P RÓLOGO

Cuando la Asociación Americana para el Progreso de la Ciencia se reunió en 1999 en Anaheim, California, para analizar un informe urgente sobre el impacto causado por las especies invasoras, los científicos allí congregados no estaban hablando de especies procedentes de otros planetas, sino que su informe se refería a especies importadas a Estados Unidos desde otros lugares del planeta Tierra.

El ecologista David Pimentel y los estudiantes de posgrado Lori Lach, Doug Morrison y Rodolfo Zúñiga, de la Universidad de Cornell, calcularon que el coste que representaba la presencia de especies extranjeras para la economía de Estados Unidos era de unos 123 mil millones de dólares anuales, aproximadamente el producto nacional bruto de Tailandia.

En 2005, un informe titulado «Millennium Ecosystem Assessment» reveló que las invasiones biológicas habían alcanzado proporciones epidémicas. Al menos ciento setenta especies extranjeras habitaban la región de los Grandes Lagos, una sola especie de medusa norteamericana había eliminado a veintiséis clases de peces comerciales en el mar Negro, y el mar Báltico albergaba a más de un centenar de invasores ajenos a ese entorno.

En 1988, los mejillones cebra de agua dulce absorbidos dentro de los compartimentos de lastre de un barco en el mar Negro o el mar Caspio fueron arrojados en el lago Sinclair y, con el tiempo, se extendieron a través de los Grandes Lagos y el canal San Lorenzo. Desde allí, los mejillones invadieron los sistemas fluviales de Estados Unidos. La hembra del mejillón cebra pone entre treinta mil y cuatrocientos mil huevos cada vez y, hacia 1991, el pequeño molusco de concha dura se había extendido hacia el oeste hasta llegar al río Misisipi, llevando al borde de la extinción a la mayoría de las especies autóctonas. Como consecuencia del consumo de algas y oxígeno y la excreción de amoníaco, este laborioso molusco amenazaba todo el ecosistema fluvial oriental de Estados Unidos al embarcarse en su alocado paseo biológico. Todo parecía indicar que nada podría detener al mejillón cebra.

En 2000, sin embargo, el mejillón cuaga, un pariente procedente del mar Caspio, ya estaba alcanzando al mejillón cebra. En sólo cinco años, el cuaga había reemplazado casi totalmente a la población de mejillones cebra en el lago Michigan, obstruyendo las tomas de riego, infestando tortugas y barcos y amenazando toda la cadena alimentaria.

A comienzos de los años noventa, el gusano del maíz occidental tomó un avión y aterrizó en la Yugoslavia destruida por la guerra. Mientras los humanos estaban ocupados en su breve y sangrienta contienda, el gusano del maíz inició su propia guerra permanente. Una sola hembra preñada podría haber provocado lo que actualmente representa más de mil millones de dólares de pérdidas en cosechas en Europa.

Los invasores extranjeros, por supuesto, han causado estragos y han guiado el curso de la evolución a través de la historia natural de la vida en nuestro planeta. Hace cinco millones de años se formó un puente terrestre entre América del Norte y del Sur, y ese accidente geográfico permitió que los felinos de dientes largos y afilados aniquilaran a las terroríficas aves de casi tres metros de altura e incapaces de volar que habían dominado América del Sur durante veinte millones de años.

Hace tan sólo doce mil años, los hombres primitivos que perseguían a los bisontes a través del puente de hielo que unía Siberia con América del Norte encontraron un mundo dominado por felinos de dientes largos y afilados. Mil años más tarde, los felinos, los mamuts lanudos, los osos gigantes y un sistema completo de fauna interdependiente se había esfumado.

Cuando Cristóbal Colón y otros exploradores europeos llegaron a las costas del continente americano 10.500 años más tarde, llevaron consigo enfermedades como la viruela y la gonorrea, que virtualmente borraron del mapa a las poblaciones indígenas del llamado Nuevo Mundo. A cambio, es posible que los nativos americanos obsequiaran al Viejo Mundo con la sífilis. Pero los barcos de los exploradores europeos llevaron a sus diferentes destinos algo más que enfermedades. La rata negra europea y la rata marrón noruega también llegaron a bordo de esas naves y tuvieron, sin duda, mucho más éxito que los hombres en su conquista de las Américas.

El cangrejo de río norteamericano fue exportado a Europa a mediados del siglo XIX para que reemplazara a las especies nativas que habían sido aniquiladas por una plaga. Lamentablemente, la especie norteamericana resistente a la plaga tuvo tanto éxito que se apoderó de todos los sistemas fluviales europeos donde fue introducido, barriendo las poblaciones de cangrejos de río autóctonas que aún quedaban.

En la década de 1930, el mariscal del Reich Hermann Goering decidió que el astuto mapache norteamericano representaba un agradable y estético añadido a las criaturas que habitaban los bosques de Alemania. Hoy en día, el mapache norteamericano amenaza con erradicar los viñedos de la región del Rin y diezmar la industria vitivinícola alemana.

