i. a salvo en el jardín

mi nombre y tú ya estáis a salvo en el jardín: fuera del tiempo, su maleficio no os perturbará.

boabdil


de lo poco que aprendo en la madraza, fundada por mi antecesor yusuf i, y de los encanecidos maestros, fríos y desdeñosos con los jóvenes, una sola cosa es la base de todas las demás: no somos libres. nuestro destino se nos adjudica al nacer; se nos entrega, igual que la tablilla en que estudiamos de niños las primeras letras y sus combinaciones. puede borrarse lo que en ella dibujamos, pero la tablilla permanece imperturbable; luego, cuando aprendamos a escribir y a leer, se nos regalará como recuerdo, y la conservaremos, enternecidos y altaneros, toda la vida. el texto de nuestro destino está desde el principio escrito; lo único que podemos hacer, si somos bastante osados, es transcribirlo con nuestra mano y nuestra letra, es decir, aportar la caligrafía que alguien nos enseñó.


yo de mí puedo jurar que jamás he elegido. sólo lo secundario o lo accesorio: una comida, un color, la manera de pasar una tarde. la libertad no existe. representamos un papel ya inventado y concreto, al que nunca añadimos nada que sorprenda esencialmente al resto de los representantes. en mí nadie se fijaría si no fuese el primogénito de abul hasán, rey de granada.

aquí lo primero que aprende un príncipe a decir -antes aún que ‘padre’ o ‘madre’- es ‘no abdicaré’, para saberlo repetir con naturalidad desde el día de su coronación. a pesar de eso, nunca se está seguro de que la abdicación no se producirá, aun en el caso de que la coronación sí se produzca.


somos distintos unos de otros, y eso nos induce a creer que somos libres; pero estamos prefigurados de antemano: nuestras determinaciones dimanan de nuestros jugos gástricos y de nuestros razonamientos, o sea, de nuestro estómago y de nuestro cerebro, que son intransformables. nos parece, por ejemplo, que elegimos a la persona amada; no es cierto: sólo dos o tres posibilidades nos son -y apenas- ofrecidas. no la elegimos: nos resignamos a ella; nuestro sexo, que con el estómago y la cabeza nos perfila, es otro portavoz. el destino es quien manda; por eso respeto y comprendo a quienes lo cumplen sin rebelarse. ellos son los que están más próximos a alcanzar la felicidad, si existe, que no creo: quienes se desenvuelven y se acaban en el lugar y en la dirección en que nacieron. pero no comprendo ni respeto a quienes se rebelan. pienso en almanzor, el suplantador de los omeyas, que -con la ambición del que quiere reinar sin haber nacido en las gradas del trono, con su desastrosa ambición de rábula que no repara en barrastrastornó las páginas del libro de su vida al probar a los súbditos que contra el poder cabe el desprecio. está escrito el destino: la dificultad reside en saberlo leer. hay quienes, mientras aspiran a superar el suyo, son sólo el arma del de los otros: se erigen en dueños del azar, y, a fuerza de combatir desde su vulgar sino, se transforman en los apoderados del ajeno, y juegan al ajedrez en nombre de la historia, derrocándolo todo, pieza a pieza, hasta inundar de sangre los tableros. qué irreversible consternación para un hombre comprobar, al final, a la entrada de su medinaceli, que, cuando resolvía en aparente libertad, estaba siendo utilizado.

porque nadie sobrevive a la tarea para la que nació: todo fue enrasado y medido previamente. cumplida su misión, solo ya el poderoso sobre el tablero que fue desalojando, el destino -su destino esta vez- le lanza el jaque mate.

la vida es una inapelable partida en la que todos los jugadores acaban por perder…


el discurso anterior era demasiado juvenil. hoy me parece tópico y pedante; pero fue lo que estrenó estos papeles. antes de que lo terminara, mi madre me llamó a sus habitaciones. entraba la mañana por el ajimez como una llamarada, y encharcaba de oro el pavimento. miraba yo, distraído de su plática, las dos clases de losas. en la primera, una figura femenina se enfrenta a otra masculina, con unos escudos entre ellas; visten trajes cristianos: él, calzas altas; ella, unas mangas ajustadas más oscuras bajo otras amplias claras, y el largo pelo partido en dos y unido en una trenza; el dibujo es azul, en varios tonos.

en el otro modelo también se enfrentan, y también con distintos azules, un ciervo y un caballo, esbeltos y rampantes…

mi madre acaba de trasladarse a la alhambra desde su palacio del albayzín, donde se había retirado, en señal de disgusto, cuando el rey comenzó sus relaciones con soraya.

pero, al ver aumentar el poder de ésta, ha creído prudente recuperar su sitio de sultana y sus habitaciones oficiales.

yo la escuchaba con los ojos en el suelo, sin prestarle demasiada atención. suponía que se trataba de algo que yo había hecho mal, o de algún proyecto político de los que no me apasionan: era para lo único que mi madre podía convocarme. no obstante, percibí en sus palabras un tono nuevo, dulcificado, muy insólito en ella. la miré.

reclinada, no me miraba a mí, sino un paño bordado que, entre las manos, doblaba y desdoblaba. había ordenado retirarse a todas sus sirvientas, y, sorprendentemente, nos hallábamos solos. cuando me decidí a atender, llevaba hablando un rato. yo estoy acostumbrado a oír a rachas sus peroratas, en las que da rodeos interminables, y aborda los temas desde un lejano principio que sólo ella relaciona con el final.

se refiere, por ejemplo, a su primo el rey mohamed x, o a su padre mohamed IX, antes de comunicar a quien sea que es necesario hacer obras en la planta de arriba, o modificar el trazado de un jardín, o celebrar la fiesta de los sacrificios de este año con especial suntuosidad.


su monólogo estaba en marcha.

yo puse los ojos en la delicada figura masculina de la solería, que tenía junto a mi pie derecho.

si lo que fragua tu padre es atentar contra mis privilegios en favor de una esclava cristiana, le pararé los pies. soy reina por los cuatro costados. no dependo de él ni por mi sangre, ni por mi economía, ni por mi inteligencia. soy una mujer horra en todos los sentidos. no necesito nada; pero, puesto que tú has sido designado heredero, quiero contar contigo. y te advierto que las trapacerías de isabel de solís te alcanzan tanto a ti como a mí.

ella nunca la llama soraya porque opina que su conversión áen lo cual acertabaú es una táctica.

no olvides que tu padre tiene tres hijos de ella. y que, aunque sean más jóvenes que tú, o precisamente por serlo, los preferirá.

el poder de la lujuria (tú aún no lo sabes, aunque también de eso quiero hablarte) es muy grande.

yo, sin comprender muy bien, trasladé mi mirada a la figura femenina del azulejo. ya estaba hecho a lo sorprendente de los monólogos maternos.

y el de la vanidad. tu padre, siempre engreído, nombrará heredero, aunque sea volviendo sobre sus actos, a alguien más joven, como si eso le asegurara una más larga vida. así se verá menos acuciado a dejarle el trono a nadie; ya sabes qué poco partidaria es granada de los sultanes niños, y cuánto daño le ha venido por ellos.

ignoraba adónde conduciría tal conversación. el trayecto era habitual. no valía la pena que hubiese interrumpido mis ejercicios para eso: ni los de equitación, según ella creía, ni los de poesía, por los que los había sustituido esa mañana, que me gustaban más.

yo tengo que defender mi fortuna; tengo que defender mis derechos, y, por desgracia, ya que tú no lo haces, tengo que defender los tuyos. eres mi prolongación y, dado el cariz de los acontecimientos, mi único medio de seguir en el trono, si hablamos claramente.

quizá con otro hijo me habría ido mejor… mírame cuando te hablo, boabdil.

lo hice. levanté los ojos desde el ciervo azul, ahogado en el remanso de sol; pero ella tampoco me miraba. fue entonces cuando levantó sus ojos. son espléndidos.

lo único espléndido que hay en su rostro no hermoso; oscuro, demasiado largo, con un ligero bozo sobre el labio superior; un rostro adusto y poco grato. se puso de pie sin darme tiempo a ayudarla.

ahora estábamos muy cerca y frente a frente. continuó:

sin embargo, no tengo más hijos que yusuf y tú, y tú eres el mayor, qué le vamos a hacer. es hora de casarte -añadió de repente.

percibí en su mirada la alarma que ella debió de percibir en la mía. me puse, en efecto, tenso como quien acusa una amenaza, o una llamada brusca o en exceso sonora.

he llegado a la conclusión de que ninguna de tus primas nos conviene. seguir mezclando sangres en una familia como la nuestra es arriesgarse a tener descendientes aún más débiles que tú. ya ves cómo nació tu hermano -se refería a la mano inválida de yusuf; fui a protestar, pero me interrumpió con un gesto irrebatible-. déjame proseguir. por añadidura, una esposa de sangre nazarí metería en casa la ocasión y el peligro. no quiero que se susciten pretensiones al trono en contra de la tuya, ni que nadie se haga ilusiones de gobernar a tu través. las ramas familiares deben quedarse en donde están. bastante tenemos con la pasión de mando de los abencerrajes y con los disturbios de los voluntarios de la fe (estoy convencida de que la única fe que tienen es en ellos mismos y en su propia fuerza). ya ves que trato el tema sin rodeos. no sé, ni me importa, cuáles hayan sido tus escarceos amorosos, aunque tengo noticias contradictorias, no todas de mi agrado -ahora sí me miraba-. tampoco eso va a pesar en contra ni a favor de lo que voy a proponerte.

(y digo proponerte por emplear una palabra amable). espero que mi elección de esposa te parezca plausible.

fui a interrumpirla, pero me interrumpió ella a mí.

tu prima jadicha sería la última que querría a tu lado.

primero, porque no estoy segura de que no sea un muchacho -continuaba mirándome-. y, si es una mujer, porque es de las que, para que el mundo entero sepa que son libres, le restriegan su libertad por la cara a todo el que se encuentran.

es excéntrica, llamativa y necia.

ninguna mujer inteligente desafía a nadie si no es imprescindible.

me recuerda a aquella princesa walada de los omeya: mucha estola blanca con versos de amor bordados en negro, mucha estola negra con versos de amor bordados en blanco; pero ni le sirvieron de nada, ni la acercaron un ápice a su meta. tu prima jadicha se tiñe el pelo de verde, y tiñe del mismo verde el pelo del caballo que monta: un despilfarro y una estupidez. acabará por quedarse calva y por dejar calvo al caballo, lo que sería peor.

y todo para pasear y trotar por el generalife. tales excesos me parecerían bien en el alcázar de segovia, por ejemplo, para reírse de los cristianos, tan torvos y tan pusilánimes; pero, para andar por una huerta, sólo son ganas de llamar la atención.

yo iba, en efecto, a referirme a mi prima jadicha, de la que creía estar enamorado. quedaba claro que mi madre, a pesar de ser mandona y distante, sabe todo de todos.

el alcaide mayor de la alhambra es un hombre que empezó de la nada; menos que de la nada: vendía especias en el zoco de loja. es valiente, fuerte, leal y viejo; uno de los dos brazos de tu padre. mi intención no sólo es que deje de apoyarlo, sino que te apoye a ti. los granadinos lo veneran; forma parte de los escasos indiscutibles de este reino. después de los sucesos más recientes, me atrevo a decir que es más indiscutible que yo y que tú. si se lo arrebatamos, cuanto tu padre pierda tú lo ganas (o nosotros, si quieres) haciendo lo que yo he planeado.

por fin iba a oír el resumen.

tiene una hija muy guapa. se llama moraima. la he tratado estos días. puede darte hijos con rapidez y sin melindres. no tiene sangre real, pero tiene sangre en las venas, y de eso no andamos muy sobrados. a aliatar le complacerá entroncar con la estirpe de los beni nazar, y se pondrá de parte de quien pueda otorgarle un nieto sultán. es el mejor general con que cuenta el reino, y te asesorará sin que tengas la duda de con qué fin lo hace, o de si rematará su buena carrera de especiero destronándote y sustituyéndote. como carece de imaginación, le satisfará más ver a su hija en el trono por las buenas que sentarse él mismo mediante un alzamiento. sé que, si yo te dejara, me dirías que tienes poca afición a gobernar, y que tus anhelos se limitan a mirar el paisaje, beber un poco de vino, y escribir lo que el vino y el paisaje te dicten; pero me temo que no hayas nacido para escribir al dictado, hijo mío, a no ser que quien te dicte sea yo. una vez instalado en el trono, si deseas descansar en mi experiencia, te estará permitido seguir la vocación que crees tener; entretanto, no.

ya estudiarás después; ya escribirás después. granada, aunque no siempre, ha tenido sultanes sumamente cultos; recuerda a mohamed “el faquí”. sin embargo, nosotros no somos los dueños de nuestra vida, ¿o no te lo han enseñado en la madraza? tú te debes a tu destino y a tu pueblo. y, para tal deber, ningún matrimonio más conveniente que el que te recomiendo, aunque sea quizá poco vistoso. si no te gusta moraima -eso era lo que, sin conocimiento de causa, le iba a oponer-, puedes luego hacer lo que te plazca. ten un hijo con ella; o un par de hijos, mejor. son dos o tres contactos, nada más, no es pedir demasiado. más tarde, toma una o dos concubinas: más no es aconsejable. ni necesario, creo.

para ti, por lo menos; tu padre es otra cosa. tú, por lo que observo, te inclinas más por el amor udrí, ese que siempre parece hacerse de perfil. me pregunto si es un puedo y no quiero, o es un quiero y no puedo, y no sé qué será más desgraciado. yo, ni entiendo de tales conjeturas, ni querría entender -concluyó-. me alegra que estés de acuerdo con mi propuesta. enhorabuena.

dio una palmada para llamar a su servicio, y me señaló la puerta al mismo tiempo. yo salí, recordando sin querer un hadiz de bujari. cuando un fiel le preguntó al profeta quién merecía, de todos los vivientes, el mejor de los tratos, le contestó: ‘tu madre, después tu madre, a continuación tu madre, y ya luego tu padre y los otros miembros de tu familia por orden de proximidad’.


conocí a moraima en el palacio del albayzín. la vi cruzar el patio desde la galería superior, el lugar reservado a las mujeres, donde me había apostado. vestía de blanco y amarillo. alguien le debió de advertir que yo estaría espiando, porque, levantando los ojos, me miró. los bajó a continuación de un modo muy gracioso.

adiviné que sonreía debajo de su velo y, sin saber por qué, me descubrí sonriendo yo también. era alta y no muy delgada. se movía con una lenta majestad. tenía -tiene- más aspecto de reina que yo de rey.


las bodas se celebraron -con diecisiete años yo, y ella con quince- a finales de 1479. semanas atrás rodrigo ponce de león, el hijo del conde de arcos, había conquistado el castillo de montecorto. dos días antes, la noche de la navidad cristiana, mientras los castellanos se hallaban en los cultos de medianoche, los musulmanes de ronda habían reconquistado aquel castillo. todo era, por ello y por mi boda, alegría en granada.

yo iba de blanco y azul. moraima llevaba una saya y un chal de paño negro bordados en seda azul, y una toca blanca le cubría la cara y los hombros. cuando dejé de mirar su figura, no pude ya separar mis ojos de los suyos, que me atraían como si fuesen de piedra imán y yo un pequeño hierro. unos ojos inocentes y pícaros, negros y claros a la vez, igual que dos almendras dulces o amargas; unos ojos absoluta, rigurosa e irresistiblemente sinceros.


sobre la diadema del trono de la novia habían grabado un poema de ibn al yayab:


a la vista encanta la belleza de esta diadema, que parece un tejido de brocado.

sobre su trono la novia es como el sol brillando en lo más alto de las constelaciones.

dos astros se han reunido en este asiento y rivalizan sus deslumbrantes resplandores”.


no era cierto que rivalizaran: aquel día, junto a moraima, cualquiera habría salido perdedor.


como recién casados asistimos a los festejos populares que regaló mi madre. (mi padre se mantuvo casi al margen de la boda, a pesar de que su consuegro era el jeque de loja, señor de la sagra, alguacil mayor del reino y su mejor lanza.

supongo que intuía que todo era una treta de la sultana, a la que -por las no menos oscuras tretas de su amante soraya- pretendía destituir). en la segunda tarde concurrimos a una fiesta taurina. se habían soltado en el coso unos cuantos toros bravos de los que pastan en los cercados de la vega sólo para tal fin, y después, una muta de perros alanos, bravos también. a los granadinos les encanta ver la línea y el ímpetu de los animales cuando luchan con nobleza y arranque unos con otros. aguardaban que los toros, cansados ante el acoso de los perros -los cuales, más ágiles, esquivan las embestidas, y se cuelgan de sus orejas como zarcillos-, permitiesen salir a los caballistas, rejón en mano, para terminarlos. iba a correr mi tío mohamed abu abdalá con otros caballeros, y mi ansiedad por verlo me mantenía en vilo. pero moraima no gustaba de un juego tan sangriento y, aunque mi madre se oponía, me rogó que saliéramos del estrado. el que desobedeciera la orden de mi madre me compensó de no ver a mi tío, y me la hizo más deseable aún.


por las confabulaciones que se despliegan a mi alrededor, y que no pocas veces me involucran, tengo muchas prevenciones contra la mujer. no he entendido bien nunca a quienes afirman que el hombre posee tanto la naturaleza masculina cuanto la femenina, puesto que ambas componen su totalidad, creada a imagen y semejanza de dios; la mujer, según ellos, es para el hombre como un espejo de sí mismo, que le da a conocer la parte de su esencia que le está oculta (la facultad del ojo consiste en ver, pero no puede contemplarse a sí mismo). y menos aún entiendo la consecuencia de que, al ser el hombre en su primigenia integridad el símbolo más perfecto de dios, y al encontrarse tal integridad en el complemento femenino, la mujer se transforme para el hombre en el símbolo más perfecto de dios. hay quien asegura que ahí reside la médula del amor; pero la verdad es que nada más lejano a nuestro concepto de él que el compañerismo entre hombre y mujer: sus ámbitos son tan divergentes que es imposible conjugarlos. de la mujer es la casa, donde el hombre es un huésped; del hombre es el exterior, donde la mujer no aparece. oscilamos así entre el harén y la veneración caballeresca -el amor udrí al que mi madre aludió-; en ninguno de los dos extremos existe la mujer: ya por gastada y disponible, ya por ausente. no obstante, de mis lecturas deduzco que el descuido y el menosprecio de la mujer es una secuela de la vida ciudadana, porque en el mundo beduino, donde aparecen los sexos como los dos polos de una esfera, el hombre admira a la mujer, y ella lo respeta como a su señor. sin embargo, en ningún caso -ni aun en ése- se produce el acercamiento necesario para la convivencia y lo que ella supone. lo máximo es un hadiz de tirmidhi, según el cual el profeta aconsejó: ‘recordaos mutuamente tratar con amabilidad a las mujeres, porque ellas son vuestros depósitos, de los que habréis de rendir cuentas. a menos que sean culpables de una manifiesta mala conducta, no les impongáis vuestra sanción. a las culpables, dejadlas solas en su lecho y castigadlas, aunque no con excesiva severidad; a las obedientes, no las tratéis con dureza. vosotros tenéis ciertos derechos sobre vuestras mujeres, y ellas sobre vosotros: ellas han de llevar vidas castas, e impedir la entrada en vuestro hogar de las personas que desaprobéis; a cambio, vosotros sois responsables de su subsistencia’.

pero ¿qué representaban para mí tales ideas en mis relaciones con moraima?.


desde el primer momento ella se me manifestó como es: respetuosa y confiada, pero también respetable y confiable; necesitada de protección, y protectora al tiempo. obra conmigo como una esposa, pero también como una madre, o una amiga, o una hija, según las circunstancias; goza además del raro privilegio de saber sin error cuándo ha de desempeñar uno u otro cometido. y, por añadidura, no aspira, como mi madre, a reinar, sino que se halla conforme, orgullosa y humildemente a la vez, con lo que el destino le ha deparado: ser mi mujer. la mujer de alguien como yo soy en realidad, no como ella se hubiese imaginado antes de conocerme que podría ser yo, ni como se imagine que podría llegar mañana a ser por ella.


antes de estar con moraima había yo envidiado a los campesinos de sexo grande y contundente, de manos poderosas y anchos hombros, que dominan la tierra a la que aman, y aseguran sin aspavientos la vida de sus hijos. y había envidiado también a las mujeres de tales campesinos, penetradas por ellos -sin pudor en verano, y casi cubiertas en invierno cuando anochece- una y otra vez; las campesinas que mordisquean los gritos de placer para no distraer ni molestar a quien se lo provoca. antes de estar con ella, yo era un masturbador, porque el deseo de no sé qué cuerpos me asaltaba de pronto en mitad de un jardín, o en mitad de una lección, como una ola a la que me tenía que abandonar. ála sola presencia de moraima, sin que mediase siquiera su intención, me transformó desde el principio. aun antes de que los hechos nos quitaran en parte nuestra hermosa y mutua razón de vida, y en parte nos la fortificarán.


cuando esto escribo ella está embarazada. será nuestro primer hijo. a media mañana nos hemos amado de una forma pausada y deliciosa. hace cuatro meses, en los primeros encuentros, todo era apresurado y torpe. moraima permanecía, después de derramarme yo, mirando los almocárabes del techo como si hubiese esperado algo más.

poco a poco, mi satisfacción ha conducido a la suya. ahora me presento a ella coronado de flores -sólo de flores-, como a una cita en la que podría ser sustituido, pero ella y yo preferimos que no lo sea. entro en la alcoba como un copero que ha de servir a su joven ama, que lo espera, impaciente y ávida, sobre el lecho. y la miro despacio, casi extraviado el deseo de tanto desearla. no soy ya hijo de rey; no lo necesito. ni ella es la esposa de un príncipe, ni de ningún otro hombre de este mundo: es sólo una muchacha que ve a un muchacho semidesnudo, desatacados los nudos del cinturón, acercarse a su lecho. y yo soy un hombre que besa la boca que en ese instante quiere; que desliza su mano, despojada de anillos, por el cuerpo que anhela, tembloroso de lascivia igual que quien al amanecer se destapa entre sueños; que llega hasta el lugar propicio, entre los largos muslos, y moja sus dedos en el inconfundible testimonio del ansia.

y estoy allí sin obligación que me lo exija. y el cuerpo junto a mí, o bajo el mío, se entrega y se abre, dulce y maduro lo mismo que una fruta, flexible y dócil, generoso de sí y hambriento de mi cuerpo, emanador de placer y placentero sólo con que se rocen su piel y la mía, bienoliente y no perfumado, como un pan recién cocido dispuesto para saciar un apetito.


a media mañana nos hemos amado con tan solemne lentitud que parecía que cumpliéramos una ceremonia religiosa, y sin duda lo era. he pasado mi lengua perezosa por los rincones de su cuerpo, y cubierto de saliva su ombligo, en el centro de su vientre, que guarece la promesa de nuestro hijo.

así de pausadas dicen que se aparean las tortugas.

y las serpientes -ha añadido ella, mientras yo trataba de tocar con la mano derecha el cedro de la tarima, tan oculta por sedas y cojines que he resbalado, entre las carcajadas de moraima.

no vuelvas a decir semejante palabra, o te arrastraré al caerme de la cama, y malparirás.

moraima, montada sobre mí, me ha devuelto todas las caricias. ha recorrido los misteriosos triángulos de mi cuerpo, excitándome y aniquilándome. poseído por esa embriaguez, en que se deja de vivir por vivir más, o en que uno deja de ser uno mismo para confundirse con todo lo que goza, con todo lo que vibra, con todo lo que palpita en este mundo, he pensado a ráfagas qué breve y sucedáneo es el deleite de la masturbación comparado con este otro, tan inducido como compartido, donde la crueldad y la generosidad, el egoísmo y la largueza se enredan y confunden.


debilitada la cabeza por las largas caricias, agitada con los ojos en blanco sobre los almohadones, ignoro por qué me ha venido a las mientes una escena de mi adolescencia. fue en una de las huertas del generalife, en la más grande. tenía entre las manos el libro de un maestro sufí, y veía -como antes y después tantas tardes- ponerse el sol. era en verano. la humedad, y el ruido de las aguas que vienen y se alejan, y la luz resistiéndose a morir en la cañada que separa la colina de la alhambra y la del albayzín, suscitaban una gustosa melancolía.

debajo de mí, que me hallaba sentado y silencioso, apareció por la ladera un muchacho de los que cuidan la huerta. sin notar mi presencia, se dejó caer en un ribazo lleno de hierba a punto de agostarse. estaba frente al sol poniente con la cabeza erguida, abiertas las piernas, las manos entre ellas. y, sin prisa, con la parsimonia de quien obedece una sagrada rúbrica, se levantó la túnica, aflojó sus zaragüelles, y se masturbó como en un íntimo y total sacrificio al sol que se moría. o así lo entendí yo. el corazón me latía con fuerza, no sé si por el deleite al que estaba asistiendo, o por el temor de que el muchacho, concluido su acto, me descubriese.

caído sobre la hierba, se contrajo su rostro en un gesto que podría haber sido de un dolor insufrible, hasta que el crispamiento se suavizó, y se apaciguaron sus labios. el muchacho era tan esbelto, tan rústico y delicado a la vez que, excitado yo mismo, sacrifiqué también al sol, y me derramé sobre la tierra. el libro de amor místico había caído desde mis rodillas, y aquel día ya no leí más.


a moraima le conté, concluido nuestro rito, la visión que me había asaltado mientras la amaba.

ella me interrogó sobre el pastor.

no era un pastor, sino un hortelano.

es lo mismo…

no, no es lo mismo. y además no recuerdo cómo era. sólo la contracción de su boca y de su frente, como si fuese a gritar, y la mitigación después. pienso si será eso lo que le sucede a quienes están a punto de morir: los convulsiona la agonía, y la muerte luego suaviza las facciones. sólo me acuerdo de eso.

– ¿nada más? -preguntó moraima con malicia.

yo me eché a reír.

recuerdo también algo muy ostensible: su sexo enhiesto y moreno, como los troncos que, según he leído, idolatran algunos africanos.

– ¿enhiesto y moreno? -repitió mientras retiraba el cobertor con el que nos habíamos tapado.

me besó, riendo, la risa de mi boca, y recomenzamos, era pasado el mediodía, otra morosa tanda de recíprocos tactos.

este jazmín -dijo moraimano cesa de dar flores.

y aun entre una y otra floración -le repliqué-, no le falta el perfume.

y le besé los pechos.


la comprensión y el afecto que descubrí en moraima los había buscado siempre; pero los había buscado mal: en mi padre, en mi madre, en mis maestros, en todos aquellos que la vida oficial ponía a mi alcance. sin embargo, el cariño y el mundo real se alejan de los príncipes; si no fuese por unas cuantas personas, no estaría seguro de haber sido niño alguna vez. por si algún día moraima desea leer estos papeles para conocerme mejor, debo escribir en ellos cómo -o más bien, entre qué manos- transcurrió mi infancia. para moraima, y también por evocar a quienes estoy agradecido, dejo estampados hoy sus nombres aquí. hoy, el día más feliz, porque ha nacido mi hijo.

ahmad será su nombre.

para que tenga la voz fuerte y clara, su madre, que alardea de no ser supersticiosa, le ha restregado la boquita con un antiguo florín de oro; para que tenga gracia -como yo, dice- le ha puesto un grano de sal entre los labios. sus nodrizas, para que el pelo le crezca recio, han traído, antes de que el sol terminara de salir, agua de la fuente del camino que se desvía al pie de la sabica, y le han frotado con ella la cabeza, ante la alarma de la madre, temerosa de que con el masaje no se le cierre bien la fontanela. para que sea fuerte, yo le he puesto sobre los puñitos la espada de al hamar, el fundador de nuestra dinastía. y he mandado venir al imán de la gran mezquita y al de la alhambra -que, por cierto, se odian- para que recen sobre la cuna a fin de que las fuerzas del alma se unan a las del cuerpo, si es que no son las dos la misma cosa.


quisiera que la infancia de mi hijo fuese más alegre y más acompañada que la mía. imagino que la niñez es un tesoro del que se nos va desposeyendo poco a poco. por eso le deseo, y procuraré que encuentre, personas como las que, casi a escondidas, yo encontré.

fueron ellas quienes me acercaron el mundo y, lo mismo que un puente, me permitieron llegar con suavidad a él. sin ellas, nada o muy poco habría sabido de la vida verdadera; sólo de las fúnebres ambiciones de los gobernantes y de quienes aspiran a serlo. de ellas aprendí el lenguaje de la sinceridad, el variado y significativo espacio que rodea a cada hombre, el que disfrutan juntos en la fiesta de la fraternidad, y la palpitación de los sentimientos elementales, que son los más puros, sin el disfraz de la cortesía que los desfigura hasta desarraigarlos. dentro de mí, continúo dándoles las gracias, y llevo sus rostros grabados en mi corazón. son los que siguen.

la nodriza subh

sus hijos, incluido el que entonces amamantaba, murieron cuando yo nací. fue en un ataque que el condestable de jaén, miguel lucas de iranzo, llevó a sangre y fuego contra lacalahorra para vengar su fracaso en el castillo de arenas. ella se ocultó, con el niño más pequeño en brazos, entre unas zarzas, no lejos de la casa donde quedaron su marido y sus otros dos hijos. oía el griterío de los acuchillados, las broncas amenazas y las risotadas de la soldadesca, que se aprestaba a adueñarse de cualquier botín. en manos de un peón vio sus enseres, los humildes aperos de su cocina, las ya inservibles ropas de sus hijos. rebotó sobre el umbral la cabeza del mayor, y la sangre salpicó el alto zócalo. subh comprendió que todo había acabado allí para ella. huyó por el camino de guadix, cayendo y levantándose, mientras la tropa concluía de arrasar la aldea y de degollar a sus habitantes. cuando llegó a guadix, el niño estaba muerto: era en julio y, entre el sudor y el llanto, ella se había secado.


subh era fuerte, grande y hermosa a su manera. tenía unas manos maltratadas, pero de trazo fino, como si perteneciesen a un cuerpo diferente. sus pechos, de los que yo mamé durante años, pues la prefería a las otras nodrizas, estaban siempre llenos. (pienso que de leche muy sabrosa, porque, según me decía, yo me abrochaba a ellos con una insaciable avidez). no odiaba a nadie: ni al condestable iranzo, ni a mi padre (que era quien había roto la tregua por abril con la batalla del madroño, cerca de estepa, contra el alcaide de osuna, soliviantando la frontera. no odiaba nada, sino la guerra sólo).

dios no es bueno -decía-, puesto que yo le temo.

era devota y cumplidora de la ley, también a su manera. rezaba con fervor y, cuando se postraba, lo único que pedía era que no hubiese guerras. (supongo que eso era precisamente lo que dios no estaba dispuesto a concederle).

con el tiempo comenzó a salirle un ligero bigote que, cuando me besaba, me pinchaba un poquito y, como lo hacía casi de continuo, me irritaba la piel. yo la veía muy vieja, pero no lo era: los niños se equivocan al calcular las medidas de los objetos, de las habitaciones, del porvenir que los aguarda, de la edad; quizá del cariño, no.


subh justificó su vida con la mía. me hacía, con sus manos enormes, extraños sortilegios para preservarme de todo mal, y musitaba oraciones inaudibles con los ojos en alto. no confiando en la bondad de dios, debía precavernos a los dos hasta de él. era una criatura misericordiosa, que se encontraba sola y acorralada en la mitad del mundo, como si cualquier conflagración, que jamás llegaría a comprender, se dirigiese contra ella y contra mí. me colgaba una gran variedad de amuletos, de azoras que le proporcionaban los hechiceros del zoco, y de hierbas benéficas.

cuando mi madre iba a verme -lo que no era a menudo- procuraba quitármelos; pero se descuidaba en ocasiones, y mi madre armaba grandes alborotos quejándose de la incultura del bajo pueblo. (imagino que tampoco creía que me perjudicaran; en el fondo, descansaba en el afecto, ciego y arrebatado, de la nodriza subh).

mi leche llegará a ser sultana -repetía mientras me comía a besos, pues era una de las escasas servidoras que me anteponía a mi hermano yusuf-. tú me recuerdas a todos mis hijitos juntos. eres un espejito donde los tres se reflejan. de alí tienes la cara redonda y asustadiza; de mohamed, los ojos tiernos; de malik, ay, mi malik, al que no alcancé a ver andar, de malik tienes la boca mamoncilla y redonda… vas a vivir la vida más bonita del mundo. las mujeres se van a volver locas por tus huesecitos y por otras cositas que no puedo decirte. los hombres te van a obedecer tanto que sólo les vas a ver la espalda, porque siempre estarán boca abajo ante ti.

en tanto me recitaba la buenaventura, me prendía de aquí y de allí sus ineficaces y no siempre limpios amuletos.

no los pierdas. si los pierdes, se volverán antes o después en contra tuya. tú, de cuando en cuando, en medio de las lecciones o de los juegos, tócalos para asegurarte que los tienes todavía. y que no te los vean, porque te los quitarán. tienes muchos enemigos, niño mío, pero tú no hagas caso: saldrás triunfante de ellos. porque a dios le conviene; él te va a utilizar. yo se lo pido a todas horas: que tú seas el que acabe con la guerra; y sé que me lo va a conceder. a ti te quiere mucho más que a mí: ¿es que no lo notas? ¿no hueles tú a rosas, vida mía? es el olor de rosas que te sale del cuerpo la prueba de que tú acabarás de una vez con las guerras.

lo que más me unía a ella es que, al no fiarse de los mayores, ni poder expresar ante ellos sus creencias ni sus intimidades, me hablaba a mí, en quien sí confiaba, como si fuese mayor y la entendiera. y, quién sabe de qué modo, sí la entendía, porque aún hoy recuerdo en gran parte sus confidencias, que supongo que desgranaba en mi oído como si hablara sola.

mezclaba unas con otras. me contaba los chismes del serrallo: las tiranteces de las concubinas de mi padre con los eunucos y con los que, aparentándolo, no lo eran del todo; sus pavorosas peleas de palabra y de obra; cuáles de ellas mantenían entre sí profundas y ruidosas relaciones de amor… no las quería, pero respetaba a las esclavas madres (princesas madres no había, porque mi madre no lo hubiera consentido); quizá era la maternidad lo único del mundo que aún la emocionaba y la ganaba. y a todas las esclavas madres las atendía dentro de sus límites; menos a soraya, por la que sentía un especial despego.

tiene dos hijos áluego tuvo otro mású muy guapos; pero me escama su perpetua sonrisa. una esclava digna no tiene ningún motivo para sonreír, a no ser que prepare una jugada sucia.

aparte de la maternidad, le apasionaba el tema de los cuernos.

los cuernos son la moneda más corriente en la alhambra. todo el mundo los pone, todo el mundo los lleva; con ellos se compra casi todo, y de ellos come la mayoría’.

para dormirme, me cantaba coplas alusivas:


el cuerno de al hawzani creció tanto que ya no lo deja ni embestir; cuando enrojece el cielo por las tardes es que él le ha dado una cornada”.


o esta otra, cuyo sentido yo no alcanzaba bien:


le dijeron a hasán que su mujer era la mujer de todo el pueblo.

calumnias’, contestó, ‘no me lo creeré hasta que vea la espada dentro de la vaina’“.


y antes de terminar la copla con la que pretendía adormecerme, ya comenzaba a soltar una carcajada que me despabilaba. sus carcajadas le salían del ombligo, y se le repartían por el cuerpo entero con una resonancia de cántaro vaciándose.

un mediodía vino una vecina, niñito mío, allá en lacalahorra, cuando todavía no había sucedido nada de lo que iba a suceder y yo creía en dios, y me dijo: ‘a tu marido lo traen uncido a un carro.

por la calle abajo viene; no cabrá por la puerta’. ‘ay, gran puta’, le respondí, ‘esta mañana mi marido no quería salir al campo a trabajar porque, cada vez que ve los cuernos del tuyo, se caga en los calzones’.

recitaba ensalmos, tomaba bebedizos y manejaba aliños para conseguir unos novios, que luego despreciaba sin probarlos. le divertía la conquista, pero no aprovecharla. ‘soy como la batalla de la higueruela’. ponía los ojos en algún sirviente, dejaba caer aleteando los párpados, se atusaba el pelo bajo la capucha, se sacudía bien la ropa, murmuraba dos o tres jaculatorias, sobaba de pasada sus propios talismanes, y se lanzaba al abordaje.

ése me va a seguir hasta la muerte. no resollará más que a mi alrededor. hasta que no le corte yo los lazos, no querrá ver a nadie más que a mí.

a los dos o tres días, me decía:

he tenido que cortarle yo los lazos, porque se ha puesto insoportable: ni a sol ni a sombra me dejaba. los hombres son lo mismo que las moscas. peor: a ellos no hay mosqueador que los espante.

a veces yo no comprendía alguno de sus comentarios, y le pedía que me lo aclarara con una pregunta y otra y otra.

eres tonto, boabdil. mentira parece que me hayas mamado tanta leche y que con ella no hayas aprendido nada. tontito de remate -repetía.


una tarde -no sé por qué recuerdo ésa y no otras- me bañaba en una pila con agua muy caliente.

para que te enseñes. para que te vayas enseñando. los mayores, si son ricos, se bañan en agua fría y en tibia y en caliente, y se tumban, y se tocan las partes entre el vapor de las habitaciones, y descansan luego un ratito antes de volverse a tocar. así, así -me restregaba con sus manos duras y delicadas-. y en los baños hay barberos, para cortarle el pelo a quien se deje (hombres y mujeres, no te creas), y masajistas que te dan palizas y patadas, y gente lavando su ropa y estrujándola, así, así, y niños como tú, que ya se alegran de haber nacido, porque este niñito mío es que está retrasado, muy retrasado el desventuradillo…

áfue aquélla la primera vez que alguien me llamó con el mote que luego iba a seguirme de por vida, y aun más allá: “el zogoibi”, el pobrecito infeliz.

este niño es igualito, igualito a faiz, el jardinero.

faiz era otro de mis amigos más queridos.

– ¿en qué me parezco a faiz? -pregunté muy ufano.

en que él tiene la muleta siempre tiesa, pero lo demás lo tiene siempre lacio.

– ¿qué es lo demás?

lo que a ti no te importa -y se ponía a canturrear-.


“¿qué ha sido de mi cosa? ¿qué ha sido de mi cosa?

desde abajito se me ha caído, igual que un muro al que le faltan los cimientos.


si volviera jesús, el profeta, quizá podría curarte; pero el sitio en el que tienes la enfermedad es difícil que al profeta le gustara tocarlo”.


ese jardinero no tiene ningún porvenir: para cavar hoyos, un azadón requiere un buen mango duro -y soltaba una risotada-. mi mohamed y yo -agregaba con los ojos rebosantes de repentinas lágrimas-, ay, niño, boabdil, mi mohamed y yo, entre nuestros tres hijos, éramos como una tijeritas: uno encima del otro, siempre uno encima de otro con un clavito en medio…

dios no puede ser bueno. no lo es; si lo fuese, no haría lo que hace. porque, ¿qué le hemos hecho nosotros, los infelices, niño, los zogoibis? ¿quieres decírmelo tú, que tienes buenos maestros y alfaquíes, y que te sabes de memoria ya medio corán? dímelo tú, mi vida, ¿qué le hemos hecho a dios para que se porte tan malísimamente con nosotros?

– ¿es que tú eres cristiana?

– le pregunté.

– ¿cristiana yo? ésa es una gente que sólo tiene fe en tesoros enterrados, o en ídolos aparecidos a los que pedir tesoros enterrados.


un día, después de bañarme, dentro de la misma agua, bañamos unos perrillos chicos que había dejado una perra, a la que atropelló y mató un carro de los que se emplean para subir la leña a los baños desde el exterior. era una perra muy cariñosa. subh y yo la llamábamos “nuba” -es decir, “suerte”-, porque un día nos trajo en la boca una piedra negra que subh afirmó que venía de la luna y que era el más valioso de los talismanes. la pobre “nuba” no la tuvo: una mañana la vimos con la cabeza aplastada por una rueda y con sus tres cachorros lloriqueando alrededor.

subh lavaba a los perrillos, y ellos se sacudían al sol y jugaban a montarse unos a otros. yo no distinguía si eran machos o hembras, pero subh sí:

mira este bujarroncete -me decía-, ¿pues no quiere montarse encima de su hermano? y la machirulilla, mírala, mírala: en vez de recogerse la faldita, mírala, empinada de una manera que ya la quisiera para sí el jardinero. y van los dos contra el más chico.

acuérdate, boabdil: siempre sucede igual.

y, de pronto, los cachorros comenzaban a morderse y a pelearse desesperadamente entre los pies de subh, que yo creo que los amamantaba también, y ella reía y palmeaba. yo estaba muy asustado al verlos tan emberrenchinados y llenos de odio entre sí.

si no es la guerra, bobo. no es la guerra -decía-: son cosas de chiquillos.

y les volcaba jofainas de agua para separarlos, y los perrillos se quedaban reducidos, con el pelo mojado, a casi nada.


subh acostumbraba contravenir casi todas las reglas. yo creo que gozaba haciéndolo a hurtadillas.

si, por ejemplo, estaba prohibido darnos dulces, ella (no sé de dónde los sacaba, ni a qué concubina complacía para conseguirlos) venía con un pañizuelo atado por las puntas, lleno de golosinas duras y crujientes.

para mi vida -decía, y me las iba dando de una en una.

un día apareció inesperadamente mi madre y nos sorprendió en flagrante delito. sin inmutarse, mandó que le propinasen diez latigazos a subh. le bajaron allí mismo la ropa hasta la cintura y, delante de mí, cumplieron el castigo. yo veía al principio cómo le temblaba la barbilla, cómo se le fruncía la cara de dolor, y cómo se iba viniendo abajo su cuerpo tan grande y tan querido. luego, los ojos se me enturbiaron y ya no veía nada.

para evitar que lo notasen, me puse una mano ante ellos. otra mano bajó la mía, me levantó la barbilla, y me obligó a mirar; era mi madre, que, un momento después se alejó tan inesperadamente como había venido. los dulces se quedaron por el suelo, unos dentro y otros fuera del pañizuelo en que subh me los trajo.

rompí a llorar entre hipos, y ella, sin cubrirse aún del todo, me consolaba riéndose.

pero si no me han matado, vidita. si no me han echado de tu vera, corazón mío. no nos han separado, mi rey. anda, que no nos quedan dulces por comer juntitos…

no llores. tú no llores, mis ojos. si no me ha dolido, boabdil, si no me ha dolido nada. porque, mientras me atizaban, pensaba que los latigazos se los estaban dando al jardinero en esa muleta siempre tiesa que tiene. y con la muleta no hay látigo que valga.


a los diez años seguía amparado en las faldas de subh. nunca supe dónde vivía, aunque me había llevado, de tapadillo, para satisfacer mi curiosidad, un día o dos a su casa. ella venía cada mañana; me preparaba, me arreglaba, y se quedaba esperándome hasta la hora de comer. una mañana no llegó. al mediodía le pregunte a faiz el jardinero dónde podría encontrarla.

no quise decirle a nadie que no había venido, no fuese a ocasionarle algún perjuicio. fui hasta el extremo de la sabica, en donde los molinos. di sus señas. era muy conocida; no como yo, a quien nadie identificaba por allí. llegué a su casa, que compartía con otra mucha gente. la puerta de la alcoba estaba abierta. entré, la llamé. la busqué. sobre un montón de paja, tendida, con la mano derecha bajo la mejilla, sonriendo, estaba subh. grandes manchas de sangre enrojecían la yacija. alguien le había arrancado por la fuerza su collar de amuletos. no pude despertarla. estaba dura y fría.

cuando por fin me encontraron, continuaba sentado junto a ella.

era de noche ya.

faiz, el jardinero.

la primera vez que lo vi, yo atravesaba los jardines con ibrahim, el médico judío. era yo muy niño, e íbamos desde las habitaciones principales a las de las mujeres. alguna de ellas se encontraría enferma; de esas enfermedades imaginarias que las aquejan con frecuencia, o acaso por alguna descalabradura ocasionada por las peleas entre ellas, que provocan sangre y desmayos de rabia una o dos veces por semana.

antes, y ahora también, la medicina recurría con frecuencia a las plantas. muchos médicos -no era el caso de ibrahim, que estudió en la karauín de fez- comienzan de herboristas. ibrahim, que era pedagógico siempre y magistral, no desperdiciaba ninguna circunstancia, y hablar con un niño le causaba la gran satisfacción de no ser contradicho. me contaba que un médico antiguo, acaso al sacuri, aplicaba el cardo borriquero sobre los tumores, con la seguridad de que los reabsorbía, y que convenía retornar -frente a la complicación de la farmacopea actual-, a la simple, como la carne de víbora, que era la esencia de la gran triaca y una verdadera panacea contra los venenos, según un médico de málaga -de cuyo nombre no me acuerdo ahora- que gozó de gran predicamento en la corte de yusuf i.

de momento no te importa, mi querido boabdil; pero, si siguen así las cosas, en esta corte hará falta un antídoto contra muchos venenos.

yo no adiviné a qué se refería; aunque temí preguntarle, porque se desbocaba en una catarata de datos que ni yo entendía ni me interesaban. luego quedó muy claro qué era lo que el buen ibrahim quiso decirme aquella tarde transparente y templada de fines de marzo. sé que fue entonces, porque faiz, al detenerse el médico ante él para tratar de yerbas y remedios, aludió a la benévola aparición de la primavera, que, como derogadora de las escarchas nocturnas de granada, es muy de agradecer.


faiz le preguntó que quién era yo.

