IV. toda música cesa

si hoy presto oídos, escucho una música que viene de muy lejos, del pasado también, de cuanto ha muerto, de horas y signos distintos de los de hoy, y de otras vidas. quizá la nuestra -y nosotros mismos no somos otra cosa que ella- no sea más que tal música. porque todos fuimos alguna vez mejores, o más felices y más dignos. no obstante, toda música cesa.

hasta en nuestro recuerdo toda música cesa.” boabdil


ya ordenados los hilos de esta costosa trama, para eludir que otros convenios de los reyes perjudicaran los que habíamos firmado, transigí con adelantar el día de la entrega. se fijó el 6 de enero.

yo percibía, pese a que los más cercanos a mí me lo negaban, chispazos de malestar entre los granadinos, ciertos alborotos y descomedimientos como de quienes, sus causas ya perdidas, se desmandan y tratan de vivir a cuerpo de rey -¿de qué rey?- los días que les quedan. se habían asaltado casas de judíos, y de noche aumentaba la delincuencia. era prudente, pues, apresurar los acontecimientos.

el día primero del año solar fue domingo. nunca vi uno tan lóbrego. había resuelto mandar en ese día los quinientos rehenes, con aben comisa y el maleh a la cabeza. apenas descendieron las sombras de la noche, no mediada aún la tarde, se agruparon los rehenes cerca del barrio de los alfareros.

pero no pudo evitarse que, aunque el frío había recluido a la gente en sus casas, se corriera la voz, y se formó un tumulto en torno a ellos, que yo había mandado salir, desde la huerta chica de la almanjara, por la puerta del poniente. temí que un litigio cualquiera perjudicara la pacífica marcha de las cosas, e invitase o excusase la intervención del ejército cristiano, lo que acarrearía derramamientos de sangre. con el pretexto de que recogiera un par de caballos y una espada que yo obsequiaba al rey fernando, hice volver a aben comisa y le di una carta para que se la entregara en propia mano. en ella le pedía que aquella misma noche, con el mayor sigilo, mandara tropas a hacerse cargo de la alhambra; al día siguiente, los que eran todavía mis vasallos, ante lo irrevocable, aceptarían, sin la tentación de levantarse en armas, la entrega de granada. así se eliminaban riesgos y contingencias.

desde que recibió mi aviso, no dejó pasar ni una hora el ávido fernando. a la medianoche envió una tropa capitaneada por gutierre de cárdenas, el comendador mayor de león. vino, envuelta en el frío, por la parte de los alijares, cuyo camino era el más discreto y apartado. en la torre del agua aguardaban a los cristianos farax y nasim; los introdujeron en la alhambra por la puerta de los pozos. el amanecer, si es que iba a amanecer, aún tardaría.


yo me encontraba en el salón del cuarto de los leones con doce dignatarios. vi entrar, un poco pálido, a farax, y comprendí que el destino había llegado. despedí a mis caballeros, y les ordené retirarse a la ciudad. yo pasé solo al cuarto de comares. en el trayecto me quité las insignias reales y se las di a farax, que me besó las manos al tomarlas. don gutierre había distribuido sus soldados, que no eran muchos, en dos alas, para tomar posiciones por si fuera preciso. lo recibí en el salón de comares. lo había mandado adornar con diecisiete estandartes, arrebatados en diferentes épocas a los cristianos: alguno de ellos llevaba dos siglos y medio con nosotros. al comendador lo cercaban unos pocos capitanes; vi en sus rostros tal fervoroso estupor ante el palacio como si se encontrasen con dios en el paraíso.

sevilla, comparada con esto, es una casa pajiza’, oí decir a uno.

tan absortos estaban, que hube de adelantarme hacia don gutierre con las llaves de la alhambra en las manos; se las tendí en silencio.

él me reconoció, y me besó también las manos al tomarlas. después de él, hicieron lo mismo los demás.

yo le rogué al comendador de león con voz muy baja -el estupor y la expectación de la noche la agrandaban- que me diera un papel firmado con su nombre en que testificase como recibía la fortaleza y como el acto se hacía a su satisfacción. el recibo lo escribió un sacerdote de su comitiva; era rollizo y calvo y sacaba la lengua al escribir. don gutierre me lo alargó sin una sola palabra; sólo una acobardada sonrisa en algún rincón de su rostro. el patio todo era una muda bóveda. alguien dejó caer una espada; el estrépito se desparramó sobre el pavimento y sobre el agua aterida del estanque.

ya no tenemos nada que hacer aquí. vamos -dije a farax. y a nasim-: tú acompaña a los huéspedes. y quédate con ellos, si es tu gusto.

al salir de la alhambra para ir a la alcazaba, donde por la tarde había mandado instalar a mi madre y a moraima con sus damas, vi que las tropas de don gutierre ocupaban ya las torres y los puntos más fuertes del recinto. me cayeron encima los versos de yarir:


“¿qué mansiones son éstas que a un triste no responden?

¿es que han ensordecido, o es que son sólo ruinas?

regresad, regresad a aquella venturosa e inolvidable tarde; porque, si hubiesen muerto estas moradas, nosotros moriríamos.”


el día anterior había sido tormentoso; éste, por el contrario, amanecía limpio y azul. si no hubiera sido por la temperatura, se habría dicho que era primavera.

– ¿y aben comisa y el maleh? -le pregunté a farax.

no venían con don gutierre: prefirieron quedarse en santa fe.

cobardes hasta el fin -murmuré, y miré el inabarcable cielo.

nos cruzamos con un grupo de cautivos cristianos que subía la ladera de la sabica. ‘ya nadie me reconoce’, recuerdo que pensé. y dije:

van a unirse a los otros.

celebrarán juntos una misa de acción de gracias. -’¿qué sitio habrán elegido para profanarlo el primero?’, me pregunté. y me respondí: ‘no me importa: eso es cosa de dios’.

entrábamos en la alcazaba cuando oímos tres cañonazos. farax me miró sobresaltado.

es la señal para advertir al campamento.

me volví hacia el levante.

el sol no es fiel: acaba de salir cuando empieza para el islam la luna nueva.

luego, cerca de mis habitaciones, dije a los que me seguían:

aquel que pueda debe dormir algo.

– ¿me permites permanecer contigo? -me preguntó farax.

– ¿es que lo necesitas? -él asintió con desolación-. pasa entonces.

hacía frío en la alcoba, o lo tenía yo. mandé avivar los braseros; uno despedía tufo.

que lo retiren -pedí-. y que quemen un poco de madera de olor.

farax puso su mano sobre la mía:

– ¿cómo te encuentras?

no me encuentro. y no quiero encontrarme. no me preguntes nada.

quisiera dormirme, y despertar cuando todo esto empezara a olvidarse. o mejor, no despertarme nunca.


no conseguí dormir. apretaba con tal fuerza los párpados que eso me lo impedía; puse tal fuerza en cerrar los oídos a lo que temía oír, que escuchaba mil ruidos interiores, como si tuviera la cabeza llena de vientos. apreté tanto las mandíbulas que sentía dolor. mi cuerpo tenía la tensión de las cuerdas de un laúd. no conseguí dormir. farax me propuso que fuésemos al baño. acaso el calor y el masaje me aliviaran. lo miré largamente, largamente. y, de pronto, se echó a llorar con rabia igual que un niño, y me estrechó contra su pecho. luego, tragándose las lágrimas, me separó de él. yo le envidié que pudiese llorar y también que pudiese dejar de llorar.


a mediodía vino a buscarme hernando de baeza. estaba muy conmovido y, por circunspección, trataba de disimularlo, lo que le hacía parecer más conmovido aún.

se han quitado el luto, señor.

– ¿qué luto? -pregunté desconcertado.

el que llevan por la muerte del príncipe de portugal.

ah, ellos. te refieres a ellos. el nuestro empieza hoy.


yo no veía nada; no oía nada.

procuraba inútilmente lo contrario de lo que había procurado inútilmente en el lecho. ahora sí quería ver y oír, y no podía. me habían bañado; me habían perfumado; me habían vestido. a la puerta me esperaba una cincuentena de caballeros. monté también yo. el barro me manchó un borceguí. el mundo entero se redujo de repente a esa mancha de barro. no conseguía separar mi vista de ella. marchaba y la miraba. en el cuero claro, era como un cuajarón de una vida extraña y repugnante.

días más tarde hernando de baeza, seguro de que estaba viviendo un día señalado e inolvidable -cuánto daría yo porque fuese olvidado-, me entregó una página con el orden del alarde que había organizado el rey fernando. igual que aquel alarde de mi padre, era excesivo: no sé si más para infundir temor que en señal de júbilo; no sé si para imponerse “a la morisma, liviana y levantisca”, o para exhibir su gloria ante nosotros. yo, por mí, no puedo hablar de esa gloria: no la vi, no escuché sus instrumentos, ni sus aclamaciones, ni sus cantos. por lo que leo en esta página, la delantera del ejército castellano la formaban -y no me asombra- el alcaide de los donceles, junto al duque de alburquerque, aquel beltrán de la cueva que fue amante de su rey, y los mariscales. en la vanguardia, el maestre de santiago con los caballeros de su orden y casa y la hermandad; en sus alas derecha e izquierda, respectivamente, las tropas de los duques de plasencia y de medinaceli. detrás marchaba el marqués de cádiz con la gente de gonzalo mejía. la tercera batalla la componían el conde de ureña y don alonso de aguilar.

la cuarta, la gente del arzobispo de sevilla y las de pedro de vera y las del alcaide de morón.

la quinta, el duque de medina sidonia. la sexta, el maestre de calatrava. la séptima, el conde de cabra. la octava, el cardenal don pedro gonzález de mendoza.

la novena, el duque de nájera.

la décima, el conde de benavente, el alcaide de atienza y don álvaro de bazán. la batalla real la formaban un nutrido grupo de lanzas y peones gallegos, asturianos, vizcaínos y montañeses, y figuraban en sus alas los contingentes de sevilla y de córdoba. al guión le daban cortejo 400 caballeros continuos y gente de corte de sus altezas. la custodia y la guardia del fardaje estaba a cargo de 200 jerezanos y una nutrida dotación de infantes. por fin, a la zaga iban francisco de bobadilla con la gente de jaén y de andújar, y diego lópez de ayala, con la de úbeda y baeza. la artillería, que entró en granada por distinto camino, marchaba escoltada por gran número de escuadrones y peones, y mandada por el maestre de alcántara, el conde de feria, martín alonso, el alcaide de soria, henao y lope hurtado.

todos los descendientes de los que habían luchado en la mal llamada reconquista se hallaban presentes ese día en su culminación.


no supe por dónde íbamos. no había nadie en las calles. me preguntaba: ‘¿dónde están todos?

¿dónde han ido?’ ahora supongo que estarían en las murallas contemplando el espectáculo; acaso distraerlos era su única finalidad.

y de él formaba parte yo. a cierta altura del trayecto, no puedo decir cuándo, me di cuenta de que junto a mí iba don gonzalo fernández de córdoba; fui incapaz de saludarlo. junto al arenal del genil, delante de un morabito que a mí me gustaba ver de niño cuando íbamos a alhama porque era la señal de que salíamos de granada -en cierta forma, lo mismo que un ensayo de este día-, vi un reducido grupo de caballeros al que nos dirigimos.

ahí está el rey, señor. -era la voz de don gonzalo.

gracias -le dije. pero no distinguí cuál era: don gonzalo lo notó.

es el del centro -me lo señalaba con el dedo-. no le beséis la mano.

fue entonces cuando me decidí a mirarlo; el capitán tenía el rostro tenso, y también me miraba. avancé. saqué un pie del estribo.

está manchado de barro -me dije-.

esa mancha de barro…’ me llevé la mano derecha a la cabeza, y la izquierda al arzón. no sabía qué significaba aquello; quizá que iba a descabalgar. vacilé. giré los ojos. el rey se adelantó con una mano extendida, como para detenerme. tampoco sé lo que significaba, porque, cuando iba a tomársela, la retrajo. me dije: ‘quizá ha entendido que se la solicitaba para besársela. no, me habían dicho que no’. le alargué las llaves que me daba uno de los míos, no sé quién.

estas son las llaves de vuestro paraíso. mucho os quiere dios -dije sin saber por qué, ni si me comprendió. creo que sí, porque hernando de baeza me tradujo. después lo tradujo a él:

no dudéis de que cumpliremos lo prometido. que no os falte la fortaleza en vuestra adversidad.

mientras oía a baeza observé lo mal que encubría su exultación aquel rey, y la mancha de barro del borceguí otra vez.

dadle el sello al conde -me apuntó don gonzalo.

– ¿a qué conde? -pregunté.

me lo señaló con los ojos. era el de tendilla, que aguardaba altivo. le tendí la sortija. no dije nada. vi su boca sin labios.

hernando de baeza murmuró unas palabras. después me enteré de que habían sido: ‘con esta sortija he gobernado granada. que dios os haga más dichoso que a mí’. baeza asegura que yo lo dije, pero no consigo acordarme.


seguimos al trote bastante trecho hasta llegar a un cerro alto, por armilla, desde donde se domina la ciudad y la sierra. el caballo, desmandado, se me volvió en una corveta y las vi. parecía como si la ciudad también hubiese abdicado: la alhambra se exhibía no en la cima como se la ve desde granada, sino formando parte de un conjunto mucho más elevado que ella, blanco y aun más altivo que tendilla. ‘así sucede a los reyes cuando tropiezan con otros más poderosos que ellos.’

la reina, señor -me advirtió don gonzalo-. entre el cardenal y el príncipe heredero.

levanté la cabeza y la encontré en seguida. había otras mujeres detrás. tuve la impresión de que una de las damas me era muy conocida, pero no reparé sino un instante en ella. saludé a la reina igual que a su marido. ‘acabaré por hacer bien estos gestos incomprensibles.’ hernando de baeza, cerca de mí, me hablaba:

dice su alteza que conservaréis siempre su amistad y su ayuda, mientras no traspaséis los límites de lo que se ha firmado.

eso no es siempre -dije con una amarga sonrisa.

y el cardenal os dice que los días del hombre son cortos y llenos de pesares; que dios da y dios quita, y que tenemos el deber de bendecir su santa voluntad.

es más fácil bendecirla si da. pero no traduzcáis -murmuré; mi caballo se inquietó; también yo me inquietaba-. volvamos. ¿en dónde está mi hijo? -inicié un movimiento hacia don gonzalo y casi le grité-: yo he cumplido.

quiero ver a mi hijo.

don gonzalo cruzó una mirada con otro caballero que iba a su par, y que luego me enteré que era don rodrigo de ulloa.

está en el real de santa fe, señor. vamos ahora a buscarlo.

de prisa. estoy harto de tanta ceremonia. para vosotros puede que sea un bautizo o una boda; para mí es un torvo funeral.

de mi cohorte seleccioné a farax y a bejir, del que me atraía cada vez más su laconismo y la inteligencia de sus ojos; al resto lo mandé regresar a la ciudad. salimos al galope por la vía más recta. se retrasaba hernando de baeza, y hubo que aminorar la marcha. a mitad de camino transcurría un arroyo, que venía crecido por las nieves. el agua no alcanzaba el pecho de los caballos.

fui a espolear el mío.

– ¡señor! -exclamó bejir-, ¡señor!

él y farax se me arrimaron flanqueándome. se proponían cumplir el protocolo tradicional de proteger los estribos del sultán con los suyos.

eso ya terminó. os lo agradezco, pero ya terminó.

don gonzalo se había situado a nuestra altura.

para nosotros serás siempre el sultán -dijo farax.

pues vamos a librar a mi heredero -murmuré al entrar en el agua.

don gonzalo se echó a un lado, e inclinó a mi paso la cabeza.

a punto ya de entrar en el real, el aire todo se transformó en estruendo. nos alarmamos. don gonzalo sonrió un poco, señaló a nuestras espaldas y nos tranquilizó; era el adorno último de la proclamación de los reyes cristianos como los nuevos señores de granada: una atronadora salva de toda clase de armas de fuego e instrumentos de guerra; se mezclaban bombardas y cañones con clarines, arcabuces con trompetas, mosquetes con atabales y tambores.

parecía que la tierra temblaba, y no digo yo que no lo hiciera: tenía motivos; también temblaba yo, no sé si por los mismos.

no me fijé en el campamento.

debía de tener una plaza central, de la que partían cuatro calles derechas principales; otras menores las cruzaban.

el cardenal mendoza os brinda su aposento -me dijo don rodrigo de ulloa.

me guiaron a un gran pabellón situado en la plaza cerca de otro de aspecto muy rico, que presumí ser el de los reyes. desaparecieron los capitanes cristianos.

yo no tuve la paciencia de sentarme a esperar, y me movía sin cesar en aquella gran tienda, delante de uno que me habían presentado como hermano del cardenal, y a quien se encomendó mi custodia. ‘¿mi custodia?’ por la expresión de hernando de baeza y de farax -la de bejir era más impenetrable- deduje que se traslucía demasiado la agitación de mi ánimo. traté de sobreponerme, pero seguramente no lo conseguí. para disimularla, fingí que me distraía mirando el mobiliario: un altar portátil muy bello, con estampas de la vida de jesús, las lámparas y los candeleros de plata sobredorada, un reclinatorio de oro y púrpura… no, nada de aquello me interesaba.

quería recoger a mi hijo. quería recoger a toda mi familia y salir de granada. se demoraban don gonzalo y don rodrigo. cuando regresaron, venían tan cariacontecidos que presentí algo malo.

señor -me dijo don gonzalo con un tono azorado-, ha habido una orden mal dada, o una contraorden.

no os alteréis; nada ha ocurrido que sea irremediable. don martín de alarcón, desde moclín, ha llevado a vuestro hijo a la alcazaba. es de suponer que a estas horas se encuentra en brazos de su madre.

no hice ningún comentario.

temía algo peor. era cuestión de una hora más.

en ese momento entraron en el aposento aben comisa y el maleh. traían unas caras que a ellos les parecían de circunstancias; estuvieron a punto de hacerme reír.

falsamente contritos y serviles, me besaron el brazo y la mano. no les pregunté por qué no volvieron la noche anterior a la ciudad: lo sabía; ni por qué no se habían ocupado en recoger a mi hijo ahmad. ellos, sin embargo, se apresuraron a darme una miserable explicación.

se nos ha rogado, señor -fue aben comisa quien habló-, que permanezcamos junto a los rehenes que ayer trajimos de granada.

nuestra asistencia, según sus altezas, reforzará su seguridad.

luego balbuceó como si dudase en decirme, o en cómo decirme, lo que seguía. me puse en guardia-. el jefe de este campamento, señor, me pide que os suplique que permanezcáis en él, en este aposento del cardenal, donde hay orden de que nada os falte, hasta que vuestros vasallos… -otro titubeo-, hasta que vuestros súbditos de granada entreguen sus armas a los conquistadores…

de improviso, me invadió una gran frialdad. me senté.

no son conquistadores, aben comisa. tú mejor que nadie, puesto que tanto has trapicheado, deberías saberlo. -me volví a don rodrigo-. ¿qué armas han de ser entregadas?

todas -me respondió-, tanto ofensivas como defensivas. y han de hacerlo persona por persona; eso alargará los trámites. las espingardas y los tiros de pólvora los entregará después el jefe de la ciudad.

en las capitulaciones -hablé muy despacio-, salvo esos tiros de pólvora, se estipula que sus altezas no tomarán a los granadinos sus armas, ni se las mandarán tomar.

ni sus armas, ni sus caballos, ni ninguna otra cosa. ni ahora, ni en tiempo alguno, para siempre jamás.

sobrevino un silencio-. ¿no es así, el maleh?

por lo que yo recuerdo, así es, señor.

intervino don gonzalo:

quizá para garantizar estos primeros días el sosiego de la ciudad y de la toma, se haya estimado prudente tal decisión…

aun así, debió ser consultada conmigo. es excesiva la presteza con que comienzan a incumplirse las cláusulas. hasta a mí, tan hecho a traiciones, me maravilla.

el hermano del cardenal, para descargar la tensión, nos ofreció un almuerzo. yo me propuse comer algo, más que nada por complacer la cariñosa y muda petición de farax; pero me fue imposible. mientras masticaba interminablemente, me descubrí pensando en dónde podrían ocultar mis súbditos sus armas.

no son mis súbditos.’ qué fácil les sería esconderlas en sus casas, puesto que nadie podría entrar sin consentimiento de nuestros jueces, y qué fácil encontrar una cueva común, ignorada por los cristianos, donde acumular un arsenal crecido… dentro de mí se levantaba un arrebato; me remordía, como una carcoma, el arrepentimiento, y hasta escuchaba el ruido de esa carcoma. ‘pactar con estos reyes es pactar con el aire.’

la luz se retiraba; encendieron hachones. don gonzalo y don rodrigo se despidieron: si les daba permiso, tenían algún quehacer.

– ¿soy yo el rehén por la entrega de las armas, caballeros, o se prohíbe mi presencia en granada para que no se rebelen, viéndome, mis vasallos? ¿es que no he demostrado en demasía mis buenas intenciones?

no sospechéis, señor, que ni don rodrigo ni yo estemos implicados en este asunto. hemos recibido noticia de él a la misma hora que vos.

se notaba en su voz, en sus ojos, en sus manos el disgusto que le causaba; no quise aumentarlo con mis quejas. les di venia para retirarse. el hermano del cardenal, gordo y bobo, anadeaba por la tienda.

vos también podéis retiraros, si así lo deseáis -le dije, y eso hizo.


el tiempo se había detenido, y, sin embargo, era ya de noche. hernando de baeza y bejir jugaban al ajedrez en un tablero de ébano y marfil, colocado sobre un ataifor.

salvo el altar, todo es morisco aquí. cuánta dificultad van a hallar en tacharnos.’ farax y yo guardábamos silencio. si lo miraba, lo descubría mirándome, y él desviaba los ojos. me hizo recordar tanto a “hernán” el perro que le golpeé con dulzura la cabeza.

me vencía el cansancio; quise tenderme a solas. un servidor me pasó, detrás de unos recargados tapices, a una alcoba donde había un amplio lecho. ‘¿con quién dormirá aquí el cardenal, cuyos pecados (cuyos hijos) son, según creo, tan bellos?’ me tumbé suspirando.

cerré los párpados de plomo. iba a dormir enseguida…

no fue así. al contrario: tomaron más cuerpo y más voz y más hostilidad los fantasmas. imaginaba lo que en la ciudad estaría sucediendo, e imaginaba lo peor, es decir, la verdad. unos, ante la absoluta indefensión que suponía la entrega de las armas, habrían huido a la sierra, y se hallarían allí, desarraigados, desprovistos, derrotados en todos los sentidos, entre la nieve, maldiciendo mi nombre. otros, dentro de la ciudad, sufrirían infracciones, que yo no sabría nunca, de los pactos firmados: soldados en sus casas mirando a sus mujeres con ojos lúbricos; oficiales acogidos por azorados y temblorosos cortesanos; los salones de la alhambra abarrotados por una soldadesca ebria de vino y de excitación tartamuda; calles repletas de una tropa indómita y zahareña; el cardenal, cuyo aposento ocupaba a la fuerza, entonando cánticos a otro dios, que escandalizarían nuestros muros y estremecerían el agua de nuestras albercas, que ascenderían hasta los artesonados conmoviéndolos de consternación y de tristeza; caballos cristianos relinchando en nuestros establos, si era en nuestros establos y no en nuestras mansiones donde habían instalado sus pesebres… ¿y mis hijos? ¿y moraima? ¿llevarían los cristianos su avilantez hasta un extremo que no me toleraba ni temer? sentí un violento impulso de escapar de allí y de ponerme al frente de mis granadinos, o de ordenar a farax que galopase hasta granada y trasmitiese de boca en boca una sentencia de muerte contra cuantos cristianos tropezase, de degüello contra los borrachos, de estrangulamiento contra los dormidos, de acuchillamientos de los centinelas por la espalda. se desplomaba el mundo sobre mí; me veía trastabillando y a tientas por lóbregas e insondables calles desconocidas en las que me cruzaba con gente de rostro confuso y empapado de sangre, con mujeres que gritaban injurias contra mí y en los brazos acunaban niños muertos, con soldados a los que les faltaban piernas o brazos, o que caminaban erguidos y solemnes con su cabeza cortada entre las manos… y me dolía, como cintarazos rítmicos y salvajes, el ruido de las armas que caían, amontonadas unas sobre otras, en medio de una plaza, bajo un almez negro cuyos frutos eran globos de ojos sin rostro. grité. grité… a mi lado estaba farax.

has tenido una pesadilla.

sudaba, tiritaba, y un ronco quejido salía de mi garganta-.

¿deseas esperar el día para volver a la alcazaba?

– ¿es que puedo volver? -pregunté con ansiedad.

si quieres, sí.

vamos cuanto antes.


el camino a granada lo entorpecían carros de guerra, artillerías, mulas que transportaban mantenimientos y provisiones. nos escoltaban unos caballeros cristianos, y avanzábamos con mucha dificultad. tardaríamos mucho más de lo previsto. la noche estaba clara; el frío pulimentaba el cielo y bruñía las estrellas; un viento alto barría los últimos girones de nubes, que galopaban más de prisa que nosotros. por fin entramos en la ciudad por la puerta de la acaba. en la alhambra había luces; quizá nasim, tan fiel a ella, se atareaba en mantenerlas y en hospedar a la tropa y a los señores. quizá se había acomodado ya en el palacio de yusuf el antipático conde de tendilla. ¿qué más daba? cuando apremia empezar una vida, se ha de hacer cuanto antes.


en la alcazaba me informaron de que a mi hijo ahmad lo había traído don martín de alarcón, y de que dormía en el piso superior, en la misma alcoba que su hermano menor. me descalcé ante la escalera. siguiendo otra vez el protocolo, bejir recogió mi calzado.

perdona, señor, pero no hay nadie aquí con títulos mejores.

que mi intención supla los escasos míos.

estuve a dos dedos de echarme a llorar. cogí con delicadeza mis borceguíes de sus manos y los dejé en el suelo.

de ahora en adelante, amigo bejir, olvida el ceremonial de los sultanes. puesto que hay que hacerse a costumbres más duras, comienza por desterrar las más ligeras.

entré en la alcoba de mis hijos. una masa inesperada saltó sobre mí y me empujó con fuerza.

era el perro “hernán”. movía el rabo con júbilo imparable; saltaba en torno mío como si yo fuese su piedra de la kaaba; corría desde el lecho hasta mí y desde mí hasta el lecho. me acerqué. los dos niños dormían con abandono, una mano del pequeño colocada sobre el pecho del mayor. eran muy distintos y parecidos a la vez. a la luz que farax sostenía, las curvas pestañas les sombreaban las mejillas, tersas y sonrosadas. sus labios estaban entreabiertos; oía su acompasada respiración. ahmad tenía las manos, sin mancillar aún y bien formadas, casi perdidas entre las ropas del lecho; en la izquierda, una pequeña herida: una zarza quizá, o un puñalito de los que a los niños entusiasman. esta mano chiquita era testigo de cómo un mundo se venía abajo: el mundo que habría tenido que regir. la tomé para cubrirla con el embozo; la besé antes; acaso la apreté sin querer. mi hijo se despertó. me miró con ojos turbios de sueño, había miedo en ellos. no me reconocía. le sonreí; pero el miedo seguía redondeándole los ojos.

soy tu padre, ahmad -le dije.

fui a acariciarle el cuello.

él se apartó de la caricia echando hacia atrás la cabeza. esa postura le dio un aire de reto.

– ¿por qué me has despertado?

su tono era insolente.

farax me cogió del brazo y me sacó de la alcoba.

necesitas descanso. -me acarició con ternura el cuello-.

ahora no puedes hacer más que descansar.

hernán”, meneando aún el rabo, pero ya con mesura, había salido de la alcoba tras de mí. puse la mano sobre su cabeza.


caí en el sueño como una piedra dentro de un pozo. era mediodía cuando surgí de él.

en seguida me comunicaron los nombramientos que había hecho el rey fernando para el gobierno de la ciudad: alcaides, almocadenes, jueces y almoharriques o porteros.

todo estaba resuelto de antemano: le había sobrado tiempo. las designaciones confirmaron lo que yo adivinaba; los nombres de quienes habían ido faltando a mis reuniones del generalife aparecían en la lista. y el pequení, en los puestos más productivos, y el chorrut, y todos aquellos que habían colaborado, con mi aprobación o sin ella, con el maleh y con aben comisa. cuantos eran menester para el despacho de los asuntos ordinarios, allí figuraban ya elegidos. tenía razón don gonzalo fernández de córdoba: mi mérito principal era no ser preciso.

como una ironía, entre los señalados para el regimiento de la ciudad, se encontraban farax y bejir. ambos, incrédulos ante su nombramiento, me suplicaron que los llevase conmigo cuando me ausentara, y que entretanto los tuviese a mis órdenes. había tal amorosa ansiedad en los ojos de farax, y era tan hostil el resto de mi entorno, que demoré un momento en aceptar para saberme necesario a alguien.

el mayordomo de la ciudad y los contadores -me dijeron- se escogerían en la primera junta del ayuntamiento esa misma semana. los alamines o jefes de los gremios habían sido señalados, en santa fe, días antes de la entrega, y ya se habían hecho cargo de sus cometidos. el asunto de los oficios, que tantos piques y roces y disgustos nos proporcionaba, y tan arduo era de resolver, lo había solucionado de un plumazo el rey fernando.

