Miguel Ángel Asturias
Torotumbo

1

Ni los rumiantes ecos del retumbo frente a volcanes de crestería azafranada, ni el chasquido de la honda del huracán, señor del ímpetu, con las venas de fuera como todos los cazadores de águilas, ni el consentirse de las rocas, preñadas durante la tempestad, al partir piedras de rayo, ni el gemir de los ríos al salirse de cauce, oleosos, matricidas, nada comparable al grito de una pequeña porción de hueso y carne con piel humana frente al Diablo colgado de la nuca, de la enorme nuca, orejón, mofletudo, lustroso, los ojos encartuchados y saltándole de la boca del túnel dos dientes ferroviarios, blancos dientes de los ferrocarriles de la luna. Natividad Quintúche, criatura de siete años, morenita, pelo negro en trenzas de mujer, cerró los ojos al tiempo de gritar, perdida al fondo de un caserón y amenazada por el Diablo.

Mientras su tata Sabino Quintuche y su padrino Melchor Natayá, cerraban el trato interminable del alquiler de los disfraces, arreos, máscaras, armas y adornos necesarios en los convites, bailes y ceremonias de la «Fiesta de Morenos», con un vejantón escurridizo, color de leche seca, vestido de negro ya vinagre, injertado con un salto de párpado, tic nervioso que involuntariamente le vestía y desnudaba el ojo zurdo, la pequeña Natividad Quintuche, sobandito los pies descalzos en los ladrillos, se deslizó a lo largo de una galería, ancho corredor cubierto del lado del patio, curioseando las flores de papel de plata, las hojas de trapo almidonado, las alas de hojalata de los ángeles, las palomas de cera y algodón, los candelabros, atriles, palmas de mártires, arcas, candeleros, santos envueltos en sábanas, ovejas de madera, vírgenes de nagüillas, todo oloroso a humedad e incienso, sin saber que en terminando aquel amago de cielo, se encontraría al Diablo.

Verlo, querer echar atrás, apenas resistía la atracción del inmenso muñeco que colgaba del techo, y gritar, todo uno sintió ella, pero no fue así, gritó cuando ya no estaban su padre ni su padrino y nadie le respondió… ni el Diablo, ni las máscaras de moros con bigotes de fuego, ni los mascarones de castellanos de ojos celestes y lingotes de oro rizado en barbas y melenas, ni las esculturas de ángeles adoradores de pinzadas risas en las rinconeras de los labios, ni las efigies de soldados romanos con la crueldad del alma en el cartón, ni las máscaras naranjas de los brujos, ni las acuosas penumbras rociadas por llamitas de fósforos con mirada animal, tanta araña escondían, polvo y oscuridad irrespirables, removidas a golpe seco por las aletas de su nariz que abría y cerraba al faltarle el aliento, estrangulársele el grito y quedar convulsa, asfixiada, los ojos de par en par abiertos, tanteando fondo en el hueco del silencio en que sentía más cerca de su piel, los ojos de las máscaras, fijos, fríos, condenados a cristal perpetuo, las manos fofas, enguantadas en dedos de trapo rosa, de los Gigantes del Corpus, los menos rodeados de pelos por todos lados, las brujas uñudas con arrugas de tabaco tostado y, ya para agarrarla, fantasmas surgidos de vestimentas anegadas en sal negra, sal viuda del mar muerto como la sal con agua que le bajaba por la carita. Gritó, gritó más fuerte, más desesperadamente, aislarse, cegarse, ensordecerse, no sentir cerca los dientes, los ojos, las garras que la rodeaban, alejarse con sus chillidos, bien que siguiera clavada en el suelo frente al Diablo, gafa, oreándose sus primeras aguas menores y ya otras inundándola, cada vez más áfona, más sorda, más ciega, pero sin dejar de gritar. Mientras tuviera alientos y su padre y su padrino pudieran llegar en su auxilio, aquel borbotón de sus pulmones la salvaba de caer en manos de monstruos y enmascarados y de que la engullera, al quedar callada, el Diablo colgado frente a ella.

