SEGUNDA PARTE

16

Durante los meses de otoño e invierno, el ferry de Bolscan registraba escasa demanda.

La Compañía Marítima del Norte tan sólo dejaba en servicio uno de los barcos pequeños, capaz para un centenar de pasajeros, entre camarotes y butacas de cubierta. Disponía de una reducida bodega con un garaje para transportar unos cuantos automóviles, pero en ningún caso material de construcción o maquinaria pesada para la residual industria pesquera y conservera del delta. La ruta, paralela a la costa, a prudente distancia de los acantilados, era siempre la misma. Salvo con mar gruesa, se mantenía la frecuencia diaria de la travesía.

Carlos Martel, aquel hombre de baja estatura, había adquirido su pasaje a Portocristo en el puerto de Bolscan, en la terminal de la compañía transbordadora, que ofrecía descuentos por temporada baja.

Martel había llegado a la capital norteña a primera hora de la tarde de aquel lunes de diciembre, en un automóvil que había alquilado muy lejos, más allá del otro extremo del país; en Ceuta, para ser exactos. Después de cruzar en barco el Estrecho de Gibraltar, hasta Algeciras, había atravesado la península conduciendo hora tras hora, sin apenas detenerse, salvo para reponer combustible en áreas de servicio. Llenaba el depósito, dormitaba un rato recostado contra el volante y proseguía el viaje mientras en la radio los programas matinales sucedían a las tertulias nocturnas y él combatía el sueño encendiendo un cigarrillo negro cada tres cuartos de hora.

Debía conocer bien el centro de Bolscan porque se orientó con facilidad. Sorteó el tráfico y aparcó sin vacilaciones en el hangar de la agencia de alquiler de vehículos.

Al salir del coche notó las piernas entumecidas por el largo viaje. Para oxigenarse y estirar los músculos, se puso a practicar flexiones. Ante la asombrada mirada de una señora que esperaba ser atendida, Martel tomó carrera, cruzó la nave, dio una voltereta en el aire y ejecutó una serie de acrobacias, hasta quedar apoyado contra la pared, en la posición del pino. Después recogió las monedas que se le habían caído de los bolsillos, fingió agradecer con una reverencia las ovaciones de un público imaginario y abrió el maletero. Dos grandes daneses saltaron como enjaulados demonios. Eran casi tan altos como su dueño. Cuando se encaramaron sobre sus hombros, lamiéndole con sus sucias y grisáceas lenguas, rebasaron su talla. Uno, el macho, era negro con manchas blancas. La otra, la hembra, blanca con pintas negras.

Un empleado apareció en la puerta de una oficina anexa.

– ¡Eh! ¿Quién es usted?

– Un cliente que suele tener razón -adujo con desparpajo aquel hombre que parecía escapado de un mariachi, y que desdobló y entregó al empleado la póliza de alquiler.

– Prohibimos viajar con animales. ¿No se lo advirtieron mis compañeros de… -el encargado consultó la sede de expedición- Ceuta?

– Tal vez -repuso Martel-. Pero no lo recuerdo. La memoria no es mi fuerte. Soy hombre de futuro. Y ahora estamos todos aquí. La cosa ya no tiene remedio, ¿verdad, jefe?

El viajero permanecía junto al coche. Mientras hablaba, no había dejado de acariciar la chapa como si fuese el lomo de uno de sus perros. Martel era tan pequeño que su coronilla apenas sobresalía de la portezuela, pero poseía un tórax ancho, de boxeador o de levantador de pesas. Para superar el complejo de su baja estatura, usaba botas camperas, con tacón. Cuando deseaba encararse con su interlocutor, por lo general más alto que él, se elevaba disimuladamente de puntillas.

Las carreras de los perros pusieron nervioso al empleado. El más grande, el macho, que alzaba la envergadura de un caballo enano, ladraba sin cesar. Asustada, la señora se había desplazado al otro extremo del hangar, desde donde contemplaba con aprensión el bigote mexicano de Martel.

– Revisaré la tapicería, si no le importa -dijo el agente.

– ¿Por qué desconfía? Mis pequeñuelos están acostumbrados a viajar en el maletero. Lo encontrará limpio. En realidad, hemos parado en demanda de información. Quiero proseguir viaje.

– ¿Hacia dónde se dirige?

– A Portocristo, en la costa. Olvidé preguntar en Ceuta si su agencia disponía de sucursal allí, a fin de devolver el vehículo.

– No, no tenemos delegación. Además, la carretera está cortada por las inundaciones. El buen tiempo ha derretido la nieve de las montañas.

– ¿Cómo podré llegar? ¿En ferrocarril?

– Las vías han sufrido daños. Le aconsejo que tome el ferry. Sale del muelle. Está a tiempo de cogerlo.

Martel devolvió las llaves, recuperó la fianza y el saldo del combustible y pagó la factura. Caminando a buen paso, cruzó el casco antiguo y se dirigió hacia el puerto. Por todo equipaje, atravesada en la espalda, a modo de fardo, acarreaba una bolsa de lona.

Hacía un tiempo brumoso, pero la temperatura era grata. Sujetos por correas de cuero, los perros arrastraron a su dueño hacia las glorietas del paseo marítimo. Martel atribuyó su excitación al prolongado encierro y al exuberante estímulo de las alamedas de Bolscan, bendecidas por el clima atlántico. Refrenándolos, se detuvo para secarse el sudor y respirar el perfume de las lilas.

El mar golpeaba los espigones de una ciudadela militar. Una pareja de guardiamarinas custodiaba la entrada al recinto portuario. Sobre una plataforma de cemento atravesada de cabestrantes y grúas, se alzaban las bordas de los cargueros.

Anochecía. Faltaban unos minutos para la salida del ferry. Martel los empleó en tratar de vencer la oposición del sobrecargo, que se resistía a embarcar a los perros.

– Son animales de compañía, apenas unos cachorros -argumentaba su propietario, gesticulando con un aire histriónico-. Bien adiestrados. Inofensivos, se lo puedo jurar. Y, naturalmente -agregó, agitando dos rígidas estructuras de cuero y acero-, disponen de sus reglamentarios bozales. Respóndame a una cuestión, almirante: ¿por qué nos considera indignos de viajar en su barco? Soy contrario a la anarquía, un ciudadano respetuoso con la ley.

La compañía marítima era mercante, desde luego, pero aquel oficial, pensó Martel, perfectamente podía haber sido educado en la disciplina de la marina de guerra. De hecho, los galones bordados en su chaquetilla evocaban un eco castrense. Sin embargo, poco a poco, la terquedad del viajero, dispuesto a cualquier cosa con tal de no abandonar a sus animales en tierra, fue conquistando un terreno más propicio. Debió favorecerle el hecho de que, al ser frías las noches de invierno, no se hubiesen vendido butacas de cubierta, por lo que difícilmente sus perros iban a molestar al pasaje.

Estalló una sirena, y ronroneó un motor. El ferry iniciaba la maniobra. Como recogidos por fantasmales manos, los cabos fueron desovillándose de sus recios amarres. Martel se arrodilló e imploró al sobrecargo. Acodados a la borda, los marineros del ferry acogieron burlones la cómica escena. Magnánimo, el oficial accedió al fin. El viajero recogió su bolsa y, agitando las traillas, subió la pasarela. A punto estuvo de tropezar con una pasajera alta y delgada, cuyo pálido rostro quedaba un tanto enmascarado bajo el ala de un borsalino de fieltro.

– Le debo una, almirante -dijo, en medio de un coro de ladridos.

– No quiero líos -le advirtió el sobrecargo-. Mantenga a esos chuchos atados durante toda la travesía.

Martel se dirigió a la cubierta de popa y amarró las correas a los remos de un bote salvavidas. Los daneses parecían hambrientos. Su amo sacó un abollado plato de aluminio y los alimentó con pienso artificial.

Zarparon despacio, tras la estela del práctico, entre buques-cisterna, petroleros y el transatlántico de la ruta americana, cuyas amuras se alzaron sobre ellos como rascacielos de una ciudad de cristal.

Caía la noche, y la niebla con ella. En la cubierta comenzaba a notarse frío. El pasajero desenterró del fondo de su equipaje una arrugada gabardina y se la puso sobre su traje de desfasado patrón, con solapas demasiado anchas y pantalones entallados como los que estuvieron de moda a principios de los años setenta.

Carlos Martel había pasado en África la mitad de su turbulenta vida. Había sido cazador furtivo, importador de vinos y traficante de armas. Con las privaciones y la edad, pero sobre todo con su desprecio al pasado, que sólo le devolvía aromas de derrota, restos de un naufragio personal, su memoria se había tornado frágil. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde que un sastre de Tánger confeccionara para él, sobre una pieza de algodón egipcio, aquel terno de coloniales hechuras?

Dejaron atrás los muelles, el astillero, los fanales del puerto pesquero. De la lonja, a través del contaminado brazo de mar, llegaba un olor ácido, una pestilencia a pescado podrido, a redes arrastreras tendidas a secar.

Salieron a mar abierta. Martel estaba solo en la plataforma de popa. Cuando unas olas negras encresparon el océano, comprendió por qué nadie había adquirido billete de cubierta. Resignado a pasar la madrugada a la intemperie, se arrebujó en la manta de viaje. Las toldillas cazaban el viento y lo expulsaban con un eco. Plop.

A medianoche, con violenta marejada y una neblina rasa que cegaba los ojos, el sobrecargo subió a cubierta. La oscuridad era tan densa que tuvo que ayudarse con una linterna para localizar al pasajero. Ajeno a la inestable navegación, y al desasosiego de los perros, que gruñían ovillados para darse calor, Martel, tumbado entre dos butacas, roncaba con la cabeza torcida en una inverosímil postura. Sus insensibles dedos sostenían una colilla apagada.

– ¡Despierte!

El hombre del bigote tardó unos segundos en situarse, en comprender por qué aquel piso resbaladizo se inclinaba bajo sus botas vaqueras.

– ¡Tenemos galerna! Estará mejor abajo. ¿Viene conmigo?

– ¿Y mis perros?

Detrás de la cortina de bruma no se veía nada. El viento borraba las voces.

– ¿No puede vivir sin ellos? -gritó el sobrecargo, aferrándose a la borda.

Descendieron por una escotilla. Forrado de planchas de acero, el pasillo de camarotes hacía de caja de resonancia al temporal.

En la diminuta cafetería, el humo del tabaco flotaba alrededor de las lámparas.

– Tomaré orujo -decidió el oficial-. ¿Me acompaña?

– Coñac -prefirió Martel-. Tres palitos.

– ¿Cómo dice?

– Una copa doble de Carlos III. Ter-ce-ro. Tres palitos.

Algunos miembros de la tripulación jugaban a las cartas. La galerna no parecía inquietarles. Estirándose sobre sus cabezas, en puntas de pie, Martel indagó:

– ¿Guiñote?

– Tute -repuso uno de los marineros-. ¿Se anima?

– No quisiera arruinarles la partida. Verán: los juegos de mesa no son mi fuerte. Pero les puedo formular una proposición deshonesta: póker.

– ¿Por qué no? -Suscribió otro de los tripulantes-. Estoy harto de esta mariconada del tute.

– He traído baraja -aseguró el pasajero, quitándose la gabardina, tan arrugada y sucia que con ella parecía haber lavado un coche-. Por si me aburría. Está nuevecita, sin estrenar. A propósito: me llamo Martel, Carlos Martel. No confundir con el de los tangos.

Nadie rió, pero él había soltado una carcajada gangosa. Se sentó y alisó unos billetes sobre la mesa. Desprecintó el mazo y barajó. El corte de los naipes sonó como el rasguido de una guitarra.

– Podemos empezar con prudencia, hasta que nos vayamos conociendo mejor. ¿El descarte a mil?

– A doscientas -moderó el sobrecargo.

– Como quiera. Usted sale, almirante.

Tras los ojos de buey, el temporal desataba su ira. La nave cabeceaba como una atracción de feria. El segundo de a bordo se ausentó durante un par de manos. Cuando volvió no daba muestras de intranquilidad, pero no habló y se descartó pésimo en la siguiente ronda.

Otros pasajeros se habían refugiado en la cantina. Entre ellos, una mujer alta, vestida con elegancia, aunque con un estilo excesivamente masculino para el gusto de Martel. Había ocupado la mesa del rincón y tomaba café sumergida en la lectura de un libro cuya portada mostraba la imagen de un hombre prácticamente desnudo, a excepción de un lienzo -«un taparrabos», pensó Martel- que le envolvía la cintura. La ilustración era realista, impactante. Con el torso atravesado por sangrantes puntas de flecha, el apóstol del libro recordaba a los mártires cristianos.

También de la lectora emanaba un aura espiritual. «Como si estuviera mal follada», sentenció Martel. Mientras saboreaba a pequeños sorbos su copa de balón, miró con descaro a la silenciosa pasajera. Pero Martina de Santo, tras sostener su mirada con indiferencia, dejó el libro y cogió un grueso dossier. Como si a su alrededor nada existiera, se puso a revisarlo con total concentración.

La información de Horacio Muñoz resultaba bastante reveladora. Según los datos recopilados por el archivero, otros hombres habían perdido la vida en el delta, en accidentes de navegación, o ahogados por las corrientes costeras. Entre ellos, el invierno anterior, corroborando la versión de su hijo Daniel, un varón llamado Gabriel Fosco, farmacéutico de profesión, cuyo hinchado cadáver había aparecido flotando en la marisma.

El informe de Muñoz incluía, además de un censo de la población de Portocristo, diversas monografías del estuario, fotocopiadas y subrayadas en sus aspectos de mayor utilidad. La subinspectora se consideró satisfecha. Había suficiente lectura como para mantenerla ocupada durante las horas muertas de la travesía marítima.

A su lado, continuaba la partida. El capitán bajó a la cantina para templarse con un carajillo. A consulta de la subinspectora aseguró que arribarían a Portocristo sin novedad, si bien con demora sobre el horario previsto. El norte polar, advirtió, soplaba con fuerza. Los señores pasajeros debían abstenerse de salir a cubierta.

Al ver entrar al capitán, Martel se había apresurado a recoger el dinero de la mesa; idéntico reflejo apresuró las callosas manos de los tripulantes. Si el capitán se había percatado de la timba, supo disimularlo. Nada más apurar su taza, y salir, se reanudaron las rondas.

– Subo a mil -se estiró Martel-. Para comprobar si me estoy jugando los cuartos, o no, con marineros de agua dulce.

– Le atrae el riesgo, ¿verdad? -comentó el sobrecargo, que atravesaba una mala racha.

Martel había ganado varias vueltas seguidas.

– Iguale mi apuesta y saldrá de dudas, almirante.

Con el cambio de guardia, terminó el póker. Los marineros se levantaron de mal humor. Habían perdido unos pocos miles de pesetas; una minucia en comparación con la suerte corrida por el segundo de a bordo.

Martel fue recogiendo sus cuantiosas ganancias. Apuró su copa y la alineó en la contraventana, junto a la vajilla que tintineaba con los bandazos del barco. La pasajera del libro de estampas religiosas debía haberse retirado. En el cenicero de su mesa habían quedado media docena de colillas sin filtro, teñidas de carmín. Martel cogió una y se la guardó en el bolsillo.

– Ha sido un placer, caballeros. Yo pagaré las bebidas. ¿Se ofenderán si añado una ronda a cuenta? Disfrútenla a mi salud en la travesía de vuelta.

Desoyendo los consejos del capitán, Martel subió a popa. La noche era aún más gélida y oscura. El viento lo despejó. Los perros temblaban. Al reconocerlo, ladraron salvajemente. Martel se arrodilló entre las brasas de sus ojos, y les habló.

Los rayos iluminaban el mar con eléctrica claridad. Sin embargo, no rompería a llover. A la luz de los fogonazos, hacia la costa, se distinguían montañosas sombras, dramáticas como el decorado de un ballet o de una ópera fantástica.

El ferry se acercó a los acantilados. Pasada la medianoche, se adentró en la bahía de Portocristo. El viento había amainado, pero la niebla hubiera podido cortarse con un cuchillo. Estremecido bajo sus ropas húmedas, Martel gozó de una sensación de paz, como si navegaran sobre un estanque.

Apenas se distinguían los contornos del muelle. Al desembarcar, Martel se despidió del sobrecargo.

– Ha sido un honor viajar bajo su bandera. Un último viático, hágame el favor. ¿Sería tan amable de recomendarme alojamiento en el pueblo?

– La posada del Pájaro Amarillo -repuso el oficial; su hosca mirada evidenciaba que no se había recobrado de sus pérdidas-. Una castiza hostería, con una tasca más típica aún y jugadores de cartas a quienes podrá desplumar. Tiene jardín, se lo digo por sus chuchos. No es barata, pero usted podrá pagarla -añadió, vengativo.

Vio cómo Martel desaparecía en la niebla. Su equipaje de lona le desbordaba la espalda. Caminaba con agilidad, fumando y gritando consignas a sus animales. El sobrecargo se preguntó qué podría llevar a Portocristo a un hombre como aquél.

«Maldito tahúr», masculló.

17

Carlos Martel preguntó por la posada a un pescador que aparejaba para el cabotaje nocturno. Salió a las fantasmales praderías y, orientándose por una luz sobre el farallón, recorrió una pista de tierra, hasta llegar al albergue, que se erguía sobre una colina. El viento silbaba en la cumbre; el rocío humedecía la fachada de piedra sillar cubierta de hiedra. Arcos y gárgolas aportaban a la hostería un aire eclesiástico, de edificio abacial.

Martel llamó a un timbre. Transcurrió un rato antes de que abrieran.

– Habitación para mí -dijo en recepción.

– ¿Para esta noche? -preguntó el posadero, adormilado.

– ¿Siempre es usted tan curioso?

El hostelero le dedicó una pesarosa mirada. Era un hombre decrépito, con aspecto de encontrarse a un paso de la tumba. Contando con el dedo pulgar, Martel murmuraba una especie de letanía, como si calculase fechas o plazos.

– ¿Ya es martes? ¿Todo el día? -Martel reía, gansa mente-. Dos noches, jefe. Está decidido.

– Firme aquí.

Encima del mostrador, junto al libro de reservas, descansaba una bandeja de alpaca con una hoja de pésame encabezada por una cruz. El nombre de Dimas Golbardo se leía en góticas y luctuosas mayúsculas. Dos columnas de firmantes habían expresado ya sus condolencias.

– ¿Algún paisano ha pasado a mejor vida? -indagó Martel.

El posadero se secó los ojos con la manga de un jersey de punto que se había puesto encima del pijama.

– Dimas, a él le ha tocado… ¿Por qué? Era muy querido en Portocristo. Nadie le deseaba mal alguno. ¿Cómo ha permitido el buen Dios que un sádico lo haya cortado en pedazos?

Fuera, los perros ladraban, asustando a los caballos que piafaban en una cuadra cercana. Martel los había atado a un árbol, mientras se registraba. En un abrir y cerrar de ojos, los insaciables daneses habían devorado las castañas que se pudrían en la hierba.

– Soy forastero -dijo Martel-. ¿Qué ha sucedido? ¿Es que se ha cometido un crimen?

El posadero lo miró con ojitos líquidos.

– Dimas apareció cosido a puñaladas. El juez y la Guardia Civil investigan el crimen. El entierro será pasado mañana, en la isla. -Su propia impotencia le proporcionó vigor para exclamar-: ¡No sé si tendré estómago para asistir!

– Pobre hombre -musitó Martel, cerrando los ojos como si la desdicha le afectase-. ¿Deja familia?

– Un hijo, Teo. Mañana le saludará a usted. Suele mostrarse obsequioso con nuestros clientes. Igual que hace… que hacía su padre. Yo mismo soy… era hermano de Dimas. De los cuatro, ya sólo quedo yo. Alfredo Golbardo, para servirle.

– Déjeme añadir mi pésame, qué carajo -decidió Martel, empuñando un bolígrafo atado con sedal a la bandeja de alpaca.

El huésped garabateó una ilegible rúbrica. Extrajo unos billetes del fajo que había ganado en la partida del ferry y los fue alisando sobre el mostrador.

– ¿Será suficiente?

Sin tocar el dinero, Alfredo Golbardo asintió.

– Lo que sobre, para que coman los perros -dijo Martel-. Y el resto para usted, maestro.

El posadero organizó una sonrisa servil.

– Me ocuparé de que sus perros no molesten a los caballos de Teo. Hay una habitación amplia en la primera planta, que será de su agrado. Tiene terraza con vistas y escalera de salida al prado. Subiré su equipaje.

Martel se encerró en su habitación y durmió lo que restaba de noche, hasta pasadas las diez de la mañana.

Una vez despierto y vestido se animó a dar una vuelta por la villa. La niebla seguía prendida a las calles. Había salido de la posada con los perros, que ladraban con fiereza a todo el que se les acercaba. El día era triste, frío. Su mortecina luz le hizo añorar las salinas de su Andalucía natal. Toros bravos. Trenes lentos. El sol haciendo brillar los raíles. A Martel siempre le habían gustado los ferrocarriles. Le proporcionaban sensación de hogar.

Al pasar por una barbería, recordó que no se había afeitado desde su salida de Ceuta. Entró. El establecimiento olía a linimento, a polvos de talco. Dio los buenos días y trepó a la butaca.

– ¿Un poco alta, la silla? -Cuestionó el peluquero, evaluando su talla; las botas camperas de Martel se columpiaban a un palmo del suelo-. Aguarde, bajaré el estribo.

El barbero se inclinó. Al elevar el escabel, chirriaron las palomitas.

– ¿Afeitado y corte de pelo?

El cliente convino.

– ¿Lavamos el cabello del señor?

– Si tiene que bajar y volver a subir el trono, no se moleste ni me incomode a mí.

– En seco, entonces -murmuró el barbero, sin dejar de advertir que del forastero emanaba tensión, una acumulada energía. Se concentró en descargarle el pelo con unas tijeras no demasiado limpias. Oía respirar a los perros, enroscados bajo los taburetes.

Martel había desplegado un ejemplar de Ecos del Delta y lo leía con minuciosa lentitud, artículo por artículo.

– ¿Recortamos el mostacho?

– Sólo las puntas. A las mujeres les gusta así, tupiendo el labio.

El peluquero escogió una tijera extendida sobre un paño brillante de grasa, y se concentró en descargarle el bigote. Martel prosiguió, campechano:

– Hablando de mujeres. ¿Usted me orientaría de qué modo trabar conocimiento con alguna señorita, digamos, poco o nada recomendable?

Empuñando un cepillo, el barbero se dispuso a sacudir los pelos de la toga. Aquel tema le gustaba más.

– No deje de visitar El Oasis. En la playa que llaman del Puntal. Un establecimiento caro, según me dicen; no puedo hablar por experiencia propia. ¿Laca?

El sol se esforzaba en brillar cuando Martel, con el pelo ondulado y oliendo a colonia, se detuvo en la Taberna del Puerto. Las palmeras se inclinaban suavemente hacia el brazo de mar. Eligió mesa y pidió un menú marismeño: arroz con marisco, lirios fritos, pastel de sidra y turrón. Se disponía a atacar el primer plato cuando la mujer con la que había coincidido en el ferry ocupó una mesa vecina a la suya. Martel la saludó con una inclinación de cabeza, pero ella, aunque le miró durante un instante fugaz, decidió seguir ignorándole. Martina de Santo pidió café y se concentró en la revisión de un grueso fajo de papeles, en cuyos márgenes iba anotando observaciones con una pluma de plata.

Martel comió con apetito y bebió el vino del país, ligero y dulce, con un vago sabor a jarabe. Antes de abonar la cuenta pidió una copa de coñac. «Tres palitos», indicó al camarero, que tardó un rato en entender. Saboreando su Carlos III, se quedó atontado contemplando los barquitos de pesca, las planeadoras y alguna embarcación de recreo.

De pronto, un ruido lo espabiló. La mujer del ferry se había levantado tan bruscamente que había derribado la silla, y corría hacia el muelle. Al llegar a la dársena se quedó inmóvil, sin aliento, contemplando una barcaza que en ese momento doblaba la punta del espigón.

Martel se fijó en la embarcación, cuyo casco, rojo escarlata, parecía recién pintado, pero no pudo entender por qué motivo su tranquila navegación había alarmado de esa manera a su altiva compañera de viaje. Cuando la barcaza desapareció en la bahía, la mujer regresó a su mesa y volvió a concentrarse en sus papeles. Pero parecía nerviosa y constantemente levantaba los ojos hacia el espigón, como esperando que esa lancha regresase de un momento a otro.

Martel reclamó al mesonero un cigarro habano, mordió la punta, lo encendió, intentó relajarse. Un sol de invierno asomaba entre los mástiles. «Es casi perfecto», pensó Martel, metiendo la mano en el bolsillo para toquitear la colilla manchada de carmín que su vecina de mesa había tenido en su boca. «Sólo me faltaría un coño», pensó, contemplando sin remilgos, con un espeso deseo, a Martina de Santo. «Pero se puede comprar. Casi todo en esta vida se puede comprar.»

18

Pasada la una y media de la madrugada del martes, nada más desembarcar, más pálida aún de lo habitual, Martina de Santo se había dirigido al destacamento de la Guardia Civil de Portocristo, que quedaba cerca del muelle.

En medio de la oscura noche, la subinspectora rompió a caminar con paso vivo, celebrando que la brisa de la bahía la fuera despejando de las claustrofóbicas horas sufridas a bordo, con el incesante vaivén del casco y los relámpagos rasgando la penumbra de su camarote a través de un ojo de buey.

De una sola planta, el acuartelamiento se levantaba en medio de un tétrico arenal, sobre un plafón de cemento crudo. A su alrededor, las dunas, tapizadas de jirones de niebla, modulaban un espectral paisaje nocturno.

La subinspectora entró al patio del cuartel. Un Land Rover cubierto de barro estaba aparcado junto a una galera cuyo caballo permanecía atado de las riendas a un poste de luz eléctrica. Detrás del acuartelamiento se erguía un pequeño y feo bloque de viviendas, con la pintura descascarillada por la humedad y ropas tendidas a secar. Martina supuso que debía albergar a las familias de los guardias, aislándolas de la población. En medio de ambas construcciones, decorado por un ralo jardín, se erguía un mástil con la bandera de España.

La subinspectora se identificó y preguntó por el sargento. Un guardia de retén le informó que su superior estaba despierto, trabajando en su despacho, y pasó a notificarle su presencia.

El sargento Romero la recibió tendiéndole una curtida diestra. Martina de Santo había elaborado una teoría sobre las distintas maneras de dar la mano. Un viril apretón como el que acababa de recibir por parte de aquel suboficial de castrense bigotito y vellosas matillas asomándole por los conductos auditivos le inspiraba confianza, una suerte de solvencia profesional. El flojo saludo, en cambio, de una diestra sudorosa o blanda la retraía instintivamente. Tampoco le agradaba que retuvieran la suya más tiempo del debido, como pretendiendo establecer una conexión, afluentes de simpatía o complicidad. Prefería las manos femeninas, sutiles y delicadas como divagantes pájaros.

Al saludarla, el sargento había mostrado un instante de vacilación, como si le desagradara el hecho de que la Jefatura de Policía de Bolscan hubiese destacado a un investigador para resolver casos acaecidos en áreas de su competencia.

La tarde anterior, el sargento Romero había recibido una llamada de su teniente coronel. El comisario Satrústegui había advertido a la Comandancia que enviaba un agente. Satrústegui se había abstenido de comentar que se trataba de una mujer, pero esa clase de ayudas, en cualquier caso, solían afectar al orgullo del sargento, pues las interpretaba como una velada acusación de incompetencia. Percatándose de ello, y recordando los consejos del comisario, la subinspectora se apresuró a invocar la mutua colaboración entre ambos Cuerpos, la necesidad de aunar fuerzas.

Romero se mostró solidario.

– Ningún inconveniente, subinspectora. Trabajaremos juntos, si lo desea. Tan sólo le pediré que me mantenga informado de cualquier progreso que pueda hacer. ¿Por dónde había pensado empezar?

– Pretendo examinar los cadáveres y entrevistarme con el juez de instrucción, así como con el marino que encontró los primeros restos. Doy por supuesto, sargento, que fueron sus hombres, mientras peinaban la zona, quienes hallaron el segundo cadáver, el de Santos Hernández.

El sargento lo confirmó. Martina siguió sondeándole:

– ¿Qué han averiguado en los escenarios de los crímenes?

