para tus herederos no hay herencia: ni trino, ni arrayán, ni limpia sombra ni agua alegre.
los cuervos te parecen, desde abajo, las aves de la misericordia.
boabdil, “elegía de almutamid”
este año -ya lo dije- la primavera tardó mucho en llegar; más hubiese valido que no llegara nunca.
estoy preso. no hay palabra en que quepa mayor desolación; quien no lo haya estado, no podrá comprenderla. el transcurso lentísimo del tiempo, la confusión de los días y las noches, la soledad exterior, que a veces me pareció tan deseable y ahora sufro sin pausa, el círculo de los recuerdos, que se enmaraña alrededor de mi cabeza…
un rey preso: el ser humano prefiere pensar que ciertos hechos no suceden. en la accidentada historia de la dinastía no había ocurrido antes. y ojalá sea sólo esto lo que ocurra por vez primera; me asaltan inevitables temores de que habrá más. mi pluma y mi mano se niegan a escribirlo.
he pedido estos papeles, no carmesíes, para obligarme y concretarme en algo; para que mi voluntad y mis ojos tengan un asidero en que fijarse, y acaso mi esperanza: no sé qué será de mí si se desangra. ahora estos frágiles confidentes son la única ancla que me retiene, el espejo único en que puedo mirarme (en que debo mirarme, porque no lo deseo). me propongo destruirlos si algún día retorno a ser libre. el sentido de la libertad (aun el de la descabalada e imperfecta que gozamos los hombres) empiezo a vislumbrarlo, como siempre, a deshora… y entonces qué ingratitud destruir estos papeles; porque ellos son hoy los solos amigos con los que me cabe dialogar, o por los que aspiro a ser interpretado. como ocurre siempre con los amigos, mucho trabajo y tiempo me costó conseguirlos: los cristianos detestan la escritura y les da mala espina quien escribe.
la mayor diferencia que existe entre los cristianos y nosotros no es la religión, sino la forma de entender y de vivir la vida. alguien puede opinar que tal forma es la consecuencia de nuestras religiones; yo opino exactamente lo contrario: cualquier pueblo acaba por acomodar su religión y su pensamiento a sus actitudes y a sus comprensiones, a sus modos de amar y de apenarse y de gozar y de aguardar la muerte.
los cristianos son aún más ásperos y rudos de lo que yo creía.
acaso no por cristianos, sino por habitar bajo un clima tan diferente al nuestro. veo esta estancia en la que estoy: cuadrada, agria, rotunda, con una chimenea desmesurada, con hostiles paredes de piedra, sin la ligera y acogedora suavidad de las nuestras. quizá ellos encuentran en alcobas como ésta una armonía enjuta y más duradera, una densidad y una persistencia: eso no hace más que confirmarme que somos opuestos. lo nuestro es el ahora, lo inmediato; lo suyo, una inconcreta perennidad, una metáfora muy poco comprobable.
me llama la atención, a primera vista, que los cristianos no se recreen con el agua; la utilizan para beber, y apenas. nosotros, quizá por un recuerdo atávico y colectivo del desierto, la veneramos; nuestro lujo consiste en admirarla y eschucharla correr, en extasiarnos ante los surtidores, en contemplar cómo la luz la traspasa y la irisa, en ver nuestros jardines y nuestros rostros reflejados en las verdes albercas, en administrarla en los riegos de nuestra agricultura, y en adivinarla bajo el aroma de las flores. los cristianos no huelen (mejor será decir que no tienen olfato). nosotros nos bañamos y nos perfumamos; ellos consideran pecado tales hábitos, como si se tratase de una blandura castradora, de un tributo al cuerpo que lo pusiera en trance de condenación; las casas de baños son para ellos las antesalas del infierno, o acaso el mismo infierno.
todo es tosco y elemental entre ellos. comen cuando pueden y lo que pueden, sea o no impuro; creen en los ideales más que en las ideas, se aferran a la tierra, y a la vez la desprecian; adoran a su dios sin lavarse las manos y con las uñas descuidadas y sucias, y cuando van a la guerra, sus soldados van para saciar su hambre, no para defender algo (quizá sencillamente porque no lo tienen, y su manera de adquirirlo sea la guerra). su sentido de la intimidad, alrededor de la cual se cierran como erizos de mar, también es tosco. nunca como ahora me he sentido tan hostil a mi cuerpo. vestido con sus pesadas ropas opacas, sin ocasión de lavarme de continuo, como nosotros hacemos hasta por prescripción religiosa, percibo olores míos no percibidos antes: los olores de mis axilas, de mis pies, de mi sudor, de mi semen húmedo o seco, de mi cabello, de mis ventosidades, de mi aliento.
esto me humilla y simultáneamente me reconcilia conmigo mismo. evoco a menudo -y hace sólo unos días que estoy preso- el vapor de los baños, la humedad goteando sobre los azulejos, el enternecimiento de la música y de la luz coloreada por las claraboyas, la tersura de la piel penetrada por el calor y los masajes, el aroma del humo que sale por los umbrales perforados desde los pebeteros subterráneos, e impregna nuestras ropas livianas.
evoco tal riqueza, y admito que la penuria de hoy me produce un conocimiento más profundo -y desde luego, más sucio también- de mí mismo, de una parte de mí que no tiene por qué ser la peor, pero que sí es, sin duda, la más humilde y animal y, por ello, la más desatendida…
sea como quiera, los cristianos han ganado esta vez. aquí estoy en sus manos. no sé si para siempre; no sé por cuánto tiempo, si es que el tiempo -su medida y lo que midesirve para algo en la cautividad.
han prometido no quitarme la vida; acaso sea lo único que no me quitarán. porque la vida, sin lo que la mantiene y la rodea, ¿qué es?; bajo la inminente y continua amenaza de perderla, ¿qué es? vivir no es sólo no morir, es mucho más. si fuese no morir, se reduciría a algo precario y negativo, y para mí debe de ser positivo y flamígero: es su ardor y su refulgencia lo que distingue la vida de la muerte. a la muerte yo no la temo sino como ausencia de lo que entiendo por vida plena, no una respiración o un simple pensamiento. quizá, en definitiva, y contra lo que opinaba, sea cierto que, si se ama la vida, hay que estar dispuesto a morir por ella; no si se ama la desnuda y abstracta idea de la vida, sino la manera como uno la consume, como la consumieron -y la consumaron- sus antecesores: la vida nuestra frente a la de los otros. porque antes de perder nuestra forma de vida más nos vale morir.
es a esta muerte a la que me refiero, y a la que estoy desde ahora resignado.
ayer me obligaron -con cortesía, pero me obligaron- a asomarme a una ventana del piso bajo de esta torre para que me vieran, desde la plaza, los habitantes de lucena; ellos ardían en deseos de contemplar al rey moro. me cargaron de cadenas, que no suelo llevar en mi prisión; me pusieron al cuello un ceñidor de hierro, y me exhibieron como un trofeo de caza. se produjo un instante de silencio; su filo, con nitidez, partió en dos la mañana. después, como para sacudirse una fascinación, el griterío y los insultos de la turba. y las serviles aclamaciones a sus caudillos, que todavía no sé bien quiénes son.
hasta ahora, en general, el trato ha sido respetuoso. son muchos siglos de ver en andalucía el paraíso perdido como para que no miren a su rey con un sentimiento en que se mezclan el odio y el asombro y una inconfesable envidia.
en su imaginación nos rodean espantosas leyendas, que sus gobernantes desde el principio fomentaron: crueldades atroces, costumbres decaídas, afeminamiento, personificación de cuanto les han enseñado a odiar y a temer al mismo tiempo; pero también somos lo que ellos, en su fuero interno, presienten que serían si se abandonasen a la vida. es fundamentalmente por eso por lo que “necesitan” eliminarnos: porque constituimos el ejemplo de sus desmayos morales y de sus prevaricaciones, pero también constituimos la provocación de su curiosidad y su más alta aspiración secreta.
hoy he sentido el peso de esta cárcel desplomarse sobre mis hombros con una insoportable crueldad.
he levantado los ojos a dios, al que está por encima de las religiones, y también por debajo y en nosotros. ‘no me castigues por olvidarte o por caer en el error. no me impongas una carga que sea superior a mis fuerzas, o dame fuerzas con que soportar la carga que me impongas. omite mis pecados, que no fueron dirigidos contra ti, y concédeme el perdón y la paz y el bálsamo de tu misericordia. tú eres el dueño y el refugio. en ti he puesto mi esperanza, porque mi corazón la ha expulsado de sí.’
mientras oraba, reflexioné en lo que se nos ha dicho y repetido:
’dios no grava a ninguno por encima ni más allá de su capacidad’; acaso tal promesa la hizo dios un día en que no se le ocurrió otra cosa más alentadora. hoy no puedo creer sinceramente en ella.
hablamos con ligereza de la vida y de la muerte; pero ¿qué conocemos de una ni de otra? son las caras de una misma moneda, y nuestro tesoro se reduce a esa sola moneda; oscilamos, como entre escila y caribdis, entre las dos reinas absolutas, de colores distintos, que nos gobierna, a los reyes también, desentendidas de nuestro beneplácito. en la vida, al menos, residimos; pero ¿qué sabemos de la muerte? yo he visto desde niño cadáveres; ¿es eso saber algo de la muerte? (viene a mi memoria el cadáver de subh, el primero que vi. ¿dónde estás, subh, ahora? ¿no habrías preferido morir a ver a tu “vidita”, a tu “zogoibi”, expuesto a la befa de los enemigos? ¿no iba a ser yo, con mi aroma de rosas, el que acabase con las guerras?) ¿nos dice algo de la muerte la podredumbre de lo que un día fue hermoso? sí, he visto su mano pálida y desastrosa desatar el deslumbrante lazo de la vida; he visto las víctimas de las justicias de los hombres, y las víctimas de sus injusticias. he herido y me han herido.
he atentado contra la vida ajena, y han atentado también contra la mía. se hallan tan abrazadas vida y muerte que es arduo decir “hasta aquí” o “desde aquí”… en mis relaciones con jalib, ¿no me he sentido morir a veces con mayor rigor que cuando moraima vino a decirme que había muerto? ¿no de la plenitud de mi vida, y no me venía de ellos el aniquilamiento más sombrío? ¿o quizá es que esas mortales agonías eran precisamente la expresión más intensa de la vida? acaso la desesperación es cosa de ella, y la desesperanza, de la muerte. pero ¿no es desesperanza lo que ahora mismo siento? ¿no estaré muerto de alguna forma ya?
me lanzo a estos papeles cada día con mayor fruición; igual que el famélico a la comida, o el sediento a la fuente. los miro como el enamorado mira, en cada despertar, los ojos de quien ama; porque, según ellos, así será la luz del día que se inicia. son mi único sustento.
a través de la mirilla de la puerta vislumbro los ojos del carcelero cuando él acecha mis paseos, mis paulatinos o nerviosos movimientos, mis vanos esfuerzos por mantener una dignidad regia. esos ojos que se cruzan con los míos y los rehuyen son, a su vez, la mirilla del mundo para mí. por un lado, estoy en una soledad que nunca imaginé; por otro, mi soledad salta en pedazos como un cristal cada vez que es acechada por esos ojos inquisidores, que me son tan extraños. tan extraños, pero tan necesarios. ¿será como ellos dios?
hay momentos en que de tal modo se me hace presente el cuerpo de moraima, su carne morena y armoniosa, su olor casi sonoro, que, si cierro los ojos, podría acariciarlo. nunca la deseé con tanto arrebato, ni se lo dije tanto como ahora. veo su última mirada mientras me retenía con su abrazo, tratando de impedir, de amanecida, mi partida a lucena, como si presintiese que iba a ser privada a la vez de su esposo y de su padre…
y me asaltan también recuerdos muertos -no, los recuerdos no mueren; muere quien los suscitacon la misma vigencia, o acaso mayor, que los vivos recuerdos de los vivos. está muerto jalib; pero ¿cómo olvidar nuestro extravío en la alcoba del palacio de yusuf aquella noche en que todo fue posible, y el orbe entero giró en torno a nuestros cuerpos? me anonadan con impaciente vigor las memorias de lo que tuve y no volveré nunca a tener: unas memorias mezcladas y confusas, pero tan netas que percibo con infinita exactitud -a pesar de las brumas con que el amor envuelve los sentidos cuando nos enajena- la leve yema de un dedo, una oreja con su mórbido lóbulo, el deleitoso pezón de un pecho, el vello rizado de un pubis, una corva de seda, una rodilla igual que una naranja, un lunar en la espalda… la memoria de cómo se deslizan las manos por el cuerpo desnudo de quien se ama; de cómo, bajo sus manos, se muere y se resucita: desde los muslos hasta el cuello, desde la nuca hasta los muslos, por los hombros, por los tensos costados, por el cálido rincón de las axilas, por los surcos que se entreabren entre los pechos o entre las nalgas.
en esos momentos mi sexo se yergue y reclama su dicha. he de apoyarme contra la pared en que se abre la puerta para evitar que el carcelero presencie mi vergonzosa masturbación de adolescente. no, no, porque el adolescente presiente sin sentir, pero yo ya he sentido.
por eso, tras de los pobres gestos, me quedo descontento y vacío.
paso después marchita revista a los lugares en los que fui feliz -¿fui feliz?- y tengo la impresión de estar entrometiéndome en la vida de otro; de otro que me cuenta, a balbucientes retazos, su felicidad.
o acaso es que yo entonces era otro -embriagado, alterado, irreflexivo-, no éste de ahora. qué raro que un feliz pierda el tiempo en pensar que lo es; porque la felicidad quizá consiste en una paralización de raciocinio, o en un sopor, o en un instantáneo alivio de la razón. o quizá el ser que fue feliz permanece todavía allí donde lo fue, abandonado a su ventura por quien dejó de serlo. yo, el que he llegado a ser no sé por dónde, no he gozado conscientemente de la felicidad ni una sola hora; porque, cuando estuve a punto de reconocer que la tenía, me invadió tal pavor a perderla, que la perdí sin más.
siempre admiré la lucidez de aquel califa del esplendor omeya que redactó su testamento con moroso cuidado. al comienzo se definió a sí mismo con resplandecientes oleadas. ‘fui rey durante cincuenta años de la ciudad más hermosa del mundo, y, por si algún esplendor le faltaba, junto a ella construí otra aún más hermosa: la fulgurante joya de medina azahara. amé a la mujer más bella de la tierra (la divina azahara), y ella me amó. a mi corte se acogieron los filósofos más profundos, los poetas más sutiles, los más alados músicos…’ y así continuaba, entre vanaglorias e hipérboles, como si hubiese creado un cielo y residido en él. hasta concluir su personal definición con una escueta frase: ‘y fui feliz catorce días’. pero asombrado él mismo de esta arrogancia última, añadió: ‘no seguidos’.
¿puedo yo proclamar que, aun no seguidos, haya sido feliz catorce días? ¿puede el ser humano luchar con uñas y con dientes por algo tan gratuito como la felicidad? nos movemos entre la necesidad y la contingencia; entre el “si dios quisiera” y el “si dios hubiese querido”; entre el fatalismo y el escepticismo; entre el “todavía no” y el “ya no”, con la sola certidumbre de que, cualquiera que sea la elección, ambos caminos nos llevan a la muerte.
en cualquier caso, se hable de lo que se hable, la felicidad es siempre otra cosa; u otra cosa además. muy de vez en cuando al más afortunado le llega su perfume, pero sólo cuando ella dejó de estar presente.
desde esta inmovilidad recorro ahora, entre vértigos, los instantes próximos a la felicidad que desperdicié por aspirar a algo más, como si hubiese algo más alto. ¿y cómo rectificar los errores que el pasado ha convertido en piedra? de equivocarnos no acabamos nunca.
las lecciones que recibo en este cautiverio de nada me servirán si un día -dios lo haga- me devuelven la libertad. porque el hombre no sólo no recibe enseñanaza ninguna de los otros, sino que ni siquiera aprende de sí mismo.
el poder, en mi caso, es inútil: sólo me vale para intentar sobrevivirme. como el enfermo grave que detiene toda la vida de la casa, tan ancha y tan segura, con tal de prolongar el quebradizo hilo de la suya; en el fondo, todos los moradores desean que esa lucha tan desigual termine. yo he llegado a la conclusión de que, a estas alturas, somos -me refiero a mí y a mi dinastía y a la forma de vida que hemos representado- igual que las dagas de adorno, cuya hoja no corta, ni su extremo se clava.
porque no es defenderse con ellas lo que se pretende, sino que brillen y engalanen sólo. dagas cuyo valor reside no en el filo y el corte, sino en la empuñadura: en el oro y la pedrería y la prolija y esmerada labor de la empuñadura, y en la vaina, labrada y enriquecida, que enfunda y esconde aquello en lo que debe consistir una daga, y lo que la define. preveo que alguien impetuoso y bárbaro se adornará la cintura, sin tardar, con la daga fingida y deslumbrante en que nos hemos convertido.
‘un rey que no es patriota, ¿cómo podrá ser rey?’, se me argüirá; pero ¿es que un rey debe negarse a la verdad? más aún, ¿un rey es algo más que una argucia o un símbolo? aunque me acabe yo aquí, no acabará la guerra. porque no soy yo el que la declaró, ni quien la concluirá. un rey no es nunca un reino: por fortuna, el segundo dura más que el primero (o así prefiero creerlo, porque yo, que nací para rey, ¿en qué habría, si no, de trasmudarme?, ¿o es que hay reyes sin trono aun sin ser destronados?). la guerra entre los cristianos y nosotros no cesará jamás: de ella está hecha la esencia de nuestras dos historias.
granada, aun invadida, no terminará nunca de ser conquistada; dicen que el amor tarda en olvidarse el doble justo del tiempo que duró… se compone una guerra de múltiples batallas, y no todas visibles, y no todas ganadas por quien en apariencia las ganó. y el vencedor no ha de vencer sólo en cualquiera: ha de vencer en la final, a la que debe llegar, sin saber cuándo, de una en otra victoria. no se acabará nunca nuestra guerra; como mis antecesores, nací en ella y en ella moriré. qué suplicio para alguien tan poco beligerante como yo; dan ganas de rendirse aun después de haber conseguido una victoria; de decir:
’aquí me quedo, ya no sigo.’ y cuánto más dan ganas de decirlo en el abismo de hoy; y de añadir:
’vuelva la corona a mi padre, o al “zagal”, o a mi hermano’, si es que no ha vuelto ya y yazgo aquí sin ella… pero no, no me está permitido. es posible que haya de ser yo aquel a quien los cristianos definitivamente tengan que vencer (dentro o fuera de esta prisión, que no lo sé). ante tal sino, ¿importaba haber salido victorioso en lucena sólo para ser definitivamente derrotado?
hundido aquí, me acosa la angustia de que sea mi destino el del supremo perdedor: el perdedor en el que todos pierden.
no acostumbro soñar; pero anoche, después de masturbarme y quedarme dormido, he soñado. o quizá no soñé, sino que, reducido a un letargo, imaginé que soñaba.
aseguran algunos que el sinsentido de los sueños es una consecuencia de hechos anteriores, o que se explican luego en la vigilia y en ella se confirman. he tenido un sueño -o el sueño me ha tenido- de desamor y de orfandad. había un mar sin movimiento, como un estaño inerte; había una alta fortaleza de ceniza, y una nevada sobre un jardín de rosas, y una herida que no cesaba de sangrar y que hablaba. y soñé que, por fin, había muerto.
debe de haber sido entonces cuando inexplicablemente me derramé de nuevo; porque me he despertado más alicaído que ayer y húmedo aún.
acaso el final de la agonía no sea otro que un orgasmo ya póstumo, como dicen que les sucede a los ahorcados.
despierto sí que sueño: en todos los cautivos junto a los que he pasado sin fijarme; en los cristianos de las mazmorras de la alhambra, cuyas condiciones de muerte -me niego a escribir de vida- jamás me preocuparon; en los cientos de pájaros exóticos encerrados en jaulas de plata, devorándose cada noche entre sí, enloquecidos por la contradicción de tener alas inservibles (con sus trinos y con sus plumajes me embelesaban y me cautivaban: me cautivaban los cautivos)… no un ensueño, sino una pesadilla son todos para mí, hoy que sólo veo el cielo por la estrecha tronera de esta torre.
esta mañana ha entrado por la tronera un gorrión. aleteaba aterrado y se golpeaba contra el muro, me daba ejemplo de lo que tendría que hacer yo. con la paciencia de todo prisionero, cuyo tiempo se dilata y no corre, y agradece cualquier distracción que lo distancie de sí mismo, he conseguido cansarlo y apresarlo (yo, el preso). su pequeño corazón palpitaba, perdido el ritmo, entre mis dedos. y el miedo me ha invadido a mí también.
delante de una vida que nada tiene que ver con la mía y que puedo extinguir, delante de su terror a mí, reflejado en sus ojos minúsculos con los que me pedía perdón por estar vivo, me aterré yo. he afinado mi puntería y, a riesgo de estrellarlo, lo he lanzado como una piedra a la tronera. ‘tu muerte -le dije- es preferible a tu tenebrosa vida aquí. sal. inténtalo.
para que vivas, es preciso este ensayo de muerte.’ con limpieza pasó entre las dos aristas del estrecho orificio. me embargó la primera alegría desde que fui apresado.
y sueño despierto en las criaturas que me acompañaron, silenciosas, hasta ayer mismo, y que no es improbable que me añoren.
mis inquietos perros de caza y mis halcones, a los que las caperuzas oscurecen el día. les estará dando su pitanza, si lo hace, una mano distinta; ¿no me echarán de menos?
acaso la comida les oculte la mano… y las flores, que clamarán con su aroma en los jardines alborotados de la primavera. sueño con los paseos de arrayán, con el azahar ya desprendido (no hay estaciones para los cautivos: para ellos, en la libertad del exterior, es siempre primavera), con las lozanas huertas del albayzín, con los almendros que, despojados de su manto blanco o rosa, comenzarán a endurecer la almendra bajo el estuche tierno de la alloza. y sueño con el sol que, al arreciar, con caricias ardientes, disipará poco a poco la nieve de la sierra.
pero quizá más que con nada sueño con mis libros, los fieles obedientes que se dirigieron tanto tiempo a mí con voces disponibles.
cuando en mis manos la soledad era como un verdín; cuando sólo los desprovistos me asistían y los demás me habían desechado; cuando una y otra vez el amor se hizo el desentendido, me persiguió mi padre, me fustigó mi madre; cuando todos, quizá excepto moraima, requerían de mí lo que no tuve nunca…
ellos, inconmovibles, han sido mi soporte y mi certeza. por eso los echo de menos en esta hora acongojada en que alargo la mano y no los toco.
ayer me atreví a preguntarme: si no me liberaran, ¿cómo escapar de aquí? ¿y qué rescate pedirán por liberarme? ¿es que un rey se rescata? ¿no pagará con el resto de su vida la torpeza de dejarse aprisionar con ella? antes de que me reconocieran los cristianos, me habían comunicado algunos oficiales la voz que sobre aliatar corría.
cuando se persuadió a nuestra destrucción, el anciano, sobre el que pesaba la responsabilidad del ataque a lucena, entró a caballo en el río genil, y, al llegar a una poza, saltó de la silla y se hundió por el peso de su armadura.
pensaría que un general que fracasa en la primera batalla de su rey ha de asumir que ha sido para él mismo la última. ¿o pensó que más vale sofocarse en el légamo de un río que caer en manos de enemigos a los que tanto se ha sobrepujado? pensara de una u otra manera, yo le doy la razón: abrir con mano fría las puertas de la muerte, antes de que ella las abra, es justo en ocasiones. ¿no es esa misma idea la que, como un pertinaz tábano, me ronda y me perturba?
porque un reino, cuyo rey está preso, vacila y se detiene; es como una persona cuya actividad interrumpe un vahido. demasiadas cuestiones afligen a granada como para agregarle la cárcel del sultán.
¿no puede ser utilizado aquí como la más mortífera arma contra ella?
¿no sería prudente que un voluntario punto final cerrase el puntiagudo párrafo de la historia que soy, y que, por pernicioso, convendría abreviar?
bajo la desabrida luz -del sol o de la luna, ¿qué me importa?que desciende casi invariable por la aspillera, me planteo cómo ha podido suceder. ¿no estaban desmoralizados los cristianos? ¿no era lucena una ciudad indefensa?
¿no había de ser imprevisto nuestro ataque? ¿no salimos de granada, mi alegre hueste y yo, como a una cacería? hernando de argote, el alcaide de lucena, que me visita por lo general acompañado de su señor -un joven no muy alto, robusto y de mirada poco firme-, me ha contado algo en mi idioma. (yo a nadie he dicho que hablo el suyo, lo cual me permite escuchar por dos veces, disponer de más tiempo para la respuesta, y comprobar si yerra el trujamán al traducirme.) con ello, con lo que vi yo mismo y con lo que llegó a mis oídos en los días que pasé entre los oficiales, he podido saber cómo los acontecimientos se opusieron a mi fortuna.
¿tendré que atender en adelante a los augurios y las supersticiones? al cruzar gozosos la puerta de elvira entre el entusiasmo de los granadinos, recejó mi caballo, y se partió contra una de las jambas el astil de mi lanza.
yo, que conozco a mis súbditos, miré a los más próximos y vi la alarma en sus rostros; pedí otra lanza riendo. ‘yo sé cómo vencer al destino’, grité con insolencia para confortarlos, y espoleé a la cabalgadura. pero a un tiro de ballesta de granada, al salvar la rambla del beiro, una zorra de pelo reluciente y espesa cola enmudeció a los que cantaban, atravesó las filas y pasó a la carrera junto a mí. ni flechas ni jabalinas la abatieron; desapareció ilesa, tan veloz como había aparecido.
algunos principales me alcanzaron y, entre bromas y veras, me pidieron que aplazáramos la acometida a los cristianos. yo me burlé en sus barbas, maldije sus aciagos vaticinios que ponían en entredicho la juventud de nuestros hombres, y continué al trote. al anochecer llegábamos a loja; allí la impavidez de mi suegro tranquilizó los ánimos de todos.
el ejército constaba de tres cuerpos: uno, mandado por hamed abencerraje; otro, por aliatar, y el tercero, por mí. consultado mi suegro, mandé a hamed con trescientos hombres a una operación de hostigamiento y distracción por tierras de don alonso de aguilar, ocupado aún en enjugar y lamentar la derrota de la ajarquía. había de obtener allí trofeos y despojos.
fue el domingo 20 de abril. tardaré en olvidarlo.
mi suegro y yo partimos con el jubiloso ejército hacia lucena.
grande fue nuestro asombro al encontrárnosla bien pertrechada y protegida; el efecto de la sorpresa se había venido abajo. he sabido que un lucentino cautivo en granada, bartolomé sánchez hurtado, se enteró de nuestro propósito y avisó a sus paisanos a través de un arriero de los que tienen paso franco por la frontera, y que son casi todos espías dobles. desde las almenaras del camino se levantaron ahumadas para denunciar nuestra avanzada, y tiraron por las atalayas, en la dirección de lucena, cinco hachos encendidos, lo que indicó que era yo quien capitaneaba la ofensiva. además, los atajadores de aguilar, a los que había soliviantado hamed abencerraje, sembraron la alarma por todos los señoríos del contorno. de ahí que nos encontrásemos barreadas las calles con maderos y fajina, provista la plaza con víveres y bastimentos, y reforzada la débil guarnición con caballeros llegados aprisa desde córdoba. de forma que nos fue imposible entrar por su arrabal y poner fuego a la puerta de la villa como era nuestro plan.
en consecuencia, establecí el cerco y di orden de talar viñedos y olivares.
al día siguiente, vistas las dificultades del asedio, y ratificado por hamed, que no logró imponerse a un enemigo más cauteloso y reforzado que nunca después de lo de málaga, opté por levantar el cerco y retirarnos a nuestros confines. concebí, sin embargo, una última intentona muy rápida, por temor a que llegasen refuerzos cristianos desde las villas próximas. hamed había tratado al alcaide de los donceles, el joven señor de lucena, en casa de su tío el de aguilar, cuando se refugió allí huyendo de la matanza de los abencerrajes que decretó mi padre; mandé, pues, a hamed que se entrevistase con el alcaide y le ofreciera unas aceptables condiciones de rendición total. dudé, no obstante, que fuesen aceptadas.
la plática se entabló en uno de los postigos de la muralla. servía de trujamán este hernando de argote de que hablo. el alcaide de los donceles discutía con prolijidad cada una de las propuestas de la capitulación con la idea, según supe luego, de ganar tiempo y dárselo a los socorros que esperaba.
el primero, el de su tío el señor de baena, cuyo nombre y apellido coincide con los suyos, al que había advertido de su situación el día anterior. pasaban de una hora las discusiones, cuando mis atalayas me indicaron que, por el lado de cabra, se avecinaba una tropa de grosor incierto. mandé, desengañado, suspender la entrevista, recogerse los taladores, y reagruparse los tres cuerpos de ejército para retirarnos en orden por el mismo camino que habíamos traído.
mientras nos alejábamos, oíamos ya las trompetas y los tambores del refuerzo, y los tambores y las trompetas con que los recibían los sitiados.
juzgando concluido el incidente, aunque mortificados, nos detuvimos hacia el mediodía en una campa para distribuir el rancho. no lejos hay un arroyo que llaman de martín gonzález. comentaba pesaroso con aliatar y hamed el sesgo de los sucesos, y, mirando mis tropas, según estaban de animadas, aunque era el día bastante neblinoso, más parecía que las habíamos sacado de granada para invitarlas a una fiesta campestre.
fue entonces cuando escuché el grito: ‘¡santiago, santiago y a ellos, que hoy es nuestro día!’
aliatar, cabizbajo, me aclaró que era el grito de guerra de su viejo amigo el conde de cabra y señor de baena. a pesar del imprevisto, se rehicieron mis soldados al instante. dispusimos los tres cuerpos en orden de combate, y resolvimos encarar a los que, de atacados, se habían convertido en atacantes. de los seis escuadrones de jinetes, mandé juntarse cinco en sólo un batallón, y dejé otro de trescientos cincuenta caballeros, apartado unos trescientos pasos, como refresco. a los costados de la batalla gruesa situé toda la infantería, y la abrigué a su vez con dos mangas de sesenta jinetes para apretarla y evitar que así se rezagara. era una estrategia que creo haber visto aconsejada en algún libro, y que agradó a mi suegro. la niebla de por medio, nos encontrábamos frente a frente con el enemigo, tan cerca de él que unos cuantos de los míos, desobedientes, no fueron capaces de resistir su ufanía, y salieron de las filas con alharacas y voces y gestos con que echaban en cara a los contrarios la matanza de málaga.
nos hallábamos a lo largo de una ladera, abajo de una cuesta, y me preocupó la situación y la cantidad de nuestros perseguidores. al observarlos, vi sobre ellos una enseña que yo desconocía y pregunté a aliatar, muy ducho en ellas.
– desde aquí me parece que es un perro, señor. y ése es el escudo de úbeda y baeza. quizá nos convendría seguir viaje a toda velocidad; por lo que veo, se ha reunido buena parte de andalucía en contra nuestra. puede que quieran vengar en nosotros sus últimos desastres.
(ya demasiado tarde, supe que no era un perro la divisa de la enseña, sino una cabra, muy poco conocida porque el señor de baena no solía luchar con el escudo de su condado, sino con el de su señorío, y hacía bastantes años que no sacaba aquél, pero acuciado por la urgencia, olvidó su enseña habitual de baena y, al pasar por cabra, recogió su divisa.) llegados a este punto, la sugerencia de mi suegro no era admisible sin desdoro. mandé tocar añafiles y melendías, y dar la grita común entre nosotros. respondieron con otra no menos nutrida los cristianos, con lo que el campo entero daba voces. salieron ellos a buen paso fuera del monte que los encubría; avanzaron en orden. gozábamos nosotros de mejor posición para la lucha. de repente, volvieron las espaldas. creí que huían. ordené atacar. lo que intentaban era, sin embargo, trepar por la ladera, de modo que, al romper, se equiparasen a nosotros y trabajasen menos sus caballos. sin más, el primer choque se produjo.
entre el polvo y el griterío, el tiempo se detuvo; creo que así sucede siempre en las batallas. ya no existía el paisaje, verde, florido y aromado. ni la niebla ni la polvareda permitían ver al enemigo, más numeroso en apariencia que nosotros. descendía con rapidez desde su posición, que había abierto mucho, y nos cercaba. tuve un presentimiento; lo rechacé. la confusión era terrible, y, pese a mi inexperiencia, percibí que perdíamos terreno. no sé cuánto llevábamos luchando, cuando tronaron unas raras trompetas. corrió hacia mí aliatar.
– pienso, señor, que hay tropas extranjeras. aquí no se usan tales instrumentos. cubro tu retirada.
sálvate.
pero era tarde ya. mis hombres reculaban sin orden ni concierto.
yo, fuera de mí, les grité para que se detuvieran.
– teneos. sepamos antes de quién huís. es gente que siempre hemos vencido.
no me hacían caso. huían. no todos, pero huían.
– la salvación está en vuestras manos -gritaba yo-, no en vuestros pies ni en las monturas. teneos.
los que quedaban a mi alrededor se batían con nobleza. bajaban por la cuesta nuevos refuerzos enemigos. eran los retrasados: alonso de aguilar, el alcaide de luque, el de doña mencía, los peones de santaella, los auxilios venidos de la rambla, de montilla, de castro del río, de la puente de don gonzalo y hasta de antequera.
habían respondido ahora a las almenas de rebato. todos estaban dispuestos a desquitarse del desbarato de los montes de málaga, con encono y resolución. mis pocos caballeros fieles se desmandaron y me arrastraron en su huida.
– ¿es que no vais a defenderme?
tornad por vuestra fama. teneos, teneos -seguía yo gritando inútilmente.
me había quedado solo. me ensordecía el fragor. oía gritos, quejidos, amenazas, blasfemias, pero cada vez más lejanos. la contienda se apartaba de mí, no yo de ella. a mi derecha, corrían las aguas del martín gonzález. mi caballo “shir” (que quiere decir “magia”), se atascó en el fango de la orilla. no conseguía avanzar ni retroceder. una flecha se le clavó en el pecho. inmovilizado, sangraba y resollaba con un ruido angustioso. me di cuenta de que yo estaba a pie, en medio de los enemigos que volvían. todo se hundió: la guerra, la vida, la muerte, el riesgo, y yo también, que nunca sería el mismo. sólo vi ya los ojos de “shir”. giraban sin cordura, me suplicaban que lo sacara del atolladero para que él me sacase a mí del mío. quizá ése fue el momento de mi vida, antes de esta prisión, en que me haya encontrado más solo e impotente. no sabía qué hacer. mi caballo, con su mirada pendiente de la mía, esperaba desde el cieno que lo llevase a tierra firme. igual que él somos todos, siempre que tengamos a quién dirigir nuestra plegaria; no lo tenía yo. entre la niebla, desamparado y a la vez protegido por ella, saqué fuerzas de flaqueza, levanté con un sollozo mi espada, y degollé de un tajo a mi caballo.
sus ojos me miraron con estupor y sin ningún reproche; se cuajaron después. tuvo varios espasmos y dejó de sufrir. su sangre me había salpicado la cara, y me empapaba el brazo. sentí una arcada. vomité entre unas zarzas. ‘traiciones y mentiras -me decía-. mentiras y traiciones. ¿contra cuántos enemigos ha de luchar un hombre? ¿es mi guerra ésta? ¿esperaba alguien que yo hiciese algo con tanta fuerza en contra? ¿qué ha faltado?
