Después de pasar una mala noche, Conrado Satrústegui decidió levantarse antes de que sonase el despertador.
Entre sueños, había oído al repartidor. Se puso una bata, abrió la puerta de su apartamento y recogió los periódicos, depositados sobre el felpudo.
Los titulares del Diario de Bolscan informaban sobre el crimen de la mujer desollada. Una impactante imagen de la víctima, con la boca entreabierta en un mudo grito de horror, ocupaba la portada. Pero lo infamante, lo acusador, era el texto de Belman… ¡que le imputaba a él!
Satrústegui experimentó un vértigo. La vista se le extravió. Una súbita llamarada le abrasaba el pecho, como un incendio invisible.
Creyó que estaba sufriendo un infarto. El dolor se extendió por su médula espinal. Las piernas se le volvieron de trapo. Se tambaleó y cayó al suelo.
Estuvo tumbado, inmóvil, hasta que las agujas clavadas a sus pulmones dejaron de martirizarlo, y se animó a incorporarse y a escrutar su rostro en el espejo en que cada mañana, bien trajeado, con sus impecables camisas a rayas y sus chalecos a juego, se deseaba a sí mismo una productiva jornada laboral. Ahora, sin embargo, quien le retornaba su efigie era un individuo enfermizo, con el rostro desencajado y la piel de color gris.
El reloj de la cocina señalaba las seis y media de la mañana del miércoles 4 de enero cuando el comisario reunió fuerzas para sentarse y abrir de nuevo las páginas del Diario. Leyó:
UNA MUJER, SALVAJEMENTE ASESINADA
La víctima fue desollada en el Palacio Cavallería, donde trabajaba como guarda jurado
Bolscan, por Jesús Belman
Sin que la Policía haya logrado explicarse cómo, un psicópata penetró al amparo de la noche en el Palacio Cavallería, cuyas alarmas fueron incapaces de detectar su presencia, y asesinó a sangre fría a la vigilante nocturna, que se encontraba sola en el histórico edificio, dándose la circunstancia de ser ésa su primera noche de trabajo. Una vez apuñalada la víctima, el asesino procedería a mutilar su cadáver y, según testimonios gráficos aportados por nuestro periódico, a despojarlo de su piel.
La guarda jurado asesinada, responsable de la custodia del céntrico Museo de la Ciudad y Sala de Exposiciones de Bolscan, respondía a la identidad de Sonia Barca Martín. De veinte años de edad, carecía de experiencia laboral en el terreno de la seguridad privada, actividad que combinaba con la de camarera y stripper en distintos establecimientos y salas de fiestas de la capital.
Como presunto sospechoso, la policía ha procedido a detener e interrogar a su compañero sentimental, J. M., un vigilante de la misma empresa que tenía en nómina a la mujer asesinada. Sin embargo, no se descarta que puedan aparecer nuevos nombres en relación con el crimen. Tampoco, que el asesinato de Sonia Barca haya podido obedecer a una ceremonia de carácter ritual, en cuyo caso las Fuerzas del Orden se estarían enfrentando a una secta organizada.
La policía rastrea el casco antiguo de la ciudad en busca de testigos que puedan aportar algún dato de relieve a la investigación coordinada por el comisario Satrústegui.
Se da la circunstancia adicional, que nuestra redacción ha podido verificar por fuentes solventes, de que dicho mando policial mantenía una relación personal con la mujer asesinada, por lo que no es descartable que su testimonio se incorpore en las próximas horas a las diligencias del caso…
El comisario no pudo desayunar. Se limitó a poner la cafetera en el fuego y a contemplar con mirada estática cómo las azuladas llamas del hornillo iban lamiendo la base de acero inoxidable, hasta que la infusión hirvió y un humo silbante brotó de la tapa.
Sentado en la cocina, en pijama, con el periódico abierto sobre la mesa, Satrústegui tuvo la impresión de estar asistiendo a su propio funeral. Podía querellarse contra Diario de Bolscan, y, de hecho, lo haría, pero el daño ya había sido causado.
Temía que, de un momento a otro, sonase el teléfono.
Sin embargo, era demasiado temprano para que se hubiese producido alguna reacción. Satrústegui sabía que la maquinaria policial no se pondría en marcha hasta que el gobernador, el director general de la Policía o cualquiera de los altos mandos que arroparían en Bolscan la visita del ministro accediera a la información del Diario y, concediéndole el beneficio de la duda, decidiese tirar de ese hilo. Una vez que el procedimiento se hubiese iniciado, sería imparable.
El comisario sorbió el café, se dirigió hacia el dormitorio y se duchó con agua helada para reducir su temperatura febril y ahuyentar el olor del miedo que le saturaba la piel.
Luego se vistió despacio, respirando pausadamente para controlar las arritmias de su latido cardíaco. La ridícula superstición de que un cambio de imagen variaría el rumbo de su suerte le hizo elegir su única camisa sin rayas, blanca y lisa, una corbata verde limón y un traje marrón sin estrenar, en lugar del marengo de franela con el que esa noche pensaba asistir al estreno de Antígona.
Faltaban doce horas para que se alzase el telón en el Teatro Fénix. Satrústegui presumió que no tendría oportunidad de regresar a su casa. Cogió el abrigo, pero dejó la pistola.
Cuando cerró la puerta y bajó al garaje, su sensación de acoso, o de estar siendo víctima de una conjura, se agudizó. Fuera, en las calles de Bolscan, no regiría ya el consuelo de la ley, sino la sospecha y una anticipada condena contra aquel comisario implicado en un crimen.
Mientras conducía hacia Jefatura, Satrústegui se dejó llevar por el derrotismo. Se imaginó inserto en un proceso judicial, sentado en un banquillo frente a cualquiera de los jueces con los que solía colaborar, y siendo trasladado a prisión por agentes todavía a su mando que se mostraban respetuosos al ponerle las pulseras. Con tanta delicadeza, casi, como solía colocarle Sonia Barca sus propias esposas, inmovilizándole al cabezal de su cama para, acto seguido, vendarle los ojos, encender las velas y comenzar a lamer, centímetro a centímetro, su cuerpo maduro, incrédulo, resucitado por el éxtasis y por el exquisito tormento de la cera caliente.
Conrado Satrústegui no fue de verdad consciente de lo delicado de su situación hasta pasado el mediodía, una vez los altos mandos que escoltaban al ministro del Interior hubieron asistido al acto religioso en la Catedral, y visitado el primero de los acuartelamientos seleccionados para la inspección de Sánchez Porras.
En el patio de una de las casas-cuartel, Satrústegui sorprendió al ministro celebrando un aparte con el director general de la Policía, Amancio Zazurca, y con uno de sus inmediatos colaboradores, un oficial de Asuntos Internos, el inspector Lomas. El comisario había sacado un cigarrillo, lo había encendido y se dirigía hacia ellos cuando percibió tensión en el grupo. La desconfiada mirada del director general pareció atravesarle como un disparo de hielo. Sin disimulo, Amancio Zazurca le dio la espalda, vetando su incorporación al círculo que rodeaba al ministro.
El resto de la jornada lo fue soportando Satrústegui en una implacable soledad, limitándose a intercambiar breves comentarios con sus colegas. Todos los cuales, pese a la estrecha relación que les unía, parecían haberse puesto de acuerdo para responderle con monosílabos. Ninguno de ellos se dirigió a él de forma espontánea, rehuyéndole, una y otra vez. El vacío comenzó a hacerle mella. Satrústegui no necesitó de más síntomas para barruntar que se encontraba en el ojo del huracán; que Asuntos Internos iba a encargarse de verificar la información publicada por el Diario de Bolscan y que, a partir de ese instante, podía ser llamado a declarar.
Sus peores auspicios se agravarían durante la comida oficial.
En el programa de actos estaba anunciada una rueda de prensa, pero fue suspendida con la excusa del reciente atentado de Madrid. El almuerzo de los mandos, previsto, inicialmente, en una de las unidades, se trasladó a un restaurante de las afueras de Bolscan, un sofisticado establecimiento de cocina francesa cuyo comedor resultó más que familiar a Conrado Satrústegui porque allí había invitado a cenar a Sonia Barca. En una clara muestra de su caída en desgracia, el comisario fue instalado en una mesa alejada del ministro, junto al superintendente de la Policía Local, el coordinador del Cuerpo de Bomberos de Bolscan y responsables regionales de Protección Civil. En el curso de la comida, un asesor de Interior fue informando a los mandos locales que el ministro había decidido suspender los actos vespertinos, y que se retiraría a descansar al hotel hasta la hora del estreno teatral.
La sobremesa fue breve. Al salir del restaurante, el director general de la Policía Nacional invitó a Satrústegui a subir a su coche, un Peugeot blindado. Junto al chófer que manejaba el cambio automático, se había sentado el inspector Lomas.
Por los acueductos de la autovía del Norte, el coche oficial del ministro se deslizada delante de ellos, sobre la línea de una playa en la que un grupo de niños hacía volar sus cometas. Los vehículos que integraban la comitiva ministerial les seguían detrás, circulando por el carril de adelantamiento a mayor velocidad de la permitida. El tiempo se mantenía nublado. Frente a la refinería, grandes olas rompían contra el muelle petrolero.
Sin ofrecerle a Satrústegui, el director general encendió un cigarrillo y preguntó:
– ¿Hay algo, comisario, que yo deba saber?
Satrústegui comprendió que no debía mentir, pero no estuvo seguro de hasta qué punto le convenía desvelar la verdad.
– ¿Se refiere a las acusaciones de la prensa?
– Por supuesto.
– En parte, esa información es cierta -admitió el comisario.
Satrústegui se cogió las rodillas. Los alfileres habían vuelto a clavársele en los pulmones. El pecho le dolía, desgarradamente. No podía respirar por la nariz. Boqueó:
– Conocía a esa mujer, pero, contrariamente a lo que insinúa el periódico, no llegué a mantener con ella ningún tipo de relación personal. Mucho menos, de carácter íntimo.
Amancio Zazurca guardó un breve silencio. Enseguida, dijo:
– No tengo que reiterarle cuánto le aprecio, Conrado. Por su bien, espero que no esté mintiendo.
El máximo responsable policial contempló el cogote de Lomas. Como ajeno a la conversación que se desarrollaba en el asiento trasero, el oficial de Asuntos Internos parecía muy interesado en observar el paisaje.
– Me parece que lo más prudente, comisario, sería relevarle del caso -planteó Zazurca-. Se sentirá liberado de cualquier presión, y nuestra gente podrá trabajar con mayor eficacia.
Satrústegui replicó, arrepintiéndose en el acto:
– ¿Sin las trabas que yo mismo pudiera oponer?
– No se muestre tan susceptible. Sabe que tengo razón, y que en absoluto le estoy forzando. Usted, en mi lugar, obraría de idéntico modo.
Por primera vez en su trayectoria profesional, Conrado Satrústegui ignoró cuál era su lugar, a qué lado de la línea divisoria se hallaba.
– ¿Le parece correcto que el inspector Buj y la subinspectora De Santo se hagan cargo de la investigación?
Un cese no le habría hecho más daño, pero el comisario supo encajar:
– Mi gente está capacitada.
Zazurca adoptó un registro amistoso:
– Debería tomarse unos días de descanso, Conrado.
– No me hacen falta.
– Yo creo que sí -insistió el director general, ahora con menos cordialidad-. Un par de semanas; un mes, digamos. El tiempo preciso para que obtengamos resultados.
– ¿Me está proponiendo que solicite una baja temporal?
– Elija el procedimiento usted mismo. Por mi parte, tan sólo intento protegerle de la opinión pública. Los periodistas se le van a echar encima. Nuestro jefe de prensa ha tenido serios problemas para contenerlos, y no se le habrá escapado que el ministro ha suspendido su comparecencia ante los medios. Obviamente, para evitar responder sobre el atentado de Madrid, pero también, y no de forma secundaria, a fin de eludir embarazosas preguntas sobre esa mujer desollada… y sobre usted.
Satrústegui entendió que carecía de opciones.
– Me tomaré unos días. Estoy dispuesto a declarar, si es necesario.
– Probablemente, lo será -le anticipó el director general.
La comitiva se dirigió hacia el Hotel Palma del Mar, cerca del Puerto Nuevo de Bolscan. Satrústegui contempló la avenida. Su mirada rebotó en el espejo retrovisor contra el rostro del inspector Lomas, cuya risueña expresión no le auguró nada bueno.
Conrado Satrústegui nunca la había visto tan hermosa.
Martina de Santo no se había maquillado, y su cutis parecía más pálido en la oscuridad de la noche. Llevaba un collar berebere, un vestido de piel y, encima, desabrochado, con las mangas al aire, un abrigo largo de su padre, de hombreras rectas, que, pese a su masculino corte, contribuía a acentuar su magnético estilo. Haciendo destacar la fragilidad de sus tobillos, los zapatos de tacón la elevaban sobre su estatura, tan sólo ligeramente inferior a la del comisario.
Un soplo de viento hizo que el vestido se le pegara al cuerpo. Con un cigarrillo en la boca, la subinspectora cerró la puerta de su casa, apagó la luz del porche, atravesó el jardín y se dirigió hacia el automóvil del comisario, que permanecía aparcado, esperándola, junto a la verja de la entrada. Los ojos de Satrústegui se detuvieron un segundo sobre sus pechos, que se insinuaban con turbadora evidencia, ni pequeños ni grandes, como peces inquietos.
Satrústegui descendió del coche para abrirle la portezuela.
– Está usted arrebatadora, Martina.
– Espero que no lo diga porque sea la primera vez que me ve desarmada. Me he retrasado. Siento haberle hecho esperar.
La subinspectora se había demorado leyendo el informe de Horacio Muñoz sobre las cápsulas rosadas que el propio archivero había encontrado en el callejón del Palacio Cavallería. Según había averiguado Horacio, esas muestras medicamentales respondían a un compuesto de suramina, una sal sulfónica cuyas propiedades contribuían a aniquilar al parásito causante de la llamada enfermedad del sueño. Horacio había añadido una nota comprometiéndose a ampliar la información sobre dicho parásito, el Trypanosoma gambiense, y sobre el descubrimiento, geografía, efectos y secuelas de dicha epidemia.
El comisario encendió el motor.
– Ha valido la pena esperarla, Martina. Haremos una entrada triunfal.
– No esté tan convencido. Hacía tiempo que no me ponía de tiros largos. He hecho lo que he podido, pero me sigue preocupando dejarle en mal lugar.
– Eso no ocurrirá. Dudo que ninguna de las invitadas sea capaz de competir con usted.
– ¿Ni siquiera las actrices?
– Gloria Lamasón sigue siendo muy bella -estimó el comisario, reduciendo la velocidad para descender la cuesta de la urbanización-, pero va cumpliendo años. Los míos, arriba o abajo. ¿Qué le sucede, Martina? -preguntó Satrústegui, al observar cierto encogimiento en su pareja-. ¿Le abruman los piropos?
– No estoy habituada.
– Debería estarlo. Usted también tiene algo de actriz.
– ¿Lo dice porque, en el fondo, los policías somos tímidos, y a veces representamos un papel?
Satrústegui universalizó:
– A veces, no. Siempre.
– En lo que a mí respecta, eso es discutible.
– No puedo estar de acuerdo con su presunta timidez -rió Satrústegui, descubriendo que la risa alejaba sus fantasmas-. ¡Ese defecto no figura entre sus cualidades!
La respuesta de Martina le iba a sorprender:
– Tengo la impresión de que no actúo ahora, sino de que lo hacía antes, cuando no era policía.
Atento al tráfico, Satrústegui la contempló por el cabo del ojo. La subinspectora había apagado el cigarrillo y se retocaba los labios con una barrita de cacao. Los faros de otros automóviles la iluminaban al trasluz.
– Supongo que es la declaración más vocacional que he oído nunca. No me equivoqué al apoyarla, Martina. Honra usted a la profesión.
– Conseguirá que me ruborice, señor. Ahora, si no le importa, detenga el coche.
Circulaban cerca del paseo marítimo, por el carril central de la avenida paralela al Puerto Nuevo, la que llevaba al Teatro Fénix.
– ¿Se encuentra mal?
– Estoy perfectamente.
– ¿Qué le pasa, entonces?
– Quiero hablar con usted, antes de la función.
– ¿No podemos dejarlo para después? Vamos a llegar tarde.
– Eso no importa. Deténgase allí mismo, en esa parada de autobús.
Satrústegui hizo un gesto de incomprensión, pero aparcó y dejó los intermitentes puestos.
– Espero que lo que deba decirme sea inaplazable.
Martina se apoyó contra la portezuela, encogiendo las rodillas encima del asiento. Satrústegui no había soltado el volante. Notó, sobre la suya, una mano suave.
– ¿Podría poner un poco de música?
Los ligeros dedos de Martina se retiraron, hasta posarse en su falda. Levemente aturdido por el contacto con su piel, y por el aroma de su perfume, una fragancia a eucalipto, el comisario manoteó con torpeza los estuches de las cintas.
– ¿Bach? -sugirió, descartando de forma instintiva las grabaciones de música ligera que solía regalarle su ex mujer.
– Bach será perfecto.
Las primeras notas sonaron en el interior del vehículo. La subinspectora había entornado los ojos y parecía absorberlas. Satrústegui casi sucumbió a la imperiosa tentación de acariciar su mejilla. Habría dado cualquier cosa por besarla, pero era como si Martina no estuviese allí. La subinspectora había encendido otro cigarrillo, que se consumió entre sus dedos hasta que Satrústegui, rozando su falda, le acercó la mano al cenicero, para recoger la ceniza. La mirada de Martina se fue centrando con lentitud, como si regresara de un lugar remoto.
– Nunca le he dado las gracias, comisario. Y tengo que agradecerle tantas cosas.
Satrústegui volvió a sentirse como un respetado oficial de policía.
– ¿Por qué dice eso? Ha sido usted quien se ha ganado el respeto. Incluso el director general la ha elogiado. ¿Ha valido la pena vestir el uniforme, Martina, llegar hasta aquí?
Por toda contestación, la subinspectora sacó la carta que su superior había escrito a Sonia Barca y la aplastó contra el volante. El comisario se echó hacia atrás. Cogió el papel y se puso a menear la cabeza.
– No es lo que parece, Martina. No vaya a creer…
– ¿Eso es todo lo que tiene que decir? ¿Después de lo que se ha publicado?
– Martina, yo…
La subinspectora apagó la música.
– Del contenido de esa carta personal, dirigida a una mujer brutalmente asesinada, se desprenden varios presupuestos. Primero: usted era su amante. Segundo: ella le abandonó. Tercero: el despechado amante estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por recuperarla.
Satrústegui se tapó la cara con una mano.
– Escribí esa nota en un momento de confusión.
– Tampoco los crímenes suelen cometerse en estado de gracia.
– No debería mostrarse tan agresiva conmigo, Martina -se lamentó el comisario, tratando de mantener la compostura; pero estaba desesperado, y el pánico alteraba su voz-. ¿Para quién está trabajando? ¿Para Asuntos Internos?
– Cumplo con mi deber, señor. Aunque vaya desarmada.
– ¿Se sentiría más tranquila portando su arma?
– No. No con usted. Y no he recibido instrucciones de nadie.
Conrado Satrústegui respiró, aliviado, y encendió a su vez un pitillo. Dejó que su vista resbalase por las líneas que él mismo había redactado apresuradamente en la barra de El León de Oro, y dijo:
– Su primera conclusión es correcta. La segunda, también. La tercera, sólo parcialmente. Es cierto que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por recuperar a Sonia, pero convendrá conmigo en que deshacerse de una amante no parece el procedimiento más adecuado para volver a gozar de sus favores.
– Hábleme de su relación con Sonia Barca.
Satrústegui dio tal calada que sus pulmones debieron de convertirse en espirales de humo.
– Supongo que sabrá usted lo que sucede entre un hombre y una mujer cuando no hay testigos y una cama de por medio.
– Eso puedo imaginármelo. Me refiero a lo que había detrás.
– No la entiendo.
– ¿Había dolor?
– ¿Qué está insinuando, subinspectora?
– Como le dije, tenemos una grabación. Le recuerdo que alguien llamó a Sonia poco antes de su muerte. Le proponía abordarla en el museo, y aprovechar los elementos de la exposición para poner en práctica algún tipo de depravación sexual.
– Lo sé, pero sigo sin entenderla.
– Está claro, señor. Sadomasoquismo sería una traducción no eufemística, ni exclusiva para uno solo de sus amantes.
Satrústegui aplastó la colilla en el cenicero.
– Veo que va a por todas, Martina. Que piensa hacer su trabajo, pese a quien pese. Sólo puedo estar de acuerdo con esa actitud. Responderé ante usted, y ante nadie más. Recuerde: ante nadie más.
– Tiene mi palabra.
– No deseo que me ampare porque piense que me debe algo.
– Quiero creer en su inocencia, señor. Aunque sé que oculta algo.
El comisario se arrancó un pellejo de sus cuidadas uñas, antes de afirmar:
– Hubo ese tipo de sexo. No lo había hecho jamás, y no volveré a repetirlo. No sé por qué lo hice. Supongo que me encontraba deprimido y me dejé llevar.
– ¿Hasta qué límites?
– Más allá de la humillación. ¿Ya a exigirme que siga arrastrándome por el fango o está ya satisfecha?
– Todavía no, aunque agradezco su sinceridad. ¿Fue Sonia la que se le acercó en El León de Oro?
– Sucedió de una manera casual. Ella salía de la barra, yo me iba para casa. Llovía, y me ofrecí a llevarla. Tomamos un café, después unas copas, y sucedió.
– ¿Fueron a su piso?
– Sí.
– ¿A partir de esa noche siguieron viéndose con frecuencia?
– Una vez por semana. Los jueves. El día en que ella libraba.
– ¿Siempre en su domicilio, comisario?
– Sí.
– ¿No hubo hoteles, nunca fue usted al apartamento de ella?
– No.
– ¿Cuándo la vio por última vez?
– Hará unos veinte días. De repente, desapareció.
– ¿Intentó ponerse en contacto con ella, antes de escribirle la nota?
– Sí, pero no pude.
– ¿No sabía dónde vivía?
– No.
– ¿Sabía si Sonia compartía su vida con alguien más?
– Me enteré de que se había unido a un tipo, el mismo individuo al que ordené trasladar a Comisaría cuando me informaron que era su novio, que disponía de un machete y que carecía de coartada. Sé que lo interrogó usted a última hora de la tarde de ayer, y que ordenó soltarlo.
– Iba a informarle esta mañana, pero…
– Pero leyó el periódico y varió de opinión. ¿No ocurrió así, subinspectora? ¿O le hicieron cambiar de idea los de Asuntos Internos?
Martina rehusó mirarle. En momentos como aquél, ser policía no era lo mejor del mundo.
– Ya le he dicho que llevo el caso a mi manera. ¿Sonia Barca se relacionaba con alguien más? ¿Tenía conocidos, alguna amiga?
– Una chica del Stork Club, una tal Camila. Eran de la misma población, o de municipios cercanos.
– Los Oscuros, en la cordillera de La Clamor -asintió Martina-. Hemos localizado a la familia Barca. El padre de Sonia es viudo. Le he pedido al agente Carrasco que les informe lo más diplomáticamente posible. ¿Sonia Barca era una prostituta, señor?
– No me consta. Jamás me pidió dinero.
– Pero, ¿llegó a entregarle usted alguna cantidad?
– Unos billetes, sin más. No iba precisamente sobrada.
– ¿Se sentía atraído por ella?
– Imagino que sí.
– ¿Cómo se mostraba en la cama?
Satrústegui se encendió.
– ¿Tengo que responder a eso?
– Lo averiguaré de todas formas, señor.
– Está bien. Se mostraba… ávida.
– ¿Violenta?
– No, no es el término. Insaciable, diría yo.
– ¿Qué más sabía de ella?
– Nada más. Llevaba muy poco tiempo en la ciudad. En una ocasión, me dijo que quería ser actriz. Me preguntó si tenía algún contacto con el mundo del teatro. No pude ayudarla. Confío, en cambio, que la esté ayudando a usted.
– Desde luego, señor. También me resultaría de utilidad saber de qué modo se enteró la prensa.
– Pregunte a esa rata de Belman, del Diario, o a su redactor jefe, Gabarre Duval. Hace tiempo que me la tenían jurada, y por Dios que se han vengado. Cabe la posibilidad de que Belman, o cualquiera de sus informadores, me sorprendiera en compañía de Sonia. También es posible que tengan un chivato.
