Doña Juana.
Don Diego.
Don Martín.
Don Antonio.
Doña Inés.
Celio.
Don Pedro, [viejo].
Fabio.
Doña Clara.
Decio.
Don Juan Valdivieso, escudero.
Quintana, [criado].
[Aguilar], paje.
Caramanchel, [lacayo].
Un Alguacil.
Osorio.
Músicos.
[Entrada al Puente de Segovia.]
Sale Doña Juana, de hombre, con calzas y vestido todo verde, y Quintana, criado.
Ya que a vista de Madrid
y en su puente segoviana,
olvidamos, doña Juana,
huertas de Valladolid,
Puerta del Campo, Espolón,
puentes, galeras, Esgueva,
con todo aquello que lleva,
por ser como inquisición
de la pinciana nobleza
(pues cual brazo de justicia,
desterrando su inmundicia,
califica su limpieza);
ya que nos traen tus pesares
a que desta insigne puente
veas la humilde corriente
del enano Manzanares,
que por arenales rojos
corre, y se debe correr,
que en tal puente venga a ser
lágrima de tantos ojos;
¿no sabremos qué ocasión
te ha traído desa traza?
¿Qué peligro te disfraza
de damisela en varón?
Jose Dominguez Becquer
Por agora no, Quintana.
Cinco días hace hoy
que mudo contigo voy.
Un lunes por la mañana
en Valladolid quisiste
fiarte de mi lealtad:
dejaste aquella ciudad;
a esta corte te partiste,
quedando sola la casa
de la vejez que te adora,
sin ser posible hasta agora
saber de ti lo que pasa,
por conjurarme primero
que no examine qué tienes,
por qué, cómo o dónde vienes;
y yo, humilde majadero,
callo y camino tras ti,
haciendo más conjeturas
que un matemático a escuras.
¿Dónde me llevas ansí?
Aclara mi confusión,
si a lástima te he movido;
que si contigo he venido,
fue tu determinación
de suerte que, temeroso
de que si sola salías
a riesgo tu honor ponías,
tuve por más provechoso
seguirte y ser de tu honor
guardajoyas, que quedar,
yéndote tú, a consolar
las congojas de señor.
Ten ya compasión de mí;
que suspensa el alma está
hasta saberlo.
Será
para admirarte. Oye.
Dí.
Dos meses ha que pasó
la Pascua, que por abril
viste bizarra los campos
de felpas y de tabís,
cuando a la puente (que a medias
hicieron, a lo que oí,
Pero Anzures y su esposa)
va todo Valladolid.
Iba yo con los demás;
pero no sé si volví,
a lo menos con el alma,
que no he vuelto a reducir;
porque junto a la Vitoria
un Adonis bello vi,
que a mil Venus daba amores,
y a mil Martes celos mil.
Diome un vuelco el corazón,
porque amor es alguacil
de las almas, y temblé
como a la justicia vi.
Tropecé, si con los pies,
con los ojos al salir,
la libertad en la cara,
en el umbral un chapín.
Llegó, descalzado el guante,
una mano de marfil
a tenerme de su mano…
¡Qué bien me tuvo! ¡ay de mí!
Y diciéndome: «Señora,
tened; que no es bien que así
imite al querub soberbio,
cayendo, tal serafín».
Un guante me llevó en prendas
del alma, y si he de decir
la verdad, dentro del guante
el alma que le ofrecí.
Toda aquella tarde corta
(digo, corta para mí;
que aunque las de abril son largas,
mi amor no las juzgó ansí),
bebió el alma por los ojos,
sin poderse resistir,
el veneno que brindaba
su talle airoso y gentil.
Acostóse el sol de envidia,
y llegóse a despedir
de mí al estribo de un coche
adonde supo fingir
amores, celos, firmezas,
suspirar, temer, sentir
ausencias, desdén, mudanzas,
y otros embelecos mil,
con que engañándome el alma,
Troya soy, si Scitia fui.
Entré en casa enajenada.
Si amaste, juzga por ti
en desvelos principiantes
qué tal llegué. No dormí,
no sosegué; parecióme
que, olvidado de salir
el sol, ya se desdeñaba
de dorar nuestro cenit.
Levantéme con ojeras,
desojada por abrir
un balcón, de donde luego
mi adorado ingrato vi.
Aprestó desde aquel día
asaltos para batir
mi libertad descuidada.
Dio en servirme desde allí.
Papeles leí de día,
músicas de noche oí,
joyas recibí, y ya sabes
qué se sigue al recibir.
¿Para qué te canso en esto?
En dos meses don Martín
de Guzmán (que así se llama
quién me obliga a andar ansí)
allanó dificultades,
tan arduas de resistir
en quien ama, cuanto amor
invencible, todo ardid.
Diome palabra de esposo;
pero fue palabra en fin,
tan pródiga en las promesas,
como avara en el cumplir.
Llegó a oídos de su padre
(debióselo de decir
mi desdicha) nuestro amor;
y aunque sabe que nací,
si no tan rica, tan noble,
el oro, que es sangre vil
que califica intereses,
un portillo supo abrir
en su codicia. ¡Qué mucho,
siendo él viejo, y yo infeliz!
Ofrecióse un casamiento
de una doña Inés, que aquí
con setenta mil ducados
se hace adorar y aplaudir.
Escribió su viejo padre
al padre de don Martín,
pidiéndole para yerno;
no se atrevió a dar el sí
claramente, por saber
que era forzoso salir
a la causa mi deshonra.
Oye una industria civil.
Previno postas el viejo,
y hizo a mi esposo partir
a esta corte, toda engaños.
Ya, Quintana, está en Madrid.
Díjole que se mudase
el nombre de don Martín,
atajando inconvenientes,
en el nombre de don Gil;
por que, si de parte mía
viniese en su busca aquí
la justicia, deslumbrase
su diligencia este ardid.
Escribió luego a don Pedro
Mendoza y Velasteguí,
padre de mi opositora,
dándole en él a sentir
el pesar de que impidiese
la liviandad juvenil
de su hijo el concluirse
casamiento tan feliz;
que por estar desposado
con doña Juana Solís,
si bien noble, no tan rica
como pudiera elegir,
enviaba en su lugar
y en vez de su hijo, a un don Gil
de no sé quién, de lo bueno
que ilustra a Valladolid.
