TERCERA PARTE

29

Durante los meses de temporada baja, hasta Semana Santa, La Sirena del Delta se limitaba a navegar por el estuario, absteniéndose, por lo general, de emprender travesías hacia Isla del Ángel. Pero en circunstancias poco comunes, un naufragio, o si había que celebrar un entierro en el camposanto del peñón, el capitán no dudaba en aparejar su barcaza y desafiar las rompientes más allá de las barras de arena.

José Sumí vivía a dos kilómetros del pueblo, pero sólo a un centenar de pasos del embarcadero donde amarraba su lancha. En Portocristo, a causa de las serpentinas de flores que alegraban los muros de piedra y trepaban por el torreón, entrelazándose con la hiedra, se conocía a la residencia indiana de los Sumí como la Casa de las Buganvillas.

Aquel perla amanecer del jueves 22 de diciembre, junto a las insalubres lagunas de la desembocadura del río Madre, el capitán se levantó con reuma. Rara era la noche en que podía dormir. Angustiado por la larga vigilia, supo que ese dolor anunciaba galerna.

«Ha llegado el invierno», pensó.

Al incorporarse de su lecho de viudo, un calambre recorrió su espina dorsal con caligrafía de hielo. José Sumí se acostaba siempre, incluso en los meses crudos, como lo echaron al mundo. Cubrió con una manta su nudosa desnudez, se calzó unos zuecos y tranqueó por el suelo de jatoba.

Abrió el ventanal. Una esfumada bruma velaba la marisma. El lagunar, de un suave color violeta, como las uvas maduras en los parrales de la sierra, estaba en calma. Pero intuyó que al atardecer, antes, tal vez, a mediodía, el Abrego cedería paso al viento que en el delta llamaban gallego, más tumultuoso y frío.

Adormilado, contempló el tejo y la palmera que crecían junto al seto. Respetando una secular tradición, su padre, Isaac Sumí, también marino, los había plantado el día en que él nació de nalgas, agravando el parto con un prolongado tormento. Los árboles sumaban, como su edad, sesenta y cinco años; y tampoco debían tener intención de abandonar aquella salitrosa tierra, en cuyo pobre fermento tanto les había costado crecer.

Meses atrás, en una hora desamparada, José Sumí se había decidido a formalizar su última voluntad.

Redactó las cláusulas de su testamento ológrafo con la estilográfica de su abuelo Abraham, una pluma de laca china que el patriarca de la familia había adquirido en La Habana, donde hizo fortuna. Mirando discurrir la tinta con una tristeza honda, José Sumí dispuso que a su muerte todos sus bienes, a excepción de medio millón de pesetas que legaba al Círculo de Amigos Devotos de Escolástica General, la asociación católica que él mismo presidía, pasaran a su hijo Elifaz. Que fueran recitados tres padrenuestros, uno por su abuelo, por su padre el segundo, y un tercero para redimir sus pecados. Que le diesen tierra en el jardín de la casona, a la sombra de sus árboles patronos, bajo lápida y cristiana cruz. Y encarecía, para concluir, que bajo concepto alguno abandonasen sus huesos al amparo de una tumba en Isla del Ángel, cuyo cementerio medieval, a pesar del mimo que él dedicaba a los difuntos, le daba mal fario.

No todos sus mayores, sin embargo, habían sido inhumados. En el año de 1940, el cadáver de su abuelo Abraham fue incinerado.

El patriarca de los Sumí sentía terror al ataúd. Temía despertar en la asfixiante caja, para sufrir el martirio de una segunda agonía. De manera que, cuando expiró, su hijo Isaac, padre de José y abuelo de Elifaz, instaló sus restos mortales en La Sirena y navegó hasta el puerto de Bolscan. Al regresar, portaba un ánfora de asas doradas. Por entonces, José era ya su grumete. Entre sus recuerdos de juventud había conservado una estampa de su padre, Isaac, frente a los acantilados de Isla del Ángel, con los ojos cuajados de lágrimas a la espera de esparcir, en la invisible bandeja de la brisa, las cenizas de Abraham Sumí. El horno funerario había reducido los huesos del primer patrón de la saga a un polvo blanco que flotó en el aire salado, y que mansamente, como polen de una lejana orilla, se fue posando en la líquida mortaja de las olas.

De esa manera había dicho adiós Abraham a su agitada vida de patrón mercante y héroe condecorado en la guerra de Cuba. Pero incluso ahora, casi medio siglo después, cada vez que su nieto José intentaba imaginarse su propio cadáver, rígido en su pijama de pino, con una legión de gusanos hartándose de su carne, la despedida terrenal de su abuelo Abraham, una caricia así, mórbida, etérea, de su alma a las divinidades del mar se le antojaba una despedida más digna y grata a la eternidad.

Desde que la muerte, enarbolando su negra guadaña, se paseaba por las marismas del delta, José Sumí estaba inquieto. Tal como le sucedía a su abuelo Abraham, la sola imagen de un ataúd le inspiraba un pánico cerval. Jamás pasaba por delante de La Buena Estrella, la funeraria del pueblo, así tuviera que rodear su manzana. ¿Y si muriese sin haber muerto y despertara bajo tierra, acolchado en un féretro, a solas con el ángel y el diablo que se disputarían su alma? ¿Debería hablar con el juez Cambruno para otorgar otro testamento y hacerse incinerar, como el padre de su padre?

Esa mañana de adviento, José Sumí dejó a Sara María Golbardo, su esposa, dormida en una extraña postura. La pobre mujer no debía haber encontrado la paz en el sueño eterno, pues tenía la piel azulada, como los ahogados del piélago, y se agitaba en sueños aferrando entre sus marfileños dedos el rosario de pétalos de rosa de las monjitas Escolásticas que él le había regalado el día de su petición.

El capitán no podía ignorar que Sara María estaba muerta, pero a menudo la sorprendía por la casa, subiendo o bajando escaleras, vigilando en el fogón sus masas de crema pastelera, despidiéndole en la vereda con una expresión afilada en su rostro de arroz. El tardío parto de Elifaz, cuando ya ellos se resignaban a no concebir hijos, le había dañado el útero y apresurado la vejez, pero Sara María debía pensar que sería eternamente joven, pues siguió empeñándose en nadar en las lagunas, como hacía cuando era niña, hasta que un mal día sus pulmones no fueron capaces de sacarla a la superficie.

Antes de lavarse en el aguamanil del dormitorio, José Sumí rezó una oración. Cuando terminó de secarse la cara, el espectro de su mujer se había desvanecido.

Su hijo Elifaz había heredado su inclinación a padecer visiones. Entraba y salía de la casa como un fantasma, hablaba solo y escribía profanos versos que un cristiano cabal, como el capitán, jamás podría aprobar. Su padre sabía que el muchacho andaba por malos caminos, y en peores compañías, pero atribuía esos excesos a los ardores de la juventud, que también a él lo habían desviado hacia la intemperancia y el pecado carnal con mujeres impuras.

De vez en cuando, Elifaz regresaba de la ciudad. Apenas estaba con él. Todo el tiempo se le disipaba en vagar con sus amigos por las tabernas y meterse en líos. El capitán le daba unas llaves de la puerta trasera, por si se presentaba de madrugada, al regreso de otra parranda. Y le impartía, invariablemente, el mismo consejo: «Hagas lo que hagas con tu alma o con tu cuerpo, recuerda siempre, Eli, que Dios y tu madre te estarán observando.»

José Sumí bajó a la cocina. Coló café. Se puso las botas de agua. Salió al jardín. Abrió la valla cancel.

Canales de agua poco profunda rodeaban la Casa de las Buganvillas. Una garza picoteaba en las burbujas de fango.

En el embarcadero, balanceándose al compás de la marea, junto a una barquita con motor que solía utilizar Elifaz para sus correrías nocturnas, La Sirena lo recibió con su quilla pintada de rojo escarlata.

El capitán encendió el primer cigarro del día y subió al puente. Las pasarelas deberían estar barnizadas, pero el mal tiempo le había impedido trabajar. «Tengo los huesos llenos de agua», se había quejado al doctor Ancano durante su revisión anual en el ambulatorio de Portocristo. El dolor reumático se le concentraba en una insoportable lumbalgia.

Además de sus calzones largos y los pantalones de paño, el capitán llevaba un jersey de cuello cisne y un capote marinero, pero en cuanto empuñó la brocha empezó a tiritar. Buscó refugio en la bodega del lanchón, cuya panza conservaba una sofocada tibieza, y se puso a reparar el alambique. El sargento Romero había ordenado una batida para acabar con la destilación clandestina de licor, pero no se le había ocurrido revolver allá dentro.

Tampoco el espectro de Sara María Golbardo había encontrado aún la manera de bajar a la sentina. A veces, si se pasaba con el anís navegando en soledad por las irisadas marismas, José Sumí la sorprendía en cubierta, acodada a la borda, permitiendo que el viento alborotara su cabello gris e hinchase las mangas del mismo vestido rojo coral que llevaba la tarde en que se ahogó.

Respirando el olor de la brea, en medio de aquella soledad que tanto amaba, el espíritu del capitán, como La Sirena en el chapaleo de la pleamar, se mecía en una tenue felicidad. En aquella cálida matriz, el tiempo dejaba de existir. Sólo latían los recuerdos, los pulsos de sus manos trabajando a la luz de un fanal.

Cuando terminó de limpiar el alambique, José Sumí volvió a subir al puente para cepillar las pasarelas.

La brocha estaba apelmazada del último uso. La introdujo en un cubo de aguarrás y aplanó las pegajosas cerdas. Barnizó los mástiles del toldo y empuñó el hacha para desbastar una tabla que había que sustituir en cubierta.

Entonces, entre la niebla, vio a la mujer.

30

Martina de Santo debía llevar un rato al pie del embarcadero, inmóvil junto a la cabina de expedición de pasajes. La subinspectora había reconocido el mascarón, la toldilla, la rabiosa pintura escarlata del casco.

Lo primero que a José Sumí le llamó la atención, además de su sombrero y su estilizada figura, fue lo natural de su presencia, como si no concurriera nada de extraordinario en el hecho de que una atractiva forastera hubiera decidido aparecer en un embarcadero remoto, al norte del país, con los oleajes y el relente del invierno en ciernes.

– ¿Se le ofrece algo? -voceó el marino.

Caminando con cierta dificultad por las resbaladizas tablas, la subinspectora avanzó hacia la sirenita de proa, que parecía mirarla con su expresión de ángel ciego.

– ¿Es usted el marinero?

José Sumí replicó:

– Soy el capitán, no sé si para servirle a usted.

Con su envergadura y sus barbas blancas, el patrón parecía un oso polar. El hacha se veía pequeña en su mano.

– Disculpe.

– Perdonar es fácil, como herir.

Un tanto asombrada, pero alerta, Martina encendió un cigarrillo.

– Tengo que ir a un lugar llamado la Piedra de la Ballena. ¿Hace esa ruta?

El capitán recogió el hacha en el puente, acabó de limpiar la brocha en el filo del impermeable y la arrojó al cubo de aguarrás. Martina se preguntó si ese mismo capote habría servido para envolver los restos de Dimas Golbardo, sus manos cortadas, sus intestinos, sus ojos.

José Sumí la medía con mirada torva.

– Nunca la había visto por aquí.

– Estoy de paso.

– ¿Para qué quiere ir a la Piedra?

– Me han dicho que ese paraje está rodeado de misterio. Tal vez escriba algo para mi revista.

El patrón no se decidió a responder hasta pasado un rato, cuando la hubo calibrado a su gusto.

– Verá. No me importaría llevarla a la Piedra de la Ballena, a cualquier orilla del delta, incluso al fin del mundo, pero es temporada baja. Estamos cerrados. No habrá servicio hasta Semana Santa.

– He alquilado esa propiedad -le informó la investigadora-. Su propietario, Teo Golbardo, me previno que la carretera del estuario está cortada por las inundaciones, pero me aseguró que su lancha podría trasladarme hasta la playa ballenera.

– ¿Eso le dijo mi sobrino? ¡Buen tunante está hecho! Mejor haría en no meterse donde nadie le llama. ¿Supone que me ha indemnizado por los pasajes del último verano? Por supuesto que no. A Teo todo le da igual. Debe pensar que La Sirena y yo sólo aparejamos para él. ¡Cuán diferente era su padre, el noble Dimas, a quien Dios tenga en su gloria! Después soy yo quien tiene que quedar mal con gente como usted. Vamos a dejarlo, si le parece. O si no le parece.

Pero la subinspectora no había llegado hasta allí para arrojar la toalla.

– Me siento incómoda hablándole desde aquí abajo. ¿Le importa que suba al puente?

El capitán se limitó a señalarle una escala. El viento del amanecer rizaba la superficie del estuario. Una familia de cormoranes chapoteaba en la laguna, cuyas aguas, del color de la mirada del capitán, eran de un verde óxido. Los ribereños juncos dejaban asomar bancos de arena. Al fondo se transparentaban rocas oscuras y un peñón batido por las olas.

– Parece una postal -dijo Martina, deslizándose bajo la toldilla.

José Sumí acababa de descubrir en el bolsillo de su pantalón restos de un cigarro puro; prendió la pava con un mechero de alcohol.

– Veinte mil -dijo, tras expulsar el humo.

– ¿Cómo dice?

– Si quiere que la lleve a la Piedra de la Ballena tendrá que abonarme veinte mil pesetas.

– ¡Es un abuso! ¿Me ha tomado por una cándida?

– Puede regresar a Portocristo y contratar una cangrejera -repuso el patrón, con cuajo-. Cualquier pescador la llevará por la cuarta parte. Sólo que, si el gallego se pone a soplar en serio, como él sabe hacerlo, demorará una jornada, o no llegará. El río baja desbordado, y las rompientes imponen.

– En la taquilla figura el precio del billete -dijo ella. Agitó el cigarrillo y apuntó con la brasa el mostrador donde se expedían pasajes para las travesías panorámicas-. Acabo de comprobarlo. Cuesta mil pesetas. Novecientas noventa y cinco, exactamente.

– Precio de temporada, señora.

– Señorita.

– Señorita -repitió el capitán, sarcástico-. Cobramos esa cantidad por la travesía hasta las barras, ida y vuelta. Apenas cuarenta minutos. Pero usted pretende llegar bastante más lejos. ¿Le dijo mi sobrino Teo dónde queda su propiedad? De la Piedra de la Ballena nos separan dos o tres horas de navegación. Hay que remontar el estuario, evitando el reflujo de las barras. Salvar el arrecife, costear y otra vez adentrarse por la ría del Muguín. Si viajase acompañada podría partir gastos, y le saldría más económico. Así le resultará caro, lo sé. Siempre cobro por adelantado, no recuerdo si se lo he advertido.

– La memoria debe ser su punto débil, porque descaro le sobra a usted.

– En el delta somos francos, señorita-dijo el patrón de La Sirena ; no parecía ofendido-. Aquí la vida es difícil. Lo toma o lo deja.

Martina abrió una cartera. En el espacio que los separaba extendió dos billetes nuevos.

– Sabia decisión -aprobó el marino, arrugándolos por sus bolsillos-. Hay café en el camarote. Si abre la alacena, descubrirá una caja de galletas. Coja una, o las que le apetezcan. Puede que estén rancias. De ser así, las arrojaremos a las gaviotas. Esas inocentes avecillas son criaturas predilectas de Dios. No en vano el Supremo creó antes a las aves que al imperfecto Adán. ¿Ha leído el Génesis, señorita? El cielo bendice la mano que les da de comer. Permítame. Subiré a bordo su equipaje.

Martina suspiró, agotada. En el ferry no había conseguido descansar. Tampoco en su habitación de la posada del Pájaro Amarillo, a la que arribó pasada la medianoche, pudo dormir. Al rayar la aurora, se vistió. Había descendido por la senda del acantilado y recorrido el camino de sirga hasta la Casa de las Buganvillas, donde nadie contestó a la aldaba. Razón por la cual se había encaminado al embarcadero de La Sirena.

José Sumí baldeó la cubierta, sucia de guano. Lustró sus botas con una gamuza, se puso una gorra que había pertenecido al legendario Abraham y liberó las maromas. El motor hizo un ruido infernal, como si una bestia se desperezase en la sentina, pero no arrancó.

– No hay combustible, por todos los diablos -masculló el capitán-. Juraría que quedaba medio depósito.

Moviéndose con pesadez, acarreó un bidón desde la caseta. La Sirena comenzó a deslizarse por la laguna.

– ¿Es usted extranjera? ¿Italiana? ¿Argentina?

A Martina le tranquilizó el hecho de que no supiera quién era. José Sumí admiraba el óvalo de su rostro, la palidez de su piel.

– No, claro, no tiene acento. Ya ve: como arúspice, no me ganaría el cocido. ¿No procederá de la capital central? En ese caso, debo advertirle que sus paisanos no suelen ser bien recibidos. Demasiados siglos de explotación. Portocristo existía mucho antes, señorita, escrito está. Cuando Madrid no era corral de comedias. En toda mi existencia he pisado sus calles. Y tengo la sensación de no haberme perdido nada. Corríjame si me equivoco.

– Nací en Filipinas -repuso ella. Estaba intentando establecer si se las había con un hombre inteligente, capaz de matar, o con un charlatán-. Resido en Bolscan. Pero me he criado aquí y allá.

La laguna se ensanchaba. El canal por el que se alejaban del embarcadero acababa de unirse a otro afluente de cenagosas aguas. Vieron el mar. Su turquesa claridad perfiló un rectángulo de luz bajo el encapotado cielo.

– ¿A qué se dedica usted? -siguió preguntando el patrón, pero Martina fingió no escucharle.

El capitán sacó la cabeza:

– ¿Le gustaría pilotar mi Sirena}

La subinspectora entró a la cabina. El angosto compartimento olía a una mezcla de caldo de gallina y gasoil sin refinar.

En la contrachapada pared, colgadas junto al hacha, podían apreciarse fotografías en blanco y negro de los patrones del barco: Abraham, Isaac, el propio José Sumí.

Los dos primeros habían posado a bordo de la barcaza, que parecía no haber cambiado desde el día en que la botaron del astillero. Abraham lucía mostacho; Isaac, una perilla que le aportaba un aire velazqueño. Pero José Sumí, mucho más joven, y con la barba todavía oscura, se había retratado en dique seco, junto a otro hombre de sencillo aspecto que sostenía un martillo en la diestra.

– Esa foto suya no está tomada en el delta -apuntó Martina-. Yo diría que es el puerto de Bolscan, con el astillero al fondo.

José Sumí le dio la razón.

– Acertó. De vez en cuando se hacía necesario remendar a la pobre Sirena, y hasta allá nos íbamos.

– ¿Quién es ese hombre que está junto a usted, con aspecto de artesano?

– Calafate. Buena gente. Jerónimo Dauder, se llamaba.

Martina notó como si una pinza le pellizcara las vértebras cervicales. En la posada, insomne, había comprobado el libro de asientos contables de la carpintería de Dauder, cuyas fotocopias le había facilitado Horacio Muñoz. La Sirena aparecía registrada en numerosas ocasiones. Entre los años 1947 y 1950, concretamente, no menos de una docena de veces.

– ¿Vive?

– Ah, no. Murió. Y, con él, su artesano oficio. Desde entonces, yo mismo tengo que embrear las tablas de encina del casco. Echo de menos al buen Jerónimo, ya lo creo. Dejó un gran vacío.

– ¿Ese carpintero no tuvo hijos que continuaran su labor?

– Creo que fue progenitor de uno, pero no debió heredar su ciencia, qué le vamos a hacer. En cambio, el mío, Elifaz, sí ha sentido la llamada del mar, aunque no la del trabajo. En cuanto puede, sube a su chalupa y sale a navegar sin rumbo. Pero dudo mucho que Eli me suceda al timón. Tiene la cabeza a pájaros. Cuando el Señor me llame a su vera, ignoro qué será de La Sirena. Supongo que alguien la comprará y montará un restaurante con lo que quede de ella.

Martina observó las fotografías. Jerónimo Dauder, el calafate, tenía un aire inofensivo y pulcro. Nadie habría adivinado que había cometido un asesinato. Mucho menos que, a su vez, había sido víctima de un crimen sin resolver.

Por su parte, los varones de la familia Sumí compartían la misma mirada aguada. Plebeyos trazos les dibujaban la nariz y la boca. Ecos del Delta había entrevistado a los marinos de la saga. Amarillentos reportajes que, como las fotos, se exhibían clavados a un panel, junto a un jirón de bandera republicana y una caricatura de Alfonso XIII, que había navegado a bordo.

– Corona de España -canturreó Sumí-, caballitos de mar… ¿Qué diadema brilla más?

– ¿Qué está cantando?

– ¿Preferiría un salmo?

– No, gracias. Hábleme de ellos -le invitó Martina, señalando a sus mayores.

Con el paso del tiempo, para distraer a los turistas durante la travesía de las barras, el capitán había ido elaborando un discurso. Erguido en el puente, con grave voz a la que el megáfono prestaba difusión tonante, describía a sus pasajeros el ritmo de las mareas, la matemática de los astros, las cacerías de cachalotes y ballenas cuando aquellas ensenadas eran tumbas de agua y arena. Entreveraba episodios, quién sabía si fantásticos, sobre La Sirena y su propia familia. En la genealogía de los Sumí, como esos canales confluyentes en las lagunas, la barcaza y sus tripulantes venían a compartir un mismo destino. Cuando hablaba de los suyos, del abuelo Abraham, quien, a su regreso de Cuba, había construido La Sirena con sus propias manos, a José Sumí le daba pálpito al corazón.

– Por el dinero que usted ha pagado, bien merece que le resuma alguna de las heroicas batallitas de mi abuelo Abraham -accedió el capitán, atento a los bancos. La subinspector estaba pensando que en aquel hombre no se adivinaba la menor huella de abatimiento o depresión, según le había apuntado el sargento Romero, sino más bien una dionisíaca vitalidad-. Permítame. Esta embarcación ha hecho aguas en varias ocasiones. La más gloriosa, en el 38, durante la guerra civil. El buen Abraham pilotaba un pasaje de exiliados republicanos, en su mayoría mujeres y niños, cuando fueron ametrallados desde aquel islote que se ve allá. -Indicó un promontorio que sobresalía como una concha de tortuga en el centro de la laguna-. Mi abuelo, con la pistola en una mano y la caña en la otra, maniobró para ganar mar abierta. Debió ser una travesía infernal. Un día después, achicando agua, escorada a babor, y con la cubierta llena de heridos, La Sirena arribó a puerto francés. Salvas de pólvora y vítores a la República aclamaron a los héroes.

Los nietos de aquellos milicianos, continuó exponiendo José Sumí, habían oído hablar del combate. Uno de ellos, profesor en un instituto de Argenta, le había asegurado que cierto libro glosaba la hazaña. Aquel profesor se había comprometido a enviarle un ejemplar, pero pasaron los meses sin que a la estafeta del capitán llegasen otros volúmenes que ediciones de poetas malditos, a nombre de su hijo Elifaz; tampoco regresó el docente erudito. El capitán llegó a obsesionarse con esas supuestas páginas que inmortalizaban la participación de los Sumí en la guerra civil. Preguntó en el quiosco de Portocristo. Indagó, en la sede de Ecos, a su director, Mesías de Born, quien tampoco supo darle razón. Desorientado, escribió a Elifaz.

El capitán reveló a su pasajera que su único hijo estudiaba filología clásica. Quería ser literato. Vivía en Bolscan, en un piso de alquiler, con otro muchacho, Daniel Fosco, el hijo del farmacéutico, pero retornaba al delta en las vacaciones de verano, por Semana Santa y Navidad, o cuando necesitaba dinero. Elifaz leyó la carta de su padre, alambicada y retórica, como todas las suyas, y se aplicó a visitar las bibliotecas y el rastro de libros antiguos. Sin embargo, el precioso ejemplar no apareció. Pese a ello, el capitán, dando por buena la información de aquel profesor a quien nunca volvería a ver, pero cuyas lentes de alambre le inspiraron confianza, había decidido incluir en su guía la referencia a un capítulo documentado de la guerra civil, con La Sirena navegando como un símbolo de libertad entre el plomo enemigo.

El gallego había empezado a soplar. Destemplada, la subinspectora tragó una aspirina a palo seco. Coquetamente, extrajo del bolso una pomada hidratante y se la aplicó al cutis.

