– Si quiere mujeres no tiene más remedio que atendernos. Lo sabe muy bien. -El comentario de doña Empera no necesitaba mayores explicaciones.

Colocaron el acumulador y llenaron el tanque de combustible. Después de varios intentos, el motor se puso en marcha.

– Hay que regularlo. Así no va a ir muy lejos -comentó el Gaviero.

El viejo estuvo de acuerdo y empezaron a trabajar bajo un sol de justicia. Cuando consiguieron poner el motor a tiempo, Maqroll se dio cuenta de que la hélice no estaba balanceada. Tampoco así era posible partir río abajo ni controlar la embarcación en los trayectos en donde el agua estaba muy baja. Tomasito dijo que tenía una hélice de repuesto, pero también estaba en casa de doña Empera. Fueron por ella. Cuando lograron colocarla, se había venido la noche encima con la rapidez con la que llega en los trópicos. El Gaviero partió a casa de doña Empera para reunir sus pocas pertenencias. Al acercarse, oyó voces en la cocina y, por el tono, se dio cuenta de que se trataba de algo grave. Al entrar vio a un muchacho sentado en un asiento de esterilla, con los ojos desorbitados y temblando como con un ataque de malaria. Tenía la camisa manchada de sangre, al igual que los brazos y las rodillas. Doña Empera, sentada en su silla, tenía la cara vuelta hacia el muchacho. Una palidez marmórea le había detenido el rostro en una expresión de pavor como sólo los ciegos pueden tener en las tinieblas de su impotencia. El Gaviero preguntó qué sucedía. La ciega sólo pudo pronunciar algunas palabras con dificultad:

– Es Nachito, primo de Amparo María. Allá arriba… en el monte… todos. Habla, hijo, cuéntale al señor. Aquí no te va a pasar nada. Dile… -Era evidente que el pobre no conseguía pronunciar una frase completa. La ciega le contó a Maqroll que, por lo que había entendido a medias, el muchacho traía muy malas noticias. Un poco más serena por la presencia del Gaviero, consiguió, al rato, tranquilizar un poco al niño hasta que su llanto fue apenas perceptible. Las lágrimas le escurrían por las mejillas e iban a caer en la camisa destiñendo la sangre ya seca.

El relato del chico duró casi una hora. Volvía sobre ciertos detalles y, de pronto, temblaba de nuevo y se le cortaba la voz. Don Aníbal y su gente habían sido sorprendidos en medio del bosque. Gente emboscada, al parecer con fusiles automáticos de los usados por los contrabandistas, les disparó una ráfaga tras otra hasta que todos quedaron tendidos en medio de la sangre. Después de las primeras ráfagas aún se escuchaban gritos de mujeres y de niños que seguían con vida. Una última descarga, más cerrada que las anteriores, los silenció para siempre. Nacho se había abrazado al cuerpo de su padre, que cayó entre los primeros con el pecho destrozado. El terror paralizó al muchacho que permaneció allí varias horas inmóvil y en silencio. La agonía de su padre había sido muy corta. Sintió unos pasos apresurados perderse en lo más espeso del monte y unas voces entrecortadas y lejanas de las que nada logró entender. Horas después huyó, presa del pánico, por una brecha que solía llevarlo a La Plata. Había esperado toda la tarde en las afueras del pueblo, porque no se atrevió a llegar de día en el estado en que estaba. Ya de noche, se resolvió a tocar en casa de doña Empera a la que conocía muy bien por haber llevado y traído recados para ella.

Cuando el muchacho terminó su historia, el Gaviero lo hizo sentar a su lado. Le acarició los cabellos sin conseguir decirle una palabra. Sentía una piedad abrumadora que se concentraba en el cuerpo flacucho y endeble del chico y que iba extendiéndose, paulatinamente y con mayor dolor, a toda su gente segada con la crueldad fría y gratuita de la que sólo es capaz nuestra especie. Rostros, palabras, gestos, risas, mínimas historias familiares de los habitantes del llano de los Álvarez, se agolparon en su memoria. La bestialidad de esa masacre sin objeto le era imposible de entender, de aceptar. El dolor que esto le producía llegó, en su intensidad, a ser físico. Pasó a su cuerpo como una punzada creciente que lo derrumbaba. La ciega se llevó a Nacho para cambiarle de ropa y lavar la sangre seca que tenía por todo el cuerpo. Lo acostó junto a ella, en una pequeña hamaca en donde solía dormir el chico cuando le sorprendía la noche en La Plata.

Durante varias horas trató Maqroll de tomar una decisión. Era impensable partir en esas circunstancias. Esperaría hasta la mañana siguiente, cuando doña Empera se hubiera repuesto un poco. De nuevo giraban a su alrededor las presencias amigas de la gente sacrificada en el monte: Amparo María y su aire de maja de Goya, su amor sin dueño ni salida; don Aníbal Álvarez, hidalgo en sus tierras, leal y justo con sus amigos, fatalista y resignado como el caballero del Verde Gabán; el Zuro, inteligente, fiel, arisco e independiente y de recursos inagotables en el páramo. Y tantos otros rostros sin nombre, de gente hospitalaria y amable: masacrados, todos, por manos anónimas cuya costumbre de matar se había convertido en la única razón de existir. Chacales dementes, listos a recibir órdenes de quienes mueven allá arriba los hilos de una codicia implacable. Allí, tendido, Maqroll supo que su desesperación iría en aumento. Prefirió llevar la silla al balcón y quedarse mirando correr el río indiferente a la milenaria torpeza de los hombres, a su desventurada vocación de sacrificio. El silencio era perturbado, de pronto, por el chillido de algún ave desviada de su ruta, o el sonido del agua girando en los remolinos de la corriente. Sólo las estrellas trataban de penetrar en vano la espesa tiniebla del paisaje. La luna se había ocultado hacía mucho rato. Algo pesaroso y fúnebre flotaba en el ambiente. O, tal vez, el ánimo del Gaviero trasladaba al nocturno escenario el sabor de muerte y destrucción que se anudaba en su garganta. Antes de que aparecieran las primeras luces del alba, regresó a la cama para tratar de dormir un poco. Le esperaba el primer tramo de navegación río abajo, sembrado de peligros y riesgos encubiertos e imprevisibles.

