Un paño combado de nubes panzudas pendía a baja altura sobre el aeropuerto, y una llovizna de verano caía al sesgo. Pareció durante un rato que el avión tuviera que desviarse por la escasa visibilidad, pero por fin recibió permiso para tomar tierra, si bien con más de una hora de retraso. Quirke se encontraba con Phoebe en el ventanal de observación y vio entrar el aparato desde la pista de aterrizaje, con las cuatro grandes hélices todavía a toda máquina bajo la lluvia, arrastrando túneles ondulantes de aire húmedo por debajo. Los hombres de impermeable amarillo arrimaron dos escaleras con ruedas a las portezuelas, que se abrieron desde dentro. Los pasajeros comenzaron a desembarcar, todos ellos con aire aturdido y desaliñado incluso desde tanta distancia. Rose Crawford fue una de las primeras en aparecer. Llevaba un traje negro muy entallado y un sombrero negro con velo -qué bien le sienta el luto, observó Quirke con adustez-, y una maleta pequeña de cuero negro y lustroso. Hizo un alto al salir a la escalera y miró la lluvia, volvió al interior de la cabina y dijo algo, y en un instante apareció una de las azafatas abriendo un paraguas, bajo cuya protección bajó Rose muy compuesta, pisando con cuidado en tierra extranjera.
– De verdad, no se me alcanza a imaginar qué pretendían encontrar en mis maletas -dijo exagerando su acento sureño cuando por fin salió a paso largo de la Aduana-. Supongo que un cargamento de revólveres, digo yo, a la vista de que soy yanqui. Quirke, estás hecho una pena… ¿Me has tenido que esperar mucho? Ah, y veo que sigues teniendo cojera. Pero, Phoebe, cariño, tú… ¡tú estás radiante! ¡Qué gusto da verte! ¿Estás enamorada?
Ofreció la mejilla para que ambos la besaran por turno. Quirke percibió su olor recordado. Tomó sus maletas y los tres atravesaron el gentío que aguardaba a los pasajeros recién llegados. En la cola de los taxis ya había bastante gente. A Rose le sorprendió enterarse de que Quirke no conducía -«No me preguntes por qué, pero te había imaginado al volante de un trasto de los grandes, un coche potente»-, y torció la nariz al percibir en el taxi el olor a tabaco rancio y a cuero resudado. Arreciaba la lluvia.
– Hay que ver -dijo con acaramelada insinceridad-. Irlanda es tal cual me la esperaba.
No tardaron en circular por la carretera de Dublín. Bajo la lluvia, los árboles brillaban con un verde más oscuro que el verde oscuro.
– Es casi grotesco, ¿no crees? -dijo Rose a Quirke, que iba sentado delante, al lado del taxista-. Cuando nos conocimos, tú llegaste a Estados Unidos para presenciar lo que iba a ser un funeral, el de mi pobre Josh, y ahora aquí estoy yo, para presenciar el entierro de su gran amigo Garret. Da la impresión de que te siguiera la muerte por todos lados.
– Gajes del oficio -dijo Quirke.
– Claro. Siempre se me olvida a qué te dedicas -se volvió hacia Phoebe-. Pero tú me lo tienes que contar todo bien despacio, con pelos y señales, todas las noticias, todos los secretos. ¿Has hecho travesuras desde la última vez que nos vimos? Eso espero. Y me apuesto cualquier cosa, cielo, a que te mueres de ganas de haberte que^ dado conmigo allá en North Scituate y no haber regresado a este lluvioso rinconcito del planeta.
Rose había sido la tercera esposa, y ahora viuda, del difunto abuelo de Phoebe, Josh Crawford. Fue en la mansión de Rose, el día del funeral del viejo, donde Phoebe supo por fin, directamente de labios de Quirke, los detalles de su verdadero origen familiar. Desde aquel momento, Quirke había convivido con el temor a su hija, un miedo apagado y sin embargo constante, e imposible de explicar.
– Oh, aquí soy feliz -dijo Phoebe-. Tengo una vida propia.
Rose, sonriendo, le dio unas palmaditas en el dorso de la mano.
– Seguro que sí, cariño -se recostó en el respaldo y miró las grises y lluviosas afueras de la ciudad que pasaban de largo. Suspiró-. ¿Quién no iba a ser feliz en un sitio como éste?
Desde el asiento de delante, Quirke le habló por encima del hombro.
– ¿No estás cansada?
– He dormido en el avión -apartó los ojos de la ventanilla y miró el perfil de Quirke-. ¿Cómo está Mal?
– ¿Mal? Oh, Mal es como es. Sobrevive, ya sabes.
– Debe de estar triste por la pérdida de su padre -ella miró de nuevo a Phoebe, que iba sentada como una estatua de piedra a su lado, detrás del cogote del taxista. Rose esbozó una frágil sonrisa; la cuestión de los padres perdidos, se dio cuenta, era obviamente delicada.
– Sí -dijo Quirke sin entonación-. Todos estamos tristes.
Ella volvió a estudiar su perfil de emperador romano y esbozó su sonrisa más felina.
– Es lógico.
En el Shelbourne, el portero de sombrero de copa gris y levita acudió a recibirlos con un paraguas negro e inmenso, muy sonriente. Rose le dedicó una mirada fría y atravesó la puerta giratoria. Quirke estaba a punto de decirle algo a Phoebe cuando ella se apartó de él con brusquedad y siguió a Rose al interior del hotel. ¿Qué le pasaba? Apenas le había dirigido la palabra desde que la recogió por la mañana para ir al aeropuerto. Ni siquiera lo invitó a subir a su casa, y lo hizo esperar bajo la llovizna en el portal, mientras ella terminaba de arreglarse. Estaba molesta por la muerte del abuelo Griffin -el viejo y ella habían tenido siempre una especial proximidad-, pero parecía más colérica que entristecida. ¿Y por qué, se preguntó Quirke, por qué era él la diana de su ira? ¿Qué había hecho él? Es decir, ¿qué había hecho, si es que había hecho algo por lo que no hubiera sido ya castigado muchos cientos de veces? Dio la propina al portero y le indicó qué hacer con los bultos. Estaba harto de ser el objeto al que todos culpaban de algo. Llevaba el pasado atado como una lata a la cola de un gato, y hasta el menor de los esfuerzos que pudiera hacer por avanzar producía un ensordecedor estrépito a su espalda, un estruendo vergonzoso. Suspiró y entró en el hotel sacudiendo unas cuantas gotas de lluvia fina del sombrero.
Mientras Rose deshacía su equipaje la esperaron con palpable intranquilidad los dos, el hombre y la hija, en el salón de té de la planta baja. Phoebe se acomodó en un sofá, y se dedicó a fumar sus Nubes de Paso mientras miraba la lluvia que susurraba contra los cristales de las tres grandes ventanas que daban a la calle. Los árboles apiñados enfrente prestaban una leve luminiscencia verdosa a la sala. Quirke enredaba con su bolígrafo de rosca, intentando dar con algo que decir, pero sin lograrlo. Apareció entonces Rose. Se había cambiado de ropa, una falda roja y una chaquetilla roja también -«Pensé que iría bien añadir un toque de color a una ocasión tan lúgubre»-, y Quirke reparó en que esas prendas tan vistosas, a pesar de su maquillaje perfecto, a pesar de su resplandeciente melena negra, sólo mostraban de un modo más descarnado cómo había envejecido en los dos años transcurridos desde que la vio por última vez. Pero seguía siendo una bellísima mujer, aunque fuera de un modo bruñido, metálico. Ella le había pedido que se quedara en Boston con ella después de la muerte de su marido, se lo pidió a él y a Phoebe, a los dos. Sonrió para sus adentros pensando en cómo habría sido, los tres viviendo en Moss Manor, la enorme mansión de Josh, o más bien su mausoleo, rodeados de dólares en abundancia, la señora Rose Crawford y su nuevo esposo, el mimado señor de Rose Crawford, junto con su hija por fin reconocida, la hija que no le perdonaba.
– Supuse que estaríais en el bar -le dijo Rose.
– Quirke ha dejado de visitar los bares -dijo Phoebe en un tono que resultó al mismo tiempo altanero y rencoroso.
Rose enarcó una ceja al mirarle.
– ¿Cómo? ¿Ya no bebes?
Quirke se encogió de hombros, y Phoebe de nuevo contestó por él.
– Una sola vez por semana se toma una copa de vino conmigo. Soy su coartada.
– Entonces, no eres un alcohólico…
– ¿Pensabas que lo era?
– La verdad es que me lo pregunté. No te habrá ido mal dejar el whisky.
– Aquí se suele decir que «se le daba bien la botella» -dijo Phoebe. En todo el intercambio no había mirado a Quirke a la cara ni una sola vez.
– Sí -murmuró Rose. Miró a los ojos a Quirke, y sus ojos negros centellearon con una mirada traviesa, sonriente-. Se le daba igual de bien que el biberón al bebé.
Llegó la camarera y pidieron té. Quirke preguntó a Rose si la habitación era satisfactoria y de su gusto, a lo que Rose dijo que estaba bien, «muy curiosa, un tanto deslucida, muy del viejo mundo, como era de esperar». Quirke sacó la pitillera. Rose tomó un cigarrillo y él le dio fuego. Ella se inclinó un poco, rozándole con las yemas de los dedos el dorso de la mano. Cuando se quitó el cigarro de los labios él lo vio manchado de carmín. Se paró a pensar en las muchas veces que se había repetido esa pequeña escena: el gesto de inclinarse, la mirada rápida, cargada de ironía, desde la llama recién apagada, el roce de sus dedos en el dorso de la mano, el papel blanco del cigarrillo, de pronto manchado vívidamente. Ella le había pedido que la amase, que se quedara con ella. Entonces Sarah aún estaba viva, Sarah, quien…
– ¡Por Dios, deja ya de jugar con eso! -dijo Phoebe de manera cortante, y le sobresaltó. Miró con cara de no entender nada el bolígrafo de rosca; se había olvidado de que lo tenía en la mano-. Dame -dijo ella, por un momento revestida de impaciencia de matrona-, dámelo -y se lo arrebató para dejarlo caer en su bolso.
Siguió un silencio breve y tenso. Lo quebró Rose con un suspiro.
– Cuántas muertes -dijo-. Primero Josh, luego Sarah, ahora el pobre Garret -estaba mirando a Quirke-. Se tiene la impresión de que anda por ahí la de la guadaña, ¿no te parece? -y trazó un movimiento circular con el dedo, rematado por una uña escarlata-, y de que se vaya acercando cada vez más -Phoebe estaba mirando de nuevo por la ventana. Rose se volvió hacia ella-. Pero bueno, cariño, esto es demasiado lúgubre para ti, me hago cargo -puso una mano sobre la muñeca de la joven-. Cuéntame a qué te dedicas. Tengo entendido que estás trabajando… en un comercio, ¿no es así?
– En una sombrerería -dijo Quirke, y cambió de postura de manera ostensible.
Rose rió.
– ¿Y qué tiene de malo? Yo trabajé en varias tiendas, en comercios, como se dice aquí, cuando era joven. Mi padre tenía una tienda de comestibles… hasta que quebró, como tantos otros tenderos. Aquello fue en los tiempos duros.
– Y ahora hay que verte… -dijo Quirke.
Ella esperó un momento antes de contestar.
– Sí -dijo con voz queda-, hay que verme ahora.
Él miró a otra parte. Rose siempre era inquietante cuando le hablaba quedo, con dulzura.
Phoebe murmuró algo y se puso en pie y atravesó la sala y se marchó. Rose la miró con gesto pensativo y luego se volvió de nuevo a Quirke.
– ¿Tiene que llevar un luto tan marcado? Me parece un poco excesivo.
– ¿Te refieres al negro? Así es como va vestida siempre.
– ¿Por qué se lo permites?
– A Phoebe ni se le permite ni se le prohíbe nada. Ya es una mujer.
– No, no lo es -aplastó el cigarrillo en el cenicero de cristal que había en la mesa-. Sigues sin entender nada de las personas, Quirke. Y sabes menos aún de las mujeres -dio un sorbo del té y puso mala cara: se le había quedado frío. Dejó la taza en el platillo-. Pero hay algo en ella, algo nuevo -dijo-. ¿Tiene novio?
– Como bien has dicho, no sé nada.
– Pues debería importarte, deberías saber. Es de tu incumbencia -le dijo de manera cortante-. Se lo debes, te lo aseguro.
– ¿Qué es lo que le debo?
– Interés. Atención. Cuidado -sonrió de una manera casi compasiva-. Cariño.
Volvió Phoebe. Quirke la vio atravesar la sala. Sí, Rose tenía toda la razón, tuvo que reconocerlo; había algo nuevo en su hija. Estaba más pálida que nunca, pálida como el hielo, y sin embargo parecía que por dentro ardiera. Se sentó y alcanzó sus cigarrillos. Tal vez no estuviera precisamente encolerizada con él. Tal vez no estuviera siquiera encolerizada. Tal vez sólo fue que la llegada de Rose había despertado en ella recuerdos de cosas que preferiría tener olvidadas.
Apareció Mal. Vaciló en el arco de entrada, entre el vestíbulo y el salón de té, y lo escudriñó de ese modo provisorio con el que de un tiempo a esta parte acostumbraba a hacer cualquier cosa, con destellos en sus gafas de búho. Los vio y se acercó a ellos, pasando entre las mesas como si no viese del todo bien. Llevaba uno de sus trajes grises con un suéter gris por debajo, y una corbata de lazo azul oscuro. El cabello, que se había cepillado rigurosamente para atrás, le sobresalía formando puntas en la coronilla, y en cada una de las mejillas tenía una mancha amoratada de venas rotas. De un tiempo a esta parte, cada vez que Quirke veía a Mal, su cuñado se le antojaba un poco más reseco y polvoriento, como si algún fluido vital se le fuera escapando sin descanso y de una manera invisible. Se inclinó y estrechó con torpeza la mano de Rose. Daban ganas de llorar, pensó Quirke, sólo de ver ese suéter.
Salieron del salón y pasaron los cuatro al comedor para tomar asiento en la mesa que había reservado Quirke. Cuando remitió el aleteo de las servilletas y las cartas se hizo un denso silencio. Sólo Rose parecía encontrarse a sus anchas, mirando a los otros tres y sonriendo, como si estuviera en una galería y se dedicara a admirar los parecidos entre los diversos retratos de familia. Quirke reparó en que el rostro de Mal cuando miraba a Phoebe, a la que por tanto tiempo el mundo entero había tenido por hija suya, adquiría una expresión desdibujada, dolorida. Phoebe, por su parte, apenas levantó los ojos de la mesa. Quirke miró sus manos delgadas, blancas, como garras, sujetando la carta mientras la leía una y mil veces. Qué desdichada le parecía, qué desdichada y, sin embargo, ¿qué otra cosa había en ella? ¿Avidez? ¿Excitación?
– Bueno -dijo Rose en son de burla, animada, entornando los ojos-. ¿No es una delicia?
En una fría y gris mañana de verano, el juez Garret Griffin recibió cristiana sepultura al lado de su esposa, en el panteón de la familia, en Glasnevin. Formó una guardia de honor del Ejército, y a los muchos parientes se sumaron decenas de personas anónimas, pues el juez Griffin, como lo conocían todos, había sido una figura de gran popularidad en la ciudad. Políticos y prelados leyeron sus elogios. Al precipitarse sobre el féretro los primeros puñados de tierra comenzó a caer una lluvia fina. Sin embargo, nadie derramó una sola lágrima. La vida del Juez, según dijo el arzobispo en su homilía, en la misa fúnebre que se celebró en la capilla del cementerio, donde no cabía un alma, había sido una vida digna de celebración, una vida de plenitud y de cumplimiento, de servicio a la nación y devoción a la familia, de dedicación constante a la fe. Después, los apenados asistentes se mezclaron entre las tumbas, las mujeres hablando unas con otras en voz baja mientras los hombres fumaban, escondiendo subrepticiamente los cigarros en el puño cerrado. Comenzaron luego a marcharse los coches negros, triturando las ruedas la gravilla del camino.
El inspector Hackett se encontraba entre los asistentes, bastante alejado de la tumba, con su traje azul y su gabardina negra. Había logrado mirar a Quirke y que éste le viera, y le había saludado llevándose el dedo al ala del sombrero de manera que apenas se notara. Luego caminaron juntos entre las lápidas. Había cesado la lluvia, pero el agua seguía goteando de los árboles. En una tumba de un niño había unas rosas de plástico bajo una cúpula de cristal moteada por el liquen en su cara interna.
– El fin de una época -dijo el detective, y miró deprisa a Quirke, de lado-. No volveremos a ver a nadie como éste.
– No -dijo Quirke de plano-. Desde luego que no.
El Bentley del arzobispo pasó por la cancela de entrada, Su Eminencia sentado y muy erguido en el asiento de atrás, como una efigie de culto que se ostentase en público, expuesta en una urna de cristal. El inspector sacó un paquete de Players y se lo tendió abierto a Quirke. Se pararon a encender los cigarrillos. Luego siguieron caminando.
– He tenido una conversación con ese tipo -dijo el inspector.
– ¿Y qué tipo es ése?
– Su amigo, el señor Hunt. Al que se le murió la mujer, no sé si se acuerda.
El coche fúnebre siguió el mismo camino que había tomado el coche del arzobispo; el alargado espacio de la trasera, donde había estado el féretro, resultaba lúgubre por su vacuidad.
– Sí -dijo Quirke-. Me acuerdo. ¿Y bien?
– Ah, pues Dios se apiade de ese pobre tipo, porque está hecho una pena.
– Me lo imagino.
El policía lo volvió a mirar.
– A veces sospecho, señor Quirke -dijo-, que tiene usted muy endurecido el corazón.
A esto no dijo nada Quirke.
– ¿Qué le dijo Billy Hunt? -preguntó por el contrario.
– ¿Acerca de qué?
Avistaron entonces a Rose Crawford y a Phoebe, que caminaban por delante de ellos, por la senda de ceniza, Rose sujeta al brazo de la joven con el suyo.
– De la muerte de su esposa -dijo Quirke con paciencia.
– Ah, pues más bien poca cosa. No sabe por qué lo hizo, si es que lo hizo.
– ¿Si es que lo hizo?
– Vamos, señor Quirke, no se haga el inocente. Tiene usted tantas dudas como yo en este caso.
Habían recorrido media docena de pasos antes de que Quirke de nuevo tomara la palabra.
– Entonces, ¿usted tampoco cree que Billy Hunt sea inocente?
El inspector rió por lo bajo.
– Según mi experiencia, nadie es del todo inocente. Pero supongo que ya contaba con oírme decir eso, ¿no?
Alcanzaron a Rose y a Phoebe. Cuando Phoebe vio que era Quirke quien la seguía murmuró algo inaudible y se soltó del brazo de Rose para alejarse a paso veloz por la senda. Rose la miró extrañada y negó con la cabeza.
– Qué bruscos son los jóvenes -dijo. Quirke se la presentó al policía-. Encantada de conocerle, oficial -le dijo, y tendió a Hackett una mano esbelta, enfundada en un guante negro; el inspector sonrió con timidez, las comisuras de su boca de pez estirándose casi hasta los lóbulos de las orejas-. Me alegro de conocer a un amigo del señor Quirke. Forma usted parte de una banda muy selecta, al menos según hemos podido ver.
Quirke estaba mirando a Phoebe, que se había reunido con Mal bajo el arco de la cancela que daba a Glasnevin Road. Parecían mucho más un padre y una hija, y Quirke lo sabía, de lo que nunca llegarían a parecer Quirke y ella.
– Y también habrá conocido al Juez, como es natural -le dijo Rose al policía.
Este aún ensanchó más la sonrisa.
– Desde luego que sí, señora -dijo, forzando su acento de las Midlands para estar a la altura del deje sureño que ella empleaba en cada palabra-. Una magnífica persona, se lo aseguro, gran defensor de la justicia y la ley. ¿No es así, señor Quirke?
Quirke lo miró. ¿Fueron imaginaciones suyas, o vio tal vez que al policía le temblaba un momento el párpado izquierdo?
Conoció al hombre del cabello plateado un miércoles por la tarde, cuando se presentó en la casa de Adelaide Road y él estaba allí, sentado en el sofá, en la consulta del doctor Kreutz, con todas las trazas de ser el dueño del piso. Había pensado que el Doctor estaba solo, porque el cuenco de cobre, la señal con la que él le avisaba, no estaba a la vista, en el alféizar, si bien a él se le había olvidado ponerlo allí, buena muestra de lo muy agitado que debía de estar. Cuando le abrió la puerta la miró de un modo sumamente raro, con ojos despavoridos, y ella no acertó a comprender el sentido de aquella mirada hasta que se adelantó a él y se encontró con aquel hombre arrellanado en el sofá y sin haberse quitado el abrigo de pelo de camello. Tenía un brazo sobre el respaldo del sofá y los pies, cruzados a la altura de los tobillos, sobre la mesita. Estaba fumando un cigarrillo que sostenía con afectación, entre el índice y el corazón de la mano izquierda. La saludó con una sonrisa perezosa y la miró de hito en hito.
– Vaya, vaya, vaya -dijo-. ¿Qué tenemos aquí?
Fue de nuevo el abrigo de pelo de camello, cuyas alas se hallaban extendidas a uno y otro lado, lo que le dio la impresión de que se estaba exhibiendo de una manera que a ella se le antojó rayana en la indecencia. El doctor Kreutz se hizo a un lado y se quedó mirando del uno al otro con cara de desconcierto, de desamparo. Ella se sintió cohibida, sin saber adónde mirar. El hombre retiró los pies de la mesa y se levantó con languidez tendiéndole una mano esbelta y casi incolora.
– Me llamo White -dijo-. Leslie White.
Ella le dio la mano, y la del hombre le pareció suave como la de una muchacha, y fría, y húmeda, pero olvidó decirle cómo se llamaba de tan hipnotizada como se encontraba ante aquella sonrisa malvada, ante aquel mechón de cabello que le colgaba sobre la frente -era más bien platino que plata-, y ante aquellos ojos en los que se mezclaba la curiosidad, la osadía, la diversión, aunque también contenían un destello atribulado, como si en broma pidiera disculpas, como si le estuviera diciendo que Sí, ya sé que soy un granuja y un desalmado, pero también puedo ser divertidísimo, ya lo verás. El doctor Kreutz se rehízo en ese momento y la presentó diciendo que se trataba de la señora Hunt, pero ella levantó el mentón con orgullo y miró de lleno a Leslie White, a la cara, diciendo: Deirdre.
Se sorprendió de la firmeza con que dijo su nombre.
El doctor Kreutz les ofreció una taza de té, aunque se le notó a las claras que no lo dijo de corazón. Ella nunca lo había visto tan inseguro, tan falto de confianza en sí mismo. Aún tenía esa expresión despavorida, demudada, con la que la había saludado al llegar, semejante a la expresión del clásico personaje de las películas que trata de hacer saber a la heroína que hay un hombre armado y oculto tras los cortinajes; de continuo levantaba las manos con las palmas hacia arriba, en un gesto peculiar, casi como si estuviera orando, para dejarlas caer de nuevo, derrotado, pegadas a los costados. Leslie White no le hizo caso, ni siquiera miró hacia donde estaba él.
– Bueno, tengo que marcharme -dijo entonces con esa voz suave y soñolienta que tenía, sin dejar de sonreírle. Como si hubiera reparado en que a ella le intranquilizaba ese abrigo que llevaba, se lo echó sobre los hombros, ciñéndoselo en una caricia, sin quitarle ojo de encima, y anudándose el cinturón sin apretar, sin emplear la hebilla-. Adiós, Deirdre -dijo. Lo pronunció como si dijera Deardree.
Se alejó hacia la puerta, seguido presurosamente por el doctor Kreutz, y una vez más se volvió antes de salir para dedicarle una última sonrisa, imperceptible y maliciosa.
Los oyó a los dos en el pasillo, el doctor Kreutz hablando en susurros, con un tono de apremio, a lo que Leslie White contestó con despreocupación:
– Sí, sí, que sí, y tú no pierdas la cabeza, por lo que más quieras.
Oyó abrirse la puerta de la calle y cerrarse enseguida, y un momento después vio aquella cabeza reluciente, como un yelmo plateado, que pasaba de largo por la ventana.
Pareció que transcurría un buen rato antes de que el doctor Kreutz volviera a la estancia. No se había dado cuenta nunca de que una persona de ese color de piel pudiera palidecer, pero lo cierto es que su piel cobriza había adquirido un tinte sin ninguna duda grisáceo. No la miraba. Ella le dijo que sentía mucho haberle interrumpido, pero que al ver que el cuenco de cobre no estaba en el alféizar… Él asintió sin darle importancia, más inquieto que otra cosa. Ella sintió lástima por él, pero al mismo tiempo le quemaba por dentro la curiosidad.
Aquel día no se quedó mucho tiempo. Se dio cuenta de que el doctor Kreutz se mostró aliviado cuando le mintió y le dijo que había concertado una cita con Billy, y que tenía que marcharse antes de lo habitual. En la puerta, él volvió a hacer aquel mismo gesto ineficaz, de súplica, alzando esta vez una sola mano y dejándola caer con desamparo.
Fue por Navidad, y el tiempo era frío, con chubascos de nieve húmeda, arremolinada, y un aguanieve cortante como si cayeran alfileres.
Aunque fue a media tarde, ya casi era de noche, y la poca luz que quedaba era del color del agua de fregar los platos. Al salir de la cancela se detuvo un instante y miró en ambas direcciones para doblar a la derecha y echar a andar hacia Leeson Street, subiéndose las solapas del abrigo para protegerse del frío.
Él se encontraba resguardado en el quiosco de prensa del puente. A ella no le sorprendió; algo le había dicho que él la estaría esperando. El cruzó la calle frotándose las manos y sonriendo como si fuera un reproche.
– Carámbanos -dijo-, creí que no ibas a salir nunca.
Ella pensó en decirle qué opinión le merecía su presunción, su desfachatez, pero antes de que pudiera abrir la boca él la tomó del brazo y se la llevó pegada al costado hacia la esquina de Fitzwilliam Street.
– ¿Y adonde -dijo ella con una risa de incredulidad- te crees que vamos, si se puede saber?
– Querida, vamos ahí mismo, a un pub, donde pienso pedir un whisky calen tito para cada uno, para entrar en calor.
Ella se detuvo y desenganchó el brazo del suyo y lo miró de frente.
– Ah, vaya, no me digas.
El rió y bajó la vista mirándose los pies y sacudiendo la cabeza, y entonces alargó la mano y la agarró con firmeza por el brazo, por encima del codo.
– Escucha -dijo-, podríamos pasarnos aquí un buen rato intercambiando cumplidos si es lo que quieres, contándonos el uno al otro nuestras vidas, y lo que desayunamos esta mañana, y todo lo demás, pero como ya hemos sido presentados, y como hace un frío de muerte, ¿no te parece que podríamos guarecernos en ese pub, donde podrás ponerte todo lo digna que te venga en gana, si es que no te queda más remedio, y yo al menos podré tomarme una copa?
Tenía ella la esperanza de que él estuviera con su coche, le habría gustado ir en coche, pero él dijo que el Abuelo Riley, así lo llamó, estaba enfermo, y que lo tenía en el hospital de automóviles. Así pues, recorrieron a pie la larga avenida, bajo las altas ventanas de las casas en las que ya se iban encendiendo las luces eléctricas, hasta pasar la plaza de los árboles sin hojas, que rezumaban agua, y enfilar por Baggot Street. En los rincones del porche, a la entrada del pub, se había acumulado el aguanieve granulosa, pero en el interior ardía un buen fuego de carbón y las lámparas de la barra difundían un resplandor cálido y amarillento. Eran los únicos clientes a esa hora. Había mesas con sillas bajas, pero prefirieron ocupar dos taburetes en la barra.
– Así es más amistoso, ¿no te parece? -dijo Leslie White, y arrimó su taburete al de ella-. Además, si me tengo que sentar en una de esas sillas, las rodillas se me van a encajar debajo del mentón.
Mientras ella se encaramaba al taburete lo vio tratando de ver algo por dentro de su falda, pero él se dio cuenta de que la miraba, y tan sólo le sonrió; lo había hecho mirando de arriba abajo, no de esa forma tan guarra, con el descaro con que la miraban a menudo los tíos en los pubs, relamiéndose los labios, sino que lo hizo abierta, desvergonzadamente, con una especie de revoloteo invisible, como uno de esos cantantes de ópera que con un gesto de alborozo hacían girar un sombrero de paja o se retorcían las guías enceradas del bigote. Llamó al barman y le indicó con toda precisión cómo debía preparar las copas -«Con agua caliente, ojo, que no esté hirviendo, y no más de tres clavos en cada una»-, y entonces le ofreció un cigarrillo que estuvo a punto de aceptar, aunque se lo pensó mejor, temerosa de que le diese la tos y se atragantase y diera un penoso espectáculo, puesto que no fumaba, y en toda su vida no había dado más que un par de caladas. El taburete era alto, y cuando cruzó las piernas notó que se tambaleaba un instante, y a punto estuvo de caerse para delante, o eso le pareció, como si fuera a desmayarse, de manera que él habría tenido que sostenerla entre sus brazos. Cuando llegaron los dos whiskys humeantes, a ella la cabeza ya le daba vueltas.
