Capítulo 9

Juliette acompañó al camarero a la puerta y luego volvió a la terraza para poner una mesa para dos. El joven le había llevado todo el menaje y había prometido regresar con un desayuno para dos, con unas mimosas recién cortadas, en cuando ella le avisara. Es decir, en cuanto Doug llegara.

Respiró profundamente. Estaba llena de esperanza y optimismo, más de lo que nunca lo había estado y sólo podía darle las gracias a Doug. En sueños, la noche anterior había soñado que le oía decir aquellas dos mágicas palabras.

Si tenía suerte, volvería a escucharlas de nuevo, pero aquella vez cuando estuviera completamente despierta. Doug volvería a decirlas mirándola a los ojos y poniendo su corazón en cada una de ellas.

Desde que le había contado a Doug toda su historia, lo comprendía todo más claramente. Que una tercera parte neutral lo supiera todo, ya la había ayudado mucho y estaba segura de que así seguiría siéndolo. Había comprendido que no podía seguir ocultando lo ocurrido. Debía informar a su padre. Él lo comprendería todo y lo resolvería rápidamente. Se sentiría muy desilusionado por Stuart, pero no consentiría que, bajo ningún concepto, un delincuente se sentara en el Senado.

Se sorprendió de no haberse decidido antes. Ciertamente, la había ayudado mucho contárselo a Doug. Se preguntó también si no sería que el amor hacía que, de repente, viera el mundo de color de rosa. Aquélla era otra cosa que debía hablar con Doug, aparte de sus recién descubiertos sentimientos.

Decidió ir a vestirse antes de que él llegara. Fue a su dormitorio, seleccionó lo que se iba a poner y, tras dejarlo encima de la cama, se metió en la ducha. De mala gana, dejó que el agua se llevara todo lo que quedaba sobre su cuerpo de aquella noche de pasión. Sin embargo, saber que la velada anterior sólo era el principio de algo mucho más importante la llenó de optimismo.

– Juliette…

Creyó que había oído que alguien pronunciaba su nombre, por lo que agarró la toalla y se cubrió.

– Juliette…

La voz volvió sonar de nuevo. Aquella vez, la reconoció como la de Doug.

– Estoy aquí.

A los pocos segundos, él abrió la puerta del cuarto de baño.

– ¿Te encuentras bien?

– ¿Y por qué no iba a ser así? -preguntó ella, asomando la cabeza por la abertura de la cortina de la ducha.

– Estás sola -murmuró, muy aliviado.

– Pues claro. ¿Con quién iba a estar? ¿Qué es lo que te pasa?

– No deberías dejar la puerta del bungaló abierta -musitó con la voz entrecortada.

– ¿Qué pasa? ¿Es que has estado corriendo un maratón?

Rápidamente, Doug se quitó los zapatos y la camisa. Entonces, abrió la cortina de la ducha, que ella seguía tratando de mantener cerrada, y se metió bajo la ducha, sin importarle que todavía llevara puestas otras prendas.

– Creí que… -susurró, tomándola fuertemente entre sus brazos-. Bueno, ya no importa lo que creí…

Juliette suspiró y se moldeó contra su cuerpo, dejando que él tomara el control. El la devoró con sus besos y la acarició por todo el cuerpo, como si no pudiera creer que se encontraba bien. Juliette no comprendía las razones de su temor, pero le gustaba aquella posesión.

– Estoy bien.

– Necesitamos hablar.

Debía de estar bromeando. Se había metido en su ducha, la había excitado y, ¿sólo quería hablar?

– No creo que sea momento para eso.

– Juliette.

– ¿Te he dicho lo mucho que me gusta que me hables con ese tono de voz tan profundo? Resulta muy sexy -dijo ella, bajándole con un rápido movimiento los calzoncillos y los pantalones.

Para acompañar a sus palabras, empezó a acariciarle rápidamente la ya firme erección.

– Hay ciertas cosas que debes saber.