– ¿es tu hijo? se parece mucho a ti.

rió el médico y le replicó que yo era hijo del sultán. el jardinero, sin cortarse, corrigió:

debí figurármelo, porque se parece mucho a él, a quien dios guarde y ensalce según su merecer -y me alargó una flor.

no recuerdo cuál, pero sí recuerdo su olor. un olor que, si hoy no me equivoco, era leve y al mismo tiempo denso, como si tardara un momento en hacerse del todo presente, pero luego ya su presencia fuese rotunda e inapelable.

era como el olor de la diamela o de la dama de noche o del nardo, pero ninguna pudo ser, porque tengo el convencimiento de que fue a finales de marzo o principios de abril cuando conocí a faiz. desde entonces, cada vez que me veía -y me veía cada vez más porque yo procuraba hacerme el encontradizome brindaba la flor que tuviera más cerca. y yo volvía a palacio, muy encrestado y un poco ridículo, con la flor en la mano, o tras la oreja, como hacían los muchachos mayores.


intento averiguar qué es lo que me cautivó de faiz desde el primer momento, y no lo consigo. físicamente era casi repugnante, con su ojo tuerto y su muleta renca.

llevaba unos harapos por toda indumentaria, los pies descalzos en unos alcorques para que el corcho lo protegiera de la humedad, y un pingo atado alrededor de la cabeza.

no digo yo que fuese sucio, porque eso no se le habría tolerado; pero tampoco era el más aseado de todos los sirvientes. poco a poco supe por qué tenía el privilegio de actuar con más libertad que ellos.

había servido con mi abuelo, y, cuando mi padre lo destronó, entró en seguida al servicio del nuevo sultán, por lo que, al quedar inválido en una de las últimas incursiones que el rey enrique iv emprendió desde écija en la vega, pasó a engrosar la lista de los servidores palaciegos. quizá la expresión ‘servidores palaciegos’

produzca una impresión equivocada.

no había uniformes, ni riqueza, ni bordados; por lo menos, en la mayoría de las casas. había un aluvión de mutilados de guerra y de impedidos, cuya única forma de vida consistía en desarrollar uno de los mil oficios que la alhambra requería para ser lo que era: una ciudad auténtica. el de jardinero era de los más importantes.


yo nunca supe -me decía faiz cuando ya trabamos amistad- una palabra de jardinería. no es que la despreciara, pero no me parecía cosa de soldados. lo mío era la guerra. y la frontera. con mis grandes bigotes (yo ahora, para que no me teman aquí, me los he recortado, pero tenía unos bigotes tan grandes que, para dormir mejor, me los ataba en la nuca), con mis grandes bigotes asustaba a los cristianos en cuanto me ponía por delante de ellos.

– ¿y tú ibas a la guerra con la muleta? ¿cómo montabas a caballo?

faiz, que evidentemente no había pertenecido nunca a la caballería, solventaba cualquier duda mía de la manera más airosa que imaginarse pueda.

yo antes tenía piernas, reyecito. cuatro o cinco piernas.

sirviendo a tu abuelo, que se llevaba muy mal con yusuf v (y viceversa, si me permites decírtelo), en pleno mes de febrero de 1464, una vez que murió el rey anterior (o, bueno, no anterior del todo, porque coincidían los dos reyes de cuando en cuando), digo que, muerto el rey yusuf, ya se quedó solo tu abuelo, un poquito antes de que tu padre lo sustituyese. lo sustituyese en vida, si me permites que te lo diga, reyecito; porque aquí los reyes han ido y han venido, o incluso ni han ido ni han venido: unos se han quedado en aquella colina -señalaba al albayzín-, y otros, en ésta. yo siempre he preferido a los de ésta: la alhambra es más sólida, si me permites decírtelo. no lo olvides, reyecito, que a lo mejor te hace falta algún día: la alhambra es muchísimo más sólida y, a la larga, da mejor resultado.

se refería -creo- a algunas guerras civiles anteriores, y profetizaba -creo- las que luego vinieron. pero lo que más me entusiasmaba era su estilo pomposo y zigzagueante de contar sus historias; de forma que, al concluir, no me había enterado de lo que quería contarme, pero sí de alguna circunstancia apasionante.

– ¿por qué tenías tantas piernas?

porque en la guerra todas son pocas, reyecito. con mis piernas y mis bigotes yo era el amo de la guerra. hasta que llegó ese enrique iv, y me mató el caballo, y se me cayó encima, y me partió esta pierna. me la partió de una manera que nada tenían que hacer más que cortármela. así que me dieron unas adormideras y ¡zas!, me la cortaron, porque no era cosa de dejar desangrarse en medio de la vega al amo de la guerra.

y con las demás piernas, ¿qué te hicieron?

las fui perdiendo una a una, hasta que tu padre, al verme con una sola, me dijo: ‘como las adormideras te salvaron la vida, mejor será que te dediques a cuidarme el jardín, que, fuera de la guerra, es lo que más me gusta, y a distraer a mi hijo mayor, que yo oportunamente te presentaré’. si me permites decírtelo, lo que sucede es que echo de menos la guerra. echo de menos, ya ves tú, hasta a aquel rey que los suyos dicen que tiene cara de león, y lo que tiene es cara de mono, feo como un pecado de incesto.

– ¿qué rey?

– ¿no te lo estoy diciendo?

enrique iV. muy alto, con el culo muy gordo y con cara de mono.

yo, a la segunda vez que me lo encontré frente a frente, ya le hablé de tú, porque, si me lo permites, me estaba ya cansando. seis entradas hizo en la vega en muy poquito tiempo, y hubiera seguido haciendo más si es que no le paramos oportunamente los pies.


mientras relataba sus gestas, cada día de una manera diferente, cavaba, podaba, regaba, quitaba hojas o recortaba los arrayanes.

nada podía detenerlo cuando estaba en vena. a veces se quedaba con una podadora o con una azada en la mano, o apoyaba en un astil la barba, y le resplandecía la sonrisa, que era una de las más blancas y brillantes que yo he visto en mi vida. porque él, que por fuera todo lo tenía feo, al acabársele la áspera cáscara del cuerpo y abrírsele el postigo de los labios, dejaba ver la belleza de su interior, y su interior ya empezaba en los dientes.


mis cualidades” -canturreaba- “se corresponden con las de un palacio real: por fuera, manchas y desconchones; por dentro, las maravillas.”


y se sonreía mirando de hito en hito al que tuviese en frente.

– ¿tú tenías caballo propio? -le preguntaba yo.

– ¿no había de tenerlo? yo era amigo de tu padre, y todos los amigos de tu padre estamos llenos de caballos propios de raza pura.

tenía un caballito no muy largo, ancho de pecho, con una grupa que ni la de una mujer, y una cara alargada y fina, con ojos de princesa, y ollares como para colmárselos de alhelíes. cuando cogía el trotecito, era capaz de subirte a la alpujarra en menos de lo que canta un mirlo. ¿no había de tener yo caballos? ¿o es que yo no soy amigo de tu padre?

pero ¿mi padre y mi abuelo se llevaban bien?

yo había oído comentarios que a un niño, por muy simple que se le suponga, siempre se le quedan grabados. trataban de reyertas o desagradecimientos familiares.

mira, reyecito, eso era cosa de ellos. yo fui amigo de tu abuelo, y soy el mejor amigo de tu padre. ¿cómo no iba a tener yo caballo? ¿o, entonces, qué fue lo que me pasó?: ¿que se me cayó en lo alto el caballo de un cristiano y me rompió la pierna? si me permites decírtelo, eso es sencillamente una suposición.

yo, por muy pequeño que fuese, llegué a la consecuencia de que lo que él llamaba suposiciones es lo que llaman los demás realidades; pero un niño, igual que faiz, nunca distingue cuándo acaba una suposición y cuándo empieza una realidad.

a tu abuelo lo apodaban los cristianos “cereza”, que es una fruta roja, pequeña, muy rica de comer, que crece en un gran árbol que a finales de la primavera se pone como un milagro de dios.

– ”¿cereza?” ¿y por qué “cereza”?

porque le decían cidi sad; pero, como ellos no saben hablar, le acabaron por llamar “cereza”, lo mismo que a tu padre le llaman muley hacén. ellos son así.

tienen una lengua muy dura, que no pronuncia bien; igual que las urracas… pero tu abuelo “cereza”, antes de que tu padre se aliase con los abencerrajes para destronarlo, lo que quería era firmar treguas con los cristianos y comerciar con ellos, porque granada se había quedado pobre. pero tu padre es de otro modo de pensar.

él quiere la guerra y las victorias; él no quiere el comercio, ni las treguas, ni los tributos.

y tú, ¿qué es lo que quieres?

yo, según. en la época de tu abuelo, prefería el comercio.

ahora, la guerra. pero ya no puedo ir a ella.

– ¿y en el ojo? ¿qué te pasó en el ojo?

él tenía un gran leucoma que se lo blanqueaba entero. pasado tiempo, yo tropecé en una antología de ibn al jatib con unos versos de malik ibn al murahal:


miraba con una pupila en la que había una nube, pero siempre se resistía, incrédulo, a aceptar la verdad, porque, en cierta ocasión, al sairafi había exclamado al verlo:

he aquí un contraste de plata que sirve como piedra de toque’“.


algo semejante es lo que le sucedía a faiz. cuando alguien aludía a su ojo, él miraba con el otro a lo lejos y cambiaba de conversación, o enmudecía, o simplemente se iba. el caso es que nunca nadie consiguió que inventara ninguna fantasía como las que inventaba para explicar la pérdida de su pierna. y eso que le habría costado poco esfuerzo. subh me lo advirtió:

no le preguntes por su ojo a faiz; no te contestará. fue su segunda mujer que, con la mano del almirez, le dio un porrazo una noche en que llegó borracho. y tan presente tiene el golpe, que no se atreve todavía a inventar otra historia.

pero subh se reía con tal gana, que hasta yo deduje que tal explicación también se la acababa ella de inventar.


cuando el copero del rey me dio la cuchillada en esta pierna (el copero de enrique, al que llaman “el impotente”, y por algo será), cuando me la dio… en la pierna que me falta, si me permites que te lo diga… cuando me la dio oportunamente, vi saltar mi pie solo, sin dueño, y le dije: ‘ve con dios’, porque hasta entonces nos habíamos llevado bien, y siempre me condujo por la buena senda, aun en las noches esas en que no sabes si la pared te está sosteniendo a ti o tú a ella, porque los dos habéis bebido demasiado y os estáis haciendo la mejor compañía.

pero, faiz, lo de la pierna, ¿te lo hizo una cuchillada, o un caballo?

si me permites decirlo, reyecito, oportunamente fue de una cuchillada y de un caballo -aclaró con un tono de reproche-. cuando uno defiende la santa religión en una guerra santa, uno ha de estar dispuesto a perder dos, tres, y hasta cuatro piernas por las causas que sean y en cualquier coyuntura.

comprobé que no era amigo de mi padre, ni siquiera conocido, cuando vi una mañana acercarse al sultán.

yo me escondí detrás de un ciprés grueso, aunque no estaba seguro de que mi padre me reconociera a mí tampoco. faiz se quedó inmóvil, como aterrorizado, con la vista en el suelo, y dobló la cintura al paso del sultán, que lo miró al pasar con la indiferencia de quien mira un montón de estiércol dispuesto para abonar un arriate.

– ¿ves? -me dijo faiz nada más perderse el cortejo-. me ha dicho con los ojos que no ha olvidado mis hazañas y que cómo ando de la pierna. yo le he contestado que muchísimo mejor; que sólo me molesta cuando va a cambiar el tiempo, aunque a veces me duele el pie que ya no tengo, lo cual no deja de ser una curiosa extravagancia de la naturaleza. y tu padre me ha replicado que el año próximo me mandará a alhama, porque las aguas de sus baños son muy benéficas para estos alifafes de las piernas cortadas.


yo, que en aquella época tenía de mi abuelo una gloriosa idea, insistía con torpe y desagradable frecuencia:

dime a quién prefieres tú: ¿a mi abuelo o a mi padre?

hasta que un día, después del almuerzo, faiz, dando un golpe con la azada en la tierra y apartándome con cierta violencia del paseo, me soltó:

óyeme, reyecito. el profeta, dios lo tenga en el paraíso rodeado de toda su bendita familia, autoriza (llegado el caso, que llega más de prisa y en mayor número de lo que se cree) la taquiya, o sea, la negación, no sé si me permites decírtelo, la negación, reyecito, de tus más redomadas convicciones. la negación pura y simple, así como suena. porque el viernes y las convicciones se han hecho en bien del hombre, no el hombre en bien de las convicciones ni del viernes. la moralidad más alta, oportunamente lo sabrás, hijo mío, la más altísima, es la que más favorece al que la tiene. si hay que traicionar para conseguir lo que tú te propones, ¿qué le vamos a hacer? no siempre es posible avanzar en línea recta. los que hemos hecho la guerra santa lo sabemos muy requetebién: lo importante es ganar. si hay que mentir al enemigo, se le miente. se engaña a quien sea preciso. uno, en tierra de cristianos, para salvar la vida, puede pedir el bautismo y renegar.

de mentira, claro: ¿quién va a querer convertirse en semejante porquería? lo que ocurre es que la vida está por encima de todo. hay que ser falso para ser decente, y apoyar la falsedad en el corán, reyecito, sin salirse de él nunca.

disimular, canturrear, mirar a otra parte, a estas hojitas tan verdes, ¿ves?, que tienen por debajo de las grandes casi todas las plantas… con la verdad verdad, si me permites, no se va a ningún sitio. no sé si me he explicado.

pues eso: yo he preferido siempre a tu abuelo y a tu padre; pero al que prefiero de todos, reyecito, es a ti.


como me hablaba muy poco de plantas, salvo cuando comparecía el médico ibrahim, me acuerdo muy bien de una vez en que me habló de ellas, y me explicó el calendario de los jardineros, que es el calendario solar de los cristianos.

porque -decía- el lunar sólo sirve para viajes y caravanas y guerras, y los jardineros no pueden viajar nunca, ni los cojos pueden ir a la guerra.’

en enero se recolecta la caña de azúcar. en febrero se injertan manzanos y perales. en marzo se planta la caña, y el algodón también, y salen de sus huevecillos negros los gusanos de seda. en abril aparecen como loquitas las rosas y las violetas; se plantan las palmeras, la alheña y las sandías; y es la ocasión que el andaluz aguarda para que la lluvia le riegue el trigo y la cebada. en mayo se cubren de trama los olivos; nos caen en las manos la ciruela, el albaricoque, la manzana temprana y el pepino. es el momento de recoger las habas y las adormideras, de segar el trigo y de arrancar el lino; las abejas nos regalan su miel, tan buena para todo (no quiera dios que tengamos nunca el malpago de la colmena), y los pavos reales chiquitos vienen piando al mundo. en junio y julio pasan tantas cosas que no podría enumerártelas aunque no callase en mi vida. hay tanto por hacer, que nos volvemos tarumba y nos tienen que llevar al maristán; la siega y la trilla son una siesta, no te digo más. en agosto maduran las uvas y el melocotón; se recogen la alheña, para que tú si quieres te tiñas tu pelo o las plantitas de tus pies, y las nueces, para que te las comas con la miel que ya tenemos en muy ricos pasteles, y las bellotas, que se desprenden así, de un tironcito, de su caperuza. pero, en cambio, hay que sembrar los nabos y las habas y los espárragos para cuando llegue nuevamente su turno. septiembre es el mes de las vendimias, tan alegres y cantarinas, y de las granadas y de los membrillos; el olivo engorda sus olivas, y el arrayán rompe a brotar con más fuerza que nunca. en octubre se abren las rosas más blancas, y se preparan, para chuparse los dedos, los dulces de manzana y de carne de membrillo. en noviembre se cosecha el azafrán, y se deshoja con delicadeza su rosita morada. en diciembre retornan las lluvias que alimentan la tierra y nos quitan la sed, y los narcisos nos visitan, y se acumula el agua en los aljibes, y en los huertos se siembran, para el bien común, la calabaza y el ajo y las adormideras, a las que les debo la vida y esta muleta, que el día menos pensado echará flores como los báculos de los más santos profetas.


durante mucho tiempo vi a faiz casi todos los días. al cabo de un mes de no encontrármelo, pregunté por él. un jardinero que ocupaba su puesto me dijo:

tu padre lo ha enviado a los baños de alhama para ver si se le aliviaba el dolor de la pierna.

yo -sorprendido, aunque no demasiado- bendije los nombres de dios y de faiz dentro de mi corazón. creo que, desde entonces, no he cesado de hacerlo.

mi tío yusuf

fue el hermano mayor de mi padre. mayor en todos los sentidos, porque era tan grande que no lo vi entero de una vez jamás. altísimo y redondo, le llamaban, por descontado, “el gordo”: decían que para distinguirlo de otros yusuf de la familia, pero la verdadera causa saltaba a la vista. estaba siempre recostado, hasta para dormir, porque si se tumbaba del todo no podía respirar, y tampoco podía enderezarse luego. tenía tanta lucha con sus enfermedades y con su corpachón, que ni a él ni a nadie se le había ocurrido nunca que pudiese ser el sucesor de mi abuelo.

con sus hermanos y su padre, había pasado la niñez y la juventud en la corte de juan II de castilla, y en el harén se comentaba que se había convertido al cristianismo.

yo no creo que se hubiese convertido a nada: bastante tenía con moverse un poquito, comiendo como estaba todo el día y, según contaban, casi toda la noche. vivía sólo para seguir viviendo, y llegó a granada casado con una señora gallega, de nombre doña minia, de la que se decía que, a pesar de haberse convertido al islam, secretamente continuaba practicando su religión. lo cierto es que en la familia nadie se ocupaba, salvo los médicos, de ellos dos, que residían en una de las torres, la segunda, de las que bordean el camino hacia el generalife.


yo los frecuentaba porque me entretenían los episodios, no sé si absolutamente veraces, que “el gordo” me contaba de su vida, cuando él aún no era tan gordo.

son embustes -puntualizaba doña minia-. yo lo conocí con diecisiete años y ya era así.

y los dos se miraban, cómplices, y se sonreían con una expresión de cariño tal que me causaba una profunda envidia.

no tenían hijos, y nos adoraban como si lo fuésemos a mi hermano yusuf y a mí. nos regalaban toda clase de juguetes; en los envíos que recibían de la cristiandad siempre había algo para nosotros.

por las fiestas del año nuevo, de la ruptura del ayuno, de la primavera, nos sorprendían con animalillos de cerámica o de plata.

recuerdo las jirafas, de las que llegué a tener hasta cuarenta, con un especial cariño por ser un animal que yo nunca había visto, y que sospechaba además que no existía en ningún país de la tierra. quizá lo que más ansiaba entonces era tropezarme con una jirafa, mucho más que con un león o con un elefante, en los bosques de la alhambra.


mientras que el tío yusuf era sonrosado y rubiasco, doña minia, contra lo presumible, era morena, de ojos menudos, negros y muy vivos. el tío yusuf consistía en una bola grande con otras menores a su alrededor: cabeza, brazos, piernas, manos y pies. más que en la torre, habitaba en un imponente sillón horadado, dispuesto muy en alto para que los criados que se cuidaban de limpiar la letrina pudiesen realizar su tarea. una vez por semana, entre siete u ocho de ellos lo apeaban, lo lavaban, le mudaban la ropa, y, en tanto aljofifaban y perfumaban el asiento, lo sostenían para que anduviese cuatro pasos contados. pero ésta era una ceremonia muy íntima, que nunca vi.

mi hermano y yo temíamos que, si se caía del sitial donde estaba instalado, rodaría hasta llegar por la pendiente del bosque al río, y allí el agua no podría moverlo de ninguna manera, y le brotarían plantas y árboles sobre la barriga, hasta formar una colina nueva entre la alhambra y el albayzín.


yo tenía un gato que atendía, aunque no mucho, por “luna”. su nombre vino porque el tío yusuf nos refería muchos enredos cuyo protagonista era don álvaro de luna, visir y valido del rey juan. mi intención fue ponerle “juan” al gato, pero doña minia me advirtió que sería una falta de respeto, y que la grandeza de un pueblo se demuestra por el respeto que tenga a sus enemigos, y que, si los empequeñecemos o los ridiculizamos, somos nosotros a la larga los que salimos peor parados. y por si era poco, el gato resultó ser gata, con lo cual ponerle “juan” o “álvaro” habría sido un contrasentido. para esa gatita, que era pelirroja como el tío yusuf, me regaló el matrimonio un cascabel de oro, que ella se apresuró a perder, aunque hubo quien receló que cualquier criado pudo haberlo cogido, porque era cosa de orates ponerle cascabeles de oro a un gato. sin embargo, el matrimonio siguió regalándome un cascabel tras otro, cada vez que “luna” los perdía, hasta que se perdió ella misma, con lo cual se acabaron los gajes del ladrón de los cascabeles.


era una pareja imperturbable, supongo que por las condiciones físicas de él. (y aun de ella, que también era gorda, aunque, comparada con su marido, resultaba casi esquelética). cada vez que nos presentábamos en la torre nos recibían con el mismo calor que el primer día, y desaparecíamos entre sus enormes abrazos y sus besos.

después nos sentábamos para ver comer al tío yusuf, cosa en la que él nos complacía con muchísimo agrado. en torno suyo había innumerables ataifores con una increíble variedad de manjares: salados, dulces, ácidos y hasta agrios.

el ser humano está mal terminado: sólo es capaz de distinguir estos cuatro sabores. cuánto mejor sería que, en lugar de dedicarse a la guerra y a otras majaderías, se concentrase en aprender a combinarlos con más diversidad y sutileza.


con la comida, por supuesto, era muy exigente, y no sólo en cuanto a la cantidad; pero, en último término, no desechaba ningún plato por mal condimentado que estuviese, porque era presa de una fruición como nadie podría concebir. el médico ibrahim no disponía de armas frente a él. le había diagnosticado muchas enfermedades: desde hidropesía hasta el mal funcionamiento de una glándula que decía que se hallaba en el cuello, aunque mi hermano y yo dudábamos que eso fuese posible, dado que el tío yusuf no tenía cuello.

ibrahim, especializado en atenderle, le sermoneaba sin cesar, incapaz de hacer nada mejor por el desobediente.

el estómago es la residencia de toda enfermedad, y la curación ha de empezar por la cabeza. hasta la peste negra, el más inevitable látigo de la humanidad, se combate con la dieta; cuánto más una simple obesidad como la que, por tus pecados, tú padeces.

al oír llamar simple obesidad a su infinitud, yusuf rompía en carcajadas que lo ahogaban, lo congestionaban, y lo ponían a punto de destrozar el monstruoso trono en que vivía.

mientras no te abstengas de salazones y pasteles, mientras no reduzcas tu ración de pan (y éste hecho de harina sin cerner, con sal y levadura en dosis razonables, amasado con vinagre y mojado en agua), yo no podré iniciar mi tratamiento.

el tío yusuf se sofocaba de risa sólo con imaginarse comiendo las inmundicias que el médico le recomendaba, o absteniéndose de comer las exquisiteces que solía.

si lo tuyo fuese la gota, habríamos empleado, de haberlo consentido tú, cataplasmas de bulbos de cólquido, aplicadas sobre la grasa en fresco o por medio de una pasta de cólquido seco molido.

pero tú te niegas a todo… resígnate, por lo menos, a comer carne con moderación, mejor de aves de corral, nunca de caza, y a no beber sino agua bien fría con un chorreoncito de vinagre para limpiar los conductos corporales. podrías comer, eso sí, manzanas amargas, ajetes tiernos, zumaques, uvas en agraz, jugo de limón, verduras que te aligeraran el vientre, peras y granadas bien maduras, ciruelas, higos, dátiles…

ya como todo eso. ¿y legumbres? -preguntaba el tío yusuf por chanza, sin el menor propósito de obedecer al médico.

zanahorias, lentejas, garbanzos y calabacines -replicaba éste con seriedad y con la ilusión de ser un día escuchado.

para mantener el corazón, cansado como estaba de proporcionar sangre a tan inmensa humanidad, le suministraban sin interrupción cordiales y tisanas, cocimientos de hierbas y de bayas, y jugos de plantas aromáticas que amortiguaban el amargor de las medicinas extraídas de otras plantas aromáticas. es decir, entre lo que comía y lo que tomaba para impedir que lo que comía lo matara, el tío yusuf no disponía ni de un momento libre.

cuánto nos entretenía a mi hermano y a mí asistir al incesante trasiego de platos, fuentes, cuencos, jarras, salvillas y bandejas, que un aluvión de criados acercaba o retiraba en las proximidades del sillón.


era tanto el amor que me profesó siempre el tío yusuf, aun antes de nacer yo, que en la fiesta de mi circuncisión fue su voluntad estar presente.

el niño -dijo con buen humor-, por esta purificación aumentará su hermosura, del mismo modo que aumenta la luz del cirio cuando alguien despabila su mecha.

según me relataba subh, nadie podrá olvidar el jaleo que se armó en el protocolo cuando compareció doña minia, enjoyada y muy tiesa, precediendo a una especie de catafalco, formado por unas andas repletas de cojines, sobre el que navegaba la mole del tío yusuf.

él movía levemente las esferas de sus manos para saludar a la multitud, que nunca lo había visto hasta ese instante. dada nuestra costumbre de construir no muy anchas las puertas de las casas y protegerlas con un recodo, para que la procesión de doña minia y el tío yusuf cupiese por la entrada de la torre, fue preciso derruir un muro entero y echar abajo el arco principal por el que había de emerger tan egregio asistente en sus no menos egregias parihuelas.


en castilla -nos dijo a mi hermano y a mí una tarde, entre bocado y bocado- os llamarían moritos.

no marees con insensateces a los niños -le previno doña minia.

si es verdad: son moritos. y tú eres también mora, de modo que no te pongas moños.

deja de impartir calificaciones, josé -así lo llamó en esta ocasión-. no siembres la discordia en tu propia familia -alargó la mano y le acarició maternalmente la papada-. come y calla, niño mío.

– ¿por qué nos llaman moritos en castilla, tío yusuf? -pregunté cuando la conversación ya navegaba por otros derroteros.

porque lo sois. yo soy morazo, y vosotros, moritos. para que dejen de serlo, allá les vierten a los críos agua sobre la cabeza pronunciando unas palabras mágicas.

– ¿y se vuelven rubios?

no; sólo se mojan.

– ¿cuáles son las palabras?

yo te bautizo, dicen, en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo.

porque ellos tienen varios dioses, y nosotros uno sólo -aclaró mi hermano, que era mejor discípulo de los alfaquíes que yo.

dejaos de irreverencias -insistió doña minia-. no me gusta, josé, que hables a los pequeños de problemas teológicos. cada cual se salva o se condena con arreglo a su propia religión y a su propia conducta.

ése sí que es un problema teológico -comentó el tío entre risas y con la boca llena.

no te rías mientras comes, yusuf: está muy feo. claro que, si hicieses caso de esa elemental norma de cortesía, no te reirías nunca.

y rieron los dos. pero mi curiosidad estaba ya picada.

– ¿por qué moritos? nosotros somos andaluces, ¿no? somos igual que ellos, pero nacidos en el sur.

si les disgusta nuestra tierra, ¿por qué bajan a quitárnosla? o a querer quitárnosla, porque nunca lo conseguirán, ¿verdad, doña minia, tú que has nacido allí?

esperemos que no. las cosas están bien como están -respondió ella, mientras le alcanzaba una servilleta muy blanca a su marido para que se limpiase un chorrito de grasa que le resbalaba por la sotabarba.

no obstante, aquella conversación y el apelativo de moritos me había perturbado, y procuré enterarme de su fundamento. interrogué a quien se dejaba, y fui cansándolos a todos, que terminaron por no escucharme o por no contestarme.

me enteré de que nosotros practicábamos una religión diferente, o sea, que nuestro dios era distinto del suyo; que el suyo tenía tres cabezas, y que nuestra raza era también distinta, pero muchísimo más perfecta. sin embargo, las cosas no me parecían tan sencillas.

primero, por las habladurías de que el tío yusuf era un poco cristiano, y su única mujer -porque él no tenía ninguna concubina-, algo musulmana. y segundo, porque nosotros no pertenecíamos, aunque se dijera lo contrario, a una sola raza.


mis investigaciones y reflexiones sobre el tema se han ido acumulando; de ahí que ya ignore cuánto averigüé entonces y cuánto más tarde. no me refiero a la casa real de los beni nazar, cuya pureza no pone nadie en duda, por lo menos ante nosotros, sino a la raza de los granadinos en general. aquí están los descendientes de los bereberes iniciales, tanto de la tribu sinaya como de la zanata (de éstos procedía la estirpe zirí, que gobernó granada a la caída del califato omeya). y están los que, cada cual de su padre y de su madre, vinieron a refugiarse desde los territorios conquistados por los cristianos. y están los árabes, más o menos puros, que no pasarán de cincuenta, y que miran al resto por encima del hombro. y los africanos acogidos, bien porque huían de los califas de marruecos o de túnez o de tremecén, bien porque vinieron a ayudarnos en las guerras santas. y los religiosos místicos llegados de la india, y muchos negros sudaneses, que vivían reunidos en ermitas, aunque no siempre, ni siempre casándose entre sí. y los mudéjares, que, después de decidirse a permanecer en ciudades conquistadas, cambiaban de opinión y se venían con sus hijos -no creo ya que tan puros- a la capital o al reino, para no sentirse tan discriminados como en la cristiandad. y están además los tributarios, es decir, los cristianos y los judíos. unos cristianos hispanorromanos o hispanogodos (tampoco muy puros a su vez) que renegaron de su religión -los muladíes-, como la guardia de los sultanes, por ejemplo; y otros que no renegaron -los mozárabes-, y tienen su culto y sus iglesias, y hasta tocan las campanas media hora un día jueves que ellos llaman santo; y los cristianos que van y vienen mercadeando, de génova o venecia, o que se exiliaron en granada descontentos de sus propios reyes. y junto a todos ellos, los judíos, separados dentro de lo posible, pero ejerciendo sus oficios, y mezclándose también en ocasiones.

al niño que yo era le indicaron que los cristianos, para distinguirse, llevaban un cinturón particular, y los judíos varones, una tela amarilla sobre los hombros, y las mujeres, una campanilla colgada del cuello o la escarcela. pero yo, por mucho que me deshojaba, no veía a nadie con esas señales. por lo que llegué a dos conclusiones: que muchas leyes no se cumplen -y ni siquiera se dan para que sean cumplidas-, y que lo de morito era algo tan irreal y superfluo como esas mismas leyes. porque en granada, desde que se construyó, todos se amalgamaban y se casaban y tenían hijos, y tales hijos no podía saberse con certeza si eran moritos o cristianitos o judiítos, salvo que se hable de religión tan sólo y no de raza. y aun así.

¿dónde están aquí los puros curaisíes, los puros fihiríes, u omeyas, o gaisíes, o jazrayíes, o ansaríes o yemeníes, o chozamíes, o gasaníes? no quedan. todos son hijos o nietos de algún renegado; todos tienen una madre o una abuela cristiana, o son ya cristianos ellos mismos. ¿quién hay de pura raza aquí? ni siquiera los mejores caballos. de los doscientos cincuenta mil habitantes, no llegarán a diez los que conservan una sola sangre. todos somos aquí andaluces, que es bastante. y es necio empeñarse en el orgullo de las aristocracias y de las genealogías.

por él nos criticó ibn jaldún:

se imaginan que con el linaje y un empleo en el gobierno se llega a conquistar un reino y a dominar a los hombres’. (probablemente hace falta mucho más. y, por descontado, que los hombres se dejen gobernar, y conquistar los reinos.) en cuanto respecta a nosotros, los nazaríes, me temo que empezamos a exagerar desde el fundador de la dinastía. ya cuando una dinastía se funda, mala cosa; eso prueba que tuvo un principio y que se imaginó cuanto lo precedía. porque, ¿no eran esclavas cristianas butaina, la madre del gran mohamed v, y mariam, la avariciosa madre de ismail II, y buhar, la madre de yusuf i, y alwa, la de mohamed iv, y sams al dawla, la de nazar abul yuyus? y ellos eran -todos ellos, comprensivos y abiertos- quienes verdaderamente merecían el nombre de andaluces.

ádespués, con mayor calma, he leído en averroes que ‘el clima y el paisaje de andalucía, más semejante a los de grecia que a los de babilonia, hacen a sus hombres sosegados e inteligentes. y así como la lana de las ovejas andaluzas es más delicada que otra ninguna, así sus gentes son las de temperamento más equilibrado, como se trasluce por el color de su tez y por la calidad de sus cabellos.

la piel de los andaluces no es morena como la de los de arabia, y su pelo no es ni crespo como el de los africanos, ni lacio como el de los nórdicos, sino sedoso y ondulado’. y leí también en ibn jaldún que la fusión de elementos tan dispares había concluido en un tipo y una raza andaluces que se diferencian de los magrebíes por una singular vivacidad de espíritu, una notable aptitud para aprender y una graciosa agilidad en sus miembros. aunque él lo atribuye, sobre todo, a la alimentación, muy apoyada en la cebada y el aceite, porque era partidario de proclamar la prez beduina y sus escaseces como origen de la grandeza. y, desde más cerca, mi paisano ibn al jatib pintó un claro retrato que responde a la generalidad de los andaluces: nuestra talla mediana, nuestra tez apenas dorada, nuestro cabello oscuro y suave, nuestras facciones regulares y finas…

no sé qué tendrán que oponer a esto los cristianos, los árabes o los judíos; los andaluces somos diferentes de todos ellos. y, en cualquier caso, como dijo el califa alí, yerno de mahoma, ‘en el curso de mi larga vida he observado que a menudo los hombres, más aún que a sus padres, se parecen al tiempo en el que viven’.

todos los humanos, sólo por serlo, tienen tanto en común que las diferencias me parecen mínimas.

¿no es mayor la que hay entre un tigre y un lince que entre mi padre y muley “el negro”, por distintos que sean su estatura, su religión, su color y su fortuna? más diferencia veía yo, por su forma de vida, entre mi tío yusuf y faiz el jardinero que entre el imán de la mezquita de la alhambra y un hombre que solía subir por la antequeruela, y que me señalaron como sacerdote cristiano.


tanto me conmovió en aquel entonces este tema que quise comprobar los efectos de los ritos que el tío yusuf nos describió. un anochecer fui en busca de un eunuco que conocía, del que después escribiré, y le rogué que me bautizara. él no sabía cómo, pero yo le dije lo que había escuchado. lo conduje a una fuente cercana a la torre de mohamed, el fundador de la dinastía (una torre a la que iba mucho, atraído por las pinturas que en ella se encontraban); le supliqué -él miraba a un lado y a otro, resistiéndose a mi caprichoque tomara agua con las manos, y que la vertiera sobre mi cabeza repitiendo lo que yo le apuntase.

recuerdo que, impaciente, lo taladraba con los ojos, y detrás de él veía el generalife y, más alto, el palacio de la quinta, y el cielo muy oscuro, porque venía la noche con mucha rapidez. ‘yo te bautizo -él repetía _’yo te bautizo_’- en el nombre de nuestro padre, de nuestro hijo y de nuestro hermano santo’. cuando concluyó la ceremonia, me apresuré a mirarme en una alberca próxima, pero nada veía en el agua negra. y fui corriendo en busca de un espejo, y allí estaba mi cara, igual que la había visto siempre, aunque con el pelo empapado: mis ojos de color verde oscuro, demasiado grandes para el tamaño de las mejillas, mi nariz corta y recta, y mis labios quizá en exceso abultados. ningún cambio se había producido en mí a pesar del ceremonial.


un día, inopinadamente, nos prohibieron a mi hermano y a mí acercarnos en adelante a la torre en que vivía el tío yusuf. yo creí que sería por algo de los cristianos y de mi bautismo, y me arrepentí de la apostasía que siempre, hasta ahora, había mantenido secreta. pero la prohibición no sólo nos afectó a nosotros, sino a todos los habitantes de la alhambra, y provocó una alteración de las costumbres. el médico ibrahim fue a vernos a mi hermano y a mí una mañana muy temprano.

estaba descompuesto, alborotado el pelo, y con el rostro demacrado de fatiga. nos examinó con detenimiento los ojos y las uñas; le preguntó a los ayos si andábamos bien del vientre; nos recetó unas pócimas a mitad de camino, según dijo, entre los evacuatorios y los astringentes. y entonces fue cuando nos enteramos de que se había declarado una epidemia de peste, y de que el tío yusuf había sido su primera víctima.


doña minia decidió trasladar a su tierra el cuerpo de su marido.

el negro muley, un amigo mío que se ocupaba un poco de todo, supongo que para no ocuparse seriamente de nada, fue encargado de quemar las pertenencias del muerto, desinfectar la torre, y disponer un carromato, tirado por cinco mulas, para el transporte del cadáver embalsamado. yo quise despedirme de él, y me lo enseñaron, desde el piso superior, a través de un mirador acristalado en colores. esperaba ver al “gordo” manchado de azul, verde, rojo y morado. no fue así: lo vi a través del hueco dejado por un cristal roto, y ya no estaba gordo, sino al revés, delgadísimo y alto como una torre caída, y con un sudario blanco que recortaba aún más su silueta. arrodillada junto a él, doña minia rezaba pasando las cuentas de un rosario, que -digan lo que digan- es igual que los nuestros.


el negro me contó que doña minia pidió llevarse también la losa funeraria de mármol blanco que mi padre había mandado hacer.

como el peso de mi hermano ha disminuido tanto, no perjudicará añadirle el del mármol. que esa cristiana gallega (por dios, que los gallegos en andalucía no han sido nunca sino esclavos cargadores) se lleve las dos cosas. ni la estela ni mi hermano nos servirían aquí ya para nada. y doña minia, tampoco. lo mejor es que los tres desaparezcan -dijo mi padre.

y así fue.

el negro muley

era la persona más horrorosa que había visto en mi vida. más aún que faiz. le llamaban muley por burla, porque “muley” quiere decir ‘señor’. de todas formas, él no era un esclavo, sino alguien que uno de la familia abencerraje había traído desde un pueblo de los montes de málaga, donde pertenecía a una comunidad musulmana muy severa.

o, por lo menos, eso se chismorreaba en la alhambra, donde se chismorreaba todo de todos. por su inteligencia y un evidente don para contar historias, había ascendido a donde estaba ahora, bastante arriba en el servicio de mi padre. convencido de su fealdad, no le extrañaba el espanto que de entrada causaba en cuantos lo veían. tenía los ojos redondos y saltones, con venillas muy rojas, lo que los colmaba de crueldad y fiereza; las manos, desmesuradas, y una gran joroba que le hacía parecer doblado, como si anduviese a gachas por recoger algo que se le hubiera caído. gastaba bromas, ideaba fantasías, relataba historietas burlescas, gesticulando con sus descomunales brazos y girando de modo aterrador sus ojos, como los bufones que a los reyes cristianos divierten en sus cortes, según había yo oído.

subh decía que los muchachos guapos que sirven en las fiestas de la alhambra lo querían tener siempre junto a ellos, para que resaltara su guapura. hubo un mal poeta que le dedicó unos versos cuando actuaba de copero en una noche de septiembre, en la que mi padre se despidió antes de retirarse a descansar a salobreña.