– ¿Se marea? -Preguntó el capitán-. Hágamelo saber. Si se indispone, le daré un remedio. No debe avergonzarse. Al fin y a la postre, es mujer.

Aquel tono ofendió a Martina. Le hizo recordar las maneras del inspector Buj.

– Creí que era usted un caballero.

José Sumí no se ofuscó.

– ¿Le incomoda mi charla, señorita? Lo entendería si fuese aún un jovencito. Pero ya tengo una edad. Y mala memoria. Los turistas quieren saber cosas que he olvidado. Ni siquiera recuerdo cuando empecé a tripular este cascarón. Fui grumete de mi padre, Isaac. No me pregunte más. Pero de algo sí estoy seguro. De las reglas de educación. En el momento en que alguien pone los pies en mi barco, yo pregunto y el pasajero responde. Son las normas a bordo -concluyó, guiñándole un ojo-. Y, ahora, explíqueme cómo se gana la vida.

– Soy documentalista.

– ¿Seguro que no es actriz? ¿De cine, de teatro? ¿Una famosa actriz de incógnito por estas tierras? Podría darle clases a mi sobrino Teo, que actúa como un autómata.

– ¿Su sobrino es actor?

– Eso dice. ¿Quiere una galleta? En el camarote. ¿Café? Es de puchero. Sírvase, aún estará caliente… Adoro el teatro. Lustros habrán pasado desde que asistí a la última obra. En Bolscan, en el Monumental. Un clásico -recordó con una turbulencia de sus pobladas cejas-. ¿Lope? Ah, esta cabeza mía…

– ¿Hace mucho que no va por Bolscan?

– Años.

– ¿Usted asistía al teatro? A la vista de sus modales, le cuadraría más andar huroneando por los cabarets del puerto.

José Sumí explotó en una desagradable carcajada.

– De solteros frecuentábamos la revista -admitió-. Qué pandilla aquélla. Pedro Zuazo, Mesías de Born, hasta Antonio Cambruno, que hoy es todo un señor juez… Tiempos vacíos. Estaba lo bastante ciego como para desnortarme por cualquier hembra bien armada. Pero hice propósito de la enmienda, y Dios supo perdonarme. El está ahí, ¿lo ve? Sobre las aguas. Aprenda a oír su voz, señorita.

La subinspectora removió su café y encendió un cigarrillo. Continuaron navegando en silencio. El cielo se iba despejando, pero hacia el horizonte, cuando los cañaverales permitían una visión panorámica, flotaban nubarrones en panza de burra.

El canal por el que avanzaban con lentitud, sondeando, murió en el cauce del río. El estuario se ensanchaba como una vena rota. José Sumí carraspeó. Una hebra de tabaco se le había trabado en el paladar. Escupió al cubo, pero no atinó. El marino siguió con su juego:

– Lo supe en cuanto la vi en el embarcadero. Ese porte. Su gabardina. El borsalino. Sólo podría llevarlo una actriz. Y luego están sus zapatos de tacón.

Volvió a guiñarle un ojo. Martina hizo un esfuerzo por sonreír.

– Sospecho que no me servirán de mucho. Esta región parece inhóspita.

Se agachó para quitárselos. Estiró el brazo y los arrojó a cubierta.

– Cogerá una pulmonía -le advirtió el patrón.

Ella puso las manos sobre el timón. José Sumí aprobó el gesto.

– ¿Acepta el reto? ¡Bien hecho!

El capitán se apartó de la rueda, pero permaneció a su lado, dispuesto a intervenir. El hacha estaba justo detrás de él.

– ¿Me presta su gorra?

El marino se descubrió y la ayudó a ajustarse la visera. La gorra de Abraham le quedaba airosa.

– Por la Beata Escolástica, está usted divina. Como…

Ella se humedeció los labios.

– ¿Como quién, capitán?

José Sumí tragó saliva.

– Como un lirio de agua.

– ¿Todos los hombres del delta son tan aduladores como usted?

– Algunos sabemos inclinarnos ante la belleza.

Ella emitió una risa cómplice.

– ¿Le recuerdo a alguna de las artistas de los cabarets de Bolscan? ¿A aquella famosa vedette de El Deportivo, quizá? ¿La que bailaba con serpientes?

El capitán palideció.

– No sé de quién me habla. Ya le he dicho que yo también tuve veinticinco años, y la sangre caliente.

– Apuesto a que a un viril marino como usted se lo rifarían esa clase de chicas.

José Sumí se envaró.

– Desde que me iluminó la fe, jamás volví a pecar.

A la subinspectora se le resbaló la caña.

– ¡Cuidado! -exclamó el patrón.

– Lo siento.

– Tranquila, está en buenas manos. Ponga rumbo a esas rocas.

Olas más bravas leían la tensión de las corrientes. Cerrando la desembocadura, una formación rocosa sobresalía del arrecife. Sus dientes de sierra rompían en paredes de espuma.

– ¿Pretende que pasemos por allí?

– Apártese.

– Ah, no, capitán. Usted ha confiado en mí.

La Sirena fue virando hasta cabecear frente al arrecife. Una brusca resaca se dejó sentir en el casco, que progresaba con denuedo y crujía como si fuera a partirse. Al avanzar hacia las rompientes, Martina vaciló. El color del agua cambiaba. La Sirena se elevaba y hundía.

La agitada navegación se prolongó hasta que dejaron atrás el arrecife. Después, se estabilizó.

– Lo ha hecho muy bien, ¡bravo! -aplaudió el capitán. Una salpicadura había apagado su cigarro; volvió a prenderlo con el mechero de alcohol, que olía como el combustible del barco-. Es usted una mujer con personalidad. Una actriz de carácter.

– Después de esta interpretación, creo que saldré a proa. Me sentará bien un poco de aire fresco.

– No tengo champán, pero brindaremos con mi anís de fardacho. Lo destilo según una fórmula secreta.

– ¿Anís de fardacho?

– Llamamos así al lagarto del país. Es grande como una rata. No sirve para nada, aparte de papar moscas, pero fía regusto al licor. Permítame.

La costa iba quedando atrás. El tiempo mejoraba. La pasajera se quitó la gabardina. José Sumí admiró su garganta, sus manos suaves como piedras pulidas.

Martina se acodó en la borda para recibir los tímidos rayos de sol. El viento le agitó la melena, y fue justamente entonces cuando la clarividencia de José Sumí se cegó con la aparición del espectro de Sara María Golbardo. Su mujer lucía el vestido rojo coral y le tendía los brazos en demanda de auxilio, como había hecho cuando se estaba ahogando. El patrón cerró con fuerza los ojos. Al abrirlos, el espíritu de su esposa había regresado al lugar desde donde proseguía atormentándole.

Cabizbajo, José Sumí bajó a la bodega. Al pasar junto a la subinspectora pudo atisbarle el busto: encajes de un sujetador cereza enmascarando apenas el bulto inocente del pezón.

El patrón subió con un frasco y dos catavinos de latón. Al ver al lagarto ovillado en el interior de la botella, Martina no pudo disimular un acceso de asco. El capitán le aseguró que su digestivo licor acreditaba propiedades medicinales. En la comarca, añadió, al paso de las generaciones, ese anisete se había consumido siempre.

La subinspectora bebió. De inmediato, asomaron lágrimas a sus ojos. Hizo señas de que la garganta le ardía.

La Sirena discurría frente a un colmillo rocoso.

– ¿Y esa peña? -preguntó Martina, entre náuseas.

– Isla del Ángel.

Ella tosía. El capitán, como ausente, contemplaba el peñasco.

– Siglos atrás, en la época de las invasiones, la isla fue temida a causa de los naufragios, pero hoy es ámbito de recogimiento y oración. ¿Distingue esas manchitas blancas sobre el acantilado? Tumbas. Cruces. Lápidas. Para dar sepultura a restos humanos, la isla sigue siendo un lugar más soleado que la marisma. En los arenales laguneros todo se descompone y hiede. Un cadáver se pudriría antes de que el diablo viniera a recoger su alma.

José Sumí guardó silencio, estremecido. Acababa de recordar su testamento. Cerró los ojos porque le asaltaba una visión atroz: bajo la hierba de su jardín, entre las raíces de la palmera y del ciprés, las lombrices cavaban las arterias de su carne muerta. Peor opción, empero, sería la de un entierro en la isla. Allí, por las cosas que le había contado Pedro Zuazo antes de precipitarse al vacío, el reposo eterno no estaba garantizado.

Martina se animó a tomar otro trago.

– ¿A qué cadáveres se refiere? ¿A los de los ahogados?

– A esos desgraciados, sí, fallecidos sin el sacramento de los santos óleos.

– ¿Es fácil ahogarse en estas aguas?

– Mucho. Hay remolinos, fangos.

Martina bebió un nuevo sorbo.

– ¿Vive alguien en la isla?

– A menos que crea en la resurrección de los muertos, nadie -replicó el capitán. Tenía la sensación de que una de esas imaginarias larvas se le había incrustado en la garganta. Escupió de nuevo, apuntando al cubo; tampoco acertó esta vez-. Hay quien jura que en las noches de solsticio se escuchan lamentos y gritos, como si los espíritus quisieran regresar al festín de la vida… Pero no, ya no… El farero, Pedro Zuazo, a quien Dios tenga en su seno, murió este verano. Yo mismo lo enterré. Dejó un hijo, Heliodoro. Un día fatal, hace ya muchos años, se abrasó en las hogueras que su padre prendía en las noches de niebla para avisar del paso de las ballenas. El chiquillo quedó desfigurado. Su carácter, como su piel, se oscureció para siempre. Pedro Zuazo bebía más de la cuenta. Pegaba al rapaz, y hasta repudiarlo quiso, pero algunos le persuadimos de que la desgracia de Heliodoro era también voluntad del sino y lo crió en el faro, sin permitirle poner un pie en tierra firme, supongo que para preservar su vergüenza. El chico creció como una alimaña. Ahora debe tener la cuarentena larga, pero sigue siendo un cachorro sin dueño. Se pasó años sin hablar con nadie, hasta que renegó de todo, de su padre y de Dios, y se hizo artista. Se fue a vivir a una vieja cuadra, en Forca del Diablo, cerca de su señor Luzbel, y de la cabaña que mi sobrino Teo le ha alquilado a usted. Esté ojo avizor con ese engendro, señorita. Suele vagar por la marisma, como el alma en pena que es y será hasta que Satán lo acoja en su reino.

– ¿Es peligroso?

– Todos los endemoniados lo son.

– ¿Usted cree en Satanás?

– En todos los dogmas. Luzbel existe, señorita, no le quepa la menor reserva.

La subinspectora fijó la vista en el faro.

– ¿De qué manera murió el farero?

– Se despeñó. Cayó en aquella cala en forma de hocico de rata, y eso que conocía la isla como los pelos de su cabeza. La Parca está presente en el delta, señorita. Convive con nosotros, como el agua o la luz. Tras la muerte de Pedro Zuazo, el peñón quedó desierto. El faro dejó de emitir señales. Apenas costean barcos, por lo que la plaza de farero no se ha repuesto. El cementerio, según le decía, ha existido siempre, desde las epidemias de peste. Entonces morían a cientos, con las tripas ulceradas, en medio de atroces dolores…

– No siga, capitán.

– ¿Por qué? ¿Es usted miedosa?

– Al contrario. Soy demasiado curiosa.

– Como todas las hembras.

Martina se indignó.

– Ya basta, capitán. No puedo soportar su machismo barato.

– En el camposanto medieval -prosiguió el patrón, haciéndole caso omiso-, se ha dado cristiana sepultura a hombres y mujeres, marinos, pescadores, pero también a serranos y vaqueros. Mi buen padre Isaac reposa allí. Fue su última voluntad. Quiso elegir la isla para descansar eternamente. Yo nunca se lo hubiera aconsejado. Es un lugar solitario. Y no es bueno que los muertos estén solos…

– ¿Acaso no lo están?

– Puede que no… Pero hay cosas de las que no siempre me apetece hablar. Admire el paisaje, señorita… La peña es de una belleza desnuda, lunar. Si nos acercásemos, podría ver nidos de águilas colgando del farallón.

Martina aguzó los ojos.

– ¿Qué es aquello?

– ¿El qué?

– ¡Esa especie de cruz, sobre el acantilado!

– Nada veo. Se habrá sugestionado usted. En la marisma ocurre a menudo.

– ¿Qué quiere decir?

– Espejismos, ilusiones. Los viejos acabamos creyendo en presencias. Como Pedro Zuazo, que sostenía haber visto vampiros desenterrando las tumbas del cementerio. ¿Le gustaría escuchar ese cuento?

– Preferiría saber qué es esa cruz, capitán.

Un cúmulo de niebla difuminaba la isla. La subinspectora insistió:

– Estoy segura de que era una cruz. Y yo diría que algo más. O alguien más.

El marino rompió a reír.

– ¿Un vampiro? ¿El ángel que tutela el cementerio con sus alas de piedra? ¡Por la Divina Providencia, amiga mía! Será uno de esos pelados pinos que se aferran a las pendientes del acantilado. Presentan formas caprichosas entre la calima.

– Quiero visitar la isla.

– Puedo llevarla, si tanto lo desea.

– ¿Ahora?

– Ah, no. Usted ha pagado un servicio, y eso obtendrá.

– ¿Mañana? -insistió Martina.

– Tengo un entierro, ¿no se lo he dicho?

– No. ¿De quién?

– ¡Qué curiosas son las mujeres! El de Dimas Golbardo, cuñado mío. No piense que me agrada el oficio de sepultar, y menos tratándose de un deudo, pero alguien debe apechar con ese caritativo deber. ¡Tendría que ver el paso de los cortejos avanzando por el borde de los acantilados! Hay sendas en que si se mira abajo… Uno creería estar caminando tras el mismísimo Caronte. Entre las lápidas, inclinadas hacia la pendiente, la vista es… ¡Ah, tenemos compañía!

Una manada de delfines saltaba a estribor. Estuvieron un rato jugando con la estela de la lancha. Tan súbitamente como se habían dejado ver, desaparecieron.

El sol salió, pero volvió a ocultarse detrás de las nubes. Martina sintió frío. Se puso la gabardina y buscó refugio en el puente.

Costearon hacia Forca del Diablo. Los alcatraces se sumergían como flechas de plata.

Penetraron por la ría del Muguín. El gallego se calmó.

La subinspectora había perdido el sentido de la orientación. Los acantilados dieron paso a marismas que se extendían tierra adentro en una sucesión de espejos, de un opaco y vinoso añil. Como un cuchillo, la quilla destrozaba plantas de raíz acuática. Martina calculó que hacía más de dos horas que no veían a otro ser humano.

– La Piedra de la Ballena -informó al rato el capitán, girando hacia su pasajera su perfil de moneda, como tallado en una pipa de espuma de mar-. En condiciones normales arribaríamos al desembarcadero de Dimas, pero el Muguín baja revuelto.

La barcaza se había estancado en el centro de la ría, a contracorriente. Un tronco golpeó el casco. La soledad era plena. José Sumí pretendió abarcar con un gesto aquel prodigio de la creación y, como si recitara su guía oral ante un atento pasaje, declamó:

– Cuando en las atalayas de Isla del Ángel se prendían las hogueras, los balleneros de la costa, guiados por señales de humo, zarpaban en chalupas al encuentro de las bestias del mar. Dimas Golbardo, Isaac Sumí y otros bravos marinos de Portocristo hacían bogar los remos junto al arponero arrodillado en la proa con lanzas y cuerdas. Tanto se arrimaba la flotilla a las manadas que a menudo el oleaje o un golpe de cola las hacía zozobrar. El arponero alzaba el brazo. La mar se colmaba de roja espuma. ¡Cuánto tardaban en morir esas malditas! A golpe de remo, desangrándose, eran remolcadas hasta la Piedra, donde hachas y sierras desguazarían sus inmensas moles. Los pescadores, y también sus mujeres, se ataban espuelas a las botas de agua, a fin de no resbalar por las montañas de carne. Cuando habían destazado al animal, los trozos más grandes se ponían a hervir en calderos, para separar el aceite y la grasa. Por las descomunales bocas se extraían los huesos.

– ¿Y el resto de la carne?

– Servía de alimento a los cerdos.

El acento del capitán se cerró como el de los arroceros del delta.

– Dimas Golbardo, el último arponero de Portocristo, se casó tarde, como en la edad madura lo hice yo con su hermana Sara María. Dimas tuvo un hijo, Teo. Orgulloso se sentía de él. ¡Incauto! ¡Tan ciego estaba como las ballenas frente al arpón que habría de sacrificarlas! Ignoraba Dimas que por las venas de ese ingrato sobrino mío corre la sangre de Caín. En vida le consagró su amor paterno. Lo educó. Pescó y construyó para él. Por él cumplió con escrúpulo sus deberes para con la comunidad cristiana. A cambio…

El sol brotó en una ráfaga, como una herida. Los ojos de la subinspectora se irritaron con la luminosidad. Buscó en su americana unas gafas oscuras y afirmó, casi con ternura:

– A cambio lo mataron. ¿No era eso lo que iba a decir, capitán?

José Sumí apuró el aguardiente de un trago.

– Así fue, señorita, y no de otro modo. Para ser forastera, está usted bien informada. Dimas apareció muerto ahí mismo, en la Piedra de la Ballena, a pocos metros de la cabaña que usted ha alquilado. Estaba desnudo como un bacalao. Sin manos, con los ojos arrancados de las órbitas y la barriga abierta en canal.

– ¿Vio usted su cadáver?

– Yo lo encontré.

– Debió ser atroz.

– Lo fue.

– ¿Cómo lo descubrió?

– Por pura casualidad.

– Las casualidades no existen, capitán. Los hechos están conectados entre sí. Todos. Siempre.

– ¿Usted cree? -Reflexionó el marino, como si esa idea no fuera del todo nueva para él-. Es posible que tenga razón.

– Sospecho que así es. Dimas Golbardo estaba predestinado a morir de esa forma. Y usted lo estaba para encontrarlo.

El capitán mordió la punta del cigarro.

– Curioso. De hecho, yo también pensé que lo habían abandonado allí para que mi Sirena y yo nos topáramos con él.

– ¿Antes de que el diablo bajase a recoger su alma?

– Dimas era un católico ejemplar, señorita. A esta hora estará contemplando el rostro del Señor.

– Y Teo, ¿también es un piadoso cristiano?

– Preferiría no hablar de mi sobrino, señorita.

– ¿Tenía algo contra su padre?

– Le despreciaba. Debía ser poco para él. Ese muchacho es un resentido, pero no me obligue a seguir hablando.

Martina se apoyó en la caña. La diestra del marino era nudosa y rojiza como un sarmiento. La subinspectora casi pudo percibir su energía, poderosa, seca, contundente como un mazo. Pero fue la zurda la que empleó para anotar una observación en su cuaderno de ruta.

– ¿Qué está escribiendo?

– Me gusta llevar un diario de las mareas. Por todo el estuario tengo puestas unas varas de nivel.

La subinspectora preguntó, aparentando indiferencia:

– ¿Dimas Golbardo vivía cuando usted lo encontró?

El capitán escupió al cubo. Esta vez acertó.

– Si se puede llamar existir a padecer las convulsiones que sufriría un lagarto después de arrancarle la piel, sí, alentaba.

Martina volvió a pensar en dos arrapiezos, Elifaz Sumí y Daniel Fosco, recorriendo los arenales en busca de cangrejos y víboras para capturarlos y someterlos a lentos tormentos. Y pensó en los ángeles, tan crueles y humanos, de los cuadros de Fosco.

– ¿Dimas Golbardo alcanzó a decirle algo? ¿El nombre de su agresor?

José Sumí se puso rígido.

– ¿A qué viene tanta pregunta?

– Quizá esta historia interese a mi editor.

José Sumí se limitó a acariciarse las barbas. La subinspectora comprendió que por el momento no iba a sonsacarle mucho más. Para reanimar su locuacidad, se resolvió a cambiar de escenario.

– ¿También el farero estaba vivo cuando dio con él?

El capitán volvió a escupir. Se secó con la manga y dijo:

– Desnucado, con la cabeza girada como un trompo. Los pájaros le habían sacado los ojos. Y eso que él mismo los alimentaba y recuperaba las crías que caían farallón abajo, haciéndolas anidar en el faro.

– Quizá alguien les facilitó ese trabajo -apuntó la subinspectora.

El capitán enmudeció. Contemplaba a su pasajera con un cariz distinto. Abandonó la rueda para arrojar a las gaviotas un balde de pescado crudo. Sus crueles chillidos celebraron la ofrenda.

La barcaza se escoraba hacia la orilla. Martina sostuvo la caña.

– ¿Cree que pudo existir alguna relación entre ambas muertes?

– En absoluto.

– ¿Y en el hecho de que usted descubriera ambos cadáveres? ¿Quién sabía que se proponía llevar a cabo esas travesías?

El marino mordisqueó la punta de su cigarro.

– Esa pregunta sólo la haría un policía.

Martina dejó brotar una risa cándida.

– Soy actriz, ¿recuerda?

– Pudiera ser ambas cosas. Policía y actriz.

– ¿Conoce a muchas mujeres policías?

– En Portocristo tenemos una guardia urbana. La hija de Rodolfo, el barbero. Pero no es tan bonita como usted.

La Sirena seguía deslizándose hacia las márgenes. Árboles muertos sobresalían del agua. Una garza se posó con majestad en el fango. El capitán aferró el timón.

– De seguir aquí, embarrancaremos. Vamos a virar.

El lanchón fue dejando atrás colonias de cormoranes y patos, hasta salir de nuevo a mar abierta. Siguiendo la línea de la costa, en la playa, a bastante distancia, se perfilaba un palacete.

– El balneario -señaló José Sumí, aunque su pasajera no le había interrogado; Martina dedujo que deseaba relegar el tema de los crímenes-. Hace años que las termas son pasto de la mala hierba. Ya Alfonso XII se desplazaba en el yate real para tomar las aguas. Y también su hijo y sucesor. Mi abuelo Abraham solía transportar en La Sirena a parte del séquito. Camareros, doncellas, oficiales, secretarios… Por esta misma ruta, entre los traidores canales. Una mañana de bonanza pretendieron arribar ¡a Biarritz! Estos Borbones… Las termas siguieron abriendo en temporada, pero no eran rentables y la sociedad quebró. Descubrirá las banderas del campo de golf enterradas en las dunas, entre las endemoniadas esculturas que ese poseso de Heliodoro Zuazo va erigiendo en homenaje al falo de Satán… ¿Piensa quedarse mucho tiempo?

– Depende.

– ¿De qué?

– De lo que sea capaz de encontrar.

El embarcadero del balneario no estaba en mucho mejores condiciones que el de la Casa de las Buganvillas. La Sirena se arrimó a las tablas, acolchadas con neumáticos.

– Feliz estancia, señorita. Espero que encuentre lo que anda buscando.

– Casi siempre lo hago. Regrese a por mí, para llevarme hasta la isla.

José Sumí soltó otra carcajada. Sus risotadas no se diferenciaron demasiado de los graznidos de las gaviotas.

– ¿Ha olvidado que La Sirena y yo vamos de entierro? ¿Pretende que pasemos a recogerla con un muerto a bordo, el monaguillo y el cura?

– Déjelo, ya me las arreglaré. Algún pescador me llevará.

La lancha viró y puso proa a la ría. Desde la orilla, Martina pudo ver por última vez a la sirenita ciega, con su cola de pez, y la silueta del capitán Sumí, oscura y erguida en el puente, diciéndole adiós con la mano izquierda.

31

Eran las tres de la tarde. El sol se había vuelto a esconder. Una cenicienta luz alumbraba un mundo muerto y antiguo.

Martina de Santo permaneció inmóvil hasta que La Sirena se hubo esfumado entre la bruma, como una embarcación fantasma. Después, recorrió el destartalado embarcadero del balneario y descendió hacia la playa. Patos marinos flotaban en la superficie de las olas, como pájaros de corcho. La marea había arrastrado montones de algas.

Una senda parecía dirigirse hacia la ría del Muguín y la playa ballenera. Detrás de las dunas, en la hondonada, el pasto había estragado el césped de un antiguo campo de golf. Todavía podían apreciarse los mástiles de las banderas. Aquí y allá, entre los quemados hoyos, se levantaban grandes y husiformes piedras, menhires que dibujaban un círculo. La subinspectora estimó que debían estar relacionados entre sí, como piezas de una misma escultura.

