Tercera Parte. Destino

Haolaiwu

Volvemos a estar en Shanghai. Los rickshaws pasan traqueteando. Hay mendigos acuclillados en las aceras, con los brazos extendidos y las palmas hacia arriba. En las ventanas cuelgan patos asados a la brasa. Los vendedores ambulantes hierven fideos, asan frutos secos y fríen tofu en sus carretillas. Los campesinos vienen a la ciudad cargados con fardos de pollos y patos vivos, y con trozos de cerdo colgando de pértigas que llevan a hombros. Las mujeres pasan con sus ceñidos cheongsams. Hay ancianos sentados en cajas, fumando en pipa, con las manos metidas en las mangas para calentarse. Una densa niebla se arremolina alrededor de nuestros pies y se extiende por los callejones y las oscuras esquinas. Por encima de nuestras cabezas, los farolillos rojos lo convierten todo en un sueño misterioso.

– ¡A sus puestos! ¡Todos a sus puestos!

China se esfuma de mi pensamiento, y vuelvo al plató cinematográfico que he ido a visitar con May y Joy. Unos potentes focos iluminan el escenario. Una cámara se desplaza sobre unas guías. Un hombre coloca un micrófono con jirafa en lo alto. Estamos en septiembre de 1941.

– Deberías sentirte orgullosa de Joy -comenta May mientras le aparta un mechón de cabello de la cara-. En todos los estudios la gente se enamora de ella.

Joy está sentada en su regazo, con aspecto tranquilo pero atento. Tiene tres años y medio y es preciosa; «como su tía», dicen todos. Y May es una tía perfecta: le consigue papeles, la lleva a los platos, se asegura de que le den trajes bonitos y de que siempre esté en el sitio idóneo cuando el director busca una cara inocente que enfocar con la cámara. Desde hace aproximadamente un año, Joy pasa tanto tiempo con May que, cuando está conmigo, es como si estuviera con un cuenco de leche agria. Yo le impongo disciplina, la obligo a terminarse la cena, a vestir correctamente y a tratar con respeto a sus abuelos, tíos y personas mayores. May prefiere consentirla: le hace regalos, le da besos y le deja que pase toda la noche despierta cuando van a los rodajes.

De mí siempre han dicho que soy la hermana inteligente -lo dice hasta mi suegro-, pero lo que dos años atrás parecía una buena idea se ha convertido en un gran error. Cuando le di permiso a May para llevar a Joy a los platos, no pensé que le proporcionaría a mi hija un mundo diferente, divertido y completamente independiente. Cuando se lo comenté a May, ella frunció la frente y negó con la cabeza.

– No es eso. Ven con nosotras y verás lo que hacemos. Cuando veas lo bien que lo hace, cambiarás de opinión.

Pero no se trata sólo de Joy. May quiere alardear de su importancia, y se supone que yo tengo que enorgullecerme de ella. Llevamos haciéndolo así desde que éramos niñas.

Así que hoy, a última hora de la tarde, nos hemos subido a un autobús junto con algunos vecinos a los que mi hermana también ha conseguido trabajo. Al llegar al estudio, hemos ido directamente al departamento de vestuario, donde unas mujeres nos han dado ropa sin fijarse en las tallas. A mí me han dado una chaqueta sucia y unos pantalones holgados, muy arrugados. No me ponía algo así desde que May y yo huimos de China y languidecimos en Angel Island. Al intentar cambiarla, la chica de vestuario me ha dicho:

– Tienes que ir sucia, muy sucia, ¿entiendes?

May, que suele interpretar a muchachas sofisticadas y vivarachas, también se ha llevado ropa de campesina, así que estaremos juntas en la misma escena.

Nos cambiamos en una gran tienda, sin intimidad ni calefacción. Yo visto a mi hija todos los días, pero hoy su tía se ocupa de ella; tras quitarle el jersey de fieltro, la ayuda a ponerse unos pantalones tan oscuros, sucios y holgados como los suyos y los míos. Luego vamos a peluquería y maquillaje. Nos cubren el cabello con un pañuelo negro fuertemente atado. A Joy le han hecho varias coletas, hasta que parecía que de su cabeza brotaban unas exóticas plantas negras. Nos untan el rostro con maquillaje oscuro, y eso me recuerda el ungüento de cacao en polvo y crema limpiadora que May me ponía en la cara. Luego salimos para que nos rocíen de barro con una pistola.

Finalmente, a esperar en el falso Shanghai; el viento agita nuestros holgados pantalones negros, que parecen oscuros espíritus. Para los chinos nacidos aquí, esto es lo más cerca que estarán de la tierra de sus antepasados. A los que nacimos en China, el plató nos permite sentir, por un momento, que nos han transportado al otro lado del océano y retrocedido en el tiempo.

Debo admitir que me encanta ver qué bien se maneja mi hermana con el equipo de rodaje, y cómo la respetan los otros extras. May está contenta, sonríe y saluda a sus amigos; me recuerda a aquella niña de Shanghai. Sin embargo, a medida que avanza la noche, voy viendo cosas que me inquietan. Sí, hay un hombre que vende gallinas vivas, pero detrás de él hay un grupo de hombres sentados en cuclillas, jugando. En otra parte del decorado, unos fingen fumar opio. ¡En plena calle! Casi todos llevan trenza, pese a que la historia no sólo se desarrolla después de la instauración de la República, sino que tiene como fondo la invasión de los bandidos enanos, que se produjo veinticinco años más tarde. Y las mujeres…

Pienso en El embrujo de Shanghai, una película que May, Sam, Vern y yo vimos hace meses en el Million Dollar. Como Josef von Sternberg, el director, había vivido un tiempo en Shanghai, creímos que íbamos a ver algo que nos recordara a nuestra ciudad natal; pero no era más que otra historia en que una mujer fatal introduce a una muchacha blanca en el juego, el alcohol y quién sabe qué otros vicios. Los carteles de la película nos hicieron reír; rezaban: «La gente vive en Shanghai por muchas razones, la mayoría, infames.» En mi última época en Shanghai, hasta yo habría estado de acuerdo con esa opinión; pero aun así, me duele ver mi ciudad natal -el París de Asia- retratada bajo esa maléfica luz. Hemos visto ese enfoque en un sinfín de largometrajes, y ahora colaboramos en uno.

– ¿Cómo puedes participar en esto, May? ¿No te da vergüenza? -pregunto.

Mi hermana me mira, confundida y dolida.

– ¿Participar en qué?

– Aquí los chinos están representados como retrasados. Nos hacen reír como idiotas mostrando los dientes. Nos hacen gesticular porque se supone que somos estúpidos. O nos hacen hablar un inglés rudimentario.

– Sí, ya lo sé. Pero no me digas que esto no te recuerda a Shanghai.

– ¡No se trata de eso! ¿Acaso no sientes ni pizca de orgullo por el pueblo chino?

– No sé por qué tienes esa manía de quejarte por todo -replica, disgustada-. Te he traído aquí para que vieras qué hacemos Joy y yo. ¿No estás orgullosa de nosotras?

– May…

– ¿Por qué no te relajas y lo pasas bien? ¿Por qué no disfrutas viendo cómo Joy y yo ganamos dinero? Aunque no sea tanto como esos de ahí. -Señala a un grupo de falsos conductores de rickshaw-. Les he conseguido siete cincuenta al día durante una semana, siempre que lleven la cabeza completamente rasurada. No está mal para…

– Conductores de rickshaw, fumadores de opio y prostitutas. ¿Te gusta que la gente piense que somos eso?

– Si con «gente» te refieres a los lo fan, ¿por qué iba a importarme lo que piensen?

– Porque esto es insultante.

– ¿Para quién? No son insultos contra nosotras. Además, esto no es más que parte de un camino. Hay personas -explica, refiriéndose a mí, por supuesto- que prefieren no tener trabajo a aceptar un empleo que consideran un menoscabo. Pero un trabajo como éste nos ofrece un principio, y de nosotros depende progresar a partir de ahí.

– Ya. Y esos hombres que hoy interpretan a conductores de rickshaw mañana serán los dueños del estudio, ¿no? -digo con escepticismo.

– Por supuesto que no -contesta, ya sin disimular su enojo-. Lo único que quieren es conseguir un papel con texto. Ya sabes que eso está muy bien pagado, Pearl.

Bak Wah Tom lleva un par de años cautivando a May con el sueño de un papel con texto, pero el sueño todavía no se ha hecho realidad, aunque Joy ya ha dicho algunas frases en diferentes películas. La bolsa donde guardo sus ganancias ha engordado mucho, y sólo es una cría. Entretanto, la tía de Joy está ansiosa por ganar sus propios veinte dólares por una frase, la que sea. De momento, se contentaría con algo tan sencillo como «Sí, señora.»

– Si pasarte toda la noche sentada por ahí, fingiendo ser una mala mujer, te ofrece tantas oportunidades -digo con cierta vehemencia-, ¿cómo es que todavía no has conseguido un papel con texto?

– ¡Ya sabes por qué! ¡Te lo he explicado mil veces! Tom dice que soy demasiado guapa. Cada vez que un director me elige, la protagonista femenina me rechaza. No quieren competir con mi cara, porque saben que ganaré. Ya sé que suena a inmodestia, pero es lo que dice todo el mundo.

El equipo de rodaje ha colocado a los extras en sus puestos y añadido más elementos de atrezo para la siguiente toma. Se trata de una película «de advertencia» sobre la amenaza japonesa; si los japoneses son capaces de invadir China y desbaratar los intereses extranjeros, ¿no deberíamos preocuparnos todos? Hasta ahora, desde mi perspectiva, tras un par de horas rodando la misma escena callejera una y otra vez, todo esto tiene muy poco que ver con lo que experimentamos May y yo al huir de China. Pero cuando el director explica la siguiente escena, se me encoge el estómago.

– Van a caer bombas -explica por el megáfono-. No son de verdad, pero parecerá que lo son. Después, los japoneses irrumpirán en el mercado. Tenéis que echar a correr por ahí. Tú, el del carro: vuélcalo cuando salgas corriendo. Y quiero que las mujeres griten. Gritad muy fuerte, como si creyerais que vais a morir.

Cuando la cámara empieza a rodar, aprieto a Joy contra mi cadera, suelto un grito bastante conseguido y echo a correr. Lo hago una y otra vez. Por un instante he temido que esto me trajera malos recuerdos, pero no. Las bombas falsas no hacen temblar el suelo. Las explosiones no me dejan sorda. A nadie se le desgarran partes del cuerpo. No salen borbotones de sangre. Todo esto no es más que un juego, y divertido, como las piezas de teatro con que May y yo entreteníamos a nuestros padres. Y May tiene razón respecto a Joy: la niña sabe obedecer las indicaciones, esperar entre toma y toma, y llorar cuando la cámara empieza a rodar, como le han enseñado.

A las dos de la madrugada nos envían otra vez a la tienda de maquillaje, donde nos embadurnan la cara y la ropa con sangre falsa. Cuando volvemos al plató, a algunos los colocan en el suelo, despatarrados, con la ropa ensangrentada y los ojos abiertos e inertes. Ahora hay muertos y heridos tendidos a nuestro alrededor. A medida que avanzan los soldados japoneses, los demás tenemos que correr y gritar. No me cuesta hacerlo. Veo los uniformes color crema y oigo las pisadas de las botas. Uno de los extras -un campesino, como yo- tropieza conmigo, y yo grito. Cuando los falsos soldados avanzan con la bayoneta calada, intento huir pero me caigo. Joy se pone en pie y sigue corriendo entre los cadáveres, y yo me quedo atrás. Un soldado me empuja cuando trato de levantarme. Me quedo paralizada de miedo. A pesar de que los hombres que me rodean tienen cara de chinos, a pesar de que son mis vecinos disfrazados de enemigos, grito sin parar. Ya no estoy en un plató cinematográfico; estoy en una cabaña, en las afueras de Shanghai. El director grita:

– ¡Corten!

May viene hacia mí con cara de preocupación.

– ¿Estás bien? -pregunta mientras me ayuda a levantarme.

Todavía estoy tan alterada que no puedo hablar. Asiento con la cabeza, y ella me mira con gesto interrogante. No quiero hablar de lo que siento. No quise hablar de ello en China, cuando desperté en el hospital, y sigo sin querer hacerlo ahora. Le cojo a Joy de los brazos y la estrecho. Todavía tiemblo cuando el director se acerca con paso decidido.

– Lo has hecho estupendamente -me dice-. Podría haberte oído desde dos manzanas de distancia. ¿Puedes repetirlo? -Me mira como evaluándome-. ¿Varias veces más? -Como no contesto, añade-: Si lo haces, te pagaremos más. Y a la niña también. Para mí, un buen grito es como una frase, y la cara de la niña me viene muy bien.

Noto la mano de May apretándome el brazo.

– ¿Puedes hacerlo? -insiste el director.

Aparto el recuerdo de la cabaña y pienso en el futuro de mi hija. Este mes podría guardar más dinero para ella.

– Lo intentaré -atino a decir.

Los dedos de mi hermana se me clavan en el brazo. Cuando el director vuelve a su silla, May me lleva aparte.

– Lo haré yo -me susurra-. Por favor, por favor, déjame hacerlo.

– La que ha gritado soy yo. Ya que he de pasarme la noche aquí, me gustaría hacer algo de provecho.

– Ésta podría ser mi gran oportunidad…

– Sólo tienes veintidós años…

– En Shanghai yo era una chica bonita -implora-. Pero esto es Hollywood, y no me queda mucho tiempo.

– A todos nos da miedo hacernos mayores. Pero yo también quiero hacerlo. ¿Acaso has olvidado que yo también era una chica bonita? -pregunto. Como no me contesta, utilizo el único argumento infalible-: La que ha recordado lo que pasó en aquella cabaña soy yo.

– Siempre usas esa excusa para salirte con la tuya.

Me aparto un poco, conmocionada por sus palabras.

– No puedo creer que me digas eso.

– Lo que ocurre es que no quieres que yo tenga nada mío -espeta quejumbrosa.

¿Cómo puede decir eso después de lo mucho que me he sacrificado por ella? Mi resentimiento ha crecido con los años, pero nunca me ha impedido concederle todo lo que ella quiere.

– A ti siempre te ofrecen oportunidades -continúa, y su voz va cobrando fuerza.

Ahora entiendo su actitud: si no doy el brazo a torcer, está dispuesta a discutir conmigo delante de todos. Pero esta vez no pienso ceder tan fácilmente.

– ¿Qué oportunidades?

– Mama y baba te enviaron a la universidad…

Eso es remontarse mucho en el tiempo, pero contesto:

– Tú no quisiste ir.

– A todo el mundo le caes mejor que yo.

– Eso es ridículo.

– Hasta mi propio esposo te prefiere. Siempre es muy simpático contigo.

¿Qué sentido tiene discutir con May? Nuestras desavenencias siempre han sido por lo mismo: por si nuestros padres la querían más a ella o a mí, por si una tenía algo mejor que la otra -un helado más rico, unos zapatos más bonitos o un marido más cordial-, o por si una quiere hacer algo a expensas de la otra.

– Sé gritar tan bien como tú -insiste-. Te lo ruego. Por favor, déjame hacerlo.

– ¿Y Joy? -pregunto en voz baja, atacando su punto débil-. Ya sabes que Sam y yo estamos ahorrando para que algún día pueda ir a la universidad.

– Para eso faltan quince años, y estás dando por sentado que alguna universidad americana aceptará a una china. -Y sus ojos, que hace poco resplandecían de alegría y orgullo, me miran de pronto con odio.

Por un instante, retrocedo en el tiempo y me veo en nuestra cocina de Shanghai, cuando el cocinero intentaba enseñarnos a preparar albóndigas. La cosa empezó como un entretenimiento divertido y acabó en una pelea tremenda. Ahora, años más tarde, lo que se presentaba como una experiencia placentera se ha convertido en una situación desagradable. Miro a May y no sólo veo celos, sino también odio.

– Déjame hacer ese papel -insiste-. Me lo he ganado.

«Trabajas para Tom Gubbins -pienso-; no tienes que quedarte todo el día encerrada en ningún establecimiento Golden; puedes venir con mi hija a platos como éste y salir un rato de Chinatown y China City.»

– May…

– No empieces a recordarme tus agravios, porque no quiero oírlos. Te niegas a ver lo afortunada que eres. ¿No te das cuenta de lo celosa que estoy? No puedo evitarlo. Tú lo tienes todo. Tienes un marido que te quiere y con el que puedes hablar. Tienes una hija.

¡Ya está! Por fin lo ha dicho. La respuesta me sale tan deprisa que no tengo tiempo de pensar ni de refrenarla.

– Entonces, ¿por qué pasas más tiempo que yo con ella? -Mientras lo digo, recuerdo el viejo proverbio de que las enfermedades entran por la boca y los desastres salen por la boca, una forma de decir que las palabras pueden ser como bombas.

– Joy prefiere estar conmigo porque la abrazo y la beso, porque le doy la mano, porque la dejo sentarse en mi regazo.

– Así no es como educamos a los niños en China. Tocarse de ese modo…

– No pensabas igual cuando vivíamos con mama y baba.

– Cierto, pero ahora soy madre y no quiero que Joy se convierta en una porcelana resquebrajada.

– Que su madre la abrace no la convertirá en una mujer fácil.

– ¡No me digas cómo tengo que educar a mi hija! -Al oír mi tono cortante, algunos extras nos miran con curiosidad.

– Tú no me dejas hacer nada, pero baba me prometió que, si aceptábamos casarnos, podría ir a Haolaiwu.

No es así como lo recuerdo. May está cambiando de tema y tergiversando las cosas.

– Estamos hablando de Joy -digo-, no de tus sueños absurdos.

– Ah, ¿sí? Hace un rato me acusabas de avergonzar al pueblo chino. Ahora dices que esto es malo para mí, pero que Joy y tú sí podéis hacerlo, ¿no?

Mi hermana tiene razón: esta situación me plantea un conflicto que no sé conciliar con mis ideas. No puedo pensar fríamente, pero creo que ella tampoco.

– Tú lo tienes todo -repite, y rompe a llorar-. Yo no tengo nada. ¿Por qué no me concedes este único deseo? ¡Por favor! ¡Por favor!

Cierro la boca y dejo que la ira me abrase por dentro. Me niego a admitir cualquier justificación para que ella -y no yo- represente ese papel en la película, pero luego hago lo que he hecho siempre: cedo ante mi moy moy. Es la única forma de disipar sus celos, de que mi resentimiento vuelva a su escondite y tenga tiempo de pensar cómo sacaré a Joy de este negocio sin provocar más fricciones. May y yo somos hermanas. Siempre discutiremos, pero siempre nos reconciliaremos. Eso es lo que hacen las hermanas: se pelean, señalan la fragilidad, los errores y desaciertos de la otra, muestran la inseguridad que arrastran desde la infancia, y luego hacen las paces. Hasta la próxima vez.

May se queda con mi hija y con mi papel en la escena. El director no advierte que mi hermana me ha suplantado. Para él, todas las chinas vestidas con pantalón negro, manchadas de sangre y barro falsos y con una niñita en brazos son intercambiables. Durante las horas siguientes, oigo gritar a May una y otra vez. El director nunca queda satisfecho, pero tampoco la reemplaza.

Instantáneas

El 7 de diciembre de 1941, tres meses después de mi noche en el plató cinematográfico, los japoneses bombardean Pearl Harbor y Estados Unidos entra en guerra. El día 8 los japoneses atacan Hong Kong (el día de Navidad, los británicos entregarán la colonia); y también ese mismo día, a las diez en punto de la mañana, toman la Colonia Internacional de Shanghai e izan su bandera en lo alto del Banco de Hong Kong y Shanghai, en el Bund. Durante los cuatro años siguientes, los extranjeros que han sido lo bastante imprudentes para quedarse en Shanghai viven en campos de internamiento, mientras que en Estados Unidos, el gobierno cede el Centro de Inmigración de Angel Island al ejército para alojar a prisioneros de guerra japoneses, italianos y alemanes. Aquí en Chinatown, tío Edfred -sin dar a nadie ocasión de opinar- es uno de los primeros en alistarse en el ejército.

– Pero ¿qué dices? ¿Por qué? -le pregunta tío Wilburt a su hijo en sze yup.

– ¡Por patriotismo! -contesta tío Edfred con júbilo-. ¡Quiero luchar! Razón número uno: quiero ayudar a derrotar a nuestro enemigo común, Japón. Razón número dos: al alistarme, me convertiré en ciudadano. En ciudadano de verdad. Al final, claro.

«Si sale con vida», pensamos los demás.

– Todos los empleados de lavandería se están alistando -añade al ver nuestra falta de entusiasmo.

– ¡Empleados de lavandería! ¡Bah! Hay personas que harían cualquier cosa para no ser empleados de lavandería. -Tío Wilburt aspira entre los dientes, preocupado.

– ¿Qué has dicho cuando te han preguntado respecto a tu nacionalidad? -inquiere Sam, que siempre teme que descubran a alguno de nosotros y nos deporten a China-. Eres un hijo de papel. ¿Van a venir a buscarnos a todos?

– He admitido mi situación desde el principio. Les dije que llegué aquí con documentos falsos. Pero no mostraron mucho interés por eso. Cuando me preguntaron algo que pensé que podría perjudicaros a los demás, respondí: «Soy huérfano. ¿Quieren que luche o no?»

– Pero ¿no eres demasiado mayor? -tercia tío Charley.

– Según mis documentos, tengo treinta años, aunque en realidad sólo tengo veintitrés. Estoy sano y dispuesto a morir. ¿Por qué no iban a aceptarme?

Unos días más tarde, Edfred entra en el restaurante y anuncia:

– El Ejército me ha dicho que me compre calcetines. ¿Dónde los venden?

Lleva diecisiete años viviendo en Los Ángeles y todavía no sabe dónde ni cómo conseguir los artículos más indispensables. Me ofrezco a acompañarlo a la May Company, pero él dice:

– Quiero ir yo solo. Ahora debo aprender a apañármelas por mi cuenta.

Regresa un par de horas más tarde, cubierto de rasguños y con agujeros en las rodilleras de los holgados pantalones.

– He comprado los calcetines, pero al salir de la tienda, unos tipos me han llevado a empujones a un callejón. Me han tomado por japonés.

Mientras Edfred está en el campamento de entrenamiento de reclutas, padre Louie y yo revisamos todos los artículos de la tienda y retiramos las etiquetas de FABRICADO EN JAPÓN para sustituirlas por otras de PRODUCTO CHINO 100%. Mi suegro empieza a comprar artículos fabricados en México, y de ese modo empieza a competir directamente con los comerciantes de Olvera Street. Aunque parezca extraño, nuestros clientes no advierten la diferencia entre un objeto fabricado en China, Japón o México. Son todos extranjeros, y con eso les basta.

Nosotros también somos extranjeros, y eso nos convierte en sospechosos. Las asociaciones de familias de Chinatown imprimen letreros que rezan: CHINA: VUESTRA ALIADA, para colgar en los escaparates de nuestros negocios, en las ventanas de nuestras casas y en nuestros automóviles, para dejar claro que no somos japoneses. Hacen brazaletes e insignias, que nos ponemos para que no nos ataquen por la calle ni nos detengan para enviarnos a algún campo de internamiento. El gobierno, consciente de que la mayoría de los occidentales creen que todos los orientales se parecen, emite unos certificados especiales que verifican que somos «miembros de la raza china». No podemos bajar la guardia.

Pero cuando Edfred viene de visita a Los Ángeles después de recibir entrenamiento militar, la gente lo saluda por la calle.

– Cuando llevo el uniforme, sé que no van a apalearme en cualquier esquina. Así la gente sabe que tengo tanto derecho como cualquiera a estar aquí -explica-. Ahora ya tengo una tercera razón: en el Ejército me están ofreciendo una oportunidad justa, y no por ser chino, sino por ser un soldado uniformado que lucha por este país.

Ese día compro una cámara y tomo mi primera fotografía. Todavía tengo escondidas mis fotografías de mama y baba, porque los inspectores de inmigración realizan controles periódicos, pero ver a tío Edfred a punto de irse a la guerra es diferente. Va a luchar por América… y por China. Cuando vuelven los inspectores, les enseño, orgullosa, mi instantánea de tío Edfred: flaco como siempre, con su uniforme, sonriendo a la cámara con la gorra ladeada, después de habernos dicho: «A partir de ahora, llamadme Fred. Se acabó lo de Edfred. ¿Entendido?»

En la fotografía no aparece mi suegro, que estaba a unos metros de tío Edfred, desconsolado y asustado. Mi opinión sobre él ha cambiado en los últimos años. Aquí en Los Ángeles no tiene casi nada: es un ciudadano de tercera clase, se enfrenta a la misma discriminación que sufrimos todos y nunca podrá salir de Chinatown. Ahora su país de adopción, Estados Unidos, también está en guerra con Japón. Como los canales de navegación comercial están cerrados, ya no recibe mercancías de las fábricas de ratán y porcelana que tiene en Shanghai, ni gana dinero trayendo a socios de papel; en cambio, continúa enviando «dinero para té» a sus parientes de Wah Hong, no sólo porque un dólar americano da para mucho en China, sino porque la nostalgia que siente de su país natal nunca ha disminuido. Yen-yen, Vern, Sam, May y yo no tenemos a nadie a quien mandar dinero, así que los envíos de padre Louie son en nombre de todos nosotros, y van dirigidos a los pueblos, los hogares y las familias que hemos perdido.


– Los que no pueden luchar tienen que producir -nos dice tío Charley un día-. ¿Conocéis a los Lee? Se han marchado a la Lockheed a fabricar aviones. Dicen que allí hay sitio para mí, y no precisamente preparando chop suey. Dicen que cada golpe que dé construyendo aviones será un golpe por la libertad de la tierra de nuestros antepasados y por la tierra de nuestro nuevo hogar.

– Pero tu inglés…

– Mi inglés no le importa a nadie mientras trabaje duro. Mira, Pearl, tú también podrías emplearte allí. Los Lee se han llevado a sus hermanas a trabajar con ellos. Ahora Esther y Bernice ponen remaches en las puertas de los bombarderos. ¿Quieres saber cuánto dinero ganan? Sesenta centavos por hora durante el día, y sesenta y cinco en el turno de noche. ¿Sabes cuánto voy a ganar? -Se frota los ojos; los tiene muy hinchados a causa de la alergia, y deben de dolerle-. Ochenta y cinco centavos por hora. Es decir, treinta y cuatro dólares por semana. Es un buen salario, Pearl.

En mi fotografía, tío Charley está sentado a la barra, con la camisa remangada, con un trozo de pastel delante y el delantal y el gorro de papel en un taburete vacío.


– ¿Qué va a hacer mi hijo en la guerra? -se pregunta mi suegro cuando Vern, que en junio pasado se graduó en el instituto, donde no lo querían y no se tomaban la molestia de enseñarle nada, recibe su orden de reclutamiento-. Está mucho mejor en casa. Sam, ve con él y asegúrate de que lo entienden.

– Lo acompañaré -dice Sam-, pero yo voy a alistarme. Yo también quiero ser ciudadano de verdad.

Padre Louie no intenta disuadirlo. La ciudadanía es importante, y el riesgo de ser interrogado puede afectar a mucha gente. Sin embargo, todos sabemos qué guerra es ésta. Estoy orgullosa de Sam, pero eso no significa que no esté preocupada. Cuando Sam y Vern regresan al apartamento, comprendo de inmediato que las cosas no han ido bien. A Vern lo han rechazado por razones obvias; en cambio, sorprendentemente, a Sam lo han clasificado como 4-F, no capacitado para el servicio militar.

– Me declaran inútil por tener los pies planos, pero bien que podía tirar de un rickshaw por las calles de Shanghai -se lamenta cuando nos quedamos a solas en nuestra habitación.

Una vez más, se siente denigrado y menospreciado. En muchos aspectos, sigue «tragando hiel».

Poco después, mi hermana toma una fotografía. En ella se aprecia cómo ha cambiado el apartamento desde que las tres llegamos aquí. En las ventanas hay persianas de bambú que pueden bajarse para tener más intimidad. En la pared del sofá hay cuatro calendarios que representan las cuatro estaciones; nos los regalaron hace cuatro años en el mercado Wong On Lung. El venerable Louie está sentado en una silla de madera, con aire ensimismado y solemne. Sam mira por la ventana; tiene la espalda erguida gracias a su ventilador de hierro, pero por su expresión se diría que acaba de recibir un puñetazo. Vern -satisfecho en compañía de su familia- está repantigado en el sofá con un avión en miniatura en las manos. Yo estoy sentada en el suelo, pintando una pancarta para anunciar la venta de bonos de guerra en China City y el Nuevo Chinatown. Joy está cerca de mí, confeccionando una bola de gomas elásticas. Yen-yen estruja trozos de papel de aluminio usado para formar bloques compactos. Más tarde llevaremos todo eso al Instituto Belmont y lo depositaremos en las cajas de colecta.

Para mí, esta fotografía muestra cómo nos sacrificamos, cada uno en su medida. Por fin podemos permitirnos una lavadora, pero no la compramos porque el metal escasea. Promocionamos el boicot a las medias de seda japonesas y llevamos medias de algodón, aplicándonos el lema: «Sé moderna, usa hilo de Escocia.» Por toda la ciudad se ven mujeres que se han unido al Movimiento Anti-seda. Todos padecemos la escasez de café, ternera, azúcar, harina y leche, pero en los bares y restaurantes chinos sufrimos aún más, porque los ingredientes como el arroz, el jengibre, las setas oreja de Judas y la salsa de soja ya no cruzan el Pacífico. Aprendemos a sustituir las castañas de agua por manzana cortada en trozos. Compramos arroz cultivado en Texas en lugar del aromático arroz de jazmín de China. A la margarina le agregamos un chorrito de colorante alimentario amarillo, la amasamos y la ponemos en moldes alargados para que parezca mantequilla cuando la cortamos en porciones en el restaurante. Sam consigue huevos en el mercado negro, a cinco dólares la caja. Guardamos la grasa del beicon en una lata de café, bajo el fregadero, y la llevamos al centro de colectas, donde nos han dicho que la emplearán en la producción de armamento. Ya no estoy resentida por pasar tanto tiempo pelando guisantes y ajos en el restaurante, porque ahora damos de comer a nuestros soldados, y tenemos que hacer cuanto podamos por ellos. En casa empezamos a tomar platos americanos -cerdo con judías, bocadillos calientes de fiambre con queso y rodajas de cebolla, atún con salsa de champiñones, y estofados hechos con polvitos Bisquick- que amplían nuestro abanico de ingredientes.


* * *

Instantánea: la fiesta de recaudación de fondos del Año Nuevo chino. Instantánea: la fiesta de recaudación de fondos del 10 de octubre. Instantánea: la Noche de China, con nuestras estrellas de cine favoritas. Instantánea: el Desfile del Cuenco de Arroz, en que las mujeres de Chinatown llevan una gigantesca bandera china, sujeta por los bordes, con la que recogen las monedas que les lanzan los transeúntes. Instantánea: el Festival de la Luna, en el que Anna May Wong y Keye Luke ejercen de maestros de ceremonia. Barbara Stanwyck, Dick Powell, Judy Garland, Kay Kyser y Laurel y Hardy saludan a la multitud. William Holden y Raymond Massey se pasean con aire elegante y desenvuelto, mientras las chicas de la banda de tambores Mei Wah desfilan formando una V de Victoria. Con el dinero recaudado se compra material médico, mosquiteras, máscaras antigás y artículos de primera necesidad para los refugiados, así como ambulancias y aviones, que se envían al otro lado del Pacífico.

Instantánea: Chinatown Canteen. May posa con los soldados, marineros y aviadores que, aprovechando las paradas de sus trenes, salen de la Union Station, cruzan la Alameda y visitan la cantina. Esos muchachos han venido de todos los rincones del país. Muchos de ellos jamás habían visto un chino, y dicen cosas como «¡Atiza!» y «¡Recórcholis!»; nosotros adoptamos esas expresiones y también las utilizamos. Instantánea: yo rodeada de aviadores enviados por Chiang Kai-shek a entrenarse en Los Ángeles. Es maravilloso oír sus voces, tener noticias de primera mano de nuestro país natal, y saber que China sigue luchando con valentía. Instantánea, instantánea, instantánea: Bob Hope, Frances Langford y Jerry Colonna vienen a actuar a la cantina. Muchachas de entre dieciséis y dieciocho años -ataviadas con delantal blanco, camisa roja, zapatos con cordones y calcetines rojos- se ofrecen voluntarias para bailar con los muchachos, repartir bocadillos y escuchar a quien lo necesite.

En mi fotografía favorita aparecemos May y yo en la cantina un sábado por la noche, poco antes de la hora de cierre. Llevamos gardenias en el cabello, que nos cae en suaves rizos alrededor de los hombros. Nuestros pronunciados escotes dejan al descubierto bastante piel, pero al mismo tiempo parecen infantiles y castos. Los vestidos son cortos, y no llevamos medias. Pese a que somos mujeres casadas, parecemos guapas y alegres. May y yo sabemos qué significa vivir una guerra, y no se parece en nada a vivir en Los Ángeles.

En los quince meses siguientes pasa mucha gente por la ciudad: soldados que van al teatro de operaciones del océano Pacífico o vuelven de él; esposas e hijos que viajan para visitar a sus esposos y padres, quienes se recuperan en hospitales militares; y diplomáticos, actores y vendedores de todo tipo que participan en las campañas civiles solidarias. Nunca pienso que veré a alguien conocido, pero un día, en el restaurante, una voz masculina pronuncia mi nombre:

– ¿Pearl Chin? ¿Eres tú?

Me quedo mirando con fijeza al hombre que está sentado a la barra. Lo conozco, pero mis ojos se resisten a reconocerlo, porque siento una profunda y repentina humillación.

– ¿No eres Pearl Chin, la muchacha que vivía en Shanghai? Tú conocías a mi hija Betsy.

Le pongo delante un plato de chow mein, me doy la vuelta y me seco las manos con un trapo. Si este hombre es, verdaderamente, el padre de Betsy -y lo es-, se tratará de la primera persona de mi pasado que vea cuán bajo he caído. Antes, yo era una chica bonita cuyo rostro decoraba las paredes de Shanghai. Era lo bastante lista y elegante para que me dejaran entrar en la casa de este hombre. Convertí a su hija, una joven sin ninguna gracia, en una persona con cierto estilo. Ahora soy la madre de una niña de cinco años, la esposa de un conductor de rickshaw, y la camarera de un restaurante de una atracción turística. Ofrezco una sonrisa forzada y me doy la vuelta de nuevo.

– Señor Howell. Me alegro mucho de volver a verlo.

