CAPITULO 15

Mallory lo había dejado. Jack entró en su santuario privado dando un portazo a la espalda para disfrutar de un poco de intimidad en ese bufete sacudido por los rumores. Al regresar de las Hamptons había sufrido una desagradable gripe de verano que le había hecho perder dos días de trabajo. Deseó que alguien hubiera considerado apropiado comentarle lo de la dimisión de Mallory durante su baja.

Había regresado ese día, sin saber muy bien cómo encarar a la reina de hielo, para descubrir que ya no estaba. El vacío que lo carcomió fue mayor que nada de lo que hubiera experimentado en el pasado.

Pero junto con ese vacío experimentó orgullo por Mallory. Del mismo modo en que lo había dejado a él, no temía alejarse cuando sus esperanzas, sueños y objetivos no eran satisfechos.

Contempló su lujoso despacho, con tantos recuerdos de la facultad y tantos diplomas.

Había empezado su carrera de abogado allí. Todos sus logros profesionales estaban vinculados con ese bufete, pero el tiempo pasado con Mallory le había enseñado que carecía de logros personales para esos años. Y de pronto todo el ámbito de lo profesional le pareció insignificante.

La situación con Lederman no había ayudado. Le había mostrado las fotos, escuchado sus bravatas y le había explicado el daño que esas fotos podían hacerle a su reputación empresarial. Jack esperaba cerrar el caso con rapidez y poco escándalo.

Miró en la distancia el Empire State Building. El tampoco iba a estar mucho más tiempo en el bufete. Desde el momento en que había mirado la cara de Alicia Lederman y visto más que una adversaria, había sabido que sus días en Waldorf, Haynes estaban contados. Una vez más debía darle las gracias a Mallory por abrirle los ojos.

No podía echarle la culpa al bufete ni a Lederman por su actual insatisfacción, la culpa solo la tenía su falta de disposición a enfrentarse consigo mismo y sus demonios… y aceptar el mayor de los dones que le había sido ofrecido.

El amor de Mallory.

– Y bien, ¿qué piensas hacer al respecto? -se preguntó.

Observó el escritorio demasiado arreglado y recogió un folio y una pluma. Se pondría en contacto con Mallory con palabras que no pudiera malinterpretar. Luego, rezaría para que sucediera lo mejor.


Con las manos en las caderas, Mallory inspeccionó la oficina que le alquilaba un amigo de Julia. Era un agente de seguros que disponía de un despacho extra y una secretaria con tiempo libre que podía poner a su disposición por unos ingresos adicionales. Era más barato que alquilar un despacho para ella sola. Ya tendría tiempo para dar ese gran paso si profesionalmente le iba bien.

Habían pasado dos semanas desde que dejara a Jack y aún no había tenido ninguna noticia de él. No era que esperara que la llamara, pero la soñadora que llevaba dentro había albergado esperanzas. Y había ocasiones, en especial por la noche, en que se le había pasado por La cabeza llamarlo, simplemente para oír su voz, para ver si la anhelaba tanto como ella a él. Pero entonces regresaba la cordura y se decía que él sabía que lo amaba. Que si hubiera descubierto lo mismo, habría podido llamarla.

El edificio viejo le gustaba, pero aún no estaba preparada para tomar la decisión. Fue en taxi a casa y entró en el apartamento.

– ¿Dónde has estado? -Julia salió de su habitación con expresión impaciente.

– Comprobando una oficina. Estoy agotada. Este calor me mata… por no mencionar que te puedes asar en el metro -se dejó caer en el sillón más cercano.

– Durante tu ausencia, traje el correo -esperó al lado de su prima.

– ¿Y por qué representa una novedad?

– ¿Por esto! -plantó un sobre en el regazo de Mallory.

El sobre color marfil exhibía el membrete familiar de Waldorf, Haynes, pero eso no era todo. Las iniciales manuscritas debajo de la dirección hicieron que se le acelerara el corazón.

– J. L. Es él, ¿verdad? -preguntó Julia con voz entusiasmada.

– ¿Te importa que lo lea en privado? -como sabía que era una pregunta retórica, y Julia tampoco se movió, abrió el sobre mientras hablaba.

Julia se plantó detrás de su hombro y leyó en voz alta.

– Una última vez, una vida para compartirte esperaré… si te atreves. Oh, Dios mío, es tan romántico -exclamó en el oído de Mallory.

Un temblor la recorrió al releer la nota para sí misma y tuvo que estar de acuerdo con su prima. Era asombroso, romántico e increíblemente aterrador.

No sabía qué había instado el cambio en Jack, pero lo conocía lo suficiente como para saber que no le habría enviado ese mensaje si no creyera en cada una de sus palabras.

Le dio la vuelta. La fecha era de una semana atrás y la dirección desconocida… y en las afueras.

– ¿Cómo espera que llegues? -quiso saber Julia.

– Buena pregunta -nada en el papel indicaba cómo podía encontrar el lugar. Tendría que buscar un mapa para direcciones específicas.

– Aunque supongo que nada que merezca la pena es fácil, ¿verdad? -acarició el papel entre los dedos.

Era un desafío… con una vida en juego.


Mallory aparcó el coche de alquiler ante la dirección que figuraba en la invitación. Para asegurarse, por dos veces comprobó el número en el buzón, pero en cuanto vio la casa victoriana con las vallas blancas de madera, supo que estaba en el sitio adecuado.

Bajó del coche a la lluvia y miró en derredor en busca de una señal de algo que reconociera. Aparte del hormigueo en las manos y de la anticipación del corazón siempre que Jack estaba cerca, nada era familiar.

