El universo es una máquina de hacer dioses.
Henry Louis Bergson
¿Puedes atar los lazos de las Pléyades
o soltar las ataduras de Orion?
¿Harás salir la Corona a su tiempo
y guiarás a la Osa con sus cachorros?
¿Conoces las leyes de los cielos?
¿Puedes establecer su influencia en la Tierra?
Libro de Job (La teofanía)
Concédeme una lágrima
para poder pensar el mundo,
una gota de luna estremecida
que me abandone a su ternura,
que amenace mi piel
cuando la roce con su escarcha.
Soñaré con el mar
dondequiera que viaje,
con cada una de las aves
que aguardan a la muerte sin preguntas.
Soy la gata, viva y muerta.
Soy un centauro y mi rostro
espera inquieto
a la última luz
que se empapa en tus sombras.
Llegada ya la hora del silencio,
nos sostendrá la noche desolada,
la que cuenta secretos
por un mundo que de todo se olvida.
Concédeme un rincón
entre las cumbres de tu cuerpo
desde el que contemplar el curso de la vida,
la calle bajo mi ventana,
el despuntar del día,
su luz interrogante que me trata
como a un pobre ciego.
¿Se extingue el horizonte,
sus gotas de sal cubiertas de invierno?
¿Qué vendrá tras la lluvia?,
¿días enteros que jamás
recuerden sus mañanas?
Deja ya de ordenarle a la rosa
que se recline frente al hacha.
Observa los bordados
que la noche ha tejido en mi lecho.
Miro a lo lejos y mis ojos
son el redil oscuro
que un confín acoge esperando
verlos hundirse para siempre en la tierra.
Mis ojos desnudos
que el viento se llevaba
allende el amanecer con su canción
más delicada, al relente del cielo.
Silenciosa aliada de la Luna,
confieso que aguardo tu regreso
como un niño que espera
a sus recuerdos para
encerrarlos en un barril de oro,
y jugar con ellos al morir.
Yo también fui un guerrero.
Con mi locura y mi sonrisa
partí por la mitad
esta vida desdichada.
¿Qué dios vendió mis manos
a una tumba vacía en la batalla?
¿Qué honor de dios agreste
proclamó impunemente
que el mundo es mi final,
mi pequeña sentencia?
No, no sabría dónde herirte.
Me debato entre sueños
y cavo mi camino
a impulsos
que engendra en mis manes
el sucio mediodía.
Dos veces me abrasé
en un lugar donde la luz
posó sus dedos,
igual que un viejo que se viste
con instantes de vida, con cuidado.
Y vislumbré la bóveda celeste,
sus fauces en agraz
sobre estas soledades
que tú llamas «el resto de los días».
No, no sabría dónde herirte,
¿acaso soy la vida?
Azul fue mi país,
y se adentró en la noche,
soñando, ebrio de vino,
con madrugadas de esplendor
que se perdieron por tu boca.
En la arena de la vida
te encontré girando como un astro que
al espacio se entrega
porque piensa que todo es alegría.
– Y los aires temblaban
bajo el gozo del cielo y
te amé demorándome en
cada humilde caricia-.
Fui en busca de las altas
montañas que expían sus verdores
colina abajo,
mientras los ríos las circundan.
Habrá un tiempo después para nosotros,
cuando vuelvan las aves migradoras
y ensombrezcan los ángeles
la noble resistencia
de los arcos de piedra por las plazas.
Vendrá un tiempo,
en mitad del atardecer,
en que no me equivoque,
como gema que confía
en sus cuestiones personales,
que regala su hermosura
y le avisa a la noche que se haga
antes de que ella estalle
con gusto en su destino.
¿Dónde, dónde nos detendremos
el uno frente al otro,
como una realidad entre
dos distancias iguales?
Tal que en la oscuridad
el mar bogara hacia la tierra
envenenado por la luz desdeñosa
que la mañana enciende y
luego apaga sin piedad.
Azul fue mi país,
y se adentró en la noche.
He nacido para las cosas invisibles.
No me conocen las mañanas de estío.
He nacido carne
que se alivia en tinieblas y palabras,
que existe en el regazo de los siglos
porque la orla la muerte.
No temo a la desgracia,
a la existencia,
a mis sueños tan solos.
El tiempo viajará
como una tórtola distraída
que vuela en cada hueco
de este instante,
y yo te iré perdiendo suavemente,
igual que el Sol
le dicta sus colores a la aurora.
Fui tan pequeña que solía
mi corazón subir hasta tus labios.
De mí, venía la noche y
yo ponía los cielos con mis manos
– su crimen, su prodigio,
su frío, su belleza-
para tus pies desnudos
que la tierra no mira.