A sus gritos, botines rechinantes, manos lejos de las bocamangas, como si le hubieran crecido los brazos en el acudir, vino el señor que trataba con su padre y su padrino, a ver qué era aquel escándalo en su negocio, antesala de todas las solemnidades y, por lo tanto, digno del mayor respeto, y tan fuera de sí venía que no encontraba a quién estaban matando como en la Dego llación de Herodes. Mas, a la vista de la pequeña, se calmó, deshizo los siete clavos de su entrecejo -molestia, desagrado, disgusto, enojo, bravencia, cólera, rabia-, y hasta llegó a sonreír, contento del hallazgo, ante la pequeña Natividad Quintuche que vestía como una mujercita hecha y derecha.

– Estanislado me llamo… -se acercó a decirle, hablándole como a un fetiche, con la voz apagada, casi sin sonido, y la tiró de la manecita para verla de cerca; qué sensación horrible de sus dedos prensibles, qué teclear el de su ojo chospante-. Estanislado me llamo… -le repitió, la había tomado del bracito y regaba sus pupilas de vidrio molido sobre aquel ser indefenso que a sollozos y tragos de agua sin saliva, se pasaba el bocado del susto, sin que le volviera el alma al cuerpo. Era una mujercita en miniatura, sus trenzas, sus aretes, sus zoguillas, su calor de aceite tibio.

Se acuclilló para levantarse con ella en los brazos, apretujada la carita contra su mejilla quemante por la ortiga de la barba, apremio que hizo patalear a la pequeña que ya no sabía si aquel hombre era el alquilador de disfraces o uno de los muñecos que se la apropiaba para arrastrarla a una cueva y comérsela asada, si no la devoraba en seguida allí con todo y trapos.

Bajo su boca de viejo quedó la boquita de Natividad Quintuche. La quemazón de los hemorroides lo excitaba hasta hacerlo sudar fuego. La besuqueó las orejas, la lengüeteó la nuca, oliéndola como si ya se la fuera a comer, sin dejar de chistarle su gana de casto, de solterón, de híbrido.

Los ojos de la pequeña se abrieron inmensos, al sentir que se la llevaba, pero sólo se desvió hacia un rincón oscuro en busca de un banco, en el qué medio se sentó, así se sentaba siempre a causa de su enfermedad, apoyándosela en las rodillas sacudidas por un temblor de hilos de hamaca. Ahora ya la mordía, va se la empezaba a comer, no sin hurgarle las piernecitas bajo la ropa, cómo si tanteara empezar a devorarla por allí. Natividad Quintuche no dudó que se la iba a comer viva cuando luchando por deshacerse de sus brazos quedó una de sus manecitas en el socavón de su boca, y éste empezó como a mascársela. Gritó. Su única defensa. Gritó llamando a su padre y a su padrino. Un golpe y la amenaza de otros golpes la hicieron callar, hipaba, moqueaba, le dolían los dedos de aquel hombre andándole en el pechito desnudo, sin encontrar lo que buscaba. La pellizcó. La pellizcó más fuerte. Hubiera querido levantarle la piel y formarle los senos a pellizcos. Los senos. Unos senos duros. Pero ya sus manos huían de aquel pechito plano de criatura a refugiarse en el sexo sin vello, meado, caliente olor a orines que le quemó las narices con una llamarada de espinas secas, hasta hacerle latir más fuerte y más aprisa el corazón y volcarse en la complacencia de un remedo de viaje medido con los nudos de su respiración. Se desabrochó el chaleco para no ahogarse, esa insípida bragueta del sentimiento, y siguió desabrochándose, como si el chaleco se comunicara con el pantalón, mientras de la pequeña no quedaba sino la masa inconsciente de una mujercita con las trenzas deshechas y las ropas desgajadas. Una sombra avanzó maullante. Se hizo de lo primero que encontró a mano, una gubia, y la lanzó contra el animal. Pero éste esquivó el golpe. Algún gato de la vecindad que desapareció sin ruido por un acolchado de cortinas y tarlatanas, igual que la sombra de un mal pensamiento que al deslizarse por aquella superficie de fingidas nubes, le hizo visible el mullido lecho adonde se lanzó con la niña, salivoso, palpitante, apoyado en las rodillas y los codos para no aplastar el cuerpecito perdido y encontrado, perdido y encontrado bajo los bruscos movimientos de su cuerpo, el sudor en los ojos, el pelo en la cara, los dientes en tas-tas de tullido que se muerde, que se queja, que patalea y queda exangüe, las piernas tatuadas de varices fuera de los pantalones, el corbatón negro en la nuca, las mangas de la camisa impidiéndole usar las manos para levantarse y el vertiginoso parpadeo de su ojo zurdo comunicando vida de cinematógrafo a las cosas inmóviles, al Diablo, a los mascarones… pero ya, ya le andaba por el cuerpo la pulsación de su reloj, el reloj de todos los días, el reloj de todas las horas seguía en su chaleco, fiel como un perro encadenado con cadena de oro. Nada. No le había pasado nada. Intacto. Andando. Oyó golpes en la puerta de la calle. Llamaban. A los aldabonazos se dio cuenta del cuerpecito triturado, sangrante, adherido a él en crispación de muerte. Todo volvía a ser tangible, sólido hasta los toquidos. Se deslizó hacia la puerta para espiar por el ojo de la llave quién llamaba con tanto apremio, y se encontró con el padre y el padrino de Natividad Quintuche. Se lamentaban de haber perdido a la pequeñita. No sabían dónde. La capital es grande. Tocaron de nuevo y volvieron a tocar, cada más fuerte y con más apremio. Una vecina salió a la ventana de la casa de enfrente y les dijo de mal modo que no insistieran en sus toquidotes, porque el señor no estaba, ella lo había visto salir y que si querían hablar con él se sentaran en la grada del andén a esperarlo.

