– Al cien por cien.
– ¿Qué clase de compañía?
Sí, aún podía ser peor.
– Seguros de vida.
Los pasillos del Laboratorio de Investigación Principal estaban vacíos, lo cual amplificaba el efecto del eco. Para aliviar la tensión, Malcolm Frazier tosió y jugó con el rebote acústico. Aunque no le estuviera escuchando nadie, gritar o cantar al estilo tirolés no le habría parecido digno. Durante el día, como jefe de Operaciones de Seguridad de la NTS -51, recorría los subterráneos con un deambular chulesco que intimidaba a propios y extraños. Le gustaba que le tuvieran miedo, y no lamentaba que sus vigilantes fueran universalmente odiados. Eso significaba que hacían bien su trabajo. ¿Cómo mantener el orden si la gente no tenía miedo? La tentación de explotar aquella baza era demasiado grande para esos técnicos cretinos. Le parecían despreciables, y siempre sentía un arrebato de superioridad cuando los veía por el escáner, gordos y sebosos, o delgados y débiles, jamás en forma y con una buena musculatura como los de su equipo. Shackleton, lo recordaba perfectamente, era delgado y débil, podría partirlo como partiría un tablón de madera podrida.
Se metió en el ascensor especial y lo activó con su llave de acceso. El descenso era muy suave, apenas perceptible; cuando salió, estaba solo en la Cripta. Cualquier movimiento pondría en marcha un monitor vigilado por uno de sus hombres, pero él tenía permiso para estar allí, conocía los códigos de entrada y era una de las pocas personas autorizadas a atravesar aquellas pesadas puertas de acero.
La Cripta tenía un poder visceral. Frazier sintió que la espalda se le tensaba como si le hubieran metido una barra de hierro por la columna. Se le hinchó el pecho y se le aguzaron los sentidos; su percepción de la profundidad -incluso con aquella tenue luz azul y fría- era tan fina que casi veía en tres dimensiones. Algunos hombres se sentían minúsculos ante la vastedad de aquel lugar, pero a él la Cripta le hacía sentirse enorme y poderoso. Y esa noche, en medio del mayor fallo del sistema de seguridad en la historia de Área 51, necesitaba estar allí.
Se internó en aquella fría y deshumidificada atmósfera: un par de metros, cuatro, diez, veinte, treinta. No tenía previsto recorrerla de punta a punta, no tenía tanto tiempo. Solo se adentró lo necesario para sentir en toda su magnitud su techo abovedado y sus dimensiones de estadio. Un dedo de su mano derecha acarició una de las cubiertas. El contacto con los libros no estaba permitido, pero tampoco es que estuviera sacándolo del estante… era solo una reafirmación.
El cuero era frío y suave, del color del ante moteado. En el lomo llevaba grabado el año: 1863. Había hileras enteras dedicadas a 1863. La guerra civil. Y sabría Dios lo que había pasado en el resto del mundo. El no era historiador.
En un lado de la Cripta había una estrecha escalera que llevaba hasta una pasarela desde la que se podía ver el panorama al completo. Fue allí y subió a lo más alto. Había miles de estanterías de metal gris que se perdían en la distancia, cerca de setecientos mil gruesos libros de cuero, unos doscientos cuarenta mil millones de nombres inscritos. Estaba convencido de que la única manera de entender lo que significaban esos números era estar donde él estaba e interiorizarlos con tus propios ojos. Hacía tiempo que toda esa información había sido almacenada en discos, y si eras uno de esos técnicos cretinos es probable que te impresionaran todos esos terabits de datos, o alguna chorrada como esa, pero nada era como estar en la Biblioteca. Se agarró a la barandilla, se asomó y respiró profunda y lentamente.
A Nelson Elder la mañana le estaba yendo fenomenal. Sentado a su mesa favorita en la cafetería de la compañía, atacaba una tortilla de claras de huevo y leía el diario de la mañana. La carrera, la ducha de vapor y la resucitada confianza en el futuro hacían que se sintiera con energías renovadas. De todas las cosas de su vida que podían afectar a su humor, las acciones de Desert Life era lo único que realmente le importaba. En el último mes habían subido un 7,2 por ciento, experimentando un ascenso del 1,5 por ciento el día anterior a la actualización del analista. Era demasiado pronto para que la locura de Peter Benedict afectara a su línea de flotación, pero estaba claro que denegar el seguro de vida a los solicitantes que tuvieran una fecha de muerte inminente y ajustar las primas de aquellos con un horizonte de mortandad intermedio a los riesgos que comportaba convertiría su compañía en la gallina de los huevos de oro.
Para colmo, los resultados de los coqueteos de Bert Myers con el lado oscuro de los fondos de inversión de Connecticut estaban a la vuelta de la esquina, con unos rendimientos del 10 por ciento en julio. Elder traducía sus valores en alza en el uso de un tono mucho más agresivo con los inversores y los analistas de resultados, y Wall Street se percataba de ello. La opinión acerca de Desert Life estaba cambiando.
No le importaba cómo ese perro verde de Benedict conseguía acceder a esa mágica base de datos ni de dónde procedía, ni tan siquiera cómo era posible. El no era ningún filósofo de la moral. Lo único que le importaba era Desert Life, y ahora contaba con un margen que ninguno de sus competidores podría igualar. Le había pagado a Benedict cinco millones de dólares de su propio bolsillo para evitar que sus auditores intuyeran una transacción de la corporación y le hicieran preguntas. Bastantes preocupaciones le daba ya la aventurita del fondo de inversiones de Bert.
Pero se trataba de un dinero bien invertido. El valor de su paquete de acciones personal se había encarecido hasta los diez millones de dólares, un rendimiento alucinante para una inversión hecha un mes antes. Respecto a lo de Benedict, no seguiría más que sus propios consejos. Nadie sabía nada del asunto, ni tan siquiera Bert. Era demasiado enrevesado y demasiado peligroso. Ya era bastante complicado explicarle a su jefe de seguros por qué necesitaba recibir diariamente una lista nacional de todos los nuevos solicitantes de seguros de vida.
Bert vio que estaba comiendo solo y se le acercó con una sonrisa y alzando un dedo.
– ¡Ya sé tu secreto, Nelson!
Aquello asustó al viejo.
– ¿De qué estás hablando? -le preguntó, muy serio.
– Esta tarde vas a dejarnos tirados para irte a jugar al golf.
Elder respiró y sonrió.
– ¿Cómo te has enterado?
– Yo me entero de todo lo que pasa por aquí -presumió el gerente financiero.
– De todo, no. Tengo un par de ases en la manga.
– ¿Es ahí donde guardas mis comisiones?
– Tú sigue consiguiéndonos buenos rendimientos y en un par de años podrás comprarte una isla. ¿Quieres desayunar conmigo?
– No puedo. Reunión de presupuestos. ¿Con quién vas a jugar?
– Es un rollo de esos humanitarios que hacen en el Wynn. Ni siquiera sé quién está en mi equipo. -Bueno, que te diviertas. Te lo mereces.
Elder le guiñó un ojo.
– En eso te doy la razón. Me lo merezco.
Nancy no podía concentrarse en los expedientes de robos de bancos. Giró la página y al rato se dio cuenta de que no se había enterado de nada, así que tuvo que volver a leerla. Tenía una cita con John Mueller esa misma mañana, y se suponía que esperaba algo así como un resumen. Cada dos por tres abría el servidor y buscaba en la red nuevos artículos sobre Will, pero solo encontraba la misma nota de agencia. Al final no pudo esperar más.
Sue Sánchez la vio en el vestíbulo y la llamó. Sue era una de las últimas personas a las que le apetecía ver, pero no podía hacer como que no la había visto.
La tensión era patente en su cara. Tenía un tic en el borde del ojo izquierdo y le temblaba la voz.
– Nancy -dijo, se acercó tanto que hizo que se sintiera incómoda-, ¿ha intentado ponerse en contacto contigo?
Nancy se aseguró de que la cremallera del bolso estaba cerrada.
– Ya me lo preguntaste anoche. La respuesta sigue siendo no.
– Tengo que preguntártelo. Era tu compañero. Los compañeros intiman. -Esa afirmación consiguió que Nancy se pusiera nerviosa, y Sue se dio cuenta y se retractó-: No me refiero a ese tipo de intimidad. Hablo de complicidad, de amistad.
– No me ha llamado ni me ha enviado ningún correo. Además, de haberlo hecho ya lo sabrías -soltó casi sin querer.
– ¡No tengo autorización para pincharos la línea ni a él ni a ti! -insistió Sue-. Si pincháramos los teléfonos, lo sabría. ¡Soy su jefa!
– Sue, sé mucho menos que tú de todo lo que está pasando, pero ¿de verdad te sorprendería que alguna otra de las agencias tuviera la sartén por el mango?
Sue parecía ofendida y a la defensiva.
– No sé de qué estás hablando. -Nancy se encogió de hombros y Sue recobró la compostura-. ¿Adónde vas?
– Al autoservicio. ¿Te traigo algo? -Se encaminaba hacia el ascensor.
– No. No necesito nada. -No parecía muy convencida.
Nancy caminó cinco manzanas antes de meter la mano en el bolso para coger el teléfono de prepago. Miró por última vez alrededor por si veía alguna placa y tecleó el número.
Respondió al segundo tono.
– Tacos Joe.
– Qué apetitoso -dijo ella.
– Me alegro de que hayas llamado. -Parecía que estuviera hecho polvo-. Empezaba a sentirme solo.
– ¿Dónde estás?
– En algún sitio más plano que una tabla de planchar.
– ¿Podrías ser más específico?
– La señal decía Indiana.
– No lo habrás hecho todo de un tirón, ¿verdad?
– Creo que sí.
– ¡Pero tienes que dormir!
– Aja.
– ¿Cuándo?
– Mientras hablamos, estoy buscando un sitio. ¿Has hablado con Laura?
– Primero quería saber cómo estabas tú.
– Dile que estoy bien. Dile que no se preocupe.
– Se va a preocupar. Yo estoy preocupada.
– ¿Cómo van las cosas por la oficina?
– Sue tiene un aspecto horrible. Todos están a puerta cerrada.
– En la radio han hablado de mí durante toda la noche. Están haciendo la bola más grande.
– Si han montado todo un operativo por ti, ¿qué estarán haciendo con Shackleton?
– Supongo que las posibilidades de que lo encuentre descansando en el porche no son muchas.
– Y entonces, ¿qué?
– Tendré que poner en práctica mis años de habilidades y recursos.
– ¿Y eso qué significa?
– Significa que tendré que improvisar. -Se quedó callado y después dijo-: ¿Sabes qué? He estado pensando.
– ¿En qué?
– En ti.
– ¿Qué pasa conmigo?
Siguió otra larga pausa y el silbido de un adolescente que pasó pedaleando.
– Creo que estoy enamorado de ti.
Nancy cerró los ojos. Cuando los abrió, seguía en la parte baja de Manhattan.
– Vamos, Will. ¿Por qué me dices algo así? ¿La falta de sueño?
– No. Lo digo en serio.
– Por favor, encuentra un motel y duerme.
– ¿Eso es todo lo que tienes que decirme?
– No. Creo que puede que yo también lo esté.
Greg Davis estaba esperando a que el agua de la tetera rompiera a hervir. Solo llevaba año y medio con Laura Piper y estaban afrontando su primera crisis significativa como pareja. Quería estar a la altura de las circunstancias, ser un buen tipo y un hombro en el que apoyarse, y en su familia cuando había que enfrentarse a una crisis lo hacían con una buena taza de té.
El apartamento donde vivían era minúsculo, apenas había luz y no tenía vistas, pero preferían vivir en un cuchitril en Georgetown que en un sitio más bonito en un barrio residencial sin vida. Al final, Laura había conseguido dormirse a las dos de la madrugada, pero en cuanto se despertó, puso la tele, vio que en la banda informativa inferior de la pantalla decían que su padre continuaba prófugo, y volvió a echarse a llorar.
– ¿Quieres té normal o una infusión? -gritó Greg.
La oía sollozar.
– Infusión.
Le llevó una taza y se sentó en la cama, junto a ella.
– He intentado llamarle otra vez -dijo con voz débil.
– ¿A casa y al móvil?
– Buzón de voz. -Greg estaba todavía en calzoncillos-. Se te va a hacer tarde -le dijo.
– Voy a llamar y a decir que no voy.
– ¿Por qué?
– Para estar contigo. No voy a dejarte sola.
Laura le abrazó y le mojó el hombro con sus lágrimas.
– ¿Por qué te portas tan bien conmigo?
– ¿A qué viene esa pregunta?
El teléfono móvil de Greg empezó a vibrar y a moverse sobre
la mesilla de noche. Se abalanzó sobre él antes de que cayera al suelo. Leyó: número desconocido.
– ¿Diga?
– Greg, soy Nancy Lipinski. Nos conocimos en el apartamento de Will.
– ¡Dios santo, Nancy! ¡Hola! -Le susurró a Laura-: Es la compañera de tu padre. -Ella saltó a su lado a la velocidad del rayo-. ¿Cómo has conseguido mi número de teléfono?
– Greg, trabajo para el FBI.
– Sí, ya lo veo. ¿Llamas por lo de Will?
– Sí. ¿Está Laura contigo?
– Sí, está aquí. ¿Por qué me llamas a mí?
– Puede que hayan pinchado los teléfonos de Laura.
– Cielos, ¿qué es lo que ha hecho Will?
– ¿Estoy hablando con el novio de su hija o con un periodista? -preguntó Nancy.
Greg dudó un momento, luego miró los suplicantes ojos de Laura.
– Con el novio.
– Tiene un problema muy gordo, pero no ha hecho nada malo. Estábamos a punto de llegar a algo y él no está dispuesto a dar marcha atrás. Necesito que me prometas que esto seguirá siendo confidencial.
– Está bien -convino él-. No constará en acta.
– Pásame a Laura. Will quiere que sepa que está bien.
La agente inmobiliaria era una rubia platino que estaba entrando en la edad del bótox. Hablaba por los codos y enseguida hizo buenas migas con Kerry. Mientras ellas iban dándole que te pego en la parte de delante del lujoso coche, Mark estaba anestesiado en el asiento trasero, con su maletín entre las piernas.
Era consciente de que hablaban, de que se cruzaban con coches, gente y tiendas en el bulevar Santa Mónica, de que en aquel turismo se estaba fresco, de que hacía sol y calor tras los cristales tintados, de que había dos perfumes en colisión dentro del coche y de que notaba un regusto metálico en la boca y un dolor punzante bajo los ojos, pero cada una de estas sensaciones existían en una dimensión propia. Mark no era más que una serie de sensores sin conexión. Su mente no era capaz de procesar la información e integrarla. Estaba en cualquier otra parte menos allí. Estaba perdido.
El chillido de Kerry penetró el velo.
– ¡Mark! ¡Gina te está haciendo una pregunta!
– Perdón. ¿Qué?
– Te preguntaba que para cuándo la queréis.
– Pronto -dijo él en voz baja-. Cuanto antes.
– ¡Genial! Usaremos eso como motor de compra. ¿Y decías que querías cerrar la operación al contado?
– Eso es.
– ¡O sea que lo tenéis clarísimo! -dijo la agente con entusiasmo-. Cuando viene gente de fuera, lo único que quieren ver es Beverly Hills, Bel Air o Brentwood, las tres bes, pero vosotros sois listos y decididos. ¿Sabíais que con esa actitud agresiva las colinas de Hollywood son el único valor de lujo en Los Ángeles con la horquilla de precios que me habéis dicho? ¡Vamos a pasar una tarde total!
Mark no contestó, así que las mujeres retomaron su conversación y lo dejaron en paz. Cuando el coche comenzó su ascenso por la cordillera sintió la presión del asiento en su espalda. Al cerrar los ojos se encontraba ya en la parte de atrás del coche de su padre, en dirección a White Mountains, a la cabaña que alquilaban en Pinkham Notch. Sus padres mantenían una aburrida charla sobre esto y lo de más allá y él estaba en su mundo, con los números bailando en su cabeza, intentando hacer de ellos un principio de teorema. Cuando el teorema afloraba y su mente comenzaba a iluminarse con el «Demostrado», le invadía una ola de alegría que anhelaba poder recuperar en este momento.
El Mercedes caracoleaba en carreteras estrechas y sinuosas y entre casas ocultas tras verjas y setos. Se detuvo detrás de una de esas omnipresentes camionetas de arreglo de jardines que habían adelantado, y cuando Mark abrió la puerta le llegó la onda expansiva del calor infernal y el rugido de un soplador de hojas. Kerry salió disparada hacia la verja; en la mano llevaba una hoja con un listado. Parecía una niña que va a jugar a la comba.
– ¡Qué mona es! -dijo la agente inmobiliaria-. Chicos, más vale que os lo toméis con calma. ¡Tenemos un montón de citas programadas!
El motor de Frazier se alimentaba de café y adrenalina, y si podía persuadir a alguien del equipo médico para que le diera anfetaminas también las metía en el saco. Las instalaciones estaban ahora en modo «día normal», llenas hasta arriba de empleados que hacían su trabajo técnico habitual. Por otra parte, él tenía entre manos algo irregular y sin precedentes: conjugaba una investigación interna y tres operativos con la consulta constante de los masters que había hecho en Washington.
Uno de los operativos estaba en Nueva York, encargándose de lo de Will Piper; el segundo, en Los Ángeles, en modo «por si las moscas», por si acaso Mark Shackleton se materializaba en California; el tercero, en Las Vegas, trabajando en el asunto de Nelson Elder. Todos sus hombres habían sido antes militares. Algunos habían servido en los grupos de entrenamiento de la CÍA en Oriente Próximo. Eran eficientes hijos de puta que actuaban con frialdad a pesar del pánico impotente del Pentágono.
Ya no le tenía tanta manía a Rebecca Rosenberg, a pesar de que sus hábitos alimentarios le daban asco, eran un reflejo de su falta de disciplina personal. La observaba tragar turrón y caramelo toda la noche, y le parecía que la veía convertirse en una bola delante de sus ojos. Su papelera siempre estaba llena de envolturas y además Rebecca era fea como un demonio, pero estaba llegando a la conclusión, con reticente admiración, que no era sólo una cretina, sino que se había ganado el derecho de ser una cretina muy molesta: había penetrado en las defensas de Shackleton poco a poco y lo había puesto completamente al descubierto.
– Mira esto -dijo ella cuando pasó por allí-. Más cosas sobre Peter Benedict. Tenía una línea de crédito con ese nombre en el casino Constellation, y también hay una tarjeta Visa a nombre de Peter Benedict. La usó poco, pero había unas cuantas transacciones con la Asociación de Escritores de América. Para registrar guiones o algo así.
– Dios santo, un puto escritor. ¿Puedes entablar contacto con ellos?
– ¿Te refieres a que entre en su sistema? Sí, probablemente. Pero hay más.
– Suéltalo.
– Hace un mes abrió una cuenta en las islas Caimán. Empezó con una transferencia de cinco millones de dólares de Nelson G. Elder.
– Joder. -Tenía que llamar a DeCorso, el jefe del equipo de Las Vegas.
– Probablemente sea el mejor programador que hemos tenido nunca -dijo maravillada-. Un lobo vigilando corderos. -¿Cómo haría para sacar la información al exterior?
– Todavía no lo sé.
