La rueda de prensa tenía lugar en el salón de actos del hotel Hilton de Nueva York. Cuando Will y Nancy tomaron posiciones junto a una entrada de servicio, la sala ya estaba casi llena entre periodistas y fotógrafos y los peces gordos empezaban a colocarse en la tarima. Cuando dieron la señal, la luz de la televisión se encendió y empezó la retransmisión en directo.

El alcalde, un tipo peripuesto e imperturbable, se colocó ante el estrado.

– Llevamos seis semanas con esta investigación -comenzó-. Como nota positiva cabe decir que no ha habido nuevas víctimas en los últimos diez días. Aunque por el momento no ha habido ninguna detención, la policía de la ciudad y del estado de Nueva York y el FBI han estado trabajando en diferentes pistas y teorías de manera diligente y, a mi parecer, productiva. No obstante, hemos tenido ocho asesinatos en la ciudad, y nuestros ciudadanos no se sentirán completamente seguros hasta que atrapemos al criminal y lo llevemos ante la justicia. Benjamin Wright, subdirector en funciones del FBI de Nueva York, atenderá sus preguntas.

Wright era un afroamericano alto y delgado de unos cincuenta años, fino bigote, pelo rapado y gafas de montura metálica que le daban un aspecto intelectual. Se levantó y alisó con la mano las arrugas de su chaqueta cruzada. Se sentía cómodo ante las cámaras y hablaba con naturalidad ante aquel montón de micrófonos.

– Tal como ha dicho el alcalde, el FBI está trabajando en cooperación con la policía de la ciudad y del estado para resolver este caso. Esta es, con diferencia, la mayor investigación criminal en torno a un asesinato en serie en la historia del FBI. Dado que no tenemos a ningún sospechoso bajo custodia, trabajamos sin descanso. Quiero dejar clara una cosa: encontraremos al asesino. No estamos escatimando recursos. Estamos invirtiendo todos nuestros medios en este caso. El problema no son los recursos humanos, es el tiempo. Responderé a sus preguntas de inmediato.

Los de la prensa rumorearon como un enjambre de abejas; daban por hecho que Wright no aportaría nada nuevo. Los reporteros de televisión se mostraron corteses y dejaron que los chupatintas de los periódicos, peor pagados, tiraran las primeras piedras.

Pregunta: ¿Se contaba con nueva información en cuanto a las pruebas de toxicología de Lucius Robertson?

Respuesta: No. Las pruebas de tejido no se tendrían hasta dentro de unas cuantas semanas.

Pregunta: ¿Le habían hecho pruebas de ricino y de ántrax?

Respuesta: Sí. Ambas dieron negativo.

Pregunta: Si todo había dado negativo, ¿qué mató a Lucius Robertson?

Respuesta: Todavía no se sabía.

Pregunta: ¿No era posible que esta falta de claridad confundiera a la gente a la larga?

Respuesta: Cuando sepamos las causas de su muerte las haremos públicas.

Pregunta: ¿La policía de Las Vegas estaba cooperando?

Respuesta: Sí.

Pregunta: ¿Se habían identificado todas las huellas que había en las postales?

Respuesta: La mayoría. Aún estaban trazando la pista de algunos trabajadores de correos.

Pregunta: ¿Había alguna pista sobre el hombre encapuchado del escenario del crimen de Swisher?

Respuesta: Ninguna.

Pregunta: ¿Coincidían las balas de las dos víctimas tiroteadas con algún otro crimen de los archivos? Respuesta: No.

Pregunta: ¿Cómo podían estar seguros de que no se trataba de una trama de Al Qaeda?

Respuesta: No había indicio alguno de terrorismo.

Pregunta: Una vidente de San Francisco se quejaba de que el FBI se negaba a hablar con ella a pesar de que insistía en que un hombre de pelo largo llamado Jackson estaba implicado en los crímenes.

Respuesta: El FBI estaba interesado en toda pista que fuera creíble.

Pregunta: ¿Eran conscientes de que la gente estaba decepcionada por su falta de progresos?

Respuesta: Compartían esa frustración, pero seguían confiando en el éxito de la investigación.

Pregunta: ¿Pensaba él que habría más asesinatos?

Respuesta: Esperaba que no, pero no había manera de saberlo.

Pregunta: ¿Tenía el FBI un perfil del asesino del caso Juicio Final?

Respuesta: Todavía no. Estaban trabajando en ello. Pregunta: ¿Por qué les estaba costando tanto tiempo? Respuesta: Por la complejidad del caso. Will se inclinó hacia delante y susurró al oído de Nancy: «Menuda pérdida de tiempo».

Pregunta: ¿Tenían a sus mejores hombres asignados al caso?

Respuesta: Sí.

Pregunta: ¿Podrían los medios hablar con el agente especial que estaba a cargo de la investigación?

Respuesta: Yo puedo responder a todas sus preguntas.

«Esto se pone interesante», añadió Will.

Pregunta: ¿Por qué no podían hablar con el agente?

Respuesta: Intentarían que estuviera disponible en la siguiente rueda de prensa.

Pregunta: ¿Se encuentra en la sala en estos momentos?

Respuesta:…

Wright miró hacia Sue Sánchez, que estaba sentada en la primera fila, y le imploró con los ojos que controlara a su chico. Ella miró alrededor y vio que Will se levantaba. Lo único que podía hacer era inmovilizarlo fulminándolo con una mirada,

«Se piensa que soy un bala perdida -se dijo Will-. Bueno, pues es hora de empezar a cargar los cañones. Yo soy el agente especial a cargo. No quería el caso pero ahora es mío. Si me quieren, aquí estoy.»

– ¡Aquí!

Will alzó la mano. Se había enfrentado a la prensa en múltiples ocasiones a lo largo de su carrera, así que para él aquello era pan comido. Era cualquier cosa menos tímido ante las cámaras.

Nancy vio la cara de horror de Sánchez y a punto estuvo de agarrarle de la manga. Casi. Will se levantó de un bote y se dirigió hacia la tarima con un andar extraño mientras las cámaras giraban hacia la izquierda.

Benjamin Wright no tuvo más remedio que desistir.

– De acuerdo, el agente especial Will Piper responderá a un número limitado de sus preguntas. Adelante, Will.

Cuando ambos hombres se cruzaron, Wright le susurró: «Abrevia y ándate con ojo».

Will se pasó una mano por el pelo y subió al estrado. El alcohol y sus efectos secundarios ya habían sido expulsados de su cuerpo, así que se sentía bien, incluso animado. «Y ahora a crear un poco de confusión», se dijo. Era un tipo fotogénico, un hombre alto, de pelo rojizo y espalda ancha, hoyuelo en la barbilla y ojos de un azul soberbio. En una sala de control, un realizador de televisión gritó: «¡Quiero un primer plano de ese tío!».

La primera pregunta fue: ¿cómo se escribe su nombre?

– Piper, como «tañedor de flauta»: P-I-P-E-R.

Los reporteros se irguieron en sus asientos. ¿Qué les iban a dar, un concierto? Algunos de los más viejos le susurraron a los otros: «Recuerdo a este tipo. Es famoso».

– ¿Cuánto hace que trabaja para el FBI?

– Dieciocho años, dos meses y tres días.

– ¿Cómo es que lleva la cuenta de una manera tan exacta?

– Soy minucioso.

– ¿Qué experiencia tiene en asesinatos en serie?

– He dedicado mi carrera a casos como este. He llevado ocho de ellos: el violador de Asheville, el asesino de White River de Indianápolis, y otros seis. Los atrapamos a todos, y a este también lo cogeremos.

– ¿Por qué no tienen aún un perfil del asesino?

– Créanme, lo estamos intentando, pero no se trata de un perfil convencional. No comete dos asesinatos iguales. No hay un patrón. Si no fuera por las postales, no sabríamos que los casos están relacionados.

– ¿Cuál es su teoría?

– Creo que estamos ante un hombre muy inteligente y muy retorcido. No tengo ni idea de cuáles son sus motivos. Quiere atención, eso desde luego, y gracias a ustedes la está obteniendo.

– ¿Piensa usted que no deberíamos cubrir el caso?

– No tienen opción. Simplemente constataba un hecho.

– ¿Cómo conseguirá atraparlo?

– No es perfecto. Ha dejado algunas pistas de las que no voy a hablar por razones obvias. Lo atraparemos.

– ¿Cree que el asesino atacará de nuevo?

– Déjeme que le responda de otra manera. Lo que creo es que el asesino está viendo esto en la televisión ahora mismo, así que esto va dirigido a ti. -Will miró hacia las cámaras. Menudos ojos azules-:Te voy a coger y te voy a poner entre rejas. Es solo cuestión de tiempo.

Wright, que se acercaba hacia él como una exhalación, prácticamente apartó a Will de los micros de un empujón.

– Muy bien, creo que esto es todo por hoy. Les haremos saber cuándo y dónde será el próximo encuentro.

Los de la prensa se pusieron en pie y la voz de una periodista del Post se alzó sobre las otras y gritó:

– ¡Prométanos que volverá a sonar la flauta!


El número 941 de Park Avenue era un cubo sólido, un edificio de ladrillo de trece plantas del período anterior a la guerra, con las dos primeras plantas revestidas con una fina capa de granito blanco y el vestíbulo decorado con mármol y estampados de buen gusto. Will ya había estado por allí antes, siguiéndole la pista a los últimos pasos de David Swisher desde el vestíbulo hasta el lugar exacto de la Ochenta y dos donde se desangró hasta morir. Había realizado ese recorrido con la oscuridad prematinal y se había puesto en cuclillas justo en el mismo lugar, aún descolorido a pesar del refregado que le habían dado los del servicio de limpieza, para intentar visualizar lo último que la víctima debió de ver antes de que su cerebro perdiera la cobertura. ¿Una porción de acera moteada? ¿El enrejado negro de una ventana? ¿Las llantas de un coche aparcado?

¿Un roble delgado alzándose fuera de un cuadro de compacta suciedad?

El árbol, con un poco de suerte.

Tal como esperaba, Helen Swisher había estado jugando con él al gato y el ratón. Se había hecho la difícil durante las semanas anteriores con su siempre ocupado teléfono, su apretada agenda y sus viajes fuera de la ciudad. «¡Es la esposa de una víctima, por el amor de Dios! -se desahogó con Nancy-. ¡No una maldita sospechosa! Que coopere un poquito, ¿no?» Y entonces, justo cuando Sue Sánchez le iba a soltar el rollo por su «Aquí soy yo el que manda» de la rueda de prensa, la esposa le llamó al móvil para decirle que fuera puntual, que tenía poquísimo tiempo. Y luego la guinda: los recibió en el apartamento 9B con una mirada distante de condescendencia, como si fueran del servicio de limpieza y estuvieran allí para llevarse una de sus alfombras persas.

– No sé qué puedo decirles a ustedes que no le haya dicho ya a la policía -dijo Helen Swisher mientras cruzaban un arco que daba al salón, un espacio diáfano formidable con vistas a Park Avenue. Will se sentía incómodo con la decoración y el mobiliario, tanta finura, el salario de toda una vida dilapidado en una habitación, los decoradores como locos con los muebles antiguos, las arañas y las alfombras, cada una del precio de un buen coche.

– Muy bonito -dijo Will arqueando las cejas.

– Gracias -respondió ella con frialdad-. A David le gustaba leer los periódicos del domingo aquí. Acabo de ponerlo a la venta.

Tomaron asiento y ella se puso de inmediato a juguetear con la correa de su reloj, una señal de que el tiempo era oro para ella. Will la caló al momento y le hizo un miniperfil. A su manera caballuna era una mujer atractiva, su peinado perfecto y su traje de firma realzaban su aspecto. Swisher era judío, pero ella no, tal vez procediera de una familia acomodada, un banquero y una abogada que se conocieron no a través de los círculos sociales sino de manera concertada. No es que la tipa fuera un poco fría, era pura escarcha. El que no exteriorizara su pena no quería decir que no sintiera nada por su marido -probablemente le quería-, sino que era un reflejo del hielo que tenía en las venas. Si Will alguna vez tenía que demandar a alguien, alguien a quien odiara de verdad, esa era la mujer a la que buscaría.

Solo miraba a Will. Nancy podría haber sido invisible. Los subordinados, como esos socios colegiados del selecto gabinete de Helen, eran meros implementos, personajes secundarios. Solo cuando Nancy abrió su libreta, Helen la vio y frunció el ceño.

Will pensó que no tenía sentido comenzar con las consabidas condolencias. El no había ido allí a vender y ella no iba a comprar. Puso la directa y preguntó:

– ¿Conoce a algún hispano que conduzca un coche azul?

– ¡Válgame Dios! ¿Tanto han estrechado ya el cerco en su investigación?

Will hizo caso omiso de la pregunta.

– ¿Sí o no?

– El único hispano que conozco es el que sacaba a pasear a nuestro perro, Ricardo. No tengo ni la menor idea de si tiene coche o no.

– ¿Por qué ha dicho «paseaba»?

– Regalé el perro de David. Es curioso, pero uno de los de la ambulancia del hospital Lenox Hill se encariñó de él aquella mañana.

– ¿Podría darme los datos para contactar con Ricardo?

– Por supuesto -respondió ella con desdén.

– Si tenían a alguien que sacaba a pasear al perro -dijo Will-, ¿por qué lo sacó su marido la mañana en que fue asesinado?

– Ricardo solo venía por las tardes, cuando los dos estábamos fuera trabajando. Cuando estábamos aquí lo sacaba David.

– ¿Todas las mañanas a la misma hora?

– Sí, a eso de las cinco de la mañana.

– ¿Quién conocía esa rutina?

– Supongo que el portero de noche.

– ¿Tenía enemigos su marido? El tipo de enemigo al que le habría gustado verlo muerto…

– ¡Desde luego que no! Es decir, cualquiera que se dedique a la banca tiene adversarios, eso es normal, pero las transacciones que realizaba David eran corrientes, amistosas por lo general. Era un buen hombre -dijo ella como si la bondad no fuera una virtud.

– ¿Recibió el correo electrónico con los nombres de las víctimas?

– Sí, le eché un vistazo.

– ¿Y?

La cara se le desfiguró.

– ¡Y por supuesto que ni yo ni David conocíamos a nadie de esa lista!

Ahí estaba, esa era la explicación de que, se mostrara reacia a cooperar. Aparte de la inconveniencia de perder a un esposo en el que podía confiar, le asqueaba verse relacionada con el caso del Juicio Final. Era muy vistoso, pero de baja estofa. La mayoría de las víctimas vivían anónimamente al margen. El asesinato de David perjudicaba su imagen, su carrera; sus acomodados socios cotilleaban sobre Helen mientras meaban en sus urinarios y golpeaban la bola en el campo de golf. En cierto modo seguramente estaba enfadada con David por haber dejado que le rebanaran el cuello.

– Las Vegas -dijo Will de repente.

– Las Vegas -repitió ella con recelo.

– ¿A quién conocía David en Las Vegas?

– Él se preguntó exactamente lo mismo cuando vio la postal la noche antes de que lo asesinaran. No se acordaba de nadie, y yo tampoco.

– Hemos intentado que el banco de su marido nos diera la lista de sus clientes pero ha resultado imposible -dijo Nancy.

Ella se dirigió a Will.

– ¿Con quién han hablado?

– Con el director de la sucursal.

– Conozco bien a Steve Gartner. Si quiere, puedo llamarlo.

– Nos sería de gran ayuda.

El teléfono de Will se puso a sonar con su inadecuada música y él contestó sin excusarse, escuchó durante unos segundos, se levantó y se dirigió hacia un grupo de sillas y sofás que había en una esquina al otro lado de la habitación, dejando a las dos mujeres solas e incómodas.

Nancy, cohibida, se puso a repasar sus anotaciones para parecer ocupada en asuntos importantes, pero estaba claro que se sentía como un jabalí verrugoso ante esa leona. Helen se limitó a mirar fijamente la esfera de su reloj, como si con eso pudiera hacer desaparecer a aquella gente por arte de magia.

Will colgó y volvió sobre sus pasos.

– Gracias. Tenemos que irnos.

Eso fue todo. Un rápido apretón de manos y punto. Miradas frías y cordial antipatía.

Una vez en el ascensor Will dijo:

– Qué chica más maja.

Nancy estaba de acuerdo.

– Menuda zorra.

– Vamos a City Island.

– ¿Por qué?

– Víctima número nueve.

A Nancy casi le da un tirón en el cuello al alzar la vista y mirarlo.

La puerta se abrió al vestíbulo.

– El juego ha cambiado, socia. No parece que vaya a haber una víctima número diez. La policía tiene a un sospechoso: Luis Camacho, varón hispano de treinta y dos años, uno setenta y cinco de altura y setenta y dos kilos de peso.

– ¿En serio?

– Al parecer el tipo trabaja de auxiliar de vuelo. Adivina en qué ruta opera.

– ¿Las Vegas?

– Las Vegas.


6 de julio de 777,

Vectis, Britania


Confluencia.

La palabra había estado rondado su cabeza y a veces, cuando estaba solo, escapaba de su boca y lo dejaba temblando.

Le preocupaba la confluencia, como a toda la hermandad, pero estaba convencido de que a él le afectaba más que a los otros, deducción esta del todo imaginaria ya que los problemas de ese tipo no se discutían de manera abierta.

Por supuesto, estaban concienciados desde hacía tiempo de que ese séptimo día llegaría, pero la creencia de que se trataba de una profecía creció cuando en el mes de mayo apareció un cometa, y ahora, dos meses después, su luminosa cola permanecía en el cielo nocturno.

El prior Josephus estaba despierto antes de que sonara la campana para maitines. Apartó el pesado cobertor, se levantó, se alivió en el orinal y se refrescó la cara con el agua fría de una jofaina. En el suelo de barro había un jergón, una mesa y una silla. Esa era su celda; no había ventanas. Su blanca túnica de lana y sus sandalias de cuero eran sus únicas pertenencias terrenales.

Y era feliz.

A sus cuarenta y cuatro años se estaba quedando calvo y se había puesto un poco rechoncho debido a su afición a la fuerte cerveza de los barriles de la cervecería de la abadía. La calvicie de la coronilla le facilitaba la tarea de mantener la tonsura; todos los meses, Ignatius, el barbero cirujano, le hacía un trabajo rápido y lo despachaba con una palmadita en su rala calva y un guiño de complicidad.

Había entrado en el monasterio cuando tenía quince años, y en su condición de oblato, tenía prohibido el acceso a las zonas más alejadas del monasterio hasta que hubiera completado su iniciación y fuera un miembro de pleno derecho. Una vez dentro supo de inmediato que viviría siempre entre esos muros y que allí sería donde moriría. El amor que sentía hacia Dios y sus lazos de hermandad con los miembros de la comunidad (los siervos de Cristo) eran tan fuertes que a veces lloraba de alegría, atemperada solo por la culpa de saberse tan afortunado en comparación con tantas almas descarriadas como había en la isla.

Se arrodilló junto a la cama y, siguiendo la tradición iniciada por san Benito, comenzó su jornada espiritual con el padrenuestro para que, tal como san Benito habia escrito, la comunidad se purifique de «las espinas de escándalo que suelen producirse»:


Pater noster, qui es in caelis:

sanctificetur Nomen Tuum;

adveniat Regnum Tuum;

fiat voluntas Tua…


Acabó la plegaria, se santiguó, y en ese momento sonó la campana de la abadía. Suspendida en la torre con una cuerda recia, había sido labrada hacía casi dos décadas por Matthias, el herrero de la comunidad y amigo del alma de Josephus, que había muerto hacía tiempo a causa de la lepra. El melodioso tañido del badajo contra las placas de hierro le traía siempre el recuerdo de la risa sincera del herrero de mejillas sonrosadas.

Por un momento pensó en disciplinarse en memoria de su amigo, pero entonces la palabra «confluencia» invadió sus pensamientos.

Había tareas que hacer antes de los laudes, y como prior de la comunidad era el encargado de supervisar las labores de los novicios y los jóvenes monjes. Fuera hacía un frío agradable y estaba oscuro como boca de lobo; cuando respiraba, el aire húmedo que se colaba por su nariz le traía el sabor del mar. En los establos, las vacas estaban cargadas de leche; le satisfizo ver que, cuando él llegó, los jóvenes ya estaban ocupándose de las ubres.

– La paz sea contigo, hermano -dijo en voz baja a cada uno de los hombres, posando la mano sobre su hombro a medida que pasaba junto a ellos. Entonces se quedó helado: había siete vacas y siete hombres.

Siete.

El misterioso número de Dios.

El libro del Génesis estaba repleto de sietes: los siete cielos, los siete tronos, los siete sellos, las siete iglesias. Las murallas de Jericó se desmoronaron el séptimo día del sitio. En las Revelaciones, siete espíritus de Dios eran enviados para que se adentraran en la tierra. Desde David hasta el nacimiento de Cristo Nuestro Señor hubo exactamente siete generaciones.

Y ahora se encontraban al borde del séptimo día del séptimo mes del Anno Domini 777, que confluía con el advenimiento del cometa que Paulinus, el astrónomo de la abadía, había llamado con cautela Cometes Luctus, el Cometa de las Lamentaciones.

Y luego estaba el problema de Santesa, la esposa de Ubertus el picapedrero, que se acercaba al final de su preocupante estado.

¿Cómo podían aparentar todos semejante placidez? ¿Qué traería, en el nombre del Señor, el día de mañana?

La iglesia de la abadía de Vectis era una obra colosal en proceso, una fuente de inmenso orgullo. La iglesia original, de madera y paja, construida casi un siglo antes, era una estructura sólida que había aguantado los vientos del litoral y el azote de las tormentas marinas. La historia de la iglesia y la abadía era bien conocida, ya que algunos de sus monjes más antiguos habían servido junto a los hermanos fundadores. De hecho, uno de sus miembros, el anciano Alric, ahora demasiado enfermo hasta para salir de su celda y acudir a misa, había conocido a Birino, el eminente obispo de Dorchester, en sus tiempos de juventud.

Birino era un franciscano que había llegado a Wessex en el año 634, tras haber sido investido obispo por el papa Honorio con la misión de convertir a los paganos sajones del oeste. Pronto adoptó el papel de árbitro en una guerra civil en esa tierra dejada de la mano de Dios y se esforzó por forjar una alianza entre el gañán Cinegildo, rey de los sajones del oeste, y Osvaldo, rey de Northumbría, de temperamento mucho más afable, un cristiano. Pero Osvaldo no se aliaría con un no creyente, así que Birino, sintiendo que esa era una oportunidad única, persuadió a Cinegildo para que se convirtiera al cristianismo y vertió personalmente el agua bautismal sobre su sucia cabeza en el nombre de Cristo.

A esto siguió un pacto con Osvaldo y una larga paz. Cinegildo, en agradecimiento, legó Dorchester a Birino como sede episcopal y se convirtió en su benefactor. Birino, por su parte, se embarcó en la fundación de abadías según la tradición de san Benito por los territorios del sur, y cuando se estableció la carta fundacional de la abadía de Vectis en 686, el año de la peste negra, la última de las islas de Britania entró en el seno de la cristiandad. Cinegildo donó a la Iglesia sesenta fanegas de tierra cercanas al agua en ese enclave isleño, al que se accedía fácilmente en barco desde las costas de Wessex.

Conseguir que la plata de la realeza revirtiera en los intereses de la Iglesia ahora era asunto de Aetia, obispo de Dorchester. Había inculcado en el rey Offa de Mercia los beneficios espirituales que comportaría la siguiente fase de gloria para la abadía de Vectis -el paso de la madera a la piedra- para alabanza y honra del Señor. «Al fin y al cabo -había murmurado el obispo al rey-, el prestigio no se mide en roble sino en piedra.»

En una cantera, no lejos de las murallas de la abadía, los picapedreros italianos llevaban dos años cincelando bloques de arenisca que se transportaban con bueyes hasta la abadía, donde los albañiles los colocaban con mortero, erigiendo poco a poco los muros de la iglesia sobre la estructura de madera. El tañido metálico del cincel en la piedra llenaba el aire a lo largo del día, solo silenciado durante los oficios, cuando la contemplación y las calladas oraciones de los hermanos inundaban el santuario.

