Capítulo 9

Hunter se puso las manos tras la cabeza y se apoyó contra las almohadas mientras miraba al pájaro, que estaba silencioso en su jaula. Edna le había dicho que debía cubrirlo todas las noches, y ya casi era hora de acostar al animal. Daniel, incapaz de dormir ni de trabajar, supuso que la compañía del ave era mejor que no tener compañía. Albergaba la esperanza de que el pájaro lo distrajera, pero hasta el momento Ollie había permanecido extrañamente callado. Y Hunter no podía dejar de pensar en Molly. Su cuerpo se tensaba con sólo recordar lo que había ocurrido aquella mañana.

Alguien llamó a la puerta suavemente, y Hunter se sobresaltó. No llevaba nada puesto salvo los calzoncillos, y no tuvo tiempo de meterse bajo las sábanas antes de que el objeto de sus fantasías entrara en la habitación. Ella cerró la puerta con llave.

– Hola -dijo Molly.

– Hola -dijo el pájaro.

Daniel alzó los ojos al cielo con resignación.

– Ahora habla.

Molly sonrió.

Con los ojos brillantes, se acercó a la jaula y la cubrió con el paño blanco.

– Buenas noches, Ollie.

Entonces, se aproximó a la cama de Daniel. Llevaba una larga bata de seda que le tapaba demasiado el cuerpo.

– ¿Qué haces aquí? -le preguntó él en broma-. ¿Te has perdido de camino a la cocina?

Molly apretó los labios y sacudió la cabeza.

– Tengo hambre, pero no de comida.

Sus intenciones no podían ser más claras, y a Daniel se le aceleró el corazón.

– A mí me apetece algo dulce -dijo con la voz ronca.

En aquel momento, él no podía ocultar su erección, y no quería hacerlo. Paso a paso, se dijo. Ya sabía que Molly podía arrancarle el corazón, y entendía la importancia de proteger sus emociones, pero en aquel momento no había nada que tuviera importancia salvo hundirse en su cuerpo y saciar la necesidad palpitante que sentía.

Apoyó la mano en el colchón y se echó a un lado para que ella pudiera sentarse junto a él. El sofá cama se hundió ligeramente bajo su peso. Sin embargo, Daniel notó que los muelles no chirriaban, y eso le dio esperanzas de que nadie de la familia los iba a sorprender.

Ella flexionó una rodilla y la bata se le abrió. Daniel alcanzó a verle la piel desnuda. Nunca le había parecido tan sexy la rodilla de una mujer, y posó la palma de la mano allí.

– Esta bata es demasiado larga y te cubre mucho -le dijo.

– Y si alguien me veía bajando por las escaleras, pensarían que iba a hacerme una taza de té.

Molly inclinó la cabeza. Las puntas de su cabello rubio le rozaron los hombros. Estaba sexy y despeinada, y él quería tenerla desnuda a su lado.

Ella se desató el nudo de la bata y dejó al descubierto el camisón más sexy que él hubiera visto en su vida. Era de encaje amarillo, y complementaba a la perfección con su piel pálida. La tela le cubría los pechos y se los elevaba de una manera seductora, dejando al descubierto una deliciosa cantidad de escote. Él no podía apartar la vista salvo para observar el borde del corto camisón. Su imaginación se avivó con imágenes de lo que había bajo el encaje.

Y, a medida que sus ojos descendían, se quedó asombrado al ver unas sandalias de tacón de aguja en los pies de Molly.

Ante aquella visión, el cuerpo se le endureció.

– ¿Y cómo habrías explicado eso a los miembros de tu familia?

– Esperaba que la bata las escondiera -respondió ella con una sonrisa de picardía. Estiró las piernas deliberadamente para mostrarle las uñas de los pies, pintadas de rosa.

Hunter le pasó la mano por la pierna desnuda, desde la tira de cuero que se le ceñía alrededor del tobillo hasta la parte superior del muslo. Tenía la piel de seda. Irradiaba una fragancia ligera y provocativa, que él no podía nombrar, pero que en adelante siempre asociaría con Molly y con aquel momento.

– No tenia idea de que fueras tan atrevida.

Ella arqueó una ceja.

– Hay muchas cosas que no sabes de mí.