Le preguntó cómo había conocido ella al doctor Kreutz. Se inventó una historia, le dijo que el señor Plunkett la había enviado a la casa de Adelaide Road a entregar un pedido que el Doctor había hecho, aunque por la sonrisilla de suficiencia a duras penas disimulada que él adoptó le quedó claro que no la creía.
– Hay que verlo… al viejo Kreutzer -dijo, y quitó la ceniza del cigarro haciéndolo girar contra el canto del cenicero, hasta que la brasa al rojo se le quedó afilada como la punta de un lápiz-. Lo llaman el Guiri de las Manos Prodigiosas, ¿lo sabías?
Se preguntó ella de quiénes estaría hablando, o si ese plural hacía referencia tan sólo a Leslie White. Quiso preguntarle cómo lo había conocido él, pero supuso que tan sólo le mentiría, tal como, era evidente, había mentido ella. Resultaba extraño, pero tuvo que reconocer que algo tenía el Doctor, algo que a cualquier persona le aconsejaba no pecar de una franqueza excesiva al hablar de él. ¿Por qué sería? De cualquier manera, había cosas en Leslie White, de eso estaba segura, cosas más y más turbias, que dejaban toda posible franqueza al margen de cualquier consideración.
Pasaron en el pub poco menos de dos horas; fue una suerte que Billy estuviera de viaje, que no la estuviera esperando en casa, que no captase el olor a whisky en su aliento. Luego tuvo tan sólo una muy brumosa memoria de lo que habían hablado Leslie y ella. No era que el alcohol le hubiera afectado -aunque no estaba, ni mucho menos, acostumbrada a beber whisky por la tarde, ni a cualquier otra hora del día, ni de la noche, desde luego-, sino que se había sentido tan mareada que no fue capaz de concentrarse como hubiera debido. Pensó en el aro que había tenido durante un verano cuando era niña -no era más que una vieja y herrumbrosa llanta de bicicleta, con la mitad de los radios rotos o perdidos-, que hacía girar con un palo por el camino que daba la vuelta al prado, delante de los Bloques; cuando se cansaba de ir corriendo a la par del aro, éste seguía un trecho dando vueltas, recto y muy deprisa al principio, luego más lento, hasta que por fin se ponía a hacer eses antes de caer de lado. Así era como se encontraba en esos momentos, como si fuese más lenta, haciendo eses, incapaz de controlarse. En cambio, no estaba, como el aro, al final del trayecto, sino en pleno comienzo.
Tras la tercera copa alzó la mano y le dijo que no pidiera otra, que tenía que irse a casa, y le mintió al decirle que su marido la estaría esperando. No supo muy bien por qué le habló de su marido: ¿fue para poner a ese individuo en su sitio, porque se mostraba tan creído, tan seguro de sí mismo, o fue, tal como sospechó remotamente, una manera de lanzarle un desafío? En tal caso, ¿qué era a lo que le estaba desafiando que hiciera? La estaba mirando con atención, sus ojos no dejaban de recorrerla entera, de una manera tal que ella casi los percibía en la piel, como los dedos de un ciego. Se imaginó arrellanada en el sofá del doctor Kreutz y no por cierto con el doctor Kreutz, sino con ese hombre plateado, de esbeltas extremidades, inclinado encima de ella, retirando una capa tras otra de un tejido fino como la gasa que la cubría del todo, retirándola una por una, con suavidad, dejando a un lado sus protestas cada vez más débiles, hasta quedar del todo desnuda ante él, desnuda y temblorosa y húmeda. La imagen mental fue tan fuerte que en verdad perdió el equilibrio un instante, y tuvo que cerrar los ojos un momento para concentrarse al máximo y no caer del taburete.
Después no pudo dejar de pensar en él. La obsesionaba como si fuera un espectro elegante y desenvuelto, animoso y, a fin de cuentas, demasiado real. A la mañana siguiente, en la tienda, descubrió que más de una vez la miraba el señor Plunkett con cara de pocos amigos, pues se había dejado llevar por un ensueño cuando estaba atendiendo a un cliente. Todavía le zumbaba la cabeza por efecto de los tres whiskys, a los que no estaba acostumbrada, aunque no fuera ésa la causa verdadera de su distracción, y ella lo sabía.
Le gustaba la atildada precisión con que hacía las cosas Leslie White, cosas pequeñas, sin mayor trascendencia, que ni siquiera parecía darse cuenta de haber hecho, como era afilar la brasa del cigarro en el borde del cenicero, o hacer unos dibujitos como de encaje con las cerillas que había usado para encender el cigarro, o apilar las monedas del cambio en montoncitos distintos, los medios peniques, los peniques y las monedas de tres peniques, con los cantos perfectamente alineados. También sabía hacer un truco con una moneda, hacerla rodar sin cesar sobre los nudillos de la mano, tan deprisa que una sola moneda parecía multiplicarse en tres o cuatro, que giraban y centelleaban. Y vestía muy bien. No estuvo muy segura de que los tonos que gastaba, el blanco, el hueso, el gris metálico, fueran los idóneos para su color de piel y de cabello, pero el corte de las prendas que vestía era excelente, se dio perfecta cuenta, pues tenía muy buen ojo para las prendas de buena sastrería. Quizá se dejara aconsejar si era ella la que le diera consejo. Estaría extraordinario de azul, o mejor aún de negro, con un buen traje negro, tal vez de chaqueta cruzada, con el que destacaría mejor su esbeltez, e incluso un tres piezas con cadena de oro en el bolsillo del chaleco. Se imaginó cogida de su brazo, él todo de negro y plata, ella con algo de tonos pálidos, con mucho vuelo…
– ¡Deirdre! -masculló enfurecido el señor Plunkett, y ella dio un brinco, y tuvo pese a todo dificultad en concentrarse en la viejecita que tenía delante de la caja registradora y que sostenía en alto un chelín con mano temblorosa.
Se sentía culpable y no por Billy, claro que no, sino -y esto le pareció sumamente raro- porque tuvo la sensación de haber traicionado al doctor Kreutz. Se dijo que era una ridiculez pensar de esa forma: ¿qué había hecho, al fin y al cabo, salvo tomarse una copa con un hombre, teniendo en cuenta que ni siquiera era de noche, que había sido por la tarde? Pero por más que intentase restar importancia a lo ocurrido, ni siquiera ella terminaba de convencerse. Y es que algo había ocurrido y algo más ocurriría, y además pronto, de eso estaba segura.
Pero antes aún hubo otra cosa más, algo del todo inesperado, algo que le hizo ver al doctor Kreutz bajo una luz completamente nueva, una luz escabrosa.
Cuando Phoebe era pequeña, sus padres, o el matrimonio que en aquel entonces ella consideraba que formaban sus padres, la llevaban durante dos semanas del mes de julio, todos los años, a una casa de la playa de Rosslare que les prestaban unos amigos de Sarah, gente del teatro, según le parecía recordar. Aquellas vacaciones en el mar se planeaban y se iniciaban como si fueran la gran cosa, aunque la verdad es que ninguno de los tres las disfrutaba de veras, allá abajo, en lo que se daba en llamar entonces el Soleado Sureste. Mal se pasaba el día a disgusto por estar lejos del trabajo, y Sarah no tenía nada que hacer, y aunque procuraba que no se le notase se aburría casi a todas horas. En cuanto a la propia Phoebe, la playa no le entusiasmaba. Odiaba tener que mostrarse semidesnuda en la arena -era flaca y patizamba, y su pálida piel nunca se ponía morena, igual daba cuántas horas pasara al sol-; además, no tenía talento para hacer amigos. Por otra parte, el mar le daba miedo. Un año, cuando tenía nueve o diez, iba caminando sola por la ancha franja de espinos y de hierbajos que corría entre el pueblo y la playa, un trecho que por alguna razón llamaban la Conejera, cuando tropezó, literalmente tropezó con una madriguera de liebres en donde había dos crías. Nunca había visto nada semejante. Parecía como si la liebre, la hembra, hubiese hecho un nido removiéndose en la hierba de un lado y de otro hasta formar una oquedad alisada, acolchada, prieta, donde los gazapos se encontraban acurrucados uno contra el otro, cabeza contra cola, cada uno una imagen en espejo del hermano, de modo que parecía, pensó, un emblema estampado en una bandera o en una moneda. Eran muy jóvenes, pues apenas habían abierto los ojos, y parecía que más que respirar palpitasen de manera imperceptible y veloz, como si ya estuvieran exhaustos ante la perspectiva de las carreras a la desesperada que habían de darse a lo largo de la vida. Decidió sobre la marcha, aunque en lo más profundo de su ser supiera que no era cierto, que estaban los dos abandonados, y que por tanto su deber era salvarlos. Los recogió -¡qué blandos, qué suaves, qué calientes al tacto!- e hizo un lecho con el cárdigan doblándolo por la parte delantera para llevárselos así a la casa, donde los acomodó entre las altas hierbas de una esquina, junto al barril en que se recogía el agua de lluvia, en la parte posterior, donde nadie los viera. Supo, aunque se negase a reconocerlo, que nunca debería haberlos recogido, y cuando fue a verlos a la mañana siguiente y ya no estaban experimentó una oleada de pánico seguida de una culpa y una vergüenza tan inmensas que poco le faltó para vomitar allí mismo. Quiso convencerse de que la madre liebre habría sido capaz de seguir el rastro de las crías y las había ido a rescatar para llevárselas durante la noche, pero no logró creerlo. Fue corriendo a la Conejera para ver si las encontraba allí, pero ni siquiera acertó a dar con la madriguera, aun cuando buscó y buscó durante toda la mañana, hasta que llegó la hora de ir a casa a almorzar.
Nunca le había contado a nadie el incidente, y siempre que se acordaba, cosa que le sucedía con sorprendente frecuencia, a pesar de haber pasado tantos años, todavía le embargaba la vergüenza, si bien recordaba a la vez, y lo recordaba tan vívidamente que era como si volviera a experimentarlo, la cálida emoción que sintió al llevar en brazos a aquellas dos frágiles, desamparadas criaturas, vivas de milagro, en un pliegue del cárdigan, por el camino de la estación, en el silencio de la tarde de verano.
Tener a Leslie White en su piso le producía una emoción en parte muy semejante. Sabía que no estaba bien, sabía que casi con toda seguridad era peligroso haberle dado refugio en su casa. Él provenía de un mundo del que ella apenas sabía nada, un mundo de fama más bien dudosa, un mundo de coches deportivos, y de copas a media tarde y de negocios turbios, un mundo de violencia en el que no era ni mucho menos raro que a uno lo asaltasen en un callejón oscuro unos cuantos hombres silenciosos, jadeantes, armados con cachiporras. El no le quiso decir nada más de la agresión, nada que no le hubiera dicho aquella primera noche. Insistió en que no conocía a los tres malhechores, en que no tenía forma de saber por qué lo habían atacado. Por el modo en que alejaba los ojos de ella como si los deslizara cada vez que ella se lo preguntaba, se dio cuenta de que había algunas cosas que le estaba ocultando. Y ella se alegró de que se las ocultara. Estaba segura de que era mucho mejor no saber demasiado de las andanzas de Leslie White.
Phoebe fue aquella noche a visitar al doctor Kreutz, tal como él le pidió que hiciera. El sitio no era ni mucho menos lo que ella había esperado; no era, de entrada, la consulta de un médico. Cuando el taxi la dejó en la dirección de Adelaide Road que ella le había indicado, tuvo la inmediata sensación de que había algo indefiniblemente siniestro, algo que se debía, le pareció, no sólo a lo avanzado de la hora, no sólo a las calles desiertas. Pasaba con mucho de la medianoche, pero había un espectral relumbre en el cielo, aunque no supo precisar con certeza si era el remanente de la luz diurna o la luz difusa de una luna que aún no había salido. No acostumbraba a salir a esas horas, y el mundo envuelto en tinieblas le pareció provisorio, sin forma definida, como si todo se hallase en proceso de desmantelamiento para pasar la noche. Encima de los árboles lucían las farolas, y las sombras gigantescas de las hojas temblaban en las aceras. Al otro lado de la calle, cerca de la cancela del hospital, haraganeaban dos prostitutas, las brasas de cuyos cigarrillos trazaban movimientos angulosos en las sombras, como si fueran luciérnagas; al verla indecisa ante la cancela pintada de negro se dijeron algo una a la otra y rieron, y una de las dos le gritó en voz baja algo que pareció una pregunta, o una invitación, las palabras de la cual no llegó a captar con precisión, cosa que, se dijo, a ciencia cierta era preferible.
No había señales de vida en el piso del sótano, ni ruido en el interior, ni luz en la ventana, aunque apenas tuvo tiempo de retirar el dedo del timbre cuando la puerta se abrió de golpe, como por ensalmo. El doctor Kreutz no encendió la luz del pasillo, y lo primero que vio de él fue el brillo del blanco de sus ojos, que eran como los ojos del encantador de serpientes en medio de la jungla en aquel cuadro de Rousseau el Aduanero. Kreutz de alguna forma tuvo que saber que estaba allí, antes incluso de que ella tocase el timbre. Cuando le dijo el nombre de Leslie White pareció por un instante que fuera a darle con la puerta en las narices, aunque en cambio salió al dintel, entrecerrando la puerta a su espalda y sujetándola con la mano. Era el médico más extravagante que hubiera visto ella en su vida.
– Ha tenido… ha tenido un accidente -balbuceó-. Me dijo que viniera a pedirle que me dé su medicina. Dijo que usted lo entendería.
Era un hombre alto y flaco, y su rostro era más oscuro que la noche. Llevaba una especie de túnica sin cuello, y cuando ella bajó los ojos vio que estaba descalzo. Despedía un olor no muy intenso, especiado a la vez que dulce.
– Un accidente -dijo sin enfatizar nada. Habló con voz profunda, inesperadamente suave, casi melodiosa.
– Sí -era consciente de que las dos putas la seguían mirando desde el otro lado de la calle; notaba sus ojos traspasándole la espalda-. Está bastante malherido.
– Ah -el doctor Kreutz meditó unos momentos en silencio, midiendo el alcance de lo que ella acababa de decir-. Esto es un grave trastorno.
¿Por qué no le preguntaba qué clase de accidente era el que había sufrido?
– No sé de qué medicina se trata -dijo-. Es decir, el señor White no me lo dijo, tan sólo me pidió que viniera y le dijera que la necesita -estaba parloteando sin demasiada coherencia, y no pudo parar-. No estoy segura de que haya alguna farmacia abierta a estas horas de la noche, pero es posible que si me extiende usted una receta pueda conseguir que me la sirvan en algún sitio, a lo mejor ahí mismo, en el hospital -se dio la vuelta a medias, para indicarle a qué se refería, y vio a las prostitutas por el rabillo del ojo, estiradas las dos hacia ellos por pura curiosidad. El doctor Kreutz movía la cabeza muy despacio de un lado a otro.
– No hay medicina -dijo-. Debe usted decírselo así: no hay medicina, no hay más medicina, se acabó.
– Pero es que está herido -dijo ella. Se encontró de pronto al borde de las lágrimas. Cada palabra que decía caía como una piedra en la profundidad insondable de la calma que tenía aquel hombre, en la lejanía aparentemente insalvable en que se hallaba instalado-. ¿No le puede ayudar?
– Lo lamento, señorita -dijo-, lo siento mucho muchísimo -pero no pareció que lo sintiera, en absoluto. Pasó un instante en el que a ella no se le ocurrió ninguna cosa más que decir, y él entonces dio un paso atrás y regresó sin hacer ruido al pasillo oscuro, y de nuevo hubo ese destello en los blancos de sus ojos, antes de que cerrase la puerta.
Sólo cuando ya salía reparó en la placa de la barandilla, donde estaba escrito el nombre. «Sanador Espiritual.» ¿Qué sería eso exactamente?, se preguntó.
Leslie estaba tendido en el sofá, tal como lo había dejado, adormilado, con la cabeza torcida sobre los cojines.
A la luz de la lámpara eléctrica de la mesita, su rostro destrozado parecía más hinchado de lo que estaba antes, lleno de moraduras brillantes, enrojecidas; más bien parecía algo expuesto en el escaparate de un carnicero. Cuando le comunicó lo que le había dicho el doctor Kreutz, que ya no iba a haber más medicina, él se cubrió los ojos con la mano y le dio la espalda, y tuvo un temblor en los hombros, y ella se dio cuenta de que estaba llorando. Al margen de todo lo que ella pudiera esperar, lo que nunca esperó fue ese llanto. Extendió una mano para tocarlo, pero se contuvo. De pronto se había abierto un abismo entre los dos, una distancia no demasiado amplia, pero de una profundidad inmensa, inconmensurable. Volvió a pensar en las crías de liebre. La sensación que tuvo con él fue la misma que había tenido con aquellos animales: ella pertenecía a una especie distinta. Se levantó y fue al dormitorio dejándolo allí, sumido en el llanto de la desolación, derramando lágrimas en un cojín forrado de pana.
En los días que siguieron, esa sensación de diferencia y distancia no se desprendió de ella. A pesar de todo lo cuidó lo mejor que supo, con ternura y diligencia. Supuso que así haría su trabajo una enfermera de verdad, una enfermera titulada -cuando era niña quiso ser enfermera de mayor-, con atención y con afecto, aunque de una manera impersonal. Por las mañanas procuraba prepararle algo de desayuno, un cuenco de cereales, o una tostada con té, pero él no probaba bocado. A la hora de comer volvía a ver cómo se encontraba. Por la tarde subía las escaleras preparando su mejor sonrisa antes de abrir la puerta con la esperanza de que él ya no estuviera allí.
– Caramba, señorita Nightingale -decía con voz ronca-, si eres tú.
Ella se daba cuenta de que sufría no sólo por las heridas causadas, sino también por algo añadido, por una angustia más honda. No sabía qué clase de medicina era la que había tenido la esperanza de que le suministrase el doctor Kreutz. Tampoco se lo preguntó, en parte porque una voz admonitoria le aconsejaba en su interior que era mejor no saberlo. Pensó al principio que tal vez fuese diabético, que era insulina lo que necesitaba, pero fueron pasando los días y resultó evidente que no se trataba de eso. Tenía violentos accesos de fiebre y se pasaba las horas tendido, temblando, mirando al techo, con los dientes apretados y una película de sudor en la frente y en el labio superior. Se había despojado de su traje sucio y rasgado y se había puesto su bata de seda, la de Sarah, con los dragones y las aves, y la llevaba sin cerrar sobre su pecho cóncavo, pálido, reluciente. Ella se hizo cargo de sus cosas, de la camisa y la ropa interior, y las lavó en el lavabo del cuarto de baño, apartando los ojos de quién sabe qué variedad de manchas. Nunca había tenido que hacerle la colada a nadie.
Fue llamativa sin embargo la poca dificultad que encontró en adaptarse a esa desacostumbrada presencia masculina en su territorio hasta entonces solitario. No se paró a tomar conciencia de la extrañeza que él representaba, de lo que era, de lo distinto que era de ella, si bien a la diferencia y a la extrañeza se fue acostumbrando. Fue en realidad como si una criatura exquisita, a medias salvaje, y herida, se hubiese arrimado a ella, se hubiese puesto a su cuidado. Se sentía como una de aquellas damas vestidas de brocados, en un tapiz, con un unicornio a sus pies. A duras penas lograba recordar cómo fue el rato que aquella tarde pasaron juntos en su cama, y los detalles que llegó a rememorar se le antojaron más soñados que reales.
Intentó lograr que le permitiera llamar a un médico, esta vez a un médico de verdad, pero él emitió un sonido que fue a medias gemido y a medias risa y agitó una mano larga, pálida, sin huesos.
– ¡Nada de matasanos! -exclamó en un tono de exagerada, cómica alarma-. ¡Nada de matasanos, por lo que más quieras! -aseguró que no tenía nada roto; le dolían las costillas, pero las tenía enteras, de eso estaba seguro. Cuando ella le ayudó a ir al cuarto de baño, le pareció sostener un saco lleno de palitroques. Sin embargo, para mayor desconcierto y consternación, se dio cuenta de que era su fragilidad, su insustancialidad, lo que más le excitaba. ¿Qué podía significar una cosa así? Se trataba, y se lo recordó, de un paisaje nuevo en el que se había aventurado sin pensarlo dos veces. Nunca había vivido en contacto estrecho con un hombre que no fuera de su familia. Mancebía, ésa era la palabra, que sonaba en efecto a un pecado muy especial que estuviera recogido en el Catecismo: hasta entonces no había vivido amancebada con un hombre. Sonrió para sus adentros, y emitió sin querer un sonido felino en lo más profundo de la garganta. Sí, era un pecado, era por fin algo auténtico, y era en todo inesperado. Una noche calurosa en la que no corría el aire, durante la que pasó las horas sin conciliar el sueño en la cama, con la sábana a un lado, se levantó con el primer asomo de luz grisácea del alba y fue al cuarto de estar y se tendió con el camisón húmedo a su lado, en el sofá, y él despertó y murmuró algo y se dio la vuelta, gimiendo un poco, y la estrechó en sus brazos y ella sintió el calor de su carne apaleada que ardía contra la suya, y cerró los ojos y abrió los labios y se oyó gritar, como si fuera ella la que sentía un dolor intenso.
Siguió sin conseguir que él comiese debidamente. Subsistía más que nada a base de galletas Garibaldi -a ella le recordaban las tiras de papel matamoscas- y ginebra Gordon's, cuatro botellas que se había trasegado en otros tantos días. Después de la primera, que compró en el pub de la esquina, tuvo que ir más lejos y más lejos aún para conseguir provisiones, temerosa de que si acudía al mismo pub alguien podría dar cuenta a la Garda, acusándola de ser una borracha peligrosa. El tenía debilidad por los dulces de toda clase, verdadera ansia de pasteles, trozos de tarta, chocolate, bombones recubiertos de azúcar. La mandó a comprar caramelos toffee de Yorkshire y se pasaba el día chupándolos como un colegial.
¿Le tenía miedo? Sí, así era. Incluso cuando él la abrazaba y se apretaba ardiente contra ella, con sus manos en su cabello, con su boca en la suya, con gotas de sudor que corrían entre sus senos, era consciente de su miedo, casi alcanzaba a oírlo, una especie de chirrido agudo en su interior. El no era físicamente fuerte, lo sabía, y la paliza lo había dejado más débil, aunque… ¿no eran a menudo los débiles los que revestían mayor peligro? Pensó en Laura Swan, la vio flotando, muerta, bajo un agua turbia, de un verde bilioso, su larga melena mecida sobre su rostro sin facciones, como las frondas de unas algas color herrumbre.
Fue a ver a Rose Crawford al Shelbourne. Supo que no podía hablarle de Leslie "White -a nadie podría hablarle de eso-, aunque sólo con estar en su presencia encontró una especie de consuelo, y vio apaciguarse durante un rato las confusas carreras de sus pensamientos desbocados. Rose, entendió, no la iba a juzgar ni siquiera si le revelase su secreto; Rose, con su manera de ser, despreocupada y amoral, entendería lo de Leslie.
Comieron juntas en el restaurante del hotel.
– Da la sensación de que todo lo que hago es pasarme el día sentada y comer aquí -dijo Rose con un suspiro hastiado-. Nada más terminar el desayuno parece que ya es la hora del almuerzo, y luego el té de la tarde, y entonces -metió el mentón e imitó la voz tonante del maître-… ¡la cena, madame!-sonrió-. Cariño, no envejezcas nunca.
– Tú no eres vieja -dijo Phoebe.
– Pero tampoco soy joven, cosa que casi es peor, o al menos lo parece. ¿Ves a aquel hombre de allí, el que está almorzando con su tía, una ricachona?
Phoebe miró hacia donde indicaba. El hombre, con traje de mil rayas, y calzado con unos recios zapatos hechos a mano, era de envergadura considerable y tenía el rostro florido; llevaba el pelo con raya al medio, peinado para atrás en dos alas que se le formaban a cada lado de la cabeza. La mujer sentada frente a él era menuda y encorvada; el cuchillo y el tenedor que sujetaba con unas garras temblorosas, manchadas de motas oscuras, claqueteaban cada vez que tocaba el plato.
– ¿Lo conoces?
– No -dijo Rose-. Pero no se me escapa un sobrino atento y esperanzado, me basta con verlo de reojo. En fin. Resulta que cuando entramos se volvió a mirarnos. Mejor dicho, se volvió a mirarte a ti. Sus ojos resbalaron por encima de mí sin el menor indicio de atención -torció la boca con un gesto de desdén-. No siempre ha sido así, cielo.
Rose pidió lenguado para las dos y una botella de Chablis. El sol que entraba por la ventana arrancaba del mantel de lino brillos tales como si fuera de lingotes macizos, y ponía una manchita de fuego en el borde de cada una de las copas de vino.
– ¿Dónde se ha metido ese padre que tienes? -preguntó Rose-. Contaba yo con que bailase a mi alrededor y estuviera pendiente de mí a todas horas, pero no lo he visto desde el día en que llegué. ¿Qué se piensa que hago sola todo el día? No conozco a nadie en esta ciudad.
– Entonces, ¿por qué te quedas?
Rose puso unos ojos como platos, exagerando su sorpresa.
– ¿Por qué lo dices, cielo? ¿O es que ya quieres librarte de mí?
– No, claro que no. Es sólo que…
– Oh, descuida, que tienes razón. ¿Por qué me quedo? Pues si quieres que te diga la verdad, no lo sé. Tu pequeño y deslucido país creo que empieza a gustarme. Y eso que no sabía yo que fuera una masoquista.
Phoebe esbozó una de sus sonrisas melancólicas, espectrales.
– ¿ Te quedas todavía… por Quirke?
Rose no la miró.
– Jovencita, creo que voy a pasar por alto esa observación -le dijo.
Llegó el camarero y, con un gesto ampuloso, presentó la botella de vino para que Rose la inspeccionara igual que un mago que muestra la paloma antes de disponerse a hacerla desaparecer. Cuando les hubo servido y se marchó, ella sostuvo la copa al trasluz.
– ¿Y a qué te dedicas, jovencita? -preguntó entonces con su acento indolente.
Phoebe tuvo que morderse el labio para no ponerse a sonreír como una idiota. Eso era lo que seguramente se tenía que sentir al estar embarazada, pensó, la misma sensación acalorada, emocionante, secreta, en todo momento a punto de rebosar. La miró con inocencia.
– ¿Que a qué me dedico?
– Sí. Y a mí no intentes engañarme. Algo te traes entre manos, te lo noto a la legua.
– ¿Cómo? Quiero decir, ¿cómo es que lo notas? -no supo amortiguar la ansiedad con que lo dijo. Si al menos Rose supiera adivinar su secreto, entonces no sería culpa suya, ella no habría traicionado a nadie, y así podrían hablar tranquilamente.
– Oh, pues no sé -dijo Rose-. Se te nota una especie de resplandor… No, es más bien un brillo. Tienes los ojos luminosos. Yo diría que estás viviendo una aventura, ¿sí o no?
Phoebe miró a la mesa. No era habitual que se pusiera colorada, pero en ese momento pensó que podía estar sonrojándose. Se alegró de que llegara el lenguado, colocado sobre un lecho copioso de mantequilla de color castaño, en sendas fuentes de alpaca. No le gustaba demasiado el pescado, aunque Rose, con su manera de ser, suave a la vez que imperiosa, no le había preguntado nada antes de pedir la comida. Tampoco le importó: Phoebe rara vez almorzaba, y no era probable que fuera a comerse ese almuerzo. Dio un sorbo de Chablis y notó que se le subía directo a la cabeza, como un destello de luz amarillo limón.
– Hubo una coincidencia -dijo, procurando medir las palabras.
– ¿Una coincidencia? ¿Qué quieres decir?
– Alguien que conocía a Quirke fue a verle y le pidió que no practicase una autopsia.
– ¿Que no la practicase?
– Exacto.
– ¿Y de quién se trataba?
– De su esposa. De la mujer del hombre que fue a ver a Quirke. Había muerto.
– Bueno, claro, eso se desprende de lo que dices, tanto si iba a practicar la autopsia como si no. ¿Y quiénes eran, quiénes son esas personas?
– Eso no importa. Lo que sucede es que… yo conocía a la mujer. Quiero decir… no, no es que la conociera, pero… ella tenía un salón de belleza, y yo le compraba algunos productos.
– ¿Qué clase de productos?
– Pues crema facial, crema de manos, ya sabes. Y entonces…
Calló. Tuvo la sensación de estar cayendo sin poder impedirlo, una clase de caída no del todo desagradable, como sucede en los sueños. Se dio cuenta de que le estaba temblando la mano, y eso le dio miedo; le dio miedo que, si no lo impedía, también su cuchillo comenzara a claquetear contra el ridículo plato de alpaca, como el de la anciana señora.
– Resulta que ella se quitó la vida -dijo. Y qué crudo, qué severo sonó, qué descarnado e incontestable. Ella pensaba en la muerte como si fuera algo misterioso, de tintes místicos, pero ya no lo veía así.
Rose había dejado de comer y la miraba con unos ojos brillantes, como los de un ave; Rose reconoció el instante en que una mera conversación iba a convertirse en otra cosa.
– Phoebe -le dijo-, ¿se ha metido Quirke en algún nuevo lío?
Se preguntó -Phoebe- cuándo había sido la última vez, si es que hubo alguna, en que oyó a Rose llamarla por su nombre de pila. Pero enseguida reflexionó y se dijo que Rose no era una persona que tratase por su nombre de pila al mundo en general. Y en ese punto se le había pasado por alto lo esencial; no era Quirke quien se había metido en un lío. Levantó la copa y la miró, pero sin beber. Rose seguía mirándola con ojos de ave rapaz.