– Vamos a tener que pasar por la pantalla a todos los empleados -dijo él-. En plan forense.
– Lo sé.
– Tú incluida. Rosenberg le lanzó una mirada de «no me jodas» y le dio un dólar.
– Anda, sé bueno y tráeme otra chocolatina.
– Después de que llame al maldito secretario.
Harris Lester, secretario de la Marina, tenía una oficina presidencial en las profundidades del Pentágono, en el anillo C, lo más lejos del aire fresco que podía hallarse cualquier espacio interior del complejo. Su camino hacia el altar de la política era de lo más típico: servicio en la Marina en Vietnam, años en el equipo de gobierno de Maryland, congresista durante tres legislaturas, vicepresidente de la división de sistemas de la Northrop Grumman, la empresa de sistemas de inteligencia, vigilancia y reconocimiento que ejecuta las misiones del Departamento de Defensa y, finalmente, hacía un año y medio, citación del recién elegido presidente para ser secretario de la Marina.
Era un burócrata preciso y con aversión al riesgo, odiaba las sorpresas tanto en lo personal como en lo profesional, así que su reacción ante la reunión para la que le citaba su jefe, el secretario de Defensa, en Área 51, estuvo a medio camino entre la conmoción y la irritación.
– ¿Qué es esto, algún tipo de iniciación en una hermandad, señor secretario?
– ¿Tengo pinta de ser un maldito hermano mayor? -ladró el secretario de Defensa-. Esto es un lío de los gordos, y por tradición le compete a la Marina, así que te compete a ti, y que Dios te ayude si bajo tu mando se produce alguna filtración.
La camisa de Lester estaba tan almidonada que cuando se sentó ante su escritorio crujió. Se alisó la corbata de rayas negras y plateadas y se pasó la mano por lo que le quedaba de pelo para que todos los mechones estuvieran en la misma dirección; luego se puso sus gafas de leer sin montura. Su secretaria le llamó por el intercomunicador antes de que le diera tiempo a abrir la primera carpeta.
– Malcolm Frazier le llama desde Groom Lake, señor secretario. ¿Se lo paso?
Casi sentía el ácido chorreando en su estómago. Esas llamadas lo estaban matando, pero no podía delegarlas. Ese asunto le competía, debía tomar decisiones. Le echó un vistazo al reloj: ahí fuera estaban ya en mitad de la noche. El momento perfecto para las pesadillas.
El Mercedes llegó a su cita ya bien entrada la tarde. Aparcaron en una entrada semicircular de una propiedad de estilo mediterráneo.
– ¡Yo creo que os vais a quedar con esta! -exclamó la agente, con una energía sin límites-. He guardado lo mejor para el final.
Kerry estaba aturdida pero contenta. Se retocó el pelo mirándose en el espejo de la polvera y dijo con aire soñador:
– Me encantan todas.
Mark arrastró sus pies tras ellas. Les esperaba un agente de ventas con pinta de remilgado que señalaba su reloj de pulsera a modo de amonestación.
Esto le recordó a Mark que tenía que mirar el suyo.
Nelson Elder estaba haciendo el recorrido con el subdirector de marketing de la organización Wynn, el jefe de bomberos de la ciudad y el director de una compañía local de aparatos médicos. No se le daba mal el golf, tenía un hándicap de catorce golpes, pero ese partido le iba fenomenal y se sentía eufórico. Había presentado una tarjeta de cuarenta y un golpes, el mejor nueve que había hecho en años.
Los recién regados caminos de hierba bermuda lucían el color de las esmeraldas húmedas ante el marrón del desierto. En los greens de hierba agrostis, la bola rodaba que daba gusto, así que, Dios mediante, era imposible hacerlo mal. Aunque había agua en abundancia en el recorrido, él estaba consiguiendo mantener la bola seca y recta. El sol danzaba repelido por la superficie vidriada del hotel Wynn, que se alzaba sobre el club de campo, y mientras descansaba en el carrito, bebiendo té helado y escuchando el fluir de un riachuelo artificial, Elder se sintió más satisfecho y tranquilo de lo que había estado desde hacía mucho tiempo.
A Kerry aquella mansión mediterránea de Hollyridge Drive la estaba volviendo loca. Corría de una gloriosa habitación a otra -cocina de diseño, salón a un nivel más bajo, comedor para banquetes de sociedad, biblioteca, sala de audiovisuales, bodega, un dormitorio principal gigantesco acompañado de otros tres dormitorios- gritando: «¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios!», mientras la de la agencia la seguía, zalamera: «¡Te lo había dicho! Está todo reformado. Fíjate en los acabados».
Mark no tenía estómago para tanto. Se dirigió hacia el patio bajo la mirada suspicaz del agente de ventas y se sentó junto a las espumosas aguas de la piscina con cubierta automática. El patio estaba flanqueado de gayubas y los colibríes, se posaban en sus delicadas flores celestes. A sus pies se extendía el inmenso cañón, la cuadrícula de las calles era imperceptible a la luz vespertina.
Por encima de su hombro, sobre la línea superior del tejado, en lo más alto de un risco distante, se veían las letras de HOLLYWOOD. Eso era lo que él quería, se dijo con pesar, lo que soñaba que haría cuando fuese escritor, sentarse junto a la piscina, en las colinas, bajo aquel letrero. Pero ahora pensaba que aquello no duraría más de cinco minutos.
Kerry cruzó corriendo el umbral de las puertas francesas y casi llora con las vistas.
– Mark, esta casa me encanta. ¡Me encanta, me encanta, me encanta!
– Le encanta -añadió la agente de compra, que venía detrás de ella.
– ¿Cuánto? -preguntó Mark, imperturbable.
– Piden tres cuatrocientos, y creo que es un buen precio. Por lo menos se han gastado un millón y medio en remodelaciones…
– Nos la quedamos. -Se le veía impasible.
– ¡Mark! -gritó Kerry. Le echó los brazos al cuello y le plantó un montón de besos.
– Bien, con esto haces inmensamente felices a dos mujeres -dijo la ambiciosa agente inmobiliaria-. Kerry me ha contado que eres escritor. ¡Pues diría que vas a escribir un montón de guiones magníficos sentado junto a esta preciosa piscina! ¡Voy a remitir vuestra oferta y esta noche os llamo al hotel!
Kerry estaba tomando fotos con el teléfono móvil. Mark no cayó en ello de inmediato, pero cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo se levantó de un salto y le arrebató el teléfono de las manos.
– ¿Has hecho más fotos antes?
– ¡No! ¿Por qué?
– ¿Acabas de encender el teléfono?
– Sí. ¿Qué problema hay?
Mark lo apagó.
– Te queda poca batería y el mío ya no tiene. Intento ahorrar por si acaso necesitamos hacer alguna llamada -dijo mientras se lo devolvía.
– Vale, tonto. -Le miró con cara de reproche, como si dijera: «No vuelvas a ponerte raro»-. ¡Ven conmigo a verla por dentro! ¡Estoy tan contenta!
Frazier estaba dormitando sobre su escritorio cuando uno de sus hombres le dio un golpecito en el hombro. Se despertó con un hondo ronquido.
– Ha llegado señal desde el teléfono de Hightower. Fue muy rápida, encender y apagar.
– ¿Dónde están?
– Zona este de Hollywood Hills. Frazier se pasó la mano por su mejilla sin afeitar. -Muy bien, eso ha sido un golpe de suerte. Tal vez haya otro. ¿En qué situación está DeCorso?
– En posición y esperando autorización.
Frazier volvió a cerrar los ojos.
– Despiértame cuando llamen del Pentágono.
Elder estaba ensayando su primer golpe en el hoyo dieciocho. Como telón de fondo del green había una cascada con una caída de once metros, una forma espléndida de acabar el partido.
– ¿Qué opinas tú? -preguntó al ejecutivo de Wynn-. ¿Un driver?
– Sí, sí, deja jugar también a los grandes. Llevas todo el día machacándonos.
– ¿Sabes? Si cierro este con par, será el mejor partido que haya jugado nunca.
Al oír esto, el jefe de bomberos y el subdirector se acercaron un poco más para ver la trayectoria de la bola.
– ¡Por el amor de Dios! ¡No lo estropees ahora! -gritó el tipo de Wynn.
El movimiento del palo en el swing fue lento y perfecto, y cuando el arco alcanzó su punto álgido -justo un momento antes de que una bala atravesara el cráneo de Elder y salpicara al cuarteto con sangre y trozos de cerebro-, pensó que la vida era demasiado bonita.
DeCorso confirmó el asesinato a través de la mira telescópica de su fusil de francotirador, desmontó el arma eficientemente, la tiró dentro de una bolsa para trajes y salió de aquella habitación en la planta undécima de un hotel con magníficas vistas al inmaculado campo de golf.
Cuando volvieron a la suite del hotel, Kerry quería hacer el amor, pero él no se veía en condiciones de poder hacerlo. Declinó la oferta, echándole la culpa al sol, y se escabulló hasta la ducha. Ella, demasiado excitada para parar de hablar, siguió con el parloteo a través de la puerta, en tanto que Mark dejaba que la potente ducha ahogara el sonido de sus sollozos.
La agente inmobiliaria le había dicho a Kerry que el Cut, el restaurante del hotel, estaba de muerte, un comentario que a él le hizo estremecerse. Le suplicó que la llevara a cenar allí, y cualquier cosa que ella pidiera, él estaba dispuesto a dársela, aunque lo que deseaba con toda su alma era quedarse escondido en su habitación.
Estaba despampanante con su vestido rojo, así que cuando entraron en el local, la gente se giró para ver si se trataba de alguna famosa. Mark llevaba consigo su maletín, por lo que todas las apuestas se decantaban por una actriz que se reunía con su agente o su abogado. Estaba claro que ese tipo tan flacucho era demasiado feo para ser su pareja, a no ser, claro está, que estuviera podrido de dinero.
Se sentaron a una mesa junto a una ventana, bajo un enorme tragaluz; a la hora del postre la luz de la luna inundaría la sala.
Ella solo quería hablar de la casa. Era un sueño hecho realidad; no, mucho más que eso, porque, según exclamó, nunca había soñado que un sitio como aquel pudiera existir. Se elevaba tanto en las alturas que daba la sensación de que uno estaba en una nave espacial, como el ovni que ella había visto cuando era pequeña. Parecía una niña con tantas preguntas… cuándo dejaría el trabajo, cuándo se mudarían, qué clase de muebles comprarían, cuándo podría empezar las clases de interpretación, cuándo se pondría él a escribir. Mark se encogía de hombros o respondía con monosílabos y miraba por la ventana, y ella volaba hasta el siguiente pensamiento.
De repente Kerry paró de hablar, y eso hizo que Mark alzara la vista.
– ¿Por qué estás tan triste? -le preguntó.
– No estoy triste.
– Sí lo estás.
– No, no lo estoy.
No pareció convencerla, pero lo dejó pasar y dijo:
– Bueno, pues yo estoy contenta. Este es el mejor día de toda mi vida. Si no te hubiera conocido, ahora estaría… bueno, ¡aquí desde luego no! Gracias, Mark Shackleton. -Le lanzó un besito de gata que lo atravesó todo hasta hacerle sonreír-. Eso está mejor -ronroneó.
El teléfono de Kerry sonó dentro de su bolso.
– ¡Tu teléfono! -dijo Mark-. ¿Por qué está encendido?
Su expresión de pánico consiguió asustarla.
– Gina tenía que poder llamarnos en caso de que aceptaran nuestra oferta. -Revolvió el interior del bolso hasta que dio con él-. ¡Seguro que es ella!
– ¿Desde cuándo está encendido? -preguntó Mark en tono quejumbroso.
– No lo sé. Un par de horas. No te preocupes, va bien de batería. -Apretó el botón de aceptar-. ¿Diga? -Su cara fue de decepción y desconcierto-. ¡Es para ti! -dijo pasándole el teléfono.
Mark respiró hondo y se lo pegó al oído. Era una voz masculina, autoritaria, cruel.
– Escúcheme, Shackleton. Soy Malcolm Frazier. Quiero que salga del restaurante, que vuelva a su habitación y espere a que los vigilantes le recojan. Estoy seguro de que ha revisado la base de datos. Hoy no es su día. Hoy era el día de Nelson Elder y ya no está entre nosotros. Hoy es el día de Kerry Hightower. No es su día. Pero eso no significa que no podamos hacerle mucho daño y que desee que sí lo fuera. Necesitamos averiguar cómo consiguió hacerlo. Esto no tiene por qué ser difícil si usted no quiere.
– Ella no sabe nada -dijo Mark con un susurro suplicante mientras se giraba a un lado.
– Da igual lo que diga. Hoy es el día de ella. Así que levántese y váyase ahora mismo. ¿Me ha entendido?
Su corazón latió varias veces sin que él contestara.
– ¿Shackleton?
Apagó el teléfono y retiró su silla de la mesa.
– ¿Pasa algo? -preguntó Kerry.
– No es nada. -Tenía la respiración desbocada y la cara desencajada.
– ¿Es por lo de tu tía?
– Sí. Tengo que ir al cuarto de baño. Enseguida vuelvo. -Luchó por mantener la compostura. Era incapaz de mirarla a la cara.
– Mi pobre chiquitín -dijo ella en tono tranquilizador-. Me preocupas. Yo quiero que seas tan feliz como yo. Anda, ve y vuelve corriendo junto a tu muñequita Kerry, ¿vale?
Mark recogió su maletín y se marchó -un hombre rumbo al matadero-, dando pasitos pequeños, con la cabeza gacha. En cuanto llegó al vestíbulo, oyó el sonido de los cristales al romperse seguido de dos desesperantes segundos de silencio, y luego desgarradores chillidos de mujer y ensordecedores gritos de hombre.
El restaurante y el vestíbulo eran una barahúnda de cuerpos corriendo, gateando, empujándose unos a otros. Mark siguió caminando como un zombi hacia la entrada del Wilshire, donde había un coche junto a la acera, esperando al mozo del hotel. El aparcacoches quería ver qué pasaba en el vestíbulo y se dirigió hacia las puertas giratorias.
Sin pensarlo siquiera, Mark se coló en el asiento del conductor, arrancó y se adentró en la cálida noche de Beverly Hills, intentando ver a través de sus lágrimas.
31 de julio de 2009,
Los Ángeles
Marilyn Monroe había estado allí, y Liz Taylor, Fred Astaire, Jack Nicholson, Nicole Kidman, Brad Pitt, Johnny Depp y otros más que había olvidado porque no estaba prestando demasiada atención a lo que decía el botones, que podía ver en su cara que quería estar solo y que se fuera cuanto antes sin hacerle la visita guiada de costumbre.
Al botones le pareció que aquel hombre.estaba confuso y bastante inquieto. Su único equipaje era un maletín. Pero allí llegaban todos los días toda clase de drogatas ricos y de excéntricos; además, aquel tipo medio tartamudo había sacado un billete de cien de un fajo y se lo había dado como propina, así que para él todo era perfecto.
Mark se despertó desorientado tras un profundo sueño, pero a pesar de los fuegos artificiales que tenía en la cabeza volvió a la realidad rápidamente y cerró los ojos de nuevo con desazón. Era consciente de varios sonidos: el silencioso ronroneo del aire acondicionado, el piar de un pájaro tras la ventana y el roce de su pelo entre las sábanas de algodón y su oreja. Sintió la ráfaga de aire que enviaba el ventilador del techo. Tenía la boca sequísima, como si no hubiera ni una sola molécula de humedad para lubricarle la lengua.
Era el tipo de suite que agasaja a sus huéspedes con botellas gigantes del mejor licor. Sobre el escritorio había una botella de vodka medio vacía, una medicina fuerte y eficaz para los problemas de memoria. Había bebido un vaso tras otro hasta que dejó de recordar. Al parecer se había quitado la ropa y había apagado las luces; algún reflejo de los más básicos debió de quedar intacto.
La luz que se filtraba a través de la puerta del salón transmitía algo de color a la decoración pastel. Diferentes tonos de albaricoque, malva y verde salvia. A Kerry le habría encantado, pensó hundiendo la cara en la almohada.
Había recorrido con el coche unas cuantas manzanas cuando decidió que estaba demasiado cansado para conducir. Se detuvo, aparcó en un tramo residencial y tranquilo de North Crescent, salió del coche y deambuló a la deriva sin ningún plan. Estaba demasiado aturdido para darse cuenta de que en Beverly Hills llamaba más la atención andando que conduciendo un BMW robado. Pasó un tiempo indeterminado. Se sorprendió mirando unas letras blancas en tres dimensiones que sobresalían de un letrero verde limón.
Hotel Beverly Hills.
Alzó la vista y vio un edificio que parecía una chuchería de color rosa tras un frondoso jardín. Y enfiló el camino de entrada, llegó hasta la recepción, preguntó qué habitaciones había libres, eligió la más cara, un bungalow con mucha historia, y pagó con un puñado de billetes.
Salió de la cama a trompicones; demasiado deshidratado para orinar, se bebió una botella de agua de un tirón y luego volvió a sentarse en la cama para pensar. Su cerebro informático estaba recalentado y pastoso. No estaba acostumbrado a que le costara resolver un problema mental. Aquel era un análisis de decisión arbóreo: cada acción tenía posibles resultados, cada resultado daría lugar a nuevas posibles acciones.
¿Por qué le resultaba tan difícil? «¡Concéntrate!»
Recorrió la horquilla de posibilidades entre escapar y ocultarse, vivir de lo que le quedaba en efectivo hasta que se quedara sin nada, darse por vencido y entregarse a Frazier inmediatamente. Hoy no era su día, ni tampoco mañana: no estaba en la lista, así que sabía que ni se lo iban a cargar ni se le iba a ir tanto la cabeza como para suicidarse. Pero eso no significaba que Frazier no cumpliera su amenaza de hacerle daño, y en el mejor de los casos se pasaría el resto de su vida encerrado en un agujero oscuro y solitario.
Se puso a llorar de nuevo. ¿Lloraba por Kerry o por haberla fastidiado de una manera tan miserable? ¿Por qué no se había contentado con las cosas tal como estaban antes? Se llevó las manos a sus palpitantes sienes y comenzó a mecerse. Su vida tampoco había sido tan mala, ¿no? ¿Qué le hacía creer que necesitaba dinero y fama? Ahí estaba él, en un templo de dinero y fama, el mejor bungalow del hotel Beverly Hills, y qué carajo importaba: no eran más que un par de habitaciones con varios electrodomésticos. Todas esas cosas ya las tenía. Mark Shackleton no era un mal tipo. Era un hombre con mesura. Había sido ese mamón de Peter Benedict, ese trepa codicioso, el que le había metido en problemas. «Es a él a quien tienen que castigar, no a mí», pensaba Mark, caminando pasito a pasito hacia la locura.
De repente encendió la televisión. En un intervalo de cinco minutos fue el protagonista de tres noticias.
Un francotirador había asesinado a un ejecutivo de una compañía de seguros en un campo de golf de Las Vegas.
Will Piper, el agente del FBI a cargo de la investigación del caso Juicio Final, seguía fugitivo de la justicia.
En las noticias locales, un agresor sin identificar que aún andaba suelto le había disparado un tiro en la cabeza a uno de los comensales de un restaurante de Wolfgang Puck a través de la ventana.
De nuevo se puso a gimotear ante la visión del cuerpo de Kerry, que apenas llenaba la bolsa del médico forense.
