aniversario, momento en que, puesto que se había convertido en alguien virtualmente muerto, se procedería al cobro del montante íntegro del seguro, que le sería puntualmente satisfecho. Todavía habría que añadir, y esto no es lo menos interesante, que, en el caso de que así lo deseen, los clientes podrán renovar su contrato por otros ochenta años, al final de los cuales, para los efectos debidos, se registraría un segundo óbito, repitiéndose el procedimiento anterior y así sucesivamente. Se oyeron murmullos de admiración y algún conato de aplauso entre los periodistas rápidos en cálculo actuarial, que el presidente agradeció con una inclinación de cabeza. Estratégica y tácticamente, la jugada había sido perfecta, hasta el punto de que al día siguiente comenzaron a llegar cartas a las compañías de seguros dando por nulas y sin efectos las primeras. Todos los asegurados se declaraban dispuestos a aceptar el pacto entre caballeros que se había sugerido, gracias al que se puede decir, sin exageración, que éste ha sido uno de esos rarísimos casos en que nadie pierde y todos ganan. Sobre todo las compañías de seguros, salvadas por los pelos de la catástrofe. Se espera que en las próximas elecciones el presidente de la federación sea reelegido en el cargo que tan brillantemente desempeña.
De la primera reunión de la comisión interdisciplinaria se puede decir de todo menos que haya transcurrido bien. La culpa, si el pesado término tiene aquí cabida, la tuvo el dramático memorando que los hogares del feliz ocaso entregaron al gobierno, en especial esa conminatoria frase que remataba, Antes la muerte, señor primer ministro, antes la muerte que tal suerte. Cuando los filósofos, divididos, como siempre, en pesimistas y optimistas, unos carrancudos, otros risueños, se disponían a recomenzar por milésima vez la agotadora disputa del vaso del que no se sabe si está medio lleno o medio vacío, disputa que, transferida para la cuestión que los había congregado, se acabaría reduciendo, con toda probabilidad, a un mero inventario de las ventajas o desventajas de estar muerto o de vivir para siempre, los delegados de las religiones se presentaron formando un frente unido común con el que aspiraban a establecer el debate en el único terreno dialéctico que les interesaba, es decir, la aceptación explícita de que la muerte era absolutamente fundamental para la realización del reino de dios y que, por tanto, cualquier discusión sobre un futuro sin muerte sería absurda además de blasfema, porque implicaría presuponer, inevitablemente, un dios ausente, por no decir desaparecido. No se trataba de una actitud nueva, el propio cardenal ya apuntó con el dedo el busilis que supondría esta versión teológica de la cuadratura del círculo cuando, en su conversación telefónica con el primer ministro, admitió, bien es verdad que con palabras mucho menos claras, que si se acabara la muerte no podría haber resurrección, y que sin resurrección no tendría sentido que hubiera iglesia. Así pues, siendo éste, pública y notoriamente, el único instrumento de labor de que Dios parece disponer en la tierra para labrar los caminos que deberán conducir a su reino, la conclusión obvia e irrebatible es que toda la historia santa termina inevitablemente en un callejón sin salida. Este ácido argumento salió de la boca del filósofo pesimista de más edad, que no contento añadió a continuación, Las religiones, todas, por más vueltas que le demos, no tienen otra justificación para existir que no sea la muerte, la necesitan como pan para la boca. Los delegados de las religiones no se tomaron la molestia de protestar. Al contrario, uno de ellos, reputado integrante del sector católico, dijo, Tiene razón, señor filósofo, justo para eso existimos, para que las personas se pasen toda la vida con el miedo colgado al cuello y, cuando les llegue su hora, acojan la muerte como una liberación, El paraíso, Paraíso o infierno, o cosa ninguna, lo que pase después de la muerte nos importa mucho menos de lo que generalmente se cree, la religión, señor filósofo, es un asunto de la tierra, no tiene nada que ver con el cielo, No es eso lo que nos han habituado a oír, Algo tendríamos que decir para hacer atractiva la mercancía, Eso quiere decir que en realidad no creen en la vida eterna, Hacemos como que sí.
Durante un minuto no habló nadie. El mayor de los pesimistas dejó que una vaga y suave sonrisa apareciera en su cara, con el aire de quien acaba de ver coronado de éxito un difícil experimento de laboratorio. Siendo así, intervino un filósofo del ala optimista, Por qué les asusta tanto que la muerte haya acabado, No sabemos si ha acabado, sabemos sólo que ha dejado de matar, que no es lo mismo, De acuerdo, pero, dado que la duda no está resuelta, mantengo la pregunta, Porque si los seres humanos no muriesen, todo estaría permitido, Y eso sería malo, preguntó el filósofo de más edad, Tanto como no permitir nada.
Hubo un silencio. A los ocho hombres sentados alrededor de la mesa les había sido encomendado que reflexionasen sobre las consecuencias de un futuro sin muerte y que construyesen a partir de los datos del presente una previsión plausible de las nuevas cuestiones con que la sociedad tendría que enfrentarse, además, excusado será decirlo, del inevitable agravamiento de las cuestiones antiguas. Mejor sería no hacer nada, dijo uno de los filósofos optimistas, los problemas del futuro, el futuro los resolverá, Lo malo es que el futuro es ya hoy, dijo uno de los pesimistas, tenemos aquí, entre otros, los memorandos elaborados por los llamados hogares del feliz ocaso, por los hospitales, por las agencias funerarias, por las compañías de seguros, y salvo el caso de éstas, que siempre encuentran la manera de sacar provecho de cualquier situación, hay que reconocer que las perspectivas no se limitan a ser sombrías, son catastróficas, terribles, exceden en peligros a todo lo que la más delirante imaginación pueda concebir, Sin ánimo de ser irónico, que en las actuales circunstancias sería de pésimo gusto, observó un integrante no menos reputado del sector protestante, me parece que esta comisión ya nació muerta, Los hogares del feliz ocaso tienen razón, antes la muerte que tal suerte, dijo el portavoz de los católicos, Qué piensan hacer, preguntó el pesimista de más edad, aparte de proponer la extinción inmediata de la comisión, como parece que ustedes desean, Por nuestra parte, iglesia católica, apostólica y romana, organizaremos una campaña nacional de oraciones para rogar a Dios que providencie el regreso de la muerte lo más rápidamente posible a fin de ahorrarle a la pobre humanidad los peores horrores, Dios tiene autoridad sobre la muerte, preguntó uno de los optimistas, Son las dos caras de la misma moneda, a un lado el rey, al otro la corona, Siendo así, tal vez la muerte se haya retirado por orden de Dios, En su tiempo conoceremos los motivos de esta probación, mientras tanto vamos a poner los rosarios a trabajar, Nosotros haremos lo mismo, me refiero a las oraciones, claro, no a los rosarios, sonrió el protestante, Y también sacaremos procesiones a las calles de todo el país pidiendo la muerte, de la misma manera que lo hicimos ad petendam pluviam, para pedir la lluvia, tradujo el católico, A tanto no llegaremos nosotros, esas procesiones no forman parte de las manías que cultivamos, volvió a sonreír el protestante. Y nosotros, preguntó uno de los filósofos optimistas con un tono que parecía anunciar su próximo ingreso en las filas contrarias, qué vamos a hacer a partir de ahora, cuando parece que todas las puertas se han cerrado, Para empezar, levantar la sesión, respondió el de más edad, Y luego, Seguir filosofando, ya que nacimos para esto, y aunque sea sobre el vacío, Para qué, Para qué, no sé, Entonces, por qué, Porque la filosofía necesita tanto de la muerte como las religiones, si filosofamos es porque sabemos que moriremos, monsieur de montaigne ya dijo que filosofar es aprender a morir.
Incluso no siendo filósofos, al menos en el sentido más común del término, algunos habían conseguido aprender el camino. Paradójicamente, no tanto aprender a morir ellos mismos, porque todavía no les había llegado el tiempo, sino a engañar la muerte de otros, ayudándola. El expediente utilizado, como no tardará en verse, fue una nueva manifestación de la inagotable capacidad inventiva de la especie humana. En una aldea cualquiera, a pocos kilómetros de la frontera con uno de sus países limítrofes, vivía una familia de campesinos pobres que tenía, por mal de sus pecados, no un pariente, sino dos, en estado de vida suspendida o, como se prefería decir, de muerte parada. Uno de ellos era un abuelo de esos a la antigua usanza, un patriarca de carácter duro que la enfermedad había reducido a un mísero guiñapo, aunque no le hizo perder por completo el sentido del habla. El otro era una criatura de pocos meses para la que no hubo tiempo de enseñar ni la palabra vida ni la palabra muerte y ante quien la muerte real se negaba a mostrarse. No morían, no estaban vivos, el médico rural que los visitaba una vez por semana decía que ya nada podía hacer por ellos ni contra ellos, ni siquiera inyectarles, a uno y a otro, una buena droga letal, de esas que no hace mucho tiempo hubieran sido la solución radical para cualquier problema. Como mucho, tal vez pudiera empujarlos un paso hacia donde se supone que la muerte se encuentra, pero sería en vano, inútil, porque en ese preciso instante, inalcanzable como antes, ella daría otro paso y mantendría la distancia. La familia fue a pedirle ayuda al cura, que oyó, levantó los ojos al cielo y no tuvo otra palabra para responder sino que todos estamos en manos de Dios y que la misericordia divina es infinita. Pues sí, infinita será, pero no lo suficiente para ayudar a nuestro padre y abuelo a morir en paz ni para salvar a un pobre inocente que no le ha hecho nada malo al mundo. En esto estábamos, ni para delante, ni para atrás, sin remedio y sin esperanza, cuando el viejo habló, Que se acerque alguien, dijo, Quiere agua, preguntó una de las hijas, No quiero agua, quiero morir, Ya sabe que el médico dice que no es posible, padre, recuerde que la muerte se ha terminando, El médico no entiende nada, desde que el mundo es mundo siempre ha habido una hora y un lugar para morir, Ahora no, Ahora sí, Tranquilícese, padre, que le sube la fiebre, No tengo fiebre, y aunque la tuviera, daría lo mismo, así que óyeme con atención, Le estoy oyendo, Acércate más, antes de que se me quiebre la voz, Diga. El viejo musitó algunas palabras al oído de la hija. Ella negaba con la cabeza, pero él insistía e insistía. Esto no va a resolver nada, padre, balbuceó ella estupefacta, pálida de miedo, Lo resolverá, Y si no se resuelve, No perdemos nada por intentarlo, Y si no se resuelve, Es fácil, me traen de vuelta a casa, Y el niño, El niño viene también, si me quedo allí, se quedará conmigo. La hija intentó pensar, se le leía en la cara la confusión, y finalmente preguntó, Y por qué no los traemos y los enterramos aquí, Imagínate lo que pasaría, dos muertos en casa en una tierra donde nadie, por más que se haga, consigue morir, cómo lo explicarías tú, además, tengo mis dudas de que la muerte, tal como están las cosas, nos dejara entrar, Es una locura, padre, Tal vez lo sea, pero no veo otro medio para salir de esta situación, Lo queremos vivo, no muerto, Pero no en el estado en que me ves aquí, un vivo que está muerto, un muerto que parece vivo, Si es así, cumpliremos su voluntad, Dame un beso. La hija le besó la frente y salió a llorar. Desde ahí, bañada en lágrimas, fue a anunciar al resto de la familia que el padre había determinado que lo llevasen esa misma noche al otro lado de la frontera, donde, según su idea, la muerte, todavía en vigor en ese país, no tendría más remedio que aceptarlo.
La noticia se recibió con un sentimiento complejo de orgullo y resignación, orgullo porque no se ve todos los días a un anciano ofrecerse así, con su propio pie, a la muerte que le huye, resignación porque perdido uno, perdido cien, qué le vamos a hacer, contra lo que tiene que suceder toda la fuerza sobra. Como está escrito que no se puede tener todo en la vida, el valeroso viejo dejará en su lugar nada más que una familia pobre y honesta que no se olvidará de honrar su memoria. La familia no era sólo esta hija que salió a llorar y la criatura que no le había hecho ningún mal al mundo, era también otra hija y el marido respectivo, padres de tres niños felizmente de buena salud, más una tía soltera a la que se le pasó hace mucho la edad de casarse. El otro yerno, el marido de la hija que salió a llorar, vive en un país distante, emigró para ganarse la vida y mañana sabrá que perdió a la vez al único hijo que tenía y el suegro a quien estimaba. Es así la vida, va dando con una mano hasta que llega el día que quita todo con la otra. Que importan poco a este relato los parentescos de unos cuantos campesinos que lo más probable es que no vuelvan a aparecer, lo sabemos mejor que nadie, pero nos ha parecido que no estaría bien, incluso desde un estricto punto de vista técnico-narrativo, despachar en dos líneas rápidas precisamente a estas personas que van a ser protagonistas de uno de los más dramáticos lances ocurridos en esta, aunque cierta, inverídica historia sobre las intermitencias de la muerte. Ahí están, pues. Apenas nos faltó decir que la tía soltera todavía manifestó una duda, Qué dirán los vecinos, preguntó, cuando descubran que ya no están aquí aquellos que, sin morir, a la muerte estaban. En general la tía soltera no habla de una manera tan preciosista, tan rebuscada, y si lo ha hecho ahora era para no estallar en lágrimas, que así sucedería si hubiese pronunciado el nombre del niño que no le había hecho ningún mal al mundo y las palabras mi hermano. Le respondió el padre de los otros tres niños, Les decimos simplemente lo que pasó y esperamos las consecuencias, al menos seremos acusados de hacer entierros clandestinos, fuera del cementerio y sin conocimiento de las autoridades, y para colmo en otro país, Ojalá que no se comience ninguna guerra por esto, dijo la tía.
Era casi medianoche cuando salieron camino de la frontera. Como si sospechara que algo extraño estaba tramándose, la aldea había tardado más de lo habitual en recogerse entre las sábanas. Por fin el silencio tomó a su cargo las calles y las luces de las casas se fueron apagando una a una. La mula fue enganchada al carromato, después, con mucho esfuerzo, pese a lo poco que pesaba, el yerno y las dos hijas bajaron al abuelo, lo tranquilizaron cuando él, con voz apagada, preguntó si llevaban la pala y la azada, Sí las llevamos, quédese tranquilo, y luego subió la madre del niño, lo tomó en brazos, dijo, Adiós mi hijo que no te volveré a ver, y esto no era verdad, porque ella también iría en el carromato con la hermana y el cuñado, puesto que tres no serían demasiado para la tarea. La tía soltera no quiso despedirse de los viajeros que no regresarían y se encerró en el cuarto con los sobrinos. Como los aros metálicos de las ruedas del carromato causarían estrépito en el irregular empedrado de la calle, con grave riesgo de que fueran apareciendo en las ventanas los habitantes curiosos de saber adonde irían los vecinos a esa hora, dieron un rodeo por caminos de tierra hasta que llegaron finalmente a la carretera, fuera de la aldea. No estaban muy lejos de la frontera, pero lo malo era que la carretera no los llevaba hasta ella, en cierto punto tendrían que dejarla y continuar por atajos por los que el carromato apenas cabría, eso sin hablar de que el último tramo deberían hacerlo a pie, abriéndose paso entre matorrales, cargando con el abuelo Dios sabe cómo. Afortunadamente el yerno conoce bien estos parajes porque, aparte de habérselos pateado como cazador, también, alguna que otra vez, había ejercido de contrabandista aficionado. Tardaron casi dos horas en llegar al punto donde tendrían que dejar el carromato, y ahí fue cuando se le ocurrió al yerno llevar al abuelo sobre la mula, confiando en la firmeza de los jarretes del animal. Desengancharon la bestia, la aliviaron de los arreos superfluos y, con mucho esfuerzo, trataron de izar al viejo. Las dos mujeres lloraban, Ay mi querido padre, Ay mi querido padre, y con las lágrimas se les iba la poca fuerza que todavía les quedaba. El pobre hombre estaba medio inconsciente, como si ya hubiera atravesado el primer umbral de la muerte. No lo conseguiremos, exclamó con desesperación el yerno, pero de súbito se le ocurrió que la solución sería que él montara primero y tirara después del abuelo, que quedaría en la cruz de la mula, delante, Lo llevo abrazado, no hay otra manera, vosotras ayudad desde ahí. La madre del niño fue hasta el carromato a arreglar la pequeña manta que lo cubría, no vaya el pobrecito a enfriarse, y regresó junto a la hermana, A la una, a las dos, a las tres, dijeron, pero fue como si nada, ahora el cuerpo pesaba tanto que parecía de plomo, lo único que pudieron hacer fue dejarlo en el suelo. Entonces sucedió una cosa nunca vista, una especie de milagro, un prodigio, una maravilla. Como si por un instante la ley de la gravedad hubiera sido suspendida o pasara a actuar al contrario, de abajo hacia arriba, el abuelo se escapó suavemente de las manos de las hijas y, por sí mismo, levitando, subió hasta los brazos extendidos del yerno. El cielo, que desde el principio de la noche había estado cubierto de pesadas nubes que amenazaban lluvia, se abrió y dejó aparecer la luna. Ya podemos seguir, dijo el yerno, hablándole a su mujer, tú llevas la mula. La madre del niño abrió un poco la manta para ver cómo estaba el hijo. Los párpados, cerrados, eran como dos pequeñas manchas pálidas, el rostro, un dibujo confuso. Entonces dio un grito que recorrió todo el espacio alrededor e hizo que se estremecieran en sus cuevas los animales salvajes, No, no seré yo quien lleve a mi hijo al otro lado, no lo traje a la vida para entregarlo a la muerte con mis propias manos, llevaos a padre, yo me quedo aquí. La hermana se le acercó y le preguntó, Prefieres asistir, año tras año, a su agonía, Tienes tres hijos con salud, hablas sin saber, Tu hijo es como si fuera mío, Si es así, llévatelo tú, yo no puedo, Y yo no debo, sería matarlo, Cuál es la diferencia, No es lo mismo llevar hasta la muerte y matar, por lo menos en este caso, tú eres la madre de este niño, no yo, Serías capaz de llevar a uno de tus hijos, o a todos, Pienso que sí, pero no lo puedo jurar, Entonces tengo razón, Si es eso lo que quieres, espéranos, vamos a llevar a padre. La hermana se apartó, agarró la mula por la brida y preguntó, Vamos, el marido respondió, Vamos, pero despacio, no quiero que se me caiga. La luna, llena, brillaba. En algún lugar, adelante, se encontraba la frontera, esa línea que sólo en los mapas es visible. Cómo sabremos cuándo hemos llegado, preguntó la mujer, Padre lo sabrá. Ella comprendió y no hizo más preguntas. Continuaron andando, cien metros, diez pasos, y de repente el hombre dijo, Llegamos, Se acabó, Sí. Detrás, una voz repitió, Se acabó. La madre del niño amparaba por última vez al hijo muerto en el regazo de su brazo izquierdo, la mano derecha sujetaba en el hombro la pala y la azada que los otros habían olvidado. Andemos un poco más, hasta aquel fresno, dijo el cuñado.
