RÍO GRANDE, RÍO BRAVO

A David Carrasco


Hijo de la altura, descendiente de la nieve, los hielos del cielo lo bautizan cuando brota en las montañas de San Juan, rompe el escudo virginal de las cordilleras, inicia su abrupta juventud desafiando cañones y abriendo tajos para que pasen las aguas tormentosas de mayo a junio, pierde altura pero gana desierto, gasta la madurez en dejar limosnas de agua aquí y allá entre el mezquite, su vejez lujosa la dispensa en fértiles tierras labrantías y su muerte se la regala, exhausto, al mar río grande, río bravo, ¿siempre crecieron contigo, desde la creación, los cedros gruesos y aromáticos que fueron madera de tus nodrizas, siempre anunciaron tu llegada las plantas rodadoras del desierto, siempre te defendieron de los intrusos las espinas del palo verde y las bayonetas de las yucas, siempre perfumaron tus amores los inciensos del piñón, siempre te escoltaron los séquitos de álamos blancos y te disfrazaron los abetos rojos, siempre te mecieron las olas color aceituna de tus pastos inmensos, no impidieron tu muerte las nerviosas lechuguillas enfermeras, no la conmemoraron los frutos negros del enebro, no lloraron los sauces tu réquiem, río grande, río bravo, no te olvidaron el creosote, el cacto y la artemisa, tan sedientos de tu paso, tan obsesionados por tu siguiente renacimiento que ya no se acuerdan de tu muerte? el río de varios pisos viaja de regreso a sus orígenes desde las llanuras costaneras, su fértil media luna arrastra una capa de pantanos, el valle se ancla entre el pino y el ciprés hasta que lo vuelve a levantar un vuelo de palomas, llevándose el río a un mirador escarpado donde la tierra se quebró desde el primer día de la creación, bajo la mano de Dios: ahora Dios, todos los días, le da la mano al río grande, río bravo, para que suba a su balcón y ruede por los tapetes de su antesala antes de abrirle las puertas de su siguiente estancia, el escalón que lleva sus aguas, si logran escalar los enormes barrancos, a los techos del mundo donde cada meseta tiene su nube fiel que la acompaña y la reproduce como un espejo de aire, pero ahora la tierra se seca y el río nada puede hacer por ella salvo plantar estacas que guíen su curso y el de sus viajeros, pues es aquí donde todos se perderían si no fuese por la protección de las montañas de Guadalupe que devuelven el río a su seno, río grande, río bravo, de regreso en su cueva nutricia de donde nunca debió salir rumbo al exilio de la sangre y el trabajo, el exilio de la muerte y la ceguera huracanada del mar que lo espera de nuevo para ahogarle…

BENITO AYALA

Detenido en la noche a la orilla del río, Benito Ayala estaba rodeado de hombres parecidos a él. Todos entre los veinte y los cuarenta años, todos tocados con sombreros de petate, todos vestidos con camisas y pantalones de mezclilla, zapatos fuertes para el trabajo en clima frío, chamarras de colores y diseños variados.

Todos levantan los brazos, los abren en cruz, cierran los puños, ofrecen su trabajo silenciosamente, del lado mexicano del río, esperando que alguien los note, los salve, les haga caso. Prefieren exponerse a ser fichados que dejar de anunciarse, hacerse presentes: Aquí estamos. Queremos trabajo.

Todos se parecen, pero Benito Ayala sabe que cada uno va a cruzar el río con un costal de recuerdos diferentes, una mochila invisible en la que sólo cabe la memoria particular de cada uno de ellos.

Benito Ayala cerró los ojos para olvidar la noche e imaginar el cielo. Por su cabeza pasó un lugar. Era su pueblo, en las montañas de Guanajuato. No muy distinto de muchos pueblitos mexicanos de montaña. Una sola calle por donde pasaba la carretera. A ambos lados, las casas todas de un piso. Allí mismo los comercios, las tlapalerías, la fonda, la farmacia. A la entrada, la escuela. A la salida, la gasolinera y los mejores excusados del pueblo, el mejor radio, los refrescos mejor refrigerados. Pero para usar los excusados, había que llegar en coche. Conocían a los lugareños. Los mandaban a cagar al monte, riéndose de ellos.

Atrás de las casas, las huertas, los jardincitos, el riachuelo. Todos los muros pintados, anunciando cervezas, propaganda del PRI, elecciones próximas o pasadas. Viéndolo bien y a pesar de todo, un pueblo bueno, un pueblo dulce, un pueblo con historia y con lo que el pasado le regala a sus descendientes para hacer una vida buena.

Pero de nada de esto vivía el pueblo.

El pueblo de Benito Ayala vivía de enviar trabajadores a los Estados Unidos y de las remesas que los trabajadores hacían al pueblo.

Los viejos y los niños, los escasos comerciantes, hasta los poderes políticos, se acostumbraron a vivir de esto. Era el principal y puede que el único ingreso del pueblo. ¿Para qué inventarse otro? Las remesas eran hospital, seguro social, pensión, maternidad, todo junto.

Con los ojos cerrados, detenido de noche del lado mexicano del río, con los brazos abiertos y los puños cerrados, Benito Ayala iba recordando a las generaciones de su pueblo.

Fue el bisabuelo Fortunato Ayala el primero que salió de México huyendo de la Revolución.

– Esta guerra no se va a acabar nunca -anunció un día poco antes de la batalla de Celaya allí mismo en Guanajuato-. La guerra va a durar más que mi vida. Mientras todos nos unimos contra el tirano Huerta, me aguanté. Pero ahora que nos vamos a matar los hermanos los unos a los otros, mejor me voy.

Se fue a California y trató de poner un restorán. Nomás que a los gringos no les gustaba nuestra comida. Ponerle chocolate al pollo les daba náusea. Quebró. Buscó trabajo en la industria, porque decía que para agacharse a recoger tomates, mejor se regresaba a Guanajuato. Sólo que a donde quiera que fue, la respuesta fue siempre la misma, como si se hubieran aprendido un catecismo:

– Ustedes no fueron hechos para trabajar en fábricas. Mírense. Son bajitos. Están cerca de la tierra. Agáchense, recojan frutas y verduras. Para eso los hizo Dios-. Se rebeló. Llegó como pudo (máximamente en los vagones de carga de los trenes, escondido pero de a oquis) hasta Chicago y le importó madres el frío, el

viento, la hostilidad. Encontró trabajo en el acero. Cerca de la mitad de los trabajadores de la acerera eran mexicanos. Ni siquiera tuvo que aprender inglés. Mandó a Guanajuato los primeros dineritos. En esa época todavía funcionaba el correo y un sobre con dolaritos llegaba a su destino en la cabecera municipal de Purísima

del Rincón y allí iban a recogerlo sus familiares. Veinte, treinta, cuarenta dólares. Una fortuna para un país devastado por la guerra donde cada facción rebelde emitía sus propios billetes, los famosos "bilimbiques".

Fortunato Ayala, antes de enviar sus dólares, los miraba largamente, acariciándolos con los ojos, imaginándolos de satín, de seda, no de papel, tan brillantes y planchaditos, los miraba largamente a contraluz, como para asegurarse de su validez y aun de su belleza verde, presidida por Jorge Washington y el Ojo de Dios de los Huicholes. ¿Qué hacía el símbolo sagrado de los indios mexicanos en el billete de a dólar gringo? En todo caso, el triángulo de la mirada divina significaba protección y previsión, aunque también fatalidad. Jorge Washington parecía una abuelita protectora con cabecita de algodón y dientes postizos.

Pero nadie protegió al bisabuelo Fortunato cuando el desempleo norteamericano de 1930 lo arrojó fuera de los Estados Unidos, deportado junto con miles de mexicanos. Fortunato salió con pesadumbre, además, porque en Chicago dejó a una muchacha mexicana embarazada a la que nunca le ofreció nada más que amor. Ella sabía que Fortunato era casado y con hijos: sólo le pidió el apellido, Ayala, y Fortunato se lo dio, con un poco de miedo pero resignándose a ser generoso.

Se fue. Estableció una tradición: el pueblo viviría de las remesas de sus trabajadores emigrados. Su hijo, Fortunato como él, pudo llegar a California durante la segunda guerra, legalmente. Era un bracero. Entraba legalmente; sus patrones le hacían saber, de todas maneras, que su situación era muy precaria. Estaba a un paso de su propio país, México. Era fácil deportarlo sí las cosas se ponían mal en los USA. Qué bueno que no le interesaba hacerse ciudadano norteamericano. Qué bueno que amaba tanto a su país y sólo quería regresar a él. Qué bueno que soy trabajador y no ciudadano -les contestó Fortunato Hijo y eso no les gustó a sus patronos-. Qué bueno que soy barato y seguro, ¿verdad?

Luego los patrones comentaron que la ventaja del trabajador mexicano era que no se hacía ciudadano ni organizaba sindicatos y huelgas como los inmigrantes europeos. Pero si este tal Fortunato Ayala se volvía respondón, habría que aislarlo, castigarlo.

– A todos se les sube -dijo uno de estos empleadores.

– Todos acaban por enterarse de sus derechos -dijo otro.

Por eso cuando se acabó la guerra y con ella el programa de braceros, el joven nieto de Fortunato padre e hijo de Fortunato hijo, Salvador Ayala, se encontró con la frontera cerrada. Ya no eran necesarios. Pero el pueblecito cerca de Purísima del Rincón se había acostumbrado a vivir de las remesas. Todos sus jóvenes dejaban el pueblo para buscar el trabajo en el norte. Si no, el pueblecito se moriría, como se muere un niño abandonado en el monte por sus padres. Valía la pena arriesgarlo todo. Eran los hombres, eran los muchachos. Los más fuertes, los más listos, los más valientes. Ellos se iban. Los niños, las mujeres, los ancianos, se quedaban atrás. Todos dependían de los trabajadores.

– Aquí hay hombres que viven porque hay hombres que se van. Que no se diga que aquí hay hombres que mueren porque ya nadie se va.

Salvador Ayala, padre de Benito, hijo y nieto de los Fortunatos, se volvió espalda mojada, el ilegal que cruzaba el río de noche y era pescado del otro lado por la patrulla fronteriza. Se la jugaban. Él y los demás. Valía la pena el riesgo. Si los agricultores texanos necesitaban mano de obra, el mojado nomás era llevado de vuelta a la frontera y puesto del lado mexicano. En seguida era admitido, ya seco, del lado texano, protegido por un empleador. Pero cada año, la duda se repetía. ¿Esta vez, entraré o no? Esta vez, ¿podré mandar cien, doscientos dólares al pueblo?

La información circulaba en Purísima del Rincón. De la placita a la iglesia, de la sacristía a la cantina, del riachuelo a los campos de nopal y breña, de la gasolinera a la costurería, todos sabían que en época de cosechas no hay ley que valga. Les dan órdenes de no deportar a nadie. Podemos ir. Podemos pasar. La policía ni se acerca a los ranchos texanos protegidos, aunque sepan que todos los trabajadores son ilegales.

– No te preocupes. Esto no depende de nosotros. Si les hacemos falta, nos dejan pasar, con ley o sin ella. Si no les hacemos falta, nos corren a patadas, con ley o sin ella.

