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Los inmortales
I LA LLUVIA

La cintura no es rosa.

No es ave. No son plumas.

La cintura es la lluvia,

fragilidad, gemido

que a ti se entrega. Ciñe,

mortal, tú con tu brazo

un agua dulce, queja

de amor. Estrecha, estréchala.

Toda la lluvia un junco

parece. ¡Cómo ondula,

si hay viento, si hay tu brazo,

mortal que, hoy sí, la adoras!

II EL SOL

Leve, ingrávida apenas,

la sandalia. Pisadas

sin carne. Diosa sola,

demanda a un mundo planta

para su cuerpo, arriba

solar. No cabellera

digáis; cabello ardiente.

Decid sandalia, leve

pisada; decid sólo,

no tierra, grama dulce

que cruje a ese destello,

tan suave que la adora

cuando la pisa. ¡Oh, siente

tu luz, tu grave tacto

solar! Aquí, sintiéndote,

la tierra es cielo. Y brilla.

III LAS PALABRAS

La palabra fue un día

calor: un labio humano.

Era la luz como mañana joven; más: relámpago

en esta eternidad desnuda. Amaba

alguien. Sin antes ni después. Y el verbo

brotó. ¡Palabra sola y pura

por siempre -Amor- en el espacio bello!

IV LA TIERRA

La tierra conmovida

exhala vegetal

su gozo. ¡Hela: ha nacido!

Verde rubor, hoy boga

por un espacio aún nuevo.

¿Qué encierra? Sola, pura

de sí, nadie la habita.

Sólo la gracia muda,

primigenia, del mundo,

va en astros, leve, virgen,

entre la luz dorada.

V EL FUEGO

Todo el fuego suspende

la pasión. ¡Luz es sola!

Mirad cuán puro se alza

hasta lamer los cielos,

mientras las aves todas

por él vuelan. ¡No abrasa!

¿Y el hombre? Nunca. Libre

todavía de ti,

humano, está ese fuego.

Luz es, luz inocente.

¡Humano: nunca nazcas!

VI EL AIRE

Aún más que el mar, el aire,

más inmenso que el mar, está tranquilo.

Alto velar de lucidez sin nadie.

Acaso la corteza pudo un día,

de la tierra, sentirte, humano. Invicto,

el aire ignora que habitó en tu pecho.

Sin memoria, inmortal, el aire esplende.

VII EL MAR

¿Quién dijo acaso que la mar suspira,

labio de amor hacia las playas, tristes?

Dejad que envuelta por la luz campee.

¡Gloria, gloria en la altura, y en la mar, el oro!

¡Ah soberana luz que envuelve, canta

la inmarcesible edad del mar gozante!

Allá, reverberando,

sin tiempo, el mar existe.

¡Un corazón de dios sin muerte, late!

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