Diario de viaje de Sarah Kincaid, 2 de octubre de 1884
Hemos salido de la ciudad al amanecer, la única hora del día en que Londres, ese Moloch ruidoso, humeante y maloliente por todos sus poros, parece contener el aliento unos instantes antes de ponerse de nuevo a gritar, a pisotear y a amenazar.
La solicitud de libertad provisional para Kamal fue presentada con gran premura y, tal como sir Jeffrey había supuesto, el tribunal la aceptó. Ello se debió sin lugar a dudas a las influencias de sir Jeffrey, que continúa gozando de gran prestigio entre los jueces de la Corte Suprema y que ha garantizado personalmente el regreso de Kamal, pero también al hecho de que Horace Cranston, un médico de reputación intachable, se declarara dispuesto a tomar parte en el viaje en calidad de observador oficial.
No ha habido tiempo para realizar cuidadosamente los preparativos. La decisión de volver a emprender un viaje me fue impuesta tan de repente como los sucesos que me han llevado a tomarla. Bastaba con empaquetar y adquirir las cosas más imprescindibles, entre ellas un Colt Frontier 1878, el modelo que usaba mi padre y que en viajes anteriores siempre fue un acompañante de confianza. Habida cuenta de las palabras de sir Jeffrey respecto a que Praga podría ser una trampa, quiero tener al menos la posibilidad de defenderme de posibles atacantes.
Sin embargo, creo que lo más importante es estar armada interiormente contra lo que pueda esperarme en la lejana Bohemia…
3 de octubre de 1884
Hemos cruzado el canal de la Mancha con tormenta y el mar encrespado. No me atrevo a imaginar lo que esas fatigas adicionales pueden significar para el pobre Kamal, y me aferró a la idea de que es la única manera de salvarlo. Además del agua hervida que intentamos hacerle beber continuamente, una vez al día le suministramos alimento con medios artificiales, mediante un procedimiento que me hace estremecer. Si no conociera la naturaleza robusta de Kamal y su férrea voluntad, tal vez ya habría abandonado y lo habría dejado descansar en paz en vez de someterlo a estos avatares. Pero, como hijo del desierto que es, conoce la lucha por la supervivencia y sé que hará todo lo posible por volver conmigo…
El criado de Cranston, que nos acompañó una parte del viaje por deseo de su señor, nos ha dejado en Dover. Igual que en anteriores viajes, renuncio a llevar servidumbre conmigo, aunque no sea lo más adecuado para alguien de mi sexo y mi condición social. A mí me enseñaron que la obligación suprema de un señor hacia sus sirvientes es cuidar de ellos y soy incapaz de poner en peligro imprudentemente la vida de ninguno de mis criados.
Desde Calais viajamos en tren hacia la frontera belga, cuyos bosques de abetos ya están cubiertos de nieve. Esperamos llegar a Bruselas cuando oscurezca y hoy mismo cogeremos el tren que nos llevará a Alemania.
4 de octubre
Lo que esperábamos no se ha cumplido. Después de que nos haya sorprendido una tormenta de nieve en las Ardenas y hayamos llegado a Bruselas bien entrada la noche, no nos ha quedado más remedio que pernoctar en la ciudad… No quiero imaginar las consecuencias que estas fatigas añadidas puedan tener para Kamal, y me alegro de tener conmigo al doctor Cranston, que se ocupa con todas sus fuerzas del bienestar del paciente.
Aunque el médico se esfuerza por ser un acompañante atento y por ocuparse de mi bienestar, no puedo evitar echar de menos con toda mi alma la compañía de Maurice du Gard, y las personas que oigo hablar en francés a mi alrededor no hacen más que aumentar mi melancolía. No dejo de prometerme que haré todo lo posible para que no me arrebaten a otro ser querido…
6 de octubre
Hemos llegado a la frontera alemana. Una vez más, agradezco a mi padre que me hiciera tomar clases de idiomas. Dominar la lengua alemana parece ser un requisito constante para cruzar en tren este país. Una cantidad increíble de pequeñas y pequeñísimas líneas ferroviarias forman una red confusa que, a mi entender, expresa la agitada historia de estas tierras que, después de siglos de división y de desgarro interno, se unificaron tan solo hace unos años, y eso también se logró mediante una guerra encarnizada y sangrienta.
Desde Colonia partimos hacia Coblenza. Un coche cama del ISG [3] que cubre ese trayecto nos ofrece un agradable confort que hasta ahora no habíamos hallado, y una vez más lamento no haber optado por el recorrido París-Viena, que ofrece muchísima mayor comodidad, pero para el que fue imposible conseguir pasajes en el último momento.
Desde Coblenza, el viaje continúa hacia Francfort, donde esperamos enlazar lo antes posible con un tren que se dirija hacia el este…
8 de octubre
Eisenach. Gotha. Erfurt. Jena.
Las ciudades impregnadas de cultura se alinean como perlas en el corazón del Imperio alemán y despiertan en mí recuerdos de viajes que emprendí en otra época con mi padre. Sin embargo, para reavivarlos me falta la calma, pues el destino de nuestro viaje se va acercando y confieso que noto una creciente inquietud.
El estado de Kamal no parece haber cambiado… ¿O quizá el doctor Cranston solo quiere tranquilizarme? A veces creo ver dudas en su semblante, pero no tengo valor para preguntarle. Mientras haya esperanza, querría aferrarme a ella, por muy pequeña que sea…
9 de octubre
En Leipzig hemos subido al tren expreso que nos llevará a Praga, vía Dresde. El paisaje que se ve desde las ventanillas de nuestro vagón ha cambiado y me da la impresión de que se ha tornado enigmático, casi lúgubre.
En esta época otoñal, por los extensos bosques parece haberse extendido una sombra, que se manifiesta en forma de nubarrones grises y niebla espesa. Solo de vez en cuando se distinguen huellas de civilización: granjas solitarias que se arriman a las colinas oscuras y, aquí y allá, las ruinas de castillos antes orgullosos que se elevan solitarias hacia el cielo encapotado.
No para de llover, y me da la impresión de que la tristeza del tiempo es un reflejo de mi interior. Paso las horas sentada junto a Kamal, cogiéndole la mano inerte y caliente, y secándole las perlas de sudor de la frente mientras oigo el traqueteo monótono del tren. Y aunque una parte de mí lo teme, estoy ansiosa por llegar a Praga y comenzar de una vez la búsqueda que ha de devolverme a mi amor…
Masarykovo Nádrazí, Praga, tarde del 9 de octubre de 1884
Como si se tratara de un ser vivo al que hubieran pasado factura las fatigas del largo camino, la locomotora de vapor negra dejó oír un bufido ronco al detenerse en la vía principal de la estación. El vapor brotaba silbando por las válvulas y se depositaba cual vaho blanco sobre el andén, donde al cabo de un instante se perfilaron numerosas siluetas: obreros del ferrocarril e interventores, portamaletas y guías turísticos, vendedores ambulantes y cocheros, niños con periódicos y limpiabotas, gente que esperaba a alguien y curiosos. Todos se apiñaban bajo la marquesina de cristal, sostenida por columnas de hierro del andén, donde resonó la voz fuerte del revisor anunciando la llegada del tren expreso.
Las puertas de los vagones se abrieron. Decenas de pasajeros se desparramaron por el andén y se mezclaron con los que allí esperaban, formando una multitud impenetrable. Algunos contrataban portamaletas y cocheros, o pedían a los empleados del ferrocarril información del lugar; otros tomaban el camino hacia la cantina, de donde llegaba un delicioso aroma a gulasch y a cerveza Pilsener que se mezclaba con el olor acre del vapor y el hollín. Entretanto, algunos muchachos se afanaban por ganarse las simpatías de los recién llegados y entusiasmarlos para que fueran a este o a aquel hotel.
Sarah Kincaid se encontraba en el andén, en medio de ese caos, buscando un rostro conocido en aquel mar de caras de alivio y de agotamiento, sonrientes y malhumoradas, hambrientas y hartas, sudorosas y heladas, silenciosas y vociferantes. En varias ocasiones la empujaron con brusquedad y otras tantas veces le pidieron disculpas no muy sentidas, hasta que el gentío se despejó por fin en el andén y pudo distinguir un semblante que le resultaba conocido y familiar.
Pertenecía a un hombre que no tenía muchos más años que ella, pero parecía muy serio y solemne, lo cual podía deberse, por un lado, a su manera formal de vestir, con abrigo y sombrero de copa, y, por otro, a las gafas de montura de níquel que se apoyaban en su nariz y le prestaban cierto aspecto de sabelotodo. El tiempo que había transcurrido desde la última vez que se vieron lo había fortalecido un poco, según lo recordaba Sarah, pero su cabello negro y rizado continuaba revuelto como si se resistiera deliberadamente a la doma por parte de cualquier peine o cepillo.
Si unos años atrás alguien le hubiera dicho que algún día se alegraría de ver a ese hombre y daría gracias por ello, se habría echado a reír con sarcasmo. Pero desde entonces habían cambiado muchas cosas y el hecho de que realmente se encontrara en el andén para recogerla a la hora que le había comunicado telegráficamente suponía una prueba más de que Friedrich Hingis ya no era un rival, sino un estimado amigo.
Aliviada, Sarah le hizo señas y cuando el suizo se percató se acercó a ella deprisa con una amplia sonrisa de alegría en el semblante por el reencuentro. Saltaba a la vista que la mano que asomaba por la manga izquierda de su abrigo estaba especialmente rígida y, a diferencia de la derecha, iba cubierta con un guante de cuero negro: el triste recuerdo de los momentos más oscuros en la vida de Friedrich Hingis.
– Friedrich -dijo Sarah mientras se cogían de las manos y se saludaban-. Ha venido.
– Por supuesto, mi querida amiga, ¿qué esperaba?
– ¿Cuánto tiempo ha pasado?
– Dos años y cuatro meses. -La respuesta fue como un pistoletazo-. Sin embargo, tengo la sensación de que nuestra aventura no ha acabado hasta ahora.
– A mí me ocurre lo mismo, amigo mío -replicó Sarah, y a pesar de la tensión que acumulaba, la leve sonrisa que se deslizó por su semblante no fue forzada-. Pero han ocurrido tantas cosas desde Alejandría.
– Lo sé. -Hingis adoptó un ademán serio-. Me enteré de lo de Du Gard. Lo siento muchísimo…
– Gracias. Aprecio sus condolencias.
– Aunque durante mucho tiempo él y yo no estuvimos de acuerdo, fue un camarada fiel… y un buen amigo.
– Lo fue -confirmó Sarah, que no pudo evitar que una tristeza taciturna la embargara por un instante. Sin embargo, volvió a pensar en el presente y se concienció de que no estaba en absoluto sola-. Disculpen, soy una maleducada -dijo, y se dio la vuelta para dirigirse a Cranston que, educadamente, se había quedado unos pasos atrás y esperaba ser presentado-. Friedrich, el doctor Horace Cranston, del hospital Saint Mary of Bethlehem, que ha tenido la amabilidad de acompañarme en este viaje. Doctor, este es el señor Friedrich Hingis, doctor por la Universidad de Ginebra, un buen y estimado amigo.
– Encantado, señor Hingis.
– Es un placer conocerlo, doctor Cranston.
– El señor Hingis y mi padre fueron rivales acérrimos, enemigos en disputas académicas -explicó Sarah-. Pero luego…
– … llegué a la conclusión de que yo era un ignorante pagado de sí mismo -prosiguió Hingis en tono distendido-. Por desgracia, pagué ese conocimiento con la pérdida de la mano izquierda.
Lo dijo sin amargura, y Sarah no podía ni imaginar que tiempo atrás hubiera despreciado con toda su alma y más que a nadie al erudito que se había encontrado a sí mismo en las profundidades de Alejandría. En el primer telegrama que Sarah le había enviado desde Londres, solo le pedía que efectuara algunos preparativos para ella en el continente. El hecho de que Hingis se hubiera empeñado en ir a Praga para ayudarla in situ en su búsqueda demostraba una vez más cuánto había cambiado. La intrigante rata de biblioteca se había convertido en un hombre de honor…
– No sé cómo darle las gracias, Friedrich. Cuando leí en su telegrama de respuesta que vendría personalmente a Praga no podía creerlo.
– Para mí es un placer -aseguró el suizo-. Además, era una buena ocasión para escapar una vez más de los muros del campus.
– Increíble. -Sarah volvió a sonreír-. Esas palabras en su boca…
– Cuando me enteré del motivo de su viaje, ninguna fuerza terrenal podría haberme impedido venir aquí y ayudarla, querida amiga. Lamento mucho lo ocurrido y espero que encontremos la medicina.
– Yo también lo espero, Friedrich -convino Sarah-, pero sería una mala amiga si le ocultara que puede ser peligroso.
– ¿Peligroso? -Hingis arrugó la nariz, señal de que se había puesto nervioso.
– En efecto, porque tengo motivos más que suficientes para suponer que la gente que ordenó envenenar a Kamal es la misma que asesinó a mi padre…
– Bromea…
– No suelo bromear con esas cosas -aseguró Sarah con voz seria y firme-. Al parecer, aquel poder misterioso al que nos enfrentamos en Alejandría ha regresado.
– Bueno -replicó Hingis, que solo necesitó unos instantes para superar la sorpresa-, entonces es lógico que volvamos a encontrarnos, ¿no? Además -añadió en un tono más ligero-, será una buena ocasión para refrescar viejos recuerdos.
– Sí -contestó la joven sonriendo débilmente-. Viejos recuerdos…
Sarah volvió la cabeza hacia el vagón de tren, donde los portamaletas ya se ocupaban de descargar tanto su equipaje como el del doctor Cranston. A continuación, bajaron la litera en la que Kamal yacía inconsciente y atado. Sarah se cuidó de que los hombres procedieran con el máximo cuidado y no chocaran en ningún sitio.
– Delante de la estación nos espera un vehículo adecuado para transportarlo -explicó Hingis, esforzándose a todas lucespor no dejar que se le notara cuánto lo consternaba el estado de Kamal-. Me he permitido solicitar ayuda a los militares y les he pedido una ambulancia de campaña.
– ¿A los militares? -preguntó Sarah con asombro-. ¿Tiene contactos aquí?
– Personalmente, no -respondió el suizo con picardía-. A veces basta con conocer a gente con contactos.
Dejaron el andén y entraron en el amplio vestíbulo de la estación, plagado de puestos y quioscos de periódicos. Sarah no pudo evitar pensar en Londres, ya que los vendedores de pastelillos, las floristas y los limpiabotas no se diferenciaban en nada de los que andaban en busca de clientes por la estación de King's Cross. Y allí, igual que en Londres, también parecía haber personajes sospechosos que se agazapaban en rincones oscuros y se ganaban la vida despojando literalmente de sus bienes a los demás.
A Sarah le hizo gracia ver que, sin que fuera necesario, sus acompañantes masculinos asumían el papel de protectores y se apostaban a su lado como una Guardia de Corps. Protegida de esa manera, cruzó el vestíbulo y salió por unas enormes puertas de madera al exterior, donde había muchísimos carruajes y coches de plaza a la espera de clientes, y también la ambulancia de campaña.
El doctor Cranston controló que cargaran correctamente la litera e insistió en permanecer junto al paciente durante el viaje. Puesto que el carro no ofrecía sitio para nadie más, a Sarah no le quedó más remedio que subir al coche tirado por un solo caballo que Hingis había alquilado. El vehículo era parecido a un Hansom cab inglés, lo cual significaba que el pescante del cochero estaba detrás de los pasajeros y que estos tenían visión directa sobre las calles y el entorno.
Hingis indicó en alemán al cochero que fuera despacio para que la ambulancia de campaña pudiera seguir al carruaje, mucho más ágil y veloz. Este se puso en marcha y giró hacia la calle ancha que conducía hacia la ciudad.
– ¿Había estado alguna vez en Praga? -preguntó Hingis a Sarah.
– No, nunca.
– No sabe lo que se ha perdido. Es una de las ciudades más bellas del mundo.
– ¿Lo dice por experiencia?
– Ya lo creo. ¿Nunca le he explicado que estuve unos cuantos años en Praga estudiando Historia?
Sarah meneó la cabeza.
– No, que yo recuerde…
– No le habría ofrecido mi apoyo si no hubiera estado convencido de que realmente podía ayudarla, Sarah -aseguró Hingis, levantando su remedo de mano izquierda-. Al fin y al cabo, con esto suelo ser más un estorbo que una ayuda. Pero puedo afirmar que conozco esta ciudad mejor que algunos praguenses y me he permitido realizar algunos preparativos.
– Y yo le estoy muy agradecida por ello -afirmó Sarah-. ¿En qué hotel nos alojaremos?
– Nada de hoteles -rehusó el suizo-. Tendrá usted el honor de alojarse en la mansión de la condesa de Czerny como invitada.
– ¿La condesa de Czerny?
– Una mecenas de la cultura y la ciencia conocida en toda la ciudad, que me fue recomendada a través de uno de mis contactos -explicó el suizo-. Su marido, que murió hace unos años, fue profesor mío en la Universidad de Praga. Y, si me permite la observación, la condesa se parece a usted en algunos aspectos.
– ¿Se parece a mí? -Sarah enarcó las cejas-. ¿Cómo debo interpretarlo?
– Espere y verá, amiga mía. Espere y verá…
Diario de viaje de Sarah Kincaid, anotación posterior
Debo confesar que la observación de Friedrich Hingis despertó mi curiosidad. ¿A qué se refería nuestro amigo suizo cuando dijo que la condesa se parecía a mí en algunos aspectos?
¿La observación apuntaba a los rasgos físicos? ¿O tal vez, después de tantos años afirmándome en una disciplina científica dominada por los hombres, en ese viaje encontraría a una correligionaria? ¿A una mujer que, como yo, se había consagrado a la investigación del pasado y no se sometía a las limitaciones que la sociedad pretendía imponer a las personas de nuestro sexo?
Me sorprendí pensando que me gustaba la idea y confieso que le presté más atención de lo debido teniendo en cuenta la situación. Mi amor se encontraba en peligro de muerte y yo no tenía derecho a ensimismarme en mi propio bienestar ni en cosas que me resultaran gratas. Aun así, me sentía impaciente por conocer a nuestra anfitriona…
El carruaje ligero, tirado por un solo caballo, se dirigió hacia la ciudad, cuyas altas cúpulas y torres, dotadas de incontables saledizos y agujas, se perfilaban en el horizonte rojizo, acompañadas por miríadas de finas columnas de humo que ascendían por el cielo crepuscular y se diluían en él tiñéndose de violeta y azul. Se abrieron claros entre las nubes, como si el sol quisiera dar la bienvenida con sus últimos rayos a los recién llegados. El astro rey sumergía los tejados y las torres en la luz dorada que había dado su sobrenombre a la ciudad situada a orillas del Moldava.
El camino que seguía el carruaje pasaba junto a la Corte Real y cruzaba la aledaña torre de la Pólvora, cuya decoración gótica brillaba con nuevo esplendor después de que, según explicó Hingis, la hubieran restaurado hacía unos años. A continuación se abría una calle ancha y espléndida, que no tenía nada que envidiar al Malí de Londres: grandes mansiones y palacios con altos ventanales y muchos ornamentos, las fachadas barrocas alternaban con casas de entramado de madera de aspecto medieval, que proclamaban la larga historia de tradiciones de la ciudad. Al final, la calle desembocaba en una plaza amplia, dominada por una gran torre cuadrangular, en cuyos ángulos se elevaban otras cuatro torres pequeñas hacia el cielo. Por la plaza transitaban personas, carruajes e incluso un tranvía tirado por caballos, y semejante ajetreo volvió a recordarle a Sarah la capital del Imperio británico.
– La plaza Mayor de la Ciudad Vieja -comentó Hingis, que realmente parecía estar muy versado y adoptaba de buena gana el papel de cicerone-. Ese impresionante edificio de la derecha es la iglesia de Nuestra Señora de Tyn, debajo de esas torres puntiagudas están enterrados los restos mortales de Tycho Brahe, el célebre astrónomo danés. Y aquella torre que abarca en gran medida la plaza es la del Ayuntamiento de la Ciudad Vieja.
– ¿Y aquel extraño artefacto? -preguntó Sarah cuando el carruaje pasó por la cara sur del edificio, que presentaba una curiosa mezcla de ornamentos italianos y góticos.
– El reloj del Ayuntamiento -explicó Hingis señalando el extraño dispositivo, compuesto por diversos círculos excéntricos y decorado con cifras doradas, cuerpos celestes y signos del zodíaco-. Cuentan que lo construyó en el año 1490 un relojero llamado Hanus y que luego los concejales de la ciudad lo dejaron ciego para impedir que jamás volviera a construir una obra maestra similar.
– ¿En serio? -preguntó Sarah, y no pudo reprimir un escalofrío, que también podía deberse al viento frío que soplaba entre las casas.
La joven levantó la vista hacia la impresionante fachada y se asustó al ver que un esqueleto situado sobre un saledizo, a la derecha de la enorme esfera, ¡se movía! Con una de sus manos huesudas tiraba de una cuerda y, con la otra, levantaba un reloj de arena y le daba la vuelta. A una hora más temprana, el espectáculo, que se ejecutaba cada hora desde que el relojero Jan Táborks había renovado el mecanismo en 1572, habría provocado admiración en Sarah. Sin embargo, en aquel momento, iluminado como estaba por la claridad postrera del día y la luz mortecina de los faroles de gas que se habían encendido a lo largo de la calle, y cubierto por la niebla que se levantaba desde el río cercano, le pareció un mal presagio, lúgubre y siniestro.
– ¿Le ocurre algo? -preguntó Hingis mientras las campanas comenzaban a sonar en la torre y recibían por respuesta las campanadas de las iglesias circundantes, con lo cual el sonido pareció repetirse como un eco por todas partes-. ¿Va todo bien?
– Por supuesto -replicó Sarah, estremeciéndose de nuevo-. Todo va bien, amigo mío…
El carruaje dejó atrás la plaza y giró por la calle de Carlos: un paseo flanqueado por majestuosos edificios de viviendas y de oficinas que, contradiciendo su modesto nombre, parecía ser la avenida principal de la Ciudad Vieja. Jinetes, carros y carruajes se apiñaban todavía a esas horas sobre el pavimento y, a pesar del frío y de la niebla, las aceras estaban llenas de transeúntes.
– Aquel impresionante edificio -explicó Hingis señalando a la derecha, donde se alzaba una iglesia en medio de una fachada románica-, es el Clementinum. Fue fundado por los jesuitas, pero actualmente alberga parte de la Universidad de Praga y también su extensa biblioteca. Puedo afirmar que ahí pasé ratos de una gran iluminación.
A pesar de la tensión interior que sentía, Sarah no pudo evitar una sonrisa. Tener de guía turístico a Friedrich Hingis, que antes fue un erudito reservado que solo pensaba en su carrera, no era algo habitual y mostraba una cara totalmente nueva de él. Sarah nunca había visto al suizo tan romántico y soñador, con una manifiesta tendencia al sentimentalismo. Deseaba de todo corazón compartir sus sensaciones, pero no dejaba de tener la impresión de que aquella ciudad era amenazadora a pesar de toda su opulencia y de su glorioso pasado.
Volvió instintivamente la cabeza para mirar la ambulancia de campaña. En medio de la confusión que imperaba en la calle de Carlos, el carruaje tirado por dos caballos había quedado un poco atrás, pero Sarah pudo distinguir claramente el vehículo de caja alta. Más tranquila, volvió la vista hacia delante y vio otro edificio con una torre alta perfilarse en la oscuridad que caía y en la niebla, cada vez más espesa. En ella se abría una enorme puerta que parecía engullir la calle como las fauces de una bestia voraz; detrás, en la amenazadora negrura, se distinguían las formas arqueadas de un puente flanqueado por esculturas de piedra y farolas de gas.
– El puente de Carlos -explicó Hingis-. La primera piedra se colocó en el año 1357 y, desde entonces, se extiende sobre el río con una longitud de más de 500 metros. Hasta finales del siglo pasado, el puente de Carlos era la única posibilidad de cruzar el Moldava sin necesidad de recurrir a un trasbordador. Se dice que el mortero con que se construyó el puente está compuesto por una mezcla secreta, entre cuyos ingredientes principales, ver para creer, había huevos crudos. Increíble, ¿verdad?
Sarah ya no escuchaba.
Cuando el carruaje cruzó la puerta y entró en el puente, que estaba flanqueado por estatuas de santos talladas en piedra, tuvo la sensación de adentrarse en un reino desconocido, en el futuro que, como Shakespeare habría expresado, se alzaba ante ella como tierras lejanas aún por descubrir.
Con la mirada clavada al otro lado del río, donde podía distinguirse vagamente la silueta del Castillo de Praga y los edificios del barrio de Mala Strana que parecían crecer a sus pies, Sarah se preguntó qué la esperaría allí… y, por un breve instante, la embargaron las dudas sobre su misión.
¿Y si sir Jeffrey tenía razón? ¿Y si sus enemigos invisibles le habían tendido una trampa hacia la que ahora avanzaba a ciegas? ¿Actuaba realmente solo por el bienestar de Kamal? ¿O habían sido la curiosidad y la vanidad lo que la había empujado hasta allí?
Las dudas duraron el tiempo que el carruaje tardó en cruzar el río. Cuando la torre del otro extremo del puente apareció a la vista y el carruaje franqueó la puerta, la razón se impuso a los miedos irracionales y, poco después, Sarah se preguntaba qué le había ocurrido. Durante unos instantes había tenido la sensación de que cruzar el puente lo cambiaba todo, como si las aguas que rumoreaban perezosas y oscuras por debajo de aquel puente fueran las del legendario río Estigia y no existiera ninguna posibilidad de retorno…
A Hingis no le pasó por alto el ánimo sombrío que embargaba a su amiga.
– Ya falta poco -dijo, intentando animarla mientras el carruaje pasaba de nuevo por delante de edificios barrocos y construcciones medievales cuyas fachadas estaban provistas de escudos de armas y emblemas de gremios.
La calle, bordeada por faroles de gas, subía empinada por la ladera, y el carruaje aminoró la marcha. En un momento dado, Hingis indicó al cochero que girara a la izquierda y se detuviera poco después.
– El palacio Czerny -anunció con orgullo-, el final del trayecto.
Sarah esperó a que el cochero bajara y pudiera ayudarla a salir del vehículo. Luego miró la imponente mansión, cuya fachada rebosaba de suntuosidad barroca y cuyos ventanales, tan altos como estrechos, estaban tapados con cortinajes. Encima del amplio portal había un escudo de armas que mostraba un paladín medieval a lomos de un caballo y con armadura negra.
– Estoy impresionada -tuvo que admitir Sarah.
– Espere a verlo por dentro -replicó Hingis sonriendo-. La familia Czerny es conocida en gran medida por su colección privada de arte.
Antes de que Sarah pudiera contestar, se abrió un ala de la puerta de entrada y salió un hombre delgado con un aspecto que podría calificarse, en el buen sentido de la palabra, de chapado a la antigua. Llevaba el cabello peinado hacia atrás y recogido en una pequeña trenza en la nuca, y vestía una librea de color verde oscuro y pantalón hasta la rodilla al estilo bohemio. Por lo visto, pensó Sarah, la condesa Czerny concede valor a las tradiciones…
– Buenas noches -dijo el criado en buen inglés, solo con un leve acento eslavo-. Bienvenida a Praga, lady Kincaid. Espero que haya tenido un viaje agradable.
– Gracias -replicó Sarah, inclinando ligeramente la cabeza: no estaba familiarizada con las costumbres continentales, pero ningún criado inglés, aunque se tratara de un mayordomo, habría esperado recibir una respuesta más detallada.
– Me llamo Antonín -se presentó el hombre con la librea-. Si hace el favor de seguirme. La condesa la está esperando.
– Por supuesto -contestó Sarah, que no quería parecer maleducada, pero echó una mirada calle abajo para interesarse por la ambulancia de campaña.
– Le aseguro que nos ocuparemos del equipaje -prometió el criado, dando a entender que no estaba informado de la naturaleza del viaje de Sarah. Por lo visto, la discreción también era una cualidad de la condesa.
Sarah dedicó una mirada interrogativa a Hingis, cosechó una sonrisa de ánimo y decidió aceptar la invitación. Subió los empinados escalones del portal, cruzó la alta puerta y entró en el vestíbulo bien iluminado, de cuyo techo colgaba una lámpara de araña deslumbrante. A diferencia del vestíbulo de Kincaid Manor, que tenía un aire gótico que a Sarah le resultaba familiar pero que debería de parecer oscuro y sombrío a las visitas desprevenidas, las paredes estaban sumergidas en un blanco radiante y el techo estaba revestido con un estuco fastuoso. La sala estaba decorada con cuadros de marcos dorados, en los que predominaban los colores cálidos y oscuros y que mostraban escenas de la historia de Praga.
Dos criadas se apresuraron en ayudar a Sarah y a Hingis a quitarse los sombreros y los abrigos. Después, Antonín los guió hasta el primer piso por una escalinata ancha y empinada. Un pasillo corto conducía a un salón espacioso, cuyas dimensiones y suntuosidad barroca dejaron de nuevo profundamente impresionada a Sarah. Unas arañas de gas proporcionaban una luz clara, y el olor penetrante de la cera para pulir el suelo colmaba el aire.
Los altos ventanales estaban tapados con terciopelo oscuro; las paredes frontales del salón estaban adornadas con tapices enormes que mostraban escenas de una batalla de la guerra de los Treinta Años. Unos rosetones de estuco embellecían el techo y el parquet estaba pulido a la perfección. El único mobiliario lo formaban una mesa alargada con sillas forradas de terciopelo y una estufa de hierro que desprendía un agradable calor. Delante había una mujer de pie que tendría la misma edad que Sarah y que a esta, curiosamente, le pareció extraña y familiar a la vez.
Tanto su figura esbelta y erguida como su porte orgulloso, su semblante pálido y sus pómulos marcados revelaban nobleza. El rostro, alargado y enmarcado entre cabellos rubios rojizos, era de una belleza extraña y distante. Unos labios finos formaban una boca pequeña, debajo de la cual se extendía una barbilla que reflejaba determinación. Tenía la nariz fina y quizá un poco demasiado larga, pero los ojos, brillantes y de un enigmático color verde esmeralda, borraban ese insignificante defecto. A diferencia de Sarah, que iba vestida con ropa oscura y sencilla, práctica para viajar, aquella mujer llevaba un vestido de seda con encajes, de un color beige que hacía que su rostro pareciera aún más pálido y noble, y con un gran cuello y falda abombada que casi causaban la impresión de realeza. Eso y el hecho de que llevara joyas ostentosas de oro indicaba claramente que concedía más importancia a aquel encuentro de la que Sarah había considerado hasta ese momento.
– La condesa de Czerny -anunció Antonín innecesariamente.
Acto seguido, Hingis hizo una profunda reverencia y Sarah, en reconocimiento al título nobiliario más alto y antiguo de la condesa, inclinó la cabeza e hizo una ligera genuflexión.
– Lady Kincaid -dijo la condesa mientras se le acercaba extendiendo las manos para saludarla. En Inglaterra, ese gesto se consideraba un signo de gran confianza y, aunque Sarah no sabía qué significaba en aquel lugar, se sintió aliviada al ver que su anfitriona parecía conceder tan poca importancia como ella a la etiqueta-. Es un placer darle la bienvenida a mi casa.
La condesa había hablado en alemán, con un marcado acento eslavo. Puesto que Sarah no dominaba el checo, el alemán parecía ser la lengua de entendimiento común.
– Se lo agradezco, condesa -replicó por tanto en alemán, mientras ambas se estrechaban las manos y se miraban a los ojos. Una vez más, Sarah tuvo la sensación de vislumbrar en ella algo muy familiar, aunque estaba segura de que nunca había visto a la condesa antes. ¿Se refería a eso Hingis al hablar del parecido entre las dos?-. Aunque no sé a qué debo el inesperado honor de ser acogida como huésped en su casa -añadió Sarah educadamente.
– Es usted demasiado modesta -contestó la condesa sonriendo-. Su fama la precede, querida, y eso desde antes de que nuestro amigo suizo -añadió saludando a Hingis con un amable movimiento de cabeza, a lo que él contestó con una nueva reverencia- viniera a hablar conmigo en su nombre. Mi difunto esposo seguía con mucho interés los trabajos de su padre. Y, por lo que he oído, usted sigue sus pasos.
– En cierto modo, sí -confirmó Sarah-. Aunque no de manera tan voluntaria como me gustaría.
– Estoy enterada del terrible asunto -replicó la condesa-, y le aseguro que haré todo lo posible por ayudarla a que su estancia en Praga sea un éxito.
– Se lo agradezco, condesa. Es usted muy amable.
– Por favor. No sé qué pensará usted, pero cuando el señor Hingis me contó el apuro en que se encuentra, tomé la firme decisión de ayudarla puesto que, en cierto modo, somos hermanas.
– ¿Hermanas?
– Hijas de los mismos padres, que no son otros que el ansia de saber y el luto -explicó la condesa-. Yo también he perdido a un ser querido, que para mí significaba más que nada en el mundo y que solo me legó dos cosas: su pasión por el pasado y las herramientas para tratarlo. ¡Mire a su alrededor! Los pasillos y las salas de este palacio están repletos de reliquias de la historia que reunió mi esposo. Cuando me dejó, no pude sino continuar su trabajo, siguiendo sus objetivos, y dedicarme al estudio del pasado.
