Don Gil de las calzas verdes

Personas

Doña Juana.

Don Diego.

Don Martín.

Don Antonio.

Doña Inés.

Celio.

Don Pedro, [viejo].

Fabio.

Doña Clara.

Decio.

Don Juan Valdivieso, escudero.

Quintana, [criado].

[Aguilar], paje.

Caramanchel, [lacayo].

Un Alguacil.

Osorio.

Músicos.


Acto I


[Entrada al Puente de Segovia.]


Sale Doña Juana, de hombre, con calzas y vestido todo verde, y Quintana, criado.

Quintana

Ya que a vista de Madrid

y en su puente segoviana,

olvidamos, doña Juana,

huertas de Valladolid,

Puerta del Campo, Espolón,

puentes, galeras, Esgueva,

con todo aquello que lleva,

por ser como inquisición

de la pinciana nobleza

(pues cual brazo de justicia,

desterrando su inmundicia,

califica su limpieza);

ya que nos traen tus pesares

a que desta insigne puente

veas la humilde corriente

del enano Manzanares,

que por arenales rojos

corre, y se debe correr,

que en tal puente venga a ser

lágrima de tantos ojos;

¿no sabremos qué ocasión

te ha traído desa traza?

¿Qué peligro te disfraza

de damisela en varón?

Jose Dominguez Becquer

Doña Juana

Por agora no, Quintana.

Quintana

Cinco días hace hoy

que mudo contigo voy.

Un lunes por la mañana

en Valladolid quisiste

fiarte de mi lealtad:

dejaste aquella ciudad;

a esta corte te partiste,

quedando sola la casa

de la vejez que te adora,

sin ser posible hasta agora

saber de ti lo que pasa,

por conjurarme primero

que no examine qué tienes,

por qué, cómo o dónde vienes;

y yo, humilde majadero,

callo y camino tras ti,

haciendo más conjeturas

que un matemático a escuras.

¿Dónde me llevas ansí?

Aclara mi confusión,

si a lástima te he movido;

que si contigo he venido,

fue tu determinación

de suerte que, temeroso

de que si sola salías

a riesgo tu honor ponías,

tuve por más provechoso

seguirte y ser de tu honor

guardajoyas, que quedar,

yéndote tú, a consolar

las congojas de señor.

Ten ya compasión de mí;

que suspensa el alma está

hasta saberlo.

Doña Juana

Será

para admirarte. Oye.

Quintana

Dí.

Doña Juana

Dos meses ha que pasó

la Pascua, que por abril

viste bizarra los campos

de felpas y de tabís,

cuando a la puente (que a medias

hicieron, a lo que oí,

Pero Anzures y su esposa)

va todo Valladolid.

Iba yo con los demás;

pero no sé si volví,

a lo menos con el alma,

que no he vuelto a reducir;

porque junto a la Vitoria

un Adonis bello vi,

que a mil Venus daba amores,

y a mil Martes celos mil.

Diome un vuelco el corazón,

porque amor es alguacil

de las almas, y temblé

como a la justicia vi.

Tropecé, si con los pies,

con los ojos al salir,

la libertad en la cara,

en el umbral un chapín.

Llegó, descalzado el guante,

una mano de marfil

a tenerme de su mano…

¡Qué bien me tuvo! ¡ay de mí!

Y diciéndome: «Señora,

tened; que no es bien que así

imite al querub soberbio,

cayendo, tal serafín».

Un guante me llevó en prendas

del alma, y si he de decir

la verdad, dentro del guante

el alma que le ofrecí.

Toda aquella tarde corta

(digo, corta para mí;

que aunque las de abril son largas,

mi amor no las juzgó ansí),

bebió el alma por los ojos,

sin poderse resistir,

el veneno que brindaba

su talle airoso y gentil.

Acostóse el sol de envidia,

y llegóse a despedir

de mí al estribo de un coche

adonde supo fingir

amores, celos, firmezas,

suspirar, temer, sentir

ausencias, desdén, mudanzas,

y otros embelecos mil,

con que engañándome el alma,

Troya soy, si Scitia fui.

Entré en casa enajenada.

Si amaste, juzga por ti

en desvelos principiantes

qué tal llegué. No dormí,

no sosegué; parecióme

que, olvidado de salir

el sol, ya se desdeñaba

de dorar nuestro cenit.

Levantéme con ojeras,

desojada por abrir

un balcón, de donde luego

mi adorado ingrato vi.

Aprestó desde aquel día

asaltos para batir

mi libertad descuidada.

Dio en servirme desde allí.

Papeles leí de día,

músicas de noche oí,

joyas recibí, y ya sabes

qué se sigue al recibir.

¿Para qué te canso en esto?

En dos meses don Martín

de Guzmán (que así se llama

quién me obliga a andar ansí)

allanó dificultades,

tan arduas de resistir

en quien ama, cuanto amor

invencible, todo ardid.

Diome palabra de esposo;

pero fue palabra en fin,

tan pródiga en las promesas,

como avara en el cumplir.

Llegó a oídos de su padre

(debióselo de decir

mi desdicha) nuestro amor;

y aunque sabe que nací,

si no tan rica, tan noble,

el oro, que es sangre vil

que califica intereses,

un portillo supo abrir

en su codicia. ¡Qué mucho,

siendo él viejo, y yo infeliz!

Ofrecióse un casamiento

de una doña Inés, que aquí

con setenta mil ducados

se hace adorar y aplaudir.

Escribió su viejo padre

al padre de don Martín,

pidiéndole para yerno;

no se atrevió a dar el sí

claramente, por saber

que era forzoso salir

a la causa mi deshonra.

Oye una industria civil.

Previno postas el viejo,

y hizo a mi esposo partir

a esta corte, toda engaños.

Ya, Quintana, está en Madrid.

Díjole que se mudase

el nombre de don Martín,

atajando inconvenientes,

en el nombre de don Gil;

por que, si de parte mía

viniese en su busca aquí

la justicia, deslumbrase

su diligencia este ardid.

Escribió luego a don Pedro

Mendoza y Velasteguí,

padre de mi opositora,

dándole en él a sentir

el pesar de que impidiese

la liviandad juvenil

de su hijo el concluirse

casamiento tan feliz;

que por estar desposado

con doña Juana Solís,

si bien noble, no tan rica

como pudiera elegir,

enviaba en su lugar

y en vez de su hijo, a un don Gil

de no sé quién, de lo bueno

que ilustra a Valladolid.

Partióse con este embuste;

mas la sospecha, adalid

lince de los pensamientos,

y Argos cauteloso en mí,

adivinó mis desgracias,

sabiéndolas descubrir

el oro que en dos diamantes

bastante son para abrir

secretos de cal y canto.

Supe todo el caso, en fin,

y la distancia que hay

del prometer al cumplir.

Saqué fuerzas de flaqueza,

dejé el temor femenil,

dióme alientos el agravio

y de la industria adquirí

la determinación cuerda;

porque pocas veces vi

no vencer la diligencia

cualquier fortuna infeliz.

