Durante el viaje los dos amigos hablaron en castellano. Habían sentado a Chaplin entre ambos.
– Tendrá que hablarle rápido, compañero -dijo Marlowe-; aunque no lo parezca, esto es un secuestro y en California se puede ir a la cárcel para toda la vida por eso.
– No es un secuestro -replico Soriano-; lo invitamos a tomar un café y luego podrá irse.
– ¿Y si después hace la denuncia?
– Podemos probar que no hubo violencia -respondió el argentino.
– ¿Ah, sí? -preguntó Marlowe con tono burlón-. ¿Qué dirá usted cuando declaren los tipos que nos vieron armados? ¿O cuando Jane Fonda diga que lo escucho hablar de secuestro?
– Pare, compañero -Soriano cambió el tono de voz, que se hizo inseguro-. ¡Lo dice en serio?
– Claro. No estoy jugando.
– Ustedes son criminales. ¿Adónde me llevan? -pregunto Chaplin.
El chofer negro manejaba con calma. Pasó por Bel Air, subió por una suave colina rodeada de árboles y enfiló hacia el Norte. Chaplin golpeó el vidrio. El negro miró por el espejo, dio vuelta la cabeza y abrió la ventanilla de separación.
– Dígame -habló mecánicamente.
– Estos hombres me han secuestrado -dijo él actor con voz temblorosa-; haga algo. Soy Charles Chaplin.
– ¿Si? -el chofer parecía divertido-. Yo soy Luther King y predico en los ratos libres.
Soriano, que había entendido, lanzó una carcajada. Marlowe golpeó el hombro de Chaplin con el puño y dijo en inglés:
– Oiga, Chaplin, el whisky era muy fuerte allí, ¿eh?
El chofer rió.
– Hoy es el día de los locos -dijo-; por la tarde lleve a un tipo que dijo ser Frank Sinatra. Será mejor que me vaya a dormir pronto. Mi mujer se enoja si le voy con estos cuentos. Ella trabaja en una fabrica de salchichas y no ve…
– ¡Esto es cierto! -gritó Chaplin-. ¡Cuidado!
La sonrisa se borró de la cara del negro. Un DeSoto azul se cruzó delante del taxi y frenó bruscamente. El negro giró el volante de un golpe y apretó los frenos, pero no pudo evitar el choque con el guardabarros del otro auto. Tres hombres habían saltado al camino. Las ametralladoras con las que apuntaban tenían un metro de largo y los tambores parecían ruedas de carro. Corrieron hacia el taxi.
– ¡Abajo! ¡Vamos! -gritó un matón flaco, alto, que tenía cara de faquir.
Marlowe había sacado la pistola y Soriano buscaba su revolver en el bolsillo derecho del pantalón. No lo halló; estaba en el izquierdo.
– No tire -dijo Marlowe-; no se haga el loco.
– ¿Esperan una invitación por correo? -dijo otro hombre de cara cuadrada y ojos pequeños.
Bajaron con las manos en alto. El faquir les quitó las armas. Chaplin permanecía en el auto. Temblaba y sentía frío. El tercer hombre, que tenía un enorme bigote amarillo, descuidado y manchado de nicotina, se acercó al auto, pateó la puerta que estaba entreabierta y metió el caño de la ametralladora por el hueco.
– Vamos, abuelo -grazno-, sin hacer chistes.
Chaplin lo miró. Su rostro pasó del temor al enojo.
– Están equivocados -dijo con voz dura-, esto puede costarles caro.
El hombre estiró el cuerpo, puso una mano gigante alrededor del cuello del actor y tiró hacia afuera. Chaplin salió despedido como una sardina. Cayó en cuatro patas sobre el césped húmedo. Dos autos pasaron por la ruta. Uno tenía el escape abierto. Un relámpago interrumpió la oscuridad por un instante. El bosque comenzaba a tres metros de la banquina. Era tupido y sombrío. El tipo con cara de faquir retrocedió hacia el follaje hasta desaparecer entre las sombras. Desde allí apuntaba en dirección al grupo.
– ¿Qué pasa? -dijo Marlowe-. ¿Quién los manda?
– ¡Callate, hijo de puta! -gritó el bigotudo con voz aflautada-. Llévalo al coche -agregó, dirigiéndose al de la cara cuadrada. Este tomó de un brazo a Chaplin, que se había puesto de pie, y lo empujó hasta el DeSoto. Al volante había un hombre pequeño, casi enano, que tenía la cabeza como la pirámide de Keops en cuyo vértice álguien había olvidado una gorra de jockey. Era jorobado. Cuando Chaplin entró al asiento trasero, encontró la boca de una escopeta sobre su frente.
– Disculpe -el jorobado abrió la boca como un tacho de basura-. Tengo mala puntería. Los dedos me tiemblan.
El de la cara cuadrada se sentó junto al actor. Dejó la ametralladora en el piso. El tambor golpeó a Chaplin en un pie. Con las manos libres, el hombre sacó una petaca de whisky del bolsillo trasero del pantalón. La abrió con los dientes y se mando un trago que dejó la botella por la mitad. El jorobado lo miró, reclamó el whisky. Inclinó la pirámide hacia atrás y la llenó de alcohol. Afuera sonó un balazo. El chofer del taxi había disparado un 32 largo y se quedó mirando su obra como si hubiera cazado un elefante. Asomaba la cabeza negra por la ventanilla y sonreía mostrando unos dientes blancos y anchos.