¿es mía la culpa? ¿a quién conduzco? ¿quienes son mis aliados?
estoy solo. estoy solo. ¿quién ha muerto por mí además de mi caballo?’ así pensaba cuando recibí una pedrada que me acabó de oscurecer la mente. no perdí, sin embargo, el sentido del todo. vi tres o cuatro peones que se acercaban con puñales y palos y una pica. intentaban prenderme. me defendí con el alfanje, y herí a uno. el de la pica la enarboló para atravesarme. me rendí. era todo como si no estuviese sucediendo. escuché que se proponían matarme y apropiarse de mis ropas y armas. lo iban a hacer, cuando aparecieron dos soldados de baena: eso decían; los otros eran de lucena. traían a su cargo cuidar de la rezaga, e impedir que los codiciosos mataran a los heridos para adueñarse de un arma, de unas botas, de un velo o de una silla.
acudieron más soldados; con los que ya había se disputaron la posesión de mi persona. se enzarzaron a golpes y a empujones. sólo estaban de acuerdo en que habían de matarme, y ‘aquí paz y después gloria’, repetían. entretanto, despojaron a mi caballo de su arnés. los tres o cuatro primeros, al ver que les arrebataban su presa, gritaron a voz en cuello:
’¡lucena! ¡lucena!’ llegó al galope un muchacho con superioridad. era el alcaide de los donceles, que perseguía a los pocos que quedaban de mi hueste. le refirieron, cada uno a su modo, la reyerta. me preguntó quién era yo.
muchos soldados saben suficientes palabras árabes para entenderse con nosotros en cuanto les conviene.
uno tradujo mis palabras.
– soy hijo de aben al hajar, alguacil de granada y principal del reino.
el alcaide me examinaba con sus ojos pequeños y sin energía. echó pie a tierra. se desatacó una de sus agujetas y, con el cordón, él mismo, sin dejar de observarme, me ató los dos pulgares. se volvió luego a uno que lo acompañaba:
– toma diez lanzas, y llévalo al castillo. yo sigo al conde, que va tras de los moros; no me fío de él, no sea que me deje sin nada que tomar.
hasta ver lo que vi en el camino de lucena ignoraba lo que es una batalla y por qué se guerrea.
no es una cuestión de religiones, ni de ideales, ni siquiera de querer imponer por la fuerza nuestra religión y nuestros ideales; sólo es una cuestión de ruindad y miseria: apoderarse de lo que otros disfrutan, apoderarse de sus bienes y de sus posesiones, y arrebatarles hasta sus vidas para que no puedan defenderlos. arrastrar los cadáveres mientras se les quitan sus calzados; cortarles los dedos para sacarles los anillos; revolcarlos para arrancarles sus escarcelas; desnudarlos para robarles su ropa interior. la guerra no es un asunto de azar, como había creído hasta ahora, sino de carroña. los vencedores son los primeros buitres, que cederán su turno a los otros cuando se marchen con el botín.
nadie hace la guerra porque crea en una cosa u otra, sino porque el enemigo tiene algo que él desea tener, y es por eso precisamente por lo que se llama el enemigo. lo demás es mentira; lo demás son disfraces. ante la indignidad de lo que me rodeaba no me extrañó que mis soldados diesen la espalda a aquello.
me llevaron junto a los demás presos. eran muy numerosos. el desastre había sido total. entre muertos y cautivos, cerca de mil caballeros, de lo más decoroso de granada, y más de cuatro mil peones. es decir, las dos terceras partes de mi tropa. y seguían trayendo prisioneros, a los que yo, por señas, ordenaba que no hicieran ningún gesto que me pudiese denunciar.
a la mañana siguiente, tras un insomnio mudo y hacinado en el que mis oficiales, abochornados por su comportamiento, se apartaban de mí, entró un fraile de aire irrefutable y jactancioso.
– dios -le dijo al cristiano a cuyo cargo nos pusieron- está siempre de parte de los suyos, aunque parezca a nuestros ojos que nos abandona.
y palmeándole el hombro, agregó:
– con esto olvidaremos lo de málaga. “dominus vulnerat et medetur, percutit et manus ejus sanabunt.” a nosotros también nos sirve el consuelo de job: el señor hace la llaga y la cura: sus manos hieren y sus manos sanan.
luego me apuntó con una de las suyas gordezuelas, y le advirtió:
– éste debe de ser una buena pieza: sus ropas lo declaran. tened cuidado de él.
y salió, asestándonos antes una mirada de soslayo y de asco como si fuésemos animales inmundos.
‘todos los hombres -pensé- han opinado siempre así de sus dioses.
si hubiese sólo un dios (como todos creemos, y es el nuestro), sería difícil de entender, salvo que lleguemos a la conclusión de que nuestras rencillas en su nombre no le importan absolutamente nada.
o quizá de que percibe, mejor aún que nosotros, que nuestras rencillas nunca son de verdad en nombre suyo, sino sólo en el nuestro.’
no habían pasado dos días cuando trajeron cuatro nuevos cautivos, uno de los cuales era el hijo de un alfaquí de gran predicamento. antes de que pudiera evitarlo, al verme, rompió a llorar, se postró y me besó las manos.
– tú aquí, señor. tú aquí preso, señor -sollozaba sin soltar mis manos y mi ropa.
sobre aviso los guardianes, dieron parte a sus superiores; había sido descubierto, como temí desde el principio. no tardó en aparecer el alcaide de los donceles, que me rogó que lo acompañara y me instaló en esta torre en que ahora escribo.
– acomodado -dijo (y vigilado, supongo)-, como a vuestra honra y linaje corresponde.
acaso yo habría preferido la proximidad de mis compañeros de desgracia, pero tampoco estoy seguro de ello.
la satisfacción de tener entre los cautivos al rey de granada fue demasiado grande para disimularla.
de uno en uno han venido a visitarme cuantos señores participaron antes o después en la batalla.
hasta el de luque el pariente de abul kasim benegas, que es anciano y ciego, y se ha tenido que conformar con resbalar sus dedos por mi cara, agradeciendo a dios que, antes de morir, le haya otorgado el privilegio de tocar a un rey moro derrotado.
– ya puedo exclamar lo que el viejo sacerdote simeón: “domine, nunc dimittis”. ahora puedes llevarme.
y se arrodilló, y se santiguó, y se llenaron de lágrimas sus ojos que, por lo visto, sólo le sirven ya para llorar.
la madre del joven alcaide, que es doña leonor de arellano, también ha venido desde córdoba a verme. imagino que ha quedado defraudada porque no tengo cuernos en la frente debajo de la toca. cuando me rodeaba por detrás para inspeccionarme, he percibido en ella cierto desencanto: quizá se deba a que tampoco se asoma un largo rabo debajo del ropón.
mi presencia, no obstante, ha ocasionado algunas preocupaciones, y no sólo alegría. los señores de baena y de lucena disputan entre sí por el honor -y también por las consecuencias económicas- de haberme apresado. los soldados se quedaron con los despojos recogidos: capellares, albornoces, marlotas, alfanjes, adargas, dagas, plumas, pero tanto el conde de cabra como el alcaide firmaron un documento que me ha sido mostrado, y que transcribo aquí por considerarme parte interesada. en él se comprometen ‘a juntar y traer a montón todas las cosas vivas, así moros como caballos y acémilas y asnos que por cualquier persona se tomaron y hubieron de los moros en la dicha victoria, para dar y repartir, a todos los caballeros y gente de a pie que se hallaron en la batalla, los que les perteneciere y cupiere, según las leyes de partida y usos y costumbres de guerra, jurando para complación de nuestras conciencias y honras, y por dios y por santa maría y por las palabras de los santos evangelios y por esta señal de la cruz, una, dos y tres veces, que bien y verdaderamente, sin arte y sin engaño, guardaremos y cumpliremos lo contenido en esta escritura’.
– ahora -me dice el señor de lucena, por medio de argote-, mi tío exige, nada menos que exige, que os envíe a baena para que os vea su esposa, y que quedéis allí custodiado por él hasta que os presente a los reyes en nombre de los dos, lo que para él es lo más justo. y, no conforme con eso, asimismo exige que comparezcáis en el montón estipulado, puesto que sois una cosa viva como el resto de los cautivos.
– y como las acémilas y los asnos -completé.
– pero yo os prometo que no se hará; tendría que pasar el conde por encima de mi cadáver. ya se ha mandado a madrid a luis de valenzuela, su mayordomo, para que dé cuenta a los reyes del hecho, y nos traiga su resolución. entretanto, vos quedaréis en poder mío.
estad tranquilo, que os custodiaré de tal modo que burlemos los deseos del conde.
salvo que no iba a entrar en el reparto con los demás soldados y con los caballos, no sé a qué otra tranquilidad se refería.
desde la ventana del piso inferior, adonde como a una fiesta me llevaron, presencié la almoneda de las cosas vivas que la escritura enumeraba. unos se quedaban con lo que les correspondía, otros lo vendían acto seguido, o se citaban a voces para venderlo en otro sitio.
y todo era alboroques y júbilo y vino y borrachera. todo, insultos soeces y riñas y farfantonerías como sucede siempre que entre la chusma se reparte un botín, sobre todo si hay posibilidades de rescates.
– este prisionero me pertenece -dijo el conde ayer ante mí, como si yo no estuviera, aprovechando la ignorancia que él piensa que tengo de su idioma-, porque fue martín cornejo, un soldado mío, el que lo cautivó, y también por las leyes de la caballería, entre las que se cuenta, sobrino, lo sepas o no, la de la gratitud. pues de no ser por mí, ni te habrías arriesgado a salir de tus murallas tras los moros.
– señor y tío: fue mi soldado martín hurtado quien lo cautivó antes de que se interpusieran los vuestros, atraídos por el aspecto del sultán. esto es así, y así seguirá siendo.
miraba yo a uno y a otro aparentando curiosidad y desconcierto, y reflexionaba qué más me daba a mí quién cargase conmigo, si un martín u otro martín, junto a un arroyo también martín de nombre.
sin embargo, me suplicaron que identificara a mi apresador, puestos varios hombres en hilera. yo, sin muchos miramientos, señalé a dos de ellos; pero con tanto tino que fueron precisamente los dos martines en discordia.
– dudo cuál de ellos sea -advertí.
con lo cual quedó sin resolver la duda, y enojados entre sí los dos señores, y convencidos ambos de su propio derecho.
mis armas y mis ropas pasaron a la propiedad de mi aposentador el alcaide de los donceles. (yo recordaba algo que en una fiesta cristiana de primavera -no, no era fiesta, porque todos lloraban- oí comentar sobre lo que el profeta jesús exclamó a punto de ser crucificado: ‘sobre mi túnica echaron suertes, y se repartieron mis vestidos’.) las veinte banderas de las puertas de granada, más mi pendón real y el de mi suegro, fueron a poder del conde de cabra, que se tiene en todo momento, y de ello alardea, como adalid indiscutible de la “gesta”.
– adornaré con ellos las tumbas de mis padres; les servirán de orgullo y testimonio a mis sucesores desde ahora en adelante.
sé que se los ha llevado en procesión solemne, entre cruces y cantos religiosos, a su casa de baena.
hoy ha venido a verme, como cada mañana, el señor del castillo.
me traía ropa, imagino que a cambio de la mía, que se ha quedado.
– no está a la altura de vuestra alcurnia, señor; pero también iremos remediando esto.
me ha preguntado -lo hace de costumbre- si estoy bien atendido.
está claro que no quiere que muera de hambre, ni de sed, ni de miseria; está claro que quiere presentarme a su rey en buenas condiciones. él y su madre se ocupan de mí con diligencia. no me cabe agradecérselo más que de palabra, porque no me han dejado ni una sola alhaja con que obsequiar a esta escrupulosa, antipática y cristianísima señora.
don diego, cuando se había despedido ya, me ha preguntado:
– ¿recibiríais a un pariente mío? es don gonzalo fernández de córdoba. me ha manifestado un deseo muy especial de conoceros.
no necesitaréis un trujamán, porque él puede expresarse en vuestra lengua.
aburrido como estoy, no menosprecio ninguna ocasión de conocer nuevos cristianos, con la remota expectativa de que alguno me resulte más interesante que interesado.
hoy creo que topé con un espléndido ejemplar.
al entrar en mi estancia, antes aún de que levantara la cabeza tras rendirme pleitesía, lo he reconocido. no es que se conserve idéntico desde hace -¿cuánto ya?- cuatro o cinco años. los labios se le han endurecido, ya no luce la ávida boca infantil que tanto me llamó la atención en la faz de un guerrero; su nariz se ha afilado un poco más, se han levantado y ajustado sus pómulos; se ha arrugado su frente.
pero sus ojos ostentan aún la misma agudeza y el mismo brío que ostentaban, delante de mi padre, la mañana en que asistí por vez primera a una embajada en el salón del trono. ‘don gonzalo fernández de córdoba’, me musitó al oído el maleh. y ahora estamos solos los dos (y digo solos porque estar con el doncel alcaide de los donceles es como estar sin él), cara a cara los dos, midiéndonos con respeto y con una simpatía mutua, probablemente insensata y probablemente también inevitable.
me di cuenta de que él o no me recordaba o no se fijó en mí en aquella ocasión, deslumbrado por el lustre de la corte nazarí, que es justamente para deslumbrar embajadores para lo que más sirve; sin embargo, me cuesta figurarme a don gonzalo bajo un deslumbramiento.
en cualquier caso, no era correcto que se lo preguntara: preso o no, yo soy rey; los castellanos tienen un culto por la realeza, sea la suya o no, difícil de igualar por otros pueblos.
me senté; él permaneció en pie.
junto a su figura, la del alcaide se desvanecía. pensé: ‘el muchacho desea ser como él cuando tenga su edad; pero él debió de empezar a ser como es antes de la edad del muchacho. y, por otra parte, ¿cuántos años tendrá? no creo que nos lleve, al alcaide y a mí, más de diez; quizá menos: la guerra, cuando no mata al hombre, lo envejece.’
– podéis hablar -le dije.
– las noticias que os traigo, señor, no van a ser de vuestro gusto; pero considero que un rey ha de estar al corriente de lo que ocurre en su reino, sea lo que sea y por cualquier medio. os prometo que cuanto os diga será cierto, y que lo primero que os diré lo lamento de todo corazón.
me estremecí, pero sin traslucirlo.
– necesito saberlo antes de agradecer que lo lamentéis.
– vuestro padre ha ocupado granada, y se ha vuelto a instalar en la alhambra.
– mejor para los míos; no se les podrá reprochar tener a su rey preso.
– vuestro trono se tambalea, señor.
– puede que mi trono sí; pero no el de los nazaríes. mi padre fue un gran rey.
sus ojos se abrillantaron con un asomo de malicia, o eso me pareció.
– lo es, señor.
con un temblor en la voz que en seguida logré aplacar, porque, al preguntarlo, preguntaba por todos mis partidarios, continúe:
– ¿qué ha sido de mi madre?
– según mis informaciones, y espero que sean veraces, se ha hecho fuerte en almería. con vuestro hermano yusuf y con aben comisa.
suspiré: no todo estaba perdido. aunque para mí quizá fuese más simple que nadie contara conmigo.
la conversación transcurría en un árabe despojado, pero comprensible. el capitán lo pronunciaba bien. se echaba de ver que era un hombre nacido en la frontera: eso me unía a él. balbuceaba a veces, y yo le suministraba la palabra oportuna. sin duda descubrió que yo hablaba el castellano tanto como él mi idioma, pero no aludió a ello: eso me unía más.
– y mi tío “el zagal”? mi tío el emir abu abdalá, quiero decir:
– decís bien: “el zagal”; el islam no tiene una espada mejor.
está con vuestro padre.
me miraba con fuerza.
– así ha de ser -le dije.
me vino a las mientes la prestancia de mi tío cuando lo vi antes de lo de alhama: mimbreño, recio, atractivo e impasible al mismo tiempo; con su rostro severo, digno y muy pálido; vestido con un largo sayo de pelo de camello, bajo un manto de seda negra, y con un turbante de lino blanco enmarcándole la expresión imperturbable.
– así ha de ser -repetí.
– nuestros reyes, señor, han determinado que concluya esta situación de guerra permanente.
– ¿desean firmar treguas?
¿conmigo?
– como aquella mañana en granada, en la que vuestro padre afirmó: ‘se acabaron las parias’
– ¿es que me recordaba?-, yo hoy os digo: ‘se acabaron las treguas.’
– también entonces vuestro rey nos amenazó diciendo: ‘desgranaré uno por uno los granos de esa granada.’
– no sé si dijo eso. los cronistas son amigos de frases. es sugestivo resumir con ellas un estado de cosas; sugestivo y expuesto. no sé si lo dijo, pero está dispuesto a cumplirlo.
– viene intentándose, con grandes altibajos, durante muchos siglos. españa somos todos, don gonzalo. vos habláis de aragón y de castilla; yo soy el rey de andalucía: ni pude desear más, ni puedo contentarme con menos.
– otra frase, señor. las guerras no se ganan con frases.
– ¿con qué se ganan?
– con dinero -me dijo, después de pensar un instante. y añadió-: también yo soy andaluz. he nacido en montilla; ya mis tatarabuelos fueron andaluces. la situación ha cambiado: andalucía hace cientos de años que no es vuestra del todo.
nuestros reyes son jóvenes y fuertes; vos también; pero ellos además no tienen otro designio, ni otro problema ya, que el de adueñarse de granada. no son éstos los tiempos en los que los castellanos ambiciosos venían aquí para hacer su fortuna a vuestra costa. hoy nosotros luchamos, lo mismo que vosotros, por una tierra nuestra.
– al final se verá de quién es.
– el final está próximo.
– si era eso sólo lo que queríais decirme…
hice ademán de levantarme.
– perdonad -con el gesto me suplicó que siguiera sentado-, perdonad. no es un reto; no es tampoco una vana soberbia; no me la habría permitido en estas circunstancias. yo os admiro -mis cejas se levantaron, sin querer, denotando mi asombro-. admiro la entereza con que aceptáis vuestra enrevesada misión. pero, frente a la nueva pujanza y a la nueva sangre de castilla, vosotros estáis invadidos de una vieja desgana; frente a nuestra unidad, oponéis sólo vuestra dispersión; frente a nuestra luna creciente, vuestra luna menguante.
– una frase más, don gonzalo.
no pareció escucharme.
– toda europa anhela que se apague en granada la llama nazarí.
y a nosotros nos conviene que europa lo anhele. hemos mirado demasiado tiempo hacia dentro: es hora de abrir las ventanas y de asomarnos y de respirar. el mediterráneo está llamándonos; para llegar a él han de arreglarse antes los asuntos internos de la casa.
ya está bien de que españa sea el rabo sin desollar de europa.
– bendito rabo: cuanto, a lo largo de siglos, españa le ha regalado a europa de arte, de ciencia o de filosofía, nos lo debe a nosotros.
– es cierto: españa nunca podrá entenderse del todo sin vosotros. pero la historia no se detiene nunca; en lugar de cerrarse (y vuestro reino está cerrado igual que una granada que sólo madurará para caer), se abre…
– ¿no será eso otra frase, don gonzalo? -le interrumpí.
– puede, pero expresa admirablemente una realidad -sonrió, y sonreía bien-. en lugar de cerrarse, hay que abrirse. el rey fernando ha enviado embajadas a europa. la infantería de los suizos nos ayudará contra vosotros, y los artilleros alemanes, y los campeones de inglaterra, vistosos más que nada -añadió despectivo-.
el rey acaba de obtener del papa una bula para que todos los prelados y maestres, y los estados eclesiásticos de aragón y castilla, le suministren un subsidio en florines. y, a través de otra bula, se le otorga a la empresa, por fin y en serio, carácter de cruzada (es lo que vosotros llamáis guerra santa), y se le concede, a quienes colaboren, muy generosas indulgencias.
había dicho en castellano la última palabra.
– ¿qué son indulgencias? pregunté.
– vosotros obtenéis el paraíso si morís en la guerra; nuestras indulgencias son la remisión, por la limosna, de parte de las penas que nos esperan tras la muerte.
– no sabía que a dios podía sobornársele.
fingió no comprender.
– todo eso va a permitir a don fernando contar con un ejército fijo nunca visto: seis mil caballeros y cuatro mil peones, como mínimo.
– no está mal; sin embargo, el número no lo es todo.
– y la buena causa, y el entusiasmo, y la certeza de que esta campaña será la definitiva. no se trata de proseguir una guerra desmayada e interrumpida cada invierno; es una forma nueva del conflicto, una última etapa que comienza. yo tengo mis ideas, señor: creo que la caballería no es desde ahora lo más importante, sino la infantería: una infantería brava y bien mantenida, agrupada en cuadros muy sólidos, de fácil maniobra, y apoyada por una artillería -vacilóconvincente.
– ¿por qué me decís esto? ¿no son secretos vuestros? ¿o es que me mantendréis aquí hasta que ese nuevo conflicto -subrayé la expresión- se resuelva?
ahora la ironía estaba en mis ojos; los suyos chispeaban. añadí:
– yo no soy un estratega, capitán. soy simplemente el rey.
me levanté. él entendió que cerraba la audiencia. inclinó su hidalga cabeza. el alcaide, que había asistido a la entrevista sin mostrar curiosidad excesiva, creyó notar algo discordante en la despedida. se apresuró a decir:
– don gonzalo, el rey es mi prisionero. ya habéis abusado bastante de su paciencia; espero que no hayáis abusado de mi hospitalidad.
– disculpadme -respondió don gonzalo.
volvió a inclinarse frente a mí. los dos salieron. yo paseé cabizbajo por el escaso trecho de la estancia.
comprendo que el capitán don gonzalo fernández de córdoba dice la verdad, y la dice con justeza; que no es un iluso, ni un farsante. deduzco que, dada su sinceridad, se va a tardar mucho en liberarme, o se pretende sembrar la zozobra dentro de mi corazón. y deduzco también que me he de ver si vivo, dentro o fuera de aquí, otras veces con él. la expectativa no me desagrada: hasta como enemigo es preferible a los demás.
de cualquier modo, da igual que la guerra sea vieja o nueva. esté yo fuera o dentro de aquí, no podré gobernar. no regiré a mi pueblo en la paz, que es a lo menos que un rey puede y debe aspirar; toda mi vida habré de hallarme en estado de sitio: un estado en el que la normalidad será siempre aplazada, y el bienestar siempre se dejará para mañana, para un tiempo placentero y sosegado que no llegará nunca.
tendré que contentarme con algo previo, que quizá ni siquiera consiga: defender mi derecho al trono contra los de dentro y los de fuera, contra los que ya ni siquiera puedo llamar míos y contra los que ellos mismos se llaman enemigos. pero ¿quién me juzgará por lo que nunca podré hacer? para los venideros sólo seré un rey que no entendió las exigencias de las razas y de las religiones; que no aprendió a distinguir una sangre de otra; que sólo tuvo una seguridad: la de que lo único que reclama cualquier sangre es no ser derramada.
hoy el alcaide me ha traído un traje de terciopelo, negro por descontado. me hablaba con notable emoción.
– se han recibido las órdenes del rey. mañana partimos de lucena. en mi señorío de espejo nos encontraremos con mi tío, el conde.
juntos os custodiaremos, con toda solemnidad, camino de la corte, que está en córdoba.
instintivamente miré a lo alto; por la tronera se divisaba un girón de cielo de impertérrito azul.
– ¿veré al rey?
– nuestros reyes no acostumbran ver a sus prisioneros si no es para darles la libertad con su presencia.
– queréis decir que yo no lo veré.
tardamos dos jornadas. el paisaje era propicio; la tierra, feraz y pródiga; pero nadie le pedía nada a su largueza. en ella reinaba el abandono. sus redondeces eran las de una mujer a la que ningún varón cubre ni fertiliza.
los cristianos detestan ser labriegos; me pregunto para qué quieren conquistar con tanto ardor la tierra. a la vista de córdoba, se situaron el alcaide y el conde a un lado y otro míos. y, como a un cuarto de legua de la ciudad, salieron a recibirme los grandes y los caballeros de la corte. sin apearme del caballo, llegaba cada uno de ellos a mí y me hacía acatamiento, mientras mis custodios enumeraban su dignidad y linaje: el arzobispo de sevilla, muchos otros obispos y prelados de su religión, los maestres de calatrava y de santiago, los duques de nájera y de alburquerque, y otros cincuenta o más señores, títulos e hidalgos.
yo contestaba a sus saludos según el grado de sus noblezas, midiendo las cortesías a mi usanza. a continuación, mis custodios brindaron a los grandes, con un gentil gesto de protocolo, la honra de llevarme.
fineza por fineza, los grandes rehusaron, y avanzamos todos juntos hacia córdoba.
el camino no se veía de gente.
el campo, sembrado sólo de desidia, lo inundaba una inmensa muchedumbre, que, dada la aspereza de los cristianos y de su idioma, dudé si me denostaba o me aclamaba. me incliné más bien a lo segundo, aunque sólo fuese por respeto a mi escolta. de la masa brotaban manos extendidas como si quisieran tocarme, y notaba en los ojos el temblor que provoca la consecución de algo muy largamente ansiado. en un momento, al levantar mis ojos desde la multitud al gran río, aceitoso y manso, sentí una inesperada conmoción: al otro lado de él, majestuosa, impar, de piedra y sueño a la vez, estaba la gran aljama de los omeyas. ‘un ideal no es nunca un sueño’, me había dado a entender días atrás don gonzalo de córdoba. cierto: un ideal es una realidad perpetuamente desvelada, la realidad más insomne de todas. y así se me ofrecía la mezquita, conmovida y sosegada, ilesa y malherida, ultrajada e imperturbable, mendiga y portentosa.
frente a ella se detuvieron los caballos; eran las casas del obispo de la ciudad, don alonso de burgos, donde me hospedaría. no quiso el rey, según me advirtieron, conceder ese privilegio a ningún noble por no hacer de menos a los otros, ya que en asuntos de honras son tan puntillosos los cristianos, y mucho más los nobles. supuse que aquellas casas, dada su situación, ocupaban un sitio del antiguo palacio califal. y era allí, en estricta justicia, donde un rey nazarí debía alojarse.
el obispo es un hombre mayor, artificial y frágil; de gestos ampulosos y breves a la vez. me produjo la impresión que me han producido siempre los sacerdotes de su religión: hablaba como montado a dos caballos; el tono iba por un lado, y el contenido iba por otro; podía decir las mayores atrocidades con una entonación meliflua y conmiserativa.
– matar, entre nosotros -me dijo el mismo día, y como prueba lo transcribo-, no es infligir un daño; es sólo anticipar la justicia divina. o incluso ejercerla, si lo preferís. se manda el cuerpo a la tierra, pues tierra es, y el alma, a gozar del señor, o a ser privada de él en el infierno. en cuanto a los infieles, exterminarlos es un precepto de nuestra santa religión, puesto que se oponen a dios, de quien es únicamente el poder y la gloria. salvo que se conviertan; es en la conversión donde está la vida.
– si hay varios dioses -le repliqué con desgana por amabilidad-, es que no hay ninguno. y si hay uno sólo, y eso es lo que vosotros y nosotros creemos, es que será el de todos. nunca he entendido por qué el hombre se endiosa tanto que se arroga la obligación de defender a dios. como si él no tuviese medios suficientes.
– sí los tiene; claro está que los tiene. uno de ellos es precisamente el hombre; el otro es el milagro. nosotros, alteza, contamos con los dos. y con maría santísima -recalcó.
– también nosotros honramos a maría, la madre del profeta jesús -le aclaré-. cuando mahoma mandó blanquear las paredes del templo de la meca como medio de abolir los ídolos pintados, puso su mano sobre una representación de maría con su hijo, para evitar que, confundidas con las otras, se expulsasen sus imágenes de nuestro acatamiento.
– no os sorprenderá, pues, que al dulce nombre de santa maría esté consagrada la iglesia de ahí enfrente.
– ¿os referís a la mezquita?
– me refiero a la catedral. ya no hay mezquita ahí, hijo. en ella una vez más dios escribió derecho con renglones torcidos.
a la siguiente mañana me visitaron el conde y el alcaide. venían a despedirse. el rey había decidido que me entregasen, otorgándose público documento de mi entrega y reato, a su tío don enrique enríquez, condestable del reino, y al contador don rodrigo de ulloa. ante notario y testigos, en una ceremonia ininteligible para mí, aquellos dos caballeros me recibieron como si fuese un objeto precioso, cuyo bienestar peligrara y cuya rotura pudiera acarrear el mayor desdoro. y, para no complicarse la existencia con tanto riesgo, me dieron en guarda a su vez al comendador de calatrava, don martín de alarcón, alcaide de porcuna, quien también, honrado y orgulloso, me recibió obligándose.
‘nada bueno puede venirme del nombre de martín’, pensé al enterarme de quién iba a ser mi guardián. no pude evitar una sonrisa.
‘¿estaré yo también -me preguntéaficionándome a augurios y agorerías?’ pero lo cierto es que son demasiados martines.
– dentro de cuatro días saldremos, alteza, si lo permitís, hacia la fortaleza de mi orden -dijo éste de alarcón.
y a los cuatro días justos nos ausentamos de córdoba, no sin que el obispo antes me autorizara a contemplar la mezquita por dentro.
entraba en una alberca impávida; entraba en un estanque donde el agua se había sustituido por una sombra quieta. fuera de cualquier duda, aquél era un lugar sagrado: junto a la corriente espesa del gran río, entre la sierra y la campiña. allí habían adorado todos los hombres muertos: no los romanos sólo, sino más allá aún, los fenicios, los griegos, los cartagineses, los tartesios. culturas de las que ni el nombre queda, ni el nombre que les dieron a sus dioses.
o a sus diosas quizá: negras como la isis egipcia, forjadas con el humus de la tierra, con todas las oscuras materias germinales, o blancas, luminosas y vírgenes, escondidas debajo del invierno del mundo, al acecho de la incesante primavera.
mucho había leído sobre este monumento en los libros de la alhambra, sobre todo en los pertenecientes a mi predecesor mohamed “el faquí”, tan usados por él antes de reinar; pero lo que yo he visto no estaba en tales libros.
como lo sagrado de su espacio no está en su arquitectura, al mismo tiempo aérea y pesante. es anterior a ella: el aire denso y cálido, como una alcoba en que se ama, y la llave radiante de la vida. ni se me ocurrió siquiera hacer la postración que, con arreglo a mis ritos, se prescribe. aquello era otra cosa, precedente a mis ritos y a ritos precedentes a los míos.
como si la mano de dios, desde el principio, hubiese descansado con su ingrávida huella en aquella ribera. yo respiraba despacio el aire santo, y casi me ahogaba el respirarlo, igual que si estuviese respirando alguna agua bendita, alguna agua lustral que me preservase del daño y de la última muerte.
había oído decir a los más sabios, o sea, a los que no tienen que ponderar los aciertos de sus reyes, ni encubrir ni dorar sus desaciertos, que los peldaños de nuestra decadencia descienden visiblemente a través de los materiales de nuestras construcciones.
los califas de córdoba construyeron en piedra; las taifas de los almohades, en ladrillo; nosotros, en el momento del ocaso, adornamos las débiles paredes con estuco para embozar nuestra pobreza. pero en aquel espacio nada había que embozar. aquella majestad se anticipó a la majestad de los omeyas, inclusive le indicó por dónde había de ir. era oriente; pero ya no era oriente, sino otra forma superior de la grandeza. allí habían concurrido todos los adoradores con toda su riqueza ofrecida al más alto poder, llámese como quiera. y no sólo riqueza; era una anonadadora certidumbre lo que allí había.
en la fresca penumbra, el obispo y los sacerdotes entonaban sus himnos demasiado imponentes, sinuosos y enfáticos. los cristianos ya habían impuesto su destrozo en la nave central; en ella se sentaban los ministros del culto, en cumplimiento de un rutinario oficio religioso. desde donde me hallaba veía sus sitiales, sus arduos símbolos, las lámparas de plata, el petulante y apagado brillo de sus retablos. desentendido de ellos, me palpitaba el corazón, temeroso ante rincones sombríos, sobrecogido como un niño por extrañas presencias, que nada tenían que ver con las genuflexiones y las engoladas antífonas de la pompa cristiana, atraído y asustado por los ecos de pasos no advertidos, de voces sin origen preciso que susurraban bajo los cánticos… sumergido debajo de esta misteriosa piscina inmóvil, percibía sobre el mármol del suelo la desflecada luz del sol implacable de mayo que flagelaba el exterior. impasible ante la lujosa ceremonia, cuyo motivo seguramente era agradecer mi apresamiento, demasiado plúmbea para el poder de dios, que es siempre más ligero y más vivo, mis ojos huían fuera del crucero improvisado que acribillaba el templo, en busca, como una enredadera, de las testimoniales columnas. ¿qué hombres habían adorado allí con tal totalidad, con los entresijos enteros de su alma y de su cuerpo, hasta elevar a plegaria la alegría cromática de las columnas, colocadas según sus coloraciones, y los capiteles, concertados los de orden compuesto sobre los fustes rosas y los de orden corintio sobre los azules?
pero -me preguntaba- ¿aquellas columnas habían sido erigidas para dar con su magnificencia culto a mi dios?
allí surgía el presentimiento de una familiaridad antigua y extirpada, pero tampoco extirpada del todo, sino sobrevivida hasta sostener incluso los actuales fanatismos, como si tampoco éstos estuviesen allí fuera de lugar. la certeza contradicha de un secreto, algo que se ocultaba y se manifestaba, a pesar o a causa quizá de los gestos habituales de cualquier ser humano, que siempre en este templo ha infringido una norma cuando ha rubricado otra, y que, por el contrario, siempre atina si adora allí, sea cual sea el objeto de su adoración.
calló por fin la música de la extraña liturgia. ‘toda música cesa -pensé- para abrir sitio a la música callada.’ preferí aquel silencio, aquel desvanecerse las figuras humanas y sus modestos frenesíes religiosos. la religión aquí es sólo la ausencia y el silencio, previos a uno u otro credo, posibilitadores de las sucesivas e inagotables fes; esta ausencia acogedora y maternal, este silencio activo y palpitante, lejano y envolvente al mismo tiempo. allí estaba la fábrica protectora y a la vez indiferente, nutricia y sombría, enmudecida y retumbante, perdurable y muerta: inmortal, inmortal. atravesaban entre los capiteles los mensajes ocultos del pasado, porque el progreso es a veces el regreso, y, con frecuencia, se arriesga el hombre en batallas de dios, que no son sus batallas.
pero ¿es que el hombre puede elegir, o debe resignarse de continuo a ser el elegido? somos lo que hemos ido siendo; no lo que fuimos, ni lo que aspiramos aún a ser, ni tampoco lo que aparentemente somos. nuestra realidad es el resultado de cuanto se construyó y se destruyó y se reconstruyó: como este monumento; el producto de innumerables iniciativas y de fracasos innumerables. nuestra historia es muchísimo más larga que nosotros. andalucía -y es un rey andaluz el que lo escribe- estaba ya presente dentro de mí como dentro de este templo. andalucía, eterna fusión de los contrarios, liberada mucho tiempo antes de caer en la esclavitud. yo la veía así, fuesen quienes fuesen los que la habitaran: con esta actitud infinitamente abierta de la mezquita. en andalucía como aquí, copiosas columnas de exquisitas piedras sostienen su techumbre: más bellas unas que otras; alguna, con su propia leyenda estampada en el fuste; procedentes la mayoría de templos, iglesias, sinagogas y basílicas antecesoras, o llegadas de muy lejos, o hasta plantadas con apresuramiento, sin la augusta meticulosidad ni la soberbia realeza de sus hermanas… muchas columnas, diferentes columnas, pero sí hermanas todas; y entre todas manteniendo el edificio en pie, manteniendo disponibles para quien llegue su especial genealogía y su hermosura, distintas y solidarias. muy pocas cosas hay perennes, y pocas tan efímeras como nosotros mismos, como nuestro brillo y también nuestra ceniza, como nuestras victorias, pero también como nuestras derrotas. porque en este monumento se aprende muy de prisa que ni siquiera la muerte es duradera. tal era la razón de tanta solidez. entonces fue cuando la descrubí: estamos los que estábamos; los que estaremos, ya estamos. y cuanto hacemos y cuanto nos rodea es lo que hicieron y lo que rodeó a aquellas manos, a aquellas bocas, a aquellos ojos, que hoy observan el esplendor del mundo, y acarician el gozo de este mundo, y besan las mañanas azules de este mundo, con nuestros ojos y nuestra boca y nuestras manos. no, aquí no podía darme por vencido. somos inmortales; inmortales como el templo en que estoy, como dios mismo…
‘pero ¿en dónde está -me pregunté de súbito- el mirhab de esta mezquita?’ ¿lo destruyeron los cristianos? ¿machacaron, para implantar la suya, nuestra almendra mística; para devorar su fruto aniquilaron la recamada corteza de oro? ¿qué se consigue con la destrucción? ¿no consiste la historia en añadir, en escribir en páginas ya escritas, en utilizar las líneas trazadas por dedos ya extinguidos para componer nuestro párrafo propio? ¿dónde está aquí el mirhab? ansiosamente lo buscaba, y lo encontré escondido. y entonces descubrí el porqué de mi anterior descubrimiento: el enigma sobre el que se asientan los más hondos sillares de esta casa de dios y de los hombres. el enigma, pero no su solución.