– ¿de todos los gremios? -pregunté asombrado.

hasta del de los pregoneros; su alamín es mohamed al azeraqui.

sin duda llevaban meses preparando las sustituciones.

me alegro. agranada no me echará a faltar. de eso era de lo que se trataba.

una bocanada de tristeza me subió desde el corazón.


pedí ver a mi madre. una camarera me trajo el recado de que la sultana se encontraba indispuesta; cuando mejorase, ella me llamaría.

estaba claro que, de momento, se negaba a recibirme.

moraima, en cambio, apareció con unas flores en las manos como si nada de particular hubiese sucedido. sonriente y muy bella.

– ¿has visto a ahmad? -se ensanchó su sonrisa.

no -mentí.

ha crecido tanto. está tan guapo. se parece a ti mucho más que antes. ve a verlo en cuanto puedas. -se acercó mucho a mí-.

¿cuándo saldremos de granada?

la miré con curiosidad y con detenimiento. ‘¿finge? -me pregunté-. frente a todo este desatinado descalabro, ¿se propone animarme, o es que de veras está contenta por abandonar este nido de fracasos, de envidias, de alevosías, para encontrarse otra vez, como en la prisión de porcuna, sola conmigo?’

sea como quiera -me respondí-, ella me ama. actúa así porque me ama.’ la besé. ella me echó los brazos al cuello, y me miró con unos ojos absolutamente francos y absolutamente incapaces de mentir.

te amo más que nunca, boabdil. me parecía imposible, pero así es.

eso me confirmó algo de lo que no estaba seguro: es cierto que la felicidad perfecta del hombre no existe, pero tampoco existe la perfecta infelicidad. me refugié en ese pensamiento.


mi familia y yo habíamos sido bastante menos previsores que los reyes cristianos. dadas las circunstancias, era imprescindible decidir lo más conveniente para moraima, mi madre y mi hermana respecto de sus heredamientos: sus huertas, hazas, molinos, baños y casas de recreo, tanto en granada como en motril y en la alpujarra.

a mí me parecía que venderlos era romper toda relación con nuestra vida, pero también significaba una soltura que nos permitiría inaugurar con mayor libertad otra enteramente nueva, sin tener que apoderar a nadie para cobranzas y derechos que, de no estar muy sobre ellos, irían amenguando. quizá el momento para vender no fuese malo, puesto que muchos nobles cristianos aspirarían a instalarse en granada; sin embargo, también era probable que la inestabilidad y el descabalo convirtiesen el momento en el peor de todos. se lo expuse a moraima. ella prefería que continuasen administrando sus bienes las mismas personas que hasta ahora lo habían hecho.

en todo caso -añadió-, que sean nuestros hijos los que vendan, si es su gusto, cuando llegue la hora. me dolería dejarlos sin algo mío en una tierra que habría sido toda suya.

no se dejaba traslucir ni un reproche en su voz: sólo sencillez y naturalidad. sonreía de forma encantadora. yo aproveché la oportunidad:

tu hijo ahmad no me quiere.

estoy seguro de que reprueba lo que he hecho.

tiene once años, boabdil.

nadie le ha hablado con conocimiento de causa. a su edad sólo se espera de un padre que sea un héroe: el amor se confunde con la admiración.

tú nunca te sentiste defraudada por el tuyo; y, de niño, yo por el mío, tampoco.

hay heroicidades más evidentes, boabdil. la tuya es recóndita, difícil de descubrir para cualquiera, cuanto más para un niño; ya la irá descubriendo. que no te angustie eso. ahora nos quedaremos solos, como una familia corriente que se reúne y no tiene otro oficio que ella misma. te garantizo que ahmad te quiere más que a mí, y por eso te exige más que a mí. su reacción es la prueba más clara.


mi madre, que seguía enferma al parecer, me transmitió un recado que no dejó de sorprenderme: ‘por lo que a mí y a tu hermana se refiere, despreocúpate de todo: te sobrará con tus propios desvelos’.

ellas ya habían tomado las resoluciones pertinentes en cuanto a su fortuna inmueble. incluso -agregó la camarera- mi madre había solicitado de los reyes, y obtenido, una escritura separada de las capitulaciones que le atañían. esa copia, firmada por sus altezas, tenía fecha del 15 de diciembre, o sea, era más de dos semanas anterior a la entrega. no supe si entristecerme por la desconfianza, o alegrarme por el respiro que representaba. una cosa era innegable: imposible darme a entender mejor que mi madre iba a seguir siendo la mujer horra e independiente que había sido hasta ahora.


tanto para la interpretación e inteligencia de las cláusulas acordadas cuanto para la resolución de los problemas jurídicos, no siempre simples, que nuestro exilio planteaba, todos los familiares recurrían a mí. a mí, que era quizá el menos hábil y el menos enterado, puesto que me había volcado por completo en otros asuntos menos personales. eso me hacía aplazar la salida de granada, que me apremiaba más cada hora.

pasados unos días, un anochecer borrascoso, me trajeron la noticia de que el príncipe yaya sería nombrado alguacil mayor de granada, en sustitución de aben comisa; por ese cargo iba a corresponderle la custodia de las capitulaciones. al saberlo, no pude menos de sonreír. dos días después solicitó ser recibido por mí. lo rehusé, entre otras razones porque estimaba que él tampoco deseaba de veras que lo recibiese, y que su petición respondía a una mera exigencia de la etiqueta del caído emirato. él había decretado la muerte de mi hermano yusuf; él había traicionado y vendido al “zagal” y a mi pueblo; él se había puesto contra nosotros al servicio del enemigo. después de tanto tiempo y tantas amarguras, ¿qué sentido tendría nuestro encuentro, a no ser el de tomarme la justicia por mi mano? era mejor venganza dejárselo vivo a los reyes.


en uno de los salones de la alhambra -como no volví a ver a nasim, ignoro en cuál exactamente, pero alguien me aclaró que en el del consejo-, se había instalado provisionalmente una iglesia cristiana, a la espera de decisiones posteriores; yo me figuraba cuáles serían, y arreciaba mi impaciencia por irme. una de las primeras ceremonias religiosas que allí se celebraron fue la del bautizo de cad y nazar, mis hermanastros, los hijos de soraya. ella, que confesó públicamente haber sido violentada para renegar, recuperó su nombre de isabel de solís.

sus hijos se llamaron fernando y juan, porque sus padrinos de bautismo fueron el rey y el príncipe heredero.

me estaba poniendo al tanto de estos pormenores y del título de infantes de granada que los reyes les habían concedido, cuando caí en la cuenta de que aquella dama de la reina cuyo rostro me pareció ya visto el día de la entrega era precisamente soraya. con los ropajes cortesanos de castilla, peinada y tocada de otra forma, no la identifiqué. pero en ese instante me vino a las mientes, como si lo estuviese volviendo a ver, su porte desafiante y altanero y el indecible desprecio con que me contemplaba. también a mi pesar, sonreí; me pregunto por qué me hacen sonreír siempre las pequeñas miserias de los hombres: ¿acaso no soy yo un dechado de ellas?


estábamos almorzando en la alcazaba, con la informalidad no del todo desagradable que da a ciertos actos el ser accidentales, cuando llegó un mensaje del conde de tendilla. el conde, como supuse bien, residía en mi palacio de la alhambra “por ser el mejor acondicionado y el más habitable, no por otra razón”, según había explicado.

su mensaje decapitó el almuerzo.

era una carta en la que, aparte de fórmulas corteses, aunque no excesivas, me comunicaba que se agradecería que abreviase cuanto me fuera dado mi estancia en granada.

como no escaparía a mi penetración, se prestaba a malas interpretaciones, alentaba ciertos sentimientos adormecidos en el ánimo de los ciudadanos, soliviantaba el lógico desenvolvimiento de las trasmisiones, y obstaculizaba la sedimentación de unos procesos que los reyes deseaban acelerar. el conde, en nombre de sus soberanos, salvo que mi opinión fuese diferente, lo que no les complacería, osaba sugerirme que la alquería de andarax, en el centro de la taha de ese nombre, era el lugar ideal para mi retiro con toda mi familia.

con toda” -apostillaba-, “excepto con los príncipes ahmad y yusuf, que han resuelto los reyes que permanezcan en moclín” bajo la custodia de mi ya conocido don martín de alarcón. seguramente no era mucho pedir de mi comprensión que entendiera que mis hijos serían no unos rehenes -eso de ninguna manera-, sino un lenitivo para el recelo que acaso podrían sentir sus altezas ante la posibilidad -no dudaban que improbable- de un alzamiento de los naturales de “esta tierra”, en tanto el que había sido su régulo habitase en ella.

no lo puedo entender, porque no lo veo claro -dije-. si me voy de granada, mis hijos me acompañan. eso es lo que quiere decir “esta tierra”.

su sentido es algo más amplio, al parecer -me aclaró el mensajero-. yo diría que se refiere a todos los dominios de sus altezas.

moraima sollozó. me resistí a mirarla.


no nos valió de nada que moraima tratara de entrevistarse con la reina isabel: no se le otorgó audiencia. yo, por mi parte, busqué a don gonzalo por toda granada; tras muchas indagaciones, se me sugirió que, no conforme con el cariz que tomaban las cosas, se había retirado a su alcaidía de illora. intenté llegar hasta él saliendo de incógnito de la alcazaba; fui descubierto, sospecho que por la delación del mismo centinela que yo había sobornado. se me requirió a abandonar granada dentro de los dos días siguientes, y a no mostrarme entretanto fuera de mi residencia, a cuyas puertas se puso una discreta guardia. volví a sobornar a unos altos caballeros cristianos -por fortuna gente venal que cumple, no como el centinela, hay en todas partes, no sólo entre nosotros-, y les encomendé una carta mía a don gonzalo. le exponía en ella el caso que nos atribulaba, y le recordaba con infinita pena sus ofrecimientos.


todo nos decía ya adiós. partimos de granada el día 25 de enero. aún no había amanecido.

la tarde anterior moraima y yo nos despedimos de nuestros hijos.

don martín de alarcón vino a llevárselos. no intentaré expresar lo que sentíamos. la certidumbre de que ningún sacrificio, de que nada de lo dolorosamente aceptado, ni nuestras renuncias, habían sido mínimamente útiles, nos hacía mordernos los labios para no romper en lamentaciones delante de los niños.

ambos nos miraban sin comprender por qué nos separábamos. en vano procuré explicarle al mayor la desdicha que envuelve a veces el destino de las familias regias, y cómo los privilegios son contrapesados siempre por deberes crueles.

eso lo sé -me asestó mirándome con provocación.

por un lado me sentí orgulloso de él, y por otro, herido ante mi impotencia de aclararle muchas cosas, acaso imposibles de aclarar a quien por sí mismo no las imagine. se me ocurrió confiarle la guarda de “hernán”, como prenda de que muy pronto los tres estarían con nosotros, y los dejamos irse hacia moclín, rota el alma, en manos del comendador, que ahora los guardaba a ellos como antes me había guardado a mí.


el resto del día lo pasé ante un ajimez contemplando la sabica, ribeteada por la portentosa diadema de la alhambra. en la torre del homenaje se alzaba una alta cruz; en la de comares, los pendones de santiago y el real. me habían dicho que la cruz era la del cardenal mendoza, y que la levantó el confesor de la reina, al que habían consagrado ya obispo de granada: un fraile desmedrado, de una gran nuez y ojos centelleantes que vi pasar un día, montando un asno sucio, por la puerta de la alcazaba. gutierre de cárdenas plantó el pendón de santiago, y tendilla, el de los reyes. locura parecía que una ciudad pudiese cambiar tanto en tan corto plazo.

mientras se desplegaba sobre el valle y las colinas una gélida noche de seda, se pusieron de pie dentro de mí mi infancia toda, mis gracias y desgracias, mi obstinado e incomprensible deseo de vivir, que ahora me abandonaba. escuché las voces de los centinelas, que ya ni se gritaban ni se respondían en mi lengua, unos relinchos, la percusión de unos cascos sobre un empedrado: ruidos algunos sólitos, y otros que en tal grado no lo eran que podría engañarme pensando que me había dormido y que soñaba. ascendía desde el patio la voz de farax, ocupándose de la expedición, porque él y bejir, como aben comisa y el maleh y el caisí y otros muchos, nos acompañaban. las tajantes órdenes de mi madre habían dejado de oírse hacía ya rato. ella vendría con todas sus mujeres; sus literas estaban dispuestas desde el día anterior. un silencio total y súbito llenó el paisaje, la ciudad, la casa. querría haber escuchado, para mi consuelo, la callada música visual de las estrellas. en cambio, escuché a ibn zamrak:


la sabica es una corona sobre la frente de granada en la que aspiran a engarzarse los astros.

la alhambra -dios la guarde hasta el fines un rubí en la cimera de la corona.

su trono es el generalife; su espejo, la faz de los estanques; sus arracadas son los aljófares de la escarcha.”


granada -pensé- es para mí lo mismo que fue jalib: alguien a quien se ama y que se deja amar, pero a quien le es imposible correspondernos. huir de ella -me dije-, y convencerme de que ha dejado de existir, de que nunca ha existido. pero ¿y subh, y faiz el jardinero, y los amados puntales de mi niñez, yusuf mi hermano, el mismo jalib, muerto en una de las estribaciones de esa sierra que blanquea en la noche? ¿y yo? ¿es que yo nazco ahora, sin pasado, sin presente siquiera?’ me cubrí la cara con las manos, abrumado por un peso insoportable, más oneroso cuanto más trataba de disimularlo ante los otros… alguien me acarició el pelo como se hace con un niño despeinado; una boca maternal emitió esos leves chasquidos con que se tranquiliza a un niño que despierta, aunque no del todo, en medio de un mal sueño. moraima, porque era ella, se inclinó y me besó en la frente. no sé el tiempo que llevaba junto a mí, ni cómo había entrado sin que yo la sintiera. seguimos juntos hasta que fue la hora de emprender el viaje.

no nos dijimos nada.


hay un punto, camino de las alpujarras, en las alturas del padul, desde donde por última vez se divisa granada y se deja luego de ver. en él se dividen las aguas del genil y las del guadalfeo; en él se dividía mi ayer y mi mañana.

ya estaban las más altas cumbres doradas por el sol, y una niebla, anunciadora de una mañana hermosa, sumergía en pereza la vega. mi intención era haber llegado antes a ese punto, o pasar por él sin advertirlo. sabía y sé a la perfección, con ojos ciegos, lo que desde él se ve: colinas, caseríos, cármenes, alquerías, mezquitas, minaretes, almunias, arboledas, murallas: cuanto granada tiene de incitación a la codicia para quienes no son sus amos; cuanto tiene de placentero para los que lo son; cuanto tiene de pesadumbre para los que han dejado de serlo. ibn al jatib también lo supo:


aquel funesto día en que me obligaron a alejarme de ti, acosado por la adversidad, no hacía sino mirar hacia atrás en el viaje de la separación.

hasta que me preguntó mi compañero: ‘¿qué es lo que te has dejado?’

mi corazón’, le respondí.”


apretaba el paso de mi caballo, cuando escuché voces que me suplicaban hacer una pausa. yo no quise volver el rostro; no quise ver granada una vez más; no quise sentir, como una espada de fuego, la expulsión del paraíso. farax, que lo intuyó, se puso a hablarme atropelladamente de las minucias de la organización y la llegada, de los problemas que habían surgido en la carga de las acémilas y con los conductores. yo oí los alaridos de las mujeres, sus plañidos que se trenzaban y se reforzaban unos a otros igual que enredaderas. se despedían del lugar del mundo sin el que no concebían sus vidas.

éramos ya los desterrados; éramos la caravana que abandona el oasis de la abundancia y la felicidad, y ve aún las estacas de las tiendas, las huellas de los lechos en la arena, las lomas en que el amor la acogió, el rostro de la amada mojado por las lágrimas en el momento del adiós. yo no quise volver la cara más; no quise ver granada.

sentí que no iba a poder resistirlo y, sin escuchar el parloteo con que farax quería distraerme, espoleé mi caballo y me lancé al galope para huir, cuanto antes, de lo que yo había sido.


decimos o leemos: ‘el sultán destronado fue recluido en salobreña, o se refugió en almuñécar, o se le permitió exiliarse con su corte en guadix’. qué fácil; pero qué distinto cuando uno es el destronado. y aún más, cuando uno es el que cierra, al salir, las puertas del palacio. ¿qué tiene que ver la historia con la vida?

¿acaso la historia trata, ni le importa, de cuál es el contenido del corazón? ¿habla de la aspereza del camino que se pierde de vista y que no vuelve? ¿qué lector reflexiona sobre la tribulación del desterrado, que siente la indiferencia de este mundo a una y a otra orillas de su viaje? un viaje que ni siquiera sabe adónde lo conduce, ya que ha perdido su sentido, su meta y su porqué. ¿qué es la esperanza, cuando no queda ni la menor posibilidad de recuperación; cuando se derrumban los escombros de los recuerdos, y el que se va de ellos no se asemeja ni aun a la víctima de un terremoto, que sobrevive ocho o diez o doce días, sostenida por el difícil consuelo de ser salvada, de que alguien atienda el inaudible ritmo de su respiración, de que una mano mueva en la superficie el cúmulo de desechos y la descubra?

tal salvación no se hizo para él; él no tendrá ninguna. oculta su cabeza acongojada, y ya no aspira ni a salir de su devastación, porque en la superficie no reconocería la ciudad, ni la calle, ni la alcoba donde antes fue feliz o estuvo vivo al menos. y tampoco sería reconocido por esa ciudad, ni esa calle, ni esa alcoba, que tienen ya otros dueños. y examina los escombros, su único patrimonio, de uno en uno, y busca una seña de lo que fueron y lo que significan, y apenas si comprende que un día no remoto formaron parte de él, que un día fueron él… ¿es que su vida será desde hoy estos escombros, o es que ellos, muertos, arrastraron su vida verdadera y aquí ya no hay ninguna? ¿es el hombre una historia coherente, o una sucesión de inconexos momentos? ¿por qué se rige, qué persigue, o es sólo como un corcho que las olas trasladan sin objeto y sin término? ¿es el aniquilado que yo soy, “el zogoibi” que yo soy, todos los boabdiles a través de los cuales he llegado hasta aquí, a este muro definitivo e insensato, o, lo que es peor aún, a nadie representa?

¿es el desventurado el mismo que fue ayer, pero hoy mordido ya por el fracaso, o es otro diferente, recién nacido de la muerte de tanta vida como tuvo, de tanta vida como le cantaba en torno canciones que no iban a acabarse? ¿y qué más da, en la sima en que se halla, quién sea o lo que sea? está solo -porque el amor no es un aliado en esta soledad-, y a un solitario no se le otorga sino el trivial alivio de que entre lo que es, si es algo todavía, y lo que haga, si le queda algo por hacer, exista un somero equilibrio. un equilibrio, aunque sea imaginario, que le impida hundirse, ahora ya sin testigos, en la más terminante y la más profunda de las oscuridades.


la sierra próxima a lújar aún exhibía los estragos de las escaramuzas, las arboledas taladas, la incuria y el descuido. bajo el cielo gris, el gris de la piedra verdeaba. avanzábamos entre rocas puntiagudas al pie de los altos montes amoratados, que se erguían envueltos en nubes rabiosas. de trecho en trecho, sobre las lomas de pizarra, unos manchones anaranjados recreaban los ojos.

al entrar en la alpujarra, unas campánulas nos dieron su grácil bienvenida; azules, blancas, rosas, con tenues y amables dedos acariciaban las vaguadas, las ciclópeas heridas sin cicatrizar, los atroces derrumbaderos. ellas y el agua suavizan el paisaje. y el agua lo redondea y lo mece con su perenne urgencia, y entona una canción sin estrofas ni fin. me conmovían las casitas de los bancales, donde habita el amor a la tierra de mi pueblo, la agricultura convertida en geometría, el lujo y la largueza con que la mantienen quienes malviven en cuevas o entre adobes. me conmovían -y en eso sí era el mismo de antes- la abnegación del hombre sobre las tajaduras pedregosas álos inmóviles ojos de quienes están configurados por el silencio y por la soledadú; los aliviaderos que traza el agua entre las alquerías; las sendas rampantes que el trabajo y la constancia se esmeran en delinear; los implacables lechos de los torrentes, transmutados en minúsculos huertos; el destello de las lajas, que parecen al sol siempre mojadas por la lluvia; el palpable mutismo rayado por los pájaros y los insectos inmortales; la bruma que, para no descorazonar a los viajeros, sólo les autoriza a percibir tres o cuatro lontananzas… todo aquello me conmueve mucho más que las vituperables inquietudes humanas; el grandioso mundo sin concluir, detenido en un segundo de su perpetuo movimiento, roto, dentado, erosionado, rechazador, repleto de sorprendentes formas agudas o truncadas, como una gigantesca gruta de estalagmitas cuya bóveda fuese el ancho cielo. si las cúpulas de las salas de la alhambra no pretenden asemejarse a esto, ¿qué pretenden?

el frío nos cortaba la piel.

moraima me inquietaba; pero cada vez que retrocedía para interesarme por ella, tropezaba con su sonrisa inalterable.

– ¿vas bien? -me decía ella a mí-. ¿quieres algo? ¿precisas algo?

entonces yo le arrojaba un beso con mi mano gruesamente enguantada.

la noche la pasamos muy juntos.

éramos como dos beduinos que se aprietan bajo la congelación nocturna del desierto; éramos dos compañeros de armas que ignoran lo que será de ellos en la jornada siguiente, y se estrechan uno contra otro para darse aliento y calor, y desentumecerse.


frente al verde oscuro o el añil, frente a los azules violentos de las otras sierras, la de gádor tiene reflejos sonrosados. es más blanda y más femenina. sus cerros son redondos, y hasta las grandes piedras que los forman son benignas y suaves. después de su estridente afirmación, muestra en ella la naturaleza su afabilidad.


cuando llegamos al valle de andarax estábamos rendidos. fue ese benevolente cansancio el que me impidió recordar -lo cual hubiera sido aún más desgarrador- la escena con mi tío abu abdalá. pensé que el rey fernando, en castigo por mi conquista de entonces y por la posterior sublevación del “zagal”, había designado andarax como sede de mi destierro, y centro del agreste señorío que se dignó adjudicarme.

miré a mi alrededor como el preso que contempla su celda cuando le empujan a ella y escucha rechinar tras él la reja. serrijones sin gracia, bajo una llovizna, asistían nada acogedores a nuestra aparición. la tierra se mostraba inculta y mustia por los vaivenes de la guerra. junto a la nava, una hondonada, y luego un lento ascenso. a la derecha se iniciaba una sierra de matojos sombríos. en la rasa habían construido, y destruido, la alcazaba, contra una suave ladera, frente a una cadena baja y agallonada de montes áridos que, cuando el sol logró hacerse sitio entre la lluvia, se embelleció muy lentamente. el arco iris abrió su precaria cola de pavo real en medio de los cielos. miré a moraima, y ella me miraba. una bandada de torcaces giró arriba en el aire… ¿lo que nos restara de vida lo tendríamos que vivir aquí?

por el momento, ésta es mi casa’, me dije.

mi madre, antes de entrar en la alcazaba, detuvo en mí sus ojos, secos y muy duros. las mujeres lloraban; los cortesanos que me habían seguido empezaban acaso a arrepentirse; la servidumbre se había arrepentido hacía ya mucho.

moraima me aguardó para entrar a mi lado.

ahora yo soy tu reino: ¿qué importa lo demás? -me dijo con ternura.

farax y bejir nos rodeaban con un respeto no exento de ceremonia, como si aquellas ruinas fuesen uno de los palacios de la alhambra.

detrás de nosotros entraron aben comisa, el maleh y, más alegre que ninguno -para lo que no se necesitaba demasiada alegría-, abrahén el caisí.


es aquí donde he escrito estos papeles últimos.


hoy me ha dado por meditar sobre una cuestión muy relacionada con mis penas. si la religión nos es otorgada por dios, se nos otorgará para nuestro consuelo: ¿y cómo puede malograrse hasta convertirse en fuente de los mayores males? el hombre, aunque lo olvide, es un ser débil y efímero, que vive un poco y muere; un ser que transcurre a través de un universo indiferente.

las religiones tienden a solidificarlo, a darle fuerza y peso, como las piedras que algunos campesinos ponen en los bolsillos de los niños para impedir que el viento los derribe. ¿de dónde viene, pues, ese afán, en apariencia desprendido, que lanza a unos contra otros porque sus formas de adorar a dios son diferentes? ¿no fueron hechas quizá para coexistir?

cuántas contradicciones en el comportamiento de los hombres, y no sólo en su comportamiento, sino en su misma esencia. a no ser que se halle bajo tales contradicciones una idea persistente; pero ¿cuál?

nuestra religión es, en principio, respetuosa: el judaísmo y el cristianismo no son para nosotros religiones extrañas; la salvación es susceptible de ser alcanzada también por sus caminos, y no puede la fe coaccionarse. ¿no fue ibn arabí quien dijo: ‘mi corazón es pasto para las gacelas, un convento para los monjes cristianos, un templo de ídolos, la kaaba del peregrino, las tablas de la torá y el libro del corán’? ¿y no añadió: ‘practico la religión del amor; en cualquier dirección que progresen sus caravanas, la del amor será mi religión y mi fe’? ¿o es que son sólo los que más se elevan, los que más progresan, quienes entienden los preceptos?

¿y por qué no imitarlos? ¿no será que los hombres vulgares -y los reyes vulgares- no se rigen ni actúan, en realidad, bajo preceptos religiosos?

nuestra enemiga contra los judíos se apoya en que denigran al profeta jesús; nuestra enemiga contra los cristianos se apoya en que lo divinizan: porque lo que el islam pretende es renovar la religión de abraham, de la que nace el libro que a las tres las concreta. y aun así, según el enviado, la guerra santa grande es la que se desenvuelve dentro de nuestra propia religión; la pequeña, la dirigida contra los atacantes exteriores. más todavía: si éstos se rinden antes de ser vencidos, gozarán del “aman”, es decir, de la inmunidad y del perdón. las sinagogas y las iglesias se conservaron; fue tolerado el ejercicio de sus cultos. el impuesto personal con que los andaluces gravamos a los cristianos y a los judíos sólo era un sustituto del servicio militar: quienes no estuviesen obligados a él -mujeres, niños, monjes, inválidos-, tampoco estaban obligados a pagarlo. ¿acaso el islam no mejoró la vida de la mayoría?

¿no fueron repartidos y mejor cultivados los amplios latifundios anteriores? ¿no se libertaron los esclavos por su conversión, porque ningún musulmán puede serlo, o por su rescate, cosa que antes no estaba autorizada? y la conversión, ¿no se reducía a la aceptación del islam como una ley social? lo obligatorio es sólamente la conducta exterior que el corán marca; el grado en que se interiorice esa conducta no es objeto de mandato.