– Más tarde -susurró Juliette, besándole dulcemente el pecho desnudo-. Quiero aprovechar esta situación.

Sin poder reaccionar ante sus caricias, Doug se deshizo de una patada de la ropa que tenía alrededor de los tobillos. Aunque necesitaba sincerarse con ella, ya que sabía que estaban solos y que ella estaba bien, creía que las noticias podían esperar un poco más. Los labios de Juliette estaban dibujando una línea que iba bajando poco a poco por el torso, para luego atravesar el abdomen y llegar un poco más abajo.

Ante la tortura de las caricias que ella le estaba proporcionando con la lengua, Doug gimió y echó la cabeza hacia atrás. Se dijo que, mientras estuvieran juntos, ella estaría segura. Esperar una hora más para contarle la verdad no importaba. De hecho, nada importaba…

Acababa de sentir cómo ella lo agarraba de la cintura y rodeaba su erección con la boca, sirviéndose de labios y lengua para, con suaves caricias, llevarlo prácticamente al borde de la locura.

Nunca había experimentado un regalo tan increíble. Sabía que no se merecía tanta entrega y también decidió que no quería gozar solo. Prefería hacerlo dentro del cuerpo de Juliette.

Hizo que se levantara y la tomó en brazos. Los dos salieron de la bañera y entonces la dejó en el suelo. El dulce cuerpo de Juliette se deslizó por el suyo, lentamente. Sus senos se apretaron contra su tórax y los pezones se le irguieron.

– ¿Por qué has hecho eso? -preguntó ella.

– Por justicia. Además, no puedo hacerte lo que deseo en la ducha.

– Dímelo -susurró ella con una lenta y sensual sonrisa.

– Prefiero demostrártelo -replicó él.

Entonces, bajó la cabeza y la besó sensualmente mientras, con un movimiento circular de caderas, dibujaba unos círculos enloquecedores contra sus caderas.

Juliette gimió. Entonces, decidió imitar sus movimientos y apretó su feminidad contra la erección de Doug, creando una fricción tan intensa que él creyó que iba a alcanzar el clímax allí mismo. La respiración entrecortada de Juliette y los sonidos guturales que ella emitía indicaban que estaba sintiendo el mismo deseo que él en aquellos momentos.

Sólo se detuvo para abrir el botiquín del baño y ocuparse de los anticonceptivos. Ya había descubierto que la dirección del complejo se ocupaba hasta de aquel pequeño detalle. Entonces, incapaz de esperar, la agarró por las caderas y la levantó. Entonces, con una gran destreza, la colocó encima de él y se hundió en ella. El placer fue inimaginable.

Juliette temblaba. Rápidamente, envolvió los brazos alrededor del cuello y las piernas alrededor de la cintura. La pared les dio el apoyo que Doug necesitaba para seguir con los movimientos. Su cuerpo se sentía listo para estallar. Cuando Juliette sintió los primeros temblores que anunciaban el clímax, se aferró a él con fuerza.

La erótica contracción de los músculos de ella le dio el empuje que necesitaba y Doug se vertió en ella en un explosivo orgasmo, uno que implicó no sólo su cuerpo, sino su mente, su corazón y su alma.


Juliette estaba tumbada en la cama con Doug, dibujando perezosos círculos sobre su tórax. El silencio los rodeaba, pero ella no sentía la necesidad de hablar. Lo que acababan de compartir hablaba por ellos. La felicidad reinaba entre los dos, por lo que ella no tenía deseo de cambiar nada. Sin embargo, el sonido del teléfono los sacó de aquel estado de gozo total.

– ¿Sí? -dijo Juliette. Querían comprobar que había pedido un desayuno doble y preguntar cuándo quería que lo entregaran-. Dentro de cinco minutos estaría muy bien -dijo. Después, se volvió hacia Doug-. Se trataba del desayuno. Te invité, ¿te acuerdas?

Doug se tumbó encima de ella, cubriéndola con su cálido peso.

