Mi alegría duró poco, sin embargo. Dos días más tarde, justo después de comer —yo misma le había explicado muy cuidadosamente que ésa era la mejor hora para encontrarme en casa, porque ya ganaba más dinero colaborando fuera del archivo que trabajando en él, y había conseguido acortar mi horario para acabar a las tres y ganarle dos horas a Amanda, que no salía del colegio hasta las cinco y media—, una llamada telefónica me proporcionó la exacta medida de aquel espejismo.

—Nena —dijo, masticando esas dos sílabas con el acento más hueco, más pastoso, más fatuo que he alcanzado a escuchar nunca, y antes de que tuviera tiempo para horrorizarme, continuó—, pon a enfriar una botella de champán, que voy.

A veces, una sola frase es capaz de definir a quien la pronuncia con una precisión asombrosa.

Por eso, sólo después de asombrarme, recordé la verdadera transcendencia de ponerse cachonda, la debilidad principal entre todas aquellas que han cooperado para arruinar mi vida. Porque yo, inclinada hasta un segundo antes sobre una mesa repleta de fotografías de templos budistas de Sri Lanka, no lo estaba, y por eso, de repente, una máquina de cortar huesos, de esas que hay en todas las carnicerías, empezó a rebanar el esqueleto de una vaca entera dentro de mis oídos, a sabiendas de que no puedo soportar el más leve de esos chirridos, de la dentera que me da. Sin embargo, recordaba vagamente haberle oído decir cosas parecidas la otra noche, y no haber sido capaz de escucharlas del todo mientras mi cuerpo se esponjaba como un merengue, obturando mis oídos en favor de otras capacidades.

—No, mira… —logré articular, después de un rato—. Mejor no vengas.

—¿Qué? —su pregunta, instantánea, sonó más bien como una protesta, pero la contesté de todas formas.

—Bueno, para empezar, no tengo champán en casa.

—¿Y para seguir? —la confianza reconquistó su voz, ahora risueña, como avisándome de que estaba dispuesto a jugar si yo quería, debía estar sonriendo, y sus labios parecían hincharse y crujir cuando sonreía, y estuve a punto de volverme atrás, pero ya me conocía lo suficiente como para adivinar que siempre me arrepentiría de haberlo hecho, y estaba segura de que aquello nunca sería amor verdadero, y además, y definitivamente, aquella tarde no estaba cachonda.

—Pues para seguir… y para terminar, porque no me apetece.

—¿Y por qué?

Pues porque eres un pedazo de hortera, pensé para mí, pero le contesté que no lo sabía.

Desde aquel día, Miguel Antúnez me la tiene jurada. No me borró aquella misma tarde de la lista de colaboradores de la editorial porque tiene más escrúpulos que su hermano Antonio y porque, además, los dos sabemos que le gusto demasiado como para perderme de vista, pero, en ocho años, no ha dejado pasar la menor oportunidad de hacerme una putada. Marta Peregrin —23 años, un metro setenta, piernas larguísimas, tetas enormes, cintura breve, fotos incalculablemente pésimas— es la última del catálogo.

A lo largo de mi vida, he conocido, he aprovechado, he padecido todas las consecuencias que pueden derivarse de la propiedad de un cuerpo de vedete de revista, desde la tradicional incertidumbre en mis facultades intelectuales que asalta a quien me ve por primera vez, hasta la más abrumadora cosecha de ventajas que puedan obtenerse sin haberlas sembrado jamás. Estoy acostumbrada a que las mujeres, de entrada, sean sistemáticamente desagradables conmigo, pero no sé si eso me molesta más que la instantánea y pegajosa simpatía que inspiro en una buena parte de los hombres, y procuro vivir al margen de ambas cosas. Tendría que haber llamado a Marta Peregrin para contarle todo esto, pero desistí por anticipado al recordar aquella escena, sus gritos, la histeria, el portazo con el que saldó nuestra entrevista, te arrepentirás de esto, me dijo, pero no me he arrepentido nunca, la acepté, simplemente, veinte minutos después de haberla despedido, porque no podía negarme, porque Miguel Antúnez abrió la puerta de mi despacho para que ella se colara detrás, como una sombra descompuesta y llorosa, y me dijo lo de siempre, creo sinceramente que te has equivocado, Anita, ella intentaba sorber con la nariz sin hacer ruido, el trabajo de Marta es muy valioso, deberías reconsiderar… Le miré a los ojos y supo que era suficiente. ¿Quieres que la contrate, Miguel?, pregunté, sí, lo considero imprescindible, contestó, muy bien, pues habla con tu hermana, que es la jefa del proyecto… Fran acabó diciendo que sí —tengo muchos problemas, Ana, en serio, me paso la vida negociando con él, una fotógrafa más o menos, la verdad, ¿qué nos importa?— y la contraté, y lo único que lamento es que no puedo evitar recordarme a mí misma con veinte años menos cada vez que la veo.

Cuando Belén Rupérez, que ya se había quitados los hierros de los dientes pero seguía llevando gafas de culo de vaso, me explicó que ella se escribía las chuletas en los muslos con un bolígrafo Bic, yo todavía no tenía muy claro qué significaba ser una tía buena, pero me pareció un truco estupendo, y no sólo porque ningún profesor, por muy mosqueado que estuviera, se iba a atrever a pedirle a una alumna que se levantara la falda delante de él —incluso, si la que pillaba era una profesora, cualquiera podría comprender que una niña se negara a acatar una orden semejante—, sino porque, además, en un muslo caben muchísimas más letras que en esas miserables tiritas de papel donde había que escribir con una letra tan pequeña que luego era imposible leerla en medio de un examen, y eso cuando conseguía sacarla del puño de la camisa sin levantar sospechas, que ya era difícil. Así que, a mediados de sexto, cambié radicalmente de indumentaria, descartando los pantalones y las camisas de manga larga para afiliarme de golpe, víctima de una pasión incomprensible para mi madre, a las faldas más bien cortas y con mucho vuelo, siempre encima de unos pantys muy claros y finísimos que, además, escogía cuidadosamente entre los de pésima calidad, para que el refuerzo de la zona superior resultara lo más transparente posible. El nuevo sistema resultó tan rentable que lo seguí utilizando en COU a pesar del empeoramiento de las

condiciones —por un lado, mi grupo era más pequeño y tenía muchos compañeros nuevos, casi todos chicos, y por otro, los exámenes ya no se hacían en las aulas, sino en una sala mucho más grande, con bloques de asientos escalonados, separados por largos pasillos, que permitían una visión perfecta desde la tarima— y nunca me descubrieron, nunca, nadie llegó a sospechar de mí siquiera, hasta aquella mañana, cuando me pilló él.

Cánovas del Castillo y la Restauración Borbónica, ése era el tema, jamás podré olvidarlo, y me lo sabía, eso era lo peor, que me lo sabía, la Historia siempre fue una de mis asignaturas favoritas, pero en el último momento, aquella misma mañana, sufrí un acceso de pánico de urgencia, nombres propios, fechas, batallas, leyes, de repente decidí que no estaba segura de nada, así que me metí en el baño, me senté encima de la tapa del retrete, me bajé las medias, abrí el libro y empecé a apuntar como si me fuera la vida en ello. Y la vida me fue, en aquel gesto, pero al principio todo marchó bien, encontré un sitio libre casi en el ángulo izquierdo de la sala, la primera silla de la penúltima fila, taponé con una montaña de libros y carpetas el pasillo que me separaba de la tranquilizadora protección de la pared, y empecé a escribir con la falda sobre las rodillas, procurando concentrarme completamente en el examen, la introducción me estaba saliendo muy bien y ni siquiera me di cuenta de que un profesor subía lentamente por el pasillo, hasta que llegó a mi altura y se inclinó para apartar mis pertenencias en silencio, como si no quisiera molestarme, antes de subir el último peldaño y quedarse allí quieto, de pie, por lo menos cinco minutos.

Lo reconocí enseguida, Félix Larrea, Dibujo Artístico, mi profesor más joven, amor platónico de toda la clase y niño mimado del instituto en general, porque cuando sacó la plaza no era nadie, pero ahora se había convertido en una gran promesa, Tabacalera y Coca–Cola le compraban cuadros y había salido hasta en el telediario, una vez, peleándose con unos cubos llenos de pintura de colores. Por lo demás, el profesor ideal, porque en clase estaba siempre ausente, como si le importara un pimiento que progresáramos o no, pero era muy simpático, nunca suspendía a nadie, y dibujaba tan bien que cuando corregía una lámina prácticamente la hacía nueva, mientras el alumno, encantado, con una mano encima de la otra, le escuchaba decir, esto es así, ésta viene por aquí, la oreja tiene esta forma…, ¿lo ves? Cuando dibujaba él, todo el mundo lo veía.

Larrea no me daba miedo, y además se fue enseguida, andando por el pasillo que corría por detrás de la última fila, y después de un rato, me empezó a picar la pierna izquierda, y me levanté la falda mientras me rascaba, reinado de Amadeo I, ¡bien!, estaba justo donde lo esperaba, y seguí escribiendo, y luego me picó la pierna derecha, y tuve que rascármela, claro, pero no encontré la segunda fase de la tercera guerra carlista por ninguna parte, y eso que la había apuntado, estaba segura, porque me confundía siempre con la primera, y maldije por los siglos de los siglos al carca de Carlos VII antes de volver a mirarme el muslo izquierdo, pero nada, me estaba poniendo muy nerviosa y no lo encontraba, y al final, y aunque sabía que era lo más peligroso, me levanté la falda con las dos manos y agaché la cabeza como si necesitara pensar, y entonces lo vi todo, una inscripción diminuta —2F 3GC 1873–75— en la cara interior del muslo derecho y, un poco más allá, dos zapatos de ante castaño plantados en el escalón de al lado. No me atreví a levantar la cabeza, pero dirigí los ojos hacia arriba y descubrí unos vaqueros bastante gastados, blanquecinos, inconfundibles, ningún otro profesor llevaba vaqueros. Era Larrea, y me había pillado.

Durante un par de segundos estuve muda, quieta, las manos encima del pupitre, los muslos desnudos, la cabeza baja, hasta que conseguí convencerme de que él también estaba mudo y quieto, muy cerca. Entonces levanté la vista y le miré, y él miraba mis muslos escritos con ojos húmedos y también furiosos, pero eso no me impresionó tanto como la pirueta de su boca abierta, los dientes mordiendo el bocado imposible de su lengua doblada hacia adentro como si mis piernas le dolieran, como si mis piernas pudieran herirle, o volverle loco. Eso fue lo que pasó, me diría él después, muchas veces, que en ese momento me volví loco, pero yo nunca le conté lo que me había pasado a mí, nunca me he atrevido a contárselo a nadie, y sin embargo lo percibí con una nitidez extraordinaria, como si una bombilla colosal hubiera explotado de golpe dentro de mi cabeza para derramar océanos de luz sobre la fresca oscuridad de mis neuronas, porque en ese justo instante

descubrí que yo era una tía buena, que había nacido así, igual que podría haber nacido pelirroja, o bajita, o con talento musical. Muchos años después, la experiencia me enseñó a agradecerle al idioma que hablo la expresa diferencia que establece entre el verbo ser y el verbo estar, porque desde luego no es lo mismo ser una tía buena, que ser una tía que está buena, pero en aquella época todas las ventajas caían de mi lado, porque a nadie le impresionan las chicas de dieciséis años y medio, y es normal que todas las adolescentes sean guapas, y todas dan el mismo miedo, y no tenía demasiado tiempo para pensar porque me estaba jugando un examen de Historia. Como si lo hubiera comprendido al mismo tiempo que yo, él alargó discretamente la mano izquierda hasta posarla en mi rodilla derecha para ascender muy despacio, presionando levemente con las yemas de los dedos, en dirección al arrugado borde de mi falda, sobre el que se detuvo un momento para empujarlo luego, con una caricia idéntica a la anterior, e igualmente lenta, hacia abajo, devolviéndolo por fin a su primitivo Lugar. Yo seguí todos sus movimientos con una mirada absorta, la piel erizada pese al calor sedante de su contacto, y sólo cuando me di cuenta de que había empezado a bajar la escalera, levanté mis ojos hacia él, y él, un par de peldaños más abajo, volvió la cabeza para mirarme, y me sonrió.

Luego no pasó nada. No fue a hablar con la profesora de Historia, no volvió a pasear por mi pasillo, y ni me miró siquiera hasta que sonó el timbre, pero mi corazón siguió latiendo demasiado aprisa hasta que me levanté, recogí mis cosas, bajé las escaleras con cierta dificultad mecánica, mis piernas súbitamente blandas, como rellenas de gelatina, y entregué con dedos sudorosos el cuerpo de un delito para siempre impune. Entonces sí, en ese momento, sentí mi sangre más roja y más caliente, mi piel más dura, mis ojos ardiendo, quemando el aire, y una ebriedad distinta a todas las conocidas. El triunfo se desparramó dentro de mí, aturdiéndome hasta los huesos, y cuando me crucé con Larrea en la puerta, a la salida, no pude contener una carcajada breve e intensa, el alarido digno de un animal satisfecho que estalló contra la mirada turbia, concentrada, casi sombría e inexplicablemente temerosa, que convirtió por primera vez, a mis ojos, a un profesor de Dibujo Artístico en un hombre.

Al principio no tenía muy claro cómo emplear el fabuloso poder del que me sentía repentinamente consciente, ni siquiera tenía muy claro si me convenía ejercerlo de algún modo, quizás porque no acababa de creérmelo, era muy difícil aceptar que el mundo pudiera cambiar tan deprisa. Hasta aquel día, nunca había ligado en el instituto, tal vez porque casi todos los alumnos varones de mi curso eran más bajos que yo, más escurridos y delicados, y preferían intentarlo con otro tipo de chicas, niñas bajitas, menudas, graciosas, y desde luego guapas, pero de esa belleza redondeada, inerme, que alumbraba la cara de los angelitos en las tarjetas de Navidad más populares entonces, siempre firmadas por un tal Ferrándiz, cuerpos flexibles, todavía muy infantiles, cuyos hombros avanzaban bien erguidos, y no enconados hacia delante, como los míos, esa joroba voluntaria con la que intentaba en vano disimular mi pecho si no podía aplastármelo con una carpeta firmemente sujeta con ambos brazos. Cuando salíamos juntos, los sábados por la tarde, parecía la madre de cualquiera de ellos, y sólo se me acercaban en las puertas de las discotecas, que a menudo yo era la única que lograba franquear de todo el grupo para salir inmediatamente después, al comprobar que me había quedado sola en el vestíbulo. Creo que por todo esto perdí la cabeza, y porque, por fin, alguien le daba la razón a mi padre, a mi madre, a todos esos parientes que llevaban años declarándome hasta peligrosamente guapa sin que yo todavía hubiera logrado comerme un colín, detalle que añadía una nota intolerablemente ofensiva a su machacona preocupación por mi virtud. Y porque, además, Félix lo hizo muy bien. Impecablemente.

Cuando le vi entrar por la puerta, como todos los miércoles a tercera hora, aún no sabía nada del examen de Historia, pero creía saber algo de él. Una hora después, tuve que reconocer que no sabía nada de nada. Larrea, que me pareció de repente mucho más guapo que interesante, como solía calificarle antes para fastidiar a sus enamoradas, no se había puesto nervioso en ningún momento, como yo había torpemente calculado, y no se había sonrojado al acercarse a mí, sus manos no habían temblado, su voz no titubeó, sus ojos no me evitaron, más bien sucedió todo lo contrario. Se

tiró la clase entera mirándome y hasta me rozó un par de veces cuando pasó a mi lado, parecía confiado y sonriente, contento y muy tranquilo mientras comprobaba que yo me estaba poniendo cada vez más nerviosa y mis mejillas progresivamente coloradas, hasta que empezaron a temblarme las manos, y mi voz se atascó dentro de mi boca, y mis ojos se negaron a buscar los suyos, y entonces sonó el timbre. Al día siguiente me enteré de que había aprobado Historia con notable alto, y recobré de golpe toda la confianza en el poder de mis piernas. Entonces tuve una idea.

Estuve dándole vueltas todo el fin de semana, y concluí que era una locura, pero me apetecía tanto hacerlo, derrotarle de nuevo, aniquilarle de asombro, poseerle una vez más, que por fin me decidí a atacar, bien protegida por una distancia alta y profunda como la mejor trinchera. El miércoles siguiente, me levanté un poco antes de lo normal y escogí un rotulador de punto grueso y tinta azul, que funcionó tan bien en las cartulinas donde hice varias pruebas, como sobre mi piel, en la que conseguí escribir al revés como si llevara haciéndolo toda la vida. Luego, me puse una falda tan corta que, cuando llegué a la puerta de clase, una niña se me acercó corriendo para preguntarme, muy preocupada, si nos habían puesto un examen aquella mañana, porque ella no se había enterado. Después de tranquilizarla me senté en la primera fila, enfrente de la tarima, y me tragué dos horas —Lengua y Filosofía— en la más absoluta indiferencia, pendiente sólo del reloj, los minutos que se resistían a pasar como si pudieran agarrarse con dedos invisibles a esas tontas agujas que recorrían la esfera con una lentitud insoportable. La tercera hora me compensó de sobra por su crueldad. Larrea dio un respingo cuando me encontró tan cerca, pero saludó a los demás sin alterarse y, en un par de minutos, nos puso a todos a dibujar, hoy no daremos clase teórica, dijo solamente, y cuando todas las cabezas, incluida la mía, que tenía una sonrisa que disimular, estaban ya inclinadas sobre el tablero, se levantó despacio, rodeó la mesa, y se apoyó en el canto, justo enfrente de mí. Supe que me estaba mirando y le miré, vi que me sonreía y le sonreí. A mi izquierda, Antón González estaba vuelto casi de espaldas, buscando la luz de la ventana. A mi derecha, Esther García Aranaz; nos miraba con disimulo y curiosidad, como si se oliera algo. Cambié mi bloc de posición y mantuve la tapa vertical, porque mi espectáculo ya contaba con un espectador, y era suficiente. Entonces, con un rápido golpe de riñón, me deslicé sobre el asiento hasta quedarme sentada prácticamente en vilo, mientras estiraba las piernas debajo del pupitre. Larrea parecía desconcertado, pero aún llegaría a estarle mucho más cuando, un instante después, me levanté la falda para enviarle el mensaje de mis muslos decorados, ¡MUCHAS, decía mi pierna izquierda, GRACIAS!, completaba mi pierna derecha, y el mundo entero estalló sobre la humilde superficie de mis manos.

—Ana… —dijo al terminar la clase, en la voz alta más baja que pudo improvisar, con un acento enfermo de inquietud, los labios blancos—, ¿podrías quedarte un momento? Quiero comentar contigo…, eso de… fin de curso…. ya sabes.

Si los demás no hubieran tenido tanta prisa por largarse al recreo, se habrían quedado estupefactos al escuchar un pretexto tan idiota, porque no sólo yo no era la delegada de la clase, ni la subdelegada, ni nada, sino que además, nadie en aquel grupo había oído hablar jamás de ningún proyecto relacionado con el fin de curso. Sin embargo, cuando cerró la puerta y nos quedamos solos, volvió a ser el mismo Larrea confiado y risueño de la semana anterior.

—Lo que haces conmigo no está nada bien —dijo, sin preámbulo alguno, pero acercándose a mí mucho más de lo imprescindible.

—Eso mismo me dice mi madre cada dos por tres —contesté, risueña yo también, mientras una sensación desconocida, como una oleada de calor frenético, puntiagudo, concedía una relevancia insólita a ciertos tramos de mi piel. Él guardó silencio un par de segundos.

—¿Y tu madre también necesita saber a qué estás jugando?

—No. Mi madre sabe que no juego. Ya soy muy mayor para jugar…

Los pezones me dolían, de eso me acuerdo muy bien, y de que mi cabeza pesaba cada vez menos, porque mi boca invadía a toda prisa el resto de mi cara, anexionándose mi barbilla, absorbiendo mi nariz, amenazando mis ojos, toda mi cara era ya sólo boca cuando él alargó la mano izquierda, y la detuvo en el aire, como si no supiera muy bien dónde posarla, como si le diera miedo

seguir.

—Puedes tocarme —le dije entonces—. No quemo.

Su dedo índice se posó en el techo de mi frente y recorrió mi rostro, esa boca inmensa, total, de arriba abajo, para avanzar después un poco más, trazando una línea imaginaria en la garganta, presionando un instante sobre mi clavícula.

—Sí quemas —me contestó, y el eco de sus palabras me arrasó por dentro—. Claro que quemas.

Entre nosotros no había más que un delgado tabique de aire viciado, denso, inútil, que no opuso resistencia alguna mientras inclinaba la cabeza para besarle. Él tardó en devolverme el beso, pero su mano, más lista, se apretó contra uno de mis pechos cuando empezamos a escuchar unos tacones ligeros, y todavía muy lejanos, al otro lado de la puerta. El sonido de la realidad disolvió en un instante un hechizo todavía frágil, trabajosamente fabricado.

—Vete de aquí—me rogó, porque ya no podía ordenarme nada, y como no me moví, insistió con palabras más justas—. Por favor…

Era tan joven, que salí de clase convencida de que yo tenía el poder.

Cuando por fin logré hablar con Amanda, aquella noche, hacía ya muchos años que estaba segura de no haber sido jamás la poderosa, pero todavía era capaz de asombrarme ante la abrumadora dosis de poder que Félix creía seguir conservando sobre mí.

—Estoy estupendamente y ya sabes que te quiero mucho, mamá, pero no tengo tiempo para besos y abrazos porque he quedado y voy a llegar tarde —eso fue casi todo lo que me dijo después de protestar por el retraso de mi llamada—. Tienes que mandarme el dinero del ballet. La semana que viene termina el plazo.

—¿No has recibido la transferencia? Tiene que estar ahí desde hace… tres días por lo menos.

—¿Sí? Vale, pues le diré a papá que se pase por el banco. Él dice que está muy ocupado, ya sabes, y como a casa no ha llegado ningún justificante…

Félix siempre había pagado las clases de ballet de Amanda. Él era quien quería una hija brillante, admirada, diferente. Pero desde que vivía con ella, yo corría con la mitad de todos los gastos de esa carrera de bailarina que mi hija había emprendido contra mi voluntad. Ahora todo es diferente, me había anunciado él al empezar el curso, las clases son mucho más caras, y además yo tengo que hacerme cargo de todos los gastos diarios, la comida, los transportes, en fin, me parece justo… Me indigné tanto que le colgué el teléfono y decidí pagar sin rechistar. Desde aquel día, no había vuelto a pronunciar una palabra sobre ese tema.

—Bueno, cariño… —añadí después de una pausa suficiente, para facilitar la despedida—. Entonces…

—Oye, mamá—su voz era tan firme, encambio, que temí recibir las peores noticias de sus labios, pero mi hija, que era guapa, inteligente, trabajadora, y capaz de ser feliz de muchas mareras, todavía no estaba dispuesta a admitir que nunca llegaría a ser una bailarina genial. Me había preparado para esperar todo el tiempo que hiciera falta antes de consolarla por eso, pero los auténticos motivos de su preocupación me pillaron por sorpresa—. Dime la verdad… ¿Te has echado un novio?

—¿Yo…? —aquella pregunta me pareció tan extravagante que casi me echo a reír—. No. Claro que no. ¿Por qué dices eso?

—No, si a mí me parecería estupendo, en serio… Es que como últimamente no se te encuentra en casa.

—Porque estoy muy liada en la editorial.

—Ya, eso era lo que decía papá —parecía lamentarlo—. Hemos estado discutiendo, porque… Él dice que nunca podrás vivir con otro hombre.

—¿Qué? —si la potencia de mi voz hubiera dependido de mi voluntad, en aquel instante todo el universo se hubiera estremecido al mismo tiempo, bajo la fabulosa resonancia de una sola sílaba.

—Pues eso, que ya sabes, yo le quiero mucho pero como es tan creído… De todas formas, yo le

he dicho que no tiene razón, ¿eh?, no creas… Bueno, mami, ahora sí que me tengo que ir, es que voy a llegar tardísimo… Un beso muy fuerte. Te quiero. Adiós.

