PRIMERA PARTE

Capítulo 1

Tras los cristales de la redacción, caía la nieve.

No eran aún las ocho de aquel maldito lunes (como todos los lunes, maldito), cuando José Gabarre Duval, el redactor jefe del Diario de Bolscan, más conocido entre los reporteros como el Perro, atravesó en mangas de camisa la sala de redactores y fue directo a la mesa de Jesús Belman, el periodista de sucesos. Belman lo vio venir, magro, escuálido, prieta la boca en una línea de color frambuesa. «De bujarrón viejo», decía Cacharro, el descacharrado jefe de local.

Llamándole por el apodo que él mismo le había asignado, Gabarre Duval le ordenó:

– Conmigo, Mocos. Sin chistar.

Jesús Belman se levantó y lo siguió hasta su oficina, desordenada, claustrofóbica, siempre a media luz. Los copos golpeaban contra los cristales.

– Pasa -dijo Gabarre Duval, pero él pasó delante.

El reportero de sucesos era tan alto que su coronilla rozaba el marco de la puerta. Para franquear el dintel, tuvo que agachar la cabeza.

El aspecto de Belman no era el mejor. Sumaba varios días sin afeitarse, y un par sin pasar por la ducha. Todavía andaba crudo por la curda de Nochevieja, que había empalmado con la de la madrugada siguiente, la de su último y loco domingo. Por dos insomnes veladas, había salido del Stork Club a las siete de la mañana, sin un céntimo y ciego como un piojo. Ninguna de las dos noches consiguió recordar de qué modo pudo llegar a su casa.

Belman tampoco se había cambiado de ropa. Llevaba una rozada chaqueta de pana con coderas, una camisa turquesa con huellas de carmín en la pechera, una corbata con dibujitos de Papa Noel y unos vaqueros negros que disimulaban las manchas de grasa de su moto, una antediluviana Vespa que, cuando sonaba la alerta de un suceso y había que salir zumbando, petardeaba por las calles de Bolscan para ganarle la carrera a la pasma.

Una vez en el despacho del Perro, Belman se alegró de que su jefe, Gabarre Duval, no le hubiera invitado a sentarse. Tenía un tomate en un calcetín y se habría sentido ridículo al tratar de ocultarlo. El reportero pensó que uno de esos días debería visitar el tinte y trasladar a la lavandería la pila de prendas sucias acumulada en el bidé, artilugio que sus ocasionales amantes renunciaban a utilizar antes que proceder a despejarlo de pañuelos usados y de los raídos calzoncillos de algodón que Belman adquiría en el rastro en paquetes de tres (uno negro, uno blanco, uno gris).

Aquella stripper del Stork Club, Sonia Barca, era la única que utilizaba el bidé. Realmente le gustaba usarlo, como a las putas caras. Sonia era preciosa, con un cuerpo joven y elástico y una piel etérea, de una blancura casi espiritual. Al comienzo de cada sesión íntima, la bailarina hacía gala de una exquisita higiene y de una casi burguesa pulcritud (ordenaba su ropa y sus falsas joyas con metódica aplicación), pero su posterior comportamiento en la cama distaba de cualquier convencionalismo.

Sonia no tenía nada que ver con las otras, y sólo le pedía algún dinero para ir tirando. Era única, extrema. En especial, cuando abría su bolso de flecos apaches y empuñaba el látigo. Belman le había preguntado de dónde diablos sacaba aquellos artilugios de cuero y plomo, las capuchas, las ligas y cinturones de látex, pero ella, con una sonrisa procaz, se negaba a contestarle. Y es que Sonia casi nunca era tierna. Tenía mucho carácter y, a veces, hasta se mostraba enfadada con él. Le recriminaba su zafiedad, y que las toallas, y también las del bidé, estuviesen sucias. Sonia llevaba razón: era un cerdo. Su rinitis crónica tenía la culpa de que jamás hubiese a mano pañuelos limpios, y de que los de papel se amontonasen por los rincones, confiriendo a su apartamento la imagen de una hamburguesería sin barrer. Belman hizo acto de contrición. Debería arreglar la lavadora, comprar toallas, ventilar su guariche… Una ímproba lista de tareas domésticas que iban aplazándose sin fecha.

A pesar de lo cual, y de su lúgubre trabajo como cronista del lumpen, Jesús Belman no había renunciado a pensar que la vida era una continua sorpresa. En particular, desde que había conocido a Sonia Barca y experimentado con ella revolucionarias dimensiones de la actividad sexual. El reportero hacía bien pecando de optimismo, pues, sin contar su portentosa verga, su Vespa, su audacia y su salud (excepción hecha de la maldita rinitis), era todo cuanto poseía.

El teléfono del redactor jefe acababa de sonar. Gabarre Duval manoteó el auricular y se puso a discutir otro asunto, mientras Belman aguardaba en pie a que la conversación terminara. Como se prolongaba, hizo ademán de salir del despacho, pero el Perro le ordenó que permaneciese allí.

– Quieto, Mocos -le dijo, con exactitud.

Por el tono de su redactor jefe, Belman supo que las cosas iban a complicársele antes de que pudiera despedir aquel maldito lunes, 2 de enero de 1984, con unos cuantos storkinos (ron, azúcar, limón) en la barra del Stork Club.


Capítulo 2

A las ocho de la tarde de aquel mismo lunes, cinco horas antes de que fuese salvajemente asesinada, Sonia Barca despertó en una cama revuelta, en un tercer piso sin ascensor de la calle Cuchilleros, en el barrio gótico de Bolscan. Había estado soñando con un pulpo gigante cuyos tentáculos la abrazaban hasta la asfixia, erotizándola y poseyéndola con inenarrable placer. Y había tenido un orgasmo en sueños, una descarga real.

Temblando aún de placer, Sonia se levantó y se asomó al balcón.

No había dejado de nevar. A través de la ventana de la casa de enfrente, tan próxima que, si estiraba el brazo, casi podía tocar su fachada, pudo ver una máquina de coser, un cartel de Rafael de Paula, un cactus que parecía de plástico.

Otra vivienda de pobres, angosta y húmeda, para gente que nada tenía que perder.

Como ella.

Sonia volvió a entrar a la habitación y paseó la mirada por su minúsculo espacio. El cuerpo desnudo de su macho yacía sobre el colchón. La cama ocupaba casi todo el cuarto: era como si Juan Monzón durmiese en una celda.

«Nuestra cárcel sexual», pensó Sonia, recordando, divertida, el título de una de esas películas pornográficas a las que Juan la invitaba para ponerla a punto.

Como si a ella hiciera falta estimularla.

No se había equivocado con Juan. Aunque dormía con una exhausta y casi simiesca expresión, derivada de su acusado prognatismo, Monzón -¿su hombre definitivo, tal vez?; ¡no!- era un tipo guapo. Fuerte. Tenía gónadas. Cerebro. Ojos claros, un poco brujos. Sus músculos se dibujaban contra la sábana que alguna vez debió de ser de color mandarina, pero que ahora, arrugada y manchada de sangre, parecía una muleta después de la lidia.

El símil taurino, inspirado por el cartel del torero que decoraba la salita de la casa de enfrente, le agradó. Juan había mugido como un novillo y sangrado por la nariz cuando Sonia anudó el pañuelo alrededor de su cuello, hasta que su respiración se cortó. Ella apretaba, apretaba. Juan aspó los brazos como un molino roto, eyaculó y se derrumbó en la cama con la cara púrpura. Un resuello animal, de toro herido, brotó de su asfixiada garganta, hasta que el sueño lo reclamó.

Y aún seguía durmiendo. El miembro viril apenas manifestaba una protuberancia oscura. Un hongo añil entre los muslos. Ella le había extraído hasta la última gota de savia.

Lo mismo hacía Sonia con todos los hombres con los que mantenía relaciones íntimas. En aquellos últimos tres años, habían sido incontables.

Esa gélida tarde de invierno, mientras la nieve caía sobre los tejados de Bolscan, ella y Juan, en su cárcel carnal, en su mísero nido de amor, habían estado follando sin concederse respiro. A la tercera acometida, Juan, aferrado a sus nalgas, dio síntomas de debilidad. Se había sostenido en pie a duras penas, pero empujó con ímpetu, hasta que una acrobacia los volteó a las heladas baldosas. Por el suelo, sin parar de reír, fueron rodando hasta el fondo del armario donde Juan guardaba sus escasas pertenencias y el machete que se llevaba a su puesto de vigilante nocturno. Y todavía lo habían hecho otra vez, en el pasillo, aprovechando que los restantes huéspedes del piso, a los que aborrecían, estaban fuera. Para rematar la sesión, Sonia le había obsequiado con el número del pañuelo, que no le fallaba nunca.

Así que el cansancio de su pareja, del que Sonia se sentía orgullosa, estaba justificado. El guarda jurado Monzón, su último y más rocoso amante, no iba a ser una excepción. También a él le había aplicado su norma de exprimir al macho hasta arrebatarle el mínimo átomo de energía vital, para verle desvanecerse luego en un sueño torpe y ruidoso, como si estuviera muriendo poco a poco.

De hecho, en ese momento Juan Monzón podría estar muerto.


Capítulo 3

No había oxígeno en el despacho del Perro. En las fosas nasales de Belman se desplegó el prurito. El polvo en suspensión flotaba a la luz de una tulipa que había iluminado el ambigú del Teatro Fénix antes de su restauración.

Nadie sabía de qué manera esa lámpara, con un pie de bronce que representaba a un sátiro, había llegado al Diario. Cacharro, desde su república de información local, ventiló el rumor de que había sido una gratificación a Madurga, el crítico teatral, como premio a sus entusiastas comentarios escénicos; pero Madurga, que acuñaba una espuria fama de incorruptible, jamás había confirmado esa donación y, además (cáncer hepático, en la pura tradición del oficio) estaba muerto. Cuando aún vivía, el crítico de escenarios había instalado en su mesa la lámpara del Teatro Fénix, junto a una fotografía dedicada por María Callas. Después del entierro de Madurga, y de que nadie reclamase en herencia la artística lámpara, Cacharro se la había agenciado, pero finalmente Gabarre Duval, quien también le había echado el ojo, ordenó que la instalaran en su oficina. En verano, la tulipa se moteaba con alas de invertebrados y mosquitos a la brasa. Belman sospechaba que el Perro experimentaba una siniestra alegría cuando las frágiles membranas de uno de esos insectos se derretían contra la incandescente bombilla. Un placer similar al que el redactor jefe debía de sentir cuando cortaba las alas a cualquiera de sus reporteros.

La chaqueta de mezclilla de Gabarre Duval pendía de un desportillado perchero. El redactor jefe la había colgado al revés, y podía leerse la etiqueta del traje, de marca desconocida. Un saldo, pensó Belman, con un desprecio que nunca, dado el temor reverencial que le inspiraba el Perro, se habría atrevido a manifestar en público.

– El plasta de Superratón -dijo Gabarre Duval, al colgar el teléfono; era su manera de ridiculizar a Miguel Mau, alcalde de Bolscan; Miki, para los amigos-. Ese fantasmón debe de creer que trabajamos para él, y todo porque de Pascuas a Ramos nos limosnea un anuncio. ¡Políticos! Un día me comen en la mano, al siguiente no se me ponen al teléfono. Tal como me ha hecho estos días ese altivo y vanidoso comisario, Conrado Satrústegui, a quien, si puedo, empapelaré. ¡No ha nacido el madero que me toque la moral!

Con lastimado orgullo, el Perro elevó la canina cabeza e irguió el torso tras el escritorio. Su camisa flotaba sobre un pecho hundido. Cercos de sudor le imprimían los sobacos. Belman solía preguntarse por qué un hombre tan flaco sudaba tanto. No se le ocurría otra explicación que atribuirlo a su exceso de bilis. La mala inquina del redactor jefe debía de licuarse en ese sudor espeso que supuraba brillos en su cara de palo.

– Hablemos de lo nuestro, Mocos -dijo Gabarre Duval, como masticando las sílabas-. ¿Qué noticias tienes para hoy?

– Poca cosa -se apresuró a responder Belman, erróneamente. La resaca y el aire viciado de aquella oprobiosa oficina estaban provocándole sonrojo, inseguridad; le ardía la pituitaria y la boca se le había secado, pero no otras eran sus reacciones bajo el dominio de su redactor jefe, a solas frente a su despótica autoridad.

– ¿Algún crimen?

– No.

– ¿Violaciones?

– Tampoco.

– ¿Estafas, robos?

– Un tirón a una vieja, cerca de la estación.

– Dos páginas en blanco y una hora para el cierre -resumió Gabarre Duval, decepcionado, mirando el planillo como un general antes de la batalla-. ¿Cómo piensas llenarlas? ¿Sorprenderás a tus lectores con una amena redacción sobre tus hábitos nocturnos? Lo digo porque te han visto en el Stork, Mocos, hasta arriba de ron y subiendo las escaleras a cuatro patas.

Belman se atenazó. El Perro lo taladraba con una mirada metálica surcada de microscópicas venillas. El redactor jefe aguantaba tanto alcohol como un estibador del muelle, pero, antes o después, según suspiraban, esperanzados, Belman y otros colegas de la redacción, el dique habría de desbordarse. Tal como le había sucedido al crítico Madurga, ese hígado colmado de materia biliar tendría que sufrir un estallido. Que llegase el día grande de su funeral no era sino una cuestión de paciencia. La redacción en pleno asistiría al último adiós al Perro, y él, Jesús Belman, leería un responso en nombre de sus galeotes del Diario de Bolscan. «José Gabarre Duval fue un jefe nato, un periodista íntegro, un leal compañero…»

– En serio, Mocos -dijo el Perro, con aparente paciencia-. ¿Qué tienes?

– Una interviú de lujo -murmuró Belman, intentando improvisar una salida brillante, mientras luchaba contra un sentimiento de culpabilidad-. Algo muy especial.

– ¿Una entrevista a quién?

– A la subinspectora Martina de Santo.

– ¿La detective que ha resuelto los crímenes de Portocristo?

– La misma.

– No pretendas venderme dos veces la misma burrra, Mocos. Ya le diste cancha. Diciembre, veintiocho.

A veces, el Perro hablaba así, taquigráfico, para ahorrar saliva o para que los reporteros no le apearan el respeto.

– Día de los Santos Inocentes -añadió-. Más de un lector, ya que inocentes no son, aunque santos tal vez, por soportar plumas como la tuya, pensará que le tomas por lelo. ¿Dos veces, la misma interviú?

