Todavía era de noche cuando la subinspectora Martina de Santo, de la brigada de Homicidios de la Policía de Bolscan, abrió la verja del jardín de su casa y empezó a correr por el asfalto oscuro.
Las dos primeras semanas de aquel mes de diciembre habían resultado inusualmente cálidas, pero durante las madrugadas la temperatura descendía por debajo de los diez grados. La humedad y la niebla solían acompañar a las noches de invierno.
La subinspectora trotó con suavidad a lo largo de las calles del barrio alto, iluminadas por distantes farolas. Acelerando el ritmo, descendió la cuesta que comunicaba la zona residencial con las alamedas y el paseo marítimo, dispuesta a llegar hasta el puerto.
Desde hacía un par de semanas, había decidido alterar su recorrido habitual. Hasta entonces, invariablemente, se venía marcando como meta el Jardín Botánico, situado a unos tres kilómetros de su casa, en una rutinaria carrera de ida y vuelta.
El cambio de itinerario se debía a que en las últimas fechas había recibido una serie de amenazadoras llamadas anónimas. El comisario Satrústegui, a quien había decidido informar, le había aconsejado que modificase sus hábitos, a fin de prevenir cualquier sorpresa. Precaución que, había añadido el comisario, deberían tomar todos los agentes, en especial los que se hallaban implicados en la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo; pero que luego, en la práctica, casi ninguno respetaba. De manera que, para evitar desagradables encuentros, pero sobre todo para acatar con su habitual disciplina las recomendaciones de su superior, Martina ya no corría hasta el Jardín Botánico. Lo hacía por los vecinos arrabales, entre sórdidos edificios levantados en los años sesenta para alojar a las remesas de emigración rural. O -y era éste ya su itinerario favorito-, hasta el puerto marítimo, donde la brisa salada se encargaba de despejar su cabeza.
Con la intención de no alarmarla, nada había dicho a Berta sobre esas amenazas, ni acerca de las cautelas que se estaba viendo obligada a respetar.
Su amiga acostumbraba a trabajar de noche. Se acostaba de madrugada, dormía un rato, hasta las ocho, y, una vez Martina, al regreso de su carrera, se había quitado la ropa y sumergido en la ducha, se levantaba de la cama justo para compartir con ella el desayuno. Berta se declaraba enemiga del ejercicio físico, por lo que jamás la acompañaba a correr. Debía seguir pensando que Martina se mantenía fiel a su recorrido hasta el Jardín Botánico, donde las hambrientas ocas y los cisnes la recibían batiendo alas en la sonoridad de la noche.
La subinspectora alcanzó la oscura alameda. La ciudad dormía.
Apenas algún coche circulaba por las calzadas, brillantes de rocío. Protegidos con fosforescentes monos, los peones del último turno de limpieza vaciaban los contenedores de basura en la trituradora hidráulica del camión.
Un borracho trajeado como un aristócrata, pero que no estaba en condiciones de encontrar su coche, daba tumbos entre canción y canción.
Martina orilló la fortaleza de San Sebastián, contra cuyas murallas rompía el sordo sonido de las olas, y entró en el recinto portuario. El vigilante la conocía, y le permitió pasar.
La espesa niebla difuminaba el perfil de los mercantes y los ferrys costeros de la Compañía Marítima del Norte. Hacía invisibles los cascos de los petroleros anclados en la rada, y disipaba tras una láctea sombra el transatlántico que cubría la ruta americana.
Entre containers y grúas, sorteando los norays y las gruesas sogas de amarre, la subinspectora siguió trotando por la dársena. Lo hacía cada vez más rápido, alargando la zancada y avivando la respiración.
Dejó atrás el astillero, cuyos trabajadores se hallaban en huelga porque el gobierno, en su política de reconversión industrial, acababa de anunciar su propósito de despedir a centenares de ellos, y siguió hasta la punta del espigón, a cuyo abrigo se resguardaba el puerto pesquero.
A esa temprana hora, la lonja registraba una colorida actividad. Empapada en sudor, Martina se dejó caer en un banco de la taberna y sacó una pitillera de la cazadora que se ponía para correr sobre sus camisetas ibicencas, fetiches de su época bohemia, cuando nada podía hacerle predecir que acabaría convirtiéndose en una mujer policía. Encendió un cigarrillo y esperó a ser atendida.
La tabernera, una rolliza mujer que se levantaba a medianoche para servir bocadillos y aguardientes a las tripulaciones que retornaban a puerto, no necesitó preguntarle. Saludó con un movimiento de cabeza a aquella delgada y solitaria atleta y, sin preguntarle, porque siempre pedía lo mismo, le puso delante una coca-cola y un taco de tortilla de patata pinchada con un palillo sobre una rebanada de pan. Martina devoró la tortilla, bebió la mitad del refresco y terminó su cigarrillo disfrutando de una abrasiva sensación en sus bronquios, dilatados por el ejercicio.
– Esto es vida -murmuró, satisfecha.
Cuando sintió que sus músculos se enfriaban, pagó y retomó su carrera por el malecón.
Un débil amanecer teñía de azul cobalto la negrura del agua. Las gaviotas se arremolinaban a la espera de los desechos que los pescadores arrojarían por las bordas.
Algunos pesqueros habían atracado ya. Sus marineros descargaban cajas, recogían redes, baldeaban las cubiertas con ganas de desembarcar y regalarse un orujo en la taberna. A la subinspectora comenzaban a resultarle familiares sus caras, y también los nombres de los barcos: Senon, Bogatín, Carolo… y su preferido, un barquito precioso, pintado de amarillo, que, pese a llamarse Amargura, jamás, según le había asegurado su patrón, había sufrido el menor percance.
Pero la embarcación que en esos momentos, a las siete en punto de la mañana del lunes 19 de diciembre de 1983, entre las espirales de niebla, enfilaba la bocana, le resultó desconocida.
Era un destartalado lanchón, ancho de amura, sin mástiles; poco marinero, en apariencia. Martina dedujo que debía estar destinado al transporte de abastecimientos, como aquellas gabarras que, en los viejos tiempos de la navegación fluvial, con anterioridad a la construcción de las grandes presas, remontaban el curso bajo del río. No resultaba frecuente, en aquella parte de la costa, avistar una embarcación como ésa. La subinspectora sintió curiosidad, y se detuvo para contemplarla mejor.
A bordo no distinguió a nadie. Supuso que su timonel gobernaba desde la cabina del puente, elevado sobre una cubierta ancha y en parte entoldada.
La barcaza fue maniobrando hasta mostrar su popa, pintada, como el resto del casco, en rojo escarlata. Cuando el motor se detuvo, el viento del amanecer siguió agitando el toldo de la cubierta, que era también rojo, pero de un tono afresado, descolorido por el sol.
Una tosca figura de madera decoraba la proa a modo de mascarón. La subinspectora observó sus rasgos, como inspirados en un ángel ciego, y la cola de pez debajo de la cintura.
El timonel, cuya inmóvil silueta, tocada con una gorra, se recortaba en la cabina, no parecía decidirse a abandonar el puente. Martina esperó todavía medio minuto, pero después retomó su carrera y, a buen ritmo, se fue alejando del malecón. Tuvo que sortear las cajas de pescado fresco que desfilaban hacia la lonja destilando un agüilla sucia de sangre, con olor a mar cautivo y a sal, y ya no volvió la vista atrás.
El comisario Conrado Satrústegui era un hombre metódico.
Se acostaba no más tarde de las doce de la noche. Cada mañana se levantaba al alba. Tan sólo los domingos se permitía relajar ese espartano horario. En su jornada festiva solía dormitar hasta el mediodía, a fin de recuperar el déficit de sueño.
Durante el resto de la semana, incluidos los sábados, que él consideraba días laborables, la alarma de su dormitorio repicaba antes del amanecer. A las seis en punto.
Al despertar, lo primero que hacía el comisario, todavía en pijama, babuchas y batín, era abrir un resquicio la puerta, sin quitar la cadena de seguridad, para recoger en la esterilla del descansillo los dos periódicos a los que estaba suscrito.
Echaba un vistazo a las portadas, se metía en el cuarto de baño y dejaba correr una fría ducha sobre su adormilada cabeza. Tenía la teoría de que el agua helada conjuraba la tentación sexual, esas dolorosas erecciones matinales que desenmascaraban su estado de soledad. Después ponía al fuego la cafetera, se vestía, dejaba dorarse en la sartén un par de huevos fritos y los empujaba con café mientras ojeaba la prensa.
Acostumbraba detenerse en la sección de sucesos, por deformación profesional, y en los titulares de las páginas deportivas, por pura afición. Pero casi nunca, con excepción de los domingos, tenía tiempo para leer los periódicos con calma. Acuciado por el reloj, se prometía remitir a sus ratos libres una lectura más pausada de los artículos que podían llegar a interesarle. Habitualmente, sin embargo, regresaba tarde de la comisaría, o de cenar, por lo general sin compañía, en cualquier restaurante próximo a su casa, para caer rendido en la cama y quedarse dormido con los diarios sin abrir a un lado de la almohada.
Desde que se había separado, los ruidos de su apartamento -los mal purgados radiadores, el crujido del parquet, los roces de la vajilla sobre la superficie de fórmica de la mesa de la cocina- le parecían más nítidos, siniestros, incluso, como si esas manifestaciones mecánicas de la naturaleza muerta, del mobiliario, las tuberías o la dilatación de los muros se hubiesen aliado contra su equilibrio emocional, privándole del silencio que exigían sus excitados nervios. Para colmo, oía con frecuencia discutir a los vecinos, que tenían problemas con sus hijos adolescentes. Lo único que en esas ocasiones le consolaba era pensar que él, por fortuna, no se había reproducido en uno de aquellos maleducados jovencitos que aplastaban las colillas en el rellano y que, cuando sus padres no estaban en casa, reventaban el tocadiscos con una atronadora música de rock.
Se estaba tornando irritable; a ratos, incluso, un punto paranoico. A menudo se despertaba por las noches, creyendo que alguien había entrado en la vivienda. Pero nunca era nada más que otro de esos artificiales ruidos que parecían resonar en el interior de su cerebro.
Antonia y él siempre desayunaban juntos. Dejaban las tazas de café, todavía calientes, sobre la mesa de la cocina, y bajaban en el ascensor, en cuyo espejo aprovechaba ella para retocarse la pintura de labios. Se despedían en la puerta de la casa, camino hacia sus respectivos trabajos. Antonia estaba empleada en una entidad bancaria, como directora de sucursal. Su mujer ganaba un buen sueldo, ligeramente superior al suyo. A pesar de estar enamorado de su oficio, y de sus ascensos en el escalafón, con las adicionales mejoras económicas, el comisario siempre se había considerado mal pagado. En especial, cuando se comparaba con otros profesionales de la función pública que, corriendo riesgos inferiores, disfrutando de horarios fijos y vacaciones estables, y sin necesidad de tener que soportar a un jefe superior, a un director general y a un gobernador civil, ingresaban más que él a final de mes.
Aunque habían transcurrido ya varios meses desde que Antonia abandonara el domicilio conyugal, yéndose a vivir a casa de una prima suya para así poner término a la larga serie de disputas que, con mínimas variantes, solían arrancar de la fanática entrega de Satrústegui a su tiránico trabajo, el divorcio no pasaba aún de ser una amenaza latente. El comisario se había propuesto recuperar a su mujer, pero no descubría el medio de hacerlo. La llamaba cada dos o tres días, teniendo que conformarse, la mayoría de las veces, con platicar con la prima. A la que, por cierto, aborrecía.
Ese tiempo muerto, vacío, venía actuando como un complejo de culpa sobre su aislamiento sentimental. Una débil piedad hacia sí mismo embargaba al comisario cuando, no sin experimentar lacerantes celos, se torturaba imaginando a su mujer en el acto de compartir rutinas y hábitos, los desayunos, el cine de los domingos, los paseos por el puerto, los juegos y placeres de cama con otro hombre de rasgos inciertos. ¿Seguía enamorado de Antonia? No lo sabía con certeza, pero su corazón no había dejado de sufrir.
A las siete llegaba Petra, la mujer que se ocupaba de la limpieza del piso. También hacía la compra, cocinaba y planchaba las camisas del comisario, siempre listadas, con rayas de un solo color. Petra tenía llave, por si Satrústegui había madrugado más de la cuenta, o se encontraba fuera de la ciudad, pero, por indicación suya, sólo la utilizaba en el caso de que nadie respondiera al portero automático.
En cuanto Petra franqueaba la puerta del apartamento, Satrústegui se enfundaba su pistola, se ponía la americana, aferraba su maletín y bajaba al garaje.
Antes de accionar la llave de contacto, revisaba el coche de manera exhaustiva. Levantaba las alfombrillas, palpaba los huecos de los asientos, abría el capó y se tumbaba largo en el suelo para estar seguro de que el vehículo no había sido manipulado. Observadas las medidas de autoprotección, encendía el motor y conducía por la avenida del Príncipe hasta el edificio de la Jefatura Superior de Policía.
Las dependencias de la Comisaría Central, de la que Conrado Satrústegui era titular, ocupaban una de las plantas. Los mandos principales disponían de plaza reservada en un aparcamiento al aire libre, vigilado por un agente con órdenes estrictas de impedir el paso a cualquier persona ajena a los cuerpos armados.
El comisario tenía la costumbre de fichar unos minutos antes que sus colaboradores. Le gustaba recorrer los pasillos todavía vacíos, sin uniformes, carreras ni gritos, con reflejos de agua sucia y olor a lejía barata, y saludar a las limpiadoras del turno de noche.
Una de ellas, Marisa, era viuda de un policía. Del pobre Javier Marco. Se lo habían cargado de un disparo en el pecho, cuando todavía se ganaba el sueldo como un simple patrullero. Así era su oficio, pensó esa mañana el comisario al cruzarse con la desmejorada viuda. Apoyada en la fregona, Marisa mostraba un gesto amargo, y los nudillos llenos de sabañones; su espléndida melena se había degradado en una capa de pelo graso, recogido en cola de caballo. Años atrás, cuando todavía eran jóvenes, Antonia y él solían salir a cenar con el matrimonio Marco. Marisa había sido una mujer vistosa, de las que llamaban la atención. Pero de su antigua belleza no quedaba ni siquiera el recuerdo.
Después de extraer un café negro de la máquina, el comisario solía encerrarse en su despacho para revisar la agenda y organizar su jornada. Valoraba esos ratos de concentración y lucidez. Su experiencia le decía que tales oasis de tranquilidad no solían durar, y que la mañana empezaría a complicarse en cuanto el agente de guardia se presentara para comunicarle el parte de sucesos ocurridos durante la madrugada.
Teniendo en cuenta que la provincia padecía uno de los mayores índices criminalísticos del país, y que una elevada proporción de los delitos de sangre eran cometidos al amparo de la oscuridad, ese informe casi nunca resultaba irrelevante. Con cíclica frecuencia, el comisario insistía a sus hombres en que, si la importancia del asunto así lo requería, no dudaran en llamarle a su domicilio, a cualquier hora. Pero, acaso por un mal asimilado respeto, esa indicación se incumplía de manera sistemática.
También, dedujo Satrústegui hacia las ocho y media de la mañana de aquel tercer lunes de diciembre, tras leer en diagonal el parte que un cansado policía acababa de entregarle, lo había sido durante la última noche.
Porque una extraña muerte, que en absoluto parecía accidental, sino, más bien, por su insólita brutalidad, por el odio criminal que se desprendía del simple enunciado de los hechos, obra de algún perturbado, acababa de descubrirse en la localidad pesquera de Portocristo.
Sintiendo un cosquilleo de excitación en la boca del estómago, el comisario manoteó la atestada superficie del escritorio hasta dar con sus lentes de lectura. Repasó el informe, esta vez con todo detenimiento.
Los datos que había registrado el retén de guardia eran muy limitados. No obstante, Conrado Satrústegui comprendió a primera vista que se trataba de un caso de extrema gravedad.
«¿Portocristo?»
El comisario tardó unos segundos en recordar que se trataba de una pequeña ciudad, un pueblo, realmente, perdido en el extremo oriental de la provincia, a unos ciento veinte kilómetros de la capital, allá por el estuario del río Madre.
– ¿Qué diablos significa esto? -gruñó Satrústegui-. ¿Por qué no me despertaron de inmediato?
– No creí necesario importunarle, señor comisario -repuso Ortega, uno de los agentes del turno de noche.
Ortega aguardaba en pie, frente a su mesa. Tenía caspa en la guerrera y llevaba la corbata mal anudada. Una barba incipiente oscurecía la piel ya de por sí cetrina de su rostro. El comisario supuso que estaba deseando obtener autorización para retirarse a descansar tras un servicio ininterrumpido de veinticuatro horas. Ortega no integraba precisamente el grupo de agentes a quienes tenía en mayor estima.
– Es evidente que se trata de un crimen -dijo Satrústegui-. Y de los más salvajes. ¿Cuándo se perpetró?
– Por el momento, se desconoce la hora de la muerte, señor.
Apoyándose contra el respaldo de su butaca, el comisario introdujo los pulgares en las sisas del chaleco -gesto característico en él cuando comenzaba a irritarse-, y resumió en voz alta el contenido del informe:
– Un cadáver brutalmente mutilado aparece en un lugar remoto de la costa. El cuerpo fue localizado en la tarde de ayer por un vecino de Portocristo que, según parece, es dueño de una embarcación. Dicho ciudadano recoge el cadáver, lo envuelve en un capote de marinero junto con sus extremidades y… ¿Qué demonios ha puesto aquí, Ortega? ¿Y por qué el informe está escrito a mano?
– La máquina de escribir se ha estropeado, señor.
– ¿No había otra en toda la comisaría?
– Los despachos permanecen cerrados durante la noche.
– Está bien. Traduzca.
El policía se inclinó sobre el expediente. Al no ser capaz de interpretar su propia letra en sentido inverso, rodeó la mesa y leyó sobre los hombros de su superior. Satrústegui percibió su fuerte halitosis.
– Los ojos.
– ¿También se los arrancó? -exclamó el comisario.
– Eso afirmaba el atestado de la Guardia Civil.
– ¿Qué arma se utilizó?
Ortega vaciló.
– No lo sabemos, señor. Un cuchillo de sierra, quizá.
– Y los intestinos… ¡Válgame el cielo! ¿Quiere hacerme creer que ese marino que encontró el cadáver recogió las tripas, las empaquetó como si fueran longanizas y trasladó el mondongo al puerto navegando en la oscuridad de las marismas, igual que El Holandés Errante?
El agente entrecerró los ojos, haciendo memoria para identificar al peligroso criminal a que debía referirse el comisario. El Holandés Errante… ¿Podría tratarse de un seudónimo de Erik el Belga, el célebre desvalijador de iglesias?
Ortega carraspeó.
– Así ocurriría, señor. Un patrón cargó el cuerpo del difunto, que es, que se llamaba…
El policía hizo amago de circunvalar la mesa para inclinarse de nuevo sobre el parte, lo que impacientó aún más a Satrústegui. Decidido a evitar la proximidad de su aliento, el comisario dio la vuelta al informe.
– Gracias, señor… Dimas Golbardo, sí. Ése es el nombre del muerto. El marino que lo encontró embarcó sus restos y los transportó hasta la dársena de Portocristo. La Guardia Civil informó al juez Cambruno, Antonio Cambruno, quien, en el cumplimiento de sus funciones, se desplazó al muelle, requirió la presencia de un médico y, una vez certificada la defunción, procedió al levantamiento del cadáver.
– ¿Cambruno es el titular del Juzgado de Portocristo?
– Afirmativo, señor. Según el cabo del destacamento, con quien, después de recibir el fax que nos informaba de los hechos, contacté telefónicamente, se trata de un magistrado más bien pintoresco. Permitió que los agentes tomasen fotos del cuerpo, pero de inmediato lo hizo trasladar a la funeraria en un carro de bueyes.
