Un lugar desconocido, septiembre de 1884
Una habitación apartada del mundo, que no tenía ventanas ni una puerta normal, de modo que nada de lo que se hablaba entre aquellas cuatro paredes salía al exterior.
Las dos personas que estaban sentadas de frente en el centro de la sala eran conscientes de lo controvertido del momento. Cuanto más tiempo pasaba, cuantas más cosas se desvelaban del secreto que guardaban, más importante era conservar el control. Sin embargo, con el transcurso de los años, ese control se les estaba escapando de las manos.
– Cuesta creerlo -dijo una de las personas mirando una fotografía que había sobre la mesa y que mostraba a una mujer joven de melena negra que, en contra de la moda, la llevaba suelta y con la raya en el medio.
– ¿A qué se refiere?
– No puedo creer que esa mujer insignificante haya eliminado a dos de nuestros agentes.
– Es posible que le cueste imaginarlo, pero ha sido exactamente así. Y debería tenerlo presente en toda acción que emprenda.
– ¿Qué?
– Que lo que usted cree ver en esa fotografía solo es una parte de la verdad. Y que esa mujer tuvo al mejor maestro que se pueda imaginar.
– ¿Gardiner Kincaid? -La otra persona pronunció el nombre con desprecio-. Traicionó a nuestra organización.
– Aun así, era un investigador brillante, sin cuya intervención no habríamos logrado tanto en tan poco tiempo. Y le ha enseñado muchas cosas a su heredera…
– Y qué más da… Siempre hay medios y maneras. Existen armas contra las cuales Sarah Kincaid también está indefensa.
– ¿Debo inferir de sus palabras que ya está siguiendo un plan concreto?
– En efecto. Le aseguro que no fracasaré como han hecho mis dos predecesores. Muy pronto Sarah Kincaid hará todo lo que le exijamos… y mucho más. Y lo mejor de todo es que lo hará por su propia voluntad, igual que el viejo Gardiner. Cuando se dio cuenta de quién eran las órdenes que recibía, ya era demasiado tarde… A Sarah le ocurrirá lo mismo.
– ¿Seguro? ¿Como piensa conseguirlo?
– Déjelo de mi cuenta. Lo único que necesito es carta blanca. Quiero libertad para elegir los medios y las ocasiones.
– Respetaremos su deseo, pero vaya con cuidado. Después de todo lo que ha sucedido, tenemos motivos para suponer que hay traidores en nuestras filas. No todos nuestros vasallos sirven con la misma buena voluntad…
– No se preocupe, ya he considerado esa posibilidad.
– ¿Me permite una pregunta?
– Naturalmente.
– ¿Por qué cree que conseguirá lo que no ha conseguido ninguno de sus predecesores?
– Muy sencillo -replicó la otra persona, y una sonrisa taimada se perfiló en sus labios pálidos-, porque mis predecesores carecían de una ventaja decisiva: yo soy mujer y, por lo tanto, sé exactamente cómo siente y cómo piensa Sarah Kincaid, y también cómo actúa. Ya verá usted, monsieur, que ha hecho bien abriéndome las puertas a su ilustre círculo.
Kincaid Manor, Yorkshire, 16 de septiembre de 1884
– Sarah…
– ¿Sí, padre?
– Estoy convencido… No es casual que aquí… Era tu destino, igual que el mío… Continúa mi misión…, busca… la verdad…
– Lo haré -promete ella, lo cual parece proporcionarle una sensación de profundo alivio al moribundo. Su semblante desfigurado por el dolor se relaja mientras coge aire para pronunciar sus últimas palabras en este mundo.
– Una cosa más, Sarah…
– ¿Qué, padre?
– Tienes que… perdonarme…
– Ya te he perdonado.
– No hablo de eso. -Menea la cabeza, y le sale sangre por la boca-. No sabes… toda la verdad…
– ¿La verdad? ¿Sobre qué?
– Sobre lo… ocurrido… Tú no eres…
Sus palabras se interrumpen repentinamente.
Los ojos vidriosos se le dilatan, abre la boca para proferir un grito sordo y se incorpora ligeramente, pero vuelve a desplomarse y se queda tendido, inmóvil.
– ¿Padre?
No obtiene respuesta.
Todo lo que la envuelve parece disiparse. La luz trémula de las antorchas que iluminaba la galería se apaga y cede paso a una negrura alquitranada. Una oscuridad tan absoluta que ninguna mirada puede atravesarla la rodea y, de repente, ya no tiene la sensación de ser una mujer adulta, sino una niña indefensa.
El temor se añade a su pena. Frío y cortante, penetra en sus entrañas mientras ella mira atemorizada en la oscuridad, sabiendo que la negrura no está vacía, sino que muchísimos ojos la están observando.
– ¿Padre…?
– Padre, ¡ayúdame…!
Sus propios gritos despertaron a Sarah Kincaid.
Tardó unos instantes en descubrir que no se encontraba en las lúgubres catacumbas de Alejandría ni estaba rodeada de oscuridad. Solo había sido un sueño: el sueño que, desde la muerte de su padre, la perseguía constantemente y del que no podía escapar por mucho que hiciera.
Probablemente, se dijo, era su destino revivir una y otra vez los sucesos traumáticos que le habían cambiado radicalmente la vida. Y, con ellos, la pesadilla de una infancia perdida que no podía recordar.
– ¿Va todo bien?
Fue su voz lo que la hizo volver en sí y comprender que, si bien aquellas cosas terribles habían sucedido, ya no estaba sola e indefensa.
Kamal Ben Nara.
Lo había conocido y se había enamorado de él durante su última estancia en Egipto, cuando emprendió la búsqueda del Libro de Thot. Kamal se presentó a Sarah ya sus acompañantes como guía nativo, sin rebelarles que en realidad era el jefe de una tribu tuareg cuya misión consistía en custodiar aquel libro legendario y los secretos que contenía. Unos sucesos que no podrían haber sido más dramáticos y en cuyo transcurso encontró la muerte Maurice du Gard, amigo íntimo y confidente de Sarah, condujeron finalmente a Kamal y a Sarah a La Sombra de Thot, un lugar enigmático en medio del desierto de Libia donde hallaron el legado de la divinidad egipcia y estuvieron a punto de pagarlo con sus vidas.
Aunque para Kamal, de madre británica y que había vivido mucho tiempo en Londres, el regreso a Inglaterra implicaba riesgos, lo había hecho por amor a Sarah, y ella disfrutaba de sentir su calor y su proximidad. Solo le hizo falta darse la vuelta en la cama para ver sus ojos oscuros y su mirada dulce, en la que siempre encontraba consuelo y amor.
– ¿Has vuelto a soñar? -preguntó Kamal, preocupado.
La luz de la luna que entraba a través del ventanal de la habitación le iluminaba el rostro.
Sarah asintió moviendo la cabeza con disgusto.
– Los espíritus del pasado… No consigo liberarme de ellos.
– Hace falta tiempo -replicó Kamal en voz baja-. Mi pueblo tiene una máxima: un corazón solo puede dejar atrás lo que le gustaría dejar atrás.
– ¿Qué quieres decir? -preguntó Sarah, con una mirada interrogativa-. A mí me gustaría olvidar lo ocurrido, créeme. Rezo cada día por ello.
– Te creo. -Sonrió y le apartó cariñosamente de la frente un mechón de pelo-. Pero la voluntad y el corazón suelen seguir caminos diferentes.
– No en este caso -aseguró ella, y se inclinó sobre él para besarlo suavemente en los labios. Una vez más, en sus brazos encontró el ansiado olvido.
Diario personal de Sarah Kincaid
Los días pasan volando.
Es como si hubiera nacido de nuevo, como si me hubiera convertido en otra persona gracias a Kamal. Ya no me intereso tan solo por la arqueología y por investigar el pasado, y mis pensamientos ya no se oscurecen por las sombras de lo que ocurrió.
Mi padre y los dramáticos sucesos ocurridos en Egipto siguen estando presentes. Pero, con cada día que pasa y estando en compañía de Kamal, creo notar que van perdiendo su poder sobre mí. Ya solo son vividos de noche, como si la oscuridad los animara a deslizarse desde el rincón tenebroso del alma al que los ha expulsado la luz del sol y el amor entregado de Kamal.
Han pasado nueve meses desde nuestro regreso. La infame traición de Mortimer Laydon, la muerte de mi leal amigo Maurice du Gard y aquel poder desconocido que atentó contra mi vida y la de los míos han quedado relegados a un segundo plano en favor de un presente que no puedo imaginar más pleno y hermoso. Mi inquietud y mis ansias de búsqueda han quedado atajadas en los brazos de un hombre que me fascina y me hechiza como ningún otro antes. Y no son los rasgos físicos de Kamal lo que lo diferencia de los demás hombres que he conocido a lo largo de la vida, sino su inteligencia, su sabiduría y su paciencia. No solo sus palabras, sino también aquella mirada, aquellos pequeños gestos, parecen transmitir simpatía y comprensión por lo que fui, lo que soy y lo que siempre seré. Es como si no nos conociéramos desde tan solo hace unos meses, sino desde mucho tiempo atrás.
Años. Eras. Eones.
Soy incapaz de decir qué nos une, pero siento que esa ligazón es fuerte y que con cada día que pase aún lo será más.
Yorkshire, Inglaterra, 16 de septiembre de 1884
– A ver quién llega primero al viejo roble, ¿de acuerdo?
– ¡Sarah, espera! -gritó Kamal, pero Sarah ya había espoleado a su caballo.
El semental azabache salió disparado, golpeando con los cascos el suelo blando y húmedo, cubierto de manchones de hierba amarillenta y verde claro. En las tierras bajas situadas entre las colinas, que alzaban sus jorobas peladas y rocosas en las vastas marismas, se acumulaba la niebla, un velo blanco del cual sobresalían chopos nudosos y robles que ya se habían despojado de sus hojas y se estiraban hacia el cielo gris como pobres esqueletos.
De niña, a Sarah le encantaba galopar por ese genuino paisaje, muy a pesar de su padre, que siempre había visto ese pasatiempo con gran preocupación debido a su salud. Pero entonces, igual que ahora, ella había ignorado el peligro y se había entregado al ímpetu que albergaba en su interior. Guió al caballo negro con temeridad hacia uno de los muretes de piedra que recorrían el terreno ondulado y separaban una finca de otra, y el animal lo franqueó con un gran salto.
Sarah no pudo evitarlo y profirió un grito de entusiasmo cuando el caballo aterrizó ágilmente y prosiguió su feroz galope. Una mirada por encima del hombro le demostró que Kamal estaba muy atrás; una vez más, ella ganaría la carrera.
Riendo, espoleó al animal ladera abajo, hacia el árbol que habían pactado como meta. Disfrutó notando el viento en la cara y dejando que le desgreñara el cabello, y se sintió independiente y libre. Todas las obligaciones, todas las limitaciones, todos los recuerdos parecían muy lejanos en esos momentos, y a Sarah le dio la impresión de que nunca habían existido, como si siguiera siendo la niña que se sentía en casa en el paisaje áspero y silvestre de Yorkshire, la niña que valoraba muchísimo más unos pantalones de montar zurcidos que un vestido con volantes y que ardía en deseos de acompañar a su padre en su próxima aventura al pasado.
Naturalmente, la realidad era distinta, puesto que todo aquello quedaba muy lejos, y en el instante en que Sarah alcanzó el viejo roble y refrenó a su caballo negro, llegó el desencanto. El rocín se detuvo resollando, exhalando un vaho cálido por los ollares, y Sarah le hizo darse la vuelta para ver dónde estaba Kamal.
No consiguió divisarlo. La niebla que al principio envolvía con vapores timoratos el viejo árbol se había espesado bruscamente, y una pared blanca parecía rodear por todas partes a Sarah y a su cabalgadura.
De repente se hizo el silencio. Como si la niebla no solo le hubiera tapado la vista, sino también el oído. No se oía nada, salvo la respiración ronca del semental. El trote del caballo de Kamal había enmudecido, igual que el suave silbido del viento.
– ¿Kamal…?
Sarah se espantó al oír el tono de su voz, que sonó extrañamente ajena y lúgubre en medio de la niebla. Se había criado en Yorkshire y estaba familiarizada con el fenómeno de la niebla repentina que emergía de los pantanos cuando las temperaturas descendían. Aun así, se sentía mal. Nunca le había gustado la niebla. La idea de no poder ver algo que quizá se encontraba a tan solo unos metros le provocaba una inquietud a la que le costaba sobreponerse.
Evidentemente, se obligó a entrar en razón y se dijo que no había ningún motivo para intranquilizarse, que todo iba bien y que su temor infantil carecía de fundamento, pero no consiguió evitar un ligero escalofrío que le recorrió la espalda y la dejó helada.
– ¡Kamal! ¿Dónde estás? -gritó en el manto de niebla que la envolvía y que cada vez parecía más denso e impenetrable.
Sarah recordó que ya se había perdido una vez en los pantanos, hacía mucho tiempo…
El día en que cumplió doce años, su padre le regaló un caballo, un pío de buen carácter con el que salió de inmediato a cabalgar. Pasó toda la tarde trotando sin rumbo por las colinas, sin pensar en el pobre animal, que empezó a renquear al atardecer. Se levantó la niebla y Sarah se perdió en medio de un laberinto de velos blancos del que no había escapatoria.
Cayó la noche y con ella llegaron los ruidos inquietantes que los pantanos suelen producir en la oscuridad. El caballo pío desapareció también de repente y Sarah se quedó completamente sola. Acurrucada al pie de una roca y muerta de frío, resistió confiando en que alguien la buscaría y la encontraría. A alguna hora, mucho después de medianoche, ocurrió. Un farol llameó en las tinieblas borrosas y apareció su padre, cual ángel salvador. Sin pronunciar una palabra de reproche o reprimenda, cogió entre sus fuertes brazos a la niña llorosa y la llevó de vuelta a la cálida seguridad de Kincaid Manor, que tanto añoraba Sarah en ese momento.
– ¿Kamal…?
Su voz sonó insegura. Durante unos momentos sopesó la posibilidad de retroceder y buscar a Kamal, pero con ello habría abandonado el único punto de referencia que le quedaba. Sarah se volvió en la silla y alzó la vista hacia el viejo árbol, cuyas ramas nudosas y de formas estrafalarias habían adquirido de repente el aspecto de las extremidades pálidas de un esqueleto.
Sarah meneó la cabeza y se echó a reír con amargura. ¡Qué tonta era! No había motivos para atemorizarse. Lo que pudiera sentir no eran sino reflejos del pasado, el temor de una niña de doce años que se había perdido y quería volver con su padre.
Se obligó enérgicamente a abandonar los miedos infantiles diciéndose que el árbol no había adquirido un aspecto distinto y que la niebla no era más que humedad condensada. Estuvo a punto de conseguirlo, pero de repente percibió unos ruidos, unos pasos más allá del banco de niebla.
– Hola… -dijo tímidamente-. ¿Eres tú, Kamal?
Después de su llamada, los ruidos cesaron un momento. Pero luego regresaron: pasos que hacían crujir la hierba.
– ¿Kamal…?
Sarah lanzó miradas angustiadas a su alrededor. Era imposible determinar de dónde procedían los crujidos. Tan pronto venían de un lado como de otro, y Sarah tuvo la sensación de que alguien daba vueltas acechándola. Y aunque se esforzó por combatir el miedo irracional, este regresó a su corazón por senderos tortuosos.
A lomos del caballo se sentía desprotegida e indefensa, y por eso bajó de la silla, que no era de amazona, como seguramente habría sido lo adecuado, sino una silla de montar normal que ofrecía mayor seguridad en aquel terreno accidentado y hacía posible galopar más velozmente. El semental bufó y piafó inquieto con las pezuñas. Sarah le dio unas palmaditas en el cuello mientras miraba en la blancura impenetrable y lechosa que la envolvía. De repente creyó distinguir algo.
Una figura en parte humana y en parte, no. Tenía el tamaño de un gigante y una cabellera larga que le llegaba hasta los hombros: su postura y la manera de moverse contenían algo tenebroso.
Sarah notó que se le aceleraba el pulso, que se le encogía el corazón. La visión de aquella extraña figura removió algo en su interior, miedos y recuerdos que había enterrado en el fondo de su alma. Un halo de franca amenaza surgía de la silueta extraña, y el caballo también parecía notarlo. El animal bufaba intranquilo, y la figura borrosa se dio la vuelta.
– Chist -dijo Sarah para tranquilizar al semental, y se agachó hasta el suelo para coger una piedra que le cupiera en la mano. La agarró, resuelta, y la lanzó. El ruido seco que causó al chocar llamó la atención del gigante, que aguzó el oído.
Sarah contuvo la respiración.
Durante un angustioso instante, la sombra tenebrosa se quedó inmóvil. Luego se volvió y se alejó lentamente hacia el lugar de donde había llegado el ruido.
En vez de darse un respiro, Sarah volvió a agacharse y cogió otra piedra, esta vez mucho mayor y angulosa. Habría preferido un revólver cargado de la armería de su padre, pero la tranquilizó tener algo con lo que poder defender el pellejo. No sabía quién era aquel extraño ni qué hacía allí, pero notaba el peligro. Cerró las manos sudorosas envolviendo la piedra, preparada para golpear al gigante si la descubría y la atacaba, y al cabo de un instante pareció llegar el momento.
La sombra se dirigía hacia ella como si pudiera atravesar la niebla con la mirada.
Sarah ahogó un grito. Pensó que el gigante aparecería de inmediato y se abalanzaría sobre ella con sus enormes garras callosas, pero no ocurrió nada de eso. La figura fantasmagórica desapareció un instante después en la niebla. En vez de percibir sus pasos pesados, de repente oyó los pasos amortiguados de un caballo, y el contorno de un jinete se dibujó en los vapores blancuzcos.
– ¿Sarah? ¿Eres tú…?
– ¡Kamal!
El alivio por oír la voz de su amado fue inconmensurable. Dejó caer la piedra con un suspiro y se dispuso a correr hacia él. Pero aún le fallaban las rodillas, y se habría desplomado de no ser porque él la sujetó. Contenta de que la hubiera encontrado, se lanzó en sus brazos y sollozó suavemente, casi como la niña que una vez se perdió en la niebla y fue rescatada por su padre…
A Kamal Ben Nara también le sorprendió esa reacción. Había visto a Sarah en muchas situaciones difíciles y había superado con ella unos cuantos peligros mortales. Y ella siempre había conservado la cabeza fría y nunca había parecido tan medrosa y vulnerable como en aquel instante…
– Sarah -dijo-, ¡lo siento mucho! Quería darte un poco de ventaja en la carrera, pero luego se ha levantado la niebla y te he perdido de vista. Si hubiera sabido que te atemorizaba tanto…
– ¿Lo…, lo has visto? -preguntó susurrando.
– ¿A quién?
– Al gigante.
– ¿Qué gigante?
– Había alguien en la niebla. Un hombre muy alto, una sombra. Me buscaba…
– ¿Estás segura?
Sarah asintió, todavía estremecida por el espanto.
– No, Sarah, no he visto a nadie. Aquí solo estamos tú y yo.
– Y ese extraño -insistió ella, y se deshizo del abrazo de Kamal para observar atentamente, pero no había ni rastro de la silueta enorme que hacía unos momentos le había inspirado tanto temor.
¿Había estado allí de verdad?
¿Lo había visto Sarah realmente? ¿O solo había sido una imagen, una fantasmagoría que su miedo irracional había proyectado sobre la blanca pared de niebla? Ahora que había superado el primer susto y había recobrado el aliento, Sarah no sabría decirlo con exactitud. Se acordó de París, de las callejuelas de Montmartre donde una vez ya tuvo la sensación de que la perseguía una figura gigantesca; ocurrió hacía una eternidad, o eso le parecía, cuando su padre aún estaba vivo y el mundo que la rodeaba era en ciertos aspectos distinto. ¿Y si el antiguo temor le había jugado una mala pasada y le había hecho creer algo que en realidad no existía?
No mucho tiempo atrás, Sarah habría rechazado semejante posibilidad y habría afirmado que algo así no podía sucederle a una mente despierta. Pero lo que había visto y vivido desde entonces le había enseñado que hay cosas que no pueden explicarse a fondo con medios racionales…
– ¿Estás bien? -preguntó Kamal, que le veía el desconcierto en los ojos y parecía seriamente preocupado.
– Supongo -replicó Sarah-. Es solo que… Estaba segura de que había alguien…
– En la niebla, las cosas suelen parecer distintas que con luz clara -señaló Kamal-. Una roca se convierte en un gigante, un árbol en una figura espantosa. Por algo se tejen incontables historias de fantasmas alrededor de estos pantanos.
– Tienes razón -dijo Sarah, y de repente se sintió insensata y estúpida-. Me he dejado amedrentar como una cría.
– Probablemente ese es el motivo -opinó Kamal.
– ¿A qué te refieres?
– En el fondo de nuestro corazón -contestó, esbozando una sonrisa-, todos seguimos siendo niños. Puede que nuestro intelecto madure y que nuestro físico envejezca, pero en el fondo sabemos que seguimos siendo críos vulnerables.
– Eso es verdad -replicó ella, agradecida por su comprensión.
– Tienes que dejar atrás el pasado, Sarah. Sé que aún te persigue, pero no puedes ceder. Algún día, te lo prometo, despertarás y habrás dejado atrás todas esas cosas.
– ¿Tú crees?
– Inshallah -replicó Kamal suavemente.
Sarah asintió. Si Dios quiere.
Era la respuesta de Kamal a muchas cosas, la expresión de una fe con raíces profundas por un lado y, por otro, una sumisión al destino a la que Sarah solo podía acostumbrarse con cierto recelo. Ella también había experimentado que el ser humano no siempre era libre en sus decisiones y que existían poderes que lo guiaban y lo dirigían, pero estaba demasiado marcada por la educación de su padre y por el pensamiento moderno para poder compartir totalmente la convicción de Kamal. Una parte de ella continuaba aferrándose a la esperanza de que el ser humano fuera dueño de sus actos, al menos parcialmente. En ello seguía viendo la única probabilidad de sacudirse de encima algún día los fantasmas del pasado.
– Ahí fuera no hay nadie, Sarah -dijo Kamal lleno de convicción-. Solo son tus miedos, que te persiguen, pero no tienes que temer nada. El Libro de Thot fue destruido, ya no quedan herederos de Meheret. Mi deber ha prescrito, igual que el tuyo. Has expiado tus faltas, igual que yo. Va siendo hora de mirar adelante.
– ¿Me ayudarás? -preguntó la joven mientras él le cogía la fría mano y se la besaba cariñosamente.
– Te ayudaré -aseguró-. No hay nada que debas temer. Todo ha acabado, ¿me oyes? De una vez por todas.
Sarah le devolvió la sonrisa que él le había brindado y que la reconfortó como un rayo de sol brillante. Luego volvieron a subir a la silla y regresaron a trote lento a Kincaid Manor. Sarah miró una vez más en la espesa niebla, pero el misterioso personaje continuaba desaparecido.
Kincaid Manor, noche del 16 de septiembre de 1884
Había sido un ágape abundante. Molly Hackett, la corpulenta cocinera de las Midlands que trabajaba en la finca desde que Sarah recordaba, había vuelto a desplegar todos los registros de su saber y había servido un menú compuesto por una sopa vigorizante, carne de carnero guisada con salsa de menta y patatas asadas.
Después de cenar, Sarah y Kamal se retiraron a la sala de la chimenea, en cuyo hogar ardía un fuego cálido que, entre chisporroteos, lanzaba una luz tintineante sobre las paredes recubiertas de madera. Delante había un sofá amplio de piel oscura, donde se sentó Kamal mientras Sarah rebuscaba en el armario de los licores. Su padre solía guardar allí algunos valiosos destilados, pero Sarah no lo había tocado desde que él murió. Sin embargo, esa noche superó sus recelos. Volvió con una botella polvorienta de whisky escocés y dos vasos de cristal resplandecientes, y se sentó al lado de Kamal.
– Mi padre guardaba este whisky para una ocasión especial -explicó-. No se cansaba de contar que este licor tenía casi doscientos años y que lo habían embotellado el mismo año en que tuvo lugar la masacre de Glencoe. Solo hay un puñado de botellas en todo el mundo.
– ¿Y quieres beberlo hoy? -preguntó Kamal enarcando las cejas.
– Por supuesto.
– ¿Por qué motivo?
– Porque hoy es una ocasión especial -contestó Sarah sin rodeos-. Hoy es el primer día del resto de mi vida. El día en que he decidido dejar atrás definitivamente mi pasado y mirar al futuro.
– Una buena decisión -alabó Kamal sonriendo.
– ¿Verdad que sí? Y todo gracias a ti. Me has dado la fuerza para hacerlo. Siempre estás a mi lado cuando te necesito, incluso cuando estoy a punto de perderme en la niebla. Te amo con todo mi corazón, Kamal.
– Y yo te amo a ti -contestó él-. Aun así, no deberías descorchar la botella.
– ¿Por qué no?
– Porque yo no beberé contigo -explicó señalando hacia el techo revestido de madera-. Alá me lo prohíbe, ¿lo habías olvidado?
– ¿Significa eso que no estás dispuesto a hacer una excepción? -preguntó mientras dejaba la botella y los vasos en el suelo-. ¿Ni siquiera por mí?
– Ni siquiera por ti -insistió él.
Sarah sonrió, no había esperado otra respuesta.
– En ese caso -dijo, haciéndose la ofendida-, tendré que expresarte mi afecto de otra manera.
– Inshallah -contestó Kamal, con verdadera cara de inocencia mientras ella se le aproximaba.
A Sarah se le aceleró la respiración. Expectante por la pasión que vivirían juntos, se inclinó hacia delante hasta que su rostro quedó muy cerca del de su amado. Podía notar su calidez, su aliento. Sabía que él también disfrutaba de esa proximidad, del estremecimiento que los sobrecogía ante la dicha que se avecinaba. Sarah notó que se le endurecían los pechos y tembló cuando Kamal puso su mano sobre ellos y empezó a besarla tiernamente.
La acarició suavemente, como un viento del desierto, la besó en el cuello, en los ojos y en la frente, hasta que sus labios se encontraron. Sus lenguas se unieron con deseo mutuo, y Sarah empezó a desabrocharse el vestido con manos temblorosas. La ropa cayó entre crujidos y dejó al descubierto el corpiño y el nacimiento de sus pechos, pequeños y turgentes.
Ella se recostó mientras las manos experimentadas de Kamal los liberaban a ambos de toda prenda molesta. El rostro de su amado apareció sobre el suyo y ella lo cogió entre sus manos y lo cubrió de besos mientras él la penetraba despacio. Sarah lo ciñó entre sus piernas y lo atrajo hacia sí. Gozó sintiéndolo en su interior, poseyéndolo, entregándose por un dulce instante a la idea de que solo le pertenecía a ella, para siempre jamás.
Podía ver sus sombras en la pared, las siluetas titilantes de dos personas que se habían convertido en una. En las alas del amor, Sarah Kincaid encontró realmente el olvido, y su esperanza de poder dejar atrás definitivamente las sombras del pasado pareció cumplirse en aquel momento.
Sin embargo, el viejo aforismo de su padre, según el cual la historia nunca descansa, volvió a confirmarse una vez más.
Porque esa noche regresaron las sombras.
Kincaid Manor, Yorkshire, noche del 17 de septiembre de 1884
– ¡Abran de inmediato! ¡Abran la puerta!
Los gritos roncos y el martilleo sordo de los puños que golpeaban la puerta de Kincaid Manor despertaron a Sarah, y esa vez estaba segura de que los ruidos no provenían de un sueño que la había perseguido aun estando despierta.
Se incorporó alarmada.
Un nuevo puñetazo contra la puerta.
– Abran la puerta de inmediato o emplearemos la fuerza -anunció alguien enérgicamente.
Sarah notó que la ira fluía por sus venas. ¿Quién demonios tenía el descaro de aporrear a esas horas de la noche la puerta de su finca y de solicitar la entrada de un modo tan irrespetuoso? Saltó enfurecida de la cama y se cubrió con un camisón que estaba colgado en un gancho de la pared. Kamal también se había despertado, su mirada revelaba desconcierto.
– ¿Qué diantre…? -preguntó, pero ella, encaminándose ya hacia la puerta, le hizo un gesto con la mano para que no se preocupara.
Kamal se apresuró a seguirla. Se puso la camisa y los pantalones, lo mínimo imprescindible. Sin perder tiempo, se echó atrás los cabellos revueltos. Sarah ya estaba bajando. Con una vela en la mano, que había encendido a toda prisa, se deslizó rápidamente por la ancha escalera de piedra hacia el vestíbulo, donde ya la esperaban.
– Madam, no sé qué significa todo esto -murmuró aturdido Trevor, el anciano criado, con los cabellos blancos despeinados en todas las direcciones.
La camisa de dormir le llegaba hasta los tobillos y, a la luz trémula del candelabro que llevaba, le hacía parecer un fantasma. Entonces, desde la zona de la cocina, donde se hallaban las habitaciones del servicio, también se abrió paso un griterío nervioso.
– En nombre de su Majestad, ¡abran la puerta! -tronó de nuevo la enérgica voz-. ¡O la abriremos por la fuerza!
– ¿Quién es? -preguntó Sarah en voz alta y clara, para espanto de Trevor, que habría preferido esconderse en cualquier sitio.
– El inspector Lester de Scotland Yard -fue la respuesta-. Si no nos abren de inmediato, nos veremos obligados a usar la fuerza.
Trevor le lanzó una mirada interrogativa a Sarah, que asintió con un movimiento de cabeza. Evidentemente, no tenía sentido prohibir la entrada a los representantes de la ley de su Majestad. La cuestión era más bien qué buscaban a las cuatro de la madrugada a las puertas de Kincaid Manor, tan lejos de Londres.
Titubeando y con una expresión de desánimo en el semblante, el criado se acercó a la puerta y la desatrancó. Una de las pesadas hojas cedió chirriando, y aparecieron los rasgos enrojecidos por la ira de un hombre que Sarah calculó que tendría unos cuarenta años. El cabello rojo que sobresalía por debajo del esbelto sombrero de copa estaba alisado con gomina. Las miradas de aquella visita no deseada se clavaban en todas direcciones como dagas, y sobre sus labios delgados, que temblaban de furia, destacaba un bigotito perfectamente recortado, que probablemente pretendía ser atributo de un caballero. Sin embargo, sus modales eran los de un patán…
– ¿Inspector Lester? -preguntó Sarah con acritud, y se le acercó con determinación.
– Efectivamente. Y usted es…
– Lady Kincaid, la dueña de esta finca -contestó ásperamente-. ¡Seguro que podrá explicarme qué significa su extraña aparición a estas horas, inspector! Les ha dado un susto de muerte a mis criados.
– No era esa nuestra intención -explicó Lester sin mostrar ningún pesar-. Pero nos hemos enterado de ciertas circunstancias y teníamos que actuar de inmediato.
– ¿En serio? -Sarah entornó los ojos, escrutadora-. Y, si es tan amable, dígame, ¿de qué circunstancias estamos hablando?
– Tenemos motivos para suponer que bajo su techo se alberga un asesino muy buscado -declaró sin rodeos el inspector, detrás del cual se apiñaban varios agentes uniformados y armados que portaban antorchas.
