Leslie White no acertó a entender por qué había abandonado un alojamiento perfecto, como era el que encontró en el piso de la chica, pasada tan sólo una semana, para meterse en cambio en aquel agujero que era la habitación de Percy Place. ¿En qué pudo estar pensando al tomar esa decisión? En primer lugar, eran demasiadas las cosas de la habitación de Percy Place que le recordaban a Deirdre -empezando por la cama-, a la pobre y difunta Deirdre, y eso era algo sin lo cual podría haberse pasado perfectamente. La echaba de menos, sin ninguna duda la echaba de menos. Había sido una buena chica, y una calentona de miedo por añadidura. Al final, lógicamente, hubo que pasarse sin ella, y así fue. No podía engañarse, no podía decirse que se había quedado destrozado. A fin de cuentas, y hablando de alojamientos, ella había sido la causa de que a él lo echaran a patadas del mejor alojamiento que había tenido en su vida, cuando Kate encontró las fotos y, peor incluso, las cartas guarras. Tenía gracia, sin embargo, que después de que aquellos cabrones le dieran la paliza fuese por puro instinto a casa de la chica, sin poner nunca en duda que ella le daría cobijo y que cuidaría de él. Tal como habían ido las cosas no pudo haber hecho nada mejor, pues si bien se las dio de doncella de hielo y actuó con absoluta frialdad, no tardó apenas nada en derretirse. Lo cierto es que había demostrado ser una pequeña calentona también ella, a pesar de que saltaba a la vista que apenas tenía experiencia, situación que sin embargo él había remediado en gran medida al cabo de los cuatro días que pasaron juntos, a despecho de las magulladuras y de las costillas doloridas. Así pues, ¿por qué se había marchado?
Sabía a pesar de todo que no podía haber seguido mucho tiempo con ella. Era de ese tipo de mujer, con hambre de sexo, con nervio, con demasiada inteligencia para su propio bien, y para el de cualquiera que estuviera cerca de ella, que con sólo encontrar motivo de aliento se sujetaría a él con uñas y dientes, y que en un visto y no visto estaría gimiendo palabras de amor y todo lo demás. En sus buenos tiempos había conocido muy bien a más de una de ese mismo estilo, y era dificilísimo quitárselas de encima cuando uno se quedaba a tiro durante más de unos cuantos días. Por eso resolvió salir zumbando cuando aún estuvo a tiempo, y por eso se encontraba ahora en Percy Place -vaya nombrecito, todavía le daban ganas de reír cada vez que lo pensaba-, escondido tras las polvorientas cortinas de redecilla, tratando de recuperar la salud y el vigor por sus propios medios y lo mejor que pudiera. No iba a ser fácil.
Lo primero que tuvo que hacer, antes que nada, fue echar mano de una provisión de medicina, y no perdió el tiempo en ir de ronda a donde debía, sin perder de vista su entorno más inmediato, no fuera que le estuvieran esperando en cualquier esquina los tipos de las cachiporras -alguna especie de hachas de madera, le parecieron en su momento-, decididos a darle otro repaso. No le llevó mucho tiempo localizar lo que estaba buscando. Maisie Haddon nunca le había fallado si se trataba de conseguir un chute, y cuando aquella noche decidió darse una vuelta por el garito en el que se dedicaba ella a dar unos cuantos tijeretazos a quien se lo pidiera, en Hatch Street, no le decepcionó. Sin embargo, al darse ella perfecta cuenta de lo mal que se encontraba, de lo acuciante que era su necesidad de meterse algo en las venas, quiso cobrarle lo servido, y él tuvo que amenazarle con darle un toquecito en caso de que no le proporcionara ella de inmediato lo que había ido buscando. No es que Maisic no se hubiera llevado unos cuantos toquecitos a lo largo de su vida, a veces de cierta consideración; lo malo era que sabía muy bien de qué clase de asuntos podía Leslie delatarle, y sabía que no dudaría en buscarle la ruina caso de que ella se resistiese, todo lo cual fue mucho más convincente que la perspectiva de quedar con un ojo amoratado y unos cuantos dientes rotos.
La señora T fue mucho más acomodaticia. Su marido era un médico que la había echado a patadas, y que ahora se negaba a verla, a hablar con ella, aunque la mantenía bien provista, no fuera que le diese por presentarse en su trabajo y pedir a gritos la droga en la puerta de su vistosa consulta, un lujoso local de Fitzwilliam Square. Leslie resolvió encontrarse con ella en la librería, como de costumbre. Aunque ella se quedó visiblemente trastornada al ver en qué estado le habían dejado la cara, con las magulladuras y el ojo amoratado, él pasó los primeros minutos temeroso de que ella pudiera echársele al cuello allí mismo, sobre la marcha, en plena librería, por lo mucho que lo había echado de menos, según le dijo sin esperar a más. Quiso, le dijo, que se la llevase con él a donde fuera y que se la llevase cuanto antes, así que él tuvo que estrujarse los sesos, deprisa, y decirle que era imposible que fuesen juntos a ninguna parte, ya que el salón de belleza estaba cerrado y él había hecho las paces con Kate y estaba de nuevo viviendo con ella, lo cual era mentira, cómo no; Kate, él tenía una total certeza en esto, jamás aceptaría su regreso. Se dio cuenta de que la señora T no le creía; había cometido el error de llevársela a Percy Place un par de veces sin que Deirdre llegara a saberlo, de modo que conocía la habitación, por lo que tuvo que jurarle que ya la había dejado, si bien tenía en esos momentos preocupaciones de mayor envergadura que la decepción de la señora T, desilusionada al no haber sido capaz de atraparlo entre las sábanas. Por fin pudo escabullirse y huir de ella,
una vez le dio ella el cargamento, prometiéndole que la vería esa misma noche en el Shelbourne -«Yo tomaré una habitación para los dos», ronroneó la mujer, mirándole con los ojos entornados, como una gata, y sujetándolo con suavidad por las solapas de su chaqueta de lino; «Podemos registrarnos con nombres falsos»-, promesa que no tenía la menor intención de cumplir.
Cuando arrancó para embocar Baggot Street, ella se quedó en el puente, bajo la intensa luz del sol, y lo vio partir con sus gafas de sol de montura blanca y su vestido de flores, demasiado juvenil para ella, y al mirar él por encima del hombro levantó una mano enfundada en un guante blanco y la agitó con flojera, con tristeza; él supo entonces que no la volvería a ver, a no ser que Maisie Haddon y el resto de sus contactos se encontrasen de pronto con el grifo cerrado. La señora T era otra de las que iba a echar de menos, la verdad era que sí. Tendría cuarenta y cinco años, día arriba o día abajo, y era flaca como un galgo, pero algo tenía, algo que se le notaba en las muñecas huesudas y en los tobillos tan delgados, algo tan frágil, tan aparentemente fácil de romper, que a él se le metió bajo la piel a pesar de tenerla gruesa y correosa. Recordó qué fácil había sido siempre hacerla llorar. Desde luego, la echaría de menos. Joder, con todas esas dichosas mujeres locas por pasar un rato con él, con todas esas malditas mujeres diciéndole a todas horas que lo amaban, y que de pronto se convertían en un engorro, ¿qué otra cosa podía hacer él? ¿Qué habría hecho cualquiera en su lugar?
Tuvo gracia, pero cuando salió por la puerta de Percy Place a la mañana calurosa, neblinosa, gris, se detuvo en seco debido a una sensación que en un primer momento no supo identificar, una suerte de pesadez en el pecho, como si le hubiera caído algo a plomo en el corazón. Con precaución subió al Riley, atento a no rozarse el costillar, que llevaba vendado. No arrancó el motor de inmediato, sino que permaneció al volante empeñado en reconocer qué le estaba pasando. Llevaba un tiempo pensando en Kreutz y en Deirdre, y en la foto comprometedora que Kreutz le había hecho, la foto que él mismo había enviado por correo con mero ánimo de broma. Cerró los ojos un momento. Joder. ¿Qué había hecho? Y entonces comprendió que lo que sentía era la culpa. Sí, la culpa. Eso era lo que le había detenido en seco cuando estaba caminando, ése era el peso que le oprimía el corazón. Abrió de nuevo los ojos y miró la calle desierta como si estuviera aturdido. Leslie White se sentía culpable… Eso sí que era una novedad. Arrancó entonces el motor y dio unos cuantos pisotones con fuerza en el acelerador. A lo hecho, pecho. Las cosas se habían puesto serias, pero ¿acaso era culpa suya? Lo peor de todo, pensó cuando ya se internaba por Haddington Road, era que la gente no le comprendía, y menos que nadie le comprendían las mujeres. Ellas querían tal o cual cosa de él, cosas que no estaba en su mano darles. Sí, eso era lo malo, que la gente esperase cosas que él no tenía y no podía dar.
Se saltó un semáforo en ámbar al llegar a Baggot Street y enfiló veloz por Mespil Road envuelto en una humareda del escape. A la orilla del canal, los árboles relucían entre verdes y grises bajo el cielo nublado. El agua tenía el aire de una lámina de hojalata bruñida. Se pasó una mano por el pelo, palpando con placer su textura sedosa. La brisa le resultaba grata y fresca, reconfortante en la cara magullada. A fin de cuentas, ¿no había sido en el fondo una broma inocente enviar la fotografía? No se había propuesto hacer tanto daño. Esa era otra de las cosas que nadie entendía con respecto a él: su inocencia esencial, su carácter irreprochable en el fondo. Nada de lo que pudiera hacer lo hizo nunca con mala intención.
Empezaba a sentirse nervioso, y pensó en detener el coche y en meterse en un pub tranquilo para encerrarse en el servicio de caballeros y administrarse una dosis de zumito de bienestar, pero decidió en cambio esperar un poco. Tenía cosas que hacer, y necesitaba estar alerta hasta que las diera por hechas. Para empezar, tenía que ocuparse del viejo Kreutzer. No le cabía ninguna duda de que fue Kreutz quien dio la orden a los matones para que le propinasen una paliza, así que eso era preciso aclararlo cuanto antes, y tomar las represalias debidas. El viejo Kreutz tampoco se había portado bien con la chica cuando él se la mandó justo aquella noche de la paliza para que recogiera su medicina. Ella había sido su ángel de bondad y Kreutz la había despreciado, la había echado de la puerta de su casa. Ojo, que eso siempre sería mejor que haberle administrado una taza de su té especial y haber realizado un estudio artístico con ella, tal como había hecho con la pobre Deirdre. ¿De dónde había sacado el maldito guiri los arrestos necesarios primero para intentar chantajearle y después para contratar a una pandilla de maleantes que le diera una paliza? Desde luego, el Doctor empezaba a estar muy necesitado de que le pusiera los puntos sobre las íes.
Esa tarde, Adelaide Road estaba desierta, como de costumbre. Qué extraño, qué poco movimiento había siempre en esa calle, tan sólo algún coche aislado, prácticamente nunca un solo peatón. ¿Por qué sería?, se preguntó. Cuando menos, tendría que pasar el tráfico del hospital, y en la calle había casas en abundancia, y viviendas de pisos, así que… ¿dónde se metían sus ocupantes? No le importaría tener allí un sitio, un cubil, un refugio en medio de toda aquella paz, de aquella quietud frondosa. De un tiempo a esta parte, desde la ruptura con Kate y la desaparición de Deirdre, la cuestión del lugar en que vivir ocupaba gran parte de sus pensamientos. La habitación de Percy Place estuvo bien para el propósito con el que la pidió prestada, pero no le serviría para anidar allí a largo plazo. Había que considerar el problema de los fondos, por descontado, de los que se hallaba inequívocamente corto desde que el salón de belleza entonó su canto del cisne y se hundió. Sería preciso obligar a Kreutz a que reanudase los pagos, pues de lo contrario algunos maridos, personas respetables, en breve recibirían por correo algunas instantáneas cuando menos muy interesantes de sus señoras esposas. En esto, la complicación, cómo no, era que Kate, maldita fuese, había quemado las dichosas fotos. No quedaba más remedio que agenciarse los recambios del propio Kreutz, cosa para la cual imaginó que iba a ser preciso recurrir a algún que otro forcejeo.
Sonreía para sus adentros cuando se arrimó al bordillo y aparcó junto a la acera. Sería la pera obligar a Kreutz a entregarle el material con el que Leslie se dispondría entonces a apretarle las tuercas para que aflojase la mosca. «Chantaje» era por cierto una palabra, al menos cuando era él quien lo practicaba, que desde luego no le parecía que revistiera ninguna fealdad, a pesar de lo que todo el mundo decía siempre en las historias de detectives; muy al contrario, a él le olía a las siniestras hazañas del riesgo asumido con elegancia, a las proezas que mejor parado podían dejarle. Empujó la cancela, que chirrió al abrirse, y recorrió el corto trecho que lo separaba de la puerta con una mano en el bolsillo de la chaqueta, removiendo las ampollas que la señora T le había facilitado. Rodaban entre sus dedos como dados de cristal, y le reconfortó ese tacto frío, el soniquete agudo, la promesa de felicidad que encerraban.