A lo lejos, en una ladera, se distinguían las luces de una aldea. Por el pisar de la mula se notaba que la tierra era blanda, debería ser fácil de cavar. Este sitio me parece bueno, dijo por fin el hombre, el árbol nos servirá de señal cuando vengamos a traerles unas flores. La madre del niño dejó caer la pala y la azada y, suavemente, puso al hijo en el suelo.
Después, las dos hermanas, con mil cautelas para que no resbalara, recibieron el cuerpo del padre y, sin esperar la ayuda del hombre que ya desmontaba la mula, lo colocaron al lado del nieto. La madre del niño sollozaba, repetía monótonamente, Mi hijo, mi padre, y la hermana vino y la abrazó, llorando también y diciendo, Es mejor así, es mejor así, la vida de estos infelices ya no era vida. Se arrodillaron ambas en el suelo condoliéndose por los muertos que habían venido a engañar a la muerte. El hombre ya manejaba la azada, cavaba, retiraba con la pala la tierra suelta, y luego volvía a cavar. Debajo la tierra era más dura, más compacta, algo pedregosa, sólo al cabo de media hora de trabajo continuo la cavidad alcanzó profundidad suficiente. No había ataúd ni mortaja, los cuerpos descansarían sobre la pura tierra, sólo con las ropas que traían puestas. Uniendo las fuerzas, el hombre y las dos mujeres, él dentro de la sepultura, ellas fuera, una a cada lado, bajaron lentamente el cuerpo del viejo, ellas sosteniéndolo por los brazos abiertos en cruz, él amparándolo hasta que tocó el fondo. Las mujeres no paraban de llorar, el hombre tenía los ojos secos, pero todo él temblaba, como atacado por una fiebre violenta. Todavía faltaba lo peor. Entre lágrimas y sollozos, el niño fue descendido, colocado junto al abuelo, pero allí no estaba bien, un bultito pequeño, insignificante, una vida sin importancia, dejada de lado como si no perteneciera a la familia. Entonces el hombre se inclinó, tomó al niño del suelo, lo puso sobre el pecho del abuelo, después le cruzó los brazos sobre el cuerpecito minúsculo, ahora sí, ya están acomodados, preparados para su descanso, podemos comenzar a lanzarles la tierra por encima, con cuidado, poco a poco, para que todavía puedan mirarnos algún tiempo más, para que puedan despedirse de nosotros, oigamos lo que están diciendo, adiós hijas mías, adiós yerno, adiós tíos, adiós madre.
Cuando la sepultura estuvo llena, el hombre aplanó y alisó la tierra para que no se notara, si alguien pasase por ahí, que había personas enterradas. Colocó una piedra a la cabecera y otra más pequeña a los pies, a continuación esparció sobre la tumba las hierbas que había cortado antes con la azada, otras plantas, vivas, en pocos días tomarán el lugar de estas que, marchitas, muertas, resecas, entrarán en el ciclo alimentario de la misma tierra de que habían brotado. El hombre midió a pasos largos la distancia entre el árbol y la tumba, fueron doce, después se colocó en el hombro la pala y la azada, Vamos, dijo. La luna había desaparecido, el cielo estaba otra vez cubierto. Comenzó a llover cuando acababan de enganchar la mula al carromato.
Los actores del dramático lance que acaba de ser descrito con desusada minucia en un relato que hasta ahora había preferido ofrecer al lector curioso, por decirlo así, una visión panorámica de los hechos, fueron, cuando su inopinada entrada en escena, clasificados como campesinos pobres. El error, resultado de una impresión precipitada del narrador, de un examen que no pasó de superficial, deberá, por respeto a la verdad, ser inmediatamente rectificado. Una familia campesina pobre, pobre de verdad, nunca llegaría a ser propietaria de un carromato ni tendría posibles para sustentar un animal de tanto alimento como es la mula. Se trataba, sí, de una familia de pequeños agricultores, gente acomodada en la modestia del medio en que vivían, personas con educación e instrucción escolar suficiente para poder mantener entre sí diálogos no sólo gramaticalmente correctos, sino también con eso que algunos, a falta de mejor expresión, suelen llamar contenido, otros sustancia, otros, más pegados a la tierra, seso. Si así no fuera, nunca jamás la tía soltera habría sido capaz de poner en pie aquella tan hermosa frase antes comentada, Qué dirán los vecinos cuando descubran que ya no están aquí aquellos que, sin morir, a la muerte estaban. Corregido a tiempo el lapso, restituida la verdad en su lugar, veamos qué dicen los vecinos. A pesar de las precauciones adoptadas, alguien vio el carromato y se extrañó de la salida de esos tres a tales horas. Precisamente ésa fue la pregunta que se hizo el vecino vigilante, Adonde irán esos tres a semejante hora, repetida a la mañana siguiente, con un pequeño cambio, al yerno del viejo agricultor, Adonde ibais a esa hora de la noche. El interpelado respondió que tenían que resolver un asunto, pero el vecino no se dio por satisfecho, Un asunto a medianoche, en carromato, con tu mujer y tu cuñada, qué cosa tan rara, dijo, Será raro, pero es así, Y de dónde veníais cuando el cielo comenzaba a clarear, Eso no te importa, Tienes razón, perdona, realmente no es de mi incumbencia, pero en todo caso sí puedo preguntarte cómo se encuentra tu suegro, Igual, Y tu sobrino pequeño, También, Ah, me alegra que los dos mejoren, Gracias, Hasta luego, Hasta luego. El vecino dio unos pasos, se detuvo, volvió atrás, Me pareció ver algo en el carromato, me pareció que tu hermana llevaba un niño en los brazos, y, si era así, entonces lo más probable es que el bulto tumbado que me pareció ver, cubierto con una manta, fuese tu suegro, sobre todo teniendo en cuenta, Teniendo en cuenta qué, Teniendo en cuenta que cuando regresasteis el carromato venía vacío y tu hermana no traía ningún niño en los brazos, Por lo visto, no duermes de noche, Tengo un sueño delicado, me despierto con facilidad, Te despertaste cuando nos fuimos, te despertaste cuando regresamos, eso se llama coincidencia, Así es, Y quieres que te diga lo que ha pasado, Si quieres, Ven conmigo. Entraron en la casa, el vecino saludó a las tres mujeres, No quiero molestar, dijo perturbado, y esperó. Serás la primera persona que lo sepa, dijo el yerno, y no tendrás que guardar el secreto porque no te lo vamos a pedir, No me digas nada más que lo que quieras decir, Mi suegro y mi sobrino han muerto esta noche, los llevamos al otro lado de la frontera, donde la muerte mantiene su actividad, Los habéis matado, exclamó el vecino, En cierto modo, sí, ya que ellos no pudieron ir por sus propios pies, en cierto modo, no, porque lo hicimos por orden de mi suegro, y en cuanto al niño, pobrecito, no tenía querer ni vida que vivir, quedaron enterrados bajo un fresno, puede decirse que abrazados el uno al otro.
El vecino se llevó las manos a la cabeza, Y ahora, Ahora vas y lo cuentas por toda la aldea, seremos detenidos por la policía, probablemente juzgados y condenados por lo que no hemos hecho, Sí lo habéis hecho, Un metro antes de la frontera estaban vivos, un metro después ya estaban muertos, dime tú cuándo los matamos, y cómo, Si no los hubieseis llevado, Sí, estarían aquí, esperando la muerte que no llega. Silenciosas, serenas, las tres mujeres miraban al vecino. Me voy, dijo, realmente pensaba que algo había sucedido, pero nunca pude imaginar que era esto, Tengo algo que pedirte, dijo el yerno, Qué, Que me acompañes a la policía, así no tendrás que ir de puerta en puerta, por ahí, contándole a la gente los terribles crímenes que hemos cometido, fíjate, parricidio, infanticidio, Dios santo, qué monstruos viven en esta casa, No lo contaría de esa manera, Ya lo sé, acompáñame, Cuándo, Ahora mismo, el hierro tiene que ser golpeado cuando está caliente, Vamos.
No fueron condenados ni juzgados. Como un reguero de pólvora, la noticia corrió veloz por todo el país, los medios de comunicación vituperaron a los infames, las hermanas asesinas, el yerno instrumento del crimen, se lloraron lágrimas sobre el anciano y el inocente como si fueran el abuelo y el nieto que todos desearían haber tenido, por milésima vez los periódicos bienpensantes que actuaban como barómetros de la moralidad pública apuntaron el dedo hacia la imparable degradación de los valores tradicionales de la familia, fuente, causa y origen de todos los males en su opinión, y he aquí que cuarenta y ocho horas después comenzaron a llegar informaciones sobre prácticas idénticas que estaban sucediendo en todas las regiones fronterizas. Otros carromatos y otras mulas condujeron otros cuerpos inermes, falsas ambulancias dieron vueltas y vueltas por veredas abandonadas hasta llegar al lugar donde deberían descargarlos, en general sujetos durante el trayecto por los cinturones de seguridad o, en algún censurable caso, escondidos en los portaequipajes y cubiertos con una manta, coches de todas las marcas, modelos y precios transportaron hasta esta nueva guillotina cuyo filo, con perdón por la libérrima comparación, era la finísima línea fronteriza, invisible para ojos desnudos, a los infelices que la muerte, en el lado de aquí, había mantenido en situación de pena suspendida.
No todas las familias que procedieron así podían alegar en su defensa los motivos de algún modo respetables, aunque obviamente discutibles, presentados por nuestros conocidos y angustiados agricultores que, muy lejos de imaginar las consecuencias, dieron inicio al tráfico. Algunas en el expediente de ir a evacuar al padre o al abuelo en territorio extranjero vieron nada más que una manera limpia y eficaz, radical sería el término exacto, de verse libres de los auténticos pesos muertos que sus moribundos eran en casa. Los medios de comunicación que antes vituperaron enérgicamente a las hijas y al yerno del viejo enterrado con el nieto, incluyendo después en esa reprobación a la tía soltera, acusada de complicidad y connivencia, estigmatizaban ahora la crueldad y la falta de patriotismo de personas de apariencia decente que en esta circunstancia de gravísima crisis nacional dejaban caer la máscara hipócrita tras la cual escondían su verdadero carácter. Presionado por los gobiernos de los tres países limítrofes y por la oposición política interna, el jefe del gobierno condenó la inhumana acción, apeló al respeto por la vida y anunció que las fuerzas armadas tomarían de inmediato posiciones a lo largo de la frontera para impedir el paso de cualquier ciudadano en estado de disminución física terminal, ya fuera el intento por iniciativa propia, o determinado por arbitraria decisión de los parientes. En el fondo, en el fondo, pero de esto, claro está, no osó hablar el primer ministro, el gobierno no veía con tan malos ojos un éxodo que, en último análisis, servía el interés del país en la medida en que ayudaba a bajar una presión demográfica en aumento continuo desde hacía tres meses, aunque todavía lejos de alcanzar niveles inquietantes. Tampoco dijo el jefe del gobierno que ese mismo día se había reunido discretamente con el ministro del interior con el objetivo de planear la colocación de vigilantes, o espías, en todas las localidades del país, ciudades, pueblos y aldeas, con la misión de comunicarle a las autoridades cualquier movimiento sospechoso de personas afines a pacientes en situación de muerte parada. La decisión de intervenir o de no intervenir sería ponderada caso por caso, puesto que no era objetivo del gobierno frenar del todo este brote migratorio de nuevo tipo, sino dar una satisfacción parcial ante las preocupaciones de los gobiernos de los países con fronteras comunes, lo suficiente para acallar durante algún tiempo las reclamaciones. No estamos aquí para hacer lo que ellos quieren, dijo con autoridad el primer ministro, Todavía quedan fuera del plan los pequeños caseríos, las heredades, las casas aisladas, notó el ministro del interior, A ésos vamos a dejarlos tranquilos, que hagan lo que entiendan, bien sabe, querido ministro, por experiencia, que es imposible colocar un policía al lado de cada persona.
Durante dos semanas el plan funcionó más o menos a la perfección, pero, a partir de ahí, unos cuantos vigilantes comenzaron a quejarse de que estaban recibiendo amenazas por teléfono, conminándolos, si querían vivir una vida tranquila, a hacer vista gorda al tráfico clandestino de pacientes terminales, e incluso a cerrar los ojos por completo si no querían aumentar con sus propios cuerpos la cantidad de personas de cuya observación habían sido encargados. No eran palabras vanas, como se vio cuando las familias de cuatro vigilantes fueron avisadas mediante llamadas anónimas de que deberían recogerlos en determinados lugares. Tal como se encontraban, o sea, no muertos, pero vivos tampoco. Ante la gravedad de la situación, el ministro del interior decidió mostrarle su poder al desconocido enemigo, ordenando, por un lado, que los espías intensificaran la acción investigadora y, por otro lado, cancelando el sistema a cuentagotas, éste sí, éste no, que venía siendo aplicado de acuerdo con la táctica del primer ministro. La respuesta fue inmediata, otros cuatro vigilantes sufrieron la triste suerte de los anteriores, pero, en este caso, sólo hubo una llamada telefónica, dirigida al ministerio del interior, que lo mismo podría entenderse que era una provocación o una acción determinada por la pura lógica, como quien dice, Nosotros existimos. El mensaje, sin embargo, no acababa aquí, traía anexa una propuesta constructiva, Establezcamos un acuerdo de caballeros, dijo la voz del otro lado, el ministerio manda que se retiren los vigilantes y nosotros nos encargamos de transportar directamente a los pacientes, Quiénes son ustedes, preguntó el director del servicio que atendió la llamada, Sólo un grupo de personas amantes del orden y de la disciplina, gente de gran competencia en su especialidad, que detesta la confusión y cumple siempre lo que promete, gente honesta, en definitiva, Y ese grupo tiene nombre, quiso saber el funcionario, Hay quien nos llama maphia, con ph, Por qué con ph, Para distinguirnos de la otra, de la clásica, El estado no hace acuerdos con mafias, En papeles con firmas reconocidas por notario, claro que no, Ni de ésos ni de otros, Cuál es su cargo, Soy director de servicio, O sea, alguien que no conoce nada de la vida real, Tengo mis responsabilidades, La única que nos interesa en este momento es que traslade la propuesta a quien le concierna, al ministro, si tiene acceso, No tengo acceso al ministro, pero esta conversación será inmediatamente conocida por la jerarquía, El gobierno tiene cuarenta y ocho horas para estudiar la propuesta, ni un minuto más, pero avise a su jerarquía de que habrá nueve vigilantes en coma si la respuesta no es la que esperamos, Así lo haré, Pasado mañana, a esta hora, volveré a llamarlo para conocer la decisión, La nota está tomada, Ha sido un placer hablar con usted, No puedo decirle lo mismo, Estoy seguro de que comenzará a cambiar de opinión cuando sepa que los vigilantes regresan sanos y salvos a sus casas, si todavía recuerda oraciones de su infancia, vaya rezando para que eso sea lo que ocurra, Comprendo, Sabía que lo entendería, Así es, Cuarenta y ocho horas, ni un minuto más, Con toda seguridad, no seré yo quien le atienda, Pues yo tengo toda la seguridad de que sí, Por qué, Porque el ministro no querrá hablar directamente conmigo, además, si las cosas salen mal será usted quien cargue con las culpas, recuerde que lo que proponemos es un acuerdo entre caballeros, Sí señor, Buenas tardes, Buenas tardes. El director del servicio retiró la cinta magnetofónica de la grabadora y fue a hablar con la jerarquía.
Media hora después el casete estaba en manos del ministro del interior. Este lo oyó, lo volvió a oír, lo oyó por tercera vez, después preguntó, Ese director de servicio es persona de confianza, Hasta hoy no he tenido el menor motivo de queja, respondió la jerarquía, Tampoco el mayor, espero, Ni el mayor ni el menor, dijo la jerarquía, que no había notado la ironía. El ministro sacó el casete del grabador y desenrolló la cinta. Cuando hubo terminado, la puso sobre un cenicero de cristal y le acercó la llama de un mechero. La cinta comenzó a arrugarse, a retorcerse, y en menos de un minuto estaba transformada en un enredo ennegrecido, quebradizo e informe. Ellos también deben de haber grabado el diálogo con el director de servicio, dijo la jerarquía, No importa, cualquiera podría simular una conversación por teléfono, con dos voces y una grabadora, es más que suficiente, lo que aquí cuenta es que nosotros destruyamos nuestra cinta, quemado el original quedan quemadas de antemano todas las copias que se podrían hacer, No necesita que le diga que la telefonista conserva los registros, Providenciaremos que ésos desaparezcan también, Sí señor, y ahora, si me lo permite, me retiro, lo dejo para que pueda pensar en el asunto, Ya está pensado, no se vaya, Realmente no me sorprende, usted goza del privilegio de tener un pensamiento agilísimo, Lo que acaba de decir sería una lisonja si no fuera realidad, es verdad, pienso con rapidez, Aceptará la propuesta, Haré una contrapropuesta, Me temo que no la acepten, los términos que usó el emisario, además de perentorios, eran más que amenazadores, habrá nuevos vigilantes en coma si la respuesta no es la que esperamos, éstas fueron las palabras, Querido amigo, la respuesta que vamos a darles es precisamente que esperen, No comprendo, Querido amigo, su problema, y lo digo sin ánimo de ofender, es que no es capaz de pensar como un ministro, Culpa mía, lo lamento, No lo lamente, si alguna vez lo llaman para servir al país en funciones ministeriales verá como el cerebro le da una vuelta en el preciso momento en que se siente en un sillón como éste, ni se imagina la diferencia, Alimentar fantasías no me llevaría muy lejos, soy un funcionario, Conoce el dicho antiguo, nunca digas de esta agua no beberé, Ahora mismo tiene usted delante agua bastante amarga para beber, dijo la jerarquía apuntando los restos de la cinta quemada, Cuando se sigue una estrategia bien definida y se conocen con suficiencia los datos de la cuestión, no es difícil trazar una línea de acción segura, Soy todo oídos, señor ministro, Pasado mañana, su director de servicio, puesto que será él quien responda al emisario, él es el negociador por parte del ministerio, y nadie más, dirá que estamos de acuerdo en examinar la propuesta que nos hicieron, pero inmediatamente adelantará que la opinión pública y la oposición al gobierno jamás permitirían que esos miles de vigilantes fueran retirados de su misión sin una explicación aceptable, Y está claro que la explicación aceptable no puede ser que la maphia se ocupa ahora del negocio, Así es, aunque se podría haber dicho lo mismo con términos mejor elegidos, Perdone, señor ministro, me ha salido sin pensar, Bien, llegados a este punto, el director de servicio presentará una contrapropuesta, que podremos llamar también sugerencia alternativa, o sea, los vigilantes no serán retirados, permanecerán en los lugares donde ahora se encuentran, pero desactivados, Desactivados, Sí, creo que la palabra es bastante clara, Sin duda, señor ministro, sólo he expresado mi sorpresa, No veo de qué, es la única manera que tenemos de no parecer que cedemos al chantaje de esa banda de bellacos, Aunque en realidad hayamos cedido, Lo importante es que no lo parezca, que mantengamos la fachada, lo que suceda detrás ya no será de nuestra responsabilidad, Por ejemplo, Imaginemos que interceptamos ahora un transporte y detenemos a los tipos, no es necesario decir que esos riesgos ya estaban incluidos en la factura que los parientes tuvieron que pagar, No habrá factura ni recibo, la maphia no paga impuestos, Es una manera de hablar, lo que interesa en este caso es el hecho de que todos acabaremos ganando, nosotros, que nos quitamos un peso de encima, los vigilantes, que no volverán a ser lastimados en su integridad física, las familias, que descansarán sabiendo que sus muertos-vivos se convertirán finalmente en vivos-muertos, y la maphia, que cobrará por el trabajo, Un arreglo perfecto, señor ministro, Que además cuenta con la fortísima garantía de que nadie está interesado en abrir la boca, Creo que tiene razón, Tal vez, estimado amigo, su ministro le esté pareciendo demasiado cínico, De ningún modo, señor ministro, sólo admiro la rapidez con que ha conseguido poner todo en pie, tan firme, tan lógico, tan coherente, La experiencia, amigo, la experiencia, Voy a hablar con el director de servicio, le transmitiré sus instrucciones, estoy convencido de que hará bien el recado, tal como le dije antes, nunca me ha dado la menor razón de queja, Ni la mayor, creo, Ni ninguna de éstas, ni ninguna de aquéllas, respondió la jerarquía, que por fin comprendió la finura del jocoso toque.