Pero él no parece alegrarse mucho de verme. Lo encuentro triste y envejecido. Quizá yo me sienta humillada, pero su pena no tiene nada que ver con lo que yo siento.

– Fuimos a buscarte. -Se inclina sobre la barra y me agarra el brazo-. Creíamos que habías muerto en uno de los bombardeos, pero estás aquí.

– ¿Y Betsy?

– Está en un campo japonés, cerca de la pagoda Lunghua.

El recuerdo del día que May y yo fuimos a volar cometas con Z.G. pasa, fugaz, por mi mente, pero digo:

– Pensaba que la mayoría de los americanos habían salido de Shanghai antes de…

– Betsy se casó -dice el señor Howell con tristeza-. ¿No lo sabías? Con un joven que trabajaba para la Standard Oil. Cuando mi mujer y yo nos marchamos, ellos se quedaron en Shanghai. Ya sabes cómo funciona el negocio del petróleo.

Salgo de detrás de la barra y me siento en un taburete junto a él, consciente de las miradas de curiosidad que me lanzan Sam, tío Wilburt y los otros empleados del restaurante. Me molesta que nos miren de esa forma -con la boca abierta, como mendigos callejeros-, pero el padre de Betsy no parece reparar en ello. Me gustaría decir que no me siento una desgraciada, pero admito que ese sentimiento está oculto bajo mi piel. Llevo casi cinco años en este país y todavía no he aceptado por completo mi situación. Es como si, al ver este rostro del pasado, todo lo bueno de mi vida actual quedara reducido a nada.

Seguramente el padre de Betsy todavía trabaja para el Departamento de Estado, así que quizá se haya percatado de mi desasosiego. Por fin rompe el silencio:

– Tuvimos noticias de Betsy después de que Shanghai se convirtiera en la Isla Solitaria. Pensábamos que estaría a salvo, porque se encontraba en territorio británico. Pero después del ocho de diciembre ya no pudimos hacer nada para recuperarla. Ahora los canales diplomáticos no funcionan muy bien. -Se queda contemplando su taza de café y sonríe con nostalgia.

– Betsy es fuerte -aseguro para animarlo-. Betsy siempre ha sido lista y valiente. -¿Es verdad lo que digo? Recuerdo que ella hablaba muy acaloradamente de política cuando lo único que May y yo queríamos era beber otra copa de champán o danzar un rato más en la pista de baile.

– Eso es lo que nos decimos mi esposa y yo.

– Lo único que pueden hacer es confiar en que todo vaya bien.

El señor Howell suelta un suspiro de resignación.

– No has cambiado nada, Pearl. Siempre le buscas el lado bueno a todo. Por eso te iban tan bien las cosas en Shanghai. Por eso saliste de allí antes de que empeorara la situación. Todas las personas inteligentes salieron a tiempo.

Como no digo nada, él se queda mirándome. Al cabo, dice:

– Estoy aquí por la visita de madame Chiang Kai-shek. La acompaño en su gira americana. La semana pasada estuvimos en Washington, donde pidió al Congreso dinero para ayudar a China en su lucha contra nuestro enemigo común, y recordó a los congresistas que China y Estados Unidos no pueden ser verdaderos aliados mientras siga vigente la Ley de Exclusión. Esta semana hablará en el Hollywood Bowl y…

– Participará en un desfile aquí, en Chinatown.

– Veo que estás al corriente.

– Iré al Bowl. Iremos todos; estamos deseando que ella venga aquí.

Al oírme hablar en plural, el señor Howell se fija en su entorno por primera vez. Advierto cómo sus tristes ojos ven más allá de sus recuerdos de una chica que quizá nunca existió. Repara en las manchas de mi ropa, en las diminutas arrugas que tengo alrededor de los ojos y en mis agrietadas manos. Luego se fija en lo pequeño que es el restaurante, en las paredes pintadas de color amarillo vómito, en el polvoriento ventilador que gira en el techo, y en los hombres enjutos, con brazaletes que rezan NO SOY JAPONÉS, que lo miran boquiabiertos, como si él fuera una criatura surgida del fondo del mar.

– Mi mujer y yo vivimos en Washington -dice, escogiendo las palabras-. Betsy se enfadaría mucho conmigo si no te invitara a venir a casa. Puedo conseguirte un empleo. Con tu facilidad para los idiomas, podrías ayudar mucho en las campañas civiles solidarias.

– Mi hermana está aquí conmigo -replico sin pensar.

– Tráete también a May. Tenemos mucho sitio. -Aparta su plato de chow mein-. No me gusta imaginarte aquí. Estás…

Es curioso, pero en ese momento lo veo todo con claridad. ¿Estoy destrozada? Sí. ¿Me he convertido en una víctima? Sí, en cierta manera. ¿Tengo miedo? Siempre. ¿Todavía ansío, en el fondo, largarme de aquí? Por supuesto que sí. Pero no puedo. Sam y yo hemos construido una vida para Joy. No es perfecta, pero es algo. La felicidad de mi familia significa para mí más que la posibilidad de empezar de nuevo.

Aunque en las fotografías se me vea sonreír, en la de este día aparezco en mi peor momento. El señor Howell -con abrigo y sombrero de fieltro- y yo posamos junto a la caja registradora, donde he enganchado un letrero hecho a mano que reza: CUALQUIER PARECIDO CON LOS JAPONESES ES PURAMENTE OCCIDENTAL. Normalmente nuestros clientes lo encuentran graciosísimo, pero en la fotografía no se ve a nadie sonreír. Aunque es una fotografía en blanco y negro, casi veo el rubor de vergüenza que colorea mis mejillas.


Unos días más tarde, toda la familia sube a un autobús y va al Hollywood Bowl. Como Yen-yen y yo hemos trabajado mucho recaudando dinero para el Fondo Chino de Ayuda, nuestra familia consigue buenos asientos detrás de la fuente que separa el escenario del público. Cuando madame Chiang sube al escenario con un cheongsam de brocado, aplaudimos con brío. Es hermosa, una visión espléndida.

– Ruego a las mujeres que están hoy aquí que se eduquen y se interesen por la política, tanto la de aquí como la de su país natal -proclama-. Ustedes pueden hacer que gire la rueda del progreso sin poner en peligro su papel de madres y esposas.

Escuchamos con atención cuando nos pide a nosotros y a los americanos que ayudemos a respaldar al Movimiento Femenino y a recaudar dinero para él, pero durante el discurso no paramos de admirar su aspecto. Mis ideas sobre la ropa vuelven a cambiar. Ahora entiendo que el cheongsam, que he tenido que llevar para complacer a los turistas de China City y cumplir las condiciones impuestas por la señora Sterling, también puede ser un símbolo de patriotismo y modernidad.

Cuando May y yo volvemos a casa, sacamos nuestros más valiosos cheongsams y nos los ponemos. Inspiradas por madame Chiang, queremos ser tan elegantes y leales a China como sea posible. Al instante volvemos a convertirnos en chicas bonitas. Sam nos toma una fotografía, y por un momento nos parece estar de nuevo en el estudio de Z.G. Pero más tarde me pregunto por qué no se nos ocurrió pedirle a Sam que nos tomara una fotografía a Yen-yen y a mí cuando nos invitaron a estrecharle la mano a madame Chiang Kai-shek.


Tom Gubbins se jubila y le vende su compañía a padre Louie. La empresa pasa a llamarse Golden Prop and Extras Company. Padre Louie pone a May al frente del negocio, pese a que ella no tiene ni idea de cómo dirigirlo. Ahora mi hermana gana 150 dólares semanales trabajando de directora técnica; su labor consiste en proporcionar a los estudios cinematográficos extras, trajes, piezas de atrezo, traductores y consejos. Sigue actuando en infinidad de películas, que ahora viajan por todo el mundo y se exhiben ante millones de espectadores para demostrar lo malvados que son los japoneses. Interpreta a personajes poco importantes: una desafortunada criada china, la sirvienta de un coronel, una campesina a la que salvan las misioneras blancas. Pero May es famosa, sobre todo, por los papeles en que grita, y, como la guerra continúa, ha interpretado a innumerables víctimas en Tras el sol naciente, Bombas sobre Birmania, Mi encantadora esposa (donde una americana intenta introducir a unos huérfanos chinos en Estados Unidos) y China, con el reclamo: «Alan Ladd y veinte chicas ¡atrapados por los crueles japoneses!» May tiene éxito en diferentes estudios, sobre todo en MGM. «Me llaman la cantonesa histriónica», se vanagloria. Se jacta de que en una ocasión ganó cien dólares en un solo día gracias a sus espectaculares gritos.

Más adelante, MGM le pide que busque extras para el rodaje de La estirpe del dragón, que se estrenará en el verano de 1944. May se pone en contacto con el cineclub chino de la esquina de Main y Alameda, frecuentado por miembros del Gremio de Extras Cinematográficos Chinos; se lleva una comisión del diez por ciento por cada extra contratado, y además trabaja en la película.

– He intentado que la Metro le diera a Keye Luke un papel de capitán japonés, pero no quieren arruinar su imagen de Hijo Número Uno de Charlie Chan -me explica-. Han encontrado la gallina de los huevos de oro, y no quieren echarla a perder. No es fácil cubrir todos los papeles. Necesito centenares de personas para los campesinos chinos. Para los soldados japoneses, el estudio me ha sugerido que contrate a camboyanos, filipinos y mexicanos.

Desde la noche que pasé en aquel plató cinematográfico, me debato entre la aversión que le tengo a Haolaiwu y mi deseo de reunir dinero para mi hija. Joy ha trabajado sin parar desde que empezó la guerra, y ya tengo mucho dinero ahorrado para costear sus estudios. Mi oportunidad para apartarla de ese mundo llega una noche, cuando vuelve con May del plató. Joy entra llorando y se va derecha a nuestra habitación, donde ahora tiene una camita en un rincón. May está furiosa. Yo también me enfado con Joy a veces, ¿qué madre no se enfada nunca con sus hijos?, pero es la primera vez que veo a May enfadada con mi hija.

– Tenía un papel estupendo para Joy como Tercera Hermana -dice furibunda-. Me encargué de que le dieran un traje bonito, y estaba preciosa. Pero justo antes de que el director la llamara, Joy se fue al lavabo. ¡Ha perdido su oportunidad! Y además, me ha puesto en ridículo. ¿Cómo ha podido hacerme eso?

– ¿Cómo? -replico-. Tiene cinco años. Necesitaba ir al baño.

– Ya lo sé, ya lo sé -dice May negando con la cabeza-. Pero yo estaba muy ilusionada con ese papel.

No dejo escapar esta oportunidad:

– Pondremos a Joy a trabajar un tiempo con sus abuelos en una tienda. Así aprenderá a valorar más todo lo que haces por ella.

No añado que no dejaré que Joy vuelva a Haolaiwu, que en septiembre irá a una escuela americana, ni que no sé cómo voy a ahorrar el dinero necesario para que vaya a la universidad, pero May está tan furiosa que no pone pegas.

La estirpe del dragón sigue siendo lo más destacado de la carrera de May. Una de las posesiones más valiosas de mi hermana es la fotografía en que aparece con Katharine Hepburn en el plató. Ambas van vestidas de campesinas chinas. A la Hepburn le han achinado los ojos con esparadrapo y se los han maquillado con abundante perfilador negro. La famosa actriz no parece china ni por asomo, pero tampoco lo parecen Walter Huston ni Agnes Moorehead, que también tienen papeles principales en la película.


Pongo sobre mi cómoda una fotografía de Joy en el puesto de zumo de naranja que le hemos montado delante del Golden Dragon Café. Está rodeada de soldados que, en cuclillas, le hacen una señal de aprobación con el pulgar. Esa fotografía captura un momento concreto, pero es una escena que se repite día tras día, noche tras noche. A los soldados les encanta ver a mi hijita -que lleva unos pijamas de seda muy monos y el cabello recogido en coletas- exprimiendo naranjas. Pueden beber todo el zumo que quieran por diez centavos. Algunos toman tres o cuatro vasos sólo por el placer de contemplar a nuestra Joy, que, muy concentrada, frunce los labios y exprime sin parar. A veces miro esa fotografía y me pregunto si ella sabe lo duro que trabaja. ¿O lo ve como un descanso de los interminables rodajes y las exigencias de su tía? Otra ventaja: si los hombres se paran a contemplar a esta niñita china -una curiosidad- y se beben su zumo de naranja, que no los envenena, quizá entren a comer algo en el restaurante.


El 1 de septiembre preparo a Joy para ir al parvulario. Ella preferiría ir a la escuela Castelar de Chinatown, con Hazel Yee y los otros niños del vecindario. Pero Sam y yo no queremos que nuestra hija vaya al centro donde Vern aprobó todos los cursos aunque no aprendiera a leer, escribir ni sumar. Nosotros queremos que Joy progrese. Queremos que estudie fuera de Chinatown, y eso significa que Joy tendrá que decir que vive en otro barrio. También hay que enseñarle la historia oficial de la familia. Las mentiras de padre Louie sobre su ciudadanía pasaron a Sam, a los tíos y a mí. Ahora esas mentiras pasan a la tercera generación. Joy deberá tener mucho cuidado cuando solicite una plaza escolar o un empleo, incluso un certificado de matrimonio. Todo eso empieza ahora. Durante semanas ensayamos con ella como si se dispusiera a ser interrogada en Angel Island: ¿En qué calle vives? ¿A qué altura? ¿Dónde nació tu padre? ¿Por qué regresó a China de niño? ¿En qué trabaja tu padre? No le aclaramos qué es verdad y qué es mentira. Es mejor que Joy sólo maneje una falsa verdad.

– Todas las niñas deben saber estas cosas sobre sus padres -le explico mientras la arropo en su cama la noche anterior a su primer día de clase-. No le digas a tu maestra nada más que lo que te hemos dicho.

Al día siguiente, Joy se pone un vestido verde, un jersey blanco y unas medias rosa. Sam me fotografía con ella en el portal de nuestro edificio. La niña lleva una fiambrera nueva con el dibujo de una sonriente vaquera que saluda con la mano, montada a horcajadas en su fiel caballo. Contemplo a Joy con amor materno. Estoy orgullosa de ella, y de todos nosotros, por haber llegado tan lejos.

Sam y yo la llevamos en tranvía a la escuela de primaria. Rellenamos los formularios y mentimos respecto a nuestro domicilio. Luego acompañamos a Joy hasta su aula. Sam le coge una mano y la acerca a la señorita Henderson, quien se queda mirándola y pregunta:

– ¿Por qué no os volvéis todos los extranjeros a vuestros países?

¡Tal cual! ¿Os imagináis? Tengo que contestar antes de que Sam descifre lo que la maestra acaba de decir.

– Porque éste es su país -respondo, imitando el acento de las madres británicas a las que veía paseando por el Bund con sus hijos-. Joy nació aquí.

Dejamos a nuestra hija con esa mujer. Sam no abre la boca mientras volvemos en tranvía a China City, pero al llegar al restaurante, con voz quebrada por la emoción, me dice al oído:

– Si le hacen algo, nunca se lo perdonaré y nunca me lo perdonaré a mí mismo.

Una semana más tarde, cuando voy a la escuela a recoger a Joy, la encuentro llorando en la acera.

– La señorita Henderson me ha enviado al despacho de la subdirectora -me explica mientras las lágrimas resbalan por sus mejillas-. Me han hecho muchas preguntas. Yo he contestado como me enseñaste, pero ella me ha llamado mentirosa y dice que no puedo volver.

Voy al despacho de la subdirectora, pero ¿qué puedo hacer o decir para que se retracte?

– Estamos muy atentos a estas infracciones, señora Louie -declara la robusta subdirectora-. Además, es evidente que su hija no pinta nada aquí. Llévela a la escuela de Chinatown. Allí será más feliz.

Al día siguiente llevo a Joy a la escuela Castelar, a sólo dos manzanas de nuestro edificio, en pleno corazón de Chinatown. Veo a niños de China, México, Italia y otros países europeos. Su maestra, la señorita Gordon, sonríe al darle la mano a Joy; la acompaña al aula y cierra la puerta. En las semanas y los meses siguientes, Joy -a la que hemos educado para que sea obediente y se abstenga de hacer cosas disparatadas como ir en bicicleta, y a la que nuestros vecinos regañan por reír demasiado fuerte- aprende a jugar a la rayuela y las tabas y a saltar al potro. Está contenta de ir a la misma clase que su mejor amiga, y la señorita Gordon parece una persona encantadora.

En casa hacemos cuanto podemos. Por mi parte, eso significa hablar en inglés con Joy siempre que sea posible, porque tendrá que ganarse la vida en este país y porque es americana. Cuando su padre, sus abuelos o sus tíos le hablan en sze yup, ella contesta en inglés. De paso, así Sam mejora su comprensión, aunque no la pronunciación. Sin embargo, los tíos siempre se ríen de Joy porque va a la escuela.

– Para las niñas, la educación sólo es un problema -advierte tío Wilburt-. ¿Qué quieres hacer? ¿Escapar de nosotros?

Su abuelo se convierte en mi aliado. Hace mucho, padre Louie nos amenazó a May y a mí con que si delante de él hablábamos cualquier lengua que no fuera sze yup, tendríamos que poner una moneda de cinco centavos en un tarro. Ahora le dice a Joy una cosa parecida:

– Si te oigo hablar otra cosa que no sea inglés, tendrás que poner una moneda de cinco centavos en mi tarro.

Joy habla inglés casi tan bien como yo, pero sigo sin imaginar cómo podrá liberarse completamente de Chinatown.


A finales de otoño, nos reunimos alrededor de la radio y nos enteramos de que el presidente Roosevelt ha pedido al Congreso que revoque la Ley de Exclusión que afecta a los chinos. «Las naciones, como los individuos, cometen errores. Debemos ser lo bastante honrados para reconocer nuestros errores del pasado y corregirlos.» Unas semanas más tarde, el 17 de diciembre de 1943, quedan revocadas todas las leyes de exclusión, tal como había insinuado el padre de Betsy.

Escuchamos el programa de Walter Winchell, quien anuncia:

«Keye Luke, el Hijo Número Uno de Charlie Chan, no ha podido ser el chino número uno en conseguir la nacionalidad estadounidense.»

Keye Luke está trabajando en una película ese día, así que un médico chino de Nueva York se convierte en el primer chino que consigue la nacionalidad. Sam celebra ese feliz momento tomando una fotografía de su hija con una mano en la cadera y la otra apoyada en la radio. ¡Nada de cheongsams para Joy! Desde que empezó la escuela y le regalamos esa fiambrera, a la niña le encantan las vaqueras y los trajes de vaquera. Su abuelo hasta le ha comprado unas botas camperas en Olvera Street, y una vez que Joy se pone el traje ya no hay manera de quitárselo. Sonríe, alegre. Aunque el resto de la familia no aparece en la fotografía, siempre recordaré que todos sonreíamos con ella.

Después de ese día, Sam y yo nos planteamos solicitar la nacionalidad, pero tenemos miedo, como muchos hijos de papel y las esposas que se colaron en el país con ellos.

– Yo ya tengo la ciudadanía tras hacerme pasar por hijo biológico de padre Louie. Tú tienes tu certificado de identidad por estar casada conmigo. ¿Por qué arriesgarnos a perder lo que tenemos? ¿Cómo vamos a confiar en el gobierno cuando a nuestros vecinos japoneses los envía a campos de internamiento? -me pregunta Sam-. ¿Cómo vamos a confiar en el gobierno si los lo fan nos miran como si fuésemos bichos raros, o como si fuésemos japoneses?

May no se encuentra en la misma situación que nosotros. Ella está casada con un ciudadano americano de verdad, y lleva cinco años viviendo en el país. Se convierte en la primera persona de nuestro edificio que consigue la nacionalidad.


Transcurren los meses y la guerra continúa. Procuramos llevar una vida lo más normal posible pensando en Joy, y nuestros esfuerzos obtienen su compensación. A Joy le va tan bien en la escuela que sus maestras de parvulario y de primer curso la recomiendan para un programa especial de segundo curso. Trabajo con Joy todo el verano para prepararla, y hasta la señorita Gordon -que ha mostrado un gran interés por sus progresos- viene al apartamento una vez a la semana para ayudarla con sus ejercicios de matemáticas y de comprensión de textos.

Quizá le esté exigiendo demasiado, porque la niña sufre un fuerte resfriado de verano. Luego, dos días después del bombardeo de Hiroshima, su resfriado se agrava. Tiene fiebre alta, se le inflama mucho la garganta y tose tanto que vomita. Yen-yen va al herborista, que le prepara una infusión amarga. Al día siguiente, mientras estoy trabajando, Yen-yen vuelve a llevar a Joy al herborista, que le insufla unas hierbas pulverizadas en la garganta. Sam y yo oímos por la radio que han lanzado otra bomba, esta vez sobre Nagasaki. El locutor dice que la destrucción causada por la bomba es terrible y muy extensa. Las autoridades de Washington son optimistas respecto al fin de la guerra.

Sam y yo cerramos el restaurante y vamos a toda prisa al apartamento, deseosos de compartir la noticia con el resto de la familia. Cuando llegamos, vemos que a Joy se le ha inflamado tanto la garganta que está empezando a ponerse morada. En otros sitios, la gente está contenta -muchos hijos, hermanos y maridos volverán pronto a casa-, pero Sam y yo estamos muy asustados y sólo podemos pensar en Joy. Queremos llevarla a que la vea un médico occidental, pero no conocemos a ninguno, y no tenemos coche. Estamos hablando de cómo encontrar un taxi cuando llega la señorita Gordon. En medio del alboroto por la noticia de las bombas, y angustiados por el estado de Joy, hemos olvidado que hoy nuestra hija tenía clase. En cuanto la señorita Gordon ve a Joy, me ayuda a envolverla en una manta, y luego la lleva en su coche al Hospital General, donde, según dice, «atienden a personas como ustedes». Pocos minutos después de llegar al hospital, un médico le practica una incisión en el cuello para que pueda respirar.

Menos de una semana después del encuentro de Joy con la muerte, termina la guerra, y Sam -conmocionado por haber estado tan cerca de perder a su hija- aparta trescientos dólares de nuestros ahorros y compra un Chrysler de segunda mano. Es un coche viejo y abollado, pero es nuestro. En la última fotografía de los años de la guerra, Sam está al volante del Chrysler; Joy, sentada en el parachoques; y yo, de pie junto a la puerta del pasajero. Nos disponemos a dar nuestro primer paseo dominical en coche.

Diez mil felicidades

– Una gardenia por quince centavos -recita una melodiosa voz-. Dos por veinticinco centavos.

La niña situada detrás de la mesa es adorable. Su negro cabello reluce bajo las luces de colores, su sonrisa te cautiva, sus dedos parecen mariposas. Mi hija, mi Joy, tiene su propio «lugar de negocio», como ella lo llama, y lo lleva estupendamente para ser una niña de diez años. Los fines de semana, desde las seis de la tarde hasta medianoche, vende gardenias delante del restaurante, donde puedo vigilarla; pero ella no necesita que la protejan. Es un Tigre: valiente. Es mi hija: tenaz. Es la sobrina de su tía: hermosa. Tengo una buena noticia. Quiero hablar a solas con May para contársela, pero al ver a Joy vendiendo gardenias, ambas nos quedamos extasiadas y paralizadas.

– Mira qué preciosa es -susurra May-. Y qué bien lo hace. Estoy contenta de que le guste y de que gane algo de dinero. Al final todo ha salido bien, ¿verdad?

May está muy guapa esta noche: parece la esposa de un millonario con su vestido de seda roja. Viste muy bien, porque puede permitirse el lujo de gastar a su antojo el dinero que gana. Hace poco cumplió veintinueve años. ¡Cómo lloraba! Parecía que cumpliera ciento veintinueve. Pero para mí sigue siendo la misma que cuando éramos chicas bonitas. Sin embargo, ella está muy preocupada por los kilos de más y las arrugas. Últimamente, llena su almohada de hojas de crisantemo para despertar con los ojos limpios e hidratados.

– China City es una atracción turística, de modo que ¿quién puede vender más? Pues el más pequeño y el más mono -coincido-. Y Joy es muy lista. Está muy atenta para que no le roben nada.

– Por un centavo más, canto God Bless America -le dice Joy a una pareja que se ha parado junto a su mesa.

Sin esperar respuesta, se pone muy seria y empieza a cantar con voz alta y clara. En la escuela americana ha aprendido todas las canciones patrióticas -My Country, 'Tis of Thee y You're a Grand Old Flag-, además de temas como My Darling Clementine y She'll Be Comin' Round the Mountain-. En la Misión Metodista China de Los Ángeles Street ha aprendido a cantar Jesus Is All the World to Me y Jesus Loves Even Me en cantonés. Entre el trabajo, la escuela americana y la escuela china -a la que asiste de lunes a viernes de cuatro y media a siete y media, y los sábados de nueve a doce-, es una niñita atareada pero feliz.

Joy me mira y sonríe mientras le tiende una mano a la pareja. Este truco -hacer pagar al cliente por cosas que quizá no quiera- lo ha aprendido de su abuelo. El marido le pone unas monedas en la palma y ella cierra la mano, rápida como un mono. Mete las monedas en una lata y le da una gardenia a la mujer. Una vez que ha terminado con un cliente, Joy lo despide rápidamente; eso también lo ha aprendido de su abuelo. Todas las noches cuenta el dinero y se lo entrega a Sam, que cambia las monedas por billetes; luego él me da esos billetes para que los guarde con el dinero para la universidad de la niña.

– Quince centavos por una gardenia -canturrea con expresión solemne pero encantadora-. Dos por veinticinco centavos.

Entrelazo un brazo con el de mi hermana.

– Vamos a tomar una taza de té. Joy no nos necesita.

– Pero no en el restaurante, ¿de acuerdo? -A May no le gusta que la vean en el restaurante, porque ya no tiene suficiente categoría para ella.

– De acuerdo.

Le hago una seña a Sam, que está detrás de la barra cocinando algo en un wok. Sam ha ascendido a segundo cocinero, pero puede vigilar a nuestra hija mientras yo tomo un té con May.

Recorremos las callejuelas de China City hacia la tienda de trajes y piezas de atrezo que ella heredó de Tom Gubbins. Hace diez años que llegamos a Los Ángeles; hace diez años que pisamos China City. La primera vez que entré por la puerta de la Gran Muralla en miniatura no tenía ninguna conexión con este sitio. Ahora nos sentimos como en casa: es un lugar conocido, cómodo y muy querido. Esta no es la China de mi pasado -las bulliciosas calles de Shanghai, los mendigos, la diversión, el champán, el dinero-, pero aquí encuentro cosas que me la recuerdan: los risueños turistas, los tenderos ataviados con trajes tradicionales, los olores provenientes de los bares y restaurantes, y la despampanante mujer que va a mi lado y que resulta que es mi hermana. Mientras caminamos, veo mi imagen reflejada en los escaparates y me transporto a nuestra infancia: recuerdo cómo nos vestíamos en nuestra habitación y nos mirábamos en el espejo, cómo contemplábamos nuestros retratos de chicas bonitas colgados en las paredes, cómo íbamos juntas por la calle Nanjing y nos sonreíamos en los escaparates, y cómo Z.G. capturaba y pintaba nuestra belleza perfecta.

Ahora hemos cambiado. Yo tengo treinta y dos años y ya no soy una madre inexperta, sino una mujer satisfecha consigo misma. Mi hermana está en la flor de la vida. En su interior todavía arde el deseo de que la miren y admiren. Cuanto más lo alimenta, más necesita. Nunca está satisfecha. Lleva esa enfermedad en los huesos desde que nació; es una Oveja y necesita que la cuiden, la acaricien y admiren. No es Anna May Wong y nunca lo será, pero sigue trabajando en películas y consigue papeles más variados -de cajera antojadiza, doncella risueña pero inepta, estoica esposa de un empleado de lavandería- que cualquier otro habitante de Chinatown. Eso la convierte en una estrella del vecindario, y en una estrella para mí.

Abre la puerta de su tienda y enciende una lámpara, y de pronto nos encontramos rodeadas de las sedas, los bordados y las plumas de martín pescador del pasado. Mi hermana prepara té, lo sirve y entonces me pregunta:

– ¿Y bien?, ¿qué es eso que ansias contarme?

– Diez mil felicidades -digo-. Estoy embarazada.

May da una palmada.

– ¿En serio? ¿Estás segura?

– He ido al médico. -Sonrío-. Dice que es seguro.

May se levanta y me abraza. Luego se aparta y dice:

– Pero ¿cómo? Creía que…

– Tenía que intentarlo, ¿no? Ya hace tiempo que el herborista me dio bayas de goji, ñame chino y sésamo negro para la sopa y otros platos.

– Es un milagro.

– Más que un milagro. Era tan improbable, tan imposible…

– Me alegro mucho, Pearl. -Su alegría es un reflejo de la mía-. Cuéntamelo todo. ¿De cuánto estás? ¿Cuándo nacerá el bebé?

– Estoy de dos meses.

– ¿Ya se lo has dicho a Sam?

– Eres mi hermana. Quería contártelo a ti primero.

– ¡Un hijo! -exclama, y sonríe-. ¡Vas a tener un precioso hijo varón!

Todo el mundo tiene ese deseo, y me sonrojo de placer con sólo oír esa palabra: varón.

Luego el rostro de May se ensombrece.

– ¿Estás segura de que puedes?

– Creo que sí, aunque el médico dice que soy demasiado mayor, y además están mis cicatrices.

– Hay mujeres mayores que tú que tienen hijos -replica ella, pero eso no es lo mejor que podría decirme, teniendo en cuenta que muchas veces achacamos los problemas de Vern a la edad de Yen-yen. May esboza una mueca al reparar en la falta de tacto de su comentario. No me pregunta nada sobre mis cicatrices, porque nunca hablamos de cómo me las hice, así que empieza a hacerme preguntas más típicas sobre mi estado-. ¿Tienes mucho sueño? ¿Tienes mareos? Recuerdo que… -Sacude la cabeza, como si quisiera deshacerse de esos recuerdos-. Dicen que la vida sólo se prolonga si tienes hijos. -Estira un brazo y me toca el brazalete de jade-. Piensa en lo contentos que se habrían puesto mama y baba. -De pronto sonríe, y nuestros pensamientos tristes se desvanecen-. ¿Sabes qué significa esto? Que Sam y tú debéis compraros una casa.

– ¿Una casa?

– Llevas muchos años ahorrando.

– Sí, pero ese dinero es para que Joy vaya a la universidad.

Ella lo descarta con un ademán.

– Ya tendrás tiempo de ahorrar para eso. Además, padre Louie os ayudará con la casa.

– No veo por qué. Tenemos un acuerdo con él…

– Sí, pero ha cambiado. ¡Y esto es para su nieto!

– Quizá sí, pero, aunque él decidiera ayudarnos, yo no querría separarme de ti. Eres mi hermana y mi mejor amiga.

May esboza una sonrisa tranquilizadora.

– No vas a perderme. No podrías perderme aunque quisieras. Ahora tengo coche. Vayas a donde vayas, iré a visitarte.

– Pero no será lo mismo.

– Claro que sí. Además, vendrás a trabajar a China City todos los días. Yen-yen querrá cuidar a su nieto. Y yo necesitaré ver a mi sobrino. -Me coge las manos-. Tenéis que compraros una casa, Pearl. Sam y tú os lo merecéis.


Sam está emocionadísimo. Aunque una vez me dijo que no le importaba no tener ningún hijo varón, es un hombre, y sé que lo deseaba y necesitaba. Joy se pone a dar saltos de alegría. Yen-yen llora, pero le preocupa mi edad. Padre Louie quiere comportarse como corresponde a un patriarca, intenta encerrar sus emociones en los puños, pero no puede evitar sonreír de oreja a oreja. Vern se planta a mi lado, un amable pero pequeño protector. No sé si parezco más alta y erguida porque me siento feliz o si lo que pasa es que Vern se vuelve tímido a mi lado, porque lo encuentro más bajo y robusto, como si su columna vertebral se encogiera y su pecho se ensanchara. Ya debería haber abandonado el encorvamiento de la adolescencia, pero a menudo advierto que se inclina hacia delante y pone las manos sobre los muslos, como si necesitara apuntalarse para soportar la fatiga o el aburrimiento.

El domingo, los tíos vienen a cenar para celebrarlo. Nuestra familia -como muchas de Chinatown- está creciendo. La población china de Los Ángeles se ha doblado desde que May y yo llegamos aquí. Y no se debe a que hayan revocado la Ley de Exclusión. Cuando se anunció, pensamos que era una noticia maravillosa, pero con el nuevo cupo sólo dejan entrar en el país a ciento cinco chinos cada año. Como siempre, la gente encuentra formas de burlar la ley. Tío Fred se ha traído a su mujer gracias a la Ley de Reagrupamiento Familiar. Mariko es una muchacha atractiva y tranquila; es japonesa, pero no se lo tenemos en cuenta. (La guerra terminó y ahora ella forma parte de nuestra familia, qué remedio.) Algunos se han traído a sus esposas gracias a otras leyes, y cuando hay hombres y mujeres juntos, nacen niños. Mariko ha tenido dos hijas, una detrás de otra. Todos queremos a Eleanor y Bess, pese a ser mestizas, aunque no las vemos tanto como nos gustaría. Fred y Mariko no viven en Chinatown. Han sabido aprovechar las leyes de ayuda a los veteranos para comprar una casa en Silver Lake, cerca del centro.

Los hombres llevan camiseta de tirantes y beben cerveza de la botella. Yen-yen -con unos holgados pantalones negros, una chaqueta negra de algodón y un collar de jade precioso-juega con Joy y las hijas de Mariko. May revolotea por la sala con un fino vestido de algodón de estilo americano, de falda amplia con cinturón. Padre Louie chasquea los dedos y nos sentamos a la mesa. Todos cogen sus mejores bocados con los palillos y me los ponen en el cuenco. Todos tienen algún consejo que darme. Y, curiosamente, todos están de acuerdo en que deberíamos buscar una casa donde criar al nieto de los Louie. May tenía razón: padre no sólo se ofrece a ayudarnos a pagarla, sino que nos propone pagarla a medias con la única condición de que su nombre aparezca también en las escrituras.

– Las parejas casadas están empezando a vivir separadas de sus suegros -comenta-. Parecería raro que no tuvierais vuestro propio hogar.

(Después de diez años, ya no teme que huyamos. Ahora somos su verdadera familia, y Yen-yen y él son la nuestra.)

– En este apartamento no se respira bien -interviene Yen-yen-. El niño necesitará un sitio donde jugar al aire libre, no un callejón.

(Pero para Joy estaba bien.)

– Espero que haya sitio para un poni -suspira Joy.