Josephus volvió al dormitorio, de camino a maitines, y abrió con cuidado la puerta de la celda de Alric para asegurarse de que el viejo monje seguía en este mundo. Le animó escuchar ronquidos, de modo que susurró una plegaria sobre su cuerpo hecho un ovillo, se marchó sin hacer ruido y entró en la iglesia por la escalera del dormitorio que llevaba directamente al transepto.

El santuario estaba iluminado por apenas una docena de velas, pero esa luz bastaba para evitar accidentes. Desde allí arriba, en la oscuridad, Josephus podía intuir las formas de los murciélagos frugívoros que revoloteaban entre las vigas. Los hermanos, de pie en dos filas a ambos lados del altar, esperaban pacientemente a que llegara el abad. Josephus se acercó lentamente a Paulinus, un monje pequeño y nervioso, y de no haber escuchado el crujido de la puerta principal al abrirse, habrían intercambiado un saludo furtivo. Pero el abad había llegado y nadie se atrevió a hablar.

El abad Oswyn era un hombre imponente de largas extremidades y amplios hombros, un hombre que había pasado la mayor parte de su vida mirando a la hermandad desde una cabeza más arriba, pero que en los últimos años parecía haberse encogido debido a una dolorosa curvatura en la columna. Como resultado de ese mal, sus ojos miraban al suelo casi de manera permanente y en los pasados años le había resultado prácticamente imposible alzar la vista al cielo. Con los años su ánimo se había ensombrecido, y eso, sin duda, afectaba negativamente en la fraternidad de la comunidad.

Los hermanos le oían arrastrar los pies por el santuario, sus sandalias rasgaban los tablones de madera. Como siempre, tenía la cabeza gacha y la luz de las velas se reflejaba en su brillante cuero cabelludo y su níveo flequillo. Ascendió lentamente la escalera del altar, haciendo muecas por el esfuerzo, y se colocó donde le correspondía, bajo el baldaquino de pulido nogal. Colocó las palmas de las manos sobre la suave y fría madera de la tabula y entonó con una voz nasal y aguda: «Aperi, Domine, os meum ad henedicendum nomen sanctum tuum».

Los monjes, en dos filas, rezaron y pronunciaron su salmodia contestando a los responsos; sus voces se unían y llenaban el santuario. ¿Cuántos miles de veces Josephus habría dado voz a esas plegarias? Sin embargo, ese día sentía una necesidad especial de pedirle a Cristo su perdón y su compasión, y las lágrimas brotaron de sus ojos cuando llegó a la última línea del Salmo 148: «Alleluja, laúdate Dominum de caelis, alleluja, alleluja».


Era un día caluroso y seco, y la abadía era un hervidero de actividad. Josephus pasó a través de la recién segada hierba del claustro para hacer sus rondas matinales y revisar las tareas de la comunidad. Sin contar a los trabajadores que acudían solo durante el día, había ochenta y tres almas en la abadía de Vectis la última vez que se contaron, y cada uno de ellos esperaba ver al prior al menos una vez al día. No era de los que hacen inspecciones aleatorias, tenía su rutina y todos la conocían.

Comenzó con los albañiles para ver los progresos del edificio y le inquietó sobremanera percatarse de que Ubertus no había llegado al trabajo. Buscó al hijo mayor de Ubertus, Julianus, un robusto adolescente cuya piel morena resplandecía por el sudor, y supo así que Santesa había empezado con los dolores del parto. Ubertus volvería en cuanto pudiera.

– Mejor hoy que mañana, ¿no? Eso es lo que dice la gente -dijo Julianus al prior, quien asintió solemnemente para expresar su conformidad y le pidió que le informara cuando el nacimiento tuviera lugar.

Josephus se dirigió al cellarium para revisar las provisiones de carne y verduras, y después al granero para asegurarse de que los ratones no se habían metido en el trigo. En la cervecería se vio obligado a hacer una cata de la cerveza de cada barril y, como parecía no estar seguro acerca del sabor, volvió a probarlas. Después fue a la cocina contigua al refectorio para comprobar si las hermanas y jóvenes novicias estaban de buen humor. Lo siguiente fue darse una vuelta por el lavatorium para verificar que el agua fresca fluía adecuadamente hacia los lebrillos y las letrinas, donde tuvo que aguantar la respiración mientras inspeccionaba la zanja.

En el huerto comprobó que los hermanos mantenían a raya a los conejos para que no se comieran los brotes tiernos. Luego bordeó el pasto de las cabras para inspeccionar su edificio favorito, el scriptorium, el cual presidía Paulinus con los seis hermanos que, encorvados sobre las mesas, realizaban bellas copias de la regla de san Benito y de la Sagrada Biblia.

A Josephus le gustaba esa cámara más que ninguna por el silencio y la noble vocación que se practicaba en ella, y también porque consideraba que Paulinus era pío e instruido. Si había alguna pregunta sobre los cielos, las estaciones o sobre cualquier fenómeno natural, Paulinus siempre estaba dispuesto a ofrecer una interpretación profunda, paciente y correcta. La conversación banal disgustaba al abad, pero Paulinus era una fuente excelente de conocimiento, algo que Josephus tenía en alta estima.

El prior atravesó el scriptorium de puntillas, cuidándose mucho de no interrumpir la concentración de los copistas. El único sonido allí era el agradable roce de las plumas sobre los pergaminos. Saludó con la cabeza a Paulinus, y este esbozó una sonrisa. Una muestra de camaradería mayor no habría sido apropiada; las muestras exteriores de afecto estaban reservadas al Señor. Paulinus le indicó con un gesto que salieran.

– Que tengas buen día, hermano -dijo Josephus, entornando los ojos ante la luz del mediodía.

– También tú. -Paulinus parecía preocupado-.Así pues, mañana es el día de la verdad -susurró.

– Sí, sí -convino Josephus-. Al fin ha llegado.

– Anoche observé el cometa durante un buen rato.

– ¿Y?

– Cuando llegó la medianoche, su estela se volvió roja y brillante. Del color de la sangre.

– ¿Qué significa eso?

– Creo que es una señal de mal augurio.

– He oído que la mujer ha empezado con los dolores de parto -apuntó Josephus, esperanzado.

Paulinus cruzó los brazos firmemente sobre el hábito y frunció los labios con desdén.

– ¿Y supones que, como ha dado a luz nueve veces anteriormente, este niño vendrá al mundo rápido? ¿En el sexto día del mes, en lugar del séptimo?

– Bueno, eso es lo que cabría esperar -dijo Josephus.

– Tenía el color de la sangre -insistió Paulinus.

El sol estaba llegando a lo más alto, y Josephus se apresuró para completar su circuito antes de que la comunidad volviera a ocupar sus puestos en el santuario para la hora sexta. Pasó deprisa por el dormitorio de las hermanas y entró en la casa capitular, en la que las filas de bancos de pino estaban aún vacías, a la espera de que llegara la hora en que el abad leería un capítulo de la regla de san Benito a toda la comunidad. Un gorrión se había colado dentro y batía sus alas en las alturas con desesperación; Josephus dejó las puertas abiertas con la esperanza de que fuera capaz de encontrar la libertad. Fue hacia la parte de atrás de la casa y golpeó con los nudillos la puerta de la cámara privada del abad.

Oswyn estaba sentado a la mesa de estudio con la cabeza inclinada sobre la Biblia. Dorados haces de luz atravesaban las vidrieras de las ventanas e incidían sobre la mesa en un ángulo perfecto que hacía que el sagrado libro refulgiera con un brillo color naranja. Oswyn se irguió lo justo para ver a su prior.

– Ah, Josephus. ¿Cómo van las cosas hoy por la abadía?

– Van bien, padre.

– ¿Y qué hay de los progresos de nuestra iglesia, Josephus? ¿Cómo va el segundo arco del muro oriental?

– El arco está casi terminado. Sin embargo, Ubertus, el picapedrero, se ha ausentado hoy.

– ¿No se encuentra bien?

– No, su esposa ha empezado con los dolores de parto.

– Ah, sí. Ya me acuerdo. -Esperó a que su prior añadiera algo, pero Josephus permaneció en silencio-. ¿Te preocupa ese nacimiento?

– Tal vez sea un mal augurio.

– El Señor nos protegerá, prior Josephus. De eso puedes estar seguro.

– Sí, padre. No obstante, me preguntaba si debería partir hacia el pueblo.

– ¿Con qué propósito? -preguntó Oswyn bruscamente.

– Por si fuera necesaria la presencia de un religioso -dijo Josephus mansamente.

– Ya sabes lo que pienso sobre abandonar los claustros. Somos siervos de Cristo, Josephus, no de los hombres.

– Sí, padre.

– ¿Han pedido nuestra ayuda los del pueblo?

– No, padre.

– Entonces preferiría que no te implicaras. -Alzó su encorvado cuerpo de la silla-. Ahora vamos a la hora sexta y reunámonos con nuestros hermanos y hermanas para rogar al Señor.

Las vísperas, el oficio que tenía lugar al ponerse el sol, era el preferido de Josephus, ya que el abad permitía que la hermana Magdalena tocara el salterio como acompañamiento a sus plegarias. Sus largos dedos punteaban las diez cuerdas del laúd, y él estaba seguro de que la perfección del tono y la precisión de la cadencia eran testimonio de la magnificencia del Todopoderoso.

Tras el oficio las hermanas y los hermanos salían del santuario en fila y se dirigían hacia sus respectivos dormitorios, pasados los bloques de piedra, los escombros y los andamios que habían dejado allí los italianos. En su celda, Josephus intentaba aclarar su mente y dedicar unos momentos a la contemplación, pero pequeños ruidos en la lejanía le distraían. ¿Había llegado alguien? ¿Traerían noticias acerca del nacimiento que estaba por venir? Esperaba que sonara la campana de los invitados en cualquier momento.

Antes de que se diera cuenta tocaron a completas; había llegado la hora del último oficio del día. Sus preocupaciones no le habían permitido meditar, y rezó pidiendo perdón por tal transgresión. Cuando pronunciaron los últimos sones del último canto, observó al abad descender con mucho cuidado del altar mayor y pensó que Oswyn jamás había parecido más viejo y más frágil.

Josephus tuvo un sueño intranquilo, enturbiado por molestas pesadillas de cometas de color rojo sangre y niños con brillantes ojos rojos. En ese sueño la gente se congregaba en la plaza de un pueblo, donde los había convocado un campanero con un brazo fuerte y otro atrofiado. El campanero estaba angustiado y lloraba, y entonces, de golpe, Josephus se despertó y se dio cuenta de que aquel hombre era Oswyn.

Alguien llamaba a su puerta.

– ¿Sí?

– Prior Josephus, siento despertarle -dijo una voz joven desde el otro lado de la puerta.

– Entra.

Era Theodore, el novicio encargado esa noche de hacer guardia en la entrada principal.

– Ha venido Julianus, el hijo de Ubertus, el picapedrero. Ruega que vaya usted con él a casa de su padre. Su madre está teniendo un parto difícil y puede que no sobreviva.

– ¿Aún no ha nacido el niño?

– No, padre.

– ¿Qué hora es, hijo mío? -Josephus puso los pies en el suelo y se frotó los ojos.

– La undécima.

– Entonces el séptimo día está al llegar

En la oscuridad de esa noche sin luna, Josephus estuvo a punto de torcerse un tobillo en los surcos que las ruedas de los carros tirados por bueyes habían dejado en el camino. Se esforzaba por mantener el ritmo de las grandes zancadas de Julianus para seguir con más facilidad la corpulenta silueta negra del muchacho y no salirse del camino. La brisa fría del viento traía los sonidos del canto de los grillos y los graznidos de las gaviotas. Normalmente Josephus se habría deleitado con esa música nocturna, pero esa noche prácticamente ni la oía.

Cuando estaban cerca de la primera de las casas de los picapedreros, Josephus oyó sonar la campana de la abadía, la llamada para el oficio nocturno.

Medianoche.

Avisarían a Oswyn de su incursión y Josephus estaba seguro de que no sería de su agrado.

Para ser medianoche, en el pueblo reinaba una actividad inquietante. En la distancia Josephus podía ver las teas brillar desde las puertas abiertas de las pequeñas casas de paja, y antorchas que se movían arriba y abajo por el camino; la gente estaba fuera de sus casas. A medida que se acercaban, quedó claro que el centro de la actividad era la casa de Ubertus. La gente se arremolinaba a la entrada y las antorchas proyectaban fantásticas sombras alargadas. En la puerta, mirando hacia el interior, bloqueando la entrada, había tres hombres. Josephus oyó un parloteo en italiano y retazos de oraciones en latín que los picapedreros habían oído en la iglesia y habían robado como si fueran urracas.

– Abrid paso, el prior de Vectis está aquí -declaró Julianus.

Los hombres se apartaron al tiempo que se santiguaban y hacían reverencias.

Del interior salió un grito, el de una mujer agonizante, un grito horrible y desgarrador que casi traspasaba la carne. Josephus sintió que las piernas le fallaban.

– Que Dios nos proteja -dijo, y se obligó a cruzar el umbral.

El caserón estaba lleno de familiares y de gente del pueblo; para que Josephus pudiera entrar, tuvieron que salir dos para dejar espacio libre. Ubertus, un hombre duro como la piedra que cortaba a diario, estaba sentado junto al hogar, abatido, con la cabeza entre las manos.

– Prior Josephus -dijo el picapedrero con voz queda debido al cansancio-, gracias a Dios que ha venido. ¡Por favor, rece por Santesa! ¡Rece por todos nosotros!

Santesa estaba tumbada en la cama principal, rodeada de mujeres. Tenía las rodillas pegadas a su abultado vientre; el camisón arremangado dejaba a la vista unos muslos con manchitas. Tenía la cara del color de la remolacha, tan deformada que prácticamente le faltaba humanidad.

Había algo animalesco en ella, pensó Josephus. Tal vez el diablo ya la había hecho suya.

Una mujer oronda que Josephus reconoció como la mujer de Marcus, el vigilante del cementerio, parecía hallarse a cargo del parto. Estaba a los pies de la cama, con la cabeza entrando y saliendo del camisón de Santesa, y no paraba de hablar en italiano y de dar órdenes a Santesa. Llevaba el pelo trenzado en un moño, lejos de los ojos; tenía las manos y el delantal cubiertos de una materia rosa y viscosa. Josephus se percató de que a Santesa le brillaba el vientre por un ungüento rojizo y que en la cama había una pata ensangrentada de una grulla. Brujería. Eso no lo podía tolerar.

Al darse cuenta de la presencia del religioso, la partera se volvió.

– Viene del revés -dijo simplemente.

Josephus se arrimó a ella por detrás e inmediatamente la partera levantó el camisón: un piececillo púrpura minúsculo colgaba del cuerpo de Santesa.

– ¿Es un niño o una niña?

La mujer bajó el camisón.

– Un niño.

Josephus tragó saliva, hizo la señal de la cruz y se hincó de rodillas.

In nomine patris, et filii, et spiritus sancti

Pero por más que rezara, deseaba con todas sus fuerzas que el niño naciera muerto.


Nueve meses antes, en una cruda noche de noviembre, soplaba un vendaval fuera de la casa del picapedrero. Ubertus reavivó el fuego por última vez y fue de jergón en jergón comprobando que estuvieran todos sus retoños, dos o tres por cama, excepto Julianus, que tenía edad suficiente para poseer su propio jergón. Tras esto, se metió en la cama principal, junto a su esposa, que estaba a punto de quedarse dormida, exhausta tras otro largo día de duro trabajo.

Ubertus se subió la pesada colcha de lana hasta la barbilla. Se había traído esa tela desde Umbría en un arcón de madera de cedro; le hacía un gran servicio en ese clima tan duro. Sintió el cuerpo cálido de Santesa a su lado y le puso una mano en el pecho; subía y bajaba suavemente. Sus ganas eran patentes y su dureza tendría que ser satisfecha. Por Dios que se merecía un poco de placer en este difícil mundo terrenal. Arrastró su mano hacia abajo y le separó las piernas.

Santesa ya no era hermosa. Sus treinta y cuatro años y los nueve niños se habían cobrado su parte. Estaba hinchada y demacrada, y tenía un sempiterno ceño fruncido por el dolor de sus muelas podridas. Pero era obediente, así que, cuando se dio cuenta de las intenciones de su marido, suspiró y susurró:

– Estamos en ese momento del mes en que hay que pensar en las consecuencias.

Él sabía exactamente a qué se refería.

La madre de Ubertus había parido trece hijos: ocho niños y cinco niñas. Solo nueve de ellos habían llegado a la edad adulta. Ubertus era el séptimo hijo, y a medida que fue creciendo tuvo que asumir esa cruz. Según la leyenda, si alguna vez tenía un séptimo hijo, ese chico sería un brujo, un conjurador de las fuerzas oscuras, un demonio. En ese pueblo todos sabían de esa leyenda del séptimo hijo de un séptimo hijo, pero nadie, la verdad sea dicha, había conocido a ninguno.

En sus años mozos Ubertus había sido un mujeriego que explotaba la imagen peligrosa del potencial que encerraba en sus entrañas. Tal vez usó ese estatus para seducir a Santesa, la chica más bonita del pueblo. De hecho, Santesa y él se habían gastado bromas durante años, pero tras el nacimiento del sexto hijo, Lucius, las bromas cesaron y sus uniones sexuales tomaron un tono de seriedad. Cada uno de los tres siguientes embarazos fueron una fuente de inquietud considerable. Santesa intentaba saber con anticipación el sexo de los bebés pinchándose en el dedo con una espina y dejando que la sangre cayera en un cuenco con agua de manantial. Una gota que se hundía en el agua significaba un chico, pero unas veces la gota se hundía y otras flotaba. Gracias a Dios, todos habían sido niñas.

Ubertus se abrió paso hacia el interior. Ella tomó aire y susurró:

– Rezo para que sea otra niña.

Junto al lecho, en noche cerrada, la situación era cada vez más grave a pesar de los rezos de Josephus. Santesa estaba demasiado débil para gritar y su respiración era poco profunda. Ese minúsculo pie que sobresalía estaba cada vez más oscuro, del color del barro azul oscuro que usaban los ceramistas de la abadía.

Por fin la partera afirmó que tendrían que hacer algo si no querían perderlos a los dos. Siguió un debate acalorado y llegaron a un consenso: tenían que sacar el bebé a la fuerza. La partera metería las dos manos, agarraría las piernas y tiraría tan fuerte como fuera necesario. Probablemente, esa maniobra acabaría con el bebé, pero tal vez la madre consiguiera salvarse. No hacer nada era condenar a ambos a una muerte segura.

La partera se volvió hacia Josephus para que le diera la bendición.

Josephus asintió. Había que hacerlo.

Ubertus permanecía de pie junto a la cama, con los ojos fijos en aquella catástrofe. Sus brazos, tremendamente musculosos, pendían de sus hombros débilmente.

– ¡Yo te imploro, Señor! -gritó, pero nadie sabía con certeza si pedía por su esposa o por su hijo.

La partera empezó a tirar. La tensión de su rostro reflejaba que estaba realizando un gran esfuerzo. Santesa murmuró algo ininteligible, pero ya había traspasado el umbral de dolor. La partera soltó su presa, sacó las manos para secárselas en el delantal y tomó aliento. Volvió a agarrar las piernas y comenzó de nuevo.

Esa vez sí hubo movimiento. Afloraba lentamente a la superficie. Rodillas, muslos, pene, nalgas. Y de repente ya estaba fuera. El canal de parto cedió ante su gran cabeza y de pronto el niño estaba en las manos de la partera.

Era un bebé grande, bien proporcionado, pero de un azul arcilloso e inerte. Mientras los hombres, las mujeres y los niños que había en la habitación lo observaban sobrecogidos, la placenta se desprendió e hizo un ruido sordo al caer al suelo. El pecho del bebé dio un espasmo e inhaló. Después volvió a respirar. Y un momento después ese niño azul estaba sonrosado y berreaba como un cerdito.

Cuando la vida llegó al niño, la muerte llegó a su madre. Santesa inspiró por última vez y su cuerpo se quedó inmóvil.

Ubertus rugía de pena y agarró al niño de manos de la partera.

– ¡Este no es mi hijo! -gritó-. ¡Es hijo del demonio!

Con movimientos rápidos, arrastrando la placenta por el sucio suelo, se abrió paso entre la multitud dando golpes con los hombros y llegó hasta la puerta. Josephus estaba demasiado aturdido para reaccionar. Farfulló algo pero las palabras no acudieron a su boca.

Ubertus estaba de pie en el camino; sostenía a su hijo en sus manos como rocas y gemía como un animal. La gente del pueblo portaba antorchas y lo miraba. Entonces Ubertus agarró el cordón umbilical y volteó al bebé sobre su cabeza como si blandiera una honda.

El cuerpecito se estrelló con fuerza contra el suelo.

– ¡Uno! -gritó.

Lo hizo volar sobre su cabeza y volvió a estrellarlo contra el suelo.

– ¡Dos!

Y así una y otra vez:

– ¡Tres!… ¡Cuatro!… ¡Cinco!… ¡Seis!… ¡Siete!

Tras esto, tiró el cadáver roto y sangriento al camino y volvió aletargado hacia la casa.

– Ya está. Lo he matado.

No podía entender por qué nadie le hacía caso. Todos los ojos estaban fijos en la partera que, encorvada sobre el cuerpo inerte de Santesa, manoseaba entre sus piernas de manera frenética.

Había salido un mechón de pelo rojizo.

Después una frente. Y una nariz.

Josephus lo observaba atónito, no podía dar crédito a lo que veían sus ojos. Otro niño estaba saliendo de una matriz sin vida.

Mirabile dictu!-murmuró.

La partera hizo una mueca de esfuerzo y tiró hasta que asomó la barbilla, un hombro y un cuerpo largo y delgado. Era otro niño, y este había comenzado a respirar sin ayuda, una respiración fuerte y clara.

– ¡Milagro! -dijo un hombre, y todos lo repitieron.

Ubertus avanzó a trompicones y observó el espectáculo con ojos vidriosos.

– ¡Este es mi octavo hijo! -gritó-. ¡Oh, Santesa, hiciste gemelos! -Y le tocó una mejilla con miedo, como quien toca una olla hirviendo.

El bebé se retorció en las manos de la partera pero no lloró.


Nueve meses antes, cuando Ubertus terminó de plantar su semilla, su rocío atravesó la matriz de Santesa. Y ese mes ella había producido no uno sino dos óvulos.

El segundo óvulo fertilizado se convirtió en el bebé que ahora yacía destrozado en un camino de carros.

El primer óvulo fertilizado, el séptimo hijo, se convirtió en el niño pelirrojo que contenía en él cada alma de aquella maravillada habitación.


19 de marzo de 2009,

Las Vegas


Mark Shackleton, hijo único criado en Lexington, Massachusetts, rara vez se sentía frustrado. Sus indulgentes padres de clase media satisfacían todos sus caprichos, así que se hizo mayor sin apenas relacionarse con la palabra «no». Su vida interior tampoco se veía perturbada por sentimientos de frustración, ya que su rápida y analítica mente se movía a través de los problemas con una, eficiencia tal que aprender apenas le suponía ningún esfuerzo.

Dennis Shackleton, un ingeniero aeroespacial de Raytheon, estaba orgulloso de haber transmitido a su hijo el gen de las matemáticas. El día del quinto cumpleaños de Mark -todo un acontecimiento en esa ordenada casa de dos pisos en la que vivían-, Dennis sacó una hoja de papel y anunció:

– El teorema de Pitágoras.

Aquel niño flacucho agarró un lápiz y, sintiendo sobre él los ojos de sus padres, tías y tíos, se acercó a la mesa del comedor, dibujó un triángulo y escribió debajo: a2 + b2 =c².

– ¡Bien! -exclamó su padre mientras se subía las gafotas negras hasta el puente de la nariz-.Y esto, ¿qué es esto? -preguntó apuntando con un dedo el lado más largo del triángulo.

Los abuelos se reían entre dientes cuando veían que el chico arrugaba la cara unos segundos y después soltaba:

– ¡El hipopótamo!