El bigotudo sintió el golpe en el pecho. El metro de ametralladora se le resbaló de las manos mientras hacia un ocho con las piernas. A Soriano se le ocurrió que estaba borracho y bailaba un tango. Lo miró sin bajar las manos. El tipo se puso pálido y cayó hacia adelante en brazos de Marlowe, que trató de tomar el arma. La sangre ensució las manos del detective y la ametralladora casi se le escurrió entre los dedos. Se fue al suelo junto al muerto. Desde la sombra del bosque salió un fuego azul y el cristal del taxi estalló. El negro no gritó, pero alcanzó a abrir la puerta y cayó de costado sobre el asfalto. Soriano hizo cuerpo a tierra. Marlowe no había apuntado todavía la ametralladora, pero apretó el gatillo y disparó en dirección al bosque. El faquir había desaparecido. Una lluvia de hojas molidas como papel picado cayó sobre el camino. El cara cuadrada saltó del auto y se ocultó tras un guardabarros. Desde el volante del De Soto, el jorobado apuntó la escopeta hacia Marlowe que seguía en el suelo. El disparo fue un trueno encerrado que ensordeció a Chaplin.
Marlowe se arrastró hacia la cola del taxi. Estaba apenas a seis metros del De Soto. No quiso disparar para no herir a Chaplin. Soriano siguió apretado contra el piso y no se movió. El cara cuadrada disparó con una pistola automática. La ametralladora había quedado en el piso del auto, sobre los pies de Chaplin. Dos balas picaron cerca de Soriano, que estaba tan asustado como una liebre. Detrás del taxi, Marlowe apuntó hacia el guardabarros del De Soto y lo roció de plomo. Hubo un silencio. Los pájaros gritaron desde el bosque.
– ¡Raje cuando lo cubra! -dijo Marlowe y disparó otra vez.
Soriano se arrastró hasta llegar junto a él.
– ¡La puta! -dijo-. ¿En que nos metimos?
Marlowe no contestó. Desde el De Soto salió otra perdigonada de escopeta. El detective sintió un calor en el brazo derecho y perdió el arma que cayo al suelo. Se tomó el brazo y lo apretó.
– Me dieron -dijo en voz baja-; agarre la ametralladora y haga ruido de vez en cuando.
Soriano la levantó. Pesaba más que una máquina de escribir. Apoyo el caño sobre el baúl del taxi. Desde el bosque salió una ráfaga que duró medio minuto. Cuando terminó, Marlowe asomó la cabeza.
– El hijo de puta está bien escondido. No lo vamos a sacar ni con una granada.
Soriano apretó el gatillo y el culatazo lo hizo trastabillar. Cayeron más hojas molidas.
– ¡Salgan! -gritó el cara cuadrada.
Hubo un silencio.
– Si salimos no vamos a dormir en casa esta noche -dijo Marlowe-. Haga ruido.
El argentino tiró hacia el De Soto, cuidando de apuntar lejos de la cabina. Algunas balas rebotaron y golpearon en el capo del taxi. El olor era penetrante. Soriano estornudó.
– ¡Qué le pasa? -pregunto Marlowe-. ¿Se resfrió?
– No -respondió Soriano-; tengo alergia por el olor de la pólvora.
– ¡No sean boludos, salgan! -gritó el jorobado.
Como no hubo respuesta, tiró otra vez. Estaban destrozando el taxi.
– ¡Mire! -alerto Marlowe y señaló el bosque. El faquir corría agachado entre los árboles para tomar de espaldas al detective y a su compañero. Soriano lo vio una vez y nada más. Apuntó dos metros delante de la silueta y tiró. Algunas balas picaron en la tierra, otras en los árboles. Se escuchó un grito. Luego otro. El faquir salió del bosque como si alguien hubiera tocado timbre. Tropezó. Iba a caer hacia adelante, pero Soriano disparó otra vez durante veinte segundos. El impacto levantó al hombre en el aire y lo arrojó de espaldas.
– ¡Lo cagué! -gritó el argentino. Miró a Marlowe. El De Soto donde estaba Chaplin se puso en marcha, arrancó de culata y luego salió a gran velocidad. El cara cuadrada intentó abrir una puerta del auto a la carrera, pero resbaló y cayó sobre el pavimento.
– ¡Allá! -señalo Marlowe.
Soriano tiró, pero el hombre alcanzó a refugiarse en una alcantarilla.
– Tranquilo -dijo Marlowe-, déjelo ir.
Soriano bajó la ametralladora. Fue hacia el bosque y se paró ante el cuerpo del faquir. El muerto tenía cara de sorpresa. Soriano se inclinó y lo miró. Los ojos estaban abiertos y no se les veía el color a causa de la oscuridad.
– No lo toque -dijo Marlowe-; podría dejarle las huellas.
Se agachó y con cuidado recuperó las armas que el faquir les había quitado.
La noche se había vuelto repentinamente más negra y unas gotas de lluvia empezaban a caer. Soriano se puso a llorar. El detective pasó su brazo sano sobre los hombros del gordo. Había tres hombres muertos y dos que empezaban a sentir la lluvia. Con voz queda, entrecortada, Soriano dijo:
– ¡Le curo la herida, detective? -respiró hondo-. Esta noche me siento mal.
Marlowe tenía el rostro duro y las arrugas le asomaban como cicatrices. Un mechón de pelo gris le tapaba parte de la cara. Miró a su amigo.
– No -dijo-, es un rasguño. ¿Qué le parece si damos un paseo?
– Me gusta la lluvia -balbuceó Soriano, y las lágrimas le entraron en la boca-. Es fresca… me hace recordar…
– Ya me lo contó -dijo Marlowe y sacó un cigarrillo-. Vamos.