– ¿Líos? -dijo-. No, no creo que Quirke se haya metido en ningún lío.
El untuoso camarero llegó sin anunciarse y les volvió a llenar las copas; cuando lo hizo, sin mirarlo, Rose le indicó que se marchase con un impaciente movimiento del dedo índice. Dio un sorbo de vino. El destello de la preocupación que había asomado a su mirada empezaba a desaparecer, y de pronto Phoebe se dio cuenta, de repente, y sin lugar a dudas, de que Rose en efecto estaba enamorada de Quirke. Le extrañó que no le extrañara.
– Antes dijiste que hubo una coincidencia -dijo Rose.
– Esta mujer, la que ha muerto, Laura Swan… resulta que también conocí a su socio.
– ¿Qué clase de socio?
– Llevaba el negocio con ella, lo del salón de belleza. Se llama Leslie White -¿hubo acaso un instante de temblor en su voz cuando lo dijo? Se apresuró a seguir-. Parece ser que Quirke ha pensado que hay algo raro, algo que no encaja, quiero decir, en la muerte de Laura Swan, o en el hecho de que su marido fuese a verlo a él…
Terminó por callar. Debía de haberle temblado la voz cuando dijo el nombre de Leslie, pues Rose había centrado en él su atención.
– Leslie White -dijo espaciando las sílabas, mirándola, y emitió un zumbido grave, sin despegar los labios-. ¿Ése es el nombre… de tu aventura?
– Oh, no, no. No, quiero decir… es él, o sea, Quirke, es él quien parece incapaz de dejar las cosas en paz.
Rose asintió.
– Eso es muy verdad -concentró su atención en el plato y traspasó con el tenedor un fragmento de pescado. Phoebe observó con peculiar fascinación el trozo de carne blanca, con los hilos rotos de venas de un rosa intenso, que entró en la boca pintada de Rose, pintada de un rojo sangre. Tenía estrías casi inapreciables en el labio superior, como si tuviese la piel cosida con un filamento maravilloso, finísimo, transparente-. ¿Cómo están las cosas entre tu padre y tú? -le preguntó.
Phoebe siempre experimentaba una pausa, un tropiezo mental, cuando oía que alguien se refería a Quirke llamándole su padre.
– Bien, todo bien -dijo en tono neutro-. Me invita a cenar una vez por semana.
– Y se toma contigo una copa de vino -la sonrisa de Rose fue tan seca como el Chablis.
– Nuestras vidas la verdad es que no… no se cruzan mucho -dijo Phoebe, y miró de nuevo al plato.
– Mmm. Salvo cuando hay una coincidencia, como esta de la que me hablabas con… ¿Cómo dices que se llama? ¿Leslie qué? -Phoebe, con los ojos resueltamente clavados en el plato, no contestó. Rose cruzó el cuchillo y el tenedor sobre el suyo y apoyó los codos en la mesa, recogiéndose una mano con la otra y apoyando los labios un instante en el nudillo de un dedo índice-. ¿Tú sabías -preguntó con sosiego- todo lo que sucedió entonces en Scituate, y aún antes, aquí en Dublín? ¿Tú estabas al corriente de lo del juez Griffin y tu padre, quiero decir Quirke, y de lo de aquella chica que murió? También se me ha olvidado cómo se llamaba.
– Christine Falls -dijo Phoebe, sorprendida de sí misma: ¿cómo había recordado ese nombre con tanta certeza y con tanta celeridad?
– Bueno, entonces es evidente que sí lo sabes -dijo Rose-. ¿Quién te lo dijo?
– Sarah.
– Ah.
– Pero por mi cuenta había adivinado yo bastante.
– ¿Sabes que Quirke quiso destruir la trayectoria y la reputación del Juez, de tu abuelo, que acaba de morir?
– Sí, lo sé. Pero de todo eso nunca se dijo nada.
Rose inspiró con fuerza.
– Y más vale, ya lo creo. Fue un asunto muy feo. Por eso te he preguntado si Quirke se estaba metiendo en otros líos. Yo creo que sigue estando dolido por todo aquello… y no me gustaría pensar que se ha embrollado en un nuevo escándalo. Quirke no es exactamente el caballero andante de resplandeciente armadura que él cree ser -entró una suave brisa por el alto ventanal abierto junto a la mesa, que trajo el aroma de los árboles y la hierba del parque, frente al hotel, y el seco olor a heno del puesto de coches de caballos, donde los cocheros, con sus baqueteados sombreros de copa, andaban ojo avizor a la caza de algún turista adinerado-. Tendrías que perdonarlo, no sé si lo sabes -dijo Rose. Phoebe la miró con ojos firmes-. Oh, ya lo sé, no es asunto mío. Pero te aseguro, cariño, que eso es algo que te debes a ti misma, si no se lo debes a él -alzó el rostro iluminado, sonriente-. ¿No lo crees? -Phoebe seguía sin decir nada, y Rose se encogió levísimamente de hombros-. Bueno -dijo-, ¿qué te parece si nos tomamos esa tarta de fresas, que tiene una pinta deliciosa, y luego damos un paseo por el parque, eh?
– Tengo que volver al trabajo -dijo Phoebe.
– ¿No te puedes tomar un rato libre para dar un paseíto con tu vieja y solitaria abuela de adopción? -en algunas ocasiones, y sin que mediara una razón aparente, Rose exageraba su acento confederado, como acababa de hacer, al tiempo que parecía reírse un poco hasta de su sombra, convertida de repente en un improbable bellezón al más clásico estilo del Sur. Rose suspiró, y enarcó sus finísimas cejas-. Bueno, pues al menos tomemos un café y lo dejamos estar -se paró a observar unos momentos a la joven que tenía delante, la miró con la cabeza ladeada y aire de interrogación-. ¿Sabes una cosa, cielo? -añadió en un tono sumamente amistoso-. Tengo la sensación de que no te caigo bien del todo, ¿verdad?
Phoebe se paró a pensar.
– Te admiro -dijo.
A lo cual Rose echó la cabeza hacia atrás y rió con una risa cortante, astillada, argentina.
– Hay que ver -dijo-. Desde luego, eres hija de tu padre.
No volvió derecha a la tienda después de almorzar, sino que atravesó el Green y embocó Harcourt Street, entrando en el desacostumbrado silencio de la casa a primera hora de la tarde. No subió corriendo las escaleras. Subió despacio, sujetándose a la balaustrada. De alguna manera supo, antes incluso de abrir la puerta de su piso, que no iba a encontrar a Leslie. La manta y el cojín seguían en el sofá, y había envoltorios de dulces en la alfombra, y su vaso de ginebra y un ejemplar arrugado del Mailde la tarde anterior estaban en la mesita del café. Se quedó allí largo rato, con la sensación de que se le vaciaban los pensamientos como el agua por un desagüe. Volvió a ver a las crías de liebre que jadeaban en la madriguera de hierba apelmazada. Ningún zorro, ninguna comadreja habría podido atrapar a Leslie, eso era evidente al menos, si bien ¿quién sabía qué otros peligros podrían estar acechándole? Se oyó sollozar casi por pura obligación, se oyó como si estuviera lejos, como si no hubiera sido ella la que había emitido ese sonido, sino alguien desde la habitación de al lado. Colocó el bolso en la mesa, junto al vaso -quedaba un poso azulado de ginebra en el fondo-, y fue a tenderse en el sofá, encajando la cabeza en el hueco que había quedado en el cojín. Se subió la manta hasta la mejilla y cerró los ojos, entregándose casi con voluptuosidad al llanto.
Habían tenido los dos la certeza, sin ningún asomo de duda, de que se volverían a ver. Quirke dejó que pasaran dos días después de aquella primera visita a su casa para telefonearla. Cuando descolgó el teléfono se percató de que sentía una sensación trémula en la región del diafragma, debido a la cual hizo una pausa. ¿En qué estaba a punto de embarcarse, y dónde habría de finalizar la travesía? Por su propia naturaleza era cauto en los asuntos del corazón. No era que después de Delia este órgano hubiera vuelto a sufrir nunca una rotura de gravedad, pero sí prefería evitar todo posible riesgo ahora que había llegado sano y salvo a los años intermedios de su vida. El hecho mismo de tener ese titubeo lo llevó a titubear más si cabe. Era evidente, como le advirtió ese aviso interior, esa flaqueza, que Kate White ofrecía mucho más que la mera perspectiva que él tenía por costumbre pedir de una mujer. Despacio, colgó y respiró hondo. Estaba bien entrado el mes de julio, era una tarde de domingo, y la cuña de cielo que veía entre los tejados con sólo asomarse un poco y entornar la vista por la ventana del cuarto de estar estaba de un azul cobalto, cálido y despejado, que parecía resumir el color mismo de todas las posibilidades que encerrase el verano. Conjuró la sonrisa atribulada y los ojos humedecidos de Kate. ¿Qué podía perder, por comparación con todo lo que podría salir ganando?
Tomó el teléfono y marcó de nuevo.
Oh, mucho, mucho era lo que podía perder.
Hicieron juntos una excursión a Howtn. Quince fue quien la propuso; había una taberna en el pueblo a la que antaño iba a beber, y le dijo que, a su entender, a ella le gustaría. Ninguno de los dos formuló una cuestión de más alcance, a saber, qué era lo que se podría hacer durante el resto de la velada. Llegó en taxi a Castle Avenue y se maravilló de nuevo ante la estólida fealdad de la casa cuadrada, con sus grandes, descarados ventanales, sus persianas venecianas, sus ladrillos del color de la sangre seca. Le costó imaginarse allí a Leslie White, su regreso a casa tras un largo día de trabajo en la administración del Silver Swan, para acomodarse después de cenar con las zapatillas y el periódico vespertino. Y sin embargo fue Leslie, según su mujer, el que se había encaprichado con la casa, cosa que sucedió cuando alguien a quien conocía por el negocio de la peluquería le puso sobre aviso de que estaba en venta.
– Supuso, digo yo, que era más o menos lo que a mí tenía que gustarme -le había dicho Kate, e hizo una mueca de payaso-. Tiene un gusto espantoso, pero lo peor es que se imagina que yo lo comparto. Pobre Les.
Había salido a la puerta envuelta en un olor a jabón de limón. Se acababa de dar un baño. Cuando vio que era él quien llamaba, ladeó la cabeza y lo contempló en silencio durante unos instantes.
– Es el destino -dijo-. Salta a la vista.
Llevaba el pelo recogido tras las orejas con una cinta negra y no se había puesto otro maquillaje que el carmín de labios. Su vestido era amarillo claro, con un estampado de grandes manchas azul claro en forma de gigantescas flores de aciano.
– ¿Qué tal el corte? -preguntó él.
– ¿Qué? Ah -levantó el pulgar para mostrarle un círculo perfecto de esparadrapo-. Se va curando por sí solo. Deberías dedicarte a la medicina.
Ella le invitó a entrar un momento mientras recogía el bolso. Esperó en el vestíbulo, y la sensación de incomodidad le afloró a la piel como si fuera sudor. Las casas ajenas, los ordenamientos ajenos de la vida misma, siempre le desasosegaban. Cuando volvió Kate él se dio cuenta de que ella tampoco estaba del todo a gusto -¿tal vez se había pensado mejor la idea de ir a Howth, la idea de ir con él?- y de que evitaba mirarlo directamente a la cara.
El taxista, encorvado como un sapo al volante, la miró de arriba abajo con lascivia y con desdén cuando salieron a la acera, su vestido liviano siseando en torno a sus piernas largas y bronceadas.
– Oh, no. Un taxi no -dijo-. Tomemos un autobús. Hoy estoy de humor democrático.
Quirke no protestó. Pagó al taxista, que arrancó el coche raudo y dejó una humareda resentida. Echaron a andar juntos por la cuesta que bajaba hasta la orilla del mar. Para Quirke había algo a la vez soñador y esencial en las tardes de verano; le parecían la definición misma del clima, de la luz y del tiempo. La calle, soleada, estaba desierta. Las frondas densas de los lilos caían de las tapias de los jardines, las hojas abrillantadas, mezclándose su perfume a la vez tenue y punzante con el olor a salitre que llegaba del mar. No hablaron, y cuanto más se dilataba el silencio entre los dos más difícil era romperlo. Quirke se sentía ridículo, aunque fuese de un modo ligero y en el fondo apacible. Aquello no tenía más que un nombre, y era una cita, y lo cierto es que no alcanzó a recordar cuándo fue la última vez en que tuvo una cita con una mujer. Era demasiado viejo, o tal vez ya no tenía la juventud suficiente para esa clase de salidas. Y esa realidad le resultó revivificante a la vez que inexplicable.
El piso de abajo del autobús estaba lleno de ruidosas familias, todas ellas con sus cañas de pescar y sus cubos y palas para jugar en la arena, camino de una larga tarde que pasarían a la orilla del mar. Subieron por la estrecha escalera de caracol al piso de arriba, Kate delante de él y Quirke, todo un caballero, procurando no mirarle el trasero. Encontró sitio para ambos en la parte de delante. El cielo estaba despejado, de un azul sin relieve, un plano cuadrado por el filo inferior con el horizonte; soplaba una brisa constante, v la luz salitrosa de la bahía tenía una hondura magullada. El saliente de Howth, frente a ellos, era una joroba verde oliva, salpicada de estallidos de tojos amarillos.
Kate fue la primera que habló.
– Estás muy elegante -le dijo.
Sobresaltado, él se miró con aire dubitativo, reparando sólo entonces en la camisa azul claro, los pantalones grises, claros, los zapatos de ante; nunca estaba del todo seguro con unos zapatos de ante. Se acordó de Leslie White al colarse a la vuelta de la esquina por Duke Lañe, con el yelmo plateado que tenía por cabello, con esas muñecas deshuesadas; Leslie sería un usuario innato de calzado de ante. Kate rió un momento.
– Perdona -dijo-, me parece que te he hecho pasar vergüenza. Siempre me pasa igual. No consigo evitar que conmigo los demás se cohíban, se sientan torpes y por eso mismo me odien.
El autobús se detuvo en Howth, en la estación del tren, desde donde fueron caminando a la orilla del mar hasta doblar por Church Street. El interior de la Taberna del Gallo apenas estaba iluminado, y despedía un ligero olor a humedad. Una sola y afilada hoja de luz del sol, resplandeciente, caía al sesgo desde una franja sin pintar, en lo alto de una ventana; caía en un ángulo, incrustándose en el centro de la sala. En un tablero, en la pared, había clavadas tres polvorientas gorras de jugar al criquet, y había una carta náutica de la costa, con todos los faros señalados. Tomaron asiento en una mesa baja, cerca de la puerta abierta, desde la cual veían el sol en la calle. Quirke tomó un vaso de zumo de tomate y Kate un Campari con soda. A través de la fina tela de su vestido él acertó a percibir las anchas bandas en que terminaban sus medias,
y la huella del broche del liguero. Le gustaba su manera de vestir, las libertades que se permitía; las mujeres a las que estaba acostumbrado llevaban demasiadas prendas, cinturones, correas, corsés, fajas de caucho, con lo que llegaban a sus brazos pertrechadas de todos aquellos voluminosos adornos y jeribeques y tirantes, como un viejo velero de los de antes con todo el velamen desplegado.
– No vivían lejos de nosotros, no sé si lo sabías -dijo Kate de repente, conclusión, al parecer, de un rosario de pensamientos más largo y sombrío. El la miró. Pensativa, pasaba un dedo por el borde del vaso-. La muy puta y su marido. Laura Swan, quiero decir. Supongo que él debe de vivir todavía allí. Una de esas callejuelas de casitas de ladrillo rojo, en terrazas, en los alrededores de la iglesia de St. Anne. El no va más de la respetabilidad, como habría dicho ella, estoy segura. Me la puedo imaginar a la perfección, con unos patos de yeso en la pared y una funda de peluche en la tapa del retrete. Y pensar en mi Leslie allí, tan cómodo, metido en la cama con ella, por la tarde, bajo su edredón de satén rosa… Sí, así es: le dejaba ir a su casa aprovechando que el marido estaba fuera. Dios, qué humillante -lo miró entonces a la cara-. ¿Cómo ha sido él capaz de una cosa así?
Cuando terminaron las copas cruzaron la calle y se acercaron a las estrechas escaleras de cemento que hay entre las casas para bajar a Abbey Street y al puerto. En el muelle oeste, unos marinos con zuecos y delantales embadurnados embalaban arenques en salazón en los toneles de madera reforzados con duelas de hierro. Más adelante, un grupo de pescadores de arrastre reparaba una red inmensa, colgada entre varios postes, lo que le recordó en cierto modo a los tocadores de arpa por la destreza con que movían los brazos largos, recogiendo aquí y allá un trozo de red para dar una puntada. Había otras parejas como ellos mismos, paseando y disfrutando del aire puro, tintado de yodo, con la fresca de la tarde. Un perro que parecía sonreír echó a correr por el borde del muelle, ladrando como un poseso a las gaviotas que cabeceaban entre los barcos, a resguardo en las aguas aceitosas e iridiscentes del puerto. Quirke encendió un cigarrillo, haciéndose a un lado para apantallar ambas manos en torno al mechero y la llama. Siguieron caminando. Kate le tomó del brazo y se apretó contra su costado, y él percibió el calor y la firmeza de su cadera y la redondez de un pecho en su tersa copa de seda.
– Dime algo -dijo ella.
– ¿Qué?
– Cualquier cosa, lo que quieras.
Pensó unos momentos.
– Vi a tu marido -dijo.
Ella se puso rígida, pero sin dejar de estrecharse contra él, y de pronto pareció todo huesos y ángulos.
– ¿En dónde?
El se encogió de hombros.
– En la calle.
– ¿Lo conoces? Quiero decir, ¿lo conociste?
– No.
– Y entonces ¿cómo sabes que era él?
Titubeó antes de contestar.
– Estaba con mi hija. O había estado con ella.
No supo por qué motivo se lo había dicho. No estuvo muy seguro de que ni siquiera hubiese querido decírselo. Creyó que tal vez fuese porque, durante un breve instante, allí en el puerto, con las parejas que paseaban, el perro que ladraba y aquella mujer luminosa, cálida, plena, a su vera, le pareció que existía la posibilidad de ser feliz. Y es que existía otra versión de su persona, una personalidad dentro de su propia personalidad, malcontenta, reivindicativa, dispuesta siempre a provocar, a la cual daba por nombre el de «Carricklea». A menudo se había visto reservado, apartado, en apariencia incapaz de intervenir, en el momento en que esa otra faceta suya se disponía a dar pábulo a una nueva enormidad. Carricklea no se conformaba nunca con la mera felicidad, o con una simple insinuación de felicidad. Carricklea necesitaba introducir un dedo en el ojo de esta tarde espléndida, una tarde inocente, de verano, oro y azul, en que Quirke había ido a pasar a la orilla del mar en compañía de una mujer atractiva y a buen seguro disponible. Carricklea no aceptaba una cita para salir por ahí, no al menos de buena gana, y ahora, al haberse visto obligado a ello, quiso cerciorarse de que se iba a cobrar venganza.
El viaje de vuelta desde Howth fue tirante y silencioso entre ellos. Así había sido siempre cuando Carricklea se empleaba a fondo, un velo de silencio rencoroso que lo cubría todo, y desaliento, y preocupación, y la boca bien cerrada. Quirke llamó un taxi nada más llegar a la estación, y esta vez Kate no protestó. Se sentaron en el asiento de atrás juntos, pero bien separados, como si Leslie White y todo lo que entrañaba se interpusiera entre ellos dos, invisible, pero perfectamente palpable. Kate estaba sumida en sus pensamientos; él casi alcanzó a oír las ruedas dentadas que encajaban y se engranaban en su cabeza. ¿Le había hablado de Phoebe con anterioridad? Le pareció que no. En tal caso, ¿por qué no lo estaba friendo ella a preguntas? Por la ventanilla de su lado vio pasar de largo las fachadas polvorientas y resistentes al sol de Raheny y de Killester, y suspiró. Las preguntas, estaba seguro, ya llegarían a su debido tiempo, las preguntas con las que ella se devanaba los sesos en esos instantes.
En la puerta de su casa de Castle Avenue los dos vacilaron, y Kate, sin mirarle, le preguntó si querría entrar, y él al poco se encontró sentado con toda su incomodidad entre los muebles en forma de cubo de… ¿Cómo lo había llamado ella? Eso, «el estar». Encendió un cigarro y tomó una taza de café que a él le pareció insípido. Vio a Kate hacer las cosas que acostumbraban a hacer las mujeres en momentos como ése, ahuecando con vigorosas palmadas un cojín, recogiendo una horquilla de la alfombra, plantándose ante el ventanal y frunciendo el ceño frente al jardín como si allí faltase algo o sucediera algo grave, algo que sólo ella atinaba a ver. Por último, irritado bajo el peso del silencio reinante, dejó la taza de café en la mesa y dijo:
– Oye, lo siento.
Había tomado la resolución, si ella fingía no saber por qué le pedía disculpas, de levantarse enseguida y marcharse. Pero ella tan sólo acertó a decir un «sí» apenas audible, dejando que se le apagase la voz sin añadir más. De pronto, con brusquedad se sentó frente a él, en el sofá, con los hombros encorvados y las manos sobre las rodillas, y lo miró un buen rato, ladeando la cabeza en un gesto que tenía ella, como si fuera una muestra, un espécimen de alguna clase especial, rara o hasta la fecha desconocida, que ella tuviera por cometido evaluar.
– ¿Por qué viniste aquí aquel día? -le preguntó con calma, con espíritu de pura indagación, tal vez, y no como un desafío, ni con un mínimo indicio de resentimiento detectable en su tono de voz-. ¿Qué es lo que andabas buscando en realidad?
Él no vaciló en responder.
– No lo sé -dijo. Y era verdad-. Ya te lo dije, soy curioso.
– Sí, eso es lo que dijiste. «Sufro una curiosidad incurable.» Esas fueron tus palabras.
– Y tú no me creíste.
– ¿Por qué no te iba a creer? Por otra parte, estaba francamente borracha. De lo contrario, tengo la seguridad de que no te habría permitido entrar en la casa.
Apartó la mirada para no sentir encima sus ojos, inquietantes y escrutadores. Se estaba haciendo tarde, y el aire en el jardín se había tornado de un gris luminoso. Ahí fuera, todo parecía tocado por una melancolía inexplicable, tirando a dulzona, como en un sueño. Pensó en Deirdre Hunt, muerta sobre la mesa de disección, con la caja torácica abierta, replegada a ambos costados, como las solapas de una chaqueta rugosa y grotesca, abultada y sanguinolenta.
– No sólo es curiosidad -hizo una pausa-. Hace un par de años -dijo despacio- estuve implicado en algo que no se llegó a terminar como debiera.
– ¿Algo? ¿A qué te refieres?
– Un escándalo. Murió una joven, y luego mataron a otra mujer. Estuvieron implicadas personas muy cercanas a mí. Sobre todo aquello se guardó un riguroso silencio.
Ella esperó a que siguiera. El se rebuscó en los bolsillos el bolígrafo de rosca, pero entonces recordó que le parecía haberlo perdido, no sabía ni dónde ni cómo.
– Entiendo -dijo. El la estudió. ¿De veras? ¿De veras lo entendía?-. Y ahora has olisqueado el rastro de otro escándalo, y esta vez te quieres asegurar de que no se silencie nada, que todo salga a la luz. ¿Es eso?
– No. Es todo lo contrario.
– ¿Lo contrario?
– Lo que quiero es que siga escondido.
– ¿El qué?
– Lo que sea. Me da igual quién o quiénes estén implicados.
– ¿Por qué? ¿Por qué pretendes mantenerlo escondido?
– Porque estoy harto de… -se encogió de hombros-. Estoy harto de vérmelas con la mierda de los demás. Me he pasado la vida metido hasta los codos en los secretos de los demás, en sus sucios pecados de poca monta -volvió a mirar por la ventana, a la luz grisácea-. Una de las primeras autopsias que hice en mi vida fue la de un niño, un bebé, de seis meses de edad, o puede que un año, no lo recuerdo bien. Lo habían golpeado hasta dejarlo amoratado y luego lo habían estrangulado. Las huellas de los pulgares del padre eran visibles en el cuello. No me refiero a las marcas de los pulgares, sino a las huellas dactilares. Estaban grabadas en la piel del niño -calló-. ¿Qué más dará lo que haga la gente? Quiero decir que… lo hecho, hecho está. A aquel pedazo de cabrón lo crucifiqué por haber estrangulado a su hijo, pero no por eso volvió a la vida el niño -calló de nuevo y se llevó una mano a la frente-. No sé qué quiero decir. Mira… -se puso en pie de pronto-. Tengo que marcharme.
Ella no se movió, tan sólo levantó la vista para mirarle a los ojos.
– Ojalá te quedaras.
– No puedo.
– No es una oferta que le haga a cualquier desconocido que quiera venir a esta casa y hacer preguntas misteriosas.
El no dijo nada.
Ya iba camino de la puerta. Ella siguió en donde había estado, sentada al borde del sofá, con las manos unidas sobre las rodillas. El salió al vestíbulo. Su sombrero estaba en el perchero, detrás de la puerta. Lo tomó y pasó un dedo por la badana. Tenía constreñida la garganta, como si algo se fuera hinchando en su interior, un grumo de bilis. ¿Por qué había estado Phoebe con Leslie White? Esa era la pregunta que deseaba formular. Aunque… ¿a quién podría formulársela, quién tendría la respuesta? Cuando se volvió, Kate estaba en el umbral, a su espalda, tal como estaba la primera vez que la vio, con un brazo en alto, apoyado contra la jamba, y la cabeza ladeada.
– Si te marchas -dijo-, no te pediré que vuelvas -él seguía pasando el dedo por el sombrero. Ella apartó la cabeza con violencia, como si fuera a escupir-. Bah, pues entonces márchate.
Bajó hasta la orilla del mar y cruzó la carretera y se quedó junto al muro del paseo. El día tocaba a su fin y el mar aparecía lacado a brochazos de color zafiro, verde hinojo y gris lavanda bajo la cúpula violeta del cielo. Del otro lado de la bahía -¿era aquello Dun Laoghaire?- titilaban las luces, y a lo lejos las montañas habían perdido volumen y parecían pintadas en un plano, como mero telón de fondo. Unos vagos fardos de nubes de color parduzco se amontonaban en el horizonte, donde ya se amasaba la noche. Sus pensamientos eran un hueco sin contenido, no eran siquiera pensamientos. Tenía la sensación de estar privado, despojado no de algo concreto, sino desposeído en general. ¿Y qué había perdido? ¿Qué era lo que podía perder? Una luz parpadeó en alta mar. ¿Un barco, un faro? Dio la vuelta y echó a andar para volver sobre sus pasos, por el margen de la carretera que cubría una hierba rala.
Cuando le abrió la puerta, llevaba un camisón de algodón azul e iba descalza. No pareció sorprenderse de encontrarlo ahí.
– Vuelve a ser el destino -dijo. No sonrió-. Me iba a dar un baño.
– Creí que te habías bañado antes -dijo él.
– Y así es, pero me iba a bañar otra vez. Ahora ya no.
Se sentó a fumar en la mesa de la cocina mientras ella preparaba algo. La ventana de encima del fregadero ganó brillo con la oscuridad. Le dio de cenar una chuleta de cordero con tomates y espárragos y mayonesa. Le preguntó por qué no tomaba ella nada, y ella respondió que ya había cenado, y aunque no la creyó tampoco dijo nada más. Dejó que sus pensamientos vagaran a su antojo. Cayó presa de un extraño letargo; se sintió como si hubiera hecho un largo viaje para llegar a donde estaba, a esa estancia, a esa mesa. Comió con escaso deleite lo que ella quiso servirle. La comida que hubiera preparado otra persona de ese modo, en una cocina particular, y no en un restaurante, siempre le sabía extraña, como si no fuera auténtica comida, por más que supiera que debía de ser más sabrosa que cualquier otra cosa que hubiera probado, mucho más, sin duda, que todo que lo que él se preparaba en su casa. «Moly»… ¿era ésa la palabra? Comida para los dioses. No, era «ambrosía». Kate se sentó frente a él y lo observó con atención de matrona mientras cenaba, consumiendo con terquedad la carne, la pulpa roja de los tomates, las inertes lanzas de color verde. Cuando terminó, ella recogió el plato y se lo llevó al fregadero. Con la espalda vuelta hacia él le dijo:
– Ven a la cama.
– Oh -gritó ella, y volvió la cabeza a un lado, sobre la almohada, y luego al otro, mordiéndose el labio inferior. Quirke se encontraba aupado sobre ella, muy por encima de ella, a la luz de las estrellas, moviendo su inmenso corpachón-. Oh, Dios, Dios.
