—Sí, encantada… —Adelaida, que se adelantó para tenderme la mano, se perdió la peculiar expresión, como de dignidad aterrada, con la que su marido asistió a nuestro encuentro. A cambio, mi sonrisa no desveló en absoluto el mazazo que pulverizó mi propia dignidad precisamente en ese
instante.
—Y a Felipe ya lo conoces, ¿verdad? —Javier señaló a su amigo, al que efectivamente conocía, aunque de su manera de saludar y de mirarme entre beso y beso, deduje que no tanto como él a mí.
—Bueno, pues… —y como tenía que decir algo, dije lo primero que me pasó por la cabeza—. ¿Qué os parece todo esto?
Durante cinco minutos sostuve una conversación intranscendente sobre la editorial, el edificio y mi propio trabajo, un tema que apenas parecía interesar a la pobre —esta vez sí— Adelaida, que intentaba quedar bien haciendo preguntas, digiriendo mis respuestas en voz alta y comentándolas lo mejor que sabía, y fue ella también quien halló involuntariamente una salida para todos nosotros, al preguntarme dónde había un cuarto de baño.
—¡Oh! —dije, repentinamente aturdida por la cuestión más simple—. Pues… Yo creo que el más cercano está al lado de la puerta por la que habéis entrado, en el pasillo de la izquierda… Si quieres, te acompaño…
—No —Felipe se me adelantó, cogiéndola del brazo—. Yo voy contigo. Me he quedado sin tabaco pero tengo otro paquete en el abrigo… El guardarropa me pilla de camino…
Me quedé a solas con Javier cuando ya había perdido toda esperanza de lograrlo, y me sentí como si me hubieran partido por la mitad, dividida entre impulsos muy intensos y antagónicos, que parecían anularse entre sí para paralizarme por completo, porque durante un instante permanecí tan congelada como si viviera dentro de una fotografía de mí misma. Me moría de ganas de tocarle, de rozar siquiera la chaqueta que llevaba con la punta de los dedos, y a la vez me dolía interminablemente de que nunca, nadie, me hubiera humillado tanto, y sabía que eso no era verdad, que muchas veces, mucha gente me había tratado peor, pero yo jamás había sentido un zarpazo semejante, o no recordaba haberlo sentido, y aparentemente no había pasado nada, y yo lo sabía, pero eso también me daba lo mismo, porque habría pagado cualquier cosa por ahorrarme la escena que acababa de vivir, pero la había vivido, y me moría de ganas de tocarle aunque no le pudiera perdonar una herida semejante, y así estuve, estrictamente disociada entre el deseo y la indignación, hasta que él, en un gesto limpio y sigiloso, me cogió una mano con la suya, y apretó un instante sus dedos contra los míos, mientras me miraba como si mi cara fuera el único paisaje que jamás podría llegar a saciar sus ojos.
—Tenía muchas ganas de volver a verte… —me dijo, recurriendo otra vez a esa voz prodigiosa que yo ya no podría escuchar nunca más sin un escalofrío, esa voz que tenía escondida en algún remoto bolsillo de su cuerpo como si fuera una carta marcada, para arruinarme cuando mis manos estaban más vacías, esa voz que había sido mía, que yo había creído poseer una vez y para siempre, y que ahora en cambio venía de muy lejos, porque no me había atrevido a rozar siquiera con la punta de los dedos la chaqueta que llevaba cuando había empezado a someterme al riguroso despotismo de su voluntad, y fue esa voz, la sospecha de que yo nunca podría hallar un arma capaz de combatirla, la conciencia de mi infinita indefensión frente al afilado terciopelo de las palabras que pronunciaba, lo que acabó de decidirme.
—Eres un cabrón, Javier —le dije, y lo que tenía que pasar, pasó enseguida.
Primero se quedó quieto, absolutamente inmóvil, casi rígido, y apenas reaccionaron sus ojos, que se abrieron como si un cuchillo invisible los hubiera desnudado para siempre del consuelo de los párpados. Después, la sangre abandonó sus mejillas, y desde aquella repentina palidez, se movieron por fin sus labios blancos.
—¿Por qué me dices eso?
Mis palabras parecían haberle sumido en un desaliento tan profundo, y su rostro parecía tan capaz de expresarlo que, de repente, mi seguridad se perdió, como un huérfano sordo y ciego, entre los descomunales pliegues de una confusión inmensa, y aún no había encontrado nada bueno que añadir cuando Fran, tan discreta siempre excepto precisamente aquella tarde, como si el duende de la inoportunidad hubiera invertido toda su paciencia en esperar aquel exacto momento para tomar por fin, y por una sola vez, las riendas de sus actos, nos vio juntos y callados, e interpretó que nos
vendría bien un poco de conversación. Su maniobra de aproximación fue tan evidente que inspiró en Javier la dosis de atención precisa para comprender que tenía que soltarme la mano, pero yo logré anticiparme a ese gesto en una milésima de segundo y apreté sus dedos con los míos cuando ya se me escapaban. Entonces me miró, y aquella vez debió de ser él quien leyó en mis ojos que estaba completamente entregada, porque se rehízo a tiempo para hablar con Fran a solas durante más de cinco minutos, un diálogo al que yo asistí en un silencio tan riguroso como el que observaría después, cuando la pobre Adelaida regresó con Felipe del baño para inaugurar una nueva fase de insustancialísima charla polifónica sobre la editorial, el edificio, y el trabajo de todos nosotros, que parecía no tener otro fin que averiarme definitivamente los nervios. No sabía de dónde sacar una buena excusa para marcharme de una vez cuando Rosa, que pasó a mi lado por una aparente casualidad, acertó a interpretar mi mirada de auxilio. Y creía que no iba a pasar nada más, pero cuando ya me había alejado lo bastante como para volver a sentirme segura, Javier pronunció mi nombre en voz alta, y yo me volví como si pudiera darme cuerda a distancia, obedeciendo a–su voz sin pararme a pensarlo siquiera.
—Te llamo y hablamos de eso —me dijo, y sin embargo aquella noche tendría un epílogo tan catastrófico que acabé olvidando esta advertencia.