Caminaban por la banquina, en dirección contraria al sentido del tránsito. Cada tanto pasaba un auto a gran velocidad y el ruido tardaba en perderse entre los cerros. La noche era cálida y la luna había desaparecido, tapada por las nubes negras. La lluvia caía suave pero densa. Los dos hombres se habían levantado los cuellos de sus sacos. Soriano miraba las borrosas montañas que se perdían entre la oscuridad y las nubes. Marlowe tenía el pelo bañado y lo apartaba cuando caía sobre su cara. A Soriano, el agua se le deslizaba fácilmente sobre el escaso pelo y le empapaba la camisa. En la mano derecha llevaba la ametralladora apuntando hacia el suelo. El detective había puesto la mano izquierda en el bolsillo y la otra sobre el pecho, como Napoleón. El saco estaba roto en la manga derecha. De sus labios colgaba un cigarrillo apagado. Habían dejado atrás el taxi y a tres muertos. Nadie se detenía a curiosear.
– ¿Se la lleva de recuerdo? -preguntó Marlowe, y miró la ametralladora.
– ¿Qué? -Soriano caminaba ensimismado, con los ojos fijos en el horizonte. Siguió la mirada del detective y comprendió.- Ah, si… No se que hacer con ella. ¿La dejo?
– Tírela en el bosque, pero antes limpie las huellas con el pañuelo.
– ¿Y las que dejamos en el taxi?
– En un taxi viajan cientos de personas por día- dijo Marlowe, con voz dura-. La policía no investiga tanto aquí.
– Tiene razón.
Soriano sacó un pañuelo arrugado y lo paso por toda el arma, como si la estuviera lustrando. Marlowe observaba curioso.
– En el bosque -repitió.
Soriano corrió hasta el bosque, entró un par de metros y tiró la ametralladora entre un pastizal. Antes de guardar el pañuelo se lo pasó por la cara, lo escurrió y se lo puso en el bolsillo del pantalón. Encendió un cigarrillo y tiró el fósforo entre los yuyos.
– Podrían acusarnos de quemar bosques -dijo, secamente.
Marlowe no contestó.
Llegaron a un camino secundario, de tierra, que estaba convertido en un lodazal. Se arremangaron los pantalones y empezaron a caminar por el. Tres horas más tarde la lluvia seguía cayendo. Estaban empapados, pero seguían adelante. La marcha se hacia difícil. Subían y bajaban por ondulaciones suaves. La noche era tan negra que no veían el camino y tropezaban constantemente. Hacia dos horas que no pronunciaban una palabra. Se quedaron sin cigarrillos. Soriano había juntado las colillas en un bolsillo, pero las guardaba para mas adelante. Ignoraban adonde llevaba el camino. Cada tanto un relámpago iluminaba el cielo y Soriano aprovechaba para mirar alrededor. Luego esperaba ansioso otro golpe de luz. Marlowe iba con la mirada fija, pero no parecía pensar. Tenían hambre, pero eso era lo último que el argentino había dicho dos horas atrás. El único sonido era un suave picoteo de la lluvia sobre la tierra y algún trueno. El camino se internaba en el bosque. Soriano creyó ver fuego a lo lejos. Un relámpago disolvió la imagen.
– Hippies -dijo Marlowe, en voz baja.
Soriano miró a su compañero, sacó dos colillas del bolsillo y las encendió. Le pasó una al detective.
– ¿Nos darán bola? -preguntó.
– No sé-respondió Marlowe-, supongo que si. Tendrán café.
Se escuchaba el rasguido de una guitarra. No había voces, pero si una melodía suave. Marlowe miró su reloj. Eran las cinco de la mañana. Cruzaron el campo y se aproximaron al lugar donde veían el fuego. La guitarra cesó. Se acercaron al grupo. Cuatro muchachos y dos chicas rodeaban un fuego vivo donde hervía una cafetera golpeada y sucia de tizne. Uno de los jóvenes sostenía la guitarra. Los recién llegados se pararon frente a ellos. Una docena de ojos los escrutaron sin violencia, sin amor, sin nada. Los hippies estaban sucios, barbudos, abrigados con ponchos indios unos, con sacos rotos los otros. Uno era negro. Las dos muchachas, rubias; una parecía delgada y frágil y la otra una estrella de cine desteñida y rebelde.
– ¿Hay café? -preguntó Marlowe.
Alguien sacó la cafetera del fuego y sirvió en un par de latas de conserva sin manija. Marlowe y Soriano se sentaron y bebieron rápidamente un café que era fuerte. Se sacaron los zapatos y arrimaron los pies embarrados al fuego. Una lona cubría parte de la reunión, aunque entre los árboles no penetraban sino algunas gotas. A medida que la tierra se secaba, Marlowe y Soriano la arrancaban de sus piernas con una rama.
– Quítense los pantalones -dijo el negro, que estaba tendido de espaldas y acariciaba el cabello de una joven flaca.
Se los sacaron y los arrimaron al fuego. Marlowe se quitó el saco. La joven desteñida lo miró. Buscó un trozo de camisa y limpió el brazo herido del detective con agua caliente. Luego lo vendó con fuerza. Uno de los muchachos abrió un paquete de Marlboro. Fumaron todos menos uno, que había empezado a tocar otra vez la guitarra. Los recién llegados se sintieron bien. Soriano pensó que era la primera vez que alguien les tendía la mano sin preguntar nada. Se recostaron en el pasto. Estaban cansados y tenían sueño. Alguien les puso un par de galletas duras y sin gusto al alcance de las manos. Comieron acostados.