En vano mis riquezas,
mis miserias en vano.
Loca de soledad la luz del día.
Y, entonces, en tu cuerpo,
en tu cuerpo, sin tregua, sin cuidado.
Tengo las pruebas:
vivir no es asunto de dioses.
– Señor, yo existo -le dijo un hombre al universo.
– Sin embargo -replicó éste-,
tal hecho no me crea ninguna obligación.
Stephen Crane
Amé la juventud del mundo,
el color de los días de tormenta,
su fuego aniquilado
y sus amaneceres sucesivos,
los movimientos de los astros,
los collados que tiemblan de fertilidad,
las cumbres de los montes,
el resplandor y la inocencia.
¿Podré llevar conmigo
– no quiero otro equipaje-
la carne palpitante de mi cuerpo
donde el mundo existió
y en el que nada quede un día?,
¿las aves que incansables huyen
por el cielo, la lluvia,
la luz azul de la mañana?
(Norte del ecuador lunar)
Cuando el corazón carece de absoluto, ama.
De cara al misterio
de las piedras y al mar alborotado,
ama y puede albergar
al mundo en su ternura,
alentar la piedad
desde lo lejos,
y ceñir dulcemente
el silencio invernal
que viene de la Luna.
Tengo los labios entreabiertos
a sus copos de nieve,
ellos me alumbran
el camino.
Y el alba, con su fuerza,
me acaricia la boca.
Ellos se abrazan y se besan
para que ni un detalle
escape a su control.
Digamos que estos ritos
le sorprenden. Mirando
el mar tampoco nunca
llegará a saber nada.
Como hilos de oro sobre las mareas
hierve la realidad en torno suyo.
Hay que estar preparados,
dice. Cuando del rostro
ha desaparecido la última partícula
de esperanza, sonríe,
y observa el Sol de frente
y sin pestañear.
Su vida no es inútil,
empieza
debajo de los corredores.
Nunca había hecho nada parecido
a vivir, y no sabe.
La muchacha no vuelve
la vista atrás.
Esto es el futuro,
piensa ella.
La tarde pierde la paciencia y,
mientras dura el viaje,
la tristeza aprovecha la oportunidad.
Desea retirarse
viva, atrapar esa pureza,
soltar su carcajada,
y volver a ganar
altura con los brazos.
La vida es su
coraza. Apenas más humana
que un palacio de mármol,
la muchacha
siega el maíz del tiempo
con un impulso de cristal.
– Hay secretos enraizados
en cada ángulo de mi boca-.
Una bruma
de oro ha recubierto
la tierra yerma, ensimismada.
Sé que la oscuridad
también comete errores
que
aguardan a su tiempo
tras la puesta del Sol.
Soy la extranjera. Poco a poco
me acostumbro al color,
a los niños que sueñan
con sus ojos enormes
clavados en el rumbo
de esa estrella irreal
que nunca explica cómo
buscar sustento para el corazón.
Nacen los vientos desde el cielo
y me señalan el camino.
¿En qué lugar
de estas aguas profundas
encontrará reposo
mi mirada?
Cuando haya muerto,
¿podré yo amar?, ¿y a quién?
Voy caminando por el valle
de las mil lunas,
donde el crepúsculo
ha metido
al cielo de cabeza en los arroyos.
Con ellos va,
¡hay tanto cielo a la deriva
que se va!
Camino junto a los brotes, me apresuro
en burdeles que frecuentan los ángeles.
Soy una nube baja:
no rozaré jamás
las cumbres.
Ah, si vieras
cómo tiemblo,
sola junto a las azaleas del patio,
haciendo sortijas con la luz de los astros.
Hollar un trozo
del dulce paraíso
donde nada ha cambiado,
tampoco la belleza
de los bosques demándalo,
ni siquiera las nieves
de los muchos inviernos
ya pasados.
Estambres de antiguo fuego estelar,
cúmulos, supernovas,
gloriosos resplandores del pasado:
aunque muera por mí
la vida, aunque me atrapen
sus perfumes, mi gozo
nunca será más dulce,
pues todo cuanto puede
ser definido bien
es esta luz tan pura,
hendida allí donde comienza
la niebla de mi desengaño.
Por las rosas perdidas
que tejen en las ramas
su encanto solitario
sin saber qué es la vida.
Por la luz que se olvida
y es acaso un afán
de descifrar caminos
del tiempo que transcurre
en extraño silencio,
a solas con él mismo.
Como una flor, despierto
cada vez que la tarde
reposa sus colores
sobre el mundo.