A nadie le fue peor que a Salvador Ayala, padre de Benito y nieto del primer Fortunato. A él le tocaron las peores represiones, las expulsiones, las operaciones de limpia fronteriza. A él le tocó ser víctima del capricho brutal. El patrón decidía cuándo tratarlo como trabajador contratado y cuándo como criminal y entregarlo a la migra. Salvador Ayala se quedó sin armas. Si alegaba que el patrón le había dado trabajo ilegalmente, se condenaba a sí mismo y carecía de pruebas contra él. El patrón manejaba los documentos falsos para probar que Salvador era obrero legal, si hacía falta. Para volverlos invisibles y deportar a Salvador, si hacía falta.

Ahora era la peor época. Benito sabía, nieto del segundo Fortunato e hijo de Salvador, descendiente del fundador del éxodo, el primer Fortunato, que todas las épocas eran difíciles, pero esta más que ninguna.

Porque ahora seguía habiendo necesidad. Pero también había odio.

– ¿A ti también te odiaron? -le preguntó Benito a su padre Salvador.

– Como te van a odiar a ti, no.

No sabía las razones, pero lo sentía. Detenido del lado mexicano del Río Bravo, sentía el miedo de todos y el odio del otro lado. Iba a cruzar de todos modos. Pensó en todos los que dependían de él en Purísima del Rincón.

Extendió hasta donde pudo los brazos en cruz, crispando los puños, mostrando el cuerpo listo para trabajar, pidiendo un poco de amor y compasión, no sabiendo si cerraba los puños así por coraje, desafío o de plano resignación y desánimo.


Ésta nunca fue la tierra donde el hombre nunca fue: desde hace treinta mil años los pueblos siguen el curso del río grande, río bravo, descienden desde el norte, emigran hacia el sur, buscan los nuevos territorios de la caza, de paso descubren América, sienten la atracción y la hostilidad del nuevo mundo, no descansan hasta recorrerla entera para saber si es tierra amiga o enemiga, hasta llegar al otro polo, tierra que tuvo placenta de cobre, tierra que tendrá nombre de plata, tierras todas de la migración más vasta conocida por los hombres, de Alaska a Patagonia, tierra bautizada por la migración: acompañada, América, de vuelos e imágenes, de metáforas y metamorfosis que hacen llevadero el andar, que salvan a los pueblos de la fatiga, el abatimiento, la lejanía, el tiempo, los siglos necesarios para recorrer América de polo a polo: no diré sus nombres, sólo los conocen quienes saben escuchar el silencio, no contaré sus hazañas, sólo las repiten las estrellas de polvo de los senderos, no recordaré sus sufrimientos, los grita el huracán de las aves, no mencionaré sus calendarios, son todos un río de cenizas, sólo el perro los acompañó, el único animal amigo del indio, pero luego se cansaron de tanto andar, soltaron a los perros en feroces jaurías cimarronas y ellos se detuvieron, decidieron que el centro del mundo estaba aquí mismo, donde estaban plantados sus pies en ese instante, éste era el centro del mundo, la tierra del río grande, río bravo; el mundo había brotado de los surtidores invisibles de las aguas del desierto; los ríos subterráneos, dicen los indios, son la música de Dios, gracias a ellos crece el maíz, el frijol, la calabaza y el algodón, y cada vez que una planta crece y da sus frutos, el indio se transforma, el indio se vuelve estrella, olvido, ave, mezquite, olla, membrana, flecha, incienso, lluvia, olor de lluvia, tierra, temblor de tierra, fuego apagado, silbido en la montaña, beso a escondidas, todo esto se vuelve el indio cuando la semilla muere, se vuelve niño y abuelo del niño, memoria, ladrido, alacrán, zopilote, nube y mesa, vasija rota del nacimiento, túnica escarmentada de la muerte, se vuelve máscara, escalera, roedor, se vuelve caballo, se vuelve rifle, se vuelve blanco; sueña el indio y su sueño se convierte en profecía, todos los sueños de los indios se vuelven realidad, encarnan, les dan la razón, los llenan de pavor y por eso los vuelven sospechosos, arrogantes, celosos, orgullosos pero espantados de conocer siempre el porvenir, sospechosos de que se vuelva realidad lo que sólo debió ser una pesadilla: el hombre blanco, el caballo, el fusil, ay, ellos habían dejado de moverse, las grandes migraciones terminaron, la hierba creció sobre los caminos, las montañas separaron a los pueblos, las lenguas dejaron de entenderse, decidieron no moverse ya del mismo lugar, del nacimiento a la muerte, tejer una gran manta de lealtades, deberes, valores, para protegerse hasta que el río se incendió y la tierra se movió otra vez

DAN POLONSKY

Flaco y pálido, pero musculoso y ágil, Dan Polonsky se ufanaba de que a pesar de vivir en la frontera, no se exponía al sol. Tenía la tez pálida de sus antepasados europeos, inmigrantes que fueron mal recibidos, discriminados, tratados como basura. Dan recordaba las quejas de sus abuelos. La salvaje discriminación de la que fueron objeto porque hablaban distinto, comían distinto, se veían distintos. Olían distinto. Los anglos se tapaban las narices cuando pasaban esos viejos (aunque fueran jóvenes, parecían ancianos, barbados, vestidos de negro) oliendo a cebolla y chucrut. Pero ellos habían persistido, se habían asimilado, se habían vuelto ciudadanos. Nadie defendería a su patria mejor que ellos, pensó Dan mientras miraba del lado norteamericano al lado mexicano del río.

– ¿Ya viste Air Force -le decía su abuelo Adam Polonsky y como Dan era muy joven para haber visto las películas de la segunda guerra mundial, el viejo le regaló un video para que viera cómo la fuerza aérea estaba compuesta por héroes étnicos, no sólo anglos sino descendientes de polacos, italianos, judíos, rusos, irlandeses, nunca un japonés, es cierto, eran los enemigos. Pero jamás un latino, un mexicano. Uno que otro negro, dicen que los negros sí fueron a la guerra. Pero los mexicanos, nunca. No eran ciudadanos. Eran cobardes, eran mosquitos que le chupaban la sangre a los USA y se regresaban corriendo a mantener a sus indolentes paisanos…

– ¿Ya viste Air Force? John Garfield. Se llamaba en realidad Julius Garfinckel. Un chico del ghetto, como tú, un hijo de inmigrantes, Danny boy.

Habían dado la vida en dos guerras mundiales y también en Corea y Vietnam. Casi igualaban los sacrificios de las generaciones anglosajonas del siglo pasado, los conquistadores del oeste. ¿Por qué nadie lo decía? ¿Por qué seguían sintiendo vergüenza de tener un pasado inmigrante? A Dan le enorgullecía mirar un mapa y ver que los USA habían adquirido más territorio que cualquier otra potencia del siglo pasado. Luisiana. Florida. La mitad de México. Alaska. Cuba. Puerto Rico. Filipinas. Hawaii. El canal de Panamá. Un reguero de islitas en el Pacífico. Las Islas Vírgenes… ¡Las islas vírgenes! Allí le gustaría ir de vacaciones. Por el nombre, tan seductor, tan sexy, tan improbable. Y por el desafío. Ir de vacaciones al Caribe y no tostarse bajo el sol. Regresar igual de blanco que sus abuelos de Pomerania. Vencer al color. No dejarse teñir por nada, ni por negro, ni por mexicano, ni por sol.

Había pedido el servicio nocturno por esa razón secreta que no le comunicaba a nadie pues le daba miedo el ridículo. Había un culto a la piel bronceada. Hasta parecía sospechoso un hombre de piel tan blanca. "¿Estás enfermo?", le preguntó otro oficial como él, y no le dio una trompada porque sabía las consecuencias de golpear a un oficial y Dan Polonsky no quería perder por nada su trabajo, le satisfacía demasiado. Desde el momento en que se pusieron en lugar las técnicas para detectar el paso nocturno de inmigrantes ilegales por el Río Grande, Dan pidió ser admitido, y lo fue, en las brigadas que veían iluminado al mundo nocturno a través de sus anteojos de robot cinematográfico, sus nochiscopios para ver a los ilegales de noche como si fosforescieran, sus detectores del calor que emana del cuerpo humano… Lo malo es que había tantos agentes de la patrulla fronteriza que aunque fueran texanos, eran de origen mexicano, y a veces Polonsky se confundía, encontraba con sus goggles rojos a un morenito y resultaba que traía credencial de patrullero, aunque tuviera cara de bracero… Lo bueno es que a estos agentes texano-mexicanos se les podía chantajear fácil, explotar sus fidelidades divididas, exigirles que demostraran, a ver, que eran buenos norteamericanos, no mexicanos disfrazados, a ver… Polonsky se reía de ellos. Le daban pena, los manipulaba como ratas en un laboratorio.

Algo le molestaba, sin embargo, y era esa necedad de insistir en que los USA eran morales e inocentes siempre. ¿Por qué pretendían los políticos y los periodistas no tener ambiciones ni intereses, ser siempre morales, inocentes, buenos? Esto enervaba a Dan Polonsky. Todo el mundo tenía intereses, ambiciones, malicia. Todo el mundo que quería ser alguien. Miró intensamente a través de sus gafas nocturnas, que aclaraban el paisaje seco y hostil del río sin necesidad de sol, miró un paisaje de un rojo embriagante como una copa de clamato y vodka. Para Dan, los Estados Unidos habían salvado al mundo de todos los males del siglo veinte, Hitler, el Kaiser, Stalin, los comunistas, los japoneses, los chinos, los vietnamitas, el tío Ho, Castro, los árabes, Sadam, Noriega…

Se le agotó la lista de enemigos y se quedó sólo con su justificación central, rabiosa. Había que salvar la frontera sur. Por allí entraba ahora el enemigo. Allí se protegía hoy a la patria, igual que en Pearl Harbor o las playas de Normandía, igual.

Allí estaban, provocándolo indecentemente, agrupados del lado mexicano, enseñando los brazos abiertos en cruz, cerrando los puños, diciéndole a la otra orilla: Ustedes nos necesitan. Venimos a la frontera porque sin nosotros sus cosechas se pudren, no hay quien las recoja, no hay quien atienda hospitales, cuide niños, sirva en restoranes, si nosotros no les prestamos nuestros brazos. Era un desafío y la mujer de Dan se lo decía con burla brutal:

– Oye, necesito una nana para el niño. ¿No me digas que vas a delatar a Josefina? No seas terco. Mientras más trabajadores entren, más seguro tienes el empleo, buster… quiero decir, darling.

Cuando Selma su mujer se ponía pesada, Dan inventaba un viaje a la capital del estado en Austin para cabildear pidiendo más dinero e influencia para la patrulla fronteriza de la cual él era miembro. Quería convencer: si no nos dan fondos, no podemos proteger a la patria contra la invasión invisible de los mexicanos. Afocó los visores del nochiscopio. Allí estaban. Incapaces de quitarse el sombrero, como si hasta de noche hiciera sol. Le dieron unas ganas furiosas de orinar. Se bajó el zipper y se miró bajo la luz fluorescente. Su líquido era blanco también, sin color, como un flujo de chablis. Le desagradó pensar que las uvas maduran y se endurecen bajo el sol. Pero se consoló pensando en los trabajadores agrícolas que las recogían en California.