Me quedé paralizada, con el auricular en la mano, al borde del llanto sin saber ni siquiera por qué. Ya he pasado por esa angustia, tuve que recordarme, eso ya está superado. El tubo de plástico que un segundo antes habría querido pulverizar con mis propias uñas, descendió muy lentamente, obedeciendo al ritmo que marcaban mis labios cerrados, vivo muy bien, eso me decían, tengo mucha suerte, un trabajo que me gusta, una hija sana, no me duele nada… El primer timbrazo me desconcertó, el segundo atronó en mis oídos, el tercero me impuso una reacción automática.

—¿Sí?

—¿Ana Hernández Peña?—era una voz de hombre, y no la conocía.

—Sí, soy yo —para entonces ya estaba segura de que eran los de la lavadora.

—Soy Javier Álvarez. Me acabo de enterar de que le han cambiado el título a la obra, y…

—¿Qué obra? —pero antes de terminar la pregunta, ya me acordaba de todo.

—Pues la mía. Bueno, la que yo creía que era la mía, porque ahora ya no estoy tan seguro de querer firmarla. Fran Antúnez me ha contado que la idea ha sido suya, y quería felicitarla personalmente, desde luego, porque es como para entrar en el Guinness, vamos, yo no he visto nada igual en toda mi vida.,.

Estaba muy cabreado, y yo ni siquiera entendía por qué, así que me dispuse a aplacarle con cortesía, sin mucha convicción.

—Bueno, no sé si Fran le ha contado que Planeta saca una obra muy parecida un mes antes de que salea la nuestra, y por eso…

—¡Eso me da lo mismo, señorita! —ya chillaba directamente, y sus gritos me produjeron una inquietud imprecisa, como una extraña lástima, porque le había conocido de pasada un par de semanas antes, en la editorial, y me había parecido un hombre interesante, me había caído muy bien—. Existe una rama de la Geografía que se llama Geografía Humana, y por cierto, no tiene nada que ver con el contenido de este libro. Las montañas no son humanas, ¿sabe?, ni los ríos, ni las plataformas continentales, precisamente. Lo siento por usted, pero con ese título no vamos a hacer más que el ridículo…

—¡Mire! —yo también sabía gritar—. Usted sabrá mucho de Geografía, no se lo discuto, pero no tiene ni idea de cómo se hace un libro. ¿Sabe la cantidad de gente que ha trabajado ya en este proyecto? Fotógrafos, cartógrafos, redactores… ¿Se imagina cuánta gente se gana la vida con eso que usted llama «su–o–bra»? ¿Y la cantidad de horas que hemos gastado en discutir, en planificar, en mejorar el proyecto que le encargamos? No es culpa nuestra que nos hayan pisado el título. ¿Qué quiere, tirarlo todo por la ventana?

—¡Quiero un poco de rigor, señorita! —él contraatacó con tanta vehemencia que casi podía escuchar el crujido de sus venas tensas, hinchadas de sangre furiosa—. ¡Un poco de rigor, por Dios! Solamente eso.

—¡Pues busque usted un título que no esté registrado!

No le consentí decir nada más, y después de cortar la comunicación, descolgué el teléfono, para no recibir ninguna llamada más, de nadie. Si alguien me hubiera ofrecido no volver a hablar por teléfono jamás, en toda mi vida, habría firmado sin dudar.

Pero, a veces, las cosas cambian.

Por eso, cuando salió a la calle el último fascículo de aquel Atlas de Geografía Humana tan poco riguroso, no fui capaz de salir de casa sin marcar antes un número de teléfono que me sabía de memoria, para dejar un recado en un contestador, al que se accedía a través de otro contestador, que a su vez estaba precedido por un mensaje grabado en un tono extrañamente eufórico, buuuenas tardes!, de esos que se han puesto últimamente de moda en las instituciones públicas. Y eso que lo que dije fue apenas nada, hola, soy yo, que ya me voy. Tengo que acompañar a mi madre a

comprarse un bañador y luego ir a cenar con las de la editorial… He ido a la compra, la nevera está llena de cosas que te gustan y que se pueden comer frías, directamente del Tupperware al plato, aunque espero que encuentres algún otro motivo para echarme de menos. De nada. No creo que vuelva muy tarde. Te quiero. Un beso.

Porque, a veces, las cosas cambian.

Ya sé que parece imposible, que es increíble pero, a veces, pasa.

Estuve a punto de decir lo que estaba pensando pero recordé a tiempo la censura que había merecido mi sinceridad un par de meses antes, la última vez que salió el tema.

—¡Joder, Marisa! —me había cortado Ramón entonces, con un tono peculiar, como de indignación de poca monta—. ¿Pero hay alguna tía en el mundo que a ti te parezca que está buena?

—Claro que sí —contesté, tan ofendida como un niño al que acaban de pillar haciendo trampas.

—¿Cuál, a ver?

—Ava Gardner, por ejemplo.

Chascó la lengua, a medio camino entre la burla y la impaciencia, no demasiado lejos del desdén.

—No… —añadió después—. Yo digo alguna que esté viva.

Mientras estudiaba secretariado en la academia y luego, cuando empecé a trabajar, salía muchos sábados por la noche con mis amigas, más bien compañeras del colegio al principio, y después, conocidas de la editorial, casi siempre chicas solas, porque a ninguna mujer mínimamente sensata se le ocurre llevar a su novio cuando ha quedado con dos o tres semejantes para cenar algo antes de ir de copas a ver qué cae, no vaya a ser que lo que caiga sea precisamente su novio. Pero, según pasaban los años, los novios se iban convirtiendo en maridos nuevos, a estrenar en largos fines de semana de clausura, sábados perezosos de sábanas tenaces y mucha siesta, y domingos para cocinar a medias al volver del Rastro con un par de estanterías de pino corrientes, de esas tan baratas, y algún capricho antiguo, de ningún valor, que nunca se acierta a usar para nada. Luego, cuando todos los libros estaban ya ordenados, y no quedaba un solo rincón donde colocar una nueva mesita auxiliar, había que volver a cambiar todos los muebles de sitio para vaciar una habitación y pintarla de azul, o de rosa, o colocar una cenefa con ositos de colores en la zona superior de las paredes. Fase horizontal, fase decorativa, fase infantil, siempre igual y, mientras tanto, yo me iba acostumbrando a pasar en casa las noches de los sábados, sin presentir siquiera que, emboscada en el humor del tiempo, una nueva fase, la fase escéptica, o del cansancio, me iría devolviendo después, una por una, a muchas de mis amigas, repentinamente locas por abalanzarse sobre la ciudad nocturna con la voluntariosa confianza de los desesperados. Yo las seguía sin convicción, celebrando sin embargo cada minuto de su compañía, satisfecha al menos de haber logrado escapar del sofá donde mi abuela, mi tía y mi madre —luego mi tía y mi madre, y al final, sólo mi madre— se enfrentaban al programa de variedades de la primera cadena con la misma obcecada fiereza que se supone a un soldado demente mientras cruza en solitario el campo enemigo.

—Parece rubia teñida, ¿no?

—Claro. Y esos labios no son suyos, por supuesto…

—Ni el pecho, no hay más que verla.

—¡Qué tontos son los hombres, Dios mío!

—Y que lo digas… Pues anda, que esa de la derecha, la morena del pelo corto…

—¡Qué gorda! Yo, desde luego, con esos muslos no dejaría que me pusieran mallas.

—Y tiene la cintura muy alta, ¿no?

—¿Alta? La tiene en los sobacos…

—¡Hay que ver, de verdad, qué hombres más tontos!

—La del fondo… La del fondo sí que tiene delito.

—¿Cuál? ¡ Ah, sí, ésa tan tetona!

—Tetona es poco… Si está desproporcionada, mira, no puede andar derecha.

—Y luego, fíjate qué piernas, tan delgaditas… No pega. Y es bastante fea de cara, por cierto.

—Bueno, de cara ninguna es que sea muy guapa, precisamente.

—Es que van tan pintadas, todas iguales, y con pestañas postizas… Tienen pinta de maniquíes.

—¡Y que los hombres no se den cuenta de nada! Parece mentira.

—¡Qué horror! Y luego, esa de ahí, la del pelo rojo. Si tiene el culo caído, que se lo tape, ¿no?

—Mujer… ¿Y qué enseñaría entonces?

—Lo que pasa es que ya no hay mujeres guapas.

—¿Cómo las de nuestra época…? Ninguna.

—Desde luego que no. Grace Kelly, Ava Gardner, Rita Hayworth.

—Fíjate, cómo vas a comparar…

Yo las escuchaba en silencio, ahorrándoles mi opinión, que por otro lado no solicitaban, pero me hubiera gustado tener valor para recordarles que los hombres no serían tan tontos, porque a mi abuela se le fue la madurez en rezar novenas para que su hija encontrara un buen chico, y ningún bobo disponible se había atrevido a acercarse jamás a menos de medio metro de mi tía Piluca, que siempre había sido un bicho literal y figurado, y si mi abuelo Anselmo había cogido la puerta una buena mañana, y no había vuelto a asomar una punta del bigote por su casa en más de treinta años —mi abuela se enteró de su muerte cuando yo era todavía muy pequeña, gracias a una esquela publicada en el Faro de Vigo y enviada anónimamente desde Pontevedra—, sería que todos los trucos, todas las trampas, todas las zorrerías y todos los vicios de aquella degenerada con la que se enconó como un imbécil no le parecerían tan mal, vistas de cerca. El único hombre tonto que yo conocía era mi padre, que cargaba con todas ellas sin rechistar, y de vez en cuando hasta se atrevía a defender lo evidente, ¿pero cómo podéis decir esas cosas?, ¡si la rubia es monísima, no hay más que verla!, para asumir en solitario un oprobio que hasta entonces compartía con todos los hombres del mundo, tú sí que eres tonto, Anselmo, pero tonto perdido, hijo mío, es que no sé cómo puedes ser tan tonto…

En aquella época, al borde de los veinte años y todavía después, aunque lejos de los treinta, las miraba con distancia, sin atreverme a despreciarlas del todo pero sin comprenderlas en absoluto, consintiéndome incluso un ligero margen de compasión que se asentaba en la solidísima certeza de que yo nunca sería como ellas. Y no lo soy, de eso estoy segura, pero aquella mañana, durante el desayuno, llegué a dudar, después de tantos años, porque Ramón había ido al cine la noche anterior y estaba empeñado en contarme la película, una intriga criminal con mucho sexo de esas que se pusieron tan de moda hace algunos años, a pesar de que lo único que le había gustado, al parecer, era la protagonista, que está buenísima, pero buenísima, en serio, digan lo que digan, así concluyó, y yo le dije la verdad, que a mí no me parecía tan guapa, mona de cara, sí, pero corriente, y de cuerpo lo mismo, bien, pero nada del otro mundo, un poco demasiada bajita para ir de sex–symbol, ¿no…? Él meditó un par de segundos y me concedió casi una pizca de razón, pero sólo por el agravio comparativo que había aflorado entre mis argumentos, porque, sí, desde luego, afirmaba con esa cabeza suya de chico formalísimo y primero de la clase, para sex–symbol del fin de siglo hay candidatas mejor colocadas, y entonces pronunció dos nombres que yo rechacé instantáneamente, ¡oh, no!, ¿pero qué dices?, y mi horror era sincero, ésa parece un tío, en serio, tiene los hombros anchísimos y las piernas supermusculosas, no me gusta nada, tiene enorme hasta la cara y, si te fijas, siempre parece que está de mala leche… Y la otra, bueno, la otra, psh… Sí, está jamona pero tiene más o menos buen tipo, lo que pasa es que parece un cerdito, no me gusta nada de cara, yo… Entonces Ramón me cortó con aquello, ¡joder, Marisa!, ¿pero hay alguna tía en el mundo que a ti te parezca que está buena?

No comprendí muy bien lo que pasaba hasta que me encontré pronunciando el nombre de Ava Gardner, un clásico, fijo en la lista que mi tía Piluca esgrimía antes o después contra cualquier belleza no necesariamente televisiva, y entonces algo se vino abajo en mi interior, como si mi dignidad estuviera conectada en secreto con alguna víscera frágil, encolada con prisa y sin cuidado a las movedizas paredes de mi cuerpo. Y desde aquel día, no he vuelto a objetar detalle alguno a las bellezas celebradas en voz alta, porque me niego a asumir la herencia de aquellas pobres matronas cegadas por el rencor, pero, aunque los hombres todavía no me parecen tontos, sigo opinando para mí sola, y no consigo ser mucho más piadosa —mucho más realista, tal vez— de lo que, en sus

buenos tiempos, fueron mi madre o mi abuela. Estoy segura de que jamás seré como ellas, pero ya he dejado de esperar que el azar me trate mucho mejor y, quizás, no es más que eso, que toda la gente sin suerte termina pareciéndose. Esta es la más grave de todas las cosas que jamás me atreveré a decir en voz alta.

Cuando era pequeña coleccionaba sellos. Empecé con dos álbumes muy viejos, las tapas rajadas al borde del lomo, descubriendo una verdad de cartón vulgar, barato, de un color tan impreciso que apenas merecía el nombre de color, bajo la distinguida apariencia de la suave piel negra —de becerro, precisó mi madre al entregármelos— que los convirtió en mi tesoro más valioso. Dentro había más de un centenar de sellos muy antiguos, con el estampillado legible y los dientes enteros, dos requisitos imprescindibles para mi bisabuelo Tirso, el abuelo paterno de mi madre, que fue apaciblemente feliz con su mujer y murió de la misma manera, mientras dormía. Yo asumí sus condiciones para continuar la colección, y durante algunos años recorrí los soportales de la Plaza Mayor de domingo en domingo, de columna en columna y de puesto en puesto, con las manos llenas de catálogos cuyos datos habría podido recitar de memoria, pero que me prestaban el rentable aspecto de una tonta recién llegada, una incauta capaz de pagar un precio muy alto por un sello que, con suerte, podía llegar a valer hasta veinte veces el precio propuesto por el vendedor.

Llegué a conocer esa clase de felicidad, no muchas veces, pero todas memorables, el corazón botando contra las esquinas de mi pecho como una pelota de goma mientras me obligaba a volver la cabeza para disimular, improvisando incluso una mueca de desaliento casi auténtica al dudar en secreto de haber visto aquel exacto pedacito de papel, precisamente ése y no otro, un dibujo, un rótulo mínimo, dos o tres cifras que volvía a tropezarme allí, en efecto, cuando me atrevía a enfrentarme nuevamente al puesto, y entonces preguntaba por cualquier colección barata, seis o siete ejemplares de gran tamaño con motivos muy vistosos que solían proceder de algún emirato árabe o de la Unión Soviética, un brillante envoltorio de celofán por el que fingía interesarme durante algunos segundos antes de concentrar mi atención en otras ofertas igualmente llamativas y triviales, emisiones conmemorativas, caligrafías indescifrables, una pequeña multitud de pistas falsas, y al final, mientras sentía que, por un instante, todas mis venas se secaban a la vez, tomaba la pieza deseada entre los dedos, lanzaba hacia ninguna parte una pregunta casual y desganada, y vencía. Llegué a conocer esa clase de felicidad, pero luego, al llegar a casa, mientras contemplaba mi flamante conquista en el lugar que antes ocupaba el hueco más irritante, presentía que mi pasión se agotaría muy pronto, porque aquellos pequeños triunfos nunca llegaban a compensarme por la certeza de otras incipientes derrotas. Hay gente capaz de matar por un sello, pero yo nunca tuve tanta suerte.

A los veinticinco, más o menos, y estimulada por el ejemplo materno, empecé a hacerme mi propia ropa. Al principio, fue muy divertido, primero comprar las revistas y estudiarlas con cuidado para escoger los modelos más favorecedores, después elegir la tela, luego calcar el patrón, recortarlo, coserlo, y atreverse por fin a meter las tijeras en ese bulto informe del que acabaría saliendo un vestido de verdad al cabo de tantas horas. Nunca fui tan bien vestida y nunca he vuelto a gastar tan poco dinero en mí misma, pero una tarde, cuando llevaba una americana por la mitad, la miré con extrañeza, como si se hubiera convertido en una especie de amenaza, y decidí que no la iba a terminar. En ese preciso momento terminó la aventura de la ropa. Su sucesor, el aerobic, demostró desde el primer momento una ventaja y muchos inconvenientes. La primera se limitaba a mi forma física, que mejoró de una manera que podría calificarse como espectacular si no fuera porque, desde cualquier punto de vista, ese adjetivo me viene tan grande como un par de botas de la talla 56. Soy rubia natural, eso sí, y tiene gracia, rubia de verdad, no una de esas castañas claras con mucha mecha que de pequeñas se lavaban con manzanilla, sino una rubia auténtica, con el pelo bien amarillo desde el nacimiento hasta las puntas, lo mismo que la gorda de las hermanas Gilda, y tengo los ojos verdes, eso también es cierto, verdes como las manzanas ácidas, como las hojas de hiedra, como la menta, verdes pero mínimos, y tan alejados entre sí como los de un pez plano. A veces me digo que mi cara es una especie de broma, porque vivo rodeada de mujeres que se aclaran el pelo

hasta rozar la frontera de las canas, que se atiborran los párpados de pintura para resaltar el insignificante matiz verdoso que apenas ellas distinguen en sus vulgares iris castaños, que llegan a ponerse unas lentillas sin necesidad sólo por conseguir un efecto diferente, y yo, en cambio, me he pasado la vida deseando una cara corriente, redonda, y no como la silueta de una pera, lisa, y no salpicada de cráteres lunares, razonable, y no como un muestrario de rasgos de diferentes tamaños, boca grande, nariz pequeña, ojos imperceptibles, mandíbula anchísima, una cara de extraterrestre, la mía. El aerobic no pudo hacer nada por ella, aunque sí equilibró ligeramente los volúmenes de mi cuerpo, que ya en la adolescencia me demostró que prefería crecer de cintura para abajo y desentenderse para siempre de un torso perpetuamente infantil. Sin embargo, cuando comprendí que ni monitores ni aparatos lograrían jamás que la mitad de la masa de mi culo brotara sobre mi pecho bajo la forma de dos tetas indudables —ni siquiera grandes, simplemente tetas—, sucumbí a una rendición sin condiciones. El gimnasio me salía muy caro, el único horario compatible con mi jornada laboral era prácticamente nocturno y, además, aquellas extenuantes sesiones no me ayudaban a sobrellevar los fines de semana, esa periódica condena al tiempo libre que cada vez se parecía más a un verdadero cautiverio.

Las mañanas de los sábados eran condescendientes conmigo, aunque la enfermedad de mi madre me obligaba a saltar de la cama a la misma hora que cualquier otro día. Mamá, que nunca tuvo buen carácter, perdió de golpe sus escasos rasgos de humor cuando una subida incontrolada de glucosa dio como resultado una hemiplejía que paralizaría para siempre el lado izquierdo de su cuerpo de diabética desobediente y glotona. Desde entonces, fue tan inútil para sí misma como un bebé, y yo tan imprescindible para ella como una madre, pese a que este repentino cambio de papeles no alcanzó al orden moral de nuestra vida, y nunca llegué a desarrollar autoridad alguna sobre quien seguía mandando desde una silla de ruedas, sin resignarse jamás a que la más violenta represalia que su estado le consentía tomar, consistiese apenas en expulsar la última cucharada de sopa que yo hubiera logrado meterle en la boca. Los sábados por la mañana, al menos, disponía de tiempo para hacer las cosas bien, despacio, y mi paciencia se estiraba como una goma elástica mientras la depositaba en la silla de ruedas, aireaba su cama, la transportaba hasta el cuarto de baño, la lavaba, la peinaba y la vestía, para disfrutar después del primer auténtico desayuno de la semana. Luego salía a hacer la compra, organizaba la despensa, cocinaba para un par de días, y al fin, tras una escuetísima sobremesa, desembarcaba en el sofá del salón con dos almohadas y una manta de viaje y, hecha una ese, la misma que dibujan los niños cuando están muy cansados, me entregaba al placer de dormitar con un ojo cerrado y el otro abierto a veces, vigilando de lejos la suerte del pirata leal, alto y rubio que, antes o después, terminaba batiéndose a muerte con otro corsario, éste casi siempre moreno y tuerto, traidor, en las viejas películas a las que siempre acababa recurriendo alguna cadena. Pero, a media tarde, la programación cambiaba, y el silencio me devolvía a las intermitentes quejas de mi madre y a una única pregunta, Marisa, ¿estás ahí?, la invariable fórmula de una curiosidad tramposa, el lazo que tendía cada diez minutos para comprobar que no la había abandonado, como si alguna vez hubiera tenido motivos para pensar que yo fuera capaz de hacer algo así. Entonces empezaba a venirme abajo, y como me conocía, y conocía las secuelas de aquel silencio inmenso hasta en sus rítmicas interrupciones, me atrincheraba en un libro para escapar a una desolación que el domingo por la noche, cuando no me quedaba más remedio que dejar de leer para levantarme del sofá e ir a hacer la cena, me seguía esperando sobre las baldosas de la cocina, herida de muerte ya, pero viva todavía.

Cuando no saben de qué modo contestar a cualquier pregunta comprometida, los novelistas suelen decir que la vida es la única novela verdadera. Si tuvieran razón, que yo creo que no la tienen, a mí me habría tocado vivir dentro de uno de esos soporíferos experimentos que intentan demostrar que se puede escribir un libro en el que no pase nada, alrededor de un protagonista al que no le sucede nada, en una casa donde jamás ocurre nada. Hasta el autor más riguroso, más empeñado en ese estúpido propósito, se espantaría de aburrimiento si alguien le obligara a leer mi vida. Por eso, porque no se parece en nada a una novela, necesito los libros. Para que me anclen

precisamente a la vida.

Ellos han estado ahí desde siempre, al alcance de la adolescente con esperanzas, de la filatélica descreída, de la modista inconstante, de la gimnasta nocturna, libros inverosímiles, realistas, fantásticos, atroces, crónicas de una vida que no conoceré, la vida auténtica a la que he podido asomarme sólo desde sus páginas, un vértigo que pasa factura los domingos por la noche, cuando me doy cuenta de que he invertido otro fin de semana, un fin de semana más, con todas sus horas, en vivir una novela, otra novela, que no es la vida, no es mi vida. No tengo suerte. Como no la tuvo mi abuela, como no la tuvo mi tía Piluca, ni la tuvo mi madre, que llegó a poseer, sin embargo, muchas más cosas que yo. Pero jamás lo reconoceré en voz alta, y menos ahora, cuando he alcanzado una edad suficiente para que mis reclamaciones se precipiten por su propio peso más allá de la frontera del ridículo. Me ha tocado vivir en el mundo feliz que ha liquidado la decrepitud, las taras y la soledad, y por eso, no soy una solterona, sino una unidad familiar unipersonal. Las solteronas ya no existen, son solamente mujeres solas. Yo estoy mucho más que sola, pero tampoco me siento agraviada por el progreso porque, al menos, la informática acabó acudiendo en mi ayuda, tan tardía como eficaz. Cuando me asusto del tiempo que llevo leyendo, puedo levantarme y encender el ordenador, y viceversa. He llegado a pensar seriamente en el sexo virtual sin sentirme sucia y loca por dentro.

Cuando cumplí los treinta y cinco años, justo después de la muerte de mi madre, comenzó a repetirse el proceso que me había dejado sola a los veinte. Prefería no pensar mucho en ello, pero lo cierto es que todas mis amigas cansadas de estar casadas, todas aquellas mujeres hambrientas de soledad que juraban en cada esquina que nunca más, nadie más, a ningún precio, tantas imprevistas admiradoras de mi modo de vida y abanderadas de una fácil existencia de amores de una noche, se fueron recolocando tan lenta pero firmemente como la primera vez, cuando no decidieron convencerse a sí mismas de que, en el fondo, eran felicísimas con sus maridos, intentando convencer después, a quienes habíamos tenido paciencia para escuchar sus previos y desgarradores lamentos, de que su matrimonio jamás, pero lo que se dice jamás, había llegado a entrar en crisis.

—Mujer —solían empezar así, como si tuvieran algo que reprocharme—, una cosa es que el cuerpo te pida un rollete así, tonto, de vez en cuando, y otra cosa es dejar a tu marido, ¿no?

