El cielo estaba cubierto. No hacía frío, aunque sí un viento cuya violencia podría arrojar ladera abajo cualquier elemento poco arraigado a la tierra.
En ningún caso, porque para eso habría hecho falta un tsunami, a los moais cuyos altares seguían protegiendo la isla de Pascua.
Empezó a llover. Las gotas se clavaban a la piel como en el probador de un sastre un pomo de alfileres al patrón de una solapa.
– Protéjase, don Francisco -aconsejó con prudencia el arqueólogo Manuel Manumatoma, ofreciendo al hombre que le acompañaba uno de los dos chubasqueros plegados en su mochila.
Francisco Camargo, un controvertido empresario español con intereses económicos en la isla de Pascua, lo desplegó e hizo pasar por su cabeza la abertura de un poncho de poliuretano, con capucha, sin mangas, largo hasta los muslos. En el acto lo agradeció. La ladera del volcán Rano Kau, que el profesor Manumatoma y él se disponían a ascender, era lisa, sin árboles ni rocas. Al carecer de un refugio donde guarecerse de la lluvia, ambos se habrían empapado en poco rato.
Horas antes, sin embargo, nada parecía indicar que el día fuese a estropearse. El cielo había amanecido azul, con el aire en calma y un sol diamantino iluminando el Pacífico.
Camargo había despertado junto a una de las pocas playas de la isla, la de Anakena, con una sensación de paz. Tras desayunar a base de frutas y una doble taza de café negro, se había puesto una fresca camisa de algodón y un pantalón de hilo para dirigirse a su cita con el arqueólogo.
De camino a Hanga Roa, la capital de la isla, había empezado a soplar un viento frío y cortado. Poco antes de que Camargo se reuniera con Manumatoma, y como si las arrastrasen invisibles cuadrigas, negras nubes habían oscurecido el cielo. Cuando el arqueólogo y el banquero avanzaban en el jeep del primero por la carretera de greda que comunicaba con el poblado de Orongo, ráfagas huracanadas habían hecho bandear el vehículo. Todos los espíritus de Polinesia, incluidos los malignos Aku Aku, parecían haberse puesto de acuerdo para soplar a la vez, barriendo con su furioso aliento los escasos ciento setenta y un kilómetros cuadrados de la isla más aislada y solitaria del planeta.
A la vista del mal tiempo, Manumatoma había consultado a su acompañante si deseaba aplazar la visita a las casas barco de Orongo y al volcán Rano Kau. Pero Camargo, que apenas disponía de unas horas antes de emprender su regreso a España, se había negado en redondo.
– Tengo la agenda repleta hasta diez minutos antes de que despegue mi avión. No hay tiempo que perder, ni excusa para hacerlo. Quiero ver Orongo y quiero verlo ahora.
El profesor había vacilado.
– Allá arriba el viento va a soplar con una fuerza terrible.
– También lo hizo días atrás y terminó amainando. Por estas latitudes no son frecuentes las tormentas, ¿no es así?
– Cierto.
– ¿Entonces?
– Nada me extrañaría que un aguacero tropical nos caiga encima.
– Le haremos frente -había decidido el banquero.
El arqueólogo se había resignado a obedecer, aunque no sin preguntarse en qué clase de fuente de energía recargaba su acompañante el impulso que parecía articular sus bruscos movimientos. Francisco Camargo era un hombre decidido, pero nadie hubiera dicho que tenía distinción. Sus rasgos no resultaban nobles. Tampoco eran de pianista sus manos, cubiertas de vello negro. Nada en la imagen de aquel hombre de gestos resueltos y voz dura invitaba a pensar que se trataba de uno de los empresarios más ricos de España, dueño de una fortuna que en los últimos veinte años no había hecho sino diversificarse y crecer.
Manuel Manumatoma había tratado con el banquero en dos breves reuniones, celebradas ambas en la metrópolis continental, Santiago de Chile. En ninguno de esos dos encuentros le había permitido Camargo llevar la voz cantante. El profesor había aprendido pronto lo estéril que resultaba contrariar a quien todos en la isla llamaban ya «el señor banquero».
– Usted manda, don Francisco.
– Así es -sonrió él.
Y, realmente, así era. Desde hacía un año y medio, el Grupo Camargo se había establecido en la isla de Pascua. Las gestiones para su implantación habían sido muy rápidas. Con un par de semanas al trimestre su presidente -el propio Francisco Camargo- había tenido tiempo suficiente para revolucionar aquel remoto peñasco del Pacífico, iniciando las obras de un hotel, un centro comercial y una entidad bancada. De los quinientos varones rapa nui en edad y condiciones de trabajar, más de un centenar lo hacía ya para él.
De manera estratégica, y en línea con sus intereses, Camargo había cultivado a las autoridades pascuenses. Entre sus promesas al gobernador Elías Christensen destacaban la de acabar con el desempleo entre la comunidad rapa nui y la de regalar a los jóvenes una serie de instalaciones deportivas. Su compromiso de construir un nuevo campo de fútbol con hierba artificial, graderío, vestuarios, marcador electrónico y focos para jugar de noche habría inclinado cualquier balanza. El gobernador Christensen se había plegado a prestarle todo tipo de ayuda.
En el ámbito de los negocios, Francisco Camargo no acostumbraba a expresarse a la ligera ni dar pasos atrás. Nacido para la dirección y el riesgo, le apasionaba enfrentarse a nuevos retos. Su vida empresarial era rica en episodios de superación.
Su constante forja se había traducido en la conquista de un monopolio tras otro. Era dueño de una naviera, de una flotilla de aviones, de una cadena de hoteles, otra de supermercados… y de varios bancos, al frente de cuyos consejos de administración ejercía una vasta influencia en diversos sectores financieros y en el ámbito de varios países.
Sus más estrechos colaboradores, que eran, a la vez, los principales directivos del Grupo, sostenían que, trabajando, don Francisco era tan aplastante y eficaz como una apisonadora. Los ejecutivos sabían por experiencia que, de implantar un pie su jefe a imponer su ley en el sector elegido para sus inversiones y a pasar por encima de cualquier competidor, como ese buldózer con que le comparaban, no solía transcurrir demasiado tiempo.
Una de las frases favoritas del magnate era: «Cuando alguien me dice que solo es cuestión de tiempo, me está dando la bienvenida, porque entiendo que solo es cosa de dinero».
El viento soplaba del noreste y la lluvia les pegaba de frente.
Manuel Manumatoma había decidido dejar el jeep en la falda del volcán, en cuya cumbre se arracimaban las casas barco de Orongo. Tras asegurar la capota, que las arremolinadas ráfagas flambeaban como si fuese de papel, había atacado el sendero que conducía a las ruinas, seguido por Francisco Camargo.
En los siglos XVII y XVIII, aquella ciudad de piedra había albergado misteriosas ceremonias cuyo sentido seguía discutiéndose. Entre los cultos que allí se habían celebrado, destacaba el rito del hombre pájaro.
– ¿Queda lejos el poblado? -preguntó el banquero, después de haber estado a punto de resbalar. La cortina de agua no le dejaba ver edificación alguna.
– Unos repechos más -repuso Manumatoma, girando el cuello porque el vendaval sofocaba su voz-. Enseguida distinguirá las ruinas.
Apenas un par de minutos más tarde, el contorno de las primeras casas barco se dibujó ante ellos. Tenían forma de quilla invertida, con sus bóvedas claramente inspiradas en el casco de una canoa.
Como refugios, eran amplios. Habituado a estimar cualquier volumen mensurable en relación con su rendimiento, Camargo calculó que una casa barco era capaz de albergar a una familia entera, tal vez a un clan.
Sin ventanas, sin siquiera una aspillera por la que se colara la luz, las casas de Orongo ofrecían un hermético y defensivo aspecto. A sus claustrofóbicas habitaciones se penetraba por estrechos arcos de piedra.
– Gateras -dijo Camargo.
– Solo agachándose es posible entrar -coincidió el profesor-. Los más corpulentos, y recuerde que los primitivos pascuenses eran bastante altos, reptando. -Parado en medio de la lluvia, Manumatoma recordó-: El escritor y viajero francés Pierre Loti estuvo aquí, en Orongo, hace más de un siglo. Era muy joven, un simple guardiamarina sediento de aventuras. Con los rapa nui iba a vivir una que tardaría en olvidar. Durante el día exploró la isla y vio a los grandes moais derribados en el polvo, pero no pudo regresar al barco por culpa de la marea y para cobijarse de la helada noche tuvo que refugiarse en una de estas casas barco. En el interior, a la luz de las brasas, distinguió extraños ídolos y mazas de combate, paos, talladas con efigies de hombres pájaro. Más asustado que otra cosa, intentó conciliar el sueño entre mujeres y hombres semidesnudos que le observaban en la oscuridad, entonando salmodias y tallando pedazos de madera con cuchillos de obsidiana. Loti llegó a temer que lo matasen durante el sueño, pero nada le ocurrió. Si sus anfitriones eran caníbales, la francesa y sonrosada carne del extranjero no les abrió el apetito. Por la mañana, Loti tomó apuntes para sus acuarelas. Una de las más inspiradas, con guerreros tatuados entre los caídos moais, se la regalaría a Sarah Bernhardt.
– ¿A quién? -preguntó Camargo.
– Una famosa actriz de la época, de la que el romántico Loti estaba prendado. Lo cual, dicho sea de paso, no debía de ser nada difícil. La Bernhardt era bellísima.
La metálica voz del banquero se impuso al clamor de la lluvia:
– Consígame esos testimonios.
Manumatoma asintió dócilmente. El banquero parecía tan motivado por las ruinas de Orongo como si acabase de descubrir la tumba de un faraón. A nuevas preguntas suyas, el profesor continuó explicándole que el uso de las casas barco no era permanente, sino estacional.
– Se utilizaban en primavera -concretó Manumatoma, alumbrando con una linterna el interior de una de ellas.
– ¿En calidad de viviendas?
– Eventuales, como residencias de verano para cobijar a los asistentes a las ceremonias del hombre pájaro.
En los meses de mayo, siguió explicando el historiador, los clanes isleños se desplazaban festivamente desde sus poblados para hospedarse en Orongo. Danzas, torneos y fiestas los entretenían a la espera de la llegada de las aves migratorias y de que las hembras de los pájaros fragata, los manutara, pusieran sus primeros huevos en los islotes. Hasta esos roques golpeados por un mar batiente eran destacados vigilantes, hopu, responsables de escudriñar los cielos hasta avizorar las bandadas de pájaros fragata, y de custodiar los nidos para advertir a Orongo, mediante señales, de las primeras puestas.
– En cuanto estas se producían -prosiguió Manumatoma-, daba comienzo la gran prueba. Los guerreros más fuertes, uno por clan, debían descender el acantilado, cruzar a nado el brazo de mar, trepar por los islotes, atrapar ese mágico primer huevo y regresar al poblado de Orongo para depositarlo en manos del ariki, el rey.
El interés de Camargo iba en aumento.
– ¿Qué consecuencias tenía todo eso?
– El clan del vencedor gobernaría la isla y él mismo, el gran héroe, sería designado delante de la familia real y de los sabios pascuenses como tangata manu, hombre pájaro -disertó Manumatoma, tal como habría explicado en sus clases de la Universidad Católica de Santiago; pero, sobre el terreno, en contacto con el mito, su voz se teñía de emoción, como si ante sus ojos estuviera representándose la ancestral ceremonia.
– ¿Para siempre?
– Durante un año. El nuevo hombre pájaro permanecería encerrado los trescientos sesenta y cinco días en una cueva con mujeres vírgenes, a fin de procrear hijos, futuros guerreros y defensores de la isla, herederos de su fortaleza y arrojo.
Camargo asintió, impresionado, y se giró hacia la cara interior del volcán Rano Kau como buscando la misteriosa caverna que había servido de nido a los hombres pájaro. La mirada del oligarca erró por el cráter. En su fondo, una verdosa laguna reflejaba el vuelo de las nubes. Como en un estanque japonés, el agua estancada hacía aflorar una exuberante vegetación, más propia de un mundo perdido. El viento inclinaba los tallos de los juncos como los cabellos de un ahogado titán.
– Esto es soberbio -calificó Camargo, buscando adjetivos que hicieran justicia al paisaje; no los encontró y reiteró-: Soberbio.
El viento arreció, racheando la lluvia. Alarmado por la violencia del temporal, el arqueólogo apremió a continuar la ruta.
– En esta parte de la isla no parece haber moais -observó el banquero, aludiendo a las grandes estatuas diseminadas por el resto de la costa.
– El terreno es abrupto -razonó el arqueólogo-. ¿De qué modo, sin otras herramientas que estacas y cuerdas, habrían podido subir hasta aquí estatuas de muchas toneladas? Pero sí hubo un moai entre las casas barco. Una estatua muy especial.
– ¿Una dama de piedra, tal vez? -sonrió Camargo.
La repentina aparición de un hombre pájaro no habría cogido a Manumatoma más de sorpresa. No era habitual que quienes visitaban el poblado de Orongo conocieran ese dato.
– El moai a que me refiero representaba a una mujer, es verdad. Fue bautizada como «La rompedora de olas».
– Hoa Haka Nana Ia, en su lengua vernácula -precisó Camargo, parpadeando con un ojo. Tenía un tic y le costaba controlarlo.
El arqueólogo se quedó atónito. Las rachas de aire les impedían entenderse y elevó la voz.
– ¡Permítame felicitarle, don Francisco!
El banquero no tuvo necesidad de forzar el timbre. Su voz era poderosa.
– ¿Por qué?
– Antes de venir a Pascua se ha documentado a fondo.
– No me ha sido difícil. «La rompedora de olas» se encuentra en el British Museum.
– Lo sé. ¿Conoce sus salas?
– Cómo no… Recientemente, he adquirido un par de bancos británicos y debo viajar con frecuencia a Londres. A veces los negocios son… Ahora que nos estamos haciendo amigos, profesor, le revelaré un pequeño secreto. En cuanto mis obligaciones me lo permiten, busco refugio en algún lugar retirado. Una biblioteca, una iglesia, un museo.
– ¿Como una terapia?
– Algo parecido. Mi museo preferido es el British. Queda cerca de mi oficina londinense y voy con frecuencia. Esa beldad polinésica, «La rompedora de olas», posee algo muy especial.
El historiador enfatizó:
– Es una talla única. Los moais con tatuajes son excepcionales. Dígame una cosa, don Francisco. En sus visitas al British Museum, ¿se fijó detalladamente en «La rompedora de olas»?
– Ya lo creo.
– ¿Recuerda los relieves de su espalda?
– Sí. Soles y pájaros.
Manumatoma le corrigió con suavidad, como si no lo estuviera haciendo.
– Los petroglifos cincelados en la nuca y región dorsal de «La rompedora de olas» responden al canon gráfico del hombre pájaro: cabeza y cuerpo de ave, expresión y extremidades seudohumanas. Hoa Haka Nana la fue tallada en la cantera de Rano Raraku. Suponemos que la depositaron exactamente ahí. -El arqueólogo señaló un montículo cubierto de rala hierba, entre las casas barco.
– ¿Cuál era su función?
Manumatoma admitió:
– No lo sabemos con certeza, pues carecemos de fuentes directas. Suponemos que, bajo la benévola mirada del dios Make Make, «La rompedora de olas» asistiría a los participantes en el ritual del hombre pájaro. Tal vez encarnase a una deidad materna, relacionada con la fertilidad, a una hija de la diosa tierra o a la propia diosa; tal vez, a alguna princesa del linaje de Hotu Matua, descubridor y primer rey de la isla… Los ingleses se la llevaron, en fin, del mismo modo que, para decirlo de una manera eufemística, tomaron prestados, indefinidamente, otros tesoros de Polinesia. En 1868, empleando poleas y palancas, más los brazos de trescientos hombres, embarcaron a «La rompedora de olas» en el Topaze, rumbo a Londres, y en la capital británica sigue desde entonces. El Gobierno chileno ha emprendido gestiones para recuperar esa maravillosa escultura, pero ya sabe usted lo que suele ocurrir con tal tipo de reclamaciones.
– Supongo que hay que ser constante.
– Las autoridades chilenas han insistido, en vano.
– Los ingleses tampoco nos han devuelto Gibraltar -ironizó Camargo.
Manumatoma no ocultó cierta animadversión.
– Son obstinados, muy cierto.
– También nosotros -sostuvo el empresario, sin evidenciar en qué sentido.
– «Obstinado» no sería el término para definirle a usted, don Francisco. Mejor…
– Suéltelo, estoy acostumbrado a oír de todo sobre mí.
– ¿Persuasivo?
– ¡Nunca! Esa es una virtud más bien… femenina. Déjelo, amigo Manumatoma, usted apenas me conoce.
– Tiene razón -admitió el arqueólogo, no sin pensar, y no sin ironía, que, en esa aplicación específica, la ignorancia podía ser redentora.
El financiero torció su recia cabeza, como si algo le hubiese disgustado, pero lo que anunció no sonó negativo.
– Llegará a conocerme, se lo aseguro. Tengo grandes planes para esta isla. Y para usted.
– ¿Para mí? -se asombró el profesor.
– Así es -reiteró Camargo, sonriendo astutamente-. Para usted.
El arqueólogo hizo gesto de sentirse abrumado.
– ¿En qué más podría beneficiarme, señor Camargo? Bastante generoso ha sido conmigo.
– Esto es solo el principio. Usted déjeme hacer.
Manumatoma tenía otra pregunta en la punta de la lengua, pero su interlocutor acababa de darle la espalda para continuar ascendiendo hacia las peñas más altas. En cualquier caso, pensó el arqueólogo, el propio Camargo le trasladaría la respuesta antes o después.
«¿Llegaré a ser víctima de la generosidad de este hombre?», se preguntó el profesor, sin tenerlas todas consigo respecto a las pretensiones de su patrocinador. El carácter del banquero le intimidaba, pero Manumatoma sabía mejor que nadie que era demasiado tarde para prescindir de su dispendioso bolsillo.
Bajando la vista y teniendo cuidado para no tropezar con las puntiagudas piedras del camino, el arqueólogo desterró sus dudas éticas al fondo de su conciencia y, en medio del diluvio universal que caía sobre la isla, prosiguió trepando tras la voluminosa espalda del millonario español.
A diecisiete mil kilómetros de los olvidados pájaros fragata y hombres pájaro de la isla de Pascua, pero a solo una hora en coche desde Santander o a veinte minutos, caminando, desde Comillas, aquella rapaz había aprendido a no posarse en los colgantes cables de la luz. Lo hacía en la torre de acero, en sus metálicos brazos, o en equilibrio sobre las campanas de vidrio industrial que protegían las bobinas.
Era un ejemplar corpulento. Al enfocarlo con sus prismáticos, Ceferino, el panadero de El Tejo, que vivía sobre la ría, en la lomada alta del pueblo, tenía la impresión de que se le posaba en el puente de la nariz.
Ceferino Martín sabía de estrellas, porque en su juventud había sido marino, y de mujeres, no en vano había enviudado de dos, pero apenas entendía de aves. En su profana opinión, la rapaz que elegía la torre de acero para desparasitarse las plumas y otear el horizonte en busca de carne fresca, o no tan fresca, que llevarse al pico era un águila pescadora.
Su vecino, Jesús Labot, el abogado, había enmendado su error.
– Es un halcón peregrino -había dictaminado Labot, en una de las ocasiones en las que ambos habían coincidido en el camino de carros que comunicaba sus casas, las más alejadas del pueblo.
– ¿Y cómo lo sabe usted?
– Porque ese alado señor va siendo conocido mío -se había adornado el letrado, con florida oratoria.
– ¿Anida cerca?
– Un forestal me indicó que en Punta del Águila, a la umbría del cabo de Oyambre.
– ¿Y qué caza, palomas?
– Y ratones y tórtolas. Es una máquina de matar, infalible cuando sale de cacería. No hace mucho, en el bosque de Los Trastolillos, le vi atacar a una torcaz. Dibujó círculos concéntricos en el cielo y se dejó caer sobre su presa como una piedra.
Tal que si le hubiese golpeado también a él, la dinámica metáfora del abogado Labot pareció aplastar al panadero. Bastante más que de mujeres y astros, Ceferino entendía de crucigramas. Por extensión, de sinónimos. Quizá por eso, había apuntado:
– En lugar de como una piedra, ¿no sería más exacto decir como una flecha?
Una burlona sonrisa había estirado los finos labios de Labot. Al panadero no le resultaban simpáticos los abogados, pero aquel no le caía del todo mal. Jesús Labot tenía buena presencia, era agradable y se comportaba pacíficamente. En su condición de vecino, nunca le había causado problemas. Con los tiempos que corrían, tampoco había que esperar mucho más de un semejante.
– Como una flecha -había repetido Labot, divertido. Atribuía a su pintoresco amigo el panadero un doctorado en sabiduría popular y le entretenía charlar con él-. Tiene razón, suena mejor. Incluso bastante mejor.
– Uno habla como Dios le da a entender -se había justificado Ceferino.
– ¡No se haga de menos, hombre!
– Los que somos iletrados…
– Yo le tengo por un hombre inteligente.
El artesano aceptó el elogio con la misma espontaneidad con que cobraba el pan y apuntaba los pedidos.
– Nunca fui a la escuela, pero le oía decir a mi tío, maestro en Valladolid, que la precisión es al lenguaje como el pentagrama a la música o las caricias a una mujer. -Ceferino se había quedado mirando un tanto ladinamente a Labot. Tenía un ojo achinado, de un golpe recibido de chico-. Usted lo sabrá por experiencia -había añadido el panadero.
Labot había roto a reír.
– ¿El qué? ¿Hablar con propiedad o acariciar apropiadamente a una señora?
A su vecino se le había desatado una cavernosa carcajada. El viento había hecho volar un torbellino de hojas y el lanoso cabello del abogado. Aunque solo tenía cuarenta y cuatro años, una orla de canas le clareaba la sien. Jesús Labot parecía bastante mayor de lo que realmente era.
– A veces -había comentado acto seguido el abogado, como si de repente le hubiese asaltado un turbión de malos recuerdos-, la suerte de mis clientes depende de un testimonio. Exagerando, de una circunstancia. Y, exagerando todavía más, de una sola palabra.
– Eso no parece justo -había objetado Ceferino.
– No siempre la justicia lo es -fue la sentencia de Labot, dictada con ese tono desencantado y grave con que los hombres de leyes dudan a veces de la eficacia de las normas jurídicas.
El otro lo tradujo a su idioma.
– ¿Qué quiere decir, abogado? ¿Que pagan justos por pecadores?
– O no paga nadie. Hay infinidad de grietas en las puertas de la ley. Antes o después, esas puertas se cierran. Voy a darle un buen consejo, Ceferino, y espero de corazón que no se vea obligado a ponerlo en práctica. No las atraviese. No pretenda ir más allá de su umbral. Absténgase de meterse en juicios. Recuerde la regla de oro escrita en el frontispicio del sentido común de nuestro oficio: más vale un mal acuerdo que un buen pleito.
– Aplíquese el cuento.
– ¿Por qué lo dice?
– Porque en pleitos no sé, pero en líos sí se mete usted.
– ¿En qué líos?
– ¿Cree que no leo los periódicos? Siempre sale rodeado de malas compañías.
Labot había enarcado las cejas.
– ¿Se está refiriendo a mis clientes? Son personas como nosotros.
– ¡Alto ahí! Yo no he desplumado a nadie ni voy esgrimiendo una pistola.
Labot se había puesto serio.
– Le insisto: por muy condenables que mis defendidos aparezcan a los ojos de la sociedad, son seres humanos y merecen el amparo de nuestro sistema legal.
– Sincérese conmigo, abogado. ¿No le gustaría dedicarse a otra cosa?
– Es tarde para cambiar de oficio.
– Tenga cuidado o acabará pareciéndose a sus clientes.
Como reproche, si lo era, resultaba desmesurado, pero Labot, atribuyendo el exabrupto al modo de ser montañés y a la edad de Ceferino, no llegó a considerarlo tal y encajó el comentario con humildad. Cuando estaba en El Tejo, en pleno campo, rodeado de naturaleza y en contacto con gente sencilla, el abogado procuraba adoptar una personalidad más campechana, raseándose con lugareños y vaqueros.
– Puede que no le falte razón. Mi mujer cree que asumo demasiados riesgos, pero me limito a ser consecuente. En el ejercicio de la abogacía he aplicado siempre, desde mi primer caso, un principio básico.
Como para compensar su anterior grosería, el panadero se había mostrado más cortés.
– ¿Me consideraría un atrevido si le pregunto cuál?
– Claro que no, Ceferino. Le responderé con mucho gusto. Un hombre cualquiera lo sigue siendo por encima de la imputación de un delito. Por encima, incluso, de su culpabilidad. Esa es la clave.
– Pero un asesino…
– No, Ceferino, no siga por esa vía. Si de algo estoy orgulloso es de no haber rechazado jamás una defensa. Asumo mi responsabilidad, el deber de proporcionar a todo ciudadano, haya hecho lo que haya hecho, una cobertura legal.
– ¿Aunque le haya arrebatado la vida a un semejante?
Labot se había girado para contemplar la playa. El Cantábrico nunca estaba por completo en calma, pero ese día parecía una lámina. Inesperadamente, el abogado sintió ganas de ponerse a pintar. Lo había intentado de joven y algunos cuadros de estudio habían sobrevivido a sus mudanzas. ¿Se animaría a dibujar de nuevo? La cuestión era: ¿de dónde sacar el tiempo?
Aparcando sus ensoñaciones, Labot había contestado al panadero:
– Entre mis clientes hay criminales. No uno ni dos ni uno de cada dos, pero los hubo, los hay y los habrá. Algunos de ellos, extremadamente perversos. Sin lamentarlo, como si no tuvieran alma, como si carecieran de la más elemental conciencia, incluso de la condición de seres humanos, asesinaron a sus esposas, a sus padres e hijos, a sus socios, a sus vecinos, a ciudadanos anónimos a quienes ni siquiera conocían. Antes de sacrificarlas a una muerte atroz, torturaron o violaron a sus víctimas. A algunas las destrozaron con armas blancas, a hachazos, a tiros, las arrojaron de un balcón, las despeñaron, las ahogaron en el mar, en un pantano, en un pozo, en cualquiera de los ríos que atraviesan nuestras ciudades…
Labot se había interrumpido, abrumado por tan siniestra relación. Algunas de sus confesiones con criminales habían quedado grabadas para siempre en su memoria. A menudo se despertaba por la noche, empapado en sudor frío, con las grotescas caras de aquellos monstruos flotando ante él.
– ¿Le compensa? -había preguntado el panadero.
Frente a esa cuestión, que hacía tiempo no le formulaban, el abogado no había conseguido evitar cierta duda.
– En el fondo, por supuesto. Aunque el día a día sea duro y el precio, demasiado alto.
– Haga como ese halcón -había sido el consejo de Ceferino-: sobrevuele el terreno.
– ¿Volar? -había repetido Labot, elevando los ojos al cielo-. ¡Quién pudiera!
Uno tras otro, Francisco Camargo y Manuel Manumatoma continuaron ascendiendo por la resbaladiza senda del poblado de Orongo.
En jornadas anteriores, Manumatoma había mostrado a su excéntrico mecenas los moais diseminados por la costa y la cantera de Rano Raraku, dejando para el final la visita a Orongo. De las reflexiones de Camargo, el arqueólogo había deducido que los hombres pájaro le inspiraban una exótica morbosidad. Al mostrarle Orongo, el profesor deseaba agradarle por varias razones: porque Camargo le resultaba un hombre enérgico, de cuya capacidad de liderazgo -lindante, eso sí, con el despotismo- cabían esperar planes de futuro y porque los doscientos mil dólares que acababa de donarle bastarían para financiar a su equipo durante los dos próximos años.
– ¿Se cansa? -le preguntó.