Aquello era un rotundo «Te desafío a que las averigües». Daniel le pasó una pierna por encima de las suyas con intención de colocarse sobre ella, pero Molly lo detuvo sujetándole los hombros contra el colchón.

– Te debo una de esta mañana -le dijo mientras se quitaba la bata, regalándole una vista completa de su cuerpo sexy envuelto en encaje.

Él se echó a temblar y su mano se le puso rígida sobre la pierna de Molly. No quería mirarse la erección, sabiendo que estaba preparado para cualquier cosa que ella quisiera darle.

– Sólo un idiota diría que no -susurró, sin reconocer apenas su propia voz.

Antes de que pudiera parpadear o prepararse, Molly enganchó los dedos en la cintura de sus calzoncillos y se los quitó. Después rodeó su cuerpo con la mano y él emitió un gruñido gutural. Daniel dejó de intentar mirar, cedió el control y dejó caer la cabeza sobre la almohada para poder disfrutar.

Con los ojos cerrados, sintió cómo ella enroscaba los dedos a su alrededor, jugueteando con los movimientos justos para que él creciera y se hinchara en su palma. Sin previo aviso, la boca húmeda sustituyó a la mano. El cuerpo de Daniel dio una sacudida y sus caderas casi se levantaron del colchón.

Ella lo tomó profundamente en la boca, mientras deslizaba la mano por la base de su erección. El movimiento doble de su lengua y su boca succionándolo y el deslizamiento de su mano por el miembro tenso sobrecargaron su cuerpo. Daniel se agarró a las sábanas y gimió, sintiendo una oleada de placer que lo llevaba más y más alto.

Sabía que no podría soportarlo mucho más, pero, de repente, se vio privado de aquel calor húmedo y abrió los ojos. Molly tenía un paquetito de papel de aluminio en la mano.

– Me encantaría continuar lo que estaba haciendo, o si no, podemos terminarlo de esta otra manera -le dijo, mostrándole el paquetito-. Tú eliges.

Qué mujer, pensó él, pero no dijo las palabras en alto.

– Preservativo, claramente -respondió él, sabiendo que no iba a lamentar la elección.

A ella se le iluminaron los ojos de calor ante su respuesta, y entre los dos se ocuparon de la protección. Después, Molly se colocó a horcajadas sobre él.

– ¿Te había dicho que no llevo nada debajo? -le preguntó en tono burlón.

– No lo dirás en serio -preguntó él, y quiso agarrarle el borde del camisón. Ella le apartó la mano juguetonamente.

– No, no llevo nada -le confirmó.

Y pensar que si hubiera movido la mano un centímetro más arriba lo hubiera comprobado por sí mismo… Daniel reprimió un gruñido.

Entonces, mientras él miraba, ella se levantó el camisón y se lo sacó por la cabeza hasta que quedó desnuda, salvo por las sandalias de tacón que permanecían en sus pies.

Hunter abrió unos ojos como platos, y Molly disfrutó de su reacción. No sabía de dónde estaba sacando el valor, pero parecía que él lo pasaba bien y eso la hacía más atrevida.

Desde el momento en que había tomado a Hunter en su boca, su propio deseo se había multiplicado y en aquel momento su cuerpo deseaba el de él de una manera primitiva, íntima. Avanzó lentamente hacia Daniel hasta que estuvo justo bajo ella, donde Molly más lo necesitaba.

Estaba excitada, húmeda y lista, pero de todos modos Hunter la tomó por sorpresa cuando alargó la mano y deslizó un dedo al interior de su calor resbaladizo. Ella se estremeció al sentir aquella caricia, porque ambos llevaban mucho tiempo esperando aquel momento. No días, sino meses, pensó Molly. Años.

Lo miró a los ojos mientras él embestía hacia arriba al mismo tiempo que ella albergaba su erección profundamente en su cuerpo. Molly no era virgen, pero sí era quisquillosa, y hacía mucho tiempo que no estaba con un hombre; aunque no tanto como para olvidar cómo se sentía una persona. Y nunca se había sentido así. Hunter y ella, conectados completamente, el cuerpo de él creciendo más y más en el suyo.

Cerró los ojos para romper la conexión emocional, que la estaba abrumando por completo. Sus emociones eran lo que podía causarle problemas con aquel hombre. En vez de eso, se limitó a sentirlo más y más.