ánosotros acostumbrábamos alejarnos de granada en otoño e invierno, después de las algaras del verano, para procurarnos un clima más benigno a la orilla del mar.

decían así los versos:


etíope muley, con el que esta noche me he regocijado y ante cuyos destellos el sol se negaba a salir, prolongando la tiniebla.

tu corcova hace pensar que llevas a cuestas el mundo y sus pesares, y que el cuello te brota en la mitad del cuerpo.

las mechas de tu pelo son un racimo apretado de moras; tus manos, aspas de molino; tus ojos, dos hornos de pan, y, cuando circulas incansable con la jarra de cristal llena de vino rojo, semejas un escarabajo que rueda ante él su bola de excremento, sólo que en ti la bola es un rubí andaluz”.


muley le dio las gracias más sinceras al invitado poeta, y recitaba sus versos, a quienes tenían la paciencia de oírlos, con tal salero y tal abundancia de muecas y meneos que nadie podía sustraerse a la carcajada. con lo cual el insultador quedaba en peor lugar que el insultado.


yo trabé contacto con él a causa de subh y de faiz. los dos se habían puesto de acuerdo en que joroba más grande que la de muley era imposible hallarla en toda granada, y ambos me hicieron un encargo común. yo debía coger el collar de amuletos de subh y una talega con unas cuantas monedas que me entregaba faiz, y, sin que el terrible negro lo percibiera, pasárselos por la joroba. subh estaba convencida de que, después del restregón, sus amuletos serían los más eficaces e irresistibles de la ciudad, y faiz, de que las monedas se multiplicarían al instante en su bolsa.

dos días llevaba ya en posesión del collar y de la bolsa sin atreverme a cumplir el encargo. acechaba a hurtadillas -o eso creía yo- a muley. iba y venía tras él, que correteaba por cierto con una rapidez insospechada para una carga tan abrumadora. se impacientaban mis comisionantes, pero yo no me resolvía a dar el pavoroso paso de rozar la joroba con los objetos ocultos debajo de mi túnica. octubre comenzaba a refrescar; la tarde había caído; trepaban las sombras por la ladera de la sabica, y se encendían las antorchas.

los braseros empezaron a encenderse días atrás, porque aquel año el frío se había anticipado. a mí me había puesto subh un albornoz de lana verde, bajo el que podía guardar con mayor disimulo el collar y la bolsa. me aproximaba al palacio de yusuf III, que era mi preferido (y aún lo es, y viviría en él mejor que en ningún otro por ser el más íntimo y moderado), cuando vi detenerse a muley en la calle real. a mí me acompañaba un ayo, al que engañé diciéndole que iba a dar un recado imprescindible, y que siguiese hasta la torre de mi tío yusuf, que era adonde nos dirigíamos. de una carrera, sobrepasé a muley y me apoyé en el quicio de la puerta con la esperanza de que, al cruzarse conmigo, me rozase él a mí con la joroba. pero nada sucedió como lo previne.

llegado a mi altura, muley volvió a detenerse y se dirigió hacia mí con una sonrisa escalofriante.

tú eres hijo del sultán, ¿no es cierto?

contesté que sí con la cabeza: las palabras no me salían del galillo.

– ¿eres el primogénito?

de nuevo afirmé con la cabeza.

– ¿te llamas lo mismo que tu tío?

ya no tuve otro recurso que musitar:

mi tío se llama yusuf. voy a su casa ahora.

no. me refiero a tu tío el más joven.

entonces, sí.

ojalá seas en todo igual. tu tío es fuerte, generoso y valiente.

eso aseguran todos.

yo hice con él una campaña muy cerca de comares, aunque no soy partidario de las guerras. da gozo verlo galopar a banderas desplegadas.

y luego, sin dejar de sonreír, se despidió. yo vi perdida mi oportunidad. alargué, bajo el albornoz, la mano, pero ya sin motivo, porque muley se alejaba. y, de repente, se volvió.

si lo que quieres es tocarme la joroba con lo que guardas ahí debajo, no lo dudes y hazlo. ya estoy acostumbrado. me encanta ser portador de buena suerte para los demás.

no, no -repliqué aturullado-.

dios te bendiga, pero no.

está bien. hasta pronto.

y entró en el palacio, que entonces habitaba uno de los visires de mi padre. en ese momento, cayendo precipitadamente en la cuenta de que jamás se me presentaría ocasión tan propicia, corrí tras él y, sin decir palabra, restregué furiosamente el collar y la bolsa contra la chepa de muley, que se retorcía de risa, en un ángulo del estanque.


avergonzado de mi conducta, procuré esquivarlo durante mucho tiempo. faiz me repetía que sus monedas, contadas y recontadas, no se multiplicaban. subh, sin embargo, publicaba haber entrado en una racha de fortuna, tener novios a montones, y que su verruga del pómulo izquierdo -que antes era un simple lunar, y ahora estaba lleno de pelos- se reducía por momentos, gracias a una navaja de jabalí que colgaba de su collar. pero ¿cómo iba yo a escucharlos? en la alhambra todos nos encontrábamos, y yo temía la hora en que habría de enfrentarme cara a cara con el etíope, ‘ante el que el mismo sol se negaba a salir’.

fue un mediodía. acababa de evitar un encuentro con muley, que venía de frente hacia mí, no lejos de la rauda donde yacen los antepasados, y el corazón me latía tan fuerte que tuve que recostarme en la pared. pasado el peligro, casi veía aún su chilaba azul inflada por la jiba, cuando por el otro lado, exactamente por el lado contrario de la calle, apareció otra vez muley. dejó caer su terrible mano sobre mi hombro, y yo supe que estaba completamente perdido y que allí mismo me estrangularía. sin embargo, aquella mano subió hasta mi cuello y mi mejilla con una suavidad inesperada.

creí que éramos amigos desde el otro día; por lo que veo, no es así.

tartamudeando de miedo le pregunté:

– ¿es que tú quieres ser amigo mío?

no deseo otra cosa. si me das permiso, te acompaño donde vayas.

no voy a ningún lado. sólo huía de ti.

ése será un trabajo que te ahorrarás de ahora en adelante.


nadie me había fascinado tanto como él con sus relatos fabulosos.

nadie como él despertó en mí el deseo de viajar y conocer tierras exóticas, remotos paisajes, gentes nuevas de costumbres insólitas, animales y flores recién estrenados por mis ojos. por desgracia, hasta ahora no he podido realizarlo.

yo, boabdil, como la granada y como tú, coronado nací. pertenezco a la familia imperial de etiopía, más antigua que el mundo, que se vio destronada por otra, enemiga aunque no de distinta sangre, hace ya quince años. todos mis hermanos murieron; pero yo, a quien, por mi monstruosa apariencia confundieron con un esclavo desechable, logré escapar de la matanza. eso prueba cómo nunca se sabe qué es lo malo o lo bueno, qué lo que cae y qué lo que se eleva, y cómo hay algo siempre peor que lo peor. a mí, que me quejaba a los dioses de mi pueblo, antes de convertirme, por haberme hecho deforme y repugnante, quién me iba a decir que un día daría gracias al amor de dios que, bajo este disfraz, salvó mi vida. mi nombre no es muley; o a muley debería seguir mi propio nombre. soy fawcet, príncipe de etiopía, aunque un príncipe sin reino no es más que un vasallo que ha de ganarse el pan y la consideración ajena, y mirar siempre el rostro de quien manda para procurar aligerarlo de nublados. dicen que engendra alegría beber en vasos de oro y oler narcisos; dicen que sentarse a la vera de un río junto a una mesa de arrayán cura la melancolía. yo, como copero de farsa que soy, sigo esas recomendaciones, salvo la de beber vino, porque acato los preceptos del profeta; pero lo único que con ello se consigue es reavivar los recuerdos de cuanto se tuvo y se perdió. a pesar de todo, he aprendido de los andaluces la mejor lección: disminuir las necesidades para disminuir las fatigas que cuesta satisfacerlas. y así he llegado a necesitar muy pocas cosas, y esas pocas, muy poco. porque la verdadera felicidad no está en tener, amigo mío, sino en ser y en no necesitar.


yo le planteaba la cuestión de si podría alguna vez sentarse en su trono familiar, y de si habría acertado al huir tan lejos de su patria.

nadie -me contestaba- puede retener un reino sin contar con sus pobladores. quizá mi familia gobernó mal, y los súbditos se sacudieron su yugo para siempre. pero no hablemos del pasado: contar una catástrofe es como perecer de nuevo bajo ella. he visto demasiada hermosura en el universo como para entristecerme porque sólo yo sea feo y desdichado. cuánto me gustaría enseñarte lo que llamas mi patria. yo nací en el mismo macizo montañoso en el que nace el nilo azul. siguiendo su sendero de agua atravesé el sudán y el egipto de los mamelucos y de los fatimíes. serví para lo que me mandaron servir, y complací a quienes me asalariaban. he sido esclavo libre tantas veces, que ya no veo diferencia entre la libertad y la esclavitud. he desempeñado oficios tan distintos, que podría naufragar en una isla solo y saldría adelante. he tratado gente tan diversa, que nada hay ya que logre sorprenderme. sin embargo, añoro aquí, ante esta ciudad tan bella que un día heredarás, las dimensiones de mi tierra. añoro la lenta majestad de los leones, la serenidad indiferente y rayada de los tigres, los indescriptibles plumajes de las aves. añoro una naturaleza no sometida al hombre, que se entrega, inagotable e incansable, sin esperar siquiera que nadie la recoja.


yo le mostraba mi colección de animalitos de cerámica, y él me hablaba de animales incógnitos; de la jirafa, sobre todo, a instancias mías. eran tan expresivas sus palabras que las confundo aún hoy con los versos de ibn zamrak. áel poeta que colmó de aleyas y de antífonas las paredes de la alhambra en la época de mi antepasado mohamed v, y cuya historia, como ejemplo de la justicia de la vida, me complacería contar tarde o temprano, porque estoy convencido de que el que a hierro mata a hierro muere. dicen así:


de terciopelo son sus flancos, tachonados de alhajas: la mano del destino recamó su prodigio.

deslumbrante su piel, como un jardín donde florecen las juncias entre anémonas: blanca y jalde a la vez, igual que plata sostenida en oro.

semejante a unos arriates de narcisos en los altos ribazos donde serpea el arroyo”.


muley me hacía dibujos de flores, de fieras y de aves, que se cuidaba luego de romper para no quebrantar las normas del corán.

me describía criaturas increíbles; ríos que, si yo hubiera soñado, no habría conseguido soñar nunca; gacelas con los cuernos más finos y altos y retorcidos que es dado imaginar; cabras tan distintas a las nuestras que jamás les habríamos dado ese nombre; paquidermos como edificios, y de piel más dura que las corazas de los guerreros; ingentes animales, inofensivos y cariñosos como pájaros, y pájaros que llevan los colores del iris en cada una de sus plumas. me describía a los hombres que se comen unos a otros; a los que descansan apoyados sobre una sola pierna; a los que, igual que los cristianos, se alimentan de bestias impuras; a los que adoran piedras, o árboles, o la luna, o el sol; a los que gimen y gritan cuando sus mujeres están de parto, y a los que, para evitarles la vejez y sus tristezas, matan a sus padres por amor.

aunque pienso -concluía- que lo mismo sucede en todos sitios.

nos sorprendemos de aquello que no hemos visto desde niños; pero en granada hay también quienes adoran el dinero; quienes, para que se les considere, fingen el mismo sufrimiento que provocan; quienes descansan, como tu tío yusuf, sin tenderse ni de noche ni de día; quienes destronan a su padre para sustituirlo en el poder…

yo bajé los ojos al escuchar lo último, porque comprendí que se refería a mi padre, a quien no parecía tener devoción excesiva.


a muley toda la alhambra lo hallaba grotesco y divertido igual que un chascarrillo inventado por la naturaleza. a mí, por el contrario, me parecía solemne y variado como un libro que jamás se acabase, y nunca me hartaba de escucharlo. él era el único de los criados cuyo rostro no se cerraba al aparecer el amo a quien servía.

el único que adquiría de repente una expresión señorial y enigmática cuando entrecerraba los ojos, a pesar de tenerlos como huevos enrojecidos, y marcaba con los dedos sobre un tambor pequeño un ritmo volandero, tenaz y alucinante, que a mí me producía a veces sopor y a veces una excitación incontenible.

una noche me fue a buscar y, contra el parecer de mis nodrizas, me sacó al patio bajo la fría luz de la luna llena, y me obligó -tan sólo con el son de unas frutas secas dentro de un cantarillo- a bailar y bailar lleno de gozo, mientras él entonaba una insondable salmodia, y se movía más ágilmente que una bailarina, como si el peso de su jiba se hubiese evaporado.

las nodrizas, contagiadas por el alegre misterio, acabaron por acompañarnos también con sus palmadas, hasta que un mayordomo nos ordenó con muy malos modales volver a las alcobas.


creo que fue al año siguiente -aunque insisto en que, para los niños, el tiempo se amplía o se empequeñece, como un recipiente cuya importancia no depende de él, sino de su contenido- cuando, a la vuelta de salobreña, no encontré ya a muley. unos me dijeron que una noche se había despeñado desde el cerro del sol, donde se aventuró a subir borracho; pero yo sabía que él era de los pocos que en la alhambra no bebía. otros me dijeron que no había regresado de la sierra, a la que subió en busca de hierbas para los médicos. otros me susurraron que mi padre había mandado cortarle la cabeza, porque se negó a burlarse de mi madre como le ordenaba soraya. otros, por fin, a los que me cuesta menos creer, me dijeron que, habiendo visto ya cuanto tenía que ver en el reino de granada, se fue a la cristiandad a conocer otros lugares, otras costumbres y otras gentes.

sea de él lo que fuere, me habría complacido tenerlo más tiempo junto a mí. hoy incluso, porque era alguien en quien se reflejaba el mundo entero. sentí no haberme despedido de él. dificulto que haya otro hombre que merezca ser príncipe más que él, ni otro a quien le siente mejor el nombre de muley.

ibrahim, el médico judío.

de cuantos médicos ejercen en la alhambra, y su número es grande, ninguno tan cercano a nosotros como ibrahim. era minucioso y cargante: de una bondad y una paciencia tales que ponían a prueba la paciencia y la bondad de todos.

perito en hidroterapia, tenía una confianza acendrada en la virtud curativa de las aguas. ágozaba fama de tener infalible ojo clínico y una estupenda facultad para diagnosticar; yo no estoy seguro de que a mi tío yusuf le ayudara extraordinariamente, pero tampoco mi tío se dejaba ayudar. opinaba que el hombre había nacido para la salud y que, si la perdía, era por error suyo, aunque la naturaleza disponía de medios suficientes para devolvérsela sin recurrir a la mano de otro hombre. recelaba de los astrólogos, y, a pesar de admirar a los cirujanos, los miraba por encima del hombro -lo cual es una paradoja-, por entender que las vías de la naturaleza no es bueno contrariarlas, ni interrumpir sus ritmos. se llevaba especialmente mal con otro médico, llamado aibn mohamed ibn muslim, de notable habilidad en las intervenciones quirúrgicas, y su vanidad sufrió un rudo golpe cuando tuvo que ponerse en manos de su rival para que lo operara de cataratas, porque estaba perdiendo la vista a ojos vistas (si es tolerable hacer un retruécano con algo tan grave).

átengo entendido que las extirpan, o bien por extracción, o bien por reabsorción mediante agujas metálicas ahuecadas. comentaba mi madre que en el plazo que su curación había impedido a ibrahim tratarnos a nosotros, habíamos gozado de envidiable salud.

la opinión de mi madre es, sin embargo, rebatible; ella es poco propensa a contar con nadie que no sea ella misma. hasta tal punto que, siendo ibrahim el responsable de sus viajes a alhama para remediar su ciática -o fuese cual fuese la causa de sus molestias-, nunca le confesó que mejoraba, aunque continuó yendo a los baños con puntualidad, y llevándonos a mi hermana, a mi hermano y a mí, supongo que para aligerar su aburrimiento. alguna vez nos acompañó el propio médico. ¿cómo olvidar esos viajes anuales? su anuncio nos desvelaba desde muchos días antes, puesto que perdíamos memoria de un año para otro de lo pronto que nos hastiábamos. yo, en cuanto veía el paisaje ondulado y fértil de las cercanías de alhama, las verdes vegas con tan vigilante amor cultivadas, las laderas de olivos, y las lejanas sierras, que hasta marzo conservaban aún restos de la nieve, sentía como un abandono interior, una disponibilidad, por gratitud quizá al alejamiento de la monotonía de la alhambra. aún hoy me enternecen el puentecito sobre el río, las caídas de agua caliente, ferruginosa y salada, los barrancos con sus rocas todavía no asentadas, los pájaros que gorjean allí con otro brillo. yo paseaba bajo la arboleda. ¿pasear?: saltaba, como un pájaro también, desde una franja de sol a la siguiente, y evitaba, casi volando, la sombra de las copas. escuchaba el gran ruido de la cascada cerca del agua quieta, como un espejo rodeado de zarzas, donde los ruiseñores anidan. y siempre me sorprendía comprobar que el agua humeante desembocara en un arroyo tan helado.

era en alhama donde las razones de ibrahim, respetuoso investigador de la naturaleza, mejor se comprendían.


áreleyendo lo anterior, me viene a la memoria algo que quizá nunca olvidé. unos años después de aquéllos a los que se refieren estas líneas, al salir de las termas romanas, que se habían conservado con sus hermosas esculturas, divisé a un muchacho tan grácil que nada tenía que envidiar a los modelos de ellas. para entablar conversación, le pregunté no sé qué. y él, al ver de cerca al príncipe heredero, sobrecogido y tembloroso, no logró responder. volvió la espalda y huyó. yo me quedé a solas, observando un rebaño de cabras que trepaba por la otra orilla del río.

especialmente me fijé en una, coja, que se esforzaba en seguir a las demás, y renqueaba, y permanecía la última siempre, arreada por el pastor, y se detenía un momento a descansar y considerar su mala suerte, y continuaba avanzando, fatigada y pesarosa, con su pata delantera rígida e inútil. no sé por qué -o sí- recuerdo con tal viveza hoy a ese muchacho ágil que huía, y a esa cabra inválida que no podía aligerar.


ibrahim era muy religioso, y acudía a todas partes con una bolsa en que transportaba, además de las medicinas más habituales, la biblia y la misná: para consultarlas si lo precisaba, o sólo para sentirse acompañado. él cumplía los preceptos de su religión con estricta observancia, y respetaba a los que cumplían con estricta observancia los preceptos de la propia.

cuando se declaró la epidemia de peste, la gente la atribuyó a una conjunción nefasta de tres astros, y hasta algunos colegas de ibrahim la juzgaron un azote divino descargado por nuestros pecados. sin embargo, ibrahim, tan religioso, entendió que todo eso eran tonterías, y que se imponía trabajar sin descanso en contra de planetas y de azotes. pregonó los peligros del contagio y la importancia del aislamiento de los enfermos; mandó hervir o quemar sus trajes y sus utensilios, y hasta los zarcillos de las mujeres; prohibió concurrir a los baños públicos que dispersaban la contaminación, y, en una palabra, atribuyó el mal a causas naturales, avivadas por la falta de higiene y por el hacinamiento y escasez de viviendas.


él sabía que los de su raza habían sido -y serán, afirmabaperseguidos en granada y en muchos otros reinos. y sabía que, en ocasiones, dieron motivos de persecución a un pueblo empobrecido por usuras, por tributos que en gran parte ellos cobraban, y por los altos precios que debía pagar a los profesionales judíos cuando los requería. ibrahim habitaba en la judería, el barrio que trepa por la antequeruela -donde se refugiaron los fugitivos de antequera cuando la toma por el infante don fernando- hasta las torres bermejas.

así -decía-, estoy dispuesto a venir en cuanto me llamen. basta tocar un silbato desde la alhambra para que yo lo escuche.

y, en efecto, comparecía al instante con su bolsa repleta de hierbas, de remedios y de libros sagrados.

se reconocía de la escuela de ibn zarzar, un judío famoso que fue médico de pedro i de castilla, y luego embajador suyo en granada ante mohamed v, cuyos destierros y retornos siguió para conservar la vida. ibrahim estaba orgulloso de su antecesor, como físico y como hombre brillante partidario de dejar obrar a la naturaleza y despejar de obstáculos su acción. él mismo era también hombre de gran predicamento; incluso, según oí, un respetado talmudista, consultor de sus compañeros de raza en las situaciones nebulosas que a menudo suscitan sus escrupulosísimas leyes. y más de una vez le escuché dos afirmaciones. la primera, que, para los andaluces, la religión es más que nada una cuestión de liturgia.

y hablo de cualquiera de las tres religiones -puntualizaba-.

una serie de reglas prácticas, devociones o supersticiones para ganarse el paraíso; una serie de amenazas y prohibiciones para evitar el mal físico, y, por fin, una serie de procedimientos con que conquistar el dominio social. eso es la religión para nosotros.

y la otra afirmación es que la superioridad literaria de los judíos andaluces sobre los de otros países se debe, sí, a que son descendientes de las tribus de judá y benjamín; pero aún más que a eso, al profundo aprendizaje de la lengua arábiga, que había enriquecido y ampliado la suya. ibrahim, él mismo, era la demostración de cuanto decía: un hombre exquisita y firmemente religioso, que hablaba un bello árabe clásico, pero salpicado por las deslumbrantes locuciones y los hallazgos del árabe popular (con el acento de imala, con el que aquí lo pronunciamos), y aderezado con numerosas expresiones romances.

al fin y al cabo -afirmaba-, un idioma ha de servir para entenderse con los otros, no para ocultarse detrás de él.


– ¿quiénes son los judíos?

¿qué hay que hacer, o dejar de hacer para ser judío? -le preguntaba yo.

está claro, jovencito: haber nacido de madre judía, o haberse convertido al judaísmo. pero, si quieres saber mi opinión, en el fondo, todas las religiones son la misma. al menos, las tres que cohabitan en granada. su diferencia depende de dónde se detengan, de quiénes sean sus últimos profetas.

para nosotros, los del antiguo testamento; para los cristianos, jesús; para vosotros, mahoma.

por eso muchas veces me asalta la duda de si yo soy un auténtico ortodoxo; aunque espero en dios que así sea, pero en el buen sentido de la palabra. yo le temo a los ortodoxos, porque suelen convertirse en fanáticos. acuérdate de los almorávides: para nuestra cultura y nuestra tranquilidad fueron como un martillo. en la biblioteca de la alhambra existe la copia de un libro escrito por el último rey zirí, que deberías leer por si un día te encuentras en el mismo aprieto. a él le arrebataron granada los ortodoxos, y lo desterraron a áfrica. no lo olvides, boabdil. abdalá fue también su nombre. vivió hace exactamente cuatro siglos.

si es como dices, ¿qué diferencia hay entre las religiones para que sean tan incompatibles?

quizá ellas no lo son, sino nosotros. ahí está mi peligro de heterodoxia. después del exilio del pueblo judío a babilonia, en el que no cantábamos porque no éramos libres y colgamos nuestras cítaras de los árboles; después de la destrucción del primer templo, surgió entre los judíos el temor a ser asimilados, a que se nos borrara como pueblo por la importancia de los vencedores, o por la importancia del helenismo en tiempo de los macabeos. por eso nuestro fin principal fue la continuidad, nuestra preservación como pueblo con características propias y singularidades. y para ello se insistió, sobre todas las cosas, en las prohibiciones, paralizando la evolución. en tales circunstancias, imagínate qué tragedia supuso la destrucción del segundo templo por los romanos. ello confirmó nuestros temores. pudimos haber aceptado la doctrina de jesús; pero sus seguidores gentiles la hicieron antagónica del espíritu hebreo, y, por si fuera poco, mi pueblo perdió la tierra prometida. tuvimos que defendernos, agruparnos, encerrarnos alrededor de nuestros rabinos: el talmud fue nuestra patria, el sustituto del suelo de la patria.

como lo fue sefarad, es decir, al andalus, desde hace muchos siglos. hijo, el pueblo judío se ha visto obligado a luchar, a lo largo de toda la historia, por seguir siendo él mismo. nuestra religión no es dogmática como la cristiana, ni reglamentadora de comportamientos como el islam; nuestra religión es política: ha llegado a ser sólo política. vosotros y los cristianos creéis que nos empujáis y reducís a un barrio, a una comunidad, a un gueto. no es cierto: somos nosotros los que nos reducimos para guardarnos las espaldas unos a otros, para fortificarnos; porque, apiñados, nos defenderemos mejor de los contagios y las infiltraciones, resguardaremos mejor nuestra inmutabilidad. ser judío, boabdil, es luchar sin tregua por seguir siéndolo de la manera más rigurosa posible. y por intentar a toda costa mantenernos indigeribles, es por lo que perpetuamente seremos expulsados del cuerpo que no puede digerirnos a pesar de intentarlo: ésa es también una elemental ley de la naturaleza.

de ahí que, en los momentos buenos, sintamos la tentación de abrir las puertas de nuestras juderías para perfeccionarnos, para evitar el estancamiento y la estrangulación; pero en seguida sucede algo terrible que nos convence de que aún no ha sonado la hora, de que acaso la hora nunca suene.

ojalá, cuando llegue la tuya, boabdil, se te permita ayudarnos; si es que se te permite dejar de ayudarte a ti mismo.


habíamos llegado paseando, a las primeras horas de una tarde, ante la torre del homenaje sobre la puerta de armas. ibrahim no se agotaba nunca, una vez tocado su punto flaco. señalando la torre, me dijo:

– ¿conoces la historia del judío que comenzó la construcción de la alhambra?

– ¿un judío? -pregunté, convencido de que ibrahim incurría en un apasionamiento racista.

sí; él levantó esa torre, y después se edificaron las demás y todos los palacios. escucha. esta historia pone de manifiesto lo malo y lo bueno de mi pueblo. el predecesor de abdalá, el último zirí de que te hablé, fue su abuelo al muzafar. entregándolo a una vida de crápula, se había adueñado de su reino un judío que comenzó de administrador. se llamaba ibn nagrela. gobernaba a su antojo, cuando le salió un contrincante.

un antiguo esclavo de almutamid de sevilla, que formó parte de una conjura contra su rey, llegó a granada precedido de fama y reclamado por los esclavos negros del sultán, que lo erigieron en jefe.

al naya, el sevillano, con su creciente influencia, más militar que administrativa, encelaba a ibn nagrela, al que abdalá en su crónica designa siempre como “el puerco”. pues bien, “el puerco”, sintiéndose en declive, con el afán de precaverse, calculó que la solución era ofrecerle granada al rey de almería, al mutasin ibn sumadí, que, por agradecimiento, respetaría sus privilegios. la comunidad judía y sus rabinos le aconsejaron que tomase sus bienes y se fugase antes de que al naya acabara con él; pero ibn nagrela se aferró a su decisión, convencido de que, huyera donde huyera, al naya y el sultán lo perseguirían.

entró, por tanto, en contacto con el rey de almería, pero éste le exigió avales, porque, siendo granada la ciudad mejor defendida, le asustaba una derrota que le haría perder su propio reino. ibn nagrela comenzó sus intrigas: mandó a los castillos principales del reino a los esclavos negros, a quienes indispuso con al naya, ganándoselos con tal comportamiento: por el contrario, los castillos secundarios los desguarneció para que ibn sumadí pudiese conquistarlos con facilidad. como el judío y el sevillano, cada cual por su conveniencia, tenían al sultán placenteramente apartado de la vista del pueblo, comenzaron los granadinos a creer que había muerto y que el judío les ocultaba la verdad. a ibn nagrela le urgía la toma de granada por el rey de almería, que, dueño de bastantes fortalezas menores, no osaba aún acercarse a la capital. esta tardanza dio lugar a que el populacho se rebelara, una vez más, contra los judíos, pretendiendo, una vez más, sacar tajada de ellos.

ibn nagrela, por si llegaba el caso que llegó, había resuelto construir esta fortaleza para protegerse con su familia una vez conquistada granada por el de almería, hasta que se apaciguasen los ánimos. pero el pueblo y los nobles, que sólo en las grandes algaradas se unen, le atacaron, ayudados y enfervorizados por los esclavos negros, que salieron borrachos de una reunión pregonando a voces la muerte del sultán. ibn nagrela se ingenió para mostrarlo vivo al gentío, disfrazando para ello a alguien de su casa, desde una ventana de esa torre. pero los esclavos ya habían publicado que el rey de almería se aproximaba (lo que no era cierto), y se sumaron en contra demasiados factores: la aversión a los judíos, la exageración de su perfidia, la generalización a todos de los defectos de unos cuantos y de la ambición de uno solo, el acaparamiento de cargos y prebendas, la ruptura de las tradiciones ziríes, y el miedo a una conquista provocada.

ciegos y embravecidos por el odio y el ansia de botín, consiguieron entrar en aquel primer cuerpo de la alhambra incipiente y matar a ibn nagrela. después pasaron a espada, cómo no, a todos los judíos de la ciudad, aunque alguno quedó, como sucede siempre. alguno, en efecto, que no tardó en hacerse con las riendas del nuevo gobierno.

mira, pues, boabdil, cómo este relato veraz demuestra que la alhambra es obra de la previsión y el poder de un hombre de mi raza.

y reía el buen ibrahim de sus propias palabras, que a pies juntillas yo creí, ya que nada más lejos que la mentira de una persona tan pulcra y tan honrada.


ibrahim tenía tantos hijos como tribus israel. su prole era numerosísima; como si sólo a él se le hubiese encomendado la perduración de su pueblo. vivió muchos años.

hace uno sólo que ha muerto, o mejor, que se ha extinguido, según la naturaleza que a él le complacía respetar, entre el amor de su familia. espero que en la sión celestial lo recibieran el coro de los ancianos y la bienvenida de yahvé. sin embargo, confieso que siempre he considerado a yahvé poco propicio a ofrecer bienvenidas.

el eunuco nasim.

la primera vez que tropecé con él fue a causa de un tropiezo. me explicaré mejor. mi hermano yusuf y yo jugábamos una tarde en los jardines que hay ante el palacio de mohamed v, donde está la fuente de los leones. las dependencias de la secretaría habían sido ya cerradas, y nos entreteníamos viendo a los administradores y a los secretarios, con ese aire contrito e impersonal que caracteriza a los que escriben mucho, arqueada la espalda, de asuntos que no les interesan. yusuf y yo entramos en “la sala de la ayuda”. (la llamábamos así entre nosotros porque sus muros tienen grabada de suelo a techo una misma aleya, que inicia esa palabra, con la reiteración que pusieron en su quehacer los decoradores de la alhambra. una reiteración que produce cierto mareo, como si uno estuviese rodeado de infinito, a fuerza de mirar las mismas frases innumerablemente repetidas.) corríamos uno detrás de otro, acosándonos y agarrándonos de la ropa. yusuf me había desgarrado una manga, y yo, con un agudo grito, me desprendí de él. pasé entre unos cuantos secretarios sin mirarlos, y todos se apartaron. menos uno, contra el que choqué de forma irremediable. asiéndome del cuello, me dio una bofetada. levanté los ojos desconcertado, y vi que era el sultán.

– ¿de quién es este niño?

de la sultana aixa, señor -dijo una voz.

pues dile a la sultana que lo eduque mejor; que le prohíba alborotar y gritar como una mujerzuela.

y apréndelo tú mismo.

luego continuó despacio entre su comitiva, hablando de algún tema de mayor interés.

yo permanecí inmóvil y azorado.

yusuf había desaparecido, lo que hacía con admirable habilidad.

sólo estaba a mi lado el dueño de la voz, que me conocía, aunque yo lo desconociera. era blanco como el arroz con leche, de labios rojos y delicada cara casi infantil; rubio y sin barba, y de buena estatura, aunque no tenía el cuerpo tan fino como el rostro. un rostro que en aquel momento me sonreía con un asomo de confabulación.

me ha confundido con uno de tus ayos. no me disgustaría serlo, porque eres muy agradable. ¿qué haces aquí a estas horas?

jugaba -respondí.

– ¿tú solo? ¿no tienes amigos?

¿de quién huías? -y concluyó riendo-: ¿de ti mismo?

sí.

pues huir de uno mismo es mala cosa. acabarás por no encontrarte nunca. -cambió de tono para preguntar-: ¿tú eres el mayor o el pequeño?

el mayor.

por tanto, eres boabdil, el futuro heredero si no lo estropea este encontronazo. -me escrutaba con indiscreción-. yo me llamo nasim. áque quiere decir ‘brisa’.

el nombre le sentaba como anillo al dedo: débil, pero persistente; y aun menos débil de lo que su cara denotaba, porque sus caderas eran marcadas y altas, un tanto femeninas.

– ¿vives aquí? -le pregunté.

trabajo aquí. en el harén; pero hoy no tengo guardia. iba con un grupo de amigos, cuando te diste de cara con el consejo en pleno.

¿en dónde vives ahora?

con mi madre -me arrepentí de haberlo dicho, y él lo notó.

no temas; no le transmitiré el encargo del sultán. todo eso ya pasó. -echó a andar-. a estas horas suelo estar en los baños, o en este mismo sitio. si quieres que nos volvamos a ver, a mí me gustará.

dios te guarde -le dije, y corrí en busca de yusuf.

pero yusuf estaba escondido detrás de una columna exactamente a dos palmos de mí; su risotada me detuvo en seco.

es un eunuco -me dijo en voz muy baja-. no tiene la cosita que duele en la circuncisión.

– ¿por eso parece un niño grande?

no lo sé, pero habrá que enterarse. yo no querría estar sin barba toda la vida.

pues eres rubio como él -le advertí con muy mala intención.

pero el que ha hecho la amistad has sido tú.


no tardé en informarme, más o menos, de qué era ser eunuco, y de quién era nasim. tenía reputación de magnífico alcahuete: suave, convincente, educado, portador de los más refinados mensajes y de los regalos más costosos. gozaba, a causa de su puesto, de múltiples y favorables ocasiones. no es que fuese uno de los grandes eunucos que se ocupan de la política, pero tenía una buena preparación y disfrutaba del respeto general. se le estimaba como sirviente cumplidor, y todos le vaticinaban una buena carrera. incluso como poeta, porque según subh, aspiraba a ser poeta de la corte y en vías de ello estaba.

mi amigo muley, cuando me referí a nasim, se echó a reír.

puede proporcionarte muchos datos que te serán muy útiles. por la alhambra circulan unos versos que tú no entenderás; pero si un día deseas halagarlo, recítaselos:


tu cuerpo es una rama de sauce, y tu rostro, la luna llena sobre el estanque, amada.

pero no alardees de no otorgar a quien tanto te ama nada tuyo, porque mi mensajero es nasim, y las ramas terminan siempre por doblegarse ante la brisa, y hasta la luna, por dejarse mecer bajo su soplo”.


supongo que le encantará oírtelos. está orgulloso de sus tejemanejes, y con toda razón.

unos días nasim me decía que era de eslavonia, y otros, de cataluña. no sé si quería encubrir su origen, o es que lo desconocía y lo inventaba de acuerdo con las circunstancias. por lo que deduje, ignoraba quién lo había conducido a su actual estado y por qué albures había llegado hasta granada. fue esclavo, pero ya no lo era, porque mi padre lo había liberado en pago de no sé qué. él sonreía con misterio cuando aludía a aquel servicio, y a mí me daba la impresión de que debía de estar relacionado con soraya, la concubina. hablaba de ella con devoción, y yo intuí que pertenecía a un partido contrario al de mi madre, aunque hasta ese momento ignoraba la existencia de dos partidos tan poderosos dentro del harén.

nunca habría imaginado que mi madre anduviese en lenguas de la gente, y puedo afirmar que mi madre tampoco. pero, por lo visto, así era. soraya se había llamado antes isabel, y fue hija del comendador de bézmar, don sancho jiménez de solís. la apresaron en una incursión de la frontera y, adjudicada a mi padre, se la destinó a la servidumbre de mi hermana, de su edad más o menos. el sultán la vio un día y se prendó de su belleza, en elogio de la cual se deshacía nasim.

el harén está lleno de mujeres -me decía-. todas son bellas de algún modo. pero a soraya ninguna es comparable. ése es su mérito. no es cuestión del tamaño y el fulgor de los ojos, ni de la lisura de la tez, ni de la carnosidad de los labios, ni de cualquier otra perfección. sólo viéndola puede comprenderse. es como un palacio, cuya fachada es tan hermosa que uno no aspira a llegar más que al umbral, y se queda ante ella perplejo y deslumbrado, satisfecho de que lo dejen estar allí, casi saciado ya. se necesita habituarse, a lo largo de días y días, para acomodar nuestros ojos a su luz. y nadie que no sea el más poderoso puede arriesgarse a entrar.

ninguna de las madres del harén se había preocupado por soraya, ni siquiera ante la predilección de mi padre tan mudadiza, hasta que se convirtió al islam. con ello, dejó clara su intención de ascender y de desplazar a mi madre. rota su esclavitud por su conversión, y afianzada por el nacimiento de su primer hijo, abandonó el harén, y habitó en una de las torres exentas. pero, según aseguraba nasim, cuyo blasón consistía en estar al corriente de cuantos dimes y diretes hervían por la corte, poco duraría allí; mi padre le estaba habilitando uno de los palacios del albayzín, de acuerdo con las demandas de ella, que exigía el tratamiento y el fasto de sultana.

nasim me contaba que la irritación de mi padre por mi tropiezo con él fue consecuencia de otro tropiezo bastante más serio. mi madre y soraya habían coincidido, entre otras concubinas, en una fiesta que se dio con motivo de la venida de unos tañedores desde málaga. la coincidencia se produjo a instancias de soraya, que deseaba ya ostentar en público su supremacía. sin embargo, mi madre trató con desprecio a la favorita; tanto, que ésta, herida en su amor propio, cuando llegó mi padre, acusó a la sultana de desacato, cosa absolutamente inusual en la corte de granada. y mi padre, en lugar de serenar la situación, devolver las aguas a su cauce, y cada mujer a su sitio, recriminó en público con dureza a mi madre. nunca lo hubiera hecho: mi madre, colmada, sacó de su escarcela unas tijeras -nasim opina que mi madre, más inteligente, había previsto todo- y, con la rapidez de un relámpago, le cortó a soraya su gruesa trenza de color leonado. el alarido que dio la favorita se oyó hasta en sierra elvira. naturalmente mi madre, por razones de seguridad, hubo de salir aquella misma noche de la alhambra; pero fue a ocupar el palacio que mi padre disponía para la otra, que era propiedad suya. con esto fracasó el ambicioso proyecto de soraya, que estaba embarazada entonces de su segundo hijo, y llena de antojos y melindres.

movido por una curiosidad no sé si infantil, porfié por conocer a soraya. no fue difícil que nasim lo consiguiera. me condujo un día a la torre que hay junto a la de mi tío yusuf, la tercera en el camino del generalife. es una calahorra que construyó yusuf i, las inscripciones de cuyas cuatro esquinas son versos de ibn al yayab. a través de la claraboya que da al patio, después de aguardar un buen rato, vi cruzar a la favorita.

la verdad es que cualquier comparación con mi madre, sea mucho o poco el amor que yo le tenga, carece de sentido. mi madre es arrogante, majestuosa y solemne; camina, habla y gesticula como una mujer educada para caminar -o sería mejor decir para desplazarse-, hablar y gesticular en público. no obstante, su cara es adusta, levemente asimétrica y, si no fuese mi madre, me atrevería a decir que algo hombruna. es lo contrario de lo que ocurre con la cara de nasim y, muchísimo más aún, con la de soraya. dice la tradición que hay unas huríes en el paraíso que se llaman aín. están conformadas de cuatro materias preciosas: desde los pies a las rodillas son de azafrán; de las rodillas a los pechos, de almizcle; de los pechos a los cabellos, de alcanfor, y sus cabellos son de seda pura. en el seno llevan escritas estas palabras: ‘quien quiera ser mi dueño, que obre en la obediencia del señor’. áy si una de ellas escupiese en el mar, endulzaría el agua. por lo que pude ver, soraya no está hecha de retazos, ni necesita tanta mezcolanza para resultar única. yo era un niño, pero al verla me deslumbró lo que aún no conocía: su poder irresistible; al fin y al cabo, la razón que adquiere un adulto no es más que el envejecimiento de la inocencia. no es que en mí despertase un deseo; era aún peor, porque, sin desearla, me sentí dominado por la atracción que soraya provoca en todo el que la ve. nunca se justificó tanto el velo femenino. no me entenderá quien tenga junto al suyo un cuerpo de hermosura doméstica y trivial, de una hermosura subjetiva, agradable y afrodisíaca; sólo quien se haya inclinado y bebido en la abrasadora fuente de la belleza: la belleza absoluta, que disculpa cualquier guerra, cualquier crimen y las mayores injusticias; la belleza por cuya posesión los hombres son empujados a perder o a quitar el honor y la vida.

mi padre había contraído ya matrimonio con soraya y otorgádole rango de sultana. una mañana mandó llamar al misuar, que era el guardián de su estado y persona, y su justicia mayor, y le ordenó que se apostase a la puerta de la torre de la joven. sin necesidad de alharacas, aquello indicaba que una persona real habitaba allí. por su parte, soraya recibe los honores y homenajes con la naturalidad de quien, sin haber nacido entre reyes como mi madre, es depositaria de la belleza a la que todos los hombres deben pleitesía. si esta mujer ha determinado ser reina de granada -y así lo certifica nasim, que no sé a cuántas cartas apuesta-, raro será que no lo consiga, a pesar de mi madre.

y -agregaba- si ha determinado que sus hijos sean reyes, tu hermano y tú deberíais moveros con precaución extrema. sólo porque tu madre es hábil y hacendada, y tiene de su parte a la mayoría del ejército, de la nobleza y del comercio, no habéis sido ya desplazados. tu padre hace tiempo que no ve más que por los ojos de soraya, y el visir abul kasim benegas atiza cuanto puede tal pasión, remunerado con largueza por la que la suscita.

pero, ¿de qué bando eres tú, si es que hay dos bandos?

los hay, y no soy de ninguno: ¿qué ha de poder un pobre eunuco?

o estoy quizá en medio de las dos rivales, a la espera de que las cosas tomen un rumbo cierto.

pero ¿qué rumbo querrías que tomaran?

el mío, boabdil -dijo riendo-. no obstante, ahora que te conozco, quiero que el río no se desborde, y que vaya a moler a tu molino.


nasim me acariciaba con ternura, y abandonaba, con aparente despreocupación, su mano en mis hombros, en mi cuello, en mi talle.

por un lado, eso producía en mí un rechazo; pero, por otro, me lisonjeaba, y me excitaba la excitación que demostraban sus caricias. no es que me ofreciera a ellas, pero fingía no notarlas. qué complicada es el alma de un niño, al mismo tiempo transparente y hermética.

eres muy guapo -me murmuró al oído nasim una templada tarde de mayo-. más guapo te encuentro cuanto más te veo. y eso es extraño en mí, que en seguida me canso de las cosas. -y, después de mirarme largo rato con los ojos húmedos, concluyó-: si soraya fuese niño, sería igual que tú.


un anochecer, cerrada ya la cancillería, subimos a la torre de comares. comenzaba a cerrarse muy despacio la noche. nasim abrió con una llave prestada -tenía amigos en todas partes- una puerta situada al lado contrario del oratorio, y ascendimos por la estrecha escalera, en lo alto de cuyos descansillos se abren unas menudas y graciosas cúpulas. estaban abiertas las ventanas de las espaciosas naves donde trabajan los encargados de la secretaría.

tu padre -iba diciéndome nasim- ha agilizado tanto las tramitaciones que hasta los granadinos, que son los súbditos más descontentadizos del mundo, se lo aplauden.

de repente, vi flotar y entrechocarse varias sombras. se proyectaban agrandadas -nasim llevaba una luz- sobre los muros. el eunuco apoyaba su mano libre sobre mi hombro, y, al seguir mi mirada, comprendió por qué me había detenido.

son murciélagos -dijo con ligereza.

a mí me pareció indecente gritar y descender como una exhalación las escaleras, que era lo que el cuerpo me pedía; pero me refugié en el suyo, y él me estrechó como si lo esperara. yo entreví vagamente que por eso había avivado mi afán por visitar las salas de la administración; pero ¿qué podía hacer?: allí estaban los murciélagos. permanecí petrificado mientras, una vez dejada en el suelo la luz, nasim me tomó entre sus brazos y me besó con devoto entusiasmo, al tiempo que sus entrecortados susurros me tranquilizaban.


