Entonces sonó el timbre de la puerta y le lanzó al siguiente estadio de hiperactividad involuntaria. Rara vez recibía visitas sin anunciar, así que del miedo casi salió disparado a su habitación. Se calmó, avanzó hacia la puerta, indeciso, y la entreabrió un poco.
– ¿Will? -preguntó sin dar crédito-. ¿Qué haces tú aquí? Will se quedó allí con una enorme sonrisa en el rostro.
– No me esperabas, ¿eh?
Se dio cuenta de que Mark estaba incómodo, como un castillo de naipes que intentaba mantener la compostura.
– No, no te esperaba.
– Ya ves, estaba en la ciudad por un asunto de trabajo y he pensado en venir a verte. ¿Te pillo en mal momento?
– No, está bien -dijo Mark mecánicamente-. Solo que no esperaba a nadie. ¿Quieres pasar?
– Claro. Pero solo estaré un rato. Me sobraba un poco de tiempo antes de ir al aeropuerto.
Will le siguió hasta el salón y se percató de la tensión y la incomodidad en la voz aguda y el rígido andar de su antiguo compañero de habitación. No podía evitar hacerle la radiografía. No se trataba de ningún truco barato. Siempre había tenido el don, la habilidad para hacerse una idea de los sentimientos del otro, sus conflictos y emociones, en un abrir y cerrar de ojos. De pequeño usaba su perspicacia natural para diseñar un espacio triangular de protección entre sus alcohólicos padres, diciendo y haciendo las cosas apropiadas en la cantidad apropiada para satisfacer sus necesidades y preservar en cierta medida el equilibrio y la estabilidad del hogar.
Siempre había hecho uso de ese talento en su propio beneficio. En su vida personal lo usaba como los libros de autoayuda, para ganar amigos y ejercer influencia sobre la gente. Las mujeres de su vida decían que lo utilizaba para manipularlas al máximo. Y en lo que concernía a su profesión, le había dado una ventaja tangible respecto a los criminales que poblaban su mundo.
Will se preguntaba por qué Mark se sentía tan incómodo, ¿algún tipo de desorden de la personalidad, fóbico, misántropo, o algo relacionado con su visita?
Se sentó en un sofá más duro que una piedra e hizo lo posible por encontrarse cómodo.
– ¿Sabes? Después de que nos viéramos en la reunión, me sentía mal por no haber hecho el esfuerzo de ponerme en contacto contigo en todos estos años. -Mark estaba sentado frente a él, mudo, con las piernas cruzadas y en tensión-. Así que, como solo me quedo hoy y casi nunca vengo por Las Vegas, ayer cuando iba de camino al hotel alguien señaló hacia la lanzadera de Área 51 y pensé en ti.
– ¿En serio? -preguntó Mark con voz ronca-. ¿Y eso por qué?
– Allí es donde insinuaste que trabajabas, ¿no?
– Ah, ¿sí? No recuerdo haberlo dicho.
Will recordó el extraño comportamiento de Mark cuando salió el tema de Área 51 en la cena. Parecía un tema prohibido. En realidad, no le importaba, tanto daba. Estaba claro que Mark tenía un trabajo de seguridad de altos niveles y se lo tomaba en serio. Mejor para él.
– Bueno, da igual. No me importa dónde trabajes, simplemente hice esa asociación de ideas y decidí pasarme por aquí, eso es todo.
Mark seguía pareciendo escéptico.
– ¿Y cómo me has encontrado? No estoy en los listados.
– Como si no lo supiera. Lo admito: consulté una base de datos de la oficina local del FBI cuando vi que el número de localización de abonados no funcionaba. Y no salías en el radar, chaval. ¡Debes de tener un trabajo muy interesante! Así que llamé a Zeckendorf para ver si tenía tu número de teléfono. No lo tenía, pero debiste de darle tu dirección a su mujer para que te enviara esa foto. -Señaló la foto que había en la mesa-.Yo también puse la mía en la mesilla del salón. Supongo que somos un par de sentimentales. No tendrás nada de beber, ¿no?
Will vio que Mark respiraba con más tranquilidad. Había conseguido romper el hielo. Probablemente tenía algún tipo de desorden de ansiedad social y necesitaba tiempo para entrar en calor.
– ¿Qué te gustaría beber? -preguntó Mark.
– ¿Tienes whisky?
– Lo siento, solo cerveza.
– Todos los caminos llevan a Roma.
En cuanto Mark se fue a la cocina, Will se puso en pie y echó un vistazo alrededor por pura curiosidad. El salón estaba escasamente amueblado con objetos modernos a impersonales que podrían haber estado en el vestíbulo de cualquier espacio público. Todo muy ordenado, ni cosas amontonadas ni ningún toque femenino. Conocía ese estilo de decoración fría. La brillante estantería cromada estaba llena de libros de informática y manuales de programación ordenados según la altura, de manera que las hileras quedaran lo más rectas posible.
En el escritorio lacado en blanco, junto a un portátil cerrado, había dos finos manuscritos con anillas metálicas. Echó un vistazo a la portada del que había encima: CONTADORES: UN GUIÓN DE PETER BENEDICT, AEA # 4235567. «¿Quién será Peter Benedict? -se preguntó-, el álter ego literario de Mark u otra persona?» Junto a los guiones había dos rotuladores negros. Casi se le escapó una carcajada. Pentel ultrafinos. Esos puñeteros estaban por todas partes. Cuando Mark volvió con las cervezas, Will estaba de nuevo en el sofá.
– Cuando estuvimos en Cambridge, ¿no mencionaste que escribías? -preguntó Will.
– Escribo.
– ¿Son tuyos esos guiones? -Los señaló.
Mark asintió y tragó saliva.
– Mi hija también es escritora o algo así. ¿Sobre qué escribes?
Mark comenzó con indecisión, pero se relajó a medida que hablaba de su guión más reciente. Cuando Will hubo acabado con su cerveza ya lo sabía todo sobre casinos, contadores de cartas y agentes de talentos de Hollywood. Para alguien tan reticente, aquello era hablar por los codos. Durante la segunda cerveza pudo saborear un aperitivo de lo que había sido la vida de Mark después de la universidad y antes de Las Vegas, un paisaje inhóspito en el que había pocos vínculos personales y un trabajo interminable con los ordenadores. Durante la tercera cerveza Will correspondió con detalles sobre su propio pasado, matrimonios amargos, relaciones rotas y todo eso; Mark escuchaba con aparente fascinación, con un asombro creciente al saber que la vida del chico de oro, que él había creído perfecta, era cualquier cosa menos eso. Al mismo tiempo, punzadas de culpabilidad cada vez más intensas consiguieron que Will se sintiera incómodo.
Tras ir al baño, regresó al salón y anunció que tenía que marcharse, pero que antes quería sacarse una espinita.
– Quiero pedirte disculpas.
– ¿Por qué?
– Cuando pienso en nuestro primer año me doy cuenta de que era un capullo. Tendría que haberte ayudado más, hacer que Alex te dejara tranquilo. Fui un tonto del culo y lo siento. -No mencionó el incidente de la cinta americana. No era necesario.
Mark rompió a llorar sin poder evitarlo; parecía muy avergonzado.
– Yo…
– No tienes que decir nada. No quiero que te sientas incómodo.
Mark se sorbió los mocos.
– No, mira, te lo agradezco. Creo que en realidad no nos conocíamos.
– Una verdad como un templo. -Will se metió las manos en los bolsillos en busca de las llaves del coche-. Bueno, gracias por las cervezas y la charla. Tengo que largarme.
Mark respiró hondo.
– Creo que ya sé por qué has venido a la ciudad -dijo finalmente-. Te vi por la tele.
– Sí, el caso Juicio Final. La conexión de Las Vegas. Claro.
– Hace años que te veo en la tele. Y he leído todos los artículos de las revistas.
– Sí, he tenido mis momentos de gloria en los medios.
– Debe de ser excitante.
– Créeme, no lo es.
– ¿Y cómo va? Me refiero a la investigación.
– Pues tengo que decirte que es como un grano en el culo. No quería tomar parte en ello. Lo único que intentaba era deslizarme tranquilamente hacia el camino de la, jubilación.
– ¿Algún progreso?
– Está claro que eres un tipo que sabe guardar un secreto, así que ahí va uno: no tenemos ni una puta pista.
Mark parecía un poco cansado.
– No creo que vayáis a coger al tipo -dijo.
Will lo miró con cara de estupefacción.
– ¿Por qué dices eso?
– No sé. Por lo que he leído, parece bastante listo.
– No, no, no. Lo voy a pillar. Siempre los pillo.
28 de junio de 2009,
Las Vegas
La llamada de Peter Benedict desconcertó a Elder. Recibir una oferta para ayudar a Desert Life por parte de un hombre al que había visto una vez en el casino era de lo más inquietante. Y estaba casi seguro de que no le había dado el número de su teléfono móvil. Si añadía eso al repentino interés que el FBI mostraba por él y su empresa, aquello tenía todo el aspecto de convertirse en un fin de semana problemático. Cuando había problemas prefería estar rodeado de su gente en la compañía, como un general entre sus tropas. No le importaba hacer venir a su equipo ejecutivo durante una crisis para que trabajaran los sábados y domingos, pero necesitaba ocuparse de aquello él solo. Incluso Bert Myers, su confidente y consejero, tendría que quedarse fuera hasta que supiera con qué se las tenía que ver.
Solo Myers y él conocían el alcance de los problemas de Desert Life porque ellos dos eran los únicos artífices preparados para sacar a la compañía de su agujero financiero. Sin duda el mejor adjetivo para calificar ese sistema era «fraudulento», pero Elder prefería pensar en él como «agresivo». El plan se hallaba en su estadio más primitivo, pero desafortunadamente aún no estaba en funcionamiento. De hecho, les había salido el tiro por la culata y el agujero cada vez era más grande. Desesperados, habían decidido mover algo del dinero de sus reservas para aumentar artificialmente los beneficios del último trimestre y apuntalar el precio de la compañía en el mercado de valores. Era un terreno peligroso, un camino infernal que podía no tener salida. Lo sabían, pero estaban perdidos y había que intentar hacer algo. Las cosas cambiarían en el siguiente trimestre, pensaba Elder.
Tenía que hacerse. Había construido esa compañía con sus propias manos. Le había dedicado su vida y era su único amor verdadero. Para él significaba mucho más que su arisca esposa de club de campo y su malcriada prole, y tenía que salvarla, así que si ese Peter Benedict tenía una idea viable, estaba en la obligación de escucharle.
La columna vertebral de los negocios de Desert Life eran los seguros de vida. La compañía era la mayor suscriptora de pólizas de seguros de vida al oeste del Mississippi. Elder había hecho sus primeros pinitos en el negocio como corredor de seguros. La capacidad de la estadística para predecir el índice de mortalidad era algo que siempre le había resultado atractivo. Si intentabas predecir el tiempo de vida de un individuo y, apostar dinero en ello, te equivocarías con demasiada frecuencia para sacar un beneficio consistente. Para intentar hacerse una idea del riesgo que supone cada individuo, los aseguradores contaban con la «ley de los grandes números» y dedicaban ejércitos de actuarios y estadistas a realizar análisis de actuaciones del pasado que ayudaran a predecir el futuro. Aunque no pudieran calcular qué prima había que cobrarle a cada individuo para sacar dinero con ello, sí podían predecir con seguridad la viabilidad del seguro, digamos, para un varón no fumador de treinta y cinco años que diera negativo en pruebas de narcóticos y tuviera antecedentes familiares de enfermedad coronaria.
Aun así, los márgenes de beneficio eran muy estrechos. Por cada dólar que Desert Life recibía como prima, treinta centavos se dedicaban a gastos, la mayor parte para cubrir pérdidas, y lo poco que quedaba eran beneficios. Los beneficios en el juego de las aseguradoras venían por dos caminos: beneficios de seguros e ingresos de inversión.
Las aseguradoras son grandes inversoras que ponen en juego miles de millones de dólares a diario. El dinero que se recuperaba de esas inversiones era la piedra angular del negocio. Incluso había empresas que aseguraban con pérdidas, haciendo primas de un dólar y esperando pagar más de ese dólar en pérdidas y gastos pero con la esperanza de recuperarse con los ingresos de inversión. A Elder esa estrategia le parecía despreciable, pero su avidez por recuperar las inversiones era grande.
Los problemas de Desert Life tenían que ver con su expansión. A lo largo de los años, a medida que hacía crecer el negocio y expandía su imperio a través de las adquisiciones, había diversificado la empresa para que no dependiera de los seguros de vida. Había dado el salto a los seguros de vivienda y de automóvil personales y para propietarios, seguros que suponían pérdidas y un engorro para los negocios.
Durante años el negocio fue a más, pero hubo un momento en que las tornas cambiaron. «Huracanes, malditos huracanes», gruñía entonces en voz alta aunque estuviera solo. Uno tras otro se abalanzaban sobre Florida y la costa del golfo de México y acababan con sus márgenes de beneficio. Sus excedentes de reserva, el dinero disponible para pagar futuros reembolsos, estaban cayendo a niveles de alarma total. El Estado y los reguladores de seguros federales lo estaban percibiendo, así como Wall Street. Sus acciones bajaban en picado y eso estaba haciendo que su vida se convirtiera en algo parecido al infierno de Dante.
Bert Myers, genio financiero, al rescate.
Myers no era asegurador sino inversor de banca. Elder lo había contratado hacía unos años para que le ayudara en su estrategia de expansión. Tal como estaba el mundo de los financieros de las grandes compañías, se podía decir que Myers era un cuchillo afilado dentro de un cajón muy grande, uno de los hombres más listos de la bolsa.
Frente a esos pobres beneficios, Myers trazó un plan. No podía frenar a la madre naturaleza ni todas esas reclamaciones por daños contra la compañía, pero podía aumentar la recuperación del dinero invertido «caminando por la cuerda floja», como él dijo. Los reguladores del gobierno, por no hablar de sus propios estatutos internos, les imponían estrictas restricciones en el tipo de inversiones que podían hacer, la mayoría de las cuales eran incursiones sin riesgo en el mercado de valores de poca monta e inversiones conservadoras en hipotecas, préstamos personales y propiedades inmobiliarias.
No podían tomar sus preciadas reservas y apostarlas por ahí en la ruleta. Pero Myers había echado el ojo a un fondo de inversión que llevaban unos linces de las matemáticas de Connecticut que habían cosechado unos beneficios enormes gracias a las fluctuaciones de la moneda internacional. El fondo, International Advisory Partners (IAP), estaba al margen de todo desde la perspectiva del riesgo, e invertir en él no era una posibilidad para una compañía como Desert Life. Pero una vez que Elder dio el visto bueno al plan, Myers creó una sociedad inmobiliaria fantasma y convirtió más de mil millones de dólares de las reservas en dinero de ese fondo de inversiones con la esperanza de que sus descomunales rentas repararan el estado de los beneficios en sus cuentas.
Pero Myers no eligió el momento adecuado. IAP usó la inyección monetaria de Desert Life para apostar por una caída relativa del yen frente al dólar, ¿y no es cierto que el ministro de Economía japonés lo arruinó todo al hacer unas declaraciones contrarias a la política monetaria de los japoneses?
Primer trimestre: una caída del catorce por ciento en las inversiones. Los chicos de IAP no dejaban de insistir en que eso era una anomalía y que su estrategia era buena. Myers tan solo tenía que aguantar y todo saldría a pedir de boca. Así que en el calor del desierto las palmeras de su oasis comenzaban a exudar, pero se agarraban a ellas tan fuerte como podían.
Elder decidió quedar con Peter Benedict un domingo por la mañana para mantener el asunto lo más discreto y apartado posible de la oficina. Una hamburguesería de segunda en el norte de Las Vegas le pareció un local que no frecuentarían ni sus amigos ni sus empleados, así que, con el olor del sirope de arce metido en sus narices, vestido con pantalones de golf de popelina blanca y un fino jersey de cachemira naranja, se sentó y esperó. Como no estaba seguro de acordarse del aspecto que tenía el tipo, dio un repaso a todos los clientes.
Mark llegó unos minutos tarde, una presencia sin pretensiones, con vaqueros y su sempiterna gorra de los Lakers; llevaba un sobre grande. Fue él quien vio primero a Elder, se armó de valor y se dirigió hacia la mesa. Elder se levantó y le tendió la mano.
– Hola, Peter, me alegra volver a verte.
Mark se sentía tímido, incómodo. La cultura de Elder exigía un poco de charla banal pero él en eso era nefasto. Como el blackjack era el único terreno que tenían en común, Elder habló de cartas durante unos minutos y luego insistió en que pidieran el desayuno. Mark se distrajo con las palpitaciones que sentía en el pecho; empezaba a preocuparle que se convirtieran en algo patológico. Bebió un trago de agua con hielo e intentó controlar su respiración, pero su corazón iba a cien por hora. ¿No sería mejor que se levantara y se fuera?
Ya era demasiado tarde para eso.
La charla trivial obligatoria llegó a su fin y Elder se puso manos a la obra. Una vez hechas las cortesías, su tono de voz se tornó inflexible.
– Bueno, Peter, dime, ¿por qué crees que mi empresa tiene problemas?
Mark no tenía una formación financiera pero había aprendido a leer estados de cuentas en Silicon Valley. Empezaba diseccionando los extractos de la declaración de la renta de su propia compañía y luego pasaba a otras compañías de alta tecnología en busca de buenas inversiones. Cuando daba con un concepto de contabilidad que no entendía, leía sobre él hasta que sus conocimientos eran dignos del mejor inspector de Hacienda. La capacidad de su cerebro era tal, que la lógica y las matemáticas de la contabilidad le parecían triviales.
Ahora, con voz coartada, comenzó mecánicamente su perorata sobre todas las sutiles anomalías del último formulario 10-Q emitido por Desert Life, la declaración fiscal del último trimestre que archiva el gobierno. Había detectado leves trazas de fraude que nadie de Wall Street había percibido. Incluso adivinó que la empresa podía estar pescando en aguas prohibidas para obtener altos rendimientos de los réditos.
Elder le escuchaba con una fascinación turbadora.
Cuando Mark terminó, Elder cortó un trozo de gofre, le dio un bocadito y lo masticó con calma. Una vez se lo hubo tragado, dijo:
– No te voy a decir si te equivocas o no. Pongamos que simplemente me cuentas cómo piensas que puedes ayudar a Desert Life.
Marx tomó el sobre que hasta entonces había tenido sobre sus rodillas y lo puso sobre la mesa. No dijo nada, pero Elder supo que tenía que abrirlo. Dentro había un montón de recortes de periódico.
Todos ellos eran sobre el asesino del Juicio Final.
– ¿Qué carajo es esto?
– Es mi manera de salvar su compañía -susurró Mark. El momento le sobrepasaba y se sentía mareado.
Y entonces el momento pareció desvanecerse.
Elder reaccionó de manera visceral y comenzó a incorporarse.
– ¿Eres un maníaco de esos o qué? Para que lo sepas, conozco a una de las víctimas.
– ¿Cuál de ellas? -gruñó Mark.
– David Swisher. -Se buscó la cartera para pagar.
Mark hizo acopio de todo su valor y dijo:
– Debería sentarse. Él no fue una víctima.
– ¿Qué quieres decir?
– Por favor, siéntese y escúcheme.
Elder se sentó.
– Le diré una cosa. No me gusta nada el rumbo que está tomando esta conversación. Tiene un minuto para explicarse, de lo contrario me voy de aquí, ¿me entiende?
– Bueno, supongo que fue una víctima. Pero no fue una víctima del asesino del Juicio Final.
– ¿Y cómo sabe usted eso?
– Porque el asesino del Juicio Final no existe.
6 de julio de 795,
Vectis, Britania
El abad Josephus vio su reflejo en una de las largas ventanas de la casa capitular. Fuera estaba a oscuras, pero en el interior aún no habían apagado las velas, de modo que la ventana tenía las cualidades de un cristal reflectante.
Tenía una panza prominente y una buena papada, y era el único varón de la comunidad que no iba tonsurado; no podía porque estaba completamente calvo.
Un joven monje, un ibérico de pelo negro y barba tan poblada como la piel de un oso, golpeó la puerta y entró con un apagavelas. Hizo una inclinación de cabeza y se puso a realizar su tarea.
– Buenas tardes, padre. -Su acento era empalagoso como la miel.
– Buenas tardes, José.
El abad favorecía a José entre los más jóvenes de los hermanos a causa de su intelecto, su habilidad como ilustrador de manuscritos y su buen humor. Rara vez se le veía apesadumbrado, y cuando se reía, al viejo su risa le recordaba las carcajadas que había escuchado tantos años atrás de la boca de su amigo Matthias, el herrero que había forjado la campana de la abadía.
– ¿Cómo está el aire esta noche? -preguntó el abad.
– Perfumado, padre, y lleno del cricrí de los grillos.
Cuando la casa capitular estuvo a oscuras, José dejó un par de velas en los aposentos del abad, una en su mesa de estudio y la otra en la mesilla de noche, y le deseó buenas noches a su superior. Una vez a solas, Josephus se arrodilló junto a la cama y pronunció la misma plegaria que recitaba todos los días desde que se convirtió en abad:
– Querido Señor, bendice por favor a este humilde servidor que se esfuerza por honrarte cada día y dame fuerzas para ser el pastor de esta abadía y para servir a tus propósitos. Y bendice a tu vasallo Octavus, que trabaja duro sin cesar para cumplir tu misión divina, ya que tú mandas en su mano como mandas en nuestro corazón y nuestra mente. Amén.
Tras esto, Josephus sopló la última vela y se metió en la cama.
Cuando el obispo de Dorchester le preguntó a su nuevo abad a quién quería poner de prior, Josephus no dudó un segundo en proponer a la hermana Magdalena. No había otra persona mejor preparada para tal tarea. No había quien superara su sentido de la obligación y la responsabilidad. Pero Josephus también tenía otro motivo, el cual siempre le hacía sentirse mal. Necesitaba su cooperación para proteger la misión que él creía que Octavus debía cumplir.
Ella era la primera priora de Vectis, y rezaba fervientemente para que se le perdonara el orgullo que sentía a diario. Josephus le permitió que atendiera todos los detalles de la administración de la abadía, tal como él había hecho para Oswyn, y escuchaba pacientemente los informes que todos los días exponía de manera enérgica acerca de los abusos y transgresiones. Josephus se daba cuenta de que Vectis era ahora más eficiente y estaba más reglamentado que cuando se hallaba bajo su priorato. Sí, tal vez había más enfados tontos por minucias, pero él solo se dignaba intervenir cuando percibía que las acciones de Magdalena eran crueles o excesivas.
Prefería centrar su atención en los rezos, la finalización de la construcción de la abadía y, por supuesto, el chico, Octavus.
Estas dos últimas preocupaciones se cruzaban en el scriptorium. Cuando Oswyn murió, Josephus revisó los planes para el nuevo scriptorium y decidió que debía ser más grande, pues creía firmemente que los textos y libros sagrados que elaboraban en Vectis formaban parte de una obra vital para la mejora de la humanidad. Podía prever un futuro en el que habría incluso más monjes que entonces produciendo más manuscritos, y la abadía y la cristiandad entera se verían elevadas por sus esfuerzos.
Aparte de eso, quería que construyeran una cámara privada, un sanctorum dentro del mismo edificio, donde Octavus podría hacer su trabajo sin impedimentos. Tenía que tratarse de un lugar especial, protegido, donde pudiera transcribir todos los nombres que tenía en su interior y verterlos en la página cual la cerveza de un barril.
La bodega del scriptorium era oscura y fría, el lugar perfecto para el almacenamiento de largas láminas de pergamino y botes de tinta, pero apto también para un chico que no deseaba jugar a la luz del sol ni pasear por los campos. A un lado de la bodega se construyó una habitación con un tabique de separación; allí, tras una puerta cerrada, bajo la perpetua oscuridad de la luz de las velas vivía Octavus. Su única motivación era sentarse en el banco, apoyarse en el pupitre, humedecer su pluma con furia una y otra vez y garabatear en el papel hasta que caía al suelo fatigado y tenían que llevarlo a la cama.