– Eso es ridículo -contestó Sarah, aunque en aquel momento tuvo la sensación de que el mundo seguro que se había esforzado en construir durante los últimos meses se hacía añicos como un cristal viejo y gastado.
Oyó el leve gemido que había soltado Kamal y vio por el rabillo del ojo que retrocedía lentamente.
– ¡Usted! -masculló Lester, que se había percatado de su presencia justo en ese momento-. ¿Es usted Kamal Jenkins?
– ¿Por qué? -fue la respuesta insegura.
– Lo interpretaré como una afirmación -replicó el inspector, impasible-. Kamal Jenkins, queda detenido como sospechoso de asesinato.
– ¿Sospechoso de asesinato? -preguntó Sarah, aterrada-. ¿De qué se le acusa exactamente?
– Se le acusa de haber apuñalado al granadero real Samuel Tennant en la noche del 7 al 8 de abril de 1869. También de haber herido gravemente y con premeditación al granadero real Leonard Albright y de haberlo despojado de su virilidad.
Sarah contuvo el aliento.
Hasta entonces, esos dos soldados solo habían sido vagos espectros para ella; representaban algo que había ocurrido mucho tiempo atrás y que Kamal le había confesado una noche junto al fuego en el desierto, cuando ambos se contaron mutuamente sus secretos más profundos y ocultos. Acababa de oír por primera vez los nombres de aquellos dos sujetos y sintió una gran conmoción al comprender que el pasado estaba ahí para llevarse a su amado…
Asustada, se dio la vuelta hacia Kamal. En el espanto que se reflejaba en el rostro del hombre pudo reconocer que él tampoco había contado con que le pedirían cuentas por un acto cometido tanto tiempo atrás. Sin embargo, al temor que se reflejaba en sus ojos se añadía algo con lo que Sarah no había contado.
Acusación.
Un abierto reproche que no se dirigía a nadie más que a Sarah…
– ¿Cómo has podido? -musitó Kamal en voz baja para que ni los policías ni los criados pudieran entenderlo.
– ¿Qué quieres decir? -preguntó Sarah, espantada.
– No lo sabía nadie, excepto tú. ¡Me has delatado!
Sarah puso ojos como platos, casi le falló la voz.
– ¡E… eso no es verdad! -balbuceó-. No le he contado nada a nadie…
– Y yo no se lo he contado a nadie más -replicó Kamal, simple y contundentemente, mientras cuatro agentes entraban en el vestíbulo.
Apartaron sin reparos a Trevor, que les cerraba el paso con sus protestas. Pronto atraparon a Kamal, que opuso resistencia.
– ¡Suéltenlo! -exclamó Sarah, acalorada, y se dispuso a acudir presta en ayuda de su amado, sin considerar que con ello se enfrentaba a la ley.
Sin embargo, el cañón del revólver que de repente la apuntó se lo desaconsejó.
– No se mueva -advirtió fríamente el inspector Lester-. No quiero que corra la sangre, pero haré lo que sea necesario para que este peligroso criminal reciba el castigo que merece.
– No es un criminal -se rebeló Sarah-. Se llama Kamal Ben Nara y en su país es el jefe de una gran tribu orgullosa.
– Es posible -comentó Lester fríamente, tocándose el bigote con vanidad mientras guardaba el arma por debajo de la levita-. Pero aquí, en Inglaterra, es un criminal buscado y se le tratará como tal. Caballeros, pónganle las esposas y llévenlo al coche.
A través de la puerta abierta, Sarah pudo ver el coche que estaba parado en el patio, un furgón de transporte de prisioneros iluminado por dos faroles de gas, con ventanas enrejadas y vigilado por dos agentes. Realmente habían salido preparados para cazar a un criminal peligroso…
Las miradas que Kamal le lanzaba mientras le ponían grilletes tintineantes en pies y manos la estremecieron como latigazos, por la gran decepción que contenían. Casi daba la impresión de que todo el amor, el afecto y toda la ternura que albergaba por ella y que le había hecho sentir tan íntimamente hacía unas pocas horas se hubieran extinguido de golpe.
– Kamal -dijo, y extendió la mano hacia él, pero Kamal se apartó de ella y los agentes se lo llevaron fuera.
El inspector Lester se quedó aún un momento para dedicarle una mirada que contenía algo más que satisfacción por haber detenido a quien, a sus ojos, era un criminal peligroso. También había en ella cierto regodeo y un rastro de desprecio.
En vez de descubrirse como habría requerido la ocasión, se limitó a tocar ligeramente el ala del sombrero, se dio media vuelta y siguió a sus hombres fuera. Sarah se quedó con su viejo criado, que le dirigía miradas de desconcierto y de culpabilidad.
– Lo siento, madam -gimió impotente-. No sabía qué tenía que hacer.
– No te preocupes, Trevor. Tú no puedes hacer nada -lo tranquilizó Sarah con voz apagada, mientras observaba consternada cómo se llevaban a su amado. Todo había sucedido muy deprisa, y si su espanto había sido tan grande no era por la detención de Kamal, sino también porque él la culpaba a todas luces de ello…
¿Tenía que permitir que se fuera así?
¡No!
Tomando súbitamente una decisión, se precipitó hacia el exterior, donde los agentes ya se disponían a meter a Kamal en el carro de prisioneros. La puerta trasera del vehículo de gran altura estaba abierta y lo empujaron dentro sin miramientos.
– ¡Alto! ¡Alto! -se acaloró Sarah-. ¡No tienen derecho a hacer esto!
– Al contrario, querida, tenemos todo el derecho -informó Lester en un tono marcadamente oficial, y le enseñó una hoja de papel-. Esta orden de detención, extendida personalmente por el ministro de Justicia, me autoriza a tomar las medidas necesarias para prender al presunto asesino y arrestarlo.
– ¡Pero no es un asesino! -se acaloró Sarah mientras le subían lágrimas de desesperación a los ojos. No podía creer que le arrebataran tan súbitamente la felicidad que había sentido durante una breve temporada-. ¡Mataron a su esposa y al hijo que esperaba!
– En tal caso, debería haber acudido a la policía.
– Ya lo hizo, pero no le creyeron.
– Eso no le da derecho a tomarse la justicia por su mano. En su país, en su tribu o como usted quiera llamarlo, puede que eso esté bien, pero aquí, en Inglaterra, impera la ley, y es mi misión aplicarla. A eso se le llama civilización.
– Si usted supiera -replicó Sarah, esforzándose por contener su ira- cuánto desprecio a la gente de su ralea. Si la educación que usted ha recibido llegara a ser siquiera la mitad de su arrogancia, sabría que no tenemos la patente de la civilización. En la patria de Kamal ya cultivaban la ciencia y la cultura cuando nuestros antepasados aún se escondían en cuevas.
– Esa es su opinión -objetó Lester con frialdad-. Puesto que soy un caballero, me está vedado darle una respuesta pertinente. Sin embargo, considere que no soy yo el culpable de su dolor, sino usted misma.
– ¿Cómo? ¿Qué insinúa?
– ¡Por favor! -musitó el inspector, y su semblante se enrojeció-. Usted es una lady de buena familia y no tiene nada mejor que hacer que echarse en brazos del primer salvaje que se presenta, como si fuera usted una…
Lester no prosiguió. La sonora bofetada que estalló en su mejilla izquierda lo hizo enmudecer en seco.
– Eso ha sido un acto de violencia -constató el oficial-. Contra un funcionario de la Justicia. Tendrá consecuencias.
– No creo -replicó Sarah, apretando los puños y respirando aguadamente-. Tengo amigos muy influyentes. También en Scotland Yard.
– Aun así, usted no está por encima de la ley -señaló el inspector, frotándose la mejilla dolorida-. Considérese afortunada de que hoy me sienta generoso, de lo contrario, ordenaría que también la arrestasen.
– En tal caso, supongo que debería estarle agradecida por su generosidad -le espetó Sarah temblando de ira y con la voz impregnada de sarcasmo.
– Por mí, puede usted hacer lo que quiera -replicó Lester mientras se daba la vuelta y se acercaba a su caballo, que uno de los agentes sujetaba por las riendas. El coche de prisioneros ya estaba listo para emprender la marcha-. No cambiará nada, su amigo de color tiene que responder ante la justicia.
– Me ocuparé de que tenga el mejor abogado defensor que pueda encontrarse -contestó Sarah, desvalida-. Contrataré a sir Jeffrey Hull, que detenta el cargo de Q. C. [1] y antiguo abogado del Temple Bar…
– Adelante -la animó Lester, impasible mientras subía a su caballo pío-. Eso no cambia en nada las cosas.
Tomó las riendas, hizo girar al caballo sobre sus cuartos traseros y le dirigió una señal al cochero. El látigo restalló y el carromato se puso en movimiento.
A Sarah no le quedó más remedio que mirarlo con impotencia.
Espantada, vio como los agentes montaban en sus caballos y el carro traqueteaba hacia el portalón de entrada. A través de la ventana enrejada que había en la puerta trasera del carruaje, Sarah pudo ver el rostro de Kamal. Se le había borrado todo color y sentimiento. Los rasgos de Kamal se habían convertido en una máscara pálida de piedra; solo sus miradas revelaban ira.
– ¡Yo no te he delatado! -gritó Sarah mientras echaba a correr detrás del vehículo, descalza como una criatura corriendo detrás de un carromato del circo-. ¡Por favor, créeme, Kamal! ¡Yo no te he delatado! ¡Yo te quiero! Nunca haría nada que te…
Se interrumpió al resbalar en el lodo que los cascos de los caballos y las ruedas del carromato habían dejado. Cayó de bruces sobre el barro, que le manchó la cara y la ropa. La humedad pronto le caló la camisa de dormir y sintió un frío tremendo. Le temblaba todo el cuerpo y se incorporó ligeramente, solo para ver que el carro con su amado desaparecía en la noche y en la niebla.
Durante unos momentos aún pudieron verse los faroles del carruaje y las antorchas de los jinetes; luego, también desaparecieron.
– Yo no he sido -murmuró Sarah con voz entrecortada-. Yo no te he delatado…
Y finalmente se abrieron paso las lágrimas de la desesperación.
Le corrían en regueros zigzagueantes por la cara, mientras seguía de cuclillas en el barro frío y clavaba las manos en la tierra húmeda hasta que le dolieron de frío… y Sarah Kincaid notó de golpe que el temor también regresaba a ella.
Diario personal de Sarah Kincaid, anotación posterior
No puedo creerlo. Después de meses de supuesta calma, durante los cuales he hecho todo lo posible por olvidar y dejar atrás el pasado, este ha regresado inesperada y cruelmente y ha irrumpido en mi vida. Con todo, aún no soy capaz de valorar qué me pesa más, si el hecho de que hayan detenido por asesinato a mi amado y lo hayan conducido a Londres, o que él me considere la causante de este terrible cambio de rumbo.
Por mucho que me hiera que piense algo así de mí, no puedo reprochárselo. El recuerdo de aquella noche en la que, siguiendo la ley del desierto, nos confiamos nuestros secretos más íntimos, continúa estando presente. Si miro atrás, creo que fue aquella noche cuando, sin intuirlo siquiera, me enamoré de Kamal. Porque, aun sin poder explicar el motivo exacto, sentí que éramos muy parecidos, almas gemelas en la corriente del tiempo…
¿Me engañó esa sensación?
No consigo quitarme de la cabeza la mirada que Kamal me ha lanzado a través de los barrotes. Me persigue como una sombra, incluso durmiendo y en sueños. Había tanta inculpación silenciosa en ella, tanta ira muda. ¿Se ha extinguido realmente su amor por mí? ¿He perdido para siempre lo que creí haber conquistado?
No voy a conformarme con ese destino sin luchar, porque no me siento culpable. Nunca le he contado a nadie el secreto de Kamal y no he hecho nada que justifique su desconfianza. Espero de todo corazón conseguir convencerlo de mi inocencia; de lo contrario, su orgullo le impedirá aceptar mi ayuda y me da la impresión de que, sin un buen representante en los tribunales, la condena de Kamal está sellada.
He decidido abandonar una vez más la seguridad de Kincaid Manor y viajar a Londres para pedirle ayuda a mi viejo amigo Jeffrey Hull. Asimismo, tengo que descubrir de dónde ha sacado Scotland Yard la información que condujo a la detención de Kamal, puesto que solo así podré demostrarle mi lealtad…
Scotland Yard Whitehall Place, Londres,
23 de septiembre de 1884
Milton Fox había cambiado. Sus rasgos afilados, dominados por una nariz respingona y que de vez en cuando se contraían con nerviosismo, seguían teniendo algo del animal que designaba su apellido. Sin embargo, se había serenado y había ganado unas cuantas libras de peso, lo cual probablemente se debía al ascenso a superintendente que había conseguido por su participación en la búsqueda del Libro de Thot.
Oficialmente, la expedición nunca había tenido lugar bajo la dirección de Sarah Kincaid y los registros al respecto se guardaban en los archivos más secretos de Horse Guard, el Ministerio de la Guerra. No obstante, puesto que también se había tratado de librar de las sospechas de asesinato a un sobrino carnal de la reina, las noticias de los dramáticos sucesos ocurridos primero en Londres y después en Egipto habían penetrado hasta el palacio de Saint James, lo cual había supuesto ventajas para algunos de los implicados.
Con un semblante grave y las manos cruzadas, Fox se sentaba detrás de su gran escritorio de teca y echaba una ojeada al informe que tenía delante. Entretanto, no dejaba de oírse cómo chasqueaba la lengua en tono de reprimenda, por lo que Sarah tuvo la sensación de ser una niña recibiendo una regañina de su maestro.
Siguiendo la invitación de Fox, se había sentado en una de las dos butacas de piel que había para las visitas. Sir Jeffrey, que la había acogido amablemente en su casa durante su estancia en Londres, se había empeñado en acompañarla a Scotland Yard. Así pues, estaba sentado a su lado, esperando con la misma expectación que ella lo que diría Milton Fox.
– Sarah, Sarah -comentó Fox finalmente, levantando la vista. En sus rasgos delicados se reflejaba la preocupación-. Me temo que esta vez se ha metido en un buen lío. Resistencia contra la autoridad, uso de la violencia contra un acreditado funcionario de la Justicia que se limitaba a cumplir con su obligación…
– Es un cerdo -comentó Sarah con sinceridad y para espanto no solo de Milton Fox.
– Querida -se apresuró a decir sir Jeffrey enarcando las cejas blancas y pobladas-. Debo pedirle que…
– Es verdad -insistió Sarah, impasible-. Estuvo a punto de llamarme prostituta. ¿Es eso lo que usted considera un acreditado funcionario, Milton?
– No, evidentemente -se defendió Fox-. El inspector Lester recibirá por ello una amonestación oficial y una tacha en su hoja de servicios. Pero eso no le da derecho a usted a actuar con violencia.
– El inspector Lester -replicó Sarah con obstinación- ofendió mi honra. Si yo fuera un hombre, probablemente no estaríamos teniendo esta discusión.
– Pero usted es lo que es… Y es un hecho que su relación con Kamal…
– ¿Sí? -inquirió Sarah mientras Fox, ruborizado, intentaba encontrar las palabras adecuadas.
– … no se ajusta al modelo tradicional de una unión legítima -expuso finalmente utilizando una fórmula que consideró adecuada-. Ciertas personas podrían sentirse ofendidas por ello.
– ¿Ciertas personas? -inquirió Sarah-. ¿Quién, por ejemplo?
– Querida, ¿de verdad tengo que explicárselo? -Fox hizo un gesto de desvalimiento con los brazos-. Usted es una dama de buena familia. En algunos círculos, su padre disfrutaba de la gloria de un héroe y le ha dejado todos sus bienes. Usted es inteligente y culta y, si me permite la observación, muy atractiva.
– No veo qué tiene que ver una cosa con otra -rezongó Sarah, impaciente.
– Bueno, puedo imaginar que algunas personas opinan que sería muchísimo más adecuada a su posición social una relación con un joven británico de buena familia que…
– ¿Que qué? -inquirió Sarah, mientras las palabras de Fox se hundían en su enfurecida mirada como el agua en la arena tórrida del desierto-. ¿Que un salvaje inculto? ¿Piensa usted realmente igual que Lester?
– Bueno, yo… -Fox se sonrojó mientras se agitaba en su butaca-. Verá, Sarah, personalmente, no tengo nada en contra de Kamal. Pero no se puede negar que es diferente.
– Lo es -admitió Sarah-. Por eso mismo seguimos todos con vida, si me permite recordárselo.
– Naturalmente, querida… Pero eso no cambia el hecho de que el bueno de Kamal pertenece a otro mundo. A una cultura que, y eso puede afirmarse con toda la razón del mundo, es muy inferior a la nuestra.
Sarah suspiró.
Temblaba interiormente de ira ante tanta ignorancia y tanta estrechez de miras. Aquello la sublevaba y a su naturaleza rebelde le habría encantado enzarzarse en una discusión vehemente, pero no replicó nada. Aunque la postura de Fox no le gustaba y en el fondo de su corazón lo consideraba un idiota, lo necesitaba si quería salvar a Kamal…
– ¿Sabía usted que Kamal solo es medio tuareg? -se limitó a preguntar entonces Sarah.
– ¿Cómo debo interpretarlo?
– Su madre era inglesa -explicó Sarah-. Kamal se crió aquí, por eso no solo conoce muy bien nuestra lengua, sino también nuestras costumbres.
– No… No lo sabía.
– Kamal considera que Inglaterra es su verdadera patria, Milton. Creo que eso dice mucho de él.
– Cierto… Pero ¿por qué no se quedó en Inglaterra? ¿Por qué regresó a África para vivir en medio de toda aquella suciedad y polvo?
– Porque, como todos nosotros, quiso conocer sus raíces… Y porque tenía que suceder a su padre, que era un gran jefe de los tuaregs.
– Eso que dice suena muy bien, pero me temo que no se ajusta totalmente a la verdad -objetó Fox-. Según nuestras informaciones, Kamal salió del país porque tenía las manos manchadas de sangre, la sangre de dos soldados al servicio de la Armada real británica.
– La sangre de dos asesinos -puntualizó Sarah-. Esos hombres atacaron antes a la novia de Kamal y la violaron brutalmente. Y no murió solo ella a consecuencia del ataque, sino también el hijo que llevaba en sus entrañas. El hijo de Kamal.
– Puede que esa sea su versión de los hechos -replicó Fox-, pero no hay ninguna prueba de ello, al contrario. He ordenado que me trajeran las actas. El granadero real Samuel Tennant y el granadero real Leonard Albright fueron detenidos la noche de ese supuesto crimen y comparecieron ante el tribunal poco después. Y Kamal fue el único que los identificó como criminales. Los demás testigos…
– Los demás testigos estaban sobornados o eran tan estrechos de miras como la mayoría de la gente en este país.
– ¡Sarah! ¿Cómo se le ocurre?
– El juicio estaba amañado. La prometida de Kamal era medio africana, igual que él. Estaba decidido desde el principio que dos granaderos reales blancos no acabarían en la cárcel por una mestiza.
– Querida -se sublevó también sir Jeffrey, que hasta entonces apenas había dicho nada-, ¡tenga cuidado con lo que dice! Está poniendo en duda la independencia de los tribunales…
– No por principio ni mientras ante esos tribunales se presenten personas de piel clara -contestó Sarah-. Sin embargo, en el caso de Kamal no puede hablarse de un proceso justo. Me contó que uno de los testigos se sonrió maliciosamente cuando leyeron la absolución.
– Ningún sistema es perfecto -admitió Milton Fox-. Pero eso no le da derecho a Kamal a sentenciar por su cuenta a esos hombres después de que un tribunal los dejara en libertad.
– ¿Qué se supone que hizo? -preguntó sir Jeffrey.
– Se le acusa de haber asesinado al granadero real Samuel Tennant de dos puñaladas en el corazón en abril de 1869. Posteriormente, mutiló al granadero real Leonard Albright convirtiéndolo en un pobre lisiado sin virilidad. Albright abandonó el ejército y se quitó la vida medio año después de esos terribles sucesos.
– Muy caritativo -murmuró sir Jeffrey, y se le notaba cuánto lo sublevaba semejante barbarie.
– ¿Sería su espanto tan considerable si Kamal fuera un caballero de la antigua escuela inglesa? -preguntó Sarah quedamente-. ¿Si, en vez de ejecutar a los asesinos de su novia con un cuchillo y de noche, lo hubiera hecho al alba y con una pistola?
Ni sir Jeffrey ni Milton Fox respondieron nada. Pero la mirada atónita que intercambiaron fue muy elocuente.
– Con todos mis respetos, caballeros -susurró Sarah, que de nuevo tenía que luchar contra las lágrimas de rabia y desesperación-, son ustedes unos hipócritas que miden con doble rasero. ¿Y pretenden afirmar que, en estas condiciones, Kamal tendrá un juicio justo en este país?
– Bueno -murmuró Jeffrey Hull, tocándose avergonzado el cabello ralo-. Probablemente nuestra amiga tiene razón, Milton. Tal vez estamos un poco cargados de prejuicios…
– Puede que usted sí, sir Jeffrey, pero yo no -opinó Fox con convencimiento-. Como funcionario de Scotland Yard, los prejuicios son algo que no puedo permitirme. No discuto que se hayan cometido errores y, naturalmente, siento simpatía por Kamal y su causa. Pero, como parte del aparato judicial, estoy obligado a ser neutral. No puedo ayudarlo.
– Lo comprendo -dijo Sarah, asintiendo con la cabeza.
– No obstante -prosiguió el superintendente-, me ocuparé de que la denuncia del inspector Lester contra usted no sea tramitada oficialmente, lo cual significa ni más ni menos que nunca más volverá a oír hablar del tema.
– Es… es muy amable. Gracias, Milton.
– Me gustaría poder hacer algo más por Kamal y por usted, Sarah. Pero es imposible.
– ¿No podría contarnos algo sobre la fuente de las informaciones? -preguntó sir Jeffrey-. ¿Quién les dio las indicaciones decisivas? ¿Cómo supo su gente el actual nombre de Kamal y dónde se encontraba?
– Lo siento, sir Jeffrey, no estoy autorizado a dar esa información.
– ¡Maldita sea, joven! -vociferó el consejero real, en un inusual arrebato de temperamento juvenil que a Sarah le recordó un poco a su padre-. ¿Aún no ha comprendido lo que está en juego? Si el peso de la ley cae sobre Kamal, acabará en el patíbulo o encerrado para siempre en presidio. Le debemos la vida a ese hombre, Milton, ¡no debería olvidarlo!
– No lo olvido -aseguró Fox, y de nuevo se agitó en su butaca, revolviéndose como una anguila, eso sí, bastante corpulenta-. La cuestión es que el reglamento…
– Olvide el reglamento esta vez, y haga lo que le aconseja el corazón. Usted es un verdadero caballero, amigo mío, lo sé; por lo tanto, actúe como tal.
– Pero yo…, yo… -El semblante de Fox cambió de color y enrojeció, unas perlas de sudor le cubrieron la frente.
Sarah no podía sino tributar el máximo respeto a sir Jeffrey. Inesperadamente, casi como quien no quiere la cosa, el consejero real estaba presionando a Milton Fox y parecía haberlo tocado en su punto más vulnerable: el honor. Sarah comenzó a comprender por qué aquel hombre había disfrutado de la fama de ser uno de los mejores letrados del Temple Bar. En el tórrido viaje al desierto no se había apreciado, pero sir Jeffrey era un contrincante peligroso en su terreno a pesar de su avanzada edad y de su apariencia gris…
Se percibía claramente que la fachada de corrección que Fox se esforzaba cuidadosamente en construir comenzaba a desmoronarse. Una vez más, su semblante se agitó nerviosamente, mientras miraba con disimulo hacia la puerta, como si quisiera asegurarse de que realmente estaba cerrada.
– La información -susurró luego en voz tan baja que apenas se le oía- llegó por caminos poco convencionales.
– ¿Qué significa eso? -inquirió Sarah.
– Simplemente, llegó -explicó Fox enigmáticamente-. El comandante Devine encontró un día un escrito anónimo sobre su mesa, en el que se daban a conocer los acontecimientos. La carta contenía datos detallados sobre los delitos y también se mencionaba en ella tanto el nombre actual como el antiguo nombre del criminal. Puesto que estamos obligados a investigar en cualquier caso los indicios de un delito capital, le confiaron las pesquisas al inspector Lester, con éxito, como ya sabemos.
– Efectivamente -dijo Sarah con voz apagada.
– Me gustaría añadir que yo no supe nada del caso hasta hace poco. Pero aunque no hubiera sido así, habría tenido las manos atadas. No habría podido avisarla ni informarla del estado de las pesquisas.
– Lo comprendo -admitió Sarah-. ¿Y no sabe de dónde salió el escrito?
– Lo lamento. La carta estaba escrita a máquina, no se podía buscar el origen.
– ¿Podríamos echarle un vistazo? -preguntó sir Jeffrey-. Es probable que los ojos de un viejo jurista descubran algo que se les ha escapado.
– Por desgracia, no es posible.
– Comprendo -suspiró Sarah-. El reglamento, ¿no?
– También, pero no únicamente. Aunque en este caso estuviera dispuesto a saltarme las normas por usted, sería inútil, porque ya no tenemos la carta.
– ¿Qué? -Sarah no daba crédito a sus oídos-. ¿Han arrestado a un hombre a partir de una información anónima que poco después ha desaparecido?
– Debo constatar, mi joven amigo, que eso no deja en muy buen lugar a esta institución -reprendió sir Jeffrey-. Y eso que Scotland Yard tiene fama de extrema formalidad.
– Y con razón -se apresuró a asegurar Fox-. El inventario del depósito de pruebas se lleva con la máxima meticulosidad. Sin embargo, parece ser que en este caso se ha cometido un penoso error, una negligencia inexcusable… Llámenlo como quieran, pero el caso es que el escrito ha desaparecido.
Sir Jeffrey enarcó las cejas.
– No se lo tome a mal, mi querido amigo, si consideramos que el procedimiento relacionado con la detención de mister Ben Nara es un poco peculiar…
– ¿Cómo podría? -Fox se encogió de hombros-. De hecho, que el escrito aún exista o no es irrelevante a estas alturas. Kamal ha sido arrestado y, por lo que veo, ha confesado en gran parte. La carta ya no es necesaria como prueba. Ha quedado obsoleta.
Sarah se mordió los labios.
Para los guardianes de la ley, la carta podía ser innecesaria a esas alturas, pero a Sarah le habría hecho falta para demostrarle a Kamal que no había sido ella quien lo había delatado a la policía. ¿O, en su amargura, también habría supuesto que ella había escrito la nota anónima y había puesto en marcha las pesquisas de Scotland Yard?
– ¿Qué piensan hacer? -se interesó Fox un tanto azorado. El silencio que había imperado durante unos instantes parecía resultarle incómodo.
– Bueno -replicó sir Jeffrey-, en lo que a mí respecta, interrumpiré mi retiro y me encargaré de la defensa de Kamal por aprecio a nuestra amiga.
– ¿Hay algo que defender? -Fox se echó a reír con tristeza-. Como ya les he dicho, Kamal ha confesado la mayor parte del delito del que se le acusa. Por lo tanto, me parece que lo sentenciarán con toda seguridad.
– En realidad, tenemos dos posibilidades -contestó sir Jeffrey, diligente-. Por un lado, conseguir demostrar que las dos víctimas eran realmente los asesinos de la mujer de mister Ben Nara, lo cual podría servir de atenuante en vista de los móviles del crimen. Aunque, dada la circunstancia de que los sucesos ocurrieron hace más de quince años, no cabe tener muy en cuenta esa posibilidad.
– ¿O bien?
– O bien -prosiguió el consejero real con la serenidad propia de un hombre que ya había librado muchas batallas en los tribunales y había logrado salir victorioso de no pocas- alegamos incapacidad mental. Eso le evitaría a mi cliente la pena de muerte y probablemente también cumplir cadena perpetua en Newgate, y lo llevarían directamente a Bedlam…
Mientras Fox asentía prudentemente a esos argumentos, a Sarah le recorrieron la espalda unos escalofríos.
Bedlam era la abreviatura usada para referirse al Hospital Saint Mary of Bethlehem, una institución cerrada para custodiar a enfermos mentales. Cumplir condena allí sería mejor que acabar en el patíbulo o malvivir míseramente olvidado del mundo en la infame prisión de Newgate. Con todo, lo que se explicaba sobre la institución y sobre los métodos que allí se empleaban era bastante atroz. Sarah recordó estremecida la visita a la clínica Saint James, cercana a París, que había realizado con Maurice du Gard hacía, al menos eso le parecía, una eternidad. A ojos de Sarah, la tenebrosidad y la tristeza de aquel centro eran insuperables, y eso que entre los expertos en Medicina tenía fama de ser una de las instituciones más modernas y avanzadas de Europa.
Por muchas vueltas que se le diera, las perspectivas que se le ofrecían a Kamal no eran de color de rosa. El idilio que habían disfrutado durante su estancia en Yorkshire había sido destruido de una manera brutal, el sueño de un amor pleno, al que se habían entregado plenamente, había resultado ser una mentira.
A pesar de todo, Sarah no estaba dispuesta a abandonar.
Había tenido que ver cómo le arrebataban sin poder evitarlo a dos personas a las que había querido por encima de todo; no quería y no podría soportar que ocurriera de nuevo.
Lucharía.
Con todos los medios.
Diario personal de Sarah Kincaid
Milton Fox tenía razón. Teniendo en cuenta lo obvio de la cuestión, la fiscalía ha apremiado en el caso de Kamal y se ha ocupado de que se fijara el día del juicio para el jueves de la semana que viene.
Me abruma la comparación con un animal acorralado; mi instinto me dice que se acerca una tormenta, pero no alcanzo a comprender los procedimientos ni puedo hacer nada por evitarlo. Me embarga un sentimiento de profunda impotencia que intento contrarrestar ofreciéndole mi ayuda a sir Jeffrey. Pero, puesto que no entiendo de cuestiones jurídicas, probablemente solo soy una carga para él. No deja de darle vueltas, día y noche, a su alegato inicial, del que seguramente dependerá todo. Si no consigue sembrar la duda en los corazones de los jueces al inicio del proceso, el destino de Kamal está sellado.
No existen perspectivas de que mi amado pueda salir indemne de este asunto; él mismo ha confesado y se trata únicamente de sacar a la luz los móviles del crimen, que serán decisivos para determinar la pena. La fiscalía afirmará que Kamal actuó por codicia y otros bajos instintos, en tanto que sir Jeffrey pondrá sobre la mesa los antecedentes del asesinato. Sin embargo, puesto que el proceso acabó entonces con la absolución de las futuras víctimas, las probabilidades de éxito también son remotas.
