Capítulo 4

Has roto una porcelana china muy valiosa en casa de unos amigos que acabas de conocer.

¿Qué harías?

a. Dar la cara, pedir disculpas y olvidarte, dando por hecho que el objeto está debidamente asegurado.

b. Sufrir un ataque de pánico e intentar pegar los trozos con pegamento instantáneo.

c. Apartarte, disimular y dejar que cualquier otra persona se tropiece con el desastre.

cl. Echar la culpa a un animal doméstico.

e. Remover cielos y tierra para reemplazarlo antes de que se den cuenta.

f. Llamar a un taxi por el móvil, hacer el equipaje y largarte por la puerta trasera.


«¡Anchoas!», suspiré en voz alta con deseo.

Mientras Cal regresaba con el vino, había costado atareada buscando platos, copas y servilletas, y ni siquiera había abierto la caja para echar un vistazo a la pizza. Estaba muerta de hambre y me hubiera comido un buey, pero la verdad era que sentía auténtica debilidad por las anchoas.

Cal llegó y sirvió un vino tan oscuro que parecía púrpura. Yo lo miré con precaución. No estaba acostumbrada a beber. Una cerveza pequeña cuando iba con Don al bar, y nada más. La única vez que había probado el vino, me había levantado al día siguiente con un terrible dolor de cabeza, así que no había vuelto a repetir la experiencia. Sin embargo, no dije nada, no quería pasar por maleducada. Me limitaría a tomar un par de sorbos y con eso cumpliría.

Él se acomodó en su asiento e hizo un gesto indicando con el dedo la caja de la pizza.

– Sírvete sin reparos -pidió.

Yo no necesitaba que me lo dijeran dos veces. Abrí la caja y una oleada de satisfacción recorrió todo mi cuerpo. Cal había elegido la pizza clásica, con anchoas y un extra de aceitunas negras.

– Puedes retirar las anchoas si no te gustan -sugirió él con ánimo complaciente.

– Ni de broma, son mis preferidas -repuse separando una enorme porción mientras enredaba los dedos en las tiras de mozzarella derretida que habían quedado colgando, antes de propinarle un buen bocado-. Mi novio odia las anchoas -añadí con una mueca.

Él estiró el brazo para servirse a su vez una porción de pizza, y cuando rozó inadvertidamente el mío, di un salto como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Me miró mientras daba un bocado enorme a la pizza.

– ¿Novio? -preguntó.

– Don -contesté-. Don Cooper. Es mi vecino.

– Ahora tu vecino soy yo.

– Bueno, sí, claro, eso es cierto -repuse con una carcajada que sonó más defensiva que divertida-. Me refería a que es mi vecino de toda la vida en Maybridge.

– Eso suena a…

– Cliché, lo sé -me adelanté. Mis hermanos me habían tomado el pelo con el asunto hasta la saciedad, y también mis amigos, por lo que hacía tiempo que no me avergonzaba de confesar la verdad-. Enamorarse del vecino es la historia más antigua del mundo, pero su familia se instaló en la casa de al lado cuando él tenía doce años y yo diez, y desde entonces hemos sido «Philly y Don» para todos, excepto para su madre. Para ella somos «Phillipa y Donald» y eso solo cuando está de buen humor.

– ¿No le gustas?

– No creo que sea una cuestión personal, creo que odiaría a cualquier chica que se acercara a Don.

– Entonces estará contenta de que te hayas trasladado a Londres -dijo Cal con una media sonrisa.

– No me preocupa.

– ¿Y qué pasa con Don? Estará que se sube por las paredes sabiendo que vas a enfrentarte sola a los peligros de la gran ciudad.

No era una descripción que encajara con la realidad, por mucho que yo lo hubiese deseado. En realidad solo había mostrado una cierta envidia porque yo pudiera ir al Museo de Ciencias para ver el primer ejemplar de la marca Austin.

~La reparación de su Austin de l922 atraviesa por un momento crítico. Yo solo sería un estorbo.

– Eso no me lo puedo creer -contestó Cal con sinceridad.

– Escucha -atajé de repente-, quería decirte que siento mucho lo ocurrido esta tarde. La alarma, el paraguas… Estoy dispuesta a comprarte uno nuevo si se ha estropeado.