Trató de corregir su contradicción. No era un hombre de contradicciones. Detestaba a los indocumentados. Pero los adoraba y los necesitaba. Sin ellos, maldita sea, no habría presupuesto para helicópteros, radar, poderosas luces infrarrojas nocturnas, bazukas, pistolas… Que vengan, dijo secretamente mientras se meneaba la pija para liberarse de las últimas gotas rubias. Que sigan viniendo por millones, rogó, para darle sentido a mi vida. Tenemos que seguir siendo víctimas inocentes dijo al convencerse de que por más que se la meneara, la última gota, inevitablemente, se le quedaría en los calzoncillos jockey. Llegaron el caballo, el cerdo, el ganado, las ovejas llegaron el acero y la pólvora llegaron los sabuesos, llegó el terror, llegó la muerte; cincuenta y cuatro millones de hombres y mujeres vivían en el vasto continente de las migraciones, del Yukón a la Tierra del Fuego, y cuatro millones al norte del río grande, río bravo, cuando llegaron los españoles cincuenta años más tarde, sólo vivían cuatro millones en todo el continente y las tierras del río casi se volvieron lo que luego iban a decir que siempre había sido; la tierra donde el hombre nunca fue o casi dejó de ser, diezmado por la viruela, el sarampión, el tifo, donde los sobrevivientes fueron a refugiarse a la mesa buscando amparo y voluntad de resistencia; donde Francisco Vázquez de Coronado llegó un buen día con trescientos españoles, incluyendo tres mujeres mal repartidas, seis franciscanos, mil quinientos caballos y mil aliados indios, traídos de las tierras de Coahuila y Chihuahua, en busca de las ciudades de oro, el paso al oriente fabuloso, la repetición de México y Perú: no hallaron nada sino la muerte que les había precedido, pero dejaron las ovejas y los chivos, los pollos y los burros, las ciruelas, las cerezas, los melones, las uvas, el durazno y el trigo, regados como sus palabras castellanas, con la misma facilidad, con la misma fertilidad, en ambas márgenes del río grande, río bravo

MARGARITA BARROSO

Ella cruzaba todos los días la frontera para ir de El Paso a Juárez y supervisar los trabajos de una maquiladora donde se ensamblan televisores. A veces quisiera hablar de otro tema, pero el trabajo le ha sorbido el seso, como decía su abuelita Camelia, y Margarita decidió hace tiempo que su única salvación era el trabajo, en el trabajo encontraba su dignidad, su personalidad, se respetaba y se hacía respetar, había desarrollado un carácter duro, intransigente, claro que había chicas simpáticas, dulces, sentimentales inclusive, y también trabajadoras serias, profesionales, pero bastaba con una sola cabrona -y siempre había más de una- para joderlo todo y obligar a la supervisora a usar manita pesada, poner la cara agria, decir la palabra dura…

Ahora regresaba de noche, era viernes y todas iban a los lugares de recreo, Margarita no podía faltar, era su única concesión a la indisciplina, bueno, al probable relajo, no parecer apretada y salir con las muchachas a las discos los viernes, total allí ella se confundía entre la multitud, a las mujeres les era permitida la fantasía en el atuendo, se veía cada facha, la Rosa Lupe con su manía de hacer mandas y vestirse de carmelita, la Marina que se moría por ver el mar, la muy pendeja, como si una vez zambutidas aquí a ninguna de ellas le tocaría la de buenas, qué esperanzas, la Candelaria que se sentía Frida Kahlo o algo así, vestida de la flor más bella del ejido, y la que ya no salía a bailar, la Dinorah, penando por su hijito que se le ahorcó por falta de famullo que lo cuidara, quién le manda, ser soltera y con escuincle, la muy babosa, y vivir en los andurriales de Buenavista, mejor cruzar el río todos los días, irse a una casa suburbana de El Paso, aunque fuera en barrio negro, pero asimilada, que la sintieran asimilada, no quería ser vista como mexicana, ni como chicana, ella era gringa, vivía en El Paso, le decían Margarita en Chihuahua, pero en Texas era Margie, desde la escuela en El Paso le decían, oye, tú eres blanca, no te dejes llamar Margarita, hazte llamar Margie y pasa por blanca, ni quién se entere: no hables español, no dejes que te traten de mexicana, pocha o chicana.

– ¿Cómo te llevas con tu familia?

– Son increíbles. No puedo tener un date sin que mi mamá me atosigue preguntando, ¿es de buena familia, es de buena familia? Me dan ganas de salir con un negro para que les dé la alferecía.

– No seas bruta. Sal con puro güerito. No admitas que eres mexicana.

Se rebeló luchando por ser bastonera de su high school. Les dijo a sus padres que iba a ser parte de la banda musical de la escuela, que iban a tocar en el partido de futbol. Pero cuando la vieron aparecer en pleno otoño con las piernas desnudas y un calzoncito mínimo, enseñando los muslos, qué va, mostrando las nalgas, con las que me siento, decía la abuelita Camelia, ella nunca dijo nalgas, mostrando eso pues, y manejando un bastón como si fuera un falo simbólico, supieron que la habían perdido, se fue de casa, le advirtieron ningún chico decente se va a querer casar contigo, muestras en público las asentaderas, puta, pero ella no tenía tiempo ni cabeza para novios, ella iba nomás los viernes al Excalibur a bailar la quebradita con los hombres que todos eran iguales, todos bailaban con el sombrero blanco puesto, ésos eran los rancheros, ricos o pobres, quién iba a saber, si eran todos idénticos, y los melenudos, los que traían cintas amarradas a la cabeza y chalecos de fleco, pues ésos eran padrotes o pachucos, no los tomaban en serio: todo era sólo un respiro, un atarantamiento para olvidar al abuelo que no la hizo, tullido en su silla de ruedas, a la dulce abuelita Camelia que nunca decía nalgas, a sus padres que por ahí andaban, el padre dependiente de Woolworths, la madre en otra maquila, el hermano preparando burritos en un Taco Bell, y el tío poderoso, riquísimo, el self made man que no cree en la filantropía familiar, mantener a esa runfla de parientes vagos, que trabajen como yo, que hagan su fortuna, ¿qué están mancos o qué?, el dinero sólo sabe si uno lo gana, no si se lo regalan, o como dicen los gringos, los lonches no son gratuitos: ella, Margarita Margie, ella era ambiciosa, disciplinada, ¿y de qué le había servido?, parada allí en la frontera, esperando pasar entre este margallate de la manifestación que todo lo había interrumpido, ansiosa por largarse de México cada noche, aburrida de cruzar pa’Juárez todas las mañanas entre armazones de fierro, cementerios de rascacielos a medio construir por la mala suerte repetida de México: se acabó la lana, llegó la crisis, entambaron al empresario, al funcionario, al mero mero, y ni así se acaba la corrupción, jodido país, chingado país, desesperado país como una rata sobre una noria, haciéndose la ilusión de que camina pero nunca cambia de lugar pero ni modo, allí estaba su chamba y en su chamba ella era buena, ella se conocía de pe a pa el trabajo en serie del ensamblaje, del chassis a la soldadura a la prueba automática al gabinete y la pantalla al warm-up para ver si trabajaban todas las partes y si no hay mortalidad infantil, como dice en guasa el subgerente italiano, al alineamiento para aislar a la televisora del campo magnético del mundo para tener un aparato libre de interferencia, ¿qué tal?, ésa se la soltaba a los compañeros de baile y hasta perdían el paso porque sabía más que ellos y no la querían, la dejaban en paz y les hablaba del test del aparato ante espejos, el gabinete plástico, el empaque en styrofoam y el cajón final, el féretro del televisor listo para el K Mart, dos horas dura todo el proceso, once mil aparatos por día, ¿quihubo?, ah qué vieja más enterada, y si a ella le tocaba cerciorarse de que cada etapa estaba correcta adjudicándole estrellas verdes a los aparatos con problemas y estrellas azules cuando no había problema, ella se merecía una estrellota de oro en la frente, en la mera frente, como las niñas buenas en las escuelas de monjas, como las drum majorettes que maniobraban el bastón y marchaban mostrando los calzones y se disfrazaban de coroneles para encabezar los desfiles y que los chicos le silbaran, la llamaran Margie y dijeran no es pocha, no es chicana, no es mexicana, es como tú y yo…el náufrago, el vencido, el muerto de hambre y sed, el desarrapado, ¿de quién sino de él podía venir el sueño imposible de la riqueza del río, riqueza disponible como en el edén, manzanas de oro al alcance de la mano y del pecado: quién sino un náufrago delirante podía hacer creíble semejante ilusión sobre el río grande, río bravo?