Una vez más, Kreutz no pareció dispuesto a abrirle la puerta, por lo que sacó del bolsillo la ganzúa hecha de alambre con la mayor precisión, y tras echar un vistazo a la calle se puso a trabajar la cerradura. En el pasillo, en penumbra, se percibía un olor tenue, pero preciso y claramente desagradable. Echó a caminar con sigilo. Se preguntó dónde se habría escondido Kreutz. En fin, eso era lo de menos: ya lo encontraría.
Cuando sonó el teléfono, de alguna forma que no supo precisar Quirke adivinó, un segundo antes de coger la llamada, quién estaba llamándole. Se encontraba en su despacho, en el sótano, junto a la sala de disección, en la que estaba trabajando Sinclair, preparando un cadáver para proceder a la autopsia. Eran casi las seis de la tarde de un ajetreado día laborable, y el teléfono parecía que hubiera estado sonando toda la tarde sin descanso, agudo, exigente, como un bebé que pide a gritos su biberón; así pues, ¿qué podía tener aquella llamada en concreto, se preguntó, para que él adivinase con toda certeza quién le llamaba? Sin embargo, cuando el policía anunció quién era -«Inspector Hackett al habla»-, tuvo el palpito habitual del presentimiento. Hackett se tomó su tiempo antes de ir al grano. Le habló de la climatología, tema que era para Hackett lo que los chistes a cuenta de las suegras para los comediantes necesitados, ya que siempre lo tenía a punto; le dijo que el calor lo estaba dejando aplatanado, aunque en la radio había oído anunciar lluvias, que para él serían un gran alivio, a pesar de que bien sabía que no debería decir tal cosa, habiendo tanta gente que disfrutaba con el sol, los había visto en el Green cuando iba a dar un paseo, y estaban por todas partes, tumbados en la hierba, quemándose al menos la mitad de los ociosos, no le cupo ninguna duda, cosa que cada uno de ellos bien podría percibir en cuanto cayera la noche… ¿En dónde estaba y qué podía ser, se preguntó Quirke con un punto de impaciencia, aquello con lo que había «tropezado» el inspector en uno de sus paseos? Cuando le dijo en dónde estaba, y le comunicó una dirección de Adelaide Road, Quirke experimentó otro instante de reconocimiento telepático, y supo cuál era el nombre que estaba a punto de pronunciar.
– Yo diría que se ha encontrado con algo un poquito accidental -dijo el inspector-. En realidad, más que un poquito, y si no me equivoco mucho ha sido bastante más que accidental. ¿Tendría usted un rato libre para venir por aquí a echar un vistazo?
– ¿ Oficialmente?
Por el hilo del teléfono le llegó una risa contenida.
– Señor Quirke…
En cada uno de los escenarios de una muerte violenta con la que se las había tenido que ver Quirke a lo largo de su trayectoria profesional pendía un silencio de una clase muy particular, esa clase de silencio que se forma cuando se han extinguido los últimos ecos de un grito portentoso. Había algo traumático en todo ello, y había un respeto reverencial, y había indignación, la sensación de que habían sido muchas las manos que se habían levantado veloces para cubrir otras tantas bocas, pero había asimismo algo más, una especie de regocijo, una impresión sobresaltada y feliz, como la de quien a duras penas lograba creer la suerte que había tenido. Las cosas, reflexionó Quirke, incluso los objetos inanimados, al parecer tenían afecto por un asesinato.
– Un desastre, un desastre de padre y señor mío -dijo el inspector Hackett, empujando cautelosamente con la puntera del zapato un cuenco de cobre volcado sobre el suelo, salpicado de sangre.
El hombre, de tez morena, yacía en una postura curiosa delante del sofá, boca abajo, con los brazos alzados sobre la cabeza y los pies, descalzos, apuntando al suelo. Era como si hubiera rodado, o como si alguien lo hubiera hecho rodar por la sala, hasta encontrar allí su posición de reposo. La muerte suele ser un cliente de trato difícil. Una de las manos del hombre se hallaba cubierta por una venda gruesa y no muy limpia.
– ¿Qué ha ocurrido? -preguntó Quirke.
El inspector se encogió de hombros.
– Parece que quiso esconderse -dijo-. O protegerse. Puñetazos, patadas. La mano vendada parece que tiene una quemadura, como si se hubiera escaldado -vestía su traje azul, la chaqueta abotonada en el centro del torso, pero el cuello de la camisa ya se lo había desabrochado y se había aflojado el lazo de la corbata, puesto que allí dentro hacía calor y no corría el aire. Llevaba el sombrero en una mano, y tenía una tenue marca de tonalidad sonrosada en la frente, donde la badana le había oprimido la piel suavizada por el sudor-. Ha tenido que haber una trifulca. Sorprendentemente, o no tanto, en las casas de los alrededores nadie ha oído nada. Si algo han oído, nadie informó de nada -dio unos pasos y se paró ante el cuerpo, tirándose del labio inferior con el índice y el pulgar. Miró de reojo a Quirke-. ¿Le importa si le pregunto cómo lo conoció?
– ¿Cómo sabe que lo conocía?
El detective sonrió y se mordió el interior de la mejilla.
– Ah, señor Quirke. No hay forma de cazarlo -giró el sombrero en la mano-. Billy Hunt me dio su nombre.
– Entonces es de suponer que también a mí me lo tuvo que dar, claro.
Hackett asintió.
– Eso es-dijo-. Eso es. Parece ser que su esposa lo conocía. La esposa de Billy, claro está. Y ahí hay una coincidencia, ¿no? Primero muere ella y ahora a este pobre tipo lo asesinan. Y… -meneó un dedo de un lado a otro, como si contase las partes- aquí estamos usted, y yo, y el apenado viudo, y sabe Dios quiénes más, y todos nos hallamos de alguna manera conectados unos con otros. ¿No se le hace extraño?
Quirke no respondió.
– ¿Qué ha ocurrido? -volvió a preguntar.
– Tuvo que ser alguien conocido. Ninguna cerradura forzada, ninguna ventana rota, al menos por lo que alcanzo a ver.
A Quirke se le pasó algo por la cabeza.
– ¿No ha llamado usted a los forenses?
El inspector le dedicó una sonrisa ladina.
– Me pareció que era preferible cambiar antes impresiones con usted -dijo-, al ver que fue usted quien vino a verme por lo que le había ocurrido a Deirdre Hunt, y más ahora que este amigo de Deirdre Hunt ha entrado de pronto en el más allá.
– Yo de todo esto no sé nada -dijo Quirke con llaneza-. A este hombre jamás lo había visto. ¿Cómo me ha dicho que se llama?
– Kreutz. Hakeem Kreutz. Está escrito en la placa de la barandilla, ahí fuera.
– ¿Sabe algo más de él?
– Pues sí, he hecho un poco de investigación rutinaria. Afirmaba ser austriaco, o decía que su padre era austríaco, y que su madre era una especie de princesa oriunda de la India. Lo cierto es que era natural de Wolverhampton. Su familia tenía una tienda de comestibles, la típica tienda de la esquina.
– ¿Y cómo es que llegó a ser Kreutz?
– Sólo se hacía llamar así. Imagino que le gustó cómo sonaba, «el doctor Kreutz». Su apellido real es Patel.
Quirke se agachó junto al cadáver y le tocó la mejilla; estaba fría y rígida. Se puso en pie, se frotó las manos como si quisiera quitarse todo residuo del contacto.
– No veo qué conexión puede existir entre esto y el suicidio de Deirdre Hunt -dijo.
Hackett se lo tomó a pecho.
– ¿Suicidio? -aguardó, pero Quirke no dijo nada-. ¿Está seguro, señor Quirke, de que no hay alguna cosa que haya preferido no decirme? Usted es un hombre que guarda ferozmente sus secretos, eso lo sé desde hace tiempo.
Quirke no quiso mirarlo.
– Como ya le he dicho antes, yo de todo esto no sé nada -estaba observando un charco de sangre seca,
que despedía un brillo oscuro, como si fuera una laca china sobre los tablones del suelo, pintados de rojo-. Si supiera algo, se lo diría.
Se hizo un silencio dilatado. Los dos permanecieron inmóviles, un tanto apartados el uno del otro.
– De acuerdo -dijo el inspector suspirando al fin, con el aire de un ajedrecista que reconoce su derrota-. Le creo.
Leslie White estaba tan nervioso, tenía tal canguelo que ni siquiera uno de los buenos chutes del zumito de bienestar que le había proporcionado la señora T, administrado en los lavabos del sótano del Shelbourne, había sido suficiente para devolverle el aplomo. Anduvo un buen rato conduciendo el cochecito en medio del tráfico, a última hora de la tarde, aferrado con todas sus fuerzas al volante y pestañeando deprisa, al tiempo que meneaba la cabeza como si tratara de quitarse algo del oído, a saber qué, que se lo tenía obstruido. Había dado vueltas y más vueltas alrededor del Green durante lo que le pareció que eran horas. No sabía qué hacer, y tampoco era capaz de pensar con claridad. La dosis le había colgado fulares de gasa verduzca delante de los ojos, como el musgo colgante de las ramas de un bosque entero, tras el cual aún veía sangre, y el cuenco de cobre en el suelo, y Kreutz allí muerto. Tenía un anhelo desesperado de estar a cubierto, lejos de las calles y de los coches y del gentío que caminaba con prisas. ¿Era la luz del día tan tenue como le parecía? ¿Era tal vez más tarde de lo que suponía? Anhelaba que cayera la noche, ansiaba la cobertura que pudieran prestarle las tinieblas. No es que tuviera miedo exactamente, sino que su incapacidad de decidir qué iba a hacer a continuación empezaba a resultarle angustiosa. Giró el volante y se cruzó por delante de un autobús que tocó el claxon como si un elefante barritase, de modo que lo giró al punto en sentido contrario y por poco chocó contra un Humber Hawk de los grandes, que avanzaba despacio a su lado. Se dio cuenta de que debía detenerse y aparcar el coche y entrar en un pub y tomarse una copa, tratar de sosegarse, tratar de pensar con claridad. Y de pronto supo qué era lo que tenía que hacer y adonde tenía que ir. ¡Por supuesto! ¿Cómo no lo había pensado antes? Aceleró hasta la esquina de Grafton Street y dobló allí con un chirrido de los neumáticos para poner rumbo al oeste.
Phoebe había tomado por costumbre detenerse en el portal y mirar con sumo cuidado a uno y otro lado antes de aventurarse a salir a la calle. La sensación de que estaba siendo vigilada, de que alguien la espiaba y la seguía, era más intensa que nunca. Habría dado en suponer que todo eran imaginaciones suyas -y su imaginación, a fin de cuentas, había sido desde hacía muchísimo tiempo una casa de los horrores-, y lo habría dado por cierto de no ser por las llamadas telefónicas. Sonaba el teléfono a cualquier hora del día o de la noche, pero cuando atendía la llamada no se encontraba con nada, sólo un silencio que crepitaba en la línea. Trató de captar el sonido de una respiración -había oído alguna vez a otras mujeres relatar sus experiencias en llamadas semejantes, y quien llamase siempre respiraba con fuerza, o jadeaba incluso-, pero fue en vano. A veces tenía una sensación de voz ahogada, aunque guardase silencio, y entonces suponía que quien la llamase, y estuvo siempre segura de que era un hombre, debía de haber puesto la mano sobre el micrófono. Una vez, sólo una vez, llegó a captar algo, un «clinc» muy lejano, apenas perceptible, como si fuera la tapa de una caja pequeña y de metal que se abría y se cerraba continuamente. Le resultó enloquecedoramente familiar ese ruidito, pero no acertó a identificarlo por más que se esforzase. Se había llegado a acostumbrar a esas llamadas, y aunque sabía que era una perversidad por su parte a veces las recibía con agrado, muy a su pesar. Ya eran a esas alturas una constante en su vida, alfileres fijos en el tejido blando de sus días. Sentada en el banco, bajo la ventana abierta de par en par, con el teléfono en el regazo y el auricular pegado a la oreja, olvidaba el sentimiento de estar amenazada, y se dejaba hundir casi con languidez en ese breve intervalo de silencio sosegado y compartido. Había renunciado a gritar a quienquiera que le hiciese aquellas llamadas; ya ni siquiera preguntaba quién era, y mucho menos exigía que se identificase, tal como sí había hecho con insistencia en las primeras ocasiones. Se preguntó qué pensaría él, qué sentiría ese espectro, cuando escuchaba a su vez los dilatados silencios de ella. Tal vez fuera eso todo lo que deseaba, un momento de quietud, de vacío, de alivio, de lejanía del incesante estruendo que resonaba en su cabeza. Y es que estaba convencida de que tenía que tratarse de un demente.
Esa noche, en la calle, se encontró con el viejo que sacaba a pasear al perro, al cual había visto en infinidad de ocasiones -dueño y perro eran llamativamente semejantes, los dos bajos, los dos rechonchos, los dos con un idéntico pelaje gris- y con una pareja que caminaba, cogidos del brazo, en dirección al Green; la chica le sonreía al hombre, enseñando los dientes superiores hasta las encías. Un chico encorvado sobre una bicicleta de carreras pasó de largo, los neumáticos siseando en la carretera asfaltada, reblandecida aún por el calor del día. Se detuvo un autobús pero no bajó nadie. Salió al ocaso. Una vaharada fragante le llegó desde los arriates de flores del parque. ¿Por qué sería que las flores difundían tan intensamente su aroma al anochecer?, se preguntó. ¿Era ésa la hora a la que salían los insectos? Cuántas cosas desconocía, cuántas cosas.