– ¿Es… es usted arqueóloga? -preguntó Sarah albergando ciertas dudas.
– ¡Querida! Cuánto me gustaría responder afirmativamente a esa pregunta, pero, a diferencia de usted, a mí no se me ha concedido la posibilidad de superar los límites marcados por mi procedencia y de viajar a tierras lejanas en compañía de un hombre que fuera para mí padre y maestro a un tiempo. Así pues, por desgracia solo me queda el estudio de los libros. Sin embargo, en ellos también he hallado consuelo y esperanza, no sé si me entiende.
– Creo que sí -afirmó Sarah.
– La familia Czerny -explicó la condesa sin que nadie se lo pidiera- es una de las más antiguas y con mayor tradición nobiliaria de Praga. Mis antepasados estuvieron presentes cuando la ciudad recibió los fueros en el año 1257; también cuando se fundó la universidad y el emperador hizo su entrada en el Castillo; estuvieron cuando quemaron ajan Hus por hereje y tuvieron que presenciar cómo sus seguidores hundían el reino en una guerra cruenta; vivieron la época de esplendor del reinado de Rodolfo II y vieron cómo Bohemia perdía la libertad en la batalla de la Montaña Blanca, luchando contra sajones y franceses. Pero todo eso me resulta insignificante desde que mi esposo no se encuentra entre los vivos. Me dejan disfrutar de títulos y propiedades, pero, a diferencia de los años en que mi marido enseñaba en la universidad, no toleran mi presencia en ella. Han quedado olvidados los generosos donativos que mi familia entregó al Consejo Científico, se acabaron los tiempos en que alababan a Ludmilla de Czerny por su inteligencia y su erudición -añadió asqueada-. Ahora, a esos intrigantes tiralevitas solo les interesa saber cuándo volveré a casarme y quién heredará algún día todo esto. Puesto que no nos fue dado tener hijos, el terreno está abonado para todo tipo de especulaciones, como bien podrá imaginarse.
– Ya lo creo que puedo -afirmó Sarah, sorprendida no solo por la franqueza de su anfitriona, sino también por su valor, y empezó a entender a qué parecido se refería Friedrich Hingis.
Igual que ella misma, Ludmilla de Czerny parecía una mujer con un interés por el mundo mucho mayor y más amplio de lo que la sociedad quería permitirle. Si bien su posición social y sus propiedades le brindaban ciertas posibilidades, parecía estar muy lejos de encontrar el reconocimiento público. Realmente, aquella injusticia las convertía en cierto modo en hermanas, pero sobre todo en aliadas, y Sarah admitió que se reconocía un poco en aquella mujer. La comprendía como si las uniera una amistad de hacía años, y eso que acababan de conocerse…
– ¿Me permite invitarla a una taza de té? -preguntó la condesa señalando la mesa, donde habían un servicio de plata-. Soy consciente -prosiguió en tono de disculpa- de que ya es muy tarde para las costumbres británicas. Pero, desgraciadamente, como no sabía la hora exacta de su llegada, no me ha sido posible ordenar a tiempo que prepararan la cena…
– Es usted muy amable -contestó Sarah sonriendo-. Una taza de té me iría de maravilla.
– Siéntense -invitó la condesa a Sarah y a Hingis, mientras Antonín hacía señas a dos criados para que les llevaran té recién hecho y se lo sirvieran.
Cuando empezaron a beber, a Sarah le llamó la atención la joya que la condesa lucía en el dedo índice de la mano derecha. Era un anillo dorado con un sello ovalado que mostraba un motivo nada común. Un obelisco egipcio.
Teniendo en cuenta la marcada tendencia por las joyas extravagantes que podía apreciarse en la condesa, el anillo no habría llamado la atención a un observador atento. Pero Sarah recordó que ya había visto una joya como aquella… en la mano del hombre que algún día heredaría la corona británica…
– Veo que admira mi anillo -dijo la condesa, a quien no pasó desapercibida la mirada curiosa de Sarah-. ¿A usted también le gustan estos chismes?
– A decir verdad, no -replicó Sarah-. Nunca he sabido que hacer con ellas. Siempre he preferido un libro interesante al oro y las alhajas…
– Bueno, hemos encontrado algo que nos diferencia -comentó la condesa con una sonrisa comedida.
– … Sin embargo -prosiguió Sarah, imperturbable-, creo que esa alhaja es especial.
– ¿Esta alhaja? -La condesa posó una mirada de desdén en su mano derecha-. No, que yo sepa. Encontré este anillo en el legado de mi esposo y, si he de serle sincera, lo he escogido por motivos sentimentales.
– Comprendo -se limitó a decir Sarah.
– Los recuerdos son algo curioso, ¿no es cierto? -añadió la condesa-. Unos días pueden procurar consuelo y la esperanza de un futuro mejor, y otros nos precipitan a abismos que ni siquiera sospechábamos.
– Cierto -afirmó Sarah-. El anillo representa un obelisco, ¿verdad?
– En efecto. El antiguo Egipto y sus secretos siempre me han fascinado.
– Igual que a mí -afirmó Sarah.
– Sin embargo, si he entendido bien al señor Hingis, no ha viajado usted a Praga debido a su interés por la arqueología. Sobre todo teniendo en cuenta que hay lugares seguramente más apropiados…
– Eso también es cierto -admitió Sarah-. He venido a Praga porque tengo motivos para suponer que aquí, y solo aquí, podré obtener cierta información.
– ¿Y de qué información se trata, si me permite la pregunta? Naturalmente, no querría parecerle indiscreta, pero si tengo que ayudarla me sería muy útil saber exactamente qué busca. El señor Hingis solo aludió a una medicina para su esposo enfermo…
– No estamos casados -explicó Sarah, y le dedicó una mirada divertida a su acompañante: era evidente que Hingis había considerado necesario encubrir un poco la chocante verdad. Sin embargo, después de que la condesa Czerny se hubiera mostrado tan abierta y sincera con ella, Sarah no vio motivos para continuar manteniendo esa táctica-. Kamal es el hombre al que amo y al que no querría perder en ningún caso.
– Tiene usted toda mi comprensión y mi entera simpatía -aseguró la condesa-. Pero ¿qué espera encontrar exactamente en nuestra ciudad?
Sarah tomó pensativa un sorbo de té.
– Si pudiera contestar a su pregunta, condesa, ya habría hecho un gran progreso. En lo que respecta al objetivo exacto de mi viaje, de momento aún ando a ciegas.
– Así pues, ¿no sabe lo que busca?
– Sinceramente, no.
– ¿Y aun así ha emprendido un viaje hasta tan lejos? ¿Ha sometido a su amado enfermo a las fatigas de un trayecto tan largo?
– Sé que tiene que parecer sumamente insólito -reconoció Sarah-, y no le reprocharé que me tome por loca. Pero le aseguro que mi presencia en esta ciudad se debe a motivos fundados.
– No tengo por qué dudar de su palabra, querida amiga -replicó la condesa sin vacilar-. Usted dígame dónde quiere empezar la búsqueda y yo me ocuparé de que disponga de toda la ayuda imaginable.
– En el barrio judío -dijo Sarah abiertamente.
– ¿En el…? -El semblante pálido de la condesa se desfiguró y dio la impresión de que no quería pronunciar el nombre-. ¿Qué piensa hacer en ese terrible lugar?
A diferencia de Sarah, que no conseguía explicarse la reacción negativa de la condesa, Hingis parecía conocer los motivos.
– Ha oído bien, condesa -intervino Hingis-, y puedo asegurarle que he intentado convencer a lady Kincaid de que abandonara ese proyecto. Pero está convencida de que allí podrá encontrar los indicios ocultos por los que ha venido a Praga.
– De acuerdo. -Ludmilla de Czerny parecía un poco más tranquila-. En ese caso, probablemente no tenemos otra elección…
– ¿Por qué? -preguntó Sarah con ingenuidad-. ¿Qué tiene de malo ese lugar?
– Josefov -explicó la condesa lúgubremente- forma un poblado aparte dentro de los límites de Praga. Hace mucho que no está habitada solo por judíos, sino también por obreros, jornaleros, mendigos, vagabundos… Y por allí callejea también chusma de todo tipo. Por no hablar de la suciedad, la porquería y el hedor que cubre el barrio.
– Es innegable que tiene cierto parecido con el East End de Londres -añadió Hingis ilustrativamente.
– Eso parece -dijo Sarah con voz queda.
– De día, ya es peligroso caminar por la judería -prosiguió indignada la condesa-, pero visitar el barrio cuando cae la noche equivale a un intento de suicidio. No pasa una noche sin que alguien acabe degollado en el arroyo.
– ¿Si es tan grave, por qué no se toman medidas? -preguntó Sarah-. ¿No hay policía?
– Por supuesto -musitó la condesa-, y han hecho tentativas, pero es como intentar quitarle las pulgas a un perro sarnoso. Inútil, ¿comprende?
– Perfectamente -aseguró Sarah.
La comparación que había utilizado la condesa había sido algo impropia de una dama y, por eso mismo, mucho más gráfica. Igual que ella, Ludmilla de Czerny parecía ser partidaria de hablar sin remilgos.
– En las incontables callejuelas y rincones del barrio se esconde más chusma de la se podría expulsar -continuó la condesa-. Y no solo el crimen encuentra allí un terreno abonado, sino también las epidemias de todo tipo. Según los cálculos más recientes, en la judería se hacinan entre diez y quince mil personas, y allí no hay suficientes instalaciones sanitarias ni un alcantarillado en condiciones… Dejo a su imaginación lo que eso significa.
– Gracias -dijo Sarah secamente.
– No obstante -añadió tranquilizadora la condesa-, hay planes para acabar de una vez por todas con esa penosa situación.
– ¿De verdad?
– El barrio judío será demolido y en su lugar se construirá un barrio con grandes edificios nuevos que satisfarán las exigencias de la época moderna.
– Con ello se destruirán las tradiciones -objetó Sarah.
– Y se allanará el camino hacia el futuro -argumentó la condesa serenamente-. Sin el fin de lo antiguo no hay inicio de lo nuevo.
– Yo no estoy tan segura.
– ¿Discrepa usted, lady Kincaid?
– Bueno -respondió Sarah-, en mis viajes he aprendido que a veces el pasado alberga las claves del futuro. Y, si he de serle sincera, todas mis esperanzas se cimientan en que esta vez también sea así.
– ¿Se refiere a la medicina que busca?
Sarah asintió con la cabeza.
– Si es cierto lo que supongo, en ese lugar que usted ha descrito tan lúgubremente se oculta el saber que necesito para salvar la vida de mi amado.
– ¿Y si no es así? -inquirió la condesa.
– De momento, no quiero ni pensarlo -contestó Sarah con voz queda, y de repente tuvo que combatir las lágrimas de desesperación que estaban a punto de brotar en sus ojos.
¿Tal vez tenía razón su anfitriona?
¿Se había precipitado al emprender aquel viaje? Cegada por el dolor y la pena, ¿había emprendido una cruzada insensata y absurda, al final de la cual solo la esperaba la perdición?
Laydon la había advertido: «El viaje te llevará directamente a las tinieblas».
Si las objeciones hubieran procedido de otra persona, Sarah se habría limitado a no tenerlas en cuenta. Sin embargo, en boca de aquella mujer que parecía asemejarse a ella en tantos aspectos, tenían mucho más peso. Sarah no podía pasarlas por alto sin más, pero había recorrido aquel camino hasta demasiado lejos para poder regresar.
– No hay otro modo -dijo Sarah con voz apagada-. O encuentro ayuda para Kamal en ese lugar o no existe ninguna ayuda.
– Comprendo. -Ludmilla de Czerny asintió. Su semblante pálido y estático no dejó traslucir lo que pensaba sobre la decisión de Sarah-. ¿Existe algún indicio? ¿Un punto de partida donde pueda usted comenzar la búsqueda?
– En un periódico londinense -explicó Hingis en lugar de Sarah- mencionaban a un rabino llamado Oppenheim. A lady Kincaid le gustaría hablar con él.
– ¿Oppenheim? -La condesa enarcó las cejas, finas y de color rojizo.
– ¿Lo conoce?
– Personalmente, no. Pero últimamente ha dado mucho que hablar porque asegura haber visto un monstruo en la judería…
– El Golem -dijo Sarah quedamente.
– ¿Lo sabía usted?
– No solo eso, sino que el Golem es el verdadero motivo de nuestro viaje a Praga.
– ¿Qué quiere decir?
– Es difícil de explicar -contestó Sarah-, pero tengo motivos para suponer que las fuerzas secretas que están tras el Golem también podrían contribuir a devolverle la vida a Kamal.
– Entonces, ¿da usted crédito a lo que afirma el rabino? -Los ojos verde esmeralda de la anfitriona reflejaban un asombro desmesurado-. ¿Cree que esa historia del Golem es algo más que una simple historia de fantasmas?
– No sé qué debo creer y qué no, condesa -reconoció Sarah abiertamente-. En los últimos meses, mi visión del mundo se ha visto sacudida en tantas ocasiones, son tantas las cosas que estaba segura de saber y que han resultado falsas. Si quiero descubrir la verdad, solo hay un modo.
– Comprendo. -La condesa asintió con un movimiento de cabeza-. Pero permítame darle un consejo.
– Por supuesto.
– ¡Tenga mucho cuidado! Con todo lo que diga y aún más con lo que oiga. Los rabinos son gente extraña. Suelen hablar con acertijos y algunas personas se han extraviado en el embrollo de sus palabras.
– Le agradezco la advertencia, condesa -replicó Sarah-. Pero, créame, no tengo nada que perder.
– Eso nunca se sabe -contestó la condesa enigmáticamente-. Por otro lado, necesitará un guía que conozca bien el lugar.
– ¿Conoce usted a alguno? -preguntó Hingis.
– Creo que sí: a un muchacho que ha estado a mi servicio como traductor en varias ocasiones. Todavía va a la escuela, pero su interés por la Historia y sus conocimientos del barrio judío son extraordinarios. Además, es de toda confianza. Mandaré a Antonín a buscarlo.
– Es usted muy amable, condesa -dijo Sarah-. Muchas gracias por su ayuda.
– No me dé las gracias, lady Kincaid. Considero un deber personal apoyarla. En cierto modo, de hermana a hermana…
Diario de viaje de Sarah Kincaid
A pesar de las lúgubres advertencias que expresó ayer por la noche, la condesa de Czerny ha organizado un encuentro para esta mañana con el guía que me recomendó. Este, un muchacho de unos dieciséis años que responde al nombre de Gustav y aún estudia en un instituto de Praga, me parece un acompañante ideal para iniciar la búsqueda en el laberinto de Josefov. No solo parece digno de confianza y experto en el tema, sino que también es muy erudito y culto para su edad. Además de hablar fluidamente nuestra lengua, es un lector entusiasta de las obras de Dickens, igual que yo, y acaricia la idea de traducir algunas al alemán.
Han concertado una cita a primera hora de la tarde con Mordechai Oppenheim, el rabino del que se hablaba en el periódico y que parece convencidísimo de eme el Golem ha regresado. Hasta entonces, paso el tiempo esperando inquieta junto a Kamal. Su estado sigue pudiendo calificarse de estable, aunque no me pasa desapercibida la creciente preocupación del doctor Cranston. La pregunta de cuánto tiempo soportará Kamal las fatigas de una fiebre tan alta me acucia, y sé que debo actuar.
A ello se añade otra preocupación que me ha llevado a pedirle a Friedrich Hingis que recabe algunas informaciones para mí, con la esperanza de que mis sospechas resulten infundadas.
Teniendo en cuenta las palabras de la condesa, llevaré conmigo el revólver para poder defenderme si es necesario. También llevaré conmigo lo de siempre: utensilios para escribir, un cuaderno, cerillas y algo de dinero para hacer hablar si hace falta a los que no se muerden la lengua…
Josefov, Praga, tarde del 10 de octubre de 1884
Llovía a mares. Si en la vigilia los rayos de sol habían conseguido traspasar ocasionalmente la capa de nubes grises que se extendía sobre la ciudad, al día siguiente no tuvieron ninguna posibilidad frente a su tétrica y amenazadora supremacía, que se precipitaba en forma de fuerte chubasco. La lluvia caía torrencialmente sobre la ciudad, golpeaba los tejados inclinados y se acumulaba en canales y arroyos. Y, a pesar del grueso velo gris que se había desplegado sobre el barrio judío, Sarah comprobó con espanto que la condesa de Czerny no había exagerado.
Quien entraba en la judería tenía realmente la sensación de haber ido a parar a otro mundo, mucho peor.
Sarah y sus acompañantes habían dejado el carruaje delante de la muralla del barrio, puesto que habría sido más un estorbo que una ayuda en aquella angostura apabullante. En Josefov había grandes edificios que se alzaban impresionantes a lo largo de unas pocas calles anchas: antiguas mansiones de comerciantes judíos acomodados, así como el Ayuntamiento y las sinagogas, diseminadas entre el cementerio, situado al oeste, y el meandro que el Moldava formaba al norte. Entre ellos, sin embargo, se apiñaban innumerables casas viejas, algunas construidas siglos atrás, que a menudo presentaban un aspecto tan deplorable y mísero como las personas que vivían en ellas. El hecho de que estuvieran construidas tan juntas, de manera que una se apoyaba en la otra, parecía ser lo único que las preservaba del derrumbe. Una densa red de tejados angulosos, con saledizos y buhardillas que semejaban tumores y de los que sobresalían incontables chimeneas, parecía cubrir todo el barrio.
Debajo, en las callejuelas estrechas, a menudo de unos pocos pies de anchura, competían entre sí la pobreza, la escasez y la miseria.
A pesar de la baja temperatura y de que llovía sin cesar, Sarah vio a niños semidesnudos acurrucados sobre el pavimento sucio de las calles y en cuyos ojos se reflejaba pura desesperanza. En las esquinas haraganeaban ciegos y tullidos pidiendo limosna, y por las ventanas, que en vez de cristales tenían cortinas apolilladas, escapaban voces de desaliento.
Resultaba casi inimaginable que en un lugar como aquel pudiera existir vida normal, cotidiana. Y, sin embargo, en las plantas bajas de los edificios ruinosos había fondas, tiendas y talleres de artesanos, y algunos comerciantes con carretillas vendían verduras cuyo olor permitía deducir que allí se trapicheaba con lo que otros habían tirado. Entre ellos se abría paso la gente, en su mayoría personas vestidas de negro y que llevaban alzado el cuello de sus abrigos y chaquetas desgastadas. La cantidad de basura y suciedad en las calles era abrumadora. Sarah pudo ver más de una vez cómo vaciaban cubos llenos de excrementos directamente a la vía pública. A pesar de la lluvia torrencial, el hedor acre que flotaba como una nube de contaminación sobre el barrio se percibía claramente. Sarah no quiso ni imaginar cómo sería aquello en un día caluroso de verano. Las condiciones higiénicas eran desastrosas, peores incluso que las del East End de Londres, cosa que Sarah había considerado totalmente imposible hasta aquel momento.
– La condesa tenía razón -musitó Hingis con una mezcla de consternación y desaprobación-. No deberíamos haber venido. Una lady no debería acudir a un lugar como este.
– Nadie debería estar en un lugar como este -puntualizó Sarah, y abandonó por un momento el resguardo del paraguas para echar unas monedas en el bacín oxidado que un mendigo ciego extendía con mano temblorosa.
– No debería hacer eso, lady Kincaid -la reprendió Cranston cuando volvió a resguardarse bajo el paraguas-. Tarde o temprano se verá rodeada de pedigüeños.
– Qué más da -replicó Sarah-. Esta miseria es insoportable.
– ¿Y cree usted que soluciona algo regalando unos peniques? -preguntó el doctor-. ¿O se trata simplemente de tranquilizar su conciencia para poder descansar de nuevo esta noche sobre almohadones de seda?
– Es usted detestable -rezongó Sarah, aunque su ira se dirigía más a sí misma que al médico. Interiormente, no podía por menos que reconocer que el reproche de Cranston estaba justificado.
Hacía rato que había perdido la orientación en aquel laberinto de callejuelas y casas plagadas de recovecos, cuando ante ella se perfiló la silueta de un gran edificio de piedra bajo la lluvia. La fachada estaba decorada con sencillos ornamentos del gótico primitivo que descendían en vertical. El sobrio edificio estaba rodeado por un peristilo cerrado.
– La sinagoga Vieja-Nueva -explicó Gustav mientras subían las escaleras hacia el portal y se ponían a cubierto en el pórtico, que no era demasiado grande, pero permitía resguardarse de la lluvia-. Tiene más de seiscientos años.
– Lo sé -replicó Sarah mientras sus acompañantes cerraban los paraguas-. Aquí era donde el rabí Löw enseñaba, ¿verdad?
– Exacto. -El muchacho, que conocía muy bien la historia del barrio, asintió apasionadamente-. Su tumba está en el cementerio, no muy lejos de aquí. Puede visitarla si lo desea.
– Tal vez más tarde -contestó Sarah.
Le alegraba ver que el muchacho se implicaba en su papel de guía y, si las cosas hubieran ido de otra manera, le habría encantado que le enseñara más monumentos. Pero no había tiempo para distracciones…
– Las cinco en punto -constató Cranston mirando su reloj de bolsillo-. Hemos sido puntuales.
– No esté tan orgulloso de su puntualidad británica. El tiempo en este mundo pertenece únicamente a Dios.
Sarah y sus acompañantes se volvieron. Con el ruido de fondo de la lluvia no se habían dado cuenta de que la puerta de la sinagoga se entreabría y en ella aparecía un rostro redondeado y sonrosado, enmarcado por cabellos y barba grises, que al cabo de un momento los saludaba en voz baja con un «Shalom».
– Shalom -contestó Gustav, haciendo una reverencia-. Rabí Oppenheim, estos son lady Kincaid y sus acompañantes.
– Ya lo suponía -replicó el rabino, que parecía dominar la lengua inglesa tanto como el muchacho. Su voz tenía una agradable dulzura, aunque Sarah creyó notar en ella un matiz de burla.
– Shalom, rabí Oppenheim -dijo la joven, inclinando la cabeza respetuosamente-. Gracias por recibirnos. Es para mí un honor.
– Sus palabras parecen sinceras -constató Oppenheim, y por un momento dio la impresión de que la miraba con mayor simpatía-. Gustav me ha dicho que desea hablar conmigo.
– Así es.
– ¿Y estos dos caballeros?
– Son mis acompañantes. El señor Friedrich Hingis, de la Facultad de Arqueología de la Universidad de Ginebra…
– Y el doctor Horace Cranston, especialista en enfermedades mentales -se apresuró a decir Cranston, a quien parecía resultar insoportable que lo presentara una dama.
– Hmm -murmuró el rabino, haciendo una ligera mueca de fingido respeto con los labios-. Así pues, hoy tenemos personas sabias como invitados en la casa del Señor. Gustav me dijo que quería hablar conmigo del Golem…
– Exacto -asintió Sarah-. Si me lo permite, me gustaría hacerle algunas preguntas.
– ¿Cree usted en su existencia?
– ¿Cómo dice?
– Hace unas semanas, lady Kincaid, se presentaron aquí mismo dos compatriotas suyos, periodistas del London Times.
– Lo sé -afirmó Sarah-. Leí el artículo…
– Ellos también querían saber qué ocurría con el Golem y su regreso, pero no mostraron el más mínimo respeto ni consideración, solo parecían buscar un buen titular. Por eso vuelvo a hacerle la pregunta, lady Kincaid: ¿cree usted en la existencia del Golem?
– Creo que eso dependerá de sus respuestas -contestó Sarah elocuentemente-. En cualquier caso, la experiencia me ha enseñado que hay cosas para las que el raciocinio no encuentra explicación de buenas a primeras.
– Está bien -comentó el rabino, y abrió de par en par la puerta de la sinagoga. Entonces se vio la toga negra que llevaba, distintiva de su rango-. Con esas palabras, milady, ha abierto usted las puertas de la casa de Dios. Pase.
Sarah asintió agradecida y siguió la invitación. Sin embargo, cuando Hingis se dispuso a hacer lo mismo, Oppenheim le cerró el paso.
– Solo lady Kincaid y el muchacho -señaló.
– Pero nosotros somos sus acompañantes -objetó Cranston enérgicamente-. No puede cuestionarse que…
– Por favor, doctor -lo interrumpió Sarah, y con una mirada penetrante le dio a entender que también se las arreglaría sola. Cranston soltó un sonoro bufido y su figura magra adoptó un aire estirado.
– Como guste -se limitó a comentar-. Mucha suerte en la caza. Tally-ho.
Sarah asintió y siguió al rabino que, después de que el joven Gustav hubiera cruzado el umbral, cerró la puerta a cal y canto. La luz de unas velas y de unas lámparas de aceite de bronce iluminaban el recinto que se extendía ante ellos y que tenía una bóveda gótica muy alta, sostenida por dos columnas octogonales. Una sillería de madera oscura bordeaba los muros y el centro de la nave estaba ocupado por un pulpito cercado por una imponente reja de hierro forjado. Más allá de las columnas, debajo de un artístico tímpano, se hallaba el verdadero corazón de la sinagoga: el arca de la Tora, donde se guardaban los rollos con los escritos sagrados.
– Este lugar -dijo Oppenheim en voz baja- ha resistido a todas las protestas a las que mi pueblo fue sometido en siglos pasados. Ha proporcionado refugio y protección en muchísimas ocasiones y aquí han ocurrido cosas importantes.
– Lo sé -dijo Sarah inclinando respetuosamente la cabeza, un gesto que pareció gustar al rabino.
– ¿De verdad es usted una lady inglesa? -preguntó francamente asombrado-. Sinceramente, no es usted como esperaba…
– ¿Y qué esperaba?
– A decir verdad, no lo sé. En cualquier caso, la idea de que una joven británica de origen noble viniera precisamente a este lugar me pareció tan descabellada que no tuve más remedio que aceptar el encuentro. En cierto modo, pues, tiene que agradecerle a mi curiosidad el hecho de estar aquí ahora.
– Le estoy muy agradecida a su curiosidad -afirmó sonriendo Sarah, a la que complacían las maneras sencillas y el humor soterrado del rabino-. Y me alegro de que se haya tomado un tiempo para esta entrevista.
– Como bien puede imaginarse, no ocurre demasiado a menudo que nos visite alguien de fuera, y en su caso me pareció algo descabellado por tres motivos: es usted mujer, pertenece a la nobleza y, no lo olvidemos, si no me equivoco, es usted cristiana.
– No se equivoca -admitió Sarah-. Pero mi padre me enseñó que, aunque las personas busquen a Dios de distintas maneras, todas son hijos suyos.
– Sabias palabras -asintió el rabino-. Su padre debe de ser un hombre inteligente.
– Era un hombre inteligente -puntualizó Sarah.
– Disculpe. -Oppenheim escrutó su rostro y pareció distinguir el dolor que se reflejaba en él. Por eso cambió de tema enseguida-. Así pues, ¿ha venido usted por el Golem?
– Efectivamente.
– ¿Qué desea saber?
– A ser posible, todo.
– Entonces le contaré los orígenes de la leyenda. Le hablaré de la historia de los judíos de Praga que tantas cosas tuvieron que soportar. Y de un lacayo de barro que les fue enviado para liberarlos de una terrible sospecha…
– Todo eso ya lo sé, rabí Oppenheim -objetó Sarah-. Debo decirle que no he emprendido este viaje sin prepararme antes. He investigado y he encontrado mucha información sobre el Golem y su origen.
– Pues aún me sorprende más que haya emprendido este largo viaje -replicó Oppenheim.
– He venido porque esperaba que usted podría contarme más cosas.
– ¿Más? ¿A qué se refiere?
– Me refiero al saber que no se encuentra en los libros -contestó Sarah quedamente-. A los conocimientos que se transmitían de generación en generación y que incluso trataban del secreto de la vida.
– ¿El secreto de la vida? -El rabino miró de reojo a Gustav, que seguía aquel intercambio de palabras sin parpadear y con los ojos abiertos como platos. Por un momento dio la impresión de que sopesaba la idea de echar al muchacho, pero luego se lo repensó-. Eso son palabras mayores, lady Kincaid.
– Lo sé, rabí.
– ¿Qué le hace pensar que yo podría saber algo?
– Gracias a mis pesquisas, sé que un tal David Oppenheim fue el rabino mayor de Praga en el siglo XVII -contestó Sarah-. Al parecer, estaba en posesión de numerosos textos antiguos de gran valor, entre los que se contaban los procedentes del legado del rabí Löw. Y no hay que ser vidente para suponer que aquel David Oppenheim era un antepasado suyo y que al menos dejaría una parte de aquellos escritos a su familia.
Oppenheim no contestó de inmediato. En su rostro barbudo se reflejaba la congoja; sin embargo, era imposible adivinar qué estaba pensando.
– Asombroso -dijo finalmente-. Sumamente asombroso…
– ¿Qué quiere decir?
– Lady Kincaid, debo decirle que aquellos antiguos escritos están ligados a una profecía.
– ¿Una profecía?
– Así es. A lo largo de los siglos en que esos libros se han encontrado en nuestra posesión, siempre se ha dicho que un día llegaría alguien que preguntaría por su paradero. Probablemente, y esa idea me aterra profundamente, usted es ese alguien.
– ¿Por qué le parece tan terrible la idea? -preguntó Sarah- ¿Porque soy mujer? ¿Porque no soy judía?
– No -contestó el rabino con voz lúgubre-. Es porque… -se interrumpió, caviló un momento y luego pareció repensárselo-. ¿Por qué intenta averiguar el secreto del Golem? -preguntó finalmente.
– ¿Cómo debo interpretar su pregunta?
– ¿Busca la fama? ¿Quiere conseguir la inmortalidad? ¿Pretende imitar la Creación divina? ¿O incluso hacerle frente?
El rabino había entornado los ojos, y la manera en que había remarcado sus palabras para darles más peso le revelaron a Sarah que hablaba muy en serio. La joven recordó sin querer que ya le habían planteado una pregunta parecida en otro lugar y en otro tiempo. La persona que lo había hecho no era menos inteligente y sabia que el viejo rabino…
– El hombre al que amo está agonizando -explicó sin ambages y un poco a la ventura-. Una fiebre misteriosa se ha apoderado de él, y ninguno de los médicos a quienes he consultado conoce ninguna medicina para hacerle frente. He venido solo por eso.
– Comprendo -replicó el rabino, de nuevo en un tono dulce y comprensivo-. Con todo, no comprendo por qué la búsqueda la ha traído precisamente aquí…
– El estado que mantiene cautivo a mi amado fue provocado artificialmente -contestó Sarah-. Un veneno, un bebedizo, algo que le administraron. No puedo explicarlo de manera concluyente, pero existen paralelismos.
– ¿Paralelismos? -Oppenheim enarcó las cejas.
– Con el modo en que, según la leyenda, el Golem cobró vida -explicó Sarah-. Además, he llegado a la desalentadora conclusión de que cierto círculo de personas tienen un gran interés en que realice este viaje.
– ¿A qué se refiere? Habla usted con acertijos…
Sarah suspiró. ¿Cómo podía explicar algo que ella apenas comprendía? ¿Cómo podía hacer entender algo que escapaba a su entendimiento?
– Es difícil expresarlo en palabras -admitió-. Alguien quería que yo viniera aquí. Me dieron una serie de indicaciones que debía seguir y que me han traído hasta este lugar. Hasta usted.
– ¿Hasta mí? -El rabino le dedicó una mirada interrogadora, la duda que se reflejaba en sus ojos no pasaba desapercibida.
– Ya sé que parece extraño y es usted muy libre de tomarme por loca -dijo Sarah-, por una mujer de la nobleza que ha perdido la razón estudiando sus libros y que ha emprendido un viaje tan largo como absurdo para perseguir una quimera. Pero eso no cambia el hecho de que he venido aquí en busca de respuestas… Porque esas respuestas son lo único que puede salvar a mi pobre Kamal.
– ¿Kamal? ¿Así se llama?
– Sí, rabino.
– Entonces, ¿no es cristiano, sino seguidor de Mahoma?
– Así es.
Oppenheim asintió con la cabeza, y una sonrisa de satisfacción se deslizó por su semblante surcado de arrugas.
– Ahora sé que cuando hablaba de los hijos de Dios, no se trataba de palabras vacías.
– En absoluto -aseguró Sarah-. Hace un tiempo pensaba de otra manera, pero ahora creo que todos somos hijos de un destino superior. Durante mucho tiempo intenté negar ese destino y buscar respuestas con la razón, pero un día tuve que reconocer que existe un saber que está más allá del entendimiento humano. Por eso he venido, rabí Oppenheim. Buscando respuestas he seguido mi destino, y este me ha traído hasta aquí.
El rabino le escatimó de nuevo una respuesta. Durante un momento que pareció infinito, fijó una mirada escrutadora en el semblante de Sarah, hasta que se decidió a asentir con cautela.