Álvaro Núñez Cabeza de Vaca, extremeño en fuga de la piedra insomne como la mayoría de los conquistadores (Cortés de Medellín, Pizarro y Orellana de Trujillo, Balboa de Jerez de los Caballeros, De Soto de Barcarrota, Valdivia de Villanueva de la Serena, hombres de frontera, hombres de allende el Duero) quiso como ellos transmutar la piedra de Extremadura en oro de América, embarcose en Sanlúcar en 1528 con una expedición de cuatrocientos hombres a la Florida, de los que quedaron cuarenta y nueve después de un naufragio en la bahía de Tampa, vadeando las tierras pantanosas de los seminolas, marchando penosamente por la costa del Golfo hasta el río Mississippi, la construcción de barcazas para lanzarse de nuevo al mar, tan apretados que no podían moverse, atacados ahora por una tormenta de la que sólo treinta salen vivos, el nuevo naufragio en Galveston, la marcha hacia el oeste, hasta el río grande, río bravo, defendiéndose de las flechas indias, comiéndose sus caballos y haciendo odres de sus cueros, hasta las tierras de los indios pueblos al norte del río, pero la distancia, la ignorancia de la tierra y de los hombres, no son nada frente al hambre, la sed, el desamparo, las noches sin abrigo, los días sin sombra, los cuerpos cada vez más desnudos, más morenos, hasta que los quince españoles que quedan, ya no se distinguen de los pueblos, los alabamas y los apaches; sólo el criado negro, Estebanico, es más oscuro que los demás, pero sus sueños son luminosos, dorados, él ve en la distancia las ciudades de oro, mientras Álvaro Núñez Cabeza de Vaca se mira en el espejo de su memoria y allí trata de verse reflejado como el hidalgo que fue, el caballero español que ya no es, el único espejo de su persona son los indios que encuentra, se ha vuelto idéntico a ellos, pero pierde la oportunidad de ser uno de ellos, es igual a ellos pero no comprende la ocasión que tiene de ser el único español que podía entender a los indios y traducir sus almas al castellano; Cabeza de Vaca no puede entender una historia de viento, una crónica migratoria sin fin que lleva al indio de la caza acalorada en la pradera, al tipí de las nieves; del cuerpo bronceado y desnudo del verano, al cuerpo envuelto en mantas y pieles del invierno, él no quiere reinar sobre este mundo, el nomadismo lo atrae pero lo niega porque aquí nadie se mueve para conquistar sino para sobrevivir, él no entiende a los indios, los indios no lo entienden a él ven en los españoles chamanes, curanderos, brujos, y Cabeza de Vaca asume el único papel que le otorgan, se vuelve brujo de ocasión, cura a base de succiones, soplidos, imposición de manos, padrenuestros y persignadas abundantes, pero en realidad lucha aterrado contra la pérdida, capa tras capa, de la piel y la ropa de su alma europea, a ella se aferra, no atiende la razón de su voz interna; Dios nos ha traído desnudos a conocer a hombres idénticos a nosotros en su desnudez… ¿cuál Dios.? Cabeza de Vaca lo ve rondando los pasillos y las recámaras de las casas grandes de los pueblos, ve a un dios que no reconoce huyendo de piso en piso por escaleras de mano que de noche retira para aislarse a su gusto de la luna, de la muerte, del extraño… ocho años de extravío, de nomadismo involuntario, hasta encontrar la brújula del río grande, río bravo, y retomar el camino de Chihuahua, a Sinaloa y el Pacífico y tierra adentro a la ciudad de México, donde son recibidos como héroes por el virrey Mendoza y el conquistador Cortés; quedan sólo cuatro sobrevivientes de los cuatrocientos que salieron de Sanlúcar a la Florida, Cabeza de Vaca, Andrés Dorantes, Alonso del Castillo Maldonado y el criado negro Estebanico: los celebran, los interrogan; ¿dónde anduvieron, qué han visto, qué saben, qué prometen? Cabeza de Vaca, los dos españoles y el negro no cuentan lo que vivieron, sino lo que soñaron, han sido salvados para contar un espejismo, han recibido turquesas y suntuosas pieles arrancadas a los lomos de las extrañas vacas grises de las praderas, los búfalos han vislumbrado las siete ciudades de oro de Cíbola, han tenido noticias de las riquezas incontables de Quivira, propagan la ilusión de Eldorado, otro México, otro Perú, más allá del río grande, río bravo, un inmortal sueño de riqueza, poder, oro, felicidad, que nos compensa de todos nuestros sufrimientos, de la sed y el hambre y los naufragios y los ataques de indios, han sobrevivido para mentir, la muerte los hubiese fundido con la verdad de las tierras desiertas, mezquinas, hostiles, despobladas, la vida les ha dado la opulenta riqueza de la mentira, pueden engañar a todo el mundo porque han sobrevivido: río grande, río bravo, frontera de mirajes desde entonces.

SERAFÍN ROMERO

El Galán le dijeron desde chiquito por su pelo negro lustroso como charol y sus pestañas largas, pero él se llamó a sí mismo El Mierdas porque así se sintió siempre, creciendo entre las montañas de basura de Chalco, dedicado desde niño a escarbar entre la masa desfigurada de carne podrida, frijoles vomitados, trapos, gatos muertos, jirones de existencia irreconocible, dando gracias cuando algo mantenía su forma -una botella, un condón-, y podía ser llevado a casa: una nube de olor acre lo acompañaba a Serafín desde niño, y cuando se salía de la nube del desperdicio, el olor era tan dulce, tan puro, que lo mareaba y hasta asquito le daba, su patria eran las calles de lodo, los charcos, los niños con las rodillas jodidas, incapaces de caminar derecho, los perros sueltos, procreándose, afirmando su vida, diciéndonos a ladridos que todo puede sobrevivir, a pesar de todo, a pesar de los traficantes que embaucan en la droga a los niños de ocho años, a pesar de los policías extorsionadores que primero matan de noche y luego se aparecen de día a contar los cadáveres y sumarlos a las listas de la gigantesca muerte urbana, vencida siempre por la fertilidad de las perras, las ratas, las madres; todo puede sobrevivir porque el gobierno y el partido organizan la corrupción, la dejan florecer tantito y luego la organizan como un alivio para que todos acepten la consigna: el PRI o la anarquía, ¿qué prefieren?, de modo que cuando a Serafín le salieron pelos en los sobacos, ya sabía todo sobre el mal de la ciudad, ya nadie le iba a enseñar nada, la cuestión era sobrevivir, pero ¿cómo se sobrevivía de verdad, sometiéndose a los caciques de la pepena, votando por el PRI, asistiendo a los mítines a güevo, viendo cómo se hacen ricos los reyes de la basura, qué chingadera, o diciendo no y uniéndose a una banda de rockeros que eran los que se atrevían a cantar la joda inmensa de vivir en el De Efe en una red subterránea de chavos rebeldes, o diciendo todavía más fuerte, negándose a votar por el PRI y exponiéndose como él y su familia a refugiarse en una escuela a medio construir, casi mil de ellos abrazados allí los unos a los otros, sus casuchas derruidas por la policía, sus pobres posesiones robadas por la policía, todo por decir vamos a votar como se nos pegue la gana?

A los veinte años, Serafín Romero agarró para el norte, le dijo a su gente sálganse de aquí, este país no tiene remedio, el PRI es razón de sobra para largarse de México, yo les juro que veré la manera de ayudarlos en el norte, tengo unos parientes en Juárez, tendrán noticias mías, chavos…

Esta noche de los brazos abiertos en cruz y los puños cerrados, Serafín, a los veintiséis años, no espera nada de nadie, él lleva dos años organizando la banda que casi todas las noches cruza la frontera con treinta mexicanos armados y amontona cajones de madera, fierros viejos, tejas y chassis abandonados en los rieles de la Southern Pacific de Nuevo México, cambia las agujas de las vías, detienen al tren, se roban todo lo que pueden para venderlo en México y llenan los vagones de indocumentados mexicanos. Cuántas noches como ésta recuerda Serafín Romero, alejándose en su troca del tren detenido en el desierto, la troca llena de objetos robados, el tren lleno de paisanos necesitados de trabajo, los objetos robados nuevecitos, empaquetados, relucientes, lavadoras, tostadoras, aspiradoras, todo nuevecito, todo antes de convertirse en basura yendo a dar a una montaña de desperdicios en Chalco… Ahora sí que era El Galán, ahora sí que había dejado de ser El Mierdas, y Serafín Romero pensó, alejándose del tren detenido, que lo único que le faltaba para ser un héroe, era un caballo relinchón… Ah, y el aire nocturno del desierto era tan seco, tan limpio.


Nadie vive con mayor opulencia en la opulenta ciudad de México que Juan de Oñate, hijo del conquistador Cristóbal de ese apellido descubridor de las minas de Zacatecas, enjambres infinitos de plata, llegado a la Villa Rica de la Veracruz sin un doblón, y ahora capaz de heredarle a su hijo una de las mayores fortunas de Indias, una inagotable veta argentina que permite a Juan de Oñate ser nombrado regulador de precios de la capital de Nueva España, rodar por ella con los mejores carruajes, las mejores mujeres, los mejores pajes, ser atendido en su palacio por pelotones de mayordomos y sacerdotes rezando el día entero para que Oñate acabe en el cielo; ¿por qué deja este hombre todos sus lujos, se despereza y se va a las tierras incógnitas del río grande, río bravo? ¿tan harto estaba de plata vieja que deseaba oro nuevo? ¿no deberle nada al padre? ¿empezar, como éste, pobre y desafiante? ¿o demostrar que no hay riqueza mayor que la que nunca se puede alcanzar? miren a este Juan de Oñate plantar la bota negra sobre la ribera parda del río grande, río bravo: es gordo, calvo, mostachudo, una tortuga con caparazón de fierro y coqueterías de holanda en el cuello y los puños, panza robusta y patas enclenques, y entre las dos el indispensable bolsillo del escroto para mear a gusto en medio de las conquistas y las batallas que proclama su indispensable yelmo de plata sobremontado por un airón: viene al río grande con ciento treinta soldados y quinientos pobladores, mujeres, niños, sirvientes; funda El Paso del Norte y declara el dominio español sobre todas las cosas, desde las hojas de los árboles hasta las piedras y arenas del río: nada lo detiene, la fundación de El Paso es sólo el trampolín de su gran sueño imperial, gordo, panzón, calvo, mostachudo, fortalecido por el acero y suavizado por los encajes, Juan de Oñate es un contratista privado, un hombre de empresa que ha creído las mentiras de Cabeza de Vaca y no ha hecho caso de las expediciones de fray Marcos de Niza y de la muerte del fatal empecinado negro Estebanico, desaparecido en la búsqueda de su propia mentira, las ciudades de oro: Oñate no viene a encontrar el oro, sino a inventarlo, a crear la riqueza, a descubrir lo que falta por descubrir del nuevo mundo, las minas que faltan, los imperios que faltan, el pasaje a Asia, los puertos en ambos océanos: para realizar su sueño emprende una campaña de la muerte, llega a Ácama el centro del mundo indígena (centro de la creación, ombligo del universo) y allí destruye la ciudad, mata a medio millar de hombres, a trescientos niños y mujeres, y a los demás los convierte en cautivos: los muchachos de doce a veinte años de edad serán sirvientes, a los hombres de veinticinco años, les será cortado un pie en público: se trata de fundar, en verdad, un nuevo mundo, de crear, en verdad, un orden nuevo, donde Juan de Oñate reine a su gusto, caprichosamente, sin deberle nada a nadie, decidido a perderlo todo con tal de ser infinitamente libre para imponer su voluntad, ser su propio rey y acaso su propio creador. Aquí no había nada antes de que llegara Oñate, aquí no había historia, no había cultura: él las fundó. pero aquí había distancia, enorme distancia, y la distancia, al cabo, lo derrotó.

ELOÍNO Y MARIO

Polonsky le dijo a Mario que esta noche más que nunca los ilegales tratarían de cruzar aprovechando la trifulca del puente, pero Mario sabía bien que mientras un país pobre viviera al lado del país más rico del mundo, lo que ellos los de la patrulla fronteriza hacían era apretar un globo: lo que se apretaba por aquí sólo se volvía a inflar por allá; no tenía remedio y aunque al principio a Mario le divirtió su trabajo como un juego casi infantil, como las escondidas cuando era niño, la exasperación comenzó a ganarle porque la violencia iba en aumento, porque Polonsky era implacable en su odio a los mexicanos, para quedar bien con él no bastaba cumplir profesionalmente, era necesario demostrar verdadero odio y eso le costaba a Mario Islas, al cabo hijo de mexicanos aunque nacido ya de este lado del Río Grande; pero eso mismo avivaba las sospechas de su superior Polonsky; una noche Mario lo pescó en la taberna diciendo que los mexicanos eran todos cobardes y estuvo a punto de pegarle, Polonsky lo notó, seguro que lo provocó, sabía que Mario estaba allí, por eso lo dijo y luego aprovechó para decirle:

– Déjame ser franco, Mario, ustedes los mexicanos que sirven en la patrulla tienen que demostrar su lealtad más convincentemente que nosotros, los verdaderos norteamericanos…

– Yo nací aquí, Dan. Soy tan norteamericano como tú. Y no me digas que los Polonsky llegaron en el Mayflower.

– Cuidado con las impertinencias, boy.

– Soy un oficial. No me digas boy. Yo te respeto. Respétame a mí.

Quiero decir: somos blancos, europeos, savvy?