(No va a tener ningún poni, por mucho que aspire a ser vaquera.)

– Ahora que ha terminado la guerra, han cambiado muchas cosas -tercia tío Wilburt, manifestando, por fin, un optimismo sincero-. Puedes ir a bañarte a la piscina Bimini. Puedes sentarte donde quieras en el cine. Hasta podrías casarte con una lo fan.

– Pero ¿quién querría casarse con una lo fan? -pregunta tío Charley.

(Las leyes han cambiado, pero eso no significa que hayan cambiado las actitudes, ni en los orientales ni en los occidentales.)

Joy alarga un brazo sobre la mesa, sujetando los palillos, para coger un trozo de carne de cerdo. Su abuela le da un manotazo.

– ¡Come sólo de la bandeja que tienes delante!

Joy retira la mano, pero Sam mete sus palillos en la bandeja de la carne de cerdo y le llena el cuenco a su hija. Sam es un hombre -y pronto será el padre de un precioso varón-, por lo que Yen-yen no le corrige sus modales, pero más tarde le echará un sermón a Joy sobre la necesidad de ser virtuosa, elegante, cortés, educada y obediente, lo cual significa, entre otras cosas, aprender a coser y bordar, ocuparse de la casa y utilizar correctamente los palillos. Y todo eso lo dirá una mujer que no sabe hacer ninguna de esas cosas.

– Se han abierto muchas puertas -afirma tío Fred. Ha vuelto de la guerra con una caja llena de medallas. Su inglés, que ya era bastante bueno al principio, ha mejorado durante el servicio, pero con nosotros todavía habla en sze yup. Pensábamos que volvería a trabajar en el Golden Dragon Café, pero no-. Miradme a mí: el gobierno me ayuda a pagarme la universidad y la vivienda. -Levanta su botella de cerveza-. ¡Gracias, Tío Sam, por ayudarme a ser dentista! -Da un sorbo y añade-: El Tribunal Supremo dice que podemos vivir donde queramos. A ver, ¿dónde os gustaría vivir?

Sam se pasa una mano por el cabello y luego se rasca la nuca.

– Donde nos acepten. Tampoco quiero vivir donde no nos quieran.

– Por eso no te preocupes. Ahora los lo fan son mucho más tolerantes con nosotros. Muchos han pasado por las Fuerzas Armadas. Han conocido a gente de los nuestros y han combatido a su lado. Os recibirán bien en todas partes.

Más tarde, cuando todos se marchan a sus casas y Joy ya duerme en el sofá del salón (que es donde duerme ahora), Sam y yo seguimos hablando del bebé y de la posibilidad de mudarnos.

– Si tuviéramos nuestra propia casa, podríamos hacer lo que quisiéramos -dice Sam en sze yup. Y añade en inglés-: Tendríamos intimidad. -En chino no hay ninguna palabra que exprese el concepto de intimidad, pero nos encanta la idea-. Y todas las esposas sueñan con alejarse de sus suegras.

Yo no me siento dominada por Yen-yen, pero la idea de salir de Chinatown y darles a Joy y a nuestro bebé nuevas oportunidades me anima mucho. Sin embargo, nosotros no somos como Fred. No podemos acogernos a las leyes de ayuda a los veteranos para adquirir una casa. Ningún banco le concedería un préstamo a un chino, y no confiamos en los bancos americanos porque no queremos deberles dinero a los americanos. Pero Sam y yo hemos ahorrado, y tenemos escondido nuestro dinero en un calcetín y en el forro del sombrero que yo llevaba puesto cuando salí de China. Si nuestras aspiraciones son modestas, quizá sí podamos comprar algo.

Sin embargo, no es tan fácil como ha dicho tío Fred. Busco en Crenshaw, donde, según me dicen, sólo podemos comprar al sur de Jefferson. Pruebo en Culver City, pero el agente inmobiliario ni siquiera me enseña las casas. Encuentro una que me gusta en Lakewood, pero los vecinos firman una petición para que no se instalen chinos en el barrio. Voy a Pacific Palisades, pero las normas todavía especifican que no se pueden vender casas a nadie de origen etíope o mongol. Oigo excusas de todo tipo: «No alquilamos a orientales», «No vendemos a orientales», «La casa no les gustará, porque ustedes son orientales». Y la consabida de: «Por teléfono nos pareció que eran italianos.»

Tío Fred -que combatió en la guerra y demostró su valor- nos anima a no rendirnos, pero Sam y yo no somos de los que gritan y lloran porque nos han robado, pegado o discriminado. Sólo podríamos comprar una casa fuera de Chinatown si encontráramos un vendedor tan desesperado que no le importara ofender a sus vecinos, pero ya empiezo a ponerme nerviosa con la perspectiva de mudarme. O quizá no esté nerviosa; quizá sienta añoranza por adelantado. Después de perder todo lo que tenía en Shanghai, ¿cómo voy a perder lo que hemos construido en Chinatown?


Me esfuerzo mucho para gestar a mi hijo a la manera china. Tengo las preocupaciones típicas de toda futura madre, pero no se me olvida que mi seno materno fue invadido y casi destruido. Voy al herborista, que me examina la lengua, me toma el pulso y me receta an tai yin, «fórmula del feto tranquilo». También me receta shou tai wan, «píldoras de la longevidad del feto». No estrecho la mano de desconocidos, porque una vez oí a mama decirle a una vecina que eso podía provocar que el niño naciera con seis dedos. Cuando May me compra un arcón de madera de alcanforero para guardar la ropa que le estoy cosiendo al bebé, recuerdo las creencias de mama y lo rechazo, porque parece un ataúd. Empiezo a examinar mis sueños, porque recuerdo lo que decía mama de ellos: si sueñas con zapatos, es señal de mala suerte; si sueñas que se te caen los dientes, morirá alguien de la familia; y si sueñas con excrementos, tendrás problemas graves. Todas las mañanas me froto la barriga, y me alegro de que mis sueños estén libres de esos malos augurios.

Durante las celebraciones de Año Nuevo, visito a un astrólogo, quien me dice que mi hijo nacerá en el año del Buey, igual que su padre.

– Tu hijo tendrá un corazón puro. Será inocente y fiel. Será fuerte y nunca lloriqueará ni se lamentará.

Todos los días, cuando los turistas se van de China City, acudo al templo de Kwan Yin a hacer ofrendas para que el bebé nazca sano. Cuando era una chica bonita en Shanghai, menospreciaba a las madres que iban a los templos de la ciudad vieja, pero ahora que soy mayor, comprendo que la salud de mi hijo es más importante que las aspiraciones de modernidad.

Por otra parte, no soy estúpida. Pese a todo, seré una madre americana, así que también voy a un médico americano. Sigue sin gustarme que los doctores occidentales vistan de blanco y pinten sus consultorios de blanco -el color de la muerte-, pero lo acepto porque haría cualquier cosa por mi bebé. Cualquier cosa, en este caso, significa dejar que el doctor me examine. Los únicos hombres que han visto mis genitales son mi marido, los médicos de Hangchow que me curaron y los soldados que me violaron. No me agrada la idea de que ese hombre me toque y me mire ahí. Y tampoco me gusta nada lo que dice:

– Señora Louie, si logra llevar a término este embarazo, podrá considerarse afortunada.

Sam es consciente de los peligros y, con discreción, advierte de ellos a los miembros de la familia. A partir de ese momento, Yen-yen se niega a dejarme cocinar, lavar los platos o planchar la ropa. Padre ordena que me quede en el apartamento, ponga los pies en alto y duerma. ¿Y mi hermana? Se ocupa más de Joy, la acompaña a la escuela americana y a la china. No sé muy bien cómo explicar esto. May y yo llevamos años peleándonos por Joy. Ella le regala ropa bonita que compra en los grandes almacenes -un precioso vestido de fiesta de plumeti azul cielo, otro con un nido de abeja exquisito, y una blusa con volantes-, mientras que yo le coso ropa cómoda y práctica -jerséis hechos con dos pedazos de fieltro, chaquetas chinas con mangas raglán confeccionadas con retales, y vestidos amplios de cloqué (que llamamos «tela atómica» porque nunca se arruga). May le compra zapatos de charol, mientras que yo insisto en comprarle zapatos de cordones. May es divertida, y yo soy la que impone las normas. Sé perfectamente por qué mi hermana quiere ser la tía perfecta; ambas lo sabemos. Pero ahora no me preocupo por esas cosas, y dejo que Joy se separe de mí y corra a los brazos de su tía, a sabiendas de que nunca tendré que competir con May por el amor de mi hijo.

Quizá porque es consciente de que me está robando a Joy, mi hermana me regala a Vern.

– Quiero que esté contigo todo el tiempo -me dice-, para asegurarme de que no te pasa nada. Vern puede ocuparse de tareas sencillas como preparar el té. Y si hay alguna emergencia, que no la habrá, puede venir a avisarnos.

Lo lógico sería que el ofrecimiento de May complaciera a Sam, pero a mi marido no le hace ninguna gracia. ¿Está celoso? ¿Cómo puede ser? Vern es un hombre hecho y derecho, pero, a medida que pasamos más días juntos, parece ir encogiéndose en proporción inversa al crecimiento de mi barriga. Sin embargo, Sam no deja que Vern se siente a mi lado en la cena ni en ninguna otra comida. El resto de la familia lo acepta y tiene en cuenta que Sam va a ser padre.

Pasamos horas hablando de nombres. Ahora no es como cuando May y yo tuvimos que decidir el de Joy. Padre Louie tendrá el honor y el deber de elegir el nombre de su nieto, pero eso no significa que los demás no tengan una opinión ni intenten influenciarlo.

– Deberíais ponerle Gary, como Gary Cooper -propone mi hermana.

– A mí me gusta mi nombre. Vern.

Sonreímos y decimos que no es mala idea, pero nadie quiere ponerle a un niño el nombre de una persona tan deficiente que, de haber nacido en China, la habrían dejado morir a la intemperie.

– A mí me gustan Kit, como Kit Carson, y Annie, como Annie Oakley. -Eso, por supuesto, lo dice mi hija vaquera.

– Llamémoslo como alguno de los barcos que traían a los chinos a California: Roosevelt, Coolidge, Lincoln, Hoover… -tercia Sam.

Joy suelta una risita.

– ¡Papá! ¡Ésos son presidentes, no barcos!

Joy se burla muchas veces de su padre por lo poco que conoce la lengua inglesa y las costumbres americanas. Eso debería, como mínimo, herir su sensibilidad. Y debería castigar a Joy por tener tan poco respeto filial. Pero Sam está tan contento con el cercano nacimiento de su hijo que no presta atención a la afilada lengua de su hija. Me digo que tengo que corregir ese rasgo de Joy. Si no, acabará siendo como May y yo de jóvenes: groseras con nuestros padres y descaradamente desobedientes.

Algunos vecinos también proponen nombres. Uno llamó a su hijo como el médico que lo ayudó a venir al mundo. Otro llamó a su hija como una enfermera que había sido especialmente amable. Los nombres de comadronas, maestros y misioneras abundan en toda Chinatown. Recuerdo que la señorita Gordon le salvó la vida a Joy, así que propongo llamar Gordon a nuestro hijo. Gordon Louie me evoca a un hombre inteligente, próspero y occidental.

Cuando entro en el quinto mes de embarazo, tío Charley anuncia que regresa a su pueblo natal convertido en Hombre de la Montaña Dorada.

– La guerra ha terminado y los japoneses se han retirado de China. He ahorrado suficiente dinero y puedo vivir muy bien allí -explica.

Celebramos un banquete, le estrechamos la mano y lo acompañamos en coche al puerto. Da la impresión de que, por cada esposa que llega a Chinatown, un hombre regresa a China. Quienes siempre se han considerado ciudadanos temporales encuentran ahora su final feliz. Pero padre Louie, que siempre ha dicho que quería regresar a Wah Hong, no insinúa ni una sola vez la posibilidad de cerrar las empresas Golden y llevarnos a China. ¿Por qué querría volver a su pueblo natal si por fin va a tener el nieto que tanto ansiaba, un niño que será ciudadano americano por nacimiento, que venerará a su abuelo cuando éste se vaya al más allá, que aprenderá a jugar al béisbol y tocar el violín, y que estudiará Medicina?

Cuando entro en el sexto mes, recibo una carta con sellos de China. Abro el sobre precipitadamente y encuentro una misiva de Betsy. No puedo creer que esté viva. Betsy sobrevivió a su estancia en el campo de internamiento japonés junto a la pagoda Lunghua, pero su marido no. «Mis padres quieren que vaya con ellos a Washington a recuperarme -escribe-, pero nací en Shanghai. Esta ciudad es mi hogar. ¿Cómo voy a marcharme? ¿No se merece la ciudad donde nací que contribuya a su reconstrucción? He trabajado con huérfanos…»

Su carta me recuerda que hay una persona de la que sí me gustaría tener noticias. Incluso después de tantos años, sigo pensando en Z.G. Me pongo una mano sobre el prominente vientre, noto moverse al niño y visito mentalmente a mi pintor de Shanghai. No lo añoro, ni añoro Shanghai. Lo que pasa es que estoy embarazada y sensible, porque mi pasado es sólo eso: pasado. Mi hogar está aquí, con esta familia que he forjado con los restos de una tragedia. La maleta que he de llevarme al hospital está preparada y espera junto a la puerta de nuestro dormitorio. En el bolso tengo cincuenta dólares metidos en un sobre, para pagar el parto. Cuando nazca el niño, vendrá a un hogar donde todos lo querrán.

El aire de este mundo

Estamos acostumbrados a oír que las historias sobre mujeres carecen de importancia. Al fin y al cabo, ¿qué valor tiene lo que ocurre en el salón, la cocina o el dormitorio? ¿A quién le importan las relaciones entre madres, hijas y hermanas? La enfermedad de un bebé, el sufrimiento y el dolor de un parto, los esfuerzos por mantener a la familia unida durante la guerra, en la pobreza o incluso en épocas de bonanza están considerados asuntos insignificantes comparados con las historias de los hombres, que luchan contra la naturaleza para obtener cosechas, que libran batallas para proteger a su patria, que se esfuerzan por mejorar y alcanzar la perfección. Nos dicen que los hombres son fuertes y valientes, pero creo que las mujeres saben resistir, aceptar la derrota y soportar el dolor físico y psicológico mucho mejor que los hombres. Los hombres de mi vida -baba, Z.G., mi marido, mi suegro, mi cuñado y mi hijo- se enfrentaron, cada uno en su medida, a esas grandes batallas masculinas; pero sus corazones, muy frágiles, se marchitaron, se encorvaron, se paralizaron, se pudrieron, se partieron o se deshicieron al enfrentarse a las pérdidas que las mujeres afrontan a diario. Como hombres, deben mantenerse firmes ante la tragedia y los obstáculos, pero son vulnerables como los pétalos de una flor.

Así como oímos decir que las historias sobre mujeres son insignificantes, también oímos que las cosas buenas siempre llegan por pares y que las cosas malas llegan de tres en tres. Si se estrellan dos aviones, no nos sorprende que se estrelle un tercero. Si muere una estrella de cine, sabemos que morirán otras dos. Si nos damos en un dedo del pie y perdemos las llaves del coche, sabemos que aún ha de pasar otra cosa mala para que se complete el ciclo. Lo único que podemos hacer es confiar en que se abolle el parachoques, aparezca una gotera en el techo o perdamos el empleo, y no que alguien muera, se divorcie, o estalle otra guerra.

Las tragedias de la familia Louie llegan en forma de cascada larga y devastadora, como una catarata, como una presa abierta bruscamente, como una ola gigantesca que rompe, destruye y luego se lleva los restos mar adentro. Nuestros hombres intentan aparentar fortaleza, pero somos May, Yen-yen y yo quienes hemos de calmarlos y ayudarlos a soportar el dolor, la angustia y la vergüenza.


Estamos a principios del verano de 1949, y la melancolía de junio es peor de lo habitual, sobre todo por la noche. Una densa niebla llega desde el mar y queda suspendida sobre la ciudad como una manta empapada. El médico me avisa de que cualquier día empezaré a tener contracciones, pero quizá este tiempo haya adormecido a mi bebé, o quizá no quiera venir a un mundo tan gris y frío cuando está rodeado de calor en mi vientre. No me preocupo. Me quedo en casa y espero.

Esta noche, Vern y Joy me hacen compañía. Vern no se encuentra muy bien últimamente, así que está durmiendo en su habitación. A Joy le queda sólo una semana para terminar quinto curso. Desde donde estoy sentada, en la mesa del comedor, la veo acurrucada en el sofá, ceñuda. No le gusta practicar las tablas de multiplicar ni comprobar lo rápido que completa las páginas de divisiones complejas que su maestra le ha dado para aumentar su velocidad y precisión.

Vuelvo a hojear el periódico. Hoy lo he releído mil veces, creyendo y luego negándome a creer lo que leía. La guerra civil está destrozando mi país natal. El Ejército Rojo de Mao Tse-tung avanza por China con la misma firmeza con que lo hicieron los japoneses en su día. En abril, sus tropas tomaron Nanjing. En mayo se hicieron con Shanghai. Recuerdo a los revolucionarios de los bares que solía frecuentar con Z.G. y Betsy. Recuerdo que Betsy se hacía aún más mala sangre que ellos, pero ¿hasta el punto de tomar el país? Sam y yo hemos hablado mucho de esto. Sus padres eran campesinos. No tenían nada. Si hubieran sobrevivido, se habrían beneficiado de un gobierno comunista, pero yo provenía de la bu-er-ch'iao-ya, la clase burguesa. Si mis padres vivieran, estarían sufriendo mucho. Aquí, en Los Ángeles, nadie sabe qué va a pasar, pero todos ocultamos nuestra preocupación tras sonrisas forzadas, palabras vacías y la falsa apariencia de tranquilidad que presentamos a los occidentales, que temen a los comunistas mucho más que nosotros.

Voy a la cocina a preparar té. Estoy delante del fregadero, llenando la tetera, cuando noto un chorro de líquido entre las piernas. ¡Ya está! Por fin he roto aguas. Miro hacia abajo, sonriendo, pero lo que baja por mis piernas y forma un charco en el suelo no es agua, sino sangre. Me atenaza un miedo surgido de esa parte baja de mi anatomía y asciende hasta mi corazón, que late con fuerza. Pero esto sólo es un leve temblor, comparado con lo que sucede a continuación. Una contracción me aprieta toda la cintura y empuja hacia abajo con tanta ferocidad que pienso que el bebé saldrá despedido de mi cuerpo. Pero eso no sucede. Ni siquiera sé si podría suceder. Pero cuando me pongo una mano debajo del vientre y presiono hacia arriba, sale otro chorro de líquido entre mis piernas. Aprieto los músculos, voy hasta la puerta de la cocina arrastrando los pies y llamo a mi hija:

– Joy, ve a buscar a tu tía. -Espero que May esté en su despacho y no fuera, con la gente del estudio con la que sale para consolidar sus contactos-. Si no la encuentras en su despacho, ve al Chinese Junk. Le gusta quedar allí con sus amigos para cenar.

– Ah, mamá…

– ¡Ahora mismo! ¡Corre!

Joy me mira. Sólo puede ver mi cabeza, que asoma por la puerta de la cocina, y lo agradezco. Sin embargo, mi rostro debe de delatar algo, porque ella no protesta como suele. En cuanto sale del apartamento, cojo unos trapos de cocina y me los pongo en la entrepierna. Me siento en una silla y me agarro a los reposabrazos para no gritar cada vez que llega otra contracción. Vienen demasiado seguidas. Algo va mal, muy mal.

Cuando Joy vuelve con May, ésta me echa un vistazo, agarra a mi hija por un brazo antes de que pueda ver nada y la aparta.

– Ve al restaurante, Joy. Busca a tu padre. Dile que vaya al hospital.

Joy se marcha, y mi hermana viene a mi lado. Un untuoso pintalabios rojo ha convertido su boca en una ondulante anémona. El perfilador negro agranda sus ojos. Lleva un vestido de raso sin hombros azul lavanda, tan ceñido como un cheongsam. El aliento le huele a ginebra y carne. Me mira un momento a los ojos y luego me levanta la falda. Intenta no revelar nada poco reconfortante, pero la conozco demasiado bien. Ladea la cabeza y ve los trapos empapados de sangre. Se muerde levemente el labio inferior. Me alisa otra vez la falda hasta cubrirme las rodillas.

– ¿Podrás andar hasta mi coche o prefieres que pida una ambulancia? -pregunta, tan serena como si estuviera preguntando si prefiero ponerme su sombrero rosa o el azul con el ribete de armiño.

No quiero causar molestias ni gastar dinero.

– Vamos en tu coche, si no te importa que se manche.

– ¡Vern! -grita May-. Te necesito, Vern.

Mi cuñado no contesta y May va a buscarlo. Vuelven al cabo de un par de minutos. El niño-esposo debía de estar durmiendo, porque va despeinado y con la ropa arrugada. Al verme se pone a lloriquear.

– Cógela por un lado -ordena May-. Yo la cogeré por el otro.

Me levantan entre los dos y bajamos la escalera. Mi hermana me sujeta con fuerza, pero parece que Vern se esté desmoronando bajo mi peso. Esta noche hay una fiesta en La Plaza, y la gente se aparta al ver que sujeto algo entre las piernas, y que mi hermana y Vern me llevan en volandas. A nadie le gusta ver a una mujer embarazada; a nadie le gusta ser testigo de algo tan íntimo. May y Vern me suben al asiento trasero del coche y vamos al Hospital Francés, que está a sólo unas manzanas. May deja el coche en la puerta y entra corriendo para pedir ayuda. Miro por la ventana las luces del aparcamiento. Respiro despacio, metódicamente. Mi barriga reposa sobre mis manos, pesada y quieta. Me recuerdo que mi bebé es Buey, como su padre. Ya de niño, el Buey tiene fuerza de voluntad y resistencia. Me digo que mi hijo está haciendo lo que le marca su carácter, pero tengo mucho miedo.

Otra contracción, la peor hasta ahora.

May vuelve con una enfermera y un hombre, ambos vestidos de blanco. Gritan órdenes, me ponen en una camilla y me entran al hospital tan deprisa como pueden. May va a mi lado, mirándome y hablándome.

– No te preocupes. Todo irá bien. Tener un hijo es doloroso para que nos enteremos de que la vida es una cosa muy seria.

Me agarro a los laterales metálicos de la camilla y aprieto los dientes. El sudor me empapa la frente, la espalda, el pecho, y sin embargo tiemblo de frío.

Lo último que dice mi hermana cuando me meten en la sala de partos es:

– Lucha por mí, Pearl. Lucha por tu vida, como has hecho otras veces.

Mi bebé nace, pero no llega a respirar el aire de este mundo. La enfermera lo envuelve en una sábana y me lo pone en brazos. Tiene las pestañas largas, la nariz respingona y una boca diminuta. Mientras abrazo a mi hijo y contemplo su triste carita, el médico hace su trabajo. Por último, se incorpora y me dice:

– Tenemos que operarla, señora Louie. Vamos a dormirla.

Cuando la enfermera se lleva a mi hijo, sé que no volveré a verlo. Las lágrimas me resbalan cuando me ponen una mascarilla que me tapa la nariz y la boca. Agradezco la negrura que lo invade todo.


Abro los ojos. Mi hermana está sentada al lado de mi cama. Los restos de su pintalabios rojo sólo son una mancha. El perfilador le ha tiznado la cara. Su elegante vestido azul lavanda parece gastado y arrugado. Pero aun así está hermosa, y me transporto a otros tiempos, cuando ella me acompañaba en otra habitación de hospital. Doy un suspiro, y May me coge la mano.

– ¿Dónde está Sam? -pregunto.

– Con la familia. Están fuera, en el pasillo. Si quieres, puedo ir a buscarlos.

Necesito a mi marido como el aire que respiro, pero ¿cómo voy a mirarlo a la cara? «Ojalá mueras sin hijos varones»: el peor insulto que puedes recibir.

El médico viene a verme.

– No me explico cómo ha podido llevar tan lejos este embarazo, señora Louie. Ha estado a punto de morir.

– Mi hermana es muy fuerte -dice May-. Ha estado peor otras veces. Tendrá otro hijo.

El doctor niega con la cabeza.

– Me temo que no podrá tener más hijos. -Se vuelve y me mira-. Es una suerte que ya tenga una hija.

May me aprieta la mano con firmeza.

– Eso ya te lo dijeron los médicos hace años, y mira qué ha pasado. Sam y tú podéis intentarlo otra vez.

Creo que son las peores palabras que he oído jamás. Me gustaría gritar: «¡He perdido a mi bebé!» ¿Cómo es posible que mi hermana no entienda lo que siento? ¿Cómo es posible que no entienda lo que significa haber perdido a la persona que he llevado nueve meses nadando dentro de mí, a la que amaba con todo mi corazón, en quien tenía puestas tantas esperanzas? Pero no, las palabras de May no son las peores que podría oír.

– Me temo que eso será imposible. -El médico encubre el horror de sus palabras con esa extraña alegría lo fan y una sonrisa tranquilizadora-. Se lo hemos extirpado todo.

No quiero llorar delante de este hombre. Concentro la mirada en mi brazalete de jade, que no ha cambiado en todos estos años y que no cambiará después de mi muerte. Siempre será duro y frío, un simple trozo de piedra. Sin embargo, para mí es un objeto que me ata al pasado, a personas y lugares que han desaparecido para siempre. Su inalterable perfección es un recordatorio físico para seguir viviendo, para mirar hacia el futuro, para cuidar lo que tengo. Me recuerda que debo resistir. Viviré un día tras otro, paso a paso, porque mi voluntad de continuar es muy fuerte. Me digo eso y blindo mi corazón para ocultar mi dolor, pero no me ayuda cuando la familia entra en la habitación.

Yen-yen tiene el rostro flácido. Padre tiene los ojos apagados y negros como dos trozos de carbón. A Vern la noticia lo afecta físicamente, y se encoge como una calabaza después de una terrible tormenta. Pero Sam… ¡Ay, Sam! Aquella noche de hace diez años, cuando me contó su vida, dijo que no necesitaba tener un hijo, pero estos últimos meses he visto cuánto deseaba, cuánto necesitaba un varón que llevara su apellido, que lo venerara cuando se convirtiera en antepasado, que viviera todos los sueños que él tiene pero que nunca verá cumplidos. Le di esperanzas, y ahora las he destruido.

May echa a los demás de la habitación para que Sam y yo podamos quedarnos a solas. Pero mi marido -ese hombre con pecho de ventilador de hierro, que parece tan fuerte, capaz de levantar cualquier peso, capaz de asumir una humillación tras otra- no puede ensanchar su pecho para soportar mi dolor.

– Mientras esperábamos… -empieza, pero no acaba la frase. Entrelaza las manos a la espalda y empieza a pasearse por la habitación, tratando de dominarse. Al final vuelve a intentarlo-: Mientras esperábamos, le he pedido a un doctor que examinara a Vernon. Le he dicho que mi hermano tiene el aliento débil y la sangre clara -explica, como si nuestros conceptos chinos significaran algo para el médico.

Me gustaría hundir la cara en su tibio y fragante pecho, absorber la fuerza de su ventilador de hierro, oír la firmeza de su corazón, pero él rehúye mi mirada.

Se para a los pies de la cama y se queda mirando un punto fijo más allá de mi cabeza.

– Tengo que volver con ellos. Quiero que los médicos le hagan pruebas a Vern. Quizá puedan hacer algo por él.

Pese a que no han podido salvar a nuestro hijo…

Sam sale de la habitación, y yo me tapo la cara con las manos. He sufrido el peor fracaso que puede sufrir una mujer, y mi marido, para enterrar su dolor, ha trasladado su preocupación al miembro más débil de la familia. Mis suegros no vuelven, e incluso Vern se queda fuera. Esa es la costumbre cuando una mujer pierde a un valioso hijo varón, pero aun así me duele.

May se ocupa de todo. Se sienta a mi lado cuando lloro. Me ayuda a ir al lavabo. Cuando se me hinchan los pechos -lo cual me produce un fuerte dolor- y viene la enfermera para sacarme la leche y tirarla, mi hermana la echa de la habitación y lo hace ella misma. Sus dedos son suaves, tiernos y cuidadosos. Añoro a mi marido; lo necesito. Pero si Sam me ha abandonado cuando más lo necesitaba, May ha abandonado a Vern. El quinto día de mi estancia en el hospital, May me cuenta por fin lo que ha pasado.

– Vern tiene el mal de los huesos blandos. Aquí lo llaman tuberculosis ósea. Por eso se está encogiendo. -Siempre ha sido una llorona, pero esta vez no llora. Sus esfuerzos para contener las lágrimas delatan lo mucho que ha acabado queriendo al niño-esposo.

– ¿Y eso qué quiere decir?

– Que somos sucios, que vivimos como cerdos.

Nunca la había oído hablar con tanta amargura. Nosotras crecimos creyendo que el mal de los huesos blandos y su hermano, el mal de los pulmones sangrantes, eran señales de pobreza y suciedad. Se consideraba la enfermedad más vergonzosa, más terrible que las que transmitían las prostitutas. Esto es aún peor que haber perdido a mi hijo, porque es un mensaje notorio a nuestros vecinos -y a los lo fan- de que somos pobres, impuros y sucios.

– Suele atacar a los niños, que mueren cuando se les derrumba la columna vertebral -continúa mi hermana-. Pero Vern no es ningún niño, así que los médicos no saben cuánto tiempo durará. Lo único que saben es que el dolor dará paso al entumecimiento, la debilidad y, por último, la parálisis. Pasará el resto de su vida en la cama.

– ¿Y Yen-yen? ¿Y padre?

May niega con la cabeza y las lágrimas se desbordan.

– Es su hijito.

– ¿Y Joy?

– Yo me ocupo de ella.

La tristeza se apodera de su voz. Entiendo perfectamente lo que significa para ella que yo haya perdido al bebé. Volveré a ser una madre a jornada completa para Joy. Quizá debería sentirme triunfante por eso, pero me dejo invadir por nuestras penas compartidas.

Más tarde, esa noche, Sam viene a hablar conmigo. Se queda a los pies de mi cama, como si se sintiera incómodo. Está pálido y tiene los hombros encorvados de soportar la carga de dos tragedias.

– Imaginé que el chico podía estar enfermo. Reconocí algunos de los síntomas de la enfermedad de mi padre. Mi hermano nació con un destino maldito. Nunca le ha hecho daño a nadie y se ha portado bien con todos nosotros, y sin embargo habría sido imposible cambiar su destino.

Se refiere a Vern, pero podría estar hablando de cualquiera de nosotros.

Esta doble tragedia une a la familia como nadie podría haber imaginado. May, Sam y padre vuelven al trabajo; llevan el dolor y la desesperación alrededor del cuello, como un yugo. Yen-yen se queda en el apartamento para cuidar de mí y de Vern. (El médico no lo aprueba. «Vern estaría mejor en un sanatorio u otra institución», nos dice; pero si a los chinos nos tratan mal en la calle, donde puede verlo todo el mundo, ¿cómo vamos a dejar a Vern en manos de los lo fan tras unas puertas cerradas?) Los socios de papel de padre Louie nos sustituyen en China City. Pero el destino todavía no ha terminado con nosotros.

En agosto, un segundo incendio destruye China City casi por completo. Se salvan algunos edificios, pero todas las empresas Golden quedan reducidas a ruinas calcinadas, excepto tres rickshaws y la empresa de alquiler de trajes y contratación de extras de May. Y nadie tiene póliza de seguro. China está enredada en una guerra civil, y padre Louie no puede volver a su país natal para reponer su stock de antigüedades. Podría comprar las antigüedades aquí, pero todo es demasiado caro después de la guerra mundial, y además, gran parte de los ahorros que escondía en China City se han convertido en cenizas.

De todas formas, aunque tuviéramos los recursos para reabastecer las tiendas, a Christine Sterling ya no le interesa reconstruir China City. Convencida de que el incendio fue provocado, decide que no quiere recrear sus ideas de romanticismo oriental en Los Ángeles.

Es más, ya no desea relacionarse con los chinos, ni que éstos mancillen su mercado mexicano de Olvera Street. Convence al ayuntamiento para que declare ruinosa la manzana de Chinatown entre Los Ángeles Street y Alameda, y así dejar espacio para una vía de acceso a la autopista. Por ahora, lo único que quedará del Chinatown original es la hilera de edificios entre Los Ángeles Street y Sanchez Alley donde vivimos nosotros. Los vecinos se oponen al proyecto, pero nadie tiene muchas esperanzas.

Nuestro hogar está en peligro, pero todavía no podemos preocuparnos por eso, porque hemos de trabajar duro para reabrir el negocio familiar. Mientras algunos deciden seguir renqueando y quedarse en los restos de China City, padre Louie abre otra Golden Lantern en el Nuevo Chinatown, y la surte con los artículos más baratos que puede comprar a los mayoristas de la ciudad, que reciben sus mercancías de Hong Kong y Taiwán. Ahora Joy tiene que pasar más tiempo allí, vendiendo lo que ella llama «cachivaches» a turistas que no saben distinguir lo bueno de lo malo, para que su abuelo pueda descansar un poco. En la tienda nueva hay poco movimiento, pero Joy se entretiene con cualquier cosa. Y cuando no hay nadie en la tienda, que es lo más habitual, lee.

Sam y yo decidimos montar nuestro propio restaurante con parte de nuestros ahorros. Sam busca un local y lo encuentra en Ord Street, media manzana al oeste de China City, pero tío Wilburt no quiere venir con nosotros. Decide aprovechar que, desde que terminó la guerra, los lo fan tienen un creciente interés por la comida china, y abre su propio restaurante chino en Lakewood. Nos entristece ver marchar al último de los tíos, pese a que eso significa que por fin Sam será el cocinero jefe.

Nos preparamos para la Gran Inauguración: renovamos el local, creamos menús y pensamos cómo anunciarnos. En la parte trasera del restaurante hay un pequeño despacho, separado por un cristal, desde donde May dirigirá su negocio. Mi hermana guarda las piezas de atrezo y los trajes en un pequeño almacén de Bernard Street; dice que no necesita estar sentada en medio de tantos trastos todos los días y que, además, conseguir empleo para ella y otros extras es más provechoso que el negocio de alquiler. Le pide a un fotógrafo del barrio que venga a tomar fotografías. El restaurante lleva mi nombre, pero en la imagen aparecen May y Joy junto a la barra, cerca del letrero que reza: PEARL'S COFFEE SHOP: COMIDA CHINA Y AMERICANA DE PRIMERA CALIDAD.