A causa del fervor de su vocación, Octavus rara vez dormía más que unas pocas horas al día, y siempre se despertaba sin que lo avisaran, aparentemente con energías renovadas. Por temprano que Paulinus llegara al scriptorium, siempre encontraba al chico trabajando. Una de las hermanas jóvenes o una novicia le llevaba la comida, evitando todo contacto con su obra. Tras esto, vaciaba la bacinilla y llevaba velas nuevas. Paulinus recogía las preciosas páginas ya acabadas, y cuando tenía el número suficiente hacía con ellas unos pesados y espesos libros con falsas cubiertas.
Cuando Octavus pasó de ser un niño a un jovencito, su cuerpo se alargó cual la masa caliente estirada por el panadero. Tenía las extremidades largas y flacas, casi como de goma, y la tez como la masa del pan, pálida, sin rastro de coloración. Incluso los labios los tenía blanqueados, tan solo con un leve rubor rosado. Si Paulinus no hubiera visto las gotas carmesí que caían de los cortes que se hacía en los dedos con el pergamino, habría supuesto que el chaval no tenía sangre en las venas.
Al contrario que la mayoría de los chicos, que cuando maduran pierden la delicadeza de su rostro, la mandíbula de Octavus no se hizo más cuadrada, y tampoco se le agrandó la nariz. Conservaba una fisonomía infantil que desafiaba toda explicación, pero al fin y al cabo su propia existencia desafiaba toda explicación. Su fino pelo seguía siendo color zanahoria. Cada mes, más o menos, Paulinus llamaba al barbero para que se lo recortara mientras escribía o, aún mejor, mientras dormía, y entonces aquellos mechones de pelo naranja cubrían el suelo hasta que una de las muchachas que le atendían los barría.
Las chicas, que tenían permiso para darle de comer y retirar sus desperdicios bajo el juramento de guardar el secreto, se sentían intimidadas por su callada belleza y su concentración absoluta, aunque había una novicia de quince años, descarada y picara, llamada Mary que a veces hacía infructuosos intentos para atraer su mirada tirando una copa o haciendo ruido con los platos.
Sin embargo, nada distraía a Octavus de su trabajo. Los nombres se apresuraban a salir de su pluma a la página a cientos, miles, decenas de millares.
A menudo, Paulinus y Josephus se quedaban frente a él y observaban el frenético arañar de su pluma como si aquello fuera un sueño. Aunque muchas de las entradas estaban escritas con el alfabeto romano, otras muchas no. Paulinus reconocía el árabe, el arameo, la caligrafía hebrea, pero había muchas otras que no era capaz de descifrar. El ritmo del chico era agitado y desafiaba la ausencia de tensión y urgencia en su rostro. Cuando la pluma se quedaba roma, Paulinus la sustituía por otra y el chico seguía haciendo sus letras pequeñas y apretadas. Aprovechaba tanto las páginas, que cuando terminaba eran más negras que blancas. Y cuando no quedaba más espacio, le daba la vuelta y seguía escribiendo, tal vez en aras de un sentido innato de la eficiencia o del ahorro. Octavus solo iba a por otra hoja cuando había rellenado las dos caras. Paulinus, que estaba artrítico y tenía un perpetuo nudo en el estómago, inspeccionaba cada una de las páginas completadas preguntándose si encontraría en ellas algún nombre que le interesara especialmente: Paulinus de Vectis, por ejemplo.
A veces Paulinus y Josephus hablaban de lo maravilloso que sería preguntarle al chico lo que pensaba acerca de su obra vital y que les ofreciera una explicación convincente. Pero eso habría sido como pedirle a una vaca que explicara qué significaba para ella su existencia. Octavus nunca cruzaba su mirada con la de ellos, jamás respondía a sus palabras, no mostraba emoción alguna ni hablaba. A lo largo de los años, los dos envejecidos monjes habían discutido con frecuencia el sentido del trabajo de Octavus en el contexto bíblico. Dios, el omnisciente y eterno, conoce todas las cosas del pasado y del presente, pero también del futuro; ambos coincidían en eso. Seguramente todos los acontecimientos del mundo estaban determinados por obra y fuerza de la visión de Dios, y daba la impresión de que el Creador había elegido al milagrosamente nacido Octavus como la pluma viviente que registrara lo que había de pasar.
Paulinus poseía una copia de los trece libros escritos por san Agustín, sus Confesiones. Los monjes de Vectis tenían en alta estima estos volúmenes, ya que san Agustín era para ellos un adalid espiritual, solo por detrás de san Benito. Josephus y Paulinus estudiaron minuciosamente aquellos volúmenes y casi podían oír al venerable santo hablarles a través del tiempo: «Dios decide el destino eterno de cada persona. Su destino depende de la elección del Señor».
¿No era acaso Octavus la prueba manifiesta de tal afirmación?
Al principio Josephus guardaba los libros encuadernados en cuero en una estantería de una pared de la celda de Octavus. Cuando el chico tenía diez años, ya había llenado diez voluminosos libros, por lo que Josephus construyó una segunda estantería. A medida que Octavus iba creciendo, su mano se volvía más rápida, y en los últimos años producía a un ritmo de diez libros al año. Cuando el número total de libros excedió los setenta y amenazaban con abarrotar su celda, Josephus decidió que aquellos libros debían tener un lugar propio.
El abad desvió a los obreros de otros proyectos de construcción en la abadía para comenzar una excavación en la parte más alejada de la bodega del scriptorium, al otro lado de la celda de Octavus. Los copistas que trabajaban en la sala principal de arriba se quejaron de los ruidos de las palas y los picos, pero a Octavus no le molestaba en absoluto el jaleo y seguía a lo suyo.
Con el tiempo, Josephus consiguió tener una biblioteca para la creciente colección de Octavus, una cámara de mampostería, fresca y seca. Ubertus supervisó personalmente los trabajos de albañilería; era consciente de que su hijo estaba detrás de aquella puerta cerrada, pero no tenía ningún interés en ver al chico. Ahora pertenecía al Señor, no a él.
Josephus seguía un estricto código de secretismo en lo que concernía a Octavus. Tan solo Paulinus y Magdalena conocían la naturaleza de su trabajo, y fuera de ese círculo interno solo las pocas chicas que le atendían tenían contacto directo con él. Evidentemente, en una pequeña comunidad como era la abadía, corrían rumores sobre misteriosos textos y sagrados rituales protagonizados por aquel joven, al cual la mayoría había dejado de ver cuando era un crío. No obstante, Josephus era tan amado y respetado, que nadie cuestionaba la piedad y corrección de sus acciones. Había muchas cosas en este mundo que los habitantes de Vectis no comprendían, y esa tan solo era una más. Confiaban en Dios y en Josephus para que los mantuviera a salvo y les mostrara el camino correcto hacia la santidad.
El 7 de julio era el decimoctavo cumpleaños de Octavus.
Comenzó el día aliviando su vejiga en una esquina y encaminándose directamente a su escritorio para mojar su pluma en la tinta por primera vez en el día. Continuó escribiendo en el mismo espacio en el que lo había dejado. Varios cirios grandes, que permanecían encendidos incluso cuando él dormía, descansaban sobre sus pesados candelabros de hierro y bañaban la habitación con su luz amarilla chisporroteante. Parpadeó para humedecer sus legañosos ojos y se puso a trabajar.
Un nuevo nombre. Mors. Otro nombre. Natus. Y así una y otra vez.
Por la mañana temprano, Mary, la novicia, golpeó la puerta, y sin esperar una respuesta que ya sabía no llegaría, entró en la celda. Era una chica del pueblo, natural de la parte del sur de Vectis que miraba hacia Normandía. Su padre era un campesino con demasiadas bocas para alimentar; tenía la esperanza de que su vivaracha hija tuviera mejor vida como sierva de Dios que como pobretona segadora de trigo. Ese era el cuarto verano que pasaba en la abadía. La hermana Magdalena la tenía por una moza aplicada, rápida aprendiendo los rezos, pero tal vez con demasiado buen humor para su gusto. Era alegre y dada a comportarse de manera juguetona con sus compañeras novicias, como por ejemplo esconderles las sandalias o meterles bellotas en la cama. A no ser que su decoro mejorara, Magdalena tenía serias dudas de admitirla en la orden.
Mary le llevó una comida frugal en una bandeja: pan moreno y un trozo de panceta. Al contrario que las otras chicas, que se mostraban temerosas y nunca se dirigían a Octavus, ella le hablaba rápido, como si se tratara de cualquier otro joven. Ahora estaba frente a su escritorio intentando captar su atención. Su pelo castaño todavía era largo y lacio y se dejaba ver a través de su velo. Si llegaba a convertirse en hermana se lo cortarían, algo que ansiaba y al mismo tiempo temía. Era alta y de huesos robustos, desgarbada como un potrillo, guapa, con las mejillas siempre rojas como manzanas.
– Bueno, Octavus, hoy tenemos una preciosa mañana de verano, por si te interesa saberlo.
Le puso la bandeja sobre el escritorio. A veces Octavus ni tan siquiera tocaba la comida, pero ella sabía que le apasionaba la panceta. Puso la pluma sobre la mesa y empezó a masticar el pan y la carne.
– ¿Sabes por qué hoy tienes panceta? -le preguntó. Comía con avaricia, mirando fijamente al plato-. ¡Porque hoy es tu cumpleaños! ¡Esa es la razón! -exclamó-. ¡Has cumplido dieciocho años! Si hoy quieres tomarte un buen descanso, dejar la pluma a un lado y darte un paseo al sol, yo se lo diré, y seguro que te lo permiten.
Octavus terminó su comida y se puso a escribir inmediatamente, restregando sus dedos llenos de grasa por el pergamino. Durante los dos años en que le había servido la comida, cada vez se había sentido más intrigada por el chico. Imaginaba que algún día ella conseguiría desatarle la lengua y que le contara todos sus secretos. Y se había convencido a sí misma de que había algo significativo en que cumpliera dieciocho años, como si el paso a la edad adulta rompiera el encantamiento y permitiera a ese joven de belleza extraña entrar en la fraternidad de los hombres.
– Ni siquiera sabías que era tu cumpleaños, ¿verdad? -dijo con frustración, intentando provocarle-. El 7 de julio. Todo el mundo sabe el día en que naciste porque eres especial, ¿no es cierto?
Metió la mano bajo el delantal y sacó un paquetito que llevaba escondido. Era del tamaño de una manzana, envuelto en un trocito de tela y atado con una tirilla de cuero.
– Te he traído un regalo, Octavus -le dijo con voz cantarina.
Como estaba detrás de él le puso el brazo por delante y colocó el paquete sobre la página, de modo que él no tuvo más remedio que parar. Se quedó mirando el paquete con la misma inexpresividad que dirigía a todas las cosas.
– Ábrelo -le apremió.
Él seguía mirándolo fijamente.
– ¡Muy bien, entonces lo haré yo por ti!
Se inclinó por detrás de su espalda, rodeó su delgado torso con sus robustos brazos y se puso a abrir el paquete. Era un pastel redondo de color dorado que manchaba la tela con una pasta dulce.
– ¡Mira, si es un pastel de miel! ¡Lo hice yo misma, solo para ti! -Mientras decía esto se apretaba contra él.
Tal vez sintiera sus firmes y pequeños pechos contra su fina camisa. Tal vez la cálida piel de su antebrazo rozándole la mejilla. Tal vez oliera la esencia de mujer de su cuerpo adolescente o los efluvios calientes de su boca mientras hablaba.
Octavus dejó caer la pluma y reposó la mano en su propio regazo. Respiraba con ansiedad y parecía angustiado. Asustada, Mary retrocedió unos pasos. No podía ver lo que hacía, pero parecía intentar agarrarse a sí mismo como si le hubiera picado una abeja. Oyó unos nudillos animalescos, como silbidos que se le escapaban entre los dientes.
De repente, se puso en pie y se dio la vuelta. Mary dio un grito ahogado y sintió que las piernas le fallaban.
Octavus llevaba los pantalones abiertos y en la mano tenía una enorme y erecta polla, más rosada que cualquier otra parte carnosa de su cuerpo.
Avanzó dando tumbos hasta donde ella estaba y tropezó con sus propias calzas cuando se aferró a sus pechos con aquellos largos y delicados dedos que eran como tentáculos con ventosas.
Cayeron los dos al sucio suelo.
Ella era mucho más fuerte que Octavus, pero la conmoción la había dejado tan débil como un gatito. Él le levantó los faldones siguiendo su instinto y dejó al descubierto sus cremosos muslos. Estaba entre sus piernas, empujando con violencia. Su cabeza se apoyaba bajo el hombro de ella, su frente se pegaba al suelo. Seguía emitiendo esos pequeños silbidos entrecortados. Mary era una chica de mundo. Sabía lo que le estaba pasando.
– ¡Jesucristo Nuestro Señor, ten piedad de mí! -gritaba una y otra vez.
Cuando José, el monje ibérico, oyó por fin los gritos y corrió escalera abajo desde su pupitre de escribano de la galería principal, Mary estaba sentada contra la pared, llorando quedamente, con el vestido manchado de sangre y Octavus había vuelto a su escritorio, tenía los pantalones por los tobillos y la pluma corría sobre la página.
15 de julio de 2009,
Nueva York
Hacía un calor pegajoso y humeante, era una de esas tardes de muchísima humedad en las que el calor que irradia el asfalto parece un castigo. Los neoyorquinos se las veían y se las deseaban en esas aceras que eran como parrillas, las suelas de goma se reblandecían y las extremidades les pesaban por el esfuerzo de caminar sobre algo que parecía engrudo. El polo de Will se le pegó al pecho mientras cargaba con un par de pesadas bolsas de plástico llenas de cosas para montar una fiesta.
Abrió una cerveza, encendió uno de los fuegos y cortó una cebolla en juliana mientras la sartén se calentaba. El chisporroteo de la cebolla y el humo dulce que llenaba la cocina le resultaban agradables. Hacía bastante tiempo que no olía a cocina de verdad y ni se acordaba de la última vez que se había puesto a los fogones. Probablemente en los tiempos de Jennifer, pero todo lo acontecido en aquella relación se había vuelto borroso.
La ternera picada se estaba dorando cuando sonó el timbre de la puerta. Nancy llevaba un pastel de manzana y una tarrina de helado de yogur que empezaba a derretirse; llevaba unos vaqueros de cintura baja y una blusa corta y sin mangas.
Will se sentía relajado y ella lo notó. Tenía una cara más amable de lo habitual, la mandíbula menos contraída y los hombros menos hundidos. La recibió con una amplia sonrisa.
– Pareces feliz -dijo ella con cierta sorpresa.
Él le quitó la bolsa de las manos y se inclinó para darle un beso en la mejilla; el gesto les cogió a ambos por sorpresa.
Will dio un paso atrás de inmediato y ella disimuló el rubor oliendo el comino y la bruma de chile picante y haciendo un comentario gracioso sobre sus desconocidas cualidades culinarias. Mientras él meneaba la sartén, Nancy puso la mesa.
– ¿Le has comprado algo? -preguntó cuando hubo terminado.
Will dudó mientras daba vueltas a la pregunta en su cabeza.
– No -dijo finalmente-. ¿Debería haberlo hecho?
– ¡Pues claro!
– ¿El qué?
– ¡Yo qué sé! Tú eres su padre.
Se quedó en silencio, con el humor cambiado.
– Salgo y le compro unas flores -se ofreció Nancy.
– Gracias -dijo asintiendo para sí mismo-. Le gustan las flores. -Era una suposición; tenía el recuerdo de una mocosa sosteniendo en su regordeta mano un ramo de margaritas recién cogidas-. Estoy seguro de que le gustan las flores.
Las últimas semanas de trabajo habían sido una pesadez. Lo esencial de la acusación contra Luis Camacho se había esfumado dejando tan solo un cargo por asesinato. No había manera de cargarle con ninguno de los otros asesinatos del caso Juicio Final, ni de lejos. Habían reconstruido cada día de su vida en los últimos tres meses. Luis era un trabajador constante que nunca faltaba a sus deberes, iba y venía de Las Vegas dos o tres veces por semana. Era un animal más bien doméstico; la mayoría de las noches que estaba en Nueva York las pasaba en casa de su amante. Pero también tenía arranques promiscuos, y cuando su pareja estaba cansada u ocupada con otras cosas, recorría los bares y las discos gays en busca de rollo. John Pepperdine era un monógamo de los que necesitan poco sexo, en tanto que Luis Camacho tenía una energía sexual que ardía como el magnesio. No cabía duda de que su temperamento apasionado le había llevado hasta el asesinato, pero al parecer su única víctima había sido John.
Y no había habido más asesinatos: buenas noticias para todos los que aún podían respirar, pero malas noticias para la investigación, que tan solo podía reseguir las mismas gastadas pistas. Y entonces, un buen día Will tuvo un momento de inspiración o algo por el estilo: ¿y si John Pepperdine iba a ser la novena víctima del asesino del Juicio Final pero Luis Camacho se le había adelantado con un crimen pasional ordinario?
Tal vez la conexión de Luis en Las Vegas fuera la típica pista falsa. ¿Y si el verdadero asesino del Juicio Final estaba en City Island ese mismo día, al otro lado del cordón policial, observándoles, desconcertado porque otro había cometido el crimen? ¿Y si luego, para tormento de las autoridades, había decidido hacer un alto, sembrar la semilla de la confusión y la frustración y dejar que se las arreglaran?
Will pudo conseguir un aplazamiento para las agencias de noticias que estaban en Minnieford Avenue aquella maldita tarde calurosa, y en el transcurso de los siguientes días Nancy y él se tragaron horas de vídeo y cientos de imágenes digitales en busca de otro hombre de piel oscura, estatura y complexión medias, que estuviera merodeando por la escena del crimen. No sacaron nada en claro, pero Will aún pensaba que era una hipótesis viable.
La celebración de ese día era un respiro. Puso un paquete de arroz precocinado en agua hirviendo y abrió otra cerveza. El timbre volvió a sonar. Esperaba que fuera Nancy que llegaba con las flores, y así era, solo que estaba con Laura, charlando alegres como dos buenas amigas. Tras ellas llegaba un joven alto, delgado como un palillo, con ojos inteligentes e instigadores y una mata de pelo castaño rizado.
Will le quitó el ramo a su compañera y se lo entregó servilmente a Laura.
– Felicidades, pequeña.
– No tenías por qué molestarte -bromeó Laura.
– No lo he hecho -respondió él al instante.
– Papá, este es Greg.
Ambos hombres comprobaron la fuerza de sus manos con un apretón.
– Encantado de conocerle.
– Lo mismo digo. No te esperaba, pero me alegro de que por fin nos conozcamos, Greg.
– Ha venido para darme apoyo moral -dijo Laura-. El es así.-Le dio un beso a su padre al pasar junto a él, puso su bolso en el sofá y lo abrió. Con expresión de triunfo, alzó un contrato de Elevation Press en el aire-. ¡Firmado, sellado y entregado!
– Entonces, ¿puedo llamarte ya escritora? -preguntó Will.
Una lágrima comenzó a brotar al tiempo que Laura asentía.
Will se alejó rápidamente hacia la cocina.
– Voy a traer las burbujas antes de que empieces a lloriquear.
– No le gusta nada cuando uno se pone sentimental -susurró Laura a Nancy.
– Me he dado cuenta -dijo Nancy.
Will brindó por enésima vez sobre los cuencos con el chile humeante; parecía encantado de que todos bebieran champán. Fue a por otra botella y se dispuso a servirla. Nancy protestó tímidamente pero le dejó que le pusiera hasta que la espuma le mojó los dedos.
– Casi nunca bebo, pero es que este está muy bueno.
– En esta fiesta todo el mundo tiene que beber -dijo Will con firmeza-. ¿Te gusta beber, Greg?
– Con moderación.
– Yo bebo con moderación de manera excesiva -bromeó Will; su hija lo miró con dureza-. Pensaba que los periodistas eran todos unos borrachines.
– Los hay de toda condición.
– ¿Y tú eres de la misma condición de los que me siguen por ahí en las ruedas de prensa?
– Quiero hacer periodismo impreso. Reportajes de investigación.
Laura puso su granito de arena:
– Greg piensa que el periodismo de investigación es la manera más efectiva de atacar los problemas políticos y sociales.
– Ah, ¿sí? -preguntó Will con insolencia. La santurronería le sacaba de quicio.
– Pues sí -contestó Greg en el mismo tono.
– Vale, y declaro al acusado… -dijo Laura para quitarle hierro al asunto.
Will insistió.
– ¿Cuáles son las perspectivas para el trabajo del periodista de investigación?
– No muy buenas. Estoy de prácticas en el Washington Post. Obviamente me encantaría conseguir un puesto allí. Si algún día quiere darme una primicia, aquí tiene mi tarjeta -dijo bromeando a medias.
Will se la metió en el bolsillo de la camisa.
– Antes salía con una chica del Washington Post. -Resopló-. Pero no sería de ninguna ayuda usarme como referencia.
Laura estaba deseando cambiar de tema.
– Bueno, ¿queréis que os cuente cómo ha ido la entrevista?
– Por supuesto, con pelos y señales.
Laura relamió la espuma del champán.
– Ha sido fantástico -dijo con voz melosa-. Mi editora, Jennifer Ryan, que la verdad es encantadora, se pasó casi media hora diciéndome cuánto le gustaban los cambios que había hecho, que solo necesitaba un par de ajustes, etcétera, etcétera, y luego dijo que iríamos a la cuarta planta a conocer a Mathew Bryce Williams, el editor en jefe. La editorial es una casa de campo antigua, preciosa, y la oficina de Mathew es oscura y está llena de antigüedades, como si fuera un club inglés o algo así, ya sabéis, y él es un tipo mayor, de la edad de papá pero mucho más distinguido.
– ¡Eh! -aulló Will.
– ¡Bueno, pero es que lo es! -continuó-. Es como una caricatura de un británico de clase alta pero en urbano y encantador, y… esto no os lo vais a creer… me ofreció jerez de una licorera de cristal y lo sirvió en unos vasitos tallados. Fue todo tan perfecto…Y después me dijo una y otra vez cuánto le gustaba cómo escribo… dijo que mi estilo era «libre y liviano con la musculatura de una voz joven y fresca». -Laura intentó poner acento británico-. ¿A que es increíble?
– ¿Te dijo algo acerca de cuánto te iban a pagar? -preguntó Will.
– ¡No! No iba a estropear ese momento con una prosaica discusión sobre dinero.
– Bueno, viviendo del aire no conseguirás jubilarte. ¿Es o no es, Greg? A menos que haya mucha tela que cortar en el periodismo de investigación.
El joven no quiso entrar al trapo.
– ¡Es una editorial pequeña, papá! Solo hacen unos diez libros al año.
– ¿Vas a hacer una gira de presentación? -preguntó Nancy.
– No lo sé todavía, pero no va a ser un bombazo de libro. Es literatura de ficción, no una novela sensacionalista.
Nancy quiso saber cuándo podría leerla.
– Las galeradas estarán listas en unos meses. Ya te mandaré una copia. ¿Quieres leerla, papá?
Will la miró fijamente.
– No lo sé. ¿Quiero?
– Supongo que sobrevivirás.
– No todos los días le llaman a uno bola de demolición, y menos tu propia hija -dijo él con voz pesarosa.
– Es una novela. No trata sobre ti. Solo está inspirada en ti. Will alzó su copa.
– A la salud de los hombres inspiradores. Brindaron de nuevo.
– ¿Tú la has leído, Greg? -preguntó Will.
– Sí. Es genial.
– Entonces sabes más de mí de lo que yo sé de ti. -Will cada vez estaba más suelto y más ruidoso-. Tal vez en su próximo libro escriba sobre ti.
– ¿Sabes? Tienes que leerla -dijo Laura con acidez-.También he hecho un guión con ella. ¿No te hace más ilusión? Te dejaré una copia. Se lee rápido. Así te harás una idea.
Laura y Greg se marcharon poco después de acabar la cena. Nancy se quedó con Will para ayudarle a limpiar. La noche era demasiado agradable para darla por terminada tan pronto, y Will se había quitado de encima el malhumor y parecía relajado y apacible, un hombre completamente diferente de aquel volcán en erupción con el que se encontraba cada día en el trabajo.