– ¿España no está en Europa? Yo desciendo de españoles, tú de polacos, todos europeos…

– Hablas español. Los negros hablan inglés. Eso no los hace ingleses a ellos, ni español a ti…

– Dan, nuestra discusión no tiene sentido -sonrió Mario encogiéndose de hombros-. Hagamos bien nuestro trabajo.

– A mí no me cuesta. A ti sí.

– Tú todo lo ves como racista. No te voy a cambiar, Polonsky. Hagamos bien nuestro trabajo. Olvídate que soy tan americano como tú.

En las noches largas del Río Grande, Río Bravo, Mario Islas se decía que quizás Dan Polonsky tenía razón en dudar de él. Esta pobre gente sólo venía buscando trabajo. No le quitaba trabajo a nadie. ¿Fue culpa de los mexicanos que cerraran las industrias de guerra y hubiera más desempleados? Pues hubieran seguido la guerra contra el imperio del mal, como lo llamaba Reagan.

Estas dudas pasaban muy fugazmente por la mente alerta de Mario. Las noches eran largas y peligrosas y a veces él hubiera querido que todo el Río Grande, Río Bravo, estuviera de veras dividido por una cortina de fierro, una zanja profundísima o por lo menos una reja de corral que tuviera el poder de impedir el paso de los ilegales. En vez, la noche se llenaba de algo que él conocía de sobra, los trinos y silbidos de los pájaros inexistentes, que era la manera como los coyotes, los pasadores de ilegales, se comunicaban entre sí y se delataban aunque a veces todo era un engaño y los pasadores silbaban como un cazador usa un pato de madera, para engañar mientras el paso se efectuaba en otro lado, lejos de allí, sin silbido alguno.

Ahora no. Un muchacho con velocidad de gamo salió del río, empapado, corrió por la ladera y se topó con Mario, con el pecho de Mario, su uniforme verde, sus insignias, sus correas, toda su parafernalia de agente, abrazado a él, abrazados los dos, pegados por la humedad del cuerpo del ilegal, por el sudor del cuerpo del agente. Quién sabe por qué siguieron abrazados así, jadeando, el ilegal por su carrera para evadir a la patrulla, Mario por su carrera para cerrarle el paso… Quién sabe por qué cada uno dejó caer la cabeza sobre el hombro del otro, no sólo porque estaban exhaustos; por algo más, incomprensible…

Se separaron para verse.

– ¿Tú eres Mario? -dijo el indocumentado.

El patrullero dijo que sí.

– Soy Eloíno. Eloíno, tu ahijado. ¿Ya no te acuerdas? ¡Qué te vas a acordar!

– Ese nombre no se olvida -logró decir Mario. -El hijo de tus compadres. Te conozco por las fotos. Me dijeron que con suerte te iba a encontrar aquí.

– ¿Con suerte?

– ¿Tú no me vas a mandar de regreso, verdad padrino? Eloíno le regaló una sonrisa blanca, inmensa, de elote, brillando en la noche, entre los labios mojados.

– ¿Tú qué crees cabroncito? -dijo Mario con rabia.

– Voy a regresar, Mario, aunque me pesques mil veces, yo vuelvo otras mil. Y una más. Y no me llames cabrón, cabrón -volvió a reír y volvió a abrazar a Mario, como sólo dos mexicanos saben abrazarse, porque el patrullero no resistió la corriente de cariño, identificación, machismo, confianza y hasta confidencia que había en un abrazo bien dado entre hombres en México, más entre parientes…

– Padrino: todos en nuestro pueblo tenemos que venir a trabajar en el verano para pagar las deudas del invierno. Usted lo sabe. No nos amuele.

– Está bien. Al cabo vas a regresar a México, como todos ustedes. Es la única ventaja de este asunto. No pueden vivir sin México. No se quedan aquí.

– Esta vez no, padrino. Ya me dijeron que ahora va a estar más duro que nunca entrar. Esta vez me quedo, padrino. Qué le vamos a hacer.

– Ya sé lo que estás pensando. Antes todo esto fue nuestro. Primero fue nuestro. Volverá a ser nuestro.

– Eso lo pensará usted, padrino, que es hombre de mucho caletre, dice mi mamacita. Yo vengo para poder comer.

– Córrele, ahijado. Haz de cuenta que no nos vimos. Y no me des otro abrazo, que me duele… Bastante herido ando.

– Gracias, padrino, gracias…

Mario vio alejarse corriendo a este muchacho al que nunca había visto en su vida, qué ahijado ni qué ojo de hacha, qué tío ni qué la chingada, el tal Eloíno (¿cómo se llamaría de veras?) leyó el nombre de Mario Islas en la gafeta del patrullero, nomás por eso supo su nombre, eso no era el misterio, el enigma era otro, saber por qué vivieron esa ficción, por qué la aceptaron tan naturalmente, por qué dos desconocidos pudieron vivir juntos un momento así…los territorios se perdieron aun antes de ganarse, no crecieron las tierras, no aumentaron los habitantes, crecieron las misiones, creció el largo látigo de los franciscanos, colonizadores implacables movidos por la filosofía del bien común por encima de la libertad individual, la letra con el látigo entra, la fe también, látigo para los pueblos porque antes los frailes lo usaban contra sí mismos, hacían penitencia y la daban: crecieron las rebeliones, indios contra indios, pueblos contra apaches, indios contra españoles, pimas contra blancos, hasta culminar en la gran rebelión de los pueblos en 1680, dos semanas les bastaron para liberar sus tierras, destruir, saquear, matar a veintiún misioneros, quemar las cosechas, expulsar a los españoles y darse cuenta de que ya no podían vivir sin ellos, sus cultivos, sus escopetas, sus caballos: Bernardo de Gálvez, veintitantos años, y con la energía de veintitantos hombres, establece la paz por el engaño: la manera de someter a los indios bravos del río grande es darles rifles pero de bajo metal y cañón largo, quebradizos, para que dependan de España para sus reparaciones, Mientras más fusil, menos flechas, dice el joven, enérgico, pacificador del río grande y futuro virrey de la Nueva España, que los indios pierdan la habilidad de disparar flechas, que matan a más españoles que los fusiles mal manejados: "Mejor una mala paz a una victoria pírrica ", dice Gálvez para los siglos, pero la paz a secas requiere habitantes, hay sólo tres mil en el río grande, río bravo, se invita a familias de Tenerife, se les dan tierras, paso libre, títulos de hidalgo, llegan quince familias canarias a San Antonio, exhaustas por el viaje de Santa Cruz a Veracruz, llegan colonos de Málaga, exhaustos por el viaje a Saltillo y el Río Grande, y llegan los primeros gringos, los territorios se perdieron aun antes de ganarse.

JUAN ZAMORA

Juan Zamora tuvo una pesadilla y cuando despertó y averiguó que lo soñado era cierto, se fue a la frontera y ahora está aquí parado entre los manifestantes. Pero Juan Zamora no levanta los puños ni abre los brazos en cruz. En una mano trae su petaquilla de médico. Y en el hueco de ambos brazos, dos cartones con medicinas.

Soñó con la frontera y la vio como una enorme herida sangrante, un cuerpo enfermo, incierto de salud, mudo ante sus propios males, al filo del grito, desconcertado por sus fidelidades, y golpeado, finalmente, por la insensibilidad, la demagogia y la corrupción políticas. ¿Cómo se llamaba la enfermedad de la frontera? El doctor Juan Zamora no lo sabía y por eso estaba aquí, para aliviar el mal, para devolverle a los Estados Unidos los estudios en Cornell, la beca que le consiguió don Leonardo Barroso catorce años antes, cuando Juan era un muchacho y vivió unos amores tristes…

Sobre la camisa blanca, Juan trae prendida con alfiler una enseña de hojalata, el número 187 y una raya diagonal que anula la cifra de la proposición aprobada en California para negarles a los inmigrantes mexicanos educación y salud. Juan Zamora se hizo invitar a un hospital de Los Ángeles y vio que ya no iban mexicanos a curarse. Fue a los barrios. Estaban aterrados. Si iban al hospital -le dijeron- serían delatados y entregados a la policía. Juan les dijo que no, las autoridades de los hospitales eran humanas, no iban a delatar a nadie. Pero el miedo era insuperable. Las enfermedades también. Un caso aquí, otro allá, una infección, una pulmonía mal curadas, mortales. El miedo mataba más que cualquier virus.

Los padres dejaron de llevar a los niños a las escuelas. Un niño de origen mexicano es fácilmente identificable. ¿Qué vamos a hacer?, le decían los padres. Pagamos más, muchísimo más en impuestos que lo que nos dan en educación y servicios. ¿Qué vamos a hacer? ¿Por qué nos acusan? ¿De qué nos acusan? Estamos trabajando. Estamos aquí porque ellos nos necesitan. Los gringos nos necesitan. Si no no vendríamos.

Parado frente al puente de Juárez a El Paso, Juan Zamora recuerda con una mueca ingrata el tiempo que vivió en Cornell y no quiere que sus penas personales interfieran con su juicio sobre lo que entonces vio y entendió de la hipocresía y la arrogancia que puede acometer al buen pueblo yanqui. Pero Juan Zamora ha aprendido a no quejarse. Juan Zamora, calladamente, ha aprendido a actuar. No pide permiso en México para atender los casos urgentes, se salta trancas burocráticas, entiende el Seguro Social como un servicio público, no abandona a sidosos, drogadictos, teporochos, toda la marea oscura y espumosa que la ciudad va encallando en sus riberas de basura…

– ¿Quién te crees? ¿Florence Nightingale?

Las bromas sobre su profesión y su homosexualismo habían dejado de irritar, desde hacía mucho tiempo, a Juan. Conocía el mundo, conocía su mundo, iba a distinguir entre lo superfluo -es joto, es matasanos- y lo necesario: darle un alivio al heroinómano, convencer a la familia del sidoso que lo dejaran morir en su hogar, carajo, hasta echarse un mezcal con el teporocho…

Ahora sentía que su lugar estaba aquí. Si las autoridades norteamericanas le negaban servicios médicos a los trabajadores mexicanos, él, Florence Nightingale, se convertiría en un hospital ambulante, iría de casa en casa, de campo en campo, de Texas a Arizona, de Arizona a California, de California a Oregon, agitando, dispensando medicinas, recetando, animando enfermos, denunciando la inhumanidad de las autoridades…

– ¿Por cuánto tiempo viene a los Estados Unidos?

– Tengo una visa permanente hasta el año 2010.

– No puede trabajar, ¿sabe?

– ¿Puedo curar?

– ¿Qué cosa?

– Curar, curar enfermos.

– No hace falta. Aquí tenemos hospitales.

– Pues se les van a llenar de indocumentados.

– Que se regresen a México. Cúrenlos allí.

– Van a ser incurables, aquí o allá. Pero están trabajando acá, con ustedes.

– Nos sale muy caro atenderlos.

– Más caro les va a salir atender epidemias si no previenen enfermedades.