Mucho antes de que rayara el alba bajaron y volvieron a sentarse en la mesa de la cocina. Kate se había ofrecido a preparar más café, pero Quirke no quiso. Estaba descalzo, como ella, y vestía sólo la camisa y el pantalón; en el dormitorio ella le ofreció el batín de Leslie White, pero él la miró con cara extraña y ella dijo «lo siento» y lo volvió a colgar en el perchero. Ahora, en la cocina, la noche entre negra y azulada oprimía los cristales de las ventanas, una ávida oscuridad. No se oía nada por ninguna parte, tanto que podrían haber estado solos en el mundo. Ella lo vio fumar un cigarro. Era como cualquier otro hombre con el que ella se hubiera acostado, se dio perfecta cuenta, y se le notaba incómodo ahora que había concluido el acto principal, procurando no temblar, moviendo los ojos de un lado a otro, como si buscara una vía de escape. Ella supo muy bien qué le pasaba. No era esa tristeza que supuestamente embarga a los hombres después -eso no era más que una excusa, ideada además por un hombre-, sino el resentimiento por haber estado tan necesitado y, peor incluso, por haber dado muestras inequívocas de sufrir esa necesidad. ¿Por qué no estaba ella resentida con su resentimiento? No pudo sentirse enojada con él. Una coma invertida de cabello rubio se le había quedado erecta en la cabeza, grande y recia, y ella entrevió por un instante cómo debió de haber sido cuando era niño, ya grande, aturdido ante el mundo, aterrado porque además se le notase. Cuando terminó el cigarro encendió otro con la brasa.
– Podrías participar en las Olimpiadas -dijo ella. El la miró-. En la competición de fumadores. Seguro que ganabas la medalla de oro -él sonrió con reservas. Los chistes, y ella se había dado cuenta en otras ocasiones, no sentaban bien en momentos como ése. El clavó de nuevo los ojos en la mesa, respirando de un modo ruidoso-. No pasa nada -añadió, y le dio unos golpecitos con la yema de un dedo en el dorso de la mano-. No hace falta que digas que me amas.
El asintió a su manera, abatido o avergonzado, sin mirarla. Y carraspeó entonces para preguntarle:
– ¿Por qué montó tu marido un negocio con Deirdre Hunt?
Ella rió.
– ¿No se te ocurre pensar en otra cosa?
– Lo lamento.
De nuevo, una rápida mirada de liebre. ¿De veras le daba ella tanto miedo?
– Eres como un viejo bulldog, ¿no es eso? -dijo ella-. Le has hincado el diente a ese hueso y no hay manera de que lo sueltes.
Se encogió de hombros, ladeándose al mismo tiempo y haciendo que le sobresaliera más el labio inferior. Ella sintió una imperiosa necesidad de acercarse a peinarle el rizo rebelde y rubio. Por el contrario, se levantó, fue al fregadero y se sirvió un vaso de agua.
– No sé por qué empezó a relacionarse con ella -dijo tras dar un sorbo de agua, que le supo, como siempre, vaga y misteriosamente a gas, y tras echar un vistazo por la ventana, al jardín, con sus trechos de color de piedra, donde daba la luna, de límites bien definidos, y de sombra entre púrpura y gris. El día en que echó a Leslie de casa, cuando se hizo de noche se quedó así, esforzándose por no llorar, y vio un zorro cruzar por el jardín, arañando con el rabo la hierba. Se rió. «Oh, no, Leslie White -dijo en voz alta pese a estar sola-, no te vayas a imaginar que me vas a engañar así de fácil para colarte de nuevo aquí dentro». Se volvió entonces sin moverse del fregadero y volvió a contemplar a Quirke, encorvado sobre la mesa, con el cigarro sujeto en su puño enorme-. Leslie siempre se traía algo entre manos -dijo-, siempre andaba con sus apaños y sus trapicheos, ofreciendo a éste o a aquél una participación a cambio de… qué sé yo. Un vivales de cuidado, en el fondo. No logro entender cómo es que no lo cacé a la primera, nada más verlo. Ya se sabe -una sonrisa sardónica-, el amor es ciego, al menos eso se suele decir.
Volvió a la mesa y se sentó frente a él; le quitó el cigarro de los dedos, le dio una sola calada y se lo devolvió. El se apresuró a ofrecerle el paquete, pero ella negó con un gesto.
– Lo he dejado.
Estuvieron callados un rato. En algún lugar de la casa un reloj dio las tres.
– Es mejor que me marche -dijo él.
Ella fingió no haberle oído. De nuevo miraba por la ventana.
– Es posible que ya entonces estuvieran liados -dijo-. Es posible que por eso montasen juntos el negocio -rió con amargura-. ¡Negocio! No sé por qué empleo esa palabra cuando hablo de Leslie. Nunca ha tenido remedio. Ni lo tiene ahora -Quirke recorrió el canto del cenicero con el cigarro, afilando la brasa a la vez que tiraba la ceniza, y ella tuvo una leve punzada en el pecho, no de dolor, sino de recuerdo de un dolor. También Leslie hacía ese gesto con su cigarrillo, quizás estuviera haciéndolo ahora mismo, en ese preciso instante, a saber dónde-. No me sorprendería que le hubiera sacado dinero a ella -dijo-. El salón de peluquería había sido un fracaso. La Tijera, se llamaba, y le iba el nombre que ni pintado, si se piensa en lo trasquilado que salió. Y a mí ya me había sacado un par de cientos de libras, que, como es natural, echó al pozo para que las deudas se los tragasen. Le dije que no esperase sacar nada más allí donde había sacado aquello. Lo cual no mejoró la armonía en la casa. La verdad es que lo denunciaría e iría a pleito si tuviera la menor probabilidad de recuperar mi dinero.
– ¿Y habría tenido esa cantidad de dinero Deirdre Hunt?
– Querrás decir Laura Swan… No sé por qué me irrita tanto cuando la llamas por ese otro nombre -se cubrió los ojos un momento con la mano-. ¿Dinero? Pues no lo sé, tú dirás. Lo cierto es que Leslie tendía a interesarse única y exclusivamente por quien tuviera dinero, aun cuando fuera una chica como ella, sexo en estado puro, sexo con todas las letras -sonrió, aunque fuera una versión diluida y amarga de su sonrisa angustiada.
– ¿Cómo se conocieron? -le preguntó él.
– Oh, sabe Dios… O no, no… Espera. Fue a través de no sé qué médico que conocían los dos. Un indio, me parece recordar. Con un nombre rarísimo, eso sí. ¿Krantz? ¿Kreutz? Eso es. Kreutz.
– ¿Qué clase de médico?
– ¿Y yo qué sé? Supongo que un matasanos de medio pelo. Dudo mucho que Leslie se tratase con alguien que no fuera un fraude de una manera o de otra.
Cuando no hablaba el uno ni el otro, el silencio de la noche se adueñaba de la estancia como si la cubriese con una tela oscura y suave. Quirke tamborileó con los dedos sobre la mesa.
– Kreutz -dijo.
– Sí. Con k.
Se quedó pensativo.
– Hablaste de unas fotografías, de unas cartas.
– ¿De veras?
– Sí.
Puso una mueca de repugnancia.
– Estaban en un maletín, debajo de la cama. Ahí mismo, sin más. Yo creo que en el fondo quería que yo las encontrase.
– ¿Por qué? Es decir, ¿por qué iba a querer que las vieras?
– Por pura diversión. O porque le excitaba. Leslie tiene una manera de ser que es sin lugar a dudas la de un jovencito de mentalidad muy sucia, resuelto a enseñarles su aparatito a las chicas con tal de hacerlas chillar espantadas -miró a un lado como si de pronto se hubiera quedado atónita-. ¿Cómo me pude casar con él?
El esperó un momento con cautela.
– ¿De quién eran las fotografías? -preguntó.
– Pues de mujeres, por descontado.
– ¿Mujeres que tú conocías?
Se rió.
– Dios, no.
– ¿Prostitutas?
– No, no lo creo. Sólo eran… mujeres. De mediana edad la mayoría, enseñándose mientras aún les quedase algo que enseñar, aunque por los pelos -le dirigió una mirada quebradiza-. La verdad es que no las miré muy a fondo.
– ¿Había alguna de Deirdre… de Laura Swan?
– No -pareció que casi le hiciera gracia esa posibilidad-. Me habría llamado la atención.
– ¿Y quién tomó las fotos? ¿Leslie?
– No lo sé. O él o ese indio, el tal Kreutz. Todas sus pacientes, por llamarlas de algún modo, eran mujeres. Al menos eso fue lo que dijo Leslie.
– ¿Y las cartas?
– Las cartas sí eran de ella, de esa tal Swan. En realidad no eran cartas. No eran más que un cajón revuelto de guarrerías, de imágenes, de fantasías. Seguro que Leslie la obligó a escribir todo eso. Le gustaba oír cosas de esa clase -se detuvo y agachó la mirada, mordiéndose el labio por un lado-. Ésa es otra de las cosas que pasan cuando se rompe un matrimonio -dijo con voz queda-, la sensación de vergüenza que te deja -se puso en pie; de pronto parecía agotada. Fue al fregadero a llenarse otro vaso de agua. Bebió con avidez dándole la espalda. Él temió que pudiera estar llorando, y sintió alivio cuando se volvió de cara con una sonrisa forzada-. Al final, el salón de belleza también pasó por serios aprietos. Sabe Dios en qué clase de argucias legales se debió de complicar la existencia Leslie. Es probable que metiera la cuchara en la caja; no, qué digo… Si lo conozco bien, la metió seguro. La verdad es que no tenía ni un hueso de honestidad en todo el cuerpo -se contuvo-. ¿Por qué me empeño en hablar de él en pasado?
Él fumó unos instantes en silencio.
– ¿La llegaste a ver alguna vez? Me refiero a Deirdre Hunt…
Ella puso una mueca de infinita contrariedad.
– Te he dicho que se llamaba Laura Swan. Y no, nunca la llegué a conocer. Leslie no habría sido tan idiota -calló un instante-. Una esposa siempre se da cuenta, ¿no es eso lo que se suele decir? ¿O es más bien que una esposa nunca se da cuenta? Sea como fuere, Leslie puso buen cuidado en no arrimar a su amante a mi línea de fuego.
– Y las fotos, las cartas… ¿ahora dónde están?
– Las quemé. Me costó una eternidad. Habría que haberme visto, arrodillada delante de la chimenea, en el estar, echando todo aquello a las llamas y llorando como una idiota.
El no dijo nada. Al cabo de un momento aplastó el resto del cigarrillo y se puso en pie. Ella lo miró.
– Podrías quedarte, ya lo sabes.
El negó con un gesto.
– No, yo… -ella vio que trataba de dar con una razón, con una excusa para marcharse.
– No pasa nada -dijo.
– Lo que pasa es que…
Ella alzó la mano.
– Por favor. Ahorrémonos las mentiras el uno al otro al menos por ahora.
Se quedó en donde estaba, descalzo sobre el suelo de linóleo, mirándola sin saber qué hacer. Sí, se dijo ella, son todos iguales. Son como niños que han crecido demasiado. Cuando se les da el pecho pierden todo interés.
Subió a recoger el resto de su ropa, y cuando estuvo vestido ella lo acompañó a la puerta. Se quedaron unos instantes en el umbral. El aire de la noche era húmedo y frío, y llegaba perfumado con el aroma de alguna planta de floración nocturna. Ella le preguntó si volvería a verla, y él respondió que por supuesto. A las claras se le notaban las ganas de marcharse, y ella por fin se compadeció de él y le plantó un furtivo beso en la mejilla, poniéndole una mano en el hombro para darle un leve empujón. Cuando hubo cerrado la puerta tras él, apoyó la frente en la madera y cerró los ojos. Ni siquiera le había pedido su número de teléfono. Claro que él tampoco se lo había dado por propia iniciativa.
Fue asombroso con qué celeridad montaron el salón de belleza y lo pusieron en funcionamiento. Deirdre nunca tuvo ninguna duda de que iba a ser un éxito, aunque tampoco soñó que las cosas fueran a ser tan fáciles. Descubrió de pronto que tenía buena mano en los negocios, no sólo en la aplicación de los tratamientos y en la venta de los cosméticos, sino también en los aspectos financieros del negocio. Desde luego, tenía la cabeza bien pertrechada para el dinero. Cuando se enteró al principio de que Leslie White tenía un salón de peluquería, por más que se negara a reconocerlo se había llevado una buena decepción. Al principio pensó que eso quería decir que él era peluquero, y ése fue el auténtico sobresalto, pues de sobra sabía cómo eran los peluqueros, al menos en su inmensa mayoría. Pero él se rió y le preguntó cómo era posible que se le hubiera ocurrido tal cosa: ¿cómo era posible que lo hubiera tomado por marica? Ella le dijo que no, ni mucho menos, que esa idea ni siquiera se le había pasado por la cabeza, aunque lo cierto es que sí, si bien fue sólo un segundo. A fin de cuentas, a veces era difícil saber con precisión si un hombre tenía o no inclinaciones de ese estilo; no todos ellos eran amanerados en sus gestos, ni movían la muñeca como si no tuvieran huesos, ni hablaban con un deje melifluo. Lo cierto, cuando se paró a pensarlo, es que las muñecas de Leslie no eran precisamente las más sólidas, y al pronunciar ciertas palabras sí les daba un deje un tanto melifluo. Con todo, estaba segura de que era normal, si bien no logró despojarse de la ligera decepción que le produjo el saber que se dedicaba a esa clase de negocios. No estaba muy segura de lo que había esperado que fuese. Algo más romántico, eso seguro, que el simple propietario de La Tijera, que así se llamaba -y ella tuvo que reconocer que tenía su gracia-, o más bien se había llamado, puesto que el negocio acababa de cerrar.
Leslie le habló de la quiebra de la peluquería tomándosela a la ligera, con muestras evidentes de indiferencia, de animación incluso. Oyéndole contarlo, nadie habría supuesto que el negocio había quebrado y que había sido un fracaso, sino que él mismo lo había dejado entrar poco a poco en decadencia, porque le aburría, porque deseaba pasar a otra cosa más apasionante, más a la altura de su indudable talento. Tenía planes, le dijo, desde luego que sí, tenía planes grandiosos. La había llevado a ver el local de Anne Street, una sala amplia y pintada de blanco, en una primera planta, pero con entrada propia, por unas escaleras que daban a la calle, al lado de una óptica. No quedaba allí ni un solo mueble, aunque sí estaban los lavabos, formando en una hilera pegados a la pared, que a ella le hicieron pensar, con un punto de vergüenza, en los urinarios de un aseo de caballeros. Leslie se plantó en el centro de la sala con su abrigo de pelo de camello y miró en derredor, sin poder contener, ella se dio cuenta, una mirada de recelo, de aprensión. Pero hizo todo lo posible por mostrarse animado y desenvuelto, y le habló con displicencia de los contactos que tenía, de la gente de dinero a la que conocía, de los empresarios con los que tenía íntima relación, y que en cuanto tuvieran noticia de sus planes se darían de codazos los unos a los otros con tal de invertir en el negocio, de eso no le cabía la menor duda.
– Un salón de belleza -le dijo, y se le iluminó la cara-, es lo suyo. La peluquería está muy bien para un peluquero normal y corriente, que no sabe hacer nada más. En cambio, el paquete completo, el tratamiento integral para la mujer integral… Ahí es donde están los beneficios.
Ella tuvo la nítida impresión de que nada de lo que le dijo era original. Era la clase de cosas que él habría oído de sus contactos, de la gente de dinero, de «los tipos con visión de futuro», como él los había llamado. El reparó en que había un brillo de escepticismo en la mirada de ella por más que trató de ocultarlo, si bien se limitó a sonreír y a morderse el labio, como un jovenzuelo al que acabasen de pescar diciendo una mentirijilla. Esa era una de las cosas que a ella le gustaron de él, tal vez lo que más le gustó, esa manera despreocupada, risueña, de no hacer caso de los reveses de la fortuna, de tratarlos como meros tropezones en el camino ascendente hacia un éxito inimaginable, a la riqueza, a la felicidad.
Pero había en él, sin embargo, otra cara, y a ella no le llevó mucho tiempo descubrirla. Cuando hablaba de su esposa, por ejemplo -«Esa perra engreída», que es como ella la imaginaba, aun cuando nunca la hubiera visto-, el sonrojo invadía sus pálidas y alargadas facciones y sus ojos adquirían lo que ella sólo podría calificar de mirada ensuciada, enturbiada, además de que hacía un ruido de succión por la comisura de los labios, que retraía para dejar al descubierto un colmillo un tanto renegrido. Pero sus muestras de rabia y su ánimo vengativo no duraban más que dos segundos, tras los que volvía a ser el hombre de ánimo despreocupado y juguetón, y hacía una especie de paso de baile que a menudo ensayaba, acercándose a saltos, de costado, hacia ella, y levantando una mano con la palma hacia arriba para tocarle en broma en el mentón con la punta del dedo índice, tarareando al tiempo una melodía como un zumbido, con los labios cerrados.
No había perdido el tiempo en tratar de llegar con ella a mayores, por descontado. Con inocencia, ella reconoció en su fuero interno que con toda probabilidad lo habría logrado si en la peluquería hubiese habido una superficie más acogedora que el suelo para que ambos se tendieran. Pero no lo intentó del mismo modo que ella conocía por haberlo visto en otros individuos. No le puso la mano encima, no trató de metérsela por debajo de la falda, ni por el escote. Se comportó más bien como un ave maravillosa, un ave exótica, un pavo real quizá, pavoneándose en torno a ella, mostrándole el plumaje, sonriendo, haciendo chistes, haciéndola reír, a menudo a pesar de que no quisiera ella reírse. Oh, desde luego que sí, sabía muy bien cómo hacer que una mujer se sintiera bien, en eso Leslie White era un fenómeno; sabía, en realidad, cómo hacer que se sintiera una mujer de verdad, y no a la manera de la mayoría de los hombres que ella había conocido, que la trataban como si fuera un mueble, un sofá o un colchón viejo y lleno de bultos, sobre el cual se abalanzaban, olisqueando y resoplando como un cerdo.
Billy algunas veces era así.
No le había llevado mucho tiempo averiguar que Leslie estaba casado. Había supuesto desde el principio que lo estaba. El no le habló mucho de su mujer. Por lo visto, ella tenía dinero -tenía un negocio propio, algo relacionado con la industria textil-, pero lo tenía a buen recaudo, sin que él pudiera echarle el guante. Sí se le escapó que al menos una vez, en un momento delicado, ella había arrimado el hombro y había salvado la peluquería, La Tijera, del cierre inminente. Es posible, pensó Deirdre, que fuera esa experiencia lo que agrió el carácter a la muy recta y poderosa señora White y la predispuso en contra de su marido, al que dio en considerar un irresponsable. Seguía sin embargo viviendo con ella, aunque por lo que a él se refería el matrimonio había terminado, y en cuanto pusiera en marcha esta nueva aventura tenía previsto marcharse, o al menos eso le aseguró. Todo esto se lo tomó ella con ciertas reservas. No era tonta; sabía cómo eran los hombres, cómo hablaban; sabía cuál era el valor de sus promesas y declaraciones. Sin embargo, algo había en Leslie White, algo a lo que no podía ella resistirse, bien que lo sabía, y lo sabía también él, y entre tanto había ido llegando la cosa a un punto más allá del cual ya no había vuelta atrás. Era la chica a bordo de la canoa, y el borde de la catarata estaba cada vez más cerca.
Al final, fueron las fotografías lo que inclinó la balanza. Después, muchas veces se dijo que ojalá no se las hubiera enseñado. Sabía, por descontado,. por qué lo había hecho. Fue en parte mera travesura, la malicia del colegial que sentía la apremiante necesidad de mostrar, de exhibir el secreto que había descubierto, pero también había calibrado él, y resultó que con acierto, que había en ella una parte, enterrada en lo más profundo de su ser, tan al fondo que ella misma apenas había sido consciente de su existencia, una parte que era al fin y a la postre, ella tuvo que reconocerlo, tan regocijadamente guarra en sus deseos como lo era Leslie White, como lo era cualquier hombre. Con todo y con eso, fueron un auténtico susto aquellas fotografías, al menos al principio. Cuando le mostró la de la mujer de la estola de zorros -estaban en la sala desierta, encima de la óptica-, ella se sintió acalorada, excitada, casi asustada, de una manera tal como no había vuelto a sentir desde que era niña. Era una fotografía grande, de treinta por veinte más o menos, pero muy nítida, muy clara, toda con grises plateados y negros intensos, con finos detalles. «Exposición», ésa era la palabra, desde luego. La mujer, muy delgada, pálida, con unos pechos pequeños, estaba tendida en diagonal sobre un sofá -Deirdre lo reconoció en el acto-, con una pierna del todo separada, el pie esbelto apoyado en un cojín, en el suelo. Estaba completamente desnuda, con la sola excepción de la estola de piel que llevaba al cuello, como si los pequeños hocicos de los zorros le mordiesen en la piel, en la suave inclinación del pecho izquierdo. La mano derecha la tenía extendida a un lado, colgando con languidez junto a la pierna derecha, separada del cuerpo; la izquierda la tenía en el regazo, con el pulgar y el dedo corazón separándose los labios oscuros y el índice introducido hasta el nudillo. La mujer sonreía mirando a la cámara, al mismo tiempo descarada y culpabilizada, con la cabeza levemente vuelta a un lado, como si invitase a la persona que estuviera detrás de la cámara, y a todo el que tuviera ocasión de ver el trabajo del fotógrafo, a sumarse a ella allí mismo, en el sofá en que estaba tendida de manera incitante.
Deirdre asumió todo esto, el pie en el cojín, el hocico cerrado de los zorros, la mano suspendida, los labios abiertos de par en par, y de inmediato cerró los ojos con fuerza y volvió la foto boca abajo con un manotazo. Oyó su propia respiración. La sensación que la invadía, que la acaloraba y al mismo tiempo le producía un frío extraño, era la misma que tenía cuando, de niña, despertaba en la cama cuna en el dormitorio de sus padres y se daba cuenta de que se estaba orinando, orinándose y, al mismo tiempo, espantándose por lo que estaba haciendo, si bien no podía parar de ninguna manera, por el avergonzado placer que le causaba. Y tampoco pudo parar entonces, incapaz de no abrir otra vez los ojos y de no dar la vuelta a la fotografía. Se sintió asqueada de sí misma, pero al mismo tiempo también excitada de una manera horrible, que la llevó a pensar que debería avergonzarse, a pesar de lo cual no se avergonzaba, en realidad no se avergonzaba, ni mucho menos.
Había otras fotografías, unas veinte o treinta en total, que Leslie guardaba en una vieja funda de discos que se cerraba con un broche metálico como el bocado de un caballo, que caía sobre una lengüeta. Algunas eran de la misma mujer, la mujer de la estola de zorros, y otras eran de otras, todas ellas desnudas, todas ellas expuestas con desvergüenza, algunas haciendo cosas incluso peores de lo que hacía la mujer con la mano en la entrepierna, y sonriendo con la misma mueca de procacidad, mirando a la cámara. Al principio no fue capaz de mirar a Leslie a los ojos, y en el momento en que por fin lo miró se dio cuenta de que le ardía la cara. El la estaba observando y sonreía con una ceja elevada de un modo malicioso, disfrutando de la inquietud evidente que a ella le embargaba. Se le pasó por la cabeza la idea de que iba a recordar ese momento durante el resto de su vida, el frío en la sala despojada de todo mueble, la luz invernal en las paredes blancas, el brillo apagado y en cierto modo entristecido de la porcelana de los lavabos, y Leslie con el abrigo abierto, mirándola con lascivia.
– ¿De dónde las has sacado? -preguntó con una voz que la desarmó a ella misma por la firmeza con que había salido de ella. ¿De verdad era una desvergonzada hasta ese extremo?
– Es sencillo -dijo Leslie, y golpeó con la uña la foto de la mujer de la estola de zorros-. Ella me las dio.
Luego le contó, mientras iba de un lado a otro de la sala con las manos en los bolsillos del abrigo, cómo la había conocido, a la mujer, una tarde, en un pub de Dawson Street, un local del sótano, donde iba a tomar una copa a menudo; no le dijo el nombre de la mujer, asegurándole que podría reconocerlo, ya que su marido era una persona conocida, y se limitó a llamarla «señora T»; le contó cómo se había hecho amigo de ella, con la esperanza de que invirtiera algún dinero en La Tijera, que en aquel entonces empezaba a pasar por apuros financieros. Se dio cuenta en el acto, a pesar de que aquella mujer frecuentase el pub de Wally, que tenía por cierto toda la mala reputación que pudiera tener un pub, o un club, o como se llamase, de que tenía muy buenas conexiones. Al final la cosa no salió como él deseaba -la señora T se mostró muy cauta en cuestiones de dinero-, pero aquella mujer resultó agradable de tratar, una auténtica amiga. Por medio de ella había entrado en contacto con el doctor Kreutz, y ahora él y Kreutzer, que así lo llamaba, eran -rió- excelentes amigos.
Volvió a dejar el fajo de fotografías en sus manos.
– Dan asco.
– Sí, así es, ¿verdad que sí? -dijo él muy contento.
– ¿Por qué te las dio esa mujer? Mejor dicho, ¿cómo ha podido dártelas?
– Bueno, verás… Supongo que es un poco exhibicionista. Hay gente para todo. Pensó que me gustarían. Y, como es natural, no podía saber que te las iba a enseñar a ti.
– Cosa que no debieras haber hecho.
– No, supongo que no. Tienes razón -agachó la cabeza y la miró por debajo de las cejas, de una manera que le daba el aire de un diablo sonriente, de cabello plateado-. Pero en el fondo te alegras de que te las haya enseñado, ¿no?
– Desde luego que no.
Pero… ¿seguro que no se había alegrado? La verdad es que no lo supo. Estaba confusa. Desde luego, le había sobresaltado saber que el doctor Kreutz era capaz de tomar tales fotografías, pues no le cupo duda de que era él quien las había tomado, no tuvo ni que preguntarlo. Así que ésas eran sus dientas, ésa era su sanación espiritual. Leslie, como de costumbre, comprendió qué estaba barruntando.
– Ya te avisé que el viejo Kreutzer… Te lo advertí, ¿sí o no?
Ella negó con la cabeza.
– Pero… ¿por qué? -dijo-. ¿Y cómo?
El pareció sorprendido.
– ¿Por qué las hizo? Pues porque ellas querían que las hiciera, por supuesto. Hay personas a las que les gusta verse haciendo… cosas feas. Buenas, son muy buenas, ¿verdad? Las fotografías, quiero decir. Fíjate qué técnica. La verdad es que se le da francamente bien -rió-. Supongo que será de tanto practicar.
Ella se dio cuenta de que debería romper con Leslie White en aquel preciso instante, allí donde estaba, sin esperar a más. Ya nada volvería a ser igual entre ellos dos después de ver aquellas fotografías. Y sin embargo no pudo. Cuando pensaba en aquellas mujeres, tan lascivas, tan desvergonzadas, experimentaba una extraña sensación en la garganta, como si ahí se le hubiera alojado algo blando, cálido, y tuviera una sensación de pánico que a su vez contenía tanto placer como se pudiera imaginar. Sí, placer, un placer oscuro, caliente, aterrador. Billy, su marido, se percató de que en ella existía esa novedosa excitación, aunque era evidente que no pudo saber ni por asomo cuál era la causa, y cuando estaba en casa la seguía por todas partes, igual -ella odiaba incluso pensarlo, pero era verdad- que un perro que olisqueara el rastro de una perra en celo, y en cuanto a las cosas que intentó obligarle a hacer cuando estaban en la cama…
Billy. Se dio cuenta de que necesitaba sentarse, pararse a pensar, sopesar despacio qué era lo que tenía que hacer con respecto a Billy. Tarde o temprano tendría que hablarle de Leslie White, decirle, esto es, que había conocido a un hombre que deseaba montar un negocio con ella. Por el momento, eso era todo cuanto necesitaba decirle; también era todo cuando se atrevería a decirle. Y es que lo cierto era que había aceptado la propuesta de Leslie White -¡oh, Dios mío, qué palabra!-, su propuesta empresarial, claro está, para abrir un salón de belleza formando una sociedad con él. Estaba decidido. El local ya estaba disponible, encima de la óptica -él le habló de un arrendamiento por noventa y nueve años, le habló de los precios de alquiler del suelo y de las opciones de los arrendatarios, le habló de todo esto hasta que a ella la cabeza le dio vueltas-, y los operarios que iban a realizar las obras se presentarían allí cualquier día.
Sí, estaba todo decidido y dispuesto. Una mañana lluviosa, en enero, Leslie la llevó a un local comercial de Stoney Batter con la idea de conocer qué opinión le merecía, o eso dijo, una camilla de hospital, un trasto estrecho, alto, con ruedas, sobre el cual era posible tumbarse, que un amigo suyo tenía a la venta y que era ideal para dar masajes. El amigo, un tipo de apariencia furtiva, con un traje de raya ancha y con la peor tos de fumador que ella hubiera oído nunca, se marchó y los dejó solos -¿también eso lo había dispuesto Leslie?-, y algo hubo en aquel momento que a ella le afectó, tal vez fuera la sensación de repentina intimidad que tuvo, a pesar de la humedad y la falta de luz del local, y sin tiempo para saber qué pasaba se encontró en la camilla y en brazos de Leslie, mordiéndose el dorso del pulgar para no ponerse a gritar como una loca, mientras la camilla se movía a su antojo, con unas ruedas engrasadas, por efecto de cada movimiento de éxtasis que ambos acometían. Después le quitó ella el abrigo, ¡el famoso abrigo de pelo de camello!, porque le entró el frío y porque el campeón de la tos podría regresar en cualquier momento. Leslie se había puesto en pie, ya que en el estrecho colchón de caucho no había sitio para los dos, y cuando se hubo vestido del todo levantó el abrigo tirando de una esquina, para verla bien de cuerpo entero.
