– ¡Buen hijo! -le dije en voz alta, dándole palmadas en la cabeza-. Tu padre está orgulloso de ti.

Al oírme hablar a voces, se apresuró a mirar a su alrededor. No quería que me vieran sus compañeros de escuela. En ese momento, un gordinflón lo llamó:

– ¡Xu Youqing!

Él dio media vuelta y corrió hacia el hombre. No quería saber nada de mí.

– ¡Me llama un profesor! -me dijo desde lejos volviéndose hacia mí.

Yo sabía que era porque tenía miedo de que, al volver a casa, le ajustara las cuentas. Así que le hice una seña con la mano.

– Corre, ve.

El gordinflón tenía unas manos enormes. Cuando le puso una encima de la cabeza, yo ni le veía el pelo: parecía que le hubiera crecido una manaza encima de los hombros. Se fueron los dos muy cariñosos hasta una tienda. Vi que el gordinflón le compraba un puñado de caramelos. Youqing los cogió con las dos manos y se los metió en el bolsillo. Una de las manos ya ni la sacó. Cuando volvían, Youqing tenía la cara toda colorada de lo contento que iba.

Esa noche, le pregunté quién era el gordo.

– Es el profesor de educación física -me dijo.

– Pues parece tu padre -le solté.

Youqing puso encima de la cama todos los caramelos que le había dado el gordo, los dividió en tres montoncitos y, después de mirarlos y remirarlos, cogió dos caramelos de dos de los montoncitos y los pasó al suyo. Estuvo mirándolos otro rato y sacó otros dos caramelos de su montoncito para ponerlos en los otros. Yo sabía que pensaba dar un montoncito a Fengxia y otro a Jiazhen, que el tercero era para él y que no había ninguno para mí. Pero, de repente, los juntó todos, y luego hizo cuatro montoncitos. Estuvo así, dividiendo una y otra vez, hasta que al final quedaron tres montoncitos.

Al cabo de unos días, Youqing trajo al profesor de educación física a casa. El gordo estuvo venga a alabar a Youqing, diciendo que de mayor podría ser deportista, que podría participar en carreras en el extranjero. Youqing estaba sentado en el quicio de la puerta, con la cara toda sudada de ilusión. Delante del profesor de educación física no me atreví a decir nada. Pero, cuando se fue, llamé a Youqing. Él se creyó que iba a alabarlo, y me miró radiante.

– Me alegro mucho de que nos hayas traído honor a tu hermana, a tu madre y a mí -le dije-. Pero nunca he oído decir que uno se pueda ganar la vida corriendo. Si te mandamos a la escuela, es para que estudies, no para que aprendas a correr, que para eso no hace falta ir a clase, ¡si hasta las gallinas saben correr!

Youqing bajó inmediatamente la cabeza, se fue al rincón, y cogió la cesta y la hoz.

– ¿Te acordarás de lo que te acabo de decir? -le pregunté.

Él se fue hacia la puerta, diciéndome que sí con la cabeza, de espaldas, y salió.

Ese año, cuando el arroz todavía no había empezado a amarillear y seguía estando verde, recién brotado, se puso a llover sin parar, durante cosa de un mes. Entre medias, hubo algún día despejado, pero al día siguiente se volvía a nublar y volvía a llover. Nosotros íbamos viendo cómo se acumulaba el agua en los arrozales, cómo crecía, cómo cabeceaban las espigas, hasta que llegó un día en que todas quedaron anegadas en un mar de agua. Los ancianos del pueblo lloraban y todo.

– ¿De qué vamos a vivir ahora? -decían.

Los más jóvenes no se lo tomaban tan mal. Pensaban que el gobierno ya nos sacaría de ésa.

– No hay por qué preocuparse -decían-. El mal tiempo no podrá con nosotros. El jefe de equipo irá a la ciudad a pedir grano.

El jefe de equipo fue tres veces a la sede de la comuna, y una vez a la del distrito, pero no consiguió traer nada, sólo estas palabras:

– Tranquilos todos, que dice el jefe de distrito que, mientras no muera él de hambre, aquí de hambre no muere nadie.

Cuando pasaron las lluvias, hubo varios días seguidos de mucho calor. Todo el arroz se echó a perder. Al anochecer, el viento traía ráfagas de olor a podrido, que venía a ser como el olor a muerto. Al principio, todo el mundo tenía la esperanza de que por lo menos pudiéramos sacar algún provecho de la paja de arroz. Pero, como no lo habíamos segado, la paja también se pudrió toda. Ya no teníamos nada. El jefe de equipo nos dijo que el distrito nos daría grano, pero ninguno de nosotros vio venir nada. Lo decía para que la gente no perdiera la confianza. Y nadie se atrevía a no creérselo, porque, si no, perdíamos toda esperanza de salir adelante.

Todo el mundo contaba cada grano que echaba a la olla, porque ya no quedaba mucho arroz de reserva. Así que a nadie se le ocurría hacer arroz blanco, todos hacíamos sopa, y hasta la sopa se hacía cada vez más aguada. Al cabo de dos o tres meses, ya habíamos agotado todas las reservas. Hablé con Jiazhen de matar la oveja y venderla en la ciudad a cambio de arroz. Estuvimos pensando y calculamos que podríamos conseguir cerca de cien jin [13] de arroz, que nos daría para hacer sopa hasta la siguiente cosecha.

En casa, llevábamos un par de meses sin comer lo suficiente, y la oveja estaba rolliza; se la oía balar con buena voz todos los días en el cobertizo. Y todo gracias a Youqing. El crío, que pasaba hambre y andaba todo el día mareado, ni una vez dejó de traer hierba para la oveja. La quería mucho, igual que Jiazhen lo quería a él.

Después de hablar con Jiazhen, tuve que decírselo a Youqing. En ese momento, él acababa justo de llevar una cesta de hierba al cobertizo, y la oveja estaba comiendo; el ruido que hacía al masticar -shh, shh- parecía de lluvia. Youqing estaba a su lado, con la cesta vacía en la mano, mirando sonriente cómo comía.

Cuando entré, ni se enteró. Sólo se volvió a mirarme cuando le puse una mano en el hombro.

– Está muerta de hambre -me dijo.

– Youqing -le dije-, tengo algo que decirte…

Él asintió y se volvió hacia mí.

– Ya casi no queda arroz en casa -seguí diciendo-. Tu madre y yo hemos decidido vender la oveja para poder comprar arroz. Si no, vamos a pasar hambre toda la familia.

Youqing bajó la cabeza sin decir nada. El crío no se hacía a la idea de deshacerse de la oveja.

– Cuando las cosas vayan un poco mejor -añadí dándole palmadas en el hombro-, te compro otro cordero.

Youqing asintió. Realmente, se había hecho mayor y entendía las cosas mucho mejor que antes. Unos años atrás, seguro que habría llorado y tenido una pataleta. Cuando salimos del cobertizo, Youqing me tiró de la chaqueta.

– Padre -me dijo todo tristón-, no la vendas al matarife.

Yo pensé: «A ver quién va a querer criar una oveja por los tiempos que corren. Si no la vendo al matarife, ¿a quién se la voy a vender?» Pero viendo la cara de Youqing, sólo pude decirle que sí.

Al día siguiente, me eché el saco de arroz al hombro y saqué la oveja del cobertizo. Acababa de llegar a la salida del pueblo cuando oí a Jiazhen llamarme. Me volví y los vi venir, a ella y a Youqing.

– Youqing también quiere ir -dijo ella.

– Los domingos no hay clase -dije yo-, ¿para qué va a ir Youqing a la ciudad?

– Deja que vaya contigo -dijo Jiazhen.

Yo sabía que lo que quería Youqing era estar un rato más con la oveja y, como tenía miedo de que no le dejara acompañarme, había pedido a Jiazhen que me lo pidiera ella. Pesé que, al fin y al cabo, si quería venir que viniera, así que le hice una seña. Youqing vino corriendo, cogió la oveja por la cuerda y me siguió cabizbajo.

El crío no dijo ni mu en todo el camino. En cambio, la oveja iba balando sin parar, mee mee. Iba detrás de Youqing, dándole cabezadas en el culo. Las ovejas entienden al hombre, y ella sabía que era Youqing el que le daba de comer todos los días, así que era cariñosa con él. Y cuanto más cariñosa estaba la oveja, más triste se ponía Youqing, que iba mordiéndose el labio, a punto de llorar.

Al ver que Youqing avanzaba sin levantar la cabeza, yo me sentía muy mal, así que buscaba cosas que decirle para consolarlo.

– Vendiéndola, al menos, no la matamos. Además, las ovejas son ganado, siempre han tenido este destino.

Cuando llegamos a la ciudad y estábamos a punto de doblar una esquina, Youqing se paró.

– Padre -me dijo mirando la oveja-, te espero aquí.

Yo sabía que no quería ver cómo la vendía, así que cogí la cuerda y seguí andando.

– ¡Padre! -me gritó mientras me alejaba-. ¡Me lo has prometido!

– ¿Qué te he prometido? -le pregunté volviéndome hacia él.

– Me has prometido que no la venderás al matarife.

Yo había olvidado lo que le había dicho el día anterior. Menos mal que Youqing no se venía conmigo. Si no, el crío iba a llorar segurísimo.

– Ya -le dije.

Doblé la esquina con la oveja y me dirigí hacia la carnicería. La carnicería siempre había estado llena de piezas de carne colgando. Pero en esa época de hambre, no había ni un puñetero trozo. Dentro había un hombre sentado, con pinta de aplatanado. Ni siquiera pareció alegrarse mucho de que le trajera una oveja. Cuando la pusimos entre los dos en la balanza, le temblaban las manos.

– Es el hambre -dijo-, no tengo fuerza.

Hasta en la ciudad pasaban hambre. Dijo que llevaba unos diez días sin colgar carne de los ganchos. Señaló hacia delante, un poste eléctrico que había a veinte metros.

– Ya verá -dijo-. En menos de una hora, habrá clientes haciendo cola hasta allí.

Y no se equivocaba: cuando me fui ya había unas diez personas esperando. En la tienda de arroces, también había cola. Yo creía que por el valor de la oveja podría comprar unos cien jin de arroz, pero al final sólo pude llevar a casa cuarenta. Al pasar por una tiendecita, entré a comprar dos caramelos de a céntimo para Youqing. Pensé que el pobre había estado deslomándose todo el año y se merecía algún dulce.

Volví con los cuarenta jin de arroz al hombro. Youqing me esperaba donde lo dejé, dando patadas a una piedrecita. Le di los caramelos. Se metió uno en el bolsillo y el otro en la boca. Nos pusimos en camino. Él llevaba el papel del caramelo bien dobladito en la mano.

– Padre, ¿quieres uno?

– Cómetelos tú -le dije moviendo la cabeza.

Cuando llegué a casa con el arroz, Jiazhen nada más ver el saco ya sabía cuánto traía. Lanzó un suspiro y no dijo nada. La que más difícil lo tenía era ella: ¿cómo iba a alimentar las cuatro bocas de la familia todos los días? Estaba tan preocupada que por las noches no dormía bien. Pero, por mal que estuvieran las cosas, había que seguir adelante, así que se iba todos los días con la cesta a buscar hierbas silvestres comestibles. Si ya estaba enferma, al pasar hambre día tras día, el médico acabó teniendo razón: se puso peor, y tuvo que apoyarse en un bastón para andar. Apenas daba veinte pasos y ya estaba toda sudada. Cuando vas por hierbas silvestres te pones en cuclillas para arrancarlas, pero ella tenía que hacerlo de rodillas y, cuando se levantaba, se tambaleaba. Me daba pena verla.

– Quédate en casa -le dije un día.

Pero ella no contestó, y se fue con su bastón. La agarré por el brazo, y ella se cayó al suelo. Jiazhen se echó a llorar sentada en el suelo.

– No estoy muerta -decía-, y tú me tratas como si lo estuviera.

Yo ya no sabía qué hacer. Las mujeres, cuando les sale el genio, no hay nada que no sean capaces de hacer o de decir. Si yo no quería que trabajara, a ella le parecía que la trataba con desprecio.

En menos de tres meses, ya nos habíamos comido los cuarenta jin de arroz. Y de no ser por Jiazhen, que se las ingeniaba para salir adelante, cocinando hojas de calabaza, corteza de árbol y demás, el arroz no nos habría dado ni para quince días.

Por aquel entonces, nadie en el pueblo tenía grano, y ya no quedaban hierbas silvestres que comer. Algunas familias empezaron a comer raíces. Cada vez se veía a menos gente en el pueblo: cada día había quien cogía un cuenco y se iba a mendigar. El jefe de equipo fue varias veces al distrito. A la vuelta, apenas podía llegar a la entrada del pueblo. Tenía que sentarse en el suelo a recobrar aliento. La gente que buscaba comida por los campos iba a preguntarle:

– Jefe, ¿cuándo nos darán grano los del distrito?

– No puedo con mi alma -decía él dejando caer la cabeza.

Y al ver a los que iban a mendigar, les decía:

– No vayáis, que en la ciudad tampoco hay comida.

Aunque sabía perfectamente que ya no quedaban hierbas comestibles, Jiazhen seguía buscándolas días enteros. Youqing estaba en pleno crecimiento. Al no tener cereales que comer, estaba tan flaco como una caña de bambú. Pero no dejaba de ser un niño y, cuando Jiazhen estaba tan enferma que apenas podía andar y, aun así, seguía yendo a buscar hierbas silvestres, Youqing la seguía y le iba diciendo:

– Madre, no puedo más de hambre.

Jiazhen no tenía de dónde sacar comida.

– Youqing -le decía-, ve a beber agua, te llenará un poco el estómago.

Y a él no le quedaba más remedio que ir a la laguna a beber -glu glu glu- hasta llenarse el estómago de agua para engañar el hambre.

Fengxia iba conmigo. Llevaba una azada para buscar boniatos. Ya habíamos cavado en esos campos qué sé yo cuántas veces, pero los del pueblo seguíamos yendo con la azada a ver si encontrábamos algo. A veces cavábamos todo el día y al final sólo sacábamos algún tallo podrido de calabaza. Fengxia también pasaba un hambre tremenda, se había quedado pálida. Cuando levantaba la azada, daba la impresión de que se le iba a caer la cabeza. La cría no podía hablar, sólo sabía trabajar. Dondequiera que fuera yo, allá iba ella. Yo pensaba: «Esto no puede ser, deberíamos buscar boniatos por separado, ir siempre juntos no es manera.» Y le hacía señas de que se fuera a otro sitio. ¿Cómo iba a pensar que, al separarse de mí, tendría problemas?

Un día, Fengxia estaba buscando boniatos en el mismo campo que uno del pueblo que se llamaba Wang Si. En realidad, Wang Si no era mal chico, y cuando me enrolaron a la fuerza en el ejército, él y su padre ayudaron muchas veces a Jiazhen a hacer trabajos pesados. Pero cuando hay hambre la gente se vuelve capaz de cualquier barbaridad. Estaba clarísimo que Fengxia había encontrado un boniato, pero Wang Si se aprovechó de que era muda y, cuando Fengxia estaba limpiando la tierra del boniato, se lo arrancó de las manos. Normalmente, Fengxia era de lo más formalita, pero en ese momento dejó de serlo y se abalanzó sobre él para tratar de recuperar el boniato. Wang Si se puso a dar berridos, y la gente del campo de al lado lo que vio era que Fengxia estaba intentando quitarle el boniato.

– ¡Fugui! -me gritó Wang Si-. ¡Hay que tener un poco de conciencia! ¡Por mucha hambre que tengas no puedes andar robando a los demás!

Vi que Fengxia estaba tratando con todas sus fuerzas, partir el boniato que él tenía agarrado. Enseguida fui a apartarla de él, y de la rabia que le dio a la pobre se le saltaron las lágrimas. Me explicó por señas que era Wang Si el que le había quitado el boniato a ella, y los demás del pueblo también lo entendieron.

– ¿Se lo has quitado tú? -le preguntaron-. ¿O te lo ha intentado quitar ella?

– Ya lo habéis visto -dijo él poniendo cara de ofendido-. Está claro que ha sido ella.

– Fengxia no haría una cosa así -le dije-, eso lo sabe todo el pueblo. Wang Si, si este boniato es tuyo de verdad, llévatelo. Pero, si no es tuyo, cuando lo comas te dará retortijones.

– Que diga ella de quién es -dijo señalándola.

Lo dijo sabiendo perfectamente que Fengxia no podía hablar. Me puso tan fuera de mí que me temblaba todo el cuerpo. Fengxia estaba a un lado abriendo la boca sin que le saliera ningún sonido, con la cara cubierta de lágrimas.

– Si no temes al dios del trueno -le dije-, llévatelo.

Pero a Wang Si, aun habiendo faltado a su conciencia, no se le caía la cara de vergüenza.

– Por supuesto que me llevaré lo que es mío -dijo con la cabeza bien alta.

Dio media vuelta y se fue. Quién iba a pensar que Fengxia levantaría la azada para golpearle. De no ser porque alguien gritó del susto, y Wang Si se apartó, lo habría matado. Al ver lo que había hecho mi hija, Wang Si le dio una bofetada. Fengxia no tenía la fuerza de él, y del golpe se cayó al suelo. La bofetada sonó como cuando alguien se tira al agua, y me fue directo al corazón. Me abalancé sobre él y le arreé un puñetazo en toda la cabeza, que se le quedó dando vueltas; hasta me dolió la mano y todo. Cuando Wang Si se rehízo, agarró una azada y arremetió contra mí. Lo esquivé y también levanté una azada.

De no ser porque los del pueblo nos agarraron, uno de los dos estaría desde entonces criando malvas. Luego vino el jefe de equipo y, después de escuchar nuestras explicaciones, nos echó una bronca.

– ¡Me cago en la puta! Si os llegáis a matar, ¡a ver con qué cara voy yo a rendir cuentas a la autoridad! Fengxia no haría una cosa así -añadió luego-, pero como nadie te ha visto quitarle el boniato, haremos una cosa: la mitad cada uno.

El jefe de equipo alargó la mano para que Wang Si le diera el boniato. Pero Wang Si se resistía a dárselo.

– Dámelo -dijo el jefe de equipo.

Wang Si no tuvo más remedio que darle el boniato de mala gana. El jefe de equipo pidió una hoz, colocó el boniato encima del sendero y ¡zas! lo partió en dos. Pero la mano le falló, y le salió una mitad mucho mayor que la otra.

– Jefe -le dije-, ¿y esto cómo se reparte?

– ¡Eso es fácil! -dijo, y ¡zas! pegó otra hozada, cortó otro trozo que se metió en el bolsillo, su trozo. Cogió los dos trozos restantes de boniato y nos los dio a Wang Si y a mí.

– Ahora son más o menos iguales, ¿no?

En realidad, un boniato no bastaba para alimentar a una familia, pero entonces pensábamos de otra manera, se trataba de salvar la vida como fuera. Llevábamos un mes sin tomar grano, y lo que hubiera comestible en el campo ya prácticamente se había acabado. Ese año, si hubieras ofrecido un cuenco de arroz a cambio de una vida, habrías encontrado a gente interesada.

Al día siguiente de la pelea con Wang Si por el boniato, Jiazhen salió del pueblo apoyada en su bastón. Desde los campos, le pregunté adónde iba.

– Voy a la ciudad a ver a mi padre.

No podía impedir a una hija que fuera a ver a su padre, pero, al ver lo que le costaba andar, le dije:

– Que vaya contigo Fengxia, ella cuidará de ti.

– No quiero que venga Fengxia -respondió sin volverse siquiera.

Todos esos días había estado muy irritable, así que no dije nada más y me quedé viendo cómo se alejaba lentamente, tan flaca que estaba en la piel y los huesos; la ropa que antes llenaba le sobraba por todas partes y flotaba al viento.

Lo que no sabía era que iba a la ciudad a pedir. Estuvo todo el día fuera y no volvió hasta el anochecer. Casi no podía andar. Fengxia fue la primera en verla, y me avisó de un tirón en la camisa. Me volví y, cuando vi a Jiazhen en el camino, apoyada en ese bastón retorcido y levantando el brazo para hacernos señas, tuve la impresión de que se le iba a caer la cabeza.

Corrí hacia ella y, cuando me acercaba, cayó de rodillas al suelo, agarrada al bastón.

– Fugui… -dijo con voz muy débil-. Ven…, ven…

Traté de ayudarla a levantarse, y ella me agarró la mano y se la puso bajo el pecho.

– Toca -dijo casi sin respirar.

Así lo hice, y me quedé de piedra: ¡llevaba una bolsa de arroz debajo de la ropa!

– ¡Es arroz!