Satrústegui asomó la cara por la ventanilla del coche y respiró el aire húmedo de la noche de Bolscan.
– Yo no maté a esa chica, Martina.
La subinspectora no dijo nada, pero el comisario experimentó un principio de gratitud. Desahogarse le había sentado bien. Sin embargo, la próxima pregunta de su subordinada le hizo sentirse acorralado:
– ¿Qué hizo usted en la noche del lunes, señor?
Satrústegui cerró la ventanilla con lentitud. El ruido de la manivela, mal engrasada, le recordó los muelles de su cama, cuando Sonia lo montaba como una amazona encargada de aniquilar a los hombres.
– Imagino que estaría durmiendo.
– ¿Había alguien con usted?
– No.
– ¿Nadie que pueda atestiguarlo?
– No. ¿Ha terminado de someterme al tercer grado?
– Por el momento, sí.
– ¿Todavía quiere ir al teatro?
– Antes me gustaría contarle algo.
Los faros de un autobús urbano que se había detenido en la parada, justo detrás del coche del comisario, los iluminaron con fuerza. Martina esperó a que el autobús hubiese descargado a sus pasajeros, para decir:
– No es usted el único que ha sufrido. Hace años, mi propio hermano me hizo conocer la humillación y el dolor.
El rostro del comisario reflejó estupor.
– Creí que era usted hija única.
– Tuve un hermano, Leo. Se suicidó en 1970, a los dieciocho años.
El comisario experimentó una híspida curiosidad. Era la primera vez que la subinspectora le hablaba de su familia.
Martina se encogió aún más en el asiento del coche y dijo con voz tenue:
– Leo se ahorcó en el salón de mi casa, después de una noche de orgía. O de varias noches. Era adicto, y bebía sin parar. Jamás he vuelto a conocer a nadie tan seductor, a nadie tan cruel. Todavía hoy pienso que fue víctima de su propio encanto. Mi hermano podía mostrarse muy tierno, pero también despiadado.
– En 1970 yo ya estaba destinado en Bolscan -recordó el comisario, en tono de pésame, aunque sin saber realmente cómo reaccionar-, pero desconocía ese desdichado suceso.
– Mi padre arrojó tierra sobre el asunto. Ordenó incinerar el cuerpo de Leo. Depositamos su urna, sin oficio ni ceremonia, en el panteón familiar. No hubo esquelas, duelo, nadie le lloró. Yo le adoraba.
Martina fumó con avidez, una calada tras otra. Su voz de humo sonó como si fuera a quebrarse:
– Cuando yo tenía dieciséis años, mi hermano Leo me violó. Jamás se lo dije a mis padres. Tampoco lo había comentado con nadie, hasta ahora.
Satrústegui se quedó mudo. Se oían las bocinas de otros automóviles, pero el comisario sólo escuchaba el esfumado tono de la subinspectora, que siguió diciendo: -Ocurrió durante las primeras vacaciones en que mis padres nos dejaron solos. Una empleada acudía de día. Al caer la tarde, después de hacernos la cena, se marchaba. Leo tomaba un bocado en la cocina y salía con sus amigos. Regresaba a casa de madrugada, a menudo en compañía de alguno de ellos. Yo les oía en el salón, divirtiéndose. Ponían la música muy alta. Sus voces no me dejaban dormir.
El comisario parecía hundido en su asiento. La subinspectora continuó:
– Una noche bajé las escaleras. Llevaba un camisón blanco y el pelo suelto. Las palmas de las manos me sudaban al deslizarse por la barandilla. Leo estaba sentado en la alfombra, frente a otro chico. Sostenía un espejito, y cortaba la coca. El amigo se levantó al verme, como dispuesto a irse, pero Leo le recomendó que se quedara. Tuve la impresión de que mi hermano me atravesaba con la mirada, y de que en ese gesto había algo físico, un deseo, una amenaza.
Satrústegui pensó que debía opinar, pero algo así como una membrana bloqueaba su mente. Martina le miró sin parpadear.
– Regresé a mi habitación y me acosté. Leo y su amigo habían apagado la música. La casa estaba en silencio, pero no pude dormir. La puerta de mi dormitorio se abrió. Leo estaba desnudo. La silueta de su amigo se recortaba contra la luz del pasillo. Supe lo que iba a pasar. Me quedé quieta, con los ojos abiertos. No me resistí, no habría servido de nada. Sentí una humillación que me invadía por completo, pero no lloré. Mi hermano sí lo hizo, encima de mí. Sus lágrimas me quemaron los labios en lugar de los besos que no se atrevió a buscar en mi boca; la suya destilaba una saliva residual, con sabor a culpabilidad. Después, Leo se levantó de la cama y, enloquecido, expulsó al otro. Oí la puerta principal al cerrarse. Mi hermano se acostó en su cuarto, cuyo tabique pegaba con el mío. Le oí llorar como un animal enfermo. No pensaba en vengarme. Sólo sentía una piedad que abarcaba aquel presente profanado, las risas y los juegos que Leo y yo habíamos compartido, los muñecos de nieve, las jornadas de pesca, los cumpleaños, las notas escolares, los viajes, las mascotas, los disfraces.
Se hizo un silencio dramático. Moteando el rostro de la subinspectora, los faros de los automóviles iluminaban a fogonazos la oscura avenida.
Ahora, Martina tenía las manos engarfiadas a los muslos, y los hombros ligeramente inclinados hacia delante. A un lado de la cara le caía la melena corta. El comisario pensó que esa mujer estaba hecha para desafiar el sufrimiento. Que su ser, por debajo de su frágil y dinámica apariencia, era galvánico, y que su voluntad, a fuerza de tensarse en la batalla contra el lado oscuro de la vida, era indesmayable, férrea. Satrústegui pensó también que Martina de Santo regresaba de algún lugar donde él nunca había estado. De un paraje desnudo de sentimientos, árido y frío como las montañas de la luna, o como un bosque muerto y sumergido en arenas movedizas.
– ¿Por qué me ha contado todo eso?
Los ojos de la subinspectora adquirieron una tonalidad mercurial. Había terminado su cigarrillo, y encendió otro con la punta del anterior.
– Porque confío en usted, y porque es mi manera de explicarle por qué me hice policía.
El comisario miró su reloj, deseando cambiar de tema. Encendió el motor del coche y aceleró por la avenida.
– Seremos los últimos en llegar al estreno. La gente murmurará.
– ¿Más de lo que ya pensaban hacerlo? -sonrió, con ambigüedad, Martina.
La subinspectora no había podido olvidar el rostro de aquel chico semioculto en el pasillo de su casa, la cara ansiosa y pálida, excitada por la expectación y el miedo, del único testigo que vio cómo su hermano Leo la violaba.
No había vuelto a encontrárselo, aunque sabía de él por los periódicos. Iba a verlo en pocos minutos, actuando sobre las tablas del Teatro Fénix.
El amigo de juventud de su hermano Leo se llamaba Antonio Sancho, pero en el mundo de las candilejas y del cine era más conocido como Toni Lagreca.
Cuando llegaron al Teatro Fénix, eran las diez en punto de la noche. Los últimos espectadores se apresuraban a entrar.
El comisario y la subinspectora ocuparon sus localidades en uno de los palcos. A Satrústegui le hubiese gustado disfrutar de la obra con la única compañía de Martina, pero no estaban solos. Casi con repugnancia, Satrústegui distinguió en las butacas contiguas (en realidad, altas sillas tapizadas de terciopelo) al inspector Lomas y al jefe de protocolo del Ministerio del Interior. En el eje del proscenio, junto al alcalde de Bolscan, Miguel Mau, y al gobernador Merino, el ministro Sánchez Porras presidía el palco de honor.
La función acababa de empezar.
Contra lo que el público esperaba, por la expectación que había despertado el estreno, los elementos coreográficos de la versión del clásico eran avaros, aunque originales. Dispuestos en caprichosa simetría, grandes cubos de conglomerado repartían sus volúmenes a lo ancho del escenario. Mediante un mecanismo de poleas y émbolos, esos paralelepípedos se irían convirtiendo en tronos, en foros, en acrópolis, en sepulcros. Gracias a la gama lumínica, de un celeste iridiado al rojo carmesí, representarían, sucesivamente, la ensangrentada noche, los limpios y cenitales cielos de Grecia o las tres puertas del palacio de Tebas, la de los soberanos, el gineceo y esa otra que daría entrada a Antígona desde los campos donde yacía muerto, insepulto, su hermano Polinice.
El foco seguía a Antígona, en diálogo con su hermana Ismene.
– Increíble -observó Satrústegui, inclinándose hacia Martina-. ¿Se ha fijado en Gloria Lamasón? ¡Es una ninfa!
Caracterizada de heroína clásica, la veterana actriz ofrecía un aspecto de tal pureza y juventud que la claridad escénica parecía transparentar su maravillosa piel, como un arcángel carnal. Una postiza melena rubia, espesa y dorada, le caía sobre la túnica, y hasta su voz, el trágico y como amplificado tono característico de la diva, sonaba clara, adolescente, furiosa y rebelde a la vez.
– Parece que tenga dieciocho años -comentó Martina.
Los demás personajes fueron sucediéndose en el escenario, armando y matizando sus papeles a lo largo de los cuadros, pero, de no haber sido por el glorioso texto, frente a la perfección de aquella purísima Antígona habrían resultado casi vulgares.
La subinspectora consultó el programa de mano. El ciego adivino Tiresias no era otro que su viejo conocido Toni Lagreca. El maquillaje y caracterización del actor, su falsa barba y la enmarañada peluca hacían irreconocible al amigo de su hermano Leo, a quien, por otra parte, hacía catorce años que, salvo en las páginas de las revistas, no veía. Su interpretación de Tiresias era excesiva. Resultaba obvio que Lagreca estaba impostando al máximo la voz, hasta amasarla en un lamento fúnebre. Debido, quizás, a los nervios del debut, sobreactuaba.
Curiosamente, la profética voz de Tiresias no le resultó a Martina por completo desconocida. De la misma manera que, al despertar, solía perseguir el evanescente rumor de las voces oídas en los sueños, la subinspectora cerró los párpados y se concentró en grabar en su memoria el timbre actoral de Toni Lagreca.
Desde hacía años, el cerebro de Martina almacenaba un registro de voces. La subinspectora adoraba los timbres graves, como el de Lagreca, realmente, que hacían resonar en ella arpegios heroicos, una épica de batallas perdidas y estandartes arrastrados por el polvo. Aborrecía, en cambio, las voces agudas, la de Juan Monzón. La reconfortaban los tonos guturales, el de Horacio Muñoz, por ejemplo, tan profundo y melódico. Le agradaban las voces jerárquicas, metálicas, nacidas para mandar, como la de Conrado Satrústegui, aunque ahora, a causa de su ordalía, la voz del comisario se hubiera envilecido con un inseguro repique. Eran del indiferente gusto de la detective los tonos medios, discretos, elegantes, y de su franca oposición la banda de entonaciones melifluas, amaneradas por las modas sociales, que, unidas a una vicaria dicción, sólo conseguían irritarla. Tampoco le seducían los acentos, por lo que de étnico, tribal o gregario aducían, ni conseguían transportarla las voces que acunaban vanidad. En esta última etiqueta había incluido Martina los timbres de Néstor Raisiac y de Cristina Insausti, que habría distinguido entre mil, a condición de que entre ese elenco no figurasen otros catedráticos, ni hombres de Dios, ni locutores de radio. Martina había amado sobre todas las voces las de su padre y de su hermano Leo, tan similares que, incluso mucho después de que Leo ya no se encontrase en la tierra, seguía oyendo a su hermano, encarnado en el embajador, reclamando las tostadas del desayuno o contestando el teléfono en el salón de los De Santo.
Martina siguió concentrándose en la voz de Tiresias al recitar los inmortales monólogos de Sófocles, cuyas salmodias resonaban en la platea como un profano evangelio.
– Tengo que salir a fumar -le dijo al comisario.
– ¿No puede resistir?
– El vicio es más fuerte que yo.
– ¿Quiere que la acompañe?
– Se perdería el final, y no me lo podría perdonar.
La subinspectora cerró la puerta del palco y encendió un cigarrillo, pero no se quedó a fumarlo en el antepalco ni en los ovalados corredores forrados de una espesa seda de color albaricoque. Bajó a la carrera las escaleras del teatro y pidió al acomodador un pase de salida.
Fuera, en la calle, detuvo un taxi e indicó al conductor que la llevara aprisa a la Comisaría Central. Calculaba que, si pretendía estar de vuelta para aplaudir a los actores, no dispondría de más de media hora para despejar una duda que estaba asaltándola.
Pidió al taxista que la esperara en la entrada de Jefatura y atacó las escaleras, pero resbaló y se le rompió un tacón. Entró como una Cenicienta en la Comisaría Central, con los zapatos en la mano, y atravesó descalza los pasillos de las dependencias policiales.
El Grupo de Homicidios estaba desierto. A fin de practicar una comprobación que no deseaba aplazar (porque en su método, como le sucedía con la levedad de las voces soñadas, el paso del tiempo disfrazaba su origen), la subinspectora se encerró en la cabina de sonido, hizo rodar la cinta que contenía las amenazas de muerte contra ella y se empleó en manipular los ecualizadores de la mesa de mezclas que se empleaba para verificar las grabaciones telefónicas, modificando los tonos en diversos registros.
Luego abandonó el Grupo y bajó al archivo. A la luz de un flexo, Horacio Muñoz estaba concentrado en escribir, al tiempo que aplicaba reflexivos mordiscos a una manzana. Al ver aparecer a la subinspectora con su elegante traje de noche, pero descalza y con los zapatos anudados al cuello, el archivero se quedó de piedra.
– ¿Adónde va tan elegante, Martina?
– Pregúnteme mejor de dónde vengo. Acabo de escaparme del Teatro Fénix.
– ¿Le molestaban los tacones?
– No era ése el motivo, aunque se me ha roto uno.
– Tengo un martillo por ahí. Déjeme, se lo arreglaré. ¿Por qué se fue del teatro? ¿Le aburría la función?
– Quería despejar una duda.
– ¿Ha vuelto a experimentar alguna de sus corazonadas?
– Si pretende aludir humorísticamente al caso que nos ocupa, tendrá que buscar otra figura retórica. El corazón de la mujer desollada, Sonia Barca, no le fue arrancado del pecho.
– Todo un detalle, por parte del asesino.
– Siga hablando, Horacio.
– ¿Cómo dice?
– Hable, diga cualquier cosa.
– Perdone, subinspectora, pero no la comprendo.
– Las voces, Horacio, revelan la música del alma. Nunca se lo he dicho, pero me encanta su voz.
– ¿Me va a hacer un estudio fonético?
– ¿Prefiere que le describa su espíritu?
Horacio se sobrecogió. Le devolvió el zapato, que acababa de reparar, y la observó mientras se lo ponía.
– Inténtelo.
La voz de Martina se difuminó por el archivo:
– Su alma no es inmortal, Horacio. Si su espíritu yace a ras de suelo, sin alcanzar las nubes de sus sueños, si es contingente y larval, como las brasas de una hoguera apagada, se debe a que la luz no ha llegado aún a iluminar su rencor. Piensa que no es quien fue, y distribuye culpas porque nunca aceptó que el disparo que lo mutiló le haría más fuerte, y que, de la misma manera que la pólvora, además de herir, cauteriza, templaría y maduraría su alma y su voz. Que son melancólicas, y se compadecen en la sombra. Que son generosas, hasta confundir el valor con la temeridad. A la luz de la luna, Horacio, su voz suena como la corriente de un río, y por eso su alma brilla como la de un detective.
El archivero dudó entre emocionarse o replicar, pero la subinspectora no iba a dejarle disfrutar de nuevos momentos poéticos.
– He leído su informe sobre la suramina. ¿Está acopiando bibliografía?
– Sólo era una primera sinopsis -repuso Horacio; tenía varias enciclopedias médicas abiertas sobre su mesa-. Esencialmente, le he consignado su perfil curativo. La suramina es un fármaco poco común, difícil de conseguir, y que obligatoriamente se dispensa con receta médica. En Bolscan sólo quedan unas pocas existencias de suramina en la Unidad de Enfermedades Tropicales del Hospital Clínico.
– ¿Para qué se emplea?
– Para curar la enfermedad del sueño.
– ¿La que inocula la mosca Tsé-Tsé?
– Exactamente, subinspectora. Ese insecto hematófago, de considerable tamaño, pues puede alcanzar los diez centímetros, transmite al hombre la tripanosomiasis africana, en sus variantes gambiense o rhodesiense.
– ¿Existe vacuna?
– No. Una vez contraído el parásito, la suramina es el único remedio conocido capaz de aniquilarlo.
– ¿Cuándo apareció la enfermedad del sueño?
Horacio consultó sus notas y adoptó un aire vagamente clínico, que a la subinspectora le hizo sonreír.
– El primer caso, por zoonosis, o picadura de Tsé-Tsé hidrófila, especie propia de la costa atlántica del continente negro, y de las orillas de los grandes ríos tropicales, se registró en Gambia, en 1901. Diez años después, una variante xerófila de dicha mosca parasitaria, aclimatada en geografías más secas, en la sabana, extendió la tripanosomiasis a Rhodesia. Entre 1920 y 1960 se ensayaron distintos tratamientos, sin éxito, hasta que, hacia 1970, la epidemia conmocionó a la nación del Zaire, donde se declararon oficialmente contagiadas más de cinco mil personas. Sin embargo, según los observadores sanitarios destacados a la zona, la cifra real pudo afectar a cincuenta mil individuos.
Martina memorizó esos datos.
– ¿Cuál es el ciclo de la enfermedad?
– A raíz de la picadura, los tripanosomas son absorbidos por el torrente de sangre humana, incubándose durante un período que oscila entre diez y veinte días.
– ¿Qué síntomas se derivan de la infección?
– En la tercera semana aparecen fiebre alta, dolor de cabeza y trastornos cardíacos. Aumentan los ganglios linfáticos. Paralelamente, el hígado y el bazo incrementan su tamaño.
– ¿Por qué se llama enfermedad del sueño?
– Porque, de continuar multiplicándose el parásito, el período neurológico cerebral se caracterizaría por períodos de somnolencia cada vez más prolongados, alteraciones de personalidad y una debilidad progresiva que, con frecuencia, puede llegar a causar el coma, y la muerte.
– ¿Se han dado casos recientes en España?
– Fuera de África, son muy raros.
– ¿Tampoco en viajeros, en turistas?
– Tendría que verificarlo.
– ¿Puede hacerlo?
– Si usted me lo pide…
– Se lo ruego.
– En ese caso, cuente con ello.
– No sé qué haría sin usted, Horacio.
El archivero le dio un mordisco a la manzana. La pulpa crujió entre sus dientes.
– En el trabajo le costaría encontrarme sustituto, pero ya veo que para sus ratos de ocio su ideal masculino es otro, y misterioso.
– ¿Lo dice porque he preferido a Conrado Satrústegui para ir al teatro?
Horacio Muñoz emitió un silbido.
– ¿El comisario es su pareja de esta noche?
– Institucionalmente hablando, sí.
El archivero hizo chasquear la lengua.
– Las noticias vuelan. He oído que Satrústegui ha caído en desgracia. No puedo decir que lo lamente.
– Debería ser más piadoso, Horacio.
– Tiene usted demasiada confianza en los mandos, Martina.
– No lo crea. Y, para demostrárselo, voy a encomendarle una misión: vigile al comisario Satrústegui e infórmeme de todos sus movimientos.
El archivero se la quedó mirando con aire mefistofélico.
– ¿Satrústegui es sospechoso? ¿Realmente cree, subinspectora, que el comisario tuvo algo que ver con el asesinato de esa chica, según sugería la prensa?
– Espero averiguarlo con su ayuda.
– Me convertiré en su sombra -prometió el archivero.
– Acaba de recordarme a Tiresias, y mi obligación de volver al Teatro Fénix. Prometo invitarle a una próxima función, con cena incluida.
– ¿Se pondrá el mismo vestido que lleva ahora?
– No sabía que la piel tuviese la propiedad de disimular mis defectos.
– De esa piel, quizás, ese aire suyo que no acierto a describir… ¿Salvaje?
– No olvide que los poetas cantan a los tigres.
– ¿Y a las panteras con guantes de seda?
Martina desgranó una carcajada y se cubrió con el abrigo.
– ¿Le parece una pregunta pertinente para una seria oficial de Policía?
Horacio aplicó otro mordisco a la manzana. Un trocito de piel se le adhirió a la barba.
– Algún día, Martina, le formularé una pregunta pertinente de verdad.
– Hágamela ahora. Total, llego tarde.
– ¿Qué será del hombre del que usted algún día se enamore?
La cristalina risa de Martina volvió a invadir el archivo.
– Sólo puedo decirle que lo sentiré por él, que no le inocularé la enfermedad del sueño, y que conocerá la felicidad.
Cuando la subinspectora regresó al Teatro Fénix, la función había acabado. Esgrimiendo sus cigarrillos, círculos de espectadores se agrupaban en el hall. El cóctel ofrecido por la compañía iba a tener lugar en el ambigú, situado en la última planta, en forma de torreón octogonal.
Caballerosamente, el comisario Satrústegui aguardaba a Martina con las invitaciones. La fiesta era bastante exclusiva. Bajo las lámparas de araña, o en torno a las barras dispuestas para las bebidas, se congregaba la comunidad artística de Bolscan y buena parte de sus representantes políticos. Las vidrieras emplomadas y el suelo de mármol blanco del torreón, cubierto con una espesa alfombra de tonos azules, prestaban al ambiente una atmósfera de bohemia y distinción.
– ¿Dónde se había metido? -preguntó el comisario-. La he buscado por todo el teatro.
– Lo siento -se disculpó Martina-. Salí a respirar un poco de aire fresco.
Discretamente sentado en un rincón, el ministro del Interior presidía una tertulia. Su jefe de protocolo se había hecho con una bandeja de canapés, que él mismo, servilmente, sostenía. El gobernador Merino, el alcalde Mau, el director general de la Policía y algunos diputados y senadores, entre otros jerarcas que rodeaban al máximo responsable de la seguridad del Estado, iban picoteando mientras eran informados por Sánchez Porras del atentado de Madrid.
– Pese a todo -concluía el ministro-, puedo asegurarles que al terrorismo le quedan dos telediarios. Sólo son una pandilla de fanáticos unidos por una demencial utopía. Nuestras Fuerzas de Seguridad están preparadas, y pronto ganarán la batalla. En el fondo, aunque les cueste creerme, me preocupa más la delincuencia común. Nuestro pueblo es consuetudinario, de plaza mayor, y es ahí donde nos jugamos la confianza ciudadana.
La conversación derivó al crimen de Bolscan, a la misteriosa ejecución ritual perpetrada en el Palacio Cavallería.
– Locos -dijo el ministro-. Neurópatas. Hasta ahora, nuestros delincuentes no pasaban de la albaceteña, de la recortada, pero cualquiera puede ver todas esas películas de asesinos en serie y acabar protagonizando su versión española. Lo siento por esa pobre muchacha. ¡Desollada, por el amor de Dios! A propósito, Recarte, recuérdeme que envíe un telegrama de condolencia a la familia.
– Tomo nota, ministro -asintió el jefe de protocolo.
Los actores de la Compañía Nacional comenzaban a hacer su aparición. Toni Lagreca, según correspondía a la estrella masculina del reparto, se hizo esperar. En cuanto lo vio en el torreón, el ministro se puso en pie y fue a saludarlo. Algunos fotógrafos destacados en la fiesta inmortalizaron su afectuoso abrazo, una imagen que, al día siguiente, a falta de fotos de Gloria Lamasón, abriría la sección de escenarios de los periódicos locales.
De pronto, Conrado Satrústegui advirtió que uno de esos gráficos, menudo y de voluminosa cabeza, un tal Espumoso, cuate de Belman, les estaba disparando flashes. Detrás del fotógrafo asomaba el perfil de Gabarre Duval, redactor jefe del Diario de Bolscan.
– Los carroñeros olfatean mi cadáver -masculló el comisario, descompuesto.
Temiendo una gresca, Martina lo agarró de un brazo.
– Mantenga la calma.
– Para usted es fácil decirlo. Nadie la ha acusado de complicidad de un crimen.
– Tampoco a usted. Venga, vamos a tomar un whisky.
– No debería haber aceptado mi invitación, Martina. Siento haberla metido en esto.