Dormía profundamente, cuando un estruendo de motores pasó con furia desbocada por encima del techo de la casa. Quedó sentado en el jergón, presa de un pánico súbito. Logró sobreponerse y corrió al balcón para ver de qué se trataba. En ese instante acuatizaban, uno tras otro, dos hidroaviones Catalina pintados de color gris, con las insignias de la Infantería de Marina en las alas. En el desembarcadero estaban amarradas dos grandes barcazas del mismo cuerpo, de las que descendían, en fila ordenada y silenciosa, infantes de marina con uniforme gris de campaña y casco del mismo color. Los oficiales controlaban el descenso de la tropa e impartían órdenes en voces breves y tajantes. Los aviones amarraron al lado de las barcazas. Al abrir las portezuelas, descendieron oficiales de diferentes servicios: médicos con el uniforme de sanidad, capitanes de intendencia con portafolios y máquinas de escribir portátiles, hombres de la Inteligencia Militar, inconfundibles en su traje de civil consistente en guayabera blanca y pantalones beige claro. Al instante supo el Gaviero que su plan de partir esa mañana se iba a pique. Sin embargo, resolvió intentarlo. Reunió algunas pocas cosas y las guardó en una mochila que le había dado doña Empera. En un mudo y estrecho abrazo se despidió de la dueña de la casa que repetía como sonámbula:

– Apúrese, por Dios, apúrese. -Le daba bendiciones musitando ensalmos, invocando santos y santas en una abigarrada mezcla incomprensible. Maqroll dejó en la casa la maleta con el resto de sus ropas y papeles, con recomendación a la ciega de que incinerara todo en caso de que lo mataran. Cuando llegó donde Tomasito, éste lo esperaba con los ojos más desorbitados y febriles que nunca:

– Váyase con cuidado, señor. Con la Marina no se juega. Esa gente viene aquí a poner orden y sabe hacerlo.

– Maqroll le entregó el dinero que habían acordado para completar el precio de la embarcación. Las mulas estaban en el establo y la ciega tenía instrucciones de entregárselas. El Gaviero tiró el morral en el fondo del planchón y saltó a éste. El motor encendió de inmediato. El viejo soltó las amarras y se despidió con un gesto de la mano que también tenía algo de bendición desesperada.

Con el motor a media marcha, Maqroll entró en mitad de la corriente y comenzó a descender sin prisa, mirando con afectada indiferencia hacia la orilla opuesta, como dando a entender que intentaba cruzar simplemente el río. Al pasar frente a las barcazas de la armada, de una de ellas partió una voz desde un altoparlante, instalado en el techo de la cabina de mando:

– ¿A dónde cree que va? ¡Ése, el del lanchón, regrese inmediatamente! ¡Aquí, al costado! ¡Sí, usted!

El acento terminante de la orden se extendió por el ámbito con un eco paralizante y brutal. Con la misma lentitud con la que venía navegando, el Gaviero obedeció las instrucciones y fue a colocarse al lado de la barcaza. Varios soldados lo esperaban haciéndole señas desde el borde de aquélla. Le tendieron la mano para ayudarlo a subir a bordo. Dos de ellos saltaron al planchón y lo llevaron a donde habían anclado los Catalina; río abajo, al terminar el caserío. Un sargento le indicó al Gaviero que pasara adelante. Le señaló un camarote que tenía la puerta abierta y lo siguió de cerca sin decir palabra. Cuando entró al camarote, el Gaviero vio a un oficial agachado examinando unos mapas extendidos en una mesita sostenida por un extremo a la pared. Durante algunos segundos, que le parecieron horas, el oficial siguió inclinado tomando medidas con un compás. Por fin, levantó la vista. El sargento saludó militarmente y dijo:

– Cumplida su orden, mi capitán.

Éste contestó, mientras se quitaba unos anteojos sin aro que tenía sujetos en la base de la nariz:

– Puede retirarse. -Luego se quedó mirando fijamente al recién llegado, como tratando de forzar los ojos para ver mejor. Los tenía de un color azul intenso que, con los reflejos de la luz, cambiaban a un celeste desteñido. El pelo, cortado al rape, rubio, entrecano y ya escaso en la frente, le daba un aire de ejecutivo bancario más que de militar. Mientras limpiaba las gafas con un pañuelo, en gesto puramente reflejo, se dirigió al Gaviero con voz de bajo que para nada iba con su aspecto.

– Me temo que usted es la persona que llevó hasta la cuchilla del Tambo armas automáticas y explosivos adquiridos en el mercado negro de Panamá. Su nombre es Maqroll, si no estoy mal, pero también es conocido como el Gaviero. Llegó aquí no hace mucho y creo que no todos sus papeles están en regla. ¿Estoy en lo cierto?

Había una cortesía distante en sus palabras y en sus movimientos, como si quisiera establecer una rigurosa distancia con su interlocutor. Debía ser una actitud usual en él y totalmente inconsciente, adquirida en los cursos de Estado Mayor.

– Sí, señor. Está usted en lo cierto. Pero me gustaría aclarar algo respecto a lo que menciona de las armas contestó el Gaviero con la serenidad que le daba la resignación ante algo que venía temiendo desde hacía tiempo.

– Esa aclaración, como usted la llama, no me la tiene que hacer a mí. Ya lo interrogarán, en su momento, las personas indicadas. Por ahora me limito a informarle que está detenido en virtud de las atribuciones extraordinarias que tienen las fuerzas armadas durante el estado de sitio. -Al terminar estas palabras, dichas con rutinario acento oficial, el capitán ordenó al sargento que había traído a Maqroll y que esperaba afuera del camarote:

– Llame al guardia de turno. -Al momento se oyeron unos pasos apresurados y entró un soldado que se cuadró a la entrada:

– A sus órdenes, mi capitán.

– Lleve este hombre a la comandancia. Dígale al capitán Ariza que ya le hablaré más tarde al respecto.

– Como ordene, mi capitán -contestó el soldado mientras hacía de nuevo el saludo militar.

Tomó por el brazo al prisionero y salió con él del camarote. Se dirigieron al muelle, donde estaba amarrada la barcaza, y subieron por la pequeña loma que daba al terraplén. Era un zambo corpulento con facha de jugador de fútbol, uniforme impecable y un rostro indefinido de los que jamás guarda la memoria. No soltaba del brazo al Gaviero, pero en ese gesto no había la menor violencia. Parecía más bien que deseaba orientarlo hacia un lugar que el detenido desconocía. Llegaron a las instalaciones del puesto militar, que el Gaviero siempre había visto cerradas. Ahora mostraban una animación sorprendente que le hizo pensar en un hormiguero. Soldados y oficiales entraban y salían. Se escuchaban órdenes en voz perentoria, en medio del entrechocar de las armas y el traslado de muebles y enseres de un lugar a otro del edificio. Todo iba encontrando su lugar a un ritmo acelerado y exacto. Había en esto una demostración de eficiencia y disciplina que imponía temor y respeto. En el aire flotaba un olor a fusil que acaban de aceitar, a salón de clases con esa mezcla de madera de lápiz recién tajado y de sudor rancio.

El guardia condujo al Gaviero a la oficina del capitán Ariza. Este era un hombre moreno, retacón, con bigotico de galán del cine mexicano de los años cuarenta. Vestía una reluciente guayabera blanca y pantalón beige. En la solapa traía un imperceptible botón con delgadas franjas naranja y verde pistache. -Inteligencia Militar -se dijo el Gaviero-, ahora comienza el baile.