Subió a un autobús en Cuffe Street, y por muy poco no vio el deportivo de silueta baja, verde manzana, que cruzó en ese momento y aceleró en dirección hacia la calle por la que ella acababa de llegar.
Desde hacía mucho tiempo Maggie, la criada, había ocultado un hecho irreversible, y era que se estaba quedando ciega. Estaba convencida de que el señor Griffin se libraría de ella tan pronto como se enterase, pues ¿de qué podía servirle una criada ciega? Esa era una de las razones por las que fingía no oír el timbre de la puerta, pues le daba miedo que al abrir no fuera capaz de distinguir quién era, y caso de que fuese alguien cuyo deber era conocer de vista se le notaría la ceguera. Así pues, esa noche se escondió en la despensa del sótano y dejó que fuera el señor Griffin quien atendiera la puerta, y no salió hasta que contó la llegada de los tres invitados. Eran el señor Quirke y Phoebe, además de esa mujer de Estados Unidos, la vieja bruja que trataba de hacerse pasar por una mujer todavía joven, Rose… como se llamase. Iba a ser una ocasión más bien nada festiva. Nada que ver con las cenas que se celebraban cuando la señora aún estaba viva y ella se ocupaba de todo con suma atención. No es que la señora fuese la vitalidad en persona, pero al menos se encargaba de comprar viandas decentes, y bebidas, y se vestía con buen gusto y con animación cuando recibía invitados en su casa.
Estaba deseosa de ver al señor Quirke. Le tenía afecto, siempre se lo había tenido, incluso cuando bebía como un descosido. Ahora había dejado la bebida, o eso decía al menos. Una lástima, porque cuando estaba medio beodo le tomaba el pelo y bromeaba con ella y le hacía reír. De un tiempo a esta parte se habían acabado las risas en la casa.
Poco le faltó para tropezar con el perro cuando subía cargada con la bandeja de los sandwiches. Atinó a propinar una patada al animal, que se alejó veloz y gimoteando. Un día de éstos tenía la intención de comprar una lata de veneno para ratas en la farmacia de Rathgar Road y así poner fin a las desdichas del perro. Allí no lo quería nadie, ni siquiera el señor Griffin, quien supuestamente era su dueño. La joven Phoebe se lo había regalado para que le hiciera compañía cuando él regresó de Estados Unidos, después de que falleciera la señora. ¡Compañía, qué ocurrencia! Aquel bicho era más un incordio que otra cosa. Esta familia tenía propensión a dar acogida a los descarriados del mundo. Primero, muchos años antes, había sido aquella Dolly Moran a la que después asesinaron, y luego aquella otra, Christine no sé qué, aquella fresca que era pura desfachatez y que también había muerto. Y el mismo señor Quirke había sido un huérfano al que el viejo juez Griffin había rescatado del orfanato para llevárselo a vivir a la casa como si fuera de su propia familia. Maggie, arrastrando los pies por el pasillo en penumbra, con la bandeja en las manos, rió por lo bajo. «Pues sí -pensó-, como si fuera de su propia familia».
En el salón, Quirke tomó la bandeja de manos de Maggie y le dio las gracias y le preguntó qué tal estaba. Las puertaventanas se hallaban abiertas al jardín, donde una luz meditabunda, teñida por los tilos, encharcaba la hierba bajo los árboles de ramas encorvadas. Rose Crawford, con la copa de vino en la mano, estaba en la puerta, vuelta de espaldas a la sala, mirando al exterior. Mal, con un traje gris oscuro, fúnebre, y una corbata de lazo azul oscura, se encontraba con ella. No estaban hablando, nunca habían tenido gran cosa que decirse el uno al otro. Phoebe estaba sentada en un sillón frente a la chimenea vacía,
pasando perezosamente las páginas de un álbum de fotografías encuadernado en cuero. Quirke depositó la bandeja en la gran mesa de caoba, donde había botellas y vasos y cuencos de frutos secos y fuentes con rodajas de pepino y tallos de apio y zanahorias partidas en cuatro. Era el segundo aniversario de la muerte de Sarah.
Llevó su vaso de agua con gas al otro extremo de la sala y se sentó en el brazo del sillón que ocupaba Phoebe, a la que miró mientras ella pasaba las páginas del álbum.
– Qué triste -murmuró ella sin levantar los ojos-. Qué rápido pasa todo.
Él no dijo nada. Se había detenido ella en una página que contenía fotografías de Sarah en el día de su boda, fotografías formales, envaradas, que había tomado un profesional. En una aparecía con su vestido blanco, de cola, y su velo de novia, junto a una columna dórica en miniatura, sujetando un ramillete de rosas en la mano y mirando a la cámara con una sonrisa levemente dolorida. A pesar de la evidente falsedad del decorado, el fotógrafo había logrado dar una impresión muy real de antigüedad. Phoebe tenía razón, pensó Quirke, en lo rápido que, desde luego, había pasado todo. Recordó el día en que se tomó aquella fotografía, lo cual fue motivo de asombro, teniendo en cuenta hasta qué profundidades había ahogado sus penas aquel día, al ver desbaratadas definitivamente todas las posibilidades que le pudieran quedar con ella.
Rose Crawford se dio la vuelta y caminó hacia la mesa para servirse otra copa. Llevaba un vestido ceñido, de seda azul noche, que rebrillaba en formas angulosas como el metal con cada uno de sus movimientos. Llevaba el cabello negro y reluciente -se lo debía de teñir, pensó Quirke- muy corto y retirado de la cara en dos alas onduladas, que subrayaban la belleza clásica de su perfil y le daban a la vez un aire de ferocidad, de halcón. Dejó su sitio en el brazo del sillón y se acercó a ella. Había dado un mordisco a una esquina de un sandwich triangular, sin corteza, y en el momento en que él se aproximaba dejó de masticar y dejó la copa en la mesa y con los dedos se extrajo de la boca un pelo largo y gris.
– Oh, ay -gimió de un modo apenas audible-. Es de la criada, lo sé.
– ¿De Maggie? -dijo Quirke-. Está medio ciega la pobre.
Rose suspiró, dejó el sandwich mordido y tomó la copa.
– No os entiendo -dijo-. Aceptáis las cosas como si no hubiera nada que hacer y nada tuviese remedio.
– ¿Te refieres a mí o a nosotros en general?
– Me refiero a esta sociedad, a este país. No he dejado de asombrarme desde que estoy aquí.
– ¿Qué es lo que te asombra en concreto?
Ella negó con la cabeza, moviéndola despacio.
– La quietud de todas las cosas -dijo-. La manera que tenéis de ir por ahí en silencio, acobardados, sin protestar, sin quejaros, sin exigir que cambien las cosas, que se arreglen, que se hagan de nuevo -lo miró-. Josh no era así.
– Tu marido -dijo él- era un hombre notable.
Ella se echó a reír, aunque fuese poco más que un resoplido.
– Tú no le admirabas.
– No he dicho que fuese admirable.
Con eso, y sin razón aparente, los dos se volvieron a mirar a Mal como si hubieran estado hablando de él, y no de Josh Crawford. Se encontraba de pie, un tanto encorvado, como si tuviera un ligero dolor, con una expresión vaga, de desamparo, y la luz del jardín le dotaba de una grisácea palidez. Rose concentró su atención en Phoebe, que seguía en el sillón, frente a la chimenea, con el álbum de fotografías en las rodillas.
– ¿Qué tal está? -preguntó en voz queda.
Quirke frunció el ceño.
– ¿Phoebe? Yo creo que está bien. ¿Por qué lo preguntas?
– Porque no está bien.
– ¿Qué quieres decir?
– Tiene un secreto. Y no es un secreto agradable.
– ¿Qué secreto? ¿Cómo lo sabes? ¿Ha hablado contigo?
– La verdad es que no.
– En ese caso…
– Lo sé.
Quirke quiso que Rose le aclarase cómo era capaz de saber esas cosas, ya fuera sobre Phoebe, ya fuera sobre cualquier otro. El nunca había llegado a saber nada hasta el momento en que lo desmantelaba del todo y examinaba sus partes.
– Tú eres su padre -dijo Rose-. Deberías hablar con ella. Necesita ayuda. Yo no puedo dársela. Tal vez nadie pueda dársela. Pero tú deberías intentarlo.
El bajó la vista. ¿Qué podría decir a Phoebe? Phoebe no le haría ni caso.
– Sarah sí podría haberlo hecho -dijo.
– ¡Oh, ya estamos con Sarah otra vez! -barbotó Rose-. No entiendo por qué seguís todos dando la lata así con Sarah. Era un encanto de mujer, nunca hizo mal a nadie, siempre se desvivió por resultar agradable. ¿Qué más tenía Sarah? Y no me mires así, Quirke, como si le hubiera dado una patada al gato. Me conoces de sobra, siempre hablo sin pelos en la lengua. Detesto los miramientos con que os andáis los irlandeses, la manera que tenéis de tratar a las mujeres. O las convertís en unas santas y las ponéis en un pedestal, o bien son unas brujas que os atormentan y os destruyen. Y precisamente tú no deberías obrar de esa forma. Estoy segura de que tu mujer… ¿Cómo se llamaba, Delia? Estoy segura de que nunca fue tampoco la Jezabel que tú pretendes que fue.
– ¿Por qué dices precisamente yo? -preguntó.
Ella lo miró en silencio unos instantes.
– Una vez te lo dije, hace mucho tiempo -respondió-. Tú y yo somos iguales: tenemos el corazón frío y el alma caliente. No hay muchas más personas como nosotros.
– Seguramente es mejor que así sea -dijo Quirke. Rose echó hacia atrás la cabeza y le sonrió con los ojos entornados.
Mal se acercó a ellos. Se dio unos golpecitos con el dedo en el puente de las gafas.
– ¿Habéis comido algo? -les preguntó a los dos. Miró dubitativo la bandeja de sandwiches que se iban poniendo mustios-. No sé muy bien qué ha preparado Maggie. Está cada vez más excéntrica -esbozó una sonrisa débil, desventurada-. En fin, ¿qué otra cosa podría esperar yo?
Rose lanzó a Quirke una mirada como si le dijera: ¿ Ves lo que quería decir?
– Deberías poner en venta esta casa -le dijo de un modo cortante.
Mal la miró asombrado.
– ¿Y dónde iba a vivir?
– Constrúyete otra. Compra un piso. No le debes tu vida a nadie, ¿eres consciente de ello?
Pareció que fuese a expresar una protesta, pero en cambio se volvió a un lado con un gesto casi furtivo, con un brillo en las lentes de las gafas, que en cierto modo le dio el aspecto de que estuviera llorando.
Fue pasando lentamente la velada. Maggie volvió a recoger la mesa hablando sola. No pareció darse cuenta de que nadie había probado apenas los sandwiches. Salieron al jardín de dos en dos, Mal con Rose, Quirke con Phoebe, como las parejas que van camino del baile.
– Dice Rose que tienes un secreto -dijo Quirke en voz baja a su hija.
Phoebe se estaba mirando los zapatos.
– ¿Eso dice? ¿Y qué clase de secreto?
– Eso no lo sabe. Sólo dice que tienes un secreto. Cuando oigo a las mujeres hablar de un secreto, siempre tiendo a suponer que el secreto es un hombre.
– Bueno -dijo Phoebe con una sonrisa mínima, fría-, es natural que lo pienses.
El aire gris claro del crepúsculo era denso y granuloso. Anunciaba lluvia, pensó Quirke. Rose se había alejado unos pasos de Mal y en ese momento se volvió a encarar a los otros dos, y miró al suelo con la cabeza ladeada, haciendo girar el tallo de su copa de vino de modo que ésta diese vueltas sobre la palma de su otra mano.
– Supongo -dijo levantando la voz- que éste es un momento tan bueno como cualquier otro para anunciaros algo -alzó la vista y esbozó una sonrisa extraña. Los otros aguardaron a que siguiera. Se llevó la mano a la frente-. Me siento cohibida de pronto -dijo-. Lo cual es lamentable. Quirke, no estés tan alarmado. Se trata simplemente de que he decidido mudarme a vivir aquí.
Sobrecogidos, guardaron silencio.
– ¿A Dublín? -dijo entonces Quirke.
Rose asintió.
– Sí. A Dublín -rió un instante-. Tal vez sea el error más grande que nunca llegue a cometer, y bien sabe Dios que he cometido muchos. Pero está decidido. No me hago -miró a Quirke- ilusiones sobre lo que me cabe esperar de la vida en Irlanda. Pero supongo que siento… no sé, una especie de responsabilidad para con Josh. Tal vez mi deber es devolver todos sus millones a la tierra en que nació -esta vez se volvió hacia Mal, como si fuera a suplicarle algo-. ¿Parece una locura quizá?
– No -dijo Mal-, no, no lo parece.
Rose volvió a reír.
– Os puedo asegurar que nadie estará más sorprendido que yo -pareció que le flaquease la voz, y de nuevo bajó la vista-. Mucho me temo que los muertos nos tienen bien sujetos por el pescuezo, incluso después de haber fallecido.
Y con eso, como si la hubiese invocado y ella hubiese respondido, Quirke oyó en su interior la voz de Sararí, la oyó decir su nombre. Se dio la vuelta sin decir palabra y entró en la casa. En los largos meses que llevaba de abstinencia, nunca había tenido tantas ganas de beber como las que le acometieron en ese momento.