– Lady Kincaid -dijo finalmente con voz suave-, no sé qué significa todo esto ni cómo debo considerarlo. Pero hay algo en sus palabras y en su manera de pronunciarlas que me mueve a confiar en usted. Por eso me gustaría enseñarle algo que hasta ahora solo han visto unos pocos ojos. Sígame, por favor.
El rabino dio media vuelta y se puso en movimiento, seguida por Sarah, muy intrigada por lo que le enseñaría. El joven Gustav estuvo indeciso un momento, pero como nadie le pidió que se quedara, se les unió. Salieron de la sinagoga por una puerta y regresaron al peristilo que rodeaba el edificio. Después de pasar por varias salas iluminadas con velas, llegaron a una puerta que Oppenheim abrió con una gran llave oxidada que había sacado del sayo.
La puerta carcomida se abrió con un crujido y dejó ver una escalera de madera que subía empinada. En el fondo, se trataba más bien de una escalera de mano que no inspiraba mucha confianza. No obstante, Oppenheim se agarró sin dudarlo a los largueros y trepó ágilmente.
Sarah y Gustav intercambiaron una mirada. Ruborizado y con un carraspeo tímido, el muchacho le dio a entender que no pretendía en absoluto abrirse paso a codazos, pero, naturalmente, no quería subir detrás de ella por motivos de discreción.
Sarah esbozó una sonrisa.
– Permíteme decirte, Gustav Meyrink -le comentó-, que, a tu edad, ya eres más caballero que algunos hombres maduros.
El muchacho se ruborizó aún más y se apresuró a subir detrás del rabino. Sarah miró con un poco de recelo la escalera, que conducía a la más absoluta oscuridad a través de un tragaluz cuadrado. Luego inició también la temeraria ascensión.
Los travesaños de la escalera crujían a cada paso, pero resistieron. El frío y un olor a madera vieja bajaban desde lo alto y, de pronto, empezó a arder la llama trémula de una vela. Sarah pudo reconocer entonces dónde se encontraba: en un hueco estrecho, de unos sesenta centímetros de anchura y con un techo inclinadísimo que permitía deducir que se encontraba justo debajo del tejado de la sinagoga. A la izquierda, quedaba delimitado por tejas de barro, contra las que golpeaba la lluvia; a la derecha, por la tablazón de madera que habían colocado encima de las vigas. Sarah dudó de que desde el interior de la sinagoga se intuyera la existencia de esa cámara: no era más que una cavidad, en cierto modo, un doble suelo al estilo de los que utilizaban los ilusionistas en los escenarios y en los teatros de variedades para sus espectáculos.
Sarah lanzó un suspiro al llegar al final de la escalera.
Gustav le tendió una mano para ayudarla, y la joven llegó por un tragaluz a una sala que debía de encontrarse en el ángulo más alto del tejado. A ambos lados ascendían unas cubiertas inclinadas que coincidían a casi dos metros de altura, de manera que solo se podía estar de pie en el centro. El suelo estaba revestido con tablas de madera ennegrecidas. Longitudinalmente, la sala se perdía en la oscuridad; la luz de la vela que el rabino Oppenheim había encendido no bastaba para iluminarla entera.
– ¿Sabe que es este lugar, lady Kincaid? -preguntó el rabino, cuyo semblante parecía más viejo y enigmático a la luz de la vela.
– Una cámara secreta, supongo -contestó Sarah.
– Cierto. Dicen que el rabí Löw escondía aquí al Golem… durante el día, cuando dormía y habría sido una víctima fácil para sus enemigos.
– El Golem -repitió Sarah, y miró boquiabierta a su alrededor. Todas las tablas, todas las vigas parecían exhalar el espíritu del pasado por todos sus poros…
– Nadie sabe si realmente fue así -objetó el rabino-, pero este lugar se ha acreditado realmente durante siglos como un escondite seguro. Igual que en ese caso.
Se dio la vuelta con la vela en la mano y dio unos pasos agachado, hasta que la luz trémula iluminó un arca grande con herrajes que se encontraba en el rincón más apartado de la buhardilla. Los distintos laterales del arca estaban adornados con todo tipo de tallas y símbolos judíos; en la tapa lucía una estrella de David con un sombrero de formas extrañas y acabado en punta.
– El símbolo de la comunidad de Praga -explicó Gustav mientras Oppenheim volvía a introducir la mano en su sayo y sacaba otra llave oxidada.
– ¿Que significa el sombrero? -inquirió Sarah.
– En el siglo XIV se proclamó un decreto por el que todos los miembros de la comunidad judía debían llevarlo. Tenían que ser reconocidos como judíos a primera vista.
– Yo no lo habría explicado mejor -elogió el rabí Oppenheim mientras abría la cerradura y la tapa del arca-. El alma de las personas -comentó a continuación- alberga instintos más oscuros que cualquier noche y más fríos que la muerte.
Dejó caer la tapa hacia el otro lado, con lo que se levantó una densa nube de polvo que los hizo toser a todos. Cuando el polvo se posó, Sarah pudo ver lo que había en el interior del arca y soltó un grito ahogado de alegría.
Eran rollos.
Libros enrollados según la tradición judía, y sellados con cera para protegerlos de los estragos del tiempo. Con éxito, a juzgar por la apariencia.
– Su perspicacia no la ha engañado, lady Kincaid -constató Oppenheim-. No todos, pero sí algunos escritos que pertenecieron al venerable Judah Löw se encuentran en mi poder.
– ¿De qué tratan? -preguntó Sarah.
– Los textos se han conservado en hebreo, sin excepción. Algunos están impresos, pero la mayoría son manuscritos, aunque no son los originales, evidentemente. En el transcurso de los siglos, han sido copiados y renovados una y otra vez.
– ¿Siglos?
Oppenheim sonrió.
– Algunos de estos escritos fueron redactados hace más de tres mil años, lady Kincaid. No olvide que se trata de la fe más antigua del mundo.
– ¿Por qué me ha traído aquí, rabí? ¿Por qué me enseña a mí, una desconocida, algo tan valioso e inestimable?
– Porque he reconocido en usted a alguien que busca, lady Kincaid. Y porque tal vez aquí -dijo señalando los rollos que se apilaban en el arca- se hallen unas cuantas respuestas. ¿Domina usted el hebreo?
– Lo lamento, pero no -dijo Sarah meneando la cabeza.
– Entonces le explicaré de qué se habla en este escrito.
El rabino metió la mano en el arca sin dudarlo y sacó uno de los muchos rollos que había dentro, lo cual demostraba que estaba más familiarizado con el contenido del arca de lo que el polvo y la recóndita ubicación permitían suponer.
– ¿Qué es? -preguntó Sarah.
– Un documento antiquísimo. Fue escrito en el año 246 antes de la era cristiana por un sabio judío llamado Josefo, que en esa época se hallaba en la corte de Ptolomeo II.
– ¿En Alejandría? -Sarah aguzó el oído.
– Así es. Por lo que sabemos, Josefo debió de ser un hombre de muchos talentos. Dio clases en la Biblioteca y fue uno de los eruditos que tradujeron al griego las enseñanzas de la Tora.
– La Septuaginta.
– ¿Conoce los sucesos de aquella época?
– Ya lo creo -afirmó mientras un sinfín de recuerdos afloraban en su mente, y ni mucho menos todos fueron bienvenidos-. Como deferencia hacia los judíos establecidos en Alejandría, que a menudo ya no sabían hebreo o arameo, Ptolomeo mandó traducir el Antiguo Testamento al griego. A tal fin, reclutó a setenta sabios judíos, algunas fuentes hablan también de setenta y dos, que, según cuenta Aristeas, tradujeron la obra en setenta y dos días.
– Exacto. ¿Cómo es que sabe tanto de estos temas?
– He estado en Alejandría -se limitó a responder Sarah. ¿Qué más podía contestar? ¿Que había emprendido junto a su padre la búsqueda de la biblioteca desaparecida? ¿Que precisamente había sido la Septuaginta lo que les había brindado las pistas decisivas? ¿Que no podía olvidar la muerte de Gardiner Kincaid en las profundidades de Alejandría?
El rabino pareció notar de nuevo su dolor, ya que no siguió preguntando.
– Si conoce la historia del reino de Ptolomeo -prosiguió entonces^-, seguramente también sabrá lo que ocurrió en el año 246.
– Si mal no recuerdo, Ptolomeo murió ese año…
– Eso también se corresponde con la realidad. Ptolomeo II estuvo rodeado en su lecho de muerte por sus consejeros y personas de confianza, entre los que se contaba Josefo, a quien habían prohibido regresar a Jerusalén una vez terminado el trabajo de traducción. Se quedó en Alejandría como historiador y cronista personal de Ptolomeo, y registró la época de su reinado.
– ¿De verdad? -Sarah enarcó las cejas, asombrada-. No conozco nada de esas crónicas…
– Porque se perdieron en el transcurso de los años. Solo se conservó este rollo, en el que se describen con todo lujo de detalles las últimas horas de vida de Ptolomeo.
– ¿Qué pone exactamente en el rollo? -inquirió Sarah, que seguía sin imaginar qué tenía que ver todo aquello con el Golem o con las respuestas que ella buscaba.
– Josefo escribió que, en sus últimas horas, Ptolomeo estuvo poseído por una extraña certidumbre. En aquel momento, su rival Antígonos ya había muerto, y Ptolomeo no parecía dispuesto a seguirlo al más allá. Se aferraba a la vida con todas sus fuerzas y, por lo que cuenta, su esperanza se basaba en el contenido de una redoma que le había dejado su hermana y esposa, Arsínoe.
– Arsínoe -repitió Sarah quedamente.
También había tropezado antes con ese nombre. ¿Era simple casualidad que todas aquellas personas y nombres se toparan de nuevo con ella o bien se ocultaba algo detrás…?
– Pronunciando las palabras bíos aiónios, se acercó la redoma a los labios y apuró el contenido. Bíos aiónios es griego y significa…
– … vida eterna -tradujo Sarah.
– Efectivamente. Pero según el relato de Josefo, el contenido de la redoma no proporcionó vida a Ptolomeo, sino un final atroz. Cuenta que murió convencido de que Arsínoe lo había engañado y lo había envenenado.
– ¿Y? -preguntó Sarah.
– Aunque Ptolomeo había dispuesto en su testamento que Josefo quedaría libre y podría regresar a su patria, este se quedó un tiempo más en Alejandría para indagar el secreto de la redoma. Luego se le pierde el rastro hasta muchos años después, cuando se recupera en Atenas, donde apareció como orador en el agora. Y precisamente de Atenas, donde al parecer Josefo se despidió de la vida en el año 289, a una avanzada edad, unos comerciantes judíos trajeron en el siglo XII a Europa una sustancia misteriosa a la que llamaban hydor bíou.
– Agua de la vida -tradujo Sarah.
– Y precisamente de esa época data la primera mención del Golem por escrito, en una nota aclaratoria en alemán incorporada a la Cabala -prosiguió el rabí Oppenheim.
– ¿Cree que hay alguna relación? -preguntó Sarah, desconcertada.
– ¿Qué sabe usted del ritual con que se dio vida al Golem? -preguntó a su vez el rabino.
– Tan solo lo que puede encontrarse en la bibliografía especializada: que el rabí Löw trazó unas líneas en la frente del Golem para darle vida. Y le puso debajo de la lengua una nota donde estaba escrito el nombre de Dios…
– Un esquema -confirmó Oppenheim-. Y, por supuesto, también se habla de todo tipo de fórmulas mágicas y artes de birlibirloque alquimistas. Evidentemente, eso no se corresponde con los hechos, lady Kincaid. Judah Löw no era un mago, sino un simple hombre piadoso que conocía los secretos de la Historia y podía aprovecharlos. Porque, a diferencia de lo que cuentan las leyendas, el Golem no fue creado con agua del Moldava, sino con el líquido que algunos siglos atrás fue llevado desde Grecia hasta Europa central.
– El agua de la vida -concluyó Sarah.
– Exactamente.
– ¿Está seguro?
– Tan seguro como se puede estar, lady Kincaid. Si busca pruebas por escrito, no encontrará nada, puesto que ese saber secreto se transmite oralmente y cada rabino mayor de la comunidad se lo lega a su sucesor.
Sarah asintió moviendo pensativa la cabeza, intentando poner en orden la nueva información. Alejandría, el sabio Josefo, la antigua Grecia… ¿No había presenciado en sueños una ceremonia funeraria en la antigua Hélade? Y, en ese sueño, ¿no tenía Kamal una moneda debajo de la lengua, como era costumbre en aquella época en Grecia…?
– Pero ¿qué relación guarda con todo lo demás? ¿Qué tiene que ver con Josefo? ¿Y con el bebedizo mortal que le fue administrado a Ptolomeo?
– No lo sé con certeza -reconoció el rabino-. Pero, si lo consideramos, podemos concluir que antaño existían dos elixires que obraban milagros: uno capaz de dar vida, y el otro, de quitarla.
– ¿Y cree usted que engañaron a Ptolomeo? ¿Que Arsínoe le dejó el elixir falso?
– Si conoce bien la historia, sabrá que Arsínoe II no era una persona piadosa. Según las crónicas, era una intrigante peligrosa y gozaba de mala fama entre el pueblo por su vida disoluta y sus malas costumbres. Al fin y al cabo, no tuvo reparos en compartir cama con su propio hermano.
– ¿No era eso usual en Egipto? -intervino Gustav discretamente.
– En esa época, ya no -explicó Sarah-. Los ptolomeos eran los sucesores de Alejandro en Egipto; por consiguiente, su visión del mundo estaba marcada por la cultura helena, y los griegos detestaban toda forma de incesto. Por otro lado,
Arsínoe murió muchos años antes que Ptolomeo. ¿Qué razones podría haber tenido para hacerle algo así después de muerta?
– Como ya he dicho antes, el alma de las personas alberga ciertos abismos.
– Rabí -dijo Sarah, empleando todas sus fuerzas para obligarse a permanecer tranquila-, ¿intenta decirme que…, que tiene usted en su poder el elixir que da vida? ¿Que por eso está tan convencido de la existencia del Golem, porque usted mismo ha sido quien lo ha hecho volver a la vida?
– Lady Kincaid -replicó el rabino con los ojos brillándole húmedos-, desearía de todo corazón que así fuera. Si se me hubiera otorgado el poder de mi célebre antecesor, podría contribuir en algo al bienestar de mi pueblo en vez de estar condenado a la inactividad. Porque los hijos de Israel vuelven a estar en apuros en estos días, igual que hace más de trescientos años. Van a demoler el barrio, lo arrasarán…
– Algo he oído -confirmó Sarah.
– Ojalá fuera yo quien hubiera descifrado el secreto y hubiera devuelto a nuestro pueblo a su antiguo protector, pero no lo soy. No me falta fe ni determinación, pero carezco del agua misteriosa. La que quedaba en posesión de nuestra comunidad nos fue robada hará unos diecinueve años.
– ¿Se la robaron?
– Así es, después de haber permanecido durante trescientos años en nuestro poder, desde el día en que Judah Löw dio vida a la criatura de barro.
– ¿Trescientos años? -Sarah comenzó a contar y, restando 319 a 1884, el resultado era 1565…-. Creía que el año del Golem había sido el 1580 -objetó.
– ¿Por qué lo dice?
– Bueno, teniendo en cuenta los acontecimientos que llevaron a la creación del Golem, puede concluirse que sucedieron en el 5430 del calendario hebreo, lo cual correspondería a marzo de 1580 de la era cristiana…
Oppenheim rió quedamente.
– ¿No esperará que los autores de los libros que lee conozcan toda la verdad? ¿Que sean expertos en los secretos de la cabalística? ¿De la mística de las letras? ¿De los sefirot?
– No, claro que no -admitió Sarah-. Pero una desviación de quince años…
– Para el dios de Jacob, eso es un instante -le dio que pensar el rabino-. Hay muchas historias alrededor de la creación, las acciones y la desaparición del Golem, lady Kincaid, y la verdad se encuentra en algún punto entre ellas. Es cierto que el Golem apareció por primera vez en el año 1580, pero la criatura fue creada muchos años antes y permaneció oculta a los ojos del mundo.
– Co… comprendo -contestó Sarah, dubitativa-. ¿Está realmente seguro en lo que respecta al año 1565?
– ¿Por qué lo pregunta?
– Porque ese año es muy importante por otros motivos -aclaró Sarah solícitamente.
– ¿De verdad? ¿Qué ocurrió?
– En el año 1565, el jefe del ejército otomano Dragut Rais intentó penetrar con una flota en la región occidental del Mediterráneo y conquistar la isla de Malta. En aquella época, Malta pertenecía a los caballeros de la Orden Hospitalaria de San Juan, que opusieron una enconada resistencia contra Rais y finalmente consiguieron rechazar la invasión.
– ¿Y? -preguntó el rabino.
– Hasta aquí, la parte oficial de la historia; ahora depende de usted si continúo o no con la transmisión oral.
– Adelante.
– Muy pocos saben -prosiguió Sarah-, que Dragut Rais tenía en su poder un artefacto antiquísimo, de tiempos remotos, llamado codicubus.
– ¿Un qué? -preguntó Gustav, que atendía con asombro a la conversación y parecía no saber qué debía pensar de todo aquello.
– Un recipiente metálico en forma de cubo, destinado a guardar mensajes e informaciones secretas a través de los siglos -explicó Sarah-. Al parecer, antiguamente perteneció a Alejandro Magno.
– Interesante -reconoció Oppenheim-. ¿Cómo sabe usted todo eso?
– Lo sé porque tuve en mis manos ese codicubus… y porque las personas que querían apoderarse de él son las mismas que le han hecho esto a Kamal.
– El estado de su amado… ¿fue provocado artificialmente?
– Todo parece indicar que sí -confirmó Sarah-, porque el símbolo de esa gente es un único ojo, que aparece en una de las seis caras del cubo, y también estaba en una nota que habían colocado debajo de la lengua de Kamal.
– Como el esquema -gimió el rabino, y se notó que se estremecía.
– Además, tenía una señal en la frente, compuesta por tres letras: A, M y T. Seguro que las conoce.
– Emeth -murmuró Oppenheim-. Igual que en el Golem…
– ¿Comprende ahora por qué estoy aquí, rabino? -preguntó Sarah, dirigiendo una mirada interrogativa al anciano-. ¿Comprende por qué estoy tan convencida de que precisamente aquí podría encontrar lo que librará a mi pobre Kamal de sufrir un final demasiado prematuro y azaroso?
– Absolutamente, lady Kincaid… Y lo considero una confirmación más de que usted es la persona de la que habla la profecía. Ha venido usted desde muy lejos para indagar sobre el Golem y su existencia, tal como estaba vaticinado. Sin embargo, debería tener mucho cuidado…
– Es la segunda vez que insinúa algo así. ¿Qué quiere decirme exactamente, rabí?
Por un momento pareció que Oppenheim iba a contestar, pero luego se lo repensó. La única reacción que Sarah obtuvo por respuesta fue un obstinado cabeceo de desaprobación. Sin querer recordó la advertencia de la condesa de Czerny: «Los rabinos son gente extraña. Suelen hablar con acertijos y algunas personas se han extraviado en el embrollo de sus palabras».
Sarah estaba harta de alusiones imprecisas. Cansada de andar a ciegas por laberintos que otros levantaban a su alrededor, y por eso habló con aspereza.
– Con simples insinuaciones no puedo hacer nada -puntualizó-. Lo que ha dicho solo refuerza mi propósito de buscar y encontrar al Golem.
– ¿Qui… quiere encontrar al Golem?
– Efectivamente. Al entrar me ha preguntado si creía en el Golem. A decir verdad, estoy dispuesta a hacer casi cualquier cosa y a creer todo lo que sea necesario para salvar a Kamal. Si encuentro al Golem, probablemente también encontraré el agua que da la vida… y que probablemente podrá salvar a mi amor. ¿Comprende?
– Creo que sí…
– ¿Sabe dónde se encuentra actualmente el Golem?
El rabino meneó la cabeza.
– No, lady Kincaid.
– Pero usted dijo que lo había visto.
– Casualmente, hace unas semanas. Mi amigo Daniel, el lechero, me había invitado a su casa y regresé a una hora avanzada. A la luz pálida de la luna distinguí una figura enorme, gigantesca, que avanzaba caminando pesadamente…
– El Golem -continuó Sarah.
– Tal como lo describen en los antiguos escritos.
– ¿Adonde fue?
– No lo sé.
– ¿No lo siguió?
– Lady Kincaid, soy un servidor de Dios, no un superhombre -reconoció el rabino avergonzado-. Al principio, tuve tanto miedo que no podía ni mover las piernas. Cuando por fin volvieron a obedecerme, el Golem había desaparecido. Corren rumores de que se esconde en las profundidades de la ciudad, en una habitación sin entrada.
– ¿Una habitación sin entrada? -preguntó Gustav, que escuchaba absorto.
– Dicen que solo la encontrará quien tiene que encontrarla -afirmó el rabino.
– Ha hablado usted de rumores -dijo Sarah-. ¿Hay más gente que ha visto al Golem?
– Ciertamente, lady Kincaid, y cada vez son más. Porque, como ya le he dicho, el Golem ha regresado para anunciar el fin del mundo.
– ¿El fin del mundo? ¿Se refiere al Apocalipsis? -Sarah enarcó las cejas-. ¿No es eso un poco exagerado? Al fin y al cabo, se trata de una de las muchas historias…
– Para nosotros, no, lady Kincaid -aseguró el rabino con mirada sombría-. Si el Golem ha regresado, eso significa que el mal también ha regresado… Y ese mal amenaza a nuestra comunidad tanto como a usted y a su amado Kamal. No sé si…
Se interrumpió súbitamente al oír unos gritos fuera, tan fuertes y estridentes que incluso se oyeron a través de la lluvia y de la pared doble del tejado. Una voz aguda gritó algo en una lengua extranjera que Sarah no entendía… Pero se oyó claramente una palabra…
Golem…
– ¿Qué ocurre ahí fuera? -inquirió.
– El Golem -contestó el rabino susurrando-. Han vuelto a verlo. Muy cerca…
Sarah no perdió un instante. Dio media vuelta y se dispuso a pasar al tragaluz para bajar por la escalera. Pero la mano del rabino se lo impidió.
– Suélteme -exigió la joven-. Tengo que encontrar a esa criatura y descubrir qué oculta.
– Solo una cosa más -dijo Oppenheim.
– ¿Qué?
– Le debo una respuesta, lady Kincaid. Según la profecía, aquel que intente averiguar el secreto del Golem…
– ¿Sí? -lo apremió Sarah.
– … encontrará la muerte -contestó el rabino en un tono que contenía a la vez un pesar infinito y una contundencia terrible.
Sarah notó que se apoderaba de ella un nuevo temor, aún leve, que nunca antes había sentido.
– Qué más da -dijo aun así-. Todos seguimos nuestro destino, ¿no?
Se soltó y dio media vuelta, bajó por la escalera carcomida y empinada. Los travesaños crujieron de nuevo a sus pies y se alegró al volver a pisar el suelo de piedra del peristilo. Cruzó las salas iluminadas por velas y regresó a la entrada, esperando encontrar allí a sus acompañantes… Sin embargo, ni Friedrich Hingis ni Horace Cranston estaban en su sitio.
– ¿Friedrich? -llamó Sarah en voz alta-. ¿Doctor…?
Nada.
– Friedrich, ¿dónde está? Doctor Cranston, ¿dónde está usted?
Sarah continuó sin recibir más respuesta que el golpeteo de la lluvia, que seguía cayendo con fuerza y casi había anegado la callejuela donde estaba la sinagoga.
Sarah miró hacia el exterior, hacia la oscuridad que entretanto había irrumpido, pero en la desoladora penumbra, surcada por hilos de lluvia resplandecientes, solo se distinguían las siluetas de los edificios colindantes. De sus acompañantes, ni rastro.
– ¿Friedrich? -volvió a gritar-. ¿Doctor Cranston…?
Un instante después, se quedó sin aliento… Porque a pocos metros de distancia, al otro lado de la callejuela, vislumbró una sombra fornida que se agazapaba allí inmóvil y no le quitaba la vista de encima.
¡El Golem!
Diario de viaje de Sarah Kincaid, anotación posterior
Estaba sola.
Abandonada por mis compañeros, me hallaba en el portal de la sinagoga y vi a aquella criatura legendaria y enigmática de la que me había hablado el rabino Oppenheim y de la que en aquel momento solo me separaban ocho pasos a través de una cortina de lluvia casi impenetrable. Y, sin poder evitarlo, me embargaron los viejos temores que creía desaparecidos hacía mucho tiempo…
Sarah no daba crédito a sus ojos.
Primero pensó que era víctima de una ilusión, porque cuando intentó volver a distinguir la silueta negruzca, esta pareció haberse desvanecido. Sin embargo, algo se movió de repente en la penumbra de aquel rincón, y todas las dudas desaparecieron.
Un verdadero espanto se apoderó de Sarah cuando aquella figura se incorporó con toda su altura gigantesca. Llevaba una capa holgada para protegerse de la lluvia, y una capucha le tapaba el rostro. No obstante, Sarah estaba convencida, aunque su intelecto se resistiera con vehemencia a creerlo, de que se trataba de aquella criatura legendaria de la que le había hablado el rabino Oppenheim…
Durante unos segundos, la joven fue incapaz de moverse. Sin embargo, luego recuperó la calma y actuó. Metió las manos temblorosas dentro del abrigo para sacar el Colt Frontier que llevaba en la pistolera: ya no era el que había heredado de su padre y que había perdido en la búsqueda del Libro de Thot, sino un arma prácticamente nueva del mismo tipo que le había comprado a un armero en Londres. Notó en la mano derecha la frialdad y el peso de la culata de nácar, que le transmitió una sensación de seguridad que resultó engañosa.
Sarah no llegó a sacar el arma, ya que la sombra gigantesca se movió en aquel momento. La capa le ondeó al viento al dar media vuelta y comenzar a caminar calle abajo sin haberle dedicado una sola mirada más a Sarah. Era como si la hubiera evaluado y hubiera decidido que ella no le suponía ninguna amenaza.
¿Quién era aquella criatura extraña?
Sarah tenía que averiguarlo. No podía quedarse a esperar el regreso de sus compañeros; tenía que aprovechar la oportunidad que se le presentaba. Aunque ello significara hacer caso omiso a todas las advertencias que la condesa de Czerny le había formulado con respecto a Josefov y la situación que imperaba en aquel barrio.
Sarah notó que se le hacía un nudo en la garganta. Sintió malestar, pero se obligó a salir del amparo del peristilo y se deslizó rápidamente bajo la lluvia tras aquel espectro. Pudo distinguir la silueta gigantesca un buen trecho por delante. El Golem caminaba por el centro de la calle desierta como si no existieran la noche ni la lluvia, dando grandes zancadas, aunque lentas y, en cierto modo, vacilantes.
La luz de los pocos faroles de gas que aún funcionaban luchaba en vano contra la oscuridad y la espesa cortina de agua; resultaba ineficaz y no aportaba más que manchas opacas y de color leonado a la triste penumbra, sin dispensar ni iluminación ni consuelo. Con la cabeza agachada entre los hombros, como si así pudiera protegerse de la lluvia, Sarah anduvo deprisa por unas cuantas callejuelas. Al principio se deslizaba del saliente de un muro a otro para que no la descubriera. Pero aquella criatura simplona caminaba en silencio sin mirar atrás, de manera que Sarah pronto abandonó las precauciones.
Al pasar bajo la marquesina de una tienda, que ya había cerrado puertas y ventanas con rejas, vio dos figuras harapientas en la penumbra: dos mujeres jóvenes, abrigadas con unas capas ajadas, que se estrechaban atemorizadas y miraron despavoridas a Sarah. Aceleró el paso y divisó a más gente sin hogar que intentaba resguardarse de la lluvia bajo algún portal angosto o en cualquier rincón; también en sus semblantes pálidos se reflejaba sin excepción el pavor.
Sarah no dudó de que la causa era el encuentro con el Golem y comprendió que aquella gente no veía en la legendaria criatura a un salvador, sino un mal presagio para la comunidad de Praga, igual que el rabino. A diferencia de trescientos años atrás, el hombre de barro sembraba miedo y pavor. Pero ¿por qué lo habían devuelto a la vida? ¿Qué siniestros propósitos ocultaba el regreso del Golem?
La arqueóloga no albergaba ninguna duda sobre la existencia de conexiones. No podía ser casual que el año 1565 señalara tanto la aparición del codicubus como la del Golem. Solo faltaba determinar el vínculo. Probablemente se trataba del «agua de la vida» de la que había hablado Oppenheim.
Le estaba muy agradecida al rabino por la información que le había dado. Mientras perseguía al Golem por las callejuelas, intentaba poner en orden y relacionar los conocimientos que había adquirido, aunque solo lo consiguió en parte. Aún quedaban demasiadas preguntas abiertas para que las numerosas piezas del rompecabezas pudieran componer un todo con sentido, pero Sarah estaba más que decidida a resolver el enigma con la misma precisión y tenacidad con que un arqueólogo se ocupaba de unir los fragmentos de una vasija antigua…
Un buen trecho por delante de ella, la figura gigantesca se dispuso a torcer por un callejón, y en ese momento se volvió por primera vez.
Sarah no estaba preparada para ello, pero reaccionó a la velocidad del rayo. Con gran presencia de ánimo, buscó cobijo detrás de una hilera de toneles llenos de agua de lluvia que alguien había abandonado allí. La mirada escrutadora que examinaba la callejuela desde la oscuridad de la capucha no alcanzó a verla. Sarah respiró tranquila. Sin embargo, cuando se disponía a abandonar su escondite, una mano descamada y huesuda la agarró del brazo.
– ¿Adonde vas tan deprisa, preciosa…?
Un grito ahogado escapó de su garganta al darse cuenta de que no estaba sola. En la tenebrosidad impenetrable que imperaba entre los toneles se agazapaba una figura andrajosa que por lo visto se había instalado a vivir allí. Sentado debajo de una lona impermeable que había extendido entre los toneles, se protegía de la lluvia y, como una araña en su red, parecía al acecho de cualquier víctima desprevenida que se extraviara por las proximidades…
– ¿Qué? ¿No quieres quedarte conmigo?
La voz, terriblemente ronca y de la que era imposible decir si pertenecía a un hombre o a una mujer, estalló en una risita maliciosa, y Sarah creyó reconocer por un instante un rostro alargado, enmarcado entre unos pocos mechones de cabello que caían desde una cabeza por lo demás calva. Unos ojos grandes y con profundas ojeras, en los que brillaba el placer de matar, miraban desde la oscuridad, y Sarah hizo lo único que se le ocurrió: golpear.
Con el puño derecho cerrado aporreó el brazo que la agarraba, pero este siguió sujetándola con fuerza, como si de un tornillo de banco se tratara, e intentó arrastrarla hacia la oscuridad. Las risitas fueron a más y, de repente, otra mano salió de la penumbra, agarró a Sarah por el cuello y apretó.
– Ven, cariño. Ven…
Sarah seguía sin poder asegurar si su verdugo era hombre o mujer. No obstante, era incuestionable que aquella voz pertenecía a una persona lo suficientemente desesperada para asesinar a alguien a sangre fría. La joven intentó apartar aquella mano de su cuello, pero solo logró cosechar una carcajada burlona.
Entonces se acordó del revólver…
Intentó meter en el abrigo la mano que tenía libre, pero no pudo porque llevaba la ropa empapada a causa de la lluvia. El maleante, fuera quien fuese, soltó una risa aún más estentórea y apretó con más fuerza, de modo que Sarah apenas podía respirar. Sus movimientos se volvieron atolondrados e imprecisos, y procuró sin éxito asir la culata del arma.
Empezaba a ver puntitos oscuros. Le dolían los pulmones y las fuerzas estaban a punto de abandonarla. Las carcajadas de su verdugo penetraban en sus oídos y, durante unos segundos que parecieron eternos, temió que aquello sería lo último que oiría en este mundo… Entonces, con su mano derecha temblorosa encontró por fin la pistolera, asió la culata del revólver y lo empuñó.
Las risotadas enmudecieron de golpe y se transformaron en un jadeo de espanto; simultáneamente, cesó la presión en el cuello de Sarah. La joven cogió aire con dificultad y notó que al instante recuperaba el ánimo, aunque seguía sin ver nada más que puntitos centelleantes que no paraban de moverse con desorden.
– ¡Largo! ¡Esfúmate! -masculló, apuntando el cañón del revólver hacia donde suponía que estaba su enemigo.
Acto seguido, la segunda mano también desapareció y algo se replegó entre los toneles lanzando un gemido de terror: algo que no tenía piernas, sino que, como Sarah creyó distinguir a pesar de tener la visión mermada, se movía apoyándose sobre los brazos.
La pretensión de mandarle un balazo al canalla se esfumó al instante.
Estremecida, Sarah se puso en pie como buenamente pudo, reculó tambaleándose y se apoyó de espaldas en la pared de una casa. Permaneció allí arrimada, respirando con dificultad bajo la lluvia torrencial, y quedó calada hasta los huesos. Miró angustiada a su alrededor y constató agradecida que su vista mejoraba. Seguía sosteniendo con ambas manos el Colt cargado.