Partióse con este embuste;
mas la sospecha, adalid
lince de los pensamientos,
y Argos cauteloso en mí,
adivinó mis desgracias,
sabiéndolas descubrir
el oro que en dos diamantes
bastante son para abrir
secretos de cal y canto.
Supe todo el caso, en fin,
y la distancia que hay
del prometer al cumplir.
Saqué fuerzas de flaqueza,
dejé el temor femenil,
dióme alientos el agravio
y de la industria adquirí
la determinación cuerda;
porque pocas veces vi
no vencer la diligencia
cualquier fortuna infeliz.
Disfracéme como ves;
y, fiándome de ti,
a la fortuna me arrojo
y al puerto pienso salir.
Dos días ha que mi amante,
cuando mucho, está en Madrid:
mi amor midió sus jornadas.
Y ¿quién duda, siendo así,
que no habrá visto a don Pedro
sin primero prevenir
galas con que enamorar,
y trazas con que mentir?
Yo, pues que he de ser estorbo
de su ciego frenesí,
a vista tengo de andar
de mi ingrato don Martín,
malogrando cuanto hiciere:
el cómo déjalo a mí.
Para que no me conozca
(que no hará, vestida ansí)
falta sólo que te ausentes,
no me descubran por ti.
Vallecas dista una legua:
disponte luego a partir
allá; que de cualquier cosa,
o próspera o infeliz,
con los que a vender pan vienen
de allá, te podré escribir.
Verdaderas has sacado
las fábulas de Merlín.
No te quiero aconsejar.
Dios te deje conseguir
el fin de tus esperanzas.
Adiós.
¿Escribirás?
Sí.
(Vase Quintana.)
Sale Caramanchel, lacayo.
[Doña Juana.]
Pues para fiador no valgo,
sal acá, bodegonero;
que en esta puente te espero.
¡Hola! ¿Qué es eso?
Oye, hidalgo;
eso de hola, al que a la cola
como contera le siga;
y a las doce sólo diga:
«Olla, olla», y no «hola, hola».
Yo que hola agora os llamo,
daros esotro podré.
Perdóneme, pues, usté.
¿Buscais amo?
Busco un amo;
que si el cielo los lloviera,
y las chinches se tornaran
amos; si amos pregonaran
por las calles; si estuviera
Madrid de amos empedrado,
y ciego yo los pisara,
nunca en uno tropezara,
según soy de desdichado.
¿Qué tantos habeis tenido?
Muchos, pero más inormes,
que Lazarillo de Tormes.
Un mes serví, no cumplido,
a un médico muy barbado,
belfo, sin ser alemán;
guantes de ámbar, gorgorán,
mula de felpa, engomado,
muchos libros, poca ciencia;
pero no se me lograba
el salario que me daba,
porque con poca conciencia
lo ganaba su mercé;
y huyendo de tal azar,
me acogí con Cafíamar.
¿Mal lo ganaba? ¿Por qué?
Por mil causas: la primera,
porque con cuatro aforismos,
dos textos, tres silogismos,
curaba una calle entera.
No hay facultad que más pida
estudios, libros, galenos,
ni gente que estudie menos,
con importarnos la vida.
Pero, ¿cómo han de estudiar,
no parando en todo el día?
Yo te diré lo que hacía
mi médico. Al madrugar,
almorzaba de ordinario
una lonja de lo añejo,
porque era cristiano viejo;
y con este letüario
aqua vitis, que es de vid,
visitaba sin trabajo,
calle arriba, calle abajo,
los egrotos de Madrid.
Volvíamos a las once:
considere el pío lector,
si podría el mi doctor,
puesto que fuese de bronce,
harto de ver orinales,
y fístulas, revolver
Hipócrates, y leer
las curas de tantos males.
Comía luego su olla,
con un asado manido,
y después de haber comido,
jugaba cientos o polla.
Daban las tres y tornaba
a la médica atahona,
yo la maza y él la mona;
y cuando a casa llegaba,
ya era de noche. Acudía
al estudio, deseoso
(aunque no era escrupuloso)
de ocupar algo del día
en ver los expositores
de sus Rasis y Avicenas;
asentábase, y apenas
ojeaba dos autores,
cuando doña Estefanía
gritaba: «Ola, Inés, Leonor,
id a llamar al doctor:
que la cazuela se enfría».
Respondía él: «En un hora
no hay que llamarme a cenar.
Déjenme un rato estudiar.
Decid a vuestra señora
que le ha dado garrotillo
al hijo de tal Condesa;
y que está la ginovesa,
su amiga, con tabardillo;
que es fuerza mirar si es bueno
sangrarla estando preñada;
que a Dioscórides le agrada;
mas no lo aprueba Galeno».
Enfadábase la dama,
y entrando a ver su doctor,
decía: «Acabad, señor;
cobrado habéis harta fama,
y demasiado sabéis
para lo que aquí ganáis:
advertid, si así os cansáis,
que presto os consumiréis.
Dad al diablo los Galenos,
si os han de hacer tanto daño:
¿Qué importa al cabo del año
veinte muertos más o menos?»
Con aquestos incentivos
el doctor se levantaba;
los textos muertos cerraba
por estudiar en los vivos.
Cenaba, yendo en ayunas
de la ciencia que vio a solas;
comenzaba en escarolas,
acababa en aceitunas,
y acostándose repleto,
al punto del madrugar,
se volvía a visitar,
sin mirar ni un quodlibeto.
Subía a ver al paciente;
decía cuatro chanzonetas;
escribía dos recetas
destas que ordinariamente
se alegan sin estudiar;
y luego los embaucaba
con unos modos que usaba
extraordinarios de hablar.
«La enfermedad que le ha dado,
señora, a Vueseñoría,
son flatos e hipocondría;
siento el pulmón opilado,
y para desarraigar
las flemas vítreas que tiene
con el quilo, le conviene
(por que mejor pueda obrar
Naturaleza) que tome
unos alquermes que den
al hépate y al esplén
la sustancia que el mal come».
Encajábanle un doblón,
y asombrados de escucharle,
no cesaban de adularle,
hasta hacerle un Salomón.
