SEGUNDA PARTE

Capítulo 25

El aeropuerto de Santiago de Chile no se diferenciaba prácticamente en nada de cualquier otro de similar tamaño. Las mismas e impersonales naves reducidas a tanques de viciado oxígeno, grupos de cansados viajeros con la ropa arrugada, idénticos mostradores de atención al cliente…

Con una punzante jaqueca, la inspectora De Santo miró sin fuerzas en derredor suyo. Las maletas tardaban en salir y le estaba entrando sueño. En el avión había dormido cinco o seis horas. Para ella, podía ser más que suficiente. En condiciones normales, no solía dormir tanto. Pero hacía años que no acometía un viaje tan largo y las catorce horas de vuelo le estaban pasando factura.

Otros veinte eternos minutos transcurrieron frente a la cinta de equipajes, que ni siquiera había sido activada. Los nervios de la inspectora, nada pacientes, se estaban cargando. Más que cualquier otra cosa habría deseado fumar, pero en el aeropuerto estaba prohibido.

– ¿Un cigarrillo? -le ofreció en ese momento uno de sus compañeros de pasaje.

Se le había acercado por detrás, sin que ella se diera cuenta. Era un tipo de los que se autocalifican de atractivos, con el pelo castaño oscuro planchado hacia atrás. Martina había coincidido con él en la parte trasera del avión, cuando se había levantado a por un sándwich y un zumo de naranja. Tampoco aquel pasajero había pegado ojo. A la cruda luz de la sala de equipajes presentaba bastante peor aspecto que amparado por la penumbra del área de descanso de la cola del avión, en aquel cubículo en que las azafatas dormitaban por turnos.

El desconocido se le había acercado más de lo necesario, hasta casi tocarla. Martina no se sintió intimidada, pero sí incómoda frente a su poco natural sonrisa. «¿Se habrá propuesto conquistarme?», temió, llegando instantáneamente a la conclusión de que entraba en lo posible.

– No se permite fumar -le informó-, pero eso usted ya lo sabe.

La sonrisa del pasajero se mantuvo incólume.

– Me gusta desafiar las prohibiciones. ¿Una calada?

Su ahuecada mano ocultaba un cigarrillo encendido. Martina hizo un gesto negativo. Él preguntó con descaro:

– ¿Qué planes tiene para Santiago?

– Ninguno en especial.

– ¿Un poco al albur de lo que pueda suceder? -Su sonrisa se esponjó, como si su estrategia de seducción fuera por buen camino, y añadió-: Mis amigos me consideran un experto en proponer y organizar actividades… ¿cómo decirlo? Complementarias.

Iba demasiado deprisa. La inspectora decidió pararle los pies.

– Voy a tener mucho trabajo. Por cierto, ¿a qué se dedica usted cuando no está halagando a alguien?

La ironía era nítida. A la réplica del viajero asomó la espuma de una ola de irritación.

– Dígame cuál es su ocupación y yo le hablaré de la mía.

– Suele darme reparo -confesó Martina.

– ¿Por qué motivo?

– No es normal trabajar con vivos que podrían estar muertos y con muertos que deberían seguir viviendo.

– ¿Se trata de una adivinanza?

– Me encantan los juegos.

– En ese caso, déjeme participar… Ya lo tengo. ¡Es dueña de una funeraria!

– Frío.

– De un museo de cera.

– Congelado.

– De una editorial de literatura fantástica.

– Soy inspectora de policía. Homicidios.

El tipo retrocedió medio paso. Martina sonrió.

– Espero no verle por allí.

– ¿Por dónde? ¿Por su… comisaría?

– ¿Por qué me mira de ese modo? ¿Hubiese preferido que me dedicase a las pompas fúnebres?

– ¿Y cómo le estoy mirando? -farfulló él.

– Como a un bicho raro. ¿Qué le pasa, no me cree?

La sonrisa del pasajero se había esfumado. Una mueca se esforzaba por reconstruirla, con un balance tirando a tragicómico.

– No me imaginaba que las policías españolas fuesen tan guapas.

– Trasladaré sus elogios a mis compañeras, señor…

– Leca, Enrique Leca.

El pasajero dio otra furtiva calada a su cigarrillo, ocultándolo de inmediato en el hueco de la mano.

– Espero que no vaya a denunciarme por fumar.

– Tampoco lo haré por acoso. Pero tenga cuidado con las otras agentes, no todas son tan buenas chicas como yo.

Leca encajó con relativa deportividad esa nueva patada en el estómago. Tiró y pisó el pitillo, anudó su corbata y ofreció a Martina una diestra tan vigorosa como para triturar un puñado de nueces.

– Permítame presentarme de manera oficial: soy soltero.

Como si hubiese dicho algo irresistiblemente gracioso, se echó a reír. Su risa, del mismo tipo que la de Sara Labot, aspiraba a resultar contagiosa. Martina decidió seguirle la broma.

– Esa condición puede ser un cargo o una carga. Tampoco yo estoy casada.

– Entonces, inspectora, por ese lado vamos bien -se animó su interlocutor, extrayendo una tarjeta de su cartera-. Le proporcionaré algunos datos míos. Entre otras responsabilidades, soy vicepresidente de la Confederación de Empresarios de Madrid y consejero de Banca de Cantabria.

– ¿Viaja por negocios?

– Siempre.

– ¿Solo?

– Ahora mismo debería estar con el ministro de Economía y con el presidente de mi holding, el señor Francisco Camargo. Llegaron a Chile ayer, en el avión privado del señor Camargo. No pude acompañarles y he cogido este vuelo. ¿Y su nombre, inspectora…? ¿Martina de Santo? ¡Mire, ahí sale mi maleta! -Leca consultó su reloj, un caro modelo de Patek Philippe-. Tengo que salir corriendo, mis jefes me esperan… En serio, me encantaría volver a verla. ¿En qué hotel se aloja?

– En casa de un primo mío.

– ¿Tiene familia en Santiago?

– Acabo de decírselo.

– Yo estaré en el Intercontinental, por si necesita algo.

– ¿Qué podría necesitar?

– ¿Un poco de compañía, tal vez? -apuntó el ejecutivo.

Con gesto resuelto se inclinó y besó a Martina en la mejilla, apretando su mano con intención.

– En mi tarjeta figura mi número de móvil -indicó, en un tono más íntimo, como si entre ellos ya se hubiese tendido algún puente-. Recuerde: los solteros, unidos, jamás seremos vencidos… salvo por uno de nosotros. Ha sido un placer conocerla. Empezar a conocerla, espero…

Tan seguro de sí mismo como si una nueva conquista estuviese ya en marcha, Enrique Leca se dirigió hacia la aduana con su maleta Samsonite en una mano y su gabardina Burberry, color crema tostada, doblada en el brazo. Todavía se giró para despedirse por última vez de la inspectora, quien le devolvió el saludo por pura convención, aliviada al verse libre de él.

Capítulo 26

La maleta de la inspectora tardaba en salir. Martina comenzó a temer que se la hubiesen extraviado.

Resuelta a no perder también la paciencia, se entretuvo en observar a algunos de los pasajeros que la habían acompañado en la interminable travesía aérea desde Madrid. De tanto verles ir y venir por la cabina del avión, algunos habían acabado por resultarle familiares.

Tras una noche en un Airbus de la compañía Lan Chile, la mayoría daba muestras de cansancio. Sus movimientos habían perdido elasticidad y sus abotargados rostros exigían con urgencia bocanadas de aire fresco.

Un hombre y una mujer -pareja, en apariencia- habían llamado en particular la atención de Martina.

No era extraño, pues habían viajado junto a ella, en los asientos contiguos al suyo. Durante el vuelo se habían mostrado poco comunicativos, dirigiéndose la palabra en muy contadas ocasiones. No más, seguramente, de media docena de veces. Por parte de ella, casi siempre en un tono despótico que, sin embargo, no parecía ofender a su compañero. Al contrario, este se había mostrado dispuesto a complacerla en todo momento.

En un principio, Martina había presumido que la irritación de la señora podría deberse a una reacción derivada de la tensión de volar, pero luego fue deduciendo que se trataba de una mujer realmente dominante. Desde que despegaron en Madrid hasta el aterrizaje en Santiago, cuando, a base de un molesto trasiego por los estrechos corredores de la aeronave, obstaculizados por los propios pasajeros y sus bultos de mano, dio comienzo el lento desembarco, imperó en la extraña pareja lo que desde fuera solo cabría interpretarse como una dependencia jerárquica. Ella había seguido comunicándose con él a base de escuetas órdenes a las que, a modo de guinda, añadía una frase excéntrica, fuera de contexto, una coda que no parecía tener el menor sentido, salvo, acaso, para el hombrecito sentado a su lado. Su esposa, si lo era, le superaba en todo: en mal humor, en intolerancia, incluso en altura, porque los veinte centímetros que le sacaba quedaron de manifiesto en el túnel de acceso a la terminal de equipajes. Su compañero, bajito, rechoncho, avanzaba detrás, cargando con su pesado bolso de mano y atento a cualquier observación que ella pudiera dirigirle. Hasta que se detuvieron frente al control de pasaportes no manifestaron un primer gesto de afecto. Ella le pidió su pañuelo y él, elevándose de puntillas, le colocó adecuadamente las gafas sobre el huesudo puente de la nariz.

El hombrecito podría tener entre cincuenta y cinco y sesenta años. Su nombre era Sebastián. Martina lo sabía porque así se le había dirigido la mujer mientras volaban sobre el Atlántico:

– ¡Deja de leer esa porquería, Sebastián!

Se refería a una novela de Patricia Highsmith que su compañero acababa de abrir. Tímidamente, Sebastián se había defendido alegando que la trama prometía profundidad psicológica, pero ella le había cerrado el libro de un manotazo.

– ¡Qué tendrán las extranjeras que no tengamos nosotras!

Sin protestar, Sebastián había guardado el libro y se había levantado al minúsculo cuarto de baño del avión. Martina había sentido lástima por él. Al frustrado lector de Highsmith se le había caído casi todo el pelo, a excepción de un ridículo arco invertido, en forma de U, que le decoraba la nuca como una vencida corona de laurel. A su regreso del lavabo, Sebastián había depositado sobre la mesa plegable de su asiento varios libros que versaban sobre los misterios de la isla de Pascua. En su único intento por entablar conversación, Martina le había preguntado si se proponía viajar hasta ese mítico destino. Si le hubiese interrogado por su credo religioso o por el estado de su páncreas, la expresión de Sebastián no habría reflejado mayor estupor. El hombrecito se quedó mirando a la inspectora, incapaz de replicar. Fue su compañera quien, en su lugar, había respondido a Martina:

– ¡Ya se verá!

La mirada de la detective se había medido con la de esa mujer de rostro anguloso, cuyo nombre Sebastián no llegaría a pronunciar en todo el viaje.

Ella debía de tener, más o menos, la misma edad que él. Iba demasiado arreglada, con un traje azul de falda entubada conjuntado con una camisa de volantes y unos zapatos de tacón inapropiados para una travesía aérea, y llevaba tantas joyas encima como si, en lugar de dirigirse, cargada con las maletas -que al fin comenzaban a aparecer por la boca de la cinta transportadora-, a la salida del aeropuerto, se dispusiera a hacer su entrada en una fiesta.

La original señora volvió a quitarse las gafas y se deshizo el moño, dejando resbalar sobre los hombros una plateada melena. Súbitamente, Martina cayó en la cuenta de que había visto antes a esa mujer. Su memoria fotográfica solía funcionar con la precisión de un archivo, pero en esta ocasión falló. Mientras intentaba recordar quién era, la inspectora tuvo la impresión de que en Chile, y a no mucho tardar, iba a volver a encontrarse con ella y con su servil acompañante.

No se equivocaba.

Capítulo 27

Todavía tuvieron que esperar otros diez minutos para que sus equipajes aparecieran en la cinta transportadora.

El de Martina consistía en una bolsa de piel, bastante liviana. Ni por su tamaño ni por el peso se habría visto obligada a facturarla en el aeropuerto de Barajas, y no lo hizo, pero tampoco pudo impedir que se la revisaran. Determinados documentos que llevaba consigo la identificaron como mando policial a los ojos del agente que procedía a la inspección, y que de inmediato murmuró una disculpa, cerrando, azorado, la cremallera de su bolsa. En su fuero interno, Martina se sentía orgullosa de su profesión, pero aborrecía beneficiarse de ella. Salvo que se hallara en acto de servicio, nunca se identificaba en un control.

Al salir de la terminal de Vuelos Internacionales, distinguió enseguida a su primo hermano José Manuel, que había acudido a recibirla.

Su altura, un metro noventa y cinco centímetros, le hacía emerger sobre los familiares y guías turísticos provistos con carteles de identificación que aguardaban a los viajeros procedentes de España. José Manuel era tan visible que su iniciativa de levantar los brazos para reclamar la atención de su prima resultaba por completo innecesaria, pero él los siguió agitando hasta estar seguro de que ella le había visto. Aun siendo partidaria de la contención en las manifestaciones de afecto, la inspectora compartió la alegría de aquel reencuentro. Hacía mucho que no veía a José Manuel y, al fin y al cabo, acababa de desembarcar desde el otro lado del mundo. Así que abrazó a su primo diciéndole:

– Has sido muy amable viniendo a recogerme. No tenías por qué haberte molestado.

– ¿Molestia? -protestó él; se había dejado crecer una barba de una semana y vestía de modo informal: vaqueros, una camisa con los puños remangados y un chaleco azul trenzado con motivos geométricos vagamente orientales-. ¡Al contrario! Es un placer, querida primita. ¡No te imaginas las ganas que tenía de verte!

Verdaderamente, era altísimo. Martina tuvo que alzarse de puntillas para besarle.

– ¡También yo! Deja que te dé un vistazo. ¡Estás todavía más flaco que la última vez!

José Manuel sonrió.

– No será porque no me ceben.

– ¿Alguna mano femenina se está ocupando de tu exigente estómago?

– Esa pregunta solo la haría una madre.

– O una hermana preocupada por…

– ¿Mi empedernida soltería?

Ambos compartieron una fraterna sonrisa. Enternecido, José Manuel volvió a estrechar a Martina contra su desgarbado cuerpo.

– Siempre has sido como una hermanita para mí. ¡Estás en los huesos! ¿Sigue sin mejorar tu apetito?

– ¿Con la comida del avión? ¡Imposible!

– ¡Aguarda a conocer a Sandra, la cocinera! Es especialista en arroces y ceviches. Sé lo que vas a decirme… La he prevenido de que eres vegetariana. Supongo que te hinchará a lasañas de berenjenas, pero como nunca has sufrido problemas de línea…

– Tampoco tú.

– Tengo otro método para adelgazar.

– ¿Mal de amores?

– Qué va… En lugar de grasas, acumulo disgustos.

Se dirigían hacia la salida del aeropuerto. Martina recordó:

– Leí en la prensa que tuviste algunas dificultades, pero no quise agobiarte.

– Fue nada más ser destinado, debido al conflicto pesquero. Ahora, por suerte, mi negociado está tranquilo. Vamos a ver cuánto dura la pax hispana.

En la parada de taxis la temperatura era agradable, ligeramente superior a los veinte grados. La capital chilena no se divisaba desde allí. Sí, en cambio, y con nítida rotundidad, las altas montañas que la rodeaban, con los poderosos y nevados Andes al fondo.

– Santiago te va a entusiasmar -auguró José Manuel, abriéndose paso entre los maleteros-. Hasta puede que te atrape.

– Ya veo que te ha cautivado.

– Es una ciudad diferente.

Un caos de pasajeros y carros con equipajes les interceptó el paso. Todo el mundo tenía prisa. Se oían voces ofreciendo hoteles, excursiones a Isla Negra y a Viña del Mar.

– Sígueme, primita. Tenemos el coche cerca.

– ¿Cuándo has aprendido a conducir?

– Nunca. Si uno aspira a ser respetado, debe ser consecuente con sus principios. Por naturaleza, soy peatón. Y eso que conducir por Santiago no debe de tener nada que ver con hacerlo, pongamos por caso, por Ciudad de México o Guatemala City.

Martina no conseguía recordar cuánto tiempo llevaba José Manuel en la capital chilena. Se lo preguntó.

– Seis meses. Siendo sincero, te diré que cuando me comunicaron mi nuevo destino me decepcioné un tanto. Mi nombre sonaba para Sídney. Australia, la verdad, me hacía más ilusión. Jugué mis cartas, pero algo debió de torcerse en Madrid y…

– Aquí estás.

– Y más que satisfecho, créeme. Chile es un país vivo. Me he ambientado. Tengo nuevos amigos y ninguna intención de moverme. De hecho, solo cambiaría Santiago por Nueva York.

José Manuel había pasado varios años en la ciudad de los rascacielos. El espíritu neoyorquino, que él había elevado al grado de referencia, le había acompañado desde entonces, de país en país, de traslado en traslado, como los discos de Los Beatles o sus libros sobre la familia Kennedy, de quienes lo sabía prácticamente todo, y sobre cuya saga venía preparando una monumental monografía que no cesaba de crecer, demorando una y otra vez su fecha de edición.

El primo de Martina era optimista y emprendedor. Seguía soltero, como la inspectora, a la que llevaba diez años. El resto de los primos De Santo se habían ido emparejando, casándose la mayoría de ellos. A medida que iban dejando atrás la adolescencia, la solidaridad entre su cada vez más reducido club de solteros había unido a Martina y a José Manuel en una cómplice alianza. Aunque estuvieran lejos, nunca la habían traicionado ni dejado de renovar.

– ¿Me da la maleta de la señorita, señor embajador?


Capítulo 28

Un hombre de tez cobriza, uniformado de chófer, acababa de acercarse respetuosamente a José Manuel de Santo.

– Gracias, Efraín -dijo este, pasándole el equipaje de Martina.

– ¿Regresamos a la residencia, señor?

– Así es. Dejaremos a mi prima y yo continuaré hasta la cancillería. ¿Un cigarrillo, Martina?

– Después de dieciocho horas sin fumar, me sabrá a gloria.

– ¿Las has contado?

– Minuto a minuto.

La inspectora encendió el Marlboro que le ofrecía su primo, le pegó tres caladas tan ávidas que quemó la mitad y se dejó caer en el acolchado interior del Audi oficial, cuya puerta acababa de abrirle Efraín.

El vehículo se puso en marcha con suavidad. Orilló el tráfico de acceso a la terminal de Vuelos Internacionales y se desvió por el ramal de acceso a la autovía de Santiago.

Sentado junto a ella en el asiento trasero, con su pelo largo, en el que comenzaban a entreverarse hilillos de plata, con sus gafas redondas, tipo Lennon, y sus pulseras étnicas, José Manuel de Santo parecía cualquier cosa menos el embajador de España en Chile. Perfectamente habría pasado por un músico bohemio. Y, sin embargo, como tantas veces ocurre en los más diversos órdenes, su apariencia llamaba a engaño. El primo de Martina era un diplomático de primer nivel. Ella había podido comprobar en múltiples circunstancias con cuánta eficacia y dignidad ejercía sus responsabilidades.

José Manuel era un notable anfitrión, un ameno conversador y un orador persuasivo. En el primer ciclo de su carrera se había especializado en Oriente Medio, llegando a ocupar el cargo de embajador en Egipto. Con posterioridad, había desempeñado misiones diplomáticas en Argentina y Brasil, para, finalmente, hacerse cargo de la cancillería española en el país chileno.

– Tengo planes para ti, primita.

Martina enarcó una ceja.

– Conociéndote…

– Te garantizo que dispondrás de muy poco tiempo libre, ni una sola hora para aburrirte. De momento, irás directamente a la residencia, para dejar tus cosas y, si lo necesitas, dormir un poco. No habrás pegado ojo en el avión.

– No creas, he dormido bastante. Aunque ahora mismo, con el calorcillo del coche, me está entrando modorra.

– Es el jet lag. Nadie se libra.

– Descansaré, aunque no duerma. ¿Tienes trabajo?

– Asuntos pendientes, sí… A las doce, una reunión con empresarios españoles dispuestos a invertir en Chile. O a no hacerlo, según las facilidades que les conceda el Gobierno de la República. Por cierto… Un amigo tuyo, Francisco Camargo, el banquero, estará entre ellos.

– A él no le conozco. Soy amiga de su cuñado, el abogado Jesús Labot, y de su mujer, Sara.

– Mañana por la noche les ofreceré una recepción. Había pensado reservarte el papel de anfitriona.

– Esos fastos no se me dan demasiado bien, pero haré lo que pueda.

– Estoy seguro. Acudirá el ministro Blanquet, que se ha desplazado con los empresarios, en el avión privado de Camargo. ¿Tus amigos, los Labot, también han venido con él? -Martina afirmó y el embajador anotó algo en su agenda-. Perfectamente. Os tengo preparada una sorpresa -murmuró, como hablando consigo mismo-. Pero no adelantemos acontecimientos… Recuerda: te recogeré dentro de un rato, a la una en punto.

– No quisiera ocasionarte ninguna molestia.

El embajador no dio muestra de haberla oído, por lo que ella repitió la frase.

– Perdona, ¿cómo dices?

– Si mi presencia va a suponerte un engorro, yo…

– ¿A qué se deberá esta súbita sordera, a la contaminación acústica? ¿Hemos entrado en el perímetro urbano, Efraín?

– Diría que sí, señor. ¿Subo las ventanillas?

– Súbalas. Prefiero el humo del tabaco al aire envenenado. ¿A la una, entonces, Martina?

– Estaré lista.

– Iremos a un lugar muy especial.

– ¿Adónde?

– A un «café con piernas».

– ¿Qué es eso?

– Otra sorpresa.

– Suena excitante. ¿En qué consiste?

– Si te lo anticipo, dejará de ser una novedad para ti. Ten paciencia.

La ciudad de Santiago se desplegaba ante ellos. Altísimos y acristalados edificios se recortaban contra el verdor de las montañas y la blancura de la nieve. La inspectora apagó el cigarrillo en el cenicero del reposabrazos y reprimió un bostezo.

– ¿A qué hora has dicho que tomaremos ese café con…?

– Con piernas. A la una.

– Son las nueve. Estoy empezando a temer que me quedaré dormida. ¿Alguien podrá despertarme?

– Adviérteselo a tu camarera. Se llama Gustava.

– ¿Tendré camarera?

– Hay dos. La otra se llama Cleopatra. La llamamos Cleo. Está casada con el mayordomo. ¿Adivinas cómo se llama?

– ¿El mayordomo? Déjame pensar… ¿Julio César?

– Marco Antonio.

Martina rompió a reír.

– ¡No puede ser!

– Es.

– ¿Tiene el porte de un romano?

– No. Por eso le llamamos Toño. Le encantan las novelas policíacas. Como a mí, ya sabes. Pero aborrece aquellas en las que el asesino es el mayordomo. Sostiene que perjudican sus intereses corporativos.

Martina rio, divertida. El humor de su primo, combinado con la caricia de la temperatura chilena, frente a los tres grados de Madrid, le hacían sentirse inmejorablemente.

El Audi avanzaba por el carril rápido de la autovía. Habían dejado atrás los barrios periféricos y estaban cruzando el río Mapocho. La brava corriente andina que dividía Santiago en dos descompensadas orillas presentaba las características de un caudaloso torrente. Sus turbias y achocolatadas aguas descendían con fuerza desde las cumbres, en dirección al océano Pacífico.

El tráfico estaba fluido. Unos minutos más tarde, el Audi aparcaba en un cruce de la avenida Apoquindo, frente a la residencia del embajador, un palacio colonial de finales del siglo XIX. En el mástil del balcón principal ondeaba la bandera española.

José Manuel no descendió del coche. Efraín tocó un timbre y el mayordomo, Marco Antonio, y su mujer, Cleopatra, salieron a la puerta de la residencia para recibir a Martina. Después de atropellarse con unas frases de bienvenida, el mayordomo cogió su maleta y, desde el amplio y ovalado vestíbulo, decorado con alfombras y tapices, la fue subiendo escaleras arriba. Cleopatra, que apenas había separado los labios, de lo nerviosa que parecía estar, no paró hasta conseguir hacerse con la chaqueta y el bolso de la inspectora.

La segunda planta reproducía la distribución de la primera, a base de amplias estancias y salas para usos protocolarios, decoradas con pinturas antiguas y muebles de época.

En el salón que tenía aspecto de utilizarse como comedor de diario había una estantería con fotos de José Manuel de Santo. En una de ellas, el embajador posaba junto a la reina Noor de Jordania, con quien mantenía una buena amistad, cimentada durante su estancia en Ammán. Otra imagen suya, más joven y con el pelo todavía más largo, lo reflejaba junto a los reyes de España. Ambos le habían firmado una cariñosa dedicatoria.

También había fotografías de otros miembros de la familia De Santo. José Manuel era hijo de Luis de Santo, el hermano mayor de Máximo, padre de Martina, quien asimismo había alcanzado la dignidad de canciller. A diferencia de Máximo, ya fallecido, su tío Luis vivía aún. Desde que se había jubilado residía en un pueblecito de la Rioja alavesa, donde regentaba una selecta bodega.

El tío Luisón, según le llamaba Martina, seguía siendo un próspero hombre de negocios, pero, por edad, había delegado su dirección. Era su hijo Arturo, hermano pequeño de José Manuel, quien se ocupaba de gestionar las empresas familiares. La vocación diplomática de José Manuel procedía de su tío Máximo. El padre de la inspectora había desarrollado una brillante carrera, ocupando varias cancillerías y sonando en distintas ocasiones como posible ministro de Asuntos Exteriores.

La habitación de Martina, al extremo de la segunda planta, daba sobre los jardines de la residencia. Era una alcoba luminosa, con alfombras blancas, persianas venecianas y una tentadora cama con un cabezal labrado en madera de cerezo. Alados arcángeles en bajorrelieve y un precolombino sol de latón iban a encargarse de vigilar sus sueños.