En el exterior oscurecía y el ruido del tráfico se desvanecía, a excepción del ocasional gemido de las ambulancias de Bellevue. Trabajaron codo con codo en la cocina, lavando y secando, bajo la influencia de los últimos coletazos del champán. Will ya se había pasado al whisky. Ambos se sentían contentos fuera de su rutina, y la simplicidad doméstica de lavar los platos tenía el efecto de un bálsamo.
Will no lo había planeado -reflexionaría sobre ello más tarde-, pero en lugar de alargar el brazo para coger el siguiente plato le puso la mano en el culo y empezó a acariciarlo suavemente con pequeños círculos. Mirándolo en retrospectiva, tendría que haberlo visto venir.
Ahora Nancy tenía pómulos y figura de bailarina y, maldita sea, si se lo hubieran preguntado lo habría dicho: el aspecto físico era importante para él. Pero era más que eso, su personalidad se había moldeado bajo su tutela. Era más calmada, menos obsesionada con el deber, con menos cafeína, y, para disfrute de Will, se le había pegado algo de su cinismo. Un placentero tufillo de sarcasmo salía de su boca de vez en cuando. La insufrible niña de colegio de monjas se había ido y en su lugar había una mujer que ya no le ponía de los nervios. Más bien todo lo contrario.
Nancy tenía las manos dentro del agua jabonosa. Las dejó allí, cerró los ojos y no hizo ni dijo nada.
Will la obligó a girarse y ella no sabía qué hacer con las manos. Al final las puso mojadas sobre los hombros de él y dijo:
– ¿Piensas que esto es buena idea?
– No, ¿y tú?
– No.
La besó y le gustó cómo sabían sus labios y cómo se relajaba su mandíbula. Le puso las dos manos en el trasero y sintió la suave tela de los téjanos. Su cabeza empezó a nublarse de deseo. La apretó contra sí.
– Hoy han venido a hacer la limpieza. Hay sábanas limpias -susurró.
– Tú sí que sabes cómo cautivar a una mujer. -Ella quería que sucediera eso, Will lo veía claro.
Cogió su resbaladiza mano y la condujo hasta el dormitorio, se dejó caer sobre la colcha y la puso a ella encima.
Estaba besándole el cuello, en el que bullía la sangre, y explorando debajo de su blusa, cuando ella dijo:
– Nos vamos a arrepentir de esto. Va contra toda…
Will le tapó los labios con la boca, después se retiró para decir:
– Mira, si de verdad no quieres, podemos retroceder unos minutos en el tiempo y acabar con los platos.
Nancy le besó, era el primer beso que le daba ella.
– Odio lavar los platos -dijo.
Cuando salieron del dormitorio era de noche y el salón estaba tan silencioso que resultaba inquietante. Tan solo se oía el rumor del aire acondicionado y el distante silbido del tráfico en la autopista Franklin Delano Roosevelt. Will le había dejado una camisa blanca, algo que ya había hecho antes con otras mujeres. A todas les gustaba sentir el almidón contra su piel desnuda y la imaginería ritual que conllevaba. Y ella no era diferente. La camisa se la tragaba y la cubría hasta el máximo recato. Nancy se sentó en el sofá y pegó las rodillas al pecho. La piel que quedaba al descubierto estaba fría y moteada como el alabastro.
– ¿Quieres beber algo? -preguntó Will.
– Creo que ya he bebido bastante esta noche.
– ¿Te arrepientes?
– Debería, pero no. -Aún tenía rubor en la cara. Will pensó que le parecía más bonita que nunca, pero también mayor, más mujer-. De algún modo pensaba que esto podía pasar.
– ¿Desde cuándo?
– Desde el principio.
– ¿En serio? ¿Por qué?
– Una combinación de tu reputación y la mía.
– No sabía que tú también tuvieras una reputación.
– Pero de un tipo diferente. -Suspiró-. Buena chica, siempre la opción segura, nunca en aguas peligrosas. Creo que en mi fuero interno quería que el barco zozobrara para ver qué se sentía.
Will sonrió.
– ¡Vaya! De la bola de demolición al naufragio. ¿Captas la similitud?
– Tú, Will Piper, eres un chico malo. A las chicas buenas en el fondo les gustan los chicos malos, ¿no lo sabías?
Tenía la cabeza más despejada, casi estaba completamente sobrio.
– Vamos a tener que mantenerlo en secreto, lo sabes.
– Lo sé.
– Me refiero a tu carrera, mi jubilación…
– ¡Ya lo sé, Will! Debería irme.
– No tienes por qué.
– Gracias, pero no creo que de verdad quieras pasar la noche conmigo. -Antes de que él pudiera responder, dio una palmada a la portada del guión de Laura, que estaba en la mesilla-. ¿Lo vas a leer?
– No lo sé. Puede. -Y luego-: Probablemente.
– Creo que ella quiere que lo leas.
Cuando estuvo solo se sirvió un whisky, se sentó en el sofá y encendió la lámpara de mesa. El brillo de la bombilla hizo que los ojos le escocieran. Miró el guión de su hija; la imagen de la bombilla chamuscaba la cubierta. A medida que la imagen se desvanecía, le parecía ver una siniestra cara sonriente que lo miraba fijamente. Le desafiaba a que cogiera el guión. Aceptó el desafío.
– Maldita bola de demolición -musitó.
Nunca había leído un guión de cine. Sus relucientes anillas doradas le recordaron la última vez que había puesto sus ojos en uno, un mes antes, en casa de Mark Shackleton. Pasó la página de la portada y se puso manos a la obra… El formato, con todo ese mareo de interiores y exteriores, le confundía.
Tras unas páginas tuvo que volver a empezar, y esta vez le pilló el ritmo. Al parecer el personaje que estaba inspirado en él se llamaba Jack, un hombre cuya parca descripción daba la impresión de irle al pelo: un cuarentón fornido, un producto sureño de pelo rojizo, trato fácil y mal carácter.
No era sorprendente que Jack fuera un alcohólico de aúpa y un mujeriego. Su último desliz era Marie, una escultora demasiado lista para dejar que un hombre así entrara en su vida pero incapaz de resistirse a sus encantos. Al parecer, Jack había dejado una estela de mujeres en su camino y -eso a Will le dolió- una de ellas era su hija, una joven llamada Vicki. A Jack le perseguía la imagen de Amelia, una mujer emocionalmente frágil a la que había conseguido convertir en un desecho metafísico hasta que ella consiguió liberarse gracias al vodka y el monóxido de carbono. Amelia -un velado homenaje a Melanie, la primera esposa de Will y madre de Laura- era una mujer a la que navegar por las aguas de la vida le parecía demasiado difícil. A lo largo de todo el guión, Amelia se le aparece -de color rojo cereza por el efecto del veneno- para reprenderle por su crueldad con Marie.
A mitad del guión, Will se dio cuenta de que estaba demasiado sobrio para continuar, así que se puso tres dedos más de whisky. Esperó a que la bebida le anestesiara y luego siguió hasta llegar al amargo final, el suicidio de Marie, presenciado por el espectro lloroso de Amelia, y la decisión redentora de Vicki de dejar su propia relación de abuso y elegir a un hombre más atento aunque menos apasionado. ¿Y qué hay de Jack? Él sigue a lo suyo con Sarah, la prima de Marie, a la que ha conocido en el funeral. La bola de demolición continúa oscilando en el aire.
Cuando dejó el guión sobre la mesa, se preguntó por qué no estaba llorando.
Entonces, así era como lo veía su hija. ¿Tan grotesco era?
Pensó en sus ex esposas, en sus numerosas novias, en la larga línea de encuentros de una noche. Y ahora Nancy. La mayoría eran chicas majas y bonitas. Pensó en su hija, una manzana sana manchada por la manzana podrida que era su padre. Pensó en…
De repente su introspección derrapó. Cogió el guión y lo abrió por una página cualquiera.
– ¡Joder!
El tipo de letra.
Era una Courier de cuerpo 12, como la de las postales del Juicio Final.
Había olvidado el asombro inicial que le había causado el tipo de letra de la postal, muy normal en los días de las máquinas de escribir pero mucho menos común en la era de las impresoras y la informática. Times New Román, Garamond, Arial, Helvética eran los nuevos estándares en el mundo de las pestañas que abren menús.
Navegó por internet y encontró la respuesta. La Courier 12 era la fuente obligatoria en los guiones de cine, de un rigor inexcusable. Si enviabas un guión a un productor en otro formato serías el hazmerreír del gremio. Y otro dato suculento: los programadores informáticos lo usaban para escribir código fuente.
Una visión mental irrumpió en sus pensamientos. Un par de guiones a nombre de Peter Benedict y unos cuantos bolígrafos Pentel negros sobre un escritorio blanco junto a una estantería llena de libros de programación informática. La voz de Mark Shackleton completó las imágenes: «No creo que vayáis a coger al tipo».
Se pasó un buen rato considerando las asociaciones, por raras que fueran, antes de desechar como absurda la noción de que pudiera haber una conexión entre el caso Juicio Final y su antiguo compañero de habitación. ¡El bicho raro y ya mayorcito de Shackleton corriendo por Nueva York apuñalando, disparando, sembrando el caos y la destrucción! ¡Anda ya!
No obstante, la fuente de la postal era una pista no sondeada, el presentimiento era cada vez más fuerte, y sabía que hacer caso omiso de una de sus corazonadas sería una insensatez, sobre todo cuando estaban en un callejón sin salida.
Cogió su teléfono móvil y, nervioso, le mandó un mensaje a Nancy: «Tú y yo vamos a leer guiones. Puede que nuestro asesino sea guionista».
28 de julio de 2009,
Las Vegas
La chica sintió los suaves eslabones de catorce quilates de la correa y pasó los dedos por el áspero borde de diamantes de la esfera.
– Me gusta este -murmuró.
– Excelente elección, señora -dijo el joyero-.Este Harry Winston tiene mucho éxito. Se llama Avenue Lady.
El nombre la hizo reír.
– ¿Has oído cómo se llama? -preguntó a su acompañante.
– Aja.
– ¿No es genial?
– ¿Cuánto? -preguntó él.
El joyero le miró a los ojos. Si aquel hombre fuera japonés, coreano o árabe habría tenido claro que la venta estaba hecha. Cuando se trataba de estadounidenses con ropa deportiva y gorra de béisbol la cosa resultaba más complicada.
– Hoy puedo ofrecérselo al señor por veinticuatro mil dólares.
Ella abrió los ojos como platos. Era el más caro. Pero le encantaba, y se lo hizo saber rozándole la desnuda piel del antebrazo.
– Nos lo llevamos -dijo él sin dudarlo.
– Muy bien, señor. ¿Cómo quiere pagarlo?
– Apúntelo a mi habitación. Estamos en la suite Piazza.
El joyero tendría que ir a la trastienda para confirmar la venta, pero ya la sentía como algo sólido. Esa suite era una de las mejores, ciento treinta metros cuadrados de mármol y opulencia, con hidromasaje y salón a nivel inferior.
Cuando salieron de la tienda, ella ya llevaba puesto el reloj. El cielo que cubría la plaza de San Marcos era de un azul celeste perfecto, con la cantidad justa de nubecillas esponjosas. Pasó una góndola que llevaba a una pareja de suizos rígidos y con semblante serio. Al gondolero le dio por soltarse con una canción para provocar alguna emoción en su carga y el eco de su rica voz resonó en la bóveda. Todo era perfecto, pensaba su acompañante. La temperatura nada mediterránea, la ausencia de olores salobres de los canales auténticos, y que no hubiera palomas. Odiaba esos sucios pájaros desde aquella vez en que sus padres le llevaron a la plaza de San Marcos, la de verdad, y un chico tímido y sensible y un turista lanzaron un puñado de migas de pan cerca de sus pies. El revoloteo enfebrecido de las palomas le abrumó; ya de adulto, verlas aletear bastaba para que se apartara.
Llevaba puesto el reloj cuando atravesaron cogidos del brazo el vestíbulo del hotel Venetian. Llevaba puesto el reloj en el ascensor, cuando alzó el brazo y lo dobló para llamar la atención de las tres señoritas que hacían el viaje con ellos.
Y llevaba puesto el reloj y nada más cuando estaban en la suite y ella le dio el mejor polvo de su vida.
Ahora él le dejaba que le llamara Mark, y en lugar de Lydia ella le permitía usar su nombre real, Kerry. Kerry Hightower.
Ella era de Nitro, en Virginia Occidental, una ciudad ribereña fundada a finales de siglo alrededor de una fábrica de pólvora. Se trataba de un sitio de lo más anodino, cuyo dato más notable era que en un tiempo Clark Gable trabajó allí como técnico reparador de teléfonos. Ella había crecido en la pobreza, viendo las viejas películas de Clark Gable y soñando con convertirse en actriz algún día.
En el colegio descubrió que sus aptitudes no eran excepcionales, pero lo intentó obstinadamente en todas las obras de teatro escolares y de la comunidad y consiguió pequeños papeles secundarios porque era muy formal y atractiva. Pero cuando llegó al instituto descubrió que tenía un don que superaba al de la interpretación. Le encantaba el sexo, se le daba de maravilla y su desinhibición era absoluta y encantadora. Tuvo una revelación y decidió seguir una vocación que mezclaba las dos cosas: se convertiría en actriz porno.
Una compañera del equipo de animadoras, dos años mayor que ella, se había trasladado a Las Vegas y estaba trabajando como crupier. Para Kerry, Las Vegas no era más que una escala que le acercaba en su camino a California, donde, a su parecer, florecía la industria del cine adulto. Una semana después de graduarse en el instituto de Nitro compró un billete de ida para Nevada y se trasladó allí junto a su vieja amiga. La vida en aquel lugar no era fácil, pero su alegre determinación la mantuvo a flote. Saltó de un trabajo mal pagado a otro hasta que aterrizó, si no de pie, sí de culo, en una agencia de acompañantes.
Cuando conoció a Mark en el Constellation, la agencia en la que trabajaba era la cuarta en tres años, y por fin había conseguido reunir algo de dinero. Tan solo se dedicaba a encuentros de altos vuelos en los que se apreciaba su imagen de chica guapa con la piel sin agujerear ni tatuar. La mayoría de los hombres con los que quedaba se portaban bien, podía contar con los dedos de la mano las veces que habían abusado de ella o la habían amenazado. Jamás sentía nada por ninguno de sus clientes -al fin y al cabo no eran más que puteros-, pero con Mark era diferente.
Desde el principio le había parecido majo y algo atontado, sin las pretensiones del típico machito. Además, era muy inteligente, y su trabajo en Área 51 la volvía loca de curiosidad porque estaba segura de que cuando tenía diez años, una noche de verano vio un platillo volante, tan brillante como un frasco de luciérnagas recogidas en la ribera del río, volar a toda pastilla sobre el Kanawha.
Y en las últimas semanas él había dejado lo del seudónimo, le pagaba por todo su tiempo y derrochaba dinero en regalos para ella. Empezaba a sentirse más como una novia que como una chica de alterne. Él cada vez tenía más seguridad en sí mismo, y aunque no llegara nunca a ser un Clark Gable, comenzaba a calar en ella.
Ella no estaba al tanto de que los cinco millones de dólares que él tenía a buen recaudo en una cuenta bancaria de un paraíso fiscal eran una buena razón para que él confiara en los logros de Mark Shackleton. Peter Benedict había desaparecido. Ya no lo necesitaba.
En la suite había televisores de pantalla plana hasta en los cuartos de baño. Mark salió de la ducha y se envolvió en una toalla. En la tele había un canal del satélite. No le estaba prestando atención hasta que oyó las palabras Juicio Final y alzó la vista: Will Piper, en lo alto de un estrado, hablaba a un montón de micrófonos; era la repetición de la rueda de prensa semanal del FBI. Ver a Will en la televisión hacía que el corazón se le pusiera a mil. Sin apartar los ojos de la pantalla, cogió el cepillo de dientes y empezó a limpiárselos.
La última vez que había visto a Will informando a los medios parecía apagado y desanimado. Las postales y los asesinatos habían cesado, con lo que cubrir la noticia a toda página ya no era rentable. Ese largo caso sin resolver parecía haber sumido a la opinión pública y a las fuerzas del orden en el mismo estado. Pero hoy parecía más animado. Había recobrado su intensidad. Mark subió el volumen.
«Les puedo decir esto -iba diciendo Will-: tenemos nuevas pistas y sigo completamente convencido de que atraparemos al asesino.»
Esa declaración irritó a Mark.
– ¡Chorradas! ¡Abandona ya, tío! -dijo, y apagó el televisor.
Kerry estaba adormilada en la cama, desnuda bajo una fina sábana. Mark se anudó el albornoz y fue al salón a por el portátil. Se conectó a internet y vio que tenía un correo de Nelson Elder. La lista de Elder era más larga de lo normal, el negocio iba bien. Le llevó una buena media hora completar el trabajo y responderle a través de su portal de seguridad.
Volvió a la habitación. Kerry estaba desperezándose. Ondeó su adornada muñeca en el aire y dijo algo acerca de lo fantástico que sería tener un collar a juego. Apartó la sábana y con un dedo y toda su dulzura le hizo señas para que se acercara.
En ese mismo momento Will y Nancy estaban haciendo todo lo opuesto al sexo. Estaban sentados en el despacho de Will surcando una montaña de guiones de cine malos como para dormirse, sin ninguna certeza de la finalidad de esa tarea.
– ¿Por qué estabas tan seguro en la rueda de prensa? -preguntó ella.
– ¿Crees que me pasé? -preguntó él a su vez, adormilado.
– Sí. Un montón. Lo que digo es: ¿de qué va todo esto?
Will tuvo que encogerse de hombros.
– Mejor perseguir un pollo sin cabeza que quedarnos de brazos cruzados.
– Deberías haberle dicho eso a la prensa. ¿Qué les dirás la semana que viene?
– Falta una semana para la semana que viene.
La persecución del pollo sin cabeza estuvo a punto de no tener lugar. La llamada de Will a la Asociación de Escritores de América (AEA) fue un desastre. Se pusieron hechos unas fieras con lo de la Ley Patriota y juraron que removerían cielo y tierra para que el gobierno no pusiera sus zarpas en un solo guión de sus archivos. «No estamos buscando terroristas -protestó él-, sino a un asesino en serie demente.» Pero la AEA no estaba dispuesta a ceder terreno sin ofrecer resistencia, así que Will tuvo que conseguir de sus superiores una orden judicial.
Los guionistas de cine, según pudo apreciar Will, eran una pandilla de paranoicos, obsesionados con que los productores, los estudios y especialmente otros escritores les robaran sus ideas. La AEA les daba un mínimo de confianza y protección al registrar sus guiones y almacenarlos electrónicamente en un disco duro por si se necesitaba una prueba de autoría. No era necesario ser miembro de la asociación, cualquier escritorzuelo aficionado podía registrar su guión. Cuanto había que hacer era enviar el pago y una copia del guión. La AEA tenía sedes en la costa Este y en la costa Oeste. En la sede de la costa Oeste se registraban unos cincuenta mil guiones al año, todo un negocio para la asociación.
El Departamento de Justicia pasó un mal rato con la posible causa de la orden judicial. Era «gracioso», le habían dicho a Will, pero lo habían intentado a la antigua usanza. Últimamente el FBI había tenido éxito en los Juzgados de Apelación del distrito noveno porque el gobierno había acordado rebajar sus pretensiones para que hubiera que rebuscar menos. Tan solo habían podido conseguir los guiones de Las Vegas de los últimos tres años y una nube de códigos postales de Nevada, y los nombres y las direcciones de los escritores se habían suprimido. Si conseguían nuevas pistas a partir de este universo de material, el gobierno tendría que volver a atacar con una nueva causa para obtener la identidad del escritor.
Empezaron a recibir guiones, la mayoría en discos pero también en cajas con material impreso. El personal de oficina del FBI de Nueva York imprimía sin parar y al final el despacho de Will, repleto de guiones, parecía la caricatura de la sala de correo de una agencia de talentos de Hollywood. Cuando terminaron, en la planta veintitrés del edificio de los federales había 1.621 guiones de Nevada.
Sin un mapa de ruta, Will y Nancy no podían darse mucha prisa haciendo los descartes. A pesar de todo, le cogieron el tranquillo y eran capaces de ventilarse un guión en quince minutos; leían con atención unas pocas páginas para captar lo esencial y revisaban el resto rápidamente. Se mentalizaron de que sería un proceso lento y laborioso, y esperaron poder dar por terminada la tarea en el transcurso de un doloroso mes. Su estrategia era buscar obviedades: asesinos en serie, referencias a postales, pero también tenían que permanecer alerta ante lo que no era tan obvio: personajes o situaciones disonantes.
El ritmo era insostenible. Les dolía la cabeza. Se enfadaban y se hablaban de malas maneras durante todo el día y luego se retiraban al apartamento de Will y se desquitaban haciendo el amor. Necesitaban caminar a menudo para aclararse la mente. Lo que les ponía de los nervios es que la mayoría de los guiones eran una auténtica y absoluta mierda: o incomprensibles o ridículos o aburridos hasta la extenuación. Al tercer o cuarto día, Will se animó al ver el guión que había cogido. Se titulaba Contadores.
– No te lo vas a creer, pero conozco al tipo que ha escrito esto -dijo.
– ¿De qué?
– Era mi compañero de habitación en el primer año en la universidad.
– Interesante -dijo ella sin interés alguno.
Lo leyó con mucha más atención, le dedicó una hora y cuando lo soltó pensó: «Amigo, mejor será que no dejes tu trabajo real».
A las tres de la tarde Will hizo una entrada en su base de datos acerca de una raza de alienígenas que llegaba a la Tierra para hacer saltar los casinos, y cogió el siguiente de la pila.
Golpeó suavemente la rodilla de Nancy con la punta de su mocasín.
– Eh -dijo.
– Eh -contestó ella.
– ¿Al borde del suicidio?
– Ya estoy muerta. -Tenía los ojos rojos y secos-. ¿Y tú?
El siguiente que Will tomó se titulaba Tren de las 7.44 a Chicago. Leyó unas pocas páginas y gruñó:
– Dios mío. Creo que este lo leí hace unos días. Terroristas en un tren. ¿Cómo coño puede ser?
– Comprueba la fecha de entrada -sugirió ella-.Ya he visto unos cuantos con múltiples entradas. Los escritores hacen los cambios y se gastan otros veinte pavos en registrarlos de nuevo.
Will metió el título en la base de datos.
– Cuando tienes razón, la tienes. Esta es una versión posterior. Le puse un cero en relevancia. No puedo volver a leerlo.
– Tú mismo.
Iba a cerrar el guión pero se detuvo. Su ojo había captado algo, el nombre de uno de los personajes. Empezó a pasar páginas, de repente se puso recto en la silla y las pasó cada vez más rápido.
Nancy se percató de que le ocurría algo.
– ¿Qué? -preguntó.
– Dame un segundo, dame un segundo.
Tomaba notas frenéticamente, y cuando ella le interrumpía para preguntarle qué tenía entre manos, él solo contestaba:
– ¿Te importaría darme un segundo?
– ¡Pero no es justo! -se quejó ella.
Por fin dejó el guión.
– Tengo que encontrar la versión anterior. ¿Cómo es posible que se me escapara esto? Rápido, ayúdame a buscarlo. Se titula Tren de las 7.44 a Chicago. Comprueba el montón del lunes mientras yo reviso el del martes.
Nancy se acuclilló junto a las ventanas y lo encontró unos minutos después, al fondo de una pila.
– No sé por qué no me dices qué está pasando -se quejó.
Will se lo quitó de las manos. Unos segundos después estaba temblando de la emoción.
– Por todos los santos -dijo quedamente-. Ha cambiado los nombres de las versiones anteriores.Va sobre un grupo de desconocidos que vuelan por los aires por un ataque terrorista en un tren que va de Chicago a Los Ángeles. ¡Mira sus apellidos!
Nancy tomó el guión y empezó a leer. Los nombres de aquellos desconocidos empezaron a aflorar de la página: Drake, Napolitano, Swisher, Covic, Pepperdine, Santiago, Kohler, López, Robertson.
Las víctimas del caso Juicio Final. Todas.