Martina se aproximó a uno de esos monolitos. La hierba silvestre crecía a su alrededor, pero en la base hizo un descubrimiento que la dejó confusa: un ocho tumbado, grabado a cincel, parecía glosar la firma del escultor.

El signo, si bien de mayor tamaño, era similar a los que alguien había tatuado en los cadáveres de Dimas Golbardo y Santos Hernández.

Las restantes piedras talladas carecían de rúbrica. Pensativa, Martina hizo algunas fotografías y retomó la senda.

Desde las torrenteras de la sierra, entre encinares y bosques de eucaliptos, el río Muguín discurría por tierras bajas. Al desembocar en el estuario, su enlodado caudal se disolvía en el piélago. La neblina difuminaba los contornos del paisaje, desnudándolo de cualquier referencia, salvo las ramas que emergían como muñones de las pútridas aguas. Olía a raíces podridas, a tierra enferma.

La subinspectora recorrió la playa ballenera, a trechos fangosa, y sembrada de podridos troncos, y se acercó a la Piedra de la Ballena.

La ancha losa de sílex parecía haber permanecido allí desde el principio de la creación. Pulida por la marea, su jaspeada superficie presentaba la forma de un trapecio irregular.

Martina imaginó una viva acuarela de chalupas remolcando ría adentro sus capturas. Sangre y espuma. Hogueras encendidas, marmitas con el rancho a punto. La aceitosa carne de las ballenas desparramada en trozos más grandes que un hombre. Y, en los lodazales, el impaciente mugir de los bueyes, asediados por las moscas.

Una lúgubre atmósfera pesaba sobre aquel lugar. La subinspectora encendió un cigarrillo y caminó en círculos sobre la Piedra, como si lo hiciera ritualmente. Luego subió a la linde de un bosquecillo de encinas y fumó a la espera de que el sol apareciera entre las nubes. Cuando lo hizo, sus rayos arrancaron acerados reflejos a la plataforma rocosa.

Entonces, vio algo.

En el centro de la Piedra, junto a las pardas manchas que debían corresponder a la sangre vertida de Dimas Gol bardo, había una serie de muescas. Las marcas, de unos quince centímetros de longitud, y distantes entre sí, apenas se diferenciaban de las hendiduras entre las que prosperaban raquíticos hierbajos.

Martina humedeció con saliva las yemas de sus dedos y las pasó por las muescas. Motas de polvillo mineral se adhirieron a ellas. Las cotejó con la muestra que había tomado de las uñas de Dimas Golbardo; esas mínimas esquirlas parecían coincidir en textura. Después colocó un cigarrillo sobre cada una de las marcas, se tumbó con los brazos en cruz y proyectó el cuerpo de Dimas a la espera de recibir el golpe de gracia. Quizá había perdido el conocimiento, a causa de las primeras heridas, o bien unos brazos lo sujetaron mientras él arañaba la roca, antes de que le cortaran las manos.

En el bosque, no lejos de la Piedra, a unos setenta u ochenta metros, encontró un semicírculo de requemados cantos y restos de leña y ceniza. ¿Algún cónclave de los Hermanos habría tenido lugar entre los claros del bosque? Daniel Fosco, recordó Martina, se había referido a los parajes idóneos para sus aquelarres. La Piedra de la Ballena era uno de ellos.

Junto al camino, impresas en la arena, la subinspectora distinguió huellas de herraduras y llantas de carreta. También se apreciaban pisadas. Unas, puntiagudas y lisas. Otras, redondeadas en la punta y con el tacón más señalado. Las terceras, finalmente, presentaban un dibujo en forma de malla romboidal, como las deportivas de Santos Hernández que Martina había visto en la funeraria, entre los objetos personales de las víctimas. Le llamó la atención que las llantas de carro se hundiesen profundamente, como si en ese lugar se hubiese detenido una galera muy pesada.

Se dirigió a las cabañas. Las tres parecían abandonadas. Compartían un porche corrido y un carcomido barandal. Debía hacer bastante tiempo que no recibían inquilinos.

Sacó la llave de hierro que le había entregado Teo Golbardo y probó a introducirla en la primera cerradura. La llave se resistió a girar. Lo intentó con la segunda. Empezó a abrirse, pero se atascó. Tuvo que empujar la hoja.

Entró. El interior estaba oscuro. Abrió los postigos. Una rústica mesa centraba la habitación. Intentó moverla, pero no pudo. Tampoco logró arrastrar una cómoda en cuyos cajones, en mohoso estado, se guardaba ropa de cama. Para evitar robos, alguien había clavado los muebles a la tarima del piso. Además del cuarto de estar, la cabaña disponía de una alcoba, con una cama de tablas, un mugriento colchón y un Cristo crucificado. No había baño.

La cocina estaba incorporada al salón. Un escarabajo, un ciervo volante, quizá, intentaba escalar el fregadero. Martina lo rescató y lo expulsó al reino inferior de las arenas, entre los pilares de madera rezumada por la humedad. El insecto cayó boca arriba. Intentaba incorporarse, pero, cuando estaba a punto de recuperar el equilibrio, el peso del caparazón volvía a tumbarlo. Apiadada, Martina bajó las escaleras y lo auxilió con la uña del dedo meñique.

Volvió a entrar a la cabaña. En el piso, que estaba muy sucio, especialmente en los rincones, había huellas de botas militares, las de los hombres del sargento, pero también otras, más grandes, y de un dibujo ondulado, que tal vez podrían responder a las suelas de unas botas de agua.

La electricidad no llegaba hasta aquel remoto lugar. Martina abrió los grifos: borboteó un agua turbia con olor a huevos podridos.

Acabó de revisar la cabaña. Había un hornillo de gas, con una bombona de butano y, en la despensa, latas de mermelada y caballa envasadas en factorías de Portocristo, cuyas fechas de caducidad habían sido borradas por el óxido.

Poco más tenía que hacer allí. Recorrió el barandal y se dirigió a un cobertizo que se alzaba a unos veinte pasos de las cabañas.

Las aguas del Muguín se estancaban en la ría. Martina dejó posar su mirada en las pacíficas ondas de la laguna. Le pareció inverosímil que el mar batiera más allá, detrás de los cañaverales. Los bancos de arena debían ejercer como submarinas motas, como invisibles fronteras del país del agua.

Un cisne se deslizaba frente al embarcadero. A Martina le agradaba verlos en el Jardín Botánico de Bolscan, pero nunca le habían proporcionado tal sensación de libertad. El cisne batió alas. Su vuelo rasante lo fue elevando a contraluz, como una flecha naranja.

El portón del cobertizo estaba atrancado con una barra de hierro. La subinspectora la quitó, dejándola apoyada junto a la entrada, y empujó la puerta, que giró sin dificultad, como si no hiciese demasiado tiempo que la hubieran abierto.

El cobertizo no tenía ventanas, ni siquiera un ventanuco. Su fábrica se limitaba a un zócalo de adobe y a una cubierta de brezo. Todo en esa caseta de herramientas estaba desordenado, amontonado, cubierto de polvo. Había faroles de navegación, motores ligeros con las turbinas al aire, velas desgarradas, oxidados anzuelos, anclas, redes, nasas, boyas, ganchos, bicheros, hasta un tridente que parecía haber posado en manos de algún Neptuno.

Mientras sus ojos se acostumbraban a la penumbra, Martina se fue abriendo paso entre los aparejos de pesca, del difunto Dimas Golbardo, dispuestos de cualquier modo. Buscaba un arpón como el que le había mostrado el sargento Romero, una punta de hierro forjado parecida a la que había atravesado el corazón de Santos Hernández. En su lugar, fue desempolvando otras herramientas a las que la mano criminal que erraba por el delta, si había decidido armarse allí, podría igualmente haberles destinado un uso predatorio: un cuchillo de desollar pescado, un hacha y, colgados de una panoplia, martillos, sierras, guvias.

Examinó el cuchillo y el hacha. No parecían haber sido utilizados hacía poco más de un par de días, cuando Dimas Golbardo fue asaltado y desventrado en ese mismo paraje.

La subinspectora apartó una pesada hélice y, pegándose a la pared, avanzó hacia el fondo del refugio. Súbitamente, su corazón dejó de latir: la puerta acababa de cerrarse de un golpe.

– ¿Quién anda ahí? -exclamó.

Nadie contestó. Martina se abalanzó hacia la entrada. El sonido de la tranca de hierro al ocupar su posición le hizo maldecir por haber descuidado sus espaldas.

– ¡Abra! ¡Vamos!

Empujó la puerta, pero su rudimentario pasador ofreció resistencia. El rumor de unos pasos merodeando alrededor del cobertizo le hizo comprender que, fuese quien fuese el que se encontraba al otro lado, no albergaba buenas intenciones. Martina apartó una montaña de trastos buscando un hueco en el muro, pero no existía otra salida. Aferró el hacha y golpeó la puerta. Al tercer impacto logró astillar un tablón. Por el hueco en forma de estrella hizo asomar la punta de su pistola.

– ¡Tengo un arma! ¡Abra, o la utilizaré!

Martina disparó al azar, uno, dos balazos, más para confortarse que con la esperanza de alcanzar un blanco. Después se quedó quieta, escuchando. Al rumor de pasos se habían unido al menos dos voces y una serie de amortiguados chasquidos, como si afuera estuvieran acumulando alguna clase de material.

«Leña», presintió. «Están haciendo una pira. Van a quemarme viva.»

Notando que rompía a sudar, y que su pulso se disparaba, continuó su esfuerzo con el hacha, hasta que la tensión la hizo jadear. Finalmente, el tablón saltó. Martina sacó una mano, en busca de la tranca, pero, aunque llegó a tocar la barra de hierro, no logró destrabarla.

– ¡Abra la puerta!

La réplica fue un intenso olor a gasolina y, tras una sorda crepitación, las llamaradas.

En un lapso increíblemente breve, un humo acre invadió el cobertizo. Las llamas alcanzaron la techumbre, que comenzó a arder por los cuatro costados. Incandescentes fragmentos se precipitaron sobre los tesoros de Dimas Golbardo, prendiendo en los flotadores de corcho y en los ajados velámenes que el pescador de ballenas habría conservado por alguna razón sentimental. Hicieron combustión en el acto, como ígneas banderas.

Sintiendo que le faltaba el aire, la subinspectora siguió golpeando la puerta con el hacha. Otra tabla saltó bajo sus golpes. Pero, al otro lado, se elevaba un muro de llamas.

El cobertizo ardía como una tea.

Desesperada, Martina cargó contra los tablones y disparó hasta cuatro veces. Se quedó escuchando, pero la crepitación del fuego, que tiraba como una inmensa chimenea, no le permitió oír nada. Estaba sudando de la cabeza a los pies. Su mente se debilitaba. Se dio cuenta de que no respiraba oxígeno, sino algo espeso y caliente que le abrasaba los pulmones como una candente garra.

Intentó taparse la boca con un pañuelo, pero las rodillas se le aflojaron y su visión se desvaneció en una cortina de humo.

32

Cuando volvió en sí, lo primero que vio fue un planeta de piel abrasada inclinándose sobre ella y dos ojos de un azul tan transparente que parecían de cristal. Encima de ellos, sin rastro de pelo, se abombaba un cráneo rugoso, de cuya nuca colgaban sucias guedejas. La barba, igualmente descuidada, era más clara, del color del whisky añejo. En medio de aquel rostro deforme se abría una boca sin dientes. Y esa boca, de la que emanaba un pestilente aliento, la había besado.

Una oleada de horror suspendió a Martina.

– ¿Qué está haciendo? -acertó a balbucear.

– Tranquila-repuso el monstruo; tenía una nariz inconcebible, como una cercenada trompa, con dos orificios por los que el aire se filtraba angustiosamente-. Ha sufrido un shock.

La subinspectora tuvo la impresión de haberse convertido en algún personaje de cuento infantil, cuyos imaginarios druidas la hubieran narcotizado con sus pócimas. Pero alguien había intentado matarla. Y aquello no podía ser una fantasía.

El humo seguía irritándola cuando se incorporó sobre un codo. El cobertizo continuaba ardiendo. Una columna de humo se elevaba hacia el cielo. El ogro de los cuentos y ella se encontraban en la ladera del bosque, a cierta distancia del incendio, fuera de peligro.

– ¿Quién es usted?

El hombre elefante hizo un lastimoso mohín.

– ¿Eso qué importa?

– Si no fuera así, no se lo preguntaría.

– Heliodoro Zuazo. Puede llamarme Heli. O El Quemao, como prefiera.

Aquel repulsivo ser sólo llevaba, pese a la fresca temperatura, una rasgada camisa de leñador, por la que asomaba el hirsuto vello del pecho. En cuclillas a su lado, mantenía apoyada en su muslo una de sus manos, más parecidas a zarpas. Las uñas eran amarillas y negras, como las de un animal. La subinspectora sintió náuseas.

– ¿Me ha estado practicando la respiración artificial?

Tal vez El Quemao intentara sonreír, pero sólo consiguió esbozar una simiesca expresión.

– No piense que he disfrutado. Escupa, si le doy asco.

Martina empezó a toser de manera convulsa. Con dificultad, se puso en pie. Tenía magullado el hombro contra el que había golpeado la puerta del cobertizo.

También Heliodoro se había incorporado. Su envergadura era poco común, pero globosa y blanda, como si su carne de maíz estuviera inflada.

En su zurda, El Quemao sostenía una hoz. Con un principio de pánico, recordando vertiginosamente el cuerpo mutilado de Dimas Golbardo, Martina pensó que, mientras había durado su desvanecimiento, esa afilada hoja debió permanecer cerca de su garganta. De sus manos. De su vientre. De las cuencas de sus ojos.

Las vigas del cobertizo se derrumbaron con estrépito. Una lluvia de cenizas se dispersó hacia ellos.

– ¿De qué modo escapé de ahí dentro?

– Usted no pudo salir -contestó El Quemao, con una voz de ultratumba-. Yo la salvé. Supe que había alguien atrapado porque oí disparos. Vi el fuego, y me asusté. Me trae malos recuerdos. Después escuché sus gritos, y derribé la puerta. Y ahí estaba usted, rodeada por las llamas. La cargué e intenté reanimarla. Pensé que estaba muerta. Por suerte, reaccionó.

– ¿A sus besos?

Heliodoro pareció excusarse.

– No sabía qué hacer.

– Se lo agradezco -dijo la subinspectora, dulcificando el tono; pero acababa de darse cuenta de que le faltaba la pistola, y estaba tensa-. Ahora no tengo más remedio que volver a entrar.

– ¿Al cobertizo? ¿Está loca?

– He metido la nariz en sitios peores, se lo puedo asegurar.

– Es imposible entrar.

– He perdido algo de valor, y quiero recuperarlo.

El Quemao levantó el faldón de su camisa y se palpó un costado. También su pantalón estaba desgarrado por varios sitios. Sus perneras se remetían en los caños de unas enormes botas de agua. Martina calculó que debía calzar al menos un cuarenta y seis.

– ¿Se refiere a esto?

Sosteniéndola por el cañón, como si deseara librarse de un objeto contaminado, le tendía su pistola. No hizo ademán de pretender usarla. La subinspectora recuperó el arma y comprobó que el cargador estaba vacío. Ella misma lo había desperdiciado, alocadamente. Llevaba otro de reserva en el bolsillo de su americana, un poco más arriba de la franja de muslo donde se había apoyado la manaza de Zuazo.

– Estaba junto a usted. Imaginé que sería suya.

– De Dimas Golbardo, por supuesto, no iba a ser -replicó la subinspectora.

– Supongo que no.

– ¿Cree que, de poseer un revólver, habría tenido más probabilidades de sobrevivir?

– No entiendo lo que quiere decir.

– ¿Ah, no? ¿Para qué lleva esa hoz?

– Desbrozo los caminos. La mala hierba está creciendo siempre.

– ¿Dónde vive usted? -Preguntó Martina después de una pausa, que empleó en observar las cicatrices de su cuello-. ¿Cerca de aquí?

– En Forca del Diablo. Aquella casa que se ve en la cima.

– ¿Qué es, un guardabosques?

Zuazo adoptó un tono modesto y orgulloso a la vez, como si estuviera desvelando un secreto personal, algo íntimo.

– Soy artista. Raquero. Trabajo con materiales naturales. Rocas, conchas, huesos. Amo la expresión plástica en su desnuda pureza. Detesto todo recurso, cualquier artificio. Aspiro a fundirme en la creación natural, de la que procedemos. A devolver al barro lo que del barro es. Y, al fuego, lo que del fuego fue.

Martina recordó que en alguna oportunidad su amiga Berta le había hablado de esa clase de chiflados. Los raqueros. Misántropos repartidos por los parajes más solitarios, empeñados en sustanciar la naturaleza con su vocación artística. «Normalmente, acaban en un manicomio», había comentado Berta.

– Admiro el arte -dijo Martina, destinándole una mirada algo más cálida.

Aquella declaración pareció complacer al raquero.

– ¿Le gustaría contemplar mi obra?

– Desde luego. Pero, antes, no me importaría averiguar quién ha intentado matarme.

El Quemao abrió la boca. Su lengua era pastosa, como si se alimentase de bayas silvestres. Tenía la piel de los brazos manchada por las antiguas quemaduras.

– ¿Matarla? ¿Habla en serio?

– ¿No supondrá que no tenía nada mejor que hacer que jugar con cerillas en ese chamizo?

– Entonces, ¿no fue un accidente?

– Claro que no. Alguien apiló leña y le pegó fuego. ¿Pudo verle?

– Ahora que lo dice, puede que me pareciera ver una sombra huyendo hacia el bosque. Después oí un relincho.

– ¿Cuántos eran? ¿Sólo uno?

– Creo que sí.

– ¿Distinguió algún rasgo? ¿Era alto, bajo?

– Alto, creo.

– ¿Declararía eso delante de un juez?

– Abomino de la justicia de los hombres. Una vez ya intentaron procesarme.

– ¿Por qué motivo?

Heliodoro hizo chasquear la lengua contra el paladar.

– Me masturbé en una taberna del pueblo. Estaba borracho, muy borracho.

– Entiendo -vaciló la subinspectora; el hombre elefante la miraba con una expresión espantosamente risueña, como si acabara de cometer una travesura colegial-. ¿Preferiría hablar con la Guardia Civil?

El Quemao agitó su enorme cabeza. Las grasientas guedejas se le enroscaron al cuello.

– ¿Por qué no responde? ¿Tiene miedo a los guardias? ¿Ha estado alguna vez en el calabozo, como su amigo Gastón de Born?

Martina tuvo la impresión de que Heliodoro Zuazo aferraba la hoz. Con un rápido movimiento, la subinspectora sacó el cargador de repuesto, montó el arma y le apuntó. En un bufonesco gesto, El Quemao se protegió la cara.

– ¡No dispare!

– No lo haré, si no me obliga. Deje esa hoz en el suelo.

Martina la recogió y pasó un dedo por su filo. Aquella hoja era capaz de mutilar extremidades humanas. Con un golpe seco. De arriba abajo. Exactamente de la manera en que habían cercenado las manos de Dimas Golbardo.

– Camine hacia las cabañas. Delante de mí.

La subinspectora abrió la puerta del bungaló y le obligó a entrar. Las pisadas de Heliodoro quedaron impresas en el polvo junto a las otras, las que parecían corresponderse con unas botas de agua. Tanto el tamaño como el dibujo de la suela eran exactos.

Martina inquirió, a bocajarro:

– ¿Mató usted a Dimas Golbardo?

– ¡Yo no he hecho nada!

– ¿Pretendía acabar conmigo? ¿Le pegó fuego al cobertizo?

La mirada del raquero manifestó una profunda decepción.

– ¡Me arriesgué para salvarla!

– ¿Sabe quién soy, y a qué he venido?

– ¡No sé quién es usted! ¡Dígamelo!

Martina se abrió un botón de la blusa y le mostró su placa. Siempre la llevaba de ese modo, colgada de una cadena, pegada a la piel.

– Subinspectora De Santo, Homicidios.

El Quemao alzó los brazos y soltó un golpe que restalló en el aire. Una décima de segundo antes, Martina se había agachado. Moviéndose con agilidad, flexionó las rodillas y le apoyó el cañón en la sien.

– Túmbese. ¡Al suelo!

Heliodoro se dejó caer, como se habría derrumbado un saco.

– Las manos sobre la nuca. ¡Separe las piernas!

La subinspectora lo cacheó. De sus bolsillos sacó un manojo de llaves y un fajo de billetes.

– ¿Cómo ha obtenido tanto dinero?

– ¡Vendí una escultura, maldita sea!

– ¿A quién?

– ¡Al juez Cambruno! ¡Es todo lo que tengo! Lo llevo encima para evitar que me roben. Escuche… ¿es cierto que Dimas Golbardo está muerto?

– ¿No lo sabía?

– No.

Sin dejar de apuntarle, Martina le clavó una mirada de hielo.

– Las botas. Quíteselas.

El raquero obedeció. Sujeto al gemelo, apareció un machete.

– Tire el cuchillo y empújelo hacia mí. ¡Despacio!

La subinspectora dio un puntapié al machete, lanzándolo al exterior de la cabaña.

– Boca abajo, otra vez. Las manos, en la nuca. A Dimas Golbardo lo mataron el pasado domingo con un cuchillo como ése. Y lo desmembraron con un hacha o con una hoz como la suya. ¿Dónde estaba usted en la madrugada del domingo?

Una de las pantorrillas del raquero comenzó a temblar.

– Ahora mismo no puedo acordarme.

– Voy a refrescarle la memoria. Estaba en la Taberna del Puerto, en Portocristo, emborrachándose. Al menos dos testigos, dos amigos suyos, le vieron: Gastón de Born y Teo Golbardo.

– Esos que acaba de nombrar no son amigos míos.

– ¿Qué hizo después? ¿Subió a su barca y la manejó de vuelta a casa?

– Es posible.

– ¿Llevaba a bordo la hoz y el machete?

– Siempre van conmigo. De noche, la marisma es poco segura.

– ¿Había amanecido cuando llegó aquí?

– ¿Cómo quiere que me acuerde?

– ¿Se cruzó en la laguna con Dimas Golbardo? ¿Dónde lo asaltó?

Heliodoro aplastó la cara contra el suelo y comenzó a golpearse el cráneo.

– ¡Yo no le hice ningún daño!

– ¿Tampoco se lo hizo a su padre, el farero? ¡Estése quieto!

Pero la crisis no había hecho más que empezar. Primero fueron los brazos; enseguida, el torso del Quemao se convulsionó en movimientos espásticos.

La subinspectora se inclinó sobre él. En ese instante, el raquero se incorporó de un salto.

– ¡Me las vas a pagar, hija de puta!

Pero no llegó a agredirla. Presa de violentas convulsiones, se desplomó a sus pies.

Se estaba tragando la lengua. Martina abrió el cajón de la cocina, encontró un tenedor de palo y le separó las mandíbulas.

Los espasmos duraron varios minutos, hasta que se moderaron en leves temblores. El raquero había perdido el conocimiento. La subinspectora lo esposó a la mesa. Cogió sus botas y las comparó con las huellas de pisadas. Eran idénticas.

Martina encendió un cigarrillo, a la espera de que volviera en sí. Como no daba muestras de recuperar la conciencia, llenó un cubo de agua turbia, con un fuerte olor a putrefacción, y se lo arrojó encima.

33

Martina había dejado abierta la puerta de la cabaña. El oblicuo sol de la tarde iluminaba el interior.

Heliodoro Zuazo respiraba entrecortadamente. Iba volviendo en sí. La subinspectora le había quitado el tenedor de la boca, y le apuntaba.

– ¿Se encuentra mejor?

El Quemao sacudió las muñecas.

– ¿Por qué me ha esposado?

– ¡No se mueva!

– No lo haré. ¡Pero se está equivocando conmigo!

– ¿Sufre con frecuencia esos ataques?

– Desde pequeño.

– ¿Desde que se cayó a una hoguera?

– ¿Cómo lo sabe?

– Dispongo de una cierta información acerca de usted. ¿Toma fármacos?

– ¿Para qué? El doctor Ancano dijo que me había convertido en un aborto de la naturaleza, y que moriría sin dejar de serlo.