– Pensé que acabábamos de comer -susurró él.

– Mmm…

Juliette suspiró y lo besó dulcemente. No quería romper aquella unión física, pero no le quedaba elección. Con el servicio de habitaciones de camino, tenía que hacerlo. Con un suave empujón, animó a Doug a que se levantara.

– Estoy segura de que puedes hacer que se te despierte el apetito.

– Ya lo creo -replicó él mientras le acariciaba de nuevo los pechos.

– Te recuerdo que el servicio de habitaciones está en camino-. Quería sorprenderte, pero ahora es imposible. Bueno, dame cinco minutos para terminar de prepararlo todo, ¿de acuerdo?

En realidad, necesitaba unos minutos para poder pensar. Durante el desayuno, quería admitir lo que sentía por él y ver en qué posición quedaban cuando terminara aquella semana. Evidentemente, era algo que no podía hacer en la cama, con el cuerpo desnudo de Doug cerca del suyo.

– De acuerdo -dijo él con desgana-. Además, necesito saber cómo van las cosas en casa, pero tenemos que hablar durante el desayuno.

– Da miedo el modo en que lo has dicho -susurró ella temblando-, pero, sí, tienes razón. Tenemos que hablar.

Juliette se levantó de la cama y se vistió con su bata de seda antes de disponerse a salir de la habitación.

– Juliette…

– ¿Sí?

– Sólo da miedo si te lo tomas de ese modo.

Ella inclinó la cabeza y salió del dormitorio, sin poderse olvidar de las extrañas palabras de Doug. Al salir al salón, descubrió que el camarero ya lo había dispuesto todo en la terraza. Como por arte de magia, había aparecido a los pocos minutos de la llamada. Después de colocarlo todo, se marchó enseguida.

Juliette sirvió las bebidas y destapó una deliciosa cesta de pastelitos, cruasanes y pastas. Sin poder evitarlo, recordó la última vez que Doug y ella habían hablado de los méritos de los dulces. Entonces, habían intercambiado un preludio de las cosas que iban a venir después, como por ejemplo el modo en que ella lo había saboreado aquella mañana, algo que ella nunca había querido hacer con ningún otro hombre.

– Hola, Juliette.

– ¡Stuart! ¿Qué estás haciendo aquí? -preguntó ella sin poder creer lo que estaban viendo sus ojos.

– Haciendo que se cumpla una fantasía, lo mismo que tú -respondió él, vestido tan conservadoramente como siempre, a pesar de lo relajado que era el ambiente en la isla.

– ¿Y qué clase de fantasías te han traído aquí? -preguntó ella, segura de que aquella visita no tenía nada que ver con una fantasía, sino con ella.

– Eso es algo que no se dice. Sólo a Merrilee.

Juliette no se sorprendió de que hubiera mentido a Merrilee. Probablemente había utilizado también un nombre falso, dado que la ética de Merrilee era demasiado firme como para que Stuart pudiera tener acceso a la isla de otro modo.

Al mirarlo, Juliette recordó las palabras de su hermana sobre cómo le preocupaba el repentino silencio de Stuart. Respiró profundamente, decidida a no dejarse intimidar por su inesperada presencia en la isla.

– Ya te he dicho que no te voy a descubrir. ¿Por qué no puedes confiar en mi palabra?

– Tu repentina desaparición me preocupó. No es propio de ti salir corriendo -dijo Stuart con cierta ironía.

– No es que tú me dieras elección para no hacerlo. Tú me mentiste y el matrimonio debe de estar basado en la confianza.

«Y en el amor», pensó ella. Suponía que, en cierto modo, debería estar agradecida por la revelación que había tenido lugar en la iglesia. Si no lo hubiera descubierto antes de decir el «sí quiero», habría terminado por darse cuenta de que lo que sentía por su marido no era verdadero amor. Ya conocía lo que se sentía con el sincero y verdadero amor. Era exactamente lo que sentía con Doug.