Ariza escuchó el recado transmitido por el guardia y asintió con la cabeza sin decir palabra. Se llevó la mano a la frente, esbozando un saludo militar y le hizo seña de que podía retirarse. Luego salió a la puerta y llamó a alguien por su apellido. Un teniente, también vestido de civil y con las mismas prendas de Ariza, entró y fue a ponerse a su lado para escuchar una orden murmurada al oído. El recién llegado asintió con la cabeza y acercándose a Maqroll, le dijo no sin cierta cortesía:

– Venga conmigo, por favor.

Maqroll lo siguió sin despedirse de Ariza. La impersonal deferencia del que lo llevaba por entre corredores y oficinas en plena actividad, le llamaba la atención. Ese “por favor" le seguía sonando en los oídos. Era el signo de que ya no se hallaba entre militares de tipo convencional. Así estuvieran al servicio del ejército, los métodos y el lenguaje eran de policías, de cualquier policía de no importa qué lugar de la tierra. Esta constatación no dejó de producir un relativo alivio. Casi podía anticipar lo que le esperaba. Sólo le quedaba el fastidio de tener que jugar al ratón con el gato astuto e incansable y tratar de salir con vida de entre sus garras. Pero esto no era imposible y estaba listo para comenzar la partida.

Atravesaron un patio en donde algunos infantes de Marina montaban media docena de ametralladoras. Trabajaban al sol y en silencio. Manchas de sudor iban creciendo bajo sus axilas y en el pecho, oscureciendo el uniforme de drill color gris. Maqroll y su guía se internaron por un corredor iluminado con focos de gran potencia, protegidos con mallas metálicas. Pensó que debían haber puesto a funcionar una planta eléctrica propia, ya que La Plata no contaba con electricidad. Se quedaban, pues, por largo tiempo. Iban pasando junto a puertas que se abrían y cerraban para dar paso a oficiales y ordenanzas que, de un lado para otro, llevaban papeles y carpetas con documentos. Cuando llegaron al fondo del pasillo, el oficial se detuvo ante una puerta metálica con pasadores cilíndricos y, en el centro, una estrecha mirilla enrejada. Sacó del bolsillo un manojo de llaves y, tras de probar varias, halló la que abría la pesada compuerta. Hizo al Gaviero seña de pasar adelante y entró tras él cerrando de nuevo. Se trataba de una celda a la que daban luz dos delgadas ventanas, casi pegadas al techo, protegidas por gruesos barrotes. El piso era de baldosas color azul claro que también cubrían las paredes a una altura de casi tres metros. En el centro había una especie de mesa de cemento, con una estrecha canal en el centro. Estaba ligeramente inclinada hacia adelante y recordaba un lavadero de ropa, pero más alargado. Al pie estaban el colchón de su cama de guadua y la mochila que traía en la barcaza. En una esquina del cuarto había dos lavabos gemelos con jabón y toallas colgadas a un lado. En la otra, cubierto por una precaria cortina que no alcanzaba a cubrirlo, un escusado. El tanque del mismo estaba colocado a la altura del techo y era inalcanzable, así se subiera uno en la taza para intentarlo. El oficial le ordenó que se quitara los zapatos y el cinturón. El Gaviero se despojó de ellos y se los entregó en silencio.

– Si algo necesita puede golpear dos veces con la palma de la mano en la mirilla de la puerta. Día y noche habrá siempre alguien para acudir. Tres veces al día le traerán el rancho. Es el mismo de la tropa. Si no le agrada, de la pensión en donde se alojaba pueden traerle la comida que quiera. Ya lo llamarán. Aquí las cosas se resuelven muy pronto.

El hombre hablaba con un tono cansado e indiferente, casi tranquilizador. Pero sus palabras no lo eran y el Gaviero se entregó a toda clase de deducciones. Cuando el oficial se disponía a salir, con los zapatos y el cinturón del prisionero en la mano, éste se resolvió a preguntarle para qué servia esa mesa y a qué estaba destinada la celda. El teniente explicó que, por ahora, la mesa le serviría de cama y allí debía extender el colchón. Sin decir más, salió, cerró la puerta con llave y corrió los pasadores. Todo ejecutado con escrupulosa paciencia que tenía algo de irritante y estúpido.

Maqroll tendió el colchón sobre la mesa y se acostó para descansar. El ligero desnivel de los pies le hacía sentirse como un cuerpo listo para la autopsia. Una luz azulosa se repartía desde un potente foco instalado en el centro del techo, protegido también por una fuerte malla metálica. Se dio cuenta que la luz tomaba ese color del piso y las paredes. Era un ambiente de quirófano no propicio para tranquilizar a nadie. Era evidente que se trataba de una celda de interrogatorio que usaban, por ahora, para alojarlo con cierta seguridad. Recordó que en el puerto del Pireo había conocido un sitio parecido. El que éste hubiera sido habilitado como celda lo tranquilizaba un poco, si bien quedaba un margen para hipótesis que, por el momento, era más aconsejable descartar. No conseguía dormir, pero pudo relajar el cuerpo, obteniendo con ello un inmediato descanso que se reflejó en su estado de ánimo. Le vinieron a la memoria algunas de las ocasiones en que había tenido que ver con ese mundo turbio, inquietante y sin rostro en el que se mueven los servidores de la ley.

Recordó aquella vez que fue sorprendido, en las afueras de Kabul, por una patrulla de la policía afgana que insistió en examinar la carga de dos famélicos camellos que llevaba hasta Peshawar, con alfombras para vender allí a los turistas. Mostró el recibo de su mercancía y el correspondiente permiso para comerciar con ella. Pero un sargento de grandes bigotes negros, retorcidos y rígidos, insistió en meter la mano entre la montura y la gualdrapa que protegía a la bestia. Allí descubrió sendas bolsitas de piel de cabra llenas de piedras semipreciosas sin pulir. Dos semanas permaneció detenido en la cárcel de un poblado cercano, en espera de la decisión de las autoridades de Kabul. No lo trataban como prisionero y salía a comer, a menudo, a casa de sus guardianes. Eran gente de una altivez natural, matizada con una simpatía espontánea y un sentido de la hospitalidad realmente conmovedor. Allí escuchó las más estupendas e inolvidables historias sobre encuentros de las caravanas con los bandidos de las montañas, que bajaban de las nieves para sembrar el terror en las escarpadas rutas de la meseta central. También supo de las hazañas de los falsos derviches, que se aprovechaban de las mujeres que bajaban por agua a los ríos y eran víctimas de prolongadas y complejas manipulaciones eróticas que las dejaban poco menos que dementes. Esta permanencia en una cárcel de Afganistán, le permitió familiarizarse con uno de los pueblos más indómitos y amables de la tierra. Las autoridades le exigieron el pago de los derechos para sacar las piedras del país y el de los alimentos que había consumido durante su detención. Con un sonoro beso en cada mejilla, sus compañeros y guardianes se despidieron de él con tan calurosa franqueza que le dio la impresión de abandonar el país en donde hubiera podido dar fin a su vida trashumante y vivir entre quienes sentía que, en verdad, eran sus hermanos; habitantes de un mundo que evocaba a menudo, como un modelo que había perdido la esperanza de encontrar. Allí estaba y él lo dejaba para siempre.