Herido, Belman se irguió en toda su estatura. Le sacaba treinta centímetros al redactor jefe, pero eso no le aportaba ventaja alguna sobre él.

– No la entrevisté, si recuerda. Me limité a recogerle unas breves declaraciones oficiales.

Gabarre Duval sonrió. Su sonrisa no era célebre por su caridad.

– ¿Crees que no sé lo que publico? ¿Opinas que chocheo?

– Yo no…

– ¿Tú, qué? ¡Mi mente sigue siendo una caja registradora! Podría recitarte cada palabra de esa información, pero se ha hecho antigua. ¡Hay que arrojar leña a la hoguera! Y ésta es la gran pregunta, Mocos: ¿qué les doy a los lectores? ¿Sangre? ¿Horchata?

– ¿Carnaza? -apuntó el reportero.

– ¿Tú qué crees? ¿O aspiras a dirigir el suplemento de religión?

Belman estornudó. Buscó un pañuelo, pero en sus bolsillos sólo encontró un pedazo de papel de váter. Se sonó la nariz, estrepitosamente.

– Puedo ponerme con esa entrevista -insistió con voz nasal, sin dejar de moquear-. La subinspectora me ha dado una primicia.

– ¿Cuál?

Belman mintió con todo el descaro de que era capaz:

– Revela que estuvo a punto de morir a manos de la Hermandad de la Costa y explica cómo resolvió los crímenes.

Gabarre Duval se sacó un cigarrillo de detrás de la oreja y le apuntó con el filtro.

– Llevas una buena época, Belman. Has levantado temas, y te has adelantado a la competencia. Tus últimas crónicas han merecido los elogios del director. Por eso te di un generoso aguinaldo, que supongo te habrás fundido. Pero no puedes dormirte en los laureles. Quiero asuntos de primera página. Quiero, a cualquier precio, tragedia, emoción. Espero que esa entrevista valga la pena.

Belman aseguró que así sería, salió del despacho del redactor jefe y regresó a su sección. Ésa era la recompensa a su entrega, el premio a sus exclusivas, el reconocimiento por haberse adelantado a La Crónica, a la televisión, al resto de los medios.

El reportero de casos contempló caer la nieve tras el cristal de su ventana. Tuvo la impresión de que los copos espolvoreaban su materia gris, crionizando su resaca en una nevera de pensamientos inútiles.

Se encontraba fatal. Al bajar la cabeza hacia sus papelotes, la vista se le nubló. Bebió a escondidas un trago de anís Machaquito de su petaca y corrió a vomitar al baño. Los mocos le salieron líquidos, como si tuviese un grifo en el puente de la nariz. Lo poco que había comido lo arrojó.

Se lavó la cara y regresó a su mesa atravesando la sala de redacción, envarado y pálido como un cadáver altivo. Todos los malditos lunes tenía que sucederle una u otra calamidad, y aquel lunes de Año Nuevo no iba a resultar diferente.


Capítulo 4

Alarmada, Sonia se inclinó sobre su pecho. Juan respiraba. Era un hércules, un ejemplar de primera clase, pero ella lo había domado, hecho que se arrodillase a sus pies.

Sin embargo, no había quedado ahíta. Nunca estaba satisfecha. Siempre quería más.

Su voracidad sexual no conocía límites. Por eso soñaba con libidinosos calamares, con trancas de negro cimarrón y unicornios lúbricos. Hasta en la cúspide del placer vislumbraba otra montaña de gozo, una nueva cumbre de locura y martirio en cuya nieve apagar su fuego. A menudo, su compañero de viaje no podía o no se atrevía a emprender esa ascensión, y entonces ella debía buscarse otro amante. ¿No había nacido el hombre capaz de colmarla, de encadenarla a un orgasmo sin fin?

Sonia deseó que Juan se recuperase pronto, para volver a montarlo. Quizás, antes de irse al trabajo.

Eso le hizo recordar que se hacía tarde. Tenía que probarse el uniforme.

Entremezcladas, las ropas de ambos descansaban al pie de la cama, entre la mochila de Sonia y el bolso de flecos apaches que le acompañaba desde que, al cumplir los diecisiete, había decidido abandonar su localidad de origen. Una pequeña población, Los Oscuros, situada al oeste de Bolscan, en plena cordillera de La Clamor.

Sonia había huido de allí en busca de otra vida. Para correr mundo y encontrarse a sí misma. Algo así, tan vago, tan sincero, le había expuesto a su padre, propietario del quiosco de la plaza de Los Oscuros, y de una rutinaria existencia.

A sus sesenta y siete años, el padre de Sonia, Ramiro Barca, era un viudo cansino, cuyo aire de derrota se revelaba cada mañana, cuando extendía bajo el soportal los periódicos del día, las revistas semanales y las baratas colecciones de novelas cuyas cubiertas iban amarilleando con el curso de las estaciones.

En Los Oscuros, salvo la maestra, la señorita Hortensia, y el guapo profesor de teatro, Alfredo Flin, con quien Sonia había tenido su primera aventura, a los dieciséis, casi nadie leía. Tampoco lo hacía su padre, salvo los titulares deportivos y los sucesos del Diario de Bolscan.

Sonia, en cambio, leía mucho. Sobre todo, teatro y la literatura erótica que le facilitaba Alfredo Flin.

El viejo Ramiro no se alteró cuando su única hija le anunció que se marchaba de casa. Desde la muerte de la madre, su esposa, la señora Quiteña, el quiosquero había estado aguardando una reacción parecida. No tuvo ánimo para oponerse. Era demasiado blando como para apechugar con una adolescente difícil.

La apatía paterna hizo sospechar a Sonia que ella nunca le había importado, que su padre, en el fondo, se alegraba de perderla de vista. «Tal vez lo estaba deseando, desde que se enteró de lo mío con Alfredo Flin», pensó en ese momento Sonia, contemplando los testículos de Juan Monzón, ovalados, ubérrimos.

Su macho seguía durmiendo, agotado. Sonia se inclinó sobre su grupa, se ensalivó los dedos y le acarició la punta del pene. Temerosa de despertarle, procedió a armar un acampanado porro. Lo lió con una habilidad que revelaba práctica y salió a fumar al balcón. ¡Si su padre la viera ahora, independiente, desnuda, aspirando a grandes tragos el aire invernal de Bolscan, que a ella le parecía un elixir de vida! ¿Qué podría hacer el viejo, volver a molestar a la policía? ¿Desheredarla? ¿Ya nunca regentaría el quiosco de la plaza mayor de Los Oscuros, con sus lápices de colores y sus novelitas rosas?

Seguía nevando. Lavados por la frecuente lluvia de Bolscan, los adoquines de la calle Cuchilleros solían mostrar la textura de un caparazón de carey, pero esa noche habían desaparecido, ocultos bajo los copos. Sonia sólo llevaba encima una camiseta, y se le puso piel de gallina. Fumó con avidez. El vaho de su aliento se confundió con el acre humo del tabaco mezclado con marihuana.

La hierba y la nieve la pusieron nostálgica.

Apenas había vuelto a pensar en su padre, ni en su familia de Los Oscuros. En el soltero tío Pedro, asiduo a los prostíbulos de la comarca, pendenciero y bebedor, cuya mala sangre latía por sus venas. En su tía Reme, una beata encorvada camino de la iglesia, vestida de negro, siempre de negro; el mismo color con que Sonia sospechaba estaba tinta su alma sorda a toda palabra que no brotase de labios del padre Marcelo, o del mayestático timbre de Dios… Tras los muros sillares de aquella casa de Los Oscuros reinaba el tedio. Pero ella había descubierto un antídoto contra la rutina: el sexo.

Sonia sonrió, aspiró hasta calentar el filtro del canuto y dejó que la marihuana cauterizase sus pulmones con una grata quemazón. El aguanieve hizo que se le irrigaran los pezones. Volvió a excitarse con la visión del culo de Juan, reflejado en el vidrio del balcón. Su macho lucía un tatuaje en la nalga izquierda. Una flor de loto que la ponía a cien.

La maría la invitaba a revivir los buenos momentos. Sonia sólo miraba hacia atrás cuando estaba dopada. Serena, su memoria se esfumaba como un espectro en la niebla. Quizá, suponía, porque era joven para aprender del pasado. El reloj de su existencia corría hacia delante, sin reflexión ni cálculo. Sólo existían las nuevas sensaciones, un promisorio futuro que, ignorante del trágico destino que la acechaba, aspiraba a disfrutar con la máxima intensidad.


Capítulo 5

La culpa era del Perro, que lo humillaba a placer. «Negrero», pensó Jesús Belman, espiándole a través de la entornada puerta de su despacho. De perfil, la nariz de Gabarre Duval era como un gancho para colgar carne. La luz de la tulipa del Teatro Fénix, con el sátiro de bronce brillando lascivamente, arrancaba un destello ambarino a su cabello de estopa.

Belman procuró ahogar los sentimientos de exterminio que le inspiraba su redactor jefe, extendió sobre la mesa de su sección los tres reportajes que había dedicado a los asesinatos de Portocristo y los volvió a leer. Después, hizo lo propio con sus notas.

Le había sugerido al Perro que se guardaba un as en la manga, pero no era cierto. El único recurso que se le había ocurrido para apaciguarle era el de montar una falsa entrevista con la subinspectora De Santo, la detective de moda. Sabía que esa maniobra de distracción le acarrearía problemas, pero prefería enfrentarse con el jefe de prensa de la Jefatura Superior que con su propio redactor jefe.

Para inspirarse, se quedó mirando una fotografía de la subinspectora del Grupo de Homicidios.

Martina de Santo, aquella mujer policía, tenía algo especial. Era atractiva, arrogante, y acreditaba fama de excéntrica.

Belman conocía su historial, por lo que podía calcularle alrededor de treinta años.

La imagen que el periódico había publicado de ella la reflejaba a la salida de la Jefatura Superior de Policía de Bolscan, bajando las escaleras con un aire dinámico. Martina de Santo llevaba un coqueto borsalino, una ajustada chaqueta de cuero, bajo la que le abultaba la pistola, y pantalones de pinzas que estilizaban su delgada figura. Belman sabía, por otros agentes, que la subinspectora frecuentaba el gimnasio y el campo de entrenamiento de la Academia, situados al oeste de la ciudad, en medio de los polígonos industriales que se iban extendiendo al calor de la refinería, la central térmica, el Puerto Nuevo, la prosperidad de los primeros años ochenta.

El rostro anguloso, decidido, de la detective De Santo, cuyo tenso gesto manifestaba una natural inclinación hacia la acción, un gusto por el peligro, parecía contemplarle desde la página impresa.

Belman imaginó sus delgados músculos, sus pechos, el ámbar de su piel bajo la camisa blanca, cerrada con una corbata de seda oscura. Trató de barruntar su personalidad, pero sólo se arriesgó a presumir que la subinspectora pertenecía a esa clase de personas tan imbuidas en su trabajo que no se relajan nunca, porque cuando lo hacen dejan de ser ellas mismas.

Martina de Santo se estaba convirtiendo en un personaje popular. El gobernador la había elogiado en público. Se hablaba de ella como la próxima inspectora de Homicidios, en sustitución del veterano y rijoso inspector Ernesto Buj.

El comisario jefe, Conrado Satrústegui, aparecía también en la foto, descendiendo las escalinatas de Jefatura junto a Martina de Santo.

Belman se concentró en él.

La edad había comenzado a lamerle las entradas del cabello, a redondearle la mandíbula con un sufijo de carne abolsada, pero su altura y la rectitud de sus hombros apuntaban a que el comisario se mantenía en buena forma.

El reportero sabía, por los corrillos del Juzgado, que Conrado Satrústegui había visto naufragar su matrimonio. El comisario se refugiaba en el trabajo y, según le había confiado el abogado penalista Pedro Torres, una de las gargantas profundas de Belman, en un local de copas caras, El León de Oro, donde, al caer las tardes, Satrústegui, ausente la expresión, un cigarrillo consumiéndose entre sus dedos manchados de nicotina, saboreaba un brandy en un ambiente de aburridos señores, damas de la buena sociedad de Bolscan y alguna señorita de tarifa alta.

Las malas lenguas de Jefatura insinuaban que entre la subinspectora De Santo y Conrado Satrústegui fluctuaba algo más que una corriente amistosa, pero esas mismas voces se contradecían al atribuir a la subinspectora una ambigua sexualidad. Tampoco debían de saber los murmuradores (pero el reportero sí lo sabía) que el comisario se había liado con la espectacular camarera de El León de Oro, su querida y viciosa amiga Sonia Barca, ni que él, Belman, disfrutaba enormemente con los resúmenes que la chica, cuando se había fumado unos cuantos porros, le proporcionaba, entre histéricas risas, sobre sus experiencias eróticas con el severo policía.

Belman no ignoraba que la subinspectora había convivido con una mujer. Se llamaba Berta Betancourt y era fotógrafa artística. El vínculo entre ambas, que se había prolongado más o menos durante un año, no estaba claro. Para unos, eran simples amigas. En opinión de otros, como, por ejemplo, del inspector Buj, superior de Martina de Santo en el Grupo de Homicidios, formaban pareja. En cualquier caso, su amistad se había visto oscurecida por la sombra del crimen. Ahora, Berta Betancourt estaba procesada por el caso de los Hermanos de la Costa, como presunta encubridora de los asesinatos de Portocristo.

Gabarre Duval le estaba observando desde su garita. Belman pudo sentir cómo los ojos del Perro se clavaban en su piel. Juró en voz baja y hurtó la cabeza para beber un trago de la petaca de anís. Luego descolgó el teléfono y marcó el número de Jefatura.

Como cada noche, el agente de guardia le facilitó las novedades acaecidas en las últimas horas. Se había producido un accidente, sin víctimas mortales, y había sido notificada la desaparición de una mujer. Belman forcejeó dialécticamente con el policía hasta arrancarle sus datos. Cuando el agente le reveló su identidad, Belman tuvo que ahogar un rugido de satisfacción. La mujer desaparecida se llamaba Berta Betancourt y, según sus familiares, hacía veinticuatro horas que faltaba de su domicilio, en el término municipal de Pinares del Río, a treinta kilómetros de Bolscan.

Belman dio gracias a su buena estrella. Ahora sí que tenía una noticia de verdad, con la que podía abrir la sección.