Por fortuna, él comenzó a moverse, y ella adoptó su ritmo, apartándose de la mente cosas que no podía controlar y concentrándose en lo que sí podía dominar. Las sensaciones que se adueñaban de su cuerpo se hicieron más intensas a cada empujón rápido de las caderas de Daniel, y Molly encontró la cadencia que más le satisfacía.

Apretó los músculos internos alrededor de él y deslizó el cuerpo hacia arriba, sintiendo su dureza y los pliegues de su miembro, y después lo liberó mientras descendía. Cada vez que se relajaba, le parecía que lo tomaba con más fuerza y más profundidad en su interior, y las embestidas que los unían la lanzaban más y más cerca del clímax.

De repente, Daniel le posó las manos calientes sobre los pechos y ella abrió los ojos justo cuando él los detenía a ambos, ralentizando sus movimientos frenéticos. Él le dibujó círculos alrededor de los pezones con los pulgares, y después le acarició los picos erectos con dos dedos, consiguiendo que ella apretara con fuerza las piernas y gimiera.

– Así -susurró él-. Quiero que tengas un orgasmo tras otro y sigas hasta que grites.

De hecho, Hunter quería que sintiera un éxtasis tan fuerte que nunca olvidara aquel momento, ni a él tampoco.

Molly tenía las mejillas enrojecidas, pero se ruborizó más al oír su comentario.

– No quisiera despertar a toda la casa y que tuviéramos compañía.

– Yo me ocuparé de eso. Tú acepta lo que te suceda naturalmente. Esos ruidos tuyos me excitan -le dijo Daniel en voz baja. De hecho, le excitaban tanto que contenerse le estaba exigiendo toda su fuerza de voluntad.

Sin embargo, siempre que se concentrara en Molly, en acariciarle los pechos exuberantes y deliciosos, y no en el punto en el que sus cuerpos estaban conectados con tanta perfección, podría prolongar su disfrute y esperarla.

Para demostrar que tenía razón, se irguió apoyándose en los codos y la atrajo hacia delante para poder lamerle los pechos y juguetear con uno de sus pezones, succionándolo y rozándolo con la lengua.

Ella emitió un sonido débil y comenzó a mover las caderas hacia delante y hacia atrás, frotándose contra la base de su miembro.

Aquello fue la gota que colmó el vaso. Hunter no podía soportarlo un segundo más. La agarró por las caderas y comenzó a moverse a su ritmo, empujando hacia arriba al mismo tiempo, entrando y saliendo de ella con fuerza.

Sin previo aviso, Molly comenzó a llegar al clímax. Antes de que ella pudiera gritar, él se elevó y de algún modo, sin saber cómo, se las arregló para tumbarla de lado y después sobre la espalda, invirtiendo sus posiciones de modo que pudiera cubrirle la boca con la suya, y acallar los sonoros gemidos que ella pudiera emitir. Daniel esperaba que fueran muchos.

Ya encima de ella, capturó sus labios y la besó hasta dejarla sin sentido mientras seguía embistiéndola, cada vez más profundamente y con más fuerza, sabiendo lo mucho que ella necesitaba el contacto entre sus cuerpos. A Molly se le había entrecortado la respiración, pero le devolvía los besos y le hundía las uñas en los hombros. Succionó su cuerpo con los músculos tensos y húmedos alrededor de él.

Hunter estaba a punto de llegar al orgasmo cuando trasladó la boca hasta el oído de Molly y le susurró:

– Vamos, Molly, sigúeme, ahora.

Ella gimió y le rodeó la cintura con las piernas. Él sintió los bordes duros de sus sandalias clavándosele en la espalda. De repente, Molly inclinó la pelvis y acogió la embestida de Daniel con una última de las suyas, hasta que él estuvo completamente enterrado en su cuerpo, perdido dentro de ella.

El primer sonoro gruñido no fue de Molly, sino de él, y habría despertado a toda la casa de no ser por la rapidez con la que ella le selló los labios. En aquel mismo instante, él llegó al clímax y ella lo siguió, deshaciéndose por dentro, tensándose girando las caderas hacia él, buscando un contacto más intenso y una presión más grande. Él le dio lo que quería y se lo dio ansiosamente, porque también lo necesitaba.