Un portavoz de la Compañía Nacional de Teatro reclamó a los periodistas y los reunió en una esquina. La diva no iba a acudir al cóctel. Su representante afirmó que Gloria Lamasón arrastraba una dolencia contraída en fechas recientes, y que la tensión del estreno la había extenuado. Desde su camerino, se retiraría al hotel. Las representaciones de Antígona, previstas en el Teatro Fénix hasta el 14 de enero, no iban a sufrir otro cambio que su reducción a un pase diario, en lugar de la doble función que en principio se había programado.
Uno de los redactores quiso saber qué tipo de afección sufría la actriz, a la que, por otra parte, gozando en apariencia de radiante salud, se había visto pletórica en escena. El portavoz se refirió a una pasajera gripe, y aseguró que, en pocos días, la diva concedería una rueda de prensa para agradecer las múltiples muestras de afecto y las felicitaciones que, a buen seguro, iban a lloverle tras su memorable actuación.
Realmente, el estreno había sido un éxito. Los críticos de los principales diarios nacionales, invitados por el Ministerio de Cultura, del que dependía la Compañía Nacional, compartían enfáticos asentimientos, y una particular destreza en la caza del canapé. Elogios hacia la obra y sus actores, inspirados por la gratitud de un público institucional que había disfrutado intensa y (en la mayoría de los casos) gratuitamente del bello espectáculo, surgían en todas las conversaciones. Pese a su ausencia (o quizá, debido a ello), Gloria Lamasón era quien mayor admiración despertaba. Su interpretación de Antígona, que ella misma, en las únicas declaraciones concedidas con antelación al estreno, restringidas a un cuestionario, había calificado como un desafío en su carrera, sedujo y convenció. La crítica iba a destacar el milagro de su transformación, y cómo, pese a su edad (oficialmente, cincuenta años, aunque una biografía no autorizada le atribuía cinco más), había logrado encarnar al personaje, en su rota alegría, en su abismal sufrimiento, a la perfección.
Martina de Santo no iba a necesitar el báculo de los críticos para rendir pleitesía al talento de Gloria Lamasón. Pese a haberse perdido las últimas escenas, el trabajo de la actriz le había calado muy hondo, hasta las capas freáticas donde su propia Antígona, la hermana arrojada por la tragedia, por el destino, a la soledad y al dolor, dormía su atormentado sueño de princesa huérfana.
No fue casualidad que, al pensar en su pasado, la subinspectora estuviese mirando a Toni Lagreca. La escena de la violación se le representó con una precisión nítida. Volvió a ver al amigo de su hermano en el pasillo de su casa, asomando a su dormitorio una cara asustada mientras Leo se introducía en su cama y comenzaba a tocarla como nadie la había tocado, sin curiosidad ni deseo, con un ansia de posesión que, de un golpe inesperado, catorce años atrás, había transformado su relación fraterna en una atávica claudicación. Aquella noche, los soles del tiempo retrocedieron en el firmamento hasta la época en que las hembras eran bestias de arreo y se las tomaba sin mirarlas, desde arriba, con instinto y poder. Durante dos interminables semanas, hasta que su sangre fluyó, Martina temió haberse quedado embarazada de Leo, y que el hijo de ambos, concebido en el lodo de la humillación, naciera tan monstruoso como la aberración que lo había engendrado.
– Hola, Toni.
Lagreca no la reconoció. Sólo vio a una mujer hermosa y pálida, con un collar africano, de oro, y una mirada que parecía cortar el aire.
– 1970. Yo llevaba un camisón blanco, el pelo suelto, y me sudaban las manos.
El actor tardó en descubrir los hilos del recuerdo. Un tortuoso laberinto debió de conducirlo hasta la guarida del Minotauro, porque cuando hubo regresado a aquella noche en casa de los De Santo quedó abatido por la vergüenza.
– ¡Eres tú, Martina…! No sabes cuántas veces quise decirte lo mucho que lo sentí. Lo tuyo, lo de Leo. Debí haberlo impedido, pero habíamos bebido y…
– ¿Leo también se acostaba contigo? -le preguntó Martina, brutalmente.
– Éramos íntimos -vaciló Lagreca-. Puede que alguna vez, cuando nos pasábamos con la coca… Pero ¿qué importa ya? Leo está muerto.
– Nadie lo sabe mejor que yo. Déjalo, Toni. No he venido para recriminarte nada. Te felicito por tu actuación. Has estado muy convincente.
– ¿En serio? -se apaciguó Lagreca, sonriendo con la misma encantadora y falsa timidez que destinaba a las cámaras-. Para ser sincero, cometí errores. Soy capaz de sacarle más jugo al viejo Tiresias.
– Eso será si te lo permite tu propio personaje. Porque durante estos años te has convertido en una atracción.
Lagreca hizo un gesto mundano.
– El oficio impone cierta promiscuidad. Un verdadero actor acaba ignorando quién es. Convives con personajes del drama y del mundo real, sin que acabe por importarte quiénes gozan o te hacen más daño. Pero háblame de ti. ¡La pequeña Martina! ¿Y si te dijera que fuiste mi primer amor?
– No te creería. ¿Qué puedo contarte? Mis padres murieron. Me hice policía.
– ¿Tú, poli? -rió Lagreca, amaneradamente-. ¡Jamás lo hubiera imaginado! Leo solía vaticinar que te convertirías en actriz, porque estabas siempre actuando.
– Aquella noche no pude hacerlo, Toni.
– No, supongo que no. ¿Te has casado?
Martina negó con la cabeza.
– ¿Y tú?
– Tampoco. Tuve algunos romances, nada definitivo.
– Hace poco te atribuyeron uno con Gloria Lamasón.
– ¿También tú lees ese tipo de revistas?
– De vez en cuando tengo que ir a la peluquería.
– Malditos plumíferos -protestó Lagreca-. Sólo les interesa saber con quién te acuestas o te dejas de acostar. Es cierto que Gloria y yo tuvimos una liason, pero terminó el año pasado, antes de ensayar Antígona.
– Ella es mucho mayor que tú.
– Me atraen las mujeres maduras. Imagino, ya que estamos con la tragedia clásica, que un psiquiatra diagnosticaría complejo de Edipo.
– Me encantaría conocerla -dijo Martina.
– Yo mismo te la presentaré, en cuanto se haya recuperado.
– ¿Qué le pasa, está enferma?
– Una simple afección estomacal. Disculpa, debo dejarte. El ministro me reclama.
– ¿De qué conoces tanto al ministro?
Lagreca le guiñó un ojo.
– Antes de ser un astro de la política, Sánchez Porras llevó una vida movidita. Si el presidente se entera de la décima parte de las cosas que yo sé de él, y de lo que hacía con su porra, lo sacrifica.
– Hablando de sacrificios, Toni. ¿Te gustó la exposición sobre la Historia de la Tortura?
– ¿Cómo sabes que estuve visitándola?
– La obligación de la policía es saberlo todo, en especial cuando investigamos un asesinato.
– ¿Un crimen? ¿Dónde?
– En el Palacio Cavallería.
– Es cierto, lo he leído en el periódico. Debió de ser atroz.
– Una cámara te grabó al entrar, unos días antes. Estamos analizando la película, por si nos aporta alguna pista.
Lagreca se echó a reír.
– Suena bárbaro. Igual me inspira un argumento. ¿Sabías que tengo una productora de cine? ¿Por qué no me lo cuentas luego, tomando una copa?
Martina lo retuvo.
– Me pareció que te acompañaba un amigo. En las imágenes se te ve hablando con alguien.
– Con Alfredo Flin, otro de los actores. Fuimos juntos, a los dos nos encantan las cosas antiguas. Ven, te lo presentaré. Es muy simpático.
La primera impresión que la subinspectora tuvo de Flin fue la de un seductor. Pudo conversar con él porque el comisario la había dejado sola. Martina barrió de una ojeada el salón, pero no vio a Satrústegui. Dio por supuesto que, inquieto por la presencia de la prensa, el comisario había decidido marcharse.
Tal como le había adelantado Lagreca, Alfredo Flin era un hombre cautivador. En su rostro curtido, en cuyas patillas el algodón desmaquillador había dejado unas finas hebras, brillaba una de esas sonrisas a las que ni siquiera un dentista hubiera podido señalar el menor defecto. Sus ojos de color aguamarina parecían reír todo el tiempo, como animados por un irreductible optimismo.
Junto a él, sin apartarse un momento de su lado, y negándose a ceder a la recién llegada la más mínima porción de terreno, una de las actrices, que parecía ser la pareja de Flin, escrutaba a Martina de Santo con aire de rechazo; y sin entender, desde luego, por qué Lagreca les había aguado la fiesta dejándoles con aquella mujer.
– María Bacamorta -la introdujo Flin.
– Eurídice -sonrió la subinspectora-. Su interpretación ha sido magnífica.
– No estuvo mal, para un par de chicos de Los Oscuros -alardeó Flin.
La mente de Martina se aceleró.
– ¿Los Oscuros? ¿En La Clamor, cordillera adentro?
– Justo -asintió Flin-. ¿Conoce el lugar?
– Ya lo creo. A mi padre le gustaba pescar en los ríos trucheros.
– Yo dirigía la Escuela de Teatro del Instituto. María era una de mis alumnas. Y fíjese adonde ha llegado.
– La espera un gran futuro. ¿Tenía muchos alumnos, señor Flin?
– Alrededor de una docena.
– ¿Entre las alumnas, una llamada Sonia Barca?
Flin se conturbó. Estaba fumando, y el humo permaneció en sus pulmones hasta brotar con secas palabras:
– Lo he visto en la prensa, esta mañana. Qué cosa más terrible. Jamás hubiese sospechado que Sonia fuese a terminar así. Nadie se merece ese final, y ella menos que nadie.
La sonrisa de Flin había dado paso a una agobiada expresión; ahora miraba a Martina como preguntándose por qué estaba hablando con ella.
– Al presentarnos, Toni olvidó decirnos a qué se dedica usted.
– Martina de Santo, subinspectora de Homicidios. Investigo el asesinato de la mujer desollada. Usted estuvo en la escena del crimen, unos días antes, acompañando a Lagreca. Una cámara les grabó.
– ¿Y qué?
– ¿Sabía que Sonia Barca trabajaba como vigilante en la exposición?
– Claro que no.
– ¿Volvió a ver a Sonia, antes de su muerte?
– No contestes, Alfredo -le aconsejó María Bacamorta.
– Acompáñenme -ordenó Martina-. Tengo que hacerles algunas preguntas más, y prefiero que nadie nos oiga.
La subinspectora salió del ambigú y fue precediéndoles por las escaleras, hasta desembocar en el hall. Los últimos espectadores abandonaban el teatro.
Seguida a cierta distancia por la pareja de actores, Martina atravesó la platea, subió al escenario, rodeó el telón de boca, las bambalinas, y se introdujo por el pasillo de camerinos. Los tramoyistas se afanaban en recoger y ordenar el atrezo. Algunos de los figurantes que integraban el corifeo habían improvisado un cónclave junto a las cajas de música. Un porro pasaba de mano en mano.
La subinspectora abrió el camerino correspondiente a Alfredo Flin y María Bacamorta, cuyos nombres podían leerse en un cartel. El espejo corrido reflejó el demudado rostro de Flin.
– ¿Puedo saber para qué nos ha traído aquí?
Por toda respuesta, Martina abrió el armario empotrado en una de las paredes y lo inspeccionó. La regia túnica de Creonte y el vestido de gasa y seda que Eurídice lucía en escena colgaban de las perchas, sobre las sandalias que ambos habían utilizado. Las cuatro eran prácticamente del mismo pie.
– Pasen y cierren la puerta.
María Bacamorta parecía estar al borde de una crisis nerviosa. Respiraba con ansiedad, como si, en lugar de bajar las escaleras de los tres pisos del teatro, las hubiera subido.
– ¿Qué quiere de nosotros? -preguntó, asustada.
– Un poco de información, simplemente. Rogarles que colaboren con la policía.
– Tiene razón, María -aparentó plegarse Flin-. La subinspectora está trabajando en un caso de asesinato.
– Se trata de algo más que de un crimen. Su amiga Sonia Barca fue asesinada de una manera poco convencional. Quienes la mataron no se limitaron a quitarle la vida. Le arrebataron también la dignidad.
El silencio hizo más angosto el camerino. Flin cuestionó:
– ¿Por qué habla en plural?
La imagen del coche en el callejón le sugirió a Martina un cebo.
– Porque la investigación apunta a que los asesinos fueron dos, un hombre y una mujer.
María Bacamorta estalló:
– ¿Está pensando que lo hicimos nosotros?
Ignorándola, Martina preguntó a Flin:
– ¿Pueden especificarme dónde se hallaban ustedes en la noche del lunes?
María Bacamorta apretó los puños, en un ademán de rabia. Flin se apresuró a pasarle un brazo sobre los hombros.
– No pasa nada, María. Nosotros no hemos hecho nada malo.
– ¿Estuvieron juntos durante la madrugada del martes? -insistió la subinspectora.
– En mi habitación del Hotel Palma del Mar -aseguró Flin-. Solicité que nos subieran la cena, y no salimos en toda la noche. No le costará comprobarlo.
– Lo haré. Le decía, señor Flin, que unos días antes, el sábado por la mañana, concretamente, según reflejó la cámara de seguridad, usted visitó el Palacio Cavallería, donde se celebraba una exposición sobre Historia de la Tortura. ¿Qué recuerda de la muestra? ¿Le llamó la atención alguna de las salas, se fijó en las piezas expuestas?
– No me atraen las antigüedades. Fui por hacerle un favor a Lagreca. Toni no quería ir solo y me rogó que le acompañara. Había demasiada gente, y el recorrido me resultó agobiante. Estaba deseando marcharme.
– ¿Visitaron la sala azteca?
– Era un espanto. Creo recordar que había un ídolo, un altar, máscaras, cuchillos.
– Cuchillos de obsidiana, sí. Armas sacrificiales, sagradas. Una de ellas fue utilizada para cometer el crimen. Ese cuchillo ha desaparecido sin dejar rastro.
– ¿Y usted esperaba encontrarlo entre nuestras cosas? -gritó María, al filo de la histeria-. ¿Ha traído orden de registro?
– No digas tonterías, querida -intercedió Flin-. La subinspectora se limita a cumplir con su obligación.
– ¡No me contradigas, y menos delante de esta…!
– ¡Cállate! -le suplicó Flin.
Pero la actriz estaba fuera de sí.
– ¿No te das cuenta de que nos está acusando de ser un par de criminales?
– Yo no he tenido esa impresión -volvió a llevarle la contraria su pareja, mientras, como hubiera hecho un hermano mayor, le acariciaba el rubio y espeso cabello-. Lo más prudente será responder a sus preguntas. Terminaremos enseguida y podremos regresar a la fiesta.
– Agradezco su actitud, señor Flin -dijo Martina-. ¿Cuándo conoció a Sonia Barca?
– Hace cuatro años, en el último curso del Instituto de Los Oscuros. Sonia se había matriculado en la Escuela de Teatro.
– ¿Qué clase de relación mantuvo con ella?
– La de cualquier profesor hacia una de sus discípulas.
– ¿Era una buena alumna?
Flin frunció el ceño.
– Un tanto, ¿cómo decirlo?, atolondrada, dispersa. Pero tenía vocación.
– ¿Salía con algún chico?
– No lo sé.
– Su problema era decidir con cuál -ironizó àcidamente María Bacamorta.
Martina volvió a ignorarla.
– ¿Hasta cuándo permaneció Sonia en la Escuela, señor Flin?
– Seguiría conmigo el curso siguiente, porque se negó a entrar en la Universidad. Después se fue de su casa y le perdí la pista.
– ¿No volvió a saber de ella?
– De ciento a viento me llamaba por teléfono. No quería que nadie supiera dónde estaba ni qué hacía.
– ¿Y a usted, se lo contaba?
– Por encima. Hablábamos de su carrera, que, para ser sincero, nunca arrancó. Pero ella estaba obsesionada con llegar a actuar, y yo me creía en la obligación de alimentar esa esperanza.
La subinspectora se encaró con María Bacamorta.
– Por la edad que usted aparenta tener, debió de coincidir con Sonia en la Escuela de Teatro.
La joven actriz pestañeó. Martina lo interpretó como un asentimiento.
– ¿Eran amigas?
– No era fácil ser amiga de Sonia.
– ¿Por qué motivo?
– Estaba obsesionada con los chicos. Salida de madre, ya me entiende.
– ¿Tenía problemas con el sexo?
– Si los tuvo, supo resolverlos. Se iba a la cama con el primer par de pantalones que se le ponía a tiro. En ese sentido, no era muy distinta a su maestro.
Flin la rechazó, espetándole:
– ¿Qué estás diciendo, María, por amor de Dios?
– ¿Crees que no sé que me pones los cuernos? ¿Que te volviste a acostar con esa zorra? ¡La vi salir del hotel!
Zarandeándola, el profesor de teatro exclamó:
– ¡Estás loca! ¡Estás como una auténtica cabra!
María Bacamorta sonrió taimadamente, se desasió de él y abandonó el camerino dando un portazo que hizo temblar el espejo.
La subinspectora sacó su pitillera y ofreció un cigarrillo a Flin.
– Tenga, le sedará los nervios.
– Gracias. María es una buena chica, pero cuando se pone celosa no la puedo soportar.
– ¿Tiene razones para estarlo?
– Sonia estuvo en mi habitación del hotel, pero no pasó nada.
– Creía que María era su novia. ¿No comparte usted habitación con ella?
– Los padres de María han asistido al estreno, y se alojan en nuestro mismo hotel. Muy contra mi criterio, pues no tengo nada que ocultar, ella ha preferido guardar las apariencias, y dormir en una habitación aparte.
– Pero sí comparten el camerino.
– No había suficientes, por culpa del corifeo. Incluso Gloria Lamasón ha tenido que hacerle un hueco en el suyo a Toni Lagreca.
– Me decía que Sonia estuvo en su habitación. ¿Qué noche?
– La del domingo pasado.
La subinspectora lo miró a los ojos.
– ¿Se da cuenta de que sólo faltaban veinticuatro horas para que fuese asesinada?
Flin fumó con ansiedad, arrojando el humo por la nariz.
– Sonia estuvo en mi habitación, pero nos limitamos a charlar de los viejos tiempos. Habíamos quedado para tomar una copa en el garito donde ella baila los domingos por la noche, una sala de fiestas llamada Stork Club. Y terminamos en el hotel, hablando hasta el amanecer. ¿Por qué le cuesta tanto creerlo?
– Escuche, Flin -dijo Martina-. Todavía no sé por qué mataron a Sonia, pero sí que lo hizo alguien muy próximo a ella. Que la conocía bien, que tal vez la quería demasiado, o que la odiaba, pero que admiraba su cuerpo. Tres hombres, al menos, mantuvieron algún tipo de relación con Sonia en los días anteriores a su muerte. Ninguno de ellos, entre los que le incluyo, dispone de coartada sólida. Y yo cada vez tengo menos tiempo para averiguar quién la mató.
Flin tuvo que apoyarse en la mesa de maquillaje.
– En el cadáver de Sonia aparecieron restos de sangre y semen -continuó la subinspectora-. ¿Estaría dispuesto a someterse a unos análisis comparativos?
En la mirada del profesor de arte dramático emergió algo muy parecido al miedo, pero dijo, con aparente sinceridad:
– Colaboraré con usted hasta donde haga falta, incluidos esos análisis.
– Muy bien. Regresemos a Los Oscuros, a la Escuela de Teatro del Instituto. Sonia tendría dieciséis años cuando ingresó en el grupo, ¿no es así?
– En efecto.
– ¿Tuvo algún enfrentamiento con usted?
– Todo lo contrario, dentro de que, perdone que insista, Sonia era atolondrada, volátil, y le costaba mantener la más mínima concentración. Sufría para memorizar los textos, pero tenía voluntad. Constantemente me pedía libros, porque los de su padre, el quiosquero de la plaza, le parecían aburridos. Era una chica con inquietudes, y con un mundo personal.
– ¿Tampoco tuvo diferencias con el resto de los alumnos?
– Se llevaba pésimamente con las chicas. En realidad, no tenía una sola amiga. A la única que toleraba era a Camila Ruiz, una alumna de un pueblo vecino que acudía a la Escuela los fines de semana.
– Antes me dio la impresión de que su novia, María, mantenía una actitud hostil hacia Sonia.
– A María la devoran los celos, ya ha podido verlo. Ella y Sonia se soportaban, simplemente. Con su gemela era peor. Con Lucía, Sonia se peleó varias veces.
– ¿Su novia, María Bacamorta, tiene una hermana gemela?
– Tenía.
– ¿Ha muerto?
– Lucía falleció hace algo más de dos años, en el verano de 1981.
– ¿Cómo murió?
– Apareció ahogada cerca de Los Oscuros, en la Laguna Negra.
– ¿Un accidente?
– Desapareció bajo las aguas, sin que todavía hoy sepamos por qué.
– ¿Hubo testigos oculares?
– No, aunque María y yo estábamos cerca.
Hacía calor en el camerino. El rostro de Alfredo Flin se había teñido de esa saludable irrigación característica de los habitantes de la alta montaña. Por contraste, Martina parecía más pálida aún a la luz de las bombillas de ciento veinte vatios que enmarcaban el espejo.
La subinspectora inquirió:
– ¿Lucía Bacamorta se ahogó delante de ustedes, sin que se dieran cuenta?
– Por desgracia, así ocurrió -rememoró Flin, con un tono teñido de tristeza-. Habíamos organizado una barbacoa, y comido y bebido en abundancia. María y yo nos tumbamos sobre una manta, junto a la orilla del lago, bajo los árboles, y debimos de quedarnos dormidos mientras Lucía decidía darse un baño. Otras veces habíamos estado en la laguna, nadando y buceando y, aunque el agua es muy fría, nunca tuvimos el menor percance. Lucía era una buena nadadora, además. Pero ese día algo falló. Pudo sufrir un corte de digestión, o quizá la arrastró un remolino.
– ¿No pidió auxilio, no gritó cuando se estaba ahogando?
– Si lo hizo, no la oímos. María y yo estuvimos buscándola toda la tarde, hasta que anocheció. Bajamos al pueblo y dimos la voz de alarma. Los buzos de la Guardia Civil tardaron tres días en encontrarla. Las escorrentías del lago la habían arrastrado río abajo, lejos del merendero.
– ¿Vio usted su cadáver?
– Es una imagen que nunca olvidaré.
– ¿También Lucía Bacamorta asistía a la Escuela de Teatro, señor Flin?
– Era mi mejor alumna. Poseía un talento innato. Habría podido llegar a ser una inmensa actriz.
La subinspectora se dirigió a la puerta.
– Una última cuestión, señor Flin. ¿Lucía Bacamorta se parecía físicamente a su hermana María, tal como suelen parecerse dos hermanas gemelas?
– Dos gotas de agua no se asemejarían más.
– Su piel debía de ser muy blanca, entonces, y su cabello rubio.
– En efecto.
– ¿Era Lucía tan celosa como su hermana?
– No -contestó Flin, sin pararse a pensar la respuesta-. ¿Hemos terminado ya, subinspectora?
– Por ahora, sí.
– En ese caso, regresaré al cóctel.
Martina le dejó pasar y cerró la puerta del camerino.
Martina no había regresado de inmediato a su casa. A la salida del teatro, había buscado al comisario Satrústegui entre los invitados que, al término de la fiesta, se alzaban en la acera los cuellos de sus gabanes, pero no lo encontró. Había parado un taxi, y dado al conductor la dirección del Stork Club.
Cuando llegó al cabaret, era la una de la madrugada. Martina nunca había estado en esa sala de fiestas, situada en una de las calles comerciales del centro, en un espacio subterráneo de techo bajo y sin ventilación.
Lo primero que le repugnó al entrar al local fue el olor, una mezcla de tabaco, desinfectante, cosmético y sudor corporal. La sala estaba repleta de grupos de hombres que consumían sus bebidas con los ojos clavados en las strippers del escenario.
La subinspectora se identificó ante el portero, una especie de sparring con todo el aspecto de haber besado demasiadas veces la lona de un cuadrilátero, y, después, en medio de las mesas, siguió a un individuo de americana rosa y camisa negra que había salido a atenderla, y que se había presentado como el gerente del club.
Eladio Morán la había guiado por el laberinto de la sala, bajo el violento reflejo de luces anaranjadas y violetas que restallaban, al ritmo de la música, contra el poste cromado donde dos bailarinas desnudas se contorsionaban en un número lésbico.