Disfracéme como ves;

y, fiándome de ti,

a la fortuna me arrojo

y al puerto pienso salir.

Dos días ha que mi amante,

cuando mucho, está en Madrid:

mi amor midió sus jornadas.

Y ¿quién duda, siendo así,

que no habrá visto a don Pedro

sin primero prevenir

galas con que enamorar,

y trazas con que mentir?

Yo, pues que he de ser estorbo

de su ciego frenesí,

a vista tengo de andar

de mi ingrato don Martín,

malogrando cuanto hiciere:

el cómo déjalo a mí.

Para que no me conozca

(que no hará, vestida ansí)

falta sólo que te ausentes,

no me descubran por ti.

Vallecas dista una legua:

disponte luego a partir

allá; que de cualquier cosa,

o próspera o infeliz,

con los que a vender pan vienen

de allá, te podré escribir.

Quintana

Verdaderas has sacado

las fábulas de Merlín.

No te quiero aconsejar.

Dios te deje conseguir

el fin de tus esperanzas.

Doña Juana

Adiós.

Quintana

¿Escribirás?

Doña Juana

Sí.

(Vase Quintana.)


Sale Caramanchel, lacayo.


[Doña Juana.]

Caramanchel

Pues para fiador no valgo,

sal acá, bodegonero;

que en esta puente te espero.

Doña Juana

¡Hola! ¿Qué es eso?

Caramanchel

Oye, hidalgo;

eso de hola, al que a la cola

como contera le siga;

y a las doce sólo diga:

«Olla, olla», y no «hola, hola».

Doña Juana

Yo que hola agora os llamo,

daros esotro podré.

Caramanchel

Perdóneme, pues, usté.

Doña Juana

¿Buscais amo?

Caramanchel

Busco un amo;

que si el cielo los lloviera,

y las chinches se tornaran

amos; si amos pregonaran

por las calles; si estuviera

Madrid de amos empedrado,

y ciego yo los pisara,

nunca en uno tropezara,

según soy de desdichado.

Doña Juana

¿Qué tantos habeis tenido?

Caramanchel

Muchos, pero más inormes,

que Lazarillo de Tormes.

Un mes serví, no cumplido,

a un médico muy barbado,

belfo, sin ser alemán;

guantes de ámbar, gorgorán,

mula de felpa, engomado,

muchos libros, poca ciencia;

pero no se me lograba

el salario que me daba,

porque con poca conciencia

lo ganaba su mercé;

y huyendo de tal azar,

me acogí con Cafíamar.

Doña Juana

¿Mal lo ganaba? ¿Por qué?

Caramanchel

Por mil causas: la primera,

porque con cuatro aforismos,

dos textos, tres silogismos,

curaba una calle entera.

No hay facultad que más pida

estudios, libros, galenos,

ni gente que estudie menos,

con importarnos la vida.

Pero, ¿cómo han de estudiar,

no parando en todo el día?

Yo te diré lo que hacía

mi médico. Al madrugar,

almorzaba de ordinario

una lonja de lo añejo,

porque era cristiano viejo;

y con este letüario

aqua vitis, que es de vid,

visitaba sin trabajo,

calle arriba, calle abajo,

los egrotos de Madrid.

Volvíamos a las once:

considere el pío lector,

si podría el mi doctor,

puesto que fuese de bronce,

harto de ver orinales,

y fístulas, revolver

Hipócrates, y leer

las curas de tantos males.

Comía luego su olla,

con un asado manido,

y después de haber comido,

jugaba cientos o polla.

Daban las tres y tornaba

a la médica atahona,

yo la maza y él la mona;

y cuando a casa llegaba,

ya era de noche. Acudía

al estudio, deseoso

(aunque no era escrupuloso)

de ocupar algo del día

en ver los expositores

de sus Rasis y Avicenas;

asentábase, y apenas

ojeaba dos autores,

cuando doña Estefanía

gritaba: «Ola, Inés, Leonor,

id a llamar al doctor:

que la cazuela se enfría».

Respondía él: «En un hora

no hay que llamarme a cenar.

Déjenme un rato estudiar.

Decid a vuestra señora

que le ha dado garrotillo

al hijo de tal Condesa;

y que está la ginovesa,

su amiga, con tabardillo;

que es fuerza mirar si es bueno

sangrarla estando preñada;

que a Dioscórides le agrada;

mas no lo aprueba Galeno».

Enfadábase la dama,

y entrando a ver su doctor,

decía: «Acabad, señor;

cobrado habéis harta fama,

y demasiado sabéis

para lo que aquí ganáis:

advertid, si así os cansáis,

que presto os consumiréis.

Dad al diablo los Galenos,

si os han de hacer tanto daño:

¿Qué importa al cabo del año

veinte muertos más o menos?»

Con aquestos incentivos

el doctor se levantaba;

los textos muertos cerraba

por estudiar en los vivos.

Cenaba, yendo en ayunas

de la ciencia que vio a solas;

comenzaba en escarolas,

acababa en aceitunas,

y acostándose repleto,

al punto del madrugar,

se volvía a visitar,

sin mirar ni un quodlibeto.

Subía a ver al paciente;

decía cuatro chanzonetas;

escribía dos recetas

destas que ordinariamente

se alegan sin estudiar;

y luego los embaucaba

con unos modos que usaba

extraordinarios de hablar.

«La enfermedad que le ha dado,

señora, a Vueseñoría,

son flatos e hipocondría;

siento el pulmón opilado,

y para desarraigar

las flemas vítreas que tiene

con el quilo, le conviene

(por que mejor pueda obrar

Naturaleza) que tome

unos alquermes que den

al hépate y al esplén

la sustancia que el mal come».

Encajábanle un doblón,

y asombrados de escucharle,

no cesaban de adularle,

hasta hacerle un Salomón.

Y juro a Dios que, teniendo

cuatro enfermos que purgar,

le vi un día trasladar

(no pienses que estoy mintiendo)

de un antiguo cartapacio

cuatro purgas, que llevó

escritas (fuesen o no

a propósito) a palacio;

y recetada la cena

para el que purgarse había,

sacaba una y le decía:

«Dios te la depare buena»

¿Parécele a vuesasté

que tal modo de ganar

se me podía a mí lograr?

Pues por esto le dejé.

Doña Juana

¡Escrupuloso criado!

Caramanchel

Acomodéme después

con un abogado, que es

de las bolsas abogado,

y enfadóme que aguardando

mil pleiteantes que viese

sus procesos, se estuviese

catorce horas enrizando

el bigotismo; que hay trazas

dignas de un jubón de azotes.

Unos empina-bigotes

hay a modo de tenazas,

con que se engoma el letrado

la barba que en punta está:

¡Miren qué bien que saldrá

un parecer engomado!

Dejéle, en fin; que estos tales,

por engordar alguaciles,

miran derechos civiles

y hacen tuertos criminales.

Serví luego a un clerigón

un mes (pienso que no entero)

de lacayo y despensero.

