A las tres de la madrugada del martes, 3 de enero, el Saab subió la cuesta de la zona residencial y quedó aparcado frente a la residencia de los De Santo, junto a la puerta de un edificio modernista de tres plantas.
Bajo la lluvia, que comenzaba a licuar la nieve, Martina empujó la cancela de forja labrada, recorrió el jardín y se refugió en el porche. Entró al vestíbulo y arrojó la gabardina y la pistola sobre el banco de respeto.
La casa estaba en silencio. Tan sólo se oía el zumbido del frigorífico, que emitía un mortecino rumor a través de la puerta de la cocina.
Era como si Berta siguiese viviendo allí. Sus equipos fotográficos continuaban en el ático. La imagen de su amiga muerta entre sus brazos, en el asiento trasero del Saab, mientras Horacio conducía hacia el hospital en la oscuridad de la noche, la abrumó.
No tenía hambre, pero necesitaba comer algo. Abrió la nevera. No había mucho donde escoger. Los pisos del refrigerador estaban vacíos. En una bandeja asomaba un lomo de salmón envasado al vacío. Una botella de tinto, tapada con un corcho, y un cartón de leche que, a juzgar por su fecha de caducidad, debía de llevar semanas abierto, completaban sus reservas alimenticias. El tinto se había convertido en vinagre, y la leche en un agrio grumo a punto de transcurrir al estado sólido. Su repugnante papilla borboteó al deslizarse por el desagüe.
Bajó a la bodega y descorchó otra botella. Prefería el whisky, que la despejaba, mientras que el vino solía adormecerla, pero recordó que a Berta le gustaba esa marca y bebió dos copas casi sin respirar, agradeciendo su lasitud y calor. Cortó un trozo de salmón y lo apoyó en un panecillo integral que encontró en la despensa. Aborrecía la carne, pero no le desagradaba el sabor del pescado. Ella se arreglaba con un plato de fresas, o con verduras crudas troceadas a finas láminas. Su dieta favorita, en realidad, consistía en tabaco y café, y, a veces, cuando se encontraba baja de defensas, en un malta con hielo.
Encendió el fuego y tomó un par de aspirinas, a las que era adicta. Buscó en la colección de vinilos un disco de Alban Berg, lo pinchó a alto volumen, subió al dormitorio y se desnudó. Sobre la ropa interior se puso tan sólo un jersey de lana de su padre, que olía a alcanfor y le llegaba casi hasta las rodillas. Máximo de Santo había sido un hombre esbelto, de largas piernas y delgados brazos, y con unas manos elegantes y pálidas, como las de un trompetista de jazz.
La memoria del embajador siempre le aportaba equilibrio. A Martina le gustaba rememorarlo en plenitud de facultades, cuando, al término de una jornada de trabajo en cualquiera de las legaciones que había ido desempeñando, Filipinas, Chile, Mozambique, se dejaba masajear la nuca por su esposa, la madre de la subinspectora.
El embajador había sido el primer sorprendido al oír hablar a su hija de su vocación policial. Albergaba la esperanza de que Martina, una vez se hubiera graduado en Derecho, ingresaría en la Escuela Diplomática. Esos planes se habían visto truncados cuando su hija decidió matricularse en la Academia de Policía. El embajador fingió respetar su decisión, pero ella sabía que le había infligido un duro golpe. No obstante, el afecto paterno pudo más que cualquier otra consideración. Máximo de Santo asistiría a su fiesta de graduación, junto al resto de progenitores de la última promoción de policías nacionales. Habían transcurrido unos cuantos años desde aquella fecha, pero Martina seguía viendo a su padre en el patio de armas de la Dirección General, platicando con el ministro del Interior. Aquel día se había jurado a sí misma no defraudarle jamás. Y, mucho menos, después de lo que había sucedido con su hermano Leo… Pero no estaba segura de haber cumplido su promesa.
Descalza, la subinspectora se sentó como un bonzo sobre una alfombra de pelo blanco. Delante de ella, en el centro del salón, una mesa baja de translúcido cristal sostenía un tablero de ajedrez que el embajador había adquirido en México, durante una visita a las pirámides de Chichen Itzá. Las figuras eran de alabastro y obsidiana, rosadas y negras. Iluminadas por el fuego de la chimenea, parecían flotar en el aire.
Mientras seguía sonando la música de Berg, la espalda de Martina permaneció inmóvil, y absorto su rostro. Su mirada se había concentrado con hipnótica atención en los dos ejércitos en liza. Cuando discernía una jugada, la pinza de sus dedos movía un caballo o un alfil. De modo inconsciente, la mano libre acercaba a sus labios el cabo de un cigarrillo. Sus pulmones retenían el humo, para ir liberándolo en volutas que se enroscaban alrededor de las torres, de las reinas, y que, absorbidas por el tiro de la chimenea, volaban hacia el fuego, desintegrándose en la atmósfera templada de la casa.
Al terminar la partida, que ganaron las negras, Martina bebió otra copa en memoria de Berta. El vino la mareó y decidió acostarse. Quitó el disco. Al pasar junto al teléfono, advirtió que tenía varios mensajes grabados. Rebobinó la cinta y, apoyándose en la mesita, porque la cabeza le daba vueltas, se dispuso a escucharlos.
El primero de los mensajes correspondía a Jesús Belman, aquel entrometido reportero del Diario de Bolscan.
Siento llamarla a estas horas, subinspectora, pero tengo urgencia en hablar con usted, respecto a Berta Betancourt. Estaré en la redacción hasta muy tarde. Por favor, llámeme al…
Martina oprimió la tecla de borrado y escuchó el segundo mensaje. La cinta emitió un ruido confuso. Tras unos segundos de pausa, con una ahogada respiración y rumor de automóviles de fondo, sobrevino un metálico clic procedente de una cabina pública.
Todavía había una tercera llamada, cuyo registro hizo a la subinspectora empuñar su pluma de plata. Porque una voz falsa, distorsionada, acababa de decir:
Pronto vas a morir. Y, cuando hayas muerto, no encontrarán… sino tu piel.
A continuación, sonó el mismo clic que había interrumpido el mensaje anterior.
No era la primera amenaza que Martina de Santo recibía a lo largo de su carrera policial, ni seguramente sería la última, pero la afectó. Parecía ir muy en serio.
Volvió a escuchar el amenazador mensaje. La última frase parecía contener un siniestro enigma. «No encontrarán… sino tu piel.» ¿Qué podían significar aquellas oscuras palabras?
El despertador del comisario había sonado a las siete y media de la mañana.
Conrado Satrústegui emergió de una pesadilla. Estaba soñando con la subinspectora Martina de Santo y con alguien más, una sombra que la acechaba, pero a la que ni ella ni él acertaban a identificar.
El comisario se levantó, se quitó la camisa del pijama, abrió la ventana y respiró a pleno pulmón el aire frío y húmedo de Bolscan. Dobló la espalda y, para practicar sus flexiones matinales, apoyó en un kilim las palmas de las manos. Aquella alfombra la había adquirido su mujer, Antonia, durante su luna de miel. Tal como había terminado por suceder con su matrimonio, el paso del tiempo había desvaído sus ricos colores.
Al flexionar los brazos, la frente del comisario rozaba el kilim y la colcha de la cama. Fue entonces, junto a una de las patas del somier, cuando vio la pulsera.
Extendió los dedos y la cogió. Se trataba del fetiche de pelo de elefante que aquella camarera de El León de Oro, Sonia, se quitaba, junto con un anillo y los pendientes, antes de desnudarse y desnudarle a él.
Satrústegui quiso encender la lamparilla de noche para mirar debajo de la cama, pero no funcionaba. En uno de aquellos combates eróticos, Sonia y él habían rodado sobre las sábanas y derribado la mesilla. Como consecuencia, la lámpara se había dañado. No había tenido tiempo ni ganas de reponer la bombilla.
No tenía ganas ni tiempo para nada. Sólo el deber seguía motivándole.
«Y Sonia», pensó.
Felicitándose porque Petra, la señora que, tres veces por semana, de martes a jueves, acudía a ocuparse de las tareas domésticas, no hubiera encontrado la pulsera, la ocultó en el cajón de su ropa interior.
Hacía un par de semanas que Conrado Satrústegui apenas sabía nada de Sonia. La echaba de menos.
Había preguntado por ella en El León de Oro. Un camarero mulato, llamado Sócrates, le comunicó que Sonia se había despedido. Así, sin más. El comisario insistió: «¿Dejó un teléfono, una dirección?» Sócrates lo había evaluado con una picara expresión, y reído al contestar: «Se echó de novio a un mazas. Puro músculo, pero poquitico cerebro.» Satrústegui decidió escribirle una nota. Fue a un estanco, compró un sobre, metió la carta dentro y se la entregó al camarero. «Por si aparece Sonia», le encomendó.
Satrústegui hizo discretas averiguaciones, pero era como si a Sonia se la hubiese tragado la tierra. Por pura casualidad, la sorprendió una tarde junto al Palacio Cavallería, caminando junto a un hombre robusto, vestido con un pantalón de cuero y una cazadora de aviador. Una especie de posesivo macarra que introducía una mano en el bolsillo trasero de sus vaqueros, moviéndola al compás de las nalgas de la chica. Sonia distinguió al comisario, pero se limitó a saludarle frunciendo las cejas, como si sólo le conociera de vista. En el fondo, Satrústegui se alegró. Estaba comenzando a perder la chaveta por aquella monada que podía ser su hija, pero cuya desequilibrada voracidad sexual le atribuía una edad indefinible. Sonia había llegado a inspirarle cierta prevención, cierto temor, un ambiguo desasosiego vencido siempre por el anhelante erotismo que emanaba. En más de una de sus noches bárbaras, el comisario había tenido la impresión de que iba a ser engullido. Succionado. Devorado. Satrústegui no había disfrutado en la intimidad con demasiadas mujeres, pero aquella chica, aquella bellísima camarera que no era de la ciudad y que había vivido una liberadora etapa en Ibiza, parecía insaciable. Nunca tenía bastante. Cuando él, rendido por el esfuerzo, se adormilaba, lo hacía con la sensación de que Sonia iba a permanecer al borde de la cama, observándole, vigilándole, lista para encender su chispa.
Satrústegui trató de relegar a la camarera de su mente y se dirigió a la cocina para prepararse el desayuno. El fregadero rebosaba de platos sucios. La pobre Petra, la mandadera, a quien había decidido mantener a su servicio en recompensa a su antigua fidelidad, se estaba haciendo vieja. Si la ponía en la calle, difícilmente encontraría ocupación. Antonia, la ex mujer del comisario, había pretendido deshacerse de Petra alegando el deterioro de sus facultades. Él se había opuesto, por compasión. Así de contradictoria era la vida: Petra seguía a su lado, pero Antonia, no.
Tampoco iba a regresar. El abogado de Antonia, el penalista Pedro Torres, a quien Satrústegui había tenido la desagradable sorpresa de tropezarse en El León de Oro, se había puesto oficialmente en contacto con él para iniciar los trámites del divorcio. Diecisiete años de matrimonio se esfumaban en un parpadeo. El comisario volvía a ser un hombre libre. Sólo que no sabía muy bien cómo emplear su recién estrenada libertad.
Abrió la puerta del apartamento y recogió del rellano los dos periódicos a los que estaba suscrito. La Crónica incluía un avance sobre el estreno de Antígona, evento que, al parecer, estaba un tanto en el aire debido a una indisposición de Gloria Lamasón, la primera actriz. La sección de sucesos de La Crónica no traía nada de relieve, pero el Diario de Bolscan informaba acerca de la desaparición de una mujer implicada en el caso de los Hermanos de la Costa, Berta Betancourt.
El comisario devoró unos huevos fritos, empujándolos con café, llamó a Jefatura y preguntó por el inspector Buj.
Ernesto Buj había pasado la noche en vela. A las dos de la madrugada había recibido una llamada del servicio de guardia, para notificarle el suicidio de Berta Betancourt. De un humor de perros, se había desplazado al Hospital Clínico, donde había coincidido con una demudada Martina de Santo.
– ¿Cómo estaba la subinspectora? -se interesó el comisario-. ¿Afectada?
Viendo clara la oportunidad de perjudicarla, el Hipopótamo contestó:
– Como usted sabe, la subinspectora está complicada en el caso de los Hermanos en su vertiente emocional. No en vano había convivido con esa fotógrafa, la tal Berta. No puedo saberlo por experiencia propia, como usted supondrá, pero me han asegurado que esa clase de relaciones deja una huella indeleble.
– ¿A qué clase de relaciones se refiere exactamente, inspector?
El Hipopótamo carraspeó para eludir la respuesta y proponer, alternativamente:
– Permítame una sugerencia, señor. Opino que debería relevar por algún tiempo a la subinspectora De Santo. No está en condiciones de rendir. Ha perdido la ecuanimidad, el punto de vista.
Satrústegui no podía tomar decisiones sin hablar con su subordinada. Se limitó a comentar que estaría en su despacho a partir de las nueve, y colgó.
El descaro de Buj, que rozaba la insubordinación, le había puesto de mal humor. Se dio una rápida ducha y se afeitó con prisa, tanta que la cuchilla le levantó un trocito de piel. Mantuvo una toalla contra la cara, hasta que el corte se cerró. Pero la sangre le había manchado la camisa, y tuvo que ponerse otra limpia; también de rayas, como todas las suyas. Se vistió, cogió el maletín, el revólver, bajó al garaje y condujo hasta el edificio de Jefatura.
A las nueve en punto, entraba en su despacho. Adela, su secretaria, le trajo un café, la prensa nacional y una mala noticia:
– Acaba de producirse un atentado. Lo están dando en Radio Nacional.
.
El comisario se precipitó al antedespacho. Adela subió el volumen del receptor. Dos policías nacionales habían sido tiroteados en el Camino Viejo de Leganés, a las afueras de Madrid. Según testigos presenciales, entre los terroristas que habían acribillado el vehículo zeta con ráfagas de ametralladoras figuraba, al menos, una mujer.
– Hijos de puta -masculló Satrústegui.
Adela repitió lo que había oído en la emisora:
– Creen que ha sido el Grapo.
– El Comando Norte, supongo. Aunque yo no descartaría a los etarras, por lo de Txapela. -Satrústegui permaneció pensativo unos segundos; la cólera le desbordaba-. Cabe la posibilidad de que el ministro del Interior cancele la visita prevista. Recuérdeme que consulte al gobernador. Y hágame el favor de comprobar si se ha presentado la subinspectora De Santo.
Adela llamó al Grupo de Homicidios por la línea interior. La subinspectora no había llegado aún.
– Inténtelo en el busca -persistió Satrústegui.
El localizador estaba encendido, pero no contestaba.
– De Santo no responde, señor.
– Avise a Buj, entonces.
Mientras esperaba al inspector, y para disipar su rabia, el comisario ojeó el correo. A pesar de su larga experiencia, la muerte de un policía era algo que no podía superar.
Entre las cartas, que Adela abría y clasificaba por orden de prioridad, había una invitación para el estreno de Antígona, en el Teatro Fénix, al que el ministro del Interior, Sánchez Porras, se proponía asistir por razones particulares (tenía amistad con Toni Lagreca, uno de los actores).
La representación no daría comienzo hasta las diez y media de la noche del día siguiente. A lo largo de toda la jornada del miércoles, el ministro, si es que llegaba a venir, se proponía aprovechar su estancia en Bolscan cumplimentando a las autoridades locales e inspeccionando acuartelamientos de la Guardia Civil y de la Policía Nacional. En el año y pico que llevaba al frente de las Fuerzas de Seguridad, Sánchez Porras todavía no había visitado la región, por lo que el gobernador civil se había aplicado a organizarle un intenso programa de actos.
Por supuesto, Conrado Satrústegui integraría la comitiva de altos mandos. El comisario repasó en su dietario la lista de compromisos que debería respetar a partir del instante en que el ministro pusiera los pies en la ciudad. El protocolo daría comienzo a las diez de la mañana, con una misa catedralicia en honor a un agente caído un par de meses atrás en acto de servicio. «Otro más», pensó Satrústegui, amargado. Después se celebraría un desfile, y girarían luego visita al parque móvil y a las Unidades Especiales.
El comisario suspiró. No iba a disponer de un minuto libre. Sólo le faltaba, para rematar la jornada, tener que componerse para el teatro, que no pisaba desde hacía años. Repasó mentalmente sus trajes. Tenía uno gris marengo, de franela, que podría servir para la ocasión.
Se dio cuenta de que la gerencia del Teatro Fénix le había adjudicado dos butacas en uno de los palcos. Dedujo que no conocían su situación familiar. Todo lo contrario, dada la endogamia corporativa, de lo que sucedía en Jefatura, donde los inspectores y jefes de servicio, y quizás hasta los agentes de a pie, estarían al cabo de la calle en lo que a su destrozado matrimonio concernía.
De improviso, le vino a la cabeza la idea de invitar al estreno a Martina de Santo. La ocurrencia le pareció absurda, pero permitió que anidara en su cerebro, como un dulce pájaro de juventud. ¿Qué le parecería a ella? ¿Aceptaría? ¿Y cómo se interpretaría en Jefatura esa distinción? ¿No alimentaría todavía más los rumores que apuntaban a una predilección suya hacia la atractiva mujer policía?
En buena parte, esa inclinación era sincera. Satrústegui había protegido a Martina desde su ingreso en el Cuerpo. No tanto por la influencia del embajador Máximo de Santo, su padre, a quien el comisario había tratado en alguna ocasión, lo que dio pie al diplomático a hablarle de su hija, recomendándosela con sutileza, como por ella misma. A Satrústegui le asombraba su profunda vocación -y más en una mujer joven y bonita que habría podido aspirar a cualquier posición social-, y se sentía halagado por el hecho de que Martina acatase sus recomendaciones al pie de la letra. Era disciplinada, eficaz. Satrústegui apreciaba su disposición, su capacidad resolutiva, esa mezcla de sofisticación, elegancia y autoridad con que encaraba una labor que a menudo ponía en riesgo su integridad física. El comisario no habría podido señalar a demasiados colegas suyos, hombres o mujeres, capaces de reunir tanto valor, comenzando por la renuncia a sus privilegios de casta.
Sin embargo, su panorámica no dejaba de resultar limitada. Satrústegui intuía que, detrás de la detective De Santo, se escondía una fascinadora mujer, pero, habituado a compartir un mundo masculino, impositivo, no acababa de penetrar su compleja psicología. Sonia Barca le había guiado hasta el umbral de otro ámbito, un universo de carne y saliva, de tormentos y éxtasis. Un precipicio de cuyo púrpura abismo haría bien en alejarse.
Se dio cuenta de que deseaba ver a Martina. Pero, en su lugar, quien se presentó en su despacho fue Ernesto Buj.
– Comisario.
– Tome asiento, inspector.
Satrústegui conocía a Ernesto Buj desde hacía tres lustros, los mismos que él llevaba destinado en Bolscan. Nadie mejor que el propio comisario para inventariar sus defectos. No obstante, en un examen global le habría parecido injusto omitir sus virtudes. Buj era retrógrado, machista, expeditivo; también, a su brusco y anticuado estilo, un profesional. A lo largo de su experimentada carrera, había resuelto multitud de casos, algunos de extrema dificultad. A pesar de su brusco y rijoso carácter, Buj mantenía el crédito en las alturas del Cuerpo, siendo incuestionable que sus hombres, forjados en su escuela, en la universidad del asfalto, le respetaban.
Homicidios venía funcionando como un cerrado clan regido por sus propias normas, hasta que la incorporación de una mujer, Martina de Santo, había roto su unidad y, de manera indirecta, cuestionado los métodos imperantes. Satrústegui sabía que cualquier intento de conciliación entre la subinspectora De Santo y el inspector Buj pasaba necesariamente por un improbable acto de generosidad o, de modo más previsible, por una claudicación, por la vicaria adaptación de uno de los dos al dominio del otro. Teniendo en cuenta la fuerte personalidad de ambos, el comisario no confiaba en un próximo horizonte de concordia. Estaba escrito que esos dos iban a seguir a la greña, y que la brigada criminal continuaría deparándole serios quebraderos de cabeza.
El sudoroso aspecto de Buj denotaba que había pasado la noche en blanco. El inspector llevaba la cartuchera torcida, los tirantes caídos y los faldones de la camisa entremetidos de cualquier forma. Puntas de una barba cana afloraban en sus gruesos carrillos. Hasta el olfato del comisario, a pesar de que los separaba la anchura del escritorio, flotó su aliento a coñac.
– Tiene usted mal aspecto -le censuró Satrústegui.
La mirada turbia de Buj seguía revelando una inteligencia astuta. Repuso:
– Tal como le adelantaba, señor, anoche tuve que encargarme de trasladar al depósito a la señorita Betancourt. La amiguita de De Santo, ya sabe usted.
– No le tolero que siga insultando a la subinspectora -se irritó Satrústegui-. ¿Le gustaría a usted que cualquier compañero suyo aludiese a su afición a la bebida?
El Hipopótamo se rascó el cogote.
– No tengo nada que ocultar, señor. Nadie podrá decir que me haya visto borracho estando de servicio. Puede que tenga algún pequeño vicio, pero jamás interfiere con mi deber.
El comisario hizo un gesto de exasperación. La terquedad de Buj podía resultar positiva en el plano policial, pero con respecto a sus relaciones personales solía reducirse a un mezquino muestrario de inquinas.
– Ya basta, inspector. Recuerde que fue la subinspectora quien resolvió los crímenes de Portocristo. Algo que acaso usted no hubiese logrado.
Los ojitos porcinos de Ernesto Buj parpadearon como si su dueño estuviese discurriendo una respuesta adecuada. Pero no la encontró y permaneció mirando con obstinada fijeza por encima del comisario, hacia algún punto periférico del retrato del Rey.
La melena mechada de Adela asomó por la puerta. Detrás de ella, el comisario distinguió el perfil de Horacio Muñoz, el archivero. Satrústegui recordó que le había encargado unos informes sobre otro asunto pendiente.
– Creí haber dicho…
– Una llamada urgente, señor.
– ¿De quién?
– El superintendente -susurró la secretaria, tapando el auricular.
– Páseme.
– ¿Desea que me retire? -preguntó Buj.
Satrústegui le indicó que no era necesario, y atendió la llamada. Su expresión se fue apagando a medida que, al otro lado del hilo, la voz del superintendente de la Policía Municipal de Bolscan subía de tono al informarle de lo que sus agentes acababan de descubrir.
– Por Dios bendito -dijo Satrústegui nada más colgar.
– ¿Algún problema, señor? -se interesó Buj.
El comisario se había puesto en pie.
– Alguien ha sido asesinado en el Palacio Cavallería. Aplace cuanto tenga que hacer y movilice a sus hombres. Usted me acompañará, Buj. Ah, Muñoz -añadió Satrústegui al reparar en el archivero, clavado en una esquina del antedespacho-. Deje esos informes en cualquier parte.
Apenas un cuarto de hora más tarde, el coche patrulla que trasladaba a los mandos cruzaba en rojo varios semáforos, atravesaba la doble raya de la mediana, daba un tumbo en la acera y enfilaba el callejón trasero del Palacio Cavallería, prohibido al tráfico. Haciendo gala de una sorprendente agilidad, el Hipopótamo, que ni siquiera se había puesto la chaqueta, abrió la portezuela en marcha y se precipitó hacia la fachada principal. Satrústegui le siguió a media carrera.
Para sorpresa del comisario, el propio alcalde, Miguel Mau, los estaba esperando en el vestíbulo del palacio, rodeado de funcionarios y policías locales. La gravedad del asunto, la proximidad del Ayuntamiento y el hecho de que el Palacio Cavallería fuese de gestión municipal explicaban el hecho de que el primer edil se hubiera apresurado a desplazarse hasta allí.
– Al fin han llegado -acertó a decir el alcalde, con una mezcla de recriminación y alivio.
Todas las luces de la nave estaban encendidas. De la batería de focos adosados al artesonado y a las columnas brotaba una luz cruda, compacta. Satrústegui la asoció a la de una sala de autopsias.
Había mucha gente en el vestíbulo. «Demasiada», pensó el comisario. Junto a los asesores del alcalde, y a un par de lívidos concejales, permanecían, expectantes y tensos, media docena de policías municipales. Satrústegui reconoció al superintendente. Le hizo una seña amistosa y éste le siguió, si bien permitiendo que el alcalde embocara en cabeza el laberíntico corredor que comunicaba las salas, repletas de instrumentos de tortura. Atravesaron dos o tres de ellas, hasta que el alcalde Mau se frenó en seco.
– ¿Quién, en nombre del cielo, ha podido hacer algo así?
Conrado Satrústegui tuvo la vertiginosa sensación de que aquello no era real. Que no era humana la sangre que se extendía sobre las ajedrezadas losas, y que aquel cuerpo, o lo que restaba de él, aquel cadáver que alguien había maniatado, aniquilado, abandonado sobre un pétreo plinto, tampoco podía ser auténtico, sino una truculenta escenografía diseñada en el marco de tan lúgubre exposición.
La mirada de Satrústegui recorrió las manchas de sangre que lo salpicaban todo, y se detuvo en la despellejada cara del cadáver. Jamás había visto nada parecido.
Obviamente, el escenario del crimen había sido alterado con antelación a la llegada del comisario Satrústegui al Palacio Cavallería.
Como si alguien hubiese resbalado en el gran charco de sangre y, al incorporarse, se hubiera apoyado en las maquetas y elementos arquitectónicos de la muestra, se veían impresiones de manos en las vitrinas y en los paneles de conglomerado, y se advertían huellas por todas partes.
El comisario observó que los zapatos del alcalde estaban manchados de sangre. Y, asimismo, los del superintendente. Ambos -además, supuso Satrústegui, de un número indeterminado de agentes locales- habrían intentado aproximarse al cuerpo, hasta reparar en que no era posible hacerlo sin pisar la sangre derramada.
Cuatro metros separaban a Satrústegui del altar azteca. El comisario intuyó que la víctima era una mujer. No habría podido asegurarlo porque le habían mutilado el cuero cabelludo, y la habían desollado desde los hombros hasta las rodillas. El busto era un ensangrentado amasijo de tejidos y vísceras.
El alcalde se había retirado hacia el vestíbulo, incapaz de seguir soportando el macabro espectáculo. Un leve olor a matadero, a sala de despiece, impregnaba la sala. Satrústegui hizo un esfuerzo para controlar las náuseas.
– Mi gente acaba de llegar, señor -informó Buj-. Será mejor que les dejemos actuar.
– Sin pérdida de tiempo -aprobó el comisario-. ¿Han avisado al juez?
– El superintendente lo hizo.
Hasta que se presentó el juez Bórquez, Satrústegui permaneció frente al cadáver iluminado por aquella luz láctea, casi obscena.
Al juez le costó sobreponerse a la imagen del cuerpo tendido sobre el ara ceremonial. Bórquez ordenó convocar de inmediato al forense, acordando con el comisario que, en una primera inspección, únicamente el médico manipulase los restos.
El comisario retrocedió hasta la sala donde se erguía la guillotina. Carrasco, uno de los agentes de Homicidios, se ajustaba unos guantes de látex y protegía su recio calzado con fundas de plástico. Dos de sus compañeros de brigada le imitaron en silencio. Uno de ellos empuñó una máquina de fotos y se dirigió a la sala azteca. El flash empezó a funcionar, pero su blanco relámpago apenas resaltaba contra la incandescente luz que bañaba el recinto.
El cerebro del comisario se puso a trabajar. Había superado el impacto anímico, la sórdida bestialidad del crimen, e impartía órdenes con frialdad. La primera consistió en invitar al alcalde a abandonar el lugar. El político accedió.
– No me moveré de Alcaldía hasta que reciba una llamada suya.
– Descuide. Le mantendré informado.
Acto seguido, Satrústegui hizo salir a los policías locales, ordenándoles que acordonasen el edificio y que impidieran la entrada a cualquier persona sin expresa autorización suya.
– El resto, que se agrupe junto al mostrador de recepción. Quiero saber quién descubrió el cuerpo.
Un funcionario y el vigilante del primer turno se adelantaron. Los dos estaban blancos como la tiza.
– ¿Fueron ustedes quienes encontraron el cadáver? -les preguntó Satrústegui.
Ambos asintieron.
– ¿A qué hora?
– Sobre las nueve cuarenta de la mañana -dijo el bedel-. Llamé al timbre, pero nadie respondía.
– ¿Sonaba la alarma?
– No. Insistí llamando hasta que, extrañado, decidí regresar al Ayuntamiento, a por el juego de llaves de repuesto.