– ¡Nada de eso! -replicó el financiero, ascendiendo con ímpetu una rampa de piedras.
A un lado quedaba el acantilado, trescientos metros cortados a pico sobre el mar. Al otro, la suave falda del volcán Rano Kau.
A Camargo le pareció que de aquel paisaje sobrenatural, saturado de un primitivo misticismo, brotaba un aura telúrica, y así se lo comentó al arqueólogo. Este, acostumbrado a trabajar entre aquellas ruinas, a hurgar y reflexionar sobre sus secretos, se limitó a asentir comprensivamente. Todo el que visitaba Orongo experimentaba intensas sensaciones.
El magnate prosiguió con paso vigoroso la ascensión. Parecía tener prisa por llegar a la cima. Esa actitud podía ser representativa de la relación entre ambos. Hasta el momento, el banquero había llevado siempre la iniciativa.
Camargo había ido a buscar al profesor a la Universidad Católica de Santiago de Chile, donde Manumatoma ocupaba la cátedra de Historia Antigua. Con una generosidad que, a primera vista, no aparentaba ocultar segundas intenciones, Camargo le había ofrecido un mecenazgo que ningún científico en su sano juicio (no todos lo estaban, según el banquero) y mínimamente necesitado de patrocinio (aquí sí existía unanimidad) habría podido rechazar. A través de una de las entidades de las que era accionista mayoritario, el Banco Pacífico del Sur, Camargo había puesto sobre la mesa doscientos mil dólares como sufragio para la misión arqueológica de Manumatoma en la bahía de La Pérouse.
En aquella ventosa y salvaje franja costera, situada al noreste de la isla de Pascua, el equipo dirigido por el catedrático acababa de descubrir un ahu, o altar, con varios moais hundidos bajo el agua, cuyo rescate y restauración podría arrojar nuevas luces sobre la industria megalítica de la isla.
Plagada, aún, de interrogantes. Porque, si el transporte a varios kilómetros de distancia de muchos de los más de seiscientos moais tallados en las canteras de Rano Raraku suponía un enigma nunca resuelto de forma plenamente satisfactoria, desentrañar de qué forma aquellas estatuas sumergidas en la bahía de La Pérouse habían llegado hasta uno de los lugares más escarpados de la costa pascuense resultaba harto complejo.
Como tantos otros misterios de la isla de Pascua, aquel parecía cosa de brujería.
Una primera teoría de Manumatoma apuntaba a que los moais sumergidos en La Pérouse habían sido trasladados por vía marítima a bordo de las grandes canoas utilizadas por los nativos en la época de esplendor de Rapa Nui, en torno a mediados del siglo XVII. Por la posición en que las estatuas habían quedado sepultadas bajo las aguas, el arqueólogo sospechaba que los moais de La Pérouse, a diferencia de los restantes, orientados, en su mayoría, con el rostro hacia tierra, a fin de proteger a sus habitantes, habían sido enclavados mirando en dirección al mar.
Pero no era esa la única peculiaridad del yacimiento de La Pérouse.
En el curso de sus inmersiones, los buzos habían detectado en el entorno del ahu submarino una serie de piedras redondas, varias de las cuales, trabajadas con los mismos instrumentos líticos, raseras y cuchillos de obsidiana, con que se tallaban los moais, mostraban petroglifos de hombre pájaro. Esos bajorrelieves sugerían un progresivo movimiento, como si aquel ser imaginario, mitad hombre, mitad ave, estuviese a punto de levantar el vuelo, abriendo, agitando sus alas para iniciar una carrera que le permitiese despegar del suelo y ascender al firmamento de su misteriosa leyenda.
Pero lo realmente extraordinario del yacimiento marino de La Pérouse descansaba en una esfera lítica a la que las mareas habían arrastrado más lejos que las otras.
Se trataba de una enorme y redondeada piedra de vulcanita y feldespato sumergida a diez metros de profundidad, con un peso estimado de una tonelada. Su bajorrelieve, más que a un hombre pájaro, parecía representar a un astronauta. Una escafandra le cubría la cabeza y lo que, con un poco de imaginación, podría parecer un traje espacial, el resto de la figura. Sus extremidades inferiores no se habían reflejado mediante muñones, según sucedía con la mayoría de los moais, ni con las patas terminadas en uñas o garras, como correspondería a las estandarizadas imágenes del hombre pájaro, sino con unas botas de suela neumática.
Para no alimentar especulaciones de índole espuria e inspiración esotérica, Manumatoma había ordenado a sus colaboradores silenciar el descubrimiento de La Pérouse, al menos hasta que extrajesen del fondo del mar el conjunto de esas esferas líticas, a fin de poder estudiarlas a fondo.
Al margen de los arqueólogos auxiliares y de los buzos que habían descubierto las piezas, nadie en la isla conocía la existencia de tales esferas.
Sin embargo, y de un modo privilegiado, Camargo sí tenía noticia del descubrimiento. La cátedra de Historia Antigua había ingresado los prometidos doscientos mil dólares en concepto de ayuda a la investigación y a Manumatoma le había parecido obligado, siquiera por deferencia, informar del hallazgo a su benefactor. Lo había hecho con lujo de detalles, poniéndole en antecedentes y mostrándole las primeras fotografías subacuáticas, aun a sabiendas de que su convenio con el Grupo Camargo incluía un apartado de cesión de imagen para futuras promociones del Banco Pacífico del Sur. A la hora de firmar el acuerdo de patrocinio, Manumatoma no le había concedido mayor importancia a esa cláusula, redactada de manera un tanto confusa. Había precedentes en ese tipo de convenios, por lo que a nadie en la universidad se le pasó por la imaginación que Camargo se propusiera exprimir las posibilidades publicitarias de una operación en principio «altruista».
Manumatoma tampoco podía imaginar que al banquero le había resultado particularmente sugestiva su imagen personal.
La de Manu Manu, según, cómicamente, apodaban al ilustre profesor rapa nui los miembros del equipo de márquetin del Grupo Camargo, cuyos especialistas se habían literalmente embelesado con la imagen del sabio catedrático. No era de extrañar. Nativo de la isla de Pascua, Manuel Manumatoma poseía la digna estampa de un varón polinesio en su edad madura. Erguido como un moai, con hombros anchos y rectos, una atractiva serenidad emanaba de su piel tostada, color café, y de su rostro de sonrisa franca.
«Respeto», le había atribuido uno de los publicistas.
«Autoridad», había añadido otro.
«Sabiduría», le había investido un tercero.
«¡Hemos descubierto al nuevo padre de Indiana Jones!», había parodiado un cuarto, haciendo reír a todos.
Los técnicos en imagen del Grupo Camargo habían averiguado muchas cosas acerca del profesor. Como especialista en civilizaciones antiguas, Manu Manu poseía un sólido prestigio. Sus trabajos de consolidación de las casas barco de Orongo y sus intervenciones en diversos ahus de la isla habían cimentado su fama como arqueólogo. En su currículo figuraban numerosas misiones arqueológicas diseminadas por las restantes islas de Polinesia, Ecuador, Perú y otros países del área andina. Los expertos del Grupo Camargo habían decidido que cualquier operación publicitaria basada en su figura, aportaciones y descubrimientos combinaría credibilidad e impacto. Funcionaría, en una palabra, contribuyendo a difundir la oferta de servicios del Grupo en la isla de Pascua, Santiago de Chile y otros lugares emblemáticos del Cono Sur americano.
Una última circunstancia, en absoluto menor, había pesado en la secreta «elección» de Manumatoma. El arqueólogo estaba casado con una hermana de Elías Christensen, el gobernador de la isla. A través de ese vínculo, Francisco Camargo confiaba en apuntalar sus proyectos urbanísticos con las autoridades isleñas, a fin de que su tramitación tropezase con el menor número de obstáculos.
Por completo ajeno a esas maniobras, a Manumatoma el modo de ser de su patrocinador, práctico y filantrópico a la vez, le recordaba a otros adinerados personajes. Millonarios norteamericanos, por ejemplo, a los que había conocido y que, al igual de lo que parecía haberle sucedido a Camargo, se habían enamorado de la isla de Pascua, creyendo descubrir entre sus misterios alguna clave personal en relación con su propio destino.
Del banquero español, Manumatoma no sabía gran cosa. Sí, por supuesto, como casi todo el mundo en Pascua, que era dueño de un trust de empresas y del fastuoso hotel, el Easter Island, que iba a ser inaugurado muy pronto, el 31 de diciembre, coincidiendo con el eclipse de sol.
Curiosamente, aunque el Easter Island se estaba levantando a marchas forzadas en las afueras de Hanga Roa, la capital isleña, el banquero había preferido alojarse en una apartada cabaña de la playa de Anakena, al norte de la isla, no lejos de la bahía de La Pérouse.
Manumatoma había preguntado por el motivo de tal decisión a Aurelio Mejía, director del Easter y hombre de confianza de Camargo. Mejía le había respondido que ni él ni nadie podía comprender la actitud del patrón, pues las principales suites del hotel que le pertenecía desde el rótulo de neón de la fachada hasta el último grifo de plata sobredorada estaban habilitadas y perfectamente podía haber ocupado una.
¿Por qué motivo, entonces, el millonario se había alojado, ocultado casi, en un humilde y apartado bungaló?
Entre aquellos dos vecinos tan distintos de El Tejo, el abogado Jesús Labot y Ceferino Martín, el panadero jubilado, nunca llegaría a establecerse una auténtica amistad, pero su trato era frecuente y cordial.
Hacía cinco años que los Labot vivían en la pedanía de El Tejo, situada frente al Cantábrico, sesenta kilómetros al oeste de Santander.
Originarios de la capital cántabra, Jesús y su mujer, Sara de Cos, habían descubierto en la costa una saludable alternativa a la vida urbana.
El único inconveniente era la distancia. Desde Comillas no existía enlace ferroviario a Santander y el servicio comarcal de autobuses, con una parada por núcleo urbano, era demasiado lento. Por esa razón, Sara y Jesús se veían obligados a desplazarse en coche hasta la capital tantas veces como sus ocupaciones lo requerían.
Por su parte, los Martín, la familia del panadero, pertenecían a El Tejo desde hacía varias generaciones. Ceferino había vivido allí durante los sesenta años de su existencia.
Desde que perdió a su segunda esposa, lo hacía en completa soledad.
A causa de las humedades y vientos, la casona de los Martín ofrecía un descuidado aspecto, pero los sillares de piedra arenisca, las balconadas y el tejado orlado de musgo le aportaban el encanto de una morada centenaria, más una pátina de antigüedad, incluso de misterio.
En contraste, la contigua residencia de los Labot, cuyo seto lindaba con el huerto de Ceferino, respondía al diseño y a la amplitud de una moderna construcción.
La del abogado era una casa grande, bastante más que la de los Martín. Disponía de dos plantas y torre ballenera, pabellón de servicio, garaje, pista de tenis, invernadero, piscina y, rodeando todas esas instalaciones, un mullido jardín, con la hierba siempre un poco demasiado alta, creciendo con ondulada suavidad a ambas laderas de la colina.
La relación entre el panadero y la familia Labot había comenzado con el reparto del pan. Mientras estuvo en activo, Ceferino había recorrido las poblaciones cercanas con su precaria y ruidosa furgoneta, cargada hasta los topes con canastos de barras recién horneadas. Diariamente emprendía la ruta antes del amanecer, para finalizarla, precisamente, en casa de los Labot, en cuyo portón, en una bolsa colgada del pomo, depositaba una baguette de pan blanco, una hogaza de pan moreno y, si había tenido tiempo para hornearlos, media docena de cruasanes.
El panadero nunca había franqueado la puerta de los Labot. Tampoco ellos habían visitado su casona, aunque una de las hijas del abogado, la pequeña, Gloria, jugando con sus amigas, o para recuperar alguna pelota de tenis, había saltado en varias ocasiones la cerca de piedra que rodeaba su huerto y entrado al corral trasero, en el que, en tiempos, hubo vacas de leche, hallándose en la actualidad reducido a un almacén.
Aquella soleada mañana de mediados de noviembre, Ceferino se hallaba trabajando en su huerto cuando volvió a divisar al halcón peregrino. Pensando que habría salido de caza y que, con suerte, podría verle desnucar una tórtola, se apresuró a subir a su alcoba para extraer los prismáticos de su funda. Sus dedos padecían artritis y le costó enfocar con corrección.
Cuando la óptica se ajustó, dio un respingo. El efecto de los cristales de aumento creaba la ilusión de que el halcón, posado en lo más alto de la torre eléctrica, acababa de aterrizar en la punta de su bulbosa nariz. Visto así, tan de cerca, el halcón daba miedo. Metálicos brillos acorazaban su plumaje y tenía el pico abierto en curva oquedad. A Ceferino le impresionaron los ojos, fríos y crueles como bolas de plomo fundidas en un estanque de odio. Esa mirada no miraba; indagaba. No dudaba; afirmaba que una amenaza con aladas garras podía precipitarse del cielo.
Sintiendo un escalofrío, el panadero se preguntó si la faz de la muerte, cuyos pasos había creído oír rondar por El Tejo, en pos de los suyos, tendría esa misma y desalmada expresión.
– Guárdate de traernos desgracias, pajarraco del demonio -masculló Ceferino, con una intensa sensación de mal fario.
El panadero enfundó los prismáticos, se templó con un chaparrazo de orujo y se animó a dar un paseo por el camino de carros, hasta el puente de la ría de La Rabia.
No le dolía nada, pero se sentía débil. El cerebro se le había enturbiado con oscuros pensamientos, como si una desgracia estuviera a punto de abatirse sobre aquel pequeño y tranquilo pueblo del norte de España, donde nunca o casi nunca pasaba nada relevante.
Al menos, nada parecido a lo que estaba a punto de suceder.
En Orongo no había dejado de llover, aunque lo hacía con menos intensidad.
El terreno se había ensanchado y encontraron una pared de rocas tras la que resguardarse del viento.
Camargo señaló los tres islotes frente a la costa.
– Me decía, profesor, que el primero se llama Motu Kao Kao. ¿Y los otros dos?
– Motu Iti y Motu Nui. Asómese entre las rocas para verlos mejor, pero hágalo con cuidado. La fuerza del viento podría jugarle una mala pasada.
El banquero trepó cautelosamente por la rocosa y dentada pared. Un profundo vacío se abrió bajo sus pies. Para evitar el vértigo, mantuvo la mirada en el horizonte.
Una considerable distancia marina, difícil de calcular desde tan lejos, pero que podría establecerse, aproximadamente, en torno a una milla y media, separaba el primer islote de los acantilados de Orongo.
La idea de que alguien fuese capaz de alcanzarlo a nado, aunque fuese sobre una delgada estera de totora, asombró al financiero. Para llevar a cabo semejante hazaña había que poseer un valor y una fuerza física fuera de lo común.
Camargo trató de imaginarse a sí mismo descolgándose por el precipicio, sumergiéndose en el mar, luchando contra las mareas y vislumbrando al nadar, debajo de él, las sombras de grandes peces. Como si fuese un guerrero rapa nui, un matatoa, se proyectó cubriendo las últimas brazadas hasta tocar tierra en Motu Kao Kao, para regresar a nado portando el huevo mágico, con el que treparía de vuelta aquel farallón de roca basáltica. ¿Tendría redaños para hacerlo? «Ni por todo el oro del mundo», admitió.
– ¿En qué está pensando, don Francisco? -preguntó a espaldas suyas el arqueólogo.
– En que esos hombres pájaro eran unos condenados héroes -repuso el financiero, dándose cuenta de que las puntas de sus dedos, apoyadas en la roca, estaban rozando un petroglifo de redonda y beatífica efigie-. ¿Quién es este caballero? -quiso saber, señalando los trazos en la roca.
– ¿No le ha reconocido? El dios Make Make.
– Ah, claro. ¡Y aquel debe de ser un hombre pájaro!
Otro cercano bajorrelieve contorneaba a un fantástico y alado bípedo con un único ojo desproporcionado y saltón. Fijándose con más detenimiento, Camargo cayó en la cuenta de que en esas rocas abundaban los relieves de hombres pájaro. Demostrando que las erosionadas pizarras de Orongo habían servido como lienzos naturales a aquel arte primitivo, con un poco de paciencia podían descubrirse, entre otros motivos de inspiración artística, dibujos de vulvas, remos ceremoniales, delfines y atunes.
– Los hombres pájaro -murmuró el arqueólogo-, los elegidos… Solo ellos superaban la prueba. Hacía falta mucha energía y fe, amén de buena suerte. Los pascuenses habían sido, desde siempre, expertos nadadores, pero, para ganar el concurso, se requería temeridad. Estas aguas…
– ¿Hay tiburones?
– Están infestadas.
– Alguno de los participantes perdería la vida.
– El galardón les compensaba. Era una manera segura de alcanzar la gloria.
– ¿El triunfo los convertía en dioses?
– Podría decirse así -convino Manumatoma-. Al vencedor se le dispensaban honores divinos. El ariki, el rey, le concedía su protección, su mana, y él mismo, el aclamado guerrero convertido en hombre pájaro, era declarado tabú.
– ¿Es verdad que le encerraban en una cueva con mujeres vírgenes?
– Está demostrado.
– No me parece mal plan.
– No debía de serlo en absoluto -sonrió mundanamente el intelectual.
Camargo tenía otra duda.
– ¿Make Make era el único dios de la isla de Pascua?
– Con antelación al desembarco de los misioneros franceses, en el panteón isleño había una sola divinidad: el viejo y bonachón Make Make, creador de todas las cosas visibles e invisibles, del mar y de la tierra, de los leones marinos y de las gallinas de corral. Pero, a aquellas alturas del siglo XIX, tras las guerras entre los «orejas grandes» y los «orejas pequeñas», tras el derribo de los moais, y el declive ritual del hombre pájaro, el veterano y fatigado Make Make se encontraba al borde de la jubilación. A los padres misioneros les resultó muy sencillo sustituir su débil monoteísmo por la nueva fe en el Dios de los cristianos.
El rostro de Camargo se arrugó en una mueca sarcástica.
– Conviene llevarse bien con los hombres cuervo.
– ¿Con quiénes?
– ¡Con los curas! -le aclaró el banquero, haciendo sospechar a Manumatoma que tenía alguna cuenta pendiente con la jerarquía eclesiástica. Y debía de ser así porque, acto seguido, el propio Camargo reveló-: De jovencito ingresé en el Seminario de Comillas. No se imagina lo que fue aquella experiencia.
– Aquí, en Pascua, los religiosos hicieron de todo -generalizó el historiador, a modo de velada crítica-, aunque debo reconocer que algunos fueron excelentes etnógrafos y antropólogos. Antes de que los ingleses expoliasen «La rompedora de olas», realizaron un notable trabajo de campo con la población nativa, casi extinguida, con la que se habían encontrado a su llegada en 1860. Por entonces, la isla estaba casi desierta. Apenas un par de desnutridos centenares de individuos habían resistido las enfermedades y levas de esclavos a las guaneras de Perú. Los misioneros recopilaron testimonios y leyendas, pero sin hallar huellas de otros dioses. Ya no quedaban templos ni cultos en Rapa Nui. La ceremonia del hombre pájaro había caído en desuso. Estas mismas casas barco de Orongo habían sido abandonadas. Los religiosos dedujeron que los gigantescos moais derribados sobre los ahus no eran dioses, sino ancestros, jefes, antepasados… Hombres, en una palabra, líderes de carne y hueso, arikis, hechiceros, sabios capaces de leer la escritura rongo rongo en bustrófedon, no descifrada hoy en día. Hombres, don Francisco -concluyó Manumatoma, manteniendo en su mecenas una brillante mirada-, mortales adorados por otros mortales. Simples humanos, como también lo fueron los hombres pájaro. Para mí, ese es el gran misterio de la isla.
– ¿Cuál? -indagó Camargo, al no deducirlo fácilmente.
Había escuchado al arqueólogo con total concentración. De la intensidad de su expresión podía desprenderse hasta qué punto estaba interesado en adentrarse en los enigmas de Pascua y en conocer sus posibles respuestas.
La del arqueólogo fue:
– De qué modo un pueblo primitivo, aislado del resto del planeta, supo elevar al hombre, en su edad de piedra, a centro y medida del mundo. A Europa le costó dos mil años, recuérdelo. Y el Renacimiento no alcanzaría esa dimensión sino de manera imperfecta y tardía, y siempre bajo la tutela de la Corona y de la Iglesia.
Manumatoma hizo una pausa. La fuerza del viento lo estaba dejando sin respiración.
– Aquí, en cambio, en Rapa Nui, en «el ombligo del mundo», el hombre tuvo la oportunidad de crearse a sí mismo, a su imagen y semejanza. Corría, tallaba, pescaba. Aprendió a cultivar, a sobrevivir, a nadar entre las corrientes… En otro momento, don Francisco, le referiré historias de pescadores que sobrevivieron a naufragios ocurridos a muchas millas de la costa… Antes del colapso, cuando aún abundaba la vegetación, los indígenas fueron conscientes de estar habitando un paraíso terrenal. Aislado, de acuerdo, pero, al fin y al cabo, un trozo del divino jardín de la creación. Cada uno de aquellos rapa nui intuía que en su interior latía un dios, un moai, un hombre pájaro que se iría revelando a medida que ellos fuesen asimilando las leyes de la naturaleza y el origen del mana.
– Hábleme de ese poder -rogó Camargo, fascinado.
– ¿El mana? Es la lucidez, el aliento divino, la iluminación… Es la suprema sabiduría, cuya posesión autoriza a gobernar y a juzgar.
– ¿Quiénes poseían mana?
– Los sabios, los reyes, los hombres pájaro -enunció el arqueólogo.
Camargo ensayó una broma.
– Ese mana no nos vendría nada mal hoy en día. Debería poder fabricarse.
Manumatoma aprovechó para halagarle.
– En ese caso, seguro que lo comercializaba usted.
– No le quepa duda -rio el millonario; su risa no era muy diferente del rugido del viento-. ¡Eh! -añadió, señalando el cielo-. ¿Qué es eso?
El profesor se protegió la frente con la mano. Había dejado de llover y, ganando la batalla a las nubes, el sol asomaba con fuerza. Lo que Camargo acababa de ver parecía un gran pájaro. En cuanto se hubo acercado más, Manumatoma pudo identificar su especie.
– Es un albatros. -Y añadió, con melancolía-: A muchos nos gustaría ver manutaras, pájaros fragata y gaviotines como los que antaño anidaban en los islotes, pero el pasado nunca vuelve.
El banquero volvió a asombrarle:
– Y a mí me habría gustado ser un hombre pájaro.
– Entiendo -afirmó el arqueólogo, pero con la duda de haberle comprendido-. Hay una posibilidad de que cumpla su sueño -le apuntó-. Todos los años, a modo de conmemoración del mito, se celebra una fiesta popular, la Tapati. Los jóvenes se tatúan y suben hasta aquí, hasta Orongo, para recrear los cultos del tangata manu. Si usted desea participar…
Camargo le cortó en seco.
– Esa clase de sucedáneos no me interesa.
Su tono era áspero. Manumatoma decidió que era hora de poner fin a la visita.
– ¿Volvemos a Hanga Roa?
– Regresemos -aceptó el banquero, con un gutural tono de voz-. No crea que voy a echar en saco roto sus explicaciones, profesor, pero tiene que seguir hablándome de los hombres pájaro. Quiero saberlo todo acerca de ellos.
– Mis conocimientos están a su disposición -asintió Manumatoma, sin adivinar a qué podía obedecer exactamente su obsesión.
Camargo empezó a descender la montaña por delante del historiador. Las ruinas de Orongo le habían embrujado y decidió regresar allí en cuanto le fuese posible.
Felipe Pakarati, maestro de la pukuranga, o escuela, de la isla de Pascua, desvió la mirada hacia la ventana sin cristales del aula donde estaba enseñando historia de Polinesia. Un cormorán acababa de posarse en el tejado de la iglesia y su aleteo había llamado su atención.
Con mayor motivo, a Pakarati le hubiese sorprendido que se tratara de un pájaro fragata, porque hacía mucho tiempo que esa especie había desaparecido del entorno isleño. Siglos atrás, los primitivos clanes de Rapa Nui celebraban la puesta del primer huevo de manutara con la ceremonia del hombre pájaro, cuya rivalidad podía derivar en sangrientas guerras.
«Como la que libraron los orejas grandes contra los orejas pequeñas», recordó Pakarati, mirando distraídamente al cormorán.
Era raro verlos en las calles de Hanga Roa. Normalmente, no se alejaban de los islotes o del amparo de los acantilados, donde colgaban sus inaccesibles nidos.
Abstraído en sus pensamientos, Pakarati se quedó un rato contemplando la calle. Era día de mercado. A pesar del mal tiempo, había bullicio. Los perros ladraban al paso de orgullosos jinetes a lomos de caballos cuyas crines habían sido cepilladas con esmero. La mente del maestro sobrevoló las techumbres de vulcanita de las casas que rodeaban la escuela, proyectándose hacia el suroeste de la isla, hasta las ruinas del poblado de Orongo, en el volcán Rano Kau.
Ese lapsus tenía su explicación: Pakarati estaba escribiendo un ensayo sobre el mito del hombre pájaro. No tenía editor, pero alentaba la esperanza de que, en el futuro, el Consejo de Ancianos publicase su trabajo. Por pudor, pues él mismo formaba parte de la asamblea del Consejo, ni siquiera había llegado a plantear ese proyecto. Confiaba en que lo hiciera alguno de sus compañeros de lucha, cualquier otro líder de la comunidad rapa nui.
Felipe Pakarati era uno de esos líderes. Su rocosa personalidad y sus ideas extremistas le habían hecho destacar entre su etnia, pero no había logrado aún alcanzar su más ambicioso y secreto propósito: convertirse en un escritor reconocido entre las islas Marquesas y Nueva Zelanda, en Chile, en España y en otros lugares de un planeta que conocía más por su colección de documentales que por haber viajado al exterior de la isla de Pascua. Prácticamente, no había salido de su tierra natal.
De vez en cuando, el maestro proyectaba en clase una de esas películas para ofrecer a sus alumnos referencias sobre lugares situados a miles de kilómetros de su pequeña isla anclada en el océano Pacífico. Después de verlas, el promontorio volcánico que los antiguos habían llamado Te Pito o Te Hernia les parecía, más que nunca, «el ombligo del mundo».
A sus treinta años, casado, sin hijos, con una bella economista rapa nui llamada Mattarena Hara, Felipe Pakarati había publicado dos libros de poemas. Uno en lengua vernácula, en castellano el otro. El periódico pascuense -la hoja de noticias, en realidad, que editaba el Museo Englert- se había hecho eco de ambos, pero en la lejana capital, en Santiago de Chile, nadie se había tomado la molestia de escribir una crítica.
El cormorán desplegó sus alas y fue alejándose en dirección al mar.
Pakarati se incorporó y rodeó su mesa, fabricada con una vieja puerta. Había olvidado sus gafas en casa, por lo que tuvo que escudriñar a lo largo de la pizarra sus propias notas escritas con tiza. En cuanto lo hubo hecho, se sintió capacitado para seguir hilvanando su lección sobre los movimientos revolucionarios en la isla de Pascua y sobre el nacimiento de la conciencia nacional rapa nui.
– En nuestra edad contemporánea -continuó, hablando frente a sus cuatro hileras de alumnos sentados-, ese fenómeno político tardó en cuajar. De hecho, no lo hizo hasta que los indígenas no hubieron soportado décadas de opresión por parte del Estado, el capital y la Iglesia. La Compañía Explotadora de la Isla de Pascua no se llamaba así por capricho. Sus administradores exprimieron sin piedad a nuestros antepasados. Más que como seres humanos, fueron tratados como bestias de carga. -Pakarati hizo una pausa para comprobar que había recuperado el interés de la clase. Le pareció que así era y prosiguió-: Desde la implantación de la mencionada Compañía en el último tercio del siglo XIX, y hasta la rebelión de María Angata, nuestros tatarabuelos y bisabuelos no cobraron jornal.