– Nada de relieve. La patrullera puede llevarla en cualquier momento, pero no vale la pena que se desplace hasta allá, se lo puedo asegurar. Mis hombres han recorrido las playas, sin incorporar nada nuevo a la investigación.

– De todos modos, creo que visitaré esos parajes.

– Como guste, subinspectora, pero no encontrará allí otra cosa que insalubres marismas y unos pocos embarcaderos y cobertizos para resguardar artes de pesca. Esa parte de la costa es muy solitaria. Hacia la sierra subsisten algunas parroquias y vaquerías aisladas, pero apenas mantienen población estable. En un radio de treinta kilómetros no viven cuatro gatos.

El sargento ofreció asiento a Martina, señalándole una de las duras sillas de su oficina, pero la subinspectora, un tanto decepcionada por la vaga explicación que el mando acababa de ofrecerle, prefirió permanecer en pie.

Detrás del escritorio, sujeto a la pared con chinchetas, se extendía un mapa del delta. Al discurrir por las tierras bajas, los canales dibujaban una especie de cáliz. Ese plano era más preciso aún que el proporcionado por el comisario a Martina. Registraba las curvas de nivel, los campos de arroz, las parcelas de labrantío, las pistas forestales y los caminos de carros. La subinspectora se acercó para estimar la distancia entre Portocristo y el cabo oriental del estuario, Forca del Diablo. Cuando se hubo situado espacialmente, comentó:

– Si las áreas próximas a los escenarios de los crímenes están semidesiertas, eso debería reducir la búsqueda.

El sargento fingió no haber captado la crítica implícita en esa observación, y repuso:

– Las marismas cuentan con una población flotante, por así decirlo. Y están los cazadores de patos, los pescadores de bajura, o los serranos, que bajan con sus galeras al mercado dominical de Portocristo.

– ¿En serio no tenemos ningún sospechoso, sargento? -Insistió Martina-. Usted debe conocer bien a la gente de aquí.

– Nadie acaba de calar a estos lugareños. Son peculiares, una mezcla curiosa. Sus ancestros proceden de la sierra, pero la precariedad de recursos acabó convirtiéndolos en lobos de mar. Con ellos, como con los gallegos, nunca se sabe si vienen o van. No señalo a nadie. Mentiría si le dijese lo contrario.

Martina hizo un ademán de impaciencia.

– No pretendo realizar un estudio antropológico. Tampoco le estoy pidiendo que me revele a ciencia cierta el nombre de la persona capaz de clavar un arpón en el pecho de Santos Hernández, o de torturar a Dimas Golbardo hasta la muerte, seccionando sus manos y abandonando sus despojos en las rocas, pero lógicamente deberemos ponernos a trabajar sobre quienes mantuvieron con las víctimas algún tipo de relación conflictiva. Empecemos por Dimas Golbardo, si le parece. ¿Estaba atravesando alguna tragedia personal? ¿Tenía deudas? ¿Pleitos familiares? ¿Líos con mujeres?

Romero se rascó uno de sus peludos tímpanos.

– No lo creo. Apenas le traté, para serle sincero. En apariencia, era un hombre tranquilo. Tengo otra teoría, subinspectora. ¿De verdad no quiere sentarse?

Martina agradeció su insistencia, pero volvió a declinar la invitación. El sargento presumió:

– Ese crimen y el de Santos Hernández pueden guardar relación con el tráfico de estupefacientes. Antes o después, los escarmientos y ajustes de cuentas tenían que llegar incluso a este lugar apartado del ojo de Dios.

– ¿Está sugiriendo que Dimas Golbardo y Santos Hernández formaban parte de un cártel?

– Sería prematuro afirmarlo, pero en los últimos tiempos hemos interceptado alijos de cierta importancia. No hace mucho, si recuerda, abordamos aquel mercante de bandera albanesa que transportaba quinientos kilogramos de coca. Estaba a punto de desembarcar la mercancía. Necesariamente tenía que contar con secuaces en tierra, pero nadie cantó. Ese pelo se nos quedó en la gatera.

Martina tenía conocimiento de esa acción gracias al dossier de Horacio Muñoz. Además de las aprehensiones de alijos, el archivero había elaborado un informe de la actividad criminal en la costa, a partir de los años cincuenta. En total, había inventariado tres asesinatos, ninguno de ellos debido al narcotráfico. Tales homicidios abundaban en los estigmas del crimen rural, a cuyo clásico esquema se remitían sus móviles. Pleitos familiares, retorcidos litigios de lindes o servidumbres de paso que acabaron resolviéndose, sin previo aviso, con el estampido de una escopeta de caza.

La subinspectora presumió:

– Dimas Golbardo debía conocer la costa como la palma de su mano, pero era demasiado viejo para andar trapicheando. ¿Tenía antecedentes?

– No. En principio no encaja en ese perfil, aunque nunca se sabe -vaciló el sargento-. De Santos Hernández ya tendría alguna duda.

– Hábleme de él.

– Era una especie de chamarilero, de buhonero ambulante. Poseía un carro, que apareció junto a su cuerpo sin vida. El carromato está en el patio, a la espera de que alguien lo reclame. Quizá lo haya visto al entrar. -La subinspectora afirmó-. Santos comerciaba con ropa, con ganado, levantaba refugios y muros con piedra de las canteras de la sierra. No me extrañaría que se dedicase a pasar pequeñas cantidades de hachís. Sigo pensando que en Portocristo no se han radicado aún traficantes a gran escala, pero otra cosa muy distinta son nuestras aguas jurisdiccionales. Como sabe, las operaciones de mayor envergadura suelen realizarse en alta mar. Los alijos cambian de barco, o se distribuyen en lanchas rápidas capaces de almacenar la droga en escondrijos costeros. Los acantilados de Forca del Diablo y de Isla del Ángel están plagados de grutas de muy difícil acceso. Si yo fuera un narco, lo tendría en cuenta. En tierra, la actividad es menor. La droga sale rápidamente hacia las grandes ciudades. Aquí tan sólo hemos detectado camellos de poca monta, que abastecen el mercado doméstico. Santos Hernández bien pudo ser uno de ellos. Pero el futuro es incierto. Que comiencen a actuar delincuentes autóctonos de mayor vuelo será sólo cuestión de tiempo. El dinero a ganar es mucho. La tentación, permanente.

La subinspectora sacó su pitillera. Ofreció un cigarrillo al oficial, pero éste lo rechazó. Sólo fumaba farias, dijo.

– Aparquemos por ahora esa hipótesis -propuso Martina-. ¿Han encontrado el arma con que descuartizaron a Dimas Golbardo?

– No.

– ¿Qué tipo de hoja cree que fue utilizada?

– Con toda seguridad, un cuchillo de gran tamaño. Que, a estas horas, descansará en el fondo de las marismas. Mis hombres están drenando la ría del Muguín, pero me temo que no aparecerá fácilmente.

– ¿Además de un cuchillo, el criminal pudo usar, también, un hacha?

– ¿Por qué lo pregunta?

– De las fotografías que nos han enviado saqué la impresión de que a Dimas Golbardo no le cortaron o serraron las manos, sino que sus extremidades fueron amputadas de un solo tajo. Con un golpe seco, de arriba abajo. Si el asesino actuó con tanta contundencia, habrá dejado marcas en la roca.

– Suponiendo que lo descuartizasen en la Piedra de la Ballena -dudó el sargento-. Pudieron matarlo en cualquier otro lugar y, posteriormente, trasladarlo allí.

– ¿Con qué propósito?

– ¿Confundir a la Guardia Civil y a la enviada especial de la Policía de Bolscan, quizá?

Martina se inclinó por obviar la ironía. Algo más crudamente, cuestionó:

– ¿Ha reconstruido los últimos movimientos de Dimas Golbardo?

– Por supuesto. Según su hijo, Teo, el viejo Dimas tenía previsto desplazarse a la ría del Muguín, hasta unas cabañas de las que son propietarios, a fin de inventariar las reparaciones necesarias de cara a la temporada turística, que no empieza hasta Semana Santa.

– ¿Dónde queda esa ría?

Romero se arrimó al mapa.

– Junto a Forca del Diablo. Aquí.

– Desde Portocristo hay un buen trecho. ¿Cómo se desplazó Dimas hasta allá?

– En barca. Los Golbardo siempre han sido pescadores, pero cuando el viejo Dimas se retiró por causa de una artritis que le impedía maniobrar y manejar las redes, vendieron su embarcación y adquirieron la casa cural para restaurarla como posada. Hará unos cuantos años que la abrieron. Se llama El Pájaro Amarillo. Si no tiene alojamiento, le recomiendo que se hospede en sus habitaciones. Porque -añadió Romero, con aire de resignación- supongo que piensa quedarse algunos días entre nosotros.

La subinspectora replicó, con frialdad:

– Así es. Continúe.

– Como le decía, Dimas y su hijo Teo vendieron su barco pesquero, pero conservaron una pequeña barca con motor. Cangrejeras, las llaman en el delta. Teo solía acompañar a su padre cuando sentía nostalgia de la mar. Sin embargo, y a pesar de su artritis, el viejo Dimas seguía siendo capaz de aparejar la canoa, y a veces salía a navegar solo. El pasado domingo, antes de ayer, el día en que iba a morir, Dimas Golbardo se presentó en el muelle a primera hora de la mañana. Otros pescadores lo vieron, hablaron con él. Subió a la cangrejera y se dirigió hacia la desembocadura del Muguín. Nadie lo volvería a ver. Vivo, quiero decir. La barca, o lo que quedaba de ella, apareció ayer, lunes, destrozada contra los acantilados de Isla del Ángel. La marea debió arrastrarla.

– Lo que quiere decir que Dimas Golbardo no fue abordado en las marismas, sino mar adentro.

– Entraría en lo posible, en efecto.

– Por alguien que sin duda no le era desconocido.

El sargento se encogió de hombros.

– Está usted conjeturando.

La subinspectora porfió:

– Alguien que le obligó a abandonar la barca y lo retuvo contra su voluntad, hasta que decidió matarlo.

– Sigue especulando usted. También pudieron soltar el esquife y abandonarlo a merced de la corriente.

Martina le dio la razón. A veces, en su heterodoxia, cedía a la tentación de aplicar a los mandos el mismo tipo de técnicas de interrogatorio que utilizaba con los sospechosos.

– ¿Cómo amaneció el domingo? ¿El tiempo era bueno?

– Un brumoso y fresco día de invierno.

– Ayer, en alta mar, hubo tormenta eléctrica -recordó la subinspectora-, pero no llovió. ¿Y en tierra, ha llovido desde el domingo?

– Tampoco.

Martina presionó el mapa. Se había fijado en un serpenteante camino de carros que bordeaba la sierra, hasta morir en las rías orientales, junto a Forca del Diablo, a la orilla del mar. Señaló una pequeña playa, entre las marismas.

– El nombre de este lugar, la Piedra de la Ballena, al fondo de la ría del Muguín, ¿qué significa, exactamente? ¿Qué tiene de especial?

– Si exceptuamos su configuración geológica, una losa de sílex pulida y plana, alabeada por las mareas, nada -comentó el sargento-. Creo que antiguamente los pescadores de ballenas, y Dimas Golbardo era uno de ellos, y acaso, por cierto, el más legendario, remolcaban hasta allí sus capturas. Pero de eso debe hacer medio siglo. Desde que estoy destinado aquí, y va para tres lustros, ese paraje no se ha vinculado con investigación alguna. De forma anecdótica, figura en las guías como información turística, junto a los milagros de Escolástica General, la beata, y otras curiosidades del delta.

– Hablando de curiosidades, sargento. En el expediente de Pedro Zuazo, el farero que se desnucó el pasado verano al caer por los acantilados de Isla del Ángel, se afirmaba que fue un marino quien encontró su cadáver.

Romero asintió.

– Creo recordar que así ocurrió, en efecto.

– ¿Podría facilitarme los datos de ese marino?

– Naturalmente. José Sumí. Gobierna una embarcación llamada La Sirena del Delta. Por si iba a preguntármelo, le diré que se trata del mismo patrón que descubrió los restos de Dimas Golbardo en la Piedra de la Ballena.

La subinspectora sonrió melosamente, como adulando la capacidad de su interlocutor.

– Me lee el pensamiento, sargento. ¿Ha interrogado a Sumí?

– Desde luego.

– ¿Sacó algo en limpio?

– No mucho. José Sumí sale a navegar casi a diario. De hecho, su embarcación es la única que se atreve a desatracar incluso con mal tiempo. Nadie domina la costa como él. No tiene nada de extraño que socorra a algún accidentado, o que se tope con alguien que, por desgracia, ya no necesita auxilio de ninguna clase.

Como ausente, Martina encendió un cigarrillo.

– ¿El capitán Sumí conocía a los hombres cuyos cadáveres rescató?

– De hecho, eran amigos suyos. El impacto emocional de ver sus cuerpos deshechos, tener que cargar con ellos y trasladarlos a puerto le ha mermado el ánimo.

– ¿Quiere decir que está enfermo? ¿Que padece una depresión clínica?

– Yo no diría tanto. Algo trastornado, quizá. Desde que enviudó, José Sumí no ha vuelto a ser el mismo. En los últimos tiempos ha envejecido, y apenas se relaciona con nadie. Con Dios, en todo caso.

– ¿El capitán Sumí es viudo?

– Sí.

– ¿Cuándo murió su mujer?

– Hará unos años.

– ¿De muerte natural?

– Se ahogó en las marismas, delante de él. Habían salido a navegar, y ella se empeñó en lanzarse al agua, para nadar. Las corrientes la arrastraron hacia la desembocadura.

– ¿Cuántos hijos tenían?

– Uno solo.

– ¿Elifaz?

– ¿Le conoce usted? -se asombró Romero.

La subinspectora aplicó una calada a su cigarrillo y clavó los ojos en los del sargento.

– ¿Qué más puede decirme del capitán Sumí, sargento?

– Es, ¿cómo le diría?, un patriarca. Organiza travesías marítimas por el estuario y dirige el club parroquial, una asociación católica. Ahora está alicaído, según le comentaba, pero si cree que puede ser necesario siempre se le encontrará dispuesto. De manera desinteresada, desde que murió el farero se ocupa de mantener limpio y en condiciones el vetusto cementerio de Isla del Ángel. Si no fuera porque de vez en cuando José Sumí va por allá para arreglar las tumbas y arrancar la mala hierba, no sé qué sería de aquello.

– ¿El capitán Sumí está deprimido, trastornado por las muertes de su mujer y de sus amigos, pero se dedica a limpiar tumbas en un remoto cementerio?

– Es un ferviente católico. Supongo que la religión le sirve de consuelo. Oiga-dijo el sargento, cambiando súbitamente de expresión-, ¿no estará pensando que José Sumí pudo hacerlo?

– No he dicho eso.

– Pero ha considerado la posibilidad, ¿no es cierto?

– No sé si lo hizo, sargento. No al menos, todavía. Pero sí sé que pudo hacerlo.

El sargento se sobó los carrillos. Martina se limitó a mantener su mirada, que comenzaba a brillar con un desafío contenido.

– No tiene sentido, subinspectora. ¿Por qué iba a matar a Dimas, con quien siempre le unió una estrecha amistad? ¿Y qué móvil podría impulsarle contra Santos Hernández?

– Yo no puedo saberlo. Respóndase usted mismo, sargento.

– La respuesta es obvia: ninguno. José Sumí no los mató.

– ¿Por qué está tan seguro?

– Porque me lo juró sobre las tapas de una Biblia, y sobre la memoria de su esposa.

– ¿Y usted le creyó?

– El capitán es hombre de una pieza. De los que ya no quedan. Un caballero.

Martina iba a hacer un comentario burlón, pero reparó a tiempo en que podía ofender a Romero.

– Espero que no todos los sospechosos se comporten de la misma manera, o jamás resolveremos el caso.

– Confíe en mí, Martina -apostilló el sargento-. Y en José Sumí. Puede ayudarnos, y lo hará.

19

Su propio nombre, en boca del guardia civil, le sonó ajeno. Por unos segundos, la devolvió a su intimidad. Experimentó un intenso deseo de llamar a Berta y preguntarle cómo estaba. ¿Se acordaría de ella? ¿Se habría preocupado de alimentar debidamente a la garita Pesca?

Romero parecía haber dado por zanjada la cuestión anterior, pero la subinspectora volvió a la carga:

– Entonces, sargento, y a pesar de que fue un mismo testigo, José Sumí, la primera persona en localizar los cadáveres de Pedro Zuazo, el farero, y de Dimas Golbardo, el pescador de ballenas, ¿descartaría usted que ambas muertes pudieran estar relacionadas?

– ¿A qué viene tanta obcecación? Por supuesto que no lo están. Pedro Zuazo se cayó accidentalmente. A Dimas lo abrieron en canal. ¿Dónde está la relación?

Martina permaneció pensativa.

– Volvamos a la Piedra de la Ballena. El cadáver de Santos Hernández apareció en la playa, a bastante distancia del de Dimas Golbardo. A varios kilómetros. Aunque el capitán Sumí no se hubiese entretenido con el traslado del primer cadáver, difícilmente hubiera encontrado también el segundo.

– No entiendo Adónde quiere ir a parar.

– Al hecho de que José Sumí no pudo advertir la existencia de un segundo cadáver.

– ¿Y bien?

– Lo que intento decirle, sargento, es que el criminal pudo haber planificado sólo uno de los crímenes, el que deseaba que fuese rápidamente descubierto, para que causase su efecto. De lo que podría deducirse que, en principio, el pasado domingo pensaba matar a un hombre, no a dos.

– ¿Y cuál de esos dos desdichados era su objetivo?

– Dimas Golbardo, obviamente. Su cuerpo apareció en un lugar que reúne un cierto ritual, la Piedra de la Ballena. Sabemos que los arponeros desguazaban las ballenas sobre esa losa de sílex. El propio Golbardo debió destazar allí a sus capturas. Esos días habría fiesta en la ría del Muguín. Se comería en abundancia, y se bebería más aún. Dimas Golbardo jamás pudo sospechar que un día él mismo sería sacrificado en ese lugar, que su sangre correría sobre la sangre. ¿Le preguntó al capitán Sumí en qué posición encontró el cadáver?

– Boca abajo -precisó el sargento-, con las piernas unidas y los brazos extendidos.

– ¿En forma de cruz?

– Sí.

– ¿Alrededor del cuerpo había manchas de sangre?

– Ya lo creo. Todavía seguirán ahí.

– ¿Encontraron rastros de sangre en otros lugares? ¿En el embarcadero, en las cabañas, en la barca de Dimas?

– No.

Martina fumó con calma.

– En la antigua Roma, las mutilaciones estaban relacionadas con el delito de hurto. Y lo mismo podría decirse del castigo de la cruz.

– ¿Está sugiriendo que Dimas Golbardo era un ladrón? ¿Que robó algo valioso y que por eso lo liquidaron?

– Es posible. ¿Y los ojos, cómo aparecieron?

– Sobre la cabeza, uno a cada lado.

– ¿Invertidos, como si mirasen desde el cogote?

El sargento afirmó. La subinspectora sacó su libreta de notas y pergeñó un rápido boceto.

– ¿De esta forma? ¿Extirpados y prendidos sobre el occipital?

– Más o menos.

– El asesino quiso privarlo de la vista y del tacto -murmuró Martina-. Tal vez la culpa de Dimas Golbardo, su hurto o traición, estuviese relacionada con esos sentidos.

– ¿Qué clase de culpa?

Martina suspiró.

– Todavía no puedo saberlo, sargento.

Romero esbozó una mueca levemente despectiva.

– ¿Y por qué lo desnudaron de cintura para arriba y le abrieron el vientre de una cuchillada?

La subinspectora le destinó una mirada vacía.

– Si lo que quiere insinuar es que hay muchas preguntas sin respuesta, no necesita formulármelas una detrás de otra. Por ahora, limitémonos a considerar que Dimas Golbardo era la víctima elegida. Fueron a por él, deliberadamente, y lo sacrificaron de manera ritual.

– ¿Y qué me dice de Santos Hernández? ¿No podría también significar algo el arpón que acabó con su vida?

– Esa muerte debió ser mucho más rápida -le contradijo Martina-. No se entretuvieron con él. Tenían prisa por huir.

– ¿Opina que Santos Hernández murió porque fue testigo involuntario de la muerte de Dimas?

– Me parece la hipótesis más acertada. Supongo que el arma homicida que acabó con Santos Hernández obra en su poder, sargento. Quisiera ver ese arpón.

Romero ahogó un suspiro. Aquella mujer policía comenzaba a producirle una migraña feroz. Se tomó su tiempo para encender una faria, cuyo extremo, previamente, mordió. Escupió al suelo una hebra de tabaco, y transigió:

– Aguarde.

El sargento salió de la oficina con semblante adusto. A través de la puerta entreabierta, Martina lo oyó conversar con el retén de guardias. Romero desapareció por otra oficina y regresó sosteniendo un largo arpón enfundado en una bolsa de plástico.

– Mañana lo enviaré al laboratorio. Tenga, póngase estos guantes.

El arma quedó depositada sobre su escritorio. Martina protegió sus manos y la sacó de la funda. Había restos de sangre en la hoja dentada y a lo largo de la estaca. La subinspectora distinguió mínimos jirones de tejido humano, asimismo ensangrentados, adheridos a la hoja de hierro fundido.

– Al pobre Santos no hubo más remedio que arrancárselo del pecho -recordó el sargento-. Lo habían ensartado como a un pez espada. La punta asomaba por la espina dorsal.

– ¿Se encargó usted de hacerlo?

– Varios de mis hombres se ocuparon de ello. El arpón se había clavado con fuerza. Como si hubieran querido partirle el alma.

– ¿A Santos Hernández le causaron una herida, sólo una?

– Fue más que suficiente.

– ¿Amputaciones?

– No.

– ¿Está seguro? ¿Le arrancaron los ojos?

– No, ya le digo.

– ¿Algún apéndice? ¿Revisó su aparato sexual, los testículos, el pene?

Romero meneó la cabeza, aborrecido. Estaba claro que aquella detective no iba a darle cuartel.

– El doctor Ancano fue quien lo examinó en profundidad. Me lo hubiera advertido.

– Debería haberlo hecho usted mismo. No se preocupe, yo lo haré en su lugar. El arpón parece bastante antiguo. Presenta herrumbre, de hecho. ¿Sabe a quién pertenece?

– El hijo de Dimas, Teo Golbardo, lo reconoció durante su declaración -desveló el sargento-. El arpón era de su padre. Un recuerdo de sus tiempos de cazador de ballenas. El viejo Dimas guardaba sus aparejos en un cobertizo de las cabañas del Muguín. Alguien debió sustraérselo.

La subinspectora ensayó otra opción:

– Quizá Dimas lo llevaba consigo cuando salió en la barca el domingo por la mañana. El asesino, después de abordarlo, pudo utilizarlo más tarde en la comisión de su segundo crimen. Para ensartar con él a Santos Hernández, en su calidad de inoportuno testigo.

El sargento guardó silencio. Su migraña iba en aumento. Temió soñar con aquella mujer, y no precisamente fantasías eróticas.

Martina siguió preguntando:

– ¿Dónde encontraron sus hombres el cuerpo de Santos Hernández, exactamente?

– En las playas del Muguín, cerca de Forca del Diablo. Un paraje desértico, a unos tres kilómetros de la Piedra de la Ballena, bordeando la ría. Estaba tendido de lado, junto a su caballejo y su carro, con el arpón clavado.

– El asesino pudo recorrer ese trecho en poco tiempo.

Romero le dio la razón.

– La secuencia está clara, subinspectora. En primer lugar, pasado el mediodía del domingo, el criminal acabó con la vida de Dimas Golbardo. Lo siguió hasta las cabañas, se ocultó en los cañaverales, o en el bosque, lo asaltó y lo ejecutó. Abandonó su cuerpo mutilado sobre la Piedra, para que fuera más fácil de descubrir. Quería que alguien lo encontrase. Y que lo hiciera pronto.

– Eso es evidente. Pero, ¿por qué? ¿Para promulgar un escarmiento, para advertir o atemorizar a una futura víctima?

– O para llamar la atención sobre el segundo cadáver -insistió el sargento, resistiéndose a desvincular el móvil de ambos asesinatos-. Después de liquidar a Dimas Golbardo, y de soltar su esquife, el asesino cogió del cobertizo uno de sus arpones, se emboscó en la senda, esperó a Santos Hernández y se encargó de despacharlo.

– ¿Cuánto tiempo esperó?

– Alrededor de una hora.

La subinspectora estaba redactando algunas notas en su libreta. Alzó la frente y preguntó:

– Estamos dando por supuesto que Dimas Golbardo fue asesinado en primer lugar. ¿Podemos deducirlo de la hora de sus respectivas muertes?

– Así es. El doctor Ancano lo certificó. Golbardo cayó primero, hacia las dos de la tarde del domingo. Una hora más tarde, sobre las tres, le tocó a Santos.

– ¿Ese médico es forense?

– No.

– ¿Qué especialidad tiene? ¿Medicina general?

Una tormentosa expresión nubló el rostro del sargento. La subinspectora prosiguió, inalterable:

– ¿A qué hora de la tarde del domingo encontró el capitán Sumí el cadáver de Dimas Golbardo?

– Justo antes del anochecer. Sobre las seis.

– ¿Qué hacía el capitán allí?

– Había salido a navegar sin rumbo, como muchas otras jornadas.

Martina guardó unos segundos de silencio, como para evidenciar lo endeble de esa coartada.

– ¿Existía alguna conexión entre ellos?

– ¿Entre quiénes?

– Entre Dimas Golbardo y Santos Hernández.

– Aparentemente, ninguna. Como ya le he dicho, Santos era un tipo solitario, sin ocupación estable. Vivía a las afueras de Portocristo, junto a la marisma, pero pasaba temporadas en la sierra, comerciando con los canteros, o con partidas de ganado vacuno, nomadeando para ganarse la vida… Quizá tenía alguna deuda, y se la hicieron pagar.

La subinspectora insistió:

– ¿Dimas y él ni siquiera se conocían?

El sargento estalló.

– ¿Cómo quiere que lo sepa? Le recuerdo que sólo llevo día y medio investigando los casos. ¿Sabe cuántas horas he descansado? Ni una sola. Me parece que es poco plazo para resolver dos crímenes violentos. ¿O es que ustedes, los listillos policías de Bolscan, los habrían resuelto ya?

Martina adoptó un tono exculpatorio.

– No pretendo presionarle. Formamos un equipo, recuérdelo. Déjeme preguntarle otra cosa. Después me voy.

El sargento aplicó una furiosa chupada a su faria.

– Trato hecho, subinspectora. Ultima pregunta.

– ¿Tiene noticia de un grupo de jóvenes que se hacen llamar los Hermanos de la Costa?

Romero elevó los ojos al cielorraso.

– Como no me dé más pistas.

– Por lo que sé, que es muy poco, integran una especie de cofradía o secta de artistas. En principio, los juzgué como una pandilla de alocados adolescentes, pero ciertos detalles me han hecho pensar que algunas de sus actividades podrían guardar relación con los crímenes. Para divertirse, se reúnen en la Piedra de la Ballena, entre otros lugares abruptos, al menos dos veces al año, coincidiendo con las noches de solsticio. Al grupo pertenecerían, entre otros, Elifaz Sumí, Daniel Fosco, Gastón de Born y el hijo del farero, un tal Heliodoro Zuazo, burlona mente apodado por sus camaradas como El Quemao. Sus propios colegas lo definen como una suerte de monstruo.

– Ah, esos payasos -sonrió Romero, con suficiencia-. Yo en su lugar no perdería ni un minuto con ellos.

– No he venido a perder el tiempo, sargento. Intento establecer vínculos en una comunidad humana entre la que se oculta un criminal. Le pondré un ejemplo. Elifaz Sumí es hijo del patrón que encontró los restos de Dimas Golbardo en la Piedra de la Ballena. Y, antes, el pasado verano, los de Pedro Zuazo, en Isla del Ángel. Los Hermanos de la Costa celebran sus orgías en esos lugares. En los mismos parajes que han servido de escenario a los crímenes.

El sargento emitió otra carcajada.

– ¡Los Hermanos de la Costa! ¡Por el mismo precio podrían hacerse llamar los Gilipollas de la Playa!

Romero celebró su propia gracia, pero Martina se mantuvo impertérrita. Cuando el sargento dejó de reír, y se hubo sonado la nariz con un pañuelo de dudosa blancura, se dirigió a él fingiendo humildad:

– Le quedaría muy agradecida si me cuenta lo que sabe de ellos.