Jiazhen se echó a llorar.

– Me lo ha dado mi padre -dijo.

En ese momento, una bolsa de arroz era el manjar más preciado de la tierra. En casa, llevábamos un mes sin probarlo. ¡Qué contentos nos pusimos! Tanto, que no se puede explicar. Pedí a Fengxia que llevara a Jiazhen a casa inmediatamente, mientras yo iba por Youqing. Lo encontré tumbado junto a la laguna: acababa de llenarse el estómago de agua.

– ¡Youqing! ¡Youqing! -lo llamé.

El crío volvió apenas la cabeza y me respondió medio desmayado.

– Corre a casa a tomar sopa de arroz -le dije en voz baja.

Al oír hablar de sopa de arroz, no sé de dónde sacó las fuerzas, pero se sentó de golpe.

– ¡Sopa de arroz! -exclamó.

– ¡No grites -me apresuré a decirle, asustado.

No podíamos permitir que nadie se enterara de que Jiazhen había traído arroz escondido bajo la ropa. Cuando estuvimos todos en casa, atranqué la puerta. Sólo entonces se sacó Jiazhen el arroz de debajo de la ropa. Echó en la olla media bolsa, añadió agua, y Fengxia encendió el fuego. Mandé a Youqing que vigilara en la puerta, mirando por la rendija si venía alguien. Al romper el hervor, el aroma del arroz llenó la casa, y Youqing no pudo aguantar junto a la puerta. Corrió hasta la olla a meter las narices para oler.

– ¡Qué bien huele! -decía.

– ¡A la puerta a vigilar! -le dije apartándolo de un tirón.

El crío husmeó como pudo un poco más y volvió a la puerta. Jiazhen sonrió.

– Por lo menos, os habré dado una buena comida -dijo-. Ese arroz es de lo poco que tenía mi padre para comer -añadió, con lágrimas en los ojos.

En ese momento, llegó alguien.

– ¡Fugui! -llamó.

Del susto que me dio no me atreví ni a respirar. Youqing estaba allí agachado, sin mover ni un pelo. Sólo Fengxia seguía echando leña al fuego, toda risueña. No lo había oído. Le di unas palmadas para indicarle que no hiciera ruido. Al oír que no contestaba nadie, el de fuera dijo irritado:

– Conque sale humo de vuestra chimenea, pero no contesta nadie, ¿eh?

Al cabo de un rato, se fue. Youqing se quedó vigilando un rato más.

– Ya se ha ido -dijo en voz baja.

Jiazhen y yo nos sentimos aliviados. Cuando estuvo hecha la sopa, nos sentamos los cuatro a la mesa y nos la tomamos bien calentita. Nunca en mi vida comí más a gusto; sólo de recordar el sabor de ese arroz, se me hace la boca agua. Youqing se la tomó deprisa, fue el primero en acabar. Luego abrió la boca para aspirar grandes bocanadas de aire: tenía la boca delicada, y le salieron muchas ampollas que le dolieron varios días. Cuando acabamos de comer, vino el jefe de equipo.

La gente del pueblo llevaba un par de meses sin probar el arroz. Todo el mundo vio que estábamos con la puerta cerrada y que salía humo de la chimenea. Un momento antes vino alguien a llamarnos, y no habíamos contestado. Cuando el hombre fue a decirlo a los demás, vino todo un grupo, encabezado por el jefe de equipo. Se habían dado cuenta de que teníamos algo rico de comer, y les entró ganas de venir a probarlo.

Nada más entrar, el jefe de equipo se puso a husmear.

– ¿Qué habéis cocinado que huele tan bien? -preguntó.

Yo reí sin decir nada: si no hablaba, el jefe de equipo no se atrevería a seguir preguntando. Jiazhen los saludó y los hizo sentarse. Pero unos cuantos perdieron la compostura y fueron a mirar en la olla y debajo del colchón. Menos mal que Jiazhen se había escondido el arroz que quedaba debajo de la ropa, así podían mirar donde quisieran. Pero al jefe de equipo le entró apuro.

– ¿Qué estáis haciendo? No estáis en vuestra casa. ¡Fuera, fuera! ¡Fuera, me cago en la mar!

Después de echarlos, se levantó a cerrar la puerta y, sin más miramientos, se acercó a nosotros y dijo:

– Fugui, Jiazhen, si tenéis algo de comer, dadme una parte.

Miré a Jiazhen, Jiazhen me miró a mí. En tiempo normal, el jefe de equipo se portaba bien con nosotros. Ahora que nos suplicaba, no podíamos decirle que no. Jiazhen se metió la mano debajo de la camisa, sacó la bolsa de arroz y le dio un puñadito.

– Jefe, esto es lo que hay. Lléveselo y hágase una sopa.

– Es suficiente, es suficiente -repetía el jefe de equipo.

Pidió a Jiazhen que le echara el arroz en el bolsillo. Luego se fue, riéndose, con el bolsillo bien agarrado. En cuanto salió el jefe de equipo, Jiazhen se echó a llorar: le dolía haber dado ese puñado de arroz. Viéndola, yo no pude más que suspirar.

Y así fuimos tirando hasta la siguiente cosecha, que aunque no fue abundante, era mejor que nada, y la vida, de repente, fue mucho más llevadera. Quién iba a decir que Jiazhen se pondría cada vez peor, hasta que llegó un momento en que ni siquiera era capaz de dar unos pasos. El año de hambruna la había dejado para el arrastre. Jiazhen no se resignaba y, ya que no podía trabajar en el campo, se empeñaba en trabajar en casa. Iba de aquí para allá, apoyándose en las paredes, a limpiar una cosa, luego a barrer, y así hasta que un día se cayó al suelo y no fue capaz de levantarse. Cuando Fengxia y yo volvimos del campo, ella seguía estirada en el suelo, con la cara magullada y todo. La llevé en brazos hasta la cama. Fengxia le limpió la sangre de la cara con una toalla.

– A partir de ahora, te quedas en la cama -le dije.

Jiazhen bajó la cabeza.

– No pensé que no sería capaz de levantarme.

Jiazhen era una mujer fuerte. En un momento como ése ni siquiera se quejó. Los días que pasó en la cama, me pidió que le pasara toda la ropa rota o raída.

– Me sentiré mejor si tengo algo que hacer.

Estuvo descosiendo ropa vieja, cosiéndola de nuevo. Hasta hizo un conjunto para Fengxia y otro para Youqing. Una vez puestos, parecían bastante nuevos. Luego me enteré de que había descosido hasta su propia ropa.

– La ropa, si no la llevas -me dijo sonriendo al verme enfadado-, se estropea enseguida. Yo ya no la voy a llevar, así que no voy a dejar que se eche a perder conmigo.

Me dijo que también haría para mí. Cómo iba a saber que, cuando aún no había acabado mi ropa, ya no pudo ni sostener la aguja. En ese momento, Fengxia y Youqing se habían quedado dormidos, y Jiazhen seguía cosiendo, a la luz de la lámpara de aceite. Estaba tan cansada que le brillaba el sudor por toda la cara. Le dije varias veces que durmiera, pero ella movía la cabeza, jadeando, diciendo que pronto. Entonces se le cayó la aguja. Quiso recogerla, con las manos temblando. Lo intentó varias veces sin conseguirlo. La recogí yo y se la di, pero apenas la tuvo en la mano se le volvió a caer. Jiazhen se echó a llorar. Era la primera vez que lloraba desde que cayó enferma, y fue pensando que ya no podría trabajar más.

– Soy una inválida -dijo-, ¿qué esperanza me queda?

Le sequé las lágrimas con la manga. Estaba tan flaca que se le notaban los huesos de la cara. Le dije que era el cansancio y que nadie, por sano que estuviera, aguantaría haciendo lo que ella. La consolé diciendo que Fengxia ya era mayor, que ya ganaba más puntos de trabajo que antes y que no había que preocuparse por el dinero.

– Pero Youqing todavía es pequeño -dijo.

Esa noche, Jiazhen estuvo llorando sin parar.

– Cuando me muera -me pedía-, no me metas en un saco, que los sacos se atan muy fuerte y, cuando llegue a las tinieblas, no sabré abrirlo. Una tela de algodón limpia será suficiente. Y antes de enterrarme, lava mi cuerpo. Fengxia ya es una mujer -añadió-. Si puedes encontrarle marido, descansaré en paz. Pero Youqing todavía es pequeño, hay cosas que no entiende, así que no le pegues mucho; con asustarlo un poco es suficiente.

Me estaba hablando de su última voluntad, y eso a mí me llenó de tristeza.

– Lo normal habría sido que yo hubiera muerto hace tiempo -le dije-. En la guerra murió mucha gente, y yo en cambio seguí vivo. Y eso fue porque todos los días me repetía a mí mismo que tenía que vivir para volver con vosotros. ¿Cómo puede ser que te resignes a abandonarnos así?

Mis palabras tuvieron algún efecto. A la mañana siguiente, vi que Jiazhen me estaba mirando.

– Fugui -me dijo en voz baja-, no quiero morirme. Quiero poder veros todos los días.

Jiazhen estuvo en cama varios días, sin hacer nada, y fue recuperando algo de fuerza. Pudo sentarse apoyada, y se encontraba mucho mejor, contenta, con ganas de intentar trabajar en el campo, pero yo no quise.

– A partir de ahora, se acabó lo de cansarte, tienes que ahorrar fuerzas, que aún te queda mucho tiempo por vivir.

Ese año, Youqing llegó a quinto. Dicen que las desgracias nunca vienen solas. Con Jiazhen tan enferma, yo deseaba que Youqing madurara rápido. Pero el crío sacaba malas notas, y pensé que era mejor no forzarlo a entrar en secundaria y que, cuando acabara la primaria, me acompañara al campo a ganar puntos de trabajo. Cómo iba a imaginar que, apenas Jiazhen empezó a encontrarse un poco mejor, a Youqing le pasaría lo que le pasó.

Una tarde, la directora de la escuela de Youqing, que era la mujer del jefe de distrito, tuvo una hemorragia tremenda cuando paría en el hospital. Estuvo con un pie en la tumba. Los profesores reunieron inmediatamente a los alumnos de quinto en el terreno de deportes y les pidieron que fueran al hospital a dar sangre. Al saber que era para la directora, los niños se pusieron tan contentos como si tuvieran que hacer fiesta, y algunos chavales se remangaron allí mismo. En cuanto salieron de la escuela, mi Youqing se quitó los zapatos y echó a correr hacia el hospital con ellos en las manos. Lo siguieron cuatro o cinco alumnos. Mi hijo fue el primero en llegar y, cuando llegaron los demás, Youqing encabezaba la cola.

– He sido el primero en llegar -le dijo muy orgulloso al profesor.

Entonces el profesor lo apartó de un tirón y lo regañó diciendo que había cometido una falta de disciplina. Al pobre no le quedó más remedio que quedarse a un lado, mirando cómo los demás entraban a dar sangre por orden de estatura. Sacaron sangre a más de diez, pero ni uno tenía el mismo grupo que la directora. Al verlo, Youqing se quedó muy preocupado. Temió que él se quedara el último y que, para entonces, ya no pudiera dar sangre. Fue a ver al profesor y le dijo, todo tímido y encogido:

– Profesor, reconozco que hice mal.

El profesor asintió, pero no le hizo caso. Esperó a que entraran dos niños más. Pero en ese momento salió de la sala de partos un médico con mascarilla y dijo al enfermero que hacía las extracciones:

– ¿Y la sangre? ¿Dónde está la sangre?

– No se corresponden los grupos -dijo el hombre.

– Tráemela cuanto antes -gritó el médico-. La paciente se está quedando sin pulso.

Youqing volvió a hablar con el profesor.

– ¿No me toca ya? -le preguntó.

– Pasa -le dijo el profesor después de echarle una ojeada.

La sangre de Youqing resultó ser del grupo que necesitaban. Mi hijo estaba tan contento que se le puso la cara toda colorada. Salió a la puerta y anunció:

– ¡Van a sacarme sangre!

Por sacarle un poco de sangre no pasaba nada. Pero los médicos del hospital, para salvar a la mujer del jefe de distrito, empezaron a sacarle y ya no pararon. De tanto sacarle sangre, se puso pálido, pero él aguantó sin decir nada. Sólo cuando ya se le pusieron blancos los labios dijo temblando:

– Me estoy mareando.

– Todo el mundo se marea cuando le sacan sangre -le dijo el enfermero.

Youqing ya estaba mal, pero entonces salió un médico diciendo que esa sangre no bastaba. El enfermero, que era un cabronazo hijo de puta, por poco deja seco a mi hijo. Youqing ya tenía los labios azules, pero él siguió dale que te pego. Sólo cuando la cabeza de Youqing cayó a un lado, el tipo se asustó y fue a llamar al médico. El doctor se agachó a su lado y lo auscultó.

– No tiene ni latidos -dijo.

Pero tampoco le dio mayor importancia. Se limitó a echar una bronca al enfermero.

– ¡Eres un inútil! -le dijo, y volvió a entrar en la sala de partos a salvar a la mujer del jefe de distrito.

Esa tarde, antes de terminar el trabajo, un niño de la aldea de al lado, compañero de clase de Youqing, vino corriendo como una bala, se paró delante de nosotros y gritó a voz en cuello:

– ¿Quién es el padre de Xu Youqing?

Al oírlo, me dio un vuelco el corazón. Estaba preguntándome qué le podía haber pasado a Youqing cuando el niño gritó:

– ¿Y su madre?

– Yo soy el padre de Youqing.

– Es verdad, es usted -dijo limpiándose la nariz, después de mirarme-. Vino una vez a la escuela… Xu Youqing se está muriendo -añadió cuando yo ya sentía el corazón como si se me fuera a salir.

Inmediatamente se me nubló la vista.

– ¿Qué dices? -pregunté al niño.

– Que vaya corriendo al hospital, que Xu Youqing se está muriendo.

Tiré la azada y eché a correr hacia la ciudad, aturdido y con el corazón en un puño. Pensé en lo bien que estaba Youqing a mediodía, cuando se marchó a la escuela, y ahora me decían que se estaba muriendo. Llegué corriendo al hospital, con la cabeza zumbándome, y agarré al primer médico que vi.

– ¿Y mi hijo?

El médico me miró.

– ¿Y cómo sé yo quién es su hijo?

Yo me quedé atontado. Pensé: «Igual me he equivocado, ¡ojalá!»

– Me han dicho que mi hijo se estaba muriendo -expliqué-, y que viniera al hospital.

El médico, que ya se iba, se detuvo.

– ¿Cómo se llama su hijo? -me preguntó mirándome.

– Youqing -dije.

Señaló la última habitación del pasillo.

– Pregunte allí -dijo.

Corrí a esa habitación. Dentro había un médico escribiendo algo.

– Doctor -pregunté con el corazón retumbándome-, ¿vive aún mi hijo?

El médico levantó la cabeza y me miró un buen rato.

– ¿Se refiere a Xu Youqing? -preguntó.

Me apresuré a decirle que sí.

– ¿Cuántos hijos varones tiene? -volvió a preguntar.

Inmediatamente me flaquearon las piernas y me eché a temblar.

– Sólo uno -le dije-, por favor, tenga piedad, sálvelo.

El médico asintió, como diciendo que sí, pero entonces volvió a preguntar:

– ¿Por qué sólo ha tenido un hijo?

¿Qué iba yo a contestar a eso? Me irrité.

– ¿Vive mi hijo, si o no? -le pregunté.

– No, ha muerto -contestó él moviendo la cabeza.

De repente, dejé de ver al médico, se me nubló el entendimiento, sentí las lágrimas caer. Sólo al cabo de un rato fui capaz de preguntarle:

– ¿Dónde está mi hijo?

Youqing estaba solo, en una habitación pequeña, tendido en una cama de ladrillos. Cuando entré, todavía no había oscurecido, y lo vi allí estirado, tan flaco y tan menudo; llevaba puesta la última ropa que le había hecho Jiazhen. Tenía los ojos cerrados, y la boca también, muy apretada. Lo llamé: «¡Youqing! ¡Youqing!» varias veces, pero no se movió, y me di cuenta de que estaba muerto de verdad. Abracé a mi hijo, pero el cuerpo de Youqing ya estaba rígido. A mediodía, cuando salió hacia la escuela, estaba vivito y coleando, y al atardecer ya estaba tieso. Por mucho que lo pensara no lo entendía: tenían que ser dos niños distintos. Lo miré, le acaricié esos hombros flacuchos: sí, era mi hijo. Lloré a lágrima viva, ni siquiera me di cuenta de que llegó el profesor de educación física. Al ver a Youqing, se echó a llorar también.

– ¡Quién iba a pensarlo! -decía una y otra vez-. ¡Quién iba a pensarlo!

El hombre se sentó a mi lado, y estuvimos llorando frente a frente, acariciando la cara de Youqing. Pasó mucho rato. De repente me di cuenta de que no sabía cómo había muerto mi hijo. Se lo pregunté al profesor de educación física, y fue entonces cuando me enteré de que había muerto de la sangre que le habían sacado. En ese momento me entraron ganas de matar a alguien. Solté a mi hijo y salí disparado. Entré en una sala, vi a un médico y lo agarré por el brazo. Sin preocuparme siquiera por saber quién era, le arreé un puñetazo en toda la cara. El médico cayó al suelo y se puso a gritar como un loco.

– ¡Has matado a mi hijo! -rugí.

Levanté un pie para meterle una patada, pero alguien me lo impidió. Me volví, y era el profesor de educación física.

– ¡Suéltame! -le dije.

– No haga locuras -dijo él.

– ¡Lo voy a matar! -dije.

El profesor de educación física me tenía agarrado, y yo no lograba deshacerme de él.

– ¡Ya sé que le tenía cariño a Youqing! ¡Suélteme! -le supliqué llorando.

Pero el profesor de educación física siguió sujetándome. No tuve más remedio que darle codazos con todas mis fuerzas. Cuando el médico se puso de pie y salió corriendo, nos rodeó mucha gente. Vi que entre ellos había dos médicos.

– Por favor, suélteme -dije al profesor de educación física.

El hombre era muy fuerte. Mientras me tuviera sujeto, yo no podía moverme. Yo iba arreándole codazos, pero a él no parecían dolerle.

– No haga locuras -me decía una y otra vez.

En ese momento, vino un hombre con traje Sun Yat-sen [14] y le dijo al profesor de educación física que me soltara.

– ¿Es usted el padre de Youqing?

No le hice ni caso. En cuanto me soltó el profesor de educación física, me abalancé sobre uno de los médicos, pero él dio media vuelta y huyó. Oí que alguien llamaba «jefe de distrito» al hombre del traje Sun Yat-sen. Pensé: «¡Así que él es el jefe de distrito!» y que su mujer le había robado la vida a mi hijo. Levanté un pie y le arreé un patadón en la barriga. Él lanzó un gemido y cayó de culo al suelo. El profesor de educación física volvió a sujetarme.

– ¡Es el jefe de distrito Liu! -me gritó.

– ¡A ése es a quien quiero matar! -dije yo.

Levanté el pie para volver a darle, pero el jefe de distrito me preguntó de repente:

– ¿No eres Fugui?

– ¡Te voy a matar hoy mismo como sea! -le solté.

El jefe de distrito se levantó del suelo.

– Fugui -me dijo-, soy Chunsheng.

Cuando me dijo eso, me quedé helado. Estuve mirándolo un buen rato y, cuanto más lo miraba, más lo reconocía.

– ¡Eres Chunsheng! -dije.

Él se acercó y también me estuvo mirando.

– ¡Eres Fugui! -dijo.

Al ver a Chunsheng, me calmé bastante.

– Chunsheng -le dije llorando-, ¡cómo has crecido y engordado!

Sus ojos también se le pusieron rojos.

– Fugui, creí que habías muerto.

– No -dije moviendo la cabeza.

– ¡Y yo que creí que habías muerto, como Lao Quan!

Nada más mencionar él a Lao Quan, nos echamos los dos a llorar desconsoladamente.

– ¿Encontraste alguna torta? -le pregunté después del llanto.

– No -dijo él secándose los ojos-, ¿todavía te acuerdas? Cuando salí a buscarlas caí prisionero.

– ¿Comiste panecillos al vapor? -le pregunté.

– Sí -me dijo él.

Los dos nos pusimos a reír. Pero, mientras reía, recordé a mi hijo muerto. Me froté los ojos y lloré de nuevo. Chunsheng me puso una mano en el hombro.

– Chunsheng -le dije-, mi hijo ha muerto. Era mi único varón.

– ¿Cómo puede ser que sea precisamente tu hijo? -dijo él suspirando.