Cuanto más lo pienso, más me desespero. Añoro Kincaid Manor y los días felices y despreocupados que vivimos allí, sabiendo que han acabado irremisiblemente. La cuestión de a quién debemos este cambio desfavorable del destino no se me va de la cabeza, pero mis intentos por descubrir al autor del escrito anónimo que puso a Scotland Yard sobre la pista de Kamal han resultado infructuosos. Creo que la única esperanza radica en preguntárselo a Kamal, aunque tengo claro que mi amado no estará muy dispuesto a hablar conmigo, puesto que, para mi aflicción, sigue considerándome la causante de su desgracia…
Prisión de Newgate, Londres, 25 de septiembre de 1884
Sarah notó un nudo en el estómago cuando se abrió el portalón de hierro. No era habitual que un civil, aún menos una mujer, tuviera acceso a los lóbregos muros de Newgate. Milton Fox, seguramente por mala conciencia, había conseguido una autorización especial.
Las alas del portalón cedieron con un graznido ronco, y Sarah pudo entrar. Acompañada por uno de los guardianes, que llevaba un uniforme sucio y gastado, cruzó el patio interior, rodeado por altos muros desoladores, y se adentró en la prisión, un edificio adusto cuya fachada enlucida con cal parecía fundirse con la niebla matutina. El hedor que la recibió fue aturdidor, una mezcla de podredumbre, sudor y excrementos. Unos faroles de gas iluminaban el corredor sin ventanas; al parecer, nadie quería gastar dinero para alumbrar con electricidad la mísera existencia de los prisioneros.
– Todo recto. -La voz del guardia no revelaba ninguna emoción, tampoco su semblante tosco, como tallado en piedra, ni su mirada apática. Por lo visto, ya no notaba la escalofriante miseria de su entorno.
Al contrario que la visitante.
Sarah se estremeció ante la visión de los corredores estrechos y oscuros a los que daban las puertas de hierro, pintadas de gris y con un ventanuco, de las celdas. Los internos que Sarah pudo distinguir al pasar por delante estaban tan pálidos y demacrados que parecían más muertos que vivos. Pero si alguno se percataba de la extraña visita, en sus ojos brillaba el deseo y a veces enseñaba los dientes podridos esbozando una sonrisa lasciva. Si la cosa no pasaba de ahí, el guardia no reaccionaba, pero cuando uno de los prisioneros se atrevió a aporrear la puerta de su celda y a dirigirle la palabra a Sarah de manera indecente, el guardia sacó su porra de madera y golpeó en el cierre de la puerta con una violencia brutal.
– ¡Cierra el pico, Creed! -gritó malhumorado-. ¿O quieres pasar dos días en el agujero?
– No, señor -fue la respuesta implorante-. A la ratonera, no, por favor. ¡No, por favor!
En el semblante del carcelero se dibujó una sonrisa maliciosa en la que se reflejaba el gusto por su omnipotencia, lo cual no gustó en absoluto a Sarah. Pero no se vio ni en posición ni con ánimos para sermonear al hombre por ello: la idea de que a Kamal también lo trataran con semejante rudeza hizo que se pusiera aún más tensa.
– ¿Falta mucho? -preguntó.
A pesar de la humedad que imperaba en la cárcel, notaba el sudor en la frente. Un sudor frío, constató desconcertada…
El guardia gruñó algo ininteligible. Al llegar al cruce de dos corredores, se encontraron en un puesto de guardia donde desempeñaban sus funciones otros dos hombres de uniforme. Desde allí siguieron el pasillo más estrecho hasta el final.
– Allí -dijo el guardia señalando la puerta de la celda que estaba situada al final del corredor y que apenas se distinguía a la luz de los faroles de gas.
Sarah le dio las gracias con un movimiento de cabeza (no estaba en condiciones de hacer más) y luego se acercó indecisa a la celda. Apenas si se percató de que en los ventanucos de las puertas cercanas aparecían pares de ojos brillando con lascivia.
– ¿Kamal…?
Espantada por el sonido ronco y sordo que había adoptado su voz, Sarah se mordió los labios. Siguió en silencio el resto del camino hasta que alcanzó la puerta de la celda y pudo echar un vistazo a través de la diminuta ventana.
Lo que vio la trastornó profundamente.
Un habitáculo que a lo sumo medía medio palmo cuadrado; un catre duro de madera para dormir, que estaba plegado en la pared; un agujero en el suelo donde el prisionero tenía que hacer sus necesidades y que estaba rodeado de vómitos y, finalmente, una figura de aspecto mísero y andrajosa, que llevaba la ropa de color crudo de los internos y estaba sentada en el suelo, con las piernas recogidas y la cara hundida entre las rodillas.
– ¿Kamal?
Al oír la voz, irguió la cabeza y levantó la vista, con lo cual Sarah se horrorizó de nuevo. A Kamal le habían rapado la cabeza, una medida de precaución que se tomaba para proteger de piojos y otros bichos a todos los nuevos internos. También le habían afeitado la barba, cosa que, según sus convicciones religiosas, equivalía a una terrible humillación. Pero, para Sarah, lo más terrible fue ver la desesperación que había en su rostro, que había adoptado un tono ceniciento en aquel lugar siniestro donde nunca penetraba un rayo de sol.
Con todo, si esperaba ver en los ojos de Kamal un poco de alegría o, al menos, que la reconociera, se llevó una amarga decepción. La mirada de su amado no se diferenciaba en nada de la mirada apática del carcelero y parecía atravesarla sin verla.
– Kamal, soy yo, Sarah.
No recibió respuesta, la mirada de Kamal seguía perdida en el vacío.
– He venido a hablar contigo. Quiero ayudarte…
– Muy considerado por tu parte -fue la apagada respuesta-. Pero no necesito tu ayuda.
La frialdad y el tono ausente con que pronunció las palabras la espantaron, pero al menos Kamal había reaccionado a su presencia. Eso era un principio…
– ¿Sigues creyendo que te delaté yo? -preguntó Sarah con dulzura.
– Lo sé -puntualizó él-, porque nadie más conocía el asunto.
– No exactamente -replicó Sarah-. Tú sabes que, desde aquella noche junto al fuego, ya hace casi un año, nunca más hemos hablado de aquellos hechos.
– ¿Y?
– No mencionaste el apellido de tu madre -explicó Sarah-, ni entonces ni tampoco después. ¿Cómo podía dárselo, pues, a los agentes?
– Eso no demuestra nada. Podrías haber conseguido la información por otros derroteros.
– Tal vez, pero, si yo tenía esa posibilidad, ¿no podrían haberla utilizado también otros?
Kamal no contestó de inmediato y, por primera vez, Sarah tuvo la sensación de que la miraba.
– Lo que te conté aquella noche te lo confié con la condición de que guardaras el secreto, Sarah. Ante la ley del desierto.
– Y yo me he atenido a esa ley -aseguró Sarah con énfasis-. Nunca ante nadie he pronunciado una sola palabra de lo que me confiaste, ¡tienes que creerme, Kamal!
– Entonces, ¿cómo se ha enterado la policía?
– No lo sé. Milton Fox dice que llegó un escrito anónimo a Scotland Yard en el que se incluía toda la información.
– ¿Y quién lo había escrito?
– No se sabe… y seguramente no lo descubrirán nunca. Porque, desgraciadamente -Sarah bajó la mirada con un sentimiento de culpabilidad, porque comprendía que aquello le sonaría extraño a Kamal-, la carta se perdió poco después.
– ¿Se perdió? ¿La única prueba con la que tal vez habrías podido convencerme de tu inocencia ya no existe?
Sarah se limitó a asentir con la cabeza, ¿qué podría haberle contestado? Lo pasado, pasado estaba, y no estaba en sus manos cambiarlo.
Kamal soltó una carcajada amarga. Luego se levantó lentamente y se acercó a la puerta. Cojeaba, el frío húmedo parecía habérsele metido en los huesos.
– ¿De verdad esperas que te crea? -preguntó meneando la cabeza en un gesto de resignación-. Yo creía que tú no eras como todos esos idiotas estrechos de miras. Que tu padre te habría enseñado a valorar a las personas por su corazón y no por su origen o por el color de su piel.
– Sabes muy bien -aseguró Sarah- que esas son mis convicciones.
– ¿Lo son?
– Nadie en el mundo me conoce tan bien como tú, Kamal. Te he revelado mis miedos y mis deseos, te he dejado mirar en lo más hondo de mi corazón. ¿Qué has visto?
– ¿Qué he visto? -Kamal meneó la cabeza-. Para serte sincero, no lo sé. Todo es tan confuso, ya no sé qué debo sentir…
– Entonces no recurras a los sentimientos, sino a la razón -replicó la joven-. Si hubiera tenido la intención de delatarte a la policía, ¿por qué habría esperado tanto tiempo?
– ¿Quién sabe? Tal vez para gozar de unos meses de diversión.
– Si hubiera sido así -resopló Sarah, anonadada ante el hecho de que la considerara capaz de algo semejante-, ¿por qué estaría ahora aquí? ¿Por qué me molestaría en venir a este lugar horrible para saber cómo estás? ¿Por qué haría todo lo posible por encontrar al autor de la carta anónima que ha destruido súbitamente nuestra felicidad? ¿Por qué haría todo lo humanamente posible para impedir que permanezcas entre estos tétricos muros y acabes tus días en medio de una oscuridad eterna?
En contra de su propósito de mantener la compostura, Sarah había estallado en lágrimas, lo cual no solo la consternó a ella, sino también a Kamal, a quien la consternación le borró la indiferencia del semblante.
– Tú eres lo único que tengo, Kamal -añadió Sarah en un susurro-. Perdí a mi padre y también a Maurice, y la sola idea de perderte a ti me hace enloquecer. Permaneceré a tu lado, lo quieras o no, porque eres lo único que me queda…
Mientras pronunciaba esas palabras, le falló la voz. Sacudida por un llanto convulsivo, bajó la cabeza y por un instante abrigó la esperanza de que aquello solo fuera una terrible pesadilla, una de las muchas que la atormentaban y de la que despertaría sobresaltada en cualquier momento. Pero el frío, los gritos y el espantoso hedor le recordaron que aquello era la realidad. La implacable realidad de la que no se podía despertar…
– Sarah…
La joven se sobresaltó y levantó la vista. Había sido Kamal quien había pronunciado su nombre, y por primera vez creyó reconocer en su semblante un soplo de calidez humana en vez de ira y desconcierto.
Aunque la mano con la que Kamal se aferraba al borde inferior del ventanuco estaba sucia y grisácea, Sarah la cogió, la apretó contra sus mejillas y la humedeció con sus lágrimas.
– Por favor, amor mío -susurró-, tienes que creerme. Yo no te he delatado ni lo haría nunca, antes moriría. Mi corazón te pertenece para siempre.
– Igual que a ti el mío -contestó Kamal.
Sus miradas se encontraron a través del pequeño hueco abierto en el frío metal y mientras Sarah volvía a tener la sensación de hundirse en la profundidad abismal de los ojos de su amado, él la sometió a un último examen. Y por mucho que se esforzó en mirar en el interior de Sarah a través de sus ojos enrojecidos por las lágrimas, no pudo distinguir malicia alguna.
– Mi pueblo tiene una máxima -dijo en voz baja-. Solo los necios siguen la senda de la ceguera. Los sabios abren los ojos.
– ¿Y qué ves? -preguntó Sarah en un susurro.
– La verdad -contestó sin más-. Perdóname por haber dudado de ti.
– Para perdonarte, tendría que haberte guardado rencor -contestó ella-, y no lo he hecho. Quizá yo habría pensado lo mismo de haber estado en tu lugar.
– No -dijo convencido-, no lo habrías hecho.
Sus labios se rozaron a través de la pequeña abertura, en un beso fugaz que los internos de las celdas vecinas, que curioseaban boquiabiertos junto a sus puertas, contestaron con risotadas vulgares.
– No deberías haber venido -le susurró Kamal a Sarah-. No es lugar para ti.
– Tampoco lo es para ti -replicó ella-. Tu sitio no está entre ladrones, asesinos y violadores.
– La justicia tiene otra opinión.
– Lo sé -asintió Sarah-. Por eso nuestra única esperanza es ablandar a los jueces. Sir Jeffrey se encarga del caso, ¿te acuerdas de él?
– Por supuesto. -Kamal no parecía muy contento-. Un viejo león desdentado y sin uñas en las garras.
– Puede que así fuera durante nuestra aventura en Egipto -admitió Sarah-, pero desde que se encarga del caso, al león le han salido dientes afilados. Sir Jeffrey goza de toda mi confianza, Kamal. Si alguien puede ayudarte, es él.
– Inshallah -replicó Kamal en voz baja-. Si tiene tu confianza, también cuenta con la mía. Pero me temo que lo tenemos todo en contra.
– Como siempre, ¿no? -Un amago de sonrisa se deslizó por su semblante, marcado por las lágrimas-. Por eso tenemos que trabajar juntos. Necesito tu colaboración, Kamal.
– ¿Mi colaboración? -Con la mirada señaló las rejas que los separaban-. ¿A qué te refieres?
– Tienes que pensar en ello, Kamal. Intenta recordar.
– ¿Pensar en qué?
– La carta que puso a Scotland Yard sobre tu pista… Alguien tuvo que escribirla y enviarla. Alguien que te conoce mejor de lo que tú sospechas y quiere perjudicarte.
– ¿Quién podría ser? -Kamal se encogió de hombros-. Sabes que no conozco a casi nadie en Inglaterra. Aunque más bien…
– ¿Sí? -preguntó Sarah, esperanzada.
– … pienso que se trata de ti, Sarah.
– No -dijo la joven con rapidez y determinación.
– Sabes que tu padre no solo te dejó Kincaid Manor, sino también enemigos poderosos. Puede que el fuego de Ra se destruyera, pero los herederos de Meheret…
– Ya no existen -murmuró Sarah, horrorizada-, tú mismo lo dijiste.
– Tenía la esperanza fundada de que habíamos desarticulado la banda y que las lúgubres insinuaciones de Mortimer Laydon no eran más que sandeces de un hombre que ha perdido la razón. Pero, en estos últimos días y horas, he tenido mucho tiempo para pensar, Sarah, y considero que probablemente…
– No -repitió con determinación, casi obcecadamente-. No nos ha alcanzado mi pasado, sino el tuyo, Kamal. Egipto no tiene nada que ver con esto.
– ¿Cómo lo sabes?
– Lo sé porque…
Se interrumpió en busca de un argumento acertado. Evidentemente, Kamal tenía razón y, si ella era sincera consigo misma, debía reconocer que también había especulado con esa posibilidad, aunque solo muy por encima. Las consecuencias que eso arrojaría eran demasiado inquietantes…
En ese momento, el tiempo de visita tocó a su fin. El guardia que había guiado a Sarah y que, a pesar de su carácter tosco se había mantenido discretamente en un segundo plano durante la conversación, se acercó y carraspeó sonoramente.
– Tienes que irte -señaló Kamal.
– Aún no. -Su voz sonó casi suplicante-. Acabo de encontrarte…
– Tienes que irte si quieres volver -replicó él, y le acarició cariñosamente la frente-. Entretanto pensaré en lo que me has dicho e intentaré recordar.
– Hazlo, por favor -contestó Sarah, y una tímida sonrisa iluminó de nuevo su semblante-. Nunca te abandonaré -dijo a modo de despedida.
– ¿Lo prometes? -preguntó él.
– Lo prometo -contestó la joven, y una vez más sus miradas se encontraron por un instante que pareció infinito, hasta que ella se dio la vuelta y salió de la sección de las celdas.
En aquel momento albergaba sensaciones encontradas. Por un lado, se sentía aliviada porque Kamal la creía y ya no la consideraba la causante de su desgracia; por otro, sentía el temor de lo que vendría, puesto que no había cambiado nada en cuanto a la falta de perspectivas para salir de aquella situación; y, por último, ahí estaba también el presentimiento vago de que los temores de Kamal en relación con el escrito anónimo tal vez eran acertados…
Sarah reprimió esos pensamientos, pero en su corazón permanecieron las tinieblas mientras seguía al carcelero por los pasillos de la prisión, acompañada por un griterío ronco y un hedor brutal. Hacía rato que había perdido la orientación, no sabría decir si el guardia la llevaba por el mismo camino por donde habían entrado o si utilizaba otro. Iba a preguntárselo cuando, de repente, un frío glacial la penetró como un cuchillo hasta las entrañas.
La corazonada de una desgracia inminente se cumplió al cabo de un instante, cuando Sarah oyó una voz ronca muy conocida.
– ¿E… eres tú, pequeña?
Sarah se detuvo como si la hubiera alcanzado un rayo. Aunque ya había pasado casi un año desde que oyó por última vez aquella voz, la habría reconocido entre miles, hasta tal punto se había grabado en su recuerdo de manera profunda e imborrable.
– ¿Has venido a hacerme una visita?
Sarah se acercó lentamente, como si estuviera en trance, a la celda de donde salía la voz enronquecida. El tono delataba que el propietario no era dueño de su juicio, por lo que Sarah aún temía más el encuentro.
Las risitas que la recibieron estaban tan cargadas de maldad que nadie habría creído que provenían de una garganta humana. Con todo, el semblante que la observaba fijamente desde la pequeña ventanilla cuadrada era de carne y hueso.
El rostro estaba demacradísimo y marcado por la locura. Tenía la cabeza rapada, y una mirada febril en los ojos; aun así, en aquellos rasgos Sarah reconoció con un escalofrío a su Némesis, al causante de sus pesadillas.
¡Mortimer Laydon!
– Qué alegría me da verte, pequeña…
El asesino de su padre volvió a soltar una risita, que para Sarah fue como una bofetada en la cara. Laydon había traicionado a Gardiner Kincaid y lo había asesinado cobardemente por la espalda mientras continuaba actuando ante Sarah como su padrino y amigo paternal. No fue hasta la búsqueda del Libro de Thot cuando mostró su verdadero rostro, después de que su falsedad hubiera estado a punto de costarles la vida a Sarah y a Kamal. Durante unos instantes memorables, Sarah había sostenido una pistola en sus manos y había tenido la posibilidad de acabar con la criminal existencia de Laydon. Pero había decidido no hacerlo, de lo cual casi se arrepentía en aquel momento.
Puesto que suponía a su padrino internado en la institución de Bedlam, no había contado con verlo allí. Por eso la conmocionó tanto el encuentro, como podía deducirse fácilmente a partir de la palidez cérea de su semblante.
– No pareces muy contenta de verme -señaló Laydon, y torció a un lado la cabeza rasurada mientras la observaba a través del ventanuco-. ¿No has venido a verme a mí? ¿Tienes más conocidos entre estos adustos muros? ¿Tal vez un amante secreto…?
De nuevo soltó una risita maliciosa, y Sarah notó que la rabia le corría por las venas. Se acercó a la puerta de la celda hecha una furia, el odio le brillaba en los ojos.
– ¿Qué sabes tú? -masculló-. ¡Vamos, dímelo!
Las risas de Laydon sonaron aún más malévolas.
– Vaya, ¿de repente hablas conmigo?
– Si sabes algo de Kamal, ¡dilo! ¡Ahora mismo! ¿Oyes?
– Sarah. Mi buena Sarah. -Laydon meneó compasivo la cabeza-. De tu reacción deduzco que ha vuelto a ocurrirte algo que ha sacudido tu mundo hasta los cimientos. Y como en todas las ocasiones anteriores, como con el viejo Kincaid y con tu maleado amigo francés, echas la culpa a los demás. Ni en sueños se te ocurriría pensar que tú eres el motivo de…
– No te atrevas siquiera a mencionar a mi padre ni a Maurice -replicó temblando, mientras se esforzaba por contener su ira-. Los dos seguirían con vida si no hubiera sido por ti.
– ¿Eso crees realmente?
– Lo sé. Del mismo modo que sé que tus palabras no son de fiar. Una vez ya envenenaste mi mente y mi corazón, como le hiciste a mi padre. Pero, a diferencia de él, yo abrí los ojos a tiempo y descubrí tu verdadero ser.
– Pero únicamente porque yo te lo revelé. De lo contrario, aún continuarías buscando desesperadamente la verdad. Estás ciega, Sarah Kincaid, y no solo en lo tocante a tu pasado…
– Eso a ti no te importa -resopló, enfadada porque él conocía su secreto más íntimo.
– Sé muchas cosas de ti, Sarah. Más de las que crees… Y más de las que te gustaría.
De nuevo soltó aquella risita odiosa, marcada por la locura, que a Sarah le llegó hasta el alma.
– ¿Qué sabes? -volvió a preguntar, esta vez con mayor acritud-. Habla o…
– ¿Vas a amenazarme? ¿Después de habérmelo quitado todo?
– Tú tienes la culpa de lo que te ha ocurrido. Con tu ansia de riquezas y de poder, te has mezclado con gente de la que deberías haberte mantenido alejado.
– Igual que tú y tu padre -replicó Laydon tranquilamente-. A pesar de todo lo sucedido, sigues sin comprender lo antigua y poderosa que es aquella organización y hasta dónde llegan sus tentáculos… Incluso aquí, entre estos muros sombríos.
– ¿Qué quieres decir? -preguntó Sarah con cautela, remarcando cada sílaba.
Mortimer Laydon la había manipulado y engañado repetidamente. Y aunque se había apoderado de él la locura, continuaba siendo peligroso…
– Tanto en Alejandría como en la búsqueda del Libro de Thot, te cruzaste en su camino -respondió él burlonamente-, pero aún no te has dado cuenta de a quién te enfrentas realmente. Tal vez Gardiner se equivocó contigo y no eres ni con mucho tan brillante como siempre supuso…
Sarah se estremeció.
Oír pronunciar a Laydon el nombre de su padre desataba aún más su ira. Intentó en vano serenarse y convencerse de que aquello solo eran tonterías de un enfermo mental. Las palabras del asesino la agitaron y el veneno que aquel hombre esparcía como antaño surtió efecto. Un miedo irracional se apoderó súbitamente de Sarah, quien se dijo que lo mejor sería abandonar aquel lugar lo más deprisa posible.
Sin pronunciar una sola palabra a modo de saludo, se separó de la puerta de la celda, dio media vuelta y prosiguió el camino hacia el exterior en compañía del guardia, seguida por los estúpidos gritos de Laydon.
– ¡Esto no ha acabado todavía! Volveremos a vernos, Sarah Kincaid -gritó a sus espaldas, y enseguida se explayó en una carcajada histérica que rebotó en el bajo techo abovedado y sonó como el chillido de un mono.
Algunos de los presidiarios, sobre todo aquellos que ya llevaban suficiente tiempo en aquel infierno húmedo y oscuro para haber perdido en gran parte la razón, se sumaron al griterío, y Sarah y su acompañante fueron embestidos por una oleada de carcajadas estridentes y arrastrados de vuelta al adusto patio interior.
Absorta en pensamientos sombríos, Sarah cruzó el patio y el portalón, y regresó al carruaje que sir Jeffrey había puesto a su disposición mientras durara su estancia en Londres. El cochero, un hombre corpulento al servicio de sir Jeffrey y que llevaba una levita demasiado estrecha, la ayudó a subir. Agotada, Sarah se dejó caer en el banco forrado de terciopelo oscuro y miró fuera ensimismada.
El carruaje arrancó bruscamente y tanto los muros intimidantes de Newgate como los edificios colindantes desaparecieron tras la densa niebla, que tenía a Londres en sus garras y que no parecía dispuesta a disiparse nunca más.
Diario personal de Sarah Kincaid
Mortimer Laydon.
La sola mención de ese nombre me provoca escalofríos, pues me recuerda al mismo tiempo mis momentos más sombríos y el mayor de mis errores: el terrible instante en que murió mi padre, abatido por el puñal del asesino, y que yo, demasiado inexperta y ciega debido al dolor y a la pena, no supe reconocer al verdadero autor del crimen.
Aunque las palabras de Laydon me persiguen y sigo viendo sus rasgos demacrados y desfigurados por el odio y la locura, mis miedos y mis miserias me parecen insignificantes comparados con los de mi amado, en quien estos días se concentra toda mi preocupación. Me aferró a la esperanza de que los esfuerzos de sir Jeffrey tal vez sean coronados por el éxito y que exista un modo de salvar a Kamal… Pero a medida que el tiempo pasa y el semblante de sir Jeffrey se vuelve más ceñudo, yo también me veo obligada a reconocer que humanamente no tenemos ninguna posibilidad.
Lo que necesitamos es un milagro…
Maifair, Londres, noche del 25 de septiembre de 1884
En el comedor remaba el silencio. Solo se oía el tictac del gran reloj de pared, cuyo péndulo oscilaba perezosamente, tomando nota con indiferencia del paso del tiempo. Al contrario que Sarah.
Le estaba muy agradecida a sir Jeffrey, no solo porque la había acogido en su villa de Mayfair durante su estancia en Londres, sino también porque intentaba con todas sus fuerzas ser un buen abogado y también un amigo paternal. Sin embargo, habría preferido pasar las veladas aislada en su habitación en vez de cenando en compañía de sir Jeffrey. El consejero real había renunciado al menos a invitar a amigos y colegas, como era usual en su círculo, para que Sarah no se viera obligada a mantener conversaciones banales mientras sus pensamientos vagaban por otros lugares. Pero, incluso así, habría preferido la soledad de su habitación. Había tantas cosas que tenía que poner en claro, sentimientos y sensaciones a los que debía sobreponerse.
– ¿Algún problema con el rosbif? -preguntó preocupado sir Jeffrey, que estaba sentado al otro extremo de la larga mesa y se había dado cuenta de que el tenedor de plata de Sarah hurgaba sin propósito alguno en la comida y muy raramente trasladaba un mordisco a su boca. Naturalmente, la carne estaba impecable y tenía aquel color rosa que prometía un verdadero manjar a los entendidos, pero como buen caballero que era intentaba tenderle un puente.
– No, sir Jeffrey -replicó Sarah meneando la cabeza-. El rosbif está delicioso. El problema es que no tengo hambre.
– Es comprensible, querida. Sin embargo, debería comer algo. Oblíguese si es necesario. Nos esperan días agotadores, o semanas.
– Lo sé, sir Jeffrey, lo sé -aseguró Sarah mirando fijamente su plato.
– Por favor, créame si le digo que haré todo lo humanamente posible por conseguir que a Kamal le impongan la mínima pena posible. Los conocimientos que he acumulado durante mi larga vida de abogado están a su disposición, Sarah; y eso sin contar con que la cámara del Temple Bar le proporcionará todo el apoyo imaginable.
– Eso lo tengo claro, sir Jeffrey -aseguró Sarah, esbozando una sonrisa-, y le ruego que no piense que no aprecio sus esfuerzos. Es solo que…
– ¿Laydon, verdad?
La pregunta de sir Jeffrey fue tan directa que Sarah levantó la vista espantada. Una vez más, le bastó con oír aquel nombre para estremecerse.
– Ese miserable tunante -maldijo sir Jeffrey-. Que haya tenido que encontrárselo…
En un primer momento, Sarah iba a contradecirlo y a asegurar lo que había escrito en su diario: que reprimía todo pensamiento sobre Laydon y concentraba toda su preocupación en Kamal.
Sin embargo, eso no correspondía a la verdad.
– Por lo visto, sabe algo -dijo en voz baja.
– ¿Quién? ¿Laydon?
Sarah asintió tímidamente.
– Imposible. Ese miserable criminal no sabe ni qué hace, por no hablar de lo que sucede a su alrededor.
– No lo subestime, sir Jeffrey. Lo conozco mejor que usted…
– Eso no se lo discuto, querida. Y comprendo que le haya afectado el encuentro después de todo lo que les hizo a usted y a su familia. Pero no puede confundir lo ocurrido con el presente. Mortimer Laydon ya no supone ningún peligro. Lo arrestaron y un tribunal real probó sus crímenes y lo declaró culpable. Nunca más podrá hacer daño, ni a usted ni a nadie más.
– Dios le oiga, sir Jeffrey -contestó Sarah-. Pero eso no es lo que más me espanta.
– ¿No?
– Ya me defendí una vez de Mortimer Laydon y volvería a hacerlo -señaló Sarah-. Lo que me preocupa es qué puede saber él.
– ¿Y qué puede saber? -preguntó el consejero real sin disimular su escepticismo.
– Está relacionado con algo que me dijo Kamal -explicó Sarah-. Al visitarlo esta tarde, formuló la sospecha de que todo este asunto no tiene que ver con él, sino que en realidad alguien intenta perjudicarme a mí.
– ¿Cree usted que eso es posible?
– Al principio intenté rechazar la idea, probablemente porque quería creer que había dejado definitivamente atrás mi pasado, que este había concluido como el capítulo de un libro que ya has leído y devuelves al estante. Sin embargo, el encuentro con Laydon me ha demostrado que no es así. Las heridas siguen existiendo, sir Jeffrey. Es posible que se hayan curado superficialmente, pero todavía existen.
– Mi querida amiga -comentó el consejero real, inclinando respetuosamente la cabeza-, después de todo lo ocurrido, me sorprendería que no fuera así. Sin embargo, eso no significa que deba seguir teniendo miedo del pasado. Lo que Laydon y esa gente querían de usted está destruido y enterrado en la arena del desierto.
– Eso es verdad -admitió Sarah-, pero aun así no consigo tranquilizarme. Laydon me preguntó por Kamal, como si supiera de su internamiento. ¿No es extraño?
– En realidad, no. -Sir Jeffrey frunció los labios-. Aunque los presos de Newgate están sometidos a un severo régimen de incomunicación, conocen maneras de comunicarse entre ellos. Y de este modo se divulgan algunas informaciones.
– No fue solo eso -dijo Sarah meneando la cabeza-. También fue el brillo en los ojos de Laydon y aquella risa malvada. Y, al despedirme, me gritó algo.
– ¿Qué?
– «Esto no ha acabado todavía» -contestó Sarah con voz apagada, y volvió a estremecerse.
– Bueno, admito que eso suena amenazador -aceptó sir Jeffrey-. Sin embargo, creo que esas palabras salieron de una mente trastocada y vengativa. Laydon pretendía sembrar veneno, y constato preocupado que, por lo visto, lo ha conseguido.
– Yo también soy consciente de ello, sir Jeffrey -aseguró Sarah, pensativa-. Soy muy consciente de lo peligroso que es Mortimer Laydon, tal vez por eso tengo la sensación de que me oculta algo. Por un momento vi un brillo en sus ojos, un extraño resplandor…
– El resplandor de la locura -gruñó sir Jeffrey.
– Sin duda -admitió Sarah-, pero ¿y si hay algo más? ¿Y si Laydon sabe realmente algo? Si lo que se oculta detrás de todo esto es aquella…
– ¿Aquella? ¿A quién se refiere, querida?
– ¿A quién va a ser? -Sarah rió con amargura-. A aquella fuerza secreta a la que ya me he enfrentado dos veces, primero en Alejandría y después en La Sombra de Thot. A aquella misteriosa organización a cuyas órdenes estaba Laydon…
– … y que probablemente solo existe en su mente. Después de todo, las investigaciones de Scotland Yard no arrojaron ni un solo indicio aprovechable. Los cómplices de Laydon murieron en la arena del desierto libio. La Liga Egipcia ha sido disuelta y ya no existe.
– No estoy hablando de la Liga Egipcia, sir Jeffrey. Laydon dijo que la verdadera organización para la que trabajaba era mucho más grande y extensa que la Liga, y que nunca podríamos ponerle coto. ¿Y si…?
– No concluya la frase, hija mía -la interrumpió bruscamente sir Jeffrey-, ni siquiera piense el final, puesto que la senda que tomaría con ello es sumamente peligrosa. ¿O es que quiere acabar como Laydon?