Era tarde, pero podía intentar localizar a la detective De Santo. Para ello, debería llamar a su domicilio y justificar su intempestiva consulta.

Estornudó, tragó saliva y marcó el número particular de la subinspectora. Lo había obtenido de la manera más simple, localizando en la guía los apellidos del diplomático Máximo de Santo, padre de la investigadora, en cuya vivienda del barrio modernista, después de la muerte del embajador, ella seguía habitando. La casa de los De Santo, situada en la zona más alta y ventilada de Bolscan, aparecía fotografiada en algunas guías de turismo, como ejemplo singular de la arquitectura vanguardista de principios de siglo.

Belman mantuvo el aparato contra su oreja hasta que estornudó y se sonó la nariz como si estuviera tocando un solo de clarinete. Esperó cinco pitidos, pero nadie respondió.

Para hacer tiempo, el reportero llamó a El León de Oro y preguntó por su amiga Sonia Barca. Un camarero con acento suramericano le recordó que ya no trabajaba allí.

De hecho, hacía tres o cuatro semanas que no la veía. Su último encuentro había tenido cierto sabor a despedida. La propia Sonia le había confesado que se había liado con un guarda jurado. El tipo le había propuesto irse a vivir con él. Al parecer, le estaba negociando un empleo nocturno como vigilante en el Palacio Cavallería.

Al imaginarse a Sonia de uniforme y con porra, Belman sonrió para sí.

Probablemente, acabaría localizándola y reanudando con ella sus juegos masocas, pero, por el momento, podía pasarse sin su estimulante compañía. El mundo estaba lleno de mujeres huérfanas de amor, y él acreditaba una habilidad especial para alejarlas todavía más del camino recto.

Belman desterró a Sonia a las mazmorras de sus fantasías eróticas, volvió a estornudar y a sonarse, y marcó de nuevo el número de la subinspectora. Esta vez oyó la voz de Martina de Santo, pero respondía a la grabación del contestador automático.

«Ahora mismo no puedo atenderle. Deje su mensaje y me pondré en contacto con usted…»

Inseguro porque la rinitis congestionaba sus vías respiratorias, Belman grabó unas atropelladas frases, entre las que deslizó el nombre de Berta Betancourt. El reportero añadió que estaría en la redacción hasta tarde, y le rogaba que le devolviera la llamada.

Capítulo 6

Hacía frío en el balcón de la calle Cuchilleros, pero cuando la marihuana se hubo posado en sus párpados, y la hizo sonreír, Sonia Barca se reafirmó en que el mundo era un lugar alegre, lleno de cuerpos nacidos para inducirla al éxtasis.

Apenas recordaba con nitidez otros episodios que los que aureaban con dorado fulgor sus instantes de placer. La piel de los otros, la carne ajena y próxima, las húmedas lenguas, los ardientes labios. Cuerpos blancos y negros, o de esa mostaza tonalidad de los jóvenes orientales. Piel, siempre piel junto a ella, encima o debajo de ella.

Su pequeña vuelta al mundo había comenzado en Ibiza. Desde allí, Marruecos, Túnez, Estambul, y otra vez Ibiza.

En la isla, Sonia se acostaba con un chico italiano, Aldo, pero no siempre o no sólo con él.

Gracias a Aldo, constató lo que ya había aprendido con Alfredo Flin, el profesor de arte dramático que tenía loquitas a todas las chicas del Instituto de Los Oscuros: que el sexo la atraía de una manera incontrolable, compulsiva, y que podía practicarlo, sin prisa y sin pausa, con cualquier chico que tuviera las manos limpias -¡eran tan importantes las uñas!-, experimentando un ansia creciente de poseer y ser poseída. No había nada como un orgasmo. Nada que se le pudiera comparar.

Si acaso, otro orgasmo.

Pero, ¿cuándo segregaría su vientre el delirio del pulpo, el sensual estallido que Alfredo Flin comparaba con una erupción volcánica, con un terremoto? «Con el fuego y la creación», solía recordarle su profesor de teatro, en sus escabrosas conversaciones telefónicas.

De manera esporádica, Sonia se había mantenido en contacto con Alfredo Flin, pues no renunciaba al sueño de convertirse en actriz. Otros alumnos de Los Oscuros habían hecho real esa utopía. Junto con María, la gemela Bacamorta que había estudiado con ella en el Instituto, el propio Alfredo Flin había logrado enrolarse en la Compañía Nacional de Teatro. Y -¡lo que eran las cosas!- esos días María Bacamorta y Alfredo Flin se encontraban en Bolscan, ocupados con los ensayos de Antígona, que se estrenaba en breve. Alfredo iba a encarnar a Creonte. María Bacamorta, a Eurídice.

Días atrás, al término de uno de los ensayos en el Teatro Fénix, Sonia y María habían cenado juntas. María había confesado a Sonia que Alfredo y ella eran pareja, y que Flin la había ayudado a superar la muerte de su hermana gemela, Lucía, que se había ahogado en la Laguna Negra, donde los jóvenes de Los Oscuros solían ir a nadar.

A los postres, se les unió el propio Flin. Sonia lo había encontrado más guapo que nunca, pero tan incorregible como de costumbre, salido de madre y dispuesto a correr tras las primeras faldas. En un aparte, aprovechando que María había ido al cuarto de baño, Alfredo le juró a Sonia que no había podido olvidarla. «A veces me despierto con el sabor de tu piel, y me vuelvo loco», murmuró, acariciándola con el pie bajo la mesa del restaurante. A la memoria de Sonia acudieron tórridas imágenes de cuanto Alfredo le había enseñado en materia de sexo, y se estremeció. Se besaron sin pudor, hasta que María salió del lavabo. Alfredo le prometió dejarle una entrada en la puerta de actores del Teatro Fénix. Sonia se puso tan contenta que, a partir de ese momento, contaría las horas que faltaban para el estreno de Antigono,como si también ella fuese a salir a escena. Tenía miedo de acostarse con Flin, pero, por otra parte, lo deseaba tanto…

¿Era ninfómana? En Ibiza, Aldo, su amante italiano, la había introducido en el sado precisamente porque la acusaba de serlo. Bromeando, seguramente, al inicio de su relación; con latino desprecio, después, cuando supo que le ponía los cuernos. Por entonces, ella ni siquiera conocía el significado de un término que nunca llegaría a tomarse como un insulto. ¿Realmente era una maníaca, una obsesa? ¿Y qué, si así fuera? ¿Qué tenían de perverso el exceso o la ilusión del dolor?

Mientras aguardaba la hora de experimentar la cadena orgàsmica, la fusión con el magma universal, Sonia había llegado a establecer una teoría del ciclo vital en torno a su pulsión erótica. Ella era la tierra, húmeda, profunda, pero donde no crecía otra simiente que la amapola del placer. Jamás tendría hijos. Sobre la satinada tibieza de su piel encontrarían descanso otros cuerpos. Pero ningún huésped, ningún pasajero. No habría partos, reproducción. Sus entrañas debían permanecer vacías. Intactas al dolor.

Ibiza. Había hecho el amor en yates, en playas, en discotecas, en un club donde se disfrazaba de domina, con correajes y fustas, o en bares cerrados, encima de mesas con ceniceros y vasos que acababan quebrándose contra el suelo, reventando en su cerebro como una lluvia de abejas de cristal. Hubo días de dos y tres hombres, y se habría entregado a cualquiera que fuese capaz de seducirla con su sonrisa o su voz, con sus manos de uñas limpias. ¡Eran tan decisivas, las uñas! Lo hacía con hombres maduros, con viejos y jóvenes, y también, desde que desplegó el abanico de nuevas experiencias, con chicas o mujeres adultas que la acariciaban con dulzura y luego con frenesí, enredando su cabello con el suyo, sus bocas con la suya, sus cálidos muslos con los suyos. Necesitaba sexo urgente, festivo, al despertar, para sentir la vibración de otra cuerda más canalla en el corazón de la noche o a cualquier hora en que su imaginación recrease un encuentro erótico en el probador de una tienda de ropa, en el coche de un extraño, en una casa en la que no había estado, con alguien a quien acababa de conocer y con quien probablemente jamás volvería a coincidir.

Sonia había llegado a Bolscan a principios de octubre de 1983, en compañía de un muchacho norteamericano que viajaba por España sin destino fijo. Aldo, su novio italiano, había cometido el error de presentárselo en Ibiza, en una orgía veraniega que duró tres días con sus noches. Desde aquella fiesta, Sonia y el yanqui estuvieron juntos.

Se llamaba Larry Wilson, pero le decían Wisconsin. Era divertido, culto, y disponía de un falo culebreante y pálido como el tentáculo de una jibia. Sonia nunca preguntó de dónde procedía su dinero, pero a Larry no le faltaba. En alguna ocasión, él le habló de su amor por Nueva York, de un hermano que también viajaba por Europa, de un negocio de venta de coches en Wisconsin, una franquicia que debía de pertenecer a su padre, el señor Wilson.

Larry era historiador. Quería conocer la España interior, recrear las proezas de los brigadistas internacionales y escribir un libro.

Convenció a Sonia para que le acompañara por los antiguos frentes de la Guerra Civil. Se detuvieron en Teruel, soportando el frío más agudo que Wisconsin había padecido en toda su vida. Después, en lentas jornadas, fueron aproximándose al norte.

A Larry le encantaban esas pensiones rurales donde los despertaban con bandejas de nata fresca extendidas en hogazas, o con rebanadas de aceite puro y un café tan espeso que los posos se pegaban al filo de los tazones. Pero a Sonia esas rústicas alcobas le recordaban la suya de Los Oscuros, el colchón de lana, la almohada de plumas, el olor a leña y a humanidad ahumada con el estiércol de las bestias, y se despertaba encogida y sin ganas de follar. Por eso, cuando Larry le propuso dirigirse a Bolscan para admirar el gran puerto del norte, sus fuertes y parapetos costeros, ella aceptó de buen grado. Las luces de las ciudades la excitaban, y si pensaba en sus noches, en todas esas parejas chingando a la vez, sudorosas y acopladas en la oscuridad de los pisos, se sentía más próxima al apareamiento telúrico, al gran polvo universal, a una ecuménica comunión consagrada al placer.

Llegaron a la capital, a Bolscan, comieron, pasearon, se besaron en las alamedas e hicieron el amor, una vez, otra y otra más, pero al día siguiente Wisconsin la abandonó sin explicación alguna. Una confiada Sonia había amanecido en el Hotel Palma del Mar, uno de los mejores de la ciudad. Había estirado la mano en busca del falo de Larry, a fin de ponerlo en canción, pero él ya no estaba.

Ni siquiera había redactado una triste nota de despedida. Al menos, Larry tuvo el detalle de dejar pagado el hospedaje durante una semana. El conserje del hotel le dijo a Sonia que el rubio americano, míster Wilson, aquel yanqui atlético y parlanchín, había partido de madrugada, en un taxi, después de abonar la cuenta.

«¿Es su marido?», había preguntado el recepcionista. Como ella no respondiera, el conserje agregó: «Un caballero muy amable. Dijo que era de Wisconsin, y que allá son espléndidos con las propinas.»

«Menudo cabrón -había pensado ella-. Podía habérmelas dado a mí.»Sonia se quedó en el Palma del Mar y llamó a Ibiza, por si Larry había dado señales de vida. Pero ni Aldo ni sus antiguos camaradas sabían nada de él.

Sin contar a Alfredo Flin, que la había iniciado en los juegos eróticos, en el dolor y en el placer, pero que se acostaba con todas las chicas de la compañía de teatro aficionado de Los Oscuros, Larry Wilson era el primer hombre que había jugado con sus sentimientos. Sonia se juró que sería el último.

Apenas le quedaban recursos. Se puso a buscar trabajo. Lo encontró enseguida, cerca del hotel, en un selecto pub del ensanche marítimo de Bolscan: El León de Oro.

Sería allí, en el curso de una de las primeras noches en que ocupó la barra y aprendió a servir cubalibres, a combinar cócteles y a distinguir las marcas de los whiskies, donde iba a conocer a Juan Monzón.

«Ese chorbo tiene que ser un semental», había pensado Sonia nada más distinguirlo entre la clientela de ejecutivos, con su rotundo cuello y los muslos dibujándose contra las perneras de sus pantalones de cuero. Juan pidió cerveza, algo inapropiado en ese establecimiento, y se bebió tres birras mirándola sin pestañear, como si fuera la primera chica que veía en mucho tiempo.

Esa misma noche, después de insinuarse y de tomar copas con él en otros garitos, Sonia comprobó que, en efecto, era un toro. Un Hércules. Un semental. Juan la invitó a la sesión golfa del cine porno de la calle de las Vírgenes, donde le metió mano, y después la llevó a su cuarto alquilado en la calle Cuchilleros. Al derrumbarse en la cama, Sonia estaba segura de que su nueva conquista se había propuesto matarla a polvos; pero sería Juan quien acabaría inclinando la cerviz, rindiéndose al dominio de sus juegos sadomasoquistas, aceptando su poder con todas sus consecuencias, con todas sus recompensas.

Capítulo 7

La noche era fría y oscura. Nevaba sin parar. Entre los copos flotaba una neblina parda, suave y brillante como la piel de un felino.

En la falda de una colina arbolada, el Monte Orgaz, cuya ladera norte daba al océano, la subinspectora Martina de Santo, la única mujer adscrita al Grupo de Homicidios de la Jefatura Superior de Policía de Bolscan, bajó de su coche, un Saab de color negro con los asientos de cuero y el salpicadero forrado de maderas nobles, y se arrebujó en su gabardina, asimismo negra.

Decidió dejar encendidos los faros, por si se extraviaba en la oscuridad. Buscó en la guantera una linterna, y encendió también un cigarrillo. El viento, que hacía rachear la nevada, dispersó el humo al salir de su boca.

Por un filo de piedras, la subinspectora evitó el enlodado prado. Ganó el lindero y fue orillando el bosque donde, de niña, solía jugar a policías y ladrones con las alumnas de Santa Ana. Pero esos juegos escolares se celebraban en primavera, a la luz del día, no en noches como aquélla, cuando el pulmón de la galerna, arremolinando la nieve y arrasando las copas de los árboles, imponía una cierta sensación de temor.

El haz de su lámpara jugó con las sombras de los robles, fomentando la impresión de que entre sus ramas se escondían seres vivos. Ojos amarillos, como la bruma, que la estarían vigilando desde un más allá plagado de amenazas.