Soriano sintió que una mano pasaba sobre su cabeza. Levantó la vista y vio a la chica flaca que lo tocaba sin mirarlo. Sonrió y se durmió lentamente. El detective miraba a su compañero y a la rubia. La pistola le molestaba y la dejó en el suelo. Tenía frío y se puso el saco. Cerró los ojos. Soñó algo que luego no recordaría. Empezó a amanecer fuera del bosque. Un ruido despertó a Marlowe, que instintivamente tomó el arma. A dos metros, Soriano y la muchacha flaca estaban abrazados. Se habían quitado la ropa y hacían un ruido leve, inútilmente furtivo. El negro estaba tirado contra un árbol y armaba un cigarrillo. Miraba el bosque. Por fin, cruzó sus ojos con los del detective. Marlowe cerró otra vez los párpados. Sonrió, pero en el estómago tenía un peso extraño. Se levantó. El negro le pasó el cigarrillo. El detective aspiró un par de pitadas y lo devolvió. Fumaron en silencio; miraban el fuego. Marlowe sintió que ni las piernas ni los brazos le respondían. Vio al negro con alas de murciélago. Percibió una caída en la tensión de los músculos y vagamente pensó en morir. Se tocó la cara. Un paisaje vasto y desolado lo absorbía. Sus ojos asomaban en medio de ese desierto y no podían ver sino al negro con alas de murciélago. Marlowe se sintió inmóvil, duro, salvaje, terrible, pero inútil. Soriano se acercó a él. Lo vio caído sobre la tierra, en calzoncillos, aunque con el saco puesto.
– Hola, amigo -dijo el detective, con voz pastosa-. Todavía estoy vivo.
Por la mañana se levantó un viento frío y seco que parecía surgir de los pasos de las montañas. Se filtraba entre los árboles del bosque y traía olor a barro.
Todos se despertaron alternativamente y se refugiaron tras los troncos más gruesos. Pasado el mediodía, la joven flaca se levantó, encendió el fuego y preparó café para todos. Los fue despertando de a uno, en silencio. El viento silbaba entre las ramas, pero casi no llegaba a molestarlos en el lugar en que estaban. Marlowe se incorporó lentamente, estiró sus músculos y los sintió débiles. Las piernas no le respondieron como él hubiera querido. Pidió un cigarrillo y se aproximó al fuego. El negro se acercó y le devolvió la pistola. Se quedó mirando los ojos del detective. Le sostuvo la mirada durante varios segundos y luego tomó café a grandes sorbos. Soriano tenía sueño y estaba cansado. Le dolían las piernas y la espalda por la caminata y por haber dormido en el suelo. Sonrió y dijo a Marlowe, en castellano:
– Me parece mentira, pero no soñé nada. Ni siquiera tuve pesadillas. Creo que no entiendo lo que pasó.
El detective lo miró. Sus ojos parecían enterrados en un abismo negro.
– Se cargo a un tipo. Tiene que irse.
– ¿Irme? -Soriano se puso serio y un estremecimiento lo recorrió. Agregó:- Rajar, ¿eso quiere decir?
Marlowe tomó un sorbo de café y pito el cigarrillo. Dos hippies se internaron en el bosque y los otros estaban en silencio. Parecía que no habían hablado jamás.
– ¿Cree que esto se arregla durmiendo tranquilo? -dijo Marlowe.
– No creo nada. Lamento haberlo metido en un lío.
– No me metió en nada. Los dos estábamos en un apuro y usted lo arregló de la mejor manera. La vida es así.
– ¿La vida? Su vida, detective. Es la primera vez que yo disparo un tiro. Eso era común para usted en una época. Entonces andaba con plata en el bolsillo, ¿no?
Marlowe no contestó. Al rato agregó, en voz baja:
– Lo haré salir hacia México. Todavía tengo amigos que pueden arreglar estas cosas.
– ¿Y usted?
– Yo, ¿qué?
– ¿Qué hará?
– No sé. Es posible que no se descubra nada.
– Entonces yo tampoco me rajo. Me iré a fin de semana con mi pasaje.
– Boludo, ¿eh? -dijo Marlowe.
– Solo que me quedo con usted.
– Mire, amigo -Marlowe se enojó-, si ese viejo carcamán no aparece tendremos a toda la policía encima. Además, alguien tiene que darle de comer al gato.
Soriano dejó la lata con la que había tornado café. Dijo:
– Adelgace como cinco kilos desde que estoy acá. El gato puede esperar. Terminemos la discusión.
– Muy bien. Entonces podemos pasar unas vacaciones en Bay City. Allá hay gente que no se conmueve por el sol y pasa semanas en un sótano.
– ¿Y como vamos a llegar?
Marlowe miró al joven que la noche anterior había tocado la guitarra. Se puso en cuclillas junto a él.
– ¿Pasa alguien por ese camino? -señaló la ruta de tierra por la que habían llegado. El hippie frunció la trompa.
– Casi nunca. -Suavizó la voz y señalo una montaña a un kilómetro.- Si cruzan ese cerro encontrarán la vía del tren. Pasa despacio y se puede saltar. ¿Están rajando?
– No. -El detective se puso de pie.- Mamá esta enferma y queremos llegar pronto.
El hippie levantó la vista.
– ¿Por qué tan agresivo? Le hice una pregunta y si no le gustó no debió contestarme.
Marlowe se detuvo.
– Estoy viejo, ¿sabe? He pasado la vida preguntando y me olvidé de cómo se responde.
El muchacho lo miró. Marlowe caminó hasta donde estaba Soriano.
– Prepárese -dijo-, tomaremos el tren.
– Aja. -Soriano sonrió.- ¿Ya sacó los boletos?