– ¿Y el original?
– Se queda dentro -dijo el vigilante-, a cargo del guarda nocturno.
– Que era una mujer -musitó Satrústegui.
El vigilante del turno de mañana lo confirmó. Apenas le sostenían las piernas. Estaba tan pálido que se le transparentaban las venas del cuello.
– Una chica, sí. Era su primera noche de trabajo. Se llamaba…
– Después -le interrumpió el comisario-. Continúen cronológicamente con su relato, sin omitir nada.
El bedel cerró los ojos para avivar la memoria.
– Abrimos el portón y la puerta auxiliar, la de cristal blindado, y volvimos a llamar a la vigilante en voz alta, pero no hubo respuesta. En apariencia, todo estaba tranquilo. Nos confundió que sonase la música ambiental, a un volumen muy alto.
– ¿Y las luces?
– Estaban apagadas -contestó el bedel-. Yo mismo las encendí.
Satrústegui no pudo reprimir un gesto airado.
– ¿Qué más hicieron ustedes? ¿Resbalar en el charco de sangre e ir dejando huellas por todo el palacio?
– Pensamos que el asesino podía estar agazapado -se azoró el funcionario.
– Hemos revisado el edificio -informó el superintendente-, incluidos los sótanos y cuartos de baño. No había nadie. El criminal no pudo escapar después de que nosotros entrásemos. Tuvo que huir nada más cometer el homicidio.
Satrústegui contempló al jefe de los municipales como si acabase de descubrir América.
– ¿Ah, sí? ¿Y por dónde salió? Le recuerdo, superintendente, que las dos puertas de entrada estaban cerradas por dentro.
– No lo sé. Es un misterio.
– Volveré a hacerle la misma o parecida pregunta: ¿por dónde entró el asesino?
El superintendente guardó silencio. Satrústegui hizo una señal al bedel para que prosiguiera hablando.
– Nos decía que las luces estaban apagadas, y que usted, debido a un reflejo de pánico, las conectó.
– Estaban apagadas, en efecto -reiteró el ordenanza-, pero no todas. Los apliques de las vitrinas permanecían encendidos.
– ¿Qué fue lo primero que vieron?
– Las ropas. El uniforme de la vigilante estaba arrugado en un rincón.
– ¿ Ensangrentado?
– No.
– ¿Se hallaban las llaves del edificio en los bolsillos del uniforme?
El superintendente lo confirmó. Un agente de la Policía Local había registrado las prendas. Satrústegui frunció el ceño, disgustado. Se preguntó cuántas imprudencias más, espoleados, a buen seguro, por la histeria del alcalde, habrían cometido los municipales.
– ¿Y la documentación de la víctima?
– No apareció.
– ¿Había sangre en su ropa interior? -Satrústegui volvió a señalar al bedel-. Le estoy preguntando a usted.
– No -repuso el ordenanza.
– ¿Dónde estaban esas prendas? ¿Junto al uniforme?
– Más allá. Tiradas en una sala, pero no en la que la iban a… sino en la antepenúltima, en la de la Inquisición.
– ¿Esparcidas por el suelo?
– De cualquier manera, sí.
– ¿Las tocaron ustedes?
El bedel y el vigilante del turno de mañana negaron con la cabeza. Satrústegui estaba acostumbrado a ese tipo de exculpaciones, que no siempre coincidían con la verdad. Más tarde, alguno de sus hombres investigaría a fondo a esos testigos. A la diestra del comisario, el inspector Buj tomaba notas en una libretita que en su mano parecía sólo un poco más grande que un sello de correos.
– No tocaron las prendas íntimas -gruñó Buj-. Muy bien. Prosigan.
El funcionario se agarró las bocamangas para disimular su temblor.
– Cruzamos las salas, hasta el módulo azteca, y vimos a esa pobre mujer… Muerta, despellejada… No hacía doce horas que me había despedido de ella y del otro vigilante, el del turno de tarde…
– Su nombre -exigió Buj.
– Codina, Raúl Codina -contestó su compañero.
– ¿Cuánto tiempo llevaba ese guarda en su puesto?
– Alrededor de un año. Es un muchacho estupendo.
– Raúl Codina -repitió Buj a Salcedo, otro de sus hombres-. Localicen a ese estupendo muchacho, así como al responsable de su agencia de seguridad, y trasládenles a nuestra estupenda Comisaría. Usted -dijo el inspector al vigilante-. El nombre de su compañera del turno de noche.
El vigilante no lo recordaba, pero indicó:
– Estamos obligados a firmar un parte de servicio. En el libro constarán los datos.
El mismo cruzó el mostrador de recepción y buscó una especie de agenda de contabilidad, pautada y con renglones al pie para anotar observaciones. Se la tendió al comisario abierta por la última hoja, correspondiente a la jornada de la fecha anterior, cuyo encabezamiento había sido cumplimentado con letras mayúsculas.
El nombre de Sonia Barca impactó a Satrústegui. El suelo romboidal del palacio se difuminó a sus ojos, mareándole. Un caos de imágenes inconexas lo perturbó. El comisario volvió a ver a Sonia en la cama de su dormitorio, cabalgándole a rítmicos impulsos y, en cuanto le sobrevenía el orgasmo, arqueando la espalda hacia atrás, precisamente en la posición en que la había sorprendido su espantosa muerte.
– ¿Se encuentra bien, señor?
Era el agente Carrasco quien había hablado. Había sangre en sus guantes, y también en las calzas de plástico. Se había colocado una mascarilla, a través de la cual su voz sonaba entubada. Satrústegui cerró el libro de registro y se quedó mirando a Carrasco como si no supiese quién era.
Otro agente se les acercó.
– Acaba de llegar el forense, señor.
– Que proceda -reaccionó el comisario.
En compañía del juez Bórquez, el doctor Marugán saludó a Satrústegui y se perdió hacia el interior del recinto. Los resplandores del flash, atenuados por la violenta iluminación, apenas destellaban por encima de los paneles. Satrústegui recayó en que hacía frío, la misma clase de humedad que podría adueñarse de una bodega o de un convento.
Buj estaba de nuevo a su lado. Satrústegui le encomendó:
– Siga por mí, inspector. Estaré en Alcaldía. Tome declaración a cuantos hayan pisado la sala azteca. Bedeles, funcionarios, municipales. Que hagan memoria, por si consiguen recordar algún detalle que pueda ayudarnos. Interroguen a los vecinos y a los dueños de los establecimientos cercanos. Tal vez algún testigo viera abrirse las puertas del palacio a lo largo de la noche. Y pongan controles en las principales salidas de la ciudad.
– Entendido, señor.
– Otra cosa, inspector. Que alguien avise a la subinspectora De Santo. Quiero que analice el escenario del crimen mientras todavía esté a tiempo. Ustedes quédense hasta que el forense haya concluido un primer examen.
Satrústegui salió del Palacio Cavallería. Un sol joven le acarició la cara. En contraste con los focos de la exposición, la luz natural que se derramaba sobre la plaza del Carmen emitía una ternura materna, como si el mundo acabase de nacer y fuese todavía inocente.
Una bandada de palomas revoloteaba en torno a un niño que arrojaba al aire puñaditos de maíz. El chiquillo llevaba un abriguito demasiado grande para él, heredado, con toda seguridad, y un gorro con pompón bajo cuya visera le asomaba el flequillo. Satrústegui deseó que ese niño hubiese sido su hijo. Antonia y él no habían podido tenerlos. A veces, cuando se sentía mal, como en ese momento, su carencia desgarraba algo dentro de él.
El comisario decidió que necesitaba un café cargado. Se dirigió a tomarlo a una de las cafeterías de la plaza, un local impersonal que solían frecuentar jueces, abogados y procuradores de los cercanos Juzgados. Ocupó una mesa apartada junto a las lunas que dejaban ver la iglesia del Carmen, su mole barroca, su airosa torre con campanil y, muy cerca, el Palacio Cavallería, tan puro en sus renacentistas líneas. Tan ajeno al drama que se había perpetrado en su seno.
Infringiendo todas las señales y, en particular, la prohibición de estacionar en el área peatonal de la plaza, una Vespa acababa de aparcar ante la fachada del palacio. El motorista, un individuo alto, desgarbado y flaco, se dirigió a los agentes que custodiaban la entrada y se puso a discutir con ellos. Era obvio que pretendía entrar al museo. Los policías intentaron disuadirle de buenas maneras, pero como aquel ciudadano insistiera, y no precisamente con civismo, acabaron propinándole un par de disuasorios empujones. El motorista se giró, exasperado, agitando los brazos como un airado quijote frente a molinos de viento. Atentos a él, los agentes no se dieron cuenta de que, mientras discutían con el motorista, un individuo bajito, armado con una cámara fotográfica, se había deslizado en el interior del vestíbulo. Se trataba de Damián Espumoso, alias Enano, y era uno de los fotógrafos del Diario de Bolscan.
Tampoco Satrústegui se había percibido de la treta. En cambio, sí reconoció al motorista. No era otro que Jesús Belman, el reportero de casos del Diario. El comisario se preguntó por qué conducto habría podido enterarse tan pronto del suceso.
El propio Belman iba a explicárselo. El periodista debió de distinguir a Satrústegui a través de la luna de la cafetería porque atravesó a grandes zancadas la plaza. Ingresó en el café y se acercó a su mesa.
– ¿Está libre la silla, comisario?
– Sí, pero ya me iba.
– ¿Por qué tanta prisa? ¿Es que se ha cometido un crimen?
Satrústegui evaluó al reportero con una mirada crítica, no exenta de cierto desprecio. Belman llevaba la corbata con un nudo imposible, por debajo del cual, y de la desabrochada camisa, se apreciaba una raída camiseta térmica. Estaba mal afeitado y sorbía por la nariz. Las ojeras le dibujaban violáceas bolsas. Era hipotético que se hubiese acostado en las últimas cuarenta y ocho horas.
– ¿Ha leído mi reportaje de hoy?
Satrústegui no respondió. Belman se dirigió jovialmente al camarero:
– Café negro, sin azúcar. Doble.
– Tendrá que tomarlo solo -intentó desanimarle Satrústegui.
– Creo que le conviene escucharme, comisario.
Belman se puso cómodo. Otro mozo le sirvió el café.
El reportero tocó la taza con el extremo de las falanges, de uñas recortadas y limpias, tanto que el comisario aventuró que debían de ser los únicos elementos de su anatomía a los que prestaba atención higiénica. La taza ardía. Belman encogió los dedos, dejándolos crispados sobre el mantel, como los de una rapaz. Después, sacó una petaca del bolsillo interior de su chaqueta de pana y vertió un chorro de anís en la taza.
– Será un minuto, comisario. El tiempo justo para que me confirme que la víctima es una mujer llamada Sonia Barca.
Belman hizo una pausa para sonarse.
– Conocida de usted.
Satrústegui abrió la boca, pero no acertó a decir nada.
– Por ahora, será un secreto entre nosotros -le garantizó el reportero, en tono benévolo, como satisfecho del efecto obtenido-. Prometo no inmiscuirme en la investigación, y mucho menos en su vida privada. Al fin y al cabo, en materia de cama todos tenemos nuestros secretillos. ¿No está conmigo, comisario?
Satrústegui tomó aire.
– ¿Quién es su chivato en Jefatura? ¡Le exijo que me dé el nombre de esa rata!
Afilando la expresión, el reportero señaló con vaguedad hacia la barra. De espaldas, atentos al periódico, o enfrascados en consultar documentos, se alineaban media docena de trajeados abogados.
– No sólo en la Policía hay ratas. Mi trabajo consiste en saber, pero no en publicar todo lo que sé. Puede estar tranquilo, comisario. Intuyo que me conviene cerrar la hucha.
– ¿Qué piensa publicar?
– La verdad. ¿Cuándo sabrán quién la mató?
– Quizá cuando los resultados de la autopsia sean definitivos.
– ¿Y hasta entonces?
Satrústegui se removió en la silla, dispuesto a marcharse. De los labios de Belman brotó un bufido.
– Es invendible, comisario. La opinión pública no lo admitirá. ¿Se da cuenta de que está en el filo de la navaja?
– Procuraré no cortarme -murmuró Satrústegui, levantándose y arrojando unas monedas al platillo de madera-. Ha sido un placer charlar con usted. Por eso le invito.
Belman se sonó con un arrugado pañuelo y le dirigió un malévolo guiño.
– Tampoco se va a arruinar. Esta cafetería es bastante más económica que El León de Oro. Me han asegurado que en ese establecimiento las copas no son baratas. No sé la compañía.
En la plaza, Conrado Satrústegui sintió que le faltaba el oxígeno. Un magistrado le saludó con cortesía. El comisario apenas pudo hilvanar unos pocos lugares comunes para salir del paso. Se dirigió hacia el Ayuntamiento, pero, antes de entrar y sentarse a soportar las diatribas del alcalde, cambió de idea. Rodeó el Palacio Cavallería hasta el callejón y subió al coche patrulla. El conductor encendió el motor y aguardó instrucciones. Satrústegui prendió un cigarrillo y se puso a fumar en silencio, la mirada clavada en la ventanilla. Estuvo ausente varios minutos, hasta que el conductor, tímidamente, inquirió:
– ¿Nos vamos, señor?
– ¿Le he dicho que nos dirijamos a algún sitio?
El chófer apagó el motor. La voz del comisario resonó dentro del coche:
– ¿Le he ordenado que quite el contacto?
– Disculpe, señor.
El motor volvió a ponerse en marcha. Satrústegui reparó en que los policías locales que acordonaban el palacio estaban observándole. Podía verlos por el espejo retrovisor, mirando hacia el coche mientras se frotaban las manos para entrar en calor. El superintendente se encontraba entre ellos. Seguramente, también se estaría preguntando qué hacía el comisario allí parado.
– Arranque de una vez -decidió Satrústegui, al fin.
El coche patrulla avanzó hasta la boca del callejón y torció a la derecha, mezclándose con el tráfico de la avenida que corría paralela al paseo marítimo.
La fortaleza de San Sebastián se adentraba en el mar. Un poco más allá se perfilaba el Puerto Nuevo, con los barcos haciendo ondear sus banderines bajo el impulso del viento. De niño, en Bilbao, su ciudad natal, Satrústegui solía jugar a adivinar los países representados por exóticas enseñas. Lugares lejanos, existentes tan sólo en los mapas escolares, pero que tal vez, a bordo de uno de esos buques, él llegaría a visitar algún día. El comisario pensó que ya no quedaba nada de todo aquello. Tan sólo una serie de distorsionados recuerdos, que apenas le pertenecían.
El conductor se situó en el carril central y avanzó hasta detenerse en un semáforo. La fachada encalada del Teatro Fénix surgió reverberante de luz, con las banderolas del estreno, sacudidas por el viento, haciendo flamear las letras de la función en cartel. Antígona. Satrústegui había leído la tragedia en algún curso del bachillerato, pero no recordaba su argumento. Repasó distraídamente los nombres de los actores. Gloria Lamasón, la gran trágica, en el papel principal; Toni Lagreca, como Tiresias; Alfredo Flin, Creonte; María Bacamorta, Eurídice… No iba a tener más remedio que verlos actuar a la noche siguiente.
Sólo le sonaba la protagonista, Gloria Lamasón, famosa por sus interpretaciones cinematográficas y sus frecuentes apariciones en televisión. En los periódicos de la mañana, Satrústegui había leído una noticia referente a esa gran dama del teatro que estaba a punto de estrenar en Bolscan. ¿De qué se trataba, exactamente? ¿De algún problema relacionado con la salud de la actriz? ¿Se apuntaba la posibilidad de que, a última hora, tuviera que ser sustituida? El comisario deseó que se suspendiera el estreno, y que el ministro del Interior, privado del espectáculo, y retenido por el último atentado, optara por permanecer en Madrid.
Porque, en caso contrario, la estancia en Bolscan del máximo responsable de las Fuerzas de Seguridad podía presentársele bajo la óptica de una amenaza. Era seguro que los periodistas estarían detrás de ellos durante toda la jornada. Les acompañarían a la misa en la Catedral (aunque Satrústegui sabía que se refugiarían en cualquier bar cercano, a la espera de que finalizase el oficio religioso), los escoltarían por los acuartelamientos, asistirían a una exhibición de técnicas de asalto, comerían con ellos en uno de los puestos, someterían a rueda de prensa a Sánchez Porras y retornarían a sus redacciones para referir lo que de sí había dado la visita ministerial. A la gala nocturna en el Teatro Fénix, si es que llegaba a celebrarse, asistirían, invitados, como el propio comisario, los directores de los medios.
De la mañana a la noche, iba a estar rodeado de periodistas. Entre los cuales, podía apostar, figuraría Belman, el reportero del Diario de Bolscan. Alguien que sabía de buena fuente que entre Sonia Barca, la chica asesinada en el Palacio Cavallería, y él había existido un vínculo sentimental.
– A mi casa -ordenó el comisario-. He olvidado algo.
– Como usted mande, señor -obedeció el conductor.
Recostado en el asiento posterior, nervioso, casi asustado, el comisario intentó esclarecer de qué manera habría podido acceder Belman a uno de sus secretos mejor guardados.
Nadie de su entorno conocía su relación con la explosiva camarera de El León de Oro. Su discreción había sido absoluta. Era posible, sin embargo, que alguien, quizás el propio Belman, los hubiera sorprendido a Sonia y a él cenando juntos (aunque el comisario elegía los restaurantes en función de su lejanía del centro), o tomando una copa en cualquiera de esos tugurios que a Sonia tanto parecían gustarle, pero en los que él jamás, salvo para dirigir alguna redada, habría puesto los pies por iniciativa propia. Había un antro, el Stork Club, en el que las chicas bailaban semidesnudas alrededor de una barra de níquel. Prostitutas, presumiblemente, aunque el club poseía licencia y al concluir el show se habilitaba una pista de baile con música atronadora y luces estroboscópicas que a Satrústegui parecían estallarle dentro de la cabeza.
Sonia tenía una amiga allí, una tal Camila, tan rubia y sexy como ella. Ambas eran del mismo pueblo o de la misma zona. Según había comentado Camila, a veces los clientes las confundían. ¿Era Sonia otra puta? Conrado Satrústegui jamás se había atrevido a preguntárselo directamente. Pero, ¿qué sabía de Sonia Barca? Tan sólo que trabajaba en El León de Oro, y que en el Stork Club la trataban como a una pupila de la casa. Que era muy joven, apenas veinte o veintiún años cumplidos, y que procedía de alguna apartada población de la cordillera de La Clamor, a la que no tenía la menor intención de regresar. Sabía que le gustaban los juegos de cama más que a cualquier otra mujer que él hubiese conocido, o de la que hubiera oído hablar, y que ponía en práctica esas prohibidas diversiones con una meticulosa fruición. Y sabía que Sonia usaba pocas joyas, y de escaso valor, pero que de vez en cuando uno de esos adornos de bisutería rodaba bajo la cama de su amante, acreditando que ella había estado allí.
En su cama, por ejemplo.
– Hemos llegado a su casa, señor -dijo el conductor-. ¿Espero a que baje?
El comisario se dio cuenta demasiado tarde de que acababa de cometer un error. Intentó enmendarlo:
– Disculpe, Guillén. Llevo tantos temas encima… En realidad, quería dirigirme al Anatómico Forense. Déjeme a un par de manzanas, me sentará bien respirar un poco de aire fresco.
El coche se detuvo a doscientos metros del Instituto. El comisario indicó al conductor que no iba a necesitarle.
Una idea iba tomando forma en su mente. Tenía que deshacerse de cualquier prueba que lo asociara con Sonia. Era mucho lo que estaba en juego. Para empezar, su carrera.
En lugar de dirigirse al Anatómico, el comisario encaminó sus pasos hacia su propio domicilio. Tomó por calles laterales, alzó el cuello de su abrigo y se puso unas gafas oscuras.
Cuando llegó a su portal comprobó, aliviado, que el portero no estaba. Evitó el ascensor. Subió hasta su apartamento por las escaleras y abrió la puerta con el mismo sigilo con que lo hacía en las madrugadas en las que le acompañaba Sonia.
Se dirigió al dormitorio. La cama estaba hecha. Era ése uno de los días en que trabajaba Petra. Seguramente, la mandadera habría bajado a hacer la compra. Era mayor, era lenta, pero no podía tardar demasiado en regresar.
El comisario no recordaba desde cuándo no se cambiaban las sábanas. Las quitó, junto con la funda de la almohada, y las metió en la lavadora. Dobló el pesado edredón en un saco de dormir e hizo la cama con sábanas limpias. Se tumbó largo en el suelo y se aseguró de que Sonia no hubiese perdido nada más, una horquilla, un lazo. De repente, recordó que el cadáver de la chica no conservaba una sola joya. El asesino debía de haberla despojado.
Abrió la ventana y corrió a un lado el somier. Unos pocos cabellos rubios se enroscaban sobre el polvo, allá donde no llegaban los riñones ni la escoba de Petra. Satrústegui los hizo desaparecer por el váter, asegurándose de que eran engullidos por la descarga de la cisterna.
Al colocar la cama en su lugar, el comisario se dio cuenta de que el cabezal tenía marcas metálicas. Las habían provocado las esposas, sus propias esposas, en el curso de los juegos eróticos que Sonia le invitaba a practicar. La camarera solía utilizar un pañuelo de seda negra para vendarle los ojos. Satrústegui estaba seguro de que la última vez ella lo había guardado en el bolsillo de sus pantalones vaqueros. Por si acaso, lo buscó.
No encontró nada incriminador, pero las señales del acero de las esposas en el cabezal eran evidentes. Fue a por un destornillador, desmontó el cabezal y envolvió sus piezas en una manta, que ató con una cuerda. Agarró el saco de dormir y sacó los dos bultos al rellano. Desde allí, por las escaleras, sudando, los bajó al cuarto trastero, situado en el garaje, junto a su plaza de aparcamiento, y los ocultó entre la montaña de objetos que se acumulaban en el congestionado habitáculo. El portero no había vuelto, y nadie le vio.
El comisario volvió a subir al piso y revisó el resto de la casa, habitación por habitación, borrando con un pañuelo limpio las huellas de interruptores y pomos, del asa de la nevera, de los mandos de la televisión y del equipo de música. Alguna noche, como en sueños, le había parecido que Sonia vagaba por el pasillo, curioseando los otros cuartos o devorando restos de comida fría en la cocina; pero le había dejado hacer, agradecido por las inusuales emociones que le reportaba.
Estaba terminando cuando oyó la puerta. Era Petra, que volvía de la compra.
La mujer resopló en el rellano y entró el pesado carro. Al ver al comisario en el pasillo soltó un chillido.
– ¡Vaya susto, don Conrado!
– Lo siento, Petra. Olvidé la cartera. Un comisario no debe andar indocumentado.
La mandadera emitió una risita.
– Si quiere que le haga café…
Eran las diez y media de la mañana cuando Satrústegui regresaba a Jefatura. El gobernador Merino y el alcalde Mau le habían telefoneado dos veces cada uno, y la lista de llamadas de medios de comunicación no cesaba de aumentar. El comisario habló con el gobernador, que se mostró muy preocupado por la repercusión de tan llamativo crimen en víspera del desembarco del ministro del Interior. La buena noticia era que Sánchez Porras había decidido mantener su compromiso de visitar Bolscan. Llegaría al aeropuerto a las nueve de la mañana del día siguiente, a bordo de un helicóptero de la Guardia Civil.
A continuación, Satrústegui contactó con Alcaldía y capeó como pudo la histérica actitud del primer edil.
– ¡Quiero resultados, comisario!
– Lo sé, alcalde. Estamos en ello.
– ¿Tienen alguna pista?
– Mis hombres están analizando la escena del crimen, y hemos cerrado todas las salidas; pero no, ninguna pista sólida por ahora.
El alcalde lo tuvo diez minutos al aparato. Cuando le colgó, Satrústegui se aflojó el nudo de la corbata y ordenó a su secretaria que no le molestara nadie.
No se encontraba bien. Un confuso arrepentimiento llamaba a las puertas de su conciencia. ¿Por qué había desmontado su cama, por qué había borrado las huellas de Sonia? No estaba seguro de haber obrado con inteligencia, pero sí lo estaba de otra cosa: de que ni siquiera su autoridad bastaría para demostrar de antemano que él no había matado a la camarera de El León de Oro. Conrado Satrústegui sabía mejor que nadie de qué modo funcionaba esa clase de asuntos.
Por otra parte, no conocía a ningún periodista capaz de guardar un secreto. Era más que probable que Belman informase a su redactor jefe sobre su relación con la mujer desollada. El comisario sabía que Gabarre Duval se la tenía jurada. Tarde o temprano (y Satrústegui se temía esto último), su nombre, negro sobre blanco, saldría a relucir asociado al de la víctima.
Antes de que se decidiera a cogerlo, el teléfono de Martina de Santo sonó repetidamente. De hecho, había estado sonando de forma casi ininterrumpida desde hacía más de diez minutos. Pero los acontecimientos de la noche anterior y la botella de vino que se había bebido ella sola parecieron aliarse para aplastarla contra las sábanas. Cuando al fin se animó a responder, se arrepintió de no haberlo hecho mucho antes. La voz de Horacio Muñoz le urgió:
– ¡Despierte, subinspectora, y dese prisa en venir a Comisaría!
– ¿Qué ha ocurrido?
– ¡Se ha cometido un crimen!
– ¿Dónde?
– En el Palacio Cavallería, en la plaza del Carmen.
– Vaya para allá, yo acudiré directamente.
Veinte minutos después, el Saab de la subinspectora aparcaba en el callejón del palacio, junto a otros vehículos policiales. Martina se dirigía a la carrera hacia la entrada principal cuando, sentado en uno de los bancos de la plaza, con las largas piernas cruzadas, le pareció distinguir a Belman, el reportero del Diario de Bolscan. La subinspectora debía de estar en lo cierto porque el periodista, al verla, se levantó y fue hacia ella con la grabadora en la mano. Martina le dio la espalda y entró al palacio sin esperar a Horacio, al que los municipales exigieron una identificación. Cuando logró pasar, el archivero se perdió en el laberinto de la exposición, y no pudo encontrar a la subinspectora hasta que hubo dado la vuelta entera a la planta rectangular del recinto.
Martina se encontraba ya en la escena del crimen. El cadáver, sin embargo, no estaba en la sala azteca.
Una limpiadora terminaba de fregar la sangre del suelo. Junto a los expositores se veía un cubo de agua sucia, rojiza, y otro lleno de cristales procedentes de una de las lunas, reventada a golpes.
La subinspectora entendió que no le iba a resultar nada fácil establecer conclusiones en un escenario a todas luces pervertido.
– Márchese, por favor -le dijo a la limpiadora-. ¿Quién le ha ordenado fregar?
Un tanto atemorizada, la mujer señaló hacia una oronda figura embutida en una camisa blanca dos tallas pequeña. El estómago del inspector Buj dibujaba un globo a punto de estallar. Se le habían vuelto a caer los tirantes, y portaba la cartuchera como Pancho Villa.
El inspector impartía instrucciones a sus hombres, que lo rodeaban en círculo. El agente Carrasco se encaminaba hacia el Hipopótamo; al tropezarse con Martina de Santo, ésta lo detuvo.
– ¿Por qué están limpiando?
– El inspector lo ha dispuesto así. No querrá que los políticos vean la sangre. De todos modos, hemos tomado las huellas.
– ¿Dónde está el cuerpo?
El agente miró de reojo la espalda del inspector Buj, como si temiera informar a la subinspectora hallándose su superior al frente de la investigación. El tono de Martina se hizo imperativo.
– Responda, Carrasco.
El agente dio la razón a quienes aseguraban que aquella mujer estaba hecha de algún material insensible.
– Lo trasladamos a otra sala.
– Un cadáver jamás debe ser desplazado del lugar del crimen.
– Lo movimos a fin de analizar la piedra sobre la que la vigilante fue ejecutada.
– ¿Se trata de una mujer?
– Sí.
– ¿Nombre, edad?
– Sonia Barca -contestó Carrasco-. En cuanto a su edad… Le han despellejado la cara y buena parte del tronco, pero creemos que debía de ser muy joven. Y era su primera noche de turno.
– ¿Qué más sabemos de ella?
– Apenas nada más.
– ¿Qué tipo de arma se utilizó en el crimen?
– Sospechamos que un cuchillo de sílex. Había cuatro en la exposición, pero falta uno.