(ocurre con esto lo contrario que con las arquitecturas: la nuestra se concibe desde dentro y para dentro; su aspecto nos es indiferente; el exterior se contempla por ventanas con celosías que resguardan la plena intimidad. por el contrario, los cristianos construyen para ser vistos por quienes pasen por la calle, y procuran ser por ellos envidiados.) sin embargo, por esa única obligatoriedad de la conducta aparente es por lo que los cristianos nos acusan de hipócritas, siendo así que ellos, al exigirse a todos una perfección imposible, lo son en mayor grado. es algo similar a lo que sucede con los místicos que adelantan por las vías espirituales: entre nosotros, son sólo los reclamados por una vocación imperativa; entre los cristianos, a partir del bautismo que es su rito iniciático, son todos los llamados, aunque muy pocos perseveren. de tal razón -de tales razones- dimana que las conversiones al islam fuesen mucho más numerosas que las contrarias. no fueron provocadas por nosotros: los musulmanes siempre hemos asistido con curiosidad a las celebraciones cristianas, y nos ha seducido visitar sus monasterios en las festividades de sus santos; jamás empleamos la fuerza como palanca de abjuración, aunque sólo fuese por una causa ruin: por cada cristiano que se convertía, perdíamos un tributo.

me pregunto cómo ha sido posible alcanzar este punto de encarnizamiento de hoy. la religión, en los comienzos musulmanes de españa, no dividía. la guerra no era una cuestión esencialmente religiosa; los cristianos andaluces combatieron a menudo contra los ejércitos del norte al lado nuestro; los del norte enviaban a sus hijos a educarse entre nosotros, y casaban a sus princesas con nuestros caudillos, más cuanto más notables: ¿con cuántas hijas de reyes, sanchos y garcías y alfonsos y bermudos, se casarían nuestros almanzores? los cristianos, con quienes convivíamos, aprendieron el árabe hasta el punto de que álvaro de córdoba se planteó traducir a él la biblia, no para convertirnos a nosotros, sino para que pudiese ser leída y entendida por ellos. ¿qué sucedió después? la batalla de zagrajas, con yusuf el almorávide ortodoxo, al que los andaluces tuvimos que recurrir para ampararnos contra alfonso vi, lo cambió todo. la guerra expresamente política, por una geografía que los del norte trataban de recuperar, se transformó en una guerra religiosa, mucho más despiadada e implacable. entonces se planteó si era el islam o el cristianismo quien dominaría la península. pero ése no era de ninguna manera un dilema andaluz; era un dilema importado de áfrica.

nuestra debilidad reclamaba socorros exteriores; de allí vinieron, y con los africanos no teníamos otro punto en común sino la religión. para desgracia de todos -sea quien sea el que se haya favorecido-, fue tal sentido de la guerra el que se impuso hasta ahora desde entonces. sin embargo, a pesar de los pesares, como yo le decía a don gonzalo fernández de córdoba, cada vez menos, pero hasta ayer, entre luchas y rapiñas, entre esperanzas y desesperaciones, musulmanes, judíos y cristianos, cada cual con su credo, hemos aspirado y respirado en un mundo espiritual no sé si idéntico, pero sí recíprocamente comprensible. a partir de ahora ese mundo no existe. la historia que ha empezado es otra historia. ‘en la realidad más profunda, ¿qué es lo que ha sucedido? -me vuelvo a preguntar-. ¿no se habrán tomado las religiones sólo como un pretexto?’ los hombres son con frecuencia manejados por circunstancias que ellos mismos no entienden, como quien es arrastrado sin poderlo impedir por un torrente.

el rey fernando “el santo” de castilla fue el primero que se equivocó al contradecir nuestra partición de los latifundios, y al decidir darles a los nobles, como cebo para que le auxiliasen en la conquista, las extensas tierras conquistadas. los ricos señoríos de los monjes o de los seglares fueron configurando un poder grande, sin que el poder reducido de los plebeyos o de los comerciantes de las ciudades constituyese un contrapeso suficiente. fue pedro i quien se dio cuenta de ello, y contra ello reaccionó; pero él era exótico en castilla: él era, por supuesto, arabizante. su hermano, por el contrario, cimentó su ambición sobre los nobles perjudicados; contó con el apoyo de los señores, cuyo predominio peligraba.

y la redención incoada se deshizo: para ellos y también para nosotros.

porque castilla es de una pobreza contagiosa; cuando sus pastores descendieron a nuestra andalucía, trashumando al amparo de las órdenes religiosas, trajeron su hambruna y su miseria, y hundieron la riqueza de nuestro califato. castilla no produce: consume; no trabaja: guerrea. tal ha sido su oficio. y con el militarismo que bajaba de ella, bajaba no sólo el empobrecimiento para la economía, sino para la cultura y para nuestra organización social más justa.

la pretensión integradora del islam, por la que los habitantes de una ciudad o un pueblo se compenetran y equilibradamente se combinan, tocó a su fin; la batalla de la justicia se había perdido ante el abuso de los privilegiados.

este efecto destructivo no hizo más que acentuarse con el tiempo.

se vaciaba castilla: todos deseaban refugiarse en el sur; paralizaron su tosca agricultura; se expandieron las grandes y depredadoras trashumancias de la mesta; se admitieron negociantes extranjeros que compraran la lana, lo único que castilla produce, aparte de su frío. y, ante la ruina, se recurrió a las bolsas hebreas, también andaluzas en su mayor parte.

los castellanos, para continuar comiendo y para continuar gastando, no han contado más que con dos fuentes de ingresos: las expediciones contra nosotros y las matanzas de judíos. los malos pagadores emplean el decisivo método de asesinar a sus acreedores para saldar sus deudas. tal situación era propensa a encubrirse bajo un exterior de religiosidad; cuanto más fanática, más ciega y, por tanto, más práctica. pero ¿combaten los castellanos por su fe, o combaten por su subsistencia? ¿no es por el dinero por lo que luchan contra quienes lo tienen? no obstante, desacostumbrados a ejercer un oficio o una técnica -en lo primero, nosotros, y en lo segundo, los judíos, éramos los versados-, de poco les sirvió poseer la tierra si no la cultivaban, u ocupar los puestos si no sabían hacer uso de ellos, ni cómo administrarlos. ¿es verdadero dueño de una clepsidra o de un astrolabio o de una brújula quien desconoce su utilidad, o de un jardín quien no lo labra ni disfruta sus flores? el pueblo menudo de castilla sólo se mantuvo a fuerza de botines de guerra y saqueos de aljamas; por interés, siempre estuvo dispuesto a secundar la voz que lo condujera contra granada y contra las juderías. y sus reyes, desde el extremo opuesto, se adiestraron en emplear con impune seguridad tales argumentos homicidas: no argumentos religiosos, que miran hacia la otra vida, sino económicos, que miran hacia ésta, aunque finjan devoción con los ojos en blanco.

estos reyes de hoy, isabel y fernando, han aportado dos novedades: la de reunir en sus personas el aragón, que vivía de fuera, y la castilla hambrienta, y la de fortificarse contra los señoríos, una vez enardecido, colmado de promesas y dominado el pueblo pordiosero. los dos de consumo se fortalecen y mutuamente se sostienen: para fundar una monarquía consistente, el poder ha de estar en una mano sola. por las noticias que tengo, el primero que adivinó sus intenciones fue el cardenal mendoza, que con habilidad sometió su gran familia a ese mando exclusivo; no en función de la patria, que es para ellos un concepto inexistente, sino del propio beneficio: los mendoza inundaron las administraciones de la iglesia, del reino, de los ejércitos, de las ciudades; pero ya no en nombre propio, sino al servicio de quienes los nombraban. la ganancia, si no la dignidad, seguía siendo la misma.

con qué claridad veo que el pueblo menudo y menesteroso no cree con sinceridad en su dios, ni los grandes señores en sus pueblos, ni los reyes en sus vasallos chicos o grandes, del tamaño que sean. los reyes mienten cuando exclaman postrados: ‘no para nosotros, señor, sino para ti el poder y la gloria’.

cada hombre busca su provecho; a veces lo disfraza con vistosos ropajes de desprendimiento, y lo denomina dios, rey o patria; a veces lo deja desnudo, y se bate como un lobo solitario. para que renuncie a la violenta codicia de un cubil, de un alimento, de una pareja, ha de unirse con otros hombres bajo un poder común que satisfaga esas tres necesidades, y que después le invite a vivir en una ciudad justa, donde la convivencia con los otros enriquezca la vida de cada uno, sea cual sea el dios que adore, la lengua en que se exprese y el matiz de su piel. eso fue lo que, dentro de la península, el islam intentaba.


anoche he sufrido una aniquiladora pesadilla. soñé, con toda clase de detalles vívidos y exactos, cómo perdía granada, y cómo la entregaba, y cómo era expulsado de ella. en el sueño, no obstante, había una nebulosa mitigación del sufrimiento: de un modo enigmático, que sólo obra en los sueños, sabía que soñaba. para sacarme de aquella angustia que me hacía gemir, me despertó moraima.

con ello me indujo a otra pesadilla peor: la de esta realidad de la vigilia, en la que todo lo que soñé se había producido de antemano.


las crónicas, no sé si para facilitar su acceso a futuros lectores, o para simplificar las historias, que son siempre inenarrables, reducen cada reinado y cada batalla a una partida de ajedrez.

yo mismo tiendo a ello: tan grande es la pasión del hombre por el juego, que de alguna manera disculpa sus errores con el azar.

cuando se conquistó toledo, un sabio, abu mohamed al asal, lanzó un grito de alarma:


habitantes de andalucía, espolead vuestros corceles.

detenerse ahora sería una hueca ilusión.

los vestidos suelen rasgarse por los bordes, pero españa empezó a desgarrarse por el centro.”


por el centro del tablero -y cada tablero ostenta a los adversarios de un mundo, sea grande o sea pequeño- avanzaron los peones de la partida. temerarias fueron las apuestas, y la baza, cuantiosa; las jugadas se llamaron irremisiblemente unas a otras. con razón lo que en árabe denominamos “al sak mat” lo denominan los cristianos ‘jaque mate’: para nosotros significa “el rey ha muerto”. tal es lo que en mi partida y en mi tablero ha sucedido. en lo esencial se identifican todos los idiomas.


a veces, en estas noches tan prolongadas que parecen detenerse, cuyas horas son como días oscuros, juego al ajedrez con bejir o farax; ríen cuando me ganan, es decir, ríen siempre. moraima levanta sus ojos de la labor y les regaña; ella, cuando juega conmigo no juega contra mí: se olvida de hacer el movimiento que le daría la victoria. sin embargo, con aben comisa o el maleh me niego a enfrentarme: aunque no me hagan trampas, no consigo evitar la sospecha de que me las hacen. prefiero ver cómo juegan entre sí, y se traban en eternas discusiones, que conducen a un empate final al que ninguno de ellos se resigna.


me traje de la alhambra mis libros predilectos y otros aún no leídos. muchos están encuadernados bellamente en cuero rojo o azul con abrazaderas de plata cincelada.

pero los que antepongo a los otros son los usados y envejecidos por el roce de manos que me precedieron, y que percibo que se unen a las mías mientras los sostengo. numerosas generaciones leyeron las páginas que, al albur, leo hoy. el libro se ha transmitido, como un emisario silencioso, de siglo en siglo, de país en país y de hombre en hombre.

él acoge la memoria del mundo y también la profecía del mundo; la historia pretérita de la humanidad y la brumosa historia venidera.

todo está resumido y prevenido en esa antorcha que va de mano en mano iluminando la tiniebla.

evocar la casi infinita continuidad y la inabarcable herencia de los libros, en cuyo regazo se apacienta la sabiduría y la curiosidad y el cataclismo y el amor de los hombres, me enaltece y me emociona.

ellos me conducen a una compartida serenidad, y cada día me imagino menos sin su compañía generosa.

en éstos de la alhambra, no sólo me instruye su contenido, sino el ambiente que los rodeó y los saboreó: las negligentes estanterías en las que descansaron, el meticuloso trabajo de quien los escribió y de quien los copió y de quien los cosió y encuadernó, un inmarchito aroma de humedad y de piel, sus palabras que fueron susurradas, las vibraciones que provocaron en algún corazón, o las llagas que restañaron. los objetos, a los que nunca respetamos lo bastante, son enriquecidos por quienes los usaron a través de los años, a través de los siglos. tomo en ocasiones libros que pertenecieron a mi antepasado mohamed “el faquí”; tomo otros que provienen de la biblioteca omeya de alhaquem II, que reunió en medina azahara más de 600 mil volúmenes, antes de que la barbarie humana la destruyera, y me quedo sobrecogido, sin atreverme a leer, como con un corazón entre los dedos, o como con un pájaro inmóvil y anhelante que podría, de súbito, romper a gorjear. aquí en andarax hay horas en que el libro es en sí mismo, independientemente de lo que contiene y significa, el que palpita y emana y quema y apresura el ritmo del mediodía y satura las tardes. en esas horas es la fusión de quienes lo escribieron y confeccionaron y de los lectores previos a mí lo que más me conmueve; el engarce con los dueños sucesivos que acaso un día, como ahora yo, volvieron su imaginación hacia atrás y se vincularon con el pasado, igual que yo hago hoy con el mío, del que ellos forman ya parte. o quizá miraron hacia su futuro y me entrevieron o me adivinaron a mí, lector también, o sultán derrocado, tataranieto suyo.

o vieron todavía más lejos de mí mismo, después de mí, cuando yo forme parte del pasado de otros, a los lectores que vendrán, ya desprovistos de la alhambra y del trono, o incluso ajenos a nuestra dinastía y a su ansiedad. me alegra suponer que unas manos que ya no existen -me pregunto si no existen- abrieron esta cubierta, pasaron estas hojas; que una mirada que no existe -o existe acaso sólo por este libro- se deslizó sobre estas líneas, descifró esta frase, se sumergió en el laberinto de esta caligrafía. me rejuvenece pensar que alguien como yo hoy, pero hace siglos, interrumpió un momento la lectura y reflexionó con un dedo entre estas mismas páginas, mirando como miro yo al vacío, entre muros quizá ya derruidos y ante un paisaje quizá irreconocible.

aparece la vida -o aparecemos nosotros en la vida- avasalladora, ecuestre, verde, jocunda; nos deslumbra, y luego continúa sin nosotros. hoy está aquí, en esta apartada fortaleza, en esta virginal mañana de fines de febrero en que se infiltra ya la primavera; una mañana que han hecho posible mis predecesores porque me hicieron a mí y a estos libros ilustres. de ahí que, pese al sentimiento de fracaso que me impregna, esta intensa mañana yo me sienta comprometido a oír y a ver y a acariciar -a vivir, en una palabra-; porque con mis ojos y mis oídos y mis manos, ven y oyen y acarician los que llamamos muertos acaso desacertadamente. otra limpia mañana vendrá, y yo ya no estaré. estarán estos libros y algún otro lector.

y acaso él recordará mi nombre sin facciones, y yo veré por medio de sus ojos, y escucharé la armonía del mundo por medio de sus oídos, y acariciaré el aire azul y gozoso con sus manos. para mí entonces, dormido sin remedio, se rendirá y se consumará la impetuosa carrera de la vida: la carrera que hoy me toca a mí seguir en el puesto de quienes antes la corrieron.


leo la poesía de los viejos poetas de bagdad o de córdoba, de sevilla o de murcia, o de los más antiguos aún y de más remotas tierras, cuyo lenguaje es casi incomprensible porque la expresión de la vida se ha transformado más que la propia vida. con los poemas viajo “en compañía de guerreros de pelo crespo, que afrontan la muerte sonriendo, como si perecer fuese su fin único: beduinos de pura sangre que, cuando relinchan los caballos, saltan impetuosos de la silla, llenos de brío y de placer…

lo que más les complace es matar adversarios, pero el destino tampoco les prolonga mucho su plazo, después del de sus víctimas…”


estos versos los escribió un poeta de cufa, que pensó de sí mismo lo que yo de los libros:


irán mis versos al oriente, hasta donde ya no hay más oriente, y al occidente, hasta donde se acaba el occidente.”


en los poemas de los viejos poetas leo las quejas tan vivas de sus amores, y leo la agitación de sus corazones cuando fueron correspondidos.

la poesía me alcanza más cuando brota del libro, y se despierta de él, como de un lecho, y es abrazada por la voz y desperezada por la música. me gusta leérsela, armonizada con algún instrumento, a moraima y a farax, cuando los demás se han retirado, y provocar en ellos el “tarab”: la alteración física por la tristeza o por la alegría, el éxtasis, el rapto.

en tanto que el “tarab” te bambolee -me dijo anoche moraima-, nada se habrá perdido.

y me lo dijo ella, que, recostada entre los almohadones, había sollozado irreprimiblemente con el poema que le leí, mientras farax arrojaba, delirante, los dátiles de una bandeja por la ventana, y se golpeaba después con la bandeja en la frente. decía así el poema:


grita mi nombre cuando muera.

el llanto aquí no cabe: todavía la boca no me sabe a ceniza.


inmóvil esta luz se rezaga sobre el jardín.

cansada y no marchita retorna a las constelaciones de las que descendía.

sobre nosotros caerá lo oscuro en vano, porque el sol, al acecho en su cubil, maquina la venganza.


desterrados del mediodía, la oquedad pronto de la tarde nos sorberá como el jugo a una toronja.

astros desorbitados nos vigilan.

de par en par abiertos estamos a la noche; el insomnio es nuestro único armamento, y, alrededor del agua, la planicie perfuma.


descuelga el lubricán desde la nieve su fatigado verde y su amarillo…

¿quién cerrará estos ojos, esta boca, esta carne?

nadie se librará del postrer día, ni del luto.

la luz se aleja, pero la vida y tú permanecéis.


cuando muera la luz, grita mi nombre.

mi nombre y tú ya estáis a salvo en el jardín: fuera del tiempo, su maleficio no os perturbará.”


como alcaide de andarax, bejir ha escrito ya dos cartas en mi nombre a los reyes de castilla para implorarles -¿qué otra cosa puede hacer un vencido?- que me devuelvan a mis hijos. moraima y yo, aunque no hablemos de ello, no los apartamos de nuestro pensamiento. el pequeño yusuf nos echará aún más de menos que ahmad, educado en la separación, a pesar de que moraima me recrimina que opine de este modo.

aben comisa y el maleh van con frecuencia, si bien nunca juntos, a granada. se entrevistan allí con hernando de zafra, ahora regidor perpetuo de la ciudad, con el que el maleh ha estrechado una amistad muy útil para nosotros y nuestra información, aunque supongo que será aún más útil para ambos.

me cuentan, y así debo creerlo, que el rey se porta muy generosamente con los musulmanes: les administra justicia con equidad, les dispensa de los tributos, y es con ellos solícito y respetuoso. por lo visto, los cristianos se lo echan a los nuestros en cara: ‘no os quejaréis -les dicen-: más ensalzados y honrados por nuestro rey sois vosotros que nosotros’. sin embargo, el maleh conjetura que la intención del rey es conseguir lo que está consiguiendo: confirmar la opinión de la gente en que durará tal clemencia para que se resuelvan a vivir con los cristianos y compren casas y tierras y se arraiguen. al rey viene que abandonen la ciudad para pasar a áfrica: ¿quién trabajaría sino ellos, quién conoce las tierras y los riegos, quién realizará las labores humildes que ningún cristiano aceptaría, porque para eso no salió él de castilla?

sobre mis hijos sólo les ha dado zafra, hasta ahora, buenas palabras y una muy breve carta de ahmad.


moraima lleva unos días muy pálida. desganada y absorta, pasa las horas muertas sentada ante una ventana sin darse cuenta de que se ha ido la luz, o deambula por la casa sin detenerse en ninguna labor ni habitación concretas. yo la observo en silencio, y se me cae a los pies el alma.

el médico, que también es judío y se llama yusuf, asegura que nada grave le sucede. se trata de una pasión del ánimo -¿no es eso nada grave?-, que le estruja el corazón con una fuerza insoportable cuando recuerda a nuestros hijos.

quizá si tuvieseis uno aquí, se curaría -me ha sugerido hoy.

pero no tenemos a ninguno de los dos -repuse suspirando.

me refiero a que la dejases embarazada y diera a luz aquí.

tendré que consultarlo con ella. el remedio puede ser peor que la enfermedad. quizá, hasta que nosotros no alcancemos la certidumbre de que amamos la vida, no debamos engendrar otra nueva.

yo amo la vida -me confesó hace días moraima- porque tú estás en ella. si así no fuera, dejaría de amarla.

– ¿es que a nuestros hijos no los amas?

sí; ellos son como una prolongación tuya para mí. son, para mí, tú mismo de otra forma. tú aquí estás incompleto.


llevo una vida reposada y perezosa. quizá la felicidad consista sencillamente en este adormecimiento. por la mañana, salgo con farax a vigilar cómo construyen el breve jardín. hoy le decía, y me escuchaba él con una atención de discípulo:

nuestra sabiduría sobre los jardines proviene de los nabateos, que convirtieron los ásperos desiertos de la arabia pétrea en una tierra fértil. ellos poseían grandes conocimientos de la relación que hay entre los movimientos celestes y los crecimientos vegetales. todos los primitivos pueblos agricultores han considerado el cielo como la fuerza activa y generadora, y la tierra como la fuerza paciente y receptora del universo.

– ¿igual que el hombre y la mujer?

más o menos. y en esa teoría se funden los dos sentidos: el espiritual e ideal, y el material y práctico. la agricultura siempre la ha referido el hombre al culto de la divinidad. cuando no ha sido así, no la ha amado, ni la ha desenvuelto con la debida unción.

eso es lo que le sucede a los cristianos, y a los romanos antes; ellos son agricultores de secano, de los que sólo usan el agua cuando la tienen cerca. para nosotros, el jardín es un reflejo, o mejor aún, una anticipación del paraíso.

¿ves? -y le mostraba lo que le exponía-. aquí he dispuesto la alberca: en el centro de dos ejes, que se cruzan en ella y señalan los cuatro puntos cardinales del horizonte, a semejanza de los ríos del edén. nuestros primeros antepasados árabes, estudiosos de otras culturas, tomaron esta iconografía de los mandalas budistas, y la difundieron por el mundo. el jardín representa de ese modo un símbolo de vida, un esbozado laberinto, como una miniatura del cosmos. en nuestro idioma, jardín y paraíso se expresan con la misma palabra, y también jardín y cementerio. porque todo es uno y lo mismo. yo opino que la tierra y el cielo son recíprocos, se miran y se anhelan… -y añadí-: aquí estoy preparándome mi tumba como un imperecedero domicilio. no quiero que me lleves a mondújar: he renunciado a aquella compañía; en mí se rompe la cadena de mis antepasados.

– ¿piensas que vas a morir antes que yo? -exclamó farax riendo.

te lo ruego, farax. nunca me has decepcionado; no lo hagas al final. no te perdonaría… yusuf III, el constructor de mi casa, mandó grabar en su estela fúnebre:


que empape este sepulcro la lluvia de las nubes, y que lo vivifique.

que el húmedo jardín haga llegar hasta él el frescor de su aroma…”


cuánto ha sido siempre nuestro fervor por el agua. nunca la malgastamos: es preciso lograr grandes resultados con cantidades mínimas; no hay que usar el agua como fuerza estruendosa, sino como un murmullo pacificador. en realidad, seguimos siendo gente de los desiertos, que no se acostumbra a tenerla a la mano. por eso en ella juntamos el deleite y la utilidad -le señalaba una raya imaginaria aún en el jardín-. hasta aquí el agua se derrama, trina, goza, y en este templete nos curará de la melancolía.

desde aquí, la pondremos a trabajar: rociará verduras y frutales.

en su tratado sobre la agricultura nos aconseja cómo hacerlo ibn luyún. yo pienso que hay que crear el silencio para que el agua rompa ese silencio; hay que aceptar el calor para que el agua lo refresque; hay que crear el secreto para que alguien lo comparta.

de repente, farax se detuvo y musitó:

no tengo cuerpo ni alma, pues pertenezco al alma del amado.

– ¿dónde has leído eso? -le pregunté con asombro.

en uno de tus libros.

gracias, amigo -le dije, y proseguí-: el jardín, si no representa nuestra alma, es que no está bien hecho. ocurre con él como con la arquitectura; pero, así como una muralla puede tenerse en pie mil años, un jardín es más delicado y más efímero: necesita solicitud, constancia, miramientos.

en una palabra: como nosotros mismos, necesita de amor.


mis horas, sin apresurarse en absoluto, resbalan de puntillas y equivalentes. ¿tienen razón los relojes de sol de los romanos:

todas hieren; la última, mata’?

hoy no sé si el sol tiene razón: no lo hay. hace días que llueve.

separo los ojos del libro, y se anegan con las cortinas de la lluvia, mansas ahora, pero no ayer.

ayer reinó el viento con una indiscutida tiranía. incansable y acezante, recorría el endeble jardín y el campo entero. se erguía colérico, retumbaba, se revolvía como un toro invisible. destrozó cuanto se opuso a su no sé si ciega voluntad: desgajó ramas, asoló los rosales que habían traído de granada, zarandeó los grandes árboles del monte. alzaba, sobre un constante bramido sordo, silbidos hoscos y acelerados; sobre un movimiento, alzaba otro dispar; llegaba al paroxismo en rachas súbitas, como si por irritación se hubiese propuesto destruir el mundo, y le irritara aún más no conseguirlo.

el viento fue ayer un rey desconcertado e insomne, que a todos nos traspasó su insomnio y su desconcierto. con un mohín asustado, moraima me rogó que le pemitiese pasar conmigo la noche. el viento gimió fuera, se retorció, se enredaba en sí mismo, trepó, se derrumbó, serpeó, erigió altas torres vanas, expolió los retoños, ignoró el olor de las jaras y de los romeros y, olvidado de todo, balanceó la tierra. moraima se arrebujaba contra mí para no oírlo.


hoy la lluvia, liberada del viento, cae con misericordia.

leo a ibn hudail, el experto en paladines:


se derrama la crin por su ágil cuello como lluvia que cae sobre guijarros lisos.

cuando otros purasangres, exhaustos, arrastran polvaredas sobre el pedriscal, él se impacienta fogoso todavía, bulle su furia, y el fragor de sus cascos es igual que el hervor de un caldero.

raudo es como la peonza liada con un cordel que un niño descorre y suelta de su mano.

cuando galopa, levanta las piedras, las parte con sus patas que marcan como hierros al rojo.

montado solo en ellas, esbeltas y seguras, salta con ligereza, y es vigoroso en todo.”


obsesionado por el clima, no sé si habla de la lluvia, del viento, o de un caballo.


en la última carta que bejir el gibis escribió a los reyes reclamando a mis hijos, les pedía que los enviaran a andarax conmigo y con su madre. ‘tener a los hijos -le recordaba a la reina-, no es sólo darles la vida, sino prepararlos para la suya con el calor y el roce.’ yo añadía una sugerencia nueva: que los manden pasar a áfrica. por una parte, quizá eso sea menos dificultoso de obtener; por otra, mi deseo es que mis hijos se eduquen con arreglo a la cultura y a la acepción de la vida a las que sus abuelos y su padre pertenecen. no estoy seguro, sin embargo, de lograrlo en áfrica.

el maleh me ha traído, desde granada, la opinión de zafra. en definitiva, ésta precede o se adhiere a la de los reyes: coincide, en todo caso. parece que se duda si enviar a mis hijos a áfrica o no. a favor de una decisión positiva está que, una vez allí ellos, yo me determinaría a trasladarme también con el resto de mi familia. en contra, que, si por cualquier aciago accidente, mis hijos mueren, o caen en poder de un reyezuelo interesado en utilizarlos en su provecho, yo no pasaría jamás a áfrica. y, en el fondo, que pase es lo que están procurando los reyes. les estorba mi estancia en su territorio, aunque sea tan reservada y tan mansa, como estorba una mancha de sangre, por muy seca que esté, en un traje de fiesta.


hoy moraima ha sufrido un desmayo. habíamos salido a ver los brotes del jardín. siempre me ha impresionado observar cómo la delicadeza de un tallo -que no es nada, sino un presentimiento verde, una debilidad que un niño pequeño quebraría con su dedo- rasga un tronco agrietado y robusto, que ha resistido años y tempestades, y lo sobrepasa. ante un retoño lo comentábamos moraima y yo, cuando de pronto se ha llevado una mano a los ojos, ha movido la cabeza a un lado y a otro con suavidad, y se ha desplomado. sólo me ha dado tiempo a alargar los brazos para evitar que se dañara contra el árbol o el suelo. aturdido y sin saber qué hacer, le hablaba en voz baja, repetía su nombre, la sacudía con dulzura, le pedía que volviese pronto en sí, no sé qué le pedía.

por fin -no ha tardado mucho en reanimarse-, moraima ha abierto los ojos, ha sonreído un poquito, y me ha dicho:

estabas diciéndome algo, boabdil. perdóname, pero no te he oído bien.

la he besado en los labios, y se ha ensanchado su sonrisa.

no hay mal que por bien no venga -ha susurrado-. ¿me quieres ayudar a levantarme?


a instancias de moraima, he empezado a salir de caza. no me atrevo a alejarme mucho, ni a pasar fuera más de dos o tres días, porque me preocupa ella. está notablemente más delgada. hasta mi madre, que no se fija más que en lo que le atañe, lo comentó la semana pasada.

quizá deberías de fijarte un poco más en moraima, ahora que no tienes nada más acuciante que hacer -me dijo con elocuente ironía.