Todo, o casi todo, para ser más precisos, pasó como el ministro había pronosticado. Exactamente a la hora establecida, ni un minuto antes, ni un minuto después, el emisario de la asociación de delincuentes que se hacía llamar maphia telefoneó para oír lo que el ministerio tenía que decirle. El director de servicio desempeñó con nota alta la incumbencia que le había sido encomendada, fue firme y claro, persuasivo en la cuestión fundamental, es decir, los vigilantes permanecerían en sus puestos, aunque desactivados, y tuvo la satisfacción de recibir a cambio, y luego transmitir a la jerarquía, la mejor de las respuestas posibles en la circunstancia actual, la de que la sugerencia alternativa del gobierno iba a ser atentamente examinada y así que pasaran veinticuatro horas se realizaría otra llamada telefónica. Así sucedió. Del examen resultó que la propuesta del gobierno podría ser aceptada, pero con una condición, la de que sólo serían desactivados aquellos vigilantes que se mantuvieran leales al gobierno, o, dicho con otras palabras, aquellos a quienes la maphia, simplemente, no los hubiera convencido para colaborar con el nuevo patrón, o sea, ella misma. Hagamos un esfuerzo por entender el punto de vista de los criminales. Colocados ante una compleja operación de larga duración a escala nacional, y teniendo que emplear una buena parte de su más experimentado personal en las visitas a las familias que en principio pudieran estar inclinadas a deshacerse de sus seres queridos para loablemente ahorrarles sufrimientos no sólo inútiles sino eternos, estaba muy claro que les convenía, en la medida de lo posible, y utilizando para tal sus armas preferidas, corrupción, soborno, intimidación, aprovechar los servicios de la gigantesca red de informadores ya montada por el gobierno. Contra esa piedra de repente lanzada en medio del camino la estrategia del ministro del interior patinó con grave daño para la dignidad del estado y del gobierno. Atrapado entre la espada y la pared, entre escila y caribdis, entre martillo y tenazas, corrió a comentar con el primer ministro el inesperado nudo gordiano que se acababa de presentar. Lo malo era que las cosas habían ido demasiado lejos para que ahora se pudiera dar marcha atrás. El jefe del gobierno, pese a tener más experiencia que el ministro del interior, no encontró mejor salida para el conflicto que proponer una nueva negociación, ahora con el establecimiento de una especie de numerus clausus, algo así como el veinticinco por ciento del número total de vigilantes en actividad que, como máximo, pasaría a trabajar para la otra parte. Una vez más le correspondería al director de servicio transmitir a un interlocutor ya impaciente la plataforma conciliatoria con la que, forzados por su propia ansiedad que alentaba esperanzas, el jefe del gobierno y el ministro del interior confiaban en que el acuerdo finalmente sería homologado. Sin firmas, dado que se trata de un acuerdo entre caballeros, de esos que basta con empeñar la palabra simplemente, prescindiendo, como nos explica el diccionario, de formalidades legales. Era no tener la menor idea de lo retorcido y maligno que es el espíritu de los maphiosos. En primer lugar, no establecieron ningún plazo para la respuesta, dejando sobre ascuas al pobre ministro del interior, ya resignado a entregar su carta de dimisión. En segundo lugar, cuando al cabo de varios días decidieron que deberían telefonear fue sólo para decir que todavía no habían llegado a ninguna conclusión acerca de si la plataforma sería tolerablemente conciliatoria para ellos, y, de paso, así como quien no quiere la cosa, aprovecharon la ocasión para informar que no tenían ninguna responsabilidad en el lamentable hecho de que el día anterior hubieran sido encontrados en pésimo estado de salud otros cuatro vigilantes. En tercer lugar, gracias a que toda espera tiene su fin, tanto si es feliz como infeliz, la respuesta que la dirección general maphiosa comunicó al gobierno, vía director de servicio y jerarquía, se dividía en dos puntos, a saber, punto a, el numerus clausus no sería de veinticinco por ciento, sino de treinta y cinco, punto b, siempre que lo consideraran conveniente para sus intereses, y sin necesidad de previa consulta a las autoridades y menos aún consentimiento, la organización exigía que le fuera reconocido el derecho a traspasar vigilantes para su propio servicio, en los lugares donde se encontraran vigilantes desactivados, siendo obvio decir que aquéllos ocuparían los lugares de éstos. Era tomar o dejar. Ve alguna manera de escapar de esta disyuntiva, le preguntó el jefe del gobierno al ministro del interior, Ni siquiera creo que exista, señor, si nos negamos supongo que tendremos cuatro vigilantes inutilizados para el servicio y para la vida cada día que pase, si aceptamos, estaremos en manos de esa gente dios sabe por cuánto tiempo, Para siempre, o al menos mientras haya familias que se quieran ver libres a cualquier precio de los estorbos que tienen en casa, Eso acaba de darme una idea, No sé si debo alegrarme, He hecho lo mejor que podía, señor primer ministro, si me he convertido en un estorbo de otro tipo sólo tiene que decir una palabra, Adelante, no sea tan susceptible, qué idea es ésa, Creo, señor primer ministro, que nos encontramos ante un clarísimo ejemplo de oferta y demanda, Y eso viene a propósito de qué, estamos hablando de personas que en este momento sólo tienen una manera de morir, Tal como en la duda clásica acerca de qué apareció primero, si el huevo o la gallina, tampoco se puede distinguir siempre si la demanda precedió a la oferta o si, por el contrario, fue la oferta la que puso en movimiento la demanda, Estoy viendo que no sería mala política sacarlo de la cartera de interior y ponerlo en la de economía, No son tan diferentes como se supone, señor primer ministro, de la misma manera que en el interior existe una economía, existe también en la economía un interior, son vasos comunicantes, por decirlo así, No divague, dígame cuál es la idea, Si a aquella primera familia no se le hubiese ocurrido que la solución del problema podría estar esperando al otro lado de la frontera, tal vez la situación en que hoy nos encontráramos sería diferente, si muchas familias no hubiesen seguido el ejemplo después, la maphia no habría aparecido queriendo explotar un negocio que simplemente no existiría, En teoría es así, aunque, como sabemos, ellos sean capacísimos de exprimir de una piedra el agua que no tiene y después venderla más cara, pero de un modo u otro sigo sin ver qué idea es esa suya, Es simple, señor primer ministro, Ojalá lo sea, En pocas palabras, estancar el caudal de oferta, Y eso cómo se conseguiría, Convenciendo a las familias, en nombre de los más sagrados principios de humanidad, de amor al prójimo y de solidaridad, para quedarse con sus enfermos terminales en casa, Y cómo cree que se podrá producir ese milagro, Estoy pensando en una gran campaña de publicidad en todos los medios de difusión, prensa, televisión y radio, incluyendo manifestaciones en la calle, sesiones de aclaración, distribución de panfletos y pegatinas, teatro de calle y de sala, cine, sobre todo dramas sentimentales y dibujos animados, una campaña capaz de emocionar hasta las lágrimas, una campaña que induzca al arrepentimiento a los parientes desviados de sus deberes y obligaciones, que haga a las personas solidarias, abnegadas, compasivas, estoy convencido de que en poquísimo tiempo las familias pecadoras serían conscientes de la imperdonable crudeza de su actual comportamiento y regresarían a los valores transcendentales que todavía no hace mucho eran sus más sólidos fundamentos, Mis dudas aumentan cada minuto, ahora me pregunto si no debería ofrecerle la cartera de cultura, o la de los cultos, para la que también le encuentro cierta vocación, O también puede, señor primer ministro, reunir las tres carteras en un mismo ministerio, Y ya puestos, también la de economía, Sí, por eso de los vasos comunicantes, Para la que no serviría, querido amigo, sería para la de propaganda, esa idea de una campaña de publicidad que haga regresar a las familias al redil de las almas sensibles es un perfecto disparate, Por qué, señor primer ministro, Porque, en realidad, campañas de ese tipo sólo le sirven a quien las cobra, Hemos hecho muchas, Sí, con los resultados que se conocen, además, volviendo a la cuestión que nos debe ocupar, aunque su campaña tuviera resultado, no sería ni para hoy ni para mañana, y yo tengo que tomar una decisión ahora mismo, Aguardo sus órdenes, señor primer ministro. El jefe del gobierno sonrió desalentado, Todo esto es ridículo, absurdo, dijo, sabemos muy bien que no tenemos dónde elegir y que las propuestas que hemos hecho sólo han servido para agravar la situación, Siendo así, Siendo así, y si no queremos cargar nuestra conciencia con cuatro vigilantes al día empujados a golpes hasta el portón de entrada de la muerte, no nos queda otro camino que no sea aceptar las condiciones que nos han propuesto, Podíamos desencadenar una operación policial relámpago, una redada, meter en la cárcel a unas cuantas docenas de maphiosos, tal vez consiguiéramos que dieran marcha atrás, La única manera de liquidar al dragón es cortarle la cabeza, limarle las uñas no sirve de nada, Para algo servirá, Cuatro vigilantes por día, recuerde, señor ministro del interior, cuatro vigilantes por día, es mejor reconocer que nos encontramos atados de pies y manos, La oposición nos va a atacar con la mayor violencia, nos acusarán de haber vendido el país a la maphia, No dirán país, dirán patria, Peor todavía, Esperemos que la iglesia nos eche una mano, imagino que serán receptivos al argumento de que, además de fornecerles unos cuantos muertos útiles, tomamos esta decisión para salvar vidas, Ya no se puede decir salvar vidas, señor primer ministro, eso era antes, Tiene razón, será necesario inventar otra expresión.
Hubo un silencio. Después el jefe del gobierno dijo, Acabemos con esto, dé las instrucciones necesarias a su director de servicio y comience a trabajar en el plan de desactivación, también necesitamos saber cuáles son las ideas de la maphia acerca de la distribución territorial del veinticinco por ciento de vigilantes que constituirá el numerus clausus, Treinta y cinco por ciento, señor primer ministro, No le agradezco que me haya recordado que nuestra derrota todavía es más grande que la que ya desde el principio parecía inevitable, Es un triste día, Las familias de los cuatro siguientes vigilantes, si supieran lo que está pasando aquí, no lo llamarían así, Y pensar que esos cuatro vigilantes mañana podrán estar trabajando para la maphia, Así es la vida, querido titular del ministerio de los vasos comunicantes, Del interior, señor primer ministro, del interior, Ése es el depósito central.
Se podrá pensar que, tras tantas y tan vergonzosas capitulaciones como fueron las del gobierno durante el toma y daca de las transacciones con la maphia, que llegaron al extremo de consentir que humildes y honestos funcionarios públicos pasaran a trabajar a jornada completa para la organización criminal, se podrá pensar, decíamos, que ya mayores bajezas morales no serán posibles. Desgraciadamente, cuando se avanza a tientas por los pantanosos terrenos de la realpolitik, cuando el pragmatismo toma la batuta y dirige el concierto sin atender lo que está escrito en la pauta, lo más seguro es que la lógica imperativa de la villanería acabe demostrando, a la postre, que todavía quedaban unos cuantos escalones que bajar. A través del ministerio competente, el de defensa, llamado de guerra en tiempos más sinceros, fueron despachadas instrucciones para que las fuerzas del ejército que habían sido colocadas a lo largo de la frontera se limitasen a vigilar las carreteras principales, sobre todo las que conducían a los países vecinos, dejando entregadas a su bucólica paz las de segunda y tercera categoría, y también, por razones de peso, la tupida red de caminos vecinales, de veredas, de sendas, de trochas y de atajos. Como no podía ser de otra manera, esto significó el regreso a los cuarteles de la mayor parte de esas fuerzas, lo que, si es verdad que fue gran motivo de alegría para la tropa rasa, incluidos cabos y furrieles, hartos todos de guardias y rondas diurnas y nocturnas, causó, por el contrario, un encendido disgusto en el nivel de los sargentos, por lo visto más conscientes que el resto del personal de la importancia de los valores del honor militar y del servicio a la patria. Sin embargo, si el movimiento capilar de ese disgusto pudo subir hasta los alféreces, si después perdió un tanto de su ímpetu a la altura de los tenientes, lo cierto es que volvió a ganar fuerza, y mucha, cuando alcanzó el nivel de los capitanes. Claro que ninguno de ellos se atrevería a pronunciar en voz alta la peligrosa palabra maphia, pero, cuando debatían unos con los otros, no podían evitar traer a colación el hecho de que en los días anteriores a la desmovilización habían sido interceptadas numerosas furgonetas que transportaban enfermos terminales, en las que viajaba al lado del conductor un vigilante oficialmente acreditado que, antes incluso de que se lo pidiesen, exhibía, con todos los necesarios timbres, firmas y sellos estampados, un papel en que, por motivo de interés nacional, expresamente se autorizaba el transporte del paciente fulano de tal a destino no especificado, pero determinándose que las fuerzas militares deberían considerarse obligadas a prestar toda la colaboración que les fuese solicitada para garantizar a los ocupantes de la furgoneta la perfecta efectividad de la operación de traslado. Nada de esto podría suscitar dudas en el espíritu de los dignos sargentos si, por lo menos en siete casos, no se hubiera dado la extraña casualidad de que el vigilante hubiera guiñado un ojo al soldado en el preciso momento en que le pasaba el documento para su verificación. Considerando la dispersión geográfica de los lugares en que estos episodios de la vida de campaña habían ocurrido, fue inmediatamente abandonada la posibilidad de que se tratara de un gesto, digámoslo así, equívoco, algo que tuviera que ver con los manejos de la más primaria seducción entre personas del mismo sexo o de sexos diferentes, para el caso daba lo mismo. El nerviosismo de que los vigilantes dieron entonces claras muestras, unos más que otros, es cierto, pero todos de tal manera que más parecían estar lanzando al mar una botella con un papel dentro pidiendo socorro, indujo a pensar a la perspicaz corporación de los sargentos que en las furgonetas iba escondido ese sobre todos famoso gato que siempre encuentra la manera de dejar la punta del rabo fuera cuando quiere que lo descubran. Después llegó la inexplicable orden de regresar a los cuarteles, luego unos bisbiseos aquí y allí, nacidos no se sabe ni cómo ni dónde, pero que algunos cotillas, en confidencia, insinuaban que podrían nacer en el propio ministerio del interior. Los periódicos de la oposición se hicieron eco del mal ambiente que se respiraba en los cuarteles, los periódicos afectos al gobierno negaron vehementemente que tales miasmas estuvieran envenenando el espíritu de cuerpo de las fuerzas armadas, pero lo cierto es que los rumores de que se estaba preparando un golpe militar, aunque nadie pudiera explicar por qué ni para qué, crecieron por todas partes e hicieron que de momento pasara a segundo plano del interés público el problema de los enfermos que no morían. No es que éste se hubiera olvidado, como probaba una frase puesta en circulación entonces y muy repetida por los frecuentadores de cafés, Por lo menos, se decía, aunque acabe produciéndose un golpe militar, de una cosa podemos estar seguros, por más tiros que se den unos a otros no conseguirán matar a nadie. Se esperaba de un momento a otro un dramático llamamiento del rey en favor de la concordia nacional, un comunicado del gobierno anunciando un paquete de medidas urgentes, una declaración de los altos mandos del ejército y de la aviación, porque, al no haber mar, marina tampoco había, reclamando fidelidad absoluta a los poderes legítimamente constituidos, un manifiesto de escritores, una toma de posición de los artistas, un concierto solidario, una exposición de carteles revolucionarios, una huelga general promovida conjuntamente por las dos centrales sindicales, una pastoral de los obispos llamando a la oración y al ayuno, una procesión de penitentes, una distribución masiva de panfletos amarillos, azules, verdes, rojos, blancos, incluso se llegó a hablar de la convocatoria de una manifestación gigantesca en la que participaran los millares de personas de todas las edades y condiciones que se encontraban en estado de muerte suspendida, desfilando por las principales avenidas de la capital en camillas, sillas de ruedas, ambulancias o en las espaldas de los hijos más robustos, con una pancarta enorme abriendo la manifestación, que diría, sacrificando nada menos que cuatro comas por la eficacia del dístico, Nosotros que tristes aquí vamos, a vosotros felices os esperamos. Al final nada de esto llegó a ser necesario. Es verdad que las sospechas de una participación directa de la maphia en el transporte de enfermos no se disiparon, es verdad que llegaron a reforzarse a la luz de algunos sucesos subsecuentes, pero una sola hora sería suficiente para que la súbita amenaza del enemigo externo sosegase las disposiciones fratricidas y reuniese los tres estados, clero, nobleza y pueblo, todavía vigentes en el país pese al progreso de las ideas, alrededor de su rey y, si bien con ciertas justificadas reticencias, de su gobierno. El caso, como casi siempre, se cuenta en breves palabras.