La ventana estaba abierta, dejando entrar un aire perfumado por un aroma de rosas. Martina se asomó a la ventana. El césped se extendía hasta la valla trasera, protegida con un muro de mampostería cubierto de hiedra y por una menos estética alambrada.

En la mesilla de noche descansaba un búcaro con flores frescas. Eran campanillas, de color azulado y pistilos naranjas.

Martina se desnudó, tomó una larga ducha de agua caliente y, sin fuerzas ni para secarse el cabello, se metió entre las sábanas, quedándose dormida al instante.

Capítulo 29

Golpes de nudillos, como si un insistente tableteo ametrallase su sueño, la despertaron pasadas las doce del mediodía.

Quien tocaba a la puerta era su doncella. Amodorrada, la inspectora le indicó que podía pasar. Gustava era una chilenita enteca, con una trenza que le caía hasta la cintura y ojos brillantes y oscuros como los de un cóndor joven.

Martina intercambió con ella unas breves palabras de bienvenida, le dio las gracias por las flores y le aseguró, para frenar su obsequiosa insistencia, que no necesitaba nada. En cuanto Gustava hubo salido, la inspectora se aplicó a vestirse. Al poco rato, con la grata sensación de haber reposado lo suficiente, y de sentirse descansada y fresca, bajaba las escaleras a la planta baja.

Había dado por supuesto que la esperaba una comida informal en compañía de su primo y por eso renunció a maquillarse, eligiendo la más cómoda de las combinaciones ofrecidas por su exiguo vestuario de viaje: un pantalón de lino, una camisa vaquera y unos mocasines de piel tan blanda que tenía la sensación de caminar descalza. Por si el día engañaba, añadió una americana. En el último momento se animó a incorporar a su atuendo una gorrita de cuadros que había descubierto en una de las sillas del salón comedor. Se la había probado frente a un espejo. Le daba un aire juvenil.

Marco Antonio la estaba esperando en el vestíbulo. Entre sus paredes de alabastro reinaba un silencio solemne, como el de una iglesia o un museo. El mayordomo permanecía erguido junto a un reloj de pared. Al verla descender por las escaleras, pareció despertar. Como respondiendo a un automatismo, su rostro se trianguló en una sonrisa y su frente se inclinó hacia la invitada, rindiéndole pleitesía.

– ¿Ha descansado, señorita?

– Ya lo creo.

– ¿La habitación estaba a su gusto?

– Comodísima.

– No sabe cuánto me alegro. ¿Va a salir?

– Don José Manuel vendrá a buscarme dentro de nada.

– ¿El señor embajador y usted regresarán a comer?

– Con certeza, no lo sé. Creo que el embajador se ha propuesto llevarme a un «café con piernas». ¿Sabe qué es?

– Ah, sí, señorita.

– Pues dígamelo.

– Ah, no, señorita.

– ¿Por qué? ¿No será un burdel?

– Ah, no, señorita. Aunque…

– Puede hablarme con toda franqueza, Toño. Porque le llaman así, creo.

– Sí…Verá, señorita, yo solo estuve una vez en uno de esos cafés y…

– No tiene importancia, déjelo. ¿Voy bien vestida o tendría que haberme puesto minifalda y medias caladas?

El mayordomo enrojeció.

– Va perfecta. Si me permite decirlo, muy elegante.

– ¿Siempre se muestra tan caballeroso con las mujeres?

– Lo procuro.

– ¿Con todas, incluida la suya? -bromeó Martina, pero su sentido del humor iba a chocar contra el nulo sentido de la muerte, porque Marco Antonio se condolió.

– Mi esposa falleció hace un año.

A la inspectora le vino a la cabeza un comentario de su primo.

– Pensaba que estaba usted casado con Cleopatra.

– Y lo estoy.

– Entonces, ¿la fallecida…?

– Mi otra mujer. Murió hace dos años, por desgracia. Con posterioridad, hará uno y medio, volví a desposarme con mi actual pareja, Cleo. Se da la triste circunstancia de que su marido también había pasado a mejor vida. Aunque Cleo y yo no hemos tenido hijos, los suyos y los de mi primer y segundo matrimonio conviven, llevándose razonablemente bien.

– ¿Ha estado usted casado tres veces?

– Así es, señorita.

– Caramba… ¿Y qué fue de su primera esposa?

– Igualmente descansa a la vera del Señor.

Martina estuvo a punto de tocar madera. El mayordomo retomó la que parecía ser su principal preocupación.

– ¿Advierto en cocina que el señor embajador y usted vendrán a comer?

– No sé qué decirle… Por mí, sí, pero… Puedo informarle por teléfono, desde donde nos encontremos.

Marco Antonio volvió a inclinarse y le abrió la puerta. Un haz de sol austral deslumbró a Martina. En contraste con la semipenumbra del vestíbulo, la mañana estallaba en una orgía de color. Rosadas y blancas buganvillas trepaban por la valla que protegía la embajada, de casi tres metros de altura. El cielo era ligero y cálido, de un azul transparente. «Como una promesa de felicidad», se le ocurrió pensar a la inspectora.

Apenas había descendido los escalones de la entrada, uno de los miembros del servicio de seguridad, de turno en una garita desde la que se controlaban los espacios abiertos de la sede, se acercó a ella. Era un hombre joven, con rasgos mestizos.

– ¿Doña Martina? Buenos días. Permiso para presentarme. Mi nombre es Humberto.

– Buenos días, Humberto. Hace una mañana preciosa. ¿Podría ver el jardín?

– Desde luego. ¿Desea que la acompañe el jardinero?

– No quisiera distraerle.

– Estará encantado. ¿Dispone usted de tiempo?

– De unos quince minutos.

– ¡Remigio!

Secándose las manos manchadas de barro, un hombre encorvado, de edad avanzada, dobló la esquina del pabellón de invitados. El guardia le indicó:

– La señorita De Santo desea ver el jardín.

– A la orden.

A Martina le sorprendió lo mucho que Remigio sabía de plantas. En el cuarto de hora que pasó con él, disfrutando del sol entre los parterres, reconoció algunas especies y aprendió los nombres de otras nuevas. Tilos y laureles se elevaban sobre la cuidada hierba, tamizando la luz y creando, en torno a una piscina rodeada de ninfas y sátiros, sombras de un suave frescor.

– ¡Dan ganas de bañarse! -exclamó la inspectora.

El jardinero lo interpretó como una orden.

– Tendremos lista la piscina para esta tarde, señorita.

– ¡Si está limpísima!

– No lo crea. Hay un poco de suciedad. Fíjese, han caído algunas hojas.

El jardinero señaló tres o cuatro en forma lanceolada. Entre los peldaños de la escalerilla, una abeja había quedado atrapada en una tela de araña. Martina la liberó con ayuda de una ramita. El jardinero sonrió, le prometió renovar cada día las flores de su habitación y fue escoltando a la inspectora hasta la puerta de hierro que les aislaba de la bulliciosa avenida Apoquindo.

El guardia abrió manualmente el portón y lo cerró en cuanto Martina hubo salido, como si, por razones de seguridad, y aunque las calles ya no podían estar más tranquilas, no debiera permanecer abierto más tiempo del estrictamente necesario.

Capítulo 30

La inspectora se puso a pasear por la acera, arriba y abajo. El embajador se retrasaba y le dio tiempo para fumar un cigarrillo.

Pasaba de la una y cuarto cuando el Audi oficial se detuvo al otro lado de la calle. La ventanilla trasera se bajó y el embajador hizo una seña a Martina, indicándole que cruzara la avenida hasta ellos. La inspectora lo hizo, entró en el coche y se sentó junto a su primo. José Manuel debía de haberse cambiado en la embajada, porque vestía un traje convencional.

– Siento el retraso -se disculpó él.

– No tiene importancia. ¿Va todo bien?

– De vez en cuando surgen imprevistos que…

El embajador dejó la frase en el aire. El chófer preguntó:

– ¿Adónde vamos, señor?

– A uno de esos «cafés con piernas», Efraín. Al Niágara, junto a la plaza de Armas.

– ¿Le parece bien que tome por la avenida Providencia?

– Me parecería un grave error, Efraín. Es hora punta y seguro que tenemos «taco».

Martina quiso saber.

– ¿Un «taco» es…?

– Los chilenos llaman «taco» a un atasco -explicó José Manuel.

El chófer propuso:

– Buscaré una alternativa, señor embajador.

– Muy bien, Efraín, pero no se ponga a dar vueltas tontamente. Cuéntame qué has hecho, prima.

– Estuve veinte minutos debajo de la ducha y me quedé dormida un par de horas. Remigio acaba de enseñarme el jardín.

– ¿Quién?

Martina le miró, atónita.

– ¿Quién va a ser? El jardinero.

– Entiendo -murmuró el embajador.

Sostenía un informe confidencial abierto sobre las rodillas. Mientras conversaban, no había dejado de leer. Martina insistió:

– No me digas que no conoces a Remigio.

– Hay tres jardineros adscritos al servicio de la residencia. Uno se jubiló, pero sigue echando una mano. Otro lo compartimos con la embajada rusa. El tercero tiene un nombre compuesto…

– Este es uno con el pelo blanco.

– Ya caigo -asintió José Manuel; pero seguía distraído y, aunque había alzado la vista del dosier, su mente parecía hallarse lejos-. ¿Un cigarrillo?

– Acabo de fumar, gracias.

– ¿De dónde has sacado esa gorra?

Martina se la quitó, jugueteando con ella.

– La encontré en uno de los salones, colgada del respaldo de una silla. ¿No será de alguna amiga tuya?

– De Adriana, creo.

– ¿Adriana? -repitió Martina, observando a José Manuel. La tez del embajador se había teñido de un leve rubor.

– Es colombiana, de familia de diplomáticos. Nos conocimos en Nueva York. Casualmente, hemos vuelto a reencontrarnos aquí, en Santiago.

– ¿Suele dejarse olvidada en la embajada algo más que la gorra?

José Manuel no contestó. Otro golpe de rubor lo hizo por él. Los ojos de Martina se detuvieron en el espejo retrovisor. El chófer sonreía. La inspectora supuso que Efraín habría trasladado más de una vez a la mencionada Adriana, extrayendo sus propias conclusiones sobre la relación que la unía con el embajador.

– Nos estamos acercando al Niágara, señor -anunció Efraín-. ¿Les dejo en la misma puerta?

– Muy bien. Acuda a recogernos dentro de una hora… No, hora y media. Avise a la embajada que la señorita Martina y yo llegaremos tarde a comer, pero llegaremos.

En principio, aquel café era como cualquier otro. Más oscuro, eso sí. La luz del día apenas traspasaba las opacas cortinillas que protegían sus ventanas. Débiles lámparas atenuaban la iluminación interior con una suave luz de reflejos rojizos.

El Niágara se disponía en una diáfana planta rectangular, con sillas de rejilla y mesas de granito blanco. Lo que lo convertía en un local distinto eran las jóvenes camareras que, ligeras de ropa, servían las consumiciones a la clientela. La mayoría lucía ligas, corpiños y, las más atrevidas, unos provocadores sujetadores de copa que realzaban sus pechos como las corazas de las amazonas.

– Tomaré un pisco sour -encargó José Manuel a la muchacha que se había acercado para atenderles, una rubia de tez morena y plano vientre de atleta-. Es el aperitivo chileno -tradujo a Martina-. ¿Te apetece uno?

– Y un café solo -añadió su prima.

– ¡Vaya mezcla! Te revolverá el estómago.

– Es para espabilarme. Sigo atontada por el viaje.

– Pues yo, de repente, me encuentro la mar de despierto -adujo José Manuel, sosteniendo la risueña mirada con que le estaba obsequiando la camarera-. Dos pisco sour y un café negro, señorita, si es tan amable.

– Al tiro.

– ¿Qué ha querido decir? -quiso saber Martina.

– Al momento -volvió a traducirle su primo.

– ¿Algo para comer? -preguntó la camarera, sonriente-. Se lo traigo al momento o al tiro, como prefieran.

Pidieron aceitunas y almejas machas. La inspectora observó el local. No había ninguna dienta. Todos eran parroquianos. Los de más edad estaban solos. No se requerían especiales habilidades deductivas para desprender que se dejarían caer con frecuencia y que tal vez, con el tiempo y la costumbre, llegarían a intimar con las camareras que cobraban por hacerles soñar.

– ¿Qué me dices? -preguntó José Manuel-. ¿Habías visto algo parecido?

– Tiene su encanto -admitió Martina-, aunque, según como lo mires, puede resultar degradante.

– Al principio, cuando los «cafés con piernas» empezaron a ponerse de moda, el sector más tradicional de la sociedad chilena se rasgó las vestiduras, pero poco a poco se fueron tolerando y hoy forman parte del acervo turístico.

– Parece un buen negocio.

– Lo es.

La camarera regresó con las copas de pisco sour y les informó de que la cafetera no funcionaba demasiado bien, por lo que el expreso que había solicitado la señora demoraría un poco. José Manuel le aseguró que no tenía ninguna importancia y atacó su pisco sour con epicúrea delectación. La inspectora se humedeció los labios en su cóctel y encendió un cigarrillo. Imitándola, su primo sacó su paquete de tabaco, pero cambió de idea y cogió un Player's sin filtro de la cajetilla de Martina, prendiéndolo con un Bic corriente, de a euro. El embajador era un especialista en extraviar encendedores, por lo que usaba modelos baratos. Tampoco resultaba extraño que perdiese alfileres de corbata, estilográficas, llaves, billetes de avión, incluso, en una que otra ocasión, el pasaporte. Todo volvía a aparecer, por lo general al alcance de su mano, pero su secretaria, en la cancillería, y el mayordomo, Marco Antonio, en la residencia de la avenida Apoquindo, se tiraban sus buenos o malos ratos localizando sus objetos perdidos.

Después de aspirar con placer el humo, el embajador comentó:

– ¿Te dije que he invitado a los Labot? Han confirmado.

– No sabes cuánto te lo agradezco. Me alegra que vayas a conocerles, en especial a mi amiga Sara.

– ¿La madre de la niña que mataron?

– Sí -asintió Martina, hundiendo la mirada en la láctea superficie de su pisco sour. La última imagen que conservaba de Gloria Labot, la del cuerpo sin vida de aquella adolescente tendida en una de las camas quirúrgicas del Instituto Anatómico de Santander, flotó delante de ella, en la atmósfera neblinosa del café Niágara, como un fantasma reclamando justicia-. Para la pobre Sara ha sido espantoso -añadió la inspectora-, un sufrimiento inimaginable. Jamás olvidará, pero es bueno que se distraiga. Sara te resultará muy próxima, ya verás, como si la hubieras tratado toda la vida. Es encantadora. Una mujer ingenua y alegre, pura bondad.

– ¿Qué tal es su marido?

– ¿Jesús? Un gran penalista, uno de los mejores. Un profesional honesto, comprometido con múltiples causas.

– ¿Cómo lleva su horrible tragedia?

– Lo disimula, porque es optimista y dinámico, y se le nota menos, pero también está atravesando por una terrible depresión.

– Leí en los periódicos que fue el novio, un activista de Greenpeace, quien mató a su hija.

– En apariencia, sí.

José Manuel dio otra calada a su cigarrillo. El tabaco de Martina era más fuerte que el suyo y le hizo carraspear.

– ¿Solo en apariencia?

La inspectora desvió la vista hacia la ventana. Las cortinillas tamizaban la luz del exterior, dejando simplemente entrever las siluetas de hombres y mujeres que caminaban por la acera.

– Es el único sospechoso, pero se obstina en declararse inocente.

– ¿Y crees que lo es?

– Todo apunta en su contra, comenzando por las pruebas genéticas.

– No has respondido a mi pregunta, Martina.

– Probablemente, le condenarán.

– Tampoco esta vez me has contestado.

– ¿Cuándo pensarán traerme ese café? ¿Lo reclamo?

– ¡Y ahora cambias de tema!

– ¿Qué tema? -sonrió ella encantadoramente.

– ¡Serás bruja!

– Háblame de esa otra hechicera que olvida sus gorras en la embajada. Adriana. Un nombre muy sexy. ¿Es mona?

– ¡Alto ahí, primita! Ahora eres tú la que pretende tirarme de la lengua. ¿Quieres provocar un incidente diplomático?

– Más bien una declaración.

– ¿De guerra?

– O de amor. ¿Cuándo la conoceré?

– Pronto.

– Déjame adivinar. ¿La has invitado a la recepción?

– Así es.

– ¿La sentarás a tu derecha?

– ¡Cómo eres! Precisamente había pensado situarla a la tuya.

– Prometo no hacerle preguntas indiscretas.

– Conociéndote, estoy seguro de que se las harás. Y, conociendo a Adriana, puedo garantizarte que estará encantada de responderte con todo detalle.

– ¿Me enteraré al fin de la ubicación exacta de tu famoso lunar secreto?

José Manuel se atragantó con el pisco sour. Martina le dio una palmada en la espalda.

– ¿A quién me colocarás a la izquierda?

– A un tal Enrique Leca -repuso el embajador cuando dejó de toser-, un alto ejecutivo del Grupo Camargo y de la Federación madrileña de empresarios.

– ¡No!

– ¿Qué ocurre?

– Coincidí con ese tipo en el avión y…

– ¿Prefieres que lo cambie de sitio?

– No, aunque…

El semblante del embajador se agravó.

– ¿Pasó algo con él?

– Me pareció el clásico seductor, nada más.

Esa respuesta tranquilizó al diplomático.

– Leca acaba de estar conmigo en la embajada, en la reunión de empresarios. No es tu tipo, aunque puede que tú sí seas el suyo. En cualquier caso, y puesto que no tiene la menor posibilidad de conmover tu corazón, le dejaré donde estaba. Los invitados relevantes serán el ministro Blanquet y Francisco Camargo, cuyas inversiones en Chile quitan la respiración. ¿Me dijiste que le conoces personalmente?

– No. Solo he oído hablar de él. No hace mucho tuve la oportunidad de charlar con su mujer, Concha. Es hermana de mi amiga Sara. Una mujer de armas tomar.

– Y multimillonaria.

– Relativamente. Según su cuñado Jesús, abogado de la familia, Camargo lo controla todo. El matrimonio tiene separación de bienes. Formalmente, ni su mujer ni sus hijos son dueños de nada.

– Los hijos les han acompañado a Chile.

– ¿Les has invitado a la cena?

– Sí. Me pareció violento dejarlos fuera.

– Muy bien. Así intimaremos con toda la familia.

José Manuel la miró con ojos entrecerrados.

– Si no te conociera tan bien, pensaría que me estás ocultando algo.

– ¿Por qué dices eso? Nunca haría tal cosa.

– Recordando ciertos episodios de nuestra juventud, yo más bien diría que nunca has dejado de hacerlo.

– Siempre he sido una buena chica.

De repente, el embajador se puso serio.

– Voy a preguntarte una cosa, Martina, y quiero que me digas la verdad.

– Claro.

– ¿A qué has venido a Chile?

– Por Sara -repuso la detective sin titubear.

– ¿Ella te propuso que la acompañaras?

– Fue su marido quien lo hizo. Los Labot decidieron aprovechar el viaje y la invitación de los Camargo. Jesús se ofreció a reservarme una plaza en su avión, pero preferí viajar por mi cuenta.

– Te habrías ahorrado mucho dinero.

– No me gusta deber favores. Supongo que volverán a insistir para que vaya con ellos a la isla de Pascua, donde van a inaugurar un hotel.

– Estoy enterado.

– ¿Cómo?

– E invitado. En principio no pensaba ir, pero si te animas…

– Sería estupendo, José Manuel.

El embajador sacó su agenda, con una reproducción de El grito, de Munch, en la cubierta, y consultó las últimas páginas del año.

– Camargo me envió una carta con las fechas. El plan consistiría en volar a Pascua el 29 de diciembre y pasar en la isla fin de año. Yo tenía, sin embargo, un compromiso previo…

– ¿Con Adriana?

– Bueno… Sí.

– Tráela.

– ¿A Pascua?

– ¿Por qué no? A los Camargo no les importará lo más mínimo.

– No es por eso, y puedo pagar sus gastos, pero…

– ¿Pero qué, primo?

– Tengo la sensación de que entre las dos me estáis poniendo las esposas. Y eso que todavía no te la he presentado. En cuanto Adriana y tú os aliéis contra mí, seré soltero muerto.

– Puede que haya llegado tu hora de sentar la cabeza.

José Manuel apuró el pisco sour y pidió otro.

– ¿Qué te parece si nos emborrachamos moderadamente, como corresponde a un veterano diplomático y a una severa inspectora de policía?

– Tú hazlo todo lo moderadamente que quieras -desestimó Martina-. Ese pisco sour es para aficionados. Yo voy a castigarme con un whisky doble.

No regresaron a la residencia hasta las cuatro de la tarde. José Manuel tenía que asistir a un acto en la embajada serbia y fue a tomar una ducha para despejarse. Por su parte, Martina se quedó nadando en la piscina hasta que se fue el sol, tan desocupada y despreocupada como no recordaba haberlo estado en mucho tiempo.

Capítulo 31

Mientras esperaba a su primo para cenar, Martina estuvo curioseando en su biblioteca, en la que destacaba su colección de novelas policíacas. José Manuel era un fanático del género. Allá donde estuviese, seguía comprando novedades y abasteciéndose de títulos antiguos en librerías de viejo.

Los libros estaban clasificados por orden alfabético, del techo al suelo. A la altura de los ojos de Martina quedaba la letra S, monopolizada por algunos autores extranjeros, como Sayers, Scerbanenco o Stout, y por dos españoles, Lorenzo Silva y Úrsula Sacromonte. La inspectora sacó de la estantería una novela de esta última, cuyo título -Los malditos de Cuenca- le chirrió en la cabeza. Al abrirlo y ver la foto de la solapa no pudo evitar un respingo. Úrsula Sacromonte era la mujer con la que había viajado en el avión. En esa fotografía estaba bastante más joven, pero sin duda se trataba de ella.

Preguntándose cómo habría podido producirse semejante cúmulo de azares, Martina tomó asiento en un sillón orejero y emprendió la lectura de Los malditos de Cuenca. Cuando, a eso de las diez de la noche, se presentó su primo, procedente de la embajada serbia, había devorado un centenar de páginas.

– ¡No me digas que estás con la Sacromonte! -exclamó José Manuel, irrumpiendo en la biblioteca; había cambiado su traje color tabaco de la mañana por otro más oscuro-. ¡Es una de mis autoras favoritas! La llaman la Agatha Christie española. ¿Te está gustando?

– No tiene nada que ver con lo que hacemos nosotros, pero…

– ¿Qué darías por conocerla?

La inspectora vaciló.

– ¿Merece la pena? Aunque, en realidad, ya…

– ¡Vendrá mañana! -reveló José Manuel, en tono triunfal-. ¡Ella es la sorpresa! Me hace muchísima ilusión que me dedique sus libros, pero todavía más que te convierta en un futuro personaje de sus novelas. Estoy completamente seguro de que sabrá aprovechar tu materia «prima».

– ¿Estás ensayando juegos de palabras para deslumbrarla?

– Lo que estoy es seco. ¡Toño!

Marco Antonio se materializó en el umbral. Llevaba un chaleco de cuadros y un pantalón burdeos.

– Tráiganos unas copas, deje servida la cena y aproveche su última oportunidad. Porque hoy es su última noche.

El mayordomo livideció.

– ¿Mi última noche, señor embajador? ¿Qué ha querido decir, si me permite preguntarle?

– Según el plan de la semana, faltan menos de veinticuatro horas para que se presente la señora Sacromonte, la célebre escritora de novelas policíacas. Y ya sabe usted que el culpable es siempre el mayordomo. Por si acaso, disfrute de lo que le queda y desaparezca del escenario del crimen.

– Ah, señor, era eso… Si yo ni siquiera sirvo para que se rían de mí.

– No sea tan modesto. Y consuélese pensando que mañana por la noche podrá aspirar al protagonismo absoluto.

Al embajador le entró una risa floja. También Marco Antonio rio, azorado.

– Entonces, ¿tengo la noche libre?

– Podrá marcharse en cuanto le abra la puerta a la señorita Adriana. Debe de estar al caer.

Martina reparó en que había tres cubiertos en la mesa.

– ¿Tu amiga Adriana viene a cenar?

El embajador la miró con su mejor sonrisa.

– Ahora sí comienza la intriga.

Capítulo 32

La cena con Adriana resultó francamente entretenida.

Como el embajador, también ella -melena suelta, estatura media, rostro lleno y alegre- había estado muy ocupada toda la tarde, multiplicándose en varias recepciones, por lo que no había tenido más remedio -admitió con su vivo acento colombiano- que tomarse unos cuantos pisco sour y tal vez dos o tres bloody mary. El vino argentino que los tres consumieron pródigamente durante la cena acabó de animarla.

Demasiado, tal vez, llegó a pensar Martina, porque Adriana hablaba sin parar, más que los dos primos De Santo juntos. Pero se expresaba con gracia, salpicando sus monólogos con divertidas anécdotas y haciendo reír y bromear a José Manuel como Martina no le había visto divertirse con ninguna otra amiga.

Adriana ocupaba el cargo de agregada cultural de la embajada de Colombia en Chile. Su trabajo le hacía llevar una activa vida social, relacionándola con músicos, actores y escritores.

Precisamente, Úrsula Sacromonte era uno de los nombres incluidos en su dietario cultural. Por mediación de la embajada colombiana, la dama del crimen iba a ofrecer una charla literaria en una sala de la capital santiaguina.

– Casi no consigo agendarle la conferencia -les confesó Adriana.

– ¿Y eso? -se extrañó el embajador-. Me han asegurado que es muy sociable.