Aquel éxtasis no fue como ningún otro que él hubiera sentido en su vida, y los gemidos de Molly se perdieron junto a los suyos, entre los besos.


Después de que ambos volvieran a la tierra, Hunter abrazó a Molly contra su cuerpo, exhausto. Molly luchó contra el sueño, sabiendo que debía subir sigilosamente a su dormitorio antes de que los sorprendieran juntos, pero no pudo resistirse a pasar unos minutos más entre sus brazos. Él se acurrucó contra ella, a su espalda, abrazándole la cintura, con la cara posada en su cuello, hasta que su respiración se hizo lenta y suave.

Ya lo sabía. Molly ya sabía cómo era hacer el amor con Daniel, y la experiencia había superado sus sueños más salvajes. Se había sentido más desinhibida que con cualquier otro hombre, más abierta, más generosa, más preocupada por sus necesidades y deseos. Todo con Hunter podía resumirse en una palabra.

Más.

Lo cual se traducía en que no era suficiente. Sin embargo, Molly sabía que ni siquiera el pasar la vida entera con aquel hombre sería bastante para satisfacerla. Él le había ofrecido aquella vida, y ella la había rechazado.

Hunter había respondido continuando con su existencia, y Molly no había sido capaz de hacer lo mismo. Él había estado con otras mujeres desde que lo había dejado. Ella había evitado a los hombres. Él había acudido a fiestas. Ella había encontrado una familia, y cierta estabilidad. Y en aquel momento, lo que más deseaba era tener un futuro con Hunter. Podía darle su corazón sin condiciones y sin reservas, pero entendía que él le había mostrado todo aquello que estaba dispuesto a conceder.

Daniel se acostaría más veces con ella. Sin embargo, por muy bueno que fuera el sexo entre ellos, y aunque Molly se enamorara más y más de él, no podía engañarse y pensar que iba a ofrecerle su corazón de nuevo.

Eso no significaba, por otra parte, que ella no pudiera intentar convencerlo.

Porque sabía que estaba enamorada de él. Quizá siempre lo hubiera estado, pero la profundidad de aquel amor acababa de quedarle bien clara.

Y si Hunter se despertaba sintiendo una pequeña parte de lo que sentía ella, echaría a correr rápidamente. La fiesta de cumpleaños de aquel día le había enseñado a Molly por qué él tenía unas defensas tan fuertes, y cuánto daño le había hecho con su rechazo.

Si Molly había albergado alguna esperanza de convencer a Hunter de que había cambiado, de que estaba preparada para todo lo que él tenía que ofrecerle, su forma de reaccionar ante la celebración le había dado a entender lo difícil que sería su misión.

El pasado de Daniel era la causa. El abandono de Molly sólo había servido para reforzar sus creencias más inveteradas. Sus padres lo habían abandonado después de convencerlo de que no era digno de su amor. Y lo que sus padres no habían destruido en su interior, lo había destrozado el acogimiento familiar. Las celebraciones para otros, la exclusión de los eventos familiares, la falta de amor y afecto, todo aquello había hecho más mella de la que ella pensaba en el corazón de Hunter. Se le llenaron los ojos de lágrimas, no por sí misma y por todo lo que había desperdiciado, sino por Daniel y por lo mucho que él necesitaba el amor que ella podía darle. Amor que él no iba a aceptar, porque no creía en su permanencia.

Y Molly sólo podía culparse a sí misma.

Con tristeza, Molly se salió del abrazo de Daniel y se alejó. Él gruñó, se volvió hacia el otro lado y se acurrucó con la almohada entre los brazos. Sin dejar de mirarlo, ella se desabrochó las sandalias y se las quitó para no hacer ruido por el pasillo a aquellas horas de la noche.

Él murmuró algo en sueños. Molly se inclinó y le besó la espalda, sonriendo. Estaba decidida a seguir sonriendo y a no pensar más en el pasado, pero no podía evitar pensar cómo, un año antes, él había dejado aparte sus miedos y le había abierto el corazón. Y ella se lo había pisoteado.

De algún modo, por algún medio, Molly necesitaba traspasar los muros de su corazón. Temía que, de no ser así, el cuerpo sería lo único que Daniel volvería a ofrecerle.

Y ella, en realidad, quería mucho más.