Las primeras frustraciones de Mark le llegaron en la adolescencia, cuando empezó a darse cuenta de que su cuerpo no se desarrollaba con la misma robustez que su mente. Se sentía superior -no, era superior- a esos cachas atléticos con cerebro de mosquito que poblaban el instituto, pero las chicas no eran capaces de ver más allá de sus enclenques piernas y su pecho de paloma y descubrir el interior de Mark, un intelecto privilegiado, un conversador brillante, un incipiente escritor de elaboradas historias de ciencia ficción en torno a razas alienígenas que conquistaban a sus adversarios con su inteligencia superior en lugar de a través de la fuerza bruta. Ojalá esas chicas bonitas de pechos aterciopelados hubieran hablado con él en vez de reírse cuando paseaba su desgarbado cuerpo por los pasillos o alzaba enérgicamente la mano desde la primera fila de la clase.

La primera vez que una chica le dijo «No» se juró que sería la última. En su segundo año en la universidad, cuando al fin consiguió reunir el coraje suficiente para invitar a Nancy Kislik al cine, ella le miró de manera rara y le dijo con frialdad: «No», así que decidió cerrar la puerta a esa parte de sí mismo durante años. Se sumergió en el universo paralelo del Club de Matemáticas y el Club de Informática, donde era el mejor entre los menos populares, el primero entre sus iguales. Los números nunca le decían que no. Ni las líneas de códigos de los programas informáticos. Fue mucho después de que se licenciara en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, cuando era un joven empleado en una compañía de seguridad de bases de datos, podrido de acciones de bolsa y con un descapotable, cuando consiguió quedar con una tal Jane, analista de sistemas, y, gracias a Dios, mojar al fin por vez primera.

En este momento Mark estaba recorriendo nervioso la cocina y transformándose mediante esta energía cinética en su álter ego y seudónimo: Peter Benedict, un hombre de mundo, un magnífico jugador, un escritor de guiones de cine de Hollywood.

Un hombre completamente diferente a Mark Shackleton, empleado del gobierno, friki de la informática. Respiró hondo varias veces y se tomó lo que quedaba de su café tibio. «Hoy es el día, hoy es el día, hoy es el día.» Intentaba mentalizarse, prácticamente rezaba, hasta que su ensoñación se vio detenida por su odioso reflejo en las puertas correderas. Mark, Peter, poco importaba, era un tipo enclenque con una nariz protuberante que se estaba quedando calvo. Intentó sacárselo de la cabeza, pero una palabra desagradable se abrió paso: patético.


Había empezado a trabajar en su guión, Contadores, poco después de la reunión en ATI. Pensar en Bernie Schwartz y sus máscaras africanas le daba mareos, pero aquel hombre le había encargado un guión sobre contadores de cartas, ¿no? La experiencia en ATI le había revuelto las tripas. Sentía por el guión rechazado el mismo tipo de afecto que se profesa a un primer hijo, pero ahora tenía otro plan: vendería el segundo guión y luego lo usaría como palanca para resucitar el antiguo. Se juró que no lo dejaría morir en el intento.

Así pues, se entregó al proyecto en cuerpo y alma. Todas las tardes, cuando llegaba a casa del trabajo, y todos los fines de semana, allí estaba él dándole que te pego a las secuencias de acción y a los diálogos. Tres meses después lo había terminado, y creía que era algo más que bueno; quizá incluso era genial.

Tal como él la había concebido, la película sería, primero y ante todo, un vehículo para las grandes estrellas, a las cuales él imaginaba acercándosele en el rodaje (¿en el Constellation?) para decirle cuánto les encantaban esos diálogos que él había puesto en sus labios. La historia lo tenía todo: intriga, drama, sexo, todo ello en el mundo de altos vuelos de las apuestas de casino y las trampas. ATI recibiría millones por el guión y él cambiaría su vida en un laboratorio subterráneo en medio del desierto, con unos ahorros de poco menos de ciento treinta de los grandes, por el suntuoso mundo del guionista: viviría en una mansión en lo más alto de las colinas de Hollywood, recibiría las llamadas de los directores, asistiría a estrenos en los que habría cañones de luz barriendo el horizonte. Aún no había cumplido los cincuenta. Todavía tenía futuro.

Pero para ello Bernie Schwartz debía dar el sí. Hasta algo tan simple como llamar a aquel hombre resultaba complicado. Mark salía de casa demasiado temprano y volvía demasiado tarde para contactar con la oficina de Bernie desde casa. Llamar al exterior desde su puesto de trabajo era imposible. Cuando trabajas en las profundidades de un bunker subterráneo, eso de salir un momentito para hacer una llamada por el móvil -suponiendo que los móviles estuvieran permitidos- era algo que simplemente estaba fuera de lugar. Y eso significaba que tenía que pillarse días de baja para quedarse en Las Vegas y poder llamar a Los Ángeles. Unas cuantas ausencias más y sus superiores le harían preguntas y le obligarían a someterse a un examen del departamento médico.

Marcó el número de teléfono y esperó hasta escuchar la cantinela:

– ATI, ¿con quién le pongo?

– Bernard Schwartz, por favor.

– Un momento, por favor.

Durante las últimas dos semanas la música de espera había sido una pieza para clavicordio de Bach, relajante a su manera matemática. Mark veía en su cabeza los patrones musicales y eso le ayudaba a calmar el estrés que le producía llamar a ese hombrecillo tan repugnante y, sin embargo, esencial.

La música cesó.

– Aquí Roz.

– Hola, Roz, soy Peter Benedict. ¿Está por ahí el señor Schwartz?

Una pausa embarazosa y después con una frialdad total: -Hola, Peter, no, no está en su escritorio.

Frustración.

– ¡He llamado ya siete veces, Roz!

– Lo sé, Peter, he hablado contigo las siete veces.

– ¿No sabes si ha leído mi guión?

– No estoy segura de que haya podido hacerlo.

– Cuando te llamé la semana pasada, me dijiste que lo comprobarías.

– La semana pasada no lo había hecho.

– ¿Crees que lo hará la próxima? -suplicó.

Silencio en la línea. Creyó escuchar el sonido incesante del clic de un bolígrafo. Y por fin:

– Mira, Peter, eres un buen tipo. No debería decirte esto, pero hemos recibido el informe de Contadores de nuestros lectores y no es favorable. Es una pérdida de tiempo que sigas llamando. El señor Schwartz es un hombre muy ocupado y no va a representar este proyecto.

Mark tragó saliva y apretó el teléfono con tanta fuerza que se hizo daño en la mano.

– ¿Peter?

La garganta se le había secado y le quemaba.

– Gracias, Roz. Siento haberte molestado.

Colgó el teléfono y dejó que sus rodillas se abatieran sobre la silla más cercana.

Comenzó con una lágrima que caía de su ojo izquierdo, después del derecho. Mientras se secaba la cara, la presión ascendió desde debajo del diafragma, alcanzó el pecho y se escapó de su laringe en un sollozo sordo y grave. Tras este, otro más, y luego otro, hasta que sus hombros comenzaron a moverse espasmódicamente y se puso a llorar de manera descontrolada. Como un niño, como un bebé. No. No.


El cielo del desierto se tornó púrpura mientras Mark caminaba como aletargado hacia el Constellation; en su mano derecha apretaba un fajo de billetes dentro del bolsillo del pantalón. Se abrió paso a través del abarrotado vestíbulo con una visión en túnel que desdibujaba la periferia y anduvo con paso firme hasta el casino Grand Astro. Casi no oía el bullicio de las voces, el tintineo y las simplonas notas musicales de las máquinas tragaperras y de videopóquer. Lo que oía era su sangre latiéndole con fuerza en los oídos, como una pesada ola que borboteaba dentro. Cosa extraña, no prestó atención a los puntos de luz de la cúpula del planetario, con Tauro, Perseo y el Auriga justo encima de su cabeza. Torció a la izquierda y pasó bajo Orion y Géminis de camino hacia Ursus Major, la Osa Mayor, donde le aguardaba la sala de grandes apuestas al blackjack.

Había seis mesas de cinco mil dólares, y él eligió aquella en la que estaba Marty, uno de sus crupieres favoritos. Marty originario de New Jersey, llevaba su ondulado pelo castaño recogido en una coleta bien peinada. Los ojos del crupier brillaron cuando lo vio acercarse.

– ¡Señor Benedict! ¡Aquí tengo un buen sitio para usted!

Mark se sentó y musitó un saludo a los otros cuatro jugadores, todos hombres, todos tan serios como enterradores. Sacó el fajo de billetes y lo cambió por ocho mil quinientos dólares en fichas. Marty nunca le había visto cambiar tanto.

– ¡De acuerdo! -dijo en voz alta para que le oyera el jefe de sala, que estaba por allí cerca-. Espero que le vaya de maravilla esta noche, señor Benedict.

Mark apiló las fichas y se quedó mirándolas como un idiota; estaba muy espeso. Apostó el mínimo de quinientos y jugó en modo piloto automático durante unos minutos, cubriendo pérdidas hasta que Marty relanzaba la partida y comenzaba una nueva apuesta. Entonces se le aclaró la mente como si hubiera respirado sales aromáticas y comenzó a oír números reverberando en su cabeza cual balizas de sonido en la niebla.

Más tres, menos dos, más uno, más cuatro.

El conteo le llamaba y, como hipnotizado, por una vez se permitió asociar la cuenta a sus apuestas. Durante la siguiente hora subió y bajó como la marea, retirándose al mínimo cuando el conteo estaba bajo y haciendo saltar las apuestas cuando estaba alto. Su pila de fichas aumentó a trece mil dólares, más tarde a treinta y un mil dólares, y siguió jugando, ni se dio cuenta de que Marty había sido reemplazado por una chica llamada Sandra con cara de pocos amigos y dedos manchados de nicotina. Media hora después tampoco se dio cuenta de que Sandra cada vez cambiaba el juego con más frecuencia. No se dio cuenta de que su pila había crecido hasta los sesenta mil dólares. No se dio cuenta de que no le habían servido otra cerveza. Y no se dio cuenta de que el jefe de sala se le acercaba por detrás con sigilo junto a dos guardias de seguridad.

– Señor Benedict, ¿le importaría acompañarnos?


Gil Flores se movía arriba y abajo con pasitos rápidos, como uno de los tigres siberianos de aquel viejo espectáculo de Siegfried y Roy. El hombrecillo humillado y sumiso que tenía sentado ante él casi podía sentir las bocanadas de aire caliente sobre su calva cabeza.

– ¿En qué coño estabas pensando? -le preguntó Flores-. ¿Acaso creías que no te íbamos a pillar, Peter?

Mark no contestó.

– ¿No dices nada? Esto no es un puto tribunal. Aquí no vale lo de inocente hasta que se demuestre lo contrario. Eres culpable, amigo. Me has dado por el culo, y ese no es el tipo de sexo que me gusta.

Una mirada vacía y muda.

– Creo que deberías contestar. Creo de verdad que es mejor que contestes de una puta vez.

Mark tragó saliva con dificultad, un trago seco y duro que produjo un gracioso «glup».

– Lo siento. No sé por qué lo he hecho.

Gil se llevó la mano a su espesa cabellera negra y se despeinó con exasperación.

– ¿Cómo es posible que un hombre inteligente diga: «No sé por qué lo he hecho»? Para mí, eso no tiene sentido. Claro que sabes por qué lo has hecho. ¿Por qué lo has hecho?

Mark lo miró por fin y se echó a llorar.

– No me vengas con lloros -le advirtió Flores-. No soy tu puñetera madre. -Dicho esto le puso una caja de pañuelos en el regazo.

Se enjugó las lágrimas.

– Hoy me he llevado un chasco. Estaba cabreado. Estaba enfadado y he reaccionado de ese modo. Ha sido una estupidez y pido disculpas. Pueden quedarse con el dinero.

Flores casi se había calmado, pero aquello último volvió a ponerle de los nervios.

– ¿Que me puedo quedar con el dinero? ¿Te refieres al dinero que me has robado? ¿Esa es tu solución? ¿Permitirme que me quede con un puto dinero que me pertenece?

Con los gritos, Mark se puso a gimotear y necesitó otro pañuelo.

Sonó el teléfono que había en el escritorio. Flores contestó y permaneció unos segundos a la escucha.

– ¿Está seguro de eso? -Y después de una pausa-: Por supuesto. No hay problema.

Colgó el teléfono y se colocó frente a Mark, lo que obligó a este a hacer un movimiento brusco con el cuello.

– Está bien, Peter, te diré cómo vamos a solucionar esto.

– Por favor, no me denuncien a la policía -imploró Mark-. Perdería mi trabajo.

– ¿Te importaría cerrar el pico y escucharme? Esto no es una conversación. Yo hablo y tú escuchas. Esta es la asimetría a la que te han llevado tus actos.

– De acuerdo -susurró Mark.

– Número uno: prohibido entrar en el Constellation. Si vuelves a entrar en este casino, serás detenido y te denunciaremos por allanamiento. Número dos: te vas con los ocho mil quinientos con los que entraste. Ni un penique más ni un penique menos. Número tres: has traicionado mi confianza y mi amistad, así que quiero que salgas de mi despacho y de mi casino ahora mismo. Mark pestañeó.

– ¿Por qué no te has ido todavía?

– ¿No va a llamar a la policía?

– ¿No me has estado escuchando?

– ¿No me prohíben entrar en otros casinos?

Flores, atónito, sacudió la cabeza.

– ¿Me estás dando ideas? Créeme, se me ocurren un montón de cosas que me gustaría hacerte, entre ellas mandarte a un cirujano para que te arregle la cara. Piérdete, Peter Benedict. -Y escupió sus últimas palabras-: Eres persona non grata.


Víctor Kemp observaba desde el ático cómo ese hombre encorvado se levantaba y se dirigía hacia la salida; lo vio, acompañado por los de seguridad, volver al interior del casino, donde recorrió con la mirada la cúpula del planetario por última vez, su último intento de localizar Coma Berenices, atravesar el vestíbulo y salir al aparcamiento y al cielo nocturno auténtico.

Kemp removió los hielos de su copa y habló en voz alta y grave para el auditorio inexistente de su inmenso salón:

– Víctor, jamás sacarás un centavo confiando en la gente.

Mark avanzaba con su Corvette por la franja de Las Vegas entre la caravana de coches. Quedaban tres horas para la medianoche y la ciudad empezaba a llenarse de gente que salía en busca de diversión nocturna. Iba rumbo al sur, con el Constellation en el retrovisor, pero no se dirigía a ningún destino en concreto. Intentaba no pensar en lo que acababa de ocurrir. Le habían echado. Desterrado. El Constellation era su hogar fuera del hogar y ya nunca podría volver allí. ¿Qué había hecho?

No quería estar solo en casa, quería estar en un casino y distraer su mente con la frivolidad del juego y el tintineo incesante de las tragaperras. Gracias a Dios, Gil Flores no había corrido la voz y no habían colgado su foto en todos los casinos del estado. Se podía dar con un canto en los dientes. La pregunta que se hacía una y otra vez mientras conducía era: «¿Adonde debería ir?». Beber podía hacerlo en cualquier sitio. Jugar al blackjack también. Lo que necesitaba era un lugar con el ambiente apropiado para su peculiar temperamento, un lugar como el Constellation, que tenía un componente intelectual, aunque fuera simbólico.

Pasó el Caesars y el Venetian, pero eran demasiado de pega, tipo Disney. El Harrahs y el Flamingo lo dejaban frío. El Bellagio era demasiado pretencioso. El New York New York, otro parque temático. Estaba empezando a salirse de la franja. Una posibilidad era el MGM Grand. No le encantaba, pero tampoco lo detestaba. Cuando llegó a la esquina del Tropicana estuvo a punto de dar un volantazo a la izquierda para meterse en el aparcamiento del MGM. Pero entonces lo vio y se dio cuenta de que aquel sería su nuevo hogar.

Por supuesto, lo había visto antes miles de veces, al fin y al cabo era un icono de Las Vegas: treinta pisos de cristal negro, la pirámide de Luxor elevándose más de cien metros en el cielo del desierto. Un obelisco y la Gran Esfinge de Gizeh señalaban la entrada, pero el verdadero símbolo estaba en la cúspide, un haz de luz apuntando hacia lo más alto, agujereando la oscuridad, el faro más brillante del planeta proyectando la insana luminosidad de cuarenta y un gigacandelas, más que suficiente para cegar a un piloto desprevenido acercándose al aeropuerto McCarran de Las Vegas. Se dirigió hacia el edificio de cristal y se deleitó con la perfección matemática de aquellas caras triangulares. Su mente se llenó con las ecuaciones geométricas de pirámides y triángulos, y un nombre se deslizó con delicadeza de sus labios:

– Pitágoras.


Antes de que Mark se sentara a la tranquila barra del asador que había en la planta del casino, echó una ojeada a la propiedad como si fuera un posible comprador. No era el Constellation, pero se vendían un montón de tíquets. Le gustaban esos llamativos diseños jeroglíficos en las alfombras de color dorado, rojo y lapislázuli, el imponente vestíbulo con recreaciones de las estatuas del templo de Luxor y la calidad museística de la maqueta de la tumba de Tutankamón. Sí, era bastante kitsch, pero, por Dios bendito, estaba en Las Vegas, no en el Louvre.

Se bebió su segunda Heineken y consideró cuál sería su siguiente movimiento. Había localizado las salas de apuestas altas tras unos separadores de cristal esmerilado en la parte de atrás del casino. Tenía dinero en el bolsillo y sabía que aunque se negara a llevar la cuenta en su cabeza podría divertirse en las mesas durante unas horas. Al día siguiente era viernes, día de trabajo, y su despertador sonaría a las cinco y media. Pero esa noche le parecía realmente excitante eso de estar en un nuevo casino. Era como una primera cita, y se sentía tímido y estimulado.

El bar estaba a tope, grupos de gente que habían ido a cenar y aguardaban su mesa, parejas y grupos rebosantes de conversación animada y risotadas. Había elegido el taburete vacío que quedaba en medio en una fila de tres, y en tanto que el alcohol iba haciéndole efecto se preguntaba por qué los taburetes que tenía a cada lado seguían desocupados. ¿Acaso estaba contaminado, era radiactivo o algo así? ¿Sabía esa gente que era un escritor fracasado? ¿Habrían oído decir que era un tramposo? Hasta el camarero le había atendido de manera fría, ni siquiera se había esforzado por conseguir una propina decente. Volvió a ponerse de mal humor. Se bebió de un trago lo que le quedaba de cerveza y dio un golpe en la barra para que le pusieran otra.

Cuando el alcohol le empapó el cerebro, le asaltó una idea paranoica: ¿y si también habían descubierto su verdadero secreto? No, no tenían ni idea, decidió con desprecio. «No tenéis ni idea, gentuza -pensó con ira-, ni puta idea. Sé cosas que vosotros no sabréis en toda vuestra puta vida.»

A su derecha, una mujer pechugona de unos cuarenta años que estaba apoyada en la barra soltó un grito cuando el gordo que tenía al lado le puso un cubito de hielo en el cogote. Mark se giró para ver la escenita y cuando volvió a su posición original había un hombre ocupando el taburete de su izquierda.

– A mí me hace eso y le parto la cara -dijo el hombre.

Mark lo miró sorprendido.

– Disculpe, ¿estaba hablando conmigo? -preguntó.

– Solo decía que si un extraño me hiciera eso, lo tendría claro, ¿sabe a qué me refiero?

El gordo y la damisela del cuello frío se estaban manoseando alegremente.

– No me parece que no se conozcan -dijo Mark.

– Tal vez. Yo solo digo lo que yo habría hecho.

Era un hombre delgado pero muy musculoso, de afeitado apurado, pelo negro, labios ligeramente carnosos y piel lustrosa y del color de las avellanas. Era puertorriqueño, con un fuerte acento de la isla, y vestía de manera despreocupada, pantalones negros y camisa tropical con el pecho descubierto. Tenía los dedos largos, llevaba las uñas arregladas, un anillo en cada dedo y brillantes cadenas de oro colgadas al cuello. Como mucho tendría treinta y cinco años. Le tendió la mano y Mark, por mera educación, se vio obligado a aceptarla.

– Luis Camacho -dijo el hombre-. ¿Qué tal?

– Peter Benedict -contestó Mark-. Bien.

– Cuando estoy en la ciudad, este es mi sitio favorito -dijo Luis señalando el suelo-. Adoro el Luxor, tío.

Mark dio un sorbo a su cerveza. Para él nunca era buen momento para hablar de banalidades, y esa noche menos. Se oyó el ruido de un mezclador.

Luis siguió a lo suyo sin inmutarse.

– Me gustan las paredes inclinadas de las salas, ya sabes, por lo de las pirámides. Me parece que está muy currado, ¿sabes?

Luis esperaba una respuesta, y Mark sabía que si no llenaba el vacío tal vez le partieran la cara.

– No había estado aquí nunca -dijo.

– ¿No? ¿En qué hotel estás?

– Vivo en Las Vegas.

– ¡No jodas! ¡Alguien de aquí! ¡Qué flipe! Suelo venir un par de días a la semana y casi nunca me cruzo con gente local, aparte de los que trabajan aquí, ¿sabes? -El camarero vertió un líquido espeso de la coctelera en la copa de Luis-. Es una margarita helada -anunció Luis con orgullo-. ¿Quieres una?

– No, gracias. Tengo la cerveza.

– Heineken -observó Luis-. Buena cerveza.

– Sí, está bien -respondió Mark, tenso. Desgraciadamente el vaso estaba demasiado lleno como para retirarse de manera elegante.

– ¿Y a qué te dedicas, Peter?

Mark miró de reojo y vio que sobre el labio de Luis había aparecido un bigotillo espumoso muy cómico. ¿Quién sería esta noche? ¿El escritor? ¿El jugador? ¿El analista de sistemas? Las posibilidades rodaron como en una máquina tragaperras hasta que las ruedas se detuvieron.

– Soy escritor -respondió.

– ¡No jodas! ¿Novelas y eso?

– Películas. Escribo guiones.

– ¡Guau! Igual he visto alguna de tus películas…

Mark no paraba de moverse en el taburete.

– Todavía no se han producido, pero estoy considerando la oferta de un estudio para este año como muy tarde.

– ¡Eso es genial, tío! ¿De acción y tal? ¿O comedias divertidas?

– Sobre todo de acción. Superproducciones. Luis dio un buen trago espumoso a su bebida.

– ¿Y de dónde sacas las ideas? Mark abrió los brazos.

– De todos lados. Estamos en Las Vegas. Si no consigues ideas en Las Vegas, no las consigues en ningún sitio.

– Sí, ya te entiendo. Tal vez pueda leer algo de lo que hayas escrito. Eso molaría.

La única manera de cambiar la conversación que se le ocurrió fue lanzar otra pregunta.

– ¿Y tú a qué te dedicas, Luis?

– Soy auxiliar de vuelo. Trabajo para US Air. Esta es mi ruta, de Nueva York a Las Vegas. Voy y vengo, voy y vengo. -Movió la mano en una dirección y luego en otra para ilustrar el concepto.

– ¿Te gusta? -preguntó Mark de manera automática.

– Sí, ya sabes, está bien. Es un vuelo de unas seis horas, así que hago noche en Las Vegas unas cuantas veces a la semana y me quedo aquí, o sea que sí, me gusta bastante. Me podrían pagar más, pero tengo una buena seguridad social y toda esa mierda, y la mayor parte del tiempo nos tratan con respeto. -Luis se había acabado su bebida. Le hizo señas al camarero para que le pusiera otra-. ¿Seguro que no quieres que te invite a uno, o a otra Heineken, Peter?

Mark rechazó la oferta.

– Tengo que retirarme prontito.

– ¿Juegas? -preguntó Luis.

– Sí, a veces juego al blackjack -contestó Mark.

– No me gusta mucho ese juego. Me gustan las máquinas, pero soy auxiliar de vuelo, tío, tengo que andarme con ojo. Lo que hago es ponerme un límite de cincuenta pavos. Si paso de eso, ya puedo olvidarme. -Se puso un poco tenso, después preguntó-: ¿Apuestas a lo grande?

– A veces.