– La boletería está detrás de aquel cerro. Mejor nos apuramos.
Esperaron el regreso de todos los jóvenes. Uno de ellos les dio un atado de cigarrillos. Se tendieron las manos y Marlowe agradeció sin una sonrisa. A las dos de la tarde cruzaron el camino y entraron en pleno campo. Los pastos estaban todavía mojados y el viento seguía rugiendo. El cerro parecía cercano y la cumbre tendría unos doscientos metros. A las cuatro comenzaron a ascender. La ladera no era muy escarpada, pero las piedras dificultaban el paso. Varias veces se sentaron a descansar. El viento les hacía entrecerrar los ojos. Caminaron el resto de la tarde. A las ocho de la noche vieron los rieles. Fueron hasta la parte más cercana de la curva y se sentaron a fumar. No hablaron. A las nueve y treinta y cinco divisaron la luz del tren.
– Esté listo -advirtió Marlowe-, vamos a saltar sobre el techo. Después veremos.
Esperaron de pie. La locomotora disminuyó la marcha, pero no tanto como el detective esperaba.
– ¡Tírese de panza sobre la punta del vagón! -gritó el detective.
Soriano dijo que sí. Saltaron. Llevaban las armas en las manos para no perderlas. Al golpear sobre el techo del vagón, a Soriano se le escapó un tiro. Marlowe avanzó agachado y saltó al coche donde estaba su compañero. El tren tomó velocidad otra vez. Se tiraron sobre el techo. El viento era una furia helada.
Estirados, muy juntos, con las manos se aferraban al borde del coche. Era un vagón de pasajeros, brillante en los costados y mugriento en la superficie exterior del techo. El viento zumbaba sobre sus cabezas y producía un ruido ensordecedor. Miraban el horizonte negro. Alguna luz aparecía como una instancia curiosa y los distraía hasta que el tren la dejaba atrás. A veces se miraban las caras. En ellas no había otra expresión que la del esfuerzo por mantenerse adheridos a la superficie para no ser arrancados por el viento. Cuando el tren se detuvo en la estación de un pueblo pequeño, bajaron sobre los topes que separaban los coches.
– No doy más -dijo Soriano-, estoy acalambrado.
– Entremos -replicó Marlowe.
Saltaron a tierra y subieron al tren. Se encerraron en un baño, se alisaron las ropas y el pelo con las manos y salieron al pasillo. Pasaron a un vagón y se sentaron. Frente a ellos, un matrimonio que aparentaba sesenta años tediosos viajaba en silencio. La mujer tenía el pelo teñido de gris y el hombre miraba con dureza tras unos diminutos lentes. Marlowe sacó el atado de cigarrillos y le pasó uno a su compañero.
– ¿Adónde vamos? -preguntó Soriano.
– No sé -respondió Marlowe-, tal vez a Las Vegas.
– Eso esta lejos de Bay City,
– Muy lejos.
La mujer del asiento próximo los miraba, divertida. Habló en castellano:
– Perdón, señores: ¿por casualidad ustedes son argentinos?
– Él, señora -respondió el detective, con una sonrisa fría-, yo no tengo el honor.
– ¿Ah! ¡El señor! -gritó la mujer, mientras se tomaba la cara con ambas manos-. ¡Argentino! ¡Yo soy cordobesa!
Soriano la miró. En ese momento lo último que hubiera querido encontrar era a un argentino.
– ¡Mi marido es porteño! -lo señaló con un dedo.
Dos argentinos. Soriano se puso muy serio. Parecía un perro sorprendido mientras robaba la carne al dueño.
– Que bien -dijo desganado-, que casualidad.
– ¿Usted de donde es? -pregunto el hombre, con desconfianza.
– De Buenos Aires -dijo Soriano-, no soy porteño, pero vivo allá.
– ¡Que maravilla! -aulló la mujer-. ¿Se está divirtiendo?
– Mucho, señora -terció Marlowe-, los argentinos son muy divertidos. Más aún si están juntos. Los dejo charlar, mientras tomo una copa en el bar.
Se levantó. Soriano lo miró con horror. El detective saludó y se fue por el pasillo.
– ¿Qué le pasó a su amigo en el brazo? Parecía herido -preguntó el hombre.
– Nada -respondió Soriano.
– Sin embargo -insistió el porteño-, estaba lastimado.
Miraba con gesto desconfiado. Sus ojos eran pequeños y fríos. Acercó su rostro al de Soriano en actitud cómplice.
– ¿Es yanqui? -hizo un guiño.
– Sí, muy buen tipo.
– Se la dieron -agregó el hombre, solemne-. Tenía sangre en el saco.
Soriano levantó la vista. Estaba en guardia.
– No. Se lastimó en el pueblo, en una doma.
– ¿En una doma?
– Sí.
– ¿Con el saco puesto? -el hombre levantó las cejas.
– Los yanquis son muy raros. Quiso frenar el caballo y se enganchó. Nos divertimos mucho.
– Claro -dijo el hombre.
Hubo un silencio prolongado. La mujer lo quebró.
– Tiene los pies muy sucios de barro -indicó el pantalón y los zapatos de Soriano.
– Estuvo lloviendo -dijo el periodista y sonrió.
Los otros seguían serios.
– ¿Cuánto hace que anda por acá? -dijo ella.
– Dos semanas, más o menos -respondió Soriano.
– ¿Qué hace? -preguntó el porteño.
– Paseo.
– Aja -asintió el hombre-. ¿Son artistas?
– No. -Soriano se puso nervioso.- No, yo soy periodista y mi amigo… él es domador.