– Caramba, caramba -dijo sonriendo-. El Doctor estaría encantado contigo.
Le costó un instante comprender qué estaba dándole a entender, y apartó la cara para no permitir que la viera sonrojarse, y con una sonrisa en los labios le arrebató el abrigo y se envolvió con él.
– Foto, foto -dijo él tan campante, y chasqueó la lengua imitando el ruido de una cámara, la cámara invisible que se llevó al ojo en ese momento.
Ella tuvo que dejar que pasaran unas semanas antes de animarse a dar la cara ante el doctor Kreutz de nuevo. En efecto, todo había cambiado. No era sólo que hubiera visto las fotografías -en cierto modo, eso era lo de menos a esas alturas-, sino que también debía tener presente su relación con Leslie. El se lo detectó en los ojos, ella vio que lo veía. ¿Qué mujer podría ocultar una verdad tan simple, el hecho de estar enamorada? Pensando en esto hizo una pausa. ¿De veras se trataba de eso? ¿Era amor? La palabra no le había entrado en la cabeza hasta ese instante. Se ablandó. ¿Por qué extrañarse de pensar en el amor hallándose en presencia del doctor Kreutz? ¿No le había enseñado él muchas cosas en ese sentido, las cosas del espíritu? ¿Qué importancia podía tener que le gustara tomar fotografías de mujeres desnudas? Quizá formara parte del tratamiento, quizá fuese una forma de ayudar a esas mujeres, haciéndoles ver cómo eran en realidad, en todo su mujerío. Quizás eso sanara sus espíritus. ¿Quién era ella para decir lo contrario, ella, que se había tumbado y se había abierto de piernas en el colchón de caucho de la camilla, en aquel local sucio, y en otras camas, otros días, con cada una de sus fibras, hasta la última, en llamas bajo la mirada admiradora de Leslie White?
Por otra parte, era el doctor Kreutz quien iba a financiar las obras de inicio del salón de belleza. Leslie había acudido a él y le había pedido el dinero y éste se mostró de acuerdo, fije así de sencillo. Al menos, eso había dicho Leslie.
El doctor Kreutz preparó un té de hierbas y la invitó a arrodillarse a su lado en los cojines del suelo, ante la mesa en la que se encontraba el cuenco de cobre. Ya casi era primavera, y por la ventana alcanzó ella a ver las ramas negras que empezaban a retoñar, y tras ellas un cielo blanquecino, de un blanco desnudo, con nubes deshilachadas en diagonal. Tenía una sensación de felicidad acorralada en su interior, a punto de reventar en cualquier momento. Era consciente, cómo no, de que había algunas cosas que se podían torcer. Iba a hacer falta mucho trabajo y no menos suerte para mantener en marcha el Silver Swan al mismo ritmo al que había funcionado hasta entonces -a duras penas lograba ella atender a todas las nuevas dientas que se presentaban cada semana, y ya empezaba a pensar en el día en que no le quedaría más remedio que contratar a una ayudante-, pero no lograba creer que entre ellos, entre Leslie y el doctor Kreutz y ella, no pudieran mantener el grado de éxito que habían cosechado hasta entonces. Era cierto que La Tijera había quebrado, pero Leslie le explicó cómo se produjo el fracaso empresarial, y si bien no entendió ella todos los detalles técnicos eso no quiso decir que su explicación no fuese fiel a la verdad de los hechos. Lo que en cambio tenían entre los dos Leslie y ella -su amor- bastaría para superar todas las complicaciones que pudieran presentarse.
Amor. Dio un sorbo al té y en su fuero interno calibró esa nueva palabra, por ver qué talla tenía, qué peso. Tendría que emplearla con moderación. Leslie, según había tenido ya ocasión de darse cuenta, no se tomaba de buen grado sus carantoñas; ésa era la palabra con la que designó los besos y las caricias con que, desde el día que pasaron en el local comercial, ella había intentado mostrarle qué sentimientos tenía hacia él. Era casi con toda seguridad porque era inglés, razonó, ya que los ingleses eran presuntamente reservados, reacios a que se les notase cuáles eran sus verdaderos sentimientos. Tenía una forma única de distanciarse de ella, con la cabeza bien alta, muy estirado el cuello largo y pálido, mirándola con un punto de desprecio, con una expresión que no era tanto una sonrisa como una mueca como si se hubiera llevado un chasco, y soltando un bufido más que una risa por las fosas nasales, como si hubiera hecho ella algo tan estúpido que no mereciera sus palabras. Además, a veces la trataba de mala manera. Habían encontrado para entonces un lugar donde podían pasar el rato juntos, una habitación de alquiler en Percy Place, aunque más tomada en préstamo que propiamente alquilada a otro de los amigos de Leslie. Iban allí por la tarde y corrían las cortinas, y él la desnudaba despacio, con parsimonia, casi como si estuviera pensando en otra cosa, y entonces la abrazaba y la estrechaba contra sí, temblando de aquella manera tan particular, tan suya -casi como temblaría una chica-, cosa que a ella le excitaba y al mismo tiempo le daba unas ganas locas no tanto de hacer el amor con él, cuanto, más bien, de acunarlo en sus brazos, de mecerlo hasta que se durmiera. Pero él no era un bebé. Le mordía los labios hasta hacerle sangre, o le retorcía el brazo a la espalda dejándola sin aliento, y una vez en que no fue capaz de hacer nada y ella se rió y le dijo que no importaba, en vez de mostrarse agradecido le dio una bofetada en la cara, con fuerza, tanto que se golpeó con la nuca contra el cabezal de la cama y vio las estrellas. Y luego estuvo la noche en que ella y Billy se disponían a acostarse -qué tortura era para ella acostarse ahora con el pobre Billy- y él le vio los rojos verdugones que tenía en la cara posterior de los muslos, donde Leslie la había azotado con el cinturón de cuero -Dios, qué manera de gemir de dolor- y tuvo que improvisar una excusa que no creyó que él creyera, algo sobre una silla de lamas con bordes afilados en la que tuvo que sentarse. Y, con todo, ella…
– ¿Más té? -le preguntó el doctor Kreutz.
Pestañeó, despertando de su ensueño. Volvió a darse cuenta, tal como ya se había dado cuenta, de que él apenas la había mirado a la cara desde que llegó. Se preguntó si tal vez estaba celoso, pues con toda certeza tuvo que adivinar que ella y Leslie habían iniciado algo más que una sociedad para dedicarse a un negocio. El pensamiento la incendió de puro fastidio. Bastantes equilibrios tenía que hacer para mantener a raya las suspicacias de Billy. Este había hablado con Leslie una sola Vez, cuando los tres concertaron un encuentro para tomar una copa en el bar del Hotel Wynns. Fue un domingo por la tarde; tras ellos, tres sacerdotes de cara colorada, los tres bebían whisky y hablaban a voz en cuello de un partido de hurling en el que habían pasado la tarde. Billy se sintió tímido y cohibido con el inglés, con su acento presuntuoso, «engreído», como dijo él después, y con su pañuelo plateado al cuello, así que estuvo mirándose la puntera de las botas y habló en un murmullo apenas comprensible -tampoco es que tuviera gran cosa que decir-, con sus cejas casi incoloras unidas encima de la nariz y las puntas de las orejas rojas como cerezas. Cuando ella lo miraba se sentía no culpable, no exactamente, sino más bien… apenada; sí, ésa era la única palabra que podría describir su estado de ánimo, sentía pena de él, el torpón de corazón tan blando. Y, de un modo aún más extraño, le pareció que nunca lo había querido tanto como en ese momento, con tantísima ternura, con tanta compasión, con atención sin reserva, nunca lo quiso como en esa media hora en un bar lleno de humo, con las voces de los sacerdotes encima de ellos, Leslie y ella tratando de no mirarse, no fueran a echarse a reír sin poder contenerse.
Leslie se portó muy bien con Billy, supo representar de veras el papel del hombre de negocios, habló de gastos indirectos y de dividendos anuales y de márgenes de beneficio y de todo lo demás. Ella tuvo por fuerza que admirar su labia: qué embaucador estaba hecho. Fingió escuchar a Billy, sus murmullos indescifrables, y asintió con solemnidad, con los labios fruncidos, sin olvidarse de llamarla señora Hunt, nunca por su nombre de pila. Oyéndole, cualquiera hubiera dicho que era más bien un hospital o algo así lo que iban a montar entre los dos. Cuando dijo que la señora Hunt haría una gran aportación al salón -aunque le costó lo suyo, supo seguir el ejemplo de Deirdre y lo llamó salón de belleza, en vez de «salud y belleza», como él pretendía, porque a ella le parecía presuntuoso- gracias a la dilatada experiencia que había acumulado trabajando en la farmacia, Billy se quedó patidifuso. Ella se preguntó hasta qué punto se tragó Billy las parrafadas de Leslie. Algo sabía él del negocio, y no era tonto cuando llegaba la hora de negociar con alguien. Se dijo que en su caso era mejor decir apenas nada, estarse calladita, dejar que Leslie largase todo lo que quisiera. Se limitó a tomar una copa de Babycham y procuró que le durase todo el tiempo que estuvieron allí, porque el alcohol se le subía derecho a la cabeza en ocasiones como aquélla -si bien, se preguntó, ¿había existido en toda su vida alguna otra ocasión semejante?- y, sobre todo, porque de ninguna manera debía permitir que se le notase la excitación. Y es que lo cierto es que sólo en esos momentos, estando allí revestida de sensatez, con el traje de dos piezas color gris carbón que había comprado para ejercer de mujer de negocios, escuchando la cháchara veloz de Leslie, que envolvía en palabras a su marido, sólo entonces comprendió con todas sus consecuencias el alcance de la aventura en la que se había embarcado. El futuro de pronto se hallaba…
– Debes, ¿sabes? -le dijo el doctor Kreutz-, debes poner cuidado, mucho cuidado.
Ella lo miró con desconcierto. ¿De qué le estaba hablando?
– ¿Cuidado… con qué? -preguntó.
Él se encogió de hombros, incómodo. Vestía ese día un caftán de seda azul -«caftán» era otra de las palabras exóticas, otro de los nombres de cosas que él le había enseñado-, bajo el cual sus hombros parecían más que nunca una percha.
– Pues de todo esto… De este negocio que has puesto en marcha -respondió. En sus palabras sonaba una nueva nota, una nota quejumbrosa, le pareció, y entre frase y frase emitía una especie de sordo zumbido-. La anterior empresa del señor White fue un fracaso, ya sabes -mmm, mmm-, y el propio señor White quizá no sea -mmm, mmm- todo lo que parece.
¡Vaya!, pensó ella. Mira tú lo que dijo el hambre de las ganas de comer… Le dieron ganas de preguntarle dónde había metido la cámara, y a cuántas dientas había fotografiado recientemente. Pero no fue capaz de seguir mucho tiempo indignada con él. En su nuevo, recién descubierto estado de felicidad plena, era imposible que se indignara con nadie, ni siquiera con Billy, o no al menos por mucho tiempo. Desde luego, Leslie no era todo lo que parecía, pero ella bien sabía que, de ser algo, era bastante más, y no menos. Sólo que ese más, claro está, era algo que el doctor Kreutz nunca acertaría a entender. Apartó la taza -tenía un regusto extraño, empalagoso, dulzón, enfermizo- y dijo que tenía que marcharse. Cuando se quiso levantar, sin embargo, tuvo una especie de mareo repentino, y por un instante le pareció que podía dar un traspié y caer. El médico se puso en pie de un brinco y la sostuvo de la mano, poniéndole la otra mano bajo el codo para conducirla al sofá, a ese sofá, y la hizo sentarse con suavidad sobre los almohadones, retirándose un poco, mirándola, con la cabeza ladeada y una mueca de aparente descontento en los labios, lo máximo que se acercaba, según había visto ella, a esbozar una sonrisa.
– Descansa -le dijo con suavidad-. Descansa, mi querida señora, mi queridísima señora.
Ella pensó en todas las mujeres que allí mismo habían yacido desnudas, mostrándose. Se preguntó qué se sentiría al exponerse así, no exactamente delante de un hombre, sino delante de una cámara. Y con esa pregunta en los labios cayó en un sueño profundo y en el que no tuvo sueños.
Maisie Haddon -o la enfermera Haddon, que es como le gustaba que la llamasen, tanto en público como en privado- tenía debilidad por Quirke y a menudo se lo confirmaba, sobre todo después de una segunda o una tercera ronda de ron con zumo de grosellas, su bebida de preferencia. Habían convenido en verse, como hacían por lo común, en un pub pequeño y más bien turbio, en una bocacalle, a espaldas del Gaiety Theatre. Llegaron simultáneamente, él a pie, ella en su deportivo descapotable, un coche que más era una miniatura, rojo, que a él siempre le recordaba una mariquita un tanto abollada y ligeramente deslucida. Apareció con unas gafas de sol de montura blanca, fumando un cigarrillo en una boquilla de ébano. A pesar del calor del día, llevaba una chaquetilla de armiño y una larga pañoleta amarilla al cuello, uno de cuyos extremos se había echado con dramatismo sobre el hombro derecho. Aparcó en la cuneta con un chirrido de los neumáticos y el cochecito montó en la acera y se detuvo con un último y estruendoso rugido del motor antes de que lo apagara.
– Hola, guapo -dijo, alargando por encima de la portezuela baja una mano enguantada con ribetes de encaje.
El se inclinó y rozó los labios contra un nudillo huesudo, captando al tiempo una vaharada de su perfume.
– En serio te lo digo, Maisie -le dijo-; cualquier día vas a terminar igual que Isadora Duncan.
Recogió el bolso del asiento del copiloto y salió del coche.
– ¿Y quién es ésa? Lo digo porque la conocerán en su casa a las horas de comer…
– Era una bailarina. Se le enredó el fular en el eje trasero del coche, un deportivo, y murió cuando se le partió el cuello.
– Dios santo -dijo ella-, qué manera de largarse de este mundo.
Entraron en el pub. Era sábado por la tarde y se había reunido allí dentro la multitud de costumbre, ruidosa y jaranera. Cuando Maisie hizo una pausa a la entrada para otear el interior con los ojos protegidos tras las gafas de montura blanca, se volvieron hacia ella media docena de cabezas; pocos de los presentes no estaban al tanto de quién era la enfermera Haddon. Llegó hasta la barra con Quirke y se encaramó en un taburete alto, alisándose la falda sobre las rodillas con un gesto de recato que arrancó una sonrisa de labios de Quirke. A su manera, él también sentía debilidad por aquella persona que rozaba la ridiculez. Se preguntó qué edad tendría exactamente, porque era imposible hacerse una idea a partir de su apariencia o de su figura. Su rostro grande, cuadrado, de campesina, apenas contenía una sola arruga, y el cabello, si es que lo llevaba teñido, era rubio hasta la raíz al menos por lo que él atinó a ver; no se habría atrevido a propasarse en su examen, pues era fama el mal humor de Maisie, de quien se decía que una vez tumbó de un puñetazo a un detective de la Garda que se empeñó en proceder a su detención. A Quirke le hizo gracia pensar, y no por primera vez, que casi con toda certeza estaba poniendo en grave riesgo su reputación profesional por el mero hecho de dejarse ver con ella, y además en un lugar abierto al público. Y es que Maisie Haddon era la más notoria, la más fiable, la más conocida y la más ajetreada de las abortistas clandestinas que ejercían en la ciudad.
El pidió las copas, su ron con grosellas y un zumo de tomate para él.
– ¿Te has quitado de la priva? -dijo ella con incredulidad.
– Hace seis meses.
– Santo Dios -todavía tenía un acento marcado, plano, del lugar del que procediera, de algún rincón del Oeste-. ¿Qué ha sido, una conversión o algo así? -llegaron sus copas y ella entrechocó la suya con el vaso de Quirke-. En fin, ojalá te valga por un buen sitio en el Cielo.
Él le ofreció su pitillera y abrió la tapa del encendedor. Ella apretó los labios y expulsó el humo de ladillo, llevándose con delicadeza la yema del meñique a una comisura de la boca y luego a la otra.
– Bueno -le dijo-, ¿y qué andas buscando?
El fingió no entender.
– ¿Qué quieres decir?
– Te conozco bien… y tú siempre andas en busca de algo.
– Sólo busco tu compañía, Maisie.
Ella flexionó una ceja con escepticismo.
– Seguro.
Maisie había pasado dos temporadas entre rejas. La primera vez fue veinte años antes, cuando fue acusada de dirigir un sanatorio, así lo llamaron, en el que ingresaban en secreto las mujeres que habían tenido un inconveniente embarazo, y en donde se libraban de los bebés, muchos de los cuales quedaban en manos de Maisie, que era quien debía disponer de las criaturas, a menudo envolviéndolas en una manta y dejándolas en una cuneta en plena noche. Cuando cumplió condena, rápidamente alquiló una habitación en Hatch Street y comenzó a dedicarse al negocio del aborto. Al poco tiempo su clínica, que así la llamaba ella, fue pasto de una redada de la brigada antivicio y hubo de cumplir otros dos años en la cárcel de Mountjoy. De nuevo en libertad, e impertérrita, se puso a trabajar de inmediato. Maisie era custodia de muchos secretos. Conocía a Malachy Griffin y afirmaba haber trabajado con él en el Hospital de la Sagrada Familia en los tiempos en que aún era enfermera de verdad, afirmación esta, reflexionó Quirke, que de seguro Malachy preferiría no tener que oír muy a menudo, ni que se dijera en voz muy alta.
– ¿Qué tal va el negocio? -le preguntó Quirke.
– Mejor que nunca -dio un trago de ron y encajó uno de los cigarrillos de Quirke en su boquilla de ébano-. En serio te lo digo, Quirke: las mujeres de esta ciudad no han debido de oír en la vida que existen los paracaídas.
– Deben de ser duros de conseguir.
Ella soltó una carcajada y le dio con el dedo índice un par de veces en el pecho.
– Duros de conseguir… Esa sí que ha sido buena, muy buena -se le había quedado la copa vacía, y él hizo una seña al camarero para que se lo volviera a servir-. De todos modos, te aseguro que no es para tanto -dijo-. Conozco a un tío que trae maletas llenas, las hace pasar por Holyhead. Yo se los ofrezco a mis dientas. «Ten», les digo, «llévate un par de docenas de paquetes, porque no quiero volver a verte por aquí en mucho tiempo. Preferiblemente, no quiero verte en la vida nunca más por aquí». Y digo yo: ¿se los llevan? -adoptó un tono de plañidera-. «Es que el cura me va a armar una que no vea usted, enfermera. Y mi hombre no quiere ni oír hablar del peluquín, enfermera.» Pandilla de mentecatas…
Quirke jugueteó con su vaso.
– ¿Has tratado alguna vez a una mujer que se apellida Hunt? -preguntó-. Deirdre Hunt. Me pregunto si la conoces.
Ella lo miró con malicia.
– Oh-oh -dijo-. Allá viene.
– También se hacía llamar Laura Swan.
Ella lo seguía mirando con dureza, de lado, con aire de desdén.
– ¿Sabes lo que pasa, Quirke? -le dijo-. Pasa que eres un hombre terrible -adoptó una visible expresión de haber claudicado en contra de su voluntad y revolvió en el bolso hasta sacar una agenda de direcciones con los cantos doblados, forrada en cuero, muy estropeada. Era su famosa agenda negra, que, como proclamaba a menudo cuando se pasaba de copas, tenía la intención de vender un día a People, o a News of the World, para pasar con desahogo sus años de declive. Hojeó bastantes páginas, leyendo los nombres para sí. Todo fue un puro paripé, y Quirke se dio cuenta: no había una sola mujer a la que Maisie hubiera tratado, durante las más de tres décadas que llevaba dedicada a su oficio, cuyo nombre, dirección y número de teléfono no fuera capaz de recitar de corrido en cuestión de segundos-. No -dijo-, no hay ninguna Hunt. ¿Cómo dices que es el otro nombre? ¿Swan? Pues tampoco hay ninguna Swan. ¿Quién es?
Quirke encogió un hombro con un gesto inapreciable.
– No es. Era -dijo.
– Ah. Suele pasar -cerró la agenda dando una palmada con la tapa y la introdujo de nuevo en las profundidades de su bolso-. En ese caso, con toda certeza no conozco ni he conocido nunca a ninguna persona o personas que respondieran por esos nombres. ¿Entendido? -se terminó la segunda copa y dio con ella un golpetazo al dejarla en la barra.
Quirke levantó un dedo para llamar al camarero.
– La verdad -dijo, e hizo una pausa con toda su intención, como si acabara de tener escrúpulos por la apreciación que acababa de hacer-, la verdad es que no es ella, Deirdre Hunt, quien me interesaba de manera especial. Es imposible que haya sido una de tus dientas -ella lo miró-. Le practiqué la autopsia -dijo-. Nunca tuvo mayor interés por formar una familia.
Un hombre menudo, con una corbata morada, se trastabilló al pasar camino de los lavabos y chocó con el codo de Maisie, con lo que parte del ron de su copa le salpicó el fular de chifón.
– Hatajo de maricas -masculló Maisie, fulminando al hombre con la mirada y arreglándose como una gallina a la que se le hubieran erizado las plumas. Volvió a atender a Quirke-. Entonces, ¿qué pasaba con ella, eh?
Las vaharadas de ron que desprendía su aliento estaban provocándole a Quirke cierto mareo. Tenía la boca seca y notaba en las articulaciones de los dedos el dolor que le sobrevenía cuando más necesitado estaba de beber. ¿Es que nunca iba a desaparecer, se preguntó, esa ansia desmedida? Tal vez a fin de cuentas sí que era un alcohólico, y no sólo el bebedor de pelo en pecho que siempre había creído ser. De pronto quiso estar lejos de allí, de aquel lugar maloliente, de aquella gente que hablaba por los codos y sin que él entendiera nada, que iba dando tumbos, de aquella mujer con la sangre de incontables embriones en las manos, y también la de más de una madre infortunada, caso de que los rumores que de ella se contaban fueran fieles a la verdad.
– ¿Conoces…? -comenzó a decir, pero tuvo que callar. Su sed era un alarido, tenía la boca más reseca que nunca, y la frente húmeda, perlada de sudor frío. Se pasó una mano sobre los ojos, la nariz, la boca-. ¿Conoces a un hombre llamado Kreutz? -preguntó, y apretó los puños bajo el borde que sobresalía de la barra, clavándose las uñas en las palmas de las manos.
Ella se concentró en él frunciendo el ceño.
– ¿Cómo se escribe?
El se lo deletreó.
– Ah, claro que lo conozco -dijo, y rió por lo bajo-. El llamado «Doctor» Kreutz. El morenito. Tiene un sitio en… ¿En dónde era? En Adelaide Road, eso es -volvió a reír-. Algunas de las pacientes de ese caballero me han venido a consultar.
– ¿A qué se dedica?
– No lo sé. Paparruchas. Sanación por el espíritu. Incienso y dietas a base de frutas, esas cosas. Van a verle las mujeres.
– ¿Y él te ha enviado a algunas?
Maisie se puso recelosa, miró el vaso y se encogió de hombros.
– Un par. ¿Por qué?
– ¿Lo de siempre?
– ¿A qué te refieres?
– La razón por la que te envió a esas mujeres, ¿fue la de costumbre?
– Qué va -dijo ella con sarcasmo-. Es que estaban necesitadas de más consejos espirituales y de alguna recomendación para que les mejorase el cutis -acercó la cara a la suya. No estaba borracha, pero tampoco estaba ya sobria-. ¿Por qué cono te crees que me las envió, eh? -dio otro trago de su copa. Se le ocurrió algo-. ¿Y qué tiene que ver ése con la otra, cómo se llama, con esa tal Hunt?
– No lo sé -dijo Quirke. Se deslizó con cuidado para bajarse del taburete. Así terminaban casi siempre sus encuentros, con una Maisie achispada, taciturna, y con el gesto que hacía él al escabullirse del taburete y escapar de allí, encogiéndose de hombros. A espaldas de Maisie, y con un dedo sobre los labios, pagó al camarero otra ronda para ella y se alejó con agilidad de la barra. Maisie lo miró por encima del hombro y lo vio marchar. Para ser un tipo tan grandullón, se dijo con los ojos empañados, sabía moverse deprisa.
En la calle, la luz del sol le cegó. Un número de la Garda, un hombre de tamaño monumental, estaba examinando el coche de Maisie, aparcado en ángulo, con dos ruedas sobre la acera. Quirke lo esquivó y siguió de largo.
En cualquier rincón que husmeara por lo relacionado con Deirdre Hunt, todo lo que parecía tener sustancia se evaporaba y se hacía humo y aire, y todo lo que parecía una puerta de entrada abierta, una invitación, de golpe se le cerraba en las narices.
Cuando dobló la esquina de Merrion Square y ya caminaba por Mount Street vio a una figura sentada al sol, en las escaleras del portal del número treinta y nueve, y en el acto supo quién era. Ni siquiera a esa distancia pudo confundir la cabeza grande con el remate de pelo crespo, color zanahoria, y la tonsura monacal. Pensó en dar la vuelta antes de que lo viera, pero en cambio siguió adelante, por flaquearle la fuerza de voluntad. El ansia que tenía de beber había mermado, aunque sentía una especie de resaca seca, y le palpitaban las sienes y le abrasaban los ojos en las cuencas.
Billy Hunt estaba sentado en los peldaños de la entrada, con la espalda encorvada y la mano en el mentón, como el Pensador de Rodin. Quirke se preguntó qué bicho se había apoderado de él para llevarlo a involucrarse con gente como la familia de Deirdre -¿cómo era su apellido de soltera?-… Deirdre Ward. Claro que… ¿qué se apodera de un hombre para que se obsesione por una mujer, y qué se le mete a ella en la sangre para obsesionarse con él? En el caso de su matrimonio, la respuesta había sido bien simple, y Sarah, la difunta Sarah, hermana de su difunta esposa, la había enunciado con toda claridad: Delia había estado dispuesta a acostarse con él, e incluso deseosa de hacerlo sin una alianza de casada, mientras que Sarah no quiso, y sobre esa base él tomó su decisión. Sin embargo, Delia, la adorable, deliciosa, insatisfecha, peligrosa Delia, ¿por qué lo había aceptado a él, a sabiendas, como sin duda sabía -pues Delia era lista, no se le escapaba ni una-, que él en realidad había deseado en todo momento a su hermana? ¿Lo habría hecho -nunca se le había ocurrido ese pensamiento-, habría dado ese paso por incordiar a su hermana? Delia, desde luego, habría sido muy capaz de una cosa así; Delia, pensó, habría sido capaz de cualquier cosa.
Hizo un alto ante el número treinta y nueve y puso un pie en el primer peldaño, con el sombrero echado hacia atrás y la chaqueta al hombro, sujetándola con el pulgar de la tira del cuello.
– Hace calor -dijo.
Billy se llevó la mano a la frente para apantanarse los ojos y lo miró.
– Ah, Quirke, aquí estás. Te dije que un día te invitaría a una copa, no sé si te acuerdas.
Quirke negó con un gesto.
– Y yo te dije, Billy, que no bebo.
– ¿En serio? De un tiempo a esta parte se me olvidan las cosas, hay que ver. Tengo una especie de neblina permanente en la cabeza. De todos modos, algo beberás. ¿Té, café? ¿Un agua mineral?
Quirke sonrió. Una guamín erial. Billy siempre seguiría siendo un chico de Waterford.
Rodearon la iglesia de St. Stephen Peppercanister y cruzaron la calle hacia el canal. No se dijeron nada. Los árboles, palpitantes de calor, pendían sobre las aguas quietas y encajonadas. Una furgoneta de Lavandería Swastika, cómicamente alta y estrecha, apareció por Huband Bridge con un ronroneo de motor eléctrico. Billy Hunt era alto, Quirke no le sacaría más de dos o tres dedos de estatura, y caminaba con la desenvoltura de quien va sobrado de músculo, todo un deportista. Percy Place estaba hendida por la mitad, el sol resplandeciente a un lado y una cuña de sombra oscura en el otro. En la puerta del 47 a Quirke le llegó el conocido pestazo de alcohol y sudor varonil y tabaco rancio que tantas veces había saboreado y que ahora le producía náuseas. Cuando estuvieron acodados en la barra Billy Hunt le preguntó qué quería tomar y él dijo que un agua con gas -a esas alturas pensaba que tal vez nunca sería capaz de tomarse otro zumo de tomate-, que Billy pidió sin añadir comentarios, además de una pinta de cerveza tostada para él. Quirke lo vio ventilarse la pinta en dos tragos. Parecía que no tuviera mecanismo de deglución, que meramente abriese la boca tanto que se le convertía en una cavidad imposible y que inclinase el líquido negro y denso para vertérselo directamente en el gaznate.
– Bueno -dijo Quirke, y se dio cuenta de lo precavida que sonó su voz-, ¿qué tal te va?
Billy bajó el mentón hacia el pecho y eructó.
– Agradezco el favor que me hiciste -dijo. Quirke no dijo nada. Billy Hunt volvió a eructar, esta vez con menos potencia-. Ese detective me llamó para hacerme unas preguntas -dijo. Estaba mirando su reflejo en el espejo de detrás de la barra, encima de una estantería repleta de botellas alineadas. Se frotaba la mano de un lado a otro sobre el mentón, emitiendo un áspero ruido de raspa-. ¿Cómo se llama? Hackett.
– ¿Ah, sí? -dijo Quirke. Johnnie Walker, Dimple Haig, Jameson de doce años. Un rótulo de latón le vino a asegurar que Pruebe Players: Players gusta-. ¿Y bien?