¿qué mezquita era ésta, en que el mirhab no resplandece exhibido ante los ojos de los fieles; en que el palmeral de columnas no deja ver los gestos del imán que han de ser imitados? ¿por qué abderramán “el emigrado”, el omeya primero, se proclamó independiente entre estos muros, antes de que estuviesen consagrados a nuestro dios? ¿los cristianos de hoy no necesitan contemplar a su sacerdote cuando oficia el sacrificio incruento de la misa? antes de que los abderramanes engrandecieran este templo, en honor de su dios que es el mío, ¿qué cultos se rindieron aquí, qué dioses habitaron esta suntuosidad?
si este lugar se tuvo por sagrado desde su creación, y aun desde siempre, ¿desde cuándo y para quién se alzaron las columnas? esta hermosa e invasora serenidad no es el resultado de una guerra, ni de una victoria, ni de una cultura incipiente, sino de una paz asentada y de una culminante espiritualidad; no es obra de una persona, ni de muchas personas, sino de una idea fundamental del mundo. ¿qué teología levantó tanto bosque para envolver la mirada de los fieles, para elevarla no dirigiéndola a ningún celebrante, sino a un solo y divino celebrado? ¿no está presente aquí la filosofía alejandrina y el genio de israel, adorador de yahvé? mentes y manos judías debieron de levantar este poblado ardid, y, en una de esas rítmicas e inevitables épocas en que sefarad deja de ser sión, quizá manos arrianas lo heredaran, y dios, estático y remoto, cambió otra vez de nombre. los cristianos arrianos, unitarios, antes de que la trinidad introdujese el politeísmo, celebraron acaso aquí sus silenciosos ritos, y luego recaredo, al abjurar, lo sustituyó por los ritos trinitarios, y después, con el desencadenamiento de la guerra civil entre los godos, que entreabrió un estrecho postigo -lento, lento- a nuestra cultura y a nuestra religión, este templo retornó jubiloso al cristianismo unitario, tan afín a la doctrina mahometana. tan afín que, insensiblemente, esta sala, aséptica y callada, ofrecida sólo como un pretexto para que el hombre se postre, fue haciéndose mezquita.
y el hermoso pretexto triunfó de las necesidades de otros cultos por su propia hermosura, y por ella y por el sentido de la divinidad, idéntico en todas las religiones y a ellas previo, fue venerado y respetado este piadoso ambiente, donde el único dios descendió un día, y en el que permanece. porque aunque las columnas fuesen taladas, y abatidos los capiteles, en la raíz de cuanto veo se encontraría la raíz de lo sagrado. y eso es lo que sostiene los cimientos de esta realidad…
sin poder ni intentar evitarlo, me postré sobre las losas, pulidas por tantas postraciones. y, desoyendo el clamor de las campanas, mientras alguien que apagaba las llamas de los cirios pasó rozándome, adoré a dios.
el obispo de córdoba, a quien no había oído acercarse, impaciente ante mi tardanza, puso su mano sobre mi hombro, y, presumiendo acaso que mi fe en mi dios flaqueaba, ilusionado por la conversión de un rey moro ante la grandiosidad del cristianismo, que ha vuelto a instalarse aquí con sus ocultaciones, murmuró cerca de mi oído:
– dios es más grande que nuestro corazón.
– ahí reside la primera verdad -le respondí mientras me levantaba.
y entonces vi que la rica tela de oro de su capa había sido tejida por algún musulmán, porque en ella estaba escrita en árabe la aleya 22 de la azora del éxodo del corán: ‘él es el que conoce el misterio y el testimonio.’
‘todo está, pues, en su lugar’, pensé.
don martín de alarcón es un hombre rollizo. su cara más bien redonda y roja denota un buen comedor y bebedor. tiene fama también de buen guerrero, aunque de eso en andalucía todos tienen la fama, porque, si no, los devuelven a burgos o a segovia. lo que más destaca en él son sus manos, afiladas y blancas, casi de mujer.
las enclavija con frecuencia, y, como una manía, levanta la derecha al hablar hasta la cruz de su orden que ostenta sobre el corazón, como si tratase, engreído por ella, de mostrarla.
– mi buen señor -repite con la mano en la cruz-, ¿qué puedo hacer por vos aparte de recomendaros paciencia? no me está permitido ni rogar por vuestra libertad a nuestra señora de la merced, en cuyas maternales manos -y entrelazaba las suyas- depositamos los cristianos el destino de nuestros cautivos.
el castillo de porcuna se alza sobre una roca, cuyas tajaduras le sirven de cimientos. en su torre octagonal me han habilitado hospedaje y prisión. el trato de los caballeros calatravos es afectuoso y cordial, hasta el punto de forzarme a pensar que la prisión entre ellos va a ser larga; me gustaría ser peor tratado, pero por menos tiempo. a través de las ventanas veo la sierra de luque y, en primer término, olivos y jarales. es un paisaje adusto, a medio camino entre los mimados jardines de granada y los arriscados esquistos de la alpujarra, con sus tajos y vaguadas grises y pedregosas, con sus abruptos barrancos; más abierto que uno y otro, dispensa la serenidad de ánimo que con tanto reconocimiento recibe un prisionero.
deben de haberse iniciado las gestiones para mi rescate, quizá apresuradas por mi madre, ibn abdalbar y aben comisa. lo digo porque, al solicitar, entre otros utensilios de aseo y vestimenta, unos libros de la alhambra y algunas manos del papel de la cancillería, me han sido traídos antes de lo que esperaba -si es que lo esperaba, ya que mi padre reina allí-. por eso puedo continuar escribiendo en los papeles carmesíes, a los que estaba acostumbrado.
lo que me propongo, para poner en claro mi situación que tan enlazada está con la de mi pueblo, ahora que tengo todo el tiempo para reflexionar, es contarme a mí mismo someramente “la historia de la dinastía” a la que pertenezco.
eso quizá me ilumine sobre cómo actuar en circunstancias que, con no haberse visto en ellas ninguno de los sultanes anteriores, no serán tan contrarias que no saque de tal estudio alguna asesoría. y, en último término, haré un bien a mis dos hijos -cualesquiera que sean los hechos posteriores en que me vea sumido- si les narro lo que hoy anda disperso y deformado, en tono familiar, sin los coturnos en que los cronistas oficiales suelen aupar a quienes los corrompen. no será malo que, después de haber aprendido en ibn jaldún qué es y cómo ha de leerse la historia de los hombres, con mi propia voz diga lo que sé; a la manera de aquel pariente mío ibn al hamar, hijo de yusuf II y nieto del gran mohamed, cuyos escritos son algunos de los que pedí. o, para ser más sincero, quizá a lo que aspiro es sólo a entretener mis días vacíos, y a no desesperarme esperando contra toda esperanza. porque, en el fondo, la grandeza del ánimo consiste en que la noche nos coja mirando de hito en hito al sol poniente. la ciudad más hermosa, incluida granada, tiene bárbaros arrabales, y es imposible contar la propia historia sin contar las ajenas, ya que la historia con mayúscula -si la hay, y no es que se inventa cuando ya ha transcurrido- se compone de las minúsculas, igual que la cubierta de una jaima regia, de retazos y de humildes remiendos.
en el primer tercio del siglo xIII, los andaluces teníamos dos enemigos de muy distinto orden: los cristianos, que arreciaban los ataques y se encontraban fuera, y los almohades, que se debilitaban, pero que se encontraban dentro; los almohades con su ortodoxia, siempre perjudicial, y sus pretensiones de pureza religiosa, a la que los andaluces ni estuvimos acostumbrados nunca, ni llegaremos nunca a acostumbrarnos.
todas las ciudades de una cierta entidad se sublevaron, aun disgregadas e inconexas como se hallaban ya, cada una por su lado.
desde la caída de los omeyas, ése fue nuestro mal, si no es que él mismo originó tal caída. y hasta hoy mismo lo siguió siendo, y lo seguirá siendo hasta mañana, en el caso de que haya. las ciudades buscaban y elegían caudillos fuertes, que las supieran defender y les otorgaran la seguridad y el estilo de vida anterior a la invasión almohade. (los almohades, como antes los almorávides, pisaron nuestra tierra como aliados; pero, entre nosotros, los aliados, ignoro por qué terrible sino, siempre acaban por volverse enemigos. como en el juego, a menudo las cañas se tornan lanzas.) dos caudillos se repartían el predominio sobre los andaluces, por su impetuosidad y su carisma: uno, de la familia hud, que era el señor de casi todo el territorio; otro, de la familia de los mardanis, que se había alzado contra él y dominaba valencia. el primero se decía descendiente de los antiguos reyes de zaragoza, e izó con su mano la bandera negra de los abasíes de bagdad, aquellos que, sublevados contra la dinastía omeya de damasco, la extirparon de allí. los hombres siempre pretendemos apoyarnos en alguien más sólido que nosotros, que termina estorbándonos cuando nos juzgamos -en general, demasiado pronto- bastante sólidos por nosotros mismos.
[algo de eso parece que hubo aquí, según luego he podido leer. un victorioso general de abderramán i “el emigrado” se llamó aben omar ibn hud. en premio de sus victorias, el emir omeya, ya independiente de damasco, le concedió el gobierno de zaragoza, que por entonces creo que llamaban sansueña. los cronistas cristianos corrompieron, como siempre, su nombre, y lo llamaron omar filius de omar, lo cual dio origen a marsilius o marsilio, que es con el nombre con que pasó a la historia. y así gobernaron sus sucesores en zaragoza hasta que fueron expulsados de ella por los reyes aragoneses, y volvieron a su original suelo granadino. uno de los postreros representantes conocidos de esa estirpe es este ibn hud de que hablaba en mis escritos de porcuna. de donde se deduce que aquel general, tan importante brazo del omeya, engendró a la larga un abanderado de sus más irreconciliables enemigos: los abasíes.
nunca se sabe cuál será el final de una historia. eso, que preocupa al feliz, aplaca al desgraciado.] como es frecuente entre los andaluces, la ascensión de ibn hud fue rápida: era bien parecido y gallardo, bizarro y vigoroso; caldeaba los ánimos. conquistó con demasiada prisa -o mejor, se le entregaron- las ciudades de la mayor parte de andalucía. (pocas enfermedades hay tan contagiosas como la esperanza; quizá la desesperación es una de ellas.) pero los andaluces -carentes de iniciativa- no estaban todavía preparados sino para obedecer, y obedecer a alguien tangible, presente, o muy bien representado; sin embargo, una organización que inspire confianza y sujeción no se improvisa.
de ahí que el edificio con tanta premura construido, con premura también se derrocara. alfonso IX de león y su hijo fernando III de castilla, al que dicen “el santo”, triunfaron en mérida y jerez; el resto de las ciudades sometidas a hud, desilusionadas e incapaces de fortalecerse por sí mismas, no buscaban ya sino el medio de salir de su égida, que era enojosa y rígida. pensaban, como suelen los pueblos cuando piensan, que lo único que habían conseguido era cambiar de tiranía y que para tal viaje no se precisaban alforjas, por lo cual se dispusieron a descubrir otro tirano nuevo. la oportunidad se la brindó, antes de lo previsto, un adalid osado y ambicioso, que buscaba asimismo su oportunidad. las ciudades andaluzas, como en una subasta de mercado se ofrecían entonces -¿y no hoy?- al mejor postor. de este adalid desciendo yo.
todo empezó la tarde templada de un viernes de ramadán en arjona, no lejos de jaén. aún no había comenzado a anochecer sobre las colinas, y los olivos y las vides apenas se estremecían bajo un aire muy leve. al salir de la oración, desde la mezquita no muy grande, nadie se fue a comer su sopa aquel día. permanecieron, enardecidos y hambrientos, proclamando a voz en cuello sultán a un hombre que los miraba con ojos de león y los dejaba obrar aparentando desdén. no era guapo, ni alto, ni gallardo; era rudo y sabía mandar con autoridad y, lo que es más importante, ser obedecido. pero, sobre todo, llevaba en sus manos como un don la medida de sus posibilidades. su nombre era muy simple: mohamed ibn yusuf. se decía -o luego los halagadores lo dijeron por él- de la familia de los nazar (por eso nos llamamos nazaríes) y de los al hamar (por eso nos llamamos alamares). todos los que habían comprobado la incapacidad de ibn hud para protegerlos requirieron al nuevo caudillo, ya conocido por su genio belicoso y por su pésimo genio personal, que no se andaba con chiquitas. por eso le apodaron en seguida el señor de los invasores -lo cual no era poco en aquellos años-, nombre que lo definía a él como dominante, y como extranjeros a los almohades. jaén y después córdoba le abrieron sus puertas; pero ninguna de las dos fue apta mucho tiempo para soportar la estricta dureza de su disciplina.
‘en lugar de ir de mal en peor, bien estábamos como estábamos’, se dijeron. córdoba volvió con el rabo entre las piernas, igual que un perro famélico y viejo, a ibn hud, que la oprimió aún más que antes. en vista de semejante lección, sevilla prefirió declararse independiente de los almohades y de ibn hud, y así continuó, de la ceca a la meca, hasta su doloroso final, que no tardó.
mi antepasado tenía muy claro su propósito, y se fabricó una ética y un destino de acuerdo con él. obró como todo el que emprende una carrera extensa y complicada hacia una meta que lo mismo puede ser la glorificación propia que la salvación de su pueblo, si es que ambas cosas son separables y no conducen indefectiblemente la una a la otra. mohamed se alió con los almohades frente a ibn hud, que, acorralado, pactó con los cristianos una tregua y un costoso tributo de mil dinares diarios, lo que le debilitaba a chorros. las cuestiones personales, como sucede siempre con los caudillos, se generalizaron, aunque la viceversa también podría afirmarse: las corrientes encuentran siempre un hombre. ibn hud fue vencido en aznalfarache, y mohamed entró aclamado en sevilla. muy breve fue su triunfo; sevilla nunca ha sido una buena guerrera: su amor por la vida es vehemente y no se sacrifica. después de un mes, asustada por las exigencias de mohamed y por la crueldad con que se vengó de los traidores, retornó bajo la espada de ibn hud. mi antepasado había jugado desde el principio demasiado fuerte, y comido más de lo que su estómago de entonces podía digerir. vacilaba su estrella. no sé si como astuta táctica o como recurso extremo, decidió hacerse vasallo de ibn hud, cuyo platillo pesaba más en la balanza andaluza del momento; a cambio recibió el reino de jaén, con arjona y porcuna. (porcuna, donde esto escribo. no quisiera pensar que, allí donde empezó a reinar por derecho propio la dinastía -el que la fundó se acababa de reducir a sus primeros límites después de un modesto viaje de ida y vuelta-, allí mismo concluya.
ojalá porcuna y su fortaleza sean, como en aquella ocasión, sólo una posada de paso para mí y lo que represento. por lo pronto, dos siglos y medio después, estoy preso en el castillo que restauró mi antepasado. “sic transit gloria mundi”, dijeron los latinos. los tiempos cambian, se nublan, corretean -o cambiamos nosotros, y el tiempo nos mira inmóvil transcurrir-, y cambian las ciudades de dueño y de destino, o nos parece a nosotros que cambian, porque nuestra vida es breve al lado de la suya. qué relativo es todo: para la rosa, el jardinero que la cuida es eterno; para el jardín, efímero.
aunque quizá el destino sea siempre el mismo: sentirse triste y solo un poco antes de morir. con una diferencia entre el fundador y yo: que, mientras el primer mohamed tomaba impulso para su salto, yo he aterrado el salto mío aun antes de iniciarlo.) fernando “el santo” se lanzó a la conquista de córdoba. para ello siguió dos sugerencias: la del camino de agua del guadalquivir, y la de su impresión personal de que el río, si era prudente al tomarlo, le iba a llevar hasta su desembocadura. el guadalquivir no ha sido nunca una defensa, sino un cauce de comunicación; no una barrera, sino un lazo. lo malo y lo bueno que ha visitado andalucía desde el norte ha bajado por él; pero no sé si ha sido peor o mejor que lo que le vino a andalucía desde el sur. ahora he de decir algo que quizá escandalice; es mejor decirlo en dos palabras: el fundador de mi dinastía ayudó a fernando III en la conquista de córdoba. nuestras crónicas, por supuesto, se abstienen de mencionarlo; quizá no por vergüenza, que es un sentimiento desconocido en la política, sino sencillamente porque nada supieron. el pacto se llevó muy en secreto, en previsión de alteraciones y posteriores conveniencias; pero yo, que he trabajado con algunos secretarios en los archivos de la alhambra, como premio a mi afición y a mi escrutinio, he encontrado la copia de unas paces en que, tras la caída de córdoba, el fundador de la dinastía se alía con el rey cristiano frente a los musulmanes. el texto, que en un principio me pareció un error de copia, deja traslucir una misteriosa alusión a otras alianzas anteriores. los musulmanes contra los que se firma ese pacto son, por descontado, los de ibn hud, que continuaba malcontentando a todos y perdiendo terreno. no puede discutirse -ya es demasiado tarde- que el fin justificaba entonces -¿y ahora no?- cualquier medio. y yo he de reconocer algo que se desprende de cuanto leo en estos días: nuestro pueblo -y hasta es probable que tenga la razón- no es muy propenso a heroicidades; aspira a vivir en cada instante lo mejor posible, se dirige a quien para tal fin le sirva, y olvida con facilidad. quizá la sensatez sea poco más que eso.
con todos estos hábiles manejos, perdiendo por un lado y ganando por otro, el fundador se aseguró en granada un fértil apoyo, y jaén se le entregó de grado nuevamente. su carácter se suavizaba por una vida familiar amable, y enamoró a los andaluces orientales con su bandera roja. en almería, en una conjura a la que yo no podría afirmar que era ajeno mi antepasado, murió asesinado ibn hud. por si era poco, lo asesinó un cliente suyo, de cuyo nombre quiero dejar constancia aquí como recordatorio de la traición, que es poco singular entre nosotros y que es plural al lado de los grandes: ibn al ramimi se llamó esta vez el traidor. desde hacía tiempo, el fundador era dueño de baza y de guadix; ahora se hizo con almería, la antigua y prestigiosa capital de los beni sumadí, tan rica y codiciada, artesanal y marinera, en cuya alcazaba, si es que salgo de aquí, tendré que ser también un día proclamado. y málaga, agotada por las veleidades y deseosa de estabilidad, se le ofreció en seguida. el reino, pues, iba alcanzando unas fronteras no muy diferentes de las que luego tuvo, y algo más dilatadas que las de hoy.
mientras, los cristianos se aclaraban también; ni nuestra historia tiene sentido separada de la de ellos, ni es sólo entre los andaluces donde ocurren las decepciones y los crímenes. jaime i el de aragón y fernando III el de castilla eran los que se repartían la cristiandad: poco más o menos como nos había sucedido a nosotros con nuestros dos campeones. valencia, con peñíscola y játiva y alcira, la conquistó el aragonés; murcia estaba aún gobernada por el hijo de ibn hud; un sevillano fugitivo de los almohades, ibn mafuz, se apoderó de niebla; jerez constituía un pequeño reino, el de abu halid… así las cosas, los castellanos sintieron por primera vez la pasión por granada: una pasión devastadora y prolongada hasta hoy. para conseguir su amor, aspiraron antes al de jaén. previéndolo, con un golpe de sorpresa, puesto que estaban distraídos en escaramuzas por murcia, mohamed i los atacó en andújar y en martos. allí derrotó al infante rodrigo, hermano del rey de castilla. pero, recuperados, respondieron con violencia, y nuño gonzález, que luego había de ser muy amigo nuestro, cercó y, en menos de dos meses, nos arrebató arjona.
precisamente arjona, la cuna de esa dinastía, que, como un niño, apenas empezaba a soltarse de los brazos maternos. y, por si fuese escasa tal respuesta, el rey fernando resolvió vengarse sobre jaén. el fundador la defendía.
la cercó el castellano por hambre; cortó los pasos que la unen a la vega de granada, y se sentó a esperar rezando. durante siete meses resistió el fundador; luego, temeroso de las fieras condiciones que se le habían impuesto a murcia, se rindió. es preciso decir, en su descargo, que también desde dentro fue traicionado: los cristianos, instruidos por sus espías, atraparon más de mil quinientas acémilas con provisiones, lo que imposibilitó la resistencia. qué fácil ha sido, en la tortuosa historia de la dinastía, comprar ayudas con dinero: comparados los amigos y los enemigos, siempre han sido más constantes los segundos.
la paz se concluyó por veinte años; pero las condiciones del piadoso rey “santo” fueron tan despiadadas que ningún documento que yo haya visto las transcribe.
acaso tampoco era discreto transcribirlas, a juicio de quienes las firmaban: los documentos se hacen para mejor exigir su cumplimiento, y hay ocasiones en que, aun antes de firmarlos, se tiene la intención de no cumplirlos. en marzo de 1246 entraron entre cánticos los cristianos en jaén. un mediodía se pronunció en su mezquita la última oración; por la tarde se había convertido en catedral. con jaén, otra ciudad inexpugnable fue expugnada: eso acaece en cuanto los atacantes son suficientemente poderosos en número y en armas para derrocar un mito. en vista de quién lo conquistó, la zona de jaén cambió de nombre: se llamó el santo reino.
esta desgracia no hizo sino ratificar lo que ya estaba escrito.
después de la batalla de las navas de tolosa, en 1212, los goznes de las puertas de andalucía rechinaron y crujieron para empezar a abrirse. el reino musulmán que subsistía -granada- sólo podría seguir subsistiendo si pronunciaba su propia sentencia de muerte: el vasallaje. nada tenía remedio, y todos lo sabíamos. antes o después, fatídicamente nos esperaba el hundimiento. vivíamos de prestado, con un alquiler demasiado alto para nuestros bolsillos, y cuanto hiciéramos sería porque se nos consistiera. si un día los cristianos se ponían de acuerdo -y temo que ese día ha llegado por lo que oí en lucena al capitán don gonzalo fernández de córdoba- no nos quedaría otro recurso que hacer el equipaje. éramos los tolerados, y la tolerancia, con altibajos y guerras menudas, fue el signo que marcó la dinastía. más aún, los cristianos permitieron que creciera por la comodidad de tener un único enemigo que se ocupase de acabar con los demás. ahora, y sólo ahora, es cuando va a darse la batalla verdadera; ahora y sólo ahora, cuando los reyes de la cristiandad, unidos no sólo por alianzas sino por matrimonio, se van a presentar delante de granada diciendo: ‘vengo aquí por lo mío.’ ¿y qué contestará quien represente entonces el papel de señor de la alhambra? ¿creerá que es algo más que un papel? ¿será al último precisamente al primero que se le obligue a tomarse en serio el personaje; al primero que se le obligue a luchar hasta la muerte, de él y del reino, por aquello por lo que sus antecesores dieron sólo una renta?
la prueba de lo que digo es que ya entonces, en los primeros tiempos de la dinastía, como se actúa en un coto de caza, jaime i y su yerno alfonso x, el hijo de “el santo”, se repartieron lo que llaman “la reconquista”. para ellos fue un asunto de familia; trazaron una raya en el reino de murcia, desde játiva a enguera, y se distribuyeron los vedados.
desde esa hora, nos han permitido luchar como si fuésemos los verdaderos propietarios del reino; ellos, de cuando en cuando, han bajado a ensanchar sus territorios, a fortalecerse con nuestro dinero, a educar a sus hijos, a refinarse con nuestras costumbres. nos han dejado cultivarles la tierra, y pagarles los tributos con lo que obteníamos. nos han dejado mentirnos y soñar. pero estábamos en precario, y un dueño más osado o menos comprensivo nos pondría los muebles en lo ancho de la calle.
ya se han divertido lo suficiente con nosotros; ya han cazado y corrido bastante; ya están hartos de cazar y correr; ya han cambiado de tono. quizá todo esto se ve sólo desde el lado de acá, desde esta perspectiva que da el lentísimo paso de los siglos; pero, aunque día a día se hubiese visto como yo hoy lo veo, ¿qué puede hacer un pueblo sino seguir de pie, sino intentar seguir de pie mientras dure la vida?
mohamed “el fundador” entró en granada. la hizo su capital.
quiso ordenar el reino. sabía que eso es una lenta tarea. yo también lo sé ahora: un campo se conquista en una sola mañana de suerte; luego hay que sembrarlo y aguardar la cosecha contando con el sol y con la lluvia, y con las heladas y el pedrisco y los incendios y las inundaciones. el primer mohamed, para ello, necesitó tranquilidad y paz, y tuvo que pagarlas; necesitó mucho obediencia, y tuvo que imponerla. por fortuna los escarmientos le formaron un pueblo dispuesto a obedecer. supo emplear la amenaza cristiana como arma: no era inventada, pero él la empleó bien. instauró con rigor el orden público, que después de las guerras queda tan malparado. acogió a los exiliados de las ciudades vencidas: abrió las puertas de granada y los instaló en el albayzín para tenerlos enfrente de la sabica, bien visibles y bien vigilados, porque multiplicaban los brazos de su pueblo, pero también el avispero. venían a bandadas de murcia y de valencia; lloraban por sus vidas perdidas y anhelaban reconstruirlas. solía ser gente trabajadora -más que la granadina-, que se arrobaba ante la belleza de su nueva ciudad. [yo he visto llegar después a muchos como ellos: con toscos almazares secan sus lágrimas; en una cesta al brazo acarrean sus recuerdos, y en un burrito, sus mujeres mezcladas con aperos, y, tras él, una recua de hijos silenciosos. los vencidos, sean del bando que sean, tienen siempre los mismos ojos húmedos.] “el fundador” fue, sobre todo, riguroso en el cobro de impuestos.
ellos y los botines eran su única fuente de ingresos: no podía descuidarlos. exigía su pago a los ciudadanos como el precio de la seguridad que les vendía: una inamovible condición para ser defendidos. para recuperar los impuestos impagados correspondientes a plazos anteriores, detuvo y torturó a los recaudadores hasta que confesaron nombres, cómplices y escriños; el recaudador mayor de almería, por ejemplo, abu mohamed ibn arús, murió a consecuencia de esas torturas. la decisión tomada era irrevocable: administrar su reino minuciosa y férreamente, como quien administra una finca privada: con el mismo derecho absoluto y el mismo amor también e idéntica responsabilidad. un mediodía subió hasta la fortaleza de los reyes ziríes, los que habían terminado de tan mala manera: aquella fortaleza que construyó el judío del que me habló el médico ibrahim. subió hasta ella, y dijo: ‘ésta será mi casa.’ a la espera de días mejores, durmió en una tosca tarima en lo que hoy es torre del homenaje. (igual que yo en lucena y en porcuna, pero él allí era el rey.) entre sus blancas y severas bóvedas, bajo sus cúpulas primitivas, alimentó su destino, y se alimentó con su pasión de mando, tan poco nutritiva para quien no la siente. fue construyendo el reino en torno suyo, a su medida, como quien se hace un traje. y, en cuanto al exterior, para precaverse contra su propio soberano -el de castilla, al que naturalmente odiaba-, con la remota expectativa de sacudírselo a la primera oportunidad, se inclinó hacia sus hermanos musulmanes del magreb. es decir, puso la fe por encima de la vecindad; creyó en la religión, pero sin fanatismo, salvo que el fanatismo le beneficiara; la entendió y la usó como algo pertinente y razonable, de lo que se ha de echar mano cuando conviene.
porque la religión, si no es un oficio amoroso interior, es un flameante espejismo, una llamada de socorro, o un grito de guerra: como tal ha sido utilizada, lo es y lo será por todos los políticos.
el rey fernando III puso su siguiente blanco en sevilla; asediarla y penetrarla requirió sus fuerzas íntegras; se le aproximó por tierra y por agua; hasta el almirante vasco bonifaz bajó del norte. era un bocado que merecía la pena. “el fundador” mohamed formaba entonces parte de las ‘fuerzas íntegras’ del “santo”: lo ayudó en la conquista de sevilla.
la religión, por consiguiente, en este caso, pasó a segundo plano: había otras presiones más urgentes.
en otro ramadán (se conoce que los cristianos son dados a aprovecharse de nuestros ayunos), tras seis meses de sitio -para ellos era diciembre de 1248- se rindió la ciudad de la giralda. cuando “el fundador” volvió a granada, lo aclamaron sus ciudadanos: ‘¡vencedor! ¡vencedor!’; pero él, sabiendo muy bien lo que decía, contestó una vez y otra: ‘no hay más vencedor que dios.’ y ese resumen de un pecado fue en adelante el lema de nuestra dinastía.
pero, receloso del poder de castilla, “el fundador” situó otra vez la religión en primer plano: se obligó con un pleito homenaje al califa de bagdad; sumisión por sumisión, eligió someterse al grande más lejano. sin embargo, la relación no duró mucho: en cuanto vio que los almohades recuperaban su firmeza en el norte de áfrica, volvió a ellos sus ojos y sus homenajes; se unió al sultán de marraquech, al rachid. pero se le murió en seguida, y no dudó un momento en dirigirse hacia los emires de berbería y túnez, que eran los enemigos de al rachid.
las cosas como son: para los débiles, y aun para los que comienzan a dejar de serlo, los gestos de sometimiento son los más eficaces; y a la eficacia, no a las hazañas ni a la epopeya, es a lo que han de aspirar. para ser cabeza de ratón es bueno practicar siendo primero cola de león, y tener una idea exacta de la propia valía: más exacta aquélla cuanto ésta más pequeña.
como era de prever, aquellos veinte años de tregua de jaén no llegaron al cabo. incluso duraron demasiado: lo que tardó “el fundador” en pisar firme dentro de granada y oír el eco de sus pasos.
a los dieciocho años se reanudaron las hostilidades. unos testimonios aseguran que fue por el apoyo que prestó “el fundador” a los mudéjares sevillanos que pretendieron asesinar a alfonso x; otros testimonios, que fue por una emboscada tendida por los cristianos para asesinar a mohamed i. cuando la sangre hierve y los contendientes se estiman preparados, cualquier pretexto es bueno. yo creo que todos los testimonios tienen aquí razón: la ruptura se produjo por ambas causas, si bien ignoro cuál de las dos se realizó antes, o si las dos se simultanearon. el caso es que mi antepasado interpuso otra vez la religión: solicitó socorro a los mariníes de marruecos, que habían sustituido definitivamente a los almohades; ellos le enviaron los primeros voluntarios de la fe; se hizo una guerra santa. en el nombre de dios fueron protegidos -y, por supuesto, alborotados antes- los mudéjares de jerez y de murcia, que se hallaban en las últimas. los años de relativa paz habían reforzado a mohamed: él era ahora en exclusiva el emir requerido. utrera y lebrija, a ejemplo de los otros y por las ingerencias del emir, también se sublevaron contra los cristianos.
andalucía echó a arder igual que una almenara; el fundador, robustecido y hábil, fue quien prendió la mecha. numerosos pueblos de la frontera se colocaron bajo su custodia. la granada se redondeaba grano a grano.
por poco tiempo. suegro y yerno cristianos sitiaron y redujeron a murcia; la redujeron en todos los sentidos, en los peores sentidos. y alfonso x osó atacar granada. sin éxito, pero lo osó, y fue bastante; en jerez y en medina sidonia sí tuvo éxito. la granada, antes de granar del todo, empezó a desgranarse y a ceñirse a sus lógicos límites. porque, además, a mohamed, que en otras circunstancias habría reaccionado de modo más tajante, se le planteó un gravísimo problema; tanto, que afectaba a la misma existencia y continuidad de la dinastía. mohamed había inaugurado el negocio de la política en arjona con un cuñado suyo, al que ofreció promesas y ventajas. los descendientes de su cuñado, los beni asquilula, tenían mejor memoria que mohamed.
cuando tomó el acuerdo -consigo mismo, como de costumbre- de nombrar sucesores suyos a sus propios hijos, y cuando casó a una hija con un sobrino no asquilula, sino hijo de su hermano ismail, que fue en vida gobernador de málaga, los beni asquilula, no sin cierta razón, opinaron que esa ciudad, que estaba en su poder, les iba a ser arrebatada. sin más demora, se hicieron vasallos directos del rey de castilla, y se fortificaron en málaga. el rey alfonso se sintió encantado de utilizar la vieja táctica cristiana del ‘divide y vencerás’. yo reconozco que cualquier arma, por muy sucia que sea, puede ser empleada por cualquiera: mis antepasados tampoco tuvieron, en ese sentido, ninguna preferencia.
la práctica de sembrar la discordia ha sido, contra nosotros, el arma más asequible y la más fructífera: una vez puesta en nuestras manos, nosotros mismos nos encargamos de que nos haga el mayor daño. pero es cierto también que los andaluces sólo hemos dejado de utilizarla contra los cristianos cuando no hemos tenido absolutamente ninguna posibilidad de hacerlo.
en el caso de los beni asquilula sí la tuvimos. el hijo mayor de mohamed i, el que le sucedería, consiguió separar a sus primos y a alfonso x; firmó una paz con éste en alcalá de benzaide [ahora se llama alcalá la real]. fue una paz muy cara: doscientos mil maravedíes por año, la renuncia a jerez y a murcia (ésta y sevilla eran los ojos del rey), y el plazo de un año para que los asquilula se subordinasen. una paz cara, pero ventajosa siempre que sus condiciones se cumplieran.
sin embargo, la última, que era para lo que se hacía, no se cumplió. alfonso, muy poco dado a guardar su palabra, escrita o no, se encogió de hombros: según él se trataba de asuntos familiares.