– Usted no puede cobrar por su trabajo, ¿sabe? Juan Zamora sólo sonrió y pasó la frontera. Ahora, del otro lado, por un instante, se sintió en otro mundo. Le asaltó una sensación de vértigo. ¿Por dónde iba a empezar? ¿A quién iba a ver? La verdad es que no creyó que lo dejaran pasar. Fue demasiado fácil. No esperaba que las cosas le salieran tan bien. Algo malo iba a pasar. Estaba del lado gringo, con su botiquín y sus medicinas. Escuchó un chirrido de llantas, los disparos parejos, el cristal roto, el metal perforado, el impacto, el estruendo, el, grito: ¡Médico! ¡Médico! llegaron los gringos (¿quiénes son, quiénes son, por Dios, cómo pueden existir, quién los inventó?) llegaron gota a gota, llegaron a las tierras deshabitadas, olvidadas, injustas, olvidadas por la monarquía española y ahora por la república mexicana, aisladas, injustas tierras, donde el gobernador mexicano tenía dos millones de ovejas atendidas por dos mil setecientos trabajadores y el oro puro de las minas del Real de Dolores jamás regresaba a las manos de quienes primero lo tocaron, donde la guerra entre realistas e insurgentes debilitó la presencia hispánica, y luego la constante guerra de mexicanos contra mexicanos, el paso angustioso de una monarquía absolutista a una república federal democrática: que vengan los gringos, ellos también son independientes y democráticos, que entren aunque sea ilegalmente, cruzando el río Sabinas, mojándose las espaldas, mandando al carajo la frontera, dice otro joven enérgico, delgado, pequeño, disciplinado, introspectivo, honrado, tranquilo, juicioso y que sabe tocar la flauta; todo lo contrario de un hidalgo español, se llama Austin, él trae a los primeros colonos al río Grande, al Colorado y al Brazos, son los viejos trescientos, los fundadores de la texanía gringa, les siguen quinientos más, desatan la fiebre de Texas, todos quieren tierras, propiedad, garantías, y quieren libertad, protestantismo, proceso legal, jurados populares pero México les ofrece tiranía, catolicismo, arbitrariedad judicial, quieren esclavos, derecho de la propiedad privada, pero México ha abolido la esclavitud, atentando contra la propiedad privada, ellos quieren que el individuo haga su regalada gana México, aunque ya no lo tenga, cree en el Estado español autoritario que actúa para el bien de todos sin consultar a nadie. Ahora hay treinta mil colonos de origen norteamericano en el río grande, río bravo, y sólo unos cuatro mil mexicanos, el conflicto es inevitable: “México debe ocupar a Texas ahora mismo, o la perderá para siempre ", dice Mier y Terán, México busca desesperado inmigrantes europeos, pero nada puede detener la fiebre de Texas, mil familias por mes descienden desde el Mississippí, ¿por qué nos han de gobernar estos mexicanos cobardes, indolentes, sucios? ¡éste no puede ser el designio de Dios! la victoria pírrica de El Álamo, la matanza de Goliad: Santa Anna no es Gálvez, prefiere una mala guerra a una mala paz, aquí están los dos frente afrente en San Jacinto: Houston alto de casi dos metros, cubierto por sombrero de piel, chaleco de leopardo, tallando pacientemente cualquier pedazo de madera que se encuentre, Santa Anna con charretera y tricornio, durmiendo la siesta en San Jacinto mientras México pierde a Texas: Houston lo que está tallando es la futura pata de palo del pintoresco, frívolo, incompetente dictador mexicano. “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos" va a decir un día, célebremente, otro dictador, y en voz más baja otro presidente: “Entre los Estados unidos y México, el desierto”

JOSÉ FRANCISCO

Sentado en su Harley-Davidson del lado yanqui del río, José Francisco vio con fascinación la insólita huelga de brazos, no de brazos caídos, sino de brazos levantados, del lado mexicano, ofreciendo el músculo de la pobreza, el nervio del insomnio, la sabiduría de la biblioteca oral de un pueblo que era suyo, dijo con orgullo José Francisco trepado en su moto, la punta de la bota detenida sobre el acelerador, inseguro si esta vez, por el mitote del otro lado, las patrullas de ambos no lo iban a detener por estrafalario, con sus greñas hasta los hombros, su sombrero vaquero, sus escapularios de plata y su saco de sarape, rayado como un arco iris. Su única credencial creíble era la cara de luna, abierta, lampiña, como un astro sonriente. Aunque sus dientes perfectos, fuertes, blanquísimos, también eran inquietantes para todos los que no se parecían a él. ¿Quién no había ido nunca al dentista? José Francisco.

– Tienes que ir al dentista -le decían en la escuela texana.

Iba. Regresaba. Sin una sola carie.

– Este niño es un fenómeno. ¿Por qué no necesita trabajo dental?

Antes José Francisco no sabía qué contestar. Ahora sí.

– Son muchas generaciones comiendo chile, frijol y tortilla. Puro calcio, pura vitamina C. Nunca un salvavidas de cereza.

Los dientes. El pelo. La moto. Algo sospechoso tenían que encontrarle cada vez, para no admitir que no era raro, sino distinto, que es diferente. Traía adentro algo diferente pero no podía estarse sosiego. Traía algo que no podía darse sólo en uno u otro lado de la frontera, sino en ambos lados. Ésas eran cosas difíciles de entender en los dos lados.

– Lo que es de acá y también de allá. Pero, ¿dónde es acá y dónde allá, no es el lado mexicano su propio acá y allá, no lo es el lado gringo, no tiene toda tierra su doble invisible, su sombra ajena que camina a nuestro lado como cada uno de nosotros camina acompañado del segundo yo que ignora?

Por eso escribía José Francisco, para darle una oportunidad a ese segundo José Francisco que tenía, por lo visto, su propia frontera interior. Quisiera ser simpático con sí mismo, pero no se dejaba. Estaba dividido en cuatro.

Quisieron que tuviera miedo de hablar español. Te vamos a castigar si hablas el lingo.

Es cuando él empezó a cantar canciones en español en el recreo, a voz en cuello, hasta volverlos locos a todos los gringos, profesores y alumnos.

Es cuando nadie le dirigía la palabra y él no se sintió discriminado.

– Me tienen miedo -se dijo, les dijo-. Tienen miedo de dirigirme la palabra.

Es cuando su único amigo rapidito dejó de serlo cuando le dijo a José Francisco:

– No digas que eres mexicano; no puedes venir a mi casa.

Es cuando José Francisco obtuvo su primer triunfo, armando un escándalo en la escuela para lograr -y lo logró, escribiendo panfletos en mimeógrafo, hostigando a las autoridades, dando una soberana lata- que todos en el aula, negros, mexicanos, blancos, se sentaran por orden alfabético, no por grupos raciales.

¿Qué le daba tanta seguridad, tanto ánimo?

– Serán los genes, los pinches genes.

Era su padre. Llegó de Zacatecas y las minas exhaustas de Oñate con mujer e hijo pero sin un tlaco. Le prestaron otros mexicanos una vaca para darle leche al niño. El padre se arriesgó. Cambió la vaca por cuatro cerdos, mató a los cerdos y compró veinte pollos y ya con los pollitos bien cuidados estableció su negocio de huevos y prosperó con él. Sus amigos que le prestaron la vaca no se la pidieron de vuelta, pero él les dio crédito abierto para llevarse cuantos "blanquillos" quisieran, como los llamaban púdicamente por allá.

Allá, acá. Que se cambiara el nombre de José Francisco a Joe Frank le dijeron en el high school, al graduarse. Era inteligente. Le iría mejor.

– Te irá mejor, boy.

– Me quedaré mudo, bato.

A quién sino a sí mismo, recogiendo los huevos en la granjita de su padre el próspero y abusado inmigrante, iba a contarle que él quería hacerse oír, quería escribir cosas, quería darle voz a todas las historias que oía desde niño, historias de inmigrantes, de ilegales, de pobreza mexicana, de prosperidad yanqui, pero historias sobre todo de familias, ésta era la riqueza del mundo fronterizo, la cantidad de historias insepultas, que se negaban a morir, que andaban sueltas como fantasmas desde California hasta Texas, esperando quién las contara, quién las escribiera. José Francisco se convirtió en coleccionador de historias.


Cantó sobre los abuelos sin fecha de nacimiento ni apellido, escribió sobre los hombres que desconocían las cuatro estaciones del año, describió las comidas largas, lujosas, para que todas las familias se junten y cuando empezó a escribir, a los diecinueve años, le preguntaron y se preguntó, ¿en qué idioma, en inglés o en español, y primero dijo en algo nuevo, el idioma chicano, y fue cuando se dio cuenta de lo que era, ni mexicano ni norteamericano, era chicano, el idioma se lo reveló, empezó a escribir en español las partes que le salían de su alma mexicana, en inglés las que se le imponían con un ritmo yanqui, primero mezcló, luego fue separando, algunas historias en inglés, otras en español, dependiendo de la historia, de los personajes, pero siempre unido todo, historia, personajes, por el impulso de José Francisco, su convicción:


– Yo no soy mexicano. Yo no soy gringo. Yo soy chicano. No soy gringo en USA y mexicano en México. Soy chicano en todas partes. No tengo que asimilarme a nada. Tengo mi propia historia.

La escribía pero no le bastaba. Su moto iba y venía por el puente sobre el Río Grande, Río Bravo, cargada de manuscritos, José Francisco llevaba manuscritos chicanos a México y manuscritos mexicanos a Texas, la moto servía para llevar rápidamente palabras escritas de un lado al otro lado, ése era el contrabando de José Francisco, literatura de los dos lados, para que todos se conocieran mejor, decía, para que todos se quisieran un poquito más, para que hubiera "un nosotros" de los dos lados de la frontera…

– ¿Qué traes en tus morrales?

– Escritos.

– ¿Políticos?

– Todo escrito es político.

– Subversivo, entonces.

– Todo escrito es subversivo.

– ¿Qué dices?

– Que la incomunicación es cabrona. Que el que no se puede comunicar se siente inferior. Que el que se calla se jode.