Caminó con Phoebe por el camino de sirga, a la orilla del canal. Había caído la noche y el olor de la lluvia que se avecinaba ya era inconfundible, e incluso creyó notar un hálito de humedad en el rostro. Al lado de ellos, el agua brillaba muy negra, como el petróleo. Pasaron por delante de las parejas que se cortejaban o se abrazaban en los charcos de oscuridad que proyectaba el follaje de los árboles. En un banco dormía un mendigo barbudo, tendido de costado sobre una capa de periódicos, con una mano bajo la mejilla. Ni Quirke ni Phoebe habían dicho una sola palabra desde que salieron de la casa de Rathgar. El sobresalto que les causó el anuncio de Rose había permanecido en el aire y seguía en ellos, y la fiesta, si es que era una fiesta, tuvo un repentino final. Rose había tomado un taxi para volver al Shelbourne y se había ofrecido a llevar de camino a Quirke y a Phoebe, pero habían preferido caminar. Quirke todavía se encontraba bajo los efectos de la repentina presencia de Sarah, después de que las palabras de Rose la hubieran de algún modo conjurado para él, en un instante, en el jardín, a la luz del crepúsculo, bajo un sauce que ella misma había plantado.
– Hoy han matado a un hombre -dijo entonces-. Lo han asesinado.
Por espacio de media docena de pasos, Phoebe no dio ninguna respuesta.
– ¿De quién se trata? -preguntó al cabo.
– Un tal Kreutz. El doctor Kreutz, se hacía llamar.
– ¿Y qué le pasó?
A la luz de una farola, un murciélago aleteó como loco trazando un círculo sinuoso sobre la copa de un árbol antes de desaparecer.
– Tenía un local no muy lejos de aquí, en Adelaide Road. Era un curandero, o sanador, o como se llamen. Un matasanos, estoy seguro. Y parece que alguien lo molió a palos, hasta matarlo -la miró de reojo, pero ella caminaba con la cabeza gacha y él no pudo vérsela en la oscuridad-. Era conocido de Deirdre Hunt, o de Laura Swan, y de su socio, de Leslie White -hizo una pausa. El sonido de sus pasos asustó a un ave acuática que salió veloz, huyendo de ellos, sacudiendo los juncos secos-. Y tú últimamente le has visto alguna vez, ¿no es así? Quiero decir… a Leslie White.
Ella no dio muestras de sorpresa.
– ¿Por qué dices eso?
– Os vi juntos un día en Duke Lañe, cerca de donde tenía Laura Swan su salón de belleza. Fue por pura casualidad, yo pasaba por allí. Supuse que habías estado con él. En un pub.
Ella hizo un gesto de impaciencia, moviendo una mano de lado, como si cortase algo con el canto.
– Sí, ahora lo recuerdo.
Llegaron al Ranelagh Bridge y lo cruzaron. Abajo, el reflejo de una farola en el agua se cruzó con ellos.
– ¿El es tu secreto -preguntó Quirke-, Leslie White?
Pasó de nuevo un buen rato hasta que ella respondió.
– Yo no creo -dijo al fin- que eso sea asunto tuyo -él hizo ademán de hablar, pero ella se lo impidió-. Tú no tienes ningún derecho sobre mí, Quirke -dijo con llaneza, en voz baja, sosegada, dura, mirando al frente, por la calle desierta-. El derecho que pudieras haber tenido, fuera el que fuese, y toda tu autoridad, los perdiste hace muchos años.
– Pero tú eres mi hija -dijo.
– ¿Lo soy? ¿Tú que me has ocultado esa realidad durante tanto tiempo cuentas con que la acepte ahora? -siguió hablando con ese tono ecuánime, casi con desapego, sin rencor posiblemente, a pesar de la fuerza de sus palabras-. Tú no eres mi padre, Quirke. Yo no tengo padre.
Doblaron la esquina y enfilaron por Harcourt Street. La oscuridad de la noche parecía más densa allí, en un cañón formado entre las casas altas de ambos lados.
– Me tienes preocupado por ti -dijo Quirke.
Phoebe se detuvo y se volvió hacia él.
– Pues no tienes ninguna necesidad de estar preocupado, y menos por mí -dijo con repentina fiereza-. Mejor dicho, te lo prohíbo. No es justo.
Un coche deportivo, de silueta baja, pintado de verde, pero negro en apariencia por la falta de luz, estaba aparcado al otro lado de la calle. Ninguno de los dos reparó en él.
– Lo siento -dijo Quirke-. Pero creo que Leslie White es un hombre peligroso. Creo que él mató a Deirdre Hunt. Creo que él mató también a ese tal Kreutz.
A Phoebe le brillaban los ojos en las sombras. Estaba sonriendo de un modo casi salvaje. Él le vio los dientes entre los labios.
– Qué bien -dijo-. A lo mejor también me matará a mí.
Se dio la vuelta y se marchó a buen paso. El se quedó plantado en la acera, viéndola marchar. Se detuvo en la puerta de su casa y localizó la llave en el bolso y subió las escaleras y entró y cerró la puerta sin mirar atrás.
Él se quedó allí unos instantes hasta que resolvió seguir su camino hacia el Green. En el cruce, se detuvo a esperar que cambiase el semáforo, y oyó a su espalda el grito acelerado y un aleteo breve en el aire y el estrépito y se volvió y a la luz sulfúrica de la farola vio al hombre del traje blanco, lo vio empalado por el tórax en las lanzas de la verja negra, con los brazos y las piernas moviéndose aún, y la larga cabellera plateada colgando del revés.
Ella tuvo la sensación de que algo no estaba como debiera desde el momento en que cerró la puerta, y al subir las escaleras el sentimiento fue intensificándose casi con cada peldaño que pisaba. Supuso que debería estar asustada, pero en realidad se sentía extrañamente calmada, además de sentir curiosidad, de estar deseosa de saber qué era lo que le estaba esperando.
En el segundo rellano hizo un alto, sólo un instante, y aguzó el oído. Aquélla era una vivienda silenciosa casi a cualquier hora. El resto de los inquilinos eran una solterona ya mayor que vivía en la planta baja y que tenía varios gatos, cuyo olor impregnaba el portal, y en la primera planta una pareja huidiza, que ella sospechaba que vivían en pecado; en la segunda planta un artista tenía su estudio, aunque muy raras veces lo ocupaba, y nunca desde luego de noche, mientras la tercera planta llevaba meses desocupada. En esos momentos no oyó nada, ninguna señal de vida, por más que aguzara el oído. Una cisterna defectuosa regurgitaba en algún lugar, más arriba, y de la calle le llegó el gemir de una sirena de ambulancia. Miró hacia arriba por el hueco de la escalera, a la oscuridad. Allí arriba había alguien, estuvo segura. Siguió subiendo, evitando pisar los peldaños que, de sobra sabía, emitían más crujidos.
En la tercera planta encendió la llave de la luz que encendía una lámpara de pantalla amarillenta en el rellano de arriba, delante de la puerta de su piso. Volvió a detenerse, volvió a mirar arriba, pero no vio a nadie. A la entrada de su piso, a la derecha, había un oscuro recoveco en donde una portezuela daba paso a las escaleras del desván. No miró allí. Notó que se le erizaba el vello de la nuca. Estaba intentando al mismo tiempo acordarse del nombre de una compañera del colegio que una mañana salió de casa de sus padres con el uniforme del colegio y de la que nunca más se volvió a saber nada. Se contó por ahí que se había escapado. En la calle de al lado encontraron la mochila con sus libros, tirada en un jardín.
Abrió la puerta de su piso.
Lo primero que le llamó la atención fue lo extraño que era que Quirke, a saber cómo, hubiese logrado entrar en la casa por delante de ella, y subir a toda prisa las escaleras, para esconderse en el recoveco. Le pareció imposible, y sin embargo allí estaba, en el momento en que Leslie White salió a recibirla desde el cuarto de estar, con un cigarrillo entre el corazón y el anular, diciendo algo que no llegó ella a entender. Cuando vio a Quirke alzó ambas manos sin soltar el cigarrillo, y retrocedió por donde había venido. Quirke se abalanzó a por él de cabeza, como un jugador de rugby que cargase contra una melé. A Leslie se le escapó un chillido y los dos desaparecieron en la habitación, Leslie yendo hacia atrás con los brazos de Quirke a su alrededor, y Quirke doblado por la cintura. A ella le costó sacar la llave de la cerradura, pues se empeñó en tirar de ella en ángulo, así que renunció a extraerla y siguió a ambos hombres. Oyó que Leslie volvía a gritar, esta vez un grito mucho más penetrante. Cuando entró en la habitación había sólo un hombre, un hombre asomado a la amplia ventana, con las manos apoyadas en el banco.
– ¿Quirke? -dijo, sintiendo más desconcierto que otra cosa.
Cuando el hombre se enderezó y se volvió a mirarla, comprobó que no era Quirke, sino alguien a quien ella no había visto nunca. Era casi tan grandullón como Quirke, y tenía una cabeza grande, cuadrada, y el cabello rojizo, ralo. Tenía la boca abierta como si fuera una máscara trágica, si bien el efecto no era trágico, sino cómico más bien, aunque lo era de un modo extraño, grotesco. Reparó en que tenía gotas de sudor brillando en el pelo, como minúsculos trocitos de cristal. En ese momento, simultáneamente, con una falta de lógica que le fascinó por lo inconsecuente, se acordó por fin del nombre de la compañera de clase que había desaparecido -se apellidaba Little, era Olive Little- y cayó en la cuenta de que el ruido que había oído aquella vez, tras el silencio del fantasmagórico autor de las llamadas telefónicas, era un «clinc» como el de la tapa de un encendedor al abrirse y cerrarse repetidamente.
Sonó entonces el timbre del portal, y siguió sonando durante diez largos segundos, y luego aún se prolongó el sonido, en timbrazos más cortos, espaciados, pero no menos insistentes. Se imaginó a alguien en el portal, subido al peldaño, con el dedo en el timbre, nervioso, impaciente, enfurecido, y eso también le pareció cómico, tanto que casi se echó a reír. El pelirrojo avanzó hacia ella con las manos extendidas como si quisiera mostrarle algo, aunque tenía las palmas de las manos vacías. Se detuvo, se quedó quieto, en una pose extraña, de súplica. Ella no tuvo miedo, sólo le invadía una sorpresa continuada, un desconcierto constante, y aún percibía el cosquilleo de la risa incipiente.
No se dio cuenta de qué era lo que había estado buscando en el bolso hasta que lo encontró. Echó a correr con ligereza, casi como si volase -«rauda» fue la palabra que acudió a su mente-, con un codo levantado, para protegerse de él, y entonces levantó del todo el brazo y hundió el punzón de plata en la oquedad que se formaba entre su pecho y su hombro izquierdo. El tejido presentó mayor resistencia de la que había esperado ella, y sintió que la hoja de metal entraba con dificultad y tropezaba con algo, hueso, tal vez tendón, y dejaba de penetrar. El hombre retrocedió con un sordo gruñido, si acaso más sorprendido que otra cosa, con los ojos fuera de las órbitas. Ella extrajo el arma del punto en que lo había apuñalado y la soltó sobre la mesa. Aterrizó con un tintineo metálico, rodó rápidamente hasta el borde y cayó al suelo, dejando una mancha de sangre sobre la mesa, una mancha en forma de abanico. El hombre se sentó de pronto, se dejó caer con pesadez en una silla de madera alabeada -que emitió un crujido sonoro, como si fuera de indignación-, y se miró la herida en el hombro y miró a la chica y volvió a mirarse la herida. Ella pasó velozmente a su lado y fue a asomarse a la ventana. La hoja inferior estaba levantada del todo, así la había dejado ella cuando salió. El timbre seguía sonando con insistencia. El aire de la noche le resultó húmedo y fresco en la cara. Seguía sin tener miedo, aunque no se le ocultaba que acababa de dejar herido a un hombre que podría estar acercándose a ella por detrás, sangrando, cegado por una rabia asesina, resuelto a matarla. No le importó. Escrutó la calle. Allí estaba Quirke, de pie en el peldaño de la entrada, mirándola. Era él quien tocaba el timbre. Tenía el brazo extendido y apretaba el timbre incluso en esos momentos, y eso también le pareció maravillosamente cómico, que fuera él quien apretaba el timbre allá abajo, el timbre que estaba sonando a su espalda. La llamó, pero ella no llegó a saber qué le estaba diciendo. Vio entonces aquello que estaba suspendido en la verja. Se volvió hacia el pelirrojo. Seguía sentado como antes, con una mano apretada en el hombro, y con los dedos llenos de sangre. Parecía atónito. -¿Qué has hecho? -le dijo.