pero se encogió de hombros justo hasta que estuvieron a punto de encogerle la cabeza los ricos hombres de castilla, que estaban hartos de sus prepotencias. (está claro que en todas partes cuecen habas.) los capitaneaba aquel nuño gonzález de lara, antes tan opuesto a nosotros; ahora proporcionó ayuda a mohamed contra los asquilula; no obstante, su ayuda resultó inútil. por eso, mohamed, medroso de las represalias de castilla por aliarse con los rebeldes, eligió pactar con los asquilula boca a boca; un marroquí, de esos devotos que se dedican a la guerra santa con mejor o peor fe, al tahurti, fue el intermediario. de nuevo convenía recurrir a la religión, poner los ojos en blanco, elevar el corazón y el brazo al dios común, y firmar el acuerdo entre parabienes y azoras. y nada más llegar a ese pacto, que pacificaba de momento a los asquilula, mohamed i echó mano -esta vez sí taxativamente- de la religión, si es que la religión nos sobrevive y no es sólo cosa de este mundo; echó mano del cielo por no saber echar pie a tierra desde el caballo que lo llevaba a una algara de castigo muy cerca de granada. el caballo era un purarraza, nervioso y negro como el cuervo; se desbocó; el emir, que montaba como nadie en el mundo, no acertó a desmontar. murió después de la oración del mediodía, el 12 de febrero de 1273, con más de setenta años. el reino, entre tiras y aflojas, había sido fundado. dice ibn jaldún que ocupaba desde ronda hasta elvira, con una extensión de diez jornadas de marcha de este a oeste, y con una anchura de dos jornadas del mar al norte…
empleé muchas horas -tardes y mañanas enteras- en redactar la historia de la dinastía. consulté con meticulosidad los documentos enviados desde granada; confronté unos con otros; agregué lo que en mi adolescencia había escuchado, lo que mi razón me sugería y lo que mi corta experiencia me apuntaba; pregunté incluso al alcaide, bastante versado en los dos siglos últimos, a pesar de que tiende, como cada cristiano, a erigirse en su eje. llegué a soñar, tan embebido estaba, con los mohamed, los yusuf y los ismail que me antecedieron. a veces con tal intensidad me puse en su lugar que conseguí explicar sus reacciones más inexplicables para los cronistas: algunos de ellos supieron esperar tanto que los resultados de algún acto, en apariencia ilógico, no se produjeron hasta años más tarde, acaso cuando ellos no estaban ya en el trono. el trabajo ocupó muchos de los queridos papeles carmesíes, que son aquí una frágil presencia de la alhambra…
los he quemado hoy. sobre las brasas lanzaban llamaradas azules.
me ha parecido que con ellos quemaba muchas cosas, y, viéndolos arder, ni a mí mismo hubiese podido decirme si sentía satisfacción o pesadumbre. antes de empezar a escribirlos, yo reflexionaba:
’¿quién avala a los cronistas?
uno de ellos quizá eligió, hace mucho, un chivo emisario a quien cargar de culpas, y los demás se transmiten el error de uno en otro como quien transmite una herencia opulenta. la historia lo acepta casi siempre, porque es lo más sencillo no contradecirse y no alterar el desordenado orden que alguien estableció, muy probablemente para zafarse de una acusación o aumentar su provecho.’ pero después de concluir mi relato, al releer lo escrito, comprendí que yo me había convertido en un cronista más, en uno que delata para liberarse de una recriminación o compartirla, y que se me habría podido hacer idénticos reproches que a los otros.
la historia que contaba -nuestra y de los cristianos- es un cúmulo demasiado grande de traiciones, de deslealtades, de abusos de confianza, de palabras quebradas, que todos sus personajes ya infieren ya padecen; una monótona sarta de guerras interrumpida apenas por una monótona sarta de paces, indecisas las unas y las otras como jugadas de una extraña partida cuyo final se hubiese convenido aplazar de antemano… ¿qué iban a aprender mis hijos de semejante atestado? ¿para qué describir los caracteres y los reinados de los efímeros sultanes, que no duraron sino pocos días; ni los de aquellos que, por el contrario, volvieron a reinar, después de destronados, dos y hasta cuatro veces? ¿para qué insistir en el insensato ejercicio veraniego que cada año nos movía, a los cristianos y a los andaluces, a conquistar o perder o recuperar o volver a perder aldeas, puertos, torres y ciudades? ¿introducía yo algún elemento, sacaba yo alguna conclusión que de veras cambiara el curso de los sucesos, o que los blanqueara y los santificara? el recurso de las guerras santas, a que tan aficionados hemos sido los del norte y los del sur de esta península, ¿fue algo más que una desesperada búsqueda de alianzas?
mis antecesores, todos -eso quedaba claro-, supieron que de áfrica nunca cruzó nada a andalucía que le trajera buenas consecuencias: ¿quién designó jamás a un lobo custodio de un rebaño? siempre que recurrieron al magreb, revivieron antes o después el pavor de los dos errores históricos -la petición de auxilio a los almorávides y luego a los almohades- en que los andaluces fuimos por lana y volvimos trasquilados. (sin embargo me divirtió distinguir, caso por caso, cuándo el sultán de turno se asustó, como el niño que primero invoca al fantasma y después grita, o hizo ver que se asustaba, como quien bebe vino para excusar lo que sabe que hará una vez beodo.) de este lado del estrecho se hallaron a lo largo de los siglos, y aún se hallan, nuestro corazón y nuestra fuerza. de ahí -y esto no es fácil reconocerlo, y aún menos confesarlo ahora- que sea mayor nuestra afinidad con los cristianos de la península que con los musulmanes africanos: la convivencia, aún la más agria y violenta, siempre da un aire de familia.
en pro de esta opinión, he comprobado como arriba y abajo de la oscilante frontera, en toda la duración de la dinastía, se reflejaron los mismos avatares igual que en un espejo. si entraban los cristianos en épocas desmayadas, también nosotros; si en disidencias internas, nosotros también. cuando, a principios de este infausto siglo, los castellanos se aferraron a la guerra como a un ideal caballeresco, nos equiparamos a ellos con la confirmación, paralela y vistosa, de la familia de los abencerrajes. (durante los últimos reinados, éstos han sido un puente entre castilla, con quien mantuvieron y mantienen relaciones al margen de la oficialidad, y nosotros; de ahí su habilidad para sacarse de la manga, cuando nadie lo espera, un aspirante al trono cuya educación es mucho más castellana que andaluza.) ¿no han proliferado, en granada como en castilla, durante la paz, las sublevaciones y los descontentos, hasta el extremo de hacernos añorar las épocas de guerra? y, cuando entre nosotros no ha sido necesaria la muerte para mudar de sultán (no hablo de la natural, por descontado, aunque la provocada llegó a ser entre nosotros la verdaderamente natural), es porque nuestra organización religiosa y social y familiar es menos apretada y coherente que la de ellos, y nuestras formas de sucesión más arbitrarias. por eso a los reyes castellanos, que se suceden con estricta rigidez, les trae sin cuidado quién sea el sultán de granada: ellos aspiran sólo a que nadie lo sea de modo inamovible, para, a través de familiares ambiciosos, alimentar desavenencias y urdir suplantaciones.
pero mejor sería preguntarse si es que a los propios granadinos les importó qué sultán los gobernara.
era bueno el que les otorgaba seguridad, aminoraba los impuestos y espaciaba las algaradas: más no querían saber. salvo ciertos relumbros o ciertas rachas de suerte, mis predecesores se parecieron todos, y más desde más lejos.
cuando, poco después de que los cristianos entronizaran la rama bastarda de los trastamara, el primer ismail inauguró la segunda rama de nuestra dinastía, ¿qué fue lo nuevo? se ha dicho -y ya es mucho decir- que a simple vista los sultanes de esa rama usaron un mayor rigor moral y religioso. más cierto es, sin embargo, que los sultanes nazaríes no íbamos a ser ya ni poetas ni astrónomos: no nos quedaría tiempo; tendríamos que apoderarnos, a la cabeza de las tropas, de fortalezas y ciudades.
pero, excepto para los reyes, ¿fue sustancial tal cambio? a pesar de lo que se ha escrito, ¿no continuaron siendo los pilares del reino la unicidad de dios y la espada de dios, al menos de palabra? ¿no persistieron las dos constantes de esta contienda interminable: la pugna por el estrecho, que puede favorecer o impedir los ambiguos socorros africanos, y que el único objeto de las treguas sea fortalecerse para las guerras próximas y cambiar de aliados? los sultanes de la segunda rama ejercieron, como dios les dio a entender, su oficio: continuar la lucha invariablemente, legislar lo más útil sobre los judíos, y procurar una mayor decencia en las costumbres: son los tres viejos anhelos de mis antepasados. no obstante, creo que nada de lo antedicho caracteriza de veras a la segunda rama, sino la forma de morir sus sultanes: contra los de la primera se usó el agua o el veneno; a partir de ismail i ha habido sólo sangre, mucha sangre, continua y ardientemente derramada, salpicando pavimentos y zócalos, a ser posible por mano de los más íntimos miembros de la casa…
¿como no alegrarme de que el fuego consumiera tan feroces evocaciones que sólo la ferocidad de los cristianos -mayor aún que la nuestra-, y su hambre, y su fingido y despreciable fanatismo, y su ansia de rapiña, lograron empalidecer? de los datos que aportaba yo en la historia se deducía que la heroicidad fue siempre menos productiva que los saqueos de pueblos y cosechas, que el rescate de los prisioneros, y que el comercio (que casi siempre permaneció intangible, pues de él se beneficiaba el enemigo tanto como nosotros). porque, si lo que el enemigo llama reconquista fue una incansable continuidad de luchas religiosas -ni por su parte ni por la nuestra-, que se me vede a mí la entrada al paraíso. bien quemados están, pues, los papeles que tales pruebas aportaba.
hoy resumo a vuelapluma lo referente a los treinta últimos años de la dinastía, que es lo que más me afecta.
aludiré en primer lugar a un suceso significativo. en 1452 mi abuelo materno mohamed IX “el zurdo” mandó a abdalbar, jefe de los mercenarios, al reino de murcia con no más de doscientos caballeros y seiscientos infantes.
triunfaron en murcia y orihuela; pero a la vuelta, en lorca, tropezaron con pedro fajardo, hijo del famoso yáñez, que los venció en la batalla de los alporchones.
fue una derrota sin pena ni gloria; pero los trovadores cristianos se la apropiaron y la exaltaron hasta la epopeya. en esta época, que es ya la mía, nadie como los poetas para inmortalizar bien una victoria bien una derrota: depende de lo que se les pague; o quizá de algo más, no estoy seguro, aunque temo que tendré ocasión de comprobarlo.
juan II otorgó a mohamed una tregua de cinco años. pero no los disfrutó quien los había ganado a pulso: a principios del año 1454 murió “el zurdo” de muerte natural: sólo ella podía acabar con él, tan contrastado en las resurrecciones, ya que fue destronado tres veces y entronizado cuatro. mohamed xI “el chiquito”, segundo marido de mi madre, sucedió a su suegro. pero los abencerrajes no lo querían; de nuevo opusieron otro candidato, educado también por destierro en la corte de juan II.
era abu nazar sad, pariente de yusuf iv, llamado sidi sad, o ciriza, por los castellanos. es decir, mi abuelo paterno.
para entonces, álvaro de luna ya había sido ejecutado en valladolid: no éramos nosotros los únicos que, desde lo más alto, echábamos a lo más bajo las cabezas.
el turno de la insensatamente llamada reconquista le correspondía a enrique iv. antes de que muriera su padre, juan II, mi abuelo sad le había enviado emisarios solicitándole su intervención en las peleas granadinas por el trono. al frente de ellos, abul hasán alí, mi padre, fue retenido en segovia como rehén no se sabe de qué. lo acompañaba una lucida escolta de ciento cuarenta caballeros y treinta infantes, a la que se agregaron por el camino otros adictos a mi abuelo: trescientos hombres en total, que fueron instalados en arévalo, probablemente para impedir que defendieran los derechos de nadie.
porque, en la primavera de 1455, hubo en el reino nazarí tres reyes compartiendo el poder (mi situación, por tanto, no es nueva bajo el sol): el rey “chiquito” (al que seguían granada, málaga, almería y guadix); mohamed “el cojo” (que se negaba a retirarse, y tenía illora y moclín con sus castillos, y también gibraltar); y mi abuelo (que residía en archidona, gobernaba en ronda -cuya guarnición africana le era fiel-, y contaba en almería con algunos dignatarios). [mi madre fue esposa de dos de ellos y nuera del tercero.] usufructuario del descabalo, enrique iv se lanzó a la cruzada granadina.
en su primera entrada de cuatro días quemó las tierras de moclín e illora, y prohibió la guerra de escaramuzas, porque, audaz y ostentosamente, para deslumbrar a sus cortesanos, quiso concentrarse en ataques a las fuerzas vitales. en la segunda entrada, que duró dos semanas, taló alora y archidona, en el camino hacia málaga, donde resistían abdalbar y aben comisa; en sus alrededores se entrevistó con mi padre, con el que se entendía bien, y se comprometió a no robar cosechas ni asaltar las plazas favorables a mi abuelo. en la tercera entrada abordó la vega por alcalá la real; durante tres semanas entregó al pillaje las granjas y los pueblos de trayecto pero, en contra de lo que se había propuesto al principio, se resistió a comprometerse en una gran batalla.
la fogosa nobleza castellana murmuró y se quejaba, aunque yo creo que de dientes para fuera, frente a la nueva táctica de su rey, consistente en extenuarnos con acechanzas y agresiones menudas en una campaña pertinaz y sin gloria. al retirarse, dejó al gobernador de alcalá la misión de firmar una tregua con mohamed xI “el chiquito”, representado por abdalbar; las condiciones fueron tan onerosas y fuera de lugar que parecían propuestas para publicarse en castilla: reconocimiento de vasallaje a través de pesados tributos, libertad de dos mil cristianos en cuatro años, cesión de lo conquistado desde la muerte de juan II, y obligación de un servicio militar a castilla. ante tal política de jactancia y bravuconería, las cosas se dejaron como estaban.
mi abuelo entró en granada secundado por los del interior de la ciudad; dentro ya, prosiguió las negociaciones con el mariscal diego fernández de córdoba, conde de cabra. [padre del que luego se apropió de las banderas en la batalla de lucena.] era un buen amigo suyo y, en ocasiones, compañero de armas; el hecho era habitual todavía en aquel momento, en el que se peleaba como una cansina costumbre secular, y en el que, como todo lo inevitable, el estado de guerra se había incorporado a nosotros y a toda nuestra vida.
pero las tensiones de la situación -más las interiores que las exteriores- preocupaban a mi abuelo sad. un nutrido grupo de partidarios de “el chiquito”, ya anciano, lo llamó para introducirlo en granada. él se puso en marcha a través de la sierra; mi padre, advertido, le tendió una emboscada, lo condujo a la alhambra, lo convidó a cenar en el palacio de los leones, y lo degolló con su propia espada. al mismo tiempo mandó asfixiar a todos sus hijos con las servilletas de la cena. no tardaría mucho en tomar por esposa a su mujer, en quien me tuvo a mí.
entonces se verificó la cuarta entrada de enrique iv. pretextó para ello que mi abuelo había roto la tregua tácita, como si tal figura existiese cuando hasta las expresas y bien ratificadas se rompían. tomó el castillo de solera, conquistó estepona, sembró la vega de estropicios. camino de gibraltar, consiguió que los defensores de fuengirola se refugiasen en el castillo, y los cercó.
cerca ya de la roca, salió a su encuentro aben comisa al frente de una tropilla, le rindió homenaje y -sorprendentemente: aben comisa siempre estuvo lleno de recursoslo invitó a cazar leones en áfrica. (parece que la caza era la única afición de ese rey, si se exceptúan los hombres.) como era de esperar, las tribus del rif, es probable que ni siquiera avisadas, lo recibieron tan mal que regresó a tarifa y después a sevilla.
entretanto, mi abuelo, dedicado a las escaramuzas, había hecho un avance hasta jaén. en agosto la vega fue otra vez devastada, y en octubre, al volverse las tornas, mi abuelo se vio empujado a aceptar una tregua de cinco meses, mediante el pago de cinco mil doblones de oro y la libertad de seiscientos cautivos. (la llamada reconquista desaparecía como ideal político para convertirse en un negocio que podía resultar, según los casos y quien lo emprendiera, ruinoso o saneado.) en los primeros días de 1457, enrique iv convirtió jaén en una plaza de armas, e hizo su quinta entrada. conquistó illora, huéscar y loja; pero hubo de retirarse ante la abulia de sus tropas y la propia. mientras, en castilla, la oposición de los nobles trasladaba a un segundo plano la guerra de granada; hasta fajardo “el bravo” se rebeló. los granadinos llegaron de nuevo hasta las puertas de jaén, y el rey delegó en el conde de cabra la firma de una tregua hasta el 61.
el verano del 62 se abrió con alguna ventaja para los castellanos; pero mi padre triunfó pronto en la batalla del madroño, no lejos de estepa, sobre ponce de león, el hijo del conde de arcos que luego sería marqués de cádiz, y sobre luis pernía, gobernador de osuna. el condestable del santo reino, miguel lucas de iranzo, atacó el castillo de arenas y fue derrotado; pero en julio puso a sangre y fuego aldeyra y lacalahorra, y regresó a jaén cargado de prisioneros y riquezas, no sin antes tener un duro encuentro con el que más tarde sería mi suegro, a quien le unía bastante amistad y un respeto recíproco. [en esa expedición iba millán de azuaga, el pintor, supongo que orgulloso de sí mismo y de su amante, que a su vez avanzaba ligero hacia una mala muerte. todo hombre edifica su casa, sin saberlo, al borde de un derrumbadero.
como prueba bastaría decir que en aquel mismo año nací yo.] el duque de medina sidonia y el conde de arcos, mediante la traición de un renegado, se apoderaron de gibraltar, y don pedro girón, maestre de calatrava, de archidona. tales pérdidas significaron un grave revés moral. decepcionados y exasperados, los abencerrajes [que ya habían destronado a los dos primeros maridos de mi madre] trataron de sacar a la luz otro de sus pasmosos pretendientes. mi abuelo sad, en granada, tomó las medidas oportunas para librarse de su férula: ejecutó a los dos miembros más relevantes de la familia, uno de ellos mufarrag, su visir. los destacados abencerrajes que habitaban en la alhambra huyeron a málaga y se rebelaron allí; sin tiempo para improvisar otro aspirante al trono, se proclamaron súbditos de yusuf v, que había sido sultán por unos meses cinco años atrás, y al que castilla abonó de nuevo como en el tiempo del condestable luna. se apoderaron de málaga, de granada y de la zona oriental del reino con arterías, sobornos y extorsiones. la posición de mi abuelo empeoraba por momentos; se vio obligado a firmar una costosa tregua, de noviembre a mayo, con enrique iv, para zanjar el peligro interior. en noviembre de 1463, por fin, fueron sangrientamente expulsados los abencerrajes de granada. y en diciembre, para confirmación de mi abuelo, falleció yusuf v.
su sexta entrada la hizo enrique iV en febrero de 1464. se acercó con el frío desde écija, buscando imponer nuevas cargas y negociaciones que mejorasen su tesorería. en jaén firmó con mi abuelo sad una tregua de un año en la que se respetaba la libertad de comercio; pero en agosto mi padre se alió con los abencerrajes -indignados por las concesiones de mi abuelo a los cristianos, o fingiéndose indignados- e intentó revivir gloriosas épocas que quizá siempre estuvieron muertas. destronó a mi abuelo, y lo envió cautivo a salobreña. [o quizá a la fortaleza de moclín, nunca lo he sabido de cierto.] los abencerrajes se opusieron en seguida a mi padre, y levantaron la bandera de mi tío, del que no solicitaron ni su consentimiento; era su táctica probada. hoy me pregunto si, en realidad, no habrán estado de continuo en los últimos años sólo de parte de los cristianos, suscitando o fomentando las banderías que nos desustanciaban, y aspirando a su propio proyecto, sinuoso y desconocido para el reino, en el que los demás o hemos obrado como dóciles piezas, o hemos sido eliminados.
mi abuelo no tardó en morir.
respetuoso póstumamente con la realeza, mi padre hizo que su cadáver fuese trasladado a granada.
yo recuerdo que mi hermano yusuf, aún en brazos de una nodriza, y yo, de la mano de subh, asistimos a su entierro en la rauda de la alhambra. declinaba la luz, y yo sé que temblaba, no sé si por el frío o por la circunstancia. la ceremonia fue muy breve y se verificó sin pompa alguna. estaban sólo el sultán y unos cuantos príncipes de la sangre, entre ellos el espigado y hermoso abu abdalá; pero el gordo yusuf había excusado su asistencia. acercaron el cadáver sobre unas parihuelas recién hechas, de las que emanaba el olor de la madera y el del aceite de algalia con que estaban untadas. el muecín había llamado antes, desde la puerta de la mezquita, al duelo con voz poco estentórea, y fue el cadí el que excepcionalmente recitó la oración ritual de las grandes exequias. luego el alfaquí mayor sahumó el cuerpo y las angarillas con un perfumador, cuyo aroma se unió al de la algalia y la madera nueva. me acuerdo, sobre todo, de esa mezcla de olores. mi madre, que acaso fue la única que quiso a mi abuelo, porque la reincorporó al poder efectivo de la dinastía, tampoco asistió. o al menos yo no la recuerdo en aquella sombría tarde. no es extraño, sin embargo, que aunque asistiese no la recuerde yo; a pesar de la esencial importancia que mi madre ha tenido en mi historia -no sólo dándome la vida, sino poniéndola al servicio de la suya- la recuerdo siempre con una extraordinaria confusión. como si mi memoria, por un instinto de defensa, se negase a albergarla ante mi imposibilidad de convertirla en una madre diferente.
estaba claro que el alcaide alarcón no encontraba el modo de decírmelo. en realidad nunca acierta a decirme nada con sencillez, y carece del menor sentido de la oportunidad. empieza las conversaciones, y las acaba, hablando de sus hazañas contra “la morisma”.
equivoca fechas, nombres de conmilitones y de pueblos. no sé cómo se las arregla para terminar por ser él el héroe de todas las batallas. aunque tiene una predilecta, la de estepa, que riñó, según relata, contra mi tío, en inferioridad de condiciones, en medio de una tormenta, bajo rayos y truenos, y de la que salió lleno de gloria.
lo cierto es que yo nunca he oído hablar de esa batalla a nadie más que a él. con todo, le tolero que se explaye y me pongo a pensar en otra cosa; su apenas inteligible árabe colabora conmigo. y no es que me parezca un embustero, sencillamente me parece aburrido; porque además el tono de su voz, mientras abre y cierra y entrecruza sus manos, me provoca una irresistible somnolencia, aumentada por este calor que en el mes de julio está haciendo en porcuna.
en la ocasión a que me refiero tuve yo que empujarle para que concluyera de una vez y me dejara en paz. era la intempestiva hora de la siesta. comenzó por hablarme de su sobrina mencía: una muchacha bonita, pero que ve muy mal; hasta el punto de que casi chocó conmigo cuando la trajeron para que la conociera. el alcaide afirma que ella siente por mí una gran simpatía, y probablemente sea verdad; también yo la siento por ella, o por lo menos una gran compasión: está aquí sola, con su fastidioso tío martín, dedicada al orden del castillo, sin jóvenes de su edad, ni otra compañía que la del capellán -al que le suenan las espuelas más que a nadie-, en una edad en que las muchachas todavía juegan con sus trenzas, pero ya ese juego ha empezado a dejar de divertirles y sueñan con otros menos castos.
el alcaide habló a continuación de sus antepasados, de cuenca, del castillo roquero de alarcón, de su investidura como maestre, y de la consabida estepa como era de esperar. yo daba inevitables cabezadas. luego, de pronto, aferradas una a otra las primorosas manos, rompió por fin a exponer aquello a lo que había venido:
– el rey fernando os tiene un profundo cariño.
– imagino que sí; como yo a él.
por fortuna no percibió, ni por asomo, la ironía.
– me ha mandado un mensaje para que os pida… o mejor dicho, ha mandado a un pintor. quiere que os haga un retrato. ya que no le fue posible conoceros en córdoba…
– en casa del obispo tuve la impresión de ser espiado a través de una celosía -dije, pero no me escuchó.
– su alteza desea tener un retrato de vos. yo sé de sobra que vuestros preceptos religiosos prohíben cualquier figuración humana -declaró sonriendo con una pedantería que, si no me hubiese apenado, me habría hecho reír.
no quise desengañarlo. para qué iba a decirle que, entre nosotros, no están prohibidas las formas, puesto que dios es el dador de ellas para nuestro recreo y nuestro aprendizaje; que son los maliquíes quienes lo han exagerado todo en su rigidez, y que, para nosotros, los maliquíes equivalen a la inquisición para los cristianos y es muy probable que también al alcaide alarcón. para qué iba a decirle que, hace ya cinco siglos, cuando ellos se contentaban con un arte tosco y retorcido, la amante del califa, a las puertas de medina azahara, había sido esculpida de cuerpo entero. para qué iba a decirle que, en nuestros baños, se admiran las más bellas estatuas de quienes visitaron con anterioridad andalucía. para qué iba a decirle que la alhambra está llena de pinturas de sultanes, de nobles y de adalides.
– el rey fernando os obsequia este retrato suyo para corresponder por adelantado al que os solicita.
me tendió una miniatura, en la que se ve una cara llena, de mejillas redondas y labios curvados por la sorna, encuadrada por una melena lisa y corta. le di las gracias.
– el deseo del rey es para mí un mandato. cuando gustéis, traedme a ese pintor.
debía de estar al otro lado de la puerta, porque el alcaide salió, y volvió con él al instante. al verlo, me quedé perplejo.
se llama millán de azuaga.
no he logrado saber si es de la rioja o de extremadura, porque alude a las dos con igual falta de cariño. es de pequeña estatura, a punto de ser mínima; de manos menudas, que parecen más de dos porque gesticula con ellas sin cesar; de ojos hundidos y adormilados.
– me dicen que tengo ojos de árabe: ¿cree su alteza que es cierto? -me preguntó el primer día.
– una persona, hace tiempo, afirmaba que mis ojos son ojos de odalisca -dijo el segundo día, mientras me observaba con ansiedad.
no cuenta con muchos años, pero sí con muy poco pelo, y administra el que tiene artificiosamente: al ser muy largo, se lo enrosca para cubrir el lugar despejado por el que ya no tiene.
– así, señor -me había sugerido, como para compensarme, el alcaide-, distraeréis vuestros ocios.
aunque estoy informado de que leéis y escribís y meditáis -agregó con un tono, entre cómplice y advertido, de fiel custodio al que nada se le escapa.
y efectivamente el pintor distrae mis ocios. no para de parlotear ni un sólo instante. tiene gracia, y hablarme en árabe -lo pronuncia con admirable suficiencia- no le corta un pelo (quizá si se lo cortase no hablaría). su conversación hay que seguirla como se sigue un pájaro; no un pájaro que canta y al que se oye, sino uno que revolotea, brinca, bate las alas, se posa en un punto, echa a volar de nuevo, y cesa y vuelve al aire y vuelve a detenerse. acaba por marear un poco; pero, si se posee bastante entereza como para seleccionar las voladas, resulta hasta instructivo. yo, al menos, me divierto con él. aunque el pintor, como el alcaide, también tiene un tema de conversación predilecto.
temo que es lo que a todos nos ocurre.
– yo era pintor de cámara del condestable miguel lucas de iranzo.
al principio pensé que se excedía en lo de cámara; ahora creo, más bien, que se quedaba corto.
– luego, cuando pasó lo que pasó, me coloqué al servicio de varios señores de la frontera.
(que, digan lo que digan, se siguen llevando como perros y gatos.) hasta que me quedé de asiento en córdoba. una ciudad que a mí me gusta. más seria y menos liviana que sevilla, eso sí; pero dónde va a parar en señorío… porque su alteza sabe lo que pasó. lo sabe todo el mundo. al condestable, me refiero. y es que a él, que organizaba personalmente en jaén tanta fiesta, y teatros, y sortijas, y procesiones, y mimos, y carnavaladas; a él, aunque parezca mentira, no lo podía ver la gente ni en pintura, y mirad que un pintor es quien lo dice. atragantado como un hueso lo tenían. porque no hacía distingos entre moros, judíos ni cristianos. y eso, ya lo habrá notado su alteza, eso aquí no está bien visto, ni muchísimo menos.
así que un día del corpus christi (el corpus es el día en que se celebra…, mejor será no entrar en teologías, no vayamos a terminar escaldados), un corpus, en la catedral, en la misa mayor, que habíamos estado hablando en la sacristía de que yo tenía que pintar un descendimiento de la cruz, y a la media hora, válgame dios…
primero fue una piedra… (voy a darle un poquito de movimiento a su alteza, que la luz ha cambiado.) una piedra, primero; después, otra, y después ya diez mil quinientas quince. lo lapidaron, lo machacaron, lo molieron. le saltaron los sesos delante mismo del altar mayor. qué atrocidad.
yo lo sueño todavía, no os digo más. porque es que a mí me quería mucho. y yo a él. allí se quedó despachurrado. y la condesa, como muerta, sin poder apartar los ojos de aquel barullo de sangre y ropa.
muerta también. bueno, ella no, pero tan blanca y tan quieta como si lo estuviera. qué falta de respeto al santo sacramento… y todo porque son como los bárbaros.
la gente del norte, ya se sabe.
ni castilla la vieja, ni castilla la nueva: iguales. en los pueblos, todos iguales. por eso yo me vine de rapaz a andalucía, donde las cosas son distintas. mi condestable, que era un ángel, lo repetía a cada instante: ‘la gente baja desde burgos y palencia como a bodas de rey. aunque sólo sea para sacudirse el frío y el hambre.
esto es el paraíso terrenal.’
eso decía el pobre: anda que…
era un ángel del cielo. su alteza ya sabrá lo que son los ángeles, porque en su religión también los hay, ¿no? las religiones, en el fondo, son todas semejantes. como las personas. como las personas, no, porque algunas son muchísimo peores… ¡un ángel! ¿puede creer su alteza que durmió, sin tocarla, muchísimas noches con su esposa hasta que los velaron? como él decía: ‘ya, ya habrá tiempo de velar, y sobrará.’ y es que en castilla todo se vuelve hablar de bujarrones. que no entienden a alguien, o que alguien es más delicado o más artista, bujarrón; que alguien se sitúa más arriba y lo quieren apear, bujarrón. ya me aclarará su alteza, si es que puede, a qué viene todo ese rebumbio… la nuestra es, cómo decirlo, una época irritable; igual que una mujer encinta. están pasando cosas que no habían pasado nunca.
hay ansias y palpitaciones por los aires… a don juan II, el padre del rey enrique iv y de doña isabel, ya le motejaron de “amador de toda gentileza”. yo no digo que no fuese el amante de don álvaro de luna, pero tampoco digo que lo fuese. desde luego, a gritos lo cantaron las “coplas del provincial” y de “mingo revulgo”.
claro que cantaron todo de todos, porque hay que ver… y siendo el rey enrique adolescente, el marqués de villena se lo acostaba consigo. ¿no era su ayo? cosa más natural… las costumbres árabes (que su alteza me sepa disculpar, que yo estoy muy de acuerdo) estaban imbricadas (¿o no se dice así?) en la corte, entre la gente alta sobre todo. y no era escandaloso… no sé yo si las costumbres ésas serían costumbres árabes: eso se dice siempre que no se quiere dar la cara, o siempre que se quiere dar otra cosa… el resultado es que ahora, por lo que uno oye, todo está lleno de hijos ilegítimos, y de maridos impotentes, y de bujarrones. ¿a qué vendrá tanta simulación y tanta hipocresía? ¿no han cambiado la gente y las costumbres? pues más van a cambiar, como decía el condestable. eso lo he visto yo entre los señores de la frontera, que hay que ponerse las manos delante de los ojos para no ver lo que hacen. ¿para qué tantas muecas y visajes, en lugar de aceptar con alegría las cosas como son? porque las cosas son todas naturales. por eso yo, andalucía.
yo soy igualito que si hubiese nacido aquí de una estirpe de aquí; tanto, que me afean tener costumbres árabes. ¿llevarán razón, alteza? yo me perfumo, yo me lavo, yo me río, yo vivo… al rey enrique le llamaban “el impotente”.
impotente, ¿con quién?, como decía el condestable. sería con la reina; porque lo que es con gómez de cáceres, o con francisco valdés, o con beltrán de la cueva…
bueno, es que por ése, al que tituló duque, hizo de todo; hasta el ridículo. por él fundó san jerónimo del paso en madrid; por lo lindo y lo intrépido que estuvo un día cazando osos en semejante sitio. loco hay que estar. y lo entroncó con los mendoza, y lo levantó hasta las sangres más empingorotadas. pero él lo traicionaba cada vez que quería.
no digo más que no tomó el partido de “la beltraneja”; fuese su hija o no, lo debió tomar aunque no hubiera sido más que por el nombre.
dicen que entraba al palacio de noche porque se enamoró de la reina. a otro perro con ese hueso; de noche todos los gatos son pardos. fue un piojo resucitado, que rebosaba alhajas hasta por los zapatos. y con mi condestable no se llevaba bien. pero lo del rey yo lo veo natural. le complacían la música y la caza, y le complacían sus compañeros de música y de caza: natural. ¿que no eran gente de su rango? bueno; pero eran más honrados y más agradecidos y más leales. por lo menos, de entrada.
los grandes estaban corrompidos como el rey, y eran fines de raza como el rey. castilla requería sangre limpia e ilesa. castilla y él, ¿o no lo cree su alteza? las dinastías se agotan, ya se sabe.
por descontado, ay, el amor no tiene por qué ser correspondido, o no siempre; la verdad, casi nunca.
quizá es más nuestro lo que no acabamos de conseguir del todo…
he oído que beltrán de la cueva, el marqués de villena y miguel lucas andaban a la greña, celosos no del amor del rey, sino de sus favores y sus dádivas. yo ni quito ni pongo. yo ni entro ni salgo.
yo me vine del norte por respirar más hondo. y que allí, alteza, sólo se pueden pintar santos. aquí hay casas y señores y ropas de más lujo. y está la luz, que ya sé bien que nadie es capaz de pintarla; pero de verla, sí. y el verde de los campos, y las flores. aquí está todo. a mí, con el permiso de su alteza, no me extraña que quieran quedarse con granada. yo de política no entiendo, ni me gusta. y de guerras, tampoco. lo que se dice ir a la guerra, no he ido nunca. ¿qué pinto yo en la guerra? yo pinto, como ahora, en la paz. y en la serenidad. pero lo de granada lo entiendo, porque es un vergel. es el jardín de dios, alteza: todo el mundo la quiere. si es jaén, con su monte morado, y da alegría verlo, cuanto más esa ciudad rendida (perdón, quiero decir recostada), que parece que le han puesto un marco para que resulte más hermosa. yo no la he visto, pero de ningún modo querría morirme sin verla… bueno, una vez sí que estuve en una batalla, en lacalahorra, por lo que llaman el cenete; pero yo no intervine.
el condestable, que se empeñó en que lo acompañara. como su mujer no iba… su alteza me preguntará:
’¿y qué tiene que ver que su mujer no fuera?’ es que no sé ni lo que digo… (si este retrato sale mal, alteza, no será culpa vuestra, sino mía. tan sólo mía, porque hay que ver qué facciones y qué mirada y qué boca y qué todo. y qué color de piel, entre el nardo y la aceituna: difícil, raro, pero qué color. no sé si atinaré con ese tono que va del verde al negro; va, pero vuelve; de vuestros ojos hablo. ¡ahora!, señor, ésta es la luz.) yo, si no os molesta, prefiero hablar un poquito mientras trabajo. aunque no me distraigo de lo mío, ¿eh? y lo mío es pintar.
lo demás son entretenimientos, formas de no llorar; o formas de llorar, qué sé yo… pues, como os iba contando, el condestable siempre fue fiel y leal a su alteza don enrique. dicen que él se quejaba:
’a mi alteza, sí; lo que es a mí, no tanto.’ él lo hizo condestable del santo reino; él le servía de comer por amor delante de la corte, que se ponen los pelos como cabetes sólo de pensarlo, qué pasaría hoy día si alguien lo hiciese… pero el condestable se le escurría, no quería verlo, lo rehuía. es como si lo hubiera aborrecido. y el asunto es que lo aborreció; muchas veces hasta se hería él solo para tener la excusa de no acudir a sus llamadas. y eso que cuando yo aparecí, ya el rey estaba mirando hacia otro lado… en la corte se murmuraba; ¿de quién no se murmuraba en esa corte? que si miguel lucas le había regalado a su preferido martín mirones el palio que el rey le regaló a él el día que entraron juntos en león; que si, ya condestable, recibió en bailén con palmas y con ramos a mosén juan de fox, embajador de francia, que era pulido y mancebo… habladurías y malas condiciones. hay quien nada más por tañer la cítara y cantar es señalado… yo me esfumé. a mí me da lo mismo. yo me vine para quitarme de preocupaciones. de cualquier forma, no pienso yo que dios quisiera hacer el mundo como un valle de lágrimas. ay, qué mal saben la historia los que no la han vivido; ni quienes la vivieron la saben como fue… ya da igual.
aquello se acabó. qué sosiego poder hacer lo que a uno le da la gana sin molestar a nadie, y sin que nadie lo moleste a uno. por eso digo lo que digo de granada.
no sólo porque sea una ciudad hermosa en un paisaje hermoso, sino porque allí se vive como deben vivir los hombres: haciendo su santísima voluntad, y aquí paz y después gloria. gloria, o lo que sea, pero después… no sé si me explico. no sé si ya os he dicho que yo fui pintor de cámara del condestable iranzo. a mí (porque cuando me conoció yo aún no pintaba) solía decirme su miñón. era como una burla, como una burla zalamera. su miñón me llamaba… claro, yo entonces tenía otra presencia; yo era bonito, aunque a su alteza le parezca mentira. la vida es como un borracho cogido a nuestro brazo: anda a tumbos, y nos empuja a donde no queremos ir… lo que le pido a su alteza es que no le cuente a nadie lo que le cuento yo. aunque no es nada, comparado con lo que podría contarle… muerto el condestable (yo estaba tan cerca de él que me salpicó su sangre), muerto él, ¿qué iban a hacer conmigo? yo creo que no me apedrearon porque ni siquiera me vieron; tantísimo los cegaba el odio, que si no… me fui de jaén disfrazado de campesina, qué le vamos a hacer. me fui primero a baeza y luego a úbeda, que, de no ser por el frío, allí me habría quedado, porque también en ellas hay mucho señorío. pero además ya no quería yo servir a un señor fijo. el condestable era mucho señor, ya yo tenía bastante… su miñón me llamaba. y me hacía regalos, y me puso un maestro de pintura, y estaba todo el día, cuando no tenía que cumplir con la guerra, imaginando fiestas y tramoyas para altares y comedias y autos. poníamos las iglesias que daba gozo entrar en ellas. su miñón me llamaba… yo he pintado a los condes de arcos, y al marqués de cádiz, y al duque de medina sidonia, que tiene un geniecito que se las trae. pero no es gente guapa, las cosas como son.
gente engreída, ufana de sí mismas, que se creen reyes porque no han estado nunca con reyes de verdad. como su alteza, dios lo bendiga, que a cien leguas se ve que ha nacido rey, y para rey. y que se morirá (el cielo no lo quiera) siendo más rey que nadie.
el retrato avanza muy despacio.
podría decirse que no avanza.
quizá por interés del autor, que se desahoga conmigo, mezclando el castellano y el árabe como en una ensalada jugosa y verde. me representa con una alcandora pespunteada en rojo, y con una jaqueta entreabierta, en la que ha dibujado, en lugar de los caracteres árabes, que no conoce, unas flores de lis a un lado y unas pequeñas rosas al otro, geométricamente dispuestas a imitación del gusto nuestro. en la cabeza me ha puesto un bonetillo que a mí no se me habría ocurrido ponerme en la vida.
pero imagino que, para la finalidad del retrato (dada la zorrería de don fernando, no sé cuál es tal finalidad, aunque me temo que el afecto no sea), bueno será. ya me hizo suficiente favor el pobre millán con pintarme una corona -aún no está del todo rematada- de las que ostentan las personas reales en las monedas cristianas y en los cuadros y en las estatuas fúnebres, y que a nosotros tampoco se nos ocurriría ajustarnos en mitad de la frente por elementales razones de comodidad.
hoy, a primera hora de la tarde, estaba adormecido después de la comida. se me había resbalado de la mano un libro de yalal al din rumi. ignoro con qué excusa ha conseguido millán de azuaga que le permitieran entrar. yo fingí que seguía dormido, porque me faltaba el ánimo para escuchar su cháchara. pesaba el calor como una espesa manta; la flama que venía desde las altas ventanas era como el vaho de un horno, y a las cortinas no las agitaba ni la más leve brisa. el pintor me ha llamado en voz muy baja, no sé si para despertarme o para comprobar que no me despertaba.