A principios de octubre de 1949 se inaugura Pearl's Coffee Shop, Mao Tse-tung funda la República Popular China y levanta el Telón de Bambú. No sabemos cómo será de permeable ese telón, ni qué supondrá para nuestro país natal, pero la inauguración del restaurante tiene mucho éxito. Ofrecemos un menú económico que combina especialidades americanas y chino-americanas: rosbif, pastel de manzana con helado de vainilla y café, o cerdo agridulce, galletas de almendras y té. Pearl's Coffee Shop está siempre impecable. La comida se prepara con ingredientes frescos y es consistente. Frente a nuestra puerta hay clientes haciendo cola noche y día.


Padre Louie sigue mandando dinero a su pueblo natal; tiene que enviar un giro telegráfico a Hong Kong y pagar a alguien para que introduzca el dinero en la República Popular China y lo lleve hasta Wah Hong. Sam trata de disuadirlo:

– ¿Y si los comunistas confiscan el dinero? Eso podría ser perjudicial para la familia del pueblo.

Yo tengo otros temores:

– ¿Y si el gobierno americano nos tacha de comunistas? Ésa es la razón por la que muchos ya no mandan dinero a China.

Y es verdad. Muchos chinos establecidos por todo el país han dejado de enviar dinero a sus familias porque todo el mundo está asustado y perplejo. Las cartas que recibimos de China nos dejan aún más desconcertados.

«Estamos contentos con el nuevo gobierno -escribe un primo tercero de mi suegro-. Ahora todos somos iguales. Han obligado a los terratenientes a compartir su riqueza con el pueblo.»

«Si tan contentos están, ¿por qué hay tantos intentando salir del país?», nos preguntamos. Me refiero a hombres como tío Charley, que volvieron a China con todos sus ahorros. En América habían sufrido y soportado la humillación de ser considerados ciudadanos de tercera, pero resistieron, convencidos de que en su país de origen los esperaban la felicidad, la prosperidad y el respeto; sin embargo, a su regreso a China se han enfrentado a un destino adverso: los tratan como a temidos terratenientes, capitalistas y perros falderos del imperialismo. Los más desafortunados mueren en los campos o las plazas de los pueblos; los menos desafortunados huyen a Hong Kong, donde mueren arruinados y consumidos. Unos pocos afortunados regresan a América; tío Charley es uno de ellos.

– ¿Los comunistas te lo quitaron todo? -le pregunta Vern desde la cama.

– No pudieron -contesta, frotándose los hinchados ojos y rascándose el eccema-. Cuando llegué, Chiang Kai-shek y los nacionalistas todavía estaban en el poder. Pidieron a todo el mundo que cambiara su oro y su moneda extranjera por certificados del gobierno. Imprimieron miles de millones de yuanes chinos, pero eso no sirvió de nada. Un saco de arroz, que en su día costaba doce yuanes, pronto pasó a costar sesenta y tres millones de yuanes. Para ir a comprar, la gente llevaba el dinero en carretillas. Un sello de correos valía el equivalente de seis mil dólares americanos.

– ¿Estás criticando al generalísimo? -pregunta Vern con inquietud-. Será mejor que no lo hagas.

– Lo único que digo es que cuando llegaron los soldados comunistas, ya no me quedaba nada.

Tantos años de esfuerzo con la promesa de regresar a China convertido en un Hombre de la Montaña Dorada, y ahora se encuentra de nuevo como empezó: trabajando de lavavasos para la familia Louie.

Recobro las fuerzas y voy a trabajar con Sam, lo cual resulta maravilloso en muchos aspectos. Puedo ver a mi marido, pero también puedo estar con May todos los días hasta las cinco, cuando vuelvo a casa a preparar la cena y ella se va al General Lee's o Soochow -que se han trasladado al Nuevo Chinatown- a encontrarse con directores de casting y otra gente del mundo del cine. A veces parece mentira que seamos hermanas. Yo me aferro a mis recuerdos de nuestro hogar de Shanghai; May se aferra a sus recuerdos de cuando era una chica bonita. Yo llevo un delantal sucio y un gorrito de papel; ella lleva preciosos vestidos confeccionados con telas de los colores de la tierra: siena, violeta, celedón y azul lago de montaña.

Me avergüenzo de mi aspecto hasta el día en que mi vieja amiga Betsy -que, ahora que China está cerrada a cal y canto, se dirige hacia la costa Este para reunirse con sus padres- entra en el restaurante. Tenemos la misma edad -treinta y tres años-, pero ella parece veinte años mayor que yo. Está muy delgada, casi esquelética, y tiene el cabello canoso. No sé si eso es consecuencia del tiempo que pasó en el campo de internamiento japonés o de las adversidades de los últimos meses.

– Nuestro Shanghai ha desaparecido -me dice cuando la llevo al despacho de May, donde tomamos un té-. Nunca volverá a ser lo que era. Shanghai era mi hogar, pero nunca volveré a verlo. Nadie volverá a verlo.

May y yo nos miramos. Hubo momentos muy duros en que pensamos que nunca podríamos regresar a Shanghai por culpa de los japoneses. Cuando terminó la guerra, abrigamos nuevas esperanzas de que algún día iríamos de visita, pero esto parece diferente. Esto parece definitivo.

Miedo

Es casi mediodía del segundo sábado de noviembre de 1950. Dentro de poco he de ir a buscar a Joy y su amiga Hazel Yee a la nueva Iglesia Metodista China, donde reciben clases de chino. Bajo corriendo la escalera, recojo el correo y vuelvo a subir presurosa al apartamento. Echo un vistazo a las facturas y separo dos cartas. Una lleva matasellos de Washington D.C. Reconozco la caligrafía de Betsy y me meto el sobre en el bolsillo. La otra carta va dirigida a padre Louie y viene de China. La dejo en la mesa del salón junto con las facturas para que mi suegro la vea cuando llegue a casa esta noche. Luego cojo mi bolsa de la compra y un jersey, bajo a la calle, camino hasta la iglesia y me quedo esperando a Joy y Hazel en la puerta.

Cuando Joy era pequeña, yo quería que aprendiera a hablar y escribir chino. El único sitio donde podía hacerlo -y hay que reconocer que las misioneras fueron muy listas- era en una de las misiones de Chinatown. No bastaba con que pagáramos un dólar mensual por las clases -cinco días y medio por semana-, ni que la niña tuviera que ir a catequesis los domingos, sino que, además, uno de sus padres debía asistir también al servicio dominical, lo cual llevo haciendo con regularidad desde hace siete años. Aunque muchos padres protestan por esta norma, a mí me parece un intercambio justo. Y a veces hasta me gusta escuchar los sermones, que me recuerdan a los que oía en Shanghai cuando vivía allí.

Abro la carta de Betsy. Hace trece meses que Mao tomó el poder en China, y cuatro meses y medio que Corea del Norte -con la ayuda del Ejército Popular de Liberación chino- invadió Corea del Sur. Hace sólo cinco años, China y Estados Unidos eran aliados.

Ahora, de la noche a la mañana, la China comunista se ha convertido en el segundo enemigo más odiado de Estados Unidos, detrás de Rusia. Estos dos últimos meses, Betsy me ha escrito varias veces para contarme que han puesto su lealtad en tela de juicio porque se quedó en China mucho tiempo, y que su padre es uno de los que el Departamento de Estado ha acusado de comunista y «chino de adopción». Cuando vivíamos en Shanghai, llamar a alguien «chino de adopción» era un cumplido; ahora, en Washington, es como llamarlo infanticida. Betsy me escribe:


Mi padre está metido en un buen lío. ¿Cómo pueden echarle en cara cosas que escribió hace veinte años criticando a Chiang Kai-shek y lo que estaba haciendo en China? Dicen que es simpatizante de los comunistas, y le reprochan que ayudara a «perder China». Mi madre y yo confiamos en que pueda conservar el empleo. Si acaban despidiéndolo, espero que le dejen la pensión. Por suerte, todavía tiene amigos en el Departamento de Estado que lo conocen bien y saben la verdad.


Mientras doblo la carta y la guardo en el sobre, me pregunto qué puedo contestarle. No creo que a Betsy le ayude que le diga que todos tenemos miedo.

Joy y Hazel salen corriendo a la calle. Tienen doce años y llevan siete semanas en sexto curso. Se creen ya mayores, pero son chinas y todavía no están desarrolladas físicamente. Las sigo; van contoneándose por la calle camino del restaurante, cogidas de la mano y hablándose al oído. Paramos un momento en una carnicería de Broadway a recoger un kilo de char siu, la carne de cerdo especiada a la barbacoa que constituye el ingrediente secreto del chozo mein de Sam. Hoy la tienda está abarrotada de clientes, y todos tienen miedo, como desde que empezó esta nueva guerra. Hay gente que se refugia en el silencio. Otros se hunden en la depresión. Y algunos, como el carnicero, están enojados.

– ¿Por qué no nos dejan en paz? -pregunta en sze yup a nadie en particular-. ¿Acaso tengo yo la culpa de que Mao quiera extender el comunismo? ¡Yo no tengo nada que ver con eso! Nadie discute con él. Todos pensamos lo mismo. -¡Siete años! -exclama mientras golpea un trozo de carne con su cuchillo-. Sólo hace siete años que anularon la Ley de Exclusión. Ahora el gobierno lo fan ha aprobado una nueva ley para encerrar a los comunistas si se produce una emergencia nacional. Cualquiera que alguna vez haya dicho una sola palabra contra Chiang Kai-shek es sospechoso de ser comunista. -Blande el cuchillo-. Y ni siquiera hace falta que hables mal de él. ¡Basta con que seas chino y vivas en este infierno de país! ¿Sabéis qué significa eso? ¡Que todos vosotros sois sospechosos!

Joy y Hazel han dejado de hablar entre sí y miran al carnicero con los ojos muy abiertos. Lo único que una madre quiere es proteger a sus hijos, pero yo no puedo proteger a Joy de todo. Cuando paseamos juntas por la calle, no siempre puedo evitar que se fije en los titulares de los periódicos. Puedo pedirles a los tíos que no hablen de la guerra cuando vienen a cenar los domingos, pero la noticia está por todas partes, y la gente habla.

Joy es demasiado pequeña para entender que, con la suspensión del hábeas corpus, cualquiera -incluidos sus padres- puede ser detenido y retenido indefinidamente. Ignoramos qué entienden los lo fan por «emergencia nacional», pero todavía tenemos muy reciente en la memoria el internamiento de los japoneses. Hace poco, cuando el gobierno les dio veinticuatro horas a nuestras organizaciones locales -desde la Asociación de Beneficencia hasta el Club Juvenil- para que le entregaran la lista de sus miembros, a muchos de nuestros vecinos les entró pánico, porque sabían que su nombre aparecería en la lista de al menos uno de los cuarenta grupos investigados. Entonces leímos en el periódico chino que el FBI había instalado micrófonos en las oficinas de la Asociación de Empresas de Lavandería y que había decidido investigar a todos los suscriptores del China Daily News. Desde entonces, me alegro muchísimo de que padre Louie esté suscrito al Chung Sai Yat Po, el periódico pro-Kuomintang, procristiano y proasimilación, y que sólo de vez en cuando compre el China Daily.

No sé contra qué arremeterá el carnicero a continuación, pero no quiero que las niñas lo oigan. Cuando decido marcharme, el hombre se calma lo suficiente para que le haga mi pedido. Mientras envuelve el char siu en papel rosa, me cuenta en tono más comedido:

– Aquí en Los Ángeles no estamos tan mal, señora Louie. Pero tenía un primo en San Francisco que prefirió suicidarse a que lo detuvieran. No había hecho nada malo. Me han hablado de otros a los que han enviado a la cárcel y que ahora están a la espera de que los deporten.

– Todos hemos oído esas historias. Pero ¿qué podemos hacer?

Él me da la carne.

– Hace mucho tiempo que tengo miedo, y estoy harto. ¡Harto! Y frustrado…

Como su voz empieza a subir de nuevo, saco a las niñas de la tienda. Joy y Hazel guardan silencio durante el resto del corto camino hasta el restaurante. Una vez dentro, nos dirigimos a la cocina. May, que está en su despacho hablando por teléfono, sonríe y nos saluda con la mano. Sam está preparando la pasta para rebozar el cerdo agridulce que tanto éxito tiene entre nuestra clientela. No puedo evitar fijarme en que utiliza un cuenco más pequeño que el del año pasado, cuando abrimos el restaurante. Esta nueva guerra nos ha hecho perder muchos clientes; ya han cerrado algunos negocios de Chinatown. Y fuera de Chinatown le temen tanto a China que muchos chinos americanos han perdido el empleo.

Quizá no tengamos tanta clientela como antes, pero no lo estamos pasando tan mal como otros. En casa economizamos mucho. Comemos más arroz y menos carne. Además, tenemos a May, que todavía dirige su negocio de alquiler, trabaja de agente y aparece de vez en cuando en alguna película o algún programa de televisión. En cualquier momento, los estudios empezarán a producir películas sobre la amenaza del comunismo. Cuando eso ocurra, May tendrá mucho trabajo. El dinero que gane irá a parar a la hucha familiar y todos lo compartiremos.

Le doy a Sam el char siu, y luego les preparo a las niñas un refrigerio que combina el gusto chino y el occidental: cacahuetes, unas rodajas de naranja, cuatro galletas de almendras y dos vasos de leche. Las niñas dejan los libros en la mesa de trabajo. Hazel se sienta y espera con las manos entrelazadas sobre el regazo; mientras, Joy va hasta la radio que tenemos en la cocina para distraer al personal y la enciende.

Le hago una seña:

– Esta tarde nada de radio.

– Pero mamá…

– No quiero discutir. Hazel y tú tenéis que hacer los deberes.

– Pero ¿por qué?

«Porque no quiero que oigáis más malas noticias», pienso, pero no lo digo. No me gusta mentirle a mi hija, pero estos últimos meses me he inventado mil excusas para no dejarla escuchar la radio: tengo migraña, o su padre está de mal humor, incluso algún seco «porque lo digo yo», que surte efecto pero no puedo usar todos los días. Aprovechando que hoy está Hazel, pruebo una nueva excusa:

– ¿Qué pensaría la madre de Hazel si os dejara escuchar la radio? Queremos que tengáis sobresalientes en la escuela. No quiero que la señora Yee se enfade conmigo.

– Pero si hasta ahora siempre nos has dejado -replica Joy. Yo niego con la cabeza y ella recurre a su padre-: ¡Papá!

Sam ni siquiera se molesta en levantar la vista:

– Obedece a tu madre.

Joy apaga la radio, vuelve a la mesa y se sienta al lado de Hazel. Por suerte, Joy es una niña obediente, porque estos últimos cuatro meses han sido difíciles. Soy mucho más moderna que las otras madres de Chinatown, pero no tanto como a Joy le gustaría. Le he explicado que muy pronto recibirá la visita de la hermanita roja y qué significa eso respecto a los chicos, pero no encuentro la forma de hablar con ella sobre esta nueva guerra.

May entra en la cocina. Besa a Joy, le palmea la mejilla a Hazel y se sienta enfrente de ellas.

– ¿Cómo están mis chicas favoritas? -pregunta.

– Bien, tía May -contesta Joy sombríamente.

– No pareces muy entusiasmada. Anímate. Es sábado. Ya ha terminado la escuela china y tienes el resto del fin de semana libre. ¿Qué te gustaría hacer? ¿Queréis que os lleve al cine?

– ¿Podemos ir, mami? -me pregunta Joy, animada.

Hazel, a quien es evidente que le encantaría pasar la tarde en el cine, dice:

– Yo no puedo. Tengo deberes de la escuela americana.

– Y Joy también -añado.

May respeta mi criterio sin vacilar:

– Entonces será mejor que los hagáis.

Desde que murió mi hijo, mi hermana y yo estamos muy unidas. Como habría dicho mama, somos como grandes vides con las raíces entrelazadas. Cuando yo estoy deprimida, May está contenta. Cuando yo estoy contenta, ella está deprimida. Cuando yo engordo, ella adelgaza. Cuando yo adelgazo, ella sigue perfecta. No tenemos por qué compartir emociones u opiniones, pero quiero a mi hermana tal como es. Ya no le guardo ningún resentimiento; al menos hasta la próxima vez que ella hiera mis sentimientos o que yo haga algo que la irrite o la frustre.

– Si queréis, puedo ayudaros -les dice May a las niñas-. Si terminamos los deberes deprisa, quizá podamos salir a comprar un helado.

Joy me interroga con sus brillantes ojos.

– Podréis ir si termináis los deberes.

May apoya los codos en la mesa:

– A ver, ¿qué tenéis? ¿Matemáticas? Eso se me da bastante bien.

– Tenemos que presentar ante la clase una noticia actual… -explica Joy.

– Sobre la guerra -termina Hazel.

Presiento que tendré jaqueca. ¿No podría ser la maestra un poco más sensible respecto a ese tema?

Joy abre su bolsa, saca un Los Angeles Times doblado y lo extiende sobre la mesa. Señala una noticia y dice:

– Pensábamos hacer ésta.

May la lee en voz alta:

– «Hoy, el gobierno de Estados Unidos ha dado órdenes de impedir que los estudiantes chinos que estudian en América regresen a su país de origen, por temor a que se lleven secretos científicos y tecnológicos. -Hace una pausa, me mira y sigue leyendo-: El gobierno también ha prohibido los envíos de dinero a la China continental e incluso a la colonia británica de Hong Kong, desde donde ese dinero podría cruzar la frontera. A quienes sean descubiertos enviando dinero a sus familiares de China se les impondrá una multa de diez mil dólares y cumplirán una condena de hasta diez años de cárcel.»

Me meto una mano en el bolsillo y toco la carta de Betsy. Si la situación es peligrosa para alguien como el señor Howell, podría ser mucho peor para las personas como padre Louie, que llevan años enviando «dinero para el té» a sus parientes y pueblos de China.

– «En respuesta a estas medidas -continúa May-, las Seis Empresas, la organización chino-americana más poderosa de Estados Unidos, ha organizado una violenta campaña anticomunista con la esperanza de detener las críticas y reducir los ataques que se han producido en los barrios chinos de todo el país.» -Levanta la vista-. ¿Vosotras tenéis miedo, niñas? -pregunta. Joy y Hazel asienten con la cabeza-. Pues no tengáis miedo. Vosotras nacisteis aquí. Sois americanas. Tenéis todo el derecho a vivir en este país. No tenéis nada que temer.

Estoy de acuerdo en que tienen derecho a estar aquí, pero creo que hacen bien en estar asustadas. Procuro imitar el tono que adopté la primera vez que previne a Joy sobre los chicos: calmado pero serio.

– Pero debéis tener cuidado. Algunos os mirarán y verán a unas niñas de piel amarilla e ideología roja. -Frunzo el entrecejo y añado-: ¿Me entendéis?

– Sí -responde Joy-. En clase hemos hablado de eso con la maestra. Dice que, debido a nuestro aspecto, algunas personas podrían identificarnos con el enemigo, aunque seamos ciudadanas.

Al oírla, comprendo que debo esforzarme más para protegerla. Pero ¿cómo? Nunca nos han enseñado a defendernos de las miradas maliciosas ni de los rufianes callejeros.

– Quiero que vayáis juntas a la escuela y que volváis juntas, como os dije. Haced vuestras tareas escolares y…

– Típico de tu madre -me corta May-. Preocuparse, preocuparse, preocuparse. Nuestra madre era igual. Pero ¡miradnos ahora! -Se inclina sobre la mesa y le coge una mano a cada niña-. Todo irá bien. Nunca debéis disimular lo que sois. Guardar secretos así no conduce a nada bueno. Bueno, terminemos los deberes y vayamos a por ese helado.

Las niñas sonríen. Mientras redactan el trabajo, May sigue hablando con ellas, animándolas a profundizar en los temas abordados en el artículo del periódico. Quizá mi hermana esté tomando la actitud más correcta. Quizá las niñas sean demasiado pequeñas para tener miedo. Y quizá si redactan el trabajo sobre esa noticia, no sean tan ignorantes respecto a lo que sucede a su alrededor como lo éramos May y yo cuando vivíamos en Shanghai. Pero ¿me gusta? No, no me gusta nada.

Esa noche, después de cenar, padre Louie abre la carta que ha recibido de Wah Hong. «No necesitamos nada. No hace falta que nos envíes dinero», aseguran en ella sus parientes.

– ¿Crees que es auténtica? -le pregunta Sam.

Padre Louie le pasa la carta a mi marido, que la examina antes de pasármela a mí. La caligrafía es sencilla y clara. El papel parece gastado y maltratado, como el de las cartas que hemos recibido hasta ahora.

– La firma parece la misma -observo, y le tiendo la hoja a Yen-yen.

– Debe de ser auténtica -comenta ella-. Le ha costado llegar hasta aquí.

Una semana más tarde nos enteramos de que uno de los primos de mi suegro intentó escapar, pero fue capturado y ejecutado.

Me digo que un Dragón no debería estar tan asustado. Pero estoy asustada. Si sucede algo aquí -y se me ocurren cientos de posibilidades-, no sé qué haré. América es nuestro hogar, pero no pasa un solo día sin que tema que el gobierno encuentre la forma de echarnos del país.


Justo antes de Navidad recibimos una notificación de desalojo. Necesitamos otro sitio donde vivir. Sam y yo podríamos seguir ahorrando dinero para Joy y alquilar una vivienda para nosotros solos, pero lo único que tenemos -nuestra fuerza- proviene de la familia. Es una idea anticuada y china, pero Yen-yen, padre, Vern y Sam son las únicas personas que nos quedan a May y a mí en el mundo. Todos los miembros de la familia contribuyen en algo, excepto Vern y Joy, y a mí me corresponde la tarea de encontrar un nuevo hogar para todos.

No hace mucho, llena de optimismo por el próximo nacimiento de nuestro hijo, estuve buscando una vivienda para Sam y para mí, pero los agentes inmobiliarios me rechazaron y se negaron a enseñarme las casas pese a que las leyes habían cambiado. Hablé con gente que había adquirido una casa y se había mudado por la noche, y que por la mañana había encontrado el jardín lleno de basura. Entonces Sam dijo que se iría a vivir «a cualquier sitio donde nos acepten». Somos chinos, y somos una familia de tres generaciones que ha decidido vivir junta. Sólo conozco un sitio donde nos aceptarán sin reservas: Chinatown.

Voy a ver un pequeño bungalow cerca de Alpine Street. Me han dicho que tiene tres dormitorios pequeños, un porche cerrado que puede utilizarse como dormitorio y dos cuartos de baño. El terreno está rodeado por una valla baja de tela metálica por la que trepa un rosal Cecile Brunner sin flores. Un enorme pimentero se agita suavemente en el patio. El jardín es un rectángulo seco. Las caléndulas que quedan del verano yacen marchitas y marrones. También hay crisantemos, pero están mustios y parece que no los hayan podado nunca. Por encima de mi cabeza, un infinito cielo azul promete otro invierno soleado. No necesito entrar en la casa para saber que he encontrado nuestro hogar.

He llegado a la conclusión de que, por cada cosa buena que pasa, ha de pasar algo malo. Cuando estamos haciendo las maletas, Yen-yen comenta que está cansada. Se sienta en el sofá del salón y se muere. Un infarto, dicen los médicos, causado por el exceso de trabajo que conllevaba cuidar a Vern; pero nosotros sabemos que no es eso. Yen-yen ha muerto de tristeza: su hijo se ha derrumbado ante sus ojos; su nieto ha nacido muerto; la mayor parte de la riqueza de su familia, que les costó años acumular, ha quedado reducida a cenizas; y ahora esta mudanza. El funeral es modesto. Al fin y al cabo, Yen-yen no era una persona importante, sino sólo una esposa y una madre. Los dolientes se inclinan tres veces ante su ataúd. Luego celebramos un banquete de diez mesas, de diez comensales cada una, en el restaurante Soochow, donde nos sirven los platos indicados para la ocasión, condimentados con sencillez.

La muerte de Yen-yen supone un duro golpe para todos. Yo no puedo parar de llorar, y padre Louie guarda un silencio lastimoso. Pero ninguno tiene tiempo de pasar el duelo recluido, en silencio, jugando al dominó -como se acostumbra aquí, en Chinatown-, porque a la semana siguiente nos mudamos a la casa nueva. May anuncia que no puede dormir con Vern, y todo el mundo lo entiende. A nadie -por muy cariñoso y leal que sea- le gustaría dormir al lado de una persona que tiene sudores nocturnos y una llaga purulenta en la espalda que apesta a pus, sangre y putrefacción, como olían los pies vendados de mama. Ponemos dos camas individuales en el porche cerrado, una para mi hermana y otra para mi hija. No había previsto esta posibilidad, y me preocupa, pero no puedo hacer nada. May guarda su ropa en el armario de Vern -y un arco iris de vestidos de seda, raso y brocado sobresale por la puerta; los bolsos a juego casi se caen del estante, y sus zapatos, teñidos de todos los colores, cubren el suelo-; Joy tiene dos cajones inferiores del armario empotrado de la ropa blanca que hay en el pasillo, junto al cuarto de baño que comparte con padre Louie y May.

Ahora cada uno debe encontrar una manera de ayudar a la familia. Recuerdo una de las frases célebres de Mao, que ha sido objeto de burla en la prensa americana: «Todo el mundo trabaja, todo el mundo come.» Cada uno tiene una tarea: May sigue contratando extras para películas y los nuevos programas de televisión, Sam regenta el restaurante Pearl, padre Louie se ocupa de la tienda de curiosidades, Joy estudia en la escuela y ayuda a la familia en su tiempo libre. Yen-yen se ocupaba de su hijo enfermo, y ahora ese trabajo recae sobre mí. Me llevo bien con Vern, pero no quiero convertirme en enfermera. Cuando entro en su habitación, el olor a carne enferma me golpea en el rostro. Cuando se sienta, su columna vertebral se dobla hacia abajo y parece un crío. Tiene los músculos fofos y pesados, como cuando se te duerme un pie. Sólo aguanto un día, y luego voy a hablar con mi suegro para apelar la decisión.

– Cuando no quieres ayudar a la familia, suena como si vivieras en América -me dice.

– Es que vivo en América -contesto-. Quiero mucho a mi cuñado, ya lo sabes. Pero no es mi marido. Es el marido de May.

– Pero tú tienes buen corazón, Pearl. -Se le quiebra la voz-. Eres la única en quien puedo confiar para que se ocupe de mi hijo.

Me digo que el destino es inevitable y que lo único seguro es la muerte, pero me pregunto por qué el destino tiene que ser siempre tan trágico. Los chinos creemos que podemos hacer muchas cosas para mejorarlo: coser amuletos en la ropa de nuestros hijos, pedir ayuda a los maestros de feng shui para escoger fechas propicias, y confiar en la astrología para que nos diga si debemos casarnos con una Rata, un Gallo o un Caballo. Pero ¿dónde está mi fortuna, el bien que se supone que ha de llegar en forma de felicidad? Estoy en una casa nueva, pero en lugar de mimar a mi hijo varón, tengo que cuidar a Vern. Y estoy cansada y desmoralizada. El miedo no me abandona nunca. Necesito ayuda. Necesito que alguien me escuche.

El domingo siguiente voy a la iglesia con Joy, como suelo. Escuchando las palabras del reverendo, recuerdo la primera vez que Dios entró en mi vida, cuando yo era una cría. Un lo fan vestido de negro me abordó en la calle, delante de nuestra casa de Shanghai. Quería venderme una Biblia por dos peniques. Entré en casa y le pedí el dinero a mama. Ella me apartó diciendo: «Dile a ese hombre que venere a sus antepasados. Así las cosas le irán mejor en el más allá.»

Salí a la calle, le pedí disculpas al misionero por hacerle esperar y le transmití el mensaje de mama. Entonces él me regaló la Biblia. Era mi primer libro y yo estaba entusiasmada, pero esa noche, después de acostarme, mama la tiró a la basura. Sin embargo, el misionero no desistió y me invitó a ir a jugar en la misión metodista. Más tarde me propuso que asistiera a la escuela de la misión, también gratis. Mama y baba no podían rechazar una oferta así. Cuando May tuvo edad suficiente, empezó a ir conmigo a aquella escuela. Pero todas las ideas sobre Jesús no calaron en nosotras. Nosotras éramos «cristianas de arroz»: nos aprovechábamos de la comida y las clases de los diablos extranjeros, pero desdeñábamos sus palabras y sus creencias. Cuando nos convertimos en chicas bonitas, los pocos zarcillos de cristianismo que se nos habían adherido se secaron y murieron. Además, después de lo que le pasó a China, a Shanghai y a mi casa durante la guerra, después de lo que nos pasó a mama y a mí en aquella cabaña, me convencí de que no podía haber un Dios único, benévolo y compasivo.

Y ahora tenemos todas nuestras tribulaciones y pérdidas recientes, de las que la muerte de mi hijo ha sido la peor. Todas las hierbas chinas que tomé, todas las ofrendas que realicé, todas las preguntas sobre el significado de mis sueños… Nada pudo salvarlo, porque yo buscaba ayuda en la dirección equivocada. Sentada en el banco de madera de la iglesia, sonrío para mí mientras recuerdo al misionero que encontré en la calle hace tantos años. Siempre decía que la conversión sincera era inevitable. Ahora ha llegado, por fin. Me pongo a rezar: no por padre Louie, cuya vida dedicada al trabajo está llegando a su fin; no por mi marido, que lleva las cargas de la familia sobre su ventilador de hierro; no por mi bebé, que está en el más allá; no por Vern, cuyos huesos se derrumban ante mis ojos; sino para alcanzar la paz mental, para dar sentido a todas las desgracias de mi vida, y para creer que quizá todo este sufrimiento obtenga su recompensa en el cielo.

Eternamente hermosa

Riego las berenjenas y los tomates; luego el pepino que trepa por la espaldera, junto a la incineradora. Cuando termino, enrollo la manguera, paso por debajo del tendedero y vuelvo al porche. Es una mañana de domingo del verano de 1952; todavía es temprano, pero parece que hará un calor abrasador. Me gusta esta expresión -un calor abrasador- porque describe muy bien el clima de esta ciudad, que es como el del desierto. En Shanghai había tanta humedad que teníamos la sensación de estar cociéndonos.

Cuando nos mudamos a esta casa, le dije a Sam: «Quiero que siempre tengamos comida, y también quiero tener un trocito de China.» Él, con la ayuda de dos de los tíos, labró el jardín para que yo plantara un huerto. Resucité los crisantemos, que el otoño pasado florecieron con gran esplendor, y planté unos esquejes de geranio que han crecido hasta convertirse en matas exuberantes que adornan el porche cerrado. Estos dos últimos años he añadido tiestos con orquídeas barco, un naranjo chino y azaleas. Probé con las peonías -las flores más queridas en China-, pero aquí nunca hace suficiente frío para que crezcan adecuadamente. También fracasé con los rododendros. Sam me pidió que plantara bambú, y ahora nos pasamos la vida cortándolo y arrancando los brotes nuevos que aparecen en sitios inadecuados.

Subo los escalones del porche; dejo el delantal sobre la lavadora, hago las camas de May y Joy y luego voy a la cocina. Sam y yo somos copropietarios de la casa junto con el resto de la familia, pero como soy la mujer de mayor edad, la cocina es mi territorio, y es ahí donde guardo mi riqueza, literalmente. Ahora hay dos latas de café bajo el fregadero: una para la grasa de beicon y otra para el dinero que ahorramos para los estudios universitarios de Joy. Un hule cubre la mesa, y hay un termo de agua caliente preparado para el té. En un fogón siempre hay un wok, en otro, una olla donde hierven las hierbas para el tónico de Vern. Preparo una bandeja de desayuno y salgo al pasillo.

La habitación de Vern es la de un eterno niño. Aparte del armario donde May guarda su ropa -el único recordatorio de que Vern está casado-, está decorada con las maquetas que él ha montado y pintado. Unos aviones de combate cuelgan del techo con hilo de pescar. Barcos, submarinos y coches de carreras ocupan las estanterías.

Mi cuñado está despierto, escuchando un programa de radio sobre la guerra de Corea y la amenaza del comunismo, y trabajando en una de sus maquetas. Dejo la bandeja, enrollo las persianas de bambú y abro la ventana para que a Vern no le afecte mucho la cola que está utilizando.

– ¿Quieres algo más?

Él me sonríe con ternura. Lleva tres años con la enfermedad de los huesos blandos, pero parece un crío que haya faltado a la escuela por un resfriado.

– ¿Pintura y pinceles?

Se los pongo al alcance.

– Hoy tu padre se quedará contigo. Si necesitas algo, llámalo y vendrá.

No me preocupa dejarlos solos en casa, porque sé exactamente lo que harán: Vern trabajará en su maqueta, tomará una comida sencilla, se hará las necesidades encima y seguirá un rato más con su maqueta. Padre Louie realizará algunas tareas simples en la casa, preparará la comida sencilla de su hijo, irá a la esquina a comprar los periódicos para no tener que limpiar a Vern, y dormirá hasta nuestro regreso.

Le digo adiós con la mano a Vern y voy al salón, donde Sam está arreglando el altar familiar. Se inclina ante la fotografía de Yen-yen. Como no tenemos fotografías de todas las personas que nos han dejado, mi marido ha puesto una de las bolsitas de mama en el altar y un rickshaw en miniatura que representa a baba. En una cajita hay un Poco de cabello de mi hijo. Sam venera a la familia con frutas de cerámica artesanales.

Me encanta esta habitación. He enmarcado y colgado fotografías de la familia en la pared del sofá. Desde que vivimos aquí, todos los inviernos ponemos un árbol de Navidad en el rincón y lo decoramos con bolas rojas. Festoneamos las ventanas con luces navideñas para que la sala resplandezca con la noticia del nacimiento de Jesús. Las noches más frías, May, Joy y yo nos turnamos para acercarnos a la rejilla de la calefacción hasta que nuestros camisones de franela se hinchan y parecemos muñecos de nieve.

Joy ayuda a su abuelo a sentarse en su sillón reclinable y le sirve el té. Estoy orgullosa de que sea una niña china como es debido. Respeta a su abuelo, el mayor de la familia, más que a nadie, incluso más que a sus padres. Sabe que no es sólo que su abuelo deba estar enterado de todo lo que ella hace, sino que tiene derecho a decidir. Padre Louie quiere que Joy aprenda a bordar, coser, limpiar y cocinar. Después de las clases, Joy va a la tienda de curiosidades y se ocupa de muchas de las tareas que antes realizaba yo: quitar el polvo, barrer, sacar brillo.

– Es importante que se prepare para ser una futura esposa y la madre de mis bisnietos -dice padre Louie, y todos intentamos complacerlo.

Y aunque hemos perdido toda esperanza de volver a China, mi suegro todavía asegura:

– No queremos que Pan-di se vuelva demasiado americana. Algún día todos regresaremos a China.