Martina entró en la última sala, dedicada a la silla eléctrica. El cadáver de Sonia Barca estaba extendido encima de una camilla, tapado por un lienzo. El forense, Ricardo Marugán, concluía su examen provisional. Era calvo y goloso, con una tendencia a engordar que esos días de Navidad se había manifestado libremente.
– Buenos días, subinspectora.
– Buenos días, doctor.
Martina se acercó al cadáver. El rostro de la víctima le hizo recordar esas láminas que se estudiaban en los manuales de Medicina. Habían desaparecido los párpados, los labios, las orejas. Del mondo y ensangrentado cráneo manaba un líquido incoloro. El tórax era una masa sanguinolenta.
– ¿Cómo la mataron, doctor?
Marugán peroró:
– A fin de evitar la sugestión o el error, no suelo extraer conclusiones recién acabada la observación inicial, pero…
– ¿Pero? -lo apremió Martina.
– Le quitaron la vida de una cuchillada.
– ¿Una sola?
– Eso es -afirmó el forense, con rotundidad-. Asestada con violencia y precisión.
– ¿Por un hombre?
– Yo diría que sí.
– ¿Un solo hombre?
– Probablemente.
– ¿Hubo resistencia por parte de la víctima?
– Tal vez. Pero debía de estar inmovilizada.
Martina señaló hacia la sala azteca.
– ¿Tumbada sobre el altar del sacrificio?
El forense se estremeció.
– Allí, sí, desnuda, en posición de hiperlordosis, con la cabeza hacia atrás y las extremidades atadas.
– ¿Cuál fue el ángulo de penetración de la hoja?
– El criminal se elevó verticalmente sobre ella, dejando caer los brazos con todo su ímpetu.
– ¿Podría adelantarme la hora de la muerte, doctor?
– Le he tomado la temperatura del recto, pero…
– ¿Pero?
Marugán la miró con enfado. Aunque había coincidido con la subinspectora en algún caso anterior, era la primera vez que hablaban a solas. Le habían asegurado que esa mujer policía acuñaba fama de implacable, y no habían exagerado un ápice.
El forense estimó:
– Al haberle sido arrancada buena parte de la piel, el cuerpo debió de enfriarse con mayor rapidez. He asegurado la data practicando una mínima incisión hasta alcanzar la cavidad peritoneal, a fin de poner en contacto la cubeta del termómetro con la cara interna del hígado. A falta de un examen más profundo, aseguraría por el momento que el deceso debió de sobrevenirle entre la una y las dos horas de la pasada madrugada.
– ¿Margen de error?
– No podré estar absolutamente seguro hasta que no realice los análisis pertinentes.
La subinspectora quedó con el médico en pasar más tarde por el Instituto Anatómico Forense, y regresó a la sala azteca.
Tal como le había adelantado Carrasco, en la destrozada vitrina sólo faltaba una de las piezas expuestas, el cuchillo de obsidiana que presuntamente había ocasionado la muerte de Sonia Barca. Sobre las peanas reposaban otros tres cuchillos similares.
Martina se acercó a sus colegas de Homicidios, cuyos equipos aparecían desparramados por el suelo. Se puso unos guantes de látex, se aproximó a la vitrina, cogió uno de los cuchillos y lo sostuvo en las manos. Asimilando la sensación de poder que emanaba del arma, evaluó su peso y acarició sus cortantes filos. Observó el tétrico fulgor de la negra hoja de piedra, y de qué manera concentraba e irradiaba la luz.
Horacio la observaba desde un rincón, callado. Martina le ordenó:
– Póngase unos guantes y revise metro a metro el perímetro del edificio. En especial, el callejón. Recoja todo lo que encuentre: colillas, papeles… todo.
El archivero asintió y salió de la sala. El agente Carrasco entró un instante para advertir a la subinspectora:
– Acaban de presentarse los comisarios de la exposición. ¿Qué quiere que les diga?
– Que vengan aquí.
Néstor Raisiac y una mujer joven y morena, de aspecto distinguido, entraron en la sala azteca. Contemplando con indisimulado horror las manchas de sangre todavía frescas sobre el ara sacrificial, el catedrático se quedó paralizado junto a las vitrinas.
– Se temía usted lo peor, doctora Insausti, y estaba en lo cierto -dijo Raisiac, conmocionado, dirigiéndose a la mujer que le acompañaba-. Ha ocurrido una tragedia.
Pasados unos segundos, el comisario de la exposición aparentó rehacerse. Ahora, los ojos verdes de Néstor Raisiac examinaban a la subinspectora con una expectante severidad. Se había presentado en el museo en compañía de una de sus colaboradoras en la cátedra de Historia Antigua de la Universidad de Bolscan, la arqueóloga Cristina Insausti.
Néstor Raisiac vestía una chaqueta de ante, chaleco de piel con botones de madera, pajarita y un pantalón príncipe de Gales. La doctora, por su parte, llevaba un jersey de lana blanca de cuello vuelto y un pantalón crudo de tela, sin bolsillos, que realzaba su delgada figura.
– ¿Qué ha sucedido, exactamente? -preguntó Raisiac.
– En circunstancias como éstas el cometido de exigir aclaraciones corresponde a la policía -repuso Martina-. No obstante, y teniendo en cuenta que son ustedes responsables de la exposición, en su momento les facilitaré los datos que considere oportunos.
– ¿Quién es usted?
– Subinspectora De Santo. Homicidios.
– Díganos qué ha pasado -insistió Raisiac-. ¿O tendré que preguntarle directamente a mi buen amigo, y alcalde de la ciudad, Miguel Mau?
La referencia no impresionó a Martina, pero accedió a responder:
– Una persona ha muerto esta noche.
– ¿Asesinada?
– Me temo que sí.
– ¿Quién era?
– La guarda jurado.
– ¡Una mujer, santo Dios! -exclamó Raisiac-. ¡Se lo decía, doctora! ¡Será una catástrofe para nuestra Fundación!
Martina le reprochó:
– No parece el mejor momento para inquietarse por intereses mercantiles.
Raisiac iba a manifestar su irritación, pero el aspecto impávido de la subinspectora le hizo moderarse.
– Recuerdo haber saludado a esa guarda de seguridad, hace unos días. Vino a familiarizarse con los sistemas de alarma. Alguien, uno de los funcionarios, me la presentó. Guapísima, una auténtica belleza. Y tan joven… ¿Quién ha podido matarla?
– No lo sabemos -contestó Martina.
– ¿Cómo ocurrió? -siguió preguntando Raisiac-. ¿De un disparo?
– Tampoco lo sabemos con exactitud.
– ¿No puede decirme nada más? -porfió el arqueólogo-. Los préstamos de las piezas proceden de distintos países. Voy a tener que justificarme ante una delegación de embajadores. El canciller de Guatemala todavía permanece en Bolscan. ¿Qué puedo explicarle?
– De momento, nada -le aconsejó Martina.
– ¿Por qué? -estalló Raisiac- ¿Porque nadie sabe nada?
– El crimen se cometió en esta sala -repuso la subinspectora, con paciencia.
– ¿Sobre el ara sacrificial? ¿Mataron a esa mujer en un acto ritual?
Martina no contestó. La doctora Cristina Insausti se encaró con ella.
– ¿Puedo preguntarle, subinspectora, por qué ha cogido uno de esos cuchillos?
Martina seguía sosteniendo el arma en la diestra. Repuso:
– Trataba de establecer una hipótesis.
La pareja de arqueólogos guardó silencio. Raisiac sondeó:
– ¿Una hipótesis sobre el modo en que fue cometido el asesinato?
La subinspectora contestó con otra pregunta:
– ¿Podrían describirme la mecánica del sacrificio azteca?
Raisiac tosió. Desde la puerta principal del palacio, una corriente de aire frío se distribuía por la exposición.
– ¿Quiere saber de qué manera los sacerdotes llevaban a cabo las ofrendas?
– Eso es.
El catedrático contempló con mirada grave el ensangrentado altar y accedió a ilustrar a la mujer policía:
– Los cautivos, desnudos, eran conducidos de uno en uno hasta la capilla del templo. Cuatro sacerdotes los tendían sobre el ara y sujetaban sus extremidades. El sumo sacerdote alzaba el cuchillo y, con pericia, de un solo golpe, les abría el tórax. Enseguida, introducía una mano por la herida, les arrancaba el corazón, cortaba sus venas y lo ofrendaba al sol. Las víctimas se agitaban en espasmos, hasta que se enfriaban sus cuerpos, que serían arrojados, palpitantes aún, gradas abajo. Hemos de imaginarnos el inmisericorde sol, la vertiginosa pirámide, las máscaras de animales, los cuerpos pintados, emplumados, el redoble de los tambores…
– Puedo representarme todo eso, profesor. ¿Querría hacerme ahora una demostración práctica?
– No, creo que no.
La doctora Insausti señaló uno de los paneles laterales.
– En aquel expositor hemos incluido grabados de los antiguos códices indígenas, donde se muestra de qué forma ejecutaban el supremo ritual los sacerdotes afectos al culto de Xipe Totec.
Martina y la arqueóloga se aproximaron a los códices. La subinspectora observó con atención los grabados y tendió el cuchillo a la profesora.
– Cójalo y realice el simulacro.
La doctora Insausti objetó:
– Dejaré mis huellas.
– ¿Eso le preocupa? -incidió Martina.
Ante el sesgo que estaba tomando la conversación, Néstor Raisiac sonrió conciliadoramente.
– La doctora Insausti y yo manipulamos las piezas al montar la exposición. Encontrarán nuestras huellas en muchos de los objetos. Suelo recomendar a los curadores y correos el uso de guantes, pero debo admitir que yo mismo incumplo la norma. Personalmente, nunca he sido capaz de renunciar al placer de tocar esas reliquias. Es como si su tacto me transmitiese algo especial.
– ¿Llegó usted a tocar estos cuchillos de obsidiana? -quiso asegurarse la subinspectora.
– Desde luego. Yo mismo los desembalé, los clasifiqué y los coloqué en sus peanas.
– ¿Qué sensaciones le transmitieron?
El arqueólogo entrecerró los ojos.
– Economía -murmuró.
– ¿Perdón?
Raisiac adoptó un aire académico.
– La práctica sacrificial, entre los aztecas, y probablemente también entre los mayas, reunía, además de su propio significado ritual, religioso, imperial, un sentido regenerativo.
– Me temo que no alcanzo a entenderle -se sinceró la subinspectora.
Raisiac se mostró comprensivo.
– Los sacrificios resultaban decisivos para la supervivencia de la etnia, pues contribuían a renovar su energía, a afirmar y sostener sus fundamentos como pueblos dominantes. Suponían, en primer término, una ofrenda a los dioses, pero implicaban también un significante de autorregulación de su propia expansión jerárquica y demográfica.
– ¿Un tributo?
– Básicamente -aprobó el historiador, con el tono en que se habría dirigido a un alumno-. Aunque habría que matizar ese concepto.
– El cuchillo de obsidiana comunica asimismo piedad -agregó Cristina Insausti.
– Explíquese -le solicitó Martina.
La doctora se ahuecó la melena. En la muñeca izquierda llevaba unas pulseras de cuentas, que chocaron entre sí, produciendo un rumor de cascabeles.
– Las víctimas eran, hasta cierto punto, habitantes privilegiados de las ciudades-estado. Se hallaban privadas de libertad, cierto, pero recibían la consideración de sus captores. Eran alimentadas con las mejores viandas. Los médicos cuidaban de su salud, preocupándose de que comieran y durmieran debidamente. Los niños jugaban con los cautivos, las mujeres les obsequiaban sus mejores abalorios y los sacerdotes les animaban a no padecer temor alguno, preparándoles para entregar sus vidas con la confianza en una recompensa cósmica.
– ¿Cree que la mujer que ha sido asesinada esta noche acaba de ingresar en el paraíso de los aztecas? -aventuró Martina, con un deje de ironía en la voz.
– No, supongo que no.
– ¿Querría hacer ya el simulacro, doctora?
Cristina Insausti cogió el cuchillo que le ofrecía Martina y se dirigió al altar de piedra. La sangre de la víctima se había absorbido en la superficie porosa, pero todavía brillaba a la luz de los focos. La arqueóloga se situó a un lado del ara, alzó los brazos y dejó caer el cuchillo, que trazó un silbido en el aire.
– Sólo le ha faltado un detalle, doctora -apuntó Raisiac.
– ¿Cuál? -preguntó la subinspectora.
– Cambiarse el cuchillo de mano varias veces, justo antes de asestar el golpe letal -pormenorizó el arqueólogo-. De esa manera, por el efecto de la hoja al reflejar el sol, el cautivo accedería a la última visión de su existencia terrena: la mariposa de obsidiana aleteando ante sus ojos, anticipándole el milagro de la reencarnación en la luz solar, la radiante promesa de la vida eterna.
La doctora Insausti devolvió el cuchillo a Martina. La subinspectora lo depositó en la vitrina, sobre su peana.
– ¿De dónde proceden los cuchillos, de México?
– Estas piezas, en concreto, proceden de los templos de Tikal, en plena selva guatemalteca del Petén -precisó Raisiac-. Civilización maya. Para serle sincero, en la producción de la muestra nos tomamos ciertas libertades, dependiendo de la disponibilidad de los préstamos. Los Museos Nacionales de México y Guatemala han contribuido por igual. Las civilizaciones maya y azteca guardan numerosos puntos en común. Ya que parece tener tanto interés por estas armas, le diré, subinspectora, que la fábrica y uso ritual de los cuchillos de obsidiana obedecían, en ambos pueblos, a similares patrones.
En ese momento, Horacio Muñoz apareció en la sala. El archivero se quedó en un rincón, para no interferir.
– Todo cuanto están refiriendo me parece sugerente en grado sumo -dijo Martina-, pero preferiría posponer esta conversación al interrogatorio policial que deberé formularles en su calidad de comisarios de la exposición.
El catedrático se atusó la pajarita. Martina le comunicó:
– Le veré por la tarde, a las cuatro. Si no quiere desplazarse a Jefatura, puedo visitarle en su despacho de la facultad.
Raisiac se pasó una mano por el lustroso y blanco pelo. Lo llevaba peinado hacia atrás, y apelmazado con fijador.
– ¿Qué tal en mi casa? Hablaremos con más tranquilidad.
Martina se mostró de acuerdo.
– Facilítele las señas al agente Muñoz. No me olvido de usted, doctora Insausti. La llamaré en cuanto tenga un momento, no se preocupe. Déjenos un número de teléfono, y vaya intentando recordar los nombres de todas y cada una de las personas que vieron o tocaron las piezas de la exposición, antes de la inauguración de la muestra. Ahora no tengo más remedio que invitarles a abandonar el palacio. Le veré esta tarde, profesor Raisiac.
Los arqueólogos salieron de la sala azteca. Martina preguntó a Horacio Muñoz:
– ¿Ha terminado de rastrear el perímetro del edificio?
– Sí. Me concentré en el callejón, como usted me indicó.
– ¿Encontró algo de interés?
– Una docena de colillas, chapas de botellas, papeles y… esto.
Horacio abrió la palma de la mano para mostrar dos cápsulas rosadas del tamaño de una uña de su dedo meñique.
– Estaban en el callejón, junto al bordillo. ¿Procedo a clasificarlas?
La subinspectora las cogió y las observó con curiosidad.
– Quédese una de estas cápsulas y trate de averiguar a qué medicamento corresponden. Yo guardaré la otra.
A continuación, la subinspectora se concentró en inspeccionar con minuciosidad el interior del Palacio Cavallería.
En primer lugar, estudió las cerraduras de las dos puertas de la entrada principal. Pidió a los agentes municipales que la ayudasen a entornar los gruesos portones de roble, e indicó a un agente de su brigada que tomase huellas en la superficie de cristal blindado de la puerta de seguridad. Luego, de forma ordenada, según la iban orientando las flechas que comunicaban entre sí las distintas salas, recorrió la muestra sobre la Historia de la Tortura.
Una vez hubo realizado el itinerario, volvió sobre sus pasos, echó un vistazo a los espacios muertos del museo y se dirigió al fondo de la nave, cuya fachada posterior quedaba cerrada por otro portón protegido por una barra de acero. Finalmente, Martina reparó en el tercer y último hueco en el muro: la pequeña puerta lateral incrustada en la fachada suroeste, junto al chaflán.
La subinspectora dibujó en su libreta un croquis del palacio, con sus tres puertas, y señaló el punto exacto donde se hallaba ubicada la sala azteca. Equidistante de ambos portones principales, pero más alejada de la puertecita lateral.
Martina retornó al espacio precolombino, se acuclilló junto al altar de la muerte y observó detenidamente su basamento y pátina, y de qué modo la sangre de la víctima había resbalado y goteado hasta caer al suelo. Después, avanzó por el laberinto de cadalsos y tormentos, hasta detenerse en la sala de la guillotina y analizar las huellas de pisadas ensangrentadas. Encorvada, cruzó el vestíbulo y, muy lentamente, escrutando cada losa, cada esquina, se deslizó hacia los espacios muertos situados detrás de los telones. A unos veinte metros de la sala azteca, junto al portón de la fachada posterior y a una columna adosada al muro, distinguió varias gotas de un líquido rojo oscuro.
– ¡Carrasco! -llamó.
Su compañero estaba atendiendo a Buj, y no se apresuró en aproximarse.
– Mire.
El agente se arrodilló en el piso.
– Parece sangre.
– Es sangre -corroboró la subinspectora-. El diámetro de las gotas indica que cayeron verticalmente, y yo diría que desde una cierta altura. Tomen muestras y comparen los resultados con el tipo sanguíneo de la víctima. Quiero una analítica completa.
– Descuide -asintió Carrasco-. Yo mismo trasladaré las muestras al laboratorio.
– Quisiera pedirle otro favor, Carrasco. ¿Puede llamar a un camión de bomberos?
El agente no pudo adivinar el motivo.
– ¿Con qué propósito?
– ¿Se le ocurre una manera más rápida de subir allá arriba?
Martina señalaba el artesonado. Deslumbrado por los focos, Carrasco elevó los ojos hacia la techumbre.
– ¿Adónde?
– Hasta el lugar por donde descendió el criminal. Hasta esa galería de arquillos abierta bajo el artesonado.
– ¿El asesino entró por ahí?
– No tardaremos en comprobarlo. Advierta a los bomberos que traigan una escala mecánica. Salcedo subirá conmigo. Haga precintar esta zona y comprueben si aparecen otros restos de sangre. Es posible que encontremos fibras sintéticas procedentes de una cuerda o de una soga.
– ¿Qué cree que está haciendo?
Buj acababa de irrumpir en la escena. Había estado observando el peculiar examen de campo de su colaboradora, y escuchado sus últimas palabras. El Hipopótamo tenía el rostro congestionado, y cara de pocos amigos.
– Prepararme para subir hasta lo más alto -repuso la subinspectora-. Y no es una metáfora.
– Ya la he oído. Porque tengo orejas para oír.
– ¿Y ojos para ver?
– Más agudos que los suyos, De Santo. Por eso le digo que el sádico no pudo entrar por el tejado.
– ¿Por dónde lo hizo, entonces?
Buj señaló la puertecita del chaflán.
– Por aquella entrada. La cámara de la puerta principal no registra movimientos desde la tarde de ayer, y la vigilante nocturna, según acabo de enterarme por el zoquete del bedel, no disponía de llaves del portón trasero. De manera que sólo nos queda esa posibilidad.
– Por eliminación.
– Eso es -Buj la miraba, retadoramente.
– He comprobado esa puerta auxiliar. Es evidente, inspector, que no ha sido abierta desde hace mucho tiempo.
El Hipopótamo soltó un bufido.
– No sé qué está tramando, De Santo, pero piénselo dos veces antes de jugarme alguna mala pasada. Ahora tengo que volver a Comisaría. Infórmeme de cuanto suceda aquí.
– ¿Significa eso que me deja al frente del caso?
Buj volvió a emitir un sonido gutural y se encaminó a la salida del palacio. En cuanto hubo desaparecido, Martina ordenó a Carrasco:
– Quiero esa unidad de bomberos. ¡Ya!
Sin embargo, el camión demoró alrededor de un cuarto de hora en arribar a Cavallería. Los bedeles se encargaron de abrir el portón de la fachada posterior, por el que el vehículo entró casi milagrosamente. Consumada la maniobra, el camión quedó en posición, bajo la galería de arquillos, con el motor apagado. Una escala de acero fue desplegándose hacia el artesonado.
– ¡Arriba, Salcedo! -ordenó Martina.
– ¿No va a comprobar esa puerta lateral? -preguntó Carrasco.
– Hágalo usted.
Salcedo combinó con Carrasco un gesto de resignación, se quitó la chaqueta y empezó a subir los elevados peldaños de la escalera detrás de la subinspectora. Horacio, desde abajo, los observaba con una curiosidad no exenta de inquietud. Ni Martina ni Salcedo habían tomado precaución alguna. Los arneses que deberían haberles sido asignados proseguían en poder de uno de los bomberos, que parecía desconcertado, sin saber cómo actuar.
– ¿A qué espera usted? -le urgió Horacio-. ¡Suba con ellos, pueden necesitar ayuda!
En el caso de Martina, no lo parecía. La subinspectora había trepado la escala con pasmosa facilidad y esperaba a Salcedo a horcajadas de la torreta. Horacio vio cómo Martina, de puntillas, se esforzaba por presionar una de las láminas de alabastro que ocluían los arquillos. La primera losa no cedió, pero la segunda, al ser empujada, se deslizó en sentido lateral. Originando un fuerte ruido, cayó al interior de la falsa.
– ¿Se encuentra bien, subinspectora? -gritó Horacio-. ¡Deje de arriesgarse!
Pero Martina se había encaramado al hueco y ascendía a pulso hasta la galería. Cuando su cuerpo desapareció, engullido por la oscuridad, Horacio contuvo el aliento. Unos segundos después, el busto de Martina asomó por el vano.
– ¡Vamos, Salcedo! ¡Le estoy esperando!
El agente había conseguido encimar la escalera, que, pese a apoyarse contra una de las columnas adosadas al muro y permanecer calzada en el friso de ladrillos, oscilaba bajo el peso del policía y del bombero que le seguía unos peldaños más abajo. Martina estiró los brazos y ayudó a Salcedo a reunirse con ella. La figura del agente se desvaneció en la falsa.
– ¿Qué diablos hay arriba? -preguntó Horacio a uno de los ordenanzas.
– Yo sólo estuve una vez -repuso el bedel-. Fue hace ya muchos años, en época del anterior alcalde, el de Franco. La galería es estrecha y baja. Las palomas se habían abierto paso y tuvimos que subir para limpiar aquello. Pero lo hicimos por el exterior, con un andamiaje. Se había roto una de las planchas de alabastro, y por el boquete entraban los pájaros. Anidaron, incluso. Tardamos varios días en limpiarlo todo. No fue agradable, se lo puedo asegurar.
– ¿Las planchas de alabastro no están consolidadas?
– Son piezas individuales, y algunas ajustan mal.
– Entonces, ¿alguien pudo haber entrado por esa vía la pasada noche?
– Teóricamente, sí.
– ¿Cómo no nos previno?
– No se me ocurrió. Además, ¿de qué manera iba a descender nadie desde semejante altura?
– Apostaría a que la subinspectora está a punto de resolver esa cuestión -aventuró Horacio.
En el interior de la claustrofóbica galería, Martina tuvo que encogerse para poder avanzar. Salcedo, que era corpulento, la siguió a duras penas. El piso era de madera, a base de tablas irregulares, y se hallaba en mal estado.
– ¿A quién se le ocurriría hacer este maldito pasadizo aéreo? -protestó Salcedo.
– En el siglo diecisiete ya existían los espías -repuso Martina-, y en aquella época un desván resultaría muy útil para ver sin ser visto. Tal como anoche hizo el criminal.
La atmósfera de la falsa resultaba asfixiante. El aire era irrespirable. Una litúrgica luz se transparentaba a través de las planchas de alabastro.
Sobre el polvo acumulado en las tablas, Martina descubrió unas huellas planas. La suela carecía de dibujo.
– Fíjese en esto, Salcedo. Coinciden con las de la sala de la guillotina.
– Son unas pisadas muy extrañas, subinspectora. Como de unas zapatillas ligeras. ¿No estaremos buscando a un funambulista?
– ¿Por qué lo pregunta?
– Porque hay un circo en la ciudad. Yo mismo llevé a mis chicos la otra tarde. La función incluye un número de trapecistas. Apostaría a que actúan con zapatillas de ese tipo.
– Ya -dijo la subinspectora, pero su mente especulaba en otra dirección-. Quien pudo descender desde semejante altitud debe poseer unas cualidades atléticas fuera de lo común.
– Por eso lo digo, subinspectora -se ratificó Salcedo-. Valdría la pena investigar en ese circo. Los trapecistas eran tres, dos hombres y una mujer. Se hacen llamar los Corelli.
– ¿Como el músico?
– ¿Perdone?
– Olvídelo, Salcedo -sonrió Martina-. En cuanto terminemos aquí, encárguese de verificar sus coartadas. Concentrémonos ahora en encontrar la liana.
– ¿Qué liana?
– La que se utilizó para el descenso, claro está. ¿O cree que sus trapecistas han aprendido a volar sin red?
En la galería no había nada más que un amarillento pedazo de periódico, pegado a las tablas por la acción de la humedad. Martina comprobó su fecha y sonrió para sí: coincidía con el vuelo imaginario de aquel vagabundo que años atrás sorprendió a los vigilantes colándose en el palacio.
La subinspectora retrocedió para analizar las planas y leves huellas que se concentraban en un reducido entorno, como si su dueño hubiese permanecido acuclillado, quieto, observando lo que sucedía abajo. Frente a las pisadas, una de las planchas de alabastro mostraba una superficie algo más limpia, acaso desempolvada con el dorso de una mano. La subinspectora forcejeó con esa lámina, hasta descorrerla. Cuando lo hubo conseguido, asomó la cabeza. Abajo, un empequeñecido Horacio Muñoz permanecía entre la dotación de bomberos, expectante.
– ¿Han encontrado algo, subinspectora? -gritó el archivero.
– ¡Bajó por aquí, con una cuerda, o bien deslizándose por la columna adosada al muro!
– Imposible -estimó Salcedo, observando la superficie lisa de la columna, y la enorme altura que separaba su capitel del suelo-. ¿Y cómo tensó y sujetó la cuerda? No hay nada donde amarrar un cabo.
– Esa marca -le indicó Martina, señalando una hendidura en la tablazón, junto a la calza del arco. El anclaje. Debió de utilizar una herramienta rígida. Un pico pequeño o un piolet.
– En ese caso -objetó Salcedo-, la vigilante habría oído el ruido.
– No necesariamente.
– Lleva razón -admitió Salcedo-. Uno de los ordenanzas ha declarado que, cuando entró al museo, justo antes de descubrir el cadáver, la música ambiental estaba muy alta.
– Eso explicaría su impunidad. ¡Horacio! -exclamó la subinspectora-. ¿Quiere hacerme el favor de ordenar que cierren las puertas, que apaguen las luces y que conecten la música al máximo volumen?
El archivero impartió las órdenes. La nave del palacio quedó en penumbra. Los altavoces comenzaron a desgranar una sinfonía fúnebre, acorde a los contenidos de la exposición.
Desde la altura en que se encontraban los dos policías, la cámara oscura quedaba apenas iluminada por los apliques de las vitrinas, regulados por un circuito independiente al sistema general de iluminación. A través de los telones, los mínimos focos de los expositores dibujaban con precisión el laberinto de la muestra. Dos lucecitas rojas señalaban los pilotos situados sobre la puerta de entrada, junto al mostrador de recepción.
La subinspectora reflexionó:
– Pudo hacerlo. Un experto en escalada libre habría descendido por la columna, pero definitivamente no lo era, porque prefirió descolgarse por una cuerda. Oculto tras los telones, acecharía a la vigilante aguardando el momento oportuno para atacarla. La asesinó, volvió a trepar por la cuerda y huyó.
– ¿Por dónde? -preguntó Salcedo.
Martina tanteó una tras otra las láminas de alabastro que daban a la fachada norte. Una de ellas se descorrió. Un metro más abajo, en el exterior, la fachada disponía de una cornisa ornamental de ladrillo, que ofrecía puntos de apoyo. El mismo friso se repetía, simétrico, unos metros más abajo.
– ¿Descendió por aquí? -dudó Salcedo, asomándose al hueco; la acera de la pequeña plaza abierta en la parte posterior del palacio parecía imposible de alcanzar.