Y juro a Dios que, teniendo
cuatro enfermos que purgar,
le vi un día trasladar
(no pienses que estoy mintiendo)
de un antiguo cartapacio
cuatro purgas, que llevó
escritas (fuesen o no
a propósito) a palacio;
y recetada la cena
para el que purgarse había,
sacaba una y le decía:
«Dios te la depare buena»
¿Parécele a vuesasté
que tal modo de ganar
se me podía a mí lograr?
Pues por esto le dejé.
¡Escrupuloso criado!
Acomodéme después
con un abogado, que es
de las bolsas abogado,
y enfadóme que aguardando
mil pleiteantes que viese
sus procesos, se estuviese
catorce horas enrizando
el bigotismo; que hay trazas
dignas de un jubón de azotes.
Unos empina-bigotes
hay a modo de tenazas,
con que se engoma el letrado
la barba que en punta está:
¡Miren qué bien que saldrá
un parecer engomado!
Dejéle, en fin; que estos tales,
por engordar alguaciles,
miran derechos civiles
y hacen tuertos criminales.
Serví luego a un clerigón
un mes (pienso que no entero)
de lacayo y despensero.
Era un hombre de opinión:
Su bonetazo calado,
lucio, grave, carilleno,
mula de veintidoseno,
el cuello torcido a un lado;
y hombre, en fin, que nos mandaba
a pan y agua ayunar
los viernes, por ahorrar
la pitanza que nos daba;
y él comiéndose un capón
(que tenía con ensanchas
la conciencia, por ser anchas
las que teólogas son),
quedándose con los dos
alones cabeceando,
decía, al cielo mirando:
¡Ay, ama, qué bueno es Dios!
Dejéle, en fin, por no ver
santo que tan gordo y lleno,
nunca a Dios llamaba bueno,
hasta después de comer.
Luego entré con un pelón
que sobre un rocín andaba,
y aunque dos reales me daba
de ración y quitación,
si la menor falta hacía,
por irremisible ley,
olvidando el Agnus Dei,
qui tollis ración, decía.
Quitábame de ordinario
la ración, pero el rocín
y su medio celemín
alentaban mi salario,
vendiendo sin redención
la cebada que le hurtaba:
con que yo ración llevaba,
y el rocín la quitación.
Serví a un moscatel, marido
de cierta doña Mayor,
a quien le daba el señor
por uno y otro partido
comisiones, que a mi ver
el proveyente cobraba,
pues con comisión quedaba
de acudir a su mujer.
Si te hubiera de contar
los amos que en varias veces
serví, y andan como peces
por los golfos deste mar,
fuera un trabajo excusado;
bástete el saber que estoy
sin cómodo el día de hoy,
por mal acondicionado.
Pues si das en coronista
de los diversos señores
que se extreman en humores,
desde hoy me pon en tu lista,
porque desde hoy te recibo
en mi servicio.
¡Lenguaje
nuevo! ¿Quién ha visto paje
con lacayo?
Yo no vivo
sino sólo de mi hacienda;
ni paje en mi vida fui:
vengo a pretender aquí
un hábito o encomienda;
y porque en Segovia dejo
malo a un mozo, he menester
quien me sirva.
¿A pretender
entráis mozo? Saldréis viejo.
Cobrando voy afición
a tu humor.
Ninguno ha habido,
de los amos que he tenido,
ni poeta, ni capón;
parecéisme lo postrero;
y así, señor, me tened
por criado, y sea a merced,
que medrar mejor espero
que sirviéndoos a destajo,
en fe de ser yo tan fiel.
¿Llámaste?
Caramanchel,
porque nací en el de abajo.
Aficionándome vas
por lo airoso y lo sutil.
¿Cómo os llamáis vos?
Don Gil.
¿Y qué más?
Don Gil no más.
Capón sois hasta en el nombre;
pues si en ello se repara,
las barbas son en la cara
lo mismo que el sobrenombre.
Agora importa encubrir
mi apellido. ¿Qué posada
conoces limpia y honrada?
Una te haré prevenir
de las frescas y curiosas
de Madrid.
¿Hay ama?
Y moza.
¿Cosquillosa?
Y que retoza.
¿Qué calle?
De las Urosas.
Vamos
[Aparte.]
que noticia llevo
de la casa donde vive
don Pedro. Madrid, recibe
este forastero nuevo
en tu amparo.
¡Qué bonito
que es el tiple moscatel!
[Sala en casa de Don Pedro.]
(Salen Don Pedro, viejo, leyendo una carta, Don Martín y Osorio.)
(Lee.)
«Digo, en conclusión, que don Martín, si fuera tan cuerdo como mozo, hiciera dichosa mi vejez, trocando nuestra amistad en parentesco. Ha dado palabra a una dama de esta ciudad, noble y hermosa, pero pobre; y ya vos veis en los tiempos presentes lo que pronostican hermosuras sin hacienda. Llegó este negocio a lo que suelen los de su especie; a arrepentirse él, y a ejecutarle ella por la justicia: ponderad vos lo que sentirá quien pierde vuestro deudo, vuestra nobleza y vuestro mayorazgo, con tal prenda como mi señora doña Inés; pero ya que mi suerte estorba tal ventura, tenelda a no pequeña, que el señor don Gil de Albornoz, que ésta lleva, esté en estado de casarse, y deseoso de que sea con las mejoras que en vuestra hija le he ofrecido. Su sangre, discreción, edad y mayorazgo (que heredará brevemente de diez mil ducados de renta) os pueden hacer olvidar el favor que os debo, y dejarme a mí envidioso. La merced que le hiciéredes recibiré en lugar de don Martín, que os besa las manos. Dadme muchas y buenas nuevas de vuestra salud y gusto, que el cielo aumente, etc. Valladolid y julio, etc. Don Andrés de Guzmán.»
Giovanni Battista Trotti
Seáis, señor, mil veces bien venido
para alegrar aquesta casa vuestra;
que para comprobar lo que he leído,
sobra el valor que vuestro talle muestra.
Dichosa doña Inés hubiera sido,
si para ennoblecer la sangre nuestra,
prendas de don Martín con prendas mías
regocijaran mis postreros días.
Ha muchos años que los dos tenemos
recíproca amistad, ya convertida
en natural amor, que en los extremos
de la primera edad, tarde se olvida;
no pocos ha también que no nos vemos,
a cuya causa, en descansada vida,
quisiera yo, comunicando prendas,
juntar como las almas las haciendas.