Irritados por la continua invasión de sus territorios por comandos de enterradores, maphiosos o espontáneos, procedentes de aquella tierra aberrante donde nadie moría, y tras no pocas protestas diplomáticas que de nada sirvieron, los gobiernos de los tres países limítrofes decidieron, en una acción concertada, avanzar sus tropas y guarnecer las fronteras, con orden taxativa de disparar al tercer aviso. Viene a propósito referir que la muerte de unos cuantos maphiosos abatidos prácticamente a quemarropa después de haber atravesado la línea de separación, siendo lo que solemos llamar gajes del oficio, sirvió de pretexto para que la organización subiese los precios de la minuta de servicios prestados en el apartado de seguridad personal y riesgos operativos. Mencionado este ilustrativo pormenor acerca del funcionamiento de la administración maphiosa, pasemos a lo que importa. Una vez más, sorteando con una maniobra táctica impecable las perplejidades del gobierno y las dudas de los altos mandos de las fuerzas armadas, los sargentos retomaron la iniciativa y fueron, a la vista de todo el mundo, los promotores, y como consecuencia también los héroes, del movimiento popular de protesta que salió de casa para exigir, en masa, en las plazas, en las avenidas y en las calles, el regreso inmediato de las tropas al frente de batalla. Indiferentes, impasibles ante los gravísimos problemas con que la patria de acá se debatía, a brazo partido con su cuádruple crisis, demográfica, social, política y económica, los países del otro lado por fin se quitaron las caretas y mostraron a la luz del día su verdadero rostro, el de duros conquistadores e implacables imperialistas. Lo que pasa es que nos tienen envidia, se decía en las tiendas y en los hogares, se oía en la radio y en la televisión, se leía en los periódicos, lo que pasa es que tienen envidia de que en nuestra patria no se muera, por eso nos quieren invadir y ocupar el territorio, para no morir tampoco. En dos días, a marchas forzadas y con banderas al viento, cantando canciones patrióticas como la marsellesa, el caira, la maría de la fuente, el himno de la carta, el no verán país ninguno, la bandiera rossa, la portuguesa, el god save the king, la internacional, el deutschland über alies, el chant du marais, as stars and stripes, los soldados volvieron a los puestos de donde habían venido, y ahí, armados hasta los dientes, aguardaron a pie firme el ataque y la gloria. No hubo. Ni la gloria, ni el ataque. Poco de conquistas y menos aún de imperios, lo que los dichos países limítrofes pretendían era tan sólo que no les fuesen a enterrar sin autorización esta nueva especie de inmigrantes forzosos, y, todavía si se limitaran a enterrar, vaya, pero igualmente iban a matar, asesinar, eliminar, apagar, ya que era en aquel exacto y fatídico momento en que, con los pies por delante para que la cabeza pudiese darse cuenta de lo que estaba pasando con el resto del cuerpo, atravesaban la frontera, cuando los infelices fenecían, exhalaban el último suspiro. Puestos están frente a frente los dos valerosos campos, pero tampoco esta vez la sangre llegará al río. Y miren que no fue por voluntad de los soldados del lado de acá, porque éstos tenían la certeza de que no iban a morir incluso si una ráfaga de ametralladora los cortase por la mitad. Aunque por más que legítima curiosidad científica debamos preguntarnos cómo podrían sobrevivir las dos partes separadas en aquellos casos en que el estómago se quedara en un lado y los intestinos en otro. Sea como fuere, sólo a un perfecto loco de atar se le ocurriría la idea de disparar el primer tiro. Y ése, a Dios gracias, no llegó a ser disparado. Ni siquiera la circunstancia de que algunos soldados del otro lado hayan decidido desertar hacia el dorado en que no se muere tuvo otra consecuencia que la de ser devueltos inmediatamente al origen, donde ya un consejo de guerra estaba a su espera. El hecho que acabamos de contar es del todo irrelevante para el discurrir de la trabajosa historia que venimos narrando y de él no volveremos a hablar, pero, aun así, no quisimos dejarlo entregado a la oscuridad del tintero. Lo más probable es que el consejo de guerra decida a priori no tener en cuenta en sus deliberaciones la ingenua ansia de vida eterna que desde siempre habita en el corazón humano, Adonde iría a parar esto si todos viviéramos eternamente, sí, adonde iría a parar esto, preguntará la acusación usando un golpe de la más baja retórica, y la defensa, permítasenos que lo adelantemos, no tuvo espíritu para encontrar una respuesta a la altura de la ocasión, tampoco ella tenía ninguna idea de adonde iría a parar todo esto. Se espera que, por lo menos, no acaben fusilando a los pobres diablos. Porque entonces bien se podría decir que fueron a por lana y volvieron trasquilados.
Mudemos de asunto. Hablando de las desconfianzas de los sargentos y de sus aliados alféreces y capitanes acerca de una responsabilidad directa de la maphia en el transporte de los pacientes hasta la frontera, habíamos adelantado que esas desconfianzas se vieron reforzadas por unos cuantos subsecuentes sucesos. Es el momento de revelar cuáles fueron y cómo se desarrollaron. Siguiendo el ejemplo de lo que hizo la familia de pequeños agricultores iniciadora del proceso, lo que la maphia hace es atravesar simplemente la frontera y enterrar muertos, cobrando por esto un dineral. Con otra diferencia, que lo hace sin atender a la belleza de los sitios, y sin preocuparse de apuntar en el cuaderno de operaciones las referencias tipográficas y orográficas que en el futuro podrían auxiliar a los familiares llorosos y arrepentidos de su fechoría a encontrar la sepultura y pedir perdón al muerto. Ora bien, no es necesario estar dotado de una cabeza especialmente estratégica para entender que los ejércitos alineados en el otro lado de las tres fronteras han pasado a constituirse en un serio obstáculo para la práctica sepulcral que hasta ahí había transcurrido en la más perfecta de las seguridades. Pero la maphia no sería lo que es si no hubiera encontrado la solución al problema. Es realmente una lástima, permítasenos el comentario al margen, que tan brillantes inteligencias como las que dirigen estas organizaciones criminales se hayan apartado de los rectos caminos del acatamiento a la ley y desobedecido el sabio precepto bíblico que manda que ganemos el pan con el sudor de nuestra frente, pero los hechos son los hechos, y aunque repitiendo la palabra herida de adamastor, oh, que no sé de enojo cómo lo cuente, dejaremos aquí la desalentadora noticia del ardid de que la maphia se sirvió para obviar una dificultad para la que, según todas las apariencias, no se veía ninguna salida. Antes de proseguir conviene aclarar que el término enojo que el épico colocó en boca del infeliz gigante significaba entonces, y sólo, tristeza profunda, pena, disgusto, pero, desde hace algún tiempo a esta parte, la generalidad de la gente ha considerado, y muy bien, que se estaba perdiendo una palabra estupenda para expresar sentimientos como la repulsa, la repugnancia, el asco, los cuales, como cualquier persona reconocerá, nada tienen que ver con los enunciados arriba. Con las palabras todo cuidado es poco, mudan de opinión como las personas. Claro que lo del ardid no fue embutir, atar y poner a secar, el asunto tuvo que dar sus vueltas, introdujo emisarios con bigotes postizos y sombreros de ala caída, telegramas cifrados, diálogos a través de líneas secretas, por teléfono rojo, encuentros en encrucijadas a medianoche, billetes debajo de una piedra, todo cuanto más o menos ya conocimos en otras negociaciones, esas en las que, por así decir, se jugaban vigilantes a los dados. Tampoco se puede pensar que se trató, como en el otro caso, de transacciones simplemente bilaterales. Además de la maphia de este país en que no se muere, participaron igualmente en las conversaciones las maphias de los países limítrofes, pues ésa era la única manera de resguardar la independencia de cada organización criminal en el marco nacional en que operaba y de su respectivo gobierno. No tendría ninguna aceptación, incluso sería absolutamente reprensible, que la maphia de uno de esos países entablara negociaciones directas con la administración de otro país. A pesar de todo, las cosas no han llegado hasta ese punto, lo ha impedido hasta ahora, como un último pudor, el sacrosanto principio de la soberanía nacional, tan importante para las maphias como para los gobiernos, lo que, siendo más o menos obvio en lo que a éstos se refiere, sería bastante dudoso en relación a las asociaciones criminales si no tuviéramos presente con qué celosa brutalidad suelen defender sus territorios de las ambiciones hegemónicas de sus colegas de oficio. Coordinar todo esto, conciliar lo general con lo particular, equilibrar los intereses de unos con los intereses de los otros, no fue tarea fácil, lo que explica que durante dos largas y tediosas semanas de espera los soldados se hayan pasado el tiempo insultándose por los altavoces, aunque siempre teniendo cuidado de no traspasar ciertos límites, de no exagerar en el tono, no fuese a ocurrir que la ofensa se subiera a la cabeza de algún teniente coronel susceptible y ardiera Troya. Lo que más contribuyó para complicar y demorar las negociaciones fue el hecho de que ninguna de las maphias de los otros países dispusiera de vigilantes para hacer con ellos lo que entendiesen, faltándoles, consecuentemente, el irresistible medio de presión que tan buenos resultados había dado aquí. Aunque este lado oscuro de las negociaciones no haya llegado a transpirar, a no ser por los rumores de siempre, existen fuertes presunciones de que los mandos intermedios de los ejércitos de los países limítrofes, con el indulgente beneplácito del grado superior de la jerarquía, se han dejado convencer, sólo dios sabe a qué precio, por la argumentación de los portavoces de las maphias locales, en el sentido de cerrar los ojos ante las indispensables maniobras de ir y venir, de avanzar y retroceder, que en eso consistía la solución del problema. Cualquier niño habría sido capaz de tal idea, pero, para hacerla efectiva, era necesario que, alcanzada la edad que llamamos de la razón, se acercara a la puerta de la sección de reclutamiento de la maphia para decir, Me trae la vocación, cúmplase en mí vuestra voluntad.
Los amantes de la concisión, del modo lacónico, de la economía del lenguaje, seguro que se están preguntando por qué, siendo la idea tan simple, ha sido necesario todo este razonamiento para llegar por fin al punto crítico. La respuesta también es simple, y vamos a darla utilizando un término actual, modernísimo, con el que nos gustaría ver compensados los arcaísmos con que, en probable opinión de algunos, hemos salpicado de moho este relato, Por mor del background. Diciendo background todo el mundo sabe de qué se trata, pero no nos faltarían dudas si, en vez de background, banalmente hubiéramos dicho plano de fondo, ese otro detestable arcaísmo, para colmo poco fiel a la verdad, dado que el background no es sólo el plano de fondo, es toda la innumerable cantidad de planos que obviamente existen entre el sujeto observado y la línea del horizonte. Será mejor que digamos encuadramiento de la cuestión. Exactamente, encuadramiento de la cuestión, y ahora que por fin la tenemos bien encuadrada, ahora sí, llega el momento de revelar en qué consistió el ardid de la maphia para obviar cualquier posibilidad de conflicto bélico que sólo serviría para perjudicar sus intereses. Un niño, ya lo habíamos dicho antes, podría haber concebido la idea. Que era sencillamente esto, pasar al otro lado de la frontera al paciente y, una vez que hubiera muerto, volver atrás y enterrarlo en el materno seno de su lugar de origen. Un jaque mate perfecto en el más riguroso, exacto y preciso sentido de la expresión. Como se acaba de ver, el problema quedaba resuelto sin desdoro para ninguna de las partes implicadas, los cuatro ejércitos, ya sin motivo para mantenerse en pie de guerra en la frontera, podían retirarse a la buena paz, puesto que lo que la maphia se proponía hacer era simplemente entrar y salir, recordemos una vez más que los pacientes perdían la vida en el mismo instante en que los transportaban al otro lado, a partir de ahora no necesitan quedarse ni un minuto, es sólo el tiempo de morir, y ése, si siempre fue de todos el más breve, un suspiro, y ya está, se puede uno imaginar lo que es en este caso, una vela que de repente se apaga sin necesidad de que nadie sople. Nunca la más suave de las eutanasias podrá ser tan fácil y tan dulce. Lo más interesante de la nueva situación creada es que la justicia del país en que no se muere se encuentra desprovista de fundamentos para actuar jurídicamente contra los enterradores, suponiendo que de facto lo quisiera, y no porque se encuentre condicionada por el acuerdo de caballeros que el gobierno tuvo que suscribir con la maphia. No los puede acusar de homicidio porque, técnicamente hablando, homicidio no es en realidad, y porque el censurable acto, que lo clasifique mejor quien de eso se vea capaz, se comete en países extranjeros, tampoco los puede incriminar por haber enterrado muertos, ya que el destino de éstos es ese mismo, y ya es de agradecer que alguien se haya decidido a encargarse de un trabajo penoso bajo cualquier título, tanto desde el punto de vista físico como desde el punto de vista anímico. Como mucho, se podría alegar que ningún médico certificó el óbito, que el entierro no cumplió las formas prescritas para una correcta inhumación y que, como si tal caso fuese inédito, la sepultura no está identificada, de modo que es bastante seguro que se perderá el lugar cuando caiga la primera lluvia fuerte y las plantas rompan tiernas y alegres del humus creador. Consideradas las dificultades y recelando hundirse en el tremedal de recursos en que, curtidos en la tramoya, los astutos abogados de la maphia la sumirían sin dolor ni piedad, la ley decidió esperar con paciencia hasta ver dónde pararían las modas. Era, sin sombra de duda, la actitud más prudente. El país se encontraba agitado como nunca, el poder confuso, la autoridad diluida, los valores en acelerado proceso de inversión, la pérdida del sentido de respeto cívico se extiende por todos los sectores de la sociedad, probablemente ni Dios sabe adonde nos lleva. Corre el rumor de que la maphia está negociando otro acuerdo de caballeros con la industria funeraria para establecer una racionalización de esfuerzos y una distribución de tareas, lo que significa, en lenguaje de andar por casa, que una se encarga de abastecer de muertos, y las agencias funerarias contribuyen con medios y técnicas para enterrarlos. También se dice que la propuesta de la maphia fue acogida con los brazos abiertos por las agencias, ya cansadas de malgastar su saber milenario, su experiencia, su know how, sus coros de plañideras, en hacer funerales para perros, gatos y canarios, alguna vez una cacatúa, una tortuga catatónica, una ardilla domesticada, un lagarto de compañía que el dueño solía llevar sobre el hombro. Nunca caímos tan bajo, decían. Ahora el futuro se les presentaba fuerte y risueño, las esperanzas florecían como parterres de jardín, hasta se podría decir, arriesgando la obvia paradoja, que para la industria de los entierros había despuntado finalmente una nueva vida. Y todo esto gracias a los buenos oficios y a la inagotable caja fuerte de la maphia. Ésta subsidió a las agencias de la capital y de otras ciudades del país para que instalasen filiales, a cambio de compensaciones, claro está, en las localidades más próximas a la frontera, ésta tomó providencias para que hubiese siempre un médico a la espera del fallecido cuando reentrase en el territorio y necesitara a alguien para decir que estaba muerto, ésta estableció convenios con las administraciones municipales para que los entierros a su cargo tuvieran prioridad absoluta, fuese cual fuese la hora del día o de la noche en que les conviniera hacerlos. Todo costaba mucho dinero, naturalmente, pero el negocio continuaba mereciendo la pena, ahora que los adicionales y los servicios extras eran el grueso de la factura. De repente, sin avisar, se cerró el grifo de donde había estado brotando, constante, el generoso manantial de pacientes terminales. Parecía que las familias, a partir de un arrebato de conciencia, se pasaron la palabra unas a otras, que se acabó esto de mandar a los seres queridos a morir lejos, si, en sentido figurado, les habíamos comido la carne, también les deberemos comer los huesos ahora, que no estamos aquí sólo para las buenas, cuando él o ella tenían la fuerza y la salud intacta, estamos también para las horas malas y para las horas pésimas, cuando él o ella no son nada más que un trapo maloliente que es inútil lavar. Las agencias funerarias transitaron de la euforia a la desesperación, otra vez a la ruina, otra vez a la humillación de enterrar canarios y gatos, perros y otros bichos, la tortuga, la cacatúa, la ardilla, el lagarto no, porque no existía otro que se dejara llevar en el hombro del dueño. Tranquila, sin perder los nervios, la maphia fue a ver lo que pasaba. Era simple. Las familias dijeron, casi siempre con medias palabras, dándolo así a entender, que una cosa era el tiempo de la clandestinidad, cuando los seres queridos eran conducidos a ocultas, en el silencio de la noche, y los vecinos no tenían necesidad alguna de saber si permanecían en sus lechos del dolor, o si se habían evaporado. Entonces era fácil mentir, decir compungidamente, Pobrecillo, ahí está, cuando la vecina preguntaba en el rellano de la escalera, Y qué tal sigue el abuelo. Ahora todo es diferente, hay un certificado de defunción, hay placas con nombres y apellidos en los cementerios, en pocas horas la envidiosa y maldiciente vecindad sabría que el abuelo había muerto de la única manera en que se podía morir, y que eso significa, simplemente, que la propia cruel e ingrata familia lo había despachado a la frontera. Nos da mucha vergüenza, confesaron. La maphia oyó, oyó, y dijo que lo iba a pensar. No tardó veinticuatro horas. Siguiendo el ejemplo del anciano de la página cincuenta, los muertos habían querido morir, por tanto serían registrados como suicidas en el certificado de defunción. El grifo volvió a abrirse.