Era un hombre de opinión:

Su bonetazo calado,

lucio, grave, carilleno,

mula de veintidoseno,

el cuello torcido a un lado;

y hombre, en fin, que nos mandaba

a pan y agua ayunar

los viernes, por ahorrar

la pitanza que nos daba;

y él comiéndose un capón

(que tenía con ensanchas

la conciencia, por ser anchas

las que teólogas son),

quedándose con los dos

alones cabeceando,

decía, al cielo mirando:

¡Ay, ama, qué bueno es Dios!

Dejéle, en fin, por no ver

santo que tan gordo y lleno,

nunca a Dios llamaba bueno,

hasta después de comer.

Luego entré con un pelón

que sobre un rocín andaba,

y aunque dos reales me daba

de ración y quitación,

si la menor falta hacía,

por irremisible ley,

olvidando el Agnus Dei,

qui tollis ración, decía.

Quitábame de ordinario

la ración, pero el rocín

y su medio celemín

alentaban mi salario,

vendiendo sin redención

la cebada que le hurtaba:

con que yo ración llevaba,

y el rocín la quitación.

Serví a un moscatel, marido

de cierta doña Mayor,

a quien le daba el señor

por uno y otro partido

comisiones, que a mi ver

el proveyente cobraba,

pues con comisión quedaba

de acudir a su mujer.

Si te hubiera de contar

los amos que en varias veces

serví, y andan como peces

por los golfos deste mar,

fuera un trabajo excusado;

bástete el saber que estoy

sin cómodo el día de hoy,

por mal acondicionado.

Doña Juana

Pues si das en coronista

de los diversos señores

que se extreman en humores,

desde hoy me pon en tu lista,

porque desde hoy te recibo

en mi servicio.

Caramanchel

¡Lenguaje

nuevo! ¿Quién ha visto paje

con lacayo?

Doña Juana

Yo no vivo

sino sólo de mi hacienda;

ni paje en mi vida fui:

vengo a pretender aquí

un hábito o encomienda;

y porque en Segovia dejo

malo a un mozo, he menester

quien me sirva.

Caramanchel

¿A pretender

entráis mozo? Saldréis viejo.

Doña Juana

Cobrando voy afición

a tu humor.

Caramanchel

Ninguno ha habido,

de los amos que he tenido,

ni poeta, ni capón;

parecéisme lo postrero;

y así, señor, me tened

por criado, y sea a merced,

que medrar mejor espero

que sirviéndoos a destajo,

en fe de ser yo tan fiel.

Doña Juana

¿Llámaste?

Caramanchel

Caramanchel,

porque nací en el de abajo.

Doña Juana

Aficionándome vas

por lo airoso y lo sutil.

Caramanchel

¿Cómo os llamáis vos?

Doña Juana

Don Gil.

Caramanchel

¿Y qué más?

Doña Juana

Don Gil no más.

Caramanchel

Capón sois hasta en el nombre;

pues si en ello se repara,

las barbas son en la cara

lo mismo que el sobrenombre.

Doña Juana

Agora importa encubrir

mi apellido. ¿Qué posada

conoces limpia y honrada?

Caramanchel

Una te haré prevenir

de las frescas y curiosas

de Madrid.

Doña Juana

¿Hay ama?

Caramanchel

Y moza.

Doña Juana

¿Cosquillosa?

Caramanchel

Y que retoza.

Doña Juana

¿Qué calle?

Caramanchel

De las Urosas.

Doña Juana

Vamos

[Aparte.]

que noticia llevo

de la casa donde vive

don Pedro. Madrid, recibe

este forastero nuevo

en tu amparo.

Caramanchel [Aparte]

¡Qué bonito

que es el tiple moscatel!

[Sala en casa de Don Pedro.]


(Salen Don Pedro, viejo, leyendo una carta, Don Martín y Osorio.)

Don Pedro

(Lee.)

«Digo, en conclusión, que don Martín, si fuera tan cuerdo como mozo, hiciera dichosa mi vejez, trocando nuestra amistad en parentesco. Ha dado palabra a una dama de esta ciudad, noble y hermosa, pero pobre; y ya vos veis en los tiempos presentes lo que pronostican hermosuras sin hacienda. Llegó este negocio a lo que suelen los de su especie; a arrepentirse él, y a ejecutarle ella por la justicia: ponderad vos lo que sentirá quien pierde vuestro deudo, vuestra nobleza y vuestro mayorazgo, con tal prenda como mi señora doña Inés; pero ya que mi suerte estorba tal ventura, tenelda a no pequeña, que el señor don Gil de Albornoz, que ésta lleva, esté en estado de casarse, y deseoso de que sea con las mejoras que en vuestra hija le he ofrecido. Su sangre, discreción, edad y mayorazgo (que heredará brevemente de diez mil ducados de renta) os pueden hacer olvidar el favor que os debo, y dejarme a mí envidioso. La merced que le hiciéredes recibiré en lugar de don Martín, que os besa las manos. Dadme muchas y buenas nuevas de vuestra salud y gusto, que el cielo aumente, etc. Valladolid y julio, etc. Don Andrés de Guzmán.»


Giovanni Battista Trotti

Don Pedro

Seáis, señor, mil veces bien venido

para alegrar aquesta casa vuestra;

que para comprobar lo que he leído,

sobra el valor que vuestro talle muestra.

Dichosa doña Inés hubiera sido,

si para ennoblecer la sangre nuestra,

prendas de don Martín con prendas mías

regocijaran mis postreros días.

Ha muchos años que los dos tenemos

recíproca amistad, ya convertida

en natural amor, que en los extremos

de la primera edad, tarde se olvida;

no pocos ha también que no nos vemos,

a cuya causa, en descansada vida,

quisiera yo, comunicando prendas,

juntar como las almas las haciendas.

Pero pues don Martín inadvertido

hace imposible el dicho casamiento,

que vos en su lugar hayais venido,

señor don Gil, me tiene muy contento.

No digo que mejora de marido

mi Inés; que al fin será encarecimiento

de algún modo en agravio de mi amigo;

mas que lo juzgo creed, si no lo digo.

Don Martín

Comenzáis de manera a aventajaros

en hacerme merced, que temeroso,

señor don Pedro, de poder pagaros

aun en palabras (que en el generoso

son prendas de valor), para envidiaros,

en obras y en palabras vitorioso,

agradezco callando, y mudo muestro

que no soy mío ya porque soy vuestro.

Deudos tengo en la corte, y muchos dellos

títulos, que podrán daros noticia

de quién soy, si os importa conocellos,

que la suerte me fue en esto propicia;

aunque si os informais, de los cabellos

quedará mi esperanza, que codicia

lograr abrazos y cumplir deseos,

abreviando noticias y rodeos.

Fuera de que mi padre (que quisiera

darme en Valladolid esposa a gusto

más de su edad que a mi elección) me espera

por puntos; y si sabe que a disgusto

suyo me caso aquí, de tal manera

lo tiene de sentir, que si del susto

destas nuevas no muere, ha de estorbarme

la dicha que en secreto podéis darme.