Acodado en la barra, con la mirada turbia, Belman, el reportero de sucesos del Diario de Bolscan, abrevaba en una copa de balón. Si el periodista vio a la subinspectora, no supo reaccionar. Estiró los largos brazos, como para abrazarla, pero de su boca sólo brotó un turbión de sonidos inconexos. Morán lo apartó y le pidió que dejase de molestar.
El despacho del encargado estaba al otro lado de la sala, tras una oficina aislada al público, junto a la entrada al túnel de camerinos y la cabina desde la que se controlaban el sonido y las luces del escenario.
Martina no se sentó, ni perdió el tiempo.
– Sabrá usted, señor Morán, por los periódicos, que una mujer que trabajaba aquí ha sido asesinada. Se llamaba Sonia Barca, aunque es posible que usted la conociese por otro nombre.
Los labios delgados de Morán sonrieron con cortesía, pero su mirada era hostil.
– ¿Por un apodo artístico? No, Sonia no era de ésas. No aspiraba a hacer carrera, aunque con ese cuerpo habría podido llegar muy lejos. Como otras estudiantes que he empleado, sólo buscaba un sobresueldo.
– ¿Le pagaba bien?
Morán torció una sonrisa.
– No.
– Parece que le divierte hablar de la señorita Barca.
– No, subinspectora, no me hace gracia que se la hayan cargado, pero es una noche de mucho aforo y se consume a granel. Tengo derecho a estar contento.
– Un buen sueldo siempre es motivo de felicidad.
– Supongo. Yo me limito a ganarme la vida, como cualquier hijo de vecino.
– ¿El local es suyo?
– No. Tengo un fijo, y voy a porcentaje.
– ¿También con las chicas?
Un cortaúñas descansaba en la mesa de Morán, junto a cuadernos de cuentas y una caja de puros. El encargado cogió el cortaúñas y se puso a jugar con la lima.
– No sé qué quiere decir.
– Quiero saber si cobra usted por cada una de las prestaciones sexuales de sus bailarinas con clientes del Stork Club.
Morán soltó el cortaúñas.
– ¿Me toma por un proxeneta? ¿De dónde ha sacado esa idea?
– Del Código Penal.
El gerente le afiló una mirada de hiena.
– ¿Está intentando acogotarme?
– Puedo cerrarle el tugurio en menos de veinticuatro horas, si sigue por ese camino.
– No lo creo. Nuestros permisos están en regla.
– ¿Quiere que me ponga a preguntar la edad de las chicas?
Morán se reclinó en la blanda butaca de fieltro, que adoptó su forma. El graso cabello de su nuca había dejado una mancha antigua en el respaldo.
– Las niñas son mayores de edad. Todas. Saben lo que hacen, y para qué tienen un agujero entre las piernas. Dígame qué quiere saber y márchese cuanto antes.
Martina apoyó una mano en la mesa y se inclinó hacia delante.
– He venido a hacerle tres preguntas, señor Morán. Primera: ¿quién era Sonia Barca?
– Una chica de pueblo, con demasiadas ínfulas. Hará un par de meses apareció por aquí. Le hice una prueba y la contraté para un pase semanal.
– ¿Sabía bailar, lo había hecho antes?
– Creo que estuvo en Ibiza, en un club sado, pero no había hecho barra ni striptease. Camila, otra de las bailarinas, le enseñó. Por lo visto, se conocían.
– ¿Con cuántos hombres tuvo Sonia relaciones sexuales?
– No lo sé. Ella no participaba en…
– ¿En su porcentaje?
Morán no contestó. Eligió un puro y se dispuso a abrasarlo con un chisquero. Martina inquirió:
– ¿Cuándo fue la última vez que la vio?
– Es su cuarta pregunta, subinspectora.
– Responda.
Morán encendió con calma. Su veguero provocó un humo proletario.
– La vi por última vez el pasado fin de semana. En Nochevieja, cuando celebramos el cotillón. Las niñas se disfrazaron de Papa Noel. Sonia vino a divertirse con unos actores. Me los presentó, pero no recuerdo los nombres. A la noche siguiente, la de su pase dominical, repitió con uno de esos tipos. Estuvieron bailando y bebiendo hasta las tres. Hora, subinspectora, en que el Stork Club, en el más estricto cumplimiento de la ordenanza municipal vigente para los establecimientos públicos, cerró sus puertas a su respetable clientela.
– ¿Cómo se llamaba ese hombre?
– Ya le he dicho que no lo recuerdo.
– Haga memoria, Morán, o empezaré a pedir carnets de identidad.
El gerente se lo pensó dos veces.
– Tenía un apellido muy curioso.
– ¿Lagreca?
– Puede que ése fuese uno de los que estuvo en Nochevieja.
– ¿Alfredo Flin?
Morán chasqueó los dedos.
– Justamente.
– ¿Ve como su memoria no era tan mala?
– Eso decía mi madre.
A Martina le resultó imposible conciliar la imagen de Eladio Morán con una estampa doméstica, con el calor de una madre, pero siguió relajando el encuentro. Era claro que el gerente sabía más de lo que contaba, y podía volver a necesitarle. Por eso, dijo:
– A lo mejor, la próxima vez que me vea incluso se acuerda de mí y me invita a una copa.
– La dirección del Stork Club se complacerá en convidarla, subinspectora. ¿Sabe por qué acabo de acordarme del nombre de ese tipo? Porque el punto que bailaba con Sonia, además de apellidarse igual, se parecía un poco a Errol Flynn. ¿Le gusta ese actor? A mí me encantan sus películas.
– ¿Y a Camila, la amiga de Sonia, también le gustan esa clase de galanes?
– No lo sé, pero puede preguntárselo. Era una de las chicas que hacía striptease. Su número acaba de terminar.
La subinspectora salió del despacho de Morán y se adentró por el túnel de camerinos. Un olor imposible, a cloaca y colonia, flotaba en el subterráneo.
El vestuario de bailarinas estaba entreabierto. Del interior, en tono alto, casi a gritos, surgían dos voces en disputa. Martina se acercó lo bastante como para escucharlas.
– ¡Te dije que no quería volver a verte! -exclamaba una mujer, con el acento montañés de la franja occidental de la provincia de Bolscan-. ¡Nunca más!
– Escucha, Camila, sé razonable -repuso un hombre-. Lo nuestro puede volver a funcionar, lo sé.
– ¡Me maltratabas, David! ¡Y no ha nacido el hombre que me ponga la mano encima!
– No era yo, gatita.
– ¡Era la coca, claro! ¡Por eso estabas colgado todo el día, para tener una excusa y molerme a palos!
– Escucha, Camila…
– ¡Fuera de aquí!
La subinspectora retrocedió unos pasos, hasta la boca del túnel, y dejó pasar a un hombre joven, de unos veinticinco años de edad, alto, bien vestido, pero cuyo rostro, que revelaba cólera, tenía un tónico marginal, la piel mortecina, estropeada, y esa mirada apagada y astuta de los yonquis.
Martina llamó a la puerta, que seguía entreabierta.
– ¿Camila Ruiz?
– ¿Quién es usted?
– Soy la subinspectora De Santo. ¿Puedo hablarle, o llego en mal momento?
La bailarina había llorado. Se enjugó las lágrimas con la yema de un dedo y dijo:
– No me encuentro demasiado bien, pero pase.
Después de su actuación, Camila se había puesto una bata sobre su ropa de escena, limitada a un sujetador y a unas braguitas, también rojas, que asomaban entre los faldones de la bata, alcanzándole apenas a taparle el pubis. Camila debió de darse cuenta de su desnudez, porque se ajustó el cordón, se sentó y cruzó las piernas.
– No estoy muy presentable.
– Para responder unas cuantas preguntas no hace falta ir vestida de noche.
– ¿Qué me va a preguntar?
– Quiero que me hable de Sonia Barca, y de su relación con ella.
– Sé lo que le ha pasado… ¡Es monstruoso!
– Ciertamente.
– ¿La ha visto usted después de que…?
– Sí.
Camila abrió mucho los ojos.
– La despellejaron, ¿verdad?
– Prefiero no darle detalles del crimen.
– Hace dos días estaba tan viva, tan… ¡No puedo creerlo!
– ¿Hace dos días la vio por última vez?
– Hará un par de noches, sí.
– ¿La del pasado domingo?
– Sí, creo que sí.
– ¿Aquí, en el Stork Club?
– Sí.
– ¿Con Alfredo Flin, el actor?
– ¿Cómo lo sabe?
– Eso no importa. ¿Estuvo usted con ellos?
– Tomamos una copa juntos. Después, se fueron.
– ¿A la cama?
– No lo sé.
– Pero, ¿puede que sí?
– Puede.
Martina ofreció a la bailarina uno de sus cigarrillos ingleses sin filtro. Camila lo aceptó. Se lo llevó a los labios y lo manchó de carmín.
– Sonia era de Los Oscuros, en la cordillera de La Clamor. Tengo entendido que usted nació cerca de allí.
– En una pedanía vecina. Fuimos juntas al Instituto de Los Oscuros.
– Y allí conocieron a Flin, su profesor de teatro.
– Sí.
– ¿También usted quería ser actriz, Camila?
– No creo que tenga que contarle mi vida, subinspectora.
– Sólo la parte que se relaciona con Sonia. ¿Qué tal lo pasaban en la Escuela de Teatro?
– Era muy divertido. Ensayábamos, y todo eso.
– ¿Ensayaban juntas Sonia, usted y las hermanas, las gemelas Bacamorta, María y Lucía?
– Veo que se ha informado.
– Es mi obligación. Responda.
– Formábamos parte del grupo -repuso Camila, recelosa.
– ¿Bajo la dirección de Flin?
– Él era el profesor.
– ¿Y novio de alguna de ustedes?
– Puede que hubiese algún rollo, cosas del Instituto.
– ¿Sonia y Flin tuvieron un romance?
Camila se enderezó en la butaca.
– Hubo algo entre ellos. Sexo, supongo.
– ¿Y entre Flin y usted?
– Quedé con él un par de tardes. Nos besamos, y nada más.
Martina hizo una pausa. El espejo reflejaba su extrema palidez.
– Puede que usted no sepa, Camila, que la pareja actual de Flin es María Bacamorta.
– Sonia me lo dijo.
– Y la pareja de Sonia, ¿quién era?
– Le respondería si lo supiera, pero no lo sé.
– ¿No sabe que vivía con un hombre?
– Eso sí, pero nunca lo vi.
– ¿Nunca lo vio, ni sabe su nombre?
– No.
La subinspectora barajó otra pregunta, la que más le iba a costar.
– ¿Sonia se veía con un policía? Esta vez, Camila no necesitó pensar.
– Sí.
– ¿Vinieron al club alguna vez?
– Alguna vez. El se quedaba en una esquina de la barra, sin hablar con nadie. Se notaba que le desagradaba esto.
– ¿Ese policía estaba enamorado de Sonia?
– Hasta las cachas. Era tan claro que daba pena, y ganas de abrirle los ojos. El amor es ciego, dicen los ciegos.
Camila sonrió con picardía. Martina le devolvió la sonrisa.
– Me ha sido de mucha utilidad, señorita Ruiz. Me propongo visitar a la familia Barca, en Los Oscuros. ¿Quiere que les diga algo de su parte?
– Que lo siento mucho.
– Así lo haré. Si recuerda algo más de Sonia que yo deba saber, o si puedo ayudarla en algo, no dude en llamarme a este teléfono, a cualquier hora.
Martina anotó el número de Homicidios y arrancó la hojita de su libreta.
– A veces -le dijo, al entregarle la nota-, las mujeres maltratadas piden ayuda. Se lo digo porque casualmente oí su discusión con el hombre que hace unos minutos se estaba peleando con usted.
Camila se estremeció. En forma de vergüenza, o de odio, un trozo de su pasado pareció aflorar a sus ojos.
– Es un conocido de mis peores épocas.
– ¿Un camello?
– Entre otras cosas.
– ¿Teme que vuelva a agredirla?
– Con David nunca se sabe.
– Dígame su apellido. Me encargaré de que la deje en paz.
Camila dudó.
– No tema, no lo sabrá -le prometió Martina.
– Raisiac, David Raisiac.
– Comprobaré sus antecedentes, y vigilaremos sus pasos. No volverá a acercarse a usted.
– Gracias -dijo la bailarina.
– Soy yo quien tiene que dárselas.
Durante las cuatro o cinco horas que restaban de esa noche, Martina de Santo durmió profundamente.
La subinspectora soñó con voces que la llamaban desde algún lugar oculto tras una cortina de nieve. Vio, en un sueño blanco, árboles, picos nevados, un helado lago de cristal. Y vio a una mujer, cubierta tan sólo con una túnica griega, atrapada en sus frías aguas.
En el sueño, la mujer buceaba, y su túnica flotaba en la corriente. Pero, de pronto, la clámide se transformó en piel humana, en la cabellera y en la piel de otra mujer, y ese nuevo ser, como una deforme sirena, intentaba desesperadamente romper la capa de hielo para regresar a la superficie.
El jueves, 5 de enero, no había amanecido aún cuando sonó el despertador. La detective De Santo se puso ropa ligera y una cinta en el pelo y salió a correr por las calles de Bolscan.
La ciudad estaba tranquila. Martina corrió sin tregua, a buen ritmo. Tres kilómetros más allá, en el puerto, en la lonja de pescadores, se detuvo para tomar un café con leche y fumar su cigarrillo favorito del día, que, sin embargo, nunca apuraba, arrojándolo a mitad al agua aceitosa del puerto.
Los pesqueros faenaban entre la niebla. La subinspectora estuvo contemplándolos un rato. Un marinero la saludó desde la borda. Martina le correspondió, sonriente, y emprendió la carrera de vuelta. Al remontar las empinadas calles del barrio alto, el sudor afloró a su piel, liberándola de ese otro espeso y opresivo cansancio derivado de una investigación en marcha.
Se duchó, tomó en camisón, en la cocina, otro café, se puso encima el abrigo de su padre que había utilizado la noche anterior para ir al teatro y salió al porche a fumar un cigarrillo entero, el que debía darle la bienvenida a un nuevo día de acción. Desde el porche, se disfrutaba de una vista panorámica de Bolscan, con las torres de las iglesias recortadas contra el mar como cúpulas de una ciudad sumergida. Una luz rosada anunciaba un día frío y sin nubes.
La subinspectora recapituló en todo lo sucedido desde el lunes, a partir del momento en que había recibido la amenaza telefónica («No encontrarán… sino tu piel»), hasta su conversación en el ambigú y los camerinos del Teatro Fénix con María Bacamorta y Alfredo Flin. Tenía el convencimiento, pero no la certeza, de que cuanto había acontecido desde entonces guardaba relación entre sí. Y confiaba en que, a la manera de un puzle, aquellas piezas en apariencia desperdigadas, independientes, ajenas unas a otras, fuesen dibujando, poco a poco, una misma figura. Acaso el rostro de alguien que, como las apariciones de sus sueños, se escondía detrás de una clave, de un símbolo que la detective aún no había conseguido descifrar.
Martina se vistió con un traje negro de chaqueta, cogió su gabardina, su pistola, y se dirigió a Jefatura. Eran las nueve de la mañana.
En el Grupo de Homicidios, alguien había dejado sobre su mesa, abierto, un ejemplar del Diario de Bolscan.
Junto a la crónica de la estancia del ministro del Interior, se destacaba la dimisión del comisario Satrústegui, encubierta, afirmaba el periódico, por la solicitud de una baja temporal amparada en motivos personales.
En una de las fotos, Satrústegui aparecía en la fiesta del teatro, con un whisky en la mano, junto a la propia Martina de Santo. Alguien había dibujado un corazón, una cómica viñeta que los englobaba a los dos. Bajo la foto de ambos, en un recuadro, José Gabarre Duval, el redactor jefe del Diario, firmaba un billete de opinión exigiendo el esclarecimiento del crimen del Palacio Cavallería y la depuración de posibles responsabilidades. El medio editorializaba reclamando transparencia policial en aquellos casos de asesinato que, como el de la mujer desollada, sembraban una justificada alarma entre la población.
El inspector Buj cruzó frente a la mesa de Martina y se encerró en su despacho. Como si celebrase algo, se había peinado con agua, hacia atrás, y afeitado cuidadosamente, pero no por eso el habitual rictus de ferocidad había desaparecido de su cara.
La subinspectora tocó a su oficina.
– Entre.
– Buenos días, inspector.
– Lo serán para usted. ¿Ha leído la prensa?
– Alguien tuvo la amabilidad de dejar el periódico sobre mi mesa.
– Así están las cosas. Mal para nosotros, peor para el comisario. El jefe superior me está metiendo toda la presión del mundo. Asuntos Internos va a tomar cartas en el asunto. Y cuando esos buitres planean sobre el paisaje…
– Precisamente quería verle porque me propongo cambiar de aires.
El Hipopótamo la contempló con arrobo.
– ¿Usted también necesita unas vacaciones, por motivos personales?
– Quiero desplazarme a Los Oscuros, en la cordillera de La Clamor.
– ¿Qué se le ha perdido por allí?
– Se celebra el entierro de Sonia Barca, y hay algunos aspectos del caso que exigen una investigación sobre el terreno.
– No se me ocurre una manera mejor de perder el tiempo, pero usted verá.
Martina le advirtió:
– El comisario me ha encomendado que le dé cuenta de todos mis pasos. Si prefiere ignorar el resultado de mis pesquisas e interrogatorios, será usted quien responda ante el jefe superior.
– ¿Qué pesquisas? ¿Es que me va a describir al asesino?
– ¿Quiere un perfil?
– Esas zarandajas de los perfiles criminales son para los psiquiatras, y para que usted le coma la oreja al comisario. Para mí, un perfil es sólo un lugar apto para soltar una buena hostia. -Buj consultó su reloj-. Le doy cinco minutos, De Santo. Ni uno más, y estoy siendo generoso.
Martina se abrió la chaqueta y apoyó las manos en las caderas. La culata de su pistola relució con un brillo metálico.
– Con uno me sobrará. Creo que a Sonia Barca la mataron dos cómplices, un hombre y una mujer. El hombre escaló el Palacio Cavallería por su fachada posterior, se deslizó en el interior de la nave y apuñaló a la vigilante sobre el altar de la sala azteca. Le arrancó la piel y huyó con el trofeo por el muro exterior.
– ¡Qué imaginación tiene usted, subinspectora! ¿Por qué no se dedica a escribir novelas policíacas?
– Porque quizá no me atrevería a contar que en la policía española hay gente como usted.
La mano de Buj se alzó en un gesto amenazador.
– No le consiento… ¡Lárguese!
Martina se volvió hacia la puerta, y casi arrancó el pomo del tirón. Sin embargo, volvió a cerrarla por dentro, se apoyó contra el cristal y miró fijamente al inspector. Sus ojos irradiaban un fuego frío. Encendió un cigarrillo y dijo:
– El asesino del Palacio Cavallería es diestro, vigoroso y ágil, y calza un cuarenta y uno de pie. Posee conocimientos médicos, practica alpinismo y es aficionado a las civilizaciones antiguas. Su sangre pertenece al tipo AB. Por su parte, la mujer que actuó como cómplice le esperaba en el callejón, sentada en el interior de un automóvil, una berlina negra o azul marino, aparcada sobre la acera. Esa mujer usa gafas oscuras, aunque sea de noche.
La risa del inspector arrancó en sordina. Encendió a su vez un Bisonte y rompió a toser.
– Es el cuento más fantástico que he oído jamás.
– Me quedan treinta segundos. ¿Quiere que siga?
– Por favor. No me lo perdería por nada del mundo.
– Cuatro hombres -prosiguió la subinspectora, impávida- mantuvieron algún tipo de relación con Sonia Barca en un corto período anterior a su muerte. Juan Monzón, el individuo que vivía con ella, su novio, poseía un machete de filo mellado, que apareció en el registro de su casa. El machete estaba limpio. Por los cortes aplicados al cuerpo de la víctima no es imposible que ese machete se utilizase en el crimen, pero el doctor Marugán parece inclinarse a creer que en el desollamiento fue utilizado el cuchillo de obsidiana que faltaba en la exposición. Monzón carece de coartada. Estuvo en el museo a la hora del crimen, pero jura que Sonia no le abrió la puerta. Dejando al margen la posibilidad de que Monzón haya mentido, Sonia sólo pudo rehusar hacerlo por una razón: porque ya estaba muerta. Hemos sometido al sospechoso a una prueba hematológica. La sangre de Monzón pertenece al tipo A, la misma que la víctima, pero distinta a otros restos de sangre del tipo AB que también encontramos en el piso del palacio.
– Usted y sus tácticas invasivas -protestó Buj-. Siempre me hace lo mismo. Primero especula, luego reparte cartas y al final, sin chistera ni nada… ¡Zas, se saca el conejo!
– Es usted un maleducado, inspector.
– Algún día le hablaré de mi instrucción, De Santo.
Yo no tuve la suerte de nacer en la mansión de un papá diplomático. Tal vez no sea muy educado, pero sí justo. Voy a mantener sus cinco minutos. Sospechoso número dos.
Martina aspiró una calada y le echó el humo a la cara. La tensión entre ambos podía cortarse.
– Alfredo Flin, un actor de la Compañía Nacional de Teatro. Fue profesor de Sonia Barca en el Instituto de Los Oscuros, y desde entonces se mantuvo en contacto con ella. Pasó con Sonia la noche anterior a su muerte, en el Hotel Palma del Mar.
– Alfredo Flin, el penúltimo amante -resumió Buj-. Conozcamos al tercer hombre de la chistera.
– Néstor Raisiac, catedrático de Historia Antigua y comisario de la exposición sobre Historia de la Tortura. Sus gestiones fueron decisivas para itinerar las piezas de la muestra. Entre ellas, los cuatro cuchillos de obsidiana que él mismo desenterró en unas excavaciones del área maya. De algún modo, esos cuchillos, incluido el que pudo usarse en el desollamiento, le pertenecían. Raisiac coincidió con Sonia durante el montaje de la exposición, y mintió cuando le pregunté dónde estuvo y qué hizo en la noche del lunes. No es que carezca de coartada, sino que se ha fabricado una. Nadie como él conocía la escena del crimen.
– Néstor Raisiac -repitió Buj-. Ya sólo nos falta el cuarto conejo.
Martina tuvo que tomar aliento, pero no para ahogar la ira que le causaban las impertinencias del inspector, sino para actualizar el código ético de su profesión y denunciar al hombre a quien debía lo que era:
– Conrado Satrústegui.
Todos los sentidos de Ernesto Buj entraron en alerta. La voz de Martina se atenuó:
– El comisario mantuvo una relación erótica con Sonia Barca, quien, posteriormente, le abandonaría. Estaba despechado; desesperado, quizá. No tiene coartada para la noche del crimen.
Buj se quedó pasmado.
– ¡De modo que es cierto!
– Depende de lo que usted esté pensando.
– El divorcio lo desequilibró. ¡Se lió con una zorra, se dejó putear y la mandó al otro barrio!
Unos cuantos agentes charlaban en la sección. Aunque la puerta de Buj estaba cerrada, la conversación podía filtrarse al Grupo. Sin embargo, el Hipopótamo siguió alzando el tono:
– ¿Entonces, es verdad lo que decía el periódico? ¿Qué cree usted?
– Lo que yo crea no tiene demasiada importancia. Son los hechos los que deben trascender. Espero que ninguno de ellos escape a nuestra percepción, como ha debido escapar, hasta mi mesa, y cómicamente ilustrado, el ejemplar del Diario de Bolscan que habitualmente sólo recibe usted. Se lo digo porque debemos guardar discreción.
De pronto, le pareció que Buj la contemplaba con respeto. La sensación fue tan extraña que Martina se destempló. Llevaba un estuche de aspirinas en el bolsillo. Arrancó una y se la puso en la lengua.
– Seré discreto, subinspectora. Repítame adonde va, por si necesita cobertura policial.
– A Los Oscuros, río Aguas tuertas arriba.
Asintiendo, Buj le pegó una calada al Bisonte, pero la tos le hizo retemblar el pecho. Apagó el cigarrillo, asqueado.
– Conozco la zona. Mis suegros tenían una casita por allí. Hay mucha fauna. En una ocasión, maté un jabalí con mi Astra del calibre 38. Mi suegra lo condimentó; no dejamos ni el rabo. ¿A qué hora es el entierro de esa chica?
– A la una, creo. Debo hablar con la familia. Estaré de vuelta al anochecer.
– ¿Seguro que no quiere que la acompañe otro agente?
– Prefiero ir sola, si no le importa.