– alteza -musitaba-. alteza.
se ha acercado con sigilo al diván; me ha rozado el pie izquierdo, del que se había desprendido la babucha; he sentido su leve tacto como si de mí saliese vida.
al imaginar su expresión, sus ojos, sus labios, me ha costado un esfuerzo no echarme a reír, o quizá no echarme a llorar. me ha acariciado el pie, con mayor efusión a medida que aumentaba su confianza en mi sueño. me lo ha besado, y he notado en mi piel la humedad de su beso. he escuchado un suspiro tenue, que era casi un sollozo. me he removido para que advirtiera el riesgo que corría; no por mí, sino por los posibles vigilantes. murmuraba algo breve y apasionado para sí mismo. me he vuelto hacia él, y lo he visto, a través de las pestañas, en pie, contemplándome con un gesto de adoración, ladeada la cabeza. tenía mi babucha entre las manos, recogida contra su pecho.
sin hacer ruido, se ha sentado sobre el taburete que no usa jamás mientras me pinta.
– delante de su alteza -dice-, no me consentiría yo sentarme; aunque su alteza, que es un rey de cuerpo entero, me lo autorice.
se ha sentado, y ha apretado uno contra otro los muslos. estaba hecho un ovillo. acariciaba y besuqueaba la babucha mirándome, mirándome sin verme, porque, si me hubiese visto, habría adivinado que yo lo veía a él. salía de sus labios un resuello entrecortado.
he percibido en él un deseo tan grande de mi cuerpo que se me han alterado los latidos del corazón, como quien presencia un agudo peligro para otro muy cerca de sí mismo. pasado un instante interminable, ha lanzado un suspiro muy hondo, supongo que cuando se ha vertido. echó luego hacia atrás su pobre cabeza casi calva, dejó caer los hombros que tenía encogidos, y se le escurrió la babucha de las manos. durante unos momentos permaneció inmóvil. después ha vuelto a suspirar con una indecible congoja. se ha levantado; ha recogido la babucha del suelo; la ha puesto donde la encontró, y, sin el menor ruido, de puntillas, girando la mirada para verme una vez más, ha salido de la estancia.
la otra mañana, mencía, la sobrina del comendador alarcón, ha venido a visitarme con un cachorrillo de perro entre los brazos.
una perra del castillo ha parido nueve; en un arroyo vecino, metidos en un saco, han ahogado a todos menos a éste. es barrigoncillo y rubio. oscila su cabeza buscando con el hocico la teta de la madre, porque aún es ciego. casi tanto como su dueña, que me mira con ojos pálidos y un poco estrábicos, y que no sabe exactamente dónde estoy hasta que oye mi voz.
– ¿cómo se llama? -le he preguntado por medio del intérprete.
en tres o cuatro ocasiones, ella, sin proponérselo, ha logrado, con su aire inofensivo y veraz, que olvide mi falsa ignorancia de su lengua, que hablo, por cierto, cada día mejor, aunque a solas.
– no tiene nombre aún. no ha sido bautizado.
se ha ruborizado su frente al pensar que me molestaba la mención del bautismo, o al pensar que se refería a un perro.
– ”hernán” es un bonito nombre para un cachorro -le he dicho.
– ”¿hernán”, como si fuese una persona?
– no creo que a él le importe: los perros no son rencorosos.
mencía ha sonreído. con una sola mano ha levantado en alto al cachorro, y le ha acariciado con la otra el hociquillo redondo y sonrosado.
– ”hernán. hernán” -le ha dicho con mimo. el cachorro ha movido la cabeza redonda en un signo de afirmación.
– ¿lo veis? ya ha aprendido su nombre.
al reparar en la gracia que el cachorro me hacía, me lo ha regalado para que me acompañe. sospecho que, si me lo da, es con la intención, quizá inconsciente, de buscarse una disculpa para poder venir a preguntar cómo está, y si se porta bien, y si lo quiero todavía.
– qué suerte tiene “hernán” -ha exclamado, mientras sus ojos trataban a tientas de encontrarme.
– más que sus ocho hermanos, desde luego.
– no lo digo por eso -murmuró, y añadió enrojeciendo-: vivir no es siempre bueno. depende tanto de con quién se vive…
barrunto que se ha enamorado de mí. es lógico; no porque yo sea atractivo o amable, sino porque soy el único hombre aquí del que su alcurnia la dejaría enamorarse. lo que yo de mi parte no pongo, lo pone ella con creces.
doña mencía es medio boba -ha dicho millán de azuaga al ver el cachorro, que todavía está mamando de su madre, y que me traen de cuando en cuando-. este chucho va a ensuciar la alcoba de su alteza.
la desventurada doña mencía no sabe qué hacer para llamar vuestra atención. como si los demás fuésemos ciegos, y no nos diéramos cuenta. habría que ser tan ciego como ella, que está todo el santo día dándose topetazos contra las puertas y contra los criados… me ha dicho su tío que tengo que pintarla antes de irme. de ser así, preferiría no irme. porque no es un plato de gusto pintar a una mujer que no se sabe nunca adónde mira. ya verá su alteza cómo tendré que pintarla de perfil.
– ese pintor azuaga -ha dicho mencía- siente tal devoción por vos que no se le cae el “su alteza” de la boca. habla como si os conociese de toda la vida. ‘a su alteza le gusta tal comida’, ‘a su alteza le disgustan los ruidos a tal hora’… lleva menos de un mes en el castillo y ya manda y dispone en vuestro nombre más que vuestros sirvientes. la gente, que no es tonta, sabe muy bien de qué pie cojea.
– ¿es que cojea de un pie?
– yo, como comprenderéis, no lo he notado.
– por supuesto -dije refiriéndome a su vista.
– pero he oído decir a todo el castillo que cojea de un pie.
así, en esta peregrina compañía, a la que prefiero con mucho la de “hernán”, transcurren los días, las noches, las semanas. con una irremediable y abrumadora monotonía. menos mal que “hernán” crece, y cambia, y empieza ya a morder con una absoluta falta de respeto. y si sólo fuese morder lo que hace sin respeto…
desconozco a ciencia cierta qué van a decidir sobre mí los de fuera: ni los míos, ni los contrarios, si es que los míos no son también contrarios. hay horas en que me descorazono y me gustaría morirme antes que seguir pasando por el tiempo como quien nada en el vacío. horas en que me interrogo para qué vivo, qué significo y para quién… comencé a leer por distraerme y aprender algo de lo muchísimo que ignoro; comencé a escribir para mis hijos con una porfiada y gratuita esperanza. ahora ya no sé por qué hago lo uno ni lo otro; ahora me da lo mismo leer que no leer, escribir o dejarlo. la esperanza se ha muerto antes que yo.
‘hernán’ ha cumplido un par de meses. ayer pedí que lo dejaran pasar la noche conmigo, y mandé poner para él un cojín a los pies de mi cama. como era la primera noche sin su madre, lloriqueaba con incansable obstinación. sentía la soledad como un dolor desacostumbrado e insufrible que no se amortiguaba. no quise avisar a los criados. cuando prendía el hachero, me miraba desde abajo, quieto y triste, dejando ver dos lunillas crecientes en sus ojos. fuera de mí, nunca he presenciado de cerca tanta orfandad, tal desamparo, una criatura viva y próxima tan inerme y tan tierna. “din” siempre actuó con mayor seguridad.
me puse en cuclillas frente al pequeño “hernán”, fui a acariciarlo para probarle mi solidaridad, y se dio repentinamente la vuelta.
se quedó boca arriba, con la pancilla al aire, indefenso, gordito, desvalido, encogidas las patas, más crecientes que nunca las lunas de sus ojos. el hombre es un animal como los otros que, si piensa suficientemente, deduce que es un animal como los otros: ésa es toda la diferencia. lo que pasa es que el hombre no piensa suficientemente casi nunca. tuve una apremiante tentación de coger al perrillo en mis brazos y acunarlo, pero era preciso que se educara desde el primer momento. a “din” lo retiraban de mi lado cada noche, salvo aquélla en que me despertó a lametazos porque había resuelto recuperarme y no escapar de mi dominio… “din”, y ahora “hernán”.
los otros que he tenido eran perros de caza, acompañados por el resto de la traílla. pero éste aquí está solo. igual que yo.
‘solo’ me repetí mientras apagaba el hachero. ‘qué fatigoso acostumbrarse.’ y luego, en alto, a “hernán”: ‘es necesario adquirir buenas maneras si quieres convivir con los demás. los hombres os exigen lo que ellos no hacen nunca.
no te puedo coger. a la soledad nos acostumbramos todos, ya lo comprobarás. ¿no me he acostumbrado yo, desde que tenía tu edad sobre poco más o menos?’ “hernán” gimoteaba. parecía cansarse un momento, pero era sólo para gimotear más fuerte. yo, apenado, cumplía mi triste obligación de hacerme el sordo. hasta que el cansancio me adormeció.
de improviso, me despertó el silencio. ‘pronto ha aprendido.
es muy listo’, pensé. prendí la luz. el cojín de “hernán” estaba vacío. no tuve más remedio que reírme. y tan listo: “hernán”, acomodado junto a mi almohada, estaba por fin satisfecho y dormido.
aún suspiró un poquito. lo dejé.
si mi contacto lo acompañaba, ¿cómo podría negárselo? ¿no era para acompañarme para lo que yo lo había aceptado? ¿es que no sucede lo mismo con los hombres? su manera de darnos compañía es pedírnosla, hacer que nos sintamos imprescindibles para alguien, erigirnos por amor en padre y madre y dios. yo, persuadido de que acababa de perder también la batalla de las buenas maneras, me dormí abrazado al cachorro. los dos dormimos bien.
las diligencias de mi rescate se han iniciado ya. no se me oculta que serán menos impetuosas de lo que desearía. el alcaide comendador ha recibido orden de informarme puntualmente de ellas. no sé lo que el rey fernando entenderá por eso: imagino que ponerme al tanto de lo que a él puntualmente se le antoje.
los primeros pasos, por lo visto, fueron los de mi padre. los dieron dos emisarios consecutivos.
el dueño y señor de granada envió, en primer lugar, a un caballero sevillano al que otorgó la libertad con tal motivo; por lo que me dicen, se trata de don juan de pineda. con el achaque de negociar la liberación de otros cautivos, se presentó ante el rey fernando para exponerle una de estas dos pretensiones: o la prolongación de mi cautiverio, o, aún mejor, el canje de mi persona y las de mis más notorios partidarios a cambio del conde de cifuentes, asistente de sevilla, preso en granada desde lo de la ajarquía, y de otros caballeros que eligieran los reyes. el segundo emisario, con idéntica propuesta, ha sido un mercader de génova, francisco centurión, relacionado por su comercio con la corte cristiana. sin duda la máxima aspiración de mi padre es conservarme preso en su poder, lo que le ofrece más garantías que el hecho de que me halle en poder del enemigo; aunque lo que más garantías le ofrecería -y temo que sea su determinación última- es no conservarme en absoluto, ni libre ni cautivo. el mejor competidor es el competidor muerto.
por su parte, mi madre ha enviado a aben comisa con alí alacer y otros nobles. propone, por mi libertad, un pago anual de doce mil zahenes -que equivalen a unos catorce mil ducados castellanos, me dice alarcón- en concepto de parias y acatamiento del señorío de los reyes (o sea, que se resigna a reconocer el vasallaje, lo que es en ella una arrolladora declaración de amor); la entrega de cuatrocientos cautivos de los que se hallan en las mazmorras de la alhambra, más sesenta cada año durante cinco (con lo cual se asegura taimadamente de que los reyes me repondrán y mantendrán en el trono), y, como rehenes, diez jóvenes hijos de dignatarios adeptos a mi causa. insinúa que acaso podría subir el número de cautivos entregados, según su rango e importancia, e incluso el montante del rescate en dinero. pero parece ser que los reyes exigen, además de los diez o doce jóvenes rehenes, a mi hijo ahmad, que no tiene más de dos años, y a mi hermano yusuf.
esta condición última sin duda desalentará a mi madre. ella, en donde está y sin mí, puede conseguir que mis partidarios proclamen a yusuf en lugar mío; o, si mejoran las circunstancias y se ve con influjo suficiente, que se le conceda la regencia de mi hijo. jugar esas dos posibilidades contra una sola, y tan amortiguada, le parecerá correr un riesgo demasiado grande.
la conclusión a que llego -y temo que los reyes también- es que, por lo pronto, continuaré cautivo; digan lo que quieran, para todos soy más útil aquí.
no hacia falta que, de fuentes que no mencionaré, me hayan llegado otras noticias. los reyes, aún antes de considerar las ofertas, se han planteado la conveniencia de liberarme o de mantenerme en prisión. dos opciones predominan entre los grandes del consejo. don alonso de cárdenas, maestre de santiago, a la cabeza de uno de los bandos, entiende que es más beneficioso continuar la guerra estando yo en porcuna y apartado de ella; de esta forma se actuará contra un sultán viejo, enfermo y no amado por sus súbditos, en lugar de ir contra un caudillo joven, rodeado de fervorosos partidarios, valiente y muy querido. conmigo en libertad -opina el maestre, exagerando más de lo imaginable lo que a mí se refiere-, la conquista sería más gravosa y más cruenta.
por el contrario, don rodrigo ponce de león, el influyente marqués de cádiz, juzga que, una vez obtenidas las condiciones más favorables, debería concedérseme la libertad. mi libertad -razonasería muy útil para atizar aún más el fuego de la discordia entre mi padre y yo, entre sus partidarios y los míos; las luchas intestinas desangrarían definitivamente nuestro reino, y se desperdigarían nuestras fuerzas en guerras civiles y en odios de partidos, encaminándonos así apresuradamente a nuestra propia destrucción.
es incuestionable que el marqués de cádiz, nacido en la frontera y ejercitado en ella, nos conoce mejor que el maestre de santiago. a pesar de ello, ¿qué resolverá la astucia de fernando, tan superior a la de todos?
mientras aludía una vez más a la incógnita batalla de estepa, en la que él era el arcángel miguel, el alcaide -no sin envidia y con algún comentario zizañoso- me ha enumerado las recompensas que los reyes han tenido a bien conceder al conde de cabra y al alcaide de los donceles por haberme aprehendido.
sin un aviso previo, ha llegado ya el frío. aparte de la chimenea, que aún me produce espanto, pues es tan grande que podríamos don martín y yo conversar dentro de ella, he solicitado un brasero, junto al que me encuentro más cómodo y seguro. como si de una conseja castellana se tratase -de las que ellos cuentan para aliviar el aburrimiento en las largas noches al amor de la lumbre, que es el único amor de que disfrutan-, el alcaide me ha puesto al tanto de lo sucedido en vitoria, una ciudad del norte de la península, donde los reyes tienen su residencia ahora.
allí la reina trata de la boda del príncipe don juan con una princesa de la casa de francia.
[esa boda no se hizo. al infeliz príncipe lo casaron con una archiduquesa austríaca muy voraz de los placeres de la carne; tanto, que agotó la salud y la vida de su esposo. a los médicos y confesores que insistían en separar sus cuerpos, ya que con tanta unión se aniquilaba el del joven marido, la reina, capaz, con tal de mantener su voluntad, hasta de tirar piedras contra el propio tejado, solía responder: ‘lo que dios ha unido no lo desuna el hombre.’ con lo cual se quedaron sin el único heredero masculino. no todas las mujeres se asemejan, pero doña isabel y mi madre, sí, y mucho. a mí la reina no tuvo escrúpulos en separarme de moraima; se conoce que el enemigo se le mide con los preceptos de otro dios: el cruel dios de la guerra.] tío y sobrino llegaron a vitoria por separado; desde la polémica de lucena han roto entre ellos toda relación. fueron acogidos -algo mejor el tío, al parecer- por otros señores y el cardenal de españa. los condujeron ante los reyes como suelen los cristianos, entre añafiles y trompetas. les otorgaron privilegio de asiento ante las regias personas, lo que es mucho, y los convidaron a cenar. doce platos sirvieron; cada vez que traían uno nuevo, tocaban atabales y ministriles. luego se dio una fiesta, a la que asistió la infanta doña isabel, prometida del rey de portugal, y otras treintaitantas damas muy ataviadas de brocado y chapado. [esta infanta es a la que después llamaron “reina santa”. enviudó hallándose en su primer embarazo, y a poco murió también su hijo, que iba a heredar españa y portugal. volvió a casarse con el siguiente rey de portugal, cuya boda se había pactado con una hermana de ella; pero se casó con la estricta condición de que en aquel reino se implantase el tribunal de la inquisición, aún no disfrutado por él. como dicen aquí en fez, feliz rama la que se parece a su tronco.] danzaron todos, hasta los reyes; pero como hacen ellos: por parejas de damas con damas y de caballeros con caballeros, lo cual no sé si a la larga resulta divertido, aunque sí púdico. el alcaide no me aclaró si es que luego, cansados de danzar, cenaron otra vez, o es que los convidaron también al día siguiente.
don martín, a esas alturas, prefirió volver a hablarme de su misteriosa batalla de estepa; lo otro era para él demasiado ligero. él gusta de remitirse a la “época de oro” de la reconquista -es su expresión-, en donde las hazañas no eran tan bien pagadas.
– salvo la excepción, claro está, de que esos caballeros tuvieron la fortuna de coger por los pelos a un rey moro.
yo he sonreído, pero sin responder, ni interrumpirle, ni mencionar mis pelos; porque, más que con la época de oro, estaba gozando con el relato de la fortuna de mis aprehensores. a fin de cuentas, en premio de su victoria y de mi prendimiento, les han concedido la prerrogativa de traer dentro de sus escudos de armas, de ahora en adelante, la cabeza del rey de granada.
– blasón que por primera vez aparece entre la nobleza cristiana -manifestó don martín innecesariamente.
y, acoladas a su alrededor -o sea, a mi alrededor-, y a manera de orla, las veintidós banderas que en la batalla nos fueron arrebatadas.
según el alcaide, que asegura haberlo visto ayer por la mañana, en el nuevo escudo del conde se muestra el medio cuerpo superior de un sultán con su corona y su turbante, y asida a su cuello -es decir, a mi cuello-, una cadena en señal de perpetua servidumbre, en medio de un radiante y memorable nimbo circular de banderas.
yo me he llevado la mano al gaznate con una expresión un tanto boba, con la sospecha de que mi liberación se halla aún remota: formar parte de un escudo no es, entre esta gente, cosa baladí.
asistía a la entrevista la sobrina del alcaide, que, con dulzura, ha procurado mitigar lo zahiriente del relato.
– no os hagáis mala sangre, alteza. ni ellos son grandes de castilla, ni pone vuestro nombre en el blasón.
yo he pensado que, aunque lo pusiera, ella, tan corta de vista, jamás lo leería. y que, si fuesen grandes de españa, quizá también habrían incluido en el escudo mi medio cuerpo inferior. ninguno de los dos pensamientos me ha consolado. el alcaide no me consintió seguir pensando.
– tío y sobrino, que andaban agarrafados por el protagonismo de la hazaña, como si el protagonista no fueseis vos, han vuelto a agarrafarse por el lema que cada uno ha escrito debajo del escudo. el sobrino eligió un versículo de la carta primera a los corintios del apóstol san pablo (es uno de nuestros libros santos), que reza:
”‘haec omnia operatur unus’“, lo cual viene a decir:
‘uno solo hizo todo esto’, para dejar bien claro que él y nadie más fue quien os aprisionó. pero, enterado el tío, ha elegido una cita del evangelio de san juan para sintetizar el argumento de toda la aventura:
”‘sine ipso factum est nihil’“, que se traduce por: ‘sin él no se hizo nada’, para que el mundo entero sepa que su participación fue la decisiva. ¿qué no habría tenido que poner yo en mi escudo después de la gloriosa degollina de estepa?
yo me distraje preguntándome si el mundo entero estaría pendiente de cómo, quiénes, cuándo y dónde me prendieron a mí. no me atrevo siquiera a transcribir lo que me contesté.
como las campañas descansan en invierno, se han acogido al castillo varios caballeros calatravos.
hay alguno muy joven. los cristianos han celebrado con ceremonias muy solemnes y con grandes festines el nacimiento tanto del profeta jesús como del nuevo año. durante unas jornadas todos parecieron inusitadamente alegres, a pesar del frío que, como cuchillos, se filtra por las rendijas de puertas y ventanas. todos, menos millán de azuaga, que ha venido a despedirse con la cara arrugada de un niño invadido por el terror.
– suceda lo que quiera, alteza, no os olvidaré nunca -ha dicho, y su boca se fruncía con un gesto de llanto.
se ha dejado caer de rodillas para besarme la mano. yo, con la que me dejaba libre, le he dado unos golpecitos de ánimo en la cabeza: lo preciso para que se desmoronara. ha roto a llorar, y gritaba repitiendo:
– soy un desgraciado, señor.
muy desgraciado. muy desgraciado.
un guardián lo sacó a viva fuerza de la estancia.
– no os olvidaré. adiós. no os olvidaré… nunca…
gemía, en tanto lo arrastraba el guardián, asiéndose con sus menudas manos al marco de la puerta.
ha sido tan desgarradora y brusca su despedida que me he interesado por los motivos. uno de los sirvientes me cuenta que millán de azuaga fue sorprendido mientras era sodomizado por el hijo mayor del carpintero. a los dos se los han llevado a córdoba, donde serán juzgados. es probable que mueran en la hoguera, como ejemplo para los demás.
– hay que tener un cuidado exquisito -me ha dicho el maestre-.
una manzana puede corromper toda la cosecha. si no se castigase con la muerte el pecado nefando, ¿en qué terminarían estas guerras que hacemos por el honor de dios?
traté de interceder, pero él cortó de un tajo la conversación.
– nada de lo que ocurra, a partir de ahora, dependerá de mí.
los relapsos se encuentran bajo el poder del brazo religioso. a través de él, dios los sancionará.
por nada de este mundo intervendría yo en un asunto tan deshonesto y repugnante.
me estremezco al pensar qué fuerte ha de ser el deseo, o el amor, de un cristiano para exponer así su vida -incluso, dentro de su fe, la vida eterna- por gozar o poseer un cuerpo. ellos transforman los juegos de la carne en algo tan infinitamente temerario y tan comprometido, que me inclino a sentir admiración por los amantes.
su intrepidez al arriesgar la eternidad entera por un beso me parece risible y prodigiosa al mismo tiempo. con razón han inventado lo que llaman sacramento de la penitencia, y el secreto que, por lo visto, se obligan a guardar sus sacerdotes; si así no fuese, no podrían soportar esta vida insustituíble, que han convertido sólo en el precio siniestro y usurero de la otra. entenderlos se me hace inalcanzable.
qué distinta es nuestra doctrina, o nuestro talante por lo menos, y, a mis ojos, qué preferible. sobradas penas tiene el hombre como para incrementárselas con el helador concepto del pecado, que otros hombres se creen con derecho a perdonar o castigar aquí.
el pecado personal, si es que lo hay, tendría que diagnosticarse en el interior de cada cual.
claro que, eso sí, el criterio cristiano enardece el sentimiento y multiplica la voluptuosidad con el fatídico atractivo de la transgresión. pero yo me pregunto qué religión tiene derecho a juzgar y condenar, ni aun a pensar que existen, los pecados de amor.
la mala suerte del desventurado millán de azuaga y de su carpintero me ha traído a las mientes un poema que, sin saber por qué, retuve en la memoria. es de un valenciano que lo escribió hace más de trescientos años. al rusalfi fue su nombre.
“aprendió mi amado el oficio de carpintero, y yo me dije: acaso lo aprendió mientras con sus ojos asierra corazones.
desdichados los troncos que él trabaja cortándolos, o tallándolos, o hiriéndolos con su hacha.
ahora que son sólo madera pagarán su delito: porque, cuando eran ramas, se atrevieron a copiar la esbeltez de su talle.”
afirman que este invierno es singularmente frío; debe ser cierto. de cualquier manera, aún hace más frío, cuando el sol se retira, en granada. aquí, metido dentro de la chimenea, arropado con el abrigo que me ha hecho llegar moraima (‘cosido por mi mano’, escribía en el escueto billete que lo acompañaba, un tanto anodino, presumo que para eludir la curiosidad de mis guardianes), tirito sólo al imaginar el frío insuperable de las calles y patios de la alhambra. si yo elegí el palacio de yusuf III fue, entre otras cosas, por ser el más recogido al estar más abajo que el de yusuf i y el de mohamed v.
escribió alguien:
“granada, ninguna ciudad es semejante a ti en belleza, ni en egipto, ni en siria ni en irak.
tú eres la novia, granada: el resto de las ciudades es tu dote.”
evidentemente acertaba. pero también acertó un poeta de santarem, ib sara, cuando, aterido y tembloroso, se dirigió a los granadinos:
“gentes de este país, absteneos de orar, y no evitéis ninguna de las cosas prohibidas: así podréis ganar un lugarcito en el infierno, donde el fuego es tan de agradecer cuando sopla el viento del norte.”
tuvo razón ibn al hay -hoy, ante el campo yermo, se me va el corazón con los poetas- al escribir:
“dios protege a quien habita en granada, porque ella alegra al triste y acoge al fugitivo.
sin embargo, mi compañero se aflige al comprobar que sus prados, bajo el frío, son el paraíso del hielo.
y es que dios designó a granada como el acceso de su reino, y no hay frontera eficaz en la que no haga frío.”
quienes envidian a los sultanes de la alhambra desconocen que sus palacios son más pulcros que habitables, y que suele pensarse, al hacerlos, en el verano y en la primavera. durante el invierno conviene emigrar a climas más templados; por eso almuñécar y salobreña son mis ciudades favoritas: yo soy un friolento. nunca entendí por qué los califas de córdoba vivían con comodidad sobre hipocaustos, que les facilitaban un ambiente suave y cálido, mientras los sultanes de granada hemos de conformarnos con braseros no siempre bienolientes, con tapices de limpieza embarazosa, y con cristaleras que no impiden el paso de los vientos.
recuerdo, sin embargo, que un día como el de hoy, brillante y gélido, subí al mediodía hasta el cerro del sol. tenía a mis espaldas sierra mágina, severa y blanca. de la vega ascendían docenas de columnas de humo, plateadas y doradas por los rayos del sol. a mi derecha, lóbregas sin él, sobre las rastrojeras, hacia las sierras de elvira y parapanda, otras columnas de humo opaco.
veía -y aún me parece verla hoyen primer término la abigarrada colina del albayzín, nevada y portentosa. y, de pronto, cambió el sol de postura su embozo de nubes, e iluminó el otro sector del paisaje. se encendieron los humos sombríos y se apagaron los otros, turnándose en una dómeda de luz y de hermosura. ah, verdaderamente granada no tiene ciudad que se asemeje a ella. la echo hoy de menos de manera tan profunda -no como sultán, sino como un simple morador- que el corazón se me desgarra.
“hernán”, que se ha convertido en un perro lagotero y grandote, de raza no muy pura, es mi mejor abrigo: él me calienta como ningún otro. no lo dejo separarse de mí, cosa que, por otra parte, él tampoco desea. su disponibilidad me conforta y me abruma al mismo tiempo. ningún amigo sintió por mí lo que él; temo no llegar a corresponderle nunca en la misma medida.
hay momentos en que se pone especialmente expresivo: me lame las manos, coloca sus patas sobre mis hombros, busca con su hocico mi cara, y trata de arrastrarme a su juego. me pregunto entonces qué le ocurre, por qué le asalta tan repentino afecto, qué urgencia de mí le invade… hasta que caigo en la cuenta de que soy yo el necesitado, y, antes de que yo lo percibiera, lo ha percibido él. con una misteriosa premonición, me consuela a su modo de la tristeza o de la añoranza que aún no había notado yo que me embargaban. no sin turbación, le doy las gracias, acaricio su cabeza basta y cándida, y me miro en sus dorados ojos inocentes.
aben comisa, sin que lo precediera aviso alguno, llegó a la fortaleza de porcuna y estuvo conmigo una mañana. la visita me ha producido un desasosiego que todavía no consigo aplacar. me ha dado explicaciones que no me tranquilizan. según él, había venido a entrevistarse con el rey fernando -lo cual dobla mi desconfianzapara tratar de las efectivas condiciones de mi rescate. lo autorizaron a encontrarse conmigo, por lo que dice, tanto para que comprobara que no me había fugado, lo cual es sorprendente, cuanto para agasajarme. el agasajo consiste en un par de concubinas, mantos, braseros -ahora que es primavera-, alimentos nuestros, perfumes y algunos sirvientes granadinos que aligeren mi soledad. una soledad que, a tenor de eso, se prevé larga.
las noticias que me proporciona del exterior me producen la angustiosa impresión de estar dentro de un sueño, cuyos balanceos no soy capaz de dominar. la monotonía abrumadora de mi vida de cautivo es tan opuesta a lo que me dice que está sucediendo fuera, que me veo como un valetudinario recluido en su alcoba y en su enfermedad; un valetudinario que, perdido todo contacto con su mundo anterior, hasta tal punto se ha alejado de él, que prefiere no regresar ya nunca, no tener que aprenderlo de nuevo, no participar más en su vertiginosa corriente.
me asegura aben comisa -y no me extraña tanto como debiera- que el rey fernando, en los primeros días del pasado septiembre, hizo correr la voz de que yo había sido liberado; más aún, que yo opté por aliarme con los ejércitos cristianos para ir contra el usurpador de mi trono, es decir, contra mi padre. y añade aben comisa que, en efecto, numerosos granadinos afirman haberme visto junto al conde de cabra y junto al marqués de cádiz haciendo frente a las algaras organizadas por el sultán: concretamente, en el otoño último, por el territorio de teba y por los alrededores de antequera. y que cuando, en represalia, ponce de león volvió a tomar zahara yo marchaba a la cabeza de las tropas cristianas. (en cierta forma, zahara es un símbolo, porque su conquista fue la declaración de guerra y la ruptura de la tregua hechas por mi padre hace tres años.) -¿qué justificación te ha dado el rey de semejantes patrañas, suyas y de los granadinos?
– ninguna -me ha respondido aben comisa-, ni se me ha ocurrido siquiera pedírsela. habría sido inútil, y habría descubierto nuestro juego.