Don Pedro

No tengo yo en tan poco de mi amigo

el crédito y estima, que no sobre

su firma sola, sin buscar testigo

por quien vuestro valor alientos cobre.

Negociado tenéis para conmigo;

y aunque un hidalgo fuérades tan pobre

como el que más, a doña Inés os diera,

si don Andrés por vos intercediera.

Don Martín (Aparte a Osorio.)

El embeleco, Osorio, va excelente.

Osorio [Aparte a Don Martín.]

Aprieta con la boda, antes que venga

doña Juana a estorbarlo.

Don Martín [Aparte a Osorio.]

Brevemente

mi diligencia hará que efeto tenga.

Don Pedro

No quiero que cojamos de repente,

don Gil, a doña Inés, sin que prevenga

la prudencia palabras para el susto

que suele dar un no esperado gusto.

Si verla pretendeis, irá esta tarde

a la huerta del Duque convidada,

y sin saber quién sois haréis alarde

de vuestra voluntad.

Don Martín

¡Oh, prenda amada!

Camine el sol, por que otro sol aguarde,

y deteniendo el sol a su jornada,

haga inmóvil su luz para que sea

eterno el día que sus ojos vea.

Don Pedro

Si no tenéis posada prevenida,

y ésta merece huésped tan honrado,

recibiré merced.

Don Martín

Apercebida

está cerca de aquí, según me han dado

noticia, la de un primo; aunque la vida,

que en ésta sus venturas ha cifrado,

hiciera aquí de su contento alarde.

Don Pedro

En la huerta os espero.

Don Martín

El cielo os guarde.

(Vanse.)


Salen Doña Inés y Don Juan


[al fin de la escena Don Pedro.]

Doña Inés

En dando tú en recelar,

no acabaremos hogaño.

Don Juan

Mucho deseas acabar.

Doña Inés

Pesado estás hoy y extraño.

Don Juan

¿No ha de pesar un pesar?

No vayas hoy, por mi vida

(si es que te importa), a la huerta.

Doña Inés

Si mi prima me convida…

Don Juan

Donde no hay voluntad cierta.

no falta excusa fingida.

Doña Inés

¿Qué disgusto se te sigue

de que yo vaya?

Don Juan

Parece

que el temor que me persigue

triste suceso me ofrece,

sin que mi amor le mitigue.

Pero en fin, ¿te determinas

de ir allá?

Doña Inés

Ve tú también,

y verás cómo imaginas

de mi firmeza no bien.

Don Juan

Como en mi alma predominas,

obedecerte es forzoso.

Doña Inés

Celos y escrúpulos son

de una especie; y un curioso

duda de la salvación,

don Juan, del escrupuloso.

[Vuelve Don Pedro, y se queda escuchando a la puerta.]

Tú solamente has de ser

mi esposo. Ve allá a la tarde.

Don Pedro [Aparte]

¡Su esposo! ¿Cómo?

Don Juan

A temer

voy. Adiós.

Doña Inés

Él te me guarde.

(Vase Don Juan.)


[Don Pedro, Doña Inés.]

Don Pedro

Inés.

Doña Inés

Señor, ¿es querer

decirme que tome el manto?

Aguardándome estará

mi prima.

Don Pedro

Mucho me espanto

de que des palabra ya

de casarte. ¿Tiempo tanto

ha que dilato el ponerte

en estado? ¿Tantas canas

peinas, que osas atreverte

a dar palabras livianas

con que apresures mi muerte?

¿Qué hacía don Juan aquí?

Doña Inés

No te alteres, que no es justo;

que yo palabra le di,

presuponiendo tu gusto;

y no pierdes, siendo ansí,

nada en que don Juan pretenda

ser tu yerno, si el valor

sabes que ilustra su hacienda.

Don Pedro

Esposo tienes mejor.

Detén al deseo la rienda.

No te pensaba dar cuenta

tan presto de lo que trazo;

pero con tal prisa intenta

cumplir tu apetito el plazo

(no sé si diga en tu afrenta),

que, aunque mude intento, quiero

atajarla. Aquí ha venido

un bizarro caballero,

muy rico y muy bien nacido,

de Valladolid. Primero

que le admitas, le verás.

Diez mil ducados de renta

hereda, y espera más,

y corre ya por mi cuenta

el sí que a don Juan le das.

Doña Inés

¿Faltan hombres en Madrid

con cuya hacienda y apoyo

me cases sin ese ardid?

¿No es mar Madrid? ¿No es arroyo

deste mar Valladolid?

Pues por un arroyo, ¿olvidas

del mar los ricos despojos?

¿O es bien que mi gusto impidas,

y, entrando amor por los ojos,

dueño me ofrezcas de oídas?

Si la codicia civil

que a toda vejez infama,

te vence, mira que es vil

defeto. ¿Cómo se llama

ese hombre?

Don Pedro

Don Gil.

Doña Inés

¿Don Gil?

¿Marido de villancico?

¡Gil! ¡Jesús, no me le nombres!

Ponle un cayado y pellico.

Don Pedro

No repares en los nombres

cuando el dueño es noble y rico.

Tú le verás, y yo sé

que has de volver esta noche

perdida por él.

Doña Inés [Con ironía.]

Sí haré.

Don Pedro

Tu prima aguarda en el coche

a la puerta.

Doña Inés [Aparte.]

Ya no iré

con el gusto que entendí).

Dénme un manto.

Don Pedro

Allá ha de estar,

que yo se lo dije ansí.

Doña Inés [Aparte.]

¿Con Gil me quieren casar?

¿Soy yo Teresa? ¡Ay de mí!

(Vanse.)


[La huerta del Duque.]


(Sale Doña Juana de hombre.)

Doña Juana

A esta huerta he sabido que don Pedro

trae a su hija doña Inés, y en ella

mi don Martín ingrato piensa vella.

Dichosa he sido en descubrir tan presto

la casa, los amores y el enredo

que no han de conseguir, si de mi parte,

Fortuna, mi dolor puede obligarte.

En casa de mi opuesta he ya obligado

a quien me avise siempre; darle quiero

gracias destos milagros al dinero.

Manuel Garcia y Rodriguez


Sale Caramanchel.


[Doña Juana.]

Caramanchel

[Sin ver a Doña Juana.]

Aquí dijo mi amo hermafrodita

que me esperaba; y vive Dios, que pienso

que es algún familiar que, en traje de hombre,

ha venido a sacarme de jüicio,

y, en siéndolo, doy cuenta al Santo Oficio.

Doña Juana

Caramanchel.

Caramanchel

¡Señor! Bene venuto.

¿Adónde bueno o malo por el Prado?

Doña Juana

Vengo a ver a una dama, por quien bebo

los vientos.

Caramanchel

¿Vientos bebes? ¡Mal despacho!

¡Barato es el licor, mas no borracho!

¿Y tú la quieres bien?

Doña Juana

La adoro.

Caramanchel

¡Bueno!