Estas ideas nos indican que está perdiendo el juicio. Cuesta creer que antaño nos mandara a todos con tanta autoridad o que le tuviéramos miedo. Lo llamábamos «el viejo», pero ahora es un anciano, se debilita lentamente, se aleja de nosotros poco a poco, y va perdiendo sus recuerdos, su fuerza y su conexión con las cosas que siempre le han interesado: el dinero, los negocios y la familia.

Joy se despide de su abuelo con una inclinación de la cabeza, y luego me acompaña a la iglesia metodista para asistir al servicio dominical. Nada más terminar el sermón, vamos a la plaza central del Nuevo Chinatown para reunimos con Sam, May, tío Fred, Mariko y sus hijas en una de las salas de reuniones del barrio. Nos hemos integrado en un grupo -una especie de asociación- compuesto por miembros de las iglesias congregacionalista, presbiteriana y metodista de Chinatown. Nos juntamos una vez al mes. Nos ponemos de pie, muy erguidos y orgullosos, con una mano sobre el corazón, y recitamos el Juramento de Lealtad. A continuación, salimos en tropel a Bamboo Lane y subimos a nuestros coches para ir a la playa de Santa Mónica. Sam, May y yo vamos en el asiento delantero de nuestro Chrysler; Joy y las dos hijas de los Yee -Hazel y su hermana pequeña, Rose-, apretujadas en el asiento trasero. Nos dirigimos hacia el oeste formando una caravana que recorre Sunset Boulevard. Nos adelantan automóviles con alerones enormes, y sus parabrisas lanzan destellos al sol estival. Pasamos ante las anticuadas casas de madera de Echo Park, las mansiones de estuco rosa y las palmeras de Beverly Hills; torcemos por Wilshire Boulevard y continuamos hacia el oeste. Vemos supermercados enormes que parecen hangares de bombarderos B-29, aparcamientos y jardines del tamaño de campos de fútbol, y cascadas de buganvillas y campanillas.

Joy sube la voz para insistir sobre algo que les está diciendo a Hazel y Rose, y sonrío. Todos dicen que mi hija poseee don de lenguas. Tiene catorce años y habla perfectamente inglés y los dialectos sze yup y wu, y su dominio del chino escrito también es excelente. Por el Año Nuevo chino, o si hay algo que celebrar, la gente le pide que escriba unos pareados con su delicada caligrafía, que, según opinión de todos, todavía conserva la pureza de la infancia. Ese elogio no es suficiente para mí. Sé que Joy puede crecer más espiritualmente, y aprender más sobre la raza blanca si va a la iglesia fuera de Chinatown, y eso es precisamente lo que hacemos una vez al mes.

– Dios nos ama a todos -le recuerdo a mi hija-. Él quiere que te ganes bien la vida y que seas feliz. Y lo mismo pasa con América. En Estados Unidos puedes lograr cualquier cosa que te propongas. En cambio, de China no se puede decir lo mismo.

También se lo comento a Sam, porque las palabras y creencias cristianas han arraigado en mí. Además, mi fe en Dios y Jesús forma parte del patriotismo y la lealtad que siento por el país natal de mi hija. Y por supuesto, hoy en día ser cristiano va fuertemente unido al sentimiento anticomunista. Nadie quiere que lo acusen de ser un comunista ateo. Cuando nos preguntan sobre la guerra de Corea, decimos que somos contrarios a la intervención de la China comunista; cuando nos preguntan sobre Taiwán, decimos que apoyamos al generalísimo y a madame Chiang Kai-shek. Decimos que estamos a favor del rearme moral, de Jesús y de la libertad. Resulta práctico asistir a una iglesia occidental, como lo era ir a una misión cuando vivía en Shanghai.

– Debes ser consciente de estas cosas -le digo a mi marido, pues me he convertido a la religión del Dios único y él lo sabe.

Quizá a Sam no le guste, pero asiste a las reuniones de la parroquia porque nos quiere a mí, a nuestra familia, a tío Fred y a sus hijas, y porque le gustan estas excursiones que lo hacen sentirse americano De hecho, aunque a Joy se le ha pasado por fin la etapa de vaquera casi todo nos hace sentirnos más americanos. Los días como hoy Sam olvida las connotaciones religiosas de la salida y se entrega a sus cosas: preparar la comida, comer tajadas de sandía sin temor a que le hayan inyectado agua sucia de río, y disfrutar de la compañía de la familia. Considera que estas excursiones son puramente sociales y que participamos en ellas únicamente por el bien de nuestros hijos.

Estaciona en un aparcamiento junto al muelle de Santa Mónica y bajamos del coche. Al caminar por la arena nos quemamos los pies; extendemos las mantas y montamos las sombrillas. Sam y Fred ayudan a los otros padres a cavar un hoyo para la barbacoa. May, Mariko y yo ayudamos a las otras madres a distribuir cuencos de patatas, judías y ensalada de fruta, boles de gelatina con malvavisco, castaña y zanahoria rallada, y bandejas de fiambre. En cuanto el fuego está preparado, les llevamos a los hombres fuentes con alas de pollo marinadas en soja, miel y semillas de sésamo, y costillas de cerdo maceradas en salsa hoisin y cinco especias. El aire del mar se mezcla con el aroma de la carne asada; los niños juegan en la orilla; los hombres se encargan de la barbacoa; y las mujeres nos sentamos en las mantas a charlar. Mariko se queda un poco apartada. Tiene a la pequeña Mamie en brazos y vigila a sus otras hijas mestizas, Eleanor y Bess, que están construyendo un castillo de arena.

A mi hermana todos la llaman tía May. Ella tampoco cree en el Dios único, como Sam. ¡Ni mucho menos! Trabaja muchas horas, y a veces se queda hasta muy tarde preparando a los extras para un rodaje, o pasa toda la noche en el plató. Al menos, eso me cuenta. Sinceramente, no sé adónde va, pero tampoco se lo pregunto. Incluso cuando está durmiendo en casa, el teléfono puede sonar a las cuatro o cinco de la madrugada; a veces es alguien que acaba de perder todo su dinero apostando y necesita un trabajo. Nada de todo eso encaja bien con mis creencias cristianas, y por eso me gusta traer a mi hermana a estas excursiones a la playa.

– Mira a esa recién llegada -dice May, ajustándose las gafas de sol y el sombrero.

Ladea disimuladamente la cabeza hacia Violet Lee, que hace visera con sus largos y afilados dedos y escudriña el océano, donde Joy y sus amigas, cogidas de la mano, saltan por encima de las olas. Aquí hay muchas mujeres que, como Violet, acaban de bajar del barco. Ahora, casi el cuarenta por ciento de la población china de Los Ángeles la componen mujeres, pero Violet no es una esposa ni una novia de guerra. Su marido y ella vinieron a estudiar a la Universidad de Los Ángeles: ella, Bioingeniería, y Rowland, Ingeniería. Cuando China cerró las fronteras, se quedaron atrapados aquí con su hijo pequeño. No son hijos de papel, socios de papel ni empleados, pero aun así son wang k'uo nu, esclavos de la tierra perdida.

Violet y yo nos llevamos bien. Ella tiene las caderas estrechas, y eso, según mi madre, revela que una mujer tiene talento para la conversación. ¿Es mi mejor amiga? Miro a mi hermana de soslayo. No, nunca. Violet es una buena amiga, como en su día lo fue Betsy. Pero May no sabe de qué habla. Es cierto que algunas mujeres que hemos conocido últimamente parecen recién llegadas -igual que nosotras en su momento-, pero muchas son como Violet: tienen estudios, han llegado a este país con su propio dinero, no han tenido que pasar ni una sola noche en Chinatown, y se han comprado bungalows y casas en Silver Lake, Echo Park o Highland Park, donde los chinos son bien recibidos. No sólo no viven en Chinatown, sino que tampoco trabajan allí. No son empleados de lavandería, sirvientes, empleados de restaurante ni dependientes de tiendas de curiosidades. Son la flor y nata de China, los que pudieron permitirse el lujo de salir del país. Y ya han llegado mucho más lejos de lo que nosotros llegaremos. Ahora Violet da clases en la Universidad del Sur de California, y Rowland trabaja en la industria aeroespacial. Sólo acuden a Chinatown para ir a la iglesia y comprar comida. Se han unido a nuestro grupo para que su hijo conozca a otros niños chinos.

May se fija en un muchacho.

– ¿Crees que a ese recién llegado le interesa nuestra NA? -pregunta con recelo. El recién llegado al que se refiere es el hijo de Violet; NA es mi hija nacida en América.

– Leon es un chico muy agradable y muy buen estudiante contesto mientras lo veo zambullirse ágilmente en el mar-. Es el mejor de su clase en la escuela, igual que Joy en la suya.

– Me recuerdas a mama hablando de Tommy y de mí -bromea May.

– No veo nada malo en que Leon y Joy se conozcan -replico, y por una vez no me ofende que me haya comparado con mama. Al fin y al cabo, la razón por la que existe esta asociación es que queremos que los niños y niñas se conozcan y que, algún día, puedan casarse entre sí. La expectativa implícita es que se casen con alguien de origen chino.

– Joy tiene suerte de que no vayan a concertarle una boda. -May suelta un suspiro-. Pero incluso cuando se trata de animales, siempre es preferible un pura raza a un chucho.

Cuando pierdes tu patria, ¿qué conservas y qué abandonas? Nosotros sólo hemos conservado lo que se podía salvar: la comida china, el idioma chino, la costumbre de enviar dinero a la familia Louie que sigue en el pueblo. Pero ¿y el matrimonio concertado para mi hija? Sam no es Z.G., pero es un hombre bueno. Y Vern, pese a haber sido siempre imperfecto, nunca ha pegado a May ni ha perdido dinero en las apuestas.

– No le des prisa para que se case -continúa mi hermana-. Deja que estudie -agrega, cuando eso es algo por lo que llevo trabajando prácticamente desde el día en que nació Joy-. En Shanghai no tuve las mismas oportunidades que tú -se lamenta-, pero Joy debería ir a la universidad, como hiciste tú. -Hace una pausa para que asimile sus palabras, como si fuera la primera vez que las oigo-. Pero me encanta que tenga tan buenos amigos -añade, mientras las niñas vuelven a cogerse de las manos al acercarse una gran ola-. ¿Te acuerdas de cuando podíamos reír así? No concebíamos que pudiera pasarnos nada malo.

– La felicidad no tiene nada que ver con el dinero -digo con convencimiento. Pero May se muerde el labio inferior, y comprendo que mi comentario no ha sido nada acertado-. Cuando baba lo perdió todo, pensamos que era el fin del mundo…

– Lo era. Nuestras vidas habrían sido muy diferentes si baba hubiera ahorrado nuestro dinero en lugar de perderlo jugando; por eso ahora trabajo tanto para ganarlo.

«Para ganarlo y para gastártelo en ropa y joyas», pienso, pero no lo menciono. Nuestras diferentes actitudes respecto al dinero son una de las cosas que la sacan de quicio.

– Lo que quiero decir -insisto, con la esperanza de no irritarla más- es que Joy tiene la suerte de tener amigos, como yo tengo la suerte de tenerte a ti. Cuando se casó, mama no volvió a ver a sus hermanas, pero tú y yo nos tendremos siempre. -Le paso un brazo por los hombros y la sacudo cariñosamente-. A veces pienso que algún día acabaremos compartiendo una habitación, como cuando éramos pequeñas, sólo que estaremos en una residencia para ancianos. Comeremos juntas. Venderemos números de rifa juntas. Haremos manualidades juntas…

– Iremos a la primera sesión juntas -añade May sonriendo.

– Y cantaremos salmos juntas.

May frunce el entrecejo. He cometido otro error, y me apresuro a arreglarlo:

– ¡Y jugaremos al majong! Seremos dos mujeres rollizas retiradas que juegan al majong y se quejan por todo.

May asiente con la cabeza mientras mira con añoranza hacia el oeste, más allá del mar y el horizonte.


Cuando llegamos a casa, encontramos a padre Louie dormido en su sillón. Les doy sombreros de paja a Joy, Hazel y Rose y las envío al patio trasero, donde recogen granos de pimienta del suelo, llenan sus sombreros y se lanzan las inofensivas bolitas rosa, riendo, chillando y correteando entre las plantas. Sam y yo vamos a la habitación de Vern a cambiarle el pañal. La ventana abierta no ayuda mucho a eliminar el olor a enfermedad, pus y excrementos. May prepara el té. Nos sentamos unos minutos para contarle a Vern lo que hemos hecho hoy, y luego vuelvo a la cocina para preparar la cena.

Lavo el arroz, corto jengibre y ajo, troceo carne de ternera. Antes de empezar a cocinar, envío a las hijas de los Yee a su casa. Mientras preparo la ternera lo mein con curry y tomate, Joy pone la mesa, una tarea que en Shanghai siempre realizaban nuestros sirvientes bajo la atenta mirada de mama. Joy coloca los palillos y se asegura de que ninguno quede torcido, porque eso significaría que quien los utilice perderá un barco, un avión o un tren (aunque nadie tiene previsto ir a ninguna parte). Mientras sirvo la comida en la mesa, Joy va a buscar a su tía, su padre y su abuelo. He tratado de inculcarle las cosas que mama intentó enseñarme a mí. La diferencia es que mi hija presta atención y ha aprendido. Nunca habla durante la cena, algo en lo que May y yo siempre fallábamos. Nunca se le caen los palillos, porque trae mala suerte, ni los deja dentro del cuenco de arroz, porque eso sólo se hace en los funerales y sería descortés hacia su abuelo, que últimamente piensa a menudo en su propia muerte.

Después de cenar, Sam ayuda a padre a volver a su sillón. Yo limpio la cocina mientras May le lleva un plato de comida a Vern. Estoy con las manos metidas en el agua jabonosa, contemplando el jardín, que brilla a la última luz de la tarde estival, cuando oigo llegar a mi hermana por el pasillo. Luego oigo un grito ahogado, un respingo tan fuerte y brusco que de pronto me entra un miedo terrible. ¿Será Vern? ¿Padre? ¿Joy? ¿Sam?

Corro hasta la puerta de la cocina y asomo la cabeza. May está plantada en medio del salón, con el plato vacío de Vern en la mano, las mejillas coloradas y una expresión que no logro descifrar. Mira fijamente hacia el sillón de padre, así que pienso que mi suegro ha fallecido. Me digo que la muerte no ha escogido un mal día para presentarse. Padre tiene más de ochenta años, ha pasado un día tranquilo con su hijo, ha cenado con su familia y ninguno de nosotros puede estar descontento con las relaciones familiares.

Entro en el salón, dispuesta a enfrentarme a este triste momento, y me quedo paralizada como mi hermana: mi suegro se encuentra perfectamente. Está sentado con los pies en alto en su sillón reclinable, con su larga pipa en la boca, y con un ejemplar de China Reconstructs en las manos. Verlo leyendo esa revista ya es bastante sorprendente. Proviene de la China Roja y es una herramienta de propaganda comunista. Circulan rumores de que el gobierno tiene espías en Chinatown que se enteran de quién compra publicaciones como ésa. Padre Louie, de quien no se puede decir en absoluto que sea partidario del régimen comunista, nos ha advertido que no vayamos al estanco ni a la papelería donde venden esa revista bajo mano.

Pero lo que me sorprende no es la revista, sino la portada, que mi suegro nos muestra con orgullo. La imagen que aparece en ella nos resulta familiar, aunque nosotras no leamos esa clase de publicaciones: el esplendor de la Nueva China representado por dos jóvenes vestidas de campesinas, con las mejillas coloradas, los brazos cargados de frutas y hortalizas, ensalzando el nuevo régimen; todo plasmado con intensos tonos rojos. Y esas dos chicas bonitas somos May y yo. El pintor, que ha adoptado el estilo de los comunistas, con imágenes exuberantes y muy realzadas, resulta fácilmente identificable por la delicadeza y la precisión de sus pinceladas. Z.G. está vivo, y no se ha olvidado de mí ni de mi hermana.

– He ido al estanco mientras Vern dormía. Mirad -dice padre Louie sin disimular su orgullo por la imagen de la portada. May y yo ya no aparecemos anunciando jabón, polvos de tocador ni leche infantil en polvo, sino una cosecha espléndida frente a la pagoda Lunghua, donde Z.G. y nosotras fuimos un día a volar cometas-. Todavía sois chicas bonitas.

Padre habla en un tono casi triunfal. Se ha pasado la vida trabajando, y ¿para qué? No ha podido volver a China. Su esposa ha muerto. Su hijo es como una chinche reseca y más o menos igual de sociable. No ha tenido nietos. Sus negocios han quedado reducidos a una mediocre tienda de curiosidades. Pero hay una cosa que sí hizo bien, muy bien: consiguió dos chicas bonitas para Vern y Sam.

May y yo, vacilantes, damos unos pasos hacia él. Es difícil explicar cómo me siento: estoy conmocionada por vernos tal como éramos hace quince años, con las mejillas coloradas, los ojos brillantes y una sonrisa cautivadora; estoy un poco asustada por constatar que hay revistas como ésa en la casa; y estoy casi loca de alegría por saber que Z.G. sigue con vida.

Sam aparece a mi lado haciendo aspavientos, muy emocionado.

– ¡Sois vosotras! ¡Sois May y tú! -exclama.

Me sonrojo como si me hubieran descubierto. Y es que me han descubierto. Miro a May en busca de ayuda. Como buenas hermanas, siempre hemos sabido transmitirnos mucho con la mirada.

– Esto debe de haberlo pintado Z.G. Li -dice ella sin alterarse-. Qué bonito que nos haya recordado así. Pearl está preciosa, ¿verdad?

– Os ha pintado exactamente como yo os veo -declara Sam, demostrando ser un buen marido y un cuñado cariñoso-. Siempre hermosas. Eternamente hermosas.

– Sí, hermosas -concede May alegremente-, aunque ninguna de las dos hemos estado jamás tan guapas con ropa de campesina.

Esa noche, cuando todos se han acostado, voy a reunirme con mi hermana. Nos sentamos en su cama, cogidas de la mano, y nos quedamos contemplando la revista. Por mucho que quiera a Sam, una parte de mí se alegra de saber que, al otro lado del océano, en Shanghai -porque tengo que creer que Z.G. está allí-, en un país al que no puedo volver, el hombre que amé hace tanto tiempo todavía me ama.


Una semana más tarde, nos damos cuenta de que la debilidad y el letargo de padre son algo más que síntomas del enlentecimiento propio de la vejez. Está enfermo. El médico nos dice que es cáncer de pulmón y que no se puede hacer nada. La muerte de Yen-yen fue tan repentina y llegó en un momento tan inconveniente que no tuvimos ocasión de prepararnos para su muerte ni llorar su pérdida. Esta vez, cada uno reflexiona a su manera sobre los errores cometidos en el pasado y procura corregirlos en el tiempo que le queda.

En los meses siguientes recibimos muchas visitas. Todos hablan con respeto de mi suegro, lo consideran un Hombre de la Montaña Dorada; sin embargo, estos últimos días, cuando lo miro sólo veo a un hombre destrozado. Ha trabajado mucho, pero ha perdido sus negocios y sus propiedades en China y casi todo lo que había conseguido aquí. Ahora, al final, tiene que depender de su hijo de papel para la vivienda, la comida, la pipa de la noche y los ejemplares de China Reconstructs que Sam compra bajo mano en la tienda de la esquina.

El único consuelo de padre en estos meses finales, mientras el cáncer le come los pulmones, son las fotografías que recorto de la revista y cuelgo en la pared junto a su sillón. Lo veo muchas veces con lágrimas en sus descarnadas mejillas, contemplando el país del que se marchó de joven: las montañas sagradas, la Gran Muralla y la Ciudad Prohibida. Dice que odia a los comunistas, porque es lo que ha de decir todo el mundo, pero todavía siente un amor por la tierra, el arte, la cultura y la gente de China que no tiene nada que ver con Mao, con el Telón de Bambú ni con el miedo a los rojos. Y él no es el único que siente nostalgia de su patria. Muchos de los primeros en llegar a América, como tío Wilburt y tío Charley, vienen a casa y también se quedan contemplando esas imágenes de su hogar perdido; sienten un profundo amor por China, sin importarles en qué se ha convertido. Pero las cosas se precipitan y padre no tarda en morir.

El funeral es el acontecimiento más importante de la vida de una persona, más relevante que un nacimiento, un cumpleaños o una boda. Como padre era un hombre y vivió más de ochenta años, su funeral es mucho más lujoso que el de Yen-yen. Alquilamos un Cadillac descapotable para recorrer Chinatown con un gran retrato de padre Louie, enmarcado con flores, en el asiento trasero. El chófer del coche fúnebre lanza monedas por la ventanilla para contentar a los demonios maléficos y los fantasmas que podrían intentar cerrarle el paso. Detrás va una banda de música que interpreta canciones populares chinas y marchas militares. En la sala donde se celebra la ceremonia, trescientas personas se inclinan tres veces ante el ataúd y otras tres veces ante nosotros, los miembros de la familia. Ofrecemos monedas a los dolientes para dispersar el sa hee -el aire impuro relacionado con la muerte- y caramelos para eliminar el sabor amargo de la misma. Todos visten de blanco: el color del luto, el color de la muerte. Luego vamos al restaurante Soochow, donde se celebra el gaai wai jau, el banquete tradicional «sencillo» de siete platos a base de pollo, marisco y verduras al vapor, cuya finalidad es «paliar la pena», desearle al difunto una larga vida en el más allá, ayudarnos a superar la pérdida y animarnos a dejar atrás los vapores de la muerte antes de volver a casa.

Durante tres meses, mientras dura el período de luto riguroso, las mujeres vienen a casa a jugar al dominó con May y conmigo. A veces me sorprendo contemplando las fotografías que colgué en la pared, encima del sillón de padre. No sé por qué, pero no me decido a retirarlas.

Una pizca de oro


– ¿Por qué no puedo ir? -protesta Joy-. Tía Violet y tío Rowland dejan ir a Leon.

– Leon es un chico -le recuerdo.

– Sólo cuesta veinticinco centavos. ¡Por favor!

– Tu padre y yo pensamos que no está bien que una chica de tu edad vaya sola por la ciudad y…

– No iré sola. Van todos mis amigos.

– Tú no eres todos tus amigos. ¿Quieres que la gente te mire y vea porcelana resquebrajada? Tienes que proteger tu cuerpo como si fuera una pieza de jade.

– Mamá, lo único que quiero es ir a la disco-fiesta del International Hall.

A veces Yen-yen decía que una pizca de oro no podía comprar una pizca de tiempo, pero hasta hace poco no he empezado a entender lo valioso que es el tiempo y lo deprisa que pasa. Estamos en el verano de 1956, el verano posterior a la graduación de Joy en el instituto. En otoño irá a la Universidad de Chicago, donde estudiará Historia. Chicago está muy lejos, pero hemos decidido dejarla ir. La matrícula es más cara de lo previsto, pero Joy ha conseguido una beca parcial, y May también contribuirá. No pasa un día sin que Joy pida que la dejemos ir a algún sitio. Si decimos que sí a lo de la disco-fiesta -sea eso lo que sea-, luego tendremos que dejarla ir a otra cosa: un baile con orquesta, una fiesta de cumpleaños en MacArthur Park, o una celebración que implique coger un autobús.

– ¿Qué crees que va a pasar? -insiste Joy-. Sólo vamos a poner discos y bailar un poco.

May y yo también decíamos esas cosas cuando vivíamos en Shanghai, y no salimos muy bien paradas.

– Eres demasiado pequeña para salir con chicos -razono.

– ¿Demasiado pequeña? Pero ¡si tengo dieciocho años! Tía May se casó con tío Vern cuando tenía mi edad.

«Y ya estaba embarazada», pienso.

Sam intenta tranquilizarme y me reprocha ser demasiado estricta.

– Te preocupas demasiado -dice-. A Joy todavía no le interesan los chicos.

Pero ¿a qué chica de su edad no le interesan los chicos? A mí me interesaban. A May también. Ahora, cuando Joy me replica, desdeña lo que le digo o se marcha de la habitación cuando le pido que se quede, hasta mi hermana se ríe de mí por enfadarme, y dice: «Nosotras a su edad hacíamos exactamente lo mismo.»

«¡Y mira cómo hemos acabado!», me gustaría contestarle.

– Nunca he ido a un partido de fútbol ni a un baile -sigue protestando Joy-. Las otras chicas han ido al Palladium y al Biltmore. Yo nunca puedo hacer nada.

– Te necesitamos en el restaurante y la tienda. Tu tía también necesita que la ayudes.

– ¿Para qué quiero trabajar si no me pagáis?

– Todo el dinero…

– Va a la hucha familiar. Ahorráis para pagarme la universidad. Ya lo sé. ¡Ya lo sé! Pero sólo faltan dos meses para que me marche a Chicago. ¿No queréis que me divierta? Es mi última oportunidad de ver a mis amigos. -Se cruza de brazos y suspira como si fuera la persona más agobiada del mundo.

– Puedes hacer lo que quieras, pero has de sacar buenas notas. Si no deseas estudiar…

– …tendré que apañármelas sola -termina ella, recitando la cantinela con gesto de hastío.

Soy la madre de Joy y la veo con ojos de madre. Su negro y largo cabello encierra el azul de montañas lejanas. Sus ojos son negros como un lago en otoño. No se alimentó bien en el útero, y es más menuda que May y que yo. Por eso parece una doncella de tiempos lejanos -ágil como las ramas de un sauce agitadas por la brisa, delicada como el vuelo de las golondrinas-, pero por dentro sigue siendo un Tigre. Puedo intentar domarla, pero mi hija no puede eludir su naturaleza esencial, como yo no puedo eludir la mía. Desde que se graduó, no para de quejarse de la ropa que le hago. «Es ridícula», dice. Yo se la coso con amor, y lo hago porque en Los Ángeles no hay ningún sitio como el Madame Garnet's de Shanghai, donde te hacían vestidos que se adaptaban perfectamente a tu silueta. Lo que más le molesta es su sensación de falta de libertad, pero sé muy bien las cosas que hacíamos May y yo -sobre todo May; en realidad, sólo May- cuando éramos jóvenes.

Todo esto no pasaría si padre Louie siguiera vivo. Ya hace cuatro años que murió. Sam, Joy y yo podríamos haber aprovechado su muerte para vivir solos, pero no lo hicimos. Sam hizo una promesa cuando padre lo acogió como algo más que un hijo de papel. Quizá yo ya no crea en los antepasados, pero Sam enciende incienso para padre Louie y le hace ofrendas de comida y ropa de papel por Año Nuevo y en otras fiestas. ¿Cómo íbamos a abandonar a Vern, que ha vivido más años de los que esperábamos? Cuando preguntara por sus padres, como hace todos los días, ¿quién le explicaría que han muerto? ¿Cómo íbamos a dejar que May se encargase de su marido, dirigiera la Golden Prop and Extras y la tienda de curiosidades, y llevase la casa? Pero no se trata sólo de la lealtad a la familia y las promesas hechas. También seguimos teniendo mucho miedo.

Todos los días oímos malas noticias. El cónsul americano en Hong Kong ha acusado a la comunidad china de tendencia a cometer fraude y perjurio, porque los chinos «no tienen un equivalente al concepto occidental del juramento». Dice que todos los que pasan por su despacho con intención de viajar a Estados Unidos utilizan documentos falsos. El Centro de Inmigración de Angel Island lleva mucho tiempo cerrado, pero el cónsul ha concebido nuevos procedimientos que requieren contestar cientos de preguntas, rellenar docenas de formularios y realizar declaraciones juradas, análisis de sangre, radiografías y huellas dactilares, y todo eso para evitar que los chinos entren en América. Afirma que casi todos los que ya viven aquí -incluidos los que vinieron a buscar oro hace más de cien años y los que ayudaron a construir el ferrocarril transcontinental hace unos ochenta años- entraron ilegalmente, y que no se puede confiar en ellos. Nos acusa de traficar con drogas, utilizar pasaportes y otros documentos falsos, falsificar dólares y cobrar ilegalmente de la Seguridad Social y las ayudas a los veteranos. Peor aún: asegura que durante décadas los comunistas enviaron a América hijos de papel -como Sam, Wilburt, Fred y tantos otros- como espías. Insiste en que hay que investigar a todos los chinos afincados aquí.

Joy lleva años hablándonos de los simulacros de ataque nuclear que realizan en la escuela. Ahora parece que vivamos siempre en posición fetal, encerrados en casa con la familia, confiando en que las ventanas, las paredes y las puertas no se hagan añicos, ardan y queden reducidas a cenizas. Ésas son las razones de seguir juntos: el amor que sentimos unos por otros y el miedo a que le pase algo a alguien; nos hemos esforzado por encontrar un equilibrio y un orden, pero, ahora que no está padre Louie, todos vamos un poco a la deriva, en especial mi hija.

– Tú no tendrás que lavarles la ropa a los lo fan, prepararles la comida, limpiar su casa ni abrir sus puertas -le digo-. Tampoco tendrás que ser oficinista ni empleada de una tienda. Cuando tu padre y yo llegamos aquí, nuestro único objetivo era abrir nuestro propio restaurante y, quizá algún día, vivir en una casa.

– Papá y tú lo habéis conseguido.

– Sí, pero tú puedes conseguir mucho más. Cuando tu tía y yo llegamos aquí, sólo unos pocos afortunados podían ejercer una profesión. Puedo contarlos con los dedos de una mano. -Y lo hago-: Y.C. Hong, el primer abogado chino-americano de California; Eugene Choy, el primer arquitecto chino-americano de Los Ángeles; Margaret Chung, la primera doctora chino-americana del país…

– Eso ya me lo has contado mil veces.

– Porque quiero que entiendas que tú puedes ser doctora, abogada, científica o contable. Puedes hacer lo que quieras.

– ¿Hasta trepar a un poste de teléfonos? -pregunta con ironía.

– Sólo deseamos que llegues a lo más alto -replico con calma.

– Por eso voy a ir a la universidad. No quiero trabajar en el restaurante ni en la tienda.

Yo tampoco quiero, y eso es precisamente lo que procuro que entienda. Sin embargo, una parte de mí lamenta profundamente que Joy se avergüence tanto de nuestras empresas familiares, que son lo que le ha proporcionado un techo, ropa y comida. Intento explicárselo, y no por primera vez.

– Los hijos de la familia Fong son médicos y abogados, pero siguen ayudando en el Fong's Buffet -le recuerdo-. Uno de los chicos trabaja en los tribunales por la mañana. Por la noche, los jueces van a cenar a su restaurante y le preguntan: «¿No nos conocemos de algo?» ¿Y el hijo de los Wong? Estudió en la Universidad del Sur de California, pero no le avergüenza ayudar a su padre en la gasolinera los fines de semana.

– No puedo creer que me pongas como ejemplo a Henry Fong. Siempre te lamentas de que se ha vuelto demasiado europeo porque se casó con esa chica de familia escocesa. Y Gary Wong sólo pretende compensar a su familia porque les dio un disgusto casándose con una lo fan y trasladándose a Long Beach para vivir como un eurasiático. Me alegro de que te hayas vuelto tan tolerante.

Así es como transcurre el último verano de Joy en casa: con una discusión tras otra. En una de las reuniones de la iglesia, Violet me confía que a ella le pasa lo mismo con Leon, que en otoño se marchará a estudiar a Yale.

– A veces es tan desagradable como un pescado arrumbado detrás de un sofá. Aquí hablan del pájaro que abandona el nido. Leon está impaciente por echar a volar. Es mi hijo, sangre de mi sangre, pero no sabe que una parte de mí también quiere verlo marchar. ¡Vete! ¡Vete! ¡Y llévate tu hedor contigo!

– Es culpa nuestra -le digo por teléfono otra noche, cuando me llama llorando: Leon se ha quejado de que a ella, por su acento, siempre la llamarán extranjera, y cree que si le preguntan de dónde es debería contestar que de Taipei, en Taiwán, y no de Pekín, en la República Popular China, porque si no J. Edgar Hoover y sus agentes del FBI podrían acusarla de espía comunista-. Educamos a nuestros hijos para que fueran americanos, pero también queríamos que fueran hijos chinos bien educados.

May, consciente de la discordia que reina en la casa, le ofrece a Joy un trabajo de extra. Mi hija se muestra entusiasmada.

– ¡Mamá! ¡Por favor! Tía May dice que si voy a trabajar con ella, tendré mi propio dinero para libros, comida y ropa de abrigo.

– Ya hemos ahorrado para eso -respondo, aunque no es del todo cierto. Ese dinero adicional nos vendría muy bien; pero lo último que quiero es que Joy se vaya con May.

– Nunca me dejas hacer nada -protesta mi hija.

May no interviene; se limita a mirarnos, consciente de que, al final, el pícaro Tigre se saldrá con la suya. Así que Joy se va a trabajar con su tía varias semanas. Todas las noches, cuando vuelve a casa, entretiene a su padre y a su tío con relatos de sus andanzas en el plató, pero aun así, siempre encuentra alguna forma de criticarme. May me aconseja que no tenga en cuenta su rebeldía; me dice que eso forma parte de la cultura actual, y que Joy sólo intenta integrarse con los chicos americanos de su edad. Mi hermana no entiende lo confundida que estoy. Todos los días libro una batalla interior: quiero que Joy sea patriótica y tenga todas las oportunidades que le brinda el hecho de ser americana. Y al mismo tiempo, me lamento por no haber sabido enseñarle a ser una buena hija, bien educada y fiel a las tradiciones chinas.

Dos semanas antes de que Joy se marche a la Universidad de Chicago, voy al porche cerrado a darle las buenas noches. Mi hermana está en su cama, en un extremo del porche, hojeando una revista. Joy está sentada en su propia cama, cepillándose el cabello y escuchando a Elvis Presley en el tocadiscos. La pared de su cama está cubierta de fotografías de Elvis y James Dean, que murió el año pasado.

– Mamá -dice cuando voy a darle un beso-, he estado pensando una cosa.

A estas alturas, ya sé que ese preámbulo no augura nada bueno.

– Siempre dices que tía May era la más hermosa de las chicas bonitas de Shanghai.

– Sí -respondo mirando a mi hermana, que aparta los ojos de la revista-. Todos los pintores la adoraban.

– Pues si es así, ¿por qué tu cara siempre es la figura principal en esas revistas que compra papá, ya sabes, las que vienen de China?

– Eso no es verdad -replico, pero sí que lo es.