– Cuídese.
Martina fingió gratitud.
– Está más favorecido con el pelo mojado. ¿Celebra algo, inspector?
– He prometido llevar a mis nietos a la cabalgata de Reyes. Pensé que presumirían de abuelo si me ven arreglado.
– No sabía que tuviera nietos.
– Cinco. Son un encanto. Para ellos, soy el abuelo Nesto, el del revólver y la mala leche.
Martina esbozó una sonrisa solidaria con los nietos de Buj. Salió del despacho del inspector, arrojó el periódico a la papelera y se encaró con sus compañeros, que la miraban como si fueran a dispensarle una fiesta sorpresa.
– ¿Qué les ocurre a todos ustedes?
– Es por su foto del periódico, subinspectora -se animó a bromear Cubillo, un agente canario con fama de donjuán-. Parece una estrella de cine. ¡Vaya vestido!
– Dejen paso -dijo Martina-. Y pónganse a trabajar de una vez. ¡Vamos! ¿Es que no me han oído?
Eran más de las once de la mañana cuando el Saab de Martina de Santo se detenía para llenar el tanque en una gasolinera, a la salida de la ciudad.
Antes de salir de viaje, la subinspectora había consultado en Jefatura la ficha policial de David Raisiac. El hijo del catedrático de Historia Antigua tenía antecedentes por tráfico de drogas y una causa pendiente por atraco a una joyería.
Desde la cabina telefónica de la gasolinera, Martina llamó al número que le había proporcionado la arqueóloga Cristina Insausti. Una adormilada voz contestó al cabo de quince pitidos.
– ¿Quién coño llama a estas horas?
– Agente Flores, de la Jefatura Superior. ¿Es usted David Raisiac?
– Eso creo.
– Una mujer, Camila Ruiz, nos ha comunicado que ha estado usted molestándola, y nos ha facilitado su identidad y número telefónico. Si no quiere meterse en líos, será mejor que, de ahora en adelante, respete su intimidad.
– Yo no he molestado a nadie. ¡Déjeme en paz!
– La denuncia es muy concreta, señor Raisiac. Hace referencia a la noche de ayer y a la del pasado lunes. La denunciante afirma que usted la ha amenazado con reiteración, al menos en esas dos recientes ocasiones, y que trató de inducirla al consumo de estupefacientes. Sabemos que tiene usted antecedentes por tráfico de dichas sustancias.
– Es cierto que la vi anoche, pero no la amenacé… ¿Y el lunes, dice? ¡Imposible! ¡Esa tarada miente!
– ¿Reconoce que la acosó en la noche de ayer?
– ¡No reconozco nada!
– ¿Dónde estuvo en la noche del pasado lunes?
– En mi casa.
– Comprobaremos si es cierto lo que dice. Deme la dirección.
El joven Raisiac vaciló, pero acabó proporcionando las señas de Cristina Insausti, en la plaza del Carmen.
– Trasladaré su respuesta a la brigada de Seguridad Ciudadana. Y no vuelva a acercarse a la señorita Ruiz, ¿me ha entendido?
– Oiga, agente, yo…
Martina colgó. Pagó el combustible, arrancó el coche y tomó la autovía del Norte.
A gran velocidad, el automóvil de la subinspectora recorrió los treinta kilómetros de autovía hasta Condado de Mombiedro, el primer pueblo montañés, donde se extinguía la vía rápida. Aunque las altas cumbres nevadas seguían ocultas por la baja y espesa nubosidad, entre las espirales de niebla se divisaban las estribaciones de la cordillera de La Clamor.
A partir de Condado de Mombiedro, las futuras obras de la autovía, sus acueductos y túneles, existían tan sólo en la imaginación de los ingenieros, por lo que la detective no tuvo más remedio que proseguir su ruta a lo largo de la carretera nacional, plagada de camiones y vehículos lentos que cubrían trayectos domésticos entre las poblaciones de los valles. Martina se resignó a conducir con lentitud, sosteniendo el volante con un dedo mientras la mano libre sostenía un cigarrillo y su mente daba vueltas a los detalles del caso del cuchillo de obsidiana, y al cambio de actitud del inspector Buj.
Hasta pasadas las doce del mediodía, el Saab no arribó al desvío de Los Oscuros. Desde el puente románico que señalaba el ascenso hacia la alta montaña, su población de destino distaba aún otros cuarenta kilómetros. Restaba un tramo accidentado, con múltiples curvas y el piso en malas condiciones, y la investigadora tampoco pudo acelerar.
La carretera de La Clamor seguía el curso del río Aguastuertas, una corriente truchera y salmonera que eludía las tierras bajas y el valle del río Madre para desembocar directamente en el mar.
El cauce, que adquiría un revuelto color verdoso al fondo de las barrancas, había excavado la cordillera tallando profundas hoces. A ratos podría parecer que llovía, porque una cortina de agua caía sin cesar sobre el arcén, resbalando entre los helechos aferrados a los taludes y rociando el asfalto. Los viejos tímeles carreteros, excavados a pico a principios de siglo, rezumaban la humedad de los arroyos que se precipitaban por las vertiginosas peñas. A menudo, el vapor de agua de una cascada ascendía de las hoces como el aliento de un ser imaginario.
La subinspectora sabía que el enclave de Los Oscuros debía su nombre a las grutas que el Aguastuertas había excavado en su curso natal, aguas arriba del pueblo, cerca ya de su lugar de nacimiento, en la cumbre del Sarrión, la cota más alta de la cordillera.
Siglos atrás, se habían celebrado en esas cuevas aquelarres de brujas y ritos de adoración al diablo. Algunos de aquellos siervos de Satán sufrieron los rigores de la Inquisición. Las hogueras ardieron en alquerías y plazas hasta el atrio de la Iglesia de Condado de Mombiedro, donde el cura degolló un macho cabrío en presencia de los fieles y lo purificó con agua bendita para extirparle el demonio. Martina conocía esas y otras leyendas porque su padre, el embajador, era aficionado a la historia de la brujería y, en numerosas ocasiones, desde que el diplomático se retiró a Bolscan, les había llevado a su hermano Leo y a ella a explorar los bosques de hayas y las aldeas de piedra donde las herederas de la Celestina seguían cultivando plantas medicinales y practicando el curanderismo.
Entre los peñascos de la ruta, a trechos, había brillado un resto de sol, pero en Los Oscuros hacía un frío seco, cortado por el viento que bajaba de las cumbres. El blanco y pesado cielo amenazaba nieve.
La subinspectora se arrepintió de no haber cogido ropa adecuada. Aparcó el coche en la plaza del Ayuntamiento y se dirigió al quiosco de los soportales. Carrasco, el agente encargado de contactar con la familia Barca, a fin de comunicarles la noticia de la muerte de Sonia, había informado a la subinspectora, entre otros datos pertinentes, de que su padre regentaba ese negocio.
El quiosco de Ramiro Barca estaba cerrado. Los paquetes con los periódicos del día, atados y prensados, descansaban junto al escaparate con revistas y plumieres, novelas saldadas de la década anterior, golosinas y ofertas de material escolar.
Con los servicios de una pequeña capital de comarca, Instituto, Ambulatorio y destacamento de la Guardia Civil, la población de Los Oscuros era relativamente grande, cuatro, quizá cinco mil habitantes, pero apenas se apreciaba animación por las calles. Una indefinible tristeza flotaba entre las mustias adelfas de la plaza mayor.
Martina entró a un café y preguntó por la dirección de los Barca. La casa quedaba en una pradería llamada del Francés, a las afueras del pueblo. La subinspectora fue caminando por callejas empedradas hasta localizar la casona de muro sillar, sólida y gélida, con tejado de pizarra y unas ventanas tan pequeñas que apenas dejarían pasar la luz.
La puerta principal, adornada por un arco con dovelas de arenisca, era tan baja como la entrada a un caño o a una bodega. Martina llamó con la aldaba, pero nadie le abrió. Por fin, una mujer enlutada, que parecía revivida de un aquelarre, se asomó a las milaneras. Al ver a una forastera, volvió a cerrar con precipitación los postigos. Martina ni siquiera tuvo tiempo de hablarle. Una mano sarmentosa volvió a aparecer en otro ventanuco, pero fue para indicarle que se marchara de allí.
La subinspectora dio la vuelta a la casa. En los corrales, unas cuantas vacas yacían sobre el enfangado estiércol. Un perro fiero, atado a una cadena, se puso a ladrar. Martina se alejó y siguió el camino del monte, hasta una pradera anticlinal en la que pacía un rebaño de cabras y ovejas tan lanudas que las guedejas les tapaban los ojos, colgándoles hasta las pezuñas, sucias de barro y paja. El pastor estaba más allá, entre los árboles. Llevaba un mono granate, pelliza de vacuno y una gorra del Rácing de Santander. Martina le preguntó por Ramiro Barca.
– Ha ido de entierro. Siga el camino. A la vuelta encontrará las cruces.
El camposanto quedaba al otro lado del monte. Un trasiego de neumáticos había enlodado el acceso al cementerio, hasta hacerlo casi impracticable. En previsión de algún tumulto, una pareja de la Guardia Civil custodiaba la entrada. Cientos de cabezas se agolpaban junto a los nichos. Ni siquiera entre las lápidas se veían huecos libres de gente. Martina tuvo la impresión de que la mitad del pueblo se había reunido en el oficio fúnebre.
En medio del respetuoso silencio se oía la voz del cura, el padre Marcelo, párroco de Los Oscuros, postular:
– Recemos, hermanos todos, por el alma pura de Sonia, y por su generoso espíritu, que tan joven nos ha sido arrebatado. Roguemos al Señor que la acoja en su seno, y que sepa castigar la inhumana ferocidad que nos la arrebató de la tierra. No para siempre, pues quienes seamos dignos de su memoria, y de nuestra fe, nos abrazaremos con ella en la vida eterna, y juntos beberemos en las fuentes del paraíso.
Ocho brazos alzaban el ataúd de Sonia Barca cuando un grito abrió en carne viva el dolor de los deudos. Alguien, un hombre de cabello blanco, cayó a tierra, desvanecido. No se recuperaba, y lo sacaron del cementerio arrastrando los pies.
– ¡Ramiro! -le exhortaba, asustado, uno de los vecinos-. ¡Se ahoga!
Un hombre más joven, con una gabardina blanca, se acercó al padre de Sonia, le obligó a caminar y estuvo hablándole un rato, sin soltarle el codo. Los guardias civiles se acercaron a interesarse, pero la crisis no remitía y el hombre de la gabardina blanca optó por subir a Ramiro Barca a su coche y alejarlo del clima emocional del sepelio.
Cuando el vehículo alcanzó el recodo donde se hallaba Martina, ésta se apartó para dejarle pasar. Orillando baches y charcos, ese coche fue regresando con lentitud hacia el pueblo. La subinspectora no tuvo dificultad en seguirle, y tampoco lo perdió entre las calles de Los Oscuros. Intuía adonde se dirigía, y no se equivocó.
La identidad del hombre de la gabardina blanca figuraba chapada a la puerta de una de las consultas del Ambulatorio. Se trataba del doctor Felipe Moros, especialista en Medicina General. Martina preguntó por él a una enfermera.
– ¿Sí? -dijo el médico, saliendo de su consulta.
Debajo de la gabardina, el médico llevaba un traje de lana azul que le habría costado la equivalencia a un sueldo. Tenía el aire animoso del hombre joven que todavía cree en el remedio del mundo, unos dientes perfectos y una de esas implantadas sonrisas que ya para siempre se quedan allí. Martina le mostró la placa.
– Subinspectora De Santo. Sin duda, sabe usted que Sonia Barca fue asesinada. Quisiera interpelar al padre de la víctima.
– Me temo que no sea el mejor momento, subinspectora. Le he hecho tumbarse en la camilla, y acabo de sedarlo. Tardará un poco en recuperarse, pero pronto podrá hablar con él. Mientras tanto, ¿quiere tomar un café?
– Buena idea.
Pasaron al bar de enfrente. El doctor Moros era de su edad. Le contó que Los Oscuros seguía siendo su primer destino, y que ya llevaba siete años allí.
– Siete siglos -sonrió el médico. Martina sospechó que una consuetudinaria resignación comenzaba a colonizarle, pero que todavía tenía fuerzas para rebelarse y soñar.
– ¿Se aburre aquí, doctor?
– Algún fin de semana bajo a Bolscan, pero mis amigos de la facultad van pasando por el altar y ya no les divierte trasnochar. A mí todavía sí, aunque conducir de madrugada por la carretera infernal de La Clamor suponga jugarse el tipo.
Martina le ofreció un cigarrillo. Felipe Moros no fumaba.
– Cuando usted llegó al pueblo, Sonia Barca tendría trece o catorce años -calculó la subinspectora-. ¿Estuvo enferma alguna vez? ¿Tuvo ocasión o necesidad de atenderla?
– Nunca le abrí ficha.
– ¿Y a Lucía Bacamorta, recuerda si la atendió?
La taza osciló en la mano del médico. Unas gotas de café salpicaron su solapa.
– Qué torpe, perdóneme.
La subinspectora observó que Felipe Moros ocultaba las manos en los bolsillos, y que había apoyado un pie en el estribo de la barra del bar. De su expresión parecía haberse esfumado cualquier expectativa de seguir conversando banalmente con una mujer de la capital.
– ¿Le ha puesto nervioso ese nombre?
– Hacía mucho que no lo oía.
– ¿Desde la fecha en que Lucía Bacamorta apareció sin vida en la Laguna Negra y tuvo que firmar usted su certificado de defunción?
El doctor Moros debió de asumir que estaba frente a un policía, porque su alegría se replegó como un visillo arrugado.
– Ya sabe lo que son los pueblos. Todavía se habló de aquello algún tiempo, pero después se olvidó.
– ¿Lucía Bacamorta está enterrada en Los Oscuros?
– Desde hoy, nicho con nicho con Sonia Barca.
Martina hizo una pausa para facilitar que la imagen de ambas jóvenes se asociase en un enigma común. Después, consideró:
– Tengo entendido que el cuerpo de Lucía fue arrastrado por las escorrentías de la laguna, y que apareció río Aguastuertas abajo, al cabo de unos días de búsqueda.
– Setenta y dos horas -le confirmó el médico-. Perdimos dos jornadas drenando la Laguna Negra.
– ¿Cuál fue la causa de su muerte?
– Anoxia cerebral provocada por inmersión.
– ¿Observó algo anómalo en el cadáver de Lucía?
Moros compendió, con prudencia:
– Los síntomas eran los típicos de un caso de ahogamiento.
– ¿El cuerpo tenía lesiones de tipo contuso?
– Sí, pero de origen posmortal, según demostraría la autopsia. Originadas al ser arrastrado el cuerpo por aguas vivas.
– ¿Y de tipo inciso?
– No.
– Hábleme de su piel. ¿El cadáver de Lucía Bacamorta mostraba maceración cutánea?
– Desde luego. En manos y pies.
– ¿Qué me dice del cutis? ¿Advirtieron el forense o usted algún tipo de fenómeno cadavérico?
El zapato de Moros volvió a su posición inicial, y su mano se dirigió a la taza, pero no llegó a cogerla.
– Difícilmente, subinspectora. La epidermis de la cara y de parte del cuello debió de desprenderse con el roce de las piedras.
Martina fumó con ansiedad.
– ¿Al cadáver le faltaba la piel del rostro?
La voz del médico vaciló al recordar:
– La cara estaba terriblemente magullada, al extremo que apenas se reconocían sus facciones. No había heridas incisas, le insisto, y dimos por sentado que los peces y las piedras la habían desfigurado. Desollado, prácticamente. La Guardia Civil estuvo indagando, pero no descubrieron nada raro.
Martina le miró directamente a los ojos.
– ¿Está seguro de que fue un accidente?
– Lo fue, subinspectora, y fue un juez, no yo, quien archivó el asunto. María Bacamorta, la otra gemela, declaró que su hermana Lucía se ahogó en el lago. Habían salido de excursión con un profesor, cuya declaración coincidió plenamente.
– ¿Ese profesor era Alfredo Flin?
– Sí.
– ¿Le conoce?
– ¡Quién no conoce aquí al bueno de Alfredo!
– ¿Desde cuándo le conoce? ¿Desde que fue usted destinado a este pueblo?
– Desde los tiempos de la Universidad. Estudió un par de cursos conmigo, pero luego lo dejó por el teatro.
Martina cogió una servilleta de papel y se secó los labios.
– ¿Es cierto que Flin tenía mucho éxito con las chicas del Instituto?
La sonrisa de Felipe Moros regresó a su lugar.
– Enredaría con un par de ellas, nada definitivo.
– ¿Salía usted alguna vez con Flin?
– No me habría importado, por el gancho que tiene, pero era, y supongo que sigue siendo, un cazador solitario.
– ¿Padecía alguna enfermedad?
– ¿Quién, Alfredo? Claro que no.
– ¿Nada? ¿Ningún herpes, algún proceso infeccioso, una invasión parasitaria?
– No, no.
– ¿Y María Bacamorta, su actual pareja?
– Por lo que a mi archivo clínico respecta, tampoco.
– ¿Ninguno de los dos solicitó recientemente vacunarse para emprender un viaje exótico, a algún lugar de África Central, o a los trópicos?
En los siete años que llevaba en Los Oscuros, Felipe Moros nunca se había sentido tan fuera de juego.
– ¿Por qué me hace tantas preguntas, subinspectora?
Martina sacó un billete para pagar los cafés. El médico porfió hasta hacerse cargo de la cuenta.
– Está usted en mi terreno. Ya me devolverá la invitación en Bolscan. Quizá -se lanzó- alguna noche en la que no tenga nada mejor que hacer.
– Pruebe a llamarme a Jefatura, podría decirse que vivo allí. En cualquier caso, gracias, doctor. Espero poder mostrarme más explícita con usted la próxima vez que nos veamos. Ahora, si no le importa, quisiera cambiar impresiones con el padre de Sonia.
El médico le abrió la puerta del bar.
– De acuerdo, pero permítame que antes compruebe su estado. No sé si ese pobre hombre podría resistir un interrogatorio como el que acaba de dirigirme a mí.
Aunque la dosis de Valium que le había inyectado el doctor comenzaba a hacerle efecto, el padre de Sonia Barca seguía bajo los efectos de una alteración nerviosa, y permanecía tumbado en la camilla con los ojos fijos en el techo. El médico rogó a la subinspectora que se abstuviera de interrogarle.
Martina se dirigió a su coche, condujo hasta la salida del pueblo y tomó por la pista que subía a la Laguna Negra.
El camino estaba en pésimas condiciones. La suspensión del coche rugía a cada bache, y los bajos del automóvil golpeaban contra las piedras. Recorrido el primer kilómetro, la subinspectora decidió abandonar el Saab en un recodo y proseguir el ascenso a pie.
A medida que avanzaba, la pista fue angostándose entre el tupido bosque. Había tramos en que dejaba de verse aquel cielo blanquecino y próximo, del que comenzaban a caer aislados copos de nieve.
Cuando Martina alcanzó el lago, eran las tres de la tarde. Tenía el estómago tan vacío que necesitó fumar para engañar al hambre.
No se movía el más leve soplo de viento. La Laguna Negra estaba en calma. El agua era del mismo color que la del río Aguastuertas, de un verde oscuro, opaco, fangoso, que, en principio, no invitaría a bañarse ni en los días de verano.
Un silencio puro y solemne envolvía el lago. El bosque permanecía callado, como recogido en sí mismo, a la espera de la nevada que se iba anunciando sin prisa, en copos cada vez más densos.
Martina localizó el merendero. Era rústico y simple, apenas unas pocas mesas y bancos de traviesas de ferrocarril, con una hilera de barbacoas cubiertas de musgo y restos de leña carbonizada. Una pradera aguardaba a los excursionistas que, a partir de mayo, extenderían sus manteles y mantas para disfrutar de sus comidas campestres.
Ahora, en ese enero crudo, la hierba estaba demasiado crecida, y rezumaba al pisarla. Las botas de la subinspectora se hundieron hasta sus raíces al acercarse a la orilla. Martina se agachó y tocó el agua del lago. Estaba tan fría que un cuerpo sumergido no habría resistido la hipotermia más allá de unos pocos minutos.
La subinspectora comprobó que, a excepción de un pequeño remanso situado en la cara norte, desde el merendero se divisaba con claridad todo el perímetro de la Laguna Negra.
A la vista de aquel despejado espacio, juzgó difícil creer que Alfredo Flin y María Bacamorta no hubiesen advertido que la hermana de esta última, Lucía, corriese peligro al bañarse en el lago. Y le pareció más inverosímil aún que desde la orilla no hubiesen oído sus gritos de auxilio. Pero quizás ambos, contrariamente a lo que habían declarado, no se encontraban, en el momento del accidente, en las proximidades del merendero. Tal vez se alejaron de los juncales, buscando intimidad en el interior del bosque…
Nevaba ya con intensidad cuando Martina dio por terminada su inspección y decidió emprender el regreso. Durante el ascenso, había recorrido a paso ligero los casi cuatro kilómetros de pista que la separaban del lago, pero, al descender en medio de la nevada, el mismo camino le resultó más duro. Sus botas se embarraron de tal manera que tuvo que detenerse con frecuencia, cada cien o doscientos metros, para despegar esas otras suelas de barro que se adherían a las suyas, obligándola a arrastrar los pies.
Caía la noche. El frío era intenso, y la visibilidad iba reduciéndose según engrosaba el espesor de la nieve. La subinspectora había dejado de mirar el reloj, para evitar ponerse nerviosa, pero le costó más de una hora y media llegar al lugar donde había dejado el Saab. Había oscurecido, de hecho, cuando Martina, con un suspiro de alivio, se introdujo en su helado interior y encendió las luces y el motor.
Bajo una fuerte nevada, conectó los limpiaparabrisas y aceleró con decisión, levantando polvo de nieve al desatascar las ruedas. No supo con exactitud qué ocurrió en la primera curva, pero los neumáticos se negaron a obedecer la dirección y, de pronto, el coche enfiló los árboles, las copas se invirtieron y el automóvil voló, literalmente, sobre una hondonada, hasta dar una vuelta de campana y quedar volcado, con las ruedas girando en el aire.
El impacto dejó aturdida a la subinspectora. No se había puesto el cinturón, y fue arrojada a los asientos de atrás. Pudo salir al cabo del rato, forzando las puertas, semibloqueadas por un murete de hojarasca, barro y hielo. Escaló la ladera y, renqueando a causa de un pinchazo que sensibilizaba algún hueso de su rodilla, reemprendió la senda del bosque, envuelto en una láctea oscuridad.
No arribó al pueblo hasta las siete de la tarde. Tiritaba. Tenía el cabello empapado, insensibles las manos, y su rodilla había empeorado.
Recorrió las calles nevadas de Los Oscuros y entró al mismo bar donde hacía unas horas había estado con el médico. Renunció a secarse el pelo con la toalla del único baño del establecimiento y pidió un bocadillo, un café y un whisky doble. Colgó la chorreante gabardina bajo la resistencia calorífica que caldeaba el local y se dejó caer sobre una silla libre, entre las mesas de parroquianos que jugaban a las cartas y que, tras contemplarla con cierto asombro, habían retornado a los naipes.
El camarero salió de la barra y le acercó lo que había pedido. Martina se apresuró a calentarse las manos con la taza de café.
– Gracias. Supongo que es demasiado tarde para llamar a una grúa.
– ¿Se le ha estropeado el coche? Hay un taller, pero habrá cerrado.
– ¿A qué hora sale el ferrocarril de Bolscan?
– A las ocho de la mañana. Y dependerá de la nieve que caiga. El año pasado nos quedamos aislados.
– ¿Voy a tener que hacer noche?
– Usted verá. Puedo preguntar en algún hotel. Estamos en temporada de esquí, pero es posible que queden habitaciones.
– Se lo agradeceré.
La propia Martina se puso al auricular para reservar una habitación en el Hotel El Corzo. Aunque la deprimían esos albergues abuhardillados, con las paredes forradas de papel pintado, y grabados de caza en el restaurante, la perspectiva de una ducha caliente la animó.
Terminó su bocadillo, apuró el whisky y pagó al tabernero.
– Todavía le pediré otro favor. Necesito la dirección de la familia Bacamorta.
El tabernero señaló a un hombre tuerto, de pelo lustroso, con chaqueta de pana, que jugaba a las cartas acodado a una de las mesas.
– Jonás. Es el hermano.