– Entonces, sin los votos del matrimonio, ¿cómo sé que puedo confiar en ti? -preguntó él.

– Porque me conoces. Hace años que me conoces…

Aquella incongruencia no se le pasó por alto. Ella lo conocía desde hacía exactamente el mismo tiempo y, sin embargo, no había sabido ver al verdadero Stuart. ¿Se daría él cuenta de lo mismo? Por lo menos rezaba para que no sospechara que le estaba engañando, que ya le había contado los detalles de sus sórdidos contactos a Doug y que planeaba decírselo a su padre en cuanto regresara. Su padre llevaría la historia a la policía o a los periódicos. Fuera como fuera, Stuart podría ir despidiéndose de las elecciones, y sobre todo del escaño de su padre.

– ¿Por qué tuviste que implicarte en esos trapicheos y en el blanqueo del dinero, Stuart? -le preguntó sin poder evitarlo.

– No lo entiendes, ¿verdad? Tal vez crecimos puerta con puerta, pero tú creciste con el dinero y la fama. Yo tuve que trabajar para conseguirlo.

– Y lo hiciste. Trabajaste duro y lo conseguiste. Ya casi tienes todo lo que deseabas.

– Me imaginé que los contactos de Bob me darían el dinero que me hacía falta, pero lo que dicen es cierto. Antes de que uno pueda darse cuenta, se ha metido demasiado.

– En ese caso, lo único que tienes que hacer es salir. No es demasiado tarde.

– Lo es a menos que no me importe perderlo todo y no voy a decir que eso ocurra. Tu silencio me garantizará que mis sueños se hacen realidad. Bueno, ¿cuál es tu fantasía? -le preguntó, tras tomar una de las flores que adornaban la mesa-. ¿Qué estás buscando que no te diera yo? ¿Que yo no supiera?

Juliette se echó a reír. Se conocían tan poco que resultaba patético. En menos de una semana, Doug había logrado comprenderla mejor que Stuart en toda una vida.

– Gillian me preparó este viaje y creó una fantasía. Yo sólo estoy representándola.

– Implica a un hombre.

– No me puedo imaginar que puedas estar celoso, no cuando todo lo que viste en mí era un escalón para asegurarte la elección.

– Celoso no es la palabra acertada -dijo Stuart, extendiendo la mano para tocarla. Juliette dio un paso atrás para que no pudiera conseguirlo-. Hablo en serio, Juliette. Estoy muy preocupado por ti. Necesitas seleccionar mejor tus compañías y lo que dices. De otro modo, no me voy a creer que vayas a guardar silencio y, por lo tanto, no podré protegerte.

– Hasta ahora lo he hecho y tu preocupación me resulta muy halagadora, pero es innecesaria -replicó ella, apoyándose en una de las sillas-. Además, no me relaciono con nadie que pudiera ser una amenaza para ti o para tus socios.

– Si eso es cierto, ¿por qué no me dices el nombre del hombre con el que… estás ahora?

Juliette se contuvo para no mirar hacia la puerta del dormitorio. Sabía que Doug podría aparecer en cualquier momento y que, si gritaba, él estaría a su lado en un instante. Sin embargo, no quería hacer una escena. Además, no creía que Stuart quisiera hacerle daño. Sólo necesitaba apaciguar sus temores.

– Eso no es asunto tuyo.

– Ya te he dicho que estoy preocupada por ti.

– Di más bien que te preocupa lo que yo pueda contar.

– Eso por descontado, teniendo en cuenta con quién te mueves.

– Primero me preguntas con quién estoy y ahora hablas como si lo supieras. ¿En qué quedamos? -le espetó ella, furiosa.

– Te he preguntado si quieres decirme de quién se trata. De hecho, me estaba preguntando si lo sabrías.

– Claro que lo sé -replicó ella, indignada-. Se llama Doug. No conozco su apellido.

– Yo te lo diré. Es Houston. Douglas Houston, el reportero del Chicago Tribune que destapó la historia al principio.