– Aja -repitió el viejo; luego bajo la voz-. Vi su show por la televisión.
Soriano se quedó frío.
– ¿Qué show? -preguntó por fin.
– El de los Oscars. Las peleas. Buen programa.
Fuera de lo común. Los diarios dicen que fue improvisado.
– ¡Ah, si! -sonrió-. Fue improvisado. Una sorpresa. Hay que innovar.
– Claro -dijo el hombre-. Lastima lo de Carlitos Chaplin. ¿También fue improvisado?
Soriano se puso tenso. Miro al hombre.
– ¿Por qué? -preguntó.
– Ustedes se lo llevaron. Los vio todo el mundo.
– Era parte del show -replicó Soriano, arrastrando la voz.
– ¿Si? -el porteño se puso de pie-. Los diarios dicen que la policía los anda buscando.
Puso su cuerpo frente al de Soriano, cerrándole el paso. Gritó:
– ¡Policía! -luego repitió el grito en inglés.
– ¡Viejo alcahuete! -dijo Soriano, y se levantó de un salto-. ¡Argentino, hijo de puta!
Dio un empellón al hombre y salió al pasillo. La gente se puso de pie.
– ¡Al ladrón! -gritó una gorda que nunca había tenido expresión en su cara.
Soriano corrió. Un par de hombres saltaron al pasillo e intentaron detenerlo; de un tirón se deshizo de ellos. Un muchacho con uniforme de soldado le dio un empellón y lo tiró sobre una pareja joven. Estaba rodeado. Tenía el rostro desencajado. Sacó su revolver del bolsillo del pantalón.
– ¡Quietos! -gritó.
El soldado quedó paralizado. Soriano se levantó. Apuntó a la cabeza de una vieja y la empujó. Alguien lo tomó de atrás y le hizo un torniquete con el brazo. El soldado le saltó encima y le quitó el arma. Un hombre grande como un álamo le pegó en la cara. Soriano cayó al suelo. La gente empezó a darle patadas. Un policía de rostro anguloso apareció en la puerta. Soriano gritaba de dolor y la gente de rabia, de miedo. El policía apartó a los agresores. Gritó más fuerte que ellos, con esa voz que tienen los perros callejeros. Los zamarreó y logró silencio por un momento.
– ¡Es el tipo de la televisión! -gritó en inglés el viejo argentino-. ¡El secuestrador!
– ¡Tenía un revolver! -bramó otro hombre y entregó el arma al policía.
– A ver, amigo -dijo el agente-, levántese y explique.
Soriano se puso de pie.
– No hablo inglés -dijo en inglés.
– ¿Ah, no? -el policía gruñó-. Entonces venga conmigo.
Lo empujó a través del vagón. La gente sonreía. El porteño aplaudió. La mano del guardia era una tenaza en torno del brazo del argentino. Cruzaron varios vagones en dirección a la sala del guarda. Al pasar por el bar, Soriano vio a Marlowe sentado a una mesa, solo; había terminado de tomar un whisky. No se saludaron. El policía empujó a Soriano dentro del escritorio del guarda.
– Bueno -dijo-, a cantar.
Marlowe pagó y se levantó. Pidió permiso a la gente que se había amontonado contra la puerta que el guarda trataba de cerrar desde su escritorio. Alcanzó a ver como su compañero era empujado contra una silla. La puerta se cerró. El detective encendió un cigarrillo. Sintió que pisaba un pie y se disculpó con una sonrisa fría. Buscó en un bolsillo del saco. En su mano izquierda apareció la pistola. Abrió la puerta y la cerró tras de si. Levantó el arma.
– Sin moverse, agente -dijo, sereno.
Soriano se puso de pie. Metió la mano en la chaqueta del policía y recuperó su revolver. Apuntó al guarda.
– Levanten las manos y pónganse contra la pared -dijo Marlowe, y echo llave a la puerta.
Luego se acercó y quitó el revolver de la cartuchera del policía.
– Estamos en un lío serio -dijo, dirigiéndose a Soriano-. Somos famosos.
Soriano lo miró sin contestar. El detective se acercó al policía y le pegó con la pistola en la cabeza. Soriano iba a hacer lo mismo con el guarda, pero el detective lo detuvo.
– Déjeme a mi -hablaba lentamente-, usted tiene la mano muy pesada.
Golpeó al empleado del tren. Los dos hombres quedaron tendidos en el piso. Marlowe se sentó sobre el escritorio.
– Creo que es jaque mate.
– ¿Nos entregamos? -preguntó el argentino.
– No. A menos que usted quiera ir a la cárcel por el resto de su vida.
– ¿Qué hacemos, entonces? -A Soriano le temblaba la voz.
– Correr. -Marlowe inclinó la cabeza hacia abajo, pero siguió mirando a su amigo.
– ¿Hasta donde? -preguntó Soriano.
– No sé. -El detective habló con voz baja, cansada.- Hay que correr.
Soriano puso su cabeza entre las manos.
– ¿Qué hicimos? Limpié a un tipo que quiso secuestrar a Chaplin, no pueden matarnos por eso.
El tren empezó a detener su marcha. Marlowe se puso de pie, levantó la ventanilla e hizo un gesto. El tren frenó con un resoplido y dio un brinco hacia atrás. EL detective pasó una pierna por la ventanilla. Se detuvo sólo un instante.
– La carrera empieza. ¡Suerte, Soriano!
Saltó a las vías. Muy cerca se veían las luces de un pueblo dormido. El argentino cayó de pie junto al detective. Estaban frente a frente. Soriano se acercó y estrechó a su compañero en un abrazo que duró dos segundos.