No todo fue tan sórdido en este país en que no se muere como lo que acaba de ser relatado, ni en todas las parcelas de una sociedad dividida entre la esperanza de vivir siempre y el temor de no morir nunca consiguió la voraz maphia clavar sus garras aduncas, corrompiendo almas, sometiendo cuerpos, emporcando lo poco que todavía restaba de los buenos principios de antaño, cuando un sobre que trajera dentro algo que oliera a soborno era devuelto en el mismo instante al remitente, llevando una respuesta firme y clara, algo así como, Compre juguetes para sus hijos con este dinero, o, Debe de haberse equivocado de destinatario. La dignidad era entonces una forma de altivez al alcance de todas las clases. A pesar de todo, a pesar de los falsos suicidas y de los sucios negocios de la frontera, el espíritu de aquí seguía pairando sobre las aguas, no las del mar océano, que ése bañaba otras tierras lejanas, mas sobre los lagos y los ríos, sobre las riberas y los regatos, en los charcos que la lluvia dejaba al pasar, en el luminoso fondo de los pozos, que es donde mejor se nota la altura a la que se encuentra el cielo, y, por más extraordinario que parezca, también sobre la superficie tranquila de los acuarios. Precisamente, cuando, distraído, miraba el pececito rojo que venía boqueando en la toma del agua y se preguntaba, ya menos distraído, desde hace cuánto tiempo que no la renovaba, bien sabía qué quería decir el pez cuando una y otra vez subía a romper la delgadísima película en que el agua se confunde con el aire, precisamente en ese momento revelador al aprendiz de filósofo se le presentó, nítida y desnuda, la cuestión que va a dar origen a la más apasionante y encendida polémica que se conoce en toda la historia de este país en que no se muere. He aquí lo que el espíritu que pairaba sobre las aguas del acuario le preguntó al aprendiz de filósofo, Ya has pensado si la muerte será la misma para todos los seres vivos, sean animales, incluyendo al ser humano, o vegetales, incluyendo la hierba que se pisa y la sequoiadendron giganteum con sus cien metros de altura, será la misma muerte la que mata a un hombre que sabe que va a morir, y a un caballo que nunca lo sabrá. Y volvió a preguntar, En qué momento muere el gusano de seda después de haberse encerrado en su capullo y haber trancado la puerta, cómo es posible que haya nacido la vida de una de la muerte de otro, la vida de la mariposa de la muerte del gusano, y ser lo mismo diferentemente, o no murió el gusano de seda porque está vivo en la mariposa. El aprendiz de filósofo respondió, El gusano de seda no murió, será la mariposa la que morirá, después de desovar, Eso ya lo sabía antes de que tú nacieras, dijo el espíritu que paira sobre las aguas del acuario, el gusano de seda no muere, dentro del capullo no queda ningún cadáver cuando sale la mariposa, tú lo has dicho, una ha nacido de la muerte de otro, Eso se llama metamorfosis, todo el mundo sabe de qué se trata, dijo condescendiente el aprendiz de filósofo, He ahí una palabra que suena bien, llena de promesas y de certezas, dices metamorfosis y sigues adelante, parece que no ves que las palabras son rótulos que se adhieren a las cosas, no son las cosas, nunca sabrás cómo son las cosas, ni siquiera qué nombres son en realidad los suyos, porque los nombres que les das no son nada más que eso, el nombre que le has dado. Cuál de nosotros dos es el filósofo, Ni yo ni tú, tú no pasas de aprendiz de filósofo, yo sólo soy el espíritu que paira sobre las aguas del acuario, Hablábamos de la muerte, No de la muerte, de las muertes, he preguntado por qué razón no mueren los seres humanos, y los otros animales sí, por qué razón la no muerte de unos no es la no muerte de otros, cuando a este pececillo rojo se le acabe la vida, y tengo que avisarte de que no tardará mucho si no le cambias el agua, serás tú capaz de reconocer en la muerte de él aquella otra muerte de que ahora pareces estar a salvo, ignorando por qué, Antes, en el tiempo en que se moría, las pocas veces que me encontré delante de personas que habían fallecido, nunca imaginé que la muerte de ellas fuese la misma de la que yo un día vendría a morir, Porque cada uno de vosotros tenéis vuestra propia muerte, la transportáis en algún lugar secreto desde que nacéis, ella te pertenece, tú le perteneces, Y los animales, y los vegetales, Supongo que a ellos les pasará lo mismo, Cada cual con su muerte, Así es, Entonces las muertes son muchas, tantas como seres vivos existieron, existen y existirán, En cierto modo, sí, Te estás contradiciendo, exclamó el aprendiz de filósofo, Las muertes de cada uno son muertes, por decirlo así, de vida limitada, subalternas, mueren con aquel a quien mataron, pero sobre todas habrá otra muerte mayor, la que se ocupa del conjunto de seres humanos desde el alborear de la especie, Hay por tanto una jerarquía, Supongo que sí, Y para los animales, desde el más elemental protozoo hasta la ballena azul, También, Y para los vegetales, desde las diatomeas a la secuoya gigante, ésta antes citada en latín por el tamaño, Según lo que creo saber, les pasa lo mismo a todos, O sea, cada uno con su muerte propia, personal e intransmisible, Sí, Y después otras dos muertes generales, una para cada reino de la naturaleza, Exacto, Y ahí se acaba la distribución jerárquica de las competencias que tánatos delega, preguntó el aprendiz de filósofo, Hasta donde mi imaginación alcanza, todavía veo otra muerte, la última, la suprema, Cuál, La que tendrá que destruir el universo, esa que realmente merece el nombre de muerte, aunque cuando esto suceda ya no haya nadie para pronunciarlo, lo demás de lo que hemos estado hablando no dejan de ser pormenores ínfimos, insignificancias, Por tanto, la muerte no es única, concluyó innecesariamente el aprendiz de filósofo, Es lo que ya estoy cansado de explicarte, Es decir, una muerte, la que es nuestra, ha suspendido su actividad, las otras, las de los animales y los vegetales, siguen operando, son independientes, cada una trabajando en su sector, Ya estás convencido, Sí, Entonces vete por ahí y anúncialo a la gente, dijo el espíritu que pairaba sobre las aguas del acuario. Y fue así como la polémica empezó.
El primer argumento contra la osada tesis del espíritu que pairaba sobre las aguas del acuario fue que su portavoz no era filósofo titulado, sino un mero aprendiz que nunca había ido más lejos de algunos escasos conocimientos rudimentarios de manual, casi tan elementales como el protozoario, y, como si eso no fuese poco, recogidos al vuelo, a retazos, sueltos, sin aguja e hilo que los uniese entre sí aunque los colores y las formas contendiesen unos con otros, en fin, una filosofía que podría llamarse la escuela arlequinesca, o ecléctica. La cuestión, sin embargo, no estaba tanto ahí. Es cierto que lo esencial de la tesis era obra del espíritu que pairaba sobre las aguas del acuario, aunque, bastará volver a leer el diálogo desarrollado en las páginas anteriores para reconocer que la contribución del aprendiz de filosofías también tuvo su influencia en la gestación de la interesante idea, por lo menos en la calidad de oyente, factor dialéctico indispensable desde Sócrates, como es de sobra sabido. Algo, por lo menos, no podía ser negado, que los seres humanos no morían, pero los otros animales sí. En cuanto a los vegetales, cualquier persona, incluso sin saber nada de botánica, reconocería sin dificultad que, como antes, nacían, verdeaban, más adelante se marchitaban, luego se secaban, y si esa fase final, con podrimiento o sin él, no se debe llamar morir, entonces que venga alguien que lo explique mejor. Que las personas de aquí no estén muriendo, pero todos los otros seres vivos sí, decían algunos objetores, hay que verlo como una demostración de que lo normal todavía no se ha retirado del todo del mundo, y lo normal, excusado será decirlo, es, pura y simplemente, morir cuando nos llega la hora. Morir y no ponerse a discutir si la muerte ya era nuestra de nacimiento, o si simplemente pasaba por allí y le dio por fijarse en nosotros. En los demás países se sigue muriendo y no parece que sus habitantes sean más infelices por eso. Al principio, como es natural, hubo envidias, hubo conspiraciones, se dio algún que otro caso de tentativa de espionaje científico para descubrir cómo lo habíamos conseguido, pero, a la vista de los problemas que desde entonces se nos vinieron encima, creemos que el sentimiento general de las poblaciones de esos países se puede traducir con estas palabras, De la que nos hemos librado.
La iglesia, como no podía dejar de ser, bajó a la arena del debate sentada en el caballo de batalla habitual, es decir, los designios de Dios son lo que siempre han sido, inescrutables, lo que, en términos corrientes y algo manchados de impiedad verbal, significa que no nos está permitido mirar por el resquicio de la puerta del cielo para ver lo que pasa dentro. Decía también la iglesia que la suspensión temporal y más o menos duradera de causas y efectos naturales no era propiamente una novedad, baste recordar los infinitos milagros que Dios había permitido que se hicieran en los últimos veinte siglos, la única diferencia de lo que pasa ahora radica en la amplitud del prodigio, pues lo que antes afectaba a un individuo, por la gracia de su fe personal, ha sido substituido por una atención global, no personalizada, un país entero por así decir poseedor del elixir de la inmortalidad, y no sólo los creyentes, que como es lógico esperan ser distinguidos en especial, sino también los ateos, los agnósticos, los heréticos, los relapsos, los incrédulos de toda especie, los afectos a otras religiones, los buenos, los malos y los peores, los virtuosos y los maphiosos, los verdugos y las víctimas, los policías y los ladrones, los asesinos y los donantes de sangre, los locos y los sanos de juicio, todos, todos sin excepción, eran al mismo tiempo los testigos y los beneficiarios del más alto prodigio alguna vez observado en la historia de los milagros, la vida eterna de un cuerpo eternamente unida a la eterna vida del alma. A la jerarquía católica, de obispo para arriba, no le hicieron gracia los chistes místicos de algunos de sus cuadros medios sedientos de maravillas, y lo hizo saber a los fieles a través de un muy firme mensaje, el cual, además de la inevitable referencia a los inescrutables designios de dios, insistía en la idea ya expresada improvisadamente por el cardenal al principio de la crisis en la conversación telefónica que tuvo con el primer ministro, cuando, creyéndose papa y rogando a Dios que le perdonara la estulta presunción, propuso la inmediata promoción de una nueva tesis, la de la muerte aplazada, confiando en la tantas veces loada sabiduría del tiempo, esa que nos dice que siempre habrá algún mañana para resolver los problemas que hoy parecían no tener solución. En carta al director de su periódico preferido, un lector se declaraba dispuesto a aceptar la idea de que la muerte había decidido aplazarse a sí misma, pero solicitaba, con todo respeto, que le dijeran cómo lo supo la iglesia, y, si realmente estaba tan bien informada, también debería saber cuánto tiempo iba a durar el aplazamiento. En nota de la redacción, el periódico le recordó al lector que se trataba simplemente de una propuesta de acción, por supuesto no llevada a la práctica hasta ahora, lo que ha de querer decir, así concluía, que la iglesia sabe tanto del asunto como nosotros, es decir, nada. Por entonces alguien escribió un artículo reclamando que el debate regresara a la cuestión que le dio origen, o sea, si sí o no la muerte era una o eran varias, si era singular muerte, o plural, muertes, y, aprovechando que estoy con la mano en la pluma, denunciar que la iglesia, con esas suposiciones ambiguas, lo que pretende es ganar tiempo sin comprometerse, por eso se puso, como es su costumbre, a entablillar la pata a la rana, a dar una en el clavo y otra en la herradura. La primera de estas expresiones populares causó perplejidad entre los periodistas, que nunca tal habían leído u oído en toda su vida. No obstante, ante el enigma, estimulados por un saludable afán de competición personal, sacaron de las estanterías los diccionarios con que algunas veces se ayudaban a la hora de escribir sus artículos y noticias y se lanzaron a la descubierta de qué hacía allí ese batracio. No encontraron nada, o mejor, sí encontraron a la rana, encontraron la pata, encontraron el verbo entablillar, pero no consiguieron tocar el sentido profundo que las tres palabras juntas a la fuerza tendrían que tener. Hasta que se le ocurrió a alguien llamar a un viejo portero que vino del pueblo hace ya muchos años y de quien todos se reían porque, tanto tiempo después de vivir en la ciudad, todavía hablaba como si estuviera ante la chimenea contándoles historias a sus nietos. Le preguntaron si conocía la frase y él respondió que sí señor, que la conocía, le preguntaron si sabía qué significaba y él respondió que sí señor, lo sabía. Entonces explíquela, dijo el redactor jefe, Entablillar, señores, es poner tablillas en los huesos partidos, Hasta ahí llegamos, lo que queremos es que nos diga qué tiene eso que ver con la rana, Lo tiene todo, nadie consigue poner tablillas en una rana, Por qué, Porque ella nunca deja quieta la pata, Y eso qué quiere decir, Que es inútil intentarlo, que no se deja, Pero no debe de ser eso lo que está en la frase del lector, También se usa cuando tardamos demasiado tiempo en acabar un trabajo, y, si lo hacemos a posta, entonces estamos taponando, entonces estamos entablillándole la pata a la rana, O sea, que la iglesia está taponando, está entablillándole la pata a la rana, Sí señor, Así que el lector que escribió tenía toda la razón, Creo que sí, pero yo sólo guardo la entrada de la puerta, Nos ha ayudado mucho, No quieren que les explique la otra frase, Cuál, La del clavo y la herradura, No, ésa la conocemos, la practicamos todos los días.
La polémica sobre la muerte y las muertes, tan bien iniciada por el espíritu que paira sobre las aguas del acuario, y por el aprendiz de filósofo, acabaría en comedia o en farsa si no hubiera aparecido el artículo del economista. Aunque el cálculo actuarial, como él mismo reconocía, no era su especialidad profesional, se consideraba suficientemente conocedor de la materia para preguntarse en público con qué dinero el país, dentro de unos veinte años, punto más, coma menos, pensaba pagar las pensiones a los millones de personas que se encontrarían en situación de jubilación por invalidez permanente y que así seguirían por todos los siglos de los siglos y a las que otros millones se les unirían implacablemente, tanto si se hace que la progresión sea aritmética o geométrica, de cualquier manera siempre tenemos garantizada la catástrofe, será la confusión, el desastre, la bancarrota del estado, el sálvese quien pueda, y nadie se salvará. Ante este cuadro espeluznante los metafísicos no tuvieron otro remedio que guardar la viola en su funda, la iglesia no tuvo otro recurso que regresar al cansado pasar cuentas de sus rosarios y seguir a la espera de la consumación de los tiempos, esa que, según sus escatológicas visiones, resolverá todo esto de una vez. Efectivamente, volviendo a las inquietantes razones del economista, los cálculos eran muy fáciles de hacer, veamos, si tenemos tanto de población activa que contribuye a la seguridad social, si tenemos tanto de población no activa que se encuentra jubilada, ya sea por vejez, ya sea por invalidez, y por consiguiente cobra de la otra sus pensiones, estando la activa en constante disminución con respecto a la inactiva y ésta en crecimiento continuo absoluto, no se entiende cómo nadie se haya dado cuenta enseguida de que la desaparición de la muerte, pareciendo el auge, la cúspide, la suprema felicidad, no era, en conclusión, una cosa buena. Fue necesario que los filósofos y otros abstractos anduviesen medio perdidos en los bosques de sus propias elucubraciones sobre el casi y el cero, que es la manera plebeya de decir el ser y la nada, para que el sentido común se presentara prosaicamente, con papel y lápiz en ristre, para demostrar a+b+c que había cuestiones mucho más urgentes en que pensar. Como era de prever, conociéndose los lados oscuros de la naturaleza humana, a partir del día en que salió publicado el alarmante artículo del economista, la actitud de la población saludable para con los pacientes terminales comenzó a modificarse para peor. Hasta ahí, aunque todo el mundo estuviera de acuerdo en que eran considerables los trastornos e incomodidades de toda especie que ellos causaban, se pensaba que el respeto por los viejos y por los enfermos en general representaba uno de los deberes esenciales de cualquier sociedad civilizada, y, por consiguiente, aunque a veces haciendo de tripas corazón, no se les negaban los cuidados necesarios, e incluso, en algunos casos señalados, se endulzaban con una cucharadita de compasión y amor antes de apagar la luz. Es cierto que también existen, como demasiado bien sabemos, esas desalmadas familias que, dejándose llevar por su incurable inhumanidad, llegaron al extremo de contratar los servicios de la maphia para deshacerse de los míseros despojos humanos que agonizaban interminablemente entre dos sábanas empapadas de sudor y manchadas por las excreciones naturales, pero ésas merecen nuestra reprensión, tanto como la que expresaríamos en la fábula tradicional mil veces narrada del cuenco de madera, aunque, felizmente, ahí se salvaron de la execración en el último momento, gracias, como se verá, al bondadoso corazón de un niño de ocho años. En pocas palabras se cuenta, y aquí la vamos a dejar para ilustración de las nuevas generaciones que la desconocen, con la esperanza de que no se burlen de ella por ingenua y sentimental. Atención, pues, a la lección moral. Érase una vez, en el antiguo país de las fábulas, una familia integrada por un padre, una madre, un abuelo que era el padre del padre y el ya mencionado niño de ocho años, un muchachito. Sucedía que el abuelo ya tenía mucha edad, por eso le temblaban las manos y se le caía la comida de la boca cuando estaban a la mesa, lo que causaba gran irritación al hijo y a la nuera, siempre diciéndole que tuviera cuidado con lo que hacía, pero el pobre viejo, por más que quisiera, no conseguía contener los temblores, peor aún si le regañaban, el resultado era que siempre manchaba el mantel o el suelo al dejar caer la comida, por no hablar de la servilleta que le ataban al cuello y que era necesario cambiarla tres veces al día, en el desayuno, al almuerzo y a la cena. Estaban las cosas así y sin ninguna expectativa de mejoría cuando el hijo decidió acabar con la desagradable situación. Apareció en casa con un cuenco de madera y le dijo al padre, A partir de ahora comerá aquí, sentado en el patio que es más fácil de limpiar para que su nuera no tenga que estarse preocupando con tantos manteles y tantas servilletas sucias. Y así fue. Desayuno, almuerzo y cena, el viejo sentado solo en el patio, llevándose la comida a la boca conforme era posible, la mitad se perdía en el camino, una parte de la otra mitad se le caía por la boca abajo, no era mucho lo que se le deslizaba por lo que el vulgo llama canal de la sopa. Al nieto no parecía importarle el feo tratamiento que le estaban dando al abuelo, lo miraba, luego miraba al padre y a la madre, y seguía comiendo como si nada tuviera que ver con el asunto. Hasta que una tarde, al regresar del trabajo, el padre vio al hijo trabajando con una navaja un trozo de madera y creyó que, como era normal y corriente en esas épocas remotas, estaría construyendo un juguete con sus propias manos. Al día siguiente, sin embargo, se dio cuenta de que no se trataba de un carro, por lo menos no se veía el sitio donde se le pudieran encajar unas ruedas, y entonces preguntó, Qué estás haciendo. El niño fingió que no había oído y siguió excavando en la madera con la punta de la navaja, esto pasó en el tiempo que los padres eran menos asustadizos y no corrían a quitar de las manos de los hijos un instrumento de tanta utilidad para la fabricación de juguetes. No me has oído, qué estás haciendo con ese palo, volvió a preguntar el padre, y el hijo, sin levantar la vista de la operación, respondió, Estoy haciendo un cuenco para cuando seas viejo y te tiemblen las manos, para cuando tengas que comer en el patio, como el abuelo. Fueron palabras santas. Se cayeron las escamas de los ojos del padre, vio la verdad y la luz, y en el mismo instante fue a pedirle perdón al progenitor y cuando llegó la hora de la cena con sus propias manos lo ayudó a sentarse en la silla, con sus propias manos le acercó la cuchara a la boca, con sus propias manos le limpió suavemente la barbilla, porque todavía podía hacerlo y su querido padre ya no. De lo que pasara después no hay señal en la historia, pero de ciencia muy cierta sabemos que si es verdad que el trabajo del muchachito se quedó a la mitad, también es verdad que el trozo de madera sigue por ahí. Nadie lo quiso quemar o tirar, ya sea para que la lección del ejemplo no cayera en el olvido, o por si se diera el caso de que alguien decidiera terminar la obra, eventualidad no del todo imposible de producirse si tenemos en cuenta la enorme capacidad de supervivencia de los dichos lados oscuros de la naturaleza humana. Como alguien dijo, todo lo que pueda suceder, sucederá, es una mera cuestión de tiempo, y, si no llegamos a verlo mientras que anduvimos por aquí, sería porque no vivimos lo suficiente. En cualquier caso, y para que no se nos acuse de pintar siempre con las pinturas de la parte izquierda de la paleta, hay quien admite la posibilidad de que una adaptación del amable cuento a la televisión, tras haberlo recogido un periódico, sacudidas las telarañas, de los polvorientos estantes de la memoria colectiva, pueda contribuir a que regresen a las quebrantadas conciencias de las familias el culto o el cultivo de los incorpóreos valores de espiritualidad de que la sociedad se nutría en el pasado, cuando el materialismo que hoy impera todavía no se había enseñoreado de voluntades que imaginábamos fuertes y al final eran la propia e insanable imagen de una aflictiva debilidad moral. Conservemos no obstante la esperanza. En el momento en que el muchachito aparezca en la pantalla, podemos estar seguros de que la mitad de la población del país correrá a buscar un pañuelo para enjugar las lágrimas, y de que la otra mitad, tal vez de temperamento estoico, las dejará correr por la cara, en silencio, para que se observe mejor cómo el remordimiento por el mal hecho o consentido no es siempre una palabra vana. Ojalá todavía estemos a tiempo de salvar a los abuelos.