Le sirvieron otra margarita. Ahora Luis parecía nervioso, se lamía los labios para mantenerlos húmedos. Sacó la cartera y pagó con tarjeta. Era una cartera fina pero estaba llena de cosas, y con la tarjeta de crédito se deslizó el permiso de conducir de Nueva York. Dejó el permiso de conducir en la barra, puso la cartera encima y dio un largo trago a la margarita que acababan de servirle.

– Bueno, Peter -dijo finalmente-, ¿te apetece apostar a lo grande por mí esta noche?

Mark no entendió la pregunta. Estaba desorientado.

– No sé a qué te refieres.

Luis dejó que su mano se moviera por la encerada madera hasta que rozó ligeramente la mano de Mark.

– Has dicho que nunca habías visto cómo son las habitaciones de aquí. Podría enseñarte cómo es la mía.

Mark se sintió desfallecer. Existía la posibilidad de que se desmayara, de que se cayera del taburete como un borracho de comedia barata. Sintió que el corazón le latía más fuerte y que su respiración se hacía más agitada y entrecortada. El pecho le oprimía como si lo llevara vendado como una momia. Irguió la espalda y apartó la mano.

– ¿Piensas que yo…?

– Eh, tío, lo siento. Pensaba que, bueno, ya sabes, que quizá te lo hacías con tíos. No pasa nada. -Y después, casi notando su aliento-: John, mi novio, estará encantado de que no haya tenido suerte.

«¿Que no pasa nada? -pensó Mark asqueado-. ¡Una mierda, no pasa nada! ¡Mira, capullo, te diré yo si pasa o no pasa nada, maricón de mierda! ¡Me importa una mierda tu puto novio! ¡Déjame en paz de una puta vez!» Toda esta retahíla tronaba en su cabeza como una cascada de sensaciones viscerales: mareos, una náusea creciente, un pánico real y auténtico. No creía que fuera capaz de levantarse y largarse de allí sin dar con sus huesos en el suelo. Los sonidos del restaurante y el casino se desvanecieron. Solo oía los latidos en su pecho.

Al ver que Mark tenía los ojos abiertos como platos y mirada de loco, Luis se asustó.

– Eh, tío, tranquilo, está bien. Eres un buen tipo. No quiero estresarte. Voy a cambiarle el agua al canario y luego si quieres hablamos. Olvida lo de la habitación. ¿Vale?

Mark no respondió. Permanecía allí inmóvil, intentando controlar su cuerpo. Luis cogió su cartera.

– Ahora vuelvo -dijo-Vigílame la copa, ¿sí? -Le dio un golpecito suave en la espalda e intentó sonar tranquilizador-: Cálmate, ¿vale?

Mark observó cómo Luis desaparecía al torcer la esquina; sus esbeltas caderas bien apretadas bajo los pantalones. Aquella visión hizo que todas sus emociones se destilaran en una: ira. Le subió la temperatura. Le ardían las sienes. Intentó calmarse bebiéndose la cerveza que le quedaba.

Unos instantes después pensó que tal vez ya podría ponerse en pie y probó sus piernas con cautela. De momento, perfecto. Las rodillas le aguantaban. Quería salir de allí cuanto antes, sin dejar rastro, así que tiró un billete de veinte a la barra y luego otro de diez, por si no llegaba. El segundo billete aterrizó sobre una tarjeta. Era el permiso de conducir de Luis. Mark miró alrededor y luego lo cogió sin que nadie lo viera.


Luis Camacho

189 Minnieford Avenue, City Island, Nueva York, 10464

Nacido el: 1-12-1977


Lo volvió a tirar a la barra y salió de allí prácticamente corriendo. No necesitaba anotarlo. Lo había memorizado.


Tras salir del Luxor, condujo hasta su casa, que estaba en un callejón en el que había seis parcelas más como la suya. La casa era de color blanco estuco con tejado de tejas. Se hallaba sobre un solar con un césped tamaño alfombra. En el jardín trasero había una terraza que salía de la cocina y una valla para poder tomar el sol sin intromisiones. El interior estaba decorado con despreocupación de soltero. Cuando estuviera en el sector privado y ganara un salario de alta tecnología en Menlo se compraría muebles contemporáneos y caros para su moderno apartamento, piezas minimalistas con aristas y salpicaduras de colores primarios. Ese mismo mobiliario en un rancho de estilo español se vería anticuado, como comida echada a perder. Era un interior sin alma, completamente desprovisto de arte, decoración o toque personal.

Mark no daba con un sitio donde se sintiera cómodo. Las emociones eran como un baño de ácido para su cuerpo. Intentó ver la televisión, pero la apagó a los pocos minutos, asqueado. Cogió una revista y al rato la tiró a la mesilla, de donde se resbaló, chocó con el marco de una fotografía y la derribó. La cogió y la miró: los compañeros del primer año en su reunión del veinticinco aniversario. La mujer de Zeckendorf la había enmarcado y se la había mandado como recuerdo.

No estaba seguro de por qué la tenía allí a la vista. Esas personas ya no significaban nada para él. De hecho, hubo un momento en el que incluso las despreciaba. En especial a Dinnerstein, su torturador personal, quien con su constante ridiculización hacía que el trauma normal de ser un novato con problemas para las relaciones sociales se convirtiera en una tortura. Zeckendorf no era mucho mejor. Will siempre había sido diferente de los otros, pero en cierto sentido acabó decepcionándole más que ellos.

En la fotografía Mark aparecía rígido, con una sonrisa falsa y el enorme brazo de Will sobre su hombro. Will Piper, el chico de oro. Durante aquel primer año, Mark había observado con envidia lo fáciles que le resultaban a aquel las cosas: mujeres, amigos, pasarlo bien. Will siempre mostraba una gracia caballerosa, incluso con él. Cuando Dinnerstein y Zeckendorf se aliaban contra él, Will los desarmaba con una broma o los espantaba con esa garra de oso que tenía por mano. Durante meses había fantaseado con que Will le pidiera que fueran compañeros de cuarto en el segundo curso y así poder disfrutar del reflejo de su gloria. Entonces, en primavera, antes de los exámenes, ocurrió algo.

Una noche estaba en la cama intentando conciliar el sueño. Sus tres compañeros estaban en el salón, bebiendo cerveza, con la música a todo volumen. Harto, les gritó desde la habitación:

– ¡Eh, mamones, que mañana tengo un examen!

– ¿El comemierda ese nos ha llamado mamones? -preguntó Dinnerstein a los otros.

– Creo que sí -convino Zeckendorf.

– Hay que hacer algo al respecto -afirmó Dinnerstein.

Will bajó el volumen del equipo de música.

– Dejadle en paz.

Una hora más tarde, los tres estaban más que borrachos: pasadísimos, beodos, esa clase de estado en el que las malas ideas parecen buenas.

Dinnerstein llevaba un rollo de cinta americana en la mano y se coló en la habitación de Mark. Dormía como un tronco, así que Zeckendorf y él no tuvieron problemas para atarlo a la litera de arriba pasando la cinta por debajo una y otra vez, hasta que pareció una momia. Will los observaba desde el pasillo con estupor y una estúpida sonrisa en la cara, pero no hizo nada para detenerlos.

Cuando estuvieron satisfechos con su obra de ingeniería, siguieron bebiendo y riendo en el salón hasta que se cayeron al suelo.

A la mañana siguiente, cuando Will abrió la puerta del dormitorio, se encontró a Mark cual capullo de seda, inmovilizado en su envoltorio gris. Las lágrimas surcaban su enrojecido rostro.

– Me he perdido el examen.

Y después:

– Me he meado encima.

Will cortó la cinta con una navaja suiza y Mark oyó que entre su resaca se filtraba alguna disculpa tonta, pero ya no volvieron a dirigirse la palabra.

Will había saltado a la fama haciendo cosas admirables mientras él se había pasado la vida trabajando en la sombra. Se acordó de lo que Dinnerstein había dicho de Will aquella noche en Cambridge: el mejor criminólogo de asesinos en serie de la historia. El hombre. Infalible. ¿Y qué podía decir la gente de él? Cerró los ojos y apretó los párpados con fuerza.

La oscuridad hizo que algo se disparara en su cabeza. Las ideas empezaron a tomar forma y, dada la velocidad de su mente, tomaban forma muy rápidamente. A medida que las ideas cristalizaban, otra parte de su cerebro intentaba congelarlas para que se disiparan sin provocar daños.

Sacudió la cabeza con tanta vehemencia que le dolió, un dolor punzante y sordo. Fue un impulso primitivo, como habría hecho un niño para sacarse de la cabeza pensamientos perversos: «¡Para de pensar esas cosas!».

– ¡Para ya!

Al darse cuenta de que acababa de gritar, se levantó, asombrado de sí mismo.

Salió a la terraza para intentar calmarse observando el cielo nocturno. Pero hacía un frío de mil demonios y un enjambre informe de nubes oscurecía las constelaciones. Se retiró a la cocina y allí se bebió otra cerveza sentado incómodo en una silla de respaldo alto junto a la mesa del desayuno. Cuanto más intentaba poner freno a sus pensamientos, más abría las compuertas a ese remolino de rabia y asco que emergía de él como un río de agua salada.

«Vaya mierda de día -pensó-. Puto día de mierda.»

Eran ya más de las doce de la noche. De repente pensó en algo que podría hacer que se sintiera mejor y rebuscó el móvil en el bolsillo. Solo había una medicina para la epidemia de ese día. Suspiró hondo y accedió a uno de los números de la agenda de su teléfono. Ya estaba sonando.

– ¿Hola? -dijo una voz de mujer.

– ¿Eres Lydia?

– ¿Quién lo pregunta? -contestó ella con dulzura.

– Soy Peter Benedict, del Constellation, ¿te acuerdas? El amigo del señor Kemp.

– ¡Área 51! -gritó ella-. ¡Hola, Mark!

– Te acuerdas de mi nombre verdadero. -Eso estaba bien.

– Pues claro que me acuerdo. Eres mi ovni particular. Ya no trabajo en McCarran, por si has estado buscándome.

– Sí Ya me di cuenta de que no estabas por allí.

– He conseguido un trabajo mejor en una clínica justo pasado la franja. Estoy de recepcionista. Hacen reversiones de la vasectomía. ¡Me encanta!

– Suena bien.

– ¿Y tú en qué andas?

– Bueno, me preguntaba si estabas libre esta noche.

– Cariño, yo nunca estoy libre, pero si la pregunta es si estoy disponible, ya me gustaría. Justo ahora salgo para el Four Seasons para una cita, y luego habrá que darle un poquito de sueño a mi cuerpito, que mañana tengo que estar pronto en la clínica. Lo siento.

– Y yo.

– ¡Oh, cielo! Prométeme que me llamarás pronto. Si me lo dices con un poco más de antelación, quedamos seguro.

– Claro.

– Saluda de mi parte a nuestros amiguitos verdes, ¿vale?

Se quedó sentado un rato más y, completamente derrotado, dejó que sucediera, se dejó sucumbir al plan emergente que se galvanizaba dentro su cabeza. Pero antes tenía que encontrar una cosa. ¿Qué había hecho con aquella tarjeta de visita? Sabía que se la había guardado, pero ¿dónde? La buscó haciendo un barrido apresurado por los sitios habituales hasta que al final la encontró bajo una pila de calcetines limpios que había en su cómoda.


NELSON G. ELDER, PRESIDENTE Y DIRECTOR GENERAL,

COMPAÑÍA ASEGURADORA DESERT LIFE.


Tenía el portátil en el salón. Tecleó con impaciencia «Nelson G. Elder» en el buscador y se dispuso a absorber la información como una esponja. Su compañía, Desert Life, cotizaba en bolsa y se había quedado estancada, con las acciones a la baja, durante casi cinco años. La bandeja de entrada de su correo estaba llena de mensajes con improperios de sus inversionistas. A Nelson Elder los accionistas no le tenían demasiado aprecio, y muchos de ellos aportaban sugerencias muy gráficas acerca de lo que podía hacer con su paquete de compensaciones de 8,6 millones de dólares. Mark visitó la página de la compañía y se adentró en sus archivos secretos. Se metió en los asuntos jurídicos y financieros. Tenía experiencia en pequeñas inversiones, así que estaba familiarizado con el papeleo de las grandes compañías. Al poco tiempo ya tenía una idea aproximada del modelo de negocio y el estado de cuentas de Desert Life.

Cerró el portátil. En un segundo su plan apareció ante él completamente formado, cada uno de sus detalles tan claros como el agua. Parpadeó como reconocimiento de su perfección.

«Voy a llevarlo a cabo -pensó con amargura-. ¡ Joder, si voy a hacerlo!»Todos esos años de frustración se habían amontonado como un cúmulo de magma caliente y gaseoso. A la mierda toda esa vida de insuficiencias. A la mierda toda esa carga de celos y anhelos. A la mierda todos esos años viviendo bajo el yugo de la Biblioteca. ¡El Vesubio había erupcionado! Posó sus ojos en la fotografía de la reunión y clavó una mirada helada en los rasgos duros y hermosos del rostro de Will. «Y a la mierda tú también.»

Todos los viajes comienzan en algún lugar. El de Mark comenzó expurgando como un loco uno de los cajones de la cocina que estaba lleno hasta los topes y en el que guardaba una bolsa de artículos varios con componentes de ordenador en desuso. Antes de caer rendido en la cama encontró justo lo que estaba buscando.


A las siete y media de la mañana siguiente se encontraba roncando plácidamente a quince mil pies de altura. Rara vez dormía en su viaje diario a Área 51, pero se había acostado muy tarde. Abajo, la tierra se veía amarilla y muy agrietada. Desde el aire la cresta de la sierra, pequeña y alargada, parecía la columna de un reptil disecado. El 737 solo llevaba veinte minutos en el aire rumbo al noroeste y ya había empezado las maniobras de aproximación. El avión parecía un trozo de caramelo ante el nebuloso cielo azul, un cuerpo blanco con una alegre línea roja desde la cabeza hasta la cola, los colores de la extinta Western Airlines, absorbida por la contratista EG &G que operaba el vuelo a Las Vegas para el Departamento de Defensa. Los números que llevaba en la cola eran del registro de la Marina de Estados Unidos.

Al descender hacia el campo militar, el copiloto radió:

– JANET 4 pidiendo permiso para aterrizar en Groom Lake, pista catorce izquierda.

JANET. La señal de radio-llamada para la red aérea de empleados de transportes. Un nombre espeluznante. Los usuarios de hecho preferían llamarla la estación fantasma CASPER.

Con el tren de aterrizaje fuera, Mark se despertó de golpe. El avión frenó con fuerza y, de manera instintiva, Mark empujó con los talones para contrarrestar la presión del cinturón de seguridad. Subió la ventanilla y entornó los ojos ante el terreno abrasado y lleno de calvas. Se sentía apresurado, incómodo, tenía el estómago revuelto y se preguntaba si se le vería tan raro como se sentía.

– Pensé que tendría que zarandearte.

Mark se volvió hacia el tipo que había en el asiento del medio. Era de los Archivos Rusos, un hombre con un pandero enorme que se llamaba Jacobs.

– No hace falta -dijo Mark con la mayor naturalidad que pudo-. Estoy listo para ponerme en marcha.

– Es la primera vez que te veo dormir en pleno vuelo -observó el hombre.

¿Seguro que Jacobs trabajaba en Archivos? Mark apartó aquello de su cabeza. «No seas paranoico», pensó. Claro que estaba en Archivos. Ningún vigilante tenía el culo gordo. Eran más bien ágiles.

Antes de que les permitieran bajar al subterráneo, a lo más profundo de la fría tierra, los 635 empleados del Edificio 34 de Groom Lake, comúnmente llamado Edificio Truman, tenían que someterse a uno de los dos rituales temidos del día, el DPE, también conocido como Desnúdese y Pase por el Escáner. Cuando los autobuses los dejaban en esa estructura parecida a un hangar, se dividían según su sexo y tomaban entradas separadas. Dentro de cada una de estas secciones del edificio había una larga hilera de taquillas que recordaban las de un instituto de secundaria de barrio. Mark se apresuró hacia su taquilla, a mitad de camino de aquel largo pasillo. A muchos de sus compañeros de trabajo les parecía fantástico hacerse los remolones y pasar por el escáner cuanto más tarde mejor, pero hoy Mark tenía prisa por llegar al subsuelo.

Hizo girar la rueda de la combinación de la taquilla, se quedó en calzoncillos y colgó la ropa en perchas. En el banco que correspondía a su taquilla había una sudadera verde oliva con el nombre SHACKLETON, M. bordado en el bolsillo, limpia y bien doblada. Se la puso. Los días en que los empleados podían vestir ropa de calle en las instalaciones hacía ya tiempo que habían pasado a mejor vida. Cualquier cosa que los empleados del Edificio 34 llevaran consigo en el avión tenían que dejarla en las taquillas. A un lado y otro de la fila la gente ponía en las estanterías sus libros, revistas, bolígrafos, móviles y carteras. Mark se movió con rapidez y consiguió llegar de los primeros a la fila del escáner.

El magnetómetro estaba flanqueado por dos vigilantes, dos jóvenes rapados sin sentido del humor que saludaban a cada empleado con un rápido gesto militar. Mark aguardaba; sería el siguiente en pasar por el escáner. Se percató de que Malcolm Frazier, el jefe de operaciones de seguridad, el vigilante jefe, estaba por allí, controlando el escáner. Era un hombretón de aspecto terrible, con un cuerpo de musculatura grotesca y una cabeza rectangular que le hacían parecer el malo de un tebeo. A pesar de que los vigilantes estaban presentes en algunas de las reuniones, Mark había intercambiado pocas palabras con Frazier a lo largo de los años. Normalmente se parapetaba detrás de su directora de grupo y dejaba que fuera ella la que se las viera con Frazier y su pandilla. Frazier era ex militar, antiguo miembro de las fuerzas especiales, y su rostro huraño, rezumante de testosterona, le aterraba como a un crío. Tenía por costumbre evitar cruzar la mirada con él, y ese día en particular bajó la cabeza cuando sintió que su mirada penetrante se posaba en él.

El objetivo del escáner era impedir que entraran en las instalaciones cualquier tipo de cámara fotográfica o aparato de grabación. Por la mañana los empleados pasaban por el escáner vestidos. Al final del día pasaban por el aro desnudos, ya que los escáneres no podían detectar el papel. El subsuelo era terreno aséptico. Nada entraba, nada salía.


El Edificio 34 era el complejo mejor esterilizado de Estados Unidos. Sus empleados habían sido seleccionados por reclutadores del Departamento de Defensa que no tenían ni idea de la naturaleza del trabajo para el que los seleccionaban, solo sabían las cualidades que se requerían. A la segunda o tercera ronda de entrevistas se les permitía revelar que el trabajo tenía que ver con Área 51, y esto solo con el permiso expreso de sus superiores. Era inevitable que entonces les preguntaran: «¿Se refieren al sitio ese donde tienen extraterrestres y ovnis?», a lo cual la respuesta autorizada era: «Se trata de una instalación del gobierno altamente secreta que realiza un trabajo fundamental en la defensa nacional. Eso es todo lo que podemos revelarle por el momento. No obstante, los aspirantes que consigan el puesto estarán entre un reducido grupo de empleados del gobierno que tendrán completo conocimiento de las actividades de investigación que se llevan a cabo en Área 51».

El resto del discurso era algo así como: formará parte de un equipo de élite de científicos e investigadores, algunos de los mejores cerebros del país. Tendrá acceso a la tecnología más avanzada del mundo. Tendrá conocimiento de la información más secreta del país, de cuya existencia solo están al tanto unos cuantos altos mandos del gobierno. Para compensarles parcialmente por abandonar sus bien remunerados trabajos en grandes compañías o su carrera universitaria, recibirán alojamiento gratuito en Las Vegas, una reducción de los impuestos federales y una subvención para las matrículas universitarias de sus hijos.

Tal como estaba el mundo laboral, esa propuesta era una bicoca. La mayoría de los candidatos estaban lo suficientemente intrigados como para tirarse al barro y pasar a la fase de exploración y análisis, un proceso que llevaba de seis a doce meses en el que se dejaba al descubierto cada uno de los aspectos de su vida para el escrutinio de los agentes especiales del FBI y los analistas del Departamento de Defensa. Era un proceso extenuante. De cada cinco aspirantes que entraban en el embudo, solo uno llegaba al final del proceso, en el que había un investigador de la inteligencia especial encargado de conceder la autorización para trabajar en asuntos de seguridad con información restringida y delicada.

Los que pasaban esta criba eran invitados a una entrevista final en el Pentágono con el jefe del gabinete jurídico de la Ofi cina de la Marina. Desde que James Forrestal la fundara, la NTS 51 había sido una operación de la marina, y entre los militares estas tradiciones calaban hondo. El abogado de la marina, que no conocía las actividades que se llevaban a cabo en Área 51, les ponía un contrato de servicios ante los ojos y les explicaba los detalles, incluyendo las faltas graves que resultarían de la ruptura de cualquiera de las disposiciones, especialmente en lo que se refería a la confidencialidad.

Como si veinte años de presidio en Leavenworth no fueran suficiente, una vez dentro la rueda de los rumores aplastaba a los nuevos empleados con historias de lenguas sueltas que se convertían en lenguas muertas a manos de los operativos clandestinos del gobierno. «Bueno, ¿y pueden explicarme ya en qué voy a trabajar?», era la pregunta típica que le hacían al abogado de la marina. «Ni lo sueñe», era la respuesta.

Porque una vez que el contrato había sido comprendido y aceptado verbalmente, se requería una nueva autorización de seguridad, un Programa de Acceso Especial, el PAS-NTS 51, que era aún más difícil de conseguir que el anterior. Tan solo cuando se habían recortado los últimos flecos, otorgado el PAS y cumplimentado el contrato debidamente, el novato volaba hasta la base de Groom Lake, donde el jefe de personal, un flemático contraalmirante de la marina sentado en su despacho del desierto como un pez fuera del agua, y al que le habría gustado que le dieran cien pavos cada vez que oía «¡La hostia, esto era lo último que me esperaba!», les decía esa verdad que les dejaba de piedra.

Mark respiró ya con más calma cuando pasó por el escáner sin que saltara la alarma, sin que Malcolm Frazier y los vigilantes se dieran cuenta de nada. El ascensor 1 estaba esperando ya en la planta baja. Cuando se llenó con los primeros doce hombres, las puertas se cerraron y, atravesando múltiples capas de cemento armado, bajó seis plantas, desaceleró y se detuvo en el Laboratorio de Investigación Principal. La Cripta estaba seis plantas más abajo; la humedad y la temperatura se controlaban de manera meticulosa. La inversión multimillonaria que se hizo a finales de los ochenta en la Cripta añadió a su estructura unos amortiguadores de los efectos de grandes terremotos y explosiones nucleares, una tecnología que se compró a los japoneses, que estaban a la vanguardia en la mitigación de terremotos.

Pocos empleados tenían razones para visitar la Cripta. Sin embargo, había una tradición en Área 51. El primer día el director ejecutivo bajaba con el recién llegado, en un ascensor de uso restringido, hasta la planta de la Cripta, para que la viera.

La Biblioteca.

Sus puertas de acero estaban flanqueadas por vigilantes con pistoleras que intentaban mostrarse lo más amenazadores posible. Introducían los códigos y las pesadas puertas se abrían de manera silenciosa. Entonces los recién llegados eran conducidos hacia esa cámara enorme tenuemente iluminada, un lugar tan tranquilo y sombrío como una catedral, y se quedaban anonadados por la visión que tenían ante sí.

Hoy en el ascensor tan solo le acompañaba uno de los miembros del Grupo de Seguridad Algorítmica de Mark, un matemático de mediana edad que tenía el extraño nombre de Elvis Brando; no era familia ni del uno ni del otro.

– ¿Qué tal va eso, Mark? -le preguntó.

– De maravilla -contestó Mark; sintió náuseas.