– No… -admitió Sarah.
– El camino hacia la locura se pavimenta con ideas de ese estilo -prosiguió convencido el consejero real-. Uno se imagina una conjura ominosa y cree ver indicios ocultos detrás de cualquier suceso, por insignificante que sea. Se empieza a observar el mundo con otros ojos y, antes de que uno se dé cuenta de lo que ocurre, está rodeado de enemigos. Y mientras uno está convencido de que hace lo correcto y de que lucha por una causa justa, su cordura se desliza hacia las criptas frías y sin luz de las que no hay vuelta atrás. ¿Comprende lo que intento decirle?
– Creo que sí, sir Jeffrey -replicó Sarah con voz queda-, y le agradezco la sinceridad. No pretendo perder la cordura, créame.
– Entonces convénzase de que una cosa no tiene nada que ver con la otra. Los planes de los rebeldes, fueran quienes fueran, quedaron desbaratados y Laydon está en la cárcel. Eso es lo que cuenta… Todo eso no tiene nada que ver ni con Kamal ni con usted.
– ¿Lo cree realmente?
– Por supuesto, mi querida amiga -dijo sir Jeffrey, y levantó su copa, en la que aún quedaba un resto del vino rosado con que habían acompañado la cena-. ¿Brindamos por ello?
Sarah dudó mientras seguía dando vueltas a los argumentos de sir Jeffrey, y llegó a la conclusión de que su amigo probablemente tenía razón. Mortimer Laydon podía sembrar todo el veneno que quisiera: eso no cambiaría nada respecto a que sus planes habían fracasado y él estaba encerrado en la cárcel, de donde jamás saldría. Guiada por esa idea tranquilizadora, Sarah también cogió su copa de vino y la levantó; la luz de las velas que había sobre la mesa resplandeció a través del líquido rosado.
– Por Kamal -dijo sir Jeffrey solemnemente-. Por nuestra contribución al triunfo de una causa justa.
– Por Kamal -repitió Sarah, y ambos bebieron.
Sarah solo sorbió un poco de vino. Pero, puesto que apenas había comido nada en todo el día, el alcohol hizo efecto y la joven notó un ligero mareo, acompañado por una sensación de calidez y sosiego que le sentó bien.
– Gracias, sir Jeffrey -dijo entonces, disponiéndose a levantarse-. No solo por la cena, sino también por sus consejos y por su ayuda.
– ¿Para qué están los amigos? -preguntó el consejero real, que también hizo ademán de levantarse-. ¿Se retira ya?
– Discúlpeme, no querría parecer maleducada, pero ha sido un día muy largo y mañana a primera hora me gustaría ir de nuevo a ver a Kamal.
– ¿Está segura?
Sarah percibió una preocupación sincera en el semblante de su amigo y no pudo evitar una sonrisa.
– Puede que haya sido un día difícil y, en muchos sentidos, duro -reconoció-, pero eso no significa que no vaya a hacer todo lo posible por proteger a Kamal de la soga del verdugo. Le di mi palabra y pienso cumplirla.
– Comprendo. -Sir Jeffrey asintió, y entonces fue él quien esbozó una sonrisa-. Su padre estaría orgulloso de usted.
– Gracias, sir Jeffrey. Significa mucho para mí que lo diga usted.
– Es la verdad. La mayoría de los padres desean tener hijos varones que los sucedan y demuestren ser dignos de su herencia material. Pero Gardiner fue obsequiado con mucha mayor generosidad, puesto que usted no le va a la zaga en valor, intrepidez y lealtad, y además aúna inteligencia y belleza, una combinación no muy frecuente.
– Se lo agradezco -replicó Sarah, agachando un poco la cabeza con timidez. Esperó hasta que el criado le retiró la silla y se levantó de la mesa-. Buenas noches, sir Jeffrey.
– Buenas noches, Sarah, que descanse… sin que la importunen las sombras del pasado.
– Eso estaría bien -contestó la joven.
Luego dio media vuelta y salió del comedor. Oyó el suspiro que sir Jeffrey soltó al volver a sentarse a la mesa y cómo le pedía whisky escocés y tabaco al criado.
Lamentaba profundamente causarle problemas a Jeffrey Hull, que no solo era un buen amigo suyo, sino que también lo había sido de su padre, con quien estudió en Oxford. Habría preferido visitarlo por motivos más alegres o haberlo recibido en Kincaid Manor. Pero lo que había pasado, ya había pasado; el tiempo no iba marcha atrás y trabajaba en su contra…
Está de pie en la orilla.
Aunque lleva un camisón fino y el agua fría que murmura a sus pies le llega hasta los tobillos, no tiene frío. En el fondo sabe que no se encuentra realmente en ese sitio, pero, aun así, se deja fascinar por la majestuosidad del árido paisaje: montañas altas con cumbres peladas y cubiertas de nieve; bosques con árboles teñidos de otoño y rocas solitarias.
Sarah no sabría decir si amanece o anochece. El sol, que se alza sobre el horizonte como un resplandeciente disco amarillo, ha transformado el cielo en un mar de color anaranjado, entremezclado con azul y lila, a través del cual relucen las estrellas. Sin conocer la situación de los puntos cardinales es imposible determinar si aquel impresionante espectáculo en el firmamento marca el colofón del viejo día o el comienzo de uno nuevo, si supone un final o un nuevo principio.
Se levanta un viento que sopla en sus cabellos y le tira del camisón… Trae consigo voces. Sonidos quejumbrosos cargados de dolor y de pena…
Sarah mira a su alrededor, buscando el origen de las voces, y se da cuenta de que no está sola en la orilla del río. Una procesión, que tan pronto parece estar cerca como lejos, se mueve sobre el amplio lecho de guijarros de la corriente. Delante van cuatro guerreros, figuras gigantescas armadas con largas lanzas y que llevan cascos adornados con crines de caballo. Les siguen seis hombres que portan un féretro con un cadáver. A continuación, una comitiva de duelo que rinde el último homenaje al muerto.
Sarah observa con el corazón encogido cómo la comitiva llega a la orilla y los portadores dejan en el suelo el féretro. Uno de los guerreros se adelanta y pronuncia unas palabras en una lengua extraña que Sarah no comprende. Luego toca el cuerno, y el sonido hueco y escalofriante retumba en el valle. El viento parece amainar momentáneamente y sobre el agua se levanta una niebla blanca que se extiende hacia la orilla en forma de vapores densos.
Los enlutados se han reunido alrededor del cadáver y lo preparan para su último viaje. Desde donde está, Sarah no puede ver qué hacen exactamente, pero es obvio que proceden con suma gravedad y cuidado. Finalmente, acaban su trabajo y retroceden.
Un silencio total se impone.
Los sonidos quejumbrosos han enmudecido, incluso el viento ha cesado. La niebla, que ya ha alcanzado la orilla y es cada vez más densa, parece haberlo ahuyentado.
Tan súbitamente como han aparecido, los enlutados se retiran. Se dan la vuelta en silencio, se alejan de la orilla y pronto están a punto de desaparecer en la niebla. Han dejado atrás el féretro con el cadáver.
Sin poder explicarse el motivo, Sarah siente de repente curiosidad. Quiere ver quién es el muerto que, siguiendo una antigua costumbre, ha sido llevado a la orilla del río del más allá para emprender el viaje hacia el reino de los muertos. Se pone en movimiento con cautela y le da la impresión de que se desliza sobre los guijarros que bordean el río. Poco después llega hasta el féretro.
El muerto es un hombre de unos treinta y cinco años. Su semblante orgulloso sigue pareciendo agraciado y hermoso incluso en la muerte, y Sarah se pregunta inconscientemente quién debía de ser. Tiene la boca entreabierta. En la penumbra, Sarah ve brillar algo entre los dientes impecables: una moneda, sin duda, que le han puesto en la boca para pagar al barquero por el viaje al reino de los muertos.
Sarah se estremece y no sabe si es a causa del frío o de la presencia del muerto. Intenta convencerse desesperadamente de que la historia del Estigia, el río de los muertos, y del barquero Caronte tiene su origen en una antigua superstición, cuando oye de repente un chapoteo a sus espaldas.
Espantada, se da la vuelta y, a través de la niebla densa, distingue una barca que se acerca por el río. De pie, en la popa, se alza una figura altísima, gigantesca, que gobierna la embarcación con una vara larga. En la penumbra no se puede apreciar nada más de aquella silueta, pero Sarah sabe a quién tiene delante.
¡Caronte!
El barquero del reino de los muertos…
El horror se apodera de ella. Reprimiendo un grito en los labios, se da la vuelta dispuesta a emprender la huida, pero no lo consigue. Porque cuando su mirada se detiene por segunda vez en los rasgos del muerto, agraciados y hermosos aun estando inanimados, el terror la paraliza.
El muerto es… ¡Kamal!
– ¡Kamal!
Su propio grito ronco le devolvió la conciencia a Sarah y le hizo comprender que lo que había visto solo era un espejismo, el engendro de un duende de las pesadillas que la había perseguido en sus sueños.
Con todo, no consiguió tranquilizarse.
Se sentó en la cama. Respiraba entrecortadamente, jadeando. El camisón se le pegaba, frío y húmedo, al cuerpo, pero no lo había empapado la niebla, sino su propio sudor. Aún la estremecía el terror, por mucho que su intelecto intentara tranquilizarla y le dejara bien claro que nada de lo que había visto era real.
No obstante, se preguntó por qué aquel sueño le había parecido tan real, tan definitivo. ¿Por qué había tenido la sensación de percibir la tristeza en su propio cuerpo y también el halo gélido de la muerte?
Sarah estaba acostumbrada a tener sueños.
La habían perseguido desde niña, y desde la muerte de su padre parecía como si las compuertas de su alma se hubieran abierto y todo lo que había estado oculto en lo más profundo de su ser saliera a la luz con una fuerza brutal. Sarah siempre había supuesto que esos sueños estaban relacionados con la época oscura, aquel período de su temprana infancia que no podía recordar, pero en esos sueños nunca había percibido más que siluetas borrosas o impresiones fugaces. Nunca antes un sueño había tenido semejante nitidez, y Sarah se preguntó a qué se debería. Además, le daba que pensar el hecho de que, últimamente, había tenido menos sueños relacionados con la época oscura, cosa que había atribuido a la proximidad y a la influencia tranquilizadora de Kamal.
¿Qué significado tenía entonces el hecho de que soñara con mayor intensidad que antes? ¿El hecho de que lo que veía en sueños pareciera tan real que incluso la perseguía al despertar?
¿Había sido aquello algo más que un sueño? ¿Había tenido… una visión?
Dos años antes, Sarah se habría reído de semejante idea y la habría tachado de absurda. Siempre se había considerado un ser racional, una persona cerebral comprometida con los principios de la ciencia. Sin embargo, los acontecimientos que había dejado atrás y su contacto con Maurice du Gard y Kamal Ben Nara habían sembrado dudas. Porque, por muy diferentes que fueran, los dos compartían la creencia de que el destino estaba predeterminado y de que existía un poder superior que guiaba sus pasos.
Con todo, los métodos de ambos se diferenciaban considerablemente: mientras que du Gard perseguía el dragón del opio y utilizaba las cartas del tarot para ver el futuro, Kamal creía con todo su corazón en la sabiduría y la omnipotencia de Alá.
¿Y Sarah?
¿En qué creía?
A diferencia de Kamal y de du Gard, ella no era capaz de reconocer un significado profundo en sus sueños. Su padre le había pedido perdón mientras agonizaba, pero no tuvo tiempo de explicarle el fondo de los misteriosos sucesos que lo habían llevado a Alejandría; igual que du Gard, que había dedicado sus últimas palabras a Sarah y a su amor hacia ella. Los dos sabían algo sobre su pasado y se lo habían llevado consigo a la tumba. Solo había quedado el caos.
Pistas que se perdían en la nada.
Insinuaciones que no tenían sentido.
Sucesos que Sarah no conseguía interpretar.
Sueños que la atemorizaban.
Seguía viendo a Kamal yaciendo en aquel féretro, cubierto por la niebla y con una moneda debajo de la lengua para pagar su pasaje por el Estigia.
Empujada por el desasosiego, saltó de la cama. El frío parqué crujió bajo sus pies. Se deslizó hacia la ventana y corrió un poco las cortinas. Sobre los tejados planos y las chimeneas puntiagudas de Mayfair ya había empezado a amanecer. Un resplandor rojizo, con pinceladas de violeta claro, que a Sarah le recordó de manera inquietante el sueño, ardía en el cielo por el este. Despuntaba el nuevo día y Sarah decidió que no podía esperar más.
Tenía que volver a Newgate.
Con Kamal…
Diario personal de Sarah Kincaid, anotación posterior
Regresé por segunda vez a Newgate en el carruaje Brougham de sir Jeffrey. Las avenidas principales estaban muy transitadas y casi me dio la impresión de que nuestro coche, tirado por dos caballos, tenía que enfrentarse con todas sus fuerzas a la multitud que acudía a la ciudad a esas horas tempranas: jornaleros y obreros, artesanos y comerciantes, señores de postín que preferían pernoctar fuera de la ciudad y partir por la mañana hacia Inns of Court o a la Bolsa para ejercer su poder. Algunos iban a caballo, pero la mayoría optaba por hacerse llevar en un Hanson, los coches de caballos más modernos y ligeros, con los que también se causaba buena impresión y que se disputaban las calles con carros macizos cargados hasta los topes. Carruajes abiertos, carromatos cargados de barriles de cerveza, carretas tiradas por bueyes que se dirigían a los mercados de Covent Garden o de Billingsgate, todos parecían impacientes por adentrarse en la gran ciudad.
En consecuencia, avanzábamos despacio, y el trayecto hasta Newgate se me hizo angustiosamente eterno. No dejaba de preguntarme qué significaba mi enigmático sueño, y cuanto más me acercaba a los adustos muros del presidio, más crecía mi inquietud. Estaba impaciente por ver a Kamal y asegurarme de que se encontraba bien. Intuía una desgracia inminente, y con razón, como pronto descubriría…
Prisión De Newgate, mañana del 26 de septiembre de 1884
Los pasos de Sarah Kincaid y su acompañante resonaban sucesivamente en el techo abovedado de baja altura.
Era el mismo guardia que la había escoltado el día anterior, de modo que Sarah no tuvo que entretenerse dando largas explicaciones. Al enseñar de nuevo el escrito que Milton Fox había conseguido para ella en el Ministerio de Justicia, enseguida la autorizaron a acceder a la sección de las celdas, que esa mañana le pareció aún más adusta y ruinosa que el día anterior. Sarah intentó en vano grabar en su memoria la enmarañada sucesión de escaleras y corredores que iban dejando atrás de camino hacia las oscuras entrañas del presidio. Le daba la impresión de que el guardia la llevaba de nuevo por un camino distinto, ya fuera para impresionarla o bien para confundirla intencionadamente.
Pasaron por delante de un recinto que estaba separado del corredor por una reja de hierro. Detrás había media docena de hombres alineados, figuras encorvadas, demacradas y desnudas, tal como Dios las trajo al mundo. Les habían rapado la cabeza y tenían la piel blanquecina plagada de incontables cicatrices y heridas, que permitían entrever una vida dura y llena de privaciones. Dos carceleros uniformados cargaban con un recipiente metálico al que habían incorporado una bomba de manivela y un trozo de manguera. Y antes de que los presos entendieran qué les sucedía, los dos guardias ya los estaban rociando con un producto químico de color rojizo que, por la reacción de los hombres, debía de quemar como el fuego en la piel desnuda.
– Nuevos internos, madam -explicó el guardia, impasible-. Cuando llegan, hay que lavarlos y despiojarlos. Hace falta, créame.
Sarah no contestó. No tenía la menor duda de que la había llevado por allí para hacerle pasar un mal trago y ver cómo se ruborizaba al ver a los hombres desnudos. Sarah se sonrojó realmente, pero no de vergüenza sino de ira, pensando que Kamal también había tenido que pasar por aquella ceremonia humillante…
Por fin llegaron al pasillo al final del cual se hallaba la celda de Kamal. En los últimos metros, Sarah no pudo reprimirse más. Aceleró el paso, echó a correr y adelantó al guardia, que reaccionó soltando un gruñido de enfado.
– ¿Kamal? Soy yo, Sarah…
La voz le tembló por culpa de la preocupación, que se esforzaba por contener y que no cedió hasta que su amado empezó a moverse.
– Tú, ¿no has oído? -bramó el guardia hacia el interior de la celda-. ¡Despierta!
Para enfatizar sus palabras, blandió la porra de madera y aporreó la puerta. El estruendo metálico no solo consiguió que se levantara Kamal, sino todos los internos de las celdas cercanas.
– Sir -protestó Sarah, enojada-, ¿le importaría no provocar semejante ruido infernal?
– Quería que se despertara, ¿no? -contestó el guardia encogiéndose de hombros-. Pues ya está despierto…
Eso era indiscutible.
Kamal se había incorporado y se frotaba los ojos para despertarse. Al ver a Sarah, se sobresaltó.
– Buenos días -lo saludó ella con cariño.
– ¿Qué…, qué haces aquí? -preguntó Kamal, que saltó del catre y se acercó a la puerta-. Todavía es muy pronto…
– Ya lo sé -dijo Sarah-. Tenía que verte.
– ¿Por qué? -preguntó con una leve sonrisa-. ¿Has vuelto a tener uno de tus sueños? ¿Hay que consolarte?
– No, claro que no -se apresuró a asegurar mientras volvía a asombrarse de lo bien que Kamal había llegado a conocerla en tan pocos meses.
– Da igual -comentó-, me alegro de que hayas venido.
Cuando apareces delante de mi celda, es como si la luz clara del sol penetrara en estos miserables muros.
– Vaya, veo que conservas tu encanto -constató Sarah esbozando también una sonrisa que, sin embargo, se borró enseguida-. ¿Has pensado en lo que te dije? -preguntó.
– Por supuesto.
– ¿Y? -Sarah abrigó una súbita esperanza-. ¿Tienes alguna sospecha sobre quién pudo enviar la nota a Scotland Yard?
– No -reconoció Kamal con sinceridad, para decepción de Sarah-. Pero he llegado a una conclusión.
– ¿Cuál?
– Quiero que eximas a sir Jeffrey de su tarea.
– ¿Qué?
– Le agradezco la ayuda -se ratificó Kamal-, pero no voy a requerirla más. Dale saludos de mi parte. Dile que le estoy muy agradecido por sus servicios, pero que ya no los necesito.
– ¿No? ¿Y quién va a defenderte?
– Nadie -contestó, y su respuesta fue tan simple como escalofriante.
– ¿Nadie? -Sarah abrió mucho los ojos, sin comprender-. Pero si no te defiende nadie no tendrás ninguna posibilidad en el juicio. Has confesado los hechos. El fiscal hará todo lo posible por enviarte a la horca.
– Lo sé, Sarah.
– Entonces, también sabrás que sin una defensa experta no tienes perspectivas de eludir al verdugo -dijo Sarah con una franqueza brutal.
– Eso también lo tengo claro.
– Pe… pero… entonces… -balbuceó Sarah antes de enmudecer. Tenía muy claro qué significaba la decisión de Kamal, pero no tuvo el valor de expresarlo.
– Como tú bien has dicho, Sarah -prosiguió Kamal en su lugar-, soy un asesino confeso. Y, puesto que el delito se cometió contra dos miembros del ejército, el fiscal pedirá la pena capital. Si renuncio a la defensa, el tribunal aceptará la petición. Pero si sir Jeffrey me representa como abogado, tal vez solo me condenarán por homicidio y pasaré los próximos veinte años entre estos muros. ¿Te imaginas lo que eso significaría?
Sarah lo miraba fijamente, sin decir nada, incapaz de asentir o de llevarle la contraria.
– Soy un hijo del desierto, Sarah. Amo el mar infinito de las dunas, el viento en mis cabellos y la arena entre los dientes. Y aquí no hay nada de todo eso, solo penumbra y suciedad, y una muerte lenta.
– Quieres decir que…
– Prefiero que la soga del verdugo ponga fin rápidamente a mi existencia a seguir encerrado aquí. No lo soportaría, Sarah, y moriría de una manera atroz.
Ella seguía mirándolo fijamente, y sus miradas se encontraron de nuevo durante una breve eternidad. Solo fue capaz de asentir convulsivamente mientras reprimía con todas sus fuerzas las lágrimas… Kamal no tenía que verla llorar. Cuando la pena estaba a punto de vencerla, Sarah se dio la vuelta.
– Sarah -susurró Kamal, que malinterpretó su reacción-. Intenta comprenderme…
– Te comprendo -dijo ella, mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas-. Te comprendo perfectamente. Es solo que… -dijo meneando la cabeza.
Mentalmente podía comprender que Kamal prefiriera la muerte a largos años de presidio, pero su corazón hablaba otro idioma. Sarah no quería perder a su amado y se aferraba a él con todas sus fuerzas. Pero ¿qué sentido tenía luchar por la vida de Kamal si él no quería? ¿Qué sentido tenía todo aquello?
De nuevo aparecía la cuestión del destino, de una fuerza que ponía orden en medio del caos, y Sarah, en su desesperación, no podía más que negarlo. ¿Por qué, se preguntó, una y otra vez solo le quedaban instantes fugaces de felicidad? ¿Por qué su destino era perder siempre a quien amaba de todo corazón? La obstinación se apoderó de ella, la voluntad irrefrenable de no permitir que volvieran a arrebatarle la felicidad.
De pronto sopesó la opción de un plan tan audaz como desesperado, que hasta entonces había descartado por peligroso y desatinado, y decidió hacer todo lo que estuviera en su mano para llevarlo a la práctica.
– Acompáñeme fuera -le indicó al guardia-, pero por el mismo camino que ayer. ¿Puede ser?
– Pues claro -contestó el carcelero, enseñando unos dientes amarillos y descuidados-. Hay un montón de caminos para entrar en Newgate, y otro montón para salir…, a no ser que hayas hecho algo malo.
Soltó una carcajada estruendosa al reírse de su propio chiste y se puso lentamente en camino. Sarah lo siguió sin volverse de nuevo hacia Kamal. Por un lado, no quería que viera sus lágrimas; por otro, temía que sospechara lo que se proponía hacer. Era muy importante que Kamal no conociera los planes de Sarah. Era mejor que no supiera nada de ellos por si su liberación fracasaba.
– ¡Sarah! -le gritó Kamal-. ¡No te vayas, por favor! ¡Quédate…!
Pero ella no vaciló y siguió sin pestañear al carcelero. Los gritos desesperados de Kamal resonaron a sus espaldas:
– Me lo prometiste, ¿recuerdas? Prometiste que no me abandonarías.
Aunque todo en ella la empujaba a dar media vuelta, Sarah se mantuvo firme y continuó sin reaccionar. Por supuesto que recordaba la promesa que había hecho y, precisamente porque se proponía cumplirla, no podía ceder.
Si Sarah hubiera sospechado que con ello desperdiciaba un tiempo precioso, su decisión habría sido otra.
Sarah fue haciendo inventario mentalmente. Cada celda, cada recoveco, cada escalera y cada cruce quedaron anotados en el plan que esbozaba en su mente. Tenía a su favor su experiencia como arqueóloga, puesto que en más de una ocasión su padre y ella se habían adentrado en cámaras funerarias profundas y en catacumbas subterráneas, y recordar el camino exacto había sido imprescindible para sobrevivir. En los recorridos anteriores a través de las entrañas lúgubres y malolientes de la prisión, Sarah iba distraída y, por lo tanto, se había desorientado, pero esta vez se concentraba en grabar el camino en su memoria.
El camino hacia la libertad…
Pasaron por delante de algunas celdas cuyos internos le dedicaron comentarios indecentes que el guardia castigó al instante con su porra. Poco después encontraron compañía: cuatro carceleros se cruzaron con ellos en el pasillo escasamente iluminado. Aquellos hombres pasaron en silencio por su lado y Sarah, concentrada como estaba, probablemente no se habría percatado de nada si no la hubiera embargado de repente una sensación.
¡Una sensación de amenaza!
¡El mismo halo funesto que había notado en Yorkshire cuando aquella silueta tenebrosa la había perseguido en la niebla! ¿Había sido, por tanto, algo más que la sombra recurrente de antiguos temores?
– ¿Pasa algo, madam? -preguntó el guardia cuando Sarah se detuvo en seco.
– No, es solo que… -dudó, no estaba segura de si debía comentarlo-. Esos hombres, los que acabamos de cruzarnos, ¿también son guardias?
– Eso parece.
– ¿Eso parece? ¿No los conoce?
– No, madam, pero eso no quiere decir nada. Aquí hay muchos guardias. No es un trabajo fácil, sabe. No todo el mundo puede hacerlo…
– Comprendo -dijo Sarah, pensativa, y se dispuso a reemprender la marcha, pero no pudo, porque todos sus temores y malos presentimientos regresaron repentinamente. Irrumpieron como una marea viva en su conciencia y anegaron su el sentido común.
– Volvamos -dijo-. Tengo que volver.
– ¿Adonde?
– A la celda de mister Ben Nara.
– Pero…
Sarah no tenía tiempo para entretenerse en explicaciones. Dio media vuelta, se arremangó el vestido para poder correr más deprisa y se puso en marcha siguiendo el camino que había grabado en su memoria. No le importó que con ello pudiera desvelar sus propósitos de liberar a Kamal. El ansia por regresar de inmediato con su amado y verlo era tan imperiosa que Sarah no pudo resistirla.
La asaltaron los recuerdos de su padre. Entonces también había errado por un laberinto oscuro, buscando desesperada a Gardiner Kincaid, y al final lo había encontrado yaciendo sobre un charco de sangre. Esperaba encarecidamente encontrar a Kamal sano y salvo en su celda y que sus temores resultaran ser simples proyecciones de sus recuerdos sombríos, pero esa esperanza se truncó enseguida.
– ¡Kamal! -gritó Sarah desde lejos, para alegría de algunos presos, que replicaron con obscenidades-. ¡Kamal!
No obtuvo respuesta de su amado.
Seguida por el guardia, que le pisaba los talones jadeando, Sarah giró hacia el estrecho corredor en el que se encontraba la celda de Kamal y vio, aterrada, que la puerta estaba abierta.
– ¿Kamal…?
El hombre yacía de espaldas en el suelo, pero no como si lo hubieran derribado o se hubiera desplomado, sino echado de una manera poco natural y con los brazos cruzados sobre el pecho.
En su frente se distinguían unos caracteres. Tres letras escritas con hollín. A, M y T…
– ¡Kamal!
A Sarah le falló la voz. Sin pedir permiso al guardia, entró en la celda y se precipitó junto a su amado, que yacía inmóvil.
Su rostro continuaba mostrando orgullo y dignidad, ni las privaciones ni la falta de luz del sol habían logrado cambiarlo. Tenía las mejillas de un tono ceniciento y los ojos cerrados. Su boca, en cambio, estaba entreabierta, pero Sarah no pudo detectar que respirara…
– ¡Kamal! ¡Kamal…!
No dejaba de repetir su nombre mientras lo sacudía por los hombros, pero Kamal no despertó. Los gritos de Sarah se ahogaron. Un sudor frío le cubrió la frente mientras, presa del pánico, buscaba algún signo de vida. Con manos temblorosas, le buscó el pulso, pero no lo encontró.
– No -sollozó Sarah suplicante-, otra vez no, por favor…
En su desesperación, se inclinó sobre Kamal y apoyó la cabeza en su pecho para ver si oía algo. Lo abrazó como si así pudiera mantenerlo con vida. Las lágrimas brotaron en sus ojos mientras escuchaba.
De repente, un latido.
Débil y contenido, pero era un signo de vida.
– ¿Ka… Kamal?
Sarah volvió a escuchar y oyó un segundo latido. Este también era débil, y la frecuencia era pavorosamente baja. Sarah vio entonces unas minúsculas perlas de sudor en la frente de su amado. Las secó con ternura y notó una piel ardiente bajo sus manos.
«Fiebre», pensó.
Kamal tenía fiebre…
– ¡Un médico! -gritó Sarah bien alto-. ¡Necesitamos un médico! Es cuestión de vida o muerte…
El guardia simplón replicó algo incomprensible, cogió el silbato que llevaba colgado al cuello con una cinta corta y sopló varias veces dando pitidos breves. Los silbidos que resonaron en la bóveda fueron tan estridentes y penetrantes que tenían que haberlos oído, y pronto obtendrían respuesta.
– Acabo de dar la señal de alarma. El doctor Billings ya está en camino.
– ¿Billings? ¿Quién es?
– El médico de la prisión -contestó el guardia, lo cual infundió un poco de esperanza a Sarah, aunque dudaba de que el médico de una prisión pudiera ayudar a Kamal. Lo que le había ocurrido a su amado, lo que se había adueñado de él, parecía mucho más profundo que cualquier sueño o desmayo.
– Todo irá bien, Kamal -le susurró-. ¿Me oyes? Todo irá bien…
Temblando, le tocó la mano derecha para estrechársela y consolarlo, igual que él le había hecho tantas veces. Su mirada se posó entonces en la boca entreabierta de Kamal y se dio cuenta de que la lengua estaba extrañamente doblada, como si tuviera algo debajo…
Sarah fue consciente al instante de que ya había vivido esa situación, en un sueño que parecía hacerse extrañamente realidad. Un escalofrío como nunca antes había sentido le recorrió la espalda. Con manos temblorosas abrió la boca de su amado y metió los dedos dentro.
¡No se había engañado!
Realmente había algo debajo de la lengua de Kamal, aunque no se trataba de monedas, como Sarah había temido, sino de un trocito de papel. Sarah lo cogió, lo desplegó… y casi se quedó sin aire cuando vio lo que contenía.
Se trataba de un simple dibujo, pero para aquellos que sabían interpretarlo equivalía a una amenaza de muerte: una elipse con numerosos ornamentos en forma de haz.
– El ojo del cíclope -dijo Sarah sin aliento, y tiró la nota como si estuviera impregnada de veneno.
No se podía concebir de golpe lo que aquel hallazgo, aquel simple dibujo, significaba. Sarah solo tenía clara una cosa: que las sospechas de Kamal habían resultado ser ciertas.
Aquel poder inquietante y oscuro, con el que ya se había topado dos veces a lo largo de su vida y que había sido el responsable de la muerte de Maurice du Gard y del asesinato de su padre, no había sido vencido ni desarticulado, sino que seguía existiendo.
Y se había vengado cruelmente…
Enfermería de Newgate, Londres, noche del 26 de septiembre de 1884
– No sé -dijo el médico por enésima vez mientras observaba desconcertado el semblante inmóvil de Kamal Ben Nara.
– ¿Qué es lo que no sabe, doctor? -preguntó Sarah, que estaba a punto de perder al paciencia.
Cuatro médicos se ocupaban de examinar a Kamal desde hacía horas. Intercambiaban miradas elocuentes y hacían malabarismos con palabras en latín, igual que hacían los golfillos en las calles con manzanas podridas, pero no llegaban a un resultado definitivo.