Martina pensó que la suerte, en ocasiones, se manifestaba en clave compensatoria. Sin preocuparse por lo improcedente de su actitud, ni por el hecho de que en el bar no hubiera ninguna otra mujer, arrimó una silla a la mesa donde Jonás Bacamorta jugaba al guiñote. Se sentó frente al tuerto y estuvo observándole sin disimulo hasta que Jonás, molesto, inquirió:
– ¿Nos conocemos, señora?
– No, pero quiero hablar con usted.
– ¿No ve que estoy ocupado?
– Puedo esperar unos minutos. Al fin y al cabo, el cadáver de su hermana Lucía lleva dos años esperando una respuesta.
Como si hubiese sonado una blasfemia, un silencio de hielo recorrió el local. Jonás Bacamorta apoyó las manos en el tapete y se levantó con pesadez, mirando a Martina con su único ojo sano. En el lugar donde había estado el otro, un hundido pliegue del párpado dibujaba una herida de color rosa oscuro.
– No vaya a hacer ninguna tontería -le advirtió Martina-. Soy policía. Vamos afuera.
El tuerto se levantó con tal coraje que derribó la silla. Fue al perchero, cogió su pelliza y su boina y salió a la calle. Nevaba con furia.
– Espero que lo que tenga que decirme sea importante.
– Lo es. Diríjase hacia su casa. Hablaremos allí.
A pesar de que la rodilla le dolía cada vez más, Martina caminó aprisa detrás de él, agachando la cabeza para protegerse de la nieve. No cambiaron palabra hasta llegar a la casa de los Bacamorta. La subinspectora tenía tanto frío que, al entrar en el humilde comedor y ver una chimenea encendida, estuvo a punto de emitir un grito de júbilo.
Martina se acercó al fuego. Jonás arrojó un leño y avivó las llamas con un atizador.
– Retírese, no vaya a quemarse.
Una anciana estaba sentada junto al hogar, haciendo calceta, pero no dio la menor señal de haber percibido a la visita. Continuó concentrada en su punto de cruz, moviendo apenas los labios, como si rezara.
– Está sorda y casi ciega -dijo Jonás-, pero se empeña en seguir cosiendo para la chica. ¡Abuela!
La mujeruca se levantó, como si la hubieran reprendido, y desapareció hacia la cocina, mal iluminada por una bombilla de cuarenta vatios que dejaba en penumbra el fogón.
Jonás se acercó a la subinspectora con el atizador en la mano.
– Lo que dijo en el bar no estuvo bien.
– De algún modo tenía que llamar su atención. Cálmese, Jonás -agregó Martina, acercando las manos al fuego-. Y suelte ese atizador.
– Todavía no ha demostrado ser quien dice.
La subinspectora le mostró la placa.
– Su hermana María también es muy desconfiada.
– Será cosa de familia. ¿De qué conoce a mi hermana?
– La saludé hace unas noches, en su camerino del Teatro Fénix. ¿Acudió usted al estreno de la obra?
– No.
– Sin embargo, sus padres sí que asistieron. Tengo entendido que están en Bolscan, y que se alojan en el mismo hotel que María. Pensé que a lo mejor regresaban hoy a Los Oscuros para asistir al entierro de Sonia Barca.
– Está claro que no lo han hecho. Tampoco he ido yo.
Martina se agachó hacia el hogar, cogió una ramita y encendió un cigarrillo con la llama.
– ¿Ha visto actuar a su hermana María alguna vez?
– Una sola, en el Instituto, hace años. No me gustó.
– ¿Por qué no?
– Hacía un papel de puta, o algo así. Ese profesor, Flin, las obligaba a maquillarse y vestirse como fulanas. Hasta hablaban como fulanas, con sus boquitas pintadas. A mí todo aquello me daba asco.
Martina asintió, como si compartiera su desdén hacia el arte. La subinspectora fumó pensativamente, hasta que se decidió a levantar sus cartas:
– Antes le aseguré, Jonás, que debía comunicarle algo importante. Tengo razones para creer que su hermana Lucía no sufrió un accidente.
El tuerto se mantuvo callado. Se había sentado enfrente de la subinspectora, y seguía enredando con el atizador.
Martina argumentó:
– Sonia Barca, compañera de Instituto de sus dos hermanas, resultó asesinada en la noche del pasado lunes, en Bolscan. Estamos investigando ese crimen. A Sonia la mataron de una forma horrenda, y le arrancaron la piel. He podido saber, por el médico de este pueblo, el doctor Moros, que Lucía apareció aguas abajo del lago, después de tres días de búsqueda, y que a su rostro le faltaba parte de la epidermis. No es ésta la única coincidencia entre las muertes de Sonia y de Lucía. Un mismo hombre, Alfredo Flin, el profesor de teatro, a quien usted acaba de mencionar, se encontraba cerca de ellas cuando las dos dejaron de existir.
El tuerto replicó:
– También mi otra hermana estaba con él cuando Lucía murió. María y Flin buscaron a Lucía por todo el lago, y bajaron al pueblo a pedir ayuda.
– He oído esa versión -dijo Martina-. Para comprobarla, acabo de estar en la Laguna Negra. Desde la orilla, se domina con nitidez la superficie del lago. Se me hace difícil creer que Lucía se ahogase de pronto, que desapareciera bajo las aguas sin emitir un solo grito.
– Pudo sufrir un corte de digestión.
– Eso no explicaría la mutilación de su epidermis facial.
– Los peces debieron de cebarse con sus restos.
– El cuerpo de un ahogado suele descender hasta el fondo -argüyó Martina-, para quedar en posición de puente, con las puntas de los pies apoyadas en el lecho y el rostro semienterrado en el fango. Se me hace muy extraño que a los peces sólo les llamase la atención la piel de su cara, por otra parte incrustada en el lodo.
– La corriente la arrastraría, la golpearía contra las rocas.
– Es posible -murmuró la subinspectora-. ¿Tiene alguna fotografía suya?
– ¿De Lucía?
– De las gemelas.
– Aguarde un momento.
Jonás desapareció en el interior de la vivienda. Desde una de las alcobas se oyó ruido de cajas. El tuerto reapareció con un cofre de latón, sosteniéndolo en las manos como una urna.
– Tenga.
Las fotografías estaban sin clasificar. Las antiguas, en blanco y negro, se mezclaban con las más actuales. La humedad y la deficiente impresión habían desvaído los colores. Curiosamente, las hermanas Bacamorta no aparecían juntas en ninguna de las imágenes.
– ¿Por qué no hay fotos de las dos? -preguntó la subinspectora.
– Eran independientes una de otra. En eso, no parecían gemelas. En el físico, sí.
– Supongo que incluso a usted le resultaría difícil distinguirlas.
– Lucía era un poco más delgada.
En una de las fotos, María posaba en el salón de actos del Instituto, ante el telón de boca. Enlutada y con los rubios cabellos recogidos en un moño pasado de moda, parecía a punto de actuar en una tragedia de García Lorca. En otra de las instantáneas, Lucía figuraba junto a Flin. El profesor de arte dramático la abrazaba por la cintura.
– ¿María y Lucía no se llevaban bien?
– Reñían más de la cuenta.
– ¿Alguna vez discutieron por un mismo chico?
– Se mostraban muy reservadas con las cosas de novios. Nunca supimos casi nada.
– Sabrá que el profesor y María están juntos.
– Eso creo -gruñó el tuerto.
– ¿No le agrada la perspectiva de convertirse en cuñado de Alfredo Flin?
– Nunca me fié de él ni me gustó ese presumido -se despachó Jonás-. María lo sabe.
La subinspectora asintió con la cabeza, dándole en apariencia la razón.
– ¿Cómo era la relación de su hermana Lucía con Flin?
– Lo ignoro.
– ¿Hubo alguna historia entre ellos?
Jonás agrió el gesto.
– Mi hermana está muerta. No sé a qué viene ofender su memoria.
Martina se armó de paciencia.
– Como le he dicho, intento establecer una conexión entre las muertes de Sonia Barca y de su hermana Lucía. Pero ya veo que usted no desea ayudarme. Sería importante que lo hiciera, créame.
– Si hubiera sabido que quería hablarme de estas cosas, no le habría permitido entrar en mi casa.
La subinspectora se levantó y recogió su gabardina.
– No le molestaré más. ¿Puedo quedarme algunas fotos? Se las devolveré a su hermana María, en Bolscan.
– Haga lo que quiera, pero márchese. Y no vuelva por aquí, o la denunciaré por abuso de autoridad, o por la primera cosa que se me ocurra.
Eran las diez de la noche, y seguía nevando, cuando Martina de Santo localizaba las luces de su alojamiento y ocupaba su habitación abuhardillada en el Hotel El Corzo. Había papel pintado en las paredes y, sobre la cama, un grabado de un faisán.
La subinspectora tomó dos aspirinas a palo seco, se desnudó, se tumbó y permaneció quince minutos debajo del cobertor, con los ojos cerrados, intentando relajarse y entrar en calor. Luego abrió la ducha y la dejó correr mientras llamaba por teléfono a Horacio Muñoz. El archivero le puso al corriente de los sucesos de la tarde:
– Aquí todo está revuelto, subinspectora. El inspector Buj ha aprovechado la ausencia del comisario para dar un golpe de escalafón. Tendría que verlo, pavoneándose por los pasillos de Jefatura y vociferando a todo el mundo.
– ¿Dónde está Satrústegui?
– Teóricamente, desaparecido. Los periodistas no cesan de preguntar por él. Lo he controlado durante todo el día, como usted me indicó.
– ¿Se vio con alguien?
– Por la mañana, permaneció encerrado en su casa. A eso de las cuatro, el comisario salió para comprar tabaco y pasear. Fue caminando hasta el Puerto Viejo y estuvo mucho rato fumando en el malecón y mirando los barcos de la bahía con las manos metidas en los bolsillos. No hizo nada de particular, ni habló con nadie. Regresó a su domicilio, y yo me vine para el archivo. ¿Qué me cuenta usted? ¿Ha descubierto algo en ese pueblo?
– Hablaremos mañana, Horacio.
– ¿A qué hora regresará de Los Oscuros?
– No lo sé. Mi coche se despeñó por una barranca. Tendré que dejarlo aquí y volver como pueda.
– ¿Ha sufrido un accidente?
– No se preocupe por mí, ya sabe que soy dura de pelar. Sólo tengo una contusión en la rodilla. Le veré en cuanto llegue a Bolscan. Creo que hay un tren a las ocho. Ignoro lo que tardará.
– Consultaré los horarios e iré a buscarla a la estación.
– Hará usted algo mejor, Horacio. Vaya a ver al doctor Marugán, en el Anatómico, y pídale de mi parte la autopsia de una chica de Los Oscuros llamada Lucía Bacamorta. Oficialmente, se ahogó en la Laguna Negra a los dieciocho años, hace dos.
– Descuide.
– Gracias, Horacio. Si en el curso de la noche ocurriese algo grave, llámeme a este número.
La subinspectora le facilitó el teléfono del hotel y se metió en la ducha. Se enjabonó y estuvo largo rato bajo el agua, con las manos apoyadas contra las baldosas pegadas con rastros de silicona que la espátula no había acertado a repelar.
Apenas tuvo fuerzas para secarse. Envuelta con el juego de toallas, se metió en la cama y se quedó dormida.
Soñó con una anciana que hacía punto de cruz, y que perseguía a sus hijas hasta clavarles las agujas en el cuello y deleitarse con la sangre que manaba de sus jóvenes cuerpos. Se despertó varias veces, pero no fue consciente de ello.
A las cinco de la mañana, repicó el teléfono de su habitación. Martina despertó con la sensación de no saber dónde estaba. Encendió la luz y cogió el auricular. La voz de Horacio volvió a sonar, como si no hubieran dejado de hablarse.
– Siento despertarla con una mala noticia, subinspectora. Los de Seguridad Ciudadana han encontrado a otra mujer muerta. Acabo de enterarme.
Martina ahogó una exclamación.
– ¿Asesinada?
– Sí.
– ¿Dónde?
– En el Puerto Viejo.
– ¿Cerca del lugar donde en la tarde de ayer vio usted al comisario Satrústegui?
– Allí mismo, junto a la fábrica conservera.
«Y junto al loft de Raisiac», pensó la subinspectora.
– ¿La han identificado?
– Sí. Se llamaba Camila Ruiz.
Martina apretó el teléfono contra la mejilla y sepultó la mandíbula en el esternón. Sabía lo que Horacio iba a responder, pero preguntó:
– ¿Cómo la mataron?
La voz del archivero sonó increíblemente cercana, como si estuviera a su lado.
– De una cuchillada en el corazón. Después, le arrancaron la piel, desde el cuero cabelludo hasta el monte de Venus.
La mañana de Reyes amaneció luminosa y blanca. Había dejado de nevar, y un cielo azul, nuevo y lavado, mostraba la cordillera en todo su esplendor.
El tren de Bolscan no arrancó hasta las ocho treinta. La nieve se acumulaba alrededor de las vías, y tardaron bastante en despejarla. El factor de la estación tuvo que pedir disculpas de antemano y encarecer paciencia a los escasos pasajeros, porque el convoy viajaría despacio.
Tanto que, hasta las doce, después de detenerse en innumerables apeaderos, y de esperar, al menos en un par de ocasiones, a que el personal ferroviario retirase la nieve de los pasos angostos, no llegó a la capital.
Arrastrando un tanto la rodilla contusa, Martina cruzó a la carrera el andén. Se dirigía a la parada de taxis cuando divisó a Horacio.
– Tengo el coche en la puerta, subinspectora. Suba, le iré contando por el camino.
– ¿Dónde está el cadáver de Camila Ruiz?
– En el Anatómico Forense.
– Vamos allá, rápido.
El archivero arrancó el escarabajo y comenzó a explicarie que el cuerpo había sido descubierto a las tres de la madrugada por una pareja de estudiantes universitarios que debía de estar buscando en el Puerto Viejo un lugar apartado donde desfogar su pasión.
Entre los contenedores y grúas, sobre un colchón tirado en la basura, vieron, en medio de un charco de sangre, algo que sólo unas horas antes había sido un ser humano. La estudiante sufrió un ataque de nervios, pero su compañero tuvo temple para buscar un teléfono (había una cabina a quinientos metros) y avisar a la policía.
Una unidad acudió a toda prisa. Los agentes precintaron la zona y sacaron de la cama al inspector Buj, quien, de bastante mejor humor de lo que en él era habitual, se presentó treinta minutos después, para encargarse de dirigir la investigación en la escena del crimen.
Horacio, que seguía en el archivo, fiel a sus costumbres noctámbulas, se había enterado del suceso en Jefatura, por el retén de guardia. Le faltó tiempo para dirigirse en su escarabajo al Puerto Viejo.
Cuando llegó, media docena de coches patrulla impedía el paso a una veintena de residentes de un cercano bloque de viviendas y de los lofts ubicados en la antigua fábrica conservera.
Esos vecinos, alarmados por las sirenas, se habían vestido de cualquier manera, y bajado a la dársena para curiosear. Entre ellos, Horacio distinguió la noble e inconfundible cabeza romana de Néstor Raisiac. El arqueólogo se había protegido del frío y la humedad con un batín de color púrpura, debajo del cual se apreciaba la camisa del pijama. Raisiac estuvo unos minutos contemplando el despliegue policial, el ir y venir de uniformes, la confusión de gritos, flashes, órdenes contradictorias, hasta que se volvió a su loft caminando por el borde del muelle.
Discretamente ubicado, Horacio permaneció todo el rato en un segundo plano, tomando buena nota de los primeros hallazgos, y reteniendo los comentarios que los agentes de Homicidios intercambiaban entre sí, a medida que intentaban reconstruir la mecánica del asesinato.
La ropa de la víctima, destrozada por completo, como si una fiera se la hubiera arrancado a bocados, estaba tirada cerca del colchón sobre el que el cadáver descansaba con las piernas unidas y los brazos en forma de cruz.
Las prendas de la mujer asesinada eran rojas, de un llamativo y acharolado tejido, y del mismo color que las altísimas botas que debían de llegarle más arriba de las rodillas, y que yacían tiradas en el suelo, con las cremalleras a medio bajar. También su bolso estaba desparramado entre los desperdicios, y sus objetos personales -barras de labios, llaves, un pastillero- repartidos por un radio bastante amplio; tanto que su cartera, con la documentación, una cierta cantidad de dinero y una tarjeta del Stork Club, apareció a varios metros del cadáver. El reloj de pulsera de Camila Ruiz, con la esfera agrietada y la correa rota (lo que demostraba, acuñó Horacio, que la víctima había forcejeado con su agresor), señalaba la una y cuarto de la madrugada, hora que, en efecto, una vez registrada la temperatura del cuerpo, coincidiría con la data de la muerte.
El juez de guardia, Raúl Calasabajo, y el forense Fermín Polo, uno de los ayudantes de Marugán, se habían presentado a las cuatro y media de la madrugada. A esa hora, el frío era tan intenso que los curiosos habían regresado a sus hogares y sólo tres o cuatro periodistas, entre los cuales el inevitable Belman, quedaban de guardia en la bocana del puerto, insistiendo una y otra vez en que les dejaran pasar para hacer su trabajo. Damián Espumoso, el gráfico del Diario, trató de deslizarse por el repecho del malecón para tomar unas fotos, pero fue descubierto y devuelto sin miramientos a la barrera de seguridad.
A las seis de la mañana, tras un primer examen forense, el juez Calasabajo ordenó el levantamiento del cadáver, que fue trasladado por una ambulancia al Instituto Anatómico. Una docena de agentes quedaron peinando la zona, en busca de pruebas.
Transido de frío, Horacio había regresado a Jefatura sin lograr quitarse de la cabeza la imagen bajo la que esa masacrada mujer había atravesado la frontera de la eternidad: el cráneo ensangrentado y desprovisto del cuero cabelludo, la honda herida en el pecho, el desollado torso. Pero, sobre todo, el contraste que a la luz de la única farola del puerto y, después, de los focos que instaló la policía, deparaba la blanca piel que no había sido seccionada con el rojizo fulgor de tejidos y vísceras, expuestos sin misericordia a la intemperie. Y expuestos también, según atestiguaban señales de mordeduras en los costados y plantas de los pies, a la voracidad de los roedores que anidaban entre los desechos, o en las cloacas del muelle.
Horacio dejó a Martina frente a la puerta del Instituto Anatómico y se fue a su casa para dormir unas pocas horas.
La subinspectora entró sola a la sala de autopsias. Estaba pensando en Néstor Raisiac, pero el fuerte olor a formol le recordó dónde se hallaba.
Inclinados sobre unos restos humanos, los dos forenses, Ricardo Marugán y Fermín Polo, trabajaban de espaldas a ella, absortos en el cadáver extendido sobre la mesa quirúrgica, de cuyo perfil, tapado por los médicos, sólo se veían una cabeza desprovista de pelo y los azulados pies, con las uñas pintadas de rojo.
Las batas sanitarias de los forenses, sus mascarillas, los gorros y guantes de látex les conferían un aspecto higiénico. Sin embargo, en cuanto Marugán se giró al oír el batiente de la puerta, Martina vio que tenía el mandil cuajado de sangre. Gotas de sangre salpicaban también los cristales de sus gafas, y la mascarilla del doctor Polo.
La subinspectora se había aleccionado mentalmente para enfrentarse a lo que allí le esperaba, pero cuando estuvo junto al cadáver de Camila Ruiz, con las manos colgándole de los desollados brazos, y con jirones de piel adheridos al pecho, a los muslos, incluso al rostro deformado por un rictus espeluznante, de pánico y desesperación, un arrebato de odio la invadió, inundándola de impotencia e ira.
– Supongo que estará pensando que quien haya hecho esto no merece pertenecer a la especie humana -adivinó Marugán, dejando la sierra en una bandeja, sobre otros instrumentos-. Usted tenía razón, subinspectora. A este asesino de mujeres le fascina su piel.
– Esta vez la extirpó con menos cariño -observó Martina.
La subinspectora no se había dirigido a ninguno de los médicos en particular. Su primera pregunta iba a ser para el doctor Polo:
– ¿Era éste, exactamente, el aspecto que presentaba el cuerpo cuando llegó usted al lugar del suceso?
– La hemos adecentado un poco -admitió el forense auxiliar. El doctor Polo era mucho más joven que Marugán y, aunque tenía una alta opinión de sí mismo, bastante más inexperto-. Pero sí, más o menos éste era su aspecto. La mujer apareció sobre una colchoneta vieja, completamente desnuda, parcialmente desollada y rodeada de un charco de sangre.
– ¿A qué hora falleció?
– Entre la una y las dos de la madrugada.
– ¿Hallaron en el escenario otros restos de sangre, huellas, algún indicio que pueda llevarnos hasta el agresor?
– Tomé muestras -aseguró Polo-, pero están sin analizar. En cuanto a las huellas… Había basura por todas partes, ropa usada, botellas rotas, cartonajes… Comprobé la data de la muerte, señalé la serie de fotografías forenses que íbamos a necesitar y aconsejé al juez trasladar el cadáver al Instituto, a fin de poder estudiarlo en condiciones.
– ¿Lo han hecho ya?
– Estamos en ello.
La subinspectora le dedicó una sonrisa helada.
– ¿Cree que acabarán antes de que aparezca una tercera víctima?
El doctor Polo no acertó a responder. Martina lo agobió:
– ¿Tampoco han encontrado cabellos, fibras, algo sobre lo que podamos trabajar?
– Por ahora, no -repuso Marugán, asumiendo su jerarquía en defensa de su subalterno-. No somos máquinas, subinspectora. Tendrá que concedernos algún tiempo más para avanzar en la autopsia.
– No dispongo de tiempo. ¿Querrían adelantarme sus primeras conclusiones?
Marugán se resistió.
– Preferiría hacerlo mañana, cuando disponga de la analítica.
– Le repito que no tenemos tiempo. Ni manera de saber dónde o en qué momento el asesino volverá a matar. Debemos actuar de inmediato. La mínima pista puede resultar decisiva.
Marugán se quitó las gafas y las limpió con una punta de la bata.
– De acuerdo, subinspectora. Le anticiparé lo esencial.
– Las víctimas a las que podamos evitar esa condición se lo agradecerán.
Para no seguir soportando la mirada implacable de aquella mujer policía, Marugán erró la suya hacia la bandeja de pasteles que reposaba sobre un escritorio. Eligió de antemano el que se comería más tarde y engoló la voz, como si el dulce ya le aterciopelara el paladar:
– Le diré que, como sucedió en el caso del asesinato anterior, el perpetrado contra la mujer llamada Sonia Barca, el homicida apuñaló en el corazón, con enorme fuerza, a esta otra mujer, Camila Ruiz. Pero no lo hizo una sola vez, sino en tres ocasiones. Las dos primeras, por debajo de la parrilla intercostal, interesando órganos vitales. La tercera y última puñalada, la más poderosa, fue dirigida al corazón.
– ¿La víctima estaba atada?
– No hay abrasiones causadas por ligaduras.
– Se revolvió contra su agresor -presumió Martina-, y necesitó apuntillarla.
– Es posible. La víctima tiene varias uñas rotas, pero no hay restos de tejidos. Probablemente, se las quebraría contra el cemento del muelle, al ser arrastrada por el suelo o al pretender incorporarse bajo los golpes. Porque fue golpeada con un objeto contundente, una barra, un bastón.
– Vamos avanzando -resumió Martina, con una leve, aunque ácida ironía-. El agresor no logró inmovilizarla, y la arrinconó entre los contenedores hasta acuchillarla. ¿Qué pasó entonces, doctor?
Marugán se crispó. En su oficio estaba vetada toda especulación o hipótesis carente de prueba, pero aquella detective de Homicidios sabía generar presión. Esa tensión hizo aflorar a sus sienes un perlado sudor. El forense se quitó los guantes y se pasó un pañuelo por la calva cabeza.
– La película de los hechos le corresponde visionaria a usted, subinspectora. Le ruego que no nos fuerce a fantasear. Sí, en cambio, puedo decirle que, a diferencia de lo que hiciera el criminal en el caso anterior, esta vez no aguardó a que el desangramiento hubiese vaciado los vasos sanguíneos, a que la exanguinación fuese completa. En esta oportunidad, se arrojó sobre el cuerpo, todavía palpitante, y le practicó varios cortes para desollarlo en el acto.
– ¿Llevó a cabo los mismos cortes que en la ocasión precedente?
– En total, realizó cuatro incisiones. Una, en torno a la garganta; otra, en el abdomen, y dos más en el perímetro de los muslos.
– Debió de provocar una auténtica carnicería.