Nancy era incapaz de decir nada.
– El segundo borrador fue registrado el día 1 de abril de 2009, siete semanas antes del primer asesinato -dijo Will frotándose las manos-. El día de los Inocentes, sí, joder, sí. Este tipo lo había planeado todo y lo había anunciado con tiempo en un maldito guión de cine. Necesitamos una orden urgente para conseguir su nombre.
Quería abrazarla, levantarla del suelo y dar vueltas en círculo agarrándola de la cintura, pero al final se contentó con un «¡Chócala!».
– Te tenemos, capullo -dijo Will-.Y tu guión es una mierda.
Will recordaría las veinticuatro horas siguientes como se recuerda un tornado: las emociones que te embargan ante la inminencia del impacto, el golpe ensordecedor y borroso, el rastro de destrucción, y tras él, la espeluznante calma y la desesperanza ante la pérdida.
El Tribunal Supremo concedió la orden y la AEA desenmascaró los datos personales del escritor.
Will estaba ante su ordenador cuando oyó el aviso de entrada de un correo de la AEA reenviado por el fiscal que se ocupaba del tema. En el asunto se leía: «Respuesta al Gobierno de Estados Unidos ante el registro de la AEA Oeste en ref. al guión #4277304».
Recordaría toda su vida cómo se sintió al leer aquel correo electrónico:
En respuesta a las diligencias a las que se ha hecho referencia anteriormente, el autor registrado en AEA por el guión #4277304 es Peter Benedict, Aptdo. Correos 385, Spring Valley, Nevada.
Nancy entró en su despacho y lo vio paralizado ante la pantalla.
Se le acercó hasta que él pudo sentir su aliento en su cuello.
– ¿Qué pasa?
– Lo conozco.
– ¿Qué quieres decir con que lo conoces?
– Es mi compañero de habitación. -Vio otra vez los guiones en el pulcro escritorio blanco de Shackleton, oyó sus insistentes palabras: «No creo que vayáis a coger al tipo», recordó su palpable incomodidad ante aquella visita espontánea y… ¡otro detalle más!-. Los putos bolígrafos.
– ¿Perdón?
Will meneaba la cabeza.
– Tenía los Pentel negros de punta ultrafina sobre el escritorio. Todo estaba allí.
– ¿Cómo va a ser tu compañero de habitación? ¡Eso no tiene sentido, Will!
– Dios santo -gimió él-. Creo que el Juicio Final estaba destinado a mí.
Los dedos de Will danzaban sobre el teclado a medida que saltaba de una base de datos federal o estatal a otra. Y mientras seguía con la cacería, se repetía mentalmente: «¿Quién eres, Mark? ¿Quién eres en realidad?».
La información empezó a aparecer en la pantalla: el empadronamiento de Shackleton, sus reuniones sociales, algunos tíquets atrasados de aparcamiento en California… pero había huecos y brumas oscuras como para volverse loco. En su permiso de conducir del registro de Nevada la foto estaba oscura. No había informes sobre créditos, hipotecas, ni registro sobre su empleo o su educación. No había atestados civiles ni criminales. Nada de registros sobre impuestos a la propiedad. ¡Ni siquiera estaba en la base de datos de Hacienda!
– Está fuera del maldito sistema -le dijo a Nancy-. Especies protegidas. Ya lo había visto antes un par de veces, pero esto es de lo más raro.
– ¿Y cuál es nuestro siguiente movimiento? -preguntó ella.
– Esta tarde cogemos un avión. -Nancy nunca le había visto tan agitado-. Haremos la redada nosotros mismos. Ve a preparar todo el papeleo con Sue. Vamos a necesitar una orden federal de detención del fiscal del distrito de Nevada.
Nancy se revolvió el flequillo.
– Haré todos los arreglos.
Un par de horas más tarde les esperaba un coche para llevarles al aeropuerto. Will estaba acabando de meter las cosas en su maletín. Miró el reloj y se preguntó por qué Nancy se retrasaba. Había conservado la virtud de la puntualidad a pesar de la rebeldía del reloj de Will.
Oyó el rápido taconeo de los zapatos de Sue Sánchez y su estómago se contrajo como en un experimento de Pavlov.
Alzó la vista y vio su rostro, tenso y crispado, ante su puerta, con los ojos fuera de las órbitas por la excitación.
– Susan, ¿qué pasa? Tengo que coger un avión.
– No, no tienes que coger un avión.
– ¿Cómo?
– Benjamin acaba de llamar desde Washington. Estás fuera del caso. Y Lipinski también.
– ¿Qué?
– Para siempre. Estáis fuera para siempre. -Estaba prácticamente hiperventilando.
– ¿Y a cuento de qué coño viene eso, Susan?
– No tengo ni idea.
Will se dio cuenta de que le decía la verdad. Sánchez estaba a punto de tener un ataque de nervios, pero luchaba por parecer profesional.
– ¿Y qué pasa con la detención?
– Yo no sé nada, y Ronald me ha dicho que no haga preguntas. Esto está muy por encima de mis honorarios. Está pasando algo muy gordo.
– Tonterías. ¡Tenemos al asesino!
– No sé qué decir.
– ¿Dónde está Nancy?
– La he mandado a casa. No quieren que volváis a ser compañeros.
– ¿Y eso por qué?
– ¡No lo sé, Will! ¡Órdenes!
– ¿Y ahora qué se supone que hago yo?
La cara de Sue Sánchez era de aflicción y disculpa ante algo que no entendía.
– Nada. Quieren que pares completamente y no hagas nada. Por lo que a ti respecta, todo ha terminado.
12 de octubre de 799,
Vectis, Britania
Cuando nació el niño, Mary se negó a ponerle nombre. No lo sentía como suyo. Octavus se lo había metido dentro brutalmente, y lo único que le quedaba era ver crecer su cuerpo a medida que el momento se acercaba. Soportó el dolor de su nacimiento como había soportado el acto de su procreación.
Lo amamantó porque tenía los pechos llenos de leche y porque le pidieron que lo hiciera, pero ni miraba sus indiferentes labios cuando lo alimentaba, ni le acariciaba el pelo a la manera en que lo hacían la mayoría de las madres cuando el niño chupaba de su teta.
Después de la violación la trasladaron del dormitorio de las hermanas al hospicio. Allí, lejos de los ojos inquisidores y los cotilleos de las novicias y hermanas, pudo gestar en el relativo anonimato que ofrecía la casa de huéspedes, pues los visitantes de la abadía no estaban al corriente de su vergüenza. La alimentaron bien y le permitieron pasear y trabajar en un huerto hasta que su embarazo estuvo tan avanzado que andaba a rastras y jadeaba. A todos los que la conocían les entristeció ver que había cambiado, que había perdido su chispa y su humor, y que la embargaba la amargura. Incluso la priora Magdalena lamentó en secreto las alteraciones en su temperamento y la pérdida de la lozanía de sus antes rubicundas mejillas. La chica ya jamás podría ser admitida en la orden. Imposible. Tampoco podría volver a su pueblo, al otro lado de la isla, pues sus parientes no tendrían nada que hacer con ella, una mujer deshonrada. Estaba en el limbo, como un niño sin bautizar, ni maldita ni bendecida.
Cuando nació el niño y todos vieron su lustroso pelo anaranjado, su piel lechosa y su expresión apática, el abad y Paulinus dedujeron que Mary era un recipiente, tal vez un recipiente divino al que debían nutrir y proteger, como habían de nutrir y proteger al niño.
No había nacido de una virgen, pero la madre se llamaba Mary y el niño era especial.
Una semana después de que naciera el bebé, Magdalena fue a ver a Mary y la encontró tumbada en la cama con la mirada perdida. El bebé estaba quieto en su cuna.
– Bueno, ¿ya sabes cómo se va a llamar? -preguntó la priora.
– No, hermana.
– ¿Tienes intención de darle un nombre?
– No lo sé -respondió sin ánimo.
– Un niño debe tener un nombre -afirmó Magdalena con severidad-. Si no lo haces tú, lo haré yo. Se llamará Primus, el primer hijo de Octavus.
Ahora Primus tenía ya cuatro años. Perdido en su propio mundo, vagaba, más blanco que la leche, por el hospicio y sus alrededores; nunca se iba lejos ni se interesaba en nada ni en nadie. Como Octavus, era un niño mudo e inexpresivo de pequeños ojos verdes. Paulinus iba a verlo de vez en cuando, le cogía de la mano y se lo llevaba al scriptorium, donde bajaban la escalera hasta los aposentos de su padre. Paulinus les observaba como si fueran criaturas celestiales, buscaba señales, pero ellos se mostraban indiferentes el uno con el otro. Octavus continuaba escribiendo furiosamente y el chico se movía como en sueños por la habitación, sin ver nada y, sin embargo, sin tropezar con nada.
Las plumas no le interesaban, ni la tinta ni el pergamino ni los garabatos que surgían de la mano de Octavus.
A su vuelta, Paulinus informaba a Josephus: «El chico no muestra ninguna inclinación», y los dos viejos se encogían de hombros y se iban a hacer sus oraciones.
Era una fría tarde de otoño. El sol poniente tenía el color de los pétalos de la caléndula. Josephus caminaba por los terrenos de la abadía inmerso en sus meditaciones, orando en silencio por el amor de Dios y la salvación.
La salvación ocupaba su mente. Llevaba semanas notando que su orina se había vuelto primero marrón y ahora rojo cereza, y su voraz apetito había desaparecido. Se le aflojaban las carnes, tenía la piel enrojecida y el blanco de los ojos turbio. Cuando se levantaba después de haber estado arrodillado rezando, se sentía como si estuviera flotando en las olas y tenía que agarrarse para mantener el equilibrio. No necesitaba consultar al cirujano barbero ni a Paulinus. Sabía que se estaba muriendo.
Oswyn no llegó a ver la reconstrucción completa de la abadía y Josephus creía que tampoco él la vería, pero la iglesia, el scriptorium y la casa capitular estaban ya terminados, y el trabajo en los dormitorios progresaba. Y aún más importante: la biblioteca de Octavus estaba en su cabeza. Jamás llegaría a imaginar su propósito y había dejado de intentar buscar el sentido. Simplemente sabía estas cosas:
Existía.
Era divina.
Algún día Cristo revelaría su propósito.
Había que protegerla.
Había que permitirle que creciera.
Sin embargo, cada vez que veía la sangre que perdía con las aguas menores, temía por la misión. ¿Quién guardaría y defendería su biblioteca cuando él ya no estuviera?
Vio en la distancia a Primus sentado en el polvo del huerto destinado a los huéspedes, una parcela estéril ya recolectada que había junto al hospicio. Estaba solo, algo que había dejado de ser inusual ya que su madre no cuidaba de él. Hacía tiempo que no lo veía, y sintió suficiente curiosidad como para espiarle.
El chico tenía casi la misma edad que Octavus cuando Josephus lo acogió, y su parecido era extraordinario. El mismo pelo rojizo, el mismo rostro cerúleo, el mismo cuerpo frágil.
Cuando estuvo a unos treinta pasos de él, se detuvo y sintió que su corazón galopaba y la cabeza le daba tumbos. Si últimamente no le hubiera dado por usar un bastón para caminar se habría tropezado. El chico sostenía un palo. Entonces, ante los ojos de Josephus, lo utilizó para rascar en el polvo con unos amplios movimientos circulares.
Estaba escribiendo, a Josephus no le cabía ninguna duda.
A Josephus le costó aguantar hasta el final de los rezos de la hora nona. Cuando la congregación se dispersó, tocó a tres personas en el hombro y las llevó a un rincón apartado de la nave. Allí hizo corrillo con Paulinus, Magdalena y José, al que habían incluido en su círculo cuando el joven monje descubrió la violación. Josephus jamás se había arrepentido de la decisión de abrir las puertas al ibérico, que era tranquilo, sabio y discreto a más no poder. Además, el abad, la priora y el astrónomo, que cada vez eran más viejos, apreciaban la fuerza y el vigor de José.
– El chico ha empezado a escribir -susurró Josephus. Incluso en susurros, su voz resonó en la cavernosa nave. Todos se santiguaron-. José, lleva al chico a los aposentos de Octavus.
Sentaron al niño en el suelo, junto a su padre. Octavus hizo caso omiso de él y de los otros que habían invadido su santuario. Magdalena evitaba a Octavus desde que cometió aquella atrocidad, y aun pasado el tiempo rehuía su visión. Ya no permitía a sus chicas que le atendieran, habían delegado esas tareas en los jóvenes novicios varones. Se mantenía lo más alejada que podía de su escritorio, casi preocupada de que pudiera darle un arrebato y violarla a ella también.
José colocó una gran hoja de vitela ante Primus y la rodeó con un semicírculo de velas.
– Dale una pluma con tinta -carraspeó Paulinus.
José agitó la pluma frente al chico como uno tentaría a un gato para que se abalanzara sobre un ovillo de hilo. Una gota de tinta salpicó la página.
De repente el niño alargó el brazo, agarró la pluma con su pequeña mano derecha y puso la punta sobre la página.
Movió la mano en círculos. La pluma rayó el pergamino ruidosamente. Las letras eran grandes y torpes pero lo bastante claras para descifrarlas:
V-a-s-c-o
– Vasco -dijo Paulinus cuando escribió la última letra.
S-u-a-r-i-z
– Vasco Suariz -entonó José-. Un nombre portugués. Entonces surgieron de su juvenil mano también unos números infantiles.
8 6 800 Mors
– El octavo día de junio del año 800 -dijo Paulinus.
– Por favor, José -intervino Josephus-, comprueba por qué página va Octavus. ¿Qué año está registrando?
José miró por encima del hombro de Octavus y examinó la página:
– ¡Su última entrada es del séptimo día de junio del año 800!
– ¡Dios bendito! -exclamó Josephus-. ¡Están conectados como si fueran uno solo!
Cada uno de los cuatro hermanos intentó descifrar la expresión de los otros a la luz danzante de las velas.
– Sé lo que están pensando -dijo Magdalena-, y no puedo dar mi consentimiento.
– ¿Cómo puede saberlo, priora, cuando ni yo mismo lo sé? -contestó Josephus.
– Busque en su alma, Josephus -dijo ella con escepticismo-. Estoy segura de que conoce su propia mente.
Paulinus alzó los brazos en señal de protesta.
– Hablan con acertijos. ¿Acaso no puede un hombre viejo tener la esperanza de saber de qué están hablando?
Josephus se levantó lentamente para evitar marearse.
– Vamos, dejemos al chico con Octavus durante un rato. No hará nada malo. Me gustaría que mis tres amigos se reunieran conmigo arriba, donde podremos tener una conversación piadosa.
Todo era más cálido y más cómodo que en el húmedo sótano. Cada uno de ellos se sentó a un escritorio de copistas, Josephus mirando a Magdalena y Paulinus frente a José.
Josephus rememoró en voz alta la noche del nacimiento de Octavus y cada uno de los hitos en la historia del joven. Estaba claro que todos conocían aquellos datos, pero Josephus nunca antes había relatado una historia oral, por lo que estaban seguros de que había una razón para que lo hiciera ahora. Tras esto pasó a la más breve pero no menos interesante historia de Primus, incluyendo los acontecimientos que acababan de ocurrir.
– ¿Puede alguno de nosotros dudar de que tenemos la obligación sagrada de preservar y mantener esta obra divina? -preguntó Josephus-. Por razones que tal vez nunca nos sean dadas a conocer, Dios ha confiado en nosotros, sus siervos en la abadía de Vectis, para que seamos los guardianes de estos milagrosos textos. Él ha dotado al joven Octavus, nacido en milagrosas circunstancias, del poder, no, del imperativo de dar cuenta de la entrada y el paso por la Tierra de cada una de las almas que llegan y la abandonan. El destino de los hombres yace aquí desnudo ante nosotros. Esos textos son un testamento del poder y la omnisciencia del Creador, y nosotros recibimos con humildad el amor y el cariño que El tiene por sus criaturas. -Una lágrima asomó y comenzó a surcar su rostro-. Octavus es especial, pero seguramente también es un ser humano mortal. Yo me he preguntado, como lo habéis hecho vosotros, cómo podrá perpetuarse la inmensidad de su tarea. Ahora tenemos la respuesta.
Se detuvo y vio que todos asentían muy serios.
– Me estoy muriendo.
– ¡No! -protestó José con la misma preocupación que un hijo mostraría por su padre.
– Sí, es la verdad. Creo que a ninguno os, sorprende demasiado. Basta mirarme para saber que estoy gravemente enfermo.
Paulinus alargó la mano para tocarle la muñeca y Magdalena se retorció las manos.
– Dime, Paulinus, ¿has visto el nombre Josephus de Vectis registrado en alguno de los libros?
Paulinus contestó a través de sus labios resecos.
– Lo he visto.
– ¿Y conoces la fecha exacta?
– Sí.
– ¿Será pronto?
– Sí.
– Confío en que no será mañana -bromeó.
– No, no es mañana.
– Excelente -dijo dando una ligera palmada-. Mi deber es preparar las cosas para el futuro, no solo en cuanto a la abadía, sino también en lo que respecta a Octavus y la biblioteca. Así que aquí, esta noche, declaro que haré llamar al obispo y le suplicaré que, tras mi fallecimiento, eleve a la hermana Magdalena al rango de abadesa de Vectis y al hermano José al de prior. Tú, hermano Paulinus, querido amigo, continuarás sirviéndoles como has hecho tan lealmente conmigo.
Magdalena inclinó la cabeza para ocultar la tímida sonrisa que apenas podía evitar. Paulinus y José se habían quedado mudos de pena.
– Y tengo una declaración más que hacer -continuó Josephus-. Esta noche acabamos de formar una nueva orden dentro de Vectis, una orden sagrada y secreta para la protección y conservación de la biblioteca. Nosotros cuatro somos los miembros fundadores de la que de aquí en adelante se conocerá como la Orden de los Nombres. Ahora recemos.
Le siguieron en una profunda plegaria y cuando el abad terminó todos se levantaron al unísono.
Josephus tocó a Magdalena en uno de sus huesudos hombros.
– Cuando las vísperas hayan finalizado, haremos lo que debe hacerse. ¿Hará esto con buena voluntad?
La mujer dudó y rezó en silencio a la Santa Madre. Josephus esperaba su respuesta.
– Lo haré.
Después de vísperas Josephus se retiró a sus aposentos para meditar. Sabía lo que estaba pasando, pero no quería presenciar los acontecimientos personalmente. Su resolución era firme, pero en el fondo seguía siendo un alma amable y sensible, no tenía estómago para ese tipo de asuntos.
Sabía que mientras él inclinaba su cabeza para rezar, Magdalena y José sacaban a Mary del hospicio y la llevaban hasta el oscuro pasillo que conducía al scriptorium. Sabía que ella sollozaría tímidamente. Sabía que los sollozos se tornarían gemidos cuando tiraran de su mano para bajar la escalera hasta el sótano. Y sabía que los gemidos se tornarían gritos cuando Paulinus abriera la puerta de la cámara de Octavus y José la forzara a atravesar el umbral y después cerrara la puerta tras ella.
30 de enero de 1947, isla de Wight,
Inglaterra
Reggie Saunders estaba dándose un revolcón con Laurel Barnes, la pechugona esposa del teniente coronel Julián Barnes, en la cama con baldaquín del teniente coronel. Se lo estaba pasando en grande. Se hallaba en una magnífica casa de campo con un magnífico dormitorio, un estupendo fuego para quitarse el frío y una agradecida señora Barnes acostumbrada a cuidar de sí misma mientras su marido estaba en la guerra.
Reggie era un tipo robusto y rubicundo con una barriga cervecera muy masculina. Su sonrisa infantil y unos hombros de una anchura imposible conquistaban a todo tipo de mujeres, incluida la actual. Oculta tras sus travesuras y su afabilidad había una brújula de la moral que estaba rota. La flecha siempre apuntaba en la misma dirección: hacia Reggie Saunders. Siempre había parecido que el mundo estaba en deuda con él por el mero hecho de existir, y su triunfante paso por la Segunda Guerra Mundial, con ojos, extremidades y genitales intactos, era para él una muestra más de que la agradecida nación debería continuar facilitándole sus necesidades, tanto económicas como sensuales. Las leyes de la Corona y las buenas costumbres en sociedad eran señales de guía aproximadas para su mundo, algo tal vez a tener en cuenta, para después soslayarlo.
Su servicio en la guerra empezó de una manera sucia e incómoda como sargento segundo en la octava compañía de Montgomery que intentaba desplazar a Rommel de Tobruk. Después de demasiado tiempo en el desierto, en 1944 consiguió un traslado desde el norte de África a la Francia liberada, a un regimiento cuya tarea era recuperar y catalogar las piezas de arte que los nazis habían robado.
Su jefe era el caballero más afable que jamás había conocido, un catedrático de Cambridge para el que ejercer el mando era preguntar educadamente a sus hombres si podrían ayudarle con esto o con lo otro. Lo increíble era que el ejército había acertado con el comandante Geoffrey Atwood y había encontrado un trabajo que realmente se ajustaba a las habilidades de este profesor de universidad de Arqueología y Antigüedades, en lugar de haberlo destinado, peligrosa e ineficazmente, a cualquier sitio con un mapa, prismáticos y armas de largo alcance.
El trabajo de Saunders consistía principalmente en dirigir a un batallón de muchachos para que sacaran unas pesadas cajas de madera de unos sótanos y las transportaran a otros sótanos. Jamás compartió un sentimiento de indignación moral ante los saqueos de los alemanes. Sus robos le parecían comprensibles dadas las circunstancias. De hecho, bajo su vigilancia una o dos chucherías pasaron por sus manos a cambio de unos cuantos billetes, y ¿por qué no? En la posguerra pasaba de una tarea a otra, reconstruyendo aquí y allá, huyendo de los enredos sentimentales cuando era necesario. Cuando Atwood le llamó para saber si le interesaría un poco de aventura en la isla de Wight, estaba entre varios compromisos, así que le contestó: «Silbe, jefe, y le seguiré a cualquier parte».
En estos momentos Reggie estaba dale que te pego perdido plácidamente en un mar de carne rosada que olía a talco y a lavanda. La mujer de la casa gorjeaba de una manera que lo transportaba hasta el aviario de Kew Gardens, adonde lo llevaron cuando era un muchacho para que adquiriera un poco de cultura natural. No tardó en volver al presente. La tenía a punto de caramelo, y su abuelo siempre le había dicho que una faena que merecía la pena, merecía la pena hacerla bien. Entonces oyó un sonido mecánico, un rumor gutural.
Los años patrullando por la noche en los desiertos del Líbano y Marruecos habían entrenado su oído, una técnica de supervivencia que volvió a poner en práctica.
– ¡No pares, Reggie! -se quejó la señora Barnes.
– Aguanta un segundo, corazón. ¿No has oído eso?
– Yo no oigo nada.
– El motor. -No era el coche de un sirviente, desde luego que no. Estaba seguro de que era el motor de un purasangre-. ¿Estás segura de que tu maridito no está al llegar?
– Ya te lo he dicho. Está en Londres. -Le agarró las nalgas e intentó que siguiera dándole.
– Viene alguien, cielo, y no es el puñetero cartero.
Salió de la cama desnudo y separó las cortinas. Un par de faros atravesaban la oscuridad. Un Invicta color cereza estaba enfilando el camino de entrada, la gravilla crujía a su paso; era un modelo de una belleza tan particular, que lo reconoció en cuanto las farolas lo iluminaron.
– ¿A quién conoces que tenga un Invicta rojo? -preguntó.
Si hubiera dicho: «Satanás está llamando a la puerta», el efecto habría sido el mismo.
Ella saltó de la cama, y, profiriendo agudos sonidos de alerta y miedo, recogió su ropa interior.
– Tiene que ser el coche del teniente coronel -dijo Reggie, fatalista, encogiendo sus grandes hombros-. Me voy volando, cielo. Chao.
Saltó dentro de sus pantalones, se apretó la ropa contra el pecho y salió embalado por la escalera trasera hacia la cocina. Estaba atravesando ya la puerta de servicio cuando el teniente coronel entraba en el vestíbulo llamando alegremente a su esposa:
– ¡Yuju! ¡Adivina quién ha llegado a casa un día antes!