Yo, que nunca he tenido marido, contestaba que no, que vale, que no es lo mismo, pero recordaba, y olfateaba en su improvisada euforia el aroma a madera mojada, antes que quemada, que despedirían los restos de un viejo galeón de guerra que naufragara espontáneamente junto a la costa antes de alcanzar el mar abierto de la batalla. Y sin embargo, las aguantaba mucho mejor que a las otras, las que habían tenido el valor, y la oportunidad, de arrasar su pasado para empezar otra vez desde un lugar no tan cercano al cero, el escenario de una fase horizontal tan tensa y tan furiosa como un cable formidable, capaz de aguantar en vilo este planeta. Ya no creían tener por delante todo el tiempo del mundo, así que no podían correr el riesgo de equivocarse. Y no se equivocaban. Las veía en la editorial, andando por los pasillos, y a veces también fuera de allí, tomando un café, comiendo deprisa, esa cara de tontas enajenadas, la piel brillante y la boca siempre entreabierta en un pespunte de carcajadas breves, repentinas, para celebrar ciertos misteriosos detalles que jamás se permitían contar en voz alta. Lo que nunca dejaban de afirmar, sin embargo, hasta en los peores extremos de su estado de levitación, como si pretendieran sacarme definitivamente del último quicio, era lo de siempre, tú sí que vives bien, Marisa, su voz me llegaba desde muy arriba, andaban a palmo y medio del suelo, pero ni siquiera así callaban, sin aguantar a nadie, tu casa, tu rollo, tus cosas, ¡qué envidia, tía…! Curiosa pasión, la envidia. Verde y hedionda, e inevitable, pero aún más, imprescindible. Algunas veces, renunciar a la envidia significa asumir el estado mineral, la condición sin esperanza.

Yo las envidiaba porque no tenía más remedio que envidiarlas, porque los buenos amores, y hasta los malos, rejuvenecen, y ellas volvían a hablar de embarazos, y de pediatras, y de hipotecas, y se les llenaban los ojos de lágrimas mientras sus labios se precipitaban en una pirotécnica competición de insensateces, y te juro que nunca me había pasado nada así, y te prometo que éstos

son los mejores años de mi vida, pero no mentían, sus caras no consentían siquiera el consuelo de suponer que pudieran estar mintiendo, y nunca fueron más de dos a la vez, cinco o seis en total en los últimos años, y unas veces las conocía mejor, y otras peor, y a algunas hasta las quería de verdad, a Rosa la quería cuando volvió de Zurich, pero aquel mismo día dejé de aguantarla, porque Ignacio era un buen marido, guapo, tranquilo, gracioso a veces, y los niños estaban sanos, y eran muy monos, y hasta iban bien en el colegio, y ella tenía una vida cojonuda para pasarse los días suspirando y diciendo que quería flotar y, encima, había flotado, y por eso había decidido que no la iba a aguantar más, pero a Ramón no le podía contar ni la cuarta parte de todo esto, porque su amistad era la única que me importaba conservar, la única que estaba dispuesta a mantener a cualquier precio.

—Oye… —levantó la vista de la pantalla para mirarme, mientras su ordenador me traducía los disquetes de un redactor que, por algún motivo inexplicable aparte de las ganas de fastidiar, se negaba a entregar los textos en cualquiera de los dieciocho tratamientos que controlaba mi propio sistema—, ¿qué le ha pasado a Rosa? Está rarísima. Me la he encontrado esta mañana en la máquina del café, hecha una zombie. Se ha tirado media hora estudiando las teclas y luego ha sido incapaz de acertar con lo que quería. Al final, se ha tenido que tomar un chocolate. Le he preguntado si tenía sueño y me ha dicho, qué va, si yo te contara…

—Pues que te lo cuente ella —sólo pretendía ser escueta, pero mi respuesta sonó como un desafío, quizás porque mi lengua no tropezó con mis dientes en ninguna sílaba.

—¿Ha pasado algo? Dímelo, Marisa, en serio… —Ramón, que siempre ha sido muy cotilla, me estudiaba ahora con auténtico interés.

—En el trabajo no. Pero se ha–a enrollado con un tío, y está muy nerviosa.

—¿De verdad? —sonreía como si ninguna otra noticia hubiera podido producirle más placer—. Pero ella está muy casada, ¿no?

—Má–as bien cansada —maticé.

—Ya… Bueno, no me extraña mucho, con lo buena que está, deben salirle novios todos los días…

Fue entonces cuando renuncié a decir lo que estaba pensando, porque Ramón nunca estaría de acuerdo conmigo en que, por muy atractiva que llegara a resultar, Rosa era más una chica mona que otra cosa, y no quería volver a acordarme de la tía Piluca. Y aunque por un instante me sentí cobarde, no llegué a arrepentirme de mi falsa prudencia, porque si nos hubiéramos enredado en una discusión como la que nos había enfrentado un par de meses antes, quizás nunca habría llegado a contarme aquello.

—La verdad es que la entiendo muy bien, ¿sabes? Hace unos días, no sé, antesdeayer, creo, cuando sonó el despertador, Flora saltó de la cama con muchas prisas porque había quedado con su madre para llevarla al médico. Normalmente yo me levanto primero, pero aquel día me quedé acostado mientras la veía moverse por la habitación, subir la persiana, abrir el armario, coger la ropa… Había dormido con una camiseta muy grande, de esas que se pone para ir a la playa, y llevaba una cara de Mickey Mouse desteñida de rojo, enorme, justo encima de la tripa. No sé por qué, pero me di cuenta de que la estaba mirando como si fuera la mujer de otro, un animal del zoológico, un objeto que nunca me hubiera pertenecido porque tampoco, nunca, lo hubiera querido tener, y me iba diciendo, ¿esto va a ser la vida, coño? Ella cada vez más gorda, y yo aquí, mirándola…

—No se trata de ser feliz, supongo, no es exactamente eso…

Ramón empezó a hablar en el instante en que atravesamos la verja que aislaba la editorial del resto del mundo, y siguió hablando sin parar mientras caminábamos hacia ninguna parte en concreto, vamos a tomar una copa, me dijo cuando me lo encontré en el vestíbulo, vamos, acepté, y cruzamos Arturo Soria para embocar la calle Alcalá, y empezamos a descender por ella desde más allá del número quinientos, avanzando muy despacio.

—Nadie es nunca feliz, así, del todo, ¿no?, porque siempre tienes algún problema, casi todos los días hay alguna pega que resolver, o una decisión complicada que tomar, o se rompe algo en la cocina, o te suspenden a un niño, no sé, a mí por lo menos me pasa eso, así que no me quejo por no ser feliz, ni siquiera aspiro a tanto, pero me gustaría tener ganas de volver a casa por las tardes, fíjate que no es mucho, pero salgo de la editorial muerto, y a pesar de todo, no me apetece volver a casa, y eso es lo que me revienta… Y tampoco puedo echarle toda la culpa a Flora, aunque la tenga, porque ella siempre ha sido igual, siempre ha hecho las mismas cosas, lo que pasa es que yo antes tenía paciencia y ahora no tengo, antes la aguantaba y ahora no la aguanto, antes la justificaba y ahora no me sale de los cojones justificarla, no es más que eso, y que la conozco mejor, o peor, yo qué sé… ¿Sabes por qué me casé con Flora?

—Porque esta–aba embarazada —contesté sin pensarlo mucho, él mismo me lo había contado poco después de conocernos.

—No, ya… Me refería a otra cosa. ¿Sabes por qué me enrollé con ella?—negué con la cabeza—. ¡Pues porque ella quería, así de claro! Da pena, ¿no? Pero es que, hasta que ella quiso, no había querido ninguna. Yo siempre he sido muy mono, ya sabes, tan gordito, con las gafitas, empollón pero buen bebedor de cerveza, en fin… Tenía miles de amigas, las chicas me contaban a mí lo que no le contaban a nadie, era el mejor colega de toda la facultad, me inflaba a hacer trabajos de curso para todas las tías buenas que conocía, y nada, pero es que nada, no me comía un colín, hay que joderse. Y entonces conocí a Flora, que era amiga de una amiga de una compañera de especialidad que me gustaba tanto, pero tanto tanto, que hasta me ofrecía a ir a la farmacia a comprarle Neogynona porque a ella le daba vergüenza pedirla, fíjate si sería pardillo, yo, un imbécil, eso es lo que era, total, que apareció Flora y enseguida se las arregló para que yo me enterara de que se había quedado conmigo, y yo estaba más salido que un mandril, te lo juro, y ni me paré a pensarlo, ésa es la verdad… Ella tenía veintidós años, uno más que yo, y no estaba mal, por cierto, mona de cara y un poco regordeta, pero graciosa. La verdad es que hasta llegó a parecerme divertida de puro simple, porque todo la asombraba, todo era superior a sus fuerzas, todo le daba risa, o miedo, hasta chillaba en el cine y esas cosas. Me lo pasaba bien con ella, porque todo era nuevo para mí, besarla por la calle, andar abrazados, compartir las palomitas… Además, no me podía permitir el lujo de reconocer que la única tía del mundo que quería acostarse conmigo no fuera maravillosa, así que me lancé de cabeza, como te puedes imaginar… Ella no era virgen, pero yo sí. Las primeras veces que lo hicimos, estaba tan preocupado por que no se me notara que ni se me ocurrió preguntarle si estaba tomando algo. Se suponía que ella era la experta, y como no me dijo nada, pues… se quedó preñada. Y no te lo podrás creer, pero ni siquiera me vine abajo cuando me enteré. De repente, casarme me hacía hasta ilusión, hay que joderse, cómo somos los seres humanos. Me dio protectora, ¿sabes?, me sentía un hombre de verdad, responsable, consciente… ¡joder! Total, que cuando llevaba siete meses saliendo con la primera mujer que había conocido en mi vida, ¡zas!, hasta que la muerte nos separe… Y aquellos polvos trajeron estos lodos, desde luego.

Hizo una pausa para mirarme y comprobar la eficacia de su último chiste, y no le defraudé.

—No te rías porque no tiene gracia… En serio. Así empezó todo. Yo quería tener una casa propia, pero desde el primer día, todas las mañanas me recuerdan que el piso donde vivo, y cuyas letras pago religiosamente cada fin de mes, por cierto, en realidad es de mis suegros, que nos dieron la entrada, y no como mis padres, que sólo le hacen regalos a los niños. Eso con el desayuno, todos los días, sábados y domingos incluidos. Mi suegra nos llena la despensa de vez en cuando, nos regala lámparas, ceniceros, y cosas por el estilo, paga el inglés de sus nietos, y le compra un traje a su hija cada vez que vamos a una boda. Y no lo necesitamos, ¿sabes?, es decir, yo no lo necesito, la cuenta del banco no lo necesita, mi nómina no lo necesita, pero Flora sí. Flora depende vitalmente de ese dinero para triunfar en los dos únicos propósitos que dirigen su vida, el primero, humillarme a mí, y el segundo, y derivado del anterior, vivir como un pacha, que es lo que hace desde que nació. Al principio, siempre decía que se pondría a trabajar con sus padres, que tienen una fábrica de muebles, en cuanto Ramón, el mayor, fuera al colegio, pero antes de eso, se quedó embarazada

otra vez y tuvimos a Isabel, y bueno, todo tenía sentido, estaba bien. Pero cuando la niña empezó a ir a la guardería, a los dos años, entonces, como ya no tenía excusas, se dedicó a arremeter contra mí porque en el fondo se siente culpable, ¿entiendes? ¡Y a mí me da igual que no trabaje! ¡Te juro que me da igual! Pero que no me joda. Un día de éstos, le van a preguntar a mis hijos en el colegio qué es su padre, y van a contestar que un pobre hombre, porque eso es lo único que soy en mi casa, un pobre hombre, y todo porque mi mujer no se aclara… Si quiere ser ama de casa, que sea ama de casa, pero de las buenas, de las de verdad, y yo estaré encantado. Y si no, pues que se monte la vida como quiera, y todavía mejor, porque estará mucho más contenta, si a mí no me importa, en serio, a mí me encanta mi trabajo, tú lo sabes, y ahora gano mucho dinero, no lo cambiaría por nada del mundo, y no quiero putearla, de verdad que no, pero no aguanto más el mismo rollo, cállate porque si no fuera por mí no tendríamos esta casa, cállate porque si ganaras más podría venir la asistenta todos los días a plancharte las camisas, cállate porque mis padres ya nos dan mucho más de lo que me pagarían en cualquier empleo, cállate porque si te has creído que soy tu esclava estás muy equivocado, cállate porque no vas a conseguir que pierda mi dignidad, cállate porque bastante tengo con andar todo el día arriba y abajo con la casa y con los niños… ¡Coño! ¡Pues que salga de casa! ¡Si es la única mujer de este país que tiene un puesto de trabajo asegurado! ¿A mí qué me cuenta? Si va de maruja, que sea una maruja, y si no, pues que haga otra cosa, pero todo a la vez no puede ser, ¿no? Pues sí, resulta que sí, y ¿sabes porqué? Pues porque yo soy un pobre hombre, ni más ni menos. Y lo peor no es eso, claro…

Nunca le había visto así, ni siquiera cuando todos los ordenadores de la planta se confabulaban contra nosotros para colgarse a la vez, nunca, y ya conocía su capacidad para la pasión, la dirección de esos violentos aspavientos que subrayaban cada sílaba, la violencia de su sinceridad precipitándose en el horizonte como un arma arrojadiza, cuestión de carácter, sólo necesitaba un milisegundo para indignarse de corazón por cualquier cosa, igual que Ana, y ya le conocía, pero me sorprendió su color, tan lejos del rojo flamante de las banderas que iluminaban su cara otras veces. Ahora su piel parecía sucia, un trapo grisáceo y mal doblado, marrón donde antes se sonrosaba, mejillas tristes, moradas, una desesperación pequeña, pero no por eso menos desesperación, asomando entre sus dientes para coser una palabra con la siguiente, el acento descreído, cruel, de quien se ha prohibido a sí mismo calcular que las soluciones existan. Yo conocía esa voz, conocía su eco, pero jamás me habría atrevido a atribuir a Ramón ni la más trivial de sus resonancias, y por eso le escuchaba en un silencio absoluto, silencio de la voz y de las ideas, silencio de la memoria y del corazón. Nunca había estado tan cerca de él. Nunca tampoco, hasta entonces, su proximidad había llegado a inquietarme.

—Lo peor es que he terminado por cogerle manía, así de claro. Que me cae francamente gorda. ¿Te lo puedes creer? ¿Te puedes imaginar lo que significa meterse en la cama con una tía que, no es ya que no te guste, sino que ni siquiera te resulta simpática? Pues eso es lo que hice yo ayer, y lo que voy a hacer esta noche. Claro que, esta noche, cuando llegue el momento de meterse en la cama, ya me habré arrepentido de haberte contado todo esto, y me habré recordado que adoro a mis hijos y que en Biafra están mucho peor, yo qué sé, no sabes la cantidad de tonterías que llego a pensar cuando estoy mal, y hoy estoy muy mal, a lo mejor porque sé de sobra que yo nunca tendré los problemas de Rosa… No hay nada que hacer, ¿sabes?, no hay remedio. Estoy seguro de que no hay remedio. Flora no va a cambiar, a estas alturas, y yo tampoco, así que jamás tendré cojones para largarme de casa por mi propio pie, y desde fuera tampoco habrá nadie que tire de mí, porque, a ver… ¿qué tía va a enrollarse conmigo, tan gordito, con las gafitas, y este marronazo de puta madre a cuestas…? Pues ninguna, naturalmente. Así que esto es lo que hay. ¡Como no me caiga la breva de que…!

Su confesión se detuvo aquí en una pausa más larga que las anteriores. Después comprendí que había valorado con cierto cuidado los efectos que produciría el episodio que me contó a continuación. Y jamás habría podido sospechar la verdadera naturaleza de mi respuesta, porque su actuación no me pareció ingenua, ni ridícula, ni patética. Yo conocía muy bien el signo de aquella

infección, una enfermedad que cura, el desequilibrio que afirma la cuerda floja para que el equilibrista camine mejor, durante más tiempo. Apenas me sorprendió descubrir que el pobre recurso que a mí me permitía escapar de la soledad de vez en cuando, sirviera también para crear soledad cuando era imprescindible.

—No te lo vas a creer, seguro que no, pero hace un par de semanas, el viernes, creo, llegué a casa pronto, como a las seis y media más o menos, y nada más abrir la puerta noté que pasaba algo raro. Antes de cerrar, ya me había dado cuenta de lo que era, silencio, paz, una calma absoluta, ni la televisión estaba encendida, ni los niños chillando, ni se escuchaban carreras por el pasillo, ni Flora hablaba por teléfono, nada. No lo entendía, así que me quedé un par de minutos en el recibidor, de pie, con la cartera en la mano, al acecho de la menor forma de vida, y como no vino nadie, dije hola en voz alta. Nada. Les llamé a todos por sus nombres, a grito pelado, y no me contestaron. Era rarísimo, porque a mi mujer no le gusta salir de casa después de que los niños vuelvan del colegio, y cuando tiene algo que hacer, me lo dice para que me quede con ellos, y aquel día no me había avisado de nada, más bien al revés. Yo era el que creía que iba a llegar tarde, porque tenía una reunión con los de Grandes Obras que se desconvocó en el último minuto, así que no me esperaban. Eso fue lo que me mosqueó, que no me esperaban, y entonces, de repente, se me disparó la cabeza. Me acerqué muy despacio a la cocina repitiéndome que no, que ni hablar, que era imposible, y allí estaba, pegada a la nevera con un imán de Danone, una nota tan larga que parecía una carta, con la firma de Flora y todo, debajo… Debería haberla leído allí mismo, pero la cabeza se me había disparado y ya no podía recuperarla, y era demasiado bonito para resistirse, Querido Ramón, leí con la imaginación, perdóname, pero no puedo seguir viviendo contigo ni un solo día más porque estoy enamorada de otro hombre… Total, que no me atreví a leer la nota de la nevera, ¿te lo puedes creer?, no la leí. Me fui derecho al salón, me puse una copa, me descalcé y, tirado en el sofá, bebiendo a sorbitos, me dediqué a imaginar quién sería él, ese benefactor de la Humanidad que iba a cargar con Flora en lo sucesivo… Después, me dediqué a ordenar las estanterías con mucho método. Aparté todos los objetos, jarritas, bandejitas, muñequitos, que Flora posee por centenares, y desnudé todas las mesas de esos tapetitos de ganchillo que siempre me han destrozado los nervios. Ella querrá llevárselos, me iba diciendo mientras los recogía, muy comprensivo, y tendremos que arreglar lo de los niños, porque yo no estoy dispuesto a renunciar a mis hijos, ni hablar, claro que para eso hay tiempo… Luego puse música, y hasta bailé solo, mientras cambiaba los muebles de sitio, es increíble… Hacía mucho tiempo que no me sentía tan bien, y esto no es nada comparado con lo que te espera, me prometí a mí mismo, adjudicándome una vida cojonuda, yo solo, en aquella casa, mis máquinas, mis libros, mi Telepizza… ¡Uf!

—Y entonces llegó Flora —me atreví a terminar el discurso por él, con una sonrisa.

—¡No! Qué va… Eso fue lo peor, que tardó casi dos horas más en aparecer. Cuando escuché la llave, iba ya por el cuarto whisky y estaba definitivamente borracho. Y no hizo una entrada discreta, no creas, nada de eso. Isabel se le había quedado dormida en brazos, y chilló como un cerdo a medio degollar hasta que me levanté y fui a por ella… Venían del cine, fíjate qué cosa más idiota. La nota decía que mi suegro y mi suegra habían tenido una bronca porque la noche anterior, revisando un apunte que acababa de enviarles el banco, él se encontró con un talón sin justificar que no había cobrado…, no sé, menos de quince mil pesetas, creo, una mierda… Había acusado a su mujer de gastarse el dinero por su cuenta, y ella, que estaba hundida, había pillado la cartelera, había visto que reponían su película favorita en unos multicines que están a tomar por culo, en Aluche o por ahí, y había llamado para invitarnos a todos a ver La dama y el vagabundo, ya ves tú, qué represalia. Por lo visto, Flora había llamado a la editorial para avisarme, pero a mi secretaria se le olvidó decírmelo. Así que de la peli me libré, pero de lo demás no hay quien me libre… Tengo mujer para rato.

Habíamos dejado atrás la plaza de toros y acabábamos de cruzar Manuel Becerra con pasos medidos, casi cansados, cuando Ramón se paró de repente.

—¿Nos quedamos aquí? —preguntó, y a mí ya se me había olvidado que el objetivo teórico de

nuestra caminata era tomar una copa en alguna parte, pero le dije que sí, porque por un lado, estaba cansada de andar, y por otro, presentía que un par de cubatas iban a sentarme estupendamente.

Entramos en un local bastante oscuro y de perfiles equívocos, un ejemplar típico de las zonas menos lucidas —como aquélla— de los barrios de ricos —como aquél—, a medio camino entre un clásico bar de tapas, la barra que encontramos junto a la puerta, y el pobre intento de semipub inglés que se concentraba en las mesas del fondo, donde nos sentamos. Cuando ya me había tragado media docena de cacahuetes salados, supuse que, por fin, me tocaba decir algo.

—Es curioso, ¿sa–abes, Ramón?, porque yo vivo sola, y mis problemas son ca–asi exactamente opuestos a los tuyos, y sin embargo, te comprendo muy bien, en serio…

—Claro —no llegó a mirarme, pero me daba la razón con la cabeza—, porque somos el mismo tipo de gente… No te ofendas, porque me pongo yo por delante, pero lo he pensado muchas veces. Tú y yo nos llevamos tan bien porque los dos somos pequeños, insignificantes, el tipo de gente a la que jamás le toca la lotería, ninguna lotería… No quiero ponerme fatalista, pero algunos días no puedo alejar la sospecha de que el destino existe, y nos somete. O a lo mejor, nos falta un don especial, que es el que permite que seamos felices… ¿Tú te has dado cuenta de lo poco que necesitan algunos para ser felices? Cosas que nosotros tenemos, un trabajo, un sueldo, una casa…

—Siempre se necesita lo que no se tiene.

—Sí, eso es verdad. Pero también es verdad que hay gente dotada para ser más feliz que otra, gente que aspira a auténticas tonterías, y cuando las consigue, porque son fáciles de conseguir, se pone como loca…

—Rosa siempre dice eso. Que a–algunas mujeres sueñan con tener armarios empotrados, o una cocina nueva, o un hijo con ca–arrera, y que le gustaría ser como ellas…

—Y tiene razón. A mí también me gustaría… ¿Sabes lo que más miedo me da de todo esto? — negué con la cabeza—. Pues a veces… No sé…, me veo a mí mismo dentro de unos años, después de los cuarenta, yendo sistemáticamente de putas todos los viernes, por ejemplo, o follando con una secretaria que ni siquiera estará buena del todo, en un apartamento alquilado a espaldas de Flora, y jurando entre polvo y polvo que voy a separarme de mi mujer pero ya, enseguida, el mes que viene, y jurando en falso, claro… Y me pregunto qué habrá pasado conmigo, con el joven revolucionario que fui, con la vida justa que perseguí, con los atroces deseos de enamorarme de una mujer admirable que me han traído hasta donde estoy, eso me pregunto, y me contesto que no ha pasado nada en realidad, sólo la vida, y después me da mucha pena de mí mismo, pero eso es lo que me espera.

—N–no —intervine, tan indignada por su repentina mansedumbre que hasta se me olvidó la mía—. ¿Por qué?

—Porque soy un hombre insignificante, Marisa —levantó la cabeza para mirarme y creí notar un barniz líquido en sus ojos—, un pobre hombre, y no tengo suerte, los hombres como yo no tienen suerte y acaban pagando por follar, y punto.

—Eso n–no es verdad. Eres un hombre muy inteligente, muy brilla–ante en tu trabajo, eres encantador, divertido, leal… Hay mucha gente que te quiere.

—Sí —sonrió—. Eso no lo niego. Pero es igual que en la facultad, ¿te acuerdas? Muy mono, tan gordito, con las gafitas, muy listo… ¿Y qué? —no supe qué responderle, él se conocía mejor que yo—. Sin embargo, en una cosa tienes razón… Vamos, tómate otra copa y te abriré el rincón más podrido de mi alma.