– ¿Ni un peso? -preguntó uno de los alumnos adolescentes, de nombre Naima Hopu, hijo de un pescador de langostas.
– Ni uno -subrayó Pakarati-. Los muy desdichados trabajaban de sol a sol, diez, doce horas seguidas sin descansar ni recibir un níquel de la Compañía Explotadora.
El maestro había vuelto a pronunciar con ferocidad el adjetivo «explotadora». Un par de décadas atrás, en esa misma escuela, Juan Litano, educador de varias generaciones, cuyos restos descansaban en el cementerio marino, había utilizado esos mismos y enfáticos recursos para condenar los abusos coloniales.
– ¿Cómo retribuían a los nuestros? -preguntó Elisabeth Puo, nieta del presidente del Consejo de Ancianos y una de las más prometedoras alumnas de la pukuranga-. ¿De qué modo les pagaban?
– Entregándoles por caridad atados de ropa vieja que las corbetas militares transportaban desde Valparaíso -repuso con indignación Pakarati-. Más un poco de comida, equivalente a sesenta centavos diarios, para evitar que muriesen de hambre y pudieran seguir trabajando en beneficio del capital extranjero.
– ¿Qué tipo de trabajos les obligaban a hacer? -quiso saber otra de las jóvenes rapa nui.
– Esquilar ovejas. Cientos, miles de ovejas. Aplanar caminos y levantar cercas desde las cinco de la mañana. La disciplina era militar y medieval el castigo. La más leve desobediencia se pagaba con el látigo o con una vara rematada en púas de hierro. Humillados, indefensos, nuestros antepasados recibían los golpes de los capataces amarrados a un árbol.
– ¿Castigaban a las mujeres? -preguntó otro chico desde la última fila.
– Con la misma crueldad que a los hombres -afirmó un tenso Pakarati, cuyo tono fluctuaba entre la compasión y la ira-. Y, como ellos, con la espalda desollada, en carne viva, permanecían uno o dos días maniatadas al tronco, para escarmiento general. Pero María Angata iba a acabar con tanta ignominia.
Una mano se alzó en el primer banco. Pertenecía a uno de los alumnos menos aventajados de la pukuranga, Chimo Motonui, hijo de un bailarín del grupo étnico Kari Kari.
– ¿Quién fue esa?
– Solo por preguntarlo debería mandarte a esquilar ovejas -gruñó el maestro, pero con una expresión tan cómica que hizo reír a la clase entera-. Es como si yo te preguntara por el delantero centro del Colo Colo.
– Se llama…
– Celebro que sepas tanto de fútbol, Chimo -le interrumpió su tutor, sustituyendo la ironía por una actitud autoritaria-, pero te recuerdo que estamos en clase de historia.
– La del fútbol me interesa más.
La réplica de Pakarati fue críptica.
– ¿Más que lo que mi bisabuela hizo por ti?
En la clase se hizo un silencio.
– María Angata era mi bisabuela -desveló Pakarati, tras otra de sus enfáticas pausas-. Seguramente, tatarabuela de algunos de los que aquí estáis. -El profesor señaló a los hermanos Ariki, portadores del apellido de los antiguos reyes y sabios pascuenses-. En cualquier caso -añadió, regresando a su mesa-, voy a pediros que os fijéis bien en nuestra líder indigenista porque de ahora en adelante os pediré algo.
– ¿El qué? -preguntó otra voz.
– Que nadie olvide quién fue.
Pakarati abrió uno de los cajones de su escritorio y sacó un cilindro que procedió a desenrollar y colgar de un ángulo de la pizarra. Se trataba de una fotografía ampliada de la catequista María Angata, una indígena analfabeta formada por los misioneros franceses en la lectura y enseñanza de los textos sagrados. Heroica revolucionaria, para unos; profetisa o bruja, para otros.
El maestro invitó a sus alumnos a concentrarse en la fotografía. En esa imagen, de 1914, la mujer que había osado alzarse contra el dominio de la Compañía Explotadora debía de contar alrededor de sesenta años. Sus rasgos polinésicos aparecían demacrados, con las mejillas hundidas como las de las primitivas estatuillas pascuenses talladas en sándalo. Bajo un cielo sin nubes, María Angata aparecía sentada en una pradera. Una túnica de algodón con más de un remiendo la cubría, dejando sus brazos al aire. Sus sarmentosos dedos sostenían un rosario de cuentas de madera de toromiro. Pero lo más inquietante eran sus ojos, perturbados por una mirada profética. Su fanático brillo no lograba ocultar un brote de locura.
Los alumnos de la pukuranga la observaron con una mezcla de curiosidad y ese indefinible respeto que nunca dejaban de experimentar frente a los moais o frente a los petroglifos del hombre pájaro grabados en las rocas de Orongo.
«Ojalá que el sacrificio de María Angata guíe sus jóvenes mentes», deseó el maestro.
Los chicos parecían impresionados. Satisfecho por el efecto obtenido, Pakarati sacó otro cilindro y procedió a desenrollar un segundo póster. En esta ocasión, se trataba de un retrato de grupo.
– Esta segunda fotografía, también de 1914 -explicó-, fue tomada junto a la antigua iglesia y originalmente revelada con nitrato de plata. Podéis acercaros para ver con detalle a los héroes de nuestro rebelde ejército. Tal vez reconozcáis a algún pariente. Todos llevan vuestra sangre, todos son antepasados vuestros. Y ya sabéis que en Rapa Nui los ancestros no es que sean como dioses; es que son nuestros dioses.
Los alumnos se levantaron y se dispusieron frente a la pizarra. En el exterior se oían motores de camionetas y 4x4 transitando por la avenida Policarpo Toro, pero su estrépito no les molestó. Observaban la foto de los sublevados como si integrasen una familia, el linaje que les había antecedido en los crueles tiempos de la esclavitud. La sorda voz de la historia les susurró que aquellos resistentes habían sido precedidos a su vez por generaciones de ancestros, en una retrospectiva sucesión de vírgenes, guerreros, chamanes, monarcas y hombres pájaro desvaneciéndose en la misteriosa noche de los mares del sur.
No todos los revolucionarios eran adultos. En el primer plano de la fotografía coral podía verse a unos cuantos niños vestidos con blusones, el pelo cortado estilo casco. «A bacinilla», según dirían los tradicionales barberos españoles. En cambio, las cabelleras de las niñas caían lacias, aunque hirsutas, en torno a sus ovalados rostros. Arrodilladas tras ellos, sus madres habían posado como jóvenes diosas de carne y luz, sus sensuales labios y sus inmensos ojos irradiando confianza y pasión.
Los varones compartían su misma lisa y translúcida piel, pero su aspecto era hosco. La mayoría de ellos portaba armas, hachas, cuernos de res o las mazas con que sus antepasados recibieron a los primeros misioneros de los Sagrados Corazones, llegados para evangelizar la isla y sustituir el culto de Make Make y de los hombres pájaro por la fe en Dios y en Cristo resucitado.
– En Rapa Nui -afirmó Pakarati, tras encadenar algunas consideraciones de su cosecha sobre el levantamiento de María Angata-, nadie sabía qué era el mal. No existía un término concreto para designar al «diablo». Los misioneros tuvieron que inventarse un demonio, al que llamaron tiaporo.
Pero el verdadero Satanás llegaría después. Y no era el tiaporo de los misioneros ni tenía pezuñas y rabo. Voy a presentaros al auténtico demonio de la isla de Pascua -añadió el profesor, procediendo a desenrollar otra ampliación gráfica.
Una imagen de mister Percy Edmunds, administrador general de la Compañía Explotadora, enervó a los adolescentes de la pukuranga. Apoyado en un borrico, junto a uno de los muros de piedra que dividían los pastizales, mister Edmunds, tocado con una especie de salacot, posaba con una mano en la cadera, en una actitud que revelaba dominio de sí y desdén hacia cuanto le rodeaba.
A la vista de aquel símbolo del despotismo colonial, un nítido repudio afloró en los alumnos. Pakarati aprovechó su reacción para mostrarles otros dos carteles con imágenes del ariki Jotua y del catequista Nicolás Pancracio, lugarteniente de María Angata.
Apenas quedaba sitio en la pizarra cuando el maestro se decidió a exhibir la fotografía del arca, que había reservado para el final. Ordenó a sus alumnos que volvieran a sentarse y se dispuso a retomar la palabra. Su tono adoptó un registro bíblico.
– Esta es el arca de María Angata, símbolo de la lucha contra la Compañía Explotadora y la opresión capitalista. Fue construida en medio de la más absoluta reserva. A fin de preservar su secreto, sus artífices debieron someterse a la purificación del ayuno y la oración. Solo trabajaban de noche, tras haber dedicado otra extenuante jornada a beneficio del explotador. Cuando estuvo concluida, el arca quedó instalada en la sacristía de la iglesia, cubierta con un paño. Con ocasión de las grandes celebraciones, los fieles la portaban en procesión. Se entonaban salmos, se bailaba alrededor suyo. El arca vino a reforzar el divino don, el mana de María Angata, su doble condición de evangelista elegida por Dios y de mujer impregnada por el espíritu de los antiguos ariki, de quienes había heredado el tapu, la facultad de establecer prohibiciones. Sí -fue epilogando Pakarati, con la mirada abrasada por un fuego interior-, María Angata fue la última rapa nui que reunió el mana de los atua, de los antepasados, y el tapu, la facultad de legislar, de imponer prohibiciones e interpretar la voluntad de los dioses…
El maestro se había emocionado. Para disimularlo, miró su reloj.
– Es la hora por hoy, pero la lección no ha concluido. Mañana seguiremos hablando de María Angata, de cómo fue juzgada por un tribunal militar en la corbeta Baquedano, de cómo murió y de cómo las autoridades chilenas hicieron lo imposible para borrar su memoria.
Pakarati se refugió en otra de sus retóricas pausas, pero las lágrimas que se agolpaban en sus ojos no eran fingidas. Le fallaba la voz y a duras penas pudo concluir con una alocución que tuvo un aire de soflama.
– ¡Nunca perdáis la vuestra, jóvenes rapa nui! En la memoria de nuestro pueblo descansa el futuro de nuestra comunidad y de nuestra isla. ¡De nuestra nación! -gritó, sintiendo que un ansia de libertad le sacudía el cuerpo con una descarga eléctrica.
– ¿Qué es eso? -preguntó Sara Labot, la mujer más baja y bronceada de las dos que se hallaban sentadas en el jardín de la casa de El Tejo, elevando los ojos hacia un cielo sin nubes-. ¿Un águila real?
– Yo no lo diría -repuso la otra.
Estilizada y pálida, como siempre, pero con los rasgos propios de una mujer que se acercaba a la madurez de sus treinta y cinco años, la inspectora Martina de Santo estaba dejando de ser joven. Sin embargo, apenas había cambiado. Su delgadez seguía aportándole una apariencia incisiva y su actitud continuaba siendo distante. Como si, había pensado Sara nada más recibirla y ponerse a charlar con ella, la inspectora nunca dispusiera de suficiente tiempo para cambiar el chip de su estresante trabajo.
Ambas mujeres observaron las evoluciones de aquel pájaro que se iba alejando hacia la costa batiendo pesadamente sus alas.
– Si estuviese Jesús, nos sacaba de dudas -aseguró Sara.
– No sabía que tu marido entendiese de aves.
– Desde que vivimos en el campo, se ha aficionado a la naturaleza y se ha convertido en un experto en toda clase de plantas y pájaros. -Sara sonrió luciendo una blanca dentadura, producto de sus frecuentes visitas al gabinete odontológico-. De pájaras, menos mal, no entiende tanto.
Ella misma celebró su broma con una de sus características risas, que solían tener efectos contagiosos. No así en Martina. Más por cortesía que porque realmente le hubiera hecho gracia, la inspectora se limitó a acompañarla con una sonrisa estándar.
Brillaba con rabia un sol bajo de mediodía. La luz era nítida, el aire transparente, y el calor empezaba a apretar. Faltaba poco para Navidad, pero el tiempo, más que otoñal, parecía querer precipitar la primavera.
La inspectora se quitó la cazadora y la colgó del respaldo de su silla. Se había puesto unos ajustados vaqueros negros que realzaban su estrecha cintura. Igualmente comenzaba a agobiarle su jersey de cuello alto, pero debajo solo llevaba el sujetador. En los últimos tiempos no había salido al campo y seguramente por eso, y por sus excesos con el tabaco, se sentía asfixiada por la abundancia de oxígeno. La atmósfera de El Tejo era limpia, con un ácido aroma a las algas marinas arrastradas por la marea hasta las playas cercanas.
– Fuiste muy afortunada casándote con Jesús -comentó Martina-. Es un excelente marido. Y un gran abogado.
– Supongo que en esto último tienes más experiencia -ironizó Sara.
El nuevo chiste era más inspirado. Martina sonrió.
– Le he visto actuar en numerosos juicios. Transmite honestidad.
– Está enamorado de su profesión -aseguró su mujer.
– Y de ti -añadió la inspectora.
La señora Labot saboreó su vino y consultó su reloj antes de aducir, de manera sorprendente para Martina:
– No es oro todo lo que reluce.
La inspectora inquirió, extrañada:
– ¿Acaba de abrirse el capítulo de quejas?
La voz de Sara sonó un poco más hueca, como si la estuviera impostando:
– Créeme, Martina. Entre estar casada con un abogado defensor persuadido de que media humanidad depende de él y seguir soltera no hay la menor diferencia. Jesús se pasa el día fuera de casa. Cuando está, es como si no estuviera. Se sirve un coñac, sube las escaleras y se encierra en el estudio de la torre. Un señor en su castillo no estaría más aislado que él. No responde aunque le llame. Solo vive para sus papeles. Siempre está tomando notas, preparando sus intervenciones como si fuese a actuar en el Juicio Final.
– Alguna distracción tendrá.
– Ninguna. No ve la televisión. Nunca vamos al teatro ni al cine.
– ¿No tiene aficiones? ¿Algún hobby?
– El golf, pero jugamos a horas distintas. Al menos -añadió Sara con ironía-, compartimos entrenador, factor que, agregado a los problemas con el servicio doméstico, nos proporciona tema de conversación, cuando esta es inevitable.
La inspectora alargó la mano hacia la mesa para coger uno de sus cigarrillos. Lo encendió y procuró imprimir a su tono un barniz de complicidad.
– Si las consecuencias de tu matrimonio se reducen a la falta de consecuencias, no adivino la razón de tus quejas. Muchas mujeres casadas podrían confeccionar una larga lista de razones por las que son víctimas del abandono o la insatisfacción, cuando no de peores tratos.
A su vez, Sara encendió uno de sus cigarrillos bajos en nicotina. Llevaba una falda de piel de melocotón y una camisa rosa palo que resaltaba su opulento escote. Había cruzado la frontera de los cuarenta, pero seguía siendo una mujer atractiva.
– ¿Puedo preguntarte una cosa, Martina?
– Si la pregunta es «¿por qué no te has casado?», la respuesta es no.
La expresión de Sara reveló incredulidad.
– ¿Cómo sabías que iba a preguntarte exactamente eso?
– Por un sencillo mecanismo de asociación de contrarios.
– ¿Un método, quieres decir?
– Eso es.
– ¿Y en qué consiste?
– Basta con situar al otro en tu tesitura y traspasarle el antónimo de tu inquietud -explicó Martina, con un deje en el que solo muy sutilmente podría entreverse un barniz de comicidad-. Si estás enfermo, te interesarás por su salud. Si has hecho fortuna, en cómo se gana la vida. Y si, como parece ser tu caso, tu matrimonio, al margen de las ausencias de Jesús y de tus lamentos, a todas luces injustos, sigue ocupando el núcleo central de tu vida, en el momento en que pasemos a analizar tu condición de larvada felicidad te interesarás por mi imperfecto, por incompleto, estado de soltera.
– ¡Qué norma más curiosa! ¿Funciona igual con hombres que con mujeres?
La cuestión no parecía tener mayor relieve, pero la inspectora no repuso de inmediato. Se tomó unos segundos de reflexión, aplicando un par de vigorosas caladas a su cigarrillo antes de matizar:
– Las mujeres nos hallamos más próximas que los hombres al origen de las pasiones y…
– Somos más alegres -añadió Sara, para quien el humor era una piedra angular, deseosa de allanar la conversación hacia derroteros más asequibles.
– Puedo estar relativamente de acuerdo, aunque nuestra alegría es curativa.
– ¿En qué sentido?
– Conjura el dolor, que nos es innato.
Ahora fue Sara quien, como si la aseveración de su amiga la hubiera sumergido en un arduo dilema, se refugió en una meditativa actitud.
– ¿Y si queremos causar daño -preguntó, al fin- también sonreiremos?
– ¿Conoces a alguna mujer que golpee de frente? -replicó la inspectora.
– En cualquier caso, lo hará donde más duela.
– Eso es seguro, pero obedeciendo a una táctica.
Sara entrecerró los ojos.
– Ponme un ejemplo.
Martina lo encontró al instante.
– Piensa en las envenenadoras.
– ¡No estoy planeando envenenar a nadie!
– Ni yo pretendía sugerirlo.
– Aunque a veces -bromeó Sara- le pondría a Jesús matarratas en el café. Pero me ha llamado la atención algo que acabas de decir. ¿De verdad crees que los hombres han dejado de ser apasionados?
– Buena parte de ellos confunde posesión y pasión -opinó Martina, mojándose los labios en su copa de vino-. No comprenden que renunciar a la propiedad del otro es el único modo de evitar el deterioro y fracaso del amor. Muchos son los llamados a ese generoso acto de negación y muy pocos…
– O ninguno…
– … los elegidos -remató irónicamente la inspectora.
– En mi época, los chicos eran más románticos -evocó Sara, insistiendo en trasladar la charla a parámetros un poco más triviales-. De puro previsibles, incluso un tanto simplones. Jesús se me declaró con bombones y rosas. Fue mi tercer novio.
– Y el definitivo.
– Eso quisiera creer.
A Martina le pareció que por el resquicio de esa humorística coletilla acababa de escapársele a Sara una involuntaria alusión de otro tipo, y de cierta relevancia, referida a su vida doméstica, y se preguntó si el matrimonio Labot no estaría atravesando una crisis. Para desterrar esa idea preguntó con aire ligero:
– ¿Qué ha sido de los otros dos?
– Lo ignoro. Supongo que se habrán convertido en un par de respetables señorones, con sus respectivas barrigas y calvas. ¡Ay, Dios! ¿Qué sucede con mi memoria? ¡Cada vez recuerdo menos cosas! ¿Se me declararon? ¿Cómo lo hicieron? Disfrutaba con mi pandilla, lo pasaba genial haciendo gamberradas y riéndome de los tíos, pero he olvidado tantas cosas… Mis recuerdos envejecen, como yo -volvió a quejarse Sara, aunque su risueño rostro, desmintiendo el sentido de sus palabras, indicaba que en absoluto consideraba desperdiciado el tiempo vivido-. ¿Sabes cuántos años van a caerme? ¡Cuarenta y dos! ¡Dichosa tú, soltera y joven, sin cargas, libre para entrar y salir!
Los labios de la inspectora De Santo se fruncieron en un escéptico ribete.
– A menudo una sale y no hay nadie fuera.
– ¿Qué acabo de oír? ¿Será posible? ¡Estás preciosa, Martina, debes de tener una legión de admiradores! Me los imagino bailándote el agua… De nosotras, las pobres casadas, nuestros maridos solo admiran la tolerancia… Aunque esa virtud -y Sara volvió a hacer campanear su risa- puede ser muy perjudicial para las cervicales.
– ¿Qué tienen que ver las vértebras con nuestra conversación?
– Piensa mal y acertarás.
– ¿Se trata de una adivinanza?
– Los cuernos siempre lo son.
Sara volvió a celebrar su última ocurrencia con otra de sus alegres carcajadas. Simultáneamente bebió, lo que la hizo atragantarse y toser. Apagó la tos con otro sorbo de vino y se dio una palmada en las rodillas.
– ¡Si son las dos y media, Jesús! El otro Jesús, el mío, el que de verdad me hace jurar en hebreo, me prometió estar aquí a las dos en punto. ¡Hombres! ¡Abogados! Nada me extrañaría que de repente nos llame con una excusa cualquiera, para justificar el plantón que nos debe de estar preparando.
La inspectora decidió romper otra lanza por el marido ausente.
– No seas gruñona. ¡Pobre Jesús, si es un santo!
Detrás de ellas, a unos quince pasos, el arrebolado rostro de una criada asomó por la ventana de la cocina.
– ¡Al teléfono, señora!
– ¿Quién es?
– ¡El señor!
Sara masculló:
– Lo sabía.
La inspectora volvió a interceder por su amigo Labot.
– No seas dura con él.
– Me aconsejas mal, Martina. De vez en cuando, conviene enseñar los dientes.
– Si lo haces, entrarías en contradicción con tu íntima naturaleza.
– ¿Vas a ponerte trascendental?
– Debe de ser el saludable efecto del aire libre.
– Ya que has empezado, dime: ¿cómo es mi íntima naturaleza?
– Hasta ahora, bondadosa.
Como para desmentirlo, Sara retorció el pitillo en el cenicero.
– ¿Es esa tu educada manera de llamarme alma cándida? ¡Por más que esté casada con Jesús Labot, vas a ver cómo trato a ese famoso abogado!
Era pura pantomima, nada más que un simple y doméstico juego. La inspectora lo sabía y sonrió.
Martina apreciaba sinceramente el buen corazón de Sara, aunque su manera de ser, un tanto superficial, y, sobre todo, su incesante parloteo le provocasen a veces cansancio y una inconfesable irritación. Prefería conversar con su marido, con Jesús Labot, el penalista, un profesional apasionado y ponderado a la vez, conciso, científico, más próximo a su mundo.
Si de sentimientos se trataba, Sara era mucho más espontánea que su marido, por aparentemente genuinas que fueran ante los tribunales de justicia el aura y la actitud del abogado defensor con que estaba casada. Jesús era meticuloso, nada dejaba al azar. Hasta la más inocua de sus intervenciones o declaraciones públicas obedecía a un pensamiento reflexivo o a una estrategia.
Como todo idealista, Labot era un hombre sofisticado y complejo. Los resultados de su trabajo solían afectar a su carácter. Unas veces, en especial cuando llevaba una racha de sentencias absolutorias, se mostraba eufórico; otras, sobre todo si había perdido algún caso, atormentado y esquivo. Sara, en cambio, siempre era la misma. En el fondo, a la inspectora le conmovía la ingenuidad de su amiga, admirándole invariablemente su manera fácil y amistosa de contemplar el mundo como si nada pudiera hacerle daño. Sara se había encargado de desterrar el mal de su entorno familiar y seguramente, y con antelación, de su propio espíritu. Era su marido, Jesús, quien lidiaba con los aspectos más oscuros y sórdidos del ser humano y de la sociedad, y quien en mayor medida de los dos disfrutaba con sus pompas, reconocimientos y brillos.
A la inspectora De Santo no le agradaba demasiado la vida social. Por eso, durante algún tiempo, desde que el abogado la había invitado a su casa de Cantabria, había venido dándole largas. Solo cuando se le acabaron las excusas, terminó por aceptar.
Aquella misma mañana, desde Madrid, donde estaba destinada, la inspectora se había desplazado en su coche hasta esa pequeña población de la costa santanderina. Un viaje de cuatro horas que había cubierto con la mejor disposición, dispuesta a compartir el día con sus amigos. Sabiendo, de antemano, por lo que al plano personal concernía, que ni sus más cariñosas muestras iban a lograr minar su resistencia a establecer relaciones sólidas, a fundar un hogar. Estaba claro, porque así, salvo inesperadas sorpresas, lo había resuelto, que ella iba a seguir como estaba, sin compañía estable. Experimentando, todo lo más, esporádicos lazos que, en cuanto la otra parte apretaba los nudos, ella se apresuraba a aflojar, sustituyéndolos por otras relaciones igualmente efímeras o por largas raciones de soledad, que sobrellevaba bastante a gusto.
Martina observó a Sara alejarse por el césped. Uno de los pastores alemanes que guardaban la finca corrió hacia ella y se puso a brincar juguetonamente a su lado. El otro perro, la hembra, permaneció junto a los parterres de hortensias que rodeaban el pabellón donde, entre diversas celebraciones, dados los múltiples compromisos del abogado Labot, se convocaba una veraniega y futbolística cita.
Todos los años, al concluir el campeonato de Liga, los Labot invitaban a una gran fiesta a la plantilla del Racing de Santander. Además de un prestigioso abogado criminalista, Jesús era vicepresidente del club de fútbol cántabro. La prensa local solía hacerse eco de la fiesta de El Tejo, a la que asistían políticos y famosos del mundo del espectáculo. Las amigas de Susana y de Gloria, las dos hijas de los Labot, echaban una mano con la organización. El Tejo en pleno vivía esa jornada con fervorosa expectación. A la espera de saludar a los futbolistas, hacerse fotos con ellos o cazar autógrafos, los chicos del pueblo y de las pedanías vecinas se apostaban a lo largo del camino de carros, agolpándose en las cunetas entre la casa del panadero y la cerrada curva plantada de acacias que impedían ver los tejados de las casonas de El Tejo; aunque no, en días tan claros como el que había reunido a Sara y a Martina, los nevados macizos de los Picos de Europa.
Sara se liberó del perro, atravesó el porche y entró en el salón de su casa, cuyos ventanales daban a la playa de Oyambre.
La amplia estancia estaba sobrecargada de muebles. La dueña de la casa los fue sorteando para dirigirse al teléfono, un modelo fijo que imitaba a los antiguos de baquelita. Con la esperanza de que su marido redujese sus llamadas, Sara había eliminado los supletorios, pero de poco había servido. Jesús seguía siendo un adicto al teléfono. Prácticamente, no paraba de hablar en todo el día.
Desde aquel hermoso salón se disfrutaba de una vista con grandes extensiones de mar y cielo. Bajo las lomas, tapizadas de pastos, se distinguía el achocolatado azul de la ría de La Rabia. Aguas dulces y marinas se entremezclaban sobre un lecho de fango. Más allá, por encima del amarillo espinazo de las dunas, una líquida sombra entre corrientes señalaba la extinguida ruta ballenera. Años atrás, no era raro tropezarse en las playas, especialmente en invierno, con delfines o torcales muertos.
Todo estaba en calma. Con sus rizadas olas, el Cantábrico enviaba rítmicos mensajes a la playa de Oyambre.
Sara se recreó en el paisaje, demorándose aposta en atender la llamada. Cuando calculó que su marido debía de llevar tres o cuatro minutos esperando, y considerándolo suficiente castigo, cogió el auricular.
– Hola, Sara -la saludó él.
– ¿Jesús?
– ¿Quién, si no? ¿O tengo algún competidor?
Ella emitió una risita.
– Deberías vivir y penar con esa sospecha. A lo mejor así te esforzabas por reconquistarme.
– ¿Tengo que hacerlo?
– Es una buena pregunta. Respóndela tú mismo. ¿Llamas con buenas noticias?
– Me temo que no, cariño. Voy a retrasarme.
– ¡No puedes hacerme eso!
– ¿Por qué?
– ¡Tenemos una invitada! ¿Lo habías olvidado?
Al otro extremo del hilo, Sara oyó de fondo la voz de Carolina, una de las pasantes del bufete, consultándole algo a su marido. Este la despachó con unas breves instrucciones dictadas con precisión y sequedad.
– ¡Martina, es cierto! -exclamó Labot, retomando la conversación con su mujer-. ¡Se me había ido por completo de la cabeza, qué calamidad soy! ¿Ya ha llegado?
– Hace un cuarto de hora. Estamos tomando algo en el jardín. Esperándote.