En estos cuatro años, desde que padre Louie trajo a casa aquel ejemplar de China Reconstructs, Z.G. ha diseñado otras seis portadas donde la cara de May y la mía son perfectamente reconocibles. En los viejos tiempos, los artistas como Z.G. utilizaban a chicas bonitas para anunciar una vida de lujos. Ahora utilizan los carteles, los calendarios y los anuncios para transmitir las convicciones del Partido Comunista a las masas de analfabetos y al mundo exterior. Las escenas en tocadores, salones y cuartos de baño han sido sustituidas por temas patrióticos: May y yo con los brazos estirados como si quisiéramos alcanzar el brillante futuro; las dos con pañuelo en la cabeza, empujando carretillas llenas de piedras para ayudar a construir una presa; o en un arrozal, plantando brotes de arroz. En todas las portadas, mi rostro -de rosadas mejillas- y mi cuerpo -de esbeltas líneas- es la figura central, mientras que mi hermana ocupa una posición secundaria detrás de mí, sosteniendo un cesto en que yo pongo hortalizas, sujetándome la bicicleta, o con la cabeza gacha, cargando algo a la espalda mientras yo miro al cielo. Siempre aparece algún detalle de Shanghai en la ilustración: el río Whangpoo visto desde la ventana de una fábrica; el jardín Yu Yuan de la ciudad vieja, donde unos soldados uniformados entrenan con sus fusiles; el espléndido Bund, convertido en un escenario gris y soso por el que desfilan obreros. Los tonos sutiles, las posturas románticas y los bordes difuminados que tanto le gustaban a Z.G. han sido sustituidos por figuras bordeadas de negro y pintadas de un solo color plano, casi siempre rojo, rojo, rojo.

Joy se levanta y recorre el porche. Examina las portadas que May ha colgado en la pared, junto a su cama.

– El pintor debía de quererte mucho -comenta mi hija.

– Qué va, eso es imposible -dice May para encubrirme.

– Deberías fijarte mejor -replica Joy-. ¿No ves lo que ha hecho el pintor? Dos jóvenes delgadas, pálidas y elegantes, como debías de ser tú entonces, tía May, han sido sustituidas por dos trabajadoras robustas, sanas y fuertes, como mamá. ¿No me has dicho que el abuelo siempre se lamentaba porque mamá tenía cara de campesina, por las mejillas coloradas? Su cara es perfecta para los comunistas.

A veces las hijas son crueles. A veces dicen cosas sin mala intención, pero eso no significa que sus palabras no hieran. Me doy la vuelta y me quedo mirando el huerto para ocultar mis sentimientos.

– Por eso creo que a la que quiere es a ti, tía May. ¿No lo ves?

Respiro hondo; una parte de mi cerebro escucha a mi hija, y la otra reinterpreta lo que ha dicho antes. Al decir: «Debía de quererte mucho», no se refería a mí, sino a May.

– Porque, mira -prosigue Joy-: aquí está mamá, la campesina perfecta para el país, pero fíjate cómo ha pintado tu rostro, tía May. Es precioso. Pareces una diosa o algo así.

Mi hermana no dice nada, pero supongo que está examinando las fotografías.

– Seguro que si el pintor os viera ahora -continúa Joy-, no os reconocería.

Con esas palabras, mi hija consigue herirnos a las dos, pinchando nuestra parte más sensible y vulnerable. Me hinco las uñas en las palmas para controlar mis emociones. Con una sonrisa, me doy la vuelta y poso las manos en los hombros de Joy.

– He venido a darte las buenas noches. Métete en la cama. -Y con tono despreocupado, añado-: Ah, May, ¿puedes ayudarme con la contabilidad del restaurante? No me cuadran los números.

Mi hermana y yo llevamos toda una vida juntas componiendo sonrisas falsas y eludiendo situaciones desagradables. Salimos del porche fingiendo que Joy no nos ha herido con sus comentarios, pero en cuanto llegamos a la cocina, nos abrazamos para darnos fuerza y consuelo. ¿Cómo pueden dolemos tanto las palabras de Joy después de tantos años? Porque todavía llevamos dentro los sueños de lo que podría haber sido, de lo que debería haber sido, de lo que desearíamos que todavía pudiera ser. Eso no significa que no estemos contentas. Lo estamos, pero los deseos románticos de nuestra infancia todavía no nos han abandonado del todo. Como dijo Yen-yen hace muchos años: «A veces me miro en el espejo y me sorprende lo que veo.» Y cuando yo me miro todavía espero ver a aquella chica de Shanghai, no a la esposa y madre en que me he convertido. ¿Y May? No ha cambiado nada. Sigue hermosa, eternamente joven.

– Joy sólo es una niña -le digo-. Nosotras también decíamos y hacíamos tonterías cuando teníamos su edad.

– Al final todo vuelve al principio -replica May.

Me pregunto si estará pensando en el significado original de ese aforismo: que hagamos lo que hagamos en esta vida, siempre volveremos al principio, y tendremos hijos que nos desobedecerán, nos harán daño y nos decepcionarán, igual que nosotros desobedecíamos, hacíamos daño y decepcionábamos a nuestros padres. ¿O está pensando en Shanghai y en que, en cierto modo, desde que nos marchamos no hemos hecho sino prolongar los últimos días que pasamos allí, condenadas a revivir eternamente la pérdida de nuestros padres, Z.G. y nuestra casa, y a sobrellevar las consecuencias de mi violación y el embarazo de May?

– Joy nos dice esas cosas tan hirientes para que estemos unidas -declaro, repitiendo algo que me dijo Violet el otro día-. Sabe que cuando se marche, nos quedaremos muy tristes.

May desvía la mirada; tiene los ojos llorosos.

A la mañana siguiente, cuando voy al porche, veo que han desaparecido las portadas de China Reconstructs que colgaban de las paredes.


Estamos en el andén de la Union Station, despidiéndonos de Joy. May y yo llevamos faldas con mucho vuelo, ahuecadas por las enaguas y ceñidas a la cintura con estrechos cinturones de piel. La semana pasada tintamos los zapatos de tacón de aguja para que hicieran juego con los vestidos, guantes y bolsos. Fuimos al Palace Salon a rizarnos el pelo y cardarlo hasta que alcanzó una altura impresionante; ahora nos protegemos el peinado con un pañuelo de colores vivos anudado bajo la barbilla. Sam lleva su mejor traje y tiene una expresión triste. Y Joy está loca de alegría.

De su bolso, May saca la bolsita con las tres monedas, las tres semillas de sésamo y las tres habichuelas que le regaló mama. Me ha preguntado si podía regalársela a Joy. Yo le he dicho que sí, pero me habría gustado pensármelo mejor. May le cuelga la bolsita del cuello y dice:

– El día que naciste te di esto para que te protegiera. Ahora espero que lo lleves mientras estés lejos de nosotros.

– Gracias, tía -responde Joy, y aprieta la bolsita-. No pienso exprimir una naranja más, ni vender una sola gardenia más, en toda mi vida -promete al abrazar a su padre-. No volveré a llevar vestidos de tela atómica ni esos horribles jerséis de fieltro -me promete después de besarme-. No quiero ver otro rascador de espalda ni otra pieza de porcelana de Cantón.

Soportamos su frivolidad, la escuchamos y le damos nuestros mejores consejos y nuestras últimas palabras: la queremos, debe escribirnos todos los días, puede llamarnos por teléfono si tiene algún problema, ha de comerse primero las albóndigas que le ha hecho su padre y luego las galletas y la mantequilla de cacahuete que le hemos puesto en el cesto. Joy sube al tren; la ventanilla la separa de nosotros mientras se despide con la mano y dice, moviendo los labios: «¡Os quiero! ¡Os echaré de menos!» Cuando el tren se pone en marcha, caminamos por el andén diciéndole adiós con la mano y llorando hasta que la perdemos de vista.

Al regresar a casa, es como si hubieran cortado la electricidad. Ya sólo quedamos cuatro, y la tranquilidad, sobre todo durante el primer mes, es tan insoportable que May se compra un Ford Thunderbird nuevo, y Sam y yo un televisor. May viene a casa después del trabajo, cena algo deprisa, le da las buenas noches a Vern y se marcha de nuevo. Los demás nos sentamos en el salón y vemos La ley del revólver y Cheyenne, recordando cómo le gustaban las vaqueras a Joy.


– «Queridos mamá, papá, tía May y tío Vern -leo en voz alta. Estamos sentados alrededor de la cama de Vern-. En vuestra carta me preguntabais si os añoraba. ¿Cómo contestar a esa pregunta sin ofenderos? Si os digo que me estoy divirtiendo, os haré daño. Si os digo que estoy triste, os preocuparéis por mí.»

Miro a los demás. Sam y May asienten con la cabeza. Vern retuerce la sábana con los dedos. No acaba de entender que Joy se haya marchado; tampoco entiende del todo que sus padres hayan muerto.

– «Pero creo que a papá le gustaría que dijera la verdad -continúo-. Estoy muy contenta y me lo paso muy bien. Las clases son interesantes. Estoy haciendo un trabajo sobre un escritor chino llamado Lu Hsün. Supongo que no habréis oído hablar de él…»

– ¡Ja! -salta mi hermana-. Podríamos contarle muchas cosas. ¿Te acuerdas de lo que escribió sobre las chicas bonitas?

– Sigue leyendo, sigue leyendo -pide Sam.


Joy no viene a casa por Navidad. No nos molestamos en poner un gran árbol. Sam compra un arbolito de apenas medio metro, que colocamos sobre la cómoda de Vern.

Hacia finales de enero, el entusiasmo inicial de Joy deja paso, por fin, a la añoranza:


¿Cómo puede la gente vivir en Chicago? Aquí hace mucho frío. Nunca sale el sol, y el viento no para de soplar. Gracias por la ropa interior de abrigo que me comprasteis en la tienda de excedentes del Ejercito, pero ni siquiera con eso consigo calentarme. Aquí todo es blanco -el cielo, el sol, la cara de la gente-, y los días son demasiado cortos. No sé qué echo más de menos, si ir ala playa o pasearme por los platos con tía May. Hasta añoro el cerdo agridulce que prepara papá en el restaurante.


Ese último comentario es grave. El cerdo agridulce es el peor plato lo fan: demasiado dulce y demasiado empanado. En febrero, mi hija escribe:


Confiaba en que alguno de mis profesores me diera trabajo para las vacaciones de primavera. ¿Cómo es posible que ninguno tenga nada que ofrecerme? En la clase de Historia me siento en la primera fila, pero el profesor les reparte asignaciones a todos antes que a mí. Si se acaban, mala suerte.


Le contesto:


La gente siempre te dirá que no puedes hacer esto o aquello, pero no olvides que puedes hacer cualquier cosa que te propongas. No dejes de ir a la iglesia. Allí siempre te aceptarán, y podrás comentar la Biblia. Es conveniente que la gente sepa que eres cristiana.


Me responde:


Todos me preguntan por qué no vuelvo a China. Les digo que no puedo volver a un sitio donde no he estado nunca.


En marzo, de repente, Joy se anima.

– Quizá sea porque ha terminado el invierno -insinúa Sam. Pero no es eso, porque sigue quejándose del interminable invierno. Lo que pasa es que hay un chico…


Mi amigo Joe me pidió que me uniera a la Asociación de Estudiantes Chinos Democristianos. Me gustan los miembros del grupo. Hablamos de integración, matrimonios mixtos y relaciones familiares. Cocinamos y comemos juntos. Estoy aprendiendo mucho, y por suerte veo caras amigas.


Dejando aparte a ese tal Joe, quienquiera que sea, me alegro de que Joy se haya unido a un grupo cristiano. Sé que allí entablará amistades. Después de leerles la carta a todos, escribo nuestra respuesta:


Tu padre quiere que nos cuentes cómo te van los estudios este trimestre. ¿Sigues bien las clases? Tía May quiere saber cómo visten las chicas de Chicago y si puede enviarte algo. Yo no tengo mucho más que añadir. Aquí todo sigue igual, o casi igual. Hemos cerrado la tienda de curiosidades; el negocio no marchaba tan bien como para contratar a alguien que se ocupara de vender todos esos «cachivaches», como tú los llamas. El restaurante sí funciona bien, y tu padre tiene mucho trabajo. Tío Vern quiere saber algo más de Joe.


(En realidad Vern no ha hecho ningún comentario sobre Joe, pero los demás estamos muertos de curiosidad.)


Ya conoces a tu tía: siempre trabajando. ¿Qué más? Bueno, ya sabes cómo están las cosas por aquí. Todos temen que los llamen comunistas. Cuando alguien tiene problemas en el trabajo, o en las rivalidades amorosas, una solución fácil es acusar al otro de ser comunista. «¿Sabías que fulano es comunista?» Ya sabes cómo es la gente: le gusta cotillear; perseguir el viento y cazar sombras. Si alguien vende muchos artículos, debe de ser comunista. Si una chica rechaza mis atenciones, debe de ser comunista. Por suerte, tu padre no tiene enemigos, y a tu tía no la corteja nadie.


Ésa es mi manera -un tanto rebuscada, ya lo sé- de intentar sonsacarle algo más sobre ese amigo suyo. Pero mi hija es tan avispada como yo y adivina mis intenciones. Como de costumbre, espero a que estemos todos en casa antes de leer la carta, reunidos alrededor de la cama de Vern.


Joe os gustaría. Está haciendo el curso de preparación para la carrera de Medicina. Los domingos va a la iglesia conmigo. Ya sé que quieres que rece, pero en la Asociación Cristiana no rezamos. En las reuniones tampoco hablamos de Jesús. Hablamos de las injusticias cometidas contra personas como papá y tú y los abuelos. Hablamos de lo que les ha pasado a los chinos en el pasado y de lo que sigue pasándoles a los negros. El fin de semana tomamos parte en un piquete frente a Montgomery Ward porque se niegan a contratar a negros. Joe piensa que las minorías tienen que ayudarse. Joe y yo solicitamos firmas. Me gusta pensar en los problemas de los demás, para variar.


Cuando llego al final de la carta, Sam pregunta: -¿Crees que ese Joe habla sze yup? No quiero que nuestra hija se case con alguien que no conozca nuestro dialecto. -¿Quién ha dicho que es chino? -inquiere May. Nos ponemos a discutir.

– Se trata de una asociación china -razona Sam-. Tiene que ser chino.

– Y van juntos a la iglesia -añado.

– ¿Y qué? Siempre la has animado a ir a la iglesia fuera de Chinatown para que conociera a otro tipo de personas -tercia May, y tres pares de ojos acusadores me fulminan.

– Se llama Joe -digo-. Es un buen nombre. Suena chino. Mientras miro ese nombre escrito con la pulcra caligrafía de Joy e intento discernir quién será ese Joe, mi hermana -mi hermanita diabólica de siempre- nombra a otros Joes:

– Joe DiMaggio, Joseph Stalin, Joseph McCarthy…

– Escríbele -interrumpe Vern-. Dile que los comunistas no son buenos amigos. Tendrá problemas.

Pero no es eso lo que le digo a Joy. Escribo algo mucho más sutil: «¿Cuál es el apellido de Joe?»

A mediados de mayo recibo su respuesta:


Ay, mamá, qué graciosa eres. Os imagino a ti, a papá, a tía May y tío Vern sentados y preocupados por esto. El apellido de Joe es Kwok, ¿vale? A veces hablamos de ir a China a ayudar a nuestros paisanos. Según Joe, los chinos tenemos un proverbio que dice: «Miles y miles de años para China.» Ser chino y llevar esa carga a las espaldas y en el corazón puede resultar muy pesado, pero también puede ser una fuente de orgullo y felicidad. Dice: «¿No deberíamos participar en lo que está sucediendo en nuestro país natal?» Hasta me ha acompañado a sacarme el pasaporte.


Me quedé preocupada cuando Joy se marchó a Chicago. Me preocupé cuando vi que nos añoraba. Me preocupé cuando supe que salía con un chico del que no sabíamos nada. Pero esto es diferente. Esto me hace temblar de miedo.

– China no es su país natal -gruñe Sam.

– Ese Joe es comunista -dice Vern, pero él ve comunistas por todas partes.

– No es más que amor -opina May con tono despreocupado, pero detecto inquietud en su voz-. Cuando están enamoradas, las chicas dicen y hacen estupideces.

Doblo la carta y la guardo en el sobre. Desde tan lejos no podemos hacer nada, pero me pongo a salmodiar algo más que una oración, una especie de súplica desesperada: «Devuélvela a casa, devuélvela a casa, devuélvela a casa.»

Dominó

Llega el verano y Joy vuelve a casa. Nos deleitamos con su voz suave y melodiosa. Intentamos no tocarla, pero le damos palmaditas en la mano, le alisamos el cabello y le arreglamos el cuello de la blusa. Su tía le regala revistas de cine firmadas, diademas de colores y unas pantuflas moradas con plumas de avestruz. Yo le preparo sus platos preferidos: cerdo cocido al vapor con huevos de pato, ternera lo mein al curry con tomate, alitas de pollo con judías negras, y, de postre, tofu de almendras con macedonia de fruta. Sam le trae algún capricho todos los días: pato asado de la carnicería Sam Sing, pastel de nata con fresas de la pastelería Phoenix, y cerdo bao de esa tiendecita de Spring Street que tanto le gusta a ella.

Pero ¡cuánto ha cambiado Joy en estos nueve meses! Lleva pantalones pirata y blusas de algodón sin mangas y entalladas, que destacan su diminuta cintura. Se ha cortado el pelo como un chico. También ha cambiado su carácter. No me refiero a que nos plante cara o nos insulte, como hacía los últimos meses antes de irse a Chicago. No es eso, sino que ha regresado creyendo que sabe más que nosotros sobre viajes (ha ido a Chicago y ha vuelto en tren, y ninguno de nosotros ha subido a un tren desde hace años), sobre finanzas (tiene su propia cuenta bancaria y su propio talonario de cheques, mientras que Sam y yo todavía guardamos nuestro dinero en casa, donde el gobierno -o quien sea- no pueda quitárnoslo); pero sobre todo ha cambiado su idea de China. ¡Qué discursos tenemos que oír!

Joy se exhibe ante el más moderado de la familia, su tío Vern. Si el Cerdo, con su carácter inocente, tiene algún defecto, es que confía en todo el mundo y cree cualquier cosa que le digan, aunque se lo diga un extraño, un estafador o una voz por la radio. Los programas anticomunistas que lleva años escuchando por la radio han influenciado sus opiniones sobre la República Popular China. Pero ¿qué clase de objetivo es Vern? No es una buena elección. Cuando Joy proclama: «Mao ha ayudado al pueblo de China», lo único que sabe decir su tío es: «En China no hay libertad.»

– Mao quiere que los campesinos y obreros tengan las mismas oportunidades que papá y mamá quieren que tenga yo -insiste ella, inflexible-. Por primera vez, la gente del campo puede ir a la escuela y la universidad. Y no sólo los chicos. Mao dice que las mujeres deben recibir «el mismo salario por el mismo trabajo».

– Tú nunca has estado en China -le recuerda Vern-. No sabes nada de…

– Sé mucho sobre China. Participé en un montón de películas sobre China cuando era pequeña.

– China no es como la pintan en las películas -tercia su padre, que normalmente se mantiene al margen de esas discusiones.

Joy no discute con él. Y no porque Sam intente controlarla, como haría todo padre chino que se preciara, ni porque ella sea una obediente hija china. Joy es como una perla en la palma de la mano de Sam: eternamente preciosa; y para ella, él es el sólido suelo que pisa: siempre firme y seguro.

May aprovecha ese paréntesis para aclarar las cosas:

– China no es como un plató de cine. De allí no puedes marcharte cuando las cámaras dejan de rodar.

Creo que es lo más severo que le he oído decirle a Joy, pero esa leve reprimenda actúa como una aguja clavada en el corazón de mi hija. De pronto, Joy se concentra en May y en mí, dos hermanas que nunca se han separado, que son íntimas amigas y cuyo lazo es más profundo de lo que ella podría imaginar.

– En China, las chicas no se visten como a ti y tía May os gusta que me vista -me dice un par de días más tarde, mientras plancho unas camisas en el porche-. Cuando conduces un tractor, no puedes llevar vestido. Las chicas tampoco tienen que aprender a bordar. No tienen que ir a la iglesia ni a la escuela china. Y sus padres no se pasan la vida machacándolas con que deben obedecer.

– Puede ser -replico-, pero tienen que obedecer al presidente Mao. ¿Qué diferencia hay entre eso y obedecer al emperador o a tus padres?

– En China no hay carencias. Todo el mundo tiene para comer. -Su réplica no es una respuesta, sino otro eslogan que ha aprendido en sus clases o de su amigo Joe.

– Quizá tengan para comer, pero ¿y la libertad?

– Mao cree en la libertad. ¿No has oído hablar de su última campaña? Dice: «Que florezcan cien flores.» ¿Sabes qué significa? -No espera a que conteste-: Ha invitado a la gente a criticar la nueva sociedad…

– Y no acabará bien.

– ¡Ay, mamá! ¡Eres tan…! -Me mira fijamente, buscando la palabra exacta-. Siempre sigues a los otros pájaros. Sigues a Chiang Kai-shek porque la gente de Chinatown lo sigue. Y ellos lo siguen porque piensan que deben hacerlo. Todo el mundo sabe que es un ladrón. Cuando huyó de China, robó dinero y obras de arte. ¡Mira cómo viven ahora él y su mujer! ¿Por qué América apoya al Kuomintang y a Taiwán? ¿No sería mejor tener lazos con China? Es un país mucho más grande, con más habitantes y más recursos. Joe dice que es mejor hablar con la gente antes que cerrarse en banda.

– Joe, Joe, Joe -suspiro-. Nosotros ni siquiera lo conocemos, y tú te crees todo lo que te cuenta de China. ¿Ha estado allí alguna vez?

– No -admite de mala gana-, pero le gustaría ir. Y a mí también, para ver dónde vivíais tía May y tú en Shanghai, y para visitar nuestro pueblo natal.

– ¿Ir al interior de China? Te voy a decir una cosa. Para una Serpiente, no es fácil volver al infierno después de haber probado el cielo. Y tú no eres ninguna Serpiente. Sólo eres una niña que no tiene idea de nada.

– Estoy estudiando…

– Olvídate de las clases. Olvídate de lo que te ha contado ese chico. Sal y mira alrededor. ¿No te has fijado en los nuevos forasteros que se pasean por Chinatown?

– Siempre habrá nuevos lo fan -replica sin darle importancia.

– No son lo fan como los de antes. Son agentes del FBI.

Le hablo de uno que últimamente recorre Chinatown a diario haciendo preguntas. Inicia su ruta en la International Grocery de Spring, pasa por Ord y recorre Broadway hasta la plaza central del Nuevo Chinatown, donde visita el restaurante General Lee's. Desde allí continúa hasta la tienda de comestibles Jack Lee, en Hill; llega hasta la parte más nueva del Nuevo Chinatown, al otro lado de la calle, para visitar las tiendas de la familia Fong, y luego vuelve al centro.

– ¿Qué buscan? La guerra de Corea ha terminado…

– Pero el miedo que el gobierno le tiene a la China Roja no ha desaparecido. Es peor que antes. ¿En la universidad no te han hablado del efecto dominó? Un país sucumbe ante el comunismo, luego otro, luego otro. Los lo fan tienen miedo. Y cuando tienen miedo, se portan mal con la gente como nosotros. Por eso debemos apoyar al generalísimo.

– Te preocupas demasiado.

– Yo le decía lo mismo a mi madre, pero ella tenía razón. Están pasando cosas muy graves. Tú no te has enterado porque no estabas aquí. -Suspiro otra vez. ¿Qué puedo hacer para que lo entienda?-. Mira, el gobierno puso en marcha una cosa llamada Programa de Confesión. Funciona en todo el país, seguramente también en Chicago. Vienen a preguntarnos, o mejor dicho, nos atemorizan para que confesemos quiénes han entrado en el país como hijos de papel. Conceden la ciudadanía a quienes delatan a sus amigos, vecinos, socios, incluso a los miembros de su familia que vinieron aquí ilícitamente. Quieren saber quién ganó dinero trayendo hijos de papel. El gobierno habla del efecto dominó. Pues bien, aquí en Chinatown, si das un nombre, eso también crea un efecto dominó que no sólo afecta a un miembro de la familia, sino a todos los socios de papel y a todos los hijos de papel y parientes y amigos que conoces. Pero los que más les interesan son los comunistas. Si delatas a un comunista, entonces seguro que te dan la ciudadanía.

– Todos somos ciudadanos. No somos culpables de nada.

Sam y yo llevamos años debatiéndonos entre el deseo americano de compartir, ser sinceros y contarle la verdad a Joy, y nuestra creencia china, profundamente arraigada, de que nunca hay que revelar nada. Ha ganado la costumbre china, y no le hemos contado la verdad sobre nuestra situación, ni la de sus tíos y su abuelo, por dos razones muy simples: no queríamos que se preocupara y no queríamos que cometiera una indiscreción. Joy se ha hecho mayor, pero cuando iba al parvulario aprendimos que hasta los errores más pequeños pueden acarrear graves consecuencias.

Cuelgo la camisa de Sam en una percha y me siento al lado de mi hija.

– Quiero contarte cómo buscan sospechosos, para que tengas cuidado si se te acerca alguien. Buscan a gente que haya enviado dinero a China.

– El abuelo Louie enviaba dinero.

– Exacto. Y también buscan a personas que hayan intentado sacar a su familia de China, legalmente, después de que cerraran las fronteras. Quieren saber a quién somos leales, si a China o a Estados Unidos. -Hago una pausa para ver si me sigue-. Nuestra forma de pensar china no siempre funciona aquí. Nosotros creemos que si somos humildes, respetuosos y sinceros, entenderemos mejor cualquier situación, impediremos que otros salgan perjudicados y todos llegaremos a buen puerto. Ahora, esa forma de pensar podría perjudicarnos a nosotros y a terceros.

Respiro hondo y le digo algo que no me he atrevido a contarle por carta.

– ¿Te acuerdas de la familia Yee? -pregunto. Claro que se acuerda: ella era muy amiga de la hija mayor, Hazel, y pasaba mucho tiempo con los otros hijos de los Yee en las reuniones de la asociación-. Pues el señor Yee es un hijo de papel. Hizo entrar a la señora Yee por Winnipeg.

– ¿Es un hijo de papel? -repite Joy sorprendida, quizá impresionada.

– Decidió confesar para poder quedarse con su familia, porque los cuatro hijos son ciudadanos americanos. Admitió que había traído a su esposa con documentos falsos. Ahora él es ciudadano americano, pero Inmigración ha iniciado un procedimiento de deportación contra la señora Yee, porque ella es una esposa de papel. Todavía tienen dos hijos que no han cumplido diez años. ¿Qué van a hacer esos niños sin su madre? Inmigración quiere devolverla a Canadá. Al menos no tendrá que ir a China.

– Quizá estuviera mejor en China.

Cuando oigo eso, no sé quién habla. ¿Un loro tonto que debe repetir todo lo que le dice Joe, o, desde un sitio más profundo, una erupción de la estupidez deliberada e infantil de su madre biológica?

– ¡Estás hablando de la madre de Hazel! ¿Es así como te gustaría que pensara ella si a mí me enviaran a China?

Espero su réplica, pero como no dice nada, doblo la tabla de planchar, la guardo y voy a ver qué hace Vern.

Esa noche, Sam lleva a Vern al sofá para que podamos cenar y ver juntos La ley del revólver. Hace calor, así que la cena es fresca y sencilla: sólo unas grandes tajadas de sandía que hemos enfriado en la nevera. Estamos intentando seguir el diálogo entre la señorita Kitty y el sheriff Matt Dillon cuando Joy se pone a hablar otra vez de la República Popular China. Durante nueve meses, su ausencia ha sido como un agujero en la familia. Hemos echado de menos su voz y su hermoso rostro. Pero en ese tiempo hemos llenado ese hueco con la televisión, con tranquilas conversaciones entre los cuatro y con pequeños proyectos que hacíamos May y yo. Joy sólo lleva dos semanas en casa y parece ocupar demasiado espacio con sus opiniones, su necesidad de atención, su deseo de decirnos cuán equivocados y atrasados estamos, y su costumbre de enfrentarnos a su tía y a mí, cuando lo único que queremos nosotros es ver si el sheriff besará o no a la señorita Kitty.

Sam, que normalmente acepta cualquier cosa que diga su hija, no aguanta más y le pregunta en sze yup, con tono sosegado:

– ¿Acaso te arrepientes de ser china? Porque una hija china como es debido estaría callada y dejaría que sus padres y sus tíos vieran la televisión.

Es una pregunta absolutamente inoportuna, porque de pronto Joy empieza a soltar cosas espantosas. Se burla de nuestra frugalidad:

– ¿De ser china? No veo por qué ser chino implique guardar los recipientes de soja para usarlos de papelera. -Se ríe de mí-: Sólo los chinos supersticiosos creen en el zodíaco. El Tigre esto, el Tigre lo otro. -Ofende a sus tíos-: ¿Y qué me decís de las bodas concertadas? Mira a tía May, casada para siempre con un hombre que… -vacila, como hemos hecho todos alguna vez, hasta que logra salir del paso-: que nunca le hace una demostración de afecto. -Arruga la cara, esboza una mueca de asco y añade-: Y mirad cómo vivís, todos juntos.

Al oírla, me parece oírnos a May y a mí hace veinte años. Me entristece recordar cómo tratábamos a nuestros padres, pero cuando Joy empieza a criticar a Sam…

– Y si ser chino significa ser como tú… La ropa te apesta a cocina. Tus clientes te insultan. Y los platos que preparas son demasiado grasientos y salados, rebosantes de glutamato de sodio.

Esas palabras hieren profundamente a su padre. A diferencia de May y de mí, él siempre ha querido a Joy sin condiciones y sin cortapisas.

– Mírate en el espejo -replica él sin alterarse-. ¿Qué crees que eres? ¿Qué crees que ven los lo fan cuando te miran? Para ellos no eres más que un trozo de jook sing, bambú hueco.

– Háblame en inglés, papá. Llevas casi veinte años viviendo aquí. ¿Todavía no dominas el idioma? -Parpadea varias veces y añade-: Eres tan… tan… Eres como un recién llegado.

Se produce un silencio cruel y profundo. Al darse cuenta de lo que acaba de hacer, Joy ladea la cabeza, se alborota el corto cabello y compone una sonrisa que me recuerda a la de May cuando era pequeña. Es una sonrisa que dice: «Soy traviesa, soy desobediente, pero no tienes más remedio que quererme.» Comprendo, aunque Sam no pueda entenderlo, que todo esto no tiene mucho que ver con Mao, Chiang Kai-shek, Corea, el FBI o la vida que hemos llevado estos veinte años, sino con cómo se siente nuestra hija respecto a su familia. Cuando éramos jóvenes, May y yo creíamos que mama y baba eran anticuados, pero Joy se avergüenza de nosotros.

«A veces crees que tienes todo el día de mañana por delante -solía decir mama-. Cuando brille el sol, piensa en la hora a la que no brillará, porque incluso cuando estás sentada en tu casa con las puertas cerradas, la desgracia puede caer desde arriba.» Cuando mi madre vivía, yo no le hacía caso, y no le presté suficiente atención mientras me hacía mayor; pero, después de tanto tiempo, he de admitir que fue la previsión de mama lo que nos salvó. De no haber sido por los ahorros que tenía escondidos, habríamos muerto todos en Shanghai. Un instinto profundo la animó a seguir cuando May y yo estábamos casi paralizadas de miedo. Fue como una gacela que, en una situación desesperada, siguió con la idea de salvar a sus crías del león. Sé que tengo que proteger a mi hija -de ella misma, de Joe y de sus ideas románticas sobre la China Roja, para que no cometa los errores que estropearon mi futuro y el de May-, pero no sé cómo hacerlo.


Cuando voy al restaurante para recoger la comida de Vern, veo que el agente del FBI aborda a tío Charley en la acera. Paso por su lado -tío Charley actúa como si no me conociera de nada-, entro en el restaurante y dejo la puerta abierta de par en par. Dentro, Sam y nuestros empleados siguen trabajando mientras aguzan el oído para escuchar la conversación entre el agente y tío Charley. May sale de su despacho, y nos quedamos junto a la barra fingiendo charlar, pero observando y escuchándolo todo.

– Así que volviste a China, Charley -dice de pronto el agente en sze yup, y en voz tan alta que miro a May sorprendida. Parece que no sólo quiere que oigamos lo que dice, sino que sepamos que habla con fluidez el dialecto de nuestro distrito.

– Fui a China -admite tío Charley. Apenas podemos oírlo porque le tiembla la voz-. Perdí todos mis ahorros y regresé aquí.

– Nos han dicho que te han oído hablar mal de Chiang Kai-shek.

– Eso no es cierto.

– Lo dice la gente.

– ¿Qué gente?

El hombre no contesta, sino que pregunta:

– ¿No es cierto que culpas a Chiang Kai-shek de haber perdido tu dinero?

Charley se rasca el cuello, cubierto de rubor, y se humedece los labios.

El agente espera un poco, y luego inquiere:

– ¿Dónde están tus papeles?

Tío Charley mira hacia el restaurante en busca de ayuda, ánimo o una posible huida. El agente -un lo fan muy corpulento, de pelo rubio rojizo y pecas en la nariz y las mejillas- sonríe y dice:

– Sí, vamos adentro. Me encantará conocer a tu familia.

Entra en el restaurante, y tío Charley lo sigue con la cabeza gacha. El lo fan va directamente hacia Sam, le enseña su placa y dice en sze yup:

– Soy el agente especial Jack Sanders. Usted es Sam Louie, ¿verdad? -Sam asiente con la cabeza-. Siempre digo que no tiene sentido perder el tiempo con estas cosas. Nos han informado de que compraba usted el China Daily News.

Sam se queda inmóvil, evaluando al desconocido, pensando la respuesta y procurando borrar toda emoción de su rostro. Los escasos clientes, que no han entendido las palabras del agente, pero que sin duda saben que su placa no puede significar nada bueno, contienen la respiración y esperan.

– Compraba ese periódico para mi padre -contesta mi marido en sze yup, y en la cara de nuestros clientes se refleja la decepción por no poder seguir el diálogo-. Murió hace cinco años.

– Ese periódico apoya a los rojos.

– Mi padre lo leía a veces, pero estaba suscrito al Chung Sai Yat Po.

– Ya, pero parece que simpatizaba con Mao.

– En absoluto. ¿Por qué iba a simpatizar con Mao?

– Entonces, ¿por qué compraba también la revista China Reconstructs? ¿Y por qué ha seguido usted comprándola después de la muerte de su padre?

De pronto siento ganas de ir al servicio. Sam no puede contestar la verdad: que el rostro de su mujer y el de su cuñada aparecen en las portadas de esa publicación. ¿O el agente ya lo sabe? Quizá mira a esas atractivas muchachas con uniforme verde y estrellas rojas en la gorra, y piensa que todos los chinos son iguales.