En ese instante, se oyó un fuerte crujido y el frágil piso de la falsa se abrió bajo los pies de los agentes. Una lluvia de tablas se derrumbó hacia la nave. Salcedo, arrodillado junto al vano, tuvo el reflejo de aferrarse a uno de los arcos. La subinspectora, de un ágil salto, logró desplazarse y evitar la caída. Durante unos interminables segundos, el cuerpo de Salcedo se balanceó pendularmente.
Martina miró hacia abajo. Horacio gesticulaba, mientras los bomberos corrían de un lado para otro.
– ¡El camión! -voceaba el archivero-. ¡Muevan el camión!
La escala, desviada de sus puntos de apoyo, había quedado a unos tres metros de la cornisa donde Salcedo permanecía colgado.
– ¡Aguante! -volvió a gritar Horacio; su voz retumbó en la nave.
Se oyó el motor del camión, y la rígida escala avanzó con precaución hacia el policía. Desde el suelo podía verse cómo Salcedo sepultaba la barbilla en el esternón para concentrarse en el esfuerzo de sostener sus ochenta y cinco kilos de peso. La subinspectora había enlazado sus manos con las que le tendía el bombero encaramado a la torreta. De inmediato, rescataron también a Salcedo. Horacio emitió un suspiro de alivio.
– Creí que no lo contaban, subinspectora -se congratuló el archivero, cuando Salcedo y ella pisaron suelo firme-. Les ha faltado el canto de un duro.
– Necesito esas huellas -dijo Martina-, así como comprobar la posible existencia de fibras procedentes de la cuerda.
– No creo que sea posible volver a subir allá arriba -opinó Horacio, alzando la vista hacia el ancho agujero que el derrumbe había abierto en el desván.
El archivero se agachó y recogió uno de los tablones.
– Carcoma -dictaminó, soplando el serrín-. Han tenido mucha suerte. Las tablas pudieron ceder apenas pisarlas. Y, en ese caso…
– Insisto en que necesitamos esas huellas -reiteró Martina-. Encárguese de ello, Salcedo. Me da igual que vuelvan a subir o que decidan desmontar la galería entera. Tómese todo el día, si hace falta, y requiera los medios que sean necesarios. Tengo que hablar con el comisario. ¿Dónde hay un teléfono?
– En recepción -indicó Horacio.
Martina se precipitó al aparato, que disponía de tres líneas. Dos de ellas, internas, comunicaban con distintas dependencias del Ayuntamiento, con la concejalía de Cultura, concretamente, y con la unidad fija de la Policía Local destinada en el Consistorio. La tercera era externa.
Martina reparó en que la centralita del palacio disponía de un sistema de grabación. Rebobinó y se dispuso a escuchar la cinta.
En primer término, el altavoz reprodujo una insulsa charla entre uno de los bedeles y alguien, otro funcionario, seguramente, del departamento cultural. El ordenanza reclamaba más folletos y catálogos de la exposición.
A continuación, la cinta grabada en el teléfono de recepción del Palacio Cavallería reprodujo el siguiente diálogo:
– Tengo ganas de ti.
– Yo también tengo ganas.
– ¿Estás mojada?
– Sí.
– ¿Quieres que vaya a por ti?
– Es mi primera noche. No sé…
– ¿Quién se dará cuenta? Nos lo montaremos en el museo. Será muy excitante. En una hora tendrás palanca. Espérame discurriendo alguno de tus jueguecitos. Instrumentos no te van a faltar.
– Tendría que abrirte la puerta y…
– En todo caso, pensarán que soy el vigilante de refuerzo. Nos lo hacemos y me vuelvo a mis putas naves. ¿Cuál es el problema?…
La subinspectora volvió a escuchar la grabación. Resultaba evidente que esa conversación había tenido lugar poco antes del crimen, y que una de las voces correspondía a la de la mujer asesinada. La otra voz era de un varón, pero nada viril.
Pensativa, Martina guardó la cinta.
– ¿Qué sabe usted de la obsidiana, Horacio?
Estaban junto a la puerta de entrada del palacio. Un sol tímido se esforzaba en disipar la niebla matinal.
– No gran cosa, a decir verdad. Sé que es de color negro, y creo que se parece al sílex, en algunas de sus características y usos. ¿Es una roca granítica?
La subinspectora señaló un banco en la plaza. Se encaramó al respaldo, apoyando las botas en el asiento, encendió un cigarrillo y lo sostuvo en la comisura de la boca.
– La obsidiana es una roca vítrea, de origen volcánico.
Horacio se sentó junto a ella, correctamente.
– Me suena que abundaba en el antiguo México.
– Hubo canteras y minas, y se extraía con regularidad. Cuando yo tenía catorce años, mi padre nos invitó a unas vacaciones en la península de Yucatán. El se pasó toda la vida viajando, de una punta a otra del globo, pero nunca se quejaba por ello. Solía decir que viajar era la mejor manera de descansar. Permanecimos en Yucatán alrededor de dos meses.
– ¿Tanto se aficionó a los mariachis? ¿O le dio por el tequila?
Martina sonrió. El cáustico humor de Horacio no era muy distinto al suyo.
– Puede creerme si le digo que aprovechamos el tiempo. Tengo el recuerdo de haber visitado varios museos, y de haber ascendido a numerosos templos. La primera vez que oí hablar de la obsidiana fue en las pirámides de Chichen Itzá. Mi padre compró un ajedrez, que todavía conservo, cuyas figuras están talladas en esa piedra.
– Me debe una revancha al ajedrez. En la última partida me liquidó en quince jugadas.
– Pude despacharle antes, pero me dio pena.
– ¿Eso es cuanto le inspiro, compasión?
– Una mujer no debe desvelar lo que le inspira un hombre.
– ¿Por qué?
– Porque en ese momento quedaría a su merced.
– Caramba, subinspectora, qué drástica es usted. Ahora comprendo que permanezca soltera.
– Estuve a punto de casarme una vez.
– ¿De verdad? ¿Con quién?
– Con un error. ¿Seguimos hablando de la obsidiana?
– ¿Esa roca es tan dura como su corazón?
– Un poco menos -sonrió Martina-. Desde un principio, la obsidiana estuvo asociada al sacrificio y a la guerra. Con ella, o con pedernal, se fabricaban navajas y puntas de lanza, talladas a percusión sobre los bloques de cantera. ¿Se ha fijado en los cuchillos de la exposición? Su superficie facetada podría cortar en cualquier ángulo, y los filos siguen siendo tan agudos como en el momento en que fueron desbastados y pulidos. Las ofrendas humanas se ejecutaban siempre a filo de obsidiana.
Horacio trataba de refrescar en su memoria algunas lecturas históricas mal asimiladas, pero no pasó de representarse a un emplumado Moctezuma postrado de rodillas ante Hernán Cortés.
Martina añadió:
– Me llamó la atención que Néstor Raisiac admitiese que esos cuchillos, pese a exhibirse en una sala dedicada a los aztecas, fuesen de origen maya.
– Ciertamente, parece raro -coincidió Horacio-. ¿Ese detalle esconde algún significado oculto para usted?
– No lo sé, pero hay algo extraño en ello.
– ¿Y qué me dice del ídolo? -preguntó el archivero-. ¿Esa estatua está relacionada con el crimen?
– La talla de Xipe Totec, que resultó salpicada con la sangre de la víctima, es de procedencia azteca -afirmó la subinspectora, con seguridad-. No necesité consultar a Néstor Raisiac para reconocer su estilo. Es obvio que los comisarios concibieron la exposición a su conveniencia, según la disponibilidad temporal de los préstamos patrimoniales. Nadie, en puridad, salvo algún pedante, iba a protestar por el hecho de que, en el contexto de una muestra divulgativa, la sala azteca dedicada a sacrificios humanos incluyese algunas piezas de obsidiana muy anteriores, procedentes de los alrededores de Tikal, en la selva del Petén, en pleno corazón de la civilización maya.
– Parece usted advertir en esa licencia, además de un anacronismo, una cierta anomalía -redundó Horacio-. Pero quizá Raisiac pueda justificarlo. La explicación podría ser tan simple como que no dispusiera de cuchillos aztecas.
– Tal vez -murmuró Martina, pero en absoluto parecía persuadida-. Mi padre era un apasionado de las civilizaciones antiguas. Creo que iré a dar un vistazo a su biblioteca. Después le veré, Horacio.
– Mientras tanto, me acercaré al laboratorio, a ver si averiguo qué son esas cápsulas rosadas que aparecieron en el callejón. La llamaré en cuanto lo sepa.
– ¿No le echará en falta su mujer?
– Se conforma con que aparezca a dormir.
Martina fingió escandalizarse.
– ¡Eso suena muy antiguo, Horacio!
– Soy antiguo. Me gustan las películas mudas, los coches de época, los casos complejos y las mujeres difíciles.
– ¿Debo responder por alusiones?
– Usted no es difícil, Martina; es imposible. A veces, dudo que tenga existencia real.
La subinspectora le dedicó una de sus sonrisas de ángel caído del cielo. El sol le dio en la cara, y transparentó su piel.
Martina cogió el coche y se dirigió a su casa. Pensó que una ducha aliviaría su malestar, pero se limitó a subir a su dormitorio y a cambiarse de chaqueta, una de cuyas hombreras se había desgarrado como consecuencia del derrumbe de la falsa del Palacio Cavallería.
Hizo café y llamó por teléfono al comisario para informarle del hallazgo del cuerpo de Berta Betancourt (cuyo suicidio él ya conocía por el inspector Buj) y de la grabación telefónica del museo, con las voces de Sonia Barca y de un desconocido que se proponía encontrarse con ella más o menos a la hora en que fue cometido el crimen en la sala azteca. Satrústegui asimiló esas novedades.
– ¿Ha almorzado ya, Martina?
– No.
– ¿Tiene hambre?
– No podría comer nada.
– Algún día tendrá que explicarme de qué se alimenta. Son casi las tres, pero déjeme que insista en invitarla a un restaurante. Creo que a ambos nos vendría bien reponer fuerzas y recapitular sobre todo lo sucedido desde el día de ayer.
– Tengo una cita con Néstor Raisiac, a las cuatro, pero puedo ofrecerle un whisky rápido.
– De acuerdo. Espéreme, no tardaré.
Mientras aguardaba a su superior, Martina comparó la voz masculina de la grabación del Palacio Cavallería con aquella otra que la había amenazado de muerte, dejando su siniestro mensaje («No encontrarán… sino tu piel») en su contestador. No se parecían en nada. Las inflexiones y el tono eran disímiles.
La subinspectora puso en una bandeja una botella de malta, vasos y una cubitera de hielo, y salió al porche. Limpió de hojas de acacia la mesa de mármol, espigó un par de monografías en la biblioteca étnica de su padre y estuvo leyendo y fumando hasta que el coche de Satrústegui se detuvo ante la verja.
El comisario avanzó hacia ella con aire paternal, pues esperaba encontrarla alterada. Al verla tranquila, con un volumen sobre los mayas y la primera copa casi vacía, le tendió la mano abiertamente. Martina se la estrechó con firmeza, pero Satrústegui pudo sentir su ausencia de calor. El comisario pensó que la sangre de aquella mujer era más fría.
La expresión de Martina se revelaba remota, como si su mente estuviera lejos de allí. La subinspectora le ofreció una copa.
– Lo tomo con mucho hielo, ¿y usted?
– Estando en ayunas, lo prudente será imitarla.
– Siento no poder ofrecerle nada de aperitivo.
– No suele hacer la compra, ¿verdad? -sonrió Satrústegui.
– Me deprime.
– También a mí -se solidarizó el comisario, sentándose en una butaca de mimbre y arrimándose a la mesa para coger el mechero de oro de la subinspectora-. Antonia me ha pedido formalmente el divorcio -añadió, encendiendo un cigarrillo y tosiendo al tragar el humo-. Supongo que la mala noticia ya es oficial.
– Lo lamento.
Satrústegui hizo un gesto de aparente resignación. Martina pensó que su procesión iba por dentro.
– Se lo agradezco, subinspectora. Podré sobrevivir, en cuanto organice mi vida doméstica. Mi madre solía decir que necesitaba una muchacha para mí solo, y eso que éramos cinco hermanos. De todos modos, la invitación que antes le formulaba queda en pie. Podríamos trasladarla a la noche de mañana. Estrenan Antígona en el Teatro Fénix, y me han enviado dos invitaciones. He pensado que quizá no le importaría acompañarme.
– Como usted desee.
El comisario se envaró.
– No era mi intención impartirle una orden.
– Me apetece, en serio -se enmendó ella, dedicándole una sonrisa algo más animosa.
Sin embargo, Satrústegui coligió que seguía ausente, y que su cordialidad no era espontánea.
– Hace siglos que no voy al teatro -agregó la subinspectora-. Me encantará ver la obra.
– Confirmado, entonces -resolvió el comisario, como temiendo que ella se arrepintiese.
El hecho de que, a pesar de su falta de entusiasmo, aceptase ser su pareja, le había llenado de satisfacción y, allá por el nebuloso fondo de su masculinidad, de una imprecisa expectativa. Sin embargo, Satrústegui recordó que había trabajo pendiente.
– ¿Tiene alguna idea, subinspectora, de quién ha podido cometer el crimen del Palacio Cavallería?
– Es pronto para extraer conclusiones, pero no podemos descartar a la pareja de la víctima.
El comisario palideció.
– ¿A quién se refiere?
– Al hombre que habló por teléfono con Sonia Barca poco antes de su muerte. Tengo la grabación. Es explícita. ¿Quiere escucharla?
Satrústegui hizo un gesto dilatorio, como si estuviera reflexionando en otra cuestión. Sostenía el vaso de whisky en el hueco de las manos, haciendo sonar los cubitos de hielo.
– Por ahora, no tengo ganas de seguir especulando.
Martina le miró, extrañada.
– En tal caso, ya me dirá cuándo quiere escucharla. Ese individuo, sea quien sea, tiene una voz inconfundible. Aflautada, viciosa. Y otra cosa, señor. El criminal no entró al palacio por ninguna de las puertas, sino por la techumbre.
– ¿Y cómo descendió desde semejante altura?
– Se deslizó por una cuerda. En la galería alta hay huellas de un anclaje y de pisadas que se corresponden con las del escenario del crimen.
Esta vez, su superior pareció interesarse.
– ¿Qué dice la grabación?
– El hombre pide a la vigilante nocturna que le espere y que le abra la puerta. Hasta que él llegue al palacio, le anima a ir preparando uno de sus juegos.
– ¿Qué clase de juegos?
– Del contexto de la conversación se desprende algún tipo de actividad sexual de carácter sadomasoquista. Da la impresión de que se proponían utilizar elementos de la exposición para excitarse eróticamente.
El comisario asintió con vigor. Su inercia se había transformado en una actitud policial.
– No sería la primera vez que un rito erótico desemboque en la muerte de uno de los partícipes. Debemos identificar e investigar a ese sujeto. Encárguese de ello, subinspectora.
– ¿Significa eso que me encomienda el caso?
– Coordínese con el inspector Buj.
– Pero…
El comisario alzó una mano.
– ¿Decía, Martina?
– Así lo haré, señor. Por otra parte, hay que profundizar en el pasado de la víctima. Es muy poco lo que sabemos de Sonia Barca. Por el lenguaje de la cinta, y por la manera como el hombre la trata, yo no descartaría que se tratase de una prostituta.
El comisario dejó la copa y se frotó las palmas. Su expresión estaba cambiando.
– No, no lo era.
– ¿Cómo lo sabe? -se asombró la subinspectora.
– Porque yo la conocía.
La perplejidad de Martina se prolongó durante unos tensos segundos. Un gato callejero había asomado su hirsuto lomo por la valla. Saltó al jardín y se acomodó sobre la removida tierra de los parterres.
La explicación de Satrústegui fue concisa:
– Esa chica, Sonia Barca, la guarda jurado, trabajaba en El León de Oro, un local que frecuento esporádicamente.
La voz de Martina no registró inflexión alguna al observar:
– El cadáver estaba irreconocible. ¿Cómo ha sabido que pertenecía a esa mujer?
– Su nombre figuraba en el registro de los turnos de vigilancia -repuso Satrústegui, crispado-. Sonia Barca.
Es fácil de recordar. Supongo que lo habré oído en el bar, a algún cliente, o a los camareros, quizá. Empiece a investigar por ahí.
A la subinspectora le pareció poco habitual que a una camarera la llamasen por su nombre y apellido, pero, prudentemente, se reservó esa duda.
Eran las cuatro menos cuarto. Martina adujo que debía dirigirse a su cita con Néstor Raisiac. El comisario apuró su whisky y se levantó con pesadez, como si el malta le hubiera afectado.
– Estaré en mi despacho, subinspectora. Mañana tendremos aquí al ministro del Interior, que ha decidido no suspender su visita a pesar del último atentado, y debo ocuparme de cerrar sus horarios. Manténgame informado de su conversación con el arqueólogo. Por mi parte, despacharé con el inspector Buj, a fin de coordinar otros aspectos de la investigación. Según los datos de que disponemos, y suponiendo, subinspectora, que sus hipótesis sean certeras, buscamos a alguien de fuerte complexión y condiciones atléticas, capaz de escalar una fachada lisa de quince metros de altura y cometer un crimen ritual. ¿No es así?
– No he dicho que fuese un hombre, señor.
El enfado de Satrústegui fue evidente.
– Ya sé que no lo ha dicho, pero es obvio.
– ¿Por qué?
– Las mujeres no matan de esa manera.
– Siempre hay una primera vez, comisario.
– No conozco a ninguna asesina capaz de reventar un torso con un cuchillo de pedernal.
– Tampoco he dicho que la ejecutora fuese una mujer.
– ¿Hubo cómplices?
– Forzosamente tuvo que haberlos.
– ¿Quiénes? -se alteró el comisario; incluso a él, a veces, el estilo parco de Martina le hacía perder los nervios-. ¿Miembros de alguna otra secta satánica, quizá?
La subinspectora no respondió. Satrústegui le dijo que debía volver al Palacio Cavallería para lidiar con los políticos que le estaban presionando para solucionar el caso y evitar la alarma social. Agradeció con cierta frialdad la invitación de Martina y cruzó el jardín con veloces pasos. Desde el otro lado de la verja, se oyó el motor de su coche.
Las nubes seguían acumulándose en el horizonte. No era seguro que no volviese a llover.
La subinspectora cogió su gabardina y su pistola y se encaminó hacia el Puerto Viejo. Según la dirección que llevaba anotada, Néstor Raisiac habitaba en uno de los lofts de la antigua fábrica conservera.
Un lugar, según recordaba Martina, del que nunca había desaparecido por completo el fuerte olor a pescado.
La peste a salmuera, en efecto, perduraba como adherida al Puerto Viejo. De los abandonados viveros fluía un agua rebalsada y sucia que las olas empujaban contra el malecón. Por doquier se veían, tiradas, rotas artes de pesca.
La restauración de la fábrica conservera había respetado las fachadas de la factoría, cuyo aspecto externo apenas había variado desde que albergaba la jornada laboral de decenas de mujeres afanadas entre las cajas de capturas, el hielo y la sal. Sin embargo, los espacios interiores habían sido distribuidos en amplios lofts, que serían adquiridos, a escandaloso precio, por adinerados ciudadanos de Bolscan que nada tenían en común, salvo, tal vez, la ilusión de vivir de una manera distinta, más original o bohemia.
El viejo muelle mercante, en franca decadencia desde finales de los años sesenta, cuando, al otro lado de la bahía, se construyeron dársenas más próximas al astillero, parecía diminuto comparado con las modernas instalaciones del Puerto Nuevo. Así, al menos, lo juzgó Martina, que no lo visitaba desde hacía tiempo. Las herrumbrosas grúas y los oxidados noráis la saludaron como silenciosos testigos de una ruina anunciada. En la punta del malecón, entre los contenedores, se acumulaba basura.
Los nuevos lofts habían respetado las ventanas ojivales de la fábrica, a través de las cuales debía de filtrarse la caliginosa luz de la bahía. Martina observó que los ojos de buey de la vivienda de Néstor Raisiac, situada en un extremo del edificio, se matizaban con finas persianas venecianas.
La subinspectora llamó al timbre. No tuvo que esperar. El propio Raisiac acudió a recibirla.
– Buenas tardes, subinspectora. Compruebo que le gusta la puntualidad.
– Suele ser una virtud inherente a mi oficio. ¿Olmeca?
Martina estaba señalando una enorme cabeza de piedra porosa que permanecía anclada en el vestíbulo del loft. Sus ojos ciegos, su ancha nariz y sus gruesos labios de piedra aparentaban sonreír, pero en su expresión latía algo atávico, vestigios de un cruento pasado.
– Acertó.
– ¿Una pieza original, profesor?
– Ah, no -repuso Raisiac, con una jovialidad un tanto forzada porque el frío aspecto y el estricto tono de aquella mujer policía acababan de recordarle que estaba a punto de sufrir un interrogatorio encausado en un asunto criminal-. Un arqueólogo honesto jamás expoliaría un yacimiento y, por otra parte, el gobierno mexicano nunca habría permitido sacar del país una pieza arqueológica como ésa. Se trata de una reproducción en materiales sintéticos. Pero pase, por favor.
Néstor Raisiac seguía vistiendo la misma ropa con la que por la mañana se había presentado en el palacio. Idéntica pajarita, el mismo chaleco de ante, pantalones de lana a cuadros y un par de zapatos hechos a mano. Sus ojos inteligentes, color esmeralda, no disimulaban un poso de cansancio, como si hubiese estado trabajando sin pausa bajo una inapropiada luz, o como si la subinspectora lo hubiera sorprendido emergiendo de una siesta posterior a un almuerzo copioso.
– ¿Puedo ofrecerle algo de beber? ¿Whisky?
– Acabo de tomar uno, gracias.
– ¿Tequila, entonces?
– ¿Por qué no?
– ¿Con sal y limón?
– Solo, si no le importa.
– Como guste -sonrió el arqueólogo-. Yo lo tomaré al estilo nativo. Soy un hombre tradicional.
Mientras Raisiac se dirigía a la nevera para sacar dos vasitos helados, la subinspectora recorrió de un vistazo la amplitud del loft. Una tamizada penumbra confundía los contornos del abigarrado mobiliario y de la multitud de objetos artísticos que decoraban la ancha planta de la vivienda, que debía sumar, calculó Martina, alrededor de cuatrocientos metros cuadrados.
En medio de las estanterías abarrotadas de libros, desde el entarimado suelo a un cielo raso decorado con cenefas y frisos de escayola que se elevaban por encima de los tres metros de altura, se disponían, creando diferentes ambientes, biombos, alfombras, butacas, mesas de caoba y teca, cojines y sillones, plantas tropicales que allí, en la atmósfera húmeda y cálida del loft, crecían como en un invernadero. En los huecos de los escasos tabiques liberados por los estantes, y de los cuerpos de las columnas maestras, colgaban panoplias de procedencia centroafricana y asiática. Máscaras y elementos de santería se alternaban entre escudos cubiertos con pieles de animales, tambores, amuletos exóticos o reproducciones de las ciudades mayas perdidas en la selva, tal y como Stephens y Catherwood las descubrieron en el primer tercio del siglo XIX.
Raisiac le ofreció el tequila.
– Salud.
La subinspectora bebió el licor de un golpe y le devolvió el vaso.
– Posee usted una interesante colección.
– Simples recuerdos de una vida errante dedicada a la ciencia -contestó Raisiac, pretendiendo mostrarse modesto; pero con petulancia, en el fondo-. Tan sólo una caprichosa y desordenada miscelánea. Muestras que he ido obteniendo aquí y allá, a menudo en régimen de intercambio con otros antropólogos. Descontando el meramente sentimental, ninguna de estas piezas posee auténtico valor.
– ¿Tampoco los cuchillos de obsidiana? ¿Tiene alguno?
La mirada del catedrático se opacó. Bebió un sorbo de su tequila, chupó la sal y el limón, se relamió los labios y se limpió la boca con un pañuelo de hilo bordado con sus iniciales.
– No, no tengo ninguno, pero nada me impide hablar de esos cuchillos, si usted lo desea. ¿No quiere sentarse?
– Prefiero quedarme en pie. Hágalo usted.
Raisiac eligió un confortable tresillo tapizado en piel de cebra, cruzó las piernas y extendió sus largos brazos sobre el respaldo. A su espalda quedaba un elegante escritorio de palosanto, sobre cuyo vade se disponían un abanico de cuartillas y un juego de plumas estilográficas.
– Estaba redactando un artículo para una publicación especializada -explicó el dueño del loft-. El plazo editorial es conminatorio. Debo entregar el trabajo esta misma semana, pero durante todo el día de hoy no he logrado concentrarme ni un solo minuto. Los periodistas han estado llamando. En particular, un tal Belman, del Diario. Me he visto obligado a descolgar el teléfono.
– No le entretendré.
– Mi tiempo es suyo. Soy el primer interesado en esclarecer los hechos.
– Me alegro. Con esa disposición avanzaremos más rápido.
Sin preguntarle si podía fumar, la subinspectora encendió un cigarrillo. Raisiac no protestó, limitándose a arrugar la nariz y a señalarle un cenicero en forma de cráneo humano.
Martina marcó el rumbo que debía tomar la conversación:
– Hablemos del cuchillo que ya no está en el palacio.
– ¿El que se utilizó para el crimen?
– ¿Cómo sabe que mataron a la vigilante nocturna con el cuchillo de obsidiana que falta en la exposición?
– No lo sabía, subinspectora, pero no hay que ser demasiado sagaz para adivinarlo. Mientras conversábamos en el palacio, pude comprobar que en la vitrina faltaba uno de los cuchillos mayas.
– ¿Sabe usted dónde está?
– ¡No! -se escandalizó Raisiac-. ¿Cómo iba a saberlo?
– Durante nuestra charla de esta mañana tuve la impresión de que lo sabía todo.
– Lamento que me considere un pedante.
– Todo lo contrario, profesor -dijo Martina, con afabilidad-. Confío en que su ciencia pueda resultarme de gran ayuda. ¿De dónde procede ese cuchillo?
Un tanto agriamente, el profesor repuso:
– Como ya le dije, el origen de los cuatro cuchillos ceremoniales expuestos en el Palacio Cavallería es maya. Los cuchillos de obsidiana fueron exhumados entre los muros de una acrópolis cuyas excavaciones tengo el honor de dirigir. Los restos de esa ciudad olvidada yacen sepultados en la selva del Petén, en la frontera entre Guatemala y México.
– ¿Esos cuchillos aparecieron en alguna tumba?
– No. Los cuatro estaban incrustados en hilera, uno junto al otro, entre hiladas de piedra.
– ¿Como si acuchillasen los muros de la acrópolis?
– Exactamente.
– ¿Qué puede significar eso?
Raisiac se encogió de hombros.
– ¿Quién sabe?
– ¿Una advertencia, tal vez? -apuntó Martina-. ¿Una ofrenda, la marca de una conquista?
– Con la información de que en la actualidad dispongo no es posible saberlo con certeza. Tal vez las futuras catas nos aclaren este misterio, pero también pudiera ocurrir que no lo resolvamos jamás.
– ¿Ha datado los cuchillos? ¿De qué fecha son?
– Período clásico. Siglo x.
Martina sacó su libreta y su pluma y anotó esos datos. Lo hizo de pie, sosteniendo el cigarrillo en la comisura de los labios. Luego dijo:
– Cuando cogí uno de esos cuchillos tuve que hacerlo por el pedúnculo, para evitar cortarme. Doy por supuesto que originalmente dispondrían de mangos, para evitar el contacto con las facetadas hojas.
El catedrático asintió.
– De madera de maguey. Pero esos mangos se pudrirían con el paso de los siglos, entre las raíces y el manto de tierra que fue cubriendo las ruinas. Los filos, una vez desprovistos de adherencias, se conservaron en impecable estado. No hizo falta pulirlos. Son eternos.
– ¿Quiere decir que conservan todo su poder destructor?
– ¡Qué original manera de expresarlo! Bien, podría decirse así. ¿Otro tequila?
Martina aceptó. Raisiac se levantó para llenarle el vaso. La subinspectora echó la cabeza atrás y volvió a liquidarlo de un trago.
– ¿Esos mismos cuchillos de obsidiana se usaron antiguamente para llevar a cabo sacrificios humanos?