Romero suspiró.

– Los Hermanos de la Costa, vaya por Dios. Ni siquiera sabía que se hicieran llamar así.

– ¿Nunca había oído ese nombre?

– No. Y ésta, subinspectora, es su última consulta por esta noche, recuérdelo. Estamos hablando, sin más, de una pandilla de chicos maleducados y demasiado aficionados al porro y al licor pendenciero. Algunos viven en Bolscan, pero, como usted parece haber averiguado, cada cierto tiempo se reúnen en Portocristo para hacer de las suyas. Cuando se ponen ciegos de marihuana y alcohol resultan difíciles de controlar. Varios de ellos han sido detenidos por escándalo público. La semana pasada, sin ir más lejos, Gastón, el hijo de Mesías de Born, el director de Ecos del Delta, durmió la mona en el calabozo. Unos vecinos lo denunciaron por pasearse desnudo en pleno paseo marítimo, a la luz del día. Con esas borracheras que se agarran, bebiendo y fumando marihuana toda la noche, no es raro que le den la vuelta al marcador. Mesías de Born, abochornado, vino a recoger a su hijo. Como no teníamos ropa de civil, mientras el chico roncaba a pierna suelta le pusimos un uniforme nuestro. No se imagina la que montó al despertar, cuando se le pasó la trompa.

Martina decidió que la aportación informativa del sargento merecía una sonrisa cortés. La ejecutó con diplomacia, percibiendo que Romero acababa de atisbarle los pechos a través del escote. Le pareció que ese gesto de familiaridad le daba derecho a formular una nueva consulta.

– ¿Conoce a Daniel Fosco, sargento?

Romero se rascó la nuca, exasperado.

– Está rompiendo nuestro trato, subinspectora.

– Oh, vamos, ayúdeme un poquito más. ¿Conoce a Daniel Fosco?

– Sí. ¿Y usted?

Martina encendió un cigarrillo con la brasa del anterior. Aspiró una profunda bocanada y retuvo el humo en sus pulmones.

– También es de Portocristo, según me dijo. Y otro de los Hermanos de la Costa. El segundo de la trinidad… ¿Trató usted al padre de Daniel Fosco?

Romero apeló a su paciencia. Que estaba a punto de acabarse.

– Un poco. Gabriel Fosco. El farmacéutico.

– ¿Se llevaba bien con su hijo Daniel?

– Con todo el mundo. Era hombre bondadoso, ascético. Y un sabio con las plantas. En una ocasión estuve en su rebotica. Tenía la trastienda repleta de frascos con semillas, raíces, bulbos, flores secas.

– ¿Quiere decir que era aficionado a la botánica, un naturalista?

– Eso es. Siempre estaba de excursión, por ahí, recogiendo especímenes.

Las estrechas fosas nasales de la investigadora expulsaron dos chorros paralelos de humo.

– ¿Gabriel Fosco, el padre de Daniel, murió ahogado?

– Cierto.

– ¿Accidentalmente, también?

El mando no vaciló:

– ¿Quién iba a desearle nada malo a un hombre como el boticario? ¡Si era un beato!

– ¿Como el capitán Sumí? -El sargento no contestó, hastiado; la subinspectora reincidió-: ¿Quién alertó de la desaparición del farmacéutico? ¿Fue su hijo Daniel?

De pésimo humor, el sargento frunció el ceño. Sus cejas, espesas y negras, casi llegaban a unirse sobre el puente de la nariz.

– No lo recuerdo. Alguien de su familia debió hacerlo, por supuesto. Su mujer, probablemente. Ocurrió… Sí, en las pasadas Navidades. Una patrulla encontró a Gabriel Fosco en las lagunas. No había señales de agresión. Todavía llevaba puestas sus botas de agua y el anorak que utilizaba para sus excursiones invernales. Pudo quedar atrapado en un lecho pantanoso mientras buscaba hacerse con nuevas especies.

La subinspectora aplicó una larga calada a su tabaco inglés. No había comido prácticamente nada desde el día anterior. Notaba el estómago como si fuera una bolsa de papel. Temía que, de un momento a otro, sus tripas comenzasen a gruñir en demanda de alimento. Sacó del bolso una barrita de cacao y se la pasó por los labios.

– Le propongo que hagamos un recuento de víctimas, sargento. Además de los dos últimos crímenes, todavía calientes, tenemos a un farero desnucado en Isla del Ángel y a otro hombre, Gabriel Fosco, el farmacéutico, ahogado en la marisma.

– Está viendo fantasmas, subinspectora. Sólo trabajaré sobre dos casos, recuérdelo: las muertes violentas, inducidas, recientes, de Dimas Golbardo y Santos Hernández. Los únicos casos que ahora mismo tengo sin resolver.

Como si no le hubiera oído, Martina preguntó:

– ¿Gabriel Fosco sabía nadar?

– Lo desconozco.

– Desde que el farmacéutico murió, ¿quién regenta la botica? ¿Su viuda?

– Así es. De Pascuas a Ramos, el hijo se persona por aquí para echarle una mano.

– ¿Daniel? No es posible. Vive en Bolscan. Es artista.

El sargento soltó un bufido.

– Eso dirá él, haciéndose la ilusión de ser un Dalí. No creo que haya vendido un cuadro en su vida. Tampoco es verdad que resida en Bolscan. Va y viene, según le da. Su madre acaba de despedir al mancebo que despachaba en la farmacia, por lo que ese maula de Daniel no tendrá más remedio que arrimar el hombro. Tampoco vaya a creer que tienen mucho trabajo. Aquí la gente es escéptica con los fármacos. Prefieren visitar a los curanderos de la sierra… ¿Se va?

Martina estaba recogiendo su gabardina y su sombrero.

– Ya le he distraído bastante. Tiene usted demasiados frentes abiertos. Debo buscar alojamiento. Creo que probaré en esa posada del Pájaro Amarillo regentada por la familia Golbardo. Estaremos en contacto. Porque somos un equipo, ¿no?

Romero asintió, con alivio. Casi no podía creerlo. Al fin iba a verse libre de aquella mujer.

– Por descontado, subinspectora. Una piña.

– Le llamaré.

– No se moleste en hacerlo antes del mediodía. Voy a estar muy ocupado.

– Creí que se sentía exhausto.

Romero le destinó una mirada admonitoria.

– Descansaré cuando hayamos solucionado los crímenes.

– Que tenga suerte.

– Lo mismo le deseo.

Martina abandonó el cuartelillo y salió a la noche. Miró el reloj. Eran las tres y media de la madrugada del martes 20 de diciembre. Se acercó al carro de Santos Hernández y acarició al caballejo. La galera estaba vacía, con unas pocas briznas de paja pegadas al fondo. Las ruedas del carromato eran anchas, con gruesos radios y llantas reforzadas por una banda de hierro remachada con clavos cuadrados.

La subinspectora tomó unas fotos del carromato y del dibujo de las llantas y empezó a desandar el camino en dirección al pueblo.

Portocristo se recortaba como una sombra encastillada contra la luna enferma que blanqueaba el arenal.

20

En la cumbre del acantilado, el viento soplaba con fuerza. Martina arribó a la posada helada hasta los huesos. Llamó al timbre, esperó a que le abrieran y entró a una sombría recepción.

– Necesito hospedaje. Me han recomendado este establecimiento.

La macilenta figura de un hombre mayor cerró la puerta.

– ¿Viene recomendada? ¿Puedo saber por quién?

– Por el sargento Romero, de la Guardia Civil. ¿Tiene habitación?

– Lo comprobaré.

El posadero pasó detrás del mostrador y abrió el libro de reservas. Martina se dio cuenta de que esa semana de diciembre estaba en blanco. Sólo había registrado un nombre, inscrito en torpes mayúsculas que ella pudo leer al revés: Carlos Martel.

– Ha tenido suerte. Me queda una, en la primera planta. Con vistas al mar y a la sierra.

– Estoy segura de que me gustará.

Colgada en la pared, bajo un aplique de luz, destacaba una antigua fotografía. Una hilera de niños posaba delante de un aeroplano, en compañía de un piloto con polainas y gafas de aviador. De la mano del piloto se veía a una sonriente niña, de unos ocho o nueve años, con un menesteroso vestido y traviesos bucles enmarcando su carita de ángel.

La subinspectora comentó:

– Qué foto más curiosa.

– Cierto. Suele llamar la atención. Pero yo no puedo contemplarla sin que se me salten las lágrimas.

– ¿Por qué lo dice?

– Porque ese niño de la izquierda, el que se apoya en la hélice, era mi hermano Dimas, que en paz descanse.

– ¿Dimas Golbardo? En el pueblo dicen que…

– La verdad. Que lo han asesinado.

Martina fingió un horrorizado asombro.

– ¿Asesinado?

– Digo mal. ¡Lo han cuarteado, descoyuntado! Lo han… La subinspectora guardó una respetuosa pausa, antes de inquirir:

– ¿Es usted pariente suyo?

– Su hermano menor. Alfredo. Deberíamos haber cerrado el establecimiento, pero en honor a Dimas decidimos mantenerlo abierto. Él lo hubiese preferido.

– ¿Su hermano era el dueño de la posada?

– Nos pertenecía a los dos.

– Lo siento mucho.

– Agradecido -murmuró Alfredo Golbardo, secándose los ojos con la manga del jersey-. Quiera el justo Dios que atrapen pronto a ese mal nacido.

– ¿Quién ha podido hacer una cosa así?

El posadero se santiguó.

– El diablo. ¿Quién, si no?

Martina lo dejó con sus fúnebres reflexiones y subió a su habitación. La monacal alcoba, con suelos de loza, era muy amplia. Una cama con almohada de lana apoyaba en la pared su cabecero de forja. No había televisión ni teléfono. En el descomunal armario de roble se habría podido ocultar un cadáver.

El cuarto de baño estaba forrado en teca, como un camarote. Martina se quitó la ropa y se sumergió en una ducha caliente que inundó de vapor sus dos dependencias. Tuvo que abrir las ventanas y desempañar el espejo frotándolo con una toalla. Afuera, la oscuridad era absoluta. Silbaba el viento, y el mar golpeaba las rocas con un sostenido fragor.

Luego se tumbó desnuda sobre la cama y abrió el libro de Elifaz Sumí, La herida celeste. Una cita de Ezra Pound iluminaba la página de respeto: «Y si una nota falsa el tímpano golpea, al instante este paraíso se precipita hacia la nada.» Leyó varios poemas seguidos, pero ni el ritmo ni las imágenes lograron despertar su interés. En contraste con la temerosa personalidad que su autor había manifestado en su casa, las estrofas de Elifaz Sumí le parecieron pretenciosas, hueras. Eran versos a un amor no correspondido, lamentos y súplicas dirigidos a una mujer ideal que, al parecer, ignoraba o menospreciaba al autor.

Dejó a un lado La herida celeste y se dispuso a leer los cuentos de Gastón de Born, que había hojeado superficialmente en el ferry. Contrariamente a lo que le había sucedido con las composiciones poéticas de Elifaz Sumí, muy pronto el contenido de esas páginas la sumergió en un estado de ansiedad.

Las narraciones de Los Hermanos de la Costa y otros relatos de terror estaban relatadas en primera persona. Sus protagonistas eran jóvenes asesinos cortados por un mismo patrón. Las invariables víctimas eran sus padres. Gastón de Born había ambientado sus sanguinarios argumentos en las marismas de Portocristo, transformadas por su pluma en tenebrosos lagunares animados por amenazas ocultas, por seres abocados al rencor, al odio, a la sed de venganza. En el libro, escrito con vigor, y con un cierto estilo, no había caracteres femeninos. Ni uno solo. Ninguna mujer.

Los relatos de Gastón de Born carecían de título. El primero de ellos arrancaba con la siguiente frase: «La noche en que por fin maté a mi padre, sentí tanto placer que me consideré desdichado por no haberlo hecho antes.»

Martina leyó el libro hasta su última línea, tomando algunas notas sobre cada uno de los cuentos, hasta que se reafirmó en que todos obedecían al mismo esquema, el de un hijo desdichado que acababa matando a su padre en rebelión contra su despótica autoridad.

Después, aunque ya lo había expurgado, volvió a sumergirse en el catálogo de Fosco, Insania.

Alguien, cuya firma no constaba en parte alguna, había compuesto unos breves textos, cuyo estilo recordaba al de los relatos de Gastón de Born, para acompañar a las ilustraciones. El tormento estaba presente en la totalidad de ellas, pero la expresión de los desnudos mártires que soportaban el castigo era casi feliz, como si a través del dolor hubiesen alcanzado el éxtasis.

Los ojos se le cerraban. Encendió un cigarrillo para intentar mantenerse despierta, pero al poco rato se quedó dormida con el libro de Fosco abierto a un lado de la almohada.

21

Una serie de furiosos ladridos la despertó a eso de las ocho de la mañana. Apenas había dormido cuatro horas. Se cambió y bajó a la recepción. La cocina estaba cerrada, pero un legañoso Alfredo Golbardo accedió a prepararle unos huevos fritos que le supieron a gloria. En el vacío comedor, de ambiente marinero, la subinspectora se sorprendió devorando con ansia, hasta mojar el pan en un resto de aceite y deliciosas yemas. En cuanto terminó su desayuno, se dirigió a recepción y ofreció un cigarrillo al menor de los Golbardo. Alfredo lo aceptó con temblorosos dedos.

– Quisiera ver esa fotografía de cerca, si no le importa -dijo la subinspectora, aludiendo a la imagen que decoraba la pared, junto al cajetín con las llaves de las habitaciones.

– Claro que no.

Martina pasó al interior del mostrador. La foto que la noche anterior había despertado su interés era de color sepia. La suciedad velaba el cristal.

– Debieron hacerla con una de esas antiguas cámaras de magnesio.

Alfredo había vuelto a abismarse en el acta de pésames. No se había afeitado. Era evidente que no había conseguido descansar.

– La máquina del pajarito, la llamaban.

Martina sonrió.

– ¿Es usted alguno de esos niños?

– No. Yo acababa de venir al mundo cuando el Pájaro Amarillo, el primer artefacto volante en acometer la ruta transatlántica, ese cacharro que ve usted ahí, tuvo que aterrizar de emergencia en nuestras playas. Creo que fue en 1929. Mi hermano Dimas me llevaba diez años. En esa foto, él debía tener alrededor de doce. Yo todavía estaría en pañales.

– ¿Quiénes son los otros chicos?

Sin necesidad de contemplar la imagen, Alfredo recitó, dándole la espalda:

– Rapaces del pueblo. Mesías de Born, el del pelo a cepillo. Gabriel Fosco, con esos anticuados bombachos. Pedro Zuazo, que a falta de algo mejor se haría farero de Isla del Ángel. Antonio Cambruno, el más serio, el juez. Y José Sumí, el capitán. Que siempre fue el jefe.

– Quizá le estoy despertando malos recuerdos.

– Todo lo contrario, señorita.

– ¿Cómo sabe que no estoy casada?

Alfredo se volvió con una sonrisa conspicua.

– Cuando una mujer tan guapa viaja sola…

Martina le interrumpió:

– Hay una niña en la foto. ¿Quién es?

El posadero se frotó los párpados, pero no se giró.

– Sara María Golbardo, mi prima hermana. Corriendo el tiempo, llegaría a casarse con José Sumí. Murió hace unos años, la pobrecilla. Ahogada en los canales. Y eso que era una gran nadadora. Tenía que haberla visto buceando en los acantilados. Bajaba a pulmón hasta los criaderos de langostas. Ahora mismo la estoy contemplando con su bañador de cintas y aquellas lentes de buceo que se le enredaban en los tirabuzones… Y estoy viendo al capitán Sumí, muchos años después, con el cadáver de Sara María en brazos, entrando en la bahía a bordo de La Sirena… A veces pienso que ésta es una tierra maldita. Maldita por la misma muerte, mil veces maldita…

Martina abandonó la posada y, a buen paso, se dirigió al pueblo. La mañana era brumosa, fresca y gris, con grandes y pesadas nubes moviéndose sobre el plomizo mar. La parte antigua de Portocristo se cerraba en un laberinto de casas de piedra tan pegadas unas a otras que los vecinos podrían pasarse la sal a través de las ventanas. La niebla apenas permitía ver los tejados.

La sede del Juzgado se alzaba en la plaza José Antonio Primo de Rivera, junto al Ayuntamiento. Según pudo comprobar Martina, algunas de las calles principales de Portocristo continuaban ostentando los preconstitucionales nombres de Francisco Franco o Millán Astray. A la subinspectora le pareció como viajar hacia atrás por el túnel del tiempo.

Un ordenanza le informó de que el señor juez no se había presentado aún. Tras identificarse, Martina insistió en que debía entrevistarse con él por un asunto de la máxima urgencia, y solicitó sus señas particulares. El conserje vaciló. Como ella porfiase, y de una manera que al ordenanza le resultó perentoria, decidió consultar con el secretario, Luis Gámez, un funcionario de unos cuarenta años, con entradas en la frente y un apagado traje de color nazareno, quien accedió a proporcionarle la dirección de Cambruno.

– El señor juez vive en la plaza 18 de Julio. Justo encima del periódico local, sin pérdida posible.

Martina sacó la pitillera y encendió un cigarrillo. No se tomó la molestia de ofrecer a su interlocutor.

– ¿Es cierto que no tiene teléfono en su domicilio particular?

El secretario hizo un gesto de resignación.

– El señor juez es así.

– ¿Cómo dan con él cuando hay una emergencia?

– Es persona de costumbres fijas. Siempre sabemos dónde encontrarle.

La subinspectora se despidió con sequedad del secretario Gámez y abandonó el Juzgado. Un dédalo de callejuelas la desorientó. Le llevó un rato localizar la plaza 18 de Julio. Una vez en su perímetro distinguió enseguida el rótulo de Ecos del Delta, cuya redacción ocupaba la primera planta de la casa más alta.

No había ascensor. Martina atacó las escaleras. A la altura del entresuelo se detuvo porque había oído voces en el piso superior, el que debía corresponder a la gaceta comarcal.

En ese momento, la puerta de la redacción se abrió para dar salida a un hombre de majestuoso aspecto, con abrigo de paño y melena blanca, y, detrás de él, a un muchacho con el pelo largo y rizado, y aspecto de reportero, que llevaba una cámara de fotos en bandolera.

Ambos se detuvieron en el rellano y comenzaron a discutir agriamente. La subinspectora retrocedió unos peldaños, pegándose a la pared para impedir que su presencia fuese advertida. Pudo escuchar cómo el hombre mayor, en tono áspero, se dirigía a gritos al más joven.

– ¡Estoy harto de ti, Gastón! -Vociferaba el viejo-. ¡De tus borracheras y de tus impresentables amigotes! ¡Harto de que me pongas en evidencia y me avergüences ante la gente de bien!

La réplica de Gastón se desgranó en un murmullo ronco:

– No tienes por qué aguantarme, padre.

– ¡Lo hago porque eres mi hijo, pero te juro que si vuelves a montar un escándalo más, uno solo, te echaré de mi casa! De momento, voy a imponerte un castigo que no olvidarás. ¡Presentarse ebrio a trabajar! ¡Y en el aniversario de la muerte de tu madre! ¡Hasta aquí podríamos llegar! No quiero que vuelvas por la redacción, Gastón. Eres un mal ejemplo para el resto del personal. Ahora vete a donde te dé la gana, hasta que se te pase la trompa. No hace falta que me acompañes al cementerio. A tu madre no le gustaría verte en ese estado. ¡Borracho!

El padre comenzó a descender las escaleras. En el vestíbulo se cruzó con Martina de Santo, que fingía comprobar los buzones.

– Tenga usted buenos días, señora -la saludó el hombre de la melena blanca. A pesar de su esfuerzo por mostrarse cortés, seguía bajo los efectos de una notoria alteración.

– Discúlpeme. ¿El domicilio del juez Cambruno, si es tan amable?

– Tercer piso, izquierda.

– Gracias.

– A sus pies, señora.

Martina supuso que aquel alto y venerable caballero bien podía encarnar a Mesías de Born, el director de Ecos del Delta. Siguió subiendo las escaleras. Gastón se había derrumbado sobre uno de los peldaños. No se levantó ni se apartó para cederle el paso. La subinspectora lo orilló. El muchacho tenía la mirada surcada de rojas venillas, y el crapuloso aspecto de quien lleva demasiado tiempo sin dormir.

Dos plantas por encima de la redacción, Martina oprimió un timbre junto a una abrillantada chapa de níquel en la que podía leerse el nombre del juez.

Una anciana decrépita, con la espalda deformada por una joroba, le abrió la puerta. La subinspectora fue invitada a pasar al vestíbulo, tan oscuro y húmedo como la caja de escaleras.

Desde el fondo del pasillo se oyó una voz masculina.

– ¿Quién es, mamá?

Como si estuviera sorda, la anciana se limitó a dirigir una seña a Martina y a precederla por el corredor.

El juez estaba sentado en su biblioteca, desayunando. Una bata de lana abrigaba su cuerpo enjuto. La invitó a sentarse, pero la subinspectora prefirió permanecer en pie, cerca de una mesa camilla envuelta en una atmósfera de calor debido a la combustión de un brasero de carbón. El despacho, atestado de libros jurídicos, olía a tabaco de pipa. «Y a vejez», pensó Martina.

Sin mayores rodeos, la subinspectora expuso al titular del Juzgado de Portocristo los motivos de su desplazamiento.

– El comisario Satrústegui me informó ayer de su llegada -dijo el juez-. Le respondí que su concurso no era necesario, pero él persistió. No conozco al comisario en persona, pero me pareció un hombre constante, inmune al desánimo. De hecho, estuvo llamándome toda la mañana, hasta que dio conmigo.

– La gravedad de los casos justificaba su insistencia -arguyó Martina, con aspereza.

– Tal vez -concedió el juez-. Es evidente -sostuvo mientras bebía a sorbitos su taza de té y secaba con pulcritud sus cárdenos labios-, que se trata de sendos crímenes. Dimas Golbardo y Santos Hernández han sido asesinados, pero aún no sabemos por quién ni por qué.

– La Guardia Civil no baraja ningún sospechoso. ¿Tampoco usted?

– No, tampoco yo.

– ¿Dimas Golbardo, el pescador, era un hombre conflictivo? ¿Tenía enemigos? ¿Alguien que le odiase lo bastante como para atormentarlo hasta la muerte?

El juez descartó esa posibilidad.

– ¿Conflictivo, Dimas? Un evangélico varón, eso es lo que fue durante toda su existencia. Que debería haber sido más larga, si en este mundo existiera caridad… No… Jamás le oí discutir. Ni siquiera cuando perdía al dominó.

El juez sonrió con amargura. No se había afeitado; la piel de su cara amasaba una blanquecina tirantez, como si nunca la expusiera al sol ni a la brisa de la costa.

– Dimas solía integrar nuestra partida de la Casa del Mar, los domingos por la tarde. Siempre era puntual. Antes de ayer, sin embargo, no acudió a nuestra cita habitual. Pensé que estaría enfermo, que habría sufrido otro de sus agudos ataques de artritis. Pero cuando, por la noche, me convocó el sargento, y encontré a mi compañero de partida tirado en el muelle, despedazado, muerto… Dios misericordioso… ¡Habría estrangulado con mis propias manos a quien lo masacró de ese modo!

Cambruno elevó hacia el techo sus flacos brazos, que temblaron a través del batín. La subinspectora dudó que con ellos pudiera causar el menor daño a nadie. El juez se santiguó, lo que pareció sosegarle. Después eligió una magdalena, la despojó con ceremonia de su envoltorio y la empapó en el té.

– ¿Gusta?

Martina rehusó la invitación.

– ¿Ha desayunado?

– En la posada. Que regenta, por cierto, un hermano de Dimas.

El juez masticaba. Hasta que no se hubo limpiado las migas de la boca, no habló.

– Alfredo, sí. Es un simplón, pero buena persona. Aquí la gente es sencilla. Por encima de todo, esté usted segura de una cosa, subinspectora: ningún vecino de Portocristo pudo haberlo hecho. Ni en un caso, ni en el otro. Tuvo que ser alguien de fuera. Uno de esos narcotraficantes que desembarcan alijos de cocaína. Un preso fugado. Un extranjero. Pero, no, nadie de aquí.

– ¿Por qué está tan convencido?

– Porque conozco la villa en la que nací. Soy portocristiano por los cuatro costados. ¿Sabe? Ese amor a mi tierra fue uno de los impulsos que me hizo optar por la judicatura. Estudié Derecho en la facultad de Bolscan, pero durante décadas no llegué a ejercerlo. Tuve que hacerme cargo de mi madre. Hace tantos años que se encuentra mal, la pobre, que no descartaría que acabe por enterrarme. Está sorda, reumática y enferma del corazón, pero goza de una salud de hierro. En fin… Me ocupé de un negocio familiar hasta que, vencidos los cincuenta, y cansado, como tantos otros convecinos, de esos jueces jovenzuelos que sólo paraban por aquí para medrar, me animé a desempolvar los libros de leyes. Aprobé la oposición y ocupé una plaza que nadie pretendía. Soy juez de instrucción de Portocristo desde hace una década, por eso sé muy bien de lo que le estoy hablando. Ninguno de nuestros ciudadanos acabó con las vidas de Dimas Golbardo y Santos Hernández. Tuvo que ser un forastero.

– Plantea usted una visión idílica del pueblo, pero aquí hay traficantes de drogas, aunque sea en pequeña escala. Y, existe, por lo menos, un burdel.

Cambruno carraspeó.

– ¿Se refiere al Oasis?

La subinspectora asintió.

– ¿Qué me dice de una mujer llamada Rita Jaguar?

El juez Cambruno se pasó los dedos por las cejas.

– ¿Por qué lo pregunta?

– Simple curiosidad femenina.

– Regenta el club, ese prostíbulo de mala muerte. Ha sido detenida en alguna ocasión, pero nunca por un período superior a veinticuatro horas. Si por mí fuere, hace tiempo que ese lupanar se habría clausurado. Usted sabe que la prostitución se mueve en un terreno legal muy ambiguo. Sin embargo, a instancias mías el sargento Romero ha practicado varios registros. Y no serán los últimos.

– Tengo entendido que esa mujer, Rita Jaguar, procede de Bolscan. Bailaba en un cabaret, allá por los años cincuenta.

– No lo sabía. No alterno en su local, como puede imaginar.

– Ya lo supongo. Decía usted que la Guardia Civil ha registrado ese establecimiento. ¿Encontraron drogas?

– No.

– ¿El local está en regla, paga sus impuestos, garantiza la atención médica de sus trabajadoras?

– ¿Ahora se llaman así? -ironizó Cambruno.

Martina pensó en los nombres de las calles del pueblo. En cómo la historia parecía haberse detenido en ellas, y en aquel retrógrado juez.

– ¿No opina que esas mujeres cumplen una función social?

– Vamos, subinspectora, no me obligue a teorizar sobre la sociedad en que vivimos. De ninguna manera puedo aprobar ese perverso esparcimiento. Una de mis obligaciones, judiciales y cristianas, consiste en contribuir a depurar las costumbres.

Crispada por la oratoria del juez, Martina propuso:

– Cambiemos de tema.

– Se lo agradeceré.

– ¿Dimas Golbardo hizo testamento?

Cambruno estaba manipulando una cucharilla de plata. Rescató de la taza un pedazo de magdalena, lo engulló y volvió a secarse los labios. Terminó su taza y procedió a armar meticulosamente una pipa.

– No. Según su hijo, Teo, que está muy afectado, por cierto, el difunto ni siquiera se planteó la conveniencia de formalizar su última voluntad. Verá, subinspectora, aquí la gente es muy poco dada a esa clase de previsiones. No se imagina la cantidad de herencias intestadas que acaban en litigios familiares. Lo único que, de manera verbal, Dimas Golbardo había expresado a los suyos, fue su voluntad de ser enterrado en Isla del Ángel, en lugar de en el camposanto moderno, que opera en las afueras del pueblo desde hace sólo un lustro. El nuevo cementerio municipal se construyó para evitar las molestas travesías hasta la isla, pero la mayoría de los ciudadanos, a la hora de presentar cuentas ante el juez supremo, siguen prefiriendo el peñón, haciéndose acompañar en el sueño eterno por las tumbas de sus mayores. Si le digo la verdad, a mí tampoco me importaría que me sepultasen en la roca. Isla del Ángel es un lugar muy agreste, pero tiene su encanto. Le recomiendo que no deje de visitarla.