Quirke nunca había visto tan solicitada su atención, nunca se había encontrado con tantas cosas pendientes de resolver. Todavía de madrugada, después de que se fuesen los hombres de la ambulancia y los de la Garda detuvieran a Billy Hunt, se llevó a Phoebe de su piso, envuelta en una manta, y tomó un taxi para llevarla a casa de Mal. Este bajó a abrir la puerta en pijama, rascándose la cabeza, pestañeando. Pocas palabras cambiaron. Phoebe se quedaría con Mal, al menos por el momento. Los dos podrían cuidarse mutuamente. A fin de cuentas, ésa había sido su casa, su hogar; allí creció de niña. Quirke, al marcharse, hizo un alto en la cancela del jardín y permaneció unos momentos en la húmeda oscuridad, recargada por el olor empalagoso de la alheña, y se volvió a mirar la casa y vio en la ventana iluminada del salón la silueta de los dos, Phoebe encorvada en un sillón, Mal con su absurdo pijama de rayas, de pie ante ella, hablándole. Entonces emprendió camino y echó a andar en plena noche.
Creyó que no iba a dormir, pero en cuanto llegó a su casa y se estiró en la cama se precipitó de inmediato en el mar tempestuoso del sueño. Oyó gritos, oyó que lo llamaban, vio cuerpos que se precipitaban a plomo desde el cielo, silbando en su caída. A las siete despertó como si tuviera una resaca severa. Quiso taparse la cabeza con la manta y no despertar, no levantarse, pero fue consciente de que debía realizar dos visitas. No le supo bien de antemano ninguna de las dos. Decidió ir primero a Clontarf.
La mañana era gris, húmeda -había pasado ya el tiempo balsámico del verano en todo su apogeo-, y una bruma fina ensuciaba la luz sobre la bahía. Estaba la marea muy baja, y a pesar de ir con las ventanillas del taxi cerradas le llegó el hedor bilioso de las algas. Dejó el taxi en el paseo marítimo y subió a pie por Castle Avenue. Los ladrillos de las casas ante las que fue pasando parecían ese día de un color sangre de buey más oscuro que otras veces, y en los jardines exuberantes crecían las dalias húmedas, con los pétalos y toda la corola abatida, como si las agotase el esfuerzo de alcanzar una floración tan prodigiosa. Dobló al llegar a la cancela y tocó el timbre y aguardó, contemplando aquellas flores violentas. Se quitó el sombrero y lo sujetó en ambas manos; el fieltro oscuro estaba enjoyado por la bruma.
¿Qué iba a decirle?
A ella no pareció sorprenderle su aparición.
– Ah -dijo con llaneza-, si eres tú -vestía como la otra vez, pantalones negros y suéter negro de cuello alto, tal como estaba después de quitarse aquel llamativo vestido con que lo recibió en su primera visita-. Adelante, pasa.
Le abrió el camino hacia la cocina. Había una taza de café en la mesa y un ejemplar del Irish Times abierto por la página de las esquelas.
– Estaba estudiándolas -dijo-. Cuando les llamé, me preguntaron qué clase de fórmula era la que prefería. Me quedé sin saber qué decir. ¿Qué demonios se puede decir de alguien como Leslie? «Amado esposo» no parece adecuado del todo. ¿Tú qué piensas?
Se había quedado en el centro de la estancia, acariciando la badana del sombrero.
– Lo lamento -dijo-. Lamento todo lo ocurrido.
Ella le preguntó si le apetecía una taza de café. El dijo que no. El ambiente se tensó otra vuelta de tuerca. Ella se llevó la taza al fregadero y vació los restos del café antes de aclarar la taza y colocarla del revés en el escurridor. El se acordó en ese momento de cómo se había hecho un corte en el pulgar con los cristales rotos, de cómo le corrió la sangre sobre la muñeca mojada, tan veloz, cuando la sacó empapada de agua jabonosa.
– No contaba con volver a verte -dijo ella-. No contaba con que vinieras otra vez.
– Lo lamento -volvió a decir-. No se me dan nada bien estas cosas.
Ella lo miró por encima del hombro cubierto de negro.
– ¿A qué clase de cosas te refieres? -le preguntó-. ¿A dar una muestra de simpatía a la desolada viuda? ¿O estás pensando en cosas sucedidas con anterioridad? ¿Al sexo, tal vez? ¿Al amor?
Eso pudo él pasarlo por alto como si no lo hubiese oído.
– He venido -empezó a decir-, he venido a decir que… -y calló.
Ella se había vuelto del todo hacia él y estaba secándose las manos con un trapo de cocina. Lo miró con una tenue sonrisa, a un tiempo frágil y sardónica.
– ¿Sí?
Se acercó a la mesa y dejó el sombrero encima, estudiándolo un instante. Parecía incongruente, el sombrero negro sobre la superficie de plástico blanco.
– He venido a preguntarte -dijo- qué estabas tú haciendo en casa de Deirdre Hunt el día en que murió -ella ladeó la cabeza sin perder la sonrisa, una sonrisa tenue, aunque ahora era como si se hubiese olvidado de ella-. Te vieron allí. Una mujer que vive enfrente. En todas las calles hay un metomentodo, ya se sabe.
Frunció el ceño con la misma tenuidad con que había sonreído.
– ¿Y cómo supo que era yo esa mujer de enfrente?
– Ella no lo supo. Te describió a otra persona, que a su vez me facilitó a mí la descripción. «Alta, de buen ver, cabello negro, corto.» Te reconocí.
– Qué listo por tu parte.
– No creas. Yo sabía quién era esa visitante, con esas características. Sabía quién tenía que ser.
Ella rió de repente, una risa fugaz, sin calor.
– Y ahora has venido a tener un cara a cara conmigo -dijo-. ¿Quién te crees que eres? ¿Sherlock Holmes? ¿Dick Barton?
No dijo nada; se limitó a seguir en donde estaba, con su traje oscuro arrugado por efecto de la bruma, la cabeza encajada entre los hombros, lúgubre, como un toro, intratable. Fuera, la bruma se había tornado llovizna, y en el silencio se oía el rumor apagado en los cristales, como un murmullo confuso que llegara desde lejos. Kate se dirigió a la mesa y tomó el periódico; volvió a la primera página, lo dobló y lo dejó sobre la mesa.
– Nunca llegué a conocerlo, ¿sabes? Me refiero a ese tal Hunt. ¿Cómo se llamaba?
– Billy.
– Eso es. Billy. Nunca llegué a conocerlos a ninguno de los dos -estaba tocando todavía el periódico con las yemas de los dedos, apretándolo suavemente contra la mesa-. No era precisamente la situación en la que podríamos haber socializado, quiero decir los cuatro, Laura Swan con su maridito y yo con el mío. ¿Nos imaginas a los cuatro aquí mismo, compartiendo una ensalada improvisada y una botella de Blue Nun? No, no es creíble, ¿verdad? No encaja.
Hubo un silencio.
– ¿Por qué fuiste a verla? -volvió a preguntar Quirke-. La primera vez que vine me dijiste que la habías llamado por teléfono. Pero no la llamaste por teléfono. Fuiste a verla en persona, ¿sí o no? Quiero saber por qué.
Ella levantó la cabeza y lo miró de frente.
– ¿Quieres saber por qué? Fácil. Para decirle a la cara que era una puta y una guarra imperdonable. Había visto las fotografías, no sé si te acuerdas; había visto las guarradas que había escrito ella por divertir a Leslie -hizo una pausa y respiró hondo, abriendo bien las ventanas nasales-. Quería ver qué pinta tenía.
– ¿Y ella?
– ¿Ella qué?
– ¿Qué dijo ella?
– Poca cosa. Estaba borracha cuando llegué… Se había ventilado casi una botella de whisky entera. Parece que todo se le había desencuadernado. Leslie había metido mano en el dinero, para variar, y los del banco estaban a punto de proceder al cierre de ese negocio que tenían juntos. Estaba la pobre que daba pena, hecha un flan. No pude más que echarme a reír. Había confiado en él… ¡Había confiado en Leslie! Casi me dio lástima. Y supongo que me da lástima todavía ahora, me da pena que se quitara la vida.
– No lo hizo.
Lo dijo en voz tan baja que por un instante ella pensó que tal vez no había oído bien. Frunció el ceño y meneó un instante la cabeza, como un nadador que acaba de salir a la superficie.
– ¿Qué quieres decir?
– Murió de una sobredosis de morfina. También había bebido, como dices. Tenía alcohol en sangre. Me imagino que eso facilitó las cosas a quien le inyectara la sobredosis.
Kate había fruncido más el ceño; tenía el aire de una persona que se ha perdido en un lugar a oscuras y que busca a tientas la salida.
– Ella no se inyectó la morfina. ¿Es eso lo que me estás diciendo? Yo creí que murió ahogada.
– Con tal cantidad de alcohol y de droga en el cuerpo, prácticamente tenía que estar en coma -dijo-. No podría haber levantado siquiera un dedo, y menos aún conducir un coche.
– ¿Qué? ¿Conducir? ¿Qué coche?
– Su coche apareció abandonado en Sandycove. Allí también estaban sus prendas de vestir, todas ellas bien dobladas, como las doblaría una mujer -él la contemplaba con tal atención que fue como si estuviera viendo sin estorbos lo que había detrás de sus ojos, lo que hubiera en el interior de su cráneo-. No se ahogó: ya estaba muerta entonces. Alguien la llevó hasta allí, llevó hasta allí su cuerpo, y la echó al mar, y dejó sus prendas de vestir y el coche allí aparcado para que pareciera un suicidio.
– Alguien -dijo ella tan bajo que pudo haber sido un suspiro.
– ¿Ahora me vas a decir qué estuviste haciendo aquella tarde en su casa?
Llevaban de pie tanto rato que de pronto los dos tomaron conciencia de una molesta rigidez en las piernas. Kate se sentó con brusquedad en una de las sillas de metal, ante la mesa, y apoyó los codos en la fórmica de la superficie, mientras Quirke, con la boca reseca, fue al fregadero, tomó la taza de café y la llenó de agua fría para bebérsela de un trago.
– Ya te he dicho lo que pasó -dijo ella con la voz apagada-. Fui a verla porque estaba cabreada. Pero ella estaba hecha una pena. Daba pena, vaya. Estaba hecha un flan, estaba bebida del todo, tanto que no pude decirle ni la mitad de lo que fui allí a decirle a la cara -él se volvió y ella lo miró allí de pie ante el fregadero, con la taza en la mano. A su espalda, la ventana estaba impregnada por una luz acuosa, borrosa, azul-. ¿Quién la mató? -le preguntó a bocajarro.
– Dímelo tú.
– ¿Cómo te lo voy a decir yo?
– Fuiste la penúltima persona que la vio con vida. A no ser…
– ¿A no ser que qué? -él no respondió, y apartó la mirada-. ¿A no ser -dijo ella-… que yo fuese la última? Dios mío, Quirke. Dios mío -con un movimiento extraño, como si participase en un ritual, dobló los brazos sobre la mesa y apoyó la frente en ellos, y meció la cabeza de un lado a otro, despacio, curvando todo el cuerpo. A pesar de todo, él sintió en ese momento una urgencia incontenible de acercarse y de ponerle la mano en la nuca, tan pálida, tan vulnerable. Cuando al cabo de un tiempo ella levantó la cabeza, él vio que estaba llorando, aunque no pareció darse cuenta, y se secó las lágrimas de las mejillas con un gesto de angustia-. Dime qué fue lo que pasó -le pidió con una voz distinta, que sonó hueca.
Quirke, en quien la sed había ido a más, volvió a llenarse la taza de agua y la bebió.
– ¿Qué pasó… cuándo?
– Con Leslie. Con Billy Hunt.
– Estaba en el piso de mi hija.
– ¿Quién?
– Leslie.
– ¿Y qué estaba haciendo en el piso de tu hija?
– Sospecho que fue el único sitio al que se le ocurrió ir.
– ¿Por qué? ¿Qué pasó?
– Un hombre, un conocido suyo, había sido asesinado.
Ella se volvió en la silla para mirarlo de frente con los ojos muy abiertos. Ya no le manaban lágrimas.
– ¿Qué hombre?
– Kreutz. Colega de Leslie. Se hacía pasar por sanador espiritual. Además, hacía fotografías comprometedoras de sus dientas, aunque en su inmensa mayoría, parece ser, con consentimiento de esas mujeres. O con algo más que consentimiento.
– ¿Son las fotografías que yo encontré?
– Supongo que sí. Cuando Leslie dio con ellas, comenzó a chantajear a Kreutz.
– ¿Y qué podía querer Leslie de ese hombre?
– Dinero, por supuesto -calló un momento-. Drogas. Tú estabas al tanto de que Leslie consumía drogas, ¿no? Se inyectaba morfina. ¿Sabías que era un adicto?
– ¿Un adicto? Yo sabía que consumía morfina, sí, y también todo lo que pudiera encontrar, todo lo que pudiera probar. Tenía -sonrió con tristeza, con amargura-… tenía ansia de experiencias nuevas. Eso es lo que él decía: «Tengo ansia de nuevas experiencias, Kate, y eso es algo que no se cura». ¿Eso es lo mismo que ser adicto?
– ¿Tú tomabas morfina?
Pareció que estuviese esperando la pregunta.
– ¿Y entonces utilicé mis provisiones para inyectarle una dosis a Laura Swan? ¿Es eso lo que me estás dando a entender? -le dio la espalda y volvió a sentarse recta en la silla, cuadrando los hombros como si de pronto se sintiera envarada-. Qué retorcido eres, Quirke -dijo casi con admiración-. Qué mentalidad la tuya.
