Capítulo 7

Jilly se levantó del sillón como un cohete.

– ¡Eso no es justo!

Entonces, se dio cuenta de lo ridículo que era seguir defendiendo a Richie Blake, igual que antes, haciendo de madre igual que siempre.

– ¿No lo es? -Max se la quedó mirando-. Pues sigo diciendo que, después de todo lo que has hecho por él, mandarte mensaje por medio de su secretaria diciendo que está ocupado no es justo. Y también digo que lo que ha pasado esta tarde no es justo…

– Pero ha sido Petra…

– Te debe lo suficiente para asegurarse de que nadie te hiciera eso. Debería haber tenido cuidado… -Max se interrumpió, era algo que Jilly tenía que descubrir por sí misma.

No obstante, la ira que le producía saber cómo la habían tratado le sorprendió.

– Richie no me debe nada, Max -Jilly se encogió de hombros-. Excepto quizá esas cintas que grabé y los sellos. Ah, y el billete a Londres.

¿Y bromeaba con eso?

– Por supuesto. ¿Quieres que le mandemos el recibo o prefieres que le demos algo en qué pensar de verdad?

– Lo que hice lo hice porque creía en él y porque quería ayudarlo.

– ¿Porque estabas enamorada de él? -Jilly no contestó y Max fue a por la botella de coñac-. La vida es un asco, Jilly.

Max volvió a llenarse la copa y, tras un momento de vacilación, llenó también, la de ella. Jilly tenía razón, Blake no le debía nada. Lo que ella había hecho, por él lo había hecho porque quería, porque había visto algo especial en Blake. Y quizá tuviera razón, quizá fuera ésa la única recompensa que obtuviera porque la vida no era justa y el amor, desde luego, no lo era.

– La vida es un asco -repitió Max-. Y después, uno se muere. O quizá no, que es peor a veces. Yo sé mucho del amor y la justicia, Jilly. Sé lo que es quedarse en este mundo.

Max la miró antes de continuar.

– Amaba a Charlotte hasta la obsesión. ¿Has sentido eso alguna vez? ¿Necesitar poseer algo hasta el punto de pensar que, sin ello, la vida no merece la pena ser vivida?

A Jilly le habría gustado negar con la cabeza y decir que no, pero ya no estaba segura de que fuera verdad.

– No podía creer que no me quisiera, que no pudiera amarme -añadió Max.

– Pero se casó contigo…

– La perseguí obsesivamente, estaba convencido de que, si se casaba conmigo, lograría que se enamorara de mí. Al poco tiempo, su padre lo perdió todo en la bolsa, fue entonces cuando acudió a mí para decirme que estaba dispuesta a casarse conmigo si yo sacaba del desastre económico a su padre.

– ¿Tan rico eres?

– Sí, desgraciadamente -Max se encogió de hombros-. Pero lo único que hice fue comprarla. Y cuando conoció a un hombre del que realmente se enamoró, no podía soportar que yo la tocara.

– ¿Tuvo relaciones con ese hombre? -la voz de Jilly se hizo eco de su perplejidad.

Max no tenía idea de por qué le había contado eso. Quizá porque hacía mucho que no hablaba así con nadie. Quizá, en la oscuridad, se sentía más protegido. Pero no podía permitir que Jilly creyera que su esposa le había traicionado.

– No. Quizá eso hubiera ayudado, pero… de haber sido así, podría haberla culpado. Sin embargo, mi esposa y mi mejor amigo estaban por encima de eso. Me rompía el corazón verlos en la misma habitación juntos, sin mirarse, sin tocarse… sólo sufriendo.

– ¿Por qué no la dejaste marchar? -Jilly no pudo reprimir el tono acusatorio de su voz.

– ¿Crees que no lo hubiera hecho? Pero no era tan sencillo. Dominic era un católico convencido, Jilly. No podía casarse con una mujer divorciada, y la alternativa era impensable para él.

Jilly se arrodilló delante del fuego y levantó los ojos para mirar a Max.

– ¿Por eso fue por lo que murieron… juntos?

Jilly era rápida sacando conclusiones, pero se había equivocado.

– No, fue un accidente, Jilly. Yo era quien se suponía que debía morir, era lo único que podía hacer por ella -Max contempló su copa de coñac durante unos momentos-. A Charlotte le encantaba esquiar, y a mí se me ocurrió llevarla a las montañas para que se relajara un poco y se olvidara de sus problemas. La llevé a un pueblecito apartado de los Alpes. Alguien debió decírselo a Dominic, o quizá fuera ella, eso no lo sé, el caso es que Dominic fue la primera persona que vimos al entrar en el hotel del pueblo. Para mí fue como una revelación, en ese momento pensé que aquel era el lugar y el momento para abandonar este mundo…

– ¡Oh, Max!