La subinspectora aseguró que pensaba hacerlo. Después preguntó:

– ¿Alguien ha reclamado el cadáver de Santos Hernández?

– No. Vivía como un hurón, y lo mataron igual que a un perro. No me había recuperado aún de lo de Dimas cuando la Guardia Civil me trajo a ese pobre diablo atravesado por un arpón. Hubo que arrancárselo del pecho en la lonja de pescadores. Fue algo dantesco. La sangre le brotaba a borbotones, como una fuente.

La subinspectora expresó su interés por examinar los cadáveres. El juez le informó:

– Los hice trasladar a la funeraria. Sólo hay una, en la calle Mayor. Me queda de camino al Juzgado. Puedo acompañarla, si lo desea.

Martina le agradeció la deferencia. Cambruno anunció que iba a vestirse y desapareció por un pasillo. La subinspectora quedó sola en el salón.

Mientras esperaba, se puso a curiosear las estanterías, agobiadas de libros jurídicos, pero también de novelas de evasión, en su mayoría de intriga criminal. En un rincón de la librería había una muñeca de trapo. Tenía el pelo castaño y un vestidito largo, de algodón, con una lazada roja. Los ojos eran dos puntos de lana. Una luna en cuarto menguante le dibujaba la sonrisa. Martina cogió la muñeca y la sostuvo en las manos. Por alguna razón, se sintió extrañamente conmovida. Acababa de dejarla en su sitio cuando oyó un ruido a su espalda. Se volvió, con el corazón latiendo deprisa, como si la hubieran sorprendido en una falta. Embutido en un traje príncipe de Gales, el juez la observaba con severidad, desde la puerta. Cerrando el cuello de su camisa destacaba una pajarita de terciopelo. Se había afeitado y peinado hacia atrás el canoso pelo.

– ¿Le atrae la literatura, subinspectora?

– Desde luego.

– ¿La intriga policial, quizá?

– Prefiero otros géneros.

– Me encantan las novelas policíacas. Ya sé que no son reales, pero a menudo plantean esquemas psicológicos de notable interés. Tengo que confesarle que casi nunca adivino la identidad del asesino. Supongo que eso me inhabilitaría para llegar a ser un perspicaz detective, como tengo entendido que es usted. Si desea algún libro, puede cogerlo. Ya me lo devolverá.

– Estos días no tendré tiempo para leer. Podemos irnos, si está listo.

Bajaron las escaleras, apoyándose en un bastón, el juez. Dos plantas más abajo, el joven reportero de Ecos del Delta continuaba en el mismo lugar. Se había quedado dormido, con la cabeza apoyada sobre uno de los fríos peldaños. Tiritaba. El juez le rozó con la contera de su bastón.

– ¿Gastón?

El chico se hallaba semiinconsciente. Cambruno masculló:

– Qué juventud. Todo es libertinaje. Y lo que mal empieza, mal acaba. Nada me extrañaría que este desgraciado muchacho termine sentándose en un banquillo, frente a un tribunal. Su padre, Mesías de Born, tuvo que ir a rescatarlo recientemente del calabozo. Está advertido, pero no puede con el chico. Desde que murió su madre, Gastón anda por el mal camino. Mesías ha sido demasiado blando con él, y, ahora que pretende mostrarse autoritario, ya es tarde. Pena me dan los dos.

Martina se ratificó en que aquel Gastón de Born no podía ser otro que el autor de la crónica de la muerte de Pedro Zuazo, así como del libro de relatos cuyos argumentos denotaban una imaginación enfermiza, fuera de lo común, una obsesiva creatividad en torno al parricidio.

Cambruno abrió la puerta de la calle. Un haz de luz le aclaró la mirada.

– Convendrá conmigo, subinspectora, en que no existe oficio tan duro e ingrato como el de padre. Ni siquiera el de juez. Y se lo dice alguien que no ha tenido hijos. Creo que nunca hubiera podido soportar que me tratasen como a un rival. O como a un enemigo.

22

Salieron a la plaza. La subinspectora tuvo que acoplarse al ceremonioso paso del juez. Algunos vecinos saludaron a Cambruno con el debido respeto. A una velocidad que exasperó a Martina, recorrieron el laberíntico barrio del Mercado, hasta la más ancha y recta calle Mayor.

La funeraria se acogía a un eufemístico rótulo: La Buena Estrella. En su escaparate se exhibían distintos modelos de ataúdes y lápidas. Las coronas de flores de lis estaban de oferta.

Cambruno agitó una campanilla que colgaba sobre el tirador. Les recibió el dueño, un individuo de cabello incoloro, alto y cargado de hombros, ataviado con un guardapolvo y un absurdo pantalón verde quirófano.

– De nuevo por aquí, Sobrino. En tareas de reconocimiento.

– Está usted en su casa, señor juez.

Cambruno empezó a descender los peldaños de una cripta excavada en roca viva. La subinspectora bajaba tras él. Preguntó:

– ¿Se va a practicar la autopsia a los cadáveres?

– El hijo de Dimas, Teo, se ha negado en redondo-reveló el juez, mientras el lúgubre Sobrino, deslizándose como a impulsos de su grupa, procedía a conectar una serie de interruptores; desde las telarañas de la bóveda, tubos fluorescentes irradiaron una intensa luz blanca-. Caso contrario, tal vez habría autorizado el traslado al tanatorio de Bolscan, pero, en honor a la verdad, esa medida no me pareció imprescindible. Según el doctor Ancano, la autopsia de Dimas Golbardo, que por otra parte, y no lo interprete como una muestra de humor negro, ha venido a practicársela su sádico asesino, no nos revelaría nada más sobre los traumatismos de su muerte. En cuanto a Santos Hernández… La causa de su óbito también es obvia, subinspectora. Compruébelo usted misma.

La temperatura en la cripta era gélida. Martina pensó que ese frío hálito cuadraba bien a la muerte.

Cubiertos por lienzos, los cuerpos sin vida de Dimas Golbardo y Santos Hernández yacían sobre una ancha mesa de acero.

A pesar de la nube de pegamento y formol que flotaba en el subterráneo, y de un vago perfume a cera quemada, o a flores muertas, el olor a carne en descomposición, sin resultar insoportable, se percibía. Arrugando la nariz, el magistrado decidió permanecer a cierta distancia, junto al inexpresivo embalsamador.

En primer lugar, la subinspectora examinó las ropas y objetos personales. Apilados en dos montones, los haberes de ambos difuntos descansaban en cajas de cartón. El pantalón de Dimas Golbardo, la única prenda suya que se había podido conservar, junto con un raído calzoncillo de algodón, estaba manchado de sangre. Asimismo, la sangre había salpicado la camisa de Santos Hernández, aunque sus pantalones y zapatillas, según especificó el juez, aparecieron secos y en buen estado. Las zapatillas eran unas deportivas bastante nuevas, con cierre de velcro y un dibujo de rombos mallados en las suelas de goma. Dentro de la cartera de Santos había un carnet de identidad, caducado, una estampita de la Beata Escolástica, patrona de Portocristo, y cinco arrugados billetes de mil pesetas.

– ¿Esto es todo? -Preguntó Martina-. ¿No encontraron nada más? ¿Anillos, monedas, llaves, medallas?

– Santos Hernández solía lucir un cordón de oro -apuntó el juez-, pero no ha aparecido. Se lo hurtarían.

– Siempre iba despechugado -agregó el embalsamador-, haciendo ostentación.

La subinspectora concedió un desdeñoso interés a este último comentario. Abrió su maletín, se dirigió a la mesa de acero y retiró las sábanas para iniciar el análisis de los restos.

Decidió comenzar por Dimas Golbardo, cuyas heridas habían sido suturadas con hilo quirúrgico.

La larga cuchillada del vientre y las torpes costuras de las articulaciones cercenadas deparaban una repulsiva visión. Martina pensó en un desmadejado muñeco de guiñol, en un roto títere.

El intestino grueso se conservaba a la vista, en un rincón, bajo la pila de un lavabo. Alguien lo había introducido en un recipiente colmado de líquido conservante. Encima de su hermético cierre, un vulgar frasco de vidrio contenía los globos oculares, que le habían sido limpiamente extirpados. La subinspectora observó que para ese cometido se había reciclado un bote de tomate envasado. Reprimiendo un comentario irónico, tomó fotos desde distintos ángulos. Redactó algunas notas en su libreta y pidió ayuda al silencioso dueño de la funeraria, a fin de invertir la posición del cadáver.

La espalda, los glúteos y la cara posterior de las piernas no presentaban otras heridas.

El cadáver volvió a quedar en posición supina. Tras un minucioso recorrido visual por la superficie de su piel, la subinspectora reparó en unos rasguños bajo la tetilla derecha de Dimas Golbardo. Diminutas marcas en forma de un ocho tumbado, o de dos eses mayúsculas, trabadas y cruzadas entre sí. Tan superficiales, que su trazado no había traspasado el subcutáneo. Podían haber sido grabadas con la punta de un cuchillo, o tal vez con un instrumento más fino.

– ¿Había reparado en esas incisiones, juez?

Cambruno sacó de un estuche unas gafas de pasta y se inclinó sobre el tórax del muerto.

– No, no me fijé. Curioso.

– No tiene sentido que se las hiciera él mismo. Evidentemente, pretenden comunicar algo. ¿Qué le sugieren?

El juez aproximó la vista a escasos centímetros de las leves señales. El rigor mortis había extendido franjas azuladas por los cerúleos costados del pescador.

– Podrían ser un par de víboras reptando por la arena. Un pez. O las olas de un mar. Como esas olas de los retablos medievales. Un mar de Galilea sobre el que caminase nuestro Señor Jesucristo.

La subinspectora notó que el aire helado se le encogía en los pulmones. Acababan de asaltarle imágenes de los cuadros de Daniel Fosco. Mártires, santos, profetas. Esotéricos ecos de una religión pervertida.

– O el símbolo del infinito -apuntó la subinspectora.

– También -concedió el juez.

– ¿La firma del asesino, quizá? -sugirió Martina.

El juez guardó un prolongado silencio. La subinspectora estaba tomando nuevas fotografías. La flatulenta sonrisa de Daniel Fosco seguía flotando delante de ella, en el espacio frío y vacío de la morgue. Intentó apartar al pintor de su mente.

– ¿Había visto con antelación esas marcas, juez?

– No, ya le digo.

– ¿Tampoco en el cadáver de Gabriel Fosco, el farmacéutico que resultó ahogado en la pasada Navidad?

Cambruno carraspeó, contrariado.

– Acaba de fallar el tiro, subinspectora. Aquel caso no presentaba complicación, lo recuerdo bien. Los síntomas de ahogamiento eran palpables. No concurrió violencia externa. Sin albergar la menor duda sobre la causa del deceso, ordené su inhumación. ¿Por qué lo pregunta? ¿No estará pensando que la muerte de esa excelente persona que fue Gabriel Fosco pueda guardar alguna relación con estos trágicos asesinatos?

– Tal vez. Los tres eran varones en edad madura. Los tres han perdido la vida en las marismas en un corto intervalo de tiempo. ¿Existían entre ellos vínculos que puedan ayudarnos a establecer un móvil común?

El juez se quitó las gafas y adoptó un tono sentencioso.

– Dimas Golbardo y Gabriel Fosco eran amigos de toda la vida, pero eso ¿qué prueba? Con Santos Hernández no creo que mantuvieran lazos ni obligaciones de ningún tipo. Que Dimas Golbardo y Santos Hernández han sido asesinados resulta tan obvio como el hecho de que Gabriel Fosco falleció de modo fortuito. Opino que este punto debería quedarle perfectamente nítido, subinspectora.

Martina ajustó un teleobjetivo, disparó el flash e inquirió:

– ¿Dónde está enterrado Gabriel Fosco? ¿En Isla del Ángel?

– Así es.

– ¿Quién lo decidió?

– Su viuda, María, y su hijo Daniel.

Martina respiró hondo. Tuvo la sensación de que el oxígeno se le solidificaba en el pecho.

– ¿Qué respondería si le solicito formalmente una orden de exhumación del cadáver de Gabriel Fosco?

El juez hizo un molinete con las gafas.

– Podría usted tramitarla, desde luego, pero si a sus sospechas no añade hechos probados me ampararé en mi potestad de negársela. No existen motivos para alarmar a la población.

Martina esbozó una mueca sarcástica. Dio la vuelta a la mesa y se concentró en el cadáver de Santos Hernández, bastante más corpulento y obeso que el de Dimas Golbardo.

Una costura irregular, con los bordes tumefactos, se extendía desde su clavícula izquierda hasta las costillas flotantes, atravesando en zigzag la piel que había cubierto el corazón. El arponazo había causado una herida circular del tamaño de un puño. En esa zona había sido necesario coser con doble hilo. «O remendar, más bien», pensó Martina, a la vista del grotesco resultado.

– ¿Le parece a usted un argumento menor, juez? Quien haya cometido estos salvajes crímenes anda en libertad. Llevando una vida normal, seguramente. ¿Volverá a matar? ¿Lo hará pronto? ¿Puede usted ofrecer garantías a la población, a fin de no alarmarla, de que nada de eso va a ocurrir de nuevo?

Había levantado la voz, lo que debió molestar al magistrado. Apoyado en su bastón, Cambruno permaneció tras ella, amparándose en una reserva hostil. Martina pidió unos guantes desechables, que Sobrino, sin pronunciar palabra, se demoró en prestarle, seleccionándolos con equina lentitud de una vitrina donde se alineaban sus pócimas e instrumentos de momificar.

La subinspectora se puso los guantes y fue palpando con detenimiento el velludo pecho de Santos Hernández, hasta separar con sumo cuidado los bordes de la herida mortal.

– ¿Y el corazón?

– Quedó como un colador -dijo Sobrino-. He rellenado estéticamente el hueco. No era imprescindible, y tampoco resulta barato, pero me precio de ser perfeccionista.

Martina le dedicó una sonrisa glacial.

– Veo que disfruta con su oficio. ¿Cuál es su nombre?

– Juan Sebastián Sobrino.

– ¿De qué manera le llaman sus amigos, si es que tiene usted alguno?

Tragándose la humillación, el propietario de la funeraria repuso:

– Por lo común, Sebastián.

– Encantada, Sebastián. Ayúdeme otra vez a incorporar el cadáver.

Los restos de Santos Hernández quedaron en decúbito prono. En la parte posterior del tronco, al margen del gran desgarro, toscamente cosido, ocasionado por la punta del arpón al horadar la espalda, no había incisiones ni heridas. Insatisfecha, Martina procedió a examinar el cuerpo con una atención microscópica, deteniéndose en cada pliegue de la piel, en las orejas, en las uñas, en el falo, que colgaba a un lado, y cuyo balano procedió a retirar, enrollándolo delicadamente con el pulgar y el índice. No dejó de escrutar los testículos, ni el orificio anal.

En la planta del pie izquierdo descubrió dos serpenteantes marcas, hechas con el mismo finísimo instrumento que se había utilizado para grabar la piel de Dimas Gol bardo. La subinspectora comprendió en el acto que esa prueba vinculaba ambos asesinatos, modificando su teoría inicial.

– Un ocho tumbado, un pez, o bien otras dos eses mayúsculas cruzadas entre sí -murmuró-. Como sus iniciales, señor Sebastián Sobrino.

El embalsamador abrió la boca, lívido, pero nada llegó a decir. La subinspectora fotografió repetidamente el enigmático icono y se situó luego junto al primer cadáver, el de Dimas Golbardo, para concentrarse en sus manos. Restos de un polvo mineral habían quedado adheridos a las uñas. Martina tomó una muestra. Después, con ayuda de una linternita, examinó su garganta. Hizo lo propio con la cavidad bucal de Santos Hernández y volvió a palpar y examinar ambos cuerpos, hasta hallarse convencida de no haber pasado por alto ningún otro indicio.

– El asesino pretende decirnos algo -concluyó-, ¿pero qué? ¿Tiene usted alguna idea, juez?

– Ni la más remota.

La subinspectora se quitó los guantes y los arrojó a una papelera.

– Una marca en el cadáver de Dimas Golbardo. Otra, parecida, aunque no idéntica, en el de Santos Hernández. Grabadas ambas con un mismo objeto punzante. ¿No se da cuenta? Se trata de un código. La representación del infinito sugeriría un proceso seriado, sin principio ni fin.

– ¿Pretende establecer que nos enfrentamos a un asesino en serie?

– Eso es algo que está claro como la luz del día. Por otra parte, la infinitud revelaría una potestad más allá de lo humano. Una acción sobrenatural, de inspiración divina.

Cambruno sonrió, incrédulo.

– Y, dígame, ¿cuál fue el móvil que inspiró la venganza de ese ángel exterminador?

– A nosotros nos compete esclarecerlo. Si fue el asesino quien hizo esas marcas, el sargento Romero tendría razón al sostener que las víctimas debían estar relacionadas entre sí. Habrían pagado por la misma causa, o de lo contrario, el criminal no se habría atribuido los códigos de su piel. También cabe la posibilidad de que esos tatuajes hubiesen sido grabados con posterioridad a los crímenes, lo que explicaría que ni el doctor ni usted reparasen en las marcas al examinar en una primera instancia los cadáveres. En cualquier caso, la violencia de las ejecuciones resulta inquietante. Mucho me temo, juez, que el criminal, o criminales, volverán a actuar. Y nada me extrañaría que lo hubieran hecho con anterioridad, en un pasado más o menos cercano.

Cambruno manifestó su desacuerdo.

– Está usted yendo demasiado lejos, subinspectora. Y demasiado deprisa.

– ¿Por qué? ¿Simplemente porque la cadena de eslabones escapa a su experiencia? Medite conmigo en voz alta, juez. Es mucho lo que sabemos ya. Tenemos ante nosotros los cuerpos sin vida de dos varones de la zona. Ambos mayores de edad, y asesinados de forma violenta, con ensañamiento y crueldad. El criminal, o bien alguno de sus cómplices, se ha tomado la molestia de dejar su rúbrica, lo que implica un desafío racional. No vamos a perseguir a un lunático, a un fantasma, sino a una mente lógica y fría, capaz de responsabilizarse de la acción de matar, y de envanecerse de ello. En la sombra se oculta alguien que nos está desvelando, de manera explícita, de su puño y letra, por así decirlo, que Dimas Golbardo y Santos Hernández han sido dos de sus víctimas. Nuestra obligación, juez, además de resolver la autoría de los asesinatos, y prevenir futuras agresiones, deberá remontarse a las actividades criminales que hayan podido preceder a éstas. Porque, respóndame, si puede: ¿cómo sabemos que otros no han caído bajo la misma mano?

Cambruno emitió una suerte de jadeo.

– Posee usted una fantasía desbordante, subinspectora.

Martina no se inmutó.

– Esos otros a los que me refiero tan sólo hablarán desde el sepulcro. Quisiera pensar que no se debió a incompetencia en la investigación, pero desde este mismo momento me temo que podemos empezar a lamentar lo contrario. Estoy casi segura de que interpretaron ustedes por muertes accidentales lo que en realidad fueron, también, homicidios.

Cambruno carraspeó hasta encontrar el tono. Que fue desabrido:

– Me parece inaudito que usted, una simple subinspectora de la Jefatura de Policía de Bolscan, que jamás había puesto un pie en el delta, venga a darnos lecciones de instrucción criminal. ¿Quiénes, por cierto, fueron las víctimas desapercibidas por la Guardia Civil y por este viejo y torpe juez de Portocristo? ¿Y por qué habla en plural, como si estuviésemos rodeados de un número incierto de asesinatos sin resolver, y de criminales en régimen de libertad?

Martina encendió un cigarrillo.

– Aquí dentro no se permite fumar-relinchó Sobrino.

La subinspectora expulsó una argolla perfecta. La gélida atmósfera la compactó, antes de deshilvanarla en serpientes de humo. El timbre de Martina repercutió contra la clave de la cripta.

– Que yo sepa, juez, al menos otros dos varones han muerto en el plazo de un año. Gabriel Fosco, el farmacéutico, del que ya hemos hablado. Y el farero de Isla del Ángel, quien, al parecer, se despeñó desde un acantilado.

– ¿Zuazo? -Estalló el juez-. ¿Se ha propuesto meter a Pedro Zuazo en el mismo saco?

– ¿No contaría el farero, por casualidad, alrededor de sesenta y cinco años, como los demás? ¿Y, también por causalidad, no se despeñaría en una fecha coincidente con alguno de los últimos solsticios?

– ¡Usted no está en sus cabales! -Bramó Cambruno, adelantándose hacia las escaleras-. ¡No me deja otra salida que hablar con sus superiores! ¡No pienso tolerar que siga jugando a la caza de brujas!

Sobrino, el embalsamador, intentó ayudarle a ascender los empinados peldaños, pero el juez, espoleado por la ira, lo hizo por sus propios medios. Y no se detuvo. Cruzó la tienda sorteando los ataúdes y abandonó la funeraria como si tuviera urgencia de respirar aire puro.

Martina cubrió los cadáveres con los lienzos, apagó las luces de la cripta y subió las sórdidas escaleras de caracol. Sobrino se había parapetado tras el mostrador de la funeraria, desde donde la despidió con una mirada hostil. Cuando la subinspectora salió de La Buena Estrella, Antonio Cambruno se alejaba por la calle Mayor. Martina tuvo que correr para darle alcance.

– Aguarde un instante, juez. ¿Le he ofendido?

– ¡Usted qué cree! -protestó Cambruno, sin mirarla ni dejar de caminar. Ahora lo hacía con mucha más viveza que antes, a tal punto que la contera de su bastón golpeaba con furia los adoquines de piedra-. Le recuerdo que no se encuentra en la capital, con todos esos ordenadores y expertos forenses. Aquí tenemos una determinada manera de hacer las cosas. Un poco lenta, quizá, pero eficaz.

Martina lo cogió por un codo. Unos paisanos transcurrían a su lado. De todos modos, la subinspectora alzó la voz:

– ¿Por qué se resiste a investigar? Deje que los demás lo hagamos. Y colabore. Es lo mínimo que puede hacer.

El semblante del juez había palidecido. Se detuvo y dijo:

– En mis años de magisterio nunca me habían tratado con semejante falta de respeto. Nadie. Jamás.

La subinspectora lo vio alejarse por el centro de la calle, que, a pesar de su estrechez, era de las más anchas del pueblo. En el reloj de la iglesia parroquial sonaban las doce. A Martina le pareció que el tañir de campanas emitía un eco fúnebre, como un toque de difuntos. Portocristo se le impuso como un lugar inhóspito, habitado por seres de otro tiempo que respondían al pulso de pasiones primarias, la venganza, el odio, un atrabiliario sentido del honor.

Se sentía agotada. Le fallaban las fuerzas.

Tuvo que apoyarse contra la pared de un estanco. Vio su rostro duplicado en la vitrina, entre las cajas de puros, y se preguntó si, en realidad, Martina de Santo sería sólo ese reflejo, la ilusoria proyección de otro ser desconocido.

El vértigo se le pasó, pero su paladar seguía exudando un sabor a hiel. El juez era sólo una mancha al fondo de la calle, que daba a las escaleras del Juzgado, cuando lo abordó el secretario Gámez. Ambos se volvieron a mirarla. Cambruno la señaló y agitó su bastón en el aire. ¿Era posible que la estuviera amenazando? ¿No estaría soñando?

Como para confortar su debilidad, acudió a su memoria una imagen de su amiga Berta jugando con la gatita

Pesca en el jardín de su casa. Por un momento, le conquistó la idea de abandonar la investigación, coger el primer barco y regresar junto a ella, a la calidez y seguridad de su ámbito doméstico.

Pero un resto de obstinación ayudó a la subinspectora a recuperar su fuerza de voluntad. Encendió un cigarrillo, cuyo ardiente humo abrasó sus pulmones, y se encaminó a la posada. Necesitaba un café, hacer algunas llamadas y, sobre todo, pensar.

23

Regresó al Pájaro Amarillo por el camino de los acantilados. Desde lo alto se divisaba una mágica vista de la costa, el mar rompiendo con fuerza y, hacia el sur, los picos de la sierra, coronados por sombreritos de nieve como cucuruchos de limón.

– Tengo que usar el teléfono -dijo la subinspectora, frente al mostrador de recepción.

– En la sala -repuso Alfredo-. Le pondré línea.

El receptor era de baquelita, una auténtica antigualla. Al descolgarlo, una blanda sensación de cansancio invitó a Martina a descansar. Atribuyó su decaimiento a la falta de sueño. Desde que el ferry la había depositado en el puerto apenas habían transcurrido doce horas, pero era como si llevase en Portocristo jornadas enteras. En aquel húmedo paraíso de agua y luz el curso del reloj era mucho más lento que en la ciudad. «También para el asesino», pensó. «Ha tenido todo el tiempo del mundo para preparar sus crímenes. Y para ejecutarlos.»

Marcó el número de la Jefatura de Policía de Bolscan. Desde centralita, un agente le comunicó con Adela. El comisario se encontraba en su despacho, pero en ese momento no podía ponerse. «Acabo de pasarle otra llamada», dijo la secretaria de Satrústegui. «Del juez Cambruno», añadió, con un cínico barniz.

La subinspectora dedujo que el juez había hecho real su amenaza. Aquella llamada a su superior sólo podía obedecer a su decisión de instruir una queja. Imaginó a Cambruno despachándose a gusto contra sus agresivos métodos, advirtiendo a Satrústegui que en su jurisdicción no iba a tolerar desplantes como el que acababa de haber sido objeto. Sin embargo, no se alteró. Confiaba en el comisario. Satrústegui tenía a gala respaldar a su gente.

Marcó el número de Homicidios. El inspector Buj parecía encontrarse de mejor humor de lo que en él era habitual, pero enseguida la subinspectora pudo comprobar que se trataba de una falsa alarma. El Hipopótamo no se iba a convertir de la noche a la mañana en un príncipe azul.

– Se te echa en falta, encanto -dijo la pastosa voz del inspector, tomada por el alcohol-. Nuestra leonera no es lo mismo sin ti. Todos nos sentimos un poco huérfanos. Como si nos faltara una hermana.

– ¿Ahora me ve como a una compañera? ¿Ya no soy un pedazo de carne?

– La hermana Martina… Me gusta. ¿Alguna vez quisiste ser monja, De Santo? A lo mejor en un convento encontrabas las respuestas a tus grandes preguntas.

– Ésta es una llamada de trabajo, inspector.

– Claro que sí, ricura. Ya sé que siempre estás de servicio. Que eres una adicta al Cuerpo. Pero algún día me gustaría saber qué hay realmente debajo de esa dura piel de mujer policía.

– Ya basta, inspector. No siga pasándose conmigo. Se lo advierto por última vez.

– No vayas a pensar que soy tan mala persona -rió Buj-. Yo también tengo sentimientos, aunque no lo parezca. Y no he descartado por completo que en un futuro no muy lejano lleguemos a apreciarnos sinceramente. Pero mientras llega esa fecha feliz cuéntame qué has estado haciendo en ese pueblaco, además de pasear el palmito.

Con frialdad, pero sin omitir ningún dato relevante, Martina le hizo un resumen de las pesquisas realizadas. Incidió en las marcas de los cadáveres, aquellos irregulares peces tatuados a punzón en el pecho de Dimas Golbardo y en la planta del pie de Santos Hernández.

– Quiero ver esas señales -dijo Buj-. Positiva las fotos y envíamelas. ¿Algún sospechoso?

– El asesino o los asesinos podrían ser pescadores del pueblo -reflexionó la subinspectora, subrayando el condicional-, pero también algunos de los jóvenes de la localidad, que han formado una especie de secta.

– ¿Una secta? ¿De qué clase?

– No estoy muy segura. Algo así como una liga de artistas fracasados que organizan aquelarres y se imponen unos a otros pruebas físicas de admisión. Vigilancias, ayunos. Tal vez, torneos de resistencia al dolor.

– ¿Cuántos miembros componen esa secta?

– Por lo que sé, alrededor de media docena de muchachos.

– ¿Edades?

– La mayoría, en torno a los veinte años. Pero hay uno mayor, de unos cuarenta.

– ¿El jefe?

– No lo sé.

– ¿Cómo se llama?

– Heliodoro Zuazo. Lo apodan El Quemao.

– Búscalo y exprímelo. ¿Esos pardillos consumen drogas?

– Es posible.

– Quiero saberlo todo de ellos. Ponte las pilas.