Norman Sykes, el director de la prisión, se había negado a trasladar a Kamal desde Newgate mientras no le presentaran un diagnóstico claro sobre su estado. Por lo tanto, a Sarah no le había quedado más remedio que consultar con unos cuantos especialistas externos y pedirles que fueran a Newgate. Además de James Billings, el médico de la prisión, que tenía la nariz demasiado roja para el gusto de Sarah y que parecía mucho más entendido en tabernuchas del barrio londinense de East End que en la anatomía de sus pacientes, también estaban presentes el doctor Raymond Markin, un ex médico de la Armada Real y especialista en enfermedades tropicales, así como el doctor Lionel Teague, un médico de Mayfair amigo de sir Jeffrey que, por amistad, se había mostrado enseguida dispuesto a acudir presto a Newgate con él.
El cuarto médico era Horace Cranston, un hombre delgado de unos cuarenta años, que llevaba una elegante levita y el cabello rubio bien peinado con raya. El bigote, perfectamente recortado, la tez pálida, los pómulos marcados y unos rasgos delicados completaban la imagen del caballero perfecto. Sarah no habría adivinado que tras aquellos ojos grises había un psiquiatra. A diferencia de sus colegas, Cranston no se dedicaba a examinar dolencias físicas, sino mentales, y formaba parte del equipo médico del hospital Saint Mary of Bethlehem, cosa que a Sarah no le hizo ninguna gracia. Aun así, debía estarle agradecida al doctor, que había ido a Newgate por otros motivos pero, a instancias de Sykes, se había declarado enseguida dispuesto a examinar a Kamal…
– Como ya he dicho, caballeros -dijo Cranston, tomando la palabra-, no creo que esto tenga nada que ver con un fenómeno físico. Las causas parecen encontrarse más bien en la cabeza del paciente.
– ¿En la cabeza? -preguntó Sarah-. ¿Qué insinúa?
– Nada. Solo digo que deberíamos buscar el motivo de su estado en su mente.
– ¿Y? ¿Qué pretende? ¿Abrirle el cráneo?
– Eso podría contribuir a la solución del enigma, efectivamente -asintió Cranston, que por lo visto no había captado el sarcasmo en la voz de Sarah.
– ¡Abominable matasanos! -masculló Sarah-. ¡No se atreva a ponerle un solo dedo encima!
– Sarah, por favor -intervino sir Jeffrey, tranquilizador-. Estoy seguro de que el doctor Cranston solo quiere lo mejor para su paciente.
– Y a mí me gustaría remarcar que el doctor Cranston no solo es un gran experto en su campo, sino que también tiene buen corazón. Cuando es necesario, realiza dictámenes médicos a los presos de Newgate y se ocupa de que los trasladen a Bedlam; de este modo evita que los ejecuten. Hoy también ha venido por ese motivo.
– Está bien, director -comentó Cranston visiblemente azorado-, pero eso ahora no viene a cuento.
– Tal vez -admitió Sykes-. Solo quería asegurarme de que lady Kincaid lo apreciara como es debido.
– Yo… probablemente me he precipitado al juzgar -reconoció Sarah-, y le pido disculpas si lo he ofendido. Es solo que… Llevan horas discutiendo, señores, sin resultados concretos.
– Eso no es del todo cierto -objetó el doctor Teague, un hombre de aspecto robusto y avejentado, de la edad de sir Jeffrey-. Hemos podido constatar que el estado del paciente no se debe a un acto de violencia. En el examen, ni mis colegas ni yo mismo hemos podido descubrir ningún indicio que apuntara en esa dirección.
– ¿No era usted especialista en enfermedades raras?
– Debo de serlo; al fin y al cabo, he escrito dos trabajos importantes sobre el tema. Pero nunca me había topado con un caso como este. Las funciones corporales del paciente se han reducido a la mínima expresión, seguramente a consecuencia de la fiebre, pero parecen bastar para mantenerlo con vida.
– ¿No es eso habitual en los pacientes que pierden el conocimiento debido a una fiebre alta? -peguntó Sarah.
– A veces sí -admitió Markin-. El cuerpo reduce la actividad con el fin de ahorrar fuerzas para luchar contra la enfermedad. Sin embargo, en esos casos hay un precedente, una infección provocada por un germen, por ejemplo, o una intoxicación de la sangre. Pero, aquí, ambas posibilidades quedan excluidas, puesto que el paciente se encontraba bien y en plena forma unos minutos antes.
– Cierto -confirmó Sarah-. Kamal parecía completamente despierto y sano. Su estado actual tiene que estar relacionado con algo que le han hecho esos extraños…
– Ya que habla de ellos -dijo el director Sykes carraspeando como si le resultara poco agradable lo que iba a decir-, no estamos seguros de que se tratara de extraños como usted supone.
– ¿Qué quiere decir con eso?
– Lady Kincaid -Sykes sonrió tímidamente-, comprendo que todo esto le resulte extraño y agobiante. Teniendo en cuenta lo que ha sufrido, no sería de extrañar que viera usted enemigos…
– Escúcheme bien, señor director -dijo Sarah enérgicamente-, ni estoy histérica ni he perdido la razón. Pero algo me dice que esos hombres han tenido algo que ver con lo que le ha ocurrido a Kamal.
– ¿Aunque fueran simples carceleros? -Sykes meneó la cabeza-. En Newgate trabaja mucha gente, lady Kincaid. Ni siquiera yo los conozco a todos. Por lo tanto, es muy posible que usted se haya encontrado con una simple patrulla de guardias camino del relevo.
– No lo creo -replicó Sarah-. ¿Qué dice el guardia que me acompañaba?
– Él tampoco está seguro de nada en lo tocante a esos supuestos intrusos.
– ¿Y los demás presos?
– Nadie ha notado nada sospechoso que permita concluir una entrada no autorizada en la sección de las celdas.
– ¿Y quién ha dibujado esas letras en la frente de Kamal? -preguntó Sarah-. ¿Quién le ha puesto el trozo de papel en la boca?
– Seamos francos, lady Kincaid, hablando en rigor, podría haberlo hecho el propio mister Ben Nara.
– Tonterías -insistió Sarah categóricamente-. Esa gente era tan real como usted y yo… ¡Y aquel halo! Pude sentir que… -Se interrumpió como si notara las miradas de incomprensión que le dedicaban tanto el director de la cárcel como los médicos y sir Jeffrey. Sarah comprendió que lo mejor era callarse si quería que continuaran tomándola en serio, y recibió ayuda por un lado que no esperaba.
– No veo motivos para dudar de las afirmaciones de lady Kincaid, caballeros -dijo el doctor Cranston, que no le guardaba rencor-. Puesto que, por un lado, hemos constatado que el estado del paciente no se debe a un acto violento y, por otro, sabemos que se ha declarado en un tiempo muy breve, solo nos queda suponer la posibilidad de una manipulación intencionada.
– ¿Qué insinúa, estimado colega? -La voz del doctor Teague sonó acre, casi enojada-. A este paciente no lo han narcotizado sin más, sino que se le han reducido las funciones corporales. ¿Pretende hacernos creer que hay alguien capaz de llevar a alguien a ese estado instantáneamente?
– Creo que es posible, suponiendo que se utilicen los medios adecuados.
– ¿Y cuáles serían? -inquirió el doctor Markin, que parecía compartir tan poco como su colega la opinión de Cranston.
– Caballeros -replicó el médico de Bedlam-, me recuerdan ustedes a los cazadores en la caza del zorro.
– ¿A qué se refiere? -preguntó Sarah.
– ¿Ha participado usted alguna vez en la caza del zorro?
– No -negó Sarah meneando la cabeza-. Francamente, nunca he comprendido qué le encuentra la gente a todo ese jaleo de perros ladrando y gente gritando «tally-ho». Además, tiendo a simpatizar con el zorro.
– Eso nos diferencia -replicó el doctor-. Yo soy un apasionado cazador y ansío que empiece la temporada la semana que viene. Pero tiene usted razón al adjudicarle al zorro un papel esencial, puesto que sin él no existiría el deporte ni el acontecimiento social, ¿no es así?
– Cierto -admitió Sarah-, pero sigo sin ver…
– La mayoría de la gente que participa en la caza del zorro ha perdido de vista el verdadero sentido de la cacería. Para ellos solo se trata de pasear al aire libre, de exhibir sus caballos y sus dotes como jinetes o, simplemente, de dejarse ver. Para ellos, el zorro es una parte tan obvia de la cacería que ya no le dan importancia, aunque realmente sea el elemento principal. Lo mismo ocurre con el cerebro humano. Si bien es cierto que acabamos de empezar a investigar esa fascinante zona del cuerpo humano, sabemos que es el órgano de control principal. Y aunque pueda parecemos insignificante en comparación con otros órganos, considero posible que, manipulando el cerebro, se pueda provocar un estado febril en un tiempo brevísimo.
– Qué disparate -se acaloró el doctor Markin-. En todos mis años ejerciendo de médico de la Armada Real jamás me he encontrado con nada parecido, y tenga por seguro que he visto más mundo que usted, estimado colega.
– No se lo discuto -aseguró Cranston con serenidad-. Pero si partimos de la base de que el cerebro no solo controla la circulación sanguínea, la respiración, el aparato motor y el digestivo, sino también funciones como el aumento y el descenso de la temperatura corporal…
– Eso es una teoría arbitraria que no se puede corroborar -espetó Markin.
– Al contrario, querido colega. En Bedlam he tratado en repetidas ocasiones a pacientes cuyas funciones cerebrales habían resultado dañadas por la aparición de coágulos de sangre causados por una herida en la cabeza. Los ataques de fiebre descontrolados solían ser la consecuencia.
– Pero aquí no nos enfrentamos ni a un ataque de fiebre ni a una herida en la cabeza -señaló el doctor Teague.
– Cierto -admitió Cranston-, pero eso no cambia que mi teoría sea en principio correcta. La diferencia entre este caso y otros que he examinado es únicamente que el estado febril no se ha producido a causa de una agresión violenta ni del trauma craneal resultante, sino por una manipulación de otro género.
– Comprendo -dijo Sarah, a quien convencían los argumentos de Cranston, a pesar de no entender mucho de medicina, o quizá por eso-. ¿Y en qué consistiría esa manipulación?
– Veneno -dijo Cranston, y un murmullo se extendió entre sus colegas. Nadie se mostró de acuerdo, pero, a diferencia de antes, el médico de Bedlam no cosechó ninguna objeción.
– ¿Veneno? ¿Cree que esa gente le ha administrado un suero a Kamal?
– O eso o lo han infectado con un germen que ha afectado las regiones más externas del cerebro y es el responsable de esta fiebre misteriosa.
– Cranston -masculló el doctor Markin-, ¿es consciente de lo que está diciendo? En los últimos años, lady Kincaid, la investigación médica ha realizado progresos importantes en ese campo, pero no estamos en condiciones de comprobar la validez de las hipótesis del doctor Cranston y, aunque tuviera razón, no podríamos hacer nada.
– ¿Y que propone usted, doctor? -preguntó Sarah con acritud-. ¿Que me adhiera a una teoría más cómoda? No creo que eso le hiciera ningún favor a Kamal -afirmó, y paseó una mirada llena de pesar y compasión por el cuerpo inmóvil de su amado, que yacía cubierto con un trapo sobre una litera. Soltó un leve suspiro y recuperó el dominio-. De tratarse de un suero, o de un germen, habría tenido que hacer efecto muy deprisa -prosiguió-. Los autores solo dispusieron de unos minutos.
– En efecto -la secundó Markin-. Esa es otra de las razones por las que no comparto la teoría del doctor Cranston.
– ¿Por qué no, doctor? -preguntó Cranston-. Conocemos venenos que provocan la muerte en pocos segundos. ¿Por qué no pueden influir también masivamente en la actividad cerebral?
– Porque nunca se ha descrito un caso semejante -objetó Markin torpemente.
– Eso no significa que no sea posible, ¿verdad? -inquirió Sarah escrutando al grupo-. Caballeros, si alguno de ustedes puede ofrecer una explicación mejor o más plausible sobre lo que le ha ocurrido a mister Ben Nara, me gustaría oírla. De lo contrario, debo considerar únicamente la teoría del doctor Cranston.
Los médicos dieron la callada por respuesta. A Markin le temblaba el labio superior de franca indignación, pero guardó silencio. Y, por lo visto, Billings y Teague también preferían mirar fijamente al suelo, avergonzados, a presentar una contrapropuesta.
– Aclarado, pues -dijo Sarah, y volvió a dirigirse a Cranston-. ¿Qué tipo de veneno podría ser? ¿Tiene alguna idea, doctor?
– No -reconoció Cranston abiertamente-. Además, como ya he comentado, no estoy seguro de que se trate realmente de un veneno. Naturalmente, la fiebre elevada podría ser una especie de reacción de defensa frente a una sustancia dañina, pero también podría ser el resultado de una infección. Por lo tanto, no sabemos qué le han administrado al paciente. Podría tratarse tanto de una sustancia extraída de plantas como de un veneno de origen animal. Puesto que, como ha señalado el doctor Markin, nunca se ha descrito un caso como este, buscamos a ciegas.
– No obstante, si realmente se trata de un veneno, con toda probabilidad existirá un antídoto -interrumpió la conversación el doctor Teague.
– Eso es mucho decir -objetó Cranston-. Y considero que es una irresponsabilidad prometerle algo así a lady Kincaid.
– ¿Prometerme qué? -Sarah enarcó sus finas cejas-. ¿De qué está hablando?
– Me refiero a la teoría de que hay un antídoto para cualquier veneno que exista en la naturaleza -respondió el médico de Mayfair.
– Una teoría sumamente cuestionable, que aún no cuenta con pruebas concluyentes -criticó Cranston.
– Nunca habrá una prueba definitiva -resopló Teague con desdén-, la cantidad de venenos que se encuentra en la naturaleza es demasiado grande. No obstante, ciertos puntos corroboran la certeza de la teoría…
– …y otros tantos la rebaten -objetó Cranston.
– Eso no viene al caso.
– Pues claro que sí…
La discusión entre los dos médicos continuó, y Sarah tuvo que respirar hondo para tranquilizarse. En vez de hacer algo por salvar a Kamal, se veía obligada a presenciar la rivalidad entre unos pavos reales que se hinchaban y desplegaban la cola con vanidad, y a perder un tiempo precioso con ello. Aquella feria de las vanidades duraba demasiado para su gusto.
Ella necesitaba resultados…
– Caballeros, ¿cómo describirían el estado de Kamal en estos momentos? -se hizo oír con energía.
Los dos hombres interrumpieron la disputa y la miraron con los ojos muy abiertos.
– Bueno -comentó el doctor Markin, tras recuperarse de la sorpresa que le provocó haber sido interrumpido por una mujer-, puesto que el corazón, la circulación de la sangre y los pulmones parecen funcionar correctamente, de momento no cabe temer por su vida… Eso suponiendo que consigamos suministrarle suficiente alimento y, aún más importante, líquidos.
– ¿Y cómo lo logrará? -preguntó Teague.
– Hay maneras -dijo Billings, convencido-. En Newgate, a menudo tenemos presos que creen que deben protestar contra las condiciones de su arresto, que ellos consideran inhumanas, y se declaran en huelga de hambre. En esos casos utilizamos un método simple, pero eficaz, que también podríamos aplicar aquí: mediante una bomba de vacío, compuesta por dos cilindros de vidrio y una manguera de caucho, introducimos una papilla directamente en el estómago del presidiario sin que él pueda hacer nada por evitarlo.
– Un procedimiento cruel y humillante -no pudo por menos que censurar sir Jeffrey.
La idea de que tuvieran que alimentar por la fuerza a su amado también le produjo escalofríos a Sarah.
– Si ese es el único medio para mantener con vida a Kamal, lo aplicaremos -dijo, sin embargo, con voz firme.
– Bien, pero la alimentación del paciente no es el único problema -objetó el doctor Cranston-. Si, como supongo, debemos atribuir su estado a una actividad cerebral reducida, su situación es sumamente inestable y puede cambiar en poco tiempo.
– ¿En cuánto tiempo? -inquirió Sarah, aunque temía la respuesta-. ¿De qué estamos hablando? ¿De semanas? ¿Días?
– Probablemente… Tal vez horas -respondió Cranston, y a Sarah no le pasó por alto la mirada severa que sir Jeffrey dedicaba al médico.
– En cualquier caso, el tiempo trabaja en nuestra contra, ¿cierto? -preguntó Sarah mientras acariciaba cariñosamente la frente de Kamal y le secaba las perlas de sudor. De nuevo recordó que pocos días antes había estado en sus brazos, que se habían amado y habían deseado que la noche no acabara jamás y que el nuevo día no llegara nunca.
Un deseo que se había frustrado súbitamente…
Las lágrimas volvían a estar a punto de brotar en sus ojos, y esta vez no pudo evitarlo del todo. Una lágrima se deslizó por su mejilla derecha mientras sujetaba la mano inerte de su amado y recordaba el juramento que le había prestado, la promesa de no abandonarlo jamás.
– Jamás -dijo en voz baja.
Por ínfimas que fueran las perspectivas de éxito y por muy vagas que fueran las tesis que el doctor Cranston y sus colegas habían formulado, había algo que reforzaba su creencia de que los médicos podían estar en lo cierto. Porque, aunque nadie creía en su teoría de los cuatro intrusos, Sarah sabía lo que había visto y lo que había sentido, y no albergaba la menor duda de que ellos eran los causantes del estado de Kamal, ni se hacía ilusiones en lo tocante al motivo de tal acto. Si aquellos hombres hubieran querido matar a Kamal, podrían haberlo hecho. Pero seguía con vida, y no por casualidad, sino porque sus verdugos así lo habían querido. Estaba clarísimo que perseguían un objetivo determinado, y ese objetivo no era Kamal, sino ella…
Sarah recordó que se había defendido con uñas y dientes contra la sospecha que había apuntado Kamal de que su detención podía haber sido instigada por aquel poder ominoso al que él solía llamar «herederos de Meheret» y que ya había aparecido dos veces en la vida de la joven y había causado estragos en ella. Lo ocurrido llevaba la firma de la organización, que era experta en conseguir de manera extraordinariamente artera que sus objetivos se convirtieran en los objetivos de otros y en obligar a Sarah a hacer cosas que no quería hacer, igual que le ocurrió a su padre. Fuera quien fuera el que tiraba de los hilos en la sombra, una vez más demostraba ser un verdadero maestro de la manipulación y de la intriga, y Sarah tuvo la inefable sensación de haber caído en sus redes.
Partiendo de esa conclusión, solo cabían dos posibilidades. O bien se retiraba, abandonaba a Kamal a su suerte y de ese modo evitaba volver a convertirse en el juguete de aquella organización, cuya ansia de poder y de influencia habría eclipsado incluso a Bonaparte, o bien emprendía la búsqueda de una medicina para Kamal y, con ello, aun en contra de sus propias convicciones, volvía a convertirse en cómplice de los conspiradores, fuera cual fuese su siniestro objetivo.
Sarah sabía perfectamente qué le habría aconsejado Kamal. Su amado habría considerado sin duda insoportable que, por su causa, ella volviera a enfrentarse a su Némesis, a la pesadilla que la perseguía desde la muerte de su padre. Pero Kamal no estaba allí para convencerla. Vagaba en tierra de nadie, en algún lugar entre la vida y la muerte, y Sarah tenía que decidir sola. Sin embargo, la decisión estaba más que madurada, la había tomado en el momento en que le dio a Kamal su palabra de no abandonarlo.
La idea de que se movía en un terreno peligroso, de que la esperaban horrores aún peores que los que había dejado atrás, de que estaría trabajando para el enemigo desconocido y probablemente haría lo que se esperaba de ella, de que tal vez causaría aún más desgracia… Todos esos pensamientos le vinieron a la mente, pero ella los apartó. Ningún reparo, por importante que fuera, podía contrarrestar su amor por Kamal. Esta vez, y no sería ni la única ni la última vez en su vida, decidiría con el corazón.
Sarah era arqueóloga y científica, pero también era una mujer y haría todo lo posible por salvar la vida del hombre al que amaba, fueran cuales fueran las consecuencias. Durante los dos años anteriores había renunciado a muchas cosas y había sufrido muchas pérdidas… Esta vez solo pensaría en ella y en su felicidad…
– Está decidido -anunció con voz queda.
– ¿Está decidido? -Sir Jeffrey la miró interrogativo-. ¿Había algo que decidir?
– Por supuesto -confirmó Sarah-. Haré todo lo posible por salvar a Kamal y emprenderé la búsqueda del antídoto.
– ¿El antídoto? -Cranston abrió mucho los ojos-. Pero ya le he dicho que no sé si hay…
– Lo hay, créame -lo interrumpió Sarah con voz firme-. Y espera a ser descubierto.
– ¿Dónde? -preguntó sir Jeffrey, asombrado.
En el semblante de los otros hombres también se reflejaba la sorpresa.
– No lo sé -respondió Sarah con sinceridad-, pero lo encontraré.
– Querida -intervino el doctor Teague con cierta displicencia-, si no sabe si tal remedio existe realmente ni dónde debe buscar…, ¿cómo puede estar tan segura?
– Porque se lo preguntaré a alguien que me dará información -contestó Sarah.
– ¿A quién? -preguntó sir Jeffrey, cuyo semblante preocupado daba a entender que intuía la respuesta.
– Caballeros, ya me disculparán -replicó Sarah mirándolos-, pero no he consultado al médico adecuado…
Diario personal de Sarah Kincaid
¿Es esta la suerte que debo sufrir una y otra vez? ¿Igual que Prometeo, que, encadenado a las rocas del Cáucaso, debe soportar eternamente el mismo tormento? ¿O que Sísifo, condenado a realizar siempre el mismo esfuerzo sin perspectivas de éxito ni de descanso? ¿Me ocurre a mí lo mismo? ¿Debo revivir una y otra vez mi pasado?
En mi último encuentro con Mortimer Laydon, que tuvo lugar de manera tan inesperada entre los sombríos muros de Newgate, no estaba preparada para enfrentarme ni a mi pena ni a mis miedos. Me asaltó el horror de nuevo y me prometí no volver a ver nunca al hombre que tanto sufrimiento nos había causado a mí y a mi familia.
He cambiado de opinión, no por propia voluntad, sino porque la necesidad me obliga.
Hasta hace unos días no me habría imaginado que existiera ningún poder lo suficientemente fuerte para obligarme a encararme de nuevo con el asesino de mi padre. Pero las cosas han cambiado y, con tal de salvar a Kamal, incluso miraría al ojo candente de un dragón que escupiera fuego. Por muy ínfimas que sean las perspectivas de éxito, no puedo dejar de intentar nada, aunque eso signifique que deba encontrarme de nuevo con mi acérrimo enemigo.
Igual que un guerrero medieval se lanzaba a la batalla equipado con cota de malla y yelmo, yo también intento protegerme para la entrevista inminente. Sin embargo, por mucho que intento escudarme en mi interior, sospecho que al final no habrá protección alguna contra las miradas de Laydon y el veneno de sus palabras.
Al fin y al cabo, será su personalidad la que se enfrente a la mía, su locura a mi razón. Y aunque sé que no me haré con la victoria en esa batalla, no puedo rehuir la lucha. Porque mi derrota significa esperanza para mi amado Kamal…
Sala de interrogatorios 5, Newgate, Londres
– ¿Está segura, mi querida amiga, de que realmente desea hacerlo? -Sir Jeffrey tenía el ceño fruncido y su voz sonora delataba una sincera preocupación-. No quiero ni pensar cómo la afectará volver a encontrarse con ese asesino.
– Si he de serle sincera, sir Jeffrey, yo tampoco quiero pensarlo -replicó Sarah-. Y, créame, si hubiera alguna otra posibilidad, me aferraría a ella sin dudarlo. Pero creo que Mortimer Laydon es la única persona que puede darme información y no puedo dejar pasar esa oportunidad, ¿me comprende?
– Por supuesto -aseguró el consejero real, a quien Sarah había explicado sus motivos con todo detalle en las últimas horas-, pero sigo sin entender por qué tiene que hablar personalmente con él. Permítame que sea yo quien se encargue del asunto. O el doctor Cranston, o…
– Para mí, sería un placer -confirmó el médico de Bedlam, el único de todos sus colegas que aún seguía allí: el doctor Billings, Markin y Teague se habían despedido ya por lo avanzado de la hora.
– Es usted muy amable, caballero -dijo Sarah- y le aseguro que me encantaría aceptar su oferta, puesto que me horroriza encontrarme con ese hombre. Pero no me queda más remedio, puesto que, por un lado, conozco a Mortimer Laydon mucho mejor que ustedes y, por otro, tengo motivos para suponer que soy la única que está en condiciones de entender sus insinuaciones.
– ¿Insinuaciones? -gruñó el director Sykes-. Delirios de una mente enferma, nada más. Al menos, haría bien en no presentarse sola delante de ese monstruo. Seguro que el doctor Cranston estará dispuesto a asistir con usted… Sobre todo porque conoce a Laydon mejor de lo usted piensa.
– ¿Qué quiere decir?
– El director se refiere a que Laydon es uno de los presos a los que he examinado.
– ¿Y?
– No cabe duda de que nos enfrentamos a un hombre cuya cordura, cómo lo diría, se está desintegrando. No he conseguido descubrir las causas, pero Mortimer Laydon tiene sin duda una de las personalidades más siniestras y peligrosas con las que me he topado.
– Explíquenos algo que aún no sepamos -replicó sir Jeffrey secamente-. Francamente, nos ha sorprendido mucho que Laydon estuviera encerrado aquí, en Newgate.
– No por mucho tiempo -aseguró Sykes.
– ¿Por qué lo dice? -inquirió Sarah.
– Como ustedes saben, Laydon fue condenado por el tribunal a cumplir internamiento de por vida en el hospital Saint Mary's of Bethlehem. Sin embargo, al poco de su ingreso se puso violento e hirió a un enfermero, de manera que fue trasladado a Newgate y sometido a régimen de aislamiento. Gracias a la rápida intervención del doctor Cranston, que ha examinado en diversas ocasiones su estado mental y ha corroborado el dictamen del tribunal, contamos con que esta situación pronto cambiará. El traslado de Laydon desde Newgate a Bedlam es cuestión de días.
– Y justo antes de que llegue el momento se me presenta como la única conexión con los autores -dijo Sarah en voz baja. Hablaba para sí misma, pero Sykes la oyó.
– Lady Kincaid -replicó-, le aseguro que cualquier relación que imagine carece de fundamento. Nadie goza del poder de influir en esas cosas, ni siquiera la reina.
– Naturalmente -Sarah esbozó una vaga sonrisa.
– Entonces ¿qué decide? -consultó Sykes-. ¿Seguro que no prefiere seguir mi consejo y permitir que el doctor Cranston la acompañe? Conoce el caso…
– Me encantaría, señor director, créame -aseguró Sarah-. Pero si de algo estoy segura es de que Laydon no se avendrá. Si acepta, solo a mí me revelará lo que sabe, a nadie más. Tengo que presentarme ante él sola.
– No lo comprendo…
– ¿No? -Sarah enarcó las cejas-. Entonces, señor director, recuerde que Mortimer Laydon es un asesino sanguinario. Mató a mi padre y a la persona que, después de él, me era más próxima. Y después hizo todo lo posible por acabar conmigo. Ese hombre deseó mi muerte, sir, y aún la desea… y por eso aceptará entrevistarse conmigo. Quiere verme sufrir y quiere destruirme, pero, ironías del destino, al mismo tiempo parece ser mi única posibilidad de salvar a Kamal.
Sarah entró en silencio en la sala, que olía a moho y a sudor frío, y cuyo único mobiliario consistía en una mesa vieja y dos sillas. Los hombres parecieron comprender entonces lo que Sarah se disponía a hacer y el sacrificio que estaba a punto de realizar por ayudar a su amado.
– Entonces tenga mucho cuidado -dijo finalmente Sykes con voz queda-, porque está a punto de cerrar un pacto con el diablo.
– Lo sé, señor director -se limitó a contestar Sarah.
En ese momento llamaron desde fuera a la puerta de acero de la sala de interrogatorios. Abrió Cranston, y apareció un hombre de rostro chupado, vestido con uniforme de carcelero.
– El preso está listo para el interrogatorio.
Sykes, el doctor Cranston y sir Jeffrey volvieron a escrutar de nuevo el semblante de Sarah, que se esforzó por parecer decidida y ocultar su miedo.
– De acuerdo -dijo Sykes finalmente-, es su decisión. Traigan al preso.
– Sí, señor.
El uniformado salió y, mientras Sarah tomaba asiento a un lado de la mesa de interrogatorios, sus tres acompañantes se dieron la vuelta para irse, no sin antes dedicarle una mirada elocuente que contenía una mezcla de incomprensión, admiración y pena. Sir Jeffrey fue el último en salir de la sala. Se detuvo en el umbral y se volvió.
– ¿Está realmente segura…?
– Por supuesto. -Sarah se esforzó por sonreír-. Puede irse, mi viejo amigo.
– Tenga cuidado, Sarah. Incluso una mente muy sana puede soportar la locura únicamente por un tiempo limitado sin resultar dañada.
– Lo sé -dijo Sarah con voz velada.
Era muy consciente de los riesgos a que se exponía. Pero no había otro camino.
Eso pareció convencer a Jeffrey Hull, puesto que asintió con un movimiento de cabeza y salió de la sala, cuyas paredes de ladrillo rojizas se sumergieron en la luz mortecina de un farol de gas. Durante un instante angustiosamente largo, Sarah se quedó sola con sus miedos y sus temores. Tenía las palmas de las manos húmedas y notaba un doloroso nudo en el estómago. Luego se oyeron pasos que se acercaban, acompañados por el tintineo estridente de unos grilletes de hierro. La puerta de acero pintada de gris se abrió y aparecieron dos guardias de uniforme. Arrastraban a un hombre que a Sarah le pareció más que nunca su Némesis particular, su pesadilla hecha carne.
Mortimer Laydon no parecía sorprendido de verla. Esbozando una sonrisa malévola y repugnante, se sentó en la silla que estaba libre. Mantuvo su mirada penetrante clavada en Sarah mientras los guardias fijaban los grilletes de manos y pies a las argollas previstas para ello que había en el suelo. De ese modo se excluían posibles agresiones por parte del preso. Sarah sabía que aquellos esfuerzos rayaban lo ridículo: el peligro que emanaba de Mortimer Laydon no era de carácter físico. Lo que hería eran sus palabras y lo que envenenaba eran sus pensamientos…
Le costó horrores sostenerle la mirada. Había tanta ira y agresividad en ella, tanta locura apenas contenida, que Sarah se estremeció. La ola de maldad que la embestía desde el otro lado de la mesa, y eso sin que aún se hubiera pronunciado una sola palabra, la martirizaba, pero mantuvo el coraje.
Finalmente, los guardias también salieron de la sala y cerraron la puerta. Sarah se quedó a solas con Laydon.
– Bravo -dijo el hombre, y su voz estaba tan impregnada de burla y escarnio que Sarah casi sintió dolor físico.
La joven escrutó el semblante demacrado y deformado por el odio de aquel hombre, y se preguntó cómo había podido ver en él en otras épocas a un amigo. A pesar del acto sanguinario que había cometido en Alejandría, a pesar de los atroces asesinatos con que había sembrado el miedo y el terror en el barrio londinense de East End, Mortimer Laydon había seguido presentándose ante ella como un amigo, como un benefactor paternal y como su padrino. No fue hasta que se encontraron en La Sombra de Thot cuando se desveló que no solo había asesinado a su padre, sino mucho más…
– ¿Un elogio en tu boca? -preguntó Sarah con frialdad y apenas capaz de reprimir su asco-. Me honra bien poco.