Cuando ya nada se movía en su entorno y estuvo segura de que no estaba expuesta a otro ataque, recordó el motivo de aquella excursión nocturna. Después de dar una vuelta sobre sí misma para asegurarse de que nadie la seguía, prosiguió su camino por la callejuela. Sin embargo, no se veía ni rastro del Golem por ninguna parte.
Sarah se acordó de que la misteriosa criatura se disponía a torcer por un callejón lateral y decidió seguir en esa dirección. La calleja, un pasaje corto y estrecho, pasaba por debajo de un arco de piedra y conducía a un patio trasero repleto de porquería. En el lado opuesto había otro pasaje que Sarah tomó y que desembocaba en una callejuela un poco más ancha.
Hasta allí parecía obvio cuál era el camino que había seguido el Golem. Pero ¿hacia dónde se había dirigido después?
Sarah miró en todas direcciones. No pasaba nadie a quien poder preguntar; por lo tanto, tendría que confiar en su instinto. Le vinieron a la mente las palabras del rabino, que había hablado de una «habitación sin entrada» donde el Golem se escondía y que nadie podía encontrar si no quería ser encontrada…
Se mordió los labios y ya empezaba a tacharse de necia por haber perdido de vista su objetivo y haber desaprovechado una ocasión única…
… cuando se dio cuenta de algo.
A medida que sus ojos se acostumbraban a la escasa luz, le pareció distinguir, más allá de la oscuridad y de la cortina de agua, un muro en el lateral izquierdo del callejón.
Efectivamente.
El muro tenía la altura de un hombre y estaba desconchado en muchas partes, de manera que provocaba una impresión miserable. Al otro lado no se divisaba ninguna casa. Por lo tanto, seguramente no se trataba de un patio particular. Sarah recordó las palabras del joven Gustav Meyrink y pensó que más bien tenía delante los muros del cementerio judío.
¿Se habría retirado allí el Golem?
A Sarah le pareció que esa era la opción acertada. Con los brazos cruzados a la altura del pecho y la mano empuñando el revólver por debajo del abrigo para que la lluvia no estropeara el arma, siguió el trazado del muro hasta llegar a una verja oxidada. A esas horas debería estar cerrada, pero una de las dos alas estaba abierta y, en el camino de tierra lleno de pisadas que conducía al cementerio, Sarah distinguió unas huellas de un tamaño desmesurado y tan recientes que la lluvia aún no las había borrado.
Lina sonrisa triunfal se dibujó en su semblante. Había recuperado el rastro del Golem…
Sarah cruzó la verja y entró en el viejo cementerio que, bajo la espesa lluvia, se presentaba como un mar de lápidas de distintas formas, estrechas y anchas, altas y bajas, unas sin adornos y otras ornamentadas, pero todas antiguas y resquebrajadas, que se extendía por el oscuro horizonte. Avanzó poniendo con cautela un pie delante de otro, y habría dado cualquier cosa por tener un farol a mano. Fuera del cementerio, el alumbrado de las calles procuraba al menos una luz mortecina, pero dentro de los muros imperaba una negrura casi absoluta.
Sarah tuvo que esperar a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad para poder distinguir algo. Luego se apresuró a seguir el rastro. Había que darse prisa o la lluvia eliminaría las huellas. Inclinada hacia delante para no perder de vista el rastro a pesar de la mala visibilidad, Sarah se deslizó por el cementerio en plena noche. Se detuvo varias veces, allí donde la lluvia había hecho ilegibles las huellas, pero consiguió volver a encontrarlas y pudo seguirlas. Y, súbitamente, el rastro cambió.
En vez de avanzar como había hecho hasta entonces, el encapuchado parecía haberse quedado quieto y, a juzgar por la profundidad de las huellas, había permanecido allí un buen rato. Sarah se incorporó y se quedó petrificada al ver en la oscuridad el contorno de una gran lápida.
Entonces recordó que llevaba cerillas en el bolsillo del abrigo. Suponiendo que la lluvia no las hubiera empapado, le proporcionarían claridad al menos durante un momento. Guardó el revólver en la pistolera. Sacó unas cuantas cerillas y probó suerte, con éxito. Saltaron unas chispas azuladas y consiguió mantener una pequeña llama que irradió suficiente luz para arrancar de la oscuridad la lápida y la inscripción.
El sepulcro estaba muy trabajado, lo cual indicaba que allí yacía una personalidad importante. Las piedrecitas que alguien había colocado encima en señal de estima también sugerían esa conclusión. Aunque Sarah no supo descifrar los caracteres hebreos de la lápida, intuyó de qué tumba se trataba: la de Judah Löw, el rabino que, según la leyenda, había dado vida al Golem hacía más de trescientos años.
¿Había ido allí la criatura para permanecer unos instantes junto a la tumba de su creador?
En aquel preciso momento se apagó la cerilla y Sarah volvió a estar rodeada de oscuridad. Sintió un ligero escalofrío y, a pesar de que había que darse prisa, no pudo evitar agacharse, coger una piedra del suelo y depositarla también sobre la tumba. Mientras lo hacía, deseó encarecidamente que el milagro del Golem pudiera ayudar también a Kamal.
Un crujido la arrancó súbitamente de sus pensamientos.
– ¿Quién anda ahí?
Se volvió rápidamente, empuñando de nuevo el revólver.
No tenía tiempo de encender otra cerilla. Sarah se quedó allí, sin aliento y con el corazón en un puño, viendo las tumbas que se perfilaban como bocetos amenazadores bajo la lluvia y, por primera vez desde que se había adentrado en el viejo cementerio, sintió miedo.
– ¿Hay alguien ahí?
Tragó saliva, notaba la boca seca. Miró aquí y allá, angustiada, casi esperando que una sombra gigantesca se abalanzara sobre ella, pero no ocurrió nada parecido. Al contrario, de repente se encendió una luz en la oscuridad.
Sarah se sobresaltó al vislumbrar a unos cincuenta metros de distancia un brillo macilento que traspasaba débilmente la lluvia: la luz de una lámpara de petróleo que salía por la ventana cuadrada de una cabaña que se encontraba en un extremo del camposanto.
La casa del guarda…
La claridad se atenuó de repente, pero no porque la lámpara se hubiera apagado, sino porque una gran sombra se había puesto delante y la había oscurecido un momento.
¡El Golem!
Sarah renunció a la idea de encender otra cerilla. A paso ligero, tan deprisa como le permitía el terreno accidentado y ablandado por la lluvia, bajó a toda prisa por el camino que llevaba a la cabaña. La inquietante sombra había vuelto a desaparecer, pero Sarah estaba segura de haber encontrado por fin lo que buscaba. El miedo había pasado a un segundo plano en beneficio del espíritu investigador que una vez más se había apoderado de ella y al que la esperanza de salvar a Kamal daba alas…
Corrió velozmente bajo la lluvia torrencial. Teniendo en cuenta las bajas temperaturas, debería haber estado helada, pero no notaba ni el frío ni la ropa empapada. Mientras avanzaba, sacó el revólver. Un instante después llegaba a la cabaña, construida junto al muro del cementerio.
Se metió debajo del alero del tejado. Con la espalda pegada a la pared, se acercó a una ventana y miró dentro con cautela.
Había una mesa sencilla, encima de la cual estaba el farol, y dos sillas. En el suelo, un arca con una jofaina de hojalata abollada encima; enfrente, un austero catre. Finalmente, una estufa de hierro fundido con un tubo de hojalata que atravesaba el techo.
Del gigante, ni rastro.
¿Se había escondido adrede?
¿Sospechaba que lo había seguido?
Para combatir el nerviosismo se obligó a respirar pausada y regularmente. Agazapada debajo de la ventana, se deslizó hacia la entrada. La puerta solo estaba entornada, un calor reconfortante salía por ella…
Sarah dudó un momento, luego hizo de tripas corazón. Se oyó un ligero clic cuando amartilló el revólver para poder abrir fuego si hacía falta, y luego se acercó a la puerta carcomida, que se abrió ruidosamente y le dejó vía libre. Sarah tuvo que agachar la cabeza para cruzar el umbral de poca altura y entró en la cabaña. Examinó los cuatro rincones de aquella mísera morada apuntando con el cañón del arma, hasta que estuvo segura de que realmente no había nadie dentro. Pero ¿dónde diantre se había metido el gigante? ¿No había visto su sombra hacía un momento?
Sarah miró extrañada a su alrededor, examinó las paredes sin adornos y el frágil entablado que gemía con sus pisadas. Su mirada se posó en un pequeño charco que se había formado en el suelo delante del arca. Lo primero que pensó fue que el tejado probablemente tenía goteras por donde entraba el agua de la lluvia, pero una mirada al techo no corroboró esa suposición. Por muy vieja que fuera la cabaña, la cubierta de madera cumplía diligentemente su función. ¿De dónde salía pues el agua?
Sarah pasó a la siguiente idea y echó un vistazo a la jofaina de hojalata que había encima del arca y cuyo esmalte había saltado en algunos puntos. El interior del recipiente estaba mojado, lo cual permitía concluir que el agua del suelo había estado antes allí, pero ¿cómo había ido a parar al entarimado?
En el fondo, solo había una respuesta posible: alguien había abierto el arca y había hecho caer la jofaina.
Sarah agarró la tapa con una mano e intentó levantarla, pero no se movió ni un dedo. Se vio obligada a dejar el revólver y a intentarlo con las dos manos, pero la tapa del arca siguió sin moverse. El hecho de que no se viera ningún cerrojo ni nada semejante tenía que significar que había un mecanismo oculto.
Examinó la tapa y, luego, las distintas caras del arca, pero no logró descubrir nada sospechoso. Después de buscar en vano y de empezar a tacharse de necia por haber tenido una idea tan desacertada, su mirada se posó de nuevo en la jofaina… y tiró de ella en un último intento poco entusiasta.
El resultado fue asombroso.
El recipiente de hojalata, que no estaba colocado sobre el arca como parecía a simple vista, sino que estaba fijado en ella, se inclinó hacia delante con un ruido seco mecánico y, al cabo de un instante, la tapa del arca se abrió dejando oír el roce de las cadenas de un polispasto oculto. Desconcertada, Sarah dio un paso atrás antes de inclinarse con curiosidad para echar un vistazo al interior de la misteriosa caja. Y se llevó otra sorpresa.
El arca no tenía fondo ni era lo que parecía; se trataba más bien de la entrada a un pozo rectangular que penetraba verticalmente en una oscuridad insondable de la que emergían unos vapores malolientes que le hicieron arrugar la nariz.
¡Por allí había desaparecido el gigante!
Sopesó por un instante la idea de ir a buscar ayuda. Pero ¿a quién podía dirigirse a esas horas y con semejante tiempo de perros? Habría dado cualquier cosa por tener a su lado a Hingis o a Cranston, pero sus compañeros no estaban allí y no le quedaba más remedio que arriesgarse y explorar el terreno desconocido…
Empuñó el revólver con decisión y se acercó a la mesa para coger la lámpara. Equipada de este modo, entró en el arca y descendió por la escalera de mano hacia el misterioso fondo.
El hedor aumentaba con cada peldaño que bajaba. Asimismo, Sarah oyó un rumor lejano. Llegó al fondo del pozo, que debía de tener cinco metros de profundidad y tenía las paredes recubiertas con tablas de madera carcomida. Abajo había una galería estrecha que, por lo que pudo juzgar la joven, pasaba por debajo de los muros del cementerio.
Con la lámpara en una mano y el revólver en la otra, Sarah avanzó por la galería, que debía de medir unos tres pies de ancho y era lo bastante alta para poder caminar de pie. A Sarah le resultaba un misterio que el gigante encapuchado pudiera pasar por allí. En una de las vigas de madera que sostenían el techo a tramos regulares, encontró un jirón de lana negro: un trocito de capa, sin duda, y un nuevo indicio de que el coloso había tomado aquel camino.
Sarah contuvo la respiración. Las emanaciones malolientes que impregnaban el aire aumentaban a medida que se adentraba en la galería, y el rumor también se hacía más fuerte. Era imposible saber cuánto tiempo llevaba recorriendo el pasadizo cuando este desembocó en un gran conducto de piedra, pero Sarah calculó que hacía un buen rato que no se encontraba ya debajo del barrio de Josefov, puesto que el río apestoso y de un metro y medio de anchura que corría a sus pies era sin duda ¡una alcantarilla!
– Así que esta es la solución al enigma -musitó-. Me encuentro en el alcantarillado.
Aunque solo había susurrado, su voz resonó una y mil veces por la bóveda, deambuló como un eco susurrante y finalmente reverberó en lo más hondo del conducto. A juzgar por las piedras toscamente labradas que componían el túnel, que tenía la altura y la anchura justa para que pasara una persona, existía desde hacía mucho tiempo. En cambio, la galería que llevaba allí desde el cementerio daba la impresión de haber sido construida mucho después, y Sarah dudó que formara parte del alcantarillado oficial de Praga. A juzgar por el mal estado del conducto, plagado de grietas y de cuyo techo colgaban retazos de musgo y raíces, la última inspección realizada en el túnel se remontaba a mucho tiempo atrás. Una circunstancia favorable para alguien que no quería que lo molestaran allá abajo…
Volvió a pensar en las palabras del rabino y en el escondrijo que había comentado. Una «habitación sin entrada», había dicho.
– Bueno -gruñó Sarah- por lo visto, he encontrado la entrada.
A pesar del hedor, continuó avanzando siguiendo la corriente de la alcantarilla y fue a parar a un conducto más grande en el que se vertía el contenido de varios canales. El rumor aumentó y el hedor se hizo tan insoportable que Sarah se tapó la cara con el chal empapado por la lluvia para filtrar un poco el aire. Continuó caminando con la lámpara delante y teniendo cuidado de no resbalar en el estrecho saliente repleto de porquería y cieno. En aquellas tinieblas vio brillar un sinfín de ojos amarillos cuyos propietarios se escabullían chillando cuando la luz de la lámpara los alcanzaba: ratas, que seguramente poblaban a millares aquel siniestro lugar.
La idea no le hizo ninguna gracia, pero Sarah se obligó a seguir por el túnel. De repente notó que al rumor del agua se le había sumado un nuevo ruido que no encajaba en aquel lugar: un martilleo sordo y metálico, como si un herrero trabajara en el yunque.
El sonido estridente llegaba desde el fondo del conducto y, si quería descubrir su origen, Sarah tenía que seguir avanzando por las buenas o por las malas. Y hacía rato que no era por las buenas. Si bien estaba tan decidida como antes a proseguir, pocas veces se había sentido tan perdida y sola como entonces. No sabía ni dónde se encontraba ni adonde conducía aquel viaje. Aún sujetaba con fuerza el revólver en su mano derecha, pero se sentía como alguien que se está ahogando y se aferra a un clavo ardiendo. Si se extraviaba en aquel laberinto subterráneo, el Colt Frontier no le serviría de mucho.
Sarah se dio cuenta de que no se había extraviado cuando reanudó la marcha por un ligero recodo del conducto y vio una abertura que estaba claro que había sido esculpida en el muro curvo mucho después de la construcción del túnel. La galería con la que conectaba, cuyo final no podía verse a la luz de la lámpara, se parecía en el tipo de construcción a la que Sarah había cruzado para llegar al alcantarillado, y la reja que normalmente la cerraba estaba solo entornada.
La curiosidad la impelía a entrar de inmediato a explorar la galería, pero la prudencia, que según Shakespeare era la mejor parte de la valentía, la detuvo.
¿Estaba a punto de caer en una trampa?
Las palabras de advertencia de sir Jeffrey resonaron en sus oídos, igual que las de la condesa. Sarah suponía que el gigante no la había visto cuando lo seguía por el cementerio, aunque le quedaba un resto de duda. Pero las dudas no salvarían a Kamal, solo el valor y la determinación. Así pues, hizo de tripas corazón, abrió la verja y entró.
El pasadizo era de techo bajo, el aire era tan denso y olía tan mal que a Sarah casi se le revolvió el estómago. No obstante, avanzó intrépida, con el revólver en la mano preparado para disparar. La galería descendía empinada por unos escalones. Allí las paredes ya no eran de madera carcomida, sino de piedra maciza, y a medida que Sarah descendía, el frío aumentaba y el aire mejoraba. La galería describía una curva y Sarah pudo divisar de pronto el final, de donde llegaba una luz débil y trémula.
De nuevo se le aceleró el pulso y la palma de la mano con que sostenía la empuñadura del Colt se le humedeció. Sarah contuvo el aliento. ¿Se airearía por fin el secreto de aquel siniestro lugar?
Avanzó deslizándose sin hacer ruido. Envuelta en su abrigo negro, empapado de agua y pesado, la joven apenas se distinguía de su propia sombra, proyectada en la pared por la luz de la lámpara de petróleo. Finalmente llegó al final del pasadizo que, al parecer, se transformaba en una especie de gruta o cámara.
Cautelosa, Sarah aminoró el paso y echó un primer vistazo dentro.
La estancia, probablemente creada por un capricho de la naturaleza en tiempos remotos, tenía forma alargada. Dos antorchas situadas en unos soportes fijados en la pared a ambos lados de la entrada eran el origen de la luz trémula.
Saltaba a la vista que se trataba de una especie de gruta de sacrificios o de templo, quizá también de un laboratorio secreto; de otro modo no se explicaban las mesas de piedra excavadas en la roca a lo largo de las paredes. Esparcidos por encima se encontraban todo tipo de objetos que habrían hecho honor a un alquimista; entre estos se apilaban libros encuadernados en piel envejecida y mapas. El techo de la cámara subterránea estaba pulido, igual que el suelo, en el centro del cual destacaba un símbolo harto conocido.
¡El símbolo del único ojo!
Sarah no tuvo tiempo de reaccionar ante ese descubrimiento porque oyó un ruido procedente del lado opuesto del laboratorio. Empuñando el Colt, se dio la vuelta y constató que al otro extremo de la cámara longitudinal había un paso de techo bajo que parecía conducir a otra estancia. El ruido, que en ese momento se repitió, procedía de allí.
Un ruido de algo restregando y, luego, un bufido sordo o un gemido. Al parecer, había alguien en aquella sala…
Sarah decidió echar un vistazo.
Dejó la lámpara en el suelo de manera que la luz penetrara en la otra habitación. Luego sujetó el revólver con ambas manos y se acercó con cautela al pasadizo. Casi contaba con que se le abalanzaría encima el gigante encapuchado de negro, pero sus expectativas se vieron defraudadas de nuevo. Porque lo que encontró más allá del paso no era un gigante, sino un suizo no demasiado corpulento al que conocía muy bien.
– ¡Friedrich! -exclamó espantada al descubrir a su amigo.
Hingis tenía las manos atadas a la espalda, y también le habían atado los pies. Una mordaza en la boca le impedía hablar y tenía las lentes torcidas sobre la nariz.
Su reacción al ver a Sarah fue contradictoria. En su mirada se reflejó esperanza, pero de su faringe salían sonidos inarticulados que sonaban a verdadero espanto.
– ¿Qué ha ocurrido? -inquirió Sarah precipitándose hacia él-. Ha desaparecido…
Le quitó la mordaza, pero cuando se dispuso a desatarle las manos y los pies, el suizo se lo impidió.
– Tiene que huir, Sarah -musitó-, es una trampa y yo soy el ceb…
No consiguió acabar la frase.
Antes de que llegara al final, se oyó un ruido metálico y una reja de barrotes macizos cayó desde el techo del pasadizo justo detrás de Sarah y golpeó en el suelo con gran estrépito.
– ¡No!
Sarah, que en ese momento se dio cuenta de que había cometido un error fatal, se dio la vuelta. En un gesto espontáneo, pero bastante absurdo, se agarró a los hierros oxidados e intentó levantarlos en vano. Había caído en la trampa como un ratón al que echan de cebo un pedazo de tocino, y se tachó de necia por haber picado.
– Era lo que quería decirle -comentó Hingis, compungido mientras Sarah empezaba a liberarlo de sus ataduras-. Poco después de que usted entrara en la sinagoga, apareció de repente. Cranston y yo decidimos seguirlo, pero él ha sido más astuto. Nosotros nos hemos perdido de vista en la maraña de callejuelas. Recuerdo que estaba llamando a Cranston y entonces he visto una sombra oscura en la pared; luego, todo se ha vuelto negro.
– ¿Lo ha dejado inconsciente?
– No, me ha metido en un saco como si fuera un niño rebelde y me ha traído directamente aquí -dijo indignado el suizo.
– ¿Quién? -preguntó Sarah-. ¿A quién se refiere?
En ese mismo instante se oyeron pasos en la galería situada más allá del laboratorio. Unos pasos pesados que producían crujidos sobre la piedra desnuda y se acercaban.
– ¿Quién? -volvió a preguntar Sarah.
Hingis levantó el brazo izquierdo tullido.
– No me creería -murmuró con los ojos vidriosos.
Sarah se dio la vuelta y se acercó a la reja. La pieza no era lo suficientemente alta para poder estar de pie, por eso se agachó delante de los barrotes, empuñando con ambas manos el Colt cargado mientras los pasos parsimoniosos se aproximaban. De repente apareció una sombra en la pared, la silueta de un ser gigantesco que iba encogido, llevaba una capa holgada y caminaba lenta y torpemente.
– El Golem -prorrumpió Sarah, y, un instante después, el gigante entró en el laboratorio.
Sarah contuvo el aliento mientras la figura gigantesca, que ahora ya se veía perfectamente, se aproximaba a ella renqueando. La capucha seguía ocultando su rostro, pero Sarah jamás en la vida había visto a nadie que se moviera con semejante parsimonia. Por lo demás, una fuerza bruta, sin domar, se expresaba en cada paso que daba.
– ¿Quién es usted y qué quiere? -exigió saber Sarah, empuñando el arma mientras el gigante se acercaba.
– ¿No debería ser yo quien hiciera las preguntas? -fue la respuesta que llegó desde la capucha. Era una voz sorda y lúgubre, como si saliera de las profundidades… o de un pasado lejano-. Al fin y al cabo, es usted la que ha entrado indebidamente en mi reino.
– Porque usted me ha atraído hasta aquí -replicó Sarah, imperturbable-. Y porque ha secuestrado a un amigo mío.
– Usted no sabía nada de su amigo. Solo trataba de adquirir conocimientos. De airear el secreto del Golem… -La voz del coloso se transformó en una risa cavernosa.
– ¿Qué le parece tan gracioso? -inquirió Sarah.
– ¿Qué le hace pensar que precisamente usted, lady Kincaid, sería digna de descubrir ese secreto?
– ¿Sabe mi nombre?
– Sé quién es usted y conozco los motivos de su estancia en Praga…
– ¿Quién es usted? -preguntó de nuevo Sarah-. ¡Quítese la capucha ahora mismo!
– ¿Cree que entonces sabrá quién soy?
– Quítesela -ordenó Sarah duramente, y amartilló el Colt para dejar bien claro que estaba decidida a todo.
– Como quiera -replicó el gigante, cogió la capucha con la mano derecha, que llevaba enguantada, y se la echó hacia atrás.
Lo que apareció debajo horrorizó a Sarah, puesto que el gigante sin nombre no tenía facciones humanas. El semblante que la escrutaba era inerte, pétreo, el rostro de una escultura de barro a tamaño natural.
– El Golem -pronunció de nuevo-. Entonces, es verdad…
Las risas continuaron y Sarah se dio cuenta en aquel momento de que justo donde se encontraban la frente y la boca de la criatura de barro se abrían dos orificios oscuros. El gigante se cogió la piel con ambas manos y volvió a desenmascararse… Y lo que apareció entonces casi aterrorizó más a Sarah que la visión del supuesto Golem. Porque el gigante que estaba frente a ella, al otro lado de la reja, no tenía dos ojos, sino tan solo uno, situado en el centro de su frente despejada y que le prestaba un aspecto horripilante.
– Usted no es el Golem -masculló Sarah, retrocediendo hasta chocar contra la pared-. Es un cíclope…
– Es lo que intentaba decirle -apuntó Hingis quedamente.
– Bueno, lady Kincaid -preguntó el cíclope-, ¿qué opina ahora?
Sarah no supo qué contestar. Su mente se esforzaba en contener el espanto y, con una lentitud pasmosa, se dio cuenta de que había incurrido en un error. La suposición de que el cíclope con el que había tropezado en Alejandría era un ejemplar único, un grotesco capricho de la naturaleza, acababa de resultar claramente falsa. Pues claro, se dijo Sarah, y se tachó de estúpida, puesto que esa teoría había sido ante todo de Mortimer Laydon: otra mentira salida de la boca del traidor…
– ¿Qué ocurre? -preguntó el cíclope mientras Sarah seguía mirándolo fijamente. Comparado con el de Alejandría, aquel parecía muchísimo más alto y fuerte, un auténtico coloso al que no sin razón habían tomado por el Golem que había regresado-. ¿Verme la ha dejado sin habla?
– En absoluto -replicó Sarah con un deje de aversión-. Solo intento entender…
– ¿Qué intenta entender, lady Kincaid? ¿Por qué existo? ¿Qué hago en este lugar? ¿Por qué ha vuelto a toparse con alguien de mi especie?
– Algo parecido -confesó Sarah con voz temblorosa.
– ¿No se lo dijo Caronte? ¿Tal vez olvidó mencionar que hay más ejemplares de nuestra especie? ¿Que una vez fuimos intermediarios entre los dioses y los hombres?
– No -reconoció Sarah-, me habló de todo eso…
– Pero usted no le creyó, ¿verdad? Prefirió prestar atención a su asesino.
– En aquel momento no podía saber que Mortimer Laydon era un traidor.
– ¿De verdad? -El único ojo se cerró en señal de reproche mudo-. Si hubiera escuchado a su corazón, habría conocido la verdad mucho antes.
– Eso no es cierto -objetó Sarah con vehemencia, sobre todo porque con aquel reproche había hurgado una herida. Cuántas veces se había preguntado si habría podido impedir la muerte de su padre…
– ¿Por qué nos ha hecho prisioneros? -preguntó Hingis, que se había liberado por completo de sus ataduras y se acercó arrastrando los pies a la reja. Le había atado las cuerdas tan fuerte que la sangre había circulado mal por sus piernas y ahora solo le obedecían con titubeos.
– Porque hay ciertas cosas que debo comunicarles -respondió el cíclope en voz baja.
– ¿Eso es todo? -Sarah resopló despectivamente-. ¿Y por eso nos ha encerrado?
– Me pareció el camino más fácil.
– Para usted, quizá -afirmó Sarah con rabia-. Pero se ha olvidado de un pequeño detalle: que sigo teniendo un arma.
Levantó el revólver de manera ostensiva para recordárselo. No obstante, la criatura con un solo ojo se limitó a echarse a reír.
– ¿Que le parece tan divertido?
– Usted, lady Kincaid, porque sigue sin comprender la gravedad de la situación. ¿Qué ganaría disparándome? Yo me desplomaría y moriría desangrado, y ustedes se verían obligados a pasar el resto de sus días en esta jaula. Créame, nadie oiría sus gritos aquí abajo.
– Nos buscarían -replicó Sarah, convencidísima.
– ¿Aquí? -Una sonrisa triste se deslizó por el semblante lúgubre del cíclope-. Lo dudo. Además, si me dispara, ¿quién le revelará cómo puede salvar a su querido Kamal?
– ¿Sabe lo de Kamal? -preguntó Hingis, asombrado.
– Naturalmente -gruñó Sarah con furia-. Lo sabe todo, porque se lo ha oído a los que envenenaron a Kamal. ¿Qué sabe usted de Kamal? ¡Hable!
– Está usted sobre la pista correcta, lady Kincaid -con testó solícito el gigante-. En de todos los mitos de tiempos remotos hay un fondo real: yo mismo soy buena prueba de ello. ¿O habrían creído que los cíclopes de la mitología habían existido realmente y que aún existían?
– Eso no es exacto -objetó Hingis-. Los cíclopes de la leyenda homérica eran gigantes que vivían en islas remotas. El héroe griego Ulises se encontró a uno de ellos en su odisea y lo cegó.
– Exageraciones creadas por los que nos envidiaban por nuestra fuerza. Fuimos perseguidos y acosados hasta que quedamos pocos. Para sobrevivir, tuvimos que escondernos en lo alto de las montañas, en el lugar más apartado de este mundo.
– Bonita historia -replicó Sarah fríamente-. Pero no explica por qué nos ha apresado ni qué quiere de nosotros.
– Quiero ayudarlos.
– No le creo.
– Pues debería, porque soy el único amigo que le queda.
– Ya sé que ni usted ni los suyos son responsables de la muerte de mi padre -contestó Sarah-. Pero que usted no sea el asesino de mi padre no lo convierte necesariamente en mi aliado, y mucho menos en un amigo.
– Se deja cegar por mi aspecto -señaló el gigante-. Debo confesarle que eso no lo esperaba. No de usted, lady Kincaid.
– ¿Y qué esperaba? -intervino Hingis para ayudarla-. La amistad es un privilegio que hay que ganarse.
– ¿Y cree usted que no me corresponde ese mérito, señor Hingis? ¿Que no arriesgo nada hablando con ustedes? ¿Que no tendrían motivos para confiar en mí?
– Dénos un motivo -exigió Sarah-. Déjenos en libertad y escucharemos lo que tiene que decirnos.
Durante un instante interminable, el ojo la miró fijamente, sin que Sarah pudiera decir qué pasaba por la mente del cíclope.
– No -manifestó finalmente-, no lo haré. En vez de eso, como signo de que soy de fiar, le revelaré qué encierra el hydor bíou.
– ¿El agua de la vida? -dijo Sarah con voz ahogada-. Entonces, ¿existe realmente?
– Eso usted ya lo sabe. De otro modo, no estaría aquí.
– Entonces, ¿es cierto? ¿Laydon me curó usando el agua de la vida?
– Sí y no.
– ¿Qué significa eso? Debería expresarse con mayor precisión, porque para ganarse mi confianza hace falta algo más que insinuaciones veladas.
– Las respuestas, lady Kincaid, las obtuvo usted hace mucho tiempo, pero aún no lo sabe.
– ¿Y eso qué significa?
– Usted, igual que su padre, ha rastreado las huellas de Alejandro Magno. Sabe que él emprendió la búsqueda del fuego de Ra y sabe que estaba al servicio de los que también son mis señores.
– Eso me dijeron -confirmó impaciente Sarah-. Pero ¿qué tiene que ver todo eso con el agua de la vida?
– Cuando los dioses llegaron a este mundo en tiempos inmemoriales, nos trajeron los misterios del cosmos: tres secretos para los que nos escogieron como guardianes, los elegidos que se señalan por tener un solo ojo.
– ¿Qué secretos eran? -inquirió Sarah.
– Secretos de un poder inmenso y terrible, demasiado abrumador para que pudieran acabar en manos de los hombres. Por un lado, el misterio de la luz, capaz de desatar una energía y un poder de destrucción inimaginables…
– El fuego de Ra -murmuró Sarah, que en aquel momento comprendió que ella ya había aireado al menos uno de esos secretos.
– … Por otro -prosiguió el cíclope- el misterio de la creación, oculto en el agua de la vida. ¿Sabe qué significa eso, lady Kincaid? Conocer el secreto de la creación significa poseer la clave de la inmortalidad.
– La inmortalidad -repitió Hingis, en cuyos ojos se reflejó un extraño brillo.
– ¿Y el tercer misterio? -preguntó Sarah sin inmutarse-. ¿En qué consiste el tercer misterio?
– No me está permitido desvelárselo. Probablemente lo descubrirá usted misma algún día. Sin embargo, hasta entonces debería limitarse a lo que puede salvar la vida de su amado.
– Comprendo. -Sarah asintió de mala gana-. ¿Y de qué se trata exactamente? ¿Dónde encontraré el agua de la vida?
– Muchos la han buscado antes que usted, también Alejandro. En su juventud, cuando su padre, Filipo, agonizaba abatido por el acero de un traidor, Alejandro pidió ayuda a los dioses. Y, aunque sus ruegos no deberían haber sido escuchados nunca, uno de aquellos dioses le prometió auxiliarlo.
– ¿Por qué motivo? -inquirió Sarah.
– Porque aquella divinidad -contestó el cíclope con voz sombría- se había apartado de la senda de la virtud y ansiaba imponerse como amo del mundo. Y eso sucedería si le confiaba los secretos del cosmos a un mortal.
– Prometeo -murmuró Hingis sin aliento-. Robó a los dioses el secreto del fuego y se lo entregó a los hombres…
– Cada cultura tiene su propia versión de los hechos -aclaró el coloso-, pero todas esas historias entrañan un mismo fondo. Aquel renegado ya había intentado antes legar a los hombres los secretos del poder, pero los dioses estaban alerta. Consiguieron desbaratar el complot y se enfrentaron al dilema de condenar a muerte al renegado o dejarlo con vida. Se decidieron por lo último y fueron duramente castigados por su bondad, puesto que el traidor hizo todo lo posible por seguir adelante con sus planes. Empezó a congregar seguidores leales, que se dieron el nombre de la «Hermandad del Uniojo». Acto seguido se desataron violentas disputas entre los inmortales, que se enemistaron unos con otros y entablaron guerras entre ellos. El Libro de Thot, que contenía el secreto del fuego, fue llevado a un lugar seguro donde perduró durante milenios. Sin embargo, el secreto de la inmortalidad le fue revelado a Alejandro, quien a cambio declaró ceremoniosamente su voluntad de entrar al servicio de la hermandad y fundar un gran imperio en su nombre. Pero el agua de la vida no surtió efecto. Filipo murió y, si bien Alejandro utilizó el poder que le había prestado la organización, al cabo de un tiempo se apartó de sus enseñanzas y tomó otros derroteros.