La subinspectora colgó y marcó de nuevo el número de Jefatura. Desde la sección de archivo, Horacio Muñoz se alegró de oírla, pero pronto dedujo que el ánimo de la subinspectora se hallaba enervado.

– ¿Dónde se aloja, por si tengo que localizarla?

– En la posada del Pájaro Amarillo.

– Suena muy pintoresco.

– Aquí casi todo lo es. La hostería tomó el nombre de un biplano que cruzó el Atlántico en 1929. El piloto se fotografió con un grupo de niños del pueblo. Sospecho que, además de Dimas Golbardo, algunos de ellos han muerto en circunstancias poco claras. Gabriel Fosco, farmacéutico. Pedro Zuazo, farero, y Sara María Golbardo, esposa del capitán Sumí. Anote estos nombres y procure reunir información.

– Ya veo que no va a darme respiro.

– Eso no es todo, Horacio. Necesito saber dónde y cuándo se han editado tres volúmenes de un sello editorial desconocido, Libros del Ángel. Un poemario de Elifaz Sumí, el catálogo de cuadros de Daniel Fosco y el libro de cuentos de Gastón de Born que usted mencionó en nuestra conversación de ayer.

– Tomo nota, subinspectora.

– Y una última cosa, Horacio. Quiero que averigüe todo lo que pueda sobre un individuo llamado Carlos Martel. Ha venido en mi barco y se aloja en mi posada.

– ¿Demasiadas coincidencias, en tan poco tiempo?

– Hay algo raro en ese tipo.

– Quizá se trate de un secreto admirador. De otro hombre que lo deja todo por seguirla al fin del mundo.

– Hasta el fin del mundo, usted lo ha dicho. En eso último no le falta razón.

Martina colgó e intentó de nuevo comunicar con el comisario. Esta vez Adela, a regañadientes, le pasó con él. Satrústegui le comentó que no había novedades respecto a los crímenes, pero que, en otro orden de cosas, los muchachos de Estupefacientes estaban tras la pista de un desembarco de coca en esa zona de la costa.

– Un viejo conocido suyo, Pico Uriarte, podría estar detrás de la operación -agregó el comisario-. Debe contar con un enlace en tierra, de modo que abra bien los ojos. ¿Quién sabe? A lo mejor tienen ustedes un encuentro inesperado, y se le presenta la ocasión de saldar esa antigua deuda. ¿Cómo le va con el sargento Romero, Martina? ¿Mejor que con el juez Cambruno?

Martina justificó su comportamiento con el magistrado en base a su escasa colaboración. Después, reveló al comisario que en los cadáveres habían parecido unas extrañas marcas.

– Acabo de hablar con el inspector Buj. A lo largo del día intentaré enviarle las fotografías.

Satrústegui se mostró alarmado.

– Descríbame esas incisiones, subinspectora.

Martina lo hizo minuciosamente.

– Se trata del sello del criminal, con seguridad -opinó Satrústegui-. ¿Cuál es su interpretación?

– Por el momento -arriesgó Martina, pero con un fondo de prudencia en el tono-, me inclinaría a pensar que se trata del signo del infinito.

– Eso supondría que nos enfrentamos a un proceso seriado.

– Así es, señor. Su deducción coincide con la mía. Tengo la impresión de que esto no ha hecho más que comenzar.

– No se exponga para nada, Martina -le aconsejó el comisario-. Limítese a trabajar con el sargento. Voy a enviarle refuerzos.

– Con el debido respeto, señor. Creo que puedo manejarme sola.

– Obedézcame, Martina. Limítese a secundar a la Guardia Civil. ¿Ha surgido alguna pista fiable?

– Ninguna. Romero y sus hombres dan palos de ciego. Aunque el sargento me ha asegurado que no encontraré nada, pretendo desplazarme a los escenarios de los crímenes, para comprobar si se les escapó algún detalle.

– Hágalo, pero no vaya sola. Y regrese de inmediato al pueblo.

La subinspectora colgó y volvió a descolgar para llamar a Berta, pero la línea se había interrumpido. Tuvo que salir de la cabina y solicitarla de nuevo, en recepción. Al ir a marcar se dio cuenta de que había olvidado su propio número. Esa clase de amnesias pasajeras únicamente solían afectar a sus datos personales: cuenta corriente, matrícula del coche, número del pasaporte. Rebuscó en su cartera hasta encontrar una hojita con sus códigos, número telefónico entre ellos, y marcó intentando despejar la premonitoria sensación de que algo anómalo había sucedido en su ausencia.

Nadie contestaba en su casa. Dejó sonar la señal, colgó y volvió a marcar. Transcurrido un rato, una voz masculina, que le resultó vagamente conocida, preguntó:

– ¿Eres tú, querido?

– He debido equivocarme, lo siento.

– ¿Martina? -la reconoció el dueño de la voz, cuya identidad fue abriéndose paso en el cerebro de la subinspectora-. ¿Es usted?

– ¿Con quién hablo?

– Con su amigo Daniel Fosco. Sabrá perdonar mi confusión. Estaba esperando una llamada de mi compadre Elifaz. Desde anoche no sabemos nada de él. ¿Pero cómo está usted? ¡Cuánto me alegra oírla! ¿Se encuentra ya en Portocristo?

La subinspectora no acertó a replicar. Intentaba representarse al pintor en las habitaciones de su propia casa. ¿Desde qué supletorio estaría hablando? ¿Desde el salón, desde el dormitorio de Berta? La boca se le había quedado seca. Tragó saliva.

– ¿Está Berta?

– Oh, claro. Pero, ahora mismo… Aguarde un segundo. Creo que iba a darse una ducha. Anoche, Berta, Elifaz y yo estuvimos de copas con ese marchante, Gustavo Adorno. Un falsario, ya le adelanto, como todos esos buitres… Me temo que Berta bebió demasiado. En realidad, todos lo hicimos. Cócteles margarita, nada menos… Yo mismo tengo la cabeza como un campanario. He venido temprano, para comprobar cómo se encontraba nuestra común amiga, si necesitaba algo. Ayer, créame, se puso enferma de verdad… No se retire. Acabo de oír un pestillo.

El supletorio hizo un chasquido. Martina recordó que la mesilla de noche de Berta tenía la superficie de chapa. Se trataba de un mueble exclusivo que su amiga había adquirido a un diseñador especializado en convertir domicilios en decorados de ciencia ficción. Contuvo el aliento porque le había parecido distinguir la voz de Berta. Muy tomada, como si estuviera afónica. No pudo entender sus palabras.

– Verá, subinspectora-dijo Fosco, en su lugar-. El caso es que Berta no está en casa. Supongo que habrá salido a despejarse al jardín, o a dar una vuelta. ¿Desea que le transmita algún recado?

– No será necesario -repuso Martina, esforzándose por aparentar indiferencia; en realidad, sentía una amarga decepción-. Volveré a llamarla esta noche.

– Es probable que tampoco estemos -adelantó Fosco.

El plural se clavó en alguna víscera de Martina. Su interlocutor pudo ser consciente de ello, porque, acto continuo, su tono se hizo más dulce, casi tierno. «Como el de un médico informando a su paciente de un mal irreversible», sentenció Martina.

El pintor añadió:

– Hemos quedado en el centro con Gustavo Adorno, para cenar. Está loco por Berta. Por su obra, no vaya a pensar.

A más de ciento veinte kilómetros de allí, Fosco emitió una risa álgida. Martina sintió que su mundo se tambaleaba. Fue consciente de lo lejos que se encontraba de su centro de gravedad.

– ¿Sigue ahí, subinspectora?

Martina colgó y se dejó caer en uno de los sillones de cuero que conferían al salón de la posada una eclesial severidad. Los postigos, salvo uno, por el que se transparentaba una luz litúrgica, estaban cerrados. Un loro, cuya jaula no había visto antes, partía con el pico pipas de calabaza.

La fantasmal presencia de Alfredo Golbardo se materializó bajo el umbral.

– ¿Pudo hablar? ¿Le dejó el lorito?

Martina no contestó. El cigarrillo le quemaba las puntas de los dedos. En su mente se iba formando una imagen de Berta desnuda, envuelta en toallas, mientras Fosco, tumbado en su cama, se burlaba de ella, de ellas…

– ¿Cargo las llamadas a su habitación?

– Como quiera.

La subinspectora se hundió en el sofá. Para liberarse del peso que le oprimía, le hubiese gustado llorar.

No lo hacía desde la muerte de su padre. En aquella ocasión, tuvo que apelar a toda su entereza para no exteriorizar sus emociones.

Se había mostrado estoica frente al cadáver que ya no podía verla desde su capilla ardiente, pero después lloró la muerte de Máximo de Santo sola, en el coche aparcado bajo los cipreses del cementerio, mientras los amigos del embajador entraban a dedicarle el último adiós, o salían de velarle. Su padre no había conseguido superar la muerte de su esposa, la madre de Martina, fallecida tan sólo unos meses antes que él, de un cáncer que la devoró con inusual rapidez. A partir de ese momento, Máximo de Santo apenas salió a la calle. Ocupaba el día bebiendo ginebra y pasando las páginas de álbumes de fotos en los que se sucedían paisajes de sus destinos diplomáticos, Mozambique, Chile, Filipinas. Alguna vez su hija conseguía arrastrarlo a un cine, o a un estreno teatral, pero era como si acomodara a su lado a una figura de cera. Mientras duró el buen tiempo, Martina lo instalaba en el jardín, en una mecedora, con una manta sobre las rodillas. Allí, bajo los tuliperos, contemplando sus ramas con una mirada ausente, volvía a encontrarlo al regresar de comisaría, la taza de manzanilla o el vaso de ginebra junto a sus pies, invadidos por las hormigas, y en el rostro aquella mórbida expresión resignada a dar la bienvenida a la muerte.

El embajador no podía dormir. Por las noches se encerraba en la biblioteca del ático -donde más adelante Berta dispondría su estudio-, para seguir bebiendo a escondidas y releer su carpeta de correspondencia, aquellas cartas de cancilleres y ministros cuyos remotos testimonios le devolvían restos de su pasado esplendor. Martina se esforzó hasta el final por combatir su apatía, pero todo fue inútil. Su padre había perdido las ganas de vivir.

Pronto iba a cumplirse el tercer aniversario de aquel día de Navidad en que le administraron la extremaunción. Máximo de Santo murió en sus brazos. Martina quiso creer que lo había hecho confortado por la perspectiva de reunirse con su madre… De no ser así, ¿por qué no luchó como le había enseñado a batallar a ella?

La muerte de su padre sumió a Martina en una cierta depresión. Rompió con Mario, un joven cónsul, destinado en Brasil, con quien venía manteniendo una intermitente relación por la que apostaba su padre -no en vano fue el embajador quien los había presentado en una recepción diplomática-, pero en la que ninguno de los dos protagonistas creía demasiado. Hasta entonces, la religión le había parecido a Martina una ingeniosa excusa para aceptar las miserias, el horror del mundo. Sin embargo, obsesionada por la estéril corrupción de los cuerpos de sus padres, llegó a establecer, bajo una sensación de culpa, que su agnosticismo les privaba del consuelo de la eternidad. Antes de depositar en el panteón claveles frescos, predilectos de su madre, y las rosas amarillas que el embajador cultivaba en el jardín, leía en voz baja unos versículos del Evangelio. Empeñada en la búsqueda de respuestas, discutió largamente con el cura comunista del distrito marginal de Montemolín, al sur de la ciudad, cuyas conflictivas calles, en largas jornadas de lluvia o sol, le tocaba patrullar de uniforme.

Su retorno a la fe sería breve.

Martina de Santo dejó de creer en nada que no pudiese ver o tocar, que no se alzase a unos palmos sobre la tierra cuando su compañero de ronda y ella misma descubrieron en varios contenedores el cadáver troceado y envuelto en bolsas de basura de una niña de trece años, cuya desaparición había alarmado al arrabal. Por toda la piel se distribuían quemaduras y golpes. El asesino la había violado y sometido a tales vejaciones que los agentes más curtidos dudaron de su condición humana. Pero, como ya otras veces había ocurrido, el autor de la barbarie resultó ser un individuo normal, un tendero sin antecedentes delictivos, dueño de un establecimiento de ultramarinos que hacía las veces de panadería y charcutería. Un hombre casado y con hijos que vendía globos y tabletas de chocolate a la multirracial chiquillería de Montemolín. Sería capturado gracias a un testigo que lo había sorprendido con la niña por las inmediaciones de la estación suburbana. En un principio, se declaró inocente. Después, bajo la presión de los interrogatorios, empezó a contradecirse, a blasfemar y llorar, hasta que pidió perdón y confesó. ¿Por qué lo había hecho? No lo sabía. Dijo que, cuando caminaba con la chiquilla por las vías del tren, sintió deseos de acariciarla. Ella se resistió y echó a correr, gritando, hacia un túnel. En la oscuridad, la amordazó y la violó. Al darse cuenta de que había dejado de moverse, la golpeó y abrasó sus miembros con un mechero de alcohol. Regresó a su tienda, cogió el cuchillo que utilizaba para despiezar canales y segmentó el cuerpo. Envolvió los pedazos en bolsas, esperó a que cayera la noche y los fue desperdigando por distintos contenedores. Volvió a su casa, cenó y vio la televisión en compañía de sus hijos. Antes de irse a la cama, bebió un vaso de leche. Y pasó la noche durmiendo plácidamente junto a su mujer.

No sabía por qué lo había hecho… Era, dijo, como si una cortina de sangre le hubiese velado la mente…

Martina asistió al entierro de la pequeña. Todavía no habían atrapado al culpable. Durante el funeral, el odio de familiares y vecinos flotaba en la iglesia. La subinspectora sabía muy bien qué había dentro de aquel ataúd.

En lo más profundo de su ser esperaba algo, una súbita revelación, la promesa de una cierta justicia, pero cuando un muro de ladrillos terminó de sellar el nicho de la niña asesinada decidió no seguir engañándose. Allí no había nada más. Nadie más. Sólo la muerte y su repugnante cortejo. Entonces, un brazo la zarandeó. Hubo de soportar los improperios de la familia, cuyos miembros se sublevaban frente a lo que para ellos era una muestra de pasividad policial. Una más, acusaron.

Esa noche, Martina cenó en un restaurante chino. Todo el rato pensaba en la chiquilla muerta. Tuvo que esforzarse para tragar los bocados de cerdo con miel a través del nudo que se le había formado en la garganta. Luego se emborrachó en un bar y a punto estuvo de terminar acostándose con el primer hombre que puso empeño en ello. Aquel desconocido la besó en un coche del que al final tuvo que salir de manera violenta. Paradójicamente, cuando despertó, se sintió liberada de una pesada carga. La sensación de culpa se había diluido y ella recuperaba su básica e imprescindible ambigüedad. Las cosas no eran blancas y negras, sino rosadas y grises como un fundido atardecer.

24

Una cierta melancolía se había apoderado de ella. Para sacudírsela, se esforzó en retomar la actividad. Descolgó de nuevo el teléfono para contactar con el sargento Romero, pero en el cuartelillo le dijeron que había partido en la lancha guardacostas; no había regresado aún. En ese momento, desde el salón de la posada, a través del ventanal, Martina vio a un joven que llegaba a caballo por la senda del acantilado.

El jinete apenas debía haber cumplido los veinte años. Dueño de una figura atlética, era delgado y bien parecido. El pelo, largo y oscuro, le caía por la espalda. Usaba botas, pantalones de montar y una sudadera de una universidad americana. Descabalgó de un salto y condujo la montura hasta la cuadra. Junto a las pacas de heno, en compañía de sus perros, fumando tranquilamente un cigarrillo, paseaba Martel.

La subinspectora pudo observar cómo ambos conversaban durante unos minutos. El joven jinete se agachó y, con un palo, dibujó unas rayas en la tierra. Martel borró las señales con las puntas de sus botos vaqueros, palmeó los hombros del otro y se marchó con sus perros, prado abajo.

Alfredo Golbardo, el posadero, volvió a entrar a la amplia estancia que hacía las veces de sala de estar. Lo acompañaba el muchacho del pelo largo y los pantalones de montar.

– Soy Teo Golbardo -se presentó-. Bienvenida a la posada del Pájaro Amarillo.

Martina se preguntó si sólo sería casual que todos los jóvenes del delta con los que había trabado contacto, Daniel Fosco, Elifaz Sumí, Gastón de Born y, ahora, Teo Golbardo, ofrecieran ese mismo aspecto desafiante y altivo, y, a la vez, sutilmente perverso, como el de ángeles caídos. La subinspectora se levantó y le estrechó la mano. Su viscoso tacto le inspiró prevención.

– He sabido lo de su padre. Lo lamento sinceramente.

Teo retuvo su mano.

– Ha sido algo horrible. Inimaginable. De una crueldad diabólica. Nunca imaginé que tendría que enfrentarme a una situación como ésta. Al ser hijo único he tenido que hacerme cargo de… Bueno, ya me entiende. Estamos conmocionados.

A la subinspectora no se lo pareció. Ciertamente, una intensa palidez acusaba en el rostro de Teo la gravedad de los acontecimientos, pero ese aire macilento, pensó Martina, podía deberse a que apenas habría descansado en las últimas horas.

La mano del joven se desprendió al fin de la suya, abandonando en su palma una pátina de sudor.

– Mi tío me ha dicho que piensa quedarse unos días. ¿Puedo ayudarle en algo? ¿Ofrecerle alguna travesía por las marismas, excursiones por la sierra?

La subinspectora reflexionaba a toda velocidad. Ni el joven Teo Golbardo ni su tío Alfredo habían dado muestras de saber quién era. Existían bastantes posibilidades de que se enterasen en muy pocas horas, en cuanto alguien, por ejemplo, les advirtiese de que la habían visto en compañía del juez, pero, pensando que le extraería más información, se decidió a correr el riesgo de adoptar una personalidad falsa.

– Tal vez. Soy documentalista. Tengo la intención de recopilar materiales para escribir unos cuantos reportajes sobre el delta.

El hijo de Dimas mostró un moderado interés.

– ¿Para quién trabaja?

Martina citó media docena de revistas y publicaciones especializadas en temas de ecología y viajes.

– Permaneceré en Portocristo alrededor de una semana, a fin de estudiar sus ecosistemas. Es poco tiempo, pero no dispongo de más. En breve deberé partir hacia Namibia, para fotografiar sus parques naturales.

Aparentemente impresionado, Teo afirmó:

– El delta le gustará. Es muy rico en especies.

– Lo sé. He traído conmigo abundante documentación. Pero pretendo exponer a mis lectores algo más que un muestrario gráfico de la fauna y la flora. Otros temas me interesan desde un punto de vista antropológico. La pesca de ballenas, por ejemplo. Pero en este capítulo la información de que dispongo es escasa.

– Podría ayudarla a completarla.

– En sus actuales circunstancias, sería un abuso por mi parte.

– No diga eso -la contradijo el joven Golbardo, educadamente-. Mi padre era apreciado por el trato que destinaba a sus huéspedes. ¿Sabía que dedicó a las ballenas una buena parte de su vida? De grumete estuvo enrolado en barcos balleneros. Dio la vuelta al mundo en varias ocasiones. Después se estableció en Portocristo, pero el gusanillo de la caza podía con él. Cuando se oteaban ballenas, solía salir desde la costa con una cuadrilla de valientes que no dudaban en arponear lo que se les pusiera por delante.

– De eso debe hacer mucho tiempo.

– La caza de ballenas cesó hacia los años cincuenta -calculó Teo-, cuando se extinguieron los últimos ejemplares de la ruta migratoria, que discurría a escasas millas de la ría del Muguín. Mientras el negocio fue lucrativo, aquella playa tuvo bastante actividad. Llegaron a construirse embarcaderos y hórreos de utillaje. Mi familia acondicionó esos refugios como cabañas para turistas, que arrendamos a precios muy módicos.

– Podría servirme como base de operaciones. ¿Me alquilaría uno de esos bungalós?

– Por mí no habría inconveniente, pero le prevengo que no se han limpiado ni reparado desde que acabó la temporada. Solemos emplear los inviernos para ejecutar tareas de mantenimiento. De hecho, mi padre se dirigía hacia allí cuando…

Teo se interrumpió, entristecido. Martina sacó su pitillera y le ofreció un cigarrillo.

– Gracias. Entonces, ¿cuándo quiere ir?

– En cuanto esté lista.

– Le daré la llave de una de las cabañas. Acostumbramos formalizar un contrato y exigir por adelantado la mitad del abono. En su caso, bastará con que me facilite un número de tarjeta de crédito. Ya pagará a la vuelta, no se preocupe. Acompáñeme al despacho de dirección.

Martina se dejó conducir hasta un angosto habitáculo con una pesada mesa atestada de papeles y una lámpara cuya pantalla arrojaba una verdosa claridad.

De las paredes de la oficina colgaban sencillas acuarelas y fotografías de época como la que decoraba la recepción. Una de ellas reproducía la imagen de un escuálido pescador enarbolando un arpón a horcajadas sobre una montaña de carne. La ballena cobrada reposaba a escasos metros de la orilla de una ría, sobre una superficie de piedra plana y brillante, como lavada por la marea.

Mientras se esforzaba por identificar el extraño olor, espeso y dulzón, que flotaba en el despacho, Martina señaló la instantánea.

– Dimas, mi padre -sonrió Teo, limpiando el cristal con un pañuelo que humedeció con su aliento-. Me concibió con más de cuarenta años, pero la diferencia de edad nunca supuso un obstáculo entre nosotros. Por desgracia, no conservamos muchas fotos suyas. Ésta es mi preferida.

– Era guapo -sonrió Martina-. ¿De qué año es la foto?

– Debieron tomarla a finales de los cuarenta. Ésa fue una de sus mejores capturas. Vaya ejemplar, ¿no es cierto? La arponeó él solo, y sin ayuda la arrastró hasta la costa. No me pregunte cómo, porque no lo sé. Esa clase de hombres no ha vuelto a nacer.

– Ese lugar… parece fascinante. Me encantaría escribir sobre él. ¿Tiene algún nombre?

Teo hizo un gesto de aprensión.

– La Piedra de la Ballena. ¿Había oído hablar de ella?

Martina acababa de reconocer el olor adherido al tapiz de las butacas. Era marihuana, sin duda.

Teo apagó la voz.

– Mi padre apareció muerto allí. Lo asesinaron. Lo mutilaron. ¿Está segura de que todavía quiere alquilar la cabaña?

Martina fingió un desasosiego que estaba lejos de padecer.

– Si usted insiste en que un criminal anda suelto por esos parajes…

Teo volvió a cerrar los párpados. Cuando los abrió, sus pupilas irradiaban determinación.

– No lo estará por mucho tiempo. Voy a organizar una batida. Acabaremos con esa mala bestia en cuanto se nos ponga a tiro.

– ¿No sería mejor que la Guardia Civil se ocupase del caso?

– Usted no se imagina el nivel de incompetencia. Los picoletos serían incapaces de encontrar una piedra en su propio zapato. ¿Por qué no se sienta?

La subinspectora permaneció en pie. El techo de la oficina era muy bajo. Detrás de la butaca que ocupaba Teo, en una estantería con libros de teatro y archivadores contables, distinguió, medio vacía, una botella de absenta.

El joven Golbardo mantenía las manos apoyadas sobre la mesa. Había enlazado los pulgares y los hacía rotar, exactamente como Conrado Satrústegui cuando comenzaba a irritarse.

– ¿Se decide a alquilar la cabaña, entonces?

– Creo que sí. Debo hacer mi trabajo.

– Alerte al puesto de la Guardia Civil, si con eso va a quedarse más tranquila, pero sepa que nosotros andaremos cerca.

– ¿Nosotros?

– Mis amigos y yo -aclaró Teo.

– ¿Puedo preguntarle algo?

– Desde luego.

– ¿Quién cree que mató a su padre?

Teo se tomó unos segundos.

– No lo sé, pero déjeme advertirle sobre un siniestro personaje que vive en Forca del Diablo, a unos pocos kilómetros de nuestras cabañas. Heliodoro Zuazo, el hijo del farero. Se quemó de niño, y quedó desfigurado. Físicamente, es un desecho. Me cabe la duda de que mentalmente también lo sea.

– ¿Sospecha de él?

Teo respiró. La subinspectora tuvo la impresión de que necesitaba meditar las respuestas más de la cuenta.

– A mi padre lo mataron el pasado domingo. La noche anterior, la del sábado, yo había bajado al pueblo con un amigo, Gastón de Born. Estuvimos en la Taberna del Puerto, tomando unas cervezas y charlando de nuestras cosas. A eso de medianoche vimos aparecer a Heliodoro con una borrachera que no se tenía. Lo echaron del local, y él se dirigió a su barca, tambaleándose. Estaba en pésimas condiciones, pero es duro de pelar y pudo arribar a Forca del Diablo unas horas antes de que mi padre apareciese por las cabañas.

– ¿Insinúa que le estaba esperando?

– No puedo asegurarlo, pero El Quemao tendrá que responderme a esas y otras preguntas.

– ¿Su padre se dirigió solo a la playa ballenera?

– Si yo hubiese ido con él, tal vez estaría vivo. Pero el domingo por la mañana no me encontraba demasiado bien. Me había acostado tarde, y con tragos. Imagino que mi padre prefirió no despertarme.

– No vale la pena que se atormente. En el caso de que le hubiese acompañado, a lo mejor también usted estaría muerto.

El rostro de Teo se coloreó de ira.

– No lo creo. Cuatro brazos… Mi padre ya no tenía vigor para repeler una agresión.

– Pero sí para patronear una lancha -observó Martina, atenta a sus reacciones.

– Así es. Lo hizo siempre, durante toda su vida. Verá, su aliento vital pertenecía al mar. En cuanto dejaba atrás la bocana del puerto, renacía. Por eso, cuando decidía llevar a cabo una travesía por su cuenta todos mirábamos hacia otro lado. Le aseguro que no corría peligro. Dominaba estas aguas.

El hijo de Dimas Golbardo abrió un cajón y entregó a Martina una llave de hierro.

– Tenga. Le proporcioné un juego al sargento, el único que estaba numerado, para facilitarles la investigación. Por lo que me ha contado el juez, han batido los bosques y la ría del Muguín, sin resultado alguno. Ya le dije que nuestro destacamento no se caracteriza por su eficacia.

– Sin embargo, no hace mucho intervinieron un buque cargado de cocaína. Lo sé porque salió publicado.

– Fue mérito de la Interpol. Los picoletos se limitaron a abordar el mercante. No puedo recordar a cuál de las cabañas corresponde esta llave, pero no importa, todas son iguales. Pruebe las cerraduras. Alguna abrirá.

– ¿Cómo llegaré hasta la Piedra de la Ballena?

– Por tierra, no se lo aconsejo. Creo que hay tramos de carretera inundados. La mejor manera de arribar a la ría del Muguín sería contratar una lancha, y costear.

– ¿Me recomienda los servicios de algún patrón?

Teo Golbardo no vaciló.

– El capitán José Sumí sería el más indicado para llevarla.

– ¿Dónde puedo localizarle?

– Lo encontrará en la Casa de las Buganvillas, a las afueras del pueblo, a unos dos kilómetros por el viejo camino de sirga. Dígale al capitán que va de mi parte. Es tío mío, y la tratará como merece.

25

La tarde caía sobre el delta.

Martina necesitaba respirar aire fresco, por lo que salió a caminar por los alrededores de la posada. Se alejó hacia los prados. Frente a ella, el mar se iba cubriendo de una espesa bruma. Anduvo un cuarto de hora por serpenteantes caminos. Más abajo, en la playa, ya lejos del pueblo, distinguió una edificación encalada, rectangular, de dos plantas, con un rótulo de neón en la fachada.

Descendió por una senda escarpada y se acercó al club. Un hombre de unos treinta años de edad y pelo rubio, corto y duro, estaba barriendo el balasto que daba acceso al Oasis. Se había quitado la cazadora, que colgaba del mango de un rastrillo. Su cuello brillaba de sudor.

La puerta del garito se abrió para dejar salir a una mujer envuelta en un quimono con un dragón bordado. Iba despeinada, como si acabara de levantarse, o no se hubiera acostado aún.

– ¡Mueve el culo, Cayo! -gritó-. ¡Hay mucho que hacer en mi casa! ¡Que también es la tuya, para desgracia mía!

El tono, más que imperioso, despótico, pareció intimidar a su destinatario. Cayo dejó lo que estaba haciendo y desapareció en el interior del antro.