Era consciente de que no podía dejarse atrapar por Frazier. Ese hombre con ojos de muerte le aterraba. Siempre le habían dado miedo los vigilantes. Y eso era cuando no sabía que asesinaban a sangre fría sin que les temblara el pulso.
Entonces decidió que solo había una persona en el mundo que podía ayudarle.
Necesitaba encontrar una cabina de teléfonos.
Esa tarea casi acaba con él, porque en el Beverly Hills del siglo XXI no hay teléfonos públicos y él iba a pie. Seguramente el hotel tenía uno, pero necesitaba encontrar un lugar que no les condujera directamente hasta su puerta.
Caminó casi durante una hora, empapado en sudor, hasta que por fin encontró uno en una tienda de bocadillos de North Beverly. Era la hora entre el desayuno y el almuerzo, así que no había demasiada gente. Le dio la sensación de que los pocos clientes que había le observaban, pero solo eran imaginaciones suyas. Se escurrió desde la sosa entrada hasta donde estaban los servicios y la puerta trasera. En el hotel había pedido cambio para un billete de veinte, así que, armado con un bolsillo lleno de monedas, llamó al primer número. Le salió el buzón de voz. Colgó sin dejar mensaje.
Tras eso, el segundo. De nuevo el buzón de voz.
Finalmente el último número. Contuvo la respiración.
Al segundo tono contestó una mujer.
– ¿Laura Piper? -preguntó Mark.
– Sí. ¿Quién es? -Su aprensión era notoria.
– Me llamo Mark Shackleton. Soy el hombre al que busca tu padre.
– ¡Dios mío, el asesino!
– ¡No! ¡Por favor, no soy un asesino! Tienes que decirle que yo no he matado a nadie.
Nancy llevaba a John Mueller a Brooklyn para una entrevista con uno de los directores de banco afectados por la última ola de robos en el distrito. Había una vigilancia apabullante e indicios testimoniales que señalaban que en los cinco robos estaban implicados dos hombres de Oriente Próximo, y el Grupo de Expertos en Terrorismo estaba encima de la División de Crímenes Mayores para ver si el caso tomaba una perspectiva terrorista.
A Nancy le molestaban esas elucubraciones, pero a su compañero no le incomodaban en absoluto.
– No hay que tomarse estos casos a la ligera -le dijo-. Aprende esta lección cuanto antes. Estamos ante una guerra global de terror y me parece de lo más apropiado tratar a estos criminales como terroristas hasta que se demuestre lo contrario.
– Solo son ladrones de banco que casualmente parecen musulmanes. Nada indica que tengan motivos ideológicos -insistió ella.
– Equivócate una vez y te mancharás las manos con la sangre de miles de americanos. Si yo hubiera estado en el caso Juicio Final, también habría ido tras la pista del terrorismo.
– No había ninguna conexión con el terrorismo, John.
– Eso tú no lo sabes. A no ser que me haya perdido algo, el caso no está cerrado. ¿O sí?
Nancy apretó los dientes.
– No, John, no está cerrado.
Aún no había sacado el tema y esa era su forma de hacerlo.
– De todos modos, ¿qué demonios está haciendo Will?
– Creo que piensa que está haciendo su trabajo.
– Siempre hay una forma de hacer las cosas bien y muchas de hacerlo mal, y Will siempre da con una de las equivocadas -dijo con soberbia-. Me alegro de estar aquí y de poder guiar de nuevo tu instrucción por el buen camino.
Cuando John no miraba, ella ponía los ojos en blanco. Estaba nerviosa, y él estaba consiguiendo que la cosa fuera a peor. El día había comenzado con la turbadora historia en las noticias del asesinato de Nelson Elder a manos de un francotirador, seguramente pura coincidencia, pero no tenía potestad para comprobarlo, estaba fuera del caso.
Tal vez Will había oído la noticia en la radio del coche o en la televisión del motel; en cualquier caso, no quería llamarle y arriesgarse a despertarle en una de sus pausas para descansar. Tendría que esperar a que la llamara él.
Justo cuando se disponía a entrar en la zona de aparcamiento de Flatbush sonó su teléfono de prepago. Se deshizo del cinturón de seguridad con rapidez, salió a trompicones del todo terreno y se fue lo suficientemente lejos del radio de escucha de Mueller.
– ¡Will!
– Soy Laura. -Parecía inquieta.
– ¡Laura! ¿Qué pasa?
– Acaba de llamarme Mark Shackleton. Quiere ver a papá.
Will estaba en plena ascensión, y le estaba sentando bien porque era una sensación diferente. Estaba hasta el gorro de luchar contra la hipnosis de la llanura, y la pendiente de la interestatal 40 a través de las montañas Sandia le levantaba el ánimo. En Plainfield, Indiana, había pasado seis horas en un motel, pero de eso hacía ya dieciocho horas. Si no se daba otro respiro, pronto se le caería la cabeza hacia delante y se estrellaría.
Cuando parase, llamaría a Nancy. Había oído lo del asesinato de Elder en la radio y quería comprobar si ella sabía algo. Eso le estaba volviendo loco, pero había un buen montón de cosas que lo perturbaban, entre ellas su forzosa abstinencia. Estaba nervioso, e intentaba animarse poniendo voces ridículas:
– A ver si va a resultar que tienes un problema con la bebida, Willy.
»Que te den, tío, el único problema que tengo es que todavía no he bebido.
»Ahí acaba mi alegato.
»Pues coge tu alegato y métetelo por el culo.
Y también le preocupaba lo que le había dicho a Nancy el día anterior, el asunto ese del amor. ¿Lo había dicho en serio? ¿Habían sido el cansancio y la soledad los que habían hablado? ¿Y Nancy? ¿Lo había dicho en serio? Ahora que se había decidido a destapar la palabra amor iba a tener que lidiar con ella.
Y tal vez más pronto que tarde. Su teléfono estaba sonando.
– Eh, me alegro de que me llames.
– ¿Dónde estás?
– En el gran estado de Nuevo México. -Al otro lado se escuchaba el sonido del tráfico-. ¿Y tú, estás en la carretera?
– En Broadway. Tráfico de viernes. Tengo algo que decirte, Will.
– ¿Es por lo de Nelson Elder, verdad? Lo oí en las noticias. Me está volviendo majareta.
– Ha llamado a Laura.
Will estaba confundido.
– ¿Quién la ha llamado? -Mark Shackleton.
La línea quedó muda.
– ¿Will?
– ¿Que ese hijo de puta ha llamado a mi hija? -Estaba furioso.
– Dijo que lo había intentado con tus otros números de teléfono y que la única forma de contactar era Laura. Quiere verte.
– Puede entregarse a las autoridades donde quiera.
– Tiene miedo. Dice que eres el único en quien puede confiar.
– Ya estoy a menos de mil kilómetros de Las Vegas. Puede confiar en que voy a cargármelo por haber llamado a Laura.
– No está en Las Vegas. Está en Los Ángeles.
– Cielos, quinientos kilómetros más. ¿Qué más ha dicho?
– Que no ha matado a nadie.
– Increíble. ¿Algo más?
– Que lo siente.
– ¿Dónde puedo encontrarle?
– Quiere que vayas a una cafetería de Beverly Hills mañana a las diez. Tengo la dirección.
– ¿Estará él allí?
– Eso dijo.
– Muy bien, si sigo yendo a este ritmo y duermo ocho horitas en alguna parte, tendré tiempo suficiente para tomarme un buen café con mi viejo amigo.
– Estoy preocupada por ti.
– Pararé a descansar. Me duele un poco el culo pero estoy bien. El coche de tu abuela no lo hicieron para correr ni para estar cómodo.
Oírla reír le puso contento.
– Escucha, Nancy, lo que te dije ayer…
– Esperemos a que todo esto acabe -le interrumpió ella-. Más vale que hablemos de eso cuando estemos juntos.
– Vale -aceptó él de inmediato-. Ten el móvil cargado. Eres mi salvavidas. Dame la dirección.
Frazier no había ido a su casa desde que empezó la crisis ni había dejado que sus hombres abandonaran el centro de operaciones. No parecía que el final estuviera próximo. La presión desde Washington era intensa y reinaba la frustración. Reprochó duramente a sus hombres que habían tenido a Shackleton en sus manos y que un mierda sin instrucción había conseguido escapar de las garras de algunos de los hombres con mejor entrenamiento táctico del país. Frazier se había quedado con el culo al aire y eso no le gustaba nada.
– Aquí lo que hace falta es un gimnasio -se quejó uno de sus hombres.
– Esto no es un balneario -le soltó Frazier.
– Una pera de boxeo nos iría bien. Podríamos colgarla en una esquina -añadió otro desde su terminal.
– ¿Queréis darle puñetazos a algo? Venid aquí y probad conmigo -gruñó Frazier.
– Yo lo único que quiero es encontrar a ese capullo y marcharme a casa -dijo el primero que había hablado.
Frazier le corrigió.
– Son dos capullos: nuestro hombre y el mamón ese del FBI. Tenemos que coger a los dos.
Sonó la línea directa con el Pentágono y el que había propuesto lo de la pera de boxeo contestó al teléfono y se puso a tomar notas. Por su lenguaje corporal, Frazier adivinó que algo se estaba fraguando.
– Malcolm, tenemos algo. Las escuchas de la Agencia de Inteligencia de Defensa han captado una llamada a la hija del agente Piper.
– ¿De quién? -preguntó Frazier.
– Shackleton.
– No me jodas…
– Están bajando las coordenadas de intersección. Las tendremos en un par de minutos. Shackleton quiere verse con Piper en una cafetería de Beverly Hills mañana por la mañana.
Frazier aplaudió y gritó:
– ¡Dos pájaros de un puto tiro! Gracias, Señor. -Y comenzó a pensar-: ¿Alguna llamada saliente? ¿Cómo le ha pasado la información?
– No ha habido llamadas desde la línea de su casa ni del móvil desde que se hizo esa.
– Vale. Ella está en Georgetown, ¿verdad? Pues apuntad a todos los teléfonos públicos en un radio de tres kilómetros del lugar donde vive y comprobad las llamadas recientes a otras cabinas o a móviles de prepago. Y averiguad si tiene compañeros de piso o novio y conseguid los registros de llamadas. Quiero ver la cruz del punto de mira en la frente de Piper.
En Los Ángeles era ya media tarde y el calor empezaba a disiparse. Mark se quedó todo el día en su bungalow con el cartel de no molestar en la puerta. Ayunó, en un acto de desagravio hacia Kerry, pero al comenzar la tarde se sintió mareado y no le quedó más remedio que asaltar el surtido de aperitivos y galletas del bar. En cualquier caso -razonó-, lo que le había pasado estaba escrito, así que en realidad él no tenía la culpa, ¿o sí? Este pensamiento consiguió que se sintiera un poco mejor, así que se abrió una cerveza. Se bebió otras dos con una velocidad pasmosa y luego se pasó al vodka.
Su bungalow tenía un pequeño jardincito escondido tras aquellas paredes salmón con falsos arcos a la italiana. Se aventuró a salir con la botella, se sentó en una tumbona y la reclinó. En el aire reinaban los exóticos aromas de las flores tropicales. Dejó que le venciera el sueño, y cuando despertó el cielo estaba ya oscuro y empezaba a hacer frío. Tiritó en aquel aire nocturno y se sintió más solo que nunca.
En el desierto de Mojave la temperatura era de cuarenta y siete grados centígrados a primera hora de la mañana del sábado, así que cuando Will paró en el arcén y salió del coche para orinar, pensó que se convertiría en un caso de combustión espontánea. Rezó para que el viejo Taurus arrancara de nuevo y lo hizo. Conseguiría llegar a Beverly Hills con tiempo de sobra.
En el centro de operaciones de Área 51 Frazier veía la singladura electrónica de Will como un punto amarillo sobre un mapa de una vista tomada por satélite. La última señal de su teléfono móvil venía de una torre de Verizon, a unos ocho kilómetros de Needles, en la interestatal 40. A Frazier le gustaba limitar las variables operacionales y eliminar las sorpresas, así que la visión del ojo de halcón digital le resultaba reconfortante.
Llegar hasta el teléfono de prepago de Will fue una tarea de rastreo para principiantes. Un equipo de la Agencia de Inteligencia de Defensa de Washington (AID) estableció que el apartamento de Laura estaba alquilado por un hombre llamado Greg Davis. El viernes por la noche el teléfono de Greg Davis había recibido y hecho llamadas a un teléfono de prepago localizado en White Plains, Nueva York. Ese mismo teléfono solo había hecho y recibido llamadas de otro número desde el momento en que lo habían activado, un número que correspondía a otro teléfono de la misma compañía que estaba recorriendo Arizona en dirección oeste la noche del viernes.
Llegar hasta Nancy Lipinski, la compañera de Will en el FBI, que vivía en White Plains, fue un juego de niños. Los que hacían las escuchas de la AID pusieron ambos teléfonos bajo vigilancia y se lo dieron todo hecho a Frazier, envuelto y con un lacito, como un regalo de Navidad. Sus hombres irían a la cafetería Sal and Tony y disfrutarían de un buen desayuno mientras él se dedicaba a observar cómo el puntito amarillo de Will avanzaba hacia el oeste a ciento treinta kilómetros por hora y a contar las horas que quedaban para que terminara toda aquella tortura.
Will entró en Beverly Hills justo antes de que dieran las siete de la mañana y pasó con el coche por delante de la cafetería. El tráfico hacia North Beverly era inexistente. A esa hora toda la ciudad parecía un pueblecito somnoliento. Aparcó en una calle paralela, Canon Drive, puso la alarma de su teléfono a las nueve y media y se quedó dormido de inmediato.
Cuando apagó la alarma, la calle bullía de actividad y en el coche empezaba a hacer un calor agobiante. Su primer asunto en la lista era encontrar unos servicios públicos para las abluciones matinales. Una manzana más allá había una gasolinera. Cogió su bolsa de viaje, salió del coche y oyó un ruido, el golpe de su teléfono de prepago al chocar contra la acera. Maldijo su suerte, lo recogió y volvió a metérselo en el bolsillo de los pantalones.
En ese momento la señal de la pantalla de Will que monitorizaban en el centro de operaciones desapareció. Frazier se alarmó y despotricó hasta que se calmó.
– Todo irá bien -concluyó-. Lo tenemos donde queremos. En media hora todo esto será historia.
Sal and Tony era una cafetería muy frecuentada. Lugareños y turistas abarrotaban las mesas y los reservados. Olía a tortitas, café y sofrito, y cuando Will llegó unos minutos antes de la hora prevista el ruido de las conversaciones asaltó sus oídos.
La camarera de sala le saludó con voz grave de fumadora.
– ¿Cómo va eso, querido? ¿Estás solo?
– He quedado con alguien. -Miró alrededor-. No creo que haya llegado todavía. -Se suponía que Shackleton estaría en la puerta de atrás, junto al teléfono público, a las diez.
– Seguro que no tarda. En un par de minutos tendréis una mesa lista.
– Tengo que ir a llamar por teléfono -dijo Will. -Ya te avisaré.
Will inspeccionó la sala desde la parte trasera del restaurante, saltó mentalmente de mesa en mesa e hizo una radiografía de los clientes. Un anciano con bastón junto a su mujer… gente del lugar. Cuatro jóvenes bien vestidos… representantes. Tres mujeres fofas y pálidas con viseras de Rodeo Drive… turistas. Seis mujeres coreanas… turistas. Un padre y su hijo de seis años… visita de divorciado. Una pareja de veinteañeros resacosos y con los vaqueros destrozados… lugareños. Dos hombres de mediana edad y una mujer con camisas Verizon… trabajadores.
Y luego estaban esos cuatro de la mesa del centro de la sala que hacían que las manos le sudaran. Cuatro hombres en la treintena cortados por el mismo patrón. Pulcros, con el pelo recién cortado y en forma (le bastaba verles el cuello para saber que hacían pesas). Ponían tanto empeño en parecer despreocupados, con sus camisas holgadas y sus pantalones color caqui, que sobreactuaban hasta cuando se pasaban la mantequilla. Uno de ellos tenía una sospechosa riñonera sobre la mesa.
Ninguno miró en su dirección, así que él hizo como que no les miraba. Movió los pies y se puso a esperar junto al teléfono, manteniéndolos en su campo visual. Chicos de agencia; no sabía de cuál. Todo le decía que abortara el plan, que saliera por la puerta de atrás y siguiera su camino. Pero entonces, ¿qué? Tenía que encontrar a Shackleton, y esa era la única manera. Tendría que lidiar con los forzudos. Cada vez que respiraba, sentía el peso de la pistola contra las costillas.
Una chispa de electricidad recorrió el cuerpo de Frazier cuando Will Piper volvió a aparecer en su monitor. Uno de sus hombres llevaba un aparato de seguimiento en la riñonera, y en el monitor aparecía apoyado en una pared junto a un teléfono público.
– Muy bien, DeCorso, esto pinta bien -dijo Frazier al micrófono de su intercomunicador-. Le tengo. -Apretó la mandíbula. Quería ver al segundo objetivo en la pantalla, quería dar la señal de ataque y observar cómo sus hombres los derribaban y los empaquetaban para un envío urgente.
Will estudió sus opciones. Imitó lo mejor que pudo un paseo casual y entró en el baño de caballeros para echar un vistazo. No había ventanas. Se echó un poco de agua fría en la cara y se secó. Todavía faltaban varios minutos para las diez. Salió del baño y se dirigió hacia la puerta trasera. Quería ver si alguno de ellos hacía un movimiento y, más importante, explorar los alrededores. Había un callejón entre Beverly y Canon que comunicaba los edificios de ambas calles. Vio las puertas traseras de una librería, un autoservicio, un salón de belleza, una zapatería y un banco, todo ello a tiro de piedra. A su izquierda el callejón se abría hasta el aparcamiento de uno de los edificios comerciales de Canon Drive. Había vías peatonales que podían llevarle en dirección norte, sur, este u oeste. Se sintió un poco menos atrapado y volvió adentro.
– ¡Ahí estás! -gritó la camarera desde la entrada-.Tu mesa está lista.
La mesa para dos estaba cerca de la ventana, pero se veía el teléfono perfectamente. Eran las diez en punto. Los hombres de la mesa del medio habían pedido más café.
Al auricular de DeCorso, el jefe del grupo -rapado, espesas cejas negras y brazos gruesos e hirsutos-, llegaban las protestas de Frazier: «Ya es la hora. ¿Dónde coño está Shackleton?».
Desde su monitor, Frazier vio que Will se servía café de una jarra y lo removía tras echarle la leche.
Pasaron cinco minutos.
Will estaba hambriento, así que pidió de comer. Diez minutos.
Devoró los huevos con beicon. Los hombres que estaban en la mesa del medio se hacían los remolones.
A las diez y diez ya empezaba a pensar que Shackleton estaba jugando con él. Las tres tazas de café se cobraban su peaje; se levantó para usar el baño de caballeros. Dentro solo estaba el anciano del bastón, que se movía como un caracol. Cuando Will terminó con lo suyo, salió y se fijó en el tablón de anuncios que había junto al teléfono público. Era un batiburrillo de tarjetas comerciales, anuncios de apartamentos en alquiler y gatos perdidos. Había visto el tablón antes pero no le había prestado atención.
¡La tenía delante de la cara!
Una cartulina de diez por quince, el tamaño de una postal.