¿Cómo será la eternidad que ahora
gana tiempo?
¿Cómo serán los años que no quedan?
La vida se entreabre,
sólo a mí me presagia
con las rosas perdidas
que tejen en las ramas
su encanto solitario
sin saber qué es la vida.
(Distancia: 44 años-luz. Dos soles)
Salí a mirar el cielo.
Mi hijita dormía.
– Duerme, mi niña,
que no te destape
el viento, ni la lluvia,
ni el aullido
de los lobos del bosque.
Duerme, mi vida, duerme-.
Le esparcía la tarde
sus estremecimientos
a la luz solitaria.
Se deshacían las nubes
sin piedad y sin miedo.
Ah,
pobre enebro que tiene
el corazón desnudo
y no sabe cuál
ha de ser su parte
del cielo. Ah, ¿qué será de mí?,
¿adonde irán mis sueños?,
¿y quién recogerá
lo que quede de ellos
cuando la nieve borre
mi rastro,
o el aire que desprenden
las alas de los pájaros,
cuando nadie, mi niña,
vigile ya el vaivén
de tu cuna, ni cuente
los ruidos de tu cuerpo?
De nuevo el mismo cielo,
pero en otro diciembre,
cielo desnudo y algo oscurecido,
tan solo, a simple vista.
Una lumbre ha nacido
de la Espada de Orion.
Leve espuma de un periplo sin retorno,
indicio de frialdad y firmamento.
Fue en un campo de Escocia.
Solía, a medianoche,
tumbarme boca arriba
sobre la hierba e ir
midiendo los ángulos de las estrellas
con cuentas que ensartaba
en hilo de coser.
El Cinturón de Andrómeda
bajo el arco del cielo
fue una cinta
con la que hice dos lazos:
astronomía y música.
Tiempo abajo. Por entre eternidades
cuyo horizonte humea como fuego
Georg Heym
Guardo dentro de mí
el resplandor del cosmos,
su azul de madrugada y su horizonte,
y acaso pueda detener la noche,
hacer una amapola con sus brumas.
O abrir un agujero
en el centro del cielo
para guardar el frío
que nace de la tierra.
Acaso pueda
lograr que el firmamento
descanse en la yema de mi dedo anular.
Todas las tardes de Junio se mueren
anocheciendo en el azur.
Unas horas después
llega la pobre madrugada,
confusa entre los rayos
de Luna que la corriente arrastra.
Alba que bordea los ríos
y escancia las nubes,
que arrecia el verdor de los paisajes,
acrisoladas gotas de sol, no, de ceniza:
la radiación perfecta de mi cuerpo
que tiembla al despertar.
(El sueño de Kepler)
Naves celestes adaptadas a los vientos del cielo,
navegando por el firmamento llenas
de exploradores que no temerán…
Johannes Kepler
Volaré siempre hacia el Sur,
mientras el viento
asciende como un himno hacia las nubes.
No haré caso a los pájaros,
hay lugar en sus ojos
para la perdición.
Sus espectros encienden las estrellas.
Espigas de coral
en el umbral remoto de la Tierra,
alfileres sucios
que la nieve abandona
a la penumbra de los tilos.
Lo que sobra de la inmensidad del espacio.
Alas y dientes.
El cuadro sin contornos
del paisaje nocturno
irrumpe en la perfecta
mansedumbre del mundo.
Luego llega el silencio
y me tapa los ojos,
como si transcurriera,
durando para siempre,
el desierto por ellos.
En los aleros del crepúsculo
he dejado tendidos
valor y lealtad,
pues lo he perdido todo,
como si alguna vez
hubiese sido mío.
La razón de mi vida
podría resumirse en
los nombres
de unos tipos de Quarks:
arriba,
abajo,
extraño,
encantado,
belleza y
verdad.
La vida nunca da
consejos y, aunque no
tengo prueba ninguna
de que sea mentira,
ella siempre se calla.
Su rigor insensato
contrario a la pureza
contiene bruscamente
al amor y trabaja
a sus órdenes.
Me
asombra que la vida
sea tan misteriosa
aún sabiendo que todo está perdido.
Mis sueños vagan
por prados tejidos de sigilo,
desnudos noche y día,
sin poder encontrar
el camino de vuelta
al hogar.
Pero mi cuerpo nunca
olvida que ha crecido
bajo estas nubes rotas,
entre bosques que usurpan los senderos
a la Tierra sembrada de rocío.
Soy valiente, y soy triste,
apenas un zarcillo de sol,
admiro el fondo del mar
y la paz de la noche,
me aferró a las copas de los árboles
que arrasa el viento,
viajo hasta la orilla
de la cúpula celeste.