Mi curiosidad, contaminada ya de sentimientos muy distintos, no tuvo que prolongarse más allá de la breve visita del camarero.

—La verdad es que a veces he pensado que la verdadera putada es haber llegado a esta edad en estas circunstancias. Sé que es muy mezquino decir esto, como muy miserable, lo sé, pero si yo hubiera aguantado soltero diez años más, pongamos, o hasta menos, hasta los treinta por ejemplo… Pues ahora seria un pedazo de partido, ésa es la verdad, porque las tías, en serio, Marisa, es que las tías sois la hostia… Quiero decir que yo siempre me he relacionado con mujeres que estaban en mis

mismas condiciones, la misma edad, una trayectoria parecida, todo eso. Y ahí nunca he tenido nada que hacer, porque no podía competir con ninguno de los hombres que estaban a mi alrededor, pero si yo ahora estuviera soltero… Hay un montón de tías de veinte años dispuestas a perdonar cualquier talla especial, cualquier perímetro de barriga, cualquier mogollón de dioptrías, por una nómina como la mía, ésa es la verdad, lo siento mucho. Y serán despreciables, no te digo que no, pero también son manejables. Y cómodas. Y hacen lo que uno dice. Y están buenísimas.

—Eso es a–asqueroso… —protesté, sin demasiada convicción, tal vez simplemente porque supuse que me tocaba protestar, aunque sabía de sobra, y desde mucho antes de aquella tarde, que Flora era un pedazo de bruja, una arpía capaz de machacar a su marido hasta disolver, de puro exiguo, el último vestigio de su persona.

—¿Y qué? —él, en cambio, parecía dispuesto a combatir—. ¿Es que mi vida no es asquerosa? Estoy hasta los cojones de alistarme en todas las guerras, Marisa… ¿Que una tía de veinte años sólo me querría por mi dinero? Pues mira, ya habría salido ganando, porque Flora no me quiere ni siquiera por eso. ¿Que me estaría vendiendo y perdería mi dignidad? Muy bien, pero por lo menos cobraría algo a cambio, porque lo que es ahora, no me dan ni las gracias, ¿sabes? Lo que pasa es que lo he hecho todo mal, pero es que todo, muy mal, fatal. Y voy a seguir pagando plazos hasta el día que me muera, eso es lo que hay, y que mi hija se acabará llamando Maribel, ya lo verás…

Celebré con una carcajada la enésima versión de aquella profecía en la que Ramón solía resumir su peor estado de ánimo, quizás porque el compromiso de no abreviar nunca el hermoso nombre de su hija Isabel fue la primera promesa que Flora traicionó, tan precoz como insensiblemente. Luego me pregunté qué pasaría a continuación. Llevaba cerca de media hora invirtiendo menos de la mitad de mi atención en aquel monólogo, mientras me dedicaba en silencio, y con mucho más interés, a descifrar el verdadero sentido de aquel mensaje, el propósito real de una inaudita explosión de sinceridad que no parecía justificarse en sí misma. No me había atrevido a llegar a ninguna conclusión cuando Ramón levantó el brazo para pedir la cuenta, y aunque me apresuré a iniciar el reglamentario trámite de protesta, no me dejó terminar.

—Ni hablar —dijo, poniendo un billete en la mano del camarero—, yo te invito. Pues no faltaría más, encima de que llevas toda la tarde aguantándome…

En ese momento anticipé con una meticulosa precisión el final de aquel episodio, y antes de que Ramón se levantara, ya sabía que lo haría, y que yo le seguiría hasta la puerta, y que allí nos separaríamos con dos besos y algún otro gesto cariñoso y capaz de garantizar mi lealtad, la de quienes están dispuestos a ser parciales por encima de todo. Le vi marcharse en un taxi, y aunque estaba todavía muy lejos de casa —Santísima Trinidad, entre Viriato y García de Paredes—, decidí seguir andando. Una hora larga después, cuando por fin pude descalzarme y tirarme en el sofá, todavía no era capaz de precisar cómo me sentía, aunque tenía frío por dentro. Si los sentimientos pudieran expresarse en grados térmicos, el clima de mi cuerpo habría sucumbido a un súbito e inexplicable enfriamiento, una repentina era glacial sin otro nombre específico, que no podía resumirse en despecho, ni en decepción, ni en sorpresa, ni en ridículo. A lo largo del discurso de Ramón, algunos fragmentos concretos me habían sugerido que tal vez, después de todo, sólo estuviera creando una situación propicia para terminar metiéndose en mi cama, y al principio ni yo misma me lo podía creer. Luego, forzándome a considerar lo asombroso, no había sido capaz de decidirme entre la certeza de que todo resultaría un desastre, y la pura y simple tentación de follar, que se agigantaba por minutos. Al final, cuando comprendí que podría haberme ahorrado todos mis cálculos, no sentí ni alivio ni decepción, sólo frío, el odioso tacto de un moho helado que me recubría por entero. Yo le debía a Ramón uno de los progresos más importantes de mi vida, y él me debía a mí muchas horas de trabajo desesperado, un montón de gritos de aliento y hasta un par de intuiciones geniales. Nos habíamos elegido mutuamente, y nos compenetrábamos tan bien que las máquinas debían de pensar que éramos una sola persona con dos cuerpos. Y nos queríamos mucho. Tal vez, él fuera la persona que más me quería en aquel momento, y yo también le quería a él, pero jamás me había parado a pensar en Ramón como posible amante. No me gustaba nada y no me

habría gustado acostarme con él, por eso nunca habría aceptado ninguna de sus ofertas, pero había cogido un taxi y se había largado sin llegar a saberlo.

No me había dado la oportunidad de rechazarle con la sonrisa cómplice de una hermana íntima, y la sangre se me había congelado en aquel trance.

El vestido era rojo, y me tropecé con él aquella misma tarde, casi por azar. No tenía ganas de mirar escaparates, pero aquél estaba en una esquina y me asaltó sin pedir permiso. Entonces, plantada en una acera de la calle Goya, empecé a pensármelo. Me había prometido a mí misma muchas veces no volver a las andadas, pero la imagen de Ramón, bailando solo mientras celebraba que le hubieran abandonado para siempre, se negaba a salir de mi memoria, y pasaban los días, y las semanas, pero mi cuerpo no acababa de recuperar el calor. Casi dos meses después me atreví por fin a entrar en aquella tienda y lo encontré en el mismo sitio, como si llevara toda la vida esperándome. Cuando por fin me atreví a salir a la calle con él, ya había reunido todos los complementos necesarios para sacarle el máximo partido, zapatos negros de salón, bolso a juego, un prendedor de raso rojo para el pelo, un nuevo nombre, un marido inventado, unos hijos encantadores, y hasta una muchacha interna, toda una estupenda historia personal que contar a la primera persona que se acercara a la barra del bar donde pedí el primer whisky de la noche.

Sólo se me olvidaron las agujetas. Una semana antes, cuando anuncié a bombo y platillo que había vuelto a apuntarme en el gimnasio, salí de casa con el equipo completo, malla, sudadera, calentadores, zapatillas blancas con una goma encima del empeine y hasta dos pares de calcetines limpios, todo dentro de un saco de lona que vacié meticulosamente en el cesto de la ropa sucia a la mañana siguiente, mientras terminaba de contarle a Martín cómo había ido la cena. Pero las agujetas se me olvidaron. No acerté a quejarme del menor dolor muscular ni una sola vez en toda la semana, y él se dio cuenta, y me felicitó el jueves siguiente, cuando le avisé de que llegaría tarde, qué bien, ¿no?, parece que estás en forma… Me sentó tan mal haberle mentido desde el principio, me sentí tan tonta por no saber qué decir, que en aquel momento ni siquiera se me ocurrió que su comentario pudiera envolver una segunda intención. Eso empecé a sospecharlo luego, en el trabajo, y aunque en teoría, esa misteriosa teoría que nunca he terminado de comprender muy bien, debería haber celebrado la hipótesis de que Martín sospechara algo turbio en las tardes de mis jueves, en la práctica me vine abajo. Creo que ella lo adivinó apenas me tuvo delante, pero no me dijo nada. Salí del paso largándole el discurso más sofisticado e intimidatorio que pude improvisar, un recurso de distracción que llegué a explotar, semana a semana, hasta su agotamiento, aunque me daba cuenta de que arrastrarme hasta allí cada jueves para enhebrar una docena de obviedades ante una desconocida a la que mi vida le traía básicamente sin cuidado resultaba un método espléndido para hacerme sentir todavía más tonta. Evitaba pensar en aquellas sesiones desde el mismo momento en que salía por la puerta hasta el preciso instante en que la atravesaba de nuevo pero, de todas formas, llegó un día en el que creí haber traspasado ya la primera frontera de la imbecilidad, y me obligué a calcular fríamente antes de adoptar una solución definitiva. Abandonar el análisis en este estado no me reportará ningún beneficio, me dije, así que lo más sensato será tomárselo en serio. Y sin embargo, después de admitirlo, no fui capaz de encontrar una fórmula eficaz para empezar. Quizás ella también lo adivinó esta vez, o quizás, simplemente, mi silencio llegó a pesar en el aire.

—Bueno —dijo, cuando encendí el segundo pitillo consecutivo, después de cinco minutos largos de silencio, los ojos bajos, fijos en la alfombra—, ¿no tiene ganas de hablar?

—No —contesté—. La verdad es que no muchas…

Dejó pasar algunos segundos antes de insistir en un acento ambiguo, dulce pero firme, o tal vez al contrario, más tranquilizador que estimulante en cualquier caso.

—Ya sé que no le gusta que le haga preguntas muy concretas, pero podría sugerirle por dónde empezar.

Medité rápidamente aquella oferta. No tenía ganas de hablar, pero sí un poco de curiosidad por su elección, el hilo que escogería para tirarme de la lengua.

—Está bien —accedí al final—. Reparta cartas.

—Hábleme de usted en la universidad.

—¿Por qué?—había logrado sorprenderme de verdad.

—El día que nos conocimos, me dijo que aquellos años se le escapaban.

Vino aquella mañana con una camisa roja y el mejor aire de agitador que yo haya visto jamás… Llegué a construir esta frase en mi cabeza, pero mis labios no se decidieron a pronunciarla. No estaba muy segura de querer hablar de aquella época, por más que encerrara el origen de algunas de las mejores cosas de mi vida. Por eso elegí la entrada más oblicua para regresar a aquel tramo del pasado.

—Estudié Letras, por supuesto, concretamente Filosofía. Suponía que todo el mundo esperaba que escogiera algo así, y eso hice, más o menos… Ya sé que no parece una declaración muy inteligente, pero es la verdad. Cuando empecé el bachiller superior, en casa dieron por sentado que

haría Letras. Las Ciencias también me gustaban, sobre todo las Naturales, aunque en Matemáticas me perdía un poco. Recuerdo aquella época como una inmensa confusión. Fui una estudiante discreta, ¿sabe?, o a lo mejor sería más justo decir que fui buena, pero nunca brillante, no sé si me entiende… Yo aprobaba, pero muchas veces no acababa de adivinar por qué, no tenía conciencia de poseer de verdad los conocimientos… la capacidad que mis notas garantizaban. Y cuando suspendía, tampoco comprendía muy bien qué había pasado. El dibujo era una tortura para mí. Creo que sólo por perderlo de vista me afilié al criterio de mi madre, que repetía a cada paso que Filosofía y Letras era una carrera estupenda para una chica. De pequeña era muy dócil, me temo que la docilidad es un rasgo innato en mi carácter. He tenido que aprender a combatirla sin piedad, porque sé que existen pocos genes más peligrosos…

Hice una pausa para mirarla pero, de puro inexpresivo, su rostro permaneció esta vez tan mudo como si hubiera decidido negárselo a mis ojos, y me arriesgué a ser conscientemente sincera, por primera vez.

—Mi madre cambió de religión, cambió de ideología, y hasta de piel, para convertirse en la mujer de mi padre y adorarle sólo a él. Hasta donde yo recuerdo, su docilidad se asomaba al mismísimo borde de la tontería, pero si me hubiera atrevido a decir esto alguna vez en voz alta, nadie habría estado de acuerdo conmigo. Para los demás, mi padre el primero, mi madre ha sido siempre una diosa. Bella, perfecta, misteriosa… Admirable como una estatua. Y silenciosa como el mármol, también, porque no solía opinar en público. Supongo que no tendría gran cosa que decir pero, no sé por qué, la gente interpretaba su permanente ausencia como una muestra más de su ilimitada capacidad de seducción, otra contraseña de un carácter fascinante. No se equivocaba nunca, claro, nunca fallaba, porque sólo intervenía en el preciso segmento de las conversaciones donde su ingenio podía brillar sin ningún riesgo. Estaba específicamente dotada para ironizar acerca de los demás, interpretar maliciosamente cualquier comentario, sugerir el mejor mote, hacer juegos de palabras… Todavía es su gran especialidad. Los dioses, ya se sabe, son crueles, nadie debe reprocharles su naturaleza. Y en definitiva, este rasgo de brillantez estaba al servicio de mi padre tanto al menos como la elegancia de su vestuario o la impecable organización de las fiestas al aire libre que celebraban en verano, en la casa de la playa. Él la había fabricado, y ella parecía feliz en aquel vestido que no acababa de ceñirla del todo, o por lo menos, eso pensaba yo, porque yo conocía también en ella misma a otra mujer que seguramente ninguno de sus adoradores se habría atrevido a sospechar que existiera. Hasta que la decepcioné, y perdió cierta clase de interés en mí para ganar a la vez un determinado tipo de confianza, mi madre me inculcó una educación muy parecida a la que había recibido de su propia madre, una rigidez que no aplicó ni remotamente a mis hermanos varones, aunque ellos también tuvieron ocasiones suficientes para reconocer la silueta del embudo que gobernaba nuestras vidas…

Me detuve un instante, como si necesitara esforzarme para recuperar el eco de aquel discurso, algo así como la banda sonora de mi infancia, acabarás pareciéndote a mí, ya lo verás, no te preocupes por tu nariz, pero ¿qué dices?, si tus piernas no van a ser siempre así de huesudas, un buen día empezarás a cambiar y en seis meses no te reconocerás a ti misma, en serio, ya lo verás… Eso decía ella, pero yo no acababa de ver nada, y a los doce años parecía un ave zancuda, y a los trece igual, y a los catorce por fin engordé un poco pero la silueta de mis piernas no mejoró, y yo la miraba, la admiraba, como todos, tan equilibrada, tan hermosa, tan redonda donde tenía que ser redonda, tan estrecha donde tenía que ser estrecha, los huesos y la carne alternándose sobre su cuerpo en la proporción más feliz, cifras de una armonía casi musical, melodiosamente despiadada. Yo quería ser como ella, necesitaba ser como ella para entrar en sus cálculos, para llegar hasta la línea que había trazado en mi vida, para complacerla, la había escuchado muchas veces y conocía sus planes, el fracasado proyecto de mi inminente divinización. Yo había nacido para asegurar su memoria, para ascender a su trono, para aligerar sus hombros poco a poco del peso de tanta belleza, pero Naturaleza no dio de sí, y todas sus profecías naufragaron. Entonces comprendió que yo nunca sería competencia para ella, y esa certeza debió de endulzar el mal gusto de la derrota. Nunca volvió

a ocuparse de mí como antes.

—A mi madre le molestaba mucho que su única hija fuera fea, sobre todo porque los varones habían salido muy guapos. Ella había calculado más bien lo contrario y nunca ha sido buena perdedora, así que, después de resignarse a brillar en solitario, me dejó bastante tranquila, ésa es la verdad. Se lo agradecí mucho, no crea, pero mi gratitud habría llegado mucho más lejos si no hubiera tenido la impresión de que, en ciertas ocasiones, mi presencia llegaba incluso a desagradarla… —me advertí a mí misma que seguramente no me iba a gustar la cara, una mueca que sospeché más recelosa que escéptica, con la que una inter–locutora tan discreta recibiría sin duda este último comentario, y me anticipé a cualquier reacción sin pararme a comprobar el grado de acierto de mis conjeturas—. No, no me mire así, por favor, no me he vuelto más loca de repente, se lo digo en serio. Lo que quiero decir es… —marqué una pausa destinada a encontrar algún argumento contundente, mientras comprobaba que su rostro seguía siendo tan monótono como el más asiático de los desiertos—. Por ejemplo, a mi madre no le gustaba que yo interviniera en su vida social. Fiestas, cócteles, ¿comprende? Ella interpretaba mi físico como un defecto suyo, y no estaba acostumbrada a que nadie le señalara un defecto. A las bodas no le quedaba más remedio que llevarme, pero en general evitaba exhibirme, yo creo que hasta prefería que no nos vieran juntas… Hablo en presente porque todas estas cosas las he comprendido muchos años después de que ocurrieran, cuando era ya una mujer hecha y derecha. En aquella época, sólo me daba cuenta de algunos detalles sueltos, como que tardaba muchísimo menos tiempo que antes en comprarme ropa, o que de repente me resultaba muy fácil conseguir permiso para irme a dormir a casa de una amiga cuando venía gente a cenar, y creía que todo esto no eran más que ventajas de la edad, que me estaba haciendo mayor y mi familia lo reconocía, simplemente, no sé, en aquella época yo no entendía nada, nunca entendía nada, de ninguna cosa, la perplejidad era mi estado natural, me sentía como si el azar gobernara completamente mi vida, como si cada alabanza y cada castigo fueran fruto de un sorteo en el que todo el mundo llevara papeletas, todo el mundo menos yo, así que cuando venía algo bueno, lo cogía y no me hacía preguntas. Total, nunca era capaz de contestármelas…

Me atreví a mirarla de frente, por fin, y no me pareció más, ni menos relajada que antes. Seguramente, ella adora a su madre, me dije, y por eso disimula… Llevaba tantos años pensando en mí como en un pequeño monstruo insensible y desagradecido, que casi me ofendió que encajara mi abominable confesión con la indiferencia habitual. Jamás me había atrevido a contarle a nadie, aparte de Martín, que mi madre había dejado de quererme por ser fea, semejante fracaso. Daba por descontado que nadie lo creería, que cualquier persona normal se pondría automáticamente del lado de mi madre, y en contra mía. La analista, en cambio, se había mantenido estrictamente neutral, y eso, teniendo en cuenta la universal convención sobre la santa infalibilidad de las madres, la ponía casi de mi parte. Lo más gracioso es que era precisamente ese detalle lo que me molestaba, tanto como si a la salida fueran a entregarme un certificado por haber vivido más de veinte años sintiéndome culpable sin necesidad.

—No importa —continué, como si esa simple frase fuera capaz de disolver cualquier confusión—. No me habría gustado ser la segunda edición de mi madre ni siquiera si hubiera valido para eso. El caso es que ella perdió interés y eso nos acercó, más que separarnos, porque acortó la diferencia entre la vida que teóricamente me correspondía y la educación que recibía en la práctica. Supongo que no me estoy explicando muy bien, pero es difícil… Verá, la imagen del mundo que yo manejaba cuando era una niña se puede comparar, más o menos, con un juego de muñecas rusas. La más grande representaba al exterior, España, Madrid, la dictadura, un país gris, duro, injusto, que había hecho sufrir a los nuestros y que nos amenazaba con asfixiar el porvenir. Luego, hacia dentro, existía otra realidad exterior mucho más restringida y muy distinta, otra España, otro Madrid, el Partido, el colegio, los amigos de mis padres, risas, lágrimas, desesperanza, diversión y juegos de palabras, conversaciones fabricadas con conceptos como resistencia, oposición, clandestinidad, y desde luego, progreso, justicia, futuro, siempre futuro. Dentro de esta muñeca cabía otra muy

parecida, un nivel sin embargo privado, interior, mi propia casa, una ciudad de colores en la que cada uno podía decir lo que quisiera, y leer lo que quisiera, y creer en lo que quisiera, como náufragos felices y bien alimentados en una isla propulsada en la dirección correcta por algún motor oculto. Y hasta aquí todo va bien, todo es lógico, razonable, hasta envidiable si se compara con lo que era habitual en otras casas, en otras vidas de chicas de mi edad, eso lo reconozco, pero el problema es que existía una cuarta muñeca, ¿sabe?, una muñeca íntima, pequeña y secreta, la mascota de una mujer que no se acababa de creer la vida que llevaba, las cosas que decía, las ideas que defendía. Mi madre no me enseñó a rezar por las noches, pero me obligaba a meterme en la cama con el pijama completo en pleno agosto, y a dormir la siesta aunque no tuviera sueño, y a comer repollo aguantándome las arcadas, y su jurisdicción desbordaba los códigos de una disciplina saludable para adentrarse en terrenos más turbios, pantanos definitivamente tenebrosos, incluso… Es sólo curiosidad, solía disculparse antes de atacar, y así acababa controlando a las familias de nuestros amigos del colegio, sabía a qué se dedicaban sus padres, cuántas casas tenían y todo eso… Jamás me dio una carta sin mirar antes el remite, y no toleraba que echara el pestillo cuando estaba sola en mi cuarto, ya sabe… En casa celebrábamos el primero de mayo, aunque no fuera fiesta, con una comida especial y brindis en los postres, pero las muchachas, y teníamos dos, miraban a mi madre con ojos humillados, enturbiados por unas gotas de pánico reverencial que ahora no me extrañan, la verdad, porque ninguna duraba mucho… Era el tipo de mujer que mueve los sillones para ver si hay pelusas debajo, llegaba a hacerse odiosa de puro exigente, en fin… Y mi padre era todavía peor. Él había arrastrado a su mujer a su propio terreno, la había bautizado en una fe que profesaba de corazón, había engendrado en ella hijos para una vida nueva, hombres y mujeres libres, fuertes, justos… No me estoy inventando nada, no crea, en cuanto que se tomaba un par de copas improvisaba un discurso de este estilo en el centro del salón, y yo le miraba arrobada, atontada más bien, porque le quería muchísimo y le admiraba mucho más, y sin embargo ahora sé que él era peor, porque él conocía todas las argucias de mi madre, asistía a todas las escenas, contemplaba cada arbitrariedad, cada ñoñería, cada prejuicio y sus consecuencias, y lo único que se le ocurría era abrazarla por detrás en plena bronca o darle un azote en el culo para que terminara antes, contestando que estaba absolutamente de acuerdo con ella en absolutamente todos los aspectos de la cuestión, si alguien perdía el tiempo en preguntarle. A mi padre sólo le interesaban dos cosas, el Partido y tocarle el culo a mi madre, así que sus hijos, los elegidos para el futuro, vivíamos en una pura contradicción, muy maquillada, eso sí, con los colores de la verdad, la justicia y el progreso.

—Es usted cruel…

No esperaba ese comentario, y concentré en su rostro toda mi atención. Ella me devolvió una mirada equilibrada, que situé sin embargo más cerca de la ironía que de cualquier motivo de censura y que, a pesar de eso, me propuse disipar lo antes posible.

—No, de verdad, no he querido darle esa impresión. Yo creo en la Verdad, con mayúscula, y creo en la Justicia y en el Progreso, con iniciales igual de grandes. Creo en la República, que le costó la vida a mis abuelos, y creo en el Futuro, por el que se la jugó el resto de mi familia, por eso es muy importante para mí que no me interprete mal… Ya sé que mi caso ha sido mucho más frecuente en la otra España, conozco mucha gente a la que se le cayó encima exactamente la otra mitad del mundo, adolescentes paralizados por el estupor que descubrieron de golpe que su padre iba de putas, por ejemplo, o que su madre bebía por las mañanas, y jamás lograron recuperar ni un ápice de su antiguo fervor de cruzados contemporáneos. Pero a mí no me ha pasado nada parecido, porque la fe de mis mayores aguanta el tirón, no lo dude. El mundo me da la razón todos los días, aunque mis ojos ya no puedan mirarlo con inocencia.

Vino aquella mañana con una camisa roja y el mejor aire de agitador que yo haya visto en mi vida, recordé… Él me convenció. Él, quinto hijo de un general de aviación y de la reina de las Fiestas de Navacerrada 1945, antiguo alumno destacado de los padres escolapios, «hijo de María» hasta los trece o los catorce años, seguidor y acompañante de un cura obrero que hacía su

apostolado en los suburbios, militante comunista después, líder estudiantil en Derecho y, casi desde entonces, amor de mi vida.