Puesta en jarras, con la cabeza ladeada como un ave de presa, la matrona se quedó mirando a Martina de Santo; preguntándose, tal vez, qué andaría buscando por aquellos parajes una elegante señorita de ciudad ataviada con sombrero y una gabardina entallada que hacía destacar la esbeltez de su cintura. Después se retiró y cerró de un portazo.

Aunque ya no era la bailarina en plena juventud que sedujo a Horacio Muñoz, Martina había reconocido en el acto a Rita Jaguar. Eran sus mismas facciones, aunque abotagadas por la obesidad y el paso de los años. La misma salvaje melena pelirroja que debió lucir en sus tiempos de gloria, junto a sus serpientes y sus biquinis de lentejuelas, antes de casarse con aquel desdichado carpintero de Bolscan y abandonar las candilejas. La subinspectora no tuvo ninguna duda. Se trataba de aquella misma leona que bailaba desnuda ante un escenario con palmeras pintadas, y que sabía sojuzgar a los hombres.

La subinspectora decidió dar un vistazo al local.

Tras cerciorarse de que nadie la veía, rodeó un seto de castigados ailantos, cuyas raíces se hundían en un compacto albero, allá donde la agreste playa había sido nivelada y aplanada para cimentar la construcción. A través de sus ramas se distinguía otro seto, éste más tupido. Martina avanzó hasta la parte trasera, protegida con una valla de ladrillo erizada de cristales y un cerrado portón que sólo debía poder abrirse desde el interior. Empujó un contenedor repleto de botellas rotas y lo apoyó contra la pared para usarlo como atalaya. Por encima de la valla vio un jardín seco, una especie de estanque, o de fuente, con cuatro ranas de hierro expulsando chorritos de agua hacia los puntos cardinales y, en el centro, junto a una destartalada pérgola, un mísero escenario de café-concierto, con un piano y otros instrumentos abandonados al aire libre, como si los músicos fueran a regresar de un momento a otro. Una desvaída playa y dos marchitas palmeras, una a cada extremo, decoraban el pintado telón, anclado al escenario con una estructura de forja.

– ¿Estás buscando algo, guapa?

Martina resbaló, y a punto estuvo de caer. Para evitarlo, se agarró a la tapia. Un dolor agudo la hirió. La punta de un vidrio se le había clavado.

– ¿Ves, monina, lo que pasa por ser tan curiosa?

La voz, más bien masculina, había vuelto a sonar detrás de ella. Cayo la miraba con una tímida expresión, pero no era él quien había hablado, sino la mujer del quimono y el dragón bordado en el busto, que parecía ser su jefa. «O su dueña», pensó Martina.

– Buscaba la casa de un amigo -se excusó la subinspector, una vez en el suelo, frente a ellos.

La mano le sangraba. Se arrancó el cristal con los dientes, y con el pañuelo improvisó un rápido vendaje.

– ¿Y a casa de un amigo entras a robar, so ladrona? -le espetó Rita Jaguar-. ¿Tendré que poner un cartel para gente de tu calaña? ¿No se te ha ocurrido pensar que ésta es una propiedad privada?

– Se trata de un error, créame.

El borsalino se le había caído. La subinspectora lo recogió y lo sacudió de arena.

– Mi amigo se llama Fosco, Daniel Fosco. Me proporcionó una dirección que he debido interpretar mal. Quizá ustedes le conozcan. Éste es un pueblo pequeño, al fin y al cabo. ¿Podrían decirme dónde vive? Y, de paso, ¿dónde queda el cuartelillo de la Guardia Civil?

– No conocemos a ningún Fosco -dijo Cayo, separando unos labios de color miel.

– ¿Para qué quiere ver a los picoletos? -gruñó la madam.

– Para denunciar un robo -improvisó la subinspector-. Mi maleta desapareció del ferry nocturno. Mucho me temo que uno de los estibadores se la haya apropiado. Acepte mis disculpas, se lo ruego. Creo que encontraré la casa de los Fosco. Mi amigo me indicó que lucía dos palmeras en la entrada. Como las que tienen ustedes ahí pintadas, en el telón del jardín. Bonito escenario. ¿Hay fiesta por las noches? ¿Conciertos al aire libre?

– Una señorita como tú sabrá encontrar otras distracciones -opinó Rita-. A menos que estés buscando trabajo. -Sonriendo con lascivia, se ajustó el quimono. Globosos y fláccidos se insinuaron sus senos-. ¿Sí? ¿Era eso, gatina? Haber empezado por ahí. ¿Tenemos algún puesto vacante, Cayo?

– Aquí siempre hay trabajo, madre. Nos vendría bien otra camarera.

– ¿Has oído? Si lo quieres, el puesto es tuyo.

– Lo pensaré -repuso Martina. Sentía deseos de alejar se, y de encender un cigarrillo, pero preguntó-: ¿Cuánto?

– Hablaríamos de un fijo, más comisiones y propinas.

– ¿Qué tendré que hacer? ¿Poner copas? ¿Sólo eso?

– Déjame ver. Creo que debajo de esos trapos de marca se esconde algo que vale la pena.

Rita Jaguar la obligó a alzar la barbilla y le abrió la gabardina. Martina percibió su espeso aliento. Olía a tabaco y a algún licor dulce, pipermín, quizá.

– Podría servir. ¿Qué opinas, Cayo? ¿Cuánto pagarías por pasar un rato agradable con ella?

– Por favor, madre. Déjala ir.

Martina coincidió con su inesperado paladín en que había llegado el momento de retirarse y apartó las manos de la mujer, que se habían instalado en sus caderas con una posesiva presión.

– Volveremos a vernos, señora.

– Te estaremos esperando, bombón. No nos defraudes.

La subinspectora asintió, navegando sobre un océano de vejación, y se alejó por la playa. Cuando se dio la vuelta, Rita Jaguar y Cayo habían desaparecido.

Examinó su herida. Había dejado de sangrar, pero tardaría en cerrarse. Martina remontó una duna y se acercó a la orilla. La brisa marina le acarició la cara. Imaginó que a Berta le gustaría aquel paseo. «Tal vez podamos hacerlo juntas, más adelante», pensó. «Pasar unos días aquí cuando todo esto haya terminado.»

Pero su mente no lograba fijar una cadena lógica. Su cerebro vagaba y cambiaba de orientación como las nubes del horizonte, prendidas de las bajas presiones en una línea de vapor azulado. Si había algo que la subinspectora, hecha al rigor, a la disciplina, odiara, era la tiranía de la dispersión. Aquel caso se estaba revelando cada vez más complejo. Martina tenía la intuición de que todo cuanto había sucedido en las últimas horas estaba relacionado entre sí, como las piezas de un rompecabezas, según diría su amigo Horacio. Pero, ¿cuál sería la clave principal, la llave maestra?

La subinspectora caminaba ahora más deprisa. Había sepultado la cabeza entre los hombros, como acostumbraba hacer cuando necesitaba concentrarse. Apenas reparó en que sus pies se hundían en la arena húmeda. Las vueltas de su impecable pantalón se habían chipiado, pero se limitó a quitarse los zapatos y a continuar andando, ensimismada.

¿En qué año habían asesinado al carpintero? ¿Cuándo se había sobreseído el caso? Tenía que existir una razón por la que esa mujer, Rita Jaguar, hubiese abandonado la ciudad para comenzar una nueva vida en un pueblo perdido, lejos de la capital, más lejos aún de su pasado. Un misterio que permanecía sepultado en la tumba del carpintero. ¿Dónde había dicho Horacio que estaba enterrado Jerónimo Dauder? En el cementerio de Bolscan, sí, a pocas calles del nicho donde reposaba el cuerpo de su primera mujer, a la que él había dado muerte. Alguien la vengaría, años después. Alguien sorprendería a Dauder en su carpintería y le rompería el cráneo a martillazos. ¿Quién?, había preguntado Horacio Muñoz.

El sol se ocultó tras las nubes, oscureciendo el agua y provocando un efecto de cónica luminosidad. En el centro de ese reflectante vértice, mar adentro, una líquida sombra nadaba sorteando las grandes olas. La subinspectora admiró su arrojo, pues el agua estaba fría y las corrientes debían implicar un serio peligro. La cabeza aparecía y desaparecía, pero los brazos no cejaban en su rítmico movimiento.

Cuando estuvo más cerca, a unos cincuenta metros de la orilla, la subinspectora adivinó que la nadadora era una mujer.

La espuma azotaba su melena, confiriendo a la natación una plasticidad heroica, de desigual enfrentamiento con el mar. A ratos daba la impresión de que iba a desaparecer, arrastrada por la resaca, pero volvía a emerger una y otra vez. Cuando hizo pie aprovechó el impulso de una ola para deslizarse hasta la playa.

Martina vio salir del agua, a la carrera, alzando con sus rodillas respumones de agua, a una chica morena, apenas una niña. Estaba desnuda, y sonreía, feliz.

Pero esa sonrisa, intuyó la subinspectora, no iba destinada a ella, sino a alguien que debía estar situado en algún lugar a su espalda. Martina se giró, convencida de no hallarse sola en el arenal; sólo pudo ver las ondulantes dunas y, a lo lejos, la fachada blanca de la casa del placer, con su rótulo de neón encendido.

– Hola -dijo la chica.

Su belleza resultaba casi dolorosa. Tenía el pelo negro y la piel bruñida por el sol y la sal, pero en el centro de su hermoso rostro los ojos eran como piedras gastadas. Martina había aprendido en las calles a distinguir el origen de ese mortecino resplandor. Las miradas de los jóvenes marginales emitían esa misma y opaca luz.

Un poco más allá, junto a las dunas, la nadadora había doblado su ropa y una desteñida toalla. La desplegó y empezó a frotarse. Martina se acercó a ella lentamente, con una sensación de pudor frente a su desnudez.

– Hubo un momento en que creí que la resaca iba a poder contigo. Decidí quedarme cerca, por si necesitabas ayuda.

– Ah, no. Conozco el mar. De todas formas, gracias.

– ¿No tienes frío?

– Siempre me baño desnuda, excepto cuando estoy enferma. Aunque, en realidad, nunca lo estoy. -La niña adoptó un tono sarcástico-: Mamá se preocupa de darme mis medicinas.

Volvió a reír. Pero era una risa cansada, que burbujeaba en su garganta, propia de una persona de más edad.

Martina comentó:

– El agua debe estar helada.

– Todavía guarda el calor del verano. A partir de enero estará aún más fría. No eres de por esta parte, ¿verdad?

– Soy de Bolscan. Trabajo en una revista.

– Me chiflan las revistas. En casa recibimos algunas. Todas de cotilleo. Modelos y toreros, y también todas esas putitas que salen a pescar millonarios con yate.

– En realidad, mi publicación se dedica a otros temas. Ecología, naturaleza… He venido a observar a los pájaros. ¿Puedo preguntarte a qué te dedicas?

La niña dejó de secarse los muslos y señaló el arenal.

– Trabajo allí.

– ¿En ese club, El Oasis?

– Ajá. Si alguna vez vienes, no tienes más que preguntar por Celeste.

La subinspectora encendió un cigarrillo. Las manos le temblaron ligeramente.

– Perdona, no te he ofrecido.

– Aguarda a que me vista y te cogeré uno.

Frente a la belleza bruta y natural de la chica, la subinspectora se sintió insegura, como si su sofisticación de mujer urbana, en lugar de proporcionarle confianza, la enconsertara. De repente, vio algo que la conturbó. La mujer-niña tenía señales cárdenas en las muñecas, y un hematoma en el cuello en forma de argolla.

– ¿No te importa que te vean desnuda?

Celeste sonrió.

– Al contrario. Me gusta.

Había terminado de secarse el pelo. Su cuerpo, proporcionado y elástico, turbador, abundaba en las formas rotundas de una muchacha. Tenía unos pechos perfectos. Comenzó a vestirse. Primero, unas diminutas bragas blancas. Después, un sencillo vestido de algodón y unas alpargatas de esparto.

Al ajustarse el vestido, un pasador de pelo que debía haber guardado en uno de los bolsillos cayó a la arena. Martina lo recogió. Tenía un diseño llamativo, con una serpiente enroscada cuya bífida lengua sobresalía en dorados filamentos. La subinspectora había intervenido en numerosos casos de robos de joyas. Aquella pieza tenía toda la apariencia de ser auténtica.

– ¿Oro? -preguntó Martina, sosteniendo el pasador entre los dedos.

Celeste asintió.

– Los ojos de la serpiente son dos brillantes. Me lo regaló Rita, hace unos días, para mi cumpleaños. Ella sigue siendo muy guapa, pero apenas se pone sus joyas. Dice que en mí lucen mejor.

– Debe apreciarte mucho para hacerte un regalo tan personal.

– Supongo que sí. Pero no tiene nada de raro. Es mi madre.

– ¿Siempre lo dejas así, en la playa, escondido entre la ropa? ¿No temes que te lo roben?

– La gente es legal. Venga ese cigarrillo. Tengo unos minutos, antes de volver. ¿Me ayudas con el pasador?

La subinspectora se situó detrás de ella y le recogió la melena, que le caía en húmedas crines.

– ¿En qué te ocupas, en el club?

– Siempre hay faena. Mi hermano Cayo ayuda bastante, pero hay que hacer las camas, el bar, la comida para las chicas… Y luego están la lavandería, la costura… En fin, que soy una esclava.

– Tantas mujeres lo son -divagó Martina-. Por eso, a muchas les gusta estar solas. Resulta más positivo que mal acompañadas. No te conozco, pero aseguraría que te atrae la soledad.

Celeste fumó con ansiedad. La nicotina avivó sus pupilas con un resplandor febril.

– Mi madre siempre está gritando. A Cayo, a las chicas, a esos horribles hombres que… Me gusta el silencio. Huyo de las voces, de los gritos. Es una suerte que al mar nunca le hayan enseñado a hablar.

Celeste hizo una pausa para atarse las cintas de las alpargatas, y añadió:

– No sé explicarme. Al nadar es como si me limpiase por dentro. Como si todo lo sucio desapareciera en cuanto entro en las olas. No hay nada que se le pueda comparar. ¿Por qué no vienes a nadar conmigo?

– No creo que fuese capaz.

– ¡Vamos! Nadaré todo el rato a tu lado. Si te encuentras mal, me haces una señal y te arrastro hasta la costa. Eso, o nos ahogamos juntas.

Martina sonrió. Acababa de tener una romántica visión de dos mujeres sumergiéndose con las cabelleras enredadas hasta el fondo del mar. No había dejado de observar el rostro de la niña, cuya espontaneidad invitaba a asomarse a su interior. Sin embargo, dentro de aquel pozo el agua no era clara.

La subinspectora decidió levantar de golpe una baza:

– No me gustaría protagonizar un nuevo accidente. Parece que en los últimos tiempos se están produciendo demasiados percances en el delta. El sargento de la Guardia Civil, con quien acabo de hablar, para denunciar un robo, me ha dicho que algunas de esas muertes podrían responder a crímenes premeditados. Pero no deben tener ni la menor idea de quién los ha cometido.

Intuyó que la niña se ponía en guardia. Celeste hizo ademán de despedirse, pero todavía preguntó:

– ¿Qué te han robado?

Martina se encogió de hombros.

– Objetos personales, sin mayor valor. Parte del equipaje que traía conmigo en el ferry. El sargento y sus hombres van a estar dedicados a resolver esos horribles asesinatos que les traen de cabeza, por lo que no creo que piensen ocuparse del hurto de mi maleta. ¿Para qué quejarse? Es comprensible que la Guardia Civil conceda prioridad a resolver las muertes de hombres del pueblo. Se los cargaron el domingo, creo. ¿Cómo dijo ese sargento que se llamaban? Sí… Dimas Golbardo y Santos Hernández… ¿Te suenan?

La chica palideció bruscamente. Fue como si de sus mejillas se hubiese retirado la sangre.

– ¿Alguno de esos nombres te dice algo? -insistió la subinspectora.

– Ahora tengo que marcharme -murmuró Celeste, mirando por encima de los hombros de Martina, hacia el horizonte de arena.

A sus oscuros ojos había aflorado un huidizo reflejo, como el de un cervatillo acechado; otra vez Martina tuvo el pálpito de que cerca de allí había alguien más, vigilándolas. Pero el arenal, salvo unas cuantas gaviotas, estaba desierto.

– Rita me espera. Me ha gustado conocerte.

– Y a mí.

Celeste le apretó la mano.

– No tengo demasiadas amigas.

– Tampoco yo -repuso la subinspectora, pensando en Berta. Cada vez estaba más segura de que algo se estaba rompiendo definitivamente entre las dos.

Celeste echó a correr por la playa. Martina se quedó quieta, sintiendo en los dedos el calor de su piel. Iba a gritarle que se detuviera, que deseaba seguir hablando con ella, pero otra vez el pudor la detuvo.

La mujer-niña se volvió para decirle adiós con un gesto. Luego siguió corriendo y desapareció detrás de las dunas.

26

Carlos Martel pasó la tarde durmiendo. Al caer la noche, se puso otra de sus camisas de hilo y un pantalón que había hecho planchar y abandonó la habitación.

En la recepción del Pájaro Amarillo volvió a coincidir con la mujer del ferry. Supuso que también ella se alojaría en la posada. Debía regresar de la playa, porque llevaba los zapatos y los pantalones calados. Acababa de pedir línea telefónica, y parecía agotada.

Martel salió a la oscuridad. Orilló el pueblo por la senda de los acantilados, apenas iluminada por la luz de la luna. Siguió por las praderías, cuyo mar de hierba el viento hacía ondular, y fue descendiendo hacia la playa del Puntal, hasta El Oasis.

El interior del local estaba en penumbra. Olía a una mezcla de sexo y serrín.

Martel atravesó la sala, se dirigió a la barra y trepó a un taburete, del que quedaron colgando sus botas vaqueras. Saboreó un Carlos III -«Tres palitos», había ordenado- y, sin darse respiro, un ron con hielo y una deshilachada rodaja de limón que antes debía haber flotado en otros vasos. El trago era costoso, y de marca incógnita, pero no le importó.

Una de las putas se le acercó para darle carrete. Martel la invitó a un benjamín. Ella estuvo un rato tanteándole. Luego, con el pretexto de que dentro de la sala hacía calor, lo atrajo a una suerte de pérgola.

Una tarima se erguía bajo las estrellas, sobre la pura playa. Aquel tenderete recordó a Martel las fiestas de los pueblos, el olor a churros, las trompas de moscatel. El telón, acariciado por la brisa nocturna, lucía una playa amarilla, un cielo azul y, a los lados, palmeras pintadas de verde aceituna. La orquesta languidecía. «De hambre, de frío», pensó Martel. Sólo la cantante, una mujer pelirroja, gastada, de profunda y rascada voz, defendía la magia de las melodías de amor.

– ¿Y esa reinona? -preguntó Martel, calibrando los grandes pechos de la intérprete, que oprimían su escote de lamé.

– Rita, la madam -contestó la chica.

– ¿Por qué actúa a la intemperie?

– Se empeña en hacerlo. Cada noche, aunque no haya nadie. Le gusta cantar bajo las estrellas.

Martel pareció aprobar esa costumbre.

– Me va el romanticismo en la mujer. Todavía no me has dicho tu nombre.

– Nadia.

– Me refería a tu verdadero nombre.

– Ése es.

– Todas os lo cambiáis.

– ¿Por qué iba a hacerlo?

– ¿Cuántos años tienes?

– Adivínalo.

– ¿Veinte?

– Tengo suficiente edad para saber qué me conviene.

– La gatita enseña sus uñas. Demasiado vieja para mí.

«Y decididamente vulgar», pensó Martel. La voz gutural de la madam entonaba un bolero. Nadia le sacó a bailar. Hacía frío. Martel la atrajo hacia sí, aburrido. Antes de besarla, le dijo que le recordaba a una novia con la que anduvo encelado. Nadia no permitió que la besara en los labios.

– ¿Te parece que vaya a contagiarte alguna enfermedad? -se airó Martel.

– Bailas muy bien -dijo ella, sobándole la nuca, para calmarlo.

– Tengo otras habilidades -se engalanó el hombre-. Vamos a dar una vuelta y te las mostraré.

Salieron del club por la puerta de atrás. Entre el burdel y el mar se extendía un oscuro arenal.

El resplandor de la pérgola se desvaneció en la negrura de la playa. Nadia se protegía los hombros con un chal. Después de caminar un rato, Martel se sentó en la arena.

– ¿Tienes miedo?

La chica negó con la cabeza, pero estaba asustada.

– Quiero que bailes -dijo Martel-. Y que lo hagas desnuda.

Ella vaciló.

– ¿A qué esperas? Desnúdate.

Nadia dejó resbalar el vestido y empezó a moverse al ritmo de la lejana música. Se oía el rumor de sus pies cepillando la arena. Se oía el mar.

Martel encendió un cigarrillo. La brasa hizo brillar sus ojos. Se puso a hablar solo, inaudiblemente.

La música cesó.

– Debe ser medianoche -dijo Nadia-. Rita y los músicos hacen un descanso, para cenar.

Los ojos de su cliente la hicieron temblar.

– Estoy helada-murmuró-. ¿Qué más quieres que haga?

Martel la miraba en silencio.

– Tú eres la profesional.

– Deberíamos volver. Hay habitaciones en el club. Puedo conseguir una. Te haré lo que quieras. Dicen que soy muy buena.

– A lo mejor luego me apetece.

Martel se puso en pie.

– ¿Has estado en África?

– No -repuso Nadia, sin poder controlar un escalofrío-. Nunca he salido de aquí.

Recogió el vestido y se lo fue poniendo. Primero, una manga; luego, despacio, la otra. De improviso, rompió a correr hacia las luces. Martel le dio alcance sin dificultad. Para tranquilizarla, le contó que las playas africanas no se parecían a las de Portocristo. Le habló de las mujeres árabes. De cómo se podían comprar. De su sumisión. De cómo sabían odiar.

Regresaron al club por la puerta trasera. Martel atravesó el jardín, enderezó la barra y pidió a la camarera una copa de Carlos III. «Tres palitos», dijo, encaramándose a otro taburete.

La gramola emitía un pasodoble. Varias de las chicas bailaban apretadas en el centro de la pista, bajo una bola espejada de estroboscopios reflejos. Nadia se había sumado a ellas.

Apenas había clientes. Unos pocos hombres mataban el rato al abrigo de los reservados, conversando, bebiendo, eligiendo mujer.

La pelirroja madam se arrimó a Martel. El vestido de lamé dejaba al descubierto unos hombros grasos.

– ¿Qué veo? ¿Un corazón solitario anda suelto por mi club?

Martel la invitó a sentarse.

– Quizá la estaba esperando. Me he entretenido en calibrar el género. ¿Una copa?

– No acostumbro a beber con los clientes.

– A veces es bueno hacer excepciones.

Martel sacó un fajo de billetes e indicó a la camarera:

– Sírvale a la emperatriz, hágame el favor.

Bajo la capa de maquillaje, Rita Jaguar sonrió. La camarera le preparó un cóctel de pipermín. La madam aceptó un cigarrillo y se humedeció los labios en el líquido verde y brillante.

– ¿Cuánto? -preguntó Martel.

– Esta noche me siento generosa. Debe ser por la Navidad. Ahórreselo. Pague lo suyo.

Martel apuró media copa de brandy.

– Me refería a usted. ¿Cuánto?

– Ah, era eso -rió Rita, echando atrás la melena aleonada-. Acabo de decirle que no suelo alternar. Mucho menos lo otro.

– Todo tiene un precio -insistió Martel.

La mirada de la madam era impávida. Martel se atusó el mostacho.

– Usted elige siempre, ¿no? Para eso es la reina del lugar.

– Sólo necesito macho cuando otro me ha bajado la guardia -repuso Rita, jugando con los flecos de su vestido de noche-. Me gusta el hombre entero, que no se achanta.

– Tengo más -dijo Martel, desplegando los billetes encima del mostrador, como una baraja-. Para algo que sea realmente especial. Yo también quiero celebrar la Navidad.

Rita lo miró morbosamente.

– ¿Cómo de especial? ¿Un trío?

– Estoy seguro de que es usted una mujer de recursos. ¿Por qué no me sorprende con algo más original?

Una mirada canalla anidó en los ojos pintados de la madam.

– ¿Le gustaría hacérselo con una virgen?

Martel estalló en una risotada.

– ¿Es que hay alguna, por aquí?

– Mi alcoba puede ser una caja de sorpresas.

La madam bebió un sorbo, sacó del cóctel el sombrerito de papel y lo alisó con una uña rota. Utilizó un pintalabios para escribir una cifra de cinco números.

– Precio de amiga -dijo-. Por una virgencita de quince años, linda y pura como una diosa. Piénselo con calma. Estaré arriba, en mi habitación. No tenga prisa.

Al cruzar la pista de baile, Rita susurró algo a Nadia. La chica observó de reojo a Martel y siguió bailando con su compañera, otra muchacha de piel reluciente, mulata clara, con el pelo en trencitas y unas corvas altas de hembra encendida. Asegurándose de que Martel las miraba, Nadia la ciñó por la cintura y la besó en la boca. En la caleidoscópica penumbra, Martel pudo ver cómo las manos de la mulata buscaban los pechos de Nadia y los acariciaban debajo del vestido. La bragueta se le alborotó. Agarró la botella de coñac y saltó del taburete.

– Andando, morita. El amor es tirano.

Nadia le siguió. Martel la había cogido de la mano. Abandonaron la sala por una puerta forrada de cuarteles de eskay punteados con clavos dorados y subieron a la segunda planta por una escalera angosta, mal iluminada por una bombilla desnuda.

– ¿Dónde? -preguntó el hombre.

– La habitación de madam es la última.

Nadia llamó con respeto. Mientras aguardaban, Martel deslizó la yema de un dedo por su mejilla, satinada de maquillaje.

– No quisiera dejarte tan pronto, pero me han ofrecido un bocado más exquisito.

– Los viejos prefieren la carne tierna -repuso ella, sin expresión-. Los que pueden pagarla, claro.

La puerta se abrió. Una luz rosada bañaba la estancia. La madam había sustituido su vestido de lamé por un quimono con un dragón bordado y unas recamadas chinelas. Sus piernas eran fuertes y cavas, como de bailaora. El busto pugnaba por desbordar el escote, lo que le obligaba a ajustarse el batín.

Por las paredes, del suelo al techo, se veían fotos de Rita Jaguar actuando en escenarios de café concierto. Más joven, exhibiendo un cuerpo pleno y elástico, aparecía sin ropa, o en tanga de lentejuelas, como una libidinosa Kali. La avidez sexual se adivinaba en sus dientes. Y una enorme boa se enroscaba a su cuerpo.

– Eva y la serpiente -dijo Martel-. Sólo falta el paraíso, pero se puede comprar. Casi todo se puede comprar.

Avanzó hacia la cama y, como quien deposita una ofrenda, se inclinó para repartir un abanico de billetes a los pies del edredón. Pero tuvo que retroceder de un salto. A la vera del lecho, un crótalo acababa de estrellar su amarilla cabeza contra la urna de un terrario.

– Se llama Leila -musitó Rita-. Es un amor. Mi mejor amiga. Ha estado siempre conmigo. En los malos y en los buenos momentos.

La madam recogió el dinero, lo contó y lo guardó en un cofre, sobre el tocador.

– Puede ponerse cómodo, el caballero.

Martel se repantigó en un descalzador. No había lámparas. Las pantallas debían estar ocultas detrás de los muebles. Rita encendió palos de sándalo y los cirios de un candelabro.

– Vete, Nadia.

La muchacha obedeció y abandonó la alcoba. A su vez, Rita desapareció tras una cortina de terciopelo. La rosácea emanación lumínica se extinguió; sólo restaron las parpadeantes llamas de las velas para conferir a la estancia un aire de capilla consagrada a los afiches que enaltecían a Rita Jaguar, felina y sensual, y a sus inseparables víboras, profanando su carne. Los cirios iluminaron un anaquel con vírgenes de escayola. Lejos de purificar la estancia, esas tallas acentuaban el perverso ambiente del santuario.

La cortina de terciopelo osciló y una niña apareció en el dormitorio. Llevaba un camisón blanco y el pelo recogido por una corona de flores.

– Se llama Celeste -dijo Rita, empujándola hacia el lugar de Martel-. Desnúdate, pequeña.

Se hizo tal silencio que el camisón, al caer al suelo, sonó como una tela rasgada.