Se levantó y se dirigió a la cocina, y tomó la kettle y la llevó al grifo, obligándole a él a moverse a un lado. Llenó la kettle y la llevó de vuelta, para ponerla en uno de los ruegos, cuyo gas encendió. Tomó una lata de café y encontró una cucharilla en un cajón, con la que añadió café a la tapa de la cafetera.
– Esta es mi adicción -dijo-. Café -se volvió hacia él-. Me estabas contando qué sucedió entre Leslie y Billy Hunt.
– Él creyó que Leslie iba a hacerle algo malo a mi hija. Lo interceptó. Se lo llevó por delante. Leslie cayó por la ventana. Fue un accidente.
– ¿Y qué estaba haciendo ése en el piso de tu hija? Me refiero a Billy Hunt. Debe de ser una chica muy hospitalaria, con todos esos hombres que entran y salen a su antojo…
– Había estado vigilando el piso -dijo Quirke-. Había visto entrar a Leslie. Mi hija no sabía quién era. Lo atacó, quiso apuñalarlo.
– ¿Apuñalarlo?
– En el hombro. Con un bolígrafo, un bolígrafo metálico, de rosca. Bastante afilado, por cierto. Resulta que era mío. Ella lo llevaba por casualidad en el bolso -dejó la taza en el escurridor-. Es posible que le salvase la vida.
– ¿Que le salvase la vida? ¿Del ataque de quién? ¿De Leslie?
El no respondió.
Ella entendió de pronto.
– Tú crees que Leslie y yo los matamos a los dos, ¿no es eso? A Laura Swan y a ese Doctor. ¿Es eso?
– Tu marido se había inyectado morfina. No sabía qué estaba haciendo.
Ella se rió a carcajadas, una risa despectiva.
– Leslie siempre sabía perfectamente bien qué se traía entre manos, sobre todo si se traía entre manos alguna de sus maldades.
El aire de la estancia a Quirke de pronto le pareció pesado, espeso, y se dio cuenta de que estaba agotado.
– Me mentiste -dijo.
Kate estaba vertiendo el agua de la kettle en la cafetera, midiendo el nivel con cuidado, a ojo.
– ¿En serio? -dijo como si tal cosa-. ¿Y en qué te mentí?
– Mentiste en todo.
Ella lo miró un instante y volvió a concentrarse en la cafetera y en el fuego de gas que acababa de abrir. Encendió una cerilla rascando la cabeza despacio contra el papel de lija, y el sonido que emitió le dio dentera.
– No entiendo qué quieres decir -dijo.
El la sujetó por la muñeca, obligándole a soltar la cerilla. Ella miró la mano con la que Quirke la tenía sujeta como si no supiera qué era eso, qué era esa especie de gancho de carne y hueso y sangre.
– Sabes perfectamente qué quiero decir -dijo él-. Fingiste estar desconsolada porque tu marido te había abandonado, porque se había ido con otra y todo eso. Pero era puro fingimiento.
– ¿Por qué?
– ¿Por qué… qué?
– ¿Por qué iba yo a fingir?
– Porque… -no lo sabía. Había creído que sí, pero no lo sabía. Su ira empezaba a dejar paso a la confusión.
¿Qué era lo que había ido a decirle? ¿Qué significaba ella para él? ¿Qué le importaba aquella mujer endurecida, herida, deseable? La soltó. Ella se sujetó la muñeca con la otra mano y se examinó las huellas blancas que sus dedos habían dejado, y a las que la sangre volvía veloz. Todo vuelve atropelladamente, todo se sustituye.
– Lo lamento -dijo, y se dio la vuelta.
– Sí -dijo Kate-, yo también lo lamento.
En la puerta, ella se quedó apoyada en la jamba y lo vio marchar veloz bajo la lluvia, con el sombrero encasquetado hasta las cejas y la chaqueta cerrada para protegerse del frío aire del mar. Había gaviotas en el cielo, en la masa grisácea e indiscernible, que daban gritos desacompasados. Cerró la puerta. Cuando volvió al vestíbulo, el vacío de la casa se abalanzó sobre ella, como si fuese ella un vacío hacia el cual todo era engullido de una manera imposible de detener.
En los últimos seis meses nunca estuvo tan cerca como entonces de saltar en marcha del carro de la abstinencia. A la orilla del mar incluso cambió de rumbo y se encaminó hacia los chiringuitos que hay al pie de Vernon Avenue, pero al cabo se obligó a girar en redondo. Le dolía el gaznate, le pedía a gritos una copa. A pesar de la lluvia y el frío repentino, le pareció que por dentro estuviera en ascuas, como un árbol alcanzado por el rayo. Aguardó en la esquina, en el paseo marítimo, por espacio de casi media hora, pero no encontró un solo taxi libre, y al final se vio obligado a tomar un autobús. Permaneció en la plataforma exterior, sujeto a la barra de hierro. Pasó de largo por el trecho triste y mojado de playa, las palmeras desmochadas y relucientes bajo la lluvia. Dublín, ciudad de palmeras. Quirke sonrió sin alegría.
En Marlborough Street, un caballo había caído entre las varas de una carreta de Correos, y se había formado en ambos sentidos una cola de autobuses y coches a la espera de que se despejase el tránsito. El caballo, grande y gris, estaba tendido en el suelo con las piernas separadas, y daba la impresión de mantener una extraña calma, como si aquello no fuera con él. Nadie sabía qué hacer. Un número de la Garda había sacado la libreta y el lápiz. Unos cuantos chiquillos, sin nada mejor que hacer a la hora del almuerzo, permanecían atentos, contemplando con respeto al animal caído. Quirke se bajó del autobús y echó a caminar a lo largo del río, para tomar después el muelle y cruzar el puente de D'Olier Street, por donde volvió a cruzar y se dirigió a la comisaría de la Garda. En el mostrador de recepción preguntó por el inspector Hackett y le indicaron que esperase.
Pensó en el caballo, caído entre las varas del carro, con un relumbre intenso en los grandes ojos negros.
Hackett, como siempre, pareció encantado de verle, deleitado casi. Se estrecharon la mano. Por iniciativa del inspector se fueron a Bewley's, apresurándose los dos bajo la lluvia, cabizbajos, hasta pasar por delante de la entrada de la sede del Irish Times y embocar Westmoreland Street; cruzaron la calle esquivando los coches que pasaban levantando agua de la calzada y ganaron la entrada rococó del café. Ocuparon una mesa al fondo, desde donde Quirke descubrió, con vaga desazón, que disponía de una visión directa del banco aterciopelado en donde estuvo sentado Billy Hunt el día en que se vieron por vez primera en un plazo de veinte años, el día en que Billy vertió ante él su lacrimosa letanía de penas y de súplicas.
– Bien, señor Quirke -dijo el inspector en cuanto hubo pedido el té a una chica de aire anticuado, que llevaba un delantal lejos de ser impecable-, esto es un embrollo tan confuso que no hay por dónde cogerlo. ¿No cree?
Quirke había sacado la pitillera y el encendedor.
– Pues sí -dijo-, es una manera de formularlo, digo yo.
En medio del miasma del humo azulado que se acumulaba encima de la mesa, el inspector lo escrutaba con una mirada velada.
– Una cosa le diré, señor Quirke, aunque tengo la sospecha de que usted sabe mucho más que yo en torno a este penoso asunto. ¿Dice que razón no me falta? -Quirke bajó la mirada y se concentró en los dedos, con los que enredaba sin soltar el encendedor-. Por ejemplo -siguió diciendo el inspector-, hay que tener en cuenta que la señorita Griffin, su sobrina, ha tenido una curiosa implicación en ciertos acontecimientos recientes, y trágicos, de los que ambos estamos sobradamente informados. ¿Qué estaba haciendo Leslie White en el piso de su sobrina, y, en ese mismo sentido, qué estaba haciendo allí Billy Hunt?
Quirke siguió dando vueltas y más vueltas al encendedor entre los dedos; pensó que Phoebe había hecho aquel mismo gesto, pero ¿dónde había sido, y cuándo?
– Mi sobrina -dijo, y poco faltó para que se trabucase con la palabra-, mi sobrina conoció a White por azar. Coincidieron un día a la entrada del Silver Swan, después de que Deirdre Hunt hubiese muerto. Imagino que tuvo lástima de él -alzó la mirada y se encontró con los ojos entornados del policía-. Es joven. Tiende a tratar con simpatía a los demás. El la llevó al Grafton Café a tomar un té por la tarde. Así se conocieron e iniciaron una relación de amistad. Cuando Kreutz ordenó a estos tipos que le dieran una paliza…
– Por cierto, ¿tiene usted idea de por qué razón hizo eso? -preguntó el inspector con un tono de interrogación sumamente suave.
– White le estaba extorsionando. Kreutz se encontraba con la soga al cuello. Quiso hacerle a White una advertencia.
El inspector agitó con violencia el cigarrillo hacia donde se encontraba el cenicero, pero falló, y la ceniza cayó en la mesa. Con la culpa de un colegial, y presuroso, la apartó con el canto de la mano.
– Todo esto lo sabe con certeza absoluta, ¿es así?
– No, claro que no. Son suposiciones, pero se trata de un cálculo basado en informaciones fidedignas.
– Y fue esta sobrina suya la que le facilitó la información en que basa sus cálculos, ¿me equivoco?
Quirke vaciló.
– Ella no sabe por qué estaba Leslie White en su piso. No lo sabe con seguridad. Supuso que necesitaba ayuda, o dinero, o algo así. Kreutz había sido asesinado, no lo olvide, y Kreutz había tenido relaciones con White, cosa que ella sí sabía.
– ¿Y cómo es que lo sabía? -de nuevo ese tono blando, de nuevo esa mirada de taladro.
– ¿Que cómo lo sabía? Se lo dijo el propio White. Le gustaba contar cuentos, hablar de la gente tan divertida que conocía, se le daba bien. A ella le hacía gracia, se reía con él. Tenía ese don.
Llegó la anticuada camarera con una bandeja en la que llevaba la tetera y las tazas, que dejó sobre la mesa haciendo ruido. El inspector aguardó a que se fuera.
– Así que Kreutz -dijo- le echa encima a White esa banda de bestias, con lo que White se indigna tanto que en cuanto recupera las fuerzas se planta en donde vive Kreutz y le da una paliza tal que éste se desangra hasta morir en el sofá del cuarto de estar. ¿Y luego qué?
– Presa del pánico, va a refugiarse al piso de Phoebe, pues ella le había dado una llave, con la intención, digo yo, de esconderse allí.
El inspector echó cuatro terrones de azúcar en su taza de té y lo revolvió despacio. Añadió unas gotas de leche, pero seguía estando demasiado caliente, de modo que vertió un poco en el platillo y se lo llevó a los labios con trémulo cuidado, para bebérselo de un sorbo.
– ¿Y Billy Hunt? -preguntó secándose los labios-. ¿En dónde entra en danza Billy Hunt? Mejor dicho, cómo entra en danza, con lo que quiero decir… ¿cómo entró en la casa en la que se encuentra el piso de la señorita Griffin?
– Convenció a la anciana medio loca que vive en la planta baja de que era el tío carnal de Phoebe. Había visto a White entrar, y…
– ¿Lo había visto otra vez por casualidad?
Quirke tendió al otro la pitillera abierta, pero esta vez el inspector rechazó el ofrecimiento con un seco movimiento de cabeza. A Quirke le pareció que tenía los ojos afilados como el pedernal.
– Lo cierto -dijo Quirke, y carraspeó-, lo cierto es que llevaba mucho tiempo vigilando la casa. A estas alturas estaba convencido de que Leslie White había asesinado a su mujer. Sabía que mi sobrina una vez le había dado cobijo en su casa, después de la paliza que le dieron los hombres de Kreutz. No sabía quién era Phoebe. Cuando vio entrar a White, lo siguió. Entonces llegó Phoebe, Billy aguardó a que hubiese abierto la puerta y…
– … y entró a la carrera y empujó a ese pedazo de cabrón por la ventana.
– Perdió la cabeza.
– ¿Cómo?
Quirke tuvo que carraspear de nuevo.
– El al menos dice que perdió la cabeza.
– Pues sí. Eso es lo que también a mí me ha dicho.
– Ni siquiera sabe qué pensaba hacer con Leslie White, pero su intención no era matarlo.
– ¿Usted le cree?
– Sí -respondió Quirke con firmeza, y con firmeza aguantó la mirada del otro.
Por fin el policía se recostó en el respaldo, y sonrió.
– Admiro su benevolencia -dijo. El té se había enfriado, por lo que ahora pudo beber directamente de la taza; cada vez que la levantaba, según vio Quirke con cierta fascinación, caía del fondo una gota al platillo, formando una corona en el charquito de líquido de color caqui que había quedado en él, y provocando unas salpicaduras al azar que caían en la mesa-. Así pues, señor Quirke -dijo el policía-, ¿qué es lo que quiere que haga yo?
– No quiero que haga nada.
Hackett asintió como si ésa fuera la respuesta que estaba esperando. Meditó unos instantes y al cabo suspiró. Entonces rió discretamente.
– Dios santo, señor Quirke -dijo-, es usted un hombre imprevisible. Me dice que no haga nada. Y resulta que hace dos años vino a verme cargado de información acerca de todas las formas posibles de los trapicheos y los tejemanejes que se daban en esta ciudad, y quiso que procediera yo a toda clase de acciones, a detener a tal o cual persona, a destruir la reputación de tal o cual otra, a echarles el guante a personas respetables, algunas incluso de su propia familia, y a demostrar que eran todos unos villanos sin remedio, tal como me había dicho usted.