«Eso es imposible», pensó Juliette.

– Estoy segura de que lo estás confundiendo con otra persona. Se llama Doug, sí, pero es de Michigan, no de Chicago.

– Te digo que es ese periodista -afirmó Stuart-. Y, si ha estado pasando tiempo contigo para intentar sacarte algo, también es un mentiroso.

– Mira quién habla. Doug es… escritor. Lo mismo que su padre -dijo. Sin saber por qué estaba empezando a tener un mal presentimiento-. ¿O acaso me vas a decir que es también periodista?

– Efectivamente. ¿Estás satisfecha ahora?

Juliette empezó a creerle, pero no estaba nada satisfecha. La traición hizo que el desprecio por sí misma se apoderara de ella. ¿Cuándo iba a aprender? No sabía juzgar bien a los hombres. Nunca lo había sabido y nunca lo sabría.

– Vete de aquí, Stuart -susurró mientras se sentaba en la silla-. Has venido a verme y me has dicho lo que me querías decir. Doug es un reportero en el Tribune y es la última persona a la que yo debería revelarle mis secretos. Ahora que sé que es tan mentiroso como tú, te aseguro que no tienes nada de lo que preocuparte, ¿de acuerdo?

El rostro de Stuart se llenó de alivio. Si la situación no hubiera resultado tan patética, Juliette se habría echado a reír.

– Tienes que saber que nunca tuve intención de hacerte daño -le dijo Stuart, arrodillándose ante ella-. Éramos amigos y creo que podríamos haber sido felices.

– No tengo nada más que decir. Creo que eso debería alegrarte.

– Eres muy lista, Juliette. Siempre lo fuiste. Y quieres mucho a tu padre. En este caso, creo que esa combinación me bastará.

Con aquella amenaza implícita y, tras haber conseguido lo que había ido a buscar, se marchó y dejó a Juliette a solas con la dolorosa verdad.

Se había enamorado de otro hombre que la había utilizado para sus propios fines. Desde que se publicó el artículo, para luego retractarse, Douglas Houston no valía nada. Gracias a ella, Doug acababa de conseguir su billete de entrada en los círculos políticos de Chicago.

Le había dado la información que necesitaba para respaldar el primer artículo y limpiar su nombre. Esa información crucificaría a Stuart y a sus socios. En cuanto a ella, acababa de convertirla en un blanco andante si alguno de ellos descubría que, no sólo podía establecer los vínculos que había entre ellos, sino que había contado todos sus secretos.


Doug observó cómo Stuart se marchaba. Con el corazón en la garganta, decidió darle a Juliette unos minutos para digerir la información que acababan de darle. Era lo menos que podía hacer.

Él necesitaba decidir cómo iba a actuar. Había sido demasiado complaciente. Se había dejado llevar por el gozo de cuando habían hecho el amor y luego había estado demasiado preocupado por la salud de su padre.

Se había distraído. Sin embargo, nunca habría esperado que Stuart Barnes se presentaría en el bungaló de Juliette. Cuando el sonido de la conversación se había filtrado desde el exterior, Doug rezó por que fuera el camarero, pero no tuvo tanta suerte. Era Stuart Barnes el que estaba hablando con Juliette.

Decidió que, si salía, Stuart podría llegar a la conclusión de que Juliette se lo había contado todo. Por eso, había preferido esperar y hablar con Juliette cuando los dos estuvieran solos. De todos modos, había estado muy atento por si tenía que intervenir para protegerla. A medida que fue escuchando la conversación, se dio cuenta de que su futuro junto a Juliette se acababa de hacer pedazos.

Lo emocionó el modo en que ella trató de defenderlo, de negar las acusaciones de Barnes. Una admirable defensa para un hombre despreciable.

Sabía que enfrentarse a Juliette sería solo el principio de un castigo que le duraría toda la vida. A pesar de todo, salió del dormitorio y se dirigió a la terraza.