– De eso puede estar segura -intervino Fermín Polo-. Una fiera hambrienta no habría hecho más destrozos.
La subinspectora dedujo:
– El criminal tenía prisa. El Puerto Viejo es un lugar poco frecuentado de noche, pero hay viviendas cerca y no era imposible que pudieran sorprenderle.
Los forenses permanecieron en silencio. Martina extrajo otra consecuencia:
– El asesino carece de un lugar seguro donde trasladar a las mujeres que ha elegido como víctimas. Eso nos indica que, habitualmente, no reside en la ciudad.
– Ya está especulando usted -dijo Marugán.
– Lo hago para compensar su falta de imaginación -replicó ella.
El forense titular encajó mal el golpe, pero la mirada de Martina era tan honesta que Ricardo Marugán se preguntó si la subinspectora no llevaría razón. Reaccionó con cierta generosidad:
– Puede añadir, subinspectora, que el agresor se encontraba bajo una fuerte excitación nerviosa.
– ¿En qué basa esa afirmación?
– En que, además de ensañarse de forma innecesaria con la mujer malherida, manifestó impericia y precipitación a la hora de desollarla. Estiró la piel con brusquedad, desgarrándola en algunas zonas. Incluso la cabellera fue arrancada con una violencia rayana en la histeria. Al rasgar el cuero cabelludo, algunos mechones de cabello quedaron en su lugar. Están ensangrentados, encostrados, pero apostaría a que son…
Martina puso el adjetivo por él:
– Rubios. Camila Ruiz era rubia.
– ¿La conocía? -se interesó Marugán.
– Hablé con ella la noche anterior a su muerte. Un antiguo novio suyo la acosaba. Ella le tenía miedo.
– Pelo rubio, cierto -adujo el forense-. Liso y espeso como el de la primera víctima. También la piel de esta mujer era muy similar a la de Sonia Barca. En ambos casos, poseían una epidermis del tipo caucásico, aterciopelada y fina, casi sin vello, apenas una sedosa sombra.
La subinspectora rodeó la mesa quirúrgica. Los restos de la bailarina parecían haber sido pasto de una manada de lobos.
– ¿Por qué no le desolló las manos, doctor?
El forense explicó:
– Es evidente que, a diferencia también de la pauta seguida en el primer crimen, el autor dejó de practicar las incisiones finales que habrían resultado imprescindibles para desollar las extremidades superiores. Arrancó la piel de los brazos y luego seccionó por las muñecas. Lo hizo con excesiva profundidad, serrando, realmente, más que cortando, los músculos y tendones, hasta hacer impactar el cuchillo con el cúbito y el radio, en cuya superficie el filo de la navaja dejó muescas. Tal vez en el tejido óseo se haya desprendido alguna esquirla del arma; luego lo comprobaré. En cualquier caso, el agresor debió de comprender que, en ese estado, las manos iban a resultarle inservibles, y las dejó.
– ¿Inservibles para qué, doctor?
– Ya me formuló esa pregunta en la autopsia de Sonia Barca, y no se la respondí.
– ¿Tampoco ahora puede responderla?
– No.
Con aire de decepción, Martina se apartó del cadáver, sacó su libreta y tomó notas durante dos o tres minutos. A modo de conclusión, cuestionó:
– ¿Está sugiriendo, doctor, que la pauta es distinta, que no fue el mismo hombre quien cometió los dos crímenes? ¿En una palabra, que nos enfrentamos a la acción conjunta de dos o más asesinos?
– No lo sé, subinspectora, pero las divergencias de método en la mecánica criminal son claras a simple vista. Puedo garantizarle, casi con absoluta certeza, que el arma empleada fue la misma en las dos ocasiones: un cuchillo de unos veinte centímetros, de hoja ancha y mellada. De obsidiana o pedernal, tal vez, como usted apuntaba, pero sin que por ahora, ya le digo, pues en ninguno de los dos cadáveres han aparecido fragmentos, pueda descartarse otra clase de hoja.
Martina se acercó a Marugán, hasta situarse a escasos centímetros de él. Eran de parecida estatura, y sus ojos quedaron en línea. La extrema palidez de la mujer policía impresionó al médico. En el semblante de Martina no se movía un músculo. Su mirada gris, animada por un resplandor que le confería una angustiosa intensidad, reflejaba dolor y, al mismo tiempo, una clarividente lucidez.
Dio la impresión de que la subinspectora iba a decirle algo, a formularle una última pregunta, pero Martina volvió a aproximarse al cadáver de la stripper. En el silencio de la sala de autopsias, la subinspectora tomó entre las suyas una de sus desgarradas manos. La sostuvo, alzándola unos centímetros, y después la oprimió con suavidad, hasta transferirle una pequeña parte de su propio calor. Martina respiró profundamente, cerró los ojos y se concentró hasta el extremo de dejar de oír otro ruido que el latido de su propio corazón. Sin despegar los párpados, miró en el corazón de la blanca oscuridad que invadía su mente.
Vio a Camila, a la salida de su actuación en el Stork Club, subir a un automóvil grande y oscuro, en cuyo asiento delantero viajaba una mujer con gafas negras. Vio al conductor sin rostro dirigiéndose al Puerto Viejo, y oyó su voz impostada al reír, mientras la mujer de las gafas de sol callaba y temblaba. Vio al asesino empujando a Camila hasta los contenedores, entre la niebla del muelle. Oyó golpes, gritos. Pudo ver el cuchillo de obsidiana alzándose contra la luz de la farola del malecón, y vio la sangre, también negra, espesa, brotando del corazón mortalmente herido de la víctima. Vio las manos del criminal despojando al cuerpo de su manto de humanidad, y lo vio huir hacia la misma luz que ahora estallaba en su cerebro, a fogonazos.
Martina volvió en sí. Una sensación de angustia la había dejado sin fuerzas. Abrió los ojos y se tambaleó.
Marugán se precipitó hacia ella.
– ¿Se ha mareado, subinspectora?
Solícito, el forense la obligó con delicadeza a apartarse del cadáver.
– Pruebe a tomar un pastel. El azúcar le subirá la tensión.
Sin darse cuenta de lo que hacía, Martina aceptó un dulce y se lo llevó a la boca. Ni siquiera pudo masticarlo. Lo envolvió en su pringoso papel y lo arrojó a una papelera. Sus manos temblaban ligeramente, como si regresara de un lugar frío y vacío.
– Le traeré un café -propuso Marugán, un tanto inquieto, y escrutándola con atención-. Apostaría a que está usted muy baja de glóbulos rojos. Convendría que se hiciera unos análisis.
– Eso me recuerda que debía hacerle una consulta -dijo Martina, mostrándole las cápsulas encontradas junto al Palacio Cavallería-. ¿Puede confirmarme si estas píldoras contienen suramina?
– Déjeme ver.
Marugán se dirigió a una estantería donde se apilaban unos cuantos tratados y consultó con rapidez un vademécum.
– En efecto.
– ¿La suramina puede presentar alguna contraindicación?
– En determinadas ocasiones, como acaba de demostrarse en el tratamiento del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida, provoca reacciones adversas.
– ¿El Sida?
– La próxima plaga, Martina. La más terrible.
– ¿La suramina se emplea contra el Sida?
– De manera errónea -afirmó Marugán-, aunque, en otras aplicaciones, inhiba el enzima que permite a un virus similar colonizar las células. El equipo de Robert Gallo y el Instituto Pasteur se esfuerzan en combatir esta nueva y pavorosa enfermedad, pero no están seguros de nada. Todo son globos sondas, falsas esperanzas, pasos en la oscuridad. La noticia de que ese famoso actor, Rock Hudson, padece el mal, ha desatado una psicosis colectiva. Justificada, pienso. Mientras el pánico se extiende y los infectados mueren por decenas, un laboratorio norteamericano no ha tenido mejor ocurrencia que presentar la suramina como un remedio mágico. Este imprudente anuncio ha provocado una estéril euforia entre los enfermos, quienes se han lanzado a obtener el fármaco a cualquier precio. Hacen cola en los hospitales de Atlanta y París, y no faltan desaprensivos que se benefician del mercado negro.
– ¿Qué aspecto presentan esos enfermos?
– En el frigorífico tengo un cliente seropositivo. Llegó el martes, si recuerda, estando usted presente. Venga conmigo.
Marugán se dirigió al depósito y abrió una de las escotillas de acero. El cadáver de un hombre llagado, con pústulas repartidas por casi todo el cuerpo, los contempló desde algún lugar ignoto de la devastación vírica. Las erosiones del sarcoma de Kaposi habían respetado su cara, pero se extendían como putrefactos bulbos por el cuello, el pecho, los brazos. Martina tuvo la impresión de que ese hombre todavía tenía dentro una carnada de ratas intentando abrirse paso, a dentelladas, a través de su piel.
– ¿Quién era?
– Un auxiliar internacional de vuelo. Aunque no lo crea, contaba veintiséis años. Cuando me lo trajeron, no se le habrían dado menos de cincuenta. Era homosexual, sin pareja estable. En sus escalas solía frecuentar saunas y clubs de compañía masculina, donde el uso del preservativo es anecdótico. El Sida está golpeando a la comunidad gay, pero no se descartan otras vías de contagio que puedan afectar a heterosexuales. De hecho, hay declarados ya bastantes casos, sin que se sepa por qué vía pudieron contraer la enfermedad. Este individuo que usted contempla desarrolló el síndrome en menos de seis meses. Empezó a toser, a cansarse. Apareció el sarcoma; la neumonía, después. Es la nueva lepra, Martina. Y esto que ve usted, las llagas, la desnutrición, o la invisible aniquilación de todo el sistema inmunológico, es lo que le gusta hacer a ese virus asesino. No hay vacuna, por ahora, ni tratamiento eficaz. Y no será con suramina como acabaremos con él… ¿Adónde va, subinspectora? ¿Se marcha?
El ambiente en la brigada de Homicidios era de máxima tensión. Ninguno de sus agentes se había acostado en toda la noche. Las caras de los detectives reflejaban la mortecina palidez de las horas robadas al sueño.
El inspector Buj había asentado sus posaderas en una de las mesas. Gesticulaba, alzaba la voz y parecía hablar con todos sus hombres a la vez.
Martina se unió al equipo. El Hipopótamo se estaba refiriendo al concurso de un testigo presencial en el asesinato de Camila Ruiz.
– Gracias a ese elemento providencial tenemos la descripción del coche: una berlina grande, de color negro, con la tapicería clara. Un Mercedes, probablemente. A la 1.45 de la madrugada, ese vehículo aparcó en la boca del Puerto Viejo, dejando el motor y las luces encendidas. De ese coche salieron un hombre de oscuro, con el rostro cubierto por una capucha, y una llamativa mujer, Camila Ruiz, la víctima, vestida de rojo de arriba abajo. Nuestro testigo oyó peticiones de auxilio y gritos angustiados. Pasados unos quince minutos, vería al asesino regresar al coche con algo colgando en sus manos. Al principio, pensó que se trataba de una prenda, pero enseguida comprendió que estaba equivocado: eran la cabellera y parte de la piel de esa mujer.
Los detectives guardaron silencio. Martina encendió un cigarrillo, sin que el inspector se hubiese dignado mirarla aún.
Buj prosiguió:
– La víctima terminó su actuación en el Stork Club a la una de la madrugada. Se cambió y se marchó rápidamente del cabaret. El asesino podía encontrarse en la sala de fiestas, o la recogió al salir. Debió de proponerle un encuentro sexual, e invitarla a subir a su coche para mantener ese intercambio en algún lugar tranquilo. Quiero una relación completa de todos los clientes que se hallaban en el Stork Club, y quiero saber, muy especialmente, si alguno de ellos asistió al espectáculo acompañado por una mujer. Interroguen al personal del cabaret, desde el matón de la puerta hasta la última bailarina.
El inspector tomó aire:
– Necesito un informe exhaustivo sobre todas las sectas que permanezcan operativas, en particular sobre aquellas que practiquen rituales satánicos. Usted, Cubillo, diríjase al cementerio, por si hubiera restos de alguna ceremonia. Salcedo se encargará de reconstruir los pasos de la víctima, partiendo de las cuarenta y ocho horas previas a su muerte. Quiero una relación cronológica de todos sus movimientos, con quién habló, dónde estuvo, a quién telefoneó, con quién se fue a la cama. Localicen el piso de Camila Ruiz y regístrenlo a fondo. Ah, De Santo, está usted aquí. No se vaya sin pasar por mi despacho.
– No pensaba hacerlo, inspector. Pero creo que ya va siendo hora de que hablemos del comisario Satrústegui.
Una tensión eléctrica galvanizó la sala. Los agentes se miraron entre sí, con la solemne expresión de las grandes ocasiones.
Martina desveló:
– Unas horas antes de la muerte de la bailarina, el comisario estuvo en el lugar del crimen, muy cerca de los contenedores del Puerto Viejo.
– ¡Que alguien me ponga con Asuntos Internos! -exclamó el inspector.
Pero la subinspectora no había terminado:
– También Néstor Raisiac, el comisario de la exposición donde apareció asesinada la primera víctima, estuvo en el Puerto Viejo. Si bien, con posterioridad al asesinato. Vive a un centenar de metros de allí, y salió a curiosear en cuanto oyó las sirenas.
– Compruebe usted misma qué hacía allí, De Santo -decidió el inspector-. ¿Tiene algo más que aportarnos?
– Sí. El hijo de Raisiac, David, acosaba a Camila Ruiz. Yo misma los vi discutir. David Raisiac tiene antecedentes por tráfico y asalto a la propiedad.
– Interróguelo. ¡Vamos, todos a trabajar! Usted, De Santo, espere aquí. Haré una llamada. En cuanto me vea colgar, pase por mi negociado.
La subinspectora no tenía demasiadas dudas de que el destinatario de la llamada de Buj no podía ser otro que el inspector Lomas, de Asuntos Internos. A través del cristal esmerilado de su oficina no era posible captar la expresión del inspector, pero a Martina le pareció que Buj sonreía como un cazador frente a su indefensa presa. Cuando oyó el chasquido del auricular, entró al despacho. El inspector le dijo, separando los brazos en el aire:
– Amigos, De Santo. No crea que va a costarme admitir que llevaba usted parte de razón. Unamos fuerzas para solucionar este feo asunto.
Antes de estrechar lazos con el inspector, Martina tenía una pregunta para él.
– ¿Quién es el testigo del Puerto Viejo?
– Un… vagabundo, habitual del Amparo para transeúntes. Un tal Anastasio Cifuentes, alias Faroles. Lo tengo abajo, en una de las celdas.
– ¿Qué hacía en el puerto?
– Rebuscaba en el vertedero. Al oír gritos, se escondió entre los contenedores.
– ¿Estaba ebrio?
– Esta gente nunca está serena ni borracha, sino todo lo contrario. Vio el coche, que es lo importante, y a los actores de la tragedia. Llevaba reloj, y se fijó en la hora.
– ¿El testigo reparó en algún detalle más que usted no haya mencionado en la reunión de grupo?
Buj vaciló, pero acabó diciendo:
– Cifuentes ha declarado que, cuando la chica ya había recibido las puñaladas y se desangraba en el suelo, el asesino se arrodilló ante ella y se quitó la capucha. Según el testigo, era una mujer.
Martina se apoyó en la mesa del inspector.
– ¿Rubia?
– Sí. ¿Cómo lo ha sabido?
– Eso no tiene importancia. ¿Da crédito a ese testimonio?
– Francamente, no -negó Buj-. Pienso que Faroles, aterrorizado por la escena, se sugestionó. De hecho, cuando salió de su escondrijo y volvió a mirar, ya en el momento en el que el asesino huía portando el premio de su cacería, sólo pudo ver, de nuevo, a un encapuchado. Un hombre, sin duda.
– ¿Qué más ha recordado el testigo? -preguntó Martina.
– Que el criminal manejaba un arma de hoja negra. Doy por supuesto que se trataba del cuchillo de obsidiana que robaron en la exposición.
– El forense no acaba de descartar un arma convencional, un machete mellado como el que apareció en la habitación de Juan Monzón.
– No perdamos el tiempo con esos detalles, subinspectora, y concentrémonos en el autor. ¿Qué le dice su intuición?
– Que estamos muy cerca, inspector.
– Yo también lo presiento. ¿Sabe por quién me inclino? Creo que fue Satrústegui. Se metió en el mundo de las putas, lo explotaron y perdió el juicio. Estuvo liado con la primera víctima, y le apuesto lo que quiera a que tenía tratos con la segunda. Belman me ha dicho que…
– ¿El reportero del Diario?
Buj se quedó momentáneamente confuso, pero reaccionó con naturalidad:
– Esa escoria, sí. Me llamó para sacarme información, pero fui yo quien lo despelotó. Me cantó que Satrústegui era asiduo del Stork, y que todo el mundo sabía en el club que se beneficiaba a alguna de las strippers. Lo sentiré mucho por él, pero tiene todas las papeletas. Asuntos Internos es de la misma opinión. Lo interrogarán a fondo esta misma tarde. Deberá usted aportar el dato de que el comisario fue visto en el Puerto Viejo. ¿Cómo lo supo?
– Encargué a Horacio Muñoz que vigilase a Satrústegui.
– ¡Bien hecho, Martina!
Era la primera vez que el Hipopótamo la llamaba por su nombre de pila. La subinspectora fingió una satisfacción que estaba muy lejos de albergar.
– Si no me necesita, trataré de comprobar la coartada de David Raisiac.
– Tiene usted carta blanca, De Santo.
– ¿También para llevar a cabo otra trascendente gestión?
– ¿Cuál, si se puede saber?
– Reservar entradas en primera fila para la función de esta noche en el Teatro Fénix.
Ernesto Buj abrió la boca, pero no atinó a responder. La subinspectora había salido de su despacho, y atravesaba a veloces pasos el Grupo en dirección a la salida.
Juan Monzón fue detenido a las cinco de la tarde de ese viernes, 6 de enero, en su habitación de alquiler de la calle Galeones, en el barrio portuario, a seiscientos metros del solitario malecón donde había sido desollada Camila Ruiz.
Los detectives Salcedo y Cubillo, más una patrulla, penetraron en el piso, abrieron habitación por habitación, hasta localizarlo, y lo sacaron de la cama.
En el momento de su detención, Juan Monzón, desnudo entre sábanas negras, dormía. Los detectives lo esposaron y lo empujaron contra la pared, donde el vigilante permaneció luciendo impúdicamente la flor tatuada en una de sus musculosas nalgas.
En el registro del cuarto de Monzón aparecieron diversas prendas femeninas. Entre ellas, una blusa y ropa interior que, según los investigadores pudieron averiguar, habían pertenecido a la segunda de las bailarinas asesinadas. Debajo de la cama, guardado en su funda, el sospechoso ocultaba un machete similar al que ya le fue decomisado en el registro anterior. Los agentes obligaron a Monzón a vestirse y lo trasladaron a la Comisaría Central.
Ernesto Buj procedió a interrogarle a las siete de la tarde. Previamente, mientras acolchaba su bate con una toalla, que enrolló y amarró al palo con un juego de gomas de caucho, el inspector atendió el informe oral emitido por Salcedo:
– Monzón mantenía dos habitaciones en otros tantos pisos. Las dos de alquiler, modestas, reducidas, muy parecidas entre sí. Una, en la calle Cuchilleros, donde residía con Sonia Barca. Otra, la que acabamos de reventar, en Galeones, junto al Puerto Viejo. Allí, desde hace unos pocos días, se citaba con su última conquista: Camila Ruiz.
La patrona del piso de Galeones, viuda de un militar, había proporcionado esa información, que a Salcedo apenas le llevó trabajo contrastar. Eladio Morán, gerente del Stork Club, le confirmó haber visto a Juan Monzón en la barra de la sala de fiestas, en compañía de Camila. Juntos y amartelados, dijo Morán, se fueron del cabaret en la noche del martes, y juntos, supo Salcedo, por los restantes huéspedes del piso, continuaron viviendo un ruidoso romance, hasta el asesinato de ella.
Una vez frente a Monzón, el Hipopótamo dejó el bate apoyado en un rincón de la sala de interrogatorios y comenzó a interpelarle con suavidad. Buj se había sentado de manera informal junto al sospechoso, con las manos cruzadas detrás de la nuca, permitiendo que su barriga rozase el filo de la mesa y tirándose de los tirantes a cada nueva pregunta que se le ocurría formular.
Durante el primer cuarto de hora, Buj apenas avanzó. Monzón, que en todo momento había manifestado entereza de ánimo, y una arrogante distancia con los sangrientos sucesos, como si realmente no fuesen con él, insistió en declararse inocente de cualquier cargo.
– Ustedes no me creen, pero yo no las maté -repetía el vigilante-. Las conocí a las dos y me acostaba con ellas, es cierto, como es verdad que he disfrutado de otras muchas mujeres. Me gustan las mujeres, inspector, pero no creo que eso sea ningún pecado.
– Desde luego que no -dijo Buj, sonriendo con toda la cara-. Ahora, dígame qué hizo anoche, entre la una y las dos.
– Estaba trabajando. Puede comprobarlo.
– Lo hemos hecho. En teoría fichó usted a las diez de la noche, y se marchó a las ocho de la mañana. Pero, fíjese qué mala suerte: nadie puede atestiguarlo.
– Estuve en las naves. No me moví de allí.
– ¿Tiene usted un coche grande, negro o azul marino?
– No tengo coche.
– Pero sí carnet de conducir.
– Lo saqué hace tiempo, pero nunca he podido permitirme comprar un automóvil.
– Yo tengo un Dauphine de hace una década -comentó el inspector, como si estuviera charlando con un viejo conocido-. Tampoco el sueldo de un policía da para ir comprándole trapos a la parienta. Se lo digo porque en su segunda vivienda, la de la calle Galeones, había ropas de dos mujeres, todo un muestrario, como en una boutique. Algunas de esas prendas pertenecieron en vida a Camila Ruiz. Una de las animadoras del cabaret, una tal Flora, ha identificado la blusa y esas braguitas rojas, de encaje, que tan cachondo debían de ponerle a usted. ¿A qué otra mujer pertenecían las restantes prendas encontradas en su habitación?
– A una chica, una secretaria que convivió conmigo hace algún tiempo.
– ¿Qué fue de ella, también la liquidó?
Monzón le miró, escandalizado.
– Se casó, pero dejó parte de sus cosas.
Buj asintió con la cabeza, como haciéndose cargo.
– ¿Con cuántas mujeres, exactamente, ha estado usted relacionado en los últimos meses, amigo Monzón?
– Con varias, ya le digo.
– ¿Tres, cuatro? -calculó el inspector.
– Quizá con alguna más.
Buj soltó un silbido de admiración.
– Así que está hecho usted todo un Casanova.
– Me gustan las mujeres, ya le digo.
– Me lo ha dicho, sí. ¿Qué es lo que más le atrae de ellas, su piel?
El vigilante hizo un gesto de rabia.
– Ya veo que van a por mí. ¡Ahora sí llamaré a un abogado!
El Hipopótamo le mostró las palmas de las manos.
– Está en su derecho, somos respetuosos con la ley. Salga al pasillo, diríjase al agente de guardia y pídale por favor las páginas amarillas.
Juan Monzón se levantó de la silla y se dio la vuelta, pero no pudo llegar a la puerta. El bate le golpeó en los riñones, derribándole al suelo. El detenido gateó e intentó levantarse. Buj le sacudió con el dorso de la mano, lo agarró del cuello y lo estampó contra el tabique.
– ¿Qué está haciendo? ¡Usted no puede…!
El palo volvió a golpearle, esta vez en los muslos. Las piernas del sospechoso se doblaron como si fueran de algodón. Buj le agarró la cabeza entre las manos y le dio un testarazo. Una maceta al romperse no habría sonado peor. A punto de desvanecerse, Monzón gritó:
– ¡Soy inocente!
Buj acercó sus calientes labios a su oído y le susurró:
– Claro, hijo. Y yo soy Sherlock Holmes.
Bate en mano, el Hipopótamo salió de la sala, guardó el palo en la armería, recorrió el pasillo, subió a la primera planta, sacó un café de la máquina, se sentó en el banco de espera de la ventanilla de Pasaportes y se tomó la infusión con calma.
Martina de Santo le vio al entrar en Jefatura, cuando ella regresaba de entrevistarse con David Raisiac. Buj la puso en antecedentes acerca de Monzón y le dijo que le aguardase arriba, en el Grupo. El inspector terminó su café, rebañando el azúcar con la cucharilla de plástico, y volvió a bajar a interrogatorios. Antes de entrar a la sala, recogió el bate del cuarto de armamento.