Reggie acabó de vestirse en el jardín y empezó a tiritar al instante. En tanto que la semana anterior había hecho un calor impropio de esa estación, en ese momento una masa de aire frío del norte martilleaba el termómetro. Se había encontrado con la mujer fuera del pub y ella le había llevado a su casa. Ahora estaba a por lo menos diez kilómetros de la base y pensó que no le quedaba otra que patear.
Avanzó de puntillas hasta la puerta de entrada. El Invicta de 1930 irradiaba calor. La cabina era profunda, como una bañera con asientos acanalados de cuero rojo. Las llaves estaban en el contacto. Su proceso analítico no era complicado: tengo frío, el coche está caliente, me lo llevo prestado y voy un poco más allá de la carretera. Entró y le dio al contacto. El motor Lagonda de ciento cuarenta caballos rugió y cobró vida, demasiado alto. Un segundo más tarde estaba aterrorizado. ¿Dónde demonios estaba la caja de cambios? Pasó las manos por todos sitios, intentando palparla. La puerta de la casa se abrió de golpe.
Entonces lo recordó: ¡aquel era el primer coche de transmisión automática que había habido en Gran Bretaña! Empujó el acelerador y la transmisión realizó su función con suavidad. El coche salió disparado levantando gravilla a su paso. En el retrovisor vio a un hombre de mediana edad muy enfadado alzando al aire sus puños apretados. El ruido del motor ahogaba lo que fuera que estuviera diciendo.
– ¡Lo mismo digo, colega! -gritó Reggie-. Gracias por tu motor y gracias por tu señora.
Aparcó el Invicta fuera del pub de Fishbourne y recorrió a paso rápido el último kilómetro, silbando en la oscuridad y frotándose las manos para calentárselas. Una hoguera de troncos hasta los topes de parafina ardía en la base, lo que le ayudó a orientarse. Una capa densa de nubes difuminaba la luz de la luna; el cielo nocturno tenía el color de la franela gris. Los vapores del fuego se alzaban oscuros y espesos como depravadas arpías, y Reginald siguió su ascenso hasta que alcanzaron la amenazadora aguja de la catedral de la abadía de Vectis y los perdió.
Cuando Reggie se acercaba al fuego para calentarse, se abrió una puerta de una de las destartaladas caravanas.
– ¡Gawd! -gritó un joven larguirucho-. ¿A que no sabes quién ha vuelto? ¡A Reggie le han dado la patada!
– Me he largado porque me ha dado la puta gana, chaval -replicó Reggie secamente-. ¿Queda algo de comida?
– Supongo que habrá latas de alubias.
– Pues saca una. Estoy hambriento después del polvo.
El chaval soltó una risotada, pero aquella palabra debía de tener una cualidad mágica, porque las puertas de las cuatro caravanas se abrieron y sus ocupantes salieron para escuchar más. Hasta el mismísimo Geoffrey Atwood, con un grueso jersey de lana de cuello alto, y dando caladas a su pipa con aspecto reflexivo, emergió de la caravana del jefe.
– ¿Alguien ha dicho polvo?
– ¿No estaréis esperando que os lo cuente con pelos y señales?
– Sí, por favor, sí -dijo libidinosamente el joven larguirucho, Dennis Spencer.
Era un novato de Cambridge con la cara llena de espinillas; lo suficientemente joven como para haberse librado del servicio a la patria.
Había otros cuatro, tres hombres y una mujer, todos del departamento de Atwood. Martin Bancroft y Timothy Brown, al igual que Spencer, no habían acabado la carrera, eran estudiantes maduros que habían vuelto de la guerra para completar sus interrumpidos estudios. Martin jamás había salido de Inglaterra. Lo habían destinado a Londres como oficial del servicio de inteligencia. Timothy había sido el encargado del radar en una fragata de la marina que operaba principalmente en el Báltico. Ambos estaban encantados de volver a Cambridge y les emocionaba la posibilidad de hacer un poco de trabajo de campo.
Ernest Murray era mayor que el resto, rondaba la treintena y estaba terminando su doctorado en Antigüedades, que había tenido que abandonar apresuradamente cuando los alemanes invadieron Polonia. En Indochina había presenciado la acción pura y dura, lo que le dejó terriblemente inseguro de sí mismo. De alguna manera la arqueología anglosajona ya no le parecía relevante y no era capaz de imaginar qué haría durante el resto de su vida.
La única mujer del grupo era Beatrice Slade, profesora de Historia Medieval y confidente académica de Atwood, que prácticamente había llevado el departamento de este durante la guerra. La señorita era un volcán en erupción de lo más guasón, lesbiana declarada y famosa por ello. Reggie y ella eran seres humanos esencialmente incompatibles. Cuando ella se daba la vuelta, él se mofaba cruelmente de su sexualidad, y cuando era Reggie quien se daba la vuelta Beatrice hacía lo propio con él.
– Vaya, estamos todos levantados -dijo Atwood, parpadeando ante el ardor del fuego-. ¿Nos tomamos un café mientras Reggie nos cuenta su historia?
– Yo lo preparo, profe -se ofreció Timothy.
– Bueno, ¿cómo ha ido, Reg? -preguntó Martin-. Creía que esta noche dormirías en una cama de plumas y que no volverías a este cuchitril mohoso.
– Tuve un problemilla, colega -respondió-. Nada que no pudiera controlar. -Se lió un cigarrillo y pasó la lengua por el papel.
– ¿Nada que no pudieras controlar? -repitió Beatrice con sorna-. ¿Te bloqueaste porque quería más? -Movió las caderas como si fuera una fulana y todos, incluso Atwood, se partieron de risa.
– Muy gracioso, muy divertido -dijo Reggie-. Su marido llegó a casa antes de lo previsto y tuve que ahuecar el ala ipso facto para evitar un encuentro desagradable.
– Y dígame, señor Saunders -dijo Dennis fingiendo respeto hacia el que le superaba en edad-, mientras ahuecaba el ala, ¿llevaba usted el culo al aire?
Y volvieron a explotar. Atwood dio varias caladas a su pipa y dijo pensativamente:
– Es una imagen bastante desagradable.
Era una mañana invernal en la que habían caído unos pocos copos de nieve; parecía como si hubieran echado sal en la tierra. Ernest se las arreglaba para hacer un desayuno completo para los siete con solo dos fogones. Envueltos en capas de lana, se sentaban alrededor del fuego, sobre cajas de leche, y recobraban las fuerzas con jarras humeantes de té dulce. Mientras engullía un triángulo de pan tostado y mojado en yema de huevo, Atwood miró el mar helado más allá del frío campo.
– ¿De quién fue la idea de excavar en enero? -dijo.
Una cálida mañana de verano o una fresca mañana otoñal habrían estado mejor, pero lo cierto es que para todos ellos era realmente extraordinario estar allí, fueran cuales fuesen la estación y las condiciones. Les parecía que el día anterior estaban todavía en plena guerra, soñando con lo maravilloso que sería hacer un poco de arqueología en una pacífica isla. Así que en cuanto Atwood recibió la subvención del Museo Británico para reanudar sus excavaciones en Vectis, se apresuró a organizarlo todo y al carajo con el invierno.
Reggie era el supervisor de obras. Miró su reloj, se levantó y con su mejor voz de sargento mayor gritó:
– ¡Está bien, chicos, es hora de moverse! ¡Hoy tenemos un montonazo de polvo que mover!
Timothy señaló a Beatrice de una manera exagerada.
– ¿Chicos? -preguntó.
– Tienes razón -dijo Reggie, aceptando el reto-. Mis disculpas. Es demasiado mayor para llamarle chico.
– Vete a tomar por culo, pajillero de mierda -dijo ella.
La excavación de Atwood ocupaba una esquina de los terrenos de la abadía, lejos de donde estaban la mayoría de los edificios. El abad, Dom William Scott Lawlor, un clérigo de voz suave apasionado por la historia, había tenido la amabilidad de permitirles acampar dentro del complejo. A cambio, Atwood le informaba de sus progresos; el sábado anterior, Lawlor incluso había aparecido por allí vestido con vaqueros y anorak y se había pasado una hora rascando un metro cuadrado de tierra con una pala pequeña.
El grupo de excavadores atravesaba el campo cuando las campanas de la catedral anunciaron la misa de las nueve de la mañana y la hora tercia. Arriba, las gaviotas descendían en picado y se quejaban, y en la distancia se agitaban las aceradas olas del Solent. Al este, la aguja de la catedral lucía magnífica contra el resplandeciente cielo. Cruzando los campos, diminutas figuras -monjes con oscuros ropajes- desfilaban hacia la iglesia desde sus dormitorios. Atwood los observó, con los ojos entrecerrados por la luz del sol; le maravillaba su intemporalidad. ¿Acáso habría visto una escena muy diferente si hubiera estado en ese mismo sitio mil años antes?
El yacimiento estaba delimitado con estacas y cordel. Cubría una extensión de cuarenta metros por treinta, rica tierra marrón con hierba desprovista de la capa superficial. Desde la distancia se veía claramente que se hallaba en una depresión, aproximadamente un metro por debajo de las tierras que lo rodeaban. Fue ese espacio vacío lo que llamó la atención de Atwood cuando inspeccionó las tierras de la abadía antes de la guerra. Estaba claro que allí se había llevado a cabo algún tipo de actividad.
Pero ¿por qué tan lejos del complejo principal de la abadía?
En las dos breves excavaciones de 1938 y 1939, Atwood había encontrado cimiento de piedra y trozos de cerámica, algunos del siglo XII, pero la mayoría del siglo XIII. En el fragor de la guerra, a menudo viajaba con el pensamiento a Vectis. ¿Por qué demonios se había construido una estructura del siglo XII allí, tan aislada del centro de la abadía? ¿Tendría un fin eclesiástico o secular? En los archivos de la biblioteca de la abadía no se mencionaba el edificio. Tuvo que resignarse y aceptar que no podía enfrentarse al misterio hasta que no derrotaran a Hitler.
En la cara sur del yacimiento, frente al mar, Atwood estaba abriendo la zanja principal, una sección de unos treinta metros de largo, cuatro de ancho y por lo pronto tres metros de profundidad. Reggie, que era bueno con la maquinaria pesada, había empezado a abrir la zanja con una excavadora, y ahora todo el equipo estaba allí abajo haciendo el trabajo de cubo y pala. Estaban siguiendo lo que quedaba del muro sur de la estructura hasta los cimientos para ver si encontraban un nivel de ocupación que contuviera más datos.
Atwood y Ernest Murray estaban en la esquina sudeste, limpiando el muro con paletas para tomar fotografías de la sección.
– Este nivel -dijo Atwood señalando una banda irregular de tierra negra que recorría toda la sección-, ¿ves que sigue por encima del muro? Aquí hubo un fuego.
– ¿Accidental o deliberado? -preguntó Ernest.
Atwood le dio una chupada a su pipa.
– Nunca es fácil saberlo. Es posible que lo encendieran como parte de un ritual.
Ernest frunció el entrecejo.
– ¿Con qué propósito? Esto no era precisamente un enclave pagano. ¡Es del mismo tiempo que la abadía y se halla en su perímetro!
– Excelente apreciación, Ernest. ¿Estás seguro de que no quieres hacer carrera en la arqueología?
El joven se encogió de hombros.
– No lo sé.
– Bueno, mientras consideras tu destino, tomemos esas fotografías y excavemos otro medio metro. No podemos estar muy lejos del suelo.
Atwood asignó a los tres estudiantes a la esquina sudeste para que hicieran la zanja más profunda. Beatrice estaba sentada a una mesa plegable, junto a la sección, catalogando fragmentos de cerámica, de modo que Atwood se llevó a Ernest y a Reggie a la esquina noroeste del yacimiento, donde abrirían una pequeña zanja en un intento de encontrar el otro lado del muro de contención. A medida que la mañana avanzaba, el calor aumentó y ellos empezaron a desprenderse de capas hasta que se quedaron en mangas de camisa.
A la hora del almuerzo Atwood se acercó a la zanja más profunda.
– ¿Qué tenemos aquí? ¿Eso es otro muro? -preguntó.
– Eso creo -dijo Dennis, ilusionado-. Íbamos a ir a decírselo.
Habían dejado al descubierto la parte superior de un muro de piedra más fino que corría paralelo a unos dos metros de los cimientos.
– ¿Ve? Ahí hay un hueco, profesor -intervino Timothy-. ¿Puede ser que ahí hubiera una puerta?
– Bueno, tal vez. Es posible. -Atwood bajó por una escalerilla-. Me preguntaba si podrías rebajar un poco esta área. -Señaló a una zona polvorienta-. Si el muro interior se extiende hacia el exterior perpendicularmente, diría que se trata de una pequeña habitación. ¿No sería estupendo?
Los tres jóvenes se pusieron de rodillas para darle a la paleta. Dennis trabajó cerca del muro exterior; Martin, junto al interior, y Timothy, en el medio. Unos minutos después todos habían llegado a la piedra.
– ¡Tenía razón, profesor! -dijo Martin.
– Bueno, hace unos cuantos años que me dedico a esto. Se te despierta una sensibilidad especial ante estas cosas. -Estaba contento, así que encendió su pipa para celebrarlo-. Después del almuerzo cavaremos hasta el nivel del suelo y veremos si podemos averiguar para qué se usaba esta pequeña habitación.
Los jóvenes almorzaron rápido; estaban deseando llegar al suelo del yacimiento. Se zamparon los sándwiches de queso y la limonada y volvieron a saltar al hoyo.
– ¡No impresionáis a nadie, estúpidos lameculos! -gritó Reggie tras ellos mientras se recostaba sobre un montón de polvo y encendía uno de sus cigarrillos liados.
– Cierra tu bocaza, Reg -dijo Beatrice-. Déjales en paz. Y líanos un piti a nosotros también.
Una hora después los jóvenes llamaban a los demás. Los tres estudiantes estaban de pie rodeando los límites de una pequeña habitación; parecían impresionados de lo que habían conseguido.
– ¡Mirad! ¡Hemos encontrado el suelo! -exclamó Dennis.
Una superficie de suaves piedras oscuras, talladas de manera experta para que encajaran con otras, había quedado a la vista. Pero lo que atrajo la mirada de Atwood fue otra cosa.
– ¿Qué es esto? -preguntó mientras bajaba para verlo de cerca.
En la esquina sudoeste de la pequeña habitación había una piedra muy grande, que parecía fuera de sitio. Las losas del suelo eran de pizarra, pero ese trozo más grande era un bloque de piedra caliza de unos dos metros por uno y medio, y bastante grueso. Sobresalía casi treinta centímetros del nivel del suelo y tenía unos bordes irregulares.
– ¿Alguna idea? -preguntó Atwood a los suyos mientras escarbaba alrededor con su paleta.
– No parece que forme parte del conjunto, ¿verdad? -dijo Beatrice.
Ernest hizo algunas fotografías.
– Alguien se tomó muchas molestias para meter esto aquí. -Deberíamos intentar moverlo -dijo Atwood-. Reg, ¿quién dirías que tiene la espalda más fuerte?
– Beatrice -contestó Reggie.
– Que te den, Reg -replicó ella-.Vamos a ver cuánta fuerza tienen tus famosos musculitos.
Reggie cogió una barra e intentó encontrar un hueco bajo la caliza donde pudiera meterla y hacer palanca. Usó una roca como punto de apoyo, pero a pesar de eso el bloque no se movía.
– ¡Vale! -Sudaba-.Voy a por la maldita excavadora.
Tardó una hora en hacer una rampa con la excavadora mecánica para bajar hasta el bloque de forma segura.
Una vez situado, lo bastante cerca para alcanzar la roca con la pala y lo bastante lejos del borde del tajo como para evitar un desplome, gritó desde la cabina que ya estaba listo. Sobre el petardeo del motor diesel las campanas llamaron al servicio de la hora nona.
Reggie golpeó los dientes de la pala contra el borde de la piedra caliza y lo pilló a la primera. Replegó la pala sobre su brazo y el bloque de piedra se levantó.
– ¡Para! -gritó Atwood. Reggie detuvo la máquina-. ¡Traed una palanca!
Martin saltó al agujero e introdujo la barra de hierro en el hueco entre la piedra caliza y las losas de piedra. Apoyó todo su cuerpo contra la barra pero no consiguió moverla ni un centímetro.
– ¡Pesa demasiado! -gritó.
Mientras Martin hacía una presión continua, Reggie volvió a mover la pala; la piedra se deslizó un poco, después otro poco. Martin iba guiándola con la palanca, y cuando se había corrido lo justo para que tuviera estabilidad, empezó a agitar los brazos como un loco.
– ¡Para! ¡Para! ¡Venid aquí! ¡Venid!
Reggie detuvo el motor y todos se abrieron paso hasta el agujero.
Dennis fue el primero en verlo.
– ¡Hostia!
Timothy meneó la cabeza.
– Madre mía, lo que hay aquí…
Mientras los demás miraban muertos de curiosidad, Reggie encendió una colilla que se había guardado en el bolsillo de la camisa y dio una larga calada.
– Joder… ¿Se suponía que eso tenía que estar ahí, profe?
Atwood se alborotó su cada vez menos poblada cabellera.
– Vamos a necesitar algo de luz -dijo.
Todos miraban el interior de un agujero negro y profundo; los rayos oblicuos del sol vespertino revelaban lo que parecían unas escaleras de piedra que se adentraban en la tierra.
Dennis corrió al campamento a por todas las linternas que pudiera encontrar. Volvió, colorado y resoplando, y las repartió entre sus compañeros.
Reggie sentía que debía proteger a su antiguo jefe, así que insistió en ir delante. En su día había limpiado unos cuantos búnkeres subterráneos de Rommel y sabía cómo apañárselas en un espacio estrecho. Todos los demás siguieron al hombretón en fila india; Beatrice había dejado a un lado su habitual bravuconería y cerraba la marcha con timidez.
Cuando todos terminaron de bajar por esa estrecha escalera de caracol que, según las estimaciones de Atwood, descendía de doce a quince metros dentro de la tierra, se encontraron apiñados en una habitación no mucho mayor que el interior de dos taxis londinenses. El aire estaba estancado, y Martin, que tenía predisposición a la claustrofobia, se agobió de inmediato.
– Esto está un poco cerrado -gimió.
Todos movían sus linternas alrededor y los haces de luz se cruzaban cual reflectores durante un bombardeo aéreo.
Reggie fue el primero en percatarse de que había una puerta.
– ¡Vaya! ¿Qué haces tú aquí? -Inspeccionó con la linterna la superficie agujereada por los gusanos. Una enorme llave de hierro sobresalía del ojo de una cerradura.
Atwood dirigió su luz hacia ella.
– De perdidos, al río. ¿Os animáis?
El joven Dennis se acercó.
– ¡Por supuesto!
– Perfecto -dijo Atwood-.Tú primero, Reggie.
Beatrice, desde atrás, no podía ver qué estaba sucediendo.
– ¿Qué? ¿Qué vamos a hacer? -preguntó con voz tensa.
– Vamos a abrir un portón del copón -explicó Timothy.
– Bueno, daos prisa o me voy arriba -dijo Martin-, aquí no puedo respirar.
Reggie giró la llave y se oyó el sonido metálico de un mecanismo en funcionamiento. Apretó la palma de la mano contra la fría superficie de la madera, pero la puerta no se movió. Resistió a sus esfuerzos hasta que apoyó todo el peso de su hombro contra ella.
Crujió y se abrió lentamente.
Pasaron uno a uno como si fueran una cadena de presidiarios y barrieron con los haces de sus linternas el nuevo espacio.
Esa sala era mayor que la primera, mucho más grande.
Sus cerebros intentaban crear algo coherente con esa mezcla de imágenes estroboscópicas, pero ver no es lo mismo que creer, al menos al principio.
Nadie se atrevía a hablar.
Estaban en una cámara con una alta cúpula de las dimensiones de una sala de conferencias o un teatro pequeño. El aire era frío, seco y estanco. El suelo y las paredes eran de grandes bloques de piedra. Atwood tomó nota de estas características estructurales, pero lo que llamó su atención fue una larga mesa de madera y un banco. La recorrió de izquierda a derecha con la linterna y calculó que la mesa medía más de seis metros de largo. Se acercó más, hasta que sus muslos la rozaron. Iluminó su superficie. Había un cacharro de barro cocido del tamaño de una taza de té, con un poso negro. Un poco más abajo, en el banco, había otro cacharro, y otro, y otro.
¿Era posible eso?
Atwood dirigió el haz de luz más allá de la mesa. Había otra mesa. Y tras esta, otra. Y otra. Y otra.
Su cerebro trabajaba.
– Creo que sé qué es esto.
– Soy todo oídos, profe -dijo Reggie en voz baja-. ¿Dónde demonios estamos?
– En un scriptorium. Un scriptorium subterráneo. Simplemente asombroso.
– Si supiera qué significa eso -dijo Reggie, irritado-, supongo que sabría qué es esto.
– Es donde los monjes copiaban los manuscritos -explicó Beatrice, sobrecogida-. Si no me equivoco, es el primero que se descubre en un subterráneo.
– No te equivocas -dijo Atwood.
Dennis se disponía a coger uno de los tinteros cuando Atwood le detuvo.
– No toques nada. Hay que fotografiarlo todo in situ, tal como lo hemos encontrado.
– Perdón -dijo Dennis-. ¿Cree que encontraremos manuscritos aquí abajo?
– ¿No sería maravilloso? -dijo Atwood arrastrando la voz-. Pero no me hago ilusiones.
Decidieron separarse en dos grupos para explorar los límites de la cámara. Ernest se llevó a los tres estudiantes a la derecha. Atwood, Reggie y Beatrice fueron hacia la izquierda.
– Vigilad por dónde pisáis -advirtió Atwood.
Contó las hileras de mesas y cuando llegó a quince vio que Reggie estaba iluminando otro portón que había al final de la habitación.
– ¿No le gustaría pasar por esta? -preguntó Reggie.
– ¿Por qué no? -contestó Atwood-. De todos modos, nada puede superar esto.
– Seguro que es el váter -bromeó Beatrice, nerviosa.
Estaban prácticamente pegados a Reggie mientras este levantaba el pesado cerrojo, tiraba de la puerta y la abría. Los tres iluminaron el interior al unísono. Atwood jadeó.
Se sintió mareado y tuvo que sentarse en el suelo. Poco a poco sus ojos volvieron a la vida.
Reggie y Beatrice se agarraron el uno al otro para darse apoyo, dos opuestos atraídos por primera vez.
Los gritos de los otros llegaron desde un rincón distante.
– ¡Profesor, venga aquí! ¡Hemos encontrado unas catacumbas!
– ¡Hay cientos de esqueletos, puede que miles!
– ¡Siguen hasta el infinito!
Atwood no podía responder. Reggie dio unos cuantos pasos atrás para asegurarse de que su jefe se encontraba bien. Se inclinó, ayudó al viejo a ponerse en pie y gritó con voz de barítono:
– ¡Que les den a esos esqueletos! Será mejor que vengáis aquí porque no vais a creeros dónde nos hemos metido.
Lo primero que pensó Atwood fue que estaba muerto, que había inhalado algún vapor tóxico y había muerto. No era un hombre religioso pero aquella tenía que ser una experiencia sobrenatural.
Pero no, era real. Si la primera cámara era del tamaño de un teatro, la segunda era como el hangar de un aeropuerto. A la izquierda, a solo unos tres metros de la puerta, había una enorme estantería de madera llena de volúmenes encuadernados en piel. A la derecha había otra idéntica, y entre las dos un pasillo lo suficientemente amplio para que pasara una persona. Atwood se recobró e inspeccionó una de las estanterías con su linterna para calcular sus dimensiones. Tenía aproximadamente quince metros de largo, diez de alto y veinte baldas. Hizo un conteo rápido de los libros que había en una balda: ciento cincuenta.
Al adentrarse en el pasillo central sintió un hormigueo en todas sus terminaciones nerviosas. A ambos lados había estanterías enormes, idénticas a las primeras y parecían extenderse hasta la oscuridad.
– Vaya mogollón de libros -dijo Reggie.