Molly tomó uno de los bagel que había comprado Edna para desayunar. Lo abrió por la mitad y lo untó con crema de queso. Con aquel panecillo delicioso y un café de avellana de los de la comandante, estaba preparada para comenzar el día.

Estaba sentada en la cocina, disfrutando de la paz, pero por los ruidos que oía en el piso de arriba sabía que no duraría mucho. Tomó un sorbo del delicioso café y dejó que el líquido la calentara a medida que descendía por su garganta. Claro que no necesitaba el calor. Hunter le había generado suficiente temperatura como para que le durara años; aunque no para el resto de su vida. Se preguntó cómo iba a conseguir el mayor desafío personal de su vida.

– Bueno, ¿y qué pasa entre el tío bueno y tú? -le preguntó Jessie, haciendo añicos el silencio.

– Oh, a mí también me gustaría saberlo -añadió Edna, que entraba en la cocina junto a su nieta, envuelta en una larga bata y con Ollie en el hombro.

– Confiesa -dijo el guacamayo.

– Sí, confiesa -dijo Jessie, riéndose.

Molly miró a su hermana, que era otro de sus desafíos personales. Tenía la sensación de que su vida estaba llena de retos. Se recordó que quería conseguir el cariño de la adolescente, y no alejarla más de sí.

Así pues, en vez de responderle que su vida privada no era de su incumbencia, Molly sonrió.

– Hunter está muy bien, gracias por preocuparte tanto -le dijo, como si hubiera malinterpretado la pregunta de Jessie y su motivación.

– Yo no… -la adolescente cerró la boca-. Quiero decir que… -después sacudió la cabeza, dejó escapar un gruñido de frustración y miró el desayuno de Molly-. ¿Dónde están los bagel?

– Ahí, junto a la nevera, en una bolsa cerrada. ¿Por qué no os servís uno cada una y desayunáis conmigo?

– Era lo que había pensado -dijo la comandante.

Sin embargo, Jessie tenía que tomar el autobús del instituto, y miró el reloj del horno microondas.

– Tienes tiempo de sobra -le dijo Molly-. Además, no voy a morderte, a contestarte mal ni a molestarte. Te lo prometo.

Jessie se quedó demasiado sorprendida como para hablar. Se hizo el desayuno, pero tomó margarina en vez de queso para su bagel y se sirvió zumo de naranja en vez de café.

– ¿Cómo estuvo la fiesta de anoche? -le preguntó Molly.

Jessie se sentó en la silla más alejada de su hermanastra. Le dio un mordisquito a su panecillo, lo masticó y lo tragó antes de responder.

– En realidad, no estuvo mal. Al menos, para mí. Seth no se lo pasó bien -dijo, y tomó una buena cantidad de zumo antes de continuar-. Pero las chicas están empezando a portarse mejor conmigo. Sarah me dijo que sentía haberme dado de lado por lo de mi padre y me preguntó qué tal estaba.

Molly hizo una pausa, con la taza a medio camino hacia los labios. ¿No iban a cesar las maravillas? Jessie le había respondido civilizadamente a una pregunta y le había revelado datos de su vida personal. Molly respondió con sumo cuidado para no hacer que la niña se cerrara nuevamente a ella.

– Me alegro mucho. Seguro que las cosas no han sido fáciles para ti.

Jessie se encogió de hombros.

– Puedo soportar la situación -dijo, a la defensiva.

– No he dicho que no puedas, pero sé que los chicos pueden ser muy malos. Al menos, tú conoces a tus amigas desde hace muchos años. Hay un vínculo entre vosotras que podéis recuperar aunque a veces falle. Cuando yo tenía tu edad, no permanecía mucho tiempo en el mismo lugar, no más de uno o dos años. Así que cada vez que mi madre cometía una estupidez o hacía algo vergonzoso, las consecuencias eran peores para mí, porque yo ya era la intrusa.

– Vaya. Debió de ser horrible.

Molly arqueó una ceja. ¿Comprensión o sarcasmo?

– Sí, fue horrible. Y yo no tenía una familia en la que apoyarme, como tú. Tampoco tenía un amigo como Seth.

Los recuerdos de su adolescencia, con tantas privaciones emocionales, consiguieron que se estremeciera.

– ¿Y tu madre? -le preguntó Jessie con la boca llena de bagel.