Inesperadamente, con una deplorable falta de sentido de oportunidad, los republicanos decidieron aprovechar la delicada ocasión para hacer oír su voz. No eran muchos, ni siquiera tenían representación en el parlamento a pesar de que estaban organizados en partido político y regularmente concurrían a las elecciones. Se vanagloriaban, sin embargo, de cierta influencia social, sobre todo en los medios artísticos y literarios, por donde de vez en cuando hacían circular manifiestos por lo general bien redactados, pero invariablemente inocuos. Desde que desapareció la muerte no habían dado señales de vida, ni siquiera, como cabe esperar de una oposición que se dice frontal, para reclamar la aclaración de la rumoreada participación de la maphia en el ignóbil tráfico de pacientes terminales. Ahora, aprovechándose de la perturbación en que el país malvivía, dividido como estaba entre la vanidad de saberse único en todo el planeta y el desasosiego de no ser como todo el mundo, ponían sobre la mesa nada más y nada menos que la cuestión del régimen. Obviamente adversarios de la monarquía, enemigos del trono por definición, pensaban que habían descubierto un argumento nuevo a favor de la necesaria y urgente implantación de la república. Decían que iba contra la lógica más común que hubiera en el país un rey que nunca moriría y que, aunque mañana decidiera abdicar por motivo de edad o debilitamiento de las facultades mentales, rey seguiría siendo, el primero de una sucesión infinita de entronizaciones y abdicaciones, una infinita secuencia de reyes acostados en sus camas a la espera de una muerte que nunca llegaría, una cadena de reyes medio vivos medio muertos que, a no ser que los colocaran en los pasillos del palacio, acabarían llenando y por fin no cabiendo en el panteón donde fueron recogidos sus antecesores mortales, que ya no serían nada más que huesos desprendidos de los artejos o restos momificados y malolientes. Cuánto más lógico no sería tener un presidente de la república con vencimiento a plazo fijo, un mandato, como mucho dos, y después que se las avíe como pueda, que se dedique a su vida, dé conferencias, escriba libros, participe en congresos, coloquios y simposios, arengue en mesas redondas, dé la vuelta al planeta en ochenta recepciones, opine sobre la largura de las faldas cuando vuelvan a usarse y sobre la reducción del ozono en la atmósfera si todavía queda atmósfera, en fin, que se las componga. Todo menos tener que encontrar todos los días en los periódicos y oír en la televisión y en la radio el parte médico siempre igual, no atan ni desatan, sobre la situación de los internos en las enfermerías reales, que por cierto, viene a propósito que se informe, tras haber sido aumentadas dos veces, están a un tris de una tercera ampliación. El plural de enfermería está ahí para indicar que, como siempre sucede en instituciones hospitalarias o afines, los hombres se encuentran separados de las mujeres, o sea, reyes y príncipes a un lado, reinas y princesas a otro. Los republicanos desafiaban ahora al pueblo para que asumiera las responsabilidades que le competían, tomando el destino en sus manos para dar comienzo a una nueva vida y abriendo un nuevo y florido camino hacia las alboradas del porvenir. Esta vez el efecto del manifiesto no se limitó a tocar a los artistas y escritores, otras capas sociales se mostraron receptivas a la feliz imagen del camino florido y a las invocaciones de las alboradas del porvenir, lo que tuvo como resultado una concurrencia absolutamente fuera de lo común de adhesiones de nuevos militantes dispuestos a emprender una jornada que, tal como la pescada, que todavía en el agua la llaman así, ya era histórica antes de saberse si realmente lo iba a ser. Desgraciadamente las manifestaciones verbales de cívico entusiasmo de los nuevos adherentes a este republicanismo prospectivo y profético, en los días siguientes, no siempre fueron tan respetuosas como la buena educación y una sana convivencia democrática lo exigen. Algunas llegaron incluso a sobrepasar las fronteras de la más ofensiva grosería, como decir, por ejemplo, hablando de las realezas, que no estaban dispuestos a sustentar bestias con argolla ni burros con bizcocho. Todas las personas de buen gusto estuvieron de acuerdo en considerar tales palabras no sólo inadmisibles, sino también imperdonables. Bastaría con decir que las arcas del estado no podían seguir soportando más el continuo crecimiento de los gastos de la casa real y de sus adláteres, y todo el mundo lo comprendería. Era verdad y no ofendía.
El violento ataque de los republicanos, pero principalmente los inquietantes vaticinios contenidos en el artículo sobre la inevitabilidad, en un plazo muy breve, de que las dichas arcas del estado no podrían satisfacer el pago de las pensiones de vejez y de invalidez sin un final a la vista, hicieron que el rey notificara al primer ministro que necesitaba tener una conversación franca, a solas, sin magnetofones ni testigos de ninguna especie. Llegó el primer ministro, se interesó por la salud de las reales personas, en particular por la de la reina madre, aquella que en el último fin de año estaba a punto de morir, y después de todo, como tantas y tantas otras personas, todavía respiraba trece veces por minuto, que pocas más señales de vida se dejaban percibir en su cuerpo postrado, bajo el dosel del lecho. Su majestad agradeció, dijo que la reina madre sufría su calvario con la dignidad propia de la sangre que aún le corría por las venas, y luego pasó a los asuntos de la agenda, el primero de los cuales era la declaración de guerra de los republicanos. No entiendo qué les pasó por la cabeza a esa gente, dijo, el país hundido en la más terrible crisis de su historia y ellos hablando de cambio de régimen, Yo no me preocuparía, señor, lo que están haciendo es aprovechar la situación para difundir lo que llaman sus propuestas de gobierno, en el fondo no son otra cosa que unos pobres pescadores de aguas turbias, Con una lamentable falta de patriotismo, hay que añadir, Así es, señor, los republicanos tienen unas ideas sobre la patria que sólo ellos pueden entender, si es que realmente las entienden, Las ideas que tengan no me interesan, lo que quiero oír de usted es si existe alguna posibilidad de que consigan forzar un cambio de régimen, Si ni siquiera tienen representación en el parlamento, señor, Me refiero a un golpe de estado, a una revolución, Ninguna posibilidad, señor, el pueblo está con su rey, las fuerzas armadas son leales al poder legítimo, Entonces puedo estar descansado, Absolutamente descansado, señor. El rey hizo una cruz en su agenda, al lado de la palabra republicanos, dijo, Ya está, y luego preguntó, Y qué historia es esa de las pensiones que no se pagan, Estamos pagándolas, señor, es el futuro lo que se presenta bastante negro, Entonces debo de haber leído mal, pensé que se había dado, digamos, una suspensión de pagos, No señor, es el mañana el que se presenta altamente preocupante, Preocupante hasta qué punto, En todos, señor, el estado podrá llegar a derrumbarse, simplemente, como un castillo de naipes, Somos el único país que se encuentra en esa situación, preguntó el rey, No señor, a largo plazo el problema los alcanzará a todos, pero lo que cuenta es la diferencia entre morir y no morir, es una diferencia fundamental, con perdón por la banalidad, No le entiendo, En los otros países se muere con normalidad, los fallecimientos siguen controlando el caudal de nacimientos, pero aquí, señor, en nuestro país, señor, no muere nadie, mire el caso de la reina madre, parecía que expiraba y ahí la tenemos, felizmente, quiero decir, crea que no exagero, estamos con la soga al cuello, A pesar de eso me han llegado rumores de que algunas personas van muriendo, Así es, señor, pero se trata de una gota de agua en el océano, no todas las familias se atreven a dar el paso, Qué paso, Entregar sus pacientes a la organización que se encarga de los suicidios, No le entiendo, de qué sirve que se suiciden si no pueden morir, Éstos sí, Y cómo lo consiguen, Es una historia complicada, señor, Cuéntemela, estamos a solas, Al otro lado de las fronteras se muere, señor, Entonces quiere decir que esa tal organización los lleva hasta allí, Exactamente, Y se trata de una organización benemérita, Nos ayuda a retardar un poco la acumulación de pacientes terminales, pero, como le he dicho, es una gota de agua en el océano, Y qué organización es ésa. El primer ministro respiró hondo y dijo, La maphia, señor, La maphia, Sí señor, la maphia, a veces el estado no tiene otro remedio que buscar fuera quien haga los trabajos sucios, No me dijo nada, Señor, quise mantener a vuestra majestad al margen del asunto, asumo la responsabilidad, Y las tropas que estaban en las fronteras, Tenían una función que desempeñar, Qué función, La de aparentar un obstáculo al paso de los suicidas no siéndolo, Pensé que estaban ahí para impedir una invasión, Nunca hubo ese peligro, de todos modos establecimos acuerdos con los gobiernos de esos países, todo está controlado, Menos la cuestión de las pensiones, Menos la cuestión de la muerte, señor, si no volvemos a morir, no tenemos futuro. El rey hizo una cruz al lado de la palabra pensiones y dijo, Es necesario que ocurra algo, Sí, majestad, es necesario que ocurra algo.
El sobre se encontraba en la mesa del director general de la televisión cuando la secretaria entró en el despacho. Era de color violeta, luego fuera de lo común, y el papel, de tipo gofrado, imitaba la textura del lino. Parecía antiguo y daba la impresión de que ya había sido utilizado antes. No tenía ninguna dirección, tanto de remitente, lo que a veces sucede, como de destinatario, lo que no sucede nunca, y estaba en un despacho cuya puerta, cerrada con llave, acababa de ser abierta en ese momento, y donde nadie podría haber entrado durante la noche. Al darle la vuelta para ver si había algo escrito por detrás, la secretaria se sintió pensando, con una difusa sensación de lo absurdo que era pensarlo y haberlo sentido, que el sobre no estaba allí en el momento en que introdujo la llave e hizo funcionar el mecanismo de la cerradura. Qué disparate, murmuró, no reparé en que estaba aquí cuando salí ayer. Pasó los ojos por el despacho para ver si todo se encontraba en orden y se retiró a su lugar de trabajo. En su calidad de secretaria, y de confianza, estaba autorizada a abrir aquel o cualquier otro sobre, y más si no tenía ninguna indicación de carácter restrictivo, como serían las de personal, reservado o confidencial, pero no lo hizo, y no comprendía por qué. Dos veces se levantó de su sillón y entreabrió la puerta del despacho. El sobre seguía allí. Me estoy volviendo maniática, será efecto del calor, pensó, que venga ya él y se acabe el misterio. Se refería al jefe, al director general que tardaba. Eran las diez y cuarto cuando finalmente apareció.
No era persona de muchas palabras, llegaba, daba los buenos días e inmediatamente entraba en su despacho, donde la secretaria tenía orden de pasar sólo cinco minutos después, el tiempo que él consideraba necesario para ponerse cómodo y encender el primer cigarro de la mañana. Cuando la secretaria entró, el director todavía tenía puesto el abrigo y no fumaba. Sostenía con las dos manos una hoja de papel del mismo color que el sobre, y las dos manos temblaban. Volvió la cabeza hacia la secretaria que se aproximaba, pero fue como si no la reconociese. De repente extendió un brazo con la mano abierta para hacerla detenerse y le dijo con una voz que parecía salir de otra garganta, Salga inmediatamente, cierre la puerta y no deje entrar a nadie, a nadie, me ha oído, sea quien sea. Solícita, la secretaria quiso saber si había algún problema, pero él le interrumpió la palabra con violencia, No me ha oído decirle que salga, preguntó. Y casi gritando, Salga ahora, ya. La pobre señora se retiró con lágrimas en los ojos, no estaba habituada a que la tratase de este modo, es cierto que el director, como todo el mundo, tiene sus defectos, pero es una persona generalmente bien educada, a las secretarias no suele faltarles al respeto. Es por algo que viene en la carta, no tiene otra explicación, pensó mientras buscaba un pañuelo para enjugarse las lágrimas. No se equivocaba. Si se atreviera a entrar otra vez en el despacho vería al director general andando rápidamente de un lado para otro, con expresión de desvarío en la cara, como si no supiera qué hacer y al mismo tiempo tuviera la conciencia clara de que sólo él, y nadie más, podría hacerlo. El director miró el reloj, miró la hoja de papel, murmuró en voz muy baja, casi en secreto, Todavía hay tiempo, todavía hay tiempo, después se sentó para releer la carta misteriosa mientras se pasaba con gesto mecánico la mano libre por la cabeza, como si quisiera cerciorarse de que todavía la tenía en su lugar, de que no la había perdido engullida por la vorágine de miedo que le retorcía el estómago. Acabó de leerla, se quedó con los ojos perdidos en el vacío, pensando, Tengo que hablar con alguien, después acudió a su mente, en su socorro, la idea de que tal vez se tratara de una broma, de una broma de pésimo gusto, un telespectador descontento, como hay tantos, y para colmo con imaginación morbosa, quien tiene responsabilidades directivas en la televisión sabe muy bien que por ahí no todo es un mar de rosas, Pero no es a mí a quien se le escribe para desahogarse, pensó. Como es natural, este pensamiento le indujo a descolgar el teléfono para preguntarle a la secretaria, Quién ha traído esta carta, No lo sé, señor director, cuando llegué y abrí la puerta de su despacho, como hago siempre, ya estaba ahí, Pero eso es imposible, durante la noche nadie tiene acceso a este despacho, Así es, señor director, Entonces cómo se lo explica, No me lo pregunte a mí, señor director, hace unos momentos quise decirle lo que había pasado, pero ni siquiera me dio tiempo, Reconozco que fui un poco brusco, perdone, No tiene importancia, señor director, pero me ha dolido. El director general volvió a perder la paciencia, Si le dijera lo que tengo aquí, entonces iba a saber lo que es doler. Y colgó. Volvió a mirar el reloj, después se dijo a sí mismo, Es la única salida, no veo otra, hay decisiones que no me compete tomar a mí. Abrió una agenda, buscó el número que le interesaba, lo encontró, Aquí está, dijo. Las manos seguían temblándole, le costó acertar con los números y más aún acertar con la voz cuando del otro lado le respondieron, Páseme con el despacho del primer ministro, pidió, soy el director de televisión, el director general. Atendió el jefe de gabinete, Buenos días, señor director, encantado de oírlo, en qué puedo serle útil, Necesito que el primer ministro me reciba lo más rápidamente posible para un asunto de extrema urgencia, Puede decirme de qué se trata para que se lo transmita al señor primer ministro, Lo lamento, pero es imposible, el asunto, además de urgente, es estrictamente confidencial, No obstante, si me da una idea, Tengo en mi poder, aquí, delante de estos ojos que la tierra se han de comer, un documento de trascendente importancia nacional, si esto que le estoy diciendo no es suficiente, si no es bastante para que me ponga ahora mismo en comunicación con el primer ministro dondequiera que se encuentre, temo mucho por su futuro personal y político, Así de serio es, Sólo le digo que, a partir de este momento, cada minuto que pase es de su exclusiva responsabilidad, Voy a ver qué puedo hacer, el señor primer ministro está muy ocupado, Pues entonces desocúpelo, si quiere ganar una medalla, Inmediatamente, Me quedo a la espera, Puedo hacerle otra pregunta, Por favor, qué más quiere saber todavía, Por qué ha dicho estos ojos que la tierra se han de comer, eso era antes, No sé lo que usted era antes, pero sé lo que es ahora, un rematado idiota, páseme al primer ministro, ya. La insólita dureza de las palabras del director general muestra hasta qué punto su espíritu se encuentra alterado. Es como si se hubiera apoderado de él una especie de obnubilación, no se reconoce, no comprende cómo es posible que haya insultado a alguien por el simple hecho de expresar una pregunta absolutamente razonable, tanto en los términos como en la intención. Tengo que pedirle disculpas, pensó arrepentido, mañana podré necesitarlo. La voz del primer ministro sonó impaciente, Qué pasa, preguntó, los problemas de la televisión, por lo que sé, no son asunto mío, No se trata de la televisión, señor primer ministro, tengo una carta, Sí, ya me han dicho que tiene una carta, y qué quiere que haga, Sólo le pido que la lea, nada más, el resto, usando sus propias palabras, no es asunto mío, Lo noto nervioso, Sí, señor primer ministro, estoy más que nervioso, Y qué dice esa misteriosa carta, No se lo puedo decir por teléfono, La línea es segura, Incluso así no le diré nada, toda cautela es poca, Entonces mándemela, Se la entregaré en mano, no quiero correr el riesgo de enviarla con un mensajero, Yo le mando alguien de aquí, mi jefe de gabinete, por ejemplo, persona más cercana será difícil, Señor primer ministro, por favor, no estaría aquí incomodándolo si no tuviera un motivo muy serio, necesito que me reciba, Cuándo, Ahora mismo, Estoy ocupado, Señor primer ministro, por favor, Bien, ya que insiste, venga, espero que el misterio valga la pena, Gracias, voy corriendo. El director general colgó el teléfono, metió la carta en el sobre, se la guardó en uno de los bolsillos interiores de la chaqueta y se levantó. Las manos ya no le temblaban, pero la frente la tenía bañada en sudor. Se limpió la cara con el pañuelo, después llamó a la secretaria por el teléfono interior, le dijo que iba a salir, que pidiera su coche. El hecho de haberle pasado la responsabilidad a otra persona lo calmaba un poco, dentro de media hora su papel en este asunto habrá terminado. La secretaria abrió la puerta, El coche le espera, señor director, Gracias, no sé cuánto tiempo tardaré, tengo un encuentro con el primer ministro, pero esta información es sólo para usted, Quédese tranquilo, señor director, no diré nada, Hasta luego, Hasta luego, señor director, que todo salga bien, Como están las cosas, ya no sabemos ni lo que está bien ni lo que está mal, Tiene razón, A propósito, cómo se encuentra su padre, En la misma situación, señor director, sufrir, no parece sufrir, pero parece que está a punto de expirar, de extinguirse, ya lleva dos meses en ese estado, y, en vistas de lo que sucede, lo único que puedo hacer es esperar mi turno para que me acuesten en una cama junto a la suya, Quién sabe, dijo el director, y salió.