– Hacía una mañana maravillosa, con un cielo azul totalmente despejado, aunque la noche anterior había nevado y la nieve se había helado. Sí, hacía un día hermoso para morir.

Jilly ahogó un quedo grito.

– Algo debió despertar a Charlotte, o puede que ni siquiera se hubiera dormido -continuó Max-. Debió darse cuenta de lo que yo estaba pensando porque despertó a Dominic y los dos salieron corriendo a buscarme. Les oí llamarme a gritos a mis espaldas. Yo estaba acercándome al borde de la montaña cuando me vieron. Dominic y Charlotte intentaron cruzarse por delante de mí para desviarme, y fue entonces cuando…

Max se interrumpió al recordar la escena que aún le atormentaba, que seguía atormentándole todos y cada uno de los días de su vida.

– Me caí y perdí el sentido… -Max se estremeció al recordar el frío, un frío que no le había abandonado desde entonces.

– Max… -Jilly puso la mano encima de la de él-. Creo que es lo más triste que he oído en mi vida. Qué pena, qué pérdida de dos vidas.

– Sí, la pérdida de dos personas extraordinarias.

Se quedaron en silencio durante unos momentos. Después, con cuidado, Jilly apartó la mano de la de Max y volvió el rostro para mirar a la hoguera.

– No debería haberte contado esto. No sé por qué lo he hecho.

– No querías que me compadeciese a mí misma.

– Y tampoco quiero que te compadezcas de mí. Fui un egoísta, sólo pensaba en mí mismo cuando me casé con ella. De haberla amado lo suficiente, habría salvado de la quiebra a su padre y la habría dejado en paz.

– Ella no tenía por qué haberse casado contigo, Max.

– Quería a su familia y lo hizo por ellos. Lo que yo hice, lo hice por mí mismo -Max levantó la botella de coñac-. Toma un poco más y te contaré cuál es mi plan.

Max volvió a llenar la vacía copa de Jilly.

¿Vacía? ¿Cuándo se había bebido todo aquello? Jilly se encogió de hombros.

– Está bien, te escucho -respondió ella.

– El plan es muy sencillo, y consiste en, para variar, hacer que el señor Blake te persiga a ti.

Jilly volvió la cabeza para mirarle.

– ¿Perseguirme? ¿Por qué iba a perseguirme a mí cuando tiene cientos de mujeres que le persiguen a él?

– ¿Tienes miedo a que no lo haga?

– Sé que no va a hacerlo.

Max arqueó las cejas.

– ¿Por qué iba a hacerlo? -insistió ella.

– Quizá por curiosidad. Y quizá porque empiece a preocuparle la posibilidad de que se le esté escapando de las manos algo especial.

Jilly negó con la cabeza.

– ¿Qué te pasa, Jilly? ¿Te da miedo que no le intereses? ¿O te da miedo que sí esté interesado por ti?

– ¡No! Es sólo que…

– ¿Que qué?

Max se inclinó hacia delante, le tomó la barbilla y la obligó a mirarlo. Necesitaba verle los ojos.

– Sé que quieres animarme, Max, pero el coñac te está afectando. No puedo competir con la clase de mujeres que rodeaban a Richie esta noche.

La verdad era que Jilly no tenía deseos de competir; aquella noche, un velo se le había descorrido de los ojos. Richie utilizaba a la gente; tomaba, pero no daba. Y ella le había dado suficiente.

A la luz de la hoguera, los ojos de Jilly estaban muy oscuros, ilegibles. Ella valía diez veces más que cualquiera de las mujeres revoloteando alrededor de Rich Blake, y Max lo sabía. Jilly era refrescante, inocente, encantadora, buena y cariñosa. Pero en ese ambiente, no dejaba de ser una buena chica que se había vestido para salir una noche. Necesitaba pulirse para sobrevivir en la jungla en la que moraban los Rich Blakes del mundo. Bien, él podía hacer eso por ella, aunque no era suficiente recompensa por el beso que le había robado.

– Dame una semana y haré que se hable de ti en todo Londres.

– ¿Una semana entera? ¿Va a llevar tanto tiempo?