Me lancé como un tigre
por los cielos vacíos,
me perdí en las distancias:
el tiempo no me importa
pues entiendo
el sueño eterno de su acopio de luz.
(Al sur de la nube de Sagitario)
Así, la belleza del mundo,
en él pintan las dunas
una infinitud de ausencias,
y un resplandor violeta
mantiene prisionero al horizonte.
Bastaría una grieta en mi mirada
para poder partir la Luna en dos,
pero
sale entera la Luna entre los huesos
contados del cielo de Septiembre.
La oscuridad se agolpa
como un mundo perdido
en aquello que existe.
Los años, largos y profundos,
se han marchado
a dormir sus temores
sobre el lecho de escombros
de alguna primavera. Y
la inmensidad es materia corriente,
como yo.
Hace años, nada me importaba,
ni las pálidas ruinas
de la luz o
sus estryaciones rojas,
la íntima pureza
de un Sol amurallado por su propio temblor
que no ha encontrado cielo
en que aliviarse.
Hoy, la aurora acaricia mi frente, me
trata como a un adversario,
tiene el poder y el deseo de
un señor feudal.
Lentamente me apaga
el corazón con sus dedos.
¿Qué me impide ser libre?
– Ser libre encierra
una cierta forma de traición-.
En la apacible mañana,
sangrienta de misterios,
he intentado vivir,
caminar sobre el cielo.
Van pasando las horas,
la brisa mueve suavemente las cortinas.
Soy una ardiente defensora del vacío.
La línea del horizonte
se ha enredado en silencio a mi lado,
es un lazo que me ato a la cintura.
Un azul derrotado mendiga su esplendor
por las vastas galerías del firmamento en brasas.
El día y la noche escancian
la inquietud del otoño
para ponerla con cuidado,
como gotas de lluvia que no es agua,
sobre el cristal de mis ventanas.
Es cierto, no soy libre y
yo no sé muchas cosas,
pero sé una gran cosa:
que las cosas
son lo que son
porque fueron
lo que fueron.
Viví en la encrucijada
del siglo XX al XXI,
y los años
como perros felices transcurrieron.
Amé la soledad que nunca tuve,
y esa enorme tristeza
que medita en las flores
y desgarra las brumas
con fulgor de tormenta
cuando llega el ocaso.
Decían: «Ha llegado
el tiempo de morir,
el fin se acerca», y era raro
poder llenar las llagas de la vida.
Oh, aquellos años encendidos
de pensamientos salvajes,
una plata convulsa
que llegaba hasta el mar
en compañía de bestias
y de secretos cantos de sirenas.
Oh, las aves silvestres y las tardes de Marzo
todavía no nacidas.
Un afán de inocencia
se hizo costumbre en mí,
mientras la noche
bordaba a punta de navaja
mi corazón roído
en un cielo de tierra.
(poesía)
Si el orden satisface a la razón,
el desorden hace las delicias de la imaginación.
Paul Claudel
Junto a mi voz está el vacío,
una escarcha
que espera su milagro de frialdad.
El alba brotando en la pared,
un dragón de cristal tras las cortinas,
el cesto con manzanas que saben a agonía,
y tu cuerpo que a veces es hermoso
si no recuerda nada.
– Te cambio lo vivido
por todo lo soñado-.
No te muevas. Lo inmóvil
es estático porque
no tiene realidad.
¿Qué prefieres?
¿El fragor de las lágrimas,
la cárcel que es el corazón, o fingir
que no puedes estar a mi lado?
Siempre hay tiempo para el amor y el vino,
para la infinitud que habla
un lenguaje de pájaros.
Hay que vivir allí donde
crece el azahar, al lado
de un mar que siempre se confunda
con el cielo.
– Tu cuerpo de alabastro hace una sombra
que no es suya, con las fauces abiertas-.
Parece que vivir fuese algo muy simple.
Hay rincones en ti
que se rompen después de las caricias,
y hoy el cielo está hirviendo
de colores azules
para que el aire claro del otoño
deje sitio a la lluvia.
¿Tienes pétalos de color escarlata,
te conmueves?
¿Te aproximas a la luz
con cada paso, como una mariposa
aturdida que se quema entre llamas
mientras piensa lo bello
que es el fuego frente a la oscuridad?
El horizonte es una línea de carne tibia
que nunca podré acariciar.
¿Sigues amándome, eres asunto mío?
Te has sumido en la paz de tu sueño,
¿has dejado las llaves puestas
para que yo pueda entrar?
– Sin emoción, no ocurriría nada
por lo que tú puedas preguntarme-.