Pero pues don Martín inadvertido
hace imposible el dicho casamiento,
que vos en su lugar hayais venido,
señor don Gil, me tiene muy contento.
No digo que mejora de marido
mi Inés; que al fin será encarecimiento
de algún modo en agravio de mi amigo;
mas que lo juzgo creed, si no lo digo.
Comenzáis de manera a aventajaros
en hacerme merced, que temeroso,
señor don Pedro, de poder pagaros
aun en palabras (que en el generoso
son prendas de valor), para envidiaros,
en obras y en palabras vitorioso,
agradezco callando, y mudo muestro
que no soy mío ya porque soy vuestro.
Deudos tengo en la corte, y muchos dellos
títulos, que podrán daros noticia
de quién soy, si os importa conocellos,
que la suerte me fue en esto propicia;
aunque si os informais, de los cabellos
quedará mi esperanza, que codicia
lograr abrazos y cumplir deseos,
abreviando noticias y rodeos.
Fuera de que mi padre (que quisiera
darme en Valladolid esposa a gusto
más de su edad que a mi elección) me espera
por puntos; y si sabe que a disgusto
suyo me caso aquí, de tal manera
lo tiene de sentir, que si del susto
destas nuevas no muere, ha de estorbarme
la dicha que en secreto podéis darme.
No tengo yo en tan poco de mi amigo
el crédito y estima, que no sobre
su firma sola, sin buscar testigo
por quien vuestro valor alientos cobre.
Negociado tenéis para conmigo;
y aunque un hidalgo fuérades tan pobre
como el que más, a doña Inés os diera,
si don Andrés por vos intercediera.
El embeleco, Osorio, va excelente.
Aprieta con la boda, antes que venga
doña Juana a estorbarlo.
Brevemente
mi diligencia hará que efeto tenga.
No quiero que cojamos de repente,
don Gil, a doña Inés, sin que prevenga
la prudencia palabras para el susto
que suele dar un no esperado gusto.
Si verla pretendeis, irá esta tarde
a la huerta del Duque convidada,
y sin saber quién sois haréis alarde
de vuestra voluntad.
¡Oh, prenda amada!
Camine el sol, por que otro sol aguarde,
y deteniendo el sol a su jornada,
haga inmóvil su luz para que sea
eterno el día que sus ojos vea.
Si no tenéis posada prevenida,
y ésta merece huésped tan honrado,
recibiré merced.
Apercebida
está cerca de aquí, según me han dado
noticia, la de un primo; aunque la vida,
que en ésta sus venturas ha cifrado,
hiciera aquí de su contento alarde.
En la huerta os espero.
El cielo os guarde.
(Vanse.)
Salen Doña Inés y Don Juan
[al fin de la escena Don Pedro.]
En dando tú en recelar,
no acabaremos hogaño.
Mucho deseas acabar.
Pesado estás hoy y extraño.
¿No ha de pesar un pesar?
No vayas hoy, por mi vida
(si es que te importa), a la huerta.
Si mi prima me convida…
Donde no hay voluntad cierta.
no falta excusa fingida.
¿Qué disgusto se te sigue
de que yo vaya?
Parece
que el temor que me persigue
triste suceso me ofrece,
sin que mi amor le mitigue.
Pero en fin, ¿te determinas
de ir allá?
Ve tú también,
y verás cómo imaginas
de mi firmeza no bien.
Como en mi alma predominas,
obedecerte es forzoso.
Celos y escrúpulos son
de una especie; y un curioso
duda de la salvación,
don Juan, del escrupuloso.
[Vuelve Don Pedro, y se queda escuchando a la puerta.]
Tú solamente has de ser
mi esposo. Ve allá a la tarde.
¡Su esposo! ¿Cómo?
A temer
voy. Adiós.
Él te me guarde.
(Vase Don Juan.)
[Don Pedro, Doña Inés.]
Inés.
Señor, ¿es querer
decirme que tome el manto?
Aguardándome estará
mi prima.
Mucho me espanto
de que des palabra ya
de casarte. ¿Tiempo tanto
ha que dilato el ponerte
en estado? ¿Tantas canas
peinas, que osas atreverte
a dar palabras livianas
con que apresures mi muerte?
¿Qué hacía don Juan aquí?
No te alteres, que no es justo;
que yo palabra le di,
presuponiendo tu gusto;
y no pierdes, siendo ansí,
nada en que don Juan pretenda
ser tu yerno, si el valor
sabes que ilustra su hacienda.
Esposo tienes mejor.
Detén al deseo la rienda.
No te pensaba dar cuenta
tan presto de lo que trazo;
pero con tal prisa intenta
cumplir tu apetito el plazo
(no sé si diga en tu afrenta),
que, aunque mude intento, quiero
atajarla. Aquí ha venido
un bizarro caballero,
muy rico y muy bien nacido,
de Valladolid. Primero
que le admitas, le verás.
Diez mil ducados de renta
hereda, y espera más,
y corre ya por mi cuenta
el sí que a don Juan le das.
¿Faltan hombres en Madrid
con cuya hacienda y apoyo
me cases sin ese ardid?
¿No es mar Madrid? ¿No es arroyo
deste mar Valladolid?
Pues por un arroyo, ¿olvidas
del mar los ricos despojos?
¿O es bien que mi gusto impidas,
y, entrando amor por los ojos,
dueño me ofrezcas de oídas?
Si la codicia civil
que a toda vejez infama,
te vence, mira que es vil
defeto. ¿Cómo se llama
ese hombre?
Don Gil.
¿Don Gil?
¿Marido de villancico?
¡Gil! ¡Jesús, no me le nombres!
Ponle un cayado y pellico.
No repares en los nombres
cuando el dueño es noble y rico.
Tú le verás, y yo sé
que has de volver esta noche
perdida por él.
Sí haré.
Tu prima aguarda en el coche
a la puerta.
Ya no iré
con el gusto que entendí).
Dénme un manto.
Allá ha de estar,
que yo se lo dije ansí.
¿Con Gil me quieren casar?
¿Soy yo Teresa? ¡Ay de mí!
(Vanse.)
[La huerta del Duque.]
(Sale Doña Juana de hombre.)
A esta huerta he sabido que don Pedro
trae a su hija doña Inés, y en ella
mi don Martín ingrato piensa vella.
Dichosa he sido en descubrir tan presto
la casa, los amores y el enredo
que no han de conseguir, si de mi parte,
Fortuna, mi dolor puede obligarte.