El subsuelo estaba bañado por una fuerte, luz fluorescente. Cualquier sonido, por ligero que fuera, sonaba amplificado por el eco del suelo sin enmoquetar y las paredes azul sanatorio. El despacho de Mark era uno de los varios que había alrededor de una gran sala central que hacía las veces de área de conferencias para grupos y de banquillo para los técnicos de nivel inferior. Era pequeño y estaba lleno de cosas, un cuchitril, comparado con el nidito que tenía en su anterior trabajo para el sector privado en California, con vistas al campus universitario, césped bien cuidado y piscinas iluminadas. Pero en el subsuelo el espacio era algo muy codiciado y Mark tenía suerte de no verse en la obligación de compartir. El escritorio y el aparador eran baratos y de contrachapado, pero las sillas eran de un modelo ergonómico de los caros, el único lujo en el que el laboratorio no escatimaba. Eran muchas las horas de apoyar el trasero en Área 51.

Mark encendió el ordenador y entró en el sistema tras introducir una clave y pasar un escáner de retina y huella dactilar. La colorida insignia del Departamento de la Marina adornaba la pantalla de bienvenida. Mark miró hacia la sala común. Elvis ya estaba encorvado sobre su ordenador en un despacho que quedaba en diagonal al suyo. Nadie más del departamento había pasado aún por el escáner, y lo más importante, la directora de grupo, Rebecca Rosenberg, estaba de vacaciones.

Lo cierto era que no tenía que preocuparse demasiado por la vigilancia. Bajo tierra y sobre tierra, Mark era un solitario. Sus compañeros de trabajo lo dejaban a su aire. No le iban ni el cotilleo ni las bromas. A la hora del almuerzo se sentaba solo en la cantina y cogía una revista de los estantes. Doce años antes, cuando llegó por primera vez a la base, se esforzó muchísimo por integrarse. En los primeros días alguien le preguntó si era pariente del Shackleton de la Antártida y él dijo que sí solo para darse importancia, incluso se inventó una historia familiar muy graciosa en la que metió a un tío abuelo de Inglaterra. No pasó mucho hasta que uno de los frikis informáticos hizo un seguimiento de su genealogía y puso al descubierto la mentira.

Durante doce años había acudido a su puesto de trabajo, había hecho sus tareas y las había hecho bien. Tanto en su período de especialización como en las compañías de alta tecnología en las que había trabajado en Silicon Valley se había ganado la reputación de ser uno de los mayores expertos del país en seguridad en bases de datos, toda una autoridad en la protección de los servidores contra accesos no autorizados. Esa fue la razón por la que hicieron lo posible por traerlo a Groom Lake. Aunque al principio se mostró remiso, acabó seduciéndolo el hacer algo secreto y de vital importancia; era el contrapunto al aburrimiento y la previsibilidad de su desarraigada vida.

En Área 51 se dedicaba a escribir códigos innovadores que vacunaran sus sistemas contra los gusanos informáticos y otras intrusiones, unos algoritmos que, en caso de que hubiera podido publicarlos, tanto la industria como el gobierno habrían estado encantados de adoptar como nuevos patrones oro. Entre los de su grupo, hablaban de claves de sistemas de seguridad públicos y privados, protocolos de conexiones seguras, credenciales de autenticación y sistemas de detección de intrusos. Él era el responsable de rastrear continuamente los servidores en busca de intentos de acceso no autorizados desde dentro del complejo y de los sondeos que los piratas externos intentaban desde fuera.

Los vigilantes también estaban en sus listas de grupos en cuarentena, una por cada empleado: los nombres de familiares, amigos, vecinos, esposas de compañeros de trabajo… todo aquello que constituía un área personal de acceso restringido. Uno de esos algoritmos atrapamoscas de Mark podía detectar a un empleado que intentara acceder a la información que formaba parte de su lista en cuarentena, y que esa detección no conllevara consecuencias desagradables no era más que un acto de fe. Aún se hablaba de cierto analista de finales de los setenta que intentó buscar información sobre su prometida… supuestamente el pobre hombre seguía pudriéndose en un agujero de la prisión federal.

Sintió un fuerte retortijón de tripas. Apretó los dientes, salió corriendo de la oficina y caminó a paso rápido por el pasillo hasta el servicio de hombres más cercano. Poco después, estaba de nuevo en su escritorio, aliviado, y aferraba algo en la mano izquierda. Cuando estuvo seguro de que nadie lo miraba, abrió la mano y dejó un trozo de plástico gris con forma de bala de unos cinco centímetros dentro del primer cajón de su escritorio.

Al volver a la sala común avanzó cual un hombre invisible entre las personas que en ese momento llenaban la habitación y charlaban animadamente sobre sus planes para el fin de semana. Encontró el equipo de soldadura que buscaba en un armario de suministros empotrado, volvió con él como si tal cosa a su despacho y cerró la puerta con cuidado.

Con Rosenberg fuera, las posibilidades de que alguien le interrumpiera eran prácticamente nulas, así que se puso manos a la obra. En el último cajón del escritorio tenía unos cables de ordenador atados con gomas. Escogió un conector USB y rompió uno de los extremos de metal usando unos alicates pequeños. Ya estaba listo para la bala gris.

Un minuto más tarde había terminado. Había conseguido soldar con éxito el conector de metal a la bala y fabricar así un dispositivo de almacenamiento de memoria de cuatro gigas completamente operativo, un aparato capaz de almacenar tres millones de páginas de datos, algo más letal para la seguridad de Área 51 que si hubiera conseguido entrar con un arma automática.

Mark volvió a poner el dispositivo de memoria en su escritorio y se pasó el resto de la mañana escribiendo códigos. Había estado trabajando en ello mentalmente por la mañana temprano, durante el breve trayecto hasta el aeropuerto de Las Vegas, así que ahora sus dedos sobre el teclado prácticamente echaban humo. Se trataba de un programa de camuflaje diseñado para ocultar que estaba a punto de desarmar su propio impenetrable sistema de detección de intrusos. A la hora del almuerzo habría acabado.

Cuando la sala común y los despachos colindantes se vaciaron para el almuerzo, hizo el cambio y activó el nuevo juego de códigos. Funcionaba a la perfección, tal como sabía que lo haría, al cien por cien a prueba de rastreos, y cuando estuvo seguro de que no podrían detectarlo se registró en la base de datos principal de Estados Unidos.

Entonces introdujo un nombre: «Camacho, Luis. Nacido el 1/12/1977», y contuvo la respiración. La pantalla se encendió. No hubo suerte.

Por supuesto, tenía otras ideas bajo la manga. La siguiente mejor opción podría ser el novio de Luis, John. Dio por hecho que encontrarlo sería pan comido, y estaba en lo cierto. Oculto tras su programa de camuflaje, abrió un portal de NTS 51 en una base de datos personalizada que contenía facturas de teléfono de todos los proveedores del servicio de Estados Unidos.

Le bastó hacer un cruce entre el nombre, John, y la dirección, 189 Minnieford Avenue, City Island, Nueva York, para que saliera el nombre completo, John William Pepperdine, y su número de la Seguridad Social. Unas cuantas pulsaciones más y consiguió su fecha de nacimiento. «Esto es coser y cantar», pensó. Armado con esos datos, volvió a entrar en la base de datos principal de Estados Unidos y pulsó el icono de búsqueda.

Resopló, no podía creer que tuviera tanta suerte. El resultado era extraordinario. No. Era perfecto.

Ya tenía el gancho.

«Vale, Mark, date prisa -pensó-Ya has entrado, ¡ahora sal!» Los de su departamento pronto volverían del almuerzo y quería dejar de caminar por la cuerda floja. Movió con cuidado el dispositivo de memoria recién soldado a un puerto USB de su ordenador.

Grabar en su dispositivo la deseada lista de datos de Estados Unidos fue cosa de unos segundos. Una vez hecho esto, cubrió su rastro de manera experta, desactivando su programa de camuflaje y reiniciando el sistema de detección de intrusos simultáneamente. Dio fin a la operación rompiendo el conector de metal que había unido a la bala gris y soldándolo de nuevo al cable USB. Cuando todos los componentes volvieron a su lugar en el escritorio, abrió la puerta de su despacho y, con la mayor naturalidad posible, se dirigió hacia el armario de suministros para devolver el equipo de soldadura.

Cuando se apartó del armario, Elvis Brando, un hombre prepotente de cara cuadrada, estaba bloqueándole el paso y se hallaba lo suficientemente cerca como para que Mark pudiera oler el chili en su aliento.

– ¿Te has saltado el almuerzo? -preguntó Elvis.

– Creo que tengo gastroenteritis -dijo Mark.

– Quizá deberías ir al médico. Estás sudando como un cerdo.

Mark tocó su húmeda frente y se dio cuenta de que tenía la sudadera empapada por las axilas.

– Estoy bien.

Cuando quedaba media hora para el final de la jornada, Mark volvió a visitar los servicios y encontró uno libre. Se sacó dos objetos del bolsillo de la sudadera, el dispositivo de almacenamiento de memoria con forma de bala y un condón arrugado. Metió la bala de plástico dentro del condón y se quitó la sudadera. Tras esto, apretó los dientes y se introdujo el secreto mejor guardado del planeta por el trasero.


Aquella noche se sentó en el sofá y perdió la noción del tiempo mientras que su portátil calentaba sus piernas y provocaba que le escocieran los ojos. Manipuló la base de datos pirateada mezclándola como si fuera una baraja de cartas, haciendo cruces, verificaciones, escribiendo sus propias listas a mano y revisándolas hasta que estuvo satisfecho.

Trabajaba con impunidad. Aunque hubiera estado conectado a la red, su ordenador tenía una protección ante los ataques que los vigilantes no podrían penetrar. Las únicas partes de su cuerpo que se movían eran las manos y los dedos, pero cuando hubo acabado estaba prácticamente sin aliento por el esfuerzo realizado. Su propia audacia le ponía los pelos de punta; le habría gustado poder vacilar con alguien de lo descarada que era su inteligencia.

De niño, cuando sacaba una buena nota o resolvía un problema matemático, corría a contárselo a sus padres. Su madre había muerto de cáncer. Su padre se había vuelto a casar con una mujer desagradable y todavía estaba profundamente decepcionado con él porque había dejado una buena compañía por un trabajo para el gobierno. Rara vez hablaban. Por otra parte, ese no era el tipo de cosa que uno pudiera contarle a nadie.

De pronto se le ocurrió una idea que le hizo reír de la emoción.

¿Y por qué no? ¿Quién iba a saberlo?

Cerró la base de datos, la aseguró con una contraseña, abrió el archivo de su primer guión, esa oda al destino, estilo Thornton Wilder, que había tirado a la basura aquel insignificante sapo de Hollywood. Recorrió el guión haciendo cambios aquí y allá, y cada vez que le daba a la tecla encontrar y a reemplazar, chillaba emocionado, como un niño travieso con un secreto perverso.


23 de junio de 2009, City Island,

Nueva York


Cuando Will era joven, su padre lo llevaba a pescar porque eso es lo que se supone que los padres hacen. Se despertaba antes del amanecer con un toquecito en el hombro, se vestía con lo primero que pillaba y se subía a la camioneta para ir desde Quincy hasta Panamá City. Su padre alquilaba por horas una lancha de ocho metros de eslora en un puerto deportivo para gente de la clase obrera y recorría viento en popa unas diez millas hacia el interior del golfo. El trayecto desde su oscura habitación hasta las resplandecientes aguas del caladero transcurría con el mínimo intercambio de palabras. Le veía pilotar el bote, su abultada silueta teñida de naranja con el sol naciente, y se preguntaba por qué ni siquiera la belleza natural de un paseo en barca por aguas cristalinas y calmas en una mañana cálida conseguía poner un poco de alegría en la cara de aquel hombre. Al final su padre apagaba el cigarro y decía algo así como: «Vale, vamos a poner el cebo a estos sedales», y tras esto se instauraba un silencio que duraba horas, hasta que un pargo o un peto mordía el anzuelo y empezaban a gritar órdenes.

Mientras cruzaba el puente de City Island y miraba hacia la bahía de Eastchester, se sorprendió a sí mismo pensando en su viejo, en el momento en que vio el primero de los puertos deportivos, un bosque de aluminio donde los mástiles se balanceaban con la brisa de la tarde. City Island era un pequeño y particular oasis, una parte del Bronx desde una perspectiva municipal, pero a nivel geocultural estaba mucho más cerca de Isla Fantasía, un trozo de tierra tan diferente de la ciudad que quedaba al otro lado del paso elevado, que los visitantes la asociaban con otros lugares y otros tiempos.

Para los indios de Siwanoy, esta isla había sido durante siglos un fértil caladero de peces y ostras; para los colonos europeos, un astillero y un centro marítimo; para los residentes actuales, un enclave de clase media con casas unifamiliares mezcladas con bellas mansiones victorianas de marinos mercantes, y un litoral salpicado de clubes náuticos para los ricachones de fuera de la isla. Su enjambre de callejuelas, algunas de ellas prácticamente campestres, la miríada de callejones que daban al océano, el incesante griterío infantil de las gaviotas y el olor salobre de la costa hacían pensar en un lugar de vacaciones o de correrías de la infancia, no en el área metropolitana de Nueva York.

Nancy se dio cuenta de que se había quedado boquiabierto.

– ¿Habías estado por aquí antes? -preguntó.

– No, ¿y tú?

– Solíamos venir de excursión cuando era niña. -Consultó el plano-.Tienes que girar a la izquierda en Beach Street.

Minnieford Avenue no era una avenida en el sentido clásico de la palabra sino un camino de carros y constituía otro pobre escenario para la investigación de un crimen de altura. La policía, los vehículos de urgencias y los camiones de las televisiones por satélite obstruían la carretera como una trombosis. Will se unió a la larga cola de coches inmovilizados sin remedio y se quejó a Nancy de que tendrían que haber hecho el resto del camino a pie. Estaba bloqueando un cruce, y temía que un tipo de espalda ancha y camiseta imperio, que no dejaba de mirarle, montara alguna bronca, pero el hombre simplemente dijo:

– ¿Estáis metidos en esto? -Will asintió con la cabeza-.

Soy policía de Nueva York retirado. No os preocupéis, yo vigilo el coche -ofreció-. No me voy a mover de aquí.

Los tambores de la selva se habían dejado oír alto y fuerte. Todos los que estaban al servicio de la ley, y hasta los tíos lejanos de estos, sabían que City Island se había convertido en el kilómetro cero del caso del Juicio Final. Los medios de comunicación habían recibido el chivatazo, así que aquello rayaba la histeria. La casita de color verde lima estaba rodeada por una muchedumbre de periodistas y un cordón de policías de la comisaría 45. Los reporteros de la televisión daban codazos en la abarrotada acera para que los cámaras pudieran sacarlos con la casa de fondo y sin interferencias. Micrófonos en mano, sus camisas y blusas ondeaban como banderas marinas ante los severos vientos de poniente.

Cuando vislumbró la casa, vio en una instantánea mental las fotografías que darían la vuelta al mundo en caso de que se confirmara que ese era el sitio donde se había capturado al asesino. La casa del Juicio Final. Una modesta vivienda de dos plantas de los años cuarenta, tablillas abombadas, postigos descascarillados y un porche hundido con un par de bicicletas, varias sillas de plástico y una barbacoa. No había jardín propiamente dicho, un escupitajo lanzado con fuerza desde las ventanas llegaría a las casas que había a los lados y detrás. Tan solo había espacio asfaltado para dos coches, un Honda Civic de color beis, que estaba apretujado entre la casa y la valla metálica del vecino, y un viejo BMW rojo aparcado entre el porche y la acera, en la que de no haber estado el coche habría hierba.

Will miró su reloj con cansancio. Estaba siendo un día muy largo y no tenía pinta de acabar a una hora temprana. Podían pasar horas hasta que pudiera beber una copa, y esa privación le estaba pasando factura. Aun así, qué maravilloso sería cerrar el caso de una vez por todas y encaminarse plácidamente hacia la jubilación sabiendo que podría plantarse todos los días en la barra del bar a las cinco y media de la tarde… Solo de pensarlo, su paso se aceleró y obligó a Nancy a caminar al trote.

– ¿Lista para el rock and roll? -le gritó.

Antes de que ella pudiera contestarle, un bomboncito de Channel Four reconoció a Will de la rueda de prensa y gritó a su cámara:

– ¡A tu derecha! ¡Suena la flauta! -La cámara de vídeo giró en su dirección-. ¡Agente Piper! ¿Puede confirmarnos que han atrapado al asesino del Juicio Final?

Al instante, los camarógrafos le siguieron y Nancy y él se vieron rodeados por una muchedumbre vocinglera.

– Sigue andando -susurró Will.

Nancy se parapetó detrás de él y dejó que fuera Will quien se abriera paso.

Nada más entrar se encontraron en el escenario del crimen. En la habitación principal había sangre por todos lados. La habían precintado, estaba perfectamente preservada, así que Will y Nancy tuvieron que echar un ojo desde la puerta, como si estuvieran en un museo detrás del cordón de seguridad. El delgado cuerpo de un hombre con los ojos abiertos yacía medio dentro medio fuera de un sofá de dos plazas amarillo. Tenía la cabeza sobre uno de los reposabrazos, hundida sobre él, con el cuero cabelludo seccionado y una media luna de duramadre que resplandecía ante los últimos rayos de sol dorados. Su rostro, o lo que quedaba de él, era un estropicio plastoso en el que se veían fragmentos de huesos y cartílagos de color marfil. Le habían destrozado los brazos hasta dejarlos en una posición nauseabunda, anatómicamente imposible.

Will leyó la habitación como si se tratara de un manuscrito: las paredes salpicadas de sangre, dientes esparcidos por la moqueta como palomitas de maíz en una fiesta loca… y llegó a la conclusión de que el hombre había muerto en el sofá, pero que no era allí donde había comenzado el ataque. La víctima estaba de pie cerca de la puerta cuando recibió el primer golpe, un mazazo de abajo arriba que hizo que su cabeza rebotara y llenara el techo de sangre. Le habían golpeado una y otra vez mientras se tambaleaba y daba vueltas alrededor de la habitación intentando esquivar los palos que recibía de un objeto contundente. No había sido fácil acabar con él. Will intentó interpretar sus ojos. Había visto esa mirada de ojos abiertos incontables veces. ¿Cuál había sido la emoción final? ¿Miedo? ¿Rabia? ¿Resignación?

A Nancy le había atraído otro detalle del panorama.

– ¿Has visto eso? -preguntó-. Sobre el escritorio. Creo que es la postal.

El comisario del distrito era un joven advenedizo, un capitán llamado Brian Murphy que iba de punta en blanco. Al presentarse, sus musculosos pectorales abultaban con orgullo bajo una camisa azul planchada con esmero. Para él, aquel caso podía dar alas a su carrera; al difunto, un tal John William Pepperdine, probablemente le habría irritado bastante saber el júbilo que su deceso había provocado en el policía.

Cuando se dirigían hacia allí, Nancy y Will estaban preocupados ante la posibilidad de que los del distrito 45 volvieran a pisotearles el escenario del crimen, pero en esta ocasión Murphy se había encargado personalmente de impedirlo. Al gordo y desaliñado detective Chapman no se lo veía por ningún sitio. Will felicitó al capitán por haber preservado la zona y eso tuvo el mismo efecto que cuando se acaricia a un chucho y se le dice «Buen perrito». A partir de entonces Murphy sería su amigo de por vida, así que les hizo un rápido resumen de cómo sus agentes, en respuesta a una llamada al 911 acerca de unos gritos y voces, habían descubierto el cadáver y la postal, y cómo uno de sus sargentos había visto al autor de los hechos, Luis Camacho, empapado de sangre, aprisionado tras el depósito de aceite del sótano. El tipo quiso confesar en el acto, así que Murphy había tenido el sentido común de grabarle en vídeo mientras renunciaba a sus derechos y hacía su declaración de manera gris y monótona. Tal como lo expresó Murphy con desdén, se trataba de un crimen entre maricas.

Will escuchaba con calma pero Nancy estaba impaciente.

– ¿Ha confesado los otros? ¿Los otros asesinatos?

– A decir verdad no he llegado hasta ahí -dijo Murphy-. Eso os lo dejo a vosotros, chicos. ¿Queréis verle?

– En cuanto sea posible -dijo Will.

– Seguidme.

Will sonrió satisfecho.

– ¿Todavía le tenéis aquí?

– Quería que lo tuvierais más fácil. Supongo que no os apetece recorrer todo el Bronx, ¿verdad?

– Capitán Murphy, eres un figura -dijo.

– No te cortes en compartir tu opinión con el inspector jefe -apuntó Murphy.

Lo primero que percibió en Luis Camacho es que era clavado a su retrato robot: piel morena, altura media, complexión delgada, unos setenta kilos. Vio cómo Nancy apretaba los labios y se dijo que ella también se había fijado. Estaba sentado a la mesa de la cocina con las manos esposadas tras la espalda, tembloroso, con los téjanos y la camiseta completamente tiesos por la sangre seca. «Así que este es el que lo hizo, de acuerdo -pensó-. Fíjate, va cubierto con la sangre de otro, como si acabara de salir de un rito tribal.»

La cocina era mona y estaba ordenada; había una caprichosa colección de botes con galletitas, diferentes pastas en tubos de plástico, manteles individuales con dibujos de globos aerostáticos, un mueble con piezas de cerámica floreadas. «Todo muy hogareño, muy gay», pensó Will. Se acercó a Luis hasta que tuvo que mirarle a los ojos.

– Señor Camacho, soy el agente especial Piper y esta es la agente especial Lipinski. Somos del FBI y tenemos que hacerle algunas preguntas.

– Ya le he dicho a la poli lo que he hecho -dijo Luis casi en un susurro.

Will imponía en los interrogatorios. Se valía de su aspecto de tipo duro para amenazar y acto seguido lo contrarrestaba con un tono tranquilizador y su dulce acento sureño. El sujeto nunca sabía con seguridad a qué o a quién se enfrentaba, y Will usaba eso como un arma.

– Eso está muy bien. Sin duda le hará las cosas más fáciles. Nosotros solo queremos ampliar un poco la investigación.

– ¿Se refiere a la postal que recibió John? ¿A eso se refiere con ampliar la investigación?

– Exacto, nos interesa la postal.

Luis agitó la cabeza con desesperación y las lágrimas no tardaron en brotar.

– ¿Qué me va a pasar ahora?

Will pidió a uno de los policías que flanqueaban a Luis que le limpiara la cara con un pañuelo.

– Eso lo decidirá el jurado, pero si continúa cooperando en la investigación, creo que eso incidirá de manera positiva en el desenlace. Ya sé que ha hablado con estos policías, pero le agradecería que empezara por aclararnos su relación con el señor Pepperdine y luego nos dijera qué ha pasado hoy.

Le dejó que hablara libremente, ajustando la dirección de vez en cuando mientras Nancy tomaba sus notas. Se habían conocido en un bar en el año 2005. No era un bar de ambiente, pero se calaron enseguida y empezaron a salir, el temperamental asistente de vuelo puertorriqueño de Queens y el emocionalmente bloqueado propietario de la librería anglicana de City Island. John Pepperdine había heredado esa cómoda casa verde de sus padres y a lo largo de los años había vivido ahí con sus sucesivos novios. Con su cuarenta cumpleaños ya en el retrovisor, John les había dicho a sus amigos que Luis era su último gran amor, y había acertado.

Su relación había sido tempestuosa, con la infidelidad como tema recurrente. John exigía monogamia, y Luis era incapaz de ello. John le acusaba regularmente de que le ponía los cuernos, pero el trabajo de Luis, con sus constantes viajes a Las Vegas, le daba carta blanca. Luis había volado a casa esa misma noche, pero en vez de ir a City Island se había marchado a Manhattan con un hombre de negocios al que había conocido en el vuelo, le había invitado a comer en un sitio caro y luego se lo había llevado a su casa de Sutton Place. Luis había llegado a la cama de John a cuatro patas a las cuatro de la mañana y no se había despertado hasta la tarde siguiente. Tambaleándose por la resaca, había bajado la escalera para hacerse un café, esperando tener la casa para él solo.

Pero se encontró con que John no había ido a trabajar, se había quedado en casa y estaba acampado en el salón, emocionalmente destrozado, delirando casi, llorando por la ansiedad, despeinado y blanco como la cal. ¿Dónde había estado Luis? ¿Con quién se había ido? ¿Por qué no había contestado a las llamadas ni a los mensajes que le había enviado al móvil? ¿Por qué, entre todos los días, tenía que haber elegido precisamente el de ayer para dejarlo solo? Luis pasó de aquello y le preguntó por qué le daba tanta importancia. ¿Acaso un hombre no podía salir de trabajar y tomarse un par de copas con los amigos? Aquello era más que patético. «¿Crees que soy patético? -le había gritado John-. ¡Mira esto, hijo de puta!» Corrió hasta la cocina y volvió con una postal cogida entre los dedos. «Es una postal de las del Juicio Final, capullo, ¡con mi nombre y la fecha de hoy!»