Pero, ¿quién podía vagar a esas horas por la tenebrosa colina?

La religión de Martina de Santo no admitía otros espíritus que sus propios demonios familiares, a los que mantenía a raya embebiéndose en su labor policial. A la subinspectora no le gustaba mirar dentro de su alma porque no siempre su espejo reflejaba la verdad. Prefería concentrarse en la realidad exterior. En aquel bosque fantasmagórico, animado… ¿de acechantes seres? No, sonrió Martina, no podía haber muertos vivientes en el Monte Orgaz. La noche era inhóspita y el paisaje lo bastante espectral como para que ni siquiera las parejas más enceladas buscasen en su floresta amparo al amor clandestino. Sólo unos locos, como aquellos sectarios Hermanos de la Costa con los que se había enfrentado en las semanas anteriores, discurrirían reunirse en un paraje así. Pero los Hermanos estaban a buen recaudo.

Esa noche, la del 2 de enero de 1984, la subinspectora se sentía anímicamente vacía. El éxito de su última investigación criminal contrastaba con el desgraciado final de una historia importante en su vida.

Al salir de Jefatura, conduciendo bajo la persistente nieve, había renunciado a refugiarse en su casa. Pensando que a la intemperie ordenaría mejor sus ideas, se había desviado por el antiguo camino de acceso a la refinería, una calzada en desuso con un ramal de tierra destinado a los camiones que antaño tanqueaban en la planta.

Cerca de la orilla del mar, se había pilotado un puente nuevo que enlazaba con la autovía. Desde entonces, el tráfico pesado no precisaba ascender las rampas del Monte Orgaz. Los tráilers abandonaban la autovía a la entrada misma de la planta de refino. La carretera que ascendía los escarpes de la colina apenas se empleaba ya. A mitad de monte, la primitiva pista de carga había quedado clausurada por una valla de alambre espinoso. Un rayo había calcinado uno de sus extremos, junto al que pendía una antigua señal: «Zona industrial. Prohibido el paso.»

Al llegar caminando hasta ese letrero, semioculto por la maleza, la subinspectora se sobresaltó. En medio del vendaval, había oído una especie de tos; volvió a tener la impresión de que alguien la observaba desde una fronda de encinas, oculto tras los montículos de nieve. Pero tan sólo era el graznido de una lechuza.

Martina atravesó la valla y comenzó a encaramarse sobre las resbaladizas piedras graníticas a las que su linterna arrancaba una textura láctea. Sintiendo la nieve en los ojos, y cómo la culata de su Star del nueve corto se le clavaba en la cadera, fue ascendiendo la pendiente, hacia la cumbre del monte fustigado por la tempestad.

En la cima del Monte Orgaz, a seiscientos metros sobre el nivel del mar, la violencia del viento le arrebató el sombrero y lo hizo rodar detrás de los riscos. Martina renunció a recuperar su borsalino, tragó una aspirina a palo seco porque el frío la estaba entumeciendo y usó su barra de cacao para suavizar sus cortados labios. Un relámpago rasgó el océano, iluminando los petroleros anclados en la rada a la espera de recibir la orden para verter su carga.

Las chimeneas de la refinería, que ocupaba el lecho del valle, hasta la playa, expulsaban lenguas de un fuego azulado que parecía sobrenatural. Nevaba con más intensidad.

También los días anteriores había nevado en Bolscan. En Nochevieja, cuando los copos empezaron a caer, la subinspectora estaba de servicio. No tenía con quién celebrar Año Nuevo y se había ofrecido voluntaria para hacer un favor a sus colegas de brigada, la mayoría de los cuales, contradiciendo la leyenda de tipos duros, mantenían familias o relaciones estables.

Aquella tarde, la de Nochevieja, Martina vio nevar desde la ventana de una sala de Homicidios tan silenciosa y vacía como no podía recordarla. Después, había errado por las calles, observando a la gente que se divertía en los bares. La estampa invernal de la ciudad le había recordado a su infancia. A sus padres, ambos fallecidos. A las remotas tardes de otros inviernos en que su padre, el embajador Máximo de Santo, la llevaba a la cordillera de La Clamor, en compañía de Leo, su hermano mayor, para perseguir rastros de visones y ardillas y modelar muñecos de nieve con una zanahoria por nariz, su clásica bufanda vieja y una escoba en el regazo de la blanca barriga.

Las laderas del Monte Orgaz estaban cubiertas de nieve. Como si aquélla fuera la puerta a un mundo futuro, la refinería punteaba un onírico palacio con torres de fuego, contenedores de hormigón y desnudas oficinas donde modernos hechiceros convertirían el crudo en calidad de vida. A veces, la planta de refino inspiraba a Martina la imagen de un gran barco varado en la hondonada, un transatlántico con las luces encendidas, pero condenado a permanecer anclado frente a la negrura del mar.

En ese instante, tras la cortina de nieve, se oyó el sonido de una piedra al caer al vacío. Martina alzó la vista. Como una lúgubre y amenazante aparición, vislumbró, encaramada a las rocas, una figura humana que parecía estar a punto de abalanzarse contra ella.

Su corazón se desbocó. La subinspectora desenfundó el arma.

– ¡No se mueva! ¡No haga un solo movimiento o disparo!


Capítulo 8

Ahora, dos meses y pico después de su llegada a Bolscan, Sonia Barca estaba allí, con Juan Monzón, en un zaquizamí del barrio gótico, caliente como una gata en celo, pero resignada a embutirse en un uniforme parecido al de su macho, sólo que de menor talla y de color verdoso, en lugar del tono tabaco que gastaba él.

Todo en Juan era grande. Las manos cuadradas -¡de uñas limpísimas!- los anchos hombros, la sonrisa blanca, la palanca que le colgaba entre las piernas, todo menos, ¡ay!, esa voz suya como de gnomo apresado en la encarnadura de un trasgo, como el silbido de un pífano brotando de la caja de resonancia de un violoncelo. Una voz de pájaro, chillona, infantil.

«Qué más dará su voz -pensaba Sonia-. Es buena gente, y chinga como dios.»

Miró el reloj. Eran las ocho y media de la noche del primer lunes de 1984. La resaca de Fin de Año le duraba ya dos días.

«¡Año nuevo, vida nueva!», había exclamado al sonar las campanadas de Nochevieja y brindar con champán barato. Su novio trabajaba esa madrugada, pero Alfredo Flin, que se alojaba -¡lo que eran las cosas!- en el Hotel Palma del Mar, junto con el resto de los integrantes de la Compañía Nacional de Teatro, la había invitado a salir. Toni Lagreca, el famoso actor, que en Antígona iba a encarnar el papel de Tiresias, se había sumado a la celebración. Sonia los citó en el Stork Club, donde había encontrado un empleo suplementario como bailarina y chica de alterne; un extra alimenticio que, por el momento, ocultaba a Juan, pues en alguna circunstancia ya había tenido ocasión de comprobar que Monzón se ponía violento cuando le dominaban los celos.

Los actores y ella lo habían pasado en grande en el Stork Club, casi como en los viejos tiempos de Los Oscuros. Antes de llevársela al hotel, Alfredo la había magreado en el vestuario de las strippers. ¡Vida nueva, sí, pero…! En el fondo, Sonia no deseaba cambiar nada. En todo caso, le gustaría tener dinero. Ese era el motivo por el que echaba en falta a Larry. También, para qué engañarse, por su largo y sinuoso falo, que tanto placer le había regalado.

Pero, con el tiempo, tampoco a Larry le habría sido fiel. La promiscua naturaleza de Sonia habría seguido su curso.

En Bolscan, durante el último trimestre de 1983, hubo otros hombres, además de Juan Monzón.

Estaba Sócrates, el camarero negro, dominicano, de El León de Oro, con quien se había apareado un par de veces, antes de abrir el local, en la bodega, entre las cajas de licores. Estaba el periodista, Belman, cliente del Stork Club, a quien los domingos por la noche Sonia transportaba a los paraísos del sado en su mugriento apartamento, con las toallas sucias y la ropa siempre tirada; un piso tan tétrico que los polvos masocas, como los llamaba Belman, parecían desarrollarse más en una cuadra que en una mazmorra urbana.

Y estaba también aquel maduro y solitario caballero, el cincuentón de los trajes grises, chalecos y camisas de rayas, el iluso que le regalaba flores, el policía que solía aparecer por El León de Oro a última hora de la tarde y en su día libre (los jueves) invitarla a cenar.

Al principio, el policía le había dado un nombre falso. Noches después, cuando se sintió atraído, le confesó que se llamaba Conrado. En un inicio, al madero no le gustaban los juegos. Pero, poco a poco, Sonia se iría adueñando del ámbito de su dormitorio, de su regia cama y del anexado baño, y le acostumbraría a jugar desnudos con el revólver entre las sábanas. «Además de tirotear a alguien, es increíble las cosas que se pueden hacer con una pistola, ¿no te parece?», le había soltado Sonia cuando calculó que ya tenían confianza.

Pero El León de Oro, con sus camareros y clientes, y con su escasa nómina mensual, había quedado atrás. Sonia pensaba despedirse asimismo del Stork Club. Faltaba sólo media hora para que comenzase su turno en el Palacio Cavallería, donde haría el relevo en calidad de guarda jurado. Confiaba que aquel trabajo honrado inaugurase una etapa distinta en su vida.

Juan Monzón había hablado con el gerente de su empresa de seguridad para conseguirle el empleo. Se había producido una baja laboral en el hermoso edificio de la plaza del Carmen, un palacio renacentista que hacía las veces de Museo de la Ciudad y Sala de Exposiciones, y Juan pidió el puesto para ella. Sonia fue contratada a prueba, durante un mes.

¿Sería capaz de cortar de raíz su alocado estilo de vida, de moderar su ansia erótica? Sonia no lo sabía, pero sí que debía darse prisa en salir del cuarto de Juan, si quería presentarse puntual en el Palacio Cavallería. Juan se levantaría una hora más tarde, para dirigirse a unas naves de distribución alimentaria, situadas en el extrarradio.

A diferencia de Sonia, Juan disponía de permiso de armas. Recientemente, había utilizado su pistola contra un par de extraños a quienes sorprendió merodeando por el muelle de los almacenes a su cargo. Juan había gritado a los intrusos que se identificaran, pero, como no lo hicieron, amartilló el arma. De pronto, oyó un estampido. La bala debió de pasarle muy cerca, tanto que pudo percibir cómo el proyectil hacía saltar pintura del hangar. Juan apuntó hacia un coche cuyo motor acababa de ponerse en marcha y vació el cargador. Los asaltantes consiguieron huir. La policía barajó la posibilidad de que se tratase de un comando dispuesto a escarmentar a una empresa que se resistía a pagar el impuesto revolucionario, pero nada pudo probarse. Monzón, en cualquier caso, recibió la felicitación de su agencia de seguridad y una gratificación: la de colocar a Sonia como guarda jurado. «¿De verdad es tu novia?», le había preguntado el gerente. «¿Vais en serio?» «Claro», había afirmado Monzón. «Respondo de ella.»

En la cargada atmósfera de la habitación de Juan, que ya era la suya, Sonia acabó de anudarse los cordones de los zapatos y buscó su documentación. Guardaba su cartera en la mesilla de noche, junto al carnet de una amiga suya, Camila Ruiz, otra bailarina del Stork Club con la que solía coincidir en sus noches de alterne.

Ni a Camila ni a ella les había costado reanudar su amistad porque ambas eran de la misma comarca de La Clamor y -¡lo que eran las cosas!- habían coincidido en el Instituto de Los Oscuros.

También Camila, en consecuencia, había pasado por los brazos de Alfredo Flin, pero su relación, según ella, fue fugaz, y carente de la pasión carnal que Sonia le reveló sólo a medias, cuando ambas, en clave de confidencias, se contaron lo que una y otra habían hecho con su profesor de teatro. Su encuentro íntimo tuvo lugar en esa misma habitación de la calle Cuchilleros, pero en ausencia de Juan. Sonia no se lo había nombrado a Camila porque estaba descubriendo en su novio otra personalidad oculta, taciturna, posesiva. Temía, además, que Camila lo tomara por un chulo.

Camila y ella se habían tumbado en la cama, habían fumado unos petas y charlado de las cosas que hacían con Alfredo Flin y con otros chicos del Instituto, y después habían comenzado a acariciarse y a quitarse la ropa. Camila tenía una piel suave moteada de pecas y un cabello sedoso, como el de las muñecas que anunciaban esos días de Navidad. Al vestirse, Camila se había olvidado la fundita de plástico donde llevaba algún dinero y el documento de identidad. Sonia había guardado la fundita en la mesilla. Había tenido oportunidad de devolvérsela, pero se le había olvidado.

Eran las nueve de la noche. Tenía que dirigirse a su nuevo trabajo, pero se quedó contemplando, embobada, el cuerpo de Juan. La flor de loto de su nalga izquierda se abría a narcóticas promesas, al opio de los placeres prohibidos, y los tatuajes de sus bíceps parecían grabados con el hierro de la pasión. Su pene se había hinchado, como si Juan estuviera soñando con sensuales imágenes. Un chispazo eléctrico recorrió la espina dorsal de Sonia. Habría querido sentir ese cerrojo entre sus piernas y exprimir a su semental. En lugar de eso, le programó el despertador, se despidió de él con un beso secreto, se puso un anorak sobre su chaquetilla de guarda de seguridad, bajó las escaleras y salió a la calle.

No volvió la vista atrás en todo el trayecto, y por eso, ni a lo largo de la calle Cuchilleros ni en la encrucijada con la calle de las Vírgenes, en la que se radicaban la sala porno y unos cuantos y sórdidos burdeles, pudo ver al desconocido que la seguía por el dédalo del barrio gótico, a prudente distancia. Si la chica acortaba el paso, su perseguidor hacía lo propio. Si Sonia se detenía ante un semáforo, el extraño miraba un escaparate.

Mientras se encaminaba al Palacio Cavallería, Sonia no sospechó que nunca más volvería a ver a Juan Monzón ni a ninguno de los hombres que habían inspirado su teoría sobre la piel femenina como una tierra fértil para la amapola del placer.


Capítulo 9

– ¡Soy yo, Martina! -exclamó una voz en la oscuridad-. ¡No dispare!

La subinspectora bajó el arma. A la luz de la linterna, no tardó en reconocer al ex agente Horacio Muñoz, responsable del archivo de la Jefatura Superior de Policía de Bolscan.