Como si le importara. Sólo había un hombre que quería que se fijara en ella, y ese hombre parecía decidido a pasársela a otro lo antes posible… siempre y cuando no interfiriese con el trabajo.

– Déjate de sarcasmos, Jilly. No es propio de una dama.

– Soy lo suficientemente dama para saber que dar que hablar no es de damas -respondió ella.

Max se encogió de hombros.

– Puede que no, aunque depende de lo que se diga de la dama en cuestión. Lo que sí es seguro es que va a hacer que Petra tire de los pelos.

– Eso es verdad y es una buena idea, Max, pero la verdad es que no creo que Richie me llame; y la verdad es que hacer que Petra se tire de los pelos no está en mi lista de prioridades.

– Sabes que Blake sentirá curiosidad por saber quién soy yo, Jilly. Y también querrá saber cómo nos hemos conocido. Y querrá saber qué has venido a hacer en Londres. Le has dado una sorpresa esta noche, así que no será capaz de dejar de pensar en ti. Además, mañana te verá en los periódicos… Sí, vas a despertar mucho interés. Así que dime, ¿adónde quieres que vayamos mañana?

– ¿Mañana? ¿Hablas en serio? ¿De verdad quieres que volvamos a salir mañana?

¿Podía ser verdad? Jilly se puso en pie con demasiada rapidez y la habitación empezó a darle vueltas. Al instante, Max estaba a su lado, sujetándola.

– Dios mío -dijo ella apoyándose en Max.

Después lanzó una queda carcajada.

Mientras la rodeaba con los brazos, Max llegó a la conclusión de que Rich Blake necesitaba que le examinaran el cerebro al igual que la vista.

– Creía que eras una luchadora, Jilly. ¿Vas a darte por vencida y a dejar que esas tontas medio desnudas te quiten al hombre al que ayudaste a triunfar?

– Que les aproveche.

– No lo dices en serio.

Sí, lo decía muy en serio. A pesar de todo el coñac que había bebido, eso lo sabía. Pero algo le impidió decírselo a Max, algo que tenía que ver con la forma como la estaba sujetando… el recuerdo de bailar en sus brazos. El beso. Si le seguía el juego, quizá volviera a besarla… Valdría la pena, incluso aunque para eso tuviera que hacer como si le importase poner celoso a Richie.

– No puedo competir con mujeres que van casi desnudas por ahí. Mi constitución física no me permite enseñar tanto.

Max podría haber objetado, pero no lo hizo.

– Lo que hace a una mujer deseable no es lo que enseña, Jilly. A los hombres de verdad les gusta desenvolver sus regalos.

Jilly se ruborizó. Su inocencia era auténtica. Quizá Harriet tuviera razón, quizá lo mejor fuese montarla en el primer tren que saliera para Newcastle. Pero el cerebro de Max se negaba a funcionar como era debido.

– Si realmente lo amas, tienes que luchar por él.

– ¿Como Custer? -Jilly rió.

– Exactamente, como Custer. O todo, o nada -Max se maldijo a sí mismo por idiota y le quitó a Jilly la copa de coñac de las manos para evitar que bebiera más.

En opinión de Max, la única forma que Jilly tenía de liberarse del fantasma de Riche Blake era darse cuenta por fin de que estaba persiguiendo alga que ya no existía.

Max le puso las manos en los hombros y la miró a los ojos.

– Jilly, te prometo que, pase lo que pase, no saldrás perdiendo.

– ¿Lo dices en serio?

– Totalmente en serio.

– ¿Y cómo vamos a hacer que me persiga?

– Muy fácil. Iremos a restaurantes de moda, bailaremos en los clubs también de moda, y tu foto saldrá en los periódicos. Se fijarán en ti.

– ¿Que se fijarán en mí? ¿Quiénes?

– Todo el mundo; pero, sobre todo, Rich Blake. Aunque creo que, a lo primero, deberías hacerte de rogar con él. Ya veremos si conseguimos convencerle de que te persiga -pero Max no tenía ninguna duda al respecto. Jilly estaba preciosa aquella noche y, después de pulirse un poco más, ¿qué hombre podría resistírsele?-. Será una nueva experiencia para él.

– Max, ¿por qué haces esto por mí? Y, por favor, no me digas que es porque no quieres perder a la mejor taquimecanógrafa de Londres porque no me lo voy a creer.

– Esta vez seré sincero contigo -ella esperó-. Amanda opina que debería salir más.

Jilly se quedó perpleja.

– ¿Tu hermana?