He visto el humo que flotaba
bajo una multitud
de cometas azules.
El Cinturón de Orion
era un camino extraño hacia la intemperie.
Broté como una frágil luz
que el tiempo cinceló sobre los astros,
– Soy un lobo de invierno
que le gime a la Luna-.
Dos nubes de polvo iluminado
murmuran de vida. El aire anuncia
que pronto amanecerá, que el Sol hará pedazos
las irisaciones de la niebla en el jardín,
la apariencia de vida de todo lo que sueñas,
la luz de las estrellas que se exhibe
como un terror lejano.
¿Sigues buscando el camino hacia un cosmos
que se derrita gota a gota en tu silencio?
¿Sigues amándome mientras duermes?
La noche está tranquila, pero
¿a dónde se irá el cielo si aún
no ha aprendido a volar?
Todo ocurrió bajo el viento que pasa
esparciendo las risas de los niños
por el zarzal azul del cielo atardecido.
– Algo queda en mis ojos todavía
que es digno de los dioses-.
– Nunca tuve cuidado
de aquello que soñé-.
Yo, que fui una llama pura
en medio de esta larga soledad.
El ardor, la música y el ansia
están grabados
como luz ilusoria en el paisaje.
– Nunca llevé a mis sueños de la mano-.
El corazón de amanecer
de todo lo que he amado
florecerá como un espino,
volverá a soñar
que no ha nacido aún.
Yo fui la noche.
A solas con mi estrella
susurré que era dulce
beber el vino de noviembre
y mecerse a la sombra de los sauces,
tal vez morir tranquilamente
bajo un redondo firmamento
sin entender siquiera
que hay caminos también para las flores.
(Bucle de Cygnus)
Partiré junto a ti.
Mis daños son las flores
de un pequeño cerezo
que crece con el alba.
Le lanzaré flechas, si declina,
a la tarde.
Pagaré los tributos de los ríos
con mil piedras preciosas
arrojadas al agua.
No volveré a mi tierra,
a la estancia de jade
de la noche.
Vendrá la lluvia de puntillas.
Iniciarán su vuelo
las aves que devora
esa ardiente melancolía
que estremece a los vivos.
Interpretaré
los sueños de los tigres
que gozan en la hierba.
Atizaré la hoguera de los astros
con mis dedos
de sándalo.
Mientras talo el dolor
del árbol de mi cuerpo,
rama a rama,
yo partiré contigo.
Sin armas, sin escudo,
sin otro ejército
que mi afligido corazón,
ribazo del estanque
de una tristeza sin regreso.
Has llegado a mi casa
ordenando las quejas
de la noche.
– Besos como pequeños corazones
se cayeron al suelo
sin cuidado-.
«¿Cuánto pesan los astros?»,
preguntaste,
«¿y las horas del día?
¿Saben quién somos los milenios?
¿Hay praderas de espacio
que se tienden tranquilas
detrás del mirador?»
Oh, ven, ven de nuevo,
escucha los murmullos
de amanecer, haz vino
con las sombras de la estancia.
Que la luz sea una estela de seda para
que tú la toques,
que nunca diga basta.
Desde que tú llegaste
la primavera ha derrochado
toda su gloria floreciendo
por dentro de mi boca,
– nunca mira hacia atrás,
y es libre,
tiene abiertas las manos-.
Componen infinitos
las grandiosas llanuras
de un espacio que crece
claro desde el invierno.
He nacido del Sol.
Semilla de piedad,
me gastaré beso a beso.
Soy
un confite de amor
perdido
en las moradas de piedra desdeñosa
y vacío
que labran la galaxia.
Inquilina de un sueño
adolescente, me abandono
como ciertos paseantes solitarios
que conocen la altura
con que los tiraniza el cielo.
Y la Luna, una lezna es-
– telar de fuego negro
manchando de universo mi tejado.
Estos son mis suspiros,
los que emprenden el vuelo
hacia aposentos
donde mueren los pájaros. Son
lágrimas de primavera, y
vuelan como gorriones moribundos que
descosen las nubes a su paso. El
cielo me ha concedido
la luz triste de la Luna, la noche
que cae cual lluvia sucia en
los cañaverales. Queda un
poco de vino, lo bebo entre
jazmines. Ya el cosmos
entona su canción azul
de los atardeceres, pero
el viento, que anda suelto,
arrebata mis lágrimas, las
prende de los árboles.
Muero mirando un sol,
muero mirando al suelo,
como los girasoles.
Oh, noche que has tallado
arroyos de luz
en la frialdad de las estrellas.
Los mirlos son residuos
del invierno,
que arde como un juguete
en tu silencio.