– Lo sé -admitió Sarah, que empezaba a intuir alguna que otra relación-. Pero ¿por qué no surtió efecto el agua de la vida?
– Eso -contestó el cíclope esbozando una sonrisa, cosa que resultó extraña debido a la deformidad de su semblante- sigue siendo un misterio aún hoy en día, lady Kincaid. Pero si es cierto lo que se supone, usted desvelará ese misterio gracias a su carácter y a su vocación.
– Vuelve a hablar usted con enigmas -criticó Sarah-. No entiendo una palabra de lo que dice.
– Tal vez -replicó el cíclope, metiendo la mano por debajo de los pliegues de su capa-, esto la ayudará a contestar algunas de sus preguntas.
Sarah pensó que el coloso empuñaría un arma y volvió a apuntarlo con el revólver, que había ido bajando lentamente. Entonces vio que el cíclope no sacaba un arma, sino un objeto metálico cúbico cuya visión la abrumó aún más.
– ¡Un codicubus! -exclamaron Hingis y ella casi al unísono al vislumbrar el curioso artefacto.
Las aristas del cubo medían diez centímetros de longitud; cinco de las seis caras estaban ornadas con caracteres griegos, los del sello de Alejandro, como Sarah ya sabía; y en la sexta cara resaltaba el emblema del único ojo que Sarah había aprendido a odiar y a temer…
– Exacto -confirmó el cíclope.
– ¿Qué contiene?
– Antes de revelárselo, debo advertirla, lady Kincaid.
– ¿De qué?
– Está rodeada de traidores.
– ¿De verdad? -preguntó Sarah, lanzando a Hingis una mirada de espanto, aunque solo fingido-. ¿Espera que me lo crea? -le espetó al titán-. ¿Que por una insinuación malintencionada dé la espalda a personas a las que debo la vida? ¿Que lo considere algo más que un nuevo intento de sembrar dudas en mi corazón y manipularme?
– Lady Kincaid, malinterpreta usted mis intenciones.
– ¿Qué malinterpreto? Está buscando otro medio de presión para influenciarme, pero no le hace falta. Esta vez, usted y los suyos pueden ahorrarse las intrigas, porque haré cualquier cosa por salvar a Kamal, ¿me oye? ¡Cualquier cosa! Dígaselo a su gente y a esa hermandad criminal cuyo nombre por fin conozco.
Si Sarah esperaba que su interlocutor se contentara con eso, se había equivocado totalmente, puesto que el cíclope se horrorizó ante esas palabras.
– ¡No diga eso! -protestó-. ¡Ni siquiera lo piense!
– ¿Por qué no?
– Porque con ello lo pone todo en peligro y tal vez pierda todo aquello por lo que tanto ha luchado en la vida.
– Pero eso es lo que quiere, ¿no? Que me someta a la voluntad de la organización…
– No, lady Kincaid, se equivoca usted…
Friedrich Hingis se preguntaba asombrado de dónde sacaba Sarah Kincaid las agallas para actuar con tanto aplomo ante aquel siniestro esbirro. Recibió la respuesta cuando percibió una sombra que, agazapada, se deslizaba al otro lado del laboratorio de mesa en mesa, y en la que reconoció aliviado al doctor Cranston. Al parecer, Sarah también había descubierto al amigo, porque estaba haciendo todo lo posible para atraer hacia ella la atención del guardián, a diferencia de Hingis, que desvió la vista del cíclope durante un instante demasiado largo.
– ¿Qué diantre…?
Alarmado, el gigante se dio la vuelta y vio a Cranston correr hacia él con los puños cerrados. Dispuesto a defenderse, levantó sus garras para derribar de un golpe fulminante al médico, a quien casi sacaba un metro de altura.
Entonces el Colt Frontier alzó su estruendosa voz.
Sarah había reaccionado muy deprisa, apuntando y apretando el gatillo. El pesado revólver trepidó en sus manos y envió una bala que perforó el hombro derecho del gigante.
Brotó un hilo de sangre y el coloso se estremeció. Un instante después, Cranston lo había alcanzado.
– Tally-ho! -gritó el médico, seguramente para darse coraje; luego, se lanzó con todo el ímpetu de la carrera sobre el gigante herido y cayó al suelo con él.
Sarah se abstuvo de abrir fuego de nuevo porque no podía distinguir qué parte de aquel ovillo de carne y huesos que rodaba pertenecía a quién, y el peligro de darle a Cranston por error era demasiado grande.
Sin embargo, el médico no se proponía enzarzarse en una pelea cuerpo a cuerpo con el gigante, puesto que el cíclope continuaba siendo un temible rival a pesar de la herida que tenía en el hombro. Justo después de derribarlo, Cranston rodó para alejarse del alcance del coloso que, enfurecido, no dejaba de dar golpes por doquier; se levantó y cogió la lámpara de petróleo, que seguía estando donde Sarah la había dejado en el suelo. Dio una vuelta sobre sí mismo, como un lanzador de disco de la Antigüedad clásica, y lanzó la lámpara contra su rival.
El ojo que el cíclope tenía en la frente se abrió con espanto cuando la lámpara se estrelló justo delante de él y quedó hecha añicos con un ruido de cristales rotos. El petróleo salpicó por todas partes y, un instante después, no solo estaban en llamas el suelo mojado de petróleo y la capa del gigante, sino también sus botas y sus piernas.
Los gritos del coloso se transformaron en chillidos agudos. Daba golpes como un poseso sobre el fuego que ascendía por su cuerpo. Sin embargo, lo único que consiguió fue avivar las llamas, que devoraban con un ansia salvaje la tela de su capa y ya casi le lamían la nuca. Intentó en vano quitarse la capa de encima y saltó como una antorcha viviente por toda la gruta.
Entretanto, Cranston no había perdido el tiempo. Sin dignarse mirar a su rival en llamas, se había acercado a toda prisa a la reja y había accionado el cabrestante que se encontraba a un lado, fijado a la pared de roca. Se oyó el ruido de un mecanismo oculto y por fin se alzó la reja.
– ¡Salgan! -gritó el médico innecesariamente, puesto que Sarah y Hingis ya estaban preparados para huir.
Cuando el espacio entre la reja y el suelo fue lo bastante amplio, se deslizaron por debajo y se liberaron.
La primera reacción de Sarah fue ayudar al coloso, que se tambaleaba ardiendo en llamas entre gritos. Pero Cranston y Hingis la detuvieron.
– ¡Vámonos de aquí! -la urgieron, y Sarah obedeció, hasta que su mirada se posó en el codicubus, que estaba en el suelo.
El cíclope había dicho que tal vez aquello la ayudaría a contestar algunas de sus preguntas. Resuelta, se soltó de sus compañeros, recorrió a toda prisa los pocos pasos que la separaban del artefacto sin dueño y lo cogió.
– ¡Sarah Kincaid! -se oyó decir en aquel momento al coloso agonizante con una voz terriblemente chillona-, ¡Sarah Kincaid!
Sarah se quedó de piedra y miró aterrada al coloso, que se desplomó entre gritos horripilantes. De nuevo se dispuso a ayudarlo, pero sus compañeros la agarraron y se la llevaron a rastras fuera del laboratorio, de vuelta al alcantarillado a través de la galería larga y estrecha.
Los gritos del titán resonaban detrás de ellos.
Ninguno vio que el cíclope, presa del pánico, se revolcaba en el suelo y extinguía las llamas; ninguno vio que quedaba tendido sobre las ascuas de su propia ropa y rodeado del hedor de cabellos chamuscados y piel quemada; ninguno vio que su poderoso pecho subía y bajaba al ritmo de los jadeos.
Y ninguno vio que una mano derecha, ennegrecida por el fuego y el tizne, se aferraba al suelo de piedra y una figura gigantesca y desfigurada por las quemaduras se incorporaba tambaleándose pesadamente…
Diario de viaje de Sarah Kincaid
Esta mañana muy temprano he ido a misa a la iglesia de San Nicolás, con la esperanza de encontrar un poco de consuelo y paz interior, sin éxito.
No me apetece reconocerlo, pero los sucesos de la pasada noche me han impresionado profundamente. No solo porque nos apresaron y solo pudimos huir por los pelos de nuestro captor; no solo porque me embargan mil temores y todavía oigo constantemente los gritos del coloso agonizando, sino también porque no dejo de preguntarme si puedo confiar en la información que me proporcionó.
En algunos momentos me inclino a dar crédito a sus palabras, pero luego vuelven a asaltarme las dudas. Me pregunto qué entraña aquella enigmática historia de los misterios divinos y los secretos del cosmos. ¿Es esa la solución al enigma? ¿La pieza del rompecabezas que hace que todo encaje?
Hay cosas que parecen cobrar sentido, aunque de un modo extraño. Alejandría, la biblioteca desaparecida, La Sombra de Thot, el fuego de Ra… Visto en perspectiva, parece que realmente estén relacionados. ¿He participado sin saberlo en descifrar los tres mayores misterios de la historia de la humanidad? ¿En explorar la esencia del cosmos? Y, aunque la idea me espanta, ¿recorrió mi padre también ese camino? ¿Lo he seguido inconscientemente por esa senda y era eso lo que quiso decirme al final?
Son los mismos nombres, que siempre regresan. Los mismos personajes históricos, cuyo destino parece estar inseparablemente unido al del único ojo.
Alejandro.
Arsínoe.
Ptolomeo.
¿Qué relación existe entre ellos? ¿Qué los unía e hizo que sus destinos fueran tan semejantes? ¿Qué verdad se esconde tras todos esos mitos de los que me habló el cíclope? ¿Dónde se sitúa el origen de esos seres extraños que fueron dotados de un solo ojo por la creación? ¿Cómo han podido pasar desapercibidos durante siglos? ¿Y qué entraña en sí el codicubus? ¿Qué indicios contendrá?
Por mucho que me atormenten tantas preguntas, me alivia seguir con vida. No quiero ni imaginar qué habría ocurrido si el doctor Cranston no llega a encontrarnos. Después de que Friedrich Hingis y el doctor se separaran mientras seguían al cíclope, el doctor continuó buscando por su cuenta y fue a parar por casualidad al viejo cementerio, donde dio con las huellas de unas botas de mujer que saltaba a la vista que iba sola. Puesto que eso le pareció muy raro, siguió el rastro, que lo condujo a la cabaña del guarda del cementerio y, finalmente, hasta nosotros.
Naturalmente, Friedrich y yo nos deshacemos en elogios hacia nuestro compañero y casi me avergüenzo de haberlo considerado tan negativamente al principio. Tengo por seguro que, sin la ayuda de Cranston, nuestra misión habría encontrado un final prematuro e inesperado, y con ello se habría esfumado toda esperanza para Kamal. Sin embargo, contamos con una segunda oportunidad y, más aún que antes, ardo en deseos de solucionar el misterio que parece rodearnos…
Palacio de Czerny, Malá Strana, Praga, 11 de octubre de 1884
Sarah Kincaid interrumpió su discurso cuando alguien llamó suavemente a la puerta de la habitación del enfermo.
– ¿Sí?
La puerta se abrió y apareció en ella el rostro de rasgos delicados de Horace Cranston, que mostraba preocupación.
– Disculpe, lady Kincaid -dijo-, pero es la hora. La condesa la reclama.
– Gracias, doctor.
Sarah apartó el pequeño diario de viaje encuadernado en piel cuya última anotación había leído en voz alta mientras permanecía sentada junto a Kamal, estrechándole la mano. Cranston le había dicho que era dudoso que Kamal se enterara de lo que ocurría a su alrededor, pero Sarah estaba convencida de lo contrario. Lo que los había unido a Kamal y a ella había sido tan fuerte que no podía haberse disipado. Con su voz, quería mostrarle que estaba allí y que lo esperaba, como un faro que señala el camino a casa a los marineros en medio de la tempestad. Y aunque Cranston hubiera tenido razón y Kamal realmente no percibiera nada de lo que sucedía a su alrededor, Sarah no habría desistido. Porque sentándose al lado de su amado inconsciente, estrechándole la mano y hablándole en voz baja, tenía la sensación de que al menos hacía algo por él.
– ¿Cómo está nuestro paciente? -preguntó Cranston, y entró-. ¿Sigue igual?
– Creo que sí -contestó ella. Cerró el cuaderno y lo guardó. Luego acarició por millonésima vez la frente ardiente de Kamal y contempló su semblante noble y proporcionado-. Parece que esté durmiendo.
– En el fondo es lo que hace -ratificó el doctor-. Se supone que las funciones corporales se reducen durante el sueño, como en un estado de inconsciencia.
– Con la diferencia de que el sueño normal termina al cabo de unas horas -añadió Sarah.
– En el mejor de los casos. -Cranston sonrió, y enseguida volvió a ponerse serio-. ¿Sabe usted que la considero una persona muy valiente y audaz, lady Kincaid?
– Gracias -replicó Sarah-, pero esas cualidades encajan mejor con usted, que fue quien nos salvó.
– Por casualidad. Si no me hubiera topado con sus pisadas…
– No me refiero a eso. Usted arriesgó la vida para salvarnos a Hingis y a mí: no se puede hacer mayor favor a un amigo. Me alegro mucho de tenerlo conmigo.
– Gracias, lady Kincaid.
– Sarah -lo corrigió.
– Horace -se presentó él con una sonrisa jovial, a la que ella respondió sonriendo débilmente.
Luego, Sarah se inclinó para cubrir de besos cariñosos la frente y los ojos de Kamal. A continuación se levantó y se dio la vuelta para irse.
– No se preocupe -dijo Cranston-, yo me quedaré aquí entretanto. Si hay algún cambio, mandaré a buscarla de inmediato.
– Gracias, Horace.
– Tally-ho -contestó él con una sonrisa de ánimo, y ella no pudo evitar corresponderle.
Salió de la habitación mirando una última vez a Kamal y bajó por la empinada escalera hasta el amplio vestíbulo, donde ya la estaban esperando Friedrich Hingis y Ludmilla, la condesa de Czerny.
Cuando su anfitriona se enteró de los dramáticos sucesos y del encierro de Sarah y Hingis, costó muchos esfuerzos y capacidad de persuasión evitar que diera aviso a la policía. Sarah había argumentado que, por un lado, los guardianes del orden en Praga no gozaban precisamente de una fama intachable, de manera que era más que dudoso que descubrieran algo con sus pesquisas; y por otro, les harían un montón de preguntas y, con ello, pondrían en peligro el éxito de la empresa.
– ¿Está a punto? -preguntó la condesa, que, de pie en el vestíbulo y vestida ya para salir, solo parecía esperar a Sarah.
Igual que la tarde de su primer encuentro, llevaba un vestido de color beige con muchos adornos de encaje que, para el gusto británico, no era demasiado adecuado ni para esa época del año ni para la ocasión. Aquella vestimenta extravagante, de aire anticuado y, aun así, lucida ostentosamente, parecía expresar más bien el ánimo de la condesa, que se encontraba atrapada entre la tradición y la modernidad, entre la realidad y las exigencias, y eso era algo que Sarah comprendía muy bien.
– A punto -confirmó, y dejó que Antonín la ayudara a ponerse el abrigo que la condesa le había prestado amablemente, dado que, después de la excursión nocturna por las alcantarillas, su ropa había quedado inservible a causa del penetrante olor.
– Entonces vámonos -dijo la condesa-. Ya he ordenado enjaezar los caballos; el decano nos espera.
– Gracias, condesa. Aprecio mucho lo que hace por mí.
– Lo sé, querida -replicó Ludmilla esbozando una amplia sonrisa que pareció partir en dos su noble semblante-. Lo sé…
Un criado abrió la puerta y salieron a la calle, donde Friedrich Hingis ya las esperaba delante de un enorme carruaje negro, identificado con el emblema de un caballero negro enmarcado en oro, el escudo de armas de la familia Czerny. El vehículo, sólido y con caja cerrada y alta, comparable al hackney británico, estaba tirado por cuatro corceles negros que piafaban impacientes.
– No crea que le doy importancia a toda esta opulencia, querida -le susurró al oído la condesa-, pero si las tradiciones aristocráticas me perjudican, al menos quiero sacar algo de ellas.
La lógica de esa argumentación era indiscutible, y Sarah y Ludmilla de Czerny subieron al carruaje por una escalerilla que el cochero había desplegado para ellas. El interior oscuro del vehículo estaba equipado con unos asientos cómodos forrados de terciopelo, en los que se sentaron las damas y Hingis, quien, siguiendo las normas de la cortesía, ocupó el banco que quedaba de espaldas al sentido de la marcha. Al cabo de un momento, el carruaje se puso en movimiento. Acompañado por el golpeteo de los cascos de los caballos, descendió hacia el río por la calle empinada, pasando por delante de mansiones y palacios.
– Y bien, señor Hingis -preguntó la condesa-, ¿han tenido éxito sus esfuerzos?
– Desgraciadamente no -contestó el suizo-. El herrero al que he consultado no ha logrado abrir el codicubus, y tampoco el cerrajero ni el escapista del teatro de variedades.
– Era de esperar -se limitó a decir Sarah, a quien aquello no la sorprendió demasiado.
– Al menos había que intentarlo -dijo Hingis defendiendo las infructuosas molestias que se había tomado-. La información que se oculta en el cubo podría hacernos avanzar un buen trecho.
– Tal vez sí -admitió Sarah-, tal vez no. Probablemente solo se trata de otra maniobra de engaño.
– O de otro indicio en la búsqueda de una medicina para Kamal -objetó Hingis.
– ¿Puedo ofrecerles mi ayuda? -preguntó la condesa educadamente-. Mi esposo tenía relaciones excelentes con muchos eruditos. Seguro que alguno de ellos…
– Es usted muy amable, condesa -rehusó Sarah-, pero nadie puede ayudarnos en este caso.
– ¿Por qué no?
– Porque en todo el mundo solo hay un sitio donde puede abrirse ese recipiente: en una estela funeraria prevista para ello que se encuentra en una pequeña isla del Mediterráneo.
– ¿Está usted segura?
– Absolutamente -confirmó Sarah.
– Comprendo -replicó la condesa, que parecía cavilar algo-. Si me dejara ver el artefacto, tal vez…
– No -dijo Sarah con determinación y con mayor dureza de lo que pretendía-. Disculpe, condesa -añadió al ver la expresión de desconcierto que se dibujó en el semblante de su anfitriona-, nada más lejos de mi intención que desconfiar de usted. Pero poseer un codicubus no es un privilegio, sino una carga. Algunas personas fueron asesinadas cruelmente por su culpa, otras han quedado destrozadas. Cuanto menos sepa de él, mejor para usted, créame.
– Pues claro que la creo, mi querida amiga -aseguró la condesa, aunque de su semblante pálido no podía deducirse si realmente era lo que pensaba-. Así pues, no le quedará más remedio que emprender el largo viaje hacia el Mediterráneo para abrir el artefacto.
– No tenemos tiempo -negó Sarah-. El doctor Cranston no está seguro en lo que respecta al estado de Kamal. Aunque parece estable, puede cambiar de un día a otro, en cualquier momento. No podemos permitirnos realizar ese largo viaje y perder un tiempo precioso para luego, probablemente, constatar que hemos sido víctimas de un engaño. Prefiero atenerme a lo que tenemos.
– Una buena decisión -reconoció la condesa, asintiendo con la cabeza-, ¿y qué tenemos hasta ahora?
– Ya veremos -fue la respuesta evasiva de Sarah.
El carruaje había cruzado el puente, cuyas dos torres se elevaban irreductibles por encima de las orillas y parecían taladrar las nubes bajas. Después de pasar la iglesia de San Francisco, con su gran portal y su cúpula reluciente y visible desde muy lejos, el vehículo tirado por cuatro caballos llegó al Clementinum.
– Realmente impresionante -comentó Sarah cuando pasaron por delante de la fachada barroca de varias plantas, que encerraba varios patios interiores y cuyo frontispicio estaba dominado por la basílica de san Salvador.
– El Clementinum fue construido por los jesuitas a mediados del siglo XVI -explicó la condesa-. El emperador Fernando les pidió ayuda para combatir las revueltas de los herejes y, créanme, los jesuítas hicieron todo lo posible por devolver al redil a las ovejas descarriadas. Exceptuando una breve interrupción, su poder en Praga se prolongó durante más de doscientos años.
– Diría que he notado cierta admiración en vuestras palabras, condesa -constató Hingis.
– ¿Y por qué no? Dos siglos son mucho tiempo.
– Cierto -admitió el suizo-. Pero está demostrado que el poder de los jesuitas se sirvió en Praga de medios extremadamente represivos. No fue casual que la ciudad fuese el punto de partida de la guerra de los Treinta Años.
– Tal vez. Pero eso no atenúa el mérito histórico, ¿verdad?
La condesa formuló la frase tan lapidariamente que replicarla habría equivalido a una ofensa. Por su buena educación y porque estaban en deuda con su anfitriona, Friedrich Hingis renunció a la réplica, pero se notaba que su concepto suizo de la libertad era incompatible con las opiniones de la condesa.
Si Ludmilla de Czerny se dio cuenta de ello, no dejó que eso le arrebatara el entusiasmo.
– Exceptuando el Castillo de Praga -continuó instruyéndolos-, el Clementinum es la edificación más grande de la ciudad. Además de aulas y bibliotecas, cuenta incluso con su propio observatorio astronómico. Alberga la biblioteca de la universidad desde hace más de cien años, lo cual la convierte en una de las más antiguas de Europa.
– Entonces estamos en el lugar adecuado -dijo Sarah mientras el carruaje cruzaba la puerta principal y entraba en el patio central-. Ojalá encontremos lo que buscamos.
– ¿Cree usted que el cíclope le dijo la verdad? ¿Que esa «agua de la vida» existe realmente?
– Lo que yo crea no importa. Lo único que me permite confiar en que hay algo que descubrir es la coincidencia entre las palabras del cíclope y lo que el rabí Oppenheim me reveló.
– ¿Y si es eso precisamente lo que espera de usted la parte contraria? -preguntó la condesa, expresando con ello la mayor preocupación de Sarah.
– Entonces, por el momento, lo haré -respondió a pesar de todo con voz firme-. Mi padre me enseñó que los mitos y los misterios están para ser descifrados, y eso haré exactamente.
– ¿Como ha hecho con el Golem?
– Efectivamente.
El carruaje se detuvo y dos criados vestidos con librea se apresuraron a acercarse para desplegar la escalerilla y ayudar a las damas a apearse.
– ¿Por qué no les explica lo que ha descubierto al rabino y a su joven amigo? ¿Por qué deja que sigan creyendo que un personaje de antiguas leyendas está cometiendo excesos en el barrio judío?
– Porque no creerían mi verdad, condesa -contestó Sarah quedamente-. Y porque un sueño cuyo recuerdo se desvanece lentamente es menos doloroso que una ilusión rota.
La condesa enarcó las cejas.
– ¿Son sus convicciones como científica las que la hacen hablar así?
– No -contestó Sarah con voz queda-. Mi experiencia.
La puerta del carruaje se abrió y los pasajeros se apearon. Un hombre de cabellos canos y aspecto de ser alguien importante, con monóculo y una perilla recortada en punta, salió del edificio principal con una amplia sonrisa en los labios.
– El profesor Leopold Bogary -susurró la condesa a sus acompañantes-, el director de la biblioteca… Y un tiralevitas de manual, que se pronunció en contra de que una mujer pudiera ejercer de docente del Departamento de Humanística.
– Con todo mi respeto, condesa -intervino Hingis secamente-, entonces ¿por qué tenemos que tratar con ese ignorante?
– Muy sencillo -contestó la condesa, mientras en su semblante pálido se dibujaba una sonrisa muy dulce y, a la vez, distante-, porque no solo es un falso, sino también muy útil… Querido Leopold -prosiguió en voz alta, sin que la entonación variara de entrada-, cuánta amabilidad por su parte al recibirnos.
– Por favor, condesa -replicó Bogary agitando las manos antes de hacerle una reverencia exagerada y besarle la mano-. Es un placer para mí.
– También para mí, querido Leopold, también para mí. Permítame que le presente a mi buena amiga lady Kincaid. Lady Kincaid, el profesor Bogary.
– Encantada de conocerle, profesor -saludó Sarah formalmente.
Bogary se quitó el monóculo y entornó los ojos hasta casi cerrarlos antes de volver a ponérselo.
– Una mujer -constató, no muy ocurrente-. Y británica…
– Su perspicacia es insuperable, mi querido Leopold -elogió la condesa sonriendo.
– Pero su mensajero me habló de un especialista, de un reconocido experto extranjero…
– Lady Kincaid es ambas cosas: una maestra en el terreno de la arqueología aplicada y una científica que goza de prestigio y reconocimiento en los círculos competentes en la materia -aseguró la condesa.
– Efectivamente -añadió Hingis-. Yo mismo estuve presente cuando, hace dos años, participó en el Simposio Internacional del Círculo de Investigaciones Arqueológicas que se celebró en la Sorbona de París…
Sarah esbozó una sonrisa irónica. Lo que el suizo decía era verdad. Sin embargo, se había callado adrede que había sido él quien había convertido aquel simposio en un desastre único para ella… por los mismos motivos que parecían mover a Bogary.
Estrechez de miras y arrogancia…
El director de la biblioteca se puso bien el monóculo y escrutó a Sarah de la cabeza a los pies. Lo que vio no pareció gustarle.
– De acuerdo -dijo, sin embargo, al cabo de un instante-, si la Sorbona es capaz de mostrarse tan generosa, nosotros también podemos permitírnoslo. Tiene permiso para consultar y para investigar en la biblioteca.
– Gracias, profesor -dijo Sarah con un amable movimiento de cabeza.
Había aprendido que era mejor ignorar a la gente chapada a la antigua de la ralea de Bogary, aunque ello solo funcionara si su limitada visión del mundo no le obstaculizaba el camino.
Las dos mujeres se dirigieron al portal de entrada y Hingis las siguió a una distancia respetuosa.
– ¿Comprende ahora a qué me refería antes? -le susurró a Sarah la condesa.
– Ya lo creo -contestó-. Ya lo creo…
Biblioteca de la Universidad, Clementinum, Praga
Como tantas veces ocurría cuando estaba en una biblioteca y se movía entre libros y rollos, entre códices y antiguos pergaminos a la caza del pasado, Sarah se olvidó del tiempo y de cuanto había a su alrededor. Sobre una gran mesa situada en el centro de la sala de lectura, que estaba revestida de madera oscura, había decenas de libros y de infolios abiertos, bibliografía especializada en inglés y también en alemán, además de antiguos manuscritos en latín.
Junto a Friedrich Hingis y a la condesa de Czerny, que realmente poseía ciertos conocimientos históricos y dominaba tanto el latín como el griego antiguo, Sarah seguía cualquier posible indicio. El método que la joven aplicaba era muy simple. Se empezaba por un indicio concreto, por una pista que se tenía, y se buscaba un testimonio escrito al respecto. A continuación se investigaban las fuentes documentales, y así una y otra vez. El entramado que se tejía a partir de esa ramificación de informaciones formaba finalmente la base para verificar las propias teorías, y cuanto más se metía en la materia, más información obtenía y más convencida estaba de que el azaroso remedio del que le habían hablado tanto el rabino como el cíclope existía realmente.
Durante toda la tarde y hasta bien entrada la noche, Sarah y sus compañeros examinaron anotaciones escritas a mano y pasajes impresos: leyeron las obras de los clásicos latinos y las reflexiones modernas al respecto y profundizaron en la mística medieval, en apuntes de alquimistas y en tratados filosóficos que giraban en torno a un mismo tema: la cuestión preponderante de cómo el hombre podría apropiarse de la creación, de cómo podría descifrar sus secretos y convertirse en amo y señor de la vida y la muerte.
Sarah nunca se había ocupado antes de esa materia, por eso la sorprendió tanto ver que las ideas fundamentales se manifestaban en numerosas obras tanto de Occidente como de Oriente. Ya fuera en la epopeya sumeria de Gilgamesh, en la mitología griega o en los poemas épicos medievales; ya fuera en la Odisea homérica o en las Metamorfosis de Ovidio; en el Golem de la tradición judía o en las leyendas cristianas del Santo Grial; en los libros de los muertos egipcios o en los estatutos redactados por galenos alquimistas: la idea de descifrar el misterio de la existencia y de asumir el papel de amos de la creación, ya fuera mediante la magia, la técnica o la intervención divina, parecía manifestarse en todas las culturas. Por mucho que las distintas obras se diferenciaran en los detalles, todas hacían suyo el viejo sueño de la humanidad: no tener que seguir aceptando el final de la vida como algo inexorable.
Una de las palabras claves era «inmortalidad», que, si bien no se mencionaba, se repetía en los textos como un eco prometedor y a la vez petulante; la otra era «génesis», la fuerza para crear vida de lo inanimado. Y, de cuando en cuando, también se mencionaba el medio que podía hacerlo realidad.
Hydor bíou.
Aqua vitae.
L'eau de la vie.
Water of life.
Por mucho que las denominaciones en los distintos idiomas fueran diferentes, siempre aludían a lo mismo. El agua de la vida…
– ¿Está segura de que realmente existe ese elixir milagroso? -objetó Friedrich Hingis cuando por enésima vez interrumpieron sus lecturas para poner en común lo leído-. Quizá todos estos textos entrañan un contenido metafórico; al fin y al cabo, al agua se le atribuye un significado espiritual y de dispensador de vida en casi todas las culturas.
– Cierto -admitió Sarah-, ¿y no ha pensado nunca por qué?
– Bueno, supongo que sin agua no puede haber vida, ¿no? Porque es indispensable para la vida en este planeta.
– Cierto -admitió Sarah de nuevo-. Pero ¿y si detrás de todas estas historias se oculta una verdad más concreta? El hombre que me enseñó esta ciencia solía afirmar que todos los mitos tienen un fondo de realidad y, según mi experiencia, tenía mucha razón.
– ¿De quién habla? -preguntó la condesa de Czerny-. ¿De su padre?
Sarah asintió, y una sombra se deslizó por un momento por su semblante.
– De mi padre -confirmó con voz queda, y no pudo evitar que, por un instante, en su mente no apareciera el rostro bondadoso y encuadrado entre cabellos canos de su padre, sino la cara descompuesta por el odio de Mortimer Laydon.
– Entonces, ¿quiere decir que…? -la voz de Friedrich Hingis la retornó al presente.
– Estoy absolutamente convencida -puntualizó Sarah- de que ese fondo real también existe en este caso. Y que es la base donde arraigan todos estos textos. Pensemos en los cíclopes. O en el Golem. En ambos casos nos hemos enfrentado a seres mitológicos que, como se ha visto, tenían una correspondencia real.
– Eso es bien cierto -se vio obligado a admitir Hingis.
– Supongamos que su teoría es acertada -comentó la condesa-. ¿Dónde iniciaremos la búsqueda? ¿Cómo separaremos lo que es verdad de lo que no lo es? ¿El fondo real de lo que se ha añadido y ornado a lo largo de los milenios?
– En este manuscrito medieval -dijo Sarah señalando un antiguo infolio que tenía abierto delante- he descubierto una indicación interesante. Se trata de una crónica monástica de finales del siglo XII escrita en latín.
– ¿Cómo se le ha ocurrido buscar ahí precisamente? -preguntó Hingis.
Sarah sonrió.
– En un tratado sobre alquimia medieval y cabalística judía he descubierto un indicio. Por suerte, en esta biblioteca disponen de una copia de esa crónica. Los monjes del monasterio donde se escribió el original eran conocidos por dedicarse a ciencias secretas. Por eso los procesó la Inquisición. Les cerraron el convento y no pocos monjes acabaron en la hoguera.
– ¿Y la crónica sobrevivió a todos esos avatares? -preguntó incrédula la condesa.
– En efecto. Sin embargo, todas las indicaciones respecto a la localidad donde se encontraba el monasterio fueron suprimidas con minucioso cuidado, de manera que actualmente no se sabe dónde estaba situado. Algunos suponen que en Bohemia, lo cual explicaría por qué el Clementinum posee una copia de la crónica; otros, en el norte de Italia.
– Hmm -musitó Hingis-. ¿Y qué ha descubierto usted ahora?
– Un monje llamado Atanasio emprendió un viaje a la lejana Grecia en el año 1191, supuestamente para visitar a sus hermanos de orden bizantinos en los monasterios del noreste. Sin embargo, en la crónica se manifiesta la sospecha de que a aquel monje le habían confiado una misión secreta que tenía como objetivo conseguir materiae mirandae…
– Materias misteriosas -tradujo Hingis-. Sin duda, para elaborar mixturas alquímicas.
– Eso creo yo también -asintió Sarah.
– Aun así, no deja de ser un indicio vago -objetó la condesa de Czerny-. ¿Qué relación guarda con el «agua de la vida»?
– Sabemos por el rabino Oppenheim que el agua fue llevada al oeste de Europa desde Atenas por comerciantes judíos -explicó Sarah-. Además, en la mitología griega aparece mencionada en diversas ocasiones. El héroe griego Heracles, por ejemplo, murió a causa de un agua con poderes mágicos.