El jefe de gabinete recibió al director general en la puerta, lo saludó con frialdad evidente, después dijo, Le llevo con el señor primer ministro, Un minuto, antes quiero pedirle disculpas, había realmente un rematado idiota en nuestra conversación, pero era yo, Lo más probable es que no fuera ninguno de los dos, dijo el jefe de gabinete, sonriendo, Si pudiese ver lo que llevo dentro de este bolsillo comprendería mi estado de espíritu, No se preocupe, en lo que a mí respecta, está disculpado, Se lo agradezco, y ya verá, no faltan muchas horas para que la bomba estalle y se haga pública, Ojalá no haga demasiado estruendo al explotar, El estruendo será mayor que el peor de los truenos jamás escuchado, y los relámpagos más cegadores que todos los demás juntos, Me está preocupando, En ese momento, querido amigo, tengo la certeza de que volverá a disculparme, Vamos, el primer ministro ya le está esperando. Atravesaron una sala que en épocas pasadas debió de ser llamada antecámara, y un minuto después el director general estaba en presencia del primer ministro, que lo recibió con una sonrisa, Veamos qué problema de vida o de muerte es ese que me trae, Con el debido respeto, estoy convencido de que nunca de su boca habrán salido palabras más ciertas, señor primer ministro. Se sacó la carta del bolsillo y se la pasó por encima de la mesa. El otro se extrañó, No trae el nombre del destinatario, Ni de quien la envía, dijo el director, es como si fuera una carta dirigida a todas las personas, Anónima, No, señor primer ministro, como podrá ver viene firmada, pero léala, léala, por favor. El sobre fue abierto pausadamente, la hoja de papel desdoblada, pero enseguida de ver las primeras líneas el primer ministro levantó los ojos y dijo, Esto parece una broma, Podría serlo, de hecho, pero no lo creo, apareció sobre mi mesa de trabajo sin que nadie sepa cómo, No me parece que ésa sea una buena razón para dar crédito a lo que aquí se dice, Continúe, continúe, por favor. Cuando llegó al final de la carta, el primer ministro, despacio, moviendo los labios en silencio, articuló las dos sílabas de la palabra que la firmaba. Dejó el papel sobre la mesa, miró fijamente al interlocutor y dijo, Imaginemos que se trata de una broma, No lo es, Tampoco yo creo que lo sea, pero si digo que lo imaginemos es sólo para concluir que no demoraremos muchas horas en saberlo, Precisamente doce, dado que ahora es mediodía, Ahí es donde quiero llegar, si lo que se anuncia en la carta llega a cumplirse, y si no avisamos antes a la gente, se repetirá, pero al revés, lo que sucedió en la noche de fin de año, Da lo mismo que avisemos o que no, señor primer ministro, el efecto será el mismo, Contrario, Contrario, pero el mismo, Exacto, sin embargo, si avisamos luego se comprueba que se trataba de una broma, las personas habrán pasado un mal rato inútilmente, aunque sea cierto que habría mucho que decir Sobre la pertinencia de este adverbio, No creo que merezca la pena, usted ha dicho que no piensa que sea una broma, Así es, Qué hacemos entonces, avisar o no avisar, Ésa es la cuestión, mi querido director general, tenemos que pensar, ponderar, reflexionar, La cuestión ya está en sus manos, señor primer ministro, la decisión le pertenece, Me pertenece, sí, hasta podría romper el papel en mil pedazos y echarme a esperar lo que ha de ocurrir, No creo que lo haga, Tiene razón, no lo haré, por tanto hay que tomar una decisión, decir simplemente que la gente tiene que ser avisada no basta, es necesario saber cómo, Los medios de comunicación social existen para eso, señor primer ministro, tenemos la televisión, los periódicos, la radio, Su idea es que distribuyamos a todos esos medios una fotocopia de la carta acompañada de un comunicado del gobierno en que se solicite de la población serenidad y se den algunos consejos acerca de cómo proceder en la emergencia, Señor primer ministro, ha formulado la idea mejor de lo que yo alguna vez sería capaz de hacer, Le agradezco la lisonjera opinión, pero ahora le pido que haga un esfuerzo e imagine lo que ocurriría si procediésemos de ese modo, No lo entiendo, Esperaba más del director general de televisión, Si es así, siento no estar a la altura, señor primer ministro, Claro que está, lo que pasa es que se encuentra aturdido por la responsabilidad, Y usted, que es primer ministro, no lo está, También lo estoy, pero, en mi caso, aturdido no quiere decir paralizado, Afortunadamente para el país, Se lo agradezco una vez más, no hemos hablado mucho el uno con el otro, generalmente de la televisión hablo con el ministro responsable, pero creo que ha llegado el momento de hacer de usted una figura nacional, Ahora ya no lo comprendo en absoluto, señor primer ministro, Es simple, este asunto se quedará entre nosotros, rigurosamente entre nosotros, hasta las nueve de la noche, a esa hora el informativo de televisión abrirá con la lectura de un comunicado oficial en el que se explicará lo que va a suceder a medianoche de hoy, también se leerá un resumen de la carta, y la persona que realizará estas dos lecturas será el director general de la televisión, en primer lugar porque fue él el destinatario de la carta, aunque no nombrado en ella, en segundo lugar porque el director general es la persona en quien confío para que ambos llevemos a cabo la misión que, implícitamente, nos fue encargada por la dama que firma este papel, Un locutor haría mejor el trabajo, señor primer ministro, No quiero un locutor, quiero al director general de la televisión, Si es ése su deseo, lo consideraré como un honor, Somos las únicas personas que conocen lo que va a pasar hoy a medianoche y seguiremos siéndolo hasta la hora en que el país reciba la información, si hiciéramos lo que propuse antes, es decir, pasar ya la noticia a los medios de comunicación social, íbamos a tener doce horas de confusión, de pánico, de tumulto, de histerismo colectivo, y no sé cuántas cosas más, por tanto, dado que no está dentro de nuestras posibilidades, me refiero al gobierno, evitar esas reacciones, al menos las limitaremos a tres horas, de ahí en adelante ya no será cosa nuestra, vamos a tener de todo, lágrimas, desesperación, alivios mal disimulados, nuevas cuentas a la vida. Me parece una buena idea, Sí, pero sólo porque no tenemos otra mejor.
El primer ministro tomó la hoja de papel, le pasó los ojos sin leerla y dijo, Es curioso, la letra inicial de la firma debería ser mayúscula, y es minúscula, También a mí me pareció raro, escribir un nombre con minúscula es anormal, Dígame, se ve algo normal en toda esta historia que vamos viviendo, Realmente, nada, A propósito, sabe hacer fotocopias, No soy especialista, pero lo he hecho algunas veces, Estupendo. El primer ministro guardó la carta y el sobre en una cartera repleta de documentos y mandó llamar al jefe de su gabinete, a quien le ordenó, Mande desocupar inmediatamente la sala donde se encuentra la fotocopiadora, Está donde los funcionarios trabajan, señor primer ministro, es ése su lugar, Que se vayan a otro sitio, que esperen en el pasillo o salgan a fumar un cigarro, sólo necesitamos de tres minutos, no es así, director general, Ni tanto, señor primer ministro, Yo podría hacer la fotocopia con absoluta discreción, si es eso, como me permito suponer, lo que se pretende, dijo el jefe de gabinete, Es precisamente eso lo que se pretende, discreción, pero, por esta vez, yo mismo me encargaré del trabajo, con la asistencia técnica, digámoslo así, del señor director general de la televisión aquí presente, Muy bien, señor primer ministro, voy a dar las órdenes necesarias para que la sala sea evacuada. Regresó dos minutos después, Ya está desocupada, señor primer ministro, si no hay inconveniente regreso a mi despacho, Me alegra no haber tenido que decírselo y le pido que no tome a mal estas maniobras aparentemente conspirativas por el hecho de que se le excluya, hoy mismo conocerá el motivo de tantas precauciones sin necesitar que yo se lo diga, Seguro, señor primer ministro, nunca me permitiría dudar de la bondad de sus razones, Así se habla, querido amigo. Cuando el jefe de gabinete salió, el primer ministro tomó la cartera y dijo, Vamos. La sala estaba desierta. En menos de un minuto la fotocopia quedó lista, letra por letra, palabra por palabra, pero era otra cosa, le faltaba el toque inquietante del papel color violeta, ahora es una misiva vulgar, común, tipo Ojalá estas líneas os encuentren de buena y feliz salud en compañía de toda la familia, por mi parte sólo puedo decir bien de la vida y de quien la hizo. El primer ministro le entregó la copia al director general, Ahí la tiene, me quedo con el original, dijo, Y el comunicado del gobierno, cuándo lo recibiré, Siéntese, que yo mismo lo redacto en un instante, es fácil, queridos compatriotas, el gobierno considera que es su deber informar al país sobre una carta que hoy ha llegado a sus manos, un documento cuyo significado e importancia no necesitan ser encarecidos, aunque no estamos en condiciones de garantizar su autenticidad, admitimos, sin querer anticipar su contenido, una posibilidad de que no llegue a producirse lo que en el mismo documento se anuncia, en cualquier caso, para que la población no se vea sorprendida en una situación que no estará exenta de tensiones y aspectos críticos varios, se va a proceder de inmediato a su lectura, para la que, con el beneplácito del gobierno, ha sido encargado el director general de televisión, una palabra más antes de terminar, no es necesario asegurar que, como siempre, el gobierno se mantendrá atento para con los intereses y necesidades de la población en horas que serán, sin duda, de las más difíciles desde que somos nación y pueblo, motivo este por el que apelamos a todos para que conserven la calma y la serenidad de que tantas muestras han sido dadas durante la sucesión de fatalidades que hemos pasado desde el principio de año, al mismo tiempo que confiamos que un porvenir más benévolo nos restituya la paz y la felicidad de que somos merecedores y que disfrutábamos antes, queridos compatriotas, les recuerdo que la unión hace la fuerza, éste es nuestro lema, nuestra divisa, mantengámonos unidos y el futuro será nuestro, bueno, ya está, como ve, ha sido rápido, estos comunicados oficiales no exigen grandes esfuerzos de imaginación, casi se podría decir que se redactan por sí mismos, ahí tiene una máquina de escribir, copie y guárdelo todo bien guardado hasta las nueve de la noche, no se separe de esos papeles ni por un instante, Quédese tranquilo, señor primer ministro, soy perfectamente consciente de mis responsabilidades en esta coyuntura, tenga la certeza de que no se sentirá decepcionado, Muy bien, ahora puede regresar a su trabajo, Permítame que le haga todavía dos preguntas antes de marcharme, Adelante, Me acaba de decir que hasta las nueve de la noche sólo dos personas sabrán de este asunto, Sí, usted y yo, nadie más, ni siquiera el gobierno, Y el rey, si no es osadía por mi parte meterme donde no me llaman, Su majestad lo sabrá al mismo tiempo que los demás, esto, claro, si está viendo la televisión, Supongo que no le va a gustar mucho no haber sido informado antes, No se preocupe, la mejor de las virtudes que exornan a los reyes, me refiero, como es obvio, a los constitucionales, es que son personas extraordinariamente comprensivas, Ah, Y la otra pregunta que quería hacerme, No es una pregunta, Entonces, Es que, siendo sincero, estoy asombrado con la sangre fría que está demostrando, señor primer ministro, a mí, lo que va a suceder en el país a medianoche me parece una catástrofe, un cataclismo como no ha habido otro nunca, una especie de fin del mundo, mientras que, mirándolo a usted, es como si estuviera tratando un asunto cualquiera de la rutina gubernativa, da tranquilamente sus órdenes, hasta me ha parecido, hace poco, verlo sonreír, Estoy convencido de que también usted, querido director general, sonreiría si tuviera una idea de la cantidad de problemas que esta carta va a resolverme sin necesidad de mover un dedo, y ahora déjeme trabajar, tengo que dar unas cuantas órdenes, hablar con el [ministro del interior para que ponga a la policía en estado de alerta, trataré de inventar un motivo verosímil, la posibilidad de una alteración del orden público, no es persona para perder mucho tiempo pensando, prefiere la acción, denle acción si quieren verlo feliz, Señor primer ministro, consienta que le diga que considero un privilegio sin precio haber vivido a su lado estos momentos cruciales, Menos mal que lo ve de esa forma, pero sepa que mudaría rápidamente de opinión si una sola de las palabras que han sido dichas en este despacho, suyas o mías, llega a ser conocida fuera de sus cuatro paredes, Comprendo, Como un rey constitucional, Sí, señor primer ministro.
Eran casi las veinte horas y treinta minutos cuando el director general llamó al responsable de informativos para comunicarle que esa noche el telediario se abriría con la lectura de un comunicado del gobierno al país, del que, como es habitual, se encargaría el presentador correspondiente, tras lo cual, él mismo, director general, leería otro documento, complementario del primero. Si al responsable de informativos el procedimiento le pareció anormal, desusado, fuera de lo corriente, no lo dio a entender, se limitó a pedir los documentos para ser introducidos en el teleprompter, ese meritorio aparato que permite crear la pretenciosa ilusión de que el comunicante se está dirigiendo directa y únicamente a cada una de las personas que lo escuchan. El director general respondió que en este caso el teleprompter no iba a ser utilizado, Haremos la lectura a la moda antigua, dijo, y añadió que entraría en el estudio a las veinte horas y cincuenta y cinco minutos exactos, momento en que entregaría el comunicado del gobierno al presentador, a quien ya le habrían sido dadas instrucciones rigurosas para sólo abrir la carpeta que lo contenía en el momento de su lectura. El responsable de informativos pensó que, ahora sí, había motivo para mostrar un cierto interés por el asunto, Es tan importante, preguntó, En media hora lo sabrá, Y la bandera, señor director general, quiere que mande que la coloquen tras el sillón donde ha de sentarse, No, nada de banderas, no soy ni jefe del gobierno ni ministro, Ni rey, sonrió el jefe de informativos con aires de lisonjera complicidad, como si quisiera dar a entender que rey, sí, lo era, pero de la televisión nacional. El director general hizo como que no lo había oído, Puede irse, dentro de veinte minutos estaré en el estudio, No habrá tiempo para que lo maquillen, No quiero ser maquillado, la lectura será bastante breve y los telespectadores, en ese momento, tendrán más cosas en que pensar que si mi cara está maquillada o no, Muy bien, lo que usted mande, En todo caso, tome precauciones para que los focos no me hagan ojeras, no me gustaría que me vieran en la pantalla con aspecto de desenterrado, hoy menos que en ninguna otra ocasión.