– ¿que qué es un harén? -exclamó ante mi insistencia-. ya lo sabes, y si no, te lo imaginas: un batiburrillo de mujeres que arden por pasar el mayor número posible de noches con su dueño. no por amor (en un harén no lo hay; si lo hubiera, lista estaría la que lo sintiese), sino por conseguir una preferencia, un favor, o simplemente un tarro de ungüento o de perfume, o un velo nuevo. a la que intriga en contra de la voluntad del amo, se le corta la cabeza, o desaparece una noche sin dejar huella alguna; a la que incordia, se la echa; a la que es repudiada, porque fue una de las cuatro esposas permitidas, se le proporciona una habitación fuera, a no ser que se resigne a su declive. en un harén las únicas contentas son las que aspiran sólo a acicalarse, gulusmear y estar ociosas, sin cuidarse de hijos, ni de comidas, ni de maridos, ni de suegras; las que aspiran sólo a chacharear, a oír músicas y canciones, y a aguardar engordando al dueño o al que traiga sus mensajes.

era casi de noche cuando me introdujo en el harén. la guardia nos observó con simpatía. era primavera avanzada, y no sé ahora por qué -y supongo que entonces tampoco- yo estaba triste. al desembocar en el segundo tramo de la escalera, se me salió una babucha.

nasim, en cuclillas, la besó y me calzó de nuevo. con el dedo índice sobre los labios me indicaba que guardara silencio, aunque la barahúnda que venía de arriba era espeluznante: gritos, insultos, risotadas, músicas. las alcobas de las concubinas daban a un pasillo no muy ancho, cuyo zócalo imitaba con pintura la azulejería de los salones del palacio. yo veía a través de una ventana moverse los laureles de un patio, y eso me entristeció más aún. a la altura de una puerta, nasim dijo:

ésta era la habitación de soraya, al principio. ahora vive una negra.

salió, en efecto, la negra.

era alta y flexible, con una boca grande y la nariz aplastada. me pareció imponente, pero no repulsiva. llevaba unas cintas de colores prendidas en su pelo arracimado, y sonreía de modo tan total que la sonrisa le rebosaba de la cara y le resbalaba cuerpo abajo.

se conoce que estaba en connivencia con nasim, porque éste le dejó en las manos un minúsculo paquete, y recibió a su vez algo que yo no vi. en el patio del harén se erguían dos columnas de mármol muy oscuro que jamás he olvidado. ignoro la razón; acaso porque las asocié a la concubina negra. a la salida tropecé con una viga atravesada que sobresalía, sin duda el sostén de una de las cúpulas que coronan los salones de abajo. el leve dolor del pie me distrajo de la tristeza, que alguna subterránea relación guardaba con mi madre.

es cuanto recuerdo de aquella visita. y el llanto de uno o dos niños de pecho, y el trasiego de nodrizas, criadas, gruesas tañedoras, bailarinas -que quizá no eran tales, sino concubinas del propio harén- y una vendedora, anciana y desdentada, de encajes y abalorios. al bajar el primer tramo de la escalera, pensaba en la fatiga de mi padre para tener satisfecho a tal hato de hembras; aunque, por mi edad, no me fijaba en otra satisfacción que la del simple y vulgar mantenimiento.


lo que más me maravillaba de nasim era su capacidad para eclipsarse cuando alguien respetable aparecía. mi hermano yusuf se eclipsaba un momento y más bien por diversión, pero nasim se evaporaba. no se tenía la sensación de que hubiera desaparecido, sino la de que no había estado nunca. uno quedaba convencido de haber sido víctima de una alucinación, y de que estaba y había estado a solas.

la primera vez que mostró tal destacada facultad, después de algún tiempo de tratarlo, estaba refiriéndose a las ventanas con celosías de un piso alto, que dan a un armonioso patio con una alberca profunda e indiferente. me decía:

– ¿a que no sabes qué es lo que había ahí? antes, pero no mucho antes.

no lo sé. ¿algunos oficios de la cancillería?

no. eso es ahora. en tiempos de ismail II, el que se peinaba con trenzas que le llegaban hasta la cintura, enredadas con hilos de oro y sedas, ahí había un harén masculino.

de eso hace más de un siglo -repliqué con involuntario despecho.

también lo hubo con mohamed vi, el que se teñía las canas con aleña y cártamo, y por eso le llamaban “el bermejo”. ¿lo sabías?

y fumaba hachís, y más cosas.

– ¿qué más cosas fumaba?

no hablo de fumar. cosas que no debe saber un niño como tú, pero que con los niños como tú tienen algo que ver. no siempre en la alhambra han gozado las concubinas de tanto auge como ahora. en un pasado próximo hubo concubinos también. -al notar que yo no aceptaba la conversación, la cortó-. pero dejemos eso: no es lo que yo quería decirte de ismail II. quería decirte que su coronación fue el resultado de las maquinaciones de una mujer sin el menor escrúpulo.

era hermanastro del gran mohamed v, y su madre, mariam, consiguió que una noche de ramadán, en pleno verano, en mitad del calor, y en mitad de este mismo patio, usurpase su hijito (no tan pequeño: tenía veinte años) el trono de granada.

pues, además de entronizarlo, esa mariam pudo haberlo educado mejor: ismail, según tengo entendido, era gordo, grosero, lleno de tics y, aparte de las trenzas, no se cuidaba nada de su aspecto exterior.

nasim se echó a reír palmeándome la espalda.

de todas formas, vigila a las madres del harén: son más poderosas de lo que parecen, y tienen demasiado tiempo libre para trapichear.

aunque, sean ellas como sean, tú serás un buen príncipe heredero.

apostaré por ti.

pero antes de que yo dejara de percibir la presión de su mano y percibiera la proximidad del visir benegas, nasim se había volatilizado.


cuando hace un año avanzaba yo por el patio de comares hacia el salón del trono el día de mi boda, intenté ver de reojo el séquito que acompañaba a moraima al otro lado de la alberca. tanto me esforcé, que di un tropezón contra uno de los portadores de las pértigas floridas. entre los invitados brotó un murmullo de simpatía, ya que advirtieron el porqué. en primera fila de los espectadores, a unos pasos de mí, con la misma cara de niño grande de antes, mucho mejor vestido -incluso demasiado-, más erguido si cabe, descubrí a nasim. ‘está de dios -pensé-, que mis relaciones con él vayan de tropiezo en tropiezo.’ al verlo me invadió una ambigua impresión: él o yo estábamos traicionándonos, no sé si el uno al otro o cada uno a sí mismo. y pensé también: ‘de no haber nacido príncipe, mi vida habría sido por una parte más aburrida, pero mucho más divertida por otra’. y concluí: ‘antes de morir, me gustaría ser una vez yo mismo. pero qué difícil… o quizá ya lo he sido, en algún momento, y no me he dado cuenta, y ni siquiera guardo la memoria de ello, ni la memoria de cuándo pudo ser’.

por un instante me conmovió una tristeza anónima similar a la del día del harén.

nasim se inclinó en una exagerada reverencia. a punto de sobrepasarlo, oí su voz.

sigues siendo un magnífico príncipe heredero. no cabe otro mejor. apostaré por ti.

mi hermano yusuf.

hay hombres que nacen con una estrella en la frente. no he conocido a ninguno con una más radiante que mi hermano. subh juraba que había llorado en el vientre de mi madre, y que nació envuelto en el manto, sin romperlo al salir.

pero no habrían sido necesarios tales signos, ni que los astrólogos le vaticinasen una larga vida, fructífera, alegre y luminosa. los horóscopos lo han pintado siempre dotado de hijos, de felicidad, del amor de quienes lo traten y de años interminables. un motivo más para desconfiar de los horóscopos, tanto al menos como de la propia vida.

es lógico que sea así, entre otras razones, porque no se me parece en nada. yo soy en lo físico como la familia de mi padre; él, como nuestro abuelo materno, mohamed x, según quienes lo conocieron.

es espigado, rubio, con una permanente sonrisa alumbrándole el rostro, de amabilísimo talante, y, para mayor precisión, zurdo como el abuelo. sin embargo, en el caso de yusuf, la zurdería es obligada.

nació con un defecto en la mano derecha: le faltan los dedos corazón, anular y meñique, y su pulgar y su índice tienen sólo una articulación. pero nunca le ha afectado esta falta, ni le ha impedido hacer cuantos ejercicios nos han impuesto para nuestra instrucción.

yusuf y yo apenas nos hemos separado alguna vez, y muy recientemente. quizá yo he sido más fisgón que él y me he metido en más berenjenales; para salir de ellos, con frecuencia necesité su ayuda.

a sus ojos, el mundo está bien como es: no pretende cambiarlo; ni lo acepta siquiera, sino que se incluye en él con la naturalidad con que una tesela se incluye en un mosaico. desempeña gozoso su acendrado oficio de tesela en cada instante, sin reclamar más ni menos que aquello que le es dado y que su sino hace coincidir con lo mejor.

dicen que los hermanos gemelos llevan a tal extremo su compenetración que adivinan todo el uno del otro, o más aún, que no precisan adivinarlo, sino que uno se siente el otro y viceversa. yusuf y yo no somos gemelos: él es un año menor que yo, y somos casi opuestos; pero tenemos tal confianza, hemos convivido tanto, el vacío de afectos familiares nos ha volcado tanto recíprocamente, que dudo que existan hermanos más unidos. por ejemplo, si jugábamos al escondite con otros niños, nos bastaba calcular dónde nos habríamos escondido si fuésemos el otro, para descubrirnos yo a él o él a mí. el mundo se dividía para nosotros en dos grupos: uno, yusuf y yo; el otro, los demás. y, en el reparto de actuaciones que en una pareja se plantea cuando ha de ser suficiente por sí misma, a yusuf le ha correspondido siempre la diplomacia con la otra mitad del mundo. él es el que ha endulzado las acritudes suscitadas por mí; quien ha convencido a los extraños de que nos concediesen un capricho; quien ha suplicado el perdón de los castigos que se nos imponían; quien ha alzado nuestras quejas o nuestras peticiones a los ayos y a los maestros.

debo hacer constar que la mayor destreza de yusuf, y más cuando éramos más chicos, consistía en volcar sobre mí la culpa de todos los percances. no de una forma explícita: tenía suficiente con mirarme de soslayo. y eso sólo al principio, luego las culpas me eran adjudicadas de manera automática.

sin embargo, en el mismo instante en que yo iba a sufrir las consecuencias de sus tácitas acusaciones, él, con campechanía, daba un paso al frente, se confesaba responsable, y se disponía a arrostrar cualquier sanción; pero con tal tono de inocencia que jamás era castigado. con lo cual los dos quedábamos exentos.

yo tiendo a ser menos expresivo con la gente que él, pero a la vez frecuento gente más variada de lo que nos corresponde por razones de sangre, de vecindad o de estudios.

no obstante, a él le basta con aparecer para arrebatarme la primacía de una relación que me ha costado semanas adquirir, y cualquier amigo mío de los que hablo en estos papeles habría preferido sin duda ser amigo suyo; pero él, con la misma simplicidad con que me la arrebata, abdica de tal preferencia como si su interés se cifrara siempre en otra cosa. es decir, yo, con más dedicación, consigo menos de lo que él abandona una vez que le es dispensado sin esfuerzo.

tiene los ojos muy oscuros y las pestañas largas y vueltas, lo que da a su mirada un tinte pensativo y profundo, que contrasta con sus cabellos claros y su boca sonrosada y riente. y siempre, aún hoy, ha tenido un aspecto infantil muy atractivo, entre indefenso y provocador -con su nariz corta y un poquito remangada-, junto a una fuerza física impresionante y una aventajada estatura. creo yo que todas las mujeres de granada, si fuesen tan sinceras como las niñas que nos rodearon, admitirían que se mueren de ganas de ser besadas por yusuf.


quizá parezca que siento por él una debilidad inmoderada. me congratulo de que lo parezca porque es cierto. mi vida entera, no sólo mi infancia, habría sido otra -más tenebrosa y menos rica- de no ser por la existencia de yusuf a mi lado. sus ocurrencias, sus iniciativas, su continuo invento de juegos y aventuras, su afición a los secretos compartidos, su amor por los animales y las plantas, han sido la atmósfera que he respirado durante los no muy abundantes momentos de oro de mi niñez. en él he tenido una fe ciega; no recuerdo haber hecho nada que no le haya contado, o que no hubiese deseado contarle. sólo el episodio del tío abu abdalá en salobreña lo reservé para mí, no por lo que significó, sino porque no habría sabido cómo contárselo ni qué consecuencia sacar; ni quizá yusuf habría querido oírlo: él no es inclinado a dar soluciones, ni a meditar sobre los hechos. probablemente me habría aconsejado olvidarlo, y él mismo lo habría olvidado de inmediato.

no tientan a yusuf los proyectos a largo plazo, ni el arreglo de la vida de nadie, ni de la propia: vive cada hora con la mayor intensidad, y se entrega al presente, sin preguntarse cómo ha llegado, ni cómo y cuándo concluirá. cuando los habitantes de la alhambra coincidían en que mi padre iba a elegirme sucesor oficial, comenté con yusuf cuánto habría ganado el reino teniéndolo a él por rey. casi se asfixia con las carcajadas.

si soy como soy, no es por haber nacido así -me replicó al cesar de reír-, sino por la absoluta certeza de que nunca seré rey.

sólo imaginar que alguien dependiera de mí, me haría cambiar de modo de obrar y de pensar, si es que he pensado alguna vez. ¿o no te das cuenta de que soy el mayor irresponsable que hay en toda granada?


a pesar de ser tan contrarios, o quizá por eso, tenemos muchas afinidades. una ojeada nos basta para comprobar que los dos nos hemos interesado por la misma muchacha, o que a los dos nos están emocionando las luces de un atardecer, o la grácil curva con que se reclina una flor, o la fábula que alguien nos relata. en este mismo instante pienso en yusuf, más separado de mí que nunca, y lo echo de menos, y sé que él me echará de menos a mí, y es suficiente eso para aproximarnos. comprendo que nuestras mujeres puedan tener celos de esta reciprocidad, porque no hay ningún sentimiento en este mundo que yo anteponga al nuestro… hoy evoco colores que no sé dónde vi, ni qué los sustentaba: vagos azules, verdes incipientes, rosas ya decaídos; son como los colores de un antiguo amor, de una vida ya exhausta, de un breve día pasado.

evoco colores tan difusos como el aroma de un jazmín marchito -¿y quién puede evocar un aroma?-, tan indescifrables y móviles como la sombra de una nube por tierra o el reflejo de una cara en una alberca.

y, sin embargo, sé que yo vi tales colores junto a yusuf, y que me llenaron de una alegría que se multiplicaba al ser común, y que cubrían un cuerpo armonioso, o perfilaban el vidrio de un vaso, o trazaban la línea de un paisaje, o bordeaban unos ojos, que yusuf y yo vimos en el mismo instante y de idéntico modo. y sé además que es muy probable que yusuf ya los haya olvidado, y no me importa; fue verlos con él lo que los ha hecho para mí inolvidables.


un día, en una almunia que la familia poseía en la vega, nos fuimos con jadicha a un melonar.

no tendríamos más de nueve años.

yusuf tuvo la idea de ir calando, con un cuchillito que le habían regalado, todos los frutos hasta encontrar uno lo bastante dulce como para ofrecérselo a la prima, de la que andábamos enamoriscados.

como ninguno de los melones estaba aún maduro, resolvimos volver a colocar los trocitos sacados de cada uno para que así siguieran madurando. por supuesto, destrozamos toda la plantación. eso nos valió una buena regañuza de las nodrizas, y la cruel burla de jadicha, que nos dejó hacer a sabiendas de que el daño era ya irrevocable. el ridículo ante los ojos verdes y la insufrible insolencia de jadicha hicieron que, como dos perrillos que empiezan por turno a gruñirse, y van levantando el vigor del gruñido hasta pasar al primer zarpazo y luego ya al mordisco, yusuf y yo nos enzarzáramos a la puerta de la almunia, junto al estanque, en una pelea sin precedente entre nosotros. fue encarnizada y sordomuda, más terrible aún por ser la primera, como si en ella se concentrasen todas las que no habíamos tenido. con los ojos cerrados nos golpeábamos, al principio entre las risas, luego entre la alarma y los intentos de separarnos de todos los presentes. en un momento dado, yo, sobre yusuf, abrí los ojos para atizarle donde más pudiese dolerle; junto a mis ojos vi su pequeño puño lisiado, decidido también a golpearme con furia. y de improviso me llené de horror. supongo que inexplicablemente para todos, y hasta para mí mismo, me desplomé sobre su pecho llorando. con ese llanto a raudales no trataba de suplicar su perdón, que sabía concedido de antemano, sino el mío, que me sería mucho más difícil de obtener.


otro día, en un patio de columnas -por entonces vivíamos en un pequeño palacio, no lejos del de mohamed II-, cubiertas las cabezas y extendidas las manos, jugábamos a encontrarnos sin más referencia que las voces. yo lo llamé en una dirección y, acto seguido, haciendo trampa, levanté el paño que me tapaba y, al ver a yusuf venir a la carrera, lo evité poniéndome detrás de una columna.

yusuf fue a estrellarse contra ella, y se hirió en una ceja.

cuando se descubrió, vi que sangraba. la sangre le teñía media cara y le goteaba sobre el pecho.

el pavor me enmudeció. lo limpié con su albornoz y después con el mío; posé mis labios sobre su herida para impedir, no sabía cómo, que brotase más sangre; pensé que el corte se abría igual que una pequeña boca… y grité. grité hasta que vinieron, y el médico ibrahim, con una impasibilidad que me sosegó, puso remedio al trance.

pero nunca he olvidado el gusto salado y metálico de la sangre de yusuf. fue la primera que saboreé.


alguien nos había garantizado que el unto de carnero hacía crecer el bigote. por aquella época, a yusuf y a mí eso era lo que más nos obsesionaba; nos untábamos, pues, continuamente. en una bolsita de marroquinería llevábamos la grasa que nos proporcionaba subh, y a escondidillas nos frotábamos el labio superior. los mayores, asombrados, creían que no parábamos de comer cordero y que nos manchábamos además de grasa.

pero aquella pasión pilífera cambió de sitio cuando los mismos defensores del unto -unos primos con algún año más que nosotros- nos aconsejaron que, para apresurar el vello de las piernas, nos las afeitáramos dos o tres veces por semana. no sé qué era lo que pretendíamos afeitar, pero le compramos una navaja al barbero del tío yusuf, y, en un cuarto secreto, nos enjabonábamos las piernas y pasábamos el frío filo por ellas.

ésa fue la segunda vez que vi correr la sangre de yusuf. al resbalar a contrapelo la navaja -sin producirle en apariencia dolor alguno, puesto que no se quejó y fue el primer sorprendido- brotó de su espinilla un chorrito escarlata.

él debió de recordar también el escándalo de la columna, porque, para animarme y distraerme, dijo:

esta vez cállate, y alcánzame, si puedes, la piedra de alumbre; dijeron que era buena para casos como éste. y no te afeites tú, que no sé si habrá para los dos.

pero estaba claro que yo no tenía ni la más remota intención de afeitarme.


la ojeriza que nos manifestaba la prima jadicha sólo era comparable a la que, por supuesto fingida, le manifestábamos nosotros a ella. más tarde llegué a la conclusión de que ella fingía también, porque le avergonzaba, lo mismo que a nosotros, admitir lo contrario.

un atardecer de abril la vimos bañarse, entre el vocerío de sus doncellas, en la gran alberca del palacio de mohamed II, uno de los más armoniosos de la alhambra.

ála alhambra poseía muchas residencias reales. cada sultán, si su reinado era lo suficientemente próspero y lo suficientemente prolongado, levantaba la suya respetando las de sus antecesores, salvo los casos de yusuf i y mohamed v, que las engrandecieron. la alhambra era un ser vivo que crecía y se embellecía con el tiempo.

hasta que, como a todo ser vivo, le llegó el día de la muerte. por aquella época el palacio estaba vacío, ya que acababa de morir el alcaide que lo ocupaba y aún no se había asignado a nadie. la rebelde muchacha, con la ropa mojada trasluciendo su cuerpo, chapoteaba y reía entre la espuma, y surgía del agua verde como dicen los griegos que surgía afrodita. recordaba a las diosas que en algunas antiguas ruinas respetadas erigen todavía su belleza. tanto nos impresionó a yusuf y a mí que no nos atrevimos ni a mirarnos, y permanecimos mucho tiempo silenciosos y azorados, como si hubiésemos quebrantado una prohibición de la que nadie -tan evidente era- nos había advertido.

nuestro amor mancomunado por jadicha debía de conducir a alguna meta. en una pascua, no sé si la de alfitra o la de las víctimas, formando parte de un grupo de muchachos, nos arrojábamos, como es costumbre, flores, dulces, aguas perfumadas, naranjas y limones.

pero nunca nosotros a ella, ni a la inversa. de pronto, como si un árbitro del juego ordenase una pausa, nos detuvimos los tres y nos miramos con seriedad. yusuf y yo estábamos muy juntos. jadicha alzó con vacilante lentitud una rosa blanca y luego la arrojó con fuerza hacia nosotros. me golpeó en el pecho y, por primera vez en mi vida, sonreí a mi prima lleno de gratitud, de orgullo y de ternura.

pero ella, cohibida, con la mano que había arrojado la flor ante la boca, dijo:

no era a ti, perdona, no era a ti; era a yusuf al que le quería dar.

pues eres tonta -le recriminó yusuf-. boabdil vale mucho más que yo.

y arrojó al suelo la golosina con que se disponía a responderle.


mi matrimonio con moraima ha sido un éxito. al no llevar ella mi sangre, me proporciona la ausencia de emulación entre los dos y la seguridad en mí mismo que siempre he necesitado. de niño ya exigía, por ejemplo, que mis nodrizas -salvo subh, cuya parcialidad era indudable- me repitieran que me querían infinitamente más y más y más que a yusuf; si no, yo no hubiese creído que me querían, por lo menos, igual. jadicha, prima mía, altanera y audaz, habría llenado mi vida de inestabilidad. sin embargo, si hay una carencia dentro de mí (que ya se ha convertido en un pequeño descontento sin voz, que ni sangra, ni duele, ni rebulle), si hay noches en que siento una inconcreta insatisfacción dentro de mí, es por no haberme casado con jadicha. ella es una de las poquísimas criaturas afortunadas, lo mismo que yusuf, que he conocido; una de esas criaturas de las que la naturaleza se enorgullece, y nos las deja contemplar de lejos, como un regalo que no nos ha sido destinado.


hace sólo unas semanas entró en mi casa yusuf, entre inquieto y complacido. intuí, antes de que hablase, lo que me iba a decir.

ya sabes qué previsora es nuestra madre, y cuánto disfruta con el manejo de las vidas ajenas.

como considera que el flanco de aliatar ya está cubierto con tu matrimonio, ha decidido utilizarme a mí para cubrir el otro flanco.

– ¿cuál?

el flanco del tío abu abdalá, que está desguarnecido. no voy a decirte que me sacrifico por ti ni por el reino. no voy a decirte que crea que la situación va a empeorar tanto que tú precises de ninguna ayuda para suceder a nuestro padre. supongo que son imaginaciones de quienes, a fuerza de maquinar y de sembrar discordias, terminan por ver visiones y por sospechar que todo el mundo se dedica a lo mismo. pero, como nuestra madre se empeña en encontrar conveniente lo que yo encuentro agradable, vengo a comunicártelo: voy a casarme.

– ¿con jadicha?

con jadicha.

desde que teníamos siete años, los dos (y cuando digo ahora los dos, digo tú y ella) sabíais que esto sucedería. y, lo que es peor para mí, yo también. os deseo de todo corazón que seais felices.

no me cabe la menor duda de que contigo ella sí lo será.

y comencé a recitar unos versos que aprendimos de pequeños, sin saber con exactitud qué significaban, como una consigna de complicidad:


la mano de la aurora convierte en alcanfor el almizcle sombrío de la noche”.


él respondió la contraseña:


perfume por perfume, no sé con cuál quedarme.

renovar los olores no es ninguna torpeza”.


yo después, descargándolo de su preocupación, rematé lo más alegremente que pude el poema:


verdad es lo que afirmas, mas no del todo acaso, porque el almizcle es perfume de esponsales, y el alcanfor, perfume de mortajas”.


á¿quién hubiese imaginado entonces hasta qué punto era una profecía.


nunca he dormido bien; pero hace meses que apenas duermo. como remedio empecé a emplear un recurso que a veces me daba buenos resultados y, a veces, los peores.

apenas apagadas las luces y abatidos los cortinajes, cierro los ojos e imagino una escena lo más lejana posible de mí y de mis desvelos: un par de rostros, sin edad ni sexo, que se inclinan conversando sobre una mesa; un emparrado bajo el que una criada se atarea; un hombre que pisa la uva, calzado con los ásperos zapatos del lagar, o descalzo, y se detiene un momento para escuchar a alguien que le habla y que yo no veo. se trata de inmovilizar poco a poco las figuras, en un proceso de concentración: las voy viendo más precisas y, al mismo ritmo, yo voy dejando de ser alguien que imagina y paso a ser alguien que observa. es decir, la escena está ya ahí, y yo fuera de ella como quien está mirando con atención una caligrafía o un paisaje, acaso asomado a una ventana. el riesgo, en el que incurro con frecuencia, es que, si el sueño no viene lo bastante pronto, también se traspase esa frontera, se deje atrás la ventana, y penetre el durmiente -o mejor, el que pretende dormir- en la escena que tenía que ayudarlo. y entonces se produce una de estas dos consecuencias: o el interés por lo que sucede en la escena se acentúa, alertando por completo al que la observaba desinteresado, o, al revés, sobreviene el sueño más o menos tarde, pero rodeado por esas mismas circunstancias, y se ensueña, por tanto, la escena contemplada, de la que el sujeto forma ya parte y en la que contra su voluntad interviene. a mí me ocurre con frecuencia esto último; hasta tal punto que he conseguido provocarme sueños de ninguna manera previsibles y que en absoluto me atañen. por eso me esfuerzo en que las figuras sean ajenas a mí y sin la menor importancia; porque, de otra manera, se me imponen con tal vigor que caigo en donde no quisiera, y me veo implicado en casos remotos que aspiraba a olvidar, en episodios que traté de abolir, en escenas violentas que un día sucedieron y me marcaron, o que no sucedieron y yo desearía que hubiesen sucedido…

en la actualidad me resisto a emplear tal recurso. porque, piense en lo que piense, y cualquiera que sea el principio de la táctica utilizada para dormir, acabo soñando con la misma cosa. sea una mesa con dos insignificantes y vulgares comensales, o una floresta donde dos amantes pasean y se detienen para acariciarse, o una elevada torre desde la que un espectador domina un panorama sin grandes perspectivas… da lo mismo: acabo por ver, entre paños blancos y bolas de alcanfor, dentro de un arca que unas manos entreabren, sobre una bandeja cubierta con un lino que levantan unas manos de hombre o de mujer, o encima de un almohadón entre hermosas flores perfumadas, o en medio de dos hachones que han sido encendidos con prisa por una figura de espaldas, siempre, siempre, acabo por ver la cabeza, separada del cuerpo, de mi hermano yusuf. y oigo alzarse y arreciar el llanto de las mujeres por el otro yusuf, el del corán, y veo cómo ante su belleza se cortan las manos, y todo el sueño es ya un puro alarido del que quiero despertar y no puedo, un puro charco de sangre que, al incorporarme de un salto, me obliga a mirarme y a mirar alrededor, tan seguro estoy de que voy a encontrarme empapado de ella.


en la fiesta del mawlid correspondiente a mis once años, a la vez que celebraba el nacimiento del profeta, celebré, sin preverlo, mi entrada en la adolescencia; en ese laberinto confuso en que el muchacho, solitario, no sabe a quién busca, y se extravía hasta que, frente a un ignoto espejo, se da de manos a boca consigo mismo.


las doctrinas de malik que nos enseñan en la madraza, los libros de la justicia y la religión misma consideran los bailes y las canciones como licenciosos y proclives a la inmoralidad. de las casas donde hay esa clase de festejos acostumbran ausentarse los alfaquíes. incluso mi padre, no muy cumplidor de las normas, cuando sale al frente de una algara, no permite tañer los instrumentos hasta atravesar la puerta de elvira.

sin embargo, granada ha hecho siempre oídos sordos a cualquier predicación contra la música. en ese día del mawlid del que hablo no había ni un rincón sin ella.

toda la ciudad era una resonancia vivaz y jolgoriosa. por dondequiera se oían los cantos andaluces que, desde que tengo noticia de mí, me enfervorizan: unos cantos que se levantan como varas de nardo, como afiladas lanzas y, de pronto, se desploman igual que las rapaces después de cernerse; se desploman quejándose y riéndose al mismo tiempo. no sé si esos cantos los encauzó ziryab el bagdadí, al que en córdoba llamaron “el pájaro negro”, pero siempre he creído que brotan de esta tierra como brotan las flores: de su clima, de su luz, de su conciencia de la muerte mezclada con el gozo de la vida.

igual que brotaban en mi alma, a la expectativa de lo desconocido, aquella tarde.


en la alhambra, el sultán celebraba una gran fiesta para los mayores, en todos los sentidos, del reino. a nosotros, no sólo a yusuf y a mí, sino a algunos de nuestros hermanastros, nos permitieron asistir a otra, que ofrecía en su casa el hijo de un ministro.

su nombre es husayn, y no lo conocíamos porque había pasado los últimos años en almería con unos familiares suyos dedicados al comercio por mar. si me traslado a aquel atardecer que hoy veo tan distante, todavía me estremece su frío. mientras atravesábamos la alhambra para llegar a casa de husayn, no lejos de la de los abencerrajes, yo hacía un gesto con el que levantaba en torno mío una barrera invisible: consistía en apretar por sus junturas las mandíbulas, hasta producirme dentro de los oídos un zumbido que multiplicaba mi sensación de frío y de abandono. aislado por el ruido interior, que distanciaba todos los otros, veía con mayor precisión las hojas secas que el viento arrastraba y arremolinaba. los jardines se habían convertido en una ruina hermosa y desolada; los amarillos, los ocres, los rojizos, se entreveraban y se desprendían; caía una lluvia menuda, impávida y glacial, que levantaba de las enramadas un incipiente olor a corrupción.

íbamos abrigados con mantos de lana listada de colores; es decir, teníamos el aspecto de lo que éramos: unos niños a los que, por primera vez, se autorizaba a asistir a una fiesta fuera de su casa, al caer el día, en otoño. qué ajeno estaba yo a que mi infancia se me rompería entre las manos esa noche con el minúsculo estruendo con que se rompe una alcancía de cerámica.

al entrar vimos que la fiesta estaba mejor organizada de lo previsto; pero peor, según los principios coránicos. numerosos cantores que no actuaban en la alhambra -y alguno de los que irían luego allí- nos aguardaban. los cantores granadinos, famosos no sólo en la península, sino fuera de ella -al norte de los pirineos y en el magreb-, son con mucha diferencia los más cotizados. había esclavas que nos convidaron con mosto y jugos de bonitos colores.

en un salón se preparaba una leila con dulzainas, chirimías y ajabebas; pero, bajo el son de las bandolinas, las guzlas y los laúdes, ya se revelaba triunfante el ritmo de adufes, panderos y sonajas, no bien considerados entre la aristocracia. se respiraba un ambiente de zambra que, por ser demasiado popular, nos estaba vedado. yusuf, enrojecido en parte por el frío y en parte por la excitación, me daba codazos de impaciencia y de confabulación.

me acompañaba “din”, mi perro, que vive todavía, achacoso ya y lleno de toses. al salir de casa, me fue imposible conseguir que se quedara. era todavía un cachorro -como yo, pero rubio y blanco- rechonchete, desvergonzado, gracioso y sin educar, por lo que me habían prohibido llevarlo conmigo a ningún sitio. pero estaba de dios que, en aquella noche, todo fuese infracción.

se inició el canto, y las letras de las canciones indicaban el cariz de la zambra, para nosotros aún incomprensible. una mujer cantaba:


dicen que soy tu montura.

si de ti salgo al campo montada, a tu poder me acomodo: como una flecha corro cuando metes tu espuela, y me detengo cuanto tú te detienes”.


husayn, el anfitrión, me murmuró al oído:

es un zéjel de un viejo e impúdico poeta cordobés. me ha dicho la cantora que, en el original, habla un hombre de otro hombre.

no entendí lo que me decía, y volví la cara para pedirle una aclaración. estaba tan inclinado sobre mí que nuestras caras se juntaron. la cantora continuaba:


“‘dueño mío -me dice mi amigo-, cambia, hijito, de amor.’

‘¿cómo hacerlo, si tú eres mi mundo y mi tiempo de flores?

¿por qué dices que yo soy tu dueño?

esa palabra sobra.

dime sólo cariños y arrullos; hazme sólo arrumacos.

lo que quieras quitar de respeto, me lo añades de amor.

aún con leche en los labios, no tengas en el pecho alquitrán’“.


difusamente pensé que husayn no separaba con la debida rapidez su cara de la mía, y noté que estaba arrebolado y ardiendo. pretendí separarme yo dando un paso hacia adelante, pero no lo di a pesar de intentarlo. un instante después, husayn se sentó y tiró levemente de mi chilaba para que yo lo imitase. lo complací, y me senté. en ese momento, “din”, encantado con la nueva postura, que le permitía alternar conmigo con más comodidad, se puso a retozar a mi alrededor. le reñí, y hasta le sacudí con mi cíngulo, cosa insólita -yo lo mimaba mucho-, que hizo que yusuf, desde lejos, me mirase con extrañeza. pero yo quería que todos me dejaran en paz. estaba alterado sin saber por qué; temía parecer demasiado pueril al muchacho de la casa, que, por otra parte, no me llevaba más de un año o dos.

si no molesta. déjalo. es muy lindo -dijo mientras acariciaba a “din”.

su mano, sacudida por los movimientos de simpatía del perro, rozaba de cuando en cuando mi muslo, aunque con discreción se retiraba. o con una recalcada discreción. yo no sabía ni qué quería yo, ni si había que querer algo.

sólo sabía lo que quería “din”: jugar con cualquiera; y lo que quería yusuf, que me hacía señas de que lo siguiese fuera del salón.

pero me hice el distraído, y permanecí inmóvil. sentí que mis mejillas se habían ruborizado y que mi cuerpo despedía calor. la música sonaba cada vez con mayor alborozo. el tiempo se detuvo, o quizá corría más de prisa. porque ahora cantaba un muchachito, con no más de nueve años.

es hijo de un herrero -me comentó husayn, en voz tan baja que me tocaba la oreja con los labios-. ya verás qué bien canta.


quiero sorberle el labio a una copa, ya que no me dejas sorberte a ti los labios.

no es un refresco el beso, sino una brasa al rojo.

ay, nadie es tonto hasta que se enamora”.


husayn, con cortesía, tomó la copa de mi mano y bebió, mirándome, un sorbo de ella. luego me la devolvió, y yo, sin darme cuenta apenas, bebí también. dentro de mi corazón revoloteaban mariposas; tan fuertes eran sus latidos que me asombraba de que la música continuara oyéndose. husayn me cogió la mano con la que yo sostenía la copa, y la atrajo hacia él. creí que iba a beber de nuevo, pero no: acercó su boca y me besó la mano.

luego susurró:

porque he besado tu mano, los reyes me besarán la mano.

y clavó sus ojos en los míos.

yo escuchaba la risa de yusuf, que se había refugiado con otros muchachos en un salón cercano. y pensé que él no entendería lo que me estaba sucediendo, sencillamente porque no lo entendía yo, ni sabría explicárselo.


mi corazón” -cantaba- “a pesar del invierno, con el amor y el vinillo palpita.

no he de atrancar la puerta de mi casa por si quien yo me sé viene esta noche”.


– ¿es que las copas tienen vino? -pregunté a husayn vuelto hacia él.

eso hubiese justificado mi malestar y mi bienestar. vi su cara de frente: era agraciado, con ojos chispeantes; los dientes le asomaban entre unos labios frescos.

no -contestó, y añadió sonriendo-: las copas, no. hay vino en todo lo demás. tu hermano es cautivador y más audaz que tú.

¿sabes lo que hace? fuma hachís ahí dentro. ¿te atreves tú a fumar?

prefiero quedarme aquí -musité; pero husayn no me oyó.

– ¿qué has dicho? -preguntó acercándose aún más.

que prefiero quedarme aquí.

yo también -insinuó. y puso su mano sobre la mía-. aunque estaríamos mejor en otro sitio.

– ¿dónde? -le pregunté.

ven.

me llevó, sin soltarme la mano, a un aposento pequeño y retirado.

din”, que nos acompañó, saltaba alrededor, feliz con el cambio.

volví a recriminarme no haberlo atado en casa. husayn con una mano acariciaba mi cara, y, con la otra, mi cintura. yo, ignorando qué hacer con mis manos, dudaba, hasta que las coloqué, como si no fueran mías -o acaso ellas se colocaron solas-, sobre sus caderas. había bajado los ojos, y me oí suspirar.

husayn me levantó la barbilla y nos miramos: todo el mundo eran sus ojos. tanto, que tuve que cerrar los míos. luego me besó en la boca. sentía las patas y los gañidos de “din”, que reclamaba mi atención, depositada entera en otro sitio. se escuchaba una voz:


por la boca entra el licor que me embriaga y entra el humo venturoso del hachís.

pero los restos del vino salen por una espita que no nombro y los restos del humo son sólo risas y humo”.


la boca de husayn se demoraba sobre la mía. para poder respirar, entreabrí los labios. imaginé sus dientes algo grandes y sus labios, que había visto de cerca un poco antes. pero me pregunté por qué tenía que imaginármelos si ahora estaban entre los míos.


el vino y el hachís son las muletas en que me apoyo: de agradecer son ambas; pero la del vino me traba los pies y la del hachís me proporciona alas”.


nuestros cuerpos, apoyados el uno contra el otro, se frotaban y se apretaban. algo crecía en mí, se dilataba en mí con un insólito sufrimiento. sufrí un vértigo, cerré los ojos en el vacío y eché las caderas de golpe hacia adelante. husayn levantó el borde de mi falda, e introdujo su mano bajo ella. me acarició allí donde algo nuevo se tramaba, al parecer en contra mía. con la otra mano me empujó en el hombro hacia abajo, y nos recostamos sobre unos almohadones. cogió mi mano y la puso entre sus piernas: entonces comprendí lo que se alzaba entre las mías. alguien cantó, y me sonaba dentro:


ay, jilguero, ay, jilguero, pósate en la rama de mi cuerpo, brinca sobre ella y trina, balancéate y canta y haz tu nido en mi pecho, que ya no puede servir para otra cosa”.


din”, ofendido por nuestra indiferencia, se tumbó a nuestro lado, mirándonos con ojos de reproche, atentos y suplicantes. husayn me acariciaba y yo lo acariciaba.

con los ojos perdidos, llegó un momento en que creí que me estaba muriendo sobre los almohadones, y que se me escapaba la vida, y que nunca más podría ponerme de pie, ni ver, ni oír. abrí los ojos porque “din” me olfateaba el vientre, mojado de algo que no había visto nunca. husayn yacía como desmayado al lado mío, con el pene erecto, protegiéndolo de “din”, que a toda costa trataba de lamerlo.

– ”din” -grité, o no sé si grité-. ¡”din”!

él sabe lo que hace -sonrió husayn y, después de un instante en silencio, añadió-: vamos con los demás.

a mí me parecía que llevábamos años apartados de ellos. al volver al salón principal, todavía cantaba el hijo del herrero con su blanca y aguda voz de niño:


ay, jilguero, ay, jilguero, déjame besar tu cuello mientras te digo adiós”.


la mano de husayn acarició mi cuello sin detenerse en él.

tienes -me dijo- el cachorro más bonito del mundo.

quédate con él. quiero regalarte algo por el mawlid y por tu fiesta.