Un ataúd dibujado a mano, el ataúd del Juicio Final, y las palabras: «Hotel Bev. Hills, Bung. 7».
Will tragó saliva y actuó por puro impulso.
Arrancó la postal del tablón y salió disparado por la puerta de atrás hacia el callejón.
Frazier reaccionó antes que los hombres que había en el local.
– ¡Se larga! ¡Maldita sea, se larga!
Los cuatro hombres saltaron de sus asientos y fueron tras él, pero el viejo anciano salía en ese momento del servicio y les bloqueó el camino. Fue imposible ver las imágenes de vídeo ya que la cámara que había en la bolsa se zarandeaba arriba y abajo, pero Frazier vio alguna imagen del viejo y gritó:
– ¡No os retraséis! ¡Se os escapa!
DeCorso levantó al hombre con un abrazo de oso y volvió a depositarlo en el servicio de caballeros mientras sus compañeros se precipitaban hacia la puerta. Cuando llegaron al callejón, estaba desierto. DeCorso envió a dos hombres hacia la izquierda y a otros dos hacia la derecha.
Lo buscaron frenéticamente. Registraron el callejón, recorrieron las tiendas y los edificios de las calles Beverly y Canon, miraron bajo los coches aparcados. Los gritos de Frazier en los auriculares de DeCorso eran tales que el hombre le rogó:
– Por favor, Malcolm, mantén la calma. No puedo seguir el operativo con tanto grito.
Will estaba dentro del lavabo del salón de belleza Via Véneto, en la puerta contigua a la cafetería. Se quedó allí quieto diez minutos, subido al váter, con la pistola en la mano. Alguien entró poco después de que él llegara pero se fue de allí sin usar las instalaciones. Soltó el aire de sus pulmones y aguantó en aquella incómoda postura.
No podía quedarse allí todo el día y alguien necesitaría usar el baño en algún momento, así que salió y se coló como si nada en el salón, donde había media docena de guapas peluqueras haciendo su trabajo y charlando con las dientas. Parecía una peluquería solo para mujeres, así que él estaba allí totalmente fuera de lugar.
– ¡Hola! -dijo una de las peluqueras, sorprendida. Llevaba el pelo rubio muy corto y una minifalda minúscula y ceñida sobre unas mallas color frambuesa-. No te había visto.
– ¿Trabajáis sin cita previa?
– Normalmente no -dijo la chica; le gustaba su aspecto y se preguntó si no sería alguien famoso-. ¿Te conozco de algo?
– Todavía no, pero lo harás si me cortas el pelo -bromeó-. ¿Admitís a hombres?
Ella ya estaba colada por él.
– Te lo haré yo -dijo con entusiasmo-.Acaban de cancelarme una cita.
– No quiero sentarme cerca de la ventana y quiero que te tomes tu tiempo. No tengo ninguna prisa.
– Cuántas exigencias, ¿no? -Se rió-. ¡Yo me ocupo de ti, don Marimandón! Siéntate ahí mientras yo voy a por una taza de café o de té.
Una hora más tarde Will tenía cuatro cosas: un buen corte de pelo, la manicura, el número de teléfono de la chica y su libertad. Pidió un taxi y, cuando lo vio aparecer en Canon Drive, dio una buena propina a la chica, saltó al asiento trasero y se agachó. En cuanto el coche arrancó, presintió que había sido una huida limpia. Hizo trizas el papelito con el número de teléfono y dejó que sus fragmentos revolotearan por la ventanilla. Le contaría a Nancy lo que acababa de hacer, prueba certificada de su compromiso.
La puerta del bungalow 7 era color albaricoque. Will llamó al timbre. Había un cartel de no molestar en el picaporte y un periódico del sábado que acababa de llegar. Se metió la Glock bajo el cinto, para tenerla a mano, y acarició su recia empuñadura.
La mirilla se oscureció por un segundo; luego el picaporte se movió.
La puerta se abrió y los dos hombres se miraron.
– Hola, Will. Encontraste mi mensaje.
A Will le sorprendió mucho lo descuidado y viejo que se le veía. Estaba prácticamente irreconocible. Mark se retiró un poco y lo dejó pasar. La puerta se cerró sola, dejándoles en la semioscuridad de la habitación con las cortinas echadas.
– Hola, Mark.
Mark vio la culata de la pistola.
– No vas a necesitar la pistola.
– ¿No?
Mark se hundió en el sillón que había junto a la chimenea, no tenía fuerzas para quedarse en pie. Will se dirigió hacia el sofá. También estaba cansado.
– La cafetería estaba vigilada.
A Mark casi se le salen los ojos de las órbitas.
– No te habrán seguido, ¿verdad?
– Creo que estamos a salvo. Por ahora.
– Seguramente localizaron la llamada que hice a tu hija. Sabía que te cabrearías y lo siento, pero no me quedaba más remedio.
– ¿Quiénes son?
– La gente para la que trabajo.
– Primero contéstame a esto: ¿qué habría pasado si no hubiera visto la tarjeta?
Mark se encogió de hombros.
– Cuando estás en este negocio confías en el destino.
– ¿Y cuál es ese negocio, Mark? Vamos, Mark, ¿en qué negocio estás metido?
– En el de la Biblioteca.
Frazier estaba desesperado. Todo el operativo se había ido al infierno y no podía pensar en nada más que hacer salvo gritar hecho una furia. Cuando tenía ya la garganta demasiado desgarrada para continuar, les ordenó a sus hombres con la voz ronca que permanecieran en sus posiciones y siguieran con esa aparentemente fútil búsqueda hasta que se les dijera lo contrario. Si él hubiera estado allí, eso no habría pasado, se lamentaba. Pensaba que sus hombres eran profesionales. DeCorso era un buen agente, pero estaba claro que como jefe de operativos había fallado, ¿y a quién culparían? Se dejó los cascos pegados al cráneo y comenzó a caminar lentamente por los pasillos vacíos de Área 51, murmurando:
– El fracaso no es una opción, joder.
Luego subió con el ascensor para sentir en su cuerpo el calor del sol.
Mark se mostraba tan reacio a confesar como dispuesto a hacerlo; tan lloroso como, al instante siguiente, fanfarrón, arrogante, incluso irritado por preguntas que consideraba repetitivas o infantiles. Will conservaba su tono uniforme y profesional, aunque a veces le costaba Dios y ayuda mantener la compostura ante lo que estaba escuchando.
Will arrancó con una simple pregunta:
– ¿Mandaste las postales del Juicio Final?
– Sí.
– Pero no mataste a las víctimas.
– No he salido de Nevada. No soy un asesino. Sé por qué pensabas que había un asesino. Eso es lo que yo quería que pensarais tú y todos los demás.
– Entonces, ¿cómo murió toda esta gente?
– Asesinatos, accidentes, suicidios, causas naturales… las mismas cosas que matan a cualquier grupo indeterminado de personas.
– ¿Me estás diciendo que no había un asesino?
– Eso es lo que te estoy diciendo. Esa es la verdad.
– ¿No contrataste ni indujiste a nadie a cometer esos asesinatos?
– ¡No! Algunos fueron asesinatos, seguro, pero tú en el fondo sabes que no todos lo fueron, ¿verdad?
– Algunos son problemáticos -admitió Will. Pensó en Milos Covic y en su salto por la ventana, en Marco Napolitano y en la aguja en el brazo, en Clive Robertson y su desplome. Will entrecerró los ojos-. Si lo que me estás diciendo es verdad, ¿cómo demonios sabías tú que esas personas iban a morir?
La sonrisa enigmática de Mark le puso de los nervios. Había entrevistado a muchos psicóticos y esa cara de «yo sé algo que tú no sabes» estaba sacada directamente del libro blanco de la esquizofrenia. Pero sabía que Mark no estaba loco.
– Área 51.
– ¿Qué pasa con Área 51? ¿Qué tiene eso de relevante?
– Yo trabajo allí.
Will empezaba a enfadarse.
– Sí, muy bien, creo que hasta ahí llego. ¡Suéltalo ya! Me has dicho que estabas en el negocio de las bibliotecas.
– En Área 51 hay una biblioteca.
Estaba obligándole a usar el sacacorchos, pregunta tras pregunta.
– Háblame de esa biblioteca.
– La construyó Harry Truman a finales de los cuarenta. Tras la Segunda Guerra Mundial los británicos encontraron un complejo cerca de un monasterio de la isla de Wight, la abadía de Vectis. En él había cientos de miles de libros.
– ¿Qué clase de libros?
– Libros que se remontaban a la Edad Media. Contenían nombres, Will, millones de nombres… más de doscientos cincuenta mil millones de nombres.
– ¿Nombres de quiénes?
– De todos los que han pisado la tierra.
Will agitó la cabeza. Intentaba caminar sobre las aguas pero sentía que se hundía.
– Lo siento, no te sigo.
– Desde el principio de los tiempos, ha habido menos de cien mil millones de personas que han vivido en este planeta. En estos libros se comenzó un listado de todos los nacimientos y las muertes a partir del siglo VIII. Son la crónica de más de mil doscientos años de vidas y muertes humanas sobre la tierra.
– ¿Cómo? -Will estaba cabreado. ¿Al final iba a resultar que ese tío estaba chalado?
– La ira es la reacción más común. A la mayoría de la gente le da rabia que le cuenten lo de la Biblioteca porque pone en tela de juicio todo lo que creemos saber. Lo cierto, Will, es que nadie tiene ni idea del cómo ni el porqué. Habrían sido necesarios cientos de monjes, si es que eso es lo que eran, escribiendo sin parar durante más de quinientos años, para registrar todos esos nombres, uno por cada nacimiento, uno por cada muerte. Están listados por fechas, las primeras en el calendario juliano y las posteriores en el calendario gregoriano. Cada nombre está escrito en su lengua nativa con una simple anotación en latín: nacimiento o muerte. Eso es todo lo que hay. Ni un comentario, ni una explicación. ¿Cómo lo hicieron? Los que son religiosos dicen que estaban en contacto con Dios. Tal vez fueran videntes y podían predecir el futuro. Tal vez vinieran del espacio exterior. ¡Créeme, nadie tiene ni idea! Lo único que sabemos es que fue una tarea monumental. Piénsalo: los números han ido a más a lo largo de los siglos; en el día de hoy, 1 de agosto de 2009, nacerán trescientas cincuenta mil personas y morirán ciento cincuenta mil. Cada nombre está escrito con pluma y tinta. Y les siguen los nombres de mañana y los de pasado mañana y los del día después de pasado mañana. ¡Durante mil doscientos años! Debían de ser como máquinas.
– Sabes perfectamente que no puedo creer nada de esto -dijo Will con tranquilidad.
– Si me das un día, puedo demostrártelo. Puedo sacarte una lista de toda la gente que morirá mañana en Los Ángeles. O en Nueva York, o en Miami. Donde quieras.
– No tengo un día. -Will se levantó y comenzó a andar arriba y abajo enérgicamente-. Ni siquiera entiendo cómo es que te estoy dando el día de hoy. -Soltó unos cuantos tacos con rabia y le exigió-: Conéctate y mira en el News Herald de Panamá City, en Florida. Busca en las necrológicas de hoy a ver si las tienes en tu maldita lista.
– Y el periódico local que hay en la puerta ¿no sería más fácil?
– ¿Y si ya lo has mirado?
– ¿Piensas que he preparado todo esto?
– Podría ser.
Mark parecía preocupado.
– No puedo conectarme.
– ¡Vale, o sea que es una chorrada! -gritó Will-. Sabía que era una chorrada.
– Si conecto mi ordenador a la red nos localizarán en un par de minutos. No pienso hacerlo.
Will, frustrado, echó un vistazo a la habitación y vio un teclado en el mueble de la televisión.
– ¿Qué es eso? -preguntó.
Mark sonrió.
– La conexión a internet del hotel. No había caído.
– Entonces, ¿qué, puedes hacerlo?
– Soy científico informático. Supongo que encontraré la manera.
– Creía que habías dicho que eras bibliotecario.
Mark no le hizo caso. Un minuto después ya tenía la página web del periódico en la pantalla de la televisión.
– El periódico de tu pueblo, ¿verdad?
– Ya sabes que sí.
Mark sacó su portátil y lo puso en funcionamiento.
Mientras estaba metiendo la contraseña, Will cayó en la cuenta de que en todo aquello había algo contradictorio.
– ¡Un momento! Has dicho que esos libros solo contienen nombres y fechas. Pero luego dijiste que podías clasificarlos por ciudades. ¿Cómo?
– Ese es gran parte del trabajo que realizamos en Área 51. Sin su concordancia geográfica esos datos no valen nada. Tenemos acceso virtual a todas las bases analógicas y digitales del mundo: partidas de nacimiento, registros de llamadas, balances bancarios, registros civiles, de la propiedad, seguridad social, servicios públicos, impuestos, seguros, lo que quieras. Hay seis mil millones y medio de personas en el mundo. Tenemos algún tipo de identificador del domicilio, aunque tan solo sea el país o la provincia, del noventa y cuatro por ciento de ellas. Prácticamente del ciento por ciento en Norteamérica y Europa. -Alzó la vista-. Esto lo tengo encriptado. Ya sabes, hay que introducir una contraseña, que no voy a darte. Necesito tener la seguridad de que me vas a proteger.
– ¿De quién?
– De los mismos que van tras de ti. Les llamamos los vigilantes. La seguridad de Área 51. Vale, ya estoy dentro. Toma el teclado.
– Vete al dormitorio -le dijo Will-. No quiero que veas las fechas.
– No te fías de mi.
– Eso es, no me fío.
Will se tiró varios minutos gritando nombres de personas recién fallecidas en Panamá City. Mezclaba los nombres de los archivos con los de gente que había muerto el día anterior. Para su sorpresa, Mark le devolvía la fecha correcta de cada muerte. Finalmente, Will le pidió que volviera a entrar.
– ¡Vamos, hombre! Esto es como un salón de actos de Las Vegas y tú eres uno de esos mentalistas. ¿Cómo lo haces?
– Te he dicho la verdad. Si piensas que te estoy tomando el pelo, tendrás que esperar hasta mañana. Te daré los nombres de diez personas de Los Ángeles que van a morir hoy. Y tú mañana comprueba las necrológicas.
Mark procedió entonces al dictado de diez nombres, fechas y domicilios. Will los anotó en un cuadernillo del hotel y se metió de mala gana la hoja en el bolsillo. Pero inmediatamente después se la sacó y dijo:
– ¡No pienso esperar hasta mañana!
Rebuscó el teléfono en los pantalones y vio que no funcionaba… la batería se había soltado cuando el teléfono se le cayó en la acera. La recolocó y el teléfono volvió a la vida. Mark le observaba divertido mientras llamaba a información para conseguir los números de teléfono.
Will soltaba un taco en voz alta cada vez que saltaba el contestador o no le cogían la llamada. En el número siete de la lista contestó alguien.
– Hola, soy Larry Jackson. Tengo una llamada perdida de Ora LeCeille Dunn -dijo Will. Escuchaba y caminaba por la habitación-. Sí, me llamó la semana pasada. Nos conocemos de hace tiempo. -Seguía escuchando pero ahora se desplomó sobre el sofá-. Lo siento. ¿Cuándo dice que ocurrió? ¿Esta mañana? ¿Así, de improviso? Siento mucho escuchar esta noticia. Le acompaño en el sentimiento.
Mark, pletórico, abrió los brazos.
– ¿Me crees ahora?
En los cascos de Frazier volvía a haber ruido.
– Malcolm, el teléfono de Piper ha dado señales de vida. Está en alguna parte del 9600 de Sunset.
Frazier regresó corriendo al centro de operaciones haciendo una ascensión vertical en su montaña rusa particular.
Will se levantó y examinó el bar. Quedaba un quinto de Johnnie Walker etiqueta negra. Lo abrió y se puso lo justo en un vaso de whisky.
– ¿Quieres uno?
– Es muy temprano.
– No me digas.-Se tragó el chupito y dejó que hiciera su trabajo en su organismo-. ¿Cuánta gente sabe esto?
– No lo sé con exactitud. Supongo que unas mil personas entre Nevada y Washington.
– ¿Quién lo lleva? ¿Quién está al mando?
– Es una operación de la Marina. Supongo que el presidente y algunos miembros de su gabinete tienen que saberlo, alguna gente del Pentágono y de Defensa, pero la persona de mayor rango de la que estoy seguro que lo sabe es el secretario de la Marina porque su nombre está en los memorandos.
– ¿Por qué la Marina? -preguntó Will, perplejo.
– No lo sé. Así se estableció desde el principio.
– ¿Esto ha permanecido oculto durante sesenta años? Los del gobierno no son tan buenos.
– Asesinan a los que se van de la lengua -dijo Mark amargamente.
– ¿Con qué objetivo? ¿Qué hacen ellos con los datos?
– Investigación. Planificación. Localización de recursos. La CÍA y los militares lo han usado como herramienta desde principios de los cincuenta. Está ahí, y no pueden permitirse no sacarle provecho. Podemos predecir acontecimientos, aunque no se puedan alterar los resultados, las muertes. Si puedes predecir los grandes acontecimientos, puedes planificarlos, preparar los presupuestos, dictar la política, tal vez suavizar sus efectos. Área 51 predijo la guerra de Corea, las purgas chinas de Mao, la guerra de Vietnam, Pol Pot en Camboya, las guerras del Golfo, las hambrunas de África. Podemos localizar grandes accidentes aéreos, desastres naturales como las inundaciones y los maremotos. Sabíamos lo del 11 de septiembre.
Will estaba anonadado.
– ¿Y no podíamos hacer nada?
– Como he dicho, los resultados no se pueden cambiar. No sabíamos cómo iban a ocurrir los ataques ni quién era responsable, aunque teníamos alguna idea más o menos acertada. Creo que por eso fuimos tan rápidos en pasar al ataque contra Irak. La partida estaba decidida desde el principio.
– Dios santo.
– Tenemos superordenadores que están analizando datos las veinticuatro horas del día, buscando patrones que se repitan a escala mundial. -Se inclinó sobre él y bajó la voz-. Puedo decirte con seguridad que el 9 de febrero de 2013 morirán doscientas mil personas en China, pero no puedo decirte por qué. Ahora mismo hay gente trabajando en eso. En 2025, el 25 de marzo para ser exactos, morirán más de un millón de personas en India y Pakistán. Esto significa un cambio de paradigma, pero queda demasiado lejos para que alguien se ocupe de ello.
– ¿Por qué en Nevada?
– Las fuerzas aéreas llevaron la Biblioteca hasta allí después de volar con ella de Inglaterra a Washington. Construyeron una cámara acorazada resistente a ataques nucleares bajo el desierto. Se tardaron veinte años en transcribir todo el material posterior a 1947 y digitalizarlo. Antes de que estuvieran informatizados, esos libros eran un tesoro. Ahora más que nada tienen un valor testimonial. Verla es increíble, pero la verdadera Biblioteca ya no tiene mucho sentido. En cuanto a por qué Nevada, porque era un sitio remoto y fácil de proteger. Truman echó una cortina de humo sobre ella al inventarse la historia del ovni de Roswell y dejar que la gente creyera que Área 51 se había construido para la investigación de ovnis. No podían ocultar la existencia del laboratorio a causa de toda la gente que trabajaba allí, pero encubrieron su propósito. Hay un montón de tontainas que todavía se creen esa chorrada de los ovnis.