En casa de mi opuesta he ya obligado
a quien me avise siempre; darle quiero
gracias destos milagros al dinero.
Manuel Garcia y Rodriguez
Sale Caramanchel.
[Doña Juana.]
[Sin ver a Doña Juana.]
Aquí dijo mi amo hermafrodita
que me esperaba; y vive Dios, que pienso
que es algún familiar que, en traje de hombre,
ha venido a sacarme de jüicio,
y, en siéndolo, doy cuenta al Santo Oficio.
Caramanchel.
¡Señor! Bene venuto.
¿Adónde bueno o malo por el Prado?
Vengo a ver a una dama, por quien bebo
los vientos.
¿Vientos bebes? ¡Mal despacho!
¡Barato es el licor, mas no borracho!
¿Y tú la quieres bien?
La adoro.
¡Bueno!
No os haréis, a lo menos, mucho daño;
que en el juego de amor, aunque os déis priesa,
si de la barba llego a colegillo,
nunca haréis chilindrón, mas capadillo.
[Suena música dentro.]
Mas ¿qué música es ésta?
Los que vienen
con mi dama serán, que convidada
a este paraíso, es ángel suyo.
Retírate, y verás hoy maravillas.
¿Hay cosa igual? ¡Capón y con cosquillas!
Músicos cantando; Don Juan, Doña Inés y Doña Clara, como de campo. [Doña Juana, Caramanchel.]
Alamicos del prado,
fuentes del Duque,
despertad a mi niña
por que me escuche;
y decid que compare
con sus arenas,
sus desdenes y gracias,
mi amor y penas;
y pues vuestros arroyos
saltan y bullen,
despertad a mi niña
por que me escuche.
¡Bello jardín!
Estas parras,
destos álamos doseles,
que a los cuellos, cual joyeles,
entre sus hojas bizarras
traen colgando los racimos,
nos darán sombra mejor.
Si alimenta Baco a Amor,
entre sus frutos opimos,
no se hallará mal el mío.
Siéntate aquí, doña Clara,
y en esta fuente repara,
cuyo cristal puro y frío
besos ofrece a la sed.
En fin, quisiste venir
a esta huerta.
A desmentir,
señor, a vuestra merced,
y examinar mi firmeza.
[Aparte a Caramanchel.]
¿No es mujer bella?
[Aparte a su ama.]
El dinero
no lo es tanto; aunque prefiero
a la suya su belleza.
[Aparte a Caramanchel.]
Pues por ella estoy perdido.
Hablarla quiero.
Bien puedes.
Besando a vuesas mercedes
las manos, licencia pido,
por forastero siquiera,
para gozar el recreo
que aquí tan colmado veo.
Faltando vos, no lo fuera.
¿De dónde es vuesa merced?
En Valladolid nací.
¿Cazolero?
Tendré así
más sazón.
Don Juan, haced
lugar a este caballero.
Pues que mi lado le doy,
con él cortesano estoy.
Ya de celos desespero.
¡Qué airoso y gallardo talle!
¡Qué buena cara!
¡Ay de mí!
¿Mírale doña Inés? Sí.
¡Qué presto empiezo a envidialle!
¿Y que es de Valladolid
vuesarced? ¿Conocerá
un don Gil, también de allá,
que vino agora a Madrid?
¿Don Gil de qué?
¿Qué sé yo?
¿Puede haber más que un don Gil
en todo el mundo?
¿Tan vil
es el nombre?
¿Quién creyó
que un don fuera guarnición
de un Gil, que siendo zagal
anda rompiendo sayal
de villancico en canción?
El nombre es digno de estima,
a pagar de mi dinero;
y si no…
Calla, grosero.
Gil es mi amo, y es la prima
y el bordón de todo nombre;
y en gil se rematan mil;
que hay pere gil, toron gil,
ceno gil, por que se asombre
el mundo de cuán sutil
es, cuando rompe cambray;
y hasta en Valladolid hay
Puerta de Teresa Gil.
Y yo me llamo también
don Gil, al servicio vuestro.
¿Vos don Gil?
Si en serlo muestro
cosa que no os esté bien,
o que no gustéis, desde hoy
me volveré a confirmar.
Ya no me pienso llamar
don Gil; sólo aquello soy
que vos gustéis.
Caballero,
no importa a las que aquí están
que os llaméis Gil o Beltrán.
Sed cortés, y no grosero.
Perdonad si os ofendí;
que por gusto de una dama…
Paso, don Juan.
Si se llama
don Gil, ¿qué se nos da aquí?
[Aparte.]
Éste es sin duda el que viene
a ser mi dueño; y es tal,
que no me parece mal.
¡Extremada cara tiene!
Pésame de haberos dado
disgusto.
También a mí,
si del límite salí;
ya yo estoy desenojado.
La música en paz os ponga.
(Levántanse.)
[A Don Juan.]
Salid, señor, a danzar.
Este don Gil me ha de dar
en qué entender; mas disponga
el hado lo que quisiere;
que doña Inés será mía,
y si compite y porfía,
tendráse lo que viniere.
¿No salís?
No danzo yo.
¿Y el señor don Gil?
No quiero
dar pena a este caballero.
Ya mi enojo se acabó.
Danzad.
Salga, pues, conmigo.
¡Que a esto obligue el ser cortés!
(Un ángel de cristal es
el rapaz; cual sombra sigo
su talle airoso y gentil.)
Con doña Inés danzar quiero.
Ya por el don Gil me muero;
que es un brinquillo el don Gil.
(Danzan las dos damas y Don Gil.)
Al molino del amor
alegre la niña va
a moler sus esperanzas:
quiera Dios que vuelva en paz.
En la rueda de los celos
el amor muele su pan,
que desmenuzan la harina,
y, la sacan candeal.
Río son sus pensamientos,
que unos vienen y otros van,
y apenas llegó a su orilla,
cuando ansí escuchó cantar:
Borbollicos hacen las aguas,
cuando ven a mi bien pasar;
cantan, brincan, bullen y corren
entre conchas de coral,
y los pájaros dejan sus nidos,
y en las ramas del arrayán
vuelan, cruzan, saltan y pican
torongil, murta y azahar.