Se subió la capucha del chubasquero y fue hasta la puerta de entrada, subió los escalones y llamó al timbre.

Jack la observó subir y abrió la puerta en el mismo instante en que sonaba el viejo timbre en la casa vacía. Pensó que soñaba cuando el objeto de sus fantasías abandonó la lluvia y pasó a su lado.

Se quitó la capucha y lo miró con sonrisa insegura. Extendió la invitación para que él la viera.

– Me alegro de que supieras encontrar la casa.

– Jamás te hablé de mi pésimo sentido de la orientación -se encogió de hombros-, pero gracias a Internet no tuve problemas. No puedes perderte con indicaciones tan precisas.

Permanecieron en un silencio incómodo. No era así como había planeado Jack el reencuentro después de tanto tiempo sin verla. Dio un paso atrás para contemplarla. El cabello oscuro le caía en ondas naturales alrededor de la cara, mientras la piel le resplandecía en una mezcla de bronceado estival y maquillaje perfectamente aplicado.

– Te he echado de menos -comentó.

La sonrisa titubeante de ella se amplió.

– Ya era hora de que te dieras cuenta -se arrojó a sus brazos.

Jack enterró la cara en su pelo y la sostuvo con fuerza. Su fragancia era la misma e igual le sucedía a la realización que sentía a su lado. Pero ella se apartó demasiado pronto.

– ¿Qué lugar es este? -preguntó al tiempo que miraba alrededor de la casa vacía.

No tenía ni idea de la pregunta importante que había planteado.

– ¿Por qué no te quitas el chubasquero y te lo explico?

– Todavía no -el color se potenció en sus mejillas. -Sigo con frío.

Él entrecerró los ojos; luego, se encogió de hombros.

– Mientras no planees una huida veloz.

– Confía en mí. No hice todo este trayecto para escapar.

– Confío en ti -le tomó la mano. -Con mi vida.

Los ojos de Mallory se humedecieron y le acarició la mejilla.

– No creo que eso te haya resultado fácil de decir.

– Es gracioso, pero contigo lo es. Esa semana que pasamos juntos lo cambió todo.

– Cuéntamelo -pidió, inclinando la cabeza.

– Supongo que los dos vivimos una experiencia que nos cambió la vida -rio. -Tú te encontraste a ti misma y lo que querías de la vida. Yo te encontré a ti y descubrí que «relación» no es un insulto -no eran solo las experiencias sensuales, sino los vínculos emocionales que habían establecido en el proceso. -Cuando te marchaste, me di cuenta de que no podía seguir siendo Terminator.

– Alicia dijo que eres increíble -la mirada intensa no vaciló.

– Ella lo es -movió la cabeza -Tal como dijiste, tuve suerte de que Lederman la fastidiara, porque de lo contrario me habría visto en una situación insostenible. No podría haber dejado el caso sin que le costara mucho al bufete, algo que jamás haría. A pesar de que por ese entonces tenía el pálpito de que también para mí las cosas se habían terminado.

– ¿Te vas? -preguntó sorprendida.

– Estoy en fase de vender participación en la sociedad. Es imposible que continúe como hasta ahora, aceptando casos para ayudar a destruir matrimonios, sin importar el precio -sonrió. -No cuando he visto la luz.

– Me dejas atónita.

– Y a mí. Aún no sé qué dirección tomar a continuación, pero estoy seguro de que hago lo correcto.

– ¿Y este lugar?

Ya no podía darle más largas.

– Una apuesta. Tú querías ser socia a toda costa e insistías en que el matrimonio y la familia no entraban en la ecuación -respiró hondo. -Pero tú siempre creíste y quisiste que yo creyera. Ya lo hago.

– ¿Qué estás diciendo?

Cerró y abrió las manos.

– Que cuando dejaste tu trabajo, supuse que pensabas de forma diferente en las cosas. Aquí lo tienes, cariño. Tu invitación al sueño americano. La casa, las vallas blancas… -señaló hacia la ventana que daba a la calle. -Hay un refugio para animales a la vuelta de la esquina y sé que no me importaría tener hijos. Desde luego, no te mantendré únicamente embarazada. Tienes una mente demasiado brillante para desperdiciarla. A esta ciudad no le vendrían mal dos abogados más.

Ella parpadeó en silencio estupefacto. Cuanto más continuaba el silencio, más se preguntaba Jack si los había sobreestimado a los dos.

– Todavía no es mía, de modo que si no te gusta, o quieres quedarte en la ciudad o no quieres casarte…

– Estás divagando. Nunca antes te había visto nervioso -exhibió una sonrisa alegre.

– ¿Qué dices? -insistió.

– Que mis sueños se han hecho realidad -ni con la imaginación más descabellada había soñado con esa felicidad. Con Jack. -Y te amo.

– Yo también te amo -respondió él sin titubeos.

Era tan afortunada de haber encontrado a un hombre que consideraba que valía la pena el esfuerzo de hurgar más allá de la superficie. Y merecía ser recompensado.

Con dedos trémulos y lentos, comenzó a desabotonarse el chubasquero. Al terminar, dejó que le cayera por los hombros hasta quedar a sus pies. Él observó la lencería negra y sexy y los ojos se le oscurecieron.

Emitió un silbido de aprecio.

– No dejes que te vean los vecinos.

– Supongo que vas a tener que instalar persianas -rio y lo llamó con un dedo.

– ¿Eso es un «sí» a mi invitación?

El corazón le martilleó con fuerza en el pecho.

– Es un «sí» a toda una vida.

Jack avanzó, la tomó en brazos y selló el trato con un beso largo que prometía una vida de invitaciones eróticas.

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