Los propietarios de mascotas han introducido su cuota de especies inesperadas en sus propios patios traseros. Eugene Schieffelin, un admirador de la obra de Shakespeare que pensaba que todas las aves mencionadas por el Bardo de Avon debían habitar el Nuevo Mundo, dejó en libertad a sesenta estorninos en Central Park un agradable día de marzo de 1890. A causa de una sola línea de Enrique TV, hoy vuelan en Estados Unidos doscientos millones de estorninos, todos ellos descendientes de las treinta parejas originales llevadas allí por Schieffelin.

En 2000, el dueño de un acuario dejó en libertad dos ejemplares adultos de peces chinos cabeza de serpiente en un estanque de Maryland. Dos años más tarde fueron descubiertos en el estanque un centenar de estos voraces carnívoros, que alcanzan casi un metro de largo y comen peces, anfibios, mamíferos e incluso aves. Las autoridades mostraron su preocupación porque el pez cabeza de serpiente primitivo puede andar sobre sus aletas y sobrevivir hasta tres días fuera del agua, y el estanque se encontraba a tan sólo setenta metros del río Patuxent. Aunque el estanque fue bombeado con veneno, los peces cabeza de serpiente comenzaron a aparecer en el Potomac e incluso en lugares tan meridionales como Florida en 2004.

La laboriosa abeja melífera que podemos ver en nuestros jardines de flores fue introducida de forma deliberada en América del Norte por los conquistadores españoles en el siglo XVI, y sigue siendo un socio indispensable de la agricultura que ha aniquilado a la mayoría de las especies nativas que polinizaban las plantas autóctonas. No satisfecho con la producción de miel de la abeja italiana, el genetista Warwick Kerr llevó reinas de una especie de abeja africana a Brasil en 1956. Después de haber producido abejas melíferas africanizadas, veintiséis reinas híbridas escaparon accidentalmente. Desde entonces, su agresiva progenie africanizada ha seguido ampliando su campo de acción en dirección al norte a un promedio de seiscientos kilómetros por año, amenazando con erradicar a su paso todas las colonias de abeja italiana.

En 1986, la garrapata «vampiro» Varroa llegó a América del Norte desde el sureste asiático. Hacia el año 2005, entre el cuarenta y el sesenta por ciento de las colmenas de América del Norte fueron barridas en sólo seis meses por las garrapatas vampiro, y millones de colmenas tuvieron que ser importadas con urgencia desde otros continentes para salvar la cosecha de ese año.

En todas las épocas nos encontramos en una situación asombrosamente precaria en relación con la inmensa red de especies que nos rodean. Todo lo que se necesita es un nuevo invasor -una serpiente en un trozo de madera flotante, una semilla en los excrementos de un pájaro, o un insecto preñado en el tren de aterrizaje de un avión intercontinental- para eliminar todas las viejas reglas. El equilibrio que vemos a nuestro alrededor es una instantánea de una guerra mundial permanente que, en su mayor parte, se libra de un modo demasiado lento para que podamos percibirla. Apreciamos el frágil entorno ecológico de las islas Hawai y, sin embargo, hace cinco millones de años dicho archipiélago no existía. Todas las especies que habitan en las islas evolucionaron a partir de especies que fueron, en un momento determinado, «invasores» que alteraron lo suficiente el equilibrio existente como para establecerse y prosperar, o perecer en el intento.

Es en las islas, de manera especial, donde estas batallas de desgaste, que habitualmente tienen lugar fuera de la escala cronológica humana, se hacen más visibles. En la islas, las batallas son rápidas y las aniquilaciones totales, y las especies dominantes, que no tienen competencia, pronto proliferan hasta crear múltiples nuevas especies.

Las personas que viajan a las islas tropicales están familiarizadas con los formularios que deben cumplimentar declarando que no transportarán ninguna especie animal hacia o desde sus puntos de destino. En el pasado, sin embargo, los hombres llevaban deliberadamente consigo animales y plantas en su séquito biológico allí a donde viajaban, especialmente a las islas.

Cuando los polinesios colonizaron las islas Hawai, los pollos que llevaban consigo portaban la viruela aviar, que diezmó rápidamente las especies de aves nativas. Los viajeros europeos se encargarían más tarde de introducir gatos, cerdos y serpientes arbóreas, con lo que ahora son consecuencias previsibles.

En 1826, el buque de guerra Wellington introdujo mosquitos accidentalmente en la isla de Maui. Los mosquitos eran portadores de malaria aviar. Como consecuencia de ello, poblaciones enteras de aves autóctonas, que carecían de inmunidad a la enfermedad, fueron aniquiladas o bien obligadas a trasladarse a lugares más altos. Los cerdos salvajes contribuyeron a agravar el problema hurgando el monte bajo de la selva y creando caldos de cultivo de agua estancada para los mosquitos. Por consiguiente, veintinueve de las sesenta y ocho especies de aves autóctonas de la isla desaparecieron para siempre.

Como David Pimentel les dijo a los científicos que asistían a la convención de la Asociación Americana para el Progreso de la Ciencia tras presentar sus descubrimientos: «No se necesitan muchos agitadores para causar un daño tremendo.»

Nadie hubiera podido imaginar, sin embargo, que las especies de las islas podrían influir en las ecologías de los territorios continentales. Nadie, había oído hablar jamás de la isla Henders.

Elinor Duckworth, Ph. D., Prólogo, Almost destiny (fragmento extraído con permiso)

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