– Es más que posible -evaluó Raisiac-. Hasta ahora, por lo que a arqueología comparada se refiere, han abundado las interpretaciones idílicas que defendían un primitivismo edulcorado, pero muchos especialistas pensamos que los mayas no eran ajenos a esa práctica. Stephens, a quien sigo considerando una fuente capital, dejó escrito que en la Pirámide de El Adivino, en Uxmal, se habían llevado a cabo sacrificios de hombres, mujeres y niños. La Pirámide de El Adivino, o de El Mago, pudo ser el gran «teocali», el mayor de los templos de los ídolos a los que el pueblo de Uxmal tributaba culto, y en el que se celebraban sus más santos y misteriosos ritos. También en los templos del Petén se llevaron a cabo ceremonias similares.
– ¿Incluida la acrópolis donde descubrieron los cuatro cuchillos?
– Incluida.
– ¿A qué ceremonias está haciendo mención? ¿A la ofrenda de corazones a los dioses solares?
– Una de ellas, sí. Quizá, la principal.
– Esta mañana, en la escena del crimen, usted describió el rito azteca y…
– Lo hice porque usted me lo pidió, subinspectora.
– No lo he olvidado, profesor. Dijo usted que los cautivos, desnudos, eran conducidos hasta la cima del templo. Un sumo sacerdote les rasgaba el pecho, les arrancaba el corazón y lo ofrendaba al sol. ¿Desollaban los cuerpos, a continuación?
Raisiac entornó los ojos, pero la sombra de desconfianza que los había hecho entrecerrarse no se desvaneció de su mirada. Se pasó las manos por el pelo, probó un sorbito de tequila y lo paladeó.
– ¿Por qué me lanza ese anzuelo, subinspectora?
Martina le clavó una mirada frontal.
– Creo que usted conoce la respuesta.
Raisiac no discurrió más allá de cinco segundos.
– ¿Acaso porque el cadáver de la vigilante nocturna apareció desollado?
El rostro sin forma, sanguinolento, de Sonia Barca, se asomó a la memoria de Martina. Volvió a ver sus enrojecidas encías, las mandíbulas desencajadas en un alarido de horror.
– Se ensañaron con ella. Además de quitarle la vida, el cuchillo robado sirvió para desollar a la víctima.
Raisiac se puso en pie.
– ¿El asesino se llevó la piel?
– Sí.
– ¿Mutiló el cadáver?
– No.
– ¿Dejó en el cuerpo algún signo, un tatuaje, un jeroglífico?
– No.
– ¿Puedo hacerle una pregunta hasta cierto punto entrometida, subinspectora?
– Hágala.
– ¿Su hipótesis de trabajo parte de una supuesta conexión entre este crimen con las tradiciones sacrificiales precolombinas?
– Simplemente aspiro a atar cabos, profesor. Le recuerdo que no ha respondido a mi pregunta anterior sobre los desollamientos en los altares mayas.
– Tiene razón -dijo Raisiac; parecía excitado y concentrado a la vez, y caminaba al hablar, trazando círculos alrededor de la subinspectora-. Entre los mayas no hay constancia de ello, pero yo en absoluto descartaría que dicha penitencia, el desollamiento, no se aplicase a determinados delitos, como la delación o la traición. La civilización maya sigue atesorando numerosos misterios. Ni siquiera sabemos por qué razón, hacia el año mil de nuestra era, aquellos emporios, los fastuosos centros ceremoniales, las acrópolis y templos, los palacios y juegos de pelota de Tikal, Uxmal, Caracol o Chichen Itzá fueron abandonados. La selva engulló esos magnos edificios, sepultando las respuestas que pudieran explicar su abandono bajo una capa de vegetación y abriendo las puertas a un torrente de especulaciones. ¿Otro tequila, subinspectora?
Martina asintió. Raisiac volvió a servirle, pero esta vez la subinspectora no bebió, limitándose a dejar el vaso junto al cenicero en forma de cráneo donde humeaba una colilla suya.
– El cadáver de la vigilante apareció cerca de una estatua del dios Xipe Totec -le recordó Martina -. ¿Quiere hablarme de esa talla?
– Corresponde a la segunda mitad del siglo XV, a la época de esplendor azteca. Fue elaborada en terracota. Debió de estar policromada, pues todavía se pueden apreciar restos de pintura roja y azul, a base de pigmentos y arcillas. Xipe Totec es una deidad netamente azteca, si bien su nacimiento mítico hay que rastrearlo en Teotihuacán, cuna de los principales dioses mesoamericanos. Huitzilipochtli, Kukulkán, el propio Xipe. El Señor de los Desollados acompañó a los aztecas a lo largo de su prolongada migración desde el lago Aztlán, en busca de la tierra prometida que acabarían encontrando en Tenochtitlán. En su éxodo, los aztecas portaban los símbolos del culto a sus dioses primigenios: plumas preciosas, espejos de pirita, flores sagradas, banderas de papel y, sí, cuchillos de obsidiana… Los españoles se tropezarían con un reino de prodigios.
– Y de crueldad.
– ¿Para qué negarlo? Los aztecas elevaron el sacrificio humano a piedra angular de su religión y de su poder terrenal. En la plaza mayor de Tenochtitlán llegaron a sacrificarse, en una sola jornada, veinte mil prisioneros. Los exhaustos sacerdotes debían descansar entre una y otra matanza. Como un viscoso río, la sangre humana bañaría las pirámides, las calles, los patios. Además, Xipe Totec exigía sacrificios en el mes cuarto, dedicado a la primavera, al sol y a la regeneración de las semillas.
El tono de Raisiac había ido haciéndose didáctico. Parecía estar dictando una de sus clases.
– ¿El altar ceremonial de la exposición es auténtico? -preguntó Martina.
– Ya lo creo.
– ¿Sobre esa piedra fueron sacrificados seres humanos?
– Sin ninguna duda.
Martina hizo una pausa, como para facilitar que esa imagen tomara peso.
– Regresemos al cuchillo, profesor. Al arma del crimen, como usted ha adivinado. Al técpatl, según he leído en la biblioteca de mi padre. ¿Qué significa exactamente ese vocablo?
El arqueólogo enarcó las cejas. A diferencia de su blanco cabello, todavía eran negras.
– ¿Conoce la voz nahuatle?
Martina asintió. Sorprendido, Raisiac la ascendió a otro nivel, pero mantuvo su tono académico:
– En las fuentes indígenas, los cuchillos reciben varios nombres. Técpatl, como usted muy bien acaba de pronunciar, pero también nemoctena, u hoja de dos filos. E itzpapalotl, o mariposa de obsidiana, acaso su denominación más mistérica, inspirada en el vuelo del alma arrebatada por las heridas de guerra. El técpatl figura entre los veinte signos del calendario adivinatorio azteca, y simboliza la muerte, el frío, el firmamento oscuro de la noche que dará paso al sol y al espíritu de los guerreros muertos, convertidos en estrellas de la mañana por el filo del cuchillo, por la mariposa de obsidiana.
– ¿Hasta cuándo se utilizó la mariposa de obsidiana como arma mística?
– En razón de su carácter sacro y de su valor religioso, el técpatl seguiría empleándose después de la Conquista, a lo largo de los siglos XV y XVI, pese a que, para entonces, los aztecas, vía Oaxaca, tenían abundante cobre a su disposición y podían haber sustituido la obsidiana y el sílex por aleaciones de metal. Pero no lo hicieron. Continuaron eviscerando seres humanos con el técpatl, sacrificándolos por arrancamiento del corazón.
Martina agradeció esas explicaciones con un movimiento de cabeza. Como si fuera a despedirse, apuró su tercer tequila y apagó el cigarrillo. Pero, de pronto, a bocajarro, y con una sonrisa alentadora, preguntó a su anfitrión:
– ¿Qué hizo usted durante la pasada noche, profesor Raisiac?
El arqueólogo volvió a sentarse. Había palidecido.
– ¿Me está acusando de algo? ¿Acaso sospecha de mí?
– Cumplo con mi obligación -repuso Martina-. Conteste a mi pregunta: ¿qué hizo en la noche de ayer?
La espalda de Raisiac se deslizó hacia el apoyabrazos. Sus uñas rascaron el pelo de cebra de la tapicería del tresillo. Martina observó que tenía hecha la manicura, y que sus largos y pálidos dedos no se correspondían con las rudas manos de un arqueólogo consagrado a excavar acrópolis perdidas en mitad de la selva.
El catedrático repuso:
– No hice nada especial. En todo caso, las mismas o parecidas cosas que suelo hacer cualquier otra noche.
– Le ruego que sea más explícito.
– Acostumbro a escribir un rato después de cenar, hasta que me vence el sueño. Luego me acuesto, aunque todavía leo un rato en la cama. Duermo hasta las ocho o las nueve de la mañana. Profundamente -sonrió-, porque tengo la conciencia tranquila.
– Ya me ha dicho que es un hombre tradicional. ¿Dónde estaba usted anoche, a la una de la madrugada?
– Aquí. Tumbado en aquella cama del fondo, en la falsa habitación que hace las veces de dormitorio.
– ¿Solo?
– Naturalmente.
– ¿A lo largo de la tarde, o de las primeras horas de la noche, hubo alguien con usted?
– Mi colega, la doctora Cristina Insausti.
– ¿Por qué motivo le acompañaba?
– Me ayudó a pasar a máquina la monografía de encargo a la que le he hecho referencia.
– ¿La doctora Insausti se quedó a cenar con usted?
– Sí.
– ¿A qué hora se marchó?
– A eso de medianoche.
– ¿Puede ser más concreto?
– Sobre las doce y cuarto, diría yo.
– ¿Cenaron ustedes dos solos?
– Como tantas otras veces. La doctora es una excelente cocinera. Fue ella quien preparó la cena. Unos deliciosos espagueti con salsa boloñesa. Hay una cocina americana a la derecha del dormitorio, pero anoche cenamos en mi área de trabajo, informalmente. Abrimos una botella de lambrusco, tomamos café y conversamos acerca de la publicación de su próximo libro.
– ¿De qué trata?
– Será un compendio de su tesis sobre torturas y sacrificios humanos.
– ¿Es experta en ese campo?
– La doctora Insausti sabe mucho más que yo sobre la historia de la ignominia de nuestra especie. No dudo, subinspectora, que podrá ayudarla a esclarecer cualquier dificultad con que se tropiece en la investigación del caso, si es que el crimen del Palacio Cavallería tiene relación con algún tipo de ofrenda ritual.
– ¿Qué le hace pensar eso, profesor?
Aliviado porque el interrogatorio se alejaba de su persona, Néstor Raisiac expuso su tesis:
– Por lo que usted me ha contado, el criminal utilizó una escenografía precisa. Empleó un arma de carácter sagrado y procedió a manejarla conforme a la tradición de los sumos sacerdotes aztecas. Espero no inmiscuirme en su terreno si le expreso que ningún aspecto de esa pauta pudo obedecer al azar.
– En la policía solemos eliminar la casualidad como argumento probatorio -bromeó Martina.
Pero su gesto era tan gélido que únicamente comunicó al arqueólogo otra señal de peligro. En todo ese rato, Martina no se había movido un milímetro del lugar donde permanecía de pie, a dos pasos del tresillo de piel de cebra sobre el que el propietario del loft se había vuelto a sentar.
– De modo que -prosiguió la subinspectora-, a la hora en que se cometió el crimen, entre la una y las dos de la pasada madrugada, usted estaba aquí, en su casa. Solo, tal vez dormido, y sin nadie a su lado que pueda atestiguarlo.
– ¿No estará sugiriendo…?
– ¿He sugerido algo?
– No, pero…
– ¿Adonde se dirigió la doctora Insausti cuando, según usted, abandonó esta vivienda a eso de las doce y cuarto de la noche?
– A su apartamento, imagino.
– ¿Dónde vive?
– En la plaza del Carmen.
– ¿Cerca del Palacio Cavallería?
– Enfrente.
– ¿Tiene constancia de que se encaminara directamente hacia allí?
– Estoy seguro de ello -repuso el arqueólogo, con fatiga.
– ¿La doctora Insausti se fue caminando, o había venido en coche?
– Pidió un taxi. Yo mismo lo llamé por teléfono.
Martina estaba tomando notas en su libreta.
– ¿Está completamente seguro de que la doctora Insausti volvió a su casa, sin detenerse antes en ningún otro lugar?
– No puedo saberlo. Tendrá que preguntarle a ella.
– Lo haré. Pero la doctora Insausti y usted no dejaron de verse por mucho tiempo, porque esta mañana ambos se presentaron juntos en el palacio.
– Nos citamos a desayunar. Vimos el revuelo que se había organizado y entramos en la sala de exposiciones poco después de que lo hicieran ustedes.
Martina apagó el cigarrillo en el occipital del cráneo-cenicero y miró al arqueólogo con una expresión donde, de manera levísima, parecía asomar la curiosidad femenina.
– ¿Cristina Insausti es su amante, profesor?
Un coqueto apunte frivolizó el rostro clásico de Néstor Raisiac.
– En el fondo, me halaga que lo piense. No puede resultarme ofensivo que una mujer joven y atractiva como usted atribuya una cierta capacidad de seducción a un veterano como yo. Pero no, subinspectora. Cristina Insausti era mi mejor alumna, y hoy es una buena amiga. También, la novia de mi hijo David.
– Entiendo. ¿Cuántos años tiene su hijo?
– Veinticinco.
– Es más joven que ella.
– Unos pocos años, sí.
– ¿Su hijo David también se dedica a la arqueología?
– No.
– ¿En qué trabaja?
– David abandonó sus estudios. Ocasionalmente, se emplea en actividades eventuales.
– ¿Tiene usted más hijos?
– No. Mi mujer falleció hace diez años. Parte de los problemas que he sufrido con David derivan de ahí.
– ¿Qué clase de problemas, profesor?
Raisiac se puso en pie y paseó nerviosamente con las manos detrás de la espalda. Las desanudó y acarició el tronco de una enorme yuca que crecía sobre un macetón grande como medio barril.
– Mi hijo ha tenido dificultades con las drogas -admitió, débilmente-. Ahora está limpio, pero hemos pasado épocas muy duras.
– ¿Hemos?
– Cristina y yo, sí.
La subinspectora se dirigió a una mesa auxiliar donde, entre otros materiales arqueológicos, reposaba un tambor de piel y cuero.
– Le agradezco su sinceridad, profesor. Hace rato que me estaba fijando en esta pieza.
El arqueólogo tornó a sentarse.
– ¿Me está concediendo un respiro?
– Digamos que sí, pero nunca se fíe de un policía. ¿Inca?
– Volvió a acertar.
Martina hizo tamborilear los dedos en la gastada y tensa superficie del tambor.
– ¿De qué animal es la piel? ¿De cerdo?
– Por una vez erró, subinspectora. Se trata de piel humana.
En un reflejo inconsciente, Martina encogió los dedos.
– Los incas lo llamaban rutaninya -explicó Raisiac-, o tambor hecho con «piel de gente». La que se utilizó para confeccionar ese instrumento correspondía al abdomen de un hombre. El tambor se tocaba con las propias manos del cautivo con cuyos despojos, curtidos con sebo, se había fabricado la caja.
– Impresionante -dijo Martina, dejando la pieza en su lugar-. ¿Cómo ha llegado hasta usted este tambor, y de qué manera se ha conservado?
– La doctora Insausti me ha confiado el estudio de algunas piezas incaicas que recientemente aparecieron en una tumba sellada. Entre ellas, ese tambor.
– ¿La doctora Insausti ha excavado en Perú?
– Asesora al gobierno peruano en materia de yacimientos.
– ¿La exposición del Palacio Cavallería fue idea de su colaboradora?
Raisiac humedeció los labios en su vasito de tequila. Como la de la cabeza olmeca que presidía el vestíbulo, su boca era hierática, pero sensual.
– Tengo la impresión, subinspectora, y corríjame si me equivoco, de que una y otra vez vuelve usted sobre los mismos temas, esperando que me contradiga o que la ponga sobre alguna pista. ¿Me está sometiendo a un interrogatorio envolvente?
– Tan sólo quiero estar segura del terreno que piso. Responda.
Raisiac cruzó los brazos sobre el pecho.
– Lo haré con mucho gusto, del mismo modo que he venido contestando a todas sus cuestiones. Como proyecto expositivo, la autoría de la muestra que dimos en titular Historia de la Tortura corresponde a la doctora Insausti. Yo me limité a coordinar algunos contenidos.
– Y supongo que, también, a agilizar los préstamos de las piezas.
– En efecto. Puse a disposición de la doctora mis contactos con las autoridades mexicanas, guatemaltecas y turcas, cuyos embajadores, por cierto, y a no mucho tardar, exigirán explicaciones sobre lo ocurrido en la exposición. El asesinato de esa guarda de seguridad va a suponer una pésima publicidad, y mucho me temo que tendremos que cancelar definitivamente las visitas al Palacio Cavallería. Como comisarios, la doctora Insausti y yo nos hemos considerado en la obligación de informar sobre lo sucedido a nuestros patronos. Los embajadores han comunicado los hechos a sus respectivos ministerios, y están esperando respuesta. Sepa, no obstante, subinspectora, que, en todos los casos, nos permitimos añadir nuestro convencimiento de que de la eficacia de nuestra policía podemos esperar un rápido desenlace de la investigación.
– De eso puede estar seguro, señor Raisiac.
– Puede llamarme Néstor.
– Si no le importa, preferiría no hacerlo. ¿Por qué ha mencionado al embajador turco, señor Raisiac?
– Porque Turquía es uno de los países prestatarios.
– ¿Y porque los turcos sintieron una cierta predilección hacia el desollamiento?
El arqueólogo se oprimió los párpados. Su semblante revelaba cansancio.
– La exposición ofrece buena muestra de ello. En una de las salas figura una ilustración de Stuys en la que se puede apreciar el desollamiento de una mujer; y cómo el pellejo de otra esclava cristiana cuelga como una funda, o como un fantasma, de la mazmorra contigua.
– Pero el desollamiento no era patrimonio del infiel.
– No -convino Raisiac-. También en la Europa católica, renacentista, se dieron numerosos casos. La Inquisición utilizó tenazas ardientes para arrancar tiras de piel a los adoradores de Satán. Con la misma herramienta al rojo vivo fue desollado Juan de Leiden, uno de los primeros anabaptistas, que llegaría a coronarse rey de Sión. El hugonote Jean Ribault sería desollado en América, y su piel enviada a Francia para ser exhibida ante la corte. Pero el desollamiento no siempre fue un castigo. Montaigne, en sus Ensayos, refiere el caso de Juan Ziska, agitador de Bohemia, quien ordenó a sus soldados que, a su muerte, hiciesen un tambor con su piel para marcar el paso de guerra contra sus enemigos… Todo ello, sin olvidar la antigüedad clásica. ¿Quiere más ejemplos, subinspectora?
– Se lo ruego.
Raisiac recitó, monótonamente:
– Apolo ordenó desollar a Marsias tras vencerle en un desafío. La piel de Bruto serviría para redactar un apólogo contrario a la República. El apóstol Bartolomé, también llamado Natanael, patrón de carniceros y curtidores, predicó el Evangelio en Oriente hasta que Astiges, rey de Armenia, lo hizo desollar, decapitándolo después. Miguel Ángel lo representaría en el Juicio Final sosteniendo su propia piel en las manos. Durante algún tiempo, se creyó que las reliquias de Natanael se conservaban en el Arca Santa de la Catedral de Oviedo, junto con un fragmento de la vara de Moisés y dos espinas de la corona de Cristo, pero yo me inclinaría por aceptar que fueron enterradas en Lipara y, posteriormente, trasladadas a Roma por el emperador Otón III. Hoy descansan en la iglesia de San Bartolomé, en el Tíber… ¿Desea que prosiga, subinspectora?
– No será necesario.
– ¿Mis exordios han sido lo suficientemente instructivos?
– Me han quedado algunas dudas, pero ya se las consultaré. -Martina se giró hacia la entrada-. No hace falta que me acompañe.
– Por favor.
Raisiac la precedió hasta el vestíbulo y abrió la puerta. Un haz de luz natural se coló en el loft, bruñendo con un brillo basáltico la cabeza olmeca.
– Una última consulta, profesor -dijo Martina, poniéndose la gabardina-. ¿Cuándo regresará a la selva del Petén?
– En primavera, espero.
– Imagino que las tareas de limpieza de las acrópolis mayas implicarán tener que encaramarse a menudo a altos muros de piedra.
– Ya lo creo. En especial, durante la restauración de los templos. Algunas de sus capillas y crestas se alzan sobre la floresta.
– ¿De qué modo acceden hasta esas alturas?
– Si la vegetación lo permite, instalamos andamios, a fin de facilitar los desescombros. En una primera fase, sólo es posible ascender mediante el empleo de cuerdas.
– ¿Usan piolets?
– Picos cortos, y palas. Hasta hace unos años, yo mismo me colocaba los arneses, pero, en el curso de las últimas campañas, una progresiva artrosis me ha mantenido en tierra. Cuando me acompaña, suele ser la doctora Insausti quien se cuelga del vacío. Tiene una agilidad endiablada. -Raisiac hizo una pausa; parecía exhausto-. ¿Desea saber algo más?
– No, creo que no.
– ¿Estoy detenido?
Martina le tendió la mano.
– Siento las molestias, Néstor.
– ¿Al fin va a empezar a tutearme?
– Me ha resultado de gran ayuda, se lo aseguro.
– Lo celebro.
– Confío en que pueda entregar a tiempo ese trabajo científico.
El catedrático se relajó.
– En cualquier caso, subinspectora, estaré a su disposición. Suerte con las pesquisas.
Martina consultó el reloj de esfera blanca que había heredado de su padre, el embajador Máximo de Santo. Eran las cinco de la tarde. Apenas había permanecido una hora en el loft de Raisiac, pero tuvo la sensación de que había transcurrido mucho más tiempo.
La falta de sueño comenzaba a pesarle. Encendió un cigarrillo, tomó unas cuantas notas sin dejar de caminar por la dársena del Puerto Viejo, paró un taxi y se dirigió al Instituto Anatómico Forense.
Apenas quince minutos después, la detective De Santo empujaba la puerta batiente de la sala de autopsias.
El doctor Marugán no había terminado aún con el cadáver de Sonia Barca. Inclinado sobre la mesa quirúrgica, el forense sostenía en alto un bisturí mientras analizaba visualmente una de las vísceras de la mujer desollada.
Martina, que acababa de entrar en la sala de autopsias sin hacer el menor ruido, salvo el leve roce de sus botas contra el piso de cerámica, permaneció en un discreto rincón, atenta y rígida, sin apoyarse contra las níveas baldosas del zócalo ni contra el borde de una mesa de oficina sobre la que descansaban una bandeja de pasteles, el paquete de tabaco y el mechero del médico.
Transcurridos unos minutos, y después de haber anotado algunas observaciones en un bloc con las cubiertas de plástico, el doctor Marugán se quitó la mascarilla, recogió su instrumental, limpió de líquidos la niquelada plancha del tablero quirúrgico, y de gotas de sangre sus gafas, extendió una sábana sobre el cadáver y apagó el potente foco que bañaba la dependencia central de la sala de autopsias con una luz blanca, directa, casi insoportable.
Al fondo, el depósito de cadáveres, con sus cámaras frigoríficas herméticamente cerradas, quedó casi a oscuras. Martina sabía que en una de esas neveras, a menos de cinco grados de temperatura, para evitar la congelación, descansaba el cuerpo de su amiga Berta Betancourt. Procuró no pensar en ello.
– Buenas tardes, subinspectora -la saludó Marugán.
Martina se acercó a él. Las suelas de sus botas volvieron a rechinar en el suelo.
– Imaginaba, doctor, que no habría tenido tiempo material para concluir la autopsia de Sonia Barca, pero no puedo esperar mucho más.
– Un policía con prisas… ¡Qué raro!
– Verá, doctor, quien haya hecho esto sigue ahí fuera, y podría volver a intentarlo.
– Lo imagino.
El médico estaba contemplando la bandeja de pasteles, como deseando coger uno. Al mismo tiempo, estiraba las puntas de sus guantes de látex, pero decidió dejárselos puestos.
– Comprendo su urgencia, Martina, aunque, a estas alturas, usted también debería saber que no siempre los muertos hablan con claridad. En el futuro, nuestra especialidad alcanzará una precisión insospechable, pero, por el momento, está lejos de ser una ciencia exacta. En cualquier caso, dadas las insólitas características, la barbarie de este asesinato singular, he decidido dar prioridad a su caso. ¿Qué necesita saber?
– La causa de la muerte, en primer término.
– Me ratifico en las conclusiones del examen previo que realicé en el Palacio Cavallería: una certera cuchillada, una sola, asestada en el corazón, a través del espacio intercostal.
Martina recordó la descripción del rito azteca, según los detalles que le había proporcionado Raisiac.
– ¿A través del espacio intercostal?
– Eso he dicho, sí.
– ¿La cuchillada no penetró por debajo de la parrilla costal?
El doctor se mostró extrañado.
– No. ¿Por qué lo pregunta?
– Pensaba que, en la circunstancia de arrancamiento o ablación del corazón, era mejor abrir en esa zona, a fin de introducir una mano por el hueco de la herida, arrancar el músculo motor y seccionar los grandes vasos, la vena cava y la arteria aorta.
La confusión del forense iba en aumento.
– ¿Ablación del corazón? ¡Nada de eso, subinspectora! No fue así como ocurrió.
Martina sintió que se le disparaba el pulso.
– ¿Me está diciendo que el criminal no extrajo el corazón a la víctima?
– A menos que mis ojos me hayan engañado -ironizó Marugán-, no lo hizo. El corazón de esa desdichada muchacha sigue en su lugar. Usted misma puede verlo, como lo he visto yo. La punta del arma lo partió por la mitad, interrumpiendo su latido de forma instantánea, pero después no se llevó a cabo evisceramiento alguno. La muerte le sobrevino a esta pobre mujer por parada cardíaca y fallo multiorgánico subsiguiente al desgarramiento ventricular y a la rotura de vasos principales. La hemorragia tuvo que devenir masiva.
El cerebro de Martina parecía razonar en direcciones opuestas, como trenes alejándose en la niebla. Preguntó:
– ¿Existe alguna otra manera de provocar una hemorragia semejante?
El médico se miró las punteras de los zapatos, en actitud reflexiva.
– Tal como usted sugería, el óbito más aparatoso acontecería tras la ablación del corazón y el seccionamiento de las grandes arterias, pero también una herida como la que nos compete, de parecida o igual naturaleza, y sin necesidad de eviscerar o amputar, originaría una hemorragia que manaría como una fuente en aspersión. De hecho, en este caso no sucedió de otra forma. Cuando llegué a la escena del crimen, había sangre por todas partes.
– La efusión tuvo que salpicar al asesino.
– Necesariamente -afirmó el médico, con rotundidad.
Martina se colocó a un lado de la camilla.
– Muéstreme el cadáver.
Marugán rodeó la mesa quirúrgica, encendió el foco y retiró la sábana. Desposeída de rasgos humanos, la desollada faz de Sonia Barca aparentó contemplar a Martina desde un infierno sin nombre.
La subinspectora murmuró:
– Es como si no le quedara una gota de sangre.
– Y así es -enfatizó el forense-. Ni siquiera las partes declives del organismo presentan lividez. La gravedad, en cuanto empezó a actuar, coincidiendo con el cese de la actividad cardíaca, desplazó muy poca sangre. Únicamente en los tobillos se aprecia lividez cadavérica, pero es de color rojo claro, típico de aquellos cadáveres cuyo deceso estuvo precedido por importantes pérdidas sanguíneas.
– ¿Cómo debo interpretar esa consecuencia?
– Como una ratificación de que la exanguinación fue drástica.
Martina apartó los ojos de la cavidad por la que podía apreciarse el masacrado corazón de Sonia Barca y recorrió de un lento vistazo el resto del cadáver. En las zonas corporales donde sólo había sido arrancada la capa córnea epidérmica comenzaba a formarse un fenómeno similar al apergaminamiento. La piel estaba siendo sustituida por una capa de color plátano, densa y seca, con la superficie recorrida por arborizaciones vasculares.
– El asesino no llegó a arrancar en su totalidad la piel de las extremidades inferiores -comprobó Martina, retrocediendo un paso; la pavorosa visión de los despojos de la víctima, el fuerte olor a formol y los tequilas consumidos en casa de Raisiac la estaban mareando ligeramente-. ¿Por qué?
– Para responder a esa pregunta tendría que meterme en la cabeza de esa bestia -objetó el forense-. Y, francamente, no me veo capaz. ¿Han descubierto el arma del crimen?