Will estaba a punto de servirse otro whisky pero se percató de que le estaba haciendo más efecto del que quería. Ponerse como una cuba no era la mejor opción en ese momento.
– ¿Y tú qué haces allí? -preguntó.
– Seguridad de las bases de datos. Tenemos los servidores más seguros del mundo. Un sistema a prueba de piratas y de filtraciones, o al menos así era antes.
– Has violado tu propio sistema.
– Soy el único que podía hacerlo -fanfarroneó.
– ¿Cómo?
– Fue de lo más simple. Me metí un almacenador de memoria por el trasero. Se la clavé a esos mamones de los vigilantes. La existencia de la Biblioteca no puede hacerse pública. ¿Te imaginas lo que sería del mundo? Todo el mundo se quedaría paralizado si supieran el día que van a morir… o su esposa, o sus padres, o sus hijos, o sus amigos. Nuestros analistas piensan que la sociedad, tal como hoy la conocemos, se vería alterada para siempre. Segmentos enteros de la población podrían mandarlo todo a tomar por saco y decir: «¿Para qué?». Los criminales podrían cometer más crímenes si supieran que no los iban a matar. Cabe prever escenarios bastante horribles Y lo curioso es que no son más que nacimientos y muertes. No hay nada en los datos que indique cómo la gente vive sus vidas, nada acerca de su calidad. Todo eso son extrapolaciones.
Will alzó el tono de voz.
– ¿Y entonces por qué lo hiciste? ¿Por qué enviaste las postales?
Mark había visto venir la pregunta. Will se daba cuenta. Su labio inferior temblaba como el de un niño a punto de ser reprendido.
– Yo quería… -Se vino abajo, lloró y se atragantó.
– Querías ¿qué?
– Quería que mi vida mejorara. Quería ser alguien… diferente. -De nuevo volvió a deshacerse en lágrimas. Resultaba patético, pero Will controló su ira.
– Continúa, te escucho.
Mark cogió un pañuelo y se sonó.
– No quería ser un zángano encerrado en el laboratorio toda mi vida. Veo a los ricos en los casinos y me pregunto: «¿Por qué ellos? Yo soy un millón de veces más inteligente que ellos. ¿Por qué no yo?». Pero nunca sonó la flauta. Ninguna de las compañías para las que trabajé tras dejar MIT explotó. Ningún Microsoft, ningún Google. Conseguí sacar algunos pavos con acciones de bolsa, pero todo el tema de las puntocom pasó. Y luego la fastidié al decidir trabajar para el gobierno. En cuanto el atractivo de Área 51 queda al desnudo, no es más que un trabajo de informático mal pagado en un bunker subterráneo. Intenté vender mis guiones, ya te dije que soy escritor, y me los rechazaron. Así que decidí que podía dar un cambio a mi vida con solo filtrar un poco de información.
– Entonces, ¿lo haces por dinero? ¿Es eso?
Mark asintió.
– No el dinero por el dinero -aclaró-, sino por el cambio que va unido a él.
– ¿Y cómo ibas a sacar dinero del Juicio Final?
La cara circunspecta de Mark se volvió una sonrisa triunfal.
– ¡Ya lo he hecho! ¡Un montón de dinero!
– Ilumíname, Mark, no soy tan vivo como tú.
Mark no cogió el chiste, se lo tomó como un cumplido y se enzarzó en una explicación lenta y paciente al principio y luego con presión ascendente.
– De acuerdo, ahí va cómo lo concebí. Y tengo que decir que salió exactamente tal como lo había planeado. Necesitaba una demostración de los servicios que podía ofrecer. Necesitaba credibilidad. Necesitaba el poder de llamar la atención de la gente. La manera de conseguirlo es implicar a los medios, ¿verdad? ¿Y qué podía satisfacer todos estos criterios? ¡El Juicio Final! Por cierto, el nombre me pareció estupendo. Quería que el mundo pensara que había un asesino en serie que avisaba a sus víctimas. Así que saqué de la base de datos un grupo de nueve personas de Nueva York, al azar. Vale, ya veo lo que dicen tus ojos, y tal vez sea un delito a cierta escala, pero es obvio que yo no maté a nadie. Pero una vez que el caso estuvo fuera de los medios de comunicación, pude captar inmediatamente la atención del hombre al que necesitaba llegar: Nelson Elder. -La cara de Will lo dejó perplejo-. ¿Qué? ¿Lo conoces?
Will sacudía la cabeza, no daba crédito a lo que estaba escuchando.
– Sí, lo conozco. He oído que ha muerto.
– Le asesinaron. -Y añadió en un susurro-: Y a Kerry.
– Perdona, ¿a quién?
– ¡A mi novia! -Mark lloró y después volvió a bajar la voz-. Ella no sabía nada. No tenían por qué hacerlo. Y lo peor es que yo podía haber mirado si estaban en la lista antes de que pasara. Para cuando pensé en ello…
A Will se le apagó la bombilla de la cabeza, una reacción algo lenta.
– ¡Dios santo! ¡Nelson Elder, seguros de vida! Mark asintió.
– Lo conocí en un casino. Era un buen tipo. Después me enteré de que su compañía tenía problemas. ¿Y qué mejor forma de ayudar a una compañía de seguros de vida que decirles cuándo va a morir la gente? Esa fue mi gran idea. Elder lo pilló al momento.
– ¿Cuánto?
– ¿Dinero?
– Sí, dinero.
– Cinco millones de dólares.
– ¿Dejaste escapar las joyas de la Corona por cinco míseros millones?
– ¡No! Todo era muy discreto. Él me daba los nombres y yo le daba las fechas. Eso era todo. Era un buen trato para todos. Yo me quedé con la base de datos. Soy el único que la tiene.
– ¿Enterita?
– Solo la de Estados Unidos. Desert Life solo tiene negocios en Estados Unidos. La base de datos al completo era demasiado grande para robarla.
Will estaba nadando en un estofado de sobrecarga informativa y emociones violentas.
– Hay algo más en todo esto… otra vuelta de tuerca, ¿verdad?
Mark permaneció en silencio, jugueteando nervioso con sus manos.
– ¿Querías pegármela, no es cierto? Elegiste Nueva York para tu pantomima porque esa es mi zona. Querías que tragara mierda. ¿Verdad?
Mark agachó la cabeza como un niño arrepentido.
– Siempre te he tenido celos -susurró-. Cuando compartimos habitación en la universidad; en el instituto no conocí a nadie como tú. Todo lo que hacías te salía genial. Todo lo que hacía yo… -Su voz se fue perdiendo hasta apagarse-. Cuando te vi el año pasado se reabrieron viejas heridas.
– Solo fuimos compañeros de habitación durante el primer año de la carrera, Mark. Nueve meses juntos cuando éramos unos críos. Éramos unas personas muy diferentes.
Mark lo admitió con desamparo, conteniendo sus emociones.
– Yo esperaba que tú quisieras volver a compartir habitación después del primer año. Y tú les ayudaste. Les ayudaste a que me ataran con cinta a la cama.
A Will se le puso el vello de punta. El tipo era patético. Nada en sus acciones ni en sus intenciones era noble. Todo era una cuestión de conmiseración y desprecio hacia sí mismo, y de impulsos infantiles envueltos en un exceso de coeficiente de inteligencia. De acuerdo, él siempre se había sentido culpable, ¡pero había sido una broma universitaria inocente, por el amor de Dios! El hombre que se había escondido en esa habitación de hotel era repugnante y peligroso, y Will tenía que reprimir las ganas de tumbarlo de un puñetazo en su enclenque y afilada mandíbula.
Esa criatura penosa le había contado su vida de una sentada. Will no quería tener nada que ver con eso. Lo único que quería era retirarse y que lo dejaran tranquilo. Pero estaba claro que una vez que tenías conocimiento de la Biblioteca tu vida no volvía a ser la misma. Necesitaba pensar, pero primero necesitaba sobrevivir.
– Dime una cosa, Mark, ¿has visto si estoy en la lista? -dijo, enfrentándose a él-. ¿Acabarán conmigo hoy? -Mientras esperaba la respuesta, pensó: «Y si es hoy, ¿qué coño importa? De todos modos, ¿qué razones tengo para vivir? Lo único que haré es joderle la vida a Nancy como se la he jodido a todos los demás. ¡Desembucha!».
– No. Ni yo tampoco. Somos FDR.
– ¿Qué significa eso?
– Fuera del registro. A partir de 2027 ya no hay más libros. Área 51 tiene una esperanza de vida de ochenta años.
– ¿Y por qué no hay más?
– No lo sabemos. Al parecer hubo un incendio en el monasterio. ¿Desastre natural? ¿Causa política? ¿Religiosa? No hay manera de saberlo. Simplemente es un hecho.
– Así que viviré hasta después de 2027 -dijo Will melancólicamente.
– Y yo también -le recordó Mark-. ¿Puedo hacerte una pregunta?
– Di.
– ¿Averiguaste que era yo? ¿Por eso te buscan?
– Sí. Te tenía cogido por los huevos.
– ¿Y cómo? -Will vio que se moría por saberlo-. Estoy seguro de que no dejé ninguna pista.
– Encontré tu guión en el registro de la AEA. En la primera versión había unos cuantos nombres de personajes sin interés. En la segunda versión, unos cuantos nombres muy interesantes. Necesitabas contárselo a alguien, ¿eh? Aunque fuera como una broma privada.
Mark estaba atónito.
– ¿Cómo se te ocurrió?
– El tipo de letra de las postales. Hoy en día esa fuente no la usa mucha gente, salvo los que escriben guiones de cine.
– No tenía ni idea -soltó Mark.
– ¿De qué?
– De que eras tan listo.
En cuanto Frazier se sentó frente a su ordenador, se obligó a entrar en un estado de optimismo. Tenían la señal del teléfono de Will de nuevo en la pantalla, sus hombres estaban en las proximidades y se recordó a sí mismo que ninguno de los miembros del operativo moriría ese día, como tampoco lo harían Shackleton ni Piper. La conclusión inevitable era que la operación se llevaría a cabo sin sobresaltos y que conseguirían apresar a los dos hombres para su interrogatorio. Lo que les pasara después no dependía de él. Ambos eran FDR, así que suponía que de un modo u otro los dejarían fuera de circulación. Eso a él le importaba poco.
DeCorso puso en peligro su optimismo.
– Malcolm, esta es la situación -escuchó por los cascos-. Esto es un hotel, el Beverly Hills. Tiene varios cientos de habitaciones en cincuenta mil metros cuadrados. La señal que nos llega está a unos doscientos setenta y cinco metros. No contamos con los efectivos necesarios para acorralarlo y registrar el hotel.
– Hostia puta -dijo Frazier-. ¿No se puede aumentar la potencia de la señal de alguna forma?
Uno de los técnicos del centro de operaciones le contestó sin levantar la vista de la pantalla.
– Llama a su teléfono. Si contesta, podremos triangular la señal hasta quince metros.
La boca de Frazier se convirtió en la sonrisa del gato de Cheshire.
– Eres un puto crack. Te voy a invitar a una caja de cervezas. -Cogió un teléfono y presionó el botón para llamadas al exterior.
El teléfono de prepago de Will sonó. Pensó en Nancy. Quería oír su voz, así que no prestó atención a la información que aparecía en pantalla: fuera de señal.
– ¿Diga?
No hubo respuesta.
– ¿Nancy?
Nada.
Colgó.
– ¿Quién era? -preguntó Mark.
– Esto no me gusta -contestó Will. Miró su teléfono, hizo una mueca y lo apagó-. Creo que hay que irse. Coge tus cosas.
Mark parecía asustado.
– ¿Adónde vamos?
– Todavía no lo sé. A algún lugar fuera de Los Ángeles. Saben que estoy aquí, así que también saben que tú estás aquí. Cogeremos un taxi hasta mi coche y seguiremos con él. A un par de tipos listos como nosotros se les tiene que ocurrir algo.
Mark se agachó para guardar el portátil. Will se puso delante de él.
– ¿Qué? -dijo Mark, alarmado.
– Yo llevaré tu maletín.
– ¿Por qué?
Will puso cara de más vale fuerza que maña.
– Porque quiero. Que no te lo tenga que repetir. Y dame la contraseña.
– ¡No! Me dejarás tirado.
– No voy a dejarte tirado.
– ¿Y cómo puedo estar seguro?
Aquel tipo enclenque parecía tener tanto miedo y ser tan vulnerable que a Will le dio pena por primera vez.
– Porque te doy mi palabra de honor. Mira, si los dos tenemos la clave, hay más posibilidades de que pueda usarla como palanca en caso de que nos separemos. Es el movimiento adecuado.
– Pitágoras.
– ¿Mande?
– El matemático griego, Pitágoras.
– ¿Se supone que eso tiene algún significado? Antes de que Mark pudiera contestar, Will escuchó un crujido procedente del patio y desenfundó su pistola.
La puerta principal y la del patio se abrieron al mismo tiempo.
De repente la habitación se llenó de gente.
Para el que participa en él, un tiroteo cuerpo a cuerpo parece no acabar nunca, pero para un observador externo como Frazier, que recibía una señal con el sonido, todo había terminado en menos de diez segundos.
DeCorso vio el arma de Will y empezó a disparar. La primera tanda pasó zumbando junto a su oreja.
Will se zambulló en la alfombra naranja, devolvió los disparos desde una posición baja y le alcanzó en el pecho y el abdomen -grandes masas corporales- apretando el gatillo todo lo rápido que podía. En acción solo había disparado su arma una vez antes, en un área de servicio de Florida con muy mala pinta, en su segundo año como ayudante del sheriff. Aquel día cayeron dos hombres. Fue más fácil que acertar a las ardillas.
DeCorso fue el primero en caer; hubo un momento de desconcierto entre sus hombres. Las pistolas de los vigilantes llevaban silenciador, así que cuando las balas penetraron en la madera, los muebles y la carne, no hicieron pum sino zas. Por el contrario, la pistola de Will tronaba cada vez que apretaba el gatillo, y Frazier hizo una mueca de dolor por cada una de ellas, dieciocho petardazos en total, hasta que la habitación se quedó en silencio.
Una humareda azul abrasadora y el acre olor de la pólvora llenaban la habitación. Will oía una vocecita que gritaba histérica en unos auriculares que había en el suelo, separados del hombre que los había llevado.
Por todos lados, el color de la sangre desentonaba con los tonos pastel de la suite. En el suelo había cuatro intrusos, dos gimiendo y dos en silencio. Will se puso de rodillas y luego, tambaleándose, consiguió ponerse en pie; parecía que tuviera las piernas de goma. No sentía dolor, pero había oído que la adrenalina puede enmascarar temporalmente una herida muy grave. Miró a ver si tenía sangre, pero estaba limpio. Después vio los pies de Mark detrás del sofá y se arrastró para ayudarle a levantarse.
«Dios santo -pensó al verlo-. Dios santo.» En la cabeza tenía un agujero, del tamaño del tapón de una botella de vino, que desbordaba sangre y masa cerebral, y él estaba balbuceando y le salían secreciones por la boca.
¿Y era un FDR?
Will pensó en ese pobre hijo de puta viviendo en ese estado durante como mínimo dieciocho años y se encogió de hombros, luego cogió el maletín de Mark y salió por la puerta como una flecha.
1 de agosto de 2009,
Los Ángeles
Will intentaba ser invisible. La gente corría y lo pasaba de largo, se dirigían hacia el bungalow. Dos guardias de seguridad del hotel con chaqueta azul lo apartaron del camino a codazos. El avanzaba despacio, impasible, en la dirección opuesta, hacia los jardines del hotel; un hombre con un maletín que temblaba bajo su traje.
Cuando las puertas del edificio se cerraron tras él, oyó unos gritos amortiguados que provenían de la zona del bungalow. Estaban a punto de desatarse todos los infiernos. Las sirenas se acercaban. «En los distritos de postín los tiempos de respuesta son rápidos», pensó. Necesitaba tomar una decisión. Podía intentar llegar hasta el coche o quedarse donde estaba y esconderse a la vista de todos. Esa táctica le había funcionado en el salón de belleza, así que decidió que eso haría; además, temblaba demasiado para hacer mucho más.
El mostrador de recepción era un caos. Los huéspedes estaban dando parte del tiroteo, se estaban llevando a cabo los protocolos de seguridad. Miró por la puerta entreabierta de la habitación 315 y vio a una chica de la limpieza pasando la aspiradora.
– ¡Hola! -dijo de la manera más despreocupada que pudo. La chica sonrió.
– Buenos días, señor. Enseguida acabo.
Había maletas y ropa de hombre en el armario.
– He vuelto pronto de una reunión -dijo Will-.Tengo que hacer una llamada.
– No se preocupe, señor. Llame al servicio de habitaciones cuando quiera que vuelva.
Estaba solo.
Miró por la ventana que daba al jardín y vio a la policía y los servicios médicos. Se dejó caer en una silla y cerró los ojos. No sabía de cuánto tiempo disponía. Tenía que pensar rápido.
Había vuelto a la barca de pescar de su padre, Phillip Weston Piper, que estaba poniéndole un cebo al sedal en silencio. Siempre había pensado que era un nombre muy altisonante para un hombre de manos recias y piel carcomida por el sol que se había ganado la vida deteniendo borrachos y poniendo multas de velocidad. Su abuelo había sido profesor de Estudios Sociales en el instituto de Pensacola y puso grandes esperanzas en ese hijo recién nacido, así que pensó que con un nombre pijo se comería el mundo. Era un factor discutible. Su padre se convirtió en un juerguista pendenciero con más alcohol que sangre en las venas, un matón miserable que había sometido a su madre a una constante metralla de malos tratos.
Aun así, como padre era medio decente, y a pesar de ser taciturno a más no poder Will siempre había tenido la sensación de que se esforzaba en hacer lo correcto por su hijo. Tal vez la relación entre ellos habría mejorado si Will hubiera sabido que su padre moriría durante su último año de estudios. Tal vez entonces habría hecho el primer movimiento para tener una conversación con el viejo y averiguar qué pensaba de su vida, de su familia, de su hijo. Pero esa conversación había quedado enterrada junto a Phillip Weston Piper, y él tendría que pasar por la vida sin ella.
Will nunca pensaba demasiado en religión ni en filosofía. Su trabajo estaba relacionado con el trabajo de la muerte, y su enfoque en la investigación de los asesinatos se basaba en hechos.
Unas personas vivían, otras personas morían; sitio equivocado, momento equivocado. Todo dependía terriblemente del azar.
Su madre había sido una beata; y cuando él la visitaba, la acompañaba diligentemente a la Primera Iglesia Baptista de Panamá City. Allí la velaron cuando se la llevó el cáncer. Will oyó hablar hasta la saciedad de la voluntad del Señor y los planes divinos. En la escuela había leído sobre el calvinismo y la predestinación. Siempre había pensado que todo eso eran paparruchas. El caos y el azar gobernaban el mundo. No había ningún plan maestro.
Al parecer se había equivocado.
Abrió los ojos y miró por encima de su hombro. Todas las fuerzas policiales de Beverly Hills estaban abajo, en el jardín. Seguían llegando médicos forenses y sanitarios de urgencias. Cogió el portátil y lo abrió. Estaba en modo descanso. Cuando se reinició, apareció la ventana de registro de la base de datos de Shackleton pidiéndole la contraseña. Will escribió «Pitágoras» mal tres veces antes de conseguir entrar. Para que luego hablen de la educación de Harvard.