– ¿Un carro de bueyes? ¿Me está tomando el pelo, Ortega?
– Nada más lejos de mi intención, señor. Se lo refiero tal como el cabo me lo relató. El coche fúnebre debía de estar averiado.
– ¿Como su máquina de escribir? -El agente no contestó, avergonzado-. ¿Qué hay del cadáver de ese tal Dimas Golbardo? -preguntó a continuación el comisario-. ¿Sigue en esa funeraria?
– Así lo imagino, señor.
– No me gustan las suposiciones. ¿Se le va a practicar la autopsia?
– Ignoro si el juez lo ha dispuesto.
Conrado Satrústegui hizo rotar los pulgares. Nada le irritaba tanto como que sus hombres le respondiesen con imprecisión o vaguedad. Estaba empezando a ponerse nervioso. Y, cuando eso ocurría, las cosas solían complicarse para el personal a sus órdenes.
– En Portocristo debe haber más de un médico. ¿Cuál fue el que reconoció el cadáver?
El agente se apresuró a registrar los bolsillos de su guerrera.
– Apunté el apellido. Aquí está. -Blandió una hojita arrancada de una barata libreta de espirales-. Doctor Ancano. Es el director del ambulatorio.
– ¿Han hablado con él?
– No, señor. Me pareció improcedente, siendo de amanecida…
Su superior lo fulminó con la mirada.
– ¿Y esas fotos?
– He solicitado una transmisión urgente, pero todavía no se han recibido.
– Insista. ¿Qué más sabemos?
– Nada más. A menos que…
– ¿Algún otro detalle, agente? Vamos, hable. No dispongo de todo el día.
Sus subalternos temían el humor matinal de Satrústegui. Desde su separación, que era ya de dominio público, su férreo carácter se había avinagrado.
Ortega tragó saliva.
– El cabo me comentó que los restos del difunto Dimas Golbardo aparecieron en un lugar apartado de la costa, conocido como la Piedra de la Ballena. Debe de hacer mucho tiempo que sólo las gaviotas habitan ese paraje. El cabo, veterano en el puesto, me dijo también que años atrás, en los tiempos de Maricastaña, en el marco de una tradición ancestral, los pescadores de ballenas desguazaban allí sus capturas, los grandes cetáceos…
– Una tradición ancestral -repitió el comisario, con un suave tono de burla-. Dentro de nada se pondrá usted a hablar de Moby Dick y de aquel marinero llamado Ismael.
– Disculpe, señor. No pretendía resultar fatuo.
– No lo ha sido. Discúlpeme a mí. La Piedra de la Ballena -murmuró Satrústegui, sin dejar de girar los pulgares, cuya presión había acabado por imprimir la huella dactilar junto a los botones del chaleco-. Curioso.
Con dificultad, Ortega reprimió un bostezo.
– ¿Desea que siga con las pesquisas, señor comisario?
– ¿No ha terminado su guardia?
– Puedo continuar, si usted lo ordena.
– ¿Y obligarme a remunerar las horas extraordinarias al precio que me impongan los sindicatos? Olvídelo, Ortega. ¿Ha llegado la subinspectora De Santo?
– Me pareció verla al subir.
– Delegue el asunto en ella. Comuníquele novedades, si es que se han producido mientras despachaba conmigo. Antes de abandonar la comisaría, no olvide insistir en la transmisión de las fotografías forenses. Después de la dura labor que ha realizado esta noche, le deseo un gratificante descanso. Preséntese ante mí al entrar de servicio.
A los ojos de Ortega afloró algo parecido al miedo.
– ¿He cometido algún error, señor comisario?
En la mirada de Conrado Satrústegui no había amistad.
– Lo sabrá a su debido momento, en cuanto le haya asignado un nuevo destino. Es todo. Retírese.
Cuando el agente Ortega hubo salido, el comisario se encerró en el cuarto de baño para lavarse los dientes. Había olvidado hacerlo en su apartamento, y notaba un desagradable gusto en el paladar. Su despacho y el del jefe superior eran los únicos que disponían de aseo privado. Se enjuagó la boca y llamó a su secretaria, que acababa de llegar.
– Necesito que me haga un favor, Adela. Consígame un mapa de la costa oriental, lo más detallado posible. E intente localizar al juez de Portocristo, señor… Cambruno, Antonio Cambruno. Llámelo por teléfono y pásemelo. Y dígale a la subinspectora De Santo que la estoy esperando.
El comisario no ignoraba que las relaciones entre Adela, su ayudante personal, en la que confiaba plenamente, y Martina de Santo, la joven subinspectora a la que había pronosticado un notable futuro profesional, no estaban regidas por la cordialidad.
La personalidad de Martina resultaba a Satrústegui hasta cierto punto fascinadora. Era una mujer culta, elegante, que cultivaba un aire de alejamiento o misterio. En la medida en que había podido llegar a conocerla, el comisario había establecido que poseía un temperamento dócil y fuerte a la vez. Era en exceso puntillosa, y jamás daba un paso atrás. Satrústegui solía pensar en ella como en una especie de pura sangre capaz de rebasar cualquier clase de obstáculo si alguien no se decidía a frenar su ímpetu. Por eso mismo, en el trato con sus colegas masculinos, su pundonor y sentido de la competitividad hacían saltar frecuentes chispas. En diversas ocasiones, el comisario se había visto obligado a mediar para impedir que los enfrentamientos entre la subinspectora De Santo y otros mandos derivasen en conflictos internos.
Aunque, en un principio, albergó dudas sobre su preparación y valor, el comisario juzgaba positivamente la capacidad demostrada por la subinspectora desde que, avalada por la mejor nota en el examen de promoción, había ingresado en el Cuerpo. Su rapidez mental y la fría resolución con que había encarado circunstancias adversas en la Unidad de Vigilancia Nocturna y en la Brigada de Estupefacientes la habían elevado a su criterio. Sin la menor duda, era uno de los mejores agentes con que la Policía de Bolscan contaba en la actualidad.
Al trasladarla a Homicidios, grupo en el que jamás había prestado servicio una mujer, Satrústegui había arriesgado lo suyo. Por otra parte, tenía poco donde elegir. En la mayoría de las secciones faltaba personal. Los inspectores estaban sobrecargados de trabajo, o se aproximaban a marchas forzadas a la edad de jubilación. A la hora de movilizarse en un caso de relieve, Martina de Santo partía con ciertas ventajas: se ofrecía voluntaria, no discutía las órdenes y solía aportar resultados con relativa rapidez. En cuatro años de disciplinada entrega a las distintas unidades por las que había transcurrido, Satrústegui nunca le había oído pronunciar el adverbio «no».
– Sí -dijo también en esta ocasión.
Estilizada, alta, Martina de Santo vestía como un hombre. Trajes y corbatas oscuros, por lo común. No usaba perfumes ni joyas. Tenía una piel pálida, casi marmórea, la frente ancha y unos gélidos ojos grises. Su cintura estrecha, de las que antiguamente se llamaban de avispa, le dibujaba un torso trapezoidal, al estilo de las mujeres fatales de los años cincuenta. Un delgado cinturón de piel y zapatos de medio tacón resumían los detalles femeninos de su atuendo.
Después de llamar a la puerta, la subinspectora había entrado al despacho del comisario con aire resuelto. Mientras Satrústegui la ponía en antecedentes, mantuvo sin parpadear una mirada despierta. Y, una vez el comisario hubo acabado de exponer las líneas sumariales del crimen de Portocristo, había dicho:
– Me haré cargo del asunto, señor, ya que me hace el honor de confiármelo. Concédame un par de horas para dejarme los deberes hechos y reunir información y estaré lista para partir.
Satrústegui asintió, complacido.
– Tal vez tenga que permanecer fuera varios días. Tómese el tiempo necesario. En cuanto ponga un pie en Portocristo, y se haya entrevistado con el sargento, localice al juez y examine el cuerpo de la víctima.
– Será lo primero que haga al llegar.
– ¿Quiere que le asigne un compañero?
– Preferiría desplazarme sola, si no ve inconveniente.
El comisario la envolvió en una mirada crítica, para reafirmarse en su juicio: era extraña, distante, pero muy atractiva. Algo en ella le recordaba a su mujer, Antonia, pero esa vaga semejanza nada tenía que ver con sus rasgos. ¿Sería la manera de mover las manos, de sonreír? ¿O quizá aquella actitud alerta e independiente, desconfiada e intuitiva a la vez?
Mientras la esperaba en su despacho, el comisario había sido informado por su secretaria de que el juez Cambruno, aunque figuraba empadronado en una dirección de Portocristo, carecía de número telefónico. En el Juzgado, probablemente debido, apuntó Adela, a lo temprano de la hora, no respondía nadie. Su secretaria le había entregado las fotografías del cadáver, que acababan de recibirse. Satrústegui, ocupado al teléfono con otras cuestiones urgentes, apenas tuvo tiempo para echarles una ojeada. Cuando, unos minutos más tarde, entró la subinspectora, las revisó con mayor detenimiento y se las fue mostrando una por una.
No la había invitado a sentarse, pero no por descortesía, sino por el inveterado hábito de su colaboradora de permanecer en pie. En el departamento de Homicidios, donde disponía de una sencilla mesa de trabajo, Martina de Santo no solía ocupar su silla. En pie leía, redactaba o hablaba por teléfono. Cuando tenía que utilizar la máquina de escribir, o el recién instalado ordenador, lo hacía inclinándose hacia los teclados, los tobillos juntos, sus largas piernas firmemente asentadas sobre el piso cubierto con un linóleo de color plátano arruinado por marcas de cigarrillos.
La subinspectora le devolvió las fotos.
– No parece impresionada -comentó Satrústegui, prendiendo un cigarrillo.
– Me gustaría decirle que se me ha revuelto el estómago, pero a estas alturas ya debo estar bastante curtida. Quien haya cometido semejante carnicería sabe manejar un arma blanca.
El comisario afirmó, frunciendo el ceño:
– Puede quedarse las fotos, le serán de utilidad. Necesitará un mapa de la zona. Mi secretaria ha localizado una reproducción a pequeña escala. Observe.
Satrústegui señalaba el accidentado perfil de la costa.
– Aquí, junto a un cabo llamado Forca del Diablo. Esa playa, entre las marismas. La Piedra de la Ballena. El cadáver apareció descuartizado sobre las rocas. He solicitado datos acerca de la víctima, Dimas Golbardo. Por ahora, apenas nada sabemos de él, salvo que era paisano del delta y que ha encontrado la muerte de esta inimaginable manera.
Martina asintió y volvió a examinar las fotos. En origen debían ser bastante precarias; la transmisión no había contribuido a realzar su nitidez. El grano era grueso. Su contraste, nulo. Como si se tratase de defectuosas pruebas de imprenta, la gama de tonalidades se había simplificado en violetas y añiles, con matices anaranjados y rojo caldero para las superficies de tejido cutáneo saturado por la rotura de vasos sanguíneos.
Básicamente, podía distinguirse el cuerpo mutilado de un hombre de unos sesenta y cinco o setenta años de edad. Tendido sobre el mismo impermeable con que habían protegido sus restos durante la travesía marítima, Dimas Golbardo estaba desnudo de cintura para arriba. Sólo llevaba un pantalón claro, de algodón o lino, tal vez, empapado en líquido. «Sangre, con seguridad», había murmurado el comisario. Una ancha incisión en el abdomen delimitaba la más aparatosa de sus heridas, lo que parecía haber sido una puñalada mortal. Las manos, seccionadas en las muñecas, reposaban cerca de sus correspondientes articulaciones, que mostraban la astilla de los huesos y tendones tronchados como cables de caucho.
Conrado Satrústegui aventuró:
– Si el cadáver estuvo expuesto a la marea, aunque sólo fuese durante unas horas, el agua y la sal marinas habrían contribuido a cauterizar las heridas, pero aun así esos tajos me seguirían pareciendo demasiado limpios. A riesgo de equivocarme, me inclinaría a pensar que las manos no fueron serradas, sino desprendidas de un solo golpe.
– ¿Con un hacha? -apuntó Martina.
– ¿Quién sabe? Es posible que hayan quedado marcas en las rocas. Ya lo comprobará.
En otra de las fotografías se apreciaban los globos oculares, extirpados de sus órbitas. Como diminutos peces sin vida, descansaban junto al convulso rostro del muerto, a un lado de la capucha.
La tercera y última instantánea, más difusa todavía, reflejaba un primer plano de la cara. La muerte había paralizado a Dimas Golbardo en una rígida expresión de terror. Bajo el pelo pegado al cráneo con una costra de sangre seca, las vacías cuencas orbitales pervertían sus rasgos en una dimensión trágica. Por encima de las mal rasuradas mejillas, el semblante deparaba una cualidad plástica, como si le hubiesen aplicado un molde de parafina o un baño de cera líquida.
El comisario añadió:
– Me pondré en contacto con la Comandancia de la Guardia Civil y le trasladaré a usted la información que vaya llegando. Aunque me temo que, por el momento, no tendremos mucho más. No hay sospechosos. Para ir ganando tiempo, le sugiero que deje pasar una hora, a fin de que pueda coordinarme con la Comandancia, y establezca contacto con el cuartelillo de Portocristo. Hasta hace poco disponían de muy escasos medios, pero creo estar seguro de que se ha incrementado su dotación, incluyendo una lancha guardacostas para perseguir los contrabandos de cocaína y hachís, que han experimentado un alarmante incremento en esa parte del litoral.
La subinspectora no replicó. Su superior le destinó una inquisitiva mirada.
– ¿Qué le ocurre? ¿Discrepa de lo que le he ordenado?
Martina movió horizontalmente la diestra, como si pretendiese desplazar un objeto invisible.
– Preferiría trabajar por mi cuenta, señor. Podría instalarme en el pueblo, como una turista más. De esa manera, dispondría de mayor libertad de movimientos.
Conrado Satrústegui sonrió para si Ni siquiera un ciego tomaría a Martina de Santo por una mujer corriente. En una pequeña colonia de pescadores, difícilmente iba a pasar desapercibida.
– Hágame caso, subinspectora. Siga mis instrucciones al pie de la letra. Y no olvide permanecer en contacto conmigo, o con el inspector Buj.
Martina abandonó el despacho con un brillo en la mirada. Sabía que, además de manifestar un legítimo orgullo, por la confianza que el comisario acababa de depositar en ella, esa expresión contribuiría a amargar la mañana a su secretaria.
El pulso entre ambas, su sostenido rencor, se venía manifestando en un sucesivo duelo tejido por domésticas venganzas. Adela no podía soportar la creciente influencia de la subinspectora. Y ésta no parecía dispuesta a aceptar las normas complementarias con que la influyente auxiliar administrativa -así, rebajándole el rango, la nombraba Martina cada vez que era objeto de sus malas artes- manipulaba el protocolo y la agenda del comisario.
– Muy ufana parece usted -observó Adela.
– Ya me conoce -replicó al instante la subinspectora-. Soy incapaz de fingir. Entre mis virtudes no figura la simulación. Seguramente -añadió, haciendo chasquear el cierre de su pitillera y procediendo a encender uno de sus cigarrillos ingleses sin filtro-, me iría mejor si tomase ejemplo de usted. Perdone, no le he ofrecido. Qué maleducada, ¿verdad?
Adela sonrió con aridez.
– A veces podemos estar de acuerdo. No se permite fumar, ¿lo ha olvidado?
– ¿De veras? ¿Y por qué lo hace el comisario?
– Si don Conrado desea fumar en su despacho, será cosa suya. Teniendo en cuenta el estrés que soporta, no seré yo quien se lo impida. Hay puestos de responsabilidad, y puestos. Fuera del despacho, no le verá fumar. Y usted, en consideración a los demás, y a la nueva normativa, tampoco debería hacerlo. Apague el pitillo, por favor.
– Iré a esconderme al baño, como una niña mala -repuso la subinspectora, expulsando una argolla de humo.
Adela se levantó, cogió un frasco de ambientador con aroma a limón y se puso a pulverizar el aire.
– ¿A cuál? -preguntó, sin mirarla-. ¿Al de señoras o al de caballeros?
Martina decidió ignorar el comentario. Estaba habituada a ese tipo de pullas. Le dolían, en el fondo, pero intentaba no concederles excesiva importancia. Se administró una calada de castigo, enterrando el humo hasta el fondo de sus pulmones, y dijo, con frialdad:
– El comisario acaba de adjudicarme el caso de Portocristo. Un crimen, con toda certeza. Me gustaría emprender el viaje disponiendo de toda la información que hayamos sido capaces de obtener. Le ruego la haga llegar a mi departamento, a medida que se vayan recibiendo nuevos datos desde la Comandancia de la Guardia Civil. No hará falta que se desplace en persona. Puede usar el fax. Así no quebrantará su sedentario régimen.
Irritada, la secretaria sepultó la vista en la carta mecanografiada que estaba corrigiendo. No podía soportar que aquella altanera mujer le impartiese órdenes, pero tampoco le convenía disgustar al comisario manteniendo un enfrentamiento radical con ella. Confiaba en que, antes o después -pronto, más bien-, la orgullosa Martina de Santo cayese en desgracia a los ojos de Satrústegui.
Mientras tanto, se había propuesto hacer lo imposible por complicarle la vida. Adela era una experta en bloqueos administrativos, congelación de expedientes y otros recursos dilatorios. «Disuasorios», los llamaba ella, disfrutando íntimamente con aquel práctico y, desde su punto de vista, ingenioso eufemismo.
La subinspectora había abandonado el pequeño reino de taifas de Adela tirándole un beso burlón con las puntas de los dedos. Segura de sí misma, bajó a la segunda planta.
El grupo de Homicidios ocupaba el congestionado espacio de una sala rectangular, pintada en un mortecino tono vainilla, con media docena de mesas alineadas en dos filas desparejas y, al fondo, una estrecha oficina ocupada por el inspector jefe Buj, apodado el Hipopótamo.
Ernesto Buj era el responsable del grupo. Haciendo justicia a su mote, el Hipopótamo pesaba alrededor de ciento veinte kilos, susceptibles de aumentar cuando la ansiedad o la gula disparaban su bulimia. Debajo de sus camisas, cuyos botones y costuras parecían siempre a punto de reventar, la grasa le dilataba los pectorales y el estómago. El cuello, con su anillo de sebo, sostenía una cabeza pelona y grande, deformada por la sotabarba e iluminada apenas por unos ojillos diminutos, paquidérmicos, en efecto, atrapados en redondas ojeras.
La mesa de la subinspectora estaba situada junto a la puerta de vidrio esmerilado del despacho del inspector Buj. A través del borroso cristal, el torso del Hipopótamo, cuando trabajaba en su mesa, se dibujaba a contraluz como la sombra chinesca de un gorila.
En el curso de la última reforma, Martina había logrado apropiarse de uno de los deteriorados biombos de falso bambú que separaban los bancos de la antigua sala de visitas, en la planta calle. Ella misma, en sus horas libres, a partir de las nueve o las diez de la noche, cuando dejaban de repicar los teléfonos y el departamento se vaciaba de agentes, le había aplicado una mano de barniz, que restituyó lozanía al mueble. Por encima del biombo asomaba el tambor de un perchero; sus brazos sostenían la correa de una cartera de cuero y el borsalino que tantas bromas había inspirado a su llegada, pero que, como su propia dueña, había acabado por incorporarse al paisaje cotidiano de la sección.
Las dos ventanas del departamento daban a un patio interior. Casi nunca se abrían. Haciendo caso omiso al recién sancionado reglamento, todos los agentes fumaban.