– ¿Por eso bebe?

– Sí-sonrió el raquero, horriblemente.

Martina apagó el cigarrillo con el tacón y encendió otro.

– Respóndame ahora a algunas preguntas, y procure hacerlo con sinceridad. ¿Cuándo fue la última vez que estuvo en esta cabaña?

– Nunca había estado aquí dentro.

– No mienta. Mire esas huellas, junto a la entrada. Son suyas.

– Tienen que pertenecer a otro.

– Deje de fingir.

– No lo estoy haciendo.

– Claro que sí. Usted no está tan loco como pretende aparentar. No lo estaba el pasado domingo, cuando el viejo Dimas entró en esta misma cabaña para hacer un inventario de las reparaciones que debería llevar a cabo. Dejaría la puerta abierta, como ahora lo está. ¿Quién iba a querer molestarle en un lugar tan desierto? Usted pudo forcejear con él y arrastrarlo hasta la playa. Pudo acuchillarle el vientre y descuartizarlo en la Piedra de la Ballena.

El Quemao se había puesto a temblar de la cabeza a los pies. Sus dientes castañeteaban.

– ¡Soy inocente!

– Tendrá que demostrarlo.

– ¡Le repito que soy inocente!

– ¿Le resulta familiar el nombre de Santos Hernández?

– Trae los bloques desde la sierra, para mis esculturas -barbotó Heliodoro-. Le esperaba hace unos días.

– ¿El pasado domingo?

– Sí.

– ¿A qué hora?

– A mediodía. Tenía que dejar los bloques de piedra en la hondonada del balneario, junto a las otras esculturas. Los desbasto allí, al aire libre.

– ¿No le extrañó que no se presentase a su cita?

– Tampoco lo hice yo. Me olvidé. Estuve todo el día en la otra vertiente del cabo, recogiendo algas. Las destilo para fabricar pigmentos.

– ¿Alguien más sabía que Santos Hernández iba a desplazarse por ese camino de carros?

– ¿Quién iba a saberlo?

La subinspectora hizo una pausa. La mirada del Quemao era la de un animal acosado.

– La Guardia Civil ha batido la zona, buscando indicios de los crímenes. ¿No advirtió la presencia de los agentes?

– Le acabo de decir que estaba lejos, al otro lado de la Forca. Pasé la noche en la costa y no regresé hasta el día siguiente. ¿Qué ha sucedido con Santos?

La subinspectora respondió, con calma:

– Le clavaron un arpón en el pecho. Su cuerpo apareció a tres kilómetros de aquí, en la playa del balneario.

– Han vuelto a hacerlo -murmuró Heliodoro, como presa de pánico-. ¿Por qué tienen que mostrarse implacables? ¿No hay nada que pueda detenerles?

En el rostro de la subinspectora no se movía un músculo.

– ¿Contra quiénes no se puede luchar?

– Contra los Hermanos. Ellos lo mataron.

– ¿A Santos Hernández?

– A Santos, y también a Dimas.

– ¿Puede probarlo?

El raquero asintió.

– ¿Cómo?

– Venga a mi casa, en Forca del Diablo, y se lo mostraré.

– ¿Qué es lo que va a enseñarme?

– Ya lo verá. Si es capaz de resistirlo.

– Iremos a su casa, pero antes quiero saber algo más. ¿Qué me dice de su padre, el farero, y de Gabriel Fosco, el farmacéutico? ¿Murieron accidentalmente, o alguien los despachó?

– Los Hermanos los liquidaron a todos.

– ¿Por qué motivo?

El Quemao no vaciló.

– Para limpiar esta tierra de hombres mediocres.

Martina sonrió, fríamente.

– ¿Como hacían los nazis?

– ¡Debe creerme! ¡Me estoy jugando la vida al contárselo!

– ¿A quién teme? Usted está metido en esto hasta el fondo. Daniel Fosco y Elifaz Sumí mencionaron su nombre en relación con esas reuniones que se celebran en las noches de solsticio.

– ¿Esos miserables han hablado?

– Yo diría que no se fían de usted.

El raquero se estiró las guedejas.

– Estuve con ellos, no voy a engañarle.

– No lo intente. Teo Golbardo me contó algo más. Está convencido de que fue usted quien descuartizó a su padre, el viejo pescador de ballenas. Teo pretende tomarse la justicia por su mano, y enviarle a usted al otro barrio.

– ¡Asesinos! -rugió Heliodoro, agitando las esposas-. ¿Por qué no me dejarán tranquilo? Se presentan de noche, a cualquier hora… ¿No entienden que he roto con todo? ¿Que he renunciado a sus macabras orgías?

Martina quiso atar otro cabo.

– ¿Teo Golbardo pertenece a la Hermandad?

– Está con ellos. ¡Tiene que creerme, escúcheme!

– ¿En calidad de artista incomprendido?

Un brillo de inteligencia asomó a los ojos azules del raquero.

– Le contaré lo que sé de ellos. Después me suelta, ¿de acuerdo?

La subinspectora asintió, imperceptiblemente. El Quemao, con aire delator, siguió diciendo:

– Teo es un actor mediocre. Las compañías de Bolscan lo han rechazado. Probó suerte en Argenta, pero terminó durmiendo en los bancos. Anduvo trapicheando con drogas, y pasó una temporada a la sombra. En la cárcel debieron romperle el culo. Lo tenía merecido. Regresó a Portocristo con el rabo entre las piernas, convertido en un fracasado. Como todos nosotros. Ha montado un grupo dramático con esa asociación católica del capitán Sumí. El día de Navidad pondrán en escena un auto sacramental. Los decorados corren a cargo de Daniel Fosco, ese pintorcillo de tres al cuarto. Patético, ¿no le parece? ¡Y esos ilusos se consideran artistas!

Heliodoro se echó a reír. Su risa tenía algo de desesperado y salvaje a la vez.

Martina preguntó:

– ¿Cuándo se reunieron todos por última vez?

– En el solsticio de verano, en Isla del Ángel.

– ¿Estuvo usted?

– Sí.

– ¿Quiénes más?

– Daniel Fosco, Elifaz Sumí, Gastón de Born, Teo Golbardo y otro chico.

– ¿Cómo se llama?

– No lo sé, no le conocía. Estaba oscuro, y llevaba una gorra calada.

– Cuénteme qué ocurrió.

– Yo estaba muy borracho. Habíamos fumado. Teo trajo una mierda que pegaba de verdad. Cuando llegamos a la isla era cerca de medianoche. Fuimos en mi barca, pero no sabría decirle cómo pudimos llegar. Las estrellas lucían en el cielo. Nuestras voces se perdían en el mar. Fosco estuvo a punto de caerse al agua, de lo pasado que iba. Elifaz era el único que se mantenía sobrio. ¡Él será quien venga a por mí si se entera que he hablado con usted!

– No lo sabrá. Continúe.

– Déme un cigarrillo.

Martina le puso un pitillo en la boca y se lo encendió. Frente a la llamita del encendedor, Heliodoro pestañeó temerosamente. El humo brotó por los caños de su nariz.

– Usamos mi linterna para trepar por el acantilado, pero al llegar a la cima me obligaron a apagarla. Fosco me la arrebató. Nos sentamos en círculo, en la oscuridad, junto al precipicio, delante del ángel de piedra del cementerio. El mar rompía abajo, muy abajo. Una botella pasó de mano en mano. Elifaz se levantó y tomó la palabra. Nos agradeció que estuviésemos allí, lejos de los vivos, en el mundo de los muertos, que era el nuestro. Elogió nuestra desesperación. Dijo que debíamos conjurarnos para alimentar nuestro odio, pero que ese sentimiento no era aún lo bastante fuerte como para eliminar a todos aquellos que nos habían vejado. A los viejos. A los jefes. A los padres. Elifaz dijo que había que clavar un arpón en el corazón de la humanidad. Debíamos actuar. Cercenar, mutilar. Eso dijo Elifaz. Y, entonces, señaló una tumba…

Mientras El Quemao hablaba, sus uñas habían arañado la madera del suelo.

– ¿Qué es eso? -preguntó Martina.

– ¿El qué?

– Las marcas que acaba de hacer en el piso.

– No me he dado cuenta -murmuró él.

– Parecen dos serpientes -observó la subinspectora-. O el símbolo del infinito. Vi ese signo en unas piedras talladas, cerca de aquí.

Heliodoro Zuazo la contempló con arrobación.

– Es mi firma.

– ¿Qué representa?

– ¿No se da cuenta?

– Dígamelo usted.

– Es muy fácil. Una ballena. Como las que vi de niño. Como las que mataban esos asesinos.

– Alguien grabó esas mismas marcas en los cuerpos de Dimas Golbardo y Santos Hernández. ¿Fue usted?

El raquero rompió a reír, demoníacamente. Un hilo de baba resbaló por su barbilla.

– ¿No quiere saber cómo termina la historia de la isla? ¿No quiere saber lo que había en la tumba?

– ¿Va a hacer una confesión?

– ¡Un espectro nos observaba! -gritó El Quemao, enajenado-. Estaba sobre una lápida. Lo vi a la luz de la luna, y se me heló la sangre. ¡Fue como si la misma muerte hubiese acudido a buscarnos!

– ¿Un espectro?

Heliodoro había comenzado a sollozar.

– En vida, fue un hombre. ¡Alguien, sí, me lo devolvió del infierno!

Se puso en pie, arrastrando la mesa, cuyos clavos habían saltado por la presión. Martina esgrimió la pistola.

– ¡No se mueva!

Los ojos azules del raquero estaban cuajados de lágrimas.

– Un capote lo cubría. Fue Fosco quien le quitó la capucha. ¡La calavera tenía trozos de pelo y piel!

– ¿Pudo reconocerlo?

– ¿Acaso no reconocería usted a su propio padre? ¡Habían profanado su tumba, esas hienas!

Otro tirón acabó de liberar la mesa. La subinspectora retrocedió un paso.

– ¿Con qué propósito?

– Era mi prueba de admisión en la Hermandad. Yo tenía que… juzgarle.

– ¿Juzgar al cadáver de su propio padre?

– ¡Debería haberlos matado! Pero estaba borracho, y tenía miedo. ¡Mi padre tenía razón! La última vez que hablé con él me dijo que había encontrado huesos humanos en el cementerio de la isla. Nadie le escuchó entonces. Serían los topos, llegó a decirle el capitán Sumí, las alimañas. ¡Los cárabos! ¡Las comadrejas! Sólo que aquellos vampiros tenían manos para empuñar palas y remover la tierra. Mi padre decidió informar al juez. Poco después, aparecería tendido en las rocas. ¿Qué quiere que piense? ¡Yo sé muy bien quien hizo aquello! ¡Los culpables estaban conmigo, y se burlaban de mí! ¡Los Hermanos lo empujaron al vacío, pero yo lo salvé de sus garras y lo cobijé! ¡Nadie volverá a profanarlo!

– ¿Lo cobijó? ¿Dónde está el cadáver de su padre?

– ¡Conmigo!

– ¿Lo ha vuelto a enterrar?

El raquero se había puesto de rodillas y levantaba los ojos a la techumbre de la cabaña, como si estuviera rezando.

– ¿Era ésa la prueba que quería enseñarme? -insistió Martina.

La pata de la mesa saltó, arrancada de cuajo, y el brazo del raquero se proyectó hacia adelante. La subinspectora sintió el golpe como una descarga en el interior de su cerebro. Cayó hacia atrás y perdió la pistola. Heliodoro se le echó encima. Martina sintió el acero de las esposas en sus mejillas. Golpeó a ciegas el rostro de su agresor y le clavó las uñas en la apergaminada piel, hasta que la sangre brotó y El Quemao se hizo a un lado. Martina corrió hacia la puerta de la cabaña, pero él le dio alcance en la pasarela, empujándola con tal violencia que el barandal se rompió y ambos cayeron sobre la arena. La atrapó y, a horcajadas sobre ella, siguió golpeándola con los esposados puños, hasta que la subinspectora perdió el sentido. De un tirón, el raquero desgarró la camisa y el sujetador de color cereza. Los pechos de Martina de Santo dejaron aflorar su rosada palidez. Heliodoro los contempló con fruición, sin tocarlos.

En ese momento sonó un estampido. El Quemao elevó los ojos al cielo. Durante tres segundos exactos contempló el vuelo de las grullas, asustadas por la detonación. Después se desplomó sobre la arena.

34

Rodilla en tierra, el sargento Romero sujetaba con ambas manos la culata de su pistola. Un solo disparo le había bastado para abatir al individuo que estaba atacando a la subinspectora. Detrás de él, a la carrera, dos guardias se aproximaban por la playa.

El Quemao agitó un hombro, pero después se quedó quieto. La bala le había entrado por un parietal, causándole una muerte casi instantánea. Romero se inclinó sobre la subinspectora, que volvía en sí. La ayudó a incorporarse, la cubrió con la gabardina y le hizo beber un sorbo de agua.

– ¿Puede sostenerse?

– Estoy bien.

Pero tenía la cara tumefacta, y le costaba respirar.

– Necesita un médico -dijo Romero-. Regresaremos a Portocristo. Tengo la patrullera en la entrada de la ría. Por suerte, uno de mis hombres la vio a usted. Vinimos a toda prisa.

– Se lo agradezco. De no ser así, no sé qué habría ocurrido.

– Yo se lo diré, subinspectora: estaría muerta. Ese cabrón debía tener la fuerza de un toro. Ocúpense del cadáver -ordenó a sus hombres.

– Un momento, sargento -dijo la subinspectora; respiraba con avidez, y temblaba ostensiblemente-. Todavía estoy en condiciones de ir a Isla del Ángel.

– ¿Con qué fin?

– Quiero constatar algo.

– Será después de que la atiendan.

– No tengo nada roto. Mis heridas son superficiales. Hay cosas más urgentes que hacer. En esa isla han levantado una cruz -desveló Martina-. Y mucho me temo que, clavado a esa cruz, esté agonizando un hombre.

– ¿De qué me está hablando, por el amor de Dios?

– No perdamos el tiempo, sargento. Corramos a la patrullera. Que sus hombres registren la casa de Heliodoro Zuazo. Es aquella construcción, sobre lo alto del cabo. Es posible que encuentren un cadáver, el de su padre, Pedro Zuazo, el farero, que alguien previamente desenterró. Usted y yo desembarcaremos en la isla. Espéreme mientras me cambio en la cabaña.

– Subinspectora…

Pero Martina subía ya las escaleras del refugio. En cuestión de un minuto volvió a salir. Se había puesto un jersey negro. Llevaba el sombrero y la gabardina en la mano.

El sargento se limitó a seguirla, meneando la cabeza, como si no entendiera nada. Los agentes cargaron el cuerpo sin vida del Quemao. A juzgar por sus resoplidos, debía pesar lo suyo.

La patrullera los aguardaba con el motor encendido. El sargento ordenó a sus hombres que alistasen la zodiac y se dirigieran a Forca del Diablo para registrar la vivienda del raquero. En cuanto la zodiac hubo zarpado, el piloto del guardacostas puso rumbo a Isla del Ángel.

Martina se había acodado a la proa. Tenía el rostro desfigurado y sucio de sangre seca. Encendió un cigarrillo. El humo perforó algún punto sensible de sus pulmones, haciéndola toser.

– No debería fumar -dijo el sargento, acercándose a ella.

– Me ayuda a pensar.

– No creo que necesite hacerlo mucho más. Ese tarado los mató, ¿no es cierto?

Martina se limitó a castigarse con otra calada.

– Vamos, subinspectora. Iba a violarla. Después, habría acabado con usted. ¿Tan pronto lo ha olvidado?

– Era un enfermo.

– Y un criminal. ¿Logró que confesara?

– Hay detalles que no encajan.

– ¿No lo hizo solo, quiere decir? ¿Tuvo algún cómplice?

Pero la subinspectora parecía encontrarse lejos. Abstraída, contemplaba la mole de la isla, que se acercaba con rapidez.

– Alcánceme unos prismáticos.

El sargento se los entregó. Martina fue graduando las lentes. De pronto, dejó caer los brazos.

– Mire.

Romero cogió los prismáticos y enfocó la isla.

– ¡Un hombre! -exclamó-. ¡Los pájaros le atacan!

La patrullera trazó un arco, provocando atrás una furiosa estela, y se deslizó sobre las olas con su máxima potencia. Atracaron en una cala. Martina y el sargento se dejaron caer al agua, que les llegaba a los muslos.

– ¿Cuál es el camino más corto hasta la cima? -preguntó la subinspectora.

– Hay dos. Uno, bastante seguro, y otro, por los acantilados, más peligroso.

Martina señaló una escarpada senda.

– ¿Ése? Vaya delante. ¡Deprisa!

Bordearon el precipicio. Una sola vez miró abajo Martina, para prometerse que no volvería a hacerlo. Las olas rompían contra las paredes de roca. El ruido era ensordecedor.

– ¡Cuidado! -exclamó.

El sargento había resbalado. A punto estuvo de caer, pero logró asirse a una raíz. La subinspectora tuvo una vivida imagen de Pedro Zuazo, el farero, despeñándose.

Alcanzaron la cumbre. La superficie era lisa, y mucho mayor de lo que se adivinaba desde el mar.

El cementerio ocupaba una pradera ondulada. Decenas de lápidas y algún decimonónico panteón, con los sillares erosionados por el viento, se disponían sin orden. La efigie de un ángel de piedra contemplaba el océano con las alas extendidas, como si estuviera listo para arrancar el vuelo hacia la eternidad.

Una cruz de madera se erguía más allá, en la ladera sur. Martina corrió hacia ella procurando no tropezar con los escombros que rodeaban las tumbas.

Con su blanca melena al viento, el crucificado estaba desnudo. Dos enormes pájaros, dos águilas pescadoras, pensaría después Martina, se habían posado en el madero, una a cada lado, y picoteaban sus hombros sin piedad. Al oír gritos levantaron el vuelo, pero permanecieron planeando, a la espera de volver sobre su presa.

El sargento Romero parecía incapaz de asimilar lo que estaba viendo. La subinspectora notó que se le revolvían las tripas; tuvo que hacer un esfuerzo para no vomitar. Hacía poco más de veinticuatro horas, en Portocristo, en la sede del semanario, se había cruzado con aquel anciano.

– Mesías de Born -murmuró el sargento-. ¡Está muerto!

– No lo está -dijo Martina-. Aún respira.

De los vacíos ojos de Mesías de Born, como lágrimas negras, pendían coágulos de sangre, pero un temblor había estremecido su pecho. Un clavo de hierro remachaba sus pies descalzos. En el pecho, a la altura de las costillas, le faltaban trozos de carne, como si hubiesen empezado a descuartizarlo, o las aves se hubieran ensañado con él.

Los labios de Mesías de Born se abrieron para emitir un lamento.

– ¡Hay que bajarlo de ahí! -apremió Martina.

– Intentaré tumbar la cruz -reaccionó el sargento-. El farero guardaba herramientas en uno de los panteones. Iré a buscarlas. ¡Vaya apartando esas piedras!

Romero regresó con un pico y una pala, y se puso a cavar. La cruz era alta, y había sido enterrada a bastante profundidad. A pesar del frío viento, la frente del sargento se perló de sudor. Martina iba retirando la tierra. Al cabo de un cuarto de hora, el madero osciló y crujió.

– ¡Yo lo sostendré! -gritó Romero-. ¡Empuje!

La cruz se venció. El sargento tuvo que apartarse, para que no le aprisionara al caer. El brusco impacto hizo desprenderse los clavos de las manos, cuyas reavivadas heridas tornaron a manar. Romero utilizó el pico como palanca, hasta desprender las puntas.

Entre ambos recostaron a Mesías de Born sobre la hierba. Anochecía. Un crepúsculo de tabaco y oro se extendía sobre el mar.

El martirio había sido excesivo para aquel anciano. Martina trató de no mirar las cuencas vacías de sus ojos.

– ¿Quién ha sido? ¿Quién le ha hecho esto? -preguntó Romero, fuera de sí.

La exangüe boca de Mesías de Born se abrió. El sargento acercó el oído a sus tumefactos labios.

– Heli… -acertó a denunciar el anciano.

Un vómito borró sus últimas palabras. La subinspectora incorporó el cuerpo, cuya cabeza cayó rígidamente a un lado. «La quinta víctima», enumeró, desviando la mirada hacia el ángel de piedra que parecía querer volar hacia la puesta de sol.

El cabello del ángel era largo y rizado. Como el de Gastón de Born, pensó Martina. La subinspectora recordó que Mesías se proponía visitar el cementerio en el aniversario de su mujer. Y recordó también los cuentos que había escrito su hijo.

Era como si Gastón, con sus propias manos, hubiese clavado a su padre a esa diabólica cruz.

35

La punta de Forca del Diablo se adentraba en el mar. Sobre la cima, desafiando a los vientos, se elevaba la casa de Heliodoro Zuazo. Se trataba de una antigua cuadra de ganado, con el interior diáfano. El suelo era de tierra.

Los guardias echaron abajo la puerta. Al entrar, se enfrentaron a un singular museo compuesto por el esqueleto de una ballena, caracolas gigantes, esculturas de madera y hueso que representaban seres invertebrados, anémonas, peces ciegos, flores submarinas, estrellas de mar. Redes y aparejos de pesca colgaban del techo. Un banco de carpintero exhibía una panoplia de utensilios: guvias, cinceles, sierras… y un arpón como el que se había clavado en el corazón de Santos Hernández.

El esqueleto de una ballena brillaba con la última luz de la tarde. Un jergón, sobre el que debía acostarse El Quemao, se extendía en un rincón, con las mantas arrolladas y una almohada llena de manchas. En el interior de su funda, los guardias encontraron el collar de oro que había pertenecido a Santos Hernández.

Revolvieron después el contenido de unos cubos de pintura en los que se amontonaban trapos, ropas, pedazos de roca y conchas recogidas en la playa. En el fondo de uno de esos cubos apareció una bolsa de plástico con unos trescientos gramos de cocaína.

Ni en la casa ni en sus alrededores encontraron restos humanos. Los agentes batieron el terreno en busca de algún punto en que se hubiera removido la tierra, inútilmente. Recogieron las pruebas y retornaron a la zodiac.

La mar empeoraba por momentos. Los cadáveres de Mesías de Born y de Heliodoro Zuazo realizaron la travesía hasta Portocristo en la bodega del guardacostas, envuelto en lonas. La subinspectora apenas habló. Todo el rato, a pesar del fuerte viento, permaneció en cubierta, fumando un cigarrillo tras otro, inmersa en sus reflexiones. El sargento Romero renunció a sacarle palabra alguna.

Cuando arribaron a la bahía era de noche cerrada. La patrullera trazó un óvalo de espuma y penetró en la rada. Los guardias desembarcaron los cadáveres para depositarlos provisionalmente en la lonja de pescadores, a la espera de que los examinase el juez, a quien se partió de inmediato a convocar.

Media docena de marinos faenaban en el interior de la nave. La subinspectora preguntó por un teléfono. Uno de los pescadores señaló el receptor aplicado a la pared, junto a los precios de subasta de las especies de bajura.

Mientras la subinspectora marcaba el número de la Jefatura de Policía de Bolscan y comenzaba a hablar con el comisario Satrústegui, los guardias instalaron los cadáveres sobre unas redes arrastreras.

La subinspectora colgó el teléfono tras una conversación de cinco minutos con Conrado Satrústegui. El comisario escuchó con atención su relato y le aseguró que se desplazaría a Portocristo en cuanto le fuera posible.

En el interior de la lonja, Romero se dirigía a los pescadores:

– Que alguien prepare unos cafés. Usted, cabo, comunique la noticia en casa de Mesías de Born.

– Vi a su hijo Gastón salir con él de la redacción del periódico -recordó Martina-. Ambos discutían. Quizá el chico pueda decirnos qué hizo su padre durante sus últimas horas.

El sargento asintió.

– Traigan al muchacho.

La piel de Mesías de Born estaba adquiriendo una tonalidad marfileña, casi translúcida. La blanca melena se había pegado a su frente como un sucio pedazo de algodón. De sus vacías cuencas irradiaba una acusadora luz negra.

Un pescador tendió a Martina una taza de un líquido que sólo remotamente sabía a café. La puerta de la lonja se abrió dando paso a una corriente de aire frío y al juez, acompañado por el médico. El sargento se encaró con los pescadores.