Al oír decir que había salido y que no estaba en su casa, el señor Estanislado se fue despegando de la puerta, poquito a poco, sin hacer ruido, y no respiró sino hasta sentirse seguro entre los disfraces buscando el más espantoso, un Diablo que parecía de carne cruda. Lo descolgó y echó sobre el cuerpecito inanimado. El mismo diablo que asustó a la indiecita, cubría ahora la total palidez de sus orejitas adornadas con cuartillos de plata, el pechito desnudo con los restos de sus sartales de cuentas de vidrio y unos como dijes de jade color de perejil atados a sus mínimas muñecas sucias de sangre y sus trapitos empapados en agua de remolacha.

Precipitadamente se volvió a su cuarto. Poner orden en su persona era lo primero. En uno de los cajones al cerrarlo, buscando ropa, se prensó una mano. Por poco se quiebra los dedos que se llevó instintivamente a la boca para chuparse el dolor. Conservaba en las uñas el olor de la pequeña. Sin zapatos, en medias para no hacer ruido, volvió de nuevo hasta la puerta. Miró por el ojo de la llave y allí estaban los compadres esperándolo, inmóviles, silenciosos, con los enormes bultos de las cosas que le habían alquilado. Por poco estornuda. Casi estornudó. Tuvo que llevarse la mano a la nariz, apretársela con todo y la boca y correr al cuarto. Eso le pasaba por andar sin zapatos. Se podría resfriar y los resfríos son las puertas de las pulmonías. Se dejó la camisa. Después de un estornudo es malo darse aire. Y sólo tenía unos abollones en la pechera almidonada. ¿Temor? ¿A quién podía temer él? Siguió cepillándose la ropa. Dueño absoluto de su casa, recinto sagrado, propiedad inviolable, si no quería no abría, aunque botaran la puerta a toquidos, y si se le daba la gana cavaba un agujero en el patio, no más grande que el indispensable para transplantar un rosal, enterraba a la pequeña, y les informaba a los compadres que allí en su casa no se había quedado, que la fueran a buscar a otra parte… Y aún más, si le daba la gana, cavaba la sepultura, podía enterrarla vestida de Rey, de Arcángel, de General, de obispo, que para eso disponía de los disfraces de todos los personajes que puedan echar tierra y olvido sobre sus víctimas, sin dejar de ser personajes, y… y… y… para eso… ni en pensamiento decirlo… oyen los huesos… y los huesos hacen ruidos que son su forma de relacionarse con otras personas… los que se aman, los que se odian, cuando están cerca, se habla, con las articulaciones… sí… sí… ni en pensamiento decirlo, para que no lo oyeran sus huesos, pero entonces, cómo pensar, sin pensar, que era miembro del «Comité de Defensa contra el Comunismo», y que esto lo ponía a cubierto de cualquier investigación de la Policía en su casa.