En la agobiante atmósfera de Homicidios reinaba el desorden. Fanática de la limpieza, Martina había intentado trasladar su pulcritud a los hábitos de sus colegas, pero en ese terreno sus esfuerzos habían resultado baldíos. Las mesas seguían sosteniendo un pandemónium de expedientes, periódicos atrasados, vasos de plástico con restos de café, ceniceros repletos de colillas, además de una miscelánea de elementos útiles a las investigaciones en curso, desde pruebas procedentes de escenas de crímenes que aguardaban turno de análisis en el laboratorio hasta objetos decomisados en el curso de las últimas redadas: llaves, documentos, navajas, incluso armas de fuego.
Tanta desidia sublevaba a Martina, pero no tenía más remedio que acogerse a una paciente resignación. Las cosas iban a seguir así, al menos mientras el inspector Buj continuara al frente del equipo. Al Hipopótamo le faltaban tres años para alcanzar un retiro que, antes, una mayoría de investigadores deseaba secretamente, pero que, ahora, entendiendo que, a la larga, podía beneficiar un nuevo ascenso de Martina de Santo, era temido como un mal mayor. Buj no sólo no reprobaba el desorden, sino que parecía sentirse a gusto en aquel ambiente. Su propio despacho, revuelto y mal ventilado, era un buen ejemplo de ello.
De los seis agentes asignados a Homicidios, todos varones, sólo uno ocupaba en ese momento su puesto. Los demás se hallaban lejos del edificio, enfrascados en diversas pesquisas, declarando en los Juzgados o poniendo en práctica labores de seguimiento o rastreo.
Tampoco estaba el inspector Buj, cuyas frecuentes ausencias sólo parecían escandalizar a la subinspectora. Sus compañeros jamás criticaban el hecho de que su superior tuviese instalado una especie de segundo despacho en el bar El Lince, un cafetín situado en la esquina de la manzana, en cuya barra, a lo largo de la jornada, los camareros iban sirviendo al inspector su cotidiana ración de cañas de cerveza.
– Un segundo, Carrasco -dijo Martina, abriéndose paso entre las papeleras repletas y las sillas colocadas de cualquier manera.
El agente Carrasco se levantó y la siguió hasta su mesa. Era un individuo anónimo, de hombros cargados y expresión apática, pero competente y servicial, y en posesión de una notable hoja de servicios. Había venido colaborando con la subinspectora de manera hasta cierto punto satisfactoria para ambos. Sus colegas solían burlarse de esa insólita afinidad. Para replicarles, Carrasco empleaba una contundente frase que había escuchado de labios del propio comisario Satrústegui: «Esa mujer será un bicho raro, pero tiene un par de huevos.»
– El deber nos llama-dijo Martina, desabrochándose la chaqueta y aflojando el lazo de su corta corbata de seda negra-. Un hombre ha sido despedazado en las lagunas del delta. Eche un vistazo, si no acaba de desayunar.
La subinspectora arrojó las fotos sobre su inmaculado escritorio, exento de cualquier objeto personal con excepción de una fotografía enmarcada en un sencillo baquetón. En el papel satinado se veía a una mujer joven, rubia, de rasgos redondos y amenos, sonriendo en mitad de un bosque envuelto en bruma.
La mujer de la foto era Berta, pero allí, en comisaría, nadie sabía de quién se trataba. Martina de Santo jamás hablaba de su vida privada. La discreción y la austeridad le eran consustanciales. En los cajones de su mesa guardaba muy pocas cosas: una agenda, estuches de aspirina, a la que era adicta, barritas de cacao, su pistola reglamentaria.
– Por los clavos de Cristo-murmuró Carrasco-. Sí que se han ensañado. ¿Quién es? Perdón: ¿quién era?
– Un pescador de la comarca, suponemos. Dimas Gol bardo. Natural de Portocristo. Sesenta y tantos años, estatura media, ojos… ¿Se fija?
– Vaya salvajada -comentó el agente; no obstante, contemplaba las mutilaciones sin la menor turbación, como si en lugar de los testimonios gráficos de un bárbaro asesinato se tratara de una colección de postales-. Hay que odiar mucho a alguien para cuartearlo como a una res.
– ¿Odio? -dudó la subinspectora-. ¿Sólo odio? Una sádica complacencia, una placentera, incluso, erótica crueldad, puede discurrir por la corriente emocional del más despiadado asesino. ¿Qué es el odio, Carrasco, y desde cuando los sentimientos son compartimentos estancos?
Martina hizo una pausa antes de añadir con una sonrisa sardónica:
– Si desea una demostración empírica de mi teoría sobre el placer sanguinario, vuelva la mirada a su interior.
La subinspectora encendió un cigarrillo. De sobra sabía que sus sarcasmos hacían nula mella en aquellos colegas suyos, refractarios, en cualquiera de sus formas, a la crueldad criminal, pero a veces cedía a la tentación de apelar a sus conciencias. Era como golpear un muro ciego. El abúlico gesto de Carrasco desmintió que, tal como ella acababa de sugerirle, estuviese sondeando el lado oscuro de su alma. Simplemente, aguardaba. De modo que Martina de Santo, enroscando en sus palabras volutas de humo, consideró:
– Sería prematuro extraer conclusión alguna, pero ¿por qué descartar el placer? Hay criminales que, al matar, obtienen una inefable satisfacción. Analice la limpieza de esos cortes, Carrasco. Seguramente, los autores del crimen de Portocristo hirieron a la víctima en el abdomen, en primer lugar, y después, mientras aún respiraba, con golpes secos, contundentes, de la misma manera que un carnicero separa la carne de la materia impura, fueron troceando su cuerpo, quién sabe si recreándose en esa tarea. Los asesinos pudieron acabar fácilmente con la vida de Dimas Golbardo, pero, por alguna razón, prefirieron someterle a tortura, haciéndole pagar una supuesta culpa, o pretendiendo establecer un escarmiento, una advertencia destinada a futuras víctimas.
– ¿Los asesinos? ¿Por qué habla en plural?
– Opino que al menos se emplearon dos tipos de armas blancas. Un cuchillo grande y un hacha, quizá.
– Pudo usarlas la misma persona, sucesivamente.
La subinspectora replicó:
– Desde un punto de vista estadístico, es poco probable. Un asesino, un arma. Dos armas, un complot.
De repente, Carrasco recordó algo.
– ¿Portocristo, ha dicho? Hace algún tiempo, en verano, hubo otro suceso allí.
Martina de Santo enarcó una ceja.
– ¿Otro suceso?
El agente especificó:
– Un hombre se precipitó por los acantilados. Treinta metros de caída libre, con resultado de muerte instantánea.
– ¿De quién se trataba?
– Del farero de Isla del Ángel, un peñón próximo a la costa. Debió ocurrir a mitad de julio. Usted se encontraba de vacaciones, o no se había incorporado aún al grupo.
– Tuve una semana de descanso antes de trasladarme a Homicidios, pero a mi ingreso revisé todos los casos, uno por uno. ¿Cómo es posible que no me diera cuenta?
Carrasco se pasó la mano por el cráneo. Unos pocos pelos demasiado largos se esforzaban inútilmente por mantener la ilusión de un cabello sano.
– Decidimos darle carpetazo -admitió, con tono cautelar-. Por eso no repararía usted.
Martina apretó los labios.
– ¿Es costumbre de los miembros de la brigada archivar casos sin mi consentimiento?
– Pensamos que carecía de interés policial.
– ¿Pensaron o lo pensó usted?
– Fue decisión mía -asumió el agente, incómodo-. El asunto no parecía tener vuelta de hoja. Se trataba, simplemente, de una caída mortal.
Carrasco volvió a vacilar. La subinspectora lo escrutaba con sus árticos ojos de color aluminio. Su colega agregó:
– Cuando lo encontraron debía llevar varios días sin vida.
– ¿Quién descubrió el cadáver?
– Una barca lo recogió en una cala de la isla y lo depositó en el muelle de Portocristo.
– ¿A quién pertenecía esa embarcación?
– Lo ignoro. ¿Qué importancia tiene?
– ¿Se instruyó investigación? -quiso saber Martina.
– Nadie la reclamó.
– ¿El cuerpo presentaba heridas, mutilaciones?
Carrasco tuvo que afinar la memoria.
– Creo recordar que tenía el cuello roto.
– ¿Cómo lo sabe? ¿Acaso lo vio?
– La Guardia Civil nos informó.
– ¿Nuestro grupo no desplazó a ningún agente?
– Eran días de mucho trabajo, y de poco personal. Al inspector Buj le pareció innecesario.
La subinspectora sacó la pitillera y golpeó contra la tapa el extremo de otro de sus cigarrillos sin filtro. Estaba fumando demasiado. Tres cajetillas diarias. No obstante, su última revisión había concluido con un diagnóstico normal. Ella atribuía su buen estado de salud a la práctica del footing. Para aprobar las pruebas de ingreso había debido someterse a una dura preparación física, y fue entonces cuando se aficionó a practicar carreras de fondo. En adelante, mantuvo el hábito de correr casi todas las mañanas, al amanecer, seis o siete kilómetros, la distancia entre su casa y el Jardín Botánico, ida y vuelta. O, en las últimas semanas, la de su nuevo recorrido hasta el puerto.
– ¿Al cadáver del farero le faltaban los ojos, por casualidad?
– No lo sé -masculló Carrasco. Su apatía estaba dando paso a una leve inquietud; aunque sólo llevaba un semestre con ellos, los agentes de la sección habían comprobado que la subinspectora era muy estricta con los trámites de cada proceso-. En esa parte de la costa abundan las aves migratorias, que disponen en el estuario de un parque natural protegido, una especie de edén particular. Supongo que se cebarían con el cadáver. Puedo rescatar el expediente, si lo desea.
– Ya está tardando.
Carrasco desapareció en dirección al archivo, que se distribuía abajo, en los sótanos, en tres lóbregas salas en forma de U, junto a los calabozos y el cuarto de calderas.
La subinspectora aprovechó el paréntesis para redactar una lista con asuntos pendientes e instrucciones adjuntas. Lo hizo en pie, escribiendo velozmente con su Parker de plata. Poseía una letra alta, torcida a la derecha. Un grafólogo habría establecido que su escritura era viril. Había llenado una holandesa por ambas caras cuando regresó Carrasco con una carpeta.
– El muerto de Isla del Ángel se llamaba Pedro Zuazo. Era el farero, en efecto.
La subinspectora leyó el escueto expediente. El cadáver de Pedro Zuazo había aparecido en una cala, desnucado. El atestado de la Guardia Civil incluía el certificado de defunción, firmado, como el de Dimas Golbardo, por el doctor Ancano.
– ¿Algo más, Carrasco?
– Por mi parte, no. El sargento Romero, que está al frente del destacamento de Portocristo, es un hombre competente. Podrá darle todos los detalles. Lleva tiempo en la comarca, y conoce el fangoso terreno que pisa. ¿Sabía, por cierto, subinspectora, que el río se ha desbordado otra vez? La carretera de Bolscan a Portocristo está cortada en varios tramos. Tardarán días en repararla. También está interrumpida la vía férrea. Desde el oeste, el estuario se encuentra prácticamente incomunicado.
– Lo ignoraba. Gracias por la advertencia. Me quedaré con este expediente. Si le viene a la memoria algo más, no deje de comentármelo.
Aliviada, en el fondo, por no tener que utilizar su automóvil, Martina consultó una guía telefónica y llamó a la Compañía Marítima del Norte. Esa misma tarde, a las seis, salía un ferry que a medianoche fondearía en Portocristo. El viaje era eterno, pero no había otra opción. Reservó un camarote en clase turista. A continuación, marcó el número de una agencia de taxis y dejó apalabrado un coche para recogerla hora y media antes en la puerta de su casa. Ella era así, y no de otro modo; no le gustaba dejar nada al azar. Solía llegar a las estaciones y aeropuertos con bastante antelación. Lo contrario, la improvisación, la prisa, le producía un desasosiego que ya no le abandonaba durante el resto del viaje.
Esperó hasta las once, por si la secretaria de Satrústegui tenía la deferencia de remitirle algún otro dato sobre el caso. Al no darse esa circunstancia, la llamó por el número interior.
Adela fingió haber olvidado el asunto. Estaba muy ocupada, dijo. Tras advertirle que el jefe Satrústegui comunicaba, hizo esperar largo rato a la subinspectora. Pasados un par de minutos, le hizo saber que el comisario no podía ponerse, pero que le ratificaba la ausencia de novedades. Martina preguntó si su superior había contactado con la Comandancia de la Guardia Civil o con el oficial al mando de la agrupación de Portocristo.
La secretaria repuso:
– Con la Comandancia, en efecto. No, ya le digo, no ha dejado ningún recado para usted. ¿El juez Cambruno? Todavía no hemos conseguido localizarle.
– ¿Cómo es posible?
– Eso mismo me pregunto yo.
– ¿Ha hablado con el secretario del Juzgado? -apuntó Martina.
– Naturalmente. ¿Me va a decir de qué forma tengo que hacer mi trabajo? Se llama Gámez, como la cupletista, y me ha parecido un perfecto cretino. Ahora tengo que dejarla, lo siento.
La subinspectora colgó, visiblemente enfadada. Pero, justo al hacerlo, el teléfono volvió a sonar.
Era Berta. Llamaba, muy alarmada, porque acababa de oír en la radio que se había cometido un terrible crimen en un pueblecito costero.
– Supongo que estarás informada -empezó a decir su amiga, al otro lado del hilo; debía estar nerviosa, porque se atropellaba al hablar-, pero he decidido advertírtelo, por si no lo sabías. El locutor ha dicho que han descuartizado a un hombre. He anotado el nombre de la víctima: Dimas Golbardo. Me ha parecido un apellido curioso. Medieval, o algo así.
A Martina le extrañó un tanto la reacción de Berta. Era la primera vez que su amiga la llamaba a la comisaría. De hecho, ni siquiera tenía el número. Supuso que habría consultado con el teléfono de urgencias, y que desde centralita le habrían pasado con ella. La subinspectora bajó la voz, para que no la oyera Carrasco.
– ¿Dónde estás?
– En el centro. Acabo de oír la noticia en la emisora de un taxi. ¿He hecho mal en llamarte?
– Claro que no -repuso Martina, con un barniz desprovisto de calor. Pero, acto seguido, valorando el hecho de que Berta se preocupase por su actividad, decidió que merecía una respuesta más amable, y agregó-: El comisario acaba de delegarme el caso.
– ¿No será peligroso?
Aquella inocente salida hizo reír a Martina. Sin embargo, su rostro se ensombreció. Detrás del cogote de Carrasco, la curva panza del inspector Buj acababa de recortarse en el vano. La subinspectora moderó aún más el tono, hasta reducirlo a un susurro:
– Estoy encantada de contar con una colaboradora tan valiosa, pero ahora tengo trabajo, Berta. ¿Nos veremos luego, en casa?
– He quedado con Adorno, el marchante. Llegaré tarde.
– Te esperaré.
Martina colgó. La abotagada cara del Hipopótamo sostenía una torcida sonrisa. Era evidente que había bebido. La euforia del alcohol le duraba cada vez menos, dando paso a una quisquillosa irritabilidad. Hasta que, para combatir la abstinencia, palpaba su americana en busca de la petaca y, escorando la cabeza sobre el hombro, bebía un trago.
Aireando un olor rancio, a sudor y a barra de bar, el Hipopótamo atravesó la oficina.
– Buenos días por la mañana, encanto. Hoy estás como para untar pan.
Martina no podía soportar que su inmediato superior se tomase con ella esa clase de licencias, pero había decidido que resultaba más inteligente callar y esperar. A Buj no le quedaba mucho tiempo en activo. Eso, si una cirrosis no se lo llevaba cualquier día por delante.
El Hipopótamo se había parado enfrente de ella y se escarbaba las palas dentales con la uña del dedo corazón, que portaba un sello de oro falso.
– ¿No tienes que comunicarme novedades, De Santo?
En el mismo timbre opaco que empleaba para informarle de los partes del día, la subinspectora resumió el crimen de Portocristo.
– El comisario me ha encomendado la investigación -epilogó, cuando hubo expuesto los hechos.
Los ojitos de Buj se encogieron bajo sus pesados párpados.
– Caramba, muñeca, te estás convirtiendo en su niña bonita. Dentro de poco tendrás que recomendarme para que me reciba el gran jefe. ¿Cómo te lo pidió? ¿De rodillas, rogándote que se lo hicieras por favor?
Las alusiones sexuales eran habituales entre los policías de la sección, pero en este capítulo Ernesto Buj se llevaba la palma. Martina percibió un sabor nauseabundo en la boca.
– El comisario me ordenó que me mantuviese en contacto con usted, en todo momento. Es lo que me proponía hacer.
Pero Buj no iba a conformarse con eso.
– Muy aplicada. Pasa a mi leonera. Detrás de mí.
El despacho del inspector no olía mejor que un secadero de jamones. Martina se preguntó desde cuándo no se abriría esa ventana. En la falleba, para impedir que las mujeres de la limpieza pudieran ventilar su cubil, el Hipopótamo había atravesado el mango, envuelto en sucias tiras de esparadrapo, de un bate de béisbol.
Ese palo era un recuerdo de sus épocas de patrullero. El agente Buj se había hecho famoso entre las bandas callejeras por su inclinación a la violencia indiscriminada. A lo largo del bate, como mudos testigos de su uso original, se conservaban desvaídas manchas de sangre. El Hipopótamo, según él mismo refería cuando, caliente de whisky y cerveza, se ponía a contar batallitas, procuraba pegar en las partes blandas, pero no siempre lo conseguía. En el fragor de las detenciones, algunos de sus golpes se habían estrellado contra las cabezas de pandilleros y traficantes. Buj sostenía que cada cráneo, al recibir el impacto, emitía un sonido característico, de acuerdo con el coeficiente intelectual de su dueño. «Las cabezas huecas suenan como una calabaza; las más preparadas, las de los listillos que fueron a la universidad, como si reventaras una sandía o un melón maduro.»
La persiana estaba tres cuartos echada. Entre las lamas se veían fachadas de edificios altos y grises, como colmenas. La manaza del inspector arrugó un paquete de Bisonte.
– ¿Un pitillito?
– No, gracias.
– Perdona, encanto, había olvidado que sólo gastas de tu selecta marca. Puedes encender uno de los tuyos, no me molesta el aroma. Me recuerda un poco al tabaco de puta. Siéntate.
Martina permaneció en pie. El rubor afluía a su cara.
– ¿Se trata de algún chiste, inspector?
– ¿El qué?
– Lo sabe perfectamente.
Una grasienta risa apergaminó las carnosas mejillas de Buj.
– ¿Lo del tabaco de…? Era una simple ocurrencia. No te lo tomes a pecho, mujer.
– Tengo muchas cosas que hacer, inspector. ¿Qué quiere de mí?
El Hipopótamo se arrellanó en su butaca y cruzó las manos sobre el estómago. Unas manchitas de aceite salpicaban la pechera de su camisa.
– Que me respetes, en primer lugar.
– Así lo hago, inspector.
– ¡Y una mierda, De Santo! ¡Siempre tengo que enterarme por los demás de qué gaita estás soplando! ¿Por qué nadie me advirtió que el comisario te había mandado llamar?
Martina pensó que Adela se la había vuelto a jugar.
Con toda probabilidad, le habría pasado a Buj la información de que Satrústegui la había convocado sin consultarle previamente a él.
– Quizá lo intenté, y no le encontré.
Buj dejó oír uno de sus secos bufidos.
– ¡Seguro! ¡Y mi tasa de colesterol está por debajo de la de un campeón de los cien metros lisos! ¡No me quieras comer la polla, De Santo!
Estoicamente, la subinspectora logró contenerse.
– ¿Dónde estaba usted? ¿En el bar?