– ¡Cuánto lo siento! Ha surgido una novedad en relación con el caso Aguirregoitia. El juez Buñol quiere hablar conmigo.
– ¡Ese fatuo…!
La voz de Jesús se tornó un punto irritada.
– Todo lo fatuo que queramos, pero será él quien dicte sentencia y…
– Y, si te llama, acudes como un corderito.
– El mío es un mundo de lobos. Lo sabes, Sara. Pero no es momento para hablar del juez Buñol. Pensándolo bien, tampoco creo que pueda llegar a tiempo para ver a Martina. Discúlpame con ella, hazme el favor.
– A lo mejor no es necesario.
– ¿Qué solución hay?
– Quizá se anime a prolongar la sobremesa, y hasta puede que la convenza para que se quede a cenar con nosotros y a dormir en casa. Si te pones en marcha después de tomar café con ese juez, podrías llegar a media tarde. Inténtalo, al menos.
– Lo intentaré, te lo prometo. Un beso.
– ¿Debo corresponderte, después de cómo me tratas? ¡Qué egoísta eres! En fin, otro para ti.
El tono de Jesús se tornó más cálido.
– No cuelgues aún, cielo. Quiero decirte algo.
– Espero que sea un poco más estimulante de lo que me has dicho hasta ahora.
– Sigues siendo la chica de mis sueños.
Sara liberó su risa de cascabel.
– Conmigo no tienes que ejercer de encantador de serpientes. No formo parte de ningún tribunal.
Su marido se echó a reír.
– Tú lo dirás. Tendrías que haber visto la cara que pusiste la última vez que me olvidé de tu santo.
– Si solo fuera eso… Estás dándome la razón. Incluso nuestros mejores amigos me advierten de que soy demasiado blanda contigo.
– Eso me conviene. ¿Puedo invitarte a cenar?
– ¿Cuándo?
– Esta noche. Será una cena romántica. Solos tú y yo, sin inspectoras ni jueces. Mano a mano, dispuestos a dejarnos llevar por locas sensaciones y a cometer locuras en cualquier recóndito lugar entre el restaurante y nuestra casa…
– ¡Locas sensaciones! ¡Lugares recónditos! ¡La labia que te ha dado el Señor! ¡Cómo se nota que vives de engatusar! Negociaremos esa cena cuando vuelvas. Ten cuidado con la carretera, habrá mucho tráfico.
– Espera… Quiero decirte algo más.
– ¿Qué?
– Te quiero.
Los ojos de Sara se humedecieron. Su marido añadió:
– Y también tú a mí… a pesar de mis plantones.
– Tú te lo dices todo. ¡Qué tonto eres! Vuelvo a repetirte: ten cuidado con el coche.
Sara no hablaba en balde. En los últimos tiempos, Jesús había sufrido percances de consideración. Accidentes, en realidad.
El primero de ellos, dos años atrás, en el tramo de autovía entre Santander y Torrelavega, por lo general saturado de tráfico. El Volvo de Labot había colisionado con un camión que transportaba agua de Solares. Gracias a un verdadero milagro, ambos conductores habían resultado ilesos; no así el coche del abogado, que quedó listo para emprender un último viaje a la chatarra.
Del segundo accidente hacía tan solo unos meses. Otra vez a la salida de Torrelavega, el nuevo automóvil de Jesús, un Mercedes Benz recién estrenado, había patinado sobre una lámina de agua y se había empotrado contra una valla de protección.
Jesús era un conductor temerario. Pisaba el acelerador muy por encima de los límites autorizados, alcanzando en la autovía promedios superiores a 140 kilómetros por hora. No tanto, seguramente, suponía Sara, por adicción a la velocidad como para proporcionar una vía de escape a la adrenalina acumulada en el bufete o en los Juzgados de Bilbao, Pamplona, Santander, Oviedo, Valladolid y otras ciudades donde, con cierta frecuencia, tenía que representar a sus defendidos.
Desde los orígenes de su matrimonio, antes, incluso, desde su noviazgo con aquel guapo y prometedor abogado, Sara se había esforzado por adaptarse a los horarios, desplazamientos y ausencias de Jesús. Igualmente, por tolerar a sus clientes, contemplándolos no tanto como lo que, según los cargos de la fiscalía, eran -estafadores, prostitutas, asesinos-, sino, más bien, a través de la óptica en que los veía su marido: seres humanos víctimas del destino o de la injusticia social, condenados a la marginación y a llenar las páginas de sucesos.
¡Cuánta angustia e insatisfacción -pensaba Sara- debían de ocasionar a Jesús los intentos de enderezar sus miserables vidas! Nadie tenía que persuadirla de que su marido actuaba por vocación y en conciencia, pero ignoraba de dónde sacaba estómago y recursos para enfrentarse a las situaciones límite a que lo enfrentaba su profesión.
Le admiraba por ello y por muchas otras razones. Sobre cualquier otro argumento, estaba profundamente enamorada de él. Y, sin embargo, a veces, para combatir la rutina, Sara adoptaba de cara al exterior, paradójicamente, una actitud más frívola, fingiendo que su relación con Jesús era conflictiva, turbulenta, un amor aventurero como el de una novela. Pero quienes la conocían bien, como su amiga Martina de Santo, sabían que su matrimonio era sólido y estable, y que su frívola y esporádica actitud de mujer abandonada tan solo era un recurso para transformar su existencia en algo un poco más interesante a los ojos de los demás. El lazo de una caja bien cerrada, con un amoroso regalo en su interior.
¿Realmente estaba enamorado de ella?, se preguntó Jesús Labot, delante de la puerta de la habitación 214 del hotel Bahía Azul de Santander.
– Pasa -dijo la mujer con la que se había citado, asomando un cuarto de perfil por el quicio.
El abogado entró en la habitación que ella había reservado. Decorada a base de un mobiliario sin elementos distintivos, sus paredes eran lisas, pintadas de vainilla claro, y el suelo neutro, con cuadradas baldosas imitando una superficie de linóleo. Labot sabía que esa clase de impersonales escenarios le ayudaba a disolver su personalidad.
– Siento el retraso. Ese juez, Buñol… -se disculpó en voz baja.
– No tiene importancia -repuso ella.
– ¿Llevas mucho rato esperando?
Un índice le selló los labios. Las manos de Carolina olían a madera húmeda.
– Te habría esperado hasta la noche. Hasta mañana por la mañana. Hasta dentro de una semana, un mes, un año.
Él carraspeó, halagado.
– ¿Tanto valgo la pena?
– Muchísimo -aseguró ella, atrayéndole y besándole desordenadamente.
Cuando él dio muestras de excitación, Carolina se encerró en el cuarto de baño. Jesús se tumbó en la cama. Siempre lo hacían así. Él se desvestía despacio, dejando su ropa ordenada, mientras ella se maquillaba y arrojaba sus prendas a cualquier parte.
El abogado dobló la almohada bajo su nuca. A través de la ventana abierta de par en par, sus ojos grises enfocaron el luminoso cielo. De todos los hoteles donde Carolina y él se habían acostado, aquel, justo sobre el puerto deportivo, era su favorito. Podía ver la bahía de Santander extendida a sus pies.
El otoño estaba siendo increíble. El clima era templado como si fuese abril y el mar tenía un precioso color turquesa. Nadie hubiera podido creer que la Navidad estuviese tan próxima.
Todos sus encuentros con Carolina eran diurnos. Clandestinos, pero a plena luz. Jamás bajaban las persianas ni se quedaban a oscuras. A menudo, Jesús había pensado que el aire fresco y la luz natural que entraba a raudales por esas anónimas habitaciones de hotel ejercían como inconscientes compensaciones al carácter adúltero y retorcido de su relación. Era como si, de alguna forma, pecar a la luz restase gravedad a la falta.
También Carolina estaba casada. Su marido era un administrativo del Ayuntamiento de Potes, donde se quedaba a dormir entre semana.
La puerta del baño chirrió y Jesús cerró los ojos con fuerza para aislarse de la realidad, de sus preocupaciones y agobios, y tratar de adivinar lo que a continuación iba a suceder. En ese delicioso minuto de intriga su tensa espera era como la del cazador que, a su vez, corre el riesgo de ser abatido. Conocía bien esa sensación. Podría definirla como una mezcla de alarma y pánico, con todos sus sentidos aguzados frente a un peligro inminente.
Al otro lado de la puerta se oyó avanzar un carro por el pasillo del hotel, seguramente empujado por la camarera encargada de hacer las habitaciones. Dentro de la suya, muy cerca de él, un sordo rumor comenzó a sisear y a subir de tono. ¿Qué podía ser?, se preguntó el abogado, estremeciéndose. ¿Un cuerpo que se desenroscaba o reptaba?
Carolina ordenó:
– Abre los ojos.
Desnudo, Jesús obedeció sin mover un centímetro su rígida posición en la cama. La sábana apenas disimulaba su erección.
Con los labios rojos, la chica estaba a los pies del lecho, de espaldas a la luz. El golpe de sol que hacía estallar la ventana la nimbaba con una dorada aura. Sus pechos palpitaban y él deseó sentir en su boca sus pezones rosados. La rubia cabellera de Carolina brillaba tan irrealmente como las de las muñecas que Sara y él regalaban a sus hijas cuando eran pequeñas. La frente, la sonrisa y la piel de la más joven de sus pasantes -en el bufete había cuatro; Jesús había mantenido relaciones con otra de ellas- parecían de cera.
Las manos de Carolina sostenían una especie de grueso rosario. Una cuerda con nudos, dedujo Labot, en cuanto se hubo fijado mejor. «¿Estás aprendiendo a hacer nudos de marinero?», le había preguntado ella en otra oportunidad, hacía ya varios meses, después de esposarle al cabecero de una cama de otra habitación parecida a esa, pero en las afueras de la ciudad. Sin darle explicaciones, le había dejado solo. Transcurrido un rato angustioso para él, volvió, le colocó una máscara y le hizo el amor salvajemente.
Carolina nunca dejaba de mirarle a los ojos. Otras amantes suyas se habían desnudado delante de él, pero con Carolina era distinto. Como si los términos, incluso sus papeles se invirtieran. Era él quien se desarmaba, quien se rendía frente a ella.
– ¿Qué quieres que te haga? -susurró su pasante, encendiendo un cigarrillo que dejó colgado de la comisura de sus labios. Solo llevaba unas bragas de color cereza, que él le había regalado.
Jesús señaló la cuerda y después el techo.
– El gancho de la lámpara servirá. Parece lo bastante fuerte.
Carolina asintió y se subió a una silla para pasar la cuerda.
– Ten -añadió, lanzándole un pañuelo de seda-. Anúdatelo o te quedará la marca.
El lazo apenas colgó del techo porque Jesús se movió para enroscarlo alrededor de su cuello. La chica se lo ajustó hasta el límite de la tensión que, sin dejar de respirar, él era capaz de resistir.
Entonces Carolina se inclinó e hinchó la boca de Labot con un beso que estalló en su paladar como una burbuja de placer. Su amante notó sus uñas haciendo presa en sus muslos, exactamente como si un gran pájaro, un águila con rostro de mujer, estuviera desgarrando su carne en el interior de un nido. Un espasmo le arqueó el cuerpo cuando ella abrió su vientre como una sangrienta flor y lo ensartó de golpe, despertando al hombre más fuerte y primitivo que llevaba dentro, el que deseaba volar, cazar, purificarse con el fuego o desvanecer sus instintos en un éter de libertad.
Durante un tiempo sin medida, ella se empleó a fondo para transportarle a un universo de placer. Jesús gimió, mordió su garganta, sus pechos y finalmente se deshizo en un orgásmico vértigo, como el que sirve de sótano a los sueños.
Quedaron tendidos, sin hablar. Jesús fumó dos cigarrillos mirando la bahía. Sin darse cuenta, cerró los ojos y se quedó dormido.
Cuando despertó, eran las cuatro de la tarde. Había soñado con extraños pájaros que surcaban ilimitados cielos, reflejando sus alas en un mar color tinta.
Carolina no estaba. Se había dejado la luz del baño encendida y un mechero junto al lavabo. Casi siempre olvidaba algo.
El abogado se duchó, enjabonándose varias veces para eliminar el olor a hembra pegado a su piel. La cuerda le había hecho una mínima rozadura, tan poco aparatosa que, si le preguntaba Sara, podría inventarse otra causa cualquiera.
Se vistió sin prisa, saboreando todavía la emoción del encuentro, y salió furtivamente del hotel, protegido por el sombrero que solía llevar a ese tipo de citas.
Del Bahía Azul, su bufete quedaba a diez minutos a pie. Jesús Labot los recorrió en veinte, demorándose en tomar un café.
Antes de entrar en su despacho pudo entrever el perfil de Carolina en la sala de juntas, discutiendo con otro de los pasantes. Sus miradas coincidieron durante unas décimas de segundo, las justas para enviarse un mensaje cargado de malicia.
Nada más verle, su secretaria le advirtió, señalando la puerta cerrada de la sala de espera:
– Tiene una visita no programada.
Sin preguntar de quién se trataba, Labot entró en su despacho de mal humor. Al sentarse frente a su mesa volvió a agobiarse con el peso de los deberes pendientes. A ambos lados del escritorio crecían montañas de papeles. Decenas de carpetas con expedientes de casos en tramitación, apelaciones, informes periciales y sentencias se apilaban en otra mesita auxiliar.
Marta, su secretaria, entró con un nuevo documento.
– Para su firma. En cuanto a la visita…
– ¿Quién diablos es?
– Sergio Torres, el…
La mirada de Labot no pudo ser más severa.
– ¿Qué iba a decir, Marta? ¿El novio de mi hija?
– En absoluto, don Jesús. Un activista de Greenpeace.
– Claro, eso lo justifica todo.
Desconcertada por la brusca reacción de su jefe, la secretaria se alisó la falda.
– ¿Le digo que vuelva otro día, o que no vuelva?
Labot se destensó la corbata, pero, temiendo que pudiera vérsele la raspadura del cuello, la volvió a anudar.
– No. Hágale pasar.
La puerta se cerró y unos segundos después volvió a abrirse para dar paso a Sergio Torres. Llevaba un jersey de lana sobre una camiseta blanca y vaqueros con los bajos deshilachados en flecos renegridos de arrastrarlos por el suelo. Era muy alto, alrededor de un metro noventa. Y, por mucho que le fastidiase a Labot, bien parecido.
– Hola -se limitó a decir.
El abogado no se levantó ni le tendió la mano. Sin mover un músculo lo estudió con una mirada opaca.
– Siéntate.
Sergio lo hizo en una silla más baja que la taraceada butaca de Labot. Puesto que el letrado no tomaba la iniciativa, el chico dejó sus manos apoyadas sobre sus muslos y declaró:
– No estoy aquí voluntariamente, no se llame a engaño. He venido porque su hija Gloria me insistió en que lo hiciera. Por no desairarla, ¿comprende?
Sin mirarle, Labot movió la cabeza con lentitud.
– Entiendo.
– Seguramente -agregó el muchacho, con un tono algo soberbio, pero que, pensó Labot, también podía deberse a la tensión-, a usted le habría gustado conocerme en otras circunstancias.
El abogado repuso con frialdad:
– Te equivocas. No tenía ningún deseo de conocerte.
– Agradezco su sinceridad -se apresuró a replicar Sergio; tenía los ojos demasiado juntos y su mirada era huidiza-. Tampoco yo. He venido por ella, le insisto.
– Y yo voy a ayudarte por la misma razón -coincidió Labot-. Por mi hija Gloria, la persona a la que más quiero en este mundo.
El abogado impulsó su sillón con ruedas, hábito que había rayado la tarima hasta la mesa de apoyo, y procedió a seleccionar un expediente entre la pirámide de carpetas.
– Aquí está tu dosier. ¿Quieres echarle un vistazo, a ver si falta algo?
Sergio lo leyó con avidez. El primer bloque recogía testimonios periodísticos, con varios recortes sobre una urbanización costera a cuyas excavadoras se habían encadenado activistas, el propio Torres entre ellos. La información gráfica incluía la foto de un aparejador al que habían apedreado en el momento en que fueron desalojados por la policía. Asimismo, figuraban atestados y diligencias policiales de la detención y traslado a los Juzgados de Santander, más la declaración de Sergio, asistida por un abogado de oficio. Finalmente, se incluía un historial de sus actividades como miembro de los colectivos Greenpeace y Cantabria Libre.
– Solo falta la partida de bautismo -ironizó el chico.
– Acabo de solicitarla a tu parroquia.
– No lo dirá en serio.
– Claro que no -sonrió Labot, pero como si le hubiesen estirado la boca con fórceps.
Ese gesto no contribuyó a distender la situación. La tirantez entre ambos se reinstaló de inmediato.
– Lo que es serio es tu problema -expuso envaradamente el penalista-. Tienes uno bastante grave, no sé si te habrás dado cuenta.
– Me da igual lo que esos cerdos hagan conmigo.
– ¿Quiénes?
– Los políticos. Los jueces. Sus amigos.
– No todos son amigos míos, y a mí no me da igual lo que pueda pasarte.
– No finja solidaridad. Usted me odia.
– Estás equivocado, hijo.
– ¡No me llame «hijo»!
Labot se esforzó por mantener la calma.
– El odio no es deontológico. Soy abogado y creo en la ética de mi oficio.
– Déjese de frasecitas. Usted me aborrece por el hecho de que Gloria y yo…
El letrado agitó las manos.
– No pienso meterme en vuestras vidas. Solo te pido una cosa: recuerda que es menor de edad.
– Gloria ya es una mujer.
Su padre palideció.
– Prefiero no imaginar en qué sentido lo dices.
– Para enamorarse no hay que ser mayor de edad. Solo gente de mente enfermiza, como usted, puede pensar lo contrario.
El semblante de Labot siguió perdiendo color.
– Has tenido la suerte de ser el primero, eso es todo. Ya veremos si, después de otras experiencias, Gloria sigue contigo.
– Vamos a casarnos, Labot.
– Señor Labot -le corrigió el abogado.
– Vale. Voy a casarme con su hija, señor Labot.
– Ni lo sueñes.
– Estamos decididos.
– ¿Ah, sí? ¿Y de qué vais a vivir?
– Yo trabajo, ¿no lo sabía?
– ¿En qué?
– ¿No lo dice su dosier? En la granja de mis padres.
– ¿Será allí donde lleves a vivir a mi hija? ¿A un pajar encima del establo?
Ahora fue Sergio quien palideció.
– Puede insultarme todo lo que quiera, con eso no cambiará la realidad de las cosas.
Labot se rascó la nuca. Las ramificaciones personales de esa entrevista empezaban a afectar a sus nervios. El pulso se le estaba acelerando y le costaba mantener la compostura. Le pareció que su voz temblaba cuando dijo:
– Más te vale que consiga cambiar tu inminente realidad judicial porque, si no, irás de cabeza a la cárcel. El fiscal va a pedirte pena de prisión y ya tienes antecedentes. -El abogado le arrebató de las manos el dosier y lo hojeó con la fluidez de quien está acostumbrado a manejar informes-. Por desacato a la autoridad, alteración del orden público, agresión a un concejal de Comillas…
– Ese tipo es un corrupto.
Labot ya no pudo controlarse.
– ¡Y tú, un intolerante niñato y un inmaduro!
Sergio se puso en pie.
– Desde un principio temía que formase parte de las fuerzas represivas. Ahora, ya no tengo la menor duda… Incluso me hace daño respirar el mismo aire que usted… Será mejor que me largue.
El abogado decidió que iba a estar mucho más a gusto sin él. Sin pestañear, fingiendo un autodominio que estaba lejos de albergar, vio dirigirse a Sergio hacia la puerta. El jersey le resbalaba desgarbadamente por los hombros y su mandíbula apuntaba al suelo.
Labot hizo de tripas corazón y masculló:
– Te sacaré del lío. Ya tienes abogado defensor, no hace falta que busques otro.
Sergio mantenía agarrado el pomo de la puerta como el pescuezo de un gallo al que se dispusiese a ahogar. Se giró, muy pálido. Su tono estuvo drenado de desprecio.
– ¿Para que todo quede en familia?
Algo duro bloqueaba la garganta de Labot, impidiendo que le pasara el aire. Acababa de sobrevenirle una imagen de aquel chico besuqueando a su hija, desnudándola, profanándola. Tragó saliva y añadió, sintiéndose viejo y sin ilusiones:
– Mi secretaria te citará para la semana próxima. Recuerda que lo hago por Gloria. Ella se merece eso y más…
– ¿Más que qué?
El penalista no supo seguir.
– ¿Alguien mejor que yo? -vociferó Sergio, encañonándole con dos dedos en forma de pistola-. ¿Y qué se merece usted, lo ha pensado? ¿Quiere que se lo diga? ¿O prefiere que sea yo mismo quien le dé su merecido?
Sin dejar de apuntarle, Sergio curvó el índice como si apretase un gatillo, al tiempo que hacía chasquear la lengua. Soltó una risa forzada y cerró de un portazo.
Durante un buen rato, el abogado se quedó mirando la pared de enfrente, decorada con una orla y con grabados de caza que, junto con las lámparas doradas de tulipa verde y los sillones de cuero, daban al despacho un aire pretendidamente británico.
Sobre la repisa de mármol del radiador, un reloj isabelino señalaba las cuatro y media de la tarde. Labot deseó que ese día terminase cuanto antes.
No podía saber que todavía faltaba su hora más negra.
Sara entró en la cocina para dar instrucciones sobre la comida: retirar un cubierto y servir la mesa en el jardín.
Asunción, la cocinera, aprovechó para consultarle un pedido para la carnicería de Comillas. Mientras repasaba con ella la lista de la compra, la señora Labot seguía pensando en el regreso en coche de su marido, desde Santander. Su mente no se alejaba de la carretera, de esas incorporaciones a la autovía por ramales de desaceleración que Jesús solía tomar demasiado deprisa, porque siempre estaba pensando en otra cosa.
Tenía un mal presentimiento. Estuvo a punto de llamar de nuevo al bufete, pero, dando por hecho que, aunque lo hiciera, instándole a ser precavido al volante, su marido iba a comportarse como un piloto de carreras, se abstuvo. En ese tema, no había mucho más que hacer. Sara había rogado a su marido un millar de veces que tuviera prudencia al volante. A pesar de eso, las multas por exceso de velocidad seguían llegando. Estaba segura de que, una vez más, Jesús regresaría de Santander pisando el acelerador y tarareando los viejos temas rockeros de los sesenta que seguía escuchando para soltar adrenalina, con Bowie, Janis Joplin o los Stones sonando a todo volumen en el cedé del coche.
Haciendo un esfuerzo para apartar a Jesús de su mente, Sara decidió encargar al carnicero costillas en adobo de cerdo, las preferidas por las niñas, chuletones de novilla y dos kilos de carne picada. Tenía que tranquilizarse. Su marido era impulsivo, pero no un loco irresponsable.
Ella le conocía bien. Aliándose con el paso del tiempo, había conseguido moderar sus malos humores y hábitos, su compulsivo consumo de tabaco y a veces de alcohol. Desde que las niñas habían venido al mundo, su marido ejercía sobre sí mismo un notable autocontrol. Apenas fumaba y se limitaba a tomar una copa de coñac después de las comidas y un par de gin-tonics si salían a cenar con su grupo de amigos. De la alocada herencia de su juventud seguían perdurando impulsos rebeldes, cuyos ecos, cuando Sara menos lo esperaba, estallaban como meteoritos en el plácido planeta que entre ambos estaban construyendo, pero los únicos excesos que podían preocupar seriamente a su mujer eran los de Jesús en su propio trabajo.
Pese a que disponía de ayuda en el despacho, de otro socio, dos abogados más y media docena de pasantes, su marido sufría sobrecarga laboral. Estaba desbordado. Raro era el día en que no se le presentaban unos cuantos casos nuevos, muchos de ellos lo bastante escabrosos como para dedicarles semanas o meses de trabajo.
Aunque no siempre lo conseguía, Sara creía estar haciendo lo adecuado al mostrarse comprensiva hacia la extrema capacidad de sacrificio de su marido. Debido al estrés, Jesús sufría comportamientos ciclotímicos, pero él mismo era consciente de ello. Cuando, de una manera injustificada, se enfadaba en casa, con ella o con las niñas, mostrándose ausente y de mal humor, enseguida se arrepentía y se esforzaba por resarcirlas.
De una cosa estaba Sara plenamente segura: su marido nunca le había sido infiel. Como si, pensaba ella, y así se lo había comentado en alguna ocasión a la propia Martina, siendo Jesús amable y cariñoso con su mujer y con sus hijas se liberase o depurara de cuantos subterfugios e interpretaciones, licencias y trucos se veía obligado a esgrimir, como abogado defensor, ante los tribunales.
También con «las niñas», como ambos las seguían llamando, Jesús era un padre recto. Ellas le adoraban. En especial, Gloria, la pequeña. La mayor, Susana, había comenzado Derecho, por lo que el sueño paterno de traspasar el testigo del bufete llevaba camino de hacerse realidad.
En cuanto Sara acabó de impartir instrucciones en la cocina, regresó al jardín y le anunció a Martina:
– Tal como me estaba temiendo, Jesús va a darnos plantón. -La inspectora no se había movido. Había terminado su copa de vino y seguía fumando y contemplando el cielo-. Tendremos que comer solas -se resignó la dueña de la casa.
– ¿Y tus hijas?
– Susana sigue estudiando en Valladolid. Gloria se encuentra con nosotros pasando el fin de semana, pero ha madrugado para hacer una excursión en bicicleta hasta Unquera, al pie de los Picos de Europa.
– ¿No está demasiado lejos?
– Para nosotras, en el fin del mundo -rio Sara-. Para ellas, a unos diecisiete kilómetros.
– ¿Ha ido sola?
– No la hubiera dejado. Se ha puesto de acuerdo con una amiga del pueblo. Querían explorar una nueva ruta y se han llevado bocadillos. No me hace demasiada gracia que anden por el monte, pero me prometieron que serían prudentes y que regresarían antes del anochecer.
– ¿Quién es la otra chica? -siguió preguntando Martina, casi por deformación profesional.
– Cristina. Su padre es arquitecto. Acaba de divorciarse. Viven en este mismo pueblo, un poco más arriba, pasada la curva del cementerio. Gloria y ella hacen buenas migas. ¡Oye! Ese arquitecto podría ser un candidato para acabar con tu soltería. Es muy guapo.
– Los hombres atractivos son los que menos me gustan.
– ¿No quieres saber su nombre?
Martina se encogió de hombros, divertida.
– De todas formas, vas a decírmelo.
Sara le apuntó con el dedo.
– Se llama Andrés. Tiene un estudio en Madrid y otro aquí. Ha levantado no sé cuántos rascacielos y aparece a menudo en la televisión. Es famoso… Paredes, ¿te suena? ¿No te parece un apellido muy apropiado para un arquitecto?
Sara estalló en otra de sus burbujeantes carcajadas. Su sentido del humor no acababa de encajar con el de la inspectora, pero Martina volvió a sonreír con educación y comentó, para cambiar de tema:
– ¡Cómo pasa el tiempo! Vuestra hija mayor, ya en la universidad…
– Susana no me preocupa -descartó Sara-. Tiene las ideas muy claras y se ha aclimatado perfectamente a la vida universitaria y a Valladolid, donde su padre se empeñó que estudiara, siguiendo sus pasos. Ha salido a Jesús. De él ha heredado una visión a la vez idealista y práctica de las cosas. Será una buena abogada, estoy convencida. Es egoísta, pero muy generosa.
– Eso último se debe a tu influencia.
– Tú sí que eres caritativa… Tema distinto es Gloria. Francamente, la pequeña me inquieta más.
– ¿Por qué?
– Por varias razones.
– ¿Cuál es la que más te preocupa?