– Sí -dijo Quirke con aplomo-. Lo recuerdo bien.
– Los dos lo recordamos. Lo recordamos muy bien.
– Pero a usted se le retiró del caso.
Hackett rió.
– Lo cierto, como usted y yo sabemos, es que el caso me fue retirado de mis atribuciones, el caso fue colocado a buen recaudo, envuelto y retirado de la circulación,
y marcado con un «No tocar» aplicable a todo el que pudiera estar interesado. Éste no es un buen mundo, señor Quirke, y está lleno de mala gente. Y no hay justicia, o no al menos que yo llegue a ver.
– Aquí sí se ha hecho justicia.
– Una justicia más bien tosca, si quiere saber mi opinión.
– Pero es justicia pese a todo. Leslie White no es una gran pérdida para nadie. Envenenó a una mujer y mató a un hombre a palos. Billy Hunt ahorró al Estado la necesidad de imponer el castigo debido por esos dos crímenes.
El inspector se encogió de hombros como si en el fondo lo dudase.
– Billy Hunt -dijo-. Billy Hunt se designó él mismo juez, jurado y verdugo. ¿Vamos a permitir que se salga con la suya como si no hubiera pasado nada?
– Mire, inspector -dijo Quirke-. A mí lo que sea de Billy Hunt me importa un comino, la verdad. Mi única preocupación es la chica.
– ¿Su sobrina?
Quirke miró al otro extremo de la sala, a la mesa en la que había estado sentado con Billy Hunt.
– No es mi sobrina -dijo-. Es mi hija -el policía, que estaba arrellanado, con el mentón sobre el pecho, no le miró-. Es una historia complicada, viene de muy lejos. Algún día se la contaré, descuide. Pero entenderá usted por qué me importa. Lo ha pasado mal. Le han pasado cosas malas, algunas de ellas por mi culpa. Mejor dicho, muchas de ellas, puede ser, por mi culpa. Ahora, mi deber es protegerla. Lo que ella vio ayer por la noche, las cosas que han ocurrido… Usted tiene hijos, ¿no es cierto? Seguro que su deseo sería protegerlos si hubieran pasado por lo que ha pasado mi hija. Si tuviera que comparecer como testigo en un juicio, no sé qué consecuencias podría tener en ella.
Hackett cambió el peso de sitio, irguiéndose a medias, y alcanzó un cigarrillo de la pitillera de Quirke, que estaba sobre la mesa. Quirke le dio fuego.
– Me está pidiendo -dijo despacio el policía- que no haga ruido con este asunto, que lo silencie del todo, para que esa muchacha, hija suya, según dice, no tenga que prestar testimonio ante un tribunal. ¿Es así?
Quirke vaciló antes de contestar, pero se limitó a decir que sí.
El policía hundió de nuevo el mentón en el pecho y se le formó una papada, un grueso pliegue de carne tan pálida como el vientre de un pez.
– Es mucho lo que me está, pidiendo, señor Quirke.
– Creo que me lo debe. Y, si no a mí, al menos se lo debe a mi hija.
Se volvió a ver dos años atrás, en una sórdida cocina, en donde el cadáver ensangrentado de una mujer yacía en el suelo atado a una silla con cable eléctrico y con sus propias medias de nylon. ¿Qué justicia hubo entonces para ella?
El policía se palpaba los bolsillos en busca de dinero, pero Quirke dejó una moneda de un florín sobre la mesa, en donde giró unos instantes sobre el canto antes de caer.
– Pues sí -dijo al cabo-, nos lo debemos uno al otro, digo yo -miró a Quirke largo y tendido, sopesando sus palabras, calibrando algo mentalmente. Tomó una decisión-. Creo que me está diciendo la verdad, señor Quirke -dijo-. Quiero decir que me dice la verdad tal como usted la ve. Al principio no me lo pareció. Si quiere que le sea sincero, llegué a pensar que estaba usted tratando de engañarme.
Quirke estaba muy quieto, con la vista clavada en la mesa, un puño apoyado junto a la taza de té, que ni siquiera había tocado.
– Pero lo cierto es que usted no termina de verlo, ¿es así? -siguió diciendo el inspector-. Ya me parecía que usted no es tan crédulo como puede parecer. También pensaba yo que tiene usted una visión del ser humano y de sus actos que no podía ser tan de color de rosa.
– ¿Qué quiere decir? -preguntó Quirke sin levantar los ojos de la mesa.
El policía se levantó con brusquedad y tomó el sombrero. Aguardó. Al cabo de unos instantes también Quirke se puso en pie, y juntos atravesaron la sala del comedor, que estaba llena de clientes, y el café de la entrada, para salir a la calle, en donde hicieron un alto.
– Lo lamento -dijo Hackett-. No puedo hacer lo que me pide. Quiero decir… no puedo hacer nada. Lo que ocurrió no es lo que usted cree que ocurrió. Es algo mucho más simple y en cierto modo es mucho peor. Hay cierto caballero que está convencido de que nos la ha dado con queso a todos -se volvió, esbozó su sonrisa de sapo y miró a Quirke, y le guiñó un ojo-. Pero a mí no ha conseguido engañarme, señor Quirke. No, a mí no me ha engañado.
– ¿Quién es ese caballero? -preguntó Quirke-. ¿De quién está hablando usted?
El policía entornó los ojos en la puerta del café, contemplando la grisura de la mañana.
– No sé qué puede ser -dijo-, pero es que el clima de este país puede sacar de quicio al más pintado.
Billy Hunt era plenamente consciente de que la gente lo consideraba un poco bobo, pero no lo era ni de lejos. No era que se hubiera hecho grandes ilusiones sobre su capacidad intelectual. En el colegio había sido un poco lento en aprender, o eso le habían dicho al menos, pero esto fue sólo porque no se le daba bien la lectura, y por eso había ocasiones en las que no lograba mantenerse al mismo ritmo del resto de la clase. Por eso había renunciado a estudiar Medicina tantos años antes; nunca supuso que fuera preciso leer tantos libros. Quirke y aquella pandilla que lo despreciaba visiblemente, claro está. Quirke. No estaba muy seguro sobre qué pensaba en realidad de él, cuáles eran sus sentimientos hacia él. Pero hablando de ser un poco bobo… El gran señor Quirke, que se imaginaba más listo que el hambre, no había entendido nada de nada. En cualquier otra circunstancia habría tenido su gracia, desde luego, lo errados que anduvieron todos sin siquiera suponerlo.
No, Billy Hunt no tenía un pelo de tonto. Sabía lo que valía un peine, sabía cómo abrirse paso por el mundo. Se había pasado muchos años tratando con soltura a los peces gordos en sus visitas a la sede central de Suiza -tipos que harían trizas en un visto y no visto a Quirke y a sus semejantes-, por no hablar de las putas de lujo que abundaban en los hoteles de Ginebra. Y era capaz de vender lo que se propusiera; podría haber vendido crema bronceadora a los negros. No es que se le respetase por ello. La mayoría de la gente, cuando él decía a qué se dedicaba, lo tomaban de inmediato por un pobre botarate que iba de puerta en puerta tratando de engañar a las amas de casa, de engatusarlas para que le comprasen una aspiradora. No tenían ni idea de a qué se dedicaba un auténtico vendedor, cuánto era preciso pensar en su trabajo, qué cantidad de psicología había que manejar. Eso era lo crucial en la profesión de vendedor: era preciso leer los pensamientos de los demás, penetrar en su manera de pensar. Tampoco es que la gente pensara gran cosa. La gente, los clientes, los compradores, eran todos unos bobos.
Nunca contó con enamorarse tan perdidamente de Deirdre Ward. A sus años, había supuesto que ya había superado esa clase de emociones. Las putas de Ginebra habían sido más que suficientes para tener debidamente rascado el picor de siempre. Y así fue hasta que conoció a Deirdre. Sabía que él era demasiado mayor para ella. A duras penas pudo creer que ella accediera a vivir con él. Qué imbécil había sido, qué lerdo, al jactarse de su trabajo, de los grandes negocios que andaba siempre cerrando, de los viajes a Suiza y todo lo demás. Había dado por hecho que ella en realidad contaba con que él cumpliera su palabra y la llevase con él allá, que se la presentase a sus jefazos, a Herr no sé qué y a Monsieur no sé cuántos -Llámeme Fritz, gnadige frau! Llámeme Maurice, chere madame!-, que se la llevase a cenar a lo grande, que la alojase en hoteles de lujo, que le enseñase el Matterhorn, que la llevase a esquiar. Qué morrocotuda sorpresa se llevó cuando ella demostró ser la que tenía ambiciones, y la que tenía una cabeza bien amueblada para los negocios, y resolución para hacerlas realidad. Y qué lástima, en efecto, que ella, al contrario que él, fuese tan deficiente a la hora de juzgar a los demás. Desde el primer día supo él que Leslie White era lo que era en realidad. Pero a ella no hubo forma de hacérselo ver. Terca, era terca como una muía.
Sin embargo, en cierto modo había sido todo un alivio que hubiera decidido formar equipo con ese tal White. El verdadero miedo que tuvo Billy desde el principio fue que ella se cansara de él, que se hartara de su edad, que se buscase a un tipo más joven. No quería él ser como esos vejestorios de las canciones de antaño, los que terminaban por ser el hazmerreír de todos porque no sabían cómo satisfacer a sus jóvenes esposas. ¿Cómo era aquella que tantas veces cantó él?
Con mucho tuétano y bien de huevos
tu viejillo se quedará ciego…
Sí, eso nunca hubiese podido soportarlo, que la gente se diera codazos mutuamente y que se riera de él a su espalda. Antes que eso habría preferido cualquier cosa, o casi cualquier cosa.
Según se sucedieron los acontecimientos, resultó que estaba tan ciego como cualquier bobo encariñado que saliera en una balada. Tenía las pruebas delante de sus propios ojos, y las habría visto con claridad con sólo permitirse verlas. Los cambios de estado anímico que eran tan patentes en ella, las risas seguidas de las lágrimas sin razón aparente, los ramalazos de tensión salidos de ninguna parte, la mirada soñadora, casi apesadumbrada… Todas estas cosas tendrían que haberle servido de indicio de que algo estaba pasando. El factor decisivo fue que de pronto se pusiera tan cariñosa y acaramelada con él, que le hiciera cenas especiales, precisamente los platos que a priori más le gustaban, y que se sentase con él a la mesa mientras él cenaba, con el mentón apoyado en la mano y los ojos relucientes y clavados en él, dándoselas de estar fascinada por alguna historia que él le contase, alguna venta complicada que había sacado adelante, un ingenioso acuerdo que había logrado cerrar contra todo pronóstico. No quiso ella que él la tocase; se lo permitía, claro está, pero no lo deseaba, o no al menos como cuando estaban juntos al principio, cuando se abalanzaba encima de él como si fuera ella una manta barata, y luego como si no consiguiera quitarse las bragas a la velocidad apetecida. Dos veces había visto él que tenía marcas, unos rojos verdugones en la cara posterior del muslo, como si alguien la hubiese azotado, y otra vez le vio unos rasguños en los omóplatos: cualquiera, salvo él, se habría dado cuenta de que eran arañazos. Desde luego, a la vista estaba, claro como el agua, aunque él no lo vio, y no lo vio porque no quiso verlo, ahora lo entendía. Había querido que no fuera verdad.
¿Cuánto tiempo podrían haber seguido las cosas así?, se preguntó. ¿Cuánto pudo haber durado su ceguera, su mentecatez, si White no le hubiese enviado la fotografía? ¿Y por qué se la había enviado White? ¿Por puro afán de broma? Aquella mañana, cuando llegó por correo, le puso enfermo, le puso literalmente enfermo: tuvo que ir al retrete y vomitó los huevos con beicon y pan frito que se había preparado para desayunar. Se sintió como un animal que hubiera sido envenenado. Nunca le había ocurrido una cosa así; nunca había experimentado nada semejante, ese espantoso embrollo de dolor y de angustia y de furia, y de algo más, algo más sintió al mirar la foto, algo peor, una palpitación, un amortiguado espasmo en las tripas, más abajo que las tripas, un dolor de huesos y un calor repentino en la horca de sus piernas, igual que el que sintió una vez de pequeño, en el colegio, cuando se asomó entre los hombros de un grupo de chicos mayores, en los aseos, y vio que estaban en torno a una fotografía arrancada de una revista de las guarras, en la que aparecía una cualquiera tendida en una cama, con las rodillas en alto, enseñándolo todo. Pero aquello que le había llegado por correo no era una cualquiera: era su mujer tirada en un sofá, con la falda subida hasta la cintura y enseñándolo todo.