nunca he sido un ardoroso aficionado a cazar. comprendo que un infante de castilla, en una época en que la realeza no estaba reñida con la cultura, escribiese que la caza es ‘cosa noble y apuesta y sabrosa’, pero, por mucho que lo intento, no logro que me guste su sabor. reconozco que ayuda a paliar los daños que trae el ocio para el alma y el cuerpo. y el ejercicio que supone, y la congregación de los amigos, y la sana rivalidad, y las huidizas aves, y la prodigiosa presteza de los perros, me atraen. sin embargo, una vez ojeada y localizada la presa, yo detendría la marcha que ha conducido a ella. porque también me atraen la elegancia de las garzas y la sombría tozudez del jabalí y el lastimero ajeo de la perdiz y la coronada agilidad del venado.

esta actitud no creo que proceda, contra lo que dice farax, de un exceso de blandura o de sentimiento; ni siquiera de una identificación con las víctimas, comprensible puesto que yo soy una. es más bien porque hallo tan espléndida la vida de los animales, tan sujeta y bien regida por las leyes de la naturaleza, tan en consonancia con ella, que la caza por juego la considero como la infracción de un código que desconozco y que nos sobrepuja, al que un día estuvimos subordinados todos, y que el hombre comenzó a desdeñar cuando comenzó a perder, frente a lo que él opina.

hasta mí no llegó la colección de animales exóticos que hubo en el bosque bajo de la alhambra, que tanto me ponderaron en mi infancia como un dato de la disipada refulgencia familiar. y es cierto que tampoco he cazado mucho en los bosques de la sierra. mi experiencia es muy corta: siendo adolescente, durante un mes de octubre, fui con mi tío a los montes de fiñana, y maté un jabalí. tardé mucho en olvidar -no lo he conseguido del todo- el rojizo rencor que había en su ojo, sólo vi uno, con el que me odió mientras moría. ¿por qué inescrutable instinto supo que era precisamente de mí de quien su muerte provenía? si rememoro con nostalgia aquellas jornadas es por la proximidad de abu abdalá, que con el aislamiento se acentuaba, y no por la mortandad que sembramos a nuestro alrededor (por descontado, él mucho más que yo). matar a un ser cuya única posesión es la vida -no complicada, ni multiplicada, ni embellecida como la de los hombres puede ser, sino la vida pura y simple- es acaso el más grave de los delitos para mí. dice pero lópez de ayala, un canciller cristiano, que en la caza los hombres toman el placer sin pecado, sirviéndose y aprovechándose de las cosas que dios crió y puso a su servicio. a mí me gustaría estar de eso tan persuadido como él.

aunque es posible que este razonamiento sea un mero y superficial ejercicio de dialéctica. yo no desprecio un asado de buey o de cordero, y los tengo por excelente comida; en la fiesta de los sacrificios, aunque sobreponiéndome, yo degüello al carnero; y no se me ocurre hacerle ascos a un guisado de liebre: anteayer lo he comido. acaso es una prueba más de mi egoísmo el que procure no ser yo quien extinga una vida, pero disfrute después de que otros lo hayan hecho. o a lo mejor, en definitiva, no es una cuestión de ética, sino de estética: cortar en flor un salto, un vuelo, un canto, un bramido de celo, no me produce satisfacción ninguna, sino más bien remordimiento por haber interrumpido su hermoso frenesí.

claro que, aparte de mis libros, ¿qué otras distracciones puedo encontrar aquí? durante unas semanas he mezclado ambos ejercicios: la lectura y la caza. he traído conmigo varios libros sobre ella. el mejor -del que todos proceden- es el de isa ibn aazadi, tan sabio en cetrería e ilustrador de los cristianos. su minucioso tratado se refiere, aparte de las aves y los perros, al modo de correr liebres y preparar las redes, al tiempo del reclamo y a los parajes favorables al rececho. no creo que nadie haya entendido de animales tanto como él.

moraima me oyó un día hablar, entre suspicacias, del “libro de la caza” de don juan manuel, y de las dieciocho aves amaestradas que, a su juicio, ha de tener todo gran señor para lograr una caza cumplida. con habilidad y paciencia, encargando a éste, comprometiendo a aquél, la constante moraima, en poco tiempo, ha reunido el bando entero: un gerifalte y un sacre, que son garceros competentes; cuatro neblíes abaneros, que no proceden precisamente de niebla, sino de muchísimo más al norte; seis baharíes de patas muy rojas, que mantienen entre ellos sigilosas y crueles enemistades; un azor, cuya ralea son las perdices; otro, cuya ralea son los ánades, y un tercero, cuya ralea son las garzas; un borní, que abrahén el caisí descubrió en una zona pantanosa cercana, y que es perseguidor de liebres; un gavilán, para dedicarlo a las garcetas y pájaros pequeños, y un esmerejón, muy parecido al azor, y al que yo ni de nombre conocía. por si esto fuera poco, superando el elenco de don juan manuel, moraima lo ha completado con dos halcones, malhumorados y cejijuntos: uno proviene del norte de europa, y su precio ha sido un buen caballo, y el otro, un alfaneque, proviene de marruecos.

y su precio ha sido un buen camello, ¿no es eso? -bromeé.

no -me contestó moraima riendo-, es un regalo del sultán.

el albayzín fue durante mucho tiempo el arrabal de los halconeros -agregué, y me volví a extraviar en el profuso bosque del recuerdo.

boabdil -me reclamó moraima tocándome la mano-, aún sigo aquí.

sé en qué pensabas; pero ¿tú sabes en lo que pensaba yo? en un poema que me recitaste en porcuna: aquél que le destinó un secretario a mutawaquil, el valiente sultán de badajoz. me olvidé del principio; lo sustancial es esto:


tú, que adornaste mi cuello con el collar de tus favores, adorna mi mano con un halcón ahora.

hónrame con uno de alas límpidas, cuyo plumaje se haya combado frente al viento del norte.

lleno de orgullo saldré con él al alba, y jugará mi mano con el viento para apresar lo libre con lo preso…”


en granada había halcones -murmuré.

en granada sigue habiendo de todo, boabdil.

quizá; menos sultanes -lancé un suspiro-. tienes razón, moraima. recordar en sí no es ni bueno ni malo: depende de lo que se recuerde.


en una alquería, dentro de los límites de la alcazaba, han instalado la jauría. los perros de montear son todos muy parejos; de una rudeza cariñosa, como pastores hechos a lo abrupto. agradecidos y atentos a la voz del perrero, saben, no obstante, con una increíble sutileza, que yo soy el amo, y que en la cacería a mí será a quien sirvan. a veces alguno ha de ser apartado de los otros: entre ellos surgen extraños resquemores -sin duda fundados, pese a nuestra torpeza en entenderlos-, o peleas, que suelen ser mudas y a muerte, y que se desenfrenan como un rayo entre dos. entonces, al apartado le atan una argolla a la carlanca, y la argolla puede correr por una larga cuerda fija a dos árboles distantes: eso le permite una amplia movilidad, que suaviza su traba.

habría estimado en mucho este invento -pensé- durante mi cautiverio de porcuna o de castro… aunque quizá fuese aún más estimable ahora, en este cautiverio de andarax.’


cuando contemplo el campo que nos rodea, tan fragoso y a la vez tan abierto, donde él sería feliz, echo a faltar a “hernán”. ¿qué hará ahora? ¿se sentirá investido por un deber de vigilancia y escolta de mis hijos? ¿cómo se llevará con ahmad? ¿y ahmad con él, lo que es más peliagudo? los perros y los niños se percatan, sin planteárselo siquiera, de quién los quiere y de a quién querer. (me gustaría que a mí me ocurriese lo mismo: tampoco en eso he sido perspicaz.) esta tarde, cuando saltó un gazapo debajo de mis pies, imaginé la sorpresa de “hernán” y su alborozo al perseguirlo. o quizá, hecho a los hombres, su instinto se haya deteriorado -qué mala es nuestra influencia-, y prefiera su cazuela de arroz con zanahoria y carne, o las porquerías que come a hurtadillas y que, por ser prohibidas o robadas, le parecen manjares.

entre los buidos galgos, formados sólo de viento, cuyo flexible y ondulado espinazo se curva bajo el halago de mi mano, hay uno negro, al que llaman “prisa”. es un prodigio de armonía. tiene los ojos verdes, y está tan imbuido de su belleza que, salvo a la hora de la loca carrera, apenas si se mueve: permanece hierático, casi soñoliento y envuelto en su propia dignidad: como se figuran los que no han sido reyes que un rey debe de ser.


he llegado al convencimiento de que hernando de zafra me ha provisto de espías en andarax. me es indiferente: aquí no se conspira; cuando no puede sostenerse el trono desde el trono, ¿cómo va a recuperarse, ya perdido? lo que me importuna es no saber quién es o quiénes son. supongo que forman parte de la servidumbre, y que quizá su cometido sea espiar, más que a mí, a aben comisa y a el maleh, que son quienes transmiten a zafra las más fidedignas noticias sobre mí, si es que para los intrigantes hay alguna noticia fidedigna. no quiero obsesionarme con este espionaje; pero, en un lugar en que no ocurre nada sobresaliente, se propende a concentrarse en lo insólito: un ruido que se ha creído oír tras un tapiz, unas pisadas furtivas que se alejan, o, como anoche, un cuenquecillo que, en la oscuridad, se cae desde una taca (por propio impulso al parecer, como si los cuencos de aquí se suicidaran).

farax se propone interrogar a todos los habitantes de la alcazaba, los criados los primeros. el alma de farax es tan transparente que está seguro de que la profesión de espía se trasluce en los ojos.

le he prohibido que lo haga. me conformo con decir frases contradictorias, sembradas a voleo en la conversación: ‘en cuanto nos devuelvan a los príncipes -digo, por ejemplo-, cruzaremos el estrecho’.

para añadir unos momentos después:

andarax, con los príncipes, será otra vez la alhambra; no añoraremos nada. será bueno terminar aquí, retirado, mis días. los espliegos y los mirtos del jardín crecen de prisa: en un par de años…’ y enmudezco de pronto.

un par de años de cansino tedio, de voluntario letargo para desmemoriarse, para desaprender, para postergar el pasado. qué inmenso plazo visto desde ahora. quizá antes de mirar al futuro, si es que eso existe, haya que cerrar mucho tiempo los ojos: dormir, o simular dormir. o quizá lo contrario: abrir los ojos como platos, pero sólo para el presente, para observar con minuciosidad cómo crecen el mirto y la alhucema.


por la ventana entra el sol como un lebrel dorado. se arrastra hasta mis pies sobre la alfombra; lame estos papeles en que escribo.

cada día es más fuerte; el clima es extremoso aquí. el que se acerca va a ser un verano candente.

hoy he tenido que refugiarme en el interior; fuera, hasta la sombra ardía, a pesar de la hora. he paseado a solas. me alejé más de lo que suelo de la casa, y de súbito descubrí que estaba canturreando.

sentí, no sé por qué, un poco de rubor. ¿de qué? ¿de estar alegre?

¿de estar alegre sin conciencia de estarlo, que es la mejor, o la única, forma de la alegría? muchas tenebrosidades me rodean; sin embargo, el corazón del hombre es como un pozo: puede haber alacranes en él y también agua clara. ¿habré de resistirme a esta bonanza porque sea un poco torpe? ¿no será mi desvelo por olvidar, diariamente reiterado, lo que me impide de veras olvidar? ¿cuándo aprenderé a abandonarme, a desasirme, a dejar que la vida me maneje sin tratar de imponerle mis criterios?


aunque el alba sea oscura, el día está al llegar; cualquier rostro que gire hacia el sol será tan luminoso como el amanecer.”


ayer lo leí. el poeta que lo escribió, como todo auténtico poeta, tiene razón porque tiene mucho más que razón.


la noche partió el labio de mi alma con la dulzura de su conversación; estoy sorprendido de que alguien diga ‘la verdad es amarga’.

el alimento de los mortales procede de su exterior, pero el del amante de la vida está dentro: él regurgita y mastica como lo hace un camello.

ningún hombre razonable conocerá nunca el éxtasis que cabe en la cabeza de un borracho.

si el paraíso no girara perplejo y enamorado lo mismo que un derviche, se cansaría de su giro y gritaría: ‘basta. ¿hasta cuándo, hasta cuándo?’”


anoche entró farax en mi alcoba. todo el campo era grillos que habían reemplazado a las chicharras; no a todas: algunas persistían, alentadas por el calor que no cedió con el crepúsculo. farax, sin hablar, se quedó de pie frente a mí mucho tiempo. hasta que yo, entendiéndolo, sonreí. hizo entonces ademán de marcharse; pero antes preguntó:

– ¿no necesitas nada?

sí -contesté.


moraima no mejora con el calor.

permanece inmóvil, con los ojos perdidos y las manos cruzadas sobre el regazo. sólo cuando yo le hablo finge algún interés; pero hasta tal punto ha de hacerse violencia para fingirlo, que dudo si obro bien al dirigirme a ella. un anochecer en que la temperatura se suavizó, quise animarla. le propuse recitarle poemas, solos los dos, o llamar a los músicos, o visitar el jardín que ya está tachonado de jazmines. había luna creciente y se exhibía la noche casi obscena.

moraima, sonriendo, negaba con la cabeza.

cuanto quiero está aquí -pasaba su mano por mi barba-; cuanto tengo está aquí. no te inquietes; no me sucede nada. a veces, cuando se ha deseado mucho y por mucho tiempo alguna cosa y por fin se nos concede, nos embarga el corazón una cierta soñera. hasta a nosotros mismos nos sorprende que no saltemos de gozo. y no saltamos -sonrió más-; pero si tú me lo pides, saltaré. -luego añadió en voz más baja aún-: con frecuencia la vida, que es muy descuidada, nos inunda las manos de flores y se olvida de darnos un florero.

el silencio que siguió a sus palabras fue tan grande que escuché, tras los grillos, el chasquido del agua en el estanque. me senté junto a moraima. le cogí las manos. ella, sin dejar de sonreírme, comenzó a llorar; las lágrimas le mojaban la sonrisa. yo las besé con profundo e ignorante respeto.


el maleh engorda con la inactividad, que no es completa en él pues no cesa jamás de maquinar.

por el contrario, aben comisa está cada día más enteco y desmedrado: no se halla bien aquí. componen, las pocas veces que se les ve juntos, una irrisoria pareja.

y, cada cual por su lado, traen de granada noticias poco gratas.

he sabido que el día 1 de mayo, aprovechando sin duda la gentil alegría de la primavera, los reyes cristianos han dado tres meses de plazo para abandonar sus reinos a los judíos que no se conviertan.

pueden sacar sus bienes -me aseguran-; pero no oro, ni plata, ni moneda. ¿qué sacarán, entonces: sus casas y sus tierras a cuestas?

¿se cargarán a la espalda sus sinagogas, sus tiendas, sus caballos?

cuánta crueldad y cuánta cerrazón.

aunque el único verdadero dios sea el suyo, tendrá que castigarlos. imagino a los judíos, que habitan en esta sefarad desde hace dos mil años, trocando un viñedo por un asno en que transportar a sus hijos; o un palacio, por una carreta; o un huerto, por un lienzo grueso con que cubrir el arca de sus liturgias. aquí fundaron su sión, aquí prosperaron y colaboraron a la prosperidad de todos. y ahora les fuerzan, a patadas, a decir adiós; adiós al sitio en que sus mujeres parieron, y en el que enterraron a sus difuntos; adiós al sitio en el que basaron su esperanza como una torre sobre piedra.

sus haciendas, desparramadas; desvanecidas sus familias. otra vez al desierto; otra vez a colgar, enmudecidas, sus cítaras de los árboles… lo que va a ser eterno se acaba en sólo un día. sola la fe les queda, y es precisamente la fe a lo que se les exige que renuncien.

en su cabeza conviene que escarmentemos; en su espejo temo que un día tengamos que mirarnos.


el maleh me ha dicho:

– ¿te acuerdas, señor, de aquel menesteroso que me extrañaba ver en el real de santa fe cuando fui a entrevistarme con los reyes? se parecía a los hidalgos castellanos, que no tienen qué comer y se las dan de nobles; que hurtan un trozo de tocino y lo devoran con aire regio, o lo conservan para restregarse a la hora del almuerzo los bigotes y fingir que han comido.

era un hombre harapiento, liado en una capa raída, con ojos muy brillantes. deambulaba sin dormir, noche y día, por las calles del campamento. extrañado por su apariencia, le pregunté a zafra quién podría ser. ‘nadie -me contestó-.

es un loco. habla de hacer la ruta de las indias por el lado contrario al que siempre se usó.

repite, venga o no a cuento, que la tierra es redonda. de esas cosas no entiendo; tengo de sobra con el negocio de granada. pero si de mí dependiera, ya lo habría echado. porque aquí, no asamos todavía, y ya pringamos. estos locos no son peligrosos hasta que se desmandan, o hasta que alguien les fía.’ pues ahora resulta, señor, que le han dado tres naves para que intente su viaje a la viceversa. dicen que ha sido cosa del rey, que es más navegante que la reina; castilla no ha visto el mar ni en las cartografías. y dicen que portugal estaba interesado a medias, y adelantársele era buena política… estos reyes, señor, están en alza: de eso no cabe duda.

por remota que sea una posibilidad, rompen a andar. son como aquellos que encuentran un tesoro, y, en lugar de ocultarlo, aparentan y gastan en esto y en aquello, y lo derrochan todo. lo único que no tengo claro es de qué sitio sacan los dineros. porque un tesoro no han encontrado, que yo sepa. como no sean los judíos… pero tesoro, no: ¿qué opinas tú, señor?

y me miraba de hito en hito pesquisándome, como si yo me hubiese dejado en la alhambra uno enterrado.

si no lo sabes tú -le dije-, es que no lo encontraron.


acicateado por el relato de el maleh, rebusqué entre mis libros.

llevo bastante tiempo inmerso en los de ciencia, astronomía y náutica. dos conclusiones voy sacando: una, que por muy grande que yo creyera la sabiduría de los andaluces, la realidad prueba que fue mayor aún; otra, que los estudiosos, si son fieles a su vocación, están más unidos y se asemejan más entre sí que el resto de los hombres: no importa para ellos cuál sea su rey y su reino, porque su ciencia es universal y única, y no puede ser puesta al servicio de ninguna soberanía ambiciosa, ni de la destrucción.

nuestros descubrimientos astronómicos y nuestros manuscritos científicos, con la colaboración de los traductores mozárabes y de los judíos, fueron asimilados por los cristianos. es el islam andaluz el que inspira al rey alfonso, al que los castellanos llaman “el sabio”, que fue contemporáneo de mi antecesor “el faquí”. y los eruditos granadinos, incómodos por las ajetreadas circunstancias del reino, emigraron a áfrica menor y a oriente, y provocaron así intercambios mundiales. es curioso observar cómo la cultura andaluza procede de los rincones más lejanos del universo, y aquí se sedimenta, y viaja de nuevo a los más lejanos rincones. la ciencia y la sabiduría están muy por encima de las enemistades de los gobernantes y de las furias de las religiones.

me ha complacido descubrir que matemáticos andaluces trabajaron para el visir persa rachid al din y hasta para los mogoles. ibn aquín, que fue discípulo de maimónides el cordobés, y yaya ibn abu sukr, el granadino, son ejemplos de lo uno y de lo otro. y me he enterado, por la narración de un astrónomo viajero, malik ibn al haizán, en uno de los libros de la alhambra, que durante la segunda mitad del siglo xIII, se llega a realizar en tres lugares distintos a la vez observaciones que conducen a unas semejantes tablas astronómicas. de un lado, el soberano mogol hulagu, el que destruyó la fortaleza de los asesinos de alamut, y su visir al din (que tuvo el mismo nombre que mi perro) construyen en oriente las tablas ilyaniés con la ayuda del andaluz abu sukr. de otro lado, en el extremo occidente, alfonso x, a través de los conocimientos de yabin ibn afla, construye las suyas, redactadas por ichaq ibn al sid. y, por fin, la más vieja de las culturas trabaja sobre el mismo asunto en pekín, donde cha ma lu ting afinó sus exactos instrumentos de experimentación en los eclipses. lo que más llena mi alma de alegría es adivinar que el nombre cha ma lu ting resulta de la adaptación a otras gargantas del nombre, asimismo árabe, de jamal al din. (dios sea loado, también como mi perro.) y es que el hombre -sobre todo, el musulmán-, cuanto más sabio, más se incrusta en la naturaleza y la examina con detenimiento y la venera como la fuente de su sabiduría. si todos los hombres se pusieran de acuerdo por medio de su inteligencia, quizá aquel heterodoxo no habría escrito:


desconfío del hombre, que engrandece su poder sin acatar los poderes que desconoce.

quizá quienes habitan en las estrellas indecibles sean más dignos que nosotros; en ellos reside nuestra esperanza última.”


hace poco -¿qué es poco?- he leído sobre las máquinas para medir el tiempo. mi antepasado “el faquí” convocó a granada al murciano ibn al ragán, que fue su astrónomo y su médico y que supo más que nadie de relojes de sol.

de clepsidras, esos arcanos relojes de agua, el que más supo fue abul kasim ibn abderramán, que trabajó perseverante y oscuramente en toledo, en cuyas afueras, a orillas del río, construyó grandes estanques, que se llenaban o se vaciaban según las fases de la luna -la luna los gobernaba como gobierna las mareas-, hasta que un rey cristiano, para averiguar su funcionamiento, consiguió que dejaran de funcionar. y ya entonces había una tercera forma, más misteriosa aún, de medir el tiempo: el reloj sideral, que consiste, por lo visto, en un sencillo círculo de cobre agujereado, en cuya periferia dos circunferencias marcan las horas y los meses; a través del orificio hay que mirar a la imperturbable estrella polar, manteniendo el disco a medio palmo del ojo, e inclinado a la distancia de un palmo hasta la barba y medio hasta la frente.

mandé construir un artilugio como el muy simple descrito en los libros, pero en mis observaciones no he tenido ni paciencia ni éxito.

no soy un sabio; no soy siquiera un aprendiz de sabio.


muchísimo antes, desde el siglo xI, conocíamos en andalucía las tablas de la declinación solar a lo largo del año. las utilizaban los muecines para fijar las horas de la oración. yo he visto algunas en la alhambra con millares de cifras; una de ellas había sido calculada por el granadino ibn al kamad hace trescientos años. no me extrañaría que el estrafalario navegante de el maleh se haya provisto en granada de alguna parecida.

siempre se ha dicho que los musulmanes -cuyo origen, en el desierto, es tan poco marino- éramos malos nautas. yo he corregido esa opinión ahora.

¿no inventó el astrolabio saraf al din al turi (también din como mi perro, dios lo tenga en su gloria), y no lo trajo a andalucía ibn riduán al numairi, “el guadijeño”? ¿no estuvo en manos andaluzas toda la matemática aplicada a la navegación? ¿no fue la marina más diestra y la más arriesgada la del califato de córdoba, cuyas flotas, al mando de ibn rumayis o de ibn galib, viajaron desde irlanda hasta messina, con adelantados e innovadores medios de orientación, de situación y de medida y mantenimiento del rumbo; unos medios que muchos ni siquiera aún han llegado a conocer, o que acaso ese estrafalario navegante empieza a conocer ahora, cinco siglos después?

por lo que deduzco de lo que leo, no sin mucha fatiga y con toda aplicación, la brújula es también un invento andaluz. al udri nunca habría podido describir sin ella la geografía de al andalus. en este momento yo tengo ante mis ojos una copia del siglo xII de ella; al udri habla, y parece cosa de magia, de la pesca de ballenas en irlanda, y cita los puertos africanos que están situados frente por frente de otros de la costa andaluza: exactamente enfrente, lo cual habría sido imposible de establecer sino con una brújula, sea cual fuese su sistema.


uno de los libros que provienen de medina azahara es el de “las maravillas de la india”. lo estudio con prolijidad, pero también con ineptitud. hay una información que relaciono con la teoría de la tierra esférica que el maleh atribuye al navegante de santa fe. en el siglo x, un gaditano viaja en un barco por el golfo de bengala; sobreviene un temporal, y el golfo se cubre de fuego; el andaluz apacigua a la tripulación y a los pasajeros, porque él ya ha presenciado ese fenómeno frente a sus costas maternas. el autor del libro comenta que también se da esa luminiscencia -¿cómo denominarla, si no?- en el golfo pérsico. ¿no es una admirable coincidencia? y en el mismo fragmento de ese códice hay unas alusiones a la orientación que me sumen en conjeturas probablemente equivocadas. ‘ya no se ve -dice- ni día, ni sol, ni luna, ni estrellas con que podamos orientarnos: hemos entrado bajo la influencia de suhail.’ consulté otros libros más elementales -porque ahora son míos los días y las noches-, y aprendí que suhail es la estrella equivalente a yudai; equivalente en el sentido de que, mientras que ésta es la polar del norte, fija como una atalaya, la otra se llama canopo, y sería la que guiase las navegaciones por la otra media esfera.

mirar a la inmensidad del cielo, enjoyada por astros titilantes, desde esta tierra casi yerma, me produce escalofríos y a la vez un gran reposo. el hombre no es más que una centella que cruza el ancho pecho de la noche; pero la noche es infinita. quizá eso a la chispa la consuele.

me enorgullece, como a un niño que empieza a deletrear, adquirir y combinar estos datos. a menudo no los descifro bien; he perdido demasiado tiempo en naderías. pero me compensa de tal pérdida el haber sido, aunque indigno, sultán de lo que restaba de un pueblo que, durante una destelleante época, ostentó en sus manos el cetro del conocimiento.


me asegura el maleh que el navegante de la capa raída se llama cristóforo colón, y es de raza judía. no me sorprende nada; judíos son todos los del entorno de esos reyes: sus secretarios, sus administradores, quienes les prestan y quienes les guardan los dineros. son judíos hasta quienes les han preparado los documentos para expulsar a los judíos.

los más sufrientes de esa raza no se me van de la cabeza. cuentan que bajan en un puro sollozo desde castilla a los puertos andaluces en donde embarcarán. por lo que tienen prohibido llevarse y por lo que es materialmente imposible que se lleven, los que los expulsan, o los que se han bautizado y se quedan, les han dado unos pañizuelos, y han tenido que morderse los labios y el alma y contentarse con lo que los abusadores les brindaban. hay judíos que han muerto a consecuencia de comerse su oro para atravesar las aduanas con él en el vientre; me asegura el maleh que a una mujer la abrieron, ya cadáver, y le encontraron dentro más de setenta ducados. la desesperación los empuja a la muerte.

no lejos de aquí han cruzado algunos camino de adra. me ha informado bejir de que riegan literalmente la tierra con sus lágrimas. muchos viejos se sientan a la orilla del camino a dejarse morir; rechazan, al final de su vida, reiniciarla en un sitio inimaginable para ellos. se arrastran como animales los enfermos, los tullidos, las preñadas, los niños de pies ensangrentados, y todos parten desvalidos, con el terror en los ojos, desprovistos de ajuares y de enseres, sólo amparados en su fe.

los cristianos, como todo socorro, les ofrecen, por los pueblos que pasan, conversión y bautismo.

dice bejir que sus rabinos, para alentarlos, llorando a mares, les hacen cantar himnos y salmos, y tañer panderos y adufes como si fuesen de romería, hasta que las mujeres, de tanto pesar, se caen de las monturas, los hombres se mesan los cabellos, y no saben los mancebos hacia dónde mirar que no sea muerte.

yo he evocado hoy al médico ibrahim, que ha resultado ser profeta de su ley. me congratulo de que muriera antes de cumplirse su propia profecía.


estas últimas semanas se han escabullido con mucha más velocidad que las anteriores. quizá todo consista en que yo no me he detenido a ver cómo pasaban.

sólo una novedad. con siete días de diferencia, en agosto, han muerto nuestros dos principales enemigos: el duque de medina sidonia y el bermejo marqués-duque de cádiz. felices los que descansan, si es que ellos descansan, nada más concluir su tarea.

entre estos dos próceres todo fue contrario: su físico, sus opiniones, sus familias, sus gentes.

sin embargo, la muerte se ha negado a separarlos; si hay otra vida, ¿qué iban a hacer el uno sin el otro, si en ésta se dedicaron sobre todo a enfrentarse entre sí, más aún que contra nosotros? como en una burla, la muerte ha sorprendido al primero en sanlúcar, tan cerca de los dominios del segundo; al segundo, en sevilla, donde tuvieron lugar sus más grandes reyertas con el primero, y de la que fue obligado a salir.