– Hay dos motivos. El primero tiene que ver con su síndrome de desatención. Siendo pequeña, se le detectó un déficit que ha venido tratando con apoyo psicológico y fármacos de metilfenidato, pero todavía hoy, en plena adolescencia, Gloria sigue manifestando hiperactividad, conductas impulsivas y ausencias de memoria. Hay épocas en que está mejor, comportándose como una chica absolutamente normal, pero luego vuelve a sufrir fases de aturdimiento o abulia, y es como si no fuera ella…
– ¿Y el otro motivo?
La voz de Sara se crispó:
– Su novio.
– ¿Gloria tiene novio? -se extrañó Martina.
– Sí.
– ¿A los quince años?
– Acaba de cumplir dieciséis.
– Será un simple ligue.
– Te equivocas. Le ha dado fuerte. Se trata de una relación estable. Casi adulta, me atrevería a decir.
– ¿Cuándo empezó?
– Hace dos veranos.
– ¿Quién es el chico?
– Sergio… Sergio Torres -repuso Sara, como si le costara pronunciar ese nombre-. Tiene diecinueve años, quizá veinte. Vive a pocos kilómetros de aquí, en un pueblecito llamado Santana. No quiso seguir estudiando y trabaja en la vaquería de sus padres. Es una especie de activista ecológico, uno de esos iluminados defensores del medio ambiente. Siempre está metiéndose en líos. Recientemente, ha conseguido complicarse en uno serio de verdad. Se encadenó para impedir las obras de una urbanización y golpeó a uno de los aparejadores. Anteriormente se había peleado con un concejal de Comillas. Mi hija Gloria ha intercedido por él. Probablemente, será mi marido quien le defienda. Dios me perdone, pero, en el fondo de mi corazón, ojalá le condenen…
– No hables así, Sara -le recriminó la inspectora.
– Tienes razón, no debería… Pero es que esto pinta cada vez peor… Desde que Gloria estudia en Santander, en un instituto, Sergio pasa en la ciudad todo el tiempo que puede. Parece ser que muchas noches duerme allí.
– Tenéis un apartamento en el centro, creo -recordó Martina.
– ¡Pero él no lo usa! -se escandalizó Sara.
– Claro, disculpa.
– No, perdóname tú. -La dueña de la casa se retorció las manos, alterada-. Jesús se queda a dormir muchas noches, está pendiente de Gloria todo lo que puede, pero aun así… Este asunto me está crispando los nervios. Sé que Gloria ve a Sergio con frecuencia, ella misma me lo ha dicho. Lo que hagan juntos…
– No seas melodramática.
– En mi lugar, estarías tan asustada como yo.
– Todas hemos mantenido relaciones primerizas.
Sara la rebatió con una firmeza desacostumbrada en ella:
– No con esa intensidad.
Dada su insistencia, Martina empezó a temer que aquel asunto pudiera ser más grave de lo que en un principio había juzgado. Al semblante de su amiga acababa de aflorar una expresión temerosa. La inspectora tuvo la clara impresión de que, más allá de la natural preocupación de cualquier madre por la estabilidad o la felicidad de una hija, sus controles y cautelas habían sido desbordados por un peligro invisible. Obedeciendo a otro espontáneo impulso, dictado por la necesidad de desahogarse, Sara siguió dando rienda suelta a sus íntimas inquietudes.
– Voy a revelarte algo, Martina, y te aseguro que no lo he comentado con nadie. En esa relación hay elementos que no se corresponden con la edad de mi hija.
– ¿Qué clase de elementos?
– Intolerancia. Angustia. Sufrimiento, incluso. Gloria no puede soportar estar lejos de Sergio. No ya una semana, un día. Ni siquiera unas pocas horas. Está obsesionada con él.
– Hasta cierto punto, puede ser natural. Propio de la edad.
– No, Martina… No de ese modo tan… desgarrador. Mi hija me ha jurado, y me siento inclinada a creerla, que se mataría si algo la separa de él y que mataría a quien intentase separarles.
La inspectora no se inmutó. Sabía que entre las amenazas y los hechos, y más en el terreno de la extrema emotividad juvenil, se extiende un ancho territorio, no siempre recorrido por el dolor o el castigo físico.
– Será una manera de hablar. En cualquier caso, te guste o no, tu hija ya está unida a él.
– No de la forma en que ella aspiraría a estarlo. -Al decir esto, la mirada de Sara se anegó con una zozobra interior-. No están casados.
– ¿Es que Gloria quiere casarse? ¿Tan joven?
– Por encima de cualquier otra cosa en este mundo.
– ¿Qué opina tu marido?
– Se opone frontalmente.
– ¿Y tú?
– Yo también, aunque…
Una serie de bocinazos las interrumpió bruscamente. Sara y Martina desviaron la vista hacia el portón. Una mujer corpulenta había aparcado el coche en el camino y estaba llamando a la puerta.
– No me lo puedo creer -susurró Sara-. Es Concha, mi hermana mayor. Le encanta presentarse así, de sopetón. En ese aspecto, es como mi cuñado Paco.
Martina dedujo que se refería a Francisco Camargo, el banquero. Sara le había hablado de él en alguna ocasión. La inspectora creyó recordar que Camargo y Jesús Labot, cuñados entre sí, eran socios o mantenían relaciones laborales en alguna de las empresas del primero.
– Ten paciencia, Martina -le pidió Sara-. Mi hermana es un poco latosa. Supongo que vendrá a darme algún recado… ¡Deja de llamar, Concha, enseguida te abro!
El sol comenzaba a desvanecerse en el horizonte, salpicado por las olas del Pacífico, cuando Francisco Camargo arribó a su cabaña de la playa de Anakena.
Muy apartado, el refugio elegido por el banquero para su estancia en la isla de Pascua se encontraba al norte de la isla, en un idílico y desierto palmeral, con el mar a pocos pasos.
Llegó al bungaló en coche. Unos días antes, nada más aterrizar en el aeropuerto de Mataveri, sus colaboradores le habían entregado un Land Rover, a cuyo volante el financiero estaba disfrutando de lo lindo, dando botes por los caminos y lanzándose por las estrechas carreteras isleñas entre furgonetas de carga y anacrónicos jinetes rapa nui con los torsos desnudos y las melenas al viento.
La grata sensación de hacerlo solo, de circular caprichosamente, sin la incómoda presencia de sus guardaespaldas, le proporcionaba una genuina y, para él, nada frecuente sensación de libertad.
Hacía más o menos una semana que Camargo se alojaba en aquella sencilla cabaña, sin comodidades ni medidas de seguridad. ¿Cuántos días, con exactitud? Ni siquiera él mismo hubiera podido precisarlo. ¿Cómo era posible -se habría preguntado cualquiera de sus conocidos- que un hombre tan minucioso con sus compromisos y esclavo de una agenda cerrada con meses de antelación hubiese perdido el sentido del tiempo? «Y del decoro», habría podido añadir en su monólogo interior el propio Camargo, abriendo de una patada su bungaló y procediendo a servirse una cerveza bien fría, cuyo gollete alzó a su sedienta boca hasta medio vaciar la botella de un solo trago.
Pero no todo había sido ocio y relajación en aquel pedazo de paraíso que los indígenas seguían llamando Rapa Nui.
Francisco Camargo estaba llevando a cabo allí muy buenos negocios. Además de divertirse de noche, asistir a los bailes nativos y frecuentar los mejores restaurantes de Hanga Roa, había trabajado duro al frente de su equipo, compuesto por un reducido pero selecto grupo de gestores de su confianza. A los ejecutivos había que añadirles el arquitecto y los decoradores del nuevo hotel Easter Island, un cinco estrellas que muy pronto, en cuanto, el próximo 31 de diciembre, coincidiendo con el eclipse de sol, fuese inaugurado, iba a convertirse en el hotel más lujoso no solo ya de la isla de Pascua, sino de todo el territorio chileno.
Para redondear sus operaciones, el empresario español había procedido a arrendar una serie de terrenos que pensaba dedicar a explotaciones ganaderas, y supervisado la contratación de personal para la sucursal que uno de sus bancos, el Pacífico del Sur, estaba construyendo junto al puerto. Iba a ser la primera oficina, y la primera entidad financiera, autorizadas por el gobierno para operar en un sector y en un área hasta el momento reservados en exclusiva al Banco Nacional de Chile.
Satisfecho de sí mismo, el magnate salió al porche y se tumbó en una hamaca para terminar su cerveza. A pocos pasos de su refugio, los moais de Anakena parecían contemplarle interrogativamente. Detrás de las enormes esculturas, alineadas como inmóviles embajadores de la eternidad, la playa formaba una especie de concha. El oleaje estaba tranquilo y el mar, de un verde esmeralda, invitaba a la ensoñación. Frente a la puesta de sol, columpiándose en la hamaca tendida entre dos yucas, Camargo cerró los ojos y volvió a pensar en Mattarena Hara.
Ella le había prometido hacerle una visita. «Haré todo lo posible por ir a verte», le había susurrado el día anterior en un discreto aparte de la reunión que ambos mantenían con el gobernador Christensen, en su despacho oficial de Hanga Roa. Camargo no dudaba que ella deseara reunirse con él, pero nada le garantizaba que fuese capaz de lograrlo. ¿Eludiría Mattarena a aquel quisquilloso y ultranacionalista maestro que no la dejaba ni a sol ni a sombra? Camargo confiaba en que su inteligente directora de sucursal pudiese dar esquinazo a su marido. De momento, pensó, devolviendo la mirada a los moais, cuanto él podía hacer se reducía a esperar.
En el claustrofóbico hábitat de aquella isla perdida en el espacio y detenida en el tiempo, con diez pares de ojos observándoles desde el umbral de cada una de las casas de Hanga Roa, Mattarena y él no iban a gozar de las mismas facilidades para citarse a escondidas que en Santiago de Chile o en Madrid. Por esa razón, a fin de ocultar sus encuentros y evitar el consiguiente escándalo, Camargo había renunciado a alojarse en cualquiera de las suites ya acondicionadas en el Easter, ordenando a sus empleados que le buscasen un retiro alejado de Hanga Roa, un lugar solitario donde pudiera descansar en contacto con la naturaleza… y con ella, con Mattarena.
El romance entre la guapa economista rapa nui y el empresario español duraba ya varios meses.
Se habían conocido en Madrid, a principios del pasado mes de febrero, durante la convención de ejecutivos del Grupo Camargo, reunión anual que se celebraba en la sede madrileña del holding.
Hasta la capital española se desplazaban todos los años los directores generales, delegados y consejeros europeos y sudamericanos. Entre estos últimos, había viajado a Madrid una joven pascuense, educada en Estados Unidos, cuya incorporación al banco Pacífico del Sur había sido recomendada por su director en Chile.
Mattarena Hara.
Para ella, aquel viaje podía resultar decisivo. Si el todopoderoso Francisco Camargo, de quien Mattarena había oído hablar con reverencia y temor, daba el visto bueno, pasaría a hacerse cargo de la sucursal del banco Pacífico del Sur en la isla de Pascua.
Aquella hermosa mujer de piel olivácea y ojos almendrados, dueña de una distinción natural y vestida con gusto, no habría pasado desapercibida en ninguna circunstancia. Ya en la sesión de apertura, Camargo se había fijado en ella. Se informó con precisión de quién era y ordenó a su secretaria que la citara en su despacho, en la mítica planta 33 del rascacielos del Grupo, en el elitista distrito de Azca. Hablaron largo y tendido, almorzaron con varios directivos y no se separaron en toda la tarde.
Aquella misma noche, Mattarena se había convertido en su amante.
Tumbado en la hamaca, balanceándose mientras apuraba la cerveza y fumaba uno de los cigarrillos turcos que su médico le tenía estrictamente prohibidos, Camargo dejó que su mirada errase por el palmeral de Anakena, esforzándose por entender de qué modo había ocurrido todo tan aprisa, llegándose con demasiada rapidez a un punto en el que sus sentimientos y la propia estrategia y mecánica de sus encuentros, cada vez más frecuentes y arriesgados, comenzaban a escapar a su control. Pero era como tratar de explicar por qué la tierra giraba alrededor de un sol que giraba alrededor de otro sol que giraba alrededor de otro sol.
La noche en que empezó su historia de amor, Mattarena y él habían salido a cenar con socios extranjeros y miembros de los consejos de administración del Grupo Camargo. Se habían quedado tomando unas copas en el restaurante y luego, ya un tanto achispados, los más noctámbulos y animados habían visitado la coctelería Chicote. Más tarde aún, a eso de las cuatro de la madrugada, y una vez que Camargo hubo despedido a su chófer y a su escolta, el banquero y Mattarena se habían quedado solos. Ella tuvo que sostenerle porque él, víctima de los tres cócteles margarita que acababa de mezclar con el whisky de la sobremesa, se tambaleaba en plena Gran Vía. Los ojos crepusculares de Mattarena habían brillado en la noche. Trastabillando por las borrosas aceras, él había sonreído con torpeza, y también lo habían hecho, irresistibles, los labios color violeta de Mattarena. Camargo le había acariciado una mejilla. Ella se lo permitió y todo giró cuando sus bocas se fundieron en el primer beso. Habían seguido besándose en los portales, hasta meterse en el primer hotel que encontraron. En una habitación que olía a desinfectante habían hecho el amor desesperadamente, como si el mundo fuese a acabarse en las próximas horas.
A las pocas semanas, volvieron a verse en Santiago de Chile. Camargo tenía a su mujer en España; Mattarena, a su marido en la isla de Pascua. Nada podía detenerlos. Juntos habían viajado al sur del país chileno en jornadas en las que el magnate se las arregló para no recibir llamadas y dedicar todo su tiempo a complacer a su amante. Alquiló avionetas para sobrevolar los volcanes y coches que avanzaban por interminables carreteras hacia los glaciares del fin del mundo. Un feliz, ora exultante, ora relajado, Camargo había recuperado su pasión por la naturaleza, la alegría de ver amanecer o, al caer la noche, el placer de tumbarse en la hierba silvestre para contemplar las estrellas. Mattarena y él comían cualquier cosa, dormían en cualquier parte, reían todo el rato, hacían el amor, aprendían a conocerse y a disfrutar uno del otro.
El millonario le habló con extensión de sus negocios, pero con bastante mayor discreción de su familia, de su mujer y de sus dos hijos, Rafael y Rebeca. Por su parte, Mattarena le iba narrando episodios de su vida, su infancia en la isla de Pascua, su juventud norteamericana, o acerca de sus primeros contactos y contratos en Santiago de Chile. Incluso le enseñó palabras en rapa nui y a rasguear la guitarra, que tocaba con bastante gracia. No sin alarma, él empezó a comprender que la atracción que sentía hacia ella iba más allá de la pasión sexual.
En una palabra: se estaba enamorando.
Sin dejar de pensar en Mattarena, Camargo terminó su cigarrillo y, aprovechando las últimas luces de la tarde, decidió darse un baño.
Desnudo como había nacido, caminó hacia los moais, cuyas caras de piedra, todas distintas, le parecían unas veces risueñas, severas otras, pero, en cualquier caso, cada día que pasaba un poco más familiares, y se sumergió en las mismas olas en las que siglos atrás Hoto Matua, descubridor y primer rey de la isla de Pascua, había anclado su piragua de fibras vegetales, importando, como en otra arca de Noé, semillas y plantas, las aves domésticas y animales que en adelante poblarían «el ombligo del mundo».
El agua estaba fría. Camargo, que en tardes anteriores ya se había bañado, sabía que era solo la primera impresión y braceó con energía para entrar en calor.
Desde el mar, a una cierta distancia de la arena, los moais le daban la espalda, como si nada quisieran saber de lo que sucedía más allá de los arrecifes. El millonario estaba relativamente de acuerdo con el profesor Manumatoma en que esas estatuas o ídolos no podían ser dioses con forma humana, sino hombres dotados de poderes divinos. Ancestros notables por su sabiduría o valor, a quienes se honraba erigiéndoles estatuas funerarias que tutelaban las fuerzas naturales, protegían a los pobladores de invasiones y olas gigantes y garantizaban el mana, la benéfica magia que el cielo derramaba sobre el pueblo en forma de prosperidad, salud y buenas cosechas.
Una figura en movimiento reclamó su atención. El banquero se frotó los ojos, irritados por el agua salina. Nocturnas sombras comenzaban a caer sobre el arenal y las palmeras no dejaban ver mucho más allá, pero sin duda la figura que atravesaba la turbia luz del ocaso era la de un jinete dejando flotar al viento su larga melena. Camargo supuso que sería uno de esos altivos rapa nui, cuyos lacios cabellos solían caerles hasta la cintura, pero algo en la forma de arquear los hombros y sostenerse en la silla le advirtió que podía tratarse de una mujer.
Su corazón palpitó cuando el caballo se acercó al ahu sobre el que se alzaban los moais y su jinete descendió de un salto.
Efectivamente, era una chica.
«Mattarena», pensó él. Se había adentrado demasiado en el mar. No tocaba fondo y alzó los brazos.
No hubiera hecho falta. Mattarena le había visto. Se despojó de su vestido y se zambulló a su encuentro. Nadaba sin aparente esfuerzo, con la armonía natural de los nativos.
Cuando llegó a su lado, se le abrazó y buscó su boca.
– Hagamos el amor -le suplicó-. Adoro hacerlo en el mar.
Algo se movió detrás de ella.
– ¡Eh! -exclamó Camargo, alarmado-. ¿Qué es eso? ¿Tiburones?
– Tortugas -repuso ella tranquilizándole con una caricia.
Un par de caparazones sobresalían del agua. Los galápagos nadaron un rato alrededor de ellos y desaparecieron.
Camargo notó que las piernas de Mattarena ceñían su cintura. Otro beso suyo le dejó sin aliento y percibió que entraba en ella con pasmosa naturalidad, pasando a ser una misma carne acunándose en cadencia sincrónica, como dos delfines apareándose en el lecho marino. En medio de ese acuático abrazo empezó a vencerle una sensación de irrealidad, como si la tierra estuviese desapareciendo, tragada por el mar, y su espíritu se evaporara en el aire, disolviéndose en una líquida esfera donde cartilaginosos seres se desplazaban como esponjas, sus gélidas y azuladas sangres circulando por transparentes arterias de cristal. Súbitamente, las palas dentales de Mattarena se desnudaron en una mueca de placer y todo su cuerpo se agitó en un orgasmo de sirena, pero él, aunque intentó acelerar el suyo, no pudo lograrlo dentro del agua. Se destrabó de ella y la empujó a la playa, nadando juguetonamente. Al tocar la orilla le cayó encima, poseyéndola con el fondo de desesperación y dominio con que siempre lo hacía.
– Estoy embarazada -dijo Mattarena.
Lo hizo después de amarle por segunda vez en la cabaña, sobre la dura cama de madera cubierta con una colchoneta y una manta de lana.
Añadió, cálidamente:
– De tres meses.
Él no reaccionó de inmediato. Como siempre que intuía un riesgo, su mente se había puesto a calcular. Era obvio que, por consideración a Mattarena, podía hacer cualquier cosa menos ofenderla. Para ganar tiempo murmuró algo ininteligible y salió a respirar el fresco aire de la noche.
Una luna llena flotaba sobre el mar, iluminando con un halo de plata las pétreas cabezas de piedra.
Camargo fumó un cigarrillo junto a la hilera de moais, como si los ídolos pudieran aconsejarle qué hacer. Solo cuando se hubo calmado regresó a la cabaña.
Guardaba una botella de pisco sour en el único armario del bungaló. La abrió, cogió un puñado de hielos de una minúscula nevera portátil y sirvió dos vasos.
– Brindemos -dijo.
– Entonces…, ¿te alegras? -respiró Mattarena.
– Es una noticia inesperada.
Ella bebió. Para que él no advirtiese sus lágrimas, sin levantarse de la cama se refugió contra las tablas de la pared, hurtando el rostro a la única lámpara que iluminaba tenuemente la cabaña.
Al cabo de un silencio, preguntó:
– ¿No quieres saber si eres el padre?
Le repuso la piedra del encendedor. Camargo acababa de encender otro cigarrillo. Hacía veinte años que no fumaba así, empalmando uno detrás de otro.
– No es necesario -contestó expulsando la bocanada de humo que había retenido en sus pulmones-. Sé que soy el padre.
– ¿Por qué estás tan seguro?
– Lo estoy.
– ¿Así de simple? ¿No vas a exigirme una prueba de paternidad?
El financiero agitó los hielos para que el licor se enfriase y bebió un trago que se disparó a su cerebro como un balazo de azúcar.
– En esta isla todo parece muy sencillo, sin leyes, sin papeles -filosofó en un tono que no permitía vislumbrar su verdadero estado de ánimo-. Incluido el hecho de aumentar la prole.
A modo de respuesta le llegó desde la cama un sonido gutural, acaso un sollozo, pensó él, pero no pudo constatarlo porque el tostado rostro de Mattarena se había borrado en la penumbra. Camargo solo distinguía el mate resplandor de su collar de conchas.
– Será un niño -agregó ella.
La nuez del banquero subió y bajó.
– Con un hijo como Rafael ya he tenido suficiente calvario -comentó despiadadamente-. Tener por hijo a un drogadicto no es algo que le desee a nadie. Solo Dios, él y yo sabemos por las que me ha hecho pasar.
– Te mereces algo mejor -dijo ella con dulzura.
La coraza de Camargo pareció agrietarse. Su voz sonó casi cariñosa.
– ¿Sabe tu marido que estás embarazada?
– No.
– ¿Vas a decírselo?
– No lo sé.
– ¿Qué pasará cuando tu estado sea notorio?
– Entonces tendré que hablarle.
– ¿Creerá que es el padre?
– Por supuesto.
– ¿No dudará?
– Supongo que no.
– Porque tú no le invitarás a concebir ninguna duda, ¿o me equivoco?
– ¿Por qué hablas así? ¿Crees que debería decírselo?
– ¡No se te ocurra hacerlo! Convertirías a ese niño en un desgraciado. Y, de paso, también a tu pobre marido. Por cierto, no recuerdo su nombre…
– Felipe.
– Ni su apellido…
– Pakarati.
En la oscura mirada de Camargo relampagueó un brillo cruel, como el de los ojos de las rapaces cuando avizoran una presa.
– ¿Cuánto tiempo llevas casada con él?
– Cinco años.
– ¿Te habías quedado embarazada antes?
El cuerpo de Mattarena se revolvió sobre la cama.
– Tuve un aborto. También iba a ser un niño.
– En ese caso, tu marido no dudará de su paternidad. ¿O tiene motivos para hacerlo?
– ¿Otra vez pretendes sugerir que se los he dado? ¿Crees que porque me acuesto contigo soy una puta?
Camargo apagó el cigarrillo, abochornado.
– Disculpa.
– Voy a contestarte a eso -dijo Mattarena, incorporándose. Su rostro regresó a la luz, demudado, y su tono se saturó de una dureza desconocida para su amante-. Hasta que te conocí en Madrid, me mantuve fiel. Y te aseguro que Felipe no me lo ponía nada fácil. Es un hombre torturado. Quería ser y hacer muchas cosas, viajar, escribir, pero se ha quedado en un maestro de escuela. Sobre todo, se ha quedado aquí.
– En Pascua.
– Sí.
– ¿Donde no hay futuro?
– Para Felipe, no.
«¿Y para nosotros?», iba a preguntar el banquero, pero se abstuvo, temiendo una respuesta inconveniente. En cambio, preguntó:
– ¿Y para ti?
– No estoy segura.
– ¿Estoy hablando con la resuelta directora de mi nueva sucursal?
– Puedes despedirme, si lo deseas.
– Solo estaba bromeando -se apresuró a aclarar Camargo.
Pero su sentido práctico no cesaba de advertirle que aquella situación podría llegar a degenerar. Una imaginaria espiral de situaciones comprometidas desfiló ante él como un tornado mental. Una amante despechada, un marido burlado, una madre soltera, un hijo ilegítimo, de piel cobriza, que, con los años y unos cuantos malos consejos, podría aspirar a heredar su imperio…
Dos horas después, Camargo estaba solo.
Mattarena debía de haberse marchado a medianoche. Antes, él le había vuelto a pedir perdón por su actitud. Habían hecho el amor por tercera vez, en esa última ocasión más dulcemente.
«Un hijo mestizo», pensó el millonario, intentando en vano conciliar el sueño. «No puede ser, no puede nacer… A menos que…»
Desvelado, Camargo encendió otro cigarrillo, apuró el pisco sour que Mattarena había dejado en la mesilla de noche, prácticamente sin tocar, y se puso a pensar en su mujer, Concha, y en sus dos hijos, Rafael y Rebeca.
A sus cincuenta y nueve años, los mismos que tenía él, Concha era una roca, una de esas cántabras indesmayables como las montañas que la habían visto nacer.
Rebequita y Rafa, en cambio… El chico era el mayor. Todo el mundo le tendría por el lógico sucesor del gran Francisco Camargo si no fuese por sus pésimas compañías y peores costumbres.
Rafael bebía mucho más de la cuenta, había experimentado con una amplia gama de sustancias estupefacientes y cambiaba de novia como de modelo de coche.
La inteligencia de Rafa era indolente. Siete años le había llevado terminar la carrera de Derecho y tampoco parecía tener prisa en diplomarse en el máster en economía que le facultaría para pasar a formar parte del núcleo directivo del Grupo Camargo.
Una sola esperanza consolaba al padre. Rafael tenía instinto para ganar dinero. Lo había demostrado en los dos negocios de hostelería, una cafetería y un chiringuito playero en Santander, puestos en marcha gracias a un capital que él mismo le había adelantado.
Ese olfato lo había heredado Rafael de su bisabuelo Zacarías, un cántabro de pura cepa que se había ganado la vida como modesto afilador en el barrio alto de Comillas.
Mientras apuraba el cigarrillo, Camargo recordó la figura de su abuelo, en quien hacía mucho tiempo no pensaba. Siempre le había tenido cariño y le enterneció evocarle desde la noche estrellada de la isla de Pascua.
Durante un cuarto de siglo, «Zacas» había recorrido en carreta los pueblos del río Deva, lo mismo afilando guadañas y machetes que arramblando arcones que restauraría para revender, cinco veces sobre el precio que había pagado, a los anticuarios de Cabezón de la Sal, Llanes o la propia Comillas.
Zacas era alto, más de lo que lo serían sus descendientes, de carnes magras, curtidas a la intemperie, y ojos luminosos que de noche relucían como los de un búho.
En el otoño de su vida, viendo que el país mejoraba, que grupos de turistas comenzaban a llegar en los ferris, dispersándose en caravanas y campings a lo largo y ancho de la costa cantábrica, y que paisanos suyos prosperaban al calor de nuevos negocios, al viejo Zacas se le desató una tardía pasión y decidió hacerse ganadero. Invirtió sus ahorros en una granja de vacas que compró cerca de Comillas, en El Tejo, y en un destartalado camión con el que transportaba novillos para los recriadores y leche para las fábricas asturianas.
Le fue muy bien. Tanto que volvió a hipotecarse para adquirir la ferretería de la plaza del Corro, en el puro centro comillano, un próspero y tradicional comercio familiar en traspaso por jubilación.
Al frente, Zacas puso a su hijo Miguel, Miguelín, un muhachote noble y lento, un poco corto de entendederas pero apto para agradar a una clientela que se amplió en cuanto pintaron la tienda, la dotaron de una elegante marquesina y renovaron el género, convirtiendo el establecimiento en un almacén en el que podían adquirirse tornillos de aluminio, mangueras, los primeros discos de Marisol, tiendas de campaña o la última novela de Marcial Lafuente Estefanía.
Miguel Camargo demostró ser tan honesto y trabajador como su padre, pero nunca gozó de su férrea salud. Murió de improviso, en la trastienda, mientras repasaba las cuentas, sumándolas en un trozo de papel de estraza con su lápiz de carbón. Solo tenía cuarenta y siete inviernos.