Apareció una pantalla de búsqueda: introducir nombre, introducir fecha de nacimiento, introducir fecha de fallecimiento, introducir ciudad, introducir código postal, introducir domicilio. Todo muy cómodo para el usuario. Tecleó su nombre y su fecha de nacimiento, y el ordenador dijo: FDR. «Bien -pensó-. Confirmado.» Esperaba que no fuera FDR en el sentido en que lo era Mark Shackleton, pero al menos tenía dieciocho años por delante, toda una vida.
Las siguientes entradas no serían tan fáciles. Dudó, consideró la opción de cerrar el ordenador, pero se oían más sirenas, más gritos desde el jardín. Respiró hondo y luego tecleó: «Laura Jean Piper, 7-8-1984», y tras esto le dio al enter.
FDR
Exhaló y musitó en silencio: «Gracias a Dios». Entonces respiró de nuevo y tecleó: «Nancy Lipinski, White Plains, NY», y le dio al enter.
FDR
Uno más para darle solidez a su plan: «Jim Zeckendorf, Weston, Massachusetts».
FDR
«Eso es todo lo que quiero saber, es todo lo que necesito», pensó. Estaba temblando.
Al estar sentado allí, la lógica parecía innegable. Su hija, Nancy y él sobrevivirían a pesar de los operativos cuya tarea era asesinar para conservar el secreto de Área 51. Eso significaba que él iba a tomar una decisión que evitaría sus muertes.
¡Era una locura! Era coger el libre albedrío y tirarlo por la ventana, pensó. El Río del Destino se lo llevaba corriente abajo. Ya no era el dueño de su destino, el capitán de su alma. Por primera vez desde que murió su padre, lloraba.
En tanto que los equipos de emergencias trasladaban a los heridos del bungalow a las ambulancias, Will, sentado al escritorio de la habitación 315, escribía una carta en papel del hotel. La terminó y la releyó. Había un espacio en blanco que debía rellenar antes de echarla al buzón.
Un bonito sábado al mediodía en Beverly Hills echado a perder por el ruido y el pestazo a diesel de las docenas de vehículos de los servicios de emergencia y las furgonetas de los periodistas que llenaban de humo Sunset Bulevard. Caminó hacia ellos con la cabeza gacha, los dejó atrás y llamó a un taxi.
– ¿Qué demonios pasa aquí? -preguntó el conductor.
– Que me aspen si lo sé -contestó Will.
– ¿Adónde vamos?
– Lléveme a una tienda de informática, a la biblioteca pública de Los Ángeles y a una oficina de correos. En ese orden. Esto es de propina. -Alargó el brazo por encima del asiento y tiró un billete de cien dólares en su regazo.
– Usted ordene, señor, que yo obedezco -dijo el taxista con entusiasmo.
Will compró un almacenador de memoria en una tienda de electrónica. Una vez en el taxi, copió con rapidez la base de datos de Mark en el dispositivo y se la metió en el bolsillo de la camisa.
El taxi le esperaba a las puertas de la Biblioteca Central, un palacete blanco de estilo art déco cerca de Pershing Square, en el centro de Los Ángeles. Tras una parada en el mostrador de información, se internó en las entrañas de las estanterías. A la mortecina luz del fluorescente de una de las plantas inferiores, en una zona subterránea que rara vez recibía pisadas humanas, pensó en el loco Donny y le agradeció en silencio que le hubiera dado la idea del escondite perfecto.
Había todo un estante destinado a los gruesos volúmenes mohosos de los códigos municipales del distrito de Los Ángeles con décadas de antigüedad. Cuando estuvo seguro de que no había nadie más por allí, se puso de puntillas para llegar a la balda más alta y tiró del volumen correspondiente a 1947, un mamotreto que se deslizó pesadamente hasta la palma de su mano.
Mil novecientos cuarenta y siete. Un toque de ironía para un día sombrío. El libro olía a viejo y a no usado, y a menos que algo fuera tremendamente mal, confiaba en que él sería la última persona que lo usaría en mucho tiempo. Lo abrió por el medio. La encuadernación del lomo se ahuecó apenas unos centímetros, el espacio donde metería el dispositivo de memoria. Cuando cerró el tomo, la cubierta se estiró, crujió y se tragó el diminuto soporte, bien escondido.
La siguiente parada fue rápida: la oficina postal más cercana, donde compró un sello y echó la carta ya completada en la ranura de envíos urgentes. Había un sobre dentro de otro. La primera carta decía:
Jim, siento implicarte en algo muy complicado, pero necesito tu ayuda. Si no me pongo personalmente en contacto contigo el primer martes de cada mes en el futuro inmediato, quiero que abras el sobre sellado y sigas las instrucciones.
De vuelta en el taxi, le dijo al conductor:
– Vale, la última parada. Lléveme al teatro Grauman's Chínese.
– No creí que fuera un turista -dijo el taxista.
– Me gusta la multitud.
La acera de Hollywood estaba a reventar de turistas y buscavidas. Will se detuvo en el cuadrado de cemento con la inscripción: A SID, QUE TENGAS MUCHOS JUICIOS FELICES, ROY ROGERS Y TRIGGER, completada con las huellas de manos, pies y herraduras de caballo. Rebuscó el teléfono en el bolsillo y lo encendió.
Respondió al momento, como si lo tuviera agarrado a la espera de la llamada.
– Dios santo, Will, ¿estás bien?
– He tenido un día de muerte, Nancy. ¿Cómo estás tú?
– Muerta de preocupación. ¿Lo encontraste?
– Sí, pero no puedo hablar. Nos están escuchando.
– ¿Estás a salvo?
– Me he cubierto las espaldas. Todo irá bien.
– ¿Qué puedo hacer?
– Espérame y dime una vez más que me quieres.
– Te quiero.
Colgó y consiguió un número de teléfono en el servicio de información. Usó tenazmente la diplomacia para ascender en la línea hasta que estuvo a solo un paso de su objetivo. Luego cortó de golpe el tono oficial del funcionario.
– Sí, soy el agente especial Will Piper del FBI. Dígale al secretario de la Marina que estoy al teléfono. Dígale que hoy he estado con Mark Shackleton. Dígale que sé todo acerca de Área 51. Y dígale que tiene un minuto para coger el teléfono.
8 de enero de 1297,
isla de Wight, Inglaterra
Baldwin, el abad de Vectis, estaba arrodillado rezando atormentado a los pies de la tumba más sagrada de la abadía. La lápida conmemorativa estaba encajada en el suelo de piedra, entre los pilares que separaban la nave de los pasillos. El frío helador de las suaves losas de piedra atravesaba sus vestiduras y le entumecía las rodillas. Aun así, permanecía agachado, concentrado en sus lastimeras plegarias sobre el cuerpo de san Josephus, santo patrón de la abadía de Vectis.
La tumba de Josephus era uno de los sitios preferidos para los ruegos y la meditación en el interior de la catedral de Vectis, el espléndido edificio con alto capitel de aguja que había sido erigido en el yacimiento de la antigua iglesia de la abadía. La lápida de piedra azul que señalaba su tumba tenía una simple inscripción bien cincelada: SAN JOSEPHUS, ANNO DOMINI 800.
En los quinientos años que habían seguido a la muerte de Josephus, la abadía de Vectis había experimentado profundos cambios. Las lindes se habían expandido grandemente con la anexión de los campos y pastos circundantes. Un alto muro de piedra y una reja elevadiza protegían el lugar de la rapiña de los piratas franceses en la isla y la costa de Wessex. La catedral, una de las más bellas de Inglaterra, agujereaba el cielo con su grácil y esbelta torre. Más de treinta edificios, incluidos los dormitorios, la casa capitular, las cocinas, el refectorio, la bodega, la alacena, la enfermería, el hospicio, el scriptorium, las salas de calderas, la fábrica de cerveza, la casa del abad y los establos estaban comunicados unos con otros, por pasadizos ocultos y pasajes internos. Los claustros, los jardines y las huertas eran amplios y bien proporcionados. Había un gran cementerio. Una granja con un molino de grano y unas porquerizas ocupaban una parcela lejana. La abadía daba cobijo a unas seiscientas personas, lo que la convertía en la segunda ciudad más grande de la isla. Ese próspero faro de la cristiandad rivalizaba en importancia con Westminster, Canterbury y Salisbury.
También la isla había crecido en población y prosperidad. Tras la conquista de Britania por Guillermo, duque de Normandía, en la batalla de Hastings de 1066, la isla cayó bajo dominio de los normandos y se deslizó por completo de sus lazos escandinavos. Los normandos empezaron a llamarla isla de Wight, y el arcaico nombre de Vectis que le dieran los romanos dejó de utilizarse. Guillermo regaló la isla a su amigo William Fitz Osbern, quien se convirtió en el primer señor de la isla de Wight. Bajo el protectorado de Guillermo el Conquistador y los futuros monarcas británicos, la isla constituyó un rico y bien fortificado bastión contra los franceses. Desde el rectangular castillo de Carisbrooke, situado en el centro, los sucesivos señores de la isla de Wight ejercieron el gobierno feudal y forjaron una alianza eclesiástica con los monjes de la abadía de Vectis, sus vecinos espirituales.
El último señor feudal de la isla de Wight no fue en realidad un señor sino una señora, la condesa Isabella de Fortibus, que adquirió la señoría al morir su hermano en 1262. Con las tierras que poseía y los impuestos marítimos que recaudaba, la amargada y hogareña Isabella se convirtió en la mujer más rica de Inglaterra. Como estaba sola y era rica y pía, Edgar, el anterior abad de Vectis, y después Baldwin, el actual abad, la halagaban empalagosamente y la engatusaban con sus plegarias más solícitas y sus manuscritos mejor iluminados. Ella les correspondía con generosas donaciones a la abadía y se convirtió en su principal mecenas.
En 1293 Baldwin recibió aviso de que se presentara en su lecho de muerte en Carisbrooke; allí, en sus aposentos, donde se colaban las corrientes de aire, Isabella le comunicó con voz débil que había vendido la isla al rey Eduardo por seis mil libras, transfiriendo así el control a la Corona. Tendría que buscar patrocinio en otra parte, le dijo con desdén. Mientras exhalaba su último aliento, el abad le dio la bendición de mala gana.
Los cuatro años transcurridos desde la muerte de Isabella habían supuesto un desafío para Baldwin. Tras décadas de dependencia de esa mujer, la abadía no estaba preparada para afrontar el futuro. La población de Vectis había aumentado tanto que ya no era autosuficiente y requería constantemente ingresos del exterior. Baldwin tuvo que salir de la isla con frecuencia, como un mendigo, para agasajar a los duques, señores, cardenales y obispos. Él no era un animal político como su predecesor, Edgar, que era un hombre muy cercano y querido por sus monjes, por los niños y hasta por los perros. Baldwin era un tipo frío y escurridizo, un administrador eficiente con una pasión por las escrituras tan grande como su amor por Dios, pero con poco amor hacia sus semejantes. Su idea de la dicha era pasar una tarde tranquila solo entre sus libros. Sin embargo, últimamente la felicidad y la paz no eran más que conceptos abstractos.
Se avecinaban problemas.
Desde las profundidades de la tierra.
Baldwin elevó una plegaria especial a Josephus y se puso en pie para buscar a su prior y pedirle consejo urgente.
Luke, hijo de Archibald, un zapatero de Londres, era el monje más joven de Vectis. Era un fornido veinteañero con un físico más propio de un soldado que de un siervo de Dios. A su padre le desconcertó y le decepcionó que su hijo mayor prefiriera la religión a un horno de piedra, pero poner freno a su tozudo hijo habría sido como querer que no subiera la masa del pan. El joven Luke, cuando era un golfillo, había caído en la amable esfera del cura de su parroquia, y desde entonces no había querido otra cosa en la vida que ofrecer su vida a Cristo.
La total inmersión en la vida monástica le atraía muchísimo. Había oído hablar a los curas sobre la aislada belleza de la abadía de Vectis, así que a la edad de diecisiete años se dirigió hacia el sur, a la isla de Wight, gastando sus últimas monedas en el bote que cruzaba hasta allí. Durante la travesía vio los abruptos y cóncavos acantilados de las islas y se quedó boquiabierto ante la visión de la aguja del capitel de la catedral en el horizonte cual un dedo de piedra señalando el cielo. Rezó con todas sus fuerzas para que ese fuera un viaje sin retorno.
Tras una larga caminata a través de la rica campiña, Luke se presentó delante de las rejas elevadizas y rogó humildemente que le admitieran. El prior Félix, un fornido bretón tan moreno como rubio era Luke, reconoció su fervor y le permitió la entrada. Tras cuatro años de prueba como oblato y después como hermano lego, Luke fue ordenado ministro de Dios, y desde aquel instante su corazón rebosó júbilo todos los días. Su sempiterna sonrisa llenaba de regocijo a sus hermanos y hermanas; algunos a veces incluso se desviaban de su camino para cruzárselo y ver su dulce rostro.
Pocos días después de su llegada a Vectis empezó a oír rumores de los novicios más antiguos acerca de las criptas. Se decía que en la abadía había un mundo subterráneo. Bajo tierra había seres extraños y quehaceres extraños. Rituales. Perversiones. Una sociedad secreta, la Orden de los Nombres.
Luke pensó que todo eso eran tonterías, un rito de iniciación para jóvenes con demasiada imaginación. Se concentraría en sus obligaciones y en su educación y no permitiría que tales sandeces lo arrastraran.
Sin embargo, no podía negar que había un complejo de edificios que les estaba vedado a él y a sus compañeros. En un rincón lejano de la abadía, más allá de los límites del cementerio de los monjes, había un sencillo edificio de madera, sin decoración alguna, del tamaño de una capilla pequeña, que estaba conectado a una construcción antigua baja y alargada, que algunos llamaban la cocina exterior. Movido por la curiosidad, Luke merodeaba por allí de vez en cuando, lo suficientemente cerca para entrever a gente que iba y venía. Presenció entregas de grano, verduras, carne y leche. Vio al mismo grupo de hermanos entrando y saliendo con regularidad, y en más de una ocasión vio que llevaban a mujeres jóvenes al interior de aquel pequeño edificio.
Era joven e inexperto, y le satisfacía saber que había cosas en el mundo que ni le era dado saber, ni se esperaba que comprendiera. No permitiría que le distrajeran de su intimidad con Dios, la cual crecía cada día que pasaba entre los muros del monasterio.
La existencia en perfecto equilibrio y armonía de Luke llegó a su fin un día de finales de octubre. La mañana había comenzado con un calor y un sol propios de otra estación, pero se había vuelto fría y lluviosa a medida que el frente de una tormenta barría la isla. Paseaba meditabundo por los terrenos de la abadía, y cuando empezó a arreciar el viento y a llover a cántaros se pegó al muro circundante en busca de refugio. Llegó así hasta la parte más alejada del dormitorio de las hermanas; vio que las jóvenes salían corriendo a recoger la colada.
Una fuerte ráfaga arrancó una camisa de niño de uno de los tendederos y la elevó por los aires, donde el viento jugó con ella un rato y luego la depositó sobre la hierba, a escasos metros de Luke. Cuando salió corriendo a por ella, vio que una chica se separaba de sus compañeras y cruzaba el campo a la carrera para recuperarla. Mientras corría, se le cayó el velo, dejando al descubierto un pelo largo del color de la miel.
«No es una hermana -pensó Luke-, pues llevaría el pelo rapado.» Sus movimientos eran ágiles y gráciles como los de un cervatillo, y se mostró igual de asustadiza cuando se dio cuenta de que iba a entrar en contacto con él. Se paró en seco, dejó que Luke cogiera la camisa y dio media vuelta. El la atrapó y la ondeó bajo la lluvia; su sonrisa era más amplia que nunca.
– ¡La he cogido! -le gritó.
Luke jamás había visto una cara tan hermosa: barbilla perfecta, pómulos marcados, ojos verde azulados, labios húmedos y una piel con la luminosidad de una perla que vio un día en manos de una fina dama de Londres.
Elizabeth no tenía más de dieciséis años; una encarnación de la juventud y la pureza. Era de Newport. Su padre la había vendido como sierva a la condesa Isabella en Carisbrooke. Por su parte, Isabella, dos años más tarde, la legó a Vectis como regalo para la abadía. La hermana Sabeline eligió personalmente a Elizabeth entre el grupo de chicas que le ofrecieron. Aguantó la barbilla de la chica con el pulgar y el índice y afirmó que sería adecuada para el monasterio.
– Gracias -dijo Elizabeth a Luke cuando este se acercó a ella. Su voz le pareció una campanita ligera y aguda.
– Siento que se haya empapado. -Le dio la camisa. A pesar de que sus manos no se tocaron, sintió que una energía pasaba entre los dos. Se aseguró de que nadie les miraba y preguntó-: ¿Cómo te llamas?
– Elizabeth.
– Yo soy el hermano Luke.
– Lo sé. Te he visto.
– ¿Sí?
La muchacha bajó la vista.
– Tengo que irme -dijo, y salió corriendo.
Observó cómo se alejaba de él y en ese mismo momento Elizabeth empezó a competir en sus pensamientos con Jesucristo, su Señor y Salvador.
Pasar por detrás de los dormitorios de las hermanas durante sus paseos se convirtió en una costumbre, y la chica siempre aparecía, aunque solo fuera para golpear la ropa contra la piedra del lavadero o para vaciar un cubo. Cuando la veía, su sonrisa se ensanchaba y ella le saludaba con un movimiento de cabeza y dejaba que las comisuras de sus labios subieran casi hasta sus orejas. Jamás se dirigían la palabra, pero eso no disminuía el placer de los encuentros, y tan pronto como uno acababa ya estaba él pensando en el siguiente.
Sin duda aquel comportamiento estaba mal y sus contemplaciones eran impuras, pensaba Luke, pero nunca se había sentido así con nadie, y era totalmente incapaz de apartarla de su mente. Se arrepentía y se arrepentía una y otra vez, pero en su interior seguía sintiendo la insana necesidad de tocar su sedosa piel con la palma de sus manos, una obsesión que aún era más fuerte cuando yacía solo en su cama, intentando calmar el dolor de sus genitales.
Luke empezó a odiarse a sí mismo, y esa profunda aversión borró la perpetua sonrisa de su cara. Tenía el alma torturada y se convirtió en otro monje de rostro sombrío que se movía lentamente por el monasterio.
Sabía exactamente qué merecía: el castigo, si no en este mundo, en el siguiente.
Mientras el abad Baldwin terminaba sus plegarias en el santuario de Josephus, Luke pasaba por detrás del dormitorio de las hermanas con la esperanza de ver a Elizabeth. Era una mañana fría y cristalina, y el punzante viento contra su piel avivaba su masoquismo. El jardín que había tras el dormitorio estaba vacío; solo podía confiar en que ella siguiera sus movimientos desde una de las ventanitas de aquel edificio de tejado tan pronunciado.
No lo decepcionó. Al acercarse, se abrió una puerta y Elizabeth salió por ella envuelta en un largo manto marrón. Luke había estado aguantando la respiración; cuando la vio, soltó el aire y este se condensó en una nube efímera. Le pareció tan preciosa que decidió avanzar más despacio para prolongar el momento, y quizá se permitiera la osadía de acercarse un poco más de lo habitual, lo suficientemente cerca para ver el aleteo de sus párpados.