– No deja de decirme que trabajo demasiado, que no salgo lo suficiente y que tengo un aspecto… En fin, puedes hacerte una idea. Si me ven por ahí contigo, mi hermana dejará de preocuparse durante un tiempo -Max se encogió de hombros-. Además, bailar es más divertido que los ejercicios en el gimnasio.

– ¡Ya! ¿En serio piensas que me voy a tragar eso?

– Es la verdad, te lo prometo -contestó él con solemnidad.

– No me refiero a lo de bailar, sino a… En fin, ya sabes a lo que me refiero.

– ¿Qué importancia tiene eso, Jilly? Lo que importa es que tú consigas a Blake -mintió Max.

¿Por qué demonios había pensado que la boca de Jilly era demasiado grande? Era una boca generosa, cálida y atractiva. Su rostro no era convencionalmente bonito, pero los rasgos eran marcados y podía considerarse hermoso a la manera francesa, que no tenía nada que ver con el estilo de belleza inglesa consistente en una tez color crema. El rostro de Jilly era todo drama.

Le apartó un mechón de cabello del rostro para evitar bajar la cabeza y besarla hasta la saciedad.

– Lo primero que tenemos que hacer es cortarte el pelo -declaró Max con cierta dificultad para pronunciar.

– ¿Cortarme el pelo? ¿Te has vuelto loco? A mi madre le daría un infarto si me cortara…

– Jilly, ya eres una persona adulta, y esto… -Max le agarró un mechón de cabello, luego lo dejó caer de nuevo-. A esto le falta la sofisticación que necesitas. Mañana elegirás del armario de la ropa de Charlotte los vestidos que quieras. Después, te llevaré a cenar a uno de los restaurantes frecuentados por la gente famosa, y después iremos a un club para estar completamente seguros.

– ¿Seguros?

– De que se hable de ti y de que Rich Blake se entere.

Jilly arrugó el ceño.

– ¿Cómo va a saber que soy yo?

– ¿Cuántas Jilly Prescott hay en Londres?

Jilly tragó saliva. Quizá fuera el coñac o quizá se debiera al calor del fuego, pero se sintió flotar. Era como si no fuese ella misma, sino una mujer repentinamente hermosa. Y se debía a la forma como Max la miraba; como siempre la miraba, como si pudiera ver en ella algo que se les escapaba a los demás.

– No sé, Max, no estoy segura de…

– Haz la prueba mañana, Jilly. Si no disfrutas, nos olvidaremos del asunto y lo único que te pediré es que te quedes aquí hasta que Laura regrese, ¿de acuerdo?

– De acuerdo, Max.

– Creo que deberíamos sellar el trato con un brindis -Max le devolvió la copa-. Porque todo te salga bien.

Jilly se lo quedó mirando durante un momento; luego, levantó su copa y bebió el coñac que le quedaba.

– Gracias, Max.

– No tienes por qué dármelas. Pase lo que pase, sigo teniéndote como secretaria, así que quien gana soy yo.

– ¿Y yo?

A Max le resultó difícil sostenerle la mirada.

– Ya te lo he dicho, Jilly, tú no puedes perder.


El teléfono la despertó. Jilly lanzó un gruñido y se dio media vuelta, ignorándolo. Continuó sonando. Se tapó la cabeza con la almohada. Siguió sonando. Desesperada por poner fin a aquel ruido infernal, se levantó de la cama y con una mano en la frente, por si se le caía, llegó al horroroso aparato. Entonces, descolgó el auricular, lo dejó caer al suelo y volvió a la cama.

Tan pronto como cerró los ojos llamaron a la puerta. No podía creerlo. ¿Qué podía ser tan urgente? Pero consiguió arrastrar los pies hasta la puerta y abrirla.

Max no esperó a que le invitasen a entrar. Se dirigió directamente a la cocina y puso a hervir agua para el café. Después, llenó un vaso con agua y echó un par de pastillas contra la resaca.

– Toma, bébete esto.

Jilly dijo algo ininteligible a modo de respuesta, pero aceptó el vaso, tragó el líquido y se estremeció.

– ¿No estás acostumbrada al coñac? -preguntó Max, como si no lo supiera.

– También recuerdo haber bebido alguna que otra copa de champán -observó ella-. No estoy acostumbrada al alcohol, a ningún tipo de alcohol.

– Debería haberme dado cuenta, lo siento. No permitiré que vuelva a ocurrir.

– No vas a ser consultado, Max. Soy yo quien no va a permitirlo.

