Agradecimientos

La isla de Pascua es uno de esos destinos de los que no se regresa del mismo modo en que se llegó. Su soledad nos conmueve y ya nunca olvidaremos sus cabezas de piedra, su azul oceánico o la verde transparencia de su laguna volcánica.

En la cumbre del volcán Rano Kau, el poblado de Orongo, cuna de los hombres pájaro, sigue atesorando secretos. El ritual del héroe que se impone a la naturaleza, a la tierra abrupta, al enemigo mar, a los monstruos marinos, y regresa con el huevo místico del ave migratoria que ha visto los lugares que ellos nunca verán está sembrado de alegorías. Algunas van siendo desveladas por los arqueólogos, pero en la sagrada ceremonia del hombre pájaro todavía reside el enigma.

Desde que fue descubierta por Roggeveen en 1722, la isla de Pascua ha hecho correr tinta. De la ingente bibliografía existente sobre los moais, los hombres pájaro y otras culturas y cultos del Pacífico me han resultado de utilidad los ensayos de Routledge, Englert, Chauvet, Vergara, Arredondo o Cristino, además de los diarios de Loti, Varigny o Heyerdhal.

En Hanga Roa, capital de la isla, debo agradecer la ayuda del personal del Museo Englert, del Consejo de Ancianos y de la Gobernación.

En Santiago de Chile, mi gratitud se centra en el embajador español, Juan Manuel Cabrera. En Zaragoza, en mi familia, Belén y mis tres hijos, Edu, Belencita y Juan, que me permitieron aislarme para trabajar en este libro. En Barcelona, en mi agente literaria, Antonia Kerrigan, y en Víctor Hurtado, por difundir y promocionar mi obra. En Madrid, en Carmen Fernández de Blas, directora de Ediciones Martínez Roca, y en el editor Javier Ponce, así como en el resto del equipo de MR. Debo a todos ellos las mejores sugerencias y correcciones al texto.

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