Haciendo un esfuerzo por conservar la dignidad, Monzón se había sentado en la silla y miraba al frente, como aprestándose a desafiar a un pelotón de fusilamiento.
– Ya lo dice la canción -recomenzó Buj, sentándose a su lado, tan cerca de él que su aliento a café y coñac le llegó al sospechoso en una vaharada-: volvamos a empezar. ¿Todavía quiere llamar a ese abogado?
– He cambiado de opinión.
– Eso está fenómeno. Y con respecto a su inocencia, ¿también ha cambiado de opinión?
– No.
– ¿No las mató usted?
– No.
– ¿No las apuñaló a machetazos, no les cortó las cabelleras y las despojó de su piel?
– ¡No!
Buj suspiró. Se bajó los tirantes, que siempre le molestaban cuando tenía que emplearse a fondo y, antes de que el sospechoso pudiera protegerse, le disparó el mango del bate contra la nuez. Monzón soltó un alarido y se llevó las manos a la garganta. El inspector lo abofeteó, derribándole de la silla, y empezó a patearlo en el suelo. Levantó el bate y lo dejó caer contra sus intestinos con tal fuerza que los ojos de Monzón se desorbitaron, y de su boca brotó una papilla verdosa.
Durante diez minutos, con breves descansos para recobrar el aliento, Buj lo castigó sin piedad. Cuando estimó que lo había trabajado a conciencia lo agarró del pelo y le obligó a sentarse junto a él. La altanería de Monzón se había transformado en terror.
– Voy a darle una oportunidad, la última -resopló el Hipopótamo-. Si persiste en mentirme, llamaré a mi mujer para que no me espere a cenar, y usted y yo disfrutaremos juntos de una íntima, intensa e inolvidable velada.
Buj alargó la manaza sobre la mesa y conectó el magnetofón.
– ¿Mató usted a Sonia Barca y a Camila Ruiz?
Juan Monzón comenzó a confesar.
A las ocho y media de la tarde, Buj subió a Homicidios. Limpió el bate, lo dejó donde solía, atravesado en la falleba de la ventana de su despacho, se puso la chaqueta, reunió a sus hombres y les comunicó:
– Ese mamón de guarda jurado ha cantado la Travista. Juan Monzón se cargó a las dos fulanas, con las que había mantenido relaciones, y a las que explotaba en el terreno sexual.
Buj miró a los agentes, uno por uno. Ni siquiera se les oía respirar.
– A la primera, Sonia Barca, la asesinó después de follársela en el Palacio Cavallería, entre los artefactos de tortura. Se la cepilló a gusto, como correspondía a la última vez que iba a hacerlo, y la apuñaló y desolló con el cuchillo ritual, para hacernos creer que se trataba de un crimen satánico. Su novia le había abierto las puertas para que él entrase al recinto, pero Monzón, a fin de confundirnos, dejó las llaves en su uniforme y salió por la puerta del chaflán, cuya cerradura forzó con una palanqueta, cerrándola con el mismo sistema al huir. Durante dos días, Monzón conservó la piel de Sonia en el armario de su habitación, colgada de una percha junto a los vestidos de la chica muerta, hasta que el cuero empezó a oler y lo arrojó a un contenedor, envolviéndolo en una manta.
El Hipopótamo hizo una pausa. Sus agentes le escuchaban casi con fascinación. Salvo Martina de Santo, que parecía muy entretenida jugando con la cadena de la que le colgaba la placa.
Buj tomó aire y remató:
– A su segunda víctima, Camila Ruiz, la mató de la misma manera. Se la ligó en el Stork Club, y se la estuvo tirando desde el pasado martes. Ayer noche, a la salida del cabaret, con la excusa de dar un paseo romántico, Monzón llevó a Camila al puerto y la atacó por sorpresa. La apuñaló varias veces, le arrancó la cabellera y la piel, las metió en una bolsa y huyó de allí. Regresó a Entremos, a las naves en las que ficha como vigilante nocturno, y guardó la bolsa, con los restos humanos y el cuchillo azteca, en su taquilla. A las ocho de la mañana, como todos los días, salió de trabajar, caminó hasta el puerto petrolero, subió a los acantilados del Monte Orgaz, llenó la bolsa de piedras y la arrojó al mar. Quizá podamos encontrarla, si pedimos colaboración a los buzos de la Guardia Civil. ¿Alguna pregunta?
– ¿Por qué lo hizo? -cuestionó Martina.
– Se trata de un enfermo. Casanova en versión psicópata.
– ¿Qué hay de su cómplice?
El tono de Buj fue de censura.
– No los hubo. Actuó solo.
– ¿Y el testigo del puerto? ¿Y el coche que fue visto en los escenarios de los crímenes?
– Tampoco hubo coche, De Santo, y en cuanto a ese testimonio… Todos sabemos que el garrafón provoca delirium tremens.
Los investigadores intercambiaron un coro de moderadas risas. La resolución del caso era una grata noticia. Esa noche podrían descansar, en vez de seguir buscando por toda la ciudad pieles humanas, pentáculos y siervos de Satán. El agente Carrasco se expresó en nombre de todos:
– Buen trabajo, señor. Me ofrezco para transcribir la confesión de Monzón y ultimar el informe pericial.
– Pensaba encargarle esa tarea a De Santo -repuso Buj, mirando a la subinspectora con una expresión entre vengativa y triunfal.
– Lo haría muy a gusto, inspector, pero tengo entradas para el teatro y no me gustaría llegar tarde. Si me disculpan.
En medio del estupor de sus colegas, Martina cogió su gabardina, se enfundó la pistola y abandonó la brigada.
Al doblar el corredor, se tropezó con el inspector Lomas, de Asuntos Internos, que se dirigía hacia el Grupo. La suya, pensó la subinspectora, sería la primera felicitación oficial para Ernesto Buj. Si el gabinete de prensa recibía autorización para ello, los periódicos reflejarían al día siguiente la rápida y brillante solución del caso de las mujeres desolladas. El palmarés del inspector iba a orlarse de gloria. A Martina no le importó.
Horacio Muñoz estaba en el archivo, esperándola. Se había recortado la barba y el pelo. Sin llegar a resultar un árbitro de la elegancia, lucía con galanura un traje negro y una corbata gris perla.
– ¿Vamos?
– Listo -dijo Horacio, descolgando del perchero un abrigo un tanto raído-. ¿Qué tal?
– Bastante presentable -aprobó Martina-. Ese traje le sienta muy bien. Debería ponérselo más a menudo.
– Lo guardo para los entierros -comentó el archivero-. Mi mujer dice que huele a mortaja.
Martina sonrió. Horacio apagó las luces del archivo y la siguió hasta las escaleras de Jefatura. En la avenida encontraron un taxi. La subinspectora proporcionó al conductor la dirección del Teatro Fénix.
– Monzón ha confesado -le reveló Martina, arrellanándose en el asiento.
Horacio no se asombró.
– Lo imaginaba. Me asomé a la sala de interrogatorios y vi al Hipopótamo esgrimiendo su bate de béisbol. El sospechoso estaba a cuatro patas, recibiendo de lo lindo. Cualquier día, los de Amnistía Internacional nos van a meter un paquete.
– Los tiempos no están cambiando -se resignó Martina.
– Tampoco usted, subinspectora. Ya que me había invitado al teatro, me hice la ilusión de que se presentaría con ese vestido de piel que lucía la otra noche.
– No tuve tiempo para cambiarme. Hice una visita a la doctora Insausti, en su apartamento de la plaza del Carmen. David Raisiac estaba con ella. Pasaron juntos la noche de ayer. No es una coartada firme, pero los sacará del apuro.
– El caso está resuelto, Martina -epilogó Horacio-. No le dé más vueltas. Relájese.
La platea del Teatro Fénix se hallaba prácticamente llena. Martina había conseguido dos entradas en primera fila, justo enfrente del proscenio. Horacio y ella ocuparon sus butacas. Minutos después, se alzó el telón de boca y comenzó la representación.
Las puertas que simbolizaban el palacio de Tebas y el gineceo fueron dando paso a los actores. La luz del escenario bañaba las primeras filas con un celeste resplandor. Los focos arrancaban púrpuras destellos al paralelepípedo que hacía las veces de trono. Creonte presidía el juicio de Antígona. Martina reconoció la voz de Alfredo Flin:
Ahora que ellos, con dos muertes en un solo día, han perecido, hiriendo y herido cada uno, y manchados los dos con su propia sangre, queda ya en mi mano el poder todo y el trono de Tebas, por mi estrecho parentesco con los muertos.
– Qué belleza -murmuró Horacio-. Esto es mucho mejor que un funeral, con la ventaja de que puedes ir vestido de la misma forma.
Sin apartar los ojos de la escena, la subinspectora hizo un gesto receptivo, pero, realmente, estaba sólo atenta a la figura de Antígona. En el primer cuadro, sin apenas moverse de la trampilla del apuntador, Gloria Lamasón, tal como ya había acreditado en el día del debut, firmó una interpretación casi sobrenatural. Poco a poco, sin embargo, la diva se había ido retirando del proscenio, hasta declamar desde el telón de fondo, por lo que su tono se perdía un tanto.
La función duraba dos horas, pero a Horacio Muñoz se le pasaron en un suspiro. Cuando cayó el telón, el archivero se levantó de su asiento y rompió a aplaudir con entusiasmo.
– ¡Ha sido maravilloso, subinspectora! -exclamaba Horacio, con los ojos brillantes de emoción-. ¡Y ella, Antígona, qué sublime papel!
– ¿Le gustaría saludar a la actriz? -propuso Martina, mientras aplaudía con cortesía.
– ¿Lo dice en serio?
– Conozco a uno de los actores, el que encarna al adivino Tiresias. Puedo pedirle que Gloria Lamasón nos reciba en su camerino.
Desbordado ante esa perspectiva, el archivero se rompió las manos aplaudiendo, e incluso articuló algún que otro «¡bravo!» cada vez que todos los miembros de la compañía, cogidos de las manos, se acercaban a saludar a los espectadores. En una muestra de modestia, Gloria Lamasón se limitó a asomarse entre bambalinas. Dedicó una reverencia al público, aceptó un ramo de flores y, con un majestuoso gesto, propio de una heroína de la Antigüedad clásica, delegó el éxito en el resto del elenco. Electrizado, el Teatro Fénix se vino abajo.
– Todavía estoy flotando -dijo Horacio, cuando salieron al vestíbulo.
La subinspectora había encendido un cigarrillo, para aguardar a que saliera la gente. Cuando calculó que la diva habría tenido tiempo de cambiarse, indicó al archivero que la siguiera.
Accedieron al espacio de actores y preguntaron a los figurantes del coro por el camerino de Gloria Lamasón. Martina tocó discretamente a la puerta. «Un momento», repuso una voz masculina. Al cabo del rato salió María Bacamorta, todavía caracterizada de Eurídice. Miró a la subinspectora, con aprensión, y la rehuyó, alejándose hacia su propio camerino. Pasado otro minuto, Toni Lagreca abrió la puerta del camerino principal. Iba de calle, con una cazadora negra y vaqueros del mismo color.
– ¡Martina, eres tú! No sabía que ibas a venir esta noche.
– Disfruté tanto con vuestro debut que he decidido repetir. Me acompaña un amigo, el agente Muñoz.
– Tanto gusto -dijo el actor, tendiéndole la mano.
– Un placer, señor Lagreca -dijo el archivero, tan corrido que tartamudeaba un poco-. Ha estado portentoso. ¿Querrá firmarme un autógrafo, o dedicarme el programa?
– Desde luego -sonrió Lagreca-. Por un amigo de Martina puedo hacer ambas cosas.
Mientras Lagreca firmaba sus dedicatorias, la puerta del camerino se abrió con brusquedad y Gloria Lamasón, con un abrigo de visón y la cabeza cubierta por un gorro de astracán, salió precipitadamente, mirando al suelo. Martina fue hacia ella, y ambas tropezaron. A la diva se le cayó el bolso. Un monedero, unas gafas negras y la llave de la habitación 305 del Hotel Palma del Mar rodaron por el suelo.
– Disculpe -dijo Martina-. Ha sido culpa mía. Quería pedirle un autógrafo y…
La subinspectora la ayudó a recoger sus cosas. Horacio se le acercó, con el programa en la mano.
– ¿Podría firmarme aquí? -le rogó.
La diva lo hizo con dificultad, debido a que llevaba guantes.
– También han debido de caérsele estas pastillas -dijo Martina, sosteniendo en su palma las dos cápsulas rosadas.
Gloria Lamasón cogió las píldoras, sin apenas mirarlas, y se puso las gafas oscuras.
– Gracias. ¿Vienes, Toni?
Lagreca se despidió de ellos y salió con la estrella por la puerta de actores, situada en la fachada posterior del teatro. En un puro éxtasis, Horacio apoyó las manos sobre los hombros de Martina.
– Nunca olvidaré, subinspectora…
– Déjese de tonterías -le cortó ella-. Tenemos trabajo.
El archivero puso cara de no comprender nada, pero siguió a la subinspectora a través del dédalo de camerinos, hasta regresar al vestíbulo del teatro. Fuera, en la calle, hacía frío. Martina consultó su reloj. Faltaban unos minutos para la medianoche.
– ¿Le apetece tomar una copa?
– ¿Por qué no? -aceptó el archivero; sin embargo, la tensa expresión de la subinspectora, que él tan bien conocía, le advirtió de que algo imprevisto iba a suceder-. ¡Esto hay que celebrarlo!
– Puede que sí -dijo Martina, parando un taxi. Ambos se acomodaron en el interior-. Al Hotel Palma del Mar.
– ¿No es el de los actores? -preguntó Horacio-. ¿Vamos a celebrarlo con ellos?
– Puede que sí -repitió la subinspectora.
El taxi los dejó en la puerta del hotel. Martina pagó la carrera y ambos entraron en el área de recepción. La subinspectora se acercó al mostrador y preguntó por la señorita María Bacamorta, de la Compañía Nacional de Teatro. El conserje le contestó que se encontraba en su habitación (la 107, observó la subinspectora), pero que había rogado que no la importunasen. Martina asintió, comprensivamente, y precedió a Horacio hasta la cafetería de la planta baja. El mármol blanco del suelo rechinó bajo las botas de la mujer policía. Un barman con pajarita les preguntó qué deseaban.
– Malta escocés. Que sea doble, y con mucho hielo.
– Lo mismo para mí -pidió Horacio.
El camarero colocó los posavasos y les sirvió los licores. Martina probó un sorbo y anunció:
– Voy a subir.
– ¿Adónde?
– A la habitación 305. Usted espéreme aquí. Si no he regresado en un cuarto de hora, eche esa puerta abajo.
Horacio iba a preguntarle varias cosas a la vez, pero Martina se dirigía ya hacia un ascensor.
Confuso, el archivero la vio desaparecer entre las hojas de acero. Horacio se quitó el abrigo, lo dobló sobre el respaldo de un taburete y bebió un trago de su copa. Por si acaso, y aunque no podía entender qué diablos se proponía hacer la subinspectora, empezó a contar los minutos.
Martina había tardado cuarenta segundos en subir a la habitación 305. Era una de las suites principales, con dos puertas. Para llamar, la subinspectora eligió la de servicio. La voz de Toni Lagreca se escuchó al otro lado.
– ¿Quién?
– María -susurró Martina, pegándose al quicio.
– Un momento, cariño.
Lagreca abrió la puerta y se retiró para dejarla pasar. La luz del pasillo iluminó la mitad de su cuerpo. Encima de su piel desnuda, el actor sólo llevaba un albornoz blanco, con el anagrama del hotel, una hoja de palmera bordada en hilo esmeralda. Al darse cuenta de la suplantación, Lagreca empujó a Martina, intentando expulsarla de la suite. La subinspectora sacó la pistola y le golpeó con la culata. El actor contuvo un grito y retrocedió hacia el interior de la habitación. La puerta de servicio quedó entornada.
– No te muevas, Toni -ordenó Martina, en voz baja.
Las luces de la suite estaban apagadas. Alguien había corrido las cortinas del gran ventanal que daba al mar. La débil claridad de la noche apenas permitía distinguir los contornos de los muebles. Cuando los ojos de Martina se acostumbraron a la penumbra, la subinspectora creyó ver una silueta sobre la cama del dormitorio.
– La función ha terminado, Toni. Ahora muévete muy despacio y enciende una luz. Estoy apuntándote, y no dudaré en disparar.
Lagreca tropezó con algo, trastabilló y prendió una lámpara de pie.
Martina miró hacia la cama, e inmediatamente retrocedió. La pistola temblaba en su mano.
El haz de la lámpara llegaba atenuado al fondo del dormitorio, pero fue suficiente para revelarle el móvil de los crímenes.
Desde la eternidad, Camila Ruiz agitó su melena rubia y se desperezó sobre el edredón. Los brazos muertos le quedaron colgando como zarpas de una estola.
El rostro de la mujer desollada buscó a Martina de Santo. Extendió una mano hacia la subinspectora, como convocándola al lugar sin tiempo desde el que la llamaba, y recitó, con la clara y solemne voz de Antígona:
– ¿Deseas algo más grave que darme muerte?
– ¿Quién está dentro de usted? -preguntó la subinspectora, luchando contra un supersticioso terror.
– Mi alma tiempo ha que está muerta, para poder ayudar a los muertos.
– No siga hablando -se estremeció Martina-. Voy a sacarla de aquí.
– ¿De mi cárcel perpetua, de mi mansión subterránea?
En ese instante, se oyó la explosión de un plomo, y la luz se apagó. Antes de que se desvaneciese, Martina había visto cómo Lagreca arrancaba la lámpara y la enarbolaba delante de ella. En la oscuridad, la tulipa le golpeó en la cabeza. La subinspectora perdió el equilibrio. Al ir a incorporarse, su Star se disparó accidentalmente. El actor cayó un segundo después. Gimiendo, comenzó a arrastrarse hacia el office.
– ¿Toni? -gritó la mujer.
Nadie contestó. El disparo debía de haberse escuchado en otras habitaciones. Desde el pasillo, a través de la entornada puerta de servicio, se oyeron voces, pasos que corrían.
Martina avanzó hacia la cama. La silueta de Camila Ruiz, difuminada en la penumbra, protegía su desnudez oprimiendo un almohadón contra su pecho. La voz de Antígona preguntó:
– ¿Toni ha muerto?
– ¿Le importaría?
– En realidad, es como si ya lo estuviera. Tampoco él iba a tardar en morir.
Sin el menor ruido, Martina comenzó a rodear el lecho.
– Y a usted, ¿cuánto le queda de vida?
– Dependerá de ellas, de mis vírgenes.
La subinspectora notó el calor de la culata, sudor en las manos.
– ¿Qué plazo le dieron los médicos?
– Menos de tres meses. Pero se equivocan. Hay vida dentro de la vida.
– ¿Tiene miedo?
El espectro se agitó.
– ¿Usted no lo tendría, si el mal que la devora y embrutece le roba la belleza y el alma?
Martina le apoyó con suavidad el cañón en la frente. A la grisácea luz que ascendía del muelle, el rostro del cadáver pareció sonreír. Con la misma suavidad, la subinspectora preguntó:
– ¿Planeó usted los crímenes?
– Hágame un favor: dispare. ¡Hágalo, se lo suplico!
– ¿Fue él?
– No. ¿Toni?
Desde el office se escuchó un quejido. La mujer encañonada se lamentó:
– Sólo está herido. Debería haberlo matado.
– ¿Tanto le odia? -preguntó Martina.
– Mi odio y mi vergüenza no se pueden medir.
– ¿Qué es lo que tanto la humilla?
– ¿Quiere saberlo? ¿Desea verme, tal como soy?
Martina retrocedió hasta dar con un interruptor. Lo accionó. Una hilera de bombillas irradió del techo.
– ¡Acérquese más!
La subinspectora vaciló. La sensación de irrealidad era tan intensa que la dejó sin fuerzas. Se sentó en el filo de la cama y apoyó la pistola en el edredón.
En los ojos de la mujer desollada brillaba el resplandor de las lágrimas. Camila Ruiz se despojó de su piel, y Gloria Lamasón mostró a Martina la suya. El ralo cabello le caía a la actriz en sucios mechones. Su cuero cabelludo se transparentaba, y todo su cuerpo era una llaga. Bulbos y pústulas le cubrían los fláccidos pechos, las cadavéricas extremidades, y comenzaban a extenderse por el cuello, amenazando corromper también su divino rostro. Martina se encogió hacia los pies del lecho.
– ¿Cómo se infectó?
– Toni me contagió, pero no tardará en desarrollar el mal. Pronto me seguirá a la tumba. Ahora, ya lo sabe. ¡Lástima que no vaya a poder revelar mi pequeño secreto, salvo al demonio que la reciba en el infierno!
Martina miró hacia atrás. La habitación estaba desierta, y la puerta del cuarto de baño seguía cerrada. La subinspectora preguntó, con voz de humo:
– ¿Hay alguien más con usted, dentro de usted?
Antígona le clavó sus ojos muertos y recitó:
– No te angusties por mí, cuida de enderezar tu suerte.
En ese instante, se oyó el rugido de un loco. La puerta del cuarto de baño se abrió y la blanca sombra de otra mujer que aferraba un cuchillo se abalanzó contra la subinspectora.
Martina agarró la pistola, giró sobre sí misma y cayó a la moqueta. La visión que tenía delante la paralizó. Con el cabello enmarañado y las manos sin vida oscilándole a los costados, Sonia Barca la miró desde el otro lado de la muerte. Alzó los brazos y volvió a lanzarse contra Martina esgrimiendo un negro cuchillo.
La subinspectora abrió fuego, y siguió disparando hasta que el rostro de Sonia la salpicó de sangre. Martina empujó el cuerpo, que resbaló a su lado, se puso en pie y dejó la pistola sobre la cama. Temblaba.
– ¡Subinspectora! -gritó una voz.
Horacio Muñoz acababa de aparecer en la suite. Había visto a un hombre herido en el office, y enseguida descubrió al segundo cuerpo, caído en el dormitorio.
Con el corazón galopándole, el archivero se detuvo en el centro de la habitación. Desde el lecho, una anciana espectral, infectada de una lepra que la cubría por entero, sostenía en las manos lo que parecía una piel humana. La cabellera de la mujer desollada se desparramaba sobre sus muslos, como un despeinado postizo.
Horacio apenas pudo reconocer a Gloria Lamasón. La actriz contemplaba la escena con una mirada moribunda, pero diabólicamente feliz. Y también sonó dichosa su voz cuando la actriz, encarnándose por última vez en Antígona, declamó para un público imaginario, o para los gusanos que pronto criaría:
– ¡Tumba, a ti voy ya en busca de los míos, que son incontables!
Gloria Lamasón reptó sobre la cama, cogió la pistola de la subinspectora y se introdujo el cañón en la boca. Martina se precipitó hacia los almohadones, pero no pudo evitar su acción. El disparo hizo estallar el cráneo de Antígona. Esquirlas de hueso saltaron contra el cabezal, y por la fractura del occipital escapó una materia viva. La luz de los ojos de Gloria Lamasón se extinguió como una vacilante llama.
– ¿Está usted herida, Martina? -exclamó el archivero.
Detrás de Horacio, la subinspectora entrevió al portero de la recepción y a una camarera de habitaciones con la cara dilatada por un miedo inhumano.
– La sangre no es mía. Diga a esa gente que se retire de aquí. Vaya a la habitación de María Bacamorta, la 107, y proceda a su detención.
– ¿De qué la acuso?
– Del asesinato de su hermana gemela, y de complicidad en los crímenes de las mujeres desolladas.
Horacio desapareció. La subinspectora limpió la Star, la enfundó y se arrodilló junto al cuerpo del hombre caído junto a la cama. Le retiró la melena rubia, espesa y lisa, que había enmarcado en vida el hermoso rostro de Sonia Barca, y fue despegando la epidermis adherida a la suya. La piel se desprendió a jirones, como un húmedo pergamino.
Su segunda bala del nueve corto había perforado el corazón de Alfredo Flin. La diestra del profesor de teatro empuñaba todavía el cuchillo azteca.
Y aún, en un espasmo póstumo, como si la mariposa de obsidiana aletease ante sus ojos sin vida, la mano de Flin se agitó y se movió unos centímetros cuando la sub inspectora separó el cuchillo sacrificial de sus dedos; pudo sentir, al contacto con el filo, su fría y peligrosa seducción.