– Juliette…

– Parece que no nos han presentado formalmente -replicó ella, girándose inmediatamente en la silla para mirarlo-. Lo dos ya sabemos quién soy yo -añadió ella, extendiendo una mano. Doug sintió que el alma se le caía a los pies, pero, sin saber qué hacer, colocó su palma sobre la de ella. Era como enfrentarse a una desconocida-. Diría que me alegro de conocerle, señor Houston, pero eso sería una mentira.

– Me gustaría explicarme…

– Lo evidente no necesita explicación alguna. Al menos, eso es lo que dice siempre mi padre. Entonces, siempre nos deja explicarnos de todos modos, así que adelante -le espetó, apartando la mano.

– ¿Por qué me da la sensación de que, diga lo que diga, no va a cambiar nada?

– ¿Y debería hacerlo? ¿Por qué no te pongo las cosas más fáciles y te ayudo un poco? Tú tenías una historia que contar y un nombre que limpiar. Yo tenía la información. Muy sencillo.

– Si te paras a pensarlo, yo nunca te saqué esa información.

– No tuviste que hacerlo. Yo te lo puse muy fácil.

– Eso se llama compartir, Juliette. Tú misma lo dijiste. Hemos compartido el uno con el otro los acontecimientos más importantes de nuestras vidas… mi infancia y tu reciente pasado. Soy periodista, pero nunca te sonsaqué nada. ¿No quieres saber por qué?

Juliette lo estudió, pero Doug no pudo leer nada en la expresión de su rostro. El corazón le latía con furia en el pecho y decidió aferrarse a la última oportunidad que le quedaba.

– Porque te amo.

Los ojos de Juliette reflejaron fugazmente una ligera emoción, pero luego se cubrieron de lágrimas.

– Sería una estúpida si dejara que me engañaran dos veces, pero debo admitir algo.

– ¿De qué se trata?

– No sólo es que tu reputación te precede, sino que deberías estar orgulloso. Eres muy bueno en tu trabajo.

Doug apretó la mandíbula. Su rostro irradiaba dolor. Había tratado de explicarse y ella no lo había escuchado, aunque no podía culparla. De hecho, Juliette tenía razón. Había hecho su trabajo demasiado bien.

– Juliette…

– Sea lo que sea lo que quieres decirme, no importa -dijo ella, volviéndose de espaldas.

Doug podía enfrentarse a la ira, a la desaprobación o a las acusaciones, pero no se trataba de nada de eso. En vez de todo eso, había recibido apatía, lo único a lo que no podía enfrentarse. Lo único que podría alejarlo de ella para siempre.

– ¿Puedes marcharte? -preguntó Juliette, abrazándose, como si quisiera protegerse de él.

– Primero, quiero que comprendas algo. Vine a conseguir una historia sobre tu ex. Nunca tuve la intención de hacerte daño. Nunca planeé utilizarte…

A pesar de sus buenas intenciones, aquello era exactamente lo que había hecho. Si hubiera pensado más allá de sus propias necesidades, se habría dado cuenta de que hacer daño a Juliette era algo inevitable.

– Me iré.

Si Juliette se merecía algo, era que se cumplieran sus deseos.


Juliette lanzó la última prenda de vestir a la maleta y la cerró. «Suéltate el pelo y sé tú misma». Aparentemente, se comportara como se comportara, tanto si era como la hija del senador, la prometida de un futuro político o como Juliette Stanton, la mujer, daba igual. Fuera como fuera, siempre terminaban utilizándola.

Cuando alguien llamó a la puerta, Juliette exhaló un suspiro de alivio. Había reservado un vuelo de regreso a Chicago aquella misma tarde y había llamado al hotel para que le enviaran a alguien para que le ayudara con el equipaje. Sin embargo, en vez de un botones, se encontró con Merrilee.

– Según me han dicho, te marchas antes de que se acabe tu estancia -dijo la mujer.

– Sí, he cambiado de planes.