– La señora Sacromonte tiene pánico a volar, a pesar de lo cual está empeñadísima en viajar a la isla de Pascua. Tenía las fechas muy justas y me advirtió que apenas dispondría de cuarenta y ocho horas de estancia en Santiago. Para cerrar su programa he tenido que hacer encaje de bolillos, como dicen ustedes en España.

– Pues sí que va a estar concurrida la isla -observó el embajador.

Pero Martina estaba pensando en otra cosa.

– Hay algo que no acabo de entender, Adriana.

– Si puedo aclarártelo.

– Es muy simple. No parece lógico que, teniendo la señora Sacromonte miedo a volar, se embarque en viajes tan largos. De Madrid a Santiago de Chile hay catorce horas. Y de Santiago a Pascua, otras seis.

– Tiene su explicación -indicó la colombiana-. El marido de la señora Sacromonte es un «cazador de eclipses». Como supongo que sabéis, habrá uno, un eclipse total de sol, el próximo día 31. El fenómeno podrá verse en buena parte de Polinesia y América del Sur, pero la isla de Pascua, debido a su privilegiada posición geográfica y a la ausencia total de contaminación, será uno de los mejores observatorios del Pacífico. Sé de gente que lleva años preparando este viaje. Cualquier chalado de la astronomía pagaría lo que fuese por encontrarse allí cuando el día se convierta en noche. Los precios han debido dispararse. No creo que haya una sola habitación en toda la isla.

– ¿Te gustaría ir? -le soltó de golpe José Manuel.

– ¿A Pascua? ¿Te has vuelto loco?

– Desde que tú has llegado ha comenzado a ofrecer algunos síntomas -se chanceó Martina.

– Va en serio -insistió su primo.

Martina guiñó un ojo a Adriana.

– El único tratamiento eficaz consiste en llevarle la corriente.

– En ese caso, me dejaré llevar -sonrió Adriana-. Aunque, ya os digo, no creo que haya una sola cama libre.

– La mía será doble -dijo José Manuel-. Opcionalmente, se puede poner una almohada en medio, pero quién sabe qué puede ocurrir en medio de un eclipse.

La colombiana bebió un sorbo de vino y le miró tiernamente.

– ¿Me está cursando una invitación oficial, señor embajador?

– Es mi manera de estrechar relaciones.

– En ese caso -y Adriana sacudió la melena-, iré preparando la maleta. Por Colombia, claro.

– Por mi parte -anticipó Martina-, me ocuparé de que la representación española no olvide nada. Ni siquiera el anillo.

Sin reprimir un gritito, Adriana se levantó de la mesa y estampó dos besos en la barba de un José Manuel que no había acertado a protestar, seguramente porque no deseaba hacerlo. A Martina le pareció que el segundo de esos besos buscaba la boca de su primo, y por eso, en cuanto hubieron saboreado el postre, una tarta de manzana con que la cocinera solía lucirse cuando deseaba agradar a los invitados especiales del embajador, alegó encontrarse fatigada y se retiró a su alcoba.

Ya entre las sábanas creyó oír risas y algún suspiro, hasta que un sueño profundo la raptó de la realidad, trasladándola al mundo de las imágenes rotas y de los deseos más o menos insatisfechos.

A lo largo de toda la noche, Martina tuvo pesadillas que no se correspondían con la diversión de las últimas horas. Soñó con grandes pájaros, algunos con cabeza humana, cuyas sombras no se reflejaban en el mar porque las olas eran negras, montañas de tinta elevándose hacia un cielo todavía más amenazador. Y soñó con una isla de acantilados furiosos, donde alguien a quien ella conocía, pero cuya cara no se distinguía en el sueño, perdía dramática y violentamente la vida.

Capítulo 33

La inspectora despertó radiante, sin la menor resaca, y ocupó la mañana en hacer un poco de turismo en compañía de Adriana.

José Manuel tenía una comida oficial, por lo que, a eso de las cuatro, después de haber tomado un tentempié con la colombiana, Martina regresó a la residencia para ofrecerse a echar una mano en los preparativos para la cena. No lo consiguió. Un infranqueable Marco Antonio, más viril -autoritario, incluso-, ni siquiera le permitió traspasar la puerta de la cocina. En sus dominios, dijo, gobernaba él. De modo que Martina se puso el bañador, volvió a coger Los malditos de Cuenca y estuvo bañándose y leyendo hasta las siete y media, a falta de una hora para la recepción.

Subió a su alcoba para arreglarse con calma, de acuerdo con el ritmo de vida que parecía imperar en el país, pero apenas había abierto el grifo de la ducha llamaron precipitadamente a la puerta. Era Gustava, con una emergencia: dos de los invitados a la cena acababan de presentarse de improviso, sin que el embajador hubiese llegado para atenderles.

Martina sugirió:

– Ofrézcales una bebida y dígales que en diez minutos estaré con ellos.

– ¿Dónde les sirvo la copa?

– En el jardín. Hace buena tarde.

Desde su ventana, Martina vio a Gustava precediendo al porche a la pareja que se había adelantado a la hora. La mujer no era otra que Úrsula Sacromonte; el hombrecito que la acompañaba, Sebastián. La inspectora podía haberse sumergido en un nuevo nivel de estupefacción, pero lo aceptó sin más, como venía acatando la suma de azares que la relacionaba con aquella pintoresca pareja.

La escritora vestía un discutible conjunto de gasa, color turquesa; a él no se le había ocurrido nada mejor que ponerse un traje blanco como la leche y pajarita de lunares negros, como un anacrónico Hércules Poirot -quien, por otra parte, como perfectamente, en su calidad de experto en novela negra, podría haber observado el embajador, tan solo había sido crónico de talento-. Sebastián se puso a manotear delante de la doncella, como queriendo expresar mímicamente la magnífica impresión que le había causado la residencia, y luego se alejó hacia la piscina, dejando a su mujer sentada, con un vino en la mano. Como si encarnara a un experto botánico, el hombrecito se aplicó a dar una vuelta por el jardín, admirando las plantas e inclinando el tronco para observarlas con mayor detalle.

Observándole a su vez, a Martina se le ocurrió pensar que lo contrario hubiera sido más lógico, esto es, que hubiese sido Sebastián quien se arrellanara en las confortables butacas del porche, mientras Úrsula recorría las ajardinadas veredas, admirando la frondosidad de los tilos y la pujanza y variedad de las plantas autóctonas. Tal pensamiento no anidó en la cabeza de la inspectora como un conductista cliché, sino debido a que en Los malditos de Cuenca Úrsula Sacromonte acumulaba precisas descripciones de un jardín donde había aparecido un cadáver, siendo ambos elementos, el muerto y la vegetación, de relevancia para la trama. Pero, sentada en dirección a la fachada posterior del palacio, como si, habiéndose olvidado de Sebastián, permaneciera únicamente atenta a la puerta por la que el embajador debería aparecer, la escritora ni tan siquiera había lanzado una ojeada a los jardines de la residencia.

Todo en esa pareja, pensó Martina, parecía manifestarse contrariamente a lo previsible. Incluso cuando la escritora llamó de forma estentórea a Sebastián, conminándole a darle fuego, pues no encontraba su encendedor, su seca voz resonó como la de un general ordenando cuadrarse a un recluta.

Martina cogió de su mesilla Los malditos de Cuenca y bajó con el libro en la mano, dirigiéndose hacia Úrsula con una sonrisa franca, pues daba por supuesto que la escritora la reconocería del viaje. Al verla, la autora se levantó en el acto, saludándola con una media reverencia más bien grotesca, que la hizo trastabillar sobre sus altos tacones.

– Supone un gran honor para mí, señora embajadora. No se imagina cuánto he agradecido su invitación.

Martina se apresuró a sacarla de su error.

– Soy una prima del embajador De Santo. ¿No me recuerda del avión? Volamos juntas desde Madrid…

La reina del crimen se quitó las gafas y se quedó mirando a Martina como si la viese por primera vez.

– ¡Usted! -exclamó atónita, con una voz más parecida al graznido de un cuervo-. Discúlpeme, con las gafas soy incapaz de ver nada.

– Entonces, ¿para qué las usa?

– Por la presbicia… Ahora la reconozco, señorita, claro que sí. Es cierto, viajamos en el mismo vuelo. Me pareció usted una persona encantadora.

– ¡Si no habló conmigo!

– ¿Y para qué habría de hacerlo? Su lenguaje corporal me bastó para establecer las pautas de su personalidad. Es usted una mujer fascinante, como todos los diplomáticos.

– Ya le he dicho que yo no…

– No insista. Las personas son libros abiertos para mí.

– Precisamente he traído uno de los suyos para…

– ¡Ah, Los malditos…! Una de mis mejores novelas, son ya catorce ediciones. Y Cuenca, con sus encantados misterios… Deme, le firmaré el ejemplar.

– Es para el embajador.

La garganta de Úrsula emitió un gorjeo de satisfacción.

– Entonces, ¿lo rubrico para don José Manuel de Santo? -se aseguró, procediendo a estampar una dedicatoria «al hombre que representa cuanto amo: mi patria, mi bandera, mi libertad de expresión». Acto seguido preguntó a Martina-: ¿Me decía que usted también pertenece al cuerpo?

– Pero no exactamente al diplomático.

– ¿A cuál, entonces?

– Al cuerpo de policía.

– ¡Sebastián! -gritó la señora Sacromonte, volviendo a ponerse las gafas-. ¡Sebastián!

Su acompañante, que había vuelto a alejarse para contemplar una ninfa de mármol, cuya desnudez parecía inspirarle un arrobamiento lindante con el éxtasis, se apresuró a regresar a su lado.

– ¿Sucede algo, querida? Estaba admirando esa estatua.

– ¡Pecando de pensamiento, truhán, es lo que estabas!

¿Crees que no conozco tus libidinosas tendencias? En fin, no te lo vas a creer… ¡Esta mujer es un agente de policía!

– Increíble -murmuró Sebastián, mirando a Martina de arriba abajo.

– ¿Qué es lo increíble? -preguntó la inspectora ahogando una risa; tenía la sensación de hallarse ante una pareja de cómicos que no acababan de dominar sus respectivos papeles.

– Responde tú, Sebastián.

– Su aspecto -dijo él.

– ¿Se refiere a mi vestido? -quiso saber Martina-. ¿No les gusta?

– Su vestuario y aspecto son normales -declaró la escritora-. Precisamente, eso es lo raro.

– ¿Debería vestir de negro y llevar un arma?

– No invada mi terreno. Las definiciones -sentenció Úrsula- me corresponden a mí.

– Puede quedarse con las palabras -replicó al instante Martina-. A mí me interesan los hechos.

– ¿Alguno en particular? -cuestionó Sebastián, introduciendo un pulgar en la hebilla del cinturón, como habría hecho Poirot.

– ¿Quiere un ejemplo? Muy bien, le pondré uno: el hecho de que se hayan adelantado a esta cita.

– ¿Nosotros? -se alteró Úrsula-. ¿Qué dice, mujer? ¡Eso no es posible! Mi reloj marca las nueve.

– Y son las ocho.

– ¡La culpa es tuya, Sebastián! -estalló la escritora-. Siempre que hay un cambio horario sintonizas mal los relojes. ¡Y, encima, venga a darme prisa en el hotel! Equivocarnos de hora… ¡Qué manera de ponerme en evidencia, por Dios!

– Olvídenlo, no tiene importancia. Miren, ahí llega…

– ¡El señor embajador! -exclamó la Agatha Christie española, arrojándose literalmente en brazos de José Manuel de Santo.

El diplomático correspondió con efusión a su saludo. Disculpó a sus primeros invitados por haberse presentado antes de tiempo y les aseguró que el honor era suyo, al tener la oportunidad de disfrutar con la presencia de una de sus autoras favoritas. Pidió una nueva ronda y permiso a los presentes para cambiarse de ropa, con la promesa de estar de vuelta en unos minutos. Pero tenía que hacer un par de llamadas confidenciales a Exteriores y demoró algo más.

Entretanto, los restantes invitados fueron llegando a la residencia.

El último en presentarse fue el ministro de Economía, Jordi Blanquet. Antes que él lo habían hecho Francisco Camargo y su mujer, Concha, más sus hijos Rafael y Rebeca; Jesús y Sara Labot; los constructores Juan Aldea, Lucio Ávila y Martín Codo; un empresario textil, Ernesto Gutiérrez; además de Enrique Leca, directivo del Grupo Camargo, y de otro banquero, Emilio Lalana, a quien el embajador, para evitar fricciones con Camargo, con quien Lalana mantenía cierta rivalidad, sentó en la otra punta de la mesa.

Quedaba un resto de luz y lo aprovecharon en el jardín tomando un cóctel.

La señora de Camargo mostró su entusiasmo hacia los tilos, que le recordaron a los de su Comillas natal. Martina se ofreció a mostrarle las especies más características. Rebeca se les unió, mientras Sara se quedaba charlando con el embajador y con Adriana. Al pasar junto a ellos, Martina agradeció con un gesto a su primo la atención que estaba prestando a su amiga. Era la primera fiesta a la que Sara asistía tras la muerte de su hija Gloria.

El servicio al completo se había desplegado bajo el mando de Marco Antonio, ataviado con chaleco amarillo y corbata y pantalón negros, mientras las doncellas, Cleopatra y Gustava, más otra muchacha contratada para la ocasión, vestían el clásico uniforme, con mandilones, blusas y cofias.

Martina empleó un buen rato, hasta que fue cayendo la oscuridad, en satisfacer la pasión de Concha por las especies autóctonas, cuyos nombres había memorizado gracias a las explicaciones de Remigio.

Acostumbrada a figurar en actos sociales, la señora Camargo lucía un vestido de diseño, pero su hija Rebeca se había presentado en la residencia con una simple blusa, desabrochada hasta el tercer botón, y una falda demasiado corta. Pese a su desaliñado aspecto, a Martina le resultó una chica interesante. Casi todo lo que decía tenía un aire alternativo, un punto contestatario. No resultaba difícil suponer que uno de sus deportes favoritos consistiría en llevar la contraria a sus burgueses progenitores.

Los cócteles se prolongaron hasta pasadas las diez porque el ministro Blanquet, que no había probado el pisco sour, se reveló como un entusiasta descubridor de su amargo sabor. Aunque el anfitrión le previno de que pegaba más de la cuenta, el titular de Economía liquidó tres en menos de lo que se tarda en contarlo, sin picotear apenas de las bandejas que las doncellas les iban ofreciendo a cada momento.

Todo ese rato el ministro estuvo charlando confidencialmente con Francisco Camargo. Martina pensó que, al natural, el banquero cántabro tenía mejor aspecto que en las fotos de los periódicos. Casi siempre lo sacaban con el gesto de un tiburón financiero. Camargo era tosco, ciertamente, pero varonil. A su modo, siguió elucubrando la inspectora, podía resultar atractivo, aunque en su cincelado rostro brillaban un par de ojos malévolos, depositarios de tal expresión de desconfianza que cabría preguntarse si aquel hombre habría tenido jamás un amigo.

Pasaron al comedor. En cuanto sirvieron los primeros platos, el ministro amplió la tertulia económica al resto de los empresarios. Todos ellos tenían fuertes intereses en Chile, por lo que Blanquet se centró en las gestiones que desde su ministerio se estaban llevando a cabo para favorecer su implantación.

– Tengan la seguridad de que la voluntad del Gobierno es apoyar a los hombres de empresa. Merced a ustedes puede que España, y a no tardar demasiado, vuelva a ser lo que fue.

Camargo fue más allá:

– Un imperio.

– El mercado que nos robaron por falta de líderes -subrayó Lalana, el segundo banquero.

– No perdamos la esperanza de alcanzar grandes metas -predicó el ministro con el tono de voz que adoptaba en televisión-. Y no hablo por hablar. Nos hallamos inmersos en una dinámica de expansión. Una formidable maquinaria, cada vez mejor engrasada, compuesta por capital privado y público, se dispone a ampliar horizontes. La prosperidad no es, señores, una de las prioridades de mi gobierno; es «la prioridad».

– Me va a permitir que discrepe -intervino Úrsula-. ¿Esa prioridad nacional no debería ser la cultura?

Rafael Camargo iba a comentar algo, pero era obvio que el hijo del banquero se había extralimitado con el vino. Sin el menor miramiento, su madre, Concha, le quitó la palabra de la boca para informar al conjunto de la mesa:

– Nosotros, señora Sacromonte, predicamos con el ejemplo. Nuestro grupo sostiene una fundación para estudios de música clásica y ópera.

– Y estamos restaurando los moais de la isla de Pascua -agregó su marido.

– Esto último es a modo de compensación, papá -le contradijo su hijo Rafael, con la voz tomada-. Por las mismas razones que los conquistadores regalaban espejuelos a los indios, a cambio de oro.

– Soy un hombre de negocios -le recordó su progenitor, sofocando su irritación.

– No les hagan demasiado caso -intervino Rebeca. No era guapa, pero sí una chica especial; hacía rato que algunos de los comensales, en especial Enrique Leca, se la estaban comiendo con los ojos-. Mi padre y mi hermano siempre se están peleando. Rafael debería independizarse, como he hecho yo, pero la paga del domingo no le llega.

Algunos empresarios rieron, lo que motivó que Rafael fulminase a su hermana con la mirada. El padre decidió intervenir por la misma razón que antes lo había hecho su mujer, para no dejar expresarse a su hijo.

– ¿Saben a qué llaman independizarse los jóvenes solteros de oro de hoy en día? A vivir mucho mejor de lo que cualquiera de nosotros consiguió hacerlo antes de cumplir los cincuenta. Tan solo espero que de los privilegios de que venís disfrutando -y Camargo se dirigió a sus hijos, ambos sentados frente a él- se derive una cierta competencia en una todavía incierta actividad.

– ¿En cuál? La banca es aburrida -descartó Rafael con afectada languidez.

– Si la comparas con el golf, el tenis, la equitación o el resto de tus habituales ocupaciones, podría estar de acuerdo.

Rafael renunció a contestar a su padre. No se parecía nada a él. Frente a los rasgos gruesos de Camargo, su único hijo tenía una cara flaca, con las mejillas hundidas bajo los pómulos y los labios sobresaliéndole abultadamente. Su mirada era abúlica y nada decía su expresión. Todo lo más, que la obligación de existir le producía tedio.

Por el contrario, su hermana Rebeca aparentaba atesorar bastante más personalidad. Sin terminar el plato, tomó un cigarrillo de una pitillera de plata y preguntó:

– ¿Qué hay de los indígenas de Pascua, papá? ¿Los has puesto a todos a trabajar o todavía hay algunos que siguen vagueando, sin beneficiarse de tus competitivos principios?

– Rebeca está muy concienciada con las comunidades nativas -medió su madre para evitar una trifulca familiar-. De hecho, colabora activamente con una organización no gubernamental, Pueblos Primitivos.

– Oprimidos, mamá. Mi organización se llama Pueblos Oprimidos.

– No tienen cuenta en ninguno de mis bancos -comentó jocosamente Camargo-. De ahí que nunca sepa dónde, a qué o a quién se destinan mis donativos. Bastante generosos, por otra parte.

El silencio que prosiguió fue tan frío como unánime, pero Camargo ni siquiera pareció darse cuenta. Mucho menos, sentirse avergonzado. Su hija le destinó una mirada en la que se empozaba toda una oscura historia familiar y, dirigiéndose a Blanquet, dijo con tono crítico:

– Aprovecho que mi padre ha sacado el tema económico para informarle, señor ministro, de que su Gobierno nos ha denegado una solicitud de subvención. En cambio, han decidido financiar a unas cuantas sectas religiosas y a una agrupación de falangistas.

Blanquet se encogió de hombros. El embajador iba a tratar de reconducir el diálogo cuando la escritora se le adelantó.

– Pueblos oprimidos -dijo Úrsula con lentitud, como inmersa en un infierno de holocaustos y éxodos-. ¿Oprimidos por quién, señorita Camargo?

– Por el poder establecido. En Chile, sin ir más lejos, sobreviven a duras penas unas pocas colectividades.

– Háblenos de esos indios, Rebeca -pidió Enrique Leca, haciendo un esfuerzo para no perderse en el escote de la hija de su jefe-. Y díganos qué podemos hacer por ellos.

– ¿Los mapuches, para empezar?

– Es un tema delicado -opinó Jesús Labot, cautelosamente-. Como sabes, querida sobrina, mi bufete ha defendido varios casos de minorías étnicas y hay que hilar muy fino. No digo que en el fondo no tengas razón, cuidado, sino que, en el marco de estas luchas, politizadas hasta sus últimos extremos, no todo es idílico. Por ambas partes hay abusos, fraudes y casos de corrupción. Siempre tomaré partido por los más débiles, defenderé en conciencia a los que en recursos y número sean inferiores, pero me he llevado más de una decepción y me las seguiré llevando. Insisto en que son temas muy delicados y no deben globalizarse.

– La represión oficial se ejerce sin la menor delicadeza -porfió la joven; la sangre le había subido al rostro y en sus ojos anidaba un brillo fanático-. Piensen en el pueblo rapa nui. Apenas tres mil individuos soñando con su independencia en una isla que ha sufrido todos los abusos de la colonización extranjera. Me gustaría abordar mi reunión con ellos bajo algún tipo de garantía o apoyo, pero ya sé lo que me van a decir ustedes. No, señor ministro, no me mire así. ¿Qué puedo esperar de mi país, además de la vieja receta de la espada y la cruz?

El embajador había procesado un par de argumentos disuasorios y estaba a punto de exponerlos cuando Camargo, decidido a poner punto final a aquel escarceo sobre justicia social -que él, en su fuero interno, denominaba «pancomunismo»-, recuperó la palabra.

– Como saben, tenemos pensado visitar la isla de Pascua. El señor ministro no podrá acompañarnos, debido a otras obligaciones, pero espero que usted, señor embajador, sí pueda hacerlo. Mi hija Rebeca, tal como acaba de anunciarnos, mantendrá un encuentro con los dirigentes del pueblo rapa nui, concretamente con su Consejo de Ancianos. ¿No es así, Rebeca? -Su hija asintió con reconcentrada gravedad-. Mientras tanto -continuó su padre- los demás nos ocuparemos de otros asuntos quizá menos utópicos, pero asimismo trascendentes para la prosperidad de la isla.

Concha añadió con cachaza:

– En mi calidad de único miembro verdaderamente pacifista de la familia, pues me paso el día apaciguando a los míos, me propongo practicar un sano e inofensivo turismo. Cuento con todos. Hay muchas cosas que ver en Pascua y todas apasionantes.

Su marido aprovechó para adelantarles el programa.

– Durante su estancia inauguraremos el hotel Easter Island y las oficinas de nuestra sucursal bancaria, la primera que operará de forma independiente. Hasta el momento, solo el Banco Nacional de Chile ha tenido implantación en la isla. No había competencia, y eso, Rebeca, es otra forma de colonización. A partir de ahora, habrá competencia y libertad. Un hecho mercantil, sí, pero histórico. De nuestros sondeos se desprende que la población autóctona está a favor de disponer de un amplio abanico de ofertas y productos financieros, desde la concesión de hipotecas al asesoramiento en materia de alquiler de inmuebles o terrenos. El futuro ha llegado a ese islote del Pacífico.

– Totalmente de acuerdo, Camargo -le apoyó Lucio Ávila, uno de los constructores, y dueño de una cadena de centros comerciales que aspiraba a instalarse en el Cono Sur-. Estoy persuadido de que esa es la filosofía. Te deseo mucha suerte en tus proyectos.

La cena se prolongó pasada la medianoche. Rafael Camargo siguió bebiendo de manera descontrolada, hasta que sus padres optaron por retirarlo, despidiéndose del embajador con el compromiso de reencontrarse en el aeropuerto para tomar el vuelo a Pascua.

El resto de los invitados disfrutó de su copa, con Úrsula Sacromonte ejerciendo como estrella invitada. La escritora estuvo ingeniosa, y a ratos brillante. Había conocido a un sinfín de personalidades públicas y, en persona, a Agatha Christie, que había pasado temporadas cerca de su casa en Tenerife. No congenió en absoluto y le molestaba que la comparasen con ella. Bromeó con Marco Antonio a propósito de su oficio de mayordomo, firmó sus libros al embajador y no puso reparos a fotografiarse con todos. Cuando se fue, escoltada por su pintoresco marido, ambos un poco bebidos, se abrazó exageradamente, como una espía anegada en champán, a José Manuel, legándole una mancha de carmín en la patilla y la promesa de inmortalizarle en una futura intriga de ambiente chileno.

Capítulo 34

Durante las seis horas de viaje, mientras sobrevolaban el océano Pacífico, Francisco Camargo no pudo dejar de pensar en Mattarena Hara.

Una y otra vez intentaba apartarla de su pensamiento, pero era inútil. Como una obsesión, el rostro y la sonrisa de la hermosa rapa nui regresaban a su memoria. El banquero guardaba en la cartera una foto suya, que Mattarena le había regalado durante su clandestino viaje por el sur de Chile; aprovechando que Concha, su mujer, que viajaba en un asiento distinto al suyo, se quedaba amodorrada a ratos durante la travesía, le había echado una que otra furtiva mirada.

Mattarena… Había algo irresistible en sus ojos almendrados, del color de la madera rubia, amielada, suave y brillante como la superficie de sus marfileños dientes, con los que ella solía mordisquearle los labios al hacer el amor.

Por la megafonía de la aeronave se oyó la voz del comandante:

– Vamos a iniciar el descenso al aeropuerto de Mataveri. Las condiciones de aterrizaje son óptimas, sin nubosidad y con un ligero viento de cola. La temperatura exterior es de veinticuatro grados. Para los próximos días, la previsión meteorológica será buena, con una sucesión de días soleados, sin previsión de lluvias. El eclipse podrá disfrutarse con absoluta claridad. Los miembros de la tripulación del Cantabria azul confiamos en que hayan tenido un vuelo agradable y esperamos que su estancia en la isla les resulte igualmente grata.