Recogió el sombrero y el bastón de la percha y a no perder tiempo, a salvarse por el camino que le dio la vecinita cuando informó a los compadres que seguían allí sentados, inmóviles, silenciosos, junto a los grandes bultos de cosas alquiladas para la fiesta patronal, que el señor no estaba, que ella lo había visto salir.

Atrás de su casa, cruzando un patiecito, se alzaba una pared de poca altura que caía a una hortaliza sembrada en terrenos que daban a las faldas del cerro del Carmen, predios anegadizos y con un turbio olor a aguas negras. La escaló, contando no ser visto por el propietario de la hortaliza, un italiano que a esa hora dormiría la siesta a pierna suelta, y fue a salir por detrás del templo de la Candelaria, de donde enfiló por la calle de su casa, igual que si volviera de hacer algún mandadito. Saludaba a vecinos, artesanía, vicio y harapo, que otras veces ni se dignaba alzar a ver. Convenía que se dieran cuenta de su regreso a casa. Divisó las formas blancas de los compadres frente a su puerta y estuvo a punto de volverse, de salir corriendo, asaltado por un malestar físico, ahogo, sudor, mareo. Se sobrepuso. Apretó sus hemorroides de higo. Lo único que le saltaba independiente, era el párpado. Cualquier debilidad de su carne, un soldado lo que más necesita es presencia de ánimo, perjudicaría grandemente la causa del «Comité en Defensa contra el Comunismo», del cual formaba parte, y aunque ninguno lo supiera ni lo sospechase siquiera, a la hora de un escándalo judicial por infanticidio, violación y estupro, podía revelarse aquel dato en desmedro del más alto tribunal de la república, defensa y amparo de la Patria, Familia y la Santa Religión. Se sobrepuso y lo serenó la actitud de los compadres que se acercaban a saludarlo con el sombrero en la mano, baja la cabeza, comunicándole la pena de haber extraviado en algún lugar, no sabían dónde, a la pequeña Natividad Quintuche. Venían a preguntarle si por un favor de Dios no se había quedado allí en su casa, que se hubiera dormido mientras trataban el alquiler de todo lo que iba en los dos bultos que los acompañaban.

– Ya la buscamos en la cohetería donde mercamos los cohetes y las bombas para la fiesta -dijo Melchor Natayá, el padrino.

– Y en el depósito donde dejamos pago el aguardien-

te y la cerveza -agregó con la voz baja y ansiosa el padre, Sabino Quintuche.

– Tampoco la hallamos donde el Maistro de Capilla que nos va a poner la orquesta -suspiró al decir Natayá.

– Ni en la cerería donde compramos las ceras blancas para el altar -se oyó la voz afligida de Quintuche. El señor Estanislado les dijo, ya con la llave de la puerta en la mano, disponiéndose a abrir:

– No sabría contestarles si se quedó aquí encerrada, porque saliendo ustedes y saliendo yo. Ah, pero si se quedó aquí en mi casa tengan la certeza que no le ha pasado nada. Por de pronto, nadie pudo entrar ni salir en mi ausencia, pues sólo yo tengo llave… -e hizo girar en la cerradura una verdadera herramienta y con la rodilla, aún la tenía adolorida, empujó la pesada hoja de la puerta de cedro.