– ¿Murió? -repitió la condesa-. ¿Cómo encaja eso?
– No olvidemos que, según dijo el rabino, existen dos elixires: uno que da vida y otro que la arrebata -explicó Sarah-. El pobre Ptolomeo también lo supo por experiencia propia.
– Ahora que lo menciona -insistió Hingis-, he intentado encontrar pruebas documentales sobre el supuesto envenenamiento de Ptolomeo II. No las hay. Aparte del tal Josefo, ningún historiador habla del suceso.
– Porque él fue el único que estuvo presente -replicó Sarah.
– Pero entonces ¿por qué no compartió la información con otros cronistas como era costumbre?
– ¿Tal vez porque no quiso? -arguyó Sarah-. Según el rabino Oppenheim, el propio Josefo emprendió la búsqueda del agua de la vida y, al parecer, la encontró.
– ¿Dónde? -preguntó la condesa.
– Supuestamente en Grecia. En cualquier caso, desde allí fue a parar a latitudes más occidentales. Y debemos recordar que Alejandro también buscó el agua de la vida para salvar de la muerte a su padre, Filipo, que estaba herido.
– ¿Y? -preguntó Hingis.
– La antigua Pella, que fue capital de Macedonia y donde Alejandro pasó su infancia y su juventud, está a tan solo unos ciento treinta kilómetros de los monasterios que el monje Atanasio visitó en misión secreta.
– ¿Casualidad? -intervino la condesa.
– Demasiadas casualidades para mi gusto -contestó Sarah-. Según la leyenda, el agua con que fue envenenado Heracles procedía del Aqueronte.
– ¿El Aqueronte?
– Según la mitología, el infierno griego estaba surcado por cinco ríos: Aqueronte, Leteo, Cocito y Flegetonte, que desembocaban en el quinto, el Estigia. A quienes morían, los dejaban a orillas del Aqueronte y los entregaban a Caronte, el barquero de los muertos, para que los cruzara a la otra orilla. A los mortales se les solía negar la entrada al Hades. Sin embargo, algunos héroes como Ulises, Orfeo o Perseo se arriesgaron y regresaron sanos y salvos.
– Con lo cual volvemos a las leyendas -concluyó Hingis-. El círculo de las argumentaciones se ha cerrado por desgracia sin que hayamos podido presentar un fundamento sólido basado en hechos demostrables. Solo tenemos suposiciones.
– Hasta ahora -admitió Sarah-. Pero ¿y si en esas leyendas también se esconde un fondo real?
– ¿Qué intenta decir, amiga mía?
El matiz de duda en la voz de Hingis no le pasó por alto a Sarah, ni tampoco la mirada escéptica de la condesa. Por consiguiente, se tomó un momento para contestar y ordenó de nuevo todos los argumentos.
– Bien -replicó finalmente-, si personajes mitológicos como los cíclopes o el Golem tienen un origen real, es de imaginar que historias como las de Orfeo o Perseo en el Hades también se remiten a acontecimientos históricos. A cosas que realmente acaecieron.
– ¿Habla en serio? -En el semblante de la condesa podía verse cierta expresión de divertimento.
– Lady Kincaid suele hablar muy en serio de estos asuntos -constató Hingis.
Dos años antes, el suizo seguramente habría estallado en carcajadas, pero haber conocido a Gardiner Kincaid le había enseñado que ninguna pregunta era demasiado audaz para que una mente despierta no pudiera plantearla, y que siempre valía la pena escuchar atentamente las explicaciones de su hija…
– Por supuesto que hablo en serio -se reafirmó Sarah-. ¿Y si realmente existieron todas esas salvaciones del reino de los muertos? ¿Y si en realidad solo se produjeron de una manera un poco diferente?
– ¿En qué sentido?
– Podría ser que todas esas personas que, según la leyenda, fueron rescatadas del Hades, en realidad no estuvieran muertas, sino que simplemente habían caído en una especie de estasis… O en un estado que los antiguos no sabían diferenciar del de un muerto.
– ¿Se refiere a una especie de muerte aparente?
– Coma, muerte aparente, llámelo como quiera. Lo que importa es que esa gente probablemente había entrado en ese estado y, sobre todo, que algo los liberó de él.
– Comprendo adonde quiere ir a parar -asintió Hingis-. El agua de la vida. Y usted supone que Kamal…
– Llamarlo suposición sería afirmar demasiado -admitió Sarah-. Tan solo es una esperanza a la que me aferró, un leve consuelo.
Hingis asintió y frunció el ceño mientras parecía cavilar.
– ¿Quiere que le dé una opinión sincera? -preguntó al cabo de unos instantes.
– ¿Le habría explicado algo de no ser así?
– De acuerdo. -El suizo se irguió y, por un momento, su semblante adoptó una vez más la expresión de sabelotodo por la que Sarah lo había aborrecido en otras épocas. Ahora sabía que Hingis solo la utilizaba para disimular su inseguridad-. Amiga mía, créame si le digo que me he acostumbrado a presenciar todo tipo de cosas extrañas en su compañía. Y que jamás habría llegado a acercarme a la tumba de Alejandro, ni siquiera me habría atrevido a soñarlo, y, no obstante, fue una realidad. Sin embargo, alimento serias dudas. Lo que ha ocurrido, y no me refiero tan solo a lo que le ha pasado al pobre Kamal, sino también a lo que sucedió anoche, ha sido demasiado para usted y por eso no es de extrañar que busque por todas partes indicios que pudieran salvar a su amado y retornarlo al mundo de los vivos.
– Comprendo -dijo Sarah con voz queda, y bajó la vista mientras se tachaba de necia. ¿Cómo había podido esperar que alguien compartiera siquiera en parte sus aventuradas teorías? Quizá Hingis tenía razón y el deseo de salvar a Kamal prevalecía sobre la razón…
– No obstante -añadió el suizo, arrancándola de sus pensamientos-, no conozco a nadie más que, bajo la presión que suponen todos esos acontecimientos, sea capaz de efectuar unas reflexiones tan brillantes.
– ¿Qué?
Sarah levantó la vista. La condesa de Czerny también parecía sorprendida.
– ¿Quién sabe? -dijo Hingis encogiéndose de hombros-. A lo mejor tiene razón. Puede que los personajes que conocemos de la mitología realmente corrieran una suerte similar a la del pobre Kamal. Quizá les suministraron un veneno que los mantuvo en un estado parecido a la muerte, hasta que una especie de antídoto los devolvió a la vida.
– Eso es exactamente lo que yo creo -corroboró Sarah-. Los médicos me han confirmado que probablemente exista también un antídoto para Kamal. Sin embargo, no supieron decirme qué ingredientes deberían componerlo ni dónde encontrarlo.
– En Grecia -dedujo la condesa.
– Es posible -confirmó Sarah.
– Pero ¿dónde exactamente? ¿Hay algún punto de partida?
– Uno -asintió Sarah-. La única indicación sobre el origen de los elixires misteriosos se encuentra en el mito de Heracles.
– El agua del Aqueronte -recordó Hingis.
– Así es. A diferencia del río Estigia, el Aqueronte existe de verdad; nace en el monte Tomaros y fluye hacia el oeste cruzando el Epiro para desembocar en el mar. -Sarah cogió un atlas histórico que había abierto sobre la mesa-. Si trazan mentalmente una línea entre Pella, la capital de Macedonia, situada al este, los monasterios de Meteora y esta laguna, por la que pasa el Aqueronte en su camino hacia el mar, comprobarán que los tres puntos se encuentran muy próximos a un eje.
– ¡Válgame Dios! -exclamó Hingis, que estaba mirando el mapa.
– Tiene usted razón -constató también la condesa.
– En esa laguna -continuó relatando Sarah-, en tiempos antiguos se encontraba el Necromanteion de Éfira.
– El Oráculo de los Muertos.
– Efectivamente.
– ¿En qué consistía? -preguntó la condesa y, ligeramente avergonzada, añadió-: La historia de la Grecia clásica nunca ha sido mi campo preferido. Siempre me han atraído más los misterios del antiguo Egipto…
– Según la mitología, Éfira era una ciudad situada en la orilla norte de la laguna Aquerusia -explicó Sarah diligentemente-. De hecho, allí se encuentran los restos de una colonia de la época clásica, aunque nunca han sido investigados.
– Comprendo -asintió la condesa.
– Se cuentan todo tipo de cosas milagrosas sobre el Necromanteion -agregó Hingis-. Algunas personas que visitaron el oráculo tuvieron visiones del más allá y de seres a los que habían perdido.
– ¿Cómo es posible?
– Bueno -prosiguió Sarah-, en algunos documentos antiguos se supone que allí estaba la entrada a los infiernos, lo cual significaría que el Oráculo era una especie de puerta entre este mundo y el más allá. En otros se supone que la entrada al Hades se encontraba más hacia el noreste, en los cursos de los ríos que fluyen más arriba. ¿Cuál es la versión acertada? No lo sé. Pero si pensamos que en todas esas leyendas se oculta un fondo de verdad, tengo que ir a Éfira lo antes posible.
– ¿A hacer qué?
– A seguir el río Aqueronte desde sus fuentes en el monte Tomaros hasta la laguna Aquerusia, y a buscar la entrada del Hades -declaró Sarah-. O, al menos, lo que los antiguos griegos creían que era, porque sospecho que allí está el agua de la vida.
– La entrada al Hades -repitió Hingis asombrado-. ¿Va a seguir las huellas de Ulises y Perseo?
– Exacto -confirmó Sarah.
– ¿Qué pretende decirnos, querida? -preguntó la condesa de Czerny en tono de duda-. ¿Espera realmente encontrar las sombras del otro mundo?
– Probablemente no -admitió Sarah-. Sin embargo, tiene que haber algo, una cueva, un río subterráneo, una anomalía geológica, que existe de verdad y que inspiró todos esos mitos. Tengo que ir allí si quiero salvar a Kamal. Estoy plenamente convencida de ello.
– Admiro su sagacidad y su determinación -aseguró la condesa-. Sobre todo porque yo sería incapaz.
– Es usted demasiado modesta.
– En absoluto. Sin embargo, debo advertirla de que tenga cuidado.
– ¿Por qué motivo?
– Es posible que lo que usted llama Epiro perteneciera antiguamente a la Hélade, pero con la conquista de Constantinopla por los turcos se convirtió en parte del Imperio otomano, y así ha seguido hasta nuestros días. El sur de Grecia y una parte importante de Tesalia han conseguido librarse del yugo turco a raíz de la guerra de independencia, pero Epiro y Macedonia continúan bajo Administración otomana. Y aunque sufre muchos achaques, el hombre enfermo de Europa no parece dispuesto a retirarse. Como consecuencia, la tierra fronteriza entre ambos territorios es una región extremadamente peligrosa, sacudida por constantes revueltas. La prensa de todo el mundo informa de ello.
– Conozco las circunstancias políticas de la zona, condesa, y aprecio su preocupación -aseguró Sarah-. No obstante, mi decisión es firme. Tengo que seguir este indicio.
– ¿Aunque le cueste la vida?
– Kamal o yo, ¿dónde está la diferencia? -replicó Sarah con otra pregunta-. Si no encuentro ningún remedio para él, su fin está sellado y el mío también. Ya perdí a una persona que me importaba mucho y que para mí significaba más que nada en el mundo, condesa. No permitiré que vuelva a suceder.
– Sarah, yo… -empezó a decir Hingis visiblemente azorado.
Sarah le pidió con un gesto que no continuara y le ahorró tener que buscar una explicación.
– Ya sé qué quiere decirme, Friedrich -afirmó-, y seguramente tiene usted razón. La empresa que pretendo acometer es arriesgada y, además, no está nada claro el desenlace.
No puedo esperar ni espero que usted participe. De todos modos, ya ha hecho mucho más por mí de lo que podía esperar.
– ¿Cómo? -preguntó atónita Ludmilla de Czerny-. ¿Pretende emprender el viaje sola?
– En compañía de algunos porteadores y de un guía local, ¿por qué no? -replicó Sarah.
– Porque eso no entra en consideración -contestó Hingis enérgicamente-. Aprecio su humildad, mi querida amiga, pero no puedo aceptar que me deje fuera de sus planes. Por supuesto que la acompañaré si usted me lo permite.
– Es usted muy noble, amigo mío, pero no se lo permito.
– ¿No? ¿Por qué no?
– Porque ya he perdido a demasiados buenos amigos. Si a usted le ocurriera algo en esta expedición, jamás me lo perdonaría.
– En tal caso -respondió el suizo sin pensarlo-, la aliviará saber que en esta ocasión pienso seguir de una pieza, y ya puede interpretarlo literalmente. Otra cosa sería que usted no me quisiera porque, a sus ojos, un tullido supone más un obstáculo que una ayuda…
– Pero… no -se apresuró a asegurar Sarah, que había notado cierto deje de enfado en las palabras de Hingis-, se trata de su seguridad. Tenerlo a mi lado sería un gran consuelo y una ayuda irremplazable.
– Entonces cuente conmigo -replicó simplemente Hingis, haciendo un amago de reverencia: para un caballero de su talla, con eso estaba todo dicho.
– También conmigo -afirmó la condesa sonriendo.
– ¿Qui… quiere usted acompañarme también en la expedición?
– ¿Por qué no, querida? Como ya le dije, toda mi vida he deseado darle la espalda a esta ciudad y explorar el ancho mundo. Mi audacia no alcanza para seguirlos hasta el destino de su viaje, pero si usted lo permite los acompañaré un trecho del camino. Tanto más cuanto que dispongo de medios y recursos que a usted podrían estarles vedados.
– Eso sería maravilloso -dijo Sarah-. Una vez más, no sé cómo agradecérselo, condesa.
– Por favor. -La condesa sonrió aún más ampliamente-. Las hermanas se ayudan, ¿no es cierto?
– Eso es verdad -asintió Sarah-. Aunque no sé…
Se interrumpió porque la puerta de la sala de lectura se había abierto de repente y había aparecido el profesor Bogary, acompañado por un muchacho en el que Sarah reconoció a uno de los criados de la condesa. El joven tenía el rostro encendido y su pecho subía y bajaba a causa de la agitada respiración… Y al ver la terrible expresión en su semblante, Sarah supo que había sucedido algo.
– Buenas noches, alteza -exclamó jadeando, mientras se inclinaba profundamente delante de su señora-. Disculpe la intromisión. Me envía el doctor Cranston…
– ¡Kamal! -Sarah se levantó alarmada de su asiento, puesto que tenía muy claro que la noticia solo podía concernir a su amado-. ¿Qué le ocurre?
– El doctor dice que vayan enseguida -comunicó entrecortadamente el mensajero-. Es muy urgente…
Diario de viaje de Sarah Kincaid, anotación posterior
Ha sucedido lo que temía: el estado de Kamal ha empeorado dramáticamente. Su pulso es irregular y apenas se percibe. Si no consigo ayudarlo pronto, temo lo peor…
Palacio de Czerny, Malá Strana, Praga,
mañana del 12 de octubre de 1884
No se apartó de su lado en toda la noche. Había escuchado atentamente y con espanto las palabras del doctor Cranston, pero no había entendido realmente lo que decía. Había hablado de un aumento de la temperatura corporal y de una disminución de los reflejos, que quizá provocaría que pronto fuera imposible continuar suministrando al paciente los líquidos y la alimentación que necesitaba tan imperiosamente para sobrevivir. Asimismo, las consecuencias de la alimentación artificial comenzaban a notarse. El paciente estaba débil y era propenso a coger infecciones de todo tipo…
– No puedes irte, ¿me oyes? Tienes que quedarte conmigo…
Sus labios formularon por enésima vez esas palabras, que se habían convertido en una especie de conjuro a lo largo de la noche. Cada vez que la desesperación y la pena amenazaban con vencerla, Sarah lo pronunciaba y, de ese modo, consiguió realmente mantener sus sentimientos a raya. Sus mejillas estaban pálidas y consumidas, y los ojos enrojecidos por las lágrimas.
Cogía continuamente un vaso de agua hervida que estaba sobre la mesilla de noche e intentaba verter unas gotas en la boca entreabierta de Kamal. Con suerte, eso lo mantendría con vida unos días, quizá incluso una o dos semanas, pero no lo curaría.
Porque no era el agua adecuada…
Aunque el estado de Kamal había empeorado (¿o precisamente por eso?), Sarah seguía dispuesta a emprender el viaje y comenzar la búsqueda del remedio. No podría llevarse con ella a Kamal, eso era incuestionable, y le rompería el corazón separarse de él. Pero, de no hacerlo, el enfermo se vería despojado de la última esperanza de curación.
Se inclinó sobre su amado y lo besó cariñosamente en la frente ardiente.
– Iré a buscar ayuda, amor mío -le susurró al oído-. Buscaré un remedio para ti y te liberaré de la oscuridad; no importa lo que tenga que hacer ni con qué poderes tenga que pactar. Te salvaré, cariño, ¿me oyes? ¡Juro que te salvaré!
Se incorporó un poco para ver si sus palabras habían causado algún efecto. Pero el semblante de Kamal, que ya no parecía ni joven ni enérgico como unos días atrás, sino consumido y demacrado, no mostró ninguna reacción.
Probablemente no podía oírla…
Pero no por eso su promesa era menos sincera…
Las lágrimas volvían a estar a punto de saltársele cuando se abrió la puerta de la habitación. Sarah se secó enseguida los ojos, puesto que supuso que serían Cranston o Hingis y no quería mostrarse tan débil y vulnerable ante ellos. Pero se equivocaba, ya que no fue ninguno de sus dos compañeros masculinos quien entró en la sala, se acercó a ella con pasos silenciosos y le puso la mano en el hombro para reconfortarla, sino la condesa de Czerny.
– Sé cuánto está sufriendo -le dijo con voz queda-. Yo también velé a mi esposo en el lecho de muerte durante muchos días y muchas noches. Luchas contra el destino y te preguntas por qué te lo quitan todo.
– Aún no tengo motivos para luchar contra el destino, condesa -replicó Sarah valerosamente-, porque aún hay esperanza y este no es un lecho de muerte.
– Por supuesto que no -se apresuró a decir la condesa, aunque se notó que lo hacía para tranquilizar a Sarah-. ¿Aún tiene intención de seguir su plan?
– Ahora más que antes.
La condesa asintió pensativa; luego se sentó junto a Sarah en el borde de la cama. Durante unos segundos, las dos mujeres se miraron profundamente a los ojos sin que pudiera saberse qué pensaban una de otra.
– Es usted una mujer asombrosa, lady Kincaid.
– Usted también, condesa.
– No había visto nunca a nadie con una voluntad tan inquebrantable.
– No se trata de voluntad inquebrantable -corrigió Sarah, sonriendo azorada-, sino de desesperación.
– Pues no parece desesperada.
– Tal vez porque he aprendido a ocultar lo que realmente siento.
– Igual que yo.
– Bueno -replicó Sarah quedamente-, entonces sí que parecemos realmente hermanas, ¿no?
La condesa asintió con un movimiento de cabeza. Sus miradas se encontraron de nuevo y, por un momento, fue como si el tiempo se detuviera a su alrededor.
– Si me hace el favor de acompañarme al salón -dijo finalmente la condesa Ludmilla-. Los señores Cranston y Hingis se han reunido allí para que hablemos.
– Ahora mismo voy -prometió Sarah.
Antes de levantarse y seguir a la condesa, le dedicó de nuevo una mirada amorosa a Kamal y le acarició suavemente la mejilla y el mentón cubierto de barba.
Siguiendo el consejo del doctor Cranston, las cortinas de terciopelo de la habitación estaban corridas, de manera que allí imperaba una penumbra tranquilizadora que el médico consideraba beneficiosa para el paciente. Cuando Sarah salió de la habitación, la cegó la luz que entraba por los altos ventanales del corredor. Si bien se había enterado de que ya había despuntado el día, no le había dado más importancia. Entonces se dio cuenta de que había empezado a nevar bien entrada la noche y que tanto las calles como los tejados de las casas vecinas estaban cubiertos por una capa blanca.
La condesa de Czerny la acompañó personalmente al salón, donde, dado que el invierno había irrumpido, la chimenea estaba encendida desde primera hora de la mañana. El fuego chisporroteaba en el interior, enmarcado en estuco gris, y delante había una mesa baja de madera con unas patas elegantemente torneadas. Encima había un mapa desplegado. La mesa estaba flanqueada por unas butacas tapizadas con terciopelo, de las que dos estaban ocupadas. Los dos hombres que se sentaban en ellas interrumpieron la conversación y se levantaron cuando Sarah y la condesa entraron en la sala.
– Hola.
– Buenos días, Friedrich. Y también a usted, doctor.
– Sarah -contestó Cranston, y devolvió el saludo inclinando educadamente la cabeza y con una mirada de preocupación-. ¿Cómo se encuentra?
– Bien, gracias -mintió Sarah: en realidad se sentía consumida y miserable, no solo porque había pasado la noche en vela, sino también porque esa mañana sentía náuseas.
– Enseguida iré a ver a Kamal -prometió el médico-. Pero antes tenemos que hablar de algunas cosas. La condesa y el señor Hingis me han informado de lo que descubrieron en la biblioteca…
– Bueno -se limitó a decir Sarah mientras la condesa y ella se sentaban. Acto seguido, Cranston y Hingis también tomaron asiento-. Al menos hay un indicio que valdría la pena seguir.
– ¿Incluso después de que el estado del paciente haya empeorado?
– Precisamente porque el estado del paciente ha empeorado -afirmó Sarah-. Ni usted ni ningún otro médico pueden curar a Kamal. El agua de la vida es su última posibilidad.
– No necesita convencerme, lady Kincaid. Si no confiara ciegamente en usted, jamás me habría declarado dispuesto a realizar este viaje. Ya sabía lo que se traía entre manos.
– ¿Pero? -preguntó Sarah.
– Pero, teniendo en cuenta los recientes acontecimientos -prosiguió Friedrich Hingis en lugar de Cranston-, debemos disponerlo de otra manera. En su estado, es imposible que Kamal participe en el viaje…
– Eso es verdad -admitió Sarah.
– … pero también perderemos tiempo innecesariamente si lo dejamos en Praga -continuó Cranston, que, mirando a la condesa de Czerny, añadió-: Aunque no podría imaginar un lugar en el mundo donde nuestro paciente estuviera mejor atendido.
– Se lo agradezco, doctor -dijo la condesa.
– Entonces, ¿qué propone? -inquirió Sarah.
– Yo, nada -puntualizó Cranston-. La condesa ha hecho una propuesta que, en mi opinión, nos posibilita llevar a cabo nuestros planes.
– Comprendo -dijo Sarah-. ¿Y en qué consiste esa propuesta?
– ¿Qué ruta tenía pensado elegir? -preguntó la condesa.
– La más corta -contestó Sarah sin vacilar-. De Praga a Viena, desde allí a Venecia y, luego, en barco hasta Grecia.
– Es lo que imaginaba. Sin embargo, debería considerar que cruzar los Alpes en invierno y después realizar una travesía marítima conlleva imponderables fatigas que nuestro paciente seguramente no soportaría.
– Soy muy consciente de ello, condesa -admitió Sarah-. Por eso había pensado en dejar a Kamal bajo su custodia, si usted lo permite.
– Por supuesto que lo permito, pero creo que hay otra posibilidad. ¿Por qué no toma la ruta terrestre y utiliza aquel tren que, desde su viaje inaugural en octubre del año pasado, proporciona constantemente titulares y rompe un récord de velocidad tras otro?
– ¿Se refiere al Orient-Express? -conjeturó Sarah.
– En efecto -asintió la condesa-. Ese nombre, seguramente demasiado opulento, encierra una posibilidad de viajar que realmente lo hace merecedor de que lo tilden de avanzado. En circunstancias favorables, el tren supera la distancia entre París y Constantinopla en tan solo ocho días.
– Eso es notable -reconoció Sarah, que aún recordaba vividamente el viaje a través del Imperio alemán, aburrido y muy fatigoso para Kamal-. Por eso intenté conseguir plazas para cubrir el trayecto entre París y Viena al venir hacia aquí, pero era totalmente imposible conseguir billetes a tan corto plazo.
– No para mí -replicó la condesa sin ninguna modestia-. Me he permitido cuidarme de organizar un viaje rápido y sin dificultades que garantice que su querido Kamal pueda realizarlo y, además, no sufra más trastornos de los que sufriría en este palacio.
– ¿Cómo? -inquirió Sarah.
– He alquilado un vagón de la Compagnie Internationale des Wagons-Lits, en el que Kamal y también nosotros encontraremos el mejor acomodo.
– ¿Se refiere a un coche cama? -preguntó Sarah.
– Efectivamente -confirmó Cranston-, y no uno de aquellos modelos tradicionales que cubren otros recorridos y en los que el placer de viajar es cuestionable, sino el más moderno de los que existen.
– Ya está todo organizado -añadió la condesa-. A lo largo del día de hoy, nos prepararán un vagón de la CIWL y esta noche partiremos de la estación de Praga. El destino es Viena, donde desengancharán el vagón y lo acoplarán al Orient-Express. En Budapest, donde el tren llegará poco después, volverán a desenganchar nuestro vagón y lo unirán al tren que se dirige a Belgrado.
– La línea ferroviaria acaba en Semlin, un suburbio situado en el norte de la capital serbia -prosiguió Cranston-, con lo cual nuestra excursión conjunta acabará allí. La condesa y yo nos quedaremos en Belgrado, mientras el señor Hingis y usted prosiguen el viaje. Pasarán por Nis, Vranje y Uskub, y llegarán a Salónica.
– ¿Y Kamal? -preguntó Sarah.
– La condesa y el doctor Cranston están dispuestos a ocuparse de él en Belgrado durante nuestra ausencia -explicó Hingis.
– Creo que es el único camino viable -añadió la condesa rápidamente-. Los vagones de la CIWL ofrecen la posibilidad de acercar un buen trecho a Kamal hasta donde se encuentra la medicina. Sin embargo, someterlo a las fatigas de una travesía en barco no me parece muy responsable.
– Desde un punto de vista médico, no puedo estar más de acuerdo -la secundó el doctor Cranston-. De todos modos, es sorprendente que el paciente aún siga con vida.
– Es fuerte -afirmó Sarah.
– En efecto. Pero eso no puede ni debe hacernos olvidar que se encuentra en una fase extremadamente inestable. El más mínimo cambio podría tener efectos catastróficos.
– Creo que sería una solución idónea -insistió la condesa-. En cualquier caso, Kamal estaría más cerca de la curación que en Praga.
– Eso es verdad -aceptó Sarah, echando un vistazo al mapa-. Desde Salónica podríamos proseguir el viaje a caballo o con camellos en dirección oeste, siguiendo las huellas de Alejandro.
– Y de Heracles -añadió Hingis sonriendo-. Lo que le pareció bien a un semidiós, tiene que ser de recibo para mí.
– Tally-ho -dijo Cranston lacónicamente.
– En cualquier caso, debemos apresurarnos -reflexionó Sarah-. Si los puertos de montaña están cerrados…
– Yo no he afirmado que este plan no entrañara riesgos -dijo la condesa de Czerny-, pero creo que supone una buena alternativa. Entonces, ¿que? ¿Quiere arriesgarse y emprender la aventura con nosotros? Debo confesar que yo no tengo demasiada experiencia en…
– Eso no importa -dijo Sarah meneando la cabeza-. Le doy las gracias, condesa, por todo lo que ha hecho por nosotros y por lo que quiere hacer, y acepto su oferta agradecida, aunque no comprendo por qué se toma tantas molestias por una desconocida.
– No es ninguna molestia -aseguró la condesa-, y usted tampoco es una extraña, Sarah. Además, he esperado durante años una oportunidad como esta. Por fin podré escapar de estos muros y hacer lo que siempre he deseado. Por fin estoy a punto de librarme de las cadenas que me ha impuesto la sociedad y de ser una persona libre… Y tengo que agradecérselo a usted. Por lo tanto, no me dé las gracias, puesto que en realidad soy yo la que tiene que dárselas.
– Me avergüenza usted, condesa.
– Ludmilla -la corrigió.
Ambas se estrecharon las manos y la condesa selló la alianza inclinándose hacia Sarah y dándole un beso, pero no en la mejilla, sino en los labios. Fue un contacto cálido y húmedo, pero no desagradable, de manera que Sarah no se apartó aunque hubo algo en aquel beso que le pareció sumamente extraño, ya que por un momento le dio la impresión de que eran realmente los labios de su hermana los que la tocaban suave y tiernamente.
Se separaron y Ludmilla de Czerny se echó a reír de muy buen humor. Dio unas palmadas y apareció un criado vestido con librea, que llevaba en las manos una bandeja con cuatro copas llenas a rebosar de un líquido transparente.
– Slibovitz -aclaró la condesa mientras se levantaba-, un agua de la vida muy distinta. Brindemos por nuestra decisión y por el comienzo de nuestra aventura.
– Por el comienzo de nuestra aventura -repitieron Cranston y Hingis al unísono, mientras cogían sus copas.
– Y por Sarah -añadió Ludmilla-. Por que encuentre lo que busca.
– Por que encuentre lo que busca -repitieron.
– Salud -dijo la condesa.
– Cheers -replicó Sarah.
Sarah percibió un aroma intenso a ciruelas maduras y el olor acre del alcohol, y de repente sintió náuseas. Sin que pudiera explicarse el porqué, todo en ella se resistía a probar aquel licor. Indecisa, sostenía la pequeña copa entre sus manos.
– ¿Y eso? -preguntó Hingis, que ya había apurado la suya y tenía las mejillas enrojecidas-. ¿Duda? Si no recuerdo mal, nunca ha rechazado usted unas buenas gotas…
– Es verdad -contestó Sarah, cuya renuencia iba en aumento-. Pero, en este caso, preferiría abstenerme. Discúlpeme, Ludmilla.
– Por supuesto. -La condesa sonrió y tendió la mano-. Si me lo permite, me lo beberé yo en su lugar.
Sarah le dio la copa y la condesa la vació sin que sus pálidas mejillas cambiaran siquiera ligeramente de color. Solo el brillo de sus ojos verde esmeralda pareció intensificarse un poco.
– Bien -comentó Cranston-, creo que todos tenemos cosas que hacer. Iré a ver al paciente y luego me prepararé para el viaje.
– Yo también -afirmó Sarah-. Además, aún tengo que realizar algunas compras antes de partir.
– Hágalo -dijo la condesa-. Antonín volverá ahora mismo a la estación a confirmar la reserva del coche cama y a arreglar las cuestiones económicas. No podemos perder tiempo, ¿verdad? Propongo que nos volvamos a encontrar aquí, en el salón…, ¿dentro de tres horas?
– De acuerdo -dijo Sarah, y puesto que Hingis y Cranston asintieron con sendos gestos de cabeza, ya estaba todo dicho.
Sarah Kincaid y los dos hombres se despidieron para dedicarse a sus propios asuntos, y la condesa se quedó. Cuando sus nuevos aliados habían salido del salón, la sonrisa solícita y dulce desapareció del semblante de Ludmilla de Czerny como si nunca hubiera estado allí.
La condesa volvió a sentarse y, absorta en sus pensamientos, se quedó contemplando el fuego que ardía en la chimenea incluso cuando uno de los paneles de la pared se abrió, deslizándose a un lado con un leve rumor, y pudo verse un pasadizo que hasta entonces había permanecido oculto. La condesa no se dignó mirar a la figura gigantesca y cubierta con una capa que salió por él y se le acercó.
– ¿Y bien? -preguntó el gigante.
– No cabe duda -contestó la condesa, permitiéndose una risa contenida y sarcástica-. Ya es nuestro.
El gigante la miró y por fin la condesa se dignó levantar la vista y fijarla en un rostro con una frente despejada, desde donde la observaba un único ojo.
Diario de viaje de Sarah Kincaid
Recuerdo haber leído noticias sobre el Orient-Express en los periódicos: hablaban de una «maravilla extraordinaria», de un «milagro de la técnica moderna». Teniendo en cuenta todo lo que veo y experimento, no puedo estar más de acuerdo.
Antes de nuestra llegada a Praga, los vagones de la CIWL (o de la ISG, como la llaman aquí, en el Imperio austrohúngaro) nos habían prestado un buen servicio, pero, comparados con los que cubren la ruta oriental, aquellos ofrecen una imagen antediluviana. Acero, cristal y madera de teca forman una unidad que no solo resulta preciosa, sino también sumamente práctica, y el ambiente a bordo solo puede compararse con el de un baile o una recepción solemne. Después de lo acontecido en Praga, me siento como si nos hubieran apartado de la cruda realidad, pues a bordo todo parece girar alrededor del bienestar de los viajeros y su esparcimiento. Sin embargo, solo necesito mirar el rostro consumido y marcado por la enfermedad de Kamal para saber que este no es un viaje de placer.
El tren está compuesto por un total de seis vagones que, según me han comentado, se corresponden con la distribución típica del Orient-Express. La locomotora, una vigorosa bestia de carga negra como el azabache, que parece respirar vapor por todos los poros de su cuerpo acerado, va seguida por un ténder cargado de carbón que, a su vez, está conectado a un primer furgón de equipajes que sirve de almacén de víveres y de bebidas, así como de alojamiento para el personal. Este conecta con un primer coche cama, uno de esos vagones enormes y espaciosos, en cuyos comodísimos compartimientos hay sitio para veinte personas, y en cuyos extremos se han instalado excusados separados para hombres y mujeres. Los compartimientos son amplios y están bellamente decorados, con bancos que se transforman en camas cuando hace falta.