Entonces ocurrió algo de lo más extraordinario.
Elizabeth caminó directamente hacia él, que se quedó paralizado donde estaba. Ella siguió avanzando hasta que estuvo solo a un brazo de distancia. Luke se preguntaba si aquello no sería un sueño, pero cuando vio que ella lloraba y sintió el aire caliente de sus sollozos palpitando contra su cuello supo que era real. Estaba demasiado emocionado para comprobar si había espías.
– ¡Elizabeth! ¿Qué te pasa?
– La hermana Sabeline me ha dicho que yo seré la siguiente -dijo a trompicones y medio ahogándose.
– ¿La siguiente? ¿La siguiente para qué?
– ¡Para las criptas! ¡Me van a llevar a las criptas! ¡Por favor, Luke, ayúdame!
Quería tenderle los brazos y consolarla, pero sabía que eso sería imperdonable.
– No sé de qué estás hablando. ¿Qué pasa en las criptas?
– ¿No lo sabes?
– ¡No! ¡Dímelo!
– ¡Aquí no! ¡Ahora no! -dijo entre sollozos-. ¿Podemos vernos esta noche? ¿Después de vísperas?
– ¿Dónde?
– ¡No lo sé! -gritó-. ¡Aquí no! ¡Rápido o me encontrará la hermana Sabeline!
Pensó rápido, pensamientos llenos de pánico.
– De acuerdo, en los establos. Después de vísperas. Nos veremos allí, si puedes.
– Iré. Debo partir. Que Dios te bendiga, Luke.
Baldwin, nervioso, daba vueltas alrededor de su prior, Félix, que estaba sentado en una silla con un cojín de pelo de caballo. Normalmente aquel era un lugar agradable -la sala de visitas privada del abad, un buen fuego, un cáliz de vino, un mullido asiento-, pero estaba claro que Félix no se encontraba cómodo. Baldwin revoloteaba como una mosca en una habitación caldeada y su ansiedad era contagiosa. Era un hombre de apariencia y proporciones totalmente ordinarias, no había en él signos externos -como un aspecto sereno o un semblante que reflejara sabiduría- que revelaran su posición sagrada. De no ser por el armiño que engalanaba su hábito y por el recargado crucifijo de abad, cualquiera lo habría tomado por un comerciante o un mercader de pueblo.
– He rezado para conseguir respuestas pero no he logrado ninguna -gimió Baldwin-. ¿No puedes arrojar algo de luz sobre esta oscura materia?
– No puedo, padre -respondió Félix con su fuerte acento bretón.
– Entonces tendremos que hacer una reunión del consejo.
Hacía muchos años que el Consejo de la Orden de los Nombres no se reunía. Félix intentó recordar la última vez… creía que había sido casi veinte años atrás, cuando hubo que tomar decisiones respecto a la última gran expansión de la Biblioteca. Entonces era un hombre joven, un erudito encuadernador de libros que había ido a Vectis a causa de su famoso scriptorium. Su inteligencia, sus aptitudes y su honradez decidieron a Baldwin, que en aquellos días era prior, a reclutarlo para la orden.
Baldwin ofició la hora nona en el interior de la catedral; el apacible canto de su congregación llenaba el santuario. Siguió de memoria el orden prescrito para el servicio y dejó vagar sus pensamientos por las criptas durante los monótonos cantos. La nona comenzaba con el Deus in Adjutorium, seguido del canto nono, los salmos 125, 126 y 127, un versículo, el Señor ten piedad, el Pater, el Oratio, y concluía con la decimoséptima plegaria de san Benito. Cuando todo acabó, fue el primero en salir del santuario, y oyó que los pasos de los miembros de la orden le siguieron hasta la casa capitular, un edificio poligonal con tejado a dos aguas.
Sentados a la mesa estaban: Félix; el hermano Bartholomew, el viejo monje de larga barba gris que regentaba el scriptorium; el hermano Gabriel, un astrónomo de lengua afilada; el hermano Edward, el cirujano que dirigía la enfermería; el hermano Thomas, el gordo y adormilado guardián de las bodegas y las despensas; y la hermana Sabeline, la madre superiora, una mujer orgullosa de mediana edad con sangre aristócrata en las venas.
– ¿Quién puede decirme cómo es la situación actual en la Biblioteca? -preguntó Baldwin, refiriéndose a los monjes que trabajaban allí.
Todos la habían visitado recientemente, movidos por la curiosidad y la preocupación, pero nadie sabía más que Bartholomew, que pasaba gran parte de su vida bajo tierra & incluso empezaba a parecerse físicamente a un topo. Tenía un rostro anguloso, la luz le provocaba aversión, y enfatizaba su discurso moviendo sus flacos brazos con pequeños y rápidos gestos.
– Algo los está perturbando -comenzó-. Llevo muchos años observándolos. -Suspiró-. Muchos, y esto es lo más cerca que los he visto de la emoción.
– Estoy de acuerdo con nuestro hermano -intervino Gabriel-. No son las típicas muestras de emotividad que podría experimentar cualquiera de nosotros (alegría, enfado, cansancio, hambre), sino una sensación turbadora de que algo no funciona bien.
– ¿Qué hacen ahora que no hacían antes? -preguntó Baldwin, pensativo.
Félix se inclinó hacia delante.
– Yo diría que su motivación ha disminuido.
– ¡Sí! -convino Bartholomew.
– Todos estos años nos hemos maravillado ante su infalible laboriosidad -continuó Félix-. Su capacidad de trabajo no tiene límites. Trabajan hasta que se desploman y cuando se despiertan tras un breve respiro, lo hacen rejuvenecidos y vuelven a empezar. Sus pausas para comer, beber y acudir a la llamada de la naturaleza son fugaces. Pero ahora…
– ¡Ahora se están volviendo perezosos como yo! -dijo riéndose a carcajadas el hermano Thomas.
– No creo que sea pereza -intervino el cirujano. El hermano Edward se toqueteaba de manera obsesiva su fina y larga barba-.Yo diría que están apáticos. El ritmo de su trabajo es más lento, más mesurado, sus manos se mueven despacio, sus períodos de sueño son más largos. Se entretienen con la comida.
– Sí, es apatía -convino Bartholomew-. Hacen lo de siempre pero con cierta apatía; tienes razón.
– ¿Algo más? -preguntó Baldwin.
La hermana Sabeline se alzó un poco el velo con un dedo.
– La semana pasada, uno de ellos no estuvo a la altura de las circunstancias.
– ¡Increíble! -exclamó Thomas.
– ¿Ha vuelto a suceder? -preguntó Gabriel.
Ella negó con la cabeza.
– No se ha presentado la ocasión. No obstante, mañana llevaré a una chica muy guapa que se llama Elizabeth. Informaré de los resultados.
– Hágalo -dijo el abad-Y manténganme informado sobre esa… apatía.
Bartholomew bajaba con cuidado la empinada escalera de caracol que llevaba desde el pequeño edificio con forma de capilla hasta las criptas. Dispuestas a cierta distancia a lo largo de la escalera había antorchas que iluminaban lo suficiente para la mayoría, pero a Bartholomew los ojos empezaban a fallarle después de una vida leyendo manuscritos a la luz de las velas. Deslizaba su sandalia derecha hasta sentir el borde del peldaño antes de dejar que su pie izquierdo cayera sobre el siguiente. La curva de la escalera era tan pronunciada, y dio tantas vueltas sobre sí mismo, que cuando llegó al final estaba mareado. Cada vez que bajaba allí se maravillaba de las habilidades para la construcción y la ingeniería de sus predecesores, de que en el siglo XI hubieran escarbado la tierra hasta semejante profundidad.
Abrió la enorme puerta con la pesada llave de hierro que guardaba en su cinturón. Como era pequeño y ligero, tuvo que hacer fuerza con todo el cuerpo. La puerta giró sobre sus goznes y Bartholomew accedió a la Sala de los Escribas.
Aunque había entrado en la sala miles de veces desde que se iniciara en la Orden de los Nombres, cuando era un joven y alegre estudiante en la abadía, el asombro y la maravilla que le causaba verla siempre le hacían detenerse.
Ahora Bartholomew observaba a un conjunto de hombres y muchachos de piel pálida y pelo naranja, cada, uno de ellos pluma en mano, mojando y escribiendo, mojando y escribiendo, produciendo un rasguido tal que parecía que cientos de ratas estuvieran tratando de desgarrar los barriles del grano. Algunos de ellos eran viejos, otros jóvenes, pero todos se parecían increíblemente. Cada una de las caras era tan inexpresiva como la siguiente; sus ojos verdes penetraban las hojas de pergamino blanco.
Los escribas se hallaban de cara a la entrada de la caverna, sentados hombro con hombro a las largas mesas. La cámara tenía un techo abovedado que estaba enyesado y encalado. La cúpula había sido diseñada por el arquitecto del siglo XI, el hermano Bertram, para que reflejara la luz de las velas y aumentara así su luminosidad, y cada pocas décadas encalaban de nuevo el yeso para tapar el hollín.
Había más de diez escribas en cada una de las quince mesas que llegaban hasta el final de la cámara. La mayoría de las mesas estaban llenas, pero había huecos aquí y allá. La razón de los huecos era evidente: en el borde de la cámara había catres, algunos de los cuales estaban ocupados por personas durmiendo.
Bartholomew caminó entre las filas; de vez en cuando se detenía para mirar por encima de un hombro. Todo parecía en orden. La puerta principal, que llevaba al hueco de la escalera, se abrió. Entraron hermanos jóvenes con los cacharros de la comida.
Bartholomew abrió otra pesada puerta al final de la cámara. Encendió una antorcha con una vela que siempre estaba junto a la puerta y entró en la primera de dos habitaciones interconectadas y a oscuras; cada una de ellas hacía que la Sala de los Escribas pareciera pequeña.
La Biblioteca era una construcción magnífica, bóvedas frías y secas tan vastas que a la luz de la antorcha parecían no tener fin. Pasó por el estrecho pasillo central de la primera cripta y respiró el intenso olor terrenal de las cubiertas de cuero. Le gustaba hacer una revisión periódica para comprobar que no había roedores hurgando ni insectos anidando que penetraran su fortaleza de piedra, y habría inspeccionado escrupulosamente toda la Biblioteca de no haber oído un alboroto detrás de él.
Uno de los hermanos jóvenes, un monje que respondía al nombre de Alfonso, estaba llamando a sus compañeros.
Bartholomew volvió corriendo a la sala y lo vio arrodillado detrás de la cuarta mesa junto a dos de sus compañeros. Se había derramado un cuenco con caldo en el suelo y a Bartholomew le faltó poco para resbalar.
– ¿Qué ha pasado? -gritó el viejo a Alfonso.
A ninguno de los escribas parecía afectarle aquel jaleo. Siguieron ocupados como si nada hubiera pasado. Pero en las rodillas de Alfonso había un charco de sangre, y del ojo de uno de los de cabeza anaranjada chorreaba un arroyo carmesí: tenía clavada una pluma en el ojo izquierdo, hasta la masa cerebral.
– ¡Por Jesucristo Nuestro Salvador! -exclamó Bartholomew al verlo-. ¿Quién ha hecho esto?
– ¡Nadie! -gritó Alfonso. El joven español temblaba como un perro mojado y muerto de frío-. Se lo ha hecho él mismo, yo lo he visto. Estaba sirviendo el caldo. ¡Se lo hizo él mismo!
La Orden de los Nombres volvió a reunirse aquel día. Nadie había visto ni oído hablar de nada parecido, y no existía una historia oral. Ciertamente, los escribas nacían y morían, pero lo hacían de viejos. En ese sentido eran como cualquier mortal, con la salvedad de que jamás registraban sus nacimientos ni sus muertes. Pero esta muerte era completamente diferente. El escriba era joven y no daba signos de estar enfermo. El hermano Edward, el cirujano, lo había confirmado. Bartholomew había examinado la última entrada en la última de las páginas escritas por aquel hombre y no había nada destacable. Era simplemente un nombre más escrito en caracteres chinos, según le había parecido a Bartholomew.
Estaba claro que se trataba de un suicidio, una abominación inexplicable en cualquier hombre. Discutieron largo y tendido durante buena parte de la noche sobre las acciones que deberían tomar, pero no había respuestas claras. Gabriel se preguntaba si deberían sacar el cadáver al nivel superior para quemarlo, pero no hubo consenso. Jamás habían hecho eso con un escriba, y se resistían a romper las viejas tradiciones. Al final Baldwin decidió que lo llevarían al enjambre de criptas que había bajo tierra, a lo largo de la Sala de los Escribas. Generaciones de escribas descansaban en paz en las catacumbas, y esa alma descarriada seguiría el mismo destino que los otros.
Cuando Félix volvió a la cámara subterránea con hermanos jóvenes y fuertes para que ayudaran en el entierro, se percató de que los escribas trabajaban a un ritmo aún más lento y desganado que antes, y que dormidos en los catres había muchos más escribas que lo habitual.
Era casi como si estuvieran velando.
Los caballos se revolvieron y relincharon cuando Luke entró en los establos. Estaba oscuro, hacía frío y le asustaba su propia audacia de haber ido hasta allí.
– ¿Hola? -dijo en un susurro-. ¿Hay alguien?
– Estoy aquí, Luke, al fondo -le contestó una vocecilla.
Aprovechó la luz de la luna que se colaba por la puerta abierta para encontrarla. Elizabeth estaba en la cuadra de una gran yegua zaina, acurrucada junto a su panza para calentarse.
– Gracias por venir -dijo-.Tengo miedo. -Ya no lloraba. Hacía demasiado frío para eso.
– Estás helada.
– ¿Sí?
Sacó una mano para que él se la tocara. Él lo hizo con cierto temor, pero cuando sintió su muñeca de alabastro la rodeó con su mano y ya no la soltó.
– Sí. Lo estás.
– ¿Me das un beso, Luke?
– ¡No puedo!
– Por favor.
– ¿Por qué me torturas? Sabes que no puedo. ¡He hecho los votos! Además, he venido para que me hables de tu problema. Hablaste de criptas. -La soltó y se apartó de ella.
– No te enfades conmigo, por favor. Mañana me llevarán a las criptas.
– ¿Con qué intención?
– Quieren que yazca con un hombre, y yo nunca he hecho eso. -Lloró-. Otras chicas han sufrido ya ese destino. Las he conocido. Dan a luz y les quitan el niño cuando aún están amamantándolo. A algunas las usan como paridora una y otra vez, hasta que pierden la cabeza. ¡Por favor, no dejes que a mí me pase eso!
– ¡Eso no puede ser verdad! -exclamó Luke-. ¡Esta es la casa de Dios!
– Sí es verdad. En Vectis hay secretos. ¿No has oído las historias que se cuentan?
– He oído muchas cosas, pero no he visto nada con mis propios ojos. Yo creo en lo que veo.
– Pero crees en Dios -dijo ella-.Y a Él no lo has visto.
– ¡Eso es diferente! -protestó-.A Él no necesito verlo. Siento su presencia.
La desesperación de Elizabeth crecía. Se obligó a calmarse, alargó el brazo y le cogió una mano.
– Luke, por favor, échate conmigo en la paja.
Le llevó la mano hasta sus pechos y la apretó. Luke sintió sus firmes carnes a través del manto y la sangre le subió a las orejas. Deseó cerrar la palma de la mano alrededor de aquella dulce esfera y le faltó poco para hacerlo. Pero entonces recobró sus sentidos y reculó, golpeándose con uno de los lados de la caballeriza.
Ella tenía la mirada encendida.
– ¡Por favor, Luke, no te vayas! Si te acuestas conmigo, no me llevarán a las criptas. No les serviré.
– ¿Y qué será entonces de mí? -murmuró él-. ¡Me echarán! No lo haré. ¡Soy un hombre de Dios! ¡Por favor, debo irme!
Mientras huía de los establos oyó los suaves sollozos de Elizabeth mezclados de manera discordante con los quejidos de los importunados caballos.
Las pesadas nubes de tormenta yacían tan bajas sobre la isla que la transición de la oscuridad al alba fue muy tenue. Luke yació despierto e inquieto toda la noche. En los laudes le fue prácticamente imposible concentrarse en los cantos y salmos, y en el breve intervalo antes de que tuviera que volver a la catedral para el primer oficio hizo sus tareas a la carrera.
Pero llegó un momento en que ya no pudo más. Se acercó a su superior, el hermano Martin, apretándose el estómago, y le pidió permiso para desatender los rezos y acudir a la enfermería.
Con el permiso concedido, se puso la capucha y eligió el camino más largo hacia los edificios prohibidos. Escogió un gran arce que había en una loma cercana, lo suficientemente cerca para observar y lo suficientemente lejos para permanecer oculto. Desde ese punto aventajado montó guardia en la niebla.
Oyó las campanas que anunciaban la hora prima.
Nadie llegó ni salió de aquel edificio con forma de capilla.
Oyó las campanas que señalaban el final del oficio.
Todo estaba en silencio. Se preguntaba cuánto tiempo pasaría sin que lo vieran y qué consecuencias tendría aquel subterfugio. Aceptaría su castigo, pero tenía la esperanza de que Dios tendría un poco de amor y comprensión para su lamentable debilidad humana.
Sentía la áspera corteza del árbol en su mejilla. Se quedó dormido, consumido por la fatiga, pero se despertó de golpe cuando se raspó la piel de la cara contra la irregular superficie del tronco.
La vio avanzar camino abajo, conducida por la hermana Sabeline como si la arrastraran con una cuerda. Incluso desde aquella distancia podía ver que estaba llorando.
Al menos esa parte de la historia que le había contado era cierta.
Las dos mujeres desaparecieron tras la puerta principal de la capilla.
Se le aceleró el pulso. Cerró los puños y los golpeó levemente contra el tronco. Rezó para ver la luz. Pero no hizo nada.
Cuando Elizabeth entró en la capilla y comenzó su descenso al subterráneo creyó que estaba soñando. Años después, al mirar atrás, su mente no retendría los detalles de aquello que estaba a punto de ver, y ya de anciana a menudo se sentaría sola junto al fuego e intentaría decidir si algo de aquello había sido real.
La capilla en sí misma era un espacio vacío con el suelo de piedra azul. Había muros de piedra bajos, pero la mayor parte de la estructura era de madera y tenía un tejado muy inclinado. La única decoración interior era un crucifijo de madera, bañado en pan de oro, colgado en la pared sobre una puerta de roble que había al final de la sala.
La hermana Sabeline tiró de Elizabeth para que atravesara esa puerta y la guió escalera abajo hacia las profundidades de la tierra.
En el umbral de la Sala de los Escribas, Elizabeth entornó los ojos y paseó la mirada por el interior de la oscura caverna; intentaba entender lo que estaba viendo. Miró a Sabeline con los ojos como platos, pero solo obtuvo una fría reprimenda como respuesta.
– La boca cerrada, niña.
Ninguno de los escribas parecía darse cuenta de su presencia mientras Sabeline la arrastraba por delante de ellos, uno por uno, fila tras fila, hasta que uno de los hombres alzó su anaranjada cabeza de la hoja y miró a la muchacha. Tendría dieciocho o diecinueve años. Elizabeth vio que tres largos dedos de su mano derecha estaban manchados de tinta negra. Creyó oír un grave gruñido salido de su enclenque pecho.