hoy, bien avanzada la mañana, he oído caballos y ruedas. como estaban aquí aben comisa y el maleh pensé que sería algún visitante granadino (aunque no doy aliciente a sus visitas por no encender la curiosidad de los espías, ni las sospechas de los reyes). en seguida he escuchado gritos de las mujeres, que llamaban a moraima y a mi madre, y el bullicioso ladrido de un perro. a mí mismo me parece inverosímil; pero, sin razonarlo -quizá el mejor camino del saber-, he tenido la certeza de que ese perro era “hernán”.

corrí hacia el compás de la entrada. rodeados de alborozo, allí estaban mis hijos. moraima, muy seria, con los ojos cerrados y en cuclillas, abrazaba a los dos.

hernán”, perdido todo recato, se me abalanzó de un salto. las manos de moraima se movían sobre el rostro de los muchachos como si estuviese confirmando sus facciones.

les da más crédito a ellas que a sus ojos, y “hernán”, más a su lengua’, pensé. cuando, bastante después, los ha abierto, moraima era otra mujer. reía a carcajadas, saltaba sobre uno u otro de sus pies, batía las palmas en el aire, y hasta ha empujado a mi madre para arrebatarle a yusuf de los brazos.

luego ha abierto los suyos de par en par y, con el rostro en alto, deslumbradora, me ha gritado:

’¡boabdil!’ yo pensé: ‘así ha de ser el día de la resurrección’.

por encima del hombro de moraima, que se estrechaba contra mí, he visto a farax. (pensé también que no era ésa la primera vez que sucedía.) estaba con los brazos cruzados y una encendida expresión de júbilo. le hice un gesto para que se acercase, y los tres hemos cercado a los niños, como en el juego infantil en el que todos giran: un juego en el que cinco cuerpos, a disposición de cinco almas, se acariciaban unos a otros las manos sin saber de quién eran.

entretanto, “hernán” nos lamía vorazmente a todos a la vez.

sin previo aviso, comenzó a caer una lluvia menuda, y todos, gritando y riendo -hasta “hernán” se reía-, hemos corrido dentro.


durante muchos días di de lado a estos papeles. no porque me haya dedicado a otra cosa: tampoco he leído, ni he cazado, ni he recibido a nadie.

me da miedo escribirlo, pero es cierto: no he hecho más que tomar posesión de mi felicidad.

nunca creí que andarax fuese tan bello; ni el jardín, con las primeras lluvias del otoño, tan fragante; ni mi madre, tan afable y comunicativa; y había olvidado cómo suena la risa de moraima y cómo recrea a las mañanas la gallardía de farax. ¿cómo no voy a entender que el mundo sea una esfera, y que este hemisferio de la felicidad, al que he llegado desde el de la desdicha, es un regalo que sólo la mano de dios puede dispensar?

si hoy he escrito estas líneas es porque me ha asaltado el pavor de perderlo. de que lo tuve, quede constancia aquí.


desde granada nos han traído nuevas milagrosas. el navegante de la capa raída ha regresado de la mar después de unos meses de ausencia. todos se figuraban que había naufragado. nada de eso: ha descubierto ignotas tierras del cipango y del katay, con hombres distintos de nosotros, de color diferente a los que conocemos, que usan lenguas de sones peregrinos, menosprecian el oro y adoran a ídolos numerosos y extraños. ahora va camino de barcelona, donde los reyes lo aguardan.

el mundo, como si se hubiese vuelto loco, nos llena de pasmo y de alegrías; pero las alegrías sobrecogen más que las penas al desacostumbrado corazón de los humanos.


si, contra tanta luz, me permitiese reconocer alguna sombra, sería el rechazo, no del todo visible, que ahmad siente hacia mí.

intuyo que no me perdona su destronamiento, consecuencia del mío, o la humillación que ha sufrido en mí. pero quizá se trata de imaginaciones: es lo que me asegura moraima. sin embargo, me incomoda la influencia que en mi hijo ejerce mi madre, y que él consiente.

si hubiera llegado a sultán, nada habría sido como ha sido -dogmatizó mi madre el otro día-. ahmad es duro, callado y tiene buena memoria para los agravios. yo hubiera hecho de él un rey extraordinario. -y luego, con un hermético fruncimiento de cejas-: quizá es posible aún.


farax enseña a montar a yusuf, que se sostiene sobre su pequeño caballo, responsable y airoso como un gomer. moraima, vestida ahora de colores muy claros, dice que no puede estar en ningún otro sitio que en la explanada porque teme que el caballo lo tire; la verdad es que se envanece con la gracia de su hijo menor, y no es capaz de estar sin mirarlo ni un instante.

las mujeres se desviven por agasajar a los dos muchachos, y se disputan la honra de servirlos.

si uno se fija, echa de ver que “hernán” ha envejecido. cuando nota que no se está pendiente de él, se tumba al sol, da unas cuantas cabezadas y dormita como los niños que, muertecitos de sueño, se niegan a irse a dormir a su alcoba.

yo los miro a todos. no tengo gana de hacer otra cosa que mirarlos, lo mismo que moraima. hasta que de pronto me descubro sonriendo y me sonrío aún más.

incluso aben comisa y el maleh (que tenían, por separado, barruntos de la venida de los muchachos, aunque, empedernidos en desconfiar, nada hubieran anticipado) actúan de un modo más familiar y agradable: envían de sus casas platos y dulces para los almuerzos, o compran en granada para moraima velos, agremanes y babuchas doradas. quizá a quienes no son malos -y el hombre no lo es en general, sino sólo egoísta-, contemplar la felicidad ajena los incline a la suya; de ahí el anhelo de participar como sea en el bienestar de los otros por si redunda en el propio bienestar.


anoto embarulladamente cosas sin importancia; son ellas las que me hacen feliz. las importantes disturban y arrastran a la meditación. me gustaría tener la natural ecuanimidad de “hernán”, al que veo echado junto a un muro bajo el sol: los cínicos de grecia no andaban descaminados. embarulladamente -repito- y con premura.


farax me ha persuadido. mañana salimos para cazar durante unas semanas por los campos de berja y de dalías. la expedición es tan numerosa y complicada como la que organicé cuando la toma de alhendín. (esta broma carece de toda gracia.)


gradualmente les he ido tomando cariño a estas extensiones desoladas y agrestes; acaso es la necesidad lo que me mueve. o se trata de una ley de vida: en la mía ya concluyó la edad de los jardines.

me impresiona la desnudez de las tierras sin labrar, de los eriales, de los cabezos ásperos. en las tres semanas en que estuvimos fuera hemos cruzado arroyos que, llegado el verano, desaparecerán; hemos guardado silencio en los bebederos de invierno, donde la caza, que no conoce al hombre, baja despacio cuando el sol se pone, al descolgarse sobre los campos la hora de la tregua, durante la que toda contienda se aplaza hasta mañana; hemos asistido a la abundancia celeste de luces y tonalidades irrepetibles, más llamativas todavía sobre estos ocres, que, según el momento del día, toman matices de oro, de carne, de topacio, de rosa.

la naturaleza es aquí una familia incalculable, todos cuyos miembros se asemejan y conservan entre sí el aire común que siempre caracteriza a los hermanos. piedras, promontorios, animales, nubes, árboles centenarios, florecillas, guardan un evidente parecido.

en este despojamiento de las cosas se ve mucho más claro. sólo el hombre parece ser ajeno, como un usurpador sobrevenido que no hubiera encontrado su puesto verdadero, y él mismo se excluyese.

¿qué éramos sino eso nosotros, cazadores, infringiendo las normas no escritas de la vida? de ahí que, cuando ya regresábamos, al volverme hacia los campos imperturbables, me despedí de ellos con unas palabras de ibn hafaya, el poeta de alcira. me vinieron, sin pensar, a la boca:


“¡adiós! todos estamos condenados: vosotros a permancer, y yo a partir.”


no obstante, acaso el que esté en lo cierto sea farax. desde los días de la guerra no lo había visto tan audaz e incansable. y ésa es su esencia; yo lo había perdido, yo había perdido al farax verdadero.

pero en la guerra buscaba, a sabiendas o no, la muerte; aquí se desprende de él un exceso de vida: un exceso que provoca muertes también, como en la guerra.

la montiña, bajo la neblina, apenas late; adormilada aún yace la mañana; es opaca la luz, denso y mate el cielo; entre las matas bajas sólo vive el olor, y arriba, una oropéndola. pero cuando levanten las nubes desgarradas y la partida empiece, todo hervirá de vida. los galgos, azuzados, quiebran el cuello a los conejos, transformándolos en un andrajo sucio que ellos traen orgullosos.

las rapaces despedazan en pleno vuelo a otras aves más débiles; sus plumas quedan flotando por el aire, mientras las cetreras regresan erizadas al guante. implacable, la rehala suelta saca al venado de su encame, lo expulsa de sus tupidos rincones, lo acosa, lo aturde, lo dirige hacia los cazadores escondidos, y el ciervo, traspasado por la flecha, voltea sus ojos para no ver la mano de la muerte.

entre el vocerío de los monteros y el diálogo de las trompetas, farax saltaba, con las mejillas rojas, la ropa ensangrentada, alzados los trofeos, como un victorioso y antiguo dios pagano. yo he cazado muy poco; he preferido observar fascinado cómo unos animales, amaestrados por el hombre, cumplen su oficio de arma mortal contra otros animales. he preferido observar cómo el hombre -farax, bejir y los demás amigoses inconsciente y cruel: impone una sangrienta realeza sobre los más débiles, y se rebela a que los más fuertes la impongan sobre él. ante una tempestad de truenos y rayos que desplegó su sombría majestad sobre nosotros, los reyezuelos depredadores nos cobijamos bajo las tiendas con rostro compungido. yo sonreía mirando a los demás sin que ellos interpretaran el porqué.


una noche vi danzar las risueñas llamas de la fogata en los negrísimos ojos de farax. no conseguí saber en dónde se fijaban. a la mañana siguiente íbamos a cambiar de lugar de acampada; pero, cuando ya me retiraba, la mano de farax se posó sobre la mía con la suavidad de una paloma. hacía tal frío que vaciaba mi cabeza y no me permitía razonar.

– ¿estás contento de haber venido? -me preguntó.

sí, por ti.

sus labios se abrieron en una sonrisa más delicada que una flor.

‘¿es éste el mismo hombre -me pregunté- que remata, descuartiza, desuella, trocea y escarnece?’

ve a descansar -dijo-.

mañana será un día abrumador.

me levanté. me acompañó a mi jaima sin soltarme la mano y, con una voz dulce y espesa como la miel, añadió:

– ¿quieres que entre?

ahora en sus ojos me veía yo.


me había retrasado a propio intento. escuchaba las llamadas de los monteadores y un zureo de palomas ocultas. para recrearme en la paz, me recosté contra el tronco de un castaño. sentí un leve silbido y luego un golpe seco. una flecha se había clavado a menos de un palmo por encima de mi cabeza.

su astil se cimbreaba. la sorpresa me dejó inmóvil un instante.

después empuñé la ballesta que había soltado al recostarme. no oía a nadie; no veía a nadie. las voces se alejaban. casi en seguida se reanudó el arrullo. no dije nada a farax; pero, a su regreso, di la orden de volver.


he mantenido una conversación reservada con el maleh. el episodio de la flecha no le ha impresionado tanto como yo esperaba.

más pronto o más tarde, tenía que suceder. dudo mucho que quisieran matarte.

– ¿es que eran varios?

no lo sé. no hablo de quien la disparó. -sus ojos expresaban más que su lengua-. si lo hubiesen querido, lo habrían hecho: estabas en sus manos. supongo que lo que desean es que te sientas amenazado y en peligro.

– ¿por qué?

es fácil: les molestas.

– ¿estás hablando de los reyes?

– ¿de quién, si no? les quema tu presencia. eres como una espina en sus pies. tu señorío es un enclave perturbador dentro de su reino. te lo concedieron a trancas y barrancas a cambio de granada; pero, una vez suya, lo quieren todo.

igual que el rey david deseó a betsabé.

sí, y mandó a la primera fila de la batalla a su marido uría, que no era dueño más que de ella.

al que lo tiene casi todo, no lo detiene nada. ellos pretenden atemorizarte (matarte sería provocar demasiado) para que les vendas tus tierras y te vayas a áfrica.

tú eres el testigo incómodo de lo que ya les hiere recordar.

no me iré nunca, el maleh.

díselo; que lo sepan. si les he dado mi reino para estar en paz, no voy a irme ahora a un reino ajeno para estar en cuestión. y menos aún a tierras musulmanas, donde se me reprobaría mi conducta.

– ¿es que crees que ellos te dejarán en paz?

– ¿quiénes son ellos esta vez?

los mismos, boabdil. no te hagas el tonto. ellos, para ti, serán ya siempre ellos.

– ¿no has sido tú quien me contó lo sucedido en tremecén con “el zagal”? lo han juzgado entre ulemas y alfaquíes, y lo han condenado por la disensión que sembró entre los creyentes. ¿sería en mi caso más favorable su sentencia?

comunícale a zafra mi respuesta a su flechazo: no saldré nunca de mi patria. soy andaluz; nací en andalucía de un infinito linaje de andaluces, y en andalucía moriré.

si son “ellos” los que provocan mi muerte, caiga mi sangre sobre ellos y sus hijos.

tienen anchas espaldas, boabdil. han resistido muchas sangres ya.

en todos los sentidos -repliqué-, porque sus sangres son confusas. qué ciega voluntad de no entender. a áfrica, dicen como si de allí procediésemos. ¿cuántos africanos hay en granada? de los doscientos mil habitantes, no llegan a quinientos; el resto son españoles. españoles, con menos mezcla de sangre que “ellos” todavía: la reina tiene más sangre portuguesa que castellana; el rey, más sangre judía y castellana que aragonesa. en españa, purasangres, no hay más que los caballos.

y menos cada día.


me han venido a ver unos abencerrajes. adiviné, por su aspecto severo, a qué venían. habían dejado antes a sus mujeres y a sus hijos en las alpujarras, y les di la bienvenida. se han deshecho de sus haciendas y de sus bienes en granada. se disponen a partir allende a fin de marzo. según ellos, la mayoría de la gente significativa dejará estas tierras, que fueron nuestras hasta donde la memoria de nuestro pueblo alcanza.

para el verano, no quedarán en la ciudad más que artesanos y labradores; puede que tampoco en la alpujarra.

tal como van las cosas, no tardarás en reunirte con nosotros -me dijo el mayor de la familia-.

en los cristianos todo es fingimiento; nuestra ley no durará en granada. nos despedimos de ti deseándote la paz.

fue a besarme. de uno en uno los besé y los bendije. no hallé palabras de ánimo para ellos: tampoco las tenía para mí. nos hemos dado un adiós terminante. juntos hemos hecho muchas cosas, y soportado juntos más aún. de ahora en adelante no verán ni el cielo ni el paisaje que son consustanciales a su vida. aquí dejan las cenizas de sus afanes y las cenizas de sus muertos…

pensé decirles: ‘cuando durmáis en áfrica, quizá veáis en sueños a granada’. me contuve recordando mi amarga pesadilla.

granada fue la desposada que se nos mostró, llena de adornos, el día de su boda; el día de nuestra boda. los países remotos a los que ellos se van no le sirven ni siquiera de dote a la que amamos.

los vi alejarse anonadados, con ese aire de indecible agotamiento que dobla el cuello a los rendidos.


anoche, cuando todos se hubieron retirado, se acomodó moraima muy cerca de mí. con su boca en mi oreja, me recitó un poema que yo, que creía haberle enseñado cuanto sabe, no identificaba.


“¿has olvidado los años en que las noches transcurrían sobre un lecho de pétalos?

en él estábamos unidos por un solo cinturón, y componíamos un collar armonioso; en él nos abrazábamos como se abrazan en el aire las ramas, y nuestros talles se fundían en uno, en tanto las estrellas, en el alto cielo, eran semejantes al oro que tachona el lapislázuli.”


yo, hechizado, respondí con otros versos. y a continuación, de una boca en otra, se confundieron los de muchos poetas. estuvimos a punto de morirnos de amor. le dije:


el respeto que siento por ti hace que tenga miedo de tu cuerpo.

y, sin embargo, él es el objeto de mis deseos.

soy como el que se recupera de una borrachera, y se retrae y tiembla ante una nueva copa.”


ella escondió su cabeza en mi hombro:


el amor ha hecho de mi cuerpo una sombra: tan ligero se siente y tan poco se muestra.

mi aliento es tan débil que su hálito desaparece y no se oye; pero mi cuerpo aún es menos visible, y hace aún menos ruido.

aspiro a serte grata. tu consentimiento será mi curación; gimo como gime el enfermo al venir la mañana.”


y, en efecto, gemía. sellé su gemido con un beso:


he implantado tu amor en mi corazón, en el lugar preferente que ocupa la riqueza sobre las manos del avaro.

busco un refugio en tu amor para huir de mi propia resignación, lo mismo que el cobarde busca en las armas su socorro.”


la apreté tanto contra mí que temía hacerle daño:


contra mi pecho te oprimo como el guerrero su sable. caen tus trenzas sobre mis hombros igual que un tahalí.”


ella separó la cabeza y me miró en los ojos:


antes de quitarte el tahalí, estrecha de prisa a la que posee el cinturón, y toma en su amor tu revancha.

despacito, despacito. mira bien el lugar en que te mueves, no devastes con tus manos la que va a ser tu única morada.”


muy poco a poco, nos habíamos ido aproximando al lecho. desde anoche sé de cierto que el amor a la vida es lo que engendra vida.


no sé si es que han puesto en mi casa más espías, o es que los que hay tienen orden de multiplicarse; o quizá es que yo me estoy volviendo loco. me siento acechado hasta en el último escondrijo; escucho respiraciones detrás de los tapices; cambian de lugar cosas que dejé, como prueba, mal colocadas adrede. sospecho que han husmeado hasta en estos papeles carmesíes.


hoy, mientras me servían, habían depositado mi comida sobre la acitara de un ajimez. alguien dejó entrar a “hernán” en el salón. yo aún estaba fuera. el perro metió su hocico en un cuenco y se comió la vianda de mi almuerzo. desde el patio oí los gritos; sólo llegué a tiempo de presenciar su muerte. me trastornaron el corazón sus ojos despavoridos, su lengua mordida y colgante, su cuerpo sacudido por convulsiones. ‘esto fue “hernán”.’

yusuf sollozaba, agarrado frenéticamente a la ropa de su madre.

ahmad, sentado en el suelo, tenía entre las manos la dislocada cabeza del perro. me dirigía una mirada aguda y acusadora, como si yo fuese el culpable. sólo se me ha ocurrido -y dios sabe la pena que sentía- prometerle un cachorro para él solo.

no quiero otro perro -me ha dicho-. quiero a “hernán”.


desde el envenenamiento de “hernán”, ahmad me huye. farax ha dado a los sirvientes la orden de probar la comida antes de que la coma yo. el terror se dispersa por la casa. han huido algunos criados. moraima, que está encinta, por primera vez no sabe qué decirme ni cómo confortarme.

para distraer a mis hijos de este enrarecido ambiente, le he rogado a farax que los instruya y los ejercite en la monta y en el manejo de las armas. en otras circunstancias, me habría sido muy grato rememorar cómo lo hacía conmigo mi tío abu abdalá en almuñécar; sin embargo, ahora mismo estoy viendo casi con aflicción los delicados brazos de ahmad guiados por los fornidos de farax. tienden entre los dos una ballesta.

yusuf, mientras -los más pequeños se aferran al presente-, corretea dichoso.

les he prometido que, cuando estén preparados -confío en que se demoren-, nos iremos un mes entero de cacería a la sierra de lújar donde hay osos y jabalíes y venados. ahmad, en cuanto se levanta -y aun antes, porque creo que sueña con ello-, corre en busca de farax, su maestro, del que no se despega. farax, a veces, en mitad del ejercicio, levanta los ojos a la ventana, desde la que yo los contemplo.


quizá entre los criados desaparecidos estaba el espía o los espías. la tensión se ha suavizado.

todos intentamos convencernos de que el peligro ha desaparecido.

moraima, a quien se le nota la incipiente preñez, está más hermosa que nunca.

dos perros de la jauría han muerto, pero bejir le ha restado importancia: afirma que nada tienen que ver esas muertes con los atentados contra mí.

yo, en secreto, he escrito una carta a los reyes. es en barcelona donde ahora está su corte. en la carta les propongo ir allí a tratar con ellos para dilucidarlo todo y suplicarles la paz en mi retiro. por si a los reyes no les llega la suya, he enviado con el maleh otra semejante a zafra.


ahmad me ha dado hoy las gracias por una nueva ballesta que le mandé hacer en granada. se me acercó de la mano de farax. quizá ha sido éste el que le recomendó que me la agradeciera.

mi hijo es guapo, esbelto y bien plantado. a su abuela le satisface ver cómo tiende la ballesta y dispara, y cómo se aproxima cada vez más al blanco. a moraima, por el contrario, no parecen gustarle estos juegos de guerra.

apenas si sentimos deslizarse el tiempo. pronto el frío empezará a entibiarse.


hoy he recibido respuesta de los reyes. es breve; lo suficiente para declararme su propósito.

eluden darme la licencia para viajar a barcelona: una ciudad lejana, dicen, cuyo camino podría fatigarme. y me sugieren que, en mi lugar, envíe a aben comisa.

todo, a su entender, tendrá una solución satisfactoria. no debo preocuparme; tanto yo como mi familia estamos bajo seguro, que ellos me garantizan.

pero después añaden, inesperadamente, que, con la misma fecha, han expedido otra carta al gobernador de almería en estos o parecidos términos: ‘desde la hora en que esta carta llegue a vuestras manos, no pondréis obstáculo alguno a que muley boabdil embarque hacia el lugar de áfrica que más le plazca. y que haga lo propio todo el que tuviese noticia de esta carta, guardándose fielmente lo pactado con él. el cumplimiento de todo lo cual será exigido con el máximo rigor’.

cuando los fuertes aspiran a ser además astutos, sólo consiguen ser despreciables; un león no puede comportarse como un zorro sin inspirar repulsión.

en cualquier caso, aben comisa viajará a barcelona.


los ciruelos y los albaricoqueros les han arrebatado su turno de flor a los almendros. pronto los sustituirán a ellos los membrillos.


se ha hundido el mundo. farax murió hace una semana. ha sido todo tan inimaginable y tan injusto que sólo a un dios malvado puede atribuirse.

la mañana era suntuosa. ahmad disparaba con su nueva ballesta.

farax corrió hasta el blanco, señalándole el centro para que atinara mejor. lo animó con la risa y con los brazos.

vamos -le decía-. ¡ahora!

la saeta le entró por el ojo izquierdo.


todavía no me he convencido de que es cierto, de que no volveré a ver más su joven hermosura, ni escucharé su voz.

ahora descansa en el jardín que mi cuerpo tenía que haber inaugurado.

no he salido desde entonces de esta habitación. me es imposible resignarme. lloro hoy, y lloraré el resto de mi vida. farax y muerte eran las dos palabras más contrarias; ahora son una sola. me reprocho no haberle confesado cuánto lo amaba. me reprocho no haberlo amado más.

el destino se burla de nosotros: murió en un juego aquél a quien la muerte acarició mil veces en la guerra.

no se ausenta su rostro de mis ojos; no se ausenta su risa de mi oído. hoy lo amo más que nunca.

si estuviera en mi mano, empezaría a creer en la eternidad con tal de recobrarlo.

no quiero ver a nadie. no quiero comer: comería sólo si tuviese la certeza de que aún me envenenaban las comidas. me ha golpeado tan de plano el filo de su muerte que juro que la mía es lo que más deseo.

farax, farax: tu cuerpo se ha deshecho bajo el jardín que trazamos y vimos crecer juntos. ¿cómo iba yo a pensar que tú serías su abono? ¿por qué te escondes de quien te ama más cada día? ¿cómo voy a dormir, cuando detrás de mí tu muerte está acechándome: tu muerte, no mi muerte?


mi madre, con el pretexto de que la presencia de ahmad reaviva mis recuerdos, se lo ha llevado a vivir con ella. yo, como un sonámbulo, veo pasar con infinita lentitud los días ante mí. sé que moraima siempre está cerca, al alcance de mi voz; pero me siento incapaz de llamarla. me siento incapaz de cualquier cosa.

he intentado quemar estos papeles, que ahora son sólo un testimonio más de mi infortunio. moraima lo impidió.

no quiero ningún lenitivo para mi dolor. el de la muerte de farax, que culmina los anteriores, quiero que no tenga atenuantes. la única manera de terminar con el dolor es dejar que él termine conmigo. me propongo no reflexionar sobre lo sucedido: eso sería comenzar a aceptarlo. porque no se trata sólo de que me duela el alma, me duele todo: la piel y la carne y los huesos. me he vuelto frágil; me he vuelto quebradizo, propenso a las heridas. me hiere el fulgor del sol, y la temperatura agradable, y el rosa intenso del amanecer o el del poniente. levanto contra todo mis reproches. la realidad es que me aborrezco.


hoy recojo estos papeles en que momentáneamente me había reflejado.

hace tres meses que no escribía en ellos. los recojo como si se refiriesen a una persona distinta, y acaso fallecida.

¿cómo no reflexionar?

para llegar a la soledad no deseada, sino impuesta, pocos atajos tan directos como el dolor.

pero qué ambigua es esa palabra; tan ambigua como hablar por separado de alma y cuerpo. cuando digo dolor, no me refiero sólo al del espíritu, sino al físico, y uno y otro están más imbricados de lo que creemos. si en su instante lográramos diferenciarlos con precisión, afirmaríamos que el moral es más participable, más susceptible de compasión o condolencia, mientras que el físico nos enajena y nos aísla. pero ¿se dan el uno sin el otro?

he estado enfermo. la enfermedad provoca un alejamiento que nos deja olvidados y desnudos. el dolor del cuerpo nos enfrenta sólo con él mismo y con la amenaza de la cual nos advierte, ya que tal advertencia es su único sentido. si el dolor físico fuese gratuito, sería una incomprensible maldad de la naturaleza.

dicen que cuando el dolor nos emplaza, cualquiera que sea, no hay que escurrirle el bulto, sino sacarle el máximo partido: abrazarlo, asumirlo, hacerlo sangre nuestra, no pérdida de sangre. dicen que ningún sufrimiento, si no es asimilado, nos hará ni más nobles ni más dignos. el sufrimiento es en sí torpe y feo y humillante como una mala digestión: por eso yo me oculto; pero dicen que en la incognoscible retórica de la vida, actúa igual que una parresia, que transforma el insulto en elogio. para ello, sin embargo, sería preciso dominar tal retórica. puede que la vida, como el viejo rey midas, convierta en oro cuanto toca; pero eso sólo sucede si se ha convertido de antemano en provechosa la soledad que produce el dolor. cuánta generosidad se necesita para alcanzar tal cima.

al principio, el dolor atrae un ofrecimiento mayor de compañía, más comprensión, más amabilidad. pero, si se prolonga, desanima y hastía a los acompañantes, inmunizados por sus continuas manifestaciones. el dolorido acaba por quedarse con su dolor a solas. ¿qué define el dolor precisamente más que el ensimismamiento del que lo padece? no es algo cuya esencia se observe, ni algo que se comunique o se contagie, ni algo que se mida, por muy afinados que sean los aparatos de los físicos. para quien no lo siente, es incomprensible e inaccesible: por eso yo me callo. él se apodera de un cuerpo y de un alma, y los envuelve, y los transporta a su lóbrego reino. el único testimonio que da de sí es un comportamiento externo -llantos, quejas, gemidos, expresiones descompuestas-, un lenguaje que comprendemos, pero que, como todos los lenguajes, puede ser falseado por quien lo emplea y malentendido por quien lo percibe. porque un lenguaje no es sólo un vocabulario, sino mucho más; un lenguaje no se posee hasta que no se es poseído por él. y eso es lo que sucede con el dolor: no se entiende hasta que uno mismo es el doliente, su vasallo exclusivo, inhábil para aprender o entender otro idioma, o acatar otras órdenes. y, aun así, ningún dolor es el mismo para todos, ni jamás se repite. el que siento hoy por farax es diferente del que sentí por jalib, e incluso del que sentí ayer por farax mismo. el dolor (por eso yo me aíslo) es lo más personal que existe. más que la salud, que es un equilibrio y una euforia relativos a un ambiente; más que el amor, que requiere su espejo; más que la felicidad, que es difusiva y necesita un campo donde obrar, y nos radica en él y de él nos baña.

el dolor, hasta como síntoma de una enfermedad o de un estado de ánimo, se percibirá de formas diferentes según las épocas y los países y las circunstancias de quienes lo provocan y de quienes lo sufren. he oído hablar de esclavos a los que se acostumbra azotar antes de darles su condumio, y que, mantenidos en la inanición, al sentir los azotes, expresan en su rostro, presintiendo la comida, su voracidad y su agradecimiento. y es que, según los sabios, el deseo de supervivencia está por encima y por debajo de toda otra consideración. yo, no obstante, conozco a un sufriente que preferiría morir.