Rosa, humana al cabo bajo la formidable armadura de acero que la consentía andar por encima de la realidad como si fuera un artero lecho de hojas secas que ocultara un suelo firme cuya existencia sólo ella conocía, se derrumbó, tardía pero estruendosamente, al comprobar que, una vez más, Nacho Huertas había optado por esquivarla aun en contra de sus propios intereses laborales. Marisa debía de haberse ido a casa, o tal vez se había sumado a un grupo decidido a seguir la juerga por su cuenta, porque no la vi por ninguna parte mientras sostenía con dificultad el discurso que nuestra amiga común improvisaba entre copa y copa, enhebrando conceptos progresivamente deshilvanados con un acento progresivamente pastoso, un monólogo cada vez más melodramático, más autocompasivo y más idiota, del que no fui capaz de rescatarla porque si me hubiera invitado a intervenir, que no lo hizo, apenas habría alcanzado a rebajar el tono de sus lamentos hasta el nivel del patetismo más ridículo. Así que me limité a beber, y en eso sí que logré ponerme rápidamente a su altura, aunque no llegué a darme cuenta del significado de aquella carrera hasta que me hice un lío con el contenido de mi monedero cuando intentaba pagar al taxista que me llevó a casa, una operación complejísima pero sólo levemente más dificultosa que la tarea de meter la llave en la cerradura del portal.
Mientras entraba en el ascensor, por fin a salvo, me felicité por vivir en un edificio lo suficientemente antiguo como para que en aquella cabina de madera y cristal no hubiera ningún espejo. No tenía ningún deseo de contemplar mi propio rostro pero, a cambio, y ésa era la contrapartida inevitable, el motor que me conducía a casa funcionaba tan despacio que me sobró tiempo para sentarme en el banco tapizado de terciopelo y recordar a la radiante mujer que había permanecido de pie al recorrer exactamente la misma distancia en sentido inverso, esperándolo todo de una noche que había resultado tan decepcionantemente rácana. Porque volvía sola a casa y me sentía igual que si se hubiera hundido el mundo, y en aquel momento me daba lo mismo que Javier hubiera acabado reaccionando a mi favor, aunque aún no podía imaginar siquiera cuan desesperadamente me aferraría a esos pocos indicios de un futuro todavía posible sólo un par de minutos después.
—¡Hola!
No había llegado a poner aún los dos pies en el recibidor cuando aquella voz descargó sobre mis maltrechos hombros la bienvenida más indeseable.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, repentinamente sobria y hastiada de mi suerte, sin atreverme a entrar en mi propia casa.
—¿Por qué has quitado el retrato de esa pared? —preguntó él a su vez, asomándose por la puerta del salón—. Quedaba de puta madre…
—¿Qué haces aquí, Félix? —insistí—. ¿Cómo has entrado?
—Con las llaves de Amanda —y se las sacó del bolsillo de los vaqueros para enseñármelas—. Oye… ¡qué guapa y qué elegante estás! ¿De dónde vienes?
—¿Amanda ha venido contigo?
—No.
—Pues ya te estás largando.
Colgué el abrigo en el perchero, enganché la correa del bolso encima y, con unos reflejos admirables en mi estado, atravesé la puerta del salón sin rozarle siquiera.
—¡ Joder! Vaya manera de recibir a los invitados…
Giré sobre mis talones en el centro de la alfombra y me volví para mirarle. Seguía apoyado en el quicio de la puerta, pero ahora hacia dentro, con una expresión burlona que me advirtió de que no tenía ninguna intención de tomarme en serio.
—Tú no eres ningún invitado, Félix —le dije, hablando muy despacio, como si pudiera imponerme a mí misma una calma que no tenía—. Yo no te he pedido que vinieras, ni siquiera sabía que estuvieras en Madrid. No tengo ganas de verte, no tengo ganas de hablar contigo, ni con nadie… He tenido un mal día y quiero estar sola. Así que lárgate.
—¿A estas horas? —preguntó, con una risita.
—Sí, a estas horas. Son sólo las doce y media, aquí no es tan tarde, ya lo sabes, tú naciste en esta ciudad, ¿te acuerdas? Y tienes un montón de familia aquí. Si no te apetece ir a dormir a casa de tu madre, vete a un hotel o a un banco del Retiro, pero déjame en paz.
Entonces se puso serio, como si por fin, aun en contra de su voluntad, sus oídos hubieran logrado procesar correctamente el sentido de las palabras que yo pronunciaba. Sostuve su mirada con dureza pero, en el silencio inmóvil de aquel desafío, mis ojos no quisieron volcarse en él, como si la imagen de Javier estuviera impresa ya para siempre en el fondo de mis retinas, dispuesta a imponer su abrumadora ventaja frente a la figura de cualquier otro hombre a quien yo pudiera mirar durante el resto de mi vida. Al amparo de aquella luz firme y rotunda, lo encontré mucho más viejo de lo que recordaba, tal vez porque iba vestido igual que cuando dejamos de vivir juntos, unos vaqueros blanquecinos de puro lavados, una camisa del mismo tejido y casi igual de desgastada, y un pañuelito rojo, de algodón hindú, alrededor del cuello, del que me habría reído con ganas si hubiera tenido ganas de reírme. Aquel detalle me alertó de sus intenciones casi tanto como su imprevista aparición, porque en los últimos tiempos solía quedarse en mi casa cada vez que venía a Madrid, pero nunca antes se había atrevido a presentarse solo, sin el escudo protector de Amanda, y siempre había llamado antes para anunciar su visita. Mientras le veía avanzar con pasos cansados hasta el sillón donde se desplomó, me dije que no podía haber elegido un momento peor para intentar seducirme de nuevo, y aquella idea, el primer pensamiento optimista que lograba convocar en muchas horas, me dio fuerzas para aguantar lo que se me venía encima.
—¿Dónde está el cuadro? —me preguntó, y comprendí que había convertido la desaparición del retrato en la única clave eficaz para descifrar mi actitud.
—En tu galería —me apoyé en la pared y crucé los brazos—. Lo he dejado allí en depósito. Si no quieres llevártelo a París, puede quedarse allí una temporada, por lo visto les sobra sitio. Si prefieres venderlo, Arturo cree que encontraría un comprador.