Luis la miró y le dijo que seguramente era una broma macabra. Tal vez ese contable idiota al que John había despedido hacía poco estuviera intentando vengarse. Y en cualquier caso, ¿había llamado John a la policía? No, no lo había hecho. Estaba demasiado asustado. Discutieron sobre eso, le dieron vueltas y más vueltas, hasta que el tono petardo de «Oops, I Did it Again» del móvil de Luis empezó a sonar en la mesa de la entrada de la casa. John saltó entonces para cogerlo y gritó: «¿Quién coño es Phil?». La verdad es que era el tipo de Sutton Place, pero Luis intentó esconder la verdad de manera poco convincente.

Las emociones de John se habían puesto al rojo y, según Luis, el que normalmente era un tipo de maneras suaves perdió la cabeza: agarró un bate de béisbol de aluminio que había abandonado en la entrada de la casa hacía una década, tras romperse el talón de Aquiles en un partido de la liga de adultos de Pelham. John blandía el bate como si fuera una lanza, le empujaba los hombros con él y profería obscenidades. Luis le devolvió los gritos para poner las cosas en su sitio pero los golpes continuaron, Luis perdió su capacidad de control y de alguna manera el bate acabó en sus manos y la habitación comenzó a pintarse con el color de la sangre.

Will escuchaba con un malestar creciente porque aquella confesión tenía visos de ser auténtica. Pero no pensaba darle tan pronto la bula papal. Ya le habían engañado antes, y deseaba que también le estuvieran engañando ahora. No esperó a que Luis dejara de llorar para preguntarle de manera agresiva y sin previo aviso:

– ¿Mataste a David Swisher?

Luis alzó la vista con cara de sorpresa. Su instinto le hizo intentar mover las manos como protesta y sus muñecas se desollaron contra las esposas.

– ¡No!

– ¿Mataste a Elizabeth Kohler?

– ¡No!

– ¿Mataste a Marco Napolitano?

– ¡Basta! -Luis buscó auxilio en los ojos de Nancy-. Pero ¿de qué habla este tío?

A modo de respuesta Nancy continuó con la batería:

– ¿Mataste a Myles Drake?

Luis había dejado ya de llorar. Se sorbió los mocos y se quedó mirándola.

– ¿Mataste a Milos Covic? -preguntó Nancy.

Y después Will:

– ¿A Consuela López?

Y luego Nancy:

– ¿A Ida Santiago?

Y otra vez Will:

– ¿A Lucius Robertson?

El capitán Murphy, impresionado con la metralla, sonrió.

Luis sacudió la cabeza enérgicamente.

– ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¿Están locos? Ya les he dicho que maté a John en defensa propia, pero no he matado a ninguno de esos. ¿Creen que soy el asesino del Juicio Final? ¿Eso piensan? ¡Por favor! ¡Esto es absurdo!

– Muy bien, Luis, te escucho. Tranquilo. ¿Quieres un poco de agua? -preguntó Will-. Bueno, ¿cuánto tiempo llevas haciendo la ruta Nueva York-Las Vegas?

– Casi cuatro años.

– ¿Llevas algún tipo de diario donde anotes los vuelos?

– Sí, tengo un libro. Está arriba, en el ropero.

Nancy salió por la puerta apresuradamente.

– ¿Alguna vez has mandado postales desde Las Vegas? -preguntó Will.

– ¡No!

– Te he oído decir alto y claro que tú no asesinaste a esas personas, pero dime, Luis, ¿conocías a alguna de ellas?

– ¡Pues claro que no!

– ¿Eso incluye a Consuela López y a Ida Santiago?

– ¿Qué? ¿Tendría que conocerlas porque son latinas? ¿Es usted tonto o qué? ¿Sabe cuántos hispanos hay en Nueva York? Will no desaceleró.

– ¿Alguna vez has vivido en Staten Island?

– No.

– ¿Alguna vez has trabajado allí?

– No.

– ¿Tienes allí algún amigo?

– No.

– ¿Has estado allí en alguna ocasión?

– Puede que una vez, en un paseo en ferry.

– ¿Cuándo fue eso?

– Cuando era pequeño.

– ¿Qué coche conduces?

– Un Civic.

– ¿El coche blanco que hay en la entrada?

– Sí.

– ¿Alguno de tus amigos o familiares tiene un coche azul?

– No, hombre, no creo.

– ¿Tienes unas zapatillas deportivas marca Rebook DMX 10?

– ¿Tengo pinta de llevar zapatillas de negrata adolescente?

– ¿Alguna vez te han pedido que mandes alguna postal desde Las Vegas?

– ¡No!

– Admites haber matado a John Pepperdine.

– En defensa propia.

– ¿Es la primera vez que matas a alguien?

– ¡Sí!

– ¿Sabes quién mató a las otras víctimas?

– ¡No!

Interrumpió de repente el interrogatorio, salió a buscar a Nancy y la encontró en el rellano de la escalera. Tenía un mal presentimiento y la mueca de disgusto de Nancy confirmó sus temores. Llevaba puestos unos guantes de látex y estaba hojeando una agenda del año 2008 de color negro.

– ¿Problemas? -preguntó Will.

– Si este diario no es falso, tenemos grandes problemas. Salvo hoy, cuando se llevaron a cabo los otros asesinatos, él estaba en Las Vegas o en tránsito. No puedo creerlo, Will. No sé qué decir.

– Di mierda. Eso es lo que tienes que decir. -Se apoyó hastiado contra la pared-. Porque este caso es una mierda descomunal.

– Podría haber falseado el diario.

– Comprobaremos los registros con la compañía, pero sabes tan bien como yo que este tío no es el asesino del Juicio Final.

– Bueno, está claro que mató a la víctima número nueve.

Will asintió.

– Muy bien, socia. Te diré lo que vamos a hacer. Nancy dejó el diario de Luis y abrió su libreta para tomar nota de las instrucciones.

– Tú no bebes, ¿verdad?

– Pues no.

– Vale, considéralo como una misión. Dentro de unos cinco minutos ficharemos y daremos por terminada la jornada. Tu misión es llevarme a un bar, hablar conmigo mientras yo me emborracho y luego llevarme a casa. ¿Harás eso por mí?

Nancy lo miró con desaprobación.

– Si es eso lo que quieres…


Bebía tan rápido que tenía a la camarera volando continuamente entre el reservado y la barra. Nancy lo observaba traspasar las barreras de la sobriedad mientras sorbía de mala gana un ginger ale light con una pajita. Su mesa del Harbor Restaurant miraba a la bahía, y a medida que el sol se iba poniendo, las tranquilas aguas se volvían más negras. Will se había fijado en el restaurante antes de que salieran de la isla y había musitado: «Ese sitio tiene pinta de tener un bar».

No estaba tan borracho como para no darse cuenta de que Nancy se sentía incómoda por estar tomando una copa con su superior, un tipo que casualmente tenía fama de ser el borrachuzo y canalla de la oficina. Se sentía de lo más incómoda.

Como ella no hablaba, Will se entretenía jugando a la esponja humana. Seguramente Nancy sentía que actuaba como una cómplice ayudándole a lubricarse la garganta tan rápido como le fuera posible.

Y seguramente estaba enamorándose de él. Lo veía en sus ojos, especialmente a primera hora de la mañana, cuando entraba en su despacho. La mayoría de las mujeres acababan cayendo. No era fanfarronería, simplemente era un hecho.

En ese preciso momento seguramente ella le odiaba por quién era y al mismo tiempo le deseaba. Ese era el efecto que tenía sobre las mujeres.

A la luz de aquella lamparita de queroseno, el cuerpo de Will se comprimía y se ablandaba como un molde de barro sin cocer dejado al sol en la calle en un día abrasador. La cara abatida, los hombros caídos, todo él desplomado en el reluciente asiento de vinilo.

– Se supone que tienes que hablar conmigo -farfulló-. Lo único que haces es estar ahí sentada y mirarme.

– ¿Quieres que hablemos del caso?

– No, joder, cualquier cosa menos eso.

– Entonces, ¿de qué?

– ¿De béisbol? -sugirió-. ¿Eres de los Mets o de losYankees?

– La verdad es que no sigo los deportes.

– Ah, vaya…

– Lo siento.

Nancy observó las luces de una lancha motora avanzando a velocidad progresiva hasta que la perdió de vista. Will tenía la cabeza gacha. Jugaba con los cubitos de hielo, los hacía girar con el dedo como un remolino, y cuando tuvo el vaso vacío, agitó burdamente su dedo mojado hacia la joven camarera.

Entrecerró los ojos para enfocar los rasgos borrosos de Nancy.

– No tienes ganas de estar aquí, ¿verdad?

Will golpeó la mesa demasiado fuerte con la palma de la mano y Nancy dio un bote y las decorosas cabezas de alrededor se giraron.

– Me gusta tu sinceridad. -Cogió un puñado de frutos secos y se los comió, luego se quitó la sal de sus grasientas manos-. La mayoría de las mujeres no se sinceran conmigo hasta que ya es demasiado tarde. -Dio un bufido como si hubiera dicho algo gracioso-.Vale, socia, dime qué estarías haciendo ahora si no estuvieras de niñera conmigo.

– No sé, ayudando a preparar la cena, leyendo, escuchando música. -Se disculpó-: No soy una persona apasionante, Will.

– ¿Leyendo qué?

– Me gustan las biografías. Novelas.

Will fingió interés.

– Yo antes leía un montón. Ahora casi que lo único que hago es ver la televisión y beber. ¿Quieres saber qué hace eso de mí?

Nancy no quería.

– ¡Un hombre! -graznó Will-. Un maldito Homo sapiens varón del siglo XXI.

Engulló otros pocos frutos secos, se cruzó de brazos de manera desafiante y estiró los labios hasta conseguir una sonrisa estúpida.

Por la expresión gélida de Nancy se dio cuenta de que estaba yendo demasiado lejos, pero no le importaba.

Se estaba poniendo hasta las cejas y lo estaba pasando bien; si a Nancy no le gustaba, peor para ella. La camarera llevaba un pequeño crucifijo de oro que osciló y golpeó sobre su profundo escote cuando le sirvió otro whisky. Will la miró con lascivia.

– Eh, ¿quieres venir a casa conmigo a beber y ver la tele?

Nancy ya había tenido suficiente.

– Lo siento, tráenos la nota -dijo mientras la camarera huía-.Will, nos vamos -anunció con voz severa-. Es hora de que vayas a casa.

– ¿Y no es eso lo que acabo de sugerir? -dijo arrastrando las sílabas.

En su chaqueta sonó el Himno a la alegría. Tanteó hasta que consiguió sacar el teléfono del bolsillo. Al ver quién llamaba, hizo una mueca.

– Mierda. No creo que sea buen momento para hablar. -Se lo pasó a Nancy-. Es Helen Swisher -susurró, como si la persona que llamaba ya estuviera a la escucha.

Nancy le dio al botón de aceptar la llamada.

– Hola, este es el teléfono de Will Piper.

Will salió del reservado y se dirigió al servicio de hombres. Cuando volvió, Nancy ya había pagado y estaba esperándole junto a la mesa. Había decidido que Will no iba tan pasado como para no poder escuchar las noticias.

– Helen Swisher ha conseguido la lista de clientes del banco de David. Al final, parece ser que tenía una conexión en Las Vegas.

– ¿Sí?

– En 2003 hizo una financiación para una compañía de Nevada llamada Desert Life Insurance. Su cliente era el director general, un hombre llamado Nelson Elder.

Will parecía un hombre intentando mantenerse de pie en la cubierta de un barco sacudido por la tormenta. Se balanceó sin control y declaró en voz muy alta:

– Vale, muy bien. Pues voy a salir ahí fuera, voy a hablar con Nelson Elder y voy a encontrar a ese maldito asesino. ¿Qué te parece el plan?

– Dame las llaves del coche -dijo.

La ira de Nancy rasgó su borrachera.

– No te enfades conmigo -rogó-. ¡Soy tu socio!

Cuando salieron al aparcamiento, las cálidas ráfagas de viento salado y el punzante aroma de la marea baja llenaron sus sentidos. Lo normal habría sido que eso dejara a Nancy con un aire soñador y despreocupado, pero al oír a Will arrastrando los pies detrás de ella, tambaleándose y hablando entre dientes como si fuera el monstruo de Frankenstein, le pareció que estaba en un cuarto oscuro.

– Vamos a Las Vegas, nena, vamos a Las Vegas.


17 de septiembre de 782,

Vectis, Britania


Estaban en la época de la cosecha, probablemente la estación favorita de Josephus, días cálidos y apacibles, noches frescas y agradables, el aire cargado del olor del trigo recién segado, la cebada y las manzanas frescas. Daba las gracias por los generosos progresos de los campos que rodeaban los muros de la abadía. Los hermanos podrían incrementar las diezmadas reservas del granero y llenar los barriles de roble, con cerveza nueva. Aborrecía la glotonería, pero racionar la cerveza, algo que ocurría de manera inevitable hacia mediados de verano, le daba mucha rabia.

Hacía ya tres años que habían terminado de cubrir con piedra la estructura de madera de la iglesia. Su cuadrada y esbelta torre era lo suficientemente alta para que los botes y los barcos que se acercaban a la isla la usaran como guía en la navegación. En el presbiterio cuadrado del lado oriental, unas ventanas triangulares iluminaban bellamente el santuario durante los oficios del día. La nave era lo bastante larga no solo para la comunidad presente, sino que en el futuro el monasterio podría acomodar a un número mayor de siervos de Cristo. Josephus pedía perdón y hacía penitencia a menudo por el orgullo que bullía en su pecho por el papel que había desempeñado en su construcción. Ciertamente sus conocimientos del mundo eran limitados, pero imaginaba que la iglesia de Vectis estaría entre las grandes catedrales de la cristiandad.

Últimamente los picapedreros habían trabajado mucho para terminar la nueva casa capitular. Josephus y Oswyn habían decidido que lo siguiente sería el scriptorium y que tendrían que ampliar bastante la estructura. Las biblias y los libros de reglas que elaboraban, las Epístolas de San Pedro ilustradas y escritas con tinta de oro, eran muy apreciados, y Josephus había oído que algunas copias atravesaban los mares para llegar hasta Irlanda, Italia y Francia.

Estaban ya a media mañana, se acercaba la hora tercia y Josephus se disponía a ir del lavatorium al refectorio a por un trozo de pan de centeno, una pata de cordero, algo de sal y una buena jarra de cerveza. El estómago le rugía solo de pensarlo, pues Oswyn había impuesto una sola comida diaria para fortalecer el espíritu de su congregación mediante la debilitación de los deseos de la carne. Tras un período prolongado de meditación y ayuno personal, que el frágil abad difícilmente podía permitirse, Oswyn compartió su revelación con la comunidad, la cual se había reunido diligentemente en asamblea en la casa capitular. «Así como debemos alimentarnos a diario, debemos ayunar a diario -había declarado-.Tenemos que complacer al cuerpo de una manera más pobre y moderada.»

Y así fue como se quedaron todos más delgados.

Josephus oyó que alguien le llamaba. Guthlac, un hombre enorme y rudo que había sido soldado antes de entrar en el monasterio, se acercaba a él corriendo; sus sandalias golpeteaban en el suelo.

– Prior -dijo-. Ubertus, el picapedrero, está en la entrada. Quiere hablar con usted cuanto antes.

– Voy camino del refectorio, a cenar -objetó Josephus-. ¿Te parece que no puede esperar?

– Dijo que era urgente -respondió Guthlac, marchándose de allí a toda prisa.

– ¿Y adónde vas tú? -gritó Josephus.

– Al refectorio, prior. A cenar.

Ubertus estaba junto a la verja, cerca de la entrada al hospicio, la casa de hospedaje para los visitantes y viajeros, una construcción baja de madera con una simple hilera de catres. Estaba como clavado al suelo, sus pies no se movían. En la distancia, a Josephus le pareció que estaba solo, pero cuando se acercó vio que tras el picapedrero había un niño, un par de piernecitas entre los dos troncos que Ubertus tenía por piernas.

– ¿En qué puedo ayudarte Ubertus? -preguntó Josephus.

– He traído al niño.

Josephus no comprendía qué quería decir con eso.

Ubertus echó la mano hacia atrás y tiró del chico. El crío iba descalzo, era pequeño, tenía el pelo anaranjado y estaba como un palillo. Llevaba una camisa sucia toda harapos que le dejaba al descubierto las costillas y el pecho abombado. Los pantalones le quedaban demasiado largos, una herencia para la que aún no había crecido lo suficiente. Tenía una piel bonita, blanca como la leche, ojos verdes como piedras preciosas, y un delicado rostro tan inmóvil como los bloques de piedra de su padre. Apretaba fuerte sus rosados labios, ahora pálidos, y el esfuerzo le arrugaba la barbilla.

Josephus había oído hablar del chico, pero nunca lo había visto. Su imagen lo turbó. Tenía como un aura de locura, daba la sensación de que su corta vida no había sido bendecida por el calor divino. Su nombre, Octavus, el octavo, le había sido impuesto por Ubertus la noche de su nacimiento. Al contrario que su hermano gemelo, una abominación que estaba mejor muerta que viva, su vida sería felizmente ordinaria, ¿o no? Al fin y al cabo, el octavo hijo de un séptimo hijo es simplemente un hijo más, aunque naciera el séptimo día del séptimo mes del año 777 después del nacimiento de Cristo Nuestro Señor. Ubertus rezaba por que el chico se convirtiera en alguien fuerte y productivo, un picapedrero como su padre y sus hermanos.

– ¿Por qué le has traído?

– Quiero que lo acoja.

– ¿Y por qué iba a acogerlo?

– Yo no puedo quedármelo más tiempo.

– Pero tienes hijas que pueden cuidarlo. Tienes comida en tu mesa.

– Necesita a Cristo. Y Cristo está aquí.

– Cristo está en todas partes.

– En ningún sitio es tan fuerte como aquí, prior.

El chico se puso de rodillas y empezó a escarbar entre la suciedad con un dedo huesudo. Comenzó a mover el dedo en círculos e hizo un dibujo en el suelo, pero su padre estiró la mano y le tiró de los pelos para levantarlo. El muchacho se estremeció, pero no emitió sonido alguno a pesar de la ferocidad del tirón.

– El chico necesita a Cristo -insistió su padre-. Mi deseo es que se entregue a la vida religiosa.

Josephus había oído decir que el chico era raro, mudo, absorto en su mundo, sin ningún interés por sus hermanos y hermanas ni por otros niños del pueblo. Lo había criado pobremente una nodriza, e incluso ahora, con cinco años, comía muy poco y sin apetito. En su interior, a Josephus no le sorprendía cómo había salido el crío. Después de todo, había presenciado con sus propios ojos la extraordinaria llegada del chico al mundo.

La abadía acogía a niños con regularidad, aunque no era una práctica que alentaran, pues obligaba a estirar los recursos y distraía a las hermanas de sus otras tareas. La gente del pueblo tenía cierta tendencia a dejar ante sus puertas a los niños que tenían malformaciones físicas o mentales. Si la hermana Magdalena pudiera decidir, les negaría la entrada a todos, pero Josephus tenía debilidad por las criaturas de Dios más desafortunadas.

Aun así, ese era inquietante.

– Chico, ¿sabes hablar?

Octavus no contestó; miraba el dibujo que había hecho en la tierra.

– No sabe hablar -dijo Ubertus.

Josephus le tomó de la barbilla con ternura y le levantó la cara.

– ¿Tienes hambre?

Los oscuros ojos del niño se movieron de un lado a otro.

– ¿Conoces a Cristo, tu salvador?

Josephus no detectó ningún destello de reconocimiento. El pálido rostro de Octavus era una tabula rasa, una blanca lápida en la que no había nada escrito.

– ¿Lo acogerá, prior? -imploró el padre.

Josephus soltó la barbilla del chico y el zagal se tiró al suelo para seguir haciendo dibujos en la tierra con su sucio dedo.

Las lágrimas recorrían el cincelado rostro de Ubertus.

– Por favor, se lo suplico.


La hermana Magdalena era una mujer severa que nadie recordaba haber visto sonreír, ni siquiera cuando tocaba el salterio y producía una música celestial. Estaba ya en su quinta década de vida y había vivido la mitad de ella entre los muros de la abadía. Bajo su velo había un montón de trenzas grises, y bajo el hábito, un robusto cuerpo virgen tan impenetrable como una cascara de nuez. No era una mujer sin ambiciones, tenía plena conciencia de que en la Orden de San Benito una mujer podía ascender hasta la posición de abadesa si el obispo así lo disponía. Siendo la hermana mayor de Vectis, eso no quedaba descartado, pero Aetia, el obispo de Dorchester, apenas había reparado en su presencia durante las visitas que les había hecho en Semana Santa y Navidad. Magdalena tenía la certeza de que sus meditaciones acerca de cómo ella podría llevar mejor la abadía no eran pura vanagloria sino el deseo de hacer del monasterio un lugar más puro y eficiente.

A menudo se acercaba a Oswyn para informarle de sus sospechas de despilfarro, exceso o incluso fornicación, y él la escuchaba con paciencia, suspirando, y más tarde trataba el tema con Josephus. Oswyn renqueaba debido a su dolencia en la columna vertebral, y los dolores eran un problema constante. Las quejas de Magdalena sobre el gasto de cerveza o las miradas lujuriosas que imaginaba que dirigían a las vírgenes a su cargo solo aportaban más desasosiego al abad. Contaba con Josephus para que se ocupara de estos temas mundanos y así él poder centrarse en servir a Dios y honrarlo terminando la construcción de la abadía en el tiempo que le quedaba de vida.

Era sabido que Magdalena no sentía amor por los niños. Los detalles escabrosos de su concepción la turbaban pero al mismo tiempo los veía necesarios. Despreciaba a Josephus por darles acogida en Vectis, particularmente a los más pequeños e inválidos. Tenía a nueve niños de menos de diez años bajo su tutela y le parecía que la mayoría de ellos no hacían lo suficiente para ganarse el sustento. Exigía a las hermanas que los pusieran a trabajar duro, que acarrearan agua y leña, que lavaran los platos y los cacharros de la cocina, que rellenaran los jergones con paja fresca para combatir los piojos. Cuando fueran mayores, ya tendrían tiempo para el estudio religioso, pero hasta que sus mentes estuvieran atemperadas por el esfuerzo solo los consideraba buenos para el trabajo duro.

Octavus, el último error de Josephus, la puso hecha una furia.

El crío era incapaz de seguir las órdenes más básicas. Se negaba a vaciar un cacharro, a arrojar un leño en el fuego de la cocina. No se iba a la cama hasta que le arrastraban hasta ella ni se levantaba con los otros niños si no tiraban de él. Los otros niños se reían de él y le insultaban. Al principio Magdalena pensó que era terco, así que le golpeaba con palos, pero con el tiempo se cansó del castigo corporal, pues no tenía ningún efecto, no le arrancaba un lloro ni un quejido satisfactorios. Y cuando había terminado con él, el chico siempre recuperaba el palo del montón de leña y lo usaba para hacer sus dibujos en el sucio suelo de la cocina.

Ahora que el otoño estaba a punto de convertirse en invierno, Magdalena ya no prestaba ninguna atención al chico, lo dejaba a su aire. Por fortuna, comía como un pajarito y no influía en las reservas del monasterio.


Una fría mañana de diciembre, Josephus abandonaba el scriptorium para acudir a misa. La primera tormenta invernal había sacudido la isla durante toda la noche y había dejado una capa de nieve tan brillante a la luz del sol que le picaban los ojos. Se frotó las manos para calentarse y ascendió por el camino rápidamente; los dedos empezaban a entumecérsele.