– Haces bien en preguntarlo -dejó el vaso vacío en la barra y miró al camarero, que se lo llevó y sacó uno limpio y lo puso bajo el grifo de la Guinness a la vez que accionaba la palanca de madera en forma de garrote. Los tres contemplaron el chorro de cerveza que se iba volviendo negra en el fondo del vaso-. Me habló del tiempo -dijo Billy-. Quiso que le dijera si Deirdre sabía nadar. Me preguntó dónde estaba yo la noche en que murió -se volvió de pronto y miró a Quirke con sus ojos de buey herido-. No se dejó engañar.
– ¿No se dejó engañar… en qué?
De pronto vio por vez primera y con toda claridad lo iracundo que estaba Billy. La ira, comprendió, era en esos momentos un estado de ánimo para él permanente.
Y eso no podría cambiar nunca. No sólo su esposa, sino el mundo entero lo habían maltratado, le habían hecho daño.
– Sabe que no fue un accidente -dijo Billy.
– ¿Lo sabe? ¿Quieres decir que lo sabe con certeza o que es una suposición?
Llegó la segunda pinta de Billy. La miró de arriba abajo, haciendo girar el vaso sobre su base.
– El juez de instrucción tampoco se lo creyó, ¿no es así? -dijo-. Se lo vi en los ojos. Y sin embargo lo dejó estar -Quirke no dijo nada, pero Billy asintió como si acabara de decir algo-. ¿Tú qué le dijiste?
– Me oíste presentar los resultados de las pruebas.
– ¿Y eso fue todo?
– Eso fue todo.
– ¿No hablaste con él de antemano? -una vez más, Quirke prefirió no responder, si bien Billy volvió a asentir-. No salió nada en los papeles -dijo.
– No.
– ¿De eso también te ocupaste tú?
– No tengo yo esa clase de influencia, Billy.
Billy rió por lo bajo.
– Me juego cualquier cosa a que sí la tienes -dijo-. Me juego cualquier cosa a que tienes algún apaño muy conveniente con alguno de los periodistas. Sois todos iguales, sois gentuza. Sois una banda que vive de apaños y manejos.
Esta vez Billy dio un sorbo a la pinta en vez de ventilarla en un par de tragos, frunciendo la boca y poniéndola en forma de pico, que hundió con delicadeza en la espuma, como un ave acuática que rompiese la superficie espumosa de un charco. Se pasó entonces el dorso de la mano por los labios y frunció el ceño mirando al espejo que tenía delante, cuya superficie lucía un tenue e inexplicable tinte rosáceo.
– Eso es lo que nunca llegaré a entender -dijo-. Ella jamás habría querido montar un número de ese modo.
Nunca habría querido que la encontrasen desnuda y en las rocas -hizo una pausa como si tratase de recordar algo-. Yo nunca la vi desnuda, ¿sabes?, nunca. Cuando estaba viva nunca me dejó verla así.
Quirke tosió.
– Billy…
– No, no, no pasa nada -dijo Billy, y agitó una de sus manos grandes y cuadradas. Volvió a inclinar sobre la pinta su rostro de ave zancuda y bebió y de nuevo se frotó los labios con los nudillos-. Ella era así, eso no tiene vuelta de hoja. Por eso no puedo entenderlo, no entiendo lo que hizo -miró a Quirke-. ¿Tú lo entiendes?
Quirke estaba encendiendo un cigarrillo.
– Yo no conocí a tu esposa, Billy -dijo-. Seguro que era…
Billy seguía mirándolo con atención.
– ¿Qué?
Quirke respiró hondo. Tuvo la extraña y seguramente errónea sensación de que Billy se estaba riendo de él. Bebió un sorbo de agua con gas.
– No sirve de nada, Billy -dijo-. Quiero decir, no sirve de nada seguir dándole vueltas. Lo pasado, pasado está. La muerte es como es. Nunca desvela sus secretos.
Billy dejó pasar un instante sin responder, y entonces le salió de dentro un sonido amordazado, ahogado, que tras unos instantes Quirke comprendió que era, en efecto, una carcajada.
– Esa sí que es buena -dijo Billy-. «La muerte es como es y nunca desvela sus secretos.» ¿Eso lo traías ensayado o lo has improvisado sobre la marcha?
Quirke notó que se ponía colorado.
– He querido decir… -empezó, pero Billy volvió a interrumpirle levantando su mano carnosa y poniéndola con pesadez y complacencia sobre su hombro. Quirke se encogió. Nunca le había gustado que nadie le tocase.
– Sé lo que has querido decir, Quirke -dijo Billy.
Volvió a hacer girar el vaso lentamente sobre su base. El posavasos de corcho sobre el que reposaba tenía una caricatura de un pelícano, o un tucán de pico anaranjado. Guinness sienta bien, sí, Pruebe Players: Players gusta. Qué lugar tan agradable podría ser el mundo con tan sólo algún pequeño ajuste.
– Una de las cosas que pasan cuando uno está en mi lugar -dijo Billy, de pronto relajado, al menos en apariencia, y con un tono de llana conversación- es lo curioso que resulta el modo en que te habla la gente. Más bien debería decir el modo en que no te hablan. Se les ve mirar de canto cada palabra que van a decir, temerosos de meter la pata y de recordarte «tu pérdida», que así la llaman, o «tu problema», y acto seguido de pronto te sueltan cualquier dicho, cualquier proverbio, ya sabes, «está ahora en un lugar mejor que éste», o «ahora descansa en paz», o «el tiempo lo cura todo», esa clase de cosas, por las que se supone que tú, encima, tienes que estar agradecido -asintió otra vez, entre divertido y sardónico-. Y otra cosa que tiene gracia es que tienes que escuchar todo lo que te digan y, encima, estar agradecido, y no decir nada que les pueda molestar. Como es natural, cuando alguien se te ha muerto tienes que estar amabilísimo, perdonar a todo el mundo, comprender. Tienes que ser la persona más inofensiva de este mundo -agarró el vaso sin levantarlo de la barra y Quirke vio que los nudillos se le ponían blancos-. Pero yo no soy inofensivo, Quirke -añadió con una especie de lúgubre alegría-. Yo no soy inofensivo, en absoluto.
Se marcharon poco después. Billy Hunt había vuelto a cambiar de estado anímico. Se le había apagado una bombilla y tenía de nuevo aspecto de estar envuelto en la bruma. Parecía, a ojos de Quirke, saciado, saciado e incluso cómodo, ¿no?, como si supiera a ciencia cierta algo que ni Quirke ni el resto del mundo pudieran siquiera soñar. Se despidieron en la puerta del pub, y Billy se alejó en dirección hacia Baggot Street. Quirke cruzó el puentecito de piedra. Los árboles, a lo largo del canal, parecían inclinarse más que antes, agotados por el calor del día, si bien para Quirke la luz del sol había menguado, como si una fina polvareda se hubiera esparcido en el aire, ademándolo y ensuciándolo.
A veces Deirdre se decía que ojalá no le hubiera enseñado nunca Leslie aquellas fotografías. No era que le hubiesen causado asombro y desagrado; al contrario, le fascinaron. Y eso fue lo malo. Fue esa fascinación lo que la llevó a hacer otras cosas, cosas de las que nunca se habría creído capaz. Para empezar estaban las cartas que Leslie consiguió que le escribiera. No es que fueran cartas, en realidad eran más bien como los relatos de sus propios sueños que a menudo garabateaba en el papel cuando era niña, porque a alguien le había oído decir que se podía adivinar el futuro a partir de los propios sueños. Sólo que ninguna chica habría escrito la clase de cosas que ella escribió para Leslie. Él le dijo que pusiera por escrito cualquier cosa que se le pasara por la cabeza, cualquier pensamiento, con tal de que fuera guarro. Al principio se rió y le dijo que de ninguna manera iba a hacer una cosa así, pero él siguió insistiendo, y se negó a aceptar un no por respuesta. Lo que tenía que hacer, le dijo, era imaginar que él estaba prisionero y que ella era la novia de ese prisionero, y que le escribía para mantenerle animado. «Y no sólo para mantener animado su espíritu», le murmuró al oído, riendo en voz baja. Al final ella dijo que de acuerdo, que lo iba a intentar, pero que estaba segura de que no le saldría. Resultó que sí, que le salía con facilidad, que era perfectamente capaz.
¡Y qué cosas escribió! Llevaba siempre en el bolso un bloc de papel avión, papel azul claro, de Basildon Bond, y también llevaba sobres, pues Leslie insistía en que fueran como las cartas de verdad, y siempre que tenía ella ocasión sacaba el papel y se ponía a escribir con un bolígrafo de tinta indeleble y sin pensar en lo que estaba escribiendo, limitándose a dejar que saliera de ella, sonrojándose la mitad del tiempo, mordiéndose el labio, capaz a duras penas de escribir con renglones rectos, encorvada sobre el papel como hacía en el colegio, cuando la chica con la que compartía el pupitre intentaba copiarle. Asumió riesgos terribles, pareció que no conociera el miedo. Escribía en el tocador, en el dormitorio, mientras Billy estaba afeitándose en el cuarto de baño; escribía en su mesa, en el cuchitril del Silver Swan, cuando estaba esperando a una dienta después de que se hubiera marchado la anterior. Escribió en los bancos de los parques, en los cafés, en el autobús cuando nadie viajaba a su lado. Una vez se coló en la iglesia de Clarendon Street y se sentó en un banco, en la parte de atrás, con el bloc sobre las rodillas, jadeando casi en medio de aquel silencio sagrado, con el olor a cera de las velas votivas que ardían allí cerca y le recordaba otros olores muy distintos, olores de la noche, olores de Leslie. A la vez que escribía se excitaba cada vez más, y casi llegaba a darle miedo. Le hizo pensar en aquella ocasión en que estaba trabajando en la farmacia y fue a confesarse y le contó al cura una retahíla de pecados inventados, referentes a que le había chupado la cosa al señor Plunkett y a que lo había hecho con un perro alsaciano, todo ello sólo por espeluznar al vejestorio que estaba tras la celosía del confesonario y oír qué se le ocurría decir.
Las cosas que escribió aquel día en la iglesia… ¿fueron más subidas de tono que de costumbre, o sólo le parecieron peores debido al lugar en que se hallaba? Llegó a encontrarse en tal estado, mientras el bolígrafo volaba sobre el papel, que tuvo que parar de escribir y desatarse el botón del lateral de la falda para introducirse una mano dentro de las bragas, en la caliente humedad, allí en medio, y emplear el dedo para venirse. El placer fue tan intenso que tuvo que apretar los dientes y cerrar los ojos con todas sus fuerzas para no ponerse a gritar. Por suerte, era por la mañana, y allí no había nadie más que un sacristán viejo, calvo y encorvado, con una sobrepelliz color herrumbre, que iba de un lado a otro por delante del altar, deteniéndose siempre a hacer una genuflexión ante el Sagrado Sacramento, y que ni siquiera miró hacia donde estaba ella. Cuando ya se marchaba, con las bragas húmedas entre los muslos, percibió la luz roja del sagrario que la traspasaba por la espalda como si fuera un ojo acusador. ¡Pensar que había hecho todo lo que hizo en la iglesia! Tendría que estar avergonzada, pero no lo estaba; estaba exultante.
Todo esto fue un deleite para Leslie, cómo no. «Bien, bien -le dijo con una risilla de suficiencia-. No podía yo ni imaginar qué mente tan calenturienta tienes». Aunque fingiera que todo había sido una mera diversión que había ideado tan sólo para pasarlo bien, saltaba a la vista que realmente le impresionó lo mucho que ella había escrito y lo detallado que era todo. Ella se dio perfecta cuenta de que él casi no daba crédito ante la suerte que había tenido al encontrar a una persona que estaba deseosa -que estaba, a decir verdad, ansiosa- de hacerle saber todos los secretos, los más oscuros, los más repugnantes que se le pasaban por la cabeza. Yacían entrelazados y desnudos en la estrecha cama de Percy Place -el nombre a Leslie siempre le daba ganas de reír- y él leía en voz alta lo que ella había escrito desde la última vez que se vieron. Mientras él leía, ella enterraba la cara en el hueco que se le formaba entre el cuello y el hombro, poniéndose colorada hasta las plantas de los pies, pero cerciorándose de no perder una sola palabra, creyendo a duras penas que fuera ella quien había escrito tales cosas. Amaba la voz de Leslie, un acento como el que se oía en las películas, de modo que lo que él leía le sonaba a algo completamente distinto a como sonó en su cabeza cuando lo estaba escribiendo. En labios de Leslie aquello ganaba seriedad en cierto modo,
y resultaban palabras revestidas de autoridad, ésa era la palabra; resultaban idénticas, a decir verdad, y le llamó la atención, al modo en que sonaba la voz de un actor de doblaje, sólo que no precisamente -rió para sus adentros- en la clase de película que se proyectaba en todas las salas de cine del país.
A Leslie le excitaba tanto como a ella lo que estaba leyendo, y a veces se detenía en medio de un pasaje particularmente picante y apoyaba la cabeza en la almohada y le retorcía un puñado de cabello de una manera muy semejante a como lo hacían sus hermanos cuando ella era niña, obligándole a apoyar la cabeza en su regazo. Qué sedoso era él en esa zona, qué duro y qué caliente y qué sedoso, cuando retiraba la piel de la cabeza en forma de yelmo, con la ranura tan graciosa encima, como si fuera un ojo que le hacía señas, y ella apoyaba los labios con delicadeza en ella. Le gustaba hacer eso, le gustaba que él se retorciera y que gimiera de gusto, por saber que era ella la que estaba al mando, la que tenía todo el poder.
Jamás hubiera soñado con hacer algo parecido con Billy.
Siempre que Billy acudía a sus pensamientos, se daba toda la prisa que podía en pensar en cambio en Leslie. ¿Querría eso decir que en realidad estaba enamorada de Leslie? En el colegio, años antes, una chica le había dicho, y ella se lo había creído a pie j un tillas, que cuando una pensaba en un tío e inmediatamente pensaba en otro, eso significaba que estaba enamorada del segundo. Lo cierto es que no sabía a ciencia cierta cuáles eran los sentimientos que le inspiraba Leslie. Ni siquiera estaba muy segura de que le gustara, lo cual era extraño, pues ¿cómo era posible estar con alguien como estaba ella con Leslie si no le gustaba? Era apuesto, cómo no, a pesar de su delgadez. En la cama, cuando no había tomado nada era capaz de seguir en marcha durante toda una eternidad. Se le notaba a la legua que había estado con muchas mujeres, que sabía muy bien lo que se hacía. Y además era gracioso. Sabía hacer imitaciones del doctor Kreutz e incluso, aunque ella trató de impedírselo, de Billy, al cual había puesto diversos apodos, como Billy el Niño, o el Chicarrón, con lo que a ella la hacía reír hasta llorar. La pillaba en el suelo y se le sentaba encima y le hacía cosquillas como si fueran un par de críos. A veces, cuando estaba a punto de entrar en ella, se detenía un instante y se alzaba por encima de ella, apoyado en los brazos, y le preguntaba, poniendo una voz meliflua, la voz de una mujer que un día los abordó en la calle para preguntarles por una calle, «¿Oiga, ¿esto es Percy Place?». Pero a pesar de todo a veces le parecía -y esto sí que era extraño de verdad- que ella en realidad preferiría que él no fuese real, que fuese una parte de sus fantasías. De ese modo todo sería mucho más fácil. Billy, y la casita de ambos en St. Martin's Drive, y su trabajo en el salón de belleza, y su madre, que estaba enferma, y su padre, del que aún tenía miedo, al igual que de sus hermanos, aunque nunca los viera, todo eso sí era la vida, la vida real, y aunque nada de todo ello pudiera compararse en cuanto a intensidad con lo que disfrutaba allí, en aquella habitación desangelada, bajo el nivel de la calle, con la media ventana cubierta por una cortina de redecilla que daba directamente sobre la acera, y el suelo de linóleo desgastado y el aseo en la otra punta del pasillo y el lavabo resquebrajado y la cama con un colchón que se combaba por el medio, seguía teniendo en muy alta estima la otra vida, la vida normal, y deseaba mantenerla al margen de todo aquello que vivía con Leslie, separado, sin que llegara a contaminarse.
No había nada que fuera sencillo, por más que Leslie se empeñase en hacerla pensar lo contrario. Ella no se creía que los dos se lo estuvieran pasando bien sin más complicaciones, que aquello fuese una juerguecita, como había dicho él. A veces se asombraba al reparar en los sentimientos contradictorios que tenía hacia él. Por ejemplo,
en la ocasión en que él le dijo que no había el menor riesgo de que ella corriese peligro de quedar preñada, porque tanto su señora como él se habían hecho las pruebas de rigor y se descubrió con ello que él no podía engendrar descendencia. El creyó que ella debería sentirse aliviada, contenta incluso, feliz, y ella supuso que así debería ser, cuando lo cierto era que no se alegró. Sabía que era sumamente improbable que llegase un día en que pudieran tener un hijo juntos, aunque el hecho de que no llegara a suceder, de que fuera imposible, le producía una sensación de vacío en el estómago, como si le hubiesen arrancado una parte de ella.
No, no había nada que fuera sencillo. Y para complicar todavía más las cosas, todas las cosas, además de su vida privada resultó que Leslie y ella tenían también una especie de vida pública, una vida en la que ella debía fingir que él no era más que un socio. El Silver Swan funcionaba bien, mejor de lo que ella o el propio Leslie se habían atrevido a esperar, sospechó ella a pesar de la confianza que transmitía él con sus chácharas. En la ciudad había más mujeres ricas y aburridas de lo que ella nunca hubiera supuesto. Tampoco podría haber imaginado cuántas mujeres, entre todas ellas, tenían tan curiosas inclinaciones: prácticamente no pasaba una sola semana sin que se viera obligada a plantar cara para frenar los avances de una víbora de uñas afiladas como cuchillas y cara de arpía y ojos como esquirlas de hielo. A su debido tiempo dio en pensar que esas mujeres -afirmaban ser mujeres, aunque eran más hombrunas de lo que nunca llegarían a ser muchos hombres- representaban simples gajes del oficio, por todo lo cual les añadía un recargo sustancial a sus facturas.
Y el dinero fue entrando a espuertas. Fue una gran sorpresa comprobar qué astucia tenía ella para los negocios, aunque más vale que fuera así, puesto que Leslie, como bien descubrió relativamente pronto, no tenía remedio:
era encantador, pero no tenía remedio. A decir verdad, su único activo era su encanto, y eran muchas las dientas del salón de belleza, bien lo sabía, aunque no fueran como es natural las de ojos fríos como el hielo, que acudían a valerse de sus servicios con la esperanza de arrinconarlo a él y tener una grata charla como poco, y las charlas gratas a nadie se le daban tan bien como a Leslie. Hizo siempre todo cuanto pudo por no criticarle por su incompetencia o por su pereza. ¿Por qué iba ella a quejarse? Por vez primera en toda su vida se sentía plena, realizada. Tenía confianza en sus posibilidades y tenía seguridad, tenía dinero en el bolso y tenía un Baby Austin recién estrenado, que conducía con gran placer; al invierno siguiente, si las cosas siguieran tal como iban, podría comprarse un abrigo de armiño. Dicho de otro modo, ya no era Deirdre Hunt: se había convertido en Laura Swan. Y en el trato había salido ganando aún más, pues también tenía a Leslie.
Él le enseñó cómo hacer cosas que, antes de él, no habría pensado, no habría llegado a soñar siquiera en sus más secretas fantasías. Eran cosas que al principio la llenaron de vergüenza, lo cual por supuesto formaba parte importante del placer que sentía en ellas, pero que pronto también pasaron a ser casi motivo de orgullo para ella. Fue como aprender una nueva tarea y desarrollar su destreza, adiestrándose en nuevos estadios de osadía y de aguante. Siempre le había dado timidez su cuerpo, suponía que por haberse criado en los Bloques y haber tenido que dormir en el cuarto de sus padres incluso mucho después de haber dejado de ser una niña, sin tener la menor intimidad en ninguna parte, ni siquiera en el retrete, porque su padre nunca quiso reparar el pestillo, que estaba estropeado desde hacía tanto que ya nadie recordaba cuándo se estropeó. Ahora, toda aquella incomodidad casi violenta había desaparecido del todo, de eso se ocupó Leslie.
No le quedaba sino una preocupación, y era que Billy pudiera darse cuenta de que había cambiado. Una noche, en la cama, se olvidó de todas sus precauciones y lo guió a un lugar que probablemente él pensó que ella jamás le dejaría tocar siquiera -su fantasía, en esos momentos, era que estaba en la cama con Leslie-, y cuando él se quitó de encima de ella y se dejó caer sobre el vientre, jadeando, le preguntó con voz apagada dónde había aprendido esa clase de cosas. Presa del pánico, contestó que lo había leído en una revista que le había prestado alguien, a lo que él resopló y repuso que bonita clase de revistas las que leía de vez en cuando. A la mañana siguiente, cuando se miró en el espejo, por vez primera notó algo en su cara, una dureza nueva, una especie de brillo metálico; peor incluso, encontró en sus facciones una mirada que nunca había visto. Aunque le trastornase tener que reconocerlo, era la mirada de su padre.
Sí, ese sitio al que Leslie la había llevado era un sitio distinto, un sitio cuya existencia ella desconocía del todo, si bien en cierto modo no le resultaba extraño, sino todo lo contrario. Era como un lugar que hubiera visitado durante la infancia y que hubiera olvidado con el tiempo y que de pronto hubiera aparecido de manera inesperada. Lo que sentía cuando pensaba en Leslie era parecido al sentimiento que tenía cuando jugaba a la gallina ciega, por Navidad, en casa. Era una mezcla de anticipación emocionante y de terror delicioso, que le cosquilleaba en toda la piel y le espesaba la garganta. O tal vez fuera un sentimiento que había conocido incluso antes, cuando era bebé, sí, eso tenía que ser: con Leslie volvía a ser un bebé, una niña pequeña en brazos de otro. Quiso explicárselo a él un día, aunque él, cómo no, se echó a reír y se mofó de ella y le dijo que claro que sí, que era un bebé, era su bebé, y le pellizcó tan fuerte en el pecho, con las largas y nacaradas uñas del índice y el pulgar, que la dejó sin respiración.
También era extraño que no tuviera celos de la mujer del abrigo de zorros, de la mujer a la que vio citarse con Leslie en la librería del puente, la mujer que se había mostrado con tantísima desfachatez en la foto. Cuando preguntó a Leslie por ella, él le dedicó su sonriente encogimiento de hombros y le dijo que por supuesto que se la había follado -la palabra hizo que se le agolpase la sangre en las mejillas-, y luego tomó otras fotografías y las esparció delante de sus narices, como si fueran las cartas de una mano, y sonrió con la frialdad que a veces asomaba a sus ojos cuando quería hacerle daño y le dijo: «A todas esas me las he follado yo, ya ves tú». Ella no supo si creerle o no, aunque eso tampoco tenía mayor importancia: le daba igual que dijera en eso la verdad o que mintiera con ánimo de tomarle el pelo. No, no le importaba nada; no tenía celos. En el sitio en que ella se encontraba ahora ya no tenían vigencia las reglas antiguas. No tenía la menor importancia que Leslie se hubiera acostado con la Zorra -ése fue el apodo que se inventó para la señora T, ya que Leslie seguía negándose a decirle el verdadero nombre de la mujer-, e incluso aunque se hubiera acostado con todas las mujeres de las fotos tampoco pasaría nada del otro mundo. Fuera como fuese, no tenía importancia, eran como las personas que poblaban las fantasías que ella elaboraba por escrito para él, no tenían existencia real. Leslie, por su parte, dijo que no le importaba que ella fuese con otros hombres. A decir verdad, quería que encontrase a otros con los que acostarse, hombres, mujeres, quien fuera, con tal de que luego se lo contase todo con pelos y señales. Sobre ese punto ella fue inflexible: nunca se iría con nadie, sólo quería estar con él.
– Ah, ya -dijo él-. Y entonces ¿qué hay de Billy, del Chicarrón?
Ésa, según había descubierto ella, era la gran debilidad de Leslie: ella tal vez no tuviera celos de sus mujeres, pero él sin ninguna duda tenía celos de Billy. Sólo de pensar que su marido pudiese siquiera tocarla montaba en cólera. Ella tuvo que fingir ante él, tuvo que jurarle que no permitiría que Billy se le volviese a acercar nunca más. La primera vez que él le exigió esa promesa ella le contestó, risueña, y casi a carcajadas, cómo iba ella a mantener a Billy a raya, si era un hombre fortachón e insistía en que ella satisficiera sus derechos conyugales. Leslie la miró de una manera que a ella le dio miedo, con la cabeza inclinada, los ojos como si se le juntasen más aún, y optó por no decir nada. Sólo algo más adelante, estando los dos en la cama, él le retorció un brazo a la espalda hasta que ella creyó que se lo iba a partir, y le susurró una sola palabra al oído: «Recuerda», le dijo.
Pero también sabía ser considerado e incluso gentil, y a veces muy amable. Ella detestaba las manos que tenía, siempre le habían parecido unas manos sin gracia, achatadas, toscas, aunque ahora las tenía nervudas, con unas venas en el dorso que parecían cordeles, manos de masajista, por más que Leslie siempre dijera que eran unas manos preciosas, y entretejía a la vez sus dedos esbeltos, pálidos, con los suyos, amorcillados, y se los llevaba a los labios para besárselos uno por uno mientras le sonreía con los ojos.
Le llevaba cosas para que se las tomase cuando estaban en la cama, píldoras, gotas de una sustancia aceitosa, de extraño sabor, que guardaba en pequeños frascos de cristal. Había un polvillo que mezcló con azúcar y que le engatusó para probar, que le produjo solamente un picor, y una sensación repugnante, como si tuviera náuseas que no tuvo, y que sólo más tarde le explicó que era mosca española. Una tarde sacó de improviso una funda forrada de terciopelo que contenía una jeringuilla hipodérmica y un puñado de ampollas de un líquido claro como el agua, y le ofreció un chute, así lo dijo. Ella trazó ahí una línea que no pensaba rebasar.
– Te sentará bien -le dijo con esa forma tan suya de canturrearle al oído, la que empleaba cuando quería seducirla o embaucarla-. Está hecho con amapolas. Es como un alimento saludable.
Oh, no, dijo ella; ni hablar. Eso sí que no. No había trabajado todos aquellos años de ayudante en una farmacia para no saber a la primera qué era una droga: la sabía reconocer nada más verla. El insistió: no sabía ella lo que se estaba perdiendo. Con todo y con eso, cuando se remangó para administrarse la inyección, ella reparó en que él le daba la espalda y mantenía el brazo apretado contra el costado -qué desnudo lo vio de pronto, qué desnudo y qué blanco era aquel brazo-, y ella se acordó de un gato cuando trata de hacer sus cosas sin que nadie lo vea. Sin embargo, lo encontró bellísimo de aquella forma, medio vuelto de espaldas a ella, en la cama, con la pierna doblada delante de él y un solo pie en el suelo, la luz pálida y seca del día nublado sobre el lado de su rostro, con la mandíbula larga y aguda, el mentón afilado. Cuando aquello le hizo efecto, se tendió de costado en la cama y ella también se tumbó a su lado y lo rodeó con sus brazos, y así permanecieron largo tiempo, con tanta paz, él con una mano bajo su mejilla y mirando hacia la ventana, ella mirándole a la cara, que con la luz que penetraba por la ventana parecía que fuera de plata, de una plata distinta de la de su cabello, y muy parecida a la cara de un santo, de un santo mártir, en un cuadro antiguo. Durmió un rato respirando como un bebé, y cuando despertó hicieron el amor, y él se mostró tan soñador y tan tierno que ella por poco se echó a llorar en sus brazos.
– A la próxima -murmuró con la boca en su cabello, con una voz ralentizada, subacuática, con un ligero temblor-, a la próxima tú también probarás un chute de zumito de bienestar.
Supuso que en el fondo no debió permitirle que fuera a su casa. Supuso que eso era sin duda lo peor que podía haberle hecho a Billy, y a buen seguro lo habría sido si él se hubiese enterado, cosa que… Dios no quisiera. Billy estaba de viaje en Suiza, codeándose con los peces gordos, y tal vez lo hizo por resentimiento -antes de casarse él le hizo una y mil promesas, le aseguró que un día la llevaría con él a Ginebra, cosa que nunca llegó a suceder-, tal vez por eso le dijo que sí a Leslie cuando éste le preguntó si podía pasarse por Clontarf para verla un rato. Se moría de ganas de meter la nariz en su casa y de echar un vistazo, cómo no, bien que se había dado cuenta ella. Lo dejó pasar desde la callejuela de la parte trasera, temerosa de que alguno de los metomentodos que vivían en la calle pudiera llegar a verlo. Tomó la resolución de decirle que se fuese cuanto antes, pues ya cuando llegó empezaba a tener reservas sobre la idea, pero tan pronto apareció por la puerta de atrás la tomó en brazos y la estrechó y la besó tan fuerte en la boca que ella olvidó el peligro y el daño que podría causarle a Billy.