También recordó, luego, los dos meses de prisión que había pasado en Kitimat, en la Columbia Británica, acusado de secuestrar a una muchacha piel roja. La había encontrado en una tienda del pueblo y entabló conversación con ella atraído por la mirada intensa de sus ojos oscuros y asombrados y por el color tabaco de la piel, que se adivinaba de una frescura aterciopelada y hechizante. Ella le contó una complicada historia de padre alcohólico y madre prostituta, de golpes a granel y de intentos de venderla a los capitanes de las balleneras que atracaban en la bahía. Maqroll se dejó envolver en la historia y llevó a la joven india a la lancha con la que hacía cabotaje por los lugares cercanos, traficando con pieles y, cuando se presentaba la ocasión, con armas de caza adquiridas de contrabando en Alaska. La muchacha resultó de una sensualidad laboriosamente manejada, que tenía el encanto de un erotismo ejercido con artes en donde lo artificial se ocultaba tras un sentido estético notable. La tal huérfana resultó casada con un polaco gigantesco y frenético que buscaba al raptor de su mujer para estrangularlo. Su mirada bizca e inyectada de sangre daba una impresión de ferocidad devastadora. Esperó al Gaviero al pie de la lancha y, por fortuna, la policía pudo intervenir a tiempo antes de que éste muriera en manos del energúmeno varsoviano. Sesenta días de prisión tuvo que pagar Maqroll por el delito de adulterio inducido con falsedad. Calificación que le pareció inventada por el juez en el momento mismo de dictar la sentencia. El tal magistrado era un enano semiparalítico que, vaya a saberse por qué, le había tomado ojeriza al Gaviero, desde el primer momento en que lo vio. Esos meses de reclusión en una cárcel del Canadá, los hubiera recordado como unas gratas vacaciones, si no hubiera sido por el frío que padeció en las noches debido a la insuficiencia de abrigo. Había allí detenidos de las más variadas regiones del mundo. Casi todos purgaban delitos contra la propiedad y, en verdad, eran la flor y nata de su oficio. Lo que allí aprendió -nunca se atrevió a ponerlo en práctica en sus horas de la más cruel penuria- era suficiente para escribir una enciclopedia sobre el hurto y sus ramificaciones. El frío era insoportable y las autoridades de la cárcel insistían en proveer a cada preso sólo con una cobija reglamentaria del ejército. -No dudo -comentaba un chileno que pagaba una condena por robo de pescado en las congeladoras del puerto- que estas mantas sean del ejército, pero del ejército de Su Majestad la Emperatriz de la India. Si fueran del ejército canadiense éste habría perecido congelado hace muchos años.

Cuando salió libre, lo esperaba en la calle el gigante polaco quien, con lágrimas en los ojos, le contó que su mujer había vuelto a fugarse, pero, esta vez, con un arponero ruso. No había manera de rescatarla porque el barco había zarpado ya hacia Petropablosk-Kamtchaskiy. Le invitó a un vodka para consolarse mutuamente por la pérdida de una hembra con facultades eróticas tan notables. Con mucha cautela, el Gaviero declinó la invitación. Sabía que el asunto terminaría otra vez en una riña harto desigual y no quería correr el riesgo de volver a congelarse en la prisión. El polaco lo acompañó hasta la lancha. Cuando Maqroll hacía los preparativos para partir, el hombre, desde el muelle, seguía enumerando el catálogo de las delicias perdidas por culpa del maldito arponero; ruso para mayor vergüenza. Ya la lancha se apartaba del muelle y el polaco seguía agitando el pañuelo empapado con sus lágrimas. Su última recomendación a Maqroll fue que, si encontraba en alguna parte a la india, le dijera que le esperaba sin rencor y con firmes intenciones de darle una buena vida.

Empezó a oscurecer en La Plata. El tintineo de los platos del rancho en la puerta de la celda regresó a Maqroll al presente. La comida tenía ese sabor inconfundible, soso y ligeramente agrio, del rancho de cuartel. Apenas probó bocado. Pidió una segunda taza de café y el guardia regresó de inmediato con un tazón de café aguado que, sin embargo, el prisionero bebió con gusto. La inclinación de la cama y los fantasmas que le despertaban las paredes de baldosas azul celeste y el techo blanco de quirófano, no le dejaron dormir tranquilo. En la mañana, muy temprano, llegó el desayuno: el mismo café chirle y dos pequeños panes, duros como piedras. Cuando vinieron para retirar los platos, un guardia trajo el cinturón y los zapatos que le habían retirado, El otro guardia, que recogía la vajilla de peltre, le dijo:

– Ahora vienen para llevarlo donde el capitán Ariza. Póngase los zapatos y el cinturón. Tiene tiempo de lavarse un poco. En el interrogatorio es mejor estar fresco y bien despierto.

Estos detalles de una relativa consideración, el "por favor" a cada rato, la segunda taza de café y, ahora, el comentario del guardia, no sabía muy bien cómo interpretarlos. No podía pensar que se tratara de simple piedad. En los cuerpos armados es lo primero que se elimina en el recluta. Podría tratarse de una actitud exclusiva de la Marina. Pero esas palabras y gestos corteses no debían llevarlo a abrigar ninguna esperanza de compasión o indulgencia por parte de quienes iban ahora a decidir su suerte. Se lavó la cara con el agua barrosa y tibia que salía en chorro exiguo e intermitente de una de las llaves del lavabo. Las demás no funcionaban. Estaba secándose cuando abrieron la puerta. La misma pareja que había traído el desayuno lo condujo a la oficina del capitán Ariza. Éste lo esperaba de pie mientras examinaba unos papeles que estaban sobre el escritorio. Los guardias se retiraron y Ariza invitó a Maqroll a que tomara asiento. El capitán comenzó a pasearse con los papeles en la mano. Los volvió a dejar en su sitio y poniendo las dos manos sobre el escritorio, un poco inclinado hacia el Gaviero, se quedó mirándolo fijamente. Tenía una nueva guayabera, igualmente blanca e impecable. Su rostro de galán del cine mexicano no tenía expresión alguna. Por un momento Maqroll pensó que nunca más hablaría. La voz ligeramente aguda y sin matices, vino a disuadirlo de esa impresión:

– Bueno, para comenzar, tenemos con usted algunos problemas de identidad. No son la causa de su detención, pero no dejan de ser inquietantes. Viaja con pasaporte chipriota. El último refrendo caducó hace un año y medio y está fechado en Marsella. Los anteriores son de Panamá, Glasgow y Amberes. Como profesión, figura la de marino. Lugar de nacimiento, desconocido. Un pasaporte en tales condiciones no es para tranquilizar a las autoridades de un país que está virtualmente en guerra civil. ¿Qué me puede decir al respecto?