¿existe algún remedio para esta soledad del dolor? los estoicos romanos afirmaban que su percepción depende de cómo lo atendamos; pero ¿es que le quedan al doliente resquicios por donde su atención se diluya? ¿tiene otra distracción u otro punto de mira que su propio dolor? asegura avicena que oír cánticos gratos lo mitiga, porque empujan al alma fuera de sí misma, y al arabí aconseja combatir el dolor con la meditación sobre temas divinos, que arrancan al hombre de su empedernida soledad. dice yalal al din rumi:


rumío el dolor por ti como un camello; como un rabioso camello saco espuma.”


¿me resguardo contra mi dolor escribiendo, por instinto, esta página? ¿no será un desahogo del dolor de mi alma este dolor del cuerpo que aún me tiene postrado?

como el agua que, desbordada de la acequia, inunda el huerto y lo destroza. no puede separarse lo que no es separable -lo que no es ni siquiera distinguible- sin llegar a la muerte. alma y cuerpo son, juntos, una misma cosa. cualquier puente con el mundo -aunque sea el liviano puente levadizo de estos papeles- acaso logre que yo no me confine en la miserable conmiseración de mi pena. quizá el solo hecho de exponerla me acerque a los otros; porque, en definitiva, todo dolor es una forma de destierro. pero no me encuentro con fuerzas para implorar ayuda. ayuda, ¿contra qué? contra mí mismo, porque este dolor no es que sea mío, es que yo soy sólo él: en él consisten hoy todas las entretelas de mi ser.


esta mañana, por primera vez después de aquello, me he mirado a un espejo.

– ¿quién eres? -le he preguntado a mi imagen-. ¿o quién soy?

¿somos tú y yo el mismo? ¿he sido el mismo siempre?

nadie había junto a mí, ni en el espejo ni en la realidad. moraima no me habría entendido; no entendería a la parte de mí de la que hablo: la que está siendo hoy enjuiciada y quizá condenada.

– ¿de quién son esos ojos que me observan, bordeado el iris de un turbio arco grisáceo? ¿qué tienen que ver conmigo las huellas de un cansancio tan largo? ¿dónde estuve durante tanto tiempo como parece haber pasado? ¿cómo es posible que tantas canas me blanqueen la melena y la barba? ¿qué camino he seguido para llegar aquí, para tropezarme con este deterioro, que no suscita mi inquietud por sí mismo, sino por su subitaneidad? ¿cómo se puede envejecer de pronto?

cuántas cosas mezcladas en la honda y vidriosa alacena de la memoria. qué pereza ordenarlas.

cuántas muertes alrededor. cuántos cadáveres colgados de los hombros como un siniestro manto que ha de arrastrarse, tan pesado al andar… ¿y para qué andar más?

todo pasa, y también pasas tú -me decía mi imagen avejentada, si es que es la mía-. la vida es lo que importa: no tú, ni tus talentos malversados, ni tu vida tampoco.

irreparable, irreparable -repetía yo.

no puedes dictaminar con estos ojos fríos de hoy -me replicaba la imagen- las acciones entusiastas y fogosas de ayer, los despilfarros y las culpabilidades del corazón.

el tiempo derrochado será nuestro tesoro’, afirmabas entonces. ¿no ha sucedido así? contéstate a ti mismo.

yo no soy ése. soy quien está detrás de ése -me defendía-.

soy el niño que acechaba con ojos deslumbrados al mundo deslumbrante; cuyas cejas levantaba la sorpresa, y no agobiaba la desilusión. soy el adolescente de ojos redondeados por la espera, verdeados por la espera, que miraron con fiereza al amor y fueron por él correspondidos: no amados, no, que es otra cosa, pero correspondidos por el amor. soy el estremecido por la impaciencia, el perpetuo insatisfecho de sí y de los demás, el insaciable. el joven que volvía ahítos los ojos a su interior, cuando no resistían ya la saciedad de la hermosura, y permitía besar así mejor sus párpados. pero ese que ahora veo no soy yo.

y mi imagen -o una voz dentro de mí- decía:

puesto que fuiste el otro, éste, cuyo nombre la muerte está aprendiendo, ¿quién será? ¿no te haces cargo de él? ahora que el fin se acerca, ahora que has recibido mensajes y advertencias, ¿lo vas a repudiar? hay días en que escuchas pasos que no da nadie: ¿cuánto tardará en rozarte la muerte todavía? ¿alarga ya la mano hacia tu hombro? ¿cómo vendrá: lo mismo que un relámpago, o minuciosa y tarda? sea como sea, no hay que hacer muecas delante de un espejo.

¿o es que quien fuiste (el niño, el compungido, el ansioso que fuiste) no imaginó el final del fútil incidente que es tu vida?

no, no digas: ‘a estas alturas, ¿para qué moverse, para qué ilusionarse de nuevo y recomenzar la inequívoca trayectoria del amor, para qué desvivirse viviendo?’ no lo digas. métete dentro de esos ojos que ves marchitos a través del espejo; atraviesa su mustio arco senil: es tu arco de triunfo. a su sombra te encontrarás con todos los viajeros que aquí te han conducido, y que tú reconoces como tú mismo hoy. tú eras la marcha y el camino; los caminantes eran sólo los que te hacían a ti. y ahora, tan próximo a la llegada que alcanzaste por ellos, ¿los vas a defraudar? a ellos, que se afanaron en cubrir jadeantes su tramo establecido; a ellos, que arrimando su hombro te acompañaron sudorosos hasta este espejo de hoy, tan veraz como amargo… esta imagen la has de llevar más allá de ti mismo, porque no sólo le pertenece a este tú de ahora, sino a los tús de ayer y de anteayer. porque no es tu imagen, boabdil, sino la vida: la verdadera vida palpitante y sangrante.

quisiste y te han querido; es decir, los sucesivos apoderados que te representaban fueron queridos y quisieron. dieron de sí (diste de ti a través de ellos) casi cuanto estaba en tus manos: nunca se da la deseable totalidad. se afanaron ellos para que tú fueses cada día más tú; cada día que se acercaba lentamente a hoy.

pero, si soy el mismo de ayer y de anteayer -decía, ya en voz alta-, ¿no he fracasado? ¿no fracasaron ellos en mí?

la vida -me contestó la imagen desde dentro de mí- no es implacable; es comprensiva y misericordiosa; lo que sucede es que no la desciframos hasta después. la vida sólo exige ser vivida con ciega confianza y con gozo creciente, porque el gozo que correspondía a los muertos tiene que ser cumplido. tú, el meditabundo de hoy, el desentendido, has dejado de respirar el aire de la alegría, atareado en tu duelo tenebroso y en tu deber adusto. te hablo de la alegría que ondea por encima de todo, de la radical y subyacente alegría que es la vida. ten cuidado, porque ésa es la primera y, en el fondo, la única obligación de cada ser. nadie está aquí para enriquecer la vida (¿qué vanidad es ésa?), sino para gozarla. mira tus labios yertos; ábrelos; sonríe.

perdónate tu torpeza, y sonríete.

si pierdes la desengañada y compasiva alegría de estar vivo, es que la muerte irremediable avanza, alma adentro, por ti. la esperanza (esperes o no esperes, da lo mismo) ha de durar hasta los mismos umbrales de la muerte. o quizá más allá.


llevaba tanto tiempo mirando con fijeza el rostro ajado del espejo que tras él vi la imagen, fugaz e improbable de farax. me volví. nadie. sólo yo. mi rostro en el espejo estaba aún más pálido.

– ¡moraima! -grité-. ¡moraima!

apareció serena bajo el arco de la entrada. apoyó una mano en la jamba. el embarazo le ha abultado el vientre y le ha ahondado los ojos. me interrogó con ellos. su calma me calmó. le dije algo imprevisto:

tengo canas, moraima. me han salido canas.

sus labios se plegaron en un asomo de sonrisa.

hace mucho que el blanco dejó de ser el color del luto en al andalus, boabdil. no trates de insinuarme que esas canas son el luto que llevas por tu juventud.

pensé: ‘es buena, me ama, y me conoce bien’.

mientras se aproximaba continuó:

hemos pasado juntos toda la velada; la noche ha sido larga y terrible; pero ahora, ya lo ves -me acariciaba el pelo que blanquea-, aparece la aurora.

pensé: ‘amarse quizá sea sólo esto: no el éxtasis, no el enloquecimiento, sino envejecer juntos, estropearse juntos’. miré la silueta deformada de moraima y me complací en ella; puse mis manos donde antes estuvo su cintura. era cierto: para engendrar la vida no hay necesariamente que amarla, sino entregarse a ella; es ella la que hace lo demás.

por eso le rogué a moraima que se quedase conmigo. desde hace meses no lo hacía. ella asintió y, con alguna dificultad, se sentó a mi nivel. yo, estremecido por esa continuidad de la vida, que se sumerge en un sitio y surge en otro, acaricié su vientre.

estuvimos así, callados, mucho tiempo. luego ella dijo:

tienes que hablar con ahmad; que sepa que no lo consideras responsable. será el mejor modo de que él no te considere responsable a ti de lo que no lo eres. el destino se esconde a menudo detrás de nosotros, y nos empuja, y nos utiliza como arma suya. es nuestra obligación hurtarle el cuerpo, ponerlo al descubierto, y dejar que sea él quien cargue con la culpa de sus propias catástrofes.


he recibido a los vasallos de andarax -¿tengo derecho a llamarlos así?- que durante las semanas que estuve enfermo, se interesaron por mí, o solicitaron audiencia.

se me ha ido la mañana procurando resolver con tiento sus pleitos, sus carencias, sus disputas. me he sentido como un niño que imita los gestos de un sultán a la puerta de su mezquita, y juega a administrar justicia, y se cansa de pronto de jugar. abrevié cuanto pude la reunión, y salí con suspicacia y cautela al jardín. no lo había visto desde entonces. está en flor.

ignoro cómo los vegetales trabajan en su sigiloso taller de savias y raíces. yo me despierto, como el jardín, cada mañana, con la sensación de haber soñado la solución de todo y de haber olvidado el sueño al despertar. he percibido hoy la soledad del jardín contra la mía; no en torno mío su soledad, no, sino lidiando contra mí. igual que si nuestra alcoba predilecta se hubiera convertido en una sala de tortura, y en ella hubiesen amordazado a alguien dentro de mí: alguien que necesita expresar algo con una urgencia ineludible. ¿por qué no lloraré? ¿por qué he reprimido el llanto desde hace tanto tiempo?

hoy me asalta el temor de haber extraviado no sé el qué no sé cuándo, o de haber omitido un quehacer: el más esencial, para lo que nací. después he hallado muchos, cientos de ellos, y he trabajado y fracasado en muchos; pero ya distraído, con la memoria apasionadamente vuelta atrás, y el alma suspendida de una alegría ya no recuperable. hoy me encuentro -y me parece que también el jardín que farax y yo amamos- igual que quien escucha en vilo un complejo relato, y deja de atender un sólo instante, y desoye un minúsculo fragmento, y a partir de ahí zozobra, y todo es ya un ininteligible laberinto y un enmarañado ovillo en el que, cuanto más persigue el hilo, más se enreda. hoy estoy como alguien, sumergido en tinieblas, a quien se hubiese prometido que se hará una instantánea luz sobre una recóndita salida, pero sin decirle exactamente cuándo, y, confiado en la promesa, acecha, se desoja, aguarda aquel destello, aquella salvadora chispa, sin atreverse a reposar ni a moverse, porque ignora cómo y en qué momento sobrevendrá la efímera ocasión de volver a la claridad.

en esta blanca mañana de primavera, ¿es el jardín quien habla en mi favor? ¿es farax quien me habla, a través del jardín del que ya participa, o es la vida, que nos incluye a todos, vivos y muertos, y cuyos drásticos y maternos mandatos he desobedecido? ¿no estaré yo sin saberlo, igual que farax sin saberlo también, a salvo en el jardín?

balbuceantes y agridulces pasan así mis horas. estériles en busca del destino, siendo así que es al destino a quien le corresponde la labor de buscarme. o quizá mi indecisión provenga, como la de este jardín primaveral, de haber perdido lo que era más mío que yo mismo.

sin embargo, ¿no es ahora el jardín quien lo posee? cuando pase la ardiente batalla de las rosas, tendremos que firmar una ardiente paz este jardín y yo. quizá una paz eterna.


aben comisa volvió de barcelona. me esquivaba, pretextaba cansancio, se hacía el huidizo; tanto, que sospeché una mala pasada. el maleh daba largas también a mis preguntas: algún atisbo había de tener. superando mi desgana, convoqué irrevocablemente a aben comisa. una vez en mi presencia, ante mi rigidez, eligió cortar por lo sano. me alargó un legajo.

mientras lo leía -aunque no necesité más que echarle una ojeada para saber qué era-, él intento amortiguar el golpe ponderándome las ventajas obtenidas, lo benigno de las condiciones, y su prudencia al adelantarse a unos acontecimientos que se habían hecho, según él, inevitables.

dejé de leer los papeles.

supuse que él, al tanto de mi marasmo, imaginó que una vez más yo iba a pasar por alto su vil comportamiento. lo fleché con los ojos.

– ¿qué significa esto? -pregunté agitando los papeles.

los reyes han sido generosos porque, en vista del amor que te profeso…

– ¿qué significa esto? -insistí.

cuando lo leas despacio, comprenderás cuánto hemos de agradecer…

lo interrumpí. me había acercado a él. entre su cara y la mía no cabía ni un puño.

– ¿qué significa esto? -le golpeé con los papeles en el rostro. retrocedió asustado. había palidecido-. ¿es esto una escritura por la que vendes, en mi nombre, todas mis propiedades a castilla? ¡perro traidor! ¿es esto un compromiso de abandonar mi tierra y no volver jamás? ¡hijo de puta!, ¡dilo!

no quedó otra salida -balbuceaba-. los reyes lo exigían. tu vida está amenazada. si no hubiese firmado, habrías muerto…

no sé qué aspecto tenía yo; él temblaba. vi sobre un arca un alfanje, y ya no vi otra cosa. se había borrado todo. sólo estaban la traición y el alfanje: el alfanje, que lo llenaba todo, y la traición, que todo lo ensuciaba.

debí de apretar tanto las mandíbulas que me duelen aún. cogí el alfanje, lo desenvainé, lo enarbolé con una frialdad tan consciente como maquinal, y asesté un golpe contra el pecho de aben comisa.

se retiró de un salto, pero no lo bastante como para que el filo no rasgara la tela de su traje. gritó con voz aguda:

– ¡a mí! ¡el señor me mata!

¡a mí! ¡me mata!

el maleh debía de estar a la escucha en un lugar muy próximo.

apareció en el momento exacto: ni antes, ni después.

sal, perro -le dijo al alguacil-. por fin has mordido a tu amo. ¡vete! -le empujó fuera de la sala-. ¿cuánto has cobrado, infame? -luego se me acercó con los brazos muy abiertos, como para indicarme su indefensión-. calma, señor. estudiaremos esos documentos. los miraremos. cálmate. ese cobarde apestoso fue a barcelona sin poder tuyo. no te representaba. lo que ha hecho es nulo.

tendrá remedio; pero cálmate.

arrojé el alfanje contra la pared. rebotó. miré dónde caía.

cayó junto a la puerta por la que en ese instante entró moraima. me sorprendieron a la vez su rapidez, mucho mayor de lo que su embarazo le permite, y una sonrisa que la rejuvenecía. pensé: ‘voy a marchitar esa sonrisa, pero…’ iba a contarle la felonía del alguacil.

aún sostenía -no entiendo cómo- en mi mano los papeles.

lo sé todo -me dijo.

– ¿por qué sonríes entonces?

levanté el legajo-. ¿sabes lo que quiere decir esto?

sí; que estás vivo, boabdil.

se agachó con dificultad, recogió del suelo el alfanje, y lo apretó contra su pecho-. que estás vivo otra vez. nadie quiere matar si no está vivo. el resto no me importa.


no he vuelto a ver a aben comisa. no fue preciso desterrarlo de este pequeño señorío: sin despedirse de nadie, ha desaparecido. se llevó a su familia, y al mismo tiempo que él me han dejado bastantes de los que me siguieron.

los comprendo muy bien. yo mismo me pregunto qué hago aquí, cercado y vendido en la tierra que me tuvo por rey. mis vasallos no llegan ya a dos mil.


hoy, 10 de abril de 1493, después de tratarlo con moraima y en presencia de ella, he llamado a mi secretario mohamed ibn nazar, a el maleh, a bejir y a abrahén el caisí. redactada por el primero, he otorgado autorización al segundo para que llegue, con hernando de zafra, a un acuerdo sobre la venta de estos estados que me quedan y sobre mi partida a áfrica. el texto lo ha traducido el caisí. con esta decisión sé que agoto mis últimos poderes; acaso no existían. oponerse a la fatalidad es dar coces contra el aguijón. al ver la fecha, he pensado que otros abriles me fueron más propicios.

inmediatamente deseché el pensamiento: no quiero refugiarme en el pasado; no lo haré nunca más. firmé con mi nombre, y sellé el documento con mi sello privado; es el único sello que conservo.


no es que el hombre se solace en su desgracia, pero se amolda a ella. vivir sin esperanza es un dislate, o quizá un imposible. se sacan fuerzas de la flaqueza con la espontaneidad con que crece la yerba en un estercolero. o en una tumba.

moraima, frente a mí, tiene su postura habitual: las manos recogidas sobre su regazo ya muy protuberante, y los ojos volcados hacia la vida nueva. yo he cubierto sus manos con las mías.

no son sólo nuestras manos lo que apoyamos aquí, moraima.

el sol es el mismo en todas partes -me ha respondido con su voz templada-. tú y yo juntos con nuestros hijos, fuera de tanta agitación y tantas mezquindades, indiferentes a la avidez de los poderosos y de quienes tratan de serlo, conseguiremos finalmente la felicidad. -en aquel momento era para mí la madre que nunca había tenido-. en una tierra que no te haya sido robada, y que no nos haya robado a su vez a los seres que amábamos y amamos.


el maleh regresó de granada.

sólo ha tardado cinco días en extender con zafra la escritura de mi entrega total. sin duda los reyes acucian mi partida, que redondea sus propósitos. tienen ya virtualmente la península entera bajo su cetro, y proyectan nuevos viajes a los mundos recién descubiertos. si dios está con ellos y les vale, ¿qué necia resistencia puedo oponerles yo?


me planteo ahora la elección del lugar en el que emprenderemos otra aventura, si es que es factible semejante quimera. moraima y yo deseamos uno pacífico y salubre, en donde se preparen nuestros hijos para un porvenir que se les ofrece acaso demasiado versátil, y en donde a nosotros se nos permita descansar. barajamos los nombres de orán, de túnez, de fez, de alejandría. túnez me atrae por encontrarme en él con mi tío abu abdalá, del que nada había sabido en los últimos años, y que recientemente parece que ha pasado allí desde orán; pero hay nuevas de que esa tierra se halla afligida por la calamidad, la carestía, la escasez y la peste. por otra parte, alejandría está en exceso lejos de esta patria, de la que aún confío que dios no haya desarraigado el islam para siempre.

la opción -y eso sí que es nuevo- depende en exclusiva de nosotros. quizá me pavoneo hablando así; pero, ilusionados con tal libertad, proponemos sin prisa pros y contras como niños que vacilan, en las vísperas de su fiesta, sobre qué regalo pedirán a sus padres.

aún no he ratificado las escrituras; sin embargo, he prometido a zafra que, cuando pasen los calores del verano y antes de que las tormentas encrespen el estrecho, pasaré con los míos al otro continente. de momento somos libres -o nos sentimos, lo que es suficiente y habitual entre los hombres-. o, por lo menos, nos empeñamos en sentirnos libres.


el embarazo de moraima avanza a velas desplegadas. mis hijos y nosotros, y confío que los que bien nos quieren, estamos consagrados a él. de él hablamos; a él nos remitimos de continuo. nunca antes he estado tan unido a mi esposa; en sus desfallecimientos, en sus caprichos un tanto inusitados, en sus vacilaciones al subir y bajar una escalera, siempre estoy cerca de ella. creo que mi encomienda fundamental es ahora ésta: preparar la bienvenida a lo que venga. deseo que mi tercer hijo nazca en andalucía, aunque el resto de su vida -¿quién lo sabe, después de mi experiencia?- se desarrolle en una tierra extraña. extraña para mí, no para él. quizá sea eso lo que nos separe.


mi madre, entre las decepciones y la edad, está más insufrible, si es que cabe. ha empezado a sentir -y a exteriorizarlos, que es peorcelos del niño que va a nacer, porque acapara nuestra atención, y porque ahmad, que ha vuelto con nosotros a petición mía, lo ha adoptado como algo de él y protegido suyo.

imagino que mi madre echa de menos sus intrigas con aben comisa, que fomentaba sus baldías presunciones para tenerla de su lado; que la contraría que no la consultemos en el asunto de nuestro traslado (moraima y yo nos resistimos a llamarlo exilio), y que la mortifica tener que reducir su pasión de mando a los estrechos límites de una alcazaba provinciana. ella, que sobre el mapa de granada, trazó en un tiempo estrategias y fronteras, ahora ha de conformarse con decidir si se muda un palmo más allá o más acá la orla de espliegos de un arriate, o si se aplaza la poda de un laurel.


los meses de mayo y junio, con sus amenas horas indolentes, me han hecho acordarme de faiz, el jardinero de mi infancia. cómo me gustaría tenerlo, entre zafio y perspicaz, al cuidado de este jardín que pronto dejaremos y que, como si lo adivinara, se esfuerza en prodigar perfumes y en regocijarnos el olfato y los ojos. y aun los demás sentidos, porque todos reciben gusto de él.

en este preciso momento acaricio el pétalo amarillo que acaba de desprenderse de una rosa sobre estos papeles carmesíes. fresco y más suave y carnoso que la más cara de las sedas; con unas sutiles nervaduras que apenas si la vista percibe, y que matizan e intensifican su color; redondeado como una conchilla de las playas, y rematado en una suave punta igual que la comisura de unos jóvenes párpados.

lo huelo, y está en él todavía el mensaje húmedo y vivificador de la tierra. en él, más terso que el pómulo de una muchacha, se resumen las raíces, el tallo, las hojas, la comunidad entera y apiñada de que procede. si lo muerdo, saboreo los jugos misteriosos que sostienen la vida.

de repente, han caído sobre los papeles casi todos los otros pétalos de la rosa amarilla. son como una lluvia dorada; una muerte muy bella…

moraima ha leído, por sobre mi hombro, lo que estoy escribiendo y me dice, mientras juega con los pétalos:


no era la marchitez de la rosa: era la mejilla de la bienamada cuando el miedo a perder tu amor la hace palidecer.”


yo le he respondido con los versos de ibn al labana con que sigue el poema, jugueteando a mi vez con sus sienes, sus pómulos, su boca:


no hay posible comparación entre la rosa y la mejilla de aquella que no quebranta el pacto de fidelidad que a mí la unió.

confrontadas con su expresión, nada valen las cualidades de la rosa; frente a su voz, nada significa el gorjeo del pájaro.

la aurora y el arrayán copian su movimiento de los latidos de su cuello, y su esplendor lo copian de la luz de su rostro.”


los dos hemos reído, porque este juego de acertar la continuación de un poema nos divierte de un modo extraordinario.

los pétalos de la rosa amarilla, desde los papeles, han resbalado al suelo.


hoy he encargado a dos joyeros de granada, si es que todavía responden a la tradición que los hizo famosos, que hagan para moraima un collar y un pectoral. deseo que el primero esté compuesto de menudas flores con esmeraldas y rubíes: esas que aquí llaman flores del pajarito. el pectoral quiero que reúna -por sus destellos, ya que no por su olor- todo el jardín. me proponía entregarle el obsequio el día del parto; pero no voy a resistir: se lo daré en cuanto me lo traigan. ya estoy impaciente por ceñirlo a su cuello, y por presenciar la infantil manifestación de su agradecimiento y su deleite; seguramente palmoteará.

ayer le pregunté si recordaba una primavera tan generosa con nosotros.

conmigo, no -me respondió-.

ahora tú estás a mi lado todo el día y todos los días. cada minuto junto a ti me es más precioso que la menuda estrella embalsamada de los jazmines.

la besé muy despacio a la sombra de los redondos algarrobos y, casi vencida ya la tarde, ofreciéndole una copa, le recité:


bebe a traguitos el vino, en tanto sea dulce la brisa y tremole como una bandera la húmeda sombra.

la flor es un ojo que acaba de despertar y llora; la acequia, una boca que sonríe con dientes fulgurantes.”


ella, bebiendo de un trago su copa, prosiguió envanecida:


el jardín, para mostrar su bienestar, agita sus mantos esmaltados lo mismo que un borracho que, doblado por el viento, se inclina a punto de caer.”


por fin, los dos a la vez concluimos riendo a carcajadas:


esta mañana el rocío plateó el cutis del jardín; el atardecer ha venido con esmero a dorárselo.”


no le cuento a moraima que, ciertas noches, mi sueño se colma de terrores, que no quiero luego ni recordar ni referir. serán la secuela de tantas persecuciones y amenazas; el fiero e imborrable reato de los pecados que no tengo la certeza de haber cometido.

al amanecer, con el agua de la primera ablución me lavo de ellos; pero es más costoso borrar su huella que la huella de un crimen.


a mis hijos los introduce y educa en nuestra poesía, que tiene un sentido tan lato y abarca tantas enseñanzas, el mismo que a mí me formó, el okailí. me produce la impresión de ser más bajo que hace veinte años; quizá es que yo he crecido. lo evidente es que ha engordado mucho; si se le midiese con imparcialidad, se comprobaría que se ha vuelto apaisado. su pasión por las sortijas no ha remitido, sin embargo; yo le habré regalado dos o tres por año, y cambia de ellas no sólo cada día, sino casi cada hora.


hace quince días traté con él sobre la oportunidad de escribir una carta al jeque el watasi, soberano de fez. le rogué que fuese muy sencilla -lo conozco demasiado bien-; que expusiera mi vehemente deseo de exiliarme en su reino, y que le solicitara su hospitalidad: nada más que eso.

hoy me ha traído, para revisarlo, un borrador eterno, en verso y prosa rimada, que él titula con orgullo “jardines de flores del que gusta de los perfumes e impetra el acceso de mi señor, el imán sultán de fez”. con la extensión del título quizá habría bastado para toda la carta.

moraima y yo hemos disfrutado con la improcedencia de algunos párrafos:

antes de que el silencio y la oscuridad sobrevengan, también yo evoco lo que el día fue, y lo que fue el ardor del mediodía, y el suave amanecer, en que no se imagina que la pisada de la luz se alejará. pero ya es tarde: un púrpura final, en que naufragan todos los colores, ensangrienta la lejanía. contra el horizonte, los árboles despojados y secos: la luz sólo embellece a la belleza. hay edades en que el anochecer es preferible, porque deja caer con piedad su perdón sobre todas las cosas.’

pero también hemos paladeado la exactitud -no sé si su lugar es el adecuado- de otros pasajes:

se dice que los ángeles no distinguen si andan entre los vivos o los muertos. puede que la vida sea para ellos un simple parpadeo; lo que dura es la muerte. a nosotros nos ocurre a menudo lo mismo que a los ángeles: vivir es despedirse, estarse despidiendo. la vida es sólo un cambio de sitio o de postura; también, quizá, la muerte sea eso sólo.’


a raíz de la carta (que, para no discutir, he aceptado íntegra, he firmado y la he mandado llevar a mohamed al nazar), moraima y yo hemos discurrido, a nuestro aire, sobre el tiempo.