No os haréis, a lo menos, mucho daño;

que en el juego de amor, aunque os déis priesa,

si de la barba llego a colegillo,

nunca haréis chilindrón, mas capadillo.

[Suena música dentro.]

Mas ¿qué música es ésta?

Doña Juana

Los que vienen

con mi dama serán, que convidada

a este paraíso, es ángel suyo.

Retírate, y verás hoy maravillas.

Caramanchel [Aparte.]

¿Hay cosa igual? ¡Capón y con cosquillas!

Músicos cantando; Don Juan, Doña Inés y Doña Clara, como de campo. [Doña Juana, Caramanchel.]

Músicos

Alamicos del prado,

fuentes del Duque,

despertad a mi niña

por que me escuche;

y decid que compare

con sus arenas,

sus desdenes y gracias,

mi amor y penas;

y pues vuestros arroyos

saltan y bullen,

despertad a mi niña

por que me escuche.

Doña Clara

¡Bello jardín!

Doña Inés

Estas parras,

destos álamos doseles,

que a los cuellos, cual joyeles,

entre sus hojas bizarras

traen colgando los racimos,

nos darán sombra mejor.

Don Juan

Si alimenta Baco a Amor,

entre sus frutos opimos,

no se hallará mal el mío.

Doña Inés

Siéntate aquí, doña Clara,

y en esta fuente repara,

cuyo cristal puro y frío

besos ofrece a la sed.

Don Juan

En fin, quisiste venir

a esta huerta.

Doña Inés

A desmentir,

señor, a vuestra merced,

y examinar mi firmeza.

Doña Juana

[Aparte a Caramanchel.]

¿No es mujer bella?

Caramanchel

[Aparte a su ama.]

El dinero

no lo es tanto; aunque prefiero

a la suya su belleza.

Doña Juana

[Aparte a Caramanchel.]

Pues por ella estoy perdido.

Hablarla quiero.

Caramanchel [Aparte a su ama.]

Bien puedes.

Doña Juana

Besando a vuesas mercedes

las manos, licencia pido,

por forastero siquiera,

para gozar el recreo

que aquí tan colmado veo.

Doña Clara

Faltando vos, no lo fuera.

Doña Inés

¿De dónde es vuesa merced?

Doña Juana

En Valladolid nací.

Doña Inés

¿Cazolero?

Doña Juana

Tendré así

más sazón.

Doña Inés

Don Juan, haced

lugar a este caballero.

Don Juan [Aparte.]

Pues que mi lado le doy,

con él cortesano estoy.

Ya de celos desespero.

Doña Inés [Aparte.]

¡Qué airoso y gallardo talle!

¡Qué buena cara!

Don Juan [Aparte.]

¡Ay de mí!

¿Mírale doña Inés? Sí.

¡Qué presto empiezo a envidialle!

Doña Inés

¿Y que es de Valladolid

vuesarced? ¿Conocerá

un don Gil, también de allá,

que vino agora a Madrid?

Doña Juana

¿Don Gil de qué?

Doña Inés

¿Qué sé yo?

¿Puede haber más que un don Gil

en todo el mundo?

Doña Juana

¿Tan vil

es el nombre?

Doña Inés

¿Quién creyó

que un don fuera guarnición

de un Gil, que siendo zagal

anda rompiendo sayal

de villancico en canción?

Caramanchel

El nombre es digno de estima,

a pagar de mi dinero;

y si no…

Doña Juana

Calla, grosero.

Caramanchel

Gil es mi amo, y es la prima

y el bordón de todo nombre;

y en gil se rematan mil;

que hay pere gil, toron gil,

ceno gil, por que se asombre

el mundo de cuán sutil

es, cuando rompe cambray;

y hasta en Valladolid hay

Puerta de Teresa Gil.

Doña Juana

Y yo me llamo también

don Gil, al servicio vuestro.

Doña Inés

¿Vos don Gil?

Doña Juana

Si en serlo muestro

cosa que no os esté bien,

o que no gustéis, desde hoy

me volveré a confirmar.

Ya no me pienso llamar

don Gil; sólo aquello soy

que vos gustéis.

Don Juan

Caballero,

no importa a las que aquí están

que os llaméis Gil o Beltrán.

Sed cortés, y no grosero.

Doña Juana

Perdonad si os ofendí;

que por gusto de una dama…

Doña Inés

Paso, don Juan.

Don Juan

Si se llama

don Gil, ¿qué se nos da aquí?

Doña Inés

[Aparte.]

Éste es sin duda el que viene

a ser mi dueño; y es tal,

que no me parece mal.

¡Extremada cara tiene!

Doña Juana

Pésame de haberos dado

disgusto.

Don Juan

También a mí,

si del límite salí;

ya yo estoy desenojado.

Doña Clara

La música en paz os ponga.

(Levántanse.)

Doña Inés

[A Don Juan.]

Salid, señor, a danzar.

Don Juan [Aparte.]

Este don Gil me ha de dar

en qué entender; mas disponga

el hado lo que quisiere;

que doña Inés será mía,

y si compite y porfía,

tendráse lo que viniere.

Doña Inés

¿No salís?

Don Juan

No danzo yo.

Doña Inés

¿Y el señor don Gil?

Doña Juana

No quiero

dar pena a este caballero.

Don Juan

Ya mi enojo se acabó.

Danzad.

Doña Inés

Salga, pues, conmigo.

Don Juan [Aparte.]

¡Que a esto obligue el ser cortés!

Doña Clara [Aparte.]

(Un ángel de cristal es

el rapaz; cual sombra sigo

su talle airoso y gentil.)

Con doña Inés danzar quiero.

Doña Inés [Aparte.]

Ya por el don Gil me muero;

que es un brinquillo el don Gil.

(Danzan las dos damas y Don Gil.)

Músicos (Cantan.)

Al molino del amor

alegre la niña va

a moler sus esperanzas:

quiera Dios que vuelva en paz.

En la rueda de los celos

el amor muele su pan,

que desmenuzan la harina,

y, la sacan candeal.

Río son sus pensamientos,

que unos vienen y otros van,

y apenas llegó a su orilla,

cuando ansí escuchó cantar:

Borbollicos hacen las aguas,

cuando ven a mi bien pasar;

cantan, brincan, bullen y corren

entre conchas de coral,

y los pájaros dejan sus nidos,

y en las ramas del arrayán

vuelan, cruzan, saltan y pican

torongil, murta y azahar.

Los bueyes de las sospechas

el río agotando van;

que donde ellas se confirman,

pocas esperanzas hay;

y viendo que a falta de agua,

parado el molino está,

desta suerte le pregunta

la niña que empieza a amar:

Molinico, ¿por qué no mueles?

Porque me beben el agua los bueyes.

Vio al amor lleno de harina,

moliendo la libertad

de las almas que atormenta,

y ansí le cantó al llegar:

Molinero sois, amor,

y sois moledor.

Si lo soy, apartesé,

que le enharinaré.

(Acaban el baile.)