Oh, noche,
mientras me hundo en tus brazos,
desanuda el dolor
que como hilos de aliento
me ha cosido la boca.
– La vigilia transcurre dulcemente,
juega con la ternura cristalina
del aljófar celeste:
se detiene
en las riberas de oro
donde la luz se apaga-.
Qué dulce el presagio de los años.
Buscando el eterno misterio de la vida,
mis pasos nublan la calma del otoño.
Soy una tierra abandonada
que destila
su corazón de sal cautiva
en la pútrea frescura de los días.
Broto entre las viñas,
mientras la Luna roja pace
por el jardín helado.
Vamos hacia el brezal celeste
de otro tiempo.
– Ya las tardes son tristes como heridas-.
Peregrinan las aves,
se van hacia la noche.
Hacia la noche, sin cesar,
la que nunca termina.
Se han desprendido
azores de río y cereales negros
del tejado de luz
que es la mañana. Un rastrojo de
cielo puro vibra a mi alrededor
y dice:
«oh, vagabundo,
cierra los ojos y escucha la
dulce sinfonía de las esferas».
Despierto igual que un ángel
que le canta al ocaso
con labios enmohecidos
por su silvestre soledad.
Regalo de esos ángeles
que pasean a caballo
por las constelaciones,
vago entre el invierno y
devoro mil dulzuras
que dejan de existir si sopla el viento,
que irrumpen lentamente en medio de la vida
y extravían, al tocarla,
la luz negra del mundo.
– Esquirlas de cielo tibio
hacen burla en la risa
de nuestra Luna quieta-.
– A través de los aires,
la barca cristalina de una estrella
desnuda las ramas de plata
del anochecer-.
En un portal
hecho de luz de luna,
cobijé a mi amor.
¡Mi pobre choza!
La destrozó el frío
una mañana malva.
¿Quién pintará
de nieve
mi nido roto?
¿Quién barrerá
las hojas secas
que ni se quiso
llevar el viento?
¿Quién recogerá
mi pena
como gotas de vino
que se derraman?
En un claro de luna
volví a levantar
una casa nueva.
– Junto al río
miro el agua
que corre
en ascuas-.
En mis sueños
amar era lo mismo
que sembrar en el desierto,
con un sable desenvainado,
el durazno de mi corazón.
– Me iré al despuntar el alba
en mi barca dorada
que boga hacia el olvido-…
Ya no es primavera
y contemplo
la Luna errante del verano,
cuya canción de miel y de distancias
rocía el aire de lirios de plata
mientras se oxida
la guillotina verde
de la tarde en flor.
Hora crepuscular
que va de boca en boca
cavando su tristeza mineral
por todas las esquinas.
Hora callada:
despídete de todo afán
pues nada se extingue
mejor
que el gozo de la luz
de las estrellas.
Recuerdo la frontera
que burlaban las aves,
el libro de mi vida
y su altiva silueta
que acarició la nieve
con espinas de cielo.
Apenas sin propósito,
amé a tientas un mundo
soñándolo detrás de las cortinas.
Fui la reina absoluta
de los días lluviosos
que enterré bajo cumbres
de un dolor que dormía.
Y hoy, ¿quién estará conmigo
perfumando con rosas
el peso de mi pena?
¿Dónde iré tan sola en la hermosa mañana?
¿A quién le importa
que a la "noche serena
le crezcan sucias hierbas de luz?
(Nebulosa de la Lira, estrella agonizante)
Polvo de oro y diamantes ha llovido
del corazón de alguna vieja estrella,
y he librado batalla contra la quimera
de un universo sólido, pequeño,
desprovisto de sorpresas y de amor.
Bajo este manto de nieve celeste,
lloro como una niña que no sabe crecer.
Murmura el agua entre los juncos:
«Es ley común que la belleza
se apague en nuestras manos
como si fuera tierra yerma
que pende de un trozo de cielo
por el hilo de angustia de la aurora,
pues
sólo la muerte comprende a la materia».
– Que tus ojos me circunden
como el aire.
Que se extingan las sombras
al paso de mi soledad.
Que las puertas del Sol
colmen mis noches
podridas con luz de amaneceres.
Que los astros perdidos
duerman en el silencio
de sus sueños celestes.
Que los que mueren tiemblen
como ramas sombrías
que el viento errante arropa
con sus manos salvajes-.
Flota la niebla, y la tormenta
se yergue en las paredes
del vacío.
La tarde se ha enfriado.
Junto a la luz dispersa
que cae de los tejados,
la ciudad se detiene.