Leslie se paseó por toda la casa, con las manos en los bolsillos, de puntillas -su manera de andar a ella le recordó a un jugador de tenis-, sonriendo con deleite, diciendo qué fascinante le parecía todo, las fotos de la boda en el aparador, el servicio de té de plata que sus padres le habían regalado, el diploma de vendedor que tenía Billy en un marco dorado, la lámpara del Sagrado Corazón y la reproducción de la Monarca del valle encima de la chimenea. Ella fue tras sus pasos en silencio. En vez de sentirse encantada de que a él le hubiera gustado la casa, su casa, ya que a Billy tampoco le interesaba demasiado, al margen de que era un sitio donde comer y dormir y sentarse en una butaca toda la tarde del sábado, escuchando los partidos de fútbol por la radio, le invadió una duda creciente, una aprensión cada vez mayor. Después de que Leslie lo hubiese mirado, todo aquello le pareció cambiado, empequeñecido, como si al respirar sobre todas aquellas cosas las hubiera cubierto de una bruma fina y grisácea que, al contrario que la bruma de verdad, ya nunca fuera a disiparse. Pero entonces él le indicó que lo llevase al piso de arriba, al dormitorio, el suyo y el de Billy, y allí la desnudó de aquella manera lenta, soñadora, que a ella casi la hacía enloquecer de deseo por él, y se tendieron en la cama y ella perdió conciencia de todo salvo de sus labios y de sus manos, que la acariciaban sin cesar, y de su piel pálida, fresca, brillante y apretada contra la suya.
Después, cómo no, él tuvo que meterse un chute, y ella le pidió casi de rodillas que por favor no se olvidase de llevárselo todo, la jeringuilla y el frasco vacío y la bolita de algodón y el frasquito de alcohol con el que tanto esmero puso en desinfectarse el brazo antes de ponerse la inyección. Sería… Mejor ni pensar qué sería si Billy se encontrase algo de aquello cuando volviera a casa.
Aquélla fue la noche en que ella le habló de aquella ocasión en la consulta del doctor Kreutz, cuando tomó aquel té de hierbas medicinales y perdió el conocimiento. Le había dicho a Leslie mientras se estaba vistiendo que suponía que era allí donde conseguía todo aquello, la mosca española y la droga y todo lo demás, que lo conseguía gracias al Doctor -ya no le sorprendería nada de cuanto pudiera saber acerca de aquel hombre al cual había tenido en tan alta estima al principio-, y entonces se oyó sin casi darse cuenta barbotar todo aquello, contarle cómo despertó en el sofá aquel día, con la sensación de que se había llevado un golpetazo en toda la cabeza. Nada más decirlo lo lamentó. De repente, por vez primera vio con toda claridad qué era lo que había ocurrido, y vio lo que había sabido en el fondo, lo que le había ocurrido sin saber que ocurría, y se le heló el corazón. Aquélla era la razón por la cual tuvo la impresión de que llevaba la ropa como si se la hubiera puesto al revés. Caramba, qué guarro el muy… A pesar de estar medio drogado, Leslie la estuvo escuchando, e incluso oyó de sus labios más de lo que ella dijo, pues Leslie tenía un oído infalible para tales cosas. Aún estaba en la cama, tumbado boca arriba, con la sábana hasta la barbilla, como un paciente después de haber sido objeto de una intervención; a ella le produjo un escalofrío ver su cabeza exactamente allí donde tan acostumbrada estaba a ver la de Billy. Se le volvieron los ojos en las órbitas hasta que las dos grandes pupilas enfocaron y la vieron a ella, y esperó, y por supuesto que tuvo que seguir hablando en ese momento, aunque quiso tomárselo a la ligera y quitarle hierro. Algo debía de haberle echado en el té, dijo con una risita que incluso a ella misma le sonó un tanto histérica. Se sentó en la cama para abrocharse las ligas, los dedos nerviosos en los broches.
– Supongo que debe de ser algo relajante que da a sus clientes. Debo decir que dormí sin enterarme de nada.
Leslie no hizo ningún comentario, se limitó a seguir mirándola, y sólo entonces, y muy despacio, le sonrió. Ella conocía esa sonrisa. Le dio miedo, aunque procuró que no se le notase.
– Muy bien, caballero -le dijo, dándose una palmada con ambas manos en los muslos y poniéndose ágilmente en pie-. Ahora mejor será que se largue.
No hizo él ningún ademán de ponerse en pie, y sólo volvió la cara al lado contrario y suspiró. Sus pies, grandes y finos y blancos, sobresalían por debajo de la sábana.
Ella volvió a tener aquella heladora sensación en el pecho. Si Kreutz la había drogado para tomar fotografías suyas, ¿qué pensaba hacer con ellas?
No tardó en descubrirlo. Un par de días más tarde, cuando llegó el correo de la mañana al salón de belleza y vio el sobre grande, marrón, con una caligrafía cuadrada, que parecía del todo inocente, de alguna manera supo en el acto qué era lo que contenía. Tenía una dienta en la mesa -empezaba a ser francamente buena, realmente profesional en los masajes que daba, a pesar de carecer de preparación y de haber leído tan sólo un libro sobre la técnica-, pero tuvo que parar en ese mismo instante y secarse el aceite de las manos y abrir el sobre, por más que estuviera dirigido a Leslie. Cuando vio la fotografía fue como si la sangre le abandonara del todo el cerebro, y estuvo a punto de perder el conocimiento. Debió de respirar ruidosamente al intentar reponerse, puesto que la dienta, una vieja cascarrabias y asmática, se incorporó sobre los codos, con los ojos salidos de las cuencas, tratando de ver qué fotografía era aquélla. Se alejó y se coló deprisa en el cuchitril", tras la cortina, sentándose a la mesa y respirando hondo tres o cuatro veces seguidas. Había vuelto a colocar la foto en el sobre -¿era de veras ella?-, y por más que lo intentó no fue capaz de volver a mirarla. Primero se había puesto blanca, pero en ese momento notó que enrojecía y se ponía coloradísima de vergüenza. ¿Cómo había sido capaz el muy sucio, el muy bruto? Fue como si le hubiesen arrojado a la cara un orinal lleno de excrementos. Hasta las cosas que su padre acostumbraba a hacerle cuando era pequeña parecían muy poca cosa por comparación con la forma en que la había traicionado Kreutz. ¿Cómo había sido capaz?
Leslie tan sólo se echó a reír, por supuesto, y sostuvo la foto ante los ojos con el brazo extendido, fingiendo estudiarla como si fuera un cuadro de uno de los maestros antiguos o algo semejante, cerrando un ojo, ladeando la cabeza primero de un lado, luego del otro.
– No cabe duda de que tiene estilo el viejo Kreutzer -dijo-. Debería dedicarse a esto profesionalmente -sonrió-. A la fotografía, quiero decir.
Estaban en el cuarto de Percy Place, y estaba tumbado boca arriba en la cama, con la chaqueta puesta y una pierna flexionada, con el delgado tobillo de la otra apoyado encima. Caía una tormenta de verano y el viento venía cargado de lluvia que descargaba en láminas diagonales por delante de la luz de las farolas de la calle. Ella había comprado queso, un panecillo vienes y una botella de Liebfraumilch para cenar los dos. Leslie seguía riéndose. Ella le dijo que no tenía ninguna gracia, y le preguntó si acaso existía alguna cosa de la que él no se riera. ¿No podía quizás entender cuánta vergüenza le causaba verse así, con el vestido subido hasta el estómago y abierta de piernas y con todo a la vista?
– Yo creo que te ha sabido convertir en una muñeca de verdad. Un bombón -dijo Leslie-. Toda una chica de calendario.
Ella dijo que no parecía nada de eso, y que aquello no era más que lo que era: una fotografía guarra.
– Oh, yo no estaría tan seguro -dijo con astucia-. Seguro que podría encontrar yo a un experto conocedor, capaz de pagar un buen dinerito por una copia enmarcada.
– Leslie White, ¡eso ni lo sueñes! -gritó.
Supo que la idea de ponerla a la venta era una broma, pero a pesar de ser tan sólo una idea peregrina la puso enferma y se sintió acalorada. Cuando le estaba pasando a él una copa de vino cayeron sus ojos de nuevo en la foto, que él sostenía cerca de la luz para estudiarla, y tuvo un escalofrío. De un modo extraño, lo peor de todo, aunque no lo dijera, era que en esa foto estaba con los ojos cerrados. La foto le daba la apariencia de un cadáver.
– Me pregunto qué te pudo dar -dijo Leslie-. Tuvo que ser algo muy bueno, pues te quedaste así traspuesta mientras él montaba la escena -le lanzó una mirada diabólica, con la punta de la lengua asomada entre los dientes-. ¿Estás segura de que no estabas fingiendo?
Ella no se dignó contestar. Todo aquello era lisa y llanamente un asco, si bien en lo más profundo de sí, muy, muy al fondo, una llamita se inflamó cuando pensó en su imagen allí espatarrada, inconsciente, en el sofá, sobre la manta roja, y Kreutz con la cámara colgada del cuello, inclinado encima de ella, retirándole el vestido, quitándole las medias, separándole las piernas… Leslie la estaba mirando. Siempre sabía qué era lo que ella tenía en mente. Se dejó la fotografía posada sobre el pecho y tendió una mano hacia ella.
– Ven aquí -le dijo en voz baja. Ella quiso decir que no, que estaba demasiado molesta, que se sentía sucia y avergonzada. Pero al final, por descontado, no pudo resistirse. Cuando le desabrochó los botones del vestido tarareaba algo para el cuello de su camisa, igual que hacía siempre, como si ella fuese algún trabajo que él tenía pendiente y que se disponía a zanjar.
– Quiero esa foto -dijo.
– ¿Mmm?
– La voy a hacer pedazos. La voy a quemar.
– Pero él tendrá otras copias. Tendrá el negativo.
– Tú podrías hacer que te lo diera. ¿Lo harás por mí? Anda, consigue las fotos y quémalas, quémalas todas, ¿quieres?
– Mmm.
A Leslie le pareció que no dejaba de ser gracioso que Kreutz tuviera la osadía de intentar chantajearle -de lo contrario, ¿por qué había enviado la foto de Deirdre desnuda?-, y habría desechado todo el asunto de no ser porque Deirdre le había insistido tanto. Al final, y sólo por hacerla callar, le dijo que se pasaría a la mañana por allí, a visitar a Kreutz y a endilgarle una buena bronca. No contaba con cumplir su promesa, pero al día siguiente, a primera hora -al menos, a lo que era para él la primera hora de la mañana-, se encontró rodando por Adelaide Road al volante del Riley. Había escampado del todo la tormenta de la noche anterior, y lucía el sol, y el olor de la lluvia secándose en la acera, además del aspecto de los árboles recién aclarados, y con todo su follaje limpio, le dio ánimos renovados. Había hecho un alto en un buzón de Fitzwilliam Square y había introducido el sobre por la ranura después de cambiar las señas para reenviarlo a otra dirección, y una chica con una blusa blanca que en ese momento pasaba por allí lo miró con avidez. Siguió su camino silbando entre dientes y sonriendo para sus adentros, mientras el viento despeinaba sus largas guedejas.
En casa de Kreutz aparcó pegado al bordillo y atravesó la cancela de hierro y aporreó la puerta con los nudillos y esperó a que le abriese. Cuando era preciso hacer una visita como aquélla tenía todas las trazas de ser, un buen puño aporreando la madera y haciendo ruido, consideró, era mejor manera de anunciar su llegada que simplemente tocando el timbre; así descolocaba a quienes se encontrasen del otro lado de la puerta, además de descargar su propia adrenalina. Volvió a aporrear la puerta, pero no le abrió nadie. Regresó sobre sus pasos hasta la cancela y miró a uno y otro lado. La calle estaba vacía a esas horas, a media mañana de un apacible día de verano. Volvió a la puerta y extrajo de un bolsillo con cremallera que llevaba en la cartera un instrumento hecho de alambre endurecido, pero flexible, e intricadamente doblado por varios sitios. Parecía tan inofensivo como una horquilla del pelo. Insertó el artilugio en el ojo de la cerradura y lo giró con delicadeza de un lado y de otro, pensando con ociosa satisfacción lo sabio que había sido al avezarse en tantos conocimientos de utilidad contrastada cuando era joven, y al cabo percibió, con una satisfacción casi sensual, dónde estaba el pasador engrasado, y sin embargo resistente, y notó cómo enganchaba los rodillos y el vástago y cómo cedían poco a poco con cada uno de sus giros. Empujó la puerta apenas el ancho de un palmo y entró de costadillo atento a lo que oyera, con la respiración contenida. Le gustaba allanar una vivienda ajena; le producía una auténtica emoción. En ese momento, el corazón le dio un brinco y poco faltó para que chillara espeluznado. Kreutz estaba de pie, inmóvil, envuelto en las sombras, al final del pasillo, y no le quitaba ojo de encima.
Nunca había entendido del todo a Kreutz. Tampoco es que contara con entenderlo -los guiris eran distintos, no tenían nada que ver, parecían de otra especie en todos los sentidos-, y tampoco es que le importase. Había algo en la manera de moverse que tenía el tipo, o de no moverse, más bien, que le resultaba extraordinario. Y además estaba su silencio, el hecho de que estuviera siempre tan callado. No era sólo que apenas dijera nada y que se moviera de un modo tan ágil y flexible, no; su sosiego era más bien una manera de no estar presente, es decir, de estar allí, pero como si al mismo tiempo no estuviera. Inescrutable, ésa era la palabra, ¿o esa palabra correspondía más bien a la manera de ser de los japoneses? En cualquier caso, Kreutz era un hombre realmente difícil de escrutar, si es que así podía decirse. Ese día estaba descalzo y llevaba una túnica sin cuello de una seda rojo oscuro, abotonada hasta el cuello, y una especie de pantalones voluminosos, de Alí Baba, o unos pantalones de pijama que parecían hechos también de seda. Para disimular el sobresalto inicial que se acababa de llevar, Leslie se rió sonoramente.
– Joder, Doc -dijo-. Por el modo que tienes de estar ahí parado pensé que eras alguien del que habías dado buena cuenta y al que habías disecado. ¿Y por qué no me has abierto cuando llamé?
Kreutz pareció meditar con gran seriedad la pregunta.
– ¿Qué es lo que quieres? -preguntó a su vez.
Leslie suspiró y negó con un gesto ostensible de pena y de pesadumbre.
– Me pregunto, Doc, si ésta es manera de saludar a un buen amigo. ¿Qué ha sido de tu calor humano? ¿Adónde ha ido a parar tu hospitalidad? ¿Por qué no me invitas a tomar ese té especial que preparas? ¿Por qué será que no quieres invitarme, eh?
El Doctor parecía meditar de nuevo. Leslie se preguntó si estaría pensando en presentar resistencia. Si intentase llegar a las manos iba a ser una risa. Pero no, era imposible, claro está; siendo budista, o lo que fuese, eso estaba descartado. Leslie tuvo conciencia de que en cierto modo lo lamentaba. Tenía ese cosquilleo en las palmas de las manos que demasiado bien conocía de antaño, el cosquilleo de las ganas de golpear algo, o a alguien, siempre y cuando ese alguien, a ser posible una mujer, de ninguna manera fuese a repeler sus golpes y a tratar de asestarle otros, o no demasiado en serio de todos modos. Y Kreutz en ese sentido valía tanto como una simple mujer. Sin mediar palabra giró sobre sus talones, sus talones encallecidos de tanto andar descalzo, y se dirigió al cuarto de estar. Leslie lo siguió, pero se quedó en la puerta y se apoyó en la jamba con una pose negligente, las manos en los bolsillos y los tobillos cruzados. Se miró los zapatos y los admiró distraído: unos mocasines marrones con borla, algo viejos, pero de los buenos. Kate siempre se había burlado de su manera de vestir; le decía que si acaso parecía un vivales al que las cosas le fueran mejor de lo previsto. «Y no en cambio -decía él con una de sus risotadas- un vivales al que no le sale ni una a derechas, que es lo que tú consideras que soy en realidad». Y con eso se armaba la pelea. Sabía plantar pelea Kate en aquellas ocasiones, desde luego. En los viejos tiempos, sus peleas siempre terminaban en la cama; ya no era así. Movió los dedos del pie derecho dentro del zapato. Ay, la buena de Kate…
– ¿Qué es lo que quieres? -volvió a preguntar Kreutz, y así lo arrancó de su ensueño.
– Ya te lo he dicho… Una buena taza de té.
La sala estaba iluminada intensamente, casi de un modo chillón, por el gran panel de luz del sol que caía inclinado desde la ventana y llegaba intacto desde encima del hospital de enfrente. Leslie se dio cuenta de lo muy preocupado que estaba Kreutz, lo notó en su manera de permanecer en pie, con los brazos rígidos y pegados a los costados, moviendo los dedos, y con un brillo intenso en el blanco de los ojos. Bueno, pues mejor que así sea; más le vale estar preocupado.
– Anda y ve a poner la kettle al fuego -dijo Leslie-, pórtate bien.
Kreutz no se movió. Siguió allí plantado junto a la mesita baja, con los brazos rígidos y pegados al cuerpo, como si fuera, pensó Leslie, un soldado raso que ha de ponerse firmes y que estuviera a punto de saludar marcialmente a un superior. No es que Leslie supiera gran cosa de la vida en el Ejército, pues en su día tuvo la inteligencia necesaria para escabullirse de la guerra y, más adelante, también del servicio militar. Kreutz respiró hondo casi como si engullese el aire.
– Ya suponía que ibas a venir -le dijo.
– Vaya, no me digas. ¿Y por qué lo suponías?
Kreutz parpadeó unas cuantas veces con velocidad.
– Te envié una cosa.
Leslie fingió que se esforzaba por recordar, dándose al final una palmada con blandura en la frente.
– Vaya, pues tienes toda la razón -dijo-. ¿Cómo es posible que se me haya olvidado?
– Voy a preparar el té -dijo Kreutz con un gesto de apocamiento, y se dio la vuelta para dirigirse a la cocina a pasos cortos, con sus piernas delgadas, de cigüeña. Incluso cuando estaba en terreno llano, pensó Leslie, Kreutz daba siempre la impresión de que al caminar ascendiera una pendiente inclinada. Oyó ruidos en la cocina, la kettle y el correr del agua, ruido de tazas y platos y cucharillas; el Doctor estaba nervioso, desde luego. Leslie se acercó a plantarse a la entrada de la cocina, de nuevo con las manos en los bolsillos de los pantalones y un tobillo cruzado sobre el otro. Kreutz vertía cucharadas de hojas secas de quién sabe qué en una tetera que tenía un pico alargado, curvo.
– Pues sí, aquella foto -dijo Leslie-. Muy bonita. Has conseguido que la buena de Deirdre salga bellísima. Está como de foto. Tienes auténtico estilo. Se lo dije a Deirdre, le dije que «el Doctor tiene auténtica destreza en esto de las fotos, se le da de maravilla» -sacó el tabaco y un encendedor-. Por cierto que ya la he echado al correo -dijo, y expulsó el humo hacia el techo.
Una especie de ondulación pasó por encima del rostro suave, oscuro y pulido del Doctor; a Leslie le costó un segundo reconocer que era un fruncimiento del ceño.
– ¿Cómo? -preguntó.
– La foto. Ya la he enviado. A quien corresponde. Lo más probable es que te llegue luego a ti. Puse tu nombre en ella, además de esta dirección. Me pareció que podíamos hacer una especie de rueda. Tú me la envías a mí, yo se la envío a otro, y ese otro te la envía a ti. Ya sabes cómo va la cosa, ¿no?
Kreutz no le miró.
– ¿A quién se la has enviado? ¿Por qué?
– Eso es lo de menos -se quitó una hebra de tabaco del labio inferior-. Dime tú por qué me la enviaste a mí en primer lugar. ¿O es que pensaste que me iba a causar inquietud saber que tenías una foto de Deirdre con el cono en primer plano, como las fotos que les haces a todas esas fulanas a las que finges dar tratamiento? -se rió-. Pensaste que me iba a preocupar por la honra de mi chica, ¿no es eso?
Kreutz no le miró.
– Ya no te puedo pagar más -dijo con tristeza-. Es demasiado para mí. Me resulta imposible mantener ese negocio que ella y tú tenéis en marcha. ¿Cuándo empezará a dar dinero? Se supone que me tienes que devolver todo lo que ya te he dado.
Hirvió el agua y sonó el pitido de la kettle, al principio tembloroso, luego cada vez más potente y más agudo.
– Deja, yo me ocupo -dijo Leslie, y dio un paso adelante y apagó la llama del gas. Levantó la kettle y retiró cuidadosamente la tapa del pitorro con el mecanismo del silbato. Entonces, con tal velocidad que lo hizo antes de saber que iba a hacerlo, agarró a Kreutz por la muñeca izquierda y se lo llevó de un empellón al fregadero, donde le vertió un chorro escaso de agua hirviendo sobre el dorso de la mano. Kreutz apenas tuvo tiempo de darse cuenta de qué estaba pasando cuando el agua cayó y le abrasó la piel. Soltó un chillido peculiar, ahogado, y dio un salto a la vez que levantaba al máximo la mano escaldada y la agitaba como si bailase en un ritual de vudú o fuese una especie de derviche raro, pensó Leslie. Este soltó la kettle en el fregadero. Una gota de agua hirviendo le salpicó en la mano, así que abrió el grifo y puso la mano bajo el chorro de agua fría.
– Mira lo que has hecho -dijo malhumorado-. Me has escaldado a mí.
Kreutz se adelantó impetuosamente y quiso poner la mano por encima de la de Leslie, bajo el chorro del agua, a la vez que emitía un gemido agudo, nasal, de queja.
– Anda, deja de armar follón, ¿quieres? -le espetó Leslie-. Vas a conseguir que se nos eche la pasma encima. Además, ¿tú no se supone que eres un budista capaz de aguantar cualquier clase de dolor?
– ¡Me has destrozado la mano! -exclamó el Doctor-. ¡Y yo me gano la vida con las manos!
– Te está bien empleado. A lo mejor así aprendes a no meterlas donde no debes meterlas.
Leslie se estaba examinando la mano, que tenía moteada de manchas rojas, pero que no le habían formado ampollas. Estaba realmente enojado a esas alturas. Agarró a Kreutz por el hombro y le obligó a darse la vuelta, a ponerse de frente, momento en el cual lo agarró por el cuello con la mano buena, empujándolo, hasta que tuvo que arquear la espalda sobre la encimera. No era más que piel y huesos, como un ave larguirucha y de color pardo.
– Escúchame bien, negro de mierda, o alemán de mierda, o lo que quiera que seas, so mierda. ¿A ti se te ha ocurrido que podías chantajearme? ¿Es eso lo que habías pensado?
Kreutz, presa del dolor y del miedo, emitía ruidos indescifrables, y los ojos se le salían muy blancos de las cuencas, además de tener una cara tan hinchada que la sangre congestionada se le iba tornando más oscura. Leslie lo soltó y dio un paso atrás, secándose la palma de la mano con el faldón de la chaqueta, y torciendo la boca con asco.
– Quiero el negativo de esa fotografía -dijo-, y quiero todas las copias que hayas podido hacer. Si la veo en donde sea, en manos de otros y no en las mías, vuelvo aquí y te parto el cuello de mierda que tienes, pedazo de negro repugnante. ¿Lo has entendido? -el Doctor había vuelto a poner la mano bajo el grifo. Leslie se adelantó con velocidad y estampó el tacón de uno de sus zapatos de borlas en el empeine descalzo de su pie izquierdo-. ¿Lo has entendido?
Kreutz volvió a emitir un grito ahogado, y a pesar de la cólera que lo invadía Leslie tuvo que reírse, pues el otro le pareció demasiado cómico, dando saltos sobre un pie y sacudiendo la mano llena de ampollas en lo alto, más parecido que nunca a un pájaro flaco con un ala rota.
– Venga -dijo Leslie-, trae esas fotografías.
Había media docena de fotos impresas y el negativo. Se las dio todas a Deirdre cuando acudió aquella noche a Percy Place, y ella las quemó en la minúscula chimenea de la habitación, llenándola de un hedor a papel abrasado y a productos químicos en combustión. No le dijo lo que había hecho con la primera foto impresa, la que le había enviado Kreutz a él, y tampoco le dijo que se había guardado otra para Sí, por los viejos tiempos, pensó, y en ese momento se sorprendió de su propia idea: ¿qué viejos tiempos? Sin embargo, cuando sopesó la situación cayó en la cuenta de que era verdad: el tiempo que les tocaba pasar juntos había terminado, había terminado para él y para Deirdre. Había estado bien, había sido divertido, ella era una buena chica y lo era en múltiples sentidos. Se hizo el haragán en la cama fumando un cigarrillo y la contempló acuclillada ante la chimenea, empujando los restos todavía en ascuas de las fotografías con la hoja de una navaja. Distraído, admiró la curvatura tensa y plena de su trasero, la nariz respingona y pecosa, el pecho mullido a la vez que terso. Ella le estaba diciendo algo, pero él no la oyó. Fue como si estuviera muy lejos, tanto que no alcanzaban a llegar sus palabras a sus oídos. De pronto apenas la conocía: podría haberse tratado de una perfecta desconocida, de una criada que le atendiera en la habitación, o una chiquilla abandonada que acabara de llegar de la calle. En realidad podría haber sido cualquiera. Qué extraño, el modo en que las cosas se resolvían por sí solas mientras un cuerpo seguía dichosamente ajeno a lo que estaba ocurriendo. Se había servido de ella sin saberlo, y ahora estaba hecho. Estaban por llegar las protestas de costumbre, las lágrimas, las súplicas, los chillidos y las recriminaciones, todo lo cual no estaba llamado a durar. Tenía sobrada experiencia en poner fin a las cosas.
Maisie Haddon llamó por teléfono a Quirke y le dijo que quería verle. Propuso que se reunieran en el Hotel Gresham para variar un poco. Él trató de que le dijera de qué se trataba, pero ella se negó.
– Allí nos vemos -dijo con su truculencia de costumbre-. En el bar.
Era media tarde cuando llegó al hotel, y nada más entrar, tras estar expuesto a la luz del sol, quedó unos instantes medio ciego, pero no por eso dejó de ver a Maisie Haddon. Habría sido imposible no reparar en ella. Vestía un traje blanco con hombreras de relleno y solapas anchas, unos zapatos blancos, grandes, de tacón alto, una blusa carmesí y un fular de gasa, de una seda verde limón. Además llevaba un sombrero, un artilugio en forma de barco, de fieltro verde, inclinado con picardía y desenvoltura, sobre las ondas de cabello amarillo intenso, cardado con una permanente. Estaba sentada en un taburete alto, en la barra, con las piernas cruzadas. En deferencia al lugar de la cita había pedido un brandy con oporto.
– Va bien para las tripas -dijo-. Son muy delicadas las tripas, ya se sabe.
Él le hizo un cumplido por su indumentaria, por el sombrero en especial, a lo que ella respondió con una carcajada iracunda.
– Más le vale ser bonito -dijo-. Me ha costado una fortuna, maldita sea. Ya sabes tú cómo se sale con la suya esa merluza vieja, la tal Cuffe-Wilkes, que así se hace llamar, no te lo pierdas. Maison des Chapeaux, cómo está usted. Maison de la Gorra Gorrona, más bien -a pesar de sus estridencias de costumbre, parecía más bien sosegada.
Quirke sospechó que la intimidaban los grandiosos accesorios del hotel, las lámparas de araña, los espejos altos, relucientes, los suelos de mármol abrillantado, las camareras de blanco delantal y medias negras y pequeñas cofias con puntillas.
– Aquí se alojó Mickey Rooney, no sé si lo sabías -dijo Maisie, y miró en derredor con gesto de apreciación-. Y Grace Kelly.
Quirke enarcó una ceja.
– Juntos?
Ella le dio un codazo en las costillas.
– No, so payaso -le dijo riendo-. En cambio, aquí vi una vez al Aga Kan y a Rita Hayworth cuando eran marido y mujer.
– Alí Kan -dijo Quirke. Ella lo fulminó con la mirada-. Era Alí el que estuvo casado con Rita Hayworth, no el Aga Kan.
Molesta, ella torció el morro.
– Alí, Aga, ¿qué más dará? Si tantas cosas sabes, listillo, dime una cosa: ¿de qué otra estrella de cine era prima Rita Hayworth?
– No tengo ni idea.
Ella esbozó una sonrisa triunfal, mostrando la mayoría de sus dientes grandes, ligeramente amarillentos.
– ¡Ginger Rogers!
– Maisie, eres una enciclopedia andante.
Frunció el ceño. Maisie tendía a ser picajosa, sobre todo cuando le invadía la sensación de que alguien le estaba tomando el pelo. Pidió otra copa para ella, y para él pidió un vaso de agua del grifo.
– ¿Sigues sin probar la priva? -le preguntó-. ¿No piensas tomarte un traguito aunque sea, para hacerle compañía a una chica?
El negó con un gesto.
– Si me tomo sólo uno, luego me tomaré otro, y después de ése caerá otro, y entonces, digo yo, ¿adónde iré a parar?
– Joder, Quirke, ya no tienes ni pizca de gracia, ¿lo sabías?
Quirke se preguntó sin ánimo de hallar la respuesta cuándo se lo habían pasado Maisie y él tan bien como ella había dado a entender.
– Aquella chica por la que me preguntabas el otro día -dijo Maisie-. La que puso fin a sus penas.
– ¿Sí?
Había hecho una pausa antes de dar muestra de interés. A Maisie le gustaba que todo el mundo fuese despacito. Escrutaba las honduras de su segunda copa, ya a medio despachar.