– Ustedes, largo de aquí. Y no se les ocurra comentar nada de lo que han visto.

El juez Cambruno pasó delante de la subinspectora, ignorándola, abrió las bolsas de los cadáveres y se inclinó sobre el cuerpo sin vida de Mesías de Born. Después hizo lo propio con los restos de Heliodoro Zuazo. Se retiró unos pasos, porque las heridas estaban vivas, y el hedor comenzaba a dejarse sentir, y dijo:

– Si desea proceder a su examen, doctor.

La subinspectora se acercó al juez.

– Quisiera informarle de lo sucedido.

– Podrá hacerlo mañana por la mañana.

– Tal vez entonces sea demasiado tarde -apuntó la subinspectora.

– ¿Por qué dice eso, Martina? -preguntó el sargento.

– Porque no descartaría que se produjese algún otro asesinato.

– ¿Más crímenes?-exclamó el juez-. ¿No basta con esta matanza?

– Imposible -aseveró Romero-. Hemos cazado al asesino. Lo tenemos ahí, con un disparo en la cabeza. Heliodoro Zuazo acabó con todos ellos.

– No vaya tan deprisa, sargento -le aconsejó Martina-. Ya le he dicho que hay cabos que no concuerdan.

– Por favor, subinspectora. Esa bestia asesinó el pasado domingo a Dimas Golbardo y a Santos Hernández, y, hace un rato, esta misma tarde, a punto estuvo de matarla a usted. Tenía antecedentes por conducta desordenada y violenta. El doctor Ancano podrá certificar que se trataba de un psicópata en potencia.

El médico, que seguía examinando las heridas de Mesías de Born, se giró para asentir.

– Las pruebas son abrumadoras -prosiguió Romero, dirigiéndose a Cambruno-. En el cubil de Heliodoro Zuazo mis hombres han encontrado un arpón, el collar de Santos Hernández y un alijo de cocaína de extrema pureza. A eso hay que añadir una importante cantidad de dinero de dudosa procedencia. Me apostaría la extraordinaria de Navidad a que El Quemao era el enlace de los narcos, y que las muertes de Dimas Golbardo y Santos Hernández, tal como yo le apunté, subinspectora, están relacionadas con el tráfico y distribución de estupefacientes. Por si no le bastase tal cúmulo de cargos, le recordaré que Mesías de Born, en su último acto consciente, justo antes de morir, pronunció con claridad el nombre de su asesino.

– El asunto está claro -apostilló el juez-. Caso cerrado.

– No tan rápido -discrepó Martina-. Usted mismo, sargento, afirmó que entre Dimas Golbardo y Heliodoro Zuazo no existían vínculos personales. ¿Y cuál era su conexión con Mesías de Born?

– Me será fácil indagarla, no se preocupe por esos extremos. Claro que hay cabos sueltos, subinspectora, pero se irán esclareciendo. El Quemao disponía de los instrumentos y de la fuerza física para cometer los crímenes. En cuanto tuvo oportunidad, los llevó a cabo.

– ¿También fue ese pobre diablo quien mató a su propio padre?

– ¿Otra vez va a empezar con esa cantinela, subinspectora? -El rostro del juez expresaba una contenida indignación-. ¿Deberé recordarle que no se encuentra usted al frente de la investigación?

– Heliodoro Zuazo era inocente -insistió Martina.

– Pues alguien se ha tomado muchas molestias para tratar de incriminarle -dijo Romero.

– Así es. Alguien amañó sus huellas en la cabaña, y ocultó en su casa la droga y el colgante de oro de Santos Hernández.

– Demasiado rebuscado -opinó el sargento.

– Creí haberla recusado una vez, señora De Santo -le recordó el juez-. Me temo que sus servicios han dejado de ser necesarios. Le aconsejo que se limite a comparecer mañana en el Juzgado y a prestar declaración. Después podrá regresar a la ciudad. Estoy convencido de que, después de un merecido descanso, y en cuanto haya asimilado los numerosos errores que ha cometido, podrá demostrar sus facultades en nuevos casos.

Despechada, Martina salió a fumar un cigarrillo. Una bruma amarilla envolvía el puerto.

Los faros de un coche cortaron la niebla. Un automóvil grande avanzaba con lentitud hacia la lonja. Martina supuso que debía tratarse del Land Rover de la Guardia Civil, que regresaba del domicilio de los De Born, pero de repente algo le resultó extrañamente familiar en la silueta del vehículo.

– No puede ser -murmuró, incrédula.

Era su propio coche, el Saab deportivo, con la capota puesta. Martina no pudo distinguir a sus ocupantes hasta que se detuvo el motor y las portezuelas se hubieron abierto.

36

– Buenas noches, querida -dijo Berta, con naturalidad, como si estuviera saludándola en el porche de su casa.

La subinspectora se la quedó mirando, atónita.

– ¿Qué estás haciendo aquí?

– Antes que nada déjame que te dé un beso. -Al ver las heridas que afeaban el rostro de la subinspectora, emitió un grito de horror-. ¿Qué te ha pasado?

– No me he dedicado precisamente a tomar el sol. Todavía no me has respondido qué haces aquí.

– He venido con Daniel.

La voz de Martina tembló.

– ¿Fosco? ¿Es él quien conduce mi coche?

– Lo decidimos de pronto -dijo Berta-. Cogimos el barco en el último momento. Metimos el Saab en el ferry y ocupamos nuestros camarotes. Pero nadie se acostó. Hubo juerga toda la noche. Fue divertidísimo, no te imaginas. Un viaje de locos y ya estábamos los tres en este pueblecito encantador.

– ¿Los tres?

– Elifaz ha venido con nosotros. Está en el asiento de atrás, dormido. Con una cogorza monumental. De absenta, nada menos.

– ¿Tú también has bebido?

– He fumado un poco. Tendrías que probar la hierba de Fosco.

Martina se dirigió al Saab.

– Salga de mi coche.

Daniel Fosco apagó en el cenicero el canuto que estaba fumando y le dedicó una de sus viciosas sonrisas. Iba vestido completamente de rojo, salvo las botas, que eran de cuero, puntiagudas.

– Estoy encantado de volver a verla, subinspectora.

– Lamento no poder decir lo mismo. Indíquele a su amigo que salga. Ahora.

– Como usted mande. Espabila, Elifaz. ¡Despierta! Es inútil, ya ve. Duerme como un tronco.

Martina abrió la puerta de atrás y tiró de las ropas del autor de La herida celeste, hasta que un inconsciente Elifaz rodó por el mojado alquitrán. Después, la subinspectora se encaró con Fosco, que estaba ocupado en atusarse el pelo.

– Las llaves.

– Están puestas. Oiga, ¿no pensará que hemos hecho algo malo? Nos hemos limitado a vagar un poco por ahí. A enseñarle el pueblo a Berta.

La subinspectora preguntó a su amiga:

– ¿Es eso cierto?

– Claro. ¿Qué te sucede? ¿Por qué te pones así? Estuvimos buscándote. Un amigo de Fosco, Teo…

– Golbardo -la ayudó el pintor.

– Sí -rió Berta; Martina se dio cuenta de que estaba muy pasada-. Qué nombres tan cachondos tiene esta gente. Teo Golbardo nos dijo que te alojabas en la posada del Pájaro Amarillo, pero que habías partido hacia una playa ballenera. Sonaba emocionante. Se asustó un poco cuando le dijimos que eras policía.

Martina hizo un gesto de exasperación.

– ¿Hice mal?

– Todo lo contrario, Berta. Tu presencia me está resultando de gran ayuda. ¿Puedo saber qué más habéis estado contando? ¿Puedo saber dónde te hospedas?

– En casa de Daniel. Es fantástica, no te haces una idea. Tan gótica…Tienes que ver el estudio, con esos increíbles cuadros…

– Usted sigue estando invitada, por supuesto -dijo el artista, con amabilidad-. Tenemos habitaciones de sobra.

– ¿Me va a ofrecer la de su difunto padre? -Estalló Martina-. Creo que seguiré en la posada. Ahora que medio pueblo conoce mi identidad, ya no necesitaré protegerme.

– ¿Se ha sentido amenazada? -preguntó Fosco, un tanto alterado; evidentemente, no le había gustado la referencia familiar-. No me extraña. En el pueblo no se habla de otra cosa que de esos horribles crímenes. ¿Ha conseguido descubrir quién los cometió?

Elifaz comenzaba a despertarse. Se había arrodillado y se limpiaba la cara de un resto de barro. Tenía los ojos enrojecidos y el semblante lívido. La subinspectora repuso:

– Tal vez ustedes me ayuden a solucionar los casos. Para ello, cuento con su declaración.

– ¿Es que va a interrogarnos? -saltó Fosco.

– Mañana, a primera hora, en el cuartelillo. Los dos. Elifaz y usted. Espero que para entonces se encuentren sobrios, y dispuestos a contar la verdad.

Berta intervino, alarmada.

– Por Dios, Martina, no sospecharás que…

– Harías bien en regresar a Bolscan en el primer barco, Berta. El coche se quedará conmigo. Voy a necesitarlo.

– No te hallas en disposición de conducir, ¿lo has olvidado?

– Creo que he comenzado a olvidar muchas cosas -repuso la subinspectora-. Y a superar algunas otras. Ahora, Berta, si me disculpas.

Sin embargo, la subinspectora se quedó quieta, escrutando la niebla. Acababa de oír un extraño rumor, como si un cortejo horadase la noche. Pronto comprendió de qué se trataba. Un carro de bueyes avanzaba junto al malecón. Al pescante, con la cabeza cubierta por un sombrerito, Juan Sebastián Sobrino, el embalsamador, agitaba un corto látigo. Su equino semblante conservaba vestigios de sueño. Amarró los uncidos bueyes a una columna y entró a la lonja.

El juez Cambruno y el doctor Ancano salieron poco después. Conversando en voz baja, aguardaron a que Sobrino, ayudado por los guardias, fuera depositando en el carromato los cadáveres del director de Ecos del Delta y de Heliodoro Zuazo. No habían cerrado las fundas. Las cabezas de ambos concentraban una tétrica luz.

– Elifaz -susurró Fosco-. Es Mesías de Born. Parece que lo han liquidado. Y también al Quemao.

Aturdido, sosteniéndose a duras penas en pie, el joven Sumí observó cómo el embalsamador terminaba de acomodar los cuerpos. Con el médico y el juez sentados en el pescante, uno a cada lado del dueño de la funeraria, el carro se fue alejando entre la niebla, hacia La Buena Estrella.

37

Era cerca de medianoche, pero la Taberna del Puerto aún estaba abierta. La subinspectora aparcó delante, entró y pidió un whisky. Lo consumió en una esquina de la barra, despacio, a pequeños sorbos. Tres o cuatro hombres ocupaban las mesas. Parecían tan solitarios como ella.

Se acercó al teléfono y pidió el número particular de Horacio Muñoz. Fue su esposa quien atendió la llamada.

– Soy Martina de Santo, de Homicidios. Discúlpeme por molestarles a estas horas.

– Espero que sea importante.

La subinspectora oyó cómo el receptor, bruscamente arrojado, aterrizaba sobre la almohada, y cómo su superficie raspaba la barba de Horacio Muñoz.

– ¿Martina, es usted?

– Le he despertado, claro. Discúlpeme con su mujer.

– No tiene importancia. ¿Qué ocurre?

– ¿Recuerda que el pasado lunes alguien me llamó para decirme que había oído el crimen de Golbardo en la radio?

– En el boletín de las once, lo recuerdo con claridad. Pero sus fuentes no le dijeron en qué emisora. En Radio Nacional no había sido, porque yo la escuché.

– Tuvo que ser en otra cadena, pero ¿en cuál?

– En ninguna, subinspectora. Ha hecho bien en llamarme para salir de dudas. Esta misma tarde estaba recopilando las noticias de los sucesos de Portocristo cuando me vino a la memoria ese comentario suyo. Llamé a las tres o cuatro cadenas que podían haber servido la noticia, pero todas informaron de los hechos a partir de las dos de la tarde, cuando nuestro servicio de prensa hubo hecho público un escueto comunicado. Fue Radio Nacional quien dio la noticia, y lo hizo a la una y media, lo que desmentiría a su fuente. ¿Le ayuda en algo?

– Creo que sí. Gracias, Horacio, y discúlpeme otra vez.

Como si quisiera ahogar sus penas, las burlas de Buj, la reconvención de Cambruno, la insoportable impresión de que la solución de los crímenes se le estaba escurriendo entre los dedos, Martina bebió una segunda copa, y una tercera, después, pero cuando sintió que el alcohol se estaba apoderando de su mente decidió parar. Pagó y preguntó por la casa de los Fosco. El tabernero le indicó la dirección: una mansión indiana, junto a la botica. Con un arco de piedra y dos grandes palmeras en la entrada.

Desde la calle principal, el camino que llevaba hasta la casa era de tierra. Martina lo recorrió a toda velocidad, rozando las estacas de los prados. Frenó y salió del coche.

No había luz en ninguna de las tres plantas, pero la puerta principal estaba entornada, como si alguien acabara de salir, olvidando cerrarla, o se esperase visita.

Martina entró a la casa y encendió la luz del vestíbulo.

El salón, enorme y desnudo, con unos pocos muebles de caoba y una mesa de cocina importante presidiendo una señorial chimenea en la que crepitaban las últimas brasas, estaba vacío. Sobre el mantel, platos y cubiertos sucios y una mediada botella de vino revelaban que acababa de compartirse una cena tardía.

La subinspectora investigó la cocina, con su horno de leña y su recogida cadiera, y, sin hacer ruido, subió las escaleras hasta la primera planta, donde se disponían los dormitorios.

Todas las puertas, salvo una, estaban abiertas. Martina penetró en las habitaciones y abrió cómodas y armarios hasta encontrar la mochila que Berta solía utilizar cuando tenía que salir de la ciudad. Dentro del macuto había un par de camisas, unos pantalones vaqueros y ropa interior de su amiga.

Después franqueó la puerta del único dormitorio que permanecía cerrado.

La luz del pasillo iluminó tenuemente la alcoba. En el centro de una inmensa cama con dosel, roncando suavemente, dormía una mujer desdentada y flaca, tan consumida que su piel apenas resaltaba sobre la blancura de las sábanas. «La madre de Fosco», pensó Martina, echando un rápido vistazo a su cerúleo rostro. Reparó en los cuadros religiosos que colgaban de las paredes y repasó los objetos que descansaban sobre el tocador, estampitas, cepillos con fundas de plata, pastilleros con píldoras de distintos colores.

Salió del dormitorio principal y subió al piso alto, aislado del rellano por una maciza puerta de roble, que abrió.

Diáfano, abuhardillado, el ático condensaba una cálida humedad. Los ventanales filtraban la láctea penumbra de la noche. Paletas, espátulas y pinceles estaban tirados por el suelo, entre los caballetes con pinturas a medio fraguar alineados junto a las cristaleras que durante las horas del día debían proyectar el resplandor de la costa.

La subinspectora reconoció en las telas el arte de Daniel Fosco, esos cuerpos torturados, esos ángeles caídos bajo las cúpulas de siniestros crepúsculos, las impuras vírgenes que sangraban a través de sus estigmas mientras una sonrisa de doloroso placer se obstinaba en animar sus labios exangües.

Los gélidos ojos grises de Martina se empañaron al identificar con los rasgos de Berta el rostro de una de esas perversas doncellas. El pintor había representado a su amiga en el centro de un paisaje fantástico, con extrañas construcciones, animales y plantas, y había dorado su cabello, estilizado sus manos y redondeado su vientre, como si estuviera esperando un hijo. El grotesco retrato emanaba la limpia crueldad de un obsceno paganismo, pero la dulce mirada de la modelo era serena, casi feliz: la misma a la que Martina solía recurrir cuando vacilaba su confianza en sí misma.

Contempló el resto de los cuadros, trastornada. Aunque ninguno estaba concluso, sugerían una actividad incesante, simultánea, como si el artista, estimulado por un impulso febril, por una patológica creatividad, trabajase en ellos sin cesar.

Martina abandonó la buhardilla y descendió las escaleras, atenta a los ruidos de la casa. Pero eran sólo los crujidos de sus propios pasos, el viento que agitaba las ramas de los árboles, la leve crepitación de las brasas.

En el salón, que volvió a recorrer minuciosamente, encontró, arrugada sobre una mecedora de mimbre, una sudadera de Berta que conservaba el aroma de su perfume y, todavía, como si acabara de quitársela, un resto de su tibieza.

Salió de la casa. Pegándose al muro de piedra, recorrió la fachada y el chaflán, hasta la parte de atrás.

La puerta de la bodega se abría hacia una boca negra y profunda. Sobre una rampa de arenisca se habían tallado irregulares escalones. Desde el fondo, como el temblor de una llama, parpadeaba una luz terrosa.

La subinspectora sacó la pistola y bajó uno por uno los veinte peldaños del pasadizo. Las telarañas rozaban su pelo. Según descendía, un torvo resplandor, cada vez más vivo, anunciaba el lecho del caño.

Bruscamente, percibió un olor nauseabundo. El techo de roca viva se abodegó en una estancia que en otro tiempo debía haber servido de lagar, o de molino de aceite. Las prensas, rodeadas de mohosos toneles, ocupaban una vasta cuba. Entre polvorientos mazos, herramientas y útiles de labranza colgaban, brillantes de barniz, los últimos cuadros, ya terminados, de Daniel Fosco. Decenas de apóstoles, demonios y mártires asomaban su burlona concupiscencia a esos irreverentes lienzos.

Dos antorchas clavadas al suelo iluminaban la escena con un fantástico fulgor. El fuego alborotaba las sombras, y daba vida a los cuadros.

Pálida, desnuda, encadenada a la bóveda de la cripta, Berta estaba en pie delante de uno de ellos, un óleo que representaba la tentación diabólica de un débil Jesús orando en el desierto. El hijo del carpintero expresaba el tormento de la duda, la rebelión de su espíritu, y sus manos, rematadas en afiladas uñas, parecían implorar, elevadas al cielo, una fiera compasión, más allá de cualquier sentimiento humano. El semblante del Cristo, que parecía mirarla desde el término de una eternidad congelada en la humillación del dolor, era el de Elifaz Sumí.

A unos diez pasos de distancia, incapaz de seguir avanzando, Martina contempló a su amiga. Berta tenía la misma expresión que acababa de percibir en su boceto del altillo, y la piel cruzada a latigazos.

38

– Puedes guardar la pistola -dijo Berta, con un tembloroso susurro, agitando los brazaletes de hierro.

Martina enfundó el arma.

– ¿Dónde están?

– ¿Quiénes?

– Fosco y Sumí.

– Se marcharon hace un rato. Pero volverán. Siempre lo hacen.

La subinspectora avanzó unos pasos. Las satánicas figuras que tentaban al Mesías enmarcaban la faz de Berta como un coro infernal.

– No te acerques -le advirtió su amiga-. No vayas a tocarme.

– ¿Qué han hecho contigo?

– Nada que yo no les haya permitido hacer.

Martina respiró hondo. El pestilente olor se infiltró en sus bronquios.

– Creía conocerte, pero no imaginé que pudieras llegar a caer tan bajo.

– Nunca es fácil conocer a nuestra otra mitad.

– ¿Cuándo empezó todo esto?

– Hace ya algún tiempo.

– ¿Antes de que tú y yo…?

– Sí.

– ¿Habías estado aquí?

– Sí.

– ¿Posando para Fosco?

– Así es.

– ¿Te acostabas con él?

– De vez en cuando.

– ¿Por qué?

– No lo sé.

– ¿Estás enamorada de él?

– No lo sé.

– ¿Y de Elifaz, lo estás?

– Tal vez. Sólo lo hago con él cuando los dos quieren. Al principio me daba miedo. Temía que me hicieran daño. Pero nunca he disfrutado tanto. Nunca como al tenerlos a los dos dentro de mí.

– ¿Lo habéis hecho ahora?

– Sí.

Martina se mordió los labios.

– De manera que sois una trinidad.

– He llegado a sentirlo.

La subinspectora dijo, muy despacio:

– Te han azotado, Berta.

– Lo merecía.

– ¿Se trata de una prueba?

– Todavía tendré que superar otras peores. La última ordalía, la de Teo Golbardo, fue realmente dura. Y yo no iba a ser menos.

– ¿Qué tuvo que hacer Teo?

– Eso es secreto de confesión.

– ¿Y Gastón de Born?

Berta sonrió con desdén.

– Simplemente tenía que imprimir los libros.

– ¿En la imprenta de su padre, donde se tira el semanario comarcal?

– Eso es.

– ¿Clandestinamente?

– El viejo Mesías nunca lo hubiera autorizado. Gastón manejaba la rotativa de noche, cuando no había nadie.

– De modo que así fueron viendo la luz los Libros del Ángel.

– Justamente. Sabemos que los compraste.

– ¿Por el librero?

– Ese detalle no tiene importancia. ¿Los has leído?

– Me gustaron las historias de parricidios. Las que firmaba Gastón. Sólo que no las escribió él.

– ¿Ah, no?

– No. Leí una crónica de Gastón, y estaba mal redactada. En cambio, los relatos tienen tensión. No podían pertenecer al mismo autor. ¿Quién los escribió? ¿Elifaz?

– Son buenos, ¿verdad? Elifaz y Daniel tienen talento, al contrario que los demás. Ellos encarnan el ideal de la Hermandad: la fusión del arte y la muerte.

La ropa de Berta estaba desperdigada por el suelo. La subinspectora observó que el sujetador estaba rasgado.

– No estoy aquí para recibir lecciones de arte. Encontré tu sudadera en el salón. Dime cómo puedo soltarte y vístete.

Berta escupió al suelo. Su rostro se asimiló a las repulsivas caras del cuadro. A pesar del frío que hacía en la cripta, su frente estaba perlada de sudor. Basculó sobre sus pies, como si estuviera borracha.

– ¿Prefieres interrogarme vestida? Porque has venido a eso, ¿verdad?

La subinspectora se dejó caer sobre el borde del lagar. Los ojos le ardían.

– He visto el retrato que te está pintando Fosco. Es repugnante, pero prueba muchas cosas.

– No deberías hablarle así a una mujer en estado.

El corazón de Martina golpeó en su pecho.

– ¿Estás esperando un hijo?

– En el fondo, Daniel es un pintor realista.

– ¿Quién es el padre?

– ¿A quién le importa?

– Puede que a mí.

– ¿Esa pregunta tiene que ver con tu investigación?

– Puede que sí. ¿Por qué no respondes?

– El padre de la niña podría ser cualquiera de los dos.

– ¿Estás embarazada de una niña?

– Hemos pensado llamarla Martina, en recuerdo de una amiga que perdí.

Detrás de Berta, en el oscuro fondo de la cripta, aleteó una sombra. La subinspectora se volvió, con los nervios de punta, pero sólo era un murciélago.

– Dime qué es lo que desprende ese olor.

– Son los muertos -murmuró Berta, con una voz que no parecía la suya.

– ¿Dónde están?

– Ahí, debajo de ti.

– ¿Enterrados en la cuba?

– A poca profundidad. Así es más fácil desenterrarlos. Hemos llegado a conocerlos bien. Fosco los ha inmortalizado en sus telas. Es un gran artista, aunque a nadie le interese. Yo los fotografié. Fue toda una experiencia. ¿Creías que la muerte era sólo un instante, una luz que se apaga? Descubrí que la muerte tiene vida propia. Que cada uno de esos cadáveres sigue muriendo hora tras hora. Que se mueven, Martina, que gimen y tiemblan, y que trozos de pelo y piel caen de pronto, como desprendidos por un aliento malsano. Crecen las uñas, palpitan los órganos, mutan sus olores, su pátina y coloración se alteran. Gusanos y larvas penetran los tejidos, la carne que se pudre y seca, hasta descubrir los esqueletos y abrillantar sus almas de marfil. ¿Habrán muerto, entonces? ¿Pero por qué crujen los huesos? Jamás capté imágenes como ésas. Nunca estuve tan cerca del destino del hombre, de la verdad.

A Martina le falló la voz. Un frío glacial le atenazaba la garganta. Tragó saliva y preguntó, vacilante:

– ¿Hiciste aquí tus fotografías? ¿Tus Restos de Serie? ¿Las que yo vi por primera vez, el día en que te conocí en el Palacio de la Música?