Tranquilizada, enfundó la Star. Debido a su bota ortopédica, Horacio avanzó a trompicones por las resbaladizas piedras. El viento agitaba su cabello entrecano, demasiado crecido. Su barba de apóstol se esponjaba con la humedad, confiriéndole el aspecto de un lunático. En su rostro destacaban los ojos, acuosos y tímidos.

La subinspectora tuvo que forzar la voz para hacerse oír a través del vendaval:

– ¿Qué está haciendo aquí? ¡He estado a punto de descerrajarle un tiro!

Renqueando, el archivero se situó a un paso de ella. Martina le había apartado el foco de la cara. Horacio anunció:

– Hay novedades, subinspectora. La testigo Betancourt puede hallarse en dificultades. Su familia ha denunciado su desaparición. Pensé que le gustaría saberlo.

Martina se caló el cuello de la gabardina. Un frío que nada tenía que ver con el temporal se le estaba introduciendo bajo la piel.

– Está usted lívida -observó Horacio-. ¿Se encuentra bien?

– ¿Cómo se ha enterado?

– Por el agente de guardia. Le oí hablar con un periodista.

– Vamos a los coches. Venga, le ayudaré.

– No hará falta -protestó el archivero-. Puedo arreglármelas solo. Si mi condenado pie ha sido capaz de subir hasta aquí…

– La bajada es dura. Resbalará en la nieve.

– Vaya usted delante, subinspectora, y déjeme a mí.

No sin dificultad, fueron descendiendo las moles graníticas, hasta divisar las luces del Saab. El coche de Horacio, un Volkswagen escarabajo de color amarillo, estaba aparcado sobre la nieve. No era vehículo apropiado para un policía, pero el archivero lo justificaba arguyendo que él ya no pertenecía al servicio activo, y que el mal fario no podía castigarle más de lo que ya lo había hecho su torcido destino. Las consecuencias del balazo que, años atrás, recibió en un tobillo, mantenían a Horacio Muñoz apartado de las calles, confinado en un archivo en el que transcurría horas muertas a la espera de ser requerido por los investigadores.

Aunque, en realidad, Horacio siempre estaba ocupado con una u otra labor. Le fascinaba revisar los casos pendientes, o los que se habían cerrado en falso (como el suyo propio, pues sus compañeros jamás detuvieron al atracador que le había disparado en el curso del cerco a una sucursal bancaria), dejando en libertad a sus autores.

En la soledad del archivo, releyendo polvorientos expedientes, Muñoz trataba de colegir qué habría sido de los delincuentes y criminales que, en olvidadas circunstancias, habían burlado la acción policial. ¿Serían, en la actualidad, padres de familia, incluso, por qué no, compañeros suyos, agentes de la Policía Nacional? Ese tipo de enigmas le fascinaba. A menudo, sin comentarlo con sus superiores, Horacio investigaba por su cuenta. Al menos en una ocasión -en el reciente caso de los Hermanos de la Costa-, la subinspectora le había ayudado a resucitar misterios del pasado, el débil eco de voces inocentes que clamaban venganza. Sabía que Martina no aprobaba su actitud, pero era aragonés, era terco.

La pendiente nevada del prado se onduló, se embarró. Muñoz estuvo a punto de resbalar. La subinspectora lo sujetó de un codo. La nieve caía a rachas, nublándoles la visión. Avanzaban despacio.

– ¿Cómo me ha encontrado, Horacio? ¿Me ha estado siguiendo?

– Claro que no. ¿Me cree capaz de hacer algo así?

El gesto de la subinspectora apuntó a que, en efecto, lo consideraba proclive.

Horacio hizo ademán de ahuecar los brazos. Era desmañado en sus gestos.

– No se enfade conmigo, Martina. La explicación es elemental. He venido observando que la carrocería de su coche presenta arañazos, y que los neumáticos conservaban restos de barro húmedo con fragmentos de romero. Desprendí que frecuenta usted algún lugar agreste, donde su auto roza con las ramas bajas de los árboles, y me tomé la libertad de analizar una muestra de ese barro que, a diferencia de la composición caliza, prevalente en las estribaciones de las sierras costeras, era arcilloso. Puesto que el lodo de las ruedas no había tenido tiempo para secarse, su origen debía ser cercano. Y, en las inmediaciones de Bolscan, el Monte Orgaz es la única elevación que reúne tales características, incluida la vegetación esteparia.

Martina sonrió.

– Se está convirtiendo en mi ángel guardián, Horacio. Sólo que a veces prefiero estar sola. No me pregunte por qué.

Sin embargo, el archivero se cuestionó qué tipo de mujer podía encontrar amparo en medio de una solitaria montaña y de una galerna capaz de hundir a un atunero.

– Está usted llena de misterios, Martina. Supongo que forma parte de su encanto.

Protegiendo la llama del viento, Martina encendió un cigarrillo sin dejar de caminar.

– Las mujeres creemos en los misterios, Horacio, pero la idea de rasgar sus velos nos produce una cierta desazón. Quizá, porque sabemos que el mal existe, y que su semilla puede crecer en nuestras entrañas. También sabemos que existe el bien, y que su fuerza es inconstante. Algo en nuestro ser nos remite a la magia, como si algunos de los secretos de la naturaleza estuvieran escritos en nuestra piel, con un código indescifrable. Nada de esto guarda relación con la razón. Lo único que puedo decirle es que, para enfrentarnos al mal, debemos suprimir una parte de nuestra conciencia.

– ¿Cuál?

– El evangelio que sostiene la redención universal.

– ¿No hay perdón, entonces?

En el fondo, y aunque se debía al barro de que están hechas las tramas de los crímenes, a Martina le atraían las paradojas. Repuso:

– Sería desolador, ¿no le parece?

Horacio se retiró el mojado flequillo, antes de opinar:

– La auténtica absolución sólo puede concedérsenos a través del arrepentimiento. Pero yo no conozco a nadie, y mucho menos a un malhechor, cuyo acto de contrición sea del todo sincero.

La subinspectora meditó unos segundos, antes de epigramar:

– El hombre aprendió a hablar, a mentir, para disfrazar sus sentimientos. Pero la disquisición ética no forma parte de nuestro trabajo, ni de la lógica. Nuestra herramienta es la ley.

Horacio enmudeció. Subieron a los coches. Martina arrancó el Saab, haciéndolo patinar sobre la nieve. El Volkswagen del archivero lo siguió dando tumbos.

Deshicieron el antiguo vial de carga de la refinería, una pista de tierra invadida por el barro y la maleza. Martina aceleró mucho más de la cuenta. A punto estuvo de caer por las laderas, pero no moderó la velocidad.

Al desembocar en la autovía, sobrecargada por un tráfico infernal, la subinspectora se lanzó a tumba abierta, obligando al archivero a conducir de manera suicida.

No habían pasado veinte minutos cuando ambos estacionaban en el patio de la Jefatura Superior de Policía de Bolscan.


Capítulo 10

Cuando Sonia Barca llegó al Palacio Cavallería, situado en el centro histórico de la capital, los últimos curiosos apuraban su visita a la exposición titulada «Historia de la Tortura». La muestra, compuesta por valiosas piezas, presentadas con rigor científico, estaba registrando un éxito de público, atraído por la originalidad y el morbo de la propuesta.

La instalación ocupaba buena parte de la planta del palacio. El eje temático había sido panelado en salas, cuyo itinerario quedaba establecido por flechas luminosas.

Sonia reparó en que la sala azteca, con los sagrados cuchillos de obsidiana, de doble filo, apoyados en sus peanas, y con el ara sacrificial instalada sobre una acordonada tarima junto a la escultura del dios Xipe Totee, también conocido como Nuestro Señor El Desollado, seguía reclamando el interés de los visitantes. Una vez finalizado el recorrido, algunos grupos habían vuelto sobre sus pasos para admirar de nuevo las armas y los ídolos del pueblo precolombino que creyó en la redención de la sangre.

Días antes, Sonia había visto la muestra de manera fugaz, durante el par de ocasiones en que su novio la había acompañado para enseñarle el recinto y presentarle al otro guarda, un tal Raúl Codina, a quien tendría que dar relevo durante los turnos de noche.

A Sonia le había impactado la guillotina, cuya fúnebre maquinaria se erguía entre las columnas de la sala de la Revolución Francesa como un diabólico pájaro de mal agüero. Le impresionó la horca, que pendía de un travesaño y hacía oscilar su siniestro lazo a la más leve corriente de aire. Los artilugios de tortura de la Inquisición y las estacas turcas destinadas a empalar prisioneros le causaron escalofríos, y un inconfesable y desvergonzado placer. Pero lo que en mayor medida llamó su atención fue la sala azteca. Y, entre sus contenidos, los cuchillos ceremoniales de obsidiana y la mirada de piedra, entre piadosa y burlona, casi simpática, del dios Xipe Totee.

El pétreo torso de Su Majestad El Desollado aparecía revestido de un manto de piel humana. Sus cuatro manos, dos de las cuales, las que le eran ajenas, colgaban a sus costados, le hacían tributario de la purificación del tormento, como si, gracias a las cruentas ofrendas de cautivos, a quienes se les arrancaba el corazón, el ídolo azteca hubiera resuelto, en complicidad con la muerte, a favor de la muerte, el cónclave de la eternidad.

Juan Monzón le había sugerido a Sonia que no se molestara en contemplar las piras, los potros, las ruedas, los cadalsos, los cepos, las tenazas, el garrote vil, porque en las solitarias noches de vigilia que la aguardaban en el interior del palacio tendría tiempo sobrado hasta para memorizar las leyendas que ilustraban el origen, uso y función de tan crueles ingenios. De manera que, asesorada por el otro vigilante, Raúl Codina, Sonia se había concentrado en la seguridad del edificio, a fin de que, una vez se encontrase sola y aislada allí dentro, fuera capaz de responder a cualquier contingencia relacionada con las alarmas o con el cuadro eléctrico.

Edificado en la segunda mitad del siglo XVI por una adinerada familia judía, los Cavallería, cuyos miembros llegaron a desempeñar la función de banqueros de la realeza, el palacio circunscribía su limpio y renacentista esplendor a una planta cuadrada de una sola y exenta nave que se elevaba hasta unos quince metros de altitud. En su interior, distribuidas en hileras, se alzaban majestuosas columnas ornamentadas con bajorrelieves mitológicos, en una profana sinfonía de ecos y signos.

Al margen de la galería de arquillos corridos bajo el rico artesonado, los ciegos muros carecían de otras aberturas que unas estrechas troneras situadas en los puntos cardinales. Dichas aspilleras, como los pequeños arcos que, a modo de friso, discurrían encima, aparecían selladas por láminas de alabastro translúcido que filtraban la claridad del sol, tenue y cenital, catedralicia y mistérica, pero insuficiente para iluminar un recinto de tal amplitud. A causa de la escasez de luz natural, el sistema de iluminación eléctrica debía activarse en horarios de atención al público. Durante la noche, para ahorrar energía, sólo permanecían encendidos los apliques de la exposición, quedando en penumbra las áreas muertas de la planta, y en tinieblas la parte alta.

No había red de vídeo. La intervención municipal había licitado la instalación, pero la empresa que se alzó con el concurso no había concluido el período de pruebas. Las cámaras y monitores, cuyas carcasas se amontonaban bajo las perchas de guardarropía, todavía no prestaban servicio. Provisionalmente, una simple cámara grababa la entrada en plano fijo, sorprendiendo a los visitantes al reflejarles en una pantalla en blanco y negro situada sobre la puerta de cristal blindado.

Delante de esa transparente barrera se conservaban las recias hojas de roble de un portón original de principios del siglo XIX. Requiriendo un cierto esfuerzo, debido a su peso, se cerraban cada noche, una vez desalojado el museo, y no volvían a abrirse hasta la mañana siguiente. Otro portón similar, atravesado, asimismo, por una barra de acero, clausuraba la fachada posterior, franqueándose tan sólo cuando se hacía necesario ejecutar tareas de carga o descarga de embalajes.

En la esquina suroeste del Palacio Cavallería existía una tercera puerta, mucho más pequeña, cuyo uso se remontaba a la primera mitad del siglo XVII, cuando el fastuoso inmueble, inacabado en su primitiva fábrica, sufrió la decadencia económica de la familia que lo había soñado, fue adquirido por el concejo, vio desmontar sus pisos superiores y pasó a convertirse en lonja de mercaderes.

Por esa discreta puerta lateral hacían su aparición los inspectores de tasas, dispuestos a garantizar la correcta actividad comercial, a requerir los permisos portuarios y a prevenir fraudes en medidas y pesos. Dos herrumbrosos cerrojos reforzaban una cerradura que, a juzgar por las telas de araña y el polvo de argamasa acumulado en los quicios, no se había manipulado en muchos años. Era dudoso que los conserjes consistoriales fuesen capaces de recordar cuándo se había abierto por última vez aquella desapercibida puerta. ¿Y quién podía saber dónde se conservaba en la actualidad la llave de hierro que más de trescientos años atrás pendería del cinto de algún alguacil?

En los años cincuenta, el Palacio Cavallería, en pésimo estado de conservación tras los bombardeos de la Guerra Civil, que demolieron su techumbre, fue restaurado. Su sótano pasó a albergar el Museo de la Ciudad, mientras la planta superior se reservaría para usos protocolarios y artísticos. A partir de la década de los sesenta, se celebraron en su magno salón las recepciones oficiales y las cenas de gala donde eran elegidas las reinas de las fiestas y sus damas de honor.

De manera complementaria, el palacio transcurriría, hacia los primeros años setenta, a albergar sucesivas exposiciones. La Unidad de Patrimonio, y la propia Policía, lo consideraban uno de los edificios más seguros de la ciudad.

De hecho, nunca hubo que lamentar un solo desperfecto o hurto, el menor disgusto con las compañías aseguradoras. Y eso que, en las últimas temporadas, se habían exhibido muestras tan valiosas como colecciones de iconos rusos, una antològica goyesca, con ambas Majas enfrentadas en un pícaro diálogo, en un juego de adivinanzas, o un itinerante homenaje a Pablo Picasso que incluía préstamos procedentes de los principales museos del mundo.