¿cómo rememorar desde hoy nuestro pasado? su ambigüedad la hemos convertido en certidumbre; lo despojamos de todo cuanto hoy nos parece accesorio y acaso no lo fue; lo interpretamos como algo lineal y definido. no es así; no fue así.

desde nuestro punto de vista de ahora, el pasado es simplemente lo que nos ha hecho como somos; pero ¿era ésa su intención, era su esencia ésa? ¿tenía siquiera alguna intención? y su esencia, cuando fue presente -o sea, cuando fue-, ¿no era, como la de hoy, su transitoriedad? el pasado indeformable y pétreo que hoy vemos no es más que una invención; sin embargo, el presente sin él no habría existido… y es que la historia carece de principio y de fin; es como un río: el cauce sí comienza y termina, pero no el agua. nadie se baña en la misma dos veces: ya lo advirtió un griego.

el presente -le decía a moraima- es el último momento de nuestra historia… por ahora.

pero ¿cómo interpretaremos mañana este momento de hoy, tan lleno de contingencias y posibilidades? ¿no dependerá esa interpretación de cómo sea el mañana en que desembarquemos?

si no te emperrases tanto en comprender la vida -me ha replicado-, sería para ti una sonora fiesta.

– ¿quién es capaz de no emperrarse en comprenderla?

yo -ha contestado sonriente.

pues yo no. no porque mire, que sí miro, con más reiteración hacia atrás que hacia delante (lo hago porque tengo más trecho por detrás, y el trecho resulta que soy yo); no porque me sienta viejo (la diferencia entre una edad y otra no se discierne con un número); no porque olfatee más próxima la muerte (la muerte está en la vida, y más en la medida en que transcurre). por lo que procuro comprenderla es para sentirme yo.

no mires hacia atrás, boabdil: mírame a mí.

si no miro hacia atrás (y además allí estás tú tanto como delante) tropezaré: ésa es la paradoja. y si miro sólo hacia atrás, tropezaré también: ése es el callejón sin salida en que reside la tragedia. de ahí que procuremos concebir el pasado y falsearlo, para asirlo mejor y hacerlo nuestro y asegurarnos por lo menos de él.

– ¿es que el pasado no es cambiante? -ha repuesto moraima-. no sólo las cosas pudieron suceder de otra manera ayer, es que de verdad sucedieron de otra manera distinta a aquélla como la recordamos. yo lo veo muy claro: confundimos lo imaginado y lo vivido. y es porque deseamos referir nuestra propia historia con nitidez, y nuestra historia fue nítida en muy cortas ocasiones.

en mi opinión, moraima arguye, sin quererlo, mejor que yo. la vida es, en efecto, una enrevesada continuidad de rupturas, un rumor de manos agitadas que nos dicen adiós. nos ausentamos de ciudades, de casas, de cuerpos, de amores y de desamores, de soledades y de compañías, de convicciones y de debilidades. ¿no estoy yo violentando este presente desde la mañana en que murió jalib, o desde la mañana en que me derrotaron en lucena, o desde la mañana en que entregué granada, o desde la mañana en que enterré a farax? ¿y es en esa violencia en lo que la libertad consiste? ¿retornaría por mi voluntad a la hora que precedió a alguna de esas, o de otras, mañanas? ¿y el dolor ya sufrido?

¿no se reducirá el presente, sobre todo, a defenderse de ciertos aspectos del pasado por medio de una selección de las despedidas, una selección que a nuestros ojos es inteligente, pero acaso sólo a nuestros ojos? porque vivir no es más que estarse diciendo adiós a uno mismo, mucho más que al resto del mundo. vivir -¿cómo iba yo a confesárselo a moraima?- es una soledad resonante de adioses. tal es su única melodía: una melodía que tratamos de no oír.

toda historia -dijo moraima y rompió el silencio- estará siempre mal contada, porque todo narrador elige siempre lo que quiere contar, y porque cualquier cosa cabe dentro de cualquier historia.


hoy, 8 de julio, he firmado por fin la capitulación con los reyes de castilla. les vendo los bienes que me reconocieron hace un año y medio, y me comprometo a pasar a áfrica, desde el puerto de adra, con cuantos deseen acompañarme.

los reyes han retirado sus defensas de las costas de almería, lo cual quiere decir que se hallan en buenas relaciones con los sultanes africanos. ahora espero con impaciencia la contestación del de fez. el maleh me asegura que no he de preocuparme: al mismo tiempo que yo envié a mohamed ibn nazar, zafra envió un emisario de los reyes para certificar que mi exilio contaba con su beneplácito.

estos reyes cristianos son ubicuos, casi como su dios.


me han llegado a la vez dos comunicaciones: la respuesta de el watasi y una carta de zafra. la primera es también un poco inacabable: me acogerá en su reino con todo el placer de que es capaz -no será mucho: los africanos no han avanzado por esa senda aún-, como si se tratase de su misma persona.

zafra, por encargo de los reyes, me traza el itinerario que he de seguir hasta adra. en adra hallaré surtas dos carracas genovesas para mí y los míos. hasta el final y más allá tendré que dar las gracias a mis verdugos, que encomiendan con caridad ‘mi vida y mi salvación a las manos de dios’.


moraima, ya muy incómoda, y yo nos proponemos uno a otro proyectos muy prolijos.

necesitaremos dos o tres vidas para cumplirlos todos -le advierto.

– ¿y es que no vamos a tener dos o tres vidas? -me replica simulando una gran decepción.


ahmad y yusuf, liberados a veces de sus ayos y de sus mentores, se agregan a nosotros en nuestros paseos. ahmad lleva consigo a todas horas el cachorro de alano que por fin me aceptó. es feo y muy gracioso, como una talega plegada que el tiempo se ocupará de rellenar. el primer día quiso que le pusiese nombre.

– ¿te parece bien “din”? -le sugerí.

– ”¡din!” “¡din!” -vociferó ahmad. el cachorro arrugó el entrecejo como si se supiese llamado-. “¡din!” -repitió su dueño una vez más, abrazándolo.

en este mundo ya hay otro perro “din”. ¿no se muere del todo?

quizá es el nombre lo que más importe.


el calor, sofocante, mortifica a moraima. ojalá su buena hora no se retrase mucho.

las mujeres dan por descontada la facilidad del parto. el médico yusuf me tranquiliza: el embarazo ha sido tan normal que los estudiantes de la madraza podían haber aprendido en él cómo han de ser los embarazos.

si supiese cantar sin asustar a los que me oyen, entonaría el viejo zéjel de ben quzmán:


bendito sea aquel a quien dan parabienes por su hijo.


echad velos sobre el niño, formulad votos de buena ventura, sahumad a su alrededor y escribid sobre la cuna en rojo:

niño, di _’no hay más dios que dios’_


moraima ya no me sigue la corriente en los proyectos; se niega a hacer planes remotos: siente el más inmediato demasiado próximo.

el orden de la casa lo ha dejado en manos de mi hermana, que no sirvió nunca para tal menester. mi madre mete su nariz por doquiera, y todo anda manga por hombro; pero eso, al involucrarnos a todos en un grato desorden, aumenta más la común expectativa. es como si todos ayudáramos con nuestro sacrificio y nuestra resignación al parto de moraima. ahmad y yusuf conspiran en los pasillos, seguidos por “din”, apostando cómo será -si rubio o moreno, o sea, si como uno o el otro- el hermanito que ya adoran.

las mujeres han preparado toda clase de amuletos, de supersticiones no siempre conocidas, de incontables y delicadas ropas. sé que se suavizan las manos con piedra porosa y se las tiñen con la mejor alheña. la alcazaba entera se adorna y se adereza para darle la bienvenida a mi hijo.

éste sí va a llamarse como yo, por si verdaderamente es el nombre lo que más importa…


he vuelto de mondújar, de dar tierra a moraima y a mi hija.

al cerrar para siempre estos papeles, ha caído de entre ellos el pétalo seco y mordido de una rosa amarilla.


han pasado dos años desde la última anotación que hice en estos papeles.

¿es eso lo único que ha pasado: dos años? se diría que ha pasado todo cuanto puede pasar.

estoy instalado de una manera provisional -¿de qué otra puede instalarse el hombre?- en fez.

algunos de los míos merodean; son los que, fuera de mí, no tienen otro medio de vida, y los que no la conciben sin servirme.

fez es una ciudad en declive; yo sé bien cuándo lo es una ciudad.

su decadencia política es muy visible: los mariníes han perdido el impulso inicial; aquí una dinastía no dura mucho sin debilitarse (ni aquí ni en ningún otro sitio). su declive económico lo provocan las anarquías y las guerras, que entrecortan los intercambios comerciales con la cristiandad. su declive intelectual, si es que en algún momento estuvo en alza, es el más evidente. aunque la fachada es todavía brillante (las ciudades, como la luz de las estrellas, tardan en apagarse aun después de muertas), tras ella hay un vacío muy profundo. un vacío que se acentúa cada día, porque el sultán, en lugar de mirar hacia el sur, que es de donde siempre le ha venido el peligro a esta nación, mira a europa. sea como quiera, no es cosa mía.


salí de andarax (alguien que los demás tomaban por mí salió de andarax), sin levantar los ojos, el día en que cumplí 31 años.

en adra, a pesar de que el calor se prolongó ese otoño, corría un aire fresco.

no sentía nada, ni ganas de llorar: las despedidas son mi oficio.

en la dársena, tranquila y temblorosa, flotaban dos carracas, ‘horras y libres y francas de todos los fletes y derechos’: fue la única palabra que cumplieron los reyes con tal de que me fuera. a la que me habían reservado y a la otra subieron 1.120 personas, entre mi familia y mis alcaides y las suyas, y los criados de todos.

mientras lo hacían vi, entre los malecones que forman la bocana, una raya oscura que separaba la plata del mar libre -ya no mío- de la plata del puerto -ya no mío-.

como una loriga de escamas deslumbrantes -pensé-. el corán dice que el primero que vistió una cota de malla fue david.’ luego pensé:

’¿para quién pienso?’ más allá el mar era ya azul. y el cielo, arriba, azul; sólo unas nubes desdeñosas. sobre el horizonte, sin embargo, aún era blanco el cielo.

no quise verlo; me volví. en la tierra, una palmera con largas barbas sin podar. alargué la mano señalándola como para decir: ‘no puede descuidarse una palmera así.

¿de quién es la desidia?’ me contuve; bajé la mano. aquello nada tenía que ver conmigo ya. el extremo del velo, llevado por el aire, me cubrió la cara y me rozó los ojos. había una excesiva luz, blanca también, aguzada e hiriente.

los ojos me lloraban. no yo, mis ojos.

volví otra vez la cara. el pelado paisaje, en sucesivas ondulaciones, crecería desde las bajas tierras de almería hasta las alturas próximas a granada. desde allí venían hacia el mar unas nubes espesas. se insinuó un leve viento. se estremecieron las velas de las naves. yo, también.

en la atalaya de la alcazaba aleteaba el pendón de castilla.

lo último que veía de mi reino andaluz no era hermoso. agradecí a dios que no lo fuera.


el viaje por tierra hasta fez fue tan duro que mi madre, alegando la fragilidad de los niños, me rogó que volviéramos grupas y nos quedásemos en cualquier ciudad del norte. yo, hecho a penalidades, no quise ahorrarme ya ninguna.

cuando llegamos a fez, nos habían precedido la peste y el hambre que se propagaron desde túnez. muchos de sus moradores, que la dejaban, se cruzaron con nosotros. a mí me pareció una buena ocasión de terminar; sin embargo, a muchos de mis acompañantes se les ocurrió que era una prueba a la que dios sometía a mis leales, y consideraron llegada la hora de dejar de serlo. unos se desparramaron por el reino; otros volvieron a granada para convencerse de que, tras de lo malo, hay siempre algo peor. yo estaba anticipadamente convencido.

en granada, según he ido sabiendo, los mudéjares están obligados a llevar un capuz amarillo y una luneta azul sobre el hombro derecho. los reyes, cuando comprobaron que los musulmanes más humildes habían decidido permanecer allí, incumplieron una por una todas las capitulaciones. los han recargado de tributos; los tratan con menosprecio y crueldad, y los someten a tiránicas leyes. se ha prohibido hacer desde las mezquitas el llamamiento a la oración, y se les empieza a expulsar de la ciudad que era suya, y a relegarlos a los arrabales y alquerías, en donde se retraen empobrecidos, envilecidos y afrentados.

y si este primer rey, el más sujeto a su compromiso, no lo guarda, ¿qué nos reservarán sus sucesores? nuestra caída no llegó todavía a lo más hondo. ¿por qué se calla dios?


he estado en tremecén. varios viajeros me notificaron que allí residía mi tío abu abdalá. al principio, corrieron rumores de que estaba en vélez de la gomera, y de que, por su traición contra mí, lo habían cegado los jueces con una bacía de azófar al rojo, y que se alimentaba de la mendicidad.

anda lleno de harapos -añadían-, y sobre ellos lleva un cartel que dice: ‘éste es el desventurado rey de los andaluces’.

con él conmueve a la gente para obtener limosnas.

sentí que un puño me agarrotaba el corazón, y me propuse ir sin demora en su busca. fue entonces cuando ibn nazar me acreditó, con pruebas, que habitaba en tremecén.

cuando llegué, lo más velozmente que pude, había muerto hacía un mes. sus hijos, no sobrados de dinero, me mostraron su tumba dentro de un cementerio popular. estaba de pie ante ella cuando se me acercó balanceándose una mujer de aire humilde y muy gruesa, que me besó la mano.

soy jadicha -me dijo, y se deshizo en llanto.

no es jadicha -pensé irritado-. ¿cómo va a ser jadicha, afilada y tonante, esta ballena?’

los ojos, no obstante -lo que se adivinaba de ellos entre los párpados espesos-, sí eran los suyos.

no me atreví a besarla. ¿cómo profanar mi recuerdo de jadicha besando semejante estropicio?


mandé grabar una estela muy rica, igual a la de los sultanes de la alhambra. yo mismo redacté el texto: ‘en el nombre de dios clemente y misericordioso. que dios bendiga al profeta mahoma y a sus descendientes. éste es el sepulcro de un sultán muerto en el destierro, extranjero, abandonado en medio de sus mujeres. después de haber hecho la guerra contra los infieles, lo hirió con su decreto el destino inflexible; pero dios le otorgó resignación a medida de su infortunio. que el señor derrame siempre sobre su sepulcro el rocío del cielo’.

y acto seguido especifiqué:

éste es el sepulcro del sultán justo, magnánimo, generoso, defensor de la religión, cumplidor, emir de los musulmanes y vicario del señor de los mundos, nuestro dueño abu abdalá, el vencedor por dios, “el valiente”, hijo de nuestro señor el emir de los musulmanes sad, hijo de nuestro señor el santo abul hasán, hijo del emir de los musulmanes abul hachach, hijo del emir de los musulmanes abu abdalá, hijo del emir de los musulmanes abul hachach, hijo del emir de los musulmanes abul walid, hijo de nazar el ansarí, el hazrachí, el sadí, el andalusí.

que dios santifique su sepulcro y le depare en el paraíso un lugar elevado. peleó en su reino de andalucía por el triunfo de la fe; se aconsejó sólo de su celo por la gloria divina; prodigó su generosa vida sobre los campos de batalla en los acerbos combates en que los innumerables ejércitos de los adoradores de la cruz caían sobre un puñado de caballeros musulmanes. no cesó, en los tiempos de su poder, de combatir por la gloria de dios; dio a la guerra santa cuanto ella exige, y alentó a sus guerreros cuando vio que flaqueaban.

llegó a tremecén, donde encontró la benévola acogida y el afecto que merecían sus desdichas.

la muerte le sorprendió en tierra extraña, lejos del reino de sus abuelos, los grandes sultanes nazaríes, sostenedores de la religión del elegido.

dios lo llevó a las regiones de la felicidad, y lo vistió de su gracia, entre las dos oraciones de la tarde del miércoles de la luna nueva de xabán del año de 899.

tenía aproximadamente cuarenta años.’

cuando hubieron colocado la losa, la leí despacio. sentí no saber su edad con mayor precisión.

el lapidario, en la caligrafía, había cometido algún error; me pareció excusable: dios también los comete. ‘las historias de quienes tuvieron relación conmigo rezuman la desgracia, o se tuercen’, pensé.

para evitar el agradecimiento de su familia, sin despedirme de ella, monté a caballo y volví a fez.


¿de qué puedo ya hablar sino de entierros? ayer enterré a mi madre. deseé que los últimos rezos los vertieran los alfaquíes sobre su cuerpo en la mezquita de los andaluces. fue difícil atravesar la medina con el ataúd. yo había decidido derrochar un poco del dinero que me queda para complacer la que habría sido su voluntad, y para que supieran los fasíes que se enterraba una persona regia. la comitiva fue muy cara, y muy enrevesado el trayecto hasta la mezquita desde donde yo vivo; pero imagino que mi madre estaría satisfecha, perturbando a sus semejantes hasta después de muerta. al ver abrirse paso al cortejo entre la turbamulta de compradores, vendedores, paseantes, niños, asnos y camellos, muchos decían: ‘es una tía del sultán’. sólo los andaluces, cuando me divisaban enlutado, comprendían que era alguien de mi casa; pero nadie pensó que era mi madre: probablemente suponían que había muerto hace mucho.

a todo conocido que me encontraba, me preguntase o no, le conté cuáles fueron sus últimas palabras:

cuando regreses a reinar a la alhambra, entiérrame en la rauda con los sultanes’. a ella le habría gustado haberlas dicho; ponerlas en su boca es lo menos que un hijo podía hacer. al fin y al cabo, su vida consistió en imponerse y en dejar claro que estaba por encima de todos. desde que salimos de granada, muy pocas veces se había dirigido a mí. ni siquiera cuando murió moraima; entonces sólo dijo, sin mirarme:

creí que, por lo menos, sabría tener hijos. -después volvió a la labor de aguja en que trabajaba, y añadió-: ella remató su bordado antes de lo previsto; mejor, así no tendrá que soportar más degradaciones.

anteayer mostró síntomas graves; se ahogaba. una de sus mujeres me avisó. cuando entré en su alcoba, agonizaba ya. los ojos se le salían de las órbitas. respiraba con un jadeo parecido al de una carreta atollada en el barro.

entre los dientes le brotaba un chirrido que me angustiaba más a mí que a ella. empecé a toser, como si fuese yo quien tuviese una flema, o como si mi carraspeo pudiese servirle de ejemplo para librarse del nudo que la estrangulaba.

– ¿me oyes? -le pregunté.

me contestó que sí con la cabeza.

quise pedirle perdón por tantas decepciones como a lo largo de mi vida le he proporcionado. me excusé, eligiendo los términos, por haber defraudado su esperanza, por haber cedido a los acontecimientos desde mi niñez sin enfrentarme con coraje a ellos. quizá fue una exposición demasiado extensa. mi madre, engarfiados los dedos de la mano con que me asía el brazo, me lo apretó y dijo con agrio tartajeo:

déjate de historias. llama al médico.

convencido de que era inútil ya, y resuelto a que me perdonara, continué exponiéndole mis puntos de vista, mis exculpaciones, la vacilante seguridad de que no habría podido actuar de otro modo.

un refrán reza -murmuraba yo con prisa-: más vale que digan “aquí huyó” que “aquí murió”.

y no pensaba en mí, sino en los granadinos: se acabó el reino, pero no los hombres.

sus dedos se clavaron en mi brazo con una fuerza increíble para una mujer tan anciana y en tales circunstancias.

no me importa nada de lo que dices -me escupió-. ¿qué me importa granada, si me voy a morir?

llama al médico. quiero vivir.

lo único que me importa es que me estoy muriendo…

cuando apareció el médico que yo solicité, ella había muerto.

sólo entonces me di cuenta de cómo se había reducido su cuerpo en todos estos años. estaba allí fruncido, como el de una niña chica amohinada. su rostro, arrugado y menudo, con todas las facciones apretadas, conservaba aún un gesto de desdén como si, hasta después de muerta, estuviese encolerizada contra mí.

ante ella pensé que la historia de los nazaríes ha sido igual que la de cualquier otra familia, o la de cualquier otra persona; no hay de qué asombrarse, ni causas para elevar una querella. algo nace, se eleva, se entusiasma, y después se debilita y cae: eso es todo. igual que un juego en el que se apuesta con ilusión, y se gana o se pierde lo apostado; o se gana y se pierde al mismo tiempo. no se tiene nada firme hasta después, cuando el interés ya ha caducado; nada se sabe con exactitud hasta que ya pasó.

se aspira a la felicidad, y en tal aspiración reside acaso la felicidad misma. como la vida de cualquier persona: un juego, un amor, una música. ¿y es que hay un juego, un amor o una música que no cesen un día?


el médico que no llegó a tiempo para ayudar a mi madre a expirar me visita alguna tarde. ayer salimos juntos. a la puerta de una mezquita me indicó:

asómate. ¿ves ese estanque lleno de peces? ahí traemos a los niños bizcos para que, siguiendo un pez concreto con los ojos, pongan a trabajar sus nervios y se les corrija el estrabismo. es un método indoloro y grato a los bisojos, que juegan y apuestan, y aman cada cual a un pez como si fuese suyo.

el físico reía. y, pasada la calle de los notarios, me mostró una plazuela con un frondoso nogal entronizado en el centro. al fondo de ella, en un amplio edificio, me dijo que está el maristán donde se alberga a los locos. él va de cuando en cuando también a visitarlos.

– ¿como a mí? -le pregunté.

con más frecuencia (con mucha más de la que quisiera) y con muchísima menos confianza. confieso que me dan miedo.

quizá dan miedo porque sienten miedo.

la mayor parte son peligrosos en grado sumo -continuó-. cuando les asalta ese furor frenético que no repara en nada, procuramos calmarlos tocando desde el patio música andaluza. parece que escucharla los aseda. y hasta hemos observado que mejoran después de oírla unas cuantas mañanas. se quedan entre sumisos y alelados, como si el mismo dios les tocara en el hombro y les musitara un recado al oído.

no me extraña -le dije con tristeza-. por el contrario, lo que a mí me faltaría para enloquecer definitivamente es escuchar un concierto de esa música andaluza que no he logrado, ni en sueños, separar de mi oído.

he mandado construir un alcázar cerca del cementerio de los mariníes. para los toscos gustos de aquí, se trata de un palacio refinado, réplica de la alhambra; cualquiera que conozca la alhambra comprenderá que nada hay en mi casa que se asemeje a ella. ni en mi casa, ni en ningún otro sitio: el alma no se copia.

eso me dicen los visitantes granadinos, huidos de nuestra ciudad. eso, y muchas más cosas.

toda andalucía se ha hecho cristiana, hasta el punto de no haber en ella quien diga en público: ‘no hay más dios que dios y mahoma es su enviado’. en los minaretes el obispo cisneros ha instalado campanas; en las mezquitas, imágenes y cruces. si alguien se rebela, es castigado con la tortura y con la muerte. para que abjuren los musulmanes, se les dice: ‘tu antepasado era cristiano y renegó, reniega ahora tú’. se reconoce, pues, que la población de granada estuvo llena de elches, de enaciados y de tornadizos, es decir, de gente que conservaba intacta la gana de vivir. cisneros, desde junio a diciembre, bautizó a 70 mil musulmanes. la reina le decía: ‘cuantos más cristianos y cuanto antes’. las cabezas se bautizan, no el alma.

y, como siempre, se ha alzado mi albayzín, mi predilecto. ‘o conversión o muerte’, es la consigna de los atropellos. espero que, como me decía faiz, muchos sigan adorando a dios en los rincones de su corazón; pero también espero, por desgracia, que los sorprendidos serán quemados. cuando se quiere extirpar lo que sea -una raza, una religión o una forma de vida-, el que tiene la fuerza no duda en emplearla.

yo trato, sin embargo, de reanimar a los emigrantes andaluces diciéndoles:

granada pertenecía a dios, y a él volverá. cuanto sucede está escrito en el libro del altísimo, que no se cierra hoy.

a pesar de mi buena intención, no creo que eso les sirva de consuelo; a mí tampoco me ha servido nunca.


de tiempo en tiempo, en fechas indecisas, releo una o dos páginas de estos escritos con la vaga curiosidad que despiertan los asuntos ajenos. tal arbitraria manera de leerlos ha acabado por introducir su incoherencia en mis recuerdos.

confundo la intensidad de lo que cuentan, lo que representaron y su cronología. si me encuentro animado, agrego unas líneas en los márgenes, o anoto algo ocurrido después de lo ya escrito. eso he hecho en este instante.

hace unos meses me dio por pasear a menudo a través del infinito y diligente hormiguero que es la medina, donde todas las profesiones hallan incómodo acomodo.

posee, o la poseen a ella, tres círculos: el de los artesanos, el del zoco y el de las viviendas.

pero es todo confuso: dentro de ella el pueblo entero vive junto como en una gran casa. las calles son, en realidad, pasillos breves.

sus habitantes oyen la misma voz: la del almuédano, paternal y esperada; huelen los mismos olores punzantes de aliños y de yerbas; van caminando hacia los mismos sitios; adoran al mismo dios, y reposan o rezan sobre la misma estera. la medina es su única casa, no tienen otra; la de cada uno es demasiado pequeña para vivir en ella: es un simple cubil en el que duermen un poco para salir de nuevo, en cuanto amanezca, a aislarse o reunirse.

tienen una cultura -¿o ella los tiene a ellos?- diestra en largas paciencias. son capaces de sentarse a solas y pensar, o capaces de no pensar en nada, o de agruparse en corrillos taciturnos, en los que a veces zigzaguea una sonrisa idéntica por todas las bocas y por la misma causa tácita. una cultura que, al parecer, se resigna y dormita; pero al parecer sólo. su común lujo es el verdor y el agua -la estancia en el desierto está aún muy próxima-, no la conversación; el narrador de historias es el que debe hablar. veo aquí lo que en granada, desde arriba, no tuve oportunidad de ver; y comprendo, más desde dentro, lo que en granada ni me planteé.

un hombre, que viene desde el campo, arrea a sus cuatro burritos hablándoles como si fuesen cuatro personas fatigadas y levemente tontas. en una puerta, tan baja que para poder pasar por ella es preciso descender dos peldaños, leo:

el ojo del envidioso tiene una espina’. la luz traspasa y juguetea con los cañizos que cubren las callejas. en las azoteas, las alfombras despliegan sus elegantes colores desvaídos. el secular martilleo de los latoneros marca el ritmo de la existencia. un ciego canturrea su demanda -’dadle algo a dios’-, avanza con incalculable morosidad, y se lleva sin cesar la mano a la cara como si se lavase.

un hombre tan viejo como el mundo se aleja con dos grandes peces en la mano. dos carpinteros aserran riendo las maderas de un ataúd, cerca de un almimbar ya casi concluido. paso por la concurrida entrada de unos baños. paso por una tienda de alcandoras rayadas, donde el sastre cose y trenza a la vez los hilos, sujetos -tirantes y cuatro en cada mano- por un niño de la estatura de un escabel. paso junto a una jaula donde se arrullan amorosamente dos tórtolas desplumadas y sucias. paso bajo pozos de luz, que se respetan como ninguna otra cosa, ante una esquina, delante de una puerta, en medio de un pasaje techado y oscurísimo. (¿qué indica aquí lo que es una calle y lo que no, lo que es un zaguán o una travesía? se ha conseguido una alta perfección: simular, en pleno día, la noche.) paso ante montones de aceitunas sobre los redores de esparto de las almazaras: negras, moradas, verdes, como piedras preciosas; mientras las admiro extasiado, un burro que cruza defeca sobre ellas. paso ante un babuchero, que sujeta su labor sobre la rodilla por medio de una correa pisada, y mueve la cabeza al son de una melopeya que no entona. paso ante un metalista, que elige entre treinta o cuarenta broqueles diferentes como el que escribe elige una palabra. paso ante la opulencia de las verduras: desde el cilantro, cuyo sabor a vacío abre sitio a los otros, al apio, al perejil, a las rotundas frutas y hortalizas; entre ellas, los pescados verdes del río y los quesos de cabra apresados en diademas de pleita. paso ante un carro de cabezas cortadas: terneras, ovejas, cabras, bajo la luz del sol que, hecha añicos, salpica de dibujos de oro la cochambre. paso junto a los camellos de una caravana, de andar torpe y enredado, que me recuerdan a un hombre que conozco, día tras día afligido sin solución posible, un hombre que desea morir. (jamás he asimilado el misterio del porte altivo de los camellos. cargados, doblegados, hambrientos y sedientos, mantienen -a pesar de su extraña fealdad- la pausa y el compás de su zancada, y el cuello erguido.

al verlos, me hiere siempre un sentimiento de fraternidad; un rey no ha de ser como un caballo purasangre, sino como un camello: eso lo he aprendido cuando no me era útil.) al querer salir de la medina, me extravío, y ya orientado, me vuelvo a extraviar. sólo hay una cosa patente en este laberinto: su fin es descarriar a quien no le pertenece.


la ciudad de los vivos, en fez, se levanta en un hoyo entre cementerios. señalando las colinas llenas de tumbas, los fasíes sonríen y afirman que ellos prefieren el más allá. ‘es más bello -dicen-. los fundadores de la ciudad lo demostraron dejando para los muertos lo mejor.’ frente a la puerta de la ley -o del hombre quemado, que alude a mi paisano ibn al jatib, cuyo cadáver fue expuesto en ella-, junto a la que paso para ir a la medina, hay unas lomas suaves llenas de enterramientos entre olivos. cuando los veo desde mis ventanas, como escarbabueyes posados, pienso que no sería un mal sitio para descansar, si es que la muerte mata.

antes de descender a la ciudad, la contemplo desde el mirador de mi alcoba. las azoteas la cubren.

ellas ofrecen, para el amor y otros encuentros, un camino más hacedero que los de la medina.

abajo y frente a mí veo, como desde la alhambra, un albayzín; con menos huertos y menor blancura, pero escucho sus aguas. al fondo, no tan alta como la mía -¿es mía aún sierra solera?-, hay otra sierra igualmente nevada; pero no a mis espaldas, sino delante, como si mi transida cabeza hubiera enloquecido, o el horizonte de granada se hubiese dado media vuelta. según las estaciones -ahora es otoño-, bajo un cielo de un monótono azul, vela una bruma las colinas que circundan el hormiguero.

las alquerías desparramadas surgen apenas de ella; provoca el sol algún relumbro en las techumbres de las mezquitas; un humo calmo se iza y espesa la neblina; motea las laderas el blanco de las tumbas. por fortuna, aquí la temperatura del invierno es mucho más cálida que la de granada. mi edad no soportaría sus noches de enero: es la única añoranza que no siento.


para llegar al tumultuoso río de los curtidores y de los tintoreros que parte la ciudad, es preciso atravesar un universo: calles bordeadas de humeantes calderos y madejas de colores chillones; el buen olor a maderas quemadas; los suelos, de piedra abrillantada por los ácidos, que se adentran hacia los hornos interiores… un día bajé al infierno de las curtidurías por una cuesta resbaladiza y repugnante tapizada de pelos, lanas, boñigas, regatos pestilentes. mis ojos, educados a huir de la fealdad, se refugiaron en una maceta de lirios rosas y albahaca: allí estaba, sobre un alféizar, incontaminada y portentosa; en un sitio tan inmundo, ¿qué es lo que hacía? (quizá debería de preguntarme mejor por qué llamo inmundo a ese sitio y portentosa a esa maceta.) al final de la cuesta, las pilas de mordientes, hechos con excrementos de paloma, y los muros que cierran esta mina fogosa, tachonados de pieles puestas a secar; en el verano, para que no las perjudique el sol, sólo de noche las extienden. los curtidores y sus aprendices trabajan silenciosos y rítmicos. en medio de ese cráter hostil, sobre el filo de los pilones, semidesnudos, con las piernas teñidas, adoptan armoniosas y elegantes posturas, semienvueltos en vapores que brotan como un vaho de una garganta viva. acuclillados, con cortantes y feroces utensilios, limpian de pelos y desigualdades el revés de las pieles.