– Muchas de ellas.

– ¿Fosco desenterraba los cadáveres del camposanto de la isla?

– Acopia modelos para su juicio final -repuso Berta, riendo-. Se enamora de ellos. Los viste, disfraza, maquilla. En una ocasión me confesó que había llegado a probar su carne. Pero no todo es lúgubre en nuestra relación con los inmortales. Antes de que se corrompan, solemos divertirnos un poco. Forma parte del proceso creativo. Como aquella ocasión en que decidimos enfrentar al pobre Heliodoro con el espectro de su padre. Tendrías que haberle visto en el cementerio, cuando le quitamos la capucha a la momia. Ese idiota se emborrachó tanto que difícilmente podría recordar el aquelarre. Le hicimos creer que él mismo lo había vuelto a enterrar. Pero lo trajimos aquí, y Fosco lo dibujó. Pedro Zuazo es uno de estos diablos, el más odioso de todos.

Martina notó un zumbido en el cerebro. La cripta se desdibujó ante sus ojos.

– Tú no has muerto. Sin embargo, él te ha representado. Y Elifaz le sirvió de modelo para ese Cristo.

– La necrofilia de Fosco no es exclúyeme. Su arte también se inspira en los vivos.

– ¿En los Hermanos?

– Preferentemente.

– Supongo que los conoces a todos.

– Si lo que quieres preguntarme es si asistía a las ceremonias de los solsticios, no me las hubiera perdido por nada del mundo.

– Creía que en la Hermandad no había ninguna mujer.

– Y no la hay, todavía. Alguna vez me disfracé, para acompañarles. Ese patán del Quemao nunca me reconoció. -Berta sacudió sus cadenas-. Ahora ya sabes algo más de nosotros. ¿Quizá habrías preferido seguir a oscuras?

Martina se obligó a seguir, a pensar.

– Debo admitir que al principio conseguiste engañarme, Berta, pero no estoy ciega.

– ¿Sólo al principio?

– Después cometiste algunos errores. Todos los cometisteis.

– ¿Ha comenzado el interrogatorio?

– Considéralo así.

– Muy bien, subinspectora. ¿Qué errores cometí?

– No deberías haberme llamado a Jefatura. Nunca lo habías hecho. Pero el lunes, poco después de las once, descolgaste un teléfono para informarme de un crimen. Lo habías oído en la radio, dijiste. Debiste escuchar con mucha atención, porque retuviste el nombre de la víctima. Un pescador de Portocristo, Dimas Golbardo. Estabas impresionada por la barbarie del asesinato.

– Yo diría que fue una reacción muy humana.

– Eso pensé. Y por eso, acto seguido, ingenuamente, te confié que me habían encomendado el caso. En consecuencia, te pusiste en acción. Pero disponías de poco tiempo. De la misma manera que habías amañado la noticia del suceso, inventaste una cita en el centro de Bolscan con un marchante, un tal Gustavo Adorno. He comprobado que ninguna emisora informó de la muerte de Golbardo hasta la una y media del mediodía, por lo que no podías tener noticia del asesinato a menos que alguien directamente implicado te hubiera puesto en antecedentes. Por otra parte, Gustavo Adorno nunca existió. No estuvo en casa, en nuestra casa, nunca admiró ni contrató tus fotografías. La viuda Margarel, nuestra vecina, permaneció toda la mañana podando el seto. Te vio salir poco después de que yo me marchara a comisaría, pero no te vio regresar. Tampoco pudo trasnochar Adorno en compañía vuestra porque los fantasmas, aunque Daniel Fosco, compinchado contigo, sostenga lo contrario, no toman cócteles margarita. Debo admitir que su interpretación ha sido ingeniosa. Casi tan convincente como la tuya.

– Estás celosa de él.

– Me engañaste, Berta, y eso, por encima de lo que hayas hecho, es lo que me seguirá doliendo cuando todo esto haya concluido.

– Aún no has resuelto nada.

Martina apagó el cigarrillo con el tacón y encendió otro.

– ¿Me estás desafiando? ¿Crees que no conseguiré resolver los crímenes?

– Ya lo has hecho. El Quemao los mató.

– No estoy tan segura.

De una de las heridas de Berta brotó una gota de sangre que fue resbalando hasta deslizarse por su muslo, sobre cuya piel dibujó una serpiente bermeja. Martina sintió que una lágrima resbalaba por su mejilla. Sacó la pistola y la enjugó con la mira. Luego dijo:

– Todavía no sé exactamente dónde empieza y termina tu juego, Berta, pero sí sé que cometiste más errores.

– ¿Cuáles?

– Además de tu llamada a mi oficina, y de la invención del personaje de Adorno, teñiste tu cabello y elegiste para tu falsa cita con el marchante una ropa que jamás te pondrías. ¿A qué venía ese súbito cambio de apariencia?

– Quizá pretendía sorprenderte.

– Más bien sospecho que querías evitar que alguien te reconociera mientras te dirigías al apartamento de Daniel Fosco y te reunías con él y con Elifaz Sumí. Esa reunión tenía que ser secreta. A fin de que vuestra coartada resultara creíble, yo debía seguir pensando que entre Fosco, Elifaz y tú nunca había existido otro vínculo que una mera relación de carácter intelectual, utópico.

– ¿Y acaso ha sido de otra manera?

Martina exclamó, con rencor:

– ¿También era idílica cuando te poseían los dos?

– Necesitaba nuevos estímulos. La rutina, contigo…

La subinspectora dejó salir el humo de su boca.

– Puedes hacerme daño, ya no me afecta.

– No mientas. Aún tengo poder sobre ti.

– ¿De eso se trataba? ¿No estabas encubriendo a nadie? ¿Simplemente querías demostrar cuál de las dos era la más fuerte?

Su amiga había levantado los ojos. Miraba por encima de ella, hacia la boca del caño, donde se espesaban las sombras.

– Esa incógnita ha quedado resuelta -declaró-. ¡La imaginación ha derrotado a la inteligencia deductiva! La Hermandad tiene ya un nuevo miembro. ¿No es así, Fosco?

Berta agitó sus cadenas y rompió a reír alegremente. La subinspectora se volvió con los brazos caídos. Daniel Fosco y Elifaz Sumí estaban de pie en el último escalón, sonriendo con tranquilidad, y con una especie de lúcido y admirativo orgullo.

– ¡Has estado maravillosa, querida! -proclamó Fosco-. ¡Estremecedora! Habías puesto el listón muy alto, pero te has superado. Realmente, tus límites son una incógnita. ¡Si hasta nos has hecho dudar!

El pintor atravesó la cripta jugueteando con una llave de hierro y la libró de sus cadenas. Berta comenzó a vestirse, agitada todavía por la risa. Sus heridas eran simples brochazos de pintura bermeja.

– Lo siento, Martina, yo…

– No se enfade con nosotros, subinspectora -dijo Elifaz, con dulzura, como si realmente quisiera consolarla.

– ¿Le ha gustado la mansión? -preguntó Fosco; parecía exultante, como un anfitrión satisfecho-. Ya le comenté que era indiana, un tesoro. Mi padre ganó mucho dinero. Para mí, ¿se da cuenta? Ha visto la casa, ¿no es cierto? ¿Qué me dice del dormitorio principal, admiró el dosel? A veces me siento en el filo de esa cama, y veo dormir a mamá. Me pregunto cuánto tiempo vivirá.

El despecho ahogaba a Martina. Tuvo que apelar a un esfuerzo sobrehumano para dominarse, e ironizar:

– Podría dejar abierta una ventana, a fin de que la niebla encharque sus pulmones, o tomar prestado uno de sus almohadones y presionar sus vías respiratorias, hasta endulzar su tránsito. Sería como otro de sus juegos.

– No puedo desearle nada malo a mamá -protestó Fosco-. Vamos, subinspectora, sólo ha sido una broma. Pensamos que una prueba de este tipo era la que más se ajustaba a las condiciones de Berta. Si era capaz de jugarse su amistad con usted, podíamos estar seguros de que jamás nos traicionaría.

– Y lo estamos -subrayó Elifaz-. Plena, absolutamente seguros. La Hermandad ha perdido un socio, pero acaba de incorporar otro. Con toda justicia, diría yo. Creo que unos y otros hemos salido ganando. Usted también, Martina. Anímese.

La subinspectora permanecía en pie, rígida, inmóvil, con la expresión vacía.

– De manera que todo ha sido una farsa. Todo el tiempo han estado burlándose. Y todavía sostienen que he sacado un beneficio.

– ¿Pero es que nunca lo va a admitir? -dijo Fosco, separando los brazos-. ¿Quién la puso sobre la pista del Quemao?

– ¿Acaso no fuimos nosotros? -coreó Elifaz.

– La única culpa de Heliodoro Zuazo consistió en creer en esa irrisoria Hermandad. Lo que terminaría costándole la vida.

– Él se lo buscó -acusó Berta.

– No. Un disparo del sargento acabó con su vida, pero la causa de su muerte fue otra.

– La partida ha terminado, subinspectora-dijo Fosco, con calma-. Por lo que a usted respecta, debo recordarle que el caso está cerrado. Creo que me iré a dormir. Necesito descansar. ¿Vienes, Berta?

– Claro. Yo también estoy cansada. Pero os quiero a los dos. A menos, Martina, que no prefieras tomar una copa de vino conmigo. Te sentará bien. Prometo darte toda clase de explicaciones. No ahora, quizá, pero espero que más adelante, poco a poco, sepas perdonarme. La vida seguirá. No tiene sentido que lo perdamos todo. Que tú y yo nos separemos.

La subinspectora asintió lentamente. Luego dijo, con acidez:

– Cometisteis otro error, Berta. Por eso puedo asegurarte que este juego, si lo es, no ha concluido.

Empezó a subir los escalones de arenisca. No había alcanzado el exterior cuando oyó unas risitas ahogadas. Los Hermanos de la Costa celebraban su solsticio de invierno a costa de una nueva y singular víctima. Alguien que llevaba placa de policía y que forzosamente debía sentirse en una situación ridícula.

39

La subinspectora acabó de subir los peldaños de la cripta, se dirigió a su automóvil y lo puso en marcha. Atravesó a toda velocidad las últimas casas del pueblo, aparcó el coche en la cumbre del acantilado, sobre la playa, y descendió una senda hasta la puerta del Oasis.

Cayo fumaba en la puerta, bajo el letrero de neón, con una mano en el bolsillo y las piernas abiertas.

– Lo he pensado mejor -dijo Martina-. Vengo a por ese puesto de camarera que me habían ofrecido.

Los tubos iluminaban con reflejos dorados el pelo rubio, corto y duro, de Cayo. Su expresión era pacífica.

– Hacía tiempo que no veía una paliza así. Te han caneado a fondo. ¿Quién fue? ¿Tu chulo?

Martina se acarició los hematomas de la cara.

– Eso es cosa mía -replicó.

– Tal como te han puesto la jeta no te darían empleo ni el peor puticlub. Y éste es un local respetable, no sé si te lo han dicho.

La subinspectora se pasó la lengua por los labios. La cara interna del carrillo le ardía. Sacó la cajita de aspirinas y deslizó un par en su boca.

– ¿Con eso te colocas? -sonrió Cayo.

– En una habitación oscura ningún cliente protestará porque no le guste mi cara. Ni porque esté colocada.

Cayo se echó a reír. Tenía las pupilas dilatadas como las de un pájaro nocturno.

– Tampoco es que me disguste. Me sigue pareciendo que estás un rato buena.

Martina se abrió la gabardina. Sus pechos oscilaron bajo el ceñido jersey de pico.

– ¿Te gustaría ver el resto?

– Oye, no sé si…

– Sería la mejor manera de convencerte de que vas a contratar carne de primera calidad.

Cayo echó un furtivo vistazo al interior del local. Apagó la colilla con la puntera de su bota y dijo:

– Vamos adentro.

Entraron al club. Media docena de chicas alternaban en la barra con clientes maduros, hombres del pueblo, o de la comarca; otras bailaban con languidez en la pista.

Cayo la condujo hacia una puerta situada al fondo de los reservados. Subieron una escalera mal iluminada. Contra las ventanas del pasillo golpeaba el viento.

El hijo de Rita Jaguar abrió la puerta de una habitación pintada en rojo burdeos. La cama no era ancha, y estaba cubierta por una colcha de color negro. Había una sola lámpara rosada, un lavabo y un bidé, y, en la pared, una estantería metálica con cajas de preservativos y un bodegón de flores.

– Es… acogedora -opinó Martina.

– Las sábanas se lavan por la mañana -dijo Cayo-. Fijo que estarán usadas. Acércate, no te cortes.

– ¿Qué te gusta que te hagan las otras?

Cayo vaciló.

– Que me la chupen.

– ¿Nada más?

– Con eso tengo bastante.

– A mí me pedirás más.

El hombre se subió la camiseta y empezó a quitarse el cinturón. Martina se echó la melena hacia atrás.

– Voy a hacerte un trabajito que no olvidarás. Relájate. Ya no hará falta que bajes las manos.

Pasmadamente, Cayo volvió a abrocharse el cinturón. La subinspectora sostenía su pistola a un metro de él. Su rostro reflejaba una voluntad implacable.

– La última vez que tuve que usarla me encontraba en un lugar llamado la Piedra de la Ballena. Un paraje muy recomendable para ir a pescar, aunque no siempre resulte fácil regresar con vida.

Los ojos de Cayo se encogieron en la penumbra.

– ¿Quién coño eres?

– Alguien que se interesa por vosotros -replicó la subinspectora-. Por tu madre y por ti. Y por un modesto carpintero, a quien asesinaron hace más de quince años. Se llamaba Jerónimo Dauder. Quizá lo recuerdes. Construía y reparaba lanchones en su taller del puerto de Bolscan. En sus ratos libres tallaba barquitos y títeres de madera, y durante algún tiempo fue tu padrastro.

Cayo esbozó una mueca de incredulidad. De pronto, se inclinó hacia la cama, cogió la almohada y se abalanzó contra ella. La subinspectora se hizo a un lado. Cayo se encontró con el cañón del revólver apoyado en su sien.

– Sobre el colchón -ordenó Martina; él se dejó caer, rígido como una tabla-. Boca abajo. Así, muy bien. Imagina que estás con una de esas pobres chicas a las que sometes a derecho de pernada.

Sin dejar de apuntarle, la subinspectora abrió los postigos y apagó la lámpara.

– ¿Qué está haciendo?

– Hablaremos a oscuras, en voz baja. Te sentirás más cómodo, y nadie nos oirá.

– ¿Quién es usted?

– Policía. Investigo los crímenes. ¿Dónde estabas el pasado domingo?

– Aquí.

– ¿Tienes testigos?

– Sí.

– ¿Quiénes?

– Rita y Celeste.

– Será mejor que hables con propiedad, Cayo. ¿Tu hermana y tu madre, has querido decir?

El hijo de Rita asintió.

– ¿Quién fue tu padre, Cayo?

– No lo sé.

– ¿Tu madre nunca te lo dijo?

– No.

El tono de Martina se aguzó hasta resultar hiriente.

– Debiste tener una infancia difícil, Cayo. Sin padre, con una madre que trabajaba en un cabaret. Una prostituta. Supongo que llegarías a tratar a alguno de sus clientes. Y que te preguntarías si éste o aquél podrían haberte engendrado. A lo mejor tenías tus preferencias. Puede que el capitán Sumí te resultara más simpático que otros.

– ¡Ese hombre no es mi padre!

Martina encendió un cigarrillo. La llama del encendedor iluminó la mitad de su cara.

– José Sumí era un buen amigo de tu padrastro, el carpintero. Primero los unió una embarcación, La Sirena del Delta, que periódicamente había que reparar y calafatear en el astillero de Bolscan, en el taller de Dauder. Después, las alegres noches de farra por los garitos del puerto. Ambos conocieron a la que sería tu madre, a Rita, cuando ella bailaba en un club llamado El Deportivo. Ambos se encapricharon con ella. Rita debía ser un volcán. Pero Jerónimo Dauder tuvo que dejar de verla para pasar una larga temporada a la sombra. Un mal día, después de una discusión doméstica, se dejó llevar por un arrebato y mató a su esposa. Corría el año 1950. Tú no habías nacido aún.

– No sé de qué está hablando -masculló Cayo.

– No fue un crimen pasional, propiamente -continuó Martina, como si no le hubiera oído-, aunque la policía así lo creyó. Dauder había enloquecido por Rita, a tal punto que iba a ser capaz de apartar cualquier obstáculo que la separase de ella. Pero cuando se libró de su mujer y se dio cuenta de lo que había hecho, su pequeño mundo se derrumbó, y se entregó a la justicia. Más tarde, sin embargo, se le concedería una segunda oportunidad. Dauder salió de la cárcel en 1965, y poco después se casó con Rita. Para entonces tú ya debías ser un espigado muchacho de unos catorce años. Haz memoria, Cayo. Recuerda a aquel bien plantado José Sumí que convidaba a tu padrastro a vinos y a putas. Alguien que no siempre fue un ciudadano ejemplar. Alguien que, antes de presidir el municipio y las asociaciones católicas debió ser un tipo atractivo y turbulento a la vez. ¿José Sumí es tu padre, Cayo, y el padre de Celeste? ¿Fue él quien mató a Dauder, quien le hizo trizas el cráneo y machacó sus manos con un martillo? ¡Habla!

La garganta de Cayo emitió un sonido áspero, pero no respondió. La subinspectora le clavó la pistola en los riñones y le conminó a que abriera la puerta.

40

Salieron al pasillo, Cayo delante. A lo largo del corredor se disponían seis habitaciones más, tres a cada lado. Todas estaban cerradas. De un par de esas alcobas brotaban jadeos, el lenguaje animal del amor. La subinspectora clavó con más fuerza el cañón en los riñones de Cayo.

– ¿Cuál es la alcoba de Rita?

– La del fondo.

– Llama como acostumbres a hacerlo.

– No abrirá.

– Dile que han matado a otro cliente. A Mesías de Born. Y que la policía ronda.

Cayo tocó con dos suaves golpes de nudillos.

– ¿Madre?

Al otro lado de la puerta se oyó un susurro, como de ropajes arrastrándose por el piso.

– ¿Sí, hijo?

– Abre.

– Ahora no. Estoy ocupada.

– Se han cargado a otro. La policía sospecha.

La hoja se abrió apenas un resquicio, aunque fue lo suficiente como para que Martina pudiese entrar, empujando a Cayo y obligando a hacerse a un lado a la madam.

Decenas de velas multiplicaban las sombras de las vírgenes de escayola. Cera caliente resbalaba por los candelabros, hasta caer al suelo en dorados goterones. Olía a pachulí y a una acre pestilencia, como de jaula sucia. Martina avanzó en silencio por el santuario de Rita Jaguar. Los afiches de la cabaretera la contemplaban desde las paredes, en tórridas imágenes de un pasado ya lejano.

Sobre la cama, de espaldas, desnudo, un hombre montaba a una mujer. Sus blancuzcos glúteos empujaban con furia. Al oír un crujido detrás de él, irguió del lecho el cuerpo flaco, brillante de aceite. Estaba despeinado, y una lujuriosa expresión crispaba su macilenta cara, pero Martina lo reconoció al instante: era Luis Gámez, el secretario del Juzgado.

– Vístase -ordenó la subinspectora, después de una pausa cargada de electricidad.

Sobre los muslos de la mujer, Gámez parecía haberse paralizado en un grotesco escorzo. La subinspectora pensó en un fauno apurando los últimos sorbos de la vida.

– ¡Usted! -Exclamó la madam, como si acabaran de violar su intimidad-. ¿Por qué lleva un arma?

– Es policía -repuso el secretario, trémulo.

Sin dejar de mirar con ferocidad a Martina de Santo, Rita Jaguar entregó al secretario su batín, un corto quimono recamado con pavos reales y montañas nevadas que erguían sus picos sobre sicomoros y campos de té. Gámez gateó sobre el cobertor para cubrirse con aquella absurda prenda. Atada al cabecero de la cama, Celeste tenía los ojos abiertos, pero no parecía captar lo que sucedía en la alcoba. Una bandeja con jeringuillas descansaba en el suelo, cerca del terrario. La subinspectora vio en el cristal el reflejo de un reptil.

– Suéltenla -dijo Martina.

– ¿A la serpiente o a la niña? -preguntó Cayo, con la cara encendida por el odio.

– No lo estropees todavía más -le aconsejó la subinspectora.

– ¡Obedece, idiota! -le urgió la madam.

Cayo soltó las cuerdas. Los brazos de Celeste se desmayaron sobre el colchón.

– Siéntate contra la pared, Cayo -ordenó Martina-. Las manos donde yo pueda verlas.

La subinspectora pasó junto al secretario, que había retrocedido hasta la pared, junto a los candelabros. En la mesilla de noche descansaban una cinta de pelo y el pasador que Celeste había heredado de su madre. La subinspectora lo cogió y lo guardó en su americana.

– Eso no le pertenece -le advirtió Rita Jaguar.

– Son pruebas. Como esas sábanas, esas cuerdas, las jeringuillas.

Martina tomó el pulso a la chica. Debía haberle faltado poco. La subinspectora permaneció junto a ella, sin dejar de apuntar a Cayo.

A la luz de las velas, las sombras de las vírgenes se proyectaban sobre la cama. Martina dedicó a Gámez una mirada que combinaba la piedad y el desprecio.

– ¿Hace mucho que dura esto, secretario?

La voz de Gámez sonó a remordimiento:

– He venido alguna vez, es cierto. Sabía que no estaba bien, pero…

– ¿Por dónde suele entrar, para que no le reconozcan, por la puerta de atrás? ¿O se pone peluca?

– El señor secretario es un cliente ocasional -murmuró Rita-. Como tantos otros. Se asombraría usted, de acceder a sus apellidos. Ésta es una casa legal, con una clientela respetable.

La subinspectora emitió una risa irónica.

– Déjeme adivinar. ¿El señor De Born, el señor Fosco y otros caballeros de la tertulia dominical de la Casa del Mar también frecuentaban la casa?

La madam guardó silencio.

– ¿Secretario?

– Venían.

– ¿Todos juntos?

– Sé que venían, eso es todo.

– Parece que a los caballeros de Portocristo les unía algo más que las partidas de dominó. ¿Dimas Golbardo también participaba de estos secretos placeres?

Rita se ahuecó la melena, orgullosamente.

– No le daré nombres, pero… ¿qué hay de malo en un poco de expansión?

– ¿Así llama a las degradantes prácticas a que somete a su hija? ¿De dónde saca la heroína?

– Celeste está enferma.

– ¿La ha visto un médico?

– Necesita una dosis diaria de morfina. De lo contrario, enloquecería.

– ¿Quién le proporciona la droga desde que el farmacéutico se ahogó en el estuario?

La madam aceró la mirada. Su desmedido busto subía y bajaba, oprimido por el escote.

– No contestaré a eso.

– Va a tener que responder a muchas cosas más -adelantó la subinspectora-. Aquí y ahora, o en el puesto de la Guardia Civil. Como prefiera.

– ¿De qué se me acusa?

– De promover abusos sexuales contra una menor, lucrándose con ello.

– La niña lo hace por gusto -afirmó Rita-. Pregúntele.

– Lo haré en cuanto se recupere. Celeste vendrá conmigo.

El secretario había comenzado a vestirse en un rincón. Sus ropas descansaban cuidadosamente dobladas sobre el respaldo de una butaca. La subinspectora se encaró con la madam.

– No descarto reunir algún cargo más contra usted, Rita. Encubrimiento de asesinato, por ejemplo.

– ¡Está usted loca! -exclamó Cayo.

– Es su madre quien lo está. Pero la locura no la eximirá de comparecer ante un tribunal. Y yo estaré presente para contar una nostálgica historia.

Martina hizo una pausa para encender un cigarrillo y arrojar por la nariz dos columnas de humo.