Octavus estaba de cuclillas junto al camino, descalzo y desabrigado. Josephus lo veía con frecuencia por los terrenos de la abadía. Normalmente se detenía, le tocaba el hombro, recitaba una fugaz oración para pedir que cualquier enfermedad que tuviera se curase y volvía a sus asuntos. Pero ese día temió que el crío se congelara si lo dejaba allí. Miró alrededor en busca de alguna de las hermanas, pero no vio a ninguna.

– ¡Octavus! -gritó Josephus-. ¡Ven adentro! ¡No debes andar por la nieve sin zapatos!

El chico tenía un palo en la mano y estaba haciendo dibujos, como de costumbre, pero esta vez había como una pizca de excitación en su blanco y delicado rostro. La nevada había creado una vasta superficie limpia en la que podía rascar.

Josephus se detuvo junto a él y estaba a punto de cogerlo en brazos cuando se paró en seco y tomó aliento.

¡Eso no podía ser posible!

Josephus se protegió los ojos del intenso resplandor y confirmó sus temores.

Se apresuró a volver al scriptorium y al poco regresó con Paulinus, arrastrándolo decididamente por la manga a pesar de las protestas del delgado religioso.

– ¿Qué pasa, Josephus? -gritó Paulinus-. ¿Por qué no me dices qué ocurre?

– ¡Mira! -contestó Josephus-. Dime qué ves. Octavus seguía con sus labores en la nieve. Los dos hombres se inclinaron y estudiaron sus dibujos.

– ¡No puede ser! -susurró Paulinus.

– Pero lo es -contrapuso Josephus.

Había letras en la nieve, unas letras inconfundibles.

S-I-G-B -E-R-T-O-F- T-I-S

– ¿Sigbert of Tis?

– Aún no ha acabado -dijo Josephus con nerviosismo-. Mira: Sigbert of Tisbury.

– ¿Cómo es posible que este niño escriba? -preguntó Paulinus. El monje estaba más blanco que la nieve y tenía demasiado miedo para tiritar.

– No lo sé -dijo Josephus-. En el pueblo no hay nadie que sepa leer ni escribir. Y desde luego las hermanas no le han enseñado. A decir verdad, le consideran un retrasado.

El chico siguió a lo suyo con el palito.


18 12 782 Natus


Paulinus se santiguó.

– ¡Dios mío, si también escribe números! El día 18 del mes duodécimo del año 782. ¡Eso es hoy!

– Natus -susurró Joseph-. Nacido.

Paulinus pisoteó todo lo que había escrito en la nieve, borró números y letras.

– ¡Coge al chico!

Esperaron a que los monjes se fueran a misa y abandonaran el scriptorium para sentar al chico sobre una de las mesas de copiado. Paulinus le puso una hoja de papel vitela delante y le entregó una pluma.

Octavus se puso inmediatamente a mover la pluma por el pergamino; no parecía inquietarle en absoluto que lo que hacía no fuera visible.

– ¡No! -exclamó Paulinus-. ¡Espera! Mírame. -Mojó la pluma en la tinta que había en un bote de cerámica y volvió a dársela.

El chico continuó arañando el papel, pero esta vez sus esfuerzos eran visibles. Pareció percatarse de las apretadas letras negras que iba formando, y de lo más profundo de su garganta salió un ruido gutural. Era el primer sonido que emitía en su vida.

Cedric of York 18 12 782 Mors


– De nuevo la fecha de hoy -murmuró Paulinus-. Pero esta vez ha escrito «Mors». Muerte.

– Seguro que es brujería -se lamentó Josephus, retrocediendo hasta que su cadera dio con otra de las mesas de copista.

La pluma se quedó sin tinta, así que Paulinus tomó la mano del chico e hizo que fuera él mismo quien la mojara. Impertérrito, Octavus comenzó a escribir de nuevo, pero esta vez empezó con un garabato.


18 12 782 Natus


Los dos hombres agitaron la cabeza, confundidos.

– No son letras normales -dijo Paulinus-, pero la fecha está ahí de nuevo.

Josephus se recobró de repente y se dio cuenta de que iban a llegar tarde a misa, un pecado inexcusable.

– Esconde los pergaminos y la tinta y deja al chico en la esquina. Vamos, Paulinus, corramos hasta el santuario. Rezaremos a Dios para que nos ayude a entender lo que hemos visto y nos purifique del mal.

Aquella noche Josephus y Paulinus se encontraron en el frescor de la cervecería y encendieron un cirio para alumbrarse.

Josephus necesitaba tomarse una cerveza para calmar los nervios y aposentar el estómago, y Paulinus estaba dispuesto a poner a su viejo amigo de buen humor. Se sentaron en un par de taburetes, el uno frente al otro, con las rodillas casi tocándose.

Josephus se consideraba a sí mismo un hombre simple que solo comprendía el amor de Dios y las reglas de san Benito de Nursia que todos los siervos de Dios estaban obligados a seguir. No obstante, tenía a Paulinus por un agudo pensador y un instruido erudito que había leído muchos textos relativos a los cielos y la tierra. Si alguien podía explicar lo que habían visto antes, ese era Paulinus.

Pero Paulinus se mostraba reacio a ofrecer una explicación. Lo que hizo fue proponerle una misión, y los dos hombres se pusieron a planear cómo llevarla a cabo. Acordaron mantener en secreto lo que sabían del chico, ¿qué ganarían alterando a la comunidad antes de que Paulinus pudiera descifrar la verdad?

Cuando Josephus apuró su cerveza, Paulinus cogió el cirio y antes de apagarlo le explicó a Josephus lo que pensaba.

– Sabes que no hay nada que añadir en el caso de gemelos; el séptimo hijo nacido de una mujer es, necesariamente, el séptimo hijo que Dios ha concebido.


Ubertus atravesaba por los campos de Wessex en la misión que le había encomendado el prior Josephus. Sentía que no era el siervo adecuado para la tarea, pero estaba en deuda con Josephus y no podía negarse.

El pesado y sudoroso animal que tenía entre las piernas calentaba su cuerpo en aquel frío día de mediados de diciembre. No era un buen jinete. El picapedrero estaba acostumbrado a bajar despacio en un carro tirado por bueyes. Se agarraba a las riendas con fuerza, presionaba las rodillas contra la panza de la bestia y se mantenía sentado como podía. El caballo era un animal sano de los que el monasterio guardaba en los establos, tierra adentro, precisamente para este tipo de propósitos. Un barquero había llevado a Ubertus desde la playa de guijarros de Vectis hasta la costa de Wessex. Josephus le había instruido para que se diera prisa y volviera en dos días, y eso significaba que el caballo debía avanzar a medio galope.

A medida que el día vestía el cielo, su color se tornaba gris pizarra, similar a los rocosos acantilados de la costa. Cabalgaba al paso, atravesando helados campos en barbecho con muretes de piedra y pequeñas aldeas muy parecidas a aquella de la que él provenía. De vez en cuando se cruzaba con grises campesinos que caminaban penosamente o iban a lomos de apáticas mulas. Tenía en mente a los ladrones, pero a decir verdad sus únicas posesiones valiosas eran el propio caballo y las pocas monedillas que Josephus le había dado para el viaje.

Llegó aTisbury justo antes de que se pusiera el sol. Era esta una ciudad próspera, había varias casas de madera muy grandes y una multitud de cuidadas casitas alineadas a lo largo de una calle ancha. En un pasto, las ovejas se apiñaban en la penumbra. Cabalgó hasta pasar de largo una pequeña iglesia de madera, una estructura solitaria al final del pastizal que se erguía oscura y fría. Junto a ella había un pequeño camposanto en el que acababan de enterrar a alguien. Se santiguó rápidamente. El aire se llenaba con el humo de los hogares, y el delicioso olor de las brasas y la carne chamuscada distrajo a Ubertus del túmulo funerario.

Había sido día de mercado, y en la plaza todavía había algunos carros y puestos con productos que seguían allí porque sus propietarios estaban en la taberna bebiendo y jugando a los dados. Ubertus se bajó del caballo en la puerta de la taberna. Un chico lo vio y se ofreció para ocuparse del caballo. Por una moneda, el chico se llevó al animal para darle un cubo de avena y agua.

Cuando Ubertus entró en la atestada y cálida taberna, sus sentidos se vieron asaltados por el olor a cerveza agria, sudor y orina. Se quedó junto al llameante fuego de leña, reanimó sus entumecidas manos y gritó con su marcado acento italiano que le trajeran una jarra de vino. Como se trataba de una ciudad con mercado, los hombres de Tisbury estaban acostumbrados a los forasteros y lo recibieron con una curiosidad alegre. Un grupo de hombres lo llamaron para que se sentara con ellos y pronto entablaron una animada conversación acerca de su lugar de procedencia y los motivos de su visita.

Ubertus necesitó menos de una hora para vaciar tres jarras de vino en su gaznate y obtener la información que le habían encomendado.


La hermana Magdalena siempre caminaba por los terrenos de la abadía a un ritmo determinado, ni demasiado lento, pues eso sería una pérdida de tiempo, ni demasiado rápido, pues daría la impresión de que había cosas terrenales más importantes que la contemplación del Señor.

Pero en ese momento corría, y apretaba algo en su mano.

Unos cuantos días de aire cálido habían adelgazado la capa de nieve, los caminos estaban bien pisoteados y ya no resbalaban.

En el scriptorium, Josephus y Paulinus estaban sentados en silencio. Les habían dicho a los copistas que se fueran para así poder quedarse a solas con Ubertus, que había regresado de su misión cansado y helado de frío.

Ubertus ya no se encontraba allí pues le habían mandado de vuelta al pueblo con la bendición y un adusto agradecimiento.

Su informe había sido simple y aleccionador.

El decimoctavo día de diciembre, tres días antes, en la ciudad de Tisbury había nacido un niño, hijo de Wuffa, el curtidor, y Eanfled, su esposa.

El nombre del niño era Sigbert.

A pesar de que ninguno de los dos quería admitirlo abiertamente, la noticia les había dejado atónitos. Casi esperaban oír algo así. Pocas cosas podía haber más fantásticas que el hecho de que un niño mudo nacido de una madre muerta pudiera escribir nombres y fechas sin que le hubieran enseñado. Cuando Ubertus se fue Paulinus le dijo a Josephus: -El chico era el séptimo hijo, de eso no cabe duda. Tiene un profundo poder.

– ¿Para el bien o para el mal? -preguntó Josephus temblando.

Paulinus miró a su amigo y frunció los labios, pero no le contestó.

La hermana Magdalena irrumpió en el scriptorium sin previo aviso.

– El hermano Otto me ha dicho que estaban aquí -dijo respirando pesadamente y cerrando la puerta tras de sí.

Josephus y Paulinus intercambiaron miradas conspiradoras.

– Y aquí estamos, hermana -dijo Josephus-. ¿Hay algo que te preocupe?

– ¡Esto! -Mostró su mano. Sostenía un pergamino enrollado-. Una de las hermanas ha encontrado esto en el dormitorio de los niños, bajo la cama de Octavus. Lo ha robado del scriptorium, no me cabe la menor duda. ¿Pueden confirmarlo?

Josephus desenrolló el pergamino y lo inspeccionó con Paulinus.


Kal ba Lakna 21 12 782 Natus

Flavius de Napoli 21 12 782 Natus

CNMEOH 21 12 782 Natus

كק 21 12 782 Mors

Juan de Madrid 21 12 782 Natus


Josephus miró la primera página desde el principio. Estaba escrito en los apretados garabatos de Octavus.

– Esta está en hebreo, reconozco la escritura -susurró Paulinus apuntando a una de las entradas-. La de encima no sé de dónde es.

– ¿Entonces? -reclamó la hermana-, ¿pueden confirmarme que el chico ha robado esto?

– Por favor, hermana, siéntese -suspiró Josephus.

– No es mi deseo sentarme, prior; mi deseo es saber la verdad, y después mi deseo será castigar severamente al chico.

– Le ruego que se siente.

Se sentó a regañadientes en uno de los pupitres de los copistas.

– El pergamino fue sin duda robado -comenzó Josephus.

– ¡Niño del demonio! Pero ¿qué es este texto? Parece un listado extraño.

– Son nombres -dijo Josephus.

– En más de un idioma -añadió Paulinus.

– ¿Con qué propósito se ha escrito, y por qué se incluye a Oswyn entre ellos? -preguntó la hermana con desconfianza.

– ¿Oswyn? -inquirió Josephus.

– ¡En la segunda página, en la segunda! -dijo ella.

Josephus miró la segunda página:


Oswyn de Vectis 21 12 782 Mors


El rostro de Josephus palideció.

– ¡Dios mío!

Paulinus se levantó y se giró para ocultar su expresión de alarma.

– ¿Qué hermano ha escrito esto? -quiso saber Magdalena.

– Ninguno, hermana -dijo Josephus.

– Entonces, ¿quién?

– El chico, Octavus.

Josephus perdió la cuenta de las veces que la hermana Magdalena se santiguó a medida que Paulinus y él le contaban lo que sabían de la milagrosa habilidad de Octavus. Por último, cuando ya habían terminado y estuvo todo dicho, los tres intercambiaron miradas nerviosas.

– Esto no puede ser más que obra del demonio -dijo Magdalena rompiendo el silencio.

– Hay otra explicación posible -dijo Paulinus.

– ¿Y cuál es? -preguntó la hermana.

– Que sea obra del Señor. -Paulinus escogió sus palabras cuidadosamente-. No puede haber duda en cuanto a que el Señor elige cuándo traer un niño a este mundo y cuándo acoger un alma en su seno. Dios todo lo sabe. Sabe cuando un simple hombre le dirige sus plegarias, sabe cuando un gorrión cae del cielo. Este chico, que es diferente a todos los demás en su venida al mundo y en su semblante, ¿cómo podemos saber que no es un recipiente del Señor para registrar las idas y venidas de las criaturas de Dios?

– ¡Pero podría ser el séptimo hijo de un séptimo hijo!

– Sí, estamos al tanto de las creencias en cuanto a eso. Pero ¿quién ha conocido a un hombre que reúna tales condiciones? ¿Y quién ha podido conocer a alguien que haya nacido el séptimo día del séptimo mes del año 777? No podemos dar por hecho que sus poderes tienen un fin diabólico.

– Yo, por ejemplo, no veo una consecuencia diabólica de los poderes del chico -dijo Josephus con optimismo.

Magdalena pasó del miedo a la ira.

– Si lo que dicen es cierto, sabemos que nuestro querido abad morirá hoy. Ruego al Señor que esto no suceda. ¿Cómo pueden decir que esto no es obra del maligno? -Se levantó y les arrebató las hojas de pergamino-. No voy a tener secretos con el abad. Tiene que escuchar esto, y será él y solo él quien decida acerca del futuro del muchacho.

Parecía resuelta, y ni Paulinus ni Josephus quisieron disuadir a la hermana Magdalena para que desistiera de sus actos.


Tras la nona, la oración de las tres de la tarde, se acercaron los tres a Oswyn y le acompañaron a sus aposentos en la casa capitular. Allí, en la menguante luz de una tarde invernal, con el brillo ámbar de las brasas del hogar, le contaron la historia y estuvieron atentos a su arrugado rostro, el cual, a causa de su deformidad, estaba inclinado hacia la mesa.

Oswyn escuchó. Examinó los pergaminos y se detuvo un momento para reflexionar sobre su nombre. Hizo preguntas y consideró las respuestas. Tras esto dio la reunión por terminada golpeando la mesa con el puño.

– No veo que de esto pueda venir nada bueno -dijo-. En el peor de los casos es la mano del demonio. En el mejor, una gran distracción para la vida religiosa de la comunidad. Estamos aquí para servir al Señor con todo nuestro corazón y toda nuestra fuerza. Este chico nos distraerá de nuestra misión. Debéis sacarlo de aquí.

Ante esto, Magdalena evitó mostrar su satisfacción.

Josephus tenía la garganta seca, así que se la aclaró.

– Su padre no le dejará volver. No tiene adonde ir.

– Eso no nos concierne -dijo el abad-. Echadle.

– Hace frío -imploró Josephus-. No sobrevivirá a la noche.

– El Señor lo proveerá y decidirá su suerte -dijo el abad-. Ahora dejadme que reflexione.


Josephus fue el encargado de cumplir la tarea, de modo que al atardecer condujo sumisamente al chico de la mano hasta la puerta de entrada de la abadía. Una joven y amable hermana le había puesto calcetines gruesos, una segunda camisa y una capa. Un viento cortante procedente del mar estaba bajando la temperatura hacia el punto de congelación. Josephus quitó el cerrojo a la puerta y la dejó abierta. Una ráfaga de aire frío les golpeó de lleno. El prior le dio un toquecito con el codo para que avanzara.

– Tienes que dejarnos, Octavus. Pero no temas, Dios te protegerá.

El chico no volvió la vista atrás, afrontó el oscuro vacío de la noche con su inmutable expresión de imperturbabilidad. Al prior le rompía el corazón tratar tan duramente a una criatura de Dios, tanto que probablemente estaba condenando al chico a morir de frío. Y no a un chico cualquiera, sino a uno con un don extraordinario que, si Paulinus estaba en lo cierto, tal vez no provenía de las profundidades del infierno sino del reino de los cielos. Pero Josephus era un siervo obediente, su lealtad estaba primero con el Señor, cuya opinión en esta materia no le había sido revelada, y después con su abad, cuya opinión era tan clara como el agua.


Josephus sintió un escalofrío y cerró la verja tras de sí.

Sonó la campana de vísperas. La congregación estaba reunida en el santuario. La hermana Magdalena apretaba el laúd contra su pecho y se regodeaba en la victoria que había obtenido sobre Josephus, a quien despreciaba por su blandura.

En la cabeza de Paulinus revoloteaban ideas teológicas acerca de Octavus y si sus poderes serían un don o una maldición.

Pensar en ese crío tan frágil abandonado a su suerte en el frío y la oscuridad hacía que a Josephus le escocieran los ojos con lágrimas saladas. Se sentía culpable de estar allí, caliente y cómodo. Y aun así, estaba seguro de que Oswyn no se equivocaba en una de sus afirmaciones: el chico era sin duda una distracción para sus obligaciones de oración y servidumbre.

Esperaban a oír los renqueantes pasos del abad, que no se materializaban. Josephus notaba que los hermanos y las hermanas se miraban nerviosos, conscientes de la puntualidad de Oswyn.

Tras unos minutos, Josephus empezó a alarmarse.

– Tenemos que ir a ver qué pasa con el abad -le susurró a Paulinus.

Todos los ojos siguieron su partida. Los susurros llenaron el santuario, pero Magdalena los frenó poniéndose un dedo en los labios y profiriendo un audible: «¡Chist!».

Los aposentos de Oswyn estaban fríos y oscuros, y el desatendido fuego prácticamente se había extinguido. Lo encontraron en la cama, hecho un ovillo, vestido y con la piel tan fría como el aire de la habitación. En la mano derecha tenía el pergamino en el que estaba escrito su nombre.

– ¡Dios misericordioso! -gritó Josephus.

– La profecía -murmuró Paulinus cayendo de rodillas.

Los dos pronunciaron unas rápidas oraciones sobre el cuerpo de Oswyn y se levantaron.

– Hay que informar al obispo -dijo Paulinus.

Josephus asintió.

– Enviaré un mensajero a Dorchester por la mañana.

– Hasta que el obispo diga otra cosa debes ser tú, amigo mío, quien gobierne esta abadía.

Josephus se santiguó hundiendo el dedo en su pecho.

– Ve y dile a la hermana Magdalena que comience con las vísperas. Yo estaré allí en breve, pero antes debo hacer algo.

Josephus corrió desde la oscuridad hacia la puerta de la abadía, con el pecho agitado por el esfuerzo. Abrió la puerta y esta chirrió sobre sus goznes.

El chico no estaba allí.

Corrió camino abajo gritando su nombre de manera frenética.

Vio una pequeña silueta junto a la carretera.

Octavus no había ido muy lejos. Estaba sentado tranquilamente al desabrigo de la noche, temblando al borde de un prado. Josephus lo cogió en brazos con ternura y le llevó de nuevo hacia la puerta.

– Puedes quedarte, chico -le dijo-. Dios quiere que te quedes.


25 de junio de 2009,

Las Vegas


Will había empezado a coquetear al nivel del mar y seguía con ello a diez mil metros de altura. La azafata era su tipo, una chica grande y bien proporcionada de labios carnosos y pelo rubio jaspeado. Un mechón de pelo le caía sobre un ojo y ella se lo apartaba constantemente de manera distraída. Pasado un rato empezó a imaginarse desnudo junto a ella, apartándoselo él mismo. Inexplicablemente, le invadió una pequeña oleada de culpabilidad cuando Nancy, recatada y censuradora, se coló en sus pensamientos. ¿A santo de qué le fastidiaba sus fantasías? Contraatacó con toda la intención y volvió a la azafata.

Había seguido los protocolos de seguridad habituales para embarcar en aquel vuelo de US Airways con su arma de servicio. Había embarcado antes que los demás pasajeros y le habían asignado un asiento de pasillo a la altura del ala. A Darla, la azafata, le gustó de inmediato ese tipo de chaqueta deportiva y pantalones caqui y se pegó a su asiento.

– Hola, FBI -gorjeó la chica, que estaba al corriente por los formalismos por los que Will había tenido que pasar.

– Hola, tú.

– ¿Te consigo algo de beber antes de que nos invadan?

– ¿Es café eso que huelo?

– Marchando -dijo ella-. Hoy tenemos con nosotros a un agente federal de paisano en el 7C, pero lo tuyo es mucho más grande.

– ¿Te importaría decirle que estoy aquí?

– Ya lo sabe.

Después, durante el servicio de bebidas, a Will le parecía que le acariciaba ligeramente el hombro cada vez que pasaba. Tal vez fuera su imaginación, pensó mientras se echaba a dormir, acunado por el suave rugido de los motores. O tal vez no.

Se despertó con un sobresalto, plácidamente desorientado. Verdes campos de cultivo se extendían hacia el horizonte, por lo que supo que estaban en algún lugar en mitad del país. En la parte de atrás, cerca de los servicios, se oían gritos de enfado. Se quitó el cinturón de seguridad, se dio la vuelta e identificó el problema: tres jóvenes británicos armando alboroto, colegas de juerga en modo borrachera total, preparando el hígado para sus vacaciones en Las Vegas. Gesticulaban como un monstruo de tres cabezas y caras como gambas al esbelto auxiliar de vuelo que les había cortado el chorro de cerveza. El que estaba más cerca del pasillo, un amasijo tenso de músculos y tendones, se levantó y se encaró al auxiliar de vuelo ante la atenta mirada de los alarmados pasajeros.

– ¡Ya has oído a mi colega! -gritó-. ¡Que le pongas otra puta cerveza!

Darla enfiló rápidamente el pasillo para acudir en ayuda de su compañero y buscó deliberadamente los ojos de Will al pasar junto a él. El agente federal se mantenía en su asiento 7C, tal como ordenaba el manual, observando la cabina de mandos, en guardia por si se trataba de una maniobra de distracción. Era un tipo joven, estaba de los nervios, se lo estaba tragando todo. «Es probable que sea su primer incidente real», pensó Will, que se asomó al pasillo y lo observó.

Y entonces, un ruido nauseabundo, cráneo contra cráneo, lo que se llama el beso de Glasgow.

– ¡Esto es lo que te mereces, cabronazo de mierda! -gritó el agresor-. ¿Quieres otro?

Will se perdió la actuación pero vio el resultado.

El cabezazo le había abierto la cabeza al asistente de vuelo, que estaba hincado de rodillas en el suelo y aullando. A Darla se le escapó un chillido ante la visión de la sangre.

El agente federal y Will se levantaron al unísono, actuaron como si fueran un equipo que había hecho eso mismo un montón de veces. El agente se quedó en el pasillo y sacó el arma.

– ¡Agentes federales! ¡Siéntense y pongan las manos en el asiento de delante! -gritó.

Will mostró su identificación y avanzó lentamente hacia la parte de atrás sosteniendo su placa sobre la cabeza.

– ¿Qué coño es esto? -gritó el británico cuando vio que Will se acercaba-. Colega, lo único que queremos es que nos rellenen el bebedero.