– Creemos que utilizó un cuchillo de obsidiana -le confió Martina-. Un arma ritual que el agresor pudo sustraer de una de las vitrinas de la exposición del Palacio Cavallería, pero que todavía no hemos encontrado. ¿Coincide ese tipo de filo con los resultados de su observación clínica?
– Podría ser -concedió Marugán-. La herida del pecho es rotunda, pero los cortes en la piel presentan irregularidades, acaso derivadas de una hoja mineral, vítrea. Sílex, obsidiana…
Las palmas del médico, todavía protegidas por guantes de látex, se posaron apenas sobre los muslos de Sonia Barca, junto a la franja donde aún conservaba la piel.
– ¿Un machete convencional no habría dejado estas marcas? -preguntó Martina.
– No, a menos que estuviese mellado. Y, en tal caso, habría originado más de un desgarrón. Las muescas de un machete con dientes de sierra son distintas. Algunos tejidos aparecen dañados con cortes oblicuos, lo que puede significar que el arma tenía aristas muy afiladas. Pero habría que afinar mucho para concluir que fue un filo facetado el que dejó su huella en el proceso de desollamiento.
La subinspectora tomó aire. Hubiese dado cualquier cosa por encender un cigarrillo.
– ¿Cómo la desollaron, doctor?
Marugán se ajustó las gafas y se inclinó sobre el cadáver.
– Opino que el asesino hizo tres cortes. Uno, vertical, desde el esternón hasta el labio inferior. Dos, transversales, justo debajo de los senos. A partir de esas incisiones, fue estirando y extrayendo la piel, hasta hacerse con el trofeo. A pesar de que no debió de lograrlo por completo, debido a las aristas del filo empleado, tuvo buen cuidado en no rasgar ni estropear la dermis y, a medida que avanzaba hacia las extremidades superiores, en practicar nuevos cortes para culminar la operación.
– ¿Cuánto tiempo pudo tardar en desollarla?
– Lo ignoro. Pero sabía lo que hacía, desde luego.
– ¿Diría que el criminal posee conocimientos médicos?
Marugán se quitó las gafas y las agitó en el aire.
– Casi podría garantizárselo, subinspectora. En otro caso, habríamos encontrado un número variado y disperso de cuchilladas y, por supuesto, la piel habría sido extraída de manera más rudimentaria.
– ¿Quiere decir que no hubo ensañamiento?
– No.
– ¿Ni improvisación?
– Tampoco.
– Estuvo planificado hasta en sus últimos detalles -murmuró Martina-. No fue el odio lo que inspiró su mano.
– ¿Está segura de eso?
– El móvil no fue la venganza.
– ¿Cómo ha llegado a esa conclusión?
– Un ataque impulsado por el odio -matizó la subinspectora-, habría condicionado una ejecución desordenada, compulsiva. Provocado mutilaciones, otras heridas. Pero el asesino sabía muy bien lo que había ido a buscar.
– ¿El qué? -quiso saber el médico.
Martina de Santo miró sin pestañear el cadáver de Sonia Barca.
– La piel. El asesino sólo quería su piel.
Un espeso silencio pareció caer sobre la sala de autopsias. En el exterior, en el pasillo de acceso, se oyó un ruidoso timbre, y enseguida un rumor de pasos precipitados.
– Espero que no nos traigan nuevos clientes -dijo el doctor, quitándose los guantes, consultando su reloj y mirando con aprensión la puerta batiente-. ¿Un pastel, subinspectora?
– No, gracias.
– Si no le importa, yo tomaré uno. El dulce ayuda a sobrellevar las penas de este oficio.
Martina aguardó a que el forense terminase su tocino de cielo.
– ¿Cuánto pesa una piel humana, doctor?
– La de esta mujer, alrededor de cuatro kilos. Se trata de una epidermis casi perfecta, del tipo caucásico, la más fina. Por el suave vello de sus piernas, podemos deducir que tenía cabellos rubios, naturales. ¿Dice usted que el asesino sólo codiciaba su piel?
– Eso creo.
– ¿Nada más? ¿No pretendía matarla por ningún otro motivo?
– Es pronto aún para responder a esa pregunta.
– La espera un duro trabajo, subinspectora -vaticinó Marugán-. No me gustaría estar en su piel, y no se trata de una broma macabra. Las circunstancias de este homicidio son muy extrañas.
Martina había destapado su pluma de plata y tomaba notas en una libretita. Al concluir, alzó la cabeza para contemplar de nuevo el rostro de la víctima. Los dientes de Sonia Barca seguían separados por una mueca agónica.
– ¿Podría decirme, doctor, hasta qué punto sufrió la víctima?
El médico estaba arrugando con maniática precisión el envoltorio del dulce. Lo transformó en un triángulo de pringoso papel y lo dejó en la bandeja, junto a los pasteles que iría consumiendo a lo largo de la tarde. Antes de responder, se limpió los dedos en la bata.
– ¿Cómo saberlo? Quiero pensar que, al margen de la angustia psíquica que esa desgraciada muchacha tuvo que experimentar, si es que permanecía consciente antes de que se perpetrara la agresión, no fue torturada en vida.
– ¿Está convencido de ello?
Ligeramente hastiado por la insistencia de la detective, el forense tornó a descubrir el cadáver.
– Observe esto, subinspectora. Las abrasiones, causadas por ligaduras, indican que hubo una resistencia pasiva, por lo que es más que probable que la víctima llegase a ver al asesino. Las uñas no presentan escamaciones, lo que demuestra que la mujer no pudo defenderse. Para inmovilizarla, el agresor utilizó un tipo resistente de cinta aislante. Apretó de tal modo las ligaduras que casi llegó a colapsar la circulación. Hay restos de adhesivo en muñecas, tobillos y rodillas. Tal vez consiga identificar el tipo de material.
– Nos sería de utilidad. ¿Han quedado restos de pegamento en su esmalte dental?
– No.
– Lo que quiere decir que no la amordazó -desprendió Martina-. Sonia gritaría para pedir auxilio, pero los muros del Palacio Cavallería son gruesos y nadie la oyó.
– Aquí entraríamos en el terreno de la indagación policial -se abstuvo Marugán-. Pero supongo que ese razonamiento es correcto.
– Ensayemos otro -propuso Martina-: a fin de practicar el desollamiento, el homicida tuvo que trasladar el cadáver desde el altar de piedra a un lugar más cómodo.
– Completamente de acuerdo -coincidió el médico-. Lo más lógico es que lo extendiera en el suelo de la sala, lejos del charco de sangre, y que, después, una vez extraída la piel, volviera a colocarlo en el ara. Lo que ignoro es para qué.
– Para que el cadáver fuese hallado en la disposición estética que había imaginado. ¿Había visto algo semejante, doctor?
Marugán se pasó una mano por el sudoroso cráneo. Las cejas, muy pobladas, destacaban como una sola entidad rebelde a su calvicie.
– Soy médico forense desde hace veinticinco años. He practicado alrededor de un millar de autopsias, pero nunca me había encontrado con un crimen de esta índole.
– ¿Recuerda algún otro caso parecido? ¿Arrancamiento de cabelleras? ¿Desollamientos parciales? ¿Escoriaciones múltiples?
– No, al menos en mi circunscripción. Es cierto que, en muchos otros crímenes por acuchillamiento, la piel apareció desgarrada, rota, pero de una manera aleatoria, fragmentaria, y siempre como consecuencia del impacto de la hoja al horadar o desgarrar la masa muscular o los órganos internos. Cuando elabore mi informe definitivo procuraré incluir algún precedente, si es que mis colegas disponen de esa información. Por ahora, siento no poder ayudarla en ese sentido.
– Lo está haciendo en otros aspectos. ¿Qué más le ha revelado la autopsia?
El forense consultó su bloc.
– El estómago de la víctima apenas contenía restos alimenticios. Su grado de digestión coincide con la data de la muerte que le adelantaba en mi primer diagnóstico: entre la una y las dos de la última madrugada. Junto al cadáver, en su posición mortuoria, mezcladas con la sangre vertida, había manchas de orina. El terror debió de provocar arcadas a la mujer, así como descontrol de esfínteres.
– ¿Hay indicios de que fuera violada?
– En la vagina se han conservado restos de semen, pero no hay síntomas de una relación sexual no consentida. Me arriesgaría a apuntar que se trataba de una hembra sexualmente muy activa.
– ¿Promiscua?
– Lo sabré cuando haya analizado el semen.
– ¿Su estado general de salud era bueno?
– Excelente, aunque era fumadora de tabaco y hachís.
Martina sintió fuertes deseos de fumar. Sacó un cigarrillo de la pitillera y, sin encenderlo, lo sostuvo en la comisura de los labios.
– Una última cuestión, doctor.
– Usted dirá, subinspectora. Pero le ruego que vayamos terminando. Tengo pendientes otras autopsias y todavía me quedaré hasta bien entrada la noche.
– ¿Cuánto tiempo tarda en pudrirse una piel humana?
– Si no se la conserva en alcohol ni se le aplican resinas o aceites; si no se la momifica o curte, unos cuantos días.
– ¿Tres, cuatro?
– Una semana, a lo sumo.
– ¿Y a partir de entonces?
– Comenzaría la fase de putrefacción. Yo también tengo una pregunta para usted, subinspectora: ¿para qué puede servir la piel de una mujer joven?
Precisamente porque estaba formulándose esa misma cuestión, Martina hizo un vago ademán.
– Fetichismo sexual, ceremonias satánicas… ¿Quién sabe?
– ¿Tiene alguna pista?
– Descubrí huellas en el museo, pertenecientes a un pie mediano, y liviano. ¿Cree que pudo matarla otra mujer?
Marugán apenas disimuló una sonrisa suficiente.
– Categóricamente, no.
– ¿Por qué está tan seguro?
– La potencia de la puñalada contradice esa hipótesis. Las asesinas, usted lo sabe bien, no suelen operar con semejante exhibición de fuerza y violencia. Prefieren métodos más sutiles.
– ¿Como los venenos? -sonrió Martina.
– Por ejemplo -asintió el forense, devolviéndole la sonrisa. No había tenido demasiadas ocasiones de tratar a la detective De Santo, pero se arriesgó a concederle que, por debajo de su rígido porte, de su seguridad, fluyera una corriente de sano humor negro-. Se me hace increíble, además, que una mujer desolle a otra. Sería como arrebatarle, ya no el alma, sino la belleza, todo su ser… ¿Qué motivación iba a impulsarla, además?
– Quizá la misma por la que actúan la mayoría de las asesinas.
– ¿Y cuál sería ese móvil?
– El rencor.
Marugán se encogió de hombros, escéptico.
– No sé, Martina. Mi ciencia no alcanza más allá. Lo único que puedo desearle es que le sonría el éxito. Ahora, si me lo permite, tengo otro cliente en mi lista de espera. Ah, mire, y uno más reciente aún, que acaba de llegar.
Las puertas batientes se habían abierto de golpe. Un celador entró empujando una camilla. Marugán la frenó a su paso y alzó el lienzo que cubría el cadáver. El rostro de un hombre atormentado y envejecido por una devastadora enfermedad impactó a Martina.
El médico ayudó al celador a depositar el nuevo cadáver en una de las neveras.
– Mario Ginés García -leyó el doctor, en el certificado que acompañaba al difunto-. Veintisiete años, inmunodeficiente. ¡Maldita plaga!
La subinspectora se despidió. El forense cogió otro pastel y consultó el reloj colgado en la pared, sobre las blancas y esterilizadas baldosas del zócalo. Eran las seis de la tarde del tercer día de un año que había madrugado con el pie izquierdo.
Marugán salió de la sala y se dirigió a la máquina de bebidas. Necesitaba un café cargado porque todavía le quedaban algunas horas para seguir escuchando las voces de los muertos. Sus últimas confesiones antes de que los destruyera el fuego, o de que la tierra se cerrase sobre ellos, silenciándolos para siempre en el olvido de sus tumbas.
Del Instituto Anatómico Forense al Palacio Cavallería había veinte minutos a pie. Martina de Santo los cubrió en diez, pero no habría podido especificar qué calles eligió para acortar el trayecto por una geografía urbana que se deshabitaba con la caída de la noche.
En el reloj de la iglesia del Carmen eran las seis y media de la tarde. Las farolas de la plaza estaban encendidas. La niebla flotaba sobre los planos tejados del Palacio Cavallería.
Dos miembros de la Policía Local permanecían de retén. En el vestíbulo del palacio, utilizando el área de recepción, los municipales habían improvisado una precaria oficina. Martina preguntó si habían registrado las llamadas exteriores. La mayoría eran de la prensa, pero diez minutos antes se había recibido una llamada para la doctora Insausti, que en ese momento no se encontraba en el recinto. Sin embargo, añadió un agente, la comisaria de la exposición acababa de llegar.
– ¿Se identificó la persona que preguntaba por ella? -inquirió la subinspectora-. ¿Era el profesor Raisiac?
– No se identificó -repuso uno de los guardias.
– A partir de ahora, no pasen llamadas a la doctora Insausti. Si recibe alguna, comuníquenmelo.
Sobre el mostrador había un ejemplar del Diario de Bolscan. En su portada, una fotografía de la propia Martina de Santo servía de reclamo para una entrevista interior. La subinspectora leyó el texto, atónita. Ella no había declarado nada de aquello.
Las páginas culturales traían información sobre el estreno del Teatro Fénix. Los protagonistas de Antígona habían concedido una rueda de prensa, y aparecían fotografiados en la puerta de actores. Toni Lagreca, María Bacamorta, Alfredo Flin… Todos, menos la primera actriz, Gloria Lamasón, de quien se aseguraba seguía indispuesta.
Martina se fijó en la imagen de Toni Lagreca. El actor debía de tener poco más de treinta años, pero parecía bastante mayor. Mucho más consumido y delgado, desde luego, que su compañero de reparto Alfredo Flin, un apuesto joven que en la fotografía del Diario le pasaba la mano sobre el hombro. En cuanto a la actriz que representaría a Eurídice, María Bacamorta, era rubia, de una belleza canónica, con grandes ojos y esa irradiada felicidad que suelen inspirar los umbrales del éxito.
La subinspectora entró a la exposición. A esa hora sólo quedaban dentro un par de agentes de su brigada, ocupados en revisar la película de la cámara de la entrada.
Los investigadores habían precintado el itinerario que comunicaba con el módulo azteca, y aislado y fragmentado la escena del crimen.
En la sala precolombina, la estatua de Xipe Totec permanecía en la misma postura, con el rostro orientado hacia el altar mortuorio y su manto de piel humana colgándole de los hombros de piedra. La doctora Insausti, vestida con un mono blanco, y con el pelo recogido en una cola de caballo, lavaba al ídolo con una esponja.
– ¿Puedo saber qué está haciendo? -le espetó Martina.
– Limpiar la sangre -repuso la arqueóloga, sin dejar de hacerlo.
– ¿Con autorización de quién?
– De alguien con una placa como la suya, pero con algún galón más: el comisario Satrústegui. Los embajadores y cónsules de los países prestatarios han anunciado su inminente visita. No podemos permitir que vean esto.
La colaboradora de Néstor Raisiac había actuado con diligencia. También la piedra sacrificial había sido meticulosamente lavada. Martina enfiló a la arqueóloga una mirada admonitoria.
– Después hablaré con usted. No abandone el palacio.
– No pensaba hacerlo hasta terminar mi faena.
– No vuelva a tocar nada.
– El comisario me dijo que…
– Absolutamente nada. ¿Lo ha entendido?
Cristina Insausti le sostuvo la mirada con aire desafiante y volvió a empuñar la esponja con la que adecentaba a Xipe Totec, pero acto seguido la dejó caer en un balde. La subinspectora le dio la espalda y avanzó hacia la cabina de proyección, habilitada en una pequeña carpa que reproducía una jaima.
Como complemento a la exposición, venían pasándose en la carpa diversos documentales sobre torturas y ritos tribales de exanguinación, pero las imágenes que ahora se veían en la pantalla eran muy distintas. Técnicos de Jefatura habían adaptado el proyector para visionar todas las tomas registradas por la cámara fija del vestíbulo, con las filas de visitantes que en días anteriores hicieron cola para entrar al recinto.
Los agentes Carrasco y Salcedo estaban sentados delante del foco, ocupando sendas sillas de tijera. En la pantalla podía verse una hilera de ciudadanos ateridos de frío, esperando bajo la nieve.
Carrasco comunicó a la subinspectora las novedades acaecidas en ausencia suya. Dentro del palacio se habían encontrado dos cigarrillos de marihuana, consumidos hasta los filtros. El primer porro apareció en la recepción; y un segundo cigarrillo, a medio consumir, en la sala azteca.
Por otra parte, se había procedido a interrogar al guarda jurado del turno de tarde, Raúl Codina, así como al responsable de la agencia de seguridad que prestaba servicio en el Palacio Cavallería. Dicha agencia había facilitado algunos datos de Sonia Barca. El guarda Codina había asegurado que el novio de la víctima era otro vigilante de la misma compañía, un tal Juan Monzón, cuyas señas, asimismo, fueron facilitadas por la empresa de seguridad.
En torno a las cuatro de la tarde, añadió Carrasco, se había procedido a la identificación de dicho individuo, Juan Monzón, en una habitación alquilada de la calle Cuchilleros, en el barrio gótico.
Al ser informado de la trágica muerte de su novia, Sonia Barca, Juan Monzón no había demostrado la menor alteración. Aseguró a los agentes que, a la hora en que ellos afirmaban que se había cometido el asesinato, él se encontraba en el extrarradio, vigilando unos almacenes de distribución alimentaria. Después de fichar a las diez de la noche, dijo, no se movió del polígono Entremos en toda la madrugada. Pero no había testigos que pudieran acreditarlo. Los policías habían registrado el cuarto de Monzón, descubriendo un machete de unos veinte centímetros de hoja, con el filo mellado. El vigilante sostuvo que guardaba dicha arma para su defensa personal, y que jamás la había utilizado contra nadie. Mucho menos, contra la chica que vivía con él. En la habitación aparecieron ropas de mujer, un bolso con artilugios destinados a prácticas sadomasoquistas y una mochila que había pertenecido a Sonia Barca, pues mostraba sus iniciales trazadas con rotulador. Notificado de todo ello, el comisario Satrústegui había ordenado el traslado a Comisaría de Juan Monzón, donde permanecía a la espera de ser formalmente interrogado.
– Más tarde me ocuparé del sospechoso -aplazó Martina, indicando a Carrasco que rebobinase la película-. ¿Tienen interés esas imágenes?
Salcedo apuntó:
– Las estamos visionando porque cabe la posibilidad de que el asesino visitase el edificio días antes de la comisión del crimen.
De esa frase y del relato de la detención de Juan Monzón, la subinspectora dedujo que el comisario Satrústegui había tomado en consideración su hipótesis. No obstante, Martina se preguntó si el comisario habría llegado a esa conclusión a través de las reflexiones que ella misma le formuló, o si tras su decisión de hacer derivar las sospechas de culpabilidad hacia Juan Monzón, había algo más.
La subinspectora volvió a mirar la pantalla. Una hilera de gente anónima se sucedía con exasperante lentitud.
– Desde que la muestra se inauguró, el pasado viernes, la cámara ha grabado a centenares de visitantes -objetó Carrasco.
– Podríamos descartar a los niños y a las personas mayores -propuso Salcedo.
– Seguiríamos hablando de centenares de individuos -replicó Carrasco.
– Descartemos también a las mujeres.
– Por ahora, no -dijo Martina.
Los policías se miraron con sorpresa. Salcedo accionó la pausa del proyector y preguntó:
– ¿A quién le seguimos los pasos, subinspectora?
– A una persona alta y delgada, de complexión atlètica, con brazos largos y un pie pequeño.
– Del cuarenta y uno, concretamente -corroboró Salcedo-. El derrumbe de la galería provocó una nube de polvo y la rotura de numerosos tablones, muchos de los cuales quedaron reducidos a astillas. Pero hemos conseguido aislar un par de huellas. Limpias, sin restos de sangre.
– ¿Material de la suela? -preguntó Martina.
– De la indefinición de la horma, homogénea y lisa, cabe deducir que fuese algún tipo de calzado elástico -repuso Salcedo-. Una zapatilla flexible, en cualquier caso.
– ¿Caucho?
– Tal vez. A propósito, subinspectora: he indagado en el circo. Fui a la hora de comer y pude hablar con la familia de trapecistas.
– ¿Con los Corelli?
– Eso es, subinspectora. -Con una sonrisa premiada, Salcedo agregó-: Como Corelli, Arcangelo, el músico barroco.
– Me congratula comprobar que ha consultado la enciclopedia -ironizó la subinspectora-. ¿Y?
– Como le decía, el clan de trapecistas está compuesto por tres miembros: dos hombres, hermanos entre sí, y una mujer, casada con uno de ellos. Tienen coartada. Durante la noche del lunes, asistieron a una fiesta que se celebraba en una de las caravanas. La juerga duró hasta la salida del sol.
– Volvamos a las huellas de esas pisadas -suspiró Martina-. ¿Encontraron restos de parafina?
– No, pero podríamos analizarlas.
– Háganlo. Y encárguense de verificar si esas huellas de la galería derrumbada se corresponden con un calzado de alpinismo que se utiliza en escalada libre. Pies de gato, lo llaman. Si es así, traten de determinar la marca. Confeccionen una lista de establecimientos donde se expida ese material e intenten averiguar si alguno de ellos vendió recientemente un par del número cuarenta y uno.
La pausa de la película se disparó, y de nuevo en la pantalla comenzaron a correr las imágenes de visitantes entrando al museo. La subinspectora rogó:
– Haga volver atrás la película.
Carrasco accionó la bobina.
– Ahí -señaló Martina-. El hombre delgado. El que habla con ese otro más joven.
– ¡Es Toni Lagreca! -exclamó Salcedo-. ¡El actor!
– Esta vez no ha tenido que consultar la enciclopedia -sonrió Martina-. Lagreca actuará mañana en el Teatro Fénix. El hombre joven que le acompaña es otro actor de la Compañía Nacional. Probablemente, encontrarían un hueco entre los ensayos para visitar la exposición… ¿Tienen ya los análisis de sangre que ordené?
– Acaban de enviarlos al Grupo -contestó Carrasco-. Los restos de sangre de la escena del crimen son del tipo A, correspondiente a la víctima. Pero…
– ¿Pero? -exclamó Martina, sin poder contenerse.
– Algunas de las gotas de sangre que cayeron bajo la galería, aunque mezcladas con otras del tipo A, pertenecen al tipo AB.
– Podría tratarse de una pista válida -postuló Salcedo-. Necesitaremos someter al señor Monzón a una prueba hematológica.
– Además de eso -dijo Martina-, revisen los bancos de los principales hospitales. Quiero una lista de donantes del tipo AB. ¿Se atreven a formular alguna teoría?
Salcedo se animó a exponer:
– El agresor pudo cortarse con el mismo cuchillo que empleó para desollar a la chica. Algunas gotas de su sangre resbalarían hasta caer junto a las otras, procedentes de la piel de la víctima.
– Esa argumentación sería acertada -opinó Carrasco- si, como parece lógico, el asesino no portase una bolsa o una mochila para trasladar los fetiches.
Martina preguntó:
– ¿Hay alguna razón que le impidiera llevarlos encima?
La subinspectora dejó que esa vampírica imagen flotara en sus mentes. Como ella, también los dos policías pudieron imaginar a una diabólica figura trepando hacia la techumbre del palacio, con la blanca piel de Sonia Barca colgando de sus hombros como un pálido y tétrico manto.
La subinspectora regresó a la sala azteca. Desobedeciendo sus instrucciones, la doctora Insausti concluía la limpieza del ídolo. Las manchas ocres habían desaparecido, pero, allá donde las salpicaduras habían llegado a traspasar la porosa terracota, su superficie era más oscura.
– Es usted muy obstinada, doctora.
– Ambas cumplimos con nuestra obligación -se limitó a replicar la arqueóloga.
El roto cristal de la vitrina reventada había sido desmontado. Una luna nueva, lista para ser instalada, descansaba embalada contra el expositor. Ninguno de los tres restantes técpatls de obsidiana relucía sobre sus peanas. Los enigmáticos itzpapalotls que Néstor Raisiac había descubierto en una acrópolis del Petén, acuchillando la piel de los muros, ya no estaban en su lugar.
– ¿Y los otros cuchillos? -preguntó Martina.
– He ordenado trasladarlos, con sus correspondientes cajas, al Museo Arqueológico de Bolscan -repuso la doctora Insausti-. Allí se custodiarán hasta que se decida reabrir la exposición, o cancelarla y restituir las piezas a sus países de origen.
– Necesitaré dar un vistazo a esos cuchillos.
– Están a su disposición. ¿Quiere que llame al Arqueológico?
El tono soberbio de su interlocutora no consiguió irritar a Martina.
– En cuanto instalen esa luna será como si nada hubiese ocurrido. ¿No es así como piensa usted, doctora Insausti?
– Cada cual tiene su responsabilidad -se enrocó la arqueóloga-. La mía consiste en desenterrar restos arqueológicos, organizar exposiciones e invitar a la gente a disfrutar de ellas. No calcula el daño que este lamentable suceso puede llegar a causar a nuestro equipo de investigación. Están en juego las futuras subvenciones y…
– Son vidas humanas las que están en juego. A lo mejor usted, doctora, ha olvidado ya que en este preciso lugar se ha cometido un atroz asesinato. Yo, desde luego, no. Y, antes de proceder a su camuflaje o, simplemente, a relegarlo, tenemos la obligación de intentar esclarecer sus circunstancias. A partir de ahora, consideraré cualquier otra actitud por su parte como una obstrucción a la investigación policial.
La comisaria dejó la esponja en un balde.
– Pregunte lo que quiera.
Martina extrajo un cigarrillo de su pitillera, pero no llegó a encenderlo.
– Aunque no sé muy bien por qué, y aunque probablemente no debería hacerlo, voy a confiar en usted. Le proporcionaré información confidencial, a condición de que no haga uso de ella.
Sonriendo con indiferencia, la doctora Insausti procedió a despojarse del mono. La subinspectora bajó la voz.
– En un principio, di por supuesto que el criminal había arrancado el corazón de la víctima, antes de desollarla. Pero no ocurrió de esa forma.
– ¿Ah, no?
– No.
– ¿Y cómo ocurrió? -preguntó la doctora.
– La apuñaló, pero no la evisceró. El asesino no sólo se desvió del protocolo en ese punto. También en la elección de víctima, pues fue una mujer. Y tengo entendido que en las culturas precolombinas sólo se sacrificaban varones.
– Habitualmente, así sucedía.
– ¿No siempre, no en todos los casos? -preguntó Martina.
– No.
– ¿Podría mostrarse un poco menos escueta?
La doctora hizo un gesto de resignación. Su tono iba a adquirir un barniz didáctico, un punto cansino, que a Martina le recordó el fraseo de su maestro, Néstor Raisiac.
– Durante la Conquista, los hombres de Hernán Cortés, a su paso por las aldeas aztecas, vieron jaulas de madera con cautivos en su interior, indias e indios que eran cebados para la suprema ofrenda. Una vez sacrificados, esos cuerpos serían devorados por sus dueños, como un nutriente de carácter divino. No los corazones, que estaban reservados a los dioses, ni las cabezas, que pasarían a engrosar los altares de cráneos; tampoco la sangre, ofrecida a Tláloc, el dios de la lluvia, y al astro rey, a fin de que no detuviera su curso provocando el fin del mundo.
– ¿Qué partes del cuerpo eran devoradas?
– Las extremidades.
– ¿Crudas, palpitantes?
– No -sonrió la doctora-. Eran caníbales, pero aceptables gourmets. Se consumían cocinadas con calabaza y maíz.
Martina hizo un gesto de asco.
– Creo que no me gustaría esa dieta. Hábleme de las prisioneras. ¿Eran desolladas al término de su cautiverio?
– No.
– ¿Ni antes ni después de su ejecución?
– No.
– ¿De qué manera eran sacrificadas?
– Se las decapitaba.
– ¿Eran vírgenes?
– Ya veo que necesita una clase completa, subinspectora. El año que viene podría matricularse en mi curso. Estaré encantada de examinarla.
– Lo tendré en cuenta. Ahora conteste, por favor.
Cristina Insausti se humedeció los labios con la punta de la lengua.
– En la cultura incaica, que acudió al sacrificio humano en ocasiones solemnes, al declararse la guerra, o por enfermedad del Inca, las víctimas debían ser muchachas vírgenes, pues su ofrenda alegraba especialmente a los dioses y suponía, para los padres de aquellas infelices, un diezmo económico y la atribución de poderes chamánicos. Entre los mayas, la selección de prisioneros se amplió a niños y a niñas, que acudían al rito pintados de azul y eran arrojados, vivos o muertos, a los cenotes, considerados umbrales del inframundo.