Celeste empezó a moverse con una sensualidad ensayada, como si estuviera luciéndose ante un público. Cuando bailaba, se imaginaba a sí misma nadando en el mar. A medida que un inaudible ritmo crecía en su interior, según escuchaba la música de las olas, el compás de la marea o los submarinos ecos del arrecife se contoneaba más y más, sinuosamente, como un pez pugnando por escapar de la red. A Martel le fascinaron sus brazos como algas flotantes, sus temblorosos pezones de muchacho.

La madam abrió una cajita de aluminio y acercó una vela a una cucharilla que al calentarse al fuego fulgió como si fuera de cobre. Luego, con parsimonia, preparó la aguja.

A un gesto de su madre, Celeste se tumbó en la cama y se dejó inyectar. Inmediatamente, se abandonó a una soñadora languidez. Rita desanudó la cinta de su antebrazo, donde había bombeado la vena, y volvió a colgársela a una de las vírgenes, como si fuera un amuleto.

– Están bendecidas -dijo, sosteniendo la jeringuilla vacía-. ¿Usted?

Martel se opuso con un vigoroso movimiento.

– ¿Heroína?

– Morfina.

– ¿Quién le pasa el material?

– Eso no es asunto suyo.

Rita guardó el estuche metálico en un cajón del secreter.

– Le ayuda a olvidar.

– Es tan joven -reprobó Martel-. ¿Para qué necesita el olvido?

– Hay cosas que usted no sabe. Que nadie sabe ni debe saber.

– ¿Secretos de familia?

– Caliente -sonrió la madam; a Martel le pareció que con un jerárquico orgullo, como si fuese depositaría de un secreto cuya transmisión dependiera de su voluntad.

El quimono se abrió y fue resbalando por las carnes de la madam. Martel pudo ver las fauces del dragón arrugándose como una máscara de papel.

Desmedido, blanco, el cuerpo de Rita exhibió unos pechos caídos y una grieta cárdena, sin vello, señalando su caverna sexual. Mientras Celeste gemía y se retorcía en la cama, la cabaretera bailó con torpeza, acariciándose las tetas, las nalgas.

– Es hora de dar de comer a Leila -anunció.

Se inclinó sobre el terrario y abrió la urna. Martel observó al crótalo reptar sobre sus hombros, en la bicéfala ilusión de un diablo repetido. Rita permitió que el reptil se enroscara alrededor de su cuello, animándole a deslizar hacia su sexo la dura viscosidad de su lengua.

– Es hora de comer, Leila. Hora de comer… Martel no fue consciente de que el cigarrillo se le había caído, ni de que él mismo había resbalado del descalzador. Las rodillas se le clavaron al suelo de mosaico, que transmitió un frío agudo a su médula espinal.

La madam se le fue acercando, insinuándose, hasta que la cabeza del reptil estuvo tan cerca de él que Martel pudo leer la muerte en sus pupilas de metal lavado. Quiso salir de allí, abandonar aquella cárcel de repulsión y locura, pero se quedó quieto, hipnotizado por el peligro. Un aliento insano como la caricia del mal pareció flotar en la alcoba, pero era tan sólo la brisa nocturna, cuyo soplo acababa de abrir una ventana. Al fondo se adivinaban unas nubes rojizas flotando entre la fantasmagórica luna. Martel cerró los párpados, atemorizado. Cuando volvió a abrirlos, la serpiente avanzaba hacia la cama donde Celeste se agitaba en visiones que parecían habitarla.

Rita Jaguar permanecía inmóvil, desnuda y grotesca junto al candelabro, como una vigilante vestal. -Es hora de comer, Leila. Hora de comer… De pronto, la madam se fue hacia el hombre, se arrodilló, le abrió el pantalón, le sacó el miembro, lo templó, lo engulló. Martel dio un grito de salvaje placer.

Leila reptaba sobre el lecho. Con sus escamas de oro líquido cubrió a Celeste, montándola como un amante dominador.

La niña la rodeó con sus piernas. El monstruo disparó su cuello entre sus muslos. Martel volvió a gritar, pero esta vez su voz, ahogada por una materia gelatinosa que le crecía en la garganta, apenas brotó.

Ese quejido suyo se confundió con los agónicos jadeos de Celeste. La mujer-niña había puesto los ojos en blanco y era presa de espasmos. Su negra melena golpeó a uno y otro lado de la cama, hasta que sus manos se aflojaron sobre el viscoso lomo que la estaba poseyendo, y pudo desvanecerse en un sueño intranquilo.

La madam encerró a la serpiente en el sarcófago de cristal e indicó a Martel que había llegado su turno.

– La pequeña es suya. Haga con ella lo que le plazca. Puede montarla por detrás, no se rebelará. Puede azotarla.

Martel parpadeó, excitado. Seguía con el miembro erecto y la piel del escroto tensa como un tambor. Bebió un trago de la botella de coñac y se palpó los muslos, como si quisiera evaluar su propia potencia. El licor le resbalaba por la barbilla y el pecho, humedeciendo su vello púbico y haciéndole arder la base del pene. Bebió un trago y otro, hasta aturdirse, y se arrancó.

Mientras el hombre avanzaba hacia la cama, la alcoba quedó en un silencio desprovisto de cualquier significado, de toda esperanza, seco y mortal como el que debe reinar en el infierno. La carne inocente recibió toda su desesperación y su odio. Rita tuvo que frenar el brazo de Martel, para que dejase de azotar a la niña. Después la montó una vez más y siguió bebiendo hasta caer redondo.

Cuando despertó, en la habitación no había nadie. La cera de los candelabros se había derretido. El reptil dormitaba ovillado en su sepulcro de cristal. Las arrugadas sábanas testimoniaban el salvaje encuentro que sobre ellas había tenido lugar. Unas gotas oscuras sobre la almohada removieron la conciencia de Martel, acusándole de la violencia con que había sometido a la criatura. La madam la había encadenado del cuello, como a un animal núbil.

Martel recuperó sus ropas, amontonadas a los pies del descalzador, comprobó que nada faltaba en su cartera y se fue vistiendo. Aturdido por la resaca salió de la alcoba, recorrió el pasillo, con las puertas de las habitaciones cerradas, y bajó a la sala. Apenas había luz. Un hombre taciturno, de pelo rubio muy corto, recogía los vasos de la barra. Martel tropezó con las mesas antes de encontrar la puerta de salida.

Una racha de viento frío lo despejó como para atreverse a enderezar el sendero que ascendía al acantilado. Tenía prisa por regresar a la posada, darse una ducha caliente y tumbarse a dormir.

En la cima, el viento arreció. Martel escuchó el sonido del mar, que rompía en marea alta. El club quedaba abajo, en la playa, apenas una blanquecina mancha sobre la arena iluminada por el fulgor de neón. Por aquel tramo, el más alto, la senda caía a pico sobre el farallón. Una barandilla de madera protegía a los viandantes del amenazador vacío. Martel, tal era su inestabilidad, tuvo que agarrarse a las estacas para no caer.

No pudo distinguir la sombra que se deslizaba tras él, acechando su inseguro paso. Cuando sintió la opresión en su pecho, y la mano que le aferraba el cabello como si fuera a arrancárselo intentó ofrecer resistencia y golpeó el rostro de un hombre cuyos borrosos rasgos se le revelaron durante un segundo. Pero el suelo cedió bajo sus pies, su mandíbula golpeó contra un saliente, arañaron sus uñas una superficie rocosa y ya sólo fue consciente del grito inhumano que brotaba de su garganta mientras caía hacia las negras olas que parecían abrirse para recibirle en su tumba.

27

Martina despertó de golpe de una pesadilla atroz. Estaba soñando que una sombra armada con un hacha ensangrentada la seguía por las marismas, en mitad de la noche. Con esa clase de certeza de que adolecen los sueños supo que su perseguidor era el autor de los crímenes del delta, pero, para su desesperación, no conseguía verle el rostro, ni tan siquiera intuir de quién se trataba. Resbaló en el lodo. Cuando la silueta del asesino se cernió sobre ella emitió un grito que la hizo incorporarse en la cama a la espera del golpe mortal. Pero ese aullido siguió sonando dos, tres segundos desde algún lugar exterior, hasta convencerla de que la voz no era la suya.

Una serie de furiosos ladridos contribuyó a persuadirla de que algo grave ocurría. La subinspectora se levantó de la cama y abrió los postigos. Aunque la noche era densa, tanto o más que en su pesadilla, pudo ver a los enloquecidos perros del otro huésped luchando por soltarse del árbol al que permanecían atados. Una de las bestias, la más grande, hizo saltar la correa y, hundiendo la cabeza entre los poderosos omóplatos, rompió a galopar por el sendero en dirección a los acantilados.

Martina se vistió con rapidez, cogió su linterna y bajó a toda prisa las escaleras del albergue. El farol que iluminaba la posada la alumbró durante un corto trecho, pero después tuvo que prender la lámpara para no caer acantilado abajo. El fuerte viento transportaba los ladridos, que le sirvieron de orientación. Cuando la bruma se espesó, comprendió que había llegado a la parte más escarpada de la senda, la que bordeaba las rompientes. Respiró hondo y avanzó con una mano rozando la escarpada pared.

El gran danés negro con pintas blancas, el macho de la pareja, ladraba en dirección al mar. Martina se detuvo a unos metros del animal, vigilándolo con el rabillo del ojo, y enfocó al farallón. En un primer momento no vio nada, pero al cabo del rato pudo adivinar un contorno humano tendido sobre las rocas.

El corazón le dio un vuelco: otra sombra acababa de pasar junto a ella, rozándola con su áspera carne. Martina se desequilibró; sintió crujir las estacas y su torso se inclinó hacia el agujero negro de las olas. Era el segundo perro, la hembra, que acudía junto a su compañero. Muy cerca de ella, los daneses removían la arenilla, encogiendo el pecho como si estuvieran reuniendo valor para saltar. Pero no se decidían, y empezaron a aullar lastimeramente.

Martina retrocedió algunos pasos, en busca de un escarpe para descender la pendiente. En la loma más próxima a la posada creyó descubrir un abrupto corte que, si bien muy arriesgado, aparentaba permitir el descenso. Apenas había empezado a bajar cuando oyó ruido de cascos. La sombra de un caballo negro, sin bridas ni montura, ocupó la senda. El viento arremolinaba la melena de Teo, que montaba a pelo.

– ¿Qué ha pasado? ¡Oí un grito!

– ¡Alguien ha caído a las rocas! ¡Intentaré bajar!

– ¡No se arriesgue!

– ¿Se le ocurre algo mejor?

– ¡Espere ahí! ¡Iré por una cuerda!

Martina negó con la cabeza.

– Creo que podré. Avise a la Guardia Civil.

El caballo volvió grupas y se dirigió al pueblo atravesando los prados. Martina se quitó los zapatos, sostuvo la linterna entre los dientes e inició el descenso. El viento la sostenía contra la pared. Avanzaba muy lentamente, colocando un pie delante de otro y asegurándose de que sus manos encontraban algún punto de apoyo, una raíz, una hendidura. Bajar hasta la misma orilla no debió llevarle más de diez minutos, pero le parecieron un siglo. Después, todo fue más fácil. Simplemente tenía que esperar a la vaciante de la ola para saltar de una roca a otra.

Cuando llegó junto al lugar donde se había despeñado el cuerpo, la resaca amenazaba con arrastrarlo mar adentro. Milagrosamente, estaba vivo. Tuvo que tirar de él para arrastrarlo hasta una piedra más plana y a salvo del oleaje.

A pesar de las heridas, de la sangre que le bañaba la cara, identificó a Martel. Buscó el pulso en su muñeca; latía con debilidad.

En el acantilado sólo se distinguían las borrosas sombras de los perros, que seguían aullando. La subinspectora registró los bolsillos de Martel. En uno de ellos encontró una colilla de la misma marca que ella fumaba. La guardó, asombrada, y abrió la cartera. Había un carnet de identidad, una fotografía del propio Martel que parecía tomada en alguna ciudad del norte de África, abundante dinero y un sencillo plano de la costa de Portocristo, con una cruz marcada en el litoral oriental, a la altura de un punto situado entre Forca del Diablo y la Piedra de la Ballena.

Contemplando con una suerte de fascinación la rompida de las olas, y cómo la espuma, al restallar, se elevaba sobre ellos, derramándose en miríadas de gotas, la subinspectora permaneció junto al cuerpo inmóvil. Lo había cubierto con su chaqueta, de manera que su delgada blusa se iba empapando.

Al cabo de media hora se escucharon gritos en la cumbre. Dos guardias comenzaron a bajar por el mismo lugar por donde había descendido la subinspectora. Alcanzaron el arrecife y se aplicaron a la tarea de izar el cuerpo. Martina les precedió en la subida, remontando con agilidad las puntiagudas rocas. Arriba, en la senda, con una faria apagada entre los labios, los esperaba el sargento Romero.

– ¿Se encuentra bien?

– Creo que sí.

– Se ha jugado la vida.

– Había una posibilidad de que ese hombre no hubiera muerto.

– ¿De quién se trata?

– De un individuo llamado Martel -dijo la subinspectora, tras aceptar la mano que le tendía el sargento para salvar el último repecho-. Le oí caer y acudí en su ayuda. He revisado su documentación. Lleva mucho dinero, y un plano marcado.

Romero dio un vistazo al mapa. Junto con la cartera que acababa de entregarle Martina, lo guardó en un bolsillo de su guerrera.

El joven Golbardo estaba un poco más allá, observándoles con curiosidad. Había desmontado, y sostenía a su caballo por la brida. Martina se acercó al sargento y le susurró al oído:

– ¿Sería posible, para un hombre joven y atlético, empujar a un hombre al vacío, regresar al extremo del sendero, montar un caballo, rodear los prados y fingir que acababa de despertarse en la posada, alarmado por un grito desgarrador?

Romero no respondió. A una indicación suya, Teo Golbardo se aproximó a él. Los guardias acababan de tender el cuerpo de Martel en una camilla. Respiraba a estertores, como si tuviese algunas costillas rotas. El sargento iluminó la cara del herido con una potente linterna.

– ¿Conoces a este hombre, Teo?

– Se hospeda en el Pájaro Amarillo.

– ¿Desde cuándo?

– Desde la noche de ayer.

– ¿Lo habías visto antes?

– No.

– Trasládenlo al ambulatorio -indicó Romero-. Que el doctor Ancano lo examine de urgencia. ¿Llegaste a hablar con él, Teo?

– Por pura cortesía. Nada de particular.

– ¿Tuvo contacto con alguien, realizó llamadas telefónicas?

– Que yo sepa, no.

– Vamos a tener que registrar su equipaje, si no hay inconveniente en que mis hombres entren en su habitación.

– Por mí, ninguno. ¿Tiene más preguntas?

– Por el momento, no.

– ¿Puedo marcharme? Deberé madrugar, si quiero ocuparme del entierro de mi padre.

El sargento lo consintió.

– ¿Qué hacemos con los perros? -le preguntó el cabo.

Los daneses corrían por el sendero, arriba y abajo. Intentaron arrimarse a la camilla, pero los guardias los habían espantado. Teo Golbardo se alejaba con su caballo embridado. La subinspectora había decidido acompañar a Martel y debía estar llegando al Land Rover. El cabo y el sargento estaban solos.

– Su dueño ya no podrá ocuparse de ellos, y podrían volverse peligrosos -dijo Romero-. Descerrájeles un tiro y arrójelos por las rocas. La marea se encargará del resto.

Mientras el sargento revisaba las estacas, el cabo, fumando un cigarrillo, esperó a que el motor del Land Rover dejara de oírse. Después desnudó su pistola y apuntó a los perros. Dos estampidos los enviaron al paraíso animal. Sus cuerpos rodaron por la pendiente, como caballitos de cartón.

28

Cuando el aparato se elevó, la subinspectora tuvo la impresión de que penetraba en un mundo acolchado, hecho de algodón, regido por leyes físicas que nada tenían que ver con las que sostenían a los hombres en su penoso discurrir por la superficie de la tierra. Se sintió ligera, imaginativa, como desprendida al fin de las pesadas sensaciones que venían lastrándola en las últimas horas transcurridas en Portocristo. También su cerebro flotaba entre esas nubes a las que el faro de la aeronave arrancaba extraños colores, reflejos de un gaseoso universo.

El helicóptero siguió ascendiendo hasta dejar abajo la barrera de niebla, y estabilizarse en un cielo insondable. La luna brillaba sobre ellos. Parecía estar muy cerca, casi al alcance de la mano. «Bastante más cerca que la solución de los crímenes», pensó Martina, experimentando un leve vértigo, un cierto decaimiento y, al mismo tiempo, la renovada impresión de que la solución al enigma se encontraba delante de ella. Sólo que no acertaba a verla.

La subinspectora se desabrochó el cinturón de seguridad y se desplazó hasta la cola del aparato. Carlos Martel permanecía tendido en una camilla. Le habían lavado la sangre de la cara, pero seguía teniendo el rostro contusionado, hinchado, y el labio inferior, partido por la mitad, deformado por los puntos que el doctor Ancano le había aplicado en el ambulatorio mientras aguardaban la llegada del helicóptero procedente de la Unidad de Salvamento de la Guardia Civil, con sede en Bolscan, hacia cuyo helipuerto se dirigían ahora.

Manuel Ancano, el director del ambulatorio de Portocristo, era un hombre de unos cincuenta y cinco años, con el cráneo desprovisto de pelo y una protuberante boca que generaba una salivilla blanca al hablar. A la subinspector le extrañó que en plena noche vistiera un elegante traje de alpaca de color perla y una impecable corbata de listas rojas y azules, y que sus zapatos negros de marca refulgieran como si acabara de aplicarles betún y una vigorosa friega de cepillo abrillantador. Cuando la camilla de campaña que había transportado a Martel ingresó en la sala de urgencias del ambulatorio, tras un accidentado periplo por la senda del acantilado y las irregulares pistas de tierra que jalonaban las praderías, el doctor había ordenado que le quitaran la ropa, se había despojado él mismo de su americana y había reconocido las heridas de Martel con un aire profesional no exento de preocupación.

– Tiene múltiples fracturas, y no descarto que sufra lesiones internas -diagnosticó-. Hay que intervenir, pero no dispongo de medios, ni de personal especializado. Convendría trasladarlo. Cuanto antes, mejor.

La subinspectora se había responsabilizado de llamar al helicóptero. Efectuó la llamada desde el despacho de dirección. El ambulatorio quedaba en la parte norte del pueblo, rodeado de estrechas calles y casas de piedra, por lo que indicó al piloto que aterrizase en la playa del Puntal, en la parte más ancha de la bahía, a unos dos kilómetros del muelle. El helicóptero medicalizado estaba siempre a punto para despegar en tareas de rescate, y con mayor motivo en invierno, debido a los frecuentes percances de montaña, pero la distancia entre Bolscan y Portocristo era considerable, y la espesa niebla de la costa no iba a contribuir a acelerar la travesía aérea. Calculando que deberían esperar al menos un par de horas, la subinspectora salió al pasillo a fumar un cigarrillo. El doctor Ancano se reunió con ella.

– Le he dado un calmante, para el dolor. Espero que resista hasta que lleguen al Hospital Clínico. Dígale al piloto que lo trasladen a ese centro. Avisaré al servicio de traumatología.

– Últimamente están teniendo mucho trabajo, doctor -observó la subinspectora.

Ancano se encogió de hombros.

– ¿Lo dice por los crímenes? La práctica forense no es exactamente mi especialidad, ni plato de mi gusto, pero alguien tiene que hacerse cargo, cuando toca.

– Pude examinar en la funeraria los cuerpos de Dimas Golbardo y Santos Hernández. Los habían adecentado y cosido. Sin embargo, usted no realizó las autopsias.

El director del ambulatorio la miró con reproche.

– Si tiene en cuenta que el propósito de la necropsia no es otro que establecer la causa de la muerte, creo que se equivoca hasta cierto punto, subinspectora.

– No obstante, la ley…

– Sé lo que dice la ley, y también supe enseguida cómo los mataron. Tendría que haber visto el cadáver de Dimas cuando fue desembarcado en el puerto. Sus intestinos, sus vísceras. Y ese arpón clavado en el pecho de Santos Hernández. Me pudo la certeza de que ya habían sufrido bastante. Certifiqué la hora de los óbitos, así como las causas de ambos fallecimientos, y ordené al embalsamador que recompusiera los cuerpos, a fin de que los familiares no padecieran un tormento añadido.

– Quisiera ver esos certificados, doctor.

Manuel Ancano la contempló con cierta desconfianza. Martina se apresuró a ofrecerle un cigarrillo, que el médico aceptó.

– Como es preceptivo, obran en posesión del juez. Puede solicitárselos a él. Por lo que sé, ha decretado secreto de sumario, pero supongo que no tendrá inconveniente en facilitárselos a los investigadores.

La subinspectora le dio fuego con su encendedor de plata.

– ¿Hizo constar en esas memorias que en ambos cadáveres figuraban unas extrañas señales?

– ¿A qué se refiere?

– Marcas tatuadas en la piel. Prácticamente idénticas en ambos cuerpos.

El doctor se la quedó mirando con absoluta extrañeza. Entre sus gruesos labios pendía un filamento de saliva, que después iría acumulándose en las comisuras. En contraste con su elegancia, los dientes del médico estaban renegridos por el tabaco, y su aliento exhalaba un acre olor procedente de las profundidades de su estómago. La subinspectora enderezó su espalda para alejarse unos centímetros de él.

– Le juro que no las vi. ¿Qué forma tenían?

– Un dibujo parecido al signo del infinito. Del tamaño de una moneda, más o menos. El tatuaje de Dimas Golbardo estaba bajo su tetilla derecha. El de Santos Hernández, en la planta del pie izquierdo. Debieron ser trazados casi al mismo tiempo, y lo hizo un zurdo.

– ¿Cómo lo sabe?

– Por la presión del objeto punzante que fue utilizado.

– No puede ser-murmuró el médico-. Examiné los cadáveres con todo detenimiento.

– Quizá alguien dibujó esas marcas después de que los reconociera usted.

– Tal vez, pero no tiene demasiado sentido. ¿Por qué razón? ¿Y quién pudo hacerlo?

– Alguien que tuviera acceso a la funeraria, evidentemente.

– Esa lista es muy reducida, subinspectora. Sólo abarcaría al juez, al sargento, al propietario del establecimiento y a los deudos de las víctimas. Que se limitan a la familia Golbardo, puesto que, por el momento, nadie se ha tomado la molestia de reclamarlos restos de Santos Hernández.

– ¿El chamarilero no tenía parientes?

– Al parecer, no.

– De los Golbardo, ¿quiénes fueron llamados a la funeraria para reconocer el cadáver?

– Su hijo, Teo, y su hermano Alfredo.

– ¿En algún momento permanecieron a solas en el interior de la cripta?

El médico fumó reflexivamente.

– Tendría que hacer memoria. Creo que no. El pobre Alfredo lo pasó muy mal. Se abrazó al cadáver de su hermano, llorando desconsoladamente. Sobrino, el embalsamador, tuvo que retirarlo.

– ¿Estaba presente el juez?

– Desde luego. Se encontraba conmigo, a mi lado.

– ¿Alfredo Golbardo sufrió una crisis de histeria?

– Tuvimos que sacarlo a la calle, para que le diera el fresco. Le hice tomar un valium.

– ¿El juez Cambruno le ayudó a atenderle?

– Subió las escaleras con él, y lo estuvo consolando unos minutos.

– ¿Mientras eso sucedía, el hijo de Dimas, Teo, quedó solo en la cripta?

– Es posible, pero no podría recordarlo con precisión. Todo sucedió muy deprisa, y ya se puede imaginar la tensión emocional que nos embargaba a todos. ¿No estará pensando que ese muchacho pudo marcar los cadáveres?

Martina replicó, con suavidad:

– Alguien lo hizo, antes o después de los crímenes.

– ¿Con qué propósito?

– Bien para reivindicar sus muertes, bien para confundir la investigación.

Ancano bajó la voz.

– Entonces, ¿el autor de esos símbolos es el asesino?

– No podría afirmarlo con rotundidad.

El médico se quedó mirando fijamente la brasa de su cigarrillo. Tenía unos ojos redondos, algo saltones.

– Acabo de recordar que hubo alguien más en la funeraria.

– ¿Quién?

– El capitán Sumí.

– ¿El patrón que había encontrado los restos de Dimas?

– Exactamente. Después de depositar el cuerpo en el muelle y de atracar en su embarcadero, volvió para ofrecerse a prestar declaración.

– ¿El juez lo había requerido?

– Sí.

– ¿Lo interrogó en la funeraria?

– No. Los vi marcharse juntos, con el secretario del Juzgado. Era ya de noche cerrada. Imagino que abrirían las oficinas de la sede judicial, y que Cambruno le tomaría declaración allí. En cualquier caso, tendré que examinar de nuevo los cuerpos.

– Hágalo, doctor. E infórmeme de cualquier otra observación que pueda incorporar. Me propongo acompañar al herido al hospital de Bolscan, pero intentaré estar de regreso mañana por la noche, o pasado mañana. En ese momento volveré a hablar con usted. Hasta entonces, intente recordar el aspecto de otros dos cadáveres sobre los que, en los últimos meses, dictaminó su escrutinio forense: el de Gabriel Fosco, el farmacéutico, a quien doy por supuesto que usted conocía, y el del farero de Isla del Ángel, Pedro Zuazo.

– Esas muertes fueron accidentales, subinspectora.

– El juez opina lo mismo, pero yo no me encontraba presente para corroborarlo. Algunos elementos de la investigación me han hecho contemplar la posibilidad de que Gabriel Fosco y Pedro Zuazo fueran asimismo asesinados. ¿Repasará sus notas, doctor?

– Lo haré, por supuesto, si con ello voy a ayudarla, pero le adelanto que puede descartar la intriga criminal. Ninguno de ellos tenía enemigos. No hubo amenazas, ni les robaron nada. Y los síntomas eran claramente fortuitos, créame. Gabriel Fosco se ahogó. Pedro Zuazo se despeñó. Eso fue todo.

Una hora más tarde, hacia las cinco y media de la madrugada del miércoles, el helicóptero sobrevolaba las luces de Bolscan. La niebla se había despejado un rato antes, en cuanto se alejaron de los acantilados costeros y de la fría corriente polar que bañaba la desembocadura del delta, provocando las alteraciones térmicas típicas del estuario.

Como si regresara de un largo viaje, Martina tuvo la impresión de que había abandonado la ciudad mucho tiempo atrás. Intentó distinguir su casa cuando el aparato discurrió ruidosamente sobre las alamedas del paseo marítimo, pero las luces de su urbanización estaban apagadas, y apenas vislumbró la chata colina sobre la que se levantaban las antiguas mansiones modernistas en las que residían algunas de las más acomodadas familias de Bolscan. Intentó imaginar a Berta, en su estudio, trabajando a la luz de un flexo, o dormida en su habitación, con los ojos blandamente cerrados, respirando mal por la entreabierta boca, pero algo le decía que en los hábitos que regían su vida, y la de ambas, se había producido un cambio. Temió que Berta estuviese por ahí, bebiendo, divirtiéndose. O en la cama con cualquier hombre. Con Daniel Fosco, pensó, dándose cuenta de que había empezado a odiar su fláccida cara, la cínica sonrisa del pintor.

Una ambulancia los estaba esperando en la Unidad de Salvamento. El aparato aterrizó en el helipuerto, levantando una bolsa de aire caliente en derredor suyo. Casi de inmediato, los dos sanitarios que habían atendido al herido durante el vuelo, y ella misma, se encontraron en el interior de un vehículo cerrado, claustrofóbico, donde les aguardaba una doctora muy joven, con una cola de caballo y un chaleco de color naranja sobre su camisa de invierno. Martel se quejó durante todo el trayecto, pero no llegó a recuperar la conciencia.

Cuando llegaron al Hospital Clínico, un equipo médico se hizo cargo de Martel. La subinspectora vio desaparecer su cama rodante hacia las plantas de quirófanos, situadas en el subsuelo.

Esperó hasta las siete de la mañana, hora en que abrieron la cafetería, y desayunó sin ganas, obligándose a tomar con el café con leche unas insípidas galletas que, en lugar de aportarle energía, la sumieron en una sensación de lentitud y fatiga. Se quedó adormilada en las sillas del vestíbulo, entre otros usuarios que parecían esperar turno de llamada. A eso de las ocho y media, después de asearse en un lavabo, bajó a urgencias y solicitó información sobre el estado del herido. El médico de guardia le informó que el paciente seguía siendo intervenido.