– He hecho pesquisas por ahí -dijo-. Nadie sabía nada, o nada al menos que pudiera ser de algún interés para ti. Y un día hablé por pura casualidad con una vieja dienta que vive por Clontarf. Antigua monja, mejor dicho, que vive con un antiguo cura. ¿No te lo crees? Se vinieron de Inglaterra los dos, escapando de los obispos y toda la pesca, digo yo, o de los polis, a saber. Se compró un anillo, o se quedó con uno que le tocó en un rosco de Halloween, y se montaron una casa juntos. Son todo lo respetables que se pueda pedir.
– ¿Y cómo es que la llegaste a conocer?
Ella lo miró como si fuera lerdo.
– ¿Y a ti qué te parece? Una cosa es un anillo, pero otra muy distinta es un niño revoltoso. De todos modos, y a lo que iba, mira tú qué coincidencia. Cuando le pregunté por la tal Deirdre Hunt, que si la conocía, que si había oído hablar de ella, va y se echa a reír y me dice: «¿Deirdre Hunt, me dices? Caramba, pues claro que la conozco. Vive al otro lado de la calle, enfrente de mí».
– En Clontarf-dijo Quirke.
– No sé qué de St. Martin: avenida, jardines, travesía… No me acuerdo. ¿No te parece rarísimo, que yo le llamase por teléfono para preguntarle por alguien que va y resulta ser la vecina de al lado?
Quirke volvió a aguardar, y dio un sorbo de agua.
– ¿La conocía? -preguntó al cabo-. Quiero decir… ¿tanto como para hablar con ella?
– Eran muy suyos, no se relacionaban con nadie.
– ¿Quiénes? ¿La monja y el cura, o los Hunt?
Ella se volvió y lo estudió largo tiempo, meneando la cabeza muy despacio de un lado a otro.
– Quirke, a veces me pregunto si eres tan lerdo como pareces o si sólo te lo haces.
– Oh, soy muy lerdo, Maisie. La verdad es que soy muy lerdo.
– Ya lo creo -dijo con una risa hiriente-. Ya lo creo.
Tenía la copa vacía, y la agitó con intención.
– Pero esa monja amiga tuya… Por cierto, ¿cómo se llama?
– Philomena.
– Digo yo que algún contacto habría tenido con los Hunt…
– Sólo para darse los buenos días y saludar, esas cosas. «Una pareja muy agradable», dijo Philomena que le habían parecido. Cuando le dije que la mujer se había ahogado, que se había suicidado así, vaya, no se lo pudo creer. «Ha tenido que ser un accidente», dijo. «Segurísimo.» -Maisie se volvió de nuevo, esta vez para mirar a Quirke muy a fondo-. Me pregunto si lo fue.
El la miró con ojos inexpresivos.
– ¿Que si fue el qué?
Maisie asintió como si supiera la respuesta.
– De haber sido un accidente, no estarías tú tan interesado -dijo-. Te conozco, Quirke. Por cierto -le golpeó con un dedo en la muñeca-, tú igual ya no le pegas al jarro, pero aquí algunos nos estamos muriendo de sed.
Así pues, le pidió otro brandy con oporto y aguardó a que el camarero lo sirviera, los dos muy atentos a todos sus movimientos. Era joven, llevaba el pelo corto por atrás y por los lados, y tenía un cuello con abundantes pústulas. Vestía camisa blanca y chaleco negro. Quirke reparó en que uno de los puños se le había deshilachado por el desgaste, en que tenía un brillo grasiento en los bolsillos de los pantalones. Clásico de este país. Alguien, no hacía mucho, había ofrecido a Quirke un trabajo en Los Angeles. ¡Los Ángeles! ¿Estaba dispuesto a ir? Un hombre podía perderse en Los Angeles con la misma facilidad con que se pierde un gemelo de camisa.
Maisie empuñó la copa recién servida y se volvió a acomodar con contento, como una gallina, encaramada en lo alto del taburete.
– La noche en que murió Deirdre Hunt -dijo Quirke-, ¿se fijó Philomena en que hubiera pasado algo fuera de lo común?
Maisie Haddon se tambaleó visiblemente.
– Hablas como un detective de cine. Humphrey Bogart. Alan Ladd. «¿Ha reparado usted en algo sospechoso, señora?» -riéndose, se llevó la copa a los labios con el meñique extendido y dio un sorbo melindroso-. ¿Quieres saber dónde se empeñó Philomena en que nos viésemos? -preguntó-. En la iglesia de Westland Row. No te lo pierdas. ¿Qué te parece, eh? Cualquiera habría dicho que se iba a morir de vergüenza sólo con asomar la jeta por la casa del Señor. «¿Y por qué no nos vemos en Bewley's?», le dije, «o incluso en el Kylemore?». Y ella, que no. En St. Andrew tenía que ser. Estaba terminando la misa, nos tuvimos que sentar en el último banco y hablar en susurros. Philomena no paraba de santiguarse y de dárselas de piadosa, la muy santurrona. ¡Será hipócrita!… Le va la ropa de moda, es muy estilosa ella, ¿no sabías? Para ser un piloto que conduce a las almas al cielo le tiene que sobrar la pasta al curilla, ya te digo… Medias de nylon, maquillaje, perfume y toda la pesca. ¿Y sabes qué es lo peor del caso? -hizo una pausa para dar más efecto a sus palabras-. Pues que sigue oliendo a monja, en serio. Ese olorcillo enmohecido no hay un dios que se lo quite.
Quirke se estaba aburriendo, y le dolía la rodilla mala, y, como siempre que pasaba un rato con Maisie, empezaba a tener unas ganas locas de beber. Maisie no tenía nada que contarle. ¿Por qué le había dicho que se reuniese allí con ella? Tal vez también ella estaba aburrida. Pensó en largarse sin despedirse de ella, como hacía siempre, y ya había hecho ademán de deslizarse para bajar del taburete, disponiéndose a huir, cuando Maisie, mirando al vaso, con los ojos borrosos, le dijo, como si tal cosa y con total despreocupación, aquello por lo que le había citado.
Un buen día y sin previo aviso su mundo se partió por la mitad. Ésa fue la forma en que lo asumió, ésa fue la frase que se repitió sin descanso para sus adentros: El mundo se ha partido por la mitad. Al principio pareció que el día iba a ser igual que cualquier otro. Cierto que Billy apenas le había dicho una sola palabra, cierto que desayunó por su cuenta en la cocina y que se marchó sin decir adiós siquiera, cargado con el maletín lleno de muestras. O se había aplicado demasiada loción para después del afeitado o estaba colorado, como tendía a estar cuando se enojaba. Pero no le pareció que estuviera enojado, sino sólo malhumorado, o con un extraño humor. Cuando se fue de la cocina quedó el humo de su cigarrillo que ascendía en lentas volutas, entre grises y azuladas, a la potente luz del sol que penetraba por la ventana, junto a la puerta de atrás. Se había servido una taza de té tibio de la tetera de cerámica marrón y se sentó ante la mesa sin recoger, escuchando un rato la radio. Billy había dejado una mancha de mermelada en el mantel blanco, que brillaba como una esquirla de cristal. En el jardín trinaba un pájaro con todas sus fuerzas. Se acordó de que antes de ir a trabajar tenía que poner en marcha la lavadora, la máquina recién estrenada que había sido, qué cosas, otro de los pequeños lujos que el Silver Swan, que iba viento en popa, le había permitido disfrutar.
Sí, un día como cualquier otro, o al menos eso parecía.
Cuando sonó el teléfono se llevó un sobresalto. ¿Quién podía llamar a esa hora tan temprana? Fue corriendo al recibidor. Al principio no entendió quién preguntaba por ella. Hardiman, dijo que se llamaba. Se paró a pensar. ¿Conocía a alguien llamado Hardiman? Acto seguido, le dijo que llamaba del banco. Se le resecó la boca y notó que sus latidos de pronto bajaban de ritmo, que eran un golpeteo apagado, trabajoso, como si algo le subiese con esfuerzo por dentro. Los tratos con el banco habían sido la parte del negocio que ella más odiaba, así fuera en secreto. Los bancos la aterraban, nunca había pisado uno solo hasta que tuvo veintimuchos años. Eran demasiado grandes, con techos demasiado altos, con demasiados mostradores y demasiada gente tras ellos, todos con corbata, o las chicas con conjuntos de suéter y chaqueta de punto a juego, mientras que los hombres que se veían al fondo, o en sus despachos acristalados, llevaban todos trajes de mil rayas. Le aterraba incluso el olor, un olor seco, a papel, como el olor del despacho de la directora del colegio de monjas. Hardiman le estaba diciendo algo sobre unos asuntos, sobre unas cifras, sobre unos cheques firmados por el señor White. Le pidió que se acercara por el banco, que pasara a verle. Sin saber cómo, logró ella que le saliera la voz de dentro y dijo que ese día estaba muy ocupada, y que si le iría bien que se acercase a verle el lunes. Se hizo entonces un silencio en la línea, un silencio más alarmante incluso que la voz de aquel hombre y al cabo le oyó ella toser -aunque no lo conociera en persona lo vio en ese momento, gris, preciso en todos sus movimientos, con motas de caspa en el cuello de la chaqueta, sentado ante una mesa, con el teléfono en una mano y el nudillo del dedo índice apretado contra los labios fruncidos- y dijo que no, no, que no era posible esperar hasta el lunes, que lo mejor sería que fuese cuanto antes a verle. Ella quiso protestar, pero él la cortó en seco, de un modo más contundente.
– De veras, señora Hunt, creo que lo mejor, en interés de todos, es que venga usted ahora mismo y que veamos si hay forma de encontrar entre todos una solución.
Nada más colgar tuvo que subir al piso de arriba, al cuarto de baño y se sentó en el retrete y la orina salió de ella a espuertas, a chorros, tanto que no alcanzó a imaginar cómo podía haber retenido tal cantidad dentro. Cuando se tocó la cara se la encontró seca como las hojas caídas, no, no como las hojas caídas, sino como la ceniza, eso era, y notaba tal constricción en la garganta que a duras penas podía tragar, y le ardían los párpados y le dolía hasta el cabello, si es que tal cosa era posible. A pesar de todo, a pesar del susto, del pánico, de la orina incontenible, no se sorprendió. Esto, lo entendió de golpe, era algo que había estado esperando que sucediera en todo momento, desde el primerísimo día en aquel pub de Baggot Street, cuando se sentó en la barra y oyó a Leslie White indicar al camarero cómo quería que le preparase exactamente los whiskys calientes -«Con agua caliente, ojo, que no esté hirviendo, y no más de tres clavos en cada uno»-, y estuvo tan excitada de encontrarse en un pub a media tarde, tomando una copa con aquel ser tan bello, de cabellos plateados, que le dio miedo que fuera a caerse del taburete y desmayarse entre sus brazos. Lo que había dado tantísima emoción a todo, aunque fuese de un modo horrible, y ahora lo entendió, no era que el salón de belleza fuera viento en popa, ni que entrase el dinero en cantidades, ni las charlas juguetonas de Leslie, ni la embriagadora sensación que la invadía al notar sus dedos en la piel, no, y ni siquiera el amor, sino la perspectiva, no reconocida aún, de que llegara la hora en que recibiera esa llamada telefónica a las nueve de la mañana de un día laborable, de un día como cualquier otro, con la cual llegó el anuncio de que había sobrevenido la catástrofe. Y eso era extraño.
La entrevista con Hardiman para ella pasó en un visto y no visto, en un manchurrón acalorado y desdibujado. Se había equivocado con respecto a él, no era el palo reseco y estirado que se imaginó, sino un hombre de gran envergadura y cabello blanco y rostro colorado, preocupado, con un traje azul, que se inclinaba muy atento con los codos sobre la mesa y las manos enormes y carnosas, unidas delante de él, diciéndole con una voz en la que resonaba la tristeza que Leslie White había arruinado el negocio. Ella no lo entendió, no lo supo asimilar. Al parecer, por cada libra que hubiese ganado ella Leslie había gastado dos. Había recurrido al salón de belleza como aval para pedir una hipoteca que le fue concedida, pero que se había gastado en su totalidad. Había cheques cuyo importe no había sido posible hacer efectivo, dijo Hardiman. Ella lo miró con la boca abierta, sin entender nada, y él se miró las manos y la volvió a mirar y suspiró.
– Devueltos, señora Hunt. Los cheques han sido devueltos.
Pero… ¿y el dinero? ¿Qué había sido del dinero?, preguntó, suplicando una aclaración que la ilustrase. ¿En qué se lo había gastado Leslie?
El señor Hardiman irguió sus hombros voluminosos, envueltos en el traje azul, y los encogió de nuevo, como si con ellos sujetase el peso del mundo.
– Eso es algo sobre lo cual el banco carece de información, señora Hunt -dijo, y como ella siguió mirándole sin entender nada y sin saber qué hacer, parpadeó y frunció el celo-. Es decir -añadió con aspereza-, no sabemos en qué lo ha gastado. Tal vez ésa sea una pregunta -se contuvo, y suavizó el tono-… Tal vez ésa sea una pregunta que debería usted hacerle a él, señora Hunt.
Salió caminando a la mañana de verano, sintiéndose como si fuera la única superviviente de un descomunal desastre, que sin embargo no había hecho el más mínimo ruido. La luz del sol tenía una nitidez cortante, amarilla, que le hizo daño en los ojos. Pasó de largo un carro de un carbonero, y el carbonero de rostro renegrido iba de pie sobre el pescante, con las riendas en una mano y el látigo en la otra, al tiempo que los dos caballos grandes abrían al máximo los ollares y la espuma les volaba de las comisuras de la boca. Un autobús tocó el claxon, un chico que vendía periódicos dio una voz. El mundo parecía un sitio nuevo, un sitio que ella nunca hubiera visto, que sólo con mucha maña recordaba algo al mundo familiar, al mundo de antaño. Entró en una cabina de teléfonos y rebuscó en el bolso unas monedas sueltas. No llevaba cambio. Se acercó a un quiosco y le dieron las vueltas en monedas grandes, con lo que pidió al quiosquero cambio más pequeño, y éste masculló algo y la miró con mala cara, pero a pesar de todo le dio las monedas. Llamó por teléfono al salón de belleza, pero no hubo respuesta. Tampoco es que contase con encontrar allí a Leslie, claro está, aunque encontró un pequeño consuelo en el acto de marcar números conocidos, en oír que sonaba el teléfono en aquel espacio desierto. Y sin saber qué estaba haciendo llamó a casa. A casa. La palabra se le había encajado en el corazón como una esquirla de acero. A su casa, a la de él. A su esposa. A su otra vida, a su vida real.
Kate White contestó a su llamada. Su marcado acento inglés fue una sorpresa, aunque no debiera haberlo sido. En ese momento le resultó extraño que no se hubieran visto nunca ella y la esposa de Leslie. Al principio no pudo decir nada. Se quedó mirando por los cristales sucios de la cabina, a la calle y a los coches y autobuses que pasaban sinuosos al trasluz de los defectos del cristal.
– ¿Hola? -dijo Kate-. ¿Quién llama?
Su voz era de mando, la de una persona acostumbrada a que los demás la obedecieran, a que saltaran al oír una palabra suya.
– ¿Está Leslie? -preguntó, y a ella misma su voz y su pregunta se le antojaron las de una niña pequeña, una colegiala temerosa de las monjas, temerosa del cura en el confesonario, temerosa de Margy Rock, la abusona del colegio, temerosa de su padre. Hubo un silencio. Se dio cuenta de que Kate sabía quién era.
– No -dijo Kate por fin, y lo dijo con frialdad-. Mi marido no está aquí. ¿Quién llama? -volvió a preguntar.
No fue capaz de decir su nombre.
– Soy su socia -dijo-. Es decir, trabajo con él en el Silver Swan.
– ¿En serio? No me digas… -se burló Kate.
Siguió un nuevo silencio.
– Necesito hablar con él -dijo-, es urgente. Se trata del negocio. He ido al banco. El director ha hablado conmigo. Todo esto es… -¿qué iba a decir? ¿De qué forma podría describirlo? Aquello era de una dimensión inabarcable, era terrible, era irremediable y era una vergüenza.
– Así que de nuevo se ha metido en un buen lío, ¿es eso? -dijo Kate con una nota de emoción en la voz, una mezcla de amargura y de ira y en el fondo de sorna, como si aquello le hiciera gracia-. A mí no me extraña. ¿A ti te extraña? Sí, yo diría que te ha pillado completamente por sorpresa. No tienes tanta experiencia de él como la que tengo yo acumulada, no importa lo que te empeñes en pensar. En fin, pues espero que no le haya dado por suponer, a él me refiero, que otra vez voy a sacarlo del atolladero -hizo una pausa-. En esto vais juntos los dos, tú y él. Por lo que a mí se refiere, o nadas o te ahogas. ¿Y tú sabes nadar, Deardree? -dicho lo cual, colgó.
Cuando llegó a casa decidió comer algo, así fuera por conservar las fuerzas, aunque no tenía ni pizca de hambre; pensó de hecho que nunca más volvería a tener hambre. Se preparó un sandwich de jamón, pero cuando sólo había comido la mitad tuvo que subir corriendo al cuarto de baño y lo vomitó todo. Se sentó en el canto de la bañera, temblando, con un sudor frío en la frente. Se le pasó la náusea y bajó y sacó la aspiradora y la pasó por la alfombra de la sala de estar, empujando con el escobón de un lado a otro con violencia, como un marino al que se castiga a fregar el puente. Hasta ese instante no se le había pasad nunca por la cabeza que no es posible limpiar nada y dejarlo completamente limpio. Por mucho tiempo que pasara limpiando la alfombra, siempre quedarían cosas que se pegasen con terquedad al nudo, pelos, pelusillas, trozos minúsculos de comida, millones y millones de ácaros, que imaginó como si fueran una masa en movimiento, una miríada de seres vivos, tan diminutos que resultarían invisibles aun cuando se arrodillase y pegase la cara a la alfombra hasta meter la nariz entre sus fibras.
Se acordó de la botella de whisky que alguien les había regalado por Navidad. Nunca la llegaron a abrir. La había guardado en el último estante del armario de la ropa, donde estaban los cepos para los ratones y la sosa cáustica y la vieja máscara de gas, de caucho, de los tiempos de la guerra, cuando todo el mundo contaba con que se produjera de un momento a otro la invasión de los alemanes. Apagó la aspiradora y la dejó en medio del suelo, que los ácaros se paseasen por encima de ella si es lo que les apetecía.
El whisky le pareció que tenía una coloración marronácea. ¿Se estropeaba el whisky con el tiempo? Pensó que no; siempre había oído decir que mejoraba cuantos más años tuviera. Este ya tenía doce años cuando fue embotellado, la misma edad que tenía ella cuando se rebeló por fin contra su padre y le amenazó con ir a contarle al párroco de St. Bartholomew todas las cosas que le había hecho desde el día en que ella aprendió a andar. Las cosas nunca volvieron a ser iguales en aquel piso de los Bloques. Lo más raro fue lo mucho que su madre se enfureció con ella, ¡su madre, que debiera haberse encargado de protegerla durante todos aquellos años! Cuánto deseó saber entonces dónde estaba Eddie, el hermano que se escapó del colegio y se hizo al mar cuando todavía era poco más que un chiquillo. De noche, en la cama, con el oído atento al paso de su padre en el rellano, sintiéndose a morir, se inventaba historias acerca de Eddie, imaginaba que por fin volvía a casa convertido en un hombre, con un chaquetón de marino, con pantalones de campana y un gorro como el de Popeye, sonriente, musculoso, y que le enseñaba sus tatuajes y le preguntaba cómo estaba y ella le hablaba de su padre, con lo que él se plantaba ante el padre y le mostraba el puño cerrado y le amenazaba con darle una buena tunda si alguna vez se le pasaba por la cabeza ponerle sólo un dedo encima a su hermanita. Historias, historias inventadas. Bebió un trago de whisky a gollete. Le quemó en la garganta y le dio una arcada. Volvió a beber otro trago más largo. Esta vez le quemó menos.
A última hora de la tarde se presentó Kate White. Cuando oyó el timbre creyó que tenía que ser Leslie, y fue corriendo a abrir la puerta, con el corazón desbocado por el whisky que había bebido y por la excitación y la repentina esperanza que sintió dentro. Había ido a pedirle disculpas, a dar explicaciones, a decirle que todo había sido un malentendido, que él lo arreglaría todo con los del banco, que todo volvería a ir como la seda. Cuando abrió la puerta, Kate la miró casi con compasión.
– Dios mío -dijo-, bien se ve lo que te ha hecho -la condujo a la sala. Kate miró la aspiradora, y Deirdre la recogió, enrolló el cable y lo colocó detrás del sofá. No era capaz de hablar. ¿Qué quedaba por decir?
Kate anduvo de una pared a la otra, con los brazos cruzados sobre el pecho, fumando un cigarrillo al que daba caladas rápidas, enojadas. Había descubierto las fotografías, y las cartas. Leslie las había dejado en un bolso debajo de su cama, debajo de la cama de ambos. Se rió enfurecida.
– ¡Debajo de la puta cama, por Dios! -suponía que en el fondo su deseo era que ella las encontrase, le dijo. Quería encontrar una excusa para marcharse y abandonarla, y de ese modo habría sido ella la que a la fuerza lo echase. Volvió a reír-. Siempre le ha gustado dejar que sea otro quien tome las decisiones -no sabía adónde podía haber ido. Dijo que, según suponía, los dos tendrían un nido de amor, y que era probable que se hubiera instalado en él. Dejó de pasear de un lado a otro de repente-. ¿Tenéis un nido de amor, sí o no? -ella le dijo que sí, que tenían una habitación, pero que no le iba a decir dónde estaba. Kate resopló-. Oye, ¿a ti te parece que a mí me importa algo dónde follarais los dos? Por cierto -añadió mirando al techo-, ¿no lo hicisteis nunca aquí? Me gustaría saberlo.
Deirdre, cabizbaja, hizo un mínimo gesto de asentimiento. Sí, dijo, Leslie se había quedado una noche en que su marido estaba de viaje, en Suiza. Kate se quedó mirándola y tuvo que explicarle que a veces Billy tenía que viajar a Ginebra para asistir a los congresos en la sede central de la empresa para la que trabajaba.
– ¿Congresos? -dijo Kate con otro resoplido-. ¿Tu marido iba a congresos? -la sola idea pareció hacerle gracia-. Pobre idiota.
Sin embargo, Deirdre se fue dando cuenta de que Kate no estaba ya tan enojada como cuando llegó. Supuso que Kate le tenía lástima, o tal vez fuese cierto sentimiento de solidaridad entre las dos. A fin de cuentas, Leslie las había engañado a ambas, a ella tanto como a Kate. Como si acabara de tener ese mismo pensamiento, Kate dejó de pasear de una pared hasta la otra y la miró a fondo por vez primera.
– Oye, ¿estás borracha? -le preguntó.
Dijo que no, que no estaba borracha, pero que había bebido whisky, y que no tenía costumbre.
– Te voy a dar un consejo -dijo Kate-. No te des a la bebida -se sentó con brusquedad en el sofá, con las rodillas juntas y los puños cerrados encima de las rodillas-. Dios todopoderoso -dijo-, mira qué pinta tenemos las dos, engañadas por esa… rata.
Y por pasmoso que fuera Deirdre sintió en ese instante que una protesta se abría paso por su garganta, u grito de negación y de defensa. En ese instante, y por vez primera en todo el día, un largo día, la traspasó la ineludible comprensión de todo lo que estaba perdiendo en esos momentos. No sólo el dinero, no sólo el negocio, no sólo el coche nuevo y los vestidos nuevos y el abrigo de armiño que pensaba comprar al año siguiente; todo eso ya no importaba nada. No: estaba perdiendo a Leslie, a quien amaba de una manera tal como nunca había amado a nadie, tal como jamás volvería a amar a nadie. Notó que algo se encogía en ella, que se encogía y se desmoronaba y se hacía ceniza, como se habían hecho ceniza las fotografías cuando ella las quemó aquel día en la pequeña chimenea de Percy Place.
Kate se puso de pie.
– Lo lamento -dijo-. No sé por qué tendría que lamentarlo, pero lo lamento. Vine aquí a gritarte, a vilipendiarte por haberme robado a mi marido. Tuve la fantasía de golpearte, de arrancarte los ojos con las uñas, de todas esas cosas que una se imagina que hará en un momento como éste, pero todo lo que siento es… es tristeza -dio un paso adelante y alzó la mano como si en efecto fuese a golpearla, pero en cambio se limitó a rozarle ligera y fugazmente la mejilla con las yemas de los dedos-. Pobre puta estúpida -dijo. Y con eso se marchó.
El día siguió su curso con una lentitud exasperante. En la casa, el aire la sofocaba, si bien no se atrevió a salir, ni siquiera al jardín de la trasera, sin saber bien por qué, con la particularidad de que todo lo que se hallara fuera de la casa en esos momentos le parecía hostil, humeante, sulfúrico. Entró en la cocina todavía abrazada a la botella de whisky, sacó un vaso del armario y se sentó en la mesa, donde llenó el vaso hasta el borde, tanto que tuvo que agachar la cabeza para dar el primer sorbo sin levantarlo de la mesa. Tenía los ojos como dos carbones al rojo, y el interior de los labios en carne viva, hinchados, cuarteados. Siguió bebiendo. Durmió después un rato, aún sentada a la mesa, con la cabeza apoyada en los brazos. Cuando despertó anochecía. ¿Qué había sido del día? Pareció que hubiera pasado una eternidad desde que estuvo en el banco viendo al señor Hardiman. La casa estaba antinaturalmente silenciosa. Permaneció sentada, sin moverse, durante un largo rato, a la escucha, pero no le llegaron otros sonidos que los que ya estaban circulando por su cabeza. Le picaba la piel bajo la ropa. No se sentía limpia; no es que se sintiera sucia tampoco, sino que no se sentía limpia. Tomó la botella y subió al piso de arriba con el vidrio apretado contra el pecho, apoyándose con un codo que fue deslizando sobre la balaustrada. En lo alto de la escalera se vio en el espejo de cuerpo entero, en la pared, frente al cuarto de baño, con el codo extendido y el puño cerrado en el cuello de la botella, vuelta sobre el pecho, como si tuviera una apoplejía o fuese minusválida o algo así.
En el cuarto de baño, dejó con cuidado la botella sobre el estante, en la cabecera de la bañera, y tomó el vaso del lavabo. Cuando se inclinó para poner el tapón en la bañera estuvo a punto de caerse de cabeza. Se desnudó, despojándose de la ropa como si fueran otras tantas fundas de piel abandonada, como la muda de una serpiente. El penetrante olor a vapor, que a nada olía, le picó en la nariz. Se introdujo en el agua -estaba tan caliente que a duras penas pudo soportarlo- y se tendió con un suspiro. Se miró el cuerpo pálido debajo del agua, sus líneas móviles, sus planos en constante transformación. Se arrodilló entonces y se sirvió el final de la botella en el vaso del lavabo -¿era posible que se hubiese bebido la botella entera?-, arrellanándose de nuevo en la bañera, con el agua hasta el cuello, sujetando el vaso entre los pechos que se le mecían con lentitud, flotando en el agua. Se devanó los pensamientos con una inconcreta inquietud repasando escenas de su pasado, la Navidad en que su padre le llevó de regalo una bicicleta, el día en que le saltó un diente a Tommy Goggin, la gloriosa mañana en que se presentó en la botica y le dijo al sucio, al viejo, al bruto de Plunkett que se olvidara de ella para siempre, que renunciaba al empleo, que iba a emprender un negocio propio.
Se adormiló un rato, hasta que se hubo enfriado el agua de la bañera y despertó con un temblor. Se envolvió en una toalla y se dirigió al dormitorio tambaleándose al pasar por la puerta, donde se golpeó el hombro contra la jamba y se hizo daño. Ya era de noche, pero no se tomó la molestia de encender la luz. Había aminorado su temblor, aunque le castañeteaban los dientes. Retiró la colcha y la sábana y, envuelta todavía en la toalla húmeda, se tumbó y se subió la sábana hasta la barbilla. La luz de la luna llena entraba por la ventana, y la propia luna la miraba como un ojo gordo, que se refocilara. Lloró un rato, y el temblor dio un acusado hipido a sus sollozos. ¿Por qué estaba llorando? ¿De qué le iba a servir el llanto? Todo se había partido por la mitad.
Miró a la luna y de pronto se vio con toda claridad, envuelta por la luz radiante, de pie en aquellas noches de verano en la ventana del piso, cuando era niña, disfrutando del delicioso olor que llegaba desde la fábrica de galletas y escuchando el trinar del mirlo posado en un negro alambre. Había dejado de llorar. Tal vez todavía quedara alguna posibilidad, tal vez todavía fuera posible salvar algo del desastre que había causado Leslie en todo cuanto la rodeaba. «Sí -se dijo en voz alta-, a lo mejor todavía podemos salvar algo». Se acordó entonces de cómo le había rozado Kate White la cara con los dedos, con tanta delicadeza. Le había caído bien a pesar de los pesares. Podrían haber sido amigas si las cosas hubieran sido de otro modo. Podrían incluso haber iniciado un negocio juntas, podrían haber montado otro salón de belleza, sin necesidad de Leslie. Con estos pensamientos por todo consuelo suspiró, y sonrió mirando la negrura que iluminaba la luna y cerró los ojos. Y cerró los ojos.