Nunca había oído a nadie hablar así, y eso que no me perdía una asamblea. La principal consigna de la organización a la que me afilié poco después de desembarcar en la universidad, todavía en primero —un diminuto grupúsculo de extrema izquierda que se acababa de escindir de un grupito sólo ligeramente más consistente, miembro a su vez de una federación de partidos marxistas–leninistas–revolucionarios cuyo principal argumento ideológico se resumía en enfrentarse al PCE, denunciando tanto sus turbios contactos con la burguesía liberal en el exilio como la repugnante infección revisionista a la que sucumbía por momentos su doctrina—, ordenaba precisamente eso, la asistencia masiva a todos los actos, asambleas, reuniones, conciertos o debates que pudieran celebrarse en cualquier lugar, con cualquier motivo, a cualquier hora y de cualquier manera. Éramos tan pocos, en Filosofía sólo diecinueve, que se nos tenía que ver como fuera. También se nos oía, pero aquella mañana, en el paraninfo de mi propia facultad, ante el mismo estrada desde el que estaba harta de escuchar a toda una generación de llorones de pana, barba y gafas de concha, idénticas sus voces sacerdotales, arrítmicas, pesadísimas, calcados unos de otros como torpes secuencias de un clon atroz del que también yo misma provenía, enmudecí escuchándole a él, a pesar de que era ya una alumna de segundo, con cierta experiencia y un prestigio de agitadora tan consolidado que mi ex novio y superior jerárquico, Teófilo Parera, alias Teo el gordo, había previsto reventar el acto según un método de mi propia creación. Cuando el orador principal aludiera por sexta vez a «la clase obrera», yo me levantaría de un brinco para increparle en voz alta y clara. «¡Eh! Tú, a ver… ¿A que no sabes cuánto cuesta una barra de pan?» Nunca lo sabían, y eso hacía un efecto horroroso, claro, porque mis dieciocho compañeros empezaban a chillar, todos a la vez, ¿cómo se atreven éstos a hablar en nombre del Pueblo?, ¡ qué escándalo!, ¿hasta cuándo toleraremos a tanto farsante?, y aquello ya no había quien lo levantara. Lo habíamos probado antes, siempre fuera de la universidad excepto una vez, en una asamblea de Físicas, y había funcionado muy bien. Yo me mantenía rigurosamente al tanto del precio del pan, de las patatas, y hasta de los huevos, por si el enemigo se me revolvía, aunque hasta entonces todos se habían quedado tan anonadados que ninguno fue capaz de reaccionar. Él, seguro, me habría fulminado, pero su presencia me estremeció de tal manera que me habría dejado morir, antes que atacarle.

Llevaba una camisa roja de manga larga, vaqueros, y unos zapatos enormes, de piel castaña, con cordones muy gordos, como las botas que suelen calzar los niños pequeños en mañanas de lluvia. Habló de pie, en el centro del estrado, renunciando al atril lateral tras el que solían refugiarse los demás, y no traía papeles, no sostenía un micrófono, nada entre las manos, ninguna trampa, ningún truco, sólo una voz magnética, certera, honda, y las palabras de siempre, Justicia, Progreso, Futuro, sonando a verdad, a la Verdad incontaminada, pura, que derriba castillos y levanta a los parias de la Tierra, sus puños se cerraban en el aire al borde de dos brazos tensos, poderosos, sinceros, y el flequillo oscuro, lacio, tachaba su frente como si pretendiera subrayar cada silaba, cada acento, cada frase, y yo temblaba por dentro al escucharle y no pensaba, vigilaba la sombra de su nuez, el nervio de las venas de su cuello, y sólo deseaba que siguiera hablando, que no se callase nunca, porque habría podido vivir de aquellas palabras, alimentarme de él, de su voz, de su ira, de sus gestos, hasta el día de mi muerte. Aquélla fue la primera, la única experiencia religiosa de mi vida. La jovencita recogida, silenciosa y humilde, que dudaba de todo al salir del paraninfo, aquella mañana, no tenía mucho que ver con la aprendiz de cínica, una chica chillona, ilimitadamente arrogante, que había entrado por la misma puerta un par de horas antes. Las huellas no se han borrado jamás.

—De hecho —proseguí, con la sonrisa boba, incontrolable, que se apodera de mi cara siempre que logro recuperar aquella mañana de grandes revelaciones—, si estuve a punto de salirme de cuadro fue, precisamente, por el otro lado. En la universidad me afilié a un grupo de extrema izquierda, una organización tan mínima, la verdad, que apenas nos atrevíamos a llamarla partido. Para mí era suficiente, sin embargo. Yo sólo quería apuntillar mi docilidad, demostrar que me desmarcaba del modelo paterno, instalarme en un terreno más limpio, más coherente, más puro.

Bueno, ya se lo puede imaginar, éramos peligrosísimos… —sonreí, y ella me siguió, y me propuse avanzar un poco más a través de aquella historia dorada y dulce, crujiente y luminosa, días que habitan en la esquina más feliz de mi memoria—. Entonces conocí a Martín, mi marido. Estábamos en las posiciones más opuestas, porque él era un pecero convencido, ¿sabe?, no uno de esos imbéciles que se consagraban ciegamente, atados de pies y manos, a la adoración perpetua del secretario general, pero sí un hombre firme, hasta muy crítico a veces, pero leal. En fin, ahora todo esto suena un poco a chiste, pero en aquella época, 1973, los matices eran importantes, no crea…

—¿Y usted? —me había quedado colgada del todo, y el sonido de su voz me sobresaltó. Tuve que meditar un par de segundos antes de dar con el sentido exacto de su pregunta.

—¿Yo? Bueno… Yo era una mala bestia —se echó a reír como si pretendiera ponerse a mi altura, igualar el tono alegre, festivo, que impregnaba mi voz por primera vez desde que hablaba para ella—. No, no se ría, por favor, se lo digo en serio… La verdad es que no encontré otra manera de destacar. Al principio me sentía bastante perdida, ¿sabe?, y aquella sensación era habitual para mí, pero de todas formas… Ninguno de mis compañeros del colegio hizo Filosofía. Yo no conocía a nadie, y por puro instinto me acerqué al grupo de las Juventudes Comunistas. Entonces, casi enseguida, descubrí en mí misma un recurso natural ilimitado que empecé a explotar inmediatamente. Mi apellido paterno y, más que eso, el nombre de la editorial, la tradición de mi familia, me hicieron muy popular. ¡Tiene un dibujo dedicado de Picasso en el salón de su casa!, cuchicheaban a mis espaldas. Yo les oía y apenas me lo podía creer, todo aquello me parecía una inmensa tontería pero, por una vez, la gente me miraba, me escuchaba, se comportaba como si necesitara mi opinión. Yo estaba encantada de que por fin alguien me hiciera caso, aunque no dispuesta, de ninguna manera, a convertirme en portavoz de la ortodoxia familiar, que por supuesto, y como es natural, me parecía caduca, herrumbrosa, inservible. En aquella época, la Historia, con mayúscula, ya sabe, ordenaba que todos los hijos se situaran a la izquierda de sus padres, y a mí no me quedaba mucho margen, así que no esperé más de un trimestre para convertirme en la activista más intransigente, más radical, más rigurosa y también más insoportable, supongo, de toda la facultad. Hasta que una mañana, en una asamblea, me enamoré de repente, sin remedio, de uno de los oradores, un delegado de Derecho con toda la pinta de ser hijo de una buena familia del Régimen, un líder natural, ¿sabe?, no un impostor, como yo, sino un gigante auténtico. Bueno, al menos, eso fue lo que me pareció. Y me quedé hecha polvo, de verdad, es que no se lo puede imaginar siquiera…

No llegué hasta el final, no quise revelar el último detalle, el único dato ciertamente inimaginable, el secreto más oscuro. Eso sólo se lo he contado a Martín, y su respuesta al principio me descolocó. ¡Qué atrocidad!, eso me dijo, es brutal, ¿no? Y, en el fondo, igual de… anormal, igual de perverso, que los efectos de la educación católica más reaccionaria, no sé… Estábamos acurrucados en la esquina de una inmensa cama de hotel, en Bolonia, capital de la Emilia–Romagna y del poder comunista italiano, cinco años después de aquel primer discurso. Amanecía, y él se había despertado primero. Ensayando una táctica que acabaría convirtiéndose en costumbre, me habló al oído, me besó, me acarició y me zarandeó suavemente hasta que desperté sin llegar a sospechar siquiera que él hubiera tenido algo que ver con el prematuro principio de aquel día. Al abrir los ojos, lo primero que vi fueron los suyos, abiertos, muy cerca. La luz que atravesaba las rendijas de una persiana mal ajustada era blanca, fría, como la que sostiene el cielo débil de algunos sueños, y tal vez yo necesitaba precisamente aquel brillo afilado, el principio de irrealidad que flotaba en el aire de esa hora dudosa, un grisáceo camino de claridad abierto en tiempo de nadie, para atreverme a comprender qué había ocurrido, qué golpe de qué viento caprichoso había torcido el junco del azar a mi favor, qué espíritu oscuro y magnánimo se había apiadado de mí por fin. Por fin.

Después de aquella mañana y durante un año y medio, el tiempo que le faltaba para acabar la carrera, le seguí el rastro como un sabueso torpe, más incapaz aún, más lento y viejo tras el peor de

los comienzos. No estaba segura de ir a encontrármelo sentado a aquella mesa, pero desde luego sabía que existían muchas posibilidades de que acudiera a la reunión, sobre todo porque la habían convocado ellos, y si insistí hasta quedarme afónica en formar parte de la delegación que iba a discutir un posible «proyecto de acción conjunta de todas las fuerzas de izquierda en la universidad», si, a despecho de mis más arraigadas convicciones morales, me acerqué a mi ex novio y hasta le dejé babearme un poco para sugerirle que tal vez estaba pensando que me había equivocado al romper con él, si llegué incluso a insinuárselo con medias palabras hasta que por fin me seleccionó como una de sus acompañantes, fue solamente por eso, porque me moría de ganas de volver a verle, Y sin embargo, cuando lo tuve delante me vine abajo, y luego lo hice todo mal, pero todo, muy mal, fatal. Yo sólo quería impresionarle, llamar su atención, hacerme admirar, y en la primera oportunidad, el primer turno de palabra, desplegué ante sus ojos toda mi artillería pesada, afirmaciones tan arrolladoras como las orugas de una hilera de tanques, tan irritantes corno un chubasco de gases nerviosos, tan resplandecientes como un castillo de baterías antiaéreas. Hablé durante más de veinte minutos, y sólo cuando volví a sentarme, leí en las sombras que cubrían las caras de sus compañeros que, a pesar de la pureza, del vigor, de la rigurosa ortodoxia marxista que yacía, como un poso amargo, pero indudable, en el fondo de mis argumentos, lo único que ellos estaban dispuestos a interpretar era que yo había invertido más de veinte minutos en insultarles. Nunca en toda mi vida, he vuelto a sentirme tan imbécil como entonces mientras el gordo me cubría de besos, brincando de entusiasmo ante una precarísima victoria a los puntos. Sin embargo, eso no fue lo peor. Por encima de la euforia de los míos, muy lejos del desánimo y la indignación de los suyos, al margen del profundo estupor de los neutrales, él me dirigió media sonrisa indescifrable mientras levantaba la mano para pedir la palabra, y cuando abrió la boca creí distinguir un brillo perverso sobre el barniz de sus colmillos. Me va a destrozar, me advertí a mí misma, y acerté, porque me destrozó en cuatro palabras. Diletante, me llamó, y joven heredera insatisfecha—grandes carcajadas del sector masculino de todas las tendencias, incluida la mía—, portavoz del radicalismo irresponsable que ha inspirado las más sorprendentes connivencias con el fascismo, y turista de la política. Así terminó, y eso fue lo que peor me sentó. Cuando empecé a chillar que ya habíamos tenido bastante del discurso más rancio del machismo más rancio, alguien, nunca supe quién, me recomendó a gritos que me fuera a las rebajas de la calle Serrano y les dejara trabajar en paz, y entonces le miré de frente por primera vez y vi cómo se reía a carcajadas, cómo se reía de mí a carcajadas, y me entraron unas ganas tan tremendas de llorar que tuve que levantarme a toda prisa y salir corriendo, y no paré hasta que conseguí volver a casa, encerrarme con llave en mi cuarto, tirarme boca abajo en la cama, y hartarme de beber mis propias lágrimas.

Desde aquel día, sólo me atreví a seguirle a distancia. Averigüé su dirección, perseguí su número por las guías de teléfonos, me enteré de cuántos hermanos tenía, a qué se dedicaba su padre, cómo se llamaba su madre, quiénes eran sus mejores amigos… Empecé a aparcar alrededor de su facultad, me aficioné a desayunar allí, y no en la mía, y algunos días ni siquiera volvía después a clase. Malgasté horas enteras dando vueltas por el hall, al acecho de cualquier timbre, cualquier señal, haciendo tiempo o deshaciéndolo, sólo para verle, y mientras tanto, rogaba sin cesar al cielo —ese cielo incoloro, inconcreto, un tanto escaso, de quienes no aprendimos a rezar de pequeños— que no consintiera que mis ojos se encontraran con los suyos. Una sola vez perdí, o gané aquella apuesta. Él me vio, y me sonrió, cuando la avalancha de las dos en punto le empujaba a través de la puerta de salida, y si hubiera corrido, quizás habría podido encontrarlo fuera, pero me quedé dentro, absolutamente quieta, adherida al suelo como si alguien hubiera clavado allí mis pies con un centenar de agujas certeras y finísimas.

Todo me dolía, todo me dolió hasta que le perdí de vista. En la primavera de 1975, cuando la muerte velaba ya cada noche la cama de Francisco Franco, Martín Gutiérrez Treviso se licenció en Derecho para amenazarme con morir para siempre en mi vida. Dos años después, yo misma terminé la carrera, empecé a trabajar en la editorial de mi familia, me alejé sin pesar de la universidad y supongo que le olvidé, si el olvido consiste en dejar de pensar en algo a todas horas, pero su

recuerdo me seguía doliendo, y aunque la verdad era que no le conocía, que nunca había llegado a conocerle en realidad, también era verdad que no podía evitar la imagen de su rostro, de su cuerpo, aquella camisa roja, aquellos zapatos castaños, con cordones muy gordos, superponiéndose automáticamente, por encima de mi voluntad, a las camisas y a los zapatos, al rostro y al cuerpo de todos los hombres que conocía, de los que veía por la calle, de los que trabajaban a mi lado, de los que existían, simplemente, en cualquier rincón del mundo. No esperaba volver a verle jamás, pero tampoco, por mucho que me lo propusiera, logré nunca extirparme la fantasía de un encuentro casual, extremadamente azaroso, un purísimo capricho del destino, y a veces, por las noches, me metía en la cama antes de llegar a tener sueño para inventarme a solas la historia de aquel amor improbable, y me quedaba dormida mientras definía minuciosamente los detalles más nimios, el tacto de sus manos, el vocabulario que escogería para sostener una conversación de cama, la plácida indolencia que aflojaría sus hombros un instante después de separarse de la mujer a la que estuviera amando en aquel instante, recursos a los que acudía mi terca imaginación para asediar sin tregua a una memoria traidora, descuidada, estúpida, la mía, que no alcanzaba ya a evocar con precisión sus verdaderos rasgos. Y sin embargo, cuando todos los astros del universo se colocaron en línea recta para que lo que no podía llegar a suceder jamás, sucediera de una vez, no reconocí su voz, un susurro agresivo de puro próximo, sus labios rozando el lóbulo de mi oreja para sobresaltarme en mi propio idioma ante la recepción de aquel hotel italiano donde habría jurado que nada, ni nadie, me era familiar.

—Es un consuelo comprobar que hasta los luchadores más duros se aburguesan con el paso del tiempo…

Me volví tan deprisa, tan bruscamente como si esas palabras encerraran una terrible clase de amenaza, y lo descubrí ante mí, relajado y sonriente, infinitamente satisfecho de sí mismo, mientras mis piernas empezaban a temblar, y temblaban mis manos, y mis sienes, y si era placer lo que sentía, se parecía mucho al pavor, y si era miedo, nunca ha vuelto a ser tan placentero. Incapaz de gobernar mi cuerpo, me recosté sobre el mostrador para obligarle a estarse quieto, y todavía tardé un par de segundos en pronunciar el saludo más torpe. Entonces, se inclinó sobre mí, tomó mi mano derecha, y la besó muy ceremoniosamente, y quise morirme allí mismo, cortar de un tajo la película de mi vida, permanecer eternamente suspendida de ese instante, capturando sus labios en mi mano para siempre.

—¿Y qué? —me preguntó luego, ignorante hasta de la menor de mis convulsiones—, ¿hemos vuelto al redil…?

Fruncí las cejas para contestar que no entendía su pregunta, y él respondió a mi gesto llevando el índice de su mano derecha hasta la solapa izquierda de su americana, donde una tarjeta plastificada, colores y símbolos inconfundibles, le identificaba como invitado a la fiesta anual del PCI.

—¡No…! —sonreí—. Mi viaje es mucho más aburrido. He venido a la Feria del Libro Infantil. De espía, ¿sabes? En la editorial están pensando en abrir una colección para niños, y me han encargado que me entere de cómo están los derechos, qué novedades hay, en fin…

—Te sienta muy bien —me interrumpió.

—¿Qué? —pregunté de nuevo, desconcertada por segunda vez en un par de minutos—. ¿Mi trabajo?

—Sí… Todo —hizo un gesto vago, dibujando con la mano un círculo que aspiraba a señalarme entera—. El pelo corto, la ropa que llevas, el collar de azabache, las medias negras, ese aire estupendo de mujer cosmopolita que viaja sola… Estás muy guapa.

—Muchas gracias —y por fin me consentí ruborizarme, hasta que mis mejillas hicieron juego con mi traje de chaqueta de lana rojo, como su camisa de un día ya lejano.

Entonces me preguntó qué planes tenía para aquella noche, y le contesté que ninguno, aunque había quedado con una agente holandesa que estaba a punto de aparecer por el bar del hotel. Escribí a toda prisa una nota de disculpa para ella mientras él subía un momento a su habitación, y cinco minutos después, tan rápido, tan fácil como chasquear los dedos, caminábamos juntos por la calle

hacia la luz, hacia la música y el bullicio de las enormes carpas blancas.

—¿Qué te pasó? —preguntó mientras me rodeaba por detrás, para colocarse al otro lado—. Así está mejor —y me cogió del brazo—. Ya sabes que estar a mi izquierda no te favorece nada.

Me concedió el tiempo suficiente para que le riera la gracia antes de insistir.

—No, en serio… ¿Por qué desapareciste? Te eché de menos, ¿sabes? Me gustó mucho pegarme contigo, fuiste muy rápida, y muy lista, aquella vez. Demasiado, casi, teniendo en cuenta con quién estabas, todos esos tarugos que siguen creyendo que dialogar consiste en gruñir marcando el ritmo a base de puñetazos, como si la mesa fuera un tambor… Pregunté por ti alguna vez, pero nadie sabía nada.

—Se me quitaron las ganas de apoyar cualquier proyecto de acción conjunta, ¿sabes? Y si pretendías seguir discutiendo conmigo, no deberías haberme machacado tanto… —le miré para comprobar que todavía estaba de buen humor—. Lo de joven heredera insatisfecha fue realmente asqueroso, por cierto.

—Sí, lo reconozco, pero es que te estabas pasando mucho, guapa…

En aquel momento, me sentí incapaz de admitir que mi viejo plan hubiera dado resultado pero ese detalle perdió importancia muy pronto, porque antes de que terminara la noche mis reflejos se habían diluido ya en la torpeza de la mayor lentitud, todos mis nervios insensibilizados por el estupor, mi inteligencia detenida en la cifra de un misterio que se estiraba minuto a minuto, con la firme delicadeza de una hebra de caramelo que supiera cómo crecer y crecer para rodear el mundo, y que lograra abarcarlo por completo, tan inofensiva y frágil como era, antes de solidificarse para siempre sin haberse quebrado jamás. Si la condición de la felicidad exige también vivir lo que antes se ha soñado, yo nunca fui feliz hasta aquella noche, y sin embargo, encadenada al vértigo de unos prodigios incapaces de medir su propia velocidad, no me di cuenta entonces, ni me paré a pensarlo al día siguiente, y después de desayunar con Martín de pie, en un bar pequeño y bastante sucio que nos pillaba de paso, me fui a la feria sintiéndome ligera y a punto de reírme de cualquier cosa, como una loca bendecida por la mejor, por la peor de las locuras, y recorrí kilómetros de pasillos, visité docenas de estands, recogí una colección completa de tarjetas de visita con el gesto mecánico, fríamente aprendido, del sepulturero que da el pésame sin sentirlo a otra viuda desconocida, una más, mientras calcula por dentro qué habrá puesto su mujer para comer,.. Así, como una pasajera accidental del mundo, un figurante imprevisto de una representación teatral en lengua muerta, un instrumento afinado dos tonos por encima del resto de la orquesta, me sentía yo, y así, envuelto en los vapores de una droga capaz de hacer dudoso lo más cierto, sentía este planeta y la totalidad de las cosas que alberga. Hasta que la realidad se filtró lentamente por las rendijas de una persiana mal ajustada, y a la luz fantasmagórica del amanecer del tercer día —para mí no existirá jamás otro día que sea el tercero—, miré a los ojos de Martín y recobré su imagen de aquella mañana, el paraninfo de la facultad, la camisa roja y unos zapatos tan extraños, y mi memoria, repentinamente poderosa, astuta, cerró el puño para acertarme en el centro de la frente, y sólo al amparo de aquel golpe me atreví a sospechar al fin, por primera vez, que todo aquello estaba pasando de verdad, que me estaba pasando a mí, y que era verdad. Cuando la última brizna de sensatez que conservaba me advirtió que no sería conveniente que me desnudara hasta ese punto, ya había empezado a hablar, y ni siquiera ahora podría explicar por qué me era tan necesario, de repente, llegar hasta el final.

—¿Sabes una cosa? —resguardada en la penumbra y en la sombra de su cuerpo, que sus brazos mantenían pegado al mío, arranqué en el tono ingenuo, sonriente, de las ocurrencias—. No te lo vas a creer, pero yo empecé a fijarme en ti mucho antes de aquella reunión. A lo mejor ya no te acuerdas, pero aquel mismo curso, no sé…, justo después de las vacaciones de Semana Santa debió de ser, una mañana viniste a mi facultad, Filosofía A, a cerrar una asamblea… —hice una pausa innecesaria, él asentía con la cabeza como si recordara todos los detalles—. Bueno, pues me impresionaste mucho, en serio. Yo creo que nos impresionaste a todos. Hablabas desde el centro del estrado, a cuerpo descubierto, sin leer, sin consultar ningún papel… Parecías un líder auténtico, ¿sabes?

—Lo soy —me respondió entre risas.

—No, tonto, te lo digo en serio… Y me recordaste… Ahora sí que te vas a reír de mí, te vas a morir de risa pero… En fin, supongo que una no puede escoger, que no se pueden controlar ciertas cosas…

Si la luz de aquel amanecer hubiera sabido crecer sólo un poco más aprisa, quizás él habría podido deducir de mi color, mis mejillas más rojas que su ropa de entonces, el sentido de mis titubeos, el atropellado curso de una confesión en la que mi garganta encallaba como en un desfiladero de aristas agudísimas, un paso infranqueable, una trampa mortal, pero el sol tardaría mucho tiempo en salir y él, los ojos serenos y una sonrisa plácida que aún le debía su perfil al sueño, no esperaba ninguna noticia extraordinaria de mis labios temblones, tontamente arrepentidos de haber empezado a moverse cuando ya no recordaban la manera de parar.

—Lo que quiero decir es que… Por ejemplo, a los homosexuales que fueron a colegios de curas les excitan las tallas de San Sebastián, ¿no?, con las flechas, y la sangre, y eso… Y, más o menos, pues… No sé, supongo que esto es lo mismo…

—Yo también estoy dispuesto a suponerlo —me dijo, riendo—, si me cuentas de una vez de qué estás hablando.