Su único hijo, él, Francisco, parecía destinado a colocarse al frente de la ferretería, pero era demasiado inquieto como para pasarse la vida detrás de un mostrador.
Dos años estuvo ayudando a su madre y concluyendo el bachillerato. Llegaría a ingresar en el Seminario de Comillas, pero huyó de allí, como alma hurtada por el diablo, para matricularse en Empresariales en Deusto. Interno todo el curso, regresaba a Comillas los veranos. A base de paseos por la playa y besos robados fue alimentando su noviazgo con Concha de Cos, Conchitina, una chica comillana perteneciente a una familia del pueblo. Concha era la hija mayor del quiosquero de la plaza y hermana de la Sara de Cos que llegaría a casarse con el abogado Jesús Labot.
A los veintidós años, en posesión de un título universitario y con la cabeza llena de pájaros, Francisco había solicitado un crédito a la misma Caja Rural que había fiado a su abuelo. Se asoció con un amigo de su padre, dueño de un solar frente al puerto de Comillas, y construyó una casa de apartamentos de cuatro plantas, con trasteros, garajes y una piscina común. En cuanto vendió los primeros pisos, reservó uno para él, se casó con Conchitina y siguió levantando apartamentos de verano, pero ya en Santander.
Diez años después, a los treinta y pocos, con un par de compañeros de las aulas de Deusto y un socio capitalista, Manuel Álvarez Litruénigo, «Lito», un anticuario de Llanes que había llegado a conocer a su abuelo Zacarías, Francisco había fundado Banca de Cantabria, instalando su sede administrativa y su primera sucursal en un inmueble del paseo Pereda de Santander. El obispo de la diócesis y el alcalde de la capital santanderina apadrinaron la nueva entidad financiera. A partir de entonces, la fortuna de los Camargo no cesaría de multiplicarse.
A mediados de los años setenta, la antigua granja de vacas del abuelo Zacarías se había convertido en una mansión de gusto neoclásico, o de dudoso gusto, con un descomunal porche columnado, una segunda planta a modo de friso con estatuas clásicas y, encima, rematando aquel carísimo pastiche, cuatro torreones orientados a los puntos cardinales.
Los Camargo residían habitualmente en Santander, en otra casona palacial de parecidas o mayores dimensiones, aunque más discreta de líneas, que se habían hecho construir cerca de La Magdalena. Pasaban allí la mayor parte del año, y en El Tejo, junto a sus cuñados, Jesús y Sara, los meses de verano y algún fin de semana.
Hasta El Tejo, los Camargo trasladaban parte de su personal doméstico, el chófer, una secretaria y un par de hombres de seguridad, dos ex policías que el banquero había decidido contratar en previsión de algún intento de agresión, incluso de tentativas de secuestro por alguno de los grupos radicales de los que había recibido amenazas.
Pero esa, pensó Camargo, apagando el cigarrillo y dando la vuelta a la almohada para tratar de conciliar el sueño en su cabaña de la isla de Pascua, era su otra vida…
Nadie que conociera un poco a fondo su pasado podría acusar a Concha de Cos de haberse casado por interés.
Cuando, a los dieciséis años, Conchitina, como de jovencita la llamaban en Comillas, empezó a salir, «a ponerse de novia», según se decía entonces, con Paco Camargo, quien tan solo era unos meses mayor que ella, disponía de tan pocos recursos como él.
En los años cuarenta y cincuenta, ambas familias, los Camargo y los De Cos, habían sobrevivido aplicando una drástica filosofía de subsistencia a la economía, ya de por sí paupérrima, de la posguerra. Hasta entrada la década de los sesenta, sin abandonar por completo sus estrecheces, no disfrutarían de una cierta holgura. En aquellos duros tiempos, habría sido imposible adivinar que Francisco Camargo, nieto de un afilador e hijo de un ya no tan menesteroso ferretero, estaba destinado a poseer varios bancos y un consorcio empresarial, ni que llegaría a convertirse en uno de los hombres más acaudalados de España.
Prescindiendo de los servicios del chófer, aquella templada, casi calurosa mañana de noviembre, doña Concha de Cos, señora de Camargo, se había desplazado hasta la casa de los Labot, para visitar a su hermana Sara.
Situada en el bello entorno de la ría de La Rabia, la residencia veraniega de los Camargo quedaba a unos cinco kilómetros de la casa de los Labot, justo en el límite entre varias pedanías que se repartían las praderías y bosques de la zona comprendida entre el monte Corona y las playas de Oyambre. Concha había recorrido esa distancia conduciendo su propio vehículo, un Mini de colección de la casa Morris, restaurado pieza a pieza. Una auténtica joya sobre ruedas.
En los últimos tiempos, como consecuencia de sus costumbres sedentarias y de su desmedida afición a los licores y chocolates, la hermana mayor de Sara había engordado unos cuantos kilos. Malévolamente, mientras, con su mejor sonrisa, le abría el portón para que entrase con el Mini y pudiese aparcarlo en la rotonda situada frente a la fachada principal de la casa, Sara se divirtió anticipando las farragosas maniobras corporales que su hermana Concha se iba a ver obligada a combinar para desatascar su corpachón de un espacio tan exiguo como el de la cabina de su coche.
– ¿A qué debo el honor?
– El placer es mío, niña -dijo Concha, saliendo del vehículo a base de girar primero las piernas, el tronco después, e impulsarse hacia fuera con la manos aferradas al techo-. Hay que ver lo asquerosamente delgada y lo monísima que estás con ese conjunto. Muy de verano, ¿no?
– Es que el clima está siendo… ¡Tú eres la que está estupenda!
Con un gesto nada femenino, Concha se palmeó la barriga.
– No me mientas, ni siquiera por piedad. Tengo espejos en casa. ¡Parezco una matrona romana! Me sobran veinte kilos, pero no seré yo quien se ponga a dieta.
Sara la invitó a dirigirse hacia el jardín por un senderito de tablas. Las traviesas crujieron bajo el peso de la hermana mayor.
– Gracias, Sarita. Hacía días que quería visitarte, pero he estado muy liada… Paco acaba de regresar en la madrugada de ayer de uno de sus largos viajes y…
– ¿De dónde, esta vez?
– De la isla de Pascua, nada menos… El pobre no ha podido dormir en las últimas cuarenta y ocho horas, por los cambios de horarios. Llevamos un par de nochecitas toledanas.
Sara le guiñó un ojo.
– Eso es bueno, ¿no, hermanita? ¡Y cuantas más veces, mejor!
– ¡Qué más quisiera una! -exclamó Concha enrojeciendo vivamente-. Si hace semanas, hasta meses que nosotros no… No hemos pegado ojo, en fin, pero por los nervios… Paco es inagotable, aunque no en el sentido en que… No sabes la paciencia que hay que tener con él. Pero ya veo que la que está ocupada eres tú -añadió la hermana mayor, aludiendo a la presencia de Martina de Santo.
La inspectora se había levantado y se entretenía jugando con los perros.
– Estoy con una amiga, pero…
– Volveré mañana -decidió Concha.
– Nada de eso -trató de convencerla Sara-. Martina es una mujer muy interesante. Te encantará conocerla, verás. Seguro que le caes muy bien.
Concha observó a la invitada.
– Es guapa. ¿A qué se dedica?
– Es inspectora de policía. Trabaja en la sección de Homicidios. Durante años ha estado destinada en la zona norte, pero acaban de trasladarla a Madrid.
– No conozco a ninguna mujer detective.
– Pues ahora tienes una inmejorable ocasión. Estábamos con un aperitivo. ¿Te unes a nosotras?
– No me parece que sea lo más oportuno.
– Anímate -resolvió Sara, cogiéndola de un brazo-. Con este calor, un vino blanco te sentará de perlas.
– Eso, seguro -cedió Concha, dejándose llevar hacia la parte central del jardín, cuyo cuidado aspecto le inspiró elogiosos comentarios-. ¿Y tu marido, dónde está?
– Le esperábamos a comer, pero acaba de llamarme para decirnos que no podrá venir. Una cita de última hora le ha obligado a quedarse en Santander. ¡Tengo una idea! ¿Por qué no nos acompañas en la comida?
– ¿En lugar de Jesús? Si me hubieses invitado antes…
– No pretendía sustituirle por ti -se conturbó Sara, azorada por la impresión de haber cometido una falta de delicadeza.
Concha sonrió con benevolencia.
– Era una broma, mujer. La culpa es mía. Tenía que haberme dado cuenta de la hora que es, en lugar de presentarme sin avisar.
Por un momento, pareció que la hermana mayor iba a marcharse, pero debió de cambiar de opinión porque, señalando las copas del aperitivo, adujo:
– Adoro los Ruedas. Esa bodega y esa añada, precisamente.
El cutis de Sara se cubrió de rubor.
– ¡Si resulta que es un regalo tuyo, qué tonta soy! Nos lo envió tu marido, por mi cumpleaños.
La esposa del financiero volvió a sonreír, ahora con malicia.
– Iba a preguntártelo, para asegurarme, pero no me he atrevido. Ya veo que he hecho bien.
– Paco tuvo la amabilidad de regalarnos un par de cajas -balbuceó Sara, maldiciéndose, ahora con más motivo, por su error de tacto-. Imperdonablemente, olvidé daros las gracias. En los últimos tiempos, no sé dónde tengo la cabeza.
Su hermana le destinó una mirada indagadora.
– Se te ve preocupada, es verdad.
– No es eso, solo que… -volvió a vacilar Sara. Cualquier observador habría deducido que, a pesar de la buena relación entre ambas, la hermana mayor se imponía de una manera casi física-. Hace un instante lo comentaba con mi amiga… ¡Martina, deja a los perros y ven con nosotras! Estar casada con un abogado… Apenas veo a mi marido. Supongo que a ti, Concha, con mayor motivo, y seguramente con mayor frecuencia que a mí, te sucederá lo mismo. Pero ponte cómoda. Siéntate, por favor. El vino está frío, a la temperatura ideal. ¿Te sirvo una copa?
– Gracias, Sarita.
– Estarás más cómoda en ese butacón.
Concha se arrellanó en un sillón de teca mullido con un cojín con estilizados pájaros bordados, garzas, cigüeñas, ibis, flamencos. Bajo su humanidad, las patas se hundieron en el césped. Sin levantarse, saludó a Martina cuando esta se acercó y Sara se la hubo presentado.
– Encantada de conocerla, inspectora. Le estaba diciendo a mi hermana que nunca había hablado con una mujer policía.
– ¿Lo soy? -se preguntó la inspectora-. Casi no lo recuerdo. El aire puro y este paisaje están consiguiendo borrar mi identidad. ¡Qué hermoso es esto! No me extraña que residan aquí parte del año.
– Es muy bonito, sí, pero mi hermana y yo estamos casi siempre solas -se lamentó Concha-. Ninguna de las dos vemos a nuestros esposos con la frecuencia que desearíamos. Mi cuñado Jesús, como usted misma acaba de comprobar, está siempre en su bufete, y yo, por mi parte, hace unos cuantos años que me resigné a disfrutar de Paco solo algunos fines de semana y durante esos viajes en los que mi presencia no resulta una carga para él.
– Mi cuñado viaja muchísimo -explicó Sara a Martina.
– ¿Por negocios?
– Por gusto, jamás -repuso Concha-. Paco se ha especializado en adquirir bancos y toda clase de empresas en crisis, y no solo en nuestro país. También en media Europa y en América. No hay mes que no tenga que desplazarse al extranjero.
– ¿No se anima a acompañarle? -volvió a preguntarle cortésmente Martina.
– Raramente me interesan sus destinos. Hay excepciones, sin embargo. No hace mucho regresamos de China.
– No conozco China -admitió Sara-, pero creo que se encuentra en una encrucijada de su historia.
– ¡Ya lo creo! -exclamó Concha, sulfurándose; la sangre se le subía al rostro con facilidad, congestionándola-. La de todos esos reprimidos comunistas deseando pasarse en bloque al capitalismo, cuanto más salvaje mejor. China me ha supuesto una tremenda decepción. ¡Un país de lo más vulgar! Y las comunicaciones… ¡Resultó tan penoso ir detrás de Paco de ciudad en ciudad y de fábrica en fábrica! Volví a España destrozada, con la espalda hecha un ocho y el colesterol por las nubes de tanto cerdo con miel… A nuestro regreso, el médico me aconsejó reposo. Sigo agotada, y aunque realmente me apetecía ver de cerca esas monstruosas cabezas de piedra, no me he decidido a acompañar a mi marido a la isla de Pascua. No obstante, espero hacerlo en breve. Paco está construyendo un hotel de superlujo y su inauguración está al caer. Habrá una fantástica fiesta de fin de año y creo que hasta un eclipse de sol.
– ¿También lo monta Paco? -bromeó Sara.
– No me extrañaría -contestó su esposa-. Le he visto hacer cosas increíbles. ¡Tengo una idea, hermanita! Podrías animarte a venir con nosotros a la isla de Pascua.
– ¡Por mí! -suspiró Sara.
Durante unos minutos, ambas hermanas hicieron planes de viaje, hasta que Sara se dio cuenta de que estaban marginando a su invitada.
– Discúlpanos, Martina.
– No me extraña que estéis tan excitadas. Se trata de un fascinante lugar.
– ¿Conoce la isla de Pascua? -le preguntó Concha.
La inspectora asintió.
– Yo, en cambio -volvió a admitir Sara-, ni siquiera sé dónde está. ¿En algún lugar de los románticos mares del sur, tal vez?
– Mira que eres ignorante, hermana -le espetó la mayor-. ¿Cuándo ha estado en Pascua, inspectora? ¿Hace poco?
– Mi padre me llevó siendo pequeña. Es un viaje que guardo grabado en la memoria. Esos bustos de piedra, los moais, eran realmente mágicos. Visitamos la cantera donde los tallaban. Había estatuas sin terminar, de veinte metros, acostadas en las vetas del volcán. Daban, ¿cómo decirlo?, lástima, como si…
– ¿Como si no hubiesen llegado a nacer? -apuntó Sara.
– Algo parecido. Y allí seguirían, durmiendo un sueño eterno.
– El padre de Martina era diplomático -informó Sara a su hermana-. Y un apasionado de las civilizaciones antiguas. Llegó a ocupar el cargo de embajador, ¿no es así?
La inspectora lo corroboró.
– ¿No tenías otro pariente, también embajador?
– Mi primo José Manuel -asintió Martina-. Ocupa la cancillería chilena.
– ¡Chile, qué interesante! -exclamó Concha-. Mi marido va mucho por Santiago… De modo que proviene usted de familia de diplomáticos -siguió Concha con admiración; pero, de improviso, varió el tono-: ¿Y cómo es que se hizo policía?
A su hermana Sara aquella pregunta no le pareció afortunada. Tal como acababa de suponer, Martina no se mostró predispuesta a resumir su vida.
– Sería demasiado largo de contar.
– Ahora mismo acabo de caer en quién es usted -aterrizó la señora de Camargo, dándose una palmada en el muslo-. ¡La detective De Santo, claro! He leído algún artículo sobre sus casos… ¡Las circunstancias a las que habrá tenido que enfrentarse, Dios mío! ¿Cuántas veces ha llegado a temer por su vida?
– No lo recuerdo.
– Corríjame si me equivoco, pero me está dando la impresión de que es usted una mujer muy cerebral.
Martina sonrió, tratando de caldear un poco su propia imagen, pero se sentía incómoda hablando de sí misma y derivó:
– En nuestra profesión, el miedo adopta otros nombres.
Convive con nosotros, como el sentido de la justicia o la posibilidad de morir en un tiroteo.
Concha asintió con vigor.
– La sociedad es ingrata con ustedes.
– ¿Por qué lo dice?
– A menudo olvida que son héroes.
Martina no estuvo de acuerdo.
– Nos limitamos a hacer nuestro trabajo.
– Yo no le cambiaría el puesto.
– Cada uno debe ocupar su lugar.
– Esa es una buena fórmula -aplaudió Concha-. Pero ¿por qué será que en estos momentos tengo la impresión de no encontrarme en el mío?
– ¿A qué viene eso? -se conturbó Sara, extrañada.
– A nada… -La voz de Concha se hizo más grave, como si un peso la ahogara-. En realidad, Sara, he venido a tu casa para hablarte de tu marido. Pero no sé si es el momento. Ni siquiera sé si debo hacerlo.
– ¿De Jesús? -saltó Sara, cediendo a los malos presagios que venía acumulando-. Acabo de telefonearle. ¡No ha podido sucederle nada malo! ¿Ha tenido un accidente?
– Nada le habrá sucedido, tranquilízate. El motivo de mi visita tiene que ver con su relación con mi marido.
– ¿Con Paco? ¿Qué ha pasado entre ellos?
Martina hizo ademán de levantarse.
– Les dejaré a solas para que hablen en confianza.
Algo al caer provocó un estrépito en la parte trasera de la casa. A una de las dos mujeres que cruzaban el porche transportando vajilla y una mesa plegable, a fin de montarla en el jardín, se le había roto un plato.
– Nada de eso, inspectora -dijo Concha-. Usted no se va a ninguna parte. Seré yo quien se marche.
– ¡Por favor! -se escandalizó Sara-. Ninguna de las dos tiene por qué irse de mi casa. ¡Faltaría más! Vamos a comer juntas. Por mi parte, Concha, escucharé con atención lo que tengas que decirme acerca de mi marido. Estoy segura de que Martina guardará total discreción.
– Por descontado -obvió la inspectora, comprendiendo que para Sara era importante mantener una buena relación con su hermana.
– Es usted muy amable, Martina. Me quedaré. Gracias a las dos -reiteró Concha, pero lo hizo con lejanía, como si su mente se hallase enfrascada en el verdadero asunto que la había conducido a casa de los Labot.
Las tres tomaron asiento alrededor de la mesa montada sobre el césped. Mientras la cocinera y la doncella les servían el primer plato, guardaron un silencio un tanto embarazoso. Sara intentó romperlo alabando el sabor de la sopa, en la que flotaban trocitos de marisco. Sus dos invitadas coincidieron en que estaba exquisita.
El sol daba de frente a la inspectora, por lo que pidió permiso para ponerse unas gafas oscuras. Siempre obsequiosa, Sara se ofreció a cambiar la mesa de sitio, o a comer en el porche. Martina insistió en que no era necesario y se protegió con una montura de cristales rojos que modificaba el óvalo de su rostro. Concha aprovechó que la conversación había llegado a un punto muerto y abordó el asunto que la había llevado allí.
– Verás, Sara… Hace algunas semanas, en Santander, en el curso de una de esas recepciones benéficas a las que no tengo más remedio que asistir, tuve ocasión de conversar con el delegado del Gobierno en Cantabria. Un hombre muy… ¿cómo diría?… muy político. ¿Sabe de quién estoy hablando, inspectora?
Martina asintió.
– ¿Le conoce personalmente?
La inspectora volvió a afirmar.
– ¿Qué opinión tiene de él?
– Que es el delegado del Gobierno.
El rostro de Concha, ancho de por sí, se apaisó con una sonrisa astuta.
– Su prudencia es digna de alabanza. Con los políticos hay que ser muy cauto. Nunca se sabe dónde te van a clavar el puñal.
– Pero es seguro que te lo clavarán -sentenció Sara-. No hay que darles la espalda. Al menos, eso es lo que dice Jesús.
– Con un estilo más radical, imagino -apuntó Concha.
Era la segunda vez que la hermana mayor aludía críticamente al abogado. Sara comenzó a ver fantasmas.
– ¿Qué sucede, querida, a qué viene tanto misterio? ¿Te pasa algo con Jesús? ¿Habéis tenido algún roce?
– El caso es que…
– Sincérate, por favor.
– Muy bien. Como veo que no sabes nada, te lo diré de frente y sin tapujos: Jesús va a presentarnos batalla legal.
La mirada de Sara no reflejó la enormidad de esa imputación porque, simplemente, en un principio no acertó a captar su trascendencia. Se quedó como atontada, contemplando a su hermana con la mente en blanco y expresión confusa.
– ¿Batalla legal? -vaciló-. ¿A quién?
– A nosotros.
– ¿A vosotros? ¿Quiénes?
Concha le repitió con lentitud:
– Estoy intentando decirte, Sara, que tu marido va a denunciarnos a Paco y a mí. A los Camargo.
– ¿De qué estás hablando, por el amor de Dios? ¡Si es vuestro abogado!
Concha meneó reprensivamente la cabeza.
– Mucho me temo que, olvidando su condición de asesor del Grupo y, sobre todo, dejando a un lado nuestros lazos de sangre, Jesús ya lo ha hecho.
Un tren que acabara de pasar por el jardín, haciendo temblar la tierra con un trueno sordo, no hubiera aterrado a Sara en mayor medida que esa acusación.
– Explícate, te lo ruego.
La señora de Camargo señaló las dunas de Oyambre. En el dedo corazón llevaba una sortija con un diamante que debía de costar lo que la inspectora De Santo ganaba en un año. Las talladas facetas de la gema refulgieron al sol.
– El proyecto se llama «Ícaro Residencial». Y ni a Paco ni a mí nos gustaría que nadie le fundiese las alas antes de que echara a volar.
No era la primera vez que su hermana le hablaba de aquella operación, pero Sara, para la que el mundo de los negocios reunía escaso interés, no le había prestado mayor atención.
– Se trata de una urbanización, ¿no?
– En efecto -asintió Concha, pero como si para ella significara mucho más-. En ningún caso de una urbanización corriente.
– ¿Qué tiene de especial?
La mayor de las De Cos observó a su hermana pequeña con el mismo gesto que si le hubiese preguntado por la diferencia entre una gabarra y el Queen Mary.
– Trataré de explicártelo en pocas palabras, Sara. Ícaro Residencial responderá a una exclusiva combinación de confort y respeto ecológico. Las energías renovables se darán la mano con las actividades sociales, el deporte, el ocio y…
– Y todo eso… ¿allá enfrente? -la interrumpió la inspectora, señalando el cabo de Oyambre.
– Eso es.
El brazo de Concha se movió de izquierda a derecha, delimitando los futuros espacios que Ícaro Residencial ocuparía a lo largo de la costa. Una ancha franja comprendida entre el promontorio del cabo y la desembocadura de la ría.
– En primera línea irán los chalés. Detrás, unos coquetos adosados y quizá bloques de tres pisos. Arriba, en las lomas…
– Pero si no habrá espacio -objetó Sara.
– Claro que sí, nena. El terreno es enorme. En las laderas de Punta del Águila se instalarán módulos con servicios complementarios, gimnasio, piscina climatizada, restaurantes…
– ¿Qué hay ahora? -preguntó la inspectora, señalando algunas manchas blancas en medio de los pastos.
– Simples vaquerías -repuso Concha con desdén.
Sara cuestionó:
– ¿Sus dueños os venderán los terrenos?
– Por supuesto.
– ¿Estás convencida?
– Así lo han garantizado nuestros técnicos. Todos menos uno. Todos menos Jesús,
Sara no acertó a replicar, refugiándose en un desconcierto que evidenció su falta de recursos. Mucho más débil que su hermana, no iba a atreverse a enfrentarse con ella. Por eso fue Martina quien, supliendo su abatimiento, preguntó:
– ¿Está usted al frente de esa operación urbanística?
La mirada de Concha se ofuscó. «No vayas a desafiarme», pareció indicar.
– La respuesta es sí. Y quiero empezar a construir cuanto antes.
– Pero tú nunca… -empezó a objetar Sara.
– ¿He demostrado mi valía? ¡Lo sé! Tampoco había disfrutado de oportunidades.
– ¿Qué tienes que demostrar a estas alturas?
– Que estoy capacitada para ganarme la vida como una mujer profesional. También aspiro a demostrarme algo a mí misma y a demostrárselo a mi marido.
– ¿Y qué tienes que demostrarle a Paco?
– Esas cosas permanecen archivadas en la carpeta de «asuntos internos» del matrimonio Camargo-De Cos.
Sofocada, Concha hizo una pausa para tomar aliento. Bebió un sorbo de vino, luego otro de agua y preguntó a Martina:
– ¿Está usted casada, inspectora?
– No.
– La felicito.
– Mi amiga va a pensar que estamos unidas a una doble versión de Barba Azul -la amonestó su hermana.
– Y no estaría completamente equivocada.
– ¡Habla en serio, Concha! ¿Qué necesidad tienes de complicarte la vida con esa urbanización?
– No me la estoy complicando yo -le replicó su hermana-. Me la está complicando tu marido.
– Si tienes algo contra Jesús que yo deba saber…
– Paciencia, Sara. Enseguida llegaremos al meollo del asunto. Respecto a lo que antes me preguntabas, déjame añadir que, como bien sabes, no tengo ninguna necesidad de trabajar. Sin embargo, hace demasiado tiempo que vivo demasiado cómodamente. Me sentía aburrida, hastiada. Necesito actuar, sentirme ocupada. Con Ícaro Residencial me ha sonreído la suerte. En cuanto mi marido me mostró los planos, mi entusiasmo se desbordó y le pedí que me dejase coordinar y sacar adelante el proyecto.
Concha hizo una pausa para recuperar el aliento. Fijó la vista en las dunas de Oyambre y expuso:
– Todo en Ícaro será original, diferente, adaptado a una nueva medida y condición del bienestar humano. Espacios y volúmenes, perspectivas, texturas… Garantizando el máximo respeto a la naturaleza, la creatividad de Ícaro desbordará la más fértil imaginación. El mar tendrá trascendencia. Estará presente en todas y en cada una de las casas, en todas y en cada una de sus habitaciones. Habrá embarcaderos y piscinas naturales de rocas. ¿Y el cielo?, me preguntaréis -desbarró Concha, pues a nadie se le habría ocurrido preguntarle semejante cosa-. Vamos a aprovecharlo a base de espejos y tejados retráctiles, multiplicando los juegos de luz e incorporándolos a nuestro nuevo sentido del urbanismo. Se reflejarán las nubes, ¡incluso las bandadas de pájaros! Hay cormoranes, patos marinos… Las condiciones naturales de Oyambre son… ¿Sabéis desde cuántos puntos de la costa española se puede disfrutar de un horizonte como este? Desde muy pocos. ¡Todo el mundo se va a enamorar de mi gran proyecto!
– Estás hablando con una dienta potencial -le adelantó Sara-. ¿Puedo reservar un chalé en primera línea?
– Desde luego, querida.
– Aunque, con las galernas, no me importaría tener delante un adosado.
– No necesitarás ningún escudo. No te enterarías ni aunque soplase un huracán. Ícaro incorporará las últimas novedades en aislamiento térmico y acústico. Podrás disfrutar de un silencio total y de una temperatura programada.
– Deberías incluir esa frase en el folleto de propaganda -sugirió Sara.
– La campaña publicitaria no se retrasará más allá de la próxima primavera -pronosticó Concha. Mirando retadoramente a su hermana, añadió-: Si tu marido lo permite, claro está.
– ¿Qué te ha hecho Jesús? ¿Quieres decírmelo de una vez?
– Nos está creando problemas, muchas y muy serias dificultades. Desde hace algún tiempo se dedica a proveer de munición a una célula de terroristas que…
Sara estalló:
– ¡No puede ser verdad!
– Terroristas ecológicos, Sara, eso es lo que son. Quizá no de la misma calaña que quienes pretenden cobrarnos el «impuesto revolucionario», pero sí violentos.
– ¿Algún grupo en concreto? -se interesó Martina.
– Se hacen llamar «Cantabria Libre». La policía haría bien en vigilar a sus miembros, inspectora.
– No había oído hablar de ellos.
– ¿En serio? Pues el delegado del Gobierno los tiene fichados, aunque todavía no haya reparado en su peligrosidad. «Son cuatro y el de la guitarra», me repuso, irresponsablemente, cuando le hube expresado mis preocupaciones. Le pregunté si «el de la guitarra» era el abogado Jesús Labot, y el delegado tuvo que reconocerme que sí. Créeme, Sara, o, si lo prefieres, dale crédito al gobernador: es tu marido quien lleva la voz cantante y pone música legal al coro de apóstoles empeñados en predicar la buena nueva de un mundo descontaminado, feliz y, sobre todo, que pase a pertenecerles en régimen de dominio público.