Alguien a bordo aplaudió con timidez, pero nadie le secundó. Todos estaban fatigados del largo viaje. Habían transcurrido más de ocho horas desde la salida de sus hoteles de Santiago y estaban deseando tomar una ducha o bañarse en alguna de las espléndidas piscinas del Easter Island. Junto con las bebidas, un ligero aperitivo y, a su hora, una comida en toda regla, durante la travesía a Pascua dos amables azafatas habían facilitado a los pasajeros información sobre la isla y el nuevo hotel. Además de las lujuriosas piscinas, jacuzzis y saunas, las instalaciones del Easter incluían un gimnasio, casino y discoteca, sala de cine, un acuario de especies marinas, tres restaurantes con distintos tipos de cocina y un salón de actos, construido al estilo de las primitivas casas barco.

– Estoy deseando tomarme un pisco sour al aire libre -murmuró el embajador, sentado entre Martina y Adriana-. Y supongo que te estás muriendo por fumar, prima.

– Supones bien.

– Deberías controlar ese vicio.

– Si los vicios fuesen controlables, dejarían de ser vicios.

José Manuel bajó el tono.

– Tengo una pregunta para ti.

– Siempre que pones ese tono me recuerdas a un viejo inspector que tuvimos en la Academia.

– ¿Viejo?

– Estás muy fuerte y joven, amor -le consoló Adriana.

– Gracias, cariño. Pero, precisamente porque estoy muy vivido, os pregunto: ¿no creéis que aquí está pasando algo raro?

– ¿En qué sentido? -consultó Adriana.

– No estoy seguro. El caso es que desde la cena del otro día he tenido la impresión de que en el entorno de este grupo va a suceder algo inesperado.

– ¿Como qué?

– No lo sé ni puedo saberlo, pero no he dejado de observarles y cuanto más lo hago, más raro se me hace todo y más extraños me parecen.

– ¿Los Camargo? -volvió a preguntar Adriana.

– Ellos, desde luego, pero también la corte que arrastran. ¿Qué sentido tiene este viaje? ¿Podéis calcular sus costes? ¿Por qué traerse hasta esta isla, a diecisiete mil kilómetros de Madrid, a toda la familia? ¿Por qué premiar a una serie de ejecutivos con un viaje vacacional? Camargo posee un montón de hoteles repartidos por medio mundo y nunca antes, que yo sepa, y estoy bien informado, había asistido a un acto de inauguración. Es más, aborrece este tipo de celebraciones. El año pasado su grupo inauguró otro hotel de cinco estrellas en Valparaíso y le estuvieron esperando en vano. Tan difícil es sorprenderle en actividades protocolarias como en un renuncio pasional.

Martina miró con atención a su primo.

– ¿Por qué has empleado ese símil?

– Se me acaba de ocurrir.

El torso de Camargo emergió sobre los asientos delanteros. Tenía la mirada acuosa, como si acumulara sueño, pero su barbilla seguía recortándose con la acostumbrada dureza. Se puso la chaqueta, una americana azul con botones plateados, y miró al pasaje esbozando un gesto que solo desde un inocente optimismo podría haberse definido como una sonrisa.

– El comandante Sanagustín acaba de darles la bienvenida a nuestro destino, pero, con el permiso del señor embajador, a quien agradezco extraordinariamente que se haya decidido a acompañarnos, me voy a permitir hacerlo en nombre propio.

Como deferencia al hecho de que el patrón hubiese tomado la palabra, los motores dejaron de funcionar. El avión se inmovilizó en la pequeña pista de aterrizaje de Mataveri, con el morro apuntando hacia una serie de cobertizos que Martina supuso albergarían elementales servicios aeroportuarios. Los viajeros se habían puesto a atisbar por las ventanillas, pero dejaron de hacerlo en cuanto Camargo, micrófono en mano, siguió hablando.

– Y quiero hacerlo porque esta isla es, para mí, un lugar muy especial. Perdida en la inmensidad del océano Pacífico, a muchos miles de kilómetros de cualquier otra comunidad, este asombroso pedazo de tierra simboliza el esfuerzo y el progreso de la humanidad en su desarrollo histórico, desde la era de las cavernas a la del microchip. Simboliza el milagro y el misterio, el principio y el fin. Mucho antes de la llegada del hombre blanco, el pueblo rapa nui había sido capaz de poner en pie una civilización tan fuerte y majestuosa como los propios moais. Nunca rendiremos justo homenaje de admiración y valor a aquellos heroicos marinos que atravesaron vastas extensiones oceánicas con sus casas barco, llevando a bordo a su rey, sus hombres sabios, sus familias, sus animales y, sobre todo, la esperanza de dignificarse con una nueva vida en un lugar ignoto donde tendrían la oportunidad de consolidar una raza, inventar una religión y convertirse en hombres-dioses, en pájaros libres como el viento…

El magnate calló unos instantes, como turbado por una emoción. Un tanto desconcertados por su discurso, los pasajeros permanecieron en sus asientos sin atreverse a levantarse ni a abrir los compartimentos superiores. Ajeno a que estaban deseando abandonar cuanto antes la calurosa cabina del avión, en la que llevaban metidos demasiado tiempo, Camargo añadió:

– Muchos de ustedes me conocen bien, aunque quizá -y aquí su tono se tiñó de un registro más opaco- sería más exacto decir que «creen» conocerme. Yo también lo creía, hasta que visité esta isla por primera vez y, también por primera vez, dudé de mí mismo. No me refiero a mis capacidades o proyectos, sino a mi propia esencia, a mi más íntimo ser… ¿Entienden lo que estoy intentando expresarles? Tal vez alguno de ustedes se formule preguntas parecidas delante de los moais o visitando el poblado de los hombres pájaro. Si es así, espero que acierten a responderlas. Ya podemos desembarcar… ¡Iorana!

Capítulo 35

El aeropuerto Mataveri era tan precario que parecía de ficción.

Un minibús aguardaba a los invitados del Easter. La guía que acompañaba al conductor fue obsequiando a los recién llegados con vistosos collares de conchas trenzados con fibras vegetales.

El vehículo arrancó y comenzó a traquetear por la única carretera asfaltada de toda la isla, en dirección a la capital, Hanga Roa. Desprovisto de vegetación, el paisaje de llanuras áridas permitía admirar los volcanes.

La guía se llamaba Haitiare. Había nacido en una aldea isleña cuyo complicado gentilicio pronunció aun a sabiendas de que nadie lograría retenerlo.

– Mi pueblo ha tenido varios nombres. También la isla se ha llamado de diferentes maneras a lo largo del tiempo: Rapa Nui, isla de San Carlos, Vaihú, Teapi… Los pascuenses nacemos, vivimos y morimos sobre un diminuto jardín de tierra volcánica situado en mitad del océano Pacífico; o, si lo prefieren, en medio de la nada. Nos encontramos a 2600 kilómetros del archipiélago de Gambier, a 3600 de Chile y a 6900 de Nueva Zelanda. Pascua tiene forma triangular y tan solo 24 kilómetros en su eje más ancho. Los tres principales volcanes se encuentran en los ángulos de dicho triángulo: al noroeste, el Rano Aroi, con 535 metros sobre el nivel del mar; al suroeste, el Rano Kao, con 400 metros; y al noreste, el Rano Raraku, de 300.

– ¿Hay temblores? -quiso saber Aldea, el constructor, seguramente pensando en la posibilidad de elevar unos bloques.

Haitiare sonrió de un modo sedante.

– Pueden estar tranquilos. Aunque nos hallemos en una de las zonas de mayor actividad sísmica del planeta, no existen registros recientes de terremotos. El vocabulario rapa nui no incluye palabra alguna para designarlos.

– ¿Y tsunamis?

– Hasta donde la memoria de nuestro pueblo alcanza, tampoco -descartó Haitiare; tenía una sonrisa de ángel y un pelo tan negro que parecía teñido.

– Y, sin embargo -intervino Camargo-, hace unos cuantos siglos los moais bien pudieron ser derribados por uno o varios tsunamis. Las estatuas de Anakena aparecieron a centenares de metros de su altar, lo que puede explicarse si fueron arrastradas por una violenta corriente de agua.

Haitiare sabía quién era el jefe y por eso asintió, dándole la razón antes de continuar con sus explicaciones.

– Cuando, a lo largo del siglo XVIII, comenzaron a llegar las primeras expediciones marítimas, eso mismo fue lo que los capitanes pensaron. El primero de ellos fue el navegante holandés Jakob Roggeveen, quien arribó el 5 de abril de 1722, festividad de la Pascua de Resurrección. De ahí, el nombre elegido para bautizar la isla. Roggeveen había partido el 16 de julio de 1721 del puerto de Ámsterdam, al mando de una flotilla integrada por tres barcos, el Thiehoven, el Areud y el African Galley. El 15 de febrero arribaron a la isla de Juan Fernández, frente a la costa chilena. Desde allí pusieron rumbo noroeste. Tras veintiún días de navegación divisaron tierra y las gigantescas estatuas diseminadas por la costa. El sargento alemán Bherens fue comisionado por Roggeveen para los reconocimientos que se llevarían a cabo durante los tres días en que la flotilla permaneció atracada frente a la isla. A Bherens le cupo el honor de ser el primer europeo que puso el pie en la isla de Pascua. Tendrían que pasar cincuenta años para que la isla fuese visitada por otro europeo. Aquella segunda expedición estaba al mando del español Felipe González.

– ¿De qué me suena ese? -saltó Enrique Leca, despertando un coro de risas.

– González de Ahedo -precisó Haitiare, habituada a que los grupos de españoles hicieran parecidos comentarios-. Por encargo del virrey del Perú, y con el objetivo de encontrar la mítica «tierra de Davis», un filibustero inglés que en 1687 aseguró haber avistado tierra en estas latitudes. Felipe González de Ahedo zarpó de El Callao el 10 de octubre de 1770, al mando del San Lorenzo y del Santa Rosalía. Cumplidas ocho semanas de navegación divisó la isla, donde desembarcó el 15 de diciembre de 1770 y de la cual tomó posesión en nombre del rey Carlos III. En su honor, la bautizó como «isla de San Carlos». Un extenso documento que recogía características físicas, etnográficas y lingüísticas de la población dejó constancia de su incorporación a la soberanía española. Dicha escritura fue rubricada por los jefes indígenas. Unos firmaron con el dedo mojado en tinta; otros, con una cruz; otros, con el dibujo de un hombre pájaro.

– Un poco como viene sucediendo hoy en día -bromeó

Camargo, aludiendo a los complejos contratos que sus abogados se habían visto obligados a negociar con propietarios nativos, a fin de hacerse con el arrendamiento de los terrenos sobre los que se levantaba el Easter. Leca, que había participado en esas arduas negociaciones, captó la indirecta y secundó a su jefe con una sarcástica interjección.

El minibús avanzaba por una tierra pobre y reseca, incapaz de ofrecer poco más que una monótona variedad de arbustos espinosos. Omnipresente, el mar, de un azul oscuro que revelaba su profundidad, podía verse desde cualquier parte.

La amable Haitiare continuó desgranando aspectos de la historia y geografía de Pascua y aligerando los datos con anécdotas. Por la riqueza de su lenguaje, Martina sospechó que no se trataba de una simple guía turística. Estaba en lo cierto. En el transcurso de la copa que compartirían antes de cenar, Camargo les comentaría que Haitiare era, en realidad, una de las arqueólogas de la excavación de La Pérouse, donde, bajo el patrocinio de su grupo, los expertos estaban rescatando de las aguas un primitivo altar con moais de gran envergadura, más unas curiosas piedras esféricas con singulares relieves…

El minibús cruzó el centro de Hanga Roa y se dirigió hacia el puerto. Un poco más allá, sobre una pradera que declinaba con suavidad hacia la costa, se levantaba el hotel Easter Island.

– Son las seis de la tarde -dijo Camargo, dirigiéndose al grupo desde el asiento que había compartido con Haitiare, tras coger el micro-. No tengo más remedio que reunirme durante un par de horas con mis colaboradores. Les propongo que descansen un rato en sus habitaciones o que den un paseo por los alrededores, hasta las ocho y media. A esa hora les espero en el bar Intercontinental, dentro del propio hotel. Tomaremos un cóctel y nos dirigiremos a cenar a uno de los mejores restaurantes de la isla, el Tataku Vane, especializado en cocina francesa. Después de la cena disfrutaremos de un espectáculo de danzas típicas, aperitivo de las muchas sorpresas que nos esperan.

Los pasajeros descendieron del minibús. También la recepción del Easter obedecía al diseño de una casa barco construida enteramente en madera y rematada por una techumbre en forma de quilla invertida. No había ventanas ni puertas, como tampoco en la mayoría de los espacios comunes del hotel.

Los bungalós todavía olían a barniz y a pintura. Eran amplios, con una antesala y una gran cama en el centro del dormitorio.

Martina se dejó caer a plomo sobre el colchón. Durante unos minutos permaneció con los ojos cerrados, en duermevela. En las dos últimas noches no había descansado apenas.

Necesitaba fumar. Prefirió no hacerlo en la habitación y salió a la terraza. Desde allí vio a algunos de los restantes huéspedes dirigiéndose a sus alojamientos.

Minutos más tarde, sorprendió a Francisco Camargo saliendo de una de las suites-barco, con la misma forma, pero de bastante mayor tamaño que los bungalós, y dirigiéndose hacia la parte trasera del hotel.

El dueño del Easter fue rodeando la laguna artificial que imitaba el lago volcánico del Rano Kau y por una puerta camuflada en la valla perimetral abandonó el recinto. Martina pensó que ese comportamiento no se correspondía con su anuncio previo de una reunión de negocios y decidió averiguar adónde iba.

La franja de terreno hasta la costa era yerma, sin un árbol. Tan solo las tumbas del cementerio marino, cuyas lápidas y cruces se disponían caóticamente en la ondulada pradera, ofrecían algún resguardo.

A buen paso, y no sin volver de vez en cuando la vista atrás, Camargo avanzó en dirección al océano. Martina lo perdió cuando el empresario ascendió un repecho mientras ella se veía obligada a descender otro en el que afloraban rocas negras como cuchillos dentados, pero volvió a localizarle de inmediato. Camargo se encaminaba hacia una formación de moais cuyas cabezas, adornadas con rojos pukaos, se elevaban a una fantástica altura. La figura del banquero, con sus hombros anchos, se recortó junto a ellos contra la luz oceánica. Estaba de pie en línea con los moais, pero, al revés que las estatuas, miraba hacia el mar. Durante un buen rato permaneció con la mirada perdida en la inmensidad azul y con el teléfono en la mano, haciendo una llamada -seguramente la misma, pensó Martina- cada muy poco.

Mar adentro, a unas dos millas del embarcadero de Hanga Roa, un mercante había echado el ancla a la espera de que las barcazas isleñas, o faluchos, abarloasen su casco para proceder a descargar la mercancía que abastecería a la isla durante semanas enteras, hasta la llegada del próximo buque. En la bodega de esos mercantes se almacenaban desde canales de carne congelada de vacuno a piezas de recambio para maquinaria pesada, combustibles, libros de texto, arroz, camisetas, tuberías o cosméticos.

Un ruido vino a perturbar la calma del atardecer. Martina, que permanecía sentada sobre una de las lápidas del cementerio, correspondiente a una ciudadana rapa nui, una tal María Angata, que había muerto medio siglo atrás, desvió su mirada hacia el embarcadero de Hanga Roa.

Una lancha acababa de desatracar y parecía dirigirse hacia el ahu. Camargo había desaparecido, pero su silueta emergió más abajo, entre las rocas. Por un accidentado sendero terminó de descender el acantilado para acercarse a la lancha, que a su vez se arrimaba con peligro a las paredes de roca. Finalmente, el financiero logró subir a bordo de un salto. El motor hizo hervir las aguas y la quilla de la canoa se encabritó para poner rumbo hacia el extremo oriental de la isla.

En cuanto su estela dejó de verse, Martina regresó al hotel. Pero no se quedó en su habitación, sino que, en unión de Sara Labot, a la que fue a buscar a su bungaló, se dirigió al pueblo con idea de dar una vuelta por sus calles principales.

Capítulo 36

La avenida Policarpo Toro no había cambiado demasiado desde que, veinte años atrás, Martina había visitado la isla con su padre.

En su entorno se situaban los edificios de la Gobernación y el Ayuntamiento de Hanga Roa, la escuela y el parque de bomberos, con un solo coche dotado de una manguera y una campana para avisar en caso de incendio. Cerca quedaba el campo de fútbol, sin tribunas, con las porterías desnudas y los puntos de penalti sin señalar.

Tiendas de artesanías mostraban sus ingenuas marinas, mazas de guerra, collares de conchas y, sobre todo, moais, cientos, miles de suvenires tallados en piedra o madera, de todos los tamaños y colores, con ojos o sin ellos, con pukaos -moños para unos, turbantes para otros- o sin ellos, sus expresivos ojos y sus grandes narices apuntando desde estanterías clónicas, repetidas hasta la saciedad.

Apenas pasaban coches. Había perros, un número inaudito de ellos vagabundeando por las aceras y por los descuidados huertos que jalonaban las casas de una planta, con las puertas abiertas, pocos muebles y alfombras en el suelo. Se veían caballos, vigorosos ejemplares de largas crines mimosamente cepilladas. Al paso de sus monturas, Martina y Sara no dejaron de admirar la estampa de una pareja de jinetes rapa nui, con los torsos desnudos y las melenas negras cayéndoles bajo los hombros.

Las dos amigas emplearon un cuarto de hora en recorrer la avenida principal y decidieron entrar en la iglesia.

El templo quedaba en penumbra, pero no lo bastante como para velar las imágenes de los hombres pájaro que, como iconos del culto, se sucedían junto a las tallas de los apóstoles, de la Virgen, del propio Jesucristo. Al contemplarlos, Martina no pudo dejar de sentirse conmovida. Aquellos hombres pájaro que habían volado por los acantilados y nadado hasta los islotes, los antiguos héroes tatuados, los semidioses de Rapa Nui habían acabado rindiendo pleitesía al Dios de los cristianos. Conservaban su pico, las alas encogidas entre sus mutilados brazos, palmípedas patas en las que se insinuaban los dedos de unos pies, pero habían dejado de habitar en el universo de los mitos para, apresados en un templo que no era el suyo, entre vidrieras que imitaban pobremente la transparencia de sus cielos, escuchar con la nostalgia de su perdida libertad a los sacerdotes que hablaban de otra resurrección y de un paraíso que tampoco era el suyo.

– Es fascinante, ¿verdad?

Esa voz se había deslizado como un soplo de aire entre el incienso que sobrecargaba la iglesia. Martina y Sara se giraron, un tanto sobresaltadas. Era Sebastián, el marido de la Sacromonte. Llevaba un cirio en la mano para ofrendarlo en la palmatoria de dádivas.

Martina buscó con la mirada a la escritora. Úrsula estaba sentada en uno de los bancos, contemplando el altar.

– Soy un apasionado del sincretismo religioso -les explicó Sebastián-. Los apóstoles con los hombres pájaro, Make Make y Yahvé, el sol de Pascua y el carro de Elías… A los primeros misioneros franceses los indígenas pascuenses los recibieron en pie de guerra, pero, poco después, habían recibido el bautismo y aprendían el lenguaje de los salmos para alabar al Señor.

– Le veo muy puesto en el tema -comentó Sara con una ironía que el otro no captó o no quiso captar.

– Estoy documentando a Úrsula para su próxima novela -repuso el hombrecito con una cómica seriedad-. Es parte de mi trabajo. Soy su negro, ¿entienden?, pero guárdenme el secreto.

Una anciana rapa nui volvió su arrugada cara en demanda de silencio. La escritora se levantó del banco, fue hacia las dos amigas y posó una de sus huesudas manos en la zona lumbar de Martina. Para la inspectora resultó un contacto vagamente obsceno, como el de quien se toma una confianza que no debiera, pero se dejó empujar y salieron de la iglesia. A la luz del sol, Úrsula le propuso:

– Tengo una oferta para usted, inspectora. Quisiera que me asesorara en mis tramas. No me conteste ahora -se apresuró a agregar, presumiendo su reacción negativa-. Doy por supuesto que su ética profesional le invitará a rechazar cualquier tipo de remuneración, pero le garantizo que todos mis lectores sabrán de dónde obtengo determinadas informaciones.

– Úrsula está trabajando sobre una historia increíble -les anticipó Sebastián.

– ¿De qué va? -preguntó Sara.

Aunque no había nadie cerca, la reina del crimen bajó la voz.

– De un asesinato, por supuesto. Pero este nuevo caso presentará alguna ingeniosa particularidad, porque ese crimen, ambientado en esta isla, va a ser… real.

– ¡Eso es lo más original! -aplaudió Sebastián.

Su esposa le reprendió sin compasión.

– Ciertamente es original, Sebastián, pero no «lo más» original, pues todo en mi nueva novela lo será. ¡Yo no imito a nadie!

– Y a nadie se le ocurriría ni siquiera insinuarlo, querida.

– ¡Muy al contrario, es a mí a quien plagian!

– Hasta en eso tus rivales son poco originales -la aduló su marido.

Úrsula frunció los labios, como destinando a sus plagiarios competidores una mueca de desdén, pero Sara puso una objeción:

– ¿No es muy arriesgado su proyecto?

– ¿Por qué lo dice?

– Porque si no hay crimen no habrá best seller.

– ¿Dudan de mí? Habrá sangre y muy pronto.

– ¿Dónde? -preguntó Sara, abriendo mucho los ojos.

– Será vertida aquí -repuso la escritora, abarcando con un melodramático gesto las calles de Hanga Roa. Por la acera se acercaban un cerdo y un niño, el primero lo bastante lustroso como para poner fecha próxima a su sacrificio.

– ¿Y quién será la víctima? -siguió indagando Sara.

– El señor Camargo, naturalmente -aseveró Úrsula con la precisa frialdad con que habría revelado un axioma matemático.

Una luna redonda y blanquecina se alzaba en un cielo teñido de sombras violetas. La inspectora tuvo una premonición. La lancha en la que había embarcado Camargo detenía su motor en algún punto de alta mar y el piloto, un joven rapa nui, se abalanzaba sobre su pasajero, golpeándole hasta arrojarle al mar, en aguas de tiburones.

– ¿Le sucede algo, inspectora?

La angulosa mirada de Úrsula taladraba a Martina como el pico de un pájaro carpintero.

– No, nada.

– Me pareció que sufría un lapsus. Se ha puesto pálida.

– Debe de ser el calor.

– Está refrescando.

– Entonces, será que he cogido frío -repuso Martina-. Volveré a mi hotel, todavía no he deshecho la maleta. ¿En qué hotel están ustedes?

– Se llama Polinesian Sun -informó Sebastián.

– Queda metido al interior y es pequeño -lo descalificó Úrsula, dirigiendo una agresiva mirada a su marido, como si, en aras del ahorro, la hubiese alojado en un establecimiento indigno de su categoría personal y artística-. ¿Tiene planes para cenar, inspectora? Después de gastarle esta broma me gustaría invitarla… Porque no habrá creído una palabra de nuestra pequeña representación, ¿verdad?

– Yo sí -confesó Sara.

– No podré acompañarles, lo siento -dijo Martina-. Tenemos una cita con el señor Camargo y el resto de los invitados del Easter. A menos que no le hayan asesinado, claro.

– Esté tranquila, inspectora, eso no ocurrirá hasta el eclipse -pronosticó Sebastián, y se echó a reír batiendo muelas, como habría hecho un duende-. ¡Ya ven que también participo en los argumentos de mi mujer!

– Espero que indulte a mi cuñado -le pidió Sara.

– El eclipse será sobre las cuatro de la tarde y entonces… adiós. Aunque nadie tendrá que contárnoslo, porque estaremos ahí.

– ¿En el Easter? -preguntó Sara, sin distinguir qué era verdad y qué ficción.

– El señor Camargo nos ha invitado a ver el eclipse con ustedes -aclaró Úrsula-. Naturalmente, hemos aceptado.

A modo de despedida, Martina tomó parte en el juego.

– ¿Le adelantamos algo a propósito de su asesinato?

– No se les ocurra decirle una sola palabra -les advirtió Sebastián, poniendo un gesto pérfido-. Tiene que ser una sorpresa para la víctima.

Sara esbozó una sonrisa. Martina cayó en la cuenta de que era la primera vez que lo hacía desde la muerte de su hija Gloria.

Capítulo 37

Apenas habían tomado asiento en el restaurante Tataku Vane, cuando Francisco Camargo preguntó a Martina de Santo:

– ¿Qué sabe de los hombres pájaro?

– Poca cosa -admitió la inspectora-. Pero mi padre, que conocía muy bien esta isla, sostenía que era el mito más enigmático de las viejas culturas del Pacífico.

– Lo es. Me propongo financiar nuevos estudios. Quiero que investiguen a fondo, hasta que lo sepamos todo acerca de los hombres pájaro. Hay algo que hasta ahora se ha escapado a los arqueólogos…

– ¿Se refiere a alguna interpretación? -le ayudó la inspectora, viéndole vacilar.

– Creo que es algo relativo a… la inmortalidad.

– La isla de Pascua está llena de misterios -observó Jesús Labot, sentado frente a ellos.

– No os imagináis hasta qué punto -asintió su cuñado-. En la excavación que patrocino en la bahía de La Pérouse hemos hecho un descubrimiento sensacional. El mundo merece saberlo y voy a hacerlo público. En cuanto revele su secreto, la comunidad científica va a experimentar una conmoción. La historia de la isla de Pascua se contemplará desde otra óptica. Los hombres pájaro existieron realmente, pero no habían nacido aquí ni procedían del otro lado del mar, sino que… cayeron del cielo.