– ¿Qué hay de malo en tomar un café? -gruñó Buj-. ¿Y para qué llevo el busca?
Martina abatió los hombros, asustada de hasta qué punto podía llegar a aborrecer a aquel rijoso y grasiento policía.
– Creo que esta conversación no va a llevarnos a ninguna parte, inspector. Si está descontento conmigo, o siente vulnerada su autoridad, será mejor que hable con el comisario.
La expresión del Hipopótamo se tornó amenazadora. Como si estuviera rascando el suelo para embestir, pensó Martina.
– Lo haré, encanto, créeme que lo haré.
– ¿Me requiere para algo más?
– No. ¿Cuándo te vas a ese pueblucho?
– En cuanto esté lista.
– Quiero ser el primero en conocer los avances de la investigación. ¿Está claro?
Martina decidió no perder más tiempo. Rogándole que le sustituyera mientras durara su ausencia, entregó a Carrasco un sobre con la lista de gestiones que dejaba en curso. Guardó la fotografía de Berta en un cajón de su mesa, cogió su pistola, un estuche de aspirinas, la gabardina y el sombrero, y se dispuso a abandonar la comisaría.
Pero cuando estaba atravesando el vestíbulo de la planta baja, entorpecido por la fila de ciudadanos que hacían cola frente al mostrador de información, cambió de opinión. Volvió sobre sus pasos y descendió las escaleras que conducían al archivo.
Se le había ocurrido que quizá podría reunir más datos sobre el delta del río Madre y aquellas remotas marismas de Portocristo que se estaban convirtiendo en un húmedo sudario.
Aunque las dependencias de Jefatura habían sido remodeladas apenas unos meses atrás, los presupuestos no debían haber alcanzado para lavarle la cara al archivo.
Los sótanos estaban como siempre, o peor. En su cargado ambiente flotaba el mismo polvillo que venía sedimentándose sobre el lomo de los archivadores. Debido a las cañerías que encauzaban las aguas residuales, haciéndolas desembocar en el colector urbano excavado bajo la cercana avenida, a veces olía a cloaca. Para rematar el abandono material, algunas baldosas del suelo se habían levantado, y se apreciaban desconchones en las rozadas paredes.
El responsable de la terminal de datos era un veterano policía, Horacio Muñoz, antiguo integrante de la sección de Homicidios, en la que había ocupado plaza con antelación al traslado de Martina de Santo. Un taciturno aragonés cuyos afectos, aunque fuese hombre de fidelidades y principios, entre los que la amistad no ocupaba rango menor, no se desbordaban con facilidad.
En el curso de un tiroteo contra una banda atrincherada en una sucursal bancaria, el agente Muñoz había recibido un impacto que le destrozó un pie. Estuvo tres años de baja, soportando intervenciones quirúrgicas y períodos de rehabilitación, hasta que, forzado a aceptar la secuela de una cojera que arrastraría de por vida, decidió solicitar su reingreso en un puesto administrativo. El archivo estaba vacante; lo destinaron allí. Horacio Muñoz dejó crecer su cabello y su barba y, de forma paralela, un resquemor que raras veces le abandonaba.
A pesar de ello, de su amargura, de la progresiva, tal vez inevitable marginación a que le habían sometido sus antiguos compañeros, su amor propio de policía de raza permanecía intacto. Informatizar los fondos y clasificar el material arcaico le había obligado a realizar un sostenido esfuerzo. A base de obstinación y cursos externos, manejaba el computador con soltura. Cruzando e implementando archivos procedentes de la Central de Inteligencia, Interpol y otras fuentes policiales, había confeccionado programas alternativos y nuevas bases de datos.
Martina lo sorprendió entre los archivadores, revisando una pila de expedientes.
– Arriba las manos.
Horacio se giró con una sonrisa infeliz.
– Ah, subinspectora. Es usted.
Sentía aprecio hacia esa mujer. De Santo era uno de los escasos detectives que utilizaba por norma sus servicios.
– ¿Tan ocupado como siempre?
– No crea. Sólo estaba poniendo un poco de orden en mis viejos papeles. Mire esto -dijo el archivero, alcanzándole unas amarillentas holandesas escritas a máquina por ambas caras, a un solo y prieto espacio-. Casos antiguos, apolillados, casi. ¿Adivina a qué fechas se remontan? El que tengo en la mano, a 1940, recién concluida la guerra civil. ¿Había nacido usted?
– ¡Por supuesto que no! ¿Tan vieja le parezco?
– No, claro. Era una manera de medir el tiempo, que aquí es largo.
– Es usted un diablo.
– O un santo. Porque sólo un egregio varón aguantaría en este puesto de retaguardia. Hago excepciones, y a usted siempre la acompañará mi mejor disposición. ¿En qué puedo ayudarla?
– Debo salir para Portocristo. Necesito información.
– ¿Qué se le ha perdido por allá?
Martina notó que el polvillo ambiental se había introducido en sus pituitarias. Tenía la boca seca. Antes de contestar, se pasó la lengua por los labios.
– Un cadáver mutilado apareció en la tarde de ayer en un paraje del término municipal de Portocristo conocido como la Piedra de la Ballena. Han desmembrado y eviscerado el cuerpo, y le han sacado los ojos. La víctima es un pescador del pueblo, Dimas Golbardo.
– Recuerda al nombre de algún rey godo.
El archivero esbozaba el proyecto de una sonrisa, pero la subinspectora, que no parecía estar para bromas, siguió hablando:
– No se trata del primer hombre que en los últimos meses pierde la vida en esa franja de la costa, en medio de circunstancias anómalas. Ignoro si existe relación causal, pero me gustaría investigar también la muerte de un tal Pedro Zuazo, farero de Isla del Ángel, quien, al parecer, se despeñó el pasado mes de julio. Carrasco acaba de facilitarme su expediente. Quisiera saber si guardó usted en la hemeroteca algún dato adicional.
Muñoz hizo un gesto de colaboración.
– Tome asiento. No tardaré.
La subinspectora permaneció en pie. Transcurridos unos minutos, pudo comprobar que, de manera hasta cierto punto sorprendente, existía bastante información sobre aquel suceso.
Con su diligencia habitual, Muñoz había fotocopiado y conservado los originales de prensa que en su momento, el 15 y el 16 de julio, concretamente, se habían ocupado de informar sobre el accidente de Pedro Zuazo. Todos los medios, citando fuentes de la Guardia Civil, daban por hecho que había sido una muerte fortuita. De manera escueta, el triste final del farero de Isla del Ángel había sido recogido en las páginas de los principales diarios de Bolscan, y también por los de Argenta, la capital de la región. Sin embargo, el relato más detallado de los hechos correspondía a un periodiquillo de doble pliego: Ecos del Delta.
– Nunca había visto esa gaceta -dijo Martina.
– Se trata de un modesto semanario comarcal -le informó Muñoz-. Debe sumar una tirada de quinientos ejemplares, todo lo más, que se distribuyen por las pedanías del estuario. Fue fundado hace un par de décadas, hacia 1965, si no me falla la memoria; se lo confirmaré. Su director era y es un polígrafo local, Mesías de Born, a quien, por cierto, traté. Periodista vocacional, comenzó su carrera en el Diario de Bolscan, donde le encargaron de la sección de sucesos; de ahí nuestra relación. Pero no triunfó, o la nostalgia le pudo. Natural de Portocristo, retornó a sus orígenes para fundar su propia cabecera. También es autor de varios libros y de un diccionario dialectal. Lo sé porque él mismo me ha enviado, dedicadas, alguna de esas obras. No las he leído, pero no creo que eso le importe. En realidad, nunca le leyó casi nadie.
– El reportaje de Ecos del Delta sobre la muerte del farero está firmado por Gastón de Born -observó Martina.
– Que será pariente suyo, por descontado. El apellido es romance, de origen francés. Creo que este Gastón es hijo de Mesías de Born. Ese chico, siguiendo los pasos del padre, ha escrito algo. Literatura, quiero decir. Una novelita, o un libro de cuentos. Con un título muy curioso. Espere… Precisamente acaba de publicarse una reseña en la Actualidad Literaria. Por algún sitio debo tener el ejemplar que nos remite el gobierno autónomo, patrono de la publicación. Sí, mire, aquí está: Los Hermanos de la Costa y otros relatos de terror. Evoca un no sé qué de misterioso o sectario, ¿no es cierto?
La subinspectora alzó la mirada. Mientras escuchaba a Muñoz, había leído unos párrafos de la crónica de Gastón de Born sobre la muerte de Pedro Zuazo. Mal redactado, y con algunas faltas de ortografía, el reportaje venía ilustrado por una pésima fotografía en la que apenas podía verse un cadáver tirado en un muelle, cubierto por una manta y rodeado de curiosos. Asimismo, la fotografía estaba firmada por Gastón de Born.
– Acláreme algo, Horacio. ¿Cómo puede saber tantas cosas si se pasa el día encerrado entre estas cuatro paredes?
– Conservo algunas fuentes, subinspectora. Y leo a diario los periódicos, desde la primera hasta la última línea. Todo cuanto sucede, en el caso de que reúna cierta trascendencia, aparece impreso antes o después. También soy adicto a la radio.
– ¿Ha escuchado el noticiario de las once?
– Por supuesto.
– Me aseguran que acaban de informar sobre el crimen de Portocristo. No entiendo cómo han podido enterarse tan pronto.
– En Radio Nacional no han dicho nada.
– ¿Quizá en otra emisora?
– Tal vez. Cambiando de tema, Martina… Me gustaría pedirle un favor.
– ¿Cuánto? -bromeó la subinspectora.
– Oh, yo no necesito nada. Pero con la extraordinaria de Navidad podría comprarle a ese guarro del inspector Buj un manual de buenos modales. ¿Cómo le va con él? ¿Ya ha intentado violarla?
– No se preocupe por mí, sé arreglármelas sola. Vamos con su petición.
– ¿Le importaría utilizar sus influencias con el comisario para ubicar en cualquier otra parte esa maldita tubería de aguas fecales? Hoy no es de los días peores, pero en primavera y verano, con el bochorno, el hedor resulta insoportable.
– Veré lo que puedo hacer. Y, puesto que va a deberme un favor, seré yo quien le pida otro.
– Usted dirá.
– Quisiera llevar conmigo el expediente de Pedro Zuazo, así como la carpeta de prensa, con los originales.
– Habitualmente, exijo una solicitud. Pero, tratándose de usted, haré la vista gorda.
Martina le dedicó una luminosa sonrisa. Muñoz no ignoraba que la subinspectora podía mostrarse encantadora. En particular, si se la trataba con naturalidad, sin prejuicios.
– Gracias. De todos modos, le remitiré el volante. Pero todavía sigo necesitando su ayuda.
– Para eso estamos.
– Precisaría un informe exhaustivo sobre Portocristo y el delta del río Madre. Nunca he estado en ese lugar.
Horacio asintió. Martina de Santo sabía cómo hacerle sentirse útil.
– ¿Qué desea saber?
– Historia, demografía, conflictos colectivos, individualidades ilustres, manufacturas, geomorfología de la costa y de esas extensas marismas. Último censo de población. Pedanías. Autoridades. Comunicaciones. Asociaciones vecinales. Fauna. Cultivos. Especies arbóreas. Meteorología. Ritmos de las mareas…
El archivero había empezado a tomar nota, pero dejó de hacerlo.
– Aguarde, Martina. Le advierto que no soy una enciclopedia.
– Es usted algo mejor que eso: un policía.
Un cartel prohibía fumar. No obstante, la subinspectora hizo chasquear su pitillera y prendió uno de sus cigarrillos sin filtro.
– Por eso -añadió, expulsando una bocanada de humo-, no tendrá mayor dificultad en confeccionar para mí un inventario completo de los casos de asesinato, suicidio o muerte accidental acaecidos en la que será mi área de investigación: Portocristo y las parroquias de su distrito administrativo.
– ¿Todos los casos?
– Sí.
– ¿A partir de qué fecha?
– Hasta donde se remonte el archivo.
Muñoz dejó errar una mirada impotente por las atestadas estanterías.
– Aquí hay papeles del siglo pasado.
La subinspectora enarcó una ceja.
– ¿Qué me quiere decir con eso? ¿Que el asesinato es un fenómeno contemporáneo?
– Tendrá su inventario -refunfuñó el archivero.
– No lo dudaba. Y otra cosa, Horacio. También quisiera saberlo todo sobre un lugar llamado la Piedra de la Ballena.
Muñoz estaba anotando la referencia cuando sintió que Martina apoyaba una mano en su hombro.
– ¿Haría algo más por mí?
Horacio asintió. Aquella mujer le gustaba. Le gustaba mucho.
– Quisiera un informe completo sobre las actividades del narcotráfico en la costa. Mi ferry no sale hasta el atardecer. Envíe un mensajero con la documentación a mi dirección particular. Pretendo aprovechar la travesía para estudiar un poco.
– ¿Me está castigando a quedarme sin comer?
– Haré que le traigan una cerveza y un sándwich. ¿O preferiría una botella de Rioja?
– ¿Debo interpretarlo como un intento de soborno?
– ¿Le gustaría cenar conmigo, además?
Al deducir que la oferta podía ir en serio, Muñoz se conturbó. Jamás lo hubiera admitido en público, por pudor, pero, en su opinión, de la subinspectora emanaba un magnetismo erótico capaz de nublar la razón. Incluso el funcional raciocinio de un lisiado policía. Por eso se ofuscó un tanto al responder:
– Antes de aceptar su invitación, debería comprarme un traje. Para estar a su altura. No quisiera avergonzarla en uno de esos elegantes restaurantes que supongo debe frecuentar.
Ella sacudió unas motas de su solapa y le arregló el nudo de la corbata. El archivero pudo respirar el frescor de su aliento. La boca de Martina de Santo olía a una fragancia joven, como el bosque después de la lluvia.
– Uno gris marengo le sentará divinamente. Hará juego con su barba. A propósito, Horacio, esa corbata que lleva es horrenda. No se enfade conmigo, ya sabe lo sincera que soy. Le regalaré una. Usted vaya visitando al sastre. Pero, antes, prepáreme el dossier.
– Trato hecho. Con una condición. Esa cena, subinspectora, la pagaré yo.
Martina dejó oír una risa afilada.
– ¿A cambio de qué?
– Quizá podríamos divertirnos un poco.
– ¿De qué manera?
– No sé, ir a bailar… Aunque yo, con esta pierna…
– ¿Qué le pasa a su pierna?
– Soy cojo. ¿Lo ha olvidado?
Sellando sus labios con el índice, la subinspectora le hizo callar.
– Estoy segura de que ese pequeño problema no le impedirá disfrutar de las cosas buenas de la vida.
Horacio Muñoz advirtió que un rubor inesperado le arrebolaba la cara. La subinspectora terminó de ajustar le el nudo de la corbata, apagó el cigarrillo en un abollado cenicero de Cinzano que contenía restos del almuerzo del archivero -mondaduras de piel de manzana, papel de plata de una chocolatina- y se despidió de él con una mirada cómplice.
Al exterior del edificio de Jefatura, en las concurridas calles, la mañana estaba dando paso a la clara palidez de las tardes de invierno, que a la subinspectora le parecían las más hermosas del año.
Berta coincidía en ese criterio. De hecho, había sido ella quien le había hecho reparar en la suave intrascendencia de aquella luz estacional, aérea y transparente cuando el sol declinaba y la bruma comenzaba a cubrir la ciudad. Sin pretenderlo, Berta había conseguido hacerle apreciar los mismos efectos que intentaba atrapar en sus fotografías.
Su amiga era muy hábil con las cámaras. Martina, en cambio, simplemente conseguía enfocar con corrección. La única foto bonita que había logrado tomar de Berta era la que tenía enmarcada en su mesa de Homicidios.
Como la mayoría de los fotógrafos profesionales, Berta se mostraba reacia a posar. Sin embargo, en el curso del otoño anterior, que había sido muy frío, Martina había logrado robar una imagen suya en los bosques de Nó, extensas manchas de robles y hayas situadas al sureste de Bolscan, a un centenar de kilómetros de Argenta, la capital del valle del río Madre. Los tímidos rayos que se filtraban entre la niebla hacían brillar la nieve y el pelo rubio de su amiga. Al disparar el objetivo de la pequeña cámara que utilizaba en sus tareas detectivescas, Martina la había sorprendido en una actitud de euforia, lanzando al aire puñados de ramitas y hojas húmedas. Aquella fotografía probaba que, al menos en esa ocasión, Berta había sido feliz. Lo que no siempre ocurría.
Las céntricas calles de Bolscan estaban abarrotadas de automóviles. Martina no había vuelto a conducir desde el accidente que dos años atrás a punto estuvo de costar le la vida.
Había sido aquél un frustrante final para uno de sus casos de mayor envergadura.
Corría un domingo de marzo que acaso fuera pacífico para los ciudadanos que animaban las calles lavadas por la lluvia primaveral, pero que para ella resultó trágico.
Con las manos aferradas al volante de su Saab negro, Martina seguía a Pico Uriarte, un traficante de cocaína a quien se atribuían, al menos, dos muertes de otros tantos sicarios. ¿Y qué hacía ella, en su día libre, acelerando hacia la salida de la autopista sur? Una de sus gargantas profundas le había advertido que Pico Uriarte se proponía alijar una entrega en pleno monte, a unos treinta kilómetros de la ciudad. El narco se desplazaba en compañía de otro individuo, pero era él quien conducía el coche, un Porsche que se pegaba al asfalto como una roja y reluciente culebra. Martina los había seguido desde el Gran Casino, donde habían comido y alargado la sobremesa consumiendo sus habanos y una copa tras otra. Al fin, subieron al Porsche. Dejaron atrás el perímetro metropolitano, las altas chimeneas de la refinería, las malolientes granjas de pollos. Tomaron por la autopista y, después, por una comarcal. Aparcaron luego junto a una mancha de bosque bajo y desaparecieron entre los árboles. Martina intentó fotografiar la entrega, pero la vegetación no se lo permitió. Se resolvió a interceptarlos en el camino de regreso, con la mercancía a bordo del deportivo como irrefutable prueba. Pico Uriarte debió darse cuenta de que algo no marchaba bien porque recorrió la comarcal jugándose la vida y, ya en la autopista, se puso a adelantar como si participara en una carrera. Martina apretó a fondo el acelerador. Aquel camión apareció de pronto, invadiendo su carril desde una vía de acceso. El resto fue una sucesión de golpes y colores fundidos, hasta que el Saab quedó tumbado en la mediana arrojando humo por el motor. La subinspectora intuía que las llamadas anónimas que estaba recibiendo procedían del entorno de Uriarte. El narco continuaba en libertad, sin que hasta la fecha los detectives de Estupefacientes o los de Homicidios hubieran podido imputarle otras responsabilidades que unas pocas multas de tráfico por exceso de velocidad. A Martina, en cambio, un periódico dolor en las cervicales seguía recordándole la malograda persecución. Durante meses se había visto obligada a llevar un molesto collarín, y un antebrazo enyesado. Sabía que, antes o después, no tendría más remedio que utilizar el coche, pero, por el momento, encontraba sucesivas excusas para ir retrasando ese instante.
Era Berta quien manejaba su descapotable, quien, a fin de aprovechar los escasos días libres de ambas, insistía en planear excursiones por los alrededores de Bolscan.
En principio, Martina solía resistirse alegando trabajo atrasado, o la prioridad de desplazarse a algún reconocimiento pericial, pero después, cuando se hallaban juntas y solas en cualquier pueblecito costero, saboreando una copa de vino blanco frente al mar, se alegraba de haberse dejado convencer.
La subinspectora sabía de sobra hasta qué punto Berta podía mostrarse persuasiva cuando realmente deseaba algo.