– Pasen… pasen… -les franqueó el umbral hablando en voz alta a fin de que los vecinos, que estarían espiando tras las puertas y ventanas, se dieran cuenta que volvía de la calle, y ya adentro, cerrada la puerta, bajó la voz al hacer esta reflexión-: Me temo que no se haya quedado aquí, ya estaría gritando, no es para menos una criaturita sola encerrada en un caserón entre tanto horrible disfraz, horribles de verdad, porque aunque los hay muy bellos, los humanos que por naturaleza somos mal inclinados nos dejamos ganar por lo deforme, por los cuernos y colmillos de los demonios, las feroces y lascivas máscaras de los moros, y las risotadas mudas de los esqueletos que alquilo para las procesiones de Viernes Santo.

– Sólo que tal vez se haya quedado dormida… -sonajeó la voz esperanzada de Quintuche, sin más apoyo en su desconsuelo y aflicción que la cara del compadre que participaba de la misma creencia: tal vez se quedó dormida…

– Dormida… -se repitió mentalmente don Estanislado; le pesaban los pies, se le paraba la sangre, mientras les decía amablemente-: Pasen, pasen, busquen, por mí no se detengan, yo me voy a lavar las manos, siempre que vengo de la calle… (por poco dice del «Comité», tan ofuscado estaba), hago como Poncio Pilatos…

Los compadres se quedaron mirando sin comprender, Sabino Quintuche con la cara arrugada como pepita de durazno, el pelo lacio, los ojos de chino, y Natayá, más joven, ambos vestidos de blanco, pantalón y camisola, los sombreros de hilama también blanca, en los dedos largos y delgados, y bien cuidado tuvo aquél de dirigirse hacia su cuarto, al lado contrario del lugar en que yacía el cuerpecito violado de Natividad Quintuche bajo el Diablo de Carne Cruda.

Todavía se volvió a enseñarles el camino con ademanes corteses:

– ¡Vayan! ¡Vayan por esa galería! ¡Registren bien… háganme el favor, tal vez se durmió, tal vez se durmió por allí!

Quintuche adelantóse seguido de su compadre. Procuraban no turbar el silencio de tantas cosas de su creencia allí guardadas; soles, lunas, estrellas, de su creencia de antes y de su creencia de ahora: cruces, espinas, puñales, acobardados por el temor de todo lo

que aquel mundo de artificiosidades se prestaba a la brujería, y por darse ánimo hablaron:

– Si no está aquí hay que dar parte a la Policía, no sea que le haya pasado algo… -dijo el padrino.

El amuleto de jade perejil, que llevaba en las muñequitas, me está llamando aquí -contestó Quintuche, y luego con la voz más apagada amalayó-: No sé por qué la trajimos, por qué no la dejamos con su nana…

Iban entre objetos de guerra: espadas, armaduras, lanzas, arcos, flechas, tambores, penachos de plumas verdes, corseletes, broqueles, yelmos, lorigas, orejeras con cascabeles, pelucas de largos bucles rojos y rubios, calzones de terciopelo, sombreros de tres picos, chaquetas con flecos y cordones dorados, todo lo del «Baile de la Conquista».

De un lado a otro iban los compadres buscando. No les alcanzaban los ojos para ver tanta preciosidad: casacas de zagales, coronas, mantos y cetros de Reyes Magos, cayados y sombreritos de pastores, un jumento de rígidas orejas que en la Huida de Egipto era mula y el Domingo de Ramos, asna, y la cabezota de un decapitado que su propia sangre en borbotón de lacre pegaba a un plato de cartón plateado, aparecido que los empujó hacia una claraboya por un encallejonamiento en que el grito se ahogó en sus gargantas, agarrado uno del otro para sostenerse ante el despojo ensangrentado de Natividad Quintuche cubierta por un enorme demonio.

– ¡El Diablo! ¡El Diablo…! -se volvieron gritando-. ¡El Diablos ¡El Diablo! ¡El Diablo!

El señor Estanislado se resistía a acompañarlos, pi

diendo que le explicaran qué era lo que ocurría, pero no había palabras y sin más explicación que la prisa por salvar el cadavercito, lo arrastraron de los brazos hasta el rincón en que yacía la infeliz criatura.

El alquilador de disfraces bascoso, sudoriento, se cubrió la cara con las manos convulsas.