Estaban cenando al aire libre. Camargo les invitó a reparar en la bóveda celeste, cuajada de estrellas.

– Nadie que contemple algo así puede dudar que allá arriba exista vida inteligente. Y, con toda probabilidad, mucho más evolucionada que la nuestra.

– No nos dejes con la miel en los labios, Paco -le animó Labot-. Adelántanos algo de esos hombres pájaro con los que pareces tener línea directa.

– Ni una palabra -se cerró el banquero-. No hasta que tenga enfrente a un buen montón de periodistas.

– ¿Puede visitarse la excavación? -se interesó Martina.

– Será un placer acompañarla.

– Estará usted demasiado ocupado.

– No lo crea. Mis trabajos en Pascua están tocando a su fin. Al menos, en esta primera fase.

– ¿Tiene nuevos proyectos para la isla?

– Desde luego. Aunque la mayoría, hoy por hoy, son irrealizables.

– Por lo poco que le conozco, lo dudo.

– Viniendo de una mujer tan inteligente como usted, inspectora, lo consideraré un elogio.

– Tengo la impresión de que hay muy pocas cosas que se resistan a su voluntad, señor Camargo.

– Vuelve a halagarme… ¿Cómo ha llegado a esa conclusión?

– Sara me ha hablado de usted. Y en Santander tuve la oportunidad de conversar con su esposa.

– ¿De qué hablaron? -curioseó el magnate.

– Doña Concha está muy ilusionada con el proyecto urbanístico de la costa que usted le ha delegado. Ícaro Residencial, creo recordar que se llama.

– Pobre Conchitina… -comenzó a responder Camargo, pero, sospechando que su esposa, de la que le separaban un par de comensales, había oído algo, moderó el tono-. Ella sería incapaz de desarrollar algo tan complejo, pero nada me cuesta hacer que se sienta útil. Miento, porque cada caprichito suyo me cuesta un buen dinero… Hay que pagar a arquitectos, decoradores, ingenieros… El trabajo le va grande. Desde que tuvo la menopausia está de baja de todo, hasta de ama de casa, pero si no se entretiene con algo… No es que yo la desprecie, entiéndame…

– ¿Cómo puedes hablar así, papá?

Rebeca estaba detrás de él. Se había levantado a pedir algo en la barra y había escuchado las últimas frases.

– Volviendo a los hombres pájaro, inspectora…

– No te hagas el loco -le recriminó Rebeca, hablando a su padre al oído en tono colérico-. ¿A todo el mundo le vas contando que estás casado con una pobre aldeana?

Haciendo caso omiso de su hija, Camargo volvió a dirigirse a Martina.

– ¿Eran hombres o eran dioses? Los expertos creen que se trata de un culto extinguido, de una página olvidada de la historia, pero voy a demostrar que están vivos y que pueden regresar en cualquier momento.

Enfurecida, Rebeca volvió a sentarse junto a su madre. Concha había palidecido, señal de que le habían llegado los ofensivos comentarios de su marido. Martina supuso que no debía de ser la primera vez que el banquero la desdeñaba en público. Labot, para quien esa situación tampoco podía ser nueva, se esforzó por distraer a Concha con una anécdota que le había ocurrido esa misma tarde en el mercado de Hanga Roa.

Camargo siguió monopolizando a Martina.

– ¿Y a qué lugar mejor, sino a esta isla, podrían haber venido esos hombres pájaro que tal vez ahora mismo estén observándonos, colgados de las estrellas, que son los árboles del universo? Una isla perdida, fuera de ruta… ¿Sabía, inspectora, que no existe un lugar más aislado en todo el planeta? Si, en lugar de haber viajado en avión, lo hubiésemos hecho en mi yate, desde Valparaíso, aun avanzando a toda máquina no habríamos tardado menos de una semana de navegación. Siete eternos días sin divisar otra cosa que agua y más agua por una ruta que casi ningún buque transita. Un lugar que…

La voz de su hijo Rafael le interrumpió desde la otra punta de la mesa.

– Eres un obseso, papá. Deja de dar la lata.

– La familia, a veces… -se lamentó Camargo, antes de agregar, un tanto oscuramente-: Yo trato de escudriñar el futuro mientras vosotros me tiráis del cordón umbilical hacia un pasado que ya está muerto.

– ¿Por eso pensaste que a todos nos sentaría bien pasar una temporada en el ombligo del mundo? -sugirió Labot, buscando el lado cómico, y porque sabía lo pesado que podía llegar a ponerse su cuñado cuando le daban ataques de trascendencia.

– Te Pito o Te Henua -dijo Rafael, riendo gangosamente.

Camargo hizo un gesto de hastío.

– Compruebo que tus conocimientos de rapa nui van progresando, hijo. A lo mejor te pongo un bar aquí, para que te ganes la vida sin molestarme.

Rafael estuvo a punto de marcharse. Pensándolo mejor, apuró su copa de vino y, mirando con odio a su padre, se sirvió otra.

– Ya que estamos hablando de enigmas -continuó Camargo, apartando con desdén la mirada de su hijo-, os revelaré un pequeño secreto. Te Pito o Te Henua iba a ser originalmente el nombre de mi hotel. Sin embargo, mi equipo de márquetin optó por el más neutro de Easter Island. Que a mí no me gusta.

– ¿Por qué no mantuvo el primero? -quiso saber Adriana, sentada junto al embajador español.

– La experiencia me ha enseñado a confiar en los expertos. Mis técnicos argumentaron que un nombre tan arraigado al imaginario indígena era susceptible de alentar esperanzas relacionadas con aspiraciones independentistas.

– ¿Realmente alguien cree que la hipótesis de la independencia es factible? -cuestionó Labot, ante la atenta mirada de Rebeca-. ¿Una Rapa Nui independiente de Chile?

– Con una población que no llega a los tres mil individuos, no -descartó el magnate.

– Cerca de la mitad, por otra parte, han emigrado al continente -les documentó Aurelio Mejía, el director del Easter, que les acompañaba en la cena-. Los matrimonios mixtos abundan, aunque muchos fracasan y no es raro que los isleños regresen para pasar sus últimos años plácidamente rodeados de sus amigos de infancia, de sus viejas costumbres, de sus todavía más antiguos moais y de…

– Los hombres pájaro -concluyó Camargo.

– Los nombras una y otra vez, como si no hubieran dejado de existir -observó Labot.

– Y no lo han hecho. Es cierto que ya no descienden los acantilados de Orongo ni atraviesan a nado el brazo de mar hasta los islotes donde los manutara ponían sus primeros huevos. Pero habréis visto a esos jinetes cabalgando con los torsos desnudos por las calles de Hanga Roa… Les llaman yorgos. ¿Os habéis fijado en su altivez, en cómo miran a los extranjeros? No se trata de indiferencia ni odio, sino de un sentimiento de orgullo… Se consideran descendientes del rey navegante Hoto Matua, de los talladores megalíticos y de los hombres pájaro que volaban sobre el aire templado de los acantilados de Orongo.

– No hay refinamiento en ellos -observó Sara.

– No se pueden imaginar cómo viven hoy esos yorgos -los descalificó Mejía-. En chabolas, como auténticos animales.

– ¿Lo dice porque llevan fama de sementales? -ironizó Rebeca.

– Eso cuentan -sonrió el director, embarazadamente.

– Ya había supuesto que no lo decía por experiencia.

Camargo le llamó la atención.

– Rebeca, por favor. ¡No seas zafia!

Mejía prosiguió como buenamente pudo.

– Los yorgos son peores que los gitanos. Anteponen la actividad sexual a cualquier otra, fuman marihuana y cada noche se enzarzan en alguna reyerta. No trabajan ni creen en otra cosa que en sus herramientas para tallar la madera y en los anzuelos con que capturan atunes y peces voladores.

– Y, sin embargo -agregó Camargo-, hay algo en ellos, una esencia, un…

– ¿Mana? -apuntó Martina.

El millonario la miró con admiración.

– Me ha leído el pensamiento.

– Es usted transparente.

El empresario pareció contrariado.

– Me han calificado de muchas maneras, pero… ¿transparente? Le diré una cosa, inspectora, y le aconsejo que lo tome al pie de la letra: el secreto del éxito reside en la simulación. Si quiere triunfar en la vida, no revele jamás sus verdaderos pensamientos.

– Haga como los políticos -bromeó Labot-. Esos sí que son hombres pájaro. O pájaros de cuenta.


Capítulo 38

Después de la cena y ya de regreso al Easter, un espectáculo de baile prolongó la diversión.

A base de tambores, guitarras y ukeleles, los hipnóticos ritmos polinesios contribuyeron a transportar a los espectadores al legendario pasado de los guerreros pascuenses, los matatoas, con sus tocados de plumas, brazaletes y tatuajes, fuertes como bueyes y capaces de reventar el cráneo de un enemigo con un solo golpe de maza. En otra coreografía más sutil, mediante las danzas sagradas de Orongo, los bailarines evocaron el más frágil y mágico universo de los hombres pájaro.

Al término del espectáculo, invitaron a participar a los asistentes. La primera en decidirse fue Rebeca. Había estado bebiendo ron, por lo que su estado de ánimo era exultante.

– ¡Vamos! -le gritó a su tío Jesús-. ¡A la pista!

Pero el abogado no estaba por la labor. En su lugar, saltó al escenario Enrique Leca. Una de las bailarinas se ocupó de enseñarle a mover los pies. El ejecutivo intentó emular a Rebeca, que agitaba desaforadamente la pelvis frente al musculoso bailarín con el que formaba pareja.

Cuando la música hubo cesado y se dirigían a la barra para apagar su sed con una cerveza, Rebeca dijo a su compañero de baile:

– No sé tu nombre.

– Percy. Soy medio español -sonrió el artista, mostrando una dentadura de actor-. Estuve casado con una española.

– ¡No me lo puedo creer!

– Salió mal, pero viví en Valladolid -reveló él; sus ojos oscuros desnudaban a Rebeca.

Ella rompió a reír. Estaba un poco bebida.

– ¡Júrame que es cierto!

– Te contaré mi vida si vienes conmigo a la disco, Rebeca.

– ¿Cómo sabes mi nombre?

– Tengo espías en todas partes.

Sus manos se le posaron en la cintura. Eran nudosas, pero, al mismo tiempo, extremadamente suaves, como si el roce con la madera o el agua las hubiesen desgastado. A Rebeca se le ocurrió pensar que en Percy, con su frente ovalada, su rostro simétrico y los pómulos como almendras, había algo de felino, una dulce ferocidad.

– ¿Qué disco es esa? -articuló ella, sofocada; la pasión del baile y la apasionada mirada del bailarín se estaban combinando en un efecto turbador.

– Blue Star, en la playa. ¿Vas a venir?

– Tal vez pueda escaparme, no estoy segura.

– Te esperaré, no hay prisa. Cobran veinte pesos, pero te dejaré una entrada en la puerta. Chao, tengo que irme.

– Quizá te vea luego, Percy. Prefiero un ponche -dijo Rebeca al camarero que acababa de preguntarle si deseaba otra cerveza. En un extremo de la barra había visto una ponchera en la que flotaban trozos de frutas tropicales.

– Yo también me tomaré uno -la sorprendió su hermano Rafael, apareciendo de pronto a su lado; a esas alturas de la noche estaba considerablemente borracho-. Y alégrelo con un chorrito de ron, camarada.

– Ya lleva ginebra -le previno su hermana-. En la cena has bebido vino y champán, Rafa. No deberías mezclar tantas clases de alcohol.

– Anda que tú… ¡Tráigame de una vez ese maldito ponche! -urgió Rafael al camarero, sintiendo que el suelo le fallaba bajo los pies-. ¿Te vas a tirar a ese mono, hermanita? -agregó, señalando la musculosa espalda de Percy, que se estaba poniendo un jersey junto a los músicos.

Como si les hubiese oído, y antes de desaparecer, tragado por la noche, el bailarín se giró, destinando a Rebeca una mirada tan profunda y tan, habría dicho ella, desesperada que algo dentro de su destinataria se rasgó y estuvo a punto de correr tras él y suplicarle que la llevara consigo. No había tensión, no había, como en otras ocasiones había sentido Rebeca, ramalazos de un súbito deseo, sino una cálida corriente que la empujaba a deslizarse tras la estela de aquel rapa nui…

– Mira que eres zorrita -se burló su hermano, que no había dejado de advertir su intercambio de miradas.

La mano de Rebeca se estrelló contra su cara de hurón.

– ¿Puedo ayudarla?

Una o dos horas antes, al comenzar las danzas étnicas, alguien, seguramente el gobernador Christensen, le había presentado a aquel hombre que acababa de hablarle y que, con decisión, se había interpuesto entre su hermano y ella. Rebeca seguía en tensión y no recordó su nombre, pero se trataba, sin duda, de un influyente ciudadano rapa nui. Alguien que inspiraba respeto y que, mediante otro gesto sencillo y, al mismo tiempo, lleno de autoridad, invitó a Rafael a irse.

Rebeca respiró al ver alejarse a su hermano. Sus padres no habían visto la escena.

– ¿Se encuentra bien, señorita?

– Gracias a usted, mucho mejor.

– ¿Quiere sentarse conmigo a terminar su copa?

Rebeca siguió a su salvador hasta una de las mesas libres y tomó asiento frente a él. Su caballero andante tenía poco pelo, para ser indígena, y un rostro inteligente y puro, como tallado por una tensión interior.

– Le haré compañía hasta que se le pase el disgusto.

– Es usted muy amable. Nos presentaron al comienzo de la fiesta, pero no recuerdo…

– Felipe Pakarati.

– Ah, sí. ¿Era usted… escritor?

– No exactamente…Aunque pocas cosas podrían halagarme más… Doy clases en la escuela, eso es todo.

– ¿Son muy jóvenes sus alumnos?

– Desde muy pequeños a tan crecidos como los bailarines que acaban de actuar.

– ¿El que bailaba conmigo es alumno suyo?

– ¿Percy? No, por desgracia. Y no porque yo no lo haya intentado. Es un indomable, un yorgo de pies a cabeza.

– ¿Tiene familia?

– Seguramente, descendencia -sonrió Pakarati, y automáticamente Rebeca pensó en las criaturas que había visto jugando medio desnudas por las calles de Hanga Roa-. Que yo sepa, carece de pareja estable. Vive solo, en el monte Poike, en una casa de lata con suelo de tierra y un minúsculo huerto con cuatro tubérculos para, cuando el hambre apriete, desenterrarlos y roerlos como harían sus antepasados, los orejas cortas, los banau eepe. ¿Se está fijando en las mías? -observó Pakarati, sonriendo-. Mis orejas son un poco más grandes de la cuenta, ¿no es cierto? Eso es porque desciendo de los banau momoko, los legítimos descendientes del ariki Hoto Matua. Los descubridores de Marakiterangi, el primer nombre de nuestra isla.

– ¿Qué significa?

– «Los ojos que miran el cielo.» Como los suyos.

Rebeca sonrió.

– ¿Me está cortejando?

– Mi mujer me sacrificaría en una pira de fuego.

– ¿Está aquí?

– Es la que acompaña al señor Camargo. Va a trabajar en su banco, como directora de la sucursal.

Rebeca echó un vistazo a la mujer que conversaba con su padre. Era una belleza polinesia, una mujer capaz de hacer perder el sentido. Llevaba un vestido rojo que resaltaba sus curvas y su aceitunada piel. Rebeca sabía que su padre no era ningún santo y no le extrañó que su mirada se entornase frente a semejante mujer ni que, en cuanto pudiera, la tomara de un codo para conducirla a un corro y otro de gente.

– Hábleme de esos orejas cortas -le pidió a Pakarati.

– Los banau eepe desembarcaron en una segunda oleada migratoria -accedió él, puede que con alivio; obviamente, su mujer iba a seguir estando secuestrada por el patrón, y él, como desapercibido consorte, no quería dar la impresión de estar de bulto en la fiesta-. Maoríes, más anchos de cuerpo, más robustos. Ellos eran los talladores. Y fueron ellos quienes, poco a poco, sometieron a los momoko, hasta reducirlos a la condición de mano de obra de sus moais… Pero la estoy aburriendo, señorita Camargo…

– Claro que no…

Rebeca estaba confusa. Había viajado hasta allí para sumergirse en la realidad de una etnia en peligro de extinción, no para perder la cabeza por el primer rapa nui que le sonreía bobamente. Pero, por más que intentaba dominarse, su cerebro se derretía en imágenes tórridas. Acababa de relacionar a Percy con la danza que los jugadores de rugby de Nueva Zelanda, los All Blacks, celebraban en el círculo central del campo antes del inicio de cada partido y se estaba imaginando al bailarín con musleras y el pelo recogido en una coleta. «He bebido demasiado», reconoció. Y, sin embargo, necesitaba otra copa. «Y a Percy», agregó una vocecita en su pecho.

– Ahí viene mi mujer -anunció Pakarati.

– Rebeca, voy a presentarte a Mattarena -dijo su padre, al llegar junto a ellos-. Va a ser mi mano derecha en Pascua.

– Yo creí que tu mano derecha era el señor Leca -repuso su hija, señalando al consejero, que estaba enfrascado en una conversación con el gobernador.

– Esta preciosidad tiene bastante más futuro -aseguró Camargo. Dando muestras de una ligera ebriedad, pasó un brazo por la cintura de Mattarena y añadió-: Es usted muy afortunado, señor Pakarati, al estar casado con esta maravillosa criatura. ¿Tienen hijos?

– No -repuso él, bastante incómodo, mientras Mattarena palidecía.

– Verá como enseguida vienen -les animó el banquero.

– La prueba de que su padre bromea cuando me hace el honor de presentarme como su mano derecha es que soy zurda -dijo Mattarena, para relajar el ambiente. No se atrevía a apartar el brazo a su jefe, pero, al mismo tiempo, sufría al darse cuenta de que esa posesiva actitud por parte de Camargo humillaba a su marido.

– Mi padre suele fingir que trabaja en equipo, pero se basta a sí mismo -dijo Rebeca con segundas intenciones-.

Ni siquiera de sus más estrechos colaboradores espera otra cosa que compañía para mitigar su soledad -remachó, más que con segunda, con su peor intención.

– No todo se reduce al trabajo -asintió el financiero, como si oyese llover, mirando risueñamente a Mattarena y atrayéndola hacia sí-. Conviene divertirse de vez en cuando.

Pakarati se levantó de la mesa. El labio inferior le temblaba.

– ¿Se han divertido muchas veces mi esposa y usted?

– ¡Felipe, por favor! -rogó ella.

La inteligencia había abandonado el rostro del profesor para dar paso a un gesto agresivo. Martina de Santo, sentada con los Labot en una mesa próxima, intuyó que algo pasaba y prestó atención a la escena. Camargo no perdió la sonrisa, pero el tic del párpado se le disparó y se irguió en toda su estatura para responder al maestro:

– Es imposible no divertirse con su esposa. Tiene sentido del humor y una categoría humana por encima de cualquier consideración o valoración. Por encima, incluso, de los cien mil dólares que voy a pagarle al año.

– ¿Ese es tu sueldo? -farfulló Pakarati-. Te lo tenías muy callado.

– Yo… Pensaba decírtelo -aseguró Mattarena.

– Es mucho dinero. ¿Qué tienes que hacer a cambio?

– Contrólese, amigo -le aconsejó el banquero.

– ¿Sabe cuánto gana un maestro aquí, señor Camargo?

– No tengo ni la menor idea. ¿Vamos, Mattarena?

El dueño del Easter se alejó con ella. Pakarati volvió a sentarse en silencio, con el gesto crispado. Rebeca pidió dos whiskys con hielo. Un camarero se los trajo al tiro. El maestro se llevó a los labios el suyo y bebió un ávido trago como si de un reconstituyente se tratara.

– Es un bellezón -dijo Rebeca, para romper el hielo, refiriéndose a Mattarena-. Supongo que se lo habrán dicho en infinidad de ocasiones.

– Cuando uno se casa con una mujer tan hermosa, acaba por sufrir la tortura de los celos. ¿Sabe cómo los llamaba Shakespeare? «Ese pálido monstruo.»

– ¿De quién está celoso? ¿No será de mi padre?

– El dinero es una fuente de poder y el poder es una fuente que atrae a las mujeres.

– No me parece que tenga a la suya en muy alta estima, si opina así.

– Mattarena puede parecer una diosa, pero no es más que una mujer de carne y hueso. Durante años ha estado esperando una oportunidad como esta, la que yo no he podido proporcionarle. Ella es muy consciente de la suerte que ha tenido y también de que su futuro depende exclusivamente de su padre.

– De ahí que trate de agradarle.

– Y viceversa. Es evidente que el señor Camargo se esfuerza por complacerla.

– Mi padre es un caballero al viejo estilo -le defendió Rebeca, sin vehemencia; en el fondo, coincidía con los temores de aquel celoso marido.

– Si seguimos hablando de Mattarena, nuestra conversación derivará en un círculo vicioso. -Al maestro los brazos le colgaban sin tensión e igual de alicaída había quedado la expresión de su cara-. La fiesta ha terminado para mí. Buenas noches.

– No se vaya, por favor. Quédese conmigo.

– Se lo agradezco, aunque lo haga por compasión.

Rebeca le rebatió en el acto:

– Se equivoca, señor Pakarati. No siento lástima hacia usted ni hacia los suyos. Procuraré demostrárselo a título personal y también profesionalmente, en cuanto me reúna con el Consejo de Ancianos. He venido a la isla de Pascua para trabajar con ustedes. Mi organización dispone de fondos para proyectos de cooperación y yo tengo algunas ideas que exponerles.

– Sus reacciones de solidaridad obedecen a una hipócrita mezcla de conmiseración, prepotencia e impulso solidario -replicó él, con una inmisericordia que entristeció a Rebeca-. Una actitud no tan distinta al cóctel de sentimientos combinados por la jerarquía extranjera que siempre nos ha dominado. Fusione al misionero con el capataz de la Compañía Explotadora y tendrá como resultado a su padre. O a usted misma.

– Eso se llama intolerancia, señor Pakarati.

– Definitivamente, me voy. Buenas noches.

Pero, en vez de buscar la salida, se acercó a la barra, pidió otro whisky, que se bebió de un trago, y fue en busca de su mujer.

Mattarena seguía en compañía de Camargo, escuchándole a solas en una zona de la carpa donde la iluminación era más tenue. Pakarati la tomó del brazo y la arrancó con brusquedad de su lado, desgarrándole el vestido. El financiero fue detrás de ambos, pero Mattarena, con las lágrimas a punto de saltársele, le rogó que se quedara donde estaba y se olvidara de ellos.

Camargo y los demás los vieron alejarse por el oscuro césped, el enfurecido maestro tirando de la guapa economista rapa nui hasta casi arrastrarla.


Capítulo 39

Al recibir un mugriento trozo de papel en el que venía especificado el precio de la discoteca -veinticinco pesos-, así como la fecha, estampada con un tampón, los dedos de Rebeca rozaron las uñas del portero, otro indígena con pinta de yorgo. Deslizó la entrada en el bolsillo posterior de los vaqueros que se había puesto para su salida nocturna, junto con una simple camiseta de tirantes, y entró en el local.

En el centro había una pista de baile iluminada por haces de brillantes colores. El contorno estaba en penumbra, pero Rebeca consiguió distinguir a unos cuantos jóvenes sentados en taburetes alrededor de la pista.

Al dirigirse a la barra se cruzó con dos chicas rapa nui cuyos rostros apenas distinguió en la oscuridad. Pidió un ron cola, que le sirvieron en vaso grueso, con hielo picado, y pagó con el pase.

Alguien susurró a su espalda:

– Has venido.

Rebeca supo que era Percy, pero no se movió ni se giró hacia él. Permaneció como estaba, con los codos apoyados en la pringosa superficie de cinc del mostrador, mirando fijamente la estantería de botellas cuyos licores, iluminados por verdes lamparitas, refulgían con suavidad, como exquisitos venenos.

Un cigarrillo apareció como por arte de magia delante de su boca y le aplicó una calada. Percibió que el humo, espeso y dulzón, tenía una cualidad mágica, la de abrir sus ojos a otra realidad, la que estaba viviendo. Gracias al turbador aroma de ese cigarrillo, la sensación de pleno dominio y gozo comenzaba a ganar la partida a aquellas otras referencias que seguramente ya dormirían en las habitaciones del Easter. Al expulsar el humo, Rebeca se sintió en el vórtice de una aventura, como la hija de un plantador que hubiese huido de su hacienda para pasar una noche en las cabañas de los esclavos. La mano no se había apartado y una nueva calada la ayudó a definir los perfiles del barman y de la camarera que le estaba ayudando, y a la que juraría había visto sirviendo antes el catering del hotel.

Hacía un calor viscoso. Rebeca se giró hacia el cuerpo que la aprisionaba contra la barra, cuyo olor a sudor le llegaba en una sofocante oleada, y buscó las manos de Percy.

– ¿Cómo sabías que iba a venir?

– Por la forma en que me miraste -repuso él.

– ¡Serás arrogante!

– Soy rapa nui. Todos los rapa nui somos arrogantes. ¿Bailamos?

De nuevo se imponía el sonido ahogado del ukelele.

– Es otra de vuestras danzas. No seré capaz.

– Antes lo hiciste muy bien. ¡Vamos!

Ella dejó su mano entre las suyas y Percy la condujo hasta el centro de la pista, justo debajo de la bola de luces estroboscópicas. Nada más empezar a moverse, él volvió a acercarle el cigarrillo para una tercera calada mientras, de manera sorprendente incluso para la propia Rebeca, su cuerpo comenzaba a amoldarse al ritmo de los tambores, y sus caderas a cimbrear como había visto moverse a las chicas rapa nui. Percy había armado su sonrisa, invitándola a seguirle con insinuantes movimientos y, al mismo tiempo, alineándola con el resto de las parejas porque bailaban una danza coral, como las que habían representado en la función del Easter. Muy armoniosa, con flexiones y giros para integrarse en la improvisada coreografía y disfrutar a fondo del baile.