– Tienes razón. Bueno, vamos, ve a vestirte, Jilly. Tenemos un montón de cosas que hacer hoy por la mañana. Mientras tú te arreglas, yo voy a preparar café y unas tostadas.

– No quiero nada. Lo único que quiero es volverme a la cama y pasarme todo el fin de semana durmiendo. Márchate y cierra la puerta.

– ¿Dos copas de coñac y estás acabada?

– Para ser economista, Max, las cuentas se te dan muy mal -dijo Jilly, apretándose la frente con la mano-. Y si tú te encuentras bien, en mi opinión es porque tienes un problema.

– El único problema que tengo eres tú. He tenido que vender mi alma para conseguirte una cita con un peluquero al que hay que pedirle cita con tres meses de antelación.

– ¿Tu alma?

– Está bien, he exagerado un poco. Cuatro entradas para el estreno del musical de Lloyd Webber.

– ¿Cómo las has conseguido? -Jilly alzó la mano-. No, no me lo digas. Tu alma.

– En cualquier caso, haya vendido lo que haya vendido, volver a la cama es impensable.

Jilly lo miró enfadada tras una masa de pelo que parecía no haber pasado por la mano de ningún peluquero en tres años por lo menos.

– ¿Y si te digo que no quiero que me corten el pelo?

– Jilly, si no estás duchada y vestida dentro de diez minutos, te cortaré el pelo yo mismo -le advirtió Max-. Y con las tijeras de podar.

Ella se lo quedó mirando.

– ¡De qué humos te levantas!

– Tú, por supuesto, estás hecha un ángel, ¿no? Pues para que te enteres, llevo en pie desde las seis y media. Tú deberías haber hecho lo mismo y haberte ido a correr al parque, así no encontrarías tan mal.

– No me encontraría, punto. Estaría muerta.

– Ahora, la que exagera eres tú.

– Está bien, está bien -dijo Jilly, rindiéndose por fin-. Vamos, prepara un zumo de naranja y olvídate de las tostadas, estaré lista en un momento.

La ducha la ayudó. Se vistió rápidamente con unos vaqueros y una camisa. Después, se puso un chaleco y un fular alrededor del cuello.

– Toma -Max le ofreció un vaso de zumo de naranja recién hecho cuando Jilly entró en la cocina.

Jilly se alegró al notar que la mano no le temblaba al sostener el vaso.

– Creo que, en el futuro, sólo beberé esto -declaró ella.

– Toda una sentencia.

– Puede ser. Pero pase lo que pase, no vuelvas a ofrecerme coñac, Max. Nunca.

– ¿Ni siquiera si te desmayas?

– Tengo la costumbre de no desmayarme: No obstante, si se diera el caso, limítate a echarme una jarra de agua por encima. Es un remedio más rápido, más barato y menos doloroso.

– Lo tendré en cuenta -contestó Max, y sonrió traviesamente.

¿Sonrió traviesamente? Max Fleming nunca lo hacía. Valía la pena pasar una resaca por verle sonreír así.

– Bueno, ¿podemos irnos ya? -preguntó Max.

Jilly dejó el vaso en el mostrador de la cocina.

– ¿Estás seguro, Max? Sé que lo haces por ayudarme, pero…

– Agotas la paciencia de un santo, Jilly. Anoche examinamos todos los pros y los contras, ¿no?

– Pero…

– Vamos, Jilly, no tenemos tiempo para tonterías. Hay un hombre con unas tijeras en las manos que te está esperando.

– Bueno, no creo que un corte de pelo vaya a matarme.

Y en la peluquería tendría tiempo para pensar en alguna forma de argumentar en contra de ese estúpido plan, porque a la luz de la fría mañana de enero, era evidente que no podía seguirlo.


– ¿Qué demonios vamos a hacer con esto?

– Córteme sólo las puntas -dijo Jilly con firmeza.

Max la había acompañado a la peluquería en la limusina, conducida por un chofer. Allí, la había abandonado a merced de aquel hombre cuyas tijeras parecían la prolongación de sus manos.

El hombre de las tijeras ignoró el requerimiento de ella, se paseó a su alrededor y un par de veces elevó los ojos al techo mientras murmuraba palabras ininteligibles.

Su pelo fue atacado sin compasión.

Tras lo que pareció una eternidad, aquel diabólico peluquero dio por terminada su labor: se detuvo, giró sobre sus talones y se alejó de ella sin una palabra.