El centro, y a la vez la joya del tren, lo conforma el vagón restaurante: un salón sobre ruedas, recubierto con gobelinos de piel y terciopelo genovés, en cuya minúscula cocina un chef francés se ocupa de preparar especialidades de lo más selecto; incluso han pensado en una pequeña biblioteca y un saloncito para las señoras, y yo me siento infinitamente más como en casa en la primera. El vagón restaurante está unido a un segundo coche cama, que va seguido por el vagón de la condesa, en el que, gracias a la generosidad de Ludmilla de Czerny, podemos viajar todos muy confortablemente. El final del tren lo forma un vagón de equipajes donde no solo se guardan los voluminosos efectos que los pasajeros no necesitan durante el viaje, sino que también incluye (un lujo casi inimaginable) cabinas de ducha con agua caliente que hacen posible que los viajeros se aseen periódicamente.
Instalados en semejante lujo, avanzamos a buen ritmo.
Ya hemos dejado atrás Viena y viajamos hacia Budapest, pasando junto a árboles cubiertos de nieve y llanuras salpicadas de escarcha. En tanto que en el exterior hace un frío de nieve, la temperatura en los vagones es agradable. El aroma a café y a pan y pastelillos recién hechos flota en el aire y se mezcla con los olores a cera y a cuero que parecen omnipresentes.
Casi lamento no poder viajar hasta Estambul en compañía de mi amado Kamal. Me imagino que es nuestro viaje de bodas, del que tantas veces hablamos en broma, y la pena me embarga súbitamente. Porque el viaje que hemos emprendido es muy distinto y, mientras que en el vagón restaurante corre el champán a raudales y sirven coq au vin, a nosotros se nos escapa el tiempo entre las manos…
Orient-Express, mediodía del 14 de octubre de 1884
La letra con que Sarah Kincaid había escrito en las páginas de su diario parecía un poco torpe comparada con la de las anotaciones de días anteriores. Si bien los vagones de la CIWL, con cuatro ejes y montados sobre modernos bojes, se correspondían con el nivel más actual de la técnica, no lo hacían tanto las vías por las que circulaba el tren y que pertenecían a la privilegiada red de los ferrocarriles del Imperio austríaco. Cada vez que un raíl se unía al siguiente, el vagón sufría una sacudida que se plasmaba en la escritura de Sarah.
La joven echó de nuevo una ojeada a la anotación, cerró el diario y lo dejó sobre la mesilla, que estaba situada debajo de la ventanilla y podía plegarse si era necesario, junto con los mapas que había encima y el enigmático objeto en forma de cubo.
El codicubus…
Sarah lo cogió por enésima vez y lo giró en sus manos, examinándolo por todas las caras. Había creído que el cubo que antaño la había llevado a Alejandría era único y que no había ningún otro en el mundo, pero era obvio que se había equivocado. La pieza que sostenía en sus manos, que ni siquiera la destreza de un artista había conseguido abrir, era buena prueba de ello.
Por otro lado, aquel cubo no se diferenciaba en nada del que le habían entregado una vez en París: las caras estaban ligeramente cubiertas de óxido, aunque eso no perjudicaba la solidez del objeto, y tenía grabados, igual que el otro, los caracteres del sello de Alejandro y el símbolo del Uniojo. De hecho, los dos cubos se parecían tanto que un pensamiento audaz se apoderó de Sarah.
¿Podía ser que en realidad no existieran dos cubos? ¿Que en verdad volviera a sostener en sus manos el mismo artefacto que su padre le había dejado y cuya posesión había costado una muerte atroz a tanta gente? Sarah se estremeció.
De hecho, ella solo había visto cómo se destruía el contenido del codicubus, los pinakes [4]secretos de Alejandría. Siempre había supuesto que el cubo había sufrido el mismo destino, pero no tenía pruebas de ello.
¿Qué significaría que el cubo hubiera regresado realmente a ella después de tanto tiempo? Ni más ni menos, que el cíclope que le había arrebatado el codicubus y el cíclope que se lo había devuelto se conocían. ¿Cuántos seres con un solo ojo habría? ¿Y estaban de parte de Sarah, como siempre afirmaban? Pero entonces ¿por qué la acosaban y sembraban miedo y terror?
Sarah recordó horrorizada los dramáticos acontecimientos en las alcantarillas de Praga, y también la figura gigantesca que la había seguido en la espesa niebla de Yorkshire, hacía muchísimo tiempo o, al menos, eso le parecía. Ahora estaba convencida de que aquella criatura siniestra también era un cíclope, un agente del Uniojo que no la había perdido de vista durante todo el tiempo en que, erróneamente, se creyó protegida y a salvo.
Llamaron educadamente a la puerta de su compartimiento y la joven aguzó el oído.
– ¿Sí?
– Soy yo, Friedrich -se oyó al otro lado de la puerta, decorada con taracea y barnizada.
– Pase -contestó Sarah, y volvió a dejar el codicubus sobre la mesa.
La estrecha puerta se abrió y apareció en ella el suizo, con el cabello alborotado como siempre. En tanto que Sarah disponía de un compartimiento doble para ella sola, Hingis y Cranston tenían que compartir el suyo. La condesa de Czerny ocupaba con su doncella un espacioso compartimiento de cuatro plazas, y los dos criados que la acompañaban en el viaje pernoctaban también en uno doble.
El quinto y último compartimiento del vagón estaba reservado a Kamal; habían convertido la amplia litera en un lecho de enfermo, junto al cual alguien hacia guardia constantemente para avisar a Sarah o al doctor Cranston en caso necesario.
– Que aproveche -la saludó Hingis campechanamente. Por las salpicaduras de salsa oscura en su camisa blanca y por la mezcla del aroma a carne y humo de tabaco que inundó el compartimiento, Sarah dedujo que venía del vagón restaurante-. ¿Dónde se mete? La hemos echado de menos en la comida.
– Lo dudo -replicó Sarah, esbozando una sonrisa escueta-. Me temo que, en estos momentos, mi presencia en la mesa no es muy edificante -prosiguió, y señaló los libros y los mapas que había sobre la mesa-. Prefiero prepararme para la misión.
– De eso precisamente quería hablar con usted -contestó Hingis, que de repente parecía nervioso-. ¿Me permite entrar?
– Por supuesto -afirmó Sarah, indicándole que tomara asiento al otro extremo del largo banco-. Siéntese.
– Gracias.
El suizo entró en el compartimiento después de mirar a ambos lados y asegurarse de que no había nadie observándolo en el pasillo. Cerró la puerta con cuidado y tomó asiento.
– ¿Puedo preguntarle una cosa, Sarah? -dijo-. No espero confidencias ni jamás supondría que…
– ¿Qué quiere saber? -Sarah fue al grano. No había tiempo para rodeos y formalidades.
– ¿Tiene miedo? -preguntó el suizo a bocajarro, y pareció aliviado por haber expresado por fin lo que le preocupaba.
– ¿A qué se refiere?
– Solo quiero una respuesta, eso es todo.
La mirada de Sarah reveló inseguridad y también una leve ira. ¿A qué diantre venía aquella tontería? Para ocultar lo mucho que la pregunta de Hingis la incomodaba, desvió la mirada y la posó en la ventanilla, por donde se veían pasar postes de telégrafos y árboles sin hojas.
– Pues claro que tengo miedo -reconoció-. La vida del hombre al que amo pende de un hilo de seda. Llay momentos en los que abrigo esperanzas y tengo la sensación de que todo irá bien. Pero luego miro al doctor Cranston, veo en su rostro la preocupación y me embarga el desencanto. -Suspiró y volvió a desviar la mirada para dirigirla a su compañero-. Miedo a fracasar, igual que en Alejandría.
– Entonces no fracasó, Sarah. La engañó una persona en la que confiaba.
– En efecto -resolló la joven-. Y ¿sabe usted qué me dijo esa persona cuando la visité en la cárcel?
– ¿Qué?
– Dijo que este viaje me llevaría directamente a las tinieblas -contestó Sarah, sombría-. Y a veces tengo la impresión de que estaba en lo cierto.
– Igual que yo -corroboró Hingis frunciendo el ceño y enarcando las cejas, lleno de preocupación, por encima de la montura de sus lentes metálicas.
– ¿Qué quiere decir?
– Bueno -contestó el erudito removiéndose inquieto en el banco mientras parecía buscar las palabras adecuadas-; después de lo que ocurrió en Praga, no consigo librarme de la sensación de que detrás de esas aparentes casualidades y conexiones, de esa maraña de insinuaciones enigmáticas y de indicios ocultos, realmente podría esconderse algo. Algo grande, Sarah. Algo muy grande, frente a lo cual la Biblioteca de Alejandría es tan insignificante como un puñado de polvo.
– ¿Adonde quiere ir a parar?
– Inmortalidad -contestó Hingis con una sola palabra-. De eso, y solo de eso, se trata. Todos los textos que hemos examinado, independientemente de la época o de la lengua en que fueron escritos, tratan de eso, de borrar adrede los límites entre la vida y la muerte o incluso de transgredirlos… Un sueño de la humanidad, tan antiguo como la propia Historia.
– Tiene usted razón, sin lugar a dudas -admitió Sarah-. Pero no veo qué tiene que ver eso con nosotros…
– Todos nosotros -prosiguió Hingis-, y no me excluyo a mí, ni a usted ni al doctor Cranston, estábamos tan concentrados en ayudar a Kamal que hemos perdido de vista otras cuestiones importantes…
– ¿Otras cuestiones importantes? -Sarah lo miró asombrada-. Friedrich, el hombre al que amo se está muriendo. ¿Qué podría ser más importante que…?
– Todos queremos ayudar a Kamal -aseguró el suizo-, pero estábamos tan ocupados preguntándonos si podríamos que no hemos pensado si debíamos.
– ¿Qué insinúa?
– Sarah -dijo Hingis, y de nuevo se notó que le costaba pronunciar las palabras-, sé que Kamal es más importante para usted que su propia vida, y también sé que cree que tiene que reparar con él lo que no pudo hacer con su padre…
– ¡Eso no es verdad!
– Lo es, y usted lo sabe tan bien como yo. Usted no podía hacer nada por su padre, pero sigue culpándose y se prometió que jamás se repetiría nada igual.
Sarah iba a contestar, pero se abstuvo y meditó un momento las palabras de Hingis. El resultado fue que tenía que darle al menos una parte de razón.
– Quizá -reconoció entonces a disgusto.
– Por ese motivo -prosiguió Hingis-, ha perdido de vista lo esencial, la gran totalidad.
– ¿En serio? -Sarah enarcó las cejas-. ¿Y qué es esa gran totalidad, si me permite preguntárselo?
– Si fuera usted sincera consigo misma durante unos segundos y abriera los ojos en vez de cerrarlos ante la realidad, no necesitaría hacerme esa pregunta -arguyó Hingis-. Pero probablemente conoce la respuesta tan bien como yo, aunque no quiera admitirla.
– ¡Cállese! -lo interrumpió Sarah-. ¡No diga nada más!
– ¿Por qué no? ¿Porque le digo la verdad? ¿Porque le pongo delante un espejo y no le gusta lo que ve reflejado en él? ¿Porque en el fondo de su corazón sabe perfectamente que está a punto de volver a cometer el mismo error que ya fue su perdición en Alejandría?
– ¿Qué error?
– Por salvar a un ser querido, entra en un juego peligroso. Sigue los indicios y procura interpretarlos a conveniencia, aunque es más que evidente quién se los ha dado. Cuando nos capturaron y nos hallábamos en poder del cíclope, dijo usted algo que me hizo meditar: que daba igual lo que sus enemigos le exigieran o qué objetivos persiguieran, puesto que su único objetivo era salvar a su amado.
– ¿Y?
– Al principio pensé que solo había elegido esas palabras para provocar a nuestro verdugo. Sin embargo, ahora estoy convencido de que hablaba en serio, y esa idea, Sarah, casi me atemoriza más que cualquier otra cosa. Porque significa que se ha entregado al enemigo y hará todo lo que le exijan sin rechistar… Y que no le importan en absoluto las consecuencias de sus actos, por muy tremendas que sean.
– ¿Qué consecuencias?
– Vamos, Sarah -dijo Hingis meneando la cabeza-. No me diga que no ha pensado en ello. Usted sabe que fue la hermandad quien envenenó a Kamal y tuvo muy claro desde el principio que todas las pistas que encontraba se las habían dejado cuidadosamente. Incluso el Golem resultó ser un truco, un medio para echarle el cebo.
– ¿Y?
– Sus enemigos quieren algo de usted, Sarah, eso es evidente. Y supongo que tiene que ver con el agua de la vida. Ambos sabemos que esa gente no tiene escrúpulos, Sarah, y que su ansia de poder y conocimiento es insaciable. ¿No ha pensado que tal vez quieran descifrar el secreto de la inmortalidad? ¿Que es eso lo que esperan de usted y que está usted a punto de entregar el mayor misterio del cosmos a una panda de criminales?
– ¿Y eso lo afirma precisamente usted? -preguntó a su vez Sarah.
– ¿Por qué lo dice?
– Me acuerdo muy bien de Alejandría. -Sarah soltó una risa amarga-. Ningún esfuerzo ni ningún despliegue económico le parecían exagerados para alcanzar un logro arqueológico sensacional. Usted quería un descubrimiento, quería encontrar sin falta la biblioteca desaparecida, incluso sabiendo que había varias partes interesadas y que se trataba de mucho más que de la gloria de la ciencia.
– Cierto -admitió Hingis abiertamente-. Yo era realmente así, pero eso se acabó. He cambiado -dijo mirando la prótesis de su brazo izquierdo-. La pérdida me ha cambiado -añadió quedamente.
– Igual que a mí -replicó Sarah, de nuevo tranquila y controlada-. Y por eso no soportaría perder de nuevo a un ser amado. ¿Puede comprenderme, Friedrich?
Le dedicó una mirada tan penetrante que el suizo se sintió desarmado y no pudo por menos que asentir prudentemente.
– Bien -dijo Sarah-. Por lo demás, tiene usted razón con sus objeciones.
– ¿Me… me da la razón?
– Por supuesto. Nuestros enemigos intentan manipularnos, igual que antaño en Alejandría, y no dudo de que, igual que antes, están informados de todos y cada uno de nuestros pasos.
– Pero entonces ¿por qué les sigue el juego? -gimió Hingis, desconcertado.
– Por dos motivos. En primer lugar, porque creo que es la única esperanza para Kamal. Y, en segundo lugar, porque hay una diferencia sustancial respecto a Alejandría.
– ¿Cuál?
– Esta vez vamos sobre aviso -contestó Sarah, y en su semblante se dibujó una sonrisa amarga y audaz a la vez-. Y no me encontrarán desprevenida, créame. En todo lo que hacemos, debemos estar alerta y ser extremadamente cautelosos… Usted también, amigo mío.
– Oh, Sarah. -El suizo lanzó un silbido de alivio que sonó como una tetera llena de agua hirviendo al retirarla del fuego-. Y yo que pensaba que había perdido de vista la realidad…
– Como ve, sigo teniendo los pies en el suelo.
– Es evidente -asintió Hingis-. Pero ¿por qué ha discutido tan airadamente conmigo?
– Tal vez porque quería saber hasta dónde llegaría defendiendo sus convicciones -contestó Sarah.
– ¿Y? ¿He llegado lo bastante lejos?
– Por supuesto -asintió Sarah-. Acabo de constatar lo que ya intuía: tiene usted buen corazón y un alma valiente.
– Igual que usted -dijo Hingis, devolviéndole el cumplido.
– ¿De verdad lo cree? -Sarah meneó la cabeza-. Antes me ha preguntado si tenía miedo. Le diré la verdad, Friedrich: últimamente casi todo me da miedo. Temo al futuro, pero aún más al pasado. Tengo miedo de lo que pueda pasar y me aterra lo que ya ha ocurrido. Y tengo miedo de perder la única familia que me queda.
– La comprendo -aseguró el erudito-. ¿Y qué ocurrirá si llega el momento de tomar una decisión? ¿Si nuestros enemigos amenazan con apropiarse del misterio de la vida y usted tiene que definirse entre el bienestar de Kamal y el del resto de la humanidad?
– Dios no lo quiera -dijo Sarah, palideciendo.
– Amén -replicó Hingis, y se levantó del banco para irse-. Una cosa más -dijo cuando ya tenía el picaporte en la mano-: supongamos que su teoría se confirma y todas esas leyendas tienen un fondo real, que el río existe realmente, igual que el barquero Caronte, que cruza a los muertos al otro lado…
– ¿Sí?
– … Entonces ¿qué se oculta detrás de Cerbero, el can de tres cabezas que supuestamente vigila la entrada a los infiernos y se ocupa de que nadie entre y de que nadie salga del Hades? ¿Tendrá también una correspondencia real?
– No lo sé, Friedrich -respondió Sarah con voz queda y total sinceridad-. Pero probablemente pronto lo descubriremos…
Diario de viaje de Sarah Kincaid
Malas noticias.
El tren se ha visto obligado a detenerse a causa de un desperfecto en las vías. Lo que en principio, según se nos comunicó, era un simple trámite que se subsanaría en poco tiempo, ha resultado ser finalmente un problema considerable que ya ha durado más de diez horas: casi medio día en el que hemos estado condenados a la inactividad, mientras el estado de Kamal empeora a ojos vista. Según el doctor Cranston, cada vez costará más administrarle líquidos, con lo cual existe el riesgo de que sufra un colapso cuyas consecuencias serían sin duda mortales.
Aunque sé que no tiene sentido hacerlo, me enojo con el; destino y con los gestores de la red ferroviaria. Sin embargo, exceptuando a mis compañeros de viaje, me he quedado sola con mis críticas, puesto que los revisores de la CIWL han reaccionado de inmediato y, para apaciguar a los pasajeros, les han ofrecido una botella tras otra de vino espumoso a cargo de la empresa, lo cual ha logrado, por un lado, limitar el número de quejas, y por otro, crear un ambiente de buen humor que a mí me resulta insoportable.
Mientras combino la vigilancia junto al lecho de Kamal y el estudio de los mapas, oigo las risas relajadas de los demás pasajeros, acompañadas por la música machacona de los violines de un grupo que ha subido al tren poco después de cruzar la frontera. Los oigo aplaudir y reír, y desearía poder participar de su alegría […]
Ya es más de medianoche. Los peones del ferrocarril han trabajado hasta bien entrada la noche a la luz de numerosas antorchas y faroles para reparar la avería, cuyas causas se desconocen. Algunos viajeros murmuran algo de un asalto planeado, pero sospecho que tales teorías se deben más al alcohol que a temores reales.
Por fin reina el silencio. Los músicos húngaros han bajado del tren y los pasajeros se han acostado antes debido a los excesos, que han durado toda la tarde y toda la velada y a los que se han apuntado algunos caballeros y no menos damas distinguidas. Al fin ha regresado el sosiego que he echado tan terriblemente de menos durante el día.
Orient-Express, noche del 15 de octubre de 1884
Satisfecha, Sarah Kincaid puso un punto detrás de la última palabra que había escrito, antes de levantarse para irse a la cama. El mozo del coche cama, que se ocupaba de desplegar las literas y cerrar las persianas, así como de suministrar toallas limpias, había estado allí hacía rato, y el compartimiento se había transformado en un dormitorio confortable.
Sarah había pasado la velada sentada en el borde de la cama, consultando libros y estudiando mapas para compensar un poco la desagradable sensación de estar malgastando un tiempo precioso. El material cartográfico del que disponía era más que escaso: aunque los Balcanes estaban en Europa, continuaban siendo una región poco explorada y, en algunos sentidos, poco civilizada, donde la violencia y la inobservancia de las leyes eran comunes y los enfrentamientos sangrientos entre bandos rivales o entre rebeldes y ocupantes turcos estaban a la orden del día. Si bien la provincia de Trikala se había liberado hacía tres años del Imperio otomano y se había unido al reino griego, la inhóspita región montañosa seguía sin ser considerada una zona de paz. Tras el derrumbamiento del orden otomano, por allí merodeaban grupos anárquicos que se camuflaban como luchadores por la libertad, y la parte turca no parecía querer conformarse con la pérdida de la región. A ambos lados de la frontera se producían continuos ataques y corrían rumores de una nueva invasión otomana. La franja por la que pasaba el río Aqueronte estaba situada precisamente en medio de aquella zona insegura y todavía en disputa.
Sarah estaba convencida de que en los archivos del sultán de Constantinopla había material cartográfico más fiable y actual, pero no tenía ni tiempo ni las relaciones necesarias para conseguirlo. Para bien o para mal, tendría que correr el riesgo aunque se moviera por un terreno desconocido. Por eso era tan importante conseguir un guía local que conociera la región y sus peculiaridades. Sarah había escrito una nota que quería mandar por telégrafo desde Budapest a Salónica para que, cuando llegaran, ya tuvieran a punto un guía, porteadores, caballos y mulas.
Podía decirse, en la medida de lo posible, que todo estaba preparado. Como cada noche, Sarah se dispuso a ir a ver a Kamal antes de acostarse: probablemente aquella era su última oportunidad de dormir largamente antes de dejar el tren en Budapest.
Se levantó del borde de la cama y dejó a un lado el diario. Salió por la estrecha puerta al pasillo, escasamente iluminado y colmado por el traqueteo regular de las ruedas que giraban sobre las vías. El pasillo estaba vacío. Los otros miembros del grupo debían de haberse acostado hacía rato, considerando que les esperaban días seguramente agotadores.
Justo cuando Sarah se disponía a encaminarse hacia el compartimiento de Kamal, se oyó un bufido ronco en la dirección contraria. Sarah se dio la vuelta. El ruido procedía inequívocamente del servicio de caballeros, que se encontraba en un extremo del vagón. Las instalaciones sanitarias para las damas se encontraban en el otro.
– ¿Es usted, Friedrich? -preguntó Sarah a media voz cuando el ruido se repitió-. ¿Doctor Cranston…?
No obtuvo respuesta. En cambio, al cabo de un instante se oyó un tintineo metálico que ya había escuchado en dos ocasiones anteriores: la primera, cuando se perdió en la niebla en Yorkshire y la persiguió una silueta siniestra. La segunda, en los corredores de Newgate, poco antes de encontrar a Kamal inconsciente en su celda…
Sarah contuvo la respiración y se le erizó el vello de la nuca, a la vez que un escalofrío le recorría la espalda. Un instante después, algo se movió al fondo del pasillo.
En la pared pudo verse una sombra que crecía hasta un tamaño alarmante. Una figura encapuchada se perfiló en la penumbra; llevaba una capa y avanzaba por el pasillo con pasos enérgicos, acompañados por aquel tintineo inquietante.
– No -exclamó Sarah, espantada, mientras reculaba hacia el interior de su compartimiento, cruzando la puerta aún abierta-. No…
El gigante se acercaba a ella, imparable cual fuerza de la naturaleza. Tenía que agachar la cabeza, tapada con una capucha, para no chocar con las luces del techo y los tirantes recubiertos de madera. Cuando la luz de una bombilla iluminó por un instante el interior de la capucha, Sarah pudo verle el rostro alargado e inexpresivo, y un único ojo en la frente. Un pánico cerval se apoderó de ella.
Giró sobre sus talones, se adentró a toda prisa en el compartimiento y cogió el bolso donde guardaba el revólver. Pero no tuvo tiempo de sacar el Colt Frontier porque, en ese mismo instante, el coloso llegó al angosto umbral de la puerta y entró.
– Yo no lo haría -dijo con voz queda, y de debajo de la capa sacó una garra poderosa que empuñaba un arma de aspecto peligroso: un puñal que presentaba una curvatura en forma de hoz y con una punta mortalmente afilada. Sarah sabía muy bien de qué era capaz un arma como aquella, y no solo porque ya lo había experimentado en sus propias carnes. Un puñal como aquel le había seccionado la mano izquierda a Hingis…
Sarah dejó de buscar su arma y prefirió retirar la mano del bolso mientras aún la conservaba.
– Así me gusta -elogió el cíclope.
La joven reconoció por la voz que no era el mismo que la había apresado en Praga. Por lo tanto, se dijo, ya son tres…
– Si gritas o pides auxilio, morirás -le aclaró el titán.
– ¿Qué quiere? -preguntó Sarah.
– ¿Tú qué crees? El cubo -respondió como quien dice una obviedad.
– ¿El codicubus?
– Exacto.
– Pero… me lo dio alguien de su especie.
– Ya lo sé -fue la respuesta, en la que no se percibía ninguna emoción-. He venido para deshacer lo que ha hecho el traidor.
– ¿El traidor? -preguntó Sarah, desconcertada.
Así pues, ¿había dicho la verdad el cíclope de Praga? ¿O aquello no era más que otro intento de confundirla y manipularla…?
– ¿Dónde está? -insistió el gigante, que avanzó blandiendo el puñal en forma de hoz. Sarah retrocedió hasta chocar con la mesilla situada debajo de la ventana-. Dímelo ahora mismo.
– No lo sé -afirmó Sarah de inmediato. Evidentemente mentía, pero quería ganar tiempo.
– No lo hagas -dijo el coloso, y una sonrisa brutal desfiguró su rostro, del que, con la iluminación del compartimiento, solo podía verse la parte inferior-. No juegues sucio conmigo.
– No… no es mi intención -aseguró Sarah balbuceando, mientras palpaba la mesa a su espalda con manos temblorosas, buscando el…
– Puede que otros se traguen tus mentiras, falsa profeta, pero yo no. Dime dónde escondes el tesoro o te juro por el único ojo que me caracteriza que te destriparé como a un animal.
… tintero que había dejado allí. Por fin lo encontró, abrió el tapón con dedos temblorosos y, en vez de responder al gigante, arrojó el recipiente directamente hacia la oscuridad de la capucha.
El cíclope levantó la mano con que empuñaba el arma, pero el tintero era demasiado pequeño y se lo habían lanzado a tan corta distancia que no pudo protegerse. Le dio en plena cara, donde se esparció todo el contenido.
El titán lanzó un grito de ira cuando la tinta le salpicó en el ojo y lo cegó por un instante, que Sarah aprovechó. Sin perder ni un segundo, saltó a un lado, encima de la cama que ya estaba preparada, y con dos, tres pasos largos, pasó junto al gigante que blandía el puñal a ciegas. La hoja no la tocó por los pelos y, al cabo de un momento, Sarah había dejado atrás a su verdugo y volvía a estar en el pasillo.
– Espera…
El cíclope había recuperado la visión más deprisa de lo que a la joven le habría gustado. El gigante se dio la vuelta y emprendió la persecución, asestando puñaladas a diestro y siniestro. Rajó las persianas y también los gobelinos del otro lado del pasillo.
A Sarah solo le quedaba la alternativa de huir. Corrió a toda prisa por el pasillo, siguiendo el sentido de la marcha. No tenía tiempo de llamar a alguna puerta para alarmar a sus compañeros de viaje. Quiso gritar pidiendo ayuda, pero de su garganta solo salió un sonido ronco, como si lo que la angustiaba no fuera real, sino una terrible pesadilla.
Oía los pasos amortiguados de su perseguidor, que le pisaba los talones resoplando furioso y con la cabeza gacha como un animal salvaje, mientras su único ojo despedía odio puro… ¡Y se acercaba muy deprisa!
Después de pasar por delante del servicio de las damas, Sarah llegó al final del vagón, donde había una puerta metálica provista de una ventanilla de cristal. Presa del pánico, le dio unas cuantas sacudidas sin que sus esfuerzos se vieran coronados por el éxito. Finalmente, el cierre se desbloqueó y le dejó vía libre… justo en el último momento.
Oyó un desagradable zumbido en su nuca y se agachó instintivamente. Pudo notar el aliento frío del puñal, que falló por muy poco, chocó contra el cristal y lo hizo añicos.
A Sarah le llovieron encima fragmentos afilados como cuchillas de afeitar mientras se deslizaba a toda prisa y agazapada hacia el exterior y llegaba a la plataforma del vagón. El viento la azotó y notó un frío gélido; el aire estaba cargado de hollín y de humo. Simultáneamente, el traqueteo de las ruedas, que dentro solo se oía amortiguado, se intensificó hasta convertirse en un estruendo infernal.
La plataforma, que limitaba con el coche cama contiguo, estaba cercada por una barandilla de hierro que le llegaba a la altura de las caderas. Sarah se incorporó para saltar por encima y huir al siguiente vagón… Entonces alguien abrió desde dentro la puerta.
A través del cristal, Sarah distinguió una figura enorme, que vestía una capa oscura con capucha y que al cabo de un instante se plantó en la plataforma. Sarah pudo ver el rostro del gigante, ya que llevaba la capucha echada hacia atrás. Un grito desgarrador salió de su garganta: aquel semblante con un solo ojo estaba desfigurado por las quemaduras.
¡El cíclope de Praga!
Había sobrevivido y había regresado…
Una segunda hoz, que brilló a la luz pálida de la luna, hizo su aparición. Sarah, que se creyó sin posibilidad de huida, no tuvo tiempo ni de cerrar los ojos. El acero cayó hacia ella, igual que la hoja de una guillotina, pero no la alcanzó. En lugar de eso, se oyó un ruido metálico y saltaron chispas deslumbradoras en la noche. La joven comprendió entonces que el cíclope desfigurado acababa de salvarle la vida.
Porque mientras ella aún estaba espantada por la aparición del segundo cíclope, su perseguidor se había acercado a ella y había intentado matarla de una puñalada… Y lo habría conseguido sin duda de no ser porque el otro cíclope había parado el golpe mortal con su propia arma.
– ¡Arriba, deprisa! -le cuchicheó a Sarah, señalándole los escalones que subían por la parte exterior de uno de los dos puntales de acero que soportaban la cubierta de la plataforma.
El titubeo de Sarah solo duró un instante. Luego obedeció y, agachándose para esquivar un nuevo golpe de su perseguidor, alcanzó el puntal y trepó por él, mientras debajo de ella se desencadenaba un duelo a vida o muerte.
Encarados sobre la plataforma que unía los dos vagones, por debajo de los cuales las traviesas de las vías se veían pasar a una velocidad terrible, los dos titanes se enzarzaron en una pelea con sus armas letales. Cuando los puñales chocaban entre sí o contra los puntales, volaban chispas en la noche. Saltando de un coche cama al otro, el salvador de Sarah sorprendió finalmente a su rival y lo obligó a retirarse hacia el interior del vagón.
Sarah ya había alcanzado el techo curvo. Si entre los dos vagones el viento ya se notaba, en aquel momento la azotó con toda su fuerza. Además, el humo de la chimenea de la locomotora la alcanzó de lleno y la hizo toser. Sarah miró despavorida a su alrededor, y vio, a ambos lados de las vías, árboles cuyas ramas sin hojas se extendían hacia la pálida luna.
La asaltó el temor a perder pie y precipitarse, ya que, exceptuando algunos respiraderos y pequeñas chimeneas, no había nada donde pudiera aferrarse en la chapa lisa de metal, que descendía en picado por los laterales. No obstante, reprimió el pánico y se obligó a subir del todo a la cubierta mientras debajo de ella proseguía la lucha a vida o muerte.
Avanzó a gatas temblando y con el rostro cubierto de lágrimas, que el viento y el intenso humo le arrancaban de los ojos. A ambos lados, nada más que oscuridad y un vacío absoluto, que veía pasar a una velocidad alarmante. Poco antes, la marcha del tren le había parecido insoportablemente lenta y habría dado cualquier cosa por acelerar el ritmo; ahora aquella rapidez le parecía casi funesta…
El frío gélido también le causaba problemas. Estiró cautelosamente los dedos entumecidos hacia el caño del respiradero más cercano, que sobresalía del techo delante de ella. Justo en aquel instante, una irregularidad en los raíles provocó que el tren sufriera una sacudida. La mano de Sarah se agitó en el vacío, la joven perdió el equilibrio y cayó hacia uno de los laterales. Intentó sujetarse en vano. El abismo de donde procedía el traqueteo ensordecedor se la habría tragado de no ser porque justo en aquel momento apareció una mano que la cogió del brazo y la sostuvo.
Las piernas de Sarah se balanceaban en el vacío cuando notó un tirón y comprendió que estaba salvada. Volvió la cabeza y vio un rostro de piel enrojecida y surcado por terribles duricias: el ojo que había en él miraba con una ternura inexplicable.
– Sujétese -gritó el cíclope-. ¡Voy a subirla…!
No hizo falta que se lo dijera dos veces. Sarah se agarró con todas sus fuerzas a la mano de su benefactor, que le acababa de salvar la vida por segunda vez en muy poco tiempo a pesar de que ella lo hubiera lastimado tanto…
Respiró de nuevo cuando alcanzó la cumbre del techo curvo y pudo sujetarse a una de las pequeñas chimeneas que prometían algo de seguridad. Confusa, quiso preguntarle a su salvador qué significaba todo aquello, pero entonces, detrás de él se irguió una segunda figura gigantesca que también había trepado al techo y se mantenía erguido mientras el viento lo azotaba.