—Pero, ¿qué pasa?
—Pasa que no me gusta, que nunca me ha gustado. Mientras Amanda era pequeña no me atreví a quitarlo porque tú eres su padre, y me parecía justo que viviera entre recuerdos tuyos. Pero ahora ella vive la mayor parte del año contigo, y ésta es mi casa, y aquí vivo yo, y vivo sola, para que te enteres. No tienes ningún derecho a aparecer cuando te apetezca.
—Bueno, también es la casa de mi hija, ¿no? —protestó—. Puedo dormir en su cuarto, supongo…
—No.
—¿Por qué? No te voy a molestar, no voy…
En ese momento sonó el teléfono. Félix tuvo la extraña intuición de callarse al escuchar el primer
timbrazo, para que los sucesivos, y el eco mecánico del contestador que se ponía en marcha, resonaran entre las paredes del salón como el estallido de una alarma.
—¿Ana? —reconocí aquella voz y cerré los ojos—. Soy Javier. Supongo que estás despierta, son sólo… la una menos veinte. Has tenido tiempo de sobra para volver a casa, porque te has marchado de la fiesta antes que yo, te he visto salir. Coge el teléfono, por favor… Necesito hablar contigo.
—¡Oh! —la exclamación de Félix me obligó a mirarle—. Ya comprendo…
—Ana… —Javier insistía en un tono que permitía suponer que estaba seguro de que yo le escuchaba aunque no quisiera contestarle—. Por favor, coge el teléfono… He tenido que sacar al perro para poder llamarte a estas horas, mi mujer no se lo podía creer, lo tengo aquí al lado, me está destrozando la mano porque quiere irse, y ya me ha meado en la pierna izquierda, si quieres te lo pongo al teléfono para que lo oigas ladrar…
Entre el primer y el segundo ladrido me di cuenta de que estaba sonriendo sin querer. Luego me tiré al teléfono con el mismo gesto que un náufrago lento de reflejos habría ensayado para agarrar un salvavidas, y en ese momento me olvidé de todo.
—¡Javier! —chillé casi, y no le di tiempo a añadir nada más.
—Espera un momento… Voy a coger el teléfono del dormitorio.
Pasé al lado de Félix sin mirarle y corrí por el pasillo hasta mi cuarto. Cerré la puerta con cerrojo, me lancé en la cama y descolgué.
—¿Javier?
—Sí.
—Es que hay gente en el salón, ¿sabes? Ha venido… —en ese momento frené en seco—. Una hermana mía, porque… —algún dios misericordioso me inspiró una buena excusa—. Ha perdido las llaves de su casa, y como yo tengo otro juego…
—¿Qué ha pasado, Ana? —él esperaba una respuesta inmediata, pero yo no fui capaz de dársela—. ¿Por qué me has insultado? ¿Qué he hecho yo?
No podía decirle la verdad, no podía decirle que me había comprado un vestido nuevo, y había ido a la peluquería, y me había pintado con mucho cuidado, para encontrármelo, y llevármelo a un rincón, y besarle, y traerle luego a casa, y meterme en la cama con él, y follármelo con una ansiedad que no había conocido nunca antes de conocerle, y que él, a cambio, me había traicionado, me había decepcionado, me había hundido. No podía decirle eso, pero él insistía en escuchar algo de todas formas.
—Ya está bien, Ana —añadió después de un rato, y mientras tanto, su tono, que ya era duro, se endureció un poco más—, si me has llamado cabrón, me imagino que te lo habré parecido, y me gustaría saber por qué.
—Es que… Bueno, yo… Yo creía que ibas a venir a la fiesta solo.
— ¿Y…?
—Pues eso, que cuando he visto que no… Si llego a saber que ibas a venir con tu mujer, me hubiera quedado en casa, ¿entiendes?
—No, no lo entiendo.
—Bueno, pues, aunque no lo entiendas… Eso es lo que me ha pasado. Yo… Como no hablamos después de aquel fin de semana… Yo no sabía si tenías ganas de volver a verme, no podía saberlo y había pensado que… Si te hubiera apetecido, habrías venido solo…
Entonces fue él quien se calló, y durante un rato sólo escuché el eco de las monedas que iba introduciendo por la ranura, y algún ladrido.
—Podrías haberme llamado —añadí, cuando empecé a ser yo la que no soportaba más el silencio—, para avisarme…
—¿De que iba a ir a la fiesta con Adelaida? —preguntó, de una manera casi risueña, y entonces sospeché que mis explicaciones no sólo le habían parecido verosímiles, sino que además le habían gustado, y crucé los dedos para tener razón—. ¿Pero cómo iba a hacer yo una cosa así? ¿No lo entiendes? Es ridículo. Llamarte a ti, que trabajas allí, para decirte que no fueras a la fiesta de tu
propia editorial porque yo, que os estoy haciendo un libro por casualidad, tenía que llevar a mi mujer…
—Muy bien, pero yo me he sentido fatal —insistí—. No me gusta tener que ser simpática con las mujeres de los hombres con los que me… —acuesto, iba a decir, pero no me atreví a usar el presente—. Bueno, de todos modos, podrías haberla convencido de que se quedara en casa…
—¿A Adelaida? —dejó escapar una breve carcajada para respaldar a destiempo la amable tesis que Rosa había formulado muchas horas antes—. ¡Tú no conoces a Adelaida!
—Sí que la conozco —le recordé—. Por eso me he sentido tan mal.
—Pues lo siento —y su voz volvió a ser irresistible—. A mí me ha gustado mucho verte, de todas formas…
—Me alegro —le concedí—. Yo tenía muchas ganas de verte a ti.
—¿Y las sigues teniendo? —entonces sonó un pitido.
—Sí —contesté a toda prisa.
—No tengo más dinero, mañana te…
Un pitido largo ocupó el lugar del único verbo importante de aquella conversación, precediendo a una breve serie de pitidos intermitentes tras los que llegó el silencio. Colgué el auricular con una pereza infinita, me estiré sobre la cama y cerré los ojos. Habría dado cualquier cosa por desenchufar mi conciencia, por dimitir de la capacidad de sentir, por convocar un mecanismo de inexistencia más profundo que el sueño. Estaba muy cansada, y sin embargo, reaccioné con la instintiva rapidez de un animal acorralado cuando escuché unos golpecitos en la puerta.