Recordé que Youqing seguía allí solo, estirado, en esa habitacioncita, y se me partió el corazón.

– Quiero ver a mi hijo.

Ya no tenía ganas de matar a nadie. Cómo iba a pensar que aparecería de repente Chunsheng. Antes de salir, me volví hacia él.

– Chunsheng -le dije-, me debes una vida. En la próxima reencarnación, tendrás que devolvérmela.

Esa noche volví a casa con Youqing en brazos, andando y parándome, parándome y andando. Cuando me cansaba de llevarlo en brazos, lo llevaba a la espalda. Pero, en cuanto lo cargaba a la espalda, me entraba congoja y lo volvía a coger en brazos. No podía dejar de mirar a mi hijo. Cuando vi que me acercaba al pueblo, me fui sintiendo cada vez peor, pensando en cómo iba a decírselo a Jiazhen. Muerto Youqing, Jiazhen no viviría mucho más, con lo enferma que estaba. Me senté en uno de los senderos de los bancales que había a la entrada del pueblo y me puse a Youqing sobre las rodillas. Al verlo no pude evitar echarme a llorar, pero al cabo de un rato volví a pensar en cómo decírselo a Jiazhen. Después de mucho pensarlo, decidí que lo mejor sería ocultárselo de momento. Dejé a Youqing allí mismo y volví a casa a buscar una azada sin que nadie me viera. Luego cogí a Youqing en brazos y lo llevé ante las tumbas de mis padres, y allí cavé un hoyo.

Quería enterrar a Youqing, pero al mismo tiempo me resistía a separarme de él. Me senté delante de las tumbas de mis padres, con Youqing en brazos, sin querer soltarlo. Puse su cara contra mi cuello. Parecía helada, la sentía en mi cuello, fría como la nieve. El viento nocturno soplaba en las hojas de los árboles, susurran do, y el cuerpo de Youqing se empapó de rocío. Yo no paraba de pensar en cómo se había ido corriendo a mediodía, con la cartera balanceándosele a la espalda. Pensando en que Youqing ya nunca más volvería a hablar, ya nunca más volvería a correr con los zapatos en las manos, me dolía el corazón, tanto que ya no podía ni llorar. Así estuve sentado hasta que vi que iba a amanecer, y que no me quedaba más remedio que enterrarlo. Así que me quité la chaqueta, le arranqué las mangas para cubrir los ojos de Youqing y con el resto lo envolví, antes de meterlo en el hoyo.

– Va a venir Youqing -dije a las tumbas de mis padres-, tratádmelo bien. Mientras vivió, yo lo traté mal, así que dadle mucho cariño por mí.

Una vez tendido en el hoyo, Youqing se veía cada vez más menudo, no parecía haber vivido trece años; parecía más bien recién nacido. Fui echándole la tierra con las manos, sacando las piedrecitas para que no se le clavaran y le hicieran daño. Cuando terminé de enterrar a Youqing, empezaba a clarear, y yo me puse lentamente de camino a casa, volviéndome atrás cada dos por tres. Cuando llegué a la puerta de casa y pensé que ya no vería más a mi hijo, no pude evitar echarme a llorar, y me agaché tapándome la boca para que no me oyera Jiazhen. Allí estuve en cuclillas mucho rato, hasta oí las llamadas al trabajo. Sólo entonces me levanté y entré en casa. Fengxia estaba junto a la puerta, mirándome con los ojos muy abiertos, sin saber que su hermanito había muerto. Cuando vino el niño de la aldea vecina a avisar, ella también estaba, pero no lo vio. Jiazhen me llamó desde la cama.

– Youqing se ha encontrado mal -le dije acercándome a ella-, está en el hospital.

Jiazhen pareció creerme.

– ¿Qué le ha pasado? -preguntó.

– No sabría decirte. Estaba en clase y, de repente, se desmayó, lo mandaron al hospital, y dijo el médico que tardaría varios días en recuperarse.

Jiazhen se entristeció, y se le saltaron las lágrimas.

– Es el cansancio -dijo-, es culpa mía, por la carga que soy.

– No -dije-, el cansancio no produce esas cosas.

– Tienes los ojos hinchados -me dijo después de mirarme.

– Sí -dije asintiendo-, no he dormido en toda la noche.

Me apresuré a salir de nuevo. Youqing estaba recién enterrado, sus restos aún estaban intactos. No sabía cómo aguantaría si seguía engañando así a Jiazhen.

Los días siguientes trabajaba todo el día en el campo y, al anochecer, decía a Jiazhen que me iba a la ciudad a ver si Youqing estaba mejor. Caminaba lentamente hacia la ciudad, hasta que oscureciera del todo, entonces desandaba hasta la tumba de Youqing, y allí me sentaba. La noche era negrísima, el viento me soplaba en la cara. Me ponía a hablar con mi hijo, y mi voz, que iba y venía flotando, no parecía ni mía. Me quedaba allí hasta muy entrada la noche, y luego volvía a casa. Los primeros días, Jiazhen me esperaba despierta y me preguntaba por Youqing. Yo me inventaba cualquier cosa para mantenerla engañada. Al cabo de unos días, cuando volvía a casa, Jiazhen ya estaba dormida, allí tumbada con los ojos cerrados. Yo sabía que seguir engañándola tampoco era una solución, pero no podía hacer otra cosa: un día era un día, aunque fuera de engaño, y mientras Jiazhen creyera que Youqing estaba vivo, todo iba bien.

Una noche, volví de la tumba de Youqing, entré en casa y me acosté junto a Jiazhen. Ella, que parecía dormida, me dijo de repente:

– Fugui, no me queda mucho más de vida.

Me dio un vuelco el corazón. La acaricié, y vi que tenía la cara cubierta de lágrimas.

– Tienes que cuidar bien de Fengxia -me dijo-, es la que más me preocupa.

No mencionó a Youqing, y en ese momento me entró pánico. Quise decirle algo para consolarla, pero ni siquiera fui capaz.

A la tarde siguiente, dije a Jiazhen lo mismo de todos los días, que me iba a la ciudad a ver a Youqing. Jiazhen me pidió que no fuera, que la llevara a la espalda a dar una vuelta por el pueblo. Dije a Fengxia que cogiera en brazos a su madre y la pusiera a mi espalda. El cuerpo de Jiazhen era cada vez más ligero, estaba en los huesos.

– Me gustaría ir al oeste del pueblo -dijo nada más salir.

Allí era donde estaba enterrado Youqing. Le dije que sí, pero mis piernas se negaron a ir hacia allí. Andando, andando, llegamos a la parte oeste del pueblo.

– Fugui -me dijo Jiazhen con suavidad-, no me engañes más, ya sé que Youqing está muerto.

Cuando lo oí, me quedé parado, sin poder avanzar. Las piernas empezaron a fallarme. Sentí la nuca cada vez más húmeda, y supe que eran las lágrimas de Jiazhen.

– Llévame a ver a Youqing -me dijo.

Ya no podía seguir engañándola, así que la llevé a la parte oeste.

– Oí cada noche cómo volvías del oeste del pueblo -me dijo en voz baja-, y comprendí que Youqing había muerto.

Cuando llegamos a la tumba de Youqing, Jiazhen me pidió que la soltara. Ella se lanzó sobre la tumba de nuestro hijo, llorando a lágrima viva, con las manos sobre la sepultura como si quisiera acariciarlo. Pero no tenía ninguna fuerza, y sólo pudo mover un poquito los dedos. Viéndola así sentí que la congoja me oprimía el corazón. No tenía que haber enterrado a Youqing a escondidas, sin dejar que Jiazhen le echara ni una última mirada.

Jiazhen se quedó sobre la tumba hasta que se hizo de noche. Temí que el sereno le hiciera daño, y la subí a la fuerza a mi espalda. Ella me pidió que la llevara a la entrada del pueblo, y allí me empapó el cuello de la chaqueta.

– Youqing ya no correrá por este camino -dijo llorando.

Me quedé mirando el camino, que iba serpenteando hacia la ciudad. Ya no resonarían allí los pasos de mi hijo.

A la luz de la luna, el camino parecía cubierto de sal.


* * *

Esa tarde estuve todo el rato con el anciano. Cuando el buey y él, después de haber descansado lo suficiente, bajaron de nuevo al campo, ni se me pasó por la cabeza irme, y me quedé aguardándolo, debajo del árbol, como un centinela.

En ese momento, se oía a ratos las voces de los agricultores trabajando. Donde más animación había era en el sendero de un bancal cercano. Dos hombres fuertes y robustos levantaban el cubo de té, compitiendo a ver quién bebía más. Los jóvenes que los rodeaban iban gritando y jaleando, encantados de su papel de mirones y de no estar en el lugar de los contrincantes. Fugui, en comparación, parecía muy solo. En el arrozal que tenía al lado, dos mujeres con pañuelo en la cabeza trasplantaban arroz. Iban hablando de un hombre a quien yo no conocía de nada. Al parecer, se trataba de un hombre alto y fuerte, que debía de ganar más dinero que nadie en el pueblo. Por lo que iban diciendo, supe que trabajaba de mozo de carga allá en la ciudad. Una de las mujeres se enderezó y se masajeó la espalda con los puños.

– Del dinero que gana -la oí decir- dedica la mitad a su mujer y la mitad a otra.

– Uno siempre tiene que recordar cuatro cosas -interrumpió en ese momento Fugui, acercándose a ellas apoyado en el arado-: no equivocarse al hablar, no equivocarse de cama, no equivocarse de puerta, no equivocarse de bolsillo -una vez junto a ellas, ladeó la cabeza-. Y él ha olvidado la segunda: se ha equivocado de cama.

En cuanto las mujeres se echaron a reír, vi el semblante satisfecho de Fugui. Llamó al buey, y vio que yo también me reía.

– Son reglas que hay que seguir en la vida.

Luego volvimos a sentarnos los dos bajo el árbol. Le pedí que siguiera contándome su historia, y me miró con cierto agradecimiento, como si yo estuviera haciendo algo por él. Se mostraba feliz de que alguien diera esa importancia a su vida.

Yo creí que, muerto Youqing, Jiazhen no viviría mucho más. Y durante un tiempo estuvo fatal, tumbada en la cama, jadeando, con los ojos medio cerrados todo el día, sin querer comer. Teníamos que sostenerla Fengxia y yo cada vez, y meterle a la fuerza la sopa en la boca. No tenía más que la piel y los huesos, así que sostenerla era como sostener una brazada de leña.

El jefe de equipo vino un par de veces a casa. Al ver cómo estaba Jiazhen, no hacía más que mover la cabeza.

– Me temo que esto se acaba -dijo una vez llevándome aparte.

Al oírlo, se me cayó el alma a los pies. No hacía ni quince días de la muerte de Youqing, y ahora también se me iba a ir Jiazhen. Faltando de repente dos miembros de la familia, la vida iba a hacerse muy difícil. Es como si a una olla le quitaras la mitad: ya no es una olla, y la familia ya no es una familia.

El jefe de equipo dijo que iría al ambulatorio de la comuna a pedir que viniera un médico a visitarla. Y la verdad es que cumplió: fue a una reunión de la comuna y, a la vuelta, trajo a un médico. El médico era muy flaco y llevaba gafas. Me preguntó qué tenía Jiazhen.

– Raquitismo -le dije.

El médico asintió, se sentó al borde de la cama y tomó el pulso a Jiazhen. Vi que, mientras, iba hablando con ella. Al oír que alguien le hablaba, Jiazhen se limitó a abrir los ojos, sin contestar. A saber por qué, el médico no le encontró el pulso, y pareció asustado. Entonces le levantó los párpados. Luego le sujetó la muñeca con una mano, y con la otra le tomó el pulso, inclinando la cabeza como si tratara de oírlo.

– Tiene el pulso tan débil que casi no se siente -dijo levantándose al cabo de un rato-. Prepárese para lo peor -añadió.

Un médico es capaz de destrozarle a uno la vida con una sola frase. Estuve a punto de desplomarme.

– ¿Cuánto puede vivir mi mujer? -le pregunté saliendo tras él.

– No llegará a un mes -dijo él-. Con esa enfermedad, en cuanto la parálisis se extiende a todo el cuerpo, poco puede durar.

Esa noche, cuando se quedaron dormidas Jiazhen y Fengxia, me quedé sentado yo solo en el quicio de la puerta, hasta que estuvo a punto de amanecer; primero llorando desconsolado, y luego pensando en el pasado. Pensando en eso se me volvieron a saltar las lágrimas. ¡Qué rápido había pasado el tiempo! Fue casarse conmigo, y Jiazhen ya no tuvo un solo día feliz. Y en un abrir y cerrar de ojos, ya le había llegado la hora de irse. Luego pensé que tanto llorar y tanto sufrir no servía para nada. En un momento como ése, no quedaba más remedio que pensar en cosas prácticas, tenía que preparar un funeral decente para Jiazhen.

El jefe de equipo era buena persona.

– Fugui -me dijo al verme así-, no te lo tomes tan mal. Todos tenemos que morir. Por ahora no pienses en nada, basta con que Jiazhen pase a gusto sus últimos días. Elige la tierra que quieras de este pueblo para su tumba.

En realidad, en ese momento yo ya estaba más sereno.

– Jiazhen quiere estar con Youqing. Tienen que estar enterrados en el mismo sitio.

Había enterrado al pobre Youqing envuelto en una chaqueta. A Jiazhen no podía enterrarla así. Por humildes que fuéramos, tenía que darle un ataúd. Si no, no podría con mi conciencia. Si Jiazhen se hubiera casado con otro, no habría sufrido conmigo, ni se habría cansado tanto, ni habría enfermado así. Fui por todo el pueblo, de casa en casa, pidiendo dinero prestado. No sé qué me pasaba, que en cuanto decía que era para el ataúd de Jiazhen se me saltaban las lágrimas. Todo el mundo era pobre, así que el dinero que recogí no bastaba para un ataúd. Al final, el jefe de equipo reunió algo de dinero de los fondos públicos y pude hacer venir al carpintero del pueblo de al lado.

Al principio, Fengxia no sabía que su madre estaba a punto de morir, pero vio que, en cuanto yo tenía un momento, me iba corriendo al antiguo cobertizo para ganado del pueblo, donde estaba trabajando el carpintero. Cuando iba allí, me quedaba un buen rato, hasta me olvidaba de comer. Fengxia venía a llamarme y, al cabo de varias veces, vio que la madera iba tomando forma de ataúd. Sólo entonces empezó a darse cuenta de algo. Me preguntó por señas qué era, con los ojos muy abiertos. Pensé que Fengxia tenía que enterarse, y se lo dije.

La cría se puso a mover la cabeza sin parar, yo sabía lo que quería decir, y le expliqué por señas que era para Jiazhen, para cuando Jiazhen muriera. Fengxia seguía moviendo la cabeza. Me tiró de la manga para volver a casa. Cuando llegamos, sin soltarme, Fengxia tocó en hombro a Jiazhen, y Jiazhen abrió los ojos. Entonces la niña me sacudió con fuerza el brazo, para que viera que su madre estaba vivita y coleando. Luego levantó el brazo derecho y lo dejó caer como dando un hachazo: quería que destrozara el ataúd.

A Fengxia ni se le había pasado por la cabeza siquiera que su madre fuera a morir. Ni aun explicándoselo como lo hice se lo creyó. Viéndola, sólo pude bajar la cabeza y dejar de hacerle señas.

Jiazhen estuvo veinte días en cama. A veces, parecía encontrarse un poco mejor, y a veces yo volvía a pensar que estaba a punto de írsenos. Al final, una noche, cuando me acosté a su lado y me disponía a apagar la luz, Jiazhen levantó de repente un brazo y me tiró de la manga para que no apagara. Tenía la voz tan débil como el zumbido de un mosquito. Quería que la colocara de lado. Esa noche, mi mujer estuvo mirándome y remirándome, y me llamó muchas veces:

– Fugui…

Luego sonrió y cerró los ojos. Al cabo de un rato, volvió a abrirlos.

– ¿Está durmiendo bien Fengxia? -me preguntó.

Me incorporé a mirar.

– Está dormida.

Esa noche, Jiazhen estuvo diciendo muchas cosas sueltas, hasta que se durmió de puro cansancio. Yo, en cambio, no pude dormir de ninguna manera, estaba hecho un lío. Aparentemente, Jiazhen estaba mucho mejor, pero yo tenía miedo de que fueran los últimos coletazos de los que tanto había oído hablar. Yo iba acariciándola una y otra vez, y me tranquilizó un poco notar que estaba caliente.

Cuando me levanté al día siguiente, Jiazhen todavía dormía. Pensé que la noche anterior se había dormido tarde, y no la desperté. Fengxia y yo tomamos algo de sopa de arroz antes de salir a trabajar. Ese día acabamos temprano y, cuando volvimos a casa, me pegué un susto: ¡Jiazhen estaba sentada encima de la cama! ¡Se había sentado sola!

– Fugui -me dijo en voz baja al vernos entrar-, tengo hambre, hazme un poco de sopa de arroz.

Me quedé pasmado un buen rato, ¿cómo iba a pensar que Jiazhen se pondría bien? Volvió a llamarme, y sólo entonces reaccioné, llorando a lágrima viva.

– Es gracias a ti -dije a Fengxia olvidando que no me oía-. Es gracias a que piensas de corazón que tu madre no va a morir.

Cuando alguien tiene hambre, es buena señal. Al cabo de un tiempo, Jiazhen pudo hacer algunas labores de aguja sentada en la cama. Si seguía así, Jiazhen quizá podría levantarse algún día y andar. Por fin pude librarme de la preocupación. Pero en cuanto uno se queda tranquilo, viene la enfermedad. En realidad, la enfermedad me había encontrado hacía tiempo. Pero, al morir Youqing, Jiazhen también pareció estar a punto de irse, de modo que no pude ocuparme de mí, y no me di cuenta. Cuando Jiazhen, en contra de lo que había dicho el médico, empezó a mejorar poco a poco, yo fui teniendo cada vez más vértigos, hasta que un día estaba yo trasplantando brotes de arroz, me desmayé y me llevaron a casa. Sólo entonces me di cuenta de que estaba enfermo.

Al enfermar yo, Fengxia llevó una vida muy dura. Con dos personas en cama, tenía que atendernos y, al mismo tiempo, ir al campo a ganar puntos de trabajo. Al cabo de unos días, viendo que Fengxia estaba realmente demasiado cansada, le dije a Jiazhen que me encontraba mucho mejor y fui a trabajar sin poder con el alma. Los del pueblo, al verme, se quedaron asustados.

– Fugui -dijeron-, se te ha puesto todo el pelo blanco.

– Ya lo estaba -dije yo riendo.

– Antes sólo lo estaba a medias -dijeron ellos-, pero en unos días se te ha puesto blanco del todo.

En esos pocos días, había envejecido mucho, y ya no volví a tener la fuerza de antes. Al trabajar me dolían los riñones, la espalda, y apenas me esforzaba un poco, ya estaba cubierto de sudor de pura debilidad.

Al mes y pico de morir Youqing, vino Chunsheng. Ya no se llamaba Chunsheng, sino Liu Jiefang. [15] Los demás lo llamaban «jefe de distrito Liu», pero yo seguía llamándolo Chunsheng. Me contó que, cuando cayó prisionero, se enroló en el Ejército de Liberación, y estuvo luchando en sus filas hasta llegar a Fujian. Luego se fue a la guerra de Corea. Chunsheng tuvo suerte, fue de guerra en guerra y no lo mataron. Después de la guerra de Corea, cambió de oficio y fue destinado a un distrito cercano. El año en que murió Youqing, él acababa de llegar a nuestro distrito.

Cuando vino Chunsheng, estábamos todos en casa.

– ¡Fugui! -venía anunciando el jefe de equipo desde el camino-. ¡El jefe de distrito Liu viene a hacerte una visita!

– Es Chunsheng -le dije a Jiazhen en cuanto entraron en casa-. Chunsheng está aquí.

Cómo iba a saber que, al oírlo, se echaría a llorar.

– ¡Fuera de aquí! -gritó volviéndose bruscamente hacia él.

Al pronto me quedé helado.

– ¿Cómo puedes hablar así al jefe de distrito Liu? -preguntó el jefe de equipo, irritado.

Pero a Jiazhen le importó bien poco.

– ¡Devuélveme a mi Youqing! -le gritó entre lágrimas.

Chunsheng movió la cabeza disgustado.

– Acepta este pequeño detalle -dijo a Jiazhen, ofreciéndole un dinero.

Jiazhen ni lo miró siquiera.

– ¡Vete! ¡Fuera de aquí! -le gritó con todas sus fuerzas.

El jefe de equipo corrió a ponerse entre ella y Chunsheng.