Darla ayudó a levantarse al ensangrentado asistente y lo llevó hacia la parte de delante alentada por Will, que le dirigió un guiño tranquilizador. Cuando Will estuvo a cinco filas de los buscaproblemas, se detuvo y habló lenta y pausadamente.

– Siéntese inmediatamente y ponga las manos sobre la cabeza. Está usted detenido. Sus vacaciones se han acabado. -Y tras esto la puntilla-: Colega.

Los amigos le imploraban que lo dejara ya, pero el tipo no quería bajarse del burro, lloraba de rabia y miedo, acorralado, completamente morado y con las venas hinchadas.

– ¡No me da la gana! -repetía sin cesar- ¡No me da la gana!

Will se guardó la identificación y desenfundó su arma. Comprobó dos veces el seguro. Los pasajeros estaban aterrorizados. Una mujer obesa con un niño empezó a lloriquear, y así empezó una reacción en cadena en el pasaje. Will intentó quitarse la cara de sueño y parecer lo más despierto posible.

– Esta es tu última oportunidad para que esto acabe bien. Siéntate y pon las manos en la cabeza.

– ¿O qué? -le provocó el otro, sorbiéndose los mocos-. ¿Me pegarás un tiro y harás un agujero en el puto avión?

– Usamos munición especial -dijo Will, mintiendo como un bellaco-. La bala simplemente repiqueteará dentro de tu cabeza y te dejará el cerebro hecho papilla.

A esa distancia, Will, un tirador experto que se había pasado la infancia cazando ardillas zorro en los bosques de Florida, era capaz de poner la bala donde quisiera con precisión milimétrica, pero salir, la bala saldría.

El tipo se había quedado sin palabras.

– Tienes cinco segundos -anunció Will mientras alzaba la pistola y del pecho la dirigía a la cabeza-. La verdad es que llegados a este punto ya me importa poco apretar el gatillo. Con esto ya me has dado una semana de papeleo.

– ¡Hostia puta, Sean, siéntate! -gritó uno de los amigos al tiempo que le tiraba de la camiseta.

Sean duró unos segundos, luego se dejó arrastrar hasta el asiento y, sumiso, puso las manos en la cabeza.

– Buena decisión -dijo Will.

Darla corrió pasillo arriba con un puñado de esposas de plástico y con la ayuda de otros pasajeros consiguieron inmovilizar a los tres amigos. Will bajó el arma, la guardó bajo la chaqueta y se dirigió al agente federal:

– Todo controlado aquí atrás.

Volvió torpemente a su asiento respirando hondo y acompañado por el estruendoso aplauso de todo el pasaje. Se preguntaba si podría volver a conciliar el sueño.


El taxi se apartó de la acera y se puso en camino. A pesar de que ya era de noche, el calor del desierto aún era impresionante, por lo que Will agradeció el frío glacial del interior del vehículo.

– ¿Adónde vamos? -preguntó el taxista.

– ¿Quién le parece que tiene las mejores habitaciones? -preguntó Will.

Darla le pinchó en las costillas de manera juguetona.

– Probablemente las habitaciones para los de las compañías aéreas y para los funcionarios del gobierno son iguales. -Se recostó sobre él y susurró-: Pero, cariño, no creo que vayamos a darnos cuenta.

Estaban dando la vuelta al perímetro del aeropuerto McCarran en dirección hacia la franja. Will vio tres 737 junto a un hangar lejano, sin marca alguna excepto la línea roja que recorría el fuselaje.

– ¿Qué compañía es esa? -preguntó a Darla.

– Esa es la lanzadera de Área 51 -contestó-. Son aviones militares.

– Me tomas el pelo.

El taxista quiso participar en aquello.

– No le toma el pelo. Es el secreto peor guardado de Las Vegas. Cientos de científicos del gobierno hacen escala aquí todos los días. Tienen naves espaciales extraterrestres, y están intentando hacerlas funcionar. Eso he oído.

Will rió entre dientes.

– Sea lo que sea, estoy seguro de que es un despilfarro de dinero de los contribuyentes. Lo crea o no, me parece que conozco a un tipo que trabaja allí.


Nelson Elder lideraba un grupo de culto al cuerpo. Él hacía ejercicio enérgicamente a diario y esperaba lo mismo de los miembros de su equipo directivo. «Nadie quiere ver a un corredor de seguros gordo», les decía, y él menos que nadie. Sus prejuicios contra aquellos que no estaban en forma rayaban la repugnancia, un vestigio de su pobre infancia en Bakersfield, California, donde la obesidad y la pobreza se mezclaban a partes iguales en el marginal parque de autocaravanas en el que vivía. No contrataba a gente obesa, y si les hacía seguros se cercioraba de que pagaran primas en función del riesgo.

Su bronceada piel aún sentía un hormigueo tras los cinco kilómetros recorridos y la punzante ducha de vapor, y cuando se sentó en su despacho de ejecutivo, con esas bellas vistas de montañas color chocolate y el segmento aguamarina del lago Mead se sentía tan bien físicamente como podría sentirse un hombre de sesenta y un años. Su traje a medida le sentaba como un guante y su atlético corazón latía con lentitud. Pero mentalmente estaba muy confundido, y la infusión que se estaba tomando no lograba tranquilizarle.

Bertram Myers, uno de los altos ejecutivos de Desert Life, estaba en su puerta sudando y resollando como un caballo de carreras. Era veinte años más joven que su jefe, tenía el pelo negro e hirsuto, pero era peor atleta.

– ¿Qué tal la carrerita? -preguntó Elder.

– Genial, gracias -contestó Myers-. ¿Ya te has dado la tuya?

– ¿Lo dudas?

– ¿Cómo es que has llegado tan pronto?

– El maldito FBI. ¿No te acuerdas?

– Dios, se me había olvidado. Me iba a la ducha. ¿Quieres que me siente?

– No, ya me las arreglaré -dijo Elder.

– ¿Te preocupa? Pareces preocupado.

– No estoy preocupado. Creo que es lo que hay, y ya está.

– Exactamente, es lo que hay -convino Myers.


Will se había dado un paseíto en taxi hasta las oficinas centrales de Desert Life en Henderson, una ciudad dormitorio al sur de Las Vegas, junto al lago Mead. Elder le parecía como salido de un catálogo, el típico ejecutivo madurito atractivo, cuidadoso con su salud y su estilo de vida. El ejecutivo se acomodó en su silla e intentó bajar las expectativas de Will.

– Tal como le dije por teléfono, agente especial Piper, no estoy seguro de poder serle de ayuda. Tal vez haya hecho un viaje demasiado largo para tan corta visita.

– No se preocupe por eso, señor -contestó Will-.Tenía que venir de todos modos.

– Vi en las noticias que han detenido a alguien en Nueva York.

– No puedo hacer comentarios sobre una investigación en curso -dijo Will-, pero supongo que entiende que si pensara que el caso está cerrado no habría venido hasta aquí. Me pregunto si podría hablarme sobre la relación que mantenía con David Swisher.

Según Elder, no había mucho que contar. Se habían conocido hacía seis años en el transcurso de una de las frecuentes visitas de Elder a Nueva York para reunirse con los inversores. Por entonces el banco de Swisher era uno de los muchos que cortejaban a Desert Life para conseguirlo como cliente, y David, director ejecutivo del banco, una máquina de hacer dinero. Elder había ido a la oficina central del banco, donde Swisher llevaba su equipo de ventas.

Durante el siguiente año, Swisher hizo un seguimiento agresivo vía telefónica y por correo electrónico y la perseverancia dio sus frutos. Cuando en el año 2003 Desert Life decidió lanzar al mercado una oferta de bonos para financiar una de sus adquisiciones, Elder eligió el banco de Swisher para que dirigiera el consorcio financiero.

Will le preguntó si Swisher viajó personalmente a Las Vegas como parte de ese proceso.

Elder estaba seguro de que no lo había hecho. Recordaba claramente que las visitas a las compañías las realizaban banqueros de menor estatus. Aparte de en la cena para el cierre del negocio en Nueva York, los dos hombres no volvieron a verse.

¿Se habían mantenido en contacto durante esos años?

Elder recordaba alguna que otra llamada.

¿Y cuándo fue la última?

Hacía más de un año. Nada reciente. Los dos estaban en las listas de invitaciones para las vacaciones de empresa, pero no podía decirse que eso fuera una relación activa. Elder dijo que, por supuesto, cuando leyó que habían asesinado a Swisher se quedó atónito.

La batería de preguntas de Will se vio interrumpida por la tonadilla de Beethoven en su teléfono. Se disculpó y lo apagó, pero antes reconoció la identidad de la llamada entrante.

¿Por qué demonios le llamaba Laura?

Will recuperó la secuencia de sus pensamientos y arremetió con una lista de preguntas de rastreo. ¿Le habló Swisher alguna vez de algún contacto que tuviera en Las Vegas? ¿Amigos? ¿Negocios? ¿Alguna vez mencionó que apostara o tuviera deudas personales? ¿Sabía Elder si tenía algún enemigo?

Todas las respuestas eran negativas. Elder quería que Will entendiera que su relación con Swisher era superficial, transitoria y transaccional. Le gustaría poder ser de mayor ayuda, pero estaba claro que no podía.

Will sentía que su decepción subía como la bilis. La entrevista no le llevaba a ninguna parte, otro callejón sin salida en el caso Juicio Final. Sin embargo, había una constante en la conducta de Elder, una pequeña discordancia. ¿No había una nota de tensión en su garganta, un toque de falta de sinceridad? Will no sabía de dónde había salido la pregunta que iba a hacer, tal vez brotó de un manantial de intuición.

– Dígame, señor Elder, ¿cómo le van los negocios?

Elder dudó demasiado como para que Will no se percatara y concluyera que le había dado donde dolía.

– Bueno, los negocios van muy bien. ¿Por qué lo pregunta?

– Por nada, simple curiosidad. Permítame que le pregunte: la mayoría de las aseguradoras están en sitios como Hartford, Nueva York, ciudades grandes. ¿Por qué Las Vegas? ¿Por qué Henderson?

– Aquí están nuestras raíces -contestó Elder-. Construí esta compañía ladrillo a ladrillo. Cuando salí de la universidad, comencé como agente en una pequeña correduría de Henderson, a un par de kilómetros de esta oficina. Teníamos seis empleados. Cuando el propietario se jubiló, se la compré y la llamé Desert Life. Ahora tenemos unos ocho mil empleados de costa a costa.

– Es impresionante. Puede estar orgulloso.

– Gracias, lo estoy.

– Y, por lo que me dice, el negocio de los seguros va bien. De nuevo esa pequeña vacilación.

– Bueno, todo el mundo necesita un seguro. Hay mucha competición en el mercado, y las leyes reguladoras de cada sitio a veces constituyen un desafío, pero tenemos un negocio sólido.

Mientras le escuchaba, Will vio que en el escritorio había un cubilete de cuero lleno hasta los topes de bolígrafos Pentel de color rojo y negro.

No pudo contenerse.

– ¿Le importaría prestarme uno de sus bolígrafos? -preguntó, señalándolos-. Uno de los negros.

– Claro -contestó Elder, perplejo.

Era de punta ultrafina. Bueno, bueno.

Alcanzó su maletín y sacó una hoja de papel que había dentro de una bolsa de plástico; una fotocopia de las dos caras de la postal de Swisher.

– ¿Le importaría echarle un vistazo?

Elder cogió la hoja y se puso las gafas de leer.

– Escalofriante -dijo.

– ¿Ve el franqueo?

– Dieciocho de mayo.

– ¿Se encontraba usted en Las Vegas ese día?

No había duda de que a Elder le irritó la pregunta.

– No tengo ni idea, pero mi asistente lo comprobará gustosamente.

– Estupendo. ¿Cuántas veces ha estado en Nueva York en las últimas seis semanas?

Elder frunció el ceño y respondió, ya crispado:

– Cero.

– Comprendo -dijo Will. Señaló la fotocopia-. ¿Puede devolverme eso, por favor?

Elder le dio la hoja y Will pensó: «Bueno, chico, menos es nada, tengo tus huellas».

Cuando Will se fue, entró Bertram Myers y se sentó en la silla aún caliente.

– ¿Cómo ha ido? -preguntó a su jefe.

– Lo previsto. Se ha centrado en el asesinato de David Swisher. Quería saber dónde estaba el día que le mandaron la postal desde Las Vegas.

– Bromeas.

– No, no bromeo.

– No tenía ni idea de que fueras un asesino en serie, Nelson.

Elder se aflojó el ajustado nudo de su cara corbata. Por fin empezaba a relajarse.

– Ten cuidado, Bert, podrías ser el próximo.

– ¿Eso ha sido todo? ¿No te hizo ninguna pregunta comprometedora?

– Ninguna. No sé por qué estaba preocupado.

– Dijiste que no lo estabas.

– Mentí.


Will abandonó Henderson y estuvo trabajando en el centro de análisis que el FBI tiene en el distrito norte de Las Vegas hasta la hora de su vuelo nocturno a Nueva York. Los agentes locales habían estado analizando las huellas de las postales del caso Juicio Final. En la oficina central de Las Vegas habían conseguido identificar algunas de las huellas que se resistían, mediante el cruce con las que habían tomado de los trabajadores de correos. Tras pedir que metieran en la batidora las huellas digitales de Elder, se acomodó en la sala de conferencias para leer el periódico y esperar el resultado. Cuando su estómago empezó a rugir, se dio un paseo hasta Lake Mead Boulevard en busca de una sandwichería.

El calor era sofocante. Quitarse la chaqueta y arremangarse la camisa no fue de mucho alivio, así que se metió en el primer local que encontró, un Quiznos tranquilo y agradablemente refrigerado, llevado por una patrulla de trabajadores desganados. Mientras esperaba en una mesa a que se tostara su bocadillo, llamó a su contestador automático y escuchó los mensajes.

El último le sacó de sus casillas. Se puso a decir tacos en voz alta y el encargado le clavó una mirada asesina. Una voz nasal acababa de informarle de que estaban a punto de cortarle la televisión por satélite. Llevaba tres meses de retraso, y a no ser que pagara ese mismo día, cuando llegara a casa se encontraría con la carta de ajuste.

Intentó acordarse de la última vez que había pagado las cuentas de la casa, pero no pudo. Visualizó el montón de cartas sin abrir en la encimera de la cocina. Aquello lo superaba.

Tendría que llamar a Nancy. De todas formas ya le debía una.

– Saludos desde la Ciudad del Pecado -dijo, lo cual la dejó indiferente-. ¿Cómo va lo de Camacho? -preguntó.

– Hemos comprobado las fechas del diario. No pudo cometer los otros asesinatos.

– Supongo que eso no es ninguna sorpresa.

– No. ¿Qué tal tu entrevista con Nelson Elder?

– ¿Es él nuestro asesino? Lo dudo mucho. ¿Algo en él huele a gato encerrado? Sí, sin duda.

– ¿A gato encerrado?

– Me da en la nariz que oculta algo.

– ¿Algo sólido?

– Tenía rotuladores Pentel ultrafinos en su escritorio.

– Consigue una orden del juez -dijo ella con sequedad.

– Bueno, me encargaré de comprobarlo. -Tras esto, suave como un guante, le pidió que le ayudara con el problema de la televisión. Tenía una llave en su despacho. ¿Sería ella tan amable de pasar por su apartamento, recoger esa factura sin pagar y llamarle para que él pudiera solucionarlo con la tarjeta de crédito?

– No hay problema -dijo ella.

– Gracias. Y una cosa más. -Sentía que tenía que decirlo-. Quiero pedirte disculpas por lo de la otra noche. Me puse hasta las cejas.

Will la oyó soltar un suspiro.

– No pasa nada.

Él sabía que sí pasaba, pero ¿qué más podía decir? Tras colgar miró su reloj. Todavía tendría que matar unas cuantas horas hasta que saliera su vuelo nocturno a Nueva York. No le gustaba apostar, así que no haría una escapada a los casinos. Darla ya se había ido hacía tiempo. Se podía poner hasta arriba, pero eso podía hacerlo en cualquier sitio. Entonces se le ocurrió algo que casi le hizo sonreír. Abrió el teléfono para hacer otra llamada.


Nancy se puso en alerta en cuanto abrió la puerta del apartamento de Will. Sonaba música.

En el salón había una bolsa de viaje.

– ¿Hola? -dijo.

El agua de la ducha estaba abierta.

– ¿Hola? -dijo alzando la voz.

El ruido del agua cesó y oyó una voz procedente del baño.

– ¿Hola?

Apareció una chica mojada, confusa, envuelta en una toalla de baño. Tenía poco más de veinte años, era rubia, de movimientos elegantes y una naturalidad cautivadora. Alrededor de sus perfectos pies se formaban charcos. «Impúdicamente joven», pensó Nancy con amargura, sorprendida por su reacción ante la extraña: un ataque de celos.

– Oh, hola -dijo la joven-. Soy Laura.

– Yo soy Nancy.

Hubo una larga e incómoda pausa hasta que Laura dijo:

– Will no está.

– Lo sé. Me ha pedido que venga a buscar una cosa.

– Adelante, yo salgo enseguida -dijo Laura volviendo al cuarto de baño.

Nancy intentó encontrar la factura de la televisión antes de que la otra volviera a aparecer, pero ella estaba siendo muy lenta y Laura muy rápida. Salió descalza, con téjanos, camiseta y el pelo envuelto en la toalla como un turbante. La cocina era demasiado pequeña para las dos.

– La factura de la tele -dijo Nancy con voz débil.

– Es fatal con las AD -dijo Laura, y ante la incomprensión de Nancy, añadió-: Actividades Diarias.

– Ha estado bastante ocupado -dijo Nancy en su defensa.

– ¿Y tú… de qué lo conoces? -preguntó Laura, indagando.

– Trabajamos juntos. -Nancy se preparó para su siguiente respuesta: No, no soy su secretaria.

En lugar de esto le sorprendió escuchar:

– ¿Eres una agente?

– Sí. -Imitó a Laura-: ¿Y tú de qué lo conoces?

– Es mi padre.

Una hora después todavía estaban hablando. Laura bebía vino, Nancy agua del grifo con hielo, dos mujeres unidas por un vínculo desesperante: Will Piper.

Una vez que dejaron claros sus respectivos papeles, se dedicaron la una a la otra. Nancy parecía aliviada de que aquella mujer no fuera la novia de Will. Laura parecía aliviada de que su padre tuviera una compañera de trabajo normal. Laura había tomado el tren desde Washington por la mañana para acudir a una cita de última hora. Cuando vio que no podía localizar a su padre para preguntarle si podía pasar la noche allí, decidió que probablemente estaría fuera de la ciudad y entró con su propia llave.

Al principio Laura se mostraba tímida, pero la segunda copa de vino descorchó una agradable fluidez. Solo se llevaban seis años, así que pronto encontraron un terreno común más allá de Will. Al contrario que su padre, Laura era una persona culta cuyos conocimientos en arte y música rivalizaban con los de Nancy. Compartían un museo favorito: el Metropolitan; una ópera favorita: La Bohéme; y un pintor favorito: Monet.

Espeluznante, de acuerdo, pero gracioso.

Laura había terminado sus estudios hacía dos años y se ganaba la vida haciendo un trabajo de oficina a tiempo parcial. Vivía en Georgetown con su novio, un estudiante de posgrado de periodismo en la American University. A esa edad tan tierna, estaba a punto de cruzar lo que ella consideraba un umbral importante. Una pequeña, pero prestigiosa editorial estaba considerando seriamente publicar su primera novela. Aunque había escrito desde la adolescencia, un profesor de inglés del instituto la había reprendido por darse el nombre de escritora antes de que su obra se hubiera publicado. Y ella deseaba desesperadamente decir que era escritora.

Laura se sentía insegura y cohibida, pero sus amigos y profesores la habían animado. Le dijeron que su libro era publicable, y ella tuvo la inocencia de mandar su manuscrito, sin agente y sin que nadie se lo hubiera pedido, a una docena de editoriales, y después se puso a escribir el guión, ya que también lo veía como una película. El tiempo pasó y se fue acostumbrando a los pesados paquetes que encontraba en su puerta, su manuscrito devuelto más una carta de rechazo, nueve, diez, hasta once veces, pero la duodécima nunca llegó. Lo que llegó fue una llamada, de Elevation Press, en Nueva York, expresándole su interés y preguntándole si estaría dispuesta a hacer algunos cambios y reenviarlo sin que ello supusiera un compromiso. Ella accedió inmediatamente y la corrigió siguiendo las pautas que le habían dado. El día anterior había recibido un correo electrónico del editor en el que la invitaba a sus oficinas, algo aterrador y al mismo tiempo prometedor.

A Nancy le pareció que Laura era fascinante, como echar un vistazo en una vida alternativa. Los Lipinski no eran escritores ni artistas, eran tenderos o contables, dentistas o agentes del FBI. Y le intrigaba saber cómo el ADN de Will había sido capaz de producir esa criatura encantadora e intachable. La respuesta tenía que hallarse en la madre.

De hecho, la madre de Laura, la primera esposa de Will, Melanie, escribía poesía y enseñaba escritura creativa en una comunidad universitaria de Florida. El matrimonio, según le contó Laura, había durado lo suficiente para su concepción, nacimiento y fiesta de su segundo cumpleaños; luego Will lo hizo añicos. Laura se crió con las palabras «tu padre» proferidas casi como insultos.

Su padre era un fantasma. Se enteraba de lo que pasaba en su vida de segundas, atenta a lo que se les escapaba a su madre y sus tíos. Se lo imaginaba gracias al álbum de bodas: ojos azules, grande y sonriente. Abandonó la oficina del sheriff y se unió al FBI. Volvió a casarse. Se divorció de nuevo. Bebía. Era un mujeriego. Un cabrón que solo se salvaba porque pagaba la manutención de su hija. Y nunca se molestaba en llamar o enviar una carta.

Un día Laura lo vio en la tele, lo entrevistaban con motivo de algún horrible asesino. Vio el nombre Will Piper en la pantalla, reconoció los ojos azules y la mandíbula cuadrada, y la chica de quince años lloró a mares. Empezó a escribir relatos sobre él o sobre lo que imaginaba de él. Y ya en la universidad, emancipada de la influencia materna, hizo el trabajo propio de un detective y lo encontró en Nueva York. Desde entonces llevaban una relación cercana a lo filial y provisoria. Él era la inspiración de su novela.

Nancy le preguntó el título.

Bola de demolición -contestó Laura.

Nancy se rió.

– Supongo que le va como anillo al dedo.

– Sí, es una bola de demolición, pero también lo son el alcohol, los genes y el destino. Me refiero a que el padre y la madre de papá eran alcohólicos. Tal vez no tuviera escapatoria.-Se sirvió otra copa de vino y la agitó a modo de brindis. Ahora su discurso era un tanto espeso-. Tal vez tampoco yo la tenga.


Nelson Elder llegaba al camino que llevaba a su casa, una mansión de seis habitaciones en The Hills, Summerlin, cuando sonó su teléfono móvil. En el identificador ponía número privado. Contestó y dirigió su enorme Mercedes hasta una de las plazas de garaje.

– ¿Señor Elder?

– Sí, ¿quién es?

La voz del remitente estaba salpicada de tensión, casi era un chillido.

– Nos conocimos hace unos meses en el Constellation. Me llamo Peter Benedict.

– Lo siento, no me acuerdo.

– Pillé a los que contaban en el blackjack.

– ¡Ah, sí, ya me acuerdo! El informático. -«Qué raro», pensó Elder-. ¿Te di mi número de teléfono?

– Pues sí -mintió Mark. No había ningún teléfono en el mundo que no fuera capaz de conseguir-. ¿Le molesto?

– Claro que no. ¿En qué puedo ayudarte?

– Bueno, lo cierto, señor, es que soy yo quien querría ayudarle.

– ¿Y eso?

– Su compañía tiene problemas, señor Elder, pero yo puedo salvarla.

Mark respiraba entrecortadamente y temblaba. Tenía el teléfono móvil sobre la mesa de la cocina, aún con el calor de su mejilla. Cada uno de los pasos de su plan había sido una dura prueba, pero este era el primero que requería interacción humana y el pánico tardaba en disiparse. Nelson Elder se encontraría con él. Un movimiento de ajedrez más y la partida sería suya.

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