– La verdad es que no pude encontrarlo -repuso al final

– Lo siento mucho. Parece que hoy me he levantado con el pie izquierdo.

– Sí, eso parece. ¿Por qué no me esperaste en el portal?

Yo hubiera preferido que no tocara ese tema.

– Simple amabilidad -expliqué-. Te había robado el taxi, había perdido tu paraguas y había atentado contra tus tímpanos con la alarma. Pensé que te merecías un descanso.

– ¿Conseguiste subir la maleta sin contratiempos? -preguntó sin sonreír.

¿Por eso me había pedido que lo esperase?, ¿para ayudarme con la maleta?

– Sin contratiempos -contesté-. ¿Por qué no me contaste que vivías en el mismo bloque de apartamentos desde un principio?

– Pensé que no me creerías, que sospecharías que estaba utilizando un subterfugio para pasar la noche contigo.

– Ah…

– Sabes que compartir el taxi con un desconocido en Londres puede resultar bastante arriesgado, ¿no?

Supongo que por eso llevabas una alarma en el bolso…

– Mmm -murmuré, sin comprometer una respuesta. En realidad, el riesgo no había desaparecido, al menos eso era lo que me hacía pensar el ritmo ligeramente acelerado del corazón. Estaba un poco aturdida y prefería cambiar de tema. Me acerqué al montón de trozos de porcelana y busqué en alguno de ellos la marca del fabricante-. ¿Piensas que podré reemplazar este cuenco sin entrar en bancarrota'?

Él me miró durante un instante eterno antes de alargar la mano para tomar el trozo y estudiar el sello de fábrica. Su expresión no era nada optimista.

– No te preocupes. Estará asegurado.

– Genial. Las hermanas Harrington acaban de acogerme por simple caridad y el mismo día de mi llegada les fundo los plomos y rompo una porcelana valiosa.

– No te culpes por lo de los plomos, solo ha sido mala suerte. Además, ya están arreglados.

– Gracias a tu ayuda.

– Para eso estamos los vecinos -repuso él con soltura mientras me ofrecía una copa de vino-. Prueba esto, te hará sentir mejor.

– No suelo beber vino tinto -dije yo con suspicacia.

– Hay que hacer algo nuevo cada día -intervino él poniéndome una copa en la mano y cerrando el puño sobre mis dedos para que la sostuviera. El contacto físico me dejó temblando no estaba acostumbrada a que los hombres me hicieran reaccionar de esa manera. Con Don me encontraba cómoda, a gusto. Nos comportábamos con la rutina propia de una pareja que llevaba treinta años de matrimonio, como solían decir mis hermanos para tomarnos el pelo. En cambio, al lado de Cal me sentía como si estuviera al borde de un precipicio y la sensación era tan excitante que no me hice esperar y tome un buen trago de vino. El líquido elemento bajó por mi garganta a toda velocidad provocándome una oleada de calor por todo el cuerpo. Era cierto, el vino me había sentado de maravilla, estaba más relajada y dispuesta a olvidar los desastres del día.

– ¡Caramba, que bueno está! -exclamé antes de dar un segundo trago y empezar a atacar otro trozo de pizza.

– Beber vino es un placer semejante al de tomar el sol por la mañana -opinó Cal-. Entonces ¿no conocías a las hermanas Harrington? Pensé que habríais sido compañeras de colegio o algo así.

– ¿Eso creías? -al parecer, ese hombre había estado pensando en mí-. Pues no, la verdad es que mi madre conoce a una tía suya -expliqué-, habló con ella para ver si podía encontrarme alojamiento en Londres y… aquí estoy.

– Todo en orden, pues.

– No exactamente. Sophie quería alquilar la habitación a otra persona… ¿Piensas que puede haber sido capaz de trucar el enchufe de la cocina para librarse de mi? -él enarcó las cejas asombrado y yo me sonrojé de vergüenza-. Esto está buenísimo -dije cambiando rápidamente de tema mientras daba otro bocado-. A Don sólo le gustan las pizzas con carne picada y pimiento, pero yo me muero por las anchoas, así que estoy disfrutando como una loca -farfullé.