– Jiazhen -le dijo a ella-, estás confundida. Youqing murió por accidente, el jefe de distrito Liu no le hizo nada.

Viendo que Jiazhen no quería aceptar el dinero, me lo dio a mí.

– Fugui, quédatelo, te lo suplico.

Viendo cómo se había puesto Jiazhen ¿cómo iba a coger el dinero? Entonces Chunsheng me lo metió en la mano, y la furia de Jiazhen se volvió inmediatamente contra mí.

– ¿Eso es lo que vale tu hijo? -me gritó-. ¿Doscientos yuanes?

Enseguida volví a poner el dinero en la mano de Chunsheng. Después de que Jiazhen lo echara esa vez, Chunsheng volvió dos veces más, pero Jiazhen no quiso saber nada de dejarlo entrar. Las mujeres son de ideas fijas, cuando se les mete en la cabeza que una cosa es así y no de otra manera, no hay forma de hacerlas cambiar de opinión. Acompañé a Chunsheng hasta la entrada del pueblo.

– Chunsheng -le dije-, no vuelvas más por aquí.

Él asintió y se fue. Pasaron años antes de que volviera a verlo. No vino más hasta la época de la Revolución Cultural.

Cuando estalló la Revolución Cultural en la ciudad, las calles estaban abarrotadas de gente, cada día había peleas, incluso muertes. En el pueblo no nos atrevíamos a ir a la ciudad. En comparación con la ciudad, el pueblo era mucho más tranquilo. Todo seguía igual que antes. Lo único es que por las noches no había quien durmiera de un tirón. Las últimas directivas supremas del presidente Mao siempre llegaban a las tantas, y el jefe de equipo salía a la era a tocar el silbato. Nada más oírlo, todo el mundo se levantaba a toda prisa y acudía a la era a oír la radio.

– ¡Todo el mundo a la era! -ordenaba el jefe de equipo-. ¡El venerable presidente Mao va a darnos sus instrucciones!

Nosotros éramos gente del pueblo llano, los asuntos del Estado no es que no nos importaran, pero no los entendíamos. Nosotros obedecíamos al jefe de equipo, y el jefe de equipo obedecía a sus superiores. Lo que dijeran los superiores era lo que nosotros pensábamos y hacíamos. Lo que más nos preocupaba a Jiazhen y a mí era Fengxia. Ya no era una niña, había que buscarle marido. Fengxia se parecía mucho a Jiazhen de joven. De no ser por la enfermedad que había tenido de pequeña, hacía ya tiempo que la casamentera habría dejado la madera del umbral completamente desgastada. Yo tenía cada vez menos fuerza, y la enfermedad de Jiazhen no tenía pinta de ir a curarse nunca del todo. Habíamos vivido muchas cosas, y ya estábamos maduros, y algún día caeríamos, como cae del árbol la pera cuando llega el momento. Pero no dejábamos de inquietarnos por Fengxia. No era como las demás y, cuando envejeciera, ¿quién iba a cuidar de ella?

Fengxia era sorda y era muda, desde luego, pero era una mujer, y seguro que sabía que casarse es ley de vida. En el pueblo, cada año había casamientos, y todo el jaleo de gongs y tambores. En esos momentos, Fengxia se quedaba apoyada en la azada, mirando, embobada, y había mozos del pueblo que la señalaban y se reían de ella.

Cuando tomó esposa el tercer hijo de los Wang, todo el mundo decía que la novia era guapísima. El día de la boda, cuando la trajeron al pueblo, con su chaqueta acolchada escarlata, iba riéndose sin parar. Yo la estuve mirando desde el bancal, toda de rojo de pies a cabeza, con esas mejillas coloradas, estaba muy bonita.

Todos los que trabajábamos en los campos corrimos a verla llegar. El novio sacó un paquete de cigarrillos Caballo Volador para ofrecerlos a los mayores.

– ¡Nosotros también! -gritaron unos cuantos jóvenes que estaban a un lado-. ¡Nosotros también!

El novio, con su mejor sonrisa, volvió a guardarse los cigarrillos en el bolsillo, pero los jóvenes se abalanzaron sobre él para quitárselos.

– Te llevas a una mujer a la cama -le gritaron-, ¡y no nos das ni un pitillo!

El novio se agarró el bolsillo con todas sus fuerzas, pero ellos le abrieron los dedos a la fuerza. Cuando le sacaron el paquete, se fueron corriendo, el que lo llevaba levantándolo al aire, y los demás tras él, hasta uno de los senderos.

Los jóvenes que quedaban rodearon a la novia y, entre risas y bromas, seguro que le dijeron más de una burrada, porque ella no hacía más que reírse bajando la cabeza. A las mujeres, el día en que se casan, todo les parece bien, vean lo que vean, oigan lo que oigan.

Fengxia estaba en el campo. Al ver todo eso, se quedó embobada, mirando sin pestañear siquiera, con la azada cogida contra el pecho, sin mover ni un pelo. Yo estaba a un lado, y me daba pena verla. Pensaba: «Si quiere mirarlo, que mire y disfrute.» Llevaba una vida dura, y los pocos momentos de felicidad que tenía la pobre eran ésos, cuando veía una novia casarse. De repente, después de tanto mirar y mirar, acabó yendo hacia allá. Se acercó a la novia, le sonrió como una boba y se fue con ella. Entonces sí que esos jóvenes se murieron de risa: mi Fengxia, con la ropa toda llena de parches y remiendos, andando junto a la novia, que iba tan bien vestida y arreglada, y encima era guapa. Comparada con ella, mi Fengxia tenía una pinta tan miserable que daba lástima. A pesar de no ir maquillada, estaba tan colorada como la novia, y la iba mirando sin parar.

– ¡Fengxia quiere un hombre! -decían esos jóvenes a voces, riéndose.

Esos comentarios a la ligera los aguanté bien, pero al cabo de un rato, empecé a oír groserías.

– Fengxia le ha echado el ojo a tu cama -dijo uno a la novia.

Al ir Fengxia a su lado, la novia había dejado de sonreír: la despreciaba.

– ¡Sí que te han salido bien las cuentas, puñetero! -dijo otro al novio-. ¡De una boda, dos mujeres! ¡Debajo te pones una, y encima la otra!

El novio se echó a reír, y la novia ya no aguantó más. Sin importarle saber que cuando una mujer se casa tiene que ser mínimamente tímida, se puso chula y le gritó al novio:

– ¡De qué coño te ríes!

No pude soportar más lo que estaba pasando, así que me subí al sendero y les solté:

– ¿Cómo podéis portaros así? ¡Si queréis meteros con alguien, no os metáis con Fengxia, meteos conmigo!

Agarré a mi hija por el brazo y me la llevé a casa. Fengxia era lista. Al ver la cara que llevaba yo, se dio cuenta de que allí había pasado algo, así que bajó la cabeza y me siguió sin rechistar, pero al llegar a casa estaba llorando.

Luego estuvimos hablando Jiazhen y yo de que teníamos que buscar un marido para Fengxia como fuera. Nosotros moriríamos antes que ella, y ella se encargaría de enterrarnos. Pero si las cosas seguían así, cuando muriera ella, no tendría ni quien la enterrara. Y ¿quién iba a querer casarse con ella?

Jiazhen dijo que pidiéramos ayuda al jefe de equipo, él conocía a mucha gente de fuera, que se informara, quién sabe, igual resultaba que había alguien que quisiera a nuestra Fengxia. Así que fui a hablar con el jefe de equipo.

– Pues tienes razón -dijo después de escucharme-, Fengxia debería casarse. Lo malo es que no es fácil encontrar a alguien que valga.

– Aunque sea un manco o un cojo. Mientras quiera casarse con Fengxia, nosotros se la damos.

Enseguida lamenté lo que había dicho. Fengxia no era inferior a las demás en nada, lo único es que no hablaba. Cuando volví a casa y se lo conté a Jiazhen, ella también lo lamentó. Estuvo un buen rato sentada en la cama, sin hablar.

– Tal como están las cosas -dijo al final con un suspiro-, no queda otra solución.

Al cabo de no mucho tiempo, el jefe de equipo encontró un hombre para Fengxia. Ese día estaba yo abonando el huerto.

– Fugui -dijo el jefe de equipo acercándose-, he encontrado marido para Fengxia. Es de la capital del distrito, es mozo de carga, y gana mucho dinero.

Las condiciones me parecieron demasiado buenas para ser verdad. Pensé que el jefe de equipo me estaba tomando el pelo.

– Jefe -le dije-, no bromee con esto.

– No es broma -dijo-, se llama Wan Erxi. Es cabiztuerto, lleva la cabeza apoyada en el hombro y no hay manera de que la levante.

A oír eso, ya me lo creí.

– Dígale cuanto antes que venga a ver a Fengxia -le dije enseguida.

En cuanto se fue, tiré al suelo el cacillo de abonar y corrí al chamizo.

– ¡Jiazhen! -gritaba antes de llegar-, ¡Jiazhen!

Estaba sentada en la cama y creyó que había pasado algo malo, así que, cuando entré, me miró con ansiedad.

– ¡Ya tenemos hombre para Fengxia! -le dije.

Jiazhen suspiró aliviada.

– ¡Qué susto me has dado! -dijo.

– ¡No es cojo ni manco, y es de la ciudad!

Y al decirlo me eché a llorar a lágrima viva. A Jiazhen, que al principio sonreía, al verme llorar, se le sallaron las lágrimas. Después de un rato de alegría, preguntó:

– Siendo de tan buena condición, ¿querrá a Fengxia?

– Ese hombre es cabiztuerto -le dije.

Entonces Jiazhen se quedó más tranquila. Esa noche, Jiazhen me pidió que sacara vestidos de años atrás, y con ellos hizo ropa para Fengxia.

– Fengxia tendrá que arreglarse un poco, que el hombre vendrá a ver a su futura esposa.

No pasaron ni tres días cuando vino Wan Erxi. Era realmente cabiztuerto. Al verme, levantó el hombro izquierdo y luego repitió el gesto para saludar a Fengxia y a Jiazhen. Nada más ver el aspecto que tenía, Fengxia sonrió de oreja a oreja.

Wan Erxi llevaba un traje Sun Yat-sen impecable. De no ser porque llevaba la cabeza ladeada sobre el hombro, tendría auténtica pinta de cargo oficial de la ciudad. Traía una botella de aguardiente y un trozo de tela estampada, y entró acompañado por el jefe de equipo. Jiazhen estaba sentada en la cama, muy bien peinada, con la ropa algo raída pero muy limpia. Yo le había puesto al pie de la cama un par de zapatos nuevos de tela. Fengxia llevaba un vestido rosa y estaba sentada, cabizbaja, junto a su madre. Jiazhen miraba risueña a su futuro yerno, muy ilusionada.

Wan Erxi dejó el aguardiente y la tela encima de la mesa, y dio una vuelta por la sala, levantando el hombro. Estaba examinando nuestra casa.

– Jefe de equipo, Erxi, siéntense -les dije.

Erxi murmuró un «hum» y se sentó en un taburete. El jefe de equipo agitó las manos.

– Yo no me quedo. Erxi, ésta es Fengxia, éstos son su padre y su madre.

Fengxia tenía las manos sobre las rodillas. Al ver que el jefe de equipo la señalaba, le sonrió. Cuando el jefe de equipo señaló a Jiazhen, Fengxia se volvió hacia ella y le sonrió.

– Jefe de equipo -dijo-, siéntese, por favor.

– No, gracias -dijo-, tengo cosas que hacer. Hablad vosotros.

El jefe de equipo dio media vuelta para irse, no hubo manera de retenerlo, así que lo acompañé afuera y volví a casa.

– Vaya gasto ha hecho, pero llevo años sin beber -dije a Erxi señalando el aguardiente que estaba encima de la mesa.

Erxi contestó con un «hum», sin decir nada, y siguió mirando y remirando la sala con el hombro levantado. Hasta me puso nervioso.

– Somos un poco pobres -dijo Jiazhen sonriendo.

Erxi soltó otro «hum» y miró a Jiazhen con el hombro levantado.

– Menos mal que aún tenemos una oveja y dos gallinas -siguió explicando Jiazhen-. Fugui y yo pensamos venderlas para el ajuar, cuando Fengxia se case.

Erxi volvió a soltar un «hum». Yo no tenía ni idea de qué estaría pensando. Al cabo de un rato, se levantó diciendo que se iba. Pensé que el asunto había fracasado. Ni siquiera había prestado mucha atención a Fengxia, sólo había estado examinando nuestra casa destartalada. Miré a Jiazhen, y ella se esforzó en sonreír.

– No tengo fuerza en las piernas -le dijo-, no puedo levantarme.

Erxi asintió y salió.

– No se lleva los regalos de compromiso? -le pregunté.

Él dijo «hum», levantó el hombro y miró el techo de paja. Luego saludó con la cabeza y se fue.

Volví a entrar y me senté en el taburete. Pensé en todo eso y me subió cierto cabreo.

– Resulta que no puede ni levantar la cabeza -dije-, y ¡hay que ver lo tiquismiquis que es!

– No se lo podemos reprochar -dijo Jiazhen con un suspiro.

Fengxia era lista. Al ver nuestras caras, se dio cuenta de que no había gustado al hombre. Se levantó y se fue al cuarto del fondo a cambiarse y ponerse la ropa vieja. Luego se puso la azada al hombro y fue a trabajar al campo.

– ¿Qué? -me preguntó el jefe de equipo esa noche-. ¿Cómo ha ido la cosa?

– Demasiado pobres -dije moviendo la cabeza-, somos demasiado pobres.

A la mañana siguiente, estaba yo arando cuando alguien me llamó.

– Fugui, mira quién viene por el camino, parece el cabiztuerto que ha pedido la mano de tu hija.

Levanté la cabeza y vi a cinco o seis hombres que venían con mucha pompa, tirando de un carretón. El único que no se daba aires era el que iba delante. Con la cabeza ladeada, andaba a toda velocidad. Nada más verlo de lejos supe que era Erxi, y me sorprendí.

– Hay que cambiar la paja del techo -me dijo al verme-. También he traído un carretón de cal para blanquear las paredes.

Miré el carretón: había cal y escobas para enlucir. Encima había una mesita cuadrada y, sobre la mesa, una cabeza de cerdo. Además, Erxi traía dos botellas de aguardiente.

Entonces comprendí que, cuando Erxi miraba y remiraba cada esquina de mi casa, no era porque despreciara nuestra pobreza. Se había fijado en todo, hasta en el almiar de delante de casa. Yo mismo llevaba tiempo queriendo cambiar la paja del techo, pero esperaba a que acabara la temporada agrícola para pedir a alguien que me ayudara.

Erxi había traído consigo a cinco hombres, había comprado carne de cerdo, y hasta aguardiente. Estaba en todo. Cuando llegaron delante de nuestra puerta, dejaron el carretón en el suelo, y Erxi entró como en su casa, con la cabeza de cerdo en una mano y la mesita en la otra. Colocó la cabeza de cerdo encima de nuestra mesa, y la mesita sobre las piernas de Jiazhen.

– Será más cómodo para comer y para lo que sea -le dijo.

A Jiazhen se le saltaron las lágrimas y todo, de la emoción. A ella también le sorprendió que viniera Erxi, con gente para cambiarnos el techo, y que esa misma noche le hubiera hecho una mesita.

– Erxi -le dijo-, estás en todo.

Erxi y los demás sacaron la mesa de casa y los taburetes, y esparcieron paja de arroz debajo de un árbol. Entonces entró y fue hasta la cama para coger a Jiazhen a cuestas. Ella agitó las manos riendo.

– ¡Fugui! -dijo-. ¿Qué haces ahí parado?

Enseguida fui a coger a Jiazhen.

– Es mi mujer, y la llevo yo -le dije riendo-. A partir de ahora, tendrás que llevar a Fengxia.

Jiazhen me dio una colleja, y Erxi se rió sin parar. Llevé a Jiazhen hasta el árbol para dejarla sentada sobre la paja de arroz, apoyada en el tronco. Vi a Erxi y los demás abrir el almiar y atar la paja manojo a manojo. Erxi y otro subieron hasta arriba del todo del tejado; los otros cuatro se quedaron abajo, y así fueron cambiando la paja del techo de mi casa. Nada más verlos, me di cuenta de que los hombres que había traído Erxi estaban acostumbrados a este trabajo y que lo hacían con mucha destreza. Los de abajo levantaban los manojos de paja con una palanca y los lanzaban arriba. Erxi y el otro los iban colocando. A pesar de tener la cabeza ladeada, Erxi trabajaba como el que más. A medida que le llegaban los manojos de paja, él los lanzaba hacia arriba con el pie y los atrapaba con la mano. En nuestro pueblo no había ni un solo hombre con esa habilidad.

Antes de mediodía, ya habían acabado el trabajo del techo. Les preparé un cubo de té. Fengxia se lo iba sirviendo, corriendo sin parar de aquí para allá, muy ajetreada. Ella también estaba contenta. Al ver que de repente habían venido a casa tantos hombres trabajadores, estuvo sonriendo sin cerrar la boca ni una vez.

Mucha gente del pueblo vino a ver qué pasaba.

– ¡Todavía no es tu yerno y ya os trabaja! -dijo una mujer a Jiazhen-. ¡Menuda suerte tienes!

– Erxi -le dije cuando bajó del techo-, descansa un poco.

– No estoy cansado -dijo secándose el sudor con la manga.

Levantando el hombro, volvió a mirar a su alrededor.

– ¿Ese terreno es nuestro? -me preguntó al ver el huerto a la izquierda.

– Sí -le dije yo.

Entonces se metió en casa, sacó un cuchillo de cocina, fue al huerto a coger unas verduras frescas y volvió a entrar. Al poco rato, ya estaba cortando la cabeza de cerdo. Fui a impedírselo y decirle que dejara eso para Fengxia.

– No estoy cansado -volvió a decir secándose el sudor con la manga.

No me quedó más que salir a buscar a Fengxia, que estaba de pie junto a su madre. Cuando la empujé hacia casa, ella se volvía, intimidada, hacia Jiazhen. Sólo cuando Jiazhen le sonrió haciéndole señas de que entrara, se metió en el chamizo.

Jiazhen y yo estuvimos haciendo compañía a los hombres que había traído Erxi, charlando con ellos y tomando té. En un momento dado, entré en casa, y vi a Erxi y Fengxia como un matrimonio: ella encendiendo el fuego, él preparando la comida, ahora te miro yo a ti, ahora me miras tú a mí, y sonriendo de oreja a oreja después de esas miradas.

Cuando salí y se lo conté a Jiazhen, ella también sonrió. Al cabo de un rato más, no pude resistir la tentación de volver a echar una ojeada, pero apenas me levanté, Jiazhen me dijo en voz baja:

– No entres.

Después de comer, Erxi y los demás blanquearon las paredes. Al día siguiente, cuando ya estaba seca la cal, las paredes de mi casa estaban resplandecientes, como las mansiones de ladrillo y teja de la ciudad. Cuando acabaron de blanquear, todavía era temprano.

– Quedaos a cenar -dije a Erxi.

– No, gracias -dijo.

Luego levantó el hombro hacia Fengxia, y comprendí que la estaba mirando.

– Padre, madre -nos dijo en voz baja a Jiazhen y a mí-, ¿cuándo podré llevarme a Fengxia?

Al oír su pregunta y al oír que nos llamaba padre y madre, nos pusimos tan contentos que no paramos de sonreír.

– Cuando quieras tú -le dije después de mirar a Jiazhen-. Erxi -añadí en voz baja-, no es que quiera hacerte gastar dinero, pero es que Fengxia ha llevado una vida muy dura. Cuando vengas a buscarla, que sea con un buen cortejo, para que haya animación y que lo vean en el pueblo.

– De acuerdo, padre -dijo Erxi.

Esa noche, Fengxia estuvo acariciando la tela que había traído Erxi, mirándola y sonriendo, sonriendo y mirándola. De vez en cuando, levantaba la cabeza y nos veía a Jiazhen y a mí sonreír también, y se quedaba intimidada y le subían los colores. Saltaba a la vista que a Fengxia le gustaba Erxi. Jiazhen y yo estábamos encantados.

– Erxi es un hombre honesto y de buen corazón, me quedo muy tranquila.

Vendimos las gallinas y la oveja, llevé a Fengxia a la ciudad para que le hicieran dos vestidos nuevos y un edredón, comprarle una jofaina, etcétera: todo lo que tuvieran las demás chicas del pueblo lo tendría Fengxia. Como decía Jiazhen, Fengxia no podía ser menos que las demás.