– ¿de verdad?

nada me gustaría tanto, siempre que me dejes visitarlo de cuando en cuando.

sonrió, me hizo una reverencia de gratitud, y llamó a “din”.

como si comprendiese que había cambiado de dueño, “din” corrió hacia él haciéndole zalemas, y meneando, no el rabo sólo, sino las ancas y casi el cuerpo entero.


aquella noche yo no podía dormir. estaba poseído de una agitada felicidad. o quizá no de felicidad, porque suponía que ése habría de ser un sentimiento menos torturador. lo que no me dejaba dormir era una tensión que me representaba, detalle por detalle, lo sucedido; la necesidad de que la noche no pasara, y a la vez de que llegara el día siguiente para comprobar, a su luz, que todo había sido cierto, y que, a pesar de ello, yo seguía siendo el mismo.

con los ojos abiertos en lo oscuro, percibía resonancias no percibidas hasta entonces en las noches de la alhambra: los sonidos quebradizos y entrecortados del agua, los remotos chasquidos de las armas de la vigilancia, el aire insomne desordenando los jardines, el silencio armonioso que luego he escuchado tantas noches descender desde las estrellas. me parecía que, por fin, había sabido quién era yo y para qué era yo…

me quedé dormido sin querer.

no debía de haber pasado mucho tiempo cuando me despertaron los voraces lametones de “din” humedeciéndome la cara. sin abrir los ojos, sonreí. pensé qué fácilmente había encontrado él el camino de vuelta, ahora que yo iniciaba otro de ida sin la menor idea de dónde me conduciría. suspiró el perro, suspiré yo, y nos dormimos abrazados.


pasaron dos días antes de que volviera a ver a husayn. fue a la salida de la oración de la tarde en la mezquita de la alhambra. me saludó con amabilidad. mis ojos, llenos de intensidad, buscaron los suyos; después los abatió la decepción: husayn me miraba con la sencilla indiferencia con que miraba los árboles, el minarete, los tejados verdes, la tarde, la suave cuesta que desciende hasta la entrada principal de los palacios, y los rostros de quienes nos rodeaban. me preguntó por “din” y me contó riendo que la otra noche no había durado a sus pies ni una vela siquiera; en cuanto apagó la antorcha para dormir, “din” huyó de su alcoba.

husayn, en adelante, me trató como si nada hubiese ocurrido entre nosotros. y así era, en efecto: nada importante había ocurrido.

sin embargo, yo tardé en descubrirlo. cuando lo descubrí, había dejado para siempre de ser un niño ya.


estábamos jugando, entre lección y lección, en la madraza de los príncipes, dentro del recinto de los palacios. éramos doce o catorce. nos habían enviado hacía muy poco, desde loja, unos kurray: unos preciosos potros tallados en madera de colores brillantes, con los faldones de tela listada y bordada. nos los atábamos, para correr cañas, a la cintura. el de mi hermanastro nazar acababa de chocar tan fuerte contra el mío que le había partido una oreja; yo la tenía en la mano, la miraba con pena, pretendía ajustarla de nuevo a la cabeza. entonces entró un criado de la casa de mi padre, y, dirigiéndose a mí, dijo tajantemente:

el sultán, a quien dios bendiga, desea verte ahora.

en el patio se hizo un silencio. quizá ese silencio me atemorizó más que el mensaje. mi padre no me había mandado llamar nunca, y yo no lo había visto a solas en mi vida. me desaté el kurray; lo deposité con excesivo cuidado -no sé si para tomarme algo de tiempo o para simular una tranquilidad que no sentía- en un rincón del patio. miré a yusuf, que me saludó con la mano para darme aliento, y seguí al sirviente, preguntándome qué habría hecho mal, o qué quejas le habrían dado a mi padre para que, de manera tan drástica, interrumpiera las lecciones y me reclamara delante de todos.


me condujeron a la sala del consejo, lo cual me alarmó, si cabe, más aún. yo sólo había entrado allí una vez, en compañía de uno de mis maestros, para pedir gracia a un ministro en favor de un sirviente nuestro, que había quemado con un brasero el borde de un tapiz. al atravesar el arco no distinguí nada en la penumbra, deslumbrado por la luz exterior.

luego ya vi a mi padre. nunca me había parecido tan temible, quizá porque nunca lo había visto antes en funciones de rey, o quizá porque mi estado de ánimo me lo engrandecía. al principio creí que estaba solo: soberbio, de cejas espesas y fruncidas, y ojos relampagueantes como en una cólera continua. debía de vestir de oscuro, porque no distinguí sus ropas, sólo su cara, cercada de una barba negra, y sus manos, poderosas y largas.

acércate -me dijo.

estaba sentado, y me indicó que me sentara frente a él. al obedecer, adaptados mis ojos a la luz, alcancé a ver dos hombres que lo flanqueaban. a uno lo identifiqué como el gran visir abul kasim benegas; al otro no lo había visto nunca. el visir era muy delgado y cargado de hombros, con una barba en punta aún no del todo blanca.

el otro, en cambio, era bajo y regordete, con una expresión un poco ida y bondadosa; cuando notó que lo miraba, sonrió inclinando la cabeza; era más joven que los otros dos. mi padre estaba hablando:

cuando tú naciste, los pronósticos que nos dieron los astrólogos no fueron favorables. yo no creo en agüeros, salvo que sean propicios; sobre todo, si vienen de estrelleros trapisondistas, o pagados por enemigos míos. y ciertamente los astrólogos de tu abuelo no me tuvieron nunca como amigo.

yo había nacido un par de años antes de que mi padre destronara a mi abuelo. los astrólogos oficiales, tratando de apoyar al sultán viejo, o acaso la candidatura de mi tío abu abdalá, pusieron de su cosecha cuanto pudiera ir en contra mía y, por tanto, de mi padre. en aquel tiempo la relación de mis padres entre sí era más concertada de lo que fue después, y mi madre falseó el día y la hora de su parto para tener el pretexto, suponiendo la mala fe de los sabios, de echar por tierra el resultado de sus horóscopos. por eso nunca he sabido el momento exacto en que nací. el caso es que todos los vaticinios estuvieron de acuerdo en que, si un día me sentaba en el trono, el reino se perdería conmigo. semejante maldición había pesado turbiamente sobre mí, aunque nadie de las alturas tuviera una fe ciega en las cartas astrales, salvo -como acababa de decir mi padre- en cuanto les fuese conveniente. y yo había sabido, unos meses antes, que los secuaces de mi tío abu abdalá, en los días de su frustrada rebelión contra mi padre, hicieron uso de esas predicciones perjudiciales para mí.

el visir y el otro acompañante atendían a mi padre entre signos de aprobación. estaban de pie, y yo sentado, lo que me desasosegaba, porque preveía la importancia de lo que me iba a ser comunicado.

corren tiempos muy buenos para el reino. los reyes cristianos andan a la greña entre ellos y con portugal; en cambio, nuestra economía está saneada, y nuestros súbditos viven tranquilos y felices. gracias a mi gobierno, es fuerte la moneda; la agricultura, fructífera; los impuestos, tolerables; y el ejército, disciplinado y bien dispuesto. no se ven nubes en el horizonte. átampoco se vieron durante los días del gran alarde, y cuando se vieron, no hubo remedio ya. de ahí que sea el momento ideal para iniciarte en las tareas políticas. aquí están dos de las personas que te van a servir de guía en ese empeño. sé que tienes ya bastantes conocimientos de escritura y del corán; en adelante debes proponerte como punto de mira el de los príncipes nazaríes. la más alta instrucción es la que conduce al regimiento de nuestro pueblo: una forma de obtener el poder y de mantenerlo después en nuestras manos. si respondes a esa exigencia, serás mi sucesor cuando dios sea servido; si no respondes, otro príncipe te sustituirá en el privilegio. de ti depende, pues, tu propio destino, y no de los estúpidos agoreros que pretendieron disturbar nuestra esperanza.

señaló a su derecha.

éste es, ya lo sabes, mi brazo derecho en el gobierno: el gran visir benegas. goza de mi absoluta confianza. ningún hombre podría ilustrarte mejor que él, ni asesorarte mejor en el viaje que emprenderás a través del proceloso mar de la política. el ser humano vive muy poco tiempo y agitado.

nuestra época es temblorosa y crítica: en buena parte es nuestra mano la que ha de marcar su signo y la dirección de los acontecimientos. en un príncipe, el valor, la abnegación y la defensa de su reino hasta la muerte son virtudes que se dan por supuestas; a ellas hay que agregar la habilidad, la oportunidad en las acciones y la anticipación a los enemigos, de los que fuera y dentro estamos rodeados. -los tres mostraron, con una sonrisa, su connivencia-. no puedo encarecerte con bastante insistencia que estudies, asimiles, experimentes y te apliques a discernir cuanto a tu alrededor suceda para que, cuando suene tu hora (y me es imposible desearla pronta) -los tres sonrieron de nuevo-, gobiernes con precisión, justicia y beneficio.

señaló a su izquierda.

este otro personaje es abu abdalá mohamed ben abdalá al arabí al okailí. un hombre de prestigio, poeta y sabio. él te orientará entre los intríngulis de la corte, del protocolo y de la majestad, no siempre accesibles, sobre todo al comienzo, cuando el poder no es aún suficiente como para cortar los nudos de un tajo y decidir con violencia. de ti y de ellos espero que hagáis una obra buena a los ojos de dios. de vosotros dos -añadió dirigiéndose a ellos- espero que hagáis una buena obra a mis ojos. -mirándome con frialdad, concluyó-: ahora, vete.

no comentes nada de esta reunión.

ni a tu madre. a tu madre menos que a nadie. -sonrió, y volvieron a sonreír sus adláteres-. ve en paz, y trabaja. tu triunfo y el del reino lo escribiremos entre todos dirigiendo tu mano.

me puse en pie, di con torpeza las gracias, saludé y salí.


a benegas y a el okailí se agregaron un maestro de armas y un alguacil del tesoro. el maestro de armas me enseñó su variedad, su empleo y el procedimiento para elegirlas y sacarles provecho; pero también cómo utilizar a los soldados, a los que había que conducir y alentar, casi más que en la guerra, en la paz. ásin embargo, nadie me advirtió que la artillería -una nueva manera de hacer la guerra- me iba a traer los disgustos más serios de mi vida. entonces en el reino todos dormitábamos, sin mirar -ni en el armamento ni en nada- hacia adelante, sino a los modos y a las costumbres del pasado. pero más que nada me hablaba de caballos. me dio a leer el “libro de los escudos y de los estandartes”, y, al recomendármelo, agregó:

según la leyenda, cuando dios quiso crear el caballo árabe, se dirigió al viento del sur: ‘tú engendrarás una criatura con el poderío de quienes me defienden y con la fuerza de quienes me obedecen’. por eso el profeta nos previno: ‘a quien posea un caballo y lo respete, lo respetará dios; a quien posea un caballo y lo desprecie, dios lo despreciará’. él simboliza la rapidez de nuestra victoria por el ancho mundo. no hay otro más elegante ni más ligero de movimientos; ninguno le iguala en mansedumbre y docilidad; ninguno más inteligente para aprender alegrías, o para hacer prodigios de agilidad. recuerda esto: nunca mandes cortar su larga cola de seda; no te asemejes a esos pueblos que, con la misma cuchilla con la que cortan la cola de sus caballos, cortan la cabeza de sus reyes. al hombre de armas castellano -decía ahuecando el pecho- da risa verlo, si es que se le ve; porque lleva celada con visera, peto doble, protectores de muslos, grebas y zapatos de hierro. tiene un caballo principal, al que cubre también con bardas sobre ancas, cuello, pecho y testeras, y otro de dobladura para llevar la carga o sustituir al primero cuando lo rinde tanto peso. ese caballero, pesado como un elefante, porta una lanza larguísima, de enristre, que descansa en una bolsa de cuero unida a la silla por el lado derecho, y estoque y maza o hacha. nuestro jinete, por el contrario, se defiende con una armadura más ligera, una lanza corta, la adarga y un puñal.

y mientras el castellano usa un estribo bajo, el estribo nuestro es muy alto y cabalgamos encogiendo las piernas, lo que hace más fáciles y ligeros nuestros movimientos.

claro que los cristianos nos han copiado hace ya tiempo; sin embargo, les será siempre imposible competir con nosotros, porque el caballo es aliado nuestro.


el alguacil del tesoro, cuyo nombre es abul kasim al maleh, me mostró, con el maestro de armas, durante una larga mañana, las riquezas guardadas en los sótanos del palacio principal, que entonces habitaba mi padre. los reyes de granada, tanto los ziríes como los nazaríes, han sido muy dados a acumularlas; por eso el resto de los reyes de taifas nos llamaron “las urracas”. las riquezas de los ziríes se las arrebataron los almorávides: ¿quién arrebatará las nuestras? cuando las vi me parecieron deslumbrantes e innumerables: ninguna guerra ni desgracia alguna las podría agotar. áhoy sé que no estaba en lo cierto y las recuerdo, en su mayor parte perdidas, más de lo que las recordaba al día siguiente de habérmelas mostrado.

entré en un subterráneo excavado en la piedra roja de la sabica, con el silencio y la humedad rezumando por sus muros. los siglos habían construido allí un prolongado agujero donde depositar sin prisas lo más fastuoso y lo más raro que se hallara. en la primera sala había armas suficientes para cubrir las demandas no sólo del ejército profesional granadino (la profesionalidad existía desde los tiempos de almanzor), que era propietario de su propio armamento, sino de los ejércitos ocasionales, aglutinados como consecuencia de hechos concretos o por levas repentinas.

en ellos se alistan, digamos que voluntariamente, los artesanos, los comerciantes y los ciudadanos del reino, ordenados por villas, por señoríos y por familias, y también los artesanos, los comerciantes y los ciudadanos de la capital ordenados por gremios, por barrios y por puertas.

así me lo explicó el maestro de armas, en aquel espacio lóbrego e inmenso, donde se repetía, una vez y otra hasta amortiguarse, el eco de su voz y de nuestras pisadas.

mientras, me señalaba gruesos haces con millares de lanzas apuntadas o de dos filos, partesanas, hachas, mazas, porras de astil amplio y flexible, ballestas y venablos armados de varias cuchillas, flechas emplumadas, y esbeltos y potentes arcos. apiladas en pirámides, miles de adargas, clasificadas según su material, su resistencia o su labor: había broqueles redondos de madera, y adargas de piel de buey o de onagro o de antílope sahariano, con bellos adornos metálicos colgantes; cotas de malla y jacerinas, coseletes y lorigas, cascos y yelmos. en una sala posterior, los arneses damasquinados y los tunecinos, hechos con chapa redoblada, las corazas labradas y las armaduras nieladas exhibidas sobre estafermos de madera, junto a los jaeces para los caballos y a los estandartes, los pendoncillos y los guiones. y cerca, despidiendo una larvada refulgencia, un número infinito de alfanjes, cimitarras, gumías, dagas, puñales, espadas, y las trompetas y los timbales que escoltan el paso del ejército.

en un piso inferior, al que descendimos por unos peldaños gastados trabajados en la roca viva, se guardan las armas de los sultanes y de los príncipes: cascos orlados de oro y pedrería, espadas de combate y de alarde cuajadas de esmaltes y filigranas, armas blancas para las recepciones consteladas de perlas, rubíes y esmeraldas; espuelas, estribos, bocados de plata para las carreras; monturas recamadas en oro, guarniciones de caballerías, tanto de guerra como de torneo, gualdrapas y cadenas, armaduras diseñadas y adornadas por los mejores orífices y los más minuciosos joyeros de la tierra…

todos los instrumentos de ataque y de defensa que el hombre ha inventado para sembrar con ellos bellamente la muerte -dijo el maleh.

en las siguientes habitaciones, más aisladas y secas, se hallan el mobiliario y las ropas pertenecientes a los reyes de la alhambra. sobre esteras de pita y de cáñamo, se amontonan las alfombras y los alcatifes enrollados, y se alinean, en una guarda perenne, los armarios y las alacenas, los roperos y las cajonerías. de paso, abrí un cajón al azar, y manó como un venero seco o como un arco iris desprendido de alguna vestidura.

pensé que, por mucho que viva, nunca podré lucir, aunque no sea más que por un instante, cada una de las prendas que allí hay -albornoces, aljubas, capellares, marlotas, mantos, qué sé yo- conservados en una mustia y sombría espera.

no lejos, miles de objetos disponibles para el ornamento de la corte y para la ostentación de los sultanes: almimbares de maderas de oriente, guirnaldas de abalorios, ataifores de damasco con incrustaciones de nácar, tibores de la china, copas de irak, vasos de tabaxir, cueros de córdoba y una interminable serie de porcelanas, cristales y taraceas. vi cientos de instrumentos musicales: dulzainas, bandolinas, guzlas, chirimías, trompas italianas, ajabebas, adufes, sacabuches, clarines, laúdes, cítaras, rabeles. vi una multitud de pebeteros y de perfumes envasados; lámparas y candeleros incrustados de ágatas y ónices; espejos de plata, o de marco de oro y cerco de diamantes… a mis jóvenes ojos todo aquello se desplegaba como un sueño, o como un cuento de “las mil y una noches” que pudiera tocarse.

me llamó más la atención, sin embargo, algo que no brillaba: rimeros altos y resguardados de pergaminos y papeles carmesíes: los usados en la cancillería para la correspondencia oficial. pregunté:

– ¿puedo llevarme alguno?

el maleh, que me acompañaba, sonrió:

no hay riesgo de que falsifiques ninguna carta regia: te falta el sello aún. cógelos.

cogí un pequeño montón. tres años después comencé a escribir en ellos estas leves memorias.

en un corredor ancho, próximo a numerosas tiendas de campaña plegadas, de las que entreví el lujo y los colores, un hormiguero de relojes de arena, de complicadas clepsidras que miden el tiempo con el agua, de largos telescopios, de astrolabios, de brújulas, de artefactos que había visto en casa del médico ibrahim, de extraños útiles de alquimia, de sopletes, de retortas, de matraces, de tablas geométricas, de aparatos y mecanismos cuya finalidad y funcionamiento yo ignoraba y aún hoy sigo ignorando.

y en estanterías adosadas a paredes más lisas y protegidas por cueros, antiguos manuscritos y libros esmerada y lujosamente encuadernados. los miré con ojos compasivos al encontrarlos tan fuera de su destino de estudio y de lectura. y en mi interior les dije: ‘cuando reine, si reino, os subiréis conmigo. en vosotros reside la única majestad’, y me despedí de ellos, sin poder desplegar mi mirada de su significado: porque ellos son la huella y la manifestación de la sabiduría, de las ciencias que nos han hecho célebres en la historia del mundo, de la literatura que alberga las palabras de amor y de tristeza por las cuales los hombres pueden quizá salvarse.

no obstante, aún me quedaba por ver lo más fantástico. tras una puerta que sólo se abre con cinco llaves, cada una de las cuales custodia un alguacil distinto, está la habitación del tesoro real. en el centro, una luenga mesa con tablero de ágata y patas de oro. sobre ella y a los lados, vasijas de cristal donde se depositan, ordenadas por tamaños y colores, la mayor cantidad de piedras preciosas que sea dado imaginar. a pesar de la oscuridad que reina allí dentro, al moverse la luz de la antorcha que el maleh llevaba, se producía un verdadero incendio frío. soy incapaz de transcribir la diversidad de piedras sin montar que allí arden, ni de aventurar su número.

sus ofuscantes destellos mariposeaban, latían, se apagaban, bullían de un lado a otro, se contagiaban prendiendo y saltando de una a otra vasija.

a un extremo, en arcones, cofres y talegos de piel, se apiñan las monedas acuñadas de oro y plata, así como bolsas repletas de oro en polvo, en lingotes y en barras.

al extremo contrario, las alhajas de los sultanes y de las mujeres de la casa real: diademas, brazaletes, arracadas, sartales, ajorcas, herretes, todo cuanto la jactancia crea para embellecer o para provocar una impresión de majestad y de opulencia. en lugar de sentirme atraído por tales galas, en que se había holgado el deseo y el arte de muchos hombres y mujeres ya fenecidos, sentí por lo que sobrevivió a sus propios dueños sólo desdén.

acaso porque, acumulados en una cantidad sobre toda medida, perdían aquello que verdaderamente aspiraban a ser: únicos, irrepetibles y ensalzadores de una persona sola e irrepetible también. al estar barajados unos con otros y constituir un apretado hervidero de esplendores, semejaban un montón de baratijas como las que se ven en un bazar cualquiera, susceptibles de servir para la colección y el intercambio de los niños. y tal vez nunca fueron más que eso.

el okailí, a quien expuse el juicio que me merecía el tesoro, me habló de la ilimitada insensatez de la ambición humana. pero, por una parte, yo noté que no quería enemistarse con la tradicional actitud de sus reyes, y, por otra, que aquella insensatez le atañía también a él muy seriamente, ya que era aficionado a sortijas y joyeles. a mí, no obstante, la visita me sirvió como cura de asombros y como prevención; igual que el niño que entra a trabajar en un obrador de pastelería y, al primer atracón, deja de soñar con los dulces y empieza a aborrecerlos.


el okailí prefirió desviar la conversación de las joyas y tratar de las armas. me dijo:

aunque no es misión mía adiestrarte en el arte de la guerra, debes saber que, entre nosotros, las artes y las ciencias no están separadas del todo, y que la poesía, un aire aromado y cálido, a todas las impregna. voy a darte una prueba. abu bakr al sairafi, un antiguo poeta, se permitió aconsejar a los almorávides, después de una derrota asestada por los cristianos, la secular estrategia de los musulmanes andaluces. porque nadie mejor que los guerreros nativos, buenos conocedores de las geografías y de los climas y del carácter de sus enemigos, para acertar en la técnica bélica que ha de ser empleada. áel infeliz el okailí miraba asimismo al pasado, sin echar de ver que quien renovase las antiguas técnicas e incorporase las novedades, apostadas ya en el umbral, sería precisamente el que habría de cantar la victoria definitiva, si es que la hay. dice al sayrafi a su imaginario interlocutor, uno de los invasores ortodoxos que soñaron con ser los propietarios del paraíso andaluz:


en cuanto a la estrategia, te brindo los recursos por los que los reyes de persia se apasionaron y triunfaron mucho antes que tú.

no pretendo ser un entendido, pero acaso mi compendio animará a los creyentes y les será beneficioso.

vístete una de aquellas cotas de malla doble que tuba, el hábil artesano, recomendaba.

toma una espada india, delgada y cortante, pues es la que hace más mella en las corazas, y taja con más nervio que las otras.

monta un corcel veloz, que sea como una fortaleza bien guarnecida contra la que nadie puede nada.

parapeta tu campamento cuando te detengas, ya sea que persigas al enemigo como vencedor, ya sea él quien te persiga a ti.

no atravieses el río; acampa mejor a su orilla, de manera que separe y proteja del contrario tu ejército.

entabla la batalla al atardecer, cuando tengas la certeza de apoyarte en una bravura denodada como un sostén inquebrantable.

cuando los dos ejércitos se encuentren con escaso espacio en la liza, que lo amplíen las puntas de las lanzas; cuando hayas de atacar, hazlo al instante: cualquier indecisión es una pérdida de posibilidades.

elige como exploradores a hombres intrépidos, puesto que en ellos es tan natural el valor que nunca te defraudarán.

y no escuches jamás al embustero que pretenda alarmarte: nadie ha obtenido nunca ni sabia ni útil opinión de un mentiroso”.


áaún me sé de memoria esos versos. unas veces los puse en práctica y otras no. pero, poniéndolos o sin ponerlos, en pocas ocasiones obtuve la victoria. quizá no aprendí a distinguir entre el mentiroso y el prudente. y he perdido la fe en consejos de poetas. casi puedo decir que he perdido, en general, la fe en los consejos.


de otro lado, abul kasim benegas (descendiente de los egas de córdoba, de linaje cristiano, aunque esto se disimulaba, de la familia de los ceti meriem, y uno de los hombre más enrevesados y codiciosos que he conocido, y he conocido muchos más de los que quisiera) comenzó en seguida a ocuparse de mi formación política.

si esta expresión se hubiese de entender en su peor sentido, probablemente no habría encontrado un maestro mejor. la teoría y la práctica eran en él irreconciliables enemigas. aún adolescente, yo me pasmaba de que mi padre tuviese a su servicio -más, de que se confiase por entero- a un personaje como aquél, favorecedor de sus amigos y clientes, y rival acérrimo de una familia decisiva como la de los abencerrajes.

el buen gobernante -me dijo la primera mañana- ha de ser el hombre más sabio y el más agudo.

yo me consideré imposibilitado de alcanzar esa meta, y reconocí para mis adentros que nunca iba a estar dispuesto para el trono. sin embargo, benegas continuó, después de una sonrisa:

aunque no lo sea, pronto llegará a serlo, porque bajo él surgen y se despliegan todas las sabidurías, florecen todas las inteligencias, tienen su antro todas las marrullerías y se instalan todas las querellas. en un día sólo, el gobernante puede adquirir una experiencia mayor que el resto de los hombres durante toda su vida.

como afirmó omar ibn abdelasís, dios haya tenido misericordia de él: ‘no engaño yo a nadie; pero ningún engañador podrá engañarme a mí’. quien sabe lo que es el mal y cómo son los malvados, está en una situación inmejorable para precaverse de ellos.

yo lo acechaba tratando de adivinar el porqué de una chispa de sorna que veía en sus ojos; pero, apenas él percibía el propósito de mi mirada, la chispa se extinguía.

el principio de toda pericia es tener claro que se sabe lo que de veras se sabe, y que se ignora lo que de veras se ignora. de ahí que el príncipe, como el otro día te previno tu padre, haya de instruirse con todo lo que observe; deducir enseñanzas de todo lo que oiga; mantener siempre una actitud digna sin dejarse arrastrar por sus pasiones -no podía yo evitar, al oír esto, la imagen de soraya-, ni por los encrespamientos de su cólera; hablar con sinceridad y cumplir sus promesas; ganarse con su comportamiento el respeto de todos; no avergonzarse de preguntar, si tiene alguna duda; no resignarse a aceptar lo que no sea justo, y medir el grado de sus fuerzas, porque, cuando se dispara, lo que se pretende no es ir más allá del blanco, sino alcanzarlo.

la norma suprema consiste, por tanto, en conocer cuál sea el impulso necesario y suficiente para lograr cada objetivo.

al escucharlo hablarme así, yo juzgaba que aquellos consejos no eran para un príncipe, sino para un hombre cualquiera, y que quizá el príncipe tendría que ser simplemente el mejor de los hombres comunes y no el hijo de un rey.

me alegra que tu padre, antes de tomar una determinación irrevocable, haya querido que progreses en el arte de la política. porque ninguna designación es oportuna y válida si el designado sustituye a quien lo designó sin haberse provisto de la necesaria experiencia.

confía en mí para aprender, boabdil, con la misma firmeza que tu padre confía en mí para gobernar.

yo siempre tengo presente, por lo que a mí respecta, las cuatro faltas en que puede incurrir el ministro de un príncipe virtuoso: la petulancia, si interviene cuando nadie le ha pedido su opinión; la cobardía, si no contradice a su dueño cuando éste obra mal; la timidez, si no se atreve a expresar su juicio cuando se le solicita; y, sobre todo, la imprudencia, si habla sin haber examinado antes el estado de ánimo del príncipe. un ministro que no incurra en tales defectos será el mejor amigo de su rey. y no olvides, boabdil, que el amigo mejor no es el que te acompaña en la adversidad, sino el que te impide incurrir en ella.

porque la ausencia de amistad, o sea, la soledad en que el poderoso se encuentra, es más grave y más radical que la de otro hombre alguno. en primer lugar, porque ha de mantenerse distante de quienes lo solicitan por interés y de quienes lo halagan y rodean para obtener beneficios. en segundo lugar, porque los honestos que debería tener a su lado suelen alejarse impelidos por su delicadeza, su discreción y su dignidad. y en tercer lugar, porque no ha de dejar traslucir esa soledad, ni mostrar ante nadie que es débil por ella, porque será aprovechada para que el resentimiento de quienes lo circundan trate de destruirlo. por eso no te lamentes nunca delante de quien no esté comprometido en lo mismo que tú, porque, o se desentenderá de lo que le comunicas, o te expondrás a sus agravios. ni siquiera expongas a la gente tu juicio sobre un tema, porque será inútil empeño y una pérdida de tiempo. si aconsejas a un sabio en contra de su opinión, se retraerá de ti; y si a un tonto, sólo conseguirás perder su afecto por completo sin mudar su carácter. dar consejos es, pues, tan peligroso como pedirlos, porque no hay instrucción que sea a la vez del gusto del maestro y del discípulo. y te lo digo yo, que he sido nombrado tu maestro. porque un consejo dado y no seguido hace que quien lo dio se sienta humillado y cambie de postura; y, si fue seguido con éxito, quien lo dio se sentirá con derechos como contrapartida de su acierto. por eso hay un refrán que dice: ‘nadie te rasca la espalda como tus propias uñas’, y otro que dice: ‘ningún creyente se deja picar dos veces por el escorpión escondido bajo una misma piedra’.

la política, querido príncipe, es, en lo más profundo, la sagacidad de saber elegir el mal menor, y de saber convencer a los súbditos de que cualquier resolución es un hecho consumado.

mientras peroraba benegas, entusiasmado con su propia oratoria, yo lo atendía con aplicación, no porque él me dijera lo que en realidad pensaba (salvo algunas excepciones más bien involuntarias), sino porque yo pensaba en la utilidad de lo que él me decía (acaso a su pesar). al ponerme en permanente guardia contra los demás, me ponía en guardia también contra él mismo. yo no le llevaba nunca la contraria; le formulaba cuestiones simples, cuya respuesta preveía; fortalecía su creencia en que yo no era muy advertido, ni llegaría a serlo nunca; procuraba acomodarme a sus palabras para que, ante mi mansedumbre, que le era tan conveniente como posible sucesor (posible sucesor yo de mi padre, y él de sí mismo), informara benévolamente al sultán. en una palabra, yo obraba como el enfermo que se traga el brebaje no tanto para librarse de la enfermedad cuanto, por lo menos, para librarse del médico.


tu tío habría hecho un buen rey’, le oí un día a mi madre. y cuando más tarde mi padre comenzó a actuar con tanto desacierto, toda granada fue de la misma opinión.

mi tío, que se llama como yo, es moreno, delgado y muy alto; tiene la tez pálida y los ojos aterciopelados: ‘mira como si acariciara’, decía subh. las mujeres, cuando lo ven, no logran apartar de él su mirada, y suspiran de pronto como si se les hubiese olvidado respirar por mirarlo. mi tío responde con una carcajada a esos suspiros: conoce su causa y la desdeña. no en balde anda siempre rodeado de mujeres; hasta en su casa, pues sólo tiene hijas.

desde antes de adquirir uso de razón he sentido por él una admiración maravillada. me habían contado que, teniendo yo dos años, él solía buscarme -’vengo a verlo crecer’, decía-, me tomaba en brazos, me besuqueaba, y después me arrojaba por el aire y me recogía con la capa, ante el griterío de subh. hasta que una mañana se le trabó la capa con el sable y, al no extenderla a tiempo, di yo con mis huesos, todavía blandos, en las losas. añadía subh que la cara de mi tío se demudó de tal modo que ni ella se atrevió a aumentar su sobresalto con insultos. a dios gracias, las consecuencias de la caída fueron sólo unas cuantas moraduras y una gran hinchazón; pero mi tío no volvió a jugar con mi cuerpo a la pelota, y en la corte quedó confirmada su predilección por mí. si alguien me preguntaba en mi niñez a quién me gustaría parecerme, respondía sin dudar un instante. por eso cuando, unos días atrás, moraima, después de observarme con sonriente ironía, me dijo que cada vez me asemejaba más a abu abdalá, levanté la cabeza con orgullo. sospecho que ella no supo interpretar mi gesto, y calló pensando que la comparación me había incomodado.


mi padre y él, a pesar de la diferencia de edades, se llevaban muy bien. en los comienzos, mi tío lo ayudó más que todo un ejército.

entre los dos consiguieron lo que afirmó mi padre la mañana en que me llamó al consejo: un buen momento para el reino. el gobierno se desenvolvía con firmeza; los ciudadanos se sentían seguros; se respetaban los principios religiosos, lo cual proporciona a los instalados una plácida sensación de sosiego; se suprimió la delincuencia, y, sobre todo, la frontera se mantuvo estable y defendida, cosa que casi nunca había ocurrido. el pueblo, pues, estaba satisfecho con mi padre. sin embargo, contra él, y contra la ascendente estrella de benegas, pronto se levantaron los alcaides que promovió mi abuelo y que habían defendido su causa. los secundaron algunos capitanes cristianos (siempre dispuestos a alimentar cualquier discordia interna) y los abencerrajes, que no olvidaban la hostil actitud con que mi padre inició su reinado, y que sintieron la tentación de imitar a los grandes castellanos que se comportaban en la frontera como señores absolutos. estos grupos rebeldes izaron como bandera la más gallarda y noble que existía: el nombre de mi tío abu abdalá. por medio de artimañas, lo secuestraron y lo instalaron en málaga a la fuerza, coronándolo rey, y así declararon una guerra civil que pudo ser funesta. en granada, tan hecha a vaivenes, a nadie extrañó mucho; la gente opinaba, como mi madre, que mi tío había nacido para rey. yo había cumplido entonces ocho años, y cundió por la alhambra la noticia. tanto mi tío como los abencerrajes y los viejos alcaides gozaban de una simpatía que nunca alcanzó benegas, generalmente odiado, aunque luego lo sería más aún. por si fuera poco, málaga aspira por tradición a la independencia: en la dinastía anterior también fue gobernada por el hermano del último rey; ojalá sea falso que la historia reitera sus capítulos.

pero mi padre no se arredró; conocía demasiado a su hermano.

desde el principio supo que el alzamiento no era idea suya, sino una revuelta de los preteridos y humillados. ámi experiencia me dicta que los abencerrajes, como individuos, fueron siempre dignos de consideración, responsables y honrados; pero, cuando actuaron como tribu, han proporcionado muchos quebraderos de cabeza al reino.

les sucede al revés que a los voluntarios de la fe, que, como cuerpo, son una buena guardia y un buen baluarte, pero cuando han caído en manos de algún jefe intrigante, se han metido en política y han dislocado todo. por eso fue en persona hasta málaga y, mediante argucias y dinero, consiguió que mi tío escapara de las garras de los rebeldes y compareciera en su campamento. allí se mostraron los dos juntos y, sin mayor inconveniente, se sometieron los levantados ante el prestigio de uno y otro. mi tío volvió a ocupar el puesto que ocupaba; pero la represión contra los viejos alcaides y los abencerrajes fue terrible.

muchos de éstos fueron decapitados después de una cena en la alhambra, a la que acudieron embaucados por el perdón de mi padre a su hermano. los que huyeron con vida se refugiaron en castilla, o en aguilar y en medina sidonia, asilados por las familias fronterizas enemigas de las amigas de mi padre. y, tras aquel baño de sangre que suspendió el ánimo de la ciudad, el poder se estabilizó de nuevo. aunque quedó una sombra en la mente del pueblo, que estaba enamorado de los abencerrajes -apuestos y valientes y representativos- y cada día más reacio a benegas. qué misterioso el olfato de un pueblo para detectar con antelación el mal que se avecina.

tres años después, es decir, el mismo en que me entrevisté con mi padre, me mandaron a almuñécar con mi tío, cuyo cariño por mí aumentaba al seguir sin hijos varones.

el propósito era que me ejercitara en el uso de las armas y me perfeccionase en la equitación. mi madre me despidió diciéndome:

adviértele a tu tío que, por mucho que se aspire a un trono, no se tira por el aire a quien ha de heredarlo. y que, si se le tira, no se le recoge.

con lo cual me daba a entender el crédito que la seriedad de mi tío tenía a sus ojos, y que conocía mi entrevista con mi padre antes quizá de que yo saliese de la sala del consejo.

según el profeta -me dijo mi tío el primer día-, a tres juegos humanos asisten complacidos los ángeles: a las carreras de caballos, al tiro al blanco, y a otro, aún prematuro para ti.

– ¿cuál es? -pregunté de inmediato.

mi tío rió:

el que juegan juntos un hombre y su mujer.

cada mañana descendíamos de la fortaleza y galopábamos por la playa en competiciones apasionantes, cuyas reglas me permitía mi tío establecer, y en las que, a pesar de darme todas las ventajas, siempre me superaba. aquellos días felices, ilimitados y luminosos, estuvieron llenos de mi tío y del mar. quizá son para mí los dos como uno solo: a la vez próximos y lejanos, persistentes y mudables sin cesar, gozosos y severos, e inmensos. yo no deseaba más que estar al acecho de los dos, pero fingiendo que ni siquiera los miraba, y sentirme mirado por ellos, pero fingir también que no me daba cuenta. mi único anhelo era sobrepujarme a los ojos de mi tío, por lo que pugnaba en aparentar más coraje, más resistencia, más reciedumbre y más preparación de los que tenía.

tierra adentro, una mañana me descabalgó con violencia la montura. me produjo un soportable daño en un brazo; pero -quizá por excusar mi torpeza- cerré los ojos y simulé un desmayo. el tío abu abdalá se apeó, se abalanzó sobre mí, me tocó la garganta, y me abrazó, hasta que, al comprender que se trataba de un engaño, se alejó enojado y sin decir palabra.

pero fue entonces cuando sobrevino el daño verdadero: una viborilla, quizá un alicante, a la que había asustado mi caída, me mordió en un muslo. sentí la picadura, vi al animal, y quise no gritar, pero grité. volvió mi tío la cabeza y se percató enseguida de todo. se abalanzó de nuevo sobre mí, puso su boca en mi muslo y sorbió el veneno. a mí se me hizo eterno el tiempo en que la boca de abu abdalá, como una ventosa, estuvo contra mi carne. pensé que podía morir, y no me resultó desagradabe esa manera. mi tío apartaba la cara, escupía, y volvía a apretar mi muslo con sus labios. hasta que dio por hecho cuanto era posible hacer. yo yacía sobre la hierba casi desnudo, mi mano sobre la negra cabeza de mi tío; para serenarme, sus manos recorrían mis piernas, mi pecho, mis mejillas.

ninguno de los dos hablábamos, sólo se escuchaban nuestras respiraciones; pero era evidente que acababa de crearse entre nosotros un nuevo vínculo de vida y muerte, de generosidad y de deber: un vínculo que convenía mantener en silencio. con una honda y larga mirada así lo establecimos. la luz del sol caía en vertical sobre nosotros cuando, con su mano morena y vigorosa, me dio un azote, y dijo con voz severa:

ya eres un hombre. que ese tonto veneno no envenene tu vida.

ni la mía. volvamos.

y como mi impericia había dejado huir al caballo después de que me arrojase por las orejas, montamos ambos en el suyo -yo delante de él-, y retornamos a la ciudadela.


lo que voy a escribir a continuación ocurrió dos días más tarde.

estoy casi seguro de que no fue imaginación mía, sino que sucedió tal como lo cuento. sin embargo, cualquiera -yo mismo hoy- puede sacar distintas conclusiones.

todavía me molestaba el muslo por la picadura, pero no lo tenía apenas inflamado. el físico me había puesto un emplasto de hierbas -’es de sapos’, bromeaba mi tíoque me impedía moverme con soltura.

mi tío decidió que, en lugar de montar, me ejercitase esa mañana con el arco. disparaba bastante mal, y frente a mí se hallaba el testimonio: un blanco ileso. cuando marraba un tiro, escuchaba las risotadas de abu abdalá.

la mejor manera de huir de tus flechazos es ponerse ante el blanco.

nos encontrábamos en la plaza del castillo. abajo espejeaba el mar. era primavera, y ya sudábamos. mi tío se había aligerado de ropa, y yo también. los dos jugábamos a la guerra, como dos viejos compañeros de armas. de repente vi cómo mi camisa se teñía de sangre.

no sentí dolor, ni entendí qué sucedía. mi tío había ido a recoger las flechas erradas y, cuando alzó la cara, lo vi palidecer. de dos saltos se acercó a mí, me arrancó la tela ensangrentada, cogió mi cabeza entre sus manos, y le volvieron de nuevo el color y la risa.

contigo siempre se está en un ay. ahora sangras por la nariz; eres todavía un niño. ¿es que te has dado un golpe?

negué con la cabeza, mientras me cubría la nariz con los dedos.

mi tío, después de sentarse en el suelo, me tumbó boca arriba sobre sus piernas, me echó la cabeza hacia atrás, me levantó los brazos por encima de ella, y, tronchando una ramita del arrayán que había junto a él, me la metió dentro de la boca sobre la encía superior, oprimiéndome luego con suavidad el labio. casi en seguida la sangre dejó de manar. con el vuelo de su camisa enjugó la que me manchaba la barbilla y la boca. yo había entrecerrado los ojos porque el sol me deslumbraba. traslúcidos, los párpados me enrojecían el cielo.

sentí que la sangre -y no ya la de la nariz- se aceleraba por mi cuerpo y frenaba de pronto su carrera.

no sabía a qué atribuirlo, pero me encontraba a gusto sobre el regazo de mi tío. su mano izquierda me acariciaba el muslo mordido por el alicante, y la derecha, cuyo brazo me estrechaba, no se había movido de mis labios. arrastrado por un cariño más grande que yo mismo, la besé. no sé si fue sólo una reacción de agradecimiento, o quizá algo menos simple. sentía el aliento de mi tío sobre mi rostro, como si un esfuerzo físico alterase el ritmo de su respiración. el sabor del arrayán perfumaba mi boca, y el aroma del arriate removido al arrancar el tallo, el aire. calentaba desde lo alto el sol. la primera abeja runruneaba a nuestro alrededor. sin abrir los ojos, percibía el cabrilleo del mar. el leve jadeo de mi tío se acercó más a mí. mi boca presintió la proximidad de la suya. aguardé, durante un segundo que duró más que muchas vidas, lo que iba a suceder.

apretando los párpados, aguardé.

de repente, mi tío se levantó con brusquedad dejándome caído boca abajo en el suelo. abrí por fin los ojos. lo vi de espaldas frente al mar. los vi juntos y superpuestos a él y al mar.

ya no te sale sangre. de prisa. toma el arco y las flechas.

en aquel instante comprendí por qué todos pensaban que mi tío abu abdalá ibn sad habría hecho un buen rey.


cuando mi abuelo casó a mi padre con mi madre no se molestó en preguntarle si la amaba: la respuesta saltaba a la vista. había estado casada con dos sultanes, al segundo de los cuales acababa de degollar mi padre; era mayor que éste; se trataba, más que de una mujer, de una institución nazarí, y ni yo mismo me atrevería a decir que es bonita.

desde lejos, si no fuese por las ropas, se la confundiría con un hombre; y aun desde cerca surgen dudas -le oí comentar a una concubina.

tiene, eso es cierto, una clase de arrogancia que sólo suele verse en los hombres; su instinto maternal es muy somero, y desaparece si se le compara con su instinto regio. supongo que es porque nunca puso en tela de juicio que había nacido para reina. es hija de mohamed IX “el zurdo”; su primer marido, del que no tuvo hijos, fue un primo suyo, mohamed xI “el cojo”, y el segundo, también por razones políticas, mohamed x “el chiquito”, hijo de mohamed vIII “el chico”. (sé que este galimatías puede resultar complicado; lo es para mí mismo, aunque se trata de nombres próximos a nosotros. de ahí que me proponga, en cuanto tenga tiempo, escribir la historia de la dinastía, poniendo en claro lo que no lo está y desbrozando las crónicas, tan cuajadas de elogios sobados y robados que, más que a poesía, huelen a sudor cuando no a sangre. para ello tendré que consultar la biblioteca de la alhambra, porque en una sola cabeza -sobre todo si es la mía- no caben tantos datos y menos aún tantas traiciones). mi madre ha vivido entre intrigas, aventuras, destronamientos y entronizaciones, exilios y retornos. es inteligente y representativa; personifica la más poderosa facción de granada.

era, pues, prudente que quien se propusiera gobernar se la anexionase. y ningún procedimiento más eficaz que casarla con su futuro heredero, que resultó ser un usurpador. por eso, ni mi abuelo ni mi padre se plantearon la cuestión de rechazar tal boda. porque yo estoy convencido de que un florecimiento difiere de una decadencia en que hay una voluntad -no sólo del poderoso, sino de la mayoría de los súbditos- que acierta al escoger, y que escoge y coloca en la primera fila a un hombre de signo positivo, y elimina o anula al de signo contrario. y tal es precisamente la última razón de que no las tenga todas conmigo en este trance, a pesar de que la actitud de mi padre responda a la dirección positiva de que hablo; porque, ¿con quién, sino con ella misma, está la mayoría de los súbditos?

cada día iba menos por la madraza de los príncipes y pasaba más horas con mis instructores. benegas, más que los otros, me atareaba poniéndome al corriente, a su manera, de la política y de la tesorería, y eran justamente sus largas parrafadas las que, por un efecto contrario al perseguido, sembraban en mí la incertidumbre.

tu padre tiene ahora tres armas en las manos. la primera, las rivalidades entre los caballeros cristianos, ya sean andaluces, ya de los que habitan en la frontera, exiliados o instalados voluntariamente en ella. la segunda, el manejo de las treguas con la joven reina isabel; y la tercera, negarse al pago de los tributos pactados por sus antecesores. estas tres armas son las que debes conocer mejor, porque no creo que tú puedas, llegada tu hora, utilizar otras distintas.

en el estado actual de castilla, has de saber que la frontera es un palenque de heroísmos inútiles, o útiles sólo para quienes los acometen. es un campo de destierro o de castigo para banderizos indómitos; una palestra para empresas caballerescas, que nada tienen que ver con un reino tan confuso y decadente como el de los cristianos; un mercado de lucros y de granjerías en el que cada cual arrambla con lo que tiene a mano, y un asilo donde se condonan las penas de los delincuentes y aun de los homicidas. nunca se ha visto tan azacaneada como ahora la vida en la frontera. de ahí que tu padre, a pesar de las treguas, salga a mantenerla todos los veranos, y procure desanimar la audacia de los caballeros, que no guerrean por su rey, sino por ellos mismos.

porque cada hombre en la frontera se comporta no como se comportaría en castilla, sino como es o como lo dejan ser. la corona no llega hasta aquí, y eso redunda en nuestro beneficio. bastante tuvo el rey enrique, y tiene hoy su hermanastra, con mantenerse en el trono: no pueden dilapidar medios ni energías en suministrar armas y dineros con que sostener de un modo convincente los límites del reino.

incluso, en muchas ocasiones, los reyes cristianos se han servido de la frontera para quitarse de encima a personajes demasiado desafiantes o caídos en desgracia. enrique iv tomó la costumbre de desterrar a ella a sus antiguos amantes cuando lo desdeñaban o los sustituía: tal es el caso del condestable de jaén, miguel lucas de iranzo.

y en muchas ocasiones, para acelerar el fracaso del desterrado, dejaron y dejan la frontera sin guarniciones ni abastecimientos, al simple albur de quien la defiende o la ataca; afortunadamente para nosotros, que así reconquistamos o saqueamos a mansalva las plazas que nos arrebataron en reinados anteriores. esto, como entenderás, ha multiplicado, sin muchas contraprestaciones, la gloria de tu padre y de tu tío en los últimos años.

porque la frontera, tan distante de las cabezas coronadas cristianas, es un territorio para las ambiciones personales: está lejos del corazón de los monarcas; se regatean en ella los socorros y los refuerzos; en ella no coincide la vida cotidiana con la política: entre otras cosas porque la vida está siempre en continuo e inminente peligro. de ahí que los señores de la frontera sean, si no se les embrida, auténticos reyes de taifas, que sobreviven o desaparecen según su brío. es difícil creer, por muy levantiscos que los granadinos nos parezcan, qué independientes de su rey y qué enemigos entre sí son los castellanos.

ellos sostienen con nosotros unas relaciones casi fraternales: viven en granada o se amparan en ella en cuanto consideran que sus reyes son injustos, o sus contrincantes demasiado terribles. la frontera es, más que nada, un estado de ánimo, una manera de entender el mundo, algo que separa y que une. o sea, la demostración de que toda pelea tiene mucho de abrazo, y de que, para batir a un enemigo cuerpo a cuerpo, se le ha de escuchar latir el corazón. los que cuenten la historia, si no lo ven así, no la contarán bien.

aparte de tu familia, boabdil, hay otras tres en andalucía con las que, antes o después áfue mucho antes de lo que yo creíaú, habrás de vértelas: los guzmán, en medina sidonia, los ponce de león, en cádiz, y los fernández de córdoba, que llevan dos siglos y medio en esa región. los dos primeros, por motivos de orgullo, de conquistas y de botín, son adversarios irreconciliables. de su antagonismo, mimosamente cultivado por nosotros, hemos de sacar fruto; si un rey enérgico sometiese a esos señores y los obligase a colaborar juntos, nuestra oportunidad habría cesado. en cuanto a los fernández de córdoba, su división es aún más agria. la casa tiene tres grandes ramas: la primera, la de aguilar, regida por el terrible don alonso, e instalada en los pueblos de aguilar, montilla y la puente de don gonzalo en la campiña cordobesa, y, en la sierra, en priego y carcabuey; la segunda rama es la de lucena y espejo; la tercera, la del conde de cabra y señor de baena. entre las tierras de éste y las posesiones de don alonso de aguilar hay dos dominios: el de zueros, que pertenece a don alonso de córdoba, y el de luque, de un pariente mío, don egas venegas, un pobre ciego inválido; pero estos dos siempre bailan al son que los otros tocan. lo más importante es que don alonso de aguilar y don diego fernández de córdoba, el de cabra, no se tratan desde hace algunos años. don diego es amigo de tu padre; pero quiero que lo entiendas bien: entre nosotros es amigo aquel con quien coincide nuestra conveniencia. en la frontera, hijo mío, tal es la norma: no tenemos más remedio que hacer una política repentina de alianzas y hostilidades según el viento sopla.