Justo Abarloa, jefe del Servicio de Conservación Patrimonial del Ayuntamiento de Bolscan, solía reiterar a los comisarios de las exposiciones y a los correos de obras artísticas que, una vez cerrados los portones del palacio, allí no podría entrar ni una mosca. «Cavalleria es una auténtica fortaleza», concluía Abarloa, remedando al alcaide de una prisión.

En parecidos términos se había expresado Juan Monzón. «No debes tener miedo -le había dicho a Sonia-. No hay forma humana de asaltar este edificio. Es como una caja fuerte. No se me ocurre ningún otro lugar donde pudieras estar más segura.»

Una sola vez, en el invierno de 1980, hacía cuatro años, se había producido una curiosa anomalía. Una buena mañana, un vagabundo apareció en el interior del museo, dormido junto a una columna sobre un fardo de periódicos viejos. Ni los conserjes ni el guarda acertaron a explicarse de qué manera había burlado la vigilancia. El vagabundo, un alcohólico que pasaba épocas en El Amparo para transeúntes, sostuvo, con toda naturalidad, haber entrado volando. Nadie le hizo el menor caso, salvo, en parte, una joven agente llamada Martina de Santo, adscrita por entonces a la Brigada de Seguridad Ciudadana, que fue quien le tomó declaración.

Por si acaso, se limpiaron las fachadas exteriores, se repararon las tejas, se instaló la alarma, y una segunda puerta, la de cristal blindado, fue añadida a la entrada principal. Con posterioridad, no se habían registrado incidentes.


Capítulo 11

A esa hora de la noche, únicamente quedaban en el aparcamiento dos o tres automóviles. Martina distinguió el Dauphine del inspector Buj. La subinspectora cerró de un golpe la portezuela de su Saab y se lanzó escaleras arriba.

– Estaré abajo, en el archivo, por si me necesita -le comunicó Horacio Muñoz, con el aliento cortado por la suicida conducción a que le había forzado la subinspectora.

Martina atravesó a la carrera el pasillo de la segunda planta y desembocó como un ciclón en la sección de Homicidios. En la sala de la brigada no había nadie. La subinspectora se quitó la gabardina y la arrojó sobre su mesa.

El inspector Ernesto Buj, más popular en Jefatura como el Hipopótamo, estaba en su despacho. Martina distinguió la oronda silueta de su superior a través del vidrio esmerilado de su oficina. Su relación con Buj era cada vez más tensa. Lo único que había conseguido de él era que dejase de tutearla, y para eso tuvo que presentar una queja.

Entró sin llamar. El Hipopótamo la escrutó con sus paquidérmicos ojillos.

– ¿No le enseñaron las monjas a pedir permiso?

– ¿Me va a impartir un curso de protocolo?

– ¿Qué ha sucedido con sus diplomáticos modales, De Santo? ¿No ve que estoy ocupado?

– ¿Tenemos una emergencia o no?

Buj esbozó una mueca sardónica.

– ¿Al fin se ha caído del guindo? Llevo dos horas llamándola. ¿Dónde se había metido?

– Estaba ocupada.

– ¿Trabajo o placer?

– ¿A usted qué le parece?

– Viene tan arrebolada, tan mojada, que no sé…

Los chistes verdes y las alusiones sexuales eran típicas de Buj. Sus groseros dardos se clavaban a menudo en Martina de Santo, una de sus dianas predilectas.

La subinspectora intentó justificarse:

– Estaba dando una vuelta por el monte. Horacio Muñoz vino a avisarme.

– ¿Partiendo las peras en compañía del rengo? -Buj rió su propio chiste, convulsivamente-. ¡Hacen una pareja cojonuda, y nunca mejor dicho!

Martina se vio en la penosa obligación de reivindicar el nombre de Horacio. Porque el suyo, frente a Buj, carecía de defensa alguna.

– Muñoz es un buen policía. Un hombre leal, capaz.

– Hasta de arrastrarla a usted por el barro, a juzgar por sus botas y la pinta que trae -siguió mofándose el inspector-. Así que nuestro cojitranco archivero fue a buscar a la desaparecida subinspectora, la encontró Dios sabe dónde y le comunicó que teníamos una emergencia. Y por eso ha irrumpido usted, para colgarse otra medalla. Pero, ¿sabe por qué estoy yo aquí? Porque a las nueve de la noche nadie sabía dónde localizar a la famosa subinspectora De Santo.

Martina decidió tragarse el orgullo. No era el momento más oportuno para mantener un nuevo enfrentamiento con el inspector.

– ¿Qué hay de la mujer desaparecida?

Buj aparentaba leer un expediente. La sombra oblonga de su cara oscurecía la página. Repuso, sin mirarla:

– ¿A quién se refiere?

– A Berta Betancourt.

– ¿De qué me suena ese nombre? ¿No es el de su amiguita?

Martina sintió que una oleada de sangre le afluía a la cara. Su mirada se desvió hacia el bate de béisbol que atrancaba la ventana. Ese palo era un recuerdo de los tiempos de patrullero de Ernesto Buj. Todavía podían apreciarse cercos de sangre seca, mudos testigos de sus palizas a pandilleros y camellos de poca monta. Unas salpicaduras más recientes daban fe del escarmiento que el inspector había propinado a uno de sus propios hijos, detenido en el curso de una pelea en una discoteca. Agentes de Seguridad Ciudadana habían trasladado al joven Buj a los calabozos, donde compartió encierro con algún maleante. Por la mañana, al fichar en Jefatura, su padre se enteró de que habían enchironado a su primogénito. Cogió su bate, bajó a la celda y allí mismo, delante de los agentes de guardia, dobló a su chico a golpes. No le preguntó, no habló con él. Se limitó a actuar, como había hecho siempre.

– Le agradecería, inspector, que en adelante reprima cualquier comentario sobre mi vida privada.

Como si no la hubiese oído, el inspector se levantó y, aireando un olor a sudor, a fritos y a coñac, apoyó la manaza en un punto del mapa metropolitano colgado en la pared, a su espalda. La boca de Buj, gruesa y floja, se frunció en un repulsivo mohín.

– Para su conocimiento le diré, De Santo, que la señorita Betancourt ha debido de fugarse. La última vez fue vista a caballo, por las riberas del río Madre. Desde la tarde de ayer, nadie ha vuelto a saber de ella. ¿Tampoco usted?

– Me he tomado el día libre.

– Por eso se lo preguntaba, precisamente -dijo el inspector, con doble intención, volviendo a sentarse.

– No estaba de servicio. Lo que haga en mi tiempo de descanso es cosa mía.

Buj se arrellanó en la butaca e intentó sonreír, pero no pasó de mostrar dos filas de dientes cariados.

– ¿Conoce el chiste del pelo y la lana?

Martina dijo que no con la cabeza.

– ¿Y el del vapor y la vela?

– Tampoco.

– Se los contaré cuando tengamos ocasión de relajarnos. Porque algún día tendrá que tomar una copa conmigo.

– Tendría que estar muy desesperada.

Buj se echó a reír.

– ¡Ya debe de estarlo, si la consuela el cojo!

La dionisíaca risa del inspector no duró menos de un minuto. Finalmente, consiguió dominarse.

– Por mí, De Santo, puede hacer en su ocio lo que le venga en gana. Me da lo mismo que alterne con caballeros, con señoras, o que decida probar con un gorila del zoo. Pero debe asumir que me competan aquellos aspectos de sus relaciones personales, o de su intimidad, susceptibles de hallarse vinculados con un expediente criminal. Espero que me traigan a esa mujer de inmediato. Quiero volver a interrogarla, personalmente.

– ¿Lo ha autorizado el juez?

El Hipopótamo no iba a contestar a esa pregunta. O sí, pero a su manera.

– A los jueces no les gusta que les molesten fuera de horario. Me temo que, mientras usted se dedicaba a pasear bucólicamente con el cojo del archivo, esa pájara haya volado del nido.

El teléfono de Berta Betancourt estaba intervenido, y la granja de sus padres, situada a media hora escasa de la ciudad, en Pinares del Río, vigilada por una unidad. La misma Martina, días atrás, había escoltado a Berta hasta la explotación agrícola. Su amiga había quedado recluida allí por un auto judicial, con mandato de no salir de la finca bajo pena de arresto.

– Iré a buscarla.

Al inspector no le pareció mal.

– Vaya, si quiere, y súmese a la patrulla de búsqueda. Mientras la localizan, yo me quedaré a repasar sus últimas declaraciones. Llámeme en cuanto tenga alguna novedad.


Capítulo 12

El Palacio Cavallería se vaciaba de curiosos. Los últimos visitantes abandonaban el museo. En el interior de las salas sólo permanecían los bedeles encargados de la atención al público y de la venta de objetos conmemorativos.

Sonia Barca estaba hablando con el guarda que había realizado el turno de tarde, y que acababa de cambiarse en el cuarto de aseo. Raúl Codina era un hombre alto y fuerte, aunque algo obeso. Sin uniforme, vestido con ropa corriente, un jersey de lana de cuello vuelto y una raída parka, no parecía un vigilante.

Codina aparentó tratarla más como a la novia de un colega que como a una compañera de trabajo. Se mostró amable, casi servicial, con ella. Sonia le correspondió con la misma actitud, de manera que, casi sin darse cuenta, ambos se encontraron conversando detrás del mostrador de recepción, junto al guardarropa. Codina se puso a explicarle el cuadro eléctrico, la posición de los diferenciales, el botón de alarma, los circuitos que él mismo empezó a desconectar. Sonia observaba las manos curtidas de Codina, sus uñas romas y tersas, y se preguntó qué pasaría si se decidía a rozar la hebilla de su cinturón, descendía unos centímetros, hacia la bragueta, y de pronto el mundo comenzaba a dar vueltas y el deseo se tornaba urgente y bestial.

Pero se contuvo. No tanto por fidelidad hacia Juan como por temor a perder un empleo que podía abrirle las puertas de la estabilidad. Había decidido quedarse una temporada en Bolscan, hasta prosperar. De momento, mientras Juan cumpliese en la cama, aunque no a su plena satisfacción, mientras la protegiera y cuidase de ella a su manera un tanto brusca, pero sincera; mientras pagase las cuentas de los restaurantes y de la lavandería del barrio, no tenía por qué regresar a Ibiza. Tampoco, desde luego, a su casa de Los Oscuros, en la cordillera de La Clamor, una comarca montañosa, deprimida, que ahora se le antojaba anclada a un tiempo muy remoto, algo así como a la Edad Media.

Raúl Codina pasó a detallarle el funcionamiento de las alarmas, conectadas con la Comisaría Central, y del sistema antiincendios. Le recordó dónde estaba colocado cada extintor y se marchó diez minutos después de que salieran los dos funcionarios municipales, un hombre y una mujer, que estaban al cargo de la conserjería e intendencia del palacio. Entre ambos, haciendo acopio de fuerzas, empujaron las pesadas hojas de roble del antiguo portón nobiliar. Desde el interior, Sonia clausuró los cerrojos, dio vuelta a la llave y cerró después la gruesa puerta de vidrio que daba acceso al vestíbulo del museo.

El Palacio Cavallería acababa de convertirse en una cámara herméticamente sellada. Ni siquiera una lagartija habría encontrado un resquicio para colarse dentro.

Sonia rellenó el parte de vigilancia, haciendo constar sus datos y la hora exacta en que había rendido el relevo.

A continuación, un tanto acobardada por el solemne silencio del edificio, dio un vistazo por el perímetro de las salas. Codina tan sólo había dejado encendidas las lamparitas interiores de las vitrinas de la exposición, cuyas piezas se iluminaban al trasluz. Los restantes espacios, los ángulos muertos situados detrás de los negros telones que convertían el área expositiva en una cámara oscura, y, por supuesto, la techumbre, quedaban en una profunda tiniebla.

Tras inspeccionar el conjunto de la muestra, la chica regresó al vestíbulo y ocupó el taburete de recepción. En el mostrador se apilaban los folletos explicativos, más una docena de ejemplares del lujoso catálogo firmado por el comisario de la exposición, Néstor Raisiac, con increíbles ilustraciones, impresas en papel satinado, que reproducían grabados y cuadros de sacrificios humanos, así como torturas de toda índole.

Inquieta, Sonia estuvo hojeando las láminas. Algunas de esas imágenes, las más cruentas, la perturbaron.

Minutos después de la medianoche, sonó el teléfono. Era Juan. La llamaba desde la otra punta de la ciudad. Había cogido un autobús para desplazarse hasta la periferia industrial, y luego había caminado hasta las naves de distribución alimentaria que debía vigilar. Hizo el relevo y se dispuso a afrontar la soledad de su turno de noche. Pero su pensamiento seguía fijo en ella. En su cuerpo. En su piel.

– Tengo ganas de ti -dijo Juan, al otro extremo del hilo, con su voz chillona.

La sangre de Sonia empezó a hervir. Imaginó a su macho desnudo entre los ídolos, bruñido el torso a la luz de las vitrinas. Imaginó su enorme y picuda lanza enhiesta en la penumbra del palacio.

– Yo también tengo ganas.

– ¿Estás mojada?

– Sí.

– ¿Quieres que vaya a por ti?

Sonia vaciló.

– Es mi primera noche. No sé…

– ¿Quién se dará cuenta? Nos lo montaremos en el museo. Será muy excitante. En una hora tendrás palanca. Espérame discurriendo alguno de tus jueguecitos. Instrumentos no te van a faltar…

– Tendría que abrirte la puerta y…

– ¿Quién nos verá? En todo caso, pensarán que soy el vigilante de refuerzo. Nos lo hacemos y me vuelvo a mis putas naves. ¿Cuál es el problema?

«Ninguno», decidió Sonia, al colgar. La conversación con Juan la había puesto a mil. Cogió la porra, la deslizó entre sus pechos y la lamió hasta que estuvo a punto de correrse. Pero pensó que sería mejor reservarse para él. ¿Dónde lo harían? ¿En la sala de la Inquisición? ¿Entre las estacas turcas? ¿En la sala azteca?

Siguió leyendo el catálogo, intentando entretenerse hasta la llegada de Juan, pero estaba cada vez más excitada. Para relajarse, armó un canuto. Había cogido tal práctica que liaba los porros en menos tiempo del que tardaba en pensarlo. Aspiró con avidez, sintiendo cómo el calor de la marihuana le templaba el cuerpo, la piel, hasta conjurar el frío y la humedad que no la habían abandonado desde que dejó a Juan tendido en la helada cama del piso de Cuchilleros. Aquel compartido cuartucho carecía de radiador. Disponían de un brasero, pero su resistencia eléctrica apenas alcanzaba para calentarles los pies.