—Verás… —tomé aire en el trance de rebasar el punto de no retorno—, es un cuadro que he visto toda mi vida. Bueno, en realidad no se trata exactamente de un cuadro, sino del cartel de una exposición de arte revolucionario soviético que se celebró en París, en el Petit Palais, un mes de noviembre, pero nunca he sabido de qué año porque en el cartel no lo pone, en los sesenta sería, me imagino, o por ahí… El caso es que está en mi casa desde que tengo uso de razón y todos los días, al cruzar el pasillo para llegar a mi cuarto desde el salón, o desde la cocina, o desde la mismísima puerta de la calle, me lo he encontrado siempre en el mismo sitio, y siempre igual, un poco más amarilla cada vez la faja blanca de la derecha, solamente. A cambio, los colores de la ilustración no han perdido brillo. Es una imagen muy conocida, famosísima, vamos, tienes que haberla visto miles de veces aunque el título exacto no te lo puedo decir, nosotros lo llamábamos «Lenin arengando a las masas desde un camión», que es parecido al nombre de verdad, lo que pasa es que también hay una fecha y ésa no me la he sabido nunca… —le miré para comprobar que asentía, moviendo la cabeza tan vigorosamente como si pretendiera liberarme de cualquier duda—. Bueno, pues para mí, ese retrato de Lenin ha representado siempre, no sé…, lo mismo que una foto de un antepasado muy remoto pero muy famoso, como mi bisabuela Francisca, por ejemplo, que fue una de las pedagogas más importantes del fin de siglo, y eso que en aquella época ninguna mujer trabajaba, ¿comprendes? Desde pequeña me han hablado de ella con veneración, mi padre sobre todo, poniéndola de ejemplo a cada paso, una señora brillante, inteligente, segura de sí misma, auto–suficiente por completo, fuerte y tierna a la vez, buena madre pero además trabajadora responsable y concienzuda, y en fin, todo lo que te puedas imaginar, pues también… Y con Lenin pasaba algo parecido, porque en mi casa no había santos, ¿sabes? Ni Última Cena en el comedor, ni Madonnas de Rafael en los dormitorios, ni «Dios bendiga cada rincón de esta casa» ni nada. No poníamos belén en Navidad, no venían los Reyes Magos en enero, total, que para mí, aquel señor tan fuerte, vestido de negro entre tantas banderas rojas, calvo y sin embargo joven, que chillaba mucho pero no me daba ningún miedo sino al revés, porque yo también necesitaba que alguien me protegiera de los malos, bueno, pues a la edad en que otras niñas hacían la comunión, él, el Lenin de aquel cuadro, aquel Lenin, era mi héroe, ¿lo entiendes?, mi ángel de la guarda, mi Supermán particular, una especie de santo milagroso, un dios privado, para mí sola… Si algo me daba miedo, pensaba en él, y mientras daba vueltas en la cama porque no me podía dormir, pues lo mismo. Cada vez que me castigaban injustamente, en casa o en el colegio, yo le invocaba, y sabía que no iba a aparecérseme, claro, pero decir su nombre, aunque fuera hacia dentro, con los labios cerrados, me consolaba muchísimo, y ya me imagino que te parecerá increíble, pero… no sé, era exactamente así. En casa, cuando me pegaba con mis hermanos mayores, o alguno me quitaba algo, o me rompían la hucha, ya sabes, lo típico, soy la pequeña, así me he pasado la vida cobrando, bueno, pues entonces sí que

les amenazaba en voz alta, como venga Lenin os vais a enterar, les gritaba, y se burlaban de mí, hasta se lo contaron a mis padres, ¿te lo puedes creer?, la novia de Lenin, me llamaban todos, con acento en la «i» igual que se decía en los años treinta, y se reían mucho, pero no me importaba… Yo sabía que Lenin vendría a buscarme, algún día…

Mis pupilas abandonaron el techo, que habían recorrido sin tregua durante unos pocos minutos largos como eras, y se detuvieron en sus ojos, que me miraban con una intensidad que tal vez anticipaba otro temblor, y presentí que no iba a pronunciar una sola palabra, ninguna pregunta que no viajara ya en una luz grave y febril al mismo tiempo, aquella mirada ebria de sí misma que me devolvió, en un instante, la punzada de alegría pura —un peligro vivo y caliente y dulce como el veneno más exquisito fundiéndose, muy lentamente a lo largo de la lengua— que me sacudió cuando comprendí que iba a besarme, dos noches atrás, delante de una caseta de tiro al blanco. Yo le había confesado de pasada, al entrar en la fiesta, que nunca había ganado un peluche en ninguna feria, que nadie lo había ganado nunca para mí, y él de momento no dijo nada, pero después, cuando ya estábamos medio borrachos, compró tres pelotas en un tenderete y con un pulso asombroso, incompatible con la cantidad de alcohol que debía de estar paseándose por sus venas, derribó un monigote en cada tirada. Eran líderes de la Democracia Cristiana y nos reímos mucho de ellos, pero al final no nos dieron un peluche, porque no tenían, sino un LP de Quilapayún. Españoles, ¿no?, dijo el responsable del puesto con una sonrisa al adjudicárnoslo, y Martín también sonreía cuando vino hacia mí con el disco y una cómica mueca de desconsuelo, pero la expresión de su cara cambió sólo un segundo antes de que sus labios alcanzaran los míos, y fue sólo un segundo, pero yo me di cuenta de que me iba a besar, y conocí un segundo de felicidad feroz, salvaje, sobrehumana. Me hallaba ante el umbral del milagro, y al otro lado de la puerta, las hazañas más asombrosas le dieron la vuelta al abrigo para enmascararse en un forro de normalidad, pero ahora, la rigurosa luz de aquel amanecer devolvía a los objetos sus contornos precisos para revelarme que el prodigio, lejos de desvanecerse, se afianzaba en el límite de una frontera tan deseada y espinosa, tan generosa y cruel a la vez, como todas las fronteras definitivas, y cuando rompí de nuevo el silencio, sabía ya que Martín podía darme la vida, pero también conocía ya su precio, las cadenas invisibles, perpetuas, fortísimas, a las que me ataría mi propio amor.

—Y aquella mañana, en el paraninfo de la facultad… Bueno, al principio no te vi, debía de estar distraída, habíamos preparado un numerito, ¿sabes?, para reventar vuestro acto. En el momento culminante, yo debería haberme levantado para preguntarte a gritos si sabías el precio de una barra de pan.

—¡Ah! —sonrió, mientras me daba un pellizco en el culo—, muy bonito…

—¿A que sí? —acepté el castigo con otra sonrisa—. Era idea mía.

—Pero no lo hiciste.

—No… —me besó en los labios, un gesto cálido y brevísimo que no alcanzó a interrumpirme—. No pude hacerlo. No pude porque… —apreté la cara contra una esquina de su pecho y cerré los ojos, como si quisiera atravesar su cuerpo para esconderme de él, y desde aquel refugio, seguí adelante—. Cuando empezaste a hablar no te vi, no sé qué estaría haciendo, pero de repente elevaste la voz hasta tal punto que no me quedó más remedio que levantar la cabeza para mirarte, y ahí estabas, tan joven y sin embargo tan fuerte, alto, y duro, y muy enfadado aunque no me dieras miedo. Llevabas el pelo largo y la cara afeitada, pero tu brazo derecho se doblaba en el aire como una maza, y al fondo, el puño cerrado no era un símbolo, sino un arma, una tremenda amenaza para el enemigo, y ni siquiera lo pensé, ¿sabes?, no me hizo falta pensar, porque ya te conocía, te había visto todas las mañanas de mi vida en la misma esquina del pasillo de mi casa, te había rezado antes de dormirme todas las noches desde que era una cría, y ahora existías, tenías carne, volumen, y podías reírte, y hablarme, y podías caminar… Estabas encarnando un sueño para mí sola, eso sentí yo, y sin pensarlo siquiera, porque no me hacía falta pensar, se me puso la carne de gallina sólo de mirarte, y se me saltaron las lágrimas mientras te escuchaba, y acabé de mala manera, temblando de pies a cabeza, enloquecida y como drogada, y excitada, ya sabes… Era incapaz de pensar en ninguna

otra cosa.

Él no dijo nada al principio. Me acarició la cara con los dedos y todavía estuvo callado un poco más. Luego, se desperezó bruscamente, e improvisó un tono prosaico, con cierta punta de experta ironía que no acabó de salirle bien del todo.

—Claro, por eso has dicho antes lo de San Sebastián… —yo no quise añadir nada, y él soltó una risita—. ¡Qué atrocidad! Es brutal, ¿no? Y en el fondo igual de… anormal, igual de perverso, que los efectos de la educación católica más reaccionaria, no sé… ¡Lenin convertido en un sex–symbol. Nunca había escuchado nada parecido…

—Sí —asentí al fin, decepcionada a medias por su reacción, y a medias sostenida por la sospecha de que no era sincera—. Es difícil de explicar, pero yo creo que, en realidad, ha sido la única experiencia religiosa de mi vida. Si hubieras sido un cura, me habría convertido a tu fe, si hubieras sido un guerrillero, habría cogido un fusil, si hubieras sido una mujer, habría aceptado que soy homosexual, si hubieras sido un extraterrestre, te habría seguido hasta tu planeta… Como eras tú —abrí por fin los ojos, y le miré—, me enamoré de ti.

Sostuvo mi mirada con firmeza y los labios entreabiertos, y los dos guardamos silencio mientras una extraña codicia guiaba su mano izquierda a través de mi cuerpo, sus dedos ejerciendo una presión tan distinta de la levedad de las caricias como de la violencia que al principio prometían. Yo ya era sólo emoción, no podía sentir ninguna otra cosa, excepto que mi carne se evaporaba al contacto con su piel, y su calor derretía lentamente mis huesos, mi cerebro consumiéndose en un fuego sin llama, un incendio tenaz, ahogado en las cenizas de mi propia memoria. Apenas sabía algo más, salvo que yo ya no era yo, y que nunca podría sentir ninguna otra cosa porque acababa de elegir aquella muerte, deshacerme para siempre en él, disolverme poco a poco hasta gastarme del todo a favor de su cuerpo, pero entonces fue Martín quien halló refugio en la curva de mi cuello, y desde allí emitió una sola sílaba, ni siquiera una palabra, un sonido apenas articulado y sin embargo infinitamente potente, ¡oh!, apenas dijo eso, nada más que ¡oh!, y el eco de su voz resonó en un rincón de mi conciencia que yo no había visitado todavía para obligarme desde allí a seguir viviendo. En ese instante, su sexo empezó a crecer contra mi vientre, y las lágrimas asomaron a mis ojos aunque mis labios sonrieran solos, de puro placer, porque me di cuenta de que aún podía sentir mucho más, y más intensamente, y afronté un escalofrío helado, el terrorífico riesgo de aquel descubrimiento, mientras sus labios repetían en mi oído aquella misteriosa contraseña que justificaba de golpe toda mi existencia, ¡oh!, dijeron otra vez, solamente ¡oh!, pero fue bastante, porque su aliento ardía, y ardió su cuerpo cuando cubrió completamente el mío, y por fin, víctima yo también de su prisa, y de su codicia, le busqué con las caderas y atenacé su cintura con garfios desesperados, mis piernas firmes y rapaces como garras, para arder con él, y sucumbí con una energía desconocida al destino que me arrasaba por dentro.

Mantuve los ojos abiertos para mirar los suyos, fijos y enturbiados por un velo líquido, y disfruté, uno por uno, de todos sus gestos, pero mientras aún tenía conciencia, en esa zona de compromiso donde la lucidez, como las bombillas moribundas, reluce más intensamente que nunca cuando está a punto de extinguirse, asumí lo que me estaba jugando en aquella breve aventura italiana y tuve miedo, y por eso, aunque Martín jamás llegaría a saberlo, quise atarlo a mi vida para siempre, en silencio, una fórmula infantil revistiendo la certeza de que nada volvería a ser como antes, porque tú me has elegido, prometí con los labios sellados, serás desde ahora mi único padre, y porque tú me has deseado, serás desde ahora mi única madre… Mis párpados no pudieron retener las lágrimas por más tiempo a pesar de que las palabras seguían acudiendo a mi lengua muda por su propia misteriosa voluntad, y tú serás mis hermanos, mis hermanas, añadí mientras sus acometidas se hacían más intensas, más sinceras, más feroces, y serás mi familia, y serás mi casa, y serás mi patria, y serás mi dios… Sólo entonces cerré los ojos.

Después, cuando mi cintura logró recuperar la memoria de su lugar y mis piernas volvieron a aprender que eran capaces de moverse solas, apuré el último resto de ingravidez, esa invisible dosis de desapego disuelta en el placer que desterró el centro de mi cuerpo, apenas un gran hueco desde el

techo del estómago hasta el borde de las rodillas, a una fugaz provincia de la inexistencia, como si la plenitud que acababa de conocer acarreara inevitablemente su sucesiva anulación, o como si la naturaleza animal de mi piel, más presente que nunca poco antes, debiera desvanecerse ahora hasta en su raíz más remota para que yo lograra recobrarla más tarde. Martín aceleró bruscamente el final del proceso. Su voz no era más gruesa que un hilo, pero aquella frase sólo tenía sentido en los dominios de la realidad, donde el tiempo es siempre uno, y exacto.

—Nunca había hecho llorar a una mujer en la cama.

Abrí de nuevo los ojos presintiendo una sonrisa radiante, un ridículo gesto de triunfo, un acceso de satisfacción casi juvenil bailando en las comisuras de sus labios entreabiertos, pero encontré un rostro serio, asustado, casi exhausto, la boca apretada y los ojos muy hondos. Me abracé a él con todas mis fuerzas. Se había hecho de día, y creí que iba a romperme por dentro.

—Al final, se casó con él, supongo…

Las irrupciones de la analista ya no me sobresaltaban tanto como al principio. Asentí mecánicamente con la cabeza mientras miraba el reloj para medir mi última ausencia. Demasiado larga, me dije, aunque perder el tiempo en aquel despacho había dejado de pesarme de repente.

—Sí, o él se casó conmigo, como usted prefiera… —aunque ni siquiera me apetecía fumar, tanto tabaco quemaba en cada una de aquellas visitas, encendí un pitillo de más antes de emprender mi último monólogo de la tarde—. Y han pasado quince años, ¿sabe?, pero he empezado a creérmelo del todo hace muy poco tiempo… Lo que quiero decir es que, al principio, desconfiaba de mi propia suerte. Me acostaba con Martín todas las noches y me lo encontraba en la cama todas las mañanas, claro, él era mi marido, vivíamos juntos, y sin embargo, no sé, a lo mejor usted no me entiende, pero es que no sé explicarlo de otro modo, la verdad es que no me lo podía creer, simplemente. Me sentía como si en lugar de existir a ras del suelo, flotara dentro de una inmensa burbuja que pudiera estallar de un momento a otro sólo con rozar cualquier objeto afilado, una reja, la aguja de un campanario, o un simple alfiler en la mano de un niño. Quizás ése sea el precio que hay que pagar por enamorarse de un dios y acabar casándose con él, o quizás… —me detuve un instante para escoger bien las palabras—. Yo a mi marido le gusto mucho, ¿sabe…? Sexualmente, quiero decir. Eso tampoco lo entiendo muy bien pero es verdad, y lo sé desde el primer momento, desde la primera noche que dormimos juntos. Antes incluso de contarle que llevaba años enamorada de él, me di cuenta. No debe de ser una cuestión estética, que me encuentre más guapa o más fea, ya sabe, sino algo más extraño, más… profundo, aunque parezca una cursilada decirlo así. Tal vez es mi olor, mis hormonas, que atraen a las suyas, o algún otro fenómeno por el estilo. Eso supongo, porque desde luego no creo ser una amante técnicamente perfecta. Más bien al revés, por lo menos desde fuera, porque soy lo menos parecido a una mujer fatal que pueda concebirse, ya me ve, aunque Martín dice siempre que los amantes universalmente irresistibles ni existen ahora ni han existido jamás, y yo creo que tiene razón. Una noche de borrachera mutua, muy al principio de todo, me confesó que había algo muy particular en mi aspecto, una especie de señal que él nunca había detectado antes, en ninguna otra mujer… Él siempre me ha considerado muy inteligente y, bueno…, empezó por ahí. Es como si tuvieras alguna piel de más. me dijo, niveles que le faltan a la mayoría de la gente. Al principio no le entendí, y me describió mi propia imagen, la idea de mí que conservaba de las primeras veces que nos vimos, una chica muy lista, muy segura de sí misma y hasta un poco altiva, la sumamente previsible hija de su padre, acostumbrada a mandar y a viajar por Europa, lo típico… Y sin embargo, él presentía algo distinto, por eso se alegró tanto de encontrarme en Italia. Ahora ya sé lo que es. me anunció aquella noche, un par de meses después de que hubiéramos vuelto juntos a Madrid. Tienes miedo, Fran, eso me dijo, siempre tienes miedo, de la gente, de las cosas, y ahora, de mí… Eso dijo, y tenía razón. Acababa de descubrir mi punto débil, esa odiosa docilidad innata en mi carácter, la tendencia natural a caerme a cada paso que me obliga a caminar mirando al suelo, a medir las consecuencias de la más leve huella de mis pies. Todo eso

es verdad, y que me protejo detrás de una fortaleza aparente y completamente fingida. Nunca he sabido sacar partido de mi debilidad, esa clase de ventaja siempre me ha parecido indigna, así que procuro vivir por encima de ella, pero Martín la detectó enseguida y, en cierto modo, él fue quien supo explotarla en su propio provecho. A lo mejor no lo entiendes, me dijo al principio, como disculpándose de antemano por lo que vendría a continuación, pero ese contraste brutal entre tu apariencia y tu verdadera naturaleza es lo que más me atrae de ti. Cada vez que te pillo en un renuncio, excitas una fibra de la zona más oscura de mi cerebro, y no está bien, y no quiero, pero no lo puedo evitar. Es como si despertaras sin querer a una bestia dormida y le colocaras un buen pedazo de carne delante de los colmillos, ¿sabes?, o algo peor… Me miraba de una forma extraña, risueña y torva a la vez, y le pregunté si estaba dispuesto a ser más explícito. Se lo pensó un par de minutos antes de concederme otra oportunidad. Por ejemplo, continuó al fin, piensa en cualquiera de esas repulsivas, fascistas, baratas, sexistas, clasistas e imperialistas series americanas de televisión que suceden en un juzgado, o en una comisaría. Cuando aparece una mujer rubia, independiente, autosuficiente y hecha a sí misma, que no renuncia a ser atractiva aunque sólo vive para su trabajo, y por eso, y porque no es tan fuerte como parece, afronta riesgos impropios de una señorita… ¿qué pasa con ella al final? Que la violan, respondí. Premio, aprobó él, y me aseguró que los violadores le parecían auténticos monstruos cuando podía pensar con frialdad. Pero algunas veces no puedo, dijo, y me pidió que intentara ponerme en su lugar antes de preguntar de nuevo, y si yo estuviera delante del televisor en un mal día… ¿qué pasaría conmigo? Le dije que no me atrevía a suponerlo y me propuso un test. A, apago la televisión, B, de acuerdo con mi ideología, con mis verdaderas opiniones y mis auténticos criterios, me retuerzo de repugnancia en un sillón, C, me empalmo sin remedio. ¿Te empalmas de verdad?, le pregunté, muerta de risa, porque no me daba ningún miedo escucharle, y él sonrió mientras me confesaba que sí, y que si la rubia estaba buena, a veces se hacía una paja antes de llegar al telediario. Yo también tengo algunas pieles de más, Fran, más niveles de la cuenta… Eso me contó, y yo me sentí mucho más cerca de él al escucharle. Vaya, le dije entonces, pues no está mal, es incluso peor que lo de Lenin…

—¿Qué es lo de Lenin?

—¡Oh…! Creí que se lo había contado —medité durante un par de segundos. Tenía demasiadas ganas de llegar a casa para embarcarme en una historia tan larga—. Una fantasía infantil. De pequeña estaba enamorada de Lenin, no tiene ninguna importancia, créame…

Arqueó las cejas tanto como pudo, pero no quiso insistir, y yo se lo agradecí.

—Muy bien —admitió, antes de recapitular por mí—, sin embargo me gustaría conocer qué vínculo establece usted entre el escepticismo al que ha aludido al principio y su… ¿le parecería acertado que lo llamáramos éxito sexual?

—Bueno, si quiere… Aunque yo nunca lo he vivido como un éxito propio, sino más bien como una fuente de felicidad que en el fondo no tiene mucho que ver conmigo, algo así como mi sistema inmunológico, por ejemplo, que está dentro de mí pero que yo no puedo controlar. Por eso debe de ser tan terrible aceptar una suerte semejante. Ya sabe, sólo se puede perder lo que se ha tenido antes, y a mí no me tocaba una historia así. Si me había resignado a no esperar alguna cosa de mi futuro era precisamente ésa, ¿sabe? Yo no soy como mi madre, y sin embargo, me he sentido adorada muchas veces, muchas noches… Pero lo que más me asombraba de todo era el propio Martín, que parecía una especie de copia perfeccionada de mi padre, tan parecido a él en tantas cosas, pero tan distinto en lo fundamental. Un hombre de izquierdas, inteligente, culto, irónico y capaz que, sin embargo, no habría podido enconarse jamás con una pija remilgada, por muy buena que estuviera. Un hombre brillante que sin embargo acabó eligiéndome a mí, a la hija fea de mi madre… ¿Quién habría sido capaz de tragarse una historia así…?

Había preguntado al aire, pero ella quiso contestarme.

—Mucha gente —dijo—. Mucha gente más fea que usted, y más tonta que usted, e infinitamente menos sensible que usted, pensaría, si estuviera en su lugar, que el destino aún no les ha compensado bastante por el mérito de haber nacido, créame… —hizo una pausa y bajó la vista,

como si ya estuviera cansada de mirarme de frente—. Aunque quizás debería corregir los verbos. Usted habla siempre en pasado.

—¿En seno…? —mi asombro era genuino—. Bueno, ya sabe. Las cosas cambian.

—¿A peor?

Me maldije brevemente a mí misma por haber iniciado aquella precisa conversación, y puse mi cerebro del revés un par de veces en busca de una respuesta airosa, que no existía.

—Según se mire… —estaba dispuesta a resistirme hasta el final—. Tal vez han cambiado para mejor, porque ahora me creo a pies jun tillas mi propio pasado. De repente, lo comprendo todo. Es el presente lo que se me resiste. Pero ya es muy tarde, y no me apetece hablar de eso… Tiene gracia de todas formas, ¿no? Nunca he podido estar segura de que Martín me quisiera de verdad, y sin embargo, no dudaba de él. Ahora dudo pero, a cambio, sé también cuánto me ha querido, todos estos años…

Ella no dijo nada, y yo me levanté en silencio, esforzándome por demostrar una serenidad que desmentían mis gestos torpes, atropellados. Cuando me incliné para estrechar la mano que me ofrecía desde el otro lado de la mesa, derribé con el bolso un vaso lleno de lápices que se desparramaron por todo el tablero y me sentí peor que nunca, como si mi vida corriera verdadero peligro en aquel despacho alargado y frío, tan brutalmente impersonal. La atmósfera del taxi que me llevó a casa era hasta demasiado distinta del aire extranjero que había respirado en las dos últimas horas, pero agradecí la vaharada de calor que empañaba los cristales como se agradece el blando pellizco de una abuela, y aprecié el cochambroso tacto de la tapicería de plástico rajada en un par de sitios, e incluso la compañía de los caireles que festoneaban una especie de doselete de terciopelo rojizo que ocupaba la franja superior del parabrisas delantero y se movían sin cesar, para que sus diminutos cascabeles entonaran una enloquecida canción sin ritmo alguno, puro estrépito sin principio y sin final.