Los bueyes de las sospechas
el río agotando van;
que donde ellas se confirman,
pocas esperanzas hay;
y viendo que a falta de agua,
parado el molino está,
desta suerte le pregunta
la niña que empieza a amar:
Molinico, ¿por qué no mueles?
Porque me beben el agua los bueyes.
Vio al amor lleno de harina,
moliendo la libertad
de las almas que atormenta,
y ansí le cantó al llegar:
Molinero sois, amor,
y sois moledor.
Si lo soy, apartesé,
que le enharinaré.
(Acaban el baile.)
(Aparte a Doña Juana.)
Don Gil de dos mil donaires,
a cada vuelta y mudanza
que habéis dado, dio mil vueltas
en vuestro favor el alma.
Ya sé que a ser dueño mío
venís. Perdonad si, ingrata,
antes de veros rehusé
el bien que mi amor aguarda.
¡Muy enamorada estoy!
¡Perdida de enamorada
me tiene el don Gil de perlas!
[Habla aparte con Doña Inés.]
No quiero sólo en palabras
pagar lo mucho que os debo.
Aquel caballero os guarda,
y me mira receloso.
Voyme.
¿Son celos?
No es nada.
¿Sabéis mi casa?
Y muy bien.
¿Y no iréis a honrar mi casa,
pues por dueño os obedece?
A lo menos a rondarla
esta noche.
Velaréla,
Argos toda a sus ventanas.
Adiós.
¡Que se va! ¡ay de mí!
No haya falta.
No habrá falta.
(Vanse Doña Juana y Caramanchel.)
[Doña Inés, Doña Clara, Don Juan, músicos.]
Don Juan, ¿qué melancolía
es ésa?
Esto es dar al alma
desengaños que la curen,
y aborrezcan tus mudanzas.
¡Ah, Inés! en fin, salí cierto.
Mi padre viene; remata,
o para después olvida
pesares.
Voyme, tirana;
mas tú me lo pagarás.
(Vase.)
¡Ay, que me las jura, Clara!
Más quiero el pie de don Gil,
que la mano de un monarca.
Salen Don Martín y Don Pedro.
[Doña Clara. Músicos]
¡Inés!
Padre de mis ojos,
don Gil no es hombre, es la gracia,
la sal, el donaire, el gusto
que amor en sus cielos guarda.
Ya le he visto, ya le quiero,
ya le adoro, ya se agravia
el alma con dilaciones
que martirizan mis ansias.
Raimundo Madrazo
[Habla aparte con Don Martín.]
Don Gil, ¿cuándo os vio mi Inés?
Si no es al salir de casa,
para venir a esta huerta,
no sé yo cuándo.
Esto basta.
Milagros, don Gil, han sido
desa presencia bizarra.
Negociado habéis por vos;
llegad y dalda las gracias.
Señora, no sé a quién pida
méritos, obras, palabras
con que encarecer la suerte
que a tanto bien me levanta.
¿Posible es que sólo el verme
en la calle os diese causa
a tanto bien? ¿Es posible
que me admitís, prenda cara?
Dadme…
¿Qué es esto? ¿Estáis loco?
¡Yo por vos enamorada!
Yo a vos, ¿cuándo os vi en mi vida?
¿Hay más donosa maraña?
Francisco Javier Parcerisa
Hija, Inés, ¿perdiste el seso?
¿Qué es esto, cielos?
¿No acabas
de decir que a don Gil viste?
¿Pues bien…?
¿Su talle no ensalzas?
Digo que es un ángel, pues.
¿No le ofreces sí y palabra
de esposa?
¿Qué sacas deso?
Que de mis quicios me sacas.
Que a don Gil tienes presente.
¿A quién?
Al mismo que alabas.
Yo soy don Gil, Inés mía.
¿Vos don Gil?
Yo.
¡La bobada!
Por mi vida, que es el mismo.
¿Don Gil tan lleno de barbas?
Es el don Gil que yo adoro
un Gilito de esmeraldas.
Ella está loca, sin duda.
Valladolid es mi patria.
De allá es mi don Gil también.
Hija, mira que te engañas.
En toda Valladolid
no hay, doña Inés de mi alma,
otro don Gil, sino es yo.
¿Qué señas tiene ése? ¡Aguarda!
Una cara como un oro,
de almíbar unas palabras,
y unas calzas todas verdes,
que cielos son, y no calzas.
Agora se va de aquí.
¿Don Gil de cómo se llama?
Don Gil de las calzas verdes
le llamo yo, y esto basta.
Ella ha perdido el jüicio.
¿Qué será esto, doña Clara?
Que a don Gil tengo por dueño.
¿Tú?
Yo, pues; y, en yendo a casa,
procuraré que mi padre
me case con él.
El alma
te haré yo sacar primero.
¡Hay tal don Gil!
Tus mudanzas
han de obligarme…
Don Gil
es mi esposo. ¿Qué te cansas?
Yo soy don Gil, Inés mía,
cumpla yo tus esperanzas.
Don Gil de las calzas verdes
he dicho yo.
Amor de calzas…
¿Quién le ha visto?
Calzas verdes
me pongo desde mañana,
si esta color apetece.
¡Ven, loca…!
¡Ay, don Gil del alma!
Edouard Manet
[Sala en casa de Doña Juana.]
(Salen Quintana y Doña Juana, de mujer.)
No sé a quién te comparar:
Pedro de Urdemalas eres.
Pero, ¿cuándo las mujeres
no supistes enredar?
Esto, Quintana, hasta aquí
es lo que me ha sucedido.
Doña Inés pierde el sentido
con la libertad por mí;
don Martín anda buscando
este don Gil que en su amor
y nombre es competidor;
mas con tal recato ando
huyéndole la presencia,
que, desatinado, entiende
que soy hechicero o duende.
Pierde el viejo la paciencia,
porque la tal doña Inés
ni sus ruegos obedece,
ni a don Martín apetece;
y de tal manera es
el amor que me ha cobrado,
que, como no vuelvo a vella,
desde entonces atropella
con pundonores de estado;
y como de mí no sabe,
no hay paje o criado en casa,
ni gente por ella pasa,
con quien llorando no acabe
que me busque.
Manuel Garcia y Rodriguez
Si te pierdes,
quizás te pregonará.
A los que me buscan da
por señas mis calzas verdes.
Un don Juan que la servía,
loco de ver su desdén,
para matarme también
me busca.