– ¿qué juego? -le pregunté.
aben comisa sonrió.
si esto es así, comprendo ahora el empeño del rey en obtener un retrato mío. su fin era encontrar a alguien -un renegado, por supuesto- cuyos rasgos fuesen similares a los míos. alguien que me sustituyese de lejos a los ojos, no muy acostumbrados a verme, de mis súbditos. es una nauseabunda argucia más del rey cristiano. con ella se ha ahorrado el aprieto de elegir una de las dos soluciones que sus generales planteaban. con ella sencillamente ha optado por las dos: yo sigo prisionero, y a la vez soy causa activa de una mortal división en el reino de granada.
pero no es esto sólo: hay muchísimo más; hay aquello por lo que aben comisa sonrió. preocupada mi madre por el inmediato efecto que la aparición entre los enemigos del sultán joven -o sea, yo- producía en el ánimo de mis partidarios; preocupada porque tal aparición no era contradicha por el sultán viejo, ya que robustecía mi descrédito, ha adoptado una solución heroica, en el peor sentido de la palabra. ella, por su parte, ha lanzado la especie de que yo me había fugado, y de que me encontraba junto a ella, más entusiasta que antes del cautiverio, preparando una doble ofensiva: contra mi padre y contra los cristianos. con el aval de su palabra, con la credibilidad que garantiza su presencia, y contando con el fruto que, de ser cierto, el hecho proporcionaría, mi madre ha conseguido que a un tercero, también muy semejante a mí, se le reconozca como sultán en guadix. no sé si a los adalides y jefes de los adeptos les habrá aclarado el embrollo y la realidad de sus intenciones; pero la ventaja que se obtiene es tan grande que no dudo de su aceptación.
es decir, a estas horas, mientras en este castillo yo languidezco, tan poco aficionado a los combates como antes de que se me encerrase en él, hay otros dos boabdiles conduciendo cabalgadas, atacando ciudades con éxito o sin él, arengando a soldados, compartiendo comida y cama con generales cristianos y tomando las más graves decisiones políticas. esto me lo relataba aben comisa, estoy seguro que alborozado ante mi incredulidad, en voz muy baja y la zumba curvándole los labios. es tan aficionado a las intrigas, que nadie podría juzgarlo ajeno a ésta.
– la guerra -me ha dicho- la componen muchísimas facetas. es un complicado, duro y resistente cuerpo geométrico. ¿quién sabe cuál es la principal de todas esas caras?
quizá no sea la fuerza, ni las armas, ni la legitimidad, ni los ideales. quizá la principal faceta en estos tiempos sea una hábil diplomacia.
y se entretiene aben comisa narrándome mis propias aventuras.
yo he sido auxiliar de don alonso de aguilar; he comandado una hueste con el maestre de calatrava, que es el superior de mi propio guardián aquí en porcuna; he prestado mi brazo a don luis portocarrero en numerosas correrías de frontera con feliz conclusión (pero ¿para quién feliz?); y, por el contrario, fui rechazado en esta misma primavera, es decir, hace no más de doce días, en cardela junto al marqués de cádiz, y en iznalloz junto a otro gran maestre.
mientras el rey fernando resolvía sus asuntos del rosellón, los únicos capaces de distraerlo de la ofensiva final contra granada, yo he acompañado, día por día, al maestre de santiago, por los territorios de alora, de almogía y de la sierra de cártama; he esperado con paciencia el avituallamiento que unas naves, desde sevilla, debían traer a la expedición dirigida contra churriana y pupiana. yo, con una recién estrenada bandera carmesí, he puesto sitio a coín y a alhaurín, antes de retomar el camino de antequera y alcanzar el valle del guadalquivir galopando hacia córdoba.
todos mis movimientos están siendo exhibidos por los cristianos en provecho propio, y por la misma razón están siendo pregonados por los generales de mi padre.
si me permites condensar toda esta larga historia, de la parte cristiana, te diré que lo que hace boabdil (naturalmente, el suyo) es tomar parte trascendental en el trascendetal acoso que se planea contra málaga.
me pregunté entonces, y no consigo que la pregunta se me vaya de la cabeza, qué opinará de todo esto, precisamente en málaga, mi tío el emir abu abdalá.
– por fortuna -añadió aben comisa-, nosotros contamos con otro boabdil.
un tercer boabdil, que también soy yo, aunque empiezo a dudar que yo sea ni siquiera el primero. a través de él, después de ser reconocido en guadix, junto mi madre y mi mujer y mis hijos y toda mi familia, me instalé en almería, donde el príncipe yaya, enemigo de mi padre desde siempre, nos ha acogido con calor y reverencia. afianzado por mi presencia, se ha hecho fuerte contra la facción del nuevo sultán -que es el sultán viejo- y se ha erigido en defensor de mis derechos. unos derechos que reverdecen con la gloria de haberme fugado de la cárcel cristiana sin contrapartida de rehenes, ni de rescates, ni de tributos, ni de vasallajes. yo sospecho que el príncipe yaya no obra a ciegas; sospecho que sabe que quien está con él en almería no soy yo, sino el segundo doble mío. eso le otorga el vengativo placer de escarnecer a mi padre, y una valiosísima arma contra mi madre, si se decide a publicar la falsía de todo.
– a ese respecto, tranquilízate. por muy astuto que sea yaya -’como lo eres tú’, he pensado al oír hablar así a aben comisa-, nada impedirá ya que la salpiquen los efectos de la suplantación; una vez abonada por él, no le conviene denunciarla.
sostiene aben comisa que la situación -no provocada por mi madre, que sencillamente se ha visto arrastrada- era y es gravísima.
en ella sólo cabe luchar por el presente, aprovechar la racioncita de victoria que pueda ir obteniéndose cada día, y resistir, resistir. si el azar nos ha puesto en las manos una oportunidad, sea la que sea, no es ni cuerdo ni honrado rechazarla.
– en definitiva, ¿qué es un sultán? -ha concluido-: un soldado victorioso, alguien a quien se sigue. -y con un dejo equívoco, quizá hasta levemente amenazador, ha agregado-: cualquier hombre puede llegar a serlo. el parecido de tu segundo doble (al primero no lo he visto) es tal, que podría suplantarte aun en las más complicadas y adversas circunstancias.
de los ojos se le borraba la amenaza, reemplazada por la ironía.
desconfío de todos. de tal manera desconfío, que no me cabe duda de que tales complicadas circunstancias puedan llegar a darse.
incluso de que se provoquen, si fuese necesario, hasta por mi propia madre. para ella los lazos del poder atan más que los lazos de la sangre. si ha encontrado un testaferro dócil, que suministra su cuerpo y sus facciones obedeciendo órdenes suyas, será difícil que renuncie a él. el hecho de no tropezar en el gobierno con ninguna contradicción habrá de compensarla con creces de mi ausencia.
– la sultana madre es cauta.
para no abusar de una posición que puede convertirse en peligrosa, ha decidido que su boabdil, con “su” moraima, se retire a vera. su misión allí es defender la frontera de murcia y dirigir los movimientos de tropas, con decretos que ella se encarga de transmitir oficialmente.
en realidad lo que hace es regir todo con la complicidad de aben comisa y de abdalbarr. con socarronería aben comisa continuó:
– para disculpar tu retiro y cubrir las apariencias, la sultana ha alegado razones de salud: de tu salud, quebrantada por el maltrato recibido en el cautiverio. así se añaden a la heroicidad de la fuga los fulgores del martirio, con lo que el boabdil de la sultana se encara con ventaja al boabdil renegado y traidor de los cristianos.
yo podría decir, como me han enseñado los cristianos, ahí me las den todas, pero temo que cuando suene la hora de desenredar esta maraña, si es que suena, será dolorosamente laborioso, o quizá imposible, demostrar que el único boabdil existente, mientras sus dobles actuaban a favor o en contra -o a favor y en contra a la vez- de su cabeza y de su corazón, se hallaba en un castillo, en porcuna, donde nació su propia dinastía, inmovilizado entre los muros de una exigua torre del homenaje.
las concubinas que trajo consigo aben comisa venían rigurosamente veladas. el mismo día, cuando se hubo marchado el visir y redacté los papeles anteriores, llamé a las dos a mi estancia. se resistían, entre risas, a desprenderse del velo. asomaban sobre él cuatro ojos magníficos: dos, de un azul casi turquesa; los otros dos, oscuros y centelleantes. rocé con una mano cada uno de los cuerpos.
por un impulso, estreché contra el mío el de la propietaria de los ojos oscuros. se abandonó a mis halagos de un modo que me hizo suspirar; pero, dando un paso atrás, se hurtó de súbito a ellos. una mano que no me era extraña desveló el rostro; oí una carcajada, y vi unos labios frutales y queridos.
era moraima. nuestro encuentro fue tan deleitoso y prolongado que me ha impedido recapacitar sobre el asunto de los dobles. ahora, como dos seres anónimos y ubicuos, ni ella ni yo estamos donde estábamos.
moraima, a la que me es forzoso llamar marién para no descubrirla, me ha encontrado más metido en carnes a causa de la falta de ejercicio.
– de cualquier ejercicio -dice, y se ríe al admitir que, en los lances de amor, soy más emprendedor que antes e irrebatiblemente victorioso.
– el pasado -le comenté bien entrada la noche- no tiene prisa alguna: duerme. lo único que se puede hacer con él y por él es relatarlo. quizá por eso escribo los papeles que ves. nunca he sabido con tanta evidencia como hoy hasta qué punto somos las minúsculas e involuntarias teselas de un mosaico, y cómo es preciso retroceder y distanciarse para percibir con claridad su dibujo. dentro de él, las teselas se confunden, ajenas a su particular significación, en cumplimiento de su modesto oficio.
es con ellas con las que se logra la perfección de trazos y colores que alguien superior decide, o acaso nadie; pero ellas no conocen qué rostro, qué cuerpo, qué paisaje, qué perfiles ayudan a formar.
– las riendas de cuanto sucede fuera -me ha respondido moraimano están ya, querido mío, en tus manos. no te entristezcas. la historia de nuestro pueblo te eximirá de responsabilidad. quizá era eso lo que, de depender de ti, tú habrías escogido.
– nunca la historia se enterará de este galimatías de boabdiles. a ninguno de los de fuera le conviene esclarecerlo. y además un rey sin atributos no es un rey.
– vive y disfruta entonces como un hombre. -y añadió maliciosa-:
con los atributos de un hombre, que nadie te ha quitado.
– pero sin libertad.
– ¿qué libertad crees tú que tienen los demás? yo soy, o fui, la hija de un especiero, boabdil.
tú me elevaste hasta tu altura.
mi padre, por su merecimiento, llegó a ser cuanto fue; pero a mí quien me elevó fue tu amor sólo. y me elevó ya para siempre. por mucho que a ti te parezca haber caído, yo no caeré jamás. aunque dejases de amarme, nunca me podrías arrebatar el privilegio de haber sido ya amada. de ahora en adelante, yo iré donde tú vayas; lo que sea de ti será de mí. ¿trastornará a mi alma que haya otro boabdil y otra moraima en vera, si estoy aquí contigo? ¿quién es de veras moraima sino la que ama a boabdil? ¿quién es boabdil sino el amado de moraima? no dejes que los nombres nos hieran.
qué lejos está el día en que mi madre me propuso, o me ordenó, casarme con una mujer sin rostro para mí. cómo el destino, con su inextricable devanadera, ha oficiado en nuestro favor; a pesar de los pasos con los que parecíamos retroceder, a pesar de los episodios que se urdían en nuestra contra. el amor es este triunfo, esta valiente reciprocidad que no exige sino aquello que se le da; que dice sí cada mañana y se apresta a pasar el día, pendiente de quien ama, del modo más jubiloso que le sea posible.
moraima siguió hablándome:
– lo único que me entristece, y no tanto como para impedir que bendiga nuestra vida, es que hayamos perdido, tanto tú como yo, a quienes más amábamos fuera de nosotros juntos, fuera del ser único que somos tú y yo juntos.
– ¿a quién te refieres?
– ¿a quién va a ser? -una alarma afloró a sus ojos; luego continuó más lentamente-. yo he perdido a mi padre; tú, a tu hermano.
– ¿mi hermano yusuf? -grité, quebrantando la norma que nos hemos impuesto de hablar bajo, para no despertar la susceptibilidad de los guardianes.
– aben comisa no te ha contado nada. me lo figuré. para él era más cómodo que yo te lo dijera.
maldito raposo. por eso me he traído: es lo único bueno que ha hecho, y a su pesar.
muy despacio, como la madre que arrulla a un niño, atusándome el pelo, secándome con sus dedos las lágrimas, dejándome llorar contra su pecho, me ha relatado lo sucedido.
yusuf ha muerto. yusuf ha sido asesinado.
mi tío ‘el zagal’, a instancias de mi padre, había cercado almería. en ella, un simulacro de corte agrupaba a unos cuantos resistentes en torno a mi madre, a mis dos hijos y a mi hermano. eso lo supe por aben comisa, pero con muy distinto matiz. mi madre, al ver tambalearse sus proyectos, deseosa de conservar en sus manos alguna ventaja, se refugió con mis hijos en vera, donde estaba la corte del falso boabdil. el príncipe yaya, cuñado del “zagal”, se hallaba sin guarnición. sus habituales traiciones han enseñado a precaverse a los sultanes granadinos, fuesen quienes fuesen; decidió, pues, rendir la plaza. desde la alcazaba sostuvo las pertinentes conversaciones con “el zagal”; pero, medroso de que mi tío, al no encontrarnos a mi madre ni a mí, tomase represalias, quiso darle una prueba de que su sumisión era completa y de que se adhería a su partido. husayn, que pertenece a su desastrosa escuela y ha ganado su aprecio, estaba junto a él. sin pensarlo dos veces, le mandó que matara a mi hermano, que lo decapitara y que llevase su cabeza, envuelta en alcanfor, a abu abdalá.
¿qué cerrazón le hizo olvidar que abu abdalá era el tío y el suegro de mi hermano? ¿creería que así se adornaba al menos con la proeza de truncar la esperanza de la mitad del reino? ¿creería hacer méritos nuevos ante el señor de la alhambra?
husayn fue en busca de yusuf.
cuando mi hermano lo vio, supo a lo que venía, y más al presenciar cómo tendían una alfombra en el suelo y acercaban un alfanje afilado.
– ¿te envía el sultán mi padre para que me degüelles?
– así es, yusuf -mintió husayn.
– nunca oí ni leí que un padre hiciese nada semejante contra su hijo. -y añadió después-: permite que lave mi cuerpo antes de entregarlo.
salió a un patio con alberca, y se desabrochó las ropas, y purificó su joven cuerpo desnudo, y pidió ropa limpia, y se la puso. luego, mirando a husayn que no lo había dejado de vigilar, abrió los brazos y le dijo:
– sea.
y husayn cumplió la orden. el arca en que dispuso la cabeza de yusuf incluía también una cartela roja con una dedicatoria: ‘para el verdadero sultán, de su primo yaya.’ la inscripción era equívoca: ¿se dirigía a mi padre, o estaba el gobernador de almería invitando al “zagal” a rebelarse?
mi tío contempló, mudo, el lúgubre despojo y la cartela. sé, como si lo estuviese viendo, que miró fijamente a husayn, que le obligó a bajar los ojos, que le congeló en los labios su sonrisa aduladora. después cerró el arca damascena de nogal y de nácar en la que la cabeza le había sido entregada, y le ordenó a husayn, ya sin mirarlo, que la llevase al instante a granada. tras esto, prohibidas las gritas a su tropa, ocupó almería en el mayor silencio. en la alcazaba, forzó a jurar a yaya sobre el corán, si no quería morir allí mismo a sus manos, que se sometía para siempre a sus dictados.
yaya lo obedeció: está demasiado hecho a jurar en falso como para arredrarse. y no sé si le dijo -aunque supongo que no, por su propio bien- que el boabdil que había tenido entre los muros de almería no era el auténtico.
por lo que ha contado un confidente, mi padre, al recibir la cabeza de mi hermano, a pesar de haberlo tenido él mismo preso y amenazado de muerte, se sobrecogió tanto que cayó al suelo presa de convulsiones. el confidente, que no sé al servicio de quién lo es ni a quién vigila, dijo que fue un ataque de epilepsia, de los que el anciano no se ha visto en los últimos años completamente libre, y añadió que ése era el fin perseguido por mi tío al enviarle el cruel trofeo. cuando mi padre se recuperó, estaba ciego; no ha conseguido recobrar ni la visión ni la salud. de ahí -concluyen los informadores-, que anden revueltos los ulemas de granada en busca de una solución que no esté ni a favor de mi padre ni al mío.
– hace tiempo -predican- que andáis divididos entre dos reyes, de los que ninguno tiene la autoridad requerida para remediar vuestros males. el padre es inepto, por su edad y por sus dolencias, para salir contra el enemigo; el hijo es un apóstata, desertor del trono y desgraciado por su destino. digno de empuñar el cetro sólo es aquel que sepa blandir la espada. si lo buscáis, no os será difícil encontrarlo.
en eso coinciden con la advertencia tácita de aben comisa y con la sugerencia escrita por yaya en el horroroso regalo. todos se refieren a mi tío “el zagal”.
yo mismo aquí, en porcuna, he recapacitado a menudo sobre la renuncia de mis derechos en él. pero ¿quién respetaría la voluntad de quien hoy llaman desertor del trono? ¿y de dónde procedería esa abdicación? salvo contadas personas, no interesadas en dar constancia de ello, el resto ignora que aún me hallo prisionero. tiene razón moraima cuando dice que las riendas de lo que acaece fuera de aquí no las tengo en mis manos.
estos días pasados, desconcertado por el sesgo de los acontecimientos, he escrito unas cuantas frases, que me agradaría que “el zagal” conociera alguna vez, pero sé que jamás conocerá.
“al enviado de dios. al invencible.
a aquel cuyo solo nombre provoca aún el horror de los cristianos.
a aquel cuyos tambores son la única voz que se alza insobornable contra los reyes enemigos.
lo había proclamado, y ahora te lo repito:
’inténtalo; no te detengas más: ni tú, ni yo, ni nadie conoce el día ni la hora.
apresúrate; no te detengas, indómito.
alza tu brazo, valiente, y ve.
estamos todos suspendidos ante tu voz.
cumple tu radiante destino de invencible.
enarbola tu espada, y convoca y reúne a las gentes dispersas.
un poco más, un poco más, ‘zagal’, porque no sabemos el día ni la hora.
para que todos triunfemos, triunfa tú sobre todos, porque eres el único que puede comparecer solo frente a dios.’
yo me desgañitaba en silencio, y en silencio en mi cárcel me desgañito y clamo:
’toda la fuerza que yo no tuve nunca, todo el valor que fue siempre tuyo sin esforzarte, manifiéstalo ahora. hazlo y levanta tu arrebatador brazo.
triunfa. triunfa, y déjanos anonadados.
porque sin ti no existe el reino, y nada existirá si no lo salvas tú.
el día y la noche, sin ti, serán la misma cosa; sin ti, la vida y la muerte son iguales.
defiéndenos: yo no soy ya capaz de defendernos.
he extraviado la ocasión y el sentido.
he llorado, y tú no; he aquí la oportunidad de demostrarlo.
traicióname, ‘zagal’, yo no valgo la pena: olvídame.
desde aquel día junto al mar, en que yo confundí, de niño, el mar contigo, y antes aún, ‘zagal’, no he valido la pena.
traicióname, pero sé fiel a ti.
olvídame, pero no olvides lo demás.
mi pueblo y yo te lo agradeceremos.’
en silencio, en mi celda, me desgañito y clamo.
vendrá quien venga.
yo aquí nada tengo que hacer. se ha terminado todo.
habrían de acudir, con rostros exigentes, mis interminables antepasados a caballo, y todo habría concluido.
no se trata de que suceda algo distinto, sino de que la serie de los sucesos se acabó para siempre.
luego aparecerán -déjalo, ‘zagal’, olvídalo- quienes me digan:
’tú lo perdiste todo’: pero sólo yo sé lo que he perdido, y no lo diré nunca.
cuando se pierde tanto no se dice, porque también se pierde la palabra y el ansia de quejarse, y el derecho a la queja, y la estatura y la luz y la madre y el agua y la sed y los ojos.
y la vida también se pierde, y ya no importa.
un pueblo viejo éramos y un pueblo joven a la vez, y ahora, ¿qué somos? nada: un testimonio que, sin alegría, se extingue poco a poco; un subyugado, que no puede ser vencido porque no opone resistencia; una mercadería que sólo sirve para ser comprada, y a un precio muy barato…
éramos un pueblo que sabía, y ahora somos un pueblo que no aprende; que no es viejo ni joven, sino triste.
no lloraremos sobre nuestros muertos, porque los hemos desobedecido; ni sobre nuestros hijos lloraremos, porque ¿quiénes son nuestros hijos?
adiós decimos a los que ya no somos, y a los que nunca hemos de ser.
pero, más que a nada, adiós decimos, desde ahora, a los muertos que desearon que fuésemos como ellos.”
cuando le he leído a moraima estos versos, sin que el rostro se le descompusiera, lloró a mares.
las lágrimas resbalaban por sus mejillas libremente. con las manos cruzadas sobre su regazo, me miraba sin parpadear. al concluir, me ha besado con dulzura en los labios.
– no sé si es verdad lo que has dicho, o si será verdad un día. de lo que estoy segura es de que tú has hecho lo que debías hacer. y de que te amo.
la compañía de moraima ha sustituido a la de “hernán”, que cada noche sale de aquí a regañadientes.
sin embargo, en medio del insomnio, a pesar de la ternura de moraima que lo precede, se me aparece la imagen de yusuf.
nunca consigo verlo vivo, ni jovial y reidor como era; ni lo veo niño, con su pelo tan claro, ni mayor, cuando ya el pelo se le había oscurecido. lo veo siempre muerto. o veo sólo en el aire su cabeza, que no me habla, ni me mira, con una expresión eclipsada e indescifrable. y huelo el alcanfor que la rodeaba, y siento como si alguien extendiese sobre mi rostro los ensangrentados paños que la envolvían.
no me importa si mi hermano está en el paraíso o en el infierno; lo que me importa es que no está ya aquí, donde yo gozaba con la eventualidad -más o menos remota, o incluso inexistente- de verlo y de abrazarlo. y me asalta, como si yo mismo estuviese a la intemperie, la desazón que le producía la lluvia, y el inexplicable temor que le producía la luna llena. (de niño se tapaba con la capucha los ojos para no verla, y se daba la vuelta, simulando una risa, para que yo no viese su temor.) y me pregunto dónde estará enterrado su cuerpo -su cuerpo solo, descabezado igual que una palmera desmochada-, lejos de nuestros antepasados, lejos de las raudas familiares, de los jardines en donde jugamos. y siento caer sobre mí, como dardos, las gruesas gotas de la lluvia que caen sobre su tumba, y la luz espesa y malvada de la luna. y dentro de mí crecen la náusea y el desagrado y el terror que crecían en él, como si yo fuera él. sé que el tiempo de la rosa y el tiempo del árbol centenario tienen la misma duración; sé que uno y otro contienen idéntica cantidad de vida; pero acaso no es así cuando la muerte se adelanta, cuando la rosa es cortada del rosal sin misericordia y a deshora.
anoche puedo jurar que me encontraba bien despierto cuando recibí una caricia. descendió por mi frente y mis mejillas, y se detuvo al llegar a mi barba. me volví para ver si era moraima que se había despertado; pero dormía.
y he sabido, con más certeza que nada en este mundo, con mucha más seguridad de lo que podría expresar, que esa caricia era de yusuf.
que era de la mano derecha de yusuf; de su mano incompleta y mutilada, pero lo bastante poderosa e inalterable como para colmarme de serenidad, y para persuadirme de que aún no se ha ido, de que no se va nadie, de que -como promete moraima, y pienso yo del amor- lo que una vez sucede, se queda sucediendo para siempre. es la misma impresión de humildad y de grandeza, de plenitud y de vacío, que tuve dentro de la mezquita de córdoba; toda música cesa, pero para dejar el silencio imprescindible donde ha de levantarse la verdadera música, la que no cesa nunca.
moraima y yo, igual que un viejo matrimonio bien avenido cuyos hijos salieron ya del hogar en persecución de su destino -como si no fuese él quien nos persigue-, pasamos las veladas refiriéndonos historias o jugando al ajedrez.
ella suele ganarme. ayer mismo ha derrotado a mi rey con un simple peón. a veces hace trampas para hacerme ganar, no sea que me sobrevenga el aburrimiento de perder casi siempre. y otras veces soy yo quien hace trampas para intertar ganarle, aunque sin resultado.
– como la mansa concubina que eres aquí -le he pedido esta noche-, toma el laúd, marién, y distrae a tu dueño.
ella, con su voz densa y caliente, ha cantado un antiguo poema:
“sin cesar recorro con mis ojos los cielos, por si viese la estrella que tú estás contemplando.
a los viajeros de todas las tierras les pregunto, por si alguno hubiese aspirado tu fragancia.
cuando soplan los vientos, les ofrezco mi rostro, por si ellos me trajesen noticias tuyas.
por los caminos yerro, sin objeto ni rumbo, por si escucho una canción que me diga tu nombre.
furtivamente miro a todo el que me encuentro, por si atisbo en alguno un rasgo que recuerde tu hermosura.”
yo, después de besarla, he correspondido con otro poema:
“no me tachéis de inconsecuente porque mi corazón haya sido apresado por una voz que canta.
a veces hay que estar severo, y a veces hay que abandonarse a la emoción: como la madera, de la que lo mismo procede el arco de un soldado que el laúd de una bella cantora.”
después, abrazándola con todas las fuerzas de mi amor, le he recitado, como mía, aquella declaración de amor de ibn hazm de córdoba:
“quisiera rajar mi corazón, meterte en él, y volver a cerrar después mi pecho, para que estuvieses allí, y no habitaras en otro, hasta el día del juicio y la resurrección.
así vivirías en mí mientras que yo existiera, y, a mi muerte, morarías en el fondo de mi corazón iluminando las tinieblas del sepulcro.”
las manos cogidas, en un compartido silencio, no hemos vuelto a jugar al ajedrez en lo que aún restaba de la noche.
hoy ha venido a despedirse mencía, la sobrina del comendador.
sus pálidos ojos estaban enrojecidos de llorar. durante las últimas semanas había hecho muy buenas migas con moraima. se intercambiaban menudos y cómplices regalos, y se adiestraban la una a la otra en labores de costura y de bordado.
“hernán” había cogido la manía de gruñirle cada vez que entraba en nuestras habitaciones, como si alguien le hubiese hecho el indeclinable encargo de protegernos de cualquiera. (cierto es que “hernán” se toma atribuciones que no nos son inútiles del todo: apenas presiente unas pisadas que nosotros aún no sentimos, se sobresalta, se amosca y rezonga, con lo que nos previene de lo que, sin él, nos sorprendería.) la pobre mencía, deshecha en llanto, nos ha dicho adiós hoy.
mañana al alba sale para cuenca.
se va a vivir a casa de una vieja tía, que habita en una aldea perdida a la orilla del huécar.
mencía es huérfana; tenía la esperanza de conocer a un caballero fronterizo que la hubiese hecho su esposa. no ha sido así. hoy mencía lloraba y nada más.
el capellán, con la cara inflexible y el ruido de espuelas que lo anuncia, vino a recogerla, y se la llevó, entre sollozos, sin contemplaciones.
– yo creo que la trasladan para evitar el roce con nosotros, y el excesivo afecto que te demostraba.
¿no has visto el ceño del capellán?
– sí, pero se la llevan por otra razón. qué lerdos sois los hombres.
– no te entiendo -le he confesado a moraima.
– mencía está embarazada. uno de los calatravos que estuvo aquí por las fiestas de navidad la sedujo, o quizá ella a él. mencía se niega a decir quién es el caballero, probablemente porque será casado. y ahora su tío la devuelve a su tierra para que dé a luz a escondidas, sin duda fingiendo ser una cuitada viuda de guerra.
– ¿cómo puedes haber inventado semejante infundio? los hombres seremos lerdos, pero las mujeres tenéis unas lenguas todavía más venenosas que ágiles.
– si ese infundio lo ha inventado mencía, no lo sé; pero es exactamente lo que ella me contó.
nunca un hombre acabará de conocer un alma femenina. lo que entre ellas se trasluce, con meridiana claridad, de un parpadeo, de una manera de sentarse o de enhebrar la aguja, constituye para nosotros un secreto insondable.
de nuevo, y no por motivos del todo diferentes, sale otro de mis compañeros del castillo. me quedé sin el desventurado millán de azuaga -que, en efecto, fue quemado en córdoba- y ahora me quedo sin mencía. por fortuna mi buen hado me ha traído a marién.
nasim el eunuco me envía, de tanto en tanto, un mensajero. no sé cómo se las arregla para hacerlo a escondidas de los dignatarios de la alhambra, y también de mis guardianes de porcuna. nunca se ponderarán bastante las argucias de un eunuco avispado. nasim tiene la habilidad de resistir indemne en granada y de satisfacerme aquí.
sé que no es fiel a ninguna de las partes, sino infiel a las dos; pero, aun así, su deferencia nutre mis ilusiones de que no todo esté perdido. su mensajero trae consigo noticias escritas, no muy profusas, de cuanto acaece. imagino que aligera lo que a mí me pudiese apenar. yo lo suplo, sin embargo, cargando las tintas en lo que me parece lógico, aunque sea en contra mía, y sus mensajes me ayudan a sobrellevar este aislamiento.
las crónicas, por llamarlas de alguna manera, que me ha remitido en el mes de septiembre son alentadoras. veo cómo van asentándose las cosas, conducidas de la mejor manera a su fin, que acaso sea el nuestro.
desde la primavera, los cristianos no han echado pie a tierra, sin ocultar su prisa por asegurarse la dominación de todo el territorio. los hechos colaboran con ellos: a partir de primeros de año, a causa de su debilitación, mi padre ha delegado sus poderes en mi tío “el zagal”, cuya estrella brilla y se alza más cada día.
la campaña castellana empezó en abril con unas operaciones secundarias: la ocupación de dos plazas fortificadas, coín y cártama, y la toma de los castillos de almara y xitinin. poco después, ante su acoso, se rindieron dos ciudades situadas a muy poca distancia de málaga, que es la más próxima ambición del rey fernando: campanillas y churriana abren, en efecto, el camino hacia nuestro puerto primordial. sin embargo, mi tío lo ha fortificado y se encuentra bien guarnecido, por lo que fernando desistió de momento.
pero sólo para urdir una trampa: planeó con sutileza un falso ataque a loja, ciudad estratégica por ser la llave del camino de granada, y logró que mi tío se dirigiese a ella con sus tropas. cayó así en el garlito, porque el auténtico grueso del ejército cristiano se apostaba en ronda, que domina y sostiene todas las poblaciones nazaríes hasta la costa, pero de la que ya escribió ibn al jatib que los enemigos le tenían cogido el fleco de la túnica.
a ronda la defendían sus numerosos habitantes, reforzados por los gomeres, y, sobre todo, por su situación. el día 8 de mayo la vanguardia castellana, capitaneada por el marqués de cádiz, avistó la ciudad, de pie sobre sus farallones, blanca y cerrada, atractiva como ninguna otra para cualquier consquistador, precisamente por su larga historia de tentativas malogradas. los continuos disparos de la artillería sitiadora, para la que no estaba prevenida, desmantelaron el día 17 sus murallas. y el 19 cortaron los asaltantes el suministro de agua, con lo que se sumó al cerco la terrible amenaza de la sed en un mes de mayo caluroso. dos días más tarde, el visir ibrahim al hakim destacó un parlamentario con la propuesta de la rendición. fue la contumacia de los cristianos y su inconmovible propósito de no moverse de allí lo que más influyó en el ánimo de los sitiados. el visir obró con cordura para evitar una mortandad inútil, aunque muchos de los que no eran vecinos de ronda, y estaban por tanto libres de sus angustias, opinen lo contrario. el día 20 mayo ronda capituló. por consiguiente, capitularon las aldeas de la serranía y marbella. la resistencia nazarí por la frontera occidental, había sido, desde ese punto y hora, aniquilada.
con qué sucintas líneas se puede describir una caída mortal.
en ellas no se incluye el pavor de la gente ante su futuro, ni el hambre y el llanto de los niños, ni la sangre, ni la negra viudedad de las mujeres, ni la vejación de los varones, ni el abatimiento de los responsables, ni el hundimiento de todos. las crónicas dirán ‘ronda fue conquistada’, o ‘ronda fue perdida’, según quien las escriba; en esas tres palabras se comprendía todo el dolor de un mundo.
rabioso por el engaño, mi tío “el zagal”, que no tuvo ni tiempo de confortar a los sitiados, destruyó un destacamento que se proponía aprovisionar alhama, y clavó en venganza las cabezas cristianas en picas, para enardecer a sus huestes, desalentadas por la pérdida de ronda y todo su espeluznante significado. se encaminó luego a granada, donde fue recibido en triunfo. él conoce, sin embargo, mejor que nadie, lo comprometido del momento. los gobernantes a menudo deben aceptar el laurel y el aplauso para no deprimir a sus súbditos, a sabiendas de que con ello les hacen concebir nefastas ilusiones. pero, para un enfermo condenado a muerte, ¿qué es mejor: anunciarle con cruel franqueza su fin, o vivificarlo hasta que llegue lo que fatalmente ha de llegar? no siempre es la verdad la mejor arma.
también soraya, en la alhambra, estaba a la perfección al tanto del conflicto. dos días antes, previendo la llegada del “zagal”, había enviado en secreto a su marido el sultán a salobreña, por si su salud mejoraba con la proximidad del mar, el blando clima y la separación de acucias y presiones. abul kasim benegas, el visir, que no contaba ya con el valimiento de la sultana y que vaticinaba cortos la vida y el reinado de mi padre, había promovido, pagándolos, algunos motines populares. en ellos se solicitaba la abdicación del sultán, para congraciarse con quien lógicamente debería sucederle. no obstante, mi tío no aspiraba en apariencia a la corona; aunque el pueblo entero reclamaba un rey joven, enérgico, decidido y capaz de ir en persona al frente de las tropas.
soraya, al borde de ver abortada su ambición, hizo un desesperado intento. forzó a mi padre, antes de retirarse a salobreña, a abdicar en su hijo mayor, un niño aún, dejando en manos de ella la regencia. pero unos cuantos delegados de abul kasim benegas, fingiendo ignorar la ausencia del sultán, subieron a comunicarle el lamentable estado de la situación.
soraya pretendió distraerlos; aludió a un pasajero malestar del sultán que lo retenía en sus alcobas, y solicitó un aplazamiento de la audiencia. pero ante la porfía de los visitantes, desenmascarada, casi les insultó.
– aún vive el rey legítimo, adornado con las glorias del emirato y orgulloso de haber hecho por granada más que ningún otro de la dinastía; está enfermo en la costa, y yo aquí lo represento. pero si consideráis igual estar enfermo que muerto, proclamad ahora mismo rey a su hijo. tened la seguridad de que con ello servís al sultán que dios os deparó, un héroe que se recuperará en el reposo de la playa, y regresará con la espada en la mano (no lo olvidéis) a sentarse en su trono.
después de una reunión provocada por benegas y sus parciales, todos los hombres que significaban algo en granada llegaron a un previsible acuerdo: a nadie convenía ni un rey moribundo, ni un rey niño.
– tenemos a la mano -gritó el tornadizo benegas- a quien puede proporcionar más beneficios a este reino. en estos mismos momentos está postrado ante dios en la mezquita de la alhambra.
corrieron los reunidos y llegaron a tiempo de ver salir de ella al “zagal” y montar a un caballo, en el que se disponía a ir a salobreña a cumplimentar a su hermano. sin dejarlo siquiera descender la sabica, allí mismo lo proclamaron sultán.