– ¿y por qué guerrean entre sí estos señores, si comparten el mismo rey, la misma religión y el mismo enemigo común, que somos nosotros?

no puedo pedir a dios que te conserve tanta ingenuidad -respondió sonriendo con un ligero desdén-. los cristianos anteponen su soberbia a todo, incluso a su propio provecho. son capaces de perderlo todo, y hasta de dejarse matar, con tal de perdurar con honra en la memoria de los otros. una atrocidad, como verás. don alonso y don diego representan las dos ramas principales del tronco de los fernández de córdoba; pero la de don alonso es la primogénita. por eso, cuando la segunda se le adelantó en nobleza y nombraron a don diego conde de cabra y más tarde vizconde de iznájar, y aquél siguió siendo sólo señor de aguilar, se le erizaron los bigotes. además, don alonso tenía que casarse con la octava hija de don diego, lo cual hubiera suavizado las tensiones; pero, instigado por el maestre de calatrava, se casó con una hija del marqués de villena, con lo que se rompieron definitivamente las concordias. tanto, que enrique iv intentó en córdoba, en beneficio de la corona por supuesto, que firmaran la paz y se abrazaran. lo hicieron sin convicción ninguna. a los cuatro meses, don alonso, en medio de un cabildo de la ciudad, prendió a dos hijos del conde, y forzó al mayor -otro don diego con el que te tropezarás sin duda- a entregarle la tenencia de alcalá la real, de la que era alcaide, y que es, como sabes, la puerta de nuestra vega; porque entendía que se la usurpaban. en cuanto fue liberado, ese diego desafió a don alonso sin que acudiese al reto, y después apresó y retuvo tres años a un hermano del de aguilar, don gonzalo fernández de córdoba, un buen soldado que se relacionará contigo si algún día ocupas el trono de la alhambra. y, por si fuera poco, cuando se puso en tela de juicio por los nobles la legitimidad de enrique iv, don diego lo defendió frente a don alonso, que tomó el partido del príncipe su hermano. todas estas malquerencias son complicadas de entender; pero considera que entre nosotros hay los mismos recovecos, y tampoco serán fáciles de entender para los cristianos. en política, a merced de los cambios, puedes encontrarte del brazo del que fue tu mayor enemigo el día anterior, y viceversa. yo no creo, bendito sea dios, que ahora finalicen estas luchas tan fructíferas, porque don diego el de cabra es primo hermano de la judía juana enríquez, madre del rey de aragón don fernando, el marido de la reina de castilla, y ese parentesco inclinará a su favor el fiel de la privanza; lo cual enconará más aún a don alonso.

– ¿y que fue del hermano de don enrique iv?

a ése lo asesinaron en seguida.

la reina de castilla es, por lo tanto, hija de don enrique.

no; es su hermanastra isabel. su hija, que parece que no es hija suya y a la que llaman “la beltraneja”, se casó con el rey de portugal.

qué nombre más extraño.

le viene de ser, según se dice, hija del valido don beltrán de la cueva.

– ¿y por qué se casó con ella el rey de portugal?

porque el asunto de las paternidades no es infalible nunca.

hasta don beltrán de la cueva, en el momento de elegir partido, eligió el de doña isabel, la hermanastra, y no el de su presunta propia hija. y es que parece que don beltrán entraba de noche en la cámara regia, pero para acostarse no con la reina, sino con el rey.

no debería contarte tales aberraciones, pero la historia está hecha por los hombres y para los hombres, y las camas importan, en consecuencia, más de lo que debieran. áno sabía entonces hasta qué punto benegas iba a manejar las camas luego, y hasta qué punto dependería el porvenir del reino de las lujurias y las sensualidades.

los ojos de benegas continuaban mirando en el pasado, con la añoranza de una ocasión perdida.

por desgracia, la voluntad de dios no quiso que el reto aquel entre don alonso y don diego se llevase a cabo. habríamos salido del retador o del retado. o quizá de los dos. yo lo había dispuesto todo con minuciosidad. en caso de duda, habría sido preferible salir de don alonso; ya te digo que don diego, el padre del retador, es afecto a nosotros. nos lo suelen enviar como embajador, porque sabe nuestra lengua, y es el que firma las treguas en nombre de sus reyes.

con esto entramos en el segundo punto, el que se refiere a la segunda arma de tu padre.

las treguas, hijo, no son más que un pretexto para renovar fuerzas y para rehacerse económicamente: tal es su fin, y no otro. si uno lo ha conseguido, hayan o no vencido los plazos, vuelve al combate. ninguna tregua llega hasta la fecha pactada: a poco que un bando se vea más recuperado que el otro, lanza sus ejércitos contra él. como comprenderás, no vamos a sujetarnos a una palabra que se dio en un instante de debilidad o de derrota, o por un rey insensato o demasiado cauto. tu padre, en eso, es muy expeditivo, y yo también.

además, las tácitas leyes de la guerra no consideran que las treguas se rompan por ciertos movimientos, que son habituales dentro de la frontera. se reconoce la licitud de atacar ciudades fronterizas, siempre que la campaña no pase de tres días, se convoquen las huestes sin tocar trompetas, no se levanten tiendas, y todo se realice tumultuosa y apresuradamente. o sea, cuando no se trata en realidad de luchas de conquista, sino de amagar y no dar, de destrozar cosechas, de debilitar a la otra parte, y de beneficiarse con lo que logre saquear la expedición.

– ¿y estamos ahora en tregua con los cristianos?

sí, casi siempre lo estamos.

es decir, cuando no estamos en guerra. en junio de 1475, el conde de cabra acordó con nosotros una tregua: desde lorca a tarifa, de barra a barra. revistió un aspecto más serio que las otras, porque le convenía a su reina, por una parte, tener en paz el sur (bastante tenía ella con el norte) y, por otra, cobrar, a ser posible, nuestro tributo, que era muy alto desde la infortunada batalla de la higueruela que nos ganó su padre.

tan seria y tan conveniente fue esa tregua que, día por día, en 1476 vinieron un tal aranda y un tal barrionuevo a firmar otra por otros cinco años. pero tu padre se había fortalecido ya, y a finales del primer año fue al reino de murcia a acongojar cristianos.

porque nuestros súbditos necesitan la acción: una paz demasiado larga los afemina y los invita a conspirar; y además nos vienen muy bien el ganado de los castellanos y el rescate de los cautivos. claro que, en el caso de que te hablo, igual que en muchos otros, los dos mil cautivos que trajimos de cieza y de ricote se convirtieron al islam en cuanto pisaron granada; con lo cual engrosaron nuestro ejército, pero perdimos los rescates: váyase lo uno por lo otro.

– ’sólo dios vencedor’ es el lema nazarí -dije yo exagerando mi devoción-, pero dios está con nosotros en verdad.

no siempre. en esa expedición sí estuvo; en la que le siguió, a cañete, se ausentó. no te ocultaré nada. en aquella tierra no hay agua dulce; los nuestros habían avanzado durante dos jornadas, y el agua que encontraban era siempre salobre. decidieron retroceder haciendo el menor daño posible, tanto para apresurar la marcha cuanto para que los perjudicados no los siguieran en venganza. durante la retirada murieron de sed animales y hombres; muy pocos regresaron vivos. han pasado muchos meses, y ese camino de la sed no se ha borrado de la memoria de los granadinos. de ahí que tu padre proyecte hacer algo inmediato para distraerlos. no debe dejarse mucho tiempo para meditar sobre un fracaso; los fracasos se enconan y se pudren en los corazones de los súbditos. lo que tu padre va a hacer para evitarlo tiene mucho que ver con su tercera arma.

– ¿la de los tributos?

eso es. te agradezco que sigas mi dislocada explicación.

las parias que teníamos que pagar (porque tu abuelo, al materno me refiero esta vez, confirmó el vasallaje con castilla después de la higueruela) eran muy elevadas: veinte mil doblones por año. regateamos hasta veinticuatro mil cada tres; pero aun así lo mejor era no pagar nada. castilla, por un lado, pasa hambre de dinero, porque todo el suyo está en manos de obispos y de nobles; por otro lado, no está en situación de exigírnoslo y obtenerlo por las bravas. de modo que las treguas últimas se han pactado, astutamente por su parte y por la nuestra, sin aludir a los tributos. de aquí a tres días vendrán don juan pérez de valenzuela y don fernando de aranda, de los veinticuatro de la ciudad de córdoba, con cartas de sus reyes. entonces comprobarás lo que te he dicho de que no es prudente dejar dormirse a un pueblo en la amargura.


así fue. recibí una lección que no olvidaré nunca; acaso porque no se me contó ni la leí, sino que la presencié. y porque mi padre, en su puesto de rey en medio de la corte, me pareció grandioso, y me expliqué muchas cosas que no son explicables. áaún hoy continúo convencido de ellas, aunque ya inútilmente.


la tarde anterior los príncipes, desde la torre de la fortaleza, habíamos visto a los cristianos acercarse al palacio donde se alojarían. era una tropilla reducida y silenciosa. no hacía más ruido que el de los cascos de los caballos encubertados con cuero y el de las armaduras. el sol poniente reverberaba sobre ellas.

los criados subían detrás de los seis u ocho señores, cuyos rostros asomaban apenas por los yelmos, y que avanzaban con un halo de hieratismo y altivez que nos sorprendió, acostumbrados como estábamos a identificar la nobleza con un porte menos rígido e inflexible.

dijo yusuf:

parecen muñecos mecánicos a los que hubiesen apretado un resorte para echarlos a andar. creo que debajo de tanto hierro no hay nada.

ojalá no lo hubiese -comenté yo riendo-. en ese caso se habrían terminado las guerras.

y sin guerras, ¿de qué serviríamos nosotros? -preguntó mi hermanastro nazar.

nos hablan desde pequeños en granada del mal gusto de los castellanos; de la tristeza de sus vidas y de sus muertes, referidas a una eternidad amenazadora de la que no tienen testimonios y a la que todo lo sacrifican; de la incomodidad de sus edificaciones de piedra, de las frías espadañas y de las campanas de sus iglesias tan inhumanas; de su mal olor y de su suciedad; de su rechazo de los baños como pecaminosos; de sus vestidos, pardos y rudos, como para estar de continuo en campaña y confundirse con su árido paisaje; de la dureza que persiste en sus gestos hasta cuando pretenden ser amables, y en sus ropas hasta cuando pretenden imitarnos aligerándolas. pero a mí nunca me han parecido inamovibles tales afirmaciones.


a la mañana siguiente el maleh me condujo al salón de embajadores. me situó en el habitáculo del centro, a la derecha y detrás del lugar regio, para que pudiera atisbarlo y oírlo todo. tras las cristaleras se divisaba, vibrante, un albayzín fantástico, pintados sus blancos por los colores del cristal. la corte, fastuosa y resplandeciente, se extendía según el protocolo hasta los rincones del salón. el artesonado de los ocho cielos, arriba, era lo único inmóvil y mudo. yo me entretuve mirando un ánfora dentro de la taca de la izquierda, según se entra desde la sala de las bendiciones.

fresca y bella, aislada y perfumada, como una dádiva de la naturaleza incrustada en aquel minúsculo templo. contemplaba el techo de la taca de madera labrada, su piso de mármol, sus mínimas paredes de cerámica y de estuco; palpitaba a mis ojos el alicatado blanco y negro, y casi no percibía el filo verde, ni las yeserías que semejaban mármol en la fría mañana…

desde el gran arco se esparció un murmullo entre los asistentes: mi padre entraba. se iluminó el salón con su presencia. ¿me miró al acercarse? en cualquier caso, no me vio. se sentó con una dignidad imposible de adquirir. sobre los almohadones, era una inasequible pirámide de oro y seda. a través del encaje de las ventanas que coronan las alcobas, penetraba el día con su luz plateada. yo había empezado a leer en la cornisa más próxima los versos de ibn al yayab:


desde mí te dan albricias, al orto y al ocaso, las bocas de la dicha, de la amistad y el gozo”.


y pensé que, a pesar del lujo que lo disfrazaba, aquello era como el campamento de una tribu nómada: la cercanía del oasis representado por la alberca del patio con sus arrayanes, las pequeñas jaimas confluyendo hacia la alcoba del sultán, la cúpula inmensa en que se reflejaba el cosmos y los símbolos celestes. ibn jaldún se avergonzaría al comprobar hasta dónde habían decaído las virtudes beduinas: si hicieron esto con su vigor nativo, con su desarraigamiento y con su arquitectura de tapial, ¿qué quedaría de sus ideales, de su austeridad y de su fe?

cuando aparecieron los cristianos me imaginé que ellos se hallaban más cerca que nosotros de aquellas antiguas costumbres. y me estremecí; pero seguí leyendo:


arriba se despliega la cúpula excelsa; nosotras somos sus hijas; no obstante, me cabe a mí más gloria y más honor, porque soy el corazón y ellas los miembros, y del corazón sacan su fuerza el alma y el espíritu”.


los cristianos se inclinaron en una sola reverencia, y mi padre les mandó alzarse con un gesto de los dedos. lo vi destelleante y único como el sol.


si mis hermanas son los signos del zodíaco, en mí y no en ellas es donde el sol esplende” -decía, en efecto, la inscripción-.

mi señor yusuf, valido de dios, me ha revestido con galas de honor y de honra incomparables.

me convirtió en el trono del reino, cuya gloria custodian, por la luz, el asiento y el trono celestiales”.


la luz acariciaba y se multiplicaba en los brocados, se entretenía en los oros, se deslizaba sobre los marfiles. los cristianos rebullían, desconcertados, en medio de aquel cuadro; pero sólo unos instantes, hasta que mi padre les dio permiso para hablar. entonces las cabezas y los tocados de los cortesanos se ladearon, convergieron o se separaron entre bisbiseos.

de los cristianos únicamente dos llevaban barbas. casi ninguno tendría más de treinta años. por su tez clara, todos parecían rubios. se habían vestido, para destacar menos, con lujosas ropas de tonos vivos. sin embargo, se adivinaba bajo ellas el almidonamiento del que se encuentra incómodo; sonreí al descubrirlo. detrás de los dos embajadores, me llamó la atención el dueño de unos ojos vivaces en un rostro armonioso, rodeado de una corta melena de color castaño.

un muladí inició su tarea de trujamán. yo di con cautela dos pasos para ver mejor el perfil de mi padre, concentrado y benigno al mismo tiempo, impenetrable y amistoso. y comprendí que las monarquías son hereditarias porque se tarda mucho en aprender ciertos gestos; porque no se improvisa la majestad, sino que se lleva en la masa de la sangre. traducía el muladí: mi padre había mandado sus embajadores a sevilla para firmar una tregua; pero exigió que fuera reconocida su parigualdad con los reyes cristianos, y que la firma fuese de poder a poder, sin haberles otorgado autoridad para obligarse al pago de tributo ninguno.

los embajadores presentes, encargados de confirmar las treguas ahora en granada, reclamaban el cumplimiento de los antiguos compromisos de vasallaje y el pago de las parias atrasadas, e invitaban a mi padre a que en las nuevas cláusulas de paz constaran los tributos de sumisión correspondientes.

el discurso fue extenso y sinuoso. el orador no se atrevía a expresar con absoluta claridad lo que debía expresar. con un fruncimiento de cejas, lo animaba el intérprete a dejarse de circunloquios en una corte donde los circunloquios eran la norma. se escuchaba, impreciso, el murmullo de los comentarios cortesanos. un asomo de sonrisa aleteó en la boca, carnosa y algo infantil aún, del dueño de los ojos vivaces. su nariz y su frente eran ya adultas; pero su boca y su barbilla, no.

– ¿quién es? -le pregunté a el maleh en un susurro.

gonzalo fernández de córdoba -me contestó-: la esperanza cristiana.

todo lo detuvo un parpadeo de mi padre, que suspendió a la concurrencia, e hizo trastabillar al trujamán. apenas concluida la perorata, mi padre levantó con irresistible lentitud la cabeza. la corte entera se dispuso, cambiando de postura, a escuchar otro largo discurso de respuesta: un discurso más largo que el de los embajadores, en el que mi padre aplazara las treguas, escondiera su voluntad entre enjoyadas frases, se justificara, y agotase la atención de los oyentes para poder, con más facilidad, burlarlos. sin embargo, mi padre, brillándole igual que ascuas los ojos verdinegros a los que tanto se asemejan los míos, sencillamente dijo:

trasladad mi contestación a quienes os envían: ‘han muerto ya los reyes de granada que pagaban tributo; también han muerto los reyes de castilla que los recibían’. y añadid: ‘en las cecas en donde se acuñaba la moneda de las parias, se forjan hierros hoy para impedir que se sigan pagando’.

ahora -agregó levantándose-, tened a bien, señores, aceptar mi hospitalidad.

mediaba el mes de enero, y era el frío muy grande. yo no lo había sentido en toda la mañana. al final, casi sentí calor.


no bien transcurrió un mes desde la partida de los embajadores cuando mi padre convocó a los príncipes a la sala del consejo.

cuando llegué yo con benegas estaban ya reunidos los demás visires y los altos cargos de la cancillería. con la mano y una sonrisa me saludó mi tío abu abdalá.

la única manera -comenzó mi padre, y me miraba- de que nos respeten los cristianos es demostrarles nuestra fuerza. granada estuvo con frecuencia regida por sultanes blandos cuya pasión era disfrutar de todos los placeres con menor o mayor mesura, y hasta sin ella.

hemos de probarles que esa parte de nuestra historia ha concluido.

como primera providencia, me propongo hacer un recuento de las tropas de que disponemos, y exhibirlas en un alarde que enorgullezca a nuestro pueblo. porque temo que esté más convencido cada día de que asiste al ocaso andaluz.

mandó abrir un mapa que se hallaba plegado delante de él, y prosiguió:

me he ocupado de que nuestros castillos fronterizos se aprovisionen bien. innumerables son las torres atalayas que avizoran los movimientos de los cristianos, que tanto las codician. aquí veis los límites protegidos del reino: por el sur, desde vera hasta algeciras; por el este, guadix y baza; por el norte, las fortificaciones que lindan con jaén y su territorio; por el oeste, desde la serranía de ronda hasta el estrecho. por mi orden, se prenden en las torres vigías cada noche fogatas que alientan y reposan los ánimos de los vecinos al comprobar que su emir se desvela por ellos.

mi voluntad es abrir una época en que, de la atolondrada defensiva con que hasta hoy nos hemos conformado, pasemos a una ofensiva que se lucre de las penosas circunstancias en que se desenvuelve el enemigo.

de ahí que, para hacer visible mi decisión, proponga ese alarde grandioso -se plegaron sus párpados; no se puede decir que sonriera-. sin ocultaros que tal exhibición y su gran costo justificará ante el pueblo los nuevos impuestos que preveo y que la coyuntura legitima.

desoyendo la última frase, intervino mi tío:

– ¿no será muy expuesto concentrar en granada los ejércitos?

la ciudad rebosa de espías que, al mismo tiempo que nuestro poderío, transmitirán la debilitación de la frontera durante los desfiles.

el alarde se hará en fechas sucesivas, y no desguarneceremos ninguna plaza totalmente. se realizará, y os lo comunico para que así lo dispongáis, en el primer mes del nuevo año. mientras dure, será fiesta en granada. se admitirá en ella a los habitantes de los pueblos cercanos, y los demás gozarán de turnos y de festividades. se habilitarán fondas y mezquitas. desde los extremos del reino concurrirá lo más selecto y bravo de nuestras huestes. y, en la puerta de los pozos, yo presidiré cada mañana los desfiles -su rostro brillaba y parecía haber aumentado su estatura-; saludaré a mis generales y a mis soldados, y seré saludado con fervor por ellos.

nos reconoceremos todos y nos abrazaremos. el contagio de nuestro calor y nuestra fraternidad entusiasmará al pueblo. y nos bendecirá dios, puesto que somos los paladines de la fe.


desde ese mismo día se iniciaron los preparativos. se dispuso un estrado con escalones en la puerta algodor, no lejos del campo donde los caballeros jugaban a la tabla y a la sortija. la población heterogénea de los zocos, que es la primera en reunirse cuando hay una festividad entre nosotros, comenzó a subir las laderas de la sabica: vendedores ambulantes, prestidigitadores, narradores de historias, equilibristas, mendigos, domadores de animales, encantadores de serpientes, ciegos y lisiados verdaderos o falsos con sus escoltas infantiles, casamenteros, dueños de garañones para cubrir las yeguas, todo el mundo abigarrado e innumerable que se había tratado de reducir a la alcaicería o al zacatín de la ciudad.

hasta nuestras habitaciones de la alhambra ascendía, desde el amanecer, el sordo ruido del gentío que aumentaba cada mañana. allí mismo, de día en día más cerca, se rezaban las oraciones, se verificaban los contratos, se administraba justicia, e incluso se impartían las clases de la madraza. y mi padre, antes del mediodía, comparecía ante el pueblo en el pabellón construido por los alarifes, y nos hacía comparecer a nosotros para que el gentío conociera y se acostumbrara a sus jóvenes príncipes.

yo, por las tardes, me acercaba a la puerta de los pozos, a menudo con mi tío, que meneaba dubitativo la cabeza ante el batiburrillo alborotado y vociferante en que la celebración se concretaba.

apoyaba su mano sobre mi brazo o sobre mi hombro: yo había crecido y era casi tan alto como él. a su cargo se hallaban entonces las tropas mercenarias, ya decaídas, pero que fueron durante mucho tiempo el sostén -y el peligro- del reino. al principio se redujeron a los voluntarios de la fe; luego se acrecentaron con los rebeldes y los descontentos de los sultanes africanos: gente tosca, altanera, permanentemente descontentadiza y muy propensa a asonadas y a pronunciamientos. su comandante había de ser esencialmente fiel; mi tío resultaba el más idóneo con creces.

(yo oscilaba entre admirarlo más por su gallardía y su valor, o por su fidelidad.) a esos turbios soldados los cristianos solían llamarlos los gomeres, y ellos dieron su nombre al palacio de las recepciones.

el ejército de los andaluces -desde el algarve a la ajarquía habían acudido todos a la convocatoria del emir- inauguró, con su animación y su gracia de siempre, la primera jornada del alarde. a su cabeza, aliatar, el alcaide de loja, el anciano más garrido y más amado del reino, el padre de moraima, que había de ser mi esposa y yo aún no conocía. lo recuerdo a caballo, erecto lo mismo que un alminar, arrogante y de blanco, besuqueándole el viento el rapacejo de su almaizar. se aproximó al estrado. mi padre, sobre un caballo negro azabache, ante tres alazanes de respeto que sostenían por la brida tres esclavos negros, le dio la bienvenida con los ojos.

aliatar se inclinó para besarle la rodilla. mi padre lo contuvo y lo abrazó con gesto cariñoso.

el ejército estaba al mando de los amires o generales, que conducían las grandes banderas, cuyo contingente era de cinco mil soldados. bajo ellos, los caídes, que mandaban las pequeñas banderas, de mil hombres cada una; después, los estandartes, de doscientos hombres; las banderolas, de cuarenta, y los banderines, de ocho cada uno. las telas de colores brillantes cantaban y gallardeaban con la brisa.

la multitud vitoreaba a los caballeros, excitada y contenta de pertenecer a un reino que poseía tan hermosos caballos, tan ágiles jinetes y tan disciplinadas compañías. los caballeros andaluces procedían de las distintas ciudades y, dentro de ellas, de barrios o de tribus diferentes, cada cual con su enseña y sus guiones. sus paisanos eran los fervorosos cantores de sus glorias, los incesantes ponderadores de sus méritos, y apostaban con los de otros lugares a quién correspondería la mayor perfección en el desfile.

tras los andaluces, la mezcolanza de pasos, teces y músicas de los gomeres. después, la guardia personal del sultán, la más rígida y respetada de las formaciones, constituida por renegados de origen cristiano, con túnicas blancas y capotes negros. y detrás de ella, los monjes guerreros, que habitaban en ermitas fronterizas, o en morabitos dedicados a algún santo o un mártir. los asistentes enmudecieron ante su aire huraño, su aspecto descuidado y polvoriento, el fanático brillo de sus ojos, y el modo desatento y soberbio con que gobernaban sus cabalgaduras…

junto a mi tío, que me daba noticia de las hazañas de cada cual, de la tribu a que pertenecía y de la gloria de sus antepasados, yo los unía a todos dentro de mí con lazos casi de sangre, como una familia construida por el compañerismo y la admiración mutua.

no sólo se acrecentaba cada mañana la multitud de los espectadores, sino que parecía acrecentarse la de los que habían de desfilar ese mismo día o en otros sucesivos.

en cada grupo rompía primero la caballería pesada o de línea; después, la ligera; luego, la infantería de ordenanza, seguida por los espingarderos, en proporción de uno por cada diez lanzas, y por los carros que transportaban la artillería gruesa y la menuda.

ése es el secreto de la victoria en las guerras futuras -decía mi tío-, pero tu padre se inclina más hacia lo más vistoso: la caballería, las trompetas, los atabales, los infantes. o sea, por el alarde. ahí está, y es preciso, qué le vamos a hacer.

cada grupo lo cerraban los cautivos que empujaban arietes, catapultas, manteletes y castillos de asalto. y era tal el conglomerado de ropas, banderas, lienzos, capas ondulantes, marchas y armamentos, que yo, que nunca había soñado, soñaba cada noche con ellos, un poco borracho por el olor de los aceites fritos, los pregones, las risas, las peleas, y el permanente hervidero bullicioso que trepaba por las faldas de la sabica hasta estrellarse contra los muros de la alhambra.

mi madre, que había asistido los primeros días provocando la fogosidad de espectadores y soldados, dejó de asistir luego con la excusa de que el embrollo que rodeaba al alarde le producía dolor de cabeza. supongo que en realidad fue porque comenzó a aparecer en el estrado, a pesar de su notable embarazo -o quizá por él-, soraya, cuya belleza y cuyo vientre fascinaron al pueblo, tan tornadizo. y también influyó que a mi madre, como a mi tío, le interesaba más, en cuestiones de guerra, la eficacia que la exhibición, y el espectáculo que se nos ofrecía lo consideraba tan bello como inútil.

el pueblo, mucho más numeroso que de costumbre en la ciudad, entregado a su propio desenfreno, y aflojadas por no descontentarlo las riendas de su policía, empezó a cometer desmanes más abundantes cada día y más graves. las reyertas entre gentes bebidas, el aprovechamiento de las aglomeraciones para hurtar las bolsas, y del abandono de las casas para robar los ajuares, la falta de respeto por las leyes y las fidelidades del mercado en medidas y en pesos, hicieron que el almotacén tuviera que prodigarse a todas horas, ampliando tanto sus dependencias como sus atribuciones. y a tal extremo llegaron los desórdenes, las cuchilladas, los desafueros, las embriagueces y las quejas de los faquíes y de los imanes, que hubo mi padre de volver sobre sus propias decisiones, y abreviar decepcionado los desfiles. señaló el 25 de abril como el último día, y, por tanto, el más concurrido y el que había de resumir el alarde completo y la comparecencia de todas las representaciones.

no lo olvidaré nunca. a medida que concluían su desfile, los generales y altos jefes permanecían en el estrado presenciando los desfiles siguientes. era azul la mañana y radiante. una suave brisa, que provenía de la sierra, apenas refrescaba el calor que se iba apoderando del campo. los esclavos batían mosqueadores de seda sobre las personalidades, tanto para espantar las moscas cuanto para aliviarnos del polvo y de un cierto bochorno que se insinuaba.

la muchedumbre era inmensa. el mediodía espejeaba en las bruñidas armaduras, en las sobrevestes de gala, en los paramentos de los corceles, en las primorosas espadas y lanzas y adargas labradas con ataujías de oro y plata. en ese instante pasaba ante nosotros la milicia de baza. rememoré los versos de ibn al yayab para una fiesta de los sacrificios:


es como si los brillos de las espadas fuesen relámpagos y los relinchos de los caballos fuesen truenos”.


nunca lo hubiese hecho: una menuda nube, que por momentos velaba afortunadamente al sol, se hinchó de repente, se ennegreció, y, sin darnos tiempo a considerar qué sucedía, el aire se convirtió en agua. una lluvia espesa, clamorosa, sombría y despiadada se desplomó sobre nosotros. en un momento todo fue barro, resbalones, caídas, atropellos, desbandadas.

las sombrillas dispuestas para cobijarnos del sol, no nos protegían de las cataratas que descendían del cielo. los funcionarios encargados del protocolo se ocuparon, mal que bien, de que el sultán y las concubinas fuesen puestos bajo techado lo más pronto posible. tras el desconcierto que siguió a las risas y bromas y blasfemias con que el chaparrón fue recibido, la gente comenzó a percibir su seriedad. se escuchaban gritos de las madres separadas de sus hijos, el llanto acobardado de los niños, la ira de los vendedores que trataban de recoger sus mercancías, los alaridos de los pisoteados por quienes escapaban, la impotencia de todos. casi en seguida empezó a subir desde el genil el ensordecedor tumulto de las aguas. las barreras, que se habían instalado para proteger de los caballos a la multitud, fueron arrastradas y asestadas por las aguas como un arma mortal. se veían cuerpos inanimados, animales ahogados, ropas sueltas, babuchas, caballos sin jinete, jinetes desmontados por sus corceles, y una turba enloquecida y desbocada que buscaba ya sólo su propia salvación como en la más cruel de las derrotas, pasando por encima de ancianos, de mujeres, de niños, de bienes y destrozos. el gentío que ocupaba las zonas más altas intentaba bajar a sus hogares, y el que estaba abajo intentaba subir, ante la crecida de las aguas, a los puntos más elevados, con lo que se suscitaban sangrientos conflictos, en una lucha descarnada y pavorosa por la supervivencia. la avenida desbordó el darro en la ciudad, y su impetuosa corriente arrasó casas, tiendas, mezquitas, las alhóndigas que se le oponían. se derrumbaron los edificios más sólidos, y de los puentes no quedó sino el arranque de los arcos. los árboles desarraigados se apilaron cegando la luz del puente mayor, y, contrariado el furor de las aguas, éstas invadieron barrios, comercios y viviendas. la tromba arrasó los cementerios, deshizo tumbas, desenterró cadáveres. entre truenos, relámpagos y rayos, naufragaba granada bajo una maldición indescriptible…

hasta que dios, compadecido de ella y de sus moradores, abrió paso a las aguas destructoras por cauces, calles y puentes, y las forzó a salir fuera de las murallas. al día siguiente, amainadas las asesinas, se contaron los daños incontables. la avenida sobrepasó los tejados de las casas de la ribera. miles de familias habían perdido padres, hijos, hogares y parientes. la riada y la lluvia habían inundado y destruido cuanto se interponía en su camino, y anegado la gran mezquita, las calles del comercio, la alcaicería, los zocos de los herreros, de los silleros, de los joyeros, de los alcorqueros. el río había asolado almunias, alquerías y almazaras.

todo se había perdido. todo era desolación y escombros. la ciudad aparecía engullida y hecha trizas por la catástrofe; el luto se había instalado como un sultán siniestro sobre ella. en los aires ya límpidos se cernían, formando negras coronas, las aves carroñeras.


yo, sin embargo, guardo de aquel día un recuerdo muy especial.

cegado por las cortinas de agua, después de haber tratado de localizar a mi tío y a mis hermanastros, separado a empellones de yusuf, desperdigada toda la familia real como un terrón de azúcar que se deslíe en un vaso de líquido, corrí sin saber hacia dónde, y, en lugar de introducirme como hicieron los otros en el recinto de la alhambra a través de la puerta de los pozos, me forzaron a descender camino de la explanada, y, presionado por la gente que chocaba entre sí, fui conducido hacia el barrio de los mauritanos, o quizá hacia el de los antequeranos.

avanzaba sin poner los pies en el suelo, y, en un momento en que se descongestionó algo la multitud, me vi extraviado por unas callejuelas tortuosas que nunca había recorrido antes. escuchaba los alaridos del pueblo que, desdichado y anónimo, tropezaba conmigo sin hacerme caso, y, al volverme para tratar de orientarme por las torres de la alhambra, que desde aquel lugar no divisaba, choqué contra alguien que me pareció una muchacha muy joven.

el cielo estaba de color alquitrán, y era como de noche. vi su cara a la luz de un relámpago, o vi sus ojos sólo. el trueno que siguió fue tan aterrador que la muchacha se lanzó a mis brazos. yo la apreté contra mí porque era el primer ser humano no hostil, el primer ser individualizado que sentía desde que comenzó el diluvio. permanecimos unos instantes -los interminables que duró el trueno- abrazados. el agua, que nos llegaba hasta las rodillas, nos empujaba calle abajo. ella tiró de mí. me hizo entrar en una casa unos pasos más allá, en la misma dirección de la corriente. yo, descalzo, deduje que atravesaba un zaguán terrizo, un patio oscuro hacia la izquierda y el arranque de una escalera muy pina y muy estrecha, por la que subimos. llegamos a un mirador, o a un palomar.

no se veía: la falta de luz y las aguas torrenciales lo impedían. la mujer se dejó caer al suelo, y yo, tanto por agotamiento cuanto por no estar de pie en la tiniebla, también. casi caí sobre ella. olía a especias y despedía calor. imaginé que de sus ropas brotaba un vapor tenue. se oyó un aleteo de palomas azoradas. yo pensé: ‘todos somos palomas azoradas’. la muchacha, temblorosa, me oprimió con fuerza, o mejor, se oprimió contra mí, y luego inesperadamente me besó con voracidad, como si le fuera en ello la vida. los labios, las mejillas, los ojos, la nuca. sus manos recorrían mi cuerpo; se clavaban en mi carne sus dedos. tuve la intención de levantarme y huir, pero ¿adónde? el agua chapoteaba en el tejado; se vertía igual que una cascada entre los postes que lo sostenían. la muchacha se incorporó, desbarató lo poco que sin desbaratar quedaba de mis vestidos, metió mi pene dentro de su boca, y, con un gesto brusco, colocó mis manos sobre sus pechos, que eran menudos y duros. yo pensé: ‘son como palomas azoradas’. entendí que su actitud era una rabiosa reconciliación con la vida, o acaso un adiós, en medio de la catástrofe cuyas verdaderas proporciones ignorábamos. y, al entenderlo, me pareció que todo el descabalo de fuera pudo haber sido provocado para producir aquel encuentro. la muchacha y yo no habíamos hablado.

yo desconocía su condición, su raza, su nombre, sus facciones y su voz. desconocía en qué casa estábamos, y si saldríamos vivos de ella. de momento, la vida se desperezaba y abultaba entre mis piernas. y dejé de pensar. cuando entré en la muchacha -no había entrado en ninguna mujer hasta entonces- ella gritó. su grito me hizo recuperar la conciencia y retroceder; pero ella, con un golpe de caderas, se confundió conmigo.

después de haber poseído el suyo, se abandonó mi cuerpo al cansancio no sé por cuánto tiempo. escuché, como si fuese lejos, un crujir de maderas. el extremo más distante del tejado se desbarató, y la lluvia inundó el lugar en el que yacíamos. a la muchacha y a mí nada nos importaba. yo me hallaba en la más ardiente de las vigilias, y soñoliento, no obstante. todo me resultaba irreal y tangible. giré mi cuerpo, que en cierta forma parecía haberse desprendido de mí, y volví a poseerla. oía su jadeo, ¿o era mi jadeo el que oía? me había desinteresado del mundo, de las calamidades, de los gritos que se elevaban mojados desde la calle.

cuanto hasta entonces me definía era improbable, remoto y sin sentido; me había olvidado de todo -padre, madre, alarde, ejércitos, granada-, menos de aquel presente, apremiante y cálido, reducido al cuerpo de una muchacha que se bebía y devoraba el mío una vez y otra vez. era como si estuviésemos solos en una barca en medio de la mar. amenazados por la desaparición y por la muerte, nos había asaltado la recíproca urgencia de gozar. no éramos sino dos náufragos que se amparaban uno en otro, y se reconocían dándose placer. por las gateras quizá, o por las piqueras bajas de las palomas, se achicaba el agua casi insensiblemente. una luminosidad amarillenta comenzó a dejar ver aquel lugar inverosímil. adiviné el cuerpo que acezaba junto al mío. me pareció el de una niña, pero, sin saber por qué, comprendí que no lo era. casi con crueldad, lo poseí de nuevo.

después, exhausto, debí quedarme un momento dormido. entre sueños seguí oyendo el furor de la lluvia.

luego, en un duermevela, percibí que amainaba. la disminución del estruendo casi me despertó. alargué la mano para acariciar el suave cuerpo de la mujer, pero no estaba.

su ausencia me despertó del todo.

me senté en el suelo y no vi a nadie. por un instante, dudé de que alguien hubiese estado allí conmigo. más tarde, muchas veces, he pensado que no. me levanté tambaleándome. la lluvia había cesado.


a partir de aquel desastre todo cambió en granada. el pueblo, por sí mismo y por sus imanes, se convenció de que lo sucedido era un castigo con el que dios había sancionado la soberbia de mi padre.

el propósito de éste, que no era sino el de deslumbrar a sus súbditos en vista de los impuestos y de las campañas del próximo verano, fracasó. hubieron de aumentarse, con otra finalidad muy distinta, los tributos, y reducirse las pagas. la reconstrucción de lo destruido ocupó la atención de todos.

el pasado le pudo al porvenir: las muertes habían sido demasiado abundantes. la ciudad entera se sintió descontenta y sin ánimo. los militares profesionales tuvieron que vender sus armas, y hasta sus caballos, para poder comer. los astrólogos y los adivinos deducían los más negros presagios. una sombra de desaliento y de pesimismo se extendía alrededor de la sabica, de colina en colina. la tempestad, a la vez que el alarde, se llevó tras de sí las ilusiones y las esperanzas. y mi padre, incapaz de reaccionar y sin fuerzas para resarcirse del infortunio, se deslizó por una cuesta abajo que le arrastraba hacia la perdición.