Los agentes mexicanos se juntaron con los norteamericanos para ver de qué se trataba, qué mitote estaba armando el greñudo de la moto que pasaba por el puente cantando Cielito lindo y Valentín de la Sierra con las mochilas llenas de billetes falsos, droga, esperaban ellos, y no, eran papeles, ¿políticos, dijo?, ¿subversivos, admitió?, a verlos, a verlos, empezaron a volar los manuscritos, zarandeados por la brisa nocturna, eran como palomas de papel dotadas de un vuelo propio, no caían al río, notó José Francisco, se iban volando nomás del puente al cielo gringo, del puente al cielo mexicano, el poema de Ríos, el cuento de Cisneros, el ensayo de Nericio, las páginas de Siller, el manuscrito de Cortazar, las notas de Garay, el diario de Aguilar Melantzón, los desiertos de Gardea, las mariposas de Alurista, los zorzales de Denise Chávez, los gorriones de Carlos Nicolás Flores, las abejas de Rogelio Gómez, los milenios de Cornejo, y el propio José Francisco ayudando alegremente a los guardias, arrojando manuscritos al aire, al río, a la luna, a las fronteras, convencido de que las palabras volarían hasta encontrar su destino, sus lectores, sus auditores, sus lenguas, sus ojos…

Vio los brazos abiertos en cruz de los manifestantes del lado de Ciudad Juárez, cómo se levantaron a pescar al vuelo las cuartillas, y José Francisco lanzó un grito de victoria que rompió para siempre el cristal de la frontera…la frontera no es el río grande, río bravo, es el río Nueces pero los gringos le dicen nueces a una frontera que les impide cumplir su destino manifiesto: llegar al Pacífico, crear una nación continental, ocupar California: los vagones repletos, los coches, la gente de a caballo, las ciudades aglomeradas de pioneros, buscando certificados para las tierras nuevas, treinta mil gringos en Texas el día del Álamo, ciento cincuenta mil diez años más tarde, el día de la Guerra, Destino Manifiesto, dictado por el Dios protestante a su nueva Raza Elegida para someter a una raza inferior, una república anárquica, una caricatura de nación que le debe dinero a todo el mundo, con un ejército de caricatura, con sólo la mitad de los cuarenta mil hombres que dice tener, y esos veinte mil, casi todos, indios bajados de la sierra a tamborazos, soldados de la leva, armados con mosquetas inglesas inservibles; vestidos con uniformes harapientos: “Hay una guarnición mexicana que no ha podido mostrarse en Matamoros porque todos los soldados carecen de ropa": ¿era mejor el ejército norteamericano; no, dicen los enemigos de la guerra de Polk, sólo tienen ocho mil hombres, carne de guarnición que nunca ha visto un combate, reos sin lealtad, desertores, mercenarios…que nos echen a los gringos, gritan del lado del río bravo en Chihuahua y Coahuila, los venceremos con nuestros aliados naturales, la fiebre y el desierto, con los esclavos liberados que se unan a nosotros, no crucen el río grande, dicen los enemigos de la guerra de Polk, ésta es una guerra esclavista, para aumentar los territorios sureños: río grande, río bravo, Texas lo reclama como su frontera, México lo niega, Polk ordena a Taylor moverse a ocupar la ribera del río, los mexicanos se defienden, hay muertos, la guerra ha comenzado, "¿Dónde?", reclama Abraham Lincoln desde el Congreso, "Que me digan exactamente dónde disparó México el primer tiro y ocupó la primera tierra", el general Taylor se ríe: él mismo es la caricatura de su ejército, usa pantalones blancos largos y sucios, una casaca agujerada y una faja de lino blanco, es pequeño, grueso, redondo como una bala de cañón y se ríe viendo que las bolas de los cañones mexicanos llegan rebotando al campo norteamericano del Arroyo Seco, sólo un cañonazo mexicano en mil da en el blanco: la carcajada es siniestra, divide al río mismo, de allí en adelante todo es un paseo, a Nuevo México y a California, a Saltillo y a Monterrey, de Veracruz a la ciudad de México: el ejército de Taylor pierde los pantalones rotos de su comandante y gana la casaca abotonada de Scott, el general de West Point lo único que no cambia es Santa Anna, el quinceuñas, el gallero, el tenorio, el que sabe perder un país a carcajadas si su recompensa es una mujer bella y un rival político destruido, ¿los Estados Unidos? De eso pensaré mañana. Masca chicle, entierra con honores su pata, ordena estatuas ecuestres en Italia, se proclama Alteza Serenísima, México lo aguanta, México lo aguanta todo, ¿quién le ha dicho a los mexicanos que tienen derecho a ser bien gobernados? país botín, país saqueado, país burlado, doloroso, maldito, precioso país de gente maravillosa que no ha encontrado su palabra, su rostro, su propio destino, no manifiesto, sino incierto, humano, a esculpir lentamente, no a revelar providencialmente: destino del río subterráneo, río grande, río bravo, donde los indios escuchan la música de Dios.

GONZALO ROMERO

A su primo Serafín cuando llegó oliendo todavía a basurero le dijo que aquí en el norte había chamba para todos, de manera que Serafín y Gonzalo no se iban a pelear por los territorios, más siendo primos, y más trabajando para ayudar a los paisas, pero sí le advertía que ser asaltante del otro lado de la frontera era una cosa y una cosa peligrosa, eso no lo intentaba nadie desde Pancho Villa y en cambio ser pasador como Gonzalo, lo que llamaban coyote en California, pues era un trabajo hasta honorable, por decirlo así una de las profesiones liberales como decían los gringos: reunido con sus colegas, unos catorce chavos como él de veintitantos años, sentados en las trompas de los carros estacionados, esperando a los clientes de esta noche, no los ilusionados que están en la manifestación frente al puente, sino los clientes seguros que van a aprovecharse de la noche confusa de la frontera para hacer el paso a estas horas y no de día como recomiendan los coyotes; se conocen de memoria el Río Grande, el Río Bravo, El Paso, Juárez: no se van a lo más fácil de vadear, la cintura estrecha del río, porque allí se juntan los rateros, los yonquis, los pequeños traficantes de droga, Gonzalo Romero tiene organizada hasta una flotilla de balsas de hule para cruzar a los que no saben nadar, a las mujeres preñadas, a los niños, cuando el río de veras se vuelve grande, de veras se vuelve bravo, ahora está mansito y el paso va a ser fácil, además todos están distraídos con la famosa manifestación, no se darán cuenta, vamos a pasar de noche, somos profesionales, sólo cobramos cuando el trabajador llega a su destino y entonces -le dijo Gonzalo a su primo Serafín- todavía hay que repartirse la ganancia con choferes y administradores de lugares seguros, y a veces hay gastos de teléfono y de avión, vieras todos los que apuntan a Chicago, a Oregon, porque allí hay menos vigilancia, menos persecución, no hay leyes como la 187, un pueblo entero de Michoacán o Oaxaca junta todos sus ahorros para que uno de ellos pueda pagar mil dólares y llegar en avión a Chicago:

– ¿Qué sacas de esto, Gonzalo?

– Pues unos treinta dólares por persona.

– Mejor únete a mi banda -rió Serafín-. Te lo juro por tu madre que allí está el futuro.

La confusión de la noche apremiada y fría le permitió a Gonzalo Romero pasar a cincuenta y cuatro trabajadores. Sólo que ésta fue la noche de malas y más tarde, en su casa de Juárez con los hijos y la mujer de Gonzalo, llorando todos, el primo Serafín comentó que cuando todo parece tan fácil hay que estar precavido, seguro que algo va a chingarse, es la ley de la vida y el que crea que todo le va a salir bien todo el tiempo pues no pasa de ser un gran tarugo, dicho sea sin ofender al malogrado primo Gonzalo.

Fue como si esta noche los empleadores texanos se hubieran puesto de acuerdo para joder a la gente que pasa, atizados por la manifestación de brazos levantados, y de los cincuenta y cuatro reunidos por Gonzalo Romero junto a una gasolinera en las afueras de El Paso, los contratadores desde su troca dijeron primero que eran demasiados, ellos no podían contratar a cincuenta y cuatro mojados, aunque los que quisieran trabajar a un dólar la hora, pues serían aceptados y aunque les hubieran dicho que les darían dos dólares la hora, todos levantaron la mano, y entonces los contratadores dijeron, no, son muchos todavía, a ver cuántos se vienen con nosotros por 50 centavos la hora. Como la mitad dijo que estaba bueno, la otra mitad se quedó azorada, empezó a encabronarse, pero el empleador les dijo que se regresaran pronto a México porque él iba a darle aviso a la patrulla fronteriza. Los marginados empezaron a insultar a los contratados y éstos a tratar a los que se quedaron de pinches mendigos y que se dieran prisa en largarse porque había mucho ánimo contra ellos en estas partes.

Romero los empezó a juntar, ni modo, no les cobraría, él solo cobraba cuando entregaba al trabajador al patrón, por eso era respetado en la frontera, tenía palabra, era un profesional, oigan, les dijo, hasta estoy entrenando a mis hijos para que de grandes sean pasadores como yo, coyotes como les dicen en California, así de honorable me parece mi pinche profesión…

Fue entonces cuando la noche del desierto se llenó de un eco de tormenta que Gonzalo Romero trató de ubicar en el cielo; pero el cielo estaba limpio, estrellado, dibujando las siluetas negras de los álamos, perfumado por el incienso de los piñones. ¿Venía el temblor de las profundidades de la tierra? Gonzalo Romero pensó por sólo un momentito que la costra de mezquite y creosote era la coraza de esta llanura del Río Grande y ningún terremoto podía vencerla; no, el estruendo, el temblor, el eco, venían de otra coraza, la de asfalto y alquitrán, la línea recta de las carreteras de la llanura, las ruedas de las motos calcinando el desierto, los motores en llamas, como si sus luces fueran fuego y sus jinetes guerreros de una horda inmencionable: vieron los brazos tatuados con insignias nazis, las cabezas rapadas, las sudaderas con las palabras de la supremacía blanca, las manos levantadas en el saludo fascista, los puños agarrando tarros de cerveza, veinte, treinta de ellos, sudando cerveza y pickle y cebolla, que de repente rodearon a Gonzalo Romero y el grupo de trabajadores, crearon un círculo de motos, empezaron a gritar supremacía blanca, muerte a los mexicanos, vamos a invadir México, más vale empezar ahora, salimos a matar mexicanos y a quemarropa dispararon, cada uno sus rifles de alto poder, contra Gonzalo Romero, contra los veintitrés trabajadores y luego, cuando todos estaban muertos, uno de los skinheads bajó de la moto y revisó con la punta de la bota la cabeza sangrante de cada uno, habían apuntado bien, a las cabezas, y uno de ellos se puso la gorra sobre la cabeza rapada y le dijo a nadie, a sus compañeros, a los muertos, al desierto, a la noche:

– ¡Hoy traía yo muy abierta la válvula de la muerte!

Mostró los dientes. En la parte interna del labio inferior tenía tatuado WE ARE EVERYWHERE.