Pensaba decirle que se quedara a dormir en el cuarto de Amanda, o en el sofá del salón, o donde le diera la gana, con tal de que me dejara en paz, pero él mismo desbarató mis mejores intenciones.
—No pensarás que va a dejar a su mujer, ¿verdad? —me preguntó, cuando me tuvo delante—. Ya sabes que nunca lo hacen…
—Félix, hazme un favor… —le pedí a cambio—. Vete a tomar por el culo. Y lejos de aquí.
Cerré de un portazo y me quedé de pie, al lado de la puerta, hasta que escuché su propio portazo. Salí al pasillo para comprobar que efectivamente se había marchado y mi cuerpo se aflojó de repente, como si pretendiera abandonarme a mi suerte en la mitad del pasillo, pero le impuse aún la agónica misión de sostenerme mientras me limpiaba la cara, y no me traicionó. Después, caer en la cama y quedarme dormida fueron una sola cosa. Tenía sueño de sobra para dormir un mes entero, pero un timbre insistente y misterioso, lejano, me despertó cuando en mi despertador faltaban aún cinco minutos para que fueran las ocho de la mañana. Oprimí el botón de la alarma a pesar de que no estaba sonando y me di la vuelta en la cama para volver a dormirme, pero el ruido no cesó. A las ocho y dos minutos me enfundé en mi bata de pagodas y doncellas chinas porque había comprendido por fin que alguien estaba llamando a la puerta. Como sea un mensajero me va a oír, me prometí a mí misma mientras me arrastraba por el pasillo, y si es el hijo de puta de Félix, con desconectar el timbre… Pero al otro lado de la mirilla estaba él, con el desvalido aspecto de quien ha estado tiritando hasta hace un instante y una bolsa de plástico en la mano.
—Hola —dijo, sin atreverse a entrar—. Siento mucho haberte despertado, pero es que he estado casi una hora esperando en el portal, ¿sabes?, rodeado de una manada de borrachos terminales, y al salir de casa no me había dado cuenta de que hiciera tanto frío… Tienes un portero muy madrugador, pero me ha mirado raro al entrar, claro, como es sábado, y a estas horas… Por eso he llamado al timbre, porque si no, me iba a mandar a la policía… ¡Ah! —entonces levantó la bolsa en el aire—. He comprado churros, por si te apetece desayunar y porque cuando han abierto la churrería, hace un cuarto de hora, he pensado que allí, por lo menos, se estaría bien… Están todavía calientes pero, antes de nada, me gustaría saber cómo tengo que tratarte para que no te enfades conmigo.
Alargué mi mano izquierda para coger su mano libre, que estaba helada, y tiré de él hacia dentro. Los churros se cayeron al suelo cuando me abrazó, y no hicieron ruido. Tampoco hizo ruido lo que hasta entonces había sido mi vida, pero se cayó al suelo, igual que ellos.
Se lo había dicho algunas veces, antes de que emprendiéramos aquel breve viaje que resultaría capaz de estirarse en mi conciencia hasta ocupar holgadamente el espacio de años enteros, condensados por la intensidad de la que carecían todos los años que había vivido sin él, y se lo dije también aquella noche, un instante después de apagar la luz para convocar en vano al sueño que jugaría conmigo hasta el amanecer, yo haría cualquier cosa por ti, se lo había dicho ya algunas veces, antes de entonces, pero sólo en las horas larguísimas de aquel insomnio raro y sereno, raramente apacible y gozoso, entendí del todo lo que había querido decirle con esas palabras vulgares, tan parecidas a las que componen cualquier frase hecha, desprovista de valor, yo haría cualquier cosa por ti, le había dicho, y mientras acechaba discretamente su respiración en aquella cama de hotel para intentar averiguar si estaba dormido o velaba como yo, mientras intentaba distinguir los volúmenes de su cuerpo en una penumbra pura y compacta, fronteriza con la oscuridad, me di cuenta de que le había dicho la verdad, de que era cierto que yo haría cualquier cosa por él, y comprendí de repente la esclavitud de todos los adictos, el alcohólico culto y bien educado que sabe de antemano que la copa que se está llevando a la boca va a pulverizar para siempre su vida en un millón de diminutos pedazos, y bebe, el yonqui sucio y miserable que tiene experiencia de sobra para sospechar que la vieja a la que sigue por la calle desde hace media hora no llevará mucho dinero en el bolso y que lo más fácil es que, si se decide a atracarla, acabe pasando el mono en un calabozo, y roba, la madre de familia que adora a su marido y a sus hijos, y ya ha pensado en lo que pondrá para comer, para cenar, y aterra la bolsa de la compra con dedos desesperados cuando pasa delante de un bar, y mira a la máquina de todas las mañanas como si fuera un enemigo despiadado capaz de estremecerse de placer en su propia ruina, y se repite que no lo hará, no lo hará, no lo hará, pero mientras se escucha a sí misma, empuja la puerta de cristal, y juega, comprendí de repente su temblor, su ceguera, la cifra de su absoluta dependencia, porque yo le había dicho que haría cualquier cosa por él y era cierto, y eso me había obligado a sentir en un grado superior del que yo había conocido nunca, a pronunciar palabras cuyo significado jamás hubiera creído que existiera, y no sólo habría dado mi vida por él, un sacrificio que de repente me parecía vulgar, sencillo, porque también habría sido capaz de dar mi vida por otra gente, por mi hija, por mi hermano Antonio, por una causa justa, sino que por él habría ido mucho más allá, mucho más lejos de la raya que jamás habría llegado a atravesar por nadie, por él habría convertido mi propia vida en un infierno, y habría pedido limosna en la puerta de una iglesia, habría hecho la calle mientras mis piernas me hubieran sostenido, lo habría perdido todo, y habría mentido, y habría estafado, y habría engañado, y habría robado, y habría matado, sólo por él, si él me lo pidiera. Comprendí de repente la esclavitud de los adictos, la cifra de su absoluta dependencia, y lo susurré una vez más, para escucharlo a solas, yo haría cualquier cosa por ti, y empecé a llorar muy despacio, un llanto manso y tranquilo, lloraba aunque no estuviera triste, aunque no me hubiera ocurrido nada malo, aunque no sintiera ningún dolor, lloraba porque estaba viva, porque tenía ganas de llorar, pero eso él no podía saberlo. Por eso, y porque estaba tan despierto como yo, se dio media vuelta en la cama, se pegó a mi espalda, me rodeó con sus brazos y me habló al oído.
