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La última y la más poderosa razón porque los señores de la ciudad iban al molino del tío Lucas era… que los clérigos como los seglares podían contemplar allí una de las obras más bellas, graciosas y admirables de Dios. Esta obra… se llamaba “la señá[4] Frasquita”.

Empiezo por responderos de que la señá Frasquita, esposa del tío Lucas, era una mujer de bien, y lo sabían todos los visitantes del molino. Digo más: ninguno de ellos la miraba con ojos de hombre ni con intenciones amorosas. La admiraban y la cortejaban en ocasiones, eso sí, pero siempre delante de su marido, por supuesto. Todos acababan por decir al regresar del molino obsequiados de uvas o de nueces que era buena mujer, un ángel, una niña de cuatro años.



La niña de cuatro años, esto es, la señá Frasquita, se acercaba a los treinta. Tenía más de dos varas[5] de estatura, era recia o quizás más gruesa todavía de lo correspondiente a su distinguida talla. Parecía una matrona romana… y eso que no había tenido hijos. Pero lo más notable en ella era la movilidad, la ligereza y gracia de su respetable cuerpo. Su rostro era más movible todavía. Lo avivaban cinco hoyuelos: dos en una mejilla, otro en otra; otro, muy pequeño, cerca de la comisura izquierda de sus rientes labios, y el último, muy grande, en medio de su redonda barba. Imaginad, además, los picarescos gestos, los graciosos guiños y las bonitas posturas de cabeza y ya tendréis la idea de aquella cara llena de hermosura y brillante de salud y alegría.

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