– ¡Cuidado! -gritó Sarah con todas sus fuerzas y, aunque en el último instante, su salvador reaccionó.
El puñal del otro ya asestaba un golpe mortal. El salvador de Sarah se dio rápidamente la vuelta y paró el golpe con su propia hoja y, mientras Sarah se deslizaba a cuatro patas hacia el siguiente asidero, dirigiéndose al final del tren, de nuevo se desencadenó un duelo a muerte.
La visión de los dos gigantes moviéndose con sus armas y alumbrados por la luz azulada de la luna era tan irreal como impresionante. Sarah presenciaba con una mezcla de fascinación y espanto la lucha, que no solo decidiría el destino de su salvador, sino también el suyo…
De nuevo saltaron chispas cada vez que las arcaicas armas entrechocaban; los golpes se propinaban con tal ímpetu que habrían lanzado al suelo a cualquier criatura normal. Sin embargo, ninguno de los dos cíclopes le iba a la zaga al otro ni en fuerza física ni en habilidades combativas. Si uno de ellos conseguía arrancarle al otro alguna ventaja, al instante siguiente la suerte de la lucha cambiaba por completo. Los contrincantes, que se habían quitado la capa para ofrecer menor resistencia al viento, se asestaban mutuamente potentes golpes. Sarah vio entonces por primera vez lo que llevaban debajo de los hábitos: una armadura unida con tiras de cuero, cuyo aspecto no era menos arcaico que el de las armas con las que combatían.
Dos sombras titánicas, envueltas por una profunda negrura y un humo acre que hacía brillar fantasmagóricamente la luz azulada de la luna, disputaban una contienda que debía de haberse iniciado miles de años atrás y que amenazó con encontrar un final dramático ante los ojos de Sarah cuando su protector perdió el equilibrio al esquivar un golpe.
Un grito de espanto brotó de la garganta de Sarah cuando vio que el otro avanzaba para aprovechar sin piedad la debilidad de su contrincante y clavarle el puñal en el flanco que le había quedado desprotegido por un momento. Sarah quiso ponerse en pie para acudir en ayuda de su salvador, pero los acontecimientos se precipitaron.
Mientras el atacante tomaba impulso para perpetrar el último ataque mortal, el otro combatiente giró como un torbellino en contra de todas las leyes de la gravedad. Había fingido la pérdida del equilibrio para obligar a su contrincante a atacar y entonces pasó al contraataque.
Descargó el primer golpe contra la muñeca del cíclope y se la segó aparentemente sin esfuerzo. El viento se llevó el arma mientras el titán miraba fijamente el muñón ensangrentado de su brazo. Sin embargo, no tuvo ni tiempo de horrorizarse, ya que la hoz de su rival lo alcanzó por segunda vez sin compasión.
Sacudida por el horror, Sarah vio cómo la cabeza del cíclope salía volando y su cuerpo decapitado se desplomaba a un lado, resbalaba del techo y desaparecía en la oscuridad. El vencedor del duelo se quedó quieto un instante, dejando el acero ensangrentado en la posición en que había asestado el golpe mortal a su enemigo. Luego lo guardó en la vaina corva que colgaba de su cinto y se acercó a Sarah.
– ¿Se encuentra bien? -le preguntó.
Sarah asintió con un movimiento de cabeza. ¿Qué podía responder? Estaba viva, pero la cena frugal que había tomado había decidido desandar lo andado desde el esófago. Agachada en el techo del vagón, no pudo sino vomitar de tanto como la había afectado lo que acababa de ver. Luego cogió la mano que le tendían y siguió a su titánico salvador hacia la escalerilla, por la que bajó con un temblor en las rodillas.
– ¡Me… me ha salvado la vida! -exclamó, haciendo frente al traqueteo de las ruedas, cuando por fin fue capaz de volver a hablar.
– Ya le dije que estaba de su parte, ¿no?
– Pero yo le hice eso -replicó ella señalando las terribles cicatrices que tenía en el rostro.
– ¿Y reconoce que fue un error? -preguntó el gigante respirando con dificultad.
– Naturalmente…
– Con eso me basta -se limitó a replicar él.
– ¿Y el otro cíclope…?
– Un cegado -dijo el titán-. Pero no todos servimos a las tinieblas. Algunos respetan las antiguas leyes, pero tienen que andarse con mucho cuidado.
– ¿Las antiguas leyes? No lo comprendo…
– Ya lo comprenderá, puesto que lo sabe todo. Tan solo lo ha olvidado.
– ¿Olvidado? ¿Qué…?
Sarah no consiguió acabar de formular la frase, puesto que en ese momento se oyó un chasquido y algo caliente y pesado pasó silbando junto a ella, chocó echando chispas contra la pared del vagón contiguo y acabó rebotando ruidosamente.
¡Una bala!
Sarah se volvió, espantada, porque el disparo provenía del interior del vagón.
– ¡No disparen! -gritó en el frío gélido y el viento y, protectora, abrió los brazos delante de su salvador, que se esfumó al instante.
Sarah percibió un movimiento por el rabillo del ojo, una silueta oscura que saltaba al vacío desde la plataforma del vagón y desaparecía en la oscuridad. Atrás solo quedó la capa del gigante. Sarah levantó la vista y, a través de los restos del cristal hecho añicos que quedaban en la puerta, vio a una mujer vestida de color beige claro empuñando una pistola Derringer todavía humeante en la mano derecha.
La condesa de Czerny…
Sarah regresó al vagón cruzando la maltrecha puerta. Le temblaba todo el cuerpo, y no solo por culpa del frío, sino también por la impresión que le habían causado los dramáticos acontecimientos.
El semblante de la condesa, que seguía en el pasillo empuñando el arma, no revelaba ninguna emoción. Sin embargo, Sarah vio un brillo en sus ojos verdes que no le gustó en absoluto.
– ¿Está bien? -preguntó Ludmilla.
– Creo… que sí -afirmó Sarah, mirando sorprendida la pistola de bolsillo que empuñaba la condesa-. No sabía que…
– ¿Que llevaba un arma conmigo? ¿Que soy capaz de defenderme? -La condesa rió con amargura-. Por desgracia, esa es una de las lecciones que tuve que aprender muy pronto en la vida.
– Igual que yo -coincidió Sarah-. Pero en este caso no hacía falta intervenir.
– ¿Qué quiere decir? Ese monstruo de un solo ojo la estaba amenazando, ¿no?
– En absoluto -negó Sarah-. Me ha salvado la vida cuando un congénere suyo me ha asaltado y me ha agredido.
– ¿Cómo es posible?
– No lo sé. -Sarah, que tenía la ropa y el rostro tiznados de hollín, meneó la cabeza-. Supongo que los dos han subido a bordo del tren esta tarde, durante la parada obligatoria. Probablemente se han escondido en el furgón de los equipajes.
– Probablemente -ratificó la condesa, que bajó el Derringer, aunque con titubeos-. ¿Y qué quería de usted el cíclope?
– El codicubus -contestó Sarah sin rodeos.
– ¿Y lo ha conseguido?
– No.
– Claro -dijo la condesa-. Un objeto que estuvo en manos de Alejandro Magno no se entrega así como así, ¿verdad?
– Exacto -coincidió Sarah, y se impuso un momento de silencio glacial en el que las dos mujeres se escrutaron mutuamente, intentando ver más allá de las fachadas que ambas habían levantado a su alrededor.
– Qué lastima -dijo Sarah.
– ¿Lástima de qué?
– Después de todo lo que sé de usted, esperaba que realmente pudiéramos ser amigas, que realmente seríamos algo así como hermanas de espíritu…
– ¿Y?
– Probablemente todo quedará en nada -constató Sarah, desilusionada-, porque, si de algo estoy segura, es de que nunca he mencionado en su presencia quién había poseído el codicubus.
– ¿Y eso significa…?
– Que se ha delatado -aseveró Sarah, sin pestañear-. Ni más ni menos.
– Sorprendente -replicó Ludmilla de Czerny mientras volvía a empuñar la pistola con un movimiento que pareció casual. Uno de los cañones había escupido su bala pero el otro seguramente aún estaba cargado…
– ¿Qué es sorprendente? -preguntó Sarah-. ¿Que haya descubierto la verdad?
– No -contestó la condesa, en cuyo semblante pálido se perfiló una sonrisa triunfal-, que haya tardado tanto en hacerlo. Me habían dicho que era usted muy inteligente, pero la idea que yo tengo de un intelecto destacado es otra.
– Allá usted -gruñó Sarah.
– Ahora que hemos aclarado nuestras posiciones y podemos jugar enseñando las cartas, me gustaría precisar mejor mi pregunta, y le aconsejo que conteste con sinceridad: ¿Dónde está el codicubus?
– No lo sé -afirmó Sarah.
– ¿Qué quiere decir con eso?
– Yo no lo tengo y, por lo tanto, no sé dónde está.
– Es usted una mentirosa. Usted misma dijo que el renegado le había dado el artefacto…
La palabra «renegado» resonó en la cabeza de Sarah. Así pues, el cíclope había dicho la verdad…
– Así es -admitió- pero no he conseguido abrir el cubo y se lo he devuelto.
– ¿Devuelto? ¿A quién?
Entonces fue Sarah la que esbozó una sonrisa burlona y, a diferencia de la condesa, la aderezó con una buena ración de insolencia.
– A aquel a quien usted ha ahuyentado con plomo -contestó fríamente.
– ¡Eso es mentira!
– Registre mi compartimiento si no me cree -replicó Sarah-. Pero -añadió al ver la puerta abierta- seguramente ya lo ha hecho, ¿verdad?
Una mirada al semblante rojo de ira de su interlocutora bastó para confirmar la suposición de Sarah. Mientras ella temía por su vida en el techo del vagón, la condesa había revuelto su compartimiento, aunque no había encontrado lo que buscaba…
– ¿Ha estado de su parte desde el principio? -inquirió Sarah-. ¿O en algún momento decidió cambiar de bando?
– ¡Tú no sabes nada! ¡Nada! -masculló la condesa, pasando bruscamente a tutearla-. Ni conoces tus fuerzas ni sospechas con quién te has involucrado.
– Algo parecido me dijeron una vez -contestó Sarah secamente-. Pero, haciendo honor a la verdad, me da lo mismo. Por eso me he involucrado en su mascarada.
– ¿Tú te has involucrado? -La condesa soltó una carcajada sarcástica-. Es conmovedor ver cómo se tergiversan las cosas. ¡Eres una presuntuosa! Todos tus pasos han estado determinados de antemano desde el momento en que regresaste a Yorkshire. ¿Pensabas en serio que podías esconderte de nosotros? ¿Que existía un lugar en el mundo donde el Uniojo no te viera?
– No -reconoció Sarah, estremecida-, lo tuve claro cuando me tropecé con aquella figura siniestra en medio de la niebla. Al principio pensé que se trataba de una ilusión, de una simple quimera, pero poco después comprendí qué significaba.
– Todo lo que ocurrió a continuación -desveló la condesa, deleitándose en hablar con lentitud como si quisiera que el veneno que ponía en cada una de sus palabras surtiera efecto- fue planeado cuidadosamente y con mucha antelación. El arresto de Kamal, su internamiento en Newgate…
– ¿Cómo conocían su pasado?
– El Uniojo lo ve y lo sabe todo. Nuestra red de informadores forma un tejido compacto y llega hasta círculos de iniciados. Todo formaba parte de nuestros planes: desde la fiebre enigmática que contrajo tu amado hasta la búsqueda de un remedio.
– ¿Y Laydon? -preguntó Sarah.
– ¿Laydon? -La condesa se encogió de hombros-. Era mi predecesor, un hombre cuyas facultades difieren ampliamente de su autoestima, y probablemente por eso ha perdido la razón. Sin embargo, nos era útil, puesto que yo tenía muy claro que sería el primero al que pedirías consejo.
– ¿Estaba enterado de todo?
– Por supuesto que no. Le dijimos lo justo para que te pusiera sobre la pista correcta. El objetivo final escapaba a su conocimiento. Y dudo que hubiera estado en condiciones de comprenderlo. Laydon no era más que una pieza en nuestro juego, igual que tú.
– No se engañe -dijo simplemente Sarah.
– ¿Vas a afirmar que habías descubierto el complot? -La condesa meneó la cabeza-. Puede que intuyeras alguna cosa, pero te falta visión para abarcar la gran totalidad, igual que al viejo Gardiner Kincaid. Has seguido solícitamente nuestras indicaciones y fuiste a Praga en busca de un fantasma. En aquel momento habrías estado dispuesta a creer cualquier cosa que te dijéramos; al fin y al cabo, se trata de la vida de tu querido Kamal, ¿no?
– En efecto -asintió Sarah.
– Probablemente -prosiguió la condesa-, nada habría cambiado si no hubiera sido porque un agente interpretó el papel de Golem, un agente que simulaba sernos leal, pero había sucumbido a la doctrina errónea. Al darte el codicubus, echó por tierra nuestro plan y hemos tenido que seguir otra táctica. A partir de entonces, nuestro interés no se centraba tan solo en el agua de la vida, sino también en el codicubus.
– Comprendo -dijo simplemente Sarah-. Por eso el ataque, ¿no? Y por eso los desperfectos en las vías y la interrupción en el viaje…
– Teníamos que ganar algo de tiempo para poner en orden las cosas -confirmó la condesa.
– ¿Y ahora están en orden?
– Por lo que respecta al codicubus, lamentablemente no. Aunque pronto habremos resuelto también ese problema. En cuanto a tu búsqueda, no ha cambiado nada.
– ¿De verdad lo cree? -preguntó Sarah-. Me subestima, condesa. Me subestima realmente demasiado.
– ¿En qué sentido?
– En todos los sentidos.
– ¿Pretendes decirme que me habías descubierto? ¿Que sospechabas de parte de quién estaba realmente? -Echó la cabeza hacia atrás y soltó una sonora carcajada-. Qué fácil es calarte, Sarah Kincaid.
– ¿Por qué?
– Si fuera como dices, seguramente no habrías esperado con tanta calma ni habrías participado en nuestro juego. Me habrías pedido explicaciones para saber qué le habíamos hecho a tu querido Kamal y cómo podía salvarse.
– No exactamente -la contradijo Sarah.
– ¿Ah, no?
– Por un lado -explicó-, de una fanática de su ralea era de esperar que preferiría morir antes que revelarme una sola palabra. Por otro, después de todo lo que había averiguado, no cabía sino deducir que me encontraba en el camino correcto. Desde el principio he sabido que ustedes no tienen el remedio, sino que eso es lo que yo tengo que buscar para ustedes. Así pues, querida, ¿qué tendría que haberle preguntado?
Entonces fueron las palabras de Sarah las que esparcieron veneno, y el efecto se mostró en el semblante de su adversaria.
– Touché -dijo la condesa-, eso no se me había ocurrido. Empiezo a comprender por qué eres tan peligrosa como afirman…
– ¿Quién lo afirma? -inquirió Sarah.
– … Pero, aun así, no estabas preparada para este giro inesperado -insistió la condesa, haciendo caso omiso de la pregunta.
– Con su permiso, señora mía, eso no es del todo cierto -se oyó decir de repente a una voz que hablaba alemán con el mejor acento suizo y que a Sarah le sonó a música.
Sigilosamente y sin que la condesa se hubiera dado cuenta, Friedrich Hingis había aparecido desde el fondo del pasillo empuñando en la mano derecha un revólver de la nueva marca Webbley.
– Suelte el arma -dijo quedamente- o me veré obligado a apretar el gatillo.
Si la condesa estaba sorprendida, no lo demostró.
– Señor Hingis -dijo indignada, y se dio lentamente la vuelta hacia él-, debo confesar que no aprecio este tipo de sorpresas. Sobre todo porque pensaba que había cerrado cuidadosamente la puerta de su compartimiento…
– Y lo hizo -confirmó impasible el suizo-. Sin embargo, olvidó que hay una ventana, con un cristal que se puede romper, y un techo al que se puede trepar… aunque con cierto apuro y peligro de muerte.
La luz de la lámpara del techo caía sobre Hingis y dejaba ver su desaliñado aspecto, lo cual confirmaba sus palabras: tenía los pantalones desgarrados y la camisa sucia, por no hablar del rostro tiznado de hollín y de unas cuantas magulladuras que se había hecho.
– Bah -exclamó la condesa con desdén-. Están hechos el uno para el otro.
– Cierto -replicó Hingis con cierto orgullo, y se apartó el cabello alborotado de la cara-. Y ahora, haga usted el favor de darme el arma, condesa. No puedo tolerar que siga amenazando a lady Kincaid.
– Vaya. -Ludmilla de Czerny frunció despectivamente los labios-. La rata de biblioteca saca los dientes. ¿Quién lo habría dicho?
– Si he de ser sincero -contestó el suizo mirando el arma que sostenía en la mano-, odio estos trastos, pero mi último viaje en compañía de lady Kincaid me enseñó que uno puede vérselas con todo tipo de chusma y que hay que ser capaz de defenderse en todo momento.
– Ha equivocado el tono, Hingis -masculló la condesa.
– No creo, señora -comentó fríamente-. Y ahora suelte el arma.
– Lo mismo podría exigirle yo.
– Perdone, pero no puede dispararnos a los dos al mismo tiempo. Haga lo que haga, lleva las de perder.
En el semblante de la condesa, blanco como un cadáver excepto en las mejillas enrojecidas por la ira, se dibujó una mueca fácilmente interpretable. Se notaba cuánto le disgustaba aquel cambio de rumbo inesperado y, al mismo tiempo, el revólver que Hingis sostenía en la mano parecía infundirle cierto respeto.
– De acuerdo -dijo finalmente, esforzándose por parecer lo más digna posible-. Usted gana.
Se agachó y dejó su arma en el suelo.
– Retroceda -ordenó Hingis, y Sarah se apresuró a acercarse y coger el Derringer.
– ¿Cómo te diste cuenta? -preguntó la condesa mirando a los cañones de las dos pistolas que la apuntaban.
– ¿De verdad quiere saberlo?
– Por supuesto. -La condesa había recuperado la compostura y en su semblante se dibujaba una sonrisa arrogante-. Me interesa formarme una idea de cómo piensa mi estimada hermana.
Sarah consideró el comentario tan inadecuado como petulante, pero lo pasó por alto.
– El anillo -dijo señalando la mano de Ludmilla, donde lucía el sello de su difunto esposo-. Me costaba creer que una mujer tan fuerte y segura de sí misma le diera tanta importancia a esa sencilla alhaja. Y aún me pareció más imposible que no supiera nada sobre su significado cuando poco antes me había asegurado que usted, igual que yo, se había consagrado al estudio del pasado y que la historia de Egipto era su fuerte.
– ¿En serio? -preguntó tranquilamente la condesa-. ¿Y si te equivocas?
– ¿Va a decirme que no sabía que ese es el emblema de la Liga Egipcia? ¿Una asociación que ha sido prohibida porque el objetivo que se había fijado era derrocar a la Casa Real británica y también el Parlamento y situarse a la cabeza del imperio?
– Mi esposo era miembro de muchas sociedades académicas -replicó la condesa-. Eso no es una prueba.
– Puesto que tenía muy claro que afirmaría algo semejante -prosiguió Sarah-, renuncié a echarle en cara esos reproches y encargué que se realizaran algunas investigaciones sobre su difunto esposo.
– En este punto -intervino Hingis-, entro yo en juego. Lady Kincaid me encomendó que buscara información.
– ¿Sobre qué?
– Sobre las circunstancias en que el infortunado conde de Czerny se despidió de la vida -contestó el suizo secamente-. Lamentablemente, al principio me resultó imposible encontrar pistas. Alguien se había tomado muchas molestias para que desaparecieran los documentos en cuestión. Sin embargo, más tarde conseguí encontrar al médico que había certificado la muerte, un tal doctor Svoboda, y descubrí que era mucho más dado a la absenta que a la vara de Esculapio.
– ¿Y? -preguntó la condesa, que había entornado los ojos hasta casi cerrarlos. Parecía intuir lo que vendría a continuación.
– Después de invitarlo a unas cuantas copas, el pobre médico empezó a hablar, supongo que más de lo conveniente para él y algunos más. Me dijo que, hasta el día de su muerte, al conde no le pasaba nada, al contrario, gozaba de muy buena salud, y que su deceso había sido totalmente inesperado. Tal vez eso no habría despertado mis recelos, pero luego Svoboda me contó que había intentado practicarle la autopsia y usted se lo había impedido. Entonces comprendí, señora, que usted tenía algo que ocultar.
– A partir de ese momento -dijo Sarah quedamente-, sospeché la verdad, aunque continué abrigando la esperanza de equivocarme. Lo deseaba de todo corazón, puesto que creía haber encontrado en usted a una aliada, a una correligionaria, tal vez incluso a una amiga. Pero la esperanza se ha truncado.
– Así pues, ¿has… has estado fingiendo? -preguntó Ludmilla de Czerny, sin poder contener más el desconcierto-. ¿Todo el tiempo?
– Todo el tiempo -confirmó Sarah-. Exceptuando al señor Hingis, nadie sabía nada, ni siquiera le confié la verdad a mi diario, por miedo a que pudieran leerlo y me delatara.
– Pero ¿por qué?
– ¿Qué alternativa tenía? -preguntó a su vez Sarah-. Si le hubiera dicho que la había descubierto, una falsa aliada se habría convertido en una enemiga declarada, con consecuencias impredecibles. Habría cambiado una magnitud conocida por una desconocida y habría complicado innecesariamente la ecuación.
– ¿Tan fácil es descubrirme?
– No sabía qué posición ocupaba dentro de la organización y no pensé en la posibilidad de que fuera la sucesora de Laydon -admitió Sarah-. Pero tenía claro que resultaría menos peligrosa si aparentemente hacía lo que exigían de mí.
– ¿Que sería…?
– Conseguir el agua de la vida -contestó Sarah con voz firme-. Es eso lo que ustedes quieren sin falta, ¿no?
– Más que cualquier otra cosa -corroboró la condesa.
– ¿Por qué? ¿Qué esconde para que realicen semejante despliegue por ella?
– Lo sabes de sobra.
– ¿La inmortalidad? -A Sarah casi le resultó ridículo pronunciar la palabra-. ¿Es eso lo que ansían usted y su banda de criminales? Entonces han perdido la razón tanto como Laydon.
– No sabes lo que dices. No tienes la más remota idea y no eres digna de tu nombre ni de tu título.
– ¿Qué quiere decir?
– Puede que te haya subestimado -masculló la condesa-. Puede que el viejo Gardiner te enseñara algunos trucos. Pero te sigue faltando una visión de conjunto. Correteas como una cría y te ilusiona todo lo que encuentras. Pero quien bebe un trago de agua no intuye en absoluto la inmensidad del océano.
– Muy poético, en serio -gruñó Sarah.
– ¿Creías que te saldrías con la tuya? ¿Que yo no habría pensado que podía suceder algo así, que podrías haber descubierto nuestros planes? ¿Que no estaríamos preparados si llegara el caso? Yo también soy de origen noble, Sarah Kincaid, y mi maestro no era menos avispado que el tuyo.
– ¿Adonde quiere ir a parar?
– Has ganado una batalla, pero otros ganarán la guerra -gruñó la condesa-. Olvidas que tu amadísimo príncipe del desierto está en nuestras manos.
– No, en absoluto -contestó Sarah, cuyo semblante se había transformado en una máscara que no permitía reconocer qué sentía-. Pero no le harán nada mientras yo no haya encontrado el agua de la vida. Porque saben perfectamente que asumo todo esto por él.
– Eso es verdad -admitió Ludmilla-. Pero no hacerle nada a tu amado no quiere decir que debamos esperar sumisamente a que regreses.
– ¿Qué significa eso?
– Significa que cambiaremos nuestra parte del acuerdo y mantendremos a Kamal en un lugar secreto mientras dure la expedición. Con ello anularemos cualquier plan para liberarlo.
– ¡No! -exclamó Sarah, aterrorizada-. ¡No pueden hacer eso! Kamal está muy débil, no resistirá otro viaje.
– El doctor Cranston se ocupará muy bien de él, estoy convencida -replicó la condesa.
– Cranston es un hombre de honor -aseguró Sarah, convencida-. Jamás aceptará hacer algo que pudiera poner en peligro la vida de su paciente.
– Oh, sí que lo hará -dijo alguien a sus espaldas.
Sarah se dio la vuelta, alarmada, y vio al médico delante de la puerta del compartimiento del enfermo, con un revólver en la mano que apuntaba hacia Hingis y hacia ella.
– ¡Cranston! -exclamó espantada.
– Lo siento, lady Kincaid -dijo el médico, con una sonrisa irónica que desmentía sus palabras-, pero me temo que, a pesar del supuesto parecido entre ambas, la condesa de Czerny la supera de largo.
– Miserable traidor -masculló Hingis con desprecio.
– «Traición» es una fea palabra -comentó Cranston, chasqueando despectivamente la lengua-. Llamémoslo «astucia», igual que en la cacería, ¿no? Tally-ho.
– Cerdo -fue lo único que se le ocurrió decir a Sarah.
De repente comprendió por qué el doctor había ofrecido tan solícitamente su ayuda y casi había impuesto su compañía en el viaje: formaba parte del plan desde el principio…
– Ha abusado usted de mi confianza -masculló Sarah con una furia desvalida-. Todo lo que le ha hecho adrede a Kamal…
– ¿Y? ¿Piensa dispararme? -El médico miró divertido las armas que todos empuñaban-. Evidentemente podemos apretar el gatillo y provocar una masacre, cosa que, teniendo en cuenta la situación, sería bastante absurda. O podemos comportarnos como personas civilizadas y reconocer que hemos terminado en tablas, aunque la ventaja podría volver a estar de parte de la condesa.
– Muchas gracias, doctor -dijo Ludmilla de Czerny-. Bueno, ¿tú qué dices, hermana? ¿Quieres desencadenar un baño de sangre y entregar a tu Kamal a una muerte segura? ¿O vas a seguir ciñéndote a las reglas del juego?
En Sarah se desató una pugna interna.
Una parte de ella, que había estallado en ira, habría preferido apretar el gatillo para castigar a Cranston por su hipocresía y su crueldad, y a la condesa por sus intrigas. Sin embargo, el sentido común la contuvo, porque habría sido una acción absurda y a la vez suicida. Su propia suerte le era indiferente, pero, recordando lo que el viejo Gardiner le había enseñado, se reprendió diciéndose que también era responsable de otras personas. De Friedrich Hingis, el amigo que la había acompañado hasta allí y que le había demostrado una lealtad inquebrantable; y, naturalmente, de Kamal, cuyo final quedaría sellado si ella daba rienda suelta a su rabia y a su agresividad.
El conflicto que se dirimía en el interior de Sarah duró apenas unos instantes. Luego bajó resignada el Derringer. Hingis la imitó y Cranston también hizo desaparecer su revólver.
– No te aflijas -le comentó la condesa con cierta malicia-, tú tienes la culpa. Si te hubieras sometido a la Hermandad cuando llegó el momento…
– Jamás -masculló Sarah.
– Entonces tienes que estar dispuesta a soportar las consecuencias, igual que el pobre Gardiner.
– Deje de pronunciar su nombre -estalló Sarah-. ¿Qué sabrá usted de él?
– Lo suficiente para comprender que fue un estúpido. En vez de seguirnos y ayudar al Uniojo a conseguir poder y reconocimiento, decidió enfrentarse a nosotros.
– Una sabia decisión -dijo Sarah, convencida.
– Que le costó la vida y ha estado a punto de borrar para siempre todo lo que quedaba de él en este mundo.
– ¿A qué se refiere?
– Permíteme que te enseñe una cosa -dijo la condesa haciéndole una seña a Cranston, que fue a buscar algo a su compartimiento y se lo alcanzó a Sarah: eran los restos carbonizados de un libro.
La cubierta de piel estaba quemada y el papel, ennegrecido por los tres cantos. Sarah, que no sabía qué quería que hiciera con él, lo abrió. El papel reseco crujió, la piel quemada se rompió y el aliento amargo de un humo frío salió de las hojas, que solo eran legibles y seguían siendo blancas hacia la parte del lomo. Sarah echó inconscientemente una ojeada a un par de líneas y se quedó petrificada.
Conocía aquel libro, igual que había conocido al hombre que lo había escrito…
– La biblioteca desaparecida de Asiria -pronunció el título de la maltrecha obra.
– Así es -corroboró Ludmilla de Czerny-, escrito por Gardiner Kincaid en persona. Se supone que no hay ninguna biblioteca universitaria en la que no se pueda encontrar ese libro. No obstante, este es un ejemplar muy especial, como sin duda podrás comprobar…
Durante un instante, Sarah no supo cómo interpretar el comentario. Luego se apoderó de ella una terrible sospecha.
Con manos de repente temblorosas, abrió las primeras páginas del libro y buscó rápidamente con la mirada algo que, para su espanto, encontró enseguida. Era el sello de la familia Kincaid, lo que significaba ni más ni menos que aquel libro, casi enteramente destrozado, procedía de la biblioteca de Kincaid Manor…
– No -dijo Sarah con voz queda-. No es verdad…
– Kincaid Manor ya no existe -anunció la condesa gélidamente-. Lo único que queda son los restos de muros calcinados.
En la mente de Sarah se formó la imagen de su finca natal devastada y en ruinas, pero su primer pensamiento no se dirigió a los bienes materiales.
– ¿Y mis sirvientes? -preguntó-. ¿El bueno de Trevor…?
– Muertos -aclaró impasible la condesa-. Los que opusieron resistencia, tuvieron que ser eliminados. Por desgracia, todos tus criados se mostraron extremadamente reacios.
– Comprendo -dijo Sarah, que no pudo seguir luchando contra las lágrimas que asomaban a sus ojos-. Algún día pagará por ello -sollozó-, igual que por lo que le ha hecho a Kamal. Si no es en esta vida, será ante el Juez supremo.
– ¿Quién sabe? -replicó la condesa glacialmente y encogiéndose de hombros-. Aquí, en este mundo, cada cual es su propio juez, ¿no?
– ¿Qué pasó con la biblioteca? -preguntó Sarah, contemplando las hojas carbonizadas que tenía en las manos.
– Devorada por las llamas -fue la respuesta lapidaria-. Ese es el destino de las grandes bibliotecas, ¿no lo sabías?
La condesa soltó una sonora carcajada y su voz aguda, casi chillona, embistió como una gran ola a Sarah y amenazó con ahogarla.
Kincaid Manor era lo único que le quedaba: el legado del hombre al que ella había querido más que a nada y al que se lo debía todo. Aunque ya no sabía con certeza si podía llamar padre a Gardiner Kincaid, pensar en aquellos venerables muros y en el saber que se cobijaba entre ellos siempre la había colmado de seguridad y le había brindado consuelo. Ahora, eso también se lo habían arrebatado…
– ¿Por qué? -preguntó, y no se avergonzó de que las lágrimas le rodaran imparables por las mejillas. La proximidad de Hingis, que se le había acercado y le había puesto la mano sobre el hombro para tranquilizarla, tampoco consiguió apaciguarla.
– Para enseñarte con quién estás tratando -dijo la condesa, en un tono sibilante que semejaba el de una víbora-. No existe ningún lugar donde puedas sentirte a salvo, ningún refugio, ninguna escapatoria. O colaboras con nosotros o perderás lo último que significa algo para ti en este mundo.
– Kamal -susurró.
– Exacto. Ya lo ves, nosotros también nos hemos cubierto las espaldas, y a ti no te queda más remedio que cooperar o sufrirás la misma suerte que el viejo Gardiner y perderás la vida absurdamente, como se apaga una vela al viento.
– Eso no me importa. -Sarah se irguió y se mantuvo así con todas sus fuerzas para no concederle también ese triunfo a su adversaria-. Solo quiero tener a Kamal. Le doy mi palabra de que no haré nada que…
– ¿Me tomas por tonta?
– No quiero que le pase nada a Kamal -aseguró Sarah-, y un nuevo viaje lo debilitaría más aún.
– ¿Y qué? -dijo simplemente la condesa.
– Por favor -suplicó Sarah-, no es necesario que lo esconda de mí. Tiene mi palabra de que no haré nada que pudiera perjudicarla a usted ni a sus planes. Sea clemente esta vez…
Para espanto de Friedrich Hingis, Sarah se arrodilló delante de su enemiga y se humilló agachando la cabeza.
– ¡Sarah! -musitó perplejo el suizo. Acababa de ocurrir lo que temía…
– Ya ves -se burló gozosamente la condesa, que había malinterpretado la observación del erudito-, ni siquiera el señor Hingis te cree. Por lo tanto, el juego continúa, y según nuestras reglas.
– No, por favor, no…
– Partirás de expedición desde Salónica para buscar el agua de la vida y traérnosla. Tu pobre Kamal permanecerá mientras tanto en un lugar desconocido, al que no tendrás acceso. ¿Entendido?
– ¿Por qué todo esto? -preguntó Sarah, poniéndose de pie y temblando interiormente de rabia impotente-. ¿Y por qué precisamente yo?
La respuesta de Ludmilla de Czerny fue un nuevo enigma.
– Qué poco sabes -dijo en voz baja- y cuánto te sobreestimas…