—No llores, Ana… —me dijo—. Yo estoy muy enamorado de ti.
Ninguno de los dos habíamos pronunciado nunca hasta entonces las palabras prohibidas, amor, amante, enamorado, ambos nos habíamos mantenido dentro de los tácitos límites de una elegancia que se identificaba con el silencio, con la inconsciencia, con el desprecio de la realidad. Nos comportábamos como si ninguno de los dos supiera que él vivía con otra mujer, como si encontrarnos a las siete de la mañana para echar un polvo antes de ir a trabajar fuera lo más normal del mundo, como si quedar para comer a toda prisa en el centro un lunes o un miércoles y pasar después un fin de semana entero sin vernos no nos pareciera extraño, como si la Telefónica hubiera decretado que era imposible llamar desde su casa a la mía y sólo pudiéramos hablar, a veces horas enteras, por teléfono desde nuestros respectivos puestos de trabajo, como si encontráramos grandes
ventajas en la brevedad de sus apariciones por mi casa, cuando se buscaba media hora libre por la tarde o encontraba algún pretexto para no volver a la suya desde la facultad, a recoger a Adelaida, si tenían alguna cena de compromiso, los dos nos conformábamos con eso y no hablábamos, no preguntábamos, no nos quejábamos. Después, cuando me quedaba sola, yo contaba y recontaba los flecos de su vida que se me habían quedado entre los dedos, me cubría la cara con las manos para apurar el rastro de su olor, y me sentía incomprensiblemente rica, y poderosa, y afortunada, como si tampoco supiera que era posible aspirar a mucho más que eso.
Aunque modifiqué absolutamente mis hábitos, el ritmo y el horario de todos los días, para poder encajar mi vida en los huecos de la vida de Javier, nunca, durante aquella primavera encantada que duraría poco más de un mes, me sentí humillada, ni despreciada, ni sometida al vergonzoso doble juego que padecen las amantes de los hombres casados. Si no conocía sus planes de antemano, me iba directamente del trabajo a casa, y me sentaba al lado del teléfono para esperar, nunca en vano, una llamada apresurada desde una cabina que a veces se tragaba el dinero antes de tiempo. No salía a la calle jamás antes de hablar con él, aunque mis vestidos durmieran en la tintorería una noche más de la cuenta, aunque alguien me llamara para ir a ver la película que más me apetecía, aunque supiera que me iban a cerrar las tiendas y en mi nevera no hubiera nada que poder cenar, todo eso me daba igual, ayunar, velar, abstenerme de cualquier placer que no le incluyera, y habría seguido viviendo así toda mi vida, sacrificando el tiempo vano de las horas sin él a la aterradora conciencia de mí misma que sólo podía alcanzar ya cuando él me miraba, cuando él me tocaba, cuando él me hablaba y cada una de sus palabras se me clavaba en el corazón como un alfiler blando pero infinitamente afilado, capaz de revelarme con precisión su existencia. Habría seguido viviendo así hasta el día de mi muerte, pero la llegada del verano, aquel verano que se mostraría despiadadamente hostil y abrumadoramente magnánimo al mismo tiempo, desbarató de golpe el precario equilibrio de una felicidad difícil, como si el destino no se sintiera aún satisfecho de la dureza de los obstáculos que me había obligado a superar.
Lo peor fue que lo había olvidado completamente. Cuando Amanda llamó, hacia el 20 de junio, para anunciarme que le habían dado las vacaciones y volvería a Madrid en cuatro o cinco días, tuve que invocar a gritos una voluntad que parecía haberse disuelto en partículas inexistentes de puro mínimas, para afirmar que me apetecía muchísimo tenerla en casa otra vez y que no se podía imaginar cuánto la había echado de menos. Quizás no le dije ninguna mentira, pero tampoco dije exactamente la verdad, y cuando colgué el teléfono, tan exhausta como si hubiera tenido que mover una catedral entera con mis propias manos, me eché a llorar sin poder evitarlo, aunque sabía que eso sólo iba a servir para que me sintiera peor que nunca. A la mañana siguiente, más serena, o más conforme con el propósito de quitarme a mi hija de encima por muy infame que me pareciera hasta a mí misma, llamé a Félix para preguntarle cómo íbamos a organizar el verano. No había vuelto a cruzar una palabra con él desde el 18 de mayo, cuando le eché de casa, y no esperaba ninguna colaboración de su parte, así que no me sorprendió encontrar precisamente eso. Siempre nos habíamos repartido las vacaciones de Amanda cuando ella vivía conmigo, y el año anterior no había sido distinto, pero esta vez sí lo sería, él había vuelto a pasar con la niña todo el curso, eran ya dos años seguidos, la responsabilidad paterna había llegado a pesarle durante la última primavera, y me la cedía graciosamente el trimestre entero. Voy a estar muy ocupado, me dijo, he alquilado una casa en Cerdeña para pintar, pero antes de que acabara de describirme sus planes, yo había entendido ya de sobra su verdadero mensaje, ahora sé que puedo joderte y te voy a joder, así que le contesté que me encantaba la idea y que en septiembre hablaríamos. Unos días antes, Javier me había sugerido, en ese lenguaje de palabras a medias que los dos dominábamos ya como si fuera nuestra lengua materna, que quizás podríamos irnos alguna semana a alguna parte, en agosto. Justo después de hablar con Félix, le llamé a la facultad para comentarle, en el mismo tono que habría empleado para describir el espléndido aspecto del cielo que estaba contemplando a través de la ventana, que Amanda volvía a casa y que pasaría conmigo todo el verano. Aquella tarde estrenaba la jornada intensiva, y cuando salí de la editorial, a las tres, me lo encontré aparcado en doble fila delante de la
puerta, esperándome. Víctima de una debilidad en la que jamás habría creído posible reconocerme, sentí que me temblaban las piernas de miedo mientras me acercaba al coche, una sensación casi familiar porque por aquel entonces ya había empezado a soñar que me abandonaba, y con frecuencia me despertaba de madrugada para encontrarme sentada en la cama, sudando como un condenado a muerte, un ahorcado que reconoce el grosor de la soga que estrangula su cuello, un pez que acaba de percibir el filo del anzuelo clavado en su garganta, y así me sentí mientras besaba ligeramente sus labios, pero no me pareció disgustado, ni preocupado por la novedad que iba a complicarnos la vida sin duda, sino extrañamente aliviado, como si celebrara dejar de ser el único que ponía dificultades. Sin embargo, y por supuesto, no hablamos del tema. Nunca hablábamos de ningún tema que nos obligara a considerar la existencia de nadie aparte de nosotros dos.