– Gracias por todo -dijo. Marlowe le dio con un puño en el antebrazo. Su sonrisa era amarga.
– La historia la hace Chaplin, Soriano. Nosotros estamos solos y el guión nos perjudica.
Un tren pasó a toda marcha y apagó la voz.
– Si -dijo Soriano-, es un guión de mierda.
Empezaron a correr.
Eran dos manchas en la oscuridad, recortadas contra locomotoras negras y sucias, contra los apagados colores de las máquinas eléctricas y sus vagones. Avanzaban entre los rieles y trataban de no meter los pies en alguna trampa entre los durmientes. El viento había calmado. Dejaron la estación atrás y salieron a una calle desierta. Las casas eran bajas y parecían tristes. Caminaron hasta un depósito de Coca Cola y sandwiches. Soriano se detuvo. Sin decir nada metió el caño del revolver bajo la tapa, junto a la cerradura y la hizo saltar. Sacó un par de botellas y las abrió golpeando el borde de la tapa contra el filo de una chapa. Luego rompió una caja de sandwiches. Tomaron varios. Soriano volcó la tapa del kiosco otra vez y siguieron caminando. Comieron lentamente y luego encendieron cigarrillos. Doblaron por una calle lateral. A través de cuatro cuadras probaron las puertas de todos los coches estacionados. Por fin, la de un Ford azul abrió. Marlowe indicó a su compañero que subiera y levantó el capo. Sacó una moneda, la metió en el distribuidor, cambió un cable de lugar y arrancó. Atravesaron el pueblo. Eran las dos de la madrugada. Hallaron la ruta y un cartel señalizador. Marlowe puso el coche en dirección a Los Ángeles y aceleró a fondo. Soriano se había quedado quieto, recostado contra la puerta. Tenía la mirada perdida en la ruta y apartaba los ojos cada vez que las luces de otro coche lo encandilaban. Miró a Marlowe. Estaba deprimido. Esa sensación lo llenaba de angustia y le advertía su soledad. Sintió rabia contra ese hombre que manejaba el auto. Nunca habían hablado demasiado uno del otro. Pensó en sus días tranquilos en Buenos Aires, pensó también en ese enemigo final, tan obvio como parapetado, en cuyo corazón estaban huyendo para sobrevivir. Le pareció absurdo. Ahora, con la policía detrás, se sentía deprimido, aunque no temeroso. ¿Quién era ese hombre que manejaba el auto? Viejo, aniquilado, despreciativo, brutal a veces, era de todas maneras el único compañero que había conseguido, su único contacto con el mundo. Soriano había matado a un hombre y aceptaba esto como un hecho inevitable. Le costaba entender que la policía los persiguiera para mandarlos a la cárcel, pero también le parecía increíble que en el futuro pudiera volver a sentarse ante una máquina de escribir.
Cuando entraron en Los Ángeles, la ciudad estaba tan muerta como Pompeya. En Washington Street abandonaron el coche y luego de caminar dos cuadras tomaron un taxi. Marlowe le indicó que fuera por Yucca Avenue. Cuando pasó frente a su casa, miró atentamente y ordenó al chofer que diera una vuelta a la manzana. Bajaron a dos cuadras de distancia y caminaron por la vereda opuesta a la de la casa. El detective decidió que no estaba vigilada.
– La policía está llena de estúpidos -dijo.
Entraron.
Al abrir la puerta, un silencio frío sacudió a Marlowe. Movió las llaves de la luz, pero las lámparas no se encendieron. El detective gruñó y recordó que no habían pagado la cuenta a la compañía de electricidad. Encendió un fósforo y fue hasta la cocina. La llama casi le quemó los dedos. Encendió otro y luego un tercero y del armario sacó una vela chorreada a la que le quedaba poca vida. La prendió. Una luz lánguida llenó la habitación de sombras extrañas. Los objetos aparecían y desaparecían como si fueran una ilusión. El detective puso la vela sobre la mesa del living.
– ¿Se baña usted primero? -preguntó.
– Como quiera -dijo Soriano, que se había volcado sobre un sillón.
El detective fue hasta la pequeña cocina y a tientas encendió el calefón. Volvió al living y rompió por la mitad lo que quedaba de la vela. Encendió el segundo pedazo y lo tendió a Soriano. El argentino se levantó arrastrando el cuerpo y fue al baño. Abrió la ducha, se quitó la ropa y entró en la bañadera. Dejó que el agua le corriera por el cuerpo y se quedó inmóvil largo rato. Diez minutos más tarde pensó que se estaba demorando. No escuchaba a Marlowe y supuso que se había dormido. Se secó, se vistió y salió del baño sosteniendo la vela que había pegado sobre la tapa de un frasco de desodorante. La luz pálida y fija de la otra vela aparecía como una mancha amarilla por la puerta del dormitorio. Soriano entró a la habitación y vio a su compañero que estaba sentado y tenía la cara entre las manos. La vela estaba en el suelo, como si alguien la hubiera abandonado. El argentino levantó su luz y sintió que el silencio de su amigo era una carga muy pesada para esa casa oscura, que la tragedia lo había abrazado por fin y para siempre desde ese cuerpo pequeño, suave, ahora rígido, que el detective había dejado caer sobre sus piernas. La cabeza del gato colgaba fuera de las rodillas de Marlowe y los ojos estaban abiertos, aunque no tenían color. La cola era como el contrapeso de un barrilete abandonado.
Soriano miró a su compañero un largo rato y advirtió que se diluía en la penumbra. Estaba muy quieto. Nada se movía en ese lugar. Por fin, el argentino se acercó y tocó al animal con la punta de los dedos. Luego apretó un hombro de Marlowe y se retiró del dormitorio. En los dedos llevaba todavía una sensación de hielo.