Disfrazado de abogado francés, Benito Juárez llegó a refugiarse en El Paso del Norte porque los franceses no le dejaron más que ese recodo del río bravo, río grande, para defender su república mexicana: llegó con su carroza negra y sus carretas llenas de papeles, cartas, leyes, llegó con su capa negra, su traje negro, su chistera negra, él mismo oscuro como el lenguaje más antiguo, como la olvidada lengua indígena de Oaxaca, él mismo oscuro como el tiempo más antiguo, cuando no había ayer ni mañana, pero no lo sabía: era un abogado mexicano liberal admirador de Europa traicionado por Europa que ahora estaba refugiado en el recodo del río bravo, río grande, sin más reliquias para su éxodo que los papeles, las leyes por él firmadas, iguales a las leyes de Europa, mira Juárez al otro lado del río, a Texas y a su prosperidad creciente, allí donde España había dejado sólo las huellas en la arena de los pies de Cabeza de Vaca y México literalmente sólo una cabeza de vaca enterrada en la arena, la Texas gringa fundó urbes comerciales, atrajo inmigrantes de todo el mundo, cuadriculó su territorio de vías férreas, multiplicó el pan y el ganado y recibió el regalo del diablo, los veneros de petróleo, sin necesidad de persignarse; "Texas es tan rica que el que quiera vivir pobremente debe irse a otra parte, Texas es tan saludable que el que quiera morirse debe irse a otro lado"; mírenme, les dice Juárez desde el otro lado del río, yo no tengo nada y hasta olvidé lo que tuvieron mis abuelos, pero quiero ser como ustedes, próspero, rico, democrático, mírenme, compréndanme, mi carga es otra, quiero que nos gobiernen leyes, no tiranos, pero tengo que crear un estado que haga respetar las leyes sin caer en despotismos; y Texas no miró a Juárez sólo miró a Texas y Texas sólo vio a dos presidentes cruzar el puente para visitarse y felicitarse, Howard Taft gordo como un elefante que de verlo pasar el puente todos temieron que no lo resistiera, inmenso, sonriente, con ojos pícaros y bigotes de domador de circo, Porfirio Díaz ligero y flaco debajo del peso de sus medallas incontables, indio oaxaqueño enteco a los ochenta años, con bigotes blancos, ceño fruncido, aletas anchas y ojos tristes de guerrillero envejecido, los dos felicitándose de que México comprara mercancías y Texas las vendiera, de que México vendiera tierras y Texas las comprara, Jennings y Blocker más de un millón de acres de Coahuila, la Texas Company casi cinco millones de acres en Tamaulipas, William Randolph Hearst casi ocho millones de acres en Chihuahua, ellos no vieron a los mexicanos que querían ver a México entero, herido, oscuro, manchado de plata y engalanado de lodo, su vientre empedrado como el de un animal prehistórico, sus campanas quebradizas como una copa de vidrio, sus montañas encadenadas las unas a las otras como en una vasta prisión orográfica, su memoria temblorosa: México su sonrisa frente al pelotón de fusilamientos. México su genealogía de humo: México sus raíces tan viejas que decidieron mostrarse sin pudor, sus frutos estallando como estrellas, sus cantos quebrándose como piñatas, hasta acá llegaron los hombres y mujeres de la revolución, desde aquí salieron, en la margen del río grande, río bravo se detuvieron, mostrándole a los gringos las heridas que queríamos cerrar, los sueños que necesitábamos soñar, las mentiras que debíamos expulsar, las pesadillas que debíamos asumir, nos mostramos y nos vieron, fuimos una vez más los extraños, los inferiores, los incomprensibles, los enamorados de la muerte, la siesta y el andrajo, amenazaron, despreciaron, no comprendieron que al sur del río grande, río bravo, por un momento, en la revolución, brilló la verdad que queríamos ser y compartir con ellos, distintos de ellos, antes de que regresaran las plagas de México, la corrupción y el abuso, la miseria de muchos, la opulencia de pocos, el desdén como regla, la compasión excepcional, igual que ellos; ¿habrá tiempo, habrá tiempo, habrá tiempo? ¿habrá tiempo para vernos y aceptarnos como realmente somos, gringos y mexicanos, destinados a vivir juntos sobre la frontera del río hasta que el mundo se canse, y cierre los ojos, y se pegue un tiro confundiendo la muerte y el sueño?

LEONARDO BARROSO

¿De qué hablaba Leonardo Barroso un minuto antes? Casi le escupía al celular, reclamando los gastos que le estaban ocasionando las bandas de asaltantes de trenes, los émulos de Pancho Villa, ¡en pleno fin de milenio!, amontonando debrís afuera de las terminales, robando los envíos de las maquilas al norte, contrabandeando trabajadores: ¿sabía Murchinson lo que costaba detener un tren, investigar si había ilegales a bordo, mandar al carajo los horarios, reponer las mercancías robadas, hacer que llegaran a tiempo los pedidos exportados por la maquila a sus destinarios, cumplir con los compromisos, en una palabra? ¿En qué pensaba Leonardo Barroso un minuto antes? La amenaza se había repetido esa mañana. Por celular. Los territorios había que respetarlos. Las responsabilidades también. En cuestiones de narcotráfico sólo hay latinoamericanos culpables, señor Barroso, mexicanos, colombianos, nunca norteamericanos; ése es el eje del sistema, en los EEUU no puede haber un solo narcobarón como Escobar o Caro Quintero, los culpables son los que ofrecen, no los que piden, en los EEUU no hay jueces corruptos, ése es monopolio de ustedes, aquí no hay pistas de aterrizaje clandestinas, aquí no se lava dinero, señor Barroso, y si usted cree que nos puede chantajear revelando el pastel para salvar su propio pellejo y de paso quedar como un héroe de la patria, le va a costar caro, porque aquí se juegan millones de millones, usted lo sabe y toda su estrategia consiste en invadir territorios que no son suyos, señor Barroso, en vez de contentarse con las migajas usted quiere apropiarse del banquete, señor Barroso… y eso no puede ser…

¿Qué sentía Leonardo Barroso un minuto antes? La mano de Michelina en la suya, él buscando afanosamente el antiguo calor de la muchacha, sin encontrarlo, como si un ave largamente acariciada y consolada hubiese terminado por asfixiarse, muerta de tanta caricia, hastiada de tanta atención…

¿Dónde estaba Leonardo Barroso un minuto antes?

En su Cadillac Coupe de Ville, conducido por un chofer proporcionado por su socio Murchinson, él y Michelina sentados atrás, el chofer conduciendo lentamente para alejarse de las casetas y los zigzags inventados por la Migra americana para que los inmigrantes no pasaran corriendo a riesgo de ser atropellados, Michelina diciendo quién sabe qué banalidades sobre el chofer mexicano Leandro Reyes que se estrelló en el túnel ese de España, estrellado contra un muchachito atolondrado de diecinueve años que venía en sentido contrario…

¿Dónde estaba Leonardo Barroso un minuto más tarde?

Acribillado, atravesado por cinco tiros de alta percusión, el chofer muerto en el volante, Michelina milagrosamente viva, gritando histéricamente, llevándose las uñas a la garganta, como si quisiera ahogar sus gritos, recordando sus lágrimas enseguida, quitándoselas con el codo, manchando de rimmel la manga del modelo de Moschino.

¿Dónde estaba Juan Zamora dos minutos más tarde?

Al lado del cuerpo de Leonardo Barroso, atendiendo al urgente llamado -¡Médico, médico!- que escuchó al cruzar el puente internacional, buscando los signos vitales en el pulso, el corazón, la boca, nada, no había nada que hacer. Era el primer caso atendido por Juan Zamora en territorio americano. No reconoció, en ese hombre con los sesos volados, al benefactor de su familia, el protector de su padre, el hombre fuerte que lo mandó a estudiar a Cornell…

¿Qué hacía Rolando Rozas tres minutos después?

Hablaba por su celular para transmitir la noticia escueta, trabajo cumplido, ninguna complicación, cero errores, antes de pasarse la mano sudorosa por el traje color de avión, como le decía Marina, arreglarse la corbata y empezar a pasear, como lo hacía todas las noches, por sus restoranes favoritos, los bares y calles de El Paso, a ver qué nueva muchacha caía.


Ahora cruza el puente sobre el río grande, río bravo, Malintzin de las Maquilas, y lleva del brazo, protegiéndola, a una anciana muy pequeña, envuelta en rebozos, una anciana ilegible bajo el palimpsesto de las arrugas infinitas que cruzan su cara como el mapa de un país para siempre perdido, se la encargó la Dinorah, lleva a mi abuelita del otro lado del puente, Marina, entrégasela en el otro lado a mi tío Ricardo, él no quiere entrar otra vez a México, ya no sabe hablar español, le da pena, le da miedo también, que luego no lo dejen entrar de regreso, lleva a mi abuelita al otro lado del río grande, río bravo, para que mi tío se la lleve de vuelta a Chicago, ella sólo vino a consolarme por la muerte del niño, ella sola no se sabe valer, y no sólo porque tiene casi cien años, sino porque lleva tanto tiempo viviendo como mexicana en Chicago que desde hace tiempo se le olvidó el español pero nunca aprendió el inglés, de modo que no puede comunicarse con nadie (salvo con el tiempo, salvo con la noche, salvo con el olvido, salvo con los perros ixcuintles y las guacamayas, salvo con las papayas que toca en el mercado y los coyotes que la visitan cada amanecer, salvo con los sueños que no puede platicarle a nadie, salvo con la inmensa reserva de lo no dicho hoy para que pueda decirse mañana) pero del lado contrario, tratando de pasar el puente en medio de enorme confusión, dos hombres desnudos se acercan a las casetas de la inmigración, un hombre de cincuenta años, pelo plateado, porte atlético aunque bien alimentado, arrastrando del brazo a un bato enteco, jodido a más no poder, puro pellejo y hueso, prieto él, pero juntos los dos, alegando, parecen locos, alegando no nos dejaron salir por San Diego y entrar por Tijuana, ni salir por Caléxico y entrar por Mexicali, ni salir por Nogales Arizona y entrar por Nogales Sonora, ¿hasta dónde nos van a mandar? ¿hasta el mar? ¿vamos a entrar nadando a México? ¿por qué no entienden que queremos regresar a México sin nada puesto, despojados, limpios? ¡dénnos posada, en nombre del cielo! ¿no se dan cuenta que detrás de nosotros nos viene persiguiendo la basura armada, la muerte con desodorante y hacia nosotros avanza una vez más la fuga, ley fuga, tierra muerta, tierra injusta? queremos entrar a contar la historia de la frontera de cristal antes de que sea demasiado tarde, hablen todos, habla, Juan Zamora hincado atendiendo un cadáver, habla, Margarita Barroso enseñando tu identidad incierta para poder cruzar la frontera habla, Michelina Laborde, deja de gritar, piensa en tu marido el muchacho abandonado, el heredero de don Leonardo Barroso, imagínate, Gonzalo Romero que no te mataron los cabezas rapadas sino los coyotes que ahora rodean tu cadáver y el de veintitrés trabajadores en un círculo de hambre y asombro inseparables, encabrónate, Serafín Romero y dite a ti mismo que tú vas a asaltar cuanto pinche tren se cruce en tu camino para que vuelva la guerra de siempre a la frontera, para que no sólo nos agredan ellos, ajústate los visores nocturnos, Dan Polonsky esperando que los huelguistas se atrevan a dar un paso adelante, hazte pendejo, Mario Islas para que tu ahijado Eloíno pueda correr tierra adentro, mojado, joven, sin aliento, decidido a no regresar nunca, levanta los brazos, Benito Ayala, ofrécele tus brazos al río, a la tierra, a todo lo que necesite tu fuerza para vivir, sobrevivir, avienta los papeles al aire, José Francisco, poemas, notas, diarios, novelas, a ver a dónde se lleva las hojas el viento, a ver a dónde caen, de qué lado, de acá o de allá, al norte del río grande, al sur del río bravo, tira los papeles como si fueran plumas, adornos, tatuajes para defenderlos de las inclemencias del tiempo, insignias del clan, collares de piedra, hueso y concha, diademas de la raza, adornos de cintura y piernas, plumas que hablan, José Francisco, al norte del río grande, al sur del río bravo, plumas emblemáticas de cada hazaña, cada batalla, cada nombre, cada memoria, cada derrota, cada triunfo, cada color al norte del río grande, al sur del río bravo, que vuelen las palabras pobre México, pobre Estados Unidos, tan lejos de Dios, tan cerca el uno del otro.

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