Atwood esperaba que las primeras palabras pronunciadas con ocasión de uno de los mayores descubrimientos en la historia de la arqueología hubieran sido más profundas. ¿Habría oído Cárter en la entrada de la tumba de Tutankamón: «Vaya mogollón de chatarra»? En cualquier caso, no le quedaba más remedio que estar de acuerdo.
– Desde luego.
Violó su propia regla de no tocar y presionó levemente el dedo índice contra el lomo de un libro que le quedaba a la altura de los ojos, al final de la tercera estantería. Cuero fino en excelente estado de conservación. Lo sacó con cuidado.
Pesaba mucho -como un saco de dos kilos de harina-, tenía unos cuarenta y cinco centímetros de largo, treinta de ancho y un grosor de doce. El cuero estaba frío, resplandeciente, sin ningún adorno ni marca en la cubierta, pero en el lomo vio un número enorme grabado en el cuero: 833. Los pergaminos estaban cortados de manera basta, un tanto desigual. Por lo menos había dos mil páginas.
Reggie y Beatrice estaban a su lado. Ambos dirigieron sus luces al libro que acunaba en el hueco de su brazo. Lo abrió por una página al azar.
Era una lista. Nombres, tres columnas por página, unos sesenta por columna. Antes de cada nombre había una fecha: 23 1 833. Después de cada nombre figuraba la palabra Mors o Natus.
– Es algún tipo de registro -susurró Atwood. Pasó la página. Más de lo mismo: una lista interminable-. ¿Te sugiere algo esto, Bea? -preguntó.
– Parece un registro de nacimientos y muertes como el que podría llevar cualquier parroquia en la Edad Media -contestó.
– ¿No dirías que hay demasiados? -Atwood apuntó el haz de su linterna hacia el largo pasillo central.
Los otros ya habían llegado y hablaban en murmullos en la entrada de la biblioteca. Atwood les gritó que por el momento se quedaran donde estaban. No se había dado cuenta de que Reggie había avanzado por el pasillo central hasta el fondo de la cámara.
– ¿De qué época crees que es esta cripta? -preguntó Atwood a Beatrice.
– Bueno, a juzgar por el trabajo de la piedra, la construcción de la puerta y la cerradura, diría que del siglo XI, tal vez del XII.Y me atrevo a afirmar que somos las primeras almas con vida que respiran este aire desde hace unos ochocientos años.
Desde una distancia de treinta metros resonó la voz de Reggie.
– Y si la marimandona es tan listilla, ¿cómo es que estoy viendo un libro en el que la fecha es el 6 de mayo de 1467?
Necesitaban un generador. A pesar de la emoción, Atwood decidió que era demasiado peligroso seguir explorando en la oscuridad. Volvieron sobre sus pasos y salieron al resplandor del final de la tarde. Después se apresuraron a cubrir la entrada a la escalera de caracol con tablones, una lona y arena para que un observador desenfrenado como Abbot Lawlor no percibiera nada en absoluto.
– Ni una palabra de esto a nadie -advirtió Atwood-. ¡A nadie!
Volvieron a la base y Reggie se llevó a dos de los chicos en busca de un generador; tenía que haber alguno en la isla. Atwood se atrincheró en su caravana para dar cuenta de todo en su libreta, en tanto que el resto hablaba en voz baja, al rumor del cordero cocido a fuego lento.
La furgoneta volvió tras la puesta de sol. Un obrero de Newport les había alquilado un generador portátil. También habían conseguido cien metros de cable eléctrico y una caja de bombillas.
Reggie abrió la puerta trasera de la furgoneta para que el profesor inspeccionara la mercancía.
– Reginald a su servicio -declaró con orgullo.
– Siempre parece estarlo. -Atwood dio una palmadita en la espalda del hombretón.
– Esto es algo gordo, ¿verdad, jefe?
Atwood calló por un momento; lo que había escrito en su diario lo intranquilizaba.
– Soñamos con encontrar algo importante -le respondió a Reg-. Algo que cambie el entorno, en realidad. Bien, pues me temo que como tú dices esto es algo demasiado gordo.
– ¿A qué se refiere?
– No lo sé, Reg. Si te digo la verdad, tengo un mal presentimiento.
Pasaron toda la mañana siguiente poniendo en marcha el generador y cableando las estructuras subterráneas con luces incandescentes. Atwood decidió que lo primero de todo eran las fotografías; Timothy y Martin harían las tomas del scriptorium, Ernest y David de las catacumbas, y Beatrice y él de la biblioteca. El olor a ozono de los incesantes fogonazos del flash se mezclaba con el aire mohoso. Reggie hacía de electricista ambulante: tendía cable, cambiaba las bombillas que no iban bien y controlaba el generador, que traqueteaba en la superficie.
A media tarde descubrieron que había otra enorme biblioteca como aquella. Al final de la primera cámara había una segunda, construida al parecer en una fecha más tardía debido a la falta de espacio. La segunda cripta era tan grande como la primera, unos cuatrocientos metros cuadrados y no menos de nueve metros de alto. En cada una de las cámaras había sesenta pares de estanterías altas y largas, y cada par estaba separado por un pasillo central. La mayoría estaban atiborradas de gruesos volúmenes, excepto unos cuantos estantes vacíos al final de la segunda sala.
Tras una exploración superficial de los límites de las criptas, Atwood hizo un cálculo aproximativo en su libreta y le mostró los números a Beatrice.
– ¡Demonios! -dijo ella-. ¿Has calculado bien?
– No soy matemático, pero creo que sí.
La biblioteca contenía cerca de setecientos mil volúmenes.
– Sería una de las diez bibliotecas más grandes de Gran Bretaña -dijo Beatrice.
– Y me atrevería a decir que la más interesante. ¿Seremos capaces de desentrañar por qué unos monjes medievales, si eso es lo que eran, registraron de una forma más bien compulsiva nombres y fechas del futuro? -Cerró su libreta de golpe y el ruido resonó durante un par de segundos.
– Apenas he dormido pensando en todo esto -admitió Beatrice.
– Ni yo. Ven conmigo.
La llevó a la segunda sala. El cable todavía no había llegado allí, así que Beatrice se pegó a Atwood y ambos siguieron la enfermiza luz amarilla que emitía su linterna. Se sumergieron en la oscuridad del fondo de la sala. El profesor se detuvo y tocó uno de los lomos: 1806.
Avanzó hacia otra fila.
– Ah. Nos vamos acercando, 1870. -Siguió su marcha, observando las fechas de los lomos, hasta que por fin dijo-: Aquí está, 1895, un año muy bueno.
– ¿Por qué? -preguntó Beatrice.
– Es el año en que nací. Veamos. Acerca la luz, ¿puedes? No, tenemos que ir un poco más atrás, este empieza en septiembre. -Puso el libro en su sitio y probó con algunos de los que había cerca hasta que exclamó-: ¡Aja! Enero de 1895. Mi cumpleaños fue hace quince días, ya sabes. Aquí está, 14 de enero, un montón de nombres. ¡Caramba! ¡Si aquí están todas las lenguas que existen bajo el sol! Chino, árabe, inglés, español… ¿eso es finés? Si no me equivoco, esto es suajili. -Su dedo se desplazó por las columnas hasta que se detuvo-. ¡Por Dios bendito, Beatrice! ¡Mira esto! «Geoffrey Phillip Atwood 14-1-1895 Natus.» ¡Aquí estoy! ¡Estoy aquí, caramba! ¿Y cómo demonios podían saber que Geoffrey Phillip Atwood iba a nacer el día 14 de enero de 1895?
– Esto no tiene ninguna explicación racional, Geoffrey -dijo Beatrice con voz glacial.
– Salvo que eran puñeteramente inteligentes, ¿no crees? Me aventuraría a decir que son los que están en las catacumbas. Los puñeteramente inteligentes recibían un trato especial. No iban a enterrar a los especiales en un cementerio normal. Vamos a ver si encontramos algo más reciente, ¿te parece? -Hurgaron durante un rato en la segunda cámara. De repente Atwood se detuvo y Beatrice chocó contra su espalda. El profesor dejó escapar un discreto silbido-. ¡Mira esto, Beatrice!
Iluminó un montón de ropa que había en el suelo, cerca del final de una de las hileras, una masa de color marrón y negro, como si fuera un montón de ropa sucia. Se acercaron con cautela y lo miraron desde arriba, asombrados ante la visión de un esqueleto boca arriba completamente vestido.
La calavera, grande y de color pajizo, tenía restos de carne correosa y algunos mechones de pelo negro donde antes hubo cuero cabelludo. Junto a ella descansaba un gorro negro plano. El hueso occipital estaba abollado, con una fractura craneal bastante profunda, y las piedras que había bajo él estaban manchadas con sangre antigua. La ropa era de hombre: un jubón negro y acolchado con cuello alto, bombachos marrones hasta las rodillas, calzas negras sobre unos huesos largos, botas de piel. El cuerpo se hallaba sobre un largo manto negro, con el cuello remendado con una tela andrajosa.
– Está claro que nuestro amigo no es de la Edad Media -musitó Atwood.
Beatrice estaba ya de rodillas observándolo de cerca.
– Diría que es de la época isabelina.
– ¿Estás segura?
Un monedero de seda púrpura, con las letras J. C. bordadas, colgaba del cinto del esqueleto. Beatrice lo tocó con el índice, abrió el cordel y volcó unas monedas de plata sobre la palma de su mano. Eran chelines y monedas de tres peniques. Atwood acercó un poco más su linterna. En el anverso podía verse el masculino perfil de Isabel I. Beatrice dio la vuelta a la moneda; sobre el escudo de armas estaba estampado con esmero: 1581.
– Sí, estoy segura -susurró-. ¿Por qué crees que está aquí, Geoffrey?
– Me parece que el día de hoy nos va a traer más preguntas que respuestas -replicó pensativo. Sus ojos recorrieron las columnas de libros que había por encima del cuerpo-. ¡Mira! ¡Estos libros están fechados en 1581! Desde luego, no es una coincidencia. Volveremos junto a nuestro amigo con el equipo de cámara, pero antes terminemos nuestra búsqueda.
Sortearon el esqueleto con cuidado y siguieron recorriendo las estanterías hasta que Atwood encontró lo que buscaba. Por fortuna, los volúmenes de 1947 estaban a mano, porque no llevaban escalera.
Iluminó las estanterías.
– ¡Lo encontré! -exclamó-. ¡Aquí empieza 1947! -Emocionado, empezó a bajar volúmenes hasta que declaró triunfalmente-: ¡Hoy! ¡31 de enero!
Se sentaron el uno junto al otro en el frío suelo, apretujados entre los estantes, y apoyaron el pesado libro sobre los regazos de ambos, de modo que una mitad quedaba en las piernas de ella y la otra mitad en las de él. Revisaron una a una las páginas abarrotadas de nombres. Natus, Mors, Natus, Mors.
Atwood perdió la cuenta del número de páginas que habían pasado, cincuenta, sesenta, setenta.
Y entonces, solo un momento antes que ella, lo vio: «Reginald William Saunders Mors».
El equipo de excavadores había decidido que el Cunning Man de Fishbourne era su local. Podían llegar hasta allí caminando desde el yacimiento, la cerveza era barata y el dueño les dejaba usar la bañera reservada para los huéspedes a un penique por cabeza. El cartel del pub, un hombre de mirada aviesa, acuclillado en la corriente de un río atrapando una trucha con las manos, siempre conseguía arrancarles una sonrisa, pero esa tarde no. Se habían sentado a una larga mesa de aquella taberna llena de humo, evitando a los lugareños.
Reggie comprobó lo que le quedaba e intentó sacarle partido a la cosa.
– Si me prestas un par de pavos, esta ronda la pago yo. Mañana te los devuelvo, Beatrice.
Ella cogió su monedero y le soltó varios billetes.
– Aquí tienes, grandullón. Mañana los quiero de vuelta.
Reggie le arrebató los billetes.
– ¿Usted qué piensa, profe? ¿Se cierra el telón para el bueno de Reg?
– Soy el primero en admitirlo: todo esto me deja perplejo -dijo Atwood, y a continuación vació lo que le quedaba de su pinta de cerveza. Iba por la tercera, lo cual era más de lo normal; la cabeza le daba vueltas. Bebían a un ritmo de vértigo y cada vez arrastraban más las palabras.
– Bueno, si esta es mi última noche sobre la tierra, me iré con la barriga llena de la mejor cerveza -dijo Reggie-. ¿Lo mismo para todos?
Recogió las jarras vacías y las llevó a la barra. Cuando ya no podía oírles, Dennis se inclinó hacia el grupo:
– En realidad, nadie se cree esa tontería, ¿verdad? -susurró.
Martin meneó la cabeza.
– Si es una tontería, ¿cómo es que la fecha de nacimiento del profe estaba en uno de los libros?
– Exacto -intervino Timothy.
– Tiene que haber una explicación científica -dijo Beatrice.
– ¿Sí? -preguntó Atwood-. ¿Por qué todo tiene que encajar dentro del ordenado cajón de la ciencia?
– ¡Geoffrey! -exclamó Beatrice-. ¿Eso ha salido de ti? ¿Del doctor Empirismo? ¿Cuándo fue la última vez que fuiste a la iglesia?
– No me acuerdo. He excavado en unas cuantas antiguas. -Tenía la mirada atontada del bebedor recién forjado-. ¿Adónde se ha ido mi cerveza? -Alzó la vista y vio a Reggie en la barra-. Ah, ahí lo tenemos. Buen chico. Sobrevivió a Rommel. Espero que sobreviva a Vectis.
Ernest estaba pensativo. No estaba tan achispado como el resto.
– Habría que hacer alguna prueba -dijo-. Comprobarlo con otra gente que conozcamos, o tal vez contrastar los personajes históricos para verificar las fechas.
– Ese es justamente el enfoque -dijo Atwood aplastando un posavasos con la mano-. Usar el método científico para demostrar que la ciencia es una tontería.
– ¿Y si todas las fechas coinciden? -preguntó Dennis-. Entonces, ¿qué?
– Entonces le pasaremos esto a esos hombrecitos aterradores que hacen cositas aterradoras en sus aterradores despachitos de Whitehall -respondió Atwood.
– Ministerio de Defensa -dijo Ernest con voz queda.
– ¿Y por qué a ellos? -preguntó Beatrice.
– ¿Y a quién si no? -preguntó Atwood-. ¿A la prensa? ¿Al Papa?
Reggie estaba esperando a que el camarero le pusiera la última de las pintas.
– ¡Por aquí la gente se muere de sed! -gritó Atwood.
– Ya voy, jefe -dijo Reggie.
Julián Barnes entró; llevaba su esplendoroso abrigo abierto, ondeando tras él. Nadie estaba más sorprendido que los lugareños, que sabían quién era pero jamás le habían visto en un pub, y mucho menos en ese. De alguna manera, su porte resultaba desagradable, una estirada mezcla de pomposidad y soberbia. Llevaba el pelo peinado hacia atrás y un bigote recortado a la perfección. Era un hombre pequeño y con pinta de hurón.
Uno de los lugareños, un sindicalista que le tenía bastante manía, dijo con sarcasmo:
– El teniente coronel nos ha confundido con las oficinas del Partido Conservador. ¡Bajando la calle a la izquierda, señor!
Barnes no le hizo caso.
– ¡Díganme dónde puedo encontrar a Reginald Saunders! -vociferó en un tono de contrarréplica senatorial.
Los arqueólogos se giraron.
Reggie seguía en la barra, estaba a punto de llevarse las pintas. Se hallaba a un tiro de dardo de aquel hombrecillo pomposo.
– ¿Quién quiere saberlo? -preguntó, estirándose para desplegar toda su amenazadora altura.
– ¿Es usted Reginald Saunders? -inquirió Barnes en tono oficial.
– ¿Quién coño eres tú, colega?
– Le repito la pregunta: ¿es usted Saunders?
– Sí, soy Saunders. ¿Tiene algún asunto pendiente conmigo?
El hombrecillo tragó saliva.
– Creo que conoce a mi esposa.
– Y su coche, jefe. No sabría decirle cuál me gusta más, la verdad.
El teniente coronel sacó una pistola de plata de su bolsillo y disparó a Reggie en la frente antes de que nadie pudiera hacer ni decir nada.
Tras su audiencia con Winston Churchill, Geoffrey Atwood fue devuelto a Hampshire en un camión del ejército cubierto con una lona. A su lado, en el banco de madera, tenía a un joven capitán impasible que solo hablaba cuando le dirigían la palabra. Su destino era una base militar de cuando la guerra; el ejército aún mantenía allí unos barracones, donde Atwood y los de su grupo habían sido retenidos.
– ¿Por qué no pueden liberarme aquí mismo, en Londres? -preguntó Atwood al joven capitán al principio del viaje.
– Tengo instrucciones de devolverle a Aldershot.
– ¿Por qué razón, si me permite la pregunta?
– Son las instrucciones que me han dado.
Atwood había estado el tiempo suficiente en el ejército para reconocer un objeto inamovible cuando lo veía, así que ahorró saliva. Supuso que los abogados estaban llegando a acuerdos secretos y que todo saldría bien.
Mientras el camión crujía y traqueteaba sobre sus gastados amortiguadores, él intentaba pensar en cosas agradables sobre su mujer y sus hijos; se morirían de alegría al verle de vuelta. Pensó en una buena comida, un baño caliente, y seguir con sus responsabilidades académicas, tan tranquilizadoramente prosaicas. Vectis desaparecía necesariamente en lo más hondo de un pozo, sus notas y sus fotografías serían confiscadas; sus recuerdos, expurgados. Imaginaba que tal vez tendría charlas furtivas con Beatrice bebiendo una copa de jerez en sus habitaciones del museo, pero el duro confinamiento al que les habían sometido había alcanzado el efecto deseado: tenía miedo. Mucho más miedo del que jamás había sentido durante la guerra.
Cuando volvió al encierro de los barracones era ya de noche, sus camaradas le rodearon cual fotógrafos revoloteando junto a una estrella de cine. Estaban pálidos, desanimados, habían perdido peso, estaban irritables, hartos y muertos de preocupación. Habían alojado a Beatrice aparte, separada de los hombres, pero durante el día se le permitía estar con ellos en una sala común, donde sus celadores les llevaban la bazofia incolora del ejército. Martin, Timothy y Dennis jugaban una partida de cartas tras otra. Beatrice fumaba y se metía con los vigilantes, en tanto que Ernest, sentado en una esquina, se frotaba las manos en un estado de depresión angustiante.
Habían puesto todas sus esperanzas en la visita de Atwood a Londres, y ahora que estaba de vuelta querían conocer todos los detalles. Escucharon absortos la conversación que había tenido con el teniente general Stuart y aplaudieron y lloraron cuando les dijo que su liberación era inminente. Tan solo era cuestión de que se desenredaran los acuerdos de secretismo del gobierno para que se aprobara la firma. Hasta Ernest se animó y acercó su silla; la tensión de su mentón se había relajado un poco.
– ¿Sabéis qué haré cuando vuelva a Cambridge? -preguntó Dennis.
– No nos interesa, Dennis -dijo Martin.
– Me daré un baño, me pondré ropa limpia, iré al club de jazz y conoceré a mujeres promiscuas.
– ¿No te han dicho que no nos interesa? -dijo Timothy.
Pasaron la mañana siguiente esperando con impaciencia que les notificaran su liberación. A la hora del almuerzo entró un cabo del ejército con una bandeja y la dejó en la mesa común. Era un soldado raso triste y sin sentido del humor, y a Beatrice le encantaba torturarle.
– Oye, tonto del culo -dijo-, tráenos un par de botellas de vino, que hoy volvemos a casa.
– Tendré que preguntarlo, señorita.
– Hazlo, chavalín. Y pregunta también si se te ha salido el cerebro por las orejas.
El teniente general Stuart cogió el teléfono en su despacho de Aldershot. La llamada era de Londres. Los músculos de su duro rostro, forjados a golpe de desprecio, no se movieron. La conversación fue corta, directa al grano. No hacía falta exponer ni clarificar nada. Cerró la conexión con un: «Sí, señor», y despegó la silla de su escritorio para llevar a cabo las órdenes.
El almuerzo era insípido pero tenían hambre y estaban ansiosos. Mientras comían panecillos rancios y espaguetis pastosos Atwood, un hombre de una capacidad descriptiva increíble, les contó cuanto pudo recordar a propósito del famoso bunker de Churchill. A mitad de la comida, el soldado llegó con dos botellas de vino sin descorchar.
– ¡Como que vivo y respiro! -exclamó Beatrice-. El soldado Tonto del Culo ha vuelto para salvarnos.
El chico dejó las botellas y se fue sin decir palabra.
Atwood hizo los honores y sirvió el vino en los vasos.
– Me gustaría proponer un brindis -dijo, muy serio-. Por desgracia no podremos volver a hablar de lo que hemos encontrado en Vectis, pero esta experiencia ha forjado entre nosotros un vínculo eterno que jamás se romperá. ¡Por nuestro querido amigo Reggie Saunders y por nuestra maldita libertad!
Chocaron sus vasos y se bebieron el vino de un trago.
Beatrice hizo una mueca.
– Dudo que este vino sea el de los oficiales.
Dennis fue el primero en quedarse agarrotado, tal vez porque era el más pequeño y el más ligero. Después lo hicieron Beatrice y Atwood. En unos segundos todos se habían desplomado de sus sillas y estaban en el suelo sufriendo convulsiones y echando espuma por la boca, con las lenguas manando sangre atrapadas entre los dientes, los ojos en blanco y los puños cerrados.
El teniente general Stuart entró cuando todo hubo terminado e inspeccionó aquel paisaje desolador. Estaba hasta las narices de la muerte, pero no había un soldado más obediente que él en el ejército de Su Majestad.
Suspiró. Había mucho que hacer y el día sería largo.
El general lideró un pequeño contingente de hombres de confianza para volver a la isla de Wight. El yacimiento arqueológico que fue descubierto por el grupo de Atwood había sido acordonado, y toda la zanja había sido cubierta por una enorme tienda de las que se usan como cuartel general en el campo de batalla, protegida de las miradas.
Un militar se encargó de decirle a Abbot Lawlor que el grupo de Atwood había descubierto artillería sin explotar en su zanja y que habían sido evacuados a tierra firme por su propia seguridad. Durante los siguientes doce días un flujo continuo de camiones del ejército llegaban a la isla en barcazas de la Marina Real y continuaban hasta la tienda. Soldados rasos que no tenían ni idea de la importancia de lo que llevaban en sus manos hicieron el duro trabajo de transportar día y noche las cajas de madera y sacarlas del agujero.
El general entró en la biblioteca al ritmo de la reverberación que producía el agudo sonido de sus botas. Desnudaron las salas de arriba abajo, vaciando las altísimas estanterías una hilera tras otra. Pasó por encima del esqueleto isabelino con total desinterés. Tal vez otro hombre hubiera intentado entender qué significaba aquello, intentar comprender cómo era posible, intentar batallar con la grandiosidad filosófica de todo ello. Pero Stuart no era ese hombre, y eso tal vez lo convertía en el hombre ideal para aquel trabajo. Él solo quería llegar a Londres a tiempo para poder ir al club y agasajarse con un whisky escocés y un bistec.
Cuando terminara la inspección, le haría una visita al abad y se lamentaría del terrible error que el ejército había cometido: cuando permitieron que el grupo de Atwood regresara, pensaban que habían despejado toda la artillería. Desgraciadamente, al parecer se habían dejado una pieza alemana de doscientos veinte kilos.
Tal vez sería apropiado hacer una misa en honor de los arqueólogos, acordarían sombríamente.
Stuart tenía ya la zona despejada y dejó que el encargado de demoliciones terminara con el cableado. Cuando desconectaron las bombas de percusión, la tierra se agitó como en un terremoto y toneladas de piedra medieval cayeron bajo su propio peso.
Los restos de Geoffrey Atwood, Beatrice Slade, Ernest Murray Dennis Spencer, Martin Bancroft y Timothy Brown descansarían en lo más profundo de aquellas catacumbas convertidas en fosfatina por toda la eternidad junto a los huesos de generaciones enteras de escribas pelirrojos cuyos antiguos libros habían sido empaquetados en un convoy de camiones verde oliva que corría hacia la base militar de las fuerzas armadas estadounidenses de Lakenheath, Suffolk, para su transporte inmediato a Washington.