ése fue el momento que aprovechó soraya para imponer su dominio. ella se convirtió en la única criatura que continuó tratando a mi padre sin recriminaciones, ni tácitas ni expresas. lo agasajaba y fingía venerarlo como el hombre fuerte que había sido. abul kasim benegas y ella llegaron a un acuerdo. mi padre, salvo momentos esporádicos, más espaciados cada vez, abandonó el gobierno en manos del visir, y se refugió en los brazos de la favorita, que ya le había dado su tercer hijo. cada día soraya le arrancaba un nuevo privilegio a costa de mi madre; cada día, un nuevo bien para sus descendientes. la prosperidad de un súbdito dependía del grado de amistad o de sumisión que lo ligase con el visir o con la joven sultana. los personajes de la corte medraban o se hundían según su devoción a ambos omnipotentes. y ante tal situación, agravada por el recuerdo del pasado, nada tenía trascendencia: era fugaz la vida, y el presente nuestro único bien. yo rememoraba la enajenada avidez que me había asaltado en aquel palomar la tarde misma de la aniquilación.

para mi madre era la hora de su venganza: cuanto antes se produjera el resentimiento y el hastío del pueblo, antes se produciría su rebelión. por eso espoleaba las locuras de mi padre y soliviantaba a los insatisfechos. y decidió entretanto casarme con moraima para poner de nuestra parte -de su parte- al honrado aliatar.


voy a contar algo que, cuando comencé a escribir estos papeles, me propuse silenciar. si mi designio es contradecir las mentiras ajenas, he de decir la verdad en lo que a mí me afecta.

desde la desgracia del gran alarde hasta la toma de alhama todo es confuso para mí; porque yo mismo estaba confuso. fue cuando me enamoré por vez primera, si es que aquello era amor, o si es que ha habido otra, o si es que uno no se enamora siempre por primera vez.

no tuve suerte, ni creo que sea una suerte enamorarse. en el amor hay siempre un amo y un esclavo, y, cuando el amor subvierte las posiciones de la realidad, todo lleva más de prisa al fracaso. ahora sé que la vida no es esto, ni aquello; ni mi vida, ni la de otro cualquiera, sino un todo, y cada uno ha de responder de ese todo, que es lo que la hace avanzar. sin embargo, entonces yo sólo tenía ojos para mi amor. los tenía vueltos hacia el interior, de modo que me era imposible fijarlos en otro sitio que en mi propia herida por la que respiraba, y los avatares del reino, tan decisivos de lo que vino luego, no conseguían despegármelos de allí. porque, cuando uno ha llegado al amor, bueno o malo, y ha bebido y jugado con él, y ha sido acribillado por él, y alguna vez se ha reído, por sorpresa, mientras convivía, ¿adónde ha de mirar?

hoy no estoy ya seguro de que el tiempo transcurra y de que no seamos nosotros los que en él nos movemos con torpeza. quizá me conviene pensar así, no sé. hay momentos que, si se intenta repetirlos o volverlos a gozar y sufrir, aunque sea sólo en el recuerdo, desaparecen por completo como si no hubieran existido jamás. mientras vivimos el presente no lo percibimos. igual que, si miramos un rostro desde demasiado cerca, no podemos abarcarlo entero: vemos arrugas que de lejos no veríamos, o el matizado color de los ojos, o la implantación de las cejas, o el sabroso alabeo de unos labios; pero ¿es eso un rostro? es preciso que el presente se transforme en pasado y que nos distanciemos de él para entenderlo. y entonces ya no existe: es sólo una turbia fuente de recuerdos, una baldía tentativa de resucitar lo que murió. (lo que murió quizá con la esperanza de que nosotros, al evocarlo, estemos también muertos.) pienso si la muerte no será un largo día de hoy construido con todos los días pasados, con todos los antiguos días ya inmóviles, ya explicables, y ordenados igual que en un tapiz los hilos, cada uno por fin en su lugar.

si hoy presto oídos, escucho una música que viene de muy lejos, del pasado también, de cuanto ha muerto, de horas y signos distintos a los de hoy, y de otras vidas.

quizá la nuestra -y nosotros mismos no somos otra cosa que ella- no sea más que tal música. porque todos fuimos alguna vez mejores, o más felices y más dignos. no obstante, toda música cesa. hasta en nuestro recuerdo toda música cesa.

¿de dónde surgió aquel extraño sentimiento? ¿por qué me aguardaba, agazapado tras los mirtos, aquel día de mayo? se asegura que mayo es el mes del amor; yo no conozco un mes que no lo sea. el amor, aunque yo tardé mucho en darle nombre, se derramó como un perfume por mi vida, llenando días, meses, años, de su olor; impregnando cada pliegue de mi ropa, cada sonrisa, cada tristeza mía; tiñéndolo todo con sus tonos de flor o de llaga; apartándome y desinteresándome de cuanto no fuera él; transtornando las perspectivas y las formas; convirtiendo en esclavo al amo y viceversa. porque cada amor -luego lo he aprendido- trae su propia dicha; pero a la pesadumbre de un amor se añaden las pesadumbres de todos los amores.

qué injusto es eso. las heridas cicatrizadas vuelven siempre, despacito, a sangrar. y aquel primer amor no ha dejado de dolerme todavía.

de la nada brotó, de una tranquila noche. áfue en la galería más próxima a la última habitación del palacio de yusuf III que vi al irme para siempre de granada mucho más tarde. de la nada brotó, de una mañana clara. ¿quién podría decir el instante preciso en que empieza a tramar sus telas de araña el destino? alguien se cruzó conmigo cerca de aquella habitación. primero oí una voz, no limpia ni totalmente hermosa. lo que la valoraba era que, dentro de ella, se desplegaba algo, igual que un ala que aún no ha empezado a levantar el vuelo y ya está el vuelo en ella. oí la voz. cantaba:


los secretos del amor sólo están en la mirada.

unos bellos ojos ves que un hechicero creó, y, cuando se van, se llevan tu razón y tu dominio.

tu corazón has de ver maniatado y en prisión”.


cantaba un muchacho, al que el bozo aún no le sombreaba las mejillas. me sonreía desde el otro lado de la alberca. inclinó la cabeza en una reverencia, y, cuando iba a dejar de verlo porque continuaba mi camino, cortó un tallo de jazmín y se lo puso entre los dientes. no pasó nada más.


el empobrecimiento y la agitación del reino aumentaban sin cesar. se recibían noticias de que los abencerrajes se conjuraban contra mi padre en los territorios cristianos. no había tarde en que mi madre no me enviara, desde su casa del albayzín, alguna queja contra la favorita.

tu herencia está en el aire.

si no obras con rapidez y audacia, el trono lo ocupará un hijo de esa renegada. no puedes tolerarlo. y, en el caso de que puedas tú, yo no lo haré.

subía hasta la alhambra -incluso yo, absorto en mis lecturas, lo escuchaba- un desasosegado rumor de algarada. pero, como siempre que sucede algo culminante en mi vida, yo estaba distraído en otra cosa; esa vez, como quien ha enfermado sin saberlo. tardé bastante en reparar con cuánta frecuencia venían a mi memoria los ojos del muchacho cantor y su gesto al morder el tallo del jazmín.

comencé a escribir poemas que -eso creía yo- lo tomaban sólo como pretexto. escribía encima las cansinas falsillas de los versos académicos y nada humanos de nuestra poesía, en la que los poetas se manifiestan desentendidos de lo que hacen, igual que rutinarias bordadoras. ‘grandes sucesos -pensaba yo- ocurren a su alrededor (asesinatos, adulterios, muertes de amor, guerras, espantosas venganzas), y los poetas se limitan a hablar de narcisos, de jacintos y rosas’. e incurriendo en el mismo defecto que ellos, mientras crujían los cimientos del trono, inspirado por un pobre muchacho, yo escribía poemas.

sólo pasado el tiempo me di cuenta de que los escribía con el jugo agridulce de mi corazón.


durante el mes de junio vino de almería husayn. desde aquella noche en su casa, tan desigual para los dos, había mantenido con él un trato muy somero. ahora ascendía en una rápida carrera de secretario. dio una fiesta para yusuf y para mí. yo comprendí que nos halagaba como hijos del sultán, y que sus atenciones eran bastardas; pero fui. en aquella zambra cantó, entre otros, el muchacho al que yo dedicaba mis versos; sin embargo, me pareció inferior al objeto de ellos, como les acaece a menudo a los poetas vanidosos. lo encontré vulgar y gris. ni sus ojos eran tan grandes, ni su mejilla tan florida. no cesaba de sonreír, y al parecer contaba con la simpatía de todos. comprobé que su voz había perdido la nitidez de las voces infantiles, y aún no estaba afirmada. sin duda, eso fue lo que me produjo la impresión de falta de limpieza cuando lo oí junto a la alberca.

canta como una gallina clueca -comenté-. ¿quién es?

ya lo conoces -me repuso husayn-. es jalib, el que cantó la noche en que se inició nuestra amistad. entonces era un niño.

ahora ha abandonado la fragua de su padre, y canta por las fiestas de la corte. me extraña que no hayáis coincidido -y, con cierta malicia, agregó-, ¿o sí habéis coincidido? parece que te mira de un modo algo especial.

ni he coincidido -contesté heladamente-, ni me gustaría coincidir. ¿cómo has dicho que se llama?

jalib.

pues dile a jalib que se calle. mejor hará llenando nuestras copas. -sentía una sorda e injustificada irritación contra el muchacho que iba de fiesta en fiesta, y no logré disimularla-.

es provocativo y engreído. a la gente que sólo sirve para divertirnos hay que ponerla en su lugar.

– ¿y cuál es su lugar? -me preguntó riendo husayn.

el muchacho concluyó de cantar:


si vieras cómo es de guapo el mozuelo que yo quiero.

tiene unas largas pestañas semejantes a saetas, y, en los labios, una rosa; pero no alargues la mano: con la boca hay que cortarla”.


se acercó jovialmente a servirnos con una jarra de cristal.

noté un vacío en el pecho: el aire me faltaba. tendí mi copa mirando hacia otro lado, desdén que cortó la rosa y la sonrisa de su cara.

para volver a cantar -le advertí-, deja pasar un par de años.

ahora no tienes ya la voz de niño, y todavía no la tienes de hombre.

como mandes, señor. no volveré a cantar hasta que tú lo mandes.

al verter el vino, había salpicado la mesa.

has manchado el mantel.

el vino derramado es presagio de alegría -murmuró, y su sonrisa renació en la comisura de los labios, curvados hacia arriba con delicada gracia.

un criado ha de servir el vino, no la alegría de los invitados.

‘¿de qué me estoy defendiendo, y tan mal?’, me preguntaba.

le reclamaron de otro grupo, y se alejó en silencio. bromeaban con él, lo acariciaban. era muy querido por todos, según pude observar. él repartía besos con gentileza, amable y dadivoso de sí mismo. sentí una punzada que no había sentido nunca antes, y una devastadora ira también. no era amor, desde luego. ¿o era amor?

los días y las noches se acumularon sobre mí sin otro propósito que el inexplicable de encontrarme de nuevo con el joven cantor, o copero, o lo que fuese. se deslizaban en torno mío los acontecimientos sin dejar huella, ni rozarme apenas. yo quería encontrarme con jalib, pero sin provocar el encuentro, sin confesarme siquiera a mí mismo que lo deseaba más que ninguna otra cosa. fingí que me olvidaba de él y de su nombre: qué difícil de engañar es uno mismo; porque iba a todas las fiestas a que se me invitaba con la recóndita intención de verlo. entretanto, mi madre insistía en sus advertencias cada vez más ominosas, y me reprochaba que disipase mi tiempo -’igual que tu padre’- en músicas y zambras. nuestras tropas sufrieron la derrota de montecorto, que ensombreció aún más a los habitantes de granada; sin embargo, los rondeños lo habían recuperado, lo cual alegró a todos menos a mí, que procuraba olvidar a jalib, y por momentos lo conseguía, o al menos de eso intentaba convencerme; pero me recordaba con demasiada frecuencia que debía olvidarlo. pronto el capitán ponce de león se vengó de los rondeños destruyéndoles la torre del mercadillo, cosa que echó por tierra, con la torre, la leyenda de inexpugnabilidad de ronda. lo irrompible ya se resquebrajaba.

mi boda con moraima me ayudó a separarme de las fiestas y me concentró en ella. yo me di por curado; canté victoria demasiado pronto. mi madre se desesperaba entre las ‘locuras sexuales’ de mi padre y las mías.

si alcanzo a saber hasta qué punto ibas a enamorarte de moraima, nunca hubiese consentido en tal boda. los nazaríes de granada tienen que pasarse la vida mirando al enemigo. ya que tu padre ha perdido la vergüenza, hazte tú con el trono. nuestros súbditos quieren ser protegidos, no desdeñados.

sus espías le traían noticias muy graves, algunas de las cuales pasaban al dominio común. la tregua llegó a su fin, y se avecinaban los peores años desde hacía mucho tiempo. el poder de los cristianos se afirmaba: la guerra con portugal terminó con el tratado de alca &obas por el que se reconoció a isabel reina de castilla; murió el padre de don fernando, lo que le convirtió en rey de aragón; sus fuerzas, reunidas, eran capaces de producirnos un daño irreparable; y los nobles dueños de las tierras que nos rodean, al percibir la autoridad creciente de la corona, se sometieron y se vincularon a ella. había terminado, pues, el tiempo en que los señores, divididos, nos permitían hacernos ilusiones. nada tenía remedio, y todos lo sabíamos.

los informes recibidos por mi madre ennegrecían aún más la situación. según ellos, el papa de roma, supremo poder de los cristianos, había remitido a los reyes de castilla y de aragón la orden de terminar con nosotros. agobiado por el poder amenazador del gran turco al otro lado del mediterráneo, quería que acabase de una vez la amenaza continua -tan débil, no obstante- de granada, que, aliada con los africanos, podía constituir otro peligro en el extremo occidental.

no me da la gana verme como una nuez dentro de un cascanueces’, les había dicho.

por otra parte, el designio del rey fernando y el procedimiento que iba a emplear quedaron al descubierto. años atrás, cuando él era aún heredero de aragón, prometió ayuda para conquistar el trono de granada al príncipe de almería ibn salim ben ibrahim al nagar que, por ser hijo de yusuf iv tenía a mi rama por usurpadora. era un pleito latente, que la astucia del cristiano pretendía resucitar para salir ganancioso de nuestras disidencias. con la ayuda cristiana, los señores de almería, padre e hijo -el príncipe yaya-, se comprometían a reverdecer sus aspiraciones al trono de granada y a lanzarse a una lucha fratricida contra nosotros. en cambio, se reconocerían vasallos de castilla, y, como contraprestación a los recursos suministrados, entregaban la ciudad de almería.

para cubrir las apariencias ante sus súbditos, los reyes cristianos habían de simular un bloqueo por mar y un ataque por tierra a la ciudad. no sé por qué, de lo que me contaba mi madre deduje que husayn no era ajeno a este enredo.

ignoraba -y no quería aclararlosi estaba del lado de ibn salim o del nuestro, o acaso del de nadie que no fuese él mismo; pero presumía que era él quien le suministró la noticia de estos pactos secretos a mi madre, que parecía tenerlo en gran estima y que continuamente me recomendaba su amistad y su ejemplo. supongo que yo, para ella, resultaba demasiado poco ambicioso y demasiado desentendido de lo que en torno mío se fraguaba. y así era: yo veía la vida como desde el centro de un torrente, distorsionada y girando a mi alrededor; absorto en lo mío, sin que me quedaran ojos para lo que, lejos de mí, ocurría. yo era el protagonista de mi vida (o eso juzgaba, lo fuese o no; ahora pienso que no lo era en absoluto, como nadie lo es), y no veía a los demás -ni siquiera a jalib, para mi desgracia-, ni sus ideas, ni sus preocupaciones, sino a través de las mías. es decir, me hallaba separado del mundo por un cristal oscuro, que era mi obsesión enfermiza por jalib.

aún hoy me cuesta trabajo convencerme de que una y otra cosa fueron reales: yo era la diana de las ilusiones y los odios ajenos, y se me erigía en la esperanza del reino, siendo así que perdía, cada vez con mayor celeridad, mi propia esperanza.

la situación está planteada con mayor evidencia que nunca -repetía mi madre-. en la historia de la dinastía nunca se ha alcanzado tal límite. tu padre se enreda más y más en los brazos de la ramera; ella da por descontado que un hijo suyo lo heredará; en granada se respira el aire de la sublevación: yo tengo muy hecha a ese olor la nariz. el trono lo tendrá que ocupar alguien que pese de veras sobre él. o lo ocupas tú ahora, o lo conquistarán los de almería. o acaso se anticipe, contra ti y contra ellos y contra los cristianos, tu tío abu abdalá.

eso es quizá lo mejor que podría sucederle a granada. tú misma has dicho que sería un buen rey.

lo sería; pero aquí estoy yo para impedirlo. es mi sangre la que tiene que reinar en granada.

no quiero volver a oírte, ni en broma, esa majadería.

no sabía ella hasta qué punto hablaba en serio yo.


finalmente, una noche, entre los asistentes a una zambra, descubrí a jalib. había crecido.

estaba más moreno que la última vez. retrocedí de pronto todo lo que por la senda del olvido había adelantado. hube de ocultar un temblor que me sacudió de arriba abajo. me castañeteaban los dientes. cuando me serené, me hice el encontradizo con él.

hace tiempo que no te veía.

¿o me equivoco?

estuve en almería, señor.

con husayn.

sí, señor.

– ¿qué tienes tú con él?

nada, señor; pero, como te disgusto, él me invitó a su casa.

– ¿me disgustas? -pregunté en un sollozo-. tengo que verte a solas.

– ¿para qué, señor? -me sonreía-. ¿para continuar riñéndome?

lo llevé cerca de un quiosco en medio del jardín. sin darle explicaciones, lo besé apasionadamente. todos los besos que había imaginado darle en mi soledad se los traté de dar en uno solo.

jalib, sorprendido, respondió con la misma lejana condescendencia con que correspondía a los cariñosos besos de los otros.

– ¿es que amas a husayn?

no amo a nadie, señor.

estaba claro como el sol. y, sin embargo, para mí no lo estaba.

– ¿a mí tampoco?

si quieres, te amaré. tú eres quien manda.

es que no deseo que me ames porque yo sea quien manda.

– ¿cómo entonces, señor?

como yo te amo a ti.

lo acariciaba con tanto ímpetu como si lo golpease. lo estrechaba furioso entre mis brazos, a los que él, sin resistencia, se abandonaba.

una sombra cruzó sus ojos, que me parecían lo más precioso que había visto en mi vida.

– ¿me amas, y eres duro conmigo?

– ¿no te das cuenta de que, si dejase escapar una sola palabra benévola, te inundaría con mi amor?

he de estarme ante ti con las manos delante de la boca, para evitar que por ella salga mi alma y te asuste.

envuelto en mi ofuscación, no comprendía yo que él, ausente de granada, no me habría recordado siquiera. hirviendo en el jugo de mi amor y de mi desamor, no echaba yo de ver que nuestros caminos, durante los meses en que no lo vi, habían lógicamente divergido. y pretendía, en un instante, ponerlo al tanto de lo que ni yo mismo comprendía.

tú eres mi pan de egipto.

– ¿qué es eso?

un pan por el que se pasa la noche entera en vela, y no puede comerse.

se echó a reír con sencillez:

pues cómeme, señor.

no así, no así. yo quiero ser también tu pan de egipto.

el pan hay que amasarlo antes, y echarle levadura, y cocerlo, y esperar que se enfríe.

tenía razón. el que no ama siempre tiene razón: es lo único que tiene. me despedí de él aparentando haberle gastado una broma, y me prometí apartarlo de mi corazón y de mi mente. fui incapaz de cumplir mi promesa.

nada hay más sencillo que poseer un cuerpo, y nada tan complicado como poseer un alma: un alma que ni siquiera se niega a ser poseída, sino que simplemente está mirando hacia otra parte, o no mirando nada. el enamorado es igual que un faquir de los que vienen desde la india a exhibir sus artes en el zoco: se acuestan sobre clavos, devoran fuego, se traspasan con espadas puntiagudas y, en apariencia, continúan ilesos. yo continuaba en apariencia ileso, pero me hallaba moribundo.

el día en que me acosté con jalib por vez primera había visto a mi padre acariciar en público a soraya; encendido por ella, sus ojos incandescían de lubricidad.

se retiraron antes de que la fiesta concluyera, porque a mi padre le urgió la posesión de aquel cuerpo que se le ofrecía, pero que no correspondía a su deseo. sentí pena de él, y de mí. busqué a jalib con desesperación. lo hallé en la casa de husayn, al que no le ligaba más relación que la de la servidumbre, aunque los celos no cesaban de martirizarme. lo llevé conmigo sin decir una palabra. y lo tuve. ¿lo tuve? él respondió con cariño y docilidad a mis caricias. me entregó cuanto podía entregarme. como lo de soraya, lo suyo no era amor, y no lo iba a ser nunca. era dejarse poseer por mi ansia, igual que se deja comer el pan. pero para mí sería siempre el pan de egipto.


a partir de esa noche se materializaron mis tormentos. la soledad del que está solo no es la peor, porque aún le queda la esperanza; pero a la soledad del que está acompañado por quien no le corresponde, sólo le queda la desesperación. no es posible conquistar a quien ya es nuestro, a quien nos obedece con sumisión y afecto, pero con un afecto que no es equiparable al que nosotros requerimos. el amor seguramente no es más que un deseo, y el placer seguramente no es más que un alivio del dolor que ese deseo nos produce; pero cuando el deseo no se sacia, sino que se multiplica, el dolor, en lugar de calmarse, crece hasta hacerse irresistible. es una hidropesía en la que el agua da más sed; en la que se bebe a conciencia de que es en vano todo, y de que el mal está dentro del hidrópico mismo, y de que hasta el beber es ya también un daño, quizá sólo inferior al que nos produciría el no beber.


maravíllate” -dice el poeta- “del que siente que le arden las entrañas y se queja de sed, teniendo el agua fresca en la garganta.”


pero otro dijo:


la mano del amor nos ensartó para la alegría: nosotros éramos las perlas, y el deseo era el hilo”.


a eso aspiraba yo. pero cuando el hilo se rompe, ruedan las perlas separadas sin cumplir su rutilante destino de collar. yo supe, en cada momento, durante los agotadores meses que siguieron, hasta qué punto el hombre disfruta de un espejismo de libertad y de enajenación. nada podía yo contra la inmovilidad del sentimiento de jalib. saber que a él le habría complacido enamorarse de mí, saber que le habría complacido complacerme, no me consolaba, porque le era imposible. ¿en eso consistía su libertad? ¿en eso, la mía? el hombre jamás alcanza aquello que más quiere: nunca se toca el horizonte. y allí estábamos, frente a frente los dos, o lado a lado, o yo dentro de él, y tan distantes como el sol y la luna.

me sobrevino una especie de vesania. tenía que vengarme del daño que me hacía, aunque sin intención; tenía que vengarme de necesitarlo de tal modo. le prohibí cantar en público; le prohibí servir a nadie. le exigí, por el contrario, cantar y cantar y cantar para mí sólo; cantarme con su voz ligeramente agria, de la que dependía mi felicidad momentánea y mi larga desdicha. ‘déjame ver tu cuerpo en medio de tus palabras’, le suplicaba. y él se despojaba con naturalidad de sus vestidos, y seguía cantando:


tus ojos no han dejado en todo mi corazón sitio sin agujeros: como un dedal lo tengo.

mi dolor es la almunia donde tú te diviertes; mis ojos, las albercas; una acequia es mi cara.

mientras la fiesta es tuya, mi corazón se rompe”.


lo amaba y lo odiaba con igual fuerza al mismo tiempo. ádía y noche traté de acabar con aquel sentimiento mío sin respuesta, aquel sentimiento impar y manco, que jamás encontraría su necesario eco, a pesar de que en mis manos estaba matar la vida de quien me lo inspiraba, o exaltarla hasta el cielo. en el fondo, lo que deseaba era hacer trizas aquello que se me resistía sin oponerse ni al menor de mis deseos. una tarde, en los alijares, deslumbrado por su sonrisa imperturbable, cogí una piedra y le golpeé el rostro. quise destruir aquella sonrisa que me destruía, aquella hermosura que nunca iba a ser mía, y que, por otra parte, ni siquiera me parecía la mayor de este mundo… sus ojos, entre la sangre, me miraban aterrados, y yo me eché a llorar sobre aquel rostro, el más amado de los rostros, destrozado por mí. ‘el oficio del hombre -pensaba- no es el dolor; su oficio es la alegría, pero qué mal lo ejerce’.


jalib me tomó miedo. procuraba evitar las ocasiones de quedarse a solas conmigo. inventaba para ello los más inverosímiles pretextos.

no consiguió más que transformarse para mí en un ofuscamiento que no me permitía pensar en otra cosa.

lo echaba de menos como al aire mismo, y, cuando lo tenía junto a mí, lo detestaba y lo echaba de menos más aún. la gente de mi entorno me observaba con la medrosa atención con que se observa a quien está perdiendo la cabeza; con frecuencia sorprendí murmullos que se acallaban al aparecer yo. los ojos y los oídos de mi madre eran demasiado perceptivos como para ignorarlo. ninguno de sus emisarios, cada vez portadores de más oscuras nuevas, lograban distraerme de mi tema. moraima, respetuosa, aguardaba a que pasase la tempestad -a su entender, tan intensa que no podía ser larga-, sin referirse a mi mudanza ni a mi desolación. a veces agradecía su mano sobre mi mano; a veces me repugnaba porque su amor no era capaz de sustituir al de jalib. y entretanto jalib, a quien hubiese atado a mí con cadenas de acero, cantaba, me servía de beber, me brindaba su adorable carne, me era fiel, y sonreía: impenetrablemente sonreía. cuanto yo deseaba me era concedido por él, menos lo único que de verdad deseaba: eso no estaba en su poder, ni dependía del mío.

una noche fui al albayzín a casa de mi madre, resuelto a participar en la conspiración contra el sultán. pero mi proyecto nada tenía en común con el de ella: yo había llegado a la conclusión de que, siendo sultán, acaso podría lograr que jalib me amara; el corazón humano se defiende con su propia insensatez. mi madre me recibió con severidad y menosprecio. en sus ojos no descubrí piedad alguna; y yo me estaba muriendo, sin embargo. yo anhelaba abalanzarme a sus brazos, volver a ser un niño en ellos, o desaparecer; ella, como si lo hubiese adivinado, cruzó sus brazos frente a mí.

no hay nada en este mundo, ni en el otro, que valga lo suficiente como para apartar a un hombre de su destino. preferiría verte muerto a saber que algo te arrastra a semejante violación. ya lo has oído: muerto. y haré todo lo que esté en mi mano para impedirlo. no lo olvides.


a la mañana siguiente un polvoriento mensajero trajo la desastrosa noticia. cundió por la ciudad como un relámpago: se había perdido alhama, que era nuestra antesala. fue el primer aldabonazo que el destino del que mi madre hablaba dio contra nuestra puerta.

la tarde de aquel mismo día busqué a jalib por todas partes. no apareció. mandé que lo buscaran, alarmado por la sospecha de que definitivamente había huido de mí y de mis insaciables exigencias. me propuse, si volvía, pedirle perdón por tantos sufrimientos; me propuse postrarme de rodillas ante él cuando volviera; me propuse ordenar su muerte; me propuse alcanzar el trono y abdicar en él; me propuse incorporarlo, sin la menor prerrogativa, al ejército que ya se convocaba para la reconquista de alhama; me propuse pensar que todo se había perdido para siempre, y era mejor así; me propuse matarme para descansar un poco.

en las primeras horas de la noche de aquel 1 de marzo, en que la primavera, indiferente a todo, se insinuaba, moraima pidió verme.

prefiero que lo sepas por mí: el cuerpo de jalib, el hijo del herrero, ha sido hallado. esta madrugada, según dicen, se despeñó en la sierra.

la primavera, la alta noche, el palacio, mi vida, todo se echó a rodar. una calima… no, demasiado tarde para tanta calima, demasiada oscuridad: eran mis ojos.

– ¿él mismo? quiero decir, ¿por propia voluntad?

no lo sé. al parecer, tiene en el pecho una gran puñalada…

una puñalada anterior a la caída.

llorar, no’, me dije. me flaqueaban las piernas. se me acercó moraima y me sostuvo. valía más no pensar; hundirse. me dobló el cuerpo una arcada. ‘no’.

un vacío en el estómago, como si la muerte se fuese haciendo un sitio. ‘respira hondo’, me decía.

¿o era moraima? ‘no, no’. no podía contener el temblor de mi barba. oía crujir mis dientes.

con un brusco gesto la aparté.

– ¿qué es lo que sabías tú?

todo. lo sabía todo -bajó sus dulces ojos-. y tu madre también.

llorar, no’, me repetí. y no lloré. pero, con todas las fuerzas de mi alma, me puse a odiar al mundo entero, y a mi madre en el centro del mundo, con la certidumbre de que la iba a odiar siempre.


ácomo un vestigio de aquella época, dejo aquí unos poemas. no expresan, ni por lo más remoto, lo mucho que sufrí y que gocé. el enamorado necesita engañarse para seguir sufriendo, y necesita sufrir para seguir engañándose. como prueba, aquí están estos restos de mi naufragio. sobre una playa ajena quedan, mancillando la arena, incapaces de describir cuánta era la gallardía y cuánto el esplendor del alto barco del que formaron parte. sano está quien olvida.

1

la noche era indecible y era nuestra pero, como me habías besado a mí al llegar, tú besabas, copero, a todo el mundo.

tú besas en la boca, copero, traidor mío…

la noche se volvió en mi contra como una oscura espada.

la noche, ardiente y casta, lo mismo que una espada puesta al fuego.”

2

acaso yo elegí la frialdad pensativa, y no era de pensar de lo que se trataba, sino de sentir sin presentir; de darse, ay, de darse, con los ojos cerrados a la esperanza.

porque todos somos hermanos en la fiesta, y podemos besarnos sin temor en la boca.

la historia va despacio: va mucho más despacio que la noche.

nada de todo esto ha ocurrido todavía jamás.”

3

mientras borracho el viejo maestresala baila y se cimbrea, la mano en la cintura y la servilleta tremolando en el aire, nos miramos.

el placer que los jóvenes amantes encuentran uno en otro se instaló entre tú y yo como un nuevo invitado.

yo era tan joven como tú; quizá algo menos joven.

¿o quizá yo era igual que el anciano maestresala, que danza con el rostro y el corazón marcados por el tiempo?”

4

en la canción que entonas, lo mismo que en la vida, la alegría y la tristeza son una sola cosa, la desesperación despierta el hambre, y también el deseo despierta el hambre del pan que no lo sacia.

cantor, amigo mío, no sé si comeremos.

es la noche tan larga y se acaba tan pronto que debemos, al menos, beber juntos.

puede que así yo olvide mi hambre.”

5

no recuerdo una noche semejante: distintos son la bebida y el asiento.

aunque sea tu brazo mismo el que rodea mi cintura, y la misma la luna, como el asiento y la bebida yo soy otro también, y diferentes mi temor a la vida y mi ansia de la vida…

la noche, no; pero el amanecer siempre es idéntico cuando acaba la fiesta.

para todos, copero.

la luna no es eterna ni en bagdad, ni en granada: cuando amanece se disuelve en tu copa.”

6

en toda guerra tiene que haber victorias; pero hasta el final no sabremos quién será el vencedor.

acogido a las manos de la noche, yo me defiendo de tus ojos y te miro.

¿el duelo no es a muerte? ¿no habrá sangre?

si la hay, ni el vaso manchará, ni los manteles.

el denostado de antemano soy yo.

entretanto, le robo a la amistad tus besos, y con el codo empujo mi soledad a un lado.”

7

tú me provocas con gestos halagüeños y con los mismos gestos me rechazas.

eres una cadena que me detiene y que no se termina.

entre tus manos se devana una madeja de todos los colores; hemos bebido tanto que ya no los distingo.

sólo me guío por la luz de tus ojos, que no sé adónde me conduce, ni si me orienta, copero, o me extravía.

al rachid se retiró, borracho, hace ya tiempo.

bagdad no es ya bagdad, sino tú y yo entre la música, las risas, la alborada y los dulces.”

8

fuera, llueve sobre granada.

la noche da de beber a los jardines lo mismo que tú a mí; pone sus manos mojadas sobre el polvo; abrillanta las azules palmeras; decapita con mimo los pacíficos, los altos alhelíes, los jazmines, las malvas reales, los claveles, las anchas rosaledas, las caléndulas.

los decapita y llora.

sí, a pesar de mi herida, tarda en fluir la sangre, no me culpes: tus ojos secaron, cuando llegué, mi corazón.”


9

el amor no es un huerto, ni un palacio.

ni es la gloria, ni el oro, ni el olor de las flores.

no es la puerta del paraíso, ni la canción risueña de los días felices, si es que hubo alguno.

el amor no es un oasis, ni una torre de plata, ni una alegre palmera en medio de la noche.”

10

tu voz es mi casa, cantor: mala o buena, es mi casa.

el alba junto a ti es lo mismo que un niño que pela una naranja.

sus mondaduras es lo único que tengo para vivir de ahora en adelante.”

11

tu amor está tan ajeno del mío como un califa en su fortaleza mirándose a sí mismo en espejos de oro.

una vez más, veo al enemigo frente a mí y el mar detrás de mí. ¿adónde iré?

y, si permanezco quieto, ¿quién se acercará antes: el mar o el enemigo?”

12

tus abrazos se encarnizan con mi debilidad.

cuánto calor emana de tu cuerpo.

voy hacia ti igual que quien camina de espaldas y tropieza.

te miro, y eres como arena en mis ojos; te toco, y se desprende de mis dedos la piel.

al verte comprendí que mi amor no iba a ser más pequeño que yo.

y yo soy mucho más grande que tú, copero, amigo mío, porque te llevo dentro y no puedo encontrarte.”

13

dicen que eres buen soldado, y que, entre lanzada y lanzada, escribes bellos versos.

no me sorprende: en ti se alían la hermosura y la fuerza.

contra mí, contra mí.

pero en el lecho, la batalla de amor a los dos nos derrota.

ni un disparo se escucha, ni un poema.

aquí no es el dolor quien gime, sino el gozo; ni el odio tiraniza, sino sólo el deseo.

¿por qué los pueblos no aprenden de nosotros en este cuerpo a cuerpo que a los dos nos derrota?”ú


de una manera brumosa, como supongo que los peces ven desde sus abismos la claridad del sol, adiviné ásimultáneamente a los hechos que acabo de relatarú que mi hora se acercaba. y que nadie, ni yo mismo, podría oponerse a ello. el reino se había quedado sin cabeza, y los miembros sufrían diariamente las consecuencias del desgobierno.

a la autoridad la sustituyó una tiranía arbitraria y ciega; las delaciones, justificadas o no, se multiplicaban; las represalias estaban a la orden del día. para evitar las murmuraciones y censuras contra tal anarquía -cortándolas, sólo en apariencia, de raíz- se ejecutaba a muchos hombres de dirección y de consejo, a los caballeros y a los maestros más ilustres del reino. mi padre había perdido la seguridad en sí mismo con que abrió su reinado, y necesitaba afirmar el fantasma que la sustituía. la sultana soraya, más próxima a su meta que nunca, intervenía sin recato en la administración y en la justicia. aspiraba a sentar en el trono a uno de sus hijos, o a fortalecer tanto su economía que, sucediese lo que sucediese, quedase situada con holgura. para conseguirlo no reparaba en medios. había hundido a mi padre en los albañales de la lascivia: una lascivia torpe y enigmática que mi padre, menos potente que antes, sólo con dificultad satisfacía, y que le impulsaba a disfrazar sus fallos o carencias con la subordinación a los caprichos de su compañera.

la disciplina del ejército, ni considerado ni pagado, se extinguió; los negocios del estado se descuidaban; las informaciones que nos llegaban de los reinos cristianos eran desatendidas; la corrupción se propagaba como una mancha de aceite en los escalones de la jerarquía; aumentaba la ruina, y, para remediarla, benegas sobrecargó de impuestos a una población abrumada por ellos. acordó resucitar el injusto sistema de ingresos que había emprendido mi abuelo, y que descontentó al pueblo hasta el punto de sostener a mi padre en su rebelión; consistía en requisar los bienes que sus antecesores habían vendido. contra este proceder, las alquerías y sus habitantes reclamaron. ‘se nos hace un doble agravio -decían ante los jueces- porque ni siquiera los compramos en su momento por nuestra voluntad, sino obligados por los sultanes, que marcaron el precio y mandaron sus conminatorios alhariques a cobrarlo’. el reino se alteró con tales reclamaciones, que atañían a muchas colectividades. y los jueces, entre la espada y la pared, resolvieron que el rey tomase la mitad de las propiedades y de las rentas, y que los súbditos se resignaran a ser desvalijados.

pero algo se había roto, acaso para siempre, entre la cabeza, que ordenaba en propio beneficio, las manos de la justicia, que actuaban sin libertad de juicio, y los otros miembros, a quienes tocaba tan sólo obedecer sin el recaudo de la una ni de las otras. y, para colmo, como recurso último, se depreció la moneda, lo que siempre inflige perjuicios que los súbditos no perdonan jamás. porque no creo yo en la moralidad de los súbditos, ni opino que las revueltas, al menos entre nosotros, se originen por la inmoralidad privada de los príncipes.

toda protesta tiene su raíz en el desgaste de las economías personales. si un rey garantiza la vida próspera de sus súbditos, los gobernará sin riesgos por grandes que sean sus iniquidades; es cuando sus decisiones afectan al bienestar y al egoísmo de ellos cuando se sublevan los súbditos. y eso ocurría en granada. hasta yo, también sumido en un problema personal, me percataba de ello.

por si fuera poco, soraya se afianzaba por los medios, reales o imaginarios, que tenía a mano. uno fue la leyenda sobre la veleta de la alcazaba cadima, la más antigua de granada. la llamábamos el gallo de los vientos. se decía que estaba hecha de siete metales, y tenía grabada la siguiente inscripción: ‘el palacio de la bella granada es digno de alabanza.

gira su talismán de acuerdo con las vicisitudes de los tiempos. a este jinete, a pesar de su solidez, lo rige el aire, pero no sin misterio. porque, en verdad, después de subsistir un breve ciclo, habrá de azotarlo un terrible infortunio que destruirá el palacio y a su dueño’. por su deterioro, fue necesario reparar el edificio y apear su veleta. soraya, astuta, atribuyó a esta coyuntura del gallo derribado el cumplimiento de la profecía, y amargó las lujuriosas noches de mi padre con sus siniestras predicciones. le convenció de que mi madre lo envenenaría para no darle tiempo a rectificar mi designación como heredero, aún no oficial. y le urgió a publicar su voluntad de que fuesen sus hijos los elegidos, ya que mi sangre estaba inficionada por la sangre enemiga de mi madre. exhibió los horóscopos hechos cuando mi nacimiento, y sacó a relucir sus siniestros pronósticos. átambién yo los consultaba de cuando en cuando, y por entonces les daba la razón sobre algún extremo: por ejemplo, el de que, al tener venus en virgo, mi unión amorosa se realizaría con alguien de condición social inferior; aunque me preguntaba, con desconsuelo, a qué llamaron “unión” los astrólogos, y a quién calificaron de “inferior”.


en efecto, por mi ascendente en tauro, los estrelleros habían certificado el fracaso, debido tanto a mi falta de aptitudes y de adaptación a las nuevas ideas como a una obstinación no adecuada a mis capacidades. y habían profetizado otros muchos desastres: por el sol en cuadratura con saturno, el enfrentamiento con cualquier autoridad, y en especial con la paterna, contra la que se anunciaba mi rebeldía, confirmada por la situación de marte en virgo; por la luna en géminis, interminables indecisiones perniciosas, que acabarían con la pérdida del reino, ratificada por la estancia de marte en la casa v y por la de júpiter en la casa vIII, que prevén además el acabamiento y la muerte muy lejos del lugar en que se nace.

el signo de saturno me era adverso, ya que, en acuario, manifestaba reveses irremediables y, en la casa x, una ineludible caída; mientras que, al entrar en conjunción con el medio cielo, advertía, de modo categórico, enemistad dentro de la propia familia, una mala ventura contra la que serían vanas todas las precauciones, y una decadencia que acarrearía el mayor duelo.

entre la alarma y la incredulidad, yo había leído a mi vez tales cartas astrales, y estaba de acuerdo con ellas en que mi vida habría de navegar siempre entre procelosas incertidumbres, desde la decepción a la traición, de suerte que lo mejor para mí (y así me lo sugería marte en semicuadratura con neptuno, por emplear el lenguaje de los astros, que sólo confirmaban lo evidente) era permanecer aislado, puesto que de los demás ya saltaba a la vista que nada bueno podía recibir.


mi padre, manejado por soraya, creyó en lo que antes descreía, o fingió creer por no contradecirla.

y, para suplir su debilidad con puntales superiores e imposibles de rebatir, pues no eran racionales ni palpables, se rindió a los oráculos y a las agorerías. el ser humano, cuando trata de justificar decisiones erróneas, acostumbra acudir a argumentos de tejas para arriba implorando con ello el auxilio de sus divinidades; de ahí que las religiones y las ciencias hayan acabado por convertirse en una rentable prostitución de lo que fueron. cuando mi padre dejó de confiar en sí mismo, dio palos de ciego procurándose apoyaturas esotéricas, y se redujo a la violencia, huyendo hacia delante en un desesperado itinerario sin futuro.

por todas estas razones yo suponía que iba a sonar mi hora, y en el peor momento.


por su parte, mi madre no se resignó a esperar pasivamente los sucesos previstos, sino que suscitaba los contrarios. confió en un miembro de una alta familia granadina, aben comisa, y lo opuso a abul kasim benegas, pintándolo a los ojos del pueblo como un compendio de desinterés, de lealtad y de virtudes. por medio de él solicitó, con sigilo y ardides, la intervención de los abencerrajes, que acechaban tras de la puerta los avatares del reino.

algunos de ellos, convertidos al cristianismo, tenían también sus móviles secretos -¿quién engañaba a quién?-: aspiraban a fundar un dominio en que la importancia de la religión se diluyese poco a poco, y que se transformase en una región de castilla, con una administración más o menos peculiar, para que, a la vuelta de unos años, se hubiese producido la total incorporación de una forma insensible.