Molly no iba a regañarle por sus modales en aquel momento.

– Si yo no estaba en un internado caro, y ella era imposible de localizar, entonces estaba en su casa, haciendo las cosas que le gustaban, que eran las que más dinero costaban. De todos modos, nunca estaba disponible para mí, y normalmente destrozaba todos sus matrimonios con una infidelidad. Causaba un escándalo, los niños de la escuela se enteraban y yo me quedaba sola hasta que ella recordaba que tenía que ir a buscarme porque su marido no estaba dispuesto a pagar el internado durante más tiempo.

Jessie se quedó boquiabierta.

Por lo menos había terminado el panecillo, pensó Molly, mordiéndose el interior de la boca para no echarse a reír. No quería estropear aquel momento entre las dos.

– ¿Y tu padre, o el hombre que pensabas que era tu padre? ¿Era un buen tipo? -le preguntó Jessie, con una inmensa curiosidad.

– Siempre pensé que era un hombre frío. De vez en cuando me enviaba una postal desde donde estaba de vacaciones, pero nada más. Y como él nunca me pagó el colegio, ni nada, pensé que era porque mi madre había hecho algo para que él nos odiara. Hasta el año pasado no supe que no tenía ninguna obligación hacia mí, ni legal ni paternal. Durante todo el tiempo, él era consciente de que no era mi padre biológico. Y dice que pensaba que, debido a que mi madre siempre se casaba con hombres muy ricos, yo tenía todo lo que necesitaba.

Normalmente, a Molly se le formaba un nudo en el estómago cuando hablaba de su infancia, pero aquella vez no le importaba, en realidad. Aunque se sorprendía de poder compartir su pasado con Jessie de una manera tan natural, también se alegraba. Cuando Jessie no se estaba comportando como una adolescente malcriada, era sólo una niña dolida. Y Molly podía solidarizarse con ella. Quería ayudar a su hermana pequeña y conocerla mejor.

– Cuando las cosas con mis amigas van mal, sé que tengo a mi familia -dijo Jessie-. Supongo que tengo más suerte de la que pensaba.

Molly sonrió.

– Eso no significa que no hayas tenido golpes duros en la vida. Perder a tu madre fue algo muy duro que no debería ocurrirle a ningún niño.

Jessie asintió con vehemencia. Por una vez, estaba de acuerdo con Molly.

– Pero la abuela vino a vivir con nosotros y papá siempre estuvo a nuestro lado. No me imagino lo difícil que era todo para ti.

La comandante tomaba en silencio el café, mirando con cariño a sus nietas. Molly pensó que debía de sentirse feliz por verlas hablar tranquilamente.

Molly miró a Jessie con la cabeza ladeada.

– No empieces a sentir pena por mí, o tendré que tomarte la temperatura y comprobar si te ocurre algo esta mañana -dijo con una sonrisa, implorando silenciosamente que Jessie se riera, queriendo llegar a ella de un modo que significara que habían dado un gran paso en su relación.

– Ni lo sueñes -dijo Jessie, y comenzó a reírse con fuerza, de Molly, de sí misma y de lo repelente que había sido durante aquellos últimos meses.

Al menos, eso fue lo que quiso pensar Molly, y nadie iba a decirle lo contrario cuando Jessie y ella se estaban riendo juntas.

– ¿Me he perdido algo divertido? -preguntó el general, que entraba en la cocina, y puso fin a las carcajadas-.Vamos, ¿de qué se están riendo mis hijas?

– No te has perdido nada -dijo Jessie. Se levantó de la silla, tomó su plato y su vaso y los llevó hasta el fregadero-. Eran sólo cosas de chicas. Tengo que irme, o voy a perder el autobús. Adiós a todo el mundo -dijo, y salió de la cocina sin mirar atrás.

Molly exhaló un largo suspiro y miró a su padre, que la observaba con sorpresa.

– Vaya -dijo él.

Ella parpadeó y miró hacia la puerta como si acabara de pasar un tornado.

– Vaya.

– Supongo que lo que se dice es cierto. Nunca se acaba de ver todo en la vida -dijo la comandante.

Todavía asombrada, lo único que pudo hacer Molly fue asentir. Más tarde, reflexionaría sobre la conversación de aquella mañana y saborearía el rato que acababa de pasar con Jessie. De momento tenía otras cosas en las que pensar.