Jilly se quedó mirándose a sí misma delante del espejo. Era peor de lo que habría podido imaginar nunca. Su pelo, o la mayor parte de él, yacía amontonado en el suelo, a sus pies. Lo único que le quedaba eran unos cuantos mechones pegados al cuero cabelludo y a las mejillas.

Alguien la llevó a uno de los lavabos donde volvieron a lavarle el pelo. Después, se lo secaron con un secador manual. Para concluir, el loco de las tijeras se le acercó de nuevo, todo sonrisas, y empezó a cortar una vez más mientras Jilly mantenía los ojos fuertemente cerrados porque no quería ver lo que le estaban haciendo. Al cabo de un rato, una pausa. Un rumor.

La ayudante del peluquero le tocó el hombro.

– Ya puede mirar.

Jilly no quería mirar; pero como no le quedaba más remedio, acabó abriendo los ojos muy despacio. Parpadeó. Ésa no era ella. Esa chica con mechones dorados no podía ser ella. ¿O sí? Levantó una mano, se tocó el pelo y el espejo reflejó la acción.

Tragó saliva y miró al peluquero, que esperaba un comentario.

– Es… diferente -dijo Jilly por fin. El peluquero no contestó.

– Nunca he llevado el pelo corto. A mi madre va a… -a su madre le iba a dar un ataque-. Me ha cambiado un poco el color.

El hombre al que había que pedir cita con tres meses de antelación dijo:

– Sólo unos reflejos.

– Gracias -dijo Jilly con sinceridad.

El peluquero se dio por satisfecho y, al momento, se acercó a la mujer que estaba sentada en el sillón contiguo, y que le hizo esperar porque se inclinó hacia Jilly y le tocó una mano.

– La he visto al llegar y no puedo creer que sea la misma chica.

– La verdad es que yo tampoco.

La chica que le dio el abrigo le informó que el coche la estaba esperando, y Jilly salió de la peluquería ansiosa por ver la expresión de Max cuando apareciese con su nuevo corte de pelo.

Max la vio acercarse y tuvo unos segundos para acostumbrarse a la transformación. Le costaba creer que fuera la misma mujer, lo que veía era un rostro que haría volver todas las cabezas con las que se cruzara, cosa que ocurrió cuando cruzó la calle.

Max salió del coche, se la quedó mirando un momento y luego dijo:

– Quizá debiera habértelo cortado yo con las tijeras de podar.

Jilly le creyó… un momento, pero sólo un momento. Después, notó el brillo travieso de sus ojos y sintió cómo se le hinchaba el pecho.

– Las quejas dirígelas al demonio de las tijeras, Max. A mí no me han dejado tomar baza en el asunto -Jilly se metió en la limusina como si estuviera acostumbrada de toda la vida-. Bueno, ¿y ahora qué?

– Ahora vamos a comprarte zapatos.

– ¿Zapatos?

– Los de Charlotte te están pequeños y, si te duelen los pies, no podrás estar guapa.

– Lo único que necesito es un par -protestó ella después de que Max hubiera apartado media docena de pares de zapatos de noche-. Sólo puedo comprarme un par. Estos plateados están muy bien, son muy parecidos a los de Charlotte.

– Estoy de acuerdo.

Y mientras Jilly pagaba por los zapatos plateados, Max le dio su tarjeta de crédito al dependiente y pagó con ella los otros cinco pares.

– Jilly, vas a tener que disculparme, pero tengo que hacer unos recados. El chofer sabe dónde tiene que llevarte ahora.

– ¿Eh? ¿Y dónde es eso?

– El salón de belleza. Tratamiento facial, masaje y todo lo que se te antoje. Está todo arreglado.

Jilly miró el bastón de Max.

– Quédate tú con el coche, Max, yo puedo tomar un taxi.

Max notó que no había puesto objeciones al salón de belleza, sólo al coche. Bien, Jilly parecía empezar a disfrutar con aquello. Y él también.

Max levantó el bastón para parar un taxi.

– Le he dicho a Harriet que te ayude a seleccionar los vestidos. Elige los que quieras porque, lo que no quieras, lo vamos a llevar a una tienda de caridad el lunes.

– Oh, pero…

– Y estate lista para las ocho y media. Tengo reservada una mesa para cenar a las nueve -entonces, Max se inclinó y le dio un beso en la mejilla-. ¿Te he dicho que estás absolutamente irresistible?

No esperó a que ella respondiera. Jilly aún estaba de pie en la acera, con la mano puesta en la mejilla, cuando el taxi de Max se puso en marcha.

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