– ¡No quiero ver! ¡No quiero ver…! -barbulló-. ¡Los únicos responsables son ustedes, desdichados! ¡Qué clase de padre! ¡Qué clase de padrino! ¡Borrachos…, desde que vinieron la primera vez les sentí el aliento aguardentoso… muy lindo, muy lindo lo que han hecho, arruinarme el negocio, porque ustedes se van a ir a la cárcel, pero yo, yo voy a quedar con el baldón de que en mi casa el demonio haya violado a una virgen!

Y mientras vociferaba alzó de sobre el cuerpo de la mujercita el enorme disfraz de Carne Cruda, con los cuernos amarillos, los ojos verdes, los colmillos blancos, rieles de los ferrocarriles de la luna, la cola y la pelambre grifas, como si la hubiera poseído.

– A éstos condenados demonios -explicó pulsándolo- sólo se les puede tener en paz rellenándolos de arena, y ni así se logra… Ayúdenme a cargarlo y verán lo que pesa-los compadres se retiraron horrorizados-, arrobas, quintales… A los ángeles y a otros inofensivos seres celestiales se les rellena de aserrín, paja, hojas de trébol o plumas como las almohadas, pero a estos demonios, diablos y satanes, arena y más arena para que no se muevan, pero, qué, se sigue moviendo como el mar que es un demonio entre la arena, y ya lo ven que pasa… ¿Qué va a ser de ustedes? ¿Qué va a ser de mí…? Bueno, ustedes se van a la cárcel, pero yo voy a perder mi negocio…

«Se dan cuenta… mi negocio… cuando salga en el periódico, cuando diga la Radio que en mi casa el Diablo violó a la pequeña Natividad Quintuche…

Los indios recogieron los despojos de la mujercita con la intención de marcharse en seguida, de salir corriendo antes que el Diablo les fuera a arrebatar el cadavercito.

– ¿Qué van a hacer con ella…? -les gritó el señor Estanislado desesperado del silencio impenetrable de los compadres que ante sus exclamaciones no hacían sino callar.

– La vamos a llevar…

– Sí, ya sé que se la van a llevar, pero lo que les pregunto es qué van a hacer con ella…

– A enterrarla… está muerta… a enterrarla en el pueblo… -contestó el padre, casi sin mover los labios, chagüitosos los ojos de lágrimas.

– ¿Y qué van a decir?

– Nada, pues, vamos a decir… que se murió no más… -Bueno, bueno… -repuso el alquilador de disfraces frotándose las manos-, así me gusta, bien pensado, enterrarla calladita la boca, pues en estos casos lo mejor es evitar… la entierran y nadie sabrá, menos por mí, que por descuido de ustedes esa criatura fue violada por el Diablo en mi casa… ni ustedes se van a la cárcel ni yo me desacredito… Pero esperen, espérense, voy a devolverles el tanto que me pagaron por el alquiler de lo que llevan para la fiesta patronal, y así algo se ayudarán en los gastos del velorio.

– ¡Dios se lo pague tu buen corazón, señor Estanislado! -corearon los compadres y Melchor Natayá, el padrino de la pequeña, recibió en sus manos el dinero, por ser él quien corría con los gastos del mortuorio.

En la túnica de un ángel color de plata celeste, sacada de uno de los bultos que cargaban, envolvieron el cuerpecito de Natividad Quintuche que empezaba a perder su rigidez y lo agregaron, como sobornal, a la carga que el padre echó a su espalda. El compadre salió siguiéndolo con el fardo de candeleros de plata y cortinas con flecos de canutillos de papel dorado. Uno tras otro hasta la puerta y de la puerta uno tras otro, sin despedirse del señor Estanislado, temerosos de que éste, al verlos fuera de su casa, los mandara presos. Huían por la acera, echados hacia la pared, en busca de protección, mas al escuchar el golpe de la puerta que el alquilador de disfraces cerró con fuerza, se tiraron al medio de la calle para correr más aprisa, silenciosos, asustados, como pájaros grandes con guarachas.

Загрузка...