El taxi se detuvo frente al portal de mi casa y, antes de pagar, miré hacia arriba. No vi ninguna luz en el salón. Años atrás, habría sabido con exactitud dónde estaba Martín en ese momento, pero ya no solía contarme sus planes en el desayuno, y aunque en las peores ocasiones, sobre todo cuando llegaba a asustarme de lo tarde que volvía a casa, o cuando no volvía, había intentado justificarme a mí misma diciendo que me daba miedo saberlo, la verdad es que casi siempre se me olvidaba preguntarle qué pensaba hacer durante el día. Lo peor de todo era que muchas veces, en un estado de ánimo parecido al que me acompañaba al bajar de aquel taxi, prefería no encontrármelo arriba, porque le deseaba desesperadamente, y por eso no podía soportar mi propio silencio, el saludo convencionalmente educado que brotaría sin duda de mis labios en respuesta a la seca formalidad de su bienvenida. Ya no sabía besarle, no sabía arrinconarle contra una esquina del pasillo, no sabía colgarme de él, como hacía antes. Y sin embargo le amaba, le deseaba desesperadamente, y me sentía como muerta, podrida por dentro.

Distinguí a Shostakovich desde más allá de la puerta blindada, pero la casa en la que entré estaba a oscuras. Avancé entre los muebles tanteando con las dos manos, como una ciega reciente, en dirección a la claridad metálica que se adivinaba al fondo, en el salón, mientras me recordaba a mí misma que el equipo de música no andaba solo. En el centro de la habitación, frente al gran ventanal que había bastado para convencernos de que, si no comprábamos inmediatamente aquel piso, no nos lo podríamos perdonar jamás —Las Vistillas, qué horror, tan ruidoso…, ¿y dónde vais a aparcar?, dijeron a coro nuestros dos padres, nuestras dos madres—, Martín miraba la ciudad nocturna desde su sillón favorito, con el arrogante gesto de un coleccionista absorto en su miniatura más hermosa. Madrid se encendía sólo para él, ventanas, neones, farolas como comas de luz acentuando el horizonte, matices templados y sin embargo audaces en el grandioso esplendor rojizo del anochecer, un espectáculo al que ninguno de los dos hemos podido resistirnos nunca.

—Hola —me saludó sin volverla cabeza. Siempre ha reconocido el sonido de mis pasos, los distingue del eco de todos los demás.

No dije nada, pero le contesté encendiendo la luz mínima, una lam–parita de pinza sujeta a una

balda de la estantería. Luego, sin saber muy bien qué iba a hacer a continuación, avancé hacia la terraza, sorteando el sillón un segundo antes de girar sobre mis talones para quedarme de pie, justo enfrente de él. Entonces, como si tampoco pudiera ya mirarle, cerré los ojos.

—Hola… —dije solamente, y pasaron algunos segundos antes de que me atreviera a despegar los párpados.

Él sabía leer en mis ojos, siempre había sabido, y sin embargo, al aceptar la mano que me tendía, no me atreví a imaginar sus intenciones. Un instante después, sentada ya encima de sus rodillas, mis piernas dobladas enmarcando sus muslos, mi cabeza a un par de milímetros de la suya, intenté recordar cuánto tiempo hacía desde la última vez que encajamos los dos en aquella postura, tan frecuenté al principio, y no fui capaz de acercarme siquiera a una fecha. Pero él seguía leyendo en mis ojos, aún podía descifrarme sin necesidad de hacer preguntas. Hundió las manos debajo de mi falda y le besé, y me devolvió un beso caníbal, el filo de sus dientes presagiando una ceremonia de intensidad antigua y memorable. Sus dedos trabajaron muy deprisa. Mi ropa no intentaba resistirse y yo tampoco, mis brazas se dejaron morir con la admirable disciplina de los mejores soldados y colgaban, inertes, a ambos lados de las caderas. Tenía que ser así. Yo sabía muy bien lo que le gustaba, y él sabía lo que me gustaba a mí, nunca había dejado de asombrarme la nitidez con la que encajaban los perfiles de dos piezas tan sinuosas. Cuando me penetró de un golpe seco, aullé de placer, pero no conseguí decirle que le quería, y cerré los ojos para concentrarme en las instrucciones que recibía m: cintura. Sus manos gobernaban mi cuerpo desde el centro, sus dedos hundiéndose levemente en mi carne como si pulsaran una hilera de teclas secretas, las cifras de un código que yo conocía muy bien, y ejecuté sin esfuerzo la partitura de su voluntad mientras las olas mansas, pero profundas, de esa nada deliciosa y atroz de los buenos tiempos me anegaban poco a poco hasta borrarme por completo, hasta negarme la certeza de ser yo misma, y sin embargo, y a pesar de que aún podía disolverme en pura emoción, las lágrimas no acudieron a mis ojos mientras las palabras se detenían en la frontera de mis labios abiertos, yo no soy nada sin ti, atronaba el silencio dentro de mi cabeza, no soy nadie sin ti, y sin ti no tengo padre, y no tengo madre, y no tengo patria, y no tengo dios…

Después, tampoco logré decirle que le quería. Me acurruqué contra él como una niña pequeña cansada y satisfecha, y acaricié su cabeza mientras la escondía en mi cuello, su nariz recorriendo el relieve de mi clavícula, trazando después la línea del hombro, hundiéndose por fin en la frontera de la axila. Entonces me invadió una paz extraña, casi un síntoma de felicidad, porque aquél era otro rito antiguo e intenso, otro detalle de pésimo gusto, otro secreto infame que compartir. Cuando todavía no éramos capaces de acoplamos con naturalidad para dormir en la misma cama, Martín me suplicó que dejara de usar colonia porque prefería con mucho el olor de mi cuerpo, y yo le complací. Esta mañana me he duchado a las siete y media, pensé, y me dio la risa. Estaba a punto de decirlo en voz alta cuando él se me adelantó.

—Hueles muy bien —me dijo—, pero no vienes de hacer gimnasia.

—¡Sorpresa!

Mi madre, porque aquel prodigio de imitación Chanel —grueso tejido de lana a cuadros en tonos teja, toda una colección de bolsillos y botones dorados estrictamente superfluos, y tres cadenas metálicas, unidas por los extremos, caídas sobre la tripa a modo de cinturón— solamente podía pertenecer a mi madre, estaba de pie al otro lado de la puerta, emboscada tras un enorme centollo cocido que sostenía con las dos manos a la altura de la cara.

—¿Mamá? —pregunté sólo por quedar bien, porque tampoco conocía a ninguna otra persona capaz de presentarse por sorpresa en una casa llevando un centollo en brazos.

—¡Claro que soy mamá! —me tendió bruscamente el crustáceo, que ya había empezado a gotear sobre sus zapatos, antes de abalanzarse sobre mí para depositar una serie de seis o siete besos seguidos en cada una de mis mejillas—. Ana Luisa, hija, ¡qué mala cara tienes! Trabajas demasiado, ¿sabes? Bueno, vamos para dentro, que ese bicho te está poniendo perdida… Es que, fíjate, anoche me llamó la tía Merche y me dijo, mira María Luisa, he convencido a Miguel para que mañana mismo me lleve al Alcampo…, ¿quieres venirte conmigo? Y, claro, de entrada, yo le dije, pues no sé, Merche, qué quieres que te diga, porque así, ir al Alcampo a pasar el rato, sin necesitar nada… Un momento, Ana, no irás a meter ese centollo en el congelador, ¿verdad?

Me había seguido hasta la cocina hablando igual que una cotorra, sin detenerse siquiera un instante para quitarse la chaqueta o dejar el bolso en el salón. Como en los mejores tiempos, pensé cuando pude mirarla con más calma, el centollo por fin en el fondo del fregadero y ella de pie, junto a la puerta, estirándose el guante de piel negra que vestía su mano izquierda con los enguantados dedos de su mano derecha, esos eternos gestos a lo Audrey Hepburn que tan mal se han acomodado siempre a los ochenta y tantos kilos que recubren sus ciento setenta centímetros largos de cuerpo. Maciza como una cariátide, mi madre, y muy bella, como son bellos todos los grandes mamíferos, pero incapaz todavía de renunciar a su repertorio juvenil, la relamida colección de poses ensayadas ante el espejo noche tras noche que acabarían convirtiéndola en una de las estrellas de la calle Cardenal Cisneros. «Sabrina», la llamaba todo el mundo, y no siempre con tanto cariño como guasa, cuando :a conoció mi padre.

—Pues no sé qué hacer con él, mamá… —seguíamos hablando del centollo—. ¿Te lo vas a llevar luego?

—¡Nooo! Lo he traído para que nos lo cenemos las dos… Vamos, si te parece bien.

—Me parece estupendo —me acerqué para besarla en la cara, y ella me abrazó, y permanecimos unidas un par de minutos, balanceándonos un poco, como cuando yo era pequeña—, una idea genial. Hago una ensalada, abrimos una botella de vino, y ya está…

—Muy bien —aprobó con la cabeza—, yo te ayudo.

Mientras se decidía a desprenderse al fin de los guantes, el bolso, los collares y demás obstáculos, siguió contándome la historia de aquella tarde en el mismo punto donde la había interrumpido antes, sin titubear en una sola sílaba y renunciando de antemano a cualquier fórmula que pudiera ayudarla a recobrar con naturalidad el hilo perdido. En realidad, nunca había dejado de asirlo firmemente, la conversación accidentada es una de sus grandes especialidades.

—Total, que ya sabes cómo es mi hermana Merche, más pesada que un kilo de churros, y lo más gracioso es que ella tampoco tenía que comprar nada especial, ¿sabes?, pero empezó como de costumbre, que a ver si yo tenía algo mejor que hacer, que si no nos lo habíamos pasado siempre en grande yendo de compras, que si ya sé que ella se aburre muchísimo sola, que si yo no iba, al final acabaría quedándose en casa… En fin, las hermanas mayores nunca dan su brazo a torcer, así que, después de todo, me he ido con ella al Alcampo y hasta me he divertido, la verdad, para qué te voy

a decir otra cosa, He salido de casa sin la tarjeta de crédito, eso sí, porque en esos sitios, cuando te quieres enterar, ya has dejado la cuenta corriente tiritando, pero el dinero que llevaba me lo he fundido entero, lo reconozco, y en cuatro tonterías, no creas, una jarra de plástico para meter dentro los tetra–briks, que parece mentira pero es una idea buenísima, que no sé cómo no lo han inventado antes, un centrifugador para la lechuga, porque el mío ya estaba un poco mohoso y hasta olía mal, un cacharrito para machacar los ajos, que no sé si al final lo usaré pero me ha parecido monísimo, un pintalabios casi marrón que me va de perlas con este traje, y en fin, algo más, ahora no me acuerdo… Para los nietos no he comprado nada, como os pasáis la vida regañándome… Ya está. ¿Cojo este delantal? —asentí con la cabeza—. Déjame la zanahoria, que la rallo yo… Y, ya sabes, como tu primo Miguel es tan pesado, la verdad, hija, que es muy bueno, muy simpático, muy servicial y todo eso, y está todo el día llevando a su madre para arriba y para abajo, pero siempre la lleva tarde a todas partes, porque es que no recuerdo una sola vez que haya sido puntual ni aproximadamente, vamos… Pues eso, que cuando ya llevábamos un cuarto de hora esperando, le he dicho a mi hermana, ¿sabes lo que te digo, Merche?, que yo me voy a la pescadería a comprar uno de esos centollos tan buenos que hemos visto antes, se lo llevo a mi hija Ana, que la vuelven loca, y nos ponemos las dos moradas, eso mismo. No me había atrevido a pararme antes porque ella no hacía más que meterme prisa, ¿te lo puedes creer?, que si vamos rápido, que si había quedado con Miguel en la puerta para que no tuviera que meter el coche en el aparcamiento, que si esto y que si lo otro y que si lo de más allá, y al final, hasta me han sobrado diez minutos para esperar con las bolsas en la mano, no te digo más…

El eco atropellado, pero vivísimo, de las palabras que escapaban con urgencia de los labios de mi madre para perseguirse en el aire a toda prisa, penetró en mis oídos como el tibio recuerdo de una canción de cuna, un santo y seña torpemente imprevisto, la clave más transparente de mi memoria, y mientras me dejaba mecer en el ritmo torrencial de aquella voz, llegué a alegrarme de corazón por tenerla a mi lado, en la cocina. Aquel discurso un poco enloquecido, todas esas sugerencias casi perversas e hilvanadas con un acento único, genuino, tan pura y despreocupadamente egocéntrico como, al cabo, inocente, me divertía de verdad, y por eso, y para disimular la punzada de desaliento que tal vez había añorado a mis labios al encontrármela al otro lado de la puerta justo cuando estaba a punto de regalarme la más insalubre noche de zapping, galletas de chocolate y palomitas recién hechas en el microondas, puse un mantel limpio, de tela, en la mesa de la cocina, y recurrí a los fondos del aparador del salón, la vajilla de la Cartuja y la cristalería tallada que ella misma me había regalado. Sé muy bien cuánto aprecia esta clase de detalles y los centollos, es verdad, me vuelven loca, así que teníamos muchas cosas que celebrar.

—Chin–chin —mi madre levantó su copa antes de probar un solo bocado. Siempre la han chiflado los brindis, pero su placer no va más allá del gesto de alzar el brazo y escuchar el sonido del cristal cuando choca con un semejante.

—Vamos a brindar por Amanda —propuse yo, en cambio.

—No —me corrigió enseguida—. Mejor por Amanda y por ti.

—Bueno… Entonces por las tres, ¿de acuerdo? —asintió con la cabeza y le di el pie que más le gustaba—. Chin–chin.

—Chin–chin —contestó sonriendo, mientras su copa avanzaba hacia la mía, y por fin, como si el vino le diera fuerzas, me preguntó lo que siempre está deseando preguntarme—. Ana Luisa, cariño, ¿estás bien?

—Sí, mamá.

—¿De verdad, hija?

—De verdad, mamá..

El tío Arsenio murió de madrugada, doblemente a destiempo, porque la vecina que limpiaba su casa no le descubrió hasta tres o cuatro horas después de la postrera traición de sus pulmones, y

porque a mediados de abril no se concibe la escarcha que se cobró su último aliento mientras confitaba los campos como si fueran bizcochos recién salidos del horno. Yo nunca le conocí, y apenas lo he visto en alguna foto —un hombre cuadrado, bajo, ancho y con boina, el perfecto paleto vestido de pana oscura—, pero guardo su memoria con un cierto, fúnebre cariño, precisamente porque acertó a morirse a destiempo, y más concretamente un jueves. Los jueves, Félix no tenía clase hasta las cuatro de la tarde, y mi hermana pequeña, Paula, la única que venía conmigo al instituto, entraba una hora antes que yo, así que nadie me echó de menos aquella tramposa mañana de primavera, el sol desnudo y alto, pero incapaz de desbaratar los cuchillos de hielo que el viento lanzaba a traición desde las espaldas de todas las esquinas, como un anticipo de la paradoja inmediata, definitiva, la sorpresa que me paralizó un instante al borde del destino que yo misma me había asignado, el asombro que congeló mis ojos ante el escenario de los verdaderos resultados. Félix, que no podía esperarme a aquellas horas, sólo llevaba encima el pantalón del pijama y volvía a comportarse como si yo le diera miedo, pero su piel respiraba un inconcreto vaho, la marca invisible del sueño reciente aflojando sus hombros, sus brazos, la tensión de sus párpados abiertos, una indolencia temible, tan indescifrable como aquella cama grande, las sábanas revueltas y todavía calientes, hasta la que me condujo sin aparentarlo casi, caminando simplemente delante de mí. No era la primera vez, pero la primera vez todo había sido mucho más fácil.

Último viernes de marzo, después de la última clase. Estrenábamos las vacaciones de Semana Santa, y cuando salí a la calle él estaba ya discutiendo con mis amigos en qué bar podríamos empezar a celebrarlo. Ni siquiera era el único profesor del grupo, allí estaban también la de Gimnasia, una lesbiana joven y muy enrollada, y el de Filosofía, un solterón de unos cincuenta años que para mi gusto se pasaba de chistoso, aunque los demás le encontraban irresistiblemente simpático. Todo parecía tan natural que hasta me cabreé un poco al principio, porque Larrea, atrapado en un implacable corro de admiradoras que no parecía interesado en disolver, no me hacía ni caso. Mientras cruzábamos la Plaza Mayor, infestada de grupos salvajes similares al nuestro, me entraron unas ganas horribles de marcharme a casa, pero al final decidí ser generosa y conceder a mi presunto, aún infinitamente desganado, admirador la prórroga del último mesón típico. Víctima muy grave de una pasión cuyos afectados jamás aciertan a definir, necesitaba desesperadamente que mi profesor de dibujo se rindiera a ese deseo que había brotado al margen de mi voluntad para acrecentarse después en los vaivenes de un juego menos inocente de lo que yo estaba dispuesta todavía a admitir. Pero intuir que este sentimiento, por muy complejo que pareciera, era una simple manifestación de mi propia vanidad, no le devolvía la saliva a mi boca, ni la serenidad a mi espíritu. Los dedos de Larrea trepando bajo mi falda para demostrarme que no se había sentado a mi lado por casualidad disiparon en un instante, sin embargo, cualquier rastro de previa lucidez.

Pedimos morcilla frita, tortilla de patatas, chorizos a la brasa y hasta ensalada verde —una cursilería típica de Sonia Cuesta, la más veterana, tierna y lánguida de las enamoradas de mi futuro marido, una pobre chica que se obstinaba en confundir el ayuno con la espiritualidad y jamás desperdiciaba la ocasión de demostrarlo—, pero yo, aun pasando por una de las fases menos espirituales que recuerdo, apenas probé bocado. A cambio, bebí muchísimo, saltando de la cerveza al vino para rematar con una copa de pacharán después del café, y si mis pies no se hubieran adentrado ya, sin avisarme, en los intrincados senderos de un laberinto infinitamente más misterioso, habría sido incapaz de precisar en qué eficacísima, desconocida e inagotable cavidad de mi cuerpo se estaba acumulando todo ese alcohol que recorría mi aparato digestivo en vano, tan pasivo, tan neutro como si fuera agua. Félix estaba bebiendo tanto como yo, pero nadie se habría atrevido a deducirlo del acento con el que hilvanaba toda una conferencia improvisada sobre la marcha, y destinada no tanto a apabullar a la comensal situada a su derecha, que no podía ser otra que la propia y siempre espiritualísima Sonia Cuesta, como a concentrar precisamente en ella la atención de todos los demás. Mientras tanto, su mano izquierda, libre de mareaje, hacía insólitos progresos por debajo de la mesa.

—Sonia adoptó el apellido Delaunay cuando se casó con Robert, y poco después vinieron a

España… —absorta en la tarea de descifrar su discurso subterráneo, yo le escuchaba con el mismo, mínimo resquicio de interés que merece el eco de la lluvia detrás de los cristales—. Aquí tuvieron bastante influencia, desde luego, porque tomaron contacto enseguida con algunas revistas de vanguardia… —sus dedos, que hasta entonces se habían limitado a esbozar una caricia muy leve, superficial casi, vagando al azar apenas más allá de mi rodilla, ganaron de golpe un trecho definitivo para instalarse en el prestigioso escenario que había cobijado unas semanas antes la segunda fase de la tercera guerra carlista—, y colaboraron sobre todo con la revista Ultra, el órgano de los poetas ultraístas. Ramón Gómez de la Serna, que los conoció bien, habla de ellos… —su mano entera, abierta, describía ya un círculo tras otro sobre la cara interior de mi muslo derecho, convocando un tumulto instantáneo, un torrente de sangre apresurada, una forma del calor que yo desconocía y sin embargo bastó para inspirarme un sentimiento de culpa intenso, fulminante—, les dedica incluso un capítulo de Ismos…

— ¿Qué…?

Yo fui la primera sorprendida por aquella pregunta automática que había brotado de mi boca sin pedir permiso, como si mi cuerpo, creyéndose próximo a su límite de saturación, no hubiera encontrado otra válvula capaz de relajar la presión. Si fue así, mi cuerpo y yo nos equivocamos de lleno porque, aunque Félix me miró por fin, sonriendo con los labios, con los ojos, con las cejas, toda su cara iluminada por un acceso de beatitud que componía una expresión extraña, a medio camino entre la sana alegría y la más insana, su mano cambió radicalmente de propósito, cerrándose sobre mi muslo para aprisionar una porción de carne con la implacable precisión de las valvas de un molusco.

—Hablábamos de los Delaunay —condescendió a explicarme Sonia mientras tanto, una mueca de infinito fastidio amargando las comisuras de su boca—, la pareja de pintores de los años treinta, bueno, no sé si los conocerás…

—Ahhh… —fue lo máximo que pude admitir sin traicionar los intereses de esa mano que reparaba ya el daño infligido, acariciando ahora con cuidado y las yemas de los dedos la misma piel en la que se cebara sólo un minuto antes.

—¿Qué estabas diciendo, Félix? —insistió Sonia, con la vocecita de cordero hambriento de sacrificio que reservaba para las ocasiones especiales—. Parecía muy interesante…

—No, que Gómez de la Serna les dedica uno de los capítulos de su libro sobre los ismos… —el accidental trío forzado por mi interrupción se deshizo con gran naturalidad en las dos semiparejas establecidas desde el principio, una pública, integrada por la totalidad de Sonia y buena parte del conferenciante…— donde, más concretamente, si no recuerdo mal, define su estilo como simultaneísmo, por la avidez de capturar un instante, pintar las cosas en el mismo segundo en que suceden, reflejar acciones que aparentemente carecen de relación entre sí, pero que en realidad están sucediendo a la vez… Es un nombre bonito, ¿verdad? —y otra privada, que vinculaba la mano izquierda de un hombre a quien traían sin cuidado las palabras que fluían disciplinadamente de sus labios, con la mitad inferior de mi cuerpo—. A mí también me gustan mucho, todas esas imágenes de la velocidad, la Torre Eiffel a punto de descuajaringarse…

Su conversación fue perdiendo poco a poco la intensidad que se concentró, como un escape de gas pesado, en el breve espacio que mediaba entre nuestras cabezas, nuestros troncos casi unidos, un par de centímetros escasos de aire eléctrico dispuesto a deshacerse en una pura chispa a la mínima ocasión, un peligro que nunca se consumó porque mi imaginación tardó lo suyo en ponerse a la altura de los acontecimientos, y me limité a estar muy quieta, muy derecha, muy callada, mientras Larrea sucumbía a un vértigo sin condiciones, la tensión desencajando el perfil de su mandíbula y sus dedos incontrolados, enloquecidos, como agentes de una ilimitada audacia, una pasión contagiosa, porque cuando sentí por fin la huella de su mano, que había estado a punto de dislocarse los huesos media docena de veces antes de desarbolar al fin la tenaz resistencia de la cinturilla de mis pantis, contra mi propia carne, su dedo corazón hundiéndose por un momento en mi ombligo antes de seguir avanzando, no acerté a oponer resistencia alguna. Podría haberle

recordado al oído que entre nosotros existía una especie de pacto tácito que su fervor exhibicionista estaba a punto de violar, podría haberle advertido que si su ataque prosperaba sólo un milímetro más, me levantaría de golpe y me largaría sin dar explicaciones, y por supuesto, podría haber atajado el viaje de su mano con mis propias manos, aplicando el recurso más directo, más rápido y más eficaz de cuantos estaban a mi alcance, que consistía, simplemente, en aferrar su brazo y tirar de él para arriba, todo eso podría haber hecho, pero ni siquiera fui capaz de no hacer nada porque, cuando se encendieron todas las alarmas, una espléndida sensación de bienestar rellenó súbitamente la oquedad fabricada por el miedo, un pozo muy largo y muy estrecho que la inquietud abriera en el centro de mi cuerpo, y regresó el calor, mucho más dulce, desarmado ya, como un secreto inofensivo, y yo me encontraba bien, no estaba borracha, no me había vuelto loca, no padecía alucinación alguna, y sin embargo, víctima exclusiva, favorita, de mí misma, escondí el brazo derecho debajo de la mesa, exploré con los dedos la situación exacta de los vaqueros de Larrea, y mirando a ninguna parte, mientras mis labios sonreían solos, de pura debilidad, posé la palma de la mano sobre su sexo para rodear con los dedos una raíz de tensión absoluta, un misterio capaz de alimentarse a sí mismo hasta el infinito, o un pedazo de polla, que fue lo que me dije a mí misma entonces, haciendo gala de la osadía propia de quienes apenas han empezado a aprender cómo se aprenden las cosas. Quizás por eso, aquella vez todo fue tan fácil.