29 de julio de 2009,
Nueva York
La resaca de Will era tan suave que prácticamente no se podía calificar como tal. Era más bien como un ligero resfriado que podía curarse en una hora con un par de analgésicos.
La noche anterior había imaginado que caería en lo más profundo, rebotaría por el fondo durante un buen rato y no emergería a la superficie hasta que estuviera a punto de ahogarse. Pero cuando ya llevaba un par de copas de su planeada juerga se enfadó lo suficiente como para dejar de autocompadecerse y mantener el flujo de whisky a un ritmo continuo en el que el nivel de entrada fuera acorde con su metabolismo. Quedó estable y en lugar del habitual sin sentido volátil que se hacía pasar por lógica, la mayor parte de la noche tuvo pensamientos de lo más racionales. En el transcurso de este intervalo funcional llamó a Nancy y concertaron una cita por la mañana temprano.
Estaba ya en un Starbucks, junto a la estación central, bebiendo un café largo, cuando llegó ella. Tenía peor aspecto que él.
– ¿Buena conexión? -bromeó Will.
Pensó que Nancy se pondría a llorar y casi consideró darle un abrazo, pero habría sido la primera vez que demostraba su afecto en público.
– Tengo un café con leche sin calorías esperándote. -Le pasó la taza-.Todavía está caliente.-Aquello consiguió que se desmoronara. Se le saltaron las lágrimas-.Vamos, mujer, que solo es una taza de café -dijo él.
– Ya lo sé. Gracias. -Dio un sorbo y luego lanzó la pregunta-: ¿Qué ha pasado?
Se inclinó sobre la mesa para escuchar la explicación. El local estaba lleno de clientes, y entre las voces y la máquina de café había mucho ruido.
Se la veía joven y vulnerable, así que Will le rozó la mano. Ella malinterpretó el gesto.
– ¿Crees que se han enterado de lo nuestro? -preguntó.
– ¡No! No tiene nada que ver con eso.
– ¿Cómo lo sabes?
– Porque nos hubieran hecho mover el culo hasta el jefe de personal y él nos lo hubiera dicho. Créeme, sé de qué hablo.
– Entonces, ¿qué?
– No se trata de nosotros, es el caso.
Bebió un poco de café; miraba todas las caras que entraban por la puerta.
– No quieren que detengamos a Shackleton -dijo ella leyendo su mente.
– Eso parece.
– ¿Por qué iban a interponerse en la captura de un asesino en serie?
– Excelente pregunta. -Se masajeó la frente y los ojos con cansancio-. Porque se trata de mercancía peligrosa. -Nancy lo miró inquisitiva. Will bajó la voz-: ¿Cuándo borran a alguien del sistema? ¿Testigo de los federales? ¿Actividad encubierta? ¿Operaciones clandestinas? Sea lo que sea, la pantalla se oscurece y él no existe. Dijo que trabajaba para los federales. En Área 51, lo que quiera que sea, o en alguna mierda de ese tipo. Me huele a que una parte del gobierno (nosotros) se ha dado de bruces contra otra parte del gobierno, y hemos perdido.
– ¿Me estás diciendo que ciertos oficiales de una agencia federal han decidido dejar marchar a un asesino? -No podía creerlo.
– No estoy diciendo nada. Pero sí, es posible. Depende de lo importante que sea. O tal vez, si existe la justicia, se encargarán de él a su debido tiempo.
– Pero nunca lo sabremos -dijo ella.
– Nunca lo sabremos.
Nancy se acabó el café y hurgó en su bolso en busca de una polvera con la que recomponer su maquillaje.
– Entonces, ¿ya está? ¿Hemos acabado?
Will la observó quitarse los churretes.
– Tú has acabado. Yo no. -El gesto de su cuadrada mandíbula emanaba agresividad pero también serenidad, el tipo de mueca turbadora del que se halla en una cornisa dispuesto a saltar al vacío-.Tú vuelve a la oficina -dijo-.Tendrán un nuevo trabajo para ti. He oído que Mueller va a volver. Tal vez os pongan juntos otra vez. Tú harás un carrerón porque eres una agente magnífica.
– Will…
– No, escúchame, por favor -dijo-. Esto es algo personal. No sé cómo ni por qué Shackleton mató a toda esa gente, pero sé que lo hizo para restregarme la mierda de este caso por la cara. Esa tiene que ser parte, quizá gran parte, de su motivación. Lo que va a pasar conmigo es lo que se suponía que tenía que ocurrir. Ya no formaré un equipo nunca más. Hacía años de la última vez. Toda esa idea de guardar las formas y no decir una palabra más alta que la otra para llegar a la jubilación ha sido una majadería.-Se estaba descargando, pero estar en un espacio público lo retenía-. Al carajo los veinte años y al carajo la pensión. Encontraré un trabajo en algún sitio. No necesito mucho para ir tirando.
Nancy dejó la polvera en la mesa. Daba la impresión de que tendría que volver a recomponer su maquillaje.
– ¡Por Dios, Nancy, no llores! -susurró Will-. Esto no tiene nada que ver con nosotros. Lo nuestro es genial. Es la mejor relación hombre-mujer que he tenido en mucho tiempo, tal vez la mejor que he tenido nunca, si he de ser sincero. Además de ser inteligente y sexy, eres la mujer más autosuficiente con la que he estado nunca.
– ¿Eso es un cumplido?
– ¿Viniendo de mí? Un cumplido enorme. No eres dependiente como el cien por cien de mis ex. Te sientes cómoda con tu propia vida, y eso hace que yo me sienta cómodo con la mía. Eso no voy a volver a encontrarlo.
– Entonces, ¿por qué mandarlo al infierno?
– Esa obviamente no era mi intención. Tengo que encontrar a Shackleton.
– ¡Estás fuera del caso!
– Pero voy a volver a meterme. De una manera u otra, me darán la patada. Conozco su manera de pensar. No van a tolerar la insubordinación. Mira, cuando sea agente de seguridad de un centro comercial de Pensacola tal vez puedas conseguir que te trasladen allí. No sé qué entenderán allí por museos de arte, pero ya nos inventaremos alguna manera de conseguirte algo de cultura.
Nancy se frotó los ojos.
– Al menos tendrás un plan.
– No es que sea muy elaborado. Les he llamado y les he dicho que estoy enfermo. A Sue le aliviará saber que hoy no tendrá que vérselas conmigo. Tengo un vuelo para Las Vegas al final de la mañana. Le encontraré y conseguiré que hable.
– Y se supone que yo tengo que volver al trabajo como si no hubiera pasado nada.
– Sí y no. -Sacó dos móviles de su maletín-. Irán a por mí en cuanto se den cuenta de que me he dado el piro y que voy por libre. Es probable que te pinchen el teléfono. Toma uno de estos de prepago. Los usaremos para comunicarnos entre nosotros. A no ser que consigan los números, no podrán localizarlos. Necesitaré ojos y oídos, pero si piensas por un segundo que estás comprometiendo tu carrera, apagamos y nos vamos. Y llama a Laura. Dile algo que la deje tranquila. ¿Vale?
Nancy cogió uno de los teléfonos. En ese breve tiempo que estuvo en su mano se quedó empapado.
– Vale.
Mark estaba soñando con líneas de códigos de programas informáticos. Tomaban forma más rápido de lo que él podía teclearlos, con la misma rapidez con la que pensaba. Cada una de las líneas era única, perfecta a su manera minimalista, sin caracteres superfluos. Había una pizarra flotante que se iba llenando rápidamente con algo maravilloso. Era un sueño fabuloso y le horrorizó que lo estuviera destruyendo el sonido del teléfono.
Que su jefa, Rebecca Rosenberg, le llamara al móvil, era algo que no le cuadraba. Estaba en la cama con una mujer preciosa en una magnífica suite del hotel Venetian y el acento de Jersey de su supervisora con cara de trol le revolvía el estómago.
– ¿Qué tal estás? -preguntó ella.
– Bien. ¿Qué pasa? -Nunca le había llamado al móvil.
– Siento interrumpir tus vacaciones. ¿Dónde estás?
Si querían podían averiguarlo por la señal de su móvil, así que no mintió.
– En Las Vegas.
– Vale, ya sé que en realidad es una imposición, pero tenemos un problema de códigos que nadie consigue arreglar. Los HITS lambda han caído y a los vigilantes les está dando un soponcio.
– ¿Habéis intentado reiniciarlos? -preguntó, somnoliento.
– Un millón de veces. Parece como si el código estuviera corrupto.
– ¿Cómo?
– Nadie lo entiende. Tú eres su papi. Me harías un favor enorme si pudieras venir mañana.
– ¡Estoy de vacaciones!
– Lo sé. Siento haber tenido que llamarte, pero si haces esto por nosotros te conseguiré tres días más de vacaciones, y si acabas el trabajo en medio día, haremos que te lleven en jet hasta McCarran para la hora del almuerzo. ¿Qué me dices? ¿Trato hecho?
Meneó la cabeza como si no pudiera creérselo.
– Sí. Lo haré.
Tiró el teléfono a la cama. Kerry seguía completamente dormida. Algo no iba bien. Había cubierto sus huellas tan bien que estaba seguro de que el asunto de Desert Life era imposible de detectar. Tan solo tenía que esperar el momento, un mes o dos antes de comenzar el proceso de baja voluntaria. Les diría que había conocido a una chica, que iban a casarse y a vivir en la costa Este. Le pondrían mala cara y le darían lecciones sobre el compromiso mutuo, el tiempo empleado en seleccionarle y prepararle, la dificultad de encontrar un sustituto. Apelarían a su patriotismo. El aguantaría como pudiera. No era un esclavo. Tenían que dejarle marchar. A la salida lo registrarían a fondo, pero no encontrarían nada. Le vigilarían durante años, tal vez siempre, como habían hecho con todos los antiguos empleados. Tanto le daba. Podían vigilarle cuanto quisieran.
Cuando Rosenberg colgó, los vigilantes se quitaron los auriculares y asintieron. Malcolm Frazier, el jefe de los vigilantes, también estaba allí: cuello tenso, cara inexpresiva y cuerpo de luchador.
– Lo has hecho muy bien -dijo a Rosenberg. -Si pensáis que es un peligro para la seguridad, ¿por qué no vais hoy a por él? -preguntó ella.
– No lo pensamos, lo sabemos -dijo en tono grosero-.
Preferimos hacerlo en un entorno controlado. Confirmaremos que está en Nevada. Tenemos gente rondando su casa. Le dejaremos pinchada la señal del móvil. Si tenemos sospechas de que no piensa aparecer mañana, nos moveremos.
– Estoy segura de que sabéis cómo hacer vuestro trabajo -dijo Rosenberg. El aire de su despacho estaba cargado con el aroma que transpiraban aquellos hombres grandes y atléticos.
– Sí, doctora Rosenberg, sabemos cómo hacerlo.
Cuando iba hacia el aeropuerto empezó a lloviznar; el limpiaparabrisas del taxi zumbaba como un metrónomo que llevara el tiempo de un adagio. Will se desplomó en el asiento trasero y cuando se quedó dormido, su barbilla acabó descansando sobre su hombro. Se despertó en la carretera de servicio de La Guardia, con el cuello dolorido, y le dijo al taxista que volaba con US Airways.
Su traje color canela estaba salpicado de gotas de lluvia. Se quedó con el nombre de la agente de viajes, Vicki, que tomó de la tarjeta de su camisa, y habló de cosas triviales con ella mientras le presentaba su documentación y su licencia federal para llevar armas. La observó teclear distraídamente, una chica simplona y entradita en carnes con un pelo largo castaño arreglado en una cola que no le favorecía.
Una luz gris bañaba la terminal, una explanada clínicamente esterilizada con poco tráfico de viandantes, ya que era media mañana. Eso se lo puso fácil a la hora de examinar el vestíbulo y decidir qué personas podrían ser de su interés. Tenía el radar en funcionamiento y estaba tenso. Nadie salvo Nancy sabía que le había dado por pasarse al lado oscuro, pero aun así le parecía que llamaba la atención, como si llevara un cartel colgando del cuello. Los pasajeros que esperaban para facturar y los que había por el vestíbulo parecían legales; al fondo había un par de polis hablando junto a un cajero.
Le quedaba una hora libre. Iría a por algo de comer y compraría el periódico. Una vez en el aire podría relajarse durante unas horitas, a no ser que Darla trabajara en esa ruta, en cuyo caso tendría que luchar con el dilema de si ponerle o no los cuernos a Nancy, aunque estaba seguro de que sucumbiría a aquello de que «lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas». Hacía tiempo que no pensaba en aquella rubia grandota, pero en ese momento le costaba quitársela de la cabeza. Para ser una chica con ese cuerpazo, llevaba una lencería de lo más pequeña y ligera.
Se dio cuenta de que Vicki tardaba demasiado. Revolvía papeles y miraba su ordenador con ojos asustados.
– ¿Va todo bien? -preguntó Will.
– Sí. La pantalla se ha quedado bloqueada. Ahora se arreglará.
Los polis del cajero miraban en su dirección y hablaban por los intercomunicadores.
Will cogió su identificación de encima del mostrador.
– Bueno, Vicki, ya acabaremos luego con esto. Tengo que ir al servicio.
– Pero…
Se dio toda la prisa que pudo. Los polis estaban a más de cincuenta metros y el suelo resbalaba bastante. La salida le quedaba a tiro de piedra, así que estuvo fuera del edificio en tres segundos. No volvió la vista atrás. Su única alternativa era moverse y pensar más rápido que los polis que le seguían. Vio una limusina negra de la que salía un pasajero. El conductor estaba a punto de arrancar cuando Will abrió la puerta de atrás, tiró su bolsa de viaje al asiento y se coló dentro.
– ¡Eh! ¡Aquí no puedo recoger a nadie! -El conductor era un sesentón con acento ruso.
– ¡No hay problema! -dijo Will-. Soy un agente federal. -Le enseñó la placa-. Circule, por favor.
El conductor refunfuñó algo en ruso pero aceleró suavemente. Will hizo como que buscaba algo en su bolsa, una treta para agachar la cabeza. Oyó gritos en la distancia. ¿Le habrían identificado? ¿Tendrían su número de placa? El corazón se le salía por la boca.
– Me podrían despedir por esto -dijo el conductor.
– Lo siento. Estoy en un caso.
– ¿FBI? -preguntó el ruso.
– Sí, señor.
– Yo tengo un hijo en Afganistán. ¿Adónde quiere ir?
Will consideró rápidamente los escenarios.
– A la terminal de la Marina.
– ¿Simplemente al otro lado del aeropuerto?
– Está usted siendo de gran ayuda. Sí, allí. -Desconectó su teléfono móvil, lo metió en su bolsa y lo cambió por el armatoste de prepago.
El conductor no quería dinero. Will salió del coche y miró alrededor: era el momento de la verdad. Todo parecía normal, ni luces azules ni perseguidores. Se puso de inmediato en la hilera de taxis frente a la terminal y se metió en uno de los amarillos. Una vez en marcha, usó su teléfono de prepago para llamar a Nancy y ponerla al corriente. Entre los dos urdieron un pequeño plan de emergencia.
Imaginó que ahora estarían motivados y que contarían con refuerzos, así que tendría que esforzarse un poco, hacer varios transbordos, zigzaguear. El primero de los taxis le dejó en Queens Boulevard, donde pasó por un banco y sacó unos cuantos de los grandes en metálico de su cuenta, y llamó a otro taxi. La siguiente parada fue en la calle Ciento veinticinco de Manhattan, donde se metió en el metro norte que conectaba con White Plains.
Rondaba ya el mediodía y tenía hambre. La lluvia había cesado y el aire era más fresco y respirable. El cielo se estaba abriendo; como su bolsa no pesaba demasiado, decidió buscar a pie dónde comer. Encontró un pequeño restaurante italiano en Mamaroneck Avenue y se instaló en una mesa alejada de los ventanales; pidió un menú de tres platos para matar el tiempo. Se reprimió y no pidió una tercera cerveza y se pasó a la gaseosa para acompañar la lasaña. Cuando acabó, pagó en metálico, se aflojó un poco el cinturón y salió a caminar a la luz del sol.
La biblioteca pública estaba cerca. Era un edificio municipal enorme, lo que algún arquitecto entendía por diseño neoclásico. Guardó su bolsa en el mostrador de la entrada, pero como no había detector de metales se dejó el arma en la pistolera y encontró un rinconcito tranquilo en una larga mesa al fondo de la sala de lectura con aire acondicionado.
De repente volvió a parecerle que llamaba la atención. De las doce personas que había en la sala, él era el único que vestía traje y el único que tenía la mesa vacía. La inmensa sala estaba silenciosa como solo lo están las bibliotecas, con alguna tos ocasional y el chirrido de la pata de una silla contra el suelo. Se quitó la corbata, se la metió en un bolsillo de la chaqueta y decidió buscar un libro con el que matar el tiempo.
No es que fuera muy lector, no recordaba cuándo había sido la última vez que había rondado las estanterías de una biblioteca, probablemente en la universidad, probablemente persiguiendo a una chica más que buscando un libro. A pesar de lo dramático del día, sentía pesadez de estómago, estaba adormilado y le pesaban las piernas. Recorrió las claustrofóbicas estanterías de metal y aspiró el rancio olor a cartón. Los miles de títulos de libros se mezclaron unos con otros hasta que su cerebro empezó a confundirse. Tenía unas ganas terribles de acurrucarse en un rincón oscuro y echar un sueñecito y estaba a punto de quedarse dormido cuando de golpe volvió a estar alerta.
Le estaban vigilando.
Primero solo lo sintió, luego oyó el ruido de los pasos a su izquierda, en otro de los pasillos. Se volvió justo a tiempo para ver un talón que desaparecía al final de las estanterías. Se palpó la pistolera por encima de la chaqueta, corrió hacia el final del pasillo y giró dos veces hacia la derecha. El pasillo estaba vacío. Aguzó el oído, creyó oír algo un poco más lejos y avanzó con cautela en esa dirección, un par de pasillos más hacia el centro de la sala. Al doblar la esquina vio a un hombre que se escabullía. -¡Eh! -gritó Will.
El hombre se detuvo y se dio la vuelta. Era un tipo obeso, con una barba negra moteada y revuelta, que iba vestido de invierno, con botas de montaña, un jersey apolillado y una trenca. Tenía las mejillas irritadas y picadas y una nariz bulbosa con la textura de una piel de naranja. Llevaba unas gafas con montura de metal que parecían sacadas de un rastrillo. Aunque debía de rondar los cincuenta, tenía todo el aspecto de un niño al que han pillado haciendo una travesura.
Will se le acercó con prudencia.
– ¿Me estaba siguiendo?
– No.
– Me ha parecido que lo hacía.
– Le estaba siguiendo -admitió.
Will se relajó. Aquel hombre no representaba ningún peligro. Lo clasificó como esquizofrénico no violento controlado.
– ¿Por qué me seguía?
– Para ayudarle a encontrar un libro. -No había modulación en su voz. Cada palabra tenía el mismo tono y énfasis que la anterior, pronunciadas todas con una seriedad absoluta.
– Bueno, amigo, podría irme bien su ayuda. Las bibliotecas no son lo mío.
El hombre sonrió y mostró una hilera de dientes enfermos.
– A mí me encanta la biblioteca.
– Vale, ayúdame a encontrar un libro. Me llamo Will.
– Yo Donny.
– Hola, Donny. Tú primero, yo te sigo. Donny se apresuró alegremente por los pasillos como una rata que conoce un laberinto de memoria. Llevó a Will hacia una esquina y luego bajó dos pisos por una escalera hasta una sala en el sótano, donde exploró el nuevo nivel como quien sabe lo que hace. Pasaron junto a una bibliotecaria, una mujer mayor que empujaba un carrito de libros y que sonrió tímidamente, contenta de que Donny hubiera encontrado un compañero de juegos.
– Debes de estar buscando un libro muy bueno, Donny -dijo Will.
– Un libro muy bueno.
Con tanto tiempo por delante como tenía, esta escapada le parecía de lo más divertida. Ese tipo tenía todas las papeletas de padecer esquizofrenia crónica, probablemente con un toque de retraso, y por su aspecto estaba de pastillas hasta arriba. Y allí estaba Will, en las profundidades de aquel sótano, en la casa de Donny jugando al juego de Donny, pero no le importaba.
Finalmente Donny se paró en medio de uno de los pasillos, alargó el brazo y eligió un libro grande con las cubiertas gastadas. Necesitó ambas manos sudadas para sacarlo, luego se lo tendió a Will.
La Sagrada Biblia.
– ¿ La Biblia? -dijo Will con lógico tono de sorpresa-. He de decirte, Donny, que no soy un gran lector de la Biblia. ¿Tú lees la Biblia?
Donny se miró las botas y agitó la cabeza.
– No la leo.
– Pero crees que yo debería hacerlo.
– Deberías.
– ¿Algún otro libro que debería leer?
– Sí. Otro libro.
Se puso de nuevo en marcha; Will lo seguía con esa Biblia de casi cuatro kilos bajo el brazo, apoyada en la pistolera. Su madre, una baptista sumisa que aguantó al hijo de puta de su padre durante treinta y siete años, leía la Biblia constantemente, y en ese momento recordó a su madre sentada a la mesa de la cocina, leyendo la Biblia, aferrándose a ella como a una tabla de salvación, con su labio inferior temblando, mientras el viejo, borracho en el salón, la maldecía a voz en grito. Y cuando ella también se dio a la bebida para liberarse, siguió buscando el perdón en la Biblia. Así pues, Will no estaba deseando ponerse a leer la Biblia.
– ¿El siguiente libro va a ser tan profundo como este? -preguntó.
– Sí. Será un buen libro para ti.
Will estaba deseando ver cuál era.
Bajaron otra escalera hasta la última planta, una zona que no parecía recibir muchas visitas. De repente Donny se detuvo y se agachó frente a una estantería llena de libros viejos con cubierta de cuero. Sacó uno de ellos de manera triunfal.
– Este es bueno para ti.
Will se moría de curiosidad. ¿Qué libro podría equipararse a la Biblia según la visión del mundo de ese pobre diablo? Se preparó para ese momento de revelación.
Código Municipal del estado de Nueva York de 1951.
Dejó la Biblia en el suelo para examinar el nuevo libro. Tal como anunciaba, se trataba de una página tras otra de códigos municipales con especial énfasis en los usos legales de la tierra. Seguramente hacía por lo menos medio siglo que nadie tocaba aquel volumen.
– Bueno, desde luego esto es profundo, Donny.
– Sí. Es un buen libro.
– Cogiste estos dos libros al azar, ¿verdad?
Donny asintió con la cabeza de manera vigorosa.
– Los cogí al azar, Will.
A las cinco y media estaba durmiendo en la sala de lectura con la cabeza reposando cómodamente sobre la Biblia y el Código Municipal. Sintió que le tiraban de la manga, miró hacia arriba y vio a Nancy de pie frente a él.
– Hola.
Ella examinó su material de lectura.
– No preguntes -le rogó Will.
Una vez fuera, se sentaron a hablar en el coche de Nancy. Will se dijo que si le hubieran seguido la pista ya lo habrían cogido. Daba la sensación de que nadie había reseguido la línea de puntos.
Nancy le dijo que en la oficina se habían desatado los infiernos. Que ella no estaba en el punto de mira, pero que las noticias se propagaban rápidamente por la agencia. Habían añadido el nombre de Will a la lista del servicio de seguridad de transportes, y su intento de facturación en La Guardia había creado una situación de pánico total entre las distintas agencias. Sue Sánchez estaba que trinaba. Se pasaba el día en reuniones a puerta cerrada con los jefazos y solo salía para gritar unas cuantas órdenes, por lo general para dar por saco. Había preguntado varias veces a Nancy si conocía las acciones e intenciones de Will, pero parecían aceptar que no sabía nada. Sue casi le pedía perdón por haberla obligado a trabajar con él en el caso Juicio Final, y le aseguró repetidas veces que su carrera no se vería manchada por esta asociación.
Will suspiró profundamente.