(‘los animales jóvenes -me dicensuministran mejores cueros’: es desalentador que hasta en la muerte sean los jóvenes los que alcanzan más éxito; a los viejos, ni la muerte los aplaude.) en esas tenerías, dentro de un tétrico zaquizamí, he conocido a un hombre que lleva trabajando en ellas setenta años; señalando a un invisible rincón, en el que se adivinaba un redujo inmóvil, me dijo: ‘ése es mi padre’. un muchacho, con un bichero, recoge pieles que llevan uno o dos meses en la cal. más allá, otro hace los movimientos de quien pisa en un lagar la uva, como si frotase las pieles contra el suelo, o buscase con los pies una transconejada en el fondo de una pileta. las norias verticales marean el sonoro caudal del río.

desde los altos secaderos se otean los terrados de la orilla de enfrente: es el barrio de los andaluces; hacia él se van mis ojos…


el rostro de la medina se muda con las horas. al mediodía, en el zoco grande, apenas se distingue una palmera contra el color arena del conjunto; apenas, las tejas verdes de una madraza, o la azulejería de un alminar; a la ropa tendida no la menea el aire. a las tres de la tarde, todo es un ruido vertiginoso y sin matices; de pronto, un griterío: el zoco grande reza. si me descuido, súbitamente me encuentro solo…

¿dónde se han ido las demás hormigas? lo mismo que en la vida de un hombre, hay aquí horas en que se rompen todos los juguetes y sólo queda ensimismarse. con poderosos pies, se acerca la profunda noche de la medina; ni una luz hay ya en ella, un crujido no más, un resbalar incógnito, y las calles cuajadas de olores naturales…


¿cómo conocí a amín y a amina?

a un paso de la mezquita de los andaluces tiene su minúsculo obrador un herrero. uno de los obreros, el de tez más morena, me sonreía siempre que nuestros ojos se cruzaban. mientras enderezaba los hierros sobre el yunque, o los retorcía para soldarlos luego al lujoso enrejado, no dejaba de mirarme. cerca de la herrería estaba el taller de un tornero. pero el tornero no me miraba nunca; tanto, que sentía su desatención con más intensidad que si no me quitase la mirada de encima. ¿había visto antes aquella cara angulosa y hermética? ¿quizá en el zacatín granadino? era inútil tratar de recordar; mi tarea es ahora olvidar cuanto viví, y cuanto supe y tuve.

aquel tornero, mediante un sencillo e ingenioso mecanismo, trabajaba a la vez con las manos y con los pies, enfrascado en una envidiable concentración -que yo notaba hostil- hasta después de ponerse el sol. sus ojos, que parecían dormitar, no se levantaban nunca de los maderos de laurel. ¿de qué color serían? no lo pude saber.

una mañana me enteré, sin embargo, por el herrero de que era, en efecto, granadino.

pocos días después apareció cerrada la tienda del tornero.

eché de menos su intrincada labor, que me divertía observar como se observan, entre la admiración y el asco, las contorsiones de un cuadrumano. y eché de menos su intencionada ausencia de miradas. una noche soñé con el tornero; tenía los ojos verdes.

pasaron unos días más. el herrero cetrino y sonriente, por fin, me dijo:

el tornero se ha muerto, señor. aquéllos son sus hijos.

en los escalones de la mezquita había sentados dos muchachos idénticos de doce o trece años. pese a una pequeña diferencia de estatura, saltaba a la vista que eran gemelos; pero por un error de la naturaleza, si es que ella los comete, uno de ellos era varón y el otro hembra. quizá el hecho de que su padre trabajara por igual con los pies y con las manos tenía algo que ver. al darlos a luz, había muerto su madre. esta circunstancia infeliz me los aproximaba. no tenían familia: sus padres vinieron de granada cuando yo salí de ella.

me pareció obligado traerlos a mi casa; aquí están desde entonces.

son, para mí, el resumen de dos mundos: el de esa medina, que se me exhibe y se me esconde (un resumen, como ella, inexplicable, turbador y bello), y el de mi mundo de ayer, el resumen de los desperdigados y preciosos vestigios que hay de granada por la tierra.


los dos son agudos y despiertos, de genio vivaracho y expresión penetrante. su mirada es avizoradora, atenta a todo, saltarina y desconfiada. su sonrisa asoma con rapidez apenas se les mira, como una excusa previsora de una probable acusación. su nariz es corta y no muy recta. sus ojos, verdes como los de su padre en mi sueño, son tan brillantes que parecen encendidos en su interior; hasta el punto de que, si los detienen sobre mí, he de esforzarme para sostenerlos sin apartar los míos. sus cuerpos son melodiosos: es la palabra que mejor les cuadra. el muchacho tiene andares gallardos y retadores, y separa un poco las piernas, dándoselas de hombre; por eso mismo trata a su hermana al tiempo con dureza y benevolencia, como se trata a un niño. el aspecto de ella es obediente y dulce -creo, sin embargo, que encubre una firmeza inamovible-, y, ante la menor duda, vuelve los espléndidos ojos a su hermano. es notorio que hay un pacto entre ellos, explícito o no, que los vincula y los identifica frente al resto del mundo: un mundo del que yo formo parte todavía. a falta de otra ocupación, he vigilado a los muchachos, los he estudiado con detenimiento.

al principio, furtivamente; luego osé hablar con ellos. la diferencia entre nosotros era tan grande como un mar: ellos, o estaban muy distantes, o se ocultaban tras las olas. no obstante, a riesgo de precipitarme, saqué mis conclusiones: la vida no los ha dejado intactos, pero sí ilesos; el dolor los atacó, pero no los ha acribillado o, por lo menos, no dejó huellas en su alma. (no creo que se planteen siquiera ese asunto de su alma.) y reflexiono una vez más.

quizá el dolor y el amor sean sólo emanaciones de la individualidad.

sólo el verdadero individuo, es decir, el que tiene cubiertas ciertas necesidades inferiores, es capaz de sentirlos. el pueblo es sólo especie; como especie, es inmortal: incapaz de amor por ello, pero a cambio, por ello también, impasible.

¿tengo derecho a hablar así?

¿he merecido yo lo que poseo? más aún, ¿soy pasible? después de tantas pérdidas, ¿lo soy? sólo un peligro de dolor o de muerte que se corre con deliberación -un peligro no impuesto- hace pasar al hombre, de una vida latente y sólo física, a una vida esencialmente humana.

cuando no se expone la vida, sino que se conserva y perpetúa nada más a través de uno como un mero vehículo, no merece tal nombre. yo lo sé: mucho tiempo he vivido para el conflicto, para el desafío, para el prodigio, lastimoso o benéfico, que encendía mis años; pero perdí el motivo y la razón del riesgo: me fueron total y absurdamente arrebatados. y su carencia es hoy un reguero de fuego que lo consumió todo, hasta el dolor. (ahora el dolor, anestesiado para seguir viviendo, se ha convertido en un sordo estado de melancolía, en un umbrío fondo de desdicha que no me permite ver, ni querer ver, el mundo. ahora soy como un barco vacío a la deriva.) yo he despreciado a quienes se resignaban a sobrevivir; a los que, como estos dos muchachos, nacían destinados sólo a eso. ‘porque vivir -me decía- no es continuar vivo, sino participar en el misterio, en las desalmadas siembras de la vida y en sus recolecciones: crear vida, y no sólo engendrarla.’

¿acaso por eso están aquí amín y amina? ¿serán ellos el último reducto donde debe latir mi corazón?

los animales salvajes y el pueblo menesteroso, si los examinaba con detenimiento, me dejaban exhausto. cuando la vida es un irresistible impulso, dirigido con exclusión de lo demás a no morir, se vuelve incomprensible y rígida, como un deber sordomudo desprovisto de cualquier recompensa. en la incesante noria, los cangilones se llenan y se vacían de un agua indiferente; suben y bajan, utilizados o inutilizados sin su consentimiento. ¿y es vida eso, ese constante azacaneo, esa persecución del alimento, del cubil, de los hijos? el ser humano tiene una parte que pertenece a la indómita naturaleza, pero ¿no tiene otra en que la contradice? el amor, que en apariencia nos empuja a engendrar otra vida, ¿no mueve a los amantes a quitarse la suya en las mejores ocasiones? el náufrago que se ahoga es más grande que el mar; porque el náufrago sabe que se muere y el mar no sabe que lo mata.

sobrevivir; pero ¿hasta dónde?

¿será la ferocidad la única arma, una ferocidad tan inocente e irracional como la ternura con que el león lame a sus crías? sobrevivir a toda costa no es humano. la muerte es seductora: la primera noche de veras relajada, el dócil almohadón en el que el cuerpo, con un suspiro, se evade y se disuelve.

morir es la irremediable meta de la casualidad, la conclusión del no solicitado encargo: reposar la cabeza, cerrar los ojos, y que cese el miedo. ay, qué fácil sería: un leve corte en la vena precisa, y desaparece el temor a un mañana de ataques impensados, de hoscos aires de enemistad, de derrotas y de envejecimiento; un mañana que desmoronará la ferocidad imprescindible para sobrevivir, y que nos desamparará bajo la dentellada del más joven que empieza. se terminó: el leve corte, y lo oscuro nos arropa con su maternal connivencia. ¿no será el hombre más hombre si exacerba lo que de menos animal hay en él: esa capacidad de interrumpir a discreción de su vida? y, sin embargo, ¿en qué afecta a la vida que un individuo muera, sea hombre, o fiera, o pez que sigue el ojo bizco de un niño pequeño?


no sé si eran éstas las razones que me movieron a acercarme, progresiva y lentamente, a amín y a amina, como quien se acerca a unos cachorros huérfanos de tigre. no sé si fue reemprender una tarea de experiencias y de enseñanzas, o defenderme detrás de su escudo valeroso, o suministrarle un sentido a toda esta oquedad, o sustituir a mis propios hijos que ya no están conmigo y que no me respetan, ni acaso me respetaron nunca, o tratar de que suplanten a una hija nonata que por lo mismo no me ha decepcionado, o acaso todo junto.

mejor será no preguntarme si sobrevivir es también ir viviendo de una prórroga en otra.


me inunda un aluvión de noticias de lo que, a lo largo de estos años, ha ido sucediendo en granada. los musulmanes de allí han podido irse haciendo a la idea; a mí se me desploma todo encima a la vez, y me abruma. es cierto que el tiempo diluye y dosifica el dolor y la vida, y es él quien nos lleva de su mano, con benignidad -si le dan tiempo al tiempo-, camino de la muerte.

en la plaza de bibarrambla encendieron una hoguera con libros: los que dejé en la alhambra y los hallados en las casas en que, según las capitulaciones, no podían entrar. nada se ha respetado: ni la ciencia, ni la filosofía, ni la medicina. libros que representaban siglos de amor y de dedicación: nuestras oraciones, nuestras “qasidas”, nuestra mística y nuestra música. todo ardió. si cierro los ojos, veo el humo, ascendiendo como un árbol de insensatez, de resquemor y de contradicción, clamando hacia el limpio cielo de granada.

veo consumirse en el fuego libros lujosos como pájaros, coloreados guadameciles, platas chapadas, meticulosas filigranas, figuras que el refinamiento de nuestra cultura tardó cientos de años en crear.

veo arder mi cultura, y escucho las campanas enemigas repicar a gloria. ¿a qué gloria? ¿a qué unidad aspiran los feroces? ¿el camino de la unidad será el destrozo, la violencia de los cuerpos y de las fes y de las opiniones, la aniquilación de cuanto no sea idéntico?

en ronda han muerto tantos que la sierra bermeja se llamará desde ahora bermeja por la sangre, no por el matiz de sus piedras; las sublevaciones de la alpujarra se han ahogado en más sangre todavía.

toda aquella belleza sumida en sangre y llanto. qué cristiana manera de cristianizar la de expedir al paraíso a quienes les estorban. qué falsía la de disfrazar la política con los recados de la divinidad. ‘o bautizarse, o pasar a áfrica en las naves del rey, a diez doblas por cabeza’; pero previamente les habían arrapado las doblas. ¿qué le dirán de noche a su dios esos reyes, si es que de verdad creen en él? los criminales por decreto divino, los torturadores de la fe, ¿cómo rezarán a su dios?


muchos granadinos de los que pasaron al norte de áfrica, aún resisten dedicados a la piratería.

quizá no esperan volver ellos mismos un día, sino que luchan para sus hijos y para sus nietos. hay momentos en que me devora la necesidad de poner mi nombre y mi bandera carmesí al frente de ellos y de morir con ellos. su pasión es la que ha ratificado a los cristianos en que el único medio de vender al islam es cortar con el cuchillo de la religión las vías del estrecho. bautizar a los musulmanes de la península, pero conquistar también y convertir, para mayor descanso, las plazas costeras africanas.

y aquí se han presentado. ¿se dejará engañar por ellos su dios?

¿se engañan a sí mismos? conquistaron orán por el puro botín; a nadie le interesaba convertir a nadie, ni convencer a nadie; la rapiña tan sólo: degollar, acuchillar, picar como toros a ‘la morisma’ para acabar con ella. no han dejado más de 80 moros vivos.

un moro muerto es el mejor de todos’, dicen sus capitanes. las dos mezquitas se consagraron a la encarnación de dios y a santiago matamoros, para dejar bien claro a lo que habían venido: a escupir sobre nuestros cadáveres. el temor al sólo nombre de los españoles ha hecho que la mayoría de los habitantes de tremecén y los pueblos vecinos se precipitasen a huir.

aquí han llegado muchos; entre ellos, los familiares de mi tío abu abdalá, a quienes he tenido en esta casa hasta que hallaron hospedaje en la medina. la tumba del “zagal” ahora está sola. jadicha -o esa inflamación suya- se ha quedado conmigo en honor al recuerdo de mi hermano yusuf.

(ahora mismo la escucho bambolearse por la casa; cuando intenta no molestar es cuando más ruido hace.) reyes católicos se llaman estos reyes de españa. si hay un dios que se complazca en cuanto hacen, no desearía conocerlo jamás. ay, andaluces: igual que ayer vuestra sabiduría, hoy vuestra simiente y vuestra sangre son esparcidas sin tino por el mundo, lo mismo que se aventan con un bieldo las mieses…


terminando de escribir lo que antecede, entraron amín y amina, y me sorprendieron con la cabeza caída sobre estos papeles, sollozando. sus demostraciones de afecto han sido tan extremadas y efusivas que me he abandonado, como un niño, a ellas. me han cubierto de los besos y las caricias que entre ellos se prodigan con absoluta y encantadora carencia de pudor.

desde el primer día me propuse no interferir entre ellos; hoy una cálida y olvidada desazón se ha despertado en mí. ¿qué se proponen con tales agasajos? ¿qué me dan a entender?


el hijo mayor de el maleh -hace tres años que murió su padreha almorzado hoy conmigo. estimulado por mí, goza de un puesto relevante en la corte, y está al tanto de lo que acaece fuera de esta ciudad. me ha contado la historia de aben comisa, desde que huyó de la alcazaba de andarax.

había comprendido que para medrar era preciso convertirse; los reyes fueron sus padrinos de bautismo. adoptó el nombre de don juan de granada, y advertido de que, por la influencia del obispo cisneros, la orden franciscana le proporcionaría un porvenir brillante, tomó sus hábitos. no se resignó, sin embargo, a vegetar en un convento que aplazaba indefinidamente su ambición. huyó de él, no sin llevarse el dinero de los frailes, que no era poco y, de nuevo musulmán fervoroso, se estableció en argel. allí se propuso llegar a valido del emir y, con halagos e insidias, lo consiguió.

con la misma inteligencia para el mal con que engatusó a mi madre, lo engatusó a él, y logró que le encomendase la defensa del reino.

entró entonces en negociaciones con el conde pedro navarro y, por dinero, vendió aquella plaza como vendió mi señorío. cuando la escuadra española se presentó en bujía, se desencadenaron, contra lo prometido por aben comisa, luchas inesperadas y terribles.

sus antiquísimas y elevadas murallas albergaban un pueblo más numeroso que el de orán y más rico, pero menos guerrero y muy dado a placeres. una vez que, durante el ramadán, se rindió la ciudad, el pueblo entero fue pasado por las armas. y cuando navarro tomaba posesión del palacio, tropezó con un cuerpo apuñalado en el salón del trono: era el de aben comisa, muerto a manos del propio sultán, que había descubierto su traición.

supongo que, si existe otra vida y se castiga en ella la maldad, no habrá suficientes castigos para el mayor traidor. pero, aunque así sea, aben comisa ya reposa; hay hombres a quienes sólo la muerte, a duras penas, es capaz de frenar.

el rey de bujía, unos meses más tarde, trató de recobrarla.

los castellanos destruyeron sus tropas; él ha pedido refugiarse aquí, donde nos encontramos todos los destruidos.

tanto que, si la indolencia no me desanima, pienso visitar en agmat las tumbas del último sultán zirí de granada y del último rey de sevilla, desterrados allí, en el lejano sur, cerca de marraquech.

precisamente a ese almutamid, que se impacientaba ante la tardanza de la muerte, le he escrito una elegía, que bien podría aplicárseme.


la noche anida silenciosa en el pecho de la mañana.

cuando caiga, equiparará al camellero de áfrica y al porquerizo de castilla con el que más brilló en el alto cielo.


añicos de tu corazón yacen en córdoba y en ronda; con itimad se enterró el último.

para tus herederos no hay herencia: ni trino, ni arrayán, ni limpia sombra, ni agua alegre.

los cuervos te parecen, desde abajo, las aves de la misericordia.


la embriaguez de tu vida -caricia, espada y verso- se concluye en esta resaca.

amar fue poseer: tu desafío no pueden mantenerlo manos cargadas de cadenas.


pregunta a silves, donde empezó el gozo, si te recuerda.

aún las mismas palmeras se yerguen junto al mismo alcázar, la misma luna, el mismo río que reflejó la faz de rumaiquiya.

todo igual y sin ti, y tú igual y sin todo.

entre la alberca y los jardines, cuántos palacios para nada.


responde, agmat’, repites.

‘¿cabe en ti tal grandeza sin romperte?’

respóndeme tú a mí: ¿se rompe acaso de dolor tu memoria, triunfante siempre del ansiado olvido?

una certeza te apacigua sólo: en el día de la resurrección tus ojos se abrirán otra vez en sevilla.

pero para resucitar hay que morir: es lo que más deseas.”


trípoli no ha tardado en caer ni tres meses. los cristianos ya han puesto sus pies en áfrica con fuerza. y yo bien sé qué difíciles de parar son esos pies.


hoy fue la fiesta del nacimiento del profeta. le he regalado a amina el collar y el pectoral que, hace ya tantos años, encargué para moraima, y que los joyeros granadinos no me enviaron hasta después de muerta. nunca pude figurarme que unas alhajas produjeran semejantes transportes de alegría.

hacer feliz a alguien quizá sea la forma más modesta -pero también la menos peligrosa- de acercarnos a la felicidad.


dos estremecimientos recorren el mundo islámico. para unos, es la esperanza de la unión de todas las fuerzas fraternales; para otros, el miedo a que el gran turco conquiste él solo reinos islámicos que son independientes.

¿es que no han cesado todavía las fantásticas conquistas del islam?

para alivio de mis tribulaciones, los enemigos del sultán de fez me instigan a una nueva ilusión. ¿qué responderles?

desde bayaceto, que conquistaba otranto mientras yo fui coronado por primera vez, hasta selim, hay una sucesión de triunfos que asombra al universo. a selim le llaman “el torvo” o “el feroz”: mató a su padre, mató a sus hermanos y a los descendientes de ellos, mató a tres hijos suyos.

algunos hombres no saben hacer más que avanzar, no saben mirar más que adelante: ¿son por eso admirables?

no lo sé; quizá los pueblos, sin ellos, reptarían. ¿qué no es turco a estas horas? a partir de constantinopla, un renovado orgullo se despliega: serbia, anatolia, irak, la arabia desierta, la pétrea, la feliz, y egipto, y medina, y la meca y belgrado.

la cristiandad vuelve a perder el sueño y a temblar con su papa a la cabeza. ya pío II, por temor, le ofreció a mehmed la corona imperial si se convertía; ya inocencio vIII, por temor, acogió en roma al hermano de bayaceto.

¿pierde el sueño la cristiandad con causa? ¿se alegran con causa quienes piensan que pronto serán turcas la berbería entera, y sicilia otra vez, y cerdeña, y otra vez andalucía? entre el estremecimiento de júbilo y el de alarma, me pregunto: ¿es lo turco lo islámico? ya pasó para siempre la bienaventuranza de los omeyas y de los abasíes, ¿sobre qué, pues, si no sobre la fuerza puede fundarse el nuevo imperio? ¿o es que sentimos la religión como habría de ser sentida? ¿impidió ella, apenas muerto el profeta, que ya el tercer califa luchase contra el cuarto? con razón el profeta habló más de la guerra santa interior que de la exterior. ¿no lo escribió, hace siglos, ibn jaldún?: los árabes -y nosotros alardeamos de ser como ellos o ellos- son, entre todos los pueblos, los menos propicios a subordinarse unos a otros; ásperos, orgullosos y ambiciosos, todos quieren ser jefes; rara vez sus propósitos y aspiraciones las logrará concretar y transmitir un portavoz; sólo cuando la religión actúa sobre ellos, a través de sus santos y profetas, alguna disciplina mengua su rebeldía. y entonces el orden religioso los sojuzga y aúna en organizaciones comunales, hasta que de nuevo surjan entre ellos los odios de las tribus.

pero ¿se repetirán las circunstancias favorables? lo dudo; la historia no reincide. las fuerzas interiores disgregadoras del islam, la afirmación de los países y de las naciones, son demasiado potentes como para dar paso a una unión religiosa. ah, sí: si nos uniéramos dominaríamos el mundo. y de continuo alguien nos lo propone a gritos; pero ¿cuándo se ha conseguido encarnar ese ensueño?

acaso permitirlo no está en los designios del altísimo; puede que para todos sea mejor. nuestro destino, apenas y por poco tiempo rebatido, es ser reyes de taifas.

los demasiado poderosos no suelen ser muy hábiles; pero, aun aceptando que los turcos vinculasen a todos los musulmanes de modo continuado y convencido, ¿habría de alegrarme yo de que granada volviese a ser islámica? aunque se me restituyese el trono de la alhambra, ¿qué tendría que ver yo con los turcos? nuestra religión interviene, es cierto, en cada hora de la vida; pero ¿tanto como para que coincidan nuestras maneras de gozarla, de amar, de entristecernos, de contemplar el mar, de embriagarnos con la libertad o de movernos con la música? abismos nos separan de los cristianos, pero quizá haya entre muchos de ellos y nosotros menos distancia que entre nosotros y los turcos. granada no será nunca más granada: nosotros, que la hicimos, lo sabemos muy bien. ¿y puedo yo regocijarme de que los otomanos pisen la vega y la sierra solera? en el nombre de dios, como musulmán, sí; pero como andaluz, jamás. y, en el fondo, más que otra cosa alguna en este mundo -y en el otro, si lo hay-, ¿qué soy, sino andaluz?


el amor -¿por qué no llamarlo valientemente así?- de amín y de amina ha levantado un tibio clima en torno mío. pronto voy ha cumplir sesenta años. me he ido quedando solo. ellos se ocupan de allanar los obstáculos y las contrariedades que siempre existen alrededor de un extranjero viejo y solitario. son, y lo digo con un conocimiento muy profundo, un ser único con dos cuerpos de sexos diferentes. me mantienen vivo con sus risas, con su deseo auténtico de festejarme y agradarme, y, enamorados como están uno de otro, jamás persiguen fuera de esta casa lo que encuentran sobradamente en ella.

nadie comprendería ni justificaría nuestras relaciones: ni las de ellos conmigo, ni las que gozan entre sí. yo no aspiro a una comprensión tal: los hombres pocas veces entienden aquello que no sienten, pero, por el contrario, justifican lo que sienten sin el menor escrúpulo. quizá ése sea mi caso; no lo sé; no voy a preguntármelo. acepto el último obsequio de la vida como se acepta un postre jugoso y agradable; en él, contra lo que cualquiera podría imaginar, no hay ni la menor sombra de complicación.

ignoro cuándo comenzaron ellos a ser amantes, y voy a continuar ignorándolo; también ignoro cuándo resolvieron, si es que hubo una resolución, ofrecerme su amor y requerir el mío. todo ha sido el resultado de muchas noches apacibles en que hemos leído juntos, bebido juntos, aprendido juntos, compartido canciones y conversación. son dos criaturas gentiles y dadivosas de sí mismas. sé que habrá quien juzgue que, si me aman, es por mi fortuna. se equivocan: mi fortuna, en su mayor parte, está ya en manos de mis hijos, y, aunque no me amaran, el resto habría de ser para estos jóvenes que iluminan mis noches y recrean mis días.

ellos me dan más de lo que reciben. en ellos he encontrado una compensación y una tarea; alguien en quien depositar lo poco que aprendí, lo poco que obtuve de la vida, y la escasa capacidad de cariño, curiosidad y sorpresa que aún retengo. eso no quiere decir que me aferre, por medio de sus manos, a la supervivencia. no me engaño.

he alcanzado algo que jamás supe lo que significaba: la serenidad, con todo cuanto acarrea de indiferencia y de resignación. y sé que un postre, por gustoso que sea, lo único que puede hacer -no otro es su oficio- es concluir con dulzura una comida, y sugerir a los comensales que ha llegado la hora de levantar la mesa. esa hora no la esquivo, ni la apresuraré. ya me han cansado las iniciativas.

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