La mano de Larrea me abandonó bruscamente cuando su propietario anunció en voz alta que se nos había hecho muy tarde y que deberíamos marcharnos ya, y mientras los primeros de la clase dividían la cuenta mentalmente, yo también coloqué ambos codos encima de la mesa para hurgar un rato en el bolso en busca del monedero. En ese instante no tenía ni idea de lo que iba a suceder después, pero tampoco me importaba, y ni siquiera había tenido tiempo para pararme a pensar en las posibilidades más inmediatas, o mejor dicho, en las más inmediatas consecuencias de cada una de ellas, cuando un taxi libre se detuvo junto a nosotros y mi profesor de dibujo, que se despedía entre sonrisas de un grupo de alumnos, me ofreció una plaza como de pasada, en un tono casi desinteresado, hasta sospechosamente cortés.

—Si quieres te dejo en casa, Ana, me pilla de camino…

Supongo que debimos de pasar al lado de mi calle, tal vez incluso hasta recorrimos un trecho, pero yo no me enteré, porque en cuanto el taxi se alejó unos metros, Félix se revolvió en el asiento como una fiera enjaulada, se abalanzó sobre mí y, presa de una especie de ambición ilimitada, se propuso explotar a la vez, con una sola boca y dos simples manos, el mayor número posible de los recursos de mi cuerpo. Cuando llegamos a su casa, estaba tan excitada que apenas podía respirar por la nariz. El resto fue sobre Iodo fácil, y además brusco, fluido y bastante rápido, pero mi única experiencia previa había consistido en un polvo improvisado a última hora con un amigo del novio de mi amiga Mercedes, un chico bastante guapo y muy gracioso que apareció por sorpresa a las dos de la mañana en una fiesta de Nochevieja en la que hasta entonces, la verdad, me estaba aburriendo bastante. Aquello fue un error lamentable, inconcebible y abrumador pero, aunque como justificación no resulte mucho más inteligente, la verdad es que estaba hasta las narices de ser la única virgen que quedaba en mi pandilla, y en aquel momento ni siquiera me arrepentí. Tres meses después, mi profesor de Dibujo obtuvo un beneficio incalculable no sólo de la torpeza de mi primer amante, sino también, y sobre todo, de la trivialidad del deseo que me empujara hasta sus brazos, porque había empezado el año satisfecha de mí misma, contenta en general y con ganas de contárselo a mis amigas, pero la saliva huyó de mi boca cuando salté de la cama que Larrea, perezoso, se resistió a abandonar mientras me vestía, y ni siquiera reconquistó mi paladar tras el último beso de despedida. Las vacaciones de Semana Santa fueron un infierno.

Ahora creo que no era exactamente amor, supongo que no era amor, aunque bordeara sus límites con tanto arrojo, pero yo no conocía otra palabra para nombrarlo, para designar esa sed perpetua, las vueltas del veleidoso nudo que cerraba de golpe mis pulmones al aire, la inexplicable percepción de mi propia piel como una funda ajena o al contrario, una hipersensibilidad repentina que se activaba sin previo aviso para que el roce más leve me fulminara de dolor, signos de los días más internos y

más estériles al mismo tiempo, noches habitadas por fantasmas esquivos, insolentes, horas angustiosas de insomnio y de vigilia… Quizás no era exactamente amor, pero fue mucho más que un capricho, más que una novedad cegadora, aunque nunca una novedad ha llegado después a cegarme tanto, e infinitamente más que un ataque de ansiedad. El deseo me poseyó por completo, se adueñó de mis cimientos, de mis proyectos, de mi ambición, creció entre mis paredes como un parásito voraz, una gigantesca oruga capaz de arrasarlo todo, de devorarlo todo, de ocuparlo todo y exigir todavía más, aunque yo no tuviera con qué alimentarla. El primer día de clase, cuando salí del instituto, me encontraba físicamente mal, un poco mareada y muy pálida, exhausta sin motivo alguno, aturdida. Mi madre, que fue en busca del termómetro nada más verme la cara, me mandó a la cama sin proponerme siquiera una loncha de jamón de York para comer, y allí, en la precaria intimidad del dormitorio que compartía con mis dos hermanas, mientras me tapaba la cabeza con la sábana en un vano intento de cerrar mis oídos a la lejana sintonía del telediario, exploté en llanto, y lloré hasta que me venció un sueño nacido del puro agotamiento. Desperté un par de horas más tarde con nuevas esperanzas y un apetito asombroso, porque, después de todo, mi mal se reducía a no haberme encontrado con Larrea aquella mañana, y de repente ese detalle no me pareció tan grave como la posibilidad de que me viera y no quisiera reconocerme, una hipótesis que no había considerado hasta entonces y que me tuvo en vilo hasta el mediodía del martes, cuando la sonrisa inequívoca, cómplice, que me dirigió desde el descansillo del primer piso mientras yo atravesaba el vestíbulo, desheló los cristales de sangre que ensartaban mis venas y devolvió a mi maltrecho cuerpo la condición de templado. El miércoles, durante la clase de dibujo, me miró con la ternura sólida y levemente nostálgica de un amante que confirma con placer la calidad de su memoria, pero el timbre sonó diez minutos antes de tiempo y tuvo que salir corriendo porque había claustro. A cambio, el jueves, de madrugada, el tío Arsenio murió a tiempo para regalarme algunas horas de vida auténtica.

Decir que mis padres fueron a enterrarlo sería mucho decir. Fueron, más bien, a ver qué pasaba, y no tanto para curiosear como por ese repentino brote de responsabilidad que abrasa durante un par de días la conciencia de quienes han perdido algún familiar por el camino sin saber muy bien por qué. Mi padre, que no movió un músculo mientras recibía la escuetísima información —«ya sabes, hijo, estos hielos tardíos, que son tan malísimos…»— que quiso proporcionarle la vecina del único hermano vivo de su propio padre, reaccionó con una sorprendente mezcla de lentitud y extrañeza, limitándose a contener la avalancha de preguntas de mi madre con monosílabos y algún gruñido, mientras desayunaba con más parsimonia de la habitual. A despecho de su ensimismamiento, la mesa de la cocina se convirtió enseguida en el centro de un previsible guirigay, todos mis hermanos indagando a la vez acerca de la fortuna real de aquel tío abuelo que había comprado tantas tierras, haciendo conjeturas sobre los términos del testamento, y ofreciéndose a acompañar a mis padres a donde hiciera falta. En medio del barullo, papá acabó fijándose en mí, tan absorta en mis pensamientos como un preso que intuye la oportunidad de fugarse, y no sé si interpretó mi silencio como una muestra de respeto, pero no me dijo nada. Al final, decidieron llevarse a los mayores, que podían perder clase porque para eso estaban ya en la universidad, y dejar a la Paula más furiosa, maledicente e indignada ante tan flagrante discriminación, en la puerta del instituto, que les pillaba casi de camino. Cuando me quedé sola en casa, a las ocho y media de la mañana, ni siquiera me concedí a mí misma un momento para el estupor. Mientras me duchaba, me lavaba la cabeza, me hacía a toda velocidad una toga de emergencia y me vestía de domingo, con tacones, a pesar de la hora, apenas me daba cuenta de que Félix ocupaba ya hasta el menor resquicio de mi entendimiento, la más leve fibra de mi voluntad. Y no dudé al salir del portal en dirección contraria a la que tomaba todos los días, ni al embocar el callejón donde estaba su estudio, no me tembló la mano al llamar al timbre, ni la voz cuando le solté el discurso que había venido preparando por el camino —una florida explicación que él encajó de pie, apoyado en la puerta, medio dormido y casi desnudo, después de tirar de mí hacia dentro como si quisiera driblar al frío—, no me detuve siquiera a decidir si lo que estaba a punto de hacer era bueno o malo, inteligente o estúpido, rentable o un

error que lamentaría el resto de mi vida, y no lo hice porque no podía pensar ni hacer ninguna otra cosa que no fuera precisamente lo que estaba haciendo, ir hacia él. Y sin embargo, cuando ya no podía volverme atrás, una especie de asombro muy raro me desarmó de mi aplomo como de un vestido que siempre me hubiera quedado demasiado grande, y en la frontera de aquella enorme cama de sábanas revueltas y todavía calientes, la enajenación me pasó factura. A la intensísima luz de un repentino estado de conocimiento, me pregunté cómo, por qué camino habría llegado yo hasta allí, y no supe muy bien qué contestarme. Entonces, como si hubiera podido intuir la dirección de mis pensamientos, Félix se acercó a mí por detrás, me rodeó con los dos brazos y no hizo nada más, sólo abrazarme, respirar al borde de mi oreja izquierda, acoplar a mi relieve el relieve de su cuerpo, y esperar.

En aquel gesto estaba escrita la suerte de mi vida y él lo sabía. Lo supo siempre, desde el principio, ésa fue su principal ventaja sobre mí, tal vez la única, tan descomunal, de todas formas, que supongo que no llegó a echar otras de menos, él sabía tratar a la serpiente que vivía enroscada alrededor de mis vísceras, aprendió a domarla muy deprisa, cuando yo aún no me daba cuenta de nada, ¿te pasa algo, Ana?, me preguntó mientras aún esperaba, cuando todavía no había ocurrido cosa alguna, salvo que la dureza de su sexo marcaba ya en diagonal mi nalga izquierda, y le contesté que no con la cabeza, entonces sus manos treparon unos pocos centímetros, se cerraron sobre mis pechos en el preciso instante que escogieron sus dientes para atacar el perfil de mi cuello, yo acusaba la tensión de mis pezones resbalando contra sus pulgares y pensaba que todo iba a ocurrir muy rápido, pero sus labios rozaron mi oreja otra vez, no sé, dijo, parece como si te ahogaras…, y de nuevo se quedó quieto, me impuso una inmovilidad que ya no soportaba, y acabé confesando lo que él quería oír, sí, murmuré, me estoy ahogando… Nunca sabré dónde, en qué remoto pliegue de mi cuerpo, en qué escondida esquina de mis ojos, en qué precisa fibra de mi boca aprendió él tantas cosas de mí, nunca sabré cómo atinó a presentir con tamaña intensidad, tal precisión, la potencia de la serpiente que alentaba, como una fiera dormida sólo a medias, tras la torpe impasibilidad que embotó mis sentidos aquella primera vez de tanteo y borrachera, nunca sabré cómo lo hizo, pero acertó de lleno en el centro exacto de lo que yo era, y así me poseyó por completo antes de quitarme la ropa con aquella parsimonia exasperante, ¡miraque eres ansiosa!, fingía asombrarse, mucho antes de rodar conmigo sobre una cama que de repente quemaba, no seas tan ansiosa, en serio…, reía, acabará sentándote mal, infinitamente antes de concederme por fin esa gracia que yo no hubiera sido capaz de escatimarle, ¿quieres que te folle?, sí, pues pídemelo, fóllame, no así no…, pídemelo por favor, por favor, Félix, fóllame, cuando ya estaba a punto de deshacerme de angustia. Luego besé su cara, sus hombros, sus manos durante mucho tiempo, mientras el placer, ese traidor, me abandonaba despacio, como si le diera pena devolverme al mundo.

—¿Qué somos ahora? —le pregunté al final, cuando ya debería haber empezado a vestirme para no llegar tarde a comer—. Yo ya no podré verte como a los demás profesores. No sé si sabré disimular…

—Sí sabrás —se giró hacia mí y me besó brevemente en los labios—, porque no pienso hacerte ni puñetero caso.,.

Me eché a reír y él rió conmigo, pero eso no era bastante.

—¿Qué somos ahora? —repetí.

Él sonrió, y me miró de una manera especial, con dulzura, pero también con cierta secreta astucia.

—Somos amantes —contestó por fin, y yo, que no las buscaba, sucumbí sin condiciones al oscuro prestigio de esas dos palabras que parecían bastar para hacer de mí una persona importante. Por eso, justo antes de irme, volví la cabeza un momento para mirarle por sorpresa, y por eso, sin ser ni remotamente consciente de que acababa de empezar a aflojar el último freno, me dije que nunca jamás podría llegar a merecer la gracia de un destino tan magnánimo como el que acababa de convertirme en la amante —¡a–man–te!— de un genio auténtico.

Después de tantos años, ése es el único punto en el que estoy de acuerdo con la enferma de adolescencia que era entonces. Efectivamente, creo que jamás llegué a merecerme a Larrea.

—¡No me estropees el centollo, mamá, por favor te lo pido…!

La clarividencia nunca ha formado parte del limitado patrimonio de mis habilidades, pero aquella noche la vi venir, y la vi venir desde muy lejos.

—¡Por supuesto que no! —protestó, fingiéndose ofendida—. Yo, lo único que quiero decirte… No sé. Me preocupas mucho, hija mía…

Cuando decidí celebrar la entrada en vigor de la ley que me convertía en mayor de edad unos pocos meses después de haber cumplido los dieciocho, contando en casa que Félix y yo habíamos sido novios en secreto durante más de un año y medio y que nos proponíamos dejar de serlo en cuanto nos diera tiempo a arreglar los papeles para casarnos, la que más chilló —más alto, más fuerte, más lejos— fue, naturalmente, mi madre. Seis años después, cuando decidí dejar a mi marido por un puñado de aceitunas de Camporreal, la que menos se esforzó por intentar comprender las razones de mi vuelta a Madrid fue también, precisamente, mi madre. Claro que yo no era el único miembro de la familia cuya vida había cambiado vertiginosamente entre ambas fechas. Si la oportuna muerte del tío Arsenio me había abocado a los brazos de Félix Larrea, la prescripción de su herencia elevó a mis padres a una cota de lujo y riqueza que jamás habían acariciado ni en sueños, un éxito del que se recuperaron en una dirección muy particular.

Estaban tan acostumbrados a amenazarse en vano, a justificarse mutuamente como una amarga broma del azar, a reírse a carcajadas con todos esos chistes que siempre empiezan cuando a un marido, o a una mujer, le toca el gordo de la lotería, que al final, estrechamente acoplados en sus respectivos infortunios, habían logrado inducirse el uno al otro a acatar una cierta variedad de la armonía, el equilibrio indudable, tan precariamente sólido, que nace del ejercicio rutinario de la infelicidad. Y eran casi felices mientras rumiaban sus desgracias en público, enumerando ella en voz alta el nombre, los méritos y los sueldos de todos los pretendientes a los que rechazó para casarse con «este taxista», preguntándose él por las esquinas de qué dignísima estirpe se creería heredera la gorda aquella, si cuando la conoció su padre vendía queso y miel de la Alcarria de puerta en puerta, y los dos juraban a coro que si pudieran coger la puerta, ahí iban a seguir, y no acababan de especificar jamás por qué no podían pasar del recibidor, pero sus amigos, sus vecinos, sus hijos, sobreentendíamos que esos misteriosos accesos de parálisis progresiva que empezaban a dificultar sus movimientos a mitad del pasillo, no eran otra cosa que una manifestación más de la eterna mala suerte que cada uno de ellos invocaba con avaricia y arbitrariedad parejas, pero siempre en rigurosa exclusiva. Hasta que un buen día, la herencia del tío Arsenio prescribió, y en el mismo instante en que se desvanecieron los impuestos que la bloqueaban, se esfumó también la desgracia de mis padres.

Más que a un regalo de la fortuna, aquel golpe de riqueza se asemejó, de entrada, a una ironía que el destino hubiera concebido sin otro propósito que burlarse a placer de mi desprevenida madre, quien siempre había sostenido que el origen de toda ignominia constaba muy claramente, y por escrito, en la partida de nacimiento de su marido, donde, junto a la fórmula nacido en, alguien había consignado, con una caligrafía lamentable, la expresión «Villanueva del Pardillo, provincia de Madrid». Ella, en cambio, era un espécimen genuino de la especie nacida en «Madrid, provincia de Madrid», y ni siquiera se hubiera dado menos pisto si el pueblo de mi padre no llevara el insulto incorporado en su propio nombre, aunque no podía resistir la tentación de apostillar cualquier comentario propio o ajeno con aquella consabida y tosquísima advertencia, no, si no es por nada, pero el mismo nombre de su pueblo ya lo dice, pardillo, a ver si no, pardillo, que lo que soy yo, no me invento ni pizca… Pero al margen de las broncas domésticas, que seguramente habrían encontrado otros espléndidos cauces en el caso de que mi abuela Experta se hubiera venido a parir a la capital, las raíces de mi familia paterna no tuvieron ninguna importancia real hasta que un

compacto ejército de maquinaria pesada empezó a inyectar entre ellas grandes cantidades de hormigón y de cemento armado, y sobre los pastos de antaño emergió enseguida una ciudad fantasma de chalets de lujo con parcela individual, cuyos futuros propietarios, por muy ricos, que fueran, nunca alcanzarían a soñar siquiera un rendimiento comparable al que el pardillo de turno estaba obteniendo de un patrimonio tan rústico, aquellos tres o cuatro prados que apenas daban para alimentar a un triste rebaño de ovejas.

El tío Arsenio, que había ejecutado a la perfección todas las etapas precisas para transformar a un pequeño ganadero en un considerable especulador inmobiliario, poseía en la hora de su muerte catorce o quince fincas espléndidamente situadas, no sólo desde el punto de vista de su emplazamiento geográfico, sino también en lo relativo a su estatuto legal, que estaba a punto, pero lo que se dice a punto, de convertirlas en otras tantas grandes superficies de suelo urbanizable. Algo acabó contándole a mi padre un pintoresco personaje que empezó a rondarle a distancia apenas puso un pie en el pueblo, el cuerpo del difunto todavía caliente, y que terminó identificándose como Miguel Ángel Romero, abogado, economista y, sobre todo, gran hortera. Yo le conocí en el funeral, un jovencito muy trajeado que se agregó al cortejo con una naturalidad pasmosa, aunque sólo me fijé en él, al principio, por el inverosímil bucle que formaba su corbata estampada, jinetes ingleses en la caza del zorro a punto de precipitarse en el vacío por obra y gracia de un enorme pasador dorado, sujeto a la altura del tercer botón de una camisa brillosa, como de tela de visillo, sumamente increíble. Más de pueblo que las amapolas, sentencié para mí misma, y si alguien me hubiera obligado a calcular qué puesto le reservaba el azar en mi familia, habría agotado todos los catálogos de la especulación antes de atreverme siquiera a sospechar que estaba destinado a convertirse algún día en el marido de mi hermana mayor, Mariola, obsesiva heredera de los delirios de grandeza que mi madre elevó a cotas de un patetismo purísimo al escoger para su primogénita un nombre literalmente absurdo —María de la O—, sólo para poder abreviarlo en el diminutivo por el que se conocía a la segunda nieta de Franco.

Si Romero no hubiera estado tan seguro de sus posibilidades para convertir a mi padre en millonario y a sí mismo, antes que en yerno, en su apéndice imprescindible —esa flexible, astuta y contundente mano derecha de la que ningún millonario apreciable puede carecer—, quizás la herencia del tío Arsenio no habría dado tanto de sí, pero el «consejero jurídico del finado», como se llamaba a sí mismo al principio, puso cerco al domicilio familiar y fue implacable, hasta el punto de que, durante años enteros, el único heredero auténtico que hubo en todo este asunto fue él, que heredó un cliente por asedio. Y aunque no logró convencerle de las ventajas que, a largo plazo, acabaría reportándole la liquidación inmediata de los derechos reales que le permitirían entrar en posesión de las tierras, sí consiguió persuadirle, y con él a mi madre, y a mis tres hermanos, de que habían encontrado al único zahorí capaz de señalar la dirección en 1 a que, a no pasar muchos años, iba a llover más dinero del que cabe en la piscina del tío Güito. Y todos se volvieron medio locos.

Yo seguí el proceso desde París, con mucho más detalle del que podría deducirse de una distancia que mi familia había salvado con inaudita agilidad durante cerca de un lustro, porque en los buenos tiempos que sucedieron a mi esplendoroso debut corno mujer adulta, mientras mi marido irradiaba un halo deslumbrante capaz de protegerme y de dirigirme a la vez, como la varita de un hada madrina, no había encontrado la manera de quitármelos de encima. En los días dorados en los que cada cosa era un estreno, mi madre llamaba por teléfono a todas horas y, entre llamada y llamada, me escribía unas cartas larguísimas que pretendían revelar cuan hondamente le preocupaba mi situación, pero en la práctica me informaban, más bien, de hasta qué punto se aburría por las tardes. Muchas de ellas no las encontré en el buzón, sino en la maleta de cualquiera de mis hermanos, que no dejaban pasar un puente sin aprovechar la oportunidad de ocupar la habitación de invitados de mi casa, un recurso que acabó por explotar incluso mi propio padre para recuperarse de las batallas más sangrientas de su perpetua guerra conyugal, siempre que su mujer no hubiera llamado primero. Amanda —primera hija, primera nieta, primera sobrina— bastaba para justificar formalmente aquella periódica invasión, que sin embargo cesó de repente, en parte por cansancio de

los visitantes, supongo, pero también porque la misión de planificar con cuidado lo que se prometían como un futuro opulento les absorbió por completo, y desde entonces se dedicaron sobre todo a mirar pisos en venta. Mientras tanto, yo me enfrentaba a solas con una metamorfosis más lenta pero no más sutil, la campaña de camuflaje que Félix opuso como principal y misérrima táctica al paulatino desgaste de su futuro como pintor. Entonces, cuando su edad le fue eliminando por sí sola de las quinielas de grandes promesas sin que su obra le acabara de asegurar del todo una plaza indiscutible en la lista de los maestros consagrados, él, que nunca antes había recurrido a vivir como se supone que la gente espera que viva un pintor, intentó imponerse al destino adoptando modos de genio de manual, una estúpida combinación de vida desordenada —dormir de día, trabajar de noche, desayunar a la hora de merendar, cenar tortilla de patatas recubierta de caviar barato—, promiscuidad sexual —llegó a tener una amante fija disfrazada de discípula invitada que prácticamente vivía con nosotros, una joven estudiante de Bellas Artes de origen vietnamita a la que él llamaba Minnie, como la novia de Mickey

Mouse, y con la que una vez llegó a proponerme que nos acostáramos, un proyecto que debió abandonar enseguida, porque le contesté con una bofetada que le debió de asombrar hasta tal punto que no Logró devolvérmela ni siquiera de palabra—, y discurso sistemáticamente heterodoxo — conviene decir siempre algo muy original aunque sea una tontería—, que le sentaba fatal, por lo menos a mis ojos, que maduraron muy deprisa en poco tiempo ante la representación cotidiana de aquella tosca impostura.

La deserción masiva de padres y hermanos me precipitó en una versión específicamente íntima de una soledad que no había llegado a sentir del todo hasta entonces, mientras continuaba unida a Madrid por una suerte de invisible, invencible cordón umbilical que no me había consentido todavía una maniobra tan simple como dar una vuelta completa para mirar lo que ocurría a mi alrededor. Cuando por fin me atreví a intentarlo, comprobé con menos estupor del previsible que, aun escogiendo la dirección al azar, sólo podía ver detalles de un edificio que se estaba cayendo a trozos, y que sin embargo, y eso era peor y mucho más pasmoso, mi propia ruina no me resultaba un espectáculo tan desagradable. Al principio pensé en hablar seriamente con Félix, pero acabé por comprender que ninguna huida sería tan insensata como volver a empezar con un hombre que apenas lograba ya brillar en la memoria de una muchacha irreconocible en los perfiles de un ama de casa demasiado joven, con una niña demasiado pequeña, un marido demasiado egocéntrico, y un futuro demasiado largo para admitir soluciones eficaces. Todo eso lo sabía bien, y sin embargo, nada resultó fácil.

Durante un par de años, tras instalarme de nuevo en Madrid, tuve la sensación de que había transportado sin querer, desde mi vida anterior, una extraña capacidad para desintegrar cualquier cosa que tocara, porque la realidad seguía moviéndose sin parar, y todo cambiaba demasiado deprisa a mi alrededor. El paso del tiempo se encargó de demostrarme que aquel aparente vértigo no era más que un efecto óptico generado por mi propia inmovilidad, porque todo cambiaba y se movía sólo para encontrar un lugar definitivo, y antes o después, cada cosa logró acoplarse en un hueco más o menos ajustado a su medida, todo acabó encajando, todo, salvo mi vida.

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