Un taxista trasladó a Martina hasta la parte alta de la ciudad. Aunque jamás alardease de ello, se sentía orgullosa de vivir en aquella zona residencial de casas ajardinadas, en su mayor parte antiguas villas modernistas restauradas con rigurosa fidelidad.
Había heredado la propiedad de sus padres, ambos ya fallecidos. A lo largo de su carrera diplomática, su padre, el embajador Máximo de Santo, había conseguido amasar una modesta fortuna, cuyas rentas disfrutaba ella, su única hija.
Junto a la verja, Martina saludó a la señora Margarel, la dueña de la casa vecina, con la que la unía una buena relación. Había sido amiga de su madre. Era una mujer mayor, viuda, que vivía sola. Tenía dos hijos que solían visitarla, con sus familias, los fines de semana.
Julia Margarel estaba encaramada a una frágil escalera, ocupada en podar el seto exterior.
– ¿De vuelta del trabajo, Martina?
La subinspectora la seguía tratando de usted, pero le gustaba que la viuda Margarel la tutease. Le hacía sentirse adolescente, y responsable de ella. Si su vecina sufría un percance doméstico, lo que, dada su edad, entraba en lo posible, Martina debería ocuparse de auxiliarla y avisar a sus hijos, cuyos teléfonos figuraban en la puerta de la nevera, junto a las recetas de postres caseros y las fotografías de sus nietos, sujetas con un imán.
– Por poco rato. Salgo de viaje. En realidad, he venido a hacer la maleta.
– Lástima. Pensaba sorprenderte con un pastel de nueces. ¿Adónde vas?
– Lejos.
– ¿Secreto profesional?
La subinspectora le dedicó una sonrisa inescrutable.
– ¿Muchos días? -curioseó la viuda.
– Tal vez. Dejaré a alguien al cuidado de usted.
– No va a sucederme nada, Martina. Cuando regreses me encontrarás un poco más vieja, simplemente. Con la que sí debes tener cuidado es con tu gata.
– ¿Por qué lo dice?
– Esta mañana pasó a mi jardín, y entró en el salón. Ha roto un plato de cerámica.
– Lo siento mucho, Julia.
– No tiene mayor importancia. Era una antigualla. Podré componerlo con uno de esos pegamentos milagrosos.
Martina abrió la verja y entró a su jardín. La casa era ciertamente espaciosa y llena de luz. Desde las ventanas de la segunda planta y, con mayor perspectiva, desde los ojos de buey de la buhardilla habilitada en estudio, se divisaba el mar.
Berta no había regresado aún. Martina recordó que tenía una cita con un galerista interesado en divulgar su obra gráfica.
La gatita Pesca recibió a la subinspectora en el porche, tumbada sobre un almohadón. Todavía era una juguetona cachorrilla, con sus inocentes ojos castaños rodeados por peludos círculos de color canela. Bajo las caricias de sus dueñas, su pelaje se esponjaba como un peluche.
A Pesca no le faltaba de nada. Berta y Martina competían en malcriarla. En el jardín, bajo el globoso tilo, disponía de una caseta de teca para ella sola y, distribuidos en cajas de cartón por toda la casa, cuencos de leche que indefectiblemente, como consecuencia de sus cabriolas y juegos, acababan derramándose por el piso.
Martina había comprado a la gatita un lazo de raso y un cascabel de plata. Haciendo sonar su bucólica campanita, Pesca había comenzado a explorar las posibilidades del jardín, y de los jardines colindantes. Ágilmente trepaba a los árboles para, con sus patitas acabadas en puntiagudas uñas, amenazar a los gorriones y a los confiados ruiseñores que cantaban en los alerces y árboles del paraíso.
La subinspectora notó que le molestaban los zapatos, demasiado sofisticados para una jornada de trabajo. Subió a su dormitorio y se cambió de ropa. Se puso vaqueros, zapatillas de tenis y una sudadera de Berta.
Bebió un vaso de agua y salió al porche. La tarde se adormecía en una caliginosa luminosidad. Un termómetro exterior marcaba catorce grados.
El oblicuo sol la invitó a recostarse en una de las hamacas. No había comido, pero tampoco tenía hambre. ¿Qué mayor placer -pensó- que disfrutar de aquel templado invierno, y sentir la brisa imaginando que aquel ancho cielo y sus rosadas nubes le pertenecían por completo?
Pesca la había seguido por toda la casa, desde el ático, donde se disponían su estudio y el laboratorio de Berta, hasta el porche. La gatita maulló, dio un salto y se acurrucó en su regazo. Sintiendo que sus músculos se relajaban, que un blando cansancio afloraba invitándola a descansar, la subinspectora acarició a la mascota y dejó flotar su mente, hasta quedarse adormilada.
Más tarde, hacia las tres y media, percibió un beso en la comisura de los labios. Abrió los párpados, empozados de sueño, y dio un grito de sorpresa. Berta estaba arrodillada a su lado. Se había cortado y teñido el pelo de color platino.
– ¡Santo Dios! ¿Qué te han hecho?
– ¿No te gusta?
Martina vaciló. Había tomado su rostro entre las manos y la observaba con aire crítico.
– ¿Debería gustarme?
– Yo creo que sí.
– Si a ti te gusta, a mí también. ¿No es eso lo que diría una buena amiga?
– La mejor amiga -la corrigió Berta, contemplándola con intensidad-. La más generosa.
Martina se abandonó a aquella mirada dulce, que tan profundamente había llegado a conocer. Berta preguntó:
– ¿Se sabe algo de ese salvaje crimen de Portocristo? ¿Habéis atrapado al asesino?
La subinspectora se echó a reír.
– ¿Crees que somos videntes? Ni siquiera hay sospechosos. Hasta que no empiece a investigar sobre el terreno, no sabré nada más. Saldré para el delta dentro de un rato, en el ferry. La carretera y la vía férrea están cortadas.
– En la radio decían cosas terribles. ¿Es verdad que se ensañaron con ese pobre hombre?
– Lo evisceraron, le cortaron las manos y le extrajeron los ojos. ¿Quieres ver las fotos? Están en ese sobre.
La barbilla de Berta tembló. Martina decidió que sería conveniente cambiar de tema. A menudo, los aspectos más sombríos de sus tareas policiales resultaban incompatibles con la sensibilidad artística de su amiga.
– ¿Qué tal te fue con ese marchante?
– Hemos llegado a un principio de acuerdo. Representará los derechos de mi obra.
– ¿Y ésa es una buena noticia? -preguntó Martina; distraída, en apariencia, pero en el fondo tensa.
Aunque no siempre lo conseguía, intentaba no prestar demasiada atención a las relaciones de Berta. Los vaporosos celos que le hacían experimentar sus contactos, incluidos los del ámbito meramente profesional, se dimensionaban hacia un callado sufrimiento si sospechaba que su amiga se sentía atraída por alguien. Por eso, para evitar gratuitos tormentos, apenas frecuentaba sus círculos. «Las cosas están bien como están», se repetía, intentando justificar una posición que, no por ser suya, no por obedecer a una pulsión posesiva, dejaba de parecerle egoísta. Y, a menudo, cuando se sinceraba consigo misma, pueril.
– Adorno está enamorado de mis Restos de Serie -dijo Berta-. Una exposición viajará a varias ciudades. Hasta es posible que se decida a adquirir la colección completa.
La voz de Martina se debilitó.
– ¿Es que ese hombre ha visto tus creaciones?
– Claro. ¿Cómo iba a contratarlas, si no?
– ¿No estaban arriba, en tu laboratorio? ¿No son enormes, los formatos? ¿De qué manera los has podido trasladar hasta…?
– Las fotos no se han movido de su sitio. Gustavo tuvo la amabilidad de venir a verlas.
– ¿A casa?
– Tomamos café en ese lugar tan coqueto, el Café Flor, en el barrio de la catedral. Le llevé una carpeta con copias, pero él insistió en apreciar los originales.
Martina reparó en que Berta, además de su nuevo tinte, se había maquillado con un estilo especialmente audaz. Y que había elegido para su cita una ropa más que sugerente. La camisa de seda rosa hacía resaltar el contorno y la firmeza de sus pechos. Unas medias de rejilla conferían opulencia a sus muslos, y gracilidad a los bonitos tobillos.
– ¿Es guapo?
Berta sonrió.
– Bastante.
– ¿Se parece a alguien a quien yo conozca? ¿A algún actor, tal vez?
– Tendría que ser muy sexy.
Martina experimentó el súbito deseo de adelantar el viaje, de partir de inmediato, en ese preciso momento. Desde el fondo de su conciencia, una vocecita le apuntaba que le convendría alejarse una temporada. Sin saber por qué, se sentía insegura. Complaciéndose, a su pesar, en su negativa actitud, añadió:
– De manera que ese guapo traficante de talentos estuvo aquí.
– Después me invitó a comer. Le encantó la casa. La cocina, el jardín. También tu estudio…
– ¡Berta! ¡Sabes que prohíbo terminantemente…!
– Era una broma. Jamás permitiría a nadie profanar tu santuario. Gustavo me pidió que le avisara si salía una casa a la venta. Está pensando en trasladarse a esta zona.
Martina preguntó, arrepintiéndose en el acto:
– ¿Para estar cerca de ti?
– Por favor. Reconozco que soy presuntuosa, y que suelo mostrarme indefensa ante el halago, pero mi vanidad no llega a semejante grado. Mucha gente está harta del centro. Vivir en un sitio como éste puede parecerles un privilegio. ¿No te agrada que presuma de casa?
– Por supuesto. Pero no me gusta que vengan extraños.
– Gustavo no lo es.
– Lo era, hasta ayer.
– Las cosas han cambiado.
– No debes fiarte. Sólo es un marchante, al fin y al cabo. Esa clase de individuos vive de la creatividad ajena. Se dedican a explotar a los demás. Los artistas sois demasiado ingenuos.
Berta trató de reprimir su creciente irritación, pero no lo consiguió. Sus labios dibujaron un mohín de disgusto.
– ¿De verdad opinas que es fácil timarnos?
– Vamos, Berta.
– ¿Lo dices por lo fácil que te ha resultado engatusarme?
– No pienso discutir contigo.
Pero Berta se había enfadado.
– A partir de ahora, para complacerte, me dedicaré a maltratar a todas las personas interesadas en mi obra. En especial, a los hombres. Así estaré segura de que te sentirás un poco más feliz, aunque yo no lo sea.
– Te comportas como una chiquilla.
Berta cerró de golpe la puerta del porche y se perdió por el interior del salón.
Martina ordenó a Pesca:
– Anda, gatita. Sé buena y ve con ella.
La subinspectora se maldijo por ser como era. Absorbente, autoritaria. «Inhumana», pensó, encendiendo un cigarrillo y obligándose a pasear por el jardín, para relajar sus nervios. En otras circunstancias y épocas se había esforzado por dulcificar su carácter, por rebajar sus niveles de auto exigencia y competitividad. De modo invariable, había dejado de ser ella misma para transformarse en un modelo que le costaba reconocer, y en cuya mal diseñada geometría emocional le resultaba incómodo desenvolverse. Por esa razón, acababa siempre dando marcha atrás, abandonando sus disfraces de mujer cariñosa, discreta, para tornar, con una mezcla de fatalidad y orgullo, a su espíritu original, indómito, lúcido, rebosante de ambigüedades y dudas, pero también, en el momento menos pensado, de una secreta timidez que su arrogante apariencia no siempre lograba disfrazar.
Su cerebro divagó en un mar de pensamientos, hasta detenerse en el recuerdo de la primera vez que había visto a Berta.
No hacía tanto tiempo de ello. Un año y medio, más o menos. Ocurrió una tarde de mayo, con el calor húmedo de Bolscan embolsando la ciudad en un ámbito de desenfado y pereza.
Se celebraban las fiestas de primavera. Las plazas del casco viejo olían a coco, al azúcar quemado y al algodón de las ferias.
Martina había ido sola a un cine. Al finalizar la sesión, vagabundeó sin rumbo por las calles calientes. El cartel de una exposición fotográfica en la fachada del Palacio de la Música despertó su interés. Entró. Berta Betancourt estaba de pie, radiante con aquel vestido de color piedra que se le pegaba al cuerpo, rodeada por un círculo de hombres más bajos que ella. Detrás de su melena rubia, iluminada por los focos halógenos de la galería, colgaban sus Restos de Señe, fotografías de manos que se entrelazaban en un vacío de arenas o almohadas, débiles torsos, viejos pies, surcados de venas, apoyándose en lajas de río o en herrumbrosas vías de ferrocarril. No tenían dueño. No había rostros, bocas, ojos. Sólo la carne anónima, degradada y exenta. Otras imágenes proponían un inquietante universo de estética sadomasoquista: mujeres encapuchadas, desnudas, encadenadas, agredidas por esfumados cuerpos que podían pertenecer a hombres o a otras mujeres. Las fotografías, en blanco y negro, habían sido ampliadas hasta las molduras de la galería. De hecho, eran las más grandes que Martina había visto nunca. Admirándolas, tuvo la impresión de que su autora debía poseer una visión al mismo tiempo inocente y perversa de la sexualidad.
Alguien las presentó, pero hasta mucho después Martina no pudo recordar quién lo había hecho. En realidad, las introdujo banalmente el interventor del Ayuntamiento, con quien la subinspectora había colaborado en la detención de un funcionario municipal que alteraba las cuentas. Para cuando estrechó la mano y besó la mejilla de Berta, el deseo de conocer a aquella mujer se le había impuesto como una especie de mandato. A su amiga, según ella misma acabaría confesándole, le había sucedido algo parecido. ¿Cómo explicarlo? Era ésa una de las habitaciones selladas de su convivencia, pero había otros cuartos oscuros que la luz de la razón no alcanzaba a desvelar porque… ¿Qué hacía Berta, por ejemplo, cuando, sin previo aviso, decidía desaparecer durante algunos días? ¿Adónde iba? En una ocasión le había respondido que visitaba a algunos de sus amigos artistas, gente a la que había conocido en el pasado, y con quienes le seguía uniendo una buena amistad. Pero no le gustaba hablar de ello.
La subinspectora volvió a adormilarse en el porche. Al rato, el ruido de una motocicleta la espabiló.
Un repartidor traía el dossier que había encargado a Horacio Muñoz. Martina firmó la entrega y pasó velozmente sus páginas.
Entró en la casa y llamó por teléfono al archivero. Su disposición la había puesto de buen humor. Le recomendó que fuese eligiendo restaurante para su cita nocturna.
– ¿Es que ya ha resuelto el crimen de Portocristo? -saltó Horacio.
– ¿Quién cree que soy, Matahari?
– Se le da un aire… ¿Ha escogido mi corbata?
– Me temo que lo segundo será más difícil que lo primero -ironizó Martina-. En particular, si me veo en la necesidad de consultar con su esposa. Porque sigue casado, ¿me equivoco?
– Mi mujer no se opone a que cultive amistades femeninas. Es muy permisiva. Al menos, eso dice ella.
– La pondremos a prueba. Es usted un amigo, Horacio. Gracias.
– A usted. Acaban de servirme de su parte un opíparo almuerzo. No han quedado ni las migas. Espero que le corresponda pagar la factura a ese animal de Buj.
– La invitación corre de mi cuenta -adelantó Martina.
– Es usted demasiado espléndida.
– ¿No lo ha sido usted conmigo?
– Es mi manera de desearle suerte. Cuando detenga al asesino, me gustaría ser de los primeros en conocer la noticia.
– Descuide. Le llamaré en cuanto le haya puesto las esposas.
– Hágalo, subinspectora. Y no olvide que todo caso criminal, por complejo que parezca, no lo es en mayor medida que un difícil rompecabezas. Para resolverlo, es imprescindible encontrar la clave maestra. Que, a veces, ni siquiera consiste en una prueba circunstancial, sino en un concepto, en una idea. Después, las restantes piezas se irán ordenando adecuadamente, casi por sí solas. Ojalá descubra pronto esa clave.
– Lo intentaré.
– No dude en llamarme si quiere saber algo más de esos pescadores del delta. Y una recomendación final, Martina: procure regresar entera.
– ¿Lo dice por las mutilaciones?
– Lo digo porque la aprecio. Más de lo que se imagina.
Incluso a través del hilo, Martina de Santo pudo sentir la carga de ternura que albergaba esa frase. Pero la efusión de aquel tipo de afecto, vagamente paternal, protector y baldío, la incomodó como si hubiera recibido un regalo no deseado.
De pie en el porche, frente al brumoso sol, Martina intentó concentrarse en el informe de Horacio. Pero a media página la distrajo un movimiento en la calle. Dos hombres jóvenes, uno vestido de claro, por completo de negro, el otro, se recortaban entre los barrotes de la verja de entrada.
En una de las siluetas, la de tonos crudos, identificó a Daniel Fosco, un pintor amigo de Berta. El segundo le resultó desconocido. Tampoco podría afirmarse que hubiera tratado mucho a Fosco. El pintor y ella habrían conversado en un par de ocasiones, todo lo más. Martina no aprobaba su afectación. Lo tenía clasificado como uno de tantos diletantes que se dejaban caer por los cócteles de las exposiciones, para sablear una copa de cava y hacerse notar delante de la prensa.
De pésimo humor, la subinspectora cerró el dossier y atravesó el jardín.
– ¡ Ah del castillo! -gritó el pintor-. ¿Podemos pasar?
Daniel Fosco había armado una expresión risueña, como alegrándose sinceramente de volver a verla. La subinspectora relacionó esa misma e impostada sonrisa con las que su autor iba repartiendo por las galerías de arte, coincidiendo con los días de inauguración.
Martina abrió la verja. Fosco era muy alto, bastante más que ella y que el joven que le acompañaba. Ambos llevaban el pelo largo. Un rubio flequillo le caía al pintor sobre los párpados, obligándole a retirar los mechones con un gesto mecánico que tuvo el instantáneo efecto de irritar a la subinspectora. Fosco no se equivocaba al creer advertir en Martina un reflejo hostil. Ya antes había percibido en ella la sombra del rechazo. Le tendió la mano, pero la subinspectora ignoró su amistoso gesto.
– ¿Quizá nos hemos presentado en mal momento?
Con fría cortesía, la dueña de la casa les invitó a entrar. Tras precederles por el sendero, entre los arbustos y plantas que ella misma abonaba y podaba, indicó que podían acomodarse en el porche. Cuando lo hubieron hecho, ocupando las dos mecedoras, Martina les preguntó, impersonalmente:
– ¿En qué puedo ayudarles?
– Veníamos con intención de saludar a Berta -vaciló Fosco, un tanto apocado por la sequedad de la anfitriona-. Quedé en enseñarle mis últimas creaciones. De paso, me gustaría jugar un rato con Pesca, si es que el animalito todavía se acuerda de mí. ¿Cómo va su proceso de adaptación?
Martina no contestó. Nervioso, el pintor hizo tabalear las yemas de los dedos sobre un porta bocetos de cartón atado con cintas, que sostenía desmañadamente sobre sus huesudas rodillas.
– ¿Está en casa?
– ¿Pesca? -ironizó Martina.
La gatita había sido un regalo del pintor. Desde la última exposición de Berta, a la que Fosco había asistido de manera tumultuosa, derrochando entusiasmo hacia la obra exhibida, su amiga mantenía con el pintor una cierta relación artística, albergando un creciente interés, que parecía ser mutuo, hacia su trabajo creativo. Poco dada a compartir su privacidad con terceras personas, Martina quería pensar que la admiración que ambos aparentaban profesarse no incluía, por el momento, vínculos más íntimos.
Pero Pesca, por supuesto, no tenía la culpa de nada.
– Me refería a Berta -repuso Fosco, corrido. Su compañero, el joven vestido de negro de la cabeza a los pies, sonreía con sarcasmo, como si le divirtiera la escena.