Doña Inés

(Aparte a Doña Juana.)

Don Gil de dos mil donaires,

a cada vuelta y mudanza

que habéis dado, dio mil vueltas

en vuestro favor el alma.

Ya sé que a ser dueño mío

venís. Perdonad si, ingrata,

antes de veros rehusé

el bien que mi amor aguarda.

¡Muy enamorada estoy!

Doña Clara [Aparte.]

¡Perdida de enamorada

me tiene el don Gil de perlas!

Doña Juana

[Habla aparte con Doña Inés.]

No quiero sólo en palabras

pagar lo mucho que os debo.

Aquel caballero os guarda,

y me mira receloso.

Voyme.

Doña Inés

¿Son celos?

Doña Juana

No es nada.

Doña Inés

¿Sabéis mi casa?

Doña Juana

Y muy bien.

Doña Inés

¿Y no iréis a honrar mi casa,

pues por dueño os obedece?

Doña Juana

A lo menos a rondarla

esta noche.

Doña Inés

Velaréla,

Argos toda a sus ventanas.

Doña Juana

Adiós.

Doña Clara [Aparte.]

¡Que se va! ¡ay de mí!

Doña Inés

No haya falta.

Doña Juana

No habrá falta.

(Vanse Doña Juana y Caramanchel.)


[Doña Inés, Doña Clara, Don Juan, músicos.]

Doña Inés

Don Juan, ¿qué melancolía

es ésa?

Don Juan

Esto es dar al alma

desengaños que la curen,

y aborrezcan tus mudanzas.

¡Ah, Inés! en fin, salí cierto.

Doña Inés

Mi padre viene; remata,

o para después olvida

pesares.

Don Juan

Voyme, tirana;

mas tú me lo pagarás.

(Vase.)

Doña Inés

¡Ay, que me las jura, Clara!

Más quiero el pie de don Gil,

que la mano de un monarca.

Salen Don Martín y Don Pedro.

[Doña Clara. Músicos]

Don Pedro

¡Inés!

Doña Inés

Padre de mis ojos,

don Gil no es hombre, es la gracia,

la sal, el donaire, el gusto

que amor en sus cielos guarda.

Ya le he visto, ya le quiero,

ya le adoro, ya se agravia

el alma con dilaciones

que martirizan mis ansias.

Raimundo Madrazo

Don Pedro

[Habla aparte con Don Martín.]

Don Gil, ¿cuándo os vio mi Inés?

Don Martín

Si no es al salir de casa,

para venir a esta huerta,

no sé yo cuándo.

Don Pedro

Esto basta.

Milagros, don Gil, han sido

desa presencia bizarra.

Negociado habéis por vos;

llegad y dalda las gracias.

Don Martín

Señora, no sé a quién pida

méritos, obras, palabras

con que encarecer la suerte

que a tanto bien me levanta.

¿Posible es que sólo el verme

en la calle os diese causa

a tanto bien? ¿Es posible

que me admitís, prenda cara?

Dadme…

Doña Inés

¿Qué es esto? ¿Estáis loco?

¡Yo por vos enamorada!

Yo a vos, ¿cuándo os vi en mi vida?

¿Hay más donosa maraña?

Francisco Javier Parcerisa

Don Pedro

Hija, Inés, ¿perdiste el seso?

Don Martín [Aparte.]

¿Qué es esto, cielos?

Don Pedro

¿No acabas

de decir que a don Gil viste?

Doña Inés

¿Pues bien…?

Don Pedro

¿Su talle no ensalzas?

Doña Inés

Digo que es un ángel, pues.

Don Pedro

¿No le ofreces sí y palabra

de esposa?

Doña Inés

¿Qué sacas deso?

Que de mis quicios me sacas.

Don Pedro

Que a don Gil tienes presente.

Doña Inés

¿A quién?

Don Pedro

Al mismo que alabas.

Don Martín

Yo soy don Gil, Inés mía.

Doña Inés

¿Vos don Gil?

Don Martín

Yo.

Doña Inés

¡La bobada!

Don Pedro

Por mi vida, que es el mismo.

Doña Inés

¿Don Gil tan lleno de barbas?

Es el don Gil que yo adoro

un Gilito de esmeraldas.

Don Pedro

Ella está loca, sin duda.

Don Martín

Valladolid es mi patria.

Dona Inés

De allá es mi don Gil también.

Don Pedro

Hija, mira que te engañas.

Don Martín

En toda Valladolid

no hay, doña Inés de mi alma,

otro don Gil, sino es yo.

Don Pedro

¿Qué señas tiene ése? ¡Aguarda!

Doña Inés

Una cara como un oro,

de almíbar unas palabras,

y unas calzas todas verdes,

que cielos son, y no calzas.

Agora se va de aquí.

Don Pedro

¿Don Gil de cómo se llama?

Doña Inés

Don Gil de las calzas verdes

le llamo yo, y esto basta.

Don Pedro

Ella ha perdido el jüicio.

¿Qué será esto, doña Clara?

Doña Clara

Que a don Gil tengo por dueño.

Doña Inés

¿Tú?

Doña Clara

Yo, pues; y, en yendo a casa,

procuraré que mi padre

me case con él.

Doña Inés

El alma

te haré yo sacar primero.

Don Martín

¡Hay tal don Gil!

Don Pedro

Tus mudanzas

han de obligarme…

Doña Inés

Don Gil

es mi esposo. ¿Qué te cansas?

Don Martín

Yo soy don Gil, Inés mía,

cumpla yo tus esperanzas.

Doña Inés

Don Gil de las calzas verdes

he dicho yo.

Don Pedro

Amor de calzas…

¿Quién le ha visto?

Don Martín

Calzas verdes

me pongo desde mañana,

si esta color apetece.

Don Pedro

¡Ven, loca…!

Doña Inés

¡Ay, don Gil del alma!

Edouard Manet

Acto II


[Sala en casa de Doña Juana.]


(Salen Quintana y Doña Juana, de mujer.)

Quintana

No sé a quién te comparar:

Pedro de Urdemalas eres.

Pero, ¿cuándo las mujeres

no supistes enredar?

Doña Juana

Esto, Quintana, hasta aquí

es lo que me ha sucedido.

Doña Inés pierde el sentido

con la libertad por mí;

don Martín anda buscando

este don Gil que en su amor

y nombre es competidor;

mas con tal recato ando

huyéndole la presencia,

que, desatinado, entiende

que soy hechicero o duende.

Pierde el viejo la paciencia,

porque la tal doña Inés

ni sus ruegos obedece,

ni a don Martín apetece;

y de tal manera es

el amor que me ha cobrado,

que, como no vuelvo a vella,

desde entonces atropella

con pundonores de estado;

y como de mí no sabe,

no hay paje o criado en casa,

ni gente por ella pasa,

con quien llorando no acabe

que me busque.

Manuel Garcia y Rodriguez

Quintana

Si te pierdes,

quizás te pregonará.

Doña Juana

A los que me buscan da

por señas mis calzas verdes.