Sacó una botella de whisky y sirvió dos vasos. Dejó uno sobre la mesa y tomó el otro de un trago. Marlowe apareció en el living y encendió un cigarrillo. No había temblor en sus manos. Bebió el whisky, dejó el vaso y se llevó la vela al baño. Estuvo una hora bajo la ducha. Cuando salió, la luz entraba por las ventanas. Se había peinado, vestido y afeitado. Fue hasta la habitación de servicio, tomó una pala, la llevó al jardín y cavó un pozo de medio metro. Por la calle pasaban los camiones de los proveedores. Regresó al dormitorio y envolvió al gato en una camisa. Soriano lo seguía de cerca. Marlowe depositó el cuerpo en el hoyo, con cuidado. Sacó la pistola de un bolsillo y la puso encima del gato.
– Basta de muertes -murmuró.
Empezó a cerrar la tumba.
La claridad se colaba por las rejillas de las ventanas. Los dos hombres se habían dormido: Soriano sobre el diván y Marlowe en un sillón viejo que en uno de sus brazos tenía dos manchas de café. La luz se hizo más brillante cuando el sol dio en las ventanas. El detective se despertó dos veces, sacudido por las pesadillas. Cuando se dormía otra vez, el hilo de las historias se reiniciaba en el lugar exacto en que lo había interrumpido al despertarse, como si fuera el siguiente capítulo de una novela barata. Cuando se despertaba, apenas por unos segundos, Marlowe sentía la nariz seca y la boca pastosa, pero no lograba vencer la somnolencia para levantarse a tomar un vaso de agua. Al mediodía, el detective despertó repentinamente porque creyó que algo había saltado sobre sus piernas. No había nada. Sintió, en cambio, que un calambre empezaba a contraerle los músculos y estiró la pierna rápidamente. Cerró otra vez los ojos porque la luz que se filtraba por los postigos era demasiado fuerte para él. Con las manos palpó la ropa hasta encontrar los cigarrillos. Le quedaba uno y lo encendió. Soriano roncaba pausadamente y tenía los brazos cruzados, como si esperara algo. Marlowe se levantó y sintió que le dolían la espalda, las piernas y la cabeza. Se lavó la cara. Encendió la cocina, llenó una cafetera hasta el borde, la puso en el fuego y esperó con los ojos fijos en la llama. Cuando el café estuvo listo sirvió dos tazas grandes y dejó una en la mesa, frente al argentino. Luego se acercó y lo sacudió de un brazo. Soriano abrió los ojos de a poco y miró a su compañero.
– ¿Ya vinieron?
– Todavía no.
El periodista se levantó y fue hasta el baño. Orinó largamente, se lavo la cara y se miró al espejo. La barba le había crecido demasiado y las ojeras eran profundas. Volvió al living y tomo el café. Se sintió más despejado. Buscó un par de hojas de papel y escribió una carta breve, casi ilegible. La dobló, la puso en un sobre y anotó una dirección.
– ¿No hay estampillas?
Marlowe negó con la cabeza.
– Que pague el destinatario -dijo.
Soriano salió a la calle. El sol había calentado el pavimento. Camino hasta la segunda esquina y halló un buzón. Echó la carta. Compró dos atados de cigarrillos, encendió uno y camino de regreso, lentamente. Se detuvo en un kiosco de diarios y revistas. Miró las tapas de los folletines pornográficos. Una muchacha negra le preguntó que iba a llevar. Contestó "nada" en inglés y sonrió. Caminó cinco metros y regresó al kiosco. Compró un diario de la mañana. En la primera página aparecía una foto de Chaplin que sonreía luego de "la dramática, increíble aventura". Quiso leer pero no entendió. Tiró el diario en la calle. Llegó a la casa y antes de entrar miró los yuyos verdes, tan altos que ya alcanzaban las ventanas. El trozo de tierra removida estaría pronto cubierto por el pasto. Entró.
Marlowe estaba quieto, con la mirada fija en algún punto de la pared.
– Lo lograron -dijo Soriano sin expresión.
Marlowe no contestó. El argentino le alcanzó el paquete de cigarrillos. El detective lo abrió y con la colilla que tenía entre sus dedos encendió otro.
– ¿Juega al ajedrez?
– Bueno.
El detective se puso de pie, buscó el tablero y sacó las piezas de una caja de cartón. Faltaba el rey blanco. Busco en el escritorio. Encontró una bala 45 y la paró en el casillero de su rey.
– Apuesto a que le doy mate antes de que lleguen -dijo Marlowe con una sonrisa.
– Tal vez no vengan.
– Es posible. Juega usted.
– No. No tengo ganas.
– Está bien. ¿Qué le parece si me cuenta la historia de Laurel y Hardy?
– ¿Todavía le interesa?
– Si. Cuénteme lo que sepa. ¿Donde reunió los datos?
– En las bibliotecas, en los archivos.
– ¿Usted cree lo que dicen los libros?
– Antes creía. Ahora no sé. Es fácil escribir.
– Vivieron en esta ciudad. Aquí hay mucha gente que sabe de ellos. ¿Toma otro café?
– Bueno.
– Dígame, Soriano: ¿por qué se le dio por meterse con el gordo y el flaco?
– Los quiero mucho.
– ¿No tenía otra cosa que hacer? Durante los días que estuvimos juntos me pregunté quien es usted, que busca aquí.
– ¿Lo averiguó?
– No, pero me gustaría saberlo.