Sara arguyó a la defensiva:
– Jesús asesora a colectivos ecologistas, pero de ahí a ser cómplice de una campaña contra vuestros intereses…
Concha no le permitió seguir.
– Las denuncias contra Ícaro Residencial han salido de su bufete. ¿Vas a decirme que no se entera?
– Jesús tiene un socio. Ha podido ser él.
– ¡Quítate la venda de los ojos! Puedo mostrarte documentos… Más sencillo aún, Sara: pregúntale tú misma a Jesús si, además de las demandas, está preparando contra nosotros una campaña de prensa.
El pulso de Sara volvió a acelerarse. Su resistencia tocaba a su fin.
– Es la guerra -adelantó Concha.
– Hablaré con él -prometió Sara.
– Hazlo cuanto antes -le urgió su hermana-. Es posible que todavía estemos a tiempo de tratar ese cáncer. Si tu marido recapacita y da marcha atrás, puede que no me vea obligada a tomar ningún tipo de medida. Yo también le conozco -añadió, con un tono un poco menos adusto-, sé cuánto vale. Es un gran abogado, eso no hay quien lo dude. Pero no ha acabado de madurar. Sigue enfrentándose a molinos de viento. Su actitud es infantil. ¡Luchar por la libertad, a estas alturas! No, Sara, no. Los suyos no son ya elevados principios, nobles causas, sino trasnochadas nostalgias, ideas muertas, cadáveres ideológicos a caballo de falsas ideas de justicia social que aturden y envenenan su mente, haciéndole renegar de sí mismo, de su educación y de su posición. A pesar de toda su brillantez y experiencia, Jesús es un hombre vulnerable.
– En eso te doy la razón -reconoció Sara-. Es probable que estén intentando aprovecharse de su prestigio y de su espíritu solidario. Hablaré con él, te lo prometo.
– Tenía que decírtelo, lo siento. ¿Cree que he obrado bien, inspectora, o se sentiría inclinada a censurarme?
En medio del conflicto entre hermanas, Martina no tenía demasiadas opciones para salir airosa, por lo que guardó reserva.
– ¿Hubiera procedido mejor -insistió Concha- ocultándole a Sara estas informaciones y permitiendo que se enterara por la prensa?
– ¿De qué tendría que enterarme?
– Del despido de tu marido -fue la implacable respuesta.
– Eso suena a amenaza -advirtió la anfitriona.
– La realidad es amenazadora -la desafió su hermana.
Martina decidió intervenir.
– Esta es una cuestión privada entre ustedes dos, pero antes me solicitaba una opinión, Concha, y voy a dársela. Usted no ha venido a poner en conocimiento de su hermana una situación comprometida, sino a ejercer toda su presión para modificarla en beneficio propio.
– Dejemos el tema, por favor -suplicó Sara-. No hay nada más que hablar.
– Te equivocas -volvió a contradecirla su hermana mayor-. Hay más.
El tono de Sara se redujo a un débil eco.
– ¿Más?
– Un confidente policial que nos pasa información me ha dicho que…
– ¿Un agente? -preguntó en el acto Martina.
– Con galones -sonrió Concha-. Probablemente no debería decírselo, inspectora, pero le asombraría comprobar con cuánta facilidad sale información de las comisarías. Mi familia mantiene una excelente relación con las fuerzas del orden. Desde que fuimos amenazados por esos vascos… ¡Miserables! -se acaloró de golpe-. ¡Delincuentes de poca monta, eso es lo que son! Pero no van a conseguir amargarnos la vida. Justamente, han causado el efecto contrario: invitarnos a vivirla con mayor intensidad, si cabe. Paco y yo discrepamos en algunos aspectos, pero estamos de acuerdo en exprimir al máximo el tiempo que nos queda.
– Me parece muy inteligente por vuestra parte -murmuró Sara. Intentaba animarse, pero estaba tan abatida que Martina sintió pena por ella.
No contenta con su victoria dialéctica, Concha aplicó a su nada fraterno enfrentamiento otra vuelta de tuerca.
– Siento decirte, Sara, que esas informaciones de fuentes policiales afectan a otro sujeto de tu entorno. A Sergio Torres -desveló, sin esperar a que su hermana le preguntara-. El novio, porque debo llamarlo así, ¿o no?, de tu hija Gloria.
Sara la miró sin saber qué responder.
– Ese muchacho es un activista de Cantabria Libre. ¿Libre de quién, cabría preguntarse? ¿De nosotros? ¡Si es nuestra seguridad la que está en juego!
– Sergio se ha visto envuelto en alguna acción, pero de ahí a…
– ¡Abre los ojos, Sara! El tal Torres es uno de esos iluminados. Seguramente, el cabecilla. La policía tiene razones para creer que ha entrado en contacto con grupos anarquistas y, a través de sus redes, con bandas armadas. ¿Está dudando de la veracidad de mis fuentes, inspectora? -se enervó Concha, ante el gesto escéptico de Martina-. Nadie mejor que usted para corroborarlas.
– Lo harás, ¿verdad? -se apresuró a rogarle Sara.
– Desde luego -se comprometió Martina-. Pero respóndame, Concha, ¿Sergio Torres les ha amenazado?
– Yo diría que sí.
– ¿De qué modo?
– Conspirando en la sombra contra el proyecto Ícaro.
– ¿Tiene pruebas?
– Todavía no se ha encadenado a la farola de mi jardín, si es a eso a lo que se refiere, pero lo hará… ¡Son las cuatro de la tarde, Dios mío! Tengo que marcharme. Paco habrá despertado y estará echándome de menos y con jet lag.
Concha se levantó trabajosamente. Sara la acompañó hasta el portón. A veinte metros de Martina, ambas mantuvieron una última y tensa disputa, que se prolongó durante varios minutos. El viento arrastraba sus palabras y la inspectora no pudo oírlas, pero no le costó demasiado imaginarlas.
– Al fin solas -trató de sonreír Sara cuando, con evidente alivio, hubo despedido a su hermana y regresado junto a Martina-. ¿Qué te ha parecido mi hermanita? Es inaguantable, ¿verdad? Ni siquiera sus hijos pueden con ella.
– Supongo que otro día me mostrará su cara buena.
– Un momento…, ¿quién viene ahora? ¡No me digas que nos van a volver a interrumpir!
Por el camino de carros se aproximaba la figura de un hombre. Más que caminar con agilidad, prácticamente avanzaba a la carrera. Era alto y fuerte. El sol hacía brillar su cabello rubio.
Sara lo reconoció en cuanto estuvo un poco más cerca. Él le hizo señas desde el otro lado de la verja. Era evidente que venía a verla y que tenía prisa por ser recibido.
– ¡No te lo vas a creer, Martina! -exclamó Sara-. ¡Es Paredes, el arquitecto! ¿Será una premonición?
Había recuperado su tono divertido. Martina preguntó:
– ¿Qué es lo premonitorio?
– ¿No le habíamos mencionado como un posible candidato para acabar con tu soltería? -bromeó Sara, dando rienda suelta a su buen humor, retenido por el amargo encuentro con su hermana-. ¡Pues aquí le tenemos, dispuesto a presentar sus credenciales!
A su pesar, Martina sonrió. Esa Sara frívola e inocente a la vez todavía era capaz de alegrarle el día.
– Si es el destino quien lo envía, procuraré ser amable con él.
– No te costará nada. Es encantador. ¡Vaya a abrir, Herminia!
La doméstica, que estaba trajinando en el porche, se encaminó al portón. Andrés Paredes se dirigió hacia ellas de manera apresurada. La ansiedad se reflejaba en su rostro.
– Siento interrumpir, Sara, pero estoy preocupado por Gloria y…
– ¿Le ha ocurrido algo? -casi gritó la señora Labot, incorporándose tan bruscamente que derramó el café.
– Espero que no.
– ¿Dónde está Gloria?
La expresión del arquitecto no aventuraba nada bueno.
– No lo sé, Sara. Mi hija Cristina acaba de regresar de la excursión, sola. Le pregunté por Gloria, pero se separaron y no sabe qué ha sido de ella.
– ¡Te habrá dado una explicación!
– Las dos comieron juntas en un bosque, cerca de San Vicente de la Barquera. Por las referencias que me ha dado Cristina, creo que se trata del bosque de Los Trastolillos, justo sobre la ría del Escudo. Ambas se separaron poco después. Tu hija le dijo a la mía que había quedado con un amigo y se marchó por su cuenta.
– ¿Quién era ese amigo? -se azoró Sara-. ¿Su novio, Sergio?
– Gloria no lo dijo.
– Soy inspectora de policía -se presentó Martina-. Antes de separarse, ¿encontraron a alguien por el camino?
– Que yo sepa, no -repuso el arquitecto, después de asimilar la pregunta y el oficio de la desconocida-. El caso es que Cristina, tras retomar en solitario la senda hacia Unquera, también se perdió. Fue a parar a otro valle que no conocía y tuvo miedo de no saber regresar. Lo hizo volviendo sobre sus pasos, aunque no por el mismo camino. La costa le sirvió de guía. Cerca del lugar donde habían comido, encontró la bicicleta de Gloria. Estaba tirada en una cuneta, con el manillar doblado.
– ¿Y mi hija? -se desesperó Sara.
– Cristina la estuvo llamando, pero fue en vano. El lugar es muy solitario y le entró miedo. Temió que algo le hubiese pasado a Gloria y corrió hasta llegar a casa. Cristina está muy nerviosa -añadió el arquitecto, acaso intentando disculparla de manera inconsciente.
– Tenemos que hacer algo -se demudó Sara-. ¡Hay que salir a buscarla!
– Pongámonos en marcha -resolvió la inspectora.
– Podemos ir en mi jeep -propuso el arquitecto-. Os recogeré en cinco minutos.
– Te esperaremos en el cruce, para ir más rápido -se le ocurrió a Sara-. ¡Avisaré por teléfono a Jesús, será un momento!
El arquitecto se marchó a la carrera. Sara entró en la casa e intentó contactar por teléfono con su marido, pero su secretaria le dijo que el señor Labot acababa de salir del despacho.
Sara marcó el número de su móvil. Cosa rara en Jesús, lo llevaba apagado.
Apenas unos minutos después, Sara Labot y Martina de Santo se desplazaban a bordo de un Range Rover de color pistacho, conducido por Andrés Paredes.
La hija del arquitecto, Cristina, había ocupado una de las plazas del asiento trasero, junto a la inspectora. Tal como les había adelantado su padre, estaba confusa. Tanto que Martina, después de formularle un par de preguntas fallidas, había renunciado momentáneamente a obtener información por esa vía. Era como si aquella chica estuviese completamente bloqueada. La única testigo que podía ayudarles ni siquiera conseguía recordar con exactitud en qué lugar había aparecido la bicicleta de Gloria.
Paredes conocía los alrededores a la perfección. Se dirigió al bosque de Los Trastolillos por una pista forestal que seguían utilizando las cabañas de ganado, hasta que esta se estrechó de tal modo que solo hubiera permitido pasar caballerías o vehículos sin motor. El Range fue rodeando el perímetro boscoso hasta que Cristina creyó reconocer el lugar donde habían comido. Paredes frenó y salieron del coche.
Desde el pueblo no habían tardado más de un cuarto de hora, pero Martina sabía que cada minuto podía resultar decisivo.
– Haz memoria, Cristina -le rogó-. ¿Dónde estaba la bicicleta de Gloria?
– Creo que un poco más adelante.
– ¿A la izquierda, a la derecha? -se desquició Sara-. ¿Qué es eso? -exclamó a continuación, señalando el cielo entre los árboles.
Una bandada de aves rapaces sobrevolaba los robles. «Buitres», pensó la inspectora. Propuso:
– Avanzaremos en abanico, cubriendo el bosque en diagonal. Sara y Cristina, hacedlo por este lado. Usted -en alusión a Paredes- irá por el centro. Yo lo haré por la izquierda.
Debía de hacer mucho tiempo que los forestales no se ocupaban de limpiar aquella zona arbolada. Bajo los avellanos, robles y encinas, un arbustoso sotobosque había trenzado una barrera vegetal. Salvo la hija del arquitecto, ninguno de los otros llevaba ropa ni calzado adecuados para adentrarse en la espesura.
No tuvieron necesidad de avanzar más allá de una treintena de pasos. El cuerpo de una mujer con una cuerda al cuello apareció en un claro, suspendido de una gruesa rama a tres metros de altura.
El pelo le tapaba la mitad de la cara, pero no había ninguna duda de que era Gloria Labot. Su madre se acercó corriendo y alcanzó a tocar el cuerpo, intentando atraerlo hacia sí, pero, al darse cuenta de que estaba rígido, y de que su hija parecía estar muerta, corrió hacia atrás, tropezó y cayó al suelo. Como si estuviera sufriendo un ataque de epilepsia, sucesivas convulsiones la conmocionaron hasta que perdió el sentido.
La inspectora le incrustó un palo en la boca, para evitar que se tragase la lengua. Aunque poco a poco Sara fue normalizando su respiración, Martina ordenó al arquitecto que no se moviese de su lado y dio unos pasos hasta situarse debajo del cadáver. Al tirar del cuerpo de su hija, su madre la había despojado de una de las botas de baloncesto que Gloria había llevado a la excursión. La otra estaba manchada de un barro todavía fresco.
La cabeza de Gloria estaba inclinada. Tenía los ojos abiertos e inyectados en sangre. Una demoníaca expresión, como si Dios y el diablo hubiesen luchado a brazo partido para cobrarse su alma, deformaba su rostro.
Durante los días que prosiguieron a la trágica muerte de Gloria Labot, su familia vivió un auténtico infierno. Ni sus padres ni Susana, la única hija que le había quedado a la destrozada pareja, fueron capaces de asimilar los hechos.
Sus amigos, entre los cuales se contaba Martina de Santo, temieron que la herida no fuera a cerrarse por mucho que les expresaran su afecto, y que acaso no cauterizase nunca. La magnitud del golpe recibido por los Labot parecía situarse más allá del dolor, en la esfera de lo inhumano.
Sara precisó atención médica y ayuda psicológica para enfrentarse al trauma. Sufría de tal manera que quienes pudieron verla durante los días que prosiguieron al funeral de Gloria apenas la reconocieron. Había perdido peso. Su piel, la lozanía. Su mirada, antes expresiva, vivaz, reflejaba ahora una extrema desesperación.
La desdichada madre no paraba de llorar, pero lo hacía en un silencio que infundía pavor. Se negaba a comer. A diario, subía al cementerio del pueblo, donde Jesús y ella habían decidido enterrar a su pequeña Gloria. Una vez allí, Sara permanecía durante horas frente a la tumba de su hija, tan inmóvil y ausente como si también ella estuviera muerta.
Y en realidad lo estaba. Muerta por dentro y para siempre. Muerta en vida hasta que le llegara la hora.
Jesús Labot había alcanzado a ver a su hija con el cuello roto, colgando grotescamente de aquel árbol. Durante el resto de su vida, esa imagen le perseguiría como una maldición.
Casi al mismo tiempo que él, el juez de guardia, a quien la Policía Nacional había dado parte una vez Martina de Santo hubo llamado con su teléfono móvil a la Jefatura de Santander para informar del suceso, se había presentado en el bosque, en el lugar donde había aparecido el cuerpo. Además del magistrado, del vehículo celular desplazado a Los Trastolillos salieron un médico forense, un subinspector y un agente.
Martina les informó rápidamente sobre la identidad de Gloria, así como sobre lo poco que había podido averiguar acerca de sus últimos movimientos. Sin pérdida de tiempo, los policías se concentraron en rastrear los alrededores en busca de indicios que pudieran sustentar la hipótesis de un asesinato, hacia la que ya se había inclinado la inspectora. Martina sabía que la posibilidad de un suicidio no podría descartarse hasta una vez realizada la autopsia, pero se habría apostado su mes de vacaciones a que se trataba de un crimen.
En parte, jugaba con ventaja. Estadísticamente, la cifra de suicidios de adolescentes había descendido en los últimos tiempos, hasta registrar un impacto casi nulo en el segmento demográfico correspondiente a la edad de Gloria Labot. Entre esa jovencísima generación se registraban comas etílicos, ingesta de barbitúricos o heridas con arma blanca, pero muertes deliberadas, por propia mano, muy pocas. Entre los chicos todavía se daba algún suicidio, siendo el ahorcamiento uno de los métodos más frecuentes. Entre las chicas, ninguno.
Los agentes desplazados desde la capital santanderina, a los que pronto hubo que añadir una dotación de la Guardia Civil, coincidieron con la inspectora en que la altura de la que pendía el cadáver era excesiva.
No tenía demasiado sentido que alguien como Gloria Labot, una chica normal, de buena familia, sin problemas aparentes, hubiese trepado hasta la copa de uno de los árboles más altos del bosque para anudarse una soga y dejarse caer a peso. De haber obrado así, el nudo no se habría cerrado en su nuca, como comprobaron al bajar el cuerpo, sino en la parte delantera del cuello y al lado izquierdo, pues era diestra.
Pero lo que no iba a ser nada fácil era probar que junto a Gloria hubo alguien más en el bosque. No descubrieron huellas junto al tronco del roble, ni rozaduras o ramas quebradas. Tampoco tenía explicación, a primera vista, un tajo en la mano derecha de Gloria, una desgarradura entre el pulgar y el índice. El corte parecía de arma blanca. Provocado, aseguró uno de los guardias civiles que se habían sumado a la investigación, por una navaja de monte.
– Esa herida debería haber seguido goteando desde la rama -observó el subinspector-, pero ni en la ropa ni en la hojarasca se advierten restos de sangre.
– Claramente se trata de una herida defensiva -anticipó el forense.
– Puede que la chica hubiese luchado contra su agresor en un lugar alejado de aquí -sugirió Martina.
Sus compañeros parecían competentes y prefirió no interferir en sus labores, limitándose a participar en ellas como una más.
La maleza no les permitió adentrarse en las zonas más densas y umbrías del bosque. Comenzaba a anochecer, por lo que el juez ordenó que hicieran descender el cadáver. Para ello, se utilizó una escalera de mano que los guardias civiles habían conseguido en la vaquería más cercana.
El lazo estaba tan incrustado en el cuello de Gloria que hubo que cortar la soga con una cizalla. El cuerpo de la chica muerta quedó tendido sobre la camilla de una ambulancia, donde fue fotografiado en distintas posiciones.
¿Asesinato, suicidio? Ambas hipótesis iban a seguir planeando durante las primeras cuarenta y ocho horas de la investigación, aunque la del crimen contase desde un principio con casi todos los números de la mala suerte.
La circunstancia de que Gloria y su amiga Cristina hubiesen planeado una ruta campestre, el hecho de que antes de salir de sus casas hubiesen planificado con detalle el camino a seguir, y de que, en la misma mañana de la excursión, muy temprano, hubieran preparado bocadillos y refrescos no casaba con un supuesto propósito por parte de Gloria de quitarse la vida. Gloria, además, había insistido a Cristina en llevar bebidas isotónicas para recuperarse de la fatiga y parches para bicicletas, por si se les pinchaba un neumático.
¿Y qué motivo, por otra parte, habría tenido la hija de los Labot para suicidarse? De las declaraciones de sus familiares directos, padres, hermana Susana, tíos Francisco y Concha, así como de otras personas allegadas, amigos y amigas de El Tejo y de Santander, profesores del instituto, miembros del servicio doméstico de los Labot, incluso el cura de la parroquia del pueblo, con quien Gloria tenía cierta relación, y con el que se había confesado recientemente, no fue posible deducir una causa no ya determinante, sino ni tan siquiera mínimamente justificativa por la que la hija del abogado hubiese tomado la dramática decisión de poner fin a su existencia.
La bicicleta de Gloria apareció al día siguiente, tras una nueva inspección ordenada por el juez a la luz del día.
La habían arrojado a la cuneta de una de las sendas que se dirigen hacia los Picos de Europa por el interior de la cornisa Cantábrica, utilizada por los peregrinos del Camino de Santiago como alternativa a la ruta costera. En el manillar se detectaron huellas dactilares que no se correspondían con las de su propietaria. Dichas huellas, según se comprobaría un poco más adelante, pertenecían al novio de Gloria, a Sergio Torres.
El examen forense del cadáver de Gloria arrojó elementos decisivos para la investigación.
En primer lugar, la autopsia determinó que la hija pequeña de los Labot no se había quitado la vida, como más que probablemente su asesino o asesinos pretendieron hacer pensar a la policía. Los médicos que examinaron su cuerpo concluyeron que la chica había sido asesinada con antelación a ser izada, ya sin vida, hasta la copa del roble, desde cuya altura aquel o aquellos que la mataron procedieron de manera macabra a simular un ahorcamiento voluntario.
Los forenses concluyeron que Gloria había sido estrangulada en torno a la una o las dos del mediodía, poco tiempo después de haberse separado de su amiga Cristina.
Por las señales en la base del cuello, justo sobre la quemadura de la soga, y por los restos de tierra y vegetación hallados en uñas y cabello, incluido un trocito de corteza de alcornoque, más las escarificaciones aparecidas en la espalda de Gloria, los médicos apuntaron a que el estrangulamiento se había producido en el mismo bosque de Los Trastolillos y que el cuerpo había sido arrastrado.
El examen de la zona genital de la víctima reveló restos de semen en su vagina. Al no existir indicios físicos de una violación, los forenses dedujeron que, poco antes de morir, Gloria había mantenido relaciones sexuales consentidas.
Una muestra de semen fue enviada al laboratorio. Mientras aguardaban los resultados analíticos, la Guardia Civil, a la que, por tratarse de un caso acaecido en ámbito rural, se había derivado la investigación, volvió a interrogar a Cristina Paredes, la última persona en ver con vida a Gloria Labot, y el único testigo de sus últimas horas.
El mismo día del funeral de Gloria, y en cuanto los asistentes comenzaron a abandonar el camposanto de El Tejo, dos números de la Guardia Civil recorrieron con Cristina, a pie, el camino que Gloria y ella habían hecho en bicicleta durante la fatal mañana de su muerte. Los guardias apelaron a la memoria de la hija del arquitecto para reconstruir no solo el itinerario exacto, sino cuanto Gloria y ella habían hablado y visto en el monte.
– Algo en particular os llamaría la atención -había sugerido uno de los guardias, intentando activar, induciéndola casi, la memoria de Cristina-. ¿Os cruzasteis con extraños, con algún pastor? ¿Había gente en los aserraderos? ¿Oísteis el motor de algún coche?
Entre otros detalles de menor interés, Cristina atinó a revelar una conversación que había tenido lugar entre ambas, y que abrió los ojos de los investigadores a una nueva pista. Cuando llegaron al bosque, Gloria le había propuesto rodearlo por la izquierda, en lugar de por la senda más corta y sencilla, la que envolvía la masa boscosa por el lado contrario, paralelo a la costa.
– Es decir -concluyeron los guardias, buenos conocedores del terreno-, que, en lugar de seguir hacia San Vicente, os desviasteis en dirección al pueblo de Santana, como si estuvieseis regresando a El Tejo.
– Así es -había admitido Cristina.
– ¿Y qué razón te dio Gloria? En principio, no había ninguna para tomar un desvío que no solo es más largo, sino que se encuentra en peores condiciones para transitar en bicicleta.
Una vez superado el impacto de su muerte, que la había tenido anulada, Cristina empezaba a sentirse capaz de reconstruir los hechos. Les contó a los guardias que, cuando llevaban pedaleando unos cuantos kilómetros, Gloria le había confesado: «He conocido a alguien…, ya me entiendes. Alguien muy especial para mí». «¿Un chico?», le había preguntado automáticamente Cristina, dándolo por supuesto. La respuesta de su amiga había sido difusa: «Bueno, sí…». «¿Os habéis hecho novios?», había insistido Cristina, pero Gloria se había limitado a sonreír, como haciéndose la misteriosa. Picada por la curiosidad, la hija del arquitecto, tal y como habría obrado cualquier otra adolescente, le había instado a confiarle el nombre de aquel amigo «tan especial». Gloria solo había accedido a revelarle que el aludido era «más que eso, porque, en vez de un amigo, es como dos amigos». «No te entiendo», había admitido Cristina, desorientada por la ambigüedad de sus respuestas. «Yo le llamo el Señor Duplicado», había añadido Gloria, riendo. «¿Por qué, eso qué quiere decir?» «Que me está enseñando todas las cosas importantes, a ser persona y a ser mujer, y que cada una de esas cosas me obliga a repetirla dos veces, para que no se me olviden.» «¿Como si fueras tonta?», se había burlado Cristina. «Él se da cuenta de que soy bastante torpe, pero cree que, si le obedezco en todo, puedo llegar a ser perfecta», había contestado Gloria con sorprendente humildad. «Entonces, por fuerza tiene que ser tu novio», se había empeñado Cristina. Pero Gloria lo había negado. A partir de ahí, Cristina ya no había obtenido nada más de su amiga.
La referencia a ese misterioso amigo de Gloria que vivía en Santana tuvo como consecuencia directa que Sergio Torres, residente en la citada pedanía, fuese llamado a declarar. Dos guardias fueron a buscarle a su casa. Le leyeron la citación del juez y lo introdujeron sin demasiados miramientos en un coche patrulla.
Sergio vertió su declaración en el Juzgado de Santander. En calidad de representante legal le asistió un abogado santanderino, Nicolás Leguina, contratado por su padre para hacerse cargo de su asesoramiento.
La coartada de Sergio era débil. Refirió al juez que el día de la muerte de Gloria se había levantado temprano para trabajar en los establos de la vaquería paterna, y que luego, después de almorzar, a eso de las once, había conducido una punta de vacas hasta los pastos familiares, situados en pleno monte, a unos cinco kilómetros de Santana en dirección a las laderas de Larteme. A preguntas del juez, Sergio tuvo que reconocer que no disponía de testigos que refrendasen su versión. Nadie le había visto en los caminos ni en los pastos. Sus padres sí le vieron regresar a casa, más o menos hacia las dos de la tarde. A esa hora, Sergio había cogido el coche de su padre y se había dirigido a Santander para entrevistarse con el abogado Jesús Labot, a quien no conocía, y a quien visitaba a instancias de su hija Gloria.
Sergio negó haber visto ese día a Gloria, aunque admitió haberse citado con ella la tarde anterior a su muerte. Según su versión, dieron un corto paseo por las orillas de la ría de La Rabia. El juez le preguntó si habían practicado relaciones sexuales. El muchacho lo negó. Eran novios, no iba a negarlo, pero su relación se mantenía en un plano relativamente platónico. De hecho, a lo largo de todo un año solo habían mantenido relaciones sexuales plenas en tres o cuatro ocasiones. El juez le pidió que recordara cuándo había sido la última. Sergio afirmó que hacía más de un mes que no se acostaban. Y no, añadió, no la había atacado ni la había herido. Respetaba a su novia, repitió una y otra vez, la quería sinceramente, y también ella estaba enamorada de él. Jamás le habría hecho daño. Muy por el contrario, habría dado su vida por Gloria Labot.
El juez ordenó que a Sergio Torres le fuesen tomadas muestras genéticas. Provisionalmente, lo dejó en libertad.
El equipo de investigación prosiguió sus pesquisas. Los agentes peinaron de nuevo el área de Los Trastolillos y trabajaron discretamente sobre los movimientos de otros posibles sospechosos de la zona, individuos relacionados con el entorno de Gloria. Uno de ellos, fichado por malos tratos. Pero no pudieron establecer relación alguna con la hija del abogado.