– La de una bailarina que actuaba en Bolscan, en un antiguo cabaret llamado El Deportivo. Ocasionalmente, ejercía la prostitución. Le gustaba seducir a los clientes, ponerlos a sus pies. A juzgar por esos carteles, debía ser usted muy atractiva, Rita. Tenía gancho con los hombres, y sabía manejarlos en la cama. Uno de ellos, Horacio Muñoz, un policía, cayó rendido ante sus encantos. Todavía no ha conseguido olvidarla, si eso la consuela. No sería el único. Aquel humilde carpintero del puerto, Jerónimo Dauder, también cometió el error de enamorarse de usted. Obsesionado con poseerla, en una escena de celos domésticos llegaría a asesinar a su propia esposa, lo que le costaría la cárcel. Pero usted no le correspondía, o lo hacía como una simple diversión. Su hombre era otro, siempre fue otro, y el mismo. José Sumí. ¿Fue él quien mató a su marido?

– ¡Deja de mentir, zorra! -exclamó Rita.

– ¡Tranquilícese! -Intervino el secretario; su mecanismo de auto justificación se había activado, y cedía a la ilusión de que una cierta autoridad le investía de nuevo-. Responda a la subinspectora.

– ¡No tengo nada que decir!

– Le honra esa actitud, Gámez -dijo Martina, irguiéndose y agravando la voz, como si el secretario estuviera cumpliendo funciones propias de su cargo y ambos integraran un acusador tribunal-. Mientras el carpintero cumplía su condena en la prisión de Argenta, esta mujer, cuyo verdadero nombre es Rita Vicente, tuvo un hijo, Cayo. El padre no lo reconoció, como tampoco, más adelante, cuando la niña nació, reconocería a Celeste. ¿Dónde vino al mundo su pequeña, Rita? ¿En esta misma habitación, hace quince años, más o menos? Porque usted no acudió al hospital, ni registró el nacimiento.

– Nunca he necesitado ayuda para parir, ni instancias para llevar la cuenta de mis hijos.

– Mírela ahora. -Martina señaló la cama, donde Celeste se había desmadejado como una muñeca rota-. Asuma en qué la ha convertido. ¿Cuánto vale, por una noche?

– Hago lo mejor para ella -susurró Rita.

– ¿Lo mejor? ¿El qué? ¿Que la violen? -La subinspectora se había inclinado sobre la muchacha, que respiraba con un estertor-. Necesita atención, pero ese doctor Ancano iba de camino a la funeraria, con la nueva cosecha de muertos. Porque mientras usted se divertía, secretario, hemos tenido bastante jaleo. ¿Desea que le informe de las últimas bajas? Alguien crucificó a Mesías de Born. Expiró en la isla, cuando el sargento y yo conseguimos desprenderlo del madero. Previamente, Romero había abatido a Heliodoro Zuazo, más popular, en esta parte de la costa, como El Quemao. Aunque no debería haberlo hecho, disparó contra él.

– ¿Por qué? -preguntó el secretario.

– Intentaba matarme.

– ¡Lástima que no lo consiguiera! -gritó Cayo.

– ¡Cállate, inepto! -rugió su madre.

– Deje que suelte la lengua-dijo Martina-. Es probable que sea la única manera de reducir su condena. ¿Cuánto cree que puede caerle, secretario?

Gámez abrió desmesuradamente los ojos.

– ¿Cayo los mató?

– ¡Yo no he matado a nadie!

– ¡No sigas hablando! -saltó su madre.

– Escucha, Cayo -dijo la subinspectora, acercándose a él, hasta cubrirlo con su delgada sombra-. Sé que le tienes miedo. Siempre se lo has tenido. Desde aquel día, en la carpintería del puerto. Ella enterró a Dauder y luego te trajo aquí y te convirtió en un alcahuete. Ahora puedes demostrarle que eres un hombre, y no un pelele que se dedica a sacar del club a los clientes borrachos, o a arrojarlos por los acantilados.

Transcurrieron treinta segundos. En los ojos de la subinspectora, Cayo leyó que Martel seguía vivo, y que había hablado.

– Te reconoció. Debiste haberte asegurado de que estaba muerto, como los otros.

Cayo dejó de mirar a la subinspectora y contempló a su madre con una expresión huérfana. El rostro de Rita Jaguar se mantenía impávido. Las palabras escaparon de la boca de su hijo, deslizándose como delgadas serpientes:

– Estuve allí, pero yo no lo maté.

Martina de Santo se acercó a él y le hincó el cañón de la pistola entre los ojos.

– ¿Quién lo hizo, entonces?

– Subinspectora… -empezó a decir el secretario-. No creo que sus radicales métodos…

– ¿Me va a dar lecciones de ética?

Gámez hizo un gesto, como desentendiéndose.

– ¿Quién lo hizo, Cayo? -Volvió a preguntar Martina-. ¿Quién ahogó en las marismas a Gabriel Fosco? ¿Quién descuartizó en la Piedra de la Ballena a Dimas Golbardo? ¡Todos eran clientes vuestros! ¿Quién lo hizo? ¡Contesta!

Cayo no reaccionó. Estaba lívido. La subinspectora le golpeó con la culata.

– ¿Quién los torturó? ¿Fue tu madre la que te ordenó acabar con ellos?

Cayo permaneció en silencio. Martina volvió a golpearle. Un hilo de sangre empezó a resbalarle por la comisura de los labios.

– ¡Responde!

– ¡Subinspectora! -exclamó el secretario.

Cayo se había cubierto la cara. Martina le apartó las manos.

– ¡Habla!

Cayo empezó a llorar mansamente.

– Esto tenía que llegar antes o después, mamá.

Rita miraba a Martina con un odio que hubiera podido palparse. La subinspectora retrocedió un paso y amartilló el gatillo. Su gesto reflejaba la determinación de abrir fuego. El secretario se apoyó contra la pared, asustado.

– Te lo preguntaré por última vez, Cayo. Procura contestar, porque no tendrás otra oportunidad. ¿Quién mató a esos hombres? ¡Respóndeme, o te reunirás con ellos!

– Elifaz -dijo Celeste, detrás de ella; se había incorporado en la cama y contemplaba la escena con aire alucinado-. Mi hermano Eli los mató. Lo hizo por mí, porque no podía soportar el olor de esos viejos en mi piel. Él los castigó a morir.

41

«Debería haber comprado un árbol de Navidad», pensó Martina de Santo, sintiéndose un tanto rígida en su papel de anfitriona. «Uno de esos abetos enanos con sus bolas de colores y un Papá Noel como el que mi padre ponía en el pasillo cuando era una niña.» Pero no se había hablado de la Navidad en toda la velada, y la subinspectora se resistió a dejarse arrastrar por el impulso sentimental de las fechas. Todavía no quería recordar al embajador, cuyo retrato aparentaba observarles desde una de las paredes, sobre la mesita de cristal donde descansaban el teléfono, una fotografía de sus padres y el revólver de Conrado Satrústegui. Al día siguiente iba a cumplirse un nuevo aniversario de la muerte de Máximo de Santo. Entonces pensaría en él.

– ¿Tomará café, juez?

Antonio Cambruno se atusó la pajarita con la punta de los dedos y asintió. La subinspectora le había invitado a presidir la mesa que ella misma, con una funcionalidad de la que íntimamente se había admirado, fue improvisando en el salón de su casa, mientras sus invitados saboreaban una copa de jerez y fumaban en el porche.

No había flores en el jardín, pero en cuanto llegaron, a bordo del coche del comisario, la subinspectora se había apresurado a cortar un ramo de hortensias, cuyo tibio aroma se expandía ahora por el cuarto de estar. Pesca iba y venía de la cocina a la sala, excitada por las voces y el olor de los extraños. La viuda Margarel la había cuidado como a una reina, pero la gatita echaba en falta las caricias de su dueña. Su única dueña, a partir de ahora. Porque Berta…

El juez no parecía incómodo compartiendo esa cena de Nochebuena lejos de su casa y de su delicada madre, y en compañía de dos policías de Bolscan a quienes una semana atrás no conocía. A pesar de que la subinspectora, desde que retiró su primer plato prácticamente sin tocar, le había insistido, comió frugalmente. Sin embargo, Cambruno hizo aprecio al vino, tanto que, según se desprendía del achispado brillo de sus ojos, había bebido demasiado. El comisario, en cambio, se limitó a consumir medio vaso de Ribera de Duero, pero en compensación dio buena cuenta de todos los platos precocinados. Que no valían gran cosa, realmente. No en vano se trataba de un pedido de urgencia que la subinspectora se las había arreglado para encargar por teléfono, mientras esperaban en una salita del Hospital Clínico el diagnóstico del toxicólogo que atendía a Celeste.

La idea de celebrar juntos la Nochebuena había surgido de manera espontánea. Si la consulta se hubiera formulado a cada uno en un plano familiar, los tres se habrían visto obligados a admitir que se encontraban solos. En consecuencia, propuso Martina, ¿por qué no cenar juntos? Sería una atípica reunión de trabajo, en cualquier caso, y una buena oportunidad para intercambiar opiniones sobre la resolución del caso. Ni el comisario ni el juez tuvieron nada que objetar. A Satrústegui le esperaba una amarga madrugada en su apartamento de separado. Cambruno, por su parte, había tomado habitación en un hotel. Permanecería en la ciudad uno o dos días, hasta que Celeste estuviera en condiciones de declarar. El juez había decidido en el último instante partir hacia Bolscan en el helicóptero que trasladaba a los agentes, y a la propia Celeste, por lo que apenas tuvo tiempo de meter en el equipaje una muda y la navaja de afeitar. Ni siquiera había llevado consigo alguna de sus novelas policíacas. La perspectiva de pasar la Nochebuena solo debía agobiarle. Al igual que Satrústegui, aceptó de buen grado la invitación de Martina.

El día anterior, tal como se había comprometido con la subinspectora, el comisario, acompañado por el inspector Buj, se había desplazado, vía aérea, a la localidad azotada por los crímenes.

Buj y él se presentaron en el puesto de la Guardia Civil de Portocristo hacia las diez de la mañana del viernes 23 de diciembre. Satrústegui mantuvo sendas conversaciones con el sargento y con el juez. Quiso luego examinar el cadáver de Mesías de Born, que reposaba en la funeraria, desgarrado por los clavos que lo habían sostenido en la cruz. Acto seguido, el comisario se incorporó a los interrogatorios. Los careos y declaraciones se prolongaron durante la noche del viernes y la mañana del sábado.

Mientras los policías permanecían en el cuartelillo, verificando, junto al sargento Romero, las coartadas de los sospechosos, el doctor Ancano, sin moverse del ambulatorio, había mantenido las constantes vitales de Celeste; pero en ningún momento consiguió que recuperase el sentido. Su estado de inconsciencia venía prolongándose desde que Martina la sacó del club. El testimonio de la niña debería resultar decisivo. Por el momento sólo había aportado la acusación contra su hermano Elifaz. En cuanto el juez dio por terminadas las diligencias, dispuso el traslado de Celeste a un hospital de Bolscan.

– Es cuestión de paciencia -suspiró el comisario, aceptando una copa de champán; la subinspectora acababa de descorchar una botella y servido al juez, que se apresuró a catar y elogiar el cava-. La estaban hinchando a opiáceos. Un yonqui curtido no hubiera aguantado semejantes dosis. Es un milagro que esté con vida.

– Canallas -apostilló el juez, enervado por la cólera-. Hacerle eso a una menor. Drogaría hasta convertirla en un despojo. Vender su cuerpo al mejor postor. Si hasta Gámez, el muy rastrero… Con razón quería yo cerrar ese repugnante garito.

– Usted no podía saberlo -lo consoló el comisario-. ¿Cómo adivinar que algo así estaba ocurriendo en un pueblo pequeño y relativamente tranquilo? ¿Quién podía imaginar sus consecuencias, el torrente de sangre que esa locura haría correr?

Agradecido, el juez corroboró esa opinión. Lo imprevisible del caso aportaba un matiz sutilmente exculpatorio a su actuación.

– Y que lo diga, comisario. Yo jamás hubiera sospechado lo que sucedía puertas adentro de ese cubil, pero ya le dije a la subinspectora que mis dones detectivescos brillan por su ausencia. Éste no era un caso probatorio, de ahí su dificultad. ¿De qué indicios, pistas, sospechosos disponíamos? Por eso, cuando el sargento abatió a ese desdichado de Heliodoro Zuazo, dimos por demostrada su culpabilidad. Lo cierto es que todo le apuntaba: las huellas de sus botas en la cabaña, las marcas de los cadáveres… incluso la última palabra que acertó a pronunciar Mesías de Born, al ser desprendido de la cruz. Eli… Cuando el sargento nos la repitió, hasta yo mismo, inconscientemente, le añadí una hache. Heli… Pero estaba acusando a Elifaz Sumí. Heliodoro era inocente. Por desgracia, ya no hay salvación para él. Al menos, en esta tierra. Usted llevaba razón, subinspectora. Yo me equivoqué. Lo estuve desde un principio, y permanecí ciego durante el resto del tiempo.

Cambruno apuró su copa de champán, como ahogando de paso su frustración.

– Quisiera pedirle disculpas, Martina. Aprovecho para hacerlo delante de su superior. Nunca debí recusarla ni hablarle como lo hice. Ha demostrado usted una tenacidad y una intuición al margen de cualquier duda.

La subinspectora aceptó impasible sus disculpas.

– No me lo agradezca. Fue un veterano policía, Horacio Muñoz, quien nos puso sobre la pista. Sin la vinculación al caso de aquella trágica historia del carpintero Dauder, que él me sirvió en bandeja, seguiríamos a oscuras.

– No sea modesta. Fue usted quien hilvanó los hilos.

– A partir de La Sirena del Delta -recordó Martina-. Aquella embarcación…Tal vez no me crean, pero cuando la vi por primera vez, el pasado lunes, al amanecer, atracando en el puerto de Bolscan, tuve una impresión premonitoria. Como si algo estuviera fuera de lugar, o no se encontrase en su sitio. «Y si una nota falsa el tímpano golpea, al instante este paraíso se precipita hacia la nada…» La cita de Ezra Pound en el libro de poemas de Elifaz Sumí me hizo experimentar el mismo vértigo. Y si una nota falsa… En el ferry, antes incluso de arribar al delta, ya disponía de varias notas, o piezas, que no encajaban. Por otra parte, Horacio Muñoz me había dado un buen consejo: la araña del mal estaría contenida en el tiempo como en el interior de un frasco de cristal; para abrir ese frasco, debería girar la tapa en sentido contrario al de las manecillas del reloj. En otras palabras: el origen y la solución de los crímenes latía en el pasado. En la sensibilidad enfermiza de un poeta y en esa vieja carpintería donde un artesano reparaba los lanchones del estuario…

– Y donde vivía Rita Jaguar -observó el comisario.

Satrústegui iba a añadir algo, pero el juez, airado, le interrumpió:

– Hicieron bien en dejar que me ocupara de esa mala pécora. Llevaba demasiados años burlando a la justicia. Tenía una cuenta pendiente. Ahora la saldará.

A iniciativa propia, y después de asistir a la bochornosa confesión de su secretario, que admitió haber delinquido con una menor, Cambruno había interrogado a la dueña del Oasis. La hizo trasladar desde el lupanar, esposada, y se encerró con ella en su despacho del Juzgado, a solas, sin testigos, dispuesto a darle una lección. No abrió la puerta hasta haberle arrancado una confesión firmada, y cuando le permitió salir fue para enviarla al calabozo. Rita Jaguar había reconocido que prostituía a su hija Celeste, cuya paternidad, sin embargo, se negó obstinadamente a desvelar. Desde que Celeste cumplió los catorce años, su propia madre le suministraba sustancias tóxicas. El farmacéutico, Gabriel Fosco, le había proporcionado estupefacientes a trueque de gozar de los favores de la niña.

– Cómo intuir que ese pederasta sería el primero en ultrajar a la pequeña -estalló el juez; había cogido la taza de café y sepultaba la mirada en los cremosos círculos que su alterado pulso hacía temblar-. Derribada esa tenue barrera, la tentación se expandió, y fueron otros los que probaron la fruta prohibida. A cambio de dar rienda suelta a sus más bestiales instintos, pagaron un buen dinero. Cuando pienso que cualquiera de esos hipócritas, y que Dios me perdone, pero de su gloria les prive, pudo haberse revolcado en semejante iniquidad antes de tomar asiento a mi lado para jugar al dominó en nuestra partida de la Casa del Mar, se me revuelve el estómago. ¡Pobre niña! ¡Inocente criatura! Quién sabe si algún día se recuperará de los malos tratos, de la barbarie y crueldad de que ha sido víctima, o si quedará marcada para siempre, como le sucedió a su hermano…

La declaración de Cayo, que duró más de tres horas, había incluido un prólogo esclarecedor. En 1968, el hijo de Rita Jaguar tenía catorce años cuando encontró a su padrastro, Jerónimo Dauder, muerto en su carpintería del astillero de Bolscan. Alguien había penetrado silenciosamente en el taller y se había encargado de despachar al artesano. Le destrozaron el cráneo, y aplastaron sus manos con vesánica furia. Cayo estuvo a punto de desmayarse. Alelado, permaneció junto al cuerpo inerte hasta que su madre regresó de visitar a una quiromántica que le desvelaba el capricho de los astros. Rita se encargó de limpiar la sangre y avisar a la policía.

En ese punto de su declaración, Martina de Santo había preguntado a Cayo por la reacción de su madre frente al cadáver de Dauder. Rita no había dado la menor muestra de nerviosismo o compasión. Apenas, mientras aguardaban la llegada de los agentes, habló con el chico, y sólo lo hizo después, con la policía, para insistir en que ni ella ni su hijo habían visto nada. Nada sabían, de nadie sospechaban. En adelante, nunca más Rita volvería a referirse a ello, como si se tratara de un capítulo de su existencia que jamás hubiera acaecido.

Pero Cayo no había olvidado que una semana antes del asesinato de su padrastro, José Sumí estuvo en la carpintería. El capitán había bebido. Dauder y él discutieron en el taller con tal violencia que a punto estuvieron de llegar a las manos. Rita tuvo que poner paz entre ambos. Fue ella la que finalmente empujó al capitán hasta su embarcación, invitándole a poner rumbo a Portocristo.

Un destino que ellos, pocas semanas después de enterrar a Dauder, compartirían en el futuro. Por eso, aunque su madre nunca accedió a revelárselo, y también por el tímido afecto que José Sumí se esforzaba en demostrarle, Cayo siempre había pensado que el capitán era su padre, y el padre de su hermana Celeste. «Tenía que vivir con eso, e impedir que mi hermana sufriera lo que yo había sufrido», había afirmado Cayo durante su interrogatorio, con una voz resignada.

Ya en el tiempo presente, y a preguntas de la subinspectora, Cayo había recordado con precisión el día en que Rita subastó a la niña. Ocurrió en el solsticio de verano de 1982, tres días antes de las hogueras de San Juan. Para esa fecha, como cada año, la Casa del Mar y la asociación católica organizaban un rancho en la playa del Puntal. Cayo solía asistir, para invariablemente experimentar el silencioso rechazo de las honradas gentes de Portocristo. Las mismas que señalaban a Rita Jaguar en la plaza del Mercado y en voz baja la llamaban ramera. Un desprecio que Cayo, en su debilidad, se resistía a aceptar como inherente a su estigma.

El primer hombre que mancilló a su hermana fue Gabriel Fosco. El farmacéutico pujó muy cara su virginidad. Cayo no sabía con exactitud la cifra, pero vio a Fosco abrir su cartera y entregar un fajo de billetes a Rita Jaguar. Desde su habitación, pudo oír los gritos de Celeste, cómo su madre la golpeaba, la ataba como a un animal y la obligaba a dejarse atropellar por aquel viejo. A partir de ese momento, Rita empezó a sedar a la niña. Gabriel Fosco le enseñó a mezclar y preparar las dosis. El farmacéutico debió irse de la lengua porque, poco después, Rita entregaría la niña a Pedro Zuazo, el misántropo farero de Isla del Ángel. Dimas Golbardo y Mesías de Born serían los siguientes en frecuentar la alcoba donde Celeste, vestida de blanco, con una corona de flores prendida del pelo, bailaba para ellos antes de dejar resbalar el camisón y tenderse sobre el lecho con una sonrisa alucinada, la misma con la que respondía a Cayo cuando su hermano le preguntaba qué hacía en la alcoba de su madre, por qué tenía marcas en el cuello, en las muñecas, por qué razón apenas le hablaba pero todos los días nadaba en el mar hasta más allá de las corrientes, como si quisiera que una fuerza superior la arrastrase lejos de aquella vida miserable…

En el punto álgido de su interrogatorio, cuando la subinspectora hubo puesto todas las cartas sobre la mesa, y reiterado su ofrecimiento de considerar su confesión como un atenuante, Cayo había incriminado a Elifaz en los asesinatos del delta.

A veces, para rematar sus borracheras, la pandilla de Elifaz, Daniel Fosco, Gastón de Born, Teo Golbardo, incluso aquel primitivo Heliodoro Zuazo que les aguantaba las bromas más pesadas, hasta dejarse exhibir ante las chicas como un fenómeno de circo, recalaban en El Oasis. Solían ir muy pasados, tanto que rara vez se animaban a encerrarse en las habitaciones con cualquiera de las mujeres, limitándose a alborotar y a beber como esponjas.

Una de aquellas noches, Elifaz se había fijado en Celeste. La pequeña no acostumbraba a alternar, por orden de su madre, pero una de las camareras estaba enferma, y Celeste la sustituyó en la barra. Elifaz no se separó de ella. Cuando sus amigos decidieron dar por terminada la juerga, él siguió acodado a la barra, con el pelo revuelto, bebiendo una copa tras otra y prometiendo a la niña que le dedicaría un poema.

– Y lo hizo -dijo la subinspectora-. Escribió La herida celeste y le ordenó imprimir unos cuantos ejemplares a Gastón de Born. El título debería haberme abierto los ojos. No sólo contiene la tragedia de la niña, sino también la justificación moral, y estética, de los crímenes que su autor pensaba cometer. La mano que iba a abatir a los violadores no sólo obedecía a una pulsión sentimental, sino a la cólera celestial del poeta.

Después, muy borracho, Elifaz quiso acostarse con ella. Celeste le contestó que hablara con la madam. El poeta buscó a Rita por las habitaciones, hasta despertarla. Cayo se vio obligado a intervenir. Sacó a Elifaz a empujones, hasta la playa. Unas horas más tarde, al abrir el club, a mediodía, volvió a encontrarlo tumbado en las dunas, con los ojos deslumbrados por el sol y la ebria ensoñación de un repentino tormento de amor. «Tengo que verla», suplicó. Dispuesto a evitar una nueva trampa del destino, Cayo entró al bar, cogió una botella de ron y se llevó a Elifaz playa abajo. Cuando terminaron la botella, Cayo le había contado una historia que cambiaría su vida.

– El nada edificante relato del capitán Sumí, su doble vida, sus dos familias -evocó la subinspectora, removiendo con cuidado su taza de café porque Pesca acababa de acomodarse en su regazo, y con sus afiladas uñas amenazaba con tirar del mantel.

– ¿Por qué lo hizo Cayo? -Preguntó el juez-. ¿Por qué le desveló que eran hermanastros? ¿Sólo para impedir que Elifaz se acostase con su hermana Celeste?

– Quizá porque ese tipo de secretos no puede ocultarse eternamente, o tal vez porque necesitaba ayuda y no sabía a quién acudir -reflexionó Martina-. Cayo nunca habría osado enfrentarse abiertamente con su madre, de la que dependía en todo, y cuya autoridad ejercía sobre él un dominio casi absoluto.

– Elifaz decidió convertirse en un héroe a los ojos de su hermana -apostilló el comisario-. Enamorarla, pero de otra manera. Idealmente.

– Una especie de amor redentor -asintió Martina-, que encajaba en su temperamento romántico. Los Hermanos de la Costa nunca serían, en puridad, sino tres hermanos, o hermanastros, unidos por una misma sangre: Cayo, Elifaz y la pequeña Celeste. Cayo se fue erigiendo en confidente de Elifaz, en su eficaz escudero. Fue él quien le desveló la identidad de los hombres que sojuzgaban a Celeste. De ahí a convertirse en su cómplice sólo quedaba un paso. El que Elifaz se resolvería a dar en cuanto lo tuvo todo dispuesto: el orden de las ejecuciones (pues realmente lo fueron) y las coartadas a cargo de la secta que él mismo había fundado en unión de Daniel Fosco.

– ¿Qué me dicen de las patrañas del capitán? -Preguntó el juez-. ¿Les dieron crédito?