El día en que Erxi vino a recoger a Fengxia, los gongs y los tambores resonaban desde muy lejos. Todo el mundo se arremolinó a la entrada del pueblo para mirar. Erxi trajo a veintitantos hombres, todos vestidos con traje Sun Yat-sen. De no ser porque el novio llevaba en el pecho una gran flor roja, parecía una comitiva de altos cargos de visita en el pueblo. Más de diez gongs tocaban al mismo tiempo, dos grandes tambores retumbaban, ¡patapum, patapum!, a todo el pueblo se le quedaron los oídos zumbando. Lo más llamativo era un carretón todo engalanado de verde y rojo, con una silla encima también decorada. Nada más entrar en el pueblo, Erxi abrió dos cartones de Puerta Grande y fue repartiendo cigarrillos a todos los hombres que veía.

– Muchas gracias por venir -iba diciendo a todos-, muchas gracias.

Cuando los demás del pueblo casaban a sus hijos, lo mejor que se fumaba era Caballo Volador, nada que ver con el estilo que derrochó Erxi regalando cajetillas de Puerta Grande a troche y moche. Los que conseguían los cigarrillos se los guardaban inmediatamente en el bolsillo, como si tuvieran miedo de que alguien se los fuera a quitar. Luego hurgaban con los dedos en el bolsillo, sacaban uno y se lo llevaban a los labios.

Los veintipico hombres que había traído Erxi también se desvivían, haciendo temblar el cielo con los gongs y los tambores y desgañitándose con sus gritos. Llevaban los bolsillos llenos a reventar de caramelos y los iban lanzando a las mujeres y niños que veían. Todo ese derroche hasta a mí me dejó de piedra, pensando que lo que lanzaban, al fin y al cabo, era dinero.

Cuando llegaron delante de casa, entraron uno tras otro a ver a Fengxia, dejando fuera los gongs y los tambores, y los jóvenes del pueblo se pusieron a tocarlos para que no decayera. Ese día, con su ropa nueva, Fengxia estaba preciosa. Ni yo, que soy su padre, imaginaba que pudiera ser tan guapa. Estaba sentada delante de la cama de Jiazhen, buscando a Erxi entre los que iban entrando. En cuanto lo vio, bajó la cabeza.

– ¡Menuda suerte tiene el cabiztuerto! -dijeron todos los que habían venido de la ciudad acompañando a Erxi, al ver a Fengxia.

Durante muchos años después, cuando alguna familia del pueblo casaba a su hija, todo el mundo decía que la boda más estilosa había sido la de Fengxia. Ese día, cuando sacaron a Fengxia de casa, tenía las mejillas rojas como tomates. Nunca había visto a tanta gente mirándola. Bajaba la cabeza hasta el pecho, sin saber qué hacer. Erxi le cogió la mano y la llevó hasta el carretón. Ella, al ver la silla que había encima, tampoco supo qué hacer. Cuando Erxi, que era más bajo que Fengxia, la cogió en brazos y la subió al carretón, todo el mundo se echó a reír a carcajadas. Fengxia también se rió.

– Padre, madre -nos dijo Erxi-. Me llevo a Fengxia.

Dicho lo cual, él mismo levantó las varas del carretón y se puso en camino. Al moverse el carretón, Fengxia, que se reía muy tímida, se puso de repente a girar la cabeza mirando atrás una y otra vez con angustia. Yo sabía que estaba buscándonos a Jiazhen y a mí. En realidad, yo estaba a su lado, con Jiazhen a cuestas. En cuanto nos vio, se echó a llorar. Se volvía hacia nosotros y nos miraba entre lágrimas. De repente, la recordé con trece años, cuando se la llevaron. También nos miraba anegada en llanto. También a mí se me saltaron las lágrimas de pena. En ese momento, sentí la nuca húmeda y supe que Jiazhen también estaba llorando. Pero pensé que esta vez era diferente, que esta vez Fengxia se casaba, y sonreí.

– Jiazhen -dije a mi mujer-, hoy es un día feliz, tienes que sonreír.

Erxi era un buenazo. Mientras iba tirando del carretón, se giraba para mirar a su novia. Al ver que Fengxia se había vuelto hacia nosotros llorando, se paró y se quedó mirándonos también. Fengxia estaba cada vez más desconsolada, se le agitaban los hombros con los sollozos, y a mí se me encogía el corazón verla así.

– ¡Erxi! -grité-. ¡Fengxia ya es tu mujer, llévatela de una vez!

Cuando Fengxia se fue a la ciudad, Jiazhen y yo parecía que hubiéramos perdido el alma, siempre aturdidos. Hasta entonces, cuando Fengxia entraba o salía de casa, casi no nos dábamos ni cuenta. Pero ahora que se había ido, sólo quedábamos en casa Jiazhen y yo. Mirábamos a nuestro alrededor esa casa que llevábamos tantos años viendo, como si no la hubiéramos visto bastante. Y yo, todavía, no podía quejarme: al trabajar en el campo, podía dejar de pensar en Fengxia. Pero Jiazhen lo tenía peor: todo el día en la cama, sin hacer nada; al no estar Fengxia, ¿cómo iba a sentirse la pobre madre? Antes, no se quejaba de quedarse en la cama, pero tal como estaban las cosas empezó a encontrarse mal, le dolían los riñones, la espalda, no estaba cómoda de ninguna de las maneras. Yo la comprendía: pasarse el día entero en la cama cansaba aún más que trabajar en el campo. No podía moverse siquiera. Así que al atardecer la llevaba a cuestas a dar un paseo por el pueblo. Al verla, todo el mundo se interesaba por ella con mucho cariño. Así, ella se sentía mucho más tranquila.

– No se burlarán de nosotros, ¿verdad? -me preguntaba al oído.

– ¿Qué tiene de gracioso que lleve a mi mujer? -decía yo.

A Jiazhen empezó a gustarle recordar cosas del pasado. Llegábamos a un sitio, y ella se ponía a hablar de cosas que hacían Fengxia y Youqing, y al contarlas se echaba a reír. Un día, llegando a la entrada del pueblo, Jiazhen se puso a hablar del día en que volví a casa. Ella estaba trabajando en el campo y, al oír que alguien llamaba a voces a Fengxia y Youqing, levantó la cabeza y me vio. Al principio, no se atrevía a creer lo que estaba viendo. Al llegar a este punto de la historia, su risa se volvió llanto, y sus lágrimas fueron cayendo en mi nuca.

– Una vez que volviste, todo fue bien.

Según la costumbre, Fengxia tenía que venir a vernos al cabo de un mes, y nosotros teníamos que esperar otro mes más para poder ir a visitarla. Quién iba a pensar que volvió a casa apenas diez días después de la boda. Anochecía, y acabábamos de cenar.

– ¡Fugui! -gritó alguien fuera-. ¡Ve a la entrada del pueblo, que creo que viene tu yerno cabiztuerto!

Yo no me lo creía. En el pueblo todo el mundo sabía que Jiazhen y yo echábamos muchísimo de menos a Fengxia, y pensé que nos estaban tomando el pelo.

– No puede ser -dije a Jiazhen-, sólo han pasado diez días.

– Corre a ver -dijo Jiazhen impaciente.

Corrí hasta la entrada del pueblo y sí, era Erxi, que venía levantando el hombro, llevando un pastel. Fengxia iba a su lado. Venían los dos de la mano, muy sonrientes. La gente del pueblo, al verlos, se echó a reír, porque en aquella época no se veían hombres y mujeres cogidos de la mano.

– Erxi es de la ciudad -les dije-, allí están occidentalizados.

Al venir Fengxia y Erxi, Jiazhen se llevó una alegría enorme. Apenas se sentó Fengxia al borde de la cama, Jiazhen le cogió la mano y estuvo acariciándosela sin parar, diciendo una y otra vez que Fengxia había engordado. En realidad, ya me dirás las carnes que se pueden criar en diez días.

– No pensé que vendríais -dije a Erxi-, no he preparado nada.

Erxi se rió. Dijo que él tampoco sabía que vendrían, que fue Fengxia la que lo trajo, y que él se dejó llevar sin enterarse de nada.

Al habernos visitado Fengxia diez días después de la boda, ya mandamos a paseo la vieja costumbre, y yo iba a verla a la ciudad cada dos por tres. Ahora que lo pienso, era más bien Jiazhen la que me pedía que fuera, pero a mí también me apetecía ir a verlos a menudo. Iba a la ciudad tan dispuesto como cuando iba de joven, sólo que no al mismo sitio.

Cuando iba, pasaba primero por el huerto y cogía unas cuantas verduras, las metía en la cesta y las llevaba, calzado con los zapatos nuevos que me había hecho Jiazhen. En el huerto se me manchaban de barro. Jiazhen me llamaba justo cuando iba a salir y me decía que me los cepillara.

– Ya soy viejo, ¿qué más da que lleve barro en los zapatos?

– No digas eso -contestaba ella-. Por viejo que seas, sigues siendo un hombre, y un hombre tiene que ir limpio.

Y no le faltaba razón. Ella llevaba tantos años enferma, en cama y sin poder levantarse, y aun así se peinaba con esmero todas las mañanas, así que yo salía relimpio del pueblo.

– ¿Qué? -decía la gente al verme con la cesta de verdura-. ¿Otra vez a ver a Fengxia?

– Sí -contestaba yo.

– Y de tanto ir, ¿no te echa el yerno?

– Erxi nunca haría una cosa así.

A los vecinos de Erxi les caía muy bien Fengxia. Cuando iba yo, me la alababan diciendo lo trabajadora que era y lo lista. Cuando barría, barría también delante de las casas de los demás, barría media calle. Al verla sudar, los vecinos iban a llamarla, a decirle que dejara de barrer, sólo entonces volvía a su casa toda risueña.

Fengxia no había aprendido a hacer punto. En casa éramos pobres, y nunca habíamos llevado jersey. Al ver que las mujeres del vecindario se sentaban en la puerta de casa a hacer punto, que si uno al derecho uno al revés, le gustó; así que se traía un taburete, se sentaba junto a ellas a mirar, y allí se estaba mirando un buen rato, embobada. Las mujeres, al ver que a Fengxia le interesaba tanto el punto, decidieron enseñarle paso a paso. Pero se quedaron asustadas al ver que Fengxia aprendía a la primera. En tres o cuatro días, ya hacía punto igual de rápido que ellas.

– ¡Qué lástima que Fengxia sea sorda y muda! -me decían al verme.

La compadecían de corazón. A partir de entonces, en cuanto acababa el trabajo de casa, se sentaba fuera a hacer punto para las demás. En toda la calle, Fengxia pasaba por ser la que tejía el punto más prieto y tupido, así que les vino de perlas: ellas le pasaban la lana y Fengxia les hacía los jerseys. Se cansaba, claro, pero estaba contenta. Cuando los acababa, los entregaba, y las vecinas le mostraban el pulgar levantado, y Fengxia se pasaba el resto del día sonriendo de satisfacción.

Cuando iba yo a verla, todas las vecinas venían, una tras otra, a contarme esas cosas, lo bien que hacía Fengxia esto, lo otro, lo de más allá. Todo lo que decían era bueno, y a mí me emocionaba.

– La gente de la ciudad es buena -decía yo-. En el pueblo, lo difícil es oír que hablen bien de mi Fengxia.

Al ver que a todo el mundo le caía bien Fengxia, Erxi también la tenía en palmitas, y eso a mí me gustaba. Cuando volvía a casa, Jiazhen siempre me reprochaba que había pasado demasiado tiempo allí. Y era verdad: Jiazhen se quedaba en casa esperando ansiosa que volviera y le contara cosas de su hija. Esperaba y esperaba, y yo no venía, así que ella, como es natural, se impacientaba.

– Es que es ver a Fengxia y perder la noción del tiempo -le decía yo.

Cada vez que volvía a casa, me quedaba un buen rato sentado al borde de la cama contándole las cosas que hacía Fengxia dentro y fuera de su casa; de qué color llevaba la ropa, si los zapatos que le había hecho Jiazhen ya estaban gastados o no… Eran cosas que Jiazhen sabía, pero me las preguntaba una y otra vez, y yo se las contaba una y otra vez, hasta que me quedaba sin saliva; y aun así no me dejaba.

– ¿Qué más hay que no me hayas contado? -me preguntaba.

Y nos quedábamos hablando hasta que anochecía. Casi todo el mundo en el pueblo ya estaba en la cama, y nosotros aún no habíamos ni cenado.

– Tengo que hacer algo de cena -decía yo.

– Cuéntame más cosas de Fengxia -me suplicaba ella sin dejarme ir.

En realidad, yo se las contaba de muy buena gana y, una vez contadas, todavía me parecía poco. Así que, cuando iba a trabajar al campo, las volvía a contar a los del pueblo, les decía lo lista y hacendosa que era mi Fengxia, lo bien que estaba allá en la ciudad, lo querida que era por todos, lo bien que hacía punto, más rápido que nadie. Pero a algunos les parecía mal.

– Fugui -me decían-, estás chocheando. Los de la ciudad son mala gente, y si Fengxia se pasa el día trabajando para los demás, a ver si no va a acabar muerta de cansancio.

– Eso tampoco es así -contestaba yo.

– Si Fengxia les teje jerseys, ellas deberían darle alguna cosa a cambio. ¿Se la dan?

Si es que la gente de pueblo es mezquina, sólo piensan en sacar pequeñas ganancias de todo. Las mujeres de la ciudad no eran en absoluto tan malas como ellos decían. Dos veces las oí decir a Erxi:

– Erxi, ve a comprar dos jin de lana, que Fengxia tenga también su jersey.

Erxi se rió, sin decir nada. Era un hombre de buena fe. Cuando se casó con Fengxia, por cumplir con lo que yo le había pedido, se había gastado mucho dinero, y había dejado a deber.

– Padre -me dijo en voz baja en un momento en que estábamos solos-, en cuanto devuelva el dinero que debo, le compro un jersey a Fengxia.

En la ciudad, la Revolución Cultural iba arreciando. Había dazibao [16] por todas partes. Los que los pegaban en las paredes eran unos gandules: pegaban los carteles nuevos sin arrancar los viejos, y se formaban capas cada vez más gruesas, como si a los muros les hubieran salido bolsillos llenos a reventar por todas partes. Hasta pegaron uno en la puerta de la casa de Fengxia y Erxi. Dentro, hasta la jofaina llevaba impresas consignas del venerable presidente Mao. En la funda de la almohada ponía: «Nunca olvidéis la lucha de clases»; en la sábana: «Avancemos contra viento y marea.» Erxi y Fengxia dormían todos los días encima de las palabras del presidente Mao.

Cada vez que iba a la ciudad y veía alguna muchedumbre, yo la evitaba. Allí había peleas todos los días. Varias veces vi cómo pegaban a alguien hasta dejarlo tendido en el suelo sin poder levantarse. No me extraña que el jefe de equipo ya no acudiera a las reuniones. A menudo la comuna enviaba a alguien a anunciar alguna asamblea de cargos de tercera categoría, pero él no iba nunca.

– En la ciudad muere gente todos los días -me dijo una vez en privado-, estoy acojonado. Hoy por hoy, ir a la ciudad a una reunión es meterse en el ataúd.

El jefe de equipo se quedaba en el pueblo sin ir a ninguna parte, pero sólo pudo pasar así unos cuantos meses de tranquilidad. Él no iba, pero vinieron a buscarlo. Ese día, estábamos trabajando en el campo, y vimos venir desde muy lejos una bandera roja ondeando al viento. Era un grupo de jóvenes guardias rojos. El jefe de equipo también estaba en el campo.

– No vendrán por mí, ¿no? -me dijo todo encogido, con el corazón en vilo, al verlos venir.

Una chica encabezaba la comitiva de guardias rojos.

– ¿Por qué aquí no hay consignas ni dazibaol -preguntó a gritos-. ¿Y el jefe de equipo? ¿Quién es el jefe de equipo?

El jefe de equipo se apresuró a dejar la azada y presentarse.

– ¡Camarada general! -la saludó con reverencias.

La joven sacudió el brazo con fastidio.

– ¿Por qué no hay consignas ni dazibao? -repitió.

– Sí que hay consignas -dijo el jefe de equipo-, hay dos. Están pintadas en la pared trasera de aquella casa.

La chica no tenía pinta de tener más de dieciséis o diecisiete años, pero trataba a nuestro jefe de equipo con mucha arrogancia, mirándolo apenas de reojo.

– ¡Id a pintar consignas! -ordenó a unos guardias rojos que llevaban cubos de pintura.

Los guardias rojos corrieron hacia las casas del pueblo a pintar consignas.

– Reúne a todo el pueblo -ordenó la chica al jefe de equipo.

El jefe de equipo se apresuró a sacar el silbato del bolsillo y a pitar con todas sus fuerzas. La gente que estaba trabajando en otros campos acudió corriendo.

– ¿Quién es el terrateniente de aquí? -preguntó a voces la chica cuando estuvo prácticamente todo el mundo reunido.

Todo el mundo me miró, y me temblaron las piernas. Menos mal que el jefe de equipo dijo:

– Al terrateniente lo ejecutaron al principio de la Liberación.

– ¿Tenéis campesinos ricos? -preguntó ella.

– Había uno -dijo el jefe de equipo-, pero hace dos años que murió.

– Entonces ¿tenéis algún dirigente seguidor del capitalismo?

– Esto es un pueblo pequeño -dijo el jefe de equipo componiendo una sonrisa-, ¿cómo va a haber dirigentes seguidores del capitalismo?

La chica señaló al jefe de equipo, tocándole casi la nariz.

– ¿Y tú qué eres?

– Soy jefe de equipo, soy jefe de equipo -repitió él espantado.

– ¡Tú eres el dirigente que ha tomado la vía capitalista! -gritó ella de repente.

– No lo soy, no lo soy, no la he tomado… -dijo el jefe de equipo agitando las manos aterrorizado.

La chica no le hizo caso.

– ¡Os está imponiendo un régimen reaccionario! ¡Os atropella y oprime! ¡Debéis alzaros y rebelaros! ¡Debéis aplastar a este lacayo!

La gente del pueblo se quedó de piedra. Normalmente, el jefe de equipo tenía autoridad, y lo obedecíamos en todo, nunca se nos ocurrió pensar que pudiera estar equivocado. Y ahora estaba todo abatido, atormentado por esa banda de crios venidos de la ciudad, pidiendo clemencia, algo que ni siquiera fuimos capaces de pedir los demás.

– ¡Decid algo! -nos gritó después de suplicar un rato- ¡Yo no os he oprimido!

Todo el mundo miró al jefe de equipo, y luego a la guardia roja.

– El jefe de equipo no nos ha oprimido -dijimos cuatro gatos-, es buena persona.

– No tenéis nada que hacer.

Hizo una seña a unos guardias rojos.

– Lleváoslo.

Dos jóvenes vinieron y agarraron al jefe de equipo por los brazos.

– ¡No voy a la ciudad! -gritó el jefe de equipo, desafiante-. ¡Paisanos míos, ayudadme! ¡No dejéis que vaya a la ciudad! ¡Ir a la ciudad es meterse en el ataúd!

No le sirvió de nada gritar. Le retorcieron los brazos hacia atrás y se lo llevaron con la espalda doblada. Todo el mundo los vio llevárselo con cara amenazante, gritando eslóganes, sin que ninguno de nosotros tratara de impedírselo. Nadie tuvo ese valor.

La marcha del jefe de equipo nos pareció a todos de mal agüero. Allí reinaba el caos y, aunque el jefe de equipo saliera de ésa con vida, seguro que perdería un brazo o una pierna. Lo que no esperábamos era que lo viéramos venir por el camino al cabo de un par de días, eso sí, tambaleándose, con la cara toda hinchada y amoratada. Los que estábamos en el campo corrimos hacia él.

– ¡Jefe de equipo! -lo llamaban.

El hombre abrió los párpados, nos miró y, sin decir nada, siguió andando hacia su casa, donde durmió como un tronco dos días seguidos. Al tercer día, el jefe de equipo bajó al campo a trabajar, con la azada al hombro. Le había bajado mucho la hinchazón de la cara. Todo el mundo lo rodeó, preguntándole esto, lo otro y lo de más allá, preguntándole si le dolía.

– El dolor no es nada -dijo moviendo la cabeza-. No me dejaban dormir, ¡me cago en la puta!, y eso es mucho peor que el dolor. Lo he visto muy claro -añadió con lágrimas en los ojos-. He cuidado siempre de vosotros como de mis propios hijos y, cuando me ha tocado sufrir, nadie ha intentado ayudarme.