– ¿En serio? -replicó Laydon, y soltó de nuevo una de sus risitas roncas y marcadas por la locura-. ¿Cómo se puede ser tan desagradecido? Al fin y al cabo, no he sido yo quien ha solicitado esta entrevista, sino tú… Y, la verdad, considerando este lugar, te suponía mejor gusto. La última vez me invitaste a un buen clarete.
– La última vez -contestó Sarah esforzándose por mantener la serenidad-, aún no sabía que eras un monstruo.
– ¿Y ahora lo sabes?
– Por supuesto.
– Entonces me pregunto por qué estamos aquí. ¿Qué te ha llevado a cambiar de opinión sobre mí?
– No he cambiado en absoluto de opinión -puntualizó Sarah-. Sigo considerándote un monstruo con figura humana, y me repugna lo que has hecho…
– ¿Pero? -la interrumpió.
– Nada de peros -se apresuró a asegurar Sarah. La joven notaba que se estaba moviendo en un terreno resbaladizo. Sarah no habría sabido decir cómo había sucedido, pero Laydon la estaba manipulando de nuevo, y una vez más le dio la impresión de que él la calaba hasta el alma-. El último día que hablamos me dijiste que volveríamos a vernos.
– Y tenía razón, ¿verdad?
– En efecto -asintió Sarah-. ¿Por qué estabas tan seguro?
– ¿Tú que crees? -De nuevo soltó una risita gutural y desalmada-. Mis conocimientos.
– ¿Qué conocimientos?
– Los que tengo desde hace mucho tiempo. Los que también podría haber adquirido tu padre si no hubiera sido tan necio. Y que tú también podrías hacer tuyos, pequeña.
– No me llames así. Eso se acabó.
– Sigo siendo tu padrino, ¿no?
– Dejaste de serlo hace tiempo.
Sarah meneó la cabeza. La idea de que su padre hubiera considerado a Laydon digno de ser el padrino de su única hija le repugnaba.
– Esos lazos no se rompen nunca -objetó él.
– Tú los cortaste con tus propias manos.
– Vaya si lo hice. -En su semblante demacrado y ceniciento se dibujó una sonrisa diabólica-. Con un puñal afilado.
– Eres repulsivo.
– ¿Sabes qué dijo tu padre cuando le clavé el puñal por la espalda?
– Me da lo mismo -replicó Sarah, aunque no pudo evitar que su voz sonara ronca y delatara que se sentía agredida. Le habría gustado añadir que no quería saberlo, pero no podía mostrar debilidad delante de Laydon. Tenía que mostrarse serena e indiferente, como si las palabras de Laydon no la afectaran. Solo así tendría la oportunidad de salir indemne de aquella entrevista.
– Te lo contaré de todos modos -contestó él, gozoso, y bajó la voz como si fuera a revelarle un secreto de Estado-. No dijo nada. De su garganta no salió ni un sonido. Antes pensaba que fue porque el dolor le había sellado los labios, pero ahora lo sé mejor. He tenido mucho tiempo para reflexionar… -De nuevo soltó una risita, y en sus ojos brilló la chispa de la locura-. Ahora sé que no fue el dolor lo que hizo enmudecer a Gardiner Kincaid, sino el terror… Porque en aquel preciso instante, su mente limitada comprendió con quién se había mezclado. ¿Captas la ironía, Sarah? ¿Comprendes lo que intento decirte? Hasta el final de sus días, cuando el reluciente acero penetró en sus entrañas, el viejo tonto no comprendió el error funesto que había cometido.
– ¿Por qué me cuentas todo esto? -inquirió Sarah, que luchaba con todas sus fuerzas contra las lágrimas. El hecho de que precisamente el asesino de Gardiner le recordara aquellos dolorosos momentos era un suplicio para su alma.
– ¿Tú qué crees? -preguntó Laydon poniendo cara de inocente, y se las arregló para sonreír de un modo que despertó un recuerdo melancólico del antiguo Mortimer Laydon, al que Sarah había querido y respetado. Pero solo fue una ilusión.
– Para atormentarme -gruñó Sarah con voz queda.
– ¡Por supuesto que no! ¡Confundes mis intenciones! Yo siempre he tratado de protegerte y ayudarte, Sarah.
– ¿Por eso quisiste borrarme del mapa?
– No albergué ese propósito hasta que se hizo evidente que no te pondrías de nuestra parte, que seguirías la misma senda funesta que había tomado tu padre… y que lo llevó directo al abismo.
– Tú fuiste ese abismo -dijo Sarah con acritud.
– ¿De verdad lo crees? -Laydon esbozó una sonrisa maliciosa que le deformó el semblante arrugado y provocó que la luz del farol proyectara en él sombras grotescas-. ¿Es culpable la bala que alcanza el corazón del enemigo?
– ¿Qué quieres decir?
– Muy sencillo, Sarah -musitó Laydon, y se inclinó sobre la mesa tanto como le permitieron los grilletes-. Que tanto tu padre como yo no éramos más que personajes sin importancia en esta obra. Pero en tus manos está la posibilidad de cambiarlo todo. No la deseches, ¡acepta tu destino!
– No me gusta que hables del destino. Siempre que lo haces te refieres únicamente al tuyo.
– Piensas así porque aún no has comprendido lo que a mí me fue revelado hace mucho tiempo -respondió Laydon con un brillo de locura en la mirada-. Un poder inimaginable que proviene de lo más profundo de los tiempos. Nada puede resistírsele, y tú formas parte de él…
– Desvarías -constató Sarah-. Mejor dime a qué te referías cuando me dijiste que no había acabado.
– ¿Tú qué crees? Que la organización no ha sido vencida. Puede que tú le infligieras una derrota, pero continúa existiendo, igual que ha existido siempre, desde el inicio de los tiempos.
Sarah frunció los labios. Le habría gustado rechazar todo lo que Laydon decía tomándolo por disparates de un loco, pero no era tan sencillo. Su padre también había afirmado que las raíces de aquel poder misterioso se remontaban en la historia de la humanidad hasta los comienzos de la civilización…
Laydon soltó una carcajada sarcástica.
– Has desafiado a fuerzas que no alcanzas a entender ni de lejos. ¿Qué esperabas? ¿Que te dejarían tranquila? ¿Que podrías tener una vida sencilla, banal, ensimismada? ¿Que tu destino podría ser encontrar la felicidad en el amor y traer al mundo a unos cuantos mocosos llorones? ¿Era eso lo que querías?
– Tal vez -contestó Sarah en voz baja, conmocionada por el hecho de que Laydon hubiera descubierto su punto flaco. Era cierto que, secretamente, había acariciado la idea de dejar reposar definitivamente el pasado y disfrutar con Kamal de la dicha de una vida sencilla y tranquila…
Laydon se partía de risa. Las carcajadas a las que Sarah se enfrentaba no eran risas de alegría, sino un balido malévolo cargado de odio y burla.
– ¿Tan bien estabas con él? ¿Cuidaba el hombre del desierto como es debido a la pequeña Sarah? ¿Lo hacía mejor que Du Gard?
– Eres repulsivo.
– ¿Lo soy? Entonces, ¿por qué no te levantas y te vas de esta sala? Como puedes ver, yo no puedo hacerlo, pero tú eres libre de irte. ¿Por qué no le das la espalda al viejo Mortimer y le demuestras qué opinión te merecen sus palabras?
– Te lo diré -musitó la joven, atravesándolo con la mirada-. Me quedo porque mi amor por Kamal lo supera.
– ¿Qué supera? ¿Tu orgullo?
– Tu odio -replicó, y lo hizo enmudecer por un momento.
– Así pues, yo tenía razón -murmuró Laydon finalmente, y de nuevo soltó Una risita ronca-. Amas con toda tu alma a tu príncipe del desierto y realmente esperabas acabar tus días feliz a su lado. ¡Qué conmovedor! Y ahora que tu esperanza parece haberse truncado, vienes a verme y a suplicarme ayuda.
– Yo no suplico nada -dejó bien claro Sarah.
– ¿No? -Laydon entornó los ojos-. Entonces, ¿de qué se trata? ¿Qué le han hecho a tu amado para que tú superes el recelo y te reúnas con el asesino de tu padre? ¿Lo han matado? -Meneó la cabeza-. No, eso sería demasiado simple… y, además, ¿por qué estarías aquí? Así pues, ¿qué es? Kamal sigue con nosotros, eso es incuestionable, pero su vida corre peligro. Por eso has venido a verme, solo ese motivo sería lo bastante fuerte. Quieres que te diga cómo puedes salvar a tu amado, ¿verdad?
A Sarah le temblaban los labios. Así debían de sentirse los guerreros que cabalgaban hacia la batalla sin armadura, pensó. Los habían despojado del escudo y del arnés, y su espada no tenía filo y estaba oxidada. El valor que les daba la desesperación era la única arma que les quedaba…
– Efectivamente -admitió-. Así es.
– Bien -asintió Laydon mientras una sonrisa indescifrable se dibujaba en sus labios. En ese preciso instante, se apagó el brillo inquieto de sus ojos y, por un momento, dio la impresión de que se le aclaraba la cordura-. Por fin somos sinceros.
– ¿Tú vas a ser sincero conmigo? -resopló Sarah con menosprecio^-. Entonces, dime cómo puedo ayudar a Kamal. ¿Qué significan los caracteres que le dibujaron en la frente?
– No. -Laydon meneó la cabeza con determinación-. Este juego no se juega así.
– ¿Qué juego?
– El juego por el poder. A vida o muerte. A todo o nada -contestó Laydon.
– No me interesan los juegos.
– Pues te has metido en uno -señaló él con una sonrisa picara-; de lo contrario, no estarías aquí. ¿O pensabas que iba a ayudarte sin obtener una contrapartida?
– No -reconoció con decepción-, probablemente no. Pero yo no puedo darte lo que deseas.
– Buena pregunta: ¿qué deseo?
– La libertad -conjeturó Sarah-. Y yo no puedo ayudarte a conseguirla, aunque quisiera. Lo que les hiciste a aquellas mujeres y a mi padre te mantendrá encadenado para siempre a tus grilletes.
– ¿Y tú crees que se trata de despojarme de estas cadenas? -Laydon meneó su cabeza rasurada y se echó a reír de nuevo-. Qué poco me conoces. Nunca me ha importado la libertad, Sarah, sino algo infinitamente más valioso y raro.
– ¿Y de qué se trata?
– De la verdad -contestó-. Es lo único que espero de ti como contrapartida.
– ¿La verdad sobre qué?
– Sobre ti -dijo Laydon simplemente-. Contéstame una sola pregunta muy sencilla con sinceridad, y te doy mi palabra de que te ayudaré con todos mis conocimientos.
– ¿Tú me das tu palabra? -Sarah remarcó la primera y la última palabra, ya que en su mente no encajaban. Por su experiencia, la palabra de honor de Mortimer Laydon tenía el mismo valor que el estiércol de caballo que por la noche la gente rascaba por las calles para encender las chimeneas.
– Vaya, ¿no te fías de mí? -preguntó Laydon, y la carcajada que salió de su garganta sonó como la risa de un idiota-. ¿Por qué será?
Sarah se mordió los labios.
Laydon sabía que ella no se fiaba de él, y precisamente eso era lo que lo estimulaba. Quería que ella cruzara los límites invisibles que él había trazado y conseguir que hiciera cosas que la joven no quería hacer. Esa era su táctica.
Igual que antes…
– ¿Quién me garantiza que realmente puedes ayudar a Kamal? -inquirió.
– Nadie; tendrás que confiar en mí. Pero piénsalo bien, Sarah: una sola respuesta a cambio de salvar la vida de tu amado. El precio es mínimo, ¿no crees?
– En efecto.
– Entonces, ¿qué? ¿Hacemos un trato?
Sarah respiraba entrecortadamente mientras se esforzaba por dominar la ira. En vez de cantarle las cuarenta a Laydon y mandarlo al diablo, tenía que aceptar su juego, no había elección. Ella era la que quería algo de él; por lo tanto, él fijaba las reglas y, por mucho que le repugnara, a ella no le quedaba más remedio que ceder y conformarse.
– De acuerdo -dijo Sarah, y volvió a sentir un nudo en el estómago, que parecía querer advertirla de que estaba a punto de cometer un error fatal.
– ¿Llegamos a un acuerdo?
– Sí. Haz la pregunta.
– ¿Estás segura?
– Absolutamente -insistió Sarah, que tenía la sensación de que el muy canalla intentaba ganar tiempo, un tiempo del que Kamal no disponía…-… Vamos, hazme la maldita pregunta.
– De acuerdo. Ya verás que es muy sencilla. Reza así: ¿quién eres tú?
– ¿A qué viene eso?
– Hemos hecho un trato -le recordó Laydon-, ¿lo has olvidado? Contesta la pregunta conforme a la verdad y te ayudaré.
Sarah respiró hondo y notó el olor a moho y putrefacción. No tenía ni idea de qué perseguía Laydon con esa pregunta, y la consideró un intento más de jugar con ella. Así pues, quiso rematarla lo antes posible.
– Soy Sarah Kincaid -contestó-, la hija de Gardiner Kincaid, a quien tú asesinaste.
– Respuesta incorrecta -se limitó a replicar Laydon-. Pero hoy me siento generoso y te concedo otra oportunidad.
– ¿Para decirte quién soy?
– Exactamente.
– Acabo de decírtelo, soy la hija del hombre al que mataste.
– ¡Y esa respuesta es incorrecta! -bramó Laydon en un ataque de furia que sobresaltó a Sarah, súbitamente más que consciente de que estaba delante de un peligroso criminal, de un monstruo con forma humana cuya alma había revelado verdaderos bajos instintos-. Esa no es la respuesta que busco.
– Lamento que no te guste la verdad -manifestó Sarah, impasible-, pero es lo que hay.
– Pequeña -susurró el en un repentino cambio anímico, cuyo origen solo podía atribuirse a una mente enferma-. ¿Nunca se te ha ocurrido pensar que lo que tú has considerado que era verdad durante todos estos años no tiene por qué serlo?
– ¡No! -contestó Sarah enérgicamente, y levantó exigente el índice de la mano derecha-. ¡No lo harás! ¡No sembrarás la duda en mi corazón! ¿Me has oído?
– Una semilla solo fructifica si encuentra suelo fértil -replicó Laydon serenamente-, y la tierra abonada para la duda es la incertidumbre. ¿Hay algo que no tengas claro, Sarah Kincaid?
– No -aseguró.
– Veo tu obstinación. La obstinación de una niña pequeña. ¿Estás segura de que siempre has sido así, Sarah?
A Sarah le costaba respirar, el pulso se le aceleró. Ya sabía adonde quería ir a parar Laydon, y no le gustó nada…
– No lo sabes -constató Laydon, implacable-. Simplemente porque no puedes recordar tu infancia, ¿verdad? Porque no sabes nada de lo que te pasó antes de los ocho años, ¿cierto?
– ¿Y eso qué tiene que ver ahora? -preguntó Sarah mientras soportaba las miradas penetrantes de aquel hombre y se sentía desnuda ante él.
– Todo -dijo él-. La época oscura oculta más de un enigma.
– ¿Qué sabes tú? -masculló Sarah-. ¡Vamos, dímelo!
– ¿No querías saber cómo podías ayudar a tu querido Kamal? -Laydon chasqueó la lengua en señal de desaprobación-. Qué deprisa cambian tus intereses…
– Tergiversas mis palabras.
– Y tú no quieres escuchar lo que te digo. Aún me debes una respuesta, Sarah: ¿quién eres?
– Ya te lo he dicho, y te lo repito -contestó con voz temblorosa, casi rota-. Soy Sarah Kincaid, la hija de lord…
– Ciega es lo que eres, Sarah Kincaid -la interrumpió Laydon bruscamente-. Demasiado ciega y temerosa para reconocer lo evidente.
– ¿A qué te refieres?
– ¿Quién es tu madre? ¿La conociste?
– Murió al nacer yo, ya lo sabes.
– ¿Te habló tu padre de ella? ¿Te dijo alguna vez que eras su vivo retrato?
– ¿Y eso qué tiene que ver?
– ¿Te lo dijo alguna vez? -bramó Laydon tan fuerte que la puerta de la sala de interrogatorios se abrió y aparecieron en ella los rostros preocupados de los dos guardias.
Sarah les hizo un gesto con la mano para darles a entender que todo iba bien, aunque no era eso lo que sentía. Le sudaban las manos, pero las tenía heladas, y el color se había borrado de su rostro. Tenía náuseas, que le subían por el estómago como un reptil venenoso…
– No -contestó, esforzándose por que su voz sonara lo más digna posible-, no lo hizo. Pero eso no cambia nada.
– ¿En qué?
– En el hecho de que soy la hija de Gardiner Kincaid.
– ¿Y si te dijera que no es así?
– No te creería.
– ¿Y si te revelara algo? Algo que Gardiner supo toda la vida, pero que jamás tuvo el valor de confesarte.
– No existe algo así.
– ¿Estás segura? ¿La búsqueda de tu padre no te reveló muchas cosas sobre él que no sabías? ¿Secretos que guardaba en lo más hondo de su ser sin haberte hablado jamás de ellos?
Sarah tragó saliva, tenía la garganta seca. De hecho, el viaje a Alejandría había sacado a la luz cosas sobre su padre de las que ella no había sospechado nada antes. Informaciones que había ocultado a su hija adrede, para protegerla, según dijo.
¿Quién podía asegurar con certeza que no habían existido aún más secretos…?
– ¿De qué me estás hablando exactamente? -preguntó Sarah con cautela, y se mordió los labios al ver la sonrisa triunfal con que Mortimer Laydon recibía la pregunta.
– ¿Te gustaría averiguar el secreto? -preguntó él.
– De no ser así, no te habría preguntado nada.
– ¿No tienes miedo de lo que podría desvelarte?
– ¿Debería? Ya me has arrebatado todo lo que significaba algo para mí. Ya no eres más que una sombra. No me das miedo.
– ¿De verdad? -En los ojos de Laydon apareció un brillo peligroso-. Qué ingenua y candorosa eres. Incluso aquí, en este lugar, a pesar de los grilletes que me sujetan, continúo teniendo poder para destruirte.
– Atrévete… y llamaré a los guardias, que volverán a encerrarte en el agujero tenebroso de donde te han sacado.
– Para sacudir tu mundo, Sarah, no necesito tocarte. Por eso mismo deberías temerme, igual que deberías temer la verdad.
– ¿Qué verdad?
– La que te han ocultado toda la vida. La que tu padre jamás se atrevió a contarte, aunque la conocía. La verdad sobre tu origen, Sarah Kincaid. La verdad que dice que Gardiner Kincaid no es tu padre carnal.
– ¿Ah, no?
– No -se reafirmó Laydon, susurrando-, soy yo.
– ¿Qué? -Sarah creyó que no había oído bien-. Mira que has dicho tonterías, pero esta es la más absurda de las que jamás han salido de tu boca…
– Puede que Gardiner Kincaid fuera el hombre que te crió y al que tú llamabas padre -prosiguió Laydon, impasible-, pero eso no cambia el hecho de que fui yo quien amó a tu madre y quien sembró la semilla en su seno.
– No -dijo Sarah mientras todo en ella se sublevaba. Las náuseas empeoraron y notó flojera en las rodillas-. ¡Eso no es verdad!
Laydon se reía.
– Gardiner siempre supo que tú no eras de su misma sangre, aunque seguramente no sospechaba nada por lo que a mí respecta. Por eso nunca te habló de tu madre, pequeña. Porque hacerlo le recordaba su derrota más grande y amarga.
– ¡Mentiroso! -gritó Sarah, levantándose-. Te lo has inventado…
– Podría ser -reconoció Laydon, sonriendo burlón-. Entonces, no hace falta que concedas importancia a mis palabras. Pero una parte de ti siempre ha sabido que no le pertenecías realmente, ¿verdad? A pesar de los fuertes lazos de unión entre vosotros, siempre existieron dudas, ¿no es cierto? Siempre persistió un poso de extrañeza…
– Bastardo -masculló Sarah, y tuvo que contenerse para no golpear con los puños cerrados al preso, que estaba encadenado, pero en ningún caso indefenso-. ¡Miserable bastardo! ¡Estoy harta de tus mentiras y de tu veneno!
Se apartó de él, furiosa y dispuesta a abandonar la sala de interrogatorios… Y si no lo hizo, fue por Laydon, que estalló en carcajadas.
– Lo ves, Sarah Kincaid -exclamó a sus espaldas-. Tu odio es más grande que tu amor.
Sarah se detuvo en seco y lo miró con los ojos abiertos como platos.
– Reconócelo -la exhortó Laydon-. Tú y yo nos parecemos más de que te gustaría admitir.
– ¿Era esto lo que querías? -preguntó la joven-. ¿Me has explicado esa historia falsa para provocarme?
– Lo preferirías, ¿verdad? -preguntó él a su vez, carcajeándose-. Pero no era mentira, tú tienes tanto de hija carnal de Gardiner Kincaid como yo de ciudadano intachable. Pero ambos somos personas apasionadas. Eso es algo que tenemos en común, Sarah, te guste o no.
– Tú y yo no tenemos nada en común -replicó Sarah, indignada-. Tú eres un asesino malvado que mató brutalmente a jóvenes indefensas…
– No lo hice por placer, como bien sabes… Al menos, no solo por placer.
– … y asesinaste a mi padre -concluyó Sarah, imperturbable.
– Tú también serías capaz de hacerlo, pero aún no lo sabes. Está en ti, Sarah, la misma pasión que me inunda a mí. La misma afición por lo oscuro. Tu padre siempre lo supo. Por eso, y solo por eso, te ocultó cosas. Temía que siguieras tu verdadero destino.
– ¿Qué destino?
– ¿Tú qué crees? -contestó Laydon, y la locura que latía en él volvió a desfigurarle el rostro-. Hablo de ocupar tu puesto dentro de la organización. Tu padre siempre intuyó que llegaría ese día y se empeñó en hacer todo lo posible por impedirlo.
– Estás mintiendo -insistió Sarah, pero sus palabras habían perdido la acritud, estaban mustias y vacías. Le temblaban los labios, y apretó las mandíbulas mientras intentaba con todas sus fuerzas cerrarse herméticamente a las dudas que Laydon había sembrado en ella… Sin embargo, no acabó de conseguirlo.
¿Tendría razón finalmente aquel asesino? ¿Habría sido aquella la razón por la que su padre le había ocultado ciertas cosas y no le había explicado nada de los herederos de Meheret en mucho tiempo?
Recordó con angustia que su padre le había pedido perdón mientras agonizaba, que había querido aprovechar su último aliento para confesarle algo. Pero sus labios se cerraron antes de que tuviera tiempo de hacerlo, y Sarah se había preguntado en más de una ocasión qué había querido decirle su padre.
¿Era eso? ¿El lo sospechaba? ¿O tal vez conocía la terrible verdad?
– Con todo lo que ahora sabes -la voz de Mortimer Laydon, temblorosa por la impaciencia, devolvió a Sarah al presente-, me gustaría repetirte la pregunta con la que ha empezado todo: ¿quién eres, Sarah Kincaid? ¡Dímelo!
Sarah, que tenía los ojos clavados en el suelo debido a la consternación, levantó la vista y fijó la mirada en los ojos brillantes de su enemigo más acérrimo.
– Sé qué es lo que quieres oír -contestó en voz baja-, pero no voy a pronunciar esas palabras. Aunque lo que dices fuera verdad, antes me cortaría la lengua con mis propias manos que llamar «padre» a un monstruo como tú.
– Como quieras. -Laydon se encogió de hombros, y los grilletes tintinearon al entrechocar-. Entonces yo tampoco te ayudaré.
Sarah no había vuelto a sentarse después del arranque de furia. Fuera de sí, estaba de pie delante de él, temblando interiormente y apretando los puños. La agitación que la embargaba era indescriptible y, contra su voluntad, tuvo que reconocer que Mortimer Laydon había vuelto a salirse con la suya sacudiendo los cimientos de su mundo.
Libraba una lucha en su interior; se decía que tan solo eran palabras huecas, que Laydon solo quería humillarla, que ella tenía que doblegarse a sus exigencias por Kamal… Pero no logró convencerse.
¿Tenía razón Laydon? ¿Era su orgullo realmente más grande que su amor? ¿Había en ella una cara oscura que ella no conocía?
De nuevo sintió que la duda la carcomía y supo que debía concluir la entrevista. Cuanto más tiempo estuviera en compañía de Laydon, mayor peligro corría de que la envenenara con sus ideas. Debía intentar conseguir ayuda para Kamal en otro sitio, antes de que, despojada de todas sus ilusiones y siendo una sombra de sí misma, la devoraran sus miedos y temores. Laydon estaba a punto de lograrlo…
– De acuerdo -dijo entonces la joven quedamente- contestaré a tu pregunta a mi manera: soy lo que soy. Ni más ni menos. Sí esa respuesta te basta, cumple tu parte del trato. Y si no es así, vete al diablo.
Puesto que Sarah no esperaba que Laydon se diera por satisfecho, dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta, firmemente decidida a cruzarla. Sin embargo, cuando ya estaba junto al umbral, Laydon la llamó.
– Una cosa más -le pidió.
– Pero date prisa -lo urgió-. Ya he desperdiciado mucho tiempo.
– ¿Nunca has pensado que la historia se repite? -preguntó Laydon-. ¿Que a tu querido Kamal le ha pasado lo mismo que te ocurrió a ti hace muchos años?
– ¿Te refieres a…?
– Como ya sabes, a ti te acometió una fiebre misteriosa que te tuvo en sus garras durante semanas. Habías perdido el conocimiento y el viejo Gardiner creyó que te había perdido. Espero que no hayas olvidado quién te curó de la fiebre en aquel entonces…
– ¿Y tú crees que Kamal sufre la misma fiebre? -preguntó Sarah, pasando por alto adrede la autoalabanza de Laydon.
– Es posible, ¿no?
Sarah no pudo más que asentir.
¿Por qué no se le había ocurrido a ella la idea? Probablemente, porque eso llevaba a una conclusión que la atemorizaba muchísimo más que la presencia de Laydon y todo lo que este aún pudiera revelarle. Si la fiebre que sufrió Sarah de niña y la que mantenía entre sus garras a Kamal las había originado lo mismo, eso significaba ni más ni menos que aquel poder siniestro que, según creía hasta el momento, se había cruzado por primera vez en su camino en París, en realidad había aparecido antes en su vida. Mucho antes.
Y ya en aquel entonces la había cambiado…
– Suponiendo que fuera así -murmuró Sarah, estremecida ante aquella idea-, ¿qué significaría eso para Kamal? ¿Puede curarse?
– ¿Como tú entonces?
Sarah asintió.
– Deja que te lo explique, pequeña. Si Kamal realmente sufre la fiebre oscura, está prácticamente muerto y se encuentra de camino hacia el más allá. Si quieres revocar esos hechos, tienes que buscar allí donde cobra vida lo inanimado. Pero te advierto que el viaje te llevará directamente a las tinieblas.
– ¿Dónde exactamente? -preguntó Sarah resoplando-. ¿Dónde debo buscar?
– ¿Tú qué crees? -contestó Laydon, y en ese instante la clarividencia que había despejado su mente, nublada por locura, volvió a declinar-. Evidentemente, donde empezó todo -murmuró de manera casi incomprensible-. Donde se creó vida a partir de lo inanimado.
– ¿Qué quieres decir? -Sarah enarcó las cejas, recelando de que Laydon solo quisiera humillarla de nuevo, pero parecía hablar en serio, puesto que no soltó una de sus carcajadas-. ¿De qué estás hablando? ¿Del Génesis?
– ¿El viejo Gardiner no te enseñó a interpretar los secretos del Antiguo Testamento? ¿La Tora? ¿La Biblia? ¿No conoces la palabra del Todopoderoso?
– Lo suficiente para saber que un sacrílego como tú no debería ponerla en su boca.
– En el libro del Génesis está escrito: «La tierra estaba confusa y vacía y las tinieblas cubrían la haz del abismo, pero el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas».
– ¿Y? -preguntó Sarah, pero la única respuesta que recibió fue una risotada maliciosa.
La mirada de Laydon ya no parecía dirigirse a ella, sino a algún punto de una lejanía insospechada. Fuera lo que fuese lo que veía aquel criminal, no parecía tener nada que ver con la realidad. La risa chillona se repitió y la mente de Laydon volvió a sumergirse en las tinieblas de las que Sarah parecía haberlo arrancado por poco tiempo.
– Has perdido el juicio -constató Sarah.
– Quizá… Pero los judíos son los hombres que no serán culpados por nada -graznó Laydon, soltando una carcajada tan ampulosa y estentórea que le falló la voz y amenazó con ahogarlo, a la vez que ponía los ojos en blanco.
Sarah se alejó de él, asqueada. Estaba impaciente por dejar atrás los muros de Newgate y poder respirar por fin al aire libre.
La embargó una sensación de alivio al salir de la sala y no tener que seguir mirando a los ojos enfebrecidos por la locura de aquel asesino. Y, mientras oía a sus espaldas aquella risa agónica, comprendió que se había cortado definitivamente el delgado hilo que hasta entonces había impedido que la cordura de Laydon se precipitara a un abismo insospechado.
Diario personal de Sarah Kincaid, anotación posterior
Decir que me he sentido desolada al salir de la prisión de Newgate rayaría el comedimiento más descarado. Sabía que encararme con Mortimer Laydon sería duro, que aquel canalla intentaría cualquier cosa para causarme daño y, si temía el encuentro, no era sin razón. Sin embargo, la realidad ha superado con creces mis peores temores.
Abrigaba la esperanza de que Laydon me desvelaría alguna información, una pista sobre lo que le había ocurrido a Kamal y qué podía hacer yo para salvarlo. Sin embargo, lo único que he recibido ha sido un cúmulo de insinuaciones y de medias verdades, de mentiras y de intrigas, guarnecidas con miedo y dudas. Un discurso críptico cuyo sentido, si es que lo tiene, no comprendo; acusaciones malévolas que, por el motivo que sea, me han sacudido hasta el alma; y me he enterado de cosas que jamás he ansiado saber y con las que ahora debo cargar… ¿O tal vez solo eran fantasmagorías, engendros de una mente arrastrada por la locura?
Durante el camino de vuelta a Mayfair, no he podido sino pensar en lo que Laydon había dicho y, aunque en lo más hondo de mi ser me resistía, me he preguntado si podría ser verdad lo que aquel canalla me había contado.
La búsqueda de mi padre, que hace más de dos años me llevó primero a París, desde allí a Malta y, finalmente, a la lejana Alejandría, me enseñó que realmente se me habían ocultado cosas, que existía un Gardiner Kincaid que me resultaba extraño y al que jamás conocí. Saber que mi padre no siempre había sido sincero conmigo quebrantó profundamente mi confianza en él. Aun así, estoy firmemente convencida de que jamás me habría escondido algo tan trascendente. ¿O sí?