Un don Juan que la servía,

loco de ver su desdén,

para matarme también

me busca.

Quintana

Señora mía,

¡ojo a la vida, que anda

en terrible tentación!

Procede con discreción,

o perderás la demanda.

Doña Juana

Yo me libraré de todo.

Una doña Clara, que es

prima de mi doña Inés,

también me quiere de modo,

que a su madre ha persuadido,

si viva la quiere ver,

que me la dé por mujer.

Quintana

Harás notable marido.

Doña Juana

A este fin me hace buscar

casi, Quintana, a pregones,

por posadas y mesones,

sin cansarse en preguntar

por un don Gil de unas calzas

verdes, en Valladolid.

Quintana

¡Señas son para Madrid

buenas! Bien tu ingenio ensalzas.

Doña Juana

El criado que te dije

que, en partiéndote de mí,

en la Puente recibí,

también confuso se aflige;

porque desde ayer acá

no ha podido descubrirme;

ni yo ceso de reírme

de ver cuál viene y cuál va,

buscándome como aguja

por esta calle, después

de saber de doña Inés

si me esconde alguna bruja,

y como no halla noticia

de mí, afirmará por cierto

que el dicho don Juan me ha muerto.

Quintana

Pondrále ante la justicia.

Doña Juana

Bien puede ser, porque es fiel,

gran servicial, lindo humor,

y me tiene extraño amor.

Quintana

¿Llámase?

Doña Juana

Caramanchel.

Quintana

Pues bien, agora ¿a qué fin

te has vuelto mujer?

Doña Juana

Engaños

son todos nuevos y extraños

en daño de don Martín.

Esta casa alquilé ayer

con su servicio y ornato.

Quintana

Aunque no saldrá barato,

no es nuevo agora el haber

en Madrid quien una casa

dé, con todo su apatusco.

El por qué la alquilas busco.

Doña Juana

Oye, y sabrás lo que pasa.

Pared enmedio de aquí

vive doña Inés, la dama

de don Martín, que me ama.

Esta mañana la vi,

y dándome el parabién

de la nueva vecindad,

tenemos brava amistad;

porque afirma quiere bien

a un galán de quien retrato

soy vivo, y que en mi presencia

la aflige menos la ausencia

de su proceder ingrato.

Si yo su vecina soy,

podré saber lo que pasa

con don Martín en su casa;

y como tan cerca estoy,

fácilmente desharé

cuanto trazare en mi daño.

Quintana

Retrato eres del engaño.

Doña Juana

Y mi remedio seré.

Quintana

En fin, vienes a tener

dos casas.

Doña Juana

Con mi escudero

y lacayo.

Quintana

¿Y el dinero?

Doña Juana

Joyas tengo que vender

o empeñar.

Quintana

¿Y si se acaban?

Doña Juana

Doña Inés contribuirá;

que no ama quien no da.

Quintana

En otros tiempos no daban.

Vuélvome pues a Vallecas,

hasta ver destas marañas

el fin.

Doña Juana

Di de mis hazañas.

Quintana

Yo apostaré que te truecas

hoy en hombre y en mujer

veinte veces.

Doña Juana

Las que viere

que mi remedio requiere,

porque todo es menester;

mas, ¿sabes lo que he pensado

primero que allá te partas?

Que con un pliego de cartas

finjas que agora has llegado

de Valladolid en busca

de mi amante.

Quintana

¿Y a qué fin?

Doña Juana

Trae sospechas don Martín

de que quien su amor ofusca

soy yo, que en su seguimiento

desde mi patria he venido,

y soy el don Gil fingido.

Para que este pensamiento

no le asegure, será

bien fingir que yo le escribo

desde allá, y que por él vivo

como quien sin alma está.

Dirásle tú que me dejas

en un convento encerrada,

con sospechas de preñada,

y darásle muchas quejas

de mi parte; y que si sabe

mi padre de mi preñez,

malograré su vejez,

o me ha de dar muerte grave.

Con esto le desatino,

y creyendo que allá estoy,

no dirá que don Gil soy.

Quintana

Voyme a poner de camino.

Doña Juana

Y yo a escribir.

Quintana

Vamos, pues:

darásme la carta escrita.

Doña Juana

Ven, que espero una visita.

Quintana

¿Visita?

Doña Juana

De doña Inés.

(Vanse.)


Salen Doña Inés, con manto, y Don Juan.

Doña Inés

Don Juan, donde no hay amor,

pedir celos es locura.

Don Juan

¿Que no hay amor?

Doña Inés

La hermosura

del mundo tanto es mayor,

cuanto es la naturaleza

más varia en él; y así quiero

ser mudable, porque espero

tener ansí más belleza.

Don Juan

Si la que es más varïable,

ésa es más bella, en ti fundo

la hermosura deste mundo,

porque eres la más mudable.

¿Por un rapaz me desprecias,

antes de saber quién es?

¡Por un niño, Doña Inés!

Doña Inés

Excusa palabras necias,

y mira, don Juan, que estoy

en casa ajena.

Don Juan

¡Inconstante…!

No lograrás a tu amante.

A matar tu don Gil voy.

Doña Inés

¿A qué don Gil?

Don Juan

Al rapaz,

ingrata, por quien te pierdes.

Doña Inés

Don Gil de las calzas verdes

no es quien perturba tu paz.

Así nos dé vida Dios,

que no le he visto después

de aquella tarde. Otro es

el don Gil que priva.

Don Juan

¿Hay dos?

Doña Inés

Sí, don Juan, que el don Gilico,

o fingió llamarse así,

o si a vivir vino aquí

de asiento, te certifico

que de todos se burló.

El que de casa te ha echado

es un don Gil muy barbado

a quien aborrezco yo;

pero quiéreme casar

con él mi padre, y es fuerza

que por darle gusto tuerza

mi inclinación. Si a matar

estotro don Gil te atreves,

de Albornoz tiene el renombre;

y aunque dicen que es muy hombre,

como amor y ánimo lleves,

el premio a mi cuenta escribe.

Don Juan

¿Don Gil de Albornoz se llama?

Dona Inés

Ansí lo dice la fama,

y en casa del Conde vive,

nuestro vecino.

Don Juan

¿Tan cerca?

Doña Inés

Por tenerme cerca a mí.

Don Juan

¡Y qué! ¿Le aborreces?

Doña Inés

Sí.

Don Juan

Pues si con su muerte merca

mi fe tu amor, el laurel

ya mi cabeza previene;

que te hago voto solene

que pueden doblar por él.

(Vase.)


[Doña Inés.]

¡Ojalá! Que desta suerte

aseguraré la vida

del don Gil por quien perdida

estoy, pues dándole muerte,

quedaré libre, y mi padre

no aumentará mi tormento

con su odioso casamiento,

por más que su hacienda cuadre

a su avaricia maldita.

Doña Juana, de mujer, sin manto;Valdivieso, escudero viejo. [Doña Inés.]

Doña Juana

¡Oh, señora doña Inés!

¿En mi casa? El interés

estimo desta visita.