Organizo los huesos
de mi corazón, crezco
en un mundo de letargos,
de estrellas que fluyen
a la dulzura de una nada
radiante de colores.
Despertaré, quizás, un día
y arrojaré jadeos de fuego,
en porciones pequeñas
como estas palabras.
He sido cuerpo,
rara aleación de mente y de tristeza,
y cuando el Sol estival haya quebrado
en dos el cielo, enterrando en mi pelo
capullos de luz devoradora
donde la eternidad ya ha transcurrido,
él y yo
seremos cuerpos que jamás se toquen
en la cárcel breve
del deseo.
Ni siquiera los dioses
pueden olvidarlo todo.
Una tierra desguarnecida
ha brotado del mar,
pues el otoño nunca hace
nada sin preguntárselo a los cielos.
Amo el océano y, en la alborada,
temo por sus islas. Respiro
orgullosa el aguijón de luz
de los cometas.
Seré alegre, me digo,
y dulce igual que el ruego
de un héroe cautivo.
– Yo no sé qué medidas
contiene la existencia-.
Como cirros de ocaso
se esfuman los minutos:
en tiempos de penuria
en mitad de la noche
crece el día.
Un frío desierto
se ha recogido entre las hojas
de los helechos silenciosos.
A su lado,
canta mi aflicción dulcemente.
Enhebro la mitad del día ^
en el verde oscuro
de los aires
que el poniente traiciona.
– Hay mieses que crecen delicadas
en el fondo marino de las nubes-.
¿Dónde me llevó el cierzo?
¿Dónde iré a dormir,
qué azul rocío
me mecerá en sus brazos?
¿Acaso habré abierto
mi alcoba a la penumbra?
– El alma es una lira ennegrecida
que sangra inconsolable por dentro de las cosas-.
Mi corazón tiene la fuerza
con que se bate el mundo
por los barrancos florecidos
de una mañana de verano.
– ¿Vendrás de nuevo
con el olor a lecho
de un animal hermoso?-
Recibo de rodillas al deseo.
¿Cuánto valdrá,
si nunca está dormido?
Le pido de una vez
que me lleve en sus brazos,
como un cuenco de rosas
que a nadie le de miedo.
Acaricio
las ruinas tibias de la tarde.
Astillas de sol oscuro,
temblor, susurros, voluntad.
Urdiré los secretos
que han de dar nombre
a todas las estrellas.
Son mis dedos
Golondrinas
que el azul ensortija
entre el cielo y los campos.
(Cúmulo Omega Centauri)
Hay una miel nocturna que
ata al aire y lo engaña,
recompone
tramas de luz muy dulces.
El pensamiento es la misión
donde agota la vida
sus fuerzas.
Y el mar es el espejo
en que la Luna
descubre sorprendida
sus colores de tiza
solitaria.
(Beta Centauri, estrella gigante azul)
Y cada copo de luz
es una queja suave
de los astros que pasan.
Río abajo se deja
caer el cielo sobre
el agua. Igual que tierra,
la luz forma meandros
en la tarde sin flores.
Una fuerza celeste
acecha los placeres
terrenales que el amor
exhala. Nubes en el
abismo de mi pecho
con tiempo se preparan.
En el bosque, una golondrina
ha prendido su vuelo
de las hebras de piedra
de la Luna,
mientras arde la noche
y se deshace el Sol
hacia lo lejos. Ha encontrado
un lecho de amor en medio
del tumulto de vida sofocante
que brota de la tierra.
El pajarillo
llora sus lágrimas
de cristal inhumano
en la tibieza embelesada
del estanque,
en el agua.
Quién sabe, ¿se entregará
ese halo de sol, al cabo,
como un gusano
que le cuelgue del pico?
No sueñes con otros mundos.
John Milton
De mí prefiero la parte
que me asoma de los ojos, ese
dulce trabajo mío de otear más allá
entre
la púrpura ligera de las bardas
que deshilan mi cuerpo, lazo a lazo,
de carcomas de luz.
Tanto mirar y he visto apenas
un espacio ancho
que le roba a la muerte
las riendas de los sueños
que se inventan el tiempo día a día
porque
cada minuto es un añico
de vida que el otoño
implora ante la primavera.
Un recuerdo del mar
pone su humedad gris en las montañas,
esplendor de una vela
que dibuja en las cimas
el color de las nubes
sobre la piedra florecida.
¿Y si se ausenta el cielo
y deja solos a los astros?
¿Y si soy sólo un pececillo
que sueña que un día fue
una muchacha
triste?
(de rock)
Diste a la mar monosílaba
azul turquí para el agua,
le diste verde al paisaje
y barniz a mis miradas.