– Es la primera vez, capitán -contestó Maqroll con serenidad muy convincente- que escucho observaciones respecto a mi pasaporte. He navegado muchos años por el Caribe y sus islas. Antes lo hice en el Mediterráneo y en el Mar del Norte. Nadie ha objetado nunca mi documento de identidad. Pero me doy cuenta ahora que, dadas las circunstancias que prevalecen aquí, un pasaporte como el mío puede despertar sospechas.

– Bien. Como le dije, no es eso lo que nos intriga en primer término. Es mejor que vayamos de una vez al asunto: usted transportó a la cuchilla del Tambo, en mulas de su propiedad, compradas en el llano de los Álvarez, armas adquiridas a través de contrabandistas. La operación se hizo en Panamá y en Kingston. Los tres contrabandistas, que cayeron ya en manos del ejército, traían pasaportes muy parecidos al suyo y en ellos hay sellos consulares de ciudades que también aparecen en el suyo. El acto de proveer de armas a cualquier grupo que atente contra la estabilidad de las instituciones tiene un castigo que usted, seguramente, no ignora. Me gustaría escuchar lo que tenga que contarme sobre esto.

El Gaviero relató al capitán, punto por punto, su encuentro con Van Branden, la proposición que éste le hizo y todos los hechos posteriores relacionados con el transporte de las cajas hasta la cuchilla; su relación con los dos extranjeros que allí lo recibieron, la conducta de éstos y lo que él pudo deducir de ella. Insistió, en forma enfática y firme, cada vez que venía al caso, sobre su absoluta ignorancia respecto al contenido de las cajas, hasta el hallazgo del pedazo de etiqueta en el fondo de la barranca donde se despeñó la muía y su encuentro posterior con el capitán Segura. La coincidencia de ciudades en su pasaporte y en los de los negociantes de armas, era eso: una simple casualidad. Jamás había participado en esa clase de negocios ni había estado en contacto con quienes se dedicaban a él. Había vendido, sí, algunas escopetas de cacería en la Columbia Británica, compradas a bajo precio en Alaska, pero con eso no era posible derrocar ni siquiera a un simple sheriff de condado.

El capitán Ariza no pareció tomar en cuenta las aclaraciones del Gaviero y siguió en el mismo tono que antes:

– ¿No se le ocurre que, por decir lo menos, es inconcebible que no haya tenido la menor sospecha de una trama tan burda como la de las supuestas obras del ferrocarril, las apariciones y desapariciones de Brandon y la facha de sus compinches en el Tambo? ¿Nunca pensó que algo pudiera ocultarse detrás de semejante patraña, que no se hubiera tragado ni el más ingenuo chiquillo de los que rondan en el muelle?

– Desde luego, capitán -continuó Maqroll en el mismo tono-, Van Branden o Brandon, me pareció siempre persona bastante turbia y ni qué decir de sus amigos de la bodega del páramo. Pero pensé que, probablemente, estarían timando a los contratistas de la obra ferroviaria de la que, dicho sea de paso, vi varios tramos trazados y abandonados hace tiempo. Que la reanudaran no me pareció sospechoso. Yo me limité a recibir el dinero y allá ellos con su negocio. Mis conjeturas fueron muy vagas y la experiencia me indica que mucha gente, de aspecto poco digno de confianza, resulta después ser la más honesta y rutinaria.

– Contésteme si o no a lo que voy a preguntarle -la voz del oficial de la Inteligencia Militar se hizo más aguda y traicionaba una leve impaciencia-. ¿Tuvo usted idea, antes de hablar con el capitán Segura, de qué era lo que subía a la cuchilla del Tambo? ¿El más ligero indicio, la menor sospecha? Hasta cuando se despeñó la mula, ¿pensó que se trataba de material para la construcción de la vía férrea?

Allí estaba la trampa, pensó el Gaviero. De su respuesta dependía, sin duda, su vida. De nuevo, en tono tranquilo, insistió en su ignorancia absoluta sobre el contenido de las cajas y en la dirección de sus naturales sospechas, respecto a los extranjeros involucrados en el negocio, hacia una estafa contra quienes contrataban la obra. Relató, esta vez con todo detalle, su encuentro con el capitán Segura y de cómo éste lo había puesto al tanto de la verdad y le había pedido su colaboración en el sentido de hacer el último viaje con las cajas que habían quedado en La Plata y lo que pudiera llegar, entretanto, en el barco. Mencionó su identificación de las cajas de TNT, merced a su experiencia en la minería. Ariza le interrumpió varias veces para precisar aún más ciertos aspectos de su encuentro con el capitán Segura y la participación de don Aníbal Álvarez, “persona de toda nuestra confianza", aclaró, de paso, el militar. Cuando Maqroll terminó su relato, Ariza permaneció unos minutos en silencio. Al Gaviero le parecieron eternos. Finalmente, Ariza tomó a hablar, esta vez con una levísima señal de alivio, que se advertía más en el rostro que en la voz largamente educada en la milicia:

– No sé si decirle que tiene suerte o que ésta le falta por completo. Ya veremos. La confirmación de sus informes, por parte del capitán Segura, aclararía definitivamente su situación. Pero resulta que el capitán Segura, a quien todos quisimos y respetamos por su valor y su sentido de compañerismo, fue asesinado, junto con todos sus hombres, cuando ponía cerco a las bodegas del Tambo y a la cabaña de los mineros. En el momento en que los intermediarios con la gente del Tambo llegaron para retirar el cargamento de armas y Segura coronaba su objetivo volando la bodega, cayó sobre el capitán y sus hombres una fuerza mucho mayor. La calidad de las armas que ésta traía y la superioridad numérica aplastante, liquidaron la resistencia heroica de la tropa. El capitán Segura fue alcanzado por una granada de alta fragmentación, al final de la refriega. Con él perecieron los últimos hombres que lo rodeaban. Bueno. Es todo, por ahora. Tendré que hacer ciertas averiguaciones en relación con lo que usted me ha dicho. Ya se le interrogará de nuevo.