Como, por ejemplo, si preguntarle o no a su padre si había estado con Sonya la noche anterior.

– ¿Qué tal tu reunión?

– Bien. John Perlman recibió un homenaje por su trabajo para la asociación.

Su respuesta era vaga, pero él no apartó la mirada.

Molly apretó los labios, y estaba a punto de preguntarle por qué le mentía cuando oyó pasos.

– Buenos días a todo el mundo -dijo la voz profunda de Hunter, que activó un recuerdo instantáneo en Molly.

Cada momento que había pasado con él la noche anterior le llegó vivamente, con colores y detalles. Su olor, sus caricias, su glorioso cuerpo desnudo, pensó ella, justo cuando él entraba en la habitación.

– Buenos días -dijo Molly, y levantó la taza de café para hacer un brindis.

– Buenos días -dijo también el general-. Espero que estés durmiendo bien en el sofá cama. Yo nunca lo he usado, así que no sé si es cómodo.

Hunter se sirvió un café y se sentó con ellos en la mesa.

– He pasado una noche excelente.

Se lo decía al general, pero Molly no tenía duda de que aquellas palabras eran sólo para ella.

– ¿Quieres que te prepare algo para desayunar? -le preguntó la comandante al invitado-. Un bagel, tortitas, huevos revueltos…

Molly suspiró de resignación ante lo solícita que estaba siendo su abuela.

– Tú eliges -le dijo a Daniel.

– Preservativo claramente -dijo el guacamayo.

– ¿Qué es lo que acaba de decir Ollie? -preguntó el padre de Molly.

– Repítelo -le dijo Edna al loro.

Como buen pájaro, Ollie obedeció.

– Preservativo claramente.

La comandante parpadeó.

El general se echó a reír.

Molly, que recordaba la conversación exacta entre Hunter y ella la noche anterior, notó que se ruborizaba hasta la raíz del pelo.

Y el pobre Hunter se volvió hacia un armario y comenzó a rebuscar comida.

Antes de que nadie se pudiera recuperar, Jessie volvió corriendo a la cocina sin previo aviso.

– Se me había olvidado la comida -dijo. Se acercó a la nevera y tomó una bolsa de papel marrón-. Gracias otra vez por recogernos a Seth y a mí anoche, comandante. Te lo agradezco.

Le dio un beso en la mejilla a su abuela y se marchó.

Molly se preguntó si su padre sabía que Sonya y ellos se habían encontrado en la pizzeria y les había dicho que llevaba la cena para su hijo, que estaba en casa. Un hijo que había estado en una fiesta con Jessie, según la niña acababa de confirmar inadvertidamente en aquel momento. Por la expresión neutra de Frank, no tenía ni idea. Claro que era un militar. Guardar secretos había formado parte de su trabajo.

Había una cosa segura: Hunter se había dado cuenta de la contradicción exactamente igual que ella la noche anterior, cuando había oído el mensaje del contestador. Él salió de su escondite detrás de la puerta del armario y miró al general. Tenía una mirada de confusión y de curiosidad.

– Pensaba que Sonya le había llevado la cena a Seth anoche a casa. ¿Cómo es que había salido?

– Bueno… -Frank se movió con incomodidad en el asiento. Era evidente que todos habían olvidado el comentario de Ollie.

Molly cerró los ojos y pidió perdón en silencio por lo que iba a hacer.

– Sonya sabe que los niños no comen en esas fiestas. Estoy segura de que pidió la pizza para cuando Seth llegara a casa -dijo, cortando la explicación de su padre.

Acababa de mentir por Sonya y por Frank.

Acababa de mentirle al hombre a quien le había suplicado ayuda.

Le había mentido al hombre al que quería.

Porque Molly tenía miedo de que, si no encubría a su padre, Hunter pensara que Frank estaba mintiendo acerca de más cosas, y decidiera que aquel caso no merecía la pena.

Y si ponía en una balanza el caso y el hecho de mentirle a Hunter, Molly sabía que no tenía elección. Ganaba la libertad de su padre porque, sin ella, la vida de Molly no existiría.

Había elegido a su padre por encima de Hunter. Sólo esperaba no tener que lamentarlo.

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