áesta idea no era en absoluto contraria al procedimiento que los primeros musulmanes habían utilizado para penetrar -a través de la cultura y las formas de vida, no a través de las armas- en la hispania de los godos; pero ahora el recorrido era el inverso-

a pesar de hacer oídos sordos al plan de los abencerrajes, y simulando ignorarlo para obtener su alianza, mi madre era muy consciente de cuánto importa la religión en los días atribulados. por eso se ganó, con sobornos y falsas devociones, a los imanes y a los alfaquíes, y en la oración de los viernes, dentro de todas las mezquitas, se predicaba a gritos contra la obscenidad de las costumbres, contra la lubricidad y la rijosidad de los ancianos, contra los excesos de la carne y del poder, contra la degradación de los hábitos tradicionales, y contra las nefastas influencias de los renegados fingidos. todos los fieles entendían contra quiénes iban dirigidos tales dardos, y todo se encarrilaba, con cautelosa firmeza, hacia la sublevación.

pero el otro partido no permaneció ocioso. subrepticiamente, para no provocar las iras de nuestros simpatizantes -de acuerdo con la doblez del visir benegas, que era la norma en la política de la alhambra-, mi madre, mi hermano yusuf y yo fuimos puestos en prisión relativa. en un principio, como por protección, nos vedaron salir del recinto amurallado; pero, poco a poco, los límites de nuestra libertad se estrecharon. dado que yo entonces me hallaba cautivo de más recias cadenas y envuelto en mi desdicha, no echaba de ver -o no me afligía- tal acoso. pero mi madre, no sin causa, suponía que el propósito de mi padre era que el pueblo nos olvidara a fuerza de no vernos; y, más tarde, simulando un motín o con cualquier otra artimaña, eliminarnos y dejar en el poder sola a soraya. sin embargo, el destino se empeñó de momento en protegernos: aún no había resuelto nuestra destrucción, proyectada con mimo para más adelante. la pérdida de alhama fue su treta.


la conquistó, repentina y dolorosamente, ponce de león ayudado por otros capitanes, antes sus enemigos; el cambio de las actitudes individualistas por las solidarias era un feroz presagio. mi perdición, tramada por mi padre, se detuvo ante la perdición común, más visible e impuesta. durante cuatro días mi padre enloqueció: lloraba, rugía, caminaba sin descanso por los adarves, daba órdenes incoherentes y rompía nuevamente a llorar. el golpe recibido era tan fuerte que hubiese resucitado a un muerto: alhama era decisiva en las comunicaciones entre granada y málaga, y la clave hasta ronda.

(para mí era además el lugar sosegado donde transcurrieron muchos meses de mi infancia y de mi adolescencia.) pasados esos cuatro días, mi padre se dirigió a alhama y la sitió. trataba de impedir su avituallamiento de agua y leña con la pretensión de que se rindieran los cristianos, más necesitados cuanto más numerosos, pues parece que no bajaban de dos mil quinientos caballeros y de tres mil infantes. yo permanecí en la alhambra con el alma enlutada y el cuerpo enfermo por una muerte que me afectó tanto como si hubiese muerto el mundo entero. (lo que ahora narro lo supe luego, porque en aquellos días no tuve oídos sino para mi desesperación.) mi padre mandó en busca de soraya cuando vio que el sitio de alhama se prolongaba. soraya se había ingeniado para hacerle creer que corría peligro, desprovista de su protección, en la alhambra, donde se la odiaba. quizá estaba en lo cierto; quizá hubo de elegir entre el riesgo de su vida, más o menos ficticio, y el de ser, en su ausencia, sustituida por mi madre.

sin embargo, mi madre no contó con la reacción del pueblo, que, transtornado por la gran pérdida, comprendió no obstante que comenzaba una agonía acaso larga, pero encaminada a la muerte; lo comprendió con todo fundamento. en consecuencia, se apiñó otra vez junto al único capaz de preservarlo de mayores y muy próximos reveses, es decir, mi padre, a quien absolvió de sus pecados.

desfallecido nuestro ejército por su empobrecimiento y por su falta de ejercicio, el primer sitio de alhama hubo de levantarse a los veinticinco días. el sultán pronunció la orden sollozando. el hostigamiento corrió a cargo de las mesnadas del duque de medina sidonia -a despecho de su visceral enemistad con ponce de león, lo que para nosotros significaba un pésimo augurio- y del conde de cabra, cuya familia tenía fama de ser aliada nuestra. el tiempo de los señores levantiscos e independientes había concluido.

mi tío, aprovechando la concentración de las fuerzas cristianas en alhama, corría algaradas por las tierras contiguas, esquilmándolas para que no pudieran prestarle a los sitiados auxilio alguno, y los rondeños se apropiaban de cuantiosos ganados del enemigo y destruían sus cosechas. pero también otra cuestión quedaba clara: que la guerra de escaramuzas y guerrillas, en la que los andaluces éramos invencibles, había evolucionado hacia la guerra de sitios.

primero, porque se ha reducido la extensión del reino; segundo, por el choque moral que supone la conquista de las grandes ciudades; y tercero, porque la técnica es ya otra, y la artillería empieza a relevar a la secular preeminencia de la caballería.

el 14 de abril mi padre sitió de nuevo alhama. (yo me recuperaba después de mi enfermedad, que, originada por una pasión menos física que ella, me había tenido cerca de dos meses contemplando los almocárabes del techo, casi extraviada mi razón y extraviada sin casi mi razón de vivir.) pero el rey fernando le obligó a levantar también ese segundo sitio, como le ha obligado a levantar el tercero, que comenzó en los primeros días de junio, muy poco antes del día en que esto escribo. con este tira y afloja, el desánimo ha cundido en granada. si soy sincero, no porque los granadinos se preocupen por la desventura de sus hermanos de alhama, cuya esclavitud o mortandad han sido totales, sino porque se ven retratados a sí mismos con antelación en aquellos acontecimientos, y porque temen que, ante tales quebrantos, aumente la exacción de prestaciones y de impuestos. y, en definitiva, porque comprueban la ineptitud de un ejército cuya decadencia se les presenta como irrevocable.


ha transcurrido casi un año desde la última vez que escribí en estos papeles carmesíes: un año denso y concluyente, que ha mudado a su antojo las posiciones de todos los personajes de esta historia.

escribo en el anochecer del día 20 de abril de 1483. mañana saldré al frente de una expedición que nos dará gloria -me cuesta aún escribir que me dará gloria, pero a eso se dirige- amén de un gran botín. aún estoy boquiabierto, y no niego que instruido por la prisa con que los hechos -que jamás dependen de los hombres, aunque ellos así prefieran creerlo- se han atropellado. cuando más honda era la desmoralización de los andaluces, dios vino a alzar su ánimo, y a proclamar cuál era su voluntad más cierta. (me figuro que mis enemigos opinarán exactamente lo contrario.)


envanecido el rey fernando por su éxito en alhama, y asegurada la sumisión de la nobleza, tomó dos transcendentales resoluciones: sitiar loja -porque si alcalá es la puerta de la vega por la sierra de parapanda, loja lo es por el valle del genil- y cortar los posibles auxilios africanos, situando una flota en el estrecho.

alertado por nuestros espías, pero debilitado ante sus propios ojos, mi padre envió a aliatar a defender loja. él, entretanto, se sirvió de la distracción de las fuerzas cristianas para hacer una algara por tierras de tarifa (que finalizó con la captura de un rebaño de tres mil bueyes, lo cual divirtió a los granadinos, porque las vacas, por muchas que sean, no ennoblecen la aureola de un sultán). pero antes de salir de granada, fija su mente en el tema que le traía sin sueño, fue a la prisión en la que me encontraba con mi madre y mi hermano, y me pidió que nos perdonásemos mutuamente en aras del peligro común, y que colaborara como príncipe heredero y yerno de aliatar. lo que me propuso -y yo acepté- era que esa misma noche saliese al frente de una tropa que trataría de romper el cerco de loja de acuerdo con mi suegro, que estaba dentro de ella.

era el 9 de julio de 1482.

sin embargo, las ideas de mi madre transitaban por otros caminos.

de ninguna manera irás a loja. ¿no te das cuenta de que lo que tu padre quiere es hacerte matar en la refriega, para que nadie piense que se manchó las manos con tu sangre? las cosas ya han ido demasiado lejos. ni es un perdón lo que te otorga, ni tiene de qué perdonarte, ni él es capaz de pedir perdón a nadie; sencillamente es una trampa. ¿por qué él, si no, se ha largado a otro sitio? su mente perturbada tiene el convencimiento de que los cristianos tomarán loja, y pretende sacar ganancia de ello: librarse, al mismo tiempo, de aliatar y de ti. y, en último extremo, si no ocurriese lo que él espera y teme, habrá mandado a un ballestero de confianza y buena puntería que te mate de un ballestazo en la garganta.

yo, aun no del todo persuadido, obedecí su sugerencia. para mí representaba un menor peligro y, desde luego, una mayor comodidad.

las súplicas de moraima hicieron el resto: mi esposa, al enterarse de las presunciones de mi madre (o quizá no lo eran, porque tenía muy buenos servidores al lado de mi padre), no sólo se opuso a que yo marchase con el ejército auxiliar, sino que se apresuró a enviar a su padre minuciosa noticia de cuanto recelábamos.

esta noche -concluyó mi madre entre animada y hermética- vas a tener además mucho que hacer.


el caso es que loja, con su caudillo tradicional, resistió la embestida cristiana. los asediados, en dos o tres salidas, castigaron a los sitiadores, que ni estaban preparados para ese tipo de ataques desconcertantes, ni contaban con suficiente artillería por la improvisación del sitio. los contingentes de las distintas comunas cristianas, no bien trabados entre sí, fueron presa del pánico, y unos a otros se contagiaban de él. al huir tropezaron con el pequeño refuerzo que mi padre -más como excusa para enviarme a mí que por otro más sólido motivo- había enviado con bastimentos desde granada. aliatar se apoderó de los cañones cristianos y de sus municiones, de sus armas, de sus víveres y de una gran cantidad de harina que abandonaron en las tiendas. el sitio, que el rey fernando previno largo, duró apenas cinco días. el 14 de julio loja fue liberada de su cerco, y el gozo de sus habitantes no tuvo límites.

mientras tanto mi padre había vuelto de tarifa y se reunió en los alijares con soraya. se hallaban celebrando el triunfo, un tanto menor y de intendencia, de su botín de bueyes, cuando, ya bebido, demandó noticias de loja. alguien le dijo que yo no había sido visto entre los soldados del refuerzo, con lo que se puso en guardia. no tuvo tiempo de beber mucho más antes de recibir noticias más concretas. dos fueron las que le llevaron a la vez: los cristianos habían sido derrotados, y a mí me habían proclamado en guadix nuevo sultán. su ira fue indescriptible; pero, por fortuna, tardía. dicen que hirió con la copa en que estaba bebiendo al servidor que le comunicó la nueva, y que, irritado por las recriminaciones de soraya, que le echaba en cara no haber seguido al pie de la letra sus consejos, la volcó de un empujón sobre los almohadones del diván. luego corrió por el palacio gritando alarma con una antorcha en la mano, con la que estuvo a punto de incendiarlo.


y es que una conspiración había sido urdida tiempo atrás por mi madre y aben comisa, en connivencia con un tal abrahén de mora, un mudéjar de esa villa, que está en el reino de toledo. so color de vender cobre labrado, abrahén obtuvo autorización para entrar algunas veces donde nos tenían recluidos, que era en la parte baja de comares. el de mora, hombre bueno y muy experto en cosas de guerra, remitía las cartas de mi madre entre unas calderas que enviaba a guadix a través de un mancebo llamado abrahán robledo, natural de guadalajara, cuyo oficio era traficar con metales por el reino. [es el mismo mozo que luego hizo campo por la vega con fernando del pulgar.] en guadix recibían los mensajes y acuerdos dos valerosos caballeros, abenadid y abenecid, que mañana partirán conmigo a la expedición que emprendo.

el último concierto que se hizo fue que la noche del mes de julio más arriba indicada, a las diez, comparecerían seis hombres con nueve caballos junto a una acequia en la falda del generalife. abul kasim benegas, sospechando que, a instancias de mi madre, me negaría a ir a loja, montó una guardia especial esa noche ante las puertas de nuestra forzosa residencia, lo que dificultaba nuestra fuga. los conspiradores se acercaron a pie, tras abrahén de mora, hasta el adarve exterior que se correspondía con nuestras ventanas, e hicieron la señal, que era un canto repetido de codornices. mi hermano yusuf y yo lo escuchamos, preciso e insistente, entre el clamoreo de los grillos. la noche era espesa y parada. no corría el aire. subía hasta las ventanas el denso olor de los jardines. mi madre entró en la alcoba con un apresuramiento desacostumbrado. le brillaban los ojos, y había una tensión en su boca cuando me dijo:

esas aves cantan hoy para ti; mañana todo el reino será tuyo.

arroja por la ventana un cabo -me alargaba un cordel fino enrollado-: ésta va a ser la escala por la que subirás al trono que te pertenece.

yo, sin entender lo que decía, la obedecí. sentí que alguien tironeaba del cordelillo desde el pie de los muros.

tira de él ya -gritó impaciente mi madre.

lo hice. habían atado a él una potente y gruesa soga.

con ella ahorcarás a tus enemigos; pero ahora descuélgate por ella hasta unas manos que te conducirán sin riesgo a guadix.

se volvió a mi hermano:

tú lo acompañarás.

mi hermano yusuf lanzó una carcajada; la novedad y la aventura aleteaban por la estancia como pájaros inauditos. aún se oía, casi perdido, abajo, el canto de la codorniz. entre yusuf y yo anudamos al parteluz de mármol la soga y la dejamos caer al vacío. fui a despedirme de mi madre.

ve ya -me dijo-. la próxima vez que te vea, veré al rey de granada.

no comprendo todavía cómo pude decidirme a saltar al espacio agarrado a una cuerda que me desollaba las manos, ni cómo pude resistir sin soltarme. quizá el temor de herir a yusuf, que me precedía, fue lo que me impidió abandonar la empresa, y dejarme caer y terminar.

yusuf y yo fuimos recibidos por los conspiradores con acatamiento y reverencia. al llegar al sitio donde aguardaban los caballos nos entregaron armas y adargas. no era aún medianoche cuando partimos hacia guadix a galope tendido.

apenas había pasado la hora en que tenía que salir para loja; mi padre y sus esbirros habían sido burlados. aben comisa, cómplice de mi madre, permaneció junto a ella, atando bien los nudos para que en el tapiz que planeaban se dibujasen sus deseos.


siempre he sentido hacia guadix una especial inclinación.

bajo sus abiertos cielos se yergue la alcazaba, en el centro de lo que hace mil años fue un lago circular, cuyas riberas son hoy naturales murallas recamadas. en ellas viven felices trogloditas, gentes de sonrisa franca y expresivos ojos, rodeados de una vegetación exuberante con que verdean y se enriquecen hoy los fondos que ayer fueron el sostén de las aguas.

llegamos a guadix mientras amanecía. desde la azotea de la alcazaba vi una vez más sus rojas tierras, sus cuevas, su paisaje cercado de estribaciones dentadas, en las que la naturaleza ha construido torreones labrados por la erosión del tiempo, casas reales, cubos de murallas bien trazadas.

allí vino el alcaide a rendirnos pleitesía y a ponerse, con los suyos, a nuestras órdenes.

no me gusta -le comenté en voz baja a yusuf-; tiene la mirada huidiza.

tan huidiza que le falta un ojo -me contestó.

se acercó recatado a nosotros y, confundido quizá, fue a besar primero la mano de yusuf. mi hermano, inexplicablemente más agotado que yo por la noche sin sueño, ojeroso y pálido, le dirigió una pequeña sonrisa y lo detuvo con un gesto; luego dobló su rodilla derecha y me besó él a mí la mano.

la reverencia de yusuf fue la primera que recibí como sultán. se me saltaron las lágrimas. yusuf, que lo notó, para librarme de una emoción inoportuna, me enseñó riendo su mano derecha deformada como dándome a entender que no era digno de que se la besasen. calculó mal su gesto: la emoción, duplicada, me desbordó los ojos y sentí que se mojaban mis mejillas. le apreté aquella mano con mi mano izquierda, y, con la derecha, le acaricié y alboroté el pelo, aún más claro que de costumbre por el polvo de la cabalgada.

el alcaide tuerto nos tranquilizó. hablaba sin cesar, acaso rebasado él mismo por la solemnidad de las circunstancias en que se veía inmerso. la conspiración de mi madre se hallaba mucho más avanzada y su urdimbre era mucho más meticulosa de lo que creíamos; casi todas las ciudades del reino habían sido advertidas y tomado nuestro partido.

la sultana aixa -decía el alcaide con admiración- ha sido una heroína previsora: qué gran madre tenéis. y probablemente será tan inflexible como previsora con quienes no la acaten -agregó de buen humor-: sin duda a una mujer le resulta más difícil que a un hombre no ejercer el poder cuando lo agarra. ¿será ésa la respuesta a su hábito de subyugación? les sucede como a los tímidos -¿me miraba a mí con su único ojo?-, que pasan de la cortedad al desenfreno apenas se les proporciona el pretexto.

el calor asentaba, a cada instante con más peso, sus doradas manos sobre las cosas. la mañana era interminablemente pura e interminablemente azul, demasiado como para perderla escuchando los ingenios sobados de un alcaide. fui hacia el pretil de la azotea. miré el ancho mundo que se me ofrecía.

me flotaba la cabeza, tras la noche de viaje, como si la hubiese pasado bebiendo. pensé aturdidamente: ‘al hombre le gusta hacerse la ilusión de que es poderoso y de que es libre.’ apenas oía el murmullo del alcaide aburriendo a mi hermano. no me sentí ni libre ni poderoso en aquella suntuosa mañana. y no sólo en aquella mañana; quizá no lo fui nunca, ni nunca lo sería. ni deseaba serlo… acaso nadie lo desea de veras, y se conforma sólo con la ilusión, más llevadera que la realidad. y acaso, lo que es peor, el hombre actúa bajo esa misma confusión que él se provoca. [luego -debo confesarlo- los acontecimientos me arrastraron, y yo incurrí también en tal error.] me volví hacia la torre de la fortaleza, recortada contra el profundo azul.

desde ella, moviendo las ancas y las colas, dándome a su vez la bienvenida, más sinceros, por descontado, que el alcaide, se me acercaron unos alanos que había visto corretear por el patio. miré sus dorados e inocentes ojos; uno era tuerto, lo mismo que su dueño.

miré el subido de color de la tierra, el terso cielo. miré las flores que decoraban con su magia un macizo. pensé: ‘las flores son la sonrisa de dios, la mejor prueba de su bondad; la belleza que, al ser superflua, es doblemente bella. quizá se nos anticipan como testigos de los colores que tiene el paraíso. ellas son el único testimonio indiscutible de que podemos tener esperanza.’ me pareció imposible, en aquella insondable y sencilla mañana de verano con que una vez más se inauguraba el mundo, que estuviésemos los hombres tratando de matarnos unos a otros por algo que hemos dado en llamar poder o religión. me pareció imposible que, por vivir mejor -aunque ignoremos qué sea lo mejor-, seamos capaces de perder la vida.

al llegar tenía un hambre como desde antes de mi enfermedad no había tenido; pero ahora me habría sido imposible tragar ni un bocado: se me cerró el estómago como una bolsa de cuyas cintas alguien hubiese tirado bruscamente. agradecía a quienes me invitaban a comer a la suave sombra de un emparrado; di un poco de comida a los perros, que continuaban meneando su incansable cola embebidos en mí; acaricié sus majestuosas y dóciles cabezas, y pedí retirarme a descansar.

no descansé. el amasijo de mudanzas era excesivamente complicado. sin querer -o peor aún: cuando menos quería, más-, mi imaginación volaba hacia mi tío abu abdalá. ¿dónde estaría ahora?

con antelación había salido de granada hacia málaga para planear unas defensas en el puerto y prevenir las posibles ayudas magrebíes. ignoraba, por tanto, lo que había sucedido. su elección entre mi padre y yo aún estaba en el aire; pero yo sabía qué partidario era de la legalidad. me venían a las mientes, desgranados, gestos suyos de lealtad y amor, su hombría y su rectitud. y me reiteré cuánto habría ganado el reino si, en lugar de proclamarme a mí sultán, lo hubiese proclamado a él.

fue entonces cuando me embargó por primera vez la tentación. era como una presencia corporal y creciente; me rodeaba y me oprimía; me habría bastado alargar un poquito la mano para tocarla. abrí los ojos para librarme de ella. el sol, cada vez más alto, calentaba en demasía; se filtraba por la cristalera; iba a estrellarse contra el suelo casi ruidosamente, como un vidrio que se hace trizas, en aquella mañana, la primera aún no sabía de qué. ¿tuve la tentación? no, la tentación me tuvo a mí. y luego me ha tenido muy a menudo. ‘abdica en el emir abu abdalá. él está mejor preparado que tú para los graves días que se avecinan: la inmediata reacción de tu padre, la desalmada última guerra con los cristianos. él es más fuerte y más sereno. tú has sido educado como un príncipe; para ser príncipe, no para ser rey. no tienes su vigor, ni sus recursos.

no estás dispuesto para que se descargue sobre tus hombros el gobierno en el instante de la mayor dificultad y del mayor temblor. tú acaso habrías sido un buen rey en un tiempo de paz, de desarrollo, de cultura y de artes; pero no en los trágicos tiempos tan expresamente vaticinados. abdica, ahora que puedes, en el emir abu abdalá.’


miré la mano que yusuf y el alcaide habían besado: elegante y bien delineada. la vi tan lejana de mí mismo quizá por el cansancio, tan ajena a mí mismo, que me estremecí. la vi como si se tratara de un objeto venerable que tuviese que devolver en un momento próximo.

vi sus uñas, pulidas y almendradas; vi, en la del dedo corazón, una minúscula selenosis. (subh, señalándola, había dicho: ‘has mentido, has mentido.’) vi el rasguño que una rama de acebuche había dibujado sobre el dorso, muy cerca del pulgar. ¿había examinado antes con tal detenimiento aquella mano?

¿era aún la mía, a pesar de haber sido besada? la levanté para contemplarla al trasluz; dentro de ella, el color de la sangre y la opacidad de su esqueleto. levanté la otra mano. miré sus palmas, en las que las oscuras rayas de la vida trazan la red de sus caminos.

cerré los ojos para intentar dormir, para intentar huir. pero lo que veía con los ojos cerrados era más tenebroso. los volví a abrir.

crucé en alto las manos, ante la luz del sol; las separé; las miré unirse y desunirse, como si estuviesen dotadas de una vida que no fuese la mía. fingí que una de ellas, la izquierda, era la de alguien idolatrado que había muerto -que había muerto sin presenciar ni desear esta mañana-, y supe que la muerte es contagiosa… fingí que una de ellas, la derecha esta vez, era la mano de mi tío abu abdalá, y supe que no son contagiosos el poderío y la serenidad… fingí que una de ellas -cualquiera, sí, cualquiera- era la mano mutilada de yusuf, o era la mano de uno de aquellos seres que me quisieron en la infancia. no, no eran de ellos aquellas manos, pero tampoco mías.

si yusuf estuviese aquí conmigo… pero hacía rato que había salido hacia almería para confirmar en persona la obediencia de la ciudad. si hubiese estado por lo menos “din”, mi perro, entre los alanos del patio, que misteriosamente se alegraron al verme… no había nadie conmigo. ni el sueño.

nadie… miré con compasión, una vez más, las rayas de la mano, y leí claramente en ellas la fatalidad, el desorden y la ruina que mi horóscopo había profetizado.

por fin, solo en mitad de la mañana de mi exaltación, insomne y solo, acerqué las dos manos a mi rostro, y rompí a llorar entre ellas, igual que habría llorado entre las de mi madre si me lo hubiese permitido.


esa misma tarde, desde las primeras horas, empezaron a llegar los representantes de las ciudades, de los pueblos, de las aldeas, para reconocerme y homenajearme. el alcaide de guadix me obsequió ropas de un lujo semejante al que un día vi entre los tesoros de la alhambra.

agradezco al altísimo la oportunidad que brinda al más humilde súbdito de proporcionar al emir de los creyentes las ropas de su aclamación -dijo.

aquella noche el cansancio me venció. al segundo día, colmado y aturdido por los agasajos, volví a tener la sensación que me había asaltado con frecuencia en los últimos meses, cuando me vi forzado a ocultar los destrozos de mi corazón: la sensación de que representaba a otro en una ceremonia de la que podía ser eliminado sin que ella cesase. nada me dolía de veras, ni me regocijaba de veras; no sangraba, o aquella que corría no era mi sangre. si pensaba en mi padre, me agredía desde el fondo la certeza de que lo estaba suplantando. yo era como un mal imán llamando a deshora a la oración, un actor que recita su papel en una historia falseada y contingente.

la gesticulación era la apropiada, adecuadas las postraciones, aprendidas de memoria las alabanzas, exactos el vestuario y la intensidad de las miradas y el tono de las réplicas; pero no era mi vida verdadera, ni yo era aquél. mi verdadera vida se agazapaba y se escondía, se afinaba hasta desaparecer -menuda y gris, pero palpitante como un animalillo- debajo de tanto derroche de palabras y tantos oropeles.


al cuarto día recibí correos de granada. los abencerrajes, que acudieron con presteza a la llamada de mi madre y aben comisa, me habían aceptado; al pueblo extenuado lo ilusionaba la aparición de una intacta esperanza. ‘el que a hierro mata, a hierro muere’, decían de mi padre entre jolgorios y celebraciones. [yo me planteaba por entretenerme, sin resolver la cuestión, qué estarían haciendo las concubinas del harén, acostumbradas en los destronamientos a cambiar sólo el nombre de su amo; los chismes, las banderías, las peleas que entre ellas se habrían provocado; cómo recibirían a la nueva sultana, mi mujer, a la vez que a la antigua, restituida en su honor de sultana madre; qué haría soraya, cuyas ambiciones, de momento, parecían naufragar… y, en ese imaginado batiburillo del harén, veía los gruesos labios y la espigada estatura de la negra que conocí en la visita con nasim. ‘aunque quizá haya muerto -me decía-, o si sigue allí, por su edad, se habrá convertido en una servidora de las otras.’] mi padre, desde los alijares, con unos pocos fieles, se había lanzado a recuperar la alhambra.

el dueño de ella se convierte en el del reino al ser dueño del símbolo; hasta el punto de que las cartas africanas dirigidas al sultán granadino se inician con la invocación de ‘señor de la alhambra’. aben comisa, en mi nombre, se había apoderado de ella, y, desde las murallas de la fortaleza, rechazó la embestida del sultán legítimo. luego, desde la torre de armas, con los suyos -quiero decir con los míos- consiguió sin mucha dificultad explulsarlo de la sabica. tras una lucha sangrienta, pero breve, en las calles de la ciudad, con los tradicionalmente turbulentos habitantes del albayzín a mi favor, el triunfo de mis partidarios había sido completo.

según los correos, el pueblo ardía en deseos de contemplar a su nuevo rey; en la historia de la dinastía era anormal que el caudillo de una insurrección no se hallase al frente de sus secuaces.

– ¿qué se sabe de mi tío abu abdalá? -había preguntado.

llegó a tiempo, desde málaga, de presenciar la derrota de mi padre, pero no de intervenir en la contienda. los dos hermanos, a uña de caballo, se habían refugiado en málaga de nuevo, la ciudad predilecta de mi tío, de la que él era asimismo predilecto. para mí, pues, era ya ineludible retornar.


entré por el albayzín, entre vítores. mi madre me esperaba en la puerta de fajalaúza, más radiante que nunca; tanto que parecía casi hermosa: acaso el poder embellece. ‘no a mí’, pensé. moraima, sin embargo, me recibió sin aspavientos, con una digna naturalidad.

sus ojos, indagadores, buscaban los míos. yo la besé en los párpados, y ella reclinó un instante su cabeza en mi hombro.

todo sucede para bien -murmuró-. sea lo que sea.

bajo arcos de flores entramos en la alhambra. mi madre y aben comisa habían designado a quienes, en adelante, serán mis hombres de confianza. por debajo de ambos, el que ostenta mayor poder es yusuf ibn al adalbar, el cabecilla de los abencerrajes. acepté: ni deseaba llevarles la contraria, ni habría servido para nada hacerlo.

la única condición que impuse, aunque no creo que pueda llamarse así, fue habitar el palacio de yusuf III, en lugar del que mi padre había habitado, que era el de los últimos sultanes; aún para eso me costó trabajo obtener la aprobación de aben comisa, que consideraba más demostrativos de la majestad los palacios más suntuosos. mientras le exponía mi voluntad de no transigir en ese extremo, vi junto a él al eunuco nasim, que me saludaba y me alentaba con los ojos.

nasim será quien se ocupe de mi casa desde ahora -dije, y me sorprendió oírmelo decir.

él, como si lo estuviese esperando, se adelantó, besó mi brazo, y me invitó a seguirle hacia el palacio de yusuf III.

como conocía tu preferencia, he mandado disponerlo para ti.

al descender por la calle real, después de una vacilación, me anunció:

tu perro “din” ha muerto hace dos días. era muy viejo ya: no ha resistido tu separación. es una pena que no haya sido el perro del sultán.

a él no le interesaban estas majaderías. ¿dónde lo han enterrado?

pretendían quemarlo; yo lo impedí. está enterrado no lejos del lugar donde tuve el honor de bautizarte -contestó sonriendo de una manera ambigua.

la muerte de mi perro, más aún que mi proclamación, me demuestra que una época de mi vida se ha cerrado; quizá toda mi vida.

pero, sin duda, esa parte de ella, irresponsable y gozosa, en la que un niño musulmán pudo persuadir a un eunuco de que lo bautizara.

nasim, entendida la reticencia, doblegó con gravedad su cabeza. el resto de aquel día lo pasé sentado junto a la tumba de “din”. a duras penas le perdoné su deserción.


las mezquitas, en la oración, ya habían comenzado a pronunciar mi nombre. solicité que las fiestas de la coronación, dadas las circunstancias, se abreviasen. había -pretextaba- demasiado que hacer, mucha correspondencia y documentos que firmar, concertaciones, recepciones, demasiados asuntos que despachar con urgencia. no sabía hasta qué punto el pretexto era cierto.

el rey fernando, no bien empezó agosto, devastó la vega, y prendió fuego a cosechas y alquerías al socaire del desarreglo ocasionado por el conato de la guerra civil. me enteré de que mi padre había conseguido un socorro, no grande, de algunos voluntarios magrebíes que desembarcaron en málaga burlando en el estrecho los navíos cristianos. y a principios de otoño, mi padre y mi tío -también él: ya tomó partido-, para no reconocer que habían sido derrotados del todo, corrieron por setenil y por cañete, arrasando sus guarniciones. cañete fue reconquistada en seguida por el adelantado de andalucía, pedro enríquez, que la fortificó y la repobló; por el contrario, a pesar del ataque del marqués de cádiz, setenil quedó en manos nazaríes.

pero ya no todas las manos nazaríes pertenecen al mismo cuerpo’, me dije con tristeza cuando me lo anunciaron.


el invierno, de acuerdo con lo que sucede en la naturaleza, que en tan pocas ocasiones respeta el hombre por desgracia, ha apaciguado o escondido las tensiones, dándonos tiempo para organizar, mal que bien, el reino. ha sido un invierno largo y muy frío. granada, cubierta por la nieve, es una ciudad muda. el azacaneo de esos meses me ha impedido casi del todo hacer lo que me gusta: leer, escuchar música no demasiado cerca, pasear despacio sin objeto preciso, contemplar el cambio de las luces, escribir sin apremios. en muy escasos momentos he podido zafarme, durante este invierno, de la impresión de que representaba.

un sultán tiene la obligación de serlo, no de aparentar serlo -me insiste moraima de repente, vislumbrando lo que por dentro de mí pasa-. por tu bien y por el de nuestro pueblo, sé tú, boabdil.

sultán o no, sé tú. si resistes un poco, lo lograrás. por ahora, procúralo tan sólo, y apóyate en mí cuando lo necesites. estoy convencida de que mi existencia no tiene otra razón.

yo se lo agradezco como agradece el báculo un convaleciente que, arrastrando un poquito los pies, se asoma a una ventana a ver crecer el día que lo anima a crecer. intento, ignoro si con éxito, cumplir mis deberes de sultán; pero no soy capaz de borrar a málaga de mi mente. en mí está, cálida y radiante, con su alcazaba erguida entre las flores y el boscaje, con gibralfaro como un ojo de luz encima de ella, y el puerto jubiloso y azul, y el arsenal y las atarazanas. y no sale de mí abu abdalá -¿qué opinará de mí su integridad?-, cuyo auxilio me habría aligerado la carga del gobierno (si es que puede llamarse gobernar a seguir los “consejos” de aben comisa y de mi madre).


la primavera este año tardó mucho en llegar, pero cuando llegó se abrieron de par en par los ramos.

a mediados de marzo, los cristianos se reunieron en antequera.

allí acudió la flor y nata de su nobleza, desde ponce de león al gran maestre de santiago. los asesoraba bernardino, el renegado de osuna, que conduciría una expedición a los montes de málaga: los generales opinaron que el sultán destronado se hallaba en una posición menos ventajosa que la mía. y decidieron atacarlo a él.

se les unieron el asistente de sevilla, conde de cifuentes, el gran don alonso de aguilar y el adelantado de andalucía: todos los nombres míticos de la frontera contra mi padre. ¿me habría de alegrar? y, si era así, ¿por qué no me alegraba? el día 19 de marzo pasaba de tres mil de a caballo y de mil infantes los que se dirigieron hacia la ajarquía. el 20 por la mañana, según me avisaron, las tropas de los concejos, con los señores a la cabeza, avistaban nuestra frontera, o mejor, la frontera del territorio de mi padre.

advertidos de antemano, sus habitantes habían abandonado las aldeas y refugiándose en lo alto de la sierra o en las torres atalayas con sus mejores bienes. al enterarme de la evacuación, sentí el dolor de aquellas gentes y el pesar desarmado de mi tío abu abdalá, un emir casi sin ejército. los cristianos se adentraron en los montes sin encontrar resistencia; asolaron alquerías y aldeas; quemaron frutales; alcanzaron la costa desde el interior a la altura de bezmiliana. sobre un mapa seguía yo, hora por hora, sus avances, confuso entre la tribulación y el regocijo.

¿atentaba aquella agresión contra todos los musulmanes, o sólo contra el poder declinante de mi padre?

el día 21 salió el sol dentro de mí: se mudaron las tornas con un giro grandioso y violento. mirando el mapa, veía la afilada mano de mi tío señalarme desniveles, pueblos, tajos. cuando los cristianos estuvieron metidos de lleno en la serranía, dentro de ese terreno rocoso, roto y perturbado de los montes de málaga, los nuestros -ah, sí, por fin lo supe: los nuestros, los mandara quien los mandara- se lanzaron sobre las huestes enemigas, las dividieron, las devastaron, las acecharon por los desfiladeros, las agotaron en las vaguadas, las aniquilaron desde las cimas. por los puertos, por las angosturas, por los barrancos, se precipitaron sobre ellas, y las sometieron a una minuciosa y triunfante matanza. acosados y acuchillados, corrieron los cristianos hasta las proximidades de málaga, la ciudad soñada por ellos, que veían por primera vez con los ojos entorpecidos por la sangre. la noche del jueves al viernes fue una noche que no olvidarán nunca. como me imagino a mi tío, vengador y magnífico, me imagino esa noche.

el terror en medio de la oscuridad, la hostigación por demonios invisibles y vociferantes, transformaron a los cristianos en enemigos de sí mismos. huían sin saber adónde, abandonándolo todo, abandonando también la vida, o la libertad en cualquier caso. las últimas noticias -y el júbilo que me proporcionaban debía disimularlo delante de mi madre y de mis visires- decían que más de dos mil cristianos, de los cuales muchos eran nobles, habían caído prisioneros; que toda la ajarquía estaba cubierta de caballos, monturas, armas y víveres; que los malagueños llaman a gritos a mi tío “el zagal”, es decir, “el valiente”. la luz que, cuando me lo refirieron, entraba por el ajimez de la alcoba no era tan limpia como mi alegría. quizá el informador entendió que mi largo silencio lo produjo el disgusto: tanto nos desconocemos, unos a otros, los hombres. “el zagal”. abu abdalá, “el valiente”: así lo llamaré yo también de ahora en adelante.

aunque se mantenga a favor de mi padre, o quizá por eso mismo; aunque luche en un simulacro de reino, entre guadiaro y almería; aunque suponga que ese trozo de costa, cuando nos asentemos, caerá en nuestro poder. porque no sé de cierto cuál es nuestro poder.

porque sólo podré decir de verdad “nuestro” cuando mi brazo cuente con el brazo de mi tío, “el zagal”.


el rey fernando se apresuró a provisionar alhama para impedir que, apoyados en la derrota de la ajarquía, nos aprestásemos los granadinos a reconquistarla. lo cierto es que esa posibilidad se planteó en el consejo por aben comisa; pero el consejo resolvió que la política más cauta era la de mantenernos dentro de nuestros límites, y fortalecernos para lo que viniera. y que, en efecto, vino: los cristianos de murcia entraron por vera en el reino, destrozando sembrados, a principios de abril.

y fue mi madre la que vio cernerse el máximo peligro; no en las tierras más próximas a murcia, sino en almería, residencia del príncipe yaya, el hijo de ibn salim.

no pasó una semana sin que se confirmaran sus sospechas: el rey fernando iba a utilizar contra granada la misma traición que utilizó de príncipe; iba a introducir entre los nazaríes un tercer bando y una segunda discordia, más radical que la primera, entre mi padre y yo. desde vera continuaron los cristianos su ruta hacia almería, que el traidor yaya había prometido entregarles. destacamos un reducido ejército para impedir la traición. pero no lo habríamos conseguido si unas atroces y milagrosas lluvias, que decidimos atribuir a la misericordia de dios, no hubieran colaborado con nosotros. creo que, por el lado de almería, podemos momentáneamente respirar. sin embargo, tengo informes de que fernando ha situado naves en el estrecho para evitar que los prisioneros de su religión sean expedidos por mi padre, desde la alcazaba malagueña al norte de áfrica, a cambio de refuerzos. la pasada semana yo he puesto mi sello en cartas al sultán de marruecos en que le suplico que, si ha de enviar soldados, lo haga al señor de la alhambra y no al señor de málaga. y he sufrido al sellarlas.


días atrás partió de aquí una expedición de castigo, amparada en la estela del desconcierto de la ajarquía. la mandó hamet abencerraje, y se dirigió a las tierras de alonso de aguilar, a luque y a baena. su retorno con un opulento botín hace dos días fue muy celebrado por la gente de granada; tanto que, celosa mi madre del éxito de hamet, vino anteanoche a verme.

es imprescindible que arranques una victoria, boabdil. tu padre y tu tío se han cubierto de fama a los ojos de los granadinos.

con un pueblo no puede jugarse a calentarlo y enfriarlo. desde hace dos semanas se preguntan si han hecho bien; necesitamos persuadirlos de que eligieron al mejor. ¿no te hierve la sangre ante la ocasión que te proporciona tu buena estrella? ¿vamos a conformarnos con unos cuantos rebaños de bueyes o de cabras? el éxito de hamet se les olvidará a los granadinos antes de que terminen de comerse la carne del ganado; acuérdate de cómo se burlaron de tu padre por la manada de vacas que trajo de tarifa.

ayer se estudió con detalle dónde sería más cuerdo dar un golpe seguro: cuál es la zona menos defendida; qué poblaciones están sin sus alcaides, presos o muertos o heridos en la ajarquía, qué territorios conocen mejor nuestros estrategas. es la primera expedición que yo voy a mandar personalmente y, por lo tanto, he de volver rebosante de laureles y despojos. mi madre me lo exige, según ella en nombre de granada.

aliatar, con las cartas geográficas por delante, señaló con un ancho índice indiscutible -le decía yo luego a moraima que es un índice más de vendedor de especias que de mayordomo de la casa real-.

lucena es una ciudad cercana a la frontera, con un luminoso y legendario pasado judío. tiene un recinto amurallado y un arrabal no extenso; no alberga más de trescientos vecinos, según me indican.

su señor, diego fernández de córdoba, emparentado con los aguilar, cuenta exactamente mis años, y es alcaide de los donceles, me gustará vencerlo. bien manejada, esta victoria puede ser útil, no sólo respecto a los granadinos, sino respecto a los pueblos limítrofes, que en estos momentos calibran nuestras fuerzas.

me garantizan que no hay peligro alguno; no se emprendería la acción si lo hubiese. la comarca a que vamos la llaman en el reino ‘la huerta de aliatar’: tan recorrida y domeñada la tiene. eso allana todos los escollos.

me acompaña, perfumada y lucida, la flor de granada. temo que, en lugar de parecer que vamos a la guerra, parezca que vamos a un torneo -tal es la creencia general-, y los jóvenes de granada, cuando se exhiben, gustan de vestirse con lo más rico que poseen. quiera dios que, si ricos vamos, retornemos más ricos todavía. como dirían los cristianos, es mi bautismo de sangre. mi suegro está a mi lado: tengo en quién confiar. con todo, sé que echaré de menos a mi tío el emir; siempre soñé con ganar mi primera batalla junto a él.

antes de ponerse al frente de mis hombres me dispongo a dormir unas horas.

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