Se puso de pie y fue a la puerta para llamar al centinela que estaba de turno. Ya en su celda, el Gaviero empezó a tejer una red de consecuencias y deducciones, destinada a sostener su recién ganada esperanza de salir con bien de la trampa en que había caído. Toda la tarde estuvo leyendo páginas de la vida del poverello de Asís. La evocación del sabio y armonioso paisaje de la Umbría, en donde los milagros de Francisco hallan el marco ideal y suceden con la sencilla naturalidad con que los narraría luego el Giotto en sus frescos, sirvió al Gaviero para recuperar la serenidad y establecer una saludable distancia entre su actual desventura y la intimidad de su ser más intocado y oculto, del que manaba siempre un caudal de confianza en su auténtico destino. Esa noche, para dormir más a gusto, bajó el colchón al piso. La siniestra mesa le producía los más oscuros presentimientos.

Cuando le trajeron el desayuno, el guardia le preguntó por qué había bajado el colchón al suelo.

– No puedo dormir con la inclinación de esa mesa. En el piso me encuentro más cómodo. ¿Está prohibido?

– No -repuso el soldado-. Es que esa mesa no es para dormir. -Maqroll le preguntó para qué servía en realidad. El hombre se limitó a sonreír con incredulidad ante la pretendida ignorancia del prisionero y se retiró sin hacer más comentarios. Tampoco Maqroll quería saber más. Todo estaba dicho.

Al día siguiente lo sacaron al patio para que ayudara a subir una caja de munición a una bodega del segundo piso del cuartel, que era menos húmedo. Pensó, mientras cumplía con la tarea, en la ironía del destino que lo obligaba de nuevo a cargar material de guerra. Esa noche le informaron que en la mañana sería llamado a la comandancia. En efecto, después del desayuno, vinieron por él y lo llevaron a una oficina cuyas ventanas daban sobre el río. Lo invitaron a tomar asiento y lo dejaron allí solo. Al rato entró un mayor con uniforme de campaña de una impecable limpieza y sin una arruga. El traje era verde olivo lo mismo que la gorra, semejante a las que usan los jugadores de pelota. Era un hombre corpulento, un tanto acezante y congestionado, de bigote entrecano y porte altivo. Fumaba sin parar y sus manos temblaban ligeramente. Parecía un clubman disfrazado de militar. Con voz pausada y un poco ronca formuló algunas preguntas de rutina parecidas a las que había hecho Ariza. Al terminar, se colocó unos anteojos con armadura de oro y revisó algunos papeles ordenados en una carpeta color escarlata que tenía sobre su escritorio. En un momento dado hizo una seña al centinela que entró para recoger algunos documentos, indicándole que se llevara al prisionero. Ni siquiera alzó la cabeza y siguió leyendo como si éste no hubiera existido.

Maqroll había logrado advertir que algunos de los papeles que hojeaba el mayor estaban escritos a mano. Eran hojas manchadas de sangre y barro arrancadas de una libreta. La letra, clara y rotunda, era fácil de leer. De nuevo, ya en la celda, tornaron a torturarlo la incertidumbre y la angustia que creía haber dominado. Así pasó el resto del día y buena parte de la noche siguiente. En sueños, se le apareció el mayor, esta vez en traje de parada, explicándole en forma muy cordial y mundana una serie de maniobras militares cada vez más embrolladas y aburridas. En la mañana lo despertó, como de costumbre, un ruido al pie de la puerta. Le traían el desayuno. El guardia le informó que, en un rato, lo llevarían de nuevo a las oficinas de la Inteligencia Militar. Un cansancio abrumador, un entorpecimiento de todos sus miembros y un amargo sabor en la boca, le minaban el resto de fuerzas que, en vano, había intentado acumular durante esos días de encierro. Era evidente que su hora había llegado. Le sorprendía, por desventura, con la guardia más baja que nunca y el cuerpo, convertido en un saco de vagos dolores, se negaba a sostenerlo cuando más lo iba a necesitar. Toda la mañana esperó a que vinieran por él. Después de la comida, se quedó dormido en un sopor agobiante. Los pasos del guardia que abría la puerta lo despertaron. Había dormido en la modorra de una siesta con amenaza de lluvia que daba a la tarde una atmósfera de baño turco. Hasta los menores ruidos llegaban a través de la capa afelpada y húmeda de un aire irrespirable.

– Mi capitán quiere hablarle -explicó el guardia-. Vístase y venga con nosotros.

Otro guardia esperaba en la puerta. El Gaviero se pasó por el rostro y parte del cuerpo una toalla empapada en el agua turbia de la llave. Se puso una camisa limpia y unos pantalones bermuda que le había enviado la ciega. Los conservaba desde sus épocas de marino. Se pasó un peine por el cabello entrecano y rebelde y salió en medio de los dos soldados. Al cruzar el patio sus piernas se movían con algo más de firmeza. El saber que iba a enfrentarse con Ariza sirvió para despabilarlo un poco. Iba a decidirse su suerte y una ansiedad vigilante empezó a invadirlo. Se sentía como el jugador que va a enfrentarse en un juego complicado, en donde cada movimiento de las fichas puede ser definitivo. Entró a la oficina de Ariza. Los guardias se quedaron afuera y cerraron la puerta a sus espaldas. Allí estaba el hombre de la Inteligencia Militar dando vueltas con el pulgar al anillo de graduación de la base de Corpus Christi en Texas. Seguía luciendo su impecable guayabera con el distintivo en la solapa. El recto bigote resaltaba en el rostro recién afeitado, subrayando una ligera sonrisa sobre cuya sinceridad el Gaviero resolvió no hacerse ilusión alguna.

– Tome asiento, amigo. Póngase cómodo -le dijo indicándole una silla giratoria que habían traído de otra oficina. La silla se inclinaba peligrosamente de un lado a otro al menor movimiento de Maqroll, que trató de permanecer lo más quieto posible para mantener en relativo equilibrio el diabólico asiento. Lo de "amigo" había aparecido en el vocabulario del capitán hacia el final de la entrevista anterior. Lo decía con un cierto acento de complicidad que despertó las reservas del Gaviero, quien se propuso seguir el juego, controlando, a su vez, cada una de sus reacciones y respuestas.

– Pues bien -comenzó Ariza-, aquí estamos de nuevo tratando de aclarar lo que, si quiere que le diga la verdad, para mí está más claro que el agua. No hay quien me convenza de que usted es inocente. No consigo aceptar que no supiera qué era lo que subía a la cuchilla del Tambo. Por otra parte, hemos reunido informes sobre su pasado: contrabando de armas en Chipre, de banderas navales trucadas en Marsella, de oro y alfombras en Alicante, de blancas en Panamá; en fin, no sigo porque la lista nos tomaría varias horas. Alguien con semejante pasado no va a transportar armas pensando que son instrumentos de ingeniería para un ferrocarril inexistente. Lo que no consigo entender es que se haya conformado con unos cuantos billetes, cuando hubiera podido sacar varios miles de dólares.