A las veinte horas y cincuenta y cinco minutos el director general entró en el estudio, le entregó al presentador la carpeta con el comunicado del gobierno y se sentó en el lugar que le estaba destinado. Atraídas por lo insólito de la situación, la noticia, como era de esperar, había circulado, había en el estudio muchas más personas de lo que era habitual. El realizador ordenó silencio. A las veintiuna horas exactas surgió, acompañada por su inconfundible sintonía, la fulgurante cabecera del telediario, una variada y velocísima secuencia de imágenes con las que se pretendía convencer al telespectador de que aquella televisión, a su servicio veinticuatro horas al día, estaba, como antiguamente se decía de la divinidad, en todas partes y a todas partes mandaba noticias. En el mismo instante en que el presentador acabó de leer el comunicado del gobierno, la cámara número dos puso al director general en la pantalla. Se notaba que estaba nervioso, que tenía la garganta cerrada. Carraspeó un poco para limpiarse la voz y comenzó a leer, señor director general de la televisión nacional, estimado señor, para los efectos que las personas interesadas estimen convenientes le informo de que a partir de la medianoche de hoy se volverá a morir tal como sucedía, sin protestas notorias, desde el principio de los tiempos y hasta el día treinta y uno de diciembre del año pasado, debo explicarle que la intención que me indujo a interrumpir mi actividad, la de parar de matar, a envainar la emblemática guadaña que imaginativos pintores y grabadores de otros tiempos me pusieron en la mano, fue ofrecer a esos seres humanos que tanto me detestan una pequeña muestra de lo que para ellos sería vivir siempre, es decir, eternamente, aunque, aquí entre nosotros dos, señor director general de la televisión nacional, tenga que confesarle mi total ignorancia acerca de si las dos palabras, siempre y eternamente, son tan sinónimas cuanto en general se cree, ahora bien, pasado este periodo de algunos meses que podríamos llamar de prueba de resistencia o de tiempo gratuito y teniendo en cuenta los lamentables resultados de la experiencia, ya sea desde un punto de vista moral, es decir, filosófico, ya sea desde un punto de vista pragmático, es decir, social, he considerado que lo mejor para las familias y para la sociedad en su conjunto, tanto en sentido vertical, como en sentido horizontal, es hacer público el reconocimiento de la equivocación de que soy responsable y anunciar el inmediato regreso a la normalidad, lo que significa que a todas aquellas personas que ya deberían estar muertas, pero que, con salud o sin ella, han permanecido en este mundo, se les apagará la candela de la vida cuando se extinga en el aire la última campanada de la medianoche, nótese que la referencia a la campanada de la medianoche es meramente simbólica, no vaya a ser que a alguien se le pase por la cabeza la idea estúpida de parar los relojes de los campanarios o de quitarle el badajo a las campanas pensando que de esa manera detendría el tiempo y podría contradecir lo que es mi decisión irrevocable, esta de devolver el supremo miedo al corazón de los hombres la mayor parte de las personas que antes se encontraban en el estudio ya había desaparecido, y las que todavía quedaban cuchicheaban unas con otras, sus murmullos siseaban sin que al realizador, él mismo con la boca abierta de puro pasmo, se le ocurriera mandar callar con ese gesto furioso que era su costumbre usar en circunstancias obviamente mucho menos dramáticas luego resígnense y mueran sin discutir porque de nada les valdría, sin embargo, hay un punto en que siento que tengo la obligación de reconocer mi error, y tiene que ver con el injusto y cruel procedimiento que venía siguiendo, que era quitarle la vida a las personas a traición, sin aviso previo, sin decir agua va, comprendo que se trataba de una indecente brutalidad, cuántas veces no di tiempo ni siquiera para que hicieran testamento, es cierto que en la mayoría de los casos les mandaba una enfermedad que abriera camino, pero las enfermedades tienen algo curioso, los seres humanos siempre esperan librarse de ellas, de modo que ya cuando es demasiado tarde acaban sabiendo que ésa iba a ser la última, en fin, a partir de ahora todo el mundo estará prevenido de la misma manera y tendrá un plazo de una semana para poner en orden lo que todavía le queda de vida, hacer testamento y decir adiós a la familia, pidiendo perdón por el mal hecho o haciendo las paces con el primo con el que estaba de relaciones cortadas desde hace veinte años, dicho esto, señor director general de la televisión nacional, sólo me queda pedirle que haga llegar hoy mismo a todos los hogares del país este mi mensaje autógrafo, que firmo con el nombre con que generalmente se me conoce, muerte.
El director general se levantó del sillón cuando vio que ya no estaba en pantalla, dobló la copia de la carta y se la guardó en uno de los bolsillos interiores de la chaqueta. Notó que se le acercaba el realizador, pálido, con el rostro descompuesto, Así que era esto, decía en un murmullo casi inaudible, así que era esto. El director general asintió en silencio y se dirigió a la salida. No oyó las palabras que el locutor comenzó a balbucear, Acaban de escuchar, y después las noticias que habían dejado de tener importancia porque nadie en el país les estaba dando la menor atención, en las casas en que había un enfermo terminal las familias se reunieron en torno a la cabecera del infeliz, aunque no podían decirle que moriría de ahí a tres horas, no podían decirle que ya podía aprovechar el tiempo para hacer el testamento al que siempre se había negado o si quería que llamaran al primo para hacer las paces, tampoco podían practicar la hipocresía habitual como era preguntar si se sentía mejor, se quedaban contemplando la pálida y blanda cara, después miraban el reloj a hurtadillas, a la espera de que el tiempo pasara y de que el tren del mundo regresara a los carriles habituales para hacer el viaje de siempre. Y no fueron pocas las familias que habiéndole pagado ya a la maphia para que les retirara el triste despojo, y suponiendo, en el mejor de los casos, que no se iban a poner a llorar el dinero perdido, veían como, si hubieran tenido un poco más de caridad y paciencia, les habría salido gratis el despeje. En las calles había enormes alborozos, se veían personas paradas, aturdidas, desorientadas, sin saber hacia qué lado huir, otras lloraban desconsoladamente, otras abrazadas, como si hubieran decidido comenzar allí las despedidas, otras discutían si la culpa de todo esto no la tendría el gobierno, o la ciencia médica, o el papa de roma, un escéptico protestaba que no había memoria de que la muerte hubiera escrito jamás una carta y que era necesario hacerle con urgencia el análisis de la caligrafía porque, decía, una mano compuesta de trochos de huesos nunca podría escribir de la misma manera que lo hubiera hecho una mano completa, auténtica, viva, con sangre, venas, nervios, tendones, piel y carne, y que si era cierto que los huesos no dejan impresiones digitales en el papel y por tanto por ahí no se podría identificar al autor de la carta, un examen de ADN tal vez lanzase alguna luz sobre esta inesperada manifestación epistolar de un ser, si la muerte lo es, que había estado en silencio toda la vida. En este mismo momento el primer ministro está hablando con el rey por teléfono, le explica las razones por las que había decidido no darle conocimiento de la carta de la muerte, y el rey responde que sí, que comprende perfectamente, entonces el primer ministro le dice que siente mucho el funesto desenlace que la última campanada de la medianoche impondrá a la periclitante vida de la reina madre, y el rey encoge los hombros, que para poca vida, más vale ninguna, hoy ella, mañana yo, sobre todo ahora que el príncipe heredero da señales de impaciencia, pregunta cuándo llegará su turno de ser rey constitucional. Después de terminada esta conversación íntima, con toques de inusual sinceridad, el primer ministro dio instrucciones a su jefe de gabinete para convocar a todos los miembros del gobierno a una reunión de máxima urgencia, los quiero aquí en tres cuartos de hora, a las diez en punto, dijo, tenemos que discutir, aprobar y poner en marcha los paliativos necesarios para aminorar las confusiones y guirigáis de todas las especies que la nueva situación inevitablemente creará en los próximos días, Se refiere a la cantidad de personas fallecidas que va a ser necesario evacuar en ese plazo cortísimo, señor primer ministro, Eso es lo menos importante, querido amigo, para resolver los problemas de esa naturaleza están las funerarias, es más, para ellas ha acabado la crisis, deben de estar muy contentas calculando lo que van a ganar, así que ellas enterrarán a los muertos, como les compete, mientras nosotros nos ocupamos de los vivos, por ejemplo, organizando equipos de psicólogos que ayuden a las personas a superar el trauma de volver a morir cuando estaban convencidas de que iban a vivir siempre, Realmente debe de ser duro, yo mismo lo había pensado, No pierda tiempo, los ministros que traigan a los secretarios de estado respectivos, los quiero aquí a todos a las diez en punto, si alguno le pregunta, dígale que es el primero en ser convocado, son como niños pequeños que quieren caramelos. El teléfono sonó, era el ministro del interior, Señor primer ministro, estoy recibiendo llamadas de todos los periódicos, dijo, exigen que les sean entregadas copias de la carta que acaba de ser leída en televisión en nombre de la muerte y que yo deplorablemente desconocía, No lo deplore, si decidí asumir la responsabilidad de guardar el secreto fue para que no tuviéramos que aguantar doce horas de pánico y de confusión, Qué hago, entonces, No se preocupe con este asunto, mi gabinete va a distribuir la carta ahora mismo entre todos los medios de comunicación social, Muy bien, señor primer ministro, El gobierno se reúne a las diez en punto, traiga a sus secretarios de estado, Los subsecretarios también, No, que ésos se queden guardando la casa, siempre he oído que mucha gente junta no se salva, Sí, señor primer ministro, Sea puntual, la reunión comenzará a las diez y un minuto, Tenga la seguridad de que seremos los primeros en llegar, señor primer ministro, Recibirá su medalla, Qué medalla, Es una manera de hablar, no me haga caso.
Los representantes de las empresas funerarias, entierros, incineraciones y traslados, servicio permanente, se reunirán a la misma hora en la sede de la corporación. Confrontados con el desmesurado y nunca antes experimentado desafío profesional que representará la muerte simultánea y el subsecuente despacho fúnebre de miles de personas en todo el país, la única solución seria que se les plantea, además de altamente beneficiosa desde el punto de vista económico gracias al abaratamiento racional de costos, será poner en juego, de forma conjunta y ordenada, los recursos de personal y los medios tecnológicos de que disponen, en suma, la logística, estableciendo de camino cuotas proporcionales de participación en la tarta, como graciosamente dirá el presidente de la asociación del ramo, con discreto, aunque sonriente, aplauso de la compañía. Habrá que tener en cuenta, por ejemplo, que la producción de cajas, tumbas, ataúdes, féretros y catafalcos para uso humano se encuentra estancada desde el día en que las personas dejaron de morir y que, en el improbable caso de que todavía queden existencias en alguna carpintería de gerencia conservadora, será como la pequeña rosette de malherbe, que, convertida en rosa, no puede durar más que la brevedad de una mañana. La cita literaria fue obra del presidente, que, sin venir mucho a cuento, pero provocando los aplausos de la asistencia, dijo a continuación, Sea como sea, ha terminado para nosotros la vergüenza de andar enterrando a perros, gatos y canarios domésticos, Y papagayos, dijo una voz desde el fondo, Y papagayos, asintió el presidente, Y pececitos tropicales, recordó otra voz, Eso fue sólo después de la polémica que levantó el espíritu que paira sobre el agua del acuario, corrigió el secretario de la mesa, a partir de ahora se los darán a los gatos, por aquello de lavoisier, cuando dijo que en la naturaleza nada se cría y nada se pierde, todo se transforma. No se llegó a saber a qué extremos podrían llegar los alardes de almanaque de las funerarias allí reunidas porque uno de sus representantes, preocupado con el tiempo, veintidós horas y cuarenta y cinco minutos en su reloj, levantó el brazo para proponer que se telefonease a la asociación de carpinteros para preguntarles cómo estaban de ataúdes, Necesitamos saber con qué podremos contar a partir de mañana, concluyó. Como era de esperar, la propuesta fue calurosamente acogida, pero el presidente, disimulando mal el despecho porque la idea no fue suya, observó, Lo más seguro es que no haya nadie en los carpinteros a estas horas, Permítame que lo dude, señor presidente, las mismas razones que nos han reunido aquí habrán hecho que ellos se reúnan. Acertaba de lleno el proponente. De la corporación de los carpinteros respondieron que habían alertado a los respectivos asociados nada más oír la lectura de la carta de la muerte, llamando la atención para la conveniencia de restablecer en el plazo más corto posible la fabricación de cajería fúnebre, y que, de acuerdo con las informaciones que estaban recibiendo continuamente, no sólo muchas empresas habían convocado a sus trabajadores, sino que también se encontraban ya en plena elaboración la mayor parte de ellas. Va contra el horario de trabajo, dijo el portavoz de la corporación, pero, considerando que se trata de una situación de emergencia nacional, nuestros abogados tienen la seguridad de que el gobierno no tendrá otro remedio que cerrar los ojos y que además nos lo agradecerá, lo que no podremos garantizar, en esta primera fase, es que los ataúdes que ofrezcamos tengan la misma calidad de acabado a que teníamos acostumbrados a nuestros clientes, los pulimentos, los barnices y los crucifijos exteriores tendrán que quedarse para la fase siguiente, cuando la presión de los entierros comience a disminuir, de todos modos somos conscientes de la responsabilidad de ser una pieza fundamental en este proceso. Se oyeron nuevos y todavía más calurosos aplausos en la reunión de los representantes de las funerarias, ahora sí, ahora había un motivo para felicitarse mutuamente, ningún cuerpo quedaría sin entierro, ninguna factura sin cobrar. Y los sepultureros, preguntó el de la propuesta, Los sepultureros harán lo que se les mande, respondió irritado el presidente. No era así exactamente. Por otra llamada telefónica se supo que los sepultureros exigían un aumento sustancial del salario y el pago por triplicado de las horas extraordinarias. Eso es cosa de los ayuntamientos, que se las arreglen como puedan, dijo el presidente. Y si llegamos al cementerio y no hay nadie para abrir sepulturas, preguntó el secretario. La discusión prosiguió encendida. A las veintitrés horas y cincuenta minutos el presidente tuvo un infarto de miocardio. Murió con la última campanada de la medianoche.
Mucho más que una hecatombe. Durante siete meses, que fueron tantos los que duró la tregua unilateral de la muerte, se fueron acumulando en una nunca vista lista de espera más de sesenta mil moribundos, para ser exactos sesenta y dos mil quinientos ochenta, que descansaron en paz por obra de un instante único, de un segundo de tiempo cargado de una potencia mortífera que exclusivamente encontraría comparación en ciertas reprobables acciones humanas. A propósito, no nos resistiremos a recordar que la muerte, por sí misma, sola, sin ninguna ayuda exterior, siempre ha matado mucho menos que el hombre. Tal vez algún espíritu curioso se esté preguntando cómo hemos conseguido obtener la precisa cantidad de sesenta y dos mil quinientas ochenta personas que cerraron los ojos al mismo tiempo y para siempre. Fue muy fácil. Sabiéndose que el país donde todo esto pasa tiene alrededor de diez millones de habitantes y que la tasa de mortalidades es más o menos de diez por mil, dos simples operaciones de aritmética, de las más elementales, la multiplicación y la división, a la par de una cuidadosa ponderación de las proporciones intermedias mensuales y anuales, nos han permitido obtener, cifra arriba o cifra abajo, una estrecha horquilla numérica en la que la cantidad indicada se presenta como media razonable, y si decimos razonable es porque también hubiéramos podido adoptar los números colaterales de sesenta y dos mil quinientas setenta y nueve o de sesenta y dos mil quinientas ochenta y una personas si la muerte del presidente de la corporación de funerarias, por inesperada y a última hora, no hubiera introducido en nuestros cálculos un factor de perturbación. De todos modos, confiamos en que la verificación de los óbitos, iniciada en las primeras horas del día siguiente, confirme la exactitud de las cuentas hechas. Otro espíritu curioso, de los que siempre interrumpen al narrador, se preguntará cómo podían saber los médicos a qué direcciones deberían acudir para ejecutar una obligación sin cuyo cumplimiento un muerto no está legalmente muerto, aunque sea indiscutible que muerto está. En ciertos casos, excusado sería decirlo, fueron las propias familias del difunto las que llamaron a su médico asistente o de cabecera, pero ese recurso forzosamente tendría un alcance muy reducido, dado que lo que se pretendía era oficializar en tiempo récord una situación anómala, para que no se confirmara, una vez más, el dicho que asevera que una desgracia nunca viene sola, lo que, aplicado a la situación, significaría que tras la muerte súbita, putridez en casa. Fue entonces cuando se demostró que no es por casualidad por lo que un primer ministro llega a tan altas funciones, y que, como no se ha cansado de afirmar la infalible sabiduría de las naciones, cada pueblo tiene el gobierno que se merece, debiendo con todo observarse, en este particular, y para completa clarificación del asunto, que si es verdad que los primeros ministros, para bien o para mal, no son todos iguales, tampoco es menos verdad que los pueblos no son siempre lo mismo. En una palabra, tanto en un caso como en otro, depende. O es según, si se prefiere decirlo en dos palabras. Como se verá, cualquier observador, incluso uno no especialmente propenso a la imparcialidad de los juicios, no tendría la menor duda en reconocer que el gobierno supo estar a la altura de la gravedad de la situación. Todos recordaremos que en la alegría de aquellos primeros y deliciosos días de inmortalidad, al final tan breves, a que este pueblo inocentemente se entregó, una señora, viuda de poco tiempo, tuvo la ocurrencia de celebrar esa felicidad nueva colgando del florido balcón de su comedor, ese que daba a la calle principal, la bandera nacional. También recordaremos cómo el abanderamiento, en menos de cuarenta y ocho horas, como un reguero de pólvora, como una nueva epidemia, se extendió por todo el país. Pasados estos siete meses de continuas y mal sufridas desilusiones, pocas banderas habían sobrevivido, e, incluso ésas, reducidas a melancólicos harapos, con los colores comidos por el sol y deslucidos por la lluvia, además de lamentablemente descompuesta la arquitectura del emblema. Dando prueba de un admirable espíritu previsor, el gobierno, entre otras medidas de urgencia destinadas a suavizar los daños colaterales del inopinado regreso de la muerte, recuperó la bandera de la patria como indicativo de que allí, en aquel piso tercero izquierda, había un muerto a la espera. Así industriadas, las familias que habían sido heridas por la odiosa parca mandaron a la tienda a uno de los suyos para comprar el símbolo, lo colocaron en la ventana y, mientras apartaban las moscas de la cara del fallecido, se pusieron a esperar al médico que vendría a certificar el óbito. Reconózcase que la idea, además de eficaz, era de la más extrema elegancia. Los médicos de cada ciudad, villa, aldea o simple lugar, en coche, a bicicleta o a pie, sólo tenían que recorrer las calles con el ojo atento a la bandera, subir a la casa señalada y, habiendo comprobado la defunción a vista desarmada, sin ayuda de instrumentos, porque otros exámenes del cuerpo más profundos eran imposibles debido a la urgencia, dejaban un papel firmado con que tranquilizar a las funerarias acerca de la naturaleza específica de la materia prima, es decir, que si a esta enlutada casa venían en busca de liebre, no sería gato lo que se llevarían. Como ya se habrá percibido, la buena ocurrencia de utilizar la bandera nacional tiene una doble finalidad y una doble ventaja. Habiéndole servido de guía a los médicos, ahora iba a ser farol para los empaquetadores del difunto. En el caso de las ciudades mayores y sobre todo en la capital, metrópolis desproporcionada en relación al pequeño tamaño del país, la división del espacio urbano en cantones, para establecer las cuotas proporcionales de participación en la tarta, como con fino espíritu dijo el desafortunado presidente de la asociación de funerarias, facilitó enormemente la tarea de los portadores de carga humana en su carrera contra el tiempo. Otro efecto subsecuente de la bandera, no previsto, no esperado, pero que demostró hasta qué punto podemos estar equivocados cuando nos dedicamos a cultivar el escepticismo de tipo sistemático, fue el virtuoso gesto de unos cuantos ciudadanos respetuosos de las más arraigadas tradiciones de esmerada conducta social y que todavía usaban sombrero, de descubrirse al pasar ante las engalanadas ventanas, dejando en el aire la duda admirable de si lo hacían por el fallecido o por el símbolo vivo y sagrado de la patria.