– Estará en su laboratorio, creo. ¿Desean tomar algo?
– No quisiéramos molestar, si están ustedes ocupadas.
El pintor señaló el informe de Horacio Muñoz, que había quedado sobre una mesa baja de mimbre. En la tapa del dossier, sobre el anagrama de la Jefatura Superior de Policía de Bolscan, podía leerse: «Portocristo. Datos de interés.»
Martina se encogió de hombros.
– Siempre lo estoy. ¿Café?
Fosco consultó a su compañero, pero éste guardó silencio. Se había sentado con la espalda rígida y permanecía inmóvil, como ajeno a todo. Martina observó que estaba muy delgado y pálido, tanto que no descartó que padeciera alguna enfermedad. Una mirada perdida y, al mismo tiempo, intensa, lo mantenía a distancia, lejos de allí.
– Únicamente si hay hecho -apuntó el pintor.
– Me disponía a preparar una cafetera. Salgo de viaje dentro de un rato, y me gustaría hacerlo más despejada de lo que ahora mismo me encuentro -dijo Martina, dirigiéndose al muchacho vestido de negro con la esperanza de que respondiera. Pero él, simplemente, se la quedó mirando con sus grandes ojos, entre verdosos y azules. «Como los de un gato siamés», pensó la subinspectora.
En ese momento, Pesca hizo acto de presencia en el porche. Fosco apenas le prestó atención. Se limitó a acariciar a la gatita sin calor, como si lo hiciera por compromiso, con el mero objeto de agradar a su nueva propietaria.
El pintor volvió a reparar en el dossier.
– ¿Por casualidad tiene que ir a Portocristo, inspectora?
– Le agradezco el ascenso, pero sólo soy subinspectora. Sí, tengo que ir. No por casualidad, sino por una cuestión de trabajo.
– Supongo que, dada su profesión, se tratará de un asunto policial.
– Supone bien -zanjó Martina. Pocas cosas le desagradaban tanto como cualquier alusión a su actividad profesional en su recinto doméstico. Para evitarlo, invitaba a su casa a muy pocas personas. Desde que Berta vivía con ella, prácticamente a ninguna.
El pintor sonrió. Sus sanas encías rosadas brillaron con un destello de humedad.
– Portocristo es una población pequeña, pero muy interesante. Yo vengo de allá, ¿lo sabía? Y también Elifaz. Elifaz Sumí, por cierto, subinspectora. Estudiante y poeta. No les había introducido aún, perdóneme. Elifaz acostumbra hablar tan poco que a menudo me olvido de que está conmigo.
– Señora -dijo el aludido. Como si, aquejado de timidez, o de algún defecto en el habla, la empleara en contadas ocasiones, su voz sonó queda.
– De manera que son ustedes de Portocristo.
– Mi familia siempre ha vivido en el delta -aseguró Fosco.
Tal como ella le había visto desenvolverse entre las bandejas de canapés de las galerías de arte, el pintor se mostraba extrovertido, desenvuelto. Pero por parte de alguien dotado de penetración psicológica, como era el caso de Martina de Santo, habría resultado en exceso esquemático establecer que con esas manifestaciones de optimismo vital Fosco tan sólo pretendiese contrastar la estatuaria actitud de su amigo. Martina intuyó que el pintor estaba intentando congraciarse con ella.
– De Portocristo, sí, de toda la vida -prosiguió Fosco, animadamente-. Mis abuelos, incluso, tengo entendido, mis bisabuelos, nacieron allí, en el país del agua. Me criaron junto a las marismas, en una de esas casonas de indianos, igual que a Elifaz. Debe ser por eso que nos consideramos hermanos de sangre, en el arte, en la vida. Tuvimos una infancia feliz, muy salvaje. Tendría que haber visto cómo atrapábamos lagartos y víboras, les abríamos las tripas en canal y dejábamos secarse las alimañas al sol, abandonándolas a merced de las hormigas. Elifaz les cortaba las patas a las ranas y les hinchaba el vientre soplando por una paja, hasta que estallaban como globos llenos de gas. Lo pasábamos en grande. Vagábamos por el estuario, medio desnudos, atravesando los cañaverales con nuestras sandalias de esparto. Descubriendo la naturaleza, que también es despótica; tanto, al menos, como lo suelen ser los niños. Ambos conocemos las marismas como nuestra propia piel.
La subinspectora pugnó por apartar de su mente la imagen de dos chiquillos que, armados con objetos punzantes, sajaban y practicaban incisiones en las frías escamas de los reptiles.
– ¿Sus padres siguen residiendo en Portocristo?
– Sólo mi madre -precisó Fosco-. Mi padre murió en la pasada Navidad. Sufrió un desdichado percance.
A menudo, la subinspectora era inconsciente del alcance de su deformación profesional. Rutinariamente, como si se encontrase en comisaría, inquirió:
– ¿Qué ocurrió?
Sin el menor énfasis, como si se refiriese a una cuestión ajena, el pintor repuso:
– Se ahogó en el piélago. No sabía nadar.
La subinspectora disimuló el efecto que aquella despreocupada respuesta le había provocado. Elifaz Sumí observaba a su anfitriona con una extraña fijeza. El silencioso amigo de Fosco se pasó el dorso de una mano por la boca y, arrastrando las sílabas en un gutural susurro, pronunció al fin algunas frases, distanciándolas entre sí:
– Mi padre está vivo. Mi madre, no. También se ahogó. Ella sí sabía nadar.
– Su padre es el capitán José Sumí, dueño de una legendaria cáscara de nuez -intervino Fosco-. La Sirena del Delta. A bordo de ella nos enseñó a navegar y pescar. El viejo José sigue al pie del timón. No en vano es uno de esos lobos de mar chapados a la antigua. ¿Recuerdas, Elifaz, cómo nos sentó la mano aquella vez que nos pilló robándole los cebos para las lubinas?
Como si no hubiera oído a Fosco, Elifaz permaneció con la cabeza inclinada, contemplando abstraído las puntas de sus zapatos de ceremonia, tan gastados por el uso, y dados de sí, que parecían bailar alrededor de sus tobillos. El resto de su indumentaria denunciaba un bohemio abandono. A su chaqueta, que más parecía una casaca, se le habían caído un par de botones. La retorcida cremallera del pantalón asomaba entre las costuras de la bragueta, como si a esa prenda, procedente de alguna herencia, o de un centro de acogida, le faltaran un par de tallas para sentarle bien.
Martina tuvo la impresión de estar soñando. A través de las hojas de los árboles, el sol le calentó las pestañas; parpadeó. Le había costado resistir la glauca mirada de Elifaz Sumí, interrogante y vacía como la de un ciego. Por un mecanismo de asociación de imágenes, visualizó las órbitas mutiladas de Dimas Golbardo. Aquellas negras cuencas, aquellos ojos extirpados que descansaban sobre el capote marinero como huevos de codorniz.
– ¿Cómo les gusta el café?
– Con una nube de leche y una tormenta de azúcar -eligió Fosco.
– Solo, sin azúcar y con unas gotas de absenta -dijo Elifaz de un tirón, como si pronunciar tal número de palabras seguidas le hubiese exigido un esfuerzo. Iba a añadir algo, pero empezó a toser.
– ¿Se encuentra indispuesto? -preguntó Martina.
– El pobre Elifaz tiene mala salud -se compadeció Fosco-. Está respetando ayuno, y arrastra un principio de asma. Esta urbanización es rica en vegetación. El polen de los jardines ha debido afectarle.
– Pasen a la cocina. Cerraré las ventanas. A propósito, no creo que tengamos absenta.
Elifaz se apretaba la boca con un pañuelo. Luchando contra una tos bronquítica, dijo:
– Coñac, entonces, señora.
– No es necesario que me siga llamando así todo el rato, Elifaz. Veré qué puedo hacer para conseguirle brandy. De paso, averiguaré cómo se encuentra Berta. Hace un rato le dolía la cabeza.
– ¿Tenía jaqueca, como usted? -sonrió Fosco, retirándose el pelo. Su rostro resultaba simpático, pero asexuado y blando, a juicio de Martina.
– Berta trabaja de noche -replicó la subinspectora-. Por eso se acuesta a esta hora.
– Es una artista íntegra -opinó Fosco-. De las que con el tiempo quedan. Sus fotografías son escandalosas, ambiguas… ¿No piensas como yo, Elifaz?
Mientras Martina, con una sonrisa pintada, agradecía vicariamente ese cumplido, el joven Sumí asintió con solemnidad. Entraron a la cocina. La subinspectora puso una cafetera y rebuscó entre los vinagres y vinos dulces hasta encontrar la botella de coñac que se usaba para guisar.
Mientras el café comenzaba a hervir, pidió a los amigos de Berta que la disculpasen y subió al ático.
Ocupada en lamer uno de sus tazones de leche, la garita Pesca se recortaba contra el quicio de la puerta. Las ventanas estaban cerradas. Protegida por una cortinilla de tela, la claraboya apenas filtraba un rayito de luz. Martina encendió la del pasillo. Su amiga se encontraba al fondo de la buhardilla, sentada en el suelo, con las manos detrás de la nuca. Se había quitado la blusa y la falda, que formaban un bulto delante de ella. Estaba en ropa interior.
– ¿Puedo pasar?
Berta no dio señales de querer responderle.
– Acaba de presentarse un amigo tuyo. Daniel Fosco. Pregunta por ti. Ha venido con un fámulo. Elifaz Sumí, estudiante y poeta. Tan discreto, que hay que arrancarle las palabras con fórceps. Es posible que se trate de un intelectual puro, pero ese tipo de juicios metafísicos prefiero dejártelos a ti. ¿Lo conoces?
– Son un par de idiotas encantadores. ¿Están muy borrachos?
– Sólo un poco pasados. Pero sospecho que la naturaleza de Fosco no debe ser mucho más lúcida.
– No debían tener nada mejor que hacer que venir a darme la lata. Diles que no estoy.
– Ya es tarde.
– Diles que me he muerto.
– Serías un cadáver demasiado exquisito.
– No quiero verles. No quiero ver a nadie.
– Sé razonable, Berta.
– Estoy siéndolo. En adelante, nada de hombres. Solas tú y yo. A solas con nuestro…
Martina la interrumpió.
– Déjalo, querida.
En la penumbra, Berta respiraba con dificultad. Como si hubiese estado llorando, pensó Martina.
Su amiga preguntó, con un hilo de voz:
– ¿Estarás fuera muchos días?
– Una semana, quizá. Te llamaré desde la costa.
– No te molestes. Es probable que, a tu regreso, no me encuentres. Quizá no volvamos a vernos.
Martina suspiró. En el silencio de la casa se oyó hervir el café.
– Eres libre de hacer lo que quieras. Jamás he intentado retenerte. No va con mis principios. Sólo te pido que no te obceques por niñerías. Que reflexiones.
– Puedes estar segura de que lo haré.
El tono de Berta habría sonado desafiante si un sollozo no hubiese quebrado el último verbo. Martina comprendió que era mejor dejarla sola. Empujó a la gatita al interior del estudio, cerró la puerta y bajó a la cocina.
Las salpicaduras habían ensuciado los hornillos y las baldosas del fregadero. La cafetera soltaba un chorro de vapor. Con un trapo enrollado en la muñeca, Daniel Fosco intentaba retirarla del fuego. Debía estar abrasándose porque la dejó caer sobre la encimera.
Martina se echó a reír.
– Ustedes, los hombres… ¡Siempre tan torpes!
La subinspectora cogió una bayeta, retiró la cafetera y llenó las tazas.
– Vaya, no hay leche. Pesca ha debido acabar con todas las existencias. ¿Azúcar, dos cucharadas?
– Cuatro -dijo Fosco-. Muy dulce. Me apasiona.
– Su tormenta, es verdad. Cuatro cucharillas para el señor. Y, ahora, el carajillo del señor Sumí. ¿Los caballeros están servidos, o desearán algo más?
El pintor agradeció el cambio de tono. Al coger la taza, su mano tembló y derramó un charquito de café, que Martina se apresuró a limpiar. Elifaz había tomado igualmente asiento a la mesa donde Berta y ella solían celebrar las escasas comidas que sus horarios les permitían compartir. El joven vestido de negro seguía callado, con la mirada perdida. Otra vez Martina registró una sensación de irrealidad, como si se encontrara entre actores que interpretaban algún tipo de papel. Teatralmente, Fosco había lamido sus dedos y soplaba contra la superficie enrojecida de su piel. Las quemaduras eran patentes. Debía sentir auténtico dolor. Martina le cogió la mano.
– ¿Cómo ha podido lastimarse de esta manera? Debería ponerse algo en esas abrasiones.
– ¿Tiene jabón seco? ¿Barro del jardín?
– ¿Me ha tomado por una curandera? Le daré algo mejor que uno de esos remedios caseros que aplicaban nuestras abuelas.
Martina encontró una pomada específica. Extendiéndola con delicadeza, la fue aplicando a la zona afectada. Fosco experimentó una sensación de frío; enseguida, alivio. La subinspectora reparó en un grueso y feo corte que le horadaba la raya de la fortuna.
– ¿Y esa herida? ¿También se la ha hecho en mi cocina?
– No es nada. Un tajo sin mayor importancia. Se me fue la espátula en el estudio, mientras preparaba un lienzo.
– No tiene buen aspecto. ¿Le ha visto un médico?
– Le puse serrín. Lo aprendí de los barnizadores. Cicatrizará solo.
– No le vendría mal un desinfectante. Y quizá algún punto de sutura. ¿Quiere que me ocupe de ello?
– Gracias, pero no será necesario. No me diga que también sabe dar puntos. La teníamos por una mujer competente, pero no hasta ese extremo.
Martina le miró, sorprendida. Intentó representarse a Berta en el curso de una conversación con sus colegas, refiriéndose a ella bajo un adjetivo técnico: «Competente.» No era un término habitual en su léxico. Le dolió. Hubiera preferido recibir por parte de Berta un tratamiento menos convencional.
– ¿Lo soy? -se preguntó, como pensando en voz alta-. Tal vez, si hablamos de mi profesión. En el resto de actividades cotidianas suelo revelarme como un pequeño desastre.
– ¿Se refiere a cocinar, hacer la compra, planchar y todas esas labores? -se interesó Daniel Fosco, con gentileza.
– No recuerdo haber cocinado jamás. En cuanto a la compra, una o dos veces estuve en uno de esos enormes supermercados del extrarradio. La primera sufrí una lipotimia; la segunda, un ataque de nervios.
El pintor se echó a reír, un tanto fingidamente. Elifaz, en cambio, se mantuvo impasible. Se había servido un chorro de coñac en la taza del café y llevaba un rato jugando con una cruz negra que le colgaba del cuello. Martina se fijó en que la crucecita, acabada en punta, estaba rematada por un espolón cubierto por una funda metálica de alguna aleación blanda, estaño o cinc. Nada hacía deducir que su dueño estuviese captando la conversación que se celebraba sin él.
– ¿Y cómo se las arreglan aquí, ustedes dos? -siguió parloteando Fosco-. Porque Berta, según ella misma nos ha dicho, pasa olímpicamente de las labores domésticas.
– Una señora atiende la casa. Hoy es su día libre. Si no fuera por su ayuda, moriríamos de inanición. Les confesaré que sé de memoria varios números de pizzerías y establecimientos de comida preparada. Y somos grandes clientas de restaurantes japoneses, mexicanos, paquistaníes…
Fosco hizo un ademán culinario, como si estuviera condimentando un plato.
– Modestia aparte, aseguran que no soy mal cocinero. He debido heredarlo de mi madre. Me encantaría tener ocasión de demostrárselo. Mi especialidad son los arroces del delta. Recibo los ingredientes de allí. El resultado es muy apetecible. Opina tú, Elifaz. Aunque ahora estés ayunando, en obediencia a la Hermandad, admite que sin mis comistrajos hubieras vagado por la ciudad como un lobo famélico.
El joven Sumí ni siquiera le miró. Fosco se arregló el pelo, un tanto femeninamente, y dijo:
– La verdad es que nos encontramos muy a gusto en esta casa, subinspectora. No todo el mundo nos recibe con los brazos abiertos. Hay gente que… Podría hablarle de los fenicios del arte, pero ¿vale la pena malgastar saliva en esa recua de rebuznadores asnos? El trigal de la belleza está cercado por voraces cuervos. Berta se ha mostrado generosa con sus sentimientos y afectos. Usted, con su paciencia y su tiempo. Tienen nuestra gratitud.
Sin que hubiera necesidad de ello, el pintor, de improviso, apagó la voz:
– Por eso le revelaremos el misterio de nuestra laica trinidad.
Martina no supo cómo reaccionar. De pie entre ambos, permaneció a la escucha.
En idéntico y susurrante tono, Fosco pasó a explicar:
– Elifaz, la tercera y espiritual persona, se alimenta de nosotros, y nosotros de él. No siente hambre, ni dolor. Su mente está preparada para superar las miserias del cuerpo, y centrarse en la creación.
El poeta asintió. Había humedecido los labios en la taza de coñac y estudiaba sus manos. Martina reparó en que tenía las uñas anormalmente largas y terminadas en punta. «Como las de nuestra gatita», pensó, volviendo a experimentar la impresión de hallarse flotando entre las mullidas paredes de un sueño. Por un instante temió, y casi deseó, haberse quedado dormida en el porche. En ese caso, aquella rara visita sólo obedecería a una pesadilla. Pero la sonrisa de Fosco, sutilmente malévola, no podía ser inmaterial.
– ¿La tercera persona? -preguntó Martina, desconcertada-. ¿De qué trinidad me hablan? ¿De una nueva religión?
– Muy bien, subinspectora -aprobó Fosco, alborozado-. En adelante, certificaré que su capacidad de síntesis es más que notable.
Martina intentó descubrir algún vestigio de burla en sus interlocutores, pero ambos, dentro de su extravagante pose, y del hecho de que aparentaban entrar y salir de una larga borrachera, se comportaban con naturalidad. «Quizá se han fumado unos porros», pensó. Por el momento, decidió seguirles el juego.
– Si el señor Sumí es la tercera persona, ¿quién es la segunda?
El pintor separó los brazos en cruz, como si la respuesta fuese obvia.
– ¿No lo adivina? La tiene delante.
– ¿Usted?
– Sí, yo.
Fosco rompió a reír.
– Yo debo ser el hijo, porque todos quieren crucificarme. Incluida usted. Le resulto antipático, ya lo sé. No, no me contradiga.
Martina no pensaba hacerlo. Se limitó a responder:
– Siento que haya llegado a esa conclusión. Dígame: ¿quién es la primera persona de su trinidad? ¿Algún dios?
– ¿Empíreo, Heliodoro Zuazo? -siguió riendo Fosco, hasta atragantarse-. ¿Divino, ese bruto del Quemao? ¡Si Gastón de Born tuvo que limpiarle los pantalones cuando se lo hizo encima la noche del solsticio, en el cementerio de Isla del Ángel! No, no lo crea, aunque… De niño, Heliodoro se cayó en una de las fogatas. Su padre, el farero, solía encender hogueras en la isla para advertir a los pescadores del paso de las ballenas. En una de esas piras, sin que nadie sepa cómo, ardió Heliodoro. Tal vez se arrojó al fuego, no lo sé. Nunca habla de ello. Tenía diez años cuando se abrasó. Hoy, con cuarenta y muchos, soltero y solo en la vida, es el más veterano de todos nosotros. El Quemao nos da más miedo que pena, pero quería ser de la Hermandad, y se le admitió. La cara se le quedó como un cartón arrugado, de ahí su mote. La epilepsia fue una consecuencia más de su tragedia, pero no la más grave. Lo peor fue el odio que a partir de entonces creció dentro del Quemao como una venenosa planta. La enfermedad, cuando se le declara, abre en él una ventana extrasensorial. Mirándolo de ese ángulo, no iba usted por completo descaminada. Puede que los trances de Heliodoro, de alguna manera, estén tocados por el ángel. Que sea clarividente, como pudiera serlo un loco.