– Con todo respeto, capitán -repuso el Gaviero en el tono más sereno y comedido que pudo-, eso no se lo puede usted imaginar sencillamente porque no me conoce. Todas esas actividades de mi pasado a las que usted se ha referido, son ciertas, pero hay en ellas aspectos ocultos que no pueden aparecer en una enumeración tan escueta como la que acaba de hacer. Si yo hubiera sospechado, por un momento, de lo que se trataba, créame que no me hubiera enredado con los tales belgas, estando aquí las cosas como están. No son la gente con la que suelo andar. Desde el principio me parecieron sospechosos. Estaba casi seguro que estafaban al gobierno con eso de la vía férrea.

– Bien. No sé. Como quiera que sea -prosiguió Ariza- al Estado Mayor llegó un parte redactado por el capitán Segura la misma noche en que se entrevistó con usted y con Aníbal Álvarez. En ese informe, usted aparece plenamente exculpado y colaborando con nosotros en el mejor ánimo. Todo allí avala y corrobora lo que nos ha dicho. Por sí fuera poco, el gobierno del Líbano, a través de su embajada, nos está solicitando su libertad y ofrece responsabilizarse de su conducta mientras permanezca en el país. Hay, al parecer, una serie de complejas razones que nos obligan a dar curso a esa solicitud de la misión diplomática libanesa, porque necesitamos el voto de dicho país en no sé qué comisión de las Naciones Unidas. Así las cosas y pese a mis serias reservas sobre su inocencia, debo entregar al Estado Mayor un expediente debidamente cerrado y justificado. Con usted vivo las cosas se complican.

Maqroll no pudo entender a ciencia cierta a qué se refería el oficial. Pero su escueta manera de plantear el asunto le hizo correr un escalofrío por la espalda. Pensó que lo necesitaban muerto y no allí creando una confusión innecesaria. Apenas consiguió alzar los hombros, como disculpándose de seguir aún con vida.

– Va a salir vivo. No hay remedio. Pero no se meta más en problemas y desaparezca de aquí. Entre más pronto mejor. -El capitán comenzó a guardar en una carpeta todos los papeles que había estado examinando mientras hablaba con el detenido.

– ¿Esto quiere decir que estoy libre? -preguntó Maqroll con incredulidad que tenía algo de patético y de infantil.

– Si, señor. Eso quiere decir que está libre desde este momento y que debe salir de La Plata ahora mismo, si es posible. Su planchón lo espera en el desembarcadero. Trate de alejarse de esta zona, que se halla bajo control militar. Si lo agarran en otro puesto, más abajo, nada podemos hacer nosotros. Ellos no van a

esperar comunicaciones del Medio Oriente, ¿sabe?, no es su estilo. ¿Está claro?

– Sí capitán. Entendí perfectamente -contestó el Gaviero, tratando de ocultar el eufórico alivio que lo invadía-. Pero preferiría esperar a que cayera la noche para partir. Pienso que es más seguro. No creo que tenga inconveniente, ¿verdad?

– Ninguno. Proceda como quiera -repuso Ariza en forma cortante y queriendo dar fin a la entrevista-. Ahí está su lanchón. Aquí tiene un salvoconducto para circular en nuestra zona. Ojalá le sirva. Las cosas están muy revueltas. Parta tan pronto caiga la noche y ojalá nunca nos volvamos a ver. -El capitán le alargó un papel con su firma y un sello de la comandancia del puesto. Le tendió la mano para despedirse y el Gaviero se la estrechó. Se dirigió a la puerta y, cuando la iba a abrir, se volvió para preguntar a Ariza:

– ¿Puedo saber algo?

– Sí. Dígame -repuso Ariza impaciente.

– Si no llega el parte del capitán Segura, ni la embajada del Líbano se hubiera interesado por mi suerte, ¿qué habría sido de mí?

– ¿De usted? -una risa se quedó atorada en la garganta del oficial-. ¡Hombre!, usted estaba muerto hace rato. Váyase tranquilo y recuerde lo que le dije:

ándese con cuidado, estas tierras no son para gente como usted.

Maqroll fue a la celda para recoger sus cosas, ya sin la compañía de ningún guardia. Mientras metía sus ropas y enseres en la mochila de doña Empera pensaba en su amigo y compañero de viejas andanzas, Abdul Bashur. Desde la eternidad, después de su muerte en un accidente de avión en Funchal, seguía ocupándose de él por intermedio de familiares y amigos dispersos por los cuatro puntos cardinales. No pasaba día sin que Maqroll lo recordara con ternura y nostalgia irremediables. Ahora, una vez más, le salvaba la vida. Un sollozo se demoró en su pecho. Recobró con esfuerzo la serenidad y salió del puesto militar ante la indiferencia de los centinelas, que antes lo vigilaban tan de cerca.

En camino hacia la pensión de la ciega, las palabras del capitán Ariza seguían sonándole en los oídos: "…estas tierras no son para gente como usted". Pensaba que tal vez no hubiera, en verdad, lugar para él en el mundo. No existía el país en dónde terminar sus pasos. Lo mismo que ese poeta, compañero suyo de largos recorridos por cantinas y cafés de una lluviosa ciudad andina, el Gaviero podía decir: "Yo imagino un País, un borroso, un brumoso País, un encantado, un feérico País del que yo fuese ciudadano. ¿Cómo el País? ¿Dónde el País?… No en Mossul ni en Basora ni en Samarkanda. No en Kariskrona, ni en Abylund, ni en Stockholm, ni en Koebenhavn. No en Kazán, no en Cawpore, ni en Aleppo. Ni en Venezia lacustre, ni en la quimérica Istambul, ni en la Isla de Francia, ni en Tours, ni en Strafford-on-Avon, ni en Weimar, ni en Yasnaia-Poliana, ni en los Baños de Argel", y su camarada seguía evocando ciudades en las que quizás jamás había estado. -Yo, que todas las he conocido -pensaba Maqroll- y que en muchas de ellas me he topado con los más sorprendentes quiebres de esquina de la vida, salgo ahora de este caserío de mierda, sin saber muy bien por qué fui a caer en el cepo más necio entre todos los que me ha deparado el destino. Sólo me resta ya el estuario, nada más que los esteros en el delta. Eso es todo.

Doña Empera lo esperaba ansiosamente: -Qué bueno que lo dejaron libre. Nachito vino a contármelo. Lo vio salir del puesto y vino corriendo con la noticia. Lo mandé por más diesel donde el turco. Le dije que lo llevara al planchón. Es importante que salga tan pronto venga la noche, con suficiente combustible para que no tenga que parar por lo menos en tres días. No debe detenerse en los puestos donde están ahora los infantes de Marina. -La mujer pensaba en todo. Le habían caído varios años encima. Sus cabellos parecían más blancos y su espalda levemente más encorvada. Era conmovedor el pensar que, sin decir palabra, con la abismada resignación de los ciegos, ella había cargado con la incertidumbre de la suerte de su huésped en el cuartel, con la duda de si saldría de allí vivo o muerto. Había algo de maternal en esa amorosa vigilancia y también mucho de solidaria simpatía hacia un hombre cuya vida, encontrada e incierta, en nada se parecía a la suya, perdida en ese rincón de la cordillera, al pie de un río de aguas pardas y sin nadie a su vera para acompañarla.