“el zagal” toleró en la alhambra la presencia de soraya y de sus hijos, aun cuando su lugar estaba junto al enfermo. no tardó, sin embargo, en comprender que la intención de soraya era seducirlo y contraer matrimonio con él, a costa incluso de envenenar al sultán agonizante; estaba más dispuesta que nunca a proseguir su carrera. ante tan incorregible actitud, mi tío la envió a salobreña con sus dos hijos, y poco después, cuando se convenció de que nada restablecería la salud del sultán, aconsejado por los médicos que encontraban más saludable para él el clima de mondújar, lo trasladó allí con su familia. [uno de mis partidarios, al que me resisto a dar crédito, me asegura que si permitió a soraya quedarse en la alhambra, e incluso él -no ella- habló de matrimonio, fue para que le descubriese en dónde había escondido los tesoros reales, imprescindibles para continuar la guerra.] ante las primicias de un sultán bravo, querido y no impuesto por innobles maniobras, granada estalló de júbilo; con todo, una pequeña parte del albayzín continuaba siéndome fiel. el alzamiento del “zagal” al trono alegró también al rey fernando, que veía así aún más dividida nuestra monarquía.
la única duda que le queda es cuál será el momento justo, por más dañino para nosotros, de librarme y echarme a pelear contra mi tío y contra los legitimistas partidarios de mi padre.
su alegría se enfrió un tanto con la primera hazaña del “zagal”, que justificó con ella las esperanzas en él puestas. al iniciar fernando su campaña estival, aunque tardía, decidió comenzarla por la vega. envió por delante su vanguardia al mando del conde de cabra, quien escogió el camino de moclín. pero “el zagal” adivinó el regate, y acudió al remedio con rapidez y un fuerte contingente de soldados. tras una áspera batalla, la derrota del conde fue terrible.
destrozado su orden, la mayor parte de los cristianos pereció en un barranco que los nuestros titularon de la matanza, y el mismo conde salió mal librado y herido. por añadiduras, mi tío, para demostrar su insolente valor, tuvo la osadía de retar al rey cristiano y de acampar dos días seguidos en el lugar de su victoria por si fernando tentaba aceptar su reto y vengar el notorio descalabro de uno de sus capitanes predilectos. en realidad, el vengado en el conde de cabra he sido yo.
nasim me comunica -y copio su carta casi literalmente- que, si la campaña cristiana hubiese dependido de fernando, se hubiese postergado hasta la siguiente primavera. a la derrota de moclín se añadieron la enorme mortandad que la peste causa en sevilla, donde se entierra a la gente amontonada, y el malestar y la tristeza de la cristiandad entera. pero, según se dice, la reina isabel, para fortificar el ánimo de sus súbditos y encender su poquedad, a caballo delante de los soldados, les exhortó:
– hijos míos castellanos y aragoneses, quiero poner en vuestras armas la dicha de nuestros reinos. de ahora en adelante, ni castilla ni aragón se conformarán con inestables treguas, ni con parias que puedan ser negadas a la primera coyuntura. con la vista puesta en vosotros y en vuestras familias, arrodillados ante la voluntad de dios, el rey y nos decretamos la continuación de la guerra, sin cejar hasta que los infieles sean expulsados de esta tierra que es nuestra.
así, como mujer y como reina, infundió un nuevo aliento en su tropa. este matrimonio se ha acomodado con perspicacia en los dos platillos de una misma balanza. el fiel de ella es la conquista; cuando uno de los cónyuges desfallece, el otro medra y se levanta, impulsado por la misma fuerza que abate al primero. de ahí que juzgue imposible vencerlos.
mas lo que ignoran ambos -y lo ignorarán mientras esté en mi manoes que he tomado, de acuerdo con moraima, una determinación no menos firme que la de ellos. creerán muchos que la tomé sólo por mi egoísmo y para mi descanso, pero puedo jurar que la tomé, sobre cualquier otra consideración personal, en beneficio de mi reino.
su suerte me importa mucho más que la mía, y, si sus días están contados, procuraré de todo corazón que sean lo más plácidos, luminosos y felices posible. aunque para ello tenga que sacrificar mi vida, que es a lo que equivale sacrificar mis derechos al trono.
hoy ha pasado el día conmigo gonzalo fernández de córdoba.
hemos almorzado juntos. moraima actuó de sirvienta. apenas dos veces se han tropezado nuestros ojos, medrosos como estamos de que hasta una mirada nos delate. después de haberse ido, moraima y yo hemos comentado lo que nos parecía el personaje.
gonzalo se muestra aún más cuajado y viril que la última vez.
cierta gravedad se ha hecho compatible con su soltura, y cierta severidad, con su simpatía. de expresión seria, sus rasgos son limpios y armoniosos. quizá administra su sonrisa con excesiva circunspección; por eso, cuando sonríe y muestra su blanca dentadura, es como si el sol se vertiese sobre un paisaje no amanecido aún. tiene unas manos enjutas y marcadas por las riendas y por las armas, pero a la vez de una inocultable elegancia. su cuerpo es esbelto y bien formado; sin ser muy alto, da la impresión de sobrepasar a quienes lo rodean por la incólume majestad que emana su figura. creo que, si se exceptúa a mi tío “el zagal”, nunca he visto a nadie tan nacido para mandar y tan dotado para ello.
estoy seguro de que don gonzalo no necesita levantar la voz para ser obedecido, ni alterarse para que sus órdenes se acaten. dudo que un día le suceda a él lo que en lucena a mí, cuando mis hombres me abandonaron; él no precisa arengas para retener a sus soldados, que preferirán la muerte a una mirada suya de desdén. está hecho, en una palabra, para conducir a un pueblo a la victoria. es el capitán cristiano que más temo y al único que quiero. porque sus palabras y actitudes denuncian una limpia eficiencia y una perseverancia gélida, pero no hay odio en ellas; él se presenta como el útil y acerado instrumento de algo que ha de cumplirse, y en lo que su corazón no está implicado.
durante el tiempo que permaneció conmigo trabó un discurso sobre las armas y la guerra tan coherente y lúcido que me pesará no transmitirlo con fidelidad. en mis papeles carmesíes dibujó planos e ingenios de artillería, escribió números, y distribuyó cuerpos de ejército como si fuese un general antes de una batalla. con una cortesía y una cordialidad más de un aliado que de un adversario. se comprende que, a pesar de su juventud, los reyes tengan en él una fe insuperable. es el mejor de sus nuevos capitanes: todos hechos a su imagen, compartidores de sus ideales, y no maleados por las luchas personales e interesadas de antaño que tanto nos sirvieron a nosotros. de escucharlo se sacan dos conclusiones. la primera, su concepto renovado de la estrategia y de la táctica, su sabiduría militar, en ocasiones se diría que infusa, y, sobre todo, su concordancia con los reyes en proyectos, en entereza y en determinación, lo que lo convierte en un perfecto vasallo. lo segundo que se deduce, no sé si a su pesar o quizá incluso a pesar de ignorarlo, es que está, de una manera reservada o todavía inconsciente, enamorado de su reina. moraima lo ve más claro aún que yo: al hablar de ella, sus opiniones extasiadas y sus ensalzamientos indican que es para él la más alta maravilla que existe, y que su galardón máximo es haber coincidido con ella en esta vida.
– uno se queda perplejo viendo a una mujer -dice- ocuparse directamente de los planes de campaña, votar entre los más viejos y experimentados capitanes, tratar de tú a tú con ellos, y encauzar los preparativos con un conocimiento que con dificultad habrían alcanzado los guerreros de los tiempos antiguos. ésta es la novedad que marca de un modo más visible lo que se aproxima o está ya entre nosotros; esto es lo que no nos va a permitir fracasar, señor, si me perdonáis que os lo diga. después de todo -se excusaba-, los resultados están en las manos de dios, cuyos caminos son misteriosos y sus juicios inescrutables.
yo admiraba y envidiaba cómo se unen en él la galanura con la autoridad.
– el valor ciego -añade- no dirigirá más las operaciones bélicas como hasta ahora ocurría; la fuerza será sólo el instrumento de la previsión y de la inteligencia.
la guerra de granada, de ello estoy convencido, ha inaugurado una escuela donde se estudiará y ensayará el arte militar para otras empresas aún más difíciles que se nos preparan. aquí van a formarse soldados que serán el espejo de todos y el adorno de la milicia universal. porque nada se fiará a la casualidad, y el azar va a ser nuestro primer enemigo. existe un plan bien pensado que habrá de respetarse, y que, junto a la labor diplomática del rey, nos conducirá al triunfo. sé que es duro, señor, que venga un capitán cristiano a hablaros de estas cuestiones; pero estimo que son las que más os interesan, y también que el compañerismo y la cortesía no están reñidos con los puestos, muy superior el vuestro al mío, que ambos ocupamos en esta contienda. entendedlo como una prueba de mi respeto y de mi confianza en vos, que sois distinto de los sultanes anteriores; mi presencia aquí y el contenido de nuestra conversación no tienen otro objeto.
luego, a raíz de mis preguntas -no sólo curiosas, sino aturdidas por sus respuestas-, me expuso, con naturalidad, sus ideas y sus aspiraciones.
– se trata de aplicar a la conquista del reino de granada las mismas reglas que sirven para tomar una sola plaza fuerte. en primer lugar, hay que cortar sus comunicaciones y los posibles socorros exteriores, para reducir al enemigo a sus propias fuerzas y recursos.
os pido una vez más perdón -se interrumpió con una leve sonrisa-.
nosotros, señor, jugamos con la ventaja de reñir la batalla en campo ajeno: él será el que más sufra; en cambio, se nos exige, o nos hemos de exigir, no improvisar, sino proveernos de antemano. el disminuir cuantos bienes les quedan a los granadinos en su propio territorio es una cuestión esencial para nosotros, sobre todo en un país de tanta población y tantas necesidades como el vuestro. (dispensadme que hable de los granadinos como si vos les fueseis ajeno; lo hago para mayor comodidad: así tendrán un tono menos ácido nuestras reflexiones.) es precisa, pues, la triste misión de destruir como se venía haciendo; pero ahora con norma y con sistema: hay que talar los bosques, asolar molinos y cosechas, cegar pozos, arrasar cualquier otro medio de subsistencia. ya desde nuestra segunda campaña acompañan al ejército no menos de treinta mil peones diputados solamente para estos menesteres. porque la guerra se ha transformado en una cuestión no ya de escaramuzas y guerrillas, sino de asentamientos y de sitios, y la capital de granada se ha de tomar como si fuese el cuerpo principal de la plaza a que antes comparábamos el reino entero. sus defensas externas son las otras ciudades, los pueblos murados, los castillos, las fortalezas, las atalayas y las torres. hay que ir ganándolas para acercarse paulatinamente al destino final, es decir, a la ciudadela, que aquí es granada misma y, dentro de ella, a su corazón, que es la alhambra.
yo, ante su fría precisión, preferí descansar un momento y le interrogué sobre la reina. él sonrió.
– la reina se encarga de la fábrica de municiones, de los acopios de pólvora y madera, de lo referente a la intendencia, de lo referente a la recluta del ejército y de la estabilidad de nuestro lado de la frontera, que no debe perturbar la marcha de la guerra. esa marcha ha de ser más o menos lenta, pero ininterrumpida. también se atarea en lo que atañe a la rapidez de las comunicaciones, para lo que ha mandado instalar un sistema de postas. y, por si fuera poco, cuando estuve en vitoria con motivo de la recompensa que se otorgó a vuestros aprehensores, la reina expidió allí una provisión sobre el modo en que han de cooperar con nosotros las fuerzas marítimas, para barrer las costas africanas e impedir el desembarco de hombres y bastimentos. a tal efecto dispuso que pasase al mediterráneo la flota de vizcaya, y que se emplazasen apostaderos junto al estrecho, desperdigados pero abundantes, y a lo largo de la costa, las naos capitaneadas por los mejores: martín díaz de mena, charles de valera, el irlandés, garcilópez de arriarán, mosén de requesséns, álvaro de mendoza y antonio bernal.
– ¿y qué armas habrán de utilizarse, don gonzalo, para satisfacer unas demandas, si no del todo nuevas, sí notablemente mayores que hasta ahora? -fui yo quien sonreía esta vez al hacer la pregunta.
– armas de fuego mucho más poderosas, señor. los musulmanes confían la defensa de sus pueblos a la posición en que están emplazados, y por eso no suelen hacer fosos, ni trincheras, ni murallones, sino endebles tapias levantadas en planos confusos, que no resistirán, ni resisten de hecho, las colosales balas de piedra de nuestros cañones. junto a las bombardas, empleamos ya ribadoquines, cerbatanas, pasavolantes, búzanos y otros artificios. y así, los granadinos, que son muy valientes en la defensa de sus plazas, y resignados y sufridos ante las privaciones del hambre y de la sed, y temibles en sus salidas, a las que están más acostumbrados que nosotros, caen espantados y en desorden al comprobar que nuestra artillería aterra fácilmente sus fortificaciones. esto nos proporciona una ventaja no sólo por el daño material que les causamos, sino por la repercusión moral de desaliento…
si cometo, señor, la falta de reverencia de hablaros como os hablo, es porque estimo que un general, preso y apartado como vos de los campos de batalla, tiene derecho a conocer cuanto conocen quienes, en el presente, lo sustituyen fuera.
– os lo agradezco, y os ruego que continuéis.
– los principales dirigentes de esta artillería proceden de italia, francia y alemania. sin embargo, hace ya ocho años que se nombró, en toro, a micer domingo zacharías, maestre mayor de artillería, y maestres bombarderos, en sevilla, hace seis años ya, a alonso y tomás bárbara. el jefe superior es francisco rodríguez de madrid, a quien el rey, “in pectore”, tiene designado caballero. la fabricación de pólvora y de balas de piedra se hace en los mismos campamentos. con el ejército viajan carpinteros, herreros con sus fraguas, ingenieros, pedreros que buscan las canteras, y los que trabajan las piedras de cantería y las pelotas de hierro.
hay aserradores, hacheros, fundidores, albañiles, azadoneros, carboneros y hasta esparteros. un campamento, vos lo sabéis, es como una ciudad. por eso el inconveniente de llevar la guerra a tierra ajena es que tenemos que surtir precisiones a veces no previstas, con imaginación y con medios sí previstos. y, a pesar de todo, el consumo de pólvora es tan grande que, además de la que se elabora en los campamentos en morteros de piedra, la traen de barcelona y de valencia, pero también de portugal, sicilia y flandes. porque la guerra de granada, como os dije en nuestra primera entrevista, ha sobrepasado los límites peninsulares, y europa está hoy pendiente de nosotros.
se refería a la guerra con la misma compostura y vocación con que hubiese descrito su propia residencia. oyéndolo no era verosímil imaginar la muerte, el pillaje, la sangre, la felonía y el aniquilamiento. “si no hubiese sido porque yo conocía sus victorias, habría supuesto que estaba frente a un gran teórico que no se levantó jamás de su mesa de estudio, ni había traspasado las puertas de su casa.
algo, por medio de él, me confirmaba que el mundo era ya distinto.
sentí, sin explicármela, una nostalgia por los métodos aprendidos y periclitados, que había de olvidar.
– ¿y qué se ha hecho, capitán, de las antiguas máquinas? yo ya llevo años preso, y la velocidad de nuestra época…
– los trabucos e ingenios no han sido eliminados del todo. con ellos se lanzan piedras como antes, pero también carcasas, que son cuerpos incendiarios destinados a causar un daño irreparable en polvorines y pajares.
– ya entiendo -dije, y, por añadir algo, balbuceé-: sin embargo, el transporte…
– tenéis razón. es enrevesado y muy costoso. tendrá que mejorarse. a veces han llegado a dos mil los carruajes destinados al servicio de la artillería. van tirados por bueyes y divididos en grupos de a cien. para la conducción de tal impedimenta se requieren caminos idóneos, y no siempre los hay en un país tan fangoso y tan accidentado. para adecuarlo están los gastadores y los pontoneros. un dato: en doce días abrieron tres mil gastadores un camino de tres leguas, en este mismo año, para acercar la artillería a cambil. se hubo de desmontar colinas, elevar valles y abrir sendas en terrenos intransitables y aún hostiles… y el tren de la artillería cuenta con carros cuya misión es transportar la madera indispensable para los pontones que atraviesan las acequias y los arroyos, y para proporcionar los pasos sobre los barrancos y los ríos. después, por esa vía abierta, arrastrarán los carros las bombardas con las que demolemos las recias torres de vuestros alcázares… perdonadme, señor: me he excitado.
– seguid, seguid. al fin y al cabo, ésta es vuestra afición.
– gracias, señor. cuando es inexcusable, hacemos grandes obras de circunvalación capaces de aislar la plaza entera de que se trate; fosos de la longitud y la profundidad que sean precisas, con castillos de tapial y con fortines cada trescientos o cuatrocientos pasos, así como unos castillos desmontables de madera, que se arman en los parajes convenientes para construir, a su abrigo, los de fábrica más sólida… claro está que todo lo que os estoy contando como un relato para entretener niños -yo no pude evitar sonreír, si bien con amargura- reclama un elevado número de trabajadores y soldados que edifiquen primero, mantengan y custodien después. habrá ocasiones, y estamos dispuestos para ellas, en que no se requieran menos de ochenta mil infantes y quince mil caballos -se traslucía de él una comprensible vanidad, como la del adolescente que descubre un mundo, o que lo crea-. y, para hospedar a este gentío, está la reina. ella se dedica a la intendencia y a los hospitales de campaña (que son seis grandes tiendas con las ropas y camas necesarias, así como cirujanos y físicos y medicinas y hombres que las sirvan y en las que nada cuesta nada, porque es nuestra señora quien lo paga). nuestra señora, digo, que se emplea asimismo en la construcción de los campamentos, esos pueblos ambulantes en los que nada referente a los menesteres de la vida diaria se echa en falta, y que poseen su propia policía, su propia vigilancia y sus ordenanzas rígidas e intangibles.
– reconozco que, a pesar de la fama de riqueza de la alhambra, las coronas de aragón y de castilla tienen muchos más recursos que nosotros. ¿habrá en el mundo un tesoro real que pueda hacerse cargo de gastos semejantes?
– quizá no. los gastos se costean, en principio, con los desembolsos ordinarios del tesoro; pero existen también repartos extraordinarios entre los pueblos, y está el dinero de la nobleza (que durante muchos años, y aun siglos, se ha beneficiado, sin participar en los gastos comunes), y están los empréstitos, cubiertos por los hebreos y por los gremios de mercaderes, y está -agregó con un encantador gesto- hasta el empeño de las joyas personales de la reina, que en este momento duermen en valencia dentro de arcas judías. en alguna señalada circunstancia, como para la campaña en que se tomó alora, el papa ha concedido también una bula de cruzada para los que asistieran a ella o ayudaran con sus limosnas.
– ¿bula de cruzada? -pregunté enarcando las cejas.
– sí; a cambio de los bienes donados o de la asistencia a la guerra, confiere la iglesia determinadas indulgencias (cuando hablé con vos en lucena os burlasteis de ellas), o determinadas dispensas, como la de poder comer carne en la cuaresma.
– prefiero que continuéis hablándome de guerra; cuando habláis de vuestra religión no consigo entenderos.
después de un instante de vacilación, soltó una breve risa involuntaria.
– os haré caso. me preguntasteis por las fuentes de ingresos.
la iglesia de roma es una de las más fértiles, cuando se presta a ello. hace poco, el santo padre facultó a la corona de aragón, él es aragonés, para tomar cien mil florines cargándolos sobre las iglesias y monasterios de su reino.
pero debo advertiros, señor, que el pueblo cristiano es negligente y acomodaticio, como todos, y se queja mucho de los tributos, y llega a veces hasta a la violencia con los recaudadores -ahora rió abiertamente-. el mes pasado, ante la escasez de los recursos, el tesorero aconsejó a la reina que prescribiese un nuevo reparto entre las poblaciones de castilla; la reina se negó, diciéndole con toda sinceridad: ‘les temo mucho más a las viejas de mis reinos que a los mismísimos moros.’
con la misma gentileza que había reído y la misma prontitud, dejó de hacerlo.
– allí donde está nuestro bolsillo, allí está nuestro corazón -dije, y completé con ironía-, sean de quien sean los bolsillos. las viejas son muy parecidas en todas partes. decídselo a la reina cuando la veáis.
lo miré a los ojos, profundos y arrogantes.
así, capitán, que tenéis la terminante convicción de que ganaréis de una vez esta guerra de siglos.
– la tengo, señor, de que haremos todo lo humanamente posible por ganarla. -se despedía-. espero no haberos fatigado hablándoos sin tregua (parece que ya no habrá treguas para nada) del único tema de conversación, o al menos de los pocos, que me apasionan. y del único que acaso tenga en común con vos, aunque en los extremos más contrarios.
– gracias, capitán, por considerarme digno de vuestras confidencias. yo, por mi parte, espero que la veracidad de vuestra información no tenga por fin amedrentarme.
porque, aunque así fuera, de nada serviría: yo estoy aquí, impotente de contagiar a nadie ni mi temor ni mi optimismo.
– deseo que tal impotencia dure poco, señor. no es por compasión, sino por hermandad, por lo que solicité licencia para visitaros.
juzgo que el mayor mal que me podría suceder es verme como os veis: reducido a aguardar, apoyado en decisiones ajenas, ignorante de lo que sucede en vuestro reino, e incapacitado de luchar al frente de vuestros soldados, es decir, de participar en el desenvolvimiento de vuestro destino. al comendador le he dicho que es una obra de misericordia visitar a un cautivo; pero a vos, en mi mal árabe, os digo con franqueza que sois mucho más que un cautivo para mí, y mucho más que un rey: sois un compañero de armas al que deseo de todo corazón encontrar pronto frente a mí en un campo de batalla. que el señor os bendiga y os depare una ausencia muy breve.
he sabido que al capitán gonzalo de córdoba le fue posible visitarme, autorizado sin duda por sus reyes, a causa de una gran calma que sobrevino en el frente andaluz durante todo el otoño. a partir de septiembre, las lluvias han sido arrasadoras en toda la región -yo puedo garantizarlo por lo que a porcuna se refiere-, y la peste sigue haciendo gravísimos estragos en sevilla, donde la mortalidad es aún creciente. no otra cosa sucede en nuestro bando: cada día hay más granadinos minados por el cansancio; el desánimo se ha apoderado de ellos, y sueñan con reclinar la cabeza en sus propias almohadas, y en dormir con sus mujeres y abrazar a sus hijos. a todos los que luchan hay un momento en que les acomete una nostalgia irresistible de su hogar, y en que hasta físicamente les resuena en los oídos su llamada.
me han dicho que algunos de los castillos de la ajarquía que permanecían fieles a mí, en octubre se han pasado al partido del “zagal”.
y sé que mi madre, con su boabdil, reside ahora en huéscar, no lejos de baza, donde se ha fortificado. supongo que, una vez que superó el peligro de que fuese descubierto su engaño en guadix o almería, prefiere no volver a correrlo en ciudades grandes, cuyos habitantes podrían tener referencias sobre mí: mi modo de andar, de moverme, el tono de mi voz, mi manera de quedarme abstraído mientras me plantean problemas, o el repentino eclipse de mis ojos ante el desinterés por lo que me rodea. está claro que esta guerra no supone lo mismo para todos. los gobernantes se buscan a sí mismos en ella; los nobles, la ampliación de su nobleza; pero ¿qué es lo que retiene en ella a la gente del pueblo? o el pavor encendido por las predicaciones, o el miedo a los de arriba, o la ventaja que puede sacar, o el vengarse de un enemigo pegajoso, si vive en la frontera; ninguno de estos motivos es capaz de retenerla más de un mes en campaña.
el rey fernando, que no descansa a pesar de la paz de hecho que por agotamiento se ha producido, acaba de publicar, a través de sus espías y de gente pagada, una noticia sobre el boabdil de mi madre. según él, boabdil, temiendo una ofensiva del emir abu abdalá, ha suplicado desde huéscar un socorro de víveres al consejo aragonés de murcia, y se le ha concedido. o sea, el rey cristiano, mientras escamotea al doble que maneja a su antojo, procura envilecer el juego del otro doble que mi madre maneja a su antojo a su vez, lo calumnia con acusaciones de traición. moraima y yo no hemos tenido otro remedio que reírnos, pese a tanta alevosía por parte de los dos beligerantes, y pese a la irritación y el tedio que nos causan las pertinaces lluvias.
pensar en la cólera de mi madre al recibir en huéscar unos cuantos burros cargados con víveres cristianos, envenenados probablemente además, nos divirtió esta tarde.
la lluvia, cumplidora y sorda a los altercados de los hombres, no deja de caer durante el día y la noche.
en la fortaleza de porcuna se ha dado un caso de peste. un soldado, integrante de un escuadrón con prisioneros que era trasladado desde jaén a córdoba, ha muerto.
bajo la responsabilidad del comendador, que no sé si hizo o no una consulta rápida, mi risible corte y yo hemos sido evacuados.
nos han transportado al castillo de castro, del que es señor el conde de cabra, el de “haec omnia operatur unus”. el anfitrión, no recuperado todavía del todo de las heridas de moclín, nos ha recibido con un brazo sujeto por un paño.
es recio, bronco, con una voz tonante, pero abierto y cordial.
tiene la piel tostada y martirizada por la intemperie, y grabado el rostro por arrugas, no muchas, pero hondísimas. ha de ser persona muy religiosa, porque, si se coincide con él a mediodía o al atardecer, detiene la conversación al escuchar una campana, y se ensimisma musitando unas jaculatorias en latín que él llama “angelus”. me ha explicado que con esa oración se conmemora el momento en que el ángel gabriel descendió del cielo para comunicar a maría que ella era la elegida para ser madre del profeta jesús. y lo fue sin perder su virginidad ni antes del parto, ni en el parto, ni siquiera después del parto. tal hecho se nos antoja a moraima y a mí un milagro tan excesivo como innecesario.
quizá las características de un milagro sean precisamente ésas: el exceso y la innecesariedad; como si fuese un “además” o un lujo de la naturaleza, para que se distinga sin el menor titubeo la intervención de lo sobrenatural. no obstante, yo aborrezco los milagros que llevan la contraria a la evidencia, o incluso a la razón; no los que son suprarracionales, y consisten en un mayor despliegue de las facultades o potencias ya de la naturaleza ya del hombre, sino los que son irracionales, o peor, antirracionales. imponer al hombre el arrodillamiento sin un porqué, me parece abusivo: un dios que actuara así no sería respetable. es lo que me sucede con el dogma cristiano que nos separa más: el de la trinidad. para mí es una pobre forma humana de pintar una teratología, una monstruosidad. la divinidad no tiene por qué ser explicada, pero tampoco tiene por qué ser inexplicable. por supuesto que ha de estar sobre nosotros, pero no contra nosotros, que somos obra de ella. nos excede, pero no nos tacha.
la condesa es una mujer devotamente dedicada a su marido, y sospecho que también a las oraciones de su marido. es menuda, descolorida y, aunque su salud parezca frágil, debe de ser de hierro, porque está en todas partes, interviniendo y sacando a flote una casa que no estaba preparada para recibirnos. en el corto tiempo que la he tratado, he adquirido el convencimiento de que es ella la que manda aquí. en todo; hasta en su esposo, que, tan grandullón e hirsuto como es, se transforma ante ella en un perrazo inofensivo.
(y hablando de perros: “hernán” ha venido, a petición mía, con nosotros. fue tal el susto y la indefinible tristeza que vi en sus ojos al montar a caballo que me pareció inhumano separarlo de mí.
las dos mujeres -moraima y zahira, la concubina de los ojos azules- viajaban en una litera; a ratos, con ellas viajó también “hernán”. pero sufría y sacaba la cabeza sin descanso para comprobar que yo no lo había abandonado, y que delante, o atrás, o al lado de ellas, proseguía el viaje junto a él; era preciso dejarlo bajar de la litera, y entonces él, jadeante y feliz, galopaba junto a mi caballo.
estoy seguro de que ahora “hernán” también cree en los milagros.)
como de pasada, he mencionado ante el conde la existencia de un doble mío en el ejército cristiano.
el conde, sin afirmarlo ni negarlo, ha mirado por la ventana.
– en la guerra todo es lícito -ha dicho en seguida.
estos hombres piadosos son, por lo que veo, malos enemigos. con una extemporánea admiración, ha añadido:
– nuestro rey es un gran estratega.
luego, sin embargo, me ha dado a entender que conocía la existencia del segundo doble, el de mi madre. está, pues, muy al tanto de lo que sucede en mi reino, lo que prueba la profusión y la eficacia de sus espías. pero no creo que sus informes sean tan verídicos como si proviniesen de su pariente don gonzalo de córdoba. en primer lugar, porque no me fío del conde; en segundo, porque presumo que tiene menos referencias de primera mano.
en cualquier caso, lo que él cuenta reviste cierta verosimilitud. dice que boabdil, el de mi madre, a través de sus partidarios ha ganado para su causa buena parte del albayzín, compuesta de gente instruida y de campesinos; en una palabra, de ciudadanos deseosos de vivir en paz, sea quien sea el que ostente el poder. por el contrario, los barrios de la ciudad han permanecido fieles al “zagal”. se ha desencadenado, según el conde, una feroz pendencia entre unos y otros. y los granadinos, desde las alturas de la vieja alcazaba cadima, han disparado sin piedad contra el albayzín. me estremece que para esto haya servido la más antigua de las fortalezas, anterior incluso a los nazaríes; que haya sido usada para que unos hermanos aniquilen a otros. siento una indecible pesadumbre al saber que, en torno a mi nombre, se derrama nuestra propia sangre.
me informa el conde que la lucha ha sido desigual: los partidarios de boabdil eran muchos menos, y muy inferior su fuerza: sólo contaban con sus manos y algunas armas improvisadas y caseras.
boabdil -es decir, mi madre- había prometido comparecer para exaltar a sus adeptos, y también un refuerzo; pero ni él ni el refuerzo han aparecido. se conformó con enviar continuos mensajeros alentando a la resistencia. mientras él permanecía en loja, donde en estos momentos reside. me desespera decepcionar a quienes me aman hasta a través de unos representantes impostores.
la negociación entre albayzineros y granadinos se ha hecho, por lo visto, inevitable. se ha encomendado a los alfaquíes, que son los principales defensores de mi tío en granada, aunque una mínima parte de ellos aún sostiene mi bandera. el resultado es que mi madre -quiero decir yo mismo, o mejor, el falso boabdil-, imposibilitada de hacer otra cosa, reconoció como soberano de la alhambra y de granada a mi tío. a cambio, por el acuerdo, ha consolidado su poder y sus posesiones en la parte oriental del emirato, con loja por cabeza, de donde no se mueve mi doble, mientras mi madre y aben comisa han salido hacia vera.
conozco a mi madre y sé que, en el fondo, ha obtenido lo que perseguía. la guerra fratricida, consciente ella de que la iba a perder, no ha sido más que un instrumento para reafirmarse en un sector de nuestro territorio. me atormenta la inutilidad de una sangre vertida sin otro motivo que regar una intriga.
por todas partes veo maniobras, y moraima también. todo se vuelve noticias que se anulan las unas a las otras, e ignoramos dónde se encuentra la verdad, si es que hay alguna. no entiendo qué pretende aben comisa, y me pregunto si no andará en gestiones privadas con mi tío para ir todos a una contra los cristianos. (eso no sería malo, pero dudo que mi madre las apruebe; tendrían que llevarse a cabo a espaldas suyas.) incluso es posible que con quien esté tratando privadamente sea con los cristianos.
de lo que me dice el conde, que ha estado ausente unos días, y de un mensaje de aben comisa fechado en vélez, deduzco lo siguiente.
el rey fernando, a la cabeza de un nutrido ejército, sitió loja.
una tropilla procedente del albayzín, al tanto de que su sultán se encontraba allí, fue a reunírsele y a cumplir sus deberes en la guerra santa. los partidarios del “zagal”, tanto de granada como de su entorno, recelosos de que el sitio de loja fuese sólo un ardid del enemigo, como ya sucedió cuando la conquista de ronda, no acudieron al socorro de la plaza; pero el cerco, por desgracia, era cierto, si existe algo cierto en este caos. los cristianos lo apretaron con una rigurosa línea de fortines y fosos, y entre los sitiados circularon rumores alarmantes de que todo era un asunto convenido por el rey de aragón y boabdil durante el cautiverio. en realidad, nada había de amañado: el boabdil de loja era, en efecto, falso, pero no es él el que sirve a los cristianos. la toma de uno de los arrabales por el rey, la asolación de gran parte de las murallas, la muerte de sus más intrépidos defensores, la incomparecencia del fingido sultán por una repentina enfermedad también fingida, y la convicción de que granada no les socorrería por estar de parte del emir abu abdalá, empujaron a los habitantes de loja a rendirse.
así lo hicieron el 29 de mayo después de una valerosa y estéril resistencia, que yo he sufrido como si me arrancasen los cabellos. la capitulación se firmó bajo el seguro de sus habitantes, hijos, caballos y acémilas, con cuanto pudieran llevarse. quedaron libres todos, salvo boabdil, que permanece prisionero de los reyes cristianos por segunda vez -por segunda vez, y yo no me he movido sino de porcuna a castro-, con la intención de someter por medio de él a toda andalucía.
tales hechos han persuadido a los de granada, donde se han refugiado muchos de los exiliados de loja, de que la toma de ésta no llevaba otra mira que la de cumplir lo pactado entre los reyes y el sultán, como una parte del precio del rescate; un precio infame que incluiría la entrega de ciertas ciudades, tras más o menos inventadas dificultades con que cubrir las formas.
fernando dejó un destacamento en loja y publicó que se retiraba a córdoba con su prisionero boabdil. pero unos días después atacó el castillo de elvira, y demolió con su artillería la mitad de sus muros hasta rendir a su guarnición en igualdad de condiciones que loja. luego trasladó su campamento a moclín, donde en la última campaña fue derrotado mi huésped el conde de cabra, y donde calculo, por las fechas de su ausencia, que fue a acompañar a su rey para resarcirse de la derrota. lo calculo por su relato de que, sitiada la fortaleza, la combatieron con sus cañones, entre los que figuraban algunos que lanzan globos de fuego -eso me cuentan, y ahora comprendo mejor las explicaciones de gonzalo de córdoba-: unos globos que se elevan por el aire y caen luego sobre el lugar elegido, abrasándolo. uno de ellos prendió en el almacén de pólvora, forzando a los nuestros a entregarse. los habitantes de las ciudades que fernando conquista -y me quita el sueño imaginarlos desemparados, acosados, extenuados por campos ya de infieles- van refugiándose en granada, y engrosan así el número de los partidarios del “zagal”.
la misma suerte han corrido después los musulmanes de colomera, salar e illora que, ante lo sucedido en los castillos cercanos, entregaron los suyos sin resistir.
y los de montefrío, cuyos depósitos de víveres y armas ardieron, y los de adaha, y los de la sagra, y los de otras fortalezas en el camino de la capital, de las que se ha apoderado el rey abasteciéndolas de hombres y vituallas y artillerías con el propósito de ir poniendo un estrecho cerco -cada vez más estrecho- a granada.
por fin, el rey fernando, ufano y satisfecho, se dirigirá a córdoba. me dice el conde que ahora no tardará, siempre con su cautivo boabdil, que ya no sé si es el apresado en loja, que era el de mi madre, o el que él ya tenía; ni sé si el que sobra de los dos ha desaparecido o ha sido ejecutado.
o quizá el boabdil que sobra soy yo precisamente.
me han trasladado, a mí solo y a toda prisa, a córdoba. el viaje se ha efectuado de noche. al llegar, de incógnito, me han conducido directamente al palacio del obispo. [debo esperar aquí la llegada del rey.]
cada vez que respiro el aire de esta ciudad, que huele como ha de oler el paraíso; cada vez que imagino su grandeza, cuyas huellas perduran; cada vez que soy testigo de su serenidad, y adivino el sentido de lo universal que en ella persiste, y presencio la pujanza de la cultura contra la que no atentó la serie interminable de sus dominadores, se ratifica mi opinión.
es una opinión que proviene de copiosos aunque poco sonoros testimonios, y de alusiones halladas en libros de la biblioteca de la alhambra, y de mis atrevidas pero insoslayables conclusiones. aquí en córdoba, ni en ningún otro lugar de la península, los árabes no entraron a caballo, sino a pie y de uno en uno. quiero decir que jamás hubo en esta península una invasión guerrera musulmana como se nos ha hecho creer por los historiadores de un bando y otro.
la islamización de la península -me entretengo en escribir hasta que alguien me anuncie para qué me han traído- no se debe a una conquista árabe procedente de áfrica. trabajo me ha costado adentrarme sin prejuicios en los textos, comparar datos y fechas, y procurar no abandonarme, yo también, a una idea preconcebida que demostrar. porque ése suele ser el error de los cronistas, que a menudo no tienen más prueba de sus afirmaciones que el haber sido hechas de antemano por otros.
en el año 711 de la era cristiana no había pasado aún un siglo desde el comienzo de la mahometana.