En verdad que iba yo a hacer

en este punto otro tanto.

¡Hola! ¿No hay quien quite el manto

a doña Inés?

Valdivieso

(A ella, al oído.)

¿Qué ha de haber?

¿Qué dueñas has recibido,

o doncellas de labor?

¿Hay otra vieja de honor

más que yo?

Doña Juana

No habrá venido

Esperancilla ni Vega.

¡Jesús, y qué de ello pasa

la que mudando de casa,

hacienda y trastos trasiega!

Quitalde vos ese manto,

Valdivieso.

(Quítale y vase.)


[Doña Juana, Doña Inés.]

Doña Inés

Doña Elvira,

tu cara y talle me admira,

de tu donaire me espanto.

Doña Juana

Favorécesme, aunque sea

en nombre ajeno; ya sé

que bien te parezco, en fe

del que tu gusto desea.

Seré como la ley vieja,

que tendré gracia en virtud

de la nueva.

Doña Inés

Juventud

tienes harta: extremos deja;

que aunque no puedo negar

que te amo, porque pareces

a quien adoro, mereces

por ti sola enamorar

a un Adonis, a un Narciso,

y al sol que tus ojos viere.

Doña Juana

Pues yo sé quien no me quiere,

aunque otros tiempos me quiso.

Doña Inés

¡Maldígale Dios! ¿Quién es

quien se atreve a darte enojos?

Doña Juana

Las lágrimas a los ojos

me sacaste, doña Inés.

Mudemos conversación,

que refrescas la memoria

de mi lamentable historia.

Doña Inés

Si la comunicación

quita la melancolía

y en nuestra amistad consientes,

tu desgracia es bien me cuentes,

pues ya te dije la mía.

Doña Juana

No, por tus ojos; que amores

ajenos cansan.

Doña Inés

Ea, amiga…

Doña Juana

En fin, ¿quieres te la diga?

Pues escúchame y no llores.

En Burgos, noble cabeza

de Castilla, me dio el ser

don Rodrigo de Cisneros,

y sus desgracias con él.

Nací amante (¡qué desdicha!),

pues desde la cuna amé

a un don Miguel de Ribera,

tan gentil como cruel.

Correspondió a los principios,

porque la voluntad es

cambio, que entra caudaloso,

pero no tarda en romper.

Llegó nuestro amor al punto

acostumbrado, que fue

a pagar yo de contado,

fiada en su prometer.

Dióme palabra de esposo…

¡Mal haya la simple, amén,

que no escarmienta en palabras,

cuando tantas rotas ve!

Partióse a Valladolid:

cansado debió de ser.

Estaba sin padres yo,

súpelo, fuíme tras él,

engañóme con achaques,

y ya sabes, doña Inés,

que el amor que anda achacoso,

de achaques muere también.

Dábale su casa y mesa

un primo que don Miguel

tenía, mozo y gallardo,

rico, discreto y cortés.

Llamábase éste don Gil

de Albornoz y Coronel,

de un don Martín de Guzmán

amigo, pero no fiel.

Sucedió que al don Martín

y a su padre don Andrés,

les escribió desta corte,

(tu padre pienso que fué),

pidiéndole para esposo

de una hermosa doña Inés,

que, si mal no conjeturo,

tú sin duda debes ser.

Había dado don Martín

a una doña Juana fe

y palabra de marido;

mas no osándola romper,

ofreció este casamiento

al don Gil; y el interés

de tu dote apetecible

alas le puso a los pies.

Dióle cartas de favor

el viejo, y quiso con él

partirse al punto a esta corte,

nueva imagen de Babel.

Comunicó intento y cartas

al amigo don Miguel,

mi ingrato dueño, ensalzando

la hacienda, belleza y ser

de su pretendida dama

hasta los cielos; que fue

echar fuego al apetito,

y su codicia encender.

Enamoróse de oídas

don Miguel de tí: al poder

de tu dote lo atribuye,

que ya amor es mercader;

y atropellando amistades,

obligación, deudo y fe

de don Gil, le hurtó las cartas

y el nombre, porque con él

disfrazándose, a esta corte

vino, pienso que no ha un mes.

Vendiéndose por don Gil,

te ha pedido por mujer.

Yo, que sigo como sombra

sus pasos, vine tras él,

sembrando por los caminos

quejas, que vendré a coger

colmadas de desengaños,

que es caudal del bien querer.

Sabiendo don Gil su agravio,

quiso seguirle también,

y encontrámonos los dos,

siendo fuerza que con él

caminase hasta esta corte,

habrá nueve días o diez,

donde aguardo la sentencia

de mi amor, siendo tú el Juez

Como vine con don Gil,

y la ocasión siempre fue

amiga de novedades,

(que basta, en fin, ser mujer),

la semejanza hechicera

de los dos pudo encender,

mirándose él siempre en mí,

y yo mirándome en él,

descuidos. Enamoróse

con tantas veras…

Doña Inés

¿De quién?

Doña Juana

De mí.

Doña Inés

¿Don Gil de Albornoz?

Doña Juana

Don Gil, a quien imité

en el talle y en la cara,

de suerte, que hizo un pincel

dos copias y originales

prodigiosos esta vez.

Doña Inés

¿Uno de unas calzas verdes?

Doña Juana

Y tan verdes como él,

que es abril de la hermosura,

y del donaire AranJuez

Doña Inés

Bien le quieres, pues le alabas.

Doña Juana

Quisiérale, amiga, bien,

si bien no hubiera querido

a quien mal supo querer.

Tengo esposo, aunque mudable;

soy constante, aunque mujer;

nobleza y valor me ilustran;

aliento y no celos, ten;

que despreciando a don Gil,

y viendo que don Miguel

tiene ya el sí de tu padre,

si sin ti le puede haber,

hice alquilar esta casa,

donde de cerca sabré

el fin de tantas desdichas

como en mis sucesos ves.

Doña Inés

¿Que don Miguel de Ribera

el don Gil fingido fue,

que dueño tuyo y tu esposo

quiere que yo el sí le dé?

Doña Juana

Esto es cierto.

Doña Inés

¿Que el don Gil

verdadero y cierto fue

aquel de las verdes calzas?

¡Triste de mí! ¿Qué he de hacer

si te sirve, cara Elvira?

Y aun por eso no me ve;

que no le bastan dos ojos

para llorar tu desdén.

Doña Juana

Como a don Miguel desprecies,

también yo desdeñaré

a don Gil.

Doña Inés

¿Pues deso dudas?

Hombre que tiene mujer,

¿cómo puede ser mi esposo?

No temas eso.

Doña Juana

Pues ven;

que a don Gil quiero escribir

en tu presencia un papel,

que llevará mi escudero,

y su muerte escrita en él.

Doña Inés

¡Ay, Elvira de mis ojos!

Tu esclava tengo de ser.

Doña Juana [Aparte.]

Ya esta boba está en la trampa.

Ya soy hombre, ya mujer,

ya don Gil, ya doña Elvira.

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