Amanda volvió a Madrid el jueves de aquella semana, a las nueve de la noche, para poner fin al periodo más intenso y más breve de mi vida, cuatro días justos, desde aquel primer lunes de tarde libre hasta el momento en que me vestí para ir al aeropuerto a recogerla, una estación feroz, torrencial y desmesurada como los días de lluvia en el trópico, densa y dolorosa como el tiempo de quien cuenta los minutos que le quedan para marcharse, para cambiar, para perder lo que no habría querido perder nunca, fueron sólo cuatro días, pero si el planeta se hubiera detenido en su último instante, habrían valido por una vida entera, y así los viví yo desde que Javier metió el coche directamente en el aparcamiento subterráneo que está enfrente de mi casa sin dar ni siquiera una vuelta para ver si encontraba un sitio libre, y me arrastró temerariamente del brazo antes de darme tiempo para llegar al paso de cebra, pasando por alto el detalle de que ni él ni yo habíamos tenido tiempo para comer nada todavía, y empezó a quitarme la ropa en el ascensor como si yo no viviera en el cuarto piso, y se aplastó contra mí, aplastándome contra la puerta, hasta que tuve que pedirle una mínima tregua para acertar con la llave en la cerradura, y me llevó a la cama, y me tumbó encima, y se lanzó a mi lado, como si todos esos gestos formaran parte de un rito imprescindible e inexplicablemente amenazado, y nuestro deber no fuera otro que preservarlo a toda costa. Eso ocurrió. Estuvimos toda la tarde en la cama, sin separarnos nunca y hablando poco, mirándonos en silencio y abusando metódicamente el uno del otro como si alguien hubiera escrito en el techo un misterioso código de acción. Cuando se marchó, a la hora de la cena, me dolía físicamente su ausencia y me asustó mi ansiedad, la asombrosa incapacidad de mi cuerpo para saciarse de otro cuerpo del que había dispuesto por completo durante casi seis horas. Aquella noche volví a soñar que Javier me abandonaba, volví a morir de aquella muerte pequeña y ruin, volví a ahogarme en mi propio sudor de madrugada, pero me lo encontré de nuevo en la puerta de la editorial, al día siguiente, aparcado en doble fila, esperándome.
—Mis alumnos me han rogado que les ponga todos los exámenes esta semana, por la tarde… — me dijo sonriendo, y yo comprendí la exacta medida de mi suerte.
La espontánea y sublime ceremonia del día anterior se repitió con pocas variaciones aquella tarde, y la siguiente, y la siguiente, como si él quisiera grabar eternamente en mi memoria lo que teníamos, y lo que arriesgábamos, una ambición omnívora, brutal, que se parecía menos a una despedida que al desesperado indicio de un secreto cuyo nombre no se podía pronunciar, un misterio privado, una palabra íntima y gravísima que permanecería bien amarrada entre mis sienes con garfios tan fuertes que ningún accidental contratiempo de la vida cotidiana podría desgastarlos jamás. Así me sentía mientras acababa de vestirme a toda prisa bajo la implacable mirada del reloj que me susurraba que iba a llegar tarde, esa clase de cadenas me amarraban mientras conducía sorteando obstáculos como una loca en el imprevisto rally José Abascal–María de Molina, esa conciencia de mi cuerpo, del inmenso mundo que de repente cabía dentro de mi pobre cuerpo, no cedió un ápice cuando descubrí en un panel que el vuelo de mi hija venía con retraso, y compré un ramo de flores sólo por encubrir mi ausencia, por simular, con algo entre las manos, que estaba allí, esperándola, mientras me sentía tan lejos como si aún no me hubiera desprendido de los brazos de Javier, del hueco de su hombro.
Y sin embargo, cuando vi llegar a Amanda con un vestido estampado de tirantes, muy parecido a
otro que yo había comprado para ella con mi primer sueldo, recién instaladas en Madrid, sentí un nudo en la garganta y un hueco muy grande en el corazón, y me pregunté qué clase de locura padecería, qué virus desmemoriado y voraz se había hecho fuerte en mi interior sin que yo llegara ni siquiera a darme cuenta, qué cantidad de amor hacía falta para llegar a suplantar tanto amor y, tan enamorada de aquel hombre como un segundo antes de verla, abrí los brazos todo lo que pude porque no pude contestarme, y las lágrimas se asomaron a mis ojos cuando por fin volví a tenerla cerca. Ella me limpió la cara con las manos y estuvo a punto de llorar conmigo, pero se vino arriba en el último instante, antes de regañarme con esa hosca brusquedad de los adolescentes.
—¡Ya está bien, mamá! —dijo, tirando de mí hacia delante—. Estamos haciendo el ridículo…
No podía confesarle de entrada que últimamente lloraba muchísimo, y que mis lágrimas casi nunca eran signo de tristeza. Por eso le entregué las flores en silencio y la dejé hablar mientras atravesábamos el aparcamiento. La encontré muy bien, igual de alta que en Semana Santa pero muy guapa y, sobre todo, muy mayor, no sólo en su forma de comportarse, esa desenvoltura de quienes han aprendido a defenderse con éxito en un país extranjero, sino también en su aspecto. Había dejado atrás definitivamente la amorfa blandura de la infancia para convertirse en una mujer joven, con un cuerpo bien definido y un rostro que la hacía parecer mayor de lo que era. Entonces me di cuenta de que cuando me enrollé con su padre, yo era sólo algunos meses mayor que ella ahora, y me pregunté si sería verdad que yo había sido mucho más precoz, como Félix solía repetir, tal vez para consolarse de su propia edad. En cualquier caso, Amanda se estaba reponiendo ya de su primer fracaso amoroso, una historia afortunadamente más liviana que la mía. con un compañero de instituto que se llamaba Denis.