Lo invitó a tomar café en la cocina, preparado como a él le gustaba. Las cosas del Gaviero ya estaban allí, listas para llevarlas al río. Sólo faltaba agregar lo que traía en la mochila. Cuando Nacho regresara del embarcadero, se encargaría de reunirlo todo y bajarlo al planchón. Allá cuidaba Tomasito, esperando para despedirse de Maqroll y dando los últimos toques al motor. Frente a sendas tazas esmaltadas llenas de café oscuro y humeante que despedía un aroma recio, casi selvático, la mujer empezó a relatarle al Gaviero algo que venía reservándose desde el momento en que lo conoció.

– Hay algo -le dijo- que he querido contarle desde hace mucho tiempo. No quise hacerlo antes porque hubiera sido agregarle una preocupación y una amargura más a las que ya tenía encima con las benditas mulas y la carga esa del demonio. Ahora ha llegado el momento de que lo sepa: Flor Estévez estuvo aquí en años pasados. Se quedó en esta casa y fuimos muy amigas.

Un sordo golpe, allá adentro, en pleno pecho, dejó por un momento al Gaviero sin aliento. Jamás, ni un solo instante, había olvidado a esa mujer que lo acogió en el páramo, en " La Nieve del Almirante", su tienducha al pie de la carretera, a donde él había llegado con una pierna a punto de gangrenarse por la picadura de una araña del Okuriare. Su oscura cabellera en desorden, su manera silenciosa, intensa, casi religiosa y algo vegetal de hacer el amor; sus grandes iras, que todo lo devastaban a su alrededor y su ternura obediente para tornar a poner todo en su sitio. Flor Estévez; cómo podía olvidarla. Al regresar de su recorrido por el Xurandó, subió a buscarla y nada había encontrado. Sólo la tienda en ruinas, abandonada. El camionero que lo llevó hasta la parte más alta de la carretera, donde vivía Flor, le mencionó algo de la quebrada de la Osa. Allá fue y no encontró a Flor por ninguna parte. Hasta ropa de mujer había acabado vendiendo en un vado del río, en espera de que algún día ella pasara por allí. Y ahora, aquí, de repente, aparecía su huella como por milagro. Con palabras ahogadas en la tristeza sin alivio, le preguntó a la ciega qué más sabía de su amiga.

– Hablaba mucho de usted -le comentó doña Empera-. Por eso, cuando lo vi llegar, ya lo conocía como si fuéramos viejos amigos. Flor me contó que había tenido que dejar la tienda porque llegó el resguardo y le confiscaron la casa para instalar un puesto de vigilancia. Luego, parece que también los guardias dejaron el lugar. Poco después vino un invierno terrible. Los derrumbes taparon la carretera y hubo que hacer un nuevo trazado por otro sitio. Ya nadie volvió allí y todo quedó en ruinas.

– Yo sí volví, doña Empera. No quedó nada en pie.

– Flor Estévez -continuó la ciega- se fue a buscar la vida como pudo. En todas partes preguntaba por usted. En el puerto grande, en el estuario, instaló una casa de costura donde arreglaban vestidos para fiesta y ropa de novia. Poco a poco cambió el negocio de giro y la policía comenzó a molestar. Flor vendió todo y empezó a subir por el río de puerto en puerto. Cuando llegó aquí, las fiebres la traían agotada. No tenía un centavo. Durante un tiempo vivió conmigo y me ayudaba en la pensión. Nos hicimos muy amigas. Por la mañana yo le desenredaba el pelo, que tenía muy alborotado pero muy hermoso. Se curó del paludismo y volvió a ser muy solicitada. Por fin se la llevó un capitán de un barco de los que trabajan para la compañía petrolera. No volví a saber de ella. No se imagina cuántas veces me repetía que lo único que le atormentaba en la vida era que usted pensara que lo había abandonado y ya no lo quería. "Me moriré con esa cruz encima -decía-. ¡Si pudiera verlo algún día; así fuera un momento". Ahora usted lo sabe y ella, si no ha muerto, sigue arrastrando esa pena sin remedio.

Maqroll no supo qué decir. Más bien, se dio cuenta de que nada podía agregar. La noche ya se había echado encima. Conversaron otro rato, los dos con la mente puesta en la partida y esa sensación que dejan las despedidas cuando todo se precipita, de pronto, hacia el pasado y se vacía el presente de sentido. Por fin, doña Empera le dijo:

– Ya es hora de zarpar. Vaya con mucho cuidado. Aquí se le recordará siempre con mucho cariño. Lástima que no terminamos los libros que me leía. Por las noches suelo conversar con san Francisco. No sabe cómo me acompaña. Es un regalo y un recuerdo suyo que guardaré hasta que me muera. Los ciegos ajustamos así cuentas con la vida y le cobramos nuestra oscuridad recordando a quienes queremos. No es tan malo ser ciego, ¿sabe? No creo que sea mucho lo que hay que ver. ¿Usted qué opina?

– Que tiene razón, doña Empera -contestó conmovido el Gaviero-. En verdad no es mucho lo que hay que ver y lo poco que pueda haber es mejor, a veces, olvidarlo.

Se puso de pie y se acercó a la ciega que se había incorporado para abrazarlo. La mujer lo estrechó en silencio, sin lágrimas, sin sollozos. Ella, que todo lo sabía, sintió que de sus brazos se alejaba un hombre que le estaba diciendo adiós a la vida.

Maqroll bajó al muelle donde lo esperaba Tomasito. Nacho se había empeñado en llevarle la maleta hasta el planchón. Ya estaba el motor en marcha, ronroneando con sus toses intermitentes, síntoma de su mucha edad, sus composturas provisionales y sus efímeros ajustes. Cuando Maqroll se despidió del anciano, creyó notar en sus ojos una fugaz chispa de calurosa simpatía. Nacho, con la cara seria y el pelo peinado cuidadosamente, lucía las nuevas ropas que doña Empera le había dado. El Gaviero le acarició la mejilla y saltó al planchón sin pronunciar palabra. El niño tenía los ojos húmedos. Maqroll pensó en Amparo María, en su porte de maja andaluza. El viejo dio con el pie un empujón a la barcaza que partió a media marcha, hacia el centro de la corriente. Dejándose llevar por ésta, el planchón se internó en la noche como si entrase en un mundo letal y desconocido, el Gaviero, sin volverse, hizo un gesto de adiós con la mano. Recostado contra la barra del timón, tenía el aspecto de un cansado Caronte vencido por el peso de sus recuerdos, partiendo en busca del reposo que durante tanto tiempo había procurado y a cambio del cual nada tuviera que pagar.

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