(de paso: qué petulancia que cada religión aspire a que con ella comience la inasible historia de la humanidad.) el norte de áfrica, por descontado, no era aún islámico -siempre ha seguido, no precedido, las evoluciones andaluzas-, y mucho menos árabe. ¿qué pintaban allí, tan sorprendentemente lejos de damasco, ni los árabes ni su idioma? ellos, agrupados en tribus nómadas poco numerosas, ¿cómo iban a conquistar en tan escaso tiempo un imperio tan desmesurado, y en plazos más breves, por lo que se dice, cuanto más distantes de su arabia: en cincuenta años túnez, en diez marruecos, en tres la península ibérica? ¿y con qué medios? no era posible trasladar caballos ni armamentos a semejantes distancias. ¿y cómo una raza no marinera atravesó el estrecho, cuya navegación no ha sido nunca fácil? ¿en cuántos navíos?
¿cuántos viajes dieron?
yo me preguntaba quiénes serían esos “sarracenos” que surgieron de pronto aquí sin previo aviso.
¿quién fue su rey? ¿cuál su origen? ¿por qué los hispanos, famosos por valientes y por enamorados de la independencia, no se defendieron de ellos, siendo además diez millones frente a los veinticinco mil que desembarcan y los destruyen en tres años? pero ¿los destruyen? no se sabe; nadie dice qué fue de esos hispanorromanos que entonces habitaban la península.
sólo se mencionan, bastante después, dos minorías: la judía y la goda, es decir, sobre hispania luchan los godos contra esos misteriosos sarracenos de las crónicas; todo se redujo, por tanto, a una contienda entre dos bandos extranjeros ante una concurrencia de nativos que no opinan.
siempre me llamó la atención el nombre de tarik -heredado por gibraltar, “la roca de tarik”-, tan ajeno a los nomencladores árabes y tan próximo a los germánicos.
los nombres de los reyes godos tienen terminaciones similares: desde ilderik y amalarik y teodorik a roderik, o don rodrigo. ¿quién podría ser ese general? los godos hispanos tenían unas provincias, aparte de las penínsulares, más allá de los pirineos -la septimania y la narbonense-, y otra en el norte de áfrica, la tingitana, alrededor de tánger, que la denominaba. el último rey godo, vitiza, había designado al gobernador de ésta.
cuando el conde roderik se levanta contra los hijos de vitiza en la bética, ellos piden ayuda a sus hermanos de la tingitana. y al frente viene el gobernador tarik: al frente de sus godos, por descontado, y quizá con algún refuerzo beduino. (siempre hubo mercenarios africanos que auxiliaron -a veces lo contrario- a alguien en esta tierra.) eso explica el traslado de una orilla a otra del estrecho (lo cual no era extraordinario entre gentes de la misma nación) y el desmedido triunfo de unos miles de hombres (porque no conquistan, convencen; en la lucha dinástica están interviniendo en casa propia). la batalla del guadalete es un incidente local, que no proporciona ninguna ventaja estratégica, y es que se da en terrenos de marismas dominados por estrechos macizos montañosos. no obstante, de ella se pretende después hacer una victoria decisiva, y no para una parte de andalucía ni para toda la península, sino para europa entera; o sea, todo el occidente va a quedar subyugado por unos cuantos nómadas asiáticos que llegan jadeando desde áfrica. es absolutamente inverosímil.
lo verosímil es que, hartos los hispanorromanos de la sumisión a los godos y de las luchas religiosas, en las que prevalecían los trinitarios sobre los unitarios, derrocan su monarquía y -cosa muy frecuente entre nosotros- se desperdigan en taifas más o menos inconexas. será precisamente el intento de retorno a aquella monarquía única, promovido por un grupo del norte, el que inicie la mal llamada reconquista. ¿por qué del norte? porque, por las difíciles comunicaciones con asturias y con vasconia, fueron ellas las menos influidas por la oleada de liberación que oreó el resto de la península.
pero ¿a que oleada me refiero?
la inmensa mayoría de los habitantes en esa época eran hispanorromanos, de religión cristiana unitaria, seguidora de arrio y perseguida entonces por herética.
aún reconocía su olfato los aromas cultos de roma, y despreciaban y temían a la vez a los godos, que les habían impuesto su gobierno aristocrático. eran propensos, pues, a abrir sus puertas y sus corazones a una corriente que les brindaba dones renovadores: una religión mucho más próxima a la suya; un comercio más extenso y fructífero; una cultura enriquecida por persia y por bizancio, y helenizada y romanizada a través de siria, la bactriana y la india; una lengua que iba a sustituir a la propia, hermana del latín y próxima a él, pero no el latín, que nunca tuvo capacidad de penetración y que había perdido además su prestigio al ser usado por la iglesia trinitaria.
no obstante, tal transformación se hizo con la vertiginosa paciencia con que la historia obra. en las invasiones vencen, de prisa y siempre, no los mejores, sino los más fuertes, que son los menos cultos, a cuyo lado se pondrá luego el pueblo pusilánime; lo que sucedió aquí fue lo contrario. los hispanorromanos adoptan la cultura islámica, reemplazando con ella la barbarie visigótica, que los extorsionaba y contra la que se rebelaron a menudo. y esa cultura nueva se introduce insensiblemente a través del comercio, de sabios y pensadores influyentes, de embajadas literarias y artísticas, de algunos exiliados de la revolución abasí contra los omeyas, y, en definitiva, del progreso oriental, que se ofrece como un espejo atractivo en el que se reflejan -para los andaluces sobre todo- los prósperos tiempos fenicios o tartésicos.
no hubo invasión, ni árabes; a lo largo de toda nuestra historia ha habido aquí muy pocos. ¿quién es -se me dirá- muza, en tal caso?
pero ¿existió? según mis lecturas, contaba más de setenta años cuando vino. ¿qué caudillo, con esa edad, se arriesga a tal empresa? ¿de dónde obtuvo sus ejércitos, aun tan reducidos como se asegura? ¿no son idénticas sus hazañas a las que narran las leyendas atribuidas a cualquier arráez, una y otra vez, cambiando sólo el nombre? de existir, muza habría sido un santón o un predicador, enviado quizá por el califa de entonces, o por las cofradías musulmanas más próximas, para intervenir a favor del islam en las guerras religiosas entre trinitarios y unitarios; pero es tan increíble que aun eso lo rechazo.
¿y quién fue abderramán i “el emigrado”? se dice que un omeya que escapó de la matanza de los abasíes. sin embargo, nadie se refiere a los caudillos “invasores” que lo antecedieron; no hay ningún héroe con nombre árabe antes que él; nadie ha participado en batallas ni en triunfos. ¿cómo es esto, si con razón se dice que los árabes son imaginativos e hiperbólicos? y, si no hubo invasión árabe, ¿qué hacía aquí, en el extremo occidente, un omeya? ¿a qué venía? ¿se significa tanto alguien que huye? ¿qué representa su árbol genealógico? según él, descendía de mahoma: ¿y qué jefe musulmán no? somos muy inclinados a añadir ramas donde anidar a tan sagrado árbol: mi familia es una prueba.
si a abderramán se le emparentó con los omeyas, ¿por qué hubo de guerrear durante treinta años contra todos los “árabes invasores”, sin que nadie cayera deslumbrado ante su sangre y su progenie? y cuantos lo describen, lo describen germánico: pelo rojizo, piel blanca, ojos celestes; con los mismos caracteres que transmitió a sus sucesores. para explicar lo inexplicable, a alguien se le ocurrió que su madre sería de raza beréber; pero, ¿qué hacía en damasco una beréber teniendo hijos omeyas?
muy despacio se instaló la cultura árabe; más despacio aún, el idioma: los primeros abderramanes no lo hablan, ni sus ministros, ni sus favoritos, y a quienes lo hablan se les llama árabes sin serlo; y más despacio aún, la religión: hasta abderramán II el islam pasa inadvertido, y eulogio, obispo de córdoba, no se entera de quién era mahoma sino en el año 850, y en el monasterio de leyre, en navarra. y además al islam se le dio en andalucía una versión muy peculiar; abierta y comprensiva, proveniente de una mezcla de islamismo y arrianismo, fue una serie de preceptos de integración social, cuyo equilibrio rompió la llegada de los almorávides africanos, que los ataques cristianos forzaron a llamar: tal llegada provoca el principio de la decadencia andaluza, e incoa el dogmatismo ortodoxo, enemigo de la belleza y de la ciencia. (y, por añadidura, con cuánta ligereza emplean los cronistas la expresión “árabes de áfrica”. el caudillo almorávide yusuf -en el siglo xII ya- no hablaba aún el árabe; cuando los gráciles poetas de la corte sevillana lo reciben con elogios y versos, no los entiende; su respuesta es clara: ‘no sé lo que me dicen, pero sé lo que quieren: pan; que les echen de comer.’ he ahí un triste símbolo de todo cuanto digo.) pasado que fue el tiempo, a los historiadores de uno y otro bando les convino creer y hacer creer en una contundente invasión. a los cristianos, la irresistible fuerza del invasor los excusaba del hundimiento, ‘debido a sus pecados’; a los musulmanes los glorificaba la portentosa rapidez de la conquista.
pero eso no se escribe hasta el siglo IX; son datos inventados: unos vienen del sur, por egipto; otros, del norte, por la crónica de un alfonso III que, entre otros dislates, cuenta que en covadonga, donde germina la primera reacción, murieron por milagro de dios, que reajustó sus preferencias, cerca de trescientos mil árabes: milagro había de ser, puesto que ni había árabes, ni en aquel valle caben más de cinco mil personas. qué torpe o qué ciego es el hombre cuando decide aceptar como ciertas las consejas que le favorecen, y destroza las pruebas que las desmentirían. todo este prolongadísimo proceso de asimilación y digestión, según esas consejas, se consumó en tres años; su contraofensiva, pese a ello, ha durado ocho siglos, y dios quiera que siga.
para saber quiénes somos de veras hay que mirar mejor. la cultura y la arquitectura andaluzas -como demuestra esta mezquita de córdoba- son las premusulmanas, con influencias de lo que luego se consideró lo mejor: lo oriental, heredero del legado bizantino y del persa. los árabes, gente del desierto, desconocían la navegación y el refinamiento y las hermosas construcciones (habitaban en tiendas sobre arena), y su misión era la de convertir, no la de transmitir culturas que los superaban.
aquí, en la andalucía donde nacimos los nazaríes, existió ya tartesos, un pueblo cuyas leyes se escribieron en verso, y ni siquiera roma la civilizó, sino al contrario: andalucía le dio sus mejores emperadores y pulió a sus soldados; como le dio luego al islam su más lograda arquitectura y su sabiduría literaria y científica; como le dio a europa zéjeles y jarchas y moaxacas para que sus trovadores se inspiraran. en andalucía -conquistadora siempre de sus conquistadores, cuanto más de visitantes enamoradizos- convivieron todas las culturas, y en ella se fertilizaron unas a otras y procrearon. por culpa de la intransigencia de los cristianos por un lado, y de la intransigencia de los almorávides por otro, se apagó la hoguera maravillosa de una península que, gracias a los andaluces, fue un faro deslumbrante.
son los primeros días de julio.
en la ciudad hace un calor muy grande. sin embargo, dentro de la antigua residencia califal apenas si se nota. sus amplias estancias están protegidas y refrescadas por los gruesos muros, los altos techos, las luces veladas y los surtidores de los patios. desde sus ventanas todo parece blanco: el sol sorbe los colores de las piedras, de las fachadas, de los animales, de las ropas. entre la blancura y el temblor de la calima, córdoba es una ciudad fantasmal. y su calor, con todo, no es sofocante, sino -¿cómo podría decirlo?- salutífero: inmediato y rotundo, como un signo de vida.
sentado en un mirador de mi prisión, llámenla aquí como quieran, veo la sierra oscura perfilarse contra el horizonte, y veo el yebel al arús, el “monte de la novia”. no hace mucho he sabido por qué lleva ese nombre.
movido por la añoranza que afligía a azahara por la nieve, ya que había nacido en elvira, su amante abderramán III plantó en ese monte incontables almendros para que, durante el mes de enero, en flor, semejaran una extensión nevada.
ante aquella olorosa blancura, comprendía azahara cada año que las pruebas del amor pueden ser infinitas. y lloraba de dicha en la ciudad a la que dio su nombre de flor.
presiento que algo va a suceder. no sé con exactitud qué, ni por qué. quizá por esta llamativa falta de noticias y porque trajeron conmigo mis papeles y mis libros, o por la reserva que guarda el obispo en cuanto alude a mi futuro. sólo me habla de religión o de la bondad de dios, mientras aletean sus manos gordezuelas cargadas de sortijas. a mi pregunta de si seré pronto recibido por los reyes -una pregunta insidiosa-, ha contestado:
– lo que haya de ser, será -y ha cambiado de conversación.
su respuesta me parece una definición del fatalismo que ellos nos reprochan.
por fin sé algo. en el palacio ha aparecido hoy aben comisa, con una actitud equívoca y una asombrosa naturalidad, como si nos acabáramos de ver hace dos días. sé que no va a contarme con pormenores lo sucedido, ni ahora ni nunca. tendré que ir descubriéndolo por mí mismo; tendré que entresacar los retazos de verdad que haya en su relato, e imaginar el resto.
de momento me ha comunicado, entre elogios a mi madre y a su propia labor, que las condiciones propuestas para aquel ya remoto primer rescate han sido aceptadas con algunas modificaciones. consisten en un pago de doce mil zahenes anuales en concepto de tributo y por razón del vasallaje, que ha de ratificarse; la devolución escalonada de mil cautivos de los que mi parcialidad aún conserve, porque no creo que haya hecho nuevos presos últimamente; y, desde luego, la entrega de los jóvenes rehenes estipulados y de mi hijo ahmad, que va a cumplir seis años, si es que yo no he perdido la cuenta de los que sin él llevo. se me ordena además establecerme en vélez, en la ajarquía de málaga, cuya guarnición me permanece fiel; a cambio, me otorgan el gobierno de una región que va desde guadix y baza hasta vélez blanco, vélez rubio y mojácar. con una gravosa condición: que me apodere de ella con mis soldados, y supongo que con ayuda cristiana, dentro de un plazo de ocho meses contados desde la caída de loja, que es cuando, a los ojos de todos, volví a caer en poder de mi enemigo. más de un mes ya ha pasado.
una cláusula secreta me prohibe intervenir en favor de mis correligionarios cuando los cristianos ataquen a ciudades que pertenezcan al “zagal”. es evidente que buscan profundizar nuestra escisión, constituyendo en la parte oriental del reino una especie de emirato independiente, cuyo mando me ofrecen y al que relevan de la obediencia de granada. su política está clara: prestarme su colaboración para que sea yo quien los libre de mi tío.
de esta estipulación resulta que ahora soy yo el que tiene que elegir entre mi libertad, hipotecada a una traición, o la continuidad de mi cautiverio, también expuesto a toda clase de traiciones y desmanes. mi madre y aben comisa no dudan que aceptaré lo primero; tanto es así, que el visir ha venido a córdoba con mi hijo ahmad de la mano. no sé hasta qué punto, por tanto, soy independiente de adoptar una elección que se me da ya hecha. después de tres años y tres meses de prisión, ¿qué podría elegir sino la libertad a cualquier precio? el retorcimiento del rey fernando se manifiesta una vez más.
del tema de los dobles, aben comisa se resiste a hablar.
– son agua pasada. ya no hay ninguno. ignoro qué habrá hecho el rey con ellos, pero me lo imagino.
contigo en libertad no hay más boabdil que boabdil -y añade sonriendo-: como no hay más dios que dios.
– ¿y aben comisa es su profeta? -le pregunto con aviesa intención.
– y aben comisa es su profeta -me responde-. tú lo has dicho.
luego, con una inflexión mucho menos terminante, ha proseguido:
– decían los del consejo real que, puesto que tú firmas la concordia declarándote vasallo, debías besar la mano de los reyes. yo me he opuesto en redondo; las rúbricas del protocolo, contra lo presumible, importan mucho. con magnanimidad, el rey ha resuelto que te daría la mano a besar si estuvieses libre y en tu reino, pero que, como estás en el suyo, no te la debe dar. ¿es o no es hábil?
hoy, día 7 de julio, se han firmado las capitulaciones.
vino al palacio a recogerme el comendador martín de alarcón. en él se observaba una nueva actitud, doblegada y complaciente: yo ya soy mucho más que su prisionero.
– todo llega, alteza -me ha dicho-. estoy satisfecho de haberos custodiado, y de ser yo el que os entregue al rey.
luego, sin el menor tino, añadió:
– no sé si sabéis que también vuestro hijo se ha encomendado a mi custodia.
las calles, los ajimezes, las celosías, los balcones, las plazas, estaban repletos de una abigarrada muchedumbre. aben comisa me había traído una ropa, para mi gusto excesivamente recargada, pero que imagino que es con la que un pueblo cristiano espera ver a un rey moro.
los señores y los titulados lucían galas vistosas, acaso no menos recargadas que las mías: sus reyes les han hecho creer que la grandeza de los príncipes reside en la riqueza y calidad de sus vasallos. a mi alrededor iba el acompañamiento de mancebos que me sustituirán en el cautiverio y de cuantos han venido de mi reino a testificar mi libertad. no bajarían de una cincuentena. el cortejo era, en general, lucido. no habrá defraudado las expectativas de la multitud que salió a contemplarlo.
anoche dormí mal. me desperté a menudo empapado en sudor. debía de sufrir pesadillas, que al despertar no recordaba, porque sentía angustia y una gran opresión en el pecho. esta mañana me he levantado con la boca seca y la cabeza como rellena de algodón, igual que si hubiese pasado una noche de zambra y vino. el malestar físico me ha impedido añadir ninguna solemnidad al acto. estaba deseando terminar.
me veía a mí mismo como si me hubiese desdoblado (pero esta vez yo solo y por mi cuenta, sin argucias políticas): por una parte, hacía mecánicamente los gestos que habían prevenido los cancilleres; por otra, miraba en torno mío los movimientos de los demás a través de una mente opaca y desgranada. no he tenido en ningún momento ni la menor conciencia de estar viviendo, como decía soberbio aben comisa, “un momento histórico”; aunque la hubiese tenido, mi mayor interés habría sido que el momento pasara.
para bañarme el cuerpo en agua fría, para cerrar los ojos, reposar la cabeza en una almohada, y escabullirme de todos los que se esforzaban en tocarme y en saludarme entre muecas de adulación.
ya al salir del palacio, casi en el umbral, había tenido una hemorragia de nariz; gracias a dios fue leve. me acordé de aquella otra que me restañó mi tío abu abdalá, cuando no era previsible tanta pena. pensaba en él con tal intensidad que se me empañaron los ojos de lágrimas, mientras el físico de los reyes, en quien recaía una responsabilidad impensada, haldeaba por la alcoba, sudaba y me ponía sobre la nariz una compresa fría. ha sido moraima (yo solicité que viniera con martín de alarcón desde castro, y no sé si ha venido con él o con el conde de cabra) la que al cabo me ha sofocado la sangría de un modo muy sencillo: aplicándome, con la cabeza echada hacia atrás, el filo de la daga contra la parte baja de la ternilla de la nariz. por descontado, ante la protesta del médico, que movía la cabeza con incredulidad, como si mi esposa y yo fuésemos unos pobres salvajes. ignora que, si él sabe algo sobre hipócrates o galeno, es por mediación de nuestros médicos y nuestros traductores.
en tan adversas circunstancias poco pude apreciar de los reyes, a los que he visto, entre nubes, un instante. me han parecido los dos bastante más bajos de lo que esperaba. sorprendentemente el rey recuerda mucho a la miniatura que me envió. la reina tiene los ojos un poco oblicuos, claros, abultados y demasiado móviles: seguirlos me mareaba; su cara es redonda, y sus mejillas se descolgarán dentro de poco; da la impresión de ser rubia, pero no mucho. imbuido por la veneración con que habla de ella don gonzalo de córdoba, confieso que me ha decepcionado.
a don gonzalo lo vi entre otros capitanes. se destacaba de ellos. me dirigió con la mano un saludo de camaradería, que interpreté como un afectuoso ‘hasta la vista’. más tarde supe que acababa de ser nombrado alcaide de loja; no me pude alegrar.
a mi derecha marchaba martín de alarcón, que hincó su rodilla -¿la izquierda?- ante los reyes.
yo, sin acordarme bien de qué se esperaba que hiciera, me incliné y alargué la mano. me han dicho que mi gesto fue entendido por los cristianos como un signo de humillación y acatamiento: el amago de una genuflexión y una petición de las manos reales para besarlas.
por los míos, al contrario, mi gesto ha sido interpretado como una cortesía entre iguales. sea como quiera, el rey me tomó entre sus brazos como si intentara levantarme; en falso, porque ya me había incorporado yo.
a continuación un estúpido trujamán, ampuloso y grandilocuente, recitó un texto compuesto por aben comisa. eran tan peregrinas y altisonantes las loas que entonaba sobre la longanimidad y munificiencia de los reyes, que la reina se llevó los dedos a los labios mandándole callar. el rey, tras la interrupción, dijo lo que no hacía falta que nadie tradujera:
– de vuestra bondad aguardo que haréis todo aquello que un hombre bueno y un buen rey han de hacer.
yo reflexioné, entre mí, que no podría decirle lo mismo: siempre aguardo que él haga lo contrario.
por fin, he jurado sobre el corán cumplir los capítulos del concierto, que estaba ya firmado, y ha concluido el acto con un presente que los reyes me han hecho de arreos, vestiduras y caballos. sin mirarlos, he ordenado su distribución entre mis acompañantes.
– hijo mío (permitid que os llame así por el aprecio que os tengo), en vuestra mano está que esta guerra que vuestros antepasados y los nuestros han sostenido muy cerca de ochocientos años, y que ahora sostenemos vos y nos, se interrumpa, y detenga el gasto en vidas y haciendas que extravía a los reinos. los reyes hemos sido designados por dios para conducir a nuestros pueblos por el camino de la felicidad, no de la perdición.
pensadlo bien. a la reina y a mí nos cabe la honra de haber sido elegidos como el católico instrumento con que dios nuestro señor quiere realizar su ya antiguo propósito de convertir a españa en la nación más grande de europa. nosotros hemos de rematar tal divina encomienda, lejos de ambiciones y de sentimientos personales. porque suyo es el reino, el honor y la gloria. si consentís con nos en lo que os ofrecemos, todo será como pretendemos que sea, y no seréis vos el que salga menos ganancioso.
eso, o algo similar, me dijo el rey en los reales alcázares cuando moraima y yo nos despedíamos de nuestro hijo, y ambos reyes se presentaron sin anunciarse.
yo, en tanto el rey hablaba, sentía clavados en mí, haciéndome daño, los bellísimos ojos, candorosos y enormes, de ahmad. y no eran opuestos a los del perro “hernán”, para el que sin duda yo soy omnipotente. por eso respondí:
– no hay guerra que dure ocho siglos, señor. lo que durante tanto tiempo hemos traído entre manos vosotros y nosotros es evidentemente una cosa distinta.
cuando moraima se inclinó para besar a ahmad, temí que la resistencia de los dos se derrumbara.
no fue así. ella con la voz un poco quebrada, pero serena, le dijo, acariciando su carita llena de estupor:
– sé dócil, cumple con tus deberes de buen musulmán, y recuérdanos siempre. tu padre y yo no te olvidaremos ni un solo instante.
el niño volvió de nuevo sus ojos hacia mí.
la reina isabel puso una mano no del todo limpia sobre el brazo de moraima:
– tened por cierto que yo en persona velaré por la educación de este morito, y que será tratado como si fuera un infante de castilla. id tranquilos.
acto seguido, en silencio por no multiplicar intercambiándolos nuestros pesares, emprendimos el camino de vélez. yo ya no era ni un rey en exilio, ni un rey preso.
acaso no era un rey. no sabía lo que era.
al entrar en nuestro territorio lo supe con una exactitud abrumadora. los mismos que a mi tío le nombran “el zagal”, es decir, “el valiente”, me nombraban a mí “el zogoibi”, es decir, “el desventuradillo”. según el tono con que me lo dijeran, podía yo distinguir en ese mote la piedad o el desdén.
la primera noche en vélez, después del caluroso recibimiento, moraima lloraba sin ruido y sin consuelo. yo no le pregunté por qué: tenía tantos motivos. abrazado a ella, le leí, para distraerla y distraerme, un poema que el rey almutamid de sevilla, muy poco aficionado de joven a las armas, dedicó a al radi, su hijo predilecto, tan semejante a él.
había puesto a su cargo una expedición contra lorca, pero al radi, para quien el orgullo bélico no contaba, fingió estar indispuesto. entre el horror de los combates y el atractivo por el estudio y la lectura, no titubeó. su padre aceptó a sabiendas la excusa, y encargó a su hijo menor, al mutad, la expedición. infortunadamente, no tardaron en anunciarle su malogro. y, a su pesar, le guardó rencor a al radi, quizá porque lo comprendía, quizá porque él mismo no tardó en comprobar la inutilidad de sus armas contra sus enemigos. pero para burlarse de aquel joven príncipe pacífico y culto, y darle una lección, le dedicó unos versos, apuntados, sin mucha convicción y con mucha ironía, contra las flamantes generaciones de príncipes, tan andaluces o más aún que sus propios padres fueron.
“la realeza está ahora en el manejo de gruesos libros; deja, pues, de acaudillar ejércitos.
da las vueltas rituales alrededor del pupitre, para besar la piedra negra, y vuelve a ella para despedirte de las cátedras.
marcha contra las huestes de los conocimientos para someter al sabio que combatirá contigo.
golpea, como si fueran lanzas, con los cálamos: conseguirás una gran victoria sobre los tinteros de las escribanías.
maltrata con el cortaplumas del escritorio, en vez de con la tajante espada corta.
si se habla de los más grandes filósofos, ¿no eres tú aristóteles?; si se habla de al jalil, ¿no eres tú gramático y poeta?; por lo que respecta a abu hanifa, no es su opinión la que se adopta estando tú presente.
¿qué importan hermes, sibaway, ni ibn fawrak cuando inicias tú una polémica?
todas esas nobles cualidades tú las reúnes, ¿no es cierto? pues sé entonces agradecido a quien te cuidó; permanece en tu asiento, ya que estás bien alimentado y bien vestido.
pero pregúntate, por lo menos, si es que no hay otros títulos de gloria.”
y leí después la respuesta que al radi, conmovido por el tono festivo pero amargo del poema, le dio a su padre el rey:
“aquí me tienes, señor. he renegado de cuanto contienen los gruesos libros.
he mellado el cortaplumas del escritorio, y he roto los cálamos.
ahora sé que el título de rey se adquiere entre los hierros de las lanzas y entre las anchas hojas de los sables.
la gloria y la grandeza no se alcanzan sino en el encontronazo de un ejército y otro, no en el encontronazo de una opinión con su contraria, cuyos vestigios son perecederos.
creí, por torpeza, que ellas eran la principal peana del esplendor, pero no son más que sus ramas secundarias: la ignorancia es una excusa para el hombre.
porque el joven no adquiere la nobleza más que con una cimbreante lanza y un sable de hoja corta.
he huído, señor, de aquellos que nombraste, y niego ya que fuesen grandes hombres.”
repetí, muy despacio, el penúltimo verso:
“… el joven no adquiere la nobleza más que con una cimbreante lanza y un sable de hoja corta…”
las palabras quedaron un instante, temblorosas, en el aire.
moraima levantó la cabeza. ya no lloraba. me miró frente a frente, adivinando la magnitud de mi recado. yo bajé los ojos con desaliento. ella hundió -lloraba de nuevo- su cabeza en mi pecho. y murmuró:
– que sea lo que dios quiera, boabdil; pero que dios quiera para los dos lo mismo.
hay varios vélez: para mí sólo hay uno que será inolvidable: aquél en que, frente al mar, en la más absoluta soledad interior, una noche de la luna creciente de octubre, he tomado la decisión más grave de mi vida.
hoy he recibido la noticia de que mi padre ha muerto. las semanas que precedieron a su muerte sufrió las alucinaciones más terroríficas y las más espeluznantes pesadillas: perdió la razón antes que el ser. ya estamos cara a cara “el zagal”, el hombre que más amo y más respeto en este mundo, y yo, “el zogoibi”. “el zagal” es incapaz de pactar con los reyes cristianos: empujará a nuestro pueblo hacia la muerte con los ojos abiertos, hasta el último hombre y el último dinar. y yo he llegado ya a la conclusión de que nadie puede cerrar los ojos; de que nadie puede decir ‘yo soy independiente o soy distinto’, sino que en toda vida hay un momento en el que tiene que tomarse partido por una causa u otra. es el duro momento de elegir. [fue la vida la que eligió: muy pronto, y exactamente lo contrario de lo que yo escribí.] amo y deseo la paz por encima de todo. la paz es la tierra en la que crecen nuestros hijos, y en la que nosotros somos de verdad nosotros mismos; es la rosa en la que caben todas las primaveras, y la auténtica benignidad de dios; la huerta que trabajamos con sudor y cultivamos, y en la que hemos sembrado la esperanza. ¿por qué entonces las guerras? ahí están siempre, grandes o pequeñas, si es que las hay pequeñas, porque para cada cual la más grande es la que lo destruye. donde pongo los ojos, allí están: mirando con sus cuencas vacías, teniendo sus muñones, con las piernas cortadas, espantosas e inmóviles. la guerra es más horrible que la muerte; porque la muerte es natural, pero la guerra no, a pesar de que al hombre, por habitual, se lo parezca. ‘si quieres la paz, haz la guerra’, se dice, y es mentira. tal fue la burda historia de todos los imperios de este mundo: guerrear con la excusa de la paz; transformar la tierra en un cementerio, y titularlo paz. con esa falacia se nos llena la boca. cada tregua aquí es un descanso para que los contendientes se laman las heridas y se preparen para ataques más fieros.
igual que tiembla esta noche el espacio salpicado de estrellas, tiembla la tierra salpicada de guerras y catástrofes. sin cesar, sin cesar… ¿y quién las quiere?
¿acaso los hombres, que abandonan su casa y su familia, con el corazón volcado a aquello que abandonan? ¿acaso los hombres enardecidos por las promesas de un paraíso eterno, que borra a su alrededor este modesto y breve paraíso del mundo? ¿acaso los hombres a los que se convence de que dios les exige matar a semejantes suyos en su nombre? ¿o las mujeres, enlutadas y viudas, que pierden en la guerra la mitad de su vida, sin la que nunca ya estarán completas? ¿o los niños, único e irrepetible cada uno, truncados por las guerras, como una lombriz a la que alguien parte en dos, en cinco, en siete trozos antes de proseguir indiferente? no, no, no. quienes quieran las guerras son los mismos que tendrían que extirparlas y levantar la vida de sus pueblos, y mejorarlos y colmarlos de alegría y de luz y de prosperidad… pero el pan que les dan les sabe a sangre; el bienestar escaso que les dan lo construyen sobre los huesos de otros hombres. antropófagos somos, como aquellos de que muley me hablaba, devoradores los unos de los otros. la victoria siempre consiste en aniquilación: vencer es destruir. ¿quién habla aquí de paz?
¿por qué no puede conseguirse la paz sino con las armas? ¿por qué las causas más hermosas son las que no pueden defenderse por sí mismas?
son los pacíficos quienes tienen que defender la paz, pero ¿quiénes son los pacíficos?: los humildes, los desarmados, los perseguidos, los compasivos, los sinceros, los pequeños, es decir, los inútiles.
los inútiles como yo, que se dejan embaucar a sabiendas, soñando con la paz en sus noches entrecortadas.
porque no soy yo quien ha inventado el mundo. porque no me puedo desentender de la realidad. porque no me está permitido sumergirme otra vez en los libros, ni en los vagos anhelos. para mí lo escribió al mutanabi:
“si he de vivir, habrá de ser la guerra mi madre; mi hermano, el sable; mi padre, el filo de la espada.”
tengo, pues, que fingir; fingir que sigo siendo como soy, aunque haya decidido, de ahora en adelante, ser ya de otra manera. tengo que desempeñar mi papel de hombre sin carácter que a nadie satisface, porque, si alguien llegase a sentirse satisfecho de mí, todo estaría perdido. y es necesario salvar aquello que aún pueda ser salvado.
engañaré a los reyes cristianos, simulando cumplir la cláusula secreta de mi pacto con ellos. engañaré a mi madre, simulando que obedezco sus órdenes con la mansedumbre que ella vio siempre en mí. engañaré a aben comisa, que no vive sino para engañarnos a todos en busca de su propio beneficio. engañaré al “zagal”, simulando entablar con él, si no hay otro remedio, una guerra que no podría entablar nunca, porque pienso que es más yo que yo mismo: el que yo habría deseado ser. engañaré a mi pueblo, simulando esperar contra toda esperanza, para que no se hunda en la desesperación. me engañaré a mí mismo, simulando que aún quedan batallas que reñir y triunfos que alcanzar. a la única que no engañaré será a moraima: sin ella no sería capaz de emprender este áspero camino de simulaciones.
miro los astros esta noche, y colijo que ha de haber otros mundos en que la paz florezca. siento que ellos también me miran, como los ojos de los muertos que han luchado por lo que yo tengo que luchar sin convicción alguna. soy igual que un caballo que en la carrera ha perdido a su jinete, y escucha una voz que le dice: ‘galopa.’ ‘pero ¿hacia dónde; en dónde está la meta?’ ‘tú galopa’, le ordenan. y galopa a ciegas, sin porqué ni para qué; sin saber quién lo mira, ni quién le habla, ni qué se aguarda de él.
aquí abandono estos papeles, que no debo seguir escribiendo.
fuera de ellos, he de arrostrar mucha faena. no sé si serán obras trascendentales; lo único que sé es que me son ajenas. ha llegado la hora de la generosidad; de una generosidad que -lo presiento- nos llevará al mismo lugar al que nos llevaría el egoísmo: acaso los caminos son convergentes todos, y nada cambia, cualquiera que se elija. una generosidad opuesta en apariencia a la razón; pero ¿qué es la razón sino el envejecimiento de la inocencia? hoy, cuando acaba mi padre de morir en la desolación de la locura, recuerdo los ojos de mi hijo ahmad en córdoba: me miraba tratando de sentirse orgulloso de mí, y el orgullo de un niño es un padre orgulloso. igual que un niño, he de avanzar desde hoy -a impulsos de la ficción, porque no soy un niño- procurando desatender lo que la sensatez me dicte; procurando complacer a mi pueblo, que es también otro niño, para que crea en mí y descanse en mí. como si yo fuera lo bastante fuerte para soportar la carga de su despreocupación…
esta noche de la luna creciente de octubre, extinguida la fe y perdida la confianza, me acobarda el temor de no engañar a nadie: ni a los cristianos, ni a mi madre, ni al “zagal”, ni a mí siquiera; me acobarda el temor de que quizá a la única que consiga engañar sea a moraima.
aquí abandono estos papeles, que de nada han servido.
casi pasado el día, caigo en la cuenta de que he cumplido en él veinticuatro años.