– Bueno, pues me han cortado las alas. No puedo volar, no puedo alquilar un coche, no puedo usar la tarjeta de crédito. Si intento coger un tren o un autobús, me detendrían en Penn Station o en la Autoridad Portuaria. -Se quedó mirando por la ventana del copiloto, luego le puso una mano en la pierna y le dio unos golpecitos traviesos-: Supongo que tendré que robar un coche.
– Tienes toda la razón. Vas a robar un coche. -Puso el motor en marcha y salió del aparcamiento.
Se pasaron todo el trayecto hacia casa de Nancy discutiendo. Will no quería meter a sus padres en medio, pero Nancy insistió.
– Quiero que te conozcan.
Will quiso saber por qué.
– Han oído hablar un montón de ti. Te han visto en la tele. -Hizo una pausa y luego añadió-: Saben lo nuestro.
– Dime que no les dijiste a tus padres que te has liado con tu compañero que casi te dobla la edad.
– Somos una familia unida. Y tú no me doblas la edad.
La morada de los Lipinski, una casa de ladrillo de 1930, con un tejado de pizarra muy inclinado, estaba en un callejón sin salida, frente al antiguo instituto de Nancy, con cascadas de rosas de color rojo y naranja que hacían que pareciera que las llamas estaban consumiendo el edificio.
Joe Lipinski se hallaba en el jardín de atrás. Era un hombre bajito, sin camisa y con pantalones caídos. Tenía pelo color blanco ceniza por todas partes, poco en su calva quemada por el sol, arremolinado en el pecho. Sus redondos y picaros mofletes eran la parte más carnosa de su cuerpo. Estaba arrodillado en la hierba podando un rosal, pero se puso en pie de un salto.
– ¡Vaya! -gritó-. ¡Pero si es Piper el de la flauta! ¡Bienvenido a Casa Lipinski!
– Tiene usted un jardín precioso, señor -dijo Will.
– No me llames señor, llámame Joe. Pero gracias. ¿Te gustan las rosas?
– Claro que me gustan.
Joe alcanzó un capullo pequeño, lo cortó y se lo tendió.
– Para el ojal de la chaqueta. Nancy, pónselo en el ojal.
Nancy se puso como un tomate, pero accedió y lo hizo.
– ¡Eso es! -exclamó Joe-.Ahora ya podéis ir al baile. Venga. Salgamos del sol. Tu madre ya tiene la cena casi lista.
– No quiero ser una molestia -protestó Will.
Joe le dedicó una mirada de «qué me estás contando» y le hizo un guiño a su hija.
En la casa hacía calor porque Joe no creía en el aire acondicionado. Era una pieza de época, no había cambiado desde el día de la mudanza, en 1974. La cocina y los baños habían sido reformados en los sesenta, pero eso era todo. Habitaciones pequeñas con moquetas gruesas y mullidas y mobiliario viejo y descascarillado; la huida de la primera generación a los suburbios.
Mary Lipinski estaba en la cocina, donde reinaban los olores de las cazuelas al fuego. Era una mujer guapa que no se había dejado echar a perder, aunque, él se dio cuenta, era de las de caderas anchas. Will tenía la desagradable costumbre de intentar adivinar qué aspecto tendrían sus novias dentro de veinte años, como si alguna relación le hubiera durado más de veinte meses. Aun así, tenía una cara tersa y juvenil, una preciosa media melena de pelo negro, pecho firme y bonitos muslos. Nada mal para cincuenta y muchos o sesenta y pocos años.
Joe era contable jurado y Mary era contable. Se habían conocido en una empresa de comestibles en la que él, unos diez años mayor que Mary, trabajaba de contable, y ella era secretaria del departamento de impuestos. Él vivía en Queens; ella era una chica de White Plains de toda la vida. Cuando se casaron, compraron esa casita en Anthony Road, a menos de dos kilómetros de las oficinas centrales. Años después, la compañía pasó a manos de una multinacional y cerraron la planta de White Plains, por lo que Joe rescindió su contrato. Decidió abrir su propio gabinete contable, y Mary empezó a trabajar en un concesionario de coches, donde llevaba la contabilidad. Nancy era su única hija y ambos estaban encantados de tenerla de nuevo en su antigua habitación.
– Así que esos somos nosotros, unos José y María modernos -dijo Joe, dando por concluido el breve historial familiar y pasándole a Will un plato de judías pintas.
En la radio sonaba una tranquila ópera de Verdi. Con la comida, la música y la sencilla conversación, Will se sintió arrullado hacia un estado de satisfacción plena. Este era justo el tipo de vida que él jamás le había dado a su hija, pensó con nostalgia. Una copa de vino o una cerveza no habrían venido mal, pero al parecer los Lipinski no iban a servirlo. Joe cada vez hilaba más fino en sus bromas.
– Somos justo igual que los originales, ¡solo que esta no vino de la inmaculada concepción!
– ¡Papá! -protestó Nancy.
– ¿Quieres otro trozo de pollo, Will? -preguntó Mary.
– Sí, señora. Muchas gracias.
– Nancy me ha dicho que te has pasado la tarde en nuestra bonita biblioteca -dijo Joe.
– Sí. Y conocí a todo un personaje.
Mary sonrió.
– Donny Golden -dijo.
– ¿Lo conoces? -preguntó Will.
– Todo el mundo conoce a Donny -contestó Nancy.
– Dile a Will cómo lo conociste tú, Mary -le pinchó su marido.
– Lo creas o no, Donny y yo fuimos juntos al instituto.
– ¡Era su novia! -gritó Joe alegremente.
– ¡Salimos un día! Es una historia muy triste. Era un chico muy guapo, venía de una buena familia judía. Cuando se fue a la universidad estaba sano, normal, pero durante el primer curso se puso muy enfermo. Unos dicen que fueron las drogas y otros que simplemente fue entonces cuando desarrolló su enfermedad mental. Pasó años ingresado en instituciones.Vive en una especie de casa tutelada en el centro de la ciudad y se pasa todo el día en la biblioteca. Es inofensivo, pero verle resulta doloroso. Yo no voy nunca por allí.
– No lleva una vida tan mala -dijo Joe-. No tiene presiones. Vive ajeno a los males de este mundo.
– A mí también me parece triste -dijo Nancy picando de su comida-. Lo vi en la orla, y era muy guapo.
Mary suspiró.
– ¿Quién podía saber lo que el destino le aguardaba? ¿Quién puede saberlo?
De pronto Joe se puso serio.
– Bien, Will, dinos lo que te aguarda a ti. He oído que las cosas se han puesto raras. Me preocupa lo que te pase a ti, desde luego, pero como padre me preocupa más lo que le pase a mi hija.
– Will no puede hablar sobre una investigación en curso, papá.
– No, escucha, te entiendo, Joe. Tengo ciertas cosas que hacer, pero no quiero que Nancy se pille los dedos con esto. Ella aún tiene un brillante porvenir.
– Yo preferiría que se dedicara a algo menos peligroso que el FBI -dijo su madre entonando el soniquete de lo que parecía una cantinela constante.
Nancy hizo una mueca y Joe quitó importancia a la preocupación de su mujer con un movimiento de la mano.
– Por lo que entiendo, estabais a punto de detener a alguien cuando os han dejado a los dos fuera de la investigación. ¿Cómo puede ocurrir algo así en los Estados Unidos de América? Cuando mis padres estaban en Polonia, este tipo de cosas pasaban todos los días, pero ¿aquí?
– Eso es lo que quiero averiguar. Nancy y yo hemos dedicado mucho tiempo a este caso, y luego están esas víctimas que no tienen voz.
– Haz lo que tengas que hacer. Pareces un buen tipo. Y Nancy te aprecia mucho. Eso significa que estarás en mis plegarias.
La ópera se había acabado y en la radio daban las noticias. Ninguno de ellos les habría prestado atención si no hubieran mencionado el nombre de Will: «Y en otro orden de cosas, la oficina del FBI de Nueva York ha emitido una orden de detención para uno de los suyos. El agente especial Will Piper es buscado para ser interrogado acerca de irregularidades y posibles actividades delictivas relacionadas con la investigación del asesino en serie del caso Juicio Final. A Piper, un veterano de casi veinte años al servicio del orden público, se le conoce mejor por ser la cara pública del aún por resolver caso del Juicio Final. Se desconoce su paradero y se le considera armado y potencialmente peligroso. Si cualquier persona que esté viendo esto tiene alguna información, por favor, contacten con las autoridades de la policía local o con el FBI».
Will, muy serio, se levantó y se puso la chaqueta. Se recolocó el capullo de rosa en la solapa.
– Joe y Mary, gracias por la cena y gracias por vuestra hospitalidad. Tengo que ponerme en marcha.
A esa hora del día no había mucho tráfico en la circunvalación de la ciudad. Antes habían parado en una tienda de comestibles de Rosedale Avenue, donde Nancy había comprado provisiones mientras él se revolvía inquieto en el coche. En el asiento de atrás había dos bolsas llenas de comida, pero no, había dicho ella enfáticamente, no iba a comprarle nada de bebida.
Avanzaban a velocidad constante por la carretera del río Hutch, hacia el puente de Whitestone. Will le recordó que llamara a su hija, luego se quedó en silencio y observó el color naranja tostado del estuario de Long Island bajo la luz del sol.
La casa de los abuelos de Nancy se encontraba en una calle tranquila de casitas tamaño postal de Forest Hills. Su abuelo tenía Alzheimer y estaba en una casa de acogida; su abuela, tomándose un respiro en casa de una nieta que tenía en Florida. El viejo Ford Taurus del abuelo estaba aparcado en el garaje que había tras la casa, por si acaso se encontraba una cura, bromeó Nancy con humor negro. Llegaron al atardecer y aparcaron frente a la casa. Las llaves del garaje estaban bajo un ladrillo; las llaves del coche, dentro del garaje, bajo una lata de pintura. El resto dependía de Will.
El se inclinó y la besó; se quedaron abrazados un largo rato, como una pareja en el autocine.
– Tal vez deberíamos entrar -soltó Will.
Ella le golpeó juguetonamente la frente con los nudillos.
– ¡No voy a colarme en casa de mi abuela para echar un polvo!
– ¿Es mala idea?
– Malísima. Además, te entraría sueño.
– Eso no estaría bien.
– No, no estaría bien. Llámame en cada parada que hagas en el camino, ¿vale?
– Vale.
– ¿Tendrás cuidado?
– Sí.
– ¿Me lo prometes?
– Te lo prometo.
– Hoy ha pasado algo en el trabajo que no te he contado -le dijo dándole un último beso-John Mueller ha estado por allí unas horas. Sue nos ha puesto juntos para que trabajemos en los robos de bancos de Brooklyn. He hablado con él un rato y… ¿sabes qué?
– ¿Qué?
– Creo que es gilipollas.
Will rió, alzó el pulgar y abrió la puerta del coche. -Entonces mi trabajo aquí ya está hecho.
Mark estaba nervioso. ¿Por qué había accedido a ir si estaba de vacaciones?
No era lo suficientemente rápido ni fuerte para plantarle cara a las situaciones él solo. Siempre había sido el perrito faldero de sus padres, profesores y jefes, siempre complaciente y temiendo defraudar. No quería abandonar el hotel y explotar esa burbuja en la que vivían Kerry y él.
Ella estaba en el cuarto de baño, preparándose para salir. Habían planeado una noche por todo lo alto: cena en Rubochon's en la mansión MGM, un poco de blackjack y, ya de vuelta en el Venetian, unas copas en el Tao Beach Club. Tendría que acostarse temprano e ir directamente al aeropuerto, probablemente no se sentiría demasiado bien cuando amaneciera, pero ¿qué otra cosa podría hacer en ese momento? Si no aparecía, saltarían todas las alarmas.
Vestido ya para la noche e inquieto, se conectó a internet usando la línea de alta velocidad del hotel. Meneó la cabeza: otro correo de Elder. Aquel hombre le estaba dejando seco, pero un trato era un trato. Tal vez se había quedado corto pidiéndole cinco millones de dólares. Quizá tuviera que sangrarle otros cinco dentro de unos meses. ¿Qué podía hacer el tipo? ¿Decir que no?
Mientras Mark trabajaba con la nueva lista de Elder, el equipo de Malcolm Frazier estaba en Alerta Alfa: turno durmiendo en catres y alimentándose con comida fría. Si los malos humos ya los llevaban de serie, la perspectiva de pasar una noche lejos de sus esposas y novias les hacía sentirse desgraciados. Frazier incluso había obligado a Rebecca Rosenberg a que pasara allí la noche, una novedad. Aquella situación la tenía fuera de sí, estaba hecha polvo.
Frazier señaló su monitor con irritación.
– Mira. Otra vez está en ese portal codificado. ¿Por qué demonios no podéis traspasar eso? ¿Cuánto vais a tardar? Ni siquiera sabemos quién está al otro lado.
Rosenberg lo fulminó con la mirada. Estaba viendo exactamente lo mismo que él en su propia pantalla.
– ¡Es uno de los mejores científicos en seguridad informática del país!
– Pues tú eres su jefa, así que traspasa el maldito código, ¿vale? ¿Qué van a decir si tenemos que pasarle esto a la Agen cia de Seguridad Nacional? Se supone que eres la mejor, ¿recuerdas?
Rosenberg soltó un chillido de frustración y los hombres que había en la sala se sobresaltaron.
– ¡El mejor es Mark Shackleton! ¡Yo solo le firmo las fichas de entrada y de salida! ¡Cállate y déjame hacer mi trabajo!
Mark casi había terminado ya con su correo electrónico cuando la puerta del cuarto de baño se abrió un poco y oyó la voz cantarina de Kerry.
– ¡Ya me queda poco!
– Ojalá no tuviera que volver mañana al trabajo -dijo él por encima del sonido de la televisión.
– Sí. Ojalá.
Pulsó el botón de silencio. A ella le gustaba hablar desde el cuarto de baño.
– Igual podemos reservar para el próximo fin de semana.
– Sería estupendo. -El agua del grifo corrió durante un segundo, luego paró-. ¿Sabes lo que también sería estupendo?
Él se desconectó y guardó el ordenador en su funda.
– ¿Qué?
– Que el próximo fin de semana fuéramos juntos a Los Ángeles, tú y yo. Vamos, que los dos queremos vivir allí. Ahora que has conseguido todo ese dinero, podrías dejar tu estúpido trabajo con los ovnis y dedicarte a escribir guiones de cine, y yo podría dejar mi estúpido trabajo de acompañante y mi estúpido trabajo con las vasectomías y ser actriz, igual hasta una actriz de las de verdad. Podríamos ir a buscar casa el fin de semana que viene. ¿Qué me dices? Lo pasaríamos bien.
La cara de Will Piper ocupaba toda la pantalla de plasma. «¡Dios! -pensó Mark-. ¡Es la segunda vez en dos días!»Volvió a dar sonido a la tele.
– ¿Me has oído? ¿No te parece que lo pasaríamos bien?
– ¡Espera un segundo, Kerry, enseguida estoy contigo!
Escuchó los informativos aterrorizado. Sentía como si una boa constrictor se le hubiera enroscado alrededor del pecho y le estuviera apretando hasta cortarle la respiración. ¿El día anterior alardeaba de que tenía nuevas pistas y de pronto se había convertido en un fugitivo? ¿Y que le llamaran estando de vacaciones era pura coincidencia? Sus doscientos puntos de coeficiente intelectual se pusieron a remar en la misma dirección.
– Mierda, mierda, mierda, mierda…
– ¿Qué dices, cariño?
– ¡Ahora estoy contigo!
Cuando cogió de nuevo el portátil, las manos le temblaban como si tuviera malaria.
Nunca había querido hacer eso. En Área 51 había un montón de gente que había sentido la tentación, para eso estaban los vigilantes, para eso eran sus algoritmos, pero él no era como el resto. El era del tipo «esto es lo que hay». Y ahora necesitaba desesperadamente saber. Introdujo su contraseña y se registró en la base de datos pirateada que tenía almacenada en su disco duro. Tenía que trabajar con rapidez. Si se paraba a pensar en lo que estaba haciendo lo mandaría todo al garete.
Comenzó a introducir nombres.
Kerry salió del cuarto de baño, iba de punta en blanco con un provocativo vestido rojo y su nuevo reloj resplandeciendo en su muñeca.
– ¡Mark! ¿Qué te pasa?
Tenía el ordenador cerrado en su regazo pero berreaba como un niño pequeño, sollozos de los que encogen el corazón y torrentes de lágrimas. Ella se arrodilló junto a él y le rodeó con sus brazos.
– ¿Estás bien, cariño?
Mark sacudió la cabeza.
– ¿Qué ha pasado?
Tenía que pensar rápido.
– Me han enviado un correo. Mi tía ha muerto.
– ¡Oh, cariño, lo siento mucho! -Mark se levantó; temblaba, no, era más que eso: le faltó poco para desmayarse. Ella se puso en pie con él y le dio un abrazo enorme, lo cual impidió que Mark se cayera de espaldas-. ¿Ha sido así, de improviso?
Asintió con un gesto e intentó secarse las lágrimas con la mano. Kerry fue a buscar un pañuelo, volvió corriendo junto a él y le limpió la cara como lo haría una madre con un niño desvalido.
– Escucha, tengo una idea -dijo él como un autómata-. Iremos a Los Ángeles esta noche. Ahora mismo. En coche. Mi coche se calienta mucho. Iremos en el tuyo. Mañana compraremos una casa, ¿vale? En las colinas de Hollywood, donde viven los escritores y los actores. ¿Vale? ¿Puedes hacer las maletas?
Ella se lo quedó mirando, preocupada y perpleja.
– ¿Estás seguro de que quieres ir ahora mismo, Mark? Acabas de sufrir un shock. ¿Y si esperamos a mañana?
Marx dio un zapatazo en el suelo y gritó como lo haría un crío:
– ¡No! ¡No quiero esperar! ¡Quiero ir ahora! Ella dio un paso atrás.
– ¿Por qué tanta prisa, cariño? -Kerry comenzaba a asustarse.
Estuvo a punto de volver a echarse a llorar, pero consiguió controlarse. Respirando profundamente a través de sus bloqueadas fosas nasales, guardó su portátil y apagó el teléfono móvil.
– Porque la vida es muy corta, Kerry. Joder, es demasiado corta.
30 de julio de 2009,
Los Ángeles
Desde la habitación se veía Rodeo Drive. Mark estaba de pie junto a la ventana, enfundado en un albornoz del hotel, observando con pesar a través de las cortinas entreabiertas los coches de lujo que llegaban hasta Rodeo desde Wilshire. El sol aún no estaba lo bastante alto para que desapareciese la bruma matinal, pero daba la impresión de que sería un día perfecto. Aquella suite en la planta catorce del hotel Berverly Wilshire costaba dos mil quinientos dólares la noche, que había pagado al contado para hacérselo un poco más difícil a los vigilantes. Pero ¿a quién quería engañar? Buscó el teléfono de Kerry en su bolso. Se lo había apagado durante el viaje, mientras ella conducía, y seguía apagado. Seguramente ya la tenían en su radar, pero estaba intentando ganar tiempo. Un tiempo precioso.
Habían llegado tarde, tras un largo trayecto a través del desierto durante el cual ninguno de los dos habló mucho. No había tiempo para planear las cosas, pero quería que todo saliera a la perfección. Su mente retrocedió a cuando tenía siete años: se había levantado antes que sus padres y les preparó el desayuno por primera vez en su vida; distribuyó los cereales, cortó plátanos en rodajas, hizo equilibrios con una bandeja llena de cuencos, cubiertos y vasitos con zumo de naranja y, orgulloso de sí mismo, se lo sirvió en la cama. Aquel día había querido que todo fuera perfecto, y una vez que todo salió bien estuvo semanas queriendo oír sus elogios. Si se mantenía alerta, tal vez ese día también saliera todo bien.
Al llegar tomaron chuletas y champán. Para el desayuno habían pedido más champán, tortitas y fresas. En una hora se reunirían con un agente inmobiliario en el vestíbulo y pasarían la tarde a la caza de una vivienda. Mark quería que ella fuera feliz.
– Kerry…
Ella se removió bajo las sábanas y él la llamó otra vez, un poquito más alto.
– Hola -dijo ella contra la almohada.
– El desayuno está de camino, con mimosas.
– ¿No acabamos de comer?
– Hace un siglo ya de eso. ¿No quieres levantarte?
– Vale. ¿Les has dicho ya que no irás a trabajar?
– Ya lo saben.
– Mark…
– ¿Sí?
– Anoche te comportaste de una manera un tanto extraña.
– Lo sé.
– ¿Te comportarás normal hoy?
– Sí.
– ¿De verdad vamos a comprarnos la casa hoy?
– Si ves una que te guste, sí.
Kerry se incorporó sobre los codos; una sonrisa le iluminaba la cara.
– Bueno, mi día ha empezado bastante bien. Acércate, quiero que el tuyo también empiece bien.
Will había conducido durante toda la noche y ahora estaba atravesando la llanura de Ohio, corriendo hacia el amanecer y esperando poder pasarla sin sobresaltos, evitando las trampas de velocidad y a la policía del estado. Sabía que tendría que parar a dormir. Elegiría bien los sitios -moteles de mala muerte junto a la autopista-, pagaría en metálico, descansaría cuatro horas aquí, otras seis allí, nunca más de eso. Quería llegar a Las Vegas el viernes por la noche y estropearle el fin de semana a aquel hijo de puta.
No recordaba cuándo había sido la última vez que había pasado toda una noche en acción, especialmente una noche sin alcohol, y no le sentaba nada bien. Tenía ganas de beber, de dormir y de hacer algo que apaciguara su indignación y su rabia. Agarraba el volante tan fuerte que le daban calambres en las manos. Le dolía el tobillo derecho porque aquel viejo Taurus no tenía control de velocidad automático. Tenía los ojos secos y enrojecidos. Le dolía la vejiga debido al último café largo que se había tomado. Lo único que le ofrecía algo de consuelo era aquella rosa roja de los Lipinski, saludable y carnosa, que había puesto en un botellín de agua en el reposavasos.
Malcolm Frazier salió del centro de operaciones en mitad de la noche para darse un paseo y despejarse. Pensó que la última noticia que tenían era increíble. Acojonantemente increíble. Y esa abominación había ocurrido bajo su vigilancia. Si sobrevivía a esto -si sobrevivían a esto-, estaría testificando en las vistas a puerta cerrada del Pentágono hasta que tuviera cien años.
El estado de crisis había empezado en el momento en que Shackleton apagó su teléfono móvil y perdieron a la presa. Todo un equipo se había presentado en el Venetian, pero él se había ido, había dejado su Corvette en el garaje y la cuenta sin pagar.
Lo que siguió fue una hora de lo más oscura, hasta que fueron capaces de darle la vuelta al asunto. Había estado allí con una mujer, una morena atractiva; según el conserje, era como una de las muchas mujeres de compañía que rondaban el hotel. Accedieron a las llamadas realizadas desde el móvil de Shackleton y encontraron una decena dirigidas a una tal Kerry Hightower, la cual encajaba con la descripción de esa mujer.
El móvil de Hightower estuvo enviando señales desde las torres de telefonía de la carretera interestatal número 15 en dirección oeste, hasta que expiraron a unos veinticinco kilómetros de Barstow. Todo apuntaba a que Los Ángeles era el destino más probable. Pasaron la descripción del coche de Kerry y su número de matrícula a las patrullas de la autopista de California y a las comisarías locales; más tarde, tras una investigación posterior a la acción, se enteraron de que el Toyota de Kerry había estado en el taller todo ese tiempo y que conducía uno de alquiler.
Rebecca Rosenberg estaba comiéndose una barrita de chocolate (la tercera desde la medianoche) cuando de repente traspasó el encriptado de Shackleton y casi se ahogó con un pegote de caramelo. Salió deprisa de su laboratorio, corrió torpemente por el pasillo hasta el centro de operaciones e irrumpió entre los vigilantes con su pelo afrosesentero (en versión chica blanca) botando sobre sus hombros.
– ¡Ha estado pasando información del Departamento de Defensa a una compañía! -jadeó.
Frazier estaba ya en su ordenador. Se giró hacia ella; parecía a punto de vomitar. Ya no podía pasar nada peor.
– ¿Estás segura de esa mierda que has dicho?