– Pero no se les desollaba.
– No. Raisiac y yo, entre otros especialistas, opinamos que el desollamiento se reservaba a los hombres. Eran desollados los reos de traición y, ya entre los aztecas, aquellos prisioneros que los sacerdotes designaban para las ceremonias en honor a Xipe Totec.
– ¿A Su Majestad El Desollado nunca se le sacrificaban mujeres?
– Nunca.
La subinspectora ensayó otra línea.
– ¿En las culturas precolombinas hubo mujeres sacerdotisas?
La doctora se quitó la goma del pelo y, con un par de giros, volvió a rehacer su cómodo peinado.
– El chamanismo vestal prehispánico es un mundo confuso, poco estudiado. Se cree que hubo sacerdotisas mayas y aztecas, encargadas de vigilar el fuego sagrado. Entre los incas, las vírgenes del sol habitaban sus propios templos. Debían mantenerse castas, aunque en algunos casos eran entregadas a los nobles.
La subinspectora se llevó el cigarrillo apagado a los labios. Ardía en deseos de fumar.
– Cuando se cometió el crimen, la música ambiental del museo estaba al máximo volumen. ¿Le sugiere algo esa circunstancia?
– Para las etnias mesoamericanas, la música reunía un significado sobrenatural -divagó la arqueóloga-. Los sacrificios se ilustraban con danzas, llamadas tum.
– ¿Y esas danzas se potenciaban con alucinógenos?
– El consumo de psicotrópicos era inherente a las castas sacerdotales.
– ¿Qué drogas tomaban?
– Los chamanes aztecas utilizaban el Psilocibe mexicana. Dejaban secar el hongo, lo molían y lo mezclaban con cacao. Algunos frisos dibujan el alcaloide en forma de semillas rojas y negras derramándose, como una dádiva, de las manos del dios Tláloc. Los sacerdotes consumían la «serpiente verde», semillas de volubilis diluidas en agua. Y peyote, claro está, peyótl, al que los españoles llamaron «moneda del diablo». Algunas de estas sustancias, mezcladas con alcohol, se administraban a los cautivos, a fin de que se enfrentaran a la muerte sin dar muestras de temor. Los aztecas consideraban una desgracia que el pánico les hiciera rebelarse, y que la suprema ofrenda se convirtiese en una carnicería. ¿Puedo hacerle una pregunta, subinspectora?
– Se ha ganado ese derecho.
– ¿La víctima de anoche era una mujer joven?
– Joven, proporcionada y en buen estado de salud. ¿Por qué?
– Los aztecas sacrificaban pelirrojos o albinos coincidiendo con los eclipses de sol o de luna, o leprosos en honor de Tonatiuh, otro de los dioses solares, pero casi siempre elegían para el sacrificio a jóvenes hermosos e inteligentes, alegres y pacíficos, sin mácula ni deshonor.
– No adivino adonde quiere ir a parar, doctora.
– ¿Cabe la posibilidad de que el criminal, confundido por el uniforme que vestía la víctima, creyera que iba a matar a un hombre joven?
– No, no lo creo. ¿Es ésa su conclusión?
– Una cosa debe tener clara, subinspectora. Si alguien ha pretendido reproducir los rituales sacrificiales mayas o aztecas, no ha estudiado a fondo los códices. En todos los sacrificios, ya fueran llevados a cabo por flechamiento, apedreamiento, decapitación, asfixia, por el fuego o el filo de la obsidiana, el corazón de la víctima era arrancado y ofrecido a los dioses. Pero usted me ha confirmado que el asesino no extrajo el corazón de esa mujer.
– Así fue.
– ¿Por qué no lo hizo?
– Confiaba en que podría revelármelo usted.
– Ya veo que la policía carece de la menor pista -dijo la doctora, con cierta desilusión.
– No sea tan negativa. Hay avances en la investigación.
– ¿Como cuáles?
Martina le sonrió con calidez.
– Hemos podido averiguar, doctora Insausti, que es usted una extraordinaria cocinera. A mí, en cambio, la cocina se me da fatal.
La arqueóloga quedó completamente desconcertada.
– ¿Cómo sabe que me gusta la cocina? ¿Y qué puede importar eso?
Martina hizo un distraído gesto, antes de preguntar:
– ¿Qué hizo usted anoche, doctora?
La arqueóloga dio medio paso atrás y apoyó las manos en las caderas de Xipe Totec.
– ¿Por qué quiere saberlo?
– Porque cada una tenemos nuestra responsabilidad. ¿No era ésa su consigna?
Una mal reprimida cólera afloró a los ojos de Cristina Insausti, levemente achinados. Tenía la frente y las mejillas tostadas por el sol; las manos y los antebrazos, en cambio, más blancos.
– Cené en casa del profesor Raisiac. Teníamos trabajo pendiente.
– ¿Cocinó usted, o encargaron la cena?
– La preparé yo misma.
– ¿Recuerda qué cocinó?
– Nada especial. Un poco de pasta, creo. El profesor es poco exigente.
– ¿Hasta qué hora permaneció en casa de Néstor Raisiac?
– Hasta las doce de la noche, más o menos.
– ¿Qué hizo después?
– Regresé a mi apartamento en un taxi.
– ¿Alguien la acompañó?
– No.
– ¿Pasó la noche sola?
La doctora estalló.
– ¡Eso no es de su incumbencia!
– Se equivoca. Lo es.
– ¡Existe un límite a su…!
– Conteste.
Entre la expresión de la subinspectora y el pétreo gesto de Xipe Totec, que ahora se interponía entre las dos mujeres, apenas había diferencia.
– David se quedó a dormir -dijo Cristina Insausti, con la voz pastosa.
– ¿Quién?
– El hijo de Raisiac.
– ¿Vive con usted?
– No exactamente. Tiene su propio piso, pero en ocasiones…
– Entiendo -dijo Martina-. Es usted una mujer independiente. ¿Alguien vio a David Raisiac salir o entrar de su apartamento entre la una y media y las tres de la pasada madrugada?
– No lo sé. ¿Cómo podría saberlo?
– ¿Tiene él llave de su casa?
– Sí.
– Quisiera hablar con el joven Raisiac. ¿Puede localizarle?
El tono de la doctora Insausti fue amargo.
– ¿Para que corrobore mi coartada?
– No me gusta dejar cabos sueltos.
– Le facilitaré un teléfono, pero no sé si lo encontrará. David siempre está de aquí para allá…
– Déjelo de mi cuenta.
La arqueóloga le anotó el número de David Raisiac.
– ¿Ha terminado conmigo?
– Me temo que tendré que volver a molestarla por alguna otra cuestión -la previno Martina-. No creo que en Bolscan haya muchas especialistas en culturas precolombinas, ¿o me equivoco?
– Nuestro equipo arqueológico se vertebra en torno a la cátedra de Raisiac. Cualquiera de sus miembros estará dispuesto a documentarla en su investigación.
– ¿Hay alguna otra mujer en ese equipo, aparte de usted?
– Soy la única.
– En eso, nos parecemos.
Martina le dedicó una media sonrisa de complicidad y se dio la vuelta. Pero, antes de abandonar la sala azteca, se giró para preguntarle:
– Una cosa más, doctora. ¿Entiende usted de vinos?
– Un poco.
– Se lo pregunto porque tengo un compromiso y quisiera quedar bien. Pero soy mala cocinera, como le decía, y tendré que salir del apuro como pueda. ¿Qué vino me recomendaría para acompañar unos espagueti boloñesa?
– Tinto -repuso la arqueóloga, sin dudarlo-. Un Ribera de Duero, por ejemplo.
– Gracias por el consejo. Si no llega a ser por usted, habría encargado un lambrusco o cualquiera de esos vinos de aguja. Le debo un favor.
– No me debe nada, subinspectora.
Martina la miró como a una amiga.
En el laboratorio fotográfico del Diario de Bolscan, situado en el sótano del periódico, el reportero gráfico Damián Espumoso, alias Enano, acababa de revelar las fotografías tomadas en el Palacio Cavallería.
Esa mañana, había tenido la suerte de cara.
Gracias al ardid de Belman, al distraer la atención de los municipales que custodiaban la entrada del palacio, Espumoso se había deslizado hasta la sala azteca y ocultado su menuda figura tras la cámara oscura. Cuando dejó de oír voces, salió de su escondite, comprobó que la sala se hallaba vacía y tomó fotos del cadáver. Se había acercado tanto al cuerpo que pisó su charco de sangre. Los investigadores, que entraban y salían del museo en medio de una gran confusión, debieron de atribuir el resplandor de sus flashes a la cámara que ellos mismos utilizaban para las tomas forenses. Espumoso hizo su trabajo y salió tranquilamente del Palacio Cavallería. Incluso saludó a los agentes municipales, que ni repararon en él.
Las imágenes no eran humanas. El cadáver despellejado se apreciaba a la perfección, en primeros planos y de cuerpo entero, desmadejado sobre el ara ceremonial con una negra herida en mitad del pecho, y el cráneo mondo, sin cabellera… Un material de primer orden, fotos por las que las agencias pagarían su peso en oro. Espumoso llamó a Belman para que les echase un vistazo.
El reportero bajó desde la redacción saltando los peldaños de tres en tres. Abrió de golpe la puerta del laboratorio y se precipitó hacia las cubetas. Lo que había quedado del angélico rostro de Sonia Barca no era más que…
– ¡Un zombi, Dios! -exclamó.
– Sí -dijo Espumoso-. La rebanó y la dejó lironda.
Belman tuvo que sentarse en un taburete. Sacó la petaca de Machaquito y la vació.
– Me imaginaba lo peor, pero esto…
– Míralo desde nuestro punto de vista, Mocos -le animó el fotógrafo-. ¡Es una exclusiva atómica!
– ¡Ella sí que era exclusiva!
Espumoso contempló a Belman con la boca abierta.
– ¿La conocías?
– Sí.
– ¿Bíblicamente?
– Aja.
El fotógrafo se apoyó en el fregadero de loza.
– ¿Quién era?
– Una bailarina. Una artista.
Belman había hundido la cabeza entre las manos. Con ayuda de unas pinzas, Espumoso empezó a colgar las copias en blanco y negro. En cuanto soltasen el líquido fijador, las deshumedecería con un secador.
– ¿Puedo preguntarte algo, Mocos?
– Depende.
– ¿Te la tirabas a menudo? ¿Era una de tus chicas?
– ¿Crees que sólo vivo para follar? ¿Que soy incapaz de apreciar otra virtud en las tías?
– Sinceramente, eso es lo que pienso. Yo mismo no lo hubiera dicho mejor.
Belman habría sonreído, pero la proximidad de las fotos le congeló el humor.
– Está bien. Me la beneficiaba, ¿y qué?
El fotógrafo emitió un silbido.
– Caramba, Mocos. Ya puedes andarte con ojo.
– ¿Qué insinúas, Enano?
– Que la pasma podría pensar…
– ¿Que me la he cargado yo? ¡Vamos, animal!
– En tu lugar, Belman, no iría alardeando por ahí.
– ¿Alardeando? ¡Pero si me he limitado a contestarte!
– Ya lo sé, pero tienes una forma de referirte a las mujeres que resulta… matadora.
El reportero estaba recordando que le había prometido a Sonia comprarle un juego de lencería de fantasía, y que la última noche que estuvieron juntos en su apartamento ni siquiera le había despejado el bidé de ropa sucia. Se sorbió los mocos y le dijo al gráfico:
– Guárdate tus consejos y sube esas fotos a redacción. Voy a hablar con el Perro.
Gabarre Duval había llegado un rato antes, procedente de una comida. La mayoría de los días, el redactor jefe almorzaba por ahí, invitado, generalmente. Como las copas de sobremesa también eran gratis, aprovechaba para cargar el depósito. Después, a lo largo de la tarde, serían los redactores los que pagasen sus excesos. En esa comida debía de haber empinado el codo más de la cuenta, porque Belman lo sorprendió con la mirada turbia y el ralo pelo pegado a la frente.
– ¿Puedo pasar?
– Adelante, Mocos.
– Perdone que le moleste, pero…
– Tú jamás me incomodas, Jesús. En realidad, eres de los pocos redactores hacia los que siento un relativo aprecio.
La fiera le sonreía. Incluso le había llamado por su nombre. El reportero quedó desarmado.
– Gracias. Me limito a hacer mi trabajo.
– Exactamente. Y no es otro el motivo de mi felicitación. Tus últimos reportajes, inspirados por mi mano, han contribuido a animar la tirada. Veamos qué me traes hoy.
– Ya le adelantaba esta mañana que…
– Es por la tarde, Belman. Las noticias cambian. Evolucionan.
– Tiene razón. De hecho, la óptica inicial del caso ha sufrido una drástica involución.
– ¿Por qué no me hablas en el idioma de Cristo? ¡Tú y tus florituras! Si quieres pronunciar discursos, preséntate a las elecciones.
– Tengo una bomba -presumió Belman.
– ¿Una primicia?
– Un pelotazo.
– Antes, dime si tu fuente es buena.
– Jamás me ha fallado.
– ¿Es un madero?
– Ajá.
– Bien hecho. Dame su nombre.
– Prometí no revelarlo. Preferiría guardar el secreto.
– Y confidencial será. No va a salir de estas cuatro paredes.
Belman hinchó el pecho, dispuesto a resistir.
– Tendrá que confiar en mí y en mi fuente.
El Perro soltó una carcajada que, realmente, sonó como un ladrido.
– ¡Así me gusta, Mocos, con personalidad! ¿Le pasas mordida?
– Algo pide.
– Dime cuánto, te firmaré un cheque de caja. Cuando hayas exprimido a esa rata me revelarás su nombre, para hacerle una suscripción gratuita. Tampoco le cobraremos la esquela.
– Más adelante se lo diré -difirió Belman, sonriendo con orgullo; pocos periodistas de Bolscan tenían sus contactos-. ¿Ha visto las fotos de la víctima? Son espeluznantes.
El Perro desnudó los colmillos.
– Enseguida las veo. ¿Qué hay de esa exclusiva?
– Déjeme hablarle de la chica. Era stripper en el Stork Club.
– Conozco el antro. Eladio Morán, el encargado, es cofrade mío. Llámale de mi parte, si necesitas información.
– Ya he hablado con él… Como usted sabe, frecuento ese garito.
– No hay de qué avergonzarse, Mocos. Las putas suelen ser honradas y, en el peor de los casos, una respetable compañía.
Belman tuvo un póstumo gesto hacia la mujer que mejor le hacía el francés:
– Sonia no era una puta.
– ¿Sonia?
– Era amiga mía.
– ¿Cómo de amiga?
– A veces se quedaba a dormir en mi casa.
El Perro lo miró con una ladina expresión. Belman advirtió que la borrachera se le estaba pasando. Sereno, Gabarre Duval podía ser más peligroso. Era el momento de apaciguarle con su nueva y sensacional primicia.
– De modo que te calentaba la cama.
– Sí.
– ¿Pagando, Mocos?
– A veces, le daba una propina.
Gabarre Duval suspiró.
– No vuelvas a hacer eso, hijo. Un reportero mío jamás debe sufragar el vicio. ¿Bonita?
– Un sueño.
– ¿Qué tal te lo hacía?
– Le iban los juegos masocas. Látigos de siete colas y toda la parafernalia.
El Perro se atragantó de risa.
– ¿Te ponía ligas y hacía que le lamieras las botas?
Belman se lo quedó mirando con una expresión feliz. Sonrió pícaramente y dijo:
– Creo que esa pregunta debería formulársela al comisario Satrústegui.
– ¿Para qué?
– Para que le confirme mi chivatazo: él y la chica eran amantes.
Gabarre Duval se incorporó detrás de su mesa, como impulsado por un resorte. Un éxtasis se abrió paso en la apergaminada piel de su cara. Gritó, eufórico:
– ¡Repite eso, Mocos!
Eran las ocho de la tarde cuando Martina de Santo regresaba a la brigada. Horacio Muñoz pareció intuir su presencia, porque la alcanzó en las escaleras y fue hacia ella agitando una funda clasificatoria.
– El informe que me pidió sobre el fármaco.
– Lo leeré después -dijo la subinspectora, recogiéndolo junto con la rosada cápsula, que había sido envuelta en papel de plata por el meticuloso Horacio-. Ahora no tengo más remedio que ver a Buj.
El inspector estaba en la brigada, entre sus hombres, frente al tablero de corcho con fotos de Sonia Barca y de la escena del crimen. Ernesto Buj llevaba cuarenta y ocho horas de pie. Ni siquiera se tomó la molestia de saludar a la subinspectora. Cuando Martina consideró que llevaba ya bastante tiempo siendo ignorada, le siguió a su despacho y llamó en clave paródica.
– ¿Da su permiso?
– ¿Qué mosca le ha picado? -barbotó el Hipopótamo.
– El comisario me ordenó que me coordinase con usted.
– ¿En qué asunto?
– En el crimen del cuchillo de obsidiana. Voy a interrogar a Juan Monzón, el hombre que vivía con Sonia Barca. Luego le daré cuenta.
– Hágalo por escrito, si es tan amable. Cada vez que aparece en este despacho se me pone jaqueca.
Martina cerró de un portazo el despacho del inspector, bajó a la sala de interrogatorios y ordenó que trasladasen ante ella a Juan Monzón. Mientras esperaba en la sala, arrimó una silla a la mesa y se sentó al revés, apoyando los codos sobre el respaldo para leer su expediente.
Juan Monzón, 26 años, nacido en Madrid. Sin antecedentes penales. Estado civil: soltero. Estudios: bachillerato superior y tres cursos de veterinaria. Ocupación laboral: guarda jurado. Lugar de residencia: calle Cuchilleros, Bolscan. Permiso de conducir. Permiso de armas.
La puerta de interrogatorios se abrió y entró Juan Monzón. A primera vista, a Martina le pareció un hombre tosco, pero sensual. El detenido permaneció junto a la puerta, mirándola con sequedad, mientras el agente preguntaba:
– ¿Desea que me quede, subinspectora?
– Puede retirarse. Siéntese, señor Monzón.
El aludido lo hizo enfrente de ella, al otro extremo de la mesa. Tenía un pelo sano, y de su rostro emanaba salud. Llevaba una camiseta negra, muy ajustada, y un pantalón de cuero. El cinturón y una cazadora de aviador le habían sido requisados al ingresar en la celda.
Martina se presentó:
– Subinspectora De Santo, Homicidios.
Monzón se limitó a apartarle la vista. Su frente era estrecha, prognática, y sus ojos, claros. Señalando el equipo de grabación, Martina le advirtió:
– Debo formularle algunas preguntas en relación con una mujer asesinada en el Palacio Cavallería. Sus respuestas quedarán registradas.
– ¿Algún juez sabe que estoy aquí?
– Desde luego. Su interrogatorio ha sido autorizado.
– ¿Tengo derecho a un abogado?
– En el pasillo hay un teléfono. Puede salir y llamar a uno.
Monzón pareció pensarlo, pero lo descartó.
– No he hecho nada malo, y no necesito ayuda.
– Me alegro por usted. ¿Está listo para empezar?
– Usted pregunte, y ya se verá.
– Muy bien. Quisiera saber por qué tenía un machete en su habitación.
– ¿De qué se me acusa?
– Por el momento, de nada -quiso tranquilizarle Martina, analizándolo, al mismo tiempo. La presencia física de Monzón imponía, pero su cuerpo robusto aparentaba pesadez, falta de reflejos, de agilidad-. Si no hay cargos contra usted, saldrá en libertad. Todo dependerá de sus respuestas y de su voluntad de colaborar.
– Yo no maté a Sonia -dijo el vigilante con aquella extraña voz de pájaro que Martina había identificado ya. Se trataba, sin género de duda, del mismo hombre que había mantenido una escabrosa conversación telefónica con Sonia Barca, poco antes de su muerte.
– Nadie sostiene lo contrario. Pero partimos de un hecho sustancial: la víctima del crimen vivía con usted. ¿Estoy bien informada?
– Sí.
– ¿Desde cuándo convivían Sonia y usted?
– Desde el mes de octubre.
– ¿Cómo la conoció?
– Trabajaba de camarera en El León de Oro.
– ¿Iba usted con frecuencia a ese local?
– De vez en cuando.
– ¿Con algún amigo?
– Por lo común, no. Me gusta tomar mis copas solo.
– ¿En una de las whiskerías más caras de la ciudad?
Monzón se puso rígido.
– No soy un cateto, si es lo que está pensando. No conozco a muchos horteras que hayan estudiado…
– ¿Veterinaria? -apuntó la subinspectora.
– Entre otras cosas -repuso Monzón, con cautela-. Me gusta ese tipo de ambiente, eso es todo.
– Además de tomar copas en El León de Oro, ¿buscaba mujeres?
– No especialmente. Aunque, si se terciaba…
– ¿Fue usted quien se acercó a Sonia, quien le dio conversación?
– No.
– Es usted un hombre bien parecido. ¿Sucedió justo al revés?
– Podría decirse así.
– ¿Fue ella quien le ligó? -sonrió Martina.
– Supongo, pero no me resistí mucho. Estaba muy buena.
– ¿Por qué no la respeta?
La mirada de Monzón se humedeció. No era fácil adivinar lo que estaba pensando.
– Sé que está muerta. Pero yo no la maté.
– Voy a pedirle que no siga insistiendo en su ausencia de culpabilidad, o en su presunta inocencia. Si tengo que imputarle algo, formularé una acusación y se la elevaré al juez. ¿Me ha entendido?
Monzón no dio señales de haberlo hecho. Con el cuello vuelto, miraba con obstinación hacia la puerta, como queriendo indicar que su legítimo lugar estaba al otro lado de esa ventana enrejada, a través de la cual se distinguía la cabeza del agente de guardia.
Martina encendió un cigarrillo. El chasquido del encendedor sólo iba a ser un punto y seguido en el interrogatorio.
– ¿Lo de Sonia y usted, entonces, no fue un flechazo mutuo, a primera vista? ¿Ella le eligió entre otros clientes?
– Lo único que sé es que Sonia salió de la barra. Que hablamos, quedamos para después, nos fuimos de tragos y acabamos en la cama.
– ¿En su habitación de alquiler?
– Sí.
– ¿No le llega para pagar un piso?
– El sueldo de vigilante es muy justo.
– Pero le permite frecuentar El León de Oro, e invitar a sus ligues.
– Vivo a mi manera, ya se lo he dicho. ¿Es que un segurata no puede divertirse como le dé la gana?
– Desde luego que sí. ¿Fue usted quien propuso a Sonia mudarse a su habitación?
– Lo acordamos los dos.
– Pero, ¿lo propuso usted?
– Puede.
– ¿Dónde residía Sonia antes de conocerle?
– No tenía domicilio fijo. Llevaba poco tiempo en Bolscan. Estaba en un hotel, creo.
– ¿En cuál?
– En el Palma del Mar.
– Que también es muy caro. ¿Cómo lo pagaba?
– Nunca lo supe.
– ¿De dónde procedía ella?
– Tampoco lo sé.
– ¿No le contó nada de su pasado, de su familia?
– No teníamos mucho tiempo para estar juntos. Y, el poco que teníamos, lo pasábamos en la cama.
Monzón sonrió, orgulloso de sí mismo. La subinspectora lo miró con frialdad, como a un pedazo de carne.
– ¿Practicando juegos sadomasoquistas?
El sospechoso no se inmutó.
– Lo que una pareja haga en la intimidad es asunto suyo, y de nadie más.
– Depende. A veces, la violencia genera violencia. ¿Mantuvo usted relaciones sexuales con Sonia Barca pocas horas antes de su muerte?
– Ignoro a qué hora murió -repuso Monzón.
– ¿Desconoce a qué hora asesinaron a Sonia, ha querido decir?
– Eso es -admitió el vigilante, perdiendo parte de su aplomo.
– La mataron entre la una y las dos de la madrugada de hoy -precisó Martina-. ¿Estuvo usted con ella durante la tarde de ayer?
– ¿Tengo que contestar a eso?
– Le recomiendo que sea sincero.
Monzón meditó durante unos segundos, antes de admitir:
– Estuve con ella por la tarde.
– ¿En la cama?
– Sí.
– ¿Tenían poco tiempo para estar juntos y por eso se dedicó usted a satisfacerla sexualmente?
El sospechoso volvió a sonreír, con engreimiento. Inspiró poderosamente, tanto que sus pectorales se marcaron bajo la camiseta.
– Comimos algo en el barrio y fuimos al cuarto. Echamos unos cuantos polvos, como cada día, y nos quedamos dormidos.
– ¿A qué hora se despertaron?
– Sonia, no lo sé. Me dejó puesto el despertador y se fue al trabajo.
– Así debió de ocurrir -asintió la subinspectora, consultando sus notas-. A las 21.30, Sonia firmó la ficha de relevo para su turno de noche en el Palacio Cavallería. ¿Ha estado usted en ese edificio?
– Estuve con ella, para presentarle al otro guarda y revisar los sistemas de alarma.
Martina consultó las declaraciones del personal del museo.
– A las 21.45, los funcionarios y el guarda del último turno abandonaron el palacio, y el recinto quedó cerrado. ¿Diría usted que la seguridad del palacio es la adecuada?
– Asimismo se lo dije a Sonia.
– ¿Para tranquilizarla?
– Sí, porque carecía de experiencia.
– ¿Tenía miedo?
– Normal. Iba a ser su primera noche.
– ¿Qué le dijo para reforzar su confianza?
– Que ahí dentro no podría entrar ni un mosquito.
– A menos que su novia abriese las puertas -exceptuó Martina.
– ¿Por qué iba a hacerlo?
La subinspectora se tomó una pausa para terminar el pitillo.
– Entre las diez de la noche de ayer y la una de la madrugada del día de hoy se recibió una llamada en la centralita del museo. Sonia descolgó el teléfono y contestó. ¿Adivina quién se encontraba al otro lado del hilo?
Los músculos faciales de Juan Monzón se tensaron, pero su boca permaneció cerrada.
– ¿No lo adivina? -repitió la subinspectora. -No tengo poderes mágicos.
Muy despacio, Martina sacó una pequeña cinta y la instaló en la grabadora de un teléfono situado en un ángulo de la mesa. Las voces de Juan Monzón y de Sonia Barca sonaron en la sala:
– Tengo ganas de ti.
– Yo también tengo ganas.
– ¿Estás mojada?
– Sí.
– ¿Quieres que vaya a por ti?
– Es mi primera noche. No sé…
– ¿Quién se dará cuenta? Nos lo montaremos en el museo. Será muy excitante. En una hora tendrás palanca. Espérame discurriendo alguno de tus jueguecitos. Instrumentos no te van a faltar.
– Tendría que abrirte la puerta y…
– ¿Quién nos verá? En todo caso, pensarán que soy el vigilante de refuerzo. Nos lo hacemos y me vuelvo a mis putas naves. ¿Cuál es el problema?…
– ¿Y bien? -preguntó Martina-. ¿Desea ahora salir al pasillo, llamar a un abogado y explicarle cuál es exactamente su problema?
El sospechoso permaneció un rato con la cabeza baja, contemplándose las uñas con aparente calma. Después, se estiró la camiseta y dirigió a la subinspectora una mirada terca.
– No llamaré a ningún picapleitos.
– ¿La voz de la grabación es la suya? -preguntó Martina.
– Sí.
– ¿La voz de la mujer se corresponde con la de su novia?
Monzón volvió a afirmar.
– En ese caso -concluyó la subinspectora-, me temo que se encuentra usted en un serio aprieto.
– Le repito que soy inocente. ¡Yo no la maté!
– Tendrá que demostrarlo. ¿Puede hacerlo?
Monzón se pellizcó la nuez. Se afeitaba hasta su mismo pico, pero esa mañana no se había rasurado.
– Es cierto que hice esa llamada, pero luego no pude ver a Sonia.
– ¿A qué hora la llamó?
– Sobre la medianoche.
– ¿Desde dónde hizo la llamada?
– Desde la centralita del polígono donde trabajo.
– ¿Acudió usted inmediatamente después al Palacio Cavallería?
– Sí.
– ¿Cómo se desplazó hasta allí?
– Andando.
– ¿Atravesó media ciudad vestido con su uniforme de vigilante?
– En las naves dispongo de una taquilla. Me cambié de ropa.