—Y me he acordado mucho de lo que me dijiste. 6 sabes, mamá? —me dijo entre risas cuando estábamos a punto de alcanzar Francisco Silvela para ingresar en la civilización—. Cuando me dejó, ¿te acuerdas…?
—No —admití.
—¡Sí…! —reaccionó como si no pudiera concebir que yo lo hubiera olvidado—. Me dijiste que, bueno, al fin y al cabo, qué se podía esperar de un chico con un nombre tan amariconado…
—Claro… —reí con ella—. Ahora me acuerdo… Oye, Amanda, ¿dónde te apetece que vayamos a cenar? ¿Quieres que pasemos primero por casa a dejar tus cosas o estás tan hambrienta que prefieres ir al restaurante directamente? —no contestó a ninguna de mis preguntas, e intenté responderme yo misma—. Supongo que la comida francesa no te apetecerá demasiado, ¿verdad? Podemos elegir algo exótico, un chino, o un coreano, o un japonés… O ir a un mejicano, que te gustaban mucho, ¿no? Y también podemos tirarnos a la rama autóctona, un vasco, o un asturiano, o ir a comer pescadito frito a una taberna andaluza que está muy bien y pilla cerca de casa… Si lo prefieres, estoy dispuesta a hacer una excepción y cenar callos. Tú eliges…
No escuché ninguna respuesta, y la miré, y la encontré muy erguida en el asiento, con los ojos clavados en el parabrisas.
—No has hecho tortilla de patatas, ¿no?
—No —contesté, sin querer acusar su enfurruñamiento todavía—. No he tenido tiempo.
—Pues eso era lo que me apetecía cenar, tortilla de patatas y boquerones en vinagre y calamares fritos y ensalada de pimientos asados con escabeche, ya lo sabes…
Tendría que haberlo sabido, seguramente nunca había dejado de saberlo, aquél era el menú favorito de Amanda, el banquete de bienvenida a casa, una ciudad de tapas y cenas desordenadas al filo de la medianoche, yo misma le había inculcado la afición por esa clase de comidas, mis preferidas, cuatro o cinco fuentes distintas encima de la mesa para picar sistemáticamente de una y de otra hasta saciarse, hasta vengarse del aburrimiento de la sopita de fideos y la pescadilla rebozada a las que mi madre me obligó todas las noches, durante tantos años. Lo sabía, y sin embargo, también lo había olvidado completamente, pero no me sentí en absoluto culpable por ello, e incluso tuve que reprimir un precoz acceso de indignación ante la nadería por la que mi hija empezaba a maltratarme antes de tiempo. Por eso no quise pedirle perdón.
—Bueno, a los boquerones y a los pimientos no llego, aunque puedo hacértelos mañana… —le ofrecí a cambio, con un acento a medias tranquilo y animoso—. Pero la tortilla de patatas, si no te importa esperar… Son las diez y cuarto, a las once podemos estar cenando en casa tranquilamente…
—Ya, pero es que no es eso, mamá…
—Entonces, ¿qué es? —no me contestó y decidí pasar por alto sus suspicacias—. En fin, no me parece tan importante. Tenemos todo el verano por delante. Puedes cenar tortilla de patatas todas las noches hasta aborrecerla para siempre.
Tres cuartos de hora más tarde, ante una mesa llena de tapas deliciosas, en la taberna que había acabado escogiendo por mi cuenta ante su esforzado silencio, la miré con atención y comprendí que, a pesar de su apariencia, no era desde luego una adulta, y menos aún cuando estaba conmigo. Sin embargo, en otoño cumpliría diecisiete años, había creído estar enamorada una vez, y la quería demasiado para aguantar que su única aportación a mis fervientes intentos por involucrarla en la charla más inofensiva fuera una descarnada sucesión de monosílabos. En el silencio que me impuso la reflexión sobre el camino que debería tomar, me recordé de repente embarazada, y la recordé a ella, tan pequeña, tan indefensa, tan débil, ciega, y muda, e incapaz, la primera vez que la tuve entre los brazos, y por primera vez me asombré de que una criatura que se había hecho tan grande hubiera podido nacer de mí, y me pareció rarísimo, pero había sido así y eso tenía que significar algo.
—Amanda… —me atreví a decir por fin, y ella me contestó con un gruñido—. ¿Te acuerdas de una noche que te llamé a París…? No recuerdo bien la fecha pero debió de ser cerca de Navidad, porque te habías ido sólo unos meses antes, o sea, hace como un año y medio, no, no te acordarás… Bueno, el caso es que no habías recibido mi transferencia para pagar el ballet, hablamos de eso, y tú me preguntaste si me había echado un novio, porque estaba todo el tiempo fuera de casa, y yo te contesté que no, que lo que pasaba era que estábamos poniendo el Atlas en marcha y que tenía mucho trabajo, ¿te acuerdas ahora?
—Sí.
—¿Y te acuerdas de que me dijiste que a ti te parecería muy bien que me echara un novio aunque tu padre solía decir que nunca podría vivir con otro hombre después de haber vivido con él, te acuerdas también de eso?
—Sí.
—Y ya lo sabes, ¿no?
— ¿Qué?
—Que ahora tengo un novio.
—Bueno, eso no es lo que sé.
—¿Y qué sabes entonces?
Por fin se lanzó a hablar, tan deprisa, tan atropellada y furiosamente como si todas las palabras que no había dicho hasta aquel momento se le hubieran quedado clavadas en la garganta, hiriéndola sin piedad, y tampoco hubo piedad para mí.