Al oírlo, ninguno de nosotros se atrevió a mirarlo. El jefe de equipo, al fin y al cabo, había tenido suerte: se lo habían llevado a la ciudad y sólo pasó tres días recibiendo palizas. En cambio Chunsheng, que vivía allí, las pasó canutas. Yo ni me había enterado de que había caído en desgracia. Ese día iba yo a la ciudad a ver a Fengxia y, por la calle, vi que iban exhibiendo a un grupo con cucuruchos de papel en la cabeza y carteles colgados en el pecho. Al principio no les presté mucha atención, pero cuando pasaron a mi altura, ¡menudo susto me llevé! El que iba primero era Chunsheng. Iba con la cabeza gacha y no me vio. Cuando pasó, de repente, levantó la cabeza y gritó:

– ¡Viva el presidente Mao!

Unos tipos con brazal rojo se abalanzaron sobre él a darle puñetazos y patadas, insultándolo.

– ¿Y eso lo dices tú, cabrón seguidor del capitalismo?

De la paliza que le dieron, Chunsheng se cayó encima del cartel de madera que llevaba colgado. Uno le dio una patada en la cabeza, que sonó ¡cloc! como si le hubieran hecho un agujero, y Chunsheng se quedó despatarrado en el suelo, sin soltar ni un gemido. En mi vida había visto pegar a alguien así. Chunsheng parecía un trozo de carne en el suelo, al que iban arreando patadas. Si seguían así, era seguro que lo iban a matar, así que cogí a uno del brazo y le dije:

– No le peguéis más, os lo suplico.

El otro me dio un empujón con todas sus fuerzas, casi me caigo al suelo.

– ¿Y tú quién eres? -me preguntaron.

– No le peguéis más -les dije.

– ¿No sabes quién es éste? -dijo uno señalándolo-. ¡El antiguo jefe del distrito! ¡Un dirigente seguidor del capitalismo!

– Yo no sé nada de eso -dije-, sólo sé que es Chunsheng.

Al ponerse a hablar, dejaron de pegar a Chunsheng. Le ordenaron a gritos que se levantara. Pero ¿cómo se iba a levantar con la tunda que le habían dado? Así que fui a ayudarle, y él me reconoció.

– Fugui, apártate ahora mismo.

Ese día, cuando volví a casa, me senté al borde de la cama y conté la historia de Chunsheng, Jiazhen bajó la cabeza.

– No tenías que haberlo echado de casa -le dije.

Ella no dijo nada, pero en realidad pensaba lo mismo que yo.

Al cabo de mes y pico, Chunsheng vino a casa a escondidas. Eran las tantas de la noche, Jiazhen y yo ya estábamos durmiendo, y él estuvo llamando a la puerta hasta que nos despertó. Abrí y, a la luz de la luna, vi que era Chunsheng, que traía toda la cara hinchada como un globo.

– ¡Chunsheng! Pasa, corre.

Él se quedó en la puerta sin entrar.

– ¿Y tu mujer? -me preguntó.

– Jiazhen -le dije a ella-, es Chunsheng.

Jiazhen se sentó en la cama sin contestar. Le dije a Chunsheng que pasara, pero, si ella no decía nada, él no entraba.

– Fugui -dijo-, sal un momento.

– Jiazhen -dije volviéndome hacia ella-, está aquí Chunsheng.

Ella no me hizo caso, así que no tuve más remedio que ponerme algo sobre los hombros y salir. Chunsheng fue hasta el árbol que había delante de casa.

– Fugui -dijo-, vengo a despedirme de ti.

– ¿Adonde vas? -le pregunté.

– No quiero seguir viviendo -dijo apretando los dientes con fuerza.

Me quedé horrorizado.

– Chunsheng -le dije enseguida, agarrándole el brazo-, no digas tonterías, que tienes a tu mujer y a tu hijo.

Al oírme, Chunsheng se echó a llorar.

– Fugui, cada día me atan y me pegan. Tócame las manos -dijo enseñándomelas.

Las tenía como si se las hubieran cocido, abrasaban.

– ¿Duele? -le pregunté.

– Ya no las siento -dijo él moviendo la cabeza.

Le puse la mano en el hombro y presioné hacia abajo.

– Chunsheng, siéntate -le dije-. Ni se te ocurra hacer ninguna tontería. Todos los muertos quieren seguir vivos, así que tú, que estás vivo y coleando, no tienes que morirte. Tu vida te la dieron tus padres -añadí-. Si no la quieres, antes deberías pedirles permiso a ellos.

– Mis padres murieron hace tiempo -dijo él secándose las lágrimas.

– Pues razón de más para seguir vivo -le dije-. Piensa un poco, tú que has corrido tanto mundo y has estado en tantas guerras, ¿fue fácil sobrevivir?

Estuve diciéndole muchas cosas, y Jiazhen lo oyó todo desde la cama. Cuando faltaba poco para que amaneciera, parecía que Chunsheng se había dejado convencer más o menos. Se puso de pie y dijo que se iba. En ese momento, Jiazhen le llamó desde dentro.

– Chunsheng.

Nos quedamos los dos parados. Sólo cuando Jiazhen volvió a llamarle, Chunsheng contestó. Nos acercamos hasta la puerta.

– Chunsheng -dijo Jiazhen desde la cama-, tienes que vivir.

Chunsheng asintió.

– Todavía nos debes una vida -dijo Jiazhen echándose a llorar-. Páganosla con la tuya.

– De acuerdo -dijo Chunsheng al cabo de un rato.

Lo acompañé hasta la entrada del pueblo. Chunsheng me dijo que me quedara allí, que no lo acompañara más, y allí me quedé, a la entrada del pueblo, mirando cómo se iba, cabizbajo. Lo habían dejado cojo con las palizas y le costaba mucho andar. Yo no me quedé tranquilo y le grité:

– ¡Chunsheng! ¡Prométeme que vivirás!

Él siguió andando, y luego se volvió hacia mí.

– ¡Te lo prometo!

Pero al final no cumplió. Al cabo de un mes y pico, oí decir que el jefe de distrito Liu se había ahorcado en la ciudad. Por larga que tenga uno la vida que le ha tocado, si se empeña en morirse, no hay manera de que la viva entera. Cuando se lo dije a Jiazhen, ella estuvo muy triste todo el día.

– En realidad -me dijo esa noche-, Chunsheng no tuvo la culpa de que muriera Youqing.

Al llegar la temporada de más trabajo en el campo, ya no pude ir tan a menudo a la ciudad a ver a Fengxia. Menos mal que en aquella época estaba la comuna popular: trabajábamos todos los del pueblo juntos, y ya no tenía que preocuparme de nada. Lo malo es que Jiazhen seguía sin poder levantarse, así que yo trabajaba de sol a sol. Por una parte, no podía faltar al trabajo del campo; por otra, tampoco podía dejar a Jiazhen sin comer. Estaba agotado. Y yo ya era mayor; que si tienes veinte años, duermes y te levantas como nuevo. Pero, cuando entras en años, ya puedes dormir todo lo que quieras que no recuperas y, a la hora de trabajar, no puedes con el alma. Allí, en medio de los demás del pueblo, más que trabajar hacía como que trabajaba. Pero, como todos sabían las penalidades que pasaba yo, nadie me reprochaba nada.

En la temporada agrícola, Fengxia vino a pasar unos días en casa. Hacía la comida, hervía el agua, cuidaba de Jiazhen, así que yo estaba mucho más relajado. Pero entonces pensé en el dicho de que casar a una hija es como derramar agua en el suelo: perderla y no recuperarla. Hacía tiempo que Fengxia ya era de Erxi, y no podía ser que pasara tanto tiempo en nuestra casa. Lo hablé con Jiazhen, le dije que teníamos que hacer que volviera a su casa como fuera, y eché a Fengxia. Fui dándole empujoncitos hasta la entrada del pueblo. La gente, al verme, se reía de mí, decía que nunca habían visto un padre así. Yo, al oírlos, pensaba que en el pueblo no había una sola hija que fuera tan buena con sus padres como Fengxia.

– Fengxia es una sola persona. Si se ocupa de Jiazhen y de mí, no podrá ocuparse de mi yerno cabiztuerto.

No pasó mucho tiempo desde que mandé a Fengxia de vuelta a la ciudad, cuando vino de nuevo a casa. Esta vez, hasta se trajo al yerno cabiztuerto. Por allá venían los dos de la mano, los vi de muy lejos. No necesitaba ni ver la cabeza ladeada de Erxi: con ver que iban de la mano ya sabía quiénes eran. Erxi llevaba en la mano una botella de vino de arroz, y venía sonriendo de oreja a oreja. Fengxia traía un cesto de bambú colgado del brazo, sonriendo igual que él. Pensé: «¿Qué les habrá pasado para que vengan tan contentos?»

Cuando llegamos a casa, Erxi cerró la puerta.

– Padre, madre, Fengxia está preñada.

¡Fengxia iba a tener un hijo! Jiazhen y yo reímos de felicidad. Estuvimos riendo los cuatro un buen rato, antes de que Erxi recordara el vino de arroz que había traído. Fue hasta la cama y dejó la botella en la mesita de Jiazhen. Fengxia sacó un cuenco de judías del cesto.

– Vamos todos a la cama -dije-, todos a la cama.

Fengxia se sentó al lado de Jiazhen, yo fui por cuatro cuencos y me senté en un extremo con Erxi. Erxi me llenó el cuenco de vino hasta arriba, sirvió a Jiazhen, luego quiso servir a Fengxia, pero ella le apartó la botella moviendo la cabeza una y otra vez.

– Hoy también tú vas a beber.

Fengxia pareció entender lo que le había dicho Erxi, y cedió. Levantamos los cuencos, Fengxia tomó un sorbo y frunció las cejas. Miró a Jiazhen, que también fruncía las cejas, y le sonrió con los labios apretados. Erxi y yo nos los bebimos de un solo trago, mandando directo al estómago un cuenco entero de vino.

– Padre, madre -dijo Erxi con lágrimas en los ojos-, ni en sueños pensé nunca que llegaría este día.

Nada más oírlo, a Jiazhen se le humedecieron los ojos y, al verla, se me empañaron a mí también.

– Yo tampoco -dije-. Antes, lo que más nos preocupaba era qué sería de Fengxia cuando muriéramos yo y Jiazhen. Al casarte tú con ella, nos quedamos tranquilos. Pero si hay hijos mucho mejor. Así, cuando muera Fengxia, tendrá quien la entierre.

Al vernos llorar, a Fengxia también le cayeron las lágrimas.

– Ojalá viviera Youqing -dijo Jiazhen entre sollozos-. Lo había criado Fengxia, la quería mucho. Youqing no verá este día.

– Ojalá vivieran mis padres -dijo Erxi llorando todavía más-. Cuando murió mi madre, me tenía la mano cogida y no la soltó.

Los cuatro llorábamos cada vez más desconsolados. Al cabo de un rato, Erxi volvió a reír.

– Padre, madre -dijo señalando el cuenco de judías-, comed esto, que lo ha hecho Fengxia.

– Ya como, ya -dije-. Jiazhen, come tú también.

Jiazhen y yo nos estuvimos mirando, y los dos nos echamos a reír. ¡Pronto íbamos a tener un nieto! Estuvimos los cuatro llorando y riendo hasta que anocheció, cuando se fueron Erxi y Fengxia.

Estando embarazada Fengxia, Erxi la trataba con más cariño todavía. En verano, como había muchos mosquitos y no tenían mosquitera, cuando anochecía, Erxi se acostaba solo, para alimentar a los mosquitos, y mandaba a Fengxia a sentarse fuera a tomar el fresco. Cuando los mosquitos de la casa ya estaban hartos y dejaban de picar, la llamaba para que fuera a dormir. Más de una vez entró Fengxia a ver qué pasaba, y él se impacientaba y la echaba. Todo esto me lo contaron las vecinas de Erxi.

– Cómprate una mosquitera -le decían.

Él sonreía y no contestaba.

– Mientras no haya saldado la deuda -me dijo en cuanto tuvo ocasión-, no me quedaré tranquilo.

Me daba lástima verlo lleno de picaduras de mosquito por todo el cuerpo.

– No hagas esto -le dije.

– Yo estoy solo -me dijo Erxi-, no pasa nada porque me piquen un poco más o menos los mosquitos. Pero es que Fengxia es dos personas.

Fengxia dio a luz un día de invierno. Caía tanta nieve que apenas se veía por la ventana. Fengxia ingresó en la sala de partos y no salió en toda la noche. Erxi y yo esperábamos fuera, cada vez con más miedo de lo que pudiera pasar. En cuanto salió un médico, fui a preguntarle. Así supimos que seguía el parto, y nos tranquilizamos un poco.

– Padre -me dijo Erxi cuando ya estaba a punto de amanecer-, ve a dormir un rato.

– Con esta preocupación no podría dormir -dije moviendo la cabeza.

– No podemos quedarnos así los dos -insistió él-. Cuando Fengxia haya dado a luz, alguien tendrá que cuidar de ella.

Pensándolo bien, tenía razón.

– Erxi -le dije-, ve tú a dormir.

Estuvimos así, dale que te pego, y al final no dormimos ninguno de los dos. Se hizo de día, y Fengxia aún no había salido, así que volvimos a angustiarnos. Todas las mujeres que habían entrado después de Fengxia habían dado a luz y ya habían salido. Erxi y yo no aguantábamos quietos. Nos acercamos a la puerta a ver si oíamos algo de lo que pasaba dentro. Al oír gritos de mujer, nos quedamos más tranquilos.

– ¡Lo que estará sufriendo la pobre Fengxia! -dijo Erxi.

Pero al poco pensé que era imposible: Fengxia era muda, no podía gritar. Se lo dije a Erxi, que se puso pálido de golpe. Corrió hasta la puerta de la sala de partos y se puso a gritar con todas sus fuerzas.

– ¡Fengxia! ¡Fengxia!

Salió un médico y le dijo de mala manera:

– ¿Qué hace gritando? ¡Fuera de aquí!

– ¿Cómo es que aún no ha salido mi mujer? -preguntó él llorando a lágrima viva.

– Hay niños que vienen rápido -dijo alguien-, y otros que tardan.

Miré a Erxi, Erxi me miró a mí, y pensamos que quizá fuera verdad. Nos sentamos a seguir esperando, con el corazón latiéndonos con fuerza. Al poco rato, salió una médica.

– ¿A quién prefieren? -nos preguntó-. ¿A la madre o al pequeño?

Su pregunta nos dejó de piedra.

– ¡Eh, que les estoy hablando! -insistió.

Erxi cayó de rodillas a sus pies.

– ¡Doctora! -gritó llorando-. ¡Salve a Fengxia! ¡Prefiero a Fengxia!

Erxi se quedó llorando desconsoladamente en el suelo. Le ayudé a levantarse, diciéndole que se calmara, que eso no era bueno para la salud.

– Mientras Fengxia esté bien, no hay problema -le dije-. Ya lo dice el refrán: «Mientras queden montes verdes, no hay que preocuparse por la leña.»

– ¡He perdido a mi hijo!

Si era así, yo había perdido a mi nieto. Bajé la cabeza y me eché a llorar yo también. Así estuvimos hasta mediodía, cuando salió una médica.

– Ya está -dijo-. Es niño.

A Erxi le entró angustia.

– No le pedí que salvara al pequeño -vociferó levantándose de un salto.

– La madre también se encuentra bien.

¡Fengxia estaba bien! Se me nubló la vista, ya no tenía edad para esos tormentos. Erxi estaba loco de contento. Se sentó a mi lado, sin parar de temblar, de tanto reír.

– Ahora que ya estoy más tranquilo, puedo ir a dormir -le dije-. Vengo a relevarte dentro de un rato.

Quién iba a pensar que, nada más irme yo, Fengxia tuvo problemas. Llevaba yo fuera apenas unos minutos, cuando un montón de médicos entraron corriendo en la sala de partos, arrastrando una bombona de oxígeno.

Después del parto, Fengxia tuvo una hemorragia tremenda y, antes del anochecer, dejó de respirar. Mis dos hijos habían muerto de parto: Youqing del parto de otra mujer, y Fengxia de su propio parto.

Ese día nevaba muchísimo. Al morir Fengxia, la pusieron en aquella habitacioncita. Cuando fui a verla y me di cuenta de dónde estaba, no pude ni entrar: era la habitación donde vi muerto a Youqing más de diez años atrás. Esperé en la nieve, oyendo a Erxi llamar una y otra vez a Fengxia, tan destrozado que se quedó en cuclillas. Los copos caían flotando, yo casi ni veía la puerta de esa habitación, sólo oía a Erxi, que dentro lloraba y gritaba. Llamé a Erxi, lo llamé muchas veces antes de que contestara y se asomara a la puerta.

– Yo quería a la mayor -me dijo-, y me han dado al pequeño.

– Volvamos a casa -dije-. Algo habremos hecho en nuestra vida anterior para que este hospital nos trate así. Aquí murió Youqing, aquí ha muerto Fengxia. Erxi, volvamos a casa.

Entonces Erxi se puso a Fengxia a la espalda, y así volvimos los tres.

Para entonces ya era de noche, las calles estaban cubiertas de nieve, no se veía a nadie, silbaba el nordeste, y la nieve iba azotándonos la cara como una tormenta de arena. Erxi estaba ya ronco de tanto llorar.

– Padre -dijo al cabo de un trecho-, no puedo más.

Le dije que me pasara a Fengxia, pero él no quiso. Seguimos unos pasos, y se puso en cuclillas.

– Padre -dijo-, me duele muchísimo la cintura.

Eso era de llorar, había llorado tanto que le dolía. Cuando llegamos a casa, Erxi puso a Fengxia sobre la cama y se sentó a su lado a mirarla fijamente, tan encogido que estaba hecho un ovillo. Incluso sin mirarlo, sólo de ver su sombra y la de Fengxia en la pared, se me partía el alma. Dos sombras grandes y negras, una estirada, otra que parecía arrodillada, completamente quietas, sólo las lágrimas de Erxi se movían, y yo veía los puntos negros deslizarse uno a uno entre las dos sombras. Corrí a la cocina a poner agua en el fuego, para que Erxi pudiera tomar algo caliente. Cuando el agua rompió a hervir y fui a llevarle un cuenco, la luz se había apagado. Erxi y Fengxia dormían.

Pasé la noche sentado en la cocina hasta el amanecer. Fuera, el viento aullaba. Durante un rato estuvo cayendo granizo menudo, que iba dando en las ventanas, ¡cshh! ¡cshhh! Erxi y Fengxia dormían en la habitación de dentro, en un silencio total. El viento helado se colaba por las rendijas de la puerta, dejándome las rodillas frías y doloridas. Tenía el corazón entumecido como si se hubiera congelado. Mis dos hijos se habían ido así, sin más. En un momento como ése, aunque quisiera llorar, ya no tenía ni lágrimas. Pensé en Jiazhen, que a esas horas estaría despierta, esperando noticias. Cuando salí de casa, ella me pidió una y otra vez que, en cuanto diera a luz Fengxia, corriera a casa a decirle si era niño o niña. Pero al morir Fengxia, ¿cómo podía ir a decírselo?

Cuando murió Youqing, Jiazhen estuvo a punto de irse también. Ahora que Fengxia también había muerto antes que ella, ¿cómo iba a soportarlo la pobre madre? Al día siguiente, Erxi volvió conmigo a casa, llevando a Fengxia a la espalda. Seguía nevando, y Fengxia parecía cubierta de algodón, casi toda blanca. Nada más entrar, viendo a Jiazhen sentada en la cama, toda despeinada, con la cabeza apoyada en la pared, me di cuenta de que sabía que Fengxia había fallecido: yo llevaba dos días seguidos y sus noches sin volver a casa. Me empezaron a caer las lágrimas, y Erxi, que ya había dejado de llorar, al ver a Jiazhen volvió a sollozar.

– Madre… -farfullaba-. Madre…

Jiazhen movió ligeramente la cabeza, la separó de la pared, y miró fijamente el cuerpo de Fengxia en la espalda de Erxi. Ayudé a mi yerno a dejar a Fengxia sobre la cama. Jiazhen bajó entonces la mirada hacia su hija, con los ojos fijos, como a punto de salírsele de las órbitas. Yo no me esperaba en absoluto que Jiazhen reaccionara así, sin derramar ni una lágrima, sólo mirando a Fengxia, acariciándole la cara y el pelo. Erxi, llorando, se puso en cuclillas y apoyó la cabeza en el borde de la cama. Yo estaba a un lado, mirando a Jiazhen, sin saber qué iba a hacer mi mujer. Ese día, Jiazhen no lloró ni gritó, sólo, de vez en cuando, movía la cabeza. La nieve que Fengxia traía encima se fue derritiendo poco a poco, y la cama acabó empapada.