Tampoco el Palacio Cavallería contaba con un sistema de calefacción. En el resto de las estaciones, sus gruesos muros y el suave clima atlántico de Bolscan bastaban para mantener una temperatura agradable, pero en los inviernos crudos, como aquél, los curiosos debían visitar el museo protegidos por ropa de abrigo, con gruesos jerséis como el que usaba Raúl Codina.

También ella, en Los Oscuros, había poseído una de esas prendas, un jersey de cuello de cisne con columnas de ochos trenzados con dos clases de lana. Al evocar el tacto de aquel tejido, su doméstica calidez, y de qué manera Alfredo Flin, su profesor de arte dramático, se lo había ido subiendo muy despacio, en el vestuario utilizado por las alumnas, mientras la acariciaba y le besaba las puntas de los pechos a través de las copas del sujetador, Sonia experimentó un principio de descontrol. Aquella sensación, que tan bien conocía, de dulce ensoñación, al principio, y de incontrolable ardor, después.

Apuró el porro y se puso a curiosear el equipo de sonido, que tenía metida una cinta. Conectó el aparato y subió el volumen al máximo.

Una música espectral empezó a retumbar en el palacio. No era clásica, ni de ningún grupo experimental que Sonia pudiese reconocer; tampoco una de esas sincopadas composiciones a base de sintetizadores y cajas de ritmos, sino una banda compuesta por susurros melódicos, oboes, flautas (¿mandolinas, quizá?), más el redoble espaciado de una batería o de un tambor. Sonia escuchó esa gótica sinfonía durante un buen rato, fumando sin parar mientras pensaba en Alfredo Flin, en Larry Wilson, en Belman, incluso en aquel policía llamado Conrado, y notaba una sequedad creciente en la boca, erizamiento en la piel.

Cuando estuvo fumada, la conquistó el irresistible impulso de bailar al son de aquella hipnótica melodía. Salió del guardarropa y se dirigió a la primera de las salas. Unos metros por debajo del invisible artesonado, la horca pendía sobre las losas.

Sonia armó otro canuto y empezó a bailar una danza salvaje, doblando las rodillas y alzando y dejando caer los brazos, hasta que el sudor le corrió por la espalda. El uniforme le resultó un engorro y se despojó de la chaquetilla, arrojándola con descuido a un rincón. Siguió bailando, contorsionándose, hasta entrar en una suerte de trance. La camisa siguió el mismo camino, yendo a aterrizar bajo una vitrina en la que podía admirarse una colección de hachas de verdugo. Sus filos brillaban con destellos de plata.

Al quedarse en sujetador, Sonia sintió frío y calor a la vez. Cuando decidió desabrochárselo, una bocanada de libertad la dejó momentáneamente aturdida, como si acabara de iniciarse en un desconocido rito erótico, transgresor, étnico, inequívocamente blasfemo.

Se despojó de los zapatos y el cinturón y, después, del resto de sus ropas. Sabía que se hallaba sola, pero quizá porque algo así, algo como lo que estaba a punto de suceder, merecía ser compartido, tuvo la impresión de estar siendo contemplada. De que un invisible admirador, alguien que conocía los secretos del volcán y del fuego, se disponía a disfrutar del espectáculo.

Completamente desnuda, Sonia avanzó hacia la próxima dependencia, correspondiente a la sala azteca.

En esa falsa estancia, la penumbra era más densa. Las figuras antropomorfas, los collares y vasos estucados parecían flotar en las vitrinas. El ara de los sacrificios, los tocados de los guerreros tigres y las borrosas máscaras funerarias, algunas de las cuales mostraban piezas de dentaduras humanas, causaban pavor.

Debido a la rasa y mínima iluminación, la mirada pétrea, que Sonia había juzgado entre piadosa y burlona, casi simpática, de Xipe Totee, permanecía en una oscura vigilia, como si Nuestro Señor El Desollado velara en el umbral del inframundo.

Sólo se distinguían con claridad los cuchillos de obsidiana.


Capítulo 13

En la primera parte del trayecto, Martina de Santo y Horacio Muñoz apenas intercambiaron una palabra. En medio de la oscuridad de la noche fueron dejando atrás los arrabales industriales de la ciudad, y remontando el valle del río Madre. Los faros iluminaban chupones de hielo en las ramas de las coníferas. Cuando hubieron ascendido las elevaciones de las sierras costeras, dejó de nevar.

Manejando el volante del Saab con una sola mano, la subinspectora encendió un cigarrillo. Como si albergara malos presentimientos, continuó refugiada en el mutismo hasta que la granja de los Betancourt apareció en el páramo. La carretera que, en línea recta, atravesando campos frutales, y dejando a un lado la población de Pinares del Río, se dirigía hacia la explotación, era tan estrecha que un vehículo debería invadir la cuneta para dejar paso a otro en dirección contraria.

Llegaron a la finca. En primer término, se alzaba la casa familiar de los Betancourt, de dos plantas; tras ella, los graneros y cuadras. En la rotonda principal, vallada con una cerca de alambre y un perjudicado seto de boj, estaban aparcados una camioneta y un vagón para el transporte caballar. Entre la nieve, las pesadas llantas de un tractor habían hecho aflorar charquitos de agua.

Horacio y ella descendieron del coche y se encaminaron a la casa. Desde las cuadras traseras, se oía mugir a las vacas. Las puertas de los establos permanecían abiertas, como bocas oscuras.

No se veía a nadie. La puerta de la casa estaba cerrada. En lugar de timbre, tuvieron que accionar una recia aldaba en forma de concha de hierro, alusiva al camino de Santiago, uno de cuyos senderos atravesaba la finca. Berta había referido a Martina que los peregrinos se detenían a beber en la fuente romana que manaba a un kilómetro escaso, entre un roquedal, o solicitaban permiso para pernoctar en los graneros. Los Betancourt tenían a gala mostrarse hospitalarios. Sus itinerantes huéspedes siempre eran bien atendidos.

Al cabo de un rato, la señora Betancourt, la madre de Berta, abrió la puerta. Llevaba una bata de sarga de andar por casa y unas zapatillas de fieltro con calcetines grises de lana. En sus buenos tiempos debía de haber sido una mujer hermosa, pero la edad había estragado su cabello, reduciéndolo a una capa plúmbea, como el plumón de un pájaro, y acartonado sus mejillas con una mortecina y gastada capa de piel. Los ojos, en cambio, eran vivos.

– Buenas noches, Úrsula -la saludó Martina-. Siento presentarme a estas horas.

– Ah, es usted. Pase.

– Estaré fuera -dijo Horacio-. Aprovecharé para echar un vistazo por los alrededores de la casa.

La subinspectora entró a una estancia que se correspondía con la salita de estar. Un hogar, sobre cuya repisa descansaba el lomo de un Evangelio, seguía alimentando brasas.

Todo estaba en desorden. Sobre los arruinados tresillos, dispuestos en ángulo recto alrededor de la chimenea, se arrugaban bastas mantas de campaña, que debían de abrigar al anciano matrimonio durante las largas noches de invierno. En una mesa camilla, protegida por un tapete bordado, sucio de migas de bizcocho y goterones de café con leche, se advertían restos de la cena.

El señor Betancourt era un hombre mayor, que no disfrutaba de salud. Úrsula había alumbrado a Berta, su única hija, con más de cuarenta años. Su marido, Jacobo, le llevaba más de diez, por lo que, en la actualidad, calculó Martina, el padre de Berta habría superado los setenta.

– Mi marido está arriba, acostado -explicó Úrsula-. Pero no puede dormir.

Martina recordó la única vez que había visto a Jacobo Betancourt. Hacía de ello algunos meses, cuando comenzó su amistad con Berta y ambas hicieron una breve visita a sus padres. En aquella ocasión, Jacobo Betancourt se sostuvo en pie a duras penas, apoyándose en una muleta. Todo el rato estuvo mirando a la subinspectora con desconfianza. ¿Habría servido de algo que hubiese intentado explicarle que Berta había elegido su camino por sí misma, dejándose arrastrar por una corriente demasiado fuerte como para oponerse a su impulso?

Los Betancourt eran religiosos. «Fue una de las razones por las que me aparté de su lado», le había confesado Berta a Martina en una de sus largas conversaciones en los atardeceres de Playa Quemada. «Para que no acabasen viendo en mí a una encarnación del mal.»

– Siéntese -la invitó Úrsula-. ¿Quiere que caliente café?

– No pretendía molestarles. Sé que Berta ha desaparecido. ¿Tiene idea de dónde puede estar?

Úrsula se puso a recoger con un paño las migas de pan de la mesa. Sus manos se movían con lentitud, como si tuviera que planificar cada movimiento. Martina la siguió hasta la cocina. Sobre uno de los hornillos de gas comenzó a humear una cafetera. Úrsula alcanzó una taza limpia del aparador, la llenó hasta el borde de café y, derramando algunas gotas, se la ofreció a la subinspectora, mientras decía, lacónicamente:

– Salió a cabalgar, pero no regresó.

– ¿Puedo ver su habitación?

– Si quiere…

Martina dejó la taza, subió a la segunda planta y encendió la luz del pasillo. Del dormitorio principal escapaban irregulares ronquidos, como de alguien que estuviera durmiendo a estertores, o de un enfermo crónico.

La puerta estaba entornada. La subinspectora se asomó. Debajo de un crucifijo tan grande que habría podido presidir una capilla, el perfil de Jacobo Betancourt, con el pelo gris, se apoyaba en la almohada con la levedad de una estampa impresa en un libro de horas. Martina pensó que tenía cara de mártir, y que la parca, cuando acudiese en su búsqueda, le concedería un trato de favor, para eludir su ira y su fe.

Bajo la sábana, el cuerpo del anciano apenas abultaba. La muleta descansaba a los pies de la cama, atravesada sobre la colcha como un signo de exclamación. De las paredes colgaban antiguos óleos de inspiración sacra. Rústicos muebles de madera de cerezo alternaban sus volúmenes con vitrinas donde se acumulaban vajillas y platas, dorados candelabros, benditeras, escapularios, misales, reliquias de santuarios donde purificar la carne y obtener el perdón de los pecados.

La subinspectora iba a cerrar la puerta cuando una voz cascada brotó de la almohada:

– La Magdalena era más pura que tú.

Con las manos pegadas al cuerpo, Martina avanzó unos pasos. Los ojos le ardían. Jacobo Betancourt se había incorporado y la señalaba con un tembloroso índice.

– ¡Por tu culpa, perdí a mi hija! ¡Por tu maldita culpa, Berta será condenada en el Juicio Final!

La subinspectora acumuló una rabia sorda. El clamor de una injusticia crecía en su interior, golpeando con impotencia sus paredes de hielo.

– Yo la eduqué -siguió diciendo el granjero-. No como a una virgen. No a mi imagen y semejanza. No como a las hijas de Lot. Simplemente, como a una mujer honesta, capaz de apreciar el bien, y de distinguirlo del mal.

Jacobo Betancourt hizo una pausa para respirar. Una oscura emoción apenas le dejaba hablar:

– De niña, sentada en mis rodillas, Berta leía la Biblia. Era tan linda… Fue una muchacha sensata, hasta que te conoció… Entonces, su alma se corrompió. Todo cuanto le ha sucedido tiene su causa en el mismo veneno. La mordedura de una sierpe la hizo arrastrarse por el fango de la creación, entre alimañas. Nunca más leerá el Libro conmigo. Nunca más escuchará la voz de Dios…

Martina entornó los párpados, abatida, y salió de la alcoba. Oyó toser al viejo, y cómo, tras derribar la muleta, intentaba abandonar el lecho y ponerse en pie. Seguramente volvería a acostarse, pasado un rato.

La subinspectora entró a la habitación de Berta, contigua al dormitorio paterno, y encendió la luz.

Su amiga no se encontraba allí. El cuarto, con los postigos cerrados y unas sucias cortinas de estera colgando de una barra de cobre, era de una desnudez monástica. No había otro mobiliario que la cama, estrecha y baja, sin hacer, una mesita de noche y un armario sin espejo. Sobre la mesilla, enmarcada en un sencillo baquetón, descansaba una fotografía de la propia Martina. Un año más joven, la subinspectora aparecía caminando por la arena de Playa Quemada, con un fondo de mar bravo y el cielo lobulado por nubes de tormenta. Como si la cámara de Berta la hubiese sorprendido en el instante de ir a disparar, Martina volvía el rostro hacia el objetivo. Tenía una expresión extraña en ella, llena de serenidad y de paz.

La subinspectora cogió el marco y sopló el polvo adherido al cristal. En el reverso, había una nota:


Querida Martina:

Conocerte no fue un error. Fuiste lo mejor que me sucedió en mucho tiempo. La próxima vez que me veas, tampoco seré digna de ti. Recuérdame en mi esplendor, y no dejes de volver a aquellas dunas de Playa Quemada donde me hiciste feliz.

Te quiere, Berta


Martina depositó la foto en su lugar y abrió el armario. Las prendas de Berta se amontonaban de cualquier manera. De las perchas colgaban un chaquetón y un par de desgastados vaqueros.

En las restantes habitaciones no había nadie. Martina comenzó a bajar las escaleras, pero se detuvo a mitad de rellano.

Horacio la esperaba en el salón, sosteniendo una fusta de cuero.

– La he encontrado cerca de las cuadras. Su madre la ha reconocido. Es de su hija. La señorita Betancourt la llevaba cuando salió a montar.

La subinspectora salió de la casa tras él. Sobre la nieve del patio, el zapato ortopédico de Horacio dejaba huellas más hondas. Se había levantado viento.

Recorrieron las cuadras y los corrales, en vano. La puerta del granero estaba entreabierta. Al golpear una hoja contra la otra, la corriente hacía rechinar los cerrojos.

El interior del almacén se reveló a la luz de una bombilla cubierta de telarañas. Martina vio ristras de cebollas colgadas a secar, un remolque vacío, la carrocería enorme, hostil, de una cosechadora y, allá arriba, detrás de su embarrada pala, a más de dos metros de altura sobre el piso de alquitrán manchado de aceite y gasóleo, el cuerpo de Berta oscilando con suavidad al extremo de una soga.