– Tengo entendido que en el salón de su casa, encima del sofá, hay colgadas ilustraciones de esa revista. Imágenes de la Gran Muralla y del Palacio de Verano.

Eso significa que alguien -un vecino, un amigo, un competidor que conoce nuestra casa- nos ha delatado. ¿Por qué no retiramos esas fotografías cuando murió padre?

– En sus últimos meses, a mi padre le gustaba contemplar esas imágenes.

– A lo mejor simpatizaba tanto con la China Roja que quería volver a su país…

– Mi padre era ciudadano americano. Nació aquí.

– Entonces enséñeme sus documentos.

– Está muerto -repite Sam-, y no tengo sus documentos aquí.

– En ese caso, quizá deberíamos ir a su casa. ¿O prefiere venir a mi despacho? Podría traer también sus documentos. Me gustaría creerlo, pero debe demostrar su inocencia.

– ¿Demostrar mi inocencia o demostrar que soy ciudadano?

– Es lo mismo, señor Louie.

Al regresar a casa con la comida de Vern, no comento el incidente. No quiero que se preocupen. Cuando mi hija me pregunta si puede salir por la noche, le digo con tono despreocupado:

– De acuerdo. Pero procura volver antes de medianoche.

Joy cree que por fin ha conquistado a su madre, pero lo que quiero es que se marche de casa.

Cuando vuelven Sam y May, quitamos de las paredes las fotografías de las que hablaba el agente. Sam mete en una bolsa todos los ejemplares del China Daily News que mi suegro guardaba porque contenían algún artículo interesante. Ordeno a May que busque en su cajón y saque todas las portadas en que aparecemos retratadas por Z.G.

– No creo que sea necesario -objeta.

– Haz el favor de no discutir conmigo, por una vez -contesto con aspereza. Como ella no se mueve, suelto un suspiro de impaciencia y añado-: Sólo son ilustraciones de revista. Si no vas a buscarlas tú, iré yo.

May frunce los labios y se dirige al porche. Empiezo a buscar fotografías que puedan parecer -y es una palabra que nunca creí que emplearía- incriminatorias.

Mientras Sam da un último repaso a la casa, May y yo llevamos a la incineradora todo lo que hemos recogido. Le prendo fuego a mi montón de fotografías y espero a que May arroje las portadas que aprieta contra el pecho. Como no se mueve, se las arrebato y las lanzo al fuego. Mientras veo cómo la cara -mi cara- que Z.G. pintó con tanto esmero y tanta perfección se retuerce entre las llamas, me pregunto por qué dejamos que esas revistas se colaran en casa. Sé cuál es la respuesta. Sam, May y yo no somos muy distintos de padre Louie. Nos hemos convertido en americanos en la ropa, la comida, el idioma y el deseo de que Joy tenga una educación y un futuro; pero ni una sola vez, en todos estos años, hemos dejado de añorar nuestro país natal.

– No nos quieren aquí -digo en voz baja, con la vista clavada en las llamas-. Nunca nos han querido. Van a intentar engañarnos, pero tenemos que engañarlos a ellos.

– Quizá Sam debería confesar y acabar con todo esto -propone May-. Así conseguiría la nacionalidad, y no tendríamos que preocuparnos más.

– Sabes perfectamente que no basta con que Sam confiese su situación. Tendría que acusar a otros: a tío Wilburt, tío Charley, a mí…

– Deberíais confesar todos a la vez. Así conseguiríais la ciudadanía legal. ¿Acaso no la quieres?

– Claro que la quiero. Pero ¿y si el gobierno miente?

– ¿Por qué iba a mentir?

– ¿Cuándo no ha mentido? -espeto. Y añado-: ¿Y si deciden deportarnos? Si demuestran que Sam es un inmigrante ilegal, podrían deportarlo.

Mi hermana reflexiona un momento y replica:

– No quiero perderos. Le prometí a padre Louie que no permitiría que os mandaran a China. Sam debe confesar por el bien de Joy, por tu bien, por el bien de todos. Esto es una posibilidad de amnistía, de reunir a la familia y de librarnos por fin de nuestros secretos.

No entiendo por qué no ve o no quiere ver los problemas a que nos exponemos, pero ella está casada con un verdadero ciudadano, entró en el país como su esposa legal, y no se enfrenta a la misma amenaza que Sam y yo.

Me pasa un brazo por los hombros y me estrecha.

– No te preocupes, Pearl -dice para tranquilizarme, como si yo fuera la moy moy y ella la jie jie-. Contrataremos a un abogado para que se encargue de todo.

– ¡No! Ya pasamos por esto una vez, en Angel Island. Vamos a trabajar juntos para dar la vuelta a sus acusaciones, como hicimos en Angel Island. Debemos desconcertarlos. Lo importante es que nos mantengamos firmes en nuestra versión.

– Sí, tienes razón -aprueba Sam, que aparece en la oscuridad y echa otro montón de periódicos y recuerdos al fuego-. Pero ante todo debemos demostrar que somos los americanos más leales que jamás han existido.

A May no le gusta la idea, pero es mi moy moy y la cuñada de Sam, y tiene que obedecer.


A Joy -a quien hemos contado lo menos posible, convencidos de que su ignorancia contribuye a dar solidez a nuestra historia- y a May no las llaman para interrogarlas, y nadie viene a casa a entrevistar a Vern. Pero en las cuatro semanas siguientes, a Sam y a mí -muchas veces juntos, para que yo pueda traducir cuando nos pasan del agente especial Sanders al agente Mike Billings, que trabaja para Inmigración, no entiende ni una sola palabra de chino y es igual de simpático que el comisario Plumb de Angel Island- nos someten a numerosos interrogatorios. A mí me preguntan sobre mi pueblo natal, un sitio donde no he estado nunca. A Sam le preguntan por qué sus presuntos padres lo dejaron en China cuando tenía siete años. Nos preguntan la fecha de nacimiento de padre Louie. Nos preguntan -con una sonrisa de condescendencia- si conocemos a alguien que ganara dinero vendiendo plazas de hijo de papel.

– Alguien debía de beneficiarse de eso -insinúa Billings con fingida complicidad-. Sólo tienen que decirnos quién.

Nuestras respuestas no lo ayudan en su investigación. Le decimos que durante la guerra recogíamos papel de aluminio y vendíamos bonos de guerra. Le decimos que le estreché la mano a madame Chiang Kai-shek.

– ¿Tiene una fotografía que lo demuestre? -inquiere Billings, pero ésa es la única fotografía que no tomamos ese día.

A principios de agosto, Billings cambia de táctica.

– Si es verdad que su presunto padre nació aquí, ¿por qué siguió enviando dinero a China cuando debería haber dejado de hacerlo?

– El dinero iba dirigido al pueblo de sus antepasados -contesto-. Su familia lleva cinco generaciones allí.

– ¿Y por eso su marido continúa mandando dinero a China?

– Hacemos lo que podemos por nuestros parientes, que han quedado atrapados allí en una situación tremendamente adversa -respondo.

Entonces Billings rodea la mesa, levanta a Sam agarrándolo por las solapas y le grita en la cara:

– ¡Reconózcalo! ¡Envía dinero porque es comunista!

No hace falta que lo traduzca para que Sam comprenda lo que ha dicho el agente, pero lo hago, con el mismo tono pausado que he utilizado desde el principio, para demostrarle a Billings que nada de lo que diga nos apartará de nuestra historia, nuestra seguridad y nuestra verdad. Pero de pronto Sam -que no ha vuelto a ser el mismo desde la noche en que Joy se burló de él por cómo cocinaba y por su inglés, y que no ha dormido bien desde que el agente Sanders fue a nuestro restaurante- se levanta de un brinco, apunta a Billings con un dedo y lo llama comunista. Ambos se ponen a gritar («¡No, el comunista es usted!» «¡No, es usted!»), y yo me quedo sentada, repitiendo la frase en ambos idiomas. Billings está cada vez más furioso, pero Sam sigue firme y tranquilo. Al final Billings cierra la boca, se deja caer en la silla y se queda mirándonos con odio. No tiene ninguna prueba contra Sam, del mismo modo que Sam no tiene ninguna prueba contra él.

– Si no quiere confesar, señor Louie, ni revelarnos quién ha vendido documentos falsos en Chinatown, quizá pueda contarnos algo sobre sus vecinos.

Sam recita serenamente un aforismo, y yo lo traduzco:

– «Barre la nieve acumulada delante de tu puerta, y no te preocupes por la escarcha acumulada en el tejado de la casa contigua.»

Parece que vamos ganando, pero en el forcejeo y la lucha, los brazos delgados no pueden vencer a las piernas gruesas. El FBI e Inmigración interrogan a tío Wilburt y tío Charley, que se niegan a confesar, hablar de nosotros o admitir que padre Louie les vendió los papeles. «Quienes no hunden a los perros que se están ahogando pueden considerarse personas decentes», reza otro aforismo chino.

El domingo, cuando tío Fred viene a cenar con su familia, le pedimos a Joy que salga afuera con las niñas, para que él pueda explicarnos cómo fue la visita del agente Billings a su casa de Silver Lake. El período que Fred pasó en el ejército, sus años en la universidad y su consultorio de odontología le han borrado el acento casi por completo. Vive muy bien con Mariko y sus hijas mestizas. Tiene la cara redonda y llena, y ahora también un poco de barriga.

– Le dije que soy veterano, que serví en el ejército y luché por Estados Unidos -nos cuenta-. Y él me miró y dijo: «Y consiguió la ciudadanía.» ¡Pues claro que conseguí la ciudadanía! Eso es lo que prometió el gobierno. Entonces sacó unos documentos y me invitó a echarles un vistazo. ¡Era mi expediente de inmigración de Angel Island! ¿Os acordáis de los manuales? Bueno, pues está todo en el expediente. Hay información sobre el viejo y sobre Yen-yen. Contiene nuestras fechas de nacimiento y resume toda nuestra historia, porque todos estamos conectados. Me preguntó por qué no conté la verdad sobre mis presuntos hermanos cuando me alisté en el ejército. No contesté.

Le da la mano a Mariko. Ella está pálida de miedo, el mismo miedo que nos atenaza a todos.

– No me importa que se metan con nosotros -continúa Fred-. Pero cuando la toman con nuestras hijas, que nacieron aquí… -Niega con la cabeza haciendo una mueca de disgusto-. La semana pasada, Bess llegó a casa llorando. Su maestra de quinto grado les había puesto una película sobre la amenaza comunista. Salían rusos con gorro de piel, y chinos… bueno, como nosotros. Al final de la película, el narrador pedía a los alumnos que llamaran al FBI o la CIA si veían a alguien que les pareciera sospechoso. ¿Quién parecía sospechoso en la clase? Mi Bess. Ahora sus amigas no quieren jugar con ella. Y también me preocupa lo que pueda pasarles a Eleanor y la pequeña Mamie. Siempre les recuerdo a las niñas que se llaman como las primeras damas, y les digo que no han de temer nada.

Pero claro que han de temer. Todos tenemos miedo.

Cuando te sujetan bajo el agua, sólo piensas en respirar. Recuerdo lo que sentí por Shanghai después de que cambiara nuestra vida: de pronto, las calles que siempre me habían parecido emocionantes apestaban a excrementos; de pronto, las mujeres hermosas no eran más que muchachas con tres agujeros; de pronto, el dinero y la prosperidad lo volvían todo triste, disoluto y trivial. En cambio, durante estos días difíciles y espeluznantes veo Los Ángeles y Chinatown de una forma muy diferente. Las palmeras, la fruta y las hortalizas de mi jardín, los geranios de los tiestos que hay delante de las tiendas y en los porches de las casas parecen brillar y temblar, llenos de vida, incluso en pleno verano. Miro las calles y veo promesas. En lugar de niebla tóxica, corrupción y fealdad, veo esplendor, libertad y tolerancia. No soporto que el gobierno nos persiga con sus terribles acusaciones -ciertas, lo sé- sobre nuestra ciudadanía, pero aún soporto menos la idea de que mi familia y yo podamos perder este sitio. Sí, sólo es Chinatown, pero es mi hogar, nuestro hogar.

En esos momentos lamento los años de nostalgia y tristeza por Shanghai, y haber convertido mi ciudad en una serie de remembranzas doradas de personas, lugares y comida que, como Betsy me ha escrito tantas veces, ya no existen ni volverán a existir. Me reprocho interiormente: ¿cómo es posible que durante todos estos años no haya visto lo que tenía ante mis ojos? ¿Cómo es posible que no haya disfrutado de lo que tenía a mi alcance en lugar de suspirar por unos recuerdos que no eran más que cenizas y polvo?

Desesperada, llamo a Betsy a Washington para ver si su padre puede ayudarnos. Pese a que a él también lo persiguen, Betsy me promete que intentará hacer algo por Sam.


– Mi padre nació en San Francisco -dice Sam con su pésimo acento inglés.

Han pasado cuatro días desde la cena con Fred, y ahora Sanders y Billings se han presentado en casa sin avisar. Sam está sentado en el borde del sillón reclinable de padre Louie; los agentes, en el sofá. Yo estoy en una silla de madera, deseando que Sam me deje hablar por él. Tengo la misma sensación que cuando aquel matón del Clan Verde nos dio el ultimátum en la casa de mis padres, hace muchos años: «Os doy tres días.»

– Entonces, demuéstrelo. Enséñeme el certificado de nacimiento del señor Louie -le exige Billings.

– Mi padre nació en San Francisco -insiste Sam con firmeza.

– Nació en San Francisco -repite el agente con tono burlón-. Cómo no, porque fue allí donde hubo un terremoto y un incendio. No somos estúpidos, señor Louie. Para que hubieran nacido tantos chinos en Estados Unidos antes de mil novecientos seis, cada china de las que estaban aquí debería haber tenido quinientos hijos. Aunque se hubiera producido un milagro y hubiera pasado eso, ¿cómo se explica que sólo nacieran varones y ninguna hembra? ¿Acaso las mataron?

– Yo todavía no había nacido -contesta Sam en sze yup-. No viví aquí…

– Tengo su expediente de Angel Island. Queremos enseñarle algo. -Billings pone dos fotografías sobre la mesita de centro. La primera es la del niño con que el comisario Plumb intentó engañarme hace muchos años. En la otra aparece Sam el día de su llegada a Angel Island, en 1937. Comparando las dos fotografías, es evidente que las personas que muestran no pueden ser la misma-. Confiese y háblenos de sus falsos hermanos. No haga sufrir a su mujer y su hija por lealtad a unos hombres que no han salido en su ayuda.

Sam examina las fotografías, se apoya en el respaldo del sillón y dice con voz temblorosa:

– Yo soy un hijo verdadero de padre. Pregúntele a hermano Vern.

Tengo la impresión de que su ventilador de hierro se está derrumbando ante mis ojos, pero no sé por qué. Me pongo detrás de su sillón y apoyo las manos en el respaldo para que mi marido sepa que estoy allí, y entonces lo comprendo: Joy está en la puerta de la cocina, justo enfrente de Sam. Él teme por ella y está avergonzado de sí mismo.

– ¡Papá! -exclama Joy, y se acerca-. Haz lo que te piden. Diles la verdad. No tienes nada que ocultar. -No tiene ni la más remota idea de cuál es la verdad, pero es tan inocente (y, lo siento, lo diré, tan estúpida como su tía) que dice-: Si les cuentas la verdad, todo se arreglará. ¿No es eso lo que me enseñaste?

– ¿Lo ve? Hasta su hija quiere que nos diga la verdad -señala Billings.

Pero Sam no se aparta de su versión.

– Mi padre nació en San Francisco.

Joy sigue llorando y suplicando. Vern gimotea en la otra habitación. Yo me quedo allí plantada, sin saber qué hacer. Y May está fuera, trabajando en una película, comprándose un vestido nuevo o qué sé yo.

Billings abre su maletín, saca una hoja y se la da a Sam, que no entiende el inglés escrito.

– Si firma este documento y reconoce que entró ilegalmente en el país, le retiraremos la ciudadanía, que de todas formas no es auténtica. Una vez que haya firmado el papel y confesado, le daremos inmunidad, una nueva ciudadanía, ciudadanía de verdad, con la condición de que nos diga todo lo que sepa sobre sus amigos, parientes y vecinos que hayan entrado ilegalmente en el país. Sobre todo nos interesan los otros hijos de papel que trajo su presunto padre.

– Está muerto. ¿Qué importa eso ya?

– Recuerde que tenemos su expediente. ¿Cómo es posible que tuviera tantos hijos? ¿Cómo es posible que tuviera tantos socios?

¿Dónde están ellos ahora? Y no se moleste en hablarnos de padre Louie. Ya lo sabemos todo sobre él. Consiguió la ciudadanía por medios legales. Limítese a hablar de los otros y díganos dónde podemos encontrarlos.

– ¿Qué les harán?

– No se preocupe por eso. Preocúpese sólo por usted mismo.

– ¿Y me darán documentos?

– Le daremos la ciudadanía legal, como ya le he dicho. Pero si no confiesa, tendremos que deportarlo a China. ¿Acaso su mujer y usted no quieren quedarse con su hija, para evitarle problemas?

Joy, sorprendida, se yergue.

– Quizá su hija sea una alumna sobresaliente, pero estudia en la Universidad de Chicago -continúa Billings-, que es una guarida de comunistas. ¿Saben con qué gente se ha relacionado? ¿Saben qué ha estado haciendo? Pertenece a la Asociación de Estudiantes Chinos Democristianos.

– Es un grupo cristiano -intervengo, pero cuando miro a Joy, su rostro se ensombrece.

– Dicen que son cristianos, señora Louie, pero es un frente comunista. La relación de su hija con ese grupo es el motivo de que investigáramos a su marido. Su hija ha participado en piquetes y ha solicitado firmas. Si nos ayudan, pasaremos por alto esas infracciones. Su hija nació aquí, y sólo es una cría. -Mira a Joy, que llora en medio del salón-. Seguramente ella no sabía lo que hacía, pero si a ustedes los envían a China, ¿cómo van a ayudarla? ¿Quieren arruinarle la vida también a ella?

Billings le hace una seña a Sanders, que se levanta.

– Ahora nos marchamos, señor Louie, pero no podemos prolongar mucho este asunto. Si no nos dice lo que queremos saber, tendremos que investigar más minuciosamente a su hija. ¿Entendido?

Cuando los agentes salen, Joy se sienta junto a su padre y solloza inconsolablemente.

– ¿Por qué nos hacen esto? ¿Por qué? ¿Por qué?

Me arrodillo junto a mi hija, la abrazo y miro a Sam, buscando en su rostro la esperanza y la fuerza que siempre me ha transmitido.

– Me marché de mi país para ganarme la vida -dice él, absorto en una sombría desesperación-. Vine a América en busca de una oportunidad. Lo hice lo mejor que pude.

– Claro que sí.

Me mira con resignación.

– No quiero que me deporten -dice con tristeza.

– No lo harán. -Le aprieto el brazo-. Pero en caso de que te deporten, yo iré contigo.

Él me mira.

– Eres muy buena, pero ¿y Joy?

– Iré con vosotros, papá.

Estamos los tres abrazados, y entonces recuerdo algo que dijo Z.G. hace mucho tiempo: hablaba de ai kuo, el amor por la patria, y ai jen, el sentimiento por la persona amada. Sam se enfrentó al destino y se marchó de China, y ni siquiera después de todo lo ocurrido ha dejado de creer en América, pero por encima de todo ama a Joy.

– Estoy bien -dice Sam en inglés, dándole unas palmaditas en la cabeza a Joy. Luego vuelve a hablar en sze yup-: Id con Vern. ¿No lo oís en su habitación? Necesita ayuda. Está asustado.

Las dos nos levantamos. Le seco las lágrimas a mi hija. Joy va hacia la habitación de Vern, y Sam me coge la mano. Enrosca un dedo en el brazalete de jade y me retiene para demostrarme lo mucho que me quiere.

– No te preocupes, Zhen Long -me dice.

Luego me suelta y se queda mirándose la mano un momento, frotando las lágrimas de su hija con los dedos.

Cuando entro en la habitación de Vern, lo encuentro muy agitado. Murmura frases incoherentes sobre Mao y su eslogan «Que florezcan cien flores», y dice que ahora el presidente condena a muerte a todos a los que antes animó a criticar al gobierno. Está tan confundido que no puede separar eso de lo que ha oído decir en el salón. Mientras desvaría -está tan alterado que se ha manchado el pañal, y cada vez que se retuerce o golpea la cama con los puños rezuma un olor repugnante-, lamento que mi hermana no esté en casa. Lamento por enésima vez que no se ocupe de su marido. Joy y yo tardamos bastante en tranquilizarlo y limpiarlo. Cuando por fin volvemos al salón, Sam se ha marchado.

– Tenemos que hablar sobre ese grupo al que perteneces -le digo a Joy-, pero esperaremos a que vuelva tu padre.

Ella no intenta disculparse. Con la absoluta certeza que le confieren su juventud y haberse criado en América, dice:

– Todos somos ciudadanos, y éste es un país libre. No pueden hacernos nada.

Suspiro.

– Ya lo hablaremos con tu padre.

Voy al cuarto de baño de mi habitación para limpiarme el olor de Vern. Me lavo las manos y la cara, y cuando levanto la cabeza veo el reflejo del espejo, por encima de mi hombro…

– ¡Sam! -grito.

Me vuelvo hacia el compartimento del inodoro, donde Sam cuelga de una soga. Le abrazo las oscilantes piernas y lo levanto para quitarle peso del cuello. Todo se oscurece ante mis ojos, mi corazón se desmenuza como el polvo y mis gritos de horror me ensordecen.

El infinito océano humano

No suelto a Sam hasta que Joy coge un taburete y un cuchillo y corta la soga. No me separo de él cuando vienen a llevárselo a la funeraria. Le doy todos los cuidados que puedo, tocándolo con todo el amor y el cariño que no podía demostrarle cuando estaba vivo. Luego May me recoge en la funeraria y me lleva a casa. En el coche me dice:

– Sam y tú erais un par de patos mandarines, siempre juntos. Como un par de palillos, idénticos, siempre en armonía.

Le agradezco esas palabras, pero no me ayudan.

Me quedo levantada toda la noche. Oigo a Vern dando vueltas en su cama, en la habitación de al lado, y a May consolando a mi hija en el porche, hasta que al final la casa se queda en silencio. «Hay quince cubos sacando agua del pozo, siete suben y ocho bajan»; significa que me asaltan la ansiedad y las dudas, y que no puedo dormir, porque si me duermo me acosarán los sueños. Me quedo de pie junto a la ventana, donde una suave brisa agita mi camisón. Se diría que la luna me ilumina sólo a mí. Dicen que los matrimonios se deciden en el cielo, que el destino puede juntar hasta a las personas más alejadas, que todo está determinado antes del nacimiento, y que por mucho que nos alejemos de nuestro camino, por mucho que cambie nuestra suerte -para bien o para mal-, lo único que podemos hacer es cumplir lo que nos marca el destino. Eso es, en suma, nuestra bendición y nuestro tormento.

Los reproches abrasan mi piel y hurgan en mi corazón. No tuve suficientes relaciones esposo-esposa con Sam. A menudo lo veía como un simple conductor de rickshaw. Dejaba que mi anhelo del pasado le hiciese sentir que él no era suficiente, que nuestra vida no era suficiente, que Los Ángeles no era suficiente. Peor aún: no le di suficiente apoyo en sus últimos días. Debí luchar más contra el FBI e Inmigración para solucionar nuestros problemas. ¿Por qué no vi que Sam ya no podía seguir llevando nuestra carga con su ventilador de hierro?

Por la mañana temprano, sin pasar por el porche, salgo por la puerta principal y voy a la parte trasera de la casa. En nuestra comunidad se producen muchos suicidios, pero tengo la impresión de que la muerte de Sam ha añadido otro grano de sal al infinito océano humano de desgracia y dolor. Imagino a mis vecinos, al otro lado de la alambrada de mi jardín cubierta de rosas, languideciendo y expresando una tristeza inmemorial. En ese momento de silencio y dolor sé qué tengo que hacer.

Vuelvo a mi habitación, busco una fotografía de Sam y la llevo al altar familiar del salón. La pongo junto a las de Yen-yen y padre. Miro los objetos que Sam puso en el altar para representar a otros seres queridos que hemos perdido: mis padres, sus padres y hermanos, y nuestro hijo. Espero, por el bien de Sam, que su versión del más allá exista y que ahora él esté con todos ellos, mirándonos desde el Mirador de las Almas Perdidas, y que pueda vernos a mí, a Joy, May y Vern. Enciendo incienso e inclino la cabeza tres veces. Sin importar lo que siento por mi único Dios, prometo hacer esto a diario hasta el día de mi muerte, cuando me reuniré con Sam en su cielo o en el mío.

Creo en un único Dios, pero también soy china, así que en el funeral de Sam cumplo ambas tradiciones. En el funeral chino -el rito más importante- expresamos por última vez nuestro respeto hacia la persona que nos ha dejado, le damos la última oportunidad de salvar su prestigio, y les hablamos a los jóvenes de los logros y hazañas de su antepasado más reciente. Deseo todo eso para Sam. Escojo el traje con que descansará en su ataúd. Le pongo fotografías mías y de Joy en los bolsillos, para que las tenga con él cuando vaya al cielo de los chinos. Me aseguro de que todos vamos vestidos de negro, y no de blanco como marca la tradición china. Recitamos oraciones para dar gracias por Sam, para pedir bendiciones y perdón para los vivos, y piedad para todos. No hay banda de música; sólo está Bertha Hom tocando el órgano: Amazing Grace, Nearer, My God, to Thee y America the Beautiful. Luego celebramos un banquete sencillo, modesto y solemne en el Soochow: de cinco mesas, sólo cincuenta personas; es un funeral minúsculo comparado con el de padre Louie, más reducido aún que el de Yen-yen, debido al miedo que tienen nuestros vecinos, amigos y clientes. Siempre puedes contar con la gente para que acuda a tu fiesta cuando estás en un momento de esplendor, pero no esperes que te envíen carbón cuando lleguen las nevadas.

Me siento a la mesa principal, entre mi hermana y mi hija. Se comportan debidamente, pero ambas se sienten culpables: May por no haber estado en casa cuando pasó, y Joy por considerarse la causante del suicidio de su padre. Debería decirles que no piensen en esas cosas. Nadie, absolutamente nadie, podría haber previsto que Sam cometería esa locura. Pero al hacerlo, nos ha librado a todos de futuras investigaciones. Como me dijo el agente Billings cuando vino a casa tras la muerte de Sam:

– Ahora que su esposo y su suegro están muertos, no podemos demostrar nada. Y resulta que podríamos estar equivocados sobre el grupo en que se integró su hija. Son buenas noticias para usted, pero le daré un pequeño consejo: en septiembre, cuando su hija vuelva a la universidad, dígale que se mantenga apartada de cualquier tipo de organización china, por si acaso.

Lo miré y repliqué:

– Mi suegro nació en San Francisco. Mi esposo siempre fue ciudadano americano.

¿Cómo pude ser tan clara con Inmigración y, en cambio, me siento incapaz de hablar con mi hermana y consolar a mi hija? Ambas están sufriendo, pero no puedo ayudarlas. Necesito que ellas me ayuden a mí. Pero incluso cuando lo intentan -trayéndome tazas de té, mostrando sus ojos enrojecidos e hinchados, sentándose en mi cama cuando lloro-, me invade una inmensa tristeza y una inmensa rabia. ¿Por qué tuvo que participar Joy en ese grupo? ¿Por qué no le demostró a su padre el debido respeto en las últimas semanas? ¿Por qué May siempre animaba a Joy a adoptar un estilo americano en la ropa, el peinado y la actitud? ¿Por qué no nos ayudó a Sam y a mí cuando tuvimos problemas? ¿Por qué no se ocupó de su marido todos estos años, y sobre todo el día de la muerte de Sam? Si se hubiera ocupado de Vern, como debe hacer una buena esposa, yo podría haber evitado que Sam tomara esa trágica decisión. Sé que es mi dolor el que habla. Es más fácil sentir rabia hacia ellas que dolor por la muerte de Sam.

Violet y su marido, que también están sentados a nuestra mesa, recogen las sobras de la comida para que me las lleve a casa. Tío Wilburt se despide. Tío Fred, Mariko y las niñas se marchan. Tío Charley se queda un rato más, pero ¿qué puede decir él? ¿Qué puede decir ninguno de ellos? Agacho la cabeza, les estrecho la mano a la manera americana y les doy gracias por haber venido; hago todo lo posible para ser una buena viuda. Una viuda…


Durante el período de luto, se supone que la gente ha de venir a visitarnos, traer comida y jugar al dominó, pero como ocurrió con el funeral, la mayoría de nuestros amigos y vecinos prefieren mantenerse alejados. Tienen tema para cotillear, pero no comprenden que en cualquier momento mis problemas podrían convertirse en sus problemas. Sólo Violet nos visita. Por primera vez en la vida, agradezco que haya alguien, aparte de May, dispuesto a consolarme.

En muchos aspectos, Violet, con su empleo y su casa en Silver Lake, está más integrada que nosotros, pero se arriesga viniendo aquí, porque ella y su marido Rowland tienen mucho más que temer que Sam y yo. Al fin y al cabo, se quedó atrapada con su familia en este país cuando se cerraron las fronteras de China. Los empleos de Violet y Rowland, que antes parecían tan impresionantes, ahora los convierten en sospechosos. Quizá sean espías enviados aquí para hacerse con la tecnología y los conocimientos de Estados Unidos. Pese a todo, Violet supera su miedo y viene a verme.

– Sam era un buen Buey -comenta-. Era un hombre íntegro y llevaba la carga de la rectitud. Obedecía las reglas de la naturaleza, y empujaba con paciencia la Rueda del Destino. No le temía a su destino. Sabía qué tenía que hacer para salvaros a ti y a Joy. Un Buey siempre hace lo necesario para proteger el bienestar de su familia.

– Pearl no cree en el zodíaco chino -interviene May.

No sé por qué lo ha dicho. Es cierto que no siempre he creído en esas cosas, pero en el fondo sé que mi hermana siempre será Oveja, que yo siempre seré Dragón, que Joy siempre será Tigre, y que mi marido era Buey: fiable, metódico, tranquilo y, como Violet ha dicho, el que llevaba más cargas. Ese comentario, como muchas de las cosas que dice May, demuestra lo poco que me conoce. ¿Cómo he tardado tanto en comprenderlo?

Violet no replica a sus palabras. Se limita a darme unas palmaditas en la rodilla y a recitar un viejo proverbio:

– Todo lo que es ligero y puro flota hacia arriba para convertirse en cielo.

En toda mi vida no ha habido tres kilómetros llanos ni tres días soleados. Siempre he sido valiente, pero ahora estoy destrozada. Mi dolor es como una masa de densas nubes que no puede dispersarse. Soy incapaz de pensar en nada más allá de la negrura de mi ropa y mi corazón.

Esa noche -después de llevarle la cena a Vern y apagar la luz de su habitación, cuando Joy ha salido con las hijas de los Yee a charlar y tomar té-, May llama a la puerta de mi habitación. Me levanto a abrir. Voy en camisón, despeinada, y tengo la cara hinchada de tanto llorar. Mi hermana lleva un vestido tubo de raso verde esmeralda, el pelo cardado hasta una altura increíble, y luce unos pendientes de diamantes y jade. Va a algún sitio. No le pregunto adónde.

– El segundo cocinero no se ha presentado en el restaurante -me dice-. ¿Qué quieres que haga?

– No me importa. Haz lo que creas más conveniente.

– Sé que estás pasándolo mal, y lo siento mucho, de verdad. Pero te necesito. No te imaginas la presión a que estoy sometida: el restaurante, Vern, la responsabilidad de la casa, el negocio… Hay muchísimo trabajo.

Y a continuación se pregunta en voz alta cuánto debería cobrarle a una empresa de producción por los extras, los trajes y las piezas de atrezo como carretillas, carros de comida y rickshaws.

– Siempre calculo los alquileres sobre un diez por ciento del valor real del artículo -dice. Comprendo que intenta sacarme de la habitación, que vuelva a comunicarme con la vida y la ayude como siempre, pero la verdad es que no sé nada sobre su negocio, y ahora mismo no me importa-. Quieren alquilar un material para varios meses, quizá un año, y parte de los artículos que les interesan, como los rickshaws, son irreemplazables. ¿Cuánto crees que debería cobrar? Cada uno cuesta unos doscientos cincuenta dólares, así que podría pedirles veinticinco dólares por semana. Pero estoy pensando que podría cobrar más, porque si les pasa algo, ¿dónde voy a comprar otros?

– Cualquier cosa que decidas me parecerá bien.

Empiezo a cerrar la puerta, pero May coge el picaporte y la mantiene abierta.

– Podrías darte una ducha y yo podría peinarte -propone-. Si te vistes, saldremos a dar un paseo…

– No quiero que cambies tus planes por mí -digo, pero pienso: «¿Cuántas veces, en el pasado, me dejó en casa con nuestros padres en Shanghai, en el apartamento con Yen-yen, y ahora con Vern, para poder salir y hacer… lo que sea que haga?»

– Tienes que empezar a…

– Sólo han pasado dos semanas.

Me mira con dureza.

– Debes salir y estar con tu familia. Joy se irá pronto a Chicago. Necesita que hables con ella…

– No me digas cómo he de tratar a mi hija.

Me agarra por la muñeca, alrededor del brazalete de mama.

– Pearl. -Me sacude un poco la muñeca-. Sé que esto es terrible para ti, una tristeza inmensa. Pero todavía eres joven y hermosa. Tienes a tu hija. Me tienes a mí. Y lo has tenido todo. Mira cómo te quiere Joy. Mira cómo te quería Sam.

– Sí, y está muerto.

– Ya lo sé, ya lo sé -dice compasiva-. Yo sólo procuraba ayudar. Jamás pensé que pudiera suicidarse.

Sus palabras quedan suspendidas ante mis ojos, como caracteres elegantemente caligrafiados; en medio de un denso silencio, los leo una y otra vez, hasta que al final pregunto:

– ¿Qué quieres decir?

– Nada. No quiero decir nada.

Mi hermana nunca ha sabido mentir.

– ¡May!

– ¡Está bien! ¡De acuerdo!

Me suelta la muñeca, levanta las manos y las sacude con gesto de frustración. Luego va hacia el salón. La sigo; ella se detiene, se vuelve y dice precipitadamente:

– Le conté al agente Sanders lo de Sam.

– ¿Que hiciste qué? -Mis oídos se niegan a registrar la enormidad de su traición.