Señora mía,
¡ojo a la vida, que anda
en terrible tentación!
Procede con discreción,
o perderás la demanda.
Yo me libraré de todo.
Una doña Clara, que es
prima de mi doña Inés,
también me quiere de modo,
que a su madre ha persuadido,
si viva la quiere ver,
que me la dé por mujer.
Harás notable marido.
A este fin me hace buscar
casi, Quintana, a pregones,
por posadas y mesones,
sin cansarse en preguntar
por un don Gil de unas calzas
verdes, en Valladolid.
¡Señas son para Madrid
buenas! Bien tu ingenio ensalzas.
El criado que te dije
que, en partiéndote de mí,
en la Puente recibí,
también confuso se aflige;
porque desde ayer acá
no ha podido descubrirme;
ni yo ceso de reírme
de ver cuál viene y cuál va,
buscándome como aguja
por esta calle, después
de saber de doña Inés
si me esconde alguna bruja,
y como no halla noticia
de mí, afirmará por cierto
que el dicho don Juan me ha muerto.
Pondrále ante la justicia.
Bien puede ser, porque es fiel,
gran servicial, lindo humor,
y me tiene extraño amor.
¿Llámase?
Caramanchel.
Pues bien, agora ¿a qué fin
te has vuelto mujer?
Engaños
son todos nuevos y extraños
en daño de don Martín.
Esta casa alquilé ayer
con su servicio y ornato.
Aunque no saldrá barato,
no es nuevo agora el haber
en Madrid quien una casa
dé, con todo su apatusco.
El por qué la alquilas busco.
Oye, y sabrás lo que pasa.
Pared enmedio de aquí
vive doña Inés, la dama
de don Martín, que me ama.
Esta mañana la vi,
y dándome el parabién
de la nueva vecindad,
tenemos brava amistad;
porque afirma quiere bien
a un galán de quien retrato
soy vivo, y que en mi presencia
la aflige menos la ausencia
de su proceder ingrato.
Si yo su vecina soy,
podré saber lo que pasa
con don Martín en su casa;
y como tan cerca estoy,
fácilmente desharé
cuanto trazare en mi daño.
Retrato eres del engaño.
Y mi remedio seré.
En fin, vienes a tener
dos casas.
Con mi escudero
y lacayo.
¿Y el dinero?
Joyas tengo que vender
o empeñar.
¿Y si se acaban?
Doña Inés contribuirá;
que no ama quien no da.
En otros tiempos no daban.
Vuélvome pues a Vallecas,
hasta ver destas marañas
el fin.
Di de mis hazañas.
Yo apostaré que te truecas
hoy en hombre y en mujer
veinte veces.
Las que viere
que mi remedio requiere,
porque todo es menester;
mas, ¿sabes lo que he pensado
primero que allá te partas?
Que con un pliego de cartas
finjas que agora has llegado
de Valladolid en busca
de mi amante.
¿Y a qué fin?
Trae sospechas don Martín
de que quien su amor ofusca
soy yo, que en su seguimiento
desde mi patria he venido,
y soy el don Gil fingido.
Para que este pensamiento
no le asegure, será
bien fingir que yo le escribo
desde allá, y que por él vivo
como quien sin alma está.
Dirásle tú que me dejas
en un convento encerrada,
con sospechas de preñada,
y darásle muchas quejas
de mi parte; y que si sabe
mi padre de mi preñez,
malograré su vejez,
o me ha de dar muerte grave.
Con esto le desatino,
y creyendo que allá estoy,
no dirá que don Gil soy.
Voyme a poner de camino.
Y yo a escribir.
Vamos, pues:
darásme la carta escrita.
Ven, que espero una visita.
¿Visita?
De doña Inés.
(Vanse.)
Salen Doña Inés, con manto, y Don Juan.
Don Juan, donde no hay amor,
pedir celos es locura.
¿Que no hay amor?
La hermosura
del mundo tanto es mayor,
cuanto es la naturaleza
más varia en él; y así quiero
ser mudable, porque espero
tener ansí más belleza.
Si la que es más varïable,
ésa es más bella, en ti fundo
la hermosura deste mundo,
porque eres la más mudable.
¿Por un rapaz me desprecias,
antes de saber quién es?
¡Por un niño, Doña Inés!
Excusa palabras necias,
y mira, don Juan, que estoy
en casa ajena.
¡Inconstante…!
No lograrás a tu amante.
A matar tu don Gil voy.
¿A qué don Gil?
Al rapaz,
ingrata, por quien te pierdes.
Don Gil de las calzas verdes
no es quien perturba tu paz.
Así nos dé vida Dios,
que no le he visto después
de aquella tarde. Otro es
el don Gil que priva.
¿Hay dos?
Sí, don Juan, que el don Gilico,
o fingió llamarse así,
o si a vivir vino aquí
de asiento, te certifico
que de todos se burló.
El que de casa te ha echado
es un don Gil muy barbado
a quien aborrezco yo;
pero quiéreme casar
con él mi padre, y es fuerza
que por darle gusto tuerza
mi inclinación. Si a matar
estotro don Gil te atreves,
de Albornoz tiene el renombre;
y aunque dicen que es muy hombre,
como amor y ánimo lleves,
el premio a mi cuenta escribe.
¿Don Gil de Albornoz se llama?
Ansí lo dice la fama,
y en casa del Conde vive,
nuestro vecino.
¿Tan cerca?
Por tenerme cerca a mí.
¡Y qué! ¿Le aborreces?
Sí.
Pues si con su muerte merca
mi fe tu amor, el laurel
ya mi cabeza previene;
que te hago voto solene
que pueden doblar por él.
(Vase.)
[Doña Inés.]
¡Ojalá! Que desta suerte
aseguraré la vida
del don Gil por quien perdida
estoy, pues dándole muerte,
quedaré libre, y mi padre
no aumentará mi tormento
con su odioso casamiento,
por más que su hacienda cuadre
a su avaricia maldita.
Doña Juana, de mujer, sin manto;Valdivieso, escudero viejo. [Doña Inés.]
¡Oh, señora doña Inés!
¿En mi casa? El interés
estimo desta visita.
En verdad que iba yo a hacer
en este punto otro tanto.
¡Hola! ¿No hay quien quite el manto
a doña Inés?
(A ella, al oído.)