– ¿A qué te dedicabas en Maybridge, aparte de distraer a Don? -preguntó Cal al cabo de unos minutos.

– ¿Te refieres a mi trabajo? -ese era un tema más seguro, más propio de aquella charla intrascendente entre nuevos amigos. Me dejé llevar por la pasión y le conté con todo lujo de detalles los pormenores de mi vida laboral en el banco. Le hablé de mis compañeros de trabajo y de los clientes que se presentaban de vez en cuando con una tarta o una bandeja de pasteles.

– ¿Piensas hacer lo mismo en Londres?, ¿O te han destinado a otra sección?

– Me han transferido a la rama comercial, pero solo es una comisión de servicio durante seis meses… Y tú, cuéntame, ¿A qué te dedicas cuando no estas salvándole la vida a una mujer en apuros?

– Hago películas. Documentales sobre la vida de los animales salvajes.

– ¿En Londres? -pregunté estúpidamente.

Él rio.

– Sí, claro, en Londres, ya sabes: hienas urbanas, gatos salvajes, la vida secreta de las palomas… Ese tipo de cosas.

– ¿De veras? -repuse intentando parecer interesada-. Jamás se me habría ocurrido pensar que las palomas tuvieran una vida secreta.

– Bueno, a veces tengo que hacer cosas más aburridas. Acabo de llegar del Serengueti, en Kenia. Hemos estado filmando una película sobre los hábitos sociales de los monos.

– ¿Y eso es aburrido? -pregunté sorprendida. El sonrió-. Ah, estás bromeando -constaté con desconsuelo. Estaba acostumbrada a que la gente se riera de mí, sobre todo mis hermanos mayores-. Entonces, ¿te gusta viajar?

– No te voy a decir que todo sea coser y cantar, pero sí, sí me gusta viajar, conocer sitios nuevos…¿A ti no?

– Mis hermanos son viajeros empedernidos, pero yo he salido rana. Supongo que ellos acapararon todos los genes familiares relacionados con el riesgo y la aventura, y cuando mis padres me concibieron a mí, ya no quedaba ni rastro. Además, no vuelo.

– Yo tampoco. Generalmente tomo un avión -contesto él con guasa-. Lo siento, no tiene gracia -se disculpó al ver mi expresión de auténtico pánico-. Entonces tus planes para el futuro consisten en volver a casa y casarte con Don, ¿no?

– Ese es el plan -contesté con firmeza, aunque en su boca mi meta parecía el colmo del aburrimiento.

Ya había pensado en cómo sería mi traje de novia, de color crema, por supuesto. A las pelirrojas no les sentaba nada bien el blanco. Además, no quería que nadie pensara que iba virgen al matrimonio. El mero hecho de que fuera verdad ya era de por sí bastante desagradable como para que además la gente lo fuera pregonando por ahí, aunque fueran simples conjeturas.

Don no parecía demasiado dispuesto todavía a ponerse de rodillas y pedirme que compartiera su vida para siempre, pero todo Maybridge daba por hecho que eso terminaría sucediendo tarde o temprano.

– Todavía no hemos fijado ninguna fecha -añadí, adelantándome a lo que, según las leyes de la lógica, sería su próxima pregunta.

– ¿Es ingeniero?

– ¿Ingeniero?

– Supuse que podría ser ingeniero, por estar tan interesado por los motores…

– Ah, no. Es contable. Trabaja en la empresa familiar. Su abuelo era contable y su padre trabajó como contable hasta que se escapó con la secretaria para instalarse en una pequeña granja de Gales. Sus tíos y sus primos son…

– Contables -dijo Cal.

– Exacto. Algún día Don formará parte del consejo de administración de la empresa. El coche es sólo una forma de divertirse.

– ¿De veras? -preguntó él mientras nuestras manos chocaban al intentar tomar el mismo trozo de pizza. Yo retiré mi mano de inmediato y él me acercó un poco la caja de la pizza, como si no hubiera pasado nada-. Por lo que cuentas, parece que dedica mucho tiempo a divertirse con ese viejo Austin.

– Bueno, siempre le han gustado las herramientas y las chapuzas. Cuando se instaló en la casa de al lado, encontró una vieja bicicleta y como no tenía herramientas…

– Seguro que su padre se las había llevado consigo a Gales – intervino Cal. Lo miré para comprobar que no se lo estaba tomando a broma. No. Estaba serio.