– La vida raramente funciona de acuerdo con planes.

– Ni que lo digas -afirmó Juliette. Nunca había esperado enamorarse de un hombre que le hubiera mentido desde el inicio de su relación.

– ¿Me creerías si te digo que lo inesperado funciona a menudo mucho mejor que cualquier cosa que se haya planeado?

– ¿En estos momentos? Probablemente no…

Juliette trató de echarse a reír y, en vez de eso, se echó a llorar. Los sentimientos que había estado conteniendo en las dos últimas horas acabaron por vencerla.

Merrilee le colocó una mano en la espalda. Juliette trató de evitar que se preocupara e intentó dejar de llorar, pero no lo consiguió. Lo único que pudo hacer fue revivir todo lo que había pasado en los últimos días y contárselo a Merrilee.

– Me siento ridícula -susurró la joven mientras se enjugaba las lágrimas con un pañuelo.

– No sé por qué. Todos hemos pasado nuestros malos momentos, pero, ¿por qué estás tan segura de que Doug no era sincero en lo que te dijo? «Te amo» no es algo que un hombre diga fácilmente.

– Lo es en mi experiencia.

– ¿Hablas por tu ex novio?

– Sí. Cada vez que Stuart me decía esas mismas palabras era sólo para asegurarse de que sería parte de la familia y que seguiría gozando del favor de mi padre.

– ¿Y Doug? Admito que sé sólo lo que veo, pero parece quererte de verdad.

– Él también quería algo de mí.

– Que consiguió. Y que todavía tiene que utilizar.

– «Todavía» es la palabra clave.

– Mira, te aseguro que hay muchas formas de contar una historia. ¿Quieres mi consejo?

Juliette asintió. Como su hermana y sus padres estaban demasiado lejos como para poder ayudarla, estaba dispuesta a aceptar el consejo que aquella amable mujer quisiera darle.

– Mantén una mente abierta y, mucho más importante, abre el corazón. ¿Estás segura de que no te puedo persuadir para que te quedes más tiempo?

– No. A pesar de lo hermoso que pueda resultar este lugar, necesito irme a mi casa. Llevo ocultando algunas cosas mucho tiempo y necesito hacer algo al respecto.

– Bueno, espero que el tiempo te ayude a recordar tu estancia aquí con cariño.

– Aunque no te lo creas, Merrilee, ya es así.

Al menos había aprendido mucho sobre sí misma y sobre su habilidad para poder abrirse a los demás y para confiar en sí misma.

Había algo que la atribulaba. Si Doug era tan negativo para ella, entonces, ¿por qué no podía olvidar el dolor que había visto en sus ojos ni sus palabras? «Nunca tuve intención de hacerte daño. Nunca quise utilizarte…»

«Te amo». Aquello era lo último que le había dicho después de que sus mentiras salieran a la luz. Mucho después de que él se hubiera marchado, dejándola sola tal y como ella había pedido, Juliette había revivido cada momento que habían pasado juntos en la isla. Cada caricia, cada beso, cada conversación íntima…

No había duda de que Doug había acudido a Fantasía secreta con un plan, pero, ¿sería posible que sus sentimientos hubieran alterado sus planes? Eso era preciosamente lo que le había ocurrido a ella.

– ¿Merrilee? -dijo, cuando la otra mujer estaba a punto de marcharse.

– ¿Sí?

– ¿Te lamentas de algo en esta vida?

– Sí. De no haber podido seguir los dictados de mi corazón.

Mucho después de que Merrilee se marchara, aquellas palabras siguieron resonando en sus oídos. «Te amo…» Dios sabía que, a pesar de sus mentiras, Juliette estaba enamorada de Doug. Sin embargo, la habían engañado dos veces y las dos tan recientemente que todavía tenía cicatrices que mostraban sus errores. ¿Cómo podía pensar ni siquiera en confiar en las palabras de un hombre cuyos labios y cuyos ojos ya la habían engañado?

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