Rebeca sintió que se le aceleraba el corazón y que ya no le importaba sudar, pues de sudor brillaban las espaldas de las otras chicas y también los bíceps de Percy, cuya fortaleza la hacía estremecer cuando sus brazos la rozaban en los pasos de vuelta. Aquella pieza pudo durar diez minutos, pero para Rebeca fue como si hubiese transcurrido un tiempo sin medida, no ya en aquella discoteca de playa, sino en un lugar etéreo, exento de obligaciones y vínculos con el pasado, un refugio adánico a cuya protección y calor podía confiar la libertad de sus instintos.

Ni siquiera Percy, con sus cimbreantes movimientos y su pasmosa seguridad en el poder de su cuerpo podía imaginar la tormenta que se estaba desatando en Rebeca. Una parte sustancial de su vida pasaba delante de ella, alejándose como un cabo suelto, sin fuerza para retener su rumbo hacia lo desconocido.

Percy le susurró al oído:

– Conozco un sitio para ir después de aquí.

– ¿Por qué crees que voy a acompañarte? -volvió a preguntarle ella, sin dejar de mover las caderas; notaba las manos de Percy firmemente aposentadas en su cintura, acariciándole la piel debajo de la camiseta.

– Por la misma razón por la que has venido a buscarme.

– ¿Y cuál es?

– Quieres ser mía -dijo Percy, robándole un beso en el cuello que la hizo temblar como si la hubiesen sumergido en hielo-. También yo quiero pertenecerte -agregó con una sonrisa infantil, como si le estuviese ofreciendo un regalo-. Entregarme a ti. Sin compromiso -matizó, con un tono más contenido, como el de un vendedor que, una vez expuesto el producto, no deseara entregarlo a cualquier precio-. Sin ataduras.

– Libres -asintió Rebeca.

– Libres para hacer el amor, libres como la luz del día -asintió poéticamente Percy-. No hay límite para el amor. En vuestro mundo los hombres se avergüenzan de las mujeres que han dejado de ser vírgenes. Aquí, en cambio, nos abochornamos de las que lo son.

El yorgo la sacó de la pista y se paró un momento en la barra para coger un par de latas de cerveza, que no pagó.

– Iremos a la cueva de las vírgenes.

– ¿Dónde está?

– Cerca.

Rebeca se defendió débilmente.

– No he traído abrigo. Tendré frío.

– Yo te daré calor.

El gigante que hacía el oficio de portero sonrió al verles salir abrazados. A Rebeca no le importó que la considerase la chica de Percy. Lo deseaba de tal modo que se estaba planteando seriamente llegar a serlo.

Los labios de Percy contribuyeron a sellar su utopía. Se habían abatido sobre los suyos en cuanto pisaron la arena. Sintiendo que solo existían ella, él y la noche de Pascua, Rebeca le devolvió el beso con pasión.

Horas después despertó súbitamente, con una intensa sensación de frío y temor. Enseguida se tranquilizó. Percy estaba a su lado. Dormía de costado, con el hombro clavado en la arena y las rodillas encogidas en posición fetal. En lugar de la tiritona que la destemplaba a ella, su piel desnuda emanaba tibieza.

– ¡Despierta!

– No estoy dormido -dijo él, sobresaltándola con su voz; las paredes de la cueva provocaban eco-. No he podido dormir en toda la noche, y eso es algo que nunca me ocurre.

– Tampoco a mí suelen sucederme estas cosas -coincidió Rebeca apretándose contra él.

Percy se dio la vuelta y comenzó a besarla en el cuello.

– No, Percy, otra vez no…

– Una vez más. Después te dejaré, te lo prometo.

– ¡He dicho que no! ¡Percy, estate quieto! Eres un salvaje.

– Eso es lo que te gusta de mí.

– Estás equivocado.

– Reconócelo. Si me vistiese como un conti, como uno de esos chilenos invasores, con sus feos trajes, si me cortase el pelo como ellos ni siquiera me habrías mirado. De hecho, hay muchos Percys en tu mundo. Los contratáis como barrenderos.

– No es momento para un debate de esa naturaleza -le cortó ella, poniéndose en pie y sacudiéndose la tierra de la cueva.

La pegajosa arcilla parecía habérsele metido debajo de la piel y no se dejaba eliminar tan fácilmente. Rebeca calculó que hasta que estuviera bajo la ducha no conseguiría sentirse limpia. Ese pensamiento la invitó a retornar a su realidad.

¿Qué hora sería? No llevaba reloj. Tampoco Percy, cuyas muñecas estaban cubiertas de pulseras. La penumbra de la caverna no permitía saber si era de día o de noche. Rebeca caminó unos pasos hacia su boca, siguiendo un rayo de tan débil claridad que podía ser luz lunar, y se encontró asomada al sol a una vertiginosa altura, sobre un mar batiente que restallaba abajo.

– ¡Percy! -exclamó, asustada-. ¡Hay un abismo! ¿Cómo llegamos hasta aquí?

– Por los acantilados. Te desmayaste con lo que fumamos y te cargué a la espalda. Pesas poco más que un potrillo, aunque de vez en cuando tiras buenas coces.

Rebeca elevó los ojos hacia la pared que ascendía prácticamente en vertical.

– ¿Me bajaste por allí?

– Claro.

– ¡Pudimos habernos matado!

– Es una broma -sonrió Percy, robándole otro beso en la boca-. Esta cueva tiene una entrada secreta que pocos conocen. Era uno de los refugios de los hombres pájaro, de ahí que solo vengamos aquí con nuestras parejas, para hacer el amor, como ellos lo hacían con las vírgenes.

– Debía de ser repugnante.

– ¿El qué?

– Elegir a una mujer para aparearse.

– Una o dos. Nosotros lo hemos hecho dos veces. Yo mismo puedo cubrir a varias mujeres en una sola noche y marcharme a pescar por la mañana.

Rebeca le miró con indignación.

– ¡Machista estúpido!

– Puede que no te guste, pero es así.

– ¡Sácame de aquí!

El yorgo se sacudió la arena y, sin decir palabra, fue guiándola hacia la salida de la cueva. La abandonaron a través de un estrecho y oscuro túnel que Rebeca recorrió sin el menor recuerdo de haberlo hecho la noche anterior. Tuvo la impresión de que se hundían en la tierra más y más, pero poco a poco la claridad fue aumentando y finalmente el perfil de unas grandes rocas reflejó la luz solar.

– Tu hotel está allá -señaló Percy, al salir a la superficie de una cala rocosa-. ¿O debería decir tu cárcel?

Subieron un terraplén de piedras, dejando el mar a sus espaldas. Ya no estaba liso y turquesa, como el día anterior, sino encrespado y grisáceo. La discoteca Blue Star no era sino una destartalada chozona que parecía fuera a caerse en cualquier momento. Cerca se veían los setos del Easter y el anagrama del Grupo Camargo coronando el pabellón de uno de los restaurantes.

– ¿No me acompañas?

– Si quieres…

Caminaron en silencio hacia el hotel. El sol brillaba con fuerza, pero el aire era más delgado y se respiraba humedad. Al sentir el frescor, Rebeca se encontró mejor y lamentó haber tratado mal a Percy. Iba a disculparse con él cuando una silueta inconfundible se acercó hacia ellos por la senda que conducía a los ahu de la costa.

– Es mi padre -murmuró aterrada-. Será mejor que te vayas, Percy.

– ¿Te avergüenzas de mí?

– No, no es eso.

– Sí, claro que es eso. ¡Eh! -gritó, agitando los brazos hacia Camargo, que se les acercaba a buen paso por la ondulada pradera-. ¡Su hija y yo estamos aquí!

– ¡Serás patán! -rugió Rebeca, roja de furia.

– ¿Quién diablos es usted? -les abordó Camargo, cayendo sobre ellos como un deslizamiento de tierras-. ¿Qué diablos ha estado haciendo con mi hija? ¿Sabes que llevamos horas buscándote, Rebeca?

– Puedo explicártelo, papá.

– ¿Así, medio desnuda? ¡Desde luego que vas a darme una explicación! ¡Vete al hotel y sácate la mugre que te ha contagiado este gitano!

Al ir a defenderla, Percy se encontró con un puñetazo que lo tumbó largo en la pradera. Camargo volvió a golpearle en el suelo, pero Percy, mucho más fuerte, se levantó con presteza y arremetió contra su agresor. Rebeca se interpuso entre ambos, chillando de tal manera que una pareja que paseaba por la costa, compuesta por Martina de Santo y Jesús Labot, se acercó a ver qué ocurría.

Percy decidió hacer caso de los ruegos de Rebeca y se fue alejando, no sin amenazar a Camargo puño en alto.

– ¡Ten mucho cuidado conmigo y mira a ambos lados cuando estés solo! ¡La próxima vez no habrá mujeres que te defiendan ni tendrás tanta suerte!


Capítulo 40

– Gracias por su presencia, señores -comenzó a decir Camargo.

No había hecho falta que nadie le introdujera. Él solo había roto a hablar sin el menor protocolo.

– Han sido ustedes muy amables por desplazarse hasta esta lejana y maravillosa isla. Gracias.

Eran las doce del mediodía. El financiero ocupaba un atril en el salón de actos del Easter. Detrás de él se extendía una pantalla donde podía leerse en enormes letras: Grupo Camargo. Y, debajo, el siguiente eslogan: «Trabajamos por Chile».

– Les doy las gracias y, al mismo tiempo, les felicito -sonrió el magnate; no tendría enfrente menos de una veintena de reporteros-. Están a punto de asistir a acontecimientos de extraordinario relieve para la isla de Pascua. ¿Quién sabe?, tal vez para el conjunto de los seres humanos.

Los periodistas congregados se miraron entre sí, escépticos. La mayoría había viajado hasta la isla para cubrir el eclipse de sol, que tendría lugar al día siguiente, 31 de diciembre. El Grupo Camargo había aprovechado el desplazamiento de enviados especiales para ofrecer una rueda de prensa en torno a un nuevo descubrimiento del que, en la convocatoria, no se revelaba nada. Todo en aquel acto, comenzando por la presencia de Francisco Camargo, era inhabitual. De hecho, la propia rueda había sido convocada a través de cauces poco convencionales. El equipo de imagen del holding se había empleado a fondo para asegurarse de la presencia en el Easter de destacados medios chilenos y españoles, sobre todo, pero también de periódicos y televisiones procedentes de otros países. Muchos de esos periodistas estaban alojados en el nuevo hotel de Camargo. La dirección les había invitado a conocer la isla, en excursiones de cortesía, así como las especialidades gastronómicas de sus restaurantes temáticos.

– Si algo tengo que lamentar en un día tan importante para mí -continuó disertando el magnate, rigurosamente trajeado de azul marino- es haber demorado demasiado tiempo en descubrir los prodigios de Pascua. Daría lo que fuese por haberlos conocido años atrás. Esta isla ejerce sobre mí una irresistible fascinación. Ha cambiado mi manera de ver las cosas, ha hecho de mí alguien más lúcido, más generoso y mejor. Mi manera de reintegrarle cuanto ya me ha dado consiste en enriquecer sus atractivos. En ese sentido, les agradeceré de corazón que hablen al mundo de las maravillas de Pascua y también, claro está, y lo mejor posible, del nuevo hotel que hoy nos acoge.

Camargo hizo una pausa para beber un sorbo de agua. Se secó ceremoniosamente los labios con un pañuelo de papel y presumió:

– En cambio, no creo que vaya a tener que insistirles para que se extiendan en torno a la pieza aparecida en el yacimiento arqueológico de La Pérouse, en una misión cultural y patrimonial de primer orden financiada por nuestro grupo.

El técnico que regía la mesa de luz y sonido iluminó con un cañón un volumen cubierto por una lona, situado entre el orador y la prensa. El financiero descendió de la tribuna, retiró la cubierta de tela y se apartó para que los representantes de la prensa pudieran ver el objeto de tanta expectación.

Era una de las piedras esféricas extraídas del yacimiento submarino de La Pérouse. Camargo autorizó a fotógrafos y cámaras a tomar imágenes. Sin necesidad de que les indicara nada, los objetivos se centraron en el bajorrelieve que decoraba la esfera.

Uno de los corresponsales inquirió:

– ¿Podría explicarnos qué significa ese dibujo en la piedra, señor Camargo? ¡Parece un extraterrestre!

– Ustedes mismos van a tener ocasión de hablar y especular largo y tendido sobre el sentido y significado de la «esfera del astronauta», como la hemos bautizado -repuso Camargo-. Si son tan amables de volver a sentarse, procuraré ilustrarles sobre el alcance de esta pieza única. En la pantalla se irán sucediendo fotografías del yacimiento de La Pérouse y de algunas otras de las esferas de piedra descubiertas bajo el mar.

La primera imagen en proyectarse se correspondía, precisamente, con la «esfera del astronauta». En la ampliación se apreciaban mejor la escafandra y el traje espacial, que despertaron asombro. Uno de los reporteros levantó la mano para preguntar algo, pero Camargo había recuperado la tribuna y reflexionaba en voz alta:

– ¿Hubo alguien más en la isla en la época en que fueron tallados los grandes moais? ¿Seres que, procedentes de otros mundos, sí disponían de la tecnología para trasladar esos bloques de piedra y levantarlos en sus altares? ¿Recibieron los rapa nui la visita de hombres pájaro procedentes del espacio exterior?

– Sabíamos que tiene usted dinero, poder y amigos hasta en el infierno -intervino un reportero particularmente jocoso-, pero no tanta imaginación.

Camargo le dedicó una sonrisa helada.

– Por imaginativa que pueda parecer esta teoría, a la vista del descubrimiento de La Pérouse y de lo que pueda simbolizar la «esfera del astronauta», no debería descartarse sin más.

Diversas fotografías del yacimiento fueron sucediéndose en la pantalla. Dos de los grandes moais extraídos del fondo del mar habían sido retirados hacia el interior de una cala rocosa, donde descansaban tumbados sobre palés de madera. Un equipo de maquinaria pesada, con una pequeña grúa y una pala hidráulica, seguía trabajando en la extracción de materiales líticos. Junto a los moais rescatados del lecho submarino se apreciaban otras esferas de piedra, muy diferentes a cuantos restos arqueológicos se habían recuperado en la isla. El equipo de Manumatoma había instalado barracones que servían de estudio y almacén, donde guardar el material de buceo y progresar en el inventario y limpieza de las piezas que iban rescatándose del abu submarino.

– Esos moais que ven en las fotos son de los más grandes de la isla -informó Camargo-. El mayor tiene nueve metros de altura. Sepultados bajo el mar, pero a muy escasa distancia de la costa, hay, por lo menos, cinco cabezas más. Su orientación no era, según acostumbraba a serlo, mirando a tierra, sino que, en el caso del abu de La Pérouse, sus estatuas lo hacían en dirección al mar. Siendo esta una diferencia importante con respecto a los restantes altares, no es la única. Tal como estoy seguro de que el profesor Manumatoma, director de la excavación de La Pérouse, les ratificará…

– ¿Donde está el profesor? -le interrumpió otro de los reporteros.

– Obligaciones profesionales le han retenido en Santiago -le justificó el banquero-. En cuanto esté de vuelta, podrán formularle cuantas preguntas deseen, así como visitar el yacimiento de La Pérouse.

La rueda de prensa abordó otras cuestiones sobre el mito del hombre pájaro y la especie a que supuestamente pertenecía el astronauta grabado en la esfera de piedra.

En cuanto consideró que había cumplido sus objetivos, Francisco Camargo abandonó satisfecho el atril.

Capítulo 41

– ¿Cómo se ha atrevido a hacerme eso?

Fue Manuel Manumatoma quien le formuló esa queja a bocajarro. Camargo se encontraba en el bar Intercontinental del Easter, despachando al aire libre con Aurelio Mejía. Habían transcurrido unas cuantas horas de la rueda de prensa de presentación de la «esfera del astronauta», y estaba anocheciendo en la isla.

– ¿A qué se refiere? -tanteó Camargo.

– ¡A su, a su…! -balbuceó el arqueólogo, tan excitado que no pudo continuar hasta que no hubo tomado aire-. ¡A su indignante usurpación! ¡A sus mentiras! ¡Llegó a decir que yo estaba en el continente, cuando no me he movido de la isla!

– Cálmese -le aconsejó el millonario, en tono seco-. Y no me falte al respeto.

– ¡Encima se atreve a amonestarme! -rugió el intelectual, con la mandíbula desencajada; uno de sus brazos subía y bajaba, expresando la ira acumulada-. ¡Después de humillarme como lo ha hecho, de arrastrar mi nombre por el fango, aún tendré que darle las gracias!

– No le quepa la menor duda -sostuvo Camargo, indicando a Mejía que le dejase a solas con él.

En cuanto el director del hotel se hubo quitado de en medio, Camargo consideró:

– El tiempo todo lo cura. Más adelante, cuando se le haya pasado el disgusto, comprenderá que mi iniciativa no solo no ha sido perjudicial para sus intereses, sino que va a reportarle pingües beneficios. Si juega bien sus cartas, se convertirá en el arqueólogo más famoso del mundo. ¿No se da cuenta?

– ¡En cuarenta años de actividad académica, jamás…!

– En todo momento he respetado su nombre -le interrumpió el banquero-, y lo he difundido ante los medios de comunicación. Espero haber beneficiado asimismo los intereses turísticos de la isla de Pascua. Como única falta, admitiré haber promocionado el Easter, en el que, por otra parte, he invertido una enorme cantidad de dinero.

– Ahí descansa su único poder -le acusó con amargura el arqueólogo-. ¡En su sucio dinero! ¿Cómo se ha atrevido, sin mi autorización, a utilizar una pieza arqueológica para montar su vulgar espectáculo comercial? ¿Y de qué modo se las arregló para trasladar la esfera desde el yacimiento de La Pérouse? ¿Ha sobornado a alguien de mi equipo?

– Fue cosa de magia, ¿verdad? -pareció burlarse el financiero-. Estaba en mi perfecto derecho de disponer de esa pieza -se ratificó acto seguido, recuperando la impavidez-. Ya está de vuelta en La Pérouse, como podrá comprobar. Nada más concluir mi comparecencia pública, la «esfera del astronauta» fue restituida al yacimiento, donde podrá continuar estudiándola. Será usted quien decida cuándo y dónde será exhibida.

– ¡La «esfera del astronauta»! -repitió el intelectual, echándose las manos a la cabeza.

– Poner etiquetas siempre funciona.

– ¡Es una aberración científica! ¡Un truco de televisión!

– Si no le gusta el nombre, podemos cambiarlo -admitió Camargo, como si estuviera plegándose a una concesión-. Era una forma de facilitar el trabajo de los periodistas y de crear un gancho turístico. No le dé más vueltas.

– Está usted acostumbrado a hacer lo que le viene en gana, ¿no es así?

– Yo preferiría decirlo de una manera más elegante.

– ¡Fui un estúpido al suponer que era un hombre honrado!

– No me insulte, querido amigo.

– ¡No soy su amigo! ¡Sepa que esto no va a quedar así!

Un golpe de sangre oscureció el rostro del empresario.

– Le aconsejo que no cruce determinadas barreras.

– ¡Voy a denunciarle!

– ¿De qué?

– Mi abogado elaborará los cargos.

– ¿Ante qué instancias?

– Ante el gobernador de la isla, para empezar.

Camargo sonrió taimadamente.

– ¿De qué se ríe? -se encendió Manumatoma-. ¿Tiene en nómina a Christensen?

– Yo no lo expresaría así.

– No, claro. Usted lo diría con más elegancia -le remedó el arqueólogo-. Le denunciaré ante otras jurisdicciones, la universitaria, la ministerial y, por supuesto, ante la opinión pública. Puede que sea esta la que más le duela, ¿me equivoco?

Camargo volvió a advertirle:

– No me provoque.

El arqueólogo le contempló como si no diera crédito a lo que acababa de oír.

– ¿Yo? ¿Provocarle a usted? ¿No es lo contrario de lo que está sucediendo?

– Le recuerdo, Manumatoma, que nuestra relación es meramente laboral. Me limité a adquirir sus servicios por doscientos mil dólares.

– Un precio muy barato, si lo comparamos con la operación publicitaria que ha puesto en marcha.

Los hombros y la cabeza de Camargo simultanearon un movimiento como el de un boxeador que, cansado de permanecer en guardia, se prepara para atacar.

– No me obligue a pasar a la ofensiva, profesor -le previno, lacónico.

Manumatoma no se arredró. Y aunque algunos huéspedes del hotel, entre los que se encontraba el embajador español, José Manuel de Santo, y su prima Martina, llegaban en ese momento al bar Intercontinental para tomar una copa, gritó:

– ¡Seré yo quien acabará con usted!

Capítulo 42

Sobre las tres y media de la tarde del 31 de diciembre, la luz pareció sufrir un leve desvanecimiento, como si durante unas décimas de segundo el sol se hubiese cansado de alumbrar el mundo. Fue una falsa alarma, pero sirvió para recordar a los huéspedes del Easter que apenas faltaba media hora para el fenómeno cósmico.

Los comensales habían terminado su almuerzo y mataban la espera con una animada sobremesa, en la que no faltaban los licores. Como de costumbre, Rafael Camargo había bebido más de la cuenta. Se le trababa el habla y, riéndose estúpidamente de sus propios chistes, aporreaba el mantel con la palma de la mano.

– Nuestro sobrino va a conseguir sacar a su padre de sus casillas -le comentó discretamente Jesús Labot a su mujer, observando cómo la cara de Camargo iba enrojeciéndose, señal de que estaba a punto de armar una escena.

– Papá es un tirano, lo sabéis, pero mi hermano ni siquiera eso -dijo Rebeca, que compartía la mesa con el abogado y con Sara-. No le llega ni a la suela del zapato. Rafita no es más que un torpe y acomplejado presuntuoso. Y un borracho -añadió, vengativamente.

Había levantado la voz a propósito, para que Rafael la oyese. Desde su mesa, este le agitó el dedo medio en un grosero gesto. Su padre, al verlo, estuvo a punto de intervenir, pero otra vez se frenó para no montar un escándalo. Permaneció con la mirada baja y las uñas arañando el mantel, como si quisiera despedazarlo. Enrique Leca y los empresarios que le acompañaban se esforzaron por distender la conversación, hasta que tan solo quedaron diez minutos para las cuatro, hora del eclipse.

– Convendría que fuésemos tomando posiciones -sugirió Mejía-. ¡Un momento de atención, señoras y caballeros! ¡Ya pueden dirigirse hacia los jardines de la laguna!

Detrás de los bungalós, y a un lado de la laguna, en el césped, el personal del hotel había preparado una treintena de tumbonas. A los pies de cada una descansaban un par de gafas protectoras.

Úrsula Sacromonte y su marido llevaban un rato esperándoles.

– Va a ser emocionante -le dijo la escritora a Sara, eligiendo una de las tumbonas y adaptando el respaldo-. Hay que tener cuidado en no mirar demasiado tiempo, o nuestros ojos podrían dañarse. ¿Cuánto podemos aguantar, Sebastián?

– Tres minutos -concretó su marido-. Más puede resultar peligroso. Cierren los ojos y vuelvan a abrirlos.

– ¿Cuánto durará el eclipse? -preguntó Labot.

– Cinco minutos y veinte segundos, exactamente -precisó Sebastián.

– ¿No es un montaje un poco ridículo? -se oyó quejarse a Concha. La matrona permanecía delante de una de las tumbonas, como evaluando si sería capaz de soportar su peso-. Personalmente, preferiría pasear, en lugar de quedarme quieta. Además, este respaldo es fatal para la espalda.

– Disponen de entera libertad de movimientos, señora Camargo -le repuso Mejía-. Únicamente le recomendaré que tenga precaución. Habrá un momento en que no se verá nada y podría tropezar y hacerse daño.

– No se preocupe, no pienso caerme a la laguna.

Algunos huéspedes imitaron a Concha, optando por disfrutar el eclipse aisladamente. Un grupito abandonó el hotel en dirección a la cercana costa.

La luz de la tarde volvió a perder intensidad porque la luna se acercaba a la esfera solar. Un poco antes de invadir su perímetro, la tierra comenzó a rodearse de sombras. El fenómeno era ciertamente sobrenatural. Muchos de los asistentes entendieron que los pueblos primitivos hiciesen depender sus cosmogonías de los caprichos astrales.

La luna, irradiada de parduscas manchas, estaba fagocitando al sol, esposándose con él, velándolo con su misterioso beso.

Martina se tumbó, se relajó y, con las gafas protectoras puestas, dejó que su cerebro vagase sin rumbo. Pensó en la creación del cosmos, en el mundo vegetal, en cotiledones y valvas y en semillas transportadas por el viento, en el mundo mineral, en estrellas marrones y meteoritos cruzando espacios gaseosos donde las órbitas de los planetas producían sonidos como los que escuchan los peces.

Cuando ambos astros se hubieron fundido en un solo disco negro, del color y de la textura del alquitrán, se estremecieron de frío. Más de un espectador pensó en el fin del mundo y en que, si en ese instante se detuviera la órbita solar, los hielos cubrirían el planeta, se envenenaría la atmósfera con radiaciones tóxicas, serían aniquiladas las especies y toda manifestación de vida iría desapareciendo, refugiándose los últimos seres vivos en lo más profundo de los océanos o en algún secreto escondite del vientre de la tierra.

Martina tuvo la sensación de encontrarse en el interior de un sueño. No estaba controlando el tiempo, pero calculó que debía de llevar un par de minutos observando fijamente el eclipse. Las gafas la molestaban, haciéndola lagrimear. Una jaqueca de naturaleza desconocida se le estaba instalando en las cervicales. La sensación de irrealidad era completa. Contribuyendo a acusarla, bajo un cielo de color bermellón y las cartilaginosas nubes amarillas y verdes se habían levantado un tempestuoso viento y un oleaje feroz, como si también el mar, alarmado por lo que allá arriba estaba sucediendo, creara infernales vapores.