José Sumí fue llamado al cuartelillo inmediatamente después de que Cayo confesara. Una y otra vez insistió en no saber nada. No había tenido hijos con Rita Jaguar, ni cometió en el pasado homicidio alguno. Había tratado a Jerónimo Dauder, el carpintero de Bolscan, pero su relación se limitaba a confiarle su barcaza para tareas de calafateo. Todo lo más, según creía recordar, habrían tomado algún chato de vino por el arrabal portuario. Conocía a la mujer de Dauder, Rita, pero de simple vista.

– Mentía -aseveró el juez-. La madam contradijo su versión. Cayo es hijo del capitán. Mucho más tarde, cuando esa ramera se ocultó entre nosotros y abrió su babilónico establecimiento, siguieron entendiéndose, ayuntándose, hasta la fecha de hoy. Y algo más voy a decirle, comisario: yo no descartaría que José Sumí haya sido cómplice de los asesinatos. No olvidemos que fue el capitán quien encontró los cuerpos de Pedro Zuazo y Dimas Golbardo, y quien habría encontrado el cadáver de Santos Hernández si en lugar de haber caído en la playa del balneario lo hubiesen arponeado junto a la Piedra de la Ballena.

– En realidad, lo mataron allí -dijo la subinspectora-. Vi junto al camino las huellas de su carro, a no más de cincuenta pasos de la Piedra. Las llantas claveteadas de la galera de Santos se habían hundido en la arena debido al peso del bloque que transportaba para Heliodoro Zuazo. Santos alcanzó a ver el cuerpo de Dimas Golbardo, abierto en canal sobre la Piedra, en medio de un charco de sangre, y fue a prestarle auxilio. Pero Cayo y Elifaz se le echaron encima. Cayo lo apresó, como una hora antes había sujetado a Dimas, y Elifaz ensartó al chamarilero con uno de los arpones que el viejo pescador de ballenas guardaba en su cobertizo. Subieron a Santos al carro, y lo dejaron allí, malherido. Pero el caballejo proseguiría rutinariamente su camino, por la misma senda que estaba acostumbrado a recorrer, hasta su punto de destino, tres kilómetros más allá de la ría. El carro se detuvo frente al parque de esculturas de piedra y Santos cayó a la arena, donde los hombres de Romero lo encontrarían al día siguiente, ya sin vida. Elifaz y Cayo ocultaron en la casa de Heliodoro el collar de Santos Hernández y una bolsa de coca. Cogieron unas botas de agua del raquero y las imprimieron en el polvo de la cabaña. Después remolcaron la canoa de Dimas hasta Isla del Ángel, cuya corriente se encargaría de destrozarla contra las rocas, atracaron y se dirigieron al cementerio para preparar el cadalso de Mesías de Born.

El juez se frotó los ojos, como si esa imagen le resultara insoportable. La subinspectora continuó:

– Elifaz sabía, por Gastón de Born, que Mesías pensaba ir al cementerio de la isla al día siguiente, y se ofreció a llevarle en su bote. De manera que fue su Caronte. Cuando llegaron a la isla, Elifaz permitió que Mesías orase ante la tumba de su mujer, antes de golpearle el cráneo con una pala. Pero todavía faltaba lo peor. El dolor de los clavos al desgarrar su carne debió despertarle en el infierno. Elifaz terminó de clavar al madero sus manos y sus pies. Con la crucecita que llevaba colgada al cuello le reventó los ojos que habían gozado con el sufrimiento y la humillación de su hermana, y abandonó a Mesías desangrándose lentamente, a la espera de que los pájaros acudiesen a picotear sus heridas. Cogió el esquife y atravesó el brazo de mar en busca de Cayo. Juntos regresaron a la isla. Juntos cavaron el hoyo, alzaron el madero y lo sujetaron con piedras. Yo pude divisar la cruz desde la cubierta de La Sirena , cuando me dirigía a la ría del Muguín. La Sirena , una vez más…

El juez carraspeó.

– Hay detalles que no me han quedado claros. Usted afirma haber visto esa embarcación el lunes, al amanecer, en el puerto de Bolscan, ¿no es así, Martina? Y volvió a verla en Portocristo, en la mañana del martes. ¿Por qué motivo haría el capitán Sumí la travesía de la costa?

– La explicación a este enigma es muy sencilla, juez. El piloto no era él, sino su hijo Elifaz. La noche del domingo, después de depositar los restos de Dimas Golbardo en el muelle de Portocristo, el capitán había atracado en su embarcadero y regresado al pueblo para declarar ante el juez. Mientras su padre estaba ocupado en esas diligencias, Elifaz levó el ancla de La Sirena. Las carreteras, como el ferrocarril, estaban cortadas por las inundaciones, por lo que no tenía otro modo de desplazarse a la ciudad. En su rápido viaje de ida y vuelta agotaría el combustible; por eso, cuando yo alquilé La Sirena , el depósito se hallaba vacío, lo que sorprendió a José Sumí, que estaba seguro de haberlo dejado a media capacidad. Elifaz arribó al puerto de Bolscan a las siete de la mañana del lunes, después de navegar durante buena parte de la noche. Pude ver su sombra en la cabina del puente, la cabeza tocada con una gorra, el imberbe perfil en el que no abundaban precisamente las características barbas blancas de su padre. Elifaz se movió aprisa. Contactó con Daniel Fosco, con quien compartía un apartamento de estudiantes, y con su… chica, Berta.

La subinspectora hizo una pausa, hundiendo la mirada en el pelaje de Pesca.

– ¿Con quién? -preguntó el juez, ahuecando la mano detrás de la oreja, como si no hubiera oído con claridad.

– Berta Betancourt, la fotógrafo. Vivía conmigo.

– ¿Aquí, quiere decir? -Cuestionó cautelosamente Cambruno, después de un prolongado silencio-. ¿En su casa?

– No es necesario que hable de eso, Martina -intervino el comisario.

– Lo es, señor. Berta mantenía con Elifaz y con Daniel Fosco una relación compleja. Había participado en sus reuniones secretas, y se sentía atraída por una macabra visión del arte. Deseaba experimentar nuevas sensaciones.

El juez meneó la cabeza.

– ¿Como la profanación de tumbas, por ejemplo?

– Fosco desenterraba a los muertos, los pintaba, jugaba con sus restos, pero no era un asesino -aseguró Martina-. No estaba al tanto de las actividades criminales de Elifaz. Siempre pensó que su padre, el farmacéutico, Gabriel Fosco, se había ahogado accidentalmente en las marismas, mientras buscaba nuevos especímenes. Nunca pudo sospechar que su amigo Elifaz lo había sacrificado con sus propias manos. Jamás habría adivinado que su padre fue el primero de la lista, ni que inauguraría una larga serie de crímenes cometidos por el mismo afán de venganza. En este sentido, Daniel Fosco era inocente. Berta Betancourt, también. Elifaz los utilizó.

– ¿Cómo? -preguntó el juez.

– Les dijo que tenía razones para suponer que el crimen de Dimas Golbardo había sido cometido por su propio padre, José Sumí. Que hacía tiempo que el capitán desvariaba. Que padecía visiones y estaba obsesionado con la muerte. Las huellas de José Sumí aparecerían en el cadáver de Dimas. La policía no vacilaría en interrogarle a fondo… Elifaz sabía, por Berta, de mi condición, e intuyó que el caso de Dimas Golbardo podía llegarme en cualquier momento. Berta se lo confirmó, tras una llamada en la que fingió, a su vez, informarme del suceso. A partir de ahí, montaron toda una representación en mi honor. Desde el principio, Elifaz intentó desviar mi atención hacia otros presuntos culpables: Gastón de Born, falso autor de una tramposa apología del parricidio, y Heliodoro Zuazo, quien, al final, envuelto por la fatalidad de los acontecimientos, resultaría ser el erróneo responsable, la víctima propiciatoria.

– Pero antes le salvaría la vida -recordó el juez-. Todavía no nos ha dicho quién le pegó fuego al cobertizo, encontrándose usted dentro.

– Teo Golbardo lo hizo -afirmó Martina-. Sabía quién era yo, y que iba a dirigirme a las cabañas. No le importaba tanto que desentrañara el asesinato de su padre como el riesgo de que pudiera desbaratar una operación de narcotráfico que estaba en marcha. Teo era el enlace de un traficante llamado Martel, con quien suscribí un pacto del que el comisario está informado.

Satrústegui se apresuró a corroborarlo vigorosamente, impidiendo que el juez formulase alguna cuestión sobre dicho acuerdo.

– El hijo de Dimas era actor -prosiguió la subinspectora-. No demasiado bueno, pero tampoco tan malo como para no saber fingir voces mientras apilaba la leña y derramaba un bidón de gasolina. Heliodoro vio escapar por los bosques del Muguín a un hombre alto, y oyó relinchar a un caballo.

Teo Golbardo lo había admitido en su declaración. Para obtenerla, la subinspectora se había visto obligada a poner todas las cartas sobre la mesa, dándole a entender que Martel había cantado y amenazando a Teo con procesarle por tráfico de drogas. El hijo de Dimas aportó detalles sobre las reuniones de los Hermanos, regadas con absenta y exaltadas por la marihuana y la coca que él se encargaba de obtener. Se habían reunido en la isla y en la Piedra de la Ballena, entre otros lugares, coincidiendo con los solsticios. Elifaz llevaba la voz cantante. A Fosco sólo parecía interesarle jugar con los muertos. Teo sabía que había profanado varias tumbas, y utilizado restos humanos en macabras ceremonias, pero nunca había participado en esos ritos.

– Aunque en la posada del Pájaro Amarillo me hice pasar por una periodista -continuó Martina-, Teo conocía mi verdadera identidad. Elifaz había regresado al delta en La Sirena la misma noche del lunes, y tuvo tiempo de avisarle de que una mujer policía se proponía meter la nariz en sus asuntos. Para Teo, esos negocios se referían, fundamentalmente, a su pequeña red de distribución. Elifaz le sugirió que, si tenía ocasión, tratara de sugestionarme contra El Quemao: desde su punto de vista era indudable que Heliodoro Zuazo había asesinado a Dimas. Teo lo hizo, pero se le fue la mano, y a mí no dejó de extrañarme que tantas voces coincidieran en acusar al mismo individuo. Teo le hizo otro favor a Elifaz. Cuando me interesé por los servicios de un patrón de confianza que me llevase hasta la Piedra de la Ballena, no dudó en nombrar al capitán Sumí. Era una manera de reivindicar su inocencia, y desvincularlo del asesinato de Dimas. Pero el joven Golbardo cometió un error de bulto: cuando lo más lógico hubiera sido advertírmelo, omitió decirme que el capitán había encontrado los restos de su padre. No tenía sentido que me hubiese ocultado ese dato, lo que, unido al hecho de que Martel se alojase en la posada y a la conversación que mantuvo con él en cuanto ambos se vieron, me hizo sospechar de Teo.

– ¡Y quién tatuó los cadáveres? -Cuestionó el juez-. Porque Cayo no supo responder a esa pregunta.

– Tuvo que ser Elifaz -sostuvo el comisario-. Ni el médico ni usted se darían cuenta al reconocer los cuerpos.

La conversación giró de nuevo hacia Elifaz Sumí. La Guardia Civil lo buscaba activamente, pero todavía no habían logrado dar con él. Ni Daniel Fosco ni Berta Betancourt, que permanecían preventivamente encarcelados en el cuartelillo de Portocristo, a la espera de la detención del principal acusado, y su posterior careo con él, habían desvelado su paradero. Elifaz abandonó la mansión indiana de la familia Fosco poco después de que lo hiciera Martina, y no volvieron a verlo. Tampoco se había puesto en comunicación con ellos. Los hombres de Romero habían registrado la Casa de las Buganvillas y el embarcadero de los Sumí, en el que faltaba el esquife. La lancha guardacostas patrullaba la costa en su búsqueda. Si había huido en la barca, no podía estar muy lejos. Romero presumía que estaba oculto en algún lugar de las marismas, que tan bien conocía.

Pasada la medianoche, el comisario y el juez se despidieron de Martina. La subinspectora los acompañó a la verja y se quedó mirando cómo el coche de Satrústegui desaparecía en la noche, hacia el centro de la ciudad. Después, fumó un cigarrillo en el porche, con la gatita Pesca acunada en su regazo, y recogió lentamente la mesa. No tenía sueño.

Hacia la una de la madrugada llamó a un taxi y le dio la dirección del Hospital Clínico. Subió a la planta donde estaba ingresada Celeste y pidió al celador autorización para verla un instante.

– Esto es completamente irregular, subinspectora, y ya he hecho una excepción.

El corazón de Martina empezó a latir muy deprisa.

– ¿Una excepción? ¿Es que alguien ha entrado en su habitación?

– Ese caballero de la pajarita que les acompañaba a ustedes. Me aseguró que era el juez de la causa. Por eso le dejé pasar.

La subinspectora se apresuró a entrar en la habitación. Celeste dormía con una expresión de paz, abrazada a un peluche infantil. Una muñeca de trapo. Tenía el pelo castaño y un vestidito largo, de algodón, con una lazada roja. Sus ojos eran dos puntos de lana, y una luna en cuarto menguante le dibujaba la sonrisa. Martina cogió la muñeca y la sostuvo en sus manos, que temblaron ligeramente. Después se inclinó sobre la mesita de noche y descolgó el teléfono.

42

A la mañana siguiente, la del día de Navidad, la subinspectora, que no había dormido en toda la noche, llamó al juez a su hotel.

– ¿No le habré despertado? -preguntó, cuando le hubieron pasado con él.

– ¿La verdad? Sí -repuso la soñolienta voz de Antonio Cambruno-. ¿Qué hora es? ¡Las nueve y media, Dios mío! He debido dormir como un tronco. Deben ser los efectos de la magnífica cena con que nos obsequió anoche.

– ¿Le parece que pase a buscarle, digamos, en una hora? Podemos ir a comisaría, y desde allí al hospital.

– Está usted en todo -repuso el juez-. La esperaré en el vestíbulo.

A las diez y media en punto, un taxi se detuvo ante la puerta del hotel. La subinspectora hizo una seña al magistrado, que fumaba su pipa y leía el periódico en un sillón del hall. Cambruno se metió en el coche, a su lado.

– Al cementerio -dijo Martina.

– ¿Y eso? -preguntó el juez, extrañado.

– Hoy se cumple el aniversario de la muerte de mi padre. Pensé que no le importaría acompañarme a llevarle unas flores. Sólo será media hora. Después nos pondremos a trabajar.

– Por supuesto -asintió Cambruno-. Lo siento mucho.

Llegaron al camposanto, que quedaba en la parte alta de la ciudad, no muy lejos de la casa de Martina. La subinspectora pagó la carrera y se despidió del taxista.

– ¿No le dice que nos espere, o que regrese a buscarnos? -preguntó Cambruno.

– No nos hará falta -contestó Martina.

La subinspectora se detuvo en un puesto de flores para comprar una docena de crisantemos. Cambruno y ella empezaron a recorrer la avenida principal del cementerio. A esa hora, el recinto estaba prácticamente vacío. Detrás de ellos caminaba con cierta dificultad un hombre que tenía un zapato ortopédico.

Los panteones más antiguos se sucedían a ambos lados de las hileras de cipreses. En medio de una estancada calma, se oía cantar a los pájaros.

– ¿Dónde está enterrado su padre? -preguntó el juez.

– En una de estas criptas. Enseguida lo visitaremos. Antes quiero mostrarle algo.

Martina dobló la avenida y siguió andando hacia los nichos comunes que se adosaban en fúnebres manzanas. El juez, apoyándose en su bastón, la escoltaba en silencio. La subinspectora se detuvo frente a una modesta lápida. Un estropeado bajorrelieve de la Virgen María y el Niño decoraba esa tumba sin flores.

– Aquí yace Jerónimo Dauder, fallecido en 1968 -leyó Martina; y añadió, con lentitud, clavando en Cambruno una mirada tan directa que el juez tuvo que parpadear, para sostenerla-: Como dijo un amigo mío, con su destrozado cráneo reposando para toda la eternidad. Y las manos, juez, también se las aplastaron.

– Pobre hombre -murmuró el magistrado; la contera de su bastón trazaba un despacioso círculo sobre la tierra apelmazada de grava.

Martina separó del ramo uno de los crisantemos y lo depositó al pie del bajorrelieve.

– No dejó familia. En todos estos años, nadie lo habrá visitado. Es posible que nosotros seamos los primeros en hacerlo.

– No hay peor muerte que el olvido -sentenció el juez.

– Tal vez exista una persona que no haya podido olvidarle.

– ¿Algún pariente?

– No. El hombre que lo mató.

Cambruno se santiguó.

– Descanse en paz, en cualquiera de los casos. Se nos hace tarde, Martina. ¿Vamos a honrar a su padre?

Regresaron a la avenida principal. La subinspectora abrió el panteón de los De Santo, dejó la puerta abierta, por la que se coló un rayo de sol, y descendió las escaleras. El suelo de mármol brillaba con una tenue palidez. La temperatura en la cripta era más fría. El juez contempló con respeto las lápidas. Varias eran muy antiguas, del siglo anterior.

– Para usted tiene que resultar muy emotivo venir aquí.

– No lo hago a menudo. Sólo dos veces al año, coincidiendo con los aniversarios de mis padres.

– Estoy seguro de que se sentirían muy orgullosos de usted.

– Nunca se sabe muy bien cuándo un padre lo está de su hijo.

– Puede que lleve razón, pero no debo opinar. No he tenido descendencia, como ya le comenté. Tampoco me arrepiento.

La subinspectora introdujo los crisantemos en un estilizado jarrón de cristal.

– Es la segunda vez que me lo dice, juez. La segunda vez que me miente.

Martina abrió un grifo incrustado sobre una pileta y llenó el recipiente de agua.

– Para ti, papá -murmuró, depositando el jarrón en una cornisa, junto a su lápida. Luego, muy despacio, abrió el bolso, sacó la muñeca de trapo, la dejó junto a las flores y se volvió hacia Antonio Cambruno.

– Mi padre quería que hiciese la carrera diplomática, como él -dijo, observando cómo una progresiva lividez iba mermando el rostro del juez-. Pero no le complací, como en tantas otras cosas, y me hice policía. No para divertirme, ni para experimentar emociones, sino para resolver delitos. En eso consiste mi trabajo, y en nada más.

La voz del magistrado se perdió en un apagado eco.

– Lo ha demostrado con creces, Martina. No necesita de nuevos reconocimientos. Ha resuelto con brillantez los crímenes de Portocristo.

– Todavía me falta un detalle para cerrar el caso.

– ¿Cuál?

– Resolver quién tatuó en los cadáveres de Dimas Golbardo y Santos Hernández la marca de Heliodoro Zuazo, y de qué forma lo hizo.

– ¿Y ya lo ha averiguado?

– Fue un zurdo. Ayer, en mi casa, le observé durante la cena, juez. Empezó usted a manejar el cuchillo con la mano izquierda, pero después se corrigió, esforzándose por aparentar ser diestro.

– Utilizo ambas manos, indistintamente.

– No debería seguir mintiendo. Sabía que Heliodoro era zurdo porque fue usted quien le compró una de sus esculturas. Aquel dinero que el pobre desgraciado me mostró había salido de su bolsillo. Usted visitó su taller, vio su firma en las piedras talladas, y cuando tuvo la oportunidad utilizó ese signo para incriminarle, grabándolo con un bisturí en la piel de las víctimas. Primero, en el pecho de Dimas, a su derecha; luego, en el pie de Santos, en el izquierdo. Dos fugaces movimientos mientras los familiares y testigos entraban o salían de La Buena Estrella.

– Muy ingenioso, subinspectora. Pero, ¿por qué iba a hacerlo?

– Es posible que lo hiciera por amor, para proteger a uno de sus hijos, a un muchacho sin suerte en la vida. A Cayo. Su primogénito, juez. Usted sabía lo que estaba sucediendo en el club. Que Rita vendía a la niña, y que algunos de sus mejores amigos saciaban con ella sus peores instintos. Sabía también que, antes o después, Cayo se derrumbaría frente a esa situación. Por eso intentó cerrar El Oasis. ¿No va a preguntarme por la muñeca de su hija?

El juez sonrió, pero su sonrisa cortaba el aire.

– ¿Para qué? Usted parece conocer todas las respuestas.

– Celeste dormía abrazada a ella en la cama del hospital, como debió hacerlo cuando era una niñita. Usted pensó que el caso estaba cerrado y cedió a una debilidad. No quiso despedir la Nochebuena sin abrazar a su hija. Nunca sabremos si Celeste se dio cuenta de que su padre la arropaba, la besaba. Si ese gesto le devolvía algún recuerdo. Como tampoco sabremos si algún día Cayo le agradecerá lo que intentó hacer por él.

Martina hizo una pausa. El labio inferior de Cambruno se había aflojado.

– Debió ser muy duro para usted.

– ¿A qué se refiere?

– Al hecho de ser padre, pero no poder disfrutar de ello. Supongo que cuando Rita se casó con ese carpintero, el futuro se complicó aún más.

– Yo no…

– No, juez. No vuelva a decirme que no la conocía. No siga mintiendo, se lo ruego. El capitán Sumí me habló de la pandilla que solía divertirse por los cabarets del puerto de Bolscan. Usted era uno de esos jóvenes. Y, como le sucedió al capitán, perdió la cabeza por esa mujer. Se convirtió en su amante, en su protector, o en uno de ellos. Hasta que Jerónimo Dauder salió de la cárcel y cometió el error de casarse con ella. Entonces, todo se precipitó. Por un lado estaba Cayo. Por otro, Dauder. Y finalmente usted, en tierra de nadie, con otra hija recién nacida de una relación absurda. Nunca entenderé qué vieron en esa mujer…

– ¡En esa mala bestia, diga más bien! -Rugió Cambruno-. ¡Habría que recorrer toda la tierra para encontrar un corazón más sórdido! Fui lo bastante ingenuo como para caer en sus redes, hasta que fue demasiado tarde. Ella se había quedado embarazada otra vez. Me juró que la niña era mía, que podía elegirle un nombre. La llamé Celeste. Al principio la veía a menudo, jugaba con ella. Era tan bonita. Podía llevarle regalos, pero no me atrevía a pasearla porque era hija de una fulana… -Un sollozo quebró el tono del juez; se sonó con un pañuelo muy limpio y exclamó-: ¡Miserable de mí! ¡Ahora lo daría todo por su vida!

– ¿Haría cualquier cosa, también, por devolverle la suya a Jerónimo Dauder?

El juez volvió a sonreír, horriblemente.

– Desde que ese patán se había casado con Rita yo no había vuelto a ver a mi pequeña. Rita me negaba el saludo. Un día en que la asalté en plena calle me dijo, para atormentarme, que ni Cayo ni Celeste eran míos, y que Dauder acabaría aceptándolos como propios. Formarían una familia. Pero no contaron conmigo.

– Se equivocó de víctima, juez.

– Debí haberla suprimido a ella, es verdad, pero no tuve valor. Era la madre de mis hijos, o al menos yo quería pensarlo así. La peor madre…

Una gruesa lágrima resbalaba por su mejilla, como si hubiera estado acumulándose durante mucho tiempo. La subinspectora dijo:

– Será mejor que me acompañe a Jefatura. Podremos seguir hablando allí, delante del comisario Satrústegui. Nos explicará cómo mató a Jerónimo Dauder, por qué se ensañó con él, de qué manera se deshizo del arma del crimen. Le hará bien contarlo todo, señoría.

– ¿Contar qué, Martina? Será su palabra contra la mía. Usted pudo perfectamente haber sustraído esa muñeca cuando estuvo en mi casa, y utilizarla después como falsa prueba, colocándola en la almohada de mi hija, en su habitación del hospital. ¿Quién iba a creerla?

– Yo, por ejemplo -dijo Horacio Muñoz, comenzando a bajar las escaleras del panteón-. Tenía usted razón, Martina. La acústica de este lugar es inmejorable.

El juez reconoció al hombre que caminaba tras ellos por la avenida de cipreses. Sabía lo que iba a contestar, pero preguntó:

– ¿Quién es usted?

El archivero no le miró. En cambio, dedicó a Martina de Santo una exultante sonrisa.

– Mi nombre no importa-dijo, pero un recobrado orgullo asomaba a su voz-. Es, simplemente, el de un policía.

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