Enterramos a Fengxia con Youqing. En ese momento había dejado de nevar, y el sol brillaba en el cielo; el nordeste silbaba todavía con más fuerza, cubriendo casi el rumor de las hojas de los árboles. Después de enterrar a Fengxia, Erxi y yo nos quedamos allí, abrazando la pala de la azada, con el viento a punto de tirarnos. Todo el suelo estaba cubierto de nieve, que deslumbraba brillando al sol. Sólo la tumba de Fengxia estaba sin nieve. Erxi y yo mirábamos ese montón de tierra húmeda, incapaces de alejarnos de allí.

– Padre -dijo Erxi señalando un trozo de tierra pegado a la tumba de Fengxia-, cuando yo me muera, que me entierren aquí.

– Déjamelo a mí -le dije con un suspiro-, seguro que moriré antes que tú.

Una vez enterrada Fengxia, ya pudimos ir a buscar el niño al hospital. Erxi recorrió los más de diez li que había hasta nuestra casa con el niño en brazos, lo dejó encima de la cama. El crío, cuando abría los ojos, fruncía las cejas y miraba hacia aquí, hacia allá, a saber qué miraría. Al verlo así, Erxi y yo nos echamos a reír. Jiazhen no se rió en absoluto. Lo miró fijamente, tocándole las mejillas con los dedos. Al principio, su actitud era la misma que ante el cadáver de Fengxia. Yo estaba con el alma en vilo; me asustaba verla así, no sabía qué le pasaba. Luego, Erxi levantó la mirada y, al ver a Jiazhen, dejó inmediatamente de reír. Se quedó allí con los brazos colgando, sin saber qué hacer. Pasó un buen rato antes de que Erxi me hablara en voz baja.

– Padre, ponle un nombre al niño.

Sólo entonces habló Jiazhen, con voz ronca.

– Este niño se ha quedado sin madre al nacer. Se llamará Kugen. [17]

No pasaron ni tres meses de la muerte de Fengxia cuando también murió Jiazhen.

– Fugui -me decía unos días antes-, tú enterraste a Youqing y Fengxia. Pensar que me vas a enterrar tú con tus propias manos me tranquiliza.

Eso es que ya sabía que le faltaba poco, pero parecía muy serena. Ya no tenía ni fuerzas para sentarse, se quedaba tendida en la cama, con los ojos cerrados. Pero oía muy bien y, cuando yo volvía del trabajo y abría la puerta, ella abría los ojos y movía los labios. Yo sabía que me estaba diciendo algo -en esos días estaba muy habladora-, así que me sentaba en la cama y acercaba la cara a la suya para escuchar su voz, tan débil como un latido de corazón. Por mucho que haya sufrido uno en la vida, cuando está a punto de morir, todavía piensa en algo que le sirva de consuelo. Jiazhen también lo encontró.

– Esta vida ya casi se me ha terminado -decía una y otra vez-. Tú has sido muy bueno conmigo, y estoy muy satisfecha de eso. Yo te he dado una hija y un hijo, que ha sido mi manera de recompensarte por ello, así que en la próxima vida volveremos a estar juntos.

Cuando decía que en la vida futura quería volver a ser mi mujer, se me saltaban las lágrimas, me caían hasta su cara. Ella parpadeaba un par de veces y sonreía un poquito.

– Fengxia y Youqing murieron antes que yo, así que estoy tranquila, ya no tengo que preocuparme por ellos. Al fin y al cabo, sigo siendo una madre, y nuestros niños fueron muy buenos hijos conmigo. Tengo que estar satisfecha de haber conseguido algo así en la vida. Tú tienes que seguir viviendo -añadió-. Todavía tienes a Kugen y a Erxi. Erxi, en realidad, también es hijo tuyo. Cuando Kugen sea mayor, será tan cariñoso contigo como lo fue Youqing, será un buen hijo.

Jiazhen murió a mediodía. Al volver yo del trabajo, ella abrió los ojos, me acerqué a escuchar sus palabras y fui a la cocina a prepararle un cuenco de sopa. Cuando fui a llevárselo y me senté en la cama, Jiazhen, con los ojos cerrados, me agarró la mano de repente. Me sorprendió que pudiera tener tanta fuerza todavía, y me asusté. Traté de soltarme con suavidad, pero no pude. Enseguida dejé el cuenco de sopa en un taburete y le puse la mano en la frente. Todavía estaba tibia, y me quedé más tranquilo. Jiazhen parecía dormida, con la expresión tranquila y serena, sin rastro de sufrimiento. Pero al cabo de un rato, la mano que sujetaba la mía ya se había quedado fría. Le toqué los brazos: iban enfriándose por partes. Para entonces, sus piernas ya estaban frías, como todo su cuerpo. Sólo quedaba un trocito tibio en el pecho; le puse la mano encima, pero el calor del pecho pareció escapárseme poco a poco entre los dedos. Al final, me soltó la mano, y la suya quedó inerte sobre mi brazo.


* * *

– Jiazhen murió muy bien -dijo Fugui.

En ese momento, estaba a punto de caer la tarde. La gente que trabajaba en los bancales iba subiendo a los senderos por pequeños grupos. El sol pendía del cielo al oeste, ya menos deslumbrante, convertido en una esfera roja, derramando su luz en un mar de nubes resplandecientes.

Fugui me miraba sonriente. La luz del poniente le daba en la cara, dándole un aspecto extraordinariamente vital.

– Jiazhen murió muy bien -repitió-. Murió serena y limpiamente, sin dejar ninguna riña pendiente, no como algunas mujeres del pueblo, que hasta muertas dan que hablar.

Ese anciano que tenía sentado delante de mí, con su manera de hablar de su esposa muerta más de diez años atrás, me llenó el corazón de una ternura indescriptible.

Como hierba verde mecida por el viento, vi el sosiego ondear a lo lejos.

Cuando la gente se fue, el campo cobró un aspecto despejado, parecía tan extenso, tan inmenso, lanzando destellos a la luz del poniente como de agua… Fugui tenía las dos manos sobre las rodillas y me miraba con los ojos entornados. Todavía no parecía ir a levantarse, y yo sabía que su historia no se había acabado. Pensé en pedirle que terminara de contármela antes de que se levantara.

– ¿Qué edad tiene ahora Kugen?

Una expresión misteriosa afloró en los ojos de Fugui. No supe dilucidar si era de tristeza o de alivio. Su mirada pasó por encima de mi cabeza y voló a lo lejos.

– Si contamos por años, Kugen tendría ahora diecisiete.


* * *

Cuando murió Jiazhen, sólo me quedaban Erxi y Kugen. Erxi pagó a alguien que le hiciera una mochila para poder llevar a Kugen todo el día a la espalda; con lo cual, Erxi se cansaba más en el trabajo. Era mozo de carga, y tiraba de un carretón lleno de cosas hasta arriba, y encima tenía que llevar a Kugen. Iba jadeando, casi sin poder respirar. Aparte, llevaba un paquete con los pañales de Kugen. A veces, cuando hacía mal tiempo, los pañales no se secaban y no tenía de recambio, no le quedaba más remedio que montar tres cañas sobre el carretón, dos verticales y una horizontal, para tender los pañales. En la ciudad se reían de él. El compañero de trabajo de Erxi sabía lo mal que lo pasaba y, al ver que la gente se burlaba de él, soltaba:

– ¿De qué coño te ríes? ¡Como te sigas riendo, te haré llorar!

Cuando Kugen lloraba en la mochila, Erxi sabía por el llanto si el niño tenía hambre, o si se había meado.

– Si es largo, es que tiene hambre -me decía-. Si es corto, es que le escuece el culo.

Y era verdad. Cuando Kugen cagaba o meaba, lloraba «Mmh, mmh», y al principio hasta parecía que se estaba riendo. Un hombrecito tan pequeño, y ya sabía diferenciar llantos. Eso era porque quería a su padre, y le decía claramente lo que quería, y así Erxi no tenía que andar rompiéndose la cabeza.

Cuando Kugen tenía hambre, Erxi dejaba el carretón y buscaba a una mujer que estuviera criando. Le daba diez céntimos y le pedía a media voz:

– Dele un poco de mamar, por favor.

Erxi no era como otros padres, que miran cómo crecen sus hijos. Por el peso que sentía a su espalda, sabía si Kugen había crecido algo. Y él, como buen padre que era, se alegraba, claro.

– Kugen pesa más -me decía.

Cuando iba a verlos a la ciudad, a menudo veía a Erxi tirando del carretón, caminando por las calles, chorreando de sudor. Y Kugen iba en su mochila, moviendo la cabecita. Viendo que Erxi estaba tan cansado, le decía que me diera al niño, que me lo llevaría al pueblo. Erxi no quería.

– Padre -decía-, no me podría separar de Kugen.

Menos mal que Kugen creció rápido. Cuando supo andar, Erxi se quedó más relajado. Mientras cargaba, dejaba al niño a un lado, jugando. Y cuando tiraba del carretón, lo subía encima. Cuando fue un poco mayor, ya supo quién era yo. Como oía tantas veces a Erxi llamarme «padre», lo recordó. Y cada vez que iba yo a la ciudad a verlos, en cuanto me veía Kugen desde el carretón, se ponía a gritar con su vocecilla.

– ¡Padre! -le decía a Erxi-. ¡Allí está tu padre!

Cuando el crío iba todavía en la mochila, ya sabía decir palabrotas y, si se enfadaba, empezaba con su boquita «blibli, blabla», con la cara toda colorada. Nadie sabía qué estaba diciendo, sólo veían la saliva que rociaba al hablar. El único que lo sabía era Erxi.

– Está diciendo palabrotas -me contó.

Cuando Kugen supo andar y decir cuatro cosas, se volvió todavía más despierto. En cuanto veía a otro niño con algo que le gustara en la mano, él le hacía señas como loco, todo risueño.

– ¡Ven! ¡Ven! ¡Ven!

Y cuando el otro niño se le acercaba, él estiraba la mano para quitarle lo que llevara. Si el otro no se lo daba, Kugen ponía mala cara y, muy enfadado, lo echaba:

– ¡Vete! ¡Vete! ¡Vete!

Al perder a Fengxia, Erxi ya no se recuperó. Si de por sí no era muy hablador, al morir Fengxia, habló todavía menos. Si alguien le decía algo, con un «hum» ya se daba por contestado. Sólo hablaba un poco más cuando me veía. Kugen se había convertido en el pilar de nuestra existencia. Cuanto más crecía, más se parecía a Fengxia. Y cuanto más se parecía a Fengxia, más tristeza nos entraba al verlo. A veces, a Erxi se le saltaban las lágrimas. Y yo, su suegro, trataba de animarlo.

– Fengxia murió hace ya tiempo. Si puedes, olvídala.

Kugen tenía entonces tres años. El crío estaba sentado en un taburete, balanceando las piernas y esforzándose cuanto podía en oír lo que decíamos, con los ojos muy abiertos. Erxi se quedó pensando, con la cabeza ladeada.

– Pensar en Fengxia es el único momento de felicidad que me queda -dijo al cabo de un rato.

Luego tuve que volver al pueblo, y él a trabajar, así que salimos juntos. Una vez fuera, Erxi echó a andar, arrimado a la pared, con la cabeza torcida, a toda velocidad, como si temiera que alguien lo reconociera. Llevaba a Kugen de la mano, y el pobre niño iba a trompicones, casi casi a rastras. Yo tampoco me atrevía a reprocharle nada, sabía que Erxi estaba así desde que murió Fengxia.

– ¡Ve más despacio! -le gritaban las vecinas al verlo-, ¡que vas a tirar a Kugen!

Erxi soltó un «hum» de los suyos, y siguió andando igual de rápido. Llevaba a Kugen casi en volandas, pero el crío iba mirándolo todo con los ojos muy vivos, como canicas.

– Erxi -dije cuando llegamos a la esquina-, me voy.

Sólo entonces se paró, y me miró levantando el hombro.

– Kugen, me voy -le dije al niño.

– Adiós -me decía Kugen con su vocecilla, agitando la mano.

Apenas tenía yo un momento, me iba a la ciudad. En casa no sabía estar y, como Kugen y Erxi estaban allí, me parecía que la ciudad era donde estaba realmente mi casa. Cuando volvía al pueblo, más solo que la una, me entraba angustia. Varias veces me llevé a Kugen al pueblo, a pasar unos días. Él nada, corría contentísimo por todo el pueblo y me pedía que le ayudara a atrapar gorriones en los árboles. Yo le decía que cómo iba a atraparlos.

– Sube al árbol -me decía el crío señalando hacia arriba.

– Si me caigo, me descalabro -le decía yo-. ¿Quieres que me muera?

– No quiero que te mueras. Quiero un gorrión.

En el pueblo, Kugen se lo pasaba en grande. El que lo pasaba mal era Erxi, que no soportaba estar un día entero sin ver a Kugen. Cada día, después del trabajo, cuando ya no podía ni con su alma, recorría los más de diez li para venir a ver a Kugen. Al día siguiente, apenas amanecía, volvía a la ciudad a trabajar. Pensé que así no podía ser, así que, a partir de entonces, antes de que anocheciera, llevaba a Kugen a su casa. Al morir Jiazhen, yo en casa ya no tenía ataduras, así que, cuando llegaba a la ciudad, Erxi me decía:

– Padre, quédate.

Y yo me quedaba allí varios días. A Erxi le habría parecido bien que me quedara más tiempo y todo. Decía que tres generaciones en una casa siempre eran mejor que dos. Pero yo tampoco podía vivir a su costa, todavía tenía buenos pies y buenas manos, podía ganarme la vida. Y, si ganábamos dinero Erxi y yo, Kugen también viviría con más holgura.

Así fuimos viviendo hasta que Kugen tuvo cuatro años, que fue cuando murió Erxi. Quedó aplastado entre dos hileras de placas de cemento. Los mozos de carga, al menor descuido, chocan y se hacen daño. Pero que pierdan la vida en eso yo sólo conozco a Erxi. Todos los Xu tenemos la vida dura. Ese día, Erxi y otros compañeros estaban cargando placas de cemento en el carretón. Erxi se había subido encima, y la grúa traía otras cuatro. Algo salió mal, no sé qué fue, y las placas fueron a parar adonde estaba Erxi. Nadie había visto que estaba allí. Sólo se oyó de repente un grito:

– ¡Kugen!

Los compañeros de Erxi me contaron que al oírlo se quedaron helados. No pensaban que Erxi pudiera tener ese vozarrón, parecía que se hubiera partido el pecho con ese grito. Cuando se dieron cuenta, mi yerno cabiztuerto ya estaba muerto, pegado a las placas de cemento. Aparte de los pies y la cabeza, el resto del cuerpo había quedado aplastado, no encontraron ni un solo hueso entero, todo era sangre y carne hecha papilla, incrustada como engrudo en las placas de cemento. Me contaron que, al morir, el cuello se le había enderezado, y tenía la boca muy abierta. Eso era de llamar a su hijo.

Kugen estaba junto a un estanque cercano, lanzando piedras al agua. Al oír la última llamada de su padre, se giró y preguntó:

– ¿Qué quieres?

Esperó un momento y, como no oyó que su padre siguiera llamándolo, siguió lanzando piedras. Así hasta que llevaron a Erxi al hospital, se confirmó su muerte, y alguien fue a buscar a Kugen.

– ¡Kugen! ¡Kugen! ¡Tu padre ha muerto!

Kugen no sabía qué era la muerte, así que se giró y contestó:

– Vale.

Y se volvió y siguió lanzando piedras al agua.

Yo estaba en el bancal. Los compañeros de trabajo de Erxi vinieron corriendo a avisarme.

– ¡Erxi se está muriendo! ¡Está en el hospital! ¡Date prisa!

Nada más oír que Erxi había tenido un accidente y estaba hospitalizado, me eché a llorar.

– ¡Sacadlo de allí ahora mismo! -les grité-. ¡No puede ir al hospital!

Se quedaron mirándome, pasmados, creyendo que me había vuelto loco.

– Si Erxi entra en ese hospital -les dije-, corre peligro de muerte.

Youqing y Fengxia habían muerto en ese hospital. ¿Quién me iba a decir a mí que al final Erxi también iba a acabar allí muerto? Imagínate, en esta vida habré visto tres veces esa habitacioncita donde ponían a los cadáveres, y las tres veces el muerto era familiar mío. Yo ya era viejo, no estaba para esas cosas. Cuando fui a recoger a Erxi, nada más ver esa habitación, caí al suelo. Me tuvieron que sacar del hospital igual que a Erxi, a cuestas.

Al morir Erxi, me traje a Kugen al pueblo a vivir conmigo. El día en que dejamos la ciudad, di los enseres que había en casa de mi yerno a los vecinos. Sólo me quedé unas cuantas cosas ligeras y fáciles de llevar. Cuando me fui de allí con Kugen de la mano, estaba a punto de anochecer. Todos los vecinos salieron a despedirme y me acompañaron hasta la bocacalle.

– Ven a vernos de vez en cuando -me dijeron.

Algunas mujeres lloraron y todo.

– ¡Qué vida más dura tiene este pobre niño! -decían acariciándole la cabeza.

A Kugen le molestaba que se les cayeran las lágrimas en su cara, así que me tiraba de la mano sin parar.

– ¡Vámonos! -decía-. ¡Vámonos!

En esa época ya hacía frío. Mientras iba por la calle con Kugen, silbaba un viento helado que se te metía por el cuello. Cuanto más andaba, más frío tenía. Pensando en lo alegre y animada que había sido mi familia, y que ahora ya sólo quedaban un viejo y un niño, me entraba tanta congoja que no podía ni suspirar. Pero me consolaba viendo a Kugen. Antes no lo tenía. Nada era mejor que tenerlo a mi lado ahora. Al fin y al cabo, Jiazhen y yo tendríamos descendencia, había que vivir y seguir adelante.

Llegamos delante de un restaurante de tallarines. De repente, Kugen gritó a todo pulmón:

– ¡No quiero tallarines!

Yo iba pensando en mis cosas y no me fijé en los que decía.

– ¡No quiero tallarines! -volvió a gritar Kugen al llegar a la entrada.

Y, tirándome de la mano, se quedó allí plantado, sin querer avanzar más. Sólo entonces entendí que le apetecía comer tallarines. El crío no tenía padre ni madre. Si le apetecían tallarines, lo menos que podía hacer era invitarlo a un cuenco. Entramos y nos sentamos, y pedí un cuenco de tallarines de a nueve céntimos. Miré cómo se los comía, sorbiéndolos, con la cabeza cubierta de sudor. Cuando salimos, todavía se relamía.

– Mañana más, ¿vale? -me dijo.

– De acuerdo -le contesté asintiendo.

Un poco más allá, pasamos por una tienda de caramelos, y Kugen volvió a tirarme de la mano. Levantó la cabeza para mirarme, y me dijo muy formal:

– No me apetecía tomar caramelos. Pero como he comido tallarines, no los tomaré.

Vi que estaba inventando una manera de conseguir que le comprara caramelos, así que me llevé la mano al bolsillo y encontré dos céntimos. Pero me lo pensé mejor y busqué otra de cinco, para comprar a Kugen cinco céntimos de caramelos.

Al llegar a casa, dijo que le dolían los pies. Había andado mucho y estaba cansado. Le dije que se tumbara en la cama mientras yo iba a calentar agua para darle un baño de pies. Cuando volvía con el agua caliente, Kugen se había quedado dormido, con los pies apoyados en la pared, estaba como un tronco. Al verlo me eché a reír. Había puesto los pies en alto, apoyados en la pared, porque le dolían. ¡Tan pequeño, y ya sabía cuidar de sí mismo! Pero enseguida se me encogió el corazón. Kugen no sabía aún que su padre había muerto.

Esa noche, dormido, sentí opresión y congoja. Me desperté y vi que tenía el culete de Kugen apretándome en el pecho, y lo aparté. Al poco rato, justo cuando me estaba volviendo a dormir, el culete de Kugen fue moviéndose, moviéndose, hasta apoyárseme en el pecho. Estiré la mano a ver qué pasaba y comprendí que se había meado en la cama: debajo tenía toda una parte empapada, ¡por eso me ponía el culo en el pecho!, y pensé: «Bueno, pues que siga así.»

Al día siguiente, el crío echaba de menos a su padre. Mientras yo trabajaba en el campo, él se quedaba sentado en el sendero, jugando. Y así estaba, jugando tan tranquilo, cuando de repente me preguntó:

– ¿Me vas a llevar tú, o me viene a buscar padre?

Los del pueblo, al verlo, movían la cabeza diciendo: «¡Pobrecito!»

– Ya no te irás -le dijo uno.