Mientras agonizaba, mi padre intentó contarme algo, igual que Maurice du Gard cuando perdió la vida en la cubierta del Egypt Star. Ninguno de los dos tuvo tiempo de acabar su última frase, y a menudo me pregunto qué querían decirme. ¿He recibido hoy la respuesta a esa pregunta? ¿Quisieron ambos contarme con su último aliento que yo no soy la que hasta hoy creía ser?
Esa posibilidad me estremece, la sola idea es capaz de arrastrarme a los terrenos oscuros por donde ya vaga Laydon y de los que no hay retorno. No debo ceder, tengo que concentrarme en el presente y en salvar a Kamal.
Según me dijo el doctor Billings, su estado sigue siendo estable, pero eso no significa nada. ¿Tendrá razón Laydon? ¿Ha sido alcanzado Kamal por aquel misterioso fenómeno que también me afectó a mí en mi niñez y por el cual no soy capaz de recordar nada? ¿Y qué significa esto en lo tocante a la siniestra organización que ansia poder y dominio y pretende servirse del pasado para conseguir sus objetivos? ¿Me topé con ella antes y no lo recuerdo?
Me vienen a la memoria ciertas cosas que me dijo el cíclope cuando estábamos en la biblioteca de Alejandría y que en aquel entonces taché de mentiras descaradas. Me llamó estúpida y me reprochó que no hubiera entendido nada. ¿Puede deducirse de esas palabras que él me conocía desde mucho antes que yo a él? Y el gigante de un solo ojo ¿no se llamaba Caronte en honor al barquero de los muertos de la mitología griega?
En cierto modo, que no acabo de comprender, hay cosas que parecen encajar, pero ni se me revela su sentido ni intuyo el fin. Con una única vela de llama trémula, intento explorar un enorme laberinto sumido en la oscuridad. No conozco el camino ni el destino, pero sé que debo hallar ambas cosas si no quiero que Kamal muera.
Puesto que Laydon es la única conexión con los que le han hecho esto a mi amado, no me queda más remedio que seguir sus indicaciones. Quizá, eso espero y temo, tras la palabrería del perturbado asesino se esconde una chispa de verdad. Buscar esa verdad debe ser mi tarea prioritaria, sin importar lo que suponga para mí ni qué lúgubres secretos pueda descubrir. Laydon habló de un viaje a las tinieblas; en eso, al menos, parece tener razón…
Mayfair, Londres, 27 de septiembre de 1884
– ¿Cómo se encuentra?
Sarah se sobresaltó. Sentada en el amplio sillón de piel que ocupaba el centro de la pequeña biblioteca de Jeffrey Hull, dedicada básicamente a obras de Derecho, Sarah estaba profundamente absorta en la lectura.
– ¡Sir Jeffrey! -exclamó-. No lo he oído llegar…
– No me extraña -comentó el consejero real sonriendo con dulzura-. Cuando he entrado, tenía usted los ojos cerrados.
– ¿Los ojos cerrados? ¿No me diga? -La sorpresa de Sarah era sincera. Si realmente había echado una cabezada durante unos minutos, no se había dado cuenta…
– ¿Cuánto ha dormido esta noche?
– Ni siquiera una hora -reconoció Sarah, cansada.
– Comprendo -asintió sir Jeffrey-. Pero se alegrará de oír que hay buenas noticias.
– ¿De verdad?
– Acabo de llegar de la Corte Suprema -informó el consejero real-. Con motivo de los recientes acontecimientos he conseguido la suspensión temporal del juicio. Luego presentaré en Newgate una solicitud de puesta en libertad transitoria. Seguramente se empeñarán en continuar controlando a Kamal, pero entonces les propondré albergarlo aquí, en mi casa, y la palabra de un barrister [2]tiene cierto peso. De ese modo, Kamal estaría con nosotros y usted podría tenerlo a su lado.
– Eso sería maravilloso -contestó Sarah-. Le agradezco sus esfuerzos, sir Jeffrey.
– ¿Eso es todo?
– ¿Qué quiere decir?
– ¿Me permite que le sea sincero, amiga mía?
– Por favor -asintió Sarah.
– Francamente, esperaba que se alegraría un poco más -admitió sir Jeffrey-. Y, en vez de eso, la encuentro agotada en mi biblioteca. ¿A qué se debe, Sarah? ¿Qué lectura puede ser tan importante que le impida irse a la cama y disfrutar de las horas de sueño que tanto necesi…?
Se interrumpió cuando Sarah levantó el libro encuadernado en piel para que pudiera leer el título escrito en letras doradas.
– El Antiguo Testamento. Los libros de Moisés -leyó sir Jeffrey con cierta perplejidad.
– ¿Le sorprende?
– Un poco -reconoció el consejero real-. ¿Ha llegado usted a la conclusión de que solo el Todopoderoso puede salvar a Kamal?
– A esa conclusión, mi querido amigo, he llegado hace rato -contestó Sarah con una sonrisa apagada-. Sin embargo, en este caso se trata de un posible indicio que podría hallarse oculto entre estas líneas.
– ¿Un indicio? ¿De parte de quién? -preguntó el consejero real, y por el tono de desconfianza de su voz podía deducirse que intuía la respuesta.
– De Laydon -respondió Sarah.
– Laydon -repitió sir Jeffrey sin el menor entusiasmo-. Sarah, a pesar de todo lo que ese hombre le ha hecho, ¿aún no ha comprendido lo peligroso que es? ¿Y que ha perdido por completo la razón? ¿Que no dejará pasar la más mínima oportunidad para vengarse de usted y causarle daño?
– Soy plenamente consciente de ello -aseguró Sarah-. La cuestión es que durante gran parte de nuestra entrevista no tuve la sensación de estar frente a un hombre perturbado. La mayor parte del tiempo, Laydon tuvo la mente clara.
– ¿Y le recomendó estudiar la Biblia?
– Efectivamente.
– ¿Para qué?
– Para buscar una cura para Kamal -contestó simplemente Sarah.
– ¿Habla en serio? -La perplejidad de sir Jeffrey se había transformado en indignación-. Después de haber consultado con algunos de los médicos más versados del imperio, ¿va a confiar precisamente en el dictamen de un asesino que ha sido declarado culpable?
– Sé que le sonará extraño, pero…
– No, Sarah -señaló Hull con severidad-, «extraño» no es ni de lejos la expresión adecuada. Laydon mató a su padre y asesinó brutalmente a varias mujeres, lo cual seguramente no lo capacita como galeno milagroso. Sin embargo, usted parece otorgar mayor importancia a su opinión que a la de los médicos que le llevé y que, por su amistad conmigo, no dudaron un momento en ayudarnos.
– Lo sé, sir Jeffrey, y créame si le digo que se lo agradezco de todo corazón -afirmó Sarah-. Pero se trata de algo que me es imposible explicar con palabras. Es una sensación, ¿comprende?
– Me resulta muy difícil, querida, me resulta muy difícil -musitó sir Jeffrey, a quien únicamente su conciencia de caballero impedía reprender a gritos a Sarah-. La previne expresamente contra esa entrevista, puesto que tenía muy claro que Laydon aprovecharía la ocasión para contaminarle la mente.
– Aprecio su preocupación -aseguró Sarah-. Pero no tenía alternativa, debía entrevistarme con él.
– ¿Fue ese el motivo por el que ayer por la noche se fue de Newgate sin pronunciar palabra, sin despedirse del director Sykes, del doctor Cranston ni tampoco de mí? -En la voz del consejero real se hacía patente el agravio.
– Le ruego que acepte mis disculpas, sir Jeffrey. No quise parecer maleducada ni cuestionar su valía ni la de los demás caballeros. Pero tenía que poner en claro algunas cosas antes de poder hablar de ello con otras personas.
– ¿De verdad? Y, si me permite la pregunta, ¿de qué cosas se trataba?
Sarah sostuvo la mirada escrutadora de sir Jeffrey. Sabía que él solo pretendía ayudarla, tanto en calidad de persona como de jurista. Pero había secretos que no quería confiarle sin más, precisamente porque temía que dudara de su cordura…
Sir Jeffrey notó sus vacilaciones y formuló la pregunta de nuevo, esta vez en un tono más comprensivo y suave.
– Sarah -dijo en voz baja-, no puedo obligarla a que confíe en mí. Pero puedo asegurarle que su padre sí lo hacía y…
– Mi padre, ¿verdad? -Sarah sonrió débilmente.
– …y que haré todo lo humanamente posible para ayudarla -prosiguió, sin reaccionar al comentario de la joven-. Pero solo puedo hacerlo si me explica qué ocurrió entre usted y Laydon. ¿Qué le dijo aquel canalla para que yo la encuentre estudiando la Biblia después de una noche en vela, pálida como la cera y con profundas ojeras? Me preocupo por usted, Sarah, y no solo como abogado, sino también como amigo.
– Es usted muy amable, sir Jeffrey. Y le aseguro que ni he perdido la razón ni estoy tan agotada, que no sé lo que me hago.
– Entonces, le pido que me cuente qué ocurre. ¿Por qué cree que precisamente Laydon sabe cómo se puede salvar a Kamal?
– La respuesta es muy simple, sir Jeffrey -contestó Sarah con voz queda y velada-. Porque Laydon también me curó a mí.
– ¿Qué… qué quiere decir?
– ¿Oyó alguna vez a mi padre usar la expresión témpora atra?
– ¿Témpora atra? -La frente surcada de arrugas del consejero real se frunció aún más-. No que yo recuerde…
– ¿Sabía que yo estuve enferma de niña? ¿Qué sufrí una fiebre misteriosa y estuve mucho tiempo inconsciente?
– No, Sarah, no lo sabía -aseguró sir Jeffrey, cuyo enojo se estaba transformando en franca consternación-. Después de Oxford, perdí de vista a Gardiner durante un tiempo.
Sarah asintió. Aunque le costaba un esfuerzo enorme, había decidido revelar a Jeffrey Hull su secreto, movida por la esperanza de poder ayudar con ello a Kamal…
– Según me explicaron -prosiguió en voz baja-, aquella fiebre apareció de un día para otro. Los médicos no sabían qué hacer y a mi padre no le quedó más remedio que permanecer día y noche junto a mi cama, rezando por un milagro. Finalmente sucedió… en la figura de Mortimer Laydon.
– ¿Laydon? -gimió sir Jeffrey.
– En efecto. Fue él quien me curó de aquella fiebre, aunque pagué un precio muy alto.
– ¿Cuál?
– No recuerdo nada de lo que había ocurrido antes de aquel momento -contestó Sarah sinceramente-. Toda mi infancia está cubierta por el velo del olvido. Mi padre solía llamar a esa época témpora atra, época oscura.
– Co… comprendo -replicó sir Jeffrey conmovido-. Y usted cree que aquella fiebre misteriosa y el estado en que se encuentra Kamal…
– Al principio no quise admitirlo, porque las conclusiones que derivaban de ello me espantaban -reconoció abiertamente Sarah-. Pero los paralelismos son evidentes. Todo parece indicar que a Kamal le ha ocurrido lo mismo que me ocurrió a mí de niña… y que Laydon conoce el secreto de la curación.
– Entonces tendrá que revelarlo de inmediato -estalló sir Jeffrey-. Avisaré ahora mismo al superintendente Fox. La policía conoce maneras de hacer hablar a los testigos que guardan silencio. Iré…
– No -se limitó a decir Sarah.
– ¿No? Pero…
– Como ya le he dicho, la mente de Laydon está envenenada de maldad. No revelará lo que no quiera revelar. Lo único que puedo hacer es jugar ateniéndome a sus reglas y seguir las indicaciones que me dio.
– ¿Y él le aconsejó que consultara la Biblia? -preguntó sir Jeffrey, receloso.
– Para ser exactos, el Antiguo Testamento -confirmó Sarah con una sonrisa cansada-. El libro del Génesis.
– ¿Y no cree que ese canalla redomado pretende engañarla de nuevo? No olvide lo que ya le ha hecho…
– Sir Jeffrey -dijo Sarah frunciendo el ceño, y todo rastro de alegría se borró de su semblante-. Créame, desde los sucesos de Alejandría no pasa un solo día en que no piense en mi padre y en todos los horrores que Mortimer Laydon nos causó. Aun así, no puedo prescindir de él. Tal vez solo sea una sensación, pero no puedo reprimir la impresión de que todo está conectado.
– ¿A qué se refiere exactamente? -preguntó Hull cruzándose de brazos como solía hacer cuando llamaba a los testigos ante el juez y los interrogaba-. Explíquemelo, por favor.
– Como quiera -Sarah comprendió que el camino que había emprendido no tenía retorno. Había decidido compartir su secreto con sir Jeffrey, y eso significaba que debía proseguir…-… Hace dos noches tuve un sueño extraño.
– Un sueño -repitió sir Jeffrey.
– Se trataba de una escena de la mitología griega: una comitiva fúnebre se acercó a la orilla del río Estigia, donde dejaron al muerto para entregárselo a Caronte, el barquero del Hades.
– ¿Y? -Sir Jeffrey frunció los labios-. Perdone mi ignorancia, Sarah, pero no me parece un sueño demasiado insólito para una arqueóloga.
– Aún no he acabado -puntualizó Sarah-. Al acercarme a la orilla para inspeccionar el cadáver, vi que era Kamal. Y, como los muertos en la antigua Grecia, tenía una moneda debajo de la lengua para pagar el tributo al barquero.
– ¿Habla en serio?
– Totalmente en serio, sir Jeffrey. Aún no habían transcurrido ni cuatro horas desde que me desperté de ese sueño cuando encontré a Kamal yaciendo en su celda, muerto a primera vista y con un papel debajo de la lengua. Y ahora le pregunto: ¿fue una casualidad?
– Quién sabe, Sarah. Como científica, usted debería…
– Toda la vida he seguido la senda de la ciencia, sir Jeffrey, pero llegó un momento en que me vi obligada a reconocer que entre el cielo y la tierra hay cosas que la ciencia no puede explicar. Y me da la impresión de que esta es una de ellas.
– Sí, claro, tiene derecho a suponerlo. Pero no veo dónde está la conexión…
– Caronte no es solo el nombre del barquero de la Antigüedad -prosiguió Sarah su explicación-, sino que también se llamaba así el cíclope que atentó contra nuestra vida en Alejandría. Y, por último, la nota que hallé en la boca de Kamal contenía el símbolo del cíclope, el símbolo de la organización criminal a cuyas órdenes estaba Laydon.
– Pero…
– Si me pregunta adonde nos lleva todo esto, no conozco la respuesta, sir Jeffrey -prosiguió Sarah-, al menos de momento. Mi padre dijo que las raíces de la organización se remontaban a los inicios de la humanidad y que estaba unida a grandes nombres. Conseguir el poder absoluto parece ser uno de los objetivos que persiguen sin contemplaciones sus adeptos. No tengo ni idea de cuál es el papel que yo desempeño en sus planes, pero sé que Mortimer Laydon es la única conexión que tengo con esa gente y que cualquier indicación suya, por increíble que sea, representa de momento mi única posibilidad de salvar a Kamal.
Sir Jeffrey la había escuchando con mucha atención. Cualquiera que supiera interpretar los gestos de su rostro podía ver claramente que el recelo del consejero real no se había atenuado, pero parecía respetar los argumentos de Sarah.
– ¿Y eso es todo? -preguntó finalmente, como si intuyera que Sarah no le había revelado toda la verdad.
– Eso es todo -contestó la joven, que aún no estaba dispuesta a contarle a sir Jeffrey la otra terrible sospecha que la reconcomía.
– De acuerdo -dijo el consejero real, asintiendo pensativo-. Ahora que me ha explicado qué la mueve, me resulta más fácil comprender su modo de actuar, Sarah, aunque no esté de acuerdo con usted en todos los puntos.
– Lo sé, sir Jeffrey -contestó Sarah-. Y agradezco su comprensión.
– Sin embargo -prosiguió impasible el letrado-, me gustaría saber si ya ha encontrado algo. ¿Le ha revelado la Biblia algún secreto que hasta ahora hubiera permanecido oculto para usted?
– No, sir Jeffrey -admitió Sarah con franqueza-, de momento no. He estudiado el Génesis, he leído detenidamente lo que en él se explica sobre el pecado original, el Arca de Noé, la torre de Babel y los patriarcas de Israel… Pero, en contra de las afirmaciones de Laydon, no he encontrado nada que pudiera ayudar ni por asomo a Kamal.
– En tal caso -comentó el consejero real, adoptando un tono conciliador- me gustaría arrancarla de aquí y llevarla al comedor. Mi mayordoma, Kathy, me ha dicho que hoy no ha probado bocado. Y me he permitido ordenar que prepararan un almuerzo ligero.
– Es usted muy amable -replicó Sarah-, pero no tengo hambre.
– No acepto un «no» por respuesta -señaló sir Jeffrey-. Tiene que cuidar de su salud y conservar las fuerzas; de lo contrario, no podrá ayudar a Kamal, y eso es lo que usted desea, ¿no?
– Más que nada en el mundo -admitió Sarah.
– Entonces, venga conmigo y coma algo -ordenó en tono paternal pero resolutivo.
A Sarah no le quedó más remedio que obedecer, sobre todo porque sabía que sir Jeffrey tenía razón. Si se derrumbaba por culpa de la debilidad y el agotamiento, no le sería de ninguna utilidad a Kamal.
Suspirando, cerró el libro encuadernado en piel y lo dejó sin haber marcado antes la página por donde iba. Luego siguió a su anfitrión hacia el pasillo, al final del cual se encontraba el comedor. El olor a sopa de pescado recién hecha que salía de una sopera de plata humeante llenaba la sala y Sarah fue de pronto consciente de lo hambrienta que estaba. Se sentó de buen grado y una de las criadas le ofreció un plato de porcelana blanca y se lo llenó de sopa con un aroma suculento.
– Coma -la exhortó sir Jeffrey desde el extremo opuesto de la mesa-. Ya verá como le sienta bien.
Sarah asintió, cogió la cuchara y la sumergió en el caldo humeante, en el que flotaban unos redondeles de grasa ambarina.
– ¿Sabe qué no puedo quitarme de la cabeza? -preguntó entretanto.
– ¿Qué?
– Las últimas palabras de Laydon. Dijo algo que no tenía sentido, pero, aun así, no consigo desprenderme de la sensación de que podría ser importante.
– ¿Y qué dijo?
– Que los judíos son los hombres que no serán culpados por nada -dijo Sarah citando al canalla.
Sir Jeffrey murmuró algo despectivo.
– Desvaríos de un perturbado mental -comentó convencido.
– Es muy probable -especuló Sarah-. La frase estaba totalmente fuera de contexto y, a primera vista, no tenía sentido. Sin embargo, tengo la sensación de que Laydon quería decirme algo con ella. Algo que establecía una relación entre el estado en que se encuentra Kamal y el libro del Génesis. Al parecer, los judíos desempeñan un papel en todo esto, pero no consigo…
Se interrumpió al ver que sir Jeffrey se levantaba de repente y se iba de la mesa sin pronunciar una sola palabra de disculpa o de pesar, actuando en contra de las buenas formas. Sarah suspiró. Estaba claro que su obstinación había sido la causante de que el consejero real hubiera abandonado su propio comedor, y se reprendió por haber expresado sus pensamientos en voz alta.
Cuando se disponía a disfrutar de una cucharada de sopa, sir Jeffrey volvió con un periódico en la mano.
– Temía que el bueno de Finnegan lo hubiera utilizado para encender la chimenea -dijo, y dejó el periódico sobre la mesa, delante de Sarah-. En la página cuatro. Lea.
Sarah estaba sorprendida. En contra de lo que esperaba, no distinguió ni crítica ni enojo en el rostro de su anfitrión. Al contrario, sir Jeffrey estaba muy serio y el aire paternal había desaparecido de su semblante.
Sarah cumplió solícitamente la orden. El periódico tenía fecha del 19 de septiembre, o sea que era de hacía una semana. Los titulares informaban de ganancias récord en la Bolsa y de un cambio de dirección en la cúpula del almirantazgo.
Obediente, Sarah fue a la página indicada y se quedó de piedra al leer el titular destacado:
¿EL RETORNO DEL GOLEM?
Los judíos de Praga aterrados por la legendaria figura
Sarah levantó confusa la vista y le dirigió una mirada interrogativa a sir Jeffrey.
– Lea -volvió a pedirle, y Sarah le echó una ojeada al artículo.
La historia del Golem es bien conocida. Según la leyenda, en el siglo XVIel enigmático rabí Löw creó una criatura de barro que debía ayudar a los ciudadanos del barrio judío de Praga. Sin embargo, el ansia humana de originar vida a partir de algo inanimado fracasó y el Golem se convirtió paulatinamente en una amenaza, de manera que al rabí no le quedó más remedio que destruir a su criatura. No obstante, algunas voces afirman que el Golem ha continuado existiendo hasta nuestros días y que se albergaba en algún lugar situado por debajo de la ciudad. Naturalmente, se trata de meras leyendas que, sin embargo, estos días vuelven a recuperar peso porque hay quienes aseguran haber visto varias veces a ese gigantesco ser en las callejuelas de Josefov durante las semanas pasadas. En tanto que la policía se enfrenta a un misterio y los representantes de la Iglesia católica niegan la existencia de semejante criatura, el miedo ronda por el barrio judío, ya que, según cuenta el rabí Mordechai Oppenheim, experto en la interpretación de escritos, el regreso del Golem anuncia la llegada del fin del mundo…
Después de leer la noticia, Sarah se quedó unos momentos en silencio.
– Originar vida -repitió pensativa-, eso es lo que significa «Génesis». ¿A eso aludía Laydon cuando…?
– Mientras la escuchaba, me vino a la cabeza ese artículo -dijo sir Jeffrey-. Debo confesarle que cuando lo leí por primera vez no creí una palabra. Pero después de lo que usted me ha explicado…
– … considera posible que Laydon se refiriera a esto -concluyó Sarah la frase.
– Sigue pareciéndome bastante inverosímil -dijo el consejero real, mostrando sus reservas-. Tal vez Laydon se enteró de algún modo de la noticia y solo intentaba despistarla.
– No -negó Sarah meneando la cabeza-. El director Sykes me explicó que a los presos no se les permite leer los periódicos.
– Entonces, ¿cómo podría haberlo sabido?
– Esa es la cuestión -confirmó Sarah-. O él no sabía nada de todo esto y nosotros intuimos relaciones donde no las hay, o alguien ha instruido a Laydon para que me diera esas indicaciones porque ese alguien sabía que yo hablaría con él.
– Una idea angustiosa -constató sir Jeffrey.
– Sin duda -le dio la razón Sarah-, pero ni de lejos tan angustiosa como la perspectiva de no poder hacer nada por Kamal y estar a merced de aquel poder extraño sin salvación posible.
– ¿Qué piensa hacer?
– Necesito más información -respondió Sarah-. ¿Podría conseguirme hora de visita en la biblioteca del Museo Británico?
– Por supuesto, Sarah. Pero antes debe descansar y, sobre todo, tiene que comer algo.
– No hay tiempo, sir Jeffrey -objetó Sarah, cuyo afán de investigar había despertado por completo-. Este enigma exige ser descifrado y, si en él se alberga alguna posibilidad de salvar a Kamal, tengo que encontrarla…
Diario personal de Sarah Kincaid
¿Puede tratarse de una casualidad? ¿Sigo realmente el rastro que me llevará a la solución del misterio que se me ha impuesto? ¿O, en mi desesperación, he sucumbido a un engaño que me hace suponer conexiones donde no las hay? En algunos momentos tengo la sensación de que estoy sobre una buena pista, mientras que en otros me corroen las dudas. ¿Los desvaríos de un enfermo mental y una noticia sensacionalista en una gaceta justifican una visita nocturna a la biblioteca?
Sir Jeffrey no oculta sus dudas, pero, por su vieja amistad con mi padre, me deja hacer. Gracias a sus buenas relaciones con la Casa Real, se ha ocupado no solo de que me abran las puertas de la biblioteca del Museo Británico, sino de que no me echen cuando caiga la noche y el resto de los visitantes ya se hayan ido. A la luz mortecina de una lámpara de gas, prosigo la búsqueda desesperada, mientras el veneno de la duda no deja de corroerme. ¿Dijo Mortimer Laydon la verdad cuando afirmó que era mi padre? ¿Me he pasado toda la vida tragándome una mentira?
Tengo la sensación de estar avanzando por aguas bravas sobre un témpano de hielo, esperando el momento en que el suelo inseguro se resquebrajará bajo mis pies…
Biblioteca del Museo Británico, Gower Street, Londres,
noche del 27 de septiembre de 1884
El lugar imponía respeto. Por encima de la amplia rotonda de la sala de lectura se alzaba la enorme cúpula que suponía el centro y el elemento distintivo del imponente edificio, que había sido diseñado por Robert Smirke y que albergaba desde hacía casi cuarenta años no solo la colección de objetos de arte más importante del imperio, sino probablemente también la mayor concentración de saber. Los fondos básicos de la biblioteca del Museo Británico los constituían la biblioteca privada de Jorge III y las colecciones de particulares acomodados y comprometidos que habían hecho méritos en la investigación y la cultura del reino. Sarah sabía que uno de los objetivos de Gardiner Kincaid había sido pertenecer a ese círculo ilustre y que hubieran mencionado su nombre junto a los de Robert Harley, duque de Oxford, o de sir Hans Sloane. Tal deseo no le fue concedido en vida, pero Sarah se proponía legar algún día al museo la biblioteca de Kincaid Manor y, de ese modo, encargarse de que al viejo Gardiner le otorgaran el honor que siempre había ansiado.
Le dolían los ojos. Cada vez apartaba la vista más a menudo de los libros que tenía abiertos sobre la gran mesa de roble, y se frotaba el entrecejo o se masajeaba las sienes. Las letras de los textos, la mayoría antiguos e impresos en papel de pasta de madera, desaparecían ante sus ojos, pero se obligó a concentrarse y a continuar leyendo. Con movimientos rápidos de la mano, tomaba notas cuando una información le parecía destacable, y así, trabajando minuciosamente, consiguió reunir conocimientos sobre lo que supuestamente ocurría en las callejuelas del barrio judío de Praga.
Aunque ya era de noche y las campanas de Saint George acababan de tocar las once, Sarah continuaba inmersa en la lectura. El tiempo acuciaba y no le quedaban muchas tentativas de salvar a Kamal y encontrar un remedio. Debía tener alguna certeza antes de emprender la búsqueda y, cuanto más tarde era y más información recababa, más convencida estaba de que seguía la pista correcta.
Por desgracia, no podía compartirlo con nadie.
Sir Jeffrey, que le había hecho compañía por la tarde porque debía de considerarlo el deber formal de un caballero, se había despedido al hacerse de noche, aunque no sin dejarle como vigilante al fornido cochero, que tenía que llevar a Sarah de vuelta a Mayfair cuando acabara el trabajo. Sarah compadecía al pobre Jonathan, que pasaría la noche en vela por su culpa mientras su señor estaba acostado en su mullida cama durmiendo a pierna suelta.
En cuanto a esto, Sarah se equivocaba de lleno con sir Jeffrey…
De repente se oyó un fuerte ruido.
Sarah se sobresaltó y comprobó con espanto que la había vencido el cansancio y se había quedado dormida encima de los libros abiertos, con la barbilla apoyada sobre la mano. Una ojeada al reloj de bolsillo que había heredado de su padre le reveló que solo se había permitido unos pocos minutos de sueño, y respiró tranquila. Luego recordó el ruido que la había despertado y automáticamente se preguntó si había sido real o tan solo había existido en sueños…
– ¿Jonathan? -llamó, y miró a su alrededor. Pero, aparte de la luz macilenta de la lámpara de gas, la sala de lectura estaba sumida en la más profunda oscuridad y, además, la llama había cegado a Sarah y sus ojos no veían más que manchas claras-. ¿Jonathan? ¿Es usted?
El eco de su voz resonó en el techo abovedado y alto de la cúpula, pero no obtuvo respuesta.
De repente oyó ruido de pasos. Eran unos pasos lentos y pesados sobre la piedra dura, que se deslizaban hacia ella.
– ¿Jonathan…?
Sarah se asustó al oír el tono desventurado y quebradizo de su voz y notó que un escalofrío le recorría la espalda. Verdaderamente, hacía frío en aquella sala de techo alto; la niebla que en esa época del año se deslizaba por las calles y callejuelas de Londres parecía no detenerse a las puertas del museo, por lo cual Sarah llevaba puesto el abrigo y un chal. Sin embargo, el frío que sentía en ese momento no se debía al clima otoñal.
Lo que Sarah sentía y la hacía estremecer era un halo de amenaza…
– ¿Jonathan…?
El tono de su voz sonó casi suplicante, pues a cada segundo que pasaba la joven tenía más claro que quien se acercaba no era el fornido cochero, sino otra persona.
Un enemigo…
Sarah se levantó lentamente, como si estuviera en trance, dirigiendo la mirada hacia la oscuridad impenetrable que se extendía más allá de la luz de la lámpara, y de repente creyó ver el contorno de una figura siniestra. Tenía la altura de un gigante, llevaba un bastón largo en el que se apoyaba al andar y avanzaba envuelto en una capa ancha con capucha que acompañaba sus pasos entre crujidos terroríficos.
Sarah contuvo el aliento y se tapó la boca con la mano, como si se diera cuenta de que se trataba del mismo espectro que la había perseguido en los pantanos de Yorkshire…
– ¿Qui… quién es? -se oyó preguntar a sí misma mientras empezaba a albergar una terrible sospecha-. ¿Qué quiere de mí?
La figura envuelta en una capa seguía sin responder, pero continuaba acercándose, y Sarah notó que el miedo le atenazaba el corazón. Se le ocurrió la idea de huir, pero ¿hacia dónde? La oscuridad imperaba por doquier; si se quedaba donde estaba, al menos podría ver al siniestro visitante…
– Sarah -dijo este entonces, con una voz que no sonó desagradable ni amenazadora, sino más bien familiar-. ¡Sarah…!
La joven contuvo el aliento cuando el desconocido se le puso delante y alargó la mano para tocarle el hombro. Sarah intentó en vano distinguir el rostro que se ocultaba bajo las sombras de la capucha.
– Sarah -repitió, y la sacudió ligeramente por el hombro. Entonces se echó atrás la capucha y la luz del farol iluminó los rasgos de aquella silueta gigantesca.
– ¿Caronte…?
Sarah jadeó al ver un rostro desfigurado, desde el cual un solo ojo le devolvía la mirada. Profirió un grito y se levantó… Y entonces descubrió perpleja que seguía sentada a la mesa, rodeada de montañas de libros abiertos, apilados y amontonados…
– Sarah, ¿qué le ocurre? -preguntó la voz, y Sarah se dio cuenta entonces de que aquella voz no pertenecía a un cíclope descomunal, sino ni más ni menos que a sir Jeffrey. El consejero real se había inclinado hacia ella con el rostro tenso y la miraba con preocupación-. ¿Va todo bien? -preguntó.
– Su… supongo -contestó Sarah, mirando asombrada a su alrededor. Poco a poco iba comprendiendo lo ocurrido, y una ojeada al reloj de bolsillo disipó sus últimas dudas.
Las once y media.