– Le conté al FBI lo de Sam. Pensé que eso ayudaría.

– Pero ¿por qué? -pregunto, sin dar crédito a sus palabras.

– Lo hice por padre Louie. Antes de morir, parecía intuir lo que iba a pasar. Me obligó a prometerle que haría cuanto fuera necesario para manteneros a salvo a ti y a Sam. Él no quería que la familia se separara…

– Lo que no quería era que Vern se quedara solo contigo -espeto. Pero eso no es lo relevante. Lo que está diciendo May no puede ser verdad. Por favor, que no lo sea.

– Lo siento, Pearl. -Y entonces, de una tirada, suelta el resto de su confesión-: A veces el agente Sanders me acompañaba cuando volvía a casa del trabajo. Me hacía preguntas sobre Joy, y también sobre Sam y sobre ti. Me dijo que teníamos una oportunidad de amnistía. Me dijo que si le contaba la verdad sobre la situación de Sam, podríamos trabajar juntos para conseguir su nacionalidad y la tuya. Creí que si le demostraba que era una buena americana, él se convencería de que vosotros también lo erais. ¿Lo entiendes? Tenía que proteger a Joy, pero también me daba miedo perderte. Eres mi hermana, la única persona que me ha querido siempre tal como soy, que siempre ha estado a mi lado y ha cuidado de mí. Si hubierais hecho lo que os dije, contratar a un abogado y confesar, podríais haberos convertido en americanos de pleno derecho. Nunca más habríais tenido miedo, y nunca nadie podría habernos separado. Pero Sam y tú seguisteis mintiendo. La idea de que Sam pudiera suicidarse jamás se me pasó por la cabeza.

Adoro a May desde el día que nació, pero durante demasiado tiempo he sido una especie de luna que gira alrededor de un planeta fascinante. Ahora la ira acumulada a lo largo de toda una vida hierve dentro de mí y se desborda. Mi hermana, la estúpida de mi hermana.

– Vete de esta casa.

Ella me mira, displicente y atónita, como una buena Oveja.

– Vivo aquí, Pearl. ¿Adónde quieres que vaya?

– ¡Vete! -grito.

– ¡No me iré! -Ésta es una de las pocas veces en que me ha desobedecido tan abiertamente. Luego, con una voz áspera pero contundente, repite-: No me iré. Esta vez me vas a escuchar. Lo de la amnistía tenía sentido. Era lo más prudente.

Sacudo la cabeza y me niego a escuchar.

– Me has destrozado la vida.

– Te equivocas. Sam destrozó su propia vida.

– Muy propio de ti, May: echarle la culpa a otro en lugar de asumir tu responsabilidad.

– No habría hablado con Sanders si hubiera pensado que supondría algún problema para vosotros. No puedo creer que pienses eso de mí. -Va adquiriendo fuerza, ahí plantada con su vestido verde esmeralda-. Sanders y el otro agente os estaban ofreciendo una oportunidad…

– Si llamas oportunidad a la intimidación…

– Sam era un hijo de papel. Estaba aquí ilegalmente. Me culparé de su muerte el resto de mi vida, pero eso no cambia que era lo correcto tanto para ti como para nuestra familia. Lo único que teníais que hacer era decir la verdad…

– ¿No te planteaste las consecuencias?

– ¡Claro que sí! Pero repito: Sanders dijo que si Sam y tú confesabais, os concederían la amnistía. ¡Amnistía! Habrían sellado vuestros papeles, os habríais convertido en ciudadanos legales y todo habría terminado. Pero erais demasiado testarudos, demasiado rústicos e ignorantes para ser americanos.

– ¿Te atreves a culparme de lo sucedido?

– No es eso, Pearl.

Pero ¡lo ha dicho! Estoy tan furiosa que no puedo pensar.

– Quiero que salgas de esta casa -digo, hirviendo de cólera-. No quiero volver a verte. Jamás.

– Siempre me has culpado de todo -replica con voz serena, muy serena.

– Porque todo lo malo que me ha pasado en la vida ha sido por tu culpa.

Me mira a los ojos, como preparada para oír lo que tengo que decir. Bien, si eso es lo que quiere…

– Baba te quería más a ti -empiezo-. Siempre se sentaba a tu lado. Mama te quería tanto que se sentaba enfrente de ti para contemplar a su hermosa hija y no a la otra, la fea de mejillas coloradas.

– Siempre has padecido la enfermedad de los ojos rojos. -Resopla con desdén, como si mis acusaciones fueran insignificantes-. Siempre me has tenido envidia y celos, pero era a ti a quien mimaban. ¿Quién quería más a quién? Te lo diré. A baba le gustaba mirarte a ti. Y mama se sentaba a tu lado. Los tres siempre hablabais en sze yup, teníais vuestro propio idioma secreto; y a mí me dejabais fuera.

Esas palabras me dejan atónita. Siempre he creído que mis padres me hablaban en sze yup para proteger a May de una cosa u otra, pero ¿y si lo hacían como señal de cariño, como una forma de demostrar que yo era especial para ellos?

– ¡No! -exclamo, tanto para May como para mí-. Eso no es verdad.

– Baba te quería lo suficiente para criticarte. Mama te quería lo suficiente para comprarte crema de perlas. A mí nunca me regaló nada valioso: ni crema de perlas ni su brazalete de jade. A ti te mandaron a la universidad. A mí nadie me preguntó si quería ir. Y fuiste, pero ¿hiciste algo con tus estudios? Mira a tu amiga Violet. Ella sí hizo algo, pero ¿tú? Todo el mundo quiere venir a América por las oportunidades que ofrece este país. Pero tú no aprovechaste las que se te presentaron. Preferías ser víctima, una fu yen. Pero ¿qué importa a quién quisieran más baba y mama, o si yo tuve las mismas oportunidades que tú? Ellos están muertos y ha pasado mucho tiempo.

Pero para mí no, y sé que para ella tampoco. La competición por el cariño de nuestros padres se ha repetido en nuestra batalla por Joy. Ahora, después de toda una vida juntas, por fin decimos lo que de verdad sentimos. El tono de nuestro dialecto wu sube y baja, estridente, cáustico y acusador, mientras vaciamos todo el mal que hemos acumulado en nuestro interior y nos culpamos mutuamente por los fracasos y desgracias que nos han acaecido. No he olvidado la muerte de Sam, y sé que ella tampoco, pero no podemos controlarnos. Quizá sea más fácil pelear por las injusticias que hemos soportado durante años que enfrentarme a la traición de May y el suicidio de Sam.

– ¿Sabía mama que estabas embarazada? -pregunto, expresando una sospecha que tengo desde hace años-. Ella te quería. Me hizo prometer que cuidaría de ti, mi moy moy, mi hermana pequeña. Y he cumplido. Te llevé a Angel Island, donde me humillaron. Y desde entonces estoy encerrada en Chinatown, cuidando a Vern y trabajando en la casa mientras tú vas a Haolaiwu, vas a fiestas, te diviertes y haces lo que sea que hagas con esos hombres. -Entonces, como estoy furiosa y dolida, digo algo que sé que lamentaré el resto de mis días; pero como en gran medida es cierto, sale de mi boca antes de que pueda impedirlo-: Tuve que cuidar a tu hija incluso después de que muriera mi bebé.

– Siempre has estado resentida por tener que cuidar de ella, pero también has hecho todo lo posible para alejarla de mí. Cuando Joy era pequeña, la dejabas con Sam en el apartamento cuando yo te llevaba a dar paseos…

– No lo hacía por eso. -¿O sí?

– Y nos culpabas a mí y a todos los demás por tener que quedarte en casa. Pero cuando alguno de nosotros se ofrecía a quedarse un rato con Joy, tú te negabas.

– Eso no es verdad. La dejaba ir contigo a los platos.

– Y luego ya no me dejaste hacer ni siquiera eso -replica con tristeza-. Yo la quería. Pero ella siempre fue una carga para ti. Tienes una hija. Yo no tengo nada. Los he perdido a todos: a mi madre, a mi padre, a mi hija…

– ¡Y yo me dejé violar por un montón de japoneses para protegerte!

Mi hermana asiente con la cabeza, como si ya esperase oír eso.

– ¿Otra vez tengo que oír lo de tu sacrificio? ¿Otra vez? -Respira hondo para serenarse-. Estás disgustada, y lo entiendo. Pero nada de todo eso tiene que ver con lo de Sam.

– ¡Claro que tiene que ver! Todo lo que nos ha pasado tiene que ver con tu hija ilegítima o con lo que los micos me hicieron.

Se le tensan los músculos del cuello y su rabia alcanza el mismo nivel que la mía.

– Si de verdad quieres hablar de aquella noche, perfecto, porque llevo muchos años esperando este momento. Nadie te pidió que salieras de nuestro escondite. Mama te dijo que te quedaras escondida. Ella quería que estuvieras a salvo. Fue contigo con quien habló en sze yup, susurrándote su amor en ese dialecto, como hacía siempre, para que yo no la entendiera. Pero comprendí que a ti te quería lo suficiente para decirte palabras cariñosas, y a mí no.

– Estás tergiversando la realidad, como siempre, pero esta vez no servirá de nada. Mama te quería tanto que se enfrentó ella sola a esos soldados. Yo no podía permitir que lo hiciera. Tenía que ayudarla. Tenía que salvarte.

Mientras hablo, los recuerdos de aquella noche me invaden. ¿Será consciente mi madre, dondequiera que esté, de todo lo que he sacrificado por mi hermana? ¿Me quería mama? ¿O aquel día volví a decepcionarla, por última vez? Pero no tengo tiempo para pensar en eso, porque May está delante de mí con los brazos en jarras, con su hermoso rostro crispado de exasperación.

– Eso pasó una noche. ¿Qué es una noche comparada con toda una vida? ¿Cuánto tiempo llevas utilizando esa excusa, Pearl? ¿Cuánto la utilizaste para mantener la distancia entre tú y Sam, entre tú y yo? En el hospital, cuando delirabas, me dijiste cosas que seguramente no recuerdas. Me dijiste que mama gruñó cuando entraste en la habitación donde estaban los soldados. Me dijiste que creías que se enfadó porque no me estabas protegiendo. Creo que te equivocas, y que mama debió de sentirse desesperada al ver que no ibas a salvarte. Eres madre, Pearl. Sabes que lo que digo es cierto.

Sus palabras son como una bofetada, pero tiene razón: si Joy y yo nos encontráramos en la misma situación…

– Consideras que has sido muy valiente y que has renunciado a mucho -continúa. No detecto repulsa ni provocación en su voz, sólo una gran angustia, como si fuera ella la que ha sufrido-. Pero en realidad has sido cobarde, miedosa, débil e insegura todos estos años. Ni una sola vez me has preguntado qué más pasó en la cabaña aquella noche, ni una sola vez se te ha ocurrido preguntarme qué sentí cuando mama murió en mis brazos. Nunca me has preguntado dónde y cómo la enterré. ¿Quién crees que se encargó de eso? ¿Quién crees que te sacó de la cabaña, cuando lo más sensato habría sido dejarte morir allí?

No me gustan sus preguntas y aún me gustan menos las respuestas que pasan por mi cabeza.

– Yo sólo tenía dieciocho años -prosigue-. Estaba embarazada y muerta de miedo. Pero te cargué en la carretilla. Te llevé al hospital. Te salvé la vida, Pearl, y después de tantos años todavía arrastras resentimiento, miedo y sentimiento de culpa. Crees que te has sacrificado mucho para cuidar de mí, pero tus sacrificios sólo han sido excusas. En realidad fui yo quien se sacrificó para cuidar de ti.

– Eso es mentira.

– ¿En serio? -Hace una breve pausa y añade-: ¿Alguna vez has pensado cómo ha sido mi vida aquí? ¿Ver a mi hija todos los días y mantener las distancias con ella? ¿O tener relaciones esposo-esposa con Vern? Piénsalo, Pearl. Vern nunca ha llegado a ser un verdadero marido.

– ¿Qué quieres decir?

– Que nunca habríamos acabado aquí, en este sitio que por lo visto te ha causado tanta desgracia, de no haber sido por ti. -La agresividad desaparece de su voz, y sus palabras escarban en lo más hondo de mí, estremeciendo mi sangre y mis huesos-. Dejaste que una noche, una noche terrible y trágica, te hiciera correr y correr. Y yo te seguí porque soy tu moy moy. Porque te quiero y sabía que habías quedado marcada para siempre, que nunca podrías ver la belleza y la fortuna de tu vida.

Cierro los ojos y procuro serenarme. No quiero volver a oír su voz. No quiero volver a verla.

– ¿Por qué no te marchas? -le suplico.

Pero May insiste:

– Contéstame con sinceridad. ¿Estaríamos aquí, en América, de no haber sido por ti?

Esa pregunta se me clava como un afilado cuchillo, porque gran parte de lo que dice es verdad. Pero todavía estoy tan enfadada y dolida porque haya delatado a Sam que respondo con la peor maldad:

– No, claro que no. ¡No estaríamos en América si tú no hubieras tenido relaciones esposo-esposa con un chico que ni siquiera tenía nombre! Y si no me hubieras obligado a adoptar a tu hija…

– Sí tenía nombre -me corta May, con una voz suave como las nubes-. Se llamaba Z.G.

Creía que me había hecho todo el daño posible, pero por lo visto me equivocaba.

– ¿Cómo pudiste? ¿Cómo pudiste hacerme eso? Sabías que estaba enamorada de él.

– Sí, lo sabía -admite-. Z.G. lo encontraba muy gracioso… cómo lo mirabas durante las sesiones, el día que fuiste a suplicarle… pero yo me sentía muy mal.

Retrocedo unos pasos, tambaleándome. Una traición detrás de otra.

– No te creo. Esto debe de ser otra de tus mentiras.

– ¿De verdad? Hasta Joy se dio cuenta: en las portadas de China Reconstructs, ¿quién tenía mejillas coloradas de campesina y qué cara estaba pintada con amor?

Mientras habla, las imágenes del pasado pasan atropelladamente: May con la cabeza apoyada en el pecho de Z.G. mientras bailaban; Z.G. pintando hasta el último pelo de su cabeza; Z.G. esparciendo peonías alrededor de su cuerpo desnudo…

– Lo siento -dice-. Ha sido una crueldad. Sé que lo has llevado en tu corazón todos estos años, pero no era más que un enamoramiento infantil de hace mucho tiempo. ¿No te das cuenta? Z.G. y yo… -Se le quiebra la voz-. Tú has tenido toda una vida con Sam. Z.G. y yo sólo tuvimos unas semanas.

– ¿Por qué me lo ocultaste?

– Sabía que estabas enamorada de él. Por eso no te dije nada. No quería hacerte daño.

Y así es como comprendo lo que no he sabido ver en todo este tiempo:

– Z.G. es el padre de Joy.

– ¿Quién es Z.G.?

Es la única voz que querríamos no haber oído. Me vuelvo y veo a Joy plantada en el umbral de la cocina; sus ojos son como dos guijarros negros en el fondo de un cuenco de narcisos. Su mirada -fría, inexpresiva, implacable- revela que lleva mucho rato escuchando. Estoy destrozada por la muerte de Sam y por el repaso de nuestras vidas que May acaba de hacer, pero que Joy haya oído esta conversación me produce verdadero horror. Doy un par de pasos hacia mi hija, pero ella se aparta.

– ¿Quién es Z.G.? -repite.

– Es tu verdadero padre -contesta mi hermana con voz dulce y llena de amor-. Y yo soy tu verdadera madre.

Nos quedamos las tres plantadas como estatuas. Nos veo a May y a mí con los ojos de Joy: una madre -que ha intentado enseñar a su hija a ser dócil a la manera china y brillante a la manera americana- con un camisón viejo, y la cara enrojecida de llorar, de pena y rabia; y otra madre -que ha sido indulgente con su hija, le ha comprado regalos y la ha acercado a la sofisticación y el dinero de Haolaiwu-, radiante y elegantemente vestida. Además, liberada de dos décadas de secretos, May parece haber encontrado cierta paz, pese a todo lo que ha pasado esta noche. Mi hermana y yo nos hemos peleado por zapatos, por quién ha tenido una vida mejor y por quién es más lista y más guapa, pero esta vez no tengo ninguna posibilidad. Sé quién ganará. Siempre me he preguntado por mi destino. No ha bastado con que perdiera a mi hijo y a mi marido. Ahora, las lágrimas por la mayor de las pérdidas resbalan por mis mejillas.

Cuando se nos pone el cabello blanco

Me tumbo en la cama con un agujero enorme en el pecho, donde antes tenía el corazón. Destrozada: así es como me siento. Oigo a May y Joy murmurando. Más tarde se oyen gritos y portazos, pero no salgo a luchar por mi hija. Ya no tengo fuerzas para luchar. Aunque quizá nunca las he tenido. Quizá May tenga razón sobre mí. Soy débil. Quizá siempre he sido miedosa, una víctima, una fu yen. May y yo crecimos en el mismo hogar, con los mismos padres, y sin embargo ella siempre ha sabido apañárselas sola. Ha aprovechado todas las oportunidades que se le han presentado: mi buena disposición a adoptar a Joy, trabajar con Tom Gubbins y todo lo que eso conllevó, sus constantes ganas de salir y divertirse; mientras que yo siempre he aceptado las adversidades, considerándolas producto de mi mala suerte.

Más tarde oigo el grifo del cuarto de baño y la cisterna del inodoro. Joy abre y cierra sus cajones del armario de la ropa blanca. Cuando por fin la casa se queda en silencio, mi pensamiento viaja hasta sitios más profundos y oscuros. Mi hermana ha hecho que me plantee las cosas de una forma completamente nueva, pero nada de eso cambia lo que le ha sucedido a Sam. ¡Eso nunca se lo perdonaré! Sólo que… sólo que quizá May tenga razón respecto a la amnistía. Quizá fue un error terrible no entregarnos voluntariamente, lo que terminó en tragedia en el caso de Sam. Pero ¿por qué no nos contó May que iba a delatarnos, aunque pensara hacerlo por nuestro propio bien? Sé perfectamente la respuesta: a Sam y a mí siempre nos asustó todo lo nuevo. Nos daba miedo dejar a nuestra familia e instalarnos en nuestra propia casa, miedo marcharnos de Chinatown, miedo dejar que nuestra hija se convirtiera en lo que nosotros mismos afirmábamos querer ser: americanos. Aunque May hubiera intentado decírnoslo, no la habríamos escuchado.

Sé que los peores aspectos del Dragón pueden llevarme a ser testaruda y orgullosa. Si enfureces a una mujer Dragón, el cielo se viene abajo. De hecho, esta noche el cielo se ha venido abajo, pero necesito decirle a Joy que ella es y siempre será mi hija, y que no me importa lo que sienta por mí, por Sam o por su tía, porque yo siempre la querré. Deseo que entienda cuánto la hemos querido y protegido, y lo orgullosa que estoy de ella y de que esté iniciando su propio camino. Espero que sepa perdonarme. En cuanto a May, no sé si encontraré la forma de absolverla, ni si quiero hacerlo. No sé si quiero mantener relación con ella, pero estoy dispuesta a darle la oportunidad de explicármelo todo otra vez.

Debería ir al porche, despertarlas a las dos y hacer todo eso ahora mismo, pero es tarde y todo está en silencio, y esta noche terrible ya han sucedido demasiadas cosas.


– ¡Despierta! ¡Despierta! ¡Joy se ha marchado!

Abro los ojos. Mi hermana me está sacudiendo con el rostro desencajado. Me incorporo y el miedo me embarga súbitamente.

– ¿Qué?

– Joy se ha ido.

Me levanto y corro hacia el porche. Las dos camas están deshechas; respiro hondo e intento calmarme.

– Quizá ha salido a dar un paseo. O ha ido al cementerio. May niega con la cabeza. Luego mira un papel arrugado que tiene en la mano y dice:

– Esto estaba encima de su cama.

Alisa el papel y me lo da.


Mamá:

Ya no sé quién soy. Ya no entiendo este país, que ha matado a papá. Sé que pensarás que estoy aturdida y que digo estupideces. Quizá tengas razón, pero necesito encontrar respuestas. Quizá China sea mi verdadero hogar, al fin y al cabo. Después de lo que tía May me contó anoche, creo que debería conocer a mi verdadero padre. No te preocupes por mí, mamá. Confío mucho en China y en todo lo que el presidente Mao está haciendo por el país.

Joy


Respiro hondo y las palpitaciones remiten. Sé que Joy no dice en serio lo que ha escrito. Es un Tigre. Es normal que se agite y se sacuda -eso es lo que representa su nota-, pero es imposible que haya hecho lo que dice. Sin embargo, May teme que sí.

– ¿Qué podemos hacer? -me pregunta cuando la miro.

– No estoy preocupada, y tú tampoco deberías estarlo. -Me fastidia que mi hermana empiece el día con otro drama cuando yo confiaba en poder hablar con ella, pero le pongo una mano sobre el brazo para serenarnos-. Anoche Joy estaba muy trastornada. Todas lo estábamos. Habrá ido a casa de los Yee a hablar con Hazel. Ya verás como vuelve a la hora del desayuno.

– Pearl… -Traga saliva y respira hondo-. Anoche Joy me preguntó por Z.G. Le dije que creo que todavía vive en Shanghai porque en sus portadas de revista siempre aparece algo relacionado con la ciudad. Estoy segura de que intentará viajar allí.

Lo descarto con un ademán.

– Joy no irá a China a buscar a Z.G. No puede subirse a un avión y volar a Shanghai. -Enumero los motivos con los dedos, con la esperanza de que mi lógica tranquilice a May-. Mao lleva ocho años en el poder. Los occidentales no pueden entrar en China. Estados Unidos no tiene relaciones diplomáticas…

– Podría volar a Hong Kong -me interrumpe con voz entrecortada-. Es una colonia británica. Desde allí podría entrar en China andando, como las personas que contrataba padre Louie para que le llevaran el dinero a su familia de Wah Hong.

– Ni lo pienses. Joy no es comunista. Todos esos cuentos eran sólo eso: cuentos.

May señala la nota:

– Quiere conocer a su verdadero padre.

Me resisto a aceptarlo.

– Joy no tiene pasaporte.

– Sí tiene. ¿No te acuerdas? Ese amigo suyo, Joe, la ayudó a sacárselo.

Me flaquean las rodillas. May me sujeta y me ayuda a llegar hasta la cama y sentarme. Prorrumpo en llanto.

– Esto no, por favor -gimo-. Después de lo de Sam, no.

May intenta consolarme, en vano. El sentimiento de culpa no tarda en apoderarse de mí.

– No sólo se trata de su padre. -Mis palabras salen desgarradas y quebradas-. Todo su mundo se ha derrumbado. Todo lo que ella creía conocer ha resultado falso. Está huyendo de nosotras. De su verdadera madre y de mí.

– No digas eso. Su verdadera madre eres tú. Vuelve a leer la nota. A mí me llama tía, y a ti mamá. Joy es tu hija.

El miedo y la pena atenazan mi corazón, pero me aferro a una palabra: mamá.

May me enjuga las lágrimas.

– Es tu hija -repite-. No llores más. Tenemos que pensar.

Tiene razón. Debo recuperarme y hemos de pensar cómo impedir que mi hija cometa un terrible error.

– Necesitará mucho dinero si quiere llegar a China -digo.

May entiende a qué me refiero. Ella es más moderna que yo, y guarda el dinero en el banco; pero Sam y yo seguíamos la tradición de padre Louie y teníamos nuestros ahorros en casa. Vamos a la cocina, miro debajo del fregadero y saco la lata de café donde guardo casi todo el dinero. Vacía. Aun así, no pierdo la esperanza.

– ¿Cuándo calculas que se ha marchado? -pregunto-. Os quedasteis hablando hasta muy tarde…

– ¿Cómo no la oí levantarse? ¿Cómo no la oí hacer la maleta?

Yo me hago los mismos reproches, y una parte de mí todavía está enojada y confundida por mi conversación de anoche con May, pero digo:

– Ahora eso no importa. Tenemos que concentrarnos en Joy. No puede haber llegado muy lejos. Todavía podemos encontrarla.

– Sí, claro. Vamos a vestirnos. Iremos en dos coches…

– ¿Y Vern? -Ni siquiera en estos traumáticos momentos logro olvidar mis responsabilidades.

– Tú ve a la Union Station. Yo dejaré preparado a Vern y luego iré a la estación de autobuses.

Pero Joy no está en la estación de tren, ni en la de autobuses. May y yo volvemos a encontrarnos en casa. Cuesta creer que de verdad intente viajar a China, pero si queremos tener alguna posibilidad de detenerla, hemos de actuar imaginando lo peor. Trazamos un nuevo plan. Yo voy al aeropuerto y May se queda en casa haciendo unas llamadas: a la familia Yee, para saber si Joy les ha dicho algo a sus hijas; a los tíos, por si les pidió consejo sobre la forma de llegar a China; y a Betsy y su padre, en Washington, para comprobar si existe alguna forma de impedir que Joy salga del país. No tengo suerte en el aeropuerto, pero May recibe dos informaciones turbadoras. Primero, Hazel Yee le dice que esta mañana Joy la llamó llorando desde el aeropuerto para decirle que se marchaba del país. Hazel no la creyó y no le preguntó adónde iba. Segundo, el padre de Betsy dice que Joy puede solicitar y recibir un visado para entrar en Hong Kong al aterrizar allí.

Como todavía no hemos comido, May abre dos latas de sopa de pollo Campbell's y las pone a calentar en un fogón. Yo me siento a la mesa, miro a mi hermana y sufro por mi hija. Mi hermosa y temeraria Joy se dirige al único lugar a donde no debería ir: la República Popular China. Por mucho que crea haber aprendido de China por las películas, por su amigo Joe, por ese estúpido grupo al que se unió y por lo que puedan haberle enseñado sus profesores en Chicago, mi hija no sabe lo que hace. Obedece a su naturaleza Tigre; lo que la impulsa a actuar son la rabia, la confusión y el entusiasmo mal dirigido. La mueven las pasiones y las ambiguas emociones de anoche. Como le he explicado a May, creo que lo que intenta en realidad es huir de nosotras, las dos mujeres que han peleado por ella desde que nació, y no sólo buscar a su verdadero padre. Y Joy no entiende lo traumático -por no decir peligroso- que puede resultar que encuentre a Z.G.

Pero si Joy no puede escapar de su naturaleza esencial, yo tampoco puedo escapar de la mía. El instinto maternal es muy fuerte. Pienso en mi madre y en todo lo que hizo para salvarnos del Clan Verde y protegernos de los japoneses. Quizá a mama le resultara muy difícil tomar la decisión de dejar atrás a baba, pero lo hizo. Seguro que la aterraba entrar en la habitación donde estaban aquellos soldados, pero tampoco vaciló. Ahora mi hija me necesita. Por muy peligroso que sea el viaje y por muy graves que sean los riesgos, tengo que encontrarla. Joy debe saber que estaré a su lado y que la apoyaré incondicionalmente en cualquier situación.

Mis labios esbozan una débil sonrisa cuando comprendo que, por una vez, me va a ayudar no ser ciudadana de Estados Unidos. No tengo pasaporte norteamericano, sino sólo un Certificado de Identidad que me permitirá salir de este país que nunca me ha querido. Me queda un poco de dinero guardado en el forro del sombrero, pero no basta para llegar a China. Vender el restaurante me llevaría demasiado tiempo. Podría ir al FBI y confesarlo todo o más, decirles que soy una comunista rabiosa de la peor calaña, para que me deportaran…

May sirve la sopa en tres cuencos y vamos a la habitación de Vern. Lo encontramos pálido y aturdido. No muestra interés por la comida y retuerce las sábanas con nerviosismo.

– ¿Dónde está Sam? ¿Dónde está Joy?

– Lo siento, Vern. Sam ha muerto -le dice May, supongo que por enésima vez este día-. Y Joy se ha escapado de casa. ¿Entiendes, Vern? Joy no está aquí. Se ha marchado a China.

– China es un sitio muy malo.

– Ya lo sé.

– Quiero que venga Sam. Quiero que venga Joy.

– Intenta tomarte la sopa.

– Iré a buscar a Joy -anuncio-. Quizá pueda encontrarla en Hong Kong, pero si es necesario entraré en China.

– China es un sitio muy malo -repite Vern-. Allí te mueres.

Dejo mi cuenco en el suelo.

– ¿Puedes prestarme dinero, May?

Mi hermana no vacila:

– Claro que sí, pero no sé si tengo suficiente.

¿Cómo va a tenerlo si se lo ha gastado todo en ropa, joyas, distracciones y en su flamante automóvil? Rechazo esos reproches y me recuerdo que May también ha ayudado a pagar esta casa y los estudios de Joy.

– Yo sí -dice Vern-. Tráeme barcos. Muchos barcos.

May y yo nos miramos sin comprender.

– ¡Necesito barcos!

Le doy el que encuentro más cerca. Vern lo coge y lo tira al suelo. La maqueta se rompe, y de su interior sale un rollo de billetes sujetos con una goma.

– Mi dinero de la hucha familiar -explica él-. ¡Más barcos! ¡Dame más!

Entre los tres, destrozamos su colección de barcos, aviones y coches de carreras. El viejo era tacaño, pero también justo. Y claro, le dio a su hijo su parte de la hucha familiar, incluso después de que se quedara inválido. Pero Vern, a diferencia del resto, no se gastó su parte. Sólo lo he visto utilizar dinero en una ocasión: el día que nos llevó a la playa en tranvía, la primera Navidad que pasamos en Los Ángeles.

Juntamos los billetes y los contamos sobre la cama de Vern. Hay más que suficiente para un billete de avión, y hasta para sobornos, si fuera necesario.

– Iré contigo -dice May-. Estando juntas la cosas siempre nos han ido mejor.

– No; debes quedarte aquí. Tienes que cuidar de Vern, del restaurante, la casa, los antepasados…

– ¿Y si encuentras a Joy y las autoridades no os dejan salir del país?

Eso la preocupa, y a Vern también. Y yo estoy aterrorizada. Si no nos preocupáramos, seríamos estúpidos. Sonrío y digo:

– Eres mi hermana, y eres muy lista. Así que empieza a pensar cómo solucionar ese supuesto.

Mientras May asimila mis palabras, casi puedo ver cómo en su mente se va formando una lista de tareas.

– Voy a llamar otra vez a Betsy y a su padre -dice-. Y escribiré al vicepresidente Nixon. Cuando era senador, Nixon ya ayudó a algunos a salir de China. Conseguiré que nos ayude.

Pienso: «No va a ser fácil», pero no lo digo. No soy ciudadana de Estados Unidos y no tengo pasaporte de ningún país. Y nos enfrentamos a la China Roja. Pero no me queda más remedio que creer que, llegado el caso, mi hermana logrará sacarnos de China, porque ya lo hizo una vez, cuando huimos de Shanghai.

– He pasado mis primeros veintiún años en China y mis últimos veinte en Los Ángeles -le digo a May con firmeza, reflejo de mi determinación-. No tengo la impresión de volver a casa. Siento que estoy perdiendo mi hogar. Cuento contigo para que Joy y yo sigamos teniendo algo aquí cuando regresemos.

Al día siguiente, meto en una maleta el Certificado de Identidad que me entregaron en Angel Island y la vieja ropa de campesina que me compró May para salir de China. Cojo unas fotografías de Sam para darme valor, y otras de Joy para enseñárselas a la gente que encuentre en mi viaje. Voy al altar familiar y me despido de Sam y los demás. Recuerdo algo que dijo May hace tiempo: «Al final, todo vuelve al principio.» Por fin comprendo lo que quiso decir: no sólo repetimos nuestros errores, sino que también se nos ofrecen oportunidades para remediarlos. Hace veinte años perdí a mi madre cuando huíamos de China; ahora vuelvo a China, convertida en madre, para poner las cosas -muchas cosas- en su sitio. Abro la caja donde Sam guardó la bolsita que me regaló mama. Me la cuelgo del cuello. Esa bolsita ya me ha protegido en otros viajes, y espero que la que May le regaló a Joy cuando se marchaba a la universidad la esté protegiendo ahora.

Me despido del niño-esposo y le doy las gracias, y May me lleva en coche al aeropuerto. Mientras veo pasar las palmeras y las casas de estuco, repaso mi plan: iré a Hong Kong, me pondré la ropa de campesina y cruzaré la frontera. Iré al pueblo natal de los Louie y al de los Chin, pues ambos son sitios de los que Joy ha oído hablar, aunque mi corazón de madre intuye que allí no la encontraré. Joy ha ido a Shanghai a buscar a su verdadero padre e indagar sobre el pasado de su madre y su tía, y yo pienso seguirla hasta allí. Claro que temo que me maten, pero más temo todas las cosas que todavía podríamos perder.

Miro a mi hermana mientras conduce con gesto de firme determinación. Recuerdo esa expresión de cuando May era una cría, de cuando escondió nuestro dinero y las joyas de mama en la barca del pescador. Todavía tenemos mucho que decirnos si queremos hacer las paces. Hay cosas que nunca le perdonaré, y otras por las que necesito pedirle disculpas. May se equivoca de medio a medio sobre lo que significa para mí vivir en América. Quizá no tenga papeles, pero después de tantos años me considero americana. Y no quiero renunciar a eso, después de lo que me ha costado conseguirlo. Me he ganado la ciudadanía con penalidades; me la he ganado por Joy.

En el aeropuerto, vamos hasta la puerta de embarque. Una vez allí, May dice:

– Ya sé que nunca me perdonarás por lo de Sam, pero, por favor, ten presente que sólo intentaba ayudaros.

Nos abrazamos, pero no derramamos ni una lágrima. Pese a todas las cosas desagradables que han pasado y que nos hemos dicho, May es mi hermana. Los padres mueren, las hijas crecen y se casan, pero las hermanas son para siempre. May es la única persona que me queda en el mundo que comparte mis recuerdos de infancia, de mis padres, de nuestro Shanghai, de nuestras luchas, de nuestros sufrimientos, y sí, también de nuestros momentos de felicidad y triunfo. Mi hermana es la única persona que me conoce de verdad, como yo la conozco a ella. Lo último que me dice es:

– Cuando se nos pone el cabello blanco, todavía nos queda el amor de nuestra hermana.

Al dirigirme al embarque, me pregunto si hay algo que podría haber hecho de otra forma. Me gustaría haberlo hecho todo de otra forma, pero sé que el resultado habría sido el mismo. En eso consiste el destino. Pero si es cierto que hay cosas que están escritas y que algunas personas son más afortunadas que otras, también he de creer que todavía no he hallado mi destino. Porque de alguna forma, no sé cómo, voy a encontrar a Joy, y voy a traer a mi hija, nuestra hija, a casa con mi hermana y conmigo.

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