Daniel Fosco se la quedó mirando con una traviesa expresión, como esperando alguna reacción a raíz de sus revelaciones, pero la subinspectora se mantuvo en silencio. Estaba intentando asimilar esa caótica información que le llegaba a oleadas, pero habría terminado por desentenderse del pintor y de su amigo si, sobre el alud de disparates que venían vertiendo, las alusiones al farero y a Gastón de Born no se obstinasen en emerger como elementos reales. Pedro Zuazo había muerto en verano, al caer desde un farallón. Y Gastón de Born había escrito en Ecos del Delta la crónica de su accidente. Eran hechos. Martina de Santo solía trabajar con ellos.
De improviso, Elifaz Sumí decidió intervenir:
– No dejes así a la señora, Fosco. Háblale de los Hermanos de la Costa.
– ¿Se trata de algún acertijo? -Preguntó Martina-. ¿Me darán un premio si adivino la solución?
– ¿Nunca había oído hablar de nosotros? -cuestionó Fosco, a su vez.
– ¿De los Hermanos de la Costa? Desde luego que no. ¿Así se hacen llamar ustedes? ¿Quiénes son, una cofradía de modernos piratas? ¿Una secta?
Daniel Fosco y Elifaz Sumí parecieron consultarse sobre la gravedad del término, y los ecos y prejuicios que podía inspirar.
El pintor iba a responder cuando en la habitación vecina sonó un timbre agudo. Martina giró con brusquedad el cuello, lo que le produjo un calambre en las vértebras cervicales. El recuerdo de Pico Uriarte, asociado a esa lesión, acabó de crisparla.
Pero era sólo el teléfono.
La subinspectora se dirigió al salón para contestar la llamada. El receptor descansaba sobre una mesa de cristal, justo debajo del retrato del embajador Máximo de Santo, cuya pintura al óleo presidía la estancia con una mirada escrutadora y cristalina, muy parecida a la de su hija.
Al otro extremo del hilo, la subinspectora escuchó la voz de Conrado Satrústegui.
– ¿Martina, es usted?
– ¿Comisario?
– Me alegro de cogerla en casa.
– Estaba a punto de salir hacia el puerto. Le escucho, señor.
– ¿Es que se va en barco?
– La carretera está cortada, y el ferrocarril, interrumpido. No hay otro medio.
– Es increíble que estas cosas sucedan a finales del siglo veinte. Si me lo hubiera dicho, habría tratado de conseguirle un helicóptero.
– No importa, señor. Estaré en Portocristo a media noche.
– Me alegro, porque le espera más trabajo del inicialmente previsto. Doble faena. ¿Preparada? Acaba de aparecer un segundo cadáver, cerca del anterior. A unos pocos kilómetros de la Piedra de la Ballena.
La subinspectora tomó aliento.
– ¿También mutilado?
– No exactamente. Con un arpón clavado en el pecho, a la altura del corazón. La Guardia Civil ha identificado el cuerpo. La víctima es un tal Santos Hernández. Sesenta y siete años. Natural del delta.
Martina reprimió una exclamación.
– ¿Sigue ahí, subinspectora?
– Desde luego, señor. ¿Alguna pista?
– Por el momento, nada. El cadáver ha sido trasladado al Juzgado de Portocristo. Supongo que, a falta de depósito, lo enviarán a la funeraria. Podrá examinarlo allí, junto con los restos de Dimas Golbardo.
– ¿Alguien ha reclamado el segundo cuerpo?
– Por ahora, no.
– ¿Consiguió hablar con ese juez, Antonio Cambruno?
– Tiene tres llamadas mías aguardándole, pero todavía no ha debido dignarse poner los pies en el Juzgado. Me he tomado la molestia de indagar sobre su persona en círculos próximos a la judicatura; sus propios colegas le catalogan como un excéntrico. Por otro lado, he advertido a la Comandancia de la Guardia Civil que se incorporará usted a la investigación. En cuanto llegue a Portocristo, preséntese al sargento Romero, en el puesto.
Satrústegui tomó aire, antes de aconsejarle:
– Todo esto es muy extraño. Vaya con cuidado, Martina. No se le ocurra actuar por su cuenta y riesgo. E infórmeme en cuanto haya esbozado un primer análisis de la situación.
– Descuide, señor. Le mantendré al tanto.
La subinspectora colgó. Aunque en el interior de la casa la temperatura era fresca, notó alfileres de sudor aflorándole en las sienes.
Desde la cocina le llegaron unas ahogadas risitas. Daniel Fosco y Elifaz Sumí habían intercambiado sus asientos. Ahora Fosco ocupaba la silla que estaba colocada justo enfrente del pasillo. Martina tuvo la sospecha de que habían escuchado su conversación con el comisario.
– ¿Malas noticias, subinspectora? -se interesó el pintor, esforzándose por expresarse con seriedad, pero sin llegar a reprimir la sonrisa que bailaba en su boca.
– En mi oficio, casi nunca son buenas.
El joven Sumí aparentó recobrar un cierto grado de compostura. Se levantó, caminó unos pasos hacia el salón e inquirió:
– ¿Podría decirme, señora, quién es ese caballero?
Martina desprendió que aludía al retrato del embajador.
– Era mi padre.
– ¿Ha muerto?
– Sí.
Con ansia, el poeta se frotó las palmas de las manos en las musleras de sus pantalones.
– ¿Se portó bien con usted?
– ¡Vamos, Elifaz! -protestó Fosco-. ¡Hay cosas que no tienes derecho a preguntar!
– Déjelo -dijo Martina-. No tengo inconveniente en responder. Fue un buen padre, si era eso lo que quería saber.
– ¿Lo fue siempre?
– No, no siempre.
– No siempre -repitió Elifaz, como si acabara de condensar un axioma-. ¿En alguna ocasión abusó de usted?
– ¡Elifaz! -exclamó Fosco-. ¡No sigas por ese camino! ¡Discúlpate ahora mismo!
– ¿Por qué? No tengo de qué arrepentirme.
– ¡Sí lo tienes! ¡Debes expulsar de tu mente esas ideas de Gastón!
– ¿Qué ideas? -preguntó Martina, alarmada por aquel estallido de agresividad.
– El parricidio como camino de liberación -reveló el pintor-. Desde hace algún tiempo, nuestro amigo Gastón de Born está obsesionado por la catarsis de ese tipo de crímenes. De hecho, su escasa obra literaria gira sobre la psicología del parricida. Gastón tiende a confundir la realidad con la ficción. Su alienación ha llegado a hacerle creer que hay alguien dispuesto a acabar por la vía rápida con los abusos en familias allegadas a las nuestras y…
La subinspectora decidió que había llegado el momento de poner un poco de orden.
– ¿Qué familias, qué padres, qué abusos? ¿Y qué tiene que ver todo eso con los Hermanos de la Costa, esa secta de la que antes, cuando sonó el teléfono, me estaban hablando?
– Ah, no, subinspectora -protestó Fosco-. No se trata de ninguna secta. Tan sólo integramos una corriente artística de jóvenes valores de las artes contemporáneas. Autores minoritarios, incomprendidos, a quienes la sociedad da la espalda.
El pintor se recogió la melena y añadió, con una sonrisa viciosa:
– Aún es pronto, pero dentro de poco, ya verá, daremos que hablar.
– ¿Así es como se sienten ustedes? ¿Marginados?, Fosco se encogió de hombros, como abrumado por el peso de la incomprensión ajena.
– Todos hemos fracasado, incluido El Quemao. Y eso que, probablemente, Heliodoro sea el único que tiene talento. Y Elifaz, pienso. El resto estamos abocados al olvido.
– ¿El resto? ¿Cuántos son ustedes?
– Algunos más, no muchos. Los que superan las pruebas.
– ¿Qué pruebas?
– Aquellos sacrificios que a cada cual se imponen -repuso Fosco.
– Hambre y dolor -agregó Sumí.
– En el caso de Elifaz, así se decidió -corroboró Fosco-. Por delegación de los Hermanos, debo vigilar su cumplimiento de las penitencias pautadas. Y lo está haciendo, puedo dar fe. Se mortifica. Ayuna. Está preparado.
– ¿Para qué?
– Para crear. ¿Para qué iba a ser?
– Daniel es buena persona -dijo Elifaz, laboriosamente-.Y un artista honrado. Auxilia mis flaquezas, me ayuda a cumplir mis penosos deberes… Pero alguno de los otros Hermanos… ¡Di la verdad, Fosco! ¡No escondas a las manzanas podridas! ¡Y no afirmes porque sí que El Quemao tiene talento! ¡Háblale de su inclinación a la violencia!
Un nuevo ataque de tos lo convulsionó. Fosco cogió su taza y le obligó a beber un sorbo. El café hizo reaccionar a Elifaz, pero su ánimo prosiguió conturbado. En su visionaria mirada flotaba una medrosa luz.
– No le haga caso a mi camarada, subinspectora-dijo el pintor-. Elifaz es demasiado impresionable, pura sensibilidad. A veces, en nuestros inocentes cónclaves, ha llegado a perder el sentido.
Martina encendió un cigarrillo.
– ¿Ese amigo de ustedes, ese tal Heliodoro, es un hombre violento?
– Me temo que sí -afirmó el pintor.
– ¿Ha atacado a alguien?
– Yo no lo descartaría.
– Dígame, Elifaz, si es así, ¿por qué lo han admitido en su grupo?
Fosco la reconvino, blandamente.
– No vaya tan deprisa, subinspectora. Todo a su debido tiempo.
– Le he preguntado a él, no a usted.
Elifaz no se dio por aludido. Estaba blanco como el papel.
– No hay nada que ocultar, se lo garantizo -insistió Fosco-. Somos un grupo de amigos, nada más, unidos por el amor a la belleza. Solemos reunirnos en las noches de solsticio. Elegimos lugares idílicos, siempre en la costa: Forca del Diablo, Isla del Ángel, Piedra de la Ballena… Escenarios apropiados para convocar a las fuerzas. Alumbramos pensamientos, proyectos. Nos protegemos y estimulamos. Existe un ritual, de acuerdo, y a veces sobreviene alguna sorpresa, pero… -En este punto, la mirada de Elifaz pareció advertirle; Fosco cambió de tema-. Pero hablábamos de mis arroces, subinspectora…
Martina cerró los ojos. La alusión a la Piedra de la Ballena había hecho que la cabeza le diera vueltas. Nada de todo aquello resistía la lógica. Sin embargo, existía una explicación más simple: que aquella pareja de frustrados genios se hubiese propuesto pasar un rato divertido a su costa. Después confesarían su mascarada a Berta, y lo celebrarían por todo lo alto. Al fin y al cabo, pensó Martina, no todos los días se le presentaba a un par de ciudadanos la posibilidad de burlarse, y en su propia casa, de un oficial de policía.
Estaba cansada. Un movimiento peristáltico de su intestino le hizo recordar que tenía el estómago vacío.
– Me encanta el arroz -le dijo a Fosco-. A mi regreso no me importaría comprobar si es cierto que tiene buena mano.
El pintor aplaudió. Lo hizo físicamente, haciendo sonar tres rotundas palmadas.
– No le defraudaré. Pero, ¿para qué esperar tanto? Mire, acabo de tener una idea.
– Seguro que no es buena -terció Elifaz-. Él nunca las tiene, señora. Por lo menos, con los vivos. Con los muertos suele mostrarse más atento.
La investigadora notó una dolorosa rigidez en las cervicales. Aspiró una calada, para atemperarse. Se preguntó si la herida en la mano derecha de Fosco obedecería a alguna otra prueba de resistencia o valor. «Hambre, dolor», pensó, repitiendo mentalmente las penitencias de Elifaz.
– ¿A qué muertos está evocando?
Pero el poeta parecía extenuado. Tosió y se protegió la boca con un pañuelo manchado de una parda película de saliva. Su macilento aspecto alarmó a Fosco. El pintor obligó a su camarada a beber más café. Cuando se hubo asegurado de que Elifaz se encontraba un poco mejor, sugirió a Martina:
– ¿Por qué no nos visita en Portocristo?
– ¿Es que ustedes van a estar allá?
– Tenemos planeado regresar uno de estos días. El solsticio de invierno está próximo. Elifaz vendrá conmigo a la reunión de los Hermanos, para su definitiva consagración como miembro de pleno derecho. Por otra parte, debo ordenar mi estudio. Guardo en casa de mi madre ciertos elementos de trabajo que aquí, en Bolscan, me resultan difíciles de obtener.
– ¿Por ejemplo?
– Componentes matéricos para mis óleos y retablos -repuso Fosco, con vaguedad-. Para mis muertos, según acaba de exponerle Elifaz, con su negro humor metafórico. -El poeta acogió esta alusión con una mueca macabra-. ¿Podrá venir a cenar, digamos, el próximo jueves, o el viernes, víspera de Nochebuena?
– No quisiera molestar a su madre.
– Todo lo contrario. Estará encantada. No tenemos parientes, servicio, ni siquiera perro, y se aburre. Vale la pena ver la casona, créalo.
Fosco estiró una sonrisa lobuna.
– Le mostraremos el piélago, si quiere. No encontrará mejores guías. En las lagunas uno debe andarse con cuidado. Hay paisajes sepulcrales, de una belleza maléfica, en los que da la impresión de que cualquier cosa pueda suceder.
Martina sacudió los hombros. Habría pagado por librarse de aquellos sujetos. En consideración a Berta, resolvió soportarlos unos minutos más.
– Tendré en cuenta su amable invitación, pero me temo que estaré ocupada. Ahora, si no les importa, debo dejarles. Un taxi acudirá a buscarme, y todavía no he hecho el equipaje.
– En ese caso, nos iremos ya.
– No pretendía insinuarlo. Quédense. A Berta le hará bien un poco de compañía. Se encuentra algo deprimida. Últimamente ha trabajado demasiado. Intentaré convencerla para que abandone su encierro, y baje a charlar con ustedes.
Martina subió al ático. Berta se había vestido, y trabajaba en los tableros. Los ventanales estaban abiertos de par en par. La luz de la tarde iluminaba los trípodes. Una serie de fotografías recién reveladas colgaba de pinzas metálicas. El líquido fijador les proporcionaba una acuosa suavidad.
– Tu amigo Daniel Fosco sigue en la cocina, en compañía del rapsoda satánico -se burló Martina-. Se ha quemado al retirar el café. Es un chico agradable, aunque esté como una cabra. Ambos lo están. Fosco me ha invitado a su casa de la costa, para conocer a su madre. Espero que no se le ocurra declarárseme.
Berta sonrió. Aunque el nuevo tinte endurecía sus facciones, volvía a tener la dulce expresión de costumbre.
– Son incorregibles. Siempre están haciendo el indio. Se habrán metido algo.
– ¿Farlopa?
– Qué va, no les alcanza. Anfetas y absenta, seguramente.
– ¿No vas a decirme adiós?
Martina la rodeó con sus brazos y la estrechó con fuerza, como si temiera perderla. Después salió de la buhardilla, se metió en su dormitorio, hizo a toda prisa una bolsa de viaje y bajó por última vez a la cocina, para despedirse.
– Berta les atenderá. Espérenla aquí o en el salón, como prefieran.
Fosco había desanudado las cintas de su porta bocetos. Unas cuantas láminas se extendían entre el servicio de café.
– ¿Son suyas esas composiciones? -se interesó Martina.
– Litografías a partir de originales -matizó el pintor-. Quería conocer la opinión de Berta. Y pedirle que fotografíe mis obras más recientes, para un futuro catálogo.
La subinspectora observó los grabados de Daniel Fosco. Eran decididamente esotéricos. De todos ellos emanaba una misteriosa potencia, una caricaturesca y profana expresividad.
Las láminas representaban varones crucificados, martirizados, en actitud de oración o tormento, pero al mismo tiempo anómalamente felices, como envueltos en un aura de dicha y gozo interior, purificados por un sufrimiento místico que aparentaban aceptar de buen grado. Una divina inmanencia se intuía en la luz, o en las postulantes miradas de los mártires. El trazo era tan verídico que los rostros de esa especie de apócrifos apóstoles, y también las pálidas facciones de las desnudas y sensuales vírgenes atrapadas en la turbulencia de una revelación inminente, parecían palpitar con una vida propia. Desde las coronas de espinas fluían lágrimas de sangre, y hasta las puntas de flecha clavadas en la carne como lenguas de piedra debían provocar un dolor que los espectadores de esos cuadros no tendrían inconveniente en aceptar como auténtico.
En sus mínimos detalles, el dibujo era preciso, nítido. A la subinspectora le asombró que las manos de Fosco, tan torpes con la vajilla, con los objetos (antes había derramado el café, y ahora acababa de tirar al suelo, sin querer, un servilletero) fuesen capaces de manejar con tanta habilidad los carboncillos o los finos pinceles.
– Tendría que ver los lienzos -observó Elifaz, entre dos toses, como masticando las palabras-. Son enormes. Tan especiales que me cuesta describirlos.
– Usted es poeta. No debería tener problemas para adjetivar.
– Son… sobrenaturales -calificó el joven Sumí.
– Guardo algunos, los mejores, en casa de mi madre, en Portocristo -explicó Fosco, con aire humilde-. Sería un placer enseñárselos.
Martina consultó su reloj, un modelo masculino, de oro y esfera blanca, que había pertenecido a su padre. Hasta donde alcanzaba su memoria, Máximo de Santo lo había llevado siempre. Era un recuerdo idealizado, como todos los que conservaba de un hombre demasiado perfecto como para encontrarle sustituto.
Sonó un bocinazo en la calle. Un taxi se había detenido ante la verja de entrada. Martina se dirigió a la puerta.
– No les prometo nada. Volveremos a vernos, en cualquier caso. Terminen el café.
La subinspectora salió al jardín. Pesca estaba intentando trepar a un tulipero. Cogió a la gatita y le hizo una caricia mientras alzaba los ojos hacia el ático, por si Berta decidía asomarse. Pero no lo hizo.
Afuera, la viuda Margarel seguía a caballo de su precaria escalera, podando el seto en difícil equilibrio. Martina sintió lástima. Sus hijos deberían ayudarla en esas tareas. Deberían visitarla más a menudo.
– No vaya a caerse, Julia.
– No hay peligro. ¿Le reñiste a la gatita?
– Fui incapaz -reconoció Martina, acercándose a la escalera. Su rostro quedó a la altura de unas rotas zapatillas de franela. Las gruesas piernas de la viuda Margarel, surcadas de varices, estaban contenidas en unas gastadas medias de un absurdo color lila-. ¿Por qué no descansa? Lleva podando todo el día.
– Toda la mañana, hasta que llegaste tú. Y este rato, ahora.
– En ese caso, se fijaría en que tuve visita.
– Pues no. ¿De quién?
– De un elegante y atractivo caballero relacionado con el mundo del arte.
– ¿Algún pretendiente?
– Espero que no.
– ¿A qué hora vino?
– Sería mediodía. Berta le acompañaba.
– ¿La muchacha que vive contigo? -La viuda había fruncido el ceño, como si no aprobara esa circunstancia-. No, no vi a nadie. Ella salió a eso de las nueve, poco después de que tú te marcharas… ¿Qué ha pasado? ¿Le ha sucedido algo?
La subinspectora negó con la cabeza, se despidió de su vecina y se dirigió a su taxi.
El coche dio la vuelta a una rotonda de flores y enderezó la cuesta que descendía en dirección al centro. Martina mantuvo la mirada en las ventanas del ático, por si Berta decidía asomarse. Pero no lo hizo.