A las estrellas lejanas,
alcoholetas de ginebra,
damas de puerto malayo,
les diste rock pa' las penas
de amor por profundidades
submarinas, marineras.
¡Las estrellitas enfermas
de altura, frío y cavernas
estelares!…, agujeros
como tus ojos en vela
que metiste en un sombrero
engolfándote en sus telas.
Nada existe excepto átomos y espacio vacío.
Todo lo demás son opiniones.
Demócrito de Abdera
No es difícil construir un cielo,
siempre que se elijan los versos adecuados.
En el redil de los recuerdos
las bestias de la noche están atentas
al ritmo de mi llanto.
Los muros que sostienen
el cielo que soñamos
hoy son huesos plantados
al apuntar el día.
Ningún mal puede sobrevivir
a un invierno perpetuo.
La Tierra
vive cara a cara
de un cielo cubierto por sí mismo.
Lanza sus abrojos,
como pequeños amores
que pronto se consumen de deseo.
Encerrada entre espinas,
¿qué será de la rosa a medianoche?
Los mochuelos murmuran de desdicha,
ellos saben que a veces
estallan los secretos de la rosa
– su salvaje agonía y su blancura-
en el jardín de invierno
donde habita mi voz.
No se pierde la rosa en el parterre,
la tierra la amenaza
con sus piedras enormes,
le dice que la aurora es un desgarro
por el que el tiempo crece.
Yo me aparto del mundo y
así la miro abrirse entre tallos:
una tierna locura que dibuja
figuras en la luz.
Tan hermosa como la muerte
de un poeta que, al fin, se ha vuelto loco,
la tormenta de nieve
cae sobre nosotros:
un silencio del cielo
que nos conduce a casa.
Enramada en el blanco de la tierra,
yo me dormiré bajo los árboles
que rutilan de frío.
El valle se oscurece,
un anciano suspira,
con el paso cansado, hacia la aldea.
La tumba del amor
yace entre tempestades
bajo la tarde sin caminos,
y una alondra solloza,
está cautiva en medio del furor
del firmamento.
Hasta que llegue la mañana,
sentiré que todo es posible,
incluso la alegría
que el rocío arrastra por
las huertas, con cadenas de hielo.
No saben detenerse los amantes,
hablarle al rostro mudo del futuro:
¿Qué hacemos aquí, oh tiempo que te marchas
igual que un dios
que olvida sus placeres terrenales?
Tiempo contado en gotas de ámbar.
El verano nos tenderá
sus alfombras de olvido.
íntima y tormentosa,
la noche sabrá todo de nosotros,
contará las estrellas una a una,
y en voz baja llorará tanta luz pura
a los pies de mi cama.
El brillo de los cielos
retará la mirada de la Tierra,
y alguna vez seré libre:
sin pasión, sin camino,
sin azules praderas que me esperen,
sin la arrogante leyenda del mar
irrumpiendo en mi casa.
Inconsolablemente libre,
viajaré por lugares
que apenas necesiten
del aire o el pensamiento
para saberse ciertos
como ojos de perro.
El océano, tranquilo,
acogerá la niebla
de un mundo impetuoso
que no nos pertenece.
Llegaré cuando el viento
aniquile al invierno con "su acero,
cuando el atardecer,
armado de cuchillos,
prometa acariciarme lentamente
mientras aúlla que
no pueden detenerse los amantes,
corazones que tiemblan
más deprisa que el agua.
Quizás muera mañana:
mi carne fugitiva
en la luz de tus labios.
Desnuda como el mundo,
haré mis pactos con la claridad y
tal vez todos mis sentidos de
amor se mueran,
sembrados por los campos eternos.
de un tiempo consumado.
Y, entonces, una luna de gorriones
jugará la partida,
y el cielo no sabrá
soñar de nuevo con sus pájaros.
Y si todo muriese,
¿qué haré para saber que no amé en vano?
Arrancaré tu corazón, y luego
volveré a colocarlo
en tu pecho, de manera
que sus latidos se acompasen
a los míos, con dulzor.
Yo haré que la tarde persiga a la noche,
no me importa de dónde
haya venido toda la oscuridad,
ella conoce mi mal, mis palabras,
mi cuarto, mi memoria,
brasas que al sol resisten,
lenguas de jade que a las sombras
persiguen,
de promesa en promesa.
Jazmín aniquilado en sus amores,
mi gozo es tu materia,
y si todo muriese
crece libre en mitad
del azul de los cielos,
vete lejos, que yo
te miraré partir
en secreto silencio,
pues si todo muriese
habrá de ser más bello
en el último día.