– Su estado es grave -añadió el médico-. Tiene varios huesos rotos y hemorragias internas. ¿Es cierto que rodó por los acantilados de Portocristo? Si se trata de las mismas paredes por las que yo he descendido, debió caer desde una enorme altura.

– ¿Conoce la costa?

– Soy aficionado a los deportes de aventura -repuso el médico, con una limpia sonrisa; era atractivo, musculoso; no tendría más de treinta y cinco años. Martina lo imaginó en una casa de las afueras, con una mujer pulcra y rubia, y tal vez con algún niño de corta edad-. Cuando puedo escaparme del hospital practico el rápel o la escalada libre. A veces elegimos los acantilados, por eso le decía. Un descuido en cualquiera de esas paredes puede resultar mortal de necesidad.

– Ese hombre es un testigo. ¿Cuándo podré hablar con él?

– Dependerá del cirujano. Esta tarde, quizá.

– Le llamaré antes, para saber cómo ha ido la operación.

El médico de guardia le dedicó una deslumbrante sonrisa. Martina supuso que a las enfermeras de la planta no les desagradaría recibir de vez en cuando una gratificación como ésa. Quizá a alguna no le importaría aceptar una invitación a cenar. Para repasar los fallos y necesidades del servicio, simplemente.

– Será un placer atenderla, subinspectora.

– Puede llamarme Martina.

– Desde luego, Martina. Si me deja un número, yo mismo le informaré en cuanto sepa algo.

La subinspectora le facilitó el número de Jefatura y salió a la agradable mañana. La temperatura superaba en varios grados a la que enfriaba las brumosas marismas del delta.

En la puerta del hospital cogió un taxi y se dirigió a comisaría.

Conrado Satrústegui ocupaba su despacho desde primera hora. La recibió abandonando su mesa con la mano extendida, como aliviado de volver a verla sana y salva.

– Siéntese, Martina.

La subinspectora permaneció en pie.

– No estoy cansada.

– Su aspecto la desdice. ¿Un café?

Martina sonrió, débilmente.

– Me temo que no he avanzado demasiado, comisario.

– Eso lo decidiré yo. Veamos qué me trae.

– No mucho. En realidad, tan sólo una pista sólida. Esas marcas en los cadáveres de las que le informé en nuestra última conversación.

– ¿Las que fotografió? ¿No quedó en enviármelas?

– No tuve ocasión de revelarlas. El carrete sigue en la máquina.

– Démelo.

El comisario llamó a su secretaria. Adela entró con la misma expresión con que había saludado a Martina: como si estuviera en un funeral.

– Que revelen esta película, y amplíen las copias. Llame al inspector Buj.

El Hipopótamo no tardó más de treinta segundos en aparecer. El esfuerzo de recorrer el pasillo y las escaleras que separaban su oficina del despacho del comisario le había hecho aflorar un brillo de sudor en las patillas. Sus ojillos paquidérmicos taladraron a la subinspectora con una mirada en la que se desbordaba el recelo. Sin decir palabra, tomó asiento frente a la butaca de Satrústegui.

– Adelante, Martina -indicó el comisario.

La subinspectora inspiró el viciado oxígeno.

– Como le decía, esas marcas suponen nuestra única pista. Debieron realizarse con un punzón o un instrumento muy fino, y las ejecutó un zurdo. El doctor Ancano, el médico que examinó los cadáveres, no las advirtió, pero yo no descartaría por completo que pudieran habérsele pasado desapercibidas; tan leves son. Forzosamente tuvo que dibujarlas el criminal, o uno de sus cómplices. Otra hipótesis carecería de significado.

– Estoy de acuerdo -murmuró Satrústegui.

– ¿El sol sale por la mañana? -se preguntó el Hipopótamo, ahogando una risita.

El comisario le destinó una mirada represiva.

– Ahórrese las coñas, Buj. Avanzaremos más deprisa. Continúe, Martina. ¿Fue el médico de Portocristo quien realizó las autopsias?

– Las estimó innecesarias.

– ¿Porqué?

– Las cosas, en una pequeña población como Portocristo, son de otra manera. El doctor Ancano renunció a las necropsias para aliviar el sufrimiento de los familiares. En parte -estimó Martina-, puedo coincidir con él. No creo que nos hubieran revelado mucho más.

– Volvamos a esas señales sobre la piel de las víctimas -dispuso Satrústegui-. Apuntaba que tal vez fueron hechas a posteriori del examen médico.

– Es una posibilidad. Que habría tenido lugar a partir del momento en que los cuerpos descansaron en la funeraria, a la espera de ser restaurados.

– Esa teoría depara algunas lagunas -opinó el comisario-. Presupondría que el asesino, en lugar de marcarlos en la escena del crimen, apuntándoselos como trofeos, aguardó a que los cuerpos fueran descubiertos, trasladados y examinados, para tatuarlos posteriormente.

– A lo mejor el coco de Portocristo es el hombre invisible -rió Buj-. Por eso no lo cogeremos nunca, desenlace para el que la subinspectora nos está preparando meticulosamente. Su coartada es espléndida, Martina. Supera a la del propio criminal. Quien, no por desconocido, está dejando de revelarse como más competente que usted.

El comisario terció, francamente irritado:

– Ya basta, Buj.

La subinspectora había retrocedido un paso. Seguía de pie, pálida.

– ¿Quién pudo hacer las marcas, Martina? -preguntó el comisario.

La subinspectora tuvo que hacer un esfuerzo para proseguir su argumentación.

– En el supuesto caso de que dichas señales hubieran sido impresas después de que tuviera lugar el reconocimiento médico, tan sólo cinco o seis personas tuvieron la oportunidad de hacerlo. Aquellas que, en un momento u otro, bajaron al depósito de la funeraria y se acercaron a la mesa de acero donde descansaban los cadáveres.

– Sería, en principio, su lista de sospechosos -adujo el comisario; Martina desprendió que intentaba animarla, y se sintió todavía peor.

– Sí.

– Vamos con ellos.

– Teo y Alfredo Golbardo, en primer lugar. Hijo y hermano de Dimas, respectivamente. El hermano sufrió una crisis, y tuvo que salir a la calle. Teo pudo quedarse solo en la cripta.

– Teo Golbardo -repitió el comisario, apuntando el nombre-. Más.

– José Sumí. El marino que halló a Dimas Golbardo en la Piedra de la Ballena, y lo trasladó a puerto. Esa misma noche se presentó en la funeraria para declarar ante el juez. Estuvo solo un rato. Unos minutos, tal vez.

Satrústegui anotó la referencia. Martina completó su lista:

– Además del doctor Ancano, del sargento Romero y del juez Cambruno, también permaneció lógicamente en contacto con los restos el propietario de la funeraria: un tal Juan Sebastián Sobrino. Fue él quien cosió y adecentó los cadáveres.

– Seguro que le gustará la música clásica -bromeó el Hipopótamo, fingiendo que tocaba amorosamente un violín.

Satrústegui volvió a advertirle. Después anotó el nombre de Sobrino junto a los otros dos.

– Tres sospechosos, en definitiva.

– No tape todavía la pluma, jefe -dijo Buj-. Hay más. La pandilla de mocosos del delta.

– Informé al inspector Buj de la existencia de una secta cuyos miembros se hacen llamar los Hermanos de la Costa -explicó Martina al comisario-. Me inclinaría a pensar que se trata de una inofensiva y casi histriónica agrupación de artistas si no fuese porque las actividades de esos jóvenes rondan una y otra los crímenes. A veces tengo la impresión de que se limitan a jugar con fuego, pero otras sospecho que han tenido algo que ver con los asesinatos. He establecido contacto con algunos de ellos. Están llenos de contradicciones y caprichos.

– ¿Cómo se llamaba el de más edad? -Preguntó Buj, con sorna-. ¿Cara Quemada? No, eso es de alguna película. ¿El Quemao?

– Heliodoro Zuazo -musitó la subinspectora; sabía perfectamente que el inspector intentaba ridiculizarla delante de Satrústegui, pero ya era tarde para dar marcha atrás-. Reside en un paraje conocido como Forca del Diablo, cerca de los escenarios de los crímenes. Todavía no he tenido ocasión de hablar con él.

– Esto es de locos, comisario -dijo Buj, poniéndose serio-. ¿Cuánto tiempo vamos a seguir hablando de gilipolleces? Le propongo que enviemos de inmediato a un par de nuestros mejores hombres. Carrasco y Salcedo están libres. Concédales carta blanca y verá qué pronto se deshace este entuerto.

– He confiado el caso a la subinspectora -replicó el comisario-. Por el momento no veo razones para revelarla. Díganos qué pasos piensa dar a partir de ahora, Martina.

– He regresado con un testigo, para trasladarlo al Hospital Clínico, pues se encuentra herido. Han tenido que intervenirle. Podré hablar con él dentro de unas horas, en cuanto supere el efecto de la anestesia. Lo interrogaré y regresaré al delta.

– ¿De vacaciones? -preguntó Buj.

La subinspectora iba a replicar, pero estaba afectada, y se limitó a inclinar la cabeza. El comisario se resolvió a cortar por lo sano.

– Punto final, inspector. Quédese un minuto conmigo, quiero hablarle. Usted continúe con su trabajo, Martina. Manténgame informado de ese interrogatorio, y de los avances que pueda suponer.

– Gracias, señor.

– Retírese.

La subinspectora salió del despacho con la autoestima por los suelos. La propia Adela debió captar su estado de ánimo, porque la dejó salir sin someterla a sus habituales pullas.

Martina descendió las escaleras que conducían al archivo. El comisario la había defendido de los despiadados ataques de Buj, pero era obvio que no se sentía satisfecho de su labor. ¿Había cometido errores? ¿Debería haber orientado la investigación en distinta dirección?

Horacio Muñoz estaba sentado al ordenador. Enseguida se dio cuenta de que la detective De Santo no traía buenas noticias.

– ¿Cómo le fue por Portocristo, Martina?

– Supongo que mal. Buj acaba de darme un buen revolcón delante del comisario.

– Eso quisiera ese perro. Vamos, anímese. Puedo hacerle un café cargado, si le apetece.

Martina se encogió de hombros.

– Necesitaría algo más fuerte.

– ¿Whisky, entonces? Tengo una botella escondida por alguna parte.

La subinspectora sonrió, pero su entereza de ánimo se había esfumado. Se sentía insegura y débil, como una adolescente. Horacio le sirvió en un vaso chato que tenía toda la pinta de haber sido sustraído de un bar. Martina bebió el whisky de un trago, echando la nuca atrás.

– Póngame otro.

Separó los labios y se lo bebió del mismo modo que el anterior.

– Otro.

– Déjelo, Martina, o se caerá redonda y deberé recogerla en mis brazos y someterla a la respiración artificial.

– He dicho que me ponga otro.

– Está bien, pero será el último. Después se portará como una buena chica. Se tranquilizará y me contará todo lo que ha pasado.

Martina liquidó el tercer trago y dejó que un calor abrasador le quemase el estómago y fuese ascendiendo hasta empañar la mirada, que afloró un destello de humedad, como si fuera a llorar. Tuvo que apoyarse en el filo del escritorio hasta que esa abrasadora sensación dio curso a un grato abotagamiento. Después encendió un cigarrillo y comenzó a hablar. Punto por punto, refirió a Horacio cuanto había hecho en Portocristo. Sus entrevistas con el sargento y con el juez. El examen de los cadáveres. Las marcas en la piel.

Sin embargo, no lo contó todo. Como había hecho en el despacho del comisario, omitió hablar de esa barcaza que había vislumbrado el lunes al amanecer, entrando al puerto de Bolscan, y que después volvería a ver, reconociéndola por el color del casco y la forma del mascarón, en el muelle de Portocristo. La Sirena del Delta, del capitán Sumí. Tampoco se detuvo Martina en la conversación con Elifaz Sumí y Daniel Fosco, previa a su partida, ni desgranó el contenido de las obras de los Hermanos de la Costa. No sabía de qué manera encajar esos elementos aleatorios y temía en revesar el relato, así como ahondar en su propia desorientación, distanciándose de la línea correcta a seguir. Mientras Horacio guardaba silencio, limitándose a afirmar de vez en cuando, Martina siguió hablándole de Carlos Martel.

El archivero le permitió expresarse sin interrumpirla, hasta que la detective, exhausta, hubo concluido.

– De manera que ha venido escoltando al señor Martel -dijo Horacio, tras una pausa que empleó en manipular su ordenador-. No me parece que se trate de una compañía recomendable, precisamente. Tiene su historial en pantalla. Échele un vistazo.

La subinspectora consultó la ficha. Martel había estado encarcelado en varias ocasiones, todas ellas por delitos relacionados con el tráfico de drogas. Cocaína y hachís, fundamentalmente.

– Dos cadáveres y un traficante -susurró Horacio, detrás de ella, tan cerca que Martina pudo distinguir el olor de su loción-. Podría ser una conexión.

– Martel llevaba un mapa de la costa, señalado con una cruz.

– El lugar de la entrega, tal vez. Apriétele las tuercas.

– A estas horas no sé si está vivo o muerto.

– Ese acantilado por el que cayó estaba cerca de la posada, ¿no es cierto?

– Así es. El pueblo queda más abajo, junto a la playa, algo alejado.

– Conozco el paraje -reveló Horacio-. Ya le dije que alguna vez he visitado la zona para saludar a una vieja amiga. Rita Jaguar. No me ha revelado si tuvo el placer de saludarla.

Brevemente, la subinspectora le relató su encuentro con la cabaretera.

– No entiendo cómo esa mujer pudo sorberle el seso, Horacio. Tiene un aspecto terrible, con la desgreñada melena pelirroja y esas piernas de bailaora retirada.

– Los años no la han respetado, pero tampoco a mí. Eso tenemos en común: que somos dos fracasados.

– No hable así.

– ¿Por qué no? Nuestro tiempo pasó, y sólo nos dejó aromas de derrota.

– Parecería un bolero, si…

– ¿Si qué? -sonrió Horacio, con tristeza.

– Si esa mujer no diera la impresión de ser muy capaz de hacer daño.

– ¿A quién, a sus clientes? No dramatice. En el fondo, no es más que una puta vieja a la espera de su jubilación. ¿Ha vuelto a preguntarse por aquella historia que le conté en el puerto? La del crimen del carpintero, ¿recuerda?

– Apenas he tenido tiempo para pensar en ello. En cuanto me concedan unos días libres me ocuparé de ese asunto, según le prometí.

– Suponía que no iba a disponer de un segundo. Por eso he releído en su lugar el expediente de Jerónimo Dauder. Hay cosas curiosas, Martina. El libro de asientos de la carpintería, por ejemplo, registra movimientos y cargos de reparación y construcción de embarcaciones fluviales, hasta el año 1950, cuando Dauder ingresó en prisión. Muchas de esas lanchas procedían del delta.

– Hágame un favor, Horacio -cedió Martina, para terminar de una vez con aquel enojoso asunto-. Foto cópieme ese expediente. Lo llevaré conmigo.

En ese instante sonó el teléfono de la sección. Muñoz descolgó el receptor.

– Está aquí, sí. Un momento, por favor. Es para usted, Martina.

La voz procedía del Hospital Clínico, y era pausada y sonora. La subinspectora pensó que aquel tono poseía algún tipo de cualidad balsámica, como si pudiese penetrar bajo la piel y expandirse como una suerte de dulce calor.

– Tengo buenas noticias para usted -dijo el médico de guardia que la había atendido antes-. El paciente por el que se interesaba ha sido trasladado a planta. La operación ha debido ser compleja, pero parece que se ha resuelto con éxito.

– ¿Cuándo podré hablar con él?

– En cuanto salga de la anestesia. Un par de horas, más o menos.

– Allí estaré. Le agradezco la llamada.

– De nada. Si no tiene nada mejor que hacer, y le apetece compartir conmigo el modesto menú hospitalario, puedo invitarla a comer.

Martina iba a rechazar la invitación, pero lo pensó mejor. Pensó que necesitaba seguir escuchando esa voz.

– Muy bien. ¿A qué hora?

– ¿Sobre la una y media?

– Perfectamente.

Eran las doce cuando Horacio Muñoz acabó de fotocopiar el expediente de Jerónimo Dauder. Mientras el archivero se ocupaba de ello, la subinspectora hizo un par de llamadas para completar la información de que disponían sobre Carlos Martel.

A partir de la relectura de su ficha policial, consiguió hablar con un inspector sevillano, Francisco Belmonte. Años atrás, ese inspector había detenido a Martel en aguas del Estrecho, a bordo de una motora que intentaba pasar un contrabando de hachís. Por aquel delito, Martel había dado con sus huesos en el penal del Puerto de Santa María, donde permaneció ingresado durante treinta y tres meses. Belmonte le dijo a la subinspectora que Martel solía trabajar por libre, aunque a veces se enrolaba en alguna operación con bandas colombianas, en particular con el cártel de Pico Uriarte, que operaba indistintamente en el norte y en el sur del país. Paralelamente, Martel había llegado a acuerdos con los gallegos, introduciendo a algunos de sus capos en el negocio del Estrecho. Era malagueño, pero vivía a caballo entre Ceuta y Tánger. No resultaba infrecuente sorprenderlo por Marbella, cuyos clubs solía visitar cuando disponía de dinero fresco. No se le conocía familia, ni relaciones estables.

– Un putero, si me entiende, con hechuras de proxeneta, y un tipo duro -recordó Belmonte-. Nada sofisticado, pero muy eficaz. Desde que salió del Puerto sabía que le seguíamos los pasos, que su capacidad operativa se había limitado considerablemente. De ahí, quizá, que haya buscado en el norte nuevas oportunidades.

La subinspectora le dio las gracias por la información. Se despidió de Horacio y abandonó el archivo. Salió a la calle y cogió un taxi en la avenida del Príncipe.

En su casa no había nadie. La puerta principal estaba cerrada con doble vuelta, tal como ella solía dejarla cuando se marchaba por algunos días. La señora que les venía a limpiar también cerraba de esa manera. Esa mujer acudía los martes y los jueves. Había estado el día anterior, por tanto. Desde entonces, no parecía que alguien más hubiese entrado.

La gatita Pesca la recibió en el salón. Martina no necesitó llamar a Berta, porque sabía que no se encontraba allí. La subinspectora recorrió la planta baja buscando inútilmente alguna nota de su amiga. Entró en la habitación de Berta. Todo estaba en orden. Abrió su armario, que seguía tan revuelto como de costumbre, y subió al ático. Las fotografías que había visto fugazmente en la tarde del lunes, antes de partir en el ferry, permanecían colgadas de las cuerdas de secar. Se trataba de una serie. Las observó con mayor detenimiento. Llevaban el inconfundible sello de Berta, pero los motivos eran nuevos para ella. En las imágenes, deliberadamente difusas, se veía la sombra de una mujer con los brazos encadenados en forma de cruz. Aunque la melena le ocultaba el rostro, Martina pudo reconocer la boca de Berta dilatada en una expresión de fiereza o placer, y sus pequeños dientes, regulares y blancos, destacando contra el fondo oscuro del paladar. El equipo fotográfico seguía en el mismo sitio. Las cámaras, los negativos, las cajas con obras enmarcadas, los sobres plastificados con impresiones de su archivo particular. Eso le hizo pensar que quizá su amiga no se había marchado definitivamente.

Entró a su dormitorio, se desnudó y se regaló una larga ducha de agua hirviendo. Frotó su cuerpo con un guante de crin, como si quisiera depurar su piel, se lavó el pelo y se arregló las uñas pensando vagamente que aquella higiene podía tener algo que ver con su cita en el hospital. Después se cambió de ropa, llamó a la gatita, salió de la casa y volvió a cerrar con doble vuelta. Con Pesca entre los brazos, llamó a la verja de la viuda Margarel y le pidió que cuidara a su gata hasta su regreso.

– ¿Tu amiga tampoco va a estar en casa? -preguntó su vecina.

– No sé nada de ella.

– Se marchó el lunes por la noche -dijo la viuda Margarel-, poco después de que te despidieras de mí. La acompañaban dos jóvenes. Uno vestido de negro, otro de claro. Los dos altos, delgados y con el pelo largo. Se fueron andando, calle abajo. ¿Quiénes eran, artistas también? Ella les cogía del brazo y parecía muy contenta de…

La subinspectora la ayudó a terminar la frase:

– ¿De alejarse?

– Líbreme el Señor de meterme en tus cosas, Martina.

– Cuide de Pesca, Julia.

– Puedes ir tranquila. No va a pasarnos nada. ¿Te aviso si… si ella vuelve a aparecer?

– No creo que regrese tan pronto. De todas maneras, le facilitaré un teléfono.

Martina escribió en una hojita de su agenda el número de la posada del Pájaro Amarillo y descendió la calle casi sonámbula, como si flotara sobre el asfalto, entre los tilos y plátanos que sombreaban el barrio residencial.

Otro taxi la dejó en la puerta del Hospital Clínico.

Era la una y media en punto cuando entró al comedor de la cafetería. El médico de guardia la estaba esperando en una mesa del fondo. Las restantes estaban ocupadas por personal sanitario. Los cubiertos resonaban contra las bandejas de acero inoxidable.

– Patatas y carne, el menú de hoy -la saludó el médico-. Todavía está a tiempo de mirar por su salud y elegir otro restaurante.

– La verdad es que tengo hambre -sonrió ella, sentándose a su lado.

Se llamaba Juan Cortés. Estaba separado. Vivía en un adosado de las afueras, con garaje y jardín, y, cuando le correspondía la custodia, con una niña de seis años, fruto de su matrimonio con una de las enfermeras del hospital, con la que seguía manteniendo una aceptable relación.

– ¿Por qué se ríe, Martina?

– Porque lo había adivinado casi todo.

– Menos la razón que nos impide tutearnos.

– Eso tiene fácil solución.

Cuando Martina volvió a mirar el reloj, eran las tres. Se asombró de lo rápido que se le había pasado el tiempo de esa comida informal, la mayor parte de la cual continuaba en la bandeja. No habían parado de hablar. Martina le contó cosas de la comisaría, de Ernesto Buj y de Adela, la secretaria de Satrústegui. Le habló de su padre, Máximo de Santo. Y le confesó por qué se había hecho policía.

Juan Cortés abrió un yogur, hundió la cucharilla de plástico y se la llevó a la boca.

– Me gustaría volver a verte.

Ella se puso súbitamente en pie.

– Es hora de trabajar. Quiero ver a ese hombre.

– Está en trauma, en la 404 -dijo el médico, algo turbado por su reacción-. Te acompañaré.

– No hará falta. Gracias por todo.

Lo dejó allí, apoyado contra la pared del comedor, con la cucharilla de yogur entre los dedos, y subió en el ascensor hasta la cuarta planta. El celador la dejó pasar en cuanto le mostró la placa.

La subinspectora abrió sin ruido la puerta de la habitación 404.

Blanco como la sábana, desnudo de cintura para arriba, Carlos Martel estaba tumbado en una cama con el respaldo alzado. Tenía entre las manos el mando de la televisión, y estaba viendo las noticias. Sin pronunciar palabra, Martina se dirigió al aparato, que colgaba alto en la pared, cerca del techo, como los de los bares, y lo apagó.

– ¡Eh, oiga! ¿Qué está haciendo?

– Asegurarme de que va a entender lo que vengo a decirle.

– ¡Hice poner una moneda! -exclamó Martel, incorporándose con tal brusquedad que a punto estuvo de derribar los goteros. Las heridas debieron producirle un dolor insoportable, porque se derrumbó en la almohada con el rostro crispado.

– Tómeselo con calma -le aconsejó Martina-. Deberá permanecer en el hospital varios días. Semanas, quizá. Tendrá tiempo para ver la televisión. Yo, en cambio, apenas dispongo de margen. Por eso he venido a proponerle un trato.

– ¿Quién es usted?

– Subinspectora De Santo, Homicidios.

El hombre hizo una mueca de desdén. Sin embargo, su expresión fue atemperándose, como en un rápido proceso de adaptación a la nueva situación.

– La recuerdo borrosamente… ¿Fue usted quien me rescató de las rocas?

Martina hizo un gesto afirmativo.

– Oí sus gritos al caer por el acantilado, y corrí desde la posada. ¿Qué ocurrió?

– Alguien me empujó.

– ¿Pudo verle, o estaba usted demasiado borracho?

Martel la miró con una expresión de astucia.

– ¿Qué importa si lo estaba? Dijo que había venido a proponerme algo. ¿De qué se trata?

– De un acuerdo amistoso.

– No hago tratos con policías.

La subinspectora hizo chasquear la lengua.

– Sé quién es usted, Martel, y para qué fue a Portocristo. Un transbordo en alta mar nunca resultaría seguro de no contar con un grupo de apoyo en tierra. Usted iba a coordinar ese grupo. El desembarco de la mercancía va a hacerse efectivo en un paraje de la costa oriental, en algún punto entre Forca del Diablo y la Piedra de la Ballena. Tengo razones para sospechar que la operación se ejecutará muy pronto. Seguramente a estas horas alguno de sus amigos se estará preguntando por qué han perdido contacto con usted. Quizá decidan suspender la entrega, pero lo más probable es que se resuelvan a sustituirle por cualquier otro. Pico Uriarte es un hombre práctico. Seguirá adelante con o sin su ayuda.

Martel guardó un silencio huraño. La subinspectora le dio la espalda y se dirigió a la ventana de la habitación. Desde allí, entre las manzanas de casas, podía verse el puerto. Los mástiles de un buque escuela asomaban entre los edificios, como si los barcos estuvieran enterrados a la altura del asfalto. Martina recordó que el ferry salía a las seis, y que debía cogerlo.

– ¿Cuál es el trato?

La subinspectora no se volvió. Su aliento empañaba el cristal de la ventana. Encendió un cigarrillo, y dijo:

– Voy a permitir que esa operación se lleve a cabo. Nadie lo sabrá. Tampoco que tuvieron que intervenirle en un hospital, ni que habló con la policía.

– Pero yo no estaré allí, en Portocristo.

– Su gente, sí. Arrégleselas con ellos. Estoy segura de que Teo Golbardo sabrá sustituirle. Me pareció un muchacho muy competente. Ambicioso y frío, nada temperamental. Conocedor de la costa. El lugarteniente ideal. ¿Vamos con la otra parte, con lo que quiero de usted?

Martel no contestó. Miraba la pantalla apagada de la televisión. La voz de la subinspectora se hizo más persuasiva cuando se acercó a su cama.

– Algunos hombres han muerto asesinados en el delta. Se trata de crímenes violentos, sin explicación aparente. Todas las víctimas son varones de cierta edad. Honrados ciudadanos que en apariencia llevaban vidas corrientes y que se conocían entre sí, al menos de vista. Pero ahora usted, un forastero, ha estado a punto de engrosar esa fúnebre lista, y no creo que los nombres de quienes han perdido trágicamente la vida le digan nada. Usted supone una excepción, Martel, y por eso debo saber todo lo que hizo en Portocristo, desde el momento en que bajó del ferry el pasado lunes por la noche. Absolutamente todo, sin omitir detalle. Tiene que existir un punto que le relacione con los demás, ¿me sigue?

La subinspectora se había sentado en el filo de la cama, y jugaba con su cigarrillo. Martel pareció meditar durante un minuto eterno. Martina le tendió el pitillo. El hombre lo aceptó y se lo llevó a los labios.

– Usted me gusta -dijo Martel-. Tiene un corazón de hielo. ¿En qué cree? En nada, ¿verdad?

– Sólo en mi instinto.

– ¿Su olfato le dice qué fue de mis perros?

– No lo sé. Supongo que alguien se habrá encargado de ellos.

Martel fumó y volvió a refugiarse en el silencio. Finalmente, dijo:

– ¿Sólo quiere eso, un relato de mis andanzas en Portocristo?

– Nada más.

– ¿Y saldré de esto sin cargos?

– Le doy mi palabra.

– De acuerdo. Le contaré lo que hice, Adónde fui, con quién hablé, con quién me acosté. Pero encienda la televisión. Así olvidaré más fácilmente que estoy delatando a alguien. Pensaré que fue un mal sueño, y que usted nunca existió. Que jamás recibí la visita de una mujer policía ni me dejé engañar por una cara bonita y un cigarrillo manchado de carmín, como si fuera Carlos Gardel.

Martina sonrió.

– Le escucho.

Загрузка...