Sabeline apartó de un tirón a la horrorizada muchacha. Cuando llegó al final de la fila, tiró de ella hacia un corredor abovedado que se adentraba en la oscuridad. Elizabeth pensó que aquello seguramente era la puerta del Infierno. Miró atrás y vio que el joven que había gruñido se levantaba.
Aquello era la entrada a las catacumbas. Si la primera habitación olía a miseria, la segunda olía a muerte. Elizabeth tosió y el hedor le produjo arcadas. Apilados como si fueran leños en los huecos de los muros había esqueletos amarillos con restos de carne adherida. Sabeline llevaba una vela, y allí donde llegaba la luz, Elizabeth veía calaveras con las mandíbulas separadas. Rezaba por perder el conocimiento, pero lamentablemente conservó todos los sentidos.
No estaban solas. Había alguien junto a ella. Giró sobre sus talones y vio el mudo e inexpresivo rostro y los ojos verdes del joven; estaba bloqueando el paso. Sabeline se retiró y rozó con la manga los huesos de las piernas de un cadáver; los secos huesos repiquetearon. La hermana sostuvo la vela en alto y se quedó observando a corta distancia.
Elizabeth jadeaba como un animal. Podría haber huido hacia las profundidades de las catacumbas, pero tenía demasiado miedo. El hombre del pelo color naranja estaba a escasos centímetros de ella, con los brazos colgándole a los lados. Pasaron segundos. Sabeline, decepcionada, gritó:
– ¡He traído a esta chica para ti!
No ocurrió nada.
El tiempo pasaba.
– ¡Tócala! -ordenó la monja.
Elizabeth se preparó mentalmente para que la tocara aquello que parecía un esqueleto vivo y cerró los ojos. Sintió una mano en el hombro, pero lo extraño fue que no le pareció repulsiva sino tranquilizadora. Oyó chillar a la hermana Sabeline:
– ¿Qué haces tú aquí? Pero ¿qué haces?
Abrió los ojos y como por arte de magia la cara que tenía ante sí era la de Luke. El joven pálido y pelirrojo estaba en el suelo, intentando levantarse del sitio al que Luke le había empujado con violencia.
– ¡Hermano Luke, déjenos solos! -gritó Sabeline-. ¡Ha violado un lugar sagrado!
– No me iré sin esta muchacha -dijo Luke, desafiante-. ¿Cómo puede ser esto sagrado? Todo cuanto veo es maldad.
– ¡No lo entiende! -rugió la monja.
Oyeron un tumulto repentino en la sala.
Fuertes golpes.
Crujidos.
Bandazos. Destrozos.
El chico pelirrojo se giró y se encaminó hacia el ruido.
– ¿Qué está pasando? -preguntó Luke.
Sabeline no contestó. Cogió la vela y corrió hacia la sala, dejándolos solos en la oscuridad total.
– ¿Te han hecho daño? -preguntó Luke con ternura.
Su mano seguía en su hombro, y ella se dio cuenta de que no la había apartado.
– Has venido a por mí -susurró.
Se abrieron camino desde la oscuridad hacia la luz, hacia la sala.
Ya no era la Sala de los Escribas. Era la Sala de la Muerte.
El único ser viviente era Sabeline, cuyos zapatos estaban empapados de sangre. Caminaba sin rumbo entre un mar de cuerpos que cubrían las mesas, los catres, el suelo, una masa exangüe y agitada por espasmos involuntarios. Sabeline parecía ida.
– Dios mío, Dios mío, Dios mío, Dios mío -musitaba una y otra vez con la cadencia de un cántico.
El suelo, las mesas y las sillas de la cámara se fueron tiñendo poco a poco con la sangre de aquellos ciento cincuenta hombres y muchachos pelirrojos; tenían una pluma clavada en un ojo.
Luke llevó a Elizabeth de la mano a través de aquella carnicería. Tuvo el aplomo necesario para echar un vistazo a los pergaminos que había sobre las mesas de los escribas, algunos de los cuales eran puros charcos de sangre. ¿Qué clase de curiosidad o instinto de supervivencia le empujó a llevarse una de las hojas en su huida? Eso sería algo que se preguntaría durante muchos años.
Subieron a la carrera la precaria escalera, atravesaron la capilla y después, fuera, la niebla y la lluvia. Siguieron corriendo hasta que estuvieron a poco más de un kilómetro de la puerta de la abadía. Solo entonces se detuvieron para dar un respiro a sus abrasados pulmones y escuchar las campanas de la catedral, que repicaban en señal de alarma.
1 de agosto de 2009,
Los Ángeles
La marina solo operaba un G-V, el C-37A, un jet privado de lujo de alto rendimiento que el secretario de la Mari na elegía siempre para sus viajes personales. Los dos turborreactores Rolls-Royce expulsaron una ráfaga de las que tiran hacia atrás al hacer su abrupto despegue; tras las ventanillas, la infinita incandescencia de la noche de Los Ángeles desapareció tras una capa de nubes bajas en cuestión de segundos.
Después de un estresante día atravesando franjas horarias que había comenzado antes del amanecer en su casa de Fairfax, Virginia, e incluía paradas en el Pentágono, la base de las Fuerzas Aéreas de Andrews y el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles, Harris Lester seguía en marcha gracias a la cafeína. Tras una breve parada en Los Ángeles, se encontraba de nuevo en ruta, de regreso a Washington. Tenía mala cara y un aliento de perros. Lo único en él que transmitía limpieza y frescura eran su camisa de vestir y su planchada corbata, que tenían todo el aspecto de que acabara de quitarles el papel de seda de Ralph Lauren.
Solo había tres personas en la cabina de pasajeros; el interior estaba revestido de madera, con lujosos asientos de cuero azul oscuro colocados por parejas uno frente a otro y separados por finas mesas de madera de teca. Lester y Malcolm Frazier, cuyo cincelado rostro se había contraído en una mueca inalterable, miraban al hombre sentado frente a Lester, que agarraba el reposabrazos con una mano y un vaso de cristal tallado con whisky en la otra.
Will estaba agotado, pero era la persona más relajada de las que se encontraban a bordo. Había jugado sus cartas y aparentemente había ganado la partida.
Unas horas antes, Frazier y un equipo de vigilantes que habían enviado a tal efecto desde Groom Lake se lo habían llevado de la calle. Lo metieron en un todoterreno negro, se dirigieron a todo gas hacia una terminal privada del aeropuerto, lo encerraron en una sala de conferencias y lo dejaron aparcado, sin interrogarle, hasta que llegó Lester. A Will le daba la impresión de que Frazier habría preferido cargárselo allí mismo, o al menos castigarle con una buena dosis de dolor. Suponía que él habría deseado lo mismo si alguien hubiera tiroteado a uno de sus equipos del FBI. Pero estaba claro que Frazier era un soldado, y los buenos soldados obedecen órdenes.
Frazier abrió el portátil de Shackleton y tras trastear un poco con el teclado soltó:
– ¿Cuál es la contraseña?
– Pitágoras -contestó Will.
Frazier suspiró.
– Intelectualoide de mierda. ¿Con uve?
– Con pe -dijo Will con tristeza.
Y segundos después:
– Está aquí, tal como había dicho, señor secretario.
– ¿Cómo podemos estar seguros de que hizo una copia, agente Piper? -preguntó Lester.
Will sacó un recibo de su cartera y lo tiró sobre la mesa.
– Un dispositivo de memoria Radio Shack, comprado hoy, después del incidente.
– Entonces ya sabemos que lo has escondido en algún sitio de la ciudad -dijo Frazier en tono despectivo.
– Es una ciudad grande. Por otra parte, podría haberlo echado a un buzón. O podría habérselo dado a alguien que no tendría por qué saber lo que era. En cualquier caso, puedo garantizarles que si no mantengo contacto personal frecuente y regular con una o más personas que no nombraré, el dispositivo de memoria será enviado a los medios. -Esbozó una sonrisa-.Así que, caballeros, no me jodan a mí ni a nadie que me importe. Lester se masajeó las sienes.
– Entiendo lo que dice y por qué lo dice, pero usted no quiere que esto salga a la luz nunca, ¿verdad?
Will dejó el vaso sobre la mesa y vio que formaba un círculo de humedad en la madera.
– Si quisiera que saliera a la luz, lo habría enviado yo mismo a los periódicos. No soy yo quien puede decir si la gente debe estar al tanto de esto o no. ¿Quién coño soy yo para decidirlo? Ojalá jamás me hubiera enterado de nada. No he podido pensar mucho en ello, pero saber que existe lo cambia… todo.
De repente se rió.
– ¿Cuál es el chiste? -preguntó Lester.
– Me río del libre albedrío. Lo gracioso es que mi padre me puso Will porque significa voluntad. Albedrío y voluntad son lo mismo. -Volvió a ponerse serio en un segundo-. Mire, ahora ni tan siquiera sé si el libre albedrío existe. Todo está ahí escrito, ¿cierto? Si tu nombre aparece ahí, no hay nada que cambiar, ¿me equivoco?
– Lo ha pillado -dijo Frazier amargamente-. De no ser así, ahora mismo estaría haciendo una caída libre de nueve mil metros.
Will no hizo caso del veneno de aquel hombre.
– Ustedes han vivido con esto. ¿No afecta en su manera de encarar la vida?
– Por supuesto que sí -dijo Lester bruscamente-. Es un lastre. Tengo un hijo, agente Piper. Tiene veintidós años y está enfermo de fibrosis quística. Todos sabemos que no va a tener una esperanza de vida normal y lo aceptamos. Pero ¿cree que me gusta saber que la fecha de su muerte es inamovible? ¿Cree que quiero saber qué día será o que lo sepa él? ¡Por supuesto que no!
Frazier tenía una perspectiva diferente, una perspectiva que a Will le dejó helado.
– Para mí, las cosas resultan más fáciles. Sabía que Kerry Hightower y Nelson Elder iban a morir cuando lo hicieron. Lo único que hice fue apretar el gatillo. Duermo bien.
Will sacudió la cabeza y se sirvió otra copa.
– Ahí reside el problema, ¿no creen? ¿Cómo demonios sería el mundo si eso estuviera ahí expuesto y todos pensaran como usted?
El agudo chirrido de los motores fue el único sonido hasta que Lester dio una respuesta propia de un político.
– Esa es la razón de que hayamos llegado tan lejos para mantener en secreto la Biblioteca. A lo largo de seis décadas hemos tenido un historial impecable gracias al trabajo de hombres entregados como el amigo Frazier. Solo consultadnos los datos por motivos geopolíticos y de seguridad nacional. No hacemos consultas sobre personas específicas a no ser que haya una razón de seguridad primordial. Somos los administradores responsables de este milagroso recurso. En el pasado hubo indiscreciones e infracciones menores, casi diría triviales, las cuales se cortaron de raíz. Lo que ha pasado con Shackleton ha sido la primera brecha catastrófica en la historia de Área 51. Espero que entienda lo que eso significa.
Will asintió y se inclinó hacia delante cuanto la mesa le permitía. Se acercó al secretario.
– Lo entiendo perfectamente. Y también entiendo el efecto palanca. Si algún día consiguen poner sus manos en mi copia de la base de datos me meterán en el agujero más profundo que se pueda cavar, y para estar seguros de ello se encargarán de que desaparezcan todos mis allegados. Ustedes lo saben, yo lo sé. Solo estoy protegiéndome. No soy teólogo ni filósofo. No me interesan los grandes problemas morales, ¿vale? Yo no pedí implicarme en su mundo, pero ocurrió porque hace treinta años me tocó tener a Mark Shackleton como compañero de habitación. Lo único que quiero es que me dejen en paz y vivir mi penosa vida, al menos hasta 2027. Su gran adversario no es más que un buen chico de pueblo que quiere irse a pescar. -Se incorporó en el asiento y vio que el marchito rostro de Lester no expresaba nada-. Chicos, ¿quién de vosotros quiere ponerme otra copa?
De vuelta en Washington lo retuvieron voluntariamente durante dos días para que hiciera un informe detallado junto con Frazier y un encantador grupo de la Agencia de Inteligencia de Defensa que hacía que Frazier pareciera un filántropo. Consiguieron que soltara todo lo que sabía del asunto, todo menos dónde estaba el dispositivo de memoria.
Cuando acabaron con él, accedió a cumplir el sobrecogedor acuerdo de confidencialidad que debían firmar todos los empleados de Área 51, y lo soltaron, libre y limpio, en los anhelantes brazos de sus hermanos del FBI.
El director del FBI ordenó que no se le sometiera a ningún interrogatorio más en la agencia ni hiciera informe alguno sobre los últimos días de investigación del caso Juicio Final. Sue Sánchez, desconcertada y perdida, le ofreció un paquete que incluía pagarle la baja hasta que cumpliera los veinte años de servicio y luego la jubilación completa. Aceptó el trato con una sonrisa y cuando se iba le dio una palmada en el trasero como broma y le guiñó un ojo al ver que se volvía furiosa.
Will se sentó y escuchó la conversación alrededor de la mesa con plácida satisfacción. Había algo hogareño en aquello, algo tradicional y primario que ponía su ritmo interior en armonía.
No había disfrutado de muchas cenas familiares cuando él era pequeño, ni tampoco durante el breve período en que ofreció una familia a su hija.
Masticaba su filete con calma y escuchaba. Su apartamento era un caos placentero: cajas apiladas, maletas, ropa de mujer, nuevos muebles y cachar ritos.
Laura se disponía a llenarle la copa de vino, pero él puso la mano y la detuvo.
– ¿Te encuentras bien, papá? -bromeó ella.
– Estoy intentando contenerme.
– Ha cortado el grifo -dijo Nancy.
Will se encogió de hombros.
– Es mi nuevo yo. Es igual que mi antiguo yo pero con un nivel de alcohol en la sangre algo menor.
– ¿Se siente mejor así? -preguntó Greg.
– ¿Va a constar en acta?
– No, señor, no constará en acta.
– Pues sí, me siento mejor. Para que veas. ¿Cómo va lo del libro, Laura?
– De maravilla. Estoy esperando a que salgan las galeradas y preparándome para una vida de fama y fortuna.
– Mientras seas feliz, me da igual lo que el futuro te depare. A ti y a Greg.
Greg bajó los ojos, desconcertado ante tanta gentileza. El periodista que había en él aún se moría de curiosidad por lo que había pasado con el caso Juicio Final. Le había hecho las preguntas a Laura en voz alta, por si acaso se sentía con agallas suficientes para entrevistar a Will, pero sabía que ese tema era tabú. Tenía serias dudas de que se lo contaran nunca, por más que se convirtiera en el yerno de Will Piper.
¿Por qué le habrían apartado de la investigación y le habían declarado fugitivo? ¿Por qué se había cerrado el caso sin ninguna detención ni resolución? ¿Por qué habían rehabilitado a Will y le habían dado la jubilación con tanta amabilidad?
Pero en lugar de eso preguntó:
– ¿Y qué le depara a usted el futuro? ¿Irá a pescar, se tumbará a la bartola?
– ¡Ni hablar! -intervino Nancy-.Ahora que me he mudado aquí, le espera una vida de teatros, museos, galerías, buenos restaurantes y todo lo que se te pueda ocurrir.
– Creía que odiabas Nueva York, papá.
– Vivo aquí. Igual le doy una oportunidad. Los jubilados tenemos que mantener la mente en activo mientras aquí las mujeres resuelven robos de bancos.
Más tarde, cuando se iban, Will le dio un beso a su hija en la mejilla y la apartó del grupo lo justo para que Greg no le oyera.
– ¿Sabes? Me gusta tu chico. Quería decírtelo. No lo dejes escapar.
Le constaba que Greg Davis era FDR.
Will se tumbó en la cama y observó cómo Nancy personalizaba el dormitorio con fotos, un joyero, un oso de peluche.
– ¿Estás seguro de que no te importa? -preguntó.
– Queda bonito.
– Me refiero a que vivamos juntos. ¿Fue una buena idea?
– Creo que sí. -Dio una palmada en el colchón-. Cuando termines de redecorar, deberías venir y probar tu nueva cama.
– Ya he dormido en ella antes -dijo ella riendo.
– Sí, pero ahora es diferente. Es una propiedad común.
– En ese caso, elijo el lado de la ventana.
– ¿Sabes? Creo que eres mi tipo.
– ¿Y qué tipo es ese?
– Lista, sexy, atrevida.
Ella gateó hasta él y se acurrucó a su lado. Will la envolvió con sus brazos. Le había hablado sobre la Biblioteca. Era algo que tenía que compartir con alguna persona de su vida, y aquel secreto los unió aún más.
– Cuando estuve en Los Ángeles miré algo más en el ordenador de Shackleton -dijo bajito.
– ¿Y quiero saberlo?
– El 12 de mayo de 2010 nacerá un niño llamado Phillip Weston Piper. Eso es dentro de nueve meses. Nuestro hijo. Nancy parpadeó unas cuantas veces y le besó en la cara. Él le devolvió el beso.
– Tengo muy buenas vibraciones respecto al futuro -dijo.
9 de enero de 1297,
isla de Wight, Inglaterra
Los bajos de la blanca vestidura del abad estaban empapados de sangre. Cada vez que se detenía para tocar una frente fría o hacer el signo de la cruz sobre un cuerpo boca arriba, sus prendas se manchaban de sangre.
A su lado, el prior Félix le tomaba del brazo para que Baldwin no resbalara con la sangre que cubría las piedras. Recorrieron aquella carnicería parándose en cada uno de los escribas pelirrojos en busca de señales de vida; en vano. El único otro corazón que latía en la Sala de los Escribas era el del viejo Bartholomew, que estaba haciendo su propia desalentadora inspección al otro lado de la cámara. Baldwin había mandado salir a la hermana Sabeline porque sus lloros histéricos le estaban sacando de quicio y no le dejaban pensar.
– Están muertos -dijo Baldwin-.Todos muertos. En el nombre del Señor, ¿por qué ha sucedido esto?
Bartholomew pasaba de una fila a otra, caminando con cuidado sobre los cadáveres y alrededor de ellos, intentando mantener el equilibrio. Para ser un anciano, se movía con energía de un pupitre a otro, cogiendo las hojas de la mesa y reuniéndolas en la mano.
Se dirigió hacia Baldwin con una resma de pergaminos. -Mirad -dijo el viejo-. ¡Mirad!
Dejó caer las hojas.
Baldwin cogió una y la leyó.
Después la siguiente, y la siguiente. Colocó las páginas sobre la mesa para poder verlas con mayor rapidez.
Cada página llevaba la fecha del 9 de febrero de 2027 y una inscripción idéntica.
– Finis Dierum -dijo Baldwin-. El Fin de los Días.
Félix tembló.
– Así que será entonces cuando llegue el final. Bartholomew casi sonrió ante la revelación.
– Su trabajo había terminado.
Baldwin recogió todas las hojas y se las apretó contra el pecho.
– Nuestro trabajo aún no ha terminado, hermanos. Debemos llevarlos a la cripta para que descansen. Después haré una misa en su honor. La Biblioteca será sellada y la capilla quemada. El mundo no está preparado.
Félix y Bartholomew asintieron de inmediato para mostrar su acuerdo; el abad se dio la vuelta para marcharse.
– El año 2027 queda muy lejos -dijo Baldwin, cansado-. Al menos la humanidad tiene mucho tiempo por delante para prepararse para el Fin de los Días.