Casi imperceptiblemente, la luna y el sol, como anillos fundidos en una fragua, fueron separándose, distanciándose en la atmósfera, hasta hacer renacer la luz.

Habían transcurrido, con exactitud, los cinco minutos y veinte segundos anunciados por Sebastián. Entre admirativos comentarios, los invitados del Easter fueron despojándose de las gafas protectoras e incorporándose en sus tumbonas.

Inesperadamente, uno de ellos emitió un grito de horror. Ese aterrado y extemporáneo sonido había brotado de la garganta de Sara. La mujer de Labot estaba señalando a una figura tambaleante que se acercaba a ellos sosteniendo un garrote.

Unos cuantos pudieron reconocerle. Era Felipe Pakarati. El maestro de la escuela isleña caminaba como si estuviera ebrio. Su expresión era la de un loco. El gobernador Christensen fue hacia él para preguntarle qué diablos estaba haciendo. Fuera de sí, Pakarati se lo quedó mirando, todavía con el palo en alto, pero no supo contestar.

– ¡Aquí! -se oyó otra voz-. ¡El señor Camargo!

Esta vez, el que había gritado era un hombre, Aurelio Mejía. El director del Easter se encontraba a unos cincuenta metros de ellos, en la puerta de una de las suites. Inclinado sobre el barandal del porche, les estaba dirigiendo frenéticas señas para que se acercasen de inmediato.

Concha y Rebeca rompieron a correr hacia el alojamiento de los Camargo. Los demás fueron tras ellas.

Cuando entraron en la habitación, Francisco Camargo vivía aún. El banquero estaba tirado en el suelo, en medio de un charco de sangre, y trataba de llegar a rastras hacia la puerta.

No iba a conseguir alcanzarla. Tenía el cráneo destrozado a golpes y se retorció en una agonizante convulsión.

Labot reaccionó arrodillándose junto a él. Le pasó un brazo por la espalda y trató de incorporarle.

– ¿Quién te ha hecho esto? -atinó a preguntar el abogado.

El gobernador Christensen apuntó:

– ¿Pakarati?

Moribundo, Camargo movió la cabeza en señal de asentimiento y entreabrió los labios, como si fuese a decir algo. Todos pensaron que iba a pronunciar el nombre de su atacante, pero se limitó a decir:

– Perdón.

Un vómito negro brotó de su boca y su cabeza se propulsó hacia atrás. Acababa de expirar en brazos de su cuñado.


Capítulo 43

Durante las siguientes veinticuatro horas, el gobernador Christensen y el capitán Rodríguez Espinosa, de la Policía de Investigaciones chilena, se enfrentaron a una situación límite, que puso a prueba su capacidad operativa. Por su parte, la presión de la prensa tomó el pulso a su paciencia.

El capitán Rodríguez Espinosa no se encontraba en el hotel cuando se produjo la muerte de Camargo. Fue el gobernador Christensen quien le llamó con su móvil. Desde su oficina en el centro de Hanga Roa, el oficial tardó pocos minutos en presentarse en el lugar del suceso.

Cuando llegó a la zona más selecta del hotel, correspondiente a las dos hileras de suites-barco, casi tropezó con Felipe Pakarati, a quien conocía sobradamente, pues uno de sus hijos acudía a la escuela local, donde el maestro impartía sus clases.

Pakarati estaba solo, sentado en la hierba junto al trampolín de la piscina. Entre las rodillas sostenía una maza de madera de toromiro tallada con la cabeza de un hombre pájaro. En ningún momento había intentado huir ni deshacerse del arma con la que, según la policía pascuense iba a establecer sin demasiadas dudas, había destrozado el cráneo al banquero español que le engañaba con su mujer.

Una vez hubo inspeccionado el cadáver de Francisco Camargo, y tras un nuevo intercambio verbal con el gobernador, quien le informó con más amplitud sobre los hechos y las primeras disposiciones a tomar, el capitán había procedido a detener al principal sospechoso -a quien, previamente, mientras inspeccionaba el lugar del crimen, había dejado custodiado-, dándole traslado a los calabozos de la gendarmería.

Dada la proximidad del cuartel, recorrieron esa distancia a pie. Los agentes consideraron inadecuado ponerle las esposas a Pakarati, quien, por su parte, se dejó conducir con docilidad, silencioso y reconcentrado en sus pensamientos.

Cuando llegaron a las instalaciones policiales, Rodríguez Espinosa introdujo a Pakarati en su despacho y ordenó que le sirvieran un café doble, negro y fuerte. Esperó a que llegase el gobernador Christensen y lo interrogó a fondo delante de él y de dos guardias.

Preguntas y respuestas quedaron grabadas.

Serio y rígido, casi solemne, el maestro comenzó contestando que, en el fondo, se alegraba de la muerte de Francisco Camargo. Veía al banquero, prosiguió afirmando, sin compasión, como a un explotador sin escrúpulos, heredero, en sus despóticos vicios, de la larga lista de colonos que, desde los tiempos de la líder indigenista María Angata, habían esquilmado a los naturales de la isla.

– Camargo no es diferente a ellos -le acusó Pakarati, como si aún viviera-. Otro diablo extranjero, capaz de sobornar a nuestros representantes y de corromper a nuestras mujeres.

El gobernador ni siquiera había pestañeado frente a esa alusión al soborno. Christensen pidió al maestro que recordara qué había sucedido durante la fiesta del hotel, por qué había discutido con Camargo y por qué se había comportado de aquella manera con su mujer. Después de una dolorosa vacilación, Pakarati desveló con una voz menos firme lo que Mattarena le había confesado: que mantenía una relación con el banquero y que estaba esperando un hijo suyo. Dicha confesión había tenido lugar a la mañana siguiente de la fiesta del Easter, tras una noche en la que no habían dejado de discutir. Pakarati reconoció que, al saber que Mattarena estaba embarazada de otro hombre, había perdido el control.

– A ella no le hice nada, lo juro -aseguró, ahogando un sollozo-. Dios y el diablo saben que la intención de estrangularla con mis propias manos pasó por mi mente, y que el bien y el mal lucharon por doblegar mi voluntad, pero me fui de casa justo a tiempo para evitarlo.

– A tomar unos cuantos tragos -sostuvo el capitán-. No te molestes en negarlo, Felipe, el aliento te delata. ¿Qué fue, ron?

– Ginebra pura.

– ¿Cuántas copas, tres, cuatro?

– Media botella en el café Wilson.

– Para olvidar.

– Sí.

– ¿O para darte ánimos?

– Eso también.

Rodríguez Espinosa dio por sentado:

– Querías aplicarle un merecido escarmiento a ese tipo podrido de dólares que se estaba acostando con tu mujer, ¿eh, Felipe?

La voz del docente tembló de ira.

– Quería hacer algo más. Quería librar al país…

– ¿A Chile? -preguntó el gobernador.

– No, señor. Me refiero a mi país. Rapa Nui.

Christensen desvió la mirada hacia la ventana. Los guardias, una de cuyas encomiendas radicaba en vigilar a los líderes independentistas, guardaron un hosco silencio. Rodríguez Espinosa lo rompió preguntando al detenido:

– ¿Y de qué querías librarlo, Felipe?

– De la tiranía.

Afuera, en la oficina, una turista estaba montando un escándalo porque le habían robado la cartera y nadie parecía querer ayudarla.

– A ver si te hemos entendido, Felipe -intentó aclarar el capitán-. Actuaste por dos razones. Una, de orden personal, derivada de la ofensa sufrida como marido y como hombre. Otra, colectiva, para librar a tus conciudadanos de las amenazas que suponía para Pascua ese hombre de negocios, con todo su poder.

Pakarati se tomó un paréntesis para responder. Estaba demudado y le temblaba el cuerpo. Su mirada oscilaba entre una espeluznante lucidez y un fulgor fanático. Se estaba viniendo abajo y repuso con lentitud, distanciando las frases:

– Quería matarle, es cierto, pero yo no tengo armas y jamás me he peleado con nadie. Siempre he sido pacífico. Creo, creía en la bondad de… Vamos a dejarlo -renunció, como si su idealismo hubiese dado paso a una visión escéptica de la vida-. Voy a decirles la verdad.

– Te conviene hacerlo, Felipe -le aplaudió el capitán-. No te arrepentirás.

– Estoy confuso. Puede que mi relato salga algo desordenado.

– No se preocupe por eso -le acució el gobernador-. Hable.

– Está bien. Sabía, por una conversación que tuve con uno de los miembros del equipo arqueológico de Manumatoma, que Camargo estaba obsesionado con los hombres pájaro y pensé darle una buena paliza con un remo sagrado o con una de las mazas de los antiguos matatoas. Fui al Museo Englert y cogí un pao del lote que está en el sótano, sin exponer. Metí la maza en el maletero de mi coche y volví al café Wilson, donde me bebí la otra mitad de la botella. Luego me dirigí al hotel.

Un bocinazo en la calle le distrajo. Pakarati parecía haberse ido muy lejos. El capitán le impelió a continuar. El maestro lo hizo con los ojos cerrados.

– Avancé hacia los bungalós aprovechando la última claridad antes de la ocultación del sol y me aposté tras de un seto. No sabía qué iba a hacer, no tenía plan alguno. De pronto, vi a Camargo encaminarse hacia mí. A la luz del día me habría sorprendido, pero en aquella vigilia solar pasó a pocos metros, sin verme, y entró en su suite, dejando la puerta abierta. Cuando la oscuridad caía sobre la tierra vi una sombra que entraba en la suite. Esperé un rato, el que necesitaba para armarme de valor, y entré en su alojamiento justo cuando el eclipse comenzaba a tocar a su fin y la luz natural volvía a filtrarse por las ventanas. Lo que vi, entonces…

– Continúe, Felipe -le urgió Christensen-. Lo está haciendo muy bien, no se detenga.

– Les va a parecer increíble, pero… Camargo estaba tirado en el suelo de la habitación y un ser, un hombre pájaro arrodillado junto a él, le picoteaba la cabeza, destrozándosela. Al verme, aquel engendro se abalanzó sobre mí, me arrebató la maza, me golpeó y luego golpeó varias veces la cabeza de Camargo. Después me miró, como si también fuese a matarme, pero arrojó el pao y escapó.

– ¿Un hombre pájaro? -preguntó el gobernador, después de una sofocada risa por parte del capitán.

– Sí.

– ¿Lo viste claramente, Felipe? -se mofó Rodríguez Espinosa-. ¿Con su pico y sus plumas?

– Vi el perfil, el contorno… Y el pico, sí, grande y largo, brillante, hundiéndose en la cabeza de Camargo. Una y otra vez, entrando y saliendo de su cráneo.

– De modo que no le mataste tú -concluyó el capitán, sarcástico.

– No.

– Has dudado.

– No, no. Estoy seguro. Solo que…

– Entonces, ¿quién lo hizo? ¿El hombre pájaro?

Siguió otra pausa, ahora más larga, y de nuevo la cinta volvió a registrar la voz del capitán. Más suave ahora, casi tierna, como se dirigiría a un amigo que acaba de cometer una grave equivocación, pero sin ser del todo responsable de la misma.

– Te conviene confesar, Felipe. Hará que descanse tu conciencia y hablará a tu favor delante de los jueces. Estabas muy ebrio, no sabías lo que hacías. Nadie que se haya bebido una botella de ginebra puede recordar qué ha dejado de hacer o qué hizo, qué vio o dejó de ver. Tu aturdimiento alcohólico puede ser un atenuante. Y no hay que olvidar que ese hombre, Camargo, te había ofendido en lo más profundo. Estaba atentando contra tu familia, de eso nadie, ningún cristiano dudará. Había abusado de su situación económica y de la buena fe de tu esposa… Sin embargo, los hechos te inculpan, Felipe. Solo tú pudiste matarle, y de hecho lo hiciste. Ahora mismo, bajo la impresión de ese acto, tu mente se resiste a aceptarlo y busca subterfugios. Crea fantasmas, visiones. Pero fuiste tú, Felipe. Tú lo mataste. Acéptalo y, a partir de ahí, haremos por ti cuanto esté en nuestra mano.

Pakarati no contestó. El capitán encendió un cigarrillo.

– Te conozco, Felipe. Sé que eres un buen hombre, honrado y consecuente con tus ideas. Un auténtico y honesto rapa nui. No otra cosa será lo que declare en el juicio cuando me llamen a testificar. Confiesa, Felipe. Hazlo por tu mujer. Ella no podría continuar viviendo en una incertidumbre tan penosa.

El único sospechoso del crimen permaneció callado.


Capítulo 44

El cadáver de Francisco Camargo fue transportado en una destartalada ambulancia al precario hospital de Hanga Roa. El director del centro certificó su muerte.

Concha ni siquiera se enteró de que habían trasladado los restos de su marido. Se había encerrado con su hija Rebeca y se quedó tumbada en la cama de la suite, con la mirada fija en el techo, incapaz de hacer ni pensar nada. Jesús Labot fue a verla para consolarla, en primer lugar, y para consultarle sobre los pasos que quería dar la familia. Concha no estaba en condiciones de tomar decisión alguna, por lo que Rebeca rogó a su tío que se encargase de todo, otorgándole plenos poderes para representarles ante las autoridades de la isla, comprometiéndole a que el asesino fuese encarcelado y a organizar cuanto antes el viaje de regreso a España.

El abogado se dirigió al hospital, acompañado por Martina de Santo. La inspectora deseaba ver de nuevo el cadáver del banquero, que apenas, en medio de la confusión y la presencia de policías y gendarmes chilenos, había podido examinar en la suite-barco.

Labot temía que no le permitiesen reconocer el cuerpo, pero su presunción resultó errónea. Sin mayor protocolo, la inspectora fue autorizada por un médico de etnia rapa nui cuya función y grado en todo momento ambos ignoraron. Después pensarían que podía ser un celador, pues vestían el mismo uniforme sanitario que los médicos, simples camisas blancas de manga corta con una cruz azul bordada en el bolsillo.

Los camilleros habían depositado los restos de Francisco Camargo en una sala que no se diferenciaba en nada de un botiquín. El cuerpo desnudo del magnate descansaba sobre una mesa de madera. Se habían limitado a lavarle la sangre y a cubrirlo con una sábana no demasiado limpia. Sobre la herida de la cabeza, que había cicatrizado en sanguinolentas pústulas, habían colocado, a modo de elemental protección, una gasa. Curiosamente, y a pesar del violento traumatismo que deformaba sus rasgos, la expresión de Camargo era tranquila, como si en su último aliento hubiese venido a asistirle un pensamiento de bienestar o de paz.

El sol poniente pegaba de firme y hacía un calor angustioso. La única ventana corredera estaba cerrada. Las moscas revoloteaban tras el cristal, a la espera de poder posarse sobre tan rica ofrenda. Más allá, junto a la valla que delimitaba el recinto sanitario, una rata grande como un perro pequeño hociqueaba un resto de comida.

– Esto es tercermundista -se quejó Labot.

– Estamos en el Tercer Mundo -replicó la inspectora.

Martina retiró la gasa y la piel ensangrentada del cráneo y observó con detenimiento el tremendo impacto que había causado la muerte al banquero. De una bolsa que llevaba al hombro sacó una máquina automática y fotografió el cráneo desde diferentes posiciones. Después volvió a colocar la gasa y llamó al médico de guardia, quien, a su vez, un tanto inseguro, decidió convocar al director del hospital. Este, un tal doctor Amart, chileno, poco más alto que Sebastián, el marido de Úrsula Sacromonte, y con menos pelo aún, se presentó como traumatólogo, precisamente el especialista que había examinado a Camargo nada más producirse su ingreso hospitalario.

– Ya cadáver -se anticipó, por si aquellos parientes albergaban alguna duda acerca de su competencia clínica.

Martina se identificó como inspectora de policía, solicitándole:

– ¿Podría darnos su diagnóstico?

– Está muy claro, inspectora, y así lo he hecho constar en la certificación -repuso Amart con sequedad-. Muerte por traumatismo craneoencefalográfico, con pérdida de sustancia y diversas fracturas con depresión y hundimiento de la bóveda craneal, provocadas por un objeto contundente accionado con fuerza lesiva.

– ¿Un mazo de madera, por ejemplo?

– No he visto el objeto en cuestión, pero me lo han descrito y mi respuesta es afirmativa. Esas mazas maoríes de guerra fueron diseñadas para reventar cabezas, y eso es lo que ha vuelto a suceder.

– ¿Cree que al muerto solo le golpearon con una maza?

– ¿Le parece poco? -sonrió el director.

– ¿Adonde quieres ir a parar, Martina? -se intrigó Labot.

– A ese agujero que alguien abrió en la cabeza de Camargo antes de que lo remataran a golpes de maza. Ahí, doctor. Junto a la fractura principal y disimulado entre las esquirlas de hueso. Por eso no lo vio.

Amart se inclinó sobre la cabeza de Camargo y suavemente, con la punta de los dedos, retiró un ensangrentado colgajo. Un orificio circular perfectamente delimitado apareció a la vista.

– Es una herida incisa y profunda. Está en lo cierto, inspectora. No la habíamos visto.

– ¿Qué pudo ocasionarla?

– Un objeto punzante. Esos bordes estrellados… ¿Sabe a qué me recuerdan? ¡Al impacto del pico de un pájaro en un huevo, eso es!

– Esa comparación es muy sugerente, doctor. Vea las fotografías que acabo de tomar.

– ¿Ha estado haciendo fotos? -exclamó el director.

– ¿Usted no las hizo? -preguntó el abogado, dejándole en evidencia.

– Fíjese en esta -le invitó Martina, tendiendo a Amart su cámara, en cuya pantalla se apreciaba, ampliada, la herida circular.

El médico echó un vistazo a la imagen.

– ¿Tiene usted jurisdicción aquí?

– Pienso colaborar con mis colegas chilenos. Espero que entre todos capturemos al autor del crimen.

– Tengo entendido que el asesino ya ha sido detenido.

– En tal caso, está todo resuelto. Muchas gracias, doctor.

– ¿Adónde vas? -preguntó Labot.

Pero ella no se detuvo. El abogado tuvo que retenerla del brazo para obligarla a pararse en el corredor.

– ¡Espera un momento! ¿A qué tanta prisa?

– Necesito hacer unas llamadas a España y llevar a cabo ciertas pesquisas. Puedes quedarte a gestionar el traslado del cuerpo, Jesús, pero ten en cuenta que no abandonaremos Pascua antes de cuarenta y ocho horas.

– ¿Por qué dos días?

– Es el tiempo que necesito para resolver el caso.

– ¡Si está resuelto!

– A Felipe Pakarati no le gustaría oír eso. Preferiría saber que en la isla hay un gran penalista, y que ese competente abogado defensor está disponible.

– ¿Para representarle? -vaciló Labot.

– Apela a tu conciencia, Jesús. Te concedo dos horas para que la sometas a consulta. Puedo quedar contigo en la gendarmería a las ocho de la tarde. Estoy segura de que habrán interrogado a Pakarati y tratado a toda costa de sacarle una confesión. Espero que la Policía de Investigaciones no nos ponga problemas para acceder a su declaración, una vez te hayas ofrecido a representarle legalmente.

Una enfermera empujaba una camilla por el pasillo. Martina bajó la voz.

– A tu cuñado Francisco le agujerearon la cabeza, Jesús. Así fue como lo mataron. Y no fue Pakarati quien lo hizo. Ese hombre es inocente.

Capítulo 45

En su segunda declaración, que tuvo lugar aquella misma noche, Felipe Pakarati se declaró no culpable del crimen de Francisco Camargo.

Tuvo la suerte de contar con un buen abogado. Después de pensarlo largamente, pero sin atreverse a comentarlo con su cuñada Concha ni con sus sobrinos Rafael y Rebeca, aunque sí con Sara, quien le animó a hacerlo, Jesús Labot se había ofrecido a asumir la defensa de Pakarati. Su mujer, Mattarena, le agradeció el gesto. Al capitán Rodríguez Espinosa no le hizo la menor gracia, como tampoco el hecho de que su colega femenina, la inspectora española, asistiera al segundo careo, pero no tuvo más remedio que transigir con ambas incorporaciones.

– Que les quede clara una cosa: yo dirijo el interrogatorio y la investigación. No vayan a equivocarse ni a tomarse libertad ninguna.

Labot se manifestó dispuesto a acatar sus competencias, pero solicitó oír la grabación con las primeras declaraciones de Pakarati. Lo hicieron en una sala adjunta. Labot tomó notas, mientras Martina prestaba una profunda atención a las palabras del sospechoso.

– Qué imaginación, ¿verdad? -se burló Rodríguez Espinosa en cuanto el maestro hubo descrito al supuesto hombre pájaro asesino, oculto en la suite de Camargo-. A falta de unos pocos flecos, se trata de un caso prácticamente cerrado -les adelantó el capitán, mientras un guardia abría el calabozo y conducía a Pakarati a su despacho-. La maza que el detenido utilizó como arma tiene huellas de sangre. No menos de cincuenta testigos, entre ellos ustedes mismos, le vieron abandonar la escena del crimen.

– Pero nadie le vio cometerlo -observó Martina.

El capitán estalló en una carcajada.

– ¿Y qué me dice de ese hombre pájaro?

Para su sorpresa, sin embargo, Pakarati se reafirmó en su versión inicial, añadiendo algún dato interesante. Por ejemplo que, cuando se acercaba a las suites-barco, vio a Percy Williams avanzando en la misma dirección, pero por la otra calle del hotel.

El maestro volvió a asegurar, ahora con más detalle, que cuando entró en la suite de Camargo vio algo que le heló la sangre. Un hombre pájaro estaba atacando al banquero en el suelo y su pico entraba y salía de su cráneo como una plateada lanza. Al descubrir a Pakarati, el hombre pájaro le arrebató la maza y, usándola contra su víctima, le quebró el cráneo a golpes.

– ¿Y a ti, Felipe, no te pegó? -le preguntó el capitán-. Antes dijiste que sí, pero no tienes una sola marca.

– Estaba equivocado. Fue a golpearme con el pao, pero no lo hizo.

– ¿En qué más te equivocaste, Felipe?

El maestro parecía aturdido. Estaba claro que su memoria seguía nadando en confusión.

– En que no huyó por la puerta, como erróneamente había creído recordar en un principio, sino por la ventana.

– La ventana estaba cerrada -observó el capitán.

– Puede cerrarse por fuera -dijo Martina-. Yo misma lo comprobé.

– ¿Qué más comprobó en el escenario, inspectora?

– Poco más. Quise volver más tarde, pero sus hombres me impidieron pasar.

Rodríguez Espinosa encendió un cigarrillo sin ofrecer.

– ¿Me habrían permitido hacerlo en España?

– Esa discusión no nos va a llevar a ninguna parte, capitán -objetó Labot.

– ¿Y su defensa, a qué nos conducirá?

– A establecer la verdad.

– La verdad, la verdad… ¡Dínosla tú, Felipe! ¡Admite que lo mataste y deja de escudarte en recursos infantiles, en los que nadie en su sano juicio puede creer!

El agotamiento afloraba en el maestro, pero se expresó con franqueza.

– No, capitán, no fui yo. Sé que es difícil creerme, pero yo no lo hice.

En ese momento, Sara Labot se presentó en la gendarmería y le dijo a un agente que necesitaba hablar urgentemente con su marido.

El abogado salió del despacho del capitán y la atendió en otra sala. Marido y mujer conversaron durante unos minutos. Al terminar su breve y confidencial charla, Sara regresó al Easter en el mismo taxi que la había llevado al cuartel. Por su parte, Labot volvió a entrar en el despacho del capitán. Estaba contrariado, por lo que Martina dedujo que lo que Sara había venido a contarle era bastante serio.

En cuanto Pakarati hubo terminado de declarar y ellos hubieron abandonado la sede de la PDI, Jesús le confió a Martina de qué se trataba.

– Han registrado mi casa.

– ¿Cómo dices?

– Herminia, nuestra chica del servicio doméstico, acaba de llamar a Sara desde Santander, después de haberse hecho un lío con los números de teléfono porque intentaba localizarnos en Santiago. Ocurrió hace unas cuantas horas, no sé con exactitud cuándo… Un grupo de policías entró en nuestra casa de El Tejo y lo revolvió todo. Mostraron una orden judicial, pero después ya no dieron la menor explicación. No sé qué buscaban ni si se han llevado algo. Es completamente irregular. Por más vueltas que le doy, no entiendo a qué obedece.

– ¿Algún testigo que te haya acusado falsamente?

– Tal vez sea eso… Últimamente llevo asuntos de gente peligrosa. Casos de narcotráfico…

– Llama a tu socio, al bufete, y que tu equipo se encargue de averiguar lo sucedido.

– Buena idea, Martina. Así lo haré. ¿Tomamos una copa?

– Sería mejor que fueses a ver a Concha.

– Vuelves a tener razón. ¿Qué vas a hacer tú?

– Intentar encontrar a ese misterioso hombre pájaro.

– Para eso tendrías que volver a examinar la escena del crimen y ya oíste a Rodríguez Espinosa.

– De noche no habrá vigilancia.

– Pero sí un precinto. ¿Te propones romperlo?

– O entrar por donde lo hizo el hombre pájaro.

– ¿Por la ventana?

– Por donde se colaría un pájaro.

– La ventana también estará precintada.

– Había otra en el baño.

– Pero es como la de un camarote. Un ojo de buey. Por ahí no pasaría ni un gato.

– Un gato, un pájaro… Solo falta un ratón.