– Como no tenía herramientas propias, yo empecé a prestarle las de mi padre. Así fue como empezamos nuestra relación. Como premio a mi ayuda, él me permitió que le sacara brillo a los guardabarros.

– Existen distintas formas de llegar hasta el corazón de un hombre -comentó Cal.

Comimos en silencio durante unos minutos antes de que mi vecino volviera a tomar la palabra.

– Yo encontré una vieja cámara de súper ocho el desván cuando era sólo un niño y pensé que se trataba de un objeto mágico -relató con una sonrisa-. Me dediqué a filmar la vida de los pájaros en el jardín. Puse una sábana blanca en la valla para simular un fondo neutro y luego le prendí fuego para crear efectos especiales. Casi me ahogo con el humo y mi madre casi me mata por haber echado a perder uno de sus mejores juegos de cama.

– Ahora debe estar muy orgullosa de ti.

– No lo creas. Mi abuelo era arquitecto, ella es arquitecta, mi padre es arquitecto y mis tíos y mis primos son arquitectos -declaró apurando el último trago de vino-. Tengo que irme -anunció de pronto, poniéndose en pie.

– ¿En serio? -preguntó, sorprendida-. ¿No te apetece una taza de café?

– Gracias, pero creo que es mejor no tocar la cocina hasta que alguien la haya revisado. Intentaré conseguir que venga un electricista mañana por la mañana.

– No tienes por qué molestarte.

– No es ninguna molestia. Y si insistes en reemplazar ese cuenco, puedo llevarte al mercadillo de Portobello. ¿Te parece bien que salgamos hacia las diez?

¿A las diez? Eso ya era media mañana para mí. Pensé que debía dejarle claro que era capaz de ir yo sola, pero inmediatamente decidí que su compañía seria más agradable.

– A las diez. Gracias, Cal. Gracias por… -pero él ya se había marchado. Oí como una cerradura cara y precisa se cerraba tras él. Y me quedé a solas, pero ya no me sentía tan solitaria.


Me había imaginado que la primera noche en una cama extraña, en un piso desconocido, en una ciudad nueva, resultaría incómoda. Pero después de lavar las copas y de tirar la botella de vino vacía…

¿Vacía? ¿Qué había sido de mi propósito de tomar solo un par de sorbos? En fin, después de tirar la botella vacía y la caja de la pizza a la basura, caí como un tronco en mi enorme cama y no me enteré de nada hasta que sonó el timbre de la puerta por la mañana. Me incorporé de un salto y sentí un tremendo dolor de cabeza, al tiempo que los recuerdos de la velada anterior volvían a mi mente.

Los plomos fundidos. Cal McBride. La pizza. Cal McBride. El vino tinto.

Las náuseas que acompañaron el recuerdo del vino tinto no dejaban lugar a dudas sobre la procedencia del dolor de cabeza. Volví a dejarme caer sobre las almohadas, pero alguien pulsó de nuevo el timbre de puerta, esa vez sin soltarlo. No quedaba más remedio que levantarse para detener el escándalo que, quienquiera que fuese, estaba montando. Aunque mis compañeras de piso no parecían haberse enterado. Abrí la puerta con rabia y el timbre dejó de sonar de inmediato.

– Siento molestarte tan pronto, Philly, pero he conseguido traer a un electricista.

Parpadeé, me froté los ojos, me retiré el pelo de la cara. Cal estaba en el pasillo junto a un hombre que vestía un mono azul y llevaba una caja de herramientas en la mano.

– Me has despertado -dije echando una ojeada al reloj de pulsera: parecía que marcaba las ocho y diez, pero no era capaz de enfocar bien.

– Ahora o el jueves de la semana que viene -tronó el electricista-. Ustedes deciden -añadió con intención de marcharse.

– ¡Ahora! -exclamó Cal inmediatamente con tono autoritario.

– ¡Ahora! -apoyé yo, escasa de energías, mientras abría por completo la puerta para que el robusto electricista pudiera entrar. Me sentía un poco débil y mareada-. Discúlpeme -le dije-, no me encuentro del todo bien, no estoy acostumbrada a beber vino tinto.