Nada más verla supo quién la había hecho. Nunca había llegado a conocer a Kreutz, nunca lo había visto siquiera, pero por el modo en que Deirdre le habló de él y, de manera aún más significativa, por el modo en que de pronto había dejado de hablar de él, le bastó para estar alerta y saber con certeza que aquel tal Kreutz era mala gente. De todos modos, una vez tomada la fotografía de Deirdre, ¿por qué se la había enviado Kreutz a su marido? A esas alturas pensaba que tenía que haber sido Kreutz el que se la envió. Al principio, Billy dio por hecho que Kreutz se había propuesto sacarle algo de dinero. Había visto que era una cosa habitual en las películas de gánsteres, los tipos que emborrachaban o drogaban a las mujeres y luego les hacían fotos comprometedoras -nunca salían esas fotos en pantalla, claro está-, y se las enviaban a los maridos de las susodichas para chantajearlos y obligarlos a pagar. Esas películas siempre terminaban a tiros, con unos cuerpos demasiado bien compuestos, sin una sola arruga, tirados por todas partes, cada uno en medio de su correspondiente charco de sangre negra.
No pudo imaginar por qué no se le ocurrió de entrada que había sido Leslie White, y no Kreutz, quien le envió la foto, quitando que ni siquiera existía una razón de peso por la cual White pudiera haber tenido la foto en su poder. Tampoco le quedó nada claro por qué, después de muerta Deirdre, no se fue derecho en busca de Kreutz, prefiriendo en cambio concentrarse en Leslie White. Lo había seguido durante mucho tiempo, había registrado cada uno de sus pasos, pendiente de él en todos los detalles. Lo había visto con la chica. No supo que era la hija de Quirke. Tampoco supo nada de ella, aunque le gustó. Tal vez no fue exactamente que le gustase. Incluso desde la distancia que siempre se aseguró de mantener entre ellos, percibió que ella le inspiraba simpatía, o que le caía bien; eran en cierto modo, ella y él, muy semejantes. Ella era una solitaria, y en eso era igual que él; él era un solitario, de eso no le cabía ningún género de duda. Comenzó a estar más pendiente de la chica, a estudiar cómo se las arreglaba, a verificar cómo le iban las cosas, aunque era muy cierto que no tuvo nunca ni idea de cómo podría echarle una mano. Incluso le dio por telefonearla de vez en cuando, sólo por comprobar que se encontraba bien, aun cuando nunca dijo nada, por supuesto, limitándose a escuchar su voz, hasta que ella al final también empezó a contestar en silencio a sus llamadas, y así se quedaban los dos, cada uno a un extremo de la línea, callados, escuchándose, escuchando más bien juntos el silencio.
Tal vez fuese por ella, tal vez pensó en la chica, y no en Deirdre, cuando mandó a los tres muchachos a darle a White una buena tunda. Eran buenos muchachos, Joe Etchingham, Eugene Timmins y su hermano Alf; Joe estaba con él en el equipo de fútbol, un defensa fornido y siempre oportuno, mientras los otros dos jugaban al hurling; los tres militaban en el Movimiento, y habían hecho algún que otro trabajito en la frontera; los tres sabrían mantener la boca bien cerrada, de eso podía estar seguro. Sí, tal vez fue… ¿Cómo se llamaba? Tal vez fue a Phoebe a quien quiso proteger al indicar a los muchachos que fuesen a por White con los bastones de jugar al hurling a darle un buen repaso.
Y fue a ellos, a Joe Etchingham y a los hermanos Timmins, a quienes debiera haber enviado para que le ajustaran las cuentas a Kreutz, y no haberse ocupado él en persona. No fue su intención sacudirle ni tan fuerte ni tantas veces como le sacudió; nunca tuvo la intención de matarlo. Kreutz no era precisamente un héroe, y en menos de cinco minutos le había dicho alto y claro todo lo que deseaba saber sobre Leslie White y sobre el envío de la foto, sobre el dinero que le había sacado a él y sobre el dinero que se había quedado en el salón de belleza; en un abrir y cerrar de ojos se lo contó todo entero, toda aquella saga de mezquindades, e incluso le mostró dónde escondía la morfina, en una fiambrera, en la cocina, nada menos, de modo que… ¿por qué siguió zurrándole? Algo había en Kreutz, algo que pedía a gritos una buena paliza,
una zurra de las buenas, a puñetazos, a codazos, a punterazos, a taconazos, sin olvidar nada. No fue sólo que se tratara de un moreno de pelo alborotado. Tenía una debilidad muy de mujer, y una vez empezó Billy a sacudirlo le resultó imposible parar. Fue como si hubiera entrado en una especie de trance. Con cada sordo puñetazo que descargaba en ese saco de huesos y de pellejo, le entraban unas ganas irresistibles de asestarle otro, y ése a su vez exigía uno más. No estuvo de más que se acordase de llevar un buen par de guantes de cuero grueso; de lo contrario, se habría hecho añicos los nudillos. Y dejó todo encharcado de sangre.
Pobre Deirdre. La habría perdonado, estaba seguro de que la habría perdonado, con sólo que ella le hubiera pedido perdón, con que se lo hubiera suplicado una sola vez. Qué extraño que hubiera sido ella la primera en desaparecer. En su fuero interno a veces reinaba ahora la confusión, se le desmandaba el orden cronológico de los hechos, de modo que le parecía que primero fue Kreutz, e incluso Leslie White, y luego fue Deirdre, después de los otros dos. Pero no. Aquella noche regresó exhausto a casa, la noche del día en que recibió la foto por correo. Tenía previsto ir ese día al oeste, a Galway y a Sligo, a hablar a sus clientes del nuevo fármaco para la artritis que acababa de salir, un producto milagroso, uno más de tantos, pero se había pasado el día entero en cambio vagando por la ciudad, sin saber apenas adonde encaminaba sus pasos, caminando, caminando sin descanso, pateando las calles, tratando de quitarse la imagen de la cabeza, la imagen de Deirdre tumbada en aquel sofá con las piernas abiertas, enseñándoselo todo al mundo entero de un modo que nunca hubiera consentido ante su marido, ante él.
Al final no le quedó más remedio que volver a casa. ¿A qué otro sitio habría podido ir? Percibió el olor a whisky en cuanto entró por la puerta, un hedor agrio, intenso. La ropa de ella estaba tirada por el suelo del cuarto de baño, la falda, las bragas, todo. Verla así le produjo náuseas, de hecho se le revolvió de nuevo el estómago. Era una locura pensarlo, y lo supo, pero estaba convencido de que de no haber sido por esas ropas tiradas por el suelo, lo que ocurrió quizá no habría llegado a ocurrir. Habría llamado a un médico tal vez, tal vez incluso a una ambulancia. La habría obligado a beber un té caliente, le habría dado un masaje en las sienes, la habría tomado de la mano, la habría hecho volver a la vida. En cambio, aquellas prendas de vestir, aquellas prendas sucias, tiradas de cualquier manera, fueron otra parte más del enorme, sofocante peso de la suciedad que la fotografía había precipitado sobre su mundo. Fue por aquellas prendas de vestir.
Nunca había puesto una inyección a nadie. Lo había visto hacer, sabía más o menos cómo hacerlo, pero ésa fue la primera vez. No había contado con que tuviera la piel tan parecida al caucho, que fuera tan resistente. Tuvo que pellizcarle la vena entre los dedos y forzar la entrada de la aguja con cierta inclinación. Y entonces sucedió algo extrañísimo, una lenta, enorme oleada de sosiego que refluyó desde su mano, desde la mano en la que empuñaba la jeringuilla, que avanzó por su brazo y le inundó el pecho, frenando su latido cardiaco, bálsamo para su sangre, como si lo que inyectó, ese elixir transparente, fresco, no hubiera penetrado en ella, sino que reingresara en él. Cuando retiró la aguja, Deirdre soltó un largo y tembloroso suspiro y eso fue todo. La observó un rato a la luz de la lámpara de la mesilla. Rebuscó en su interior, en busca de algún sentimiento de culpa, de pesadumbre, de arrepentimiento aunque fuese, pero no halló nada: estaba en paz. Había sido necesario deshacerse de ella: de lo contrario, él no habría sido capaz de seguir viviendo. Ella había pasado a ser un repentino veneno en su vida, no era ya la Deirdre que él conocía, o que creía haber conocido, sino aquel ser de la fotografía, aquel monstruo. Sí, no tuvo elección. Un veneno por otro.
Guardó la jeringuilla y las ampollas vacías en su maleta, con el resto de las muestras, y la cerró; procuró hacer memoria, para que no se le olvidase disponer de ellas en sitio seguro. ¿Y qué hacer a continuación? Ella tenía una toalla de baño debajo del cuerpo, en la cama, todavía húmeda. Con ella la envolvió. Notó un olor desagradable. Tendría que cambiar la ropa de cama y deshacerse de la toalla, pero eso sería fácil. Todo iba a ser fácil. Si una cosa había aprendido en el campo de fútbol era a no vacilar, a seguir adelante, sin que importase quién pudiera estar en medio, ni la fuerza con que el árbitro soplase el silbato. Se trataba de agachar la cabeza y cargar como un toro.
Fue a pararse delante de la ventana con las manos en los bolsillos, a mirar la luna enorme allí suspensa. A su espalda, en la cama, no había ningún ruido, ningún movimiento, nada, sólo una ausencia ensanchada, cada vez mayor. En la franja más baja del cielo un banco de nubes permanecía agazapado, jorobado, azul como una ballena, con un filete en el borde tan brillante como el metal fundido. Lo que había que hacer era sacar el coche, el coche de ella, a la entrada de atrás, y llevarla luego por el jardín y pasar la puerta junto al cobertizo donde estaba un retrete que no se utilizaba. Era suficientemente tarde, no le vería nadie. Estaba sin embargo muy iluminado todo por el brillo de la luna. El cobertizo proyectaba una sombra negra en diagonal sobre la hierba grisácea. Se la llevaría a Sandycove, donde a veces habían ido a pasear en aquellas semanas anteriores a la boda. Sería una maravilla estar allí en una noche tan espléndida, la luz de la luna en el mar, las luces de Howth titilando en la bahía. Su último viaje juntos, el de ella con él. Cuántas cosas iban a ser las últimas. Tuvo una intensa sensación de que todo cuanto había acontecido fue debido al destino, fue inevitable. Tal vez si uno estudiase algo, cualquier cosa, cualquier suceso, suficientemente a fondo, tal vez sería posible ver el futuro apiñado dentro, plegado, apretado, como el relleno elástico,
enmarañado y apretado, de una pelota de golf. Aquel primer momento en que la vio en la farmacia de Plunkett contenía en su interior este otro momento, él delante de la ventana, mirando la luna, y Deirdre quieta en la cama, o lo que quedaba de Deirdre. El destino. Era eso.
Le llevó un buen rato encontrar la llave de su coche. No estaba en su bolso de mano. Rebuscó en su ropa, pero sin suerte. Tuvo un trallazo de angustia, como la primera llama que lame un rincón y que muy pronto se habrá adueñado de la casa entera, pero entró entonces en la cocina y allí estaba el llavero, en el cenicero de la mesa, donde lo dejaba siempre: ¿por qué no había ido a buscar allí antes que nada? Quizás estaba más alterado de lo que podía reconocer. Tendría que ir con cuidado: no era ésa la ocasión propicia pata cometer un error. Apagó la luz del vestíbulo antes de abrir la puerta de la calle y se plantó a la sombra, atento a lo que pudiera percibir allí fuera. Había unas cuantas luces encendidas en los pisos superiores, pero todo estaba en calma. En Clontarf, los vecinos se acostaban temprano. Escrutó en particular la casa de enfrente, donde vivían la antigua monja y el cura renegado. La Reverenda Madre, como él la llamaba, era una metomentodo de cuidado. Observó las cortinas de las ventanas iluminadas por ver si alguna de ellas aleteaba, pero no se movió nada. Salió a la oscuridad -también allí la luna proyectaba una sombra- y empleó la llave para cerrar, de modo que pudiera accionar el pestillo e impedir que hiciera ruido. Nada, todo en silencio. También la cancela del jardín logró abrirla y cerrarla sin hacer ruido. No le importó el ruido que pudiera hacer el Austin cuando lo arrancase, puesto que nadie, ni siquiera la Reverenda Madre, llegaría a precisar en la oscuridad si era él quien conducía.
En el coche, el olor del perfume de ella le alcanzó como un suave golpe en todo el corazón.
Agacha la cabeza, a la carga. ¡Adelante!
Qué peso el suyo. La última vez que la había llevado así, en vilo, en sus brazos, fue el día en que volvieron de la boda y él insistió en que traspasara de ese modo el umbral de la casa. Ella quiso resistirse, riendo y diciéndole que no fuera tan jodido bobo, pero él se colocó de lado y la tomó en brazos, y entonces no le pareció que pesara más que una brazada de trigo. Pero de aquello hacía ya mucho tiempo, tanto que era como si hubiera ocurrido en otra vida. En la entrada de la trasera abrió la puerta de atrás del coche y la colocó tendida sobre el asiento, y cuando estaba cerrando la puerta la nube grande, azul oscura, que había ido aumentando de continuo sin que él se percatase, astutamente envolvió la moneda de plata de la luna. Se sentó al volante y, despacio, respiró hondo. Su ropa, toda la ropa que encontró tirada por el cuarto de baño, estaba perfectamente doblada en el asiento del copiloto. Pensó de nuevo en la carretera de la costa, que ahora estaría oscura, sin luna, y pensó también en la negrura del mar, y aquel banco de nubes fue en ascenso, cada vez más alto, extendiendo su sombra sin cesar sobre el mundo.
Arrancó el coche y se marchó.