Llevaba una camisa blanca, pantalón de pana y las botas de cuero que utilizaba para montar. Sus brazos parecían más largos; le caían rígidos a lo largo de los costados, pero sin llegar a tocarle la cintura. La cuerda apretaba de tal forma su cuello que la expresión de su cara se había congestionado y descompuesto. La boca permanecía abierta, mostrando dos hileras de dientes blanquísimos y, en medio, repugnante, una negruzca lengua. Los ojos, también abiertos, miraban con atónita fijeza la escalera tumbada bajo sus pies.

La subinspectora sintió la mano de Horacio posándose en su hombro.

– Lo siento, Martina. Créame que lo siento de verdad.

Una paloma torcaz aleteó entre las vigas del granero, pero la subinspectora no reparó en su alocado vuelo. Tampoco en la presencia de los padres de Berta, que se sostenían mutuamente, bajo el umbral. Los Betancourt sollozaban sordamente, con ese llanto obstinado y grave de quienes han perdido la esperanza.

Horacio incorporó la escalera, sacó su navaja, cortó la cuerda y, con ayuda de Martina, hizo descender el cuerpo. Pesaba, y tuvieron que trasladarlo entre ambos. La subinspectora temió que los Betancourt se negaran a franquearles el paso, pero el viejo, apoyado en su muleta, no se movió. Como si se hubiese quedado ciego, el granjero contemplaba con pavorosa inmovilidad la viga de la que se había colgado su hija. Finalmente, se giró hacia Martina y gritó:

– ¡Tú la has matado! ¡Tendrás que responder de este crimen!

La subinspectora se refugió en el coche y le dio las llaves a Horacio. El Saab derrapó sobre la nieve del patio y enfiló los campos oscuros.

Rígida en el asiento de atrás, Martina sostuvo en su regazo la cabeza de Berta. Sabía que el nudo de la soga podía llegar a ser una prueba pericial, pero lo fue aflojando hasta desprendérselo del cuello. Allá donde la cuerda había oprimido las yugulares y carótidas, y hundido la tráquea, se veía una franja de piel tumefacta y rojiza, que contrastaba con la extrema palidez del rostro.

Desde la granja, tardaron cuarenta minutos en arribar al Servicio de Urgencias del Hospital Clínico de Bolscan. Martina depositó el cadáver en brazos de un celador y se derrumbó en los bancos de espera, entre los familiares de otros pacientes. Vio cómo Horacio, rodeado de enfermeras y médicos, desaparecía en un ascensor.

La subinspectora sepultó la cara entre las manos pensando que su dolor era egoísta, y que las lágrimas que no acertaban a brotar, como las palabras de consuelo que ya nunca pronunciaría, iban a desvanecerse entre los pliegues de una historia que había muerto con su amiga en aquella aciaga noche de invierno.

También en esta ocasión había llegado demasiado tarde.


Capítulo 14

Una mórbida aura envolvía a Xipe Totec. Nuestro Señor El Desollado pareció contemplarla con sus ojos sin vida.

Sonia cruzó la sala azteca y avanzó hacia el ídolo. Esquivó el altar sacrificial, cuya porosa piedra no hacía sospechar que en otra edad, en otro tiempo y lugar, hubiese corrido por ella sangre humana, y rozó su piel contra la piel de arcilla de la estatua.

En la penumbra del Palacio Cavallería, el ritmo de los tambores sonaba ahora más vivo, e incluía el lamento de un violín y de una funeraria trompeta.

Sin dejar de moverse con lascivia, Sonia sostenía el porro en la boca mientras las yemas de sus dedos acariciaban la cara del dios.

La oscuridad acentuaba la voluptuosa crueldad de sus labios fríos, pero Xipe Totee no le inspiró temor. ¿Cómo entender que los guerreros aztecas, capaces de enfrentarse a los arcabuces de los conquistadores españoles, temblasen de espanto ante Su Majestad El Desollado? Las uñas de la divinidad estaban limpias, pero aquellas otras, las de los humanos trofeos, las de las ajenas falanges que pendían de su manto de piel humana mostraban una agónica crispación, el espasmo que debió de estremecerlas por última vez en lo alto de la pirámide sagrada, tan cerca del cielo, cuando el alma de su cautivo dueño escapase de un torso abierto en canal.

Aquel ídolo le sonreía. No podía hacerle daño. Si acaso, proporcionarle un placer supremo. Pero, ¿cómo saber si su danza seduciría al divino mensajero del inframundo?

Contoneándose, Sonia arrimó su vientre desnudo a la cintura del dios. Contempló sus ojos como habría arrobado los de un hombre vivo y desnudo que la aguardase para el amor, rozó el torso de Xipe Totec con sus endurecidos pezones y, pensando en la tranca de Juan Monzón, calibró el falo de piedra que se intuía a través de los pliegues de la estatua. Habría dado cualquier cosa para que la escultura cobrase aliento y la poseyese entre las máscaras y estelas de piedra, a la mínima luz de la exposición. Para que el ídolo la arrastrase por las salas, horadándola con su poder, hasta el pie de la guillotina y del garrote vil.

La música era ahora tan lúgubre que pareció colmar el palacio con susurros de aparecidos, con lamentos de muertos. Sonia ciñó la estatua y abrazó su coraza de piel. Besó sus labios de terracota y oprimió sus pechos contra el pecho de Xipe Totec.

Los ojos le ardían. El corazón iba a saltársele del pecho. Aspiró una bocanada de maría, se balanceó y se fundió con el ídolo. El orgasmo le llegó en lentas oleadas, pero enseguida la demenció. Empezó a jadear de placer y, casi al momento, sin que pudiera explicarse la causa, a sollozar como una colegiala.

La profecía de Alfredo Flin se hacía realidad. Estaba encadenando un orgasmo con otro. El volcán y el fuego abrasaban su piel.

Las lágrimas le nublaban los ojos. Tal vez por eso, no advirtió la presencia de una figura opaca que se había deslizado hasta situarse detrás de ella, apenas a unos pasos. Inmóvil como Xipe Totec, el intruso observaba burlonamente sus movimientos, de qué manera Sonia se balanceaba, gemía y lloraba a horcajadas del dios.

El extraño aguardó un rato, sin dejar de mirarla, y luego rió entre dientes. El sonido de esa risa heladora hizo que Sonia se volviera, alarmada. Al asimilar que en el Palacio Cavallería había alguien más, un hombre de carne y hueso, su pulso se aceleró.

– ¿Juan? -exclamó.

Todo sucedió muy deprisa. Unos fuertes brazos la arrebataron del ídolo y la derribaron sobre el ajedrez de mármol. Dos puñetazos, uno entre los ojos, otro en la base del cráneo, la aturdieron como si hubiese chocado contra un muro.

– ¡Juan! -gritó Sonia.

La chica se había arrodillado, cubriéndose con los brazos para protegerse. Un arma compacta le machacó la espalda. La estaban golpeando con un palo o con una barra; o quizá, temió, con su propia porra, que tan estúpidamente había dejado abandonada sobre el mostrador de recepción. Otro impacto en el pómulo le astilló el arco cigomático.

Sonia se dio cuenta de que estaba tirada en el suelo, a merced de su agresor. Intentó levantarse, pero los porrazos la abatieron de nuevo.

Alzó una mano, demandando piedad. Un último y certero golpe en la sien le hizo perder el conocimiento.

Cuando volvió en sí, tenía las manos atadas con cinta aislante detrás de la nuca, y el cuerpo en una posición retorcida y forzada, con la espalda apoyada sobre una superficie alta y estrecha. Estaba indefensa. Trató de mover las piernas, pero el intruso la apaleó sin piedad, hasta dejarla de nuevo inconsciente.

Sonia nunca supo cuánto tiempo pudo durar aquel segundo desvanecimiento.

Un estrépito de vidrios rotos le hizo recobrar el sentido. Por un instante, pensó que se encontraba en la habitación de Juan Monzón, acostada junto a él, y que una explosión había reventado la ventana. Un estallido de gas. Un rayo. Pero, al abrir los ojos, no reconoció ninguno de los objetos cotidianos que la rodeaban cada mañana, al despertar, o cada vez que Juan y ella, después de comer en las tascas del barrio, hacían el amor, jugaban con las capuchas, con las correas, con las velas, se lamían el uno al otro como animales en celo, para, exhaustos, quedarse dormidos durante toda la tarde.

Sólo vio cristales que fulgían sobre el pavimento del palacio como trozos de hielo.

Giró el cuello, experimentando una aguda contracción. Por la punta del ojo alcanzó a entrever una figura humana. Pero la percibía en una inversa verticalidad, como si estuviera deslizándose por la techumbre del palacio.

Si el dolor no hubiese sido tan intenso, habría pensado que todo aquello no era más que una pesadilla. Sin embargo, el desconocido seguía allí, cerca, y su presencia resultaba demasiado real. Un relámpago de lucidez iluminó la sobreexcitada mente de Sonia. Esa súbita claridad mental sólo le sirvió para acceder a la comprensión de una doble amenaza: el intruso no iba a irse de allí porque aún no había terminado con ella.

El pánico le encogió el corazón. Sintió miedo físico, un torrente de mercurio circulando por sus venas, bloqueando sus centros motores. Las náuseas descendieron por su estómago, hasta obstruirle la respiración. Pensó que, si vomitaba, se ahogaría. Gritó, con desesperación:

– ¡Juan, por Dios, si eres tú, déjalo ya!

El intruso volvió a golpearla. Sonia tenía la cabeza inclinada hacia atrás. La baba le resbalaba por la frente e iba cayendo sobre su cabello rubio desparramado por el suelo.

Pasado un minuto, se dio cuenta de que había dejado de ver al agresor. Intentó fabricar una redentora ilusión. Se obligó a creer que estaba sola, que todo aquello obedecía a una broma cruel o a un montaje teatral, como los que las alumnas de la compañía ensayaban en el Instituto de Los Oscuros.

No funcionó.

Era incapaz de serenarse. La cabeza le dolía cada vez más. A escasos centímetros de sus pupilas, dilatadas por el terror, las vetas de mármol del suelo dibujaban una caprichosa caligrafía.

Negras serpientes, rosadas runas.

Otro violento estallido de cristales disparó su pulso. Sonia trató de incorporarse. Sus vértebras cervicales crujieron con el esfuerzo.

La sombría figura que había conseguido penetrar en el palacio se movía con felina agilidad. Sonia pensó en una pantera, en un mimo. Elevó la frente todo lo que pudo, hasta que tuvo la impresión de que el cuello iba a partírsele, y emitió un aullido desgarrador. El desconocido estaba de espaldas a ella, inclinado sobre una vitrina cuyos últimos pedazos de luna acababan de saltar. No se inmutó. Sopesaba los cuchillos ceremoniales, como eligiendo uno. Las negras ropas se le ajustaban al cuerpo. Una capucha le preservaba el rostro.

Con un giro, la enfrentó. Sonia pudo ver sus ojos, de un verde mineral, y volvió a gritar, estremecedoramente.

Era la mirada de un depredador.

Implacable.

Impía.

En sus enguantadas manos, con ternura, casi con unción, el asaltante sostenía uno de los cuchillos de obsidiana. Parecía reverenciarlo, como si durante mucho tiempo hubiese deseado acariciar aquel objeto de culto.

Lo empuñó con ambas manos y alzó su hoja. El filo de obsidiana brilló en la tiniebla con un fulgor azabache.

Los gritos de Sonia resonaron en el museo. No dejó de gritar hasta que los zapatos del intruso, lisos y gastados en las puntas, se plantaron a un palmo de su garganta. Sonia comprendió que todo el rato había estado cabeza abajo, con la nuca apoyada contra una superficie porosa, mientras recibía de sus propias arterias una corriente de sangre que poco a poco le iba saturando el cerebro.

«¡El ara del sacrificio!», pensó enloquecida. «¡Estoy atada al altar de la muerte!»

La mirada del depredador encontró la suya. Se había detenido junto a Xipe Totec y le pasaba cordialmente un brazo por los hombros. Sonia tuvo tanto miedo que sus cuerdas vocales se negaron a obedecerle. Su cuerpo empezó a convulsionarse. Sintió un cálido chorro de orina entre sus muslos.

La sombra se irguió sobre ella. Paralizada por el espanto, Sonia pudo ver cómo el cuchillo cambiaba de mano, una y otra vez, una y otra vez, aleteando como una mariposa de obsidiana.

Sus pensamientos se fundieron en un turbulento río. Deseó vivir. Únicamente, vivir.

El sacerdote de los ojos de jade había alzado los brazos. El filo del arma concentraba la luz.

La mariposa de obsidiana se elevó hacia las columnas del palacio, revoloteó contra los capiteles, contra los bajorrelieves, hasta detenerse sobre su pecho.

La hoja se abatió. El rayo de luz negra aniquiló el corazón de Sonia Barca.

Un chorro de sangre roció a Xipe Totec, salpicándolo con una viva flor escarlata. Alrededor del ara sacrificial, el mármol se fue tiñendo de rojo.

El depredador retrocedió y admiró su obra. No imaginaba que un cuerpo humano pudiera contener tanta sangre. Se arrodilló junto a la herida abierta y la saboreó con la lengua.

Sonia no había muerto aún. El verdugo volvió a alejarse unos pasos para contemplar, embelesado, la agonía de su víctima, disfrutando con su estertor y preparándose para lo que estaba por venir.

Al cabo de un rato, la herida dejó de manar. El cadáver de Sonia Barca irradiaba una sombría blancura, como si estuviera tallado en marfil. A través del desgarrado pecho, se distinguían las vísceras, sus refulgentes colores.

El siniestro oficiante se acercó a su ofrenda, chapoteando en su sangre. Arrancó al cadáver los pendientes, un colgante y un anillo, y los guardó. Registró el uniforme de Sonia y se hizo con su documentación, pero dejó en su lugar el juego de llaves del palacio.

Luego cortó las ligaduras que oprimían al cadáver y esgrimió el filo del arma sobre la piel de su víctima. Dibujó una serie de incisiones presionando con la punta del cuchillo y realizó varios cortes, ni demasiado superficiales ni demasiado profundos.

Casi experimentaba ya el vértigo, la liviandad, las alas de la mariposa elevándole hacia un cielo de estrellas pintadas y lunas de cartón.

Los labios del asesino se estiraron en una satisfecha sonrisa. El Palacio Cavallería era un lugar seguro. Tal como había dado por hecho, las alarmas no se habían disparado. Nadie había acudido a los gritos de la víctima. Disponía de toda la noche por delante, pero debía aprestarse a completar su tarea.

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