Realmente se había dormido, aunque no solo unos instantes, como le había hecho creer el breve pero vivido sueño que había tenido, sino durante casi media hora. Si sir Jeffrey no se hubiera presentado, aquella cabezadita probablemente habría durado toda la noche. Y aquella silueta siniestra no había sido más que una quimera que había invadido su sueño, aunque daba la sensación de ser tan real que Sarah aún se estremecía.
– Parece que haya visto un fantasma, mi querida amiga -dijo sir Jeffrey con cierto tono de reproche.
– A mí también me da un poco esa impresión -admitió Sarah.
– Lo cual confirma mi convencimiento de que se está exigiendo usted demasiado. Apenas ha dormido en dos días y no ha comido nada. Kamal no sacará ningún provecho de que usted se consuma.
– Lo sé, sir Jeffrey, lo sé.
– ¿Ha encontrado lo que buscaba? -se oyó decir a una segunda voz.
Hasta ese momento, Sarah no se había dado cuenta de que Jeffrey Hull no había ido solo. Un hombre, vestido también con levita y sombrero de copa, había esperado en silencio en un segundo plano. Entonces se acercó a la luz de la lámpara con una sonrisa indescifrable en el semblante.
– Tally-ho -dijo.
– Doctor Cranston -señaló asombrada Sarah-. ¿Qué le trae por aquí a estas horas?
– Si he de serle sincero, la curiosidad -contesto el médico con franqueza.
– Me he encontrado al doctor Cranston delante del museo -añadió sir Jeffrey a modo de explicación-. Me ha preguntado por el estado de Kamal y le he hablado de la entrevista que usted mantuvo con Laydon y de sus suposiciones sobre el remedio.
– Interesante, sumamente interesante -comentó Cranston.
– ¿A qué se refiere? -preguntó Sarah, que volvía a estar totalmente despierta. La somnolencia había desaparecido de sus ojos.
– Me refiero a que pase usted media noche en vela investigando las pistas que le ha dado un enfermo mental. ¿Por qué no acudió a mí? Podría haberla ayudado.
– ¿En qué?
– En la búsqueda de la verdad.
– ¿La verdad? -Sarah rió amargamente.
– ¿No ha pensado en ningún momento que el asunto del artículo del periódico podía ser una simple coincidencia? ¿Algo eme solo adquiere sentido en su mente?
– Por supuesto -admitió Sarah-. Pero quizá sir Jeffrey ha olvidado mencionarle que Mortimer Laydon ya curó una vez a un paciente de esa fiebre misteriosa.
– ¿Ah, sí? ¿Cuándo?
– Hace muchos años.
– ¿Está usted realmente segura?
– Tan segura como se puede estar -replicó Sarah dedicándole una mirada elocuente: no pensaba decir nada más al respecto y le estaba agradecida a sir Jeffrey por no haber revelado su secreto.
– Bueno -comentó Cranston-, eso cambia algunas cosas. Pero sigo sin entender qué tiene que ver con eso el artículo sobre aquella criatura.
– Es otra de las pistas de Laydon que sigo -explicó Sarah-. Dijo algo de los judíos. Y que el remedio se encuentra donde surge vida de lo inanimado. Al principio supuse que se refería a la Biblia, al libro del Génesis. Pero ahora creo que se refería a un lugar que realmente existe.
– ¿Qué la ha llevado a formarse esa opinión?
– ¿Conoce bien Praga? -preguntó a su vez Sarah-. ¿Ha estado alguna vez allí?
– Lamentablemente, no.
– En el artículo del periódico que me enseñó sir Jeffrey se habla del Golem. ¿Le suena ese nombre?
– Por desgracia, tengo que responder de nuevo que no -contestó Cranston con una tímida sonrisa-, Esos temas no pertenecen al ámbito de mis competencias.
– Para serle sincera, hasta hace unas horas me ocurría lo mismo que a usted -reconoció Sarah-. Solamente sabía que el Golem era un personaje de leyendas judías de la Edad Media.
– Pero eso ha cambiado, ¿verdad?-conjeturó Cranston a la vista de los muchos libros que había sobre la mesa.
– Cierto -confirmó Sarah-. Las insinuaciones de Laydon y el artículo de sir Jeffrey me han movido a realizar investigaciones precisas en relación con el Golem y su origen.
– ¿Y a qué conclusión ha llegado?
– ¿Le interesa realmente? -preguntó Sarah-. ¿O solo intenta convencerme de que se trata de una quimera?
– Hagamos un trato -propuso Cranston-. Escucharé todo lo que tenga que decirme. Si consigue disipar mis dudas, haré todo lo posible por ayudarles, a usted y a Kamal.
– ¿Y si no lo consigo?
– Le diré con toda franqueza lo que opino del asunto. Lo que usted haga o deje de hacer después, lo dejo en sus manos.
– De acuerdo -aceptó Sarah-. Pero tomen asiento. La historia que tengo que explicarles es larga y se remonta al siglo XII.
– ¿Ah, sí? -preguntó sir Jeffrey, y él y el médico aceptaron la invitación de Sarah y se sentaron con ella a la mesa de lectura-. ¿Qué ocurrió en aquella época?
– El primer documento escrito sobre el Golem -explicó Sarah- data de aquella época. Por cierto, la palabra «Golem» procede del hebreo y significa ni más ni menos que «sin acabar», «sin formar». Curiosamente, la primera mención por escrito aparece en un anexo del Libro de la Creación atribuido a la Cabala.
– ¿La Cabala? -Cranston no disimuló su desconocimiento.
– La Cabala es una enigmática ciencia judía que, a partir de números y letras, intenta descubrir mensajes divinos contenidos en los escritos sagrados. Utilizada convenientemente, también ofrece la posibilidad de cifrar noticias cuyo significado solo esté abierto a los iniciados.
– ¿Y qué más?
– En ese primer texto, del que desgraciadamente solo se conservan algunos fragmentos, se describía un supuesto método para insuflar vida a la materia inanimada.
– El Génesis -susurró sir Jeffrey.
– Así es -confirmó Sarah-.La posibilidad de hacer lo mismo que el Creador y de poder disponer sobre la vida es un viejo sueño de la humanidad que también tuvieron nuestros antepasados. En la tradición judía, ese sueño se encuentra en la leyenda del Golem. El don de otorgar vida se consideraba un privilegio que solo se concedía a hombres especialmente sabios y justos, que no lo utilizarían para sus propios fines, sino en aras de un objetivo más elevado.
»Hacia el año 1520 -prosiguió su relato Sarah, mirando las notas que había tomado-, nació Judah Löw, que ejerció de rabino, filósofo y erudito en la Praga de los Habsburgo. Cuentan que incluso el emperador buscaba de tanto en tanto su consejo. Además, Löw también era experto en la enseñanza de la Cabala y conocía los secretos que contenía.
– La creación del Golem -concluyó sir Jeffrey.
– Efectivamente. Hay que saber que, en aquella época, Praga era el centro de la vida intelectual judía en Europa. Durante la Alta Edad Media, existían dos comunidades que acabaron por unirse y formaron la ciudad judía amurallada, un asentamiento independiente cuyos habitantes fueron injuriados y atacados por el resto de la población de Praga durante siglos, hasta que José II promulgó un edicto de tolerancia a finales del siglo pasado. El barrio pasó a llamarse Josefov, «la ciudad de José», en su honor. Sin embargo, en la época del rabí Löw la comunidad judía se vio expuesta a ataques violentos. Entre otras cosas, les recriminaban que los rabinos realizaban atroces rituales de sangre en las sinagogas y pretendían que el emperador aprobara un decreto contra ellos.
– ¿Y qué ocurrió después? -preguntó Cranston, cuya curiosidad se había despertado.
– Ante lo apurado de la situación, el rabí Löw recurrió a los antiguos escritos y al saber secreto de la Cabala. Al parecer, imploró ayuda y recibió el encargo de modelar una figura humana de barro que ayudaría a los judíos de Praga y los defendería de todas las acusaciones. Löw hizo lo que le había sido dictado. Después de una semana de oración a fin de prepararse para su tarea, se dirigió a la orilla del Moldava y modeló con fango a una persona a la que dotó de vida de manera milagrosa: la hora de nacimiento del Golem, como pronto la llamarían.
– Interesante -reconoció el médico.
– Aunque el Golem era capaz de moverse y de obedecer las órdenes de su amo, no era una persona real: no podía hablar ni pensar por su cuenta. Durante el día, Löw lo mantenía escondido, pero de noche el Golem despertaba a la vida y ayudaba a protegerse a la comunidad judía. Un día, el rabí hubo de reconocer que su criatura escapaba cada vez más a su control y que se estaba convirtiendo en una amenaza para la ciudad, y lo destruyó con sus propias manos.
– Una historia fascinante -afirmó sir Jeffrey, asintiendo con la cabeza.
– Cierto -le dio la razón Sarah-, y aún no ha acabado. Se han tejido incontables relatos alrededor de Löw y el Golem: lo que ustedes acaban de oír es tan solo una pequeña parte. También existen diversos mitos y profecías sobre el regreso del Golem. En una de ellas se dice que el Golem regresará cuando los habitantes de Josefov vuelvan a estar en peligro. Otros creen que en realidad nunca ha desaparecido. Y otros interpretan el regreso del Golem como una señal del advenimiento del fin del mundo.
– Algo de eso se decía en el periódico -recordó sir Jeffrey.
– Cierto -ratificó Sarah-. Un rabino llamado Mordechai Oppenheim expresó esa suposición. Curiosamente, un hombre llamado David Oppenheim fue el rabino mayor de la comunidad praguense hará un siglo. Cuentan que poseía la mayor colección de la época de escritos hebreos antiguos y se cree que muchos de ellos procedían del legado del rabí Löw.
– ¿Cree que hay alguna relación?
– Bueno -dijo Sarah, pensativa-, la coincidencia del nombre permite suponer que Mordechai Oppenheim es un descendiente de aquel sabio… y que probablemente está en posesión de los escritos antiguos que revelaron al rabí Löw el secreto de la fuerza creadora y facilitaron la creación del Golem.
– Es posible -reconoció sir Jeffrey-. Pero, sinceramente, sigo sin entender qué tiene que ver todo esto con Kamal y su lastimoso estado.
– Espere un momento -pidió Sarah-, ahora voy a eso. ¿Recuerdan ustedes, caballeros, en qué estado encontré a Kamal cuando regresé a su celda?
– He leído el informe -respondió Cranston-. Lo encontraron tendido en el suelo, con los brazos cruzados sobre el pecho. En la frente tenía dibujadas las letras A, M y T, y en la boca un trozo de papel.
– Efectivamente -asintió Sarah, e hizo una pequeña pausa teatral durante la cual dedicó miradas penetrantes a sus dos oyentes-. ¿Saben qué cuenta la tradición respecto al ritual con el que el Golem cobró vida? -les preguntó.
– Díganoslo usted.
– Según la leyenda, el rabí y su criado realizaron toda una serie de actos de culto. Sin embargo, dos cosas fueron esenciales para que la figura de barro se transformara en un ser vivo que respiraba: por un lado, al Golem le dibujaron en la frente una señal compuesta por las tres letras A, M y T.
– ¡Imposible! -exclamó sir Jeffrey.
– ¿Y qué significan esas letras? -inquirió Cranston.
– Es un criptograma -explicó Sarah-, uno de aquellos logogrifos que en la Edad Media gozaban de mucha popularidad, y no solo entre los judíos. Reflejaban la necesidad, profundamente arraigada en la gente de la época, de examinar y comprender la verdadera esencia del mundo.
– Bueno, y ¿qué significa? -insistió Cranston-. ¿Ha conseguido descifrar el enigma?
– Creo que sí. Esas letras remiten a la palabra hebrea emet, que significa «verdad», y Laydon también mencionó la «verdad» cuando me entrevisté con él.
– Increíble -dijo sir Jeffrey, meneando perplejo la cabeza.
– ¿Y cuál era el otro ritual con el que el Golem cobraba vida? -preguntó el doctor Cranston-. Usted ha mencionado dos cosas…
– Cierto -confirmó Sarah-. Además del sello en la frente, era muy importante también un «esquema».
– ¿Un esquema? -Sir Jeffrey enarcó las cejas.
– Un trozo de papel con el nombre de Dios escrito -contestó Sarah-. Lo colocaron debajo de la lengua del Golem.
– ¡Como a Kamal! -exclamó Cranston, que por primera vez mostraba signos de interés personal.
– Efectivamente, doctor -replicó Sarah con semblante serio-. Aunque no con el nombre del Todopoderoso, sino con el emblema de esa gente con la que ya me he cruzado otras veces y que cargan en su conciencia con la muerte de mi padre.
– ¿Y quién es «esa gente»?
Una sonrisa triste se deslizó por el semblante de Sarah.
– Me gustaría poder contestar a su pregunta de manera simple. Se trata de una organización que quiere aprovecharse de los enigmas del pasado para someter el presente. Sé por mi padre que las raíces de esa sociedad se remontan a un pasado lejano. Personajes célebres como Alejandro Magno, Julio César o Napoleón pertenecieron a ella.
– ¿Y ya se ha encontrado antes con esa organización?
Sarah asintió.
– En Alejandría, donde buscaba a mi padre, ellos perseguían la biblioteca desaparecida. Y el invierno pasado, cuando intentaba descifrar el Libro de Thot y el secreto asociado a él, comprendí que me seguían el rastro… a través de Mortimer Laydon, que abusó de mi confianza y me engañó.
– Y juro por Dios que yo soy testigo de ello -añadió sir Jeffrey sombríamente.
Cranston escrutó primero a Sarah y luego al consejero real.
– ¿Se dan cuenta de lo que dicen? -preguntó dubitativo-. Están hablando de una conjura. De una conspiración que probablemente amenaza a todo el imperio…
– En efecto.
– Entonces ¿por qué no han informado a Scotland Yard?
– Lo hicimos, tiempo atrás -aseguró Sarah-. En lo que respecta a Scotland Yard, la investigación está cerrada y archivada. Además, ¿cómo quiere combatir a un enemigo que no se deja ver? Esa gente trabaja en la clandestinidad. Llevan máscaras cubriéndoles el rostro y parecen conocer los enigmas del pasado mucho mejor que mi padre, que yo o que cualquiera que los estudie.
– Hmm -murmuró Cranston, pensativo-. Debo admitir, lady Kincaid, que esas circunstancias desvelan aspectos totalmente nuevos. Empiezo a comprender por qué estaba usted tan convencida de que precisamente Laydon podría ayudarla y por qué intuía conexiones que a otros se nos escapaban.
– Entonces también sabrá que no he perdido la razón ni persigo a un fantasma, doctor. Todas esas indicaciones son evidentes únicamente para quien sabe interpretarlas, pero no cabe duda de que existen, y yo me propongo seguirlas.
– ¿Dónde? -preguntó sir Jeffrey, confuso.
– En Praga, por supuesto -contestó Sarah sin dudar.
– ¿Piensa emprender un viaje tan largo y agotador?
– ¿Tengo elección?
– Sarah… -Sir Jeffrey se mordió los labios y se removió en la silla mientras parecía buscar las palabras adecuadas-. Usted sabe que la tengo en gran estima, igual que a su padre. Pero, a mi juicio, está usted a punto de cometer un grave error. Lo que usted considera indicios también podrían ser simples casualidades.
– ¿Casualidades? -Sarah meneó la cabeza-. ¿No ve las coincidencias? ¿Los paralelismos entre Kamal y el Golem? En ambos casos se trata de dar vida a lo que parece sumido en lo inanimado.
– ¿Pretende decirme en serio que cree en esas cosas? -preguntó airado el abogado-. ¿En una figura de barro que cobra vida de manera misteriosa? ¿En profecías enigmáticas? ¿En un monstruo que vaga por la ciudad de los judíos? Usted es científica, ¡no lo olvide!
– No lo olvido, sir Jeffrey -afirmó Sarah-. Pero sé por experiencia que detrás de todas las leyendas se oculta un fondo de verdad.
– No pretendo cuestionar su experiencia. Pero sigo sin comprender cómo puede estar tan segura. ¿Está realmente dispuesta a creer en un mito de hace trescientos años? ¿O es su desesperación lo que la lleva a aferrarse a un clavo ardiendo?
Sarah le dedicó una mirada, larga y penetrante, al consejero real. Sabía que sir Jeffrey tenía buenas intenciones respecto a ella y que solo pretendía impedir que tomara una decisión que él consideraba equivocada. Pero el tono de voz y la elección de palabras la habían herido.
– Le agradezco la franqueza, sir Jeffrey -dijo, tensa-, y le aseguro que haría cualquier cosa por Kamal, aunque las perspectivas de éxito fueran mínimas. Sin embargo, en este caso no son ni mis creencias ni mi desesperación lo que me mueve a actuar.
– ¿No? Pero si acaba de decir que…
– Que viajaré a Praga, en efecto -confirmó-, pero no porque la fuerza del mito me arrastre hasta allí, sino porque estoy segura de que quieren que vaya. De no ser así, habrían asesinado a Kamal en vez de postrarlo en ese deplorable estado. Y las letras dibujadas en su frente habrían sido otras.
– ¿A qué se refiere?
– Si se elimina la primera letra de la palabra hebrea emet, queda la palabra met, que significa «muerte»… Así fue como el rabí Löw inutilizó al Golem cuando se convirtió en una amenaza.
– Así pues, ¿el escrito en su frente era una especie de mensaje? -preguntó el doctor Cranston.
– Efectivamente. Un llamamiento para ir a Praga y buscar allí la verdad, sea cual sea.
– ¿Y cómo encaja Laydon en ese rompecabezas?
– Después de lo que he averiguado, no creo que me ayudara por iniciativa propia; estoy convencida de que lo incitaron. La organización sabía que lo trasladarían a Bedlam y también sabía que yo me dirigiría a él en primer lugar. Por lo tanto, lo utilizaron para que llamara mi atención y me diera un primer indicio. El artículo del periódico fue el indicio número dos.
– ¿Me está diciendo que el artículo se publicó en el Times solo por ese motivo? -preguntó Cranston-. ¿Que la influencia de esa gente llega hasta tan lejos?
– No me atrevo a juzgar hasta dónde alcanza realmente -contestó Sarah-. Pero ha quedado demostrado en diversas ocasiones que la organización dispone de un gran poder. Y si algo aprendí en La Sombra de Thot es que son capaces de cualquier cosa.
– Empiezo a comprender. -La conclusión de que la hija de Gardiner Kincaid no había sucumbido a una extraña quimera, sino que seguía siendo dueña de su juicio y su razón, tranquilizó visiblemente a sir Jeffrey-. Sin embargo, debería tener en cuenta una cosa, Sarah.
– ¿Cuál?
– Si toda esa información ha sido divulgada únicamente con el objetivo de atraerla a usted a Praga, debería considerar que este juego infame es una trampa. Después de todo lo ocurrido, la organización no tiene ningún motivo para tener buenas intenciones con usted.
– Soy consciente de ello, sir Jeffrey. Pero no creo que nuestros enemigos pretendan vengarse de mí; si fuera así, Kamal estaría muerto y no habrían hecho semejante despliegue para engatusarme. Es evidente que quieren algo de mí y que Kamal es la prenda. Tengo muy claro que eso supone cierto peligro y, créame, nada me gustaría más que regresar con Kamal a Kincaid Manor y olvidar lo más deprisa posible esta pesadilla. Pero ese peligro es al mismo tiempo una posibilidad para Kamal; de hecho, es la única que tiene.
– Comprendo.
– Además -añadió Sarah en tono conciliador-, les llevo ventaja a mis enemigos.
– ¿Y eso por qué?
– La otra parte no sospecha que he descubierto sus planes. A diferencia del año pasado, estoy preparada y no pienso dejarme engatusar con los mismos trucos. Las pistas conducen a Praga.
– Si va, tendrá que hacerlo sola -dijo sir Jeffrey-. El viaje a Egipto puso en evidencia mis límites. Soy demasiado viejo para esas cosas…
– Lo comprendo -afirmó Sarah-. No se aflija, mi querido amigo. Usted ya me ha prestado más ayuda de la que jamás podré devolverle.
– Sin embargo, no debería viajar sola -objetó sir Jeffrey.
– No lo haré. Kamal me acompañará.
– ¿Qui… quiere llevárselo con usted? -gimió Cranston.
– Por supuesto. Si realmente existe un remedio, tiene que tomarlo de inmediato. Usted mismo dijo que el tiempo apremiaba.
– Pero un viaje de esas características está asociado a numerosos imprevistos y fatigas. Y para un paciente en el estado de Kamal, incluso el cambio más insignificante puede tener consecuencias fatales…
– Y si se queda aquí y no ocurre nada, morirá, ¿no es cierto? -lo interrumpió Sarah.
– Su… supongo -se vio obligado a admitir el médico.
– Entonces está decidido -replicó Sarah con dureza-. Sir Jeffrey, si es tan amable de ocuparse de que pongan a Kamal en libertad de inmediato.
– No le permitirán abandonar el país -dijo Cranston convencido-. Al fin y al cabo, sigue siendo sospechoso de dos asesinatos.
– El doctor tiene razón -secundó sir Jeffrey-. Por lo menos insistirán en que participe en el viaje un acompañante designado por la autoridad.
– Un guardián, ¿no? -preguntó Sarah con poco entusiasmo.
– Un observador -dijo Cranston, expresándolo de modo más neutral-. Además, estaría bien contar con un médico que se ocupara de Kamal y que, si se da el caso, pudiera hacer un seguimiento de su convalecencia y favorecerla.
– Seguramente tiene razón -admitió Sarah-, pero no creo que en tan poco tiempo…
– Yo estaría dispuesto -anunció Cranston inesperadamente.
– ¿Usted…?
– Si la justicia lo autoriza, la acompañaría en el viaje, lady Kincaid, tanto en calidad de observador oficial como en mi condición de médico.
– Una idea excelente -alabó sir Jeffrey-. Considerando la reputación intachable del doctor Cranston y su compromiso en Newgate, la justicia no podrá sino acceder a nuestra petición.
– Naturalmente, siempre y cuando usted también esté de acuerdo, lady Kincaid -dijo Cranston dirigiéndose a Sarah.
– Pues claro que estoy de acuerdo -aseguró Sarah, asombrada ante aquel feliz cambio de rumbo-. No sé cómo agradecerle su amable ofrecimiento…
– No hace falta que me agradezca nada, lady Kincaid -replicó Cranston galantemente y sonriendo con simpatía-. Siento la profunda necesidad de hacerlo y sería para mí un honor ayudarla en la búsqueda.
– En ese caso, le doy doblemente las gracias -contestó Sarah.
– Excelente, excelente -exclamó sir Jeffrey en tono triunfal-. Así pues, está todo claro. Lo único que necesita es a alguien de confianza en el continente para que organice los preparativos necesarios.
– Ya tengo a alguien en el punto de mira -aseguró Sarah-, y creo que se prestará encantado a ayudarme.
– ¿Cuándo piensa partir?
– Lo antes posible -respondió Sarah-. Cuanto antes empecemos la búsqueda de un remedio para Kamal, mejor.
– Tally-ho -dijo Cranston-. Es lo que se dice al salir de cacería y, si lo he entendido bien, estamos a punto de iniciar una, ¿tengo razón?
– Por supuesto, doctor -secundó Sarah, y en su semblante tenso se dibujó una sonrisa irónica-. Por supuesto…
Kincaid Manor, Yorkshire, noche del 2 de octubre de 1884
Un sonido estridente arrancó a Trevor Gordon del profundo sueño en que se hallaba sumido.
El viejo mayordomo, que estaba al servicio de la familia Kincaid desde hacía muchos años, asumía las funciones de administrador de la casa cuando la propietaria de la finca se encontraba en otro sitio.
Tenía que ocuparse de los ingresos y de los gastos, y de que las tierras rindieran beneficios también en ausencia de la dueña; incluso se encargaba de que la servidumbre, los mozos de cuadra y las sirvientas de la cocina hicieran su trabajo, cuidaran la propiedad y se ocuparan de los animales de las cuadras. También era el responsable de la seguridad de la finca mientras lady Kincaid se hallaba en la lejana Londres.
En noches anteriores, el peso de esa responsabilidad apenas había permitido pegar ojo al anciano. Sin embargo, esa noche, tal vez a causa de la luna nueva o del vaso de leche caliente que se había bebido antes de meterse en la cama, se había dormido profundamente. Hasta que el ruido mencionado lo arrancó de sus sueños de café caliente, galletas de manteca recién hechas y manzanas escarchadas.
El administrador se incorporó alarmado.
Lo primero que notó fue un crepitar y un chisporroteo frenéticos que parecían provenir del exterior. Al instante siguiente, su mirada, todavía ebria de sueño, abarcó las llamas rojizas que iluminaban la pared situada enfrente de su ventana.
¡Fuego!
Sintiendo una punzada dolorosa en el corazón, el administrador saltó de la cama. Envuelto en el camisón de lana que le llegaba hasta los tobillos, se precipitó hacia la ventana, corrió las cortinas y miró fuera. Entonces vio que los edificios anexos que albergaban las cuadras y los alojamientos de los labradores… ¡se estaban incendiando!
De las vigas de los tejados salían lenguas de fuego amarillas y el pajar de heno ardía en llamas. Lanzando una exclamación de espanto, Trevor se apartó de la ventana, abrió la puerta de su habitación y salió al pasillo tan deprisa como le permitieron sus huesos doloridos a causa del frío. Quiso gritar «¡Fuego! ¡Fuego!», pero el pánico hizo que le fallara la voz. Recorrió el pasillo a toda prisa, pasó de largo por la cocina y se dirigió al comedor, donde había un pequeño gong de latón con el que se solía llamar a los criados. Con manos temblorosas cogió la maza y martilleó el disco metálico, que produjo un sonido estridente. Y, finalmente, el viejo administrador consiguió recuperar la voz.
– ¡Fuego! -gritó tan fuerte que su voz ronca sonó aguda- ¡Fuego…!
Desde el ala este del edificio principal, donde se encontraban las habitaciones del servicio, le llegaron gritos de espanto. Oyó que se abrían puertas y resonaban pasos, y se apresuró a salir al exterior para organizar los trabajos de extinción. Había que formar una cadena de cubos para traer agua del pozo cercano. La ayuda llegaría demasiado tarde para las cuadras, pero había que hacer todo lo posible para evitar que las llamas se propagaran hacia la casa principal…
Llegó hasta el majestuoso vestíbulo, flanqueado por armaduras de hierro. A través de los ventanales que se alzaban en la pared de piedra a ambos lados de la puerta principal, divisó las cuadras ardiendo. Delante se veían las siluetas de unos hombres en las que Trevor creyó reconocer al cochero y a los mozos de cuadra. Por aquí y por allá corrían caballos sin montura; estaba claro que al menos habían conseguido salvarlos de las llamas.
El administrador se dispuso a abalanzarse hacia el exterior para ayudar. Pero entonces se percató de la presencia de dos jinetes que parecían llegar directamente del fuego. Los vio a contraluz a causa del brillo de las llamas, y solo pudo vislumbrar sus siluetas, pero distinguió los sables relucientes que resplandecían en sus manos y que golpeaban con ímpetu al cochero y a sus ayudantes. Abatieron a uno de los mozos y, sin perder tiempo, atravesaron a otro. El cochero seguía en pie, pero de pronto el acero de uno de los atacantes le seccionó la cabeza de los hombros. El cuerpo se desplomó con una lentitud escalofriante hacia delante y quedó inmóvil en el suelo… y Trevor se preguntó qué fauces siniestras e infernales habrían escupido a aquellos jinetes de fuego.
Retrocedió con los ojos muy abiertos, temblando enteramente y negándose a creer lo que había visto. De repente oyó ruido de objetos entrechocando y gritos de terror en la cocina.
Una voz aguda, en la que el administrador reconoció a Kelly, la criada irlandesa, gritaba suplicando piedad y, un instante después, enmudecía súbitamente. En el pasillo apareció de pronto un reguero sangre, que chorreó por el umbral de la puerta de la cocina y enseguida formó un charco.
– Dios -exclamó el viejo Trevor, y mientras rezaba por que el Señor le concediera un corazón templado y una mano aún más templada, se dirigió a la biblioteca, que se encontraba en la parte de atrás de la casa principal y sobre cuya chimenea estaba colgado el pesado rifle Martini Henry que había acompañado a Lord Kincaid en más de un viaje…
Firmemente decidido a defender tanto la posesión que le habían confiado como la vida de sus subordinados, Trevor recorrió el pasillo a toda prisa. Desde lejos reparó en que la puerta de la biblioteca estaba abierta de par en par, aunque él mismo solía ocuparse de que permaneciera siempre cerrada en ausencia de lady Kincaid. Habían forzado brutalmente la cerradura y habían arrancado la puerta de las bisagras. Alguien había conseguido entrar con extrema violencia, y el viejo Trevor ardía en deseos de enfrentarse a ese alguien y ajustarle las cuentas.
Pero no fue así.
El administrador cruzó rápidamente la puerta abierta. Notó el olor penetrante del petróleo y un instante después se vio enfrentado a una superioridad numérica aplastante. Eran cinco hombres, vestidos de negro de la cabeza a los pies, y embozados hasta los ojos con pañuelos negros. Unas miradas asesinas fulminaron a Trevor y volatilizaron toda su determinación.
Se quedó de una pieza, mirando fijamente a los encapuchados que estallaron en risas burlonas ante aquel viejo en camisa de dormir. De pronto, alguien encendió una cerilla y Trevor se vio obligado a presenciar aterrado cómo prendían fuego a la primera de las estanterías, repletas de libros hasta el techo alto. El fuego se inició con un estallido sordo, y el tesoro del saber que tanto estimaban lord Kincaid y su hija se convirtió en pasto de unas llamas azules y amarillas.
– ¡Noooo! -gritó el administrador.
Se le saltaron las lágrimas. Los encapuchados, en cambio, soltaron una carcajada y se dispusieron a prenderle fuego a la siguiente estantería. Abrieron otro bidón de petróleo, rociaron el contenido por encima de los libros… y una nueva cerilla convirtió en humo el saber de siglos.
– ¡Miserables, malditos…!
Apretando los puños huesudos, Trevor se dispuso a abalanzarse contra los asaltantes, a abrirse paso hasta la chimenea y el arma que estaba allí colgada… Sin embargo, un chasquido agudo y estridente paró en seco su acometida.
El viejo mayordomo se detuvo como fulminado por un rayo.
No sentía dolor, pero notaba que algo había cambiado. Lentamente, como si estuviera en trance, bajó la vista y vio que la blancura de su camisa de dormir se teñía de rojo a la altura del corazón. La sangre salía a borbotones de la herida que le había causado la bala de uno de los encapuchados.
Trevor levantó la vista. Escrutó los ojos fríos de su asesino, que todavía sostenía en la mano el revólver humeante. Luego se desplomó con un gemido ronco en los labios.
Tendido en su propia sangre, se dio la vuelta y contempló el techo alto de la sala, atenazado por la lumbre de la destrucción. Luego cayó la siguiente cerilla, y lo último que el mayordomo vio fueron las llamas cegadoras que se extendían sobre el, que devastaban la biblioteca y transformaban Kincaid Manor en un infierno en llamas.