Cuando la casa desapareció de su visión, la subinspectora tuvo la premonición de que iba a tardar en regresar más tiempo del previsto. Encendió otro cigarrillo y se puso a repasar la rara escena a la que acababa de asistir. Había algo extraño en su conjunto, y múltiples detalles que no encajaban.
– Perdone -dijo el taxista-. ¿Le importaría apagar el pitillo?
Faltaba más de una hora y cuarto para la salida del ferry. La subinspectora disponía de tiempo, por lo que indicó al conductor que la llevase a una de las mejores librerías de la ciudad, El Círculo Polar, y que la esperase mientras realizaba unas compras.
La librería estaba vacía. Un dependiente la atendió de inmediato, pero le llevó bastante trabajo localizar sus demandas. Tras mucho rebuscar, primero por las estanterías de la tienda, y luego por el almacén de existencias, halló lo que su clienta deseaba: un catálogo de Daniel Fosco, titulado Insania; el único poemario de Elifaz Sumí, La herida celeste, y la breve selección de cuentos de Gastón de Born a la que se había referido Horacio Muñoz, Los Hermanos de la Costa y otros relatos de terror.
Los tres volúmenes habían sido entregados a la imprenta por una desconocida casa editorial, Libros del Ángel. La subinspectora comprobó que en ninguna de las publicaciones se incluía registro, fecha o dirección alguna. Preguntó al encargado del Círculo Polar por la causa de esa anomalía.
– Si quiere que le diga la verdad -repuso el librero-, nunca había oído hablar de esa firma editorial, ni de los autores por lo que usted se interesa. Estoy seguro de que son los primeros ejemplares que vendemos. Es más que probable que se trate de sendas autoediciones. Las firmas noveles deben recurrir con frecuencia al penoso recurso de costear sus propias obras. Por eso resultan tan caras.
Martina se asombró, en efecto, de la desorbitada cantidad que tuvo que desembolsar para hacerse con las publicaciones de los artistas del delta. Sólo el catálogo de Fosco, ilustrado a todo color, le costó siete mil pesetas. Una de las obras del pintor decoraba asimismo la portada del poemario de Elifaz Sumí. En cambio, el libro de relatos de Gastón de Born estaba pobremente encuadernado en tapas negras, con letras púrpuras de las que parecían chorrear gotitas de sangre.
La subinspectora regresó a su taxi e indicó al chófer que la llevara al puerto. Una vez allí, se dirigió a la estafeta de la compañía marítima para recoger su pasaje.
El costado del barco se recortaba contra el anochecer y una temprana y rojiza luna, como si la marea portuaria, de un denso color avinagrado que a Martina le recordó los fondos licuados de los cuadros de Fosco, se reflejase en su cuerno de sucio marfil.
Absorta en sus pensamientos, abrió su bolsa de viaje y sacó de su cartera el sobre con las fotografías del crimen. Dimas Golbardo la taladró con sus ojos vacíos.
Guardó las fotos, abrió su libreta de notas y se dispuso a tomar algunos apuntes sobre su alocada charla con los amigos de Berta. «Con los Hermanos de la Costa», sonrió para sí.
Le había llamado la atención el hecho de que Daniel Fosco apenas dedicara unos segundos a Pesca. La gatita tan sólo había recibido una breve caricia por parte de su antiguo dueño. Por otro lado, la subinspectora estaba segura de que los dos artistas habían escuchado su conversación con el comisario Satrústegui. Consignó que a Fosco le temblaban las manos, y que la mirada de Elifaz Sumí denunciaba consumo de drogas, alcohol, o de ambos estimulantes. Anotó también que, según ellos, otro de los miembros de su risible Hermandad, Gastón de Born, estaba obsesionado con el parricidio, y que un extraño sujeto, asimismo perteneciente al grupo, y apodado El Quemao, sufría raptos de violencia.
A medida que escribía, Martina decidió que acaso debería visitar la casa de Fosco en Portocristo. Y quizá, una vez en su estudio, detenerse con atención ante esos cuadros capaces de mezclar, como un licor maligno, el vicio y la virtud, el bien y el mal, la muerte y la vida eterna.
Estaba concluyendo sus anotaciones cuando vio acercarse por la dársena, renqueando, a Horacio Muñoz. El archivero caminaba hacia ella con una gruesa carpeta. Martina dejó que llegara a su lado para preguntarle sin calor:
– ¿Qué hace aquí? ¿Es que ha venido a despedirme?
– Algo así. Verá, subinspectora, quisiera contarle una vieja historia, si tiene cinco minutos para mí.
– ¿Qué mosca le ha picado, Horacio?
– El aguijón de un crimen pasional -repuso el archivero-. He estado dudando toda la tarde, pero al final me he decidido a hablarle de un caso de doble asesinato que no me deja dormir desde hace tiempo.
– ¿Un doble asesinato? ¿Tiene algo que ver con los crímenes que me toca investigar?
– ¿Crímenes? Creí que se trataba de un sólo homicidio.
– Acaba de aparecer un segundo cadáver. ¿Su historia guarda relación con estos casos?
– No lo sé.
Martina suspiró.
– Adelante, Horacio, pero sea breve.
– Gracias por su atención. Lo seré. Todo empezó en 1950. En aquel año, un carpintero mató a su esposa a martillazos, en el taller de la vivienda de dos plantas que ambos compartían junto al muelle pesquero, aquí al lado. La carpintería todavía existe. Si se fija podrá distinguir su chaflán, junto a la lonja. Podemos acercarnos hasta allí, mientras le sigo contando.
Martina contempló el taller, situado a unos quinientos metros del punto en que se encontraban, al cabo del malecón. Lo había visto durante sus carreras matinales. La arruinada carpintería compartía fachada con las viejas naves de una fábrica conservera, también abandonada.
– ¿Dice usted que el carpintero de ese taller mató a su mujer?
– En 1950, sí.
– ¿Por qué lo hizo?
– Crimen pasional.
– ¿La apuñaló?
– Le destrozó el cráneo con su martillo de trabajo. Después, aquel desgraciado se entregó de modo voluntario, y confesó. Sería juzgado y sentenciado a cuarenta años, pero, como tantas veces ha ocurrido, apenas llegaría a pasar entre rejas unos pocos lustros…
– ¿En qué prisión?
– La Santidad, en Argenta. En un principio, el carpintero fue clasificado como un psicópata, pero acabaría beneficiándose de los informes penitenciarios. Hacia 1965, quince años después de cargarse a su mujer, saldría libre. Se llamaba Jerónimo Dauder. Y hablo en pasado porque el carpintero también la diñó. Alguien se encargó de darle pasaporte.
Horacio enarboló el archivador que había traído consigo y desanudó sus cintas.
– He aquí su ficha completa. El proceso judicial. ¡Incluso el libro de contabilidad de la carpintería, con todos sus asientos!
Martina lo contempló como si hubiera perdido el juicio.
– Espero, Horacio, que todo esto tenga algún sentido…
– Usted decidirá sobre ese punto. Vamos, acompáñeme hasta la carpintería del terror. Como le decía, Jerónimo Dauder salió de la prisión bastante antes de cumplir su condena. Supongo que, dentro de la cárcel, su oficio le reportaría algún privilegio. En especial, si la mujer del alcaide llegó a plantear cambios en su decoración doméstica. ¿Qué mejor tesoro, para un ama de casa, que un buen carpintero? De modo que, hacia 1965, Jerónimo Dauder, quince años más viejo, viudo, no sé si arrepentido, volvió a Bolscan y retomó el trabajo en su carpintería del puerto, como si nada hubiese ocurrido.
– No es por interrumpirle -murmuró la subinspectora; acababa de sentir una fuerte presión en las sienes, por lo que deslizó una aspirina en su lengua-. Pero no adivino la relación entre su anécdota y mis casos.
– Tenga paciencia, Martina, y siga caminando. Enseguida llegaremos a la encrucijada. Para merecer el perdón, recuperar la confianza de sus vecinos y granjearse nuevos clientes, Jerónimo Dauder redujo sus tarifas. Regalaba a los niños títeres y barquitos de madera que tallaba en sus ratos libres, o se olvidaba de cobrar sus labores de mampostería. Poco a poco, la comunidad volvió a aceptar al criminal. ¿No le parece revelador?
– ¿De qué?
– De la naturaleza humana. De nuestra astucia. De nuestra codicia.
– Habría mucho que discutir sobre eso -le rebatió Martina. Una migraña feroz se había instalado en algún punto sensible de su occipital. Estuvo a punto de cortar la conversación, pero se contuvo.
– No en este episodio -porfió Horacio.
– ¿Por qué lo dice?
Sin dejar de andar penosamente, Muñoz resolló:
– El carpintero volvería a casarse en 1967, con una mujer de la vida. En sus buenos tiempos fue toda una estrella del cabaret. Se llamaba Rita Jaguar.
Martina no pudo menos que soltar una carcajada. Habían llegado al puerto pesquero. Unos marineros se volvieron para mirarles.
– ¿Rita Jaguar? ¿En serio era su nombre?
– No, claro. Su verdadero apellido era Vicente, Rita Vicente, pero debió temer, y con razón, que con semejantes credenciales jamás llegaría a sonreírle la gloria artística. Admiraba tanto a Gilda que cuando empezó a bailar adoptó las suyas. Hayworth se transformó en Jaguar. Así fue, Martina, no se ría. Nuestra Rita era pelirroja, como el mito, aunque ni de lejos tenía su clase. Nunca bailó ni cantó ni besó como Gilda.
Horacio se detuvo y rebuscó en el archivador hasta encontrar una lámina que blandió ante la subinspectora.
– Otras virtudes suyas resultan más difíciles de olvidar. Fíjese qué pechos.
Atónita, Martina observó la reproducción gráfica de una vedette sobre un sórdido escenario de cabaret, con una playa y dos palmeras pintadas. La exótica bailarina se contoneaba desnuda, a excepción de un collar de perlas y de un crótalo que se le enroscaba a la cintura. La víbora era real, y de un tamaño considerable.
– No puedo creerlo -murmuró Martina.
– ¿Que sean naturales? Le recuerdo que en aquella época no existía la cirugía estética.
– No sea tonto. ¿Debo pensar que usted mismo ha recortado ese lúbrico grabado y lo ha añadido al expediente del caso a modo de ilustración documental?
Muñoz sonrió, libidinosamente.
– Sería el concepto, sí.
La subinspectora percibió que la aspirina comenzaba a surtir efecto. De mejor humor, adoptó un registro cómplice.
– Da la impresión de haber conocido muy bien a esa tigresa.
– Oh, un poco.
– Vamos, Horacio, me encantan las historias de amor. ¿Por qué no desembucha? En el fondo, está deseando escandalizarme.
El archivero sonrió con amplitud. Respiraba afanosamente. Su rostro estaba como la grana. Habían llegado a la carpintería, que estaba cerrada, deparando todo el aspecto de no haberse abierto en mucho tiempo.
– De acuerdo. Por entonces, y de eso hará cerca de veinticinco años, yo acababa de ingresar en la Policía. Estaba soltero, y me llamaba la noche. Solía perderme por los garitos de alterne, relajarme con una o dos copas, antes de acostarme. Las mozas me conocían, no me cobraban los tragos. Hoy, los de Asuntos Internos lo considerarían prevaricación, pero aquéllos eran otros tiempos. Buenos tiempos. Tuve alguna novia. Chicas de alterne, coristas. Nada serio, no vaya a creer; no era tan ingenuo. Pero con Rita Jaguar fue distinto.
– ¿Por qué? ¿Fue ella la que le pegó la bofetada?
– Nunca le di motivos. La adoraba, aunque sabía que me era infiel. Lo era por naturaleza, como un animal libre y salvaje.
– ¿Cómo la conoció?
– Actuaba en El Deportivo, el antiguo cabaret de la calle Sepulcro, que ya no existe. Hacía un número explosivo. Aparecía en escena con un tanga y un sujetador de escamas de cocodrilo, y con esa maldita serpiente amarilla de ojos negros como el carbón encendido. Y comenzaba a reptar por las tablas retorciendo la pelvis como si se estuviera follando a aquel bicho que actuaba con ella. Perdone la expresión, Martina, pero es que aquella mujer no hacía el amor: follaba. Tenía una mirada que hubiera puesto de rodillas al apóstol San Pedro, y un par de teticas capaces de empalmar a un muerto. Ya las ha visto usted. Me sorbió el seso. Cuando estaba con ella, me olvidaba de todo. De que era un policía, para empezar. Rita Jaguar te poseía con una intensidad que…
La voz de Martina se agravó, interrumpiéndole.
– Respóndame a una cuestión, Horacio, y no olvide que somos buenos amigos. ¿Al margen de decorar los expedientes con fotos pornográficas, desde cuando se dedica a exhumar casos archivados?
– ¿Por qué lo pregunta?
– Porque tengo la impresión de que se está excediendo en sus funciones. Usted ya no es un detective. No puede andar hurgando en el pasado.
– ¿Y qué, si es así? ¿Va a denunciarme?
– ¿A qué está jugando?
Muñoz se irguió sobre su zapato ortopédico. Las gaviotas se habían posado cerca de él. Debían estar hambrientas, y chillaban.
– ¿Cree que le tengo miedo a Satrústegui y al resto de fantoches de Jefatura? Ahí va mi respuesta, subinspectora: los casos que me interesan, sí, los exhumo.
Sin darle la razón, Martina asintió con lentitud, mirándole inquisitivamente. La brisa del puerto agitó su corta melena.
– ¿Qué casos?
– ¡Los que sufrieron un carpetazo en falso, como el mío propio! -Exclamó Muñoz, casi con odio, señalando su deforme pie-. ¿Sabía que hasta hoy hemos sido incapaces de identificar y detener al canalla que me hizo esto? ¿Sabe cuánto tiempo llevo pudriéndome en el archivo, cojo, jodido y solo? ¿Y qué cree que han hecho mis antiguos compañeros por esclarecer la procedencia del disparo que me destrozó la vida?
La mirada de Martina era tan fría que, a su lado, un pedazo de hielo habría quemado en la mano.
– Olvídelo, Horacio. Está generando una neurosis obsesiva. Acabemos con esto de una vez.
– Antes, subinspectora -la contradijo con obstinación el archivero, hablando más deprisa, como para evitar que ella volviera a cortarle-, concluiremos, ya que lo hemos reabierto, con el caso de Jerónimo Dauder. Nunca me ha gustado dejar mis investigaciones a mitad de camino. No le he dicho que Rita Jaguar, la segunda mujer del carpintero, la cabaretera, aportó al matrimonio dos hijos procedentes de una relación anterior. Ambos de padre desconocido. Un muchacho llamado Cayo, de unos catorce años, y una niña recién nacida, Celeste. Cuando se casó con Dauder, Rita Jaguar abandonó las candilejas y se trasladó a vivir a la carpintería, su nuevo hogar. Hasta ahí, todo parecía ir bien. Pero poco después, en 1968, transcurrido apenas un año desde sus segundas nupcias, Jerónimo Dauder, nuestro enamorado artesano, perdió la vida de manera violenta.
Martina se había resignado a escucharle. Más adelante resolvería cómo obrar frente a aquella patológica actitud. Preguntó, fingiendo interés:
– ¿Qué pasó?
– Lo encontraron en su taller con la cabeza hecha migas. Reventada a martillazos. También le trituraron las manos. Alguien decidió aplicarle una sobredosis de su propia medicina. Qué casualidad, ¿no?
Martina estaba pensando, por asociación, en el destrozado cuerpo de Dimas Golbardo; pero contestó, de manera automática:
– En términos criminológicos, científicos, la casualidad no existe.
– Cierto -afirmó Muñoz-. Por eso me he tomado la libertad de unificar este segundo expediente, el de la cruenta muerte de Jerónimo Dauder, con el homicidio premeditado de su primera esposa, a fin de que puedan consultarse de modo correlativo. De ese modo, aunque no sepamos aún con qué objeto, podemos contemplar la película de los hechos en toda su extensión. El arma homicida que en 1968 acabó con el carpintero jamás apareció. Durante algún tiempo, la policía sospechó de algunos amantes de Rita Jaguar, entre los que debe usted descontarme, pues ella me había dejado tiempo atrás. Pero nada se pudo demostrar.
Muñoz hizo una pausa, como para asegurarse de que su interlocutora lo escuchaba con un poco más de atención. También las gaviotas les observaban, inquietas.
– El caso Dauder se archivaría definitivamente en 1977. Los cuerpos del carpintero y de su primera mujer, la que fuera su víctima, descansan en el cementerio municipal de Bolscan, a escasas calles uno de otro. Sus destrozados cráneos reposando para el resto de la eternidad… ¿Quién mató al carpintero? Misterio. Uno o varios asesinos quedaron libres. Supongo que seguirán llevando una existencia normal, como si nada hubiese ocurrido. Fascinante, ¿no cree?
Martina contestó, cáustica:
– Mi barco está a punto de salir. Volvamos al muelle, si ha terminado.
La subinspectora había iniciado el camino de vuelta. De nuevo parecía irritada. Muñoz renqueó hasta ponerse a su altura.
– ¿No le ha interesado mi historia?
– ¿Por qué habría de interesarme? Me habla de un caso archivado, del que han transcurrido quince años.
– ¿Le parecen demasiados?
– Para establecer un nexo causal, sí.
– Permítame darle un consejo y proporcionarle un último dato, subinspectora. El consejo: desconfíe de las alianzas entre el tiempo y la muerte. La muerte está contenida en el tiempo como una araña en un frasco de cristal. Para aplastar a la araña, deberá abrir el frasco en el sentido contrario a las agujas del reloj.
– ¿Qué demonios pretende sugerir?
– Que la explicación última, o primera, siempre hay que rastrearla en el pasado. En la ciencia criminal, el futuro no existe.
– Lo tendré presente. ¿Y el dato?
– Jerónimo Dauder era un carpintero muy hábil. Una de sus especialidades consistía en calafatear las embarcaciones de las últimas rutas fluviales. En su taller fabricaba laúdes, chalupas cangrejeras y los tradicionales lanchones que todavía se pueden admirar en las marismas costeras y en el estuario del río Madre.
Martina se detuvo en seco. Su mirada se había iluminado.
– ¿Ese carpintero mantenía contacto con los pescadores del delta? ¿Jerónimo Dauder construía y reparaba sus barcazas?
– Así lo hizo, hasta que le sorprendió la muerte.
– ¿Qué fue de esa mujer, Rita Jaguar?
Horacio sonrió como debía hacerlo Mefistófeles cuando iba a devorar un alma.
– Empieza a dejarse seducir por mis viejas historias, ¿no es así, subinspectora? A finales de los años sesenta, Rita se trasladó a Portocristo, y abrió un nuevo club. El Oasis. Parecido al Deportivo, pero a la orilla del mar.
– ¿Cómo lo sabe?
– Digamos que la he visitado alguna vez. Para brindar por los viejos tiempos. ¿Puedo darle una opinión, subinspectora?
– ¿No lo va a hacer, en cualquier caso?
Al sortear un noray, Muñoz había apoyado el peso sobre su bota ortopédica, y a punto estuvo de resbalar al agua. La subinspectora le ayudó a recuperar el equilibrio.
– Si yo estuviera en activo…
– ¿Acaso no lo está?
– No se apiade de mí. Si pudiese volver a patrullar, como lo hice a conciencia a lo largo de un cuarto de siglo, desempolvaría el expediente del carpintero y reabriría el caso. Me gustaría que lo llevase consigo. No necesita formalizar solicitud.
– Ya tengo su dossier. Guarde esos otros papelajos, Horacio. Cuando disponga de tiempo les daré un vistazo, pero no ahora.
El ferry hizo sonar su bocina. Martina de Santo corrió por el muelle, pisó la colilla con el tacón y subió a bordo.