– Sí que me voy -dijo él muy serio.

Al atardecer, viendo que su padre todavía no había venido por él, se enfadó un poco, y empezó a decir cosas a toda velocidad, moviendo la boquita. Yo no entendía nada de lo que decía, y pensé que debía de estar soltando tacos. Al final, levantó la cabeza.

– Bueno. Si no viene, no pasa nada -dijo-. Como soy pequeño y no me sé el camino, acompáñame tú.

– Tu padre no vendrá por ti, y yo tampoco puedo llevarte. Tu padre está muerto.

– Ya sé que está muerto -contestó-. Ya es de noche y aún no ha venido a buscarme.

Esa noche, arropados los dos con el edredón, le expliqué lo que era la muerte. Le dije que, cuando alguien moría, había que enterrarlo, y que los vivos ya no volvían a verlo nunca más. El crío, al pronto, se puso a temblar de miedo. Luego, al pensar que ya no volvería a ver a Erxi, se echó a llorar a lágrima viva, con la carita apoyada en mi cuello y sus lágrimas calientes cayéndome por el pecho. Estuvo llorando y llorando hasta que se quedó dormido.

Al cabo de un par de días, pensé que tenía que enseñarle la tumba de Erxi, y me lo llevé a la parte oeste. Le dije qué tumba era la de su abuela materna, cuál era la de su madre, y luego la de su tío. Cuando aún no le había enseñado la de Erxi, Kugen la señaló llorando.

– Ésa es la de mi padre -dijo.

Cuando llevábamos juntos seis meses, en el pueblo empezó el sistema de cuota de producción por familia, [18]con lo que la vida se volvió aún más difícil. A la nuestra le asignaron un mu y medio de tierra. Se acabó para mí lo del trabajo en común y lo de aprovechar para gandulear cuando me cansaba. El trabajo del campo me llamaba constantemente. Si no acudía, nadie lo iba a hacer por mí.

Y cuando uno se hace viejo, todo son achaques. Todos los días me dolían los riñones, veía mal. Antes, cuando llevaba a la ciudad los canastos de verdura con la palanca, iba de una tirada. En cambio entonces, iba andando y descansaba; descansaba y seguía andando. Tenía que ponerme en camino dos horas antes de que amaneciera, porque, si llegaba tarde, ya no había manera de vender la verdura. Como dice el refrán, «El pájaro torpe es el primero en volar». Y el que pagó el pato fue Kugen. Cuando el crío estaba durmiendo profundamente, iba yo y lo sacaba de la cama, y él se venía conmigo andando, agarrado con las dos manos al canasto de detrás, con los ojos todavía medio cerrados. Kugen era un buen niño. Cuando se despertaba del todo y veía que la carga que llevaba pesaba demasiado para mí y que cada dos por tres tenía que pararme a descansar, él sacaba un par de coles de los canastos y las llevaba en brazos, andando delante de mí. De vez en cuando, se volvía y me preguntaba:

– ¿Pesa menos?

Yo estaba contentísimo.

– ¡Mucho menos! -le contestaba.

Ahora que lo pienso, Kugen, con cinco años recién cumplidos, ya se había convertido en un buen ayudante mío. Allá donde fuera yo, allá iba él detrás a trabajar conmigo. Hasta sabía segar el arroz. Encargué a un herrero de la ciudad que le hiciera una hoz pequeña. Ese día el crío se puso como loco de contento. Normalmente, cuando íbamos a la ciudad, al pasar por delante de la callejuela de la casa de Erxi, el crío iba para allá como una exhalación, a jugar con sus amiguitos. Ya podía llamarlo, ya, que no me hacía ni caso. Pero ese día, como le dije que le había encargado una hoz, me agarró de la ropa y no me soltó en ningún momento. Estuvimos esperando juntos un buen rato delante de la herrería. En cuanto entraba alguien, él le señalaba la hoz que le estaban haciendo.

– ¡Es la hoz de Kugen! -decía.

Cuando vinieron a buscarlo sus amiguitos para jugar, él les dijo que no muy ufano.

– Ahora no tengo tiempo de hablar con vosotros.

Cuando tuvo su hoz, Kugen no quería soltarla ni para dormir, pero yo no le dejaba, así que dijo que la metería debajo de la cama. Y lo primero que hacía al despertarse por la mañana era buscarla con la mano. Le dije que la hoz, cuanto más se usa, más afilada está; y que el hombre, cuanto más trabajador es, más fuerte se vuelve. El crío se quedó un buen rato mirándome, parpadeando.

– Entonces -dijo de repente-, ¡cuanto más afilada esté la hoz, más fuerte seré yo!

De todos modos, Kugen era un niño, y segaba el arroz mucho más despacio que yo. Al ver que yo iba más rápido, se enfadaba.

– ¡Fugui! -me gritaba-. ¡Ve más despacio!

Como la gente del pueblo me llamaba Fugui, él también me llamaba así, aunque también me llamaba abuelo.

– Esto lo ha segado Kugen -le decía, señalando el arroz que yo acababa de cortar.

Él se echaba a reír muy contento.

– Esto lo ha segado Fugui -decía él señalando lo suyo.

Al ser tan pequeño, también se cansaba pronto, así que iba cada dos por tres a tumbarse en el sendero del bancal y echar una siesta.

– Fugui -me decía-, la hoz ya no está afilada.

Lo que quería decir era que ya no tenía fuerza. Después de echarse un rato, se levantaba, me miraba trabajar y me decía muy chulo:

– ¡Fugui, no pises mi arroz!

Los de los campos de al lado se reían al verlo. Hasta el jefe de equipo se reía. El jefe de equipo estaba igual de viejo que yo, y seguía siendo jefe de equipo. Como en su casa eran muchos, le tocaron cinco mu de tierra, justo pegada a mi campo.

– ¡Menudo pico tiene el mocoso éste, me cago en la mar! -decía él.

– Habla todo lo que no pudo hablar Fengxia -decía yo.

La vida que llevábamos entonces era dura, desde luego, y cansada, pero estábamos contentos. Con Kugen a mi lado, yo vivía mucho más animado. Viéndolo cada día más grande, yo, como abuelo, también estaba cada día más tranquilo. Al atardecer, nos sentábamos los dos en el quicio de la puerta a mirar cómo se ponía el sol, brillando rojo, rojo, sobre los campos, a escuchar las llamadas a casa de los del pueblo, y las dos gallinas que teníamos iban y venían delante de nosotros. Kugen y yo nos queríamos mucho y, cuando estábamos los dos allí sentados, siempre teníamos miles de cosas que decirnos. Al ver a las dos gallinas, me acordaba de lo que decía mi padre en vida, y se lo contaba una y otra vez a Kugen.

– Cuando crezcan -le decía-, se convertirán en ocas. Cuando crezcan las ocas, se convertirán en ovejas. Cuando crezcan las ovejas, se convertirán en bueyes. Y nosotros seremos cada vez más ricos.

Kugen, al oír eso, se reía de buena gana. Se lo sabía de memoria, y muchas veces, cuando salía del gallinero con los huevos, lo cantaba.

Si había muchos huevos, íbamos a la ciudad a venderlos.

– Cuando hayamos ahorrado lo suficiente -le dije una vez-, nos compraremos un buey, así podrás ir a jugar montado en su lomo.

Al oírlo, los ojos le brillaban de ilusión.

– ¡Entonces las gallinas se convertirán en buey! -dijo él.

A partir de entonces, Kugen se pasaba los días deseando que llegara el momento de comprar el buey.

– ¡Fugui! -me decía cada mañana con los ojos muy abiertos-. ¿Compraremos hoy el buey?

A veces, cuando íbamos a la ciudad a vender huevos, me daba pena Kugen y me entraban ganas de comprarle caramelos.

– Sólo uno -me decía él-, que todavía tenemos que comprar el buey.

En un abrir y cerrar de ojos, Kugen cumplió siete años y se puso mucho más fuerte. Ese año, cuando llegó la época de recoger el algodón, dijeron por la radio del pueblo que al día siguiente habría lluvias torrenciales. Me entró una angustia tremenda. El mu y medio que tenía de algodón ya estaba maduro. Si la lluvia lo mojaba, se iba todo al garete. Nada más amanecer, llevé a Kugen al algodonal y le dije que teníamos que recogerlo todo en ese día. Kugen levantó la cara y me dijo:

– Fugui, estoy mareado.

– Date prisa -le dije yo-. Cuando hayamos acabado irás a jugar.

Entonces Kugen se puso a recoger algodón, pero, cuando llevaba un rato, corrió al sendero del bancal a tumbarse. Yo lo llamé, le dije que volviera. Pero él me dijo:

– Estoy mareado.

Pensé: «Bueno, pues que se quede un ratito tumbado.» Pero Kugen no se levantaba, y yo al final me enfadé un poco.

– ¡Kugen, como no recojamos hoy todo el algodón, no podremos comprar el buey!

Sólo entonces se levantó.

– Es que estoy muy mareado -dijo.

Estuvimos trabajando sin parar hasta mediodía. Al ver que habíamos recogido buena parte del algodón, me quedé mucho más tranquilo y llevé a Kugen a casa a comer. Fue cogerle la mano y entrarme pánico. Le toqué la frente: abrasaba. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba enfermo, ¡qué estúpido había sido obligándolo a trabajar! Cuando llegamos a casa, le dije que se acostara. En el pueblo decían que el jengibre fresco lo curaba todo, así que le preparé una decocción de jengibre. Pero en casa no había azúcar, y pensé que echarle un poco de sal era hacerle una faena a Kugen, así que fui a casa de unos vecinos a pedir algo de azúcar.

– Os lo devolveré pronto, cuando venda el arroz -les dije.

– Déjalo, Fugui -me dijeron.

Después de darle la decocción a Kugen, le preparé sopa de arroz y miré cómo se la tomaba. Comí yo también. Nada más comer, tuve que volver al campo.

– Duerme, y ya verás cómo se te pasa -le dije.

Salí de casa, pero no me podía quitar a Kugen de la cabeza, de modo que fui a recoger media olla de judías frescas y volví a casa a preparárselas, con un poco de sal. Puse un taburete junto a la cama, y la olla encima del taburete, y dije a Kugen que comiera. Viendo que había judías, Kugen se rió de contento.

– ¿Por qué no comes tú? -oí que me preguntaba mientras salía.

Volví a casa al atardecer. Había recogido todo el algodón, y estaba que no podía con mis huesos. En el pequeño trayecto desde el campo hasta la puerta de casa, me temblaron las piernas.

– Kugen -llamé al entrar-. Kugen…

Kugen no me contestó. Creí que se había quedado dormido. Fui a ver a la cama. Kugen estaba de través. En su boca entreabierta, se veían dos judías a medio masticar. Al verle la boca, me empezó a zumbar la cabeza: tenía los labios morados. Lo sacudí con fuerza, lo llamé a gritos: su cuerpo tambaleó, sin contestarme. Me quedé espantado, sentado en la cama, pensando. Llegué a pensar si no se habría muerto, y la idea me hizo llorar. Lo sacudí de nuevo, y él siguió sin contestarme. Pensé que igual se había muerto. Entonces salí de casa.

– Ve a ver a Kugen, por favor -pedí a un joven del pueblo que me encontré-, creo que está muerto.

El joven se quedó mirándome un rato, y luego echó a correr hacia mi casa. Él también sacudió a Kugen. Luego le puso la oreja en el pecho, y estuvo así mucho tiempo.

– No se oye el corazón -acabó diciendo.

Vino mucha gente del pueblo. A todos les rogué que fueran a ver a Kugen. Todos fueron a sacudirlo, a ponerle el oído en el pecho, y todos acabaron diciéndome:

– Está muerto.

Kugen había muerto de comer tantas judías, no porque el crío fuera demasiado glotón, sino porque éramos pobres. En el pueblo, cualquier niño vivía mejor que Kugen y, aun así, para ellos era un lujo comer judías. A mí me fallaba ya la cabeza, por eso le había hecho tantas judías: me había vuelto idiota de puro viejo, y había matado a mi Kugen.

A partir de entonces, no me quedó más que vivir solo. Pensé que, al fin y al cabo, tampoco me quedaba mucho tiempo. ¿Cómo iba a imaginar que viviría tantos años? Sigo igual: me siguen doliendo los riñones, se me sigue nublando la vista, pero en cambio oigo muy bien. Cuando habla la gente de por aquí, podría decirte quién es sin verlo. Es verdad que a veces, pensando, me entra tristeza, pero a veces también me entra paz. Yo enterré a toda mi familia, con mis propias manos. Cuando estire la pata, no tendré que preocuparme por nadie. Ya me he hecho a la idea. Cuando me muera, me moriré tranquilo y ya está, no hará falta que ande pensando en quién se ocupará de mi cadáver. Seguro que en el pueblo habrá alguien para enterrarme. Y, si no, cuando empiece a apestar, lo harán para no aguantar el olor. Y no me enterrarán por nada: tengo diez yuanes metidos debajo de la almohada. No pienso tocarlos ni aunque me muera de hambre. Todo el mundo en el pueblo sabe que son para el que me sepulte, y que quiero que me entierren al lado de Jiazhen y mis hijos.

La vida, bien pensado, ha pasado muy rápido, y ha sido tranquila. Mi padre contaba conmigo para traer honor a mis antepasados, pero se equivocó. Éste es el destino que he tenido. De joven, me di la gran vida a costa del dinero de mi familia, y luego, pasé cada vez más miseria. Pero está bien así. Cuando pienso en los demás, por ejemplo en Long Er y Chunsheng, ellos también vivieron bien un tiempo, y al final se les fastidió todo. Lo mejor es llevar una vida normal. Cuando uno lucha por esto o por lo otro, de tanto luchar acaba pagando con la vida. En cambio yo, si lo pienso, he ido tirando y, con el tiempo, yendo cada vez a peor. Pero tengo una vida larga. Todas las personas que he conocido han ido muriendo, y yo sigo vivo.

Al año siguiente de la muerte de Kugen, ya había reunido suficiente dinero para comprar el buey. Viendo que aún me quedaban unos años por vivir, pensé que valía la pena comprarlo a pesar de todo. Un buey es media persona: puede trabajar por mí; cuando no hay trabajo, me hace compañía; cuando estoy decaído le cuento mis penas… Cuando lo llevo a pastar en la orilla, tirando de la cuerda, es como si llevara a un niño de la mano.

El día en que compré el buey, me metí el dinero en la ropa y me puse en camino hacia Xinfeng, porque allí hay una feria de ganado muy importante. Al pasar por el pueblo de al lado, viendo que había un corro de gente en la era, fui a ver qué pasaba, y vi este buey. Estaba tumbado en el suelo, con la cabeza ladeada, y le iban cayendo lagrimones de los ojos, plas, plas. Un hombre desnudo de cintura para arriba estaba afilando un cuchillo de carnicero, ris ras, ris ras, mientras los mirones iban discutiendo sobre cuál era el mejor sitio para meterle la primera cuchillada. Viendo al viejo buey llorar, tan triste, se me encogió el corazón. Pensé que ser buey tenía que ser muy duro: después de haberse deslomado trabajando toda la vida para el hombre, cuando se hacía viejo y perdía fuerza, el hombre lo mataba para comérselo.

No tuve corazón para quedarme en la era viendo cómo lo sacrificaban, así que seguí mi camino hacia Xinfeng. Pero andando, andando, no conseguía quitarme ese buey de la cabeza. Él sabía que iba a morir, tenía un charco de lágrimas debajo de la cabeza.

Cuando más avanzaba, peor me sentía. Y al final pensé: «Lo compro, y no se hable más.» Volví a toda prisa a la era. Ya le habían atado las patas. Me abrí paso a empujones hasta el hombre del cuchillo.

– Ten piedad, véndeme este buey -le dije.

El hombre del torso desnudo estaba probando el filo con los dedos. Se quedó un buen rato mirándome.

– ¿Qué has dicho? -preguntó al fin.

– Que quiero comprar este buey -dije yo.

Se rió a carcajada limpia, y todos los del corro estallaron a risotadas con él. Yo sabía que se estaban riendo de mí. Me saqué el dinero que llevaba encima y se lo puse en la mano.

– Cuéntalo.

El hombre del torso desnudo se quedó patidifuso, mirándome y remirándome, rascándose la nuca.

– ¿De verdad lo quiere comprar? -me preguntó.

No dije nada. Me puse en cuclillas para desatar las patas del buey. Luego, en pie, le di unas palmadas en la cabeza. El animal resultó ser muy listo, se dio cuenta de que ya no iba a morir, y se levantó de golpe, dejando de llorar.

– Cuenta el dinero -dije al hombre mientras agarraba la cuerda.

El tipo se puso el fajo de billetes delante de los ojos, como si comprobara el grosor.

– No lo cuento. Llévate el buey.

Y me lo llevé. Oí detrás de mí las risotadas de la gente.

– Hoy sí que he hecho buen negocio -decía el hombre-, hoy sí que he hecho buen negocio.

Los bueyes entienden al hombre: cuando me lo llevaba, él sabía que yo le había salvado la vida, y se arrimaba a mí, cariñosísimo.

– Anda, anda -le decía yo-, no estés tan contento, que si te llevo conmigo es para que trabajes, no para criarte como si fuera tu padre.

Cuando llegamos al pueblo, todo el mundo se acercó a curiosear, diciendo que yo estaba ya mal de la cabeza por haber comprado un buey tan viejo.

– ¡Fugui! -dijo uno-. ¡Este buey es más viejo que tu padre!

Los que entendían de bueyes me dijeron que, como mucho, me viviría dos o tres años. Pensé que ya estaba bien, que seguramente yo tampoco viviría tanto tiempo. Quién nos iba a decir que hoy seguiríamos vivos. En el pueblo, todo el mundo se extraña y se sorprende al vernos. Anteayer mismo, sin ir más lejos, alguien dijo que éramos «un par de vejestorios».

Una vez el buey en casa, se convirtió en un miembro de mi familia, así que tuve que ponerle nombre. Estuve dándole vueltas y vueltas, y al final pensé: «Lo mejor será llamarlo Fugui.» Una vez que decidí llamarlo Fugui, lo mirara como lo mirara, siempre le encontraba parecidos conmigo, así que me quedé muy satisfecho de mí mismo. Más tarde, la gente del pueblo también empezó a decir que nos parecíamos mucho, y me reía pensando que eso ya lo sabía yo desde el principio.

Fugui es un buen tipo. A veces, él también remolonea cuando no lo veo. Pero si yo mismo lo hago cada dos por tres, ¡cómo no lo va a hacer el buey! Sé muy bien cuándo tengo que hacerlo trabajar y cuándo tengo que dejarlo descansar: cuando estoy cansado, sé que él también lo está, y lo dejo descansar. Cuando ya he descansado lo suficiente y me encuentro con más fuerza, él también tiene que ponerse a trabajar.


* * *

Mientras hablaba, el anciano se puso en pie, se sacudió la tierra del culo y llamó al buey, que seguía en la orilla de la laguna. El animal acudió y, al llegar junto al anciano, bajó el testuz. El anciano se echó el arado al hombro y se alejó lentamente, tirando del buey.

Los dos Fugui tenían los zapatos y pezuñas llenos de barro, y se bamboleaban ligeramente al andar. Oí al anciano decirle al buey:

Hoy, Youqing y Erxi han arado un mu; Jiazhen y Fengxia han arado casi un bancal entero. Kugen, como es pequeño, sólo ha arado medio mu. En cuanto a ti, no pienso decirte cuánto has arado hoy, porque si te lo digo creerás que quiero avergonzarte. También hay que decir que ya eres viejo y que para poder arar ese poquito habrás puesto toda el alma y toda tu fuerza.

El anciano y el buey fueron alejándose lentamente. Hasta mí llegaba la voz cascada y conmovedora del viejo. Su canción flotaba como la brisa en el cielo despejado del atardecer:

De joven, disipado,

de adulto afortunado,

de viejo abandonado.

El humo de las chimeneas se elevaba en volutas sobre las techumbres de las casas, disipándose y desvaneciéndose en el cielo resplandeciente de arreboles.

Las llamadas de las madres a sus hijos se sucedían ininterrumpidamente. Un hombre pasó delante de mí llevando cubos de estiércol con la palanca, que iba crujiendo con su trote. Poco a poco, los campos fueron tendiendo a la quietud, los contornos se desdibujaron, el arrebol de las nubes fue extinguiéndose.

Yo sabía que el crepúsculo estaba a punto de pasar, y la noche a punto de caer. Vi la tierra espaciosa mostrar su pecho sólido, en actitud de llamada. Al igual que una mujer llamando a su hija, la tierra convocaba a las tinieblas de la noche.

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