– De manera que se cambió y caminó hasta el Palacio Cavallería. Debió de tardar más de una hora. ¿Alguien le vio recorrer las calles?
– Supongo.
– ¿Alguien que pueda testificarlo?
– No lo sé. Tendría que hacer memoria.
– Le recomiendo que haga trabajar esa función cerebral. ¿A qué hora llegó al palacio?
– Sobre la una de la madrugada -concretó Monzón-. Llamé al timbre de la puerta principal, pero Sonia no abrió.
– ¿Había gente en la plaza del Carmen?
– Nadie. La plaza estaba desierta. Hacía frío, y llovía.
– ¿Qué hizo entonces?
– Estuve esperando.
– ¿No vio ni oyó nada extraño?
– Únicamente, un ruido que procedía de dentro. Como una música de funeral. Pegué el oído a la puerta, pero no oí a Sonia. Insistí con el timbre, y nada.
– ¿A qué atribuyó el hecho de que su novia se negase a abrirle la puerta?
– Pensé que el timbre debía de estar estropeado, que no se escucharía desde el interior.
– ¿Qué hizo después?
– Di la vuelta al palacio, por el callejón, para llamar al portón trasero.
– ¿Tampoco vio a nadie en el callejón?
La actitud de Juan Monzón mejoró. Su tono sonó más positivo.
– Sí, vi a alguien. Había un coche.
La subinspectora apoyó la mandíbula en el respaldo de la silla.
– ¿Tenía las luces apagadas o encendidas?
– Encendidas. Estaba subido a la acera, pegado al muro.
– ¿Retuvo alguna característica de ese vehículo?
– Puede que fuera un turismo de color oscuro, negro o azul marino.
– ¿Había alguien dentro del coche?
– Una persona, quizá dos.
Martina contuvo el aliento.
– ¿Se fijó en sus caras?
– Los faros me deslumbraban y el limpiaparabrisas estaba funcionando. Pasé muy rápido, además.
– Haga memoria. ¿Recuerda algún rasgo del conductor?
– No se trataba del conductor, porque esa persona estaba sentada en el asiento contiguo, junto a la ventanilla pegada al muro. Creo que llevaba gafas.
– ¿Unas gafas corrientes?
– No. Oscuras.
– ¿A esa hora de la noche?
– Sí.
– ¿Está seguro?
– Sí.
– La otra persona, ¿estaba en el asiento de atrás?
– Sí.
– ¿Era un hombre o una mujer?
– Creo que era un hombre.
– ¿No recuerda nada más? ¿Ningún otro detalle? ¿Algún número de la matrícula, el código provincial?
– No.
Martina lo dejó descansar. Ella misma se tomó un respiro, pero sin quitarle la vista de encima. El sospechoso, a su vez, miraba a la grabadora, que seguía funcionando con un molesto rumor de fondo.
La subinspectora volvió a la carga:
– El portón trasero del palacio no dispone de timbre. ¿Cómo llamó, a golpes, con los nudillos?
– Golpeé el portón, sin resultado.
– ¿Qué hizo luego?
– Me fui.
– ¿Adónde?
Juan Monzón señaló con aprensión el magnetofón, que seguía funcionando con un molesto rumor de fondo.
– ¿Va a seguir grabando?
– ¿Prefiere que no lo haga?
El tono del sospechoso fue el de un jugador que, al descartarse, sabe que le va a entrar una carta marcada.
– No creo que le vaya a gustar lo que voy a contarle ni que le convenga grabarlo.
La experiencia de la subinspectora le anticipó que de esa actitud podía derivarse alguna confidencia, pero era más que probable que Monzón exigiese algo a cambio. Para que su demanda fuera modesta, Martina, poniéndose en pie y caminando en círculos alrededor de la mesa, le fue describiendo el oscuro panorama de su implicación:
– Me parece que no acaba de darse cuenta de cuál es su situación, señor Monzón. Sonia Barca era su novia.
Compartían vivienda. Usted fue una de las últimas personas que la vio con vida. Estuvieron juntos toda la tarde de ayer. Según su propia declaración, permanecieron varias horas encerrados en su cuarto, en el que usted guardaba un arma blanca, haciendo el amor y dormitando a ratos. Sonia, siempre según su versión, se despidió de usted, que estaba dormido, le puso el despertador y se dirigió al palacio. A partir de las diez de la noche, hora en que firmó el parte de relevo, su novia se quedó sola en el interior del recinto. A las doce respondió una llamada telefónica suya, para arreglar una cita. Pero, una hora después, cuando usted se presentó, Sonia no le abrió la puerta. Bien porque el asesino estaba dentro, y había conseguido reducirla, bien porque ya había sido asesinada a puñaladas por alguien que, como usted, tenía conocimientos médicos, pese a lo cual iba a ensañarse con ella, desollándola en dos terceras partes de su cuerpo.
Juan Monzón golpeó la mesa con la palma de la mano.
– ¿Desollada? ¿Qué es esto, una trampa?
Fuera, la cabeza del policía de guardia se incrustó entre los barrotes de la ventanilla. La subinspectora le indicó con un gesto que se abstuviera de intervenir.
Monzón se mostraba ahora más agresivo. Gritó:
– ¡Los policías que me trajeron aquí dijeron que la había matado de un machetazo! ¡Con el cuchillo que guardo para mi defensa personal! ¿Me estaban acusando ya, desde el primer momento? ¿Me acusa usted ahora? ¡Están buscando un chivo expiatorio!
– Cálmese, señor Monzón. Nadie le ha imputado delito alguno.
– ¿Ah, no? Entonces ¿por qué me tratan como al sospechoso número uno?
Martina ahogó un juramento. Entre los patrulleros, siempre había algún bocazas. Tomó la decisión de apagar el magnetofón. La cinta se detuvo.
– ¿Mejor así?
El vigilante pareció recuperar el control.
– A partir de ahora -señaló Martina-, lo que vaya a decirme quedará entre usted y yo. Sin embargo, debe saber que utilizaré en la investigación los datos que me suministre. Hable.
Monzón enlazó y retorció sus manos con tanta presión que la sangre se le retiró de las falanges.
– Yo no era el único hombre en la vida de Sonia.
– ¿Ella tenía otros amantes?
– Estoy convencido.
– ¿Discutieron por eso? ¿Se lo echó usted en cara?
– Ni siquiera llegamos a hablar del asunto. Sonia presumía de ser una mujer libre. Me lo dejó muy claro desde la primera vez que chingó conmigo.
– ¿Nada de preguntas?
– Eso es. Acepté sus condiciones porque sabía que era la única forma de retenerla junto a mí.
– Y, de hecho, lo consiguió.
– No del todo. A veces, cuando lo hacíamos, tenía la impresión de que ella estaba con otro hombre. No sé si entiende lo que quiero decir.
La subinspectora sonrió.
– ¿Quizá Sonia tenía demasiada imaginación?
– Puede usted burlarse, pero me hacía sentirme inferior. Pruebe a entender eso. Pruebe a comprender lo que significa para el orgullo de un hombre.
Martina fingió comprenderlo.
– Hábleme de esos tipos que llenaban la imaginación de Sonia. ¿Eran un ideal, un sueño, o rivales de carne y hueso?
– Le contestaré, pero haga que me devuelvan la cartera.
– ¿Para qué? -Haga lo que le digo.
La subinspectora abrió la puerta y dio orden de que restituyesen al detenido sus objetos personales. Un agente los depositó sobre la mesa, metidos en una caja de cartón. Monzón abrió su cartera y procedió a desdoblar un arrugado papel.
– Nunca vi a ese hijoputa, pero sé quién es. Dejó una carta para Sonia en El León de Oro. El camarero no pudo localizar a Sonia. Sabía que ella vivía conmigo, y me entregó la carta para que yo se la diese. El camarero también me dijo quién era ese hombre. La carta estaba en un sobre, pero lo abrí y me la guardé. Aquí está.
Querida Sonia: Te echo mucho de menos. Necesito verte con urgencia o, de lo contrario, me temo que voy a hacer una barbaridad. En cuanto recibas estas líneas, haz el favor de llamarme. Ya sabes dónde encontrarme. Tenemos que hablar.
Conrado
Como si estuviera ardiendo, la subinspectora sostuvo el papel por una esquina. Había visto tantas veces esa letra que lo único que le extrañó fue sorprender sus caracteres al margen de su contexto policial. No cabía la menor duda: aquel mensaje destinado a la mujer asesinada había sido redactado por el comisario Satrústegui.
Martina de Santo clavó en Juan Monzón una mirada líquida.
– Se someterá a una extracción de sangre, recogerá el resto de sus cosas y se irá de aquí.
Como si considerase aquel desenlace un acto de justicia, el gesto de Monzón no reflejó agradecimiento ni alivio.
– Permanezca en la ciudad y absténgase de hablar con nadie en relación a este caso -le ordenó la subinspectora-. Lo quiero localizado en todo momento. Un agente le acompañará.
Martina se dirigió hacia el ascensor, subió al pasillo de la primera planta y sacó un café de la máquina. Encendió un cigarrillo y se apoyó contra la pared. Sentía un peso encima, y las manos le temblaban ligeramente.
Funcionarios del Cuerpo transitaban por el corredor. Al fondo, frente al despacho del comisario Satrústegui, varios inspectores aguardaban a ser recibidos. El comisario los había convocado para coordinar la visita del ministro del Interior.
La subinspectora desdobló la carta que acababa de entregarle Monzón. El estilo era apresurado, nervioso. La frase más deslavazada era, también, la más grave:
Necesito verte con urgencia o, de lo contrario, me temo que voy a hacer una barbaridad…
Mirando fijamente la puerta del comisario, que acababa de abrirse para mostrarle en mangas de camisa, de perfil, hablando por teléfono e indicando a los inspectores que fueran sentándose, Martina se preguntó si Conrado Satrústegui habría llevado a cabo su impulsiva amenaza. Si el destino también habría jugado sucio con él, como en otras ocasiones lo había hecho con ella, y si esa mujer, Sonia Barca, habría tenido la suficiente influencia sobre su superior como para convertirle en un asesino.
Aquélla, la del miércoles 4 de enero, iba a ser una de las últimas madrugadas en que Camila Ruiz bailase en el Stork Club, pero Eladio Moran no lo sabía.
A las doce y cuarto de la noche, como cada velada, a excepción de los pases dominicales, cuando la sustituía su amiga Sonia Barca, Camila había hecho su aparición en el cabaret por la entrada de servicio. Estaba helada. No usaba abrigo sobre su llamativo conjunto de charol rojo, que hacía resaltar su melena rubia y las curvas de sus caderas y pechos. También las botas que lucía por fuera eran acharoladas, tipo Barbarella. Camila llevaba tal cantidad de colorete que sus mejillas parecían las de una de aquellas marquesas que Robespierre ordenó guillotinar.
Amparado por una nube de humo, Eladio Moran, el gerente del Stork Club, estaba sentado en un taburete al extremo de la barra en forma de medio ocho, delante de un cóctel de fantasía. Durante el show, jamás abandonaba su despacho, pero aprovechaba los descansos entre cada pase para hacer caja y tomar una copa. Morán fumaba unos cigarrillos acres, morenos, que encendía con trabajo y una rústica ostentación, a cada poco, con un chisquero de piedra como los que usaban los antiguos tranviarios. El gerente lucía un tajo a un lado de la nariz, recuerdo de sus tiempos de peso welter, y la comisura del labio inferior cosida por una señal de navaja. Las strippers del Stork decían que, en lugar de corazón, Eladio Moran tenía una piedra de molar, pero con Camila no se había portado mal del todo. Le pagaba lo acordado, más la tarifada mitad de lo que obtenía por cada hombre que se llevaba a la cama.
– Llegas tarde, pimpollo -la había recibido Morán, con su sonrisa de hiena-. Estamos a punto de abrir puertas. Apúrate.
«Usted siempre tan caballero», estuvo a punto de responder Camila. En lugar de eso, se había limitado a agachar la cabeza y a abrirse paso hacia los camerinos entre las desordenadas mesas. Un mozo frotaba los hules para sacar las manchas de la función anterior, colocaba las sillas y los ceniceros de latón. Camila rodeó el escenario, recorrió un húmedo pasadizo, abrió la puerta de camerinos, tiró el bolso entre las pinturas de guerra que las demás chicas siempre dejaban destapadas y se desplomó en un butacón de peluquería, frente a los espejos de luces. Su reflejo le disgustó. Pese al maquillaje, aquella implacable iluminación le sacaba patas de gallo, proporcionando a su rostro un relieve de hielo, como si estuviera tallado en cristal.
Camila suspiró, abrió el bolso, sacó un espejito y se cortó una raya.
– ¿Convidas, reina?
Flora, una de sus compañeras, la andaluza, acababa de llegar. Era la veterana del elenco, pero seguía teniendo una figura envidiable para su edad. En sus buenos tiempos había sido madam, hasta que la policía le cerró el garito. Flora se había quedado en la calle, para volver a hacerla. Eladio Morán le había ofrecido un puesto de chica de alterne, que Flora aceptó. No iba a tener mucho más, pero sí un lugar donde caerse muerta. Camila pensaba que, si Flora seguía bebiendo y metiéndose como lo hacía, pronto caería, pero al hoyo.
– Sírvete tú misma.
Flora se espolvoreó a gusto la nariz y se relamió los labios.
– Se ve la vida de otro color. Eres un amor, Camililla. Te merecerías un príncipe. Y yo también.
– ¿No preferirías un funcionario? -bromeó Camila.
Flora se echó a reír. Tenía una risa contagiosa, mudéjar.
– ¿Uno que funcione bien, y que no sea fifiriche? Eso lo dejo para ti, que todavía eres joven. A mí me basta con que no ronquen. Te diré una cosa, Camililla. Los hombres de hoy no son como los de antes.
– ¿Y cómo eran los hombres de ayer?
– Machos.
– ¿Y los de hoy?
– ¡Bah!
– Habría que ver ahora a los viejos de tu generación -dijo Camila-. Apuesto a que tienen que tirar de lengua.
– ¡Jodida criatura! Estás convencida de que vas a comerte el mundo, ¿no es verdad? ¿Cuántos años tienes?
Camila Ruiz tenía veinte años, una virtud felina en sus ojos garzos, el cabello rubio y demasiado fuego en el cuerpo.
– ¡Qué habrás visto tú de la vida, meque! -exclamó Flora.
Desde que tenía uso de razón, Camila había encalomado a los hombres. Le gustaba desnudarse para ellos, en privado y en público, y sorprender ese rictus de éxtasis que los transportaba a un mundo mejor, al universo de la debilidad y el placer.
– He visto mucho -repuso Camila-. He tenido tiempo hasta de sufrir.
Sólo se había enamorado una vez, de uno de esos muchachos de buena familia que se veían obligados a trapichear para mantener su tren de vida. Se llamaba David Raisiac, y era hijo de un catedrático de la Universidad, un señorón que enseñaba arqueología, historia y lenguas antiguas. Un poco mayor que Camila, David había dejado de estudiar. El joven Raisiac solía decirle que le gustaban menos los latines paternos que su lengua rosada de gata sin dueño. David estuvo en la cárcel, por tráfico, salió y volvió a ingresar en el maco. En la cárcel, su carácter cambió, se envileció. David se metía tal cantidad de farlopa que la mayor parte de las veces andaba colgado. Sometía a malos tratos a Camila, y luego le imploraba perdón. Y así una y otra vez, hasta que Camila le dejó. Entonces, él se convirtió en su camello. A veces, cuando no tenía con qué pagarle, Camila le permitía que volviese a disfrutar de su cuerpo, pero ya no le dejaba jugar con sus labios ni con su caliente lengua, y tampoco ronroneaba cuando le sobrevenía el gozo. Después, David desapareció. En un par de ocasiones, con su nueva pareja, una profesora universitaria, de su misma clase, el joven Raisiac había visitado el Stork Club para verla serpentear y contonearse en la barra, pero ella le había ignorado.
Camila no había vuelto a liarse en serio con ningún otro tipo. Tenía clientes, tenía para meterse, y se arreglaba con eso. De vez en cuando, tenía una mujer. Una suave leona como Sonia Barca.
– Me vendría bien otro tirito -dijo Flora.
– Pero que sea el último.
– Eres un cielillo. Ojalá esta noche te esté esperando el hombre de tus sueños.
A la mañana siguiente, cuando se despertó en una estrecha y húmeda habitación de alquiler de la calle Galeones, en el corazón del viejo barrio portuario, Camila atribuiría a esa frase de Flora el efecto de una premonición. Porque Camila iba a conocer a Juan Monzón de una manera que a los dos les pareció romántica, algo así como un regalo del destino. Ella había perdido su documento de identidad en alguna parte, y él lo encontró en la calle.
Al menos, eso le diría Juan Monzón, el hombre que le estaba predestinado por el capricho de los astros. Junto con el documento de Camila, figuraba en su fundita de plástico una tarjeta del Stork Club. Juan había localizado el cabaret. Pagó la entrada y se presentó en la sala pasada la medianoche, justo cuando ella acababa de comenzar su actuación. Monzón nunca había estado en el Stork. Mostró al barman el extraviado carnet y preguntó por Camila Ruiz. El mentón del camarero señaló la pista.
Enroscada a la barra, con la mirada encendida de provocación y de un placer que sólo podía ser auténtico, Camila procedía a despojarse de un sujetador de lentejuelas a juego con el tanga. Las luces violetas y anaranjadas prestaban a sus senos una transparencia química. Cuando el bikini cayó, arrugándose sobre el tablao como una piel gastada, Juan olvidó a qué había ido. Pidió un whisky, que le supo a gasoil de barco, y después, en el descanso del show, mientras anunciaban nuevos números de striptease, una cerveza.
Después de su actuación, Camila se desfondó en la butaca del camerino, agotada. Al terminar de bailar, se sentía vacía. Identificaba ese cansancio con una forma de felicidad, y por eso estuvo unos minutos sin hacer nada, limitándose a limarse las uñas y a espiar en el espejo los estragos que el vaho humano de la sala había causado en su maquillaje.
– ¿Todo bien, pequeña? -dijo Flora, entrando a cambiarse; se tambaleaba un poco-. Estuviste sensacional. Divina.
– ¿Has vuelto a beber, Flora?
– Estuve haciendo barra. Hay un cliente nuevo, y ha preguntado por ti.
– ¿De qué manera?
– Con mucha educación.
– ¿Está bueno?
– Cañón.
– ¿Vale la pena que me arrime?
– Yo que tú correría hacia él. Pero ten cuidado, no vayas a tropezar con el periodista.
– ¡Ese ferrete!
– Está como una cuba. Y también ha preguntado por ti.
– ¿Cómo?
– Sin la menor educación.
Camila se ajustó como una funda el traje de cuero rojo y avanzó hacia la barra rechazando las invitaciones de clientes que querían alternar con ella.
– Coca-Cola -pidió al barman, acodándose y encendiendo un cigarrillo-. Con un chupito de ron.
– Creo que esto es tuyo -dijo Juan.
Se le había acercado por detrás, y le tendía lo que parecía un documento de identidad. Antes de verle, Camila escuchó su voz. Apenas unas pocas horas más tarde, pensaría que ese factor había sido el causante de su derrota sentimental, de su enamoramiento. Se había jurado a sí misma no caer nunca más en una trampa de sonrisas y golpes, pero aquel hombre la cegó. ¿Era posible que la hubiese cautivado su voz? ¡Si no se trataba de una voz bonita, ni siquiera viril! Juan lo era, sin duda. Bastaba evaluar su imponente apostura, las patillas de hacha, los pectorales que se le marcaban contra la ajustada camiseta negra, bajo la cazadora de aviador. Pero ese timbre agudo, entrecortado y tímido que surgía entre sus labios no estaba hecho para seducir. A ella, sin embargo, le había llegado al corazón. «Es la voz de un niño», pensó.
– ¿Dónde lo encontraste?
– Tirado en la calle -mintió Juan-, junto a un banco. Debiste de perderlo sin darte cuenta. Me orienté por la tarjeta. Supuse que trabajabas aquí, o que alguien te conocería.
Camila sonrió. No podía recordar dónde había perdido el documento, y dio por válida la explicación.
– Había también tres mil pesetas -añadió Juan-. Ten.
– Gracias. La pasma no me habría localizado con tanta rapidez. ¿No serás poli?
– Claro que no. ¿Es que tengo pinta?
– ¿A qué te dedicas?
Juan sonrió.
– Busco el amor.
Ella también sonrió. Los románticos le habían atraído siempre, pero ninguno poseía esos músculos.
– ¿Me has visto trabajar?
Juan se ruborizó.
– El espectáculo es muy vistoso.
– ¿Espectáculo? -rió Camila-. Eso es para las estrellas. Soy bailarina de cabaret. Hago barra, hago lèsbico. Enseño las tetas, y a veces el resto. Pero no soy puta, si es lo que estabas pensando.
Juan denegó con la cabeza.
– Me ha gustado. La música, el ritmo… Y también me has gustado tú. Tienes una piel increíble.
– No hace falta que sigas siendo amable. Ya me has devuelto el carnet. Toma, por las molestias.
Monzón se quedó mirando el billete, atónito.
– ¿Una gratificación? ¡No puedo aceptarla!
– ¿Por qué no? Sorprende a tu chica. Tráela, si quieres. Hablaré con el encargado para que os inviten a dos storkinos. ¿Los has probado? Piña, azúcar y ron. Explosivos.
– No tengo novia.
– ¿Una amiguita fuerte, a lo mejor?
Juan frunció los labios. Camila pensó que esa boca tenía que saber a algún licor dulce y espeso. Monzón se franqueó:
– Vivo en una habitación alquilada en la calle Galeones. Estoy solo, vivo solo.
– Eso debe de ser malo para la salud.
– Puede. ¿Me recomiendas algún remedio?
– ¿Por qué no pides uno de nuestros storkinos?
Camila chasqueó los dedos.
– Un cóctel de la casa para el caballero, Paco. Y otro para mí. Apártame esa Coca-Cola.
– Invito yo -dijo una voz gangosa, después de estornudar.
– Déjalo, guapo -repuso Camila, volviéndose hacia un cliente desgarbado y alto que trasegaba a su espalda, acodado en la barra-. Menudo plasta -le susurró a Juan-. Se llama Belman, y es del Diario. Nosotras le llamamos pelman. Dicen que el otro apellido lo tiene más largo -rió Camila-. No lo he visto, así que no puedo opinar.
Monzón dedicó al periodista una mirada feroz. Paco, el barman, les atendió mientras Eladio Morán los observaba sin disimulo desde el túnel de camerinos. A través del espejo de la barra, Camila podía ver el anillo de falso rubí del gerente brillando junto a la brasa de su cigarro, y cómo el gesto de pasarse un dedo por la cicatriz de la boca se repetía demasiado a menudo, como siempre que Morán sometía su cerebro a alguna clase de cálculo.
Juan, en cambio, se había sentado en el taburete y mantenía las manos quietas, posadas con mansedumbre sobre sus anchas perneras. Todo en aquel guapo desconocido, pensó Camila, era ancho; todo, menos su voz. Pero esa voz chica, aflautada, iba hendiendo en ella una resistencia antigua.
– Me gusta tu voz -dijo.
El volvió a sonreír. Su sonrisa también era ancha. Camila clavó una uña en el muslo de su pantalón de cuero y empezó a subir el índice a lo largo de la costura. Percibió la carne prensada, joven, y cómo Juan se enervaba, perdiendo el dominio de sí.
– He terminado por esta noche -dijo Camila-. Me pregunto cuándo irás a pedirme que salgamos de aquí.
– Estaba a punto de hacerlo. ¿Nos vamos?
– Júrame que no llegaremos a tu casa antes del amanecer.
– No podría cumplir mi palabra.
Juan Monzón la enlazó por la cintura. Eladio Morán los vio salir, los rostros demasiado juntos, y adivinó que esa noche había perdido su cincuenta por ciento.
No podía saber que estaba a punto de despedirse de una de sus principales fuentes de ingresos.
Eran más de las cinco de la madrugada cuando Camila y Juan se besaron por primera vez en la barra de un bar que permanecía abierto toda la noche. A Camila le gustó aquel beso, y lo repitió. Había bebido mucho, y se sentía flotar. Juan sólo bebía cerveza. Ella le había ofrecido un tiro, pero él lo había rechazado.
– Quiero estar despierto cuando te vea desnuda -le dijo con voz de pájaro, acariciándola por debajo de su chaqueta de cuero rojo.
Camila no tuvo que esperar mucho para quitarse la ropa. Estaban cerca de la calle Galeones, en el arrabal portuario, donde vivía él, y fueron caminando por las calles desiertas. De vez en cuando, se paraban para besarse con pasión en los portales.
La habitación de Juan era pequeña. Desde el pasillo se oía roncar a otros huéspedes, pero a Camila no le importó. Deseaba estar con aquel hombre.
Apenas Juan hubo cerrado el cuarto, Camila se dio cuenta de que en aquella habitación vivía o había vivido otra mujer. Sobre la mesilla de noche había un neceser con pinturas y un cepillo de pelo. Por la entreabierta puerta del armario se veían colgar una falda y un vestido estampado. A la bailarina tampoco le importó que bajo la cama asomasen un par de zapatos de tacón, como si su dueña acabase de quitárselos, o fuese a regresar de un momento a otro para volvérselos a poner.
– Me encanta tu piel -repitió Juan.
La fue desnudando con mimo, prenda por prenda, y con el mismo cuidado dobló su ropa sobre la única silla del cuarto. Cuando Camila estuvo desnuda, él le pidió que se tendiera en la cama. Entonces, él se desnudó a su vez y se tendió a su lado. Durante mucho rato estuvo acariciándola despacio, pero sin permitir a Camila tocar su enorme pene, que se iba desplegando sobre la sábana de color negro.
– Pocas mujeres tienen una piel como la tuya -dijo Juan-. Voy a lamerte entera.
Chupó sus pechos, cuyos pezones apuntaban al techo, y fue recorriendo a lametazos todo su cuerpo, hasta que Camila, fuera de sí, le suplicó que le hiciera el amor. Juan la penetró sin esfuerzo, hasta que ella empezó a ronronear, le rodeó la cintura con las piernas, se aferró a su espalda y le clavó las uñas. El cuerpo de Juan era rotundo y elástico, suave y macizo a la vez.
El tiempo se detuvo. Camila había encadenado un orgasmo tras otro. Creyó fallecer. Exhausta, cerró los ojos y se quedó dormida.
Juan se levantó, se vistió, abrió sin ruido la puerta y bajó a la calle. Tuvo que andar bastante para encontrar un taxi. Eran las siete de la mañana cuando llegaba al polígono Entremos, a las naves que teóricamente debería de haber estado custodiando durante toda la noche.
Fue directo a la taquilla, se quitó sus ropas de calle y vistió de nuevo el uniforme color tabaco de vigilante jurado, con el escudo de la empresa de seguridad cosido a la chaquetilla.
A las siete y media, como cada mañana, llegó Hurtado, el encargado del control, con quien Monzón mantenía una buena relación.
– Frío tenemos, Juanillo.
– Dímelo a mí, que me la he tenido que pasar al relente.
– ¿Alguna novedad?
– Un perro perdido estuvo rondando.
– La gente tiene la mala costumbre de abandonar a los animales. No se sabe quiénes son peores, si los de cuatro patas o los de dos.
– ¿De dos o de tres? -bromeó Juan.
– ¡Anda, guripa! -rió Hurtado-. ¡Marcha a tomarte un buen café!
– Lo necesito.
– Pues hasta mañana, entonces.
– Hasta mañana.
Tal como, al salir del trabajo, hacía cada jornada, Juan se cambió de ropa, caminó por las anónimas vías del polígono industrial hasta la parada de autobús, subió al urbano y se bajó en el punto más próximo a la calle Galeones, en el barrio del Puerto Viejo.
Eran las ocho y media pasadas cuando entró a su habitación. Camila dormía aún, respirando con regularidad por su respingona nariz. Juan la despertó con delicadeza.
– ¿Quieres desayunar?
– Sí, pero antes quiero otra cosa.
– ¿El qué?
– ¿No lo adivinas?
Juan sonrió, apagó la luz, subió un poco la persiana y se quitó la ropa. Sobre sus músculos, cubiertos de una morena piel, sus tatuajes parecieron hincharse.
– ¿Sabes jugar? -preguntó, de pronto.
– ¿A qué?
– Al pañuelo y las cuerdas. A las velas. Camila negó con la cabeza, sonriente.
– Yo te enseñaré -dijo Juan, abriendo el armario donde guardaba otro machete.