No tuvieron que investigar mucho más. El laboratorio remitió sus análisis con inusual prontitud. La coincidencia, casi al cien por cien, del ADN de Sergio con el esperma encontrado en el cuerpo de Gloria demostraba que había sido él quien se había acostado con la víctima poco antes de su muerte. Demostraba, también, que Sergio Torres había mentido en su declaración.
El juez volvió a citarle. Bajo la presión de un nuevo y más duro interrogatorio, Sergio terminó admitiendo que había mantenido relaciones sexuales con Gloria el día anterior a su muerte, reafirmándose en que después de esa tarde ya no la había vuelto a ver. El magistrado no le creyó. Considerando que había pruebas suficientes, dictaminó su ingreso en prisión, donde debería permanecer a la espera del juicio en el que sería acusado del asesinato de una menor.
Justo antes de ingresar en la cárcel, un reportero del Diario Montañés consiguió hacerle unas fotos, esposado y rodeado de policías. Con atropellados gritos, el activista proclamó su inocencia hasta el último instante.
Nadie le creyó. El salvaje sacrificio de la hija de los Labot había conmocionado a la opinión pública. Cuando la puerta de la prisión se cerró tras el principal sospechoso, muchos dudaron que volviera a abrirse para él.
Desde los inicios de su carrera, Jesús Labot se había revelado como un adicto al trabajo. Más adelante, en los duros años de su ascenso laboral y social, seguiría siéndolo, aunque no tanto ya por un impulso vocacional como para mantener su estatus e incrementar sus ingresos.
Tras la muerte de su hija Gloria, esa férrea disciplina no se alteró un ápice.
De acuerdo con sus rígidos hábitos, Labot siguió acudiendo a su despacho de Santander todos los días de la semana, incluidos los sábados. Además, y de modo obsesivo, incansable, seguía trabajando los domingos y festivos, en el estudio de la torre de su casa de El Tejo, hasta que se le nublaba la vista y el agotamiento le invitaba a dejar la pluma y bajar al dormitorio, donde hacía rato que Sara había apagado la luz. Si su mujer se agitaba en pesadillas sufría con ella, en silencio, en carne viva, y a veces lloraba en la oscuridad del dormitorio, entregándose a una horrible mezcla de conmiseración y dolor.
A diferencia de su mujer, que había caído en los paralizantes lazos de la angustia, quedándose reducida poco menos que a un vegetal, la terapia de Jesús para superar su drama consistió en sumergirse a fondo en su trabajo procesal.
Antes de que el destino les arrebatara a Gloria, unos casos le atraían más que otros. Labot se inclinaba, en particular, por los de homicidio, en sus múltiples variantes. Al plantear sus defensas frente a un tribunal, volvía a saborear las genuinas emociones de la abogacía en estado puro.
Tras la muerte de su hija, sin embargo, supo que en adelante ya no podría defender a un sospechoso de asesinato, y mucho menos a un criminal confeso. Temía descontrolarse, hundirse en una ciénaga de referencias personales, por lo que transfirió a su socio todos los casos pendientes de homicidios y violaciones.
Sin embargo, seguía necesitando el ambiente de las salas de justicia y continuó litigando con otras materias: despidos, estafas, delitos financieros. Cada vez que entraba a juicio volvía a espolearle la presencia de jueces y fiscales, con muchos de los cuales mantenía una antigua rivalidad. En sus turnos de palabra, como el cáustico orador que siempre había sido, seguía mostrándose duro y conciso, pero solo era apariencia. Por dentro, estaba roto.
Con respecto a Sara, se mostró extraordinariamente sensible. Aunque se hallara lejos de su casa de El Tejo, en Santander o en cualquier otra ciudad, la llamaba de manera constante, permaneciendo en todo momento pendiente de ella. Pero ella no reaccionaba. Como pasaban los días y Sara no daba indicios de recuperarse, Jesús rogó a Martina de Santo, con la que había coincidido en un juicio en la Audiencia Nacional, que fuese a verla.
La inspectora lo hizo al siguiente fin de semana. Una vez en El Tejo, al comprobar que su compañía beneficiaba claramente a Sara, solicitó un permiso especial a su comisario y permaneció con los Labot algunos días más.
A Jesús le hubiese gustado que se quedase a dormir en su casa, pero Martina prefirió hacerlo en un hotel barato. El abogado había insistido en vano. No podía entender por qué razón su amiga, en lugar de alojarse en su residencia de El Tejo, donde disponían de habitaciones libres, se había empeñado en pernoctar en un establecimiento situado a varios kilómetros, más cerca de San Vicente de la Barquera que de Comillas. Para mayor extrañeza suya, el alojamiento elegido por Martina no era en un lugar confortable, sino una posada rural perdida en medio del monte, tan aislada que ni siquiera sus dueños pernoctaban allí, comprometiéndose únicamente con sus huéspedes a regresar cada mañana temprano para preparar los desayunos y limitándose a facilitar un teléfono de urgencia por si ocurría algo. Martina había reiterado a Jesús que se encontraba mucho más cómoda sin molestarles, y que los boscosos alrededores de aquella modesta y solitaria pensión, enclavada en el linde de Los Trastolillos, la relajaban de sus acumuladas tensiones.
En cualquier caso, la gratitud de Jesús Labot hacia Martina se elevó a un grado incondicional.
Otros parientes y amigos se habían propuesto arroparles en aquel durísimo trance, les visitaban, se esforzaban por animar a Sara, pero ninguno de ellos tenía que desplazarse desde Madrid ni renunciar a sus actividades. En ese sentido, Martina se estaba portando como una gran amiga, profundamente solidaria y compasiva.
«Como una hermana», pensaba Jesús.
– Te lo he dicho un montón de veces, pero realmente no sé qué haríamos sin ti -volvió a repetirle Labot cuando Martina, con irreductible fe en la recuperación de Sara, se presentó de nuevo en El Tejo-. Si nuestra Sara consigue salir de su postración, se deberá a tu constancia y a tu cariño.
Un domingo por la mañana salieron a correr. No era la primera vez que el footing unía a Martina y a Jesús. Anteriormente lo habían practicado en varias ocasiones. Si el abogado tenía que permanecer más de una noche en Madrid, no dejaba de llamarla para salir a correr por el Retiro.
Martina llevaba siempre en el maletero del coche una bolsa de deporte con zapatillas de atletismo y prendas térmicas, con lo que simplemente tuvo que coger el equipo y enfundárselo. Nada más desayunar en su posada, había partido a la carrera desde el bosque de Los Trastolillos, mientras Jesús lo hacía desde el camino de carros de El Tejo. Quedaron a mitad de distancia, en la altura de Punta del Águila, sobre los prados que los Camargo pretendían urbanizar, convirtiéndolos en el sueño residencial de Ícaro. Desde aquella altura se divisaba una nítida vista de la costa cantábrica, con los Picos de Europa alzándose en una sucesión de crestas recortadas contra un cielo esfumado.
Tomándose un respiro, Labot comentó a Martina que antes, cuando estaba realmente en forma, solía recorrer un circuito de siete u ocho kilómetros. Bajaba a las dunas de Oyambre, para dirigirse a Los Trastolillos, la aldea de Río Turbio y regresar finalmente a El Tejo bordeando la ría de La Rabia.
– Pero desde aquel día…, el de la muerte de Gloria -vaciló el abogado, a punto de derrumbarse al nombrar a su hija-, no he tenido fuerzas para regresar al bosque. Amaba ese lugar, sus árboles, sus pájaros, el sonido de mis pisadas al chasquear sobre la hojarasca. Entre las ramas se adivinaba el mar… No volveré.
– No hablemos de cosas tristes -le consoló Martina-. ¿Cómo va el trabajo?
– Te lo contaré después. ¡Vamos, cógeme si puedes!
Retomaron la carrera, aspirando el aire húmedo y frío procedente de Galicia. Su vivo ritmo les condujo por los valles interiores hasta el extremo cenagoso de la ría, donde las garzas chapoteaban entre el barro. Corrieron hasta que las caras se les cortaron con el viento.
Labot se detuvo, jadeante.
– ¿No estás cansada?
Para su sorpresa, Martina sacó un paquete de cigarrillos del pantalón de chándal y encendió uno.
– No deberías fumar con los pulmones abiertos de par en par.
– No hay placer mayor.
– Alguno habrá, mujer -intentó sonreír el abogado.
– Puede que sí -cedió Martina, correspondiéndole con otra sonrisa-. Sentémonos un minuto, Jesús. Quiero que de verdad me cuentes cómo van las cosas.
Labot se apoyó en un erosionado pilar de piedra que había servido de basamento al desaparecido puente románico. También él, como Sara, había adelgazado. Los tendones del cuello se le marcaban como cuerdas, y su rostro, arrebolado por la carrera, tenía un insano color violáceo, como si, después de mucho tiempo encerrado, acabara de exponerse a la intemperie. Martina valoraba como un mérito que Labot estuviese empeñando todos sus esfuerzos en fingir, por el bien de los suyos, que el mundo volvía a ser como antes de la muerte, del crimen de Gloria. Sin embargo, la tristeza de sus ojos desmentía que esa estrategia funcionara en él.
– Si te refieres al bufete, sigue viento en popa. Hay mucho más trabajo del que pueda desear. El problema está aquí. -El abogado se dio un golpe en el pecho, ahogando algo parecido a un sollozo-. Esto me ha golpeado muy hondo. Creí que conocía el dolor, pero no tenía idea de que pudiera ser tan profundo.
– Saldréis adelante.
– No lo sé. Ya ves cómo está Sara. Y yo… no me he portado nada bien con ella.
– ¿Por qué dices eso?
La mirada de Labot se dispersó por las turbias aguas de la ría.
– Voy a confesarte algo, Martina, algo que no le he contado a nadie… No me hubiera atrevido a hacerlo, pero ahora… He mantenido relaciones con otras mujeres. Chicas jóvenes, con las que… ¡Si Sara llegara a enterarse, se avergonzaría de mí!
Martina guardó silencio. Aborrecía esa clase de confidencias. «¿Qué hacer con ellas desde el punto de vista de la lealtad -pensó-, salvo decepcionarse?»
– ¡Si el tiempo pudiera volver atrás! -deseó Jesús.
– ¿Qué harías, en ese caso?
– Dispondría de una segunda oportunidad.
– Yo creía que el amor no las necesitaba -dijo fríamente la inspectora.
– Sara nunca la necesitaría, es cierto. Por eso es una mujer de verdad. La mejor a la que un hombre podría aspirar.
– ¿Ni siquiera intuye que la has engañado?
– No.
– ¿Por qué lo hiciste?
– No lo sé.
– ¿Por narcisismo? ¿Por vanidad?
– Puede -asintió a medias Labot, como si el diagnóstico de la inspectora no fuese muy descaminado-. La primera vez fue con una prostituta muy joven. Volví a verla varias veces y llegué a sentir algo que… Era un trastorno, una especie de adicción. Y el caso es que quería a Sara más que nunca. Nuestras hijas eran pequeñas. Siempre estábamos jugando con ellas, haciendo excursiones. Fue una época maravillosa.
Y, sin embargo, de vez en cuando yo sentía la imperiosa necesidad de descender a los infiernos. Realmente no hay una explicación, Martina. En ese sentido, no me diferenciaba nada de mis clientes. No sé por qué lo hacía, pero lo hacía. Tenía que hacerlo, eso es todo. Era más fuerte que yo.
Labot hizo una pausa, como si se hubiese perdido en el laberinto de sus debilidades, hasta que prosiguió, imprimiendo a su confesión un curioso giro.
– En uno de aquellos antros que frecuentaba me encontré a mi cuñado Paco. Nos confesamos y protegimos mutuamente. Entre los dos se estableció ese tipo de canallesca confianza que alimenta el vicio. Paco es un tipo sanguíneo, un competidor nato, quizá el individuo con mayor seguridad en sí mismo que he conocido nunca. De creerle, también en el terreno sexual era un número uno, un amante inagotable. Le tomó gusto a hablarme de sus proezas sexuales. Me contó que tenía una querida fija en Santander y dos o tres aventuras más o menos estables. Di por supuesto que Concha, su mujer, debía de estar al tanto de alguno de esos rollos, de la misma manera que Sara y yo intuíamos que su matrimonio hacía aguas tiempo atrás.
La inspectora no hizo ningún comentario. Como si encontrase un cierto alivio en la crítica, Labot acusó:
– Paco es implacable, un verdadero tirano, dentro y fuera de casa. Ha hecho su fortuna a base de machacar a todo el mundo y hundir a los demás, incluidos los suyos. Todo le pertenece. En su día, Concha firmó un documento de separación de bienes, que preparé yo mismo. Ella no tiene nada a su nombre. Pero ¿de qué estoy hablando? -se recriminó-. Lo que los Camargo hagan o dejen de hacer no tiene nada que ver con mis errores… ¿Qué quieres que te diga, Martina? ¡He sido un miserable! Después repetí con otras chicas…
– Déjalo, Jesús -le aconsejó Martina-. Todos tenemos un lado oscuro.
– Tú no.
– No soy una santa. Claro que lo tengo.
– Sara no. Mi hijas tampoco. Gloria no lo tenía, y…
Martina intentó apartarle de ese pozo.
– ¿Cómo se encuentra Susana?
– Imagínate… Ha regresado a Valladolid. Hablamos todos los días. Me llama ella o la llamo yo. Se echa a llorar ella o me echo a llorar yo. ¡Soy tan desdichado! Todo se derrumba a mi alrededor… Siento que nuestra paz se ha resquebrajado para siempre. Y siento dentro de mí impulsos que te estremecerían. El odio me domina, a menudo lo veo todo como a través de un velo de sangre. Mi confianza se ha transformado en rencor. He perdido la fe en mí mismo. Estoy cambiando y no sé en qué me convertiré.
– Son reacciones normales.
– ¿Ah, sí? -protestó Labot, abriendo los brazos en un gesto tan exagerado que resultó patético-. ¿Calificarías de normal que me esté convirtiendo en un indeseable?
– ¿De qué estás hablando ahora? No te entiendo, Jesús.
– Es como si -farfulló el abogado y, desde luego, no parecía él- yo también quisiera hacer daño. Vengarme. Matar… ¡Qué estoy diciendo! -se recriminó, sepultando el rostro entre las manos.
– Te recuperarás -trató de tranquilizarle Martina-. Tardarás más o menos tiempo, pero recuperarás tus…
– ¿Mis qué, Martina? ¿Mi vida? ¿Las nuestras, tal como eran?
La inspectora guardó silencio.
– No seré capaz -gimió Labot, un segundo antes de estallar-: ¡Mataría ahora mismo a Sergio Torres! ¡Lo ahogaría con mis propias manos, del modo en que él estranguló a mi hija!
La inspectora sintió como si un aire helado la hubiese transido de pronto. El semblante de su amigo se había deformado en una máscara cruel.
– ¡Y lo haría lo más lentamente posible, disfrutando con su sufrimiento y retrasando el momento de su muerte, por lo que de liberación y descanso pudiera tener para él!
Martina puso una mano sobre la suya. Labot rompió a llorar. Su entrecortado llanto nacía de lo más primario de su ser. Conmovida, Martina le abrazó estrechamente.
– Ten ánimo, Jesús.
Pero la espita del dolor se había abierto, haciendo brotar del pecho del abogado un torrente de rabia y desesperación.
– ¡Dios condenado! -clamó el desgraciado padre, con los ojos arrasados de lágrimas-. ¿Por qué tuvo que matar a mi pequeña, qué le había hecho? ¿Por qué no pudo dejarla vivir?
El tiempo se detuvo para Sara. Como si atravesara un túnel invadido de niebla, su impulso vital penetró en una zona muerta, de la que no parecía fácil que pudiera salir.
Apenas hablaba. Cuando lo hacía, se limitaba a utilizar monosílabos o frases hechas.
Las pastillas la sedaban, ciertamente, pero se le había trastornado el ciclo del sueño y no era raro que permaneciese insomne parte de la noche. Sin fuerzas para levantarse, fingía dormir cuando su marido se despertaba para ir al trabajo. Desde la cama oía a Jesús cepillarse los dientes en el cuarto de baño, ducharse, vestirse. Aislada en su mundo de dolor, no daba señales de estar despierta cuando él, después de desayunar, volvía a subir al dormitorio para, con un beso en la frente, despedirse de ella hasta la noche.
Sara se pasaba buena parte de la mañana en la cama. No desayunaba ni se lavaba más allá de lo estrictamente necesario. Por alguna abstrusa razón, relacionada, tal vez, con aquel mundo espiritual, fuera cual fuese, en el que ella quería creer que se encontraba Gloria, comenzar el día comiendo y acicalándose le parecía una falta de respeto a la memoria de su hija.
Solo después de ingerir a mediodía una comida que no habría alimentado a un gorrión se vestía de cualquier modo -o se abrigaba, más bien-, para refugiarse en el cobertizo del jardín. En esa lóbrega estancia de piedra, sola, separada de la casa por un manto de césped, se disponía, sentada en una mecedora, mirando el mar, o el fuego, o el cielo, a dejar pasar la tarde hora tras hora, hundiéndose más y más en sus recuerdos.
Herminia, la criada, mantenía la chimenea del cobertizo encendida y, además, le había instalado un par de estufas eléctricas, a fin de combatir la humedad y evitar que una pulmonía viniese a apuntillar la salud de su señora. Sara ni siquiera se daba cuenta de si entraba o salía.
Una de esas mañanas, hallándose su marido en Santander, Sara sufrió una crisis. Arrancó sus vestidos del ropero y los arrojó por una ventana. Rompió un álbum de fotos familiares e intentó despegar el papel pintado de la pared de su dormitorio. No contenta con eso, abrió la caja fuerte y desparramó sus joyas por la pecera y por la jaula de los pájaros.
– Nunca sabremos si los periquitos o los peces se tragaron alguna esmeralda -le comentó Herminia a Asunción, la cocinera, que había librado ese crítico día-. Si por mí fuera, les habría abierto el buche, pero como los señores tienen la cabeza a pájaros… ¿Sabes qué fue lo peor de todo, Asun? Que la señora hizo todas esas majaderías en silencio. Yo estaba en la cocina y no oí un solo ruido. No me di cuenta de lo que estaba pasando hasta que vi tirados los abrigos en el suelo del porche, y a los perros mordiendo las pieles de nutria y visón.
Por suerte, tales manifestaciones no fueron a más. El médico dobló el tratamiento de Sara. Media docena de píldoras diarias la mantenían sedada.
Martina de Santo regresó en cuanto Jesús la llamó para contárselo. Al terminar su jornada cogió el coche y, sin descanso, volvió a conducir desde Madrid, durante cuatro horas seguidas, hasta San Vicente de la Barquera. Tomó el desvío del interior, paró un momento para alojarse en la posada rural del bosque de Los Trastolillos, apenas unos minutos para recoger la llave, abrir su habitación y dejar una bolsa con sus cosas, y siguió hasta El Tejo por la carreterita de la costa.
Confiaba en que su presencia, como ya había sucedido en sus visitas anteriores, tuviera una doble utilidad. Contribuyendo, por un lado, a mejorar, siquiera mínimamente, el estado de ánimo de su amiga, aportándole unos gramos de esperanza y esforzándose por enlazarla, a base de pacientes intentos de entablar conversación, con el mundo exterior, ese espacio hostil que a la desesperada madre había dejado de interesarle. En otro orden de cosas, la compañía y apoyo de la inspectora animaban y distraían a Jesús, evitando que la depresión de su mujer y su propia angustia, combinándose en el silencio de la casa vacía, le derrumbaran encima otra tonelada de dolor.
Martina encontró a Sara bastante peor de lo que esperaba. No había hecho más que llegar a su casa de El Tejo cuando se preguntó si realmente habría acertado en regresar. Le había llevado algunos regalos, libros, bombones, pero Sara se limitó a apartarlos, dejándolos, más que depositándolos, no en la mesa, sino directamente en el suelo del cuarto de estar. Tuvo que acercarse Herminia para recogerlos. Sara no solo no abrió los paquetes; es que ni siquiera se dignó dirigirles una ojeada.
– ¿Te encuentras un poco mejor? -le preguntó Martina.
El desmadejado cuerpo de Sara, recostado en una mecedora de rejilla, contestaba por sí mismo.
– Sí -mintió ella, impulsando su maniático balanceo con las puntas de los pies, protegidos por unos calcetines de lana de vicuña y unas zapatillas de felpa que le había cogido a Jesús.
Otros años, por esas fechas, lucía el abeto navideño; pero, en las circunstancias por las que estaban atravesando los Labot, nadie se había acordado de instalar los adornos de Navidad.
Por los ventanales, a lo lejos, se veía el mar, de un color hielo sucio. Hacia su acerada claridad se desviaban a cada momento los ojos de Sara. Le costaba fijar la mirada. Su extrema palidez y su sonámbula actitud la reducían a un eco de aquella otra mujer generosa y vital que hasta hacía bien poco se consagraba a hacer felices a los demás.
– Puede que hoy me encuentre un poquito mejor -dijo débilmente Sara, como intentando convencerse a sí misma de un ficticio restablecimiento, pero su mirada aleteaba como la de un pájaro en la red.
– ¿Duermes?
– La noche pasada, unas horas.
– Eso está muy bien -se alegró Martina.
– ¡Y no sabes lo mejor!
– Claro que lo sé.
Un brillo de curiosidad -«de vida», pensó Martina- afloró a los ojos de Sara.
– ¡No puedes saberlo!
– Pues lo sé -sostuvo Martina.
– Dímelo, entonces -la desafió Sara.
– Lo mejor es que no has soñado.
El asombro afloró en Sara.
– ¿Cómo lo has adivinado?
– Soy bruja, ¿recuerdas?
Sara sabía que Martina estaba esforzándose por hacerla sonreír y le dedicó una desgarrada sonrisa.
– Me han caído veinte años encima. Mírame. Doy pena.
– Te recuperarás.
La cabeza de Sara cayó a un lado.
– ¡Nunca lo superaré! Hay heridas que, más que desgarrar, matan por dentro… Además de arrebatarme a mi hijita, me han robado la alegría de vivir. Ni siquiera he sido capaz de volver a entrar en la habitación de mi pequeña. Desde que…
El llanto la quebró. Martina le pasó una mano por el hombro.
– Dilo, Sara, sigue hablando. Te hará bien llamar a las cosas por su nombre.
Sara musitó, temblorosa:
– Desde que Gloria… falleció, ordené cerrar la puerta de su cuarto y prohibí entrar. No puedo volver a ver sus cosas, a tocar sus ropas. Sus peluches, Martina, por favor…
Las lágrimas le impidieron seguir. La inspectora la dejó desahogarse. Cuando se hubo calmado un poco, le dijo:
– Iremos ahora mismo a esa habitación. Yo te acompañaré.
– No me pidas eso, Martina. No tengo fuerzas.
– Vamos, Sara. Levántate.
La inspectora tiró de ella temiendo encontrar resistencia, pero, para su sorpresa, Sara se dejó conducir dócilmente, como si su voluntad hubiese dejado de pertenecerle, abandonándola a una inerte obediencia.
De la mano de Martina atravesó el vestíbulo. Subieron la escalera de piedra que conducía a los dormitorios. La inspectora preguntó:
– ¿Cuál era la habitación de Gloria?
Sara señaló una de las dos alcobas situadas en el centro del pasillo.
Martina ordenó:
– Abre la puerta.
– No puedo.
– Hazlo.
Al rozar el picaporte, el cuerpo de Sara se estremeció como si hubiese metido los dedos en un enchufe. La puerta se abrió con lentitud. El cuarto se encontraba a oscuras. La inspectora fue tanteando la pared hasta dar con el interruptor. Una pobre luz artificial bañó la alcoba. Dos de las tres bombillas de la lámpara del techo estaban fundidas.
– Abriré las cortinas -murmuró Sara.
El cortinón de tela se deslizó con suavidad, pero la persiana se encasquilló apenas Martina hubo tirado de la cinta. Con todo, había luz más que suficiente para apreciar con detalle la habitación de Gloria.
Las paredes estaban pintadas de un color rosa palo a juego con la colcha y con las originales alfombrillas de un rojo vivo que imitaban las huellas de unos pies caminando hacia el armario. Tal como había adelantado Sara, había peluches, muchos peluches: dinosaurios, burritos, loros, camellos, diferentes mascotas acumulándose en un informe montón a los pies de la cama y en el hueco de una mesa acoplada a la pared.
Sobre su superficie se disponían algunos libros de estudio, cedés de grupos pop, un calendario de Mafalda, un paquete abierto de Conguitos, una muñeca antigua, de porcelana, vestida con un blusón de estrellas que la emparentaba con las hadas, un cuaderno escolar que parecía llevar por duplicado, con los mismos ejercicios en cada cara, y, en esa misma y repetitiva pauta, enmarcadas y colgadas una a cada lado de la pared, dos fotografías idénticas de Gloria con sus amigas del instituto.
No eran los únicos objetos que se duplicaban en la habitación. Del panel de corcho, también sobre la mesa de trabajo, colgaban postales cuyo texto Gloria había copiado en hojas sueltas, como si temiera perderlas. Finalmente, en la pared más ancha, sobre la cama, había otras dos fotos de Sergio Torres, el novio de Gloria, su asesino, enmarcadas en sencillos baquetones, con ramitas de abeto enganchadas a la presilla.
Martina quiso interponerse, pero era tarde. Sara había visto las fotos de Sergio. Sin dejar de mirarlas, se mordió el dorso de la mano hasta hacer brotar un hilo de sangre.
– ¡Cómo no me daría cuenta! ¡Dios, oh, Dios!
– Está bien, Sara -dijo Martina abrazándola-. Llora todo lo que quieras.
– ¿Dónde está mi niña? ¿Puedes responderme a eso?
La inspectora iba a ampararse en cualquier lugar común, pero prefirió seguir callada. Sara se sonó la nariz y sin dejar de llorar dijo:
– Ese era su muñeco favorito -señaló un tigre de felpa que les miraba retadoramente desde la almohada, como si hubiese recibido la orden de proteger a su dueña.
Martina se sintió conmovida.
– ¿Tiene nombre?
– Gloria le llamaba «Tras».
– ¿Por qué?
– No lo sé. De pequeña, y también de más mayor, cuando estaba enfadada, solía dormir con él. Lo ganamos en la feria de Santander, en una de esas casetas de tiro al blanco. Fue la propia Gloria quien acertó en las dianas. Tiene…, tenía una puntería increíble. -Sara tuvo que sonarse de nuevo, anegada en lágrimas-. Tratándome como si fuera tonta, cosa que, en realidad, soy -continuó, a punto de venirse abajo-, Gloria me explicó que los feriantes desvían el punto de mira, por lo que al disparar hay que corregir la posición. Pero yo no lo lograba nunca. Siempre he sido muy torpe, para eso y para todo.
Llevada por un impulso maternal, Sara cogió el tigre y lo abrazó. El muñeco era enorme, casi tan grande como ella. Martina pasó la mano por el afelpado vientre y se llevó una sorpresa al palpar algo más duro que el relleno.
– ¡Qué curioso! Parece que hay algo ahí.
Una disimulada cremallera atravesaba la panza del felino. La inspectora la descorrió, metió la mano y extrajo un cuaderno de tapas azules.
– Debe de ser de Gloria.
La inspectora se lo entregó a la madre. Sara empezó a hojearlo. Martina alcanzó a entrever unas cuantas líneas de una página al azar, escrita en irregulares hileras con una letra grande, separada y redonda, típica de adolescente. Como si no tuviera luz, Sara le dio la espalda para seguir leyendo. Pasó rápidamente un par de páginas más y se guardó el cuaderno.
– ¿Qué es? -preguntó Martina-. ¿Una especie de diario juvenil?
– Se trata de poesías, simples pinitos literarios. A Gloria le tira…, le tiraba la literatura. Tenía mucha imaginación. Salgamos de aquí, Martina, te lo ruego. Un minuto más y no podré resistirlo.