– Puede que fuese mi cuñado, y está muerto. Ten cuidado, Martina. Este asunto es terriblemente extraño. Si no fue Pakarati, ¿quién mató a Paco?

Estaban llegando al hotel. Había anochecido. Las tiendas se hallaban cerradas y la avenida Policarpo Toro comenzaba a despejarse de viandantes. En cambio, los perros vagabundos, como si no tuvieran donde dormir, mantenían una numerosa presencia. Más allá, hacia el infinito fundido en negro, la masa oscura del mar producía un inquietante rumor, como la respiración cautiva de un ser vivo. Martina encendió un cigarrillo y expulsó el humo por la nariz en dos chorros paralelos.

– Vas a llevarte una sorpresa, Jesús.

El abogado se detuvo en seco. Un perro ratonero se le enredó entre las piernas y a punto estuvo de hacerle caer.

– ¿De qué estás hablando?

– Del hombre pájaro.

– ¿Sabes quién es? ¡Dímelo!

– Mañana.

– ¿Por qué esperar?

– Porque mi hombre pájaro no llegará hasta mañana.

– ¿Qué misterio es este, Martina?

– A las siete, Jesús, en la suite-barco. No les digas para qué, pero encárgate de que los Camargo estén ahí. Yo reuniré a los demás.

– ¿A quiénes?

– A Percy Williams, Manuel Manumatoma y Úrsula Sacromonte -accedió a destapar Martina.

– ¿Uno de ellos es el hombre pájaro?

Casi tristemente, la inspectora asintió.


Capítulo 46

Pocos minutos antes de las siete de la tarde, los convocados fueron llegando a la suite-barco. La familia Camargo se presentó al completo, incluyendo entre sus miembros a Jesús y Sara Labot. Los demás lo fueron haciendo uno a uno.

El capitán Rodríguez Espinosa y la inspectora De Santo les estaban esperando. El rígido semblante del policía chileno reflejaba una hosca actitud. Obviamente, muy poco o nada esperaba del experimento que a continuación se iba a dramatizar.

De manera, efectivamente, un tanto teatral, Martina había dispuesto un círculo de sillas alrededor del punto donde Francisco Camargo había sido atacado. Habían limpiado la sangre de la tarima, pero todavía, aportando a la escena un lúgubre recordatorio, podía apreciarse una mancha oscura en las tablillas.

Las ventanas de la enorme habitación que había ocupado el matrimonio Camargo, una suite presidencial, realmente, estaban abiertas de par en par. El aire cálido del oeste hacía flamear las cortinas como velas de una embarcación. Todo en ese apartamento de lujo, concebido como el camarote de un almirante, tenía sabor marinero.

Al igual que en el resto de los dormitorios del Easter, la cama estaba justo en el centro. Percy Williams, que fue el primero en aparecer, pensó al verla que era un lecho digno de un rey. Cuatro columnas talladas con la imagen del hombre pájaro sostenían el dosel de raso. La colcha de seda estaba recamada con hilos de oro que reproducían otros motivos isleños.

Percy permaneció frente a Martina, sin saber qué hacer. La inspectora le indicó que podía sentarse en cualquiera de las sillas.

Lo mismo fueron haciendo Sebastián y Úrsula Sacromonte y Manuel Manumatoma. Los Camargo habían entrado acompañados por el gobernador Christensen y el embajador De Santo. Concha, Rebeca y Rafael Camargo, así como Sara y Jesús Labot, ocuparon los asientos que Martina les fue indicando, mientras las dos mencionadas autoridades se retiraban hasta uno de los ventanales, desde el que se divisaba un bellísimo atardecer.

A las siete y cinco minutos, la inspectora se situó en el centro del círculo. Dio las gracias a los presentes por haber atendido su requerimiento, apoyado por la Policía chilena de Investigaciones. Cumplimentados los formalismos, Martina fue directa al grano.

– Como saben, Francisco Camargo ha sido asesinado. El único sospechoso, Felipe Pakarati, se ha proclamado inocente. Así consta en su declaración, que fue asistida por el abogado Jesús Labot.

La viuda de Camargo dirigió a su cuñado una mirada de censura.

– ¿Es eso cierto, Jesús? ¿Te has hecho cargo de la defensa del hombre que ha matado a mi marido?

– Alguien tenía que hacerlo. De lo contrario, habría conseguido condenarse él solo.

La papada de Concha se agitó de furia.

– ¡Serás bastardo!

– Su cuñado ha obrado por ética profesional -le defendió Martina.

El gobernador advirtió:

– Les ruego que aparquen sus diferencias para otro momento. Céntrese en la cuestión, inspectora.

– Sí, señor. La muerte de Francisco Camargo se produjo a las cuatro y seis minutos de la tarde del 31 de diciembre. Exactamente, cuarenta segundos después de la conclusión del eclipse de sol. En el curso de los cinco minutos y veinte segundos que el eclipse, con su manto de oscuridad, duró, Francisco Camargo se dirigió a esta misma habitación, donde encontraría el fin. ¿A qué obedeció ese anómalo comportamiento del anfitrión? ¿Por qué regresó a su suite? Desde mi punto de vista, esa sería la primera cuestión a resolver.

– A lo mejor le entraron ganas de orinar -sugirió Rafael, despertando una descortés risotada en Percy Williams.

– Trataremos de descubrir una causa menos escatológica -dijo Martina, dedicando a ambos una sonrisa nada comprensiva-. No obstante, ya que ha abierto usted, Rafael, una ventana a la frivolidad, aprovecharé la presencia entre nosotros de Úrsula Sacromonte, la escritora de novelas policíacas, para que nos sugiera alguna otra explicación. ¿Por qué cree que el señor Camargo dejó de disfrutar del eclipse para regresar furtivamente a su habitación?

Úrsula se frotó la nariz y repuso:

– Porque alguien que quería verle con urgencia le citó en secreto.

– A eso lo llamo una respuesta lógica -aplaudió Martina-. ¿Alguien a quien Camargo conocía?

– Con toda seguridad -enfatizó la escritora-. En tan inusuales circunstancias no habría recibido a un desconocido.

– Podemos estar de acuerdo con usted -generalizó Martina, mirando a cada uno de los integrantes del círculo-. ¿A nadie se le ocurren objeciones a este argumento? Muy bien, avancemos un paso más. Ese alguien a quien Camargo conocía, bien personalmente, bien mediante un mensaje, le citó en su habitación a la hora del eclipse. Quería asegurarse de que nadie les vería. Dada la brevedad del eclipse, no iba a disponer de apenas tiempo para entrevistarse con Camargo, por lo que necesariamente la naturaleza del encuentro tenía que ser… ¿Sí, señora Sacromonte?

– ¿Entregar o recoger algo? -especuló Úrsula con los ojos radiantes de excitación. Había imaginado cientos de casos detectivescos y escrito unas cuantas decenas de ellos, pero era la primera vez que intervenía en uno auténtico.

Nuevamente, Martina aprobó su intervención.

– ¿Dinero, tal vez? -apuntó, con morbosidad creciente, la reina del crimen-. ¿Un chantaje?

– Dejémoslo ahí por el momento, Úrsula, y pasemos a formularnos la segunda pregunta: ¿quién pudo haberse encontrado a solas con Camargo?

La investigadora caminó en círculo detrás de las sillas, hasta detenerse a la espalda del bailarín.

– ¿Percy?

– ¿Yo?

Poniendo una exagerada cara de asombro, Williams se clavó un pulgar en el pecho. Se había untado el pelo de brillantina y sus grandes ojos negros desconfiaban como un felino al acecho. Un tatuaje en tinta azul, con un reimiro, o remo ceremonial, le asomaba entre los botones de la camisa, decorándole el fornido pecho.

– ¿No estaba usted en el hotel?

– Acababa de actuar con mi grupo, eso es todo.

– ¿Conocía al señor Camargo?

– De nada.

– ¿No había tenido un desagradable encuentro con él?

– Pero eso no significaba que le conociera. Fue a causa de… -Percy se quedó mirando a Rebeca, sin atreverse a seguir ni a pronunciar su nombre.

– Ocurrió por mi culpa -admitió Rebeca con valentía-. Percy y yo estuvimos bailando y tomando copas en la discoteca y luego me quedé dormida en la playa. A la hora del desayuno, mi padre se asustó al no encontrarme en el hotel. El resto…

– El resto no me compete -descartó Martina-. Lo que hicieran durante la noche es cosa de ustedes. ¿Disfrutó con el eclipse, Percy?

– Desde luego. No me lo hubiera perdido por nada del mundo.

– ¿Desde qué posición lo vio? ¿Junto al escenario? ¿En el camerino de los músicos? ¿Cerca del almacén donde se guardan las herramientas?

Percy no contestó, quedándose pensativo, como si recelase de la pregunta. Labot expresó el desconcierto general.

– ¿Qué almacén?

– Un complejo de estancias de lo más funcional, con el cuarto de calderas y los depósitos de agua -detalló Martina-. No están lejos de la laguna artificial ni de esta suite. Dando la vuelta por detrás se sale casi… Se trata de dos naves amplias y bien equipadas, con panoplias de herramientas y recambios. Sierras, martillos, gubias… Junto con otros alrededores, reconocí esas instalaciones inmediatamente después del crimen. Pude entrar porque una de sus dos puertas estaba abierta. Pregunté a los empleados y me dijeron que no era nada raro. Los jardineros o el personal de mantenimiento necesitan materiales a cualquier hora… ¿Desde dónde vio el eclipse, Percy?

– Desde el escenario.

– ¿No se alejó?

– En ningún momento.

– Sin embargo, Felipe Pakarati le vio dirigirse hacia aquí.

Los dientes del rapa nui crujieron como si acabaran de morder algo.

– Miente.

– O lo hace usted. ¿Por qué habría de mentir Pakarati?

– Para acusarme y librarse él.

Labot se mostró en desacuerdo.

– Mi cliente no es así. En el caso de haber pretendido inculparle, le habría imputado directamente, y no lo hizo.

Martina apretó otra tuerca.

– ¿Para qué quería ver al señor Camargo, Percy?

– Yo… -vaciló el rapa nui. Al sentir todas las miradas fijas sobre él, y temiendo haberse contradicho tácitamente, pareció acomplejarse y su seguridad se resquebrajó-. No van a creerme.

– Concédanos una oportunidad -le propuso Labot.

Los pulmones de Percy soltaron aire.

– Quería disculparme con él por haberle levantado la mano, ofrecerle mi respeto y rogarle que me permitiera seguir viendo a Rebeca.

– Percy… -comenzó a decir esta, pero Martina recondujo rápidamente el rumbo del interrogatorio.

– ¿Llegó a hablar con Camargo?

– No me atreví.

– Sin embargo, le siguió desde la laguna.

– ¿Seguirle? Bueno, yo no lo expresaría así… No se veía nada y me volví enseguida.

– ¿No cruzó la puerta de esta habitación?

– No.

Martina volvió a mirar su reloj y después el rectángulo de cielo que se transparentaba entre los ventanales.

– ¿Y usted, señor Manumatoma, tampoco habló con el señor Camargo poco antes de su muerte?

– No lo recuerdo -negó el arqueólogo; llevaba una camisa caqui y las botas manchadas de barro, como si acabase de llegar de la excavación de La Pérouse, a cuyos trabajos se había reincorporado después de pasarse veinticuatro horas espantando a los periodistas que le preguntaban sin cesar por la «esfera del astronauta».

– Pero estuvo contemplando el eclipse en el hotel. Yo misma me fijé en usted.

– Resido aquí.

– Lo sé. En la habitación 102, concretamente, uno de los bungalós pequeños situados a la entrada. ¿Hace mucho que ocupa ese alojamiento, profesor?

– Hará poco más de un año.

– ¿Desde que trabaja bajo el patrocinio del Grupo Camargo?

Al arqueólogo le disgustó esa referencia.

– Verá, inspectora, los hoteles en la isla son terriblemente costosos y poco confortables, de modo que…

– Aceptó uno gratuito.

– Muy bien -reconoció Manumatoma, de pésimo humor-. ¿Y qué?

– De alguna manera, estaba en nómina del señor Camargo.

– Es público que nos financiaba con un patrocinio.

– También fue pública y notoria la discusión entre ambos a raíz de su rueda de prensa.

– Le ruego que no me obligue a reparar en ese desdichado asunto. Abusó de mi nombre, me desprestigió… Le dije lo que tenía que decirle y regresé a mi excavación. No creo que ese…, no creo que el señor Camargo fuese consciente de la bola de nieve que estaba empujando. El mundo está lleno de locos y, por culpa de una interesada imprudencia, desde el último rincón del universo legiones de chalados vendrán a la isla de Pascua en busca de extraterrestres. ¡Fue una vergüenza!

– ¿Vuelve a perder los nervios, profesor?

– Soy temperamental.

– Tanto que amenazó seriamente a su mecenas.

– Era una manera de hablar.

La inspectora le apretó un poco más.

– Tenía un motivo para vengarse de Camargo y se encontraba muy cerca de él cuando se produjo la agresión.

– ¿Me está acusando?

Martina volvió a mirar su reloj y, acto seguido, de nuevo el cielo.

– Lo haría si, en su caso, pudiese responder a la primera pregunta. Les recuerdo cuál era: ¿por qué regresó Francisco Camargo a su suite en medio del eclipse? Usted, profesor Manumatoma, no tenía argumentos ni armas para comprometerle en una cita tan extemporánea. O por lo menos, nada tan grave como la demanda secreta de Sebastián Muñoz.

El marido de Úrsula Sacromonte se quedó mirando aturdidamente a la inspectora. Sentado, parecía aún más bajito. Sus zapatos no tocaban el suelo. Al oírse en boca de la detective se apoyó de puntillas, estirando al tiempo su espalda en un reflejo de alerta.

– En su primer matrimonio, Sebastián fue padre de Raquel Muñoz Lope -siguió afirmando la inspectora-. Su única hija y secretaria de Francisco Camargo.

El hombrecito se puso en pie, como dispuesto a encararse con la detective, pero, dándose cuenta de que no le había acusado de nada, y de que su actitud podía parecer sospechosa, volvió a sentarse.

– ¿Ha estado haciendo averiguaciones sobre mí?

– Anoté sus datos en la residencia del embajador -accedió a revelarle Martina- y, sí, moví algunos hilos. Su hija Raquel falleció hace poco más de un año, en Madrid. Era muy joven, no había cumplido los treinta. ¿Cómo murió, señor Muñoz?

– Tomó por error unas pastillas.

– Se suicidó, ¿no es cierto?

– ¡Le digo que fue un error!

Martina se dirigió a la escritora.

– ¿Sabía usted algo, Úrsula?

La escritora se pasó la lengua por los labios.

– Antes de casarnos, Sebastián me habló de su hija, naturalmente… Entendiendo que era un tema muy doloroso para él, no quise ahondar en su herida.

– ¿No le dijo que Raquel tenía una aventura con su jefe, y que, al dejarla Camargo, cayó en una profunda depresión que le llevaría a quitarse la vida?

– Usted, usted… -repitió Sebastián, apuntando a Martina-. Se está metiendo en mi vida privada, y eso es algo que no le tolero a nadie. ¡A nadie!

– ¿Desde cuándo estaba obsesionado con Camargo, desde que descubrió la verdad?

– ¡Qué verdad! -exclamó el capitán Rodríguez Espinosa, interviniendo por primera vez-. ¿Y qué pruebas la sustentan? ¡Deje de jugar con todo el mundo, inspectora!

– Lo haré dentro de unos minutos, capitán, en cuanto se presente mi hombre pájaro. ¡Ah, miren, ahí vuela! -A través del ventanal, la inspectora señaló la silueta de un avión que se aproximaba a la isla-. Trae retraso, pero procuraremos recuperar el tiempo.

Concha se dirigió a Labot.

– ¿De qué va esto, Jesús?

– No lo sé.

La viuda de Camargo se encaró con Martina.

– Si sabe quién mató a mi marido, ¿por qué no lo dice?

– Porque aún no tengo la prueba en mis manos.

Una sensación de intriga y malestar se apoderó de todos. Fue el gobernador Christensen quien relacionó los cabos del hilo:

– Esa prueba… ¿viene en el avión?

– Espero que sí, señor -confirmó Martina.

– ¿Quién es el criminal? -volvió a preguntar doña Concha-. ¿Está aquí?

La inspectora guardó silencio.

– ¡Mis hijos no tienen nada que…!

– No tienen nada, es verdad -la interrumpió Martina-. La inmensa fortuna de Francisco Camargo le pertenecía a él, solo a él. En cuanto a usted, doña Concha… Hacía mucho tiempo que su marido la desdeñaba en privado y la despreciaba en público. Sus infidelidades eran notorias. Su última conquista, para acabar de humillarla, era mucho más joven, una belleza de la isla de Pascua. Mattarena… ¿Cómo supo que estaba embarazada de su marido? Porque usted lo sabía, ¿no es verdad?

– ¡El muy canalla me lo soltó a la cara! -estalló la matrona, hundiéndose al reconocerlo en una sensación de bochorno que hizo arder sus mejillas-. Después de la fiesta del hotel y de la escena entre esa puta rapa nui y su marido, nosotros, Paco y yo, discutimos también. Fue una noche horrible. Nos dijimos cosas que un matrimonio no debería decirse jamás. Acabó echándome en cara que esperaba una criatura de esa golfa mestiza, y que pensaba reconocer al niño y educarlo a su manera, a su imagen y semejanza, dijo, de manera muy distinta a como yo había educado a los míos. A quienes, añadió, para hacerme todo el daño posible, hacía mucho tiempo que no reconocía como suyos… No contento con eso, agregó que, si ese niño crecía sano, acabaría nombrándolo su heredero y desposeyéndonos…

– Eso no era nada nuevo, mamá -dijo Rafael.

– Tienes razón. Venía atormentándome con el testamento, amenazándonos con dejarnos en la calle.

– Pero él no siempre fue así -le defendió póstumamente su hija Rebeca.

– También eso es cierto. -Y Concha, desbordada, rompió a llorar-. Hubo épocas en que nos quiso, nos quiso mucho. Pero, poco a poco, fue distanciándose, como ese sol que vimos alejarse de su esposa la luna, hasta convertirse en un tirano, en otro sol que, en vez de iluminarlo todo, y crear vida y calor, arrojaba a su alrededor sombras, miedos y dudas… Ninguno de nosotros le mató, inspectora. Deje de atormentarnos como él lo hizo, se lo suplico…

Su hermana Sara se levantó para consolarla, al mismo tiempo que dirigía a Martina una mirada cargada de reproche. Ajena a esa muda reconvención, la inspectora volvió a consultar su reloj y continuó, impávida:

– Francisco Camargo pudo haber acudido a su último encuentro a requerimiento de usted, Concha, o de uno de sus dos hijos, de tener algo realmente decisivo que transmitirle. ¿De qué podría tratarse, en ese supuesto? ¿De la revelación de un secreto familiar?

– Esto es repugnante -acusó Rafael; la cólera y la resaca de la noche anterior descomponían su gesto y había encendido un cigarrillo que accionaba con la mano derecha, amaneradamente-. ¿Todos somos asesinos potenciales, es esa su hipótesis? ¡Mucho peor que las novelas de la Sacromonte, que ya es decir!

La novelista lo miró, pálida como una muerta, pero optó por no contestar. Martina clavó en el hijo de Camargo una mirada sin alma.

– ¿Dónde estuvo durante el eclipse, Rafael?

– ¿Ahora es mi turno, inspectora? En mi habitación.

– ¿Solo?

– Mejor que mal acompañado. Había bebido un poco, así que aproveché aquel ratito de oscuridad natural para tumbarme un rato.

– Por la misma razón que no puede probarlo, pudo haber hecho algo diferente.

– ¿Asesinar a mi padre, por ejemplo? ¡Está usted loca! Voy a decirle algo. -Blanco de ira, Rafael dio un par de tambaleantes pasos, situándose en medio del círculo-. Entre mi padre y yo pasaron muchas cosas, algunas no demasiado edificantes, pero yo le quería… a mi modo. Le admiraba. Era un triunfador. Tenía olfato para los negocios, creaba riqueza y dio de comer a cinco mil familias. Nuestro país le debe mucho, y esta grotesca isla también… El tiempo pondrá las cosas en su sitio.

– Podrías haberle dicho esas cosas a papá mientras vivía -se lamentó Rebeca-. Estoy segura de que se habría emocionado. ¿Ha terminado ya con mi hermano, inspectora? Entonces, supongo que ha llegado mi turno.

– ¡Basta! -reaccionó Sara-. No puedes seguir haciéndoles esto, Martina. ¡Es inhumano! Ellos son inocentes. Estás perdiendo el tiempo.

– Puede que en esto último lleves parte de razón, Sara -admitió la inspectora-. Más que perder el tiempo, tenía que ganarlo. En breve, lo que le cueste al comandante desplazarse desde el aeropuerto de Mataveri, la valija asistida estará en nuestro poder. ¿Podría explicar a los presentes qué es una valija asistida, embajador?

– Con mucho gusto, inspectora -accedió José Manuel de Santo-. Aquella que, dada su importancia documental o su nivel de secreto, requiere especial custodia. ¡Ah, miren! Aquí llega el emisario.

Un uniformado piloto se materializó bajo el dintel de la suite-barco, decorado con dos remos ceremoniales cruzados entre sí.

– Mi hombre pájaro -sonrió Martina-. Al fin.

– Embajador -le saludó el piloto, entregándole un maletín.

El diplomático abrió el cierre y le pasó el maletín a Martina. La inspectora introdujo la mano y sacó un cuaderno con las tapas anaranjadas. En medio de un silencio tal que pudo oírse el mar golpeando las rocas, Martina leyó varias páginas. De repente, casi recitando, sin apartar los ojos del cuaderno, lo hizo en voz alta.

– «Un amigo que es un padre, un padre que es un amante, un amante que es un amigo y todo ello por partida doble, Señor Duplicado…»

Esforzándose por mirar a los ojos a Jesús y Sara Labot, la inspectora reveló:

– Es el diario de vuestra hija Gloria. Su hábito de repetir todas las cosas, las listas, los poemas y, sobre todo, sus vivencias, va a solucionar este caso. Gloria hacía segundas versiones de todo y esta es una copia manuscrita del diario que tú y yo, Sara, encontramos en su habitación poco después de su muerte, y del que pude leer unas pocas líneas, precisamente las que acabo de repetir. Cuando tú leíste el diario de tu hija, el mundo se derrumbó a tu alrededor… Ignoro dónde has ocultado el original, pero el registro policial que, por iniciativa mía, se ha practicado en vuestra casa descubrió este otro ejemplar. Asimismo, se encontraba en la habitación de Gloria, oculto en otro de sus peluches. En sus páginas -y Martina, como si le quemara en la mano, enarboló el cuaderno, cuya tapa reproducía un conocido cuadro de Munch-, vuestra hija contó su aventura amorosa con su tío Francisco. El Señor Duplicado. El padre, el amante, el amigo.

– No puede ser verdad -balbuceó Jesús-. Sara jamás me lo habría ocultado. ¡Dime que no es verdad, Sara!

Con una extraña expresión y el aire de vulnerabilidad y abandono con que contemplaba la tumba de su hija en el cementerio de El Tejo, su mujer miraba los bordados de la gran cama de la suite, sostenida por las cuatro columnas de hombres pájaros.

– Te equivocas, Jesús -dijo Martina-. Lo hizo porque no podrías haber vivido con eso, porque te habría matado a ti también, y porque tu mujer había decidido acabar con Camargo. A vuestra hija no la mató su novio, Sergio Torres, sino su tío Francisco. Gloria estaba dispuesta a hablar. Y Camargo lo sabía. Si su sobrina le denunciaba, si contaba sus maniobras, sus perversiones… La citó en el bosque, cerca de vuestra casa de El Tejo. La estranguló y la ahorcó de un árbol.

Los ojos de Sara se habían enturbiado con una pátina de dolor. Al mismo tiempo, naufragaban en una transparencia líquida, una luz interior que les invitaba a mirar hacia adentro, como las pupilas de los pájaros nocturnos.

– Cuando -siguió explicando Martina-, en la oscuridad del eclipse solar, Felipe Pakarati entró en esta habitación, creyó ver a un hombre pájaro picoteando la cabeza de Camargo. Era Sara, con la melena suelta y las gafas protectoras, inclinada sobre su víctima. Había citado a su cuñado con la amenaza de hacer público el diario de Gloria. Consiguió derribar a Camargo, golpeándolo en la cabeza con el mismo taladro que acto seguido clavaría en su cráneo, convirtiéndolo en el refulgente pico que entraba y salía de su cerebro como una plateada hoja. De la impresión, Pakarati tropezó y cayó. Sara cogió su maza, remató a Camargo y huyó hacia el almacén, donde limpió el taladro, le quitó la broca y volvió a dejarlo en su lugar, entre los martillos y sierras. Allí lo encontrará, capitán, como lo encontré yo. Lo distinguirá de los otros por una pequeña mancha de sangre en el gatillo. Después, justo cuando el sol y la luna comenzaban a separarse, Sara regresó al jardín, uniéndose a los demás, y arrojó la broca a la laguna. El destino le había permitido vengar a su hija y cargarle el crimen a un chivo expiatorio.

Sara se acercó a su marido y le cogió las manos.

– Jesús… Lo siento. Tal vez, si te lo hubiera contado… Pero ahora es tarde.

La inspectora se mordió el labio inferior.

– Yo también lo siento, Sara.

– Nos va a resultar más difícil seguir siendo amigas.

– No te abandonaré -le prometió Martina.

Sara asintió y dijo, pálida como una muñeca de cera:

– La última palabra de Francisco Camargo antes de morir fue «perdón». Yo también te pido perdón, Concha, por habértelo arrebatado… Quisiera… quisiera irme de aquí. Hagan conmigo lo que tengan que hacer, mi vida ya no tiene sentido.

Y se desvaneció.

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