¿Qué ha de haber?
¿Qué dueñas has recibido,
o doncellas de labor?
¿Hay otra vieja de honor
más que yo?
No habrá venido
Esperancilla ni Vega.
¡Jesús, y qué de ello pasa
la que mudando de casa,
hacienda y trastos trasiega!
Quitalde vos ese manto,
Valdivieso.
(Quítale y vase.)
[Doña Juana, Doña Inés.]
Doña Elvira,
tu cara y talle me admira,
de tu donaire me espanto.
Favorécesme, aunque sea
en nombre ajeno; ya sé
que bien te parezco, en fe
del que tu gusto desea.
Seré como la ley vieja,
que tendré gracia en virtud
de la nueva.
Juventud
tienes harta: extremos deja;
que aunque no puedo negar
que te amo, porque pareces
a quien adoro, mereces
por ti sola enamorar
a un Adonis, a un Narciso,
y al sol que tus ojos viere.
Pues yo sé quien no me quiere,
aunque otros tiempos me quiso.
¡Maldígale Dios! ¿Quién es
quien se atreve a darte enojos?
Las lágrimas a los ojos
me sacaste, doña Inés.
Mudemos conversación,
que refrescas la memoria
de mi lamentable historia.
Si la comunicación
quita la melancolía
y en nuestra amistad consientes,
tu desgracia es bien me cuentes,
pues ya te dije la mía.
No, por tus ojos; que amores
ajenos cansan.
Ea, amiga…
En fin, ¿quieres te la diga?
Pues escúchame y no llores.
En Burgos, noble cabeza
de Castilla, me dio el ser
don Rodrigo de Cisneros,
y sus desgracias con él.
Nací amante (¡qué desdicha!),
pues desde la cuna amé
a un don Miguel de Ribera,
tan gentil como cruel.
Correspondió a los principios,
porque la voluntad es
cambio, que entra caudaloso,
pero no tarda en romper.
Llegó nuestro amor al punto
acostumbrado, que fue
a pagar yo de contado,
fiada en su prometer.
Dióme palabra de esposo…
¡Mal haya la simple, amén,
que no escarmienta en palabras,
cuando tantas rotas ve!
Partióse a Valladolid:
cansado debió de ser.
Estaba sin padres yo,
súpelo, fuíme tras él,
engañóme con achaques,
y ya sabes, doña Inés,
que el amor que anda achacoso,
de achaques muere también.
Dábale su casa y mesa
un primo que don Miguel
tenía, mozo y gallardo,
rico, discreto y cortés.
Llamábase éste don Gil
de Albornoz y Coronel,
de un don Martín de Guzmán
amigo, pero no fiel.
Sucedió que al don Martín
y a su padre don Andrés,
les escribió desta corte,
(tu padre pienso que fué),
pidiéndole para esposo
de una hermosa doña Inés,
que, si mal no conjeturo,
tú sin duda debes ser.
Había dado don Martín
a una doña Juana fe
y palabra de marido;
mas no osándola romper,
ofreció este casamiento
al don Gil; y el interés
de tu dote apetecible
alas le puso a los pies.
Dióle cartas de favor
el viejo, y quiso con él
partirse al punto a esta corte,
nueva imagen de Babel.
Comunicó intento y cartas
al amigo don Miguel,
mi ingrato dueño, ensalzando
la hacienda, belleza y ser
de su pretendida dama
hasta los cielos; que fue
echar fuego al apetito,
y su codicia encender.
Enamoróse de oídas
don Miguel de tí: al poder
de tu dote lo atribuye,
que ya amor es mercader;
y atropellando amistades,
obligación, deudo y fe
de don Gil, le hurtó las cartas
y el nombre, porque con él
disfrazándose, a esta corte
vino, pienso que no ha un mes.
Vendiéndose por don Gil,
te ha pedido por mujer.
Yo, que sigo como sombra
sus pasos, vine tras él,
sembrando por los caminos
quejas, que vendré a coger
colmadas de desengaños,
que es caudal del bien querer.
Sabiendo don Gil su agravio,
quiso seguirle también,
y encontrámonos los dos,
siendo fuerza que con él
caminase hasta esta corte,
habrá nueve días o diez,
donde aguardo la sentencia
de mi amor, siendo tú el Juez
Como vine con don Gil,
y la ocasión siempre fue
amiga de novedades,
(que basta, en fin, ser mujer),
la semejanza hechicera
de los dos pudo encender,
mirándose él siempre en mí,
y yo mirándome en él,
descuidos. Enamoróse
con tantas veras…
¿De quién?
De mí.
¿Don Gil de Albornoz?
Don Gil, a quien imité
en el talle y en la cara,
de suerte, que hizo un pincel
dos copias y originales
prodigiosos esta vez.
¿Uno de unas calzas verdes?
Y tan verdes como él,
que es abril de la hermosura,
y del donaire AranJuez
Bien le quieres, pues le alabas.
Quisiérale, amiga, bien,
si bien no hubiera querido
a quien mal supo querer.
Tengo esposo, aunque mudable;
soy constante, aunque mujer;
nobleza y valor me ilustran;
aliento y no celos, ten;
que despreciando a don Gil,
y viendo que don Miguel
tiene ya el sí de tu padre,
si sin ti le puede haber,
hice alquilar esta casa,
donde de cerca sabré
el fin de tantas desdichas
como en mis sucesos ves.
¿Que don Miguel de Ribera
el don Gil fingido fue,
que dueño tuyo y tu esposo
quiere que yo el sí le dé?
Esto es cierto.
¿Que el don Gil
verdadero y cierto fue
aquel de las verdes calzas?
¡Triste de mí! ¿Qué he de hacer
si te sirve, cara Elvira?
Y aun por eso no me ve;
que no le bastan dos ojos
para llorar tu desdén.
Como a don Miguel desprecies,
también yo desdeñaré
a don Gil.
¿Pues deso dudas?
Hombre que tiene mujer,
¿cómo puede ser mi esposo?
No temas eso.
Pues ven;
que a don Gil quiero escribir
en tu presencia un papel,
que llevará mi escudero,
y su muerte escrita en él.
¡Ay, Elvira de mis ojos!
Tu esclava tengo de ser.
Ya esta boba está en la trampa.
Ya soy hombre, ya mujer,
ya don Gil, ya doña Elvira.