El electricista meneó la cabeza como si estuviera pensando: «Estas chicas de hoy en día… No se las puede dejar solas». No me hubiera extrañado nada que chasqueara la lengua con desaprobación, pero no lo hizo. Se limitó a tomar posesión de la cocina, desconectó los plomos de toda la casa y arremetió contra el sistema eléctrico.

Cal se había quedado en la puerta y me volví hacia él. Era posible que su nombre no fuera «George», pero nadie se atrevería a negar que hacía todos los honores al apelativo de «el Magnífico», con esos pantalones vaqueros ajustados que le marcaban en las piernas unos músculos de futbolista. Y esa camisa de tirilla de color azul oscuro que conseguía que sus ojos verde mar tuvieran un tono más mediterráneo que atlántico.

– Gracias -le dije-. Aunque no te lo puedas creer, te estoy verdaderamente agradecida por el favor que me haces.

– Y yo encantado de poder hacerlo.

– Te ofrecería una taza de café, pero sin electricidad… -expliqué innecesariamente.

– ¿Por qué no vienes a mi apartamento y preparo un café para los dos? -me ofreció, dándome una alegría.

– Si además añades un par de pastillas para el dolor de cabeza, acepto la propuesta.

– ¿Te encuentras mal? -me preguntó preocupado, apartándome un mechón de cabello de la cara para tomarme la temperatura en la frente con la palma de la mano. Fue mágico, la mano estaba fría y el dolor de cabeza desapareció como por ensalmo.

– Lo siento, no suelo beber -confesé.

– No tienes por qué disculparte -me aseguró, haciéndome sentir aún mejor.

Luego me tomó la mano para arrastrarme hacia su apartamento, pero yo vacilé.

– ¿No sería mejor avisar a Kate y a Sophie?

– ¿Para qué? No están invitadas. Además, no quiero responsabilizarme de sus correspondientes resacas, me basta con la tuya.

– No tengo resaca -me defendí con exagerada vehemencia, mientras el pulso volvía a golpearme en las sienes-. Pero me habría gustado no excederme con el vino, con una copa hubiera sido suficiente.

– Guarda una moneda en una hucha cada vez que te arrepientas de haber bebido demasiado. Te convertirás en una mujer rica en poco tiempo.

– No, no pienso permitir que vuelva a sucederme. Pero me preocupa que Kate y Sophie no sepan dónde estoy.

– Yo no me preocuparía tanto, Philly, teniendo en cuenta que es sábado por la mañana y que deben haberse acostado a las tantas, no creo que resuciten hasta la una del mediodía. Pero puedes dejarles una nota para que no llamen a la policía, si eso te preocupa.

– No…, en realidad, no creo que sea tan importante… Bueno, será mejor que me vista.

– ¿Es necesario? -preguntó él con una mirada divertida.

Me di cuenta de que solo llevaba puesta una vieja y descolorida camiseta de rugby que, como no, había pertenecido a alguno de mis hermanos mayores y apenas me llegaba al inicio de los muslos, justo al límite de la decencia. Era la típica prenda cómoda que sólo te pones cuando estas segura de que nadie puede verte. No es que Cal fuera a interesarse por mis piernas, eso estaba claro, pero yo me sentí mortificada de vergüenza igualmente. Solté mi mano de la suya y cerré de un portazo. Se produjo un momento de silencio, hasta que unos golpecitos en la puerta me indicaron que Cal seguía allí. Hubiera preferido que se lo hubiese tragado la tierra, pero tuve que admitir que estaba cumpliendo con esmero su papel de buen vecino. Así que abrí de nuevo, escondiendo mi cuerpo tras la puerta, asomando solo la cabeza.

– Idiota -dije-. ¿Por qué no me lo has dicho antes? -él me miró con una expresión de inocencia ultrajada que no me convenció lo más mínimo-. Vete a preparar ese café mientras yo me adecento un poco.

– Bien, dejaré la puerta entreabierta para que puedas entrar -dijo dándose la vuelta para marcharse, no sin antes añadir-: Luego desayunaremos algo más sólido en la calle.

No esperó mi respuesta, al parecer había tomado el mando de la situación y de… mi vida.

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