—Sé que estás haciendo el idiota, como siempre, que te has liado con un hombre casado que se va a divertir contigo todo lo que quiera diciéndote que va a dejar a su mujer y que cuando se canse te dejará tirada y entonces vendrás llorando…
—Un momento, un momento, un momento… —la interrumpí, levantando una mano en el aire—. ¿Quien te ha contado eso, tu padre?
—¡Pues no! —chilló, como si mi sugerencia la hubiera ofendido terriblemente—. Da la casualidad de que no me lo ha contado mi padre. Me lo ha contado mi abuela, que es tu madre, por cierto…
—Ya… —murmuré, clavándome todas las uñas de los dedos en las palmas de las manos como si el dolor físico pudiera ayudarme a conservar el control—. Pues, fíjate, yo a mi madre no le he contado nada de nada, así que no sé cómo puede tenerlo todo tan claro. Y tampoco sabía que tú te hubieras vuelto tan conservadora. Me cuesta trabajo reconocerte, hija.
—Esto no tiene nada que ver con los conservadores o los no conservadores…
—¡ Ah! ¿No? Yo diría que sí.
—Pues no, tiene que ver con ser listo o tonto, mamá, y también… Es lo que dice la abuela del tío Antonio, toda la vida tan listo, tan listo, para acabar a los cuarenta y cinco años harto de canutos y sin tener nada de nada.
Reconocí tan exactamente a mi madre en sus palabras que, en lugar de cabrearme ante la arbitrariedad de aquel ataque, me tranquilicé, como si averiguar el origen del mal significara lo mismo que saber curarlo.
—¿Y qué es lo que tendría que tener? ¿Una casa? Ya la tiene. ¿Una mujer? Siempre tiene varias, ya lo sabes. ¿Un par de hijos? O no. Tener hijos no es garantía de nada. Y Antonio tiene cuarenta años, no cuarenta y cinco, y es bastante feliz, creo yo. Tiene una buena vida. Ya me hubiera gustado a mí vivir una vida como la suya. Y ya está bien de que cada vez que alguien saca los pies del plato en esta familia, Antonio tenga que llevarse un repaso. Quiero mucho a mi hermano y no me gusta que hables así de él. Y fumar canutos es mucho menos dañino que tener envenenada la sangre.
Me había ido poniendo seria poco a poco, sin pretenderlo del todo al principio, pero sin hacer nada por evitarlo al final, y Amanda, que se dio cuenta, me respondió con un silencio tan obstinado como el que había provocado aquella conversación Cuando me di cuenta de que no había conseguido avanzar ni un milímetro, volví al ataque con una pereza infinita.
—Así que no te gusta mi novio, ¿no?
—Ni un pelo.
—Podías esperar a conocerle, por lo menos.
—No pienso conocerle.
—Me temo que no te va a quedar más remedio, pero antes de nada, me gustaría saber por qué has cambiado tan rápidamente de opinión.
—¿Por qué? Pues porque estoy cenando aquí, y no en casa, lo que significa que a mi madre ya no la importo nada, porque no ha tenido tiempo ni de hacer una miserable tortilla de patatas para mí…
Escupió las últimas palabras con los ojos líquidos, brillantes, como si tuviera fiebre o estuviera a punto de llorar. Nunca habría querido creer que algún día tendría que contemplar una escena como ésta, y hasta me costó trabajo fiarme de mis ojos, pero si decidí poner fin definitivamente a tanta tontería, fue más por su bien que por el mío, porque de pequeña no había consentido que metiera los dedos en los enchufes, y no iba a consentir ahora que perseverara en una barbaridad semejante.
—Eres ya muy mayor para montarme estos números, Amanda. Y si mi vida ha cambiado, mientras vivas conmigo, tu vida tendrá que cambiar, no hay más remedio. Pero aquí a la única a quien no le han importado las cosas hasta ahora ha sido a ti, y a mí me parece bien. Fuiste tú la que dejaste de tener tiempo para mí cuando decidiste irte a vivir con tu padre, y yo no te dije nada, y entonces sí que cambió mi vida, y más que ahora, pero respeté tu decisión, y te he recibido siempre, y siempre incluye hoy, con los brazos abiertos, aunque tú puedas no interpretarlo así. A eso me refería antes con lo de ser conservadora o no. Y, de todas formas, hija, al margen de tus opiniones, esto es lo que hay. Si no te gusta, puedes irte a casa de mi madre, a ponerme verde a todas horas. Ella te agradecerá la compañía, puedes estar segura.
—Te has vuelto muy egoísta, ¿sabes, mamá? —dijo solamente, con un tono dulce y quejoso, como de pobrecito bebé abandonado, que me molestó mucho más que todo lo que me había dicho antes.
—Pues mira, sí, a lo mejor tienes razón, a lo mejor es cierto que me he vuelto muy egoísta… Pero tengo treinta y seis años, ¿sabes? Ya me iba tocando ser egoísta alguna vez.
No quiso contestarme ni siquiera con la mirada y siguió jugando con las migas desperdigadas por el mantel mientras yo me acababa el café, pedía la cuenta, y la pagaba en el riguroso silencio que ella misma había establecido. Al llegar a casa me ofrecí a ayudarla a deshacer el equipaje y me contestó que no, que estaba muy cansada y que ella misma se ocuparía de todo por la mañana, pero cuando la besé en la frente, para darle las buenas noches, se abrazó a mi cintura por sorpresa y ese
simple gesto conjuró el peligro. Si no hubiéramos vivido las dos juntas, y solas, durante tantos años, habría pasado aquella noche en blanco, pero la conocía bien, era su madre, y por eso no me sorprendió encontrármela a la mañana siguiente haciendo el desayuno en la cocina a las ocho menos cuarto.
—¿Qué haces aquí, Amanda? —le pregunté en un tono casi risueño, capaz de sugerirle, por encima de mis palabras, cuánto le agradecía aquel gesto—. Si tú no tienes por qué madrugar, hija, estás de vacaciones… Vuélvete a la cama.
—No he dormido muy bien —me contestó—. Es que… Siento mucho lo de anoche, mamá, quiero decirte… Yo sólo quiero que seas feliz.
La sujeté por los hombros y la miré, y cerré los ojos, y volví a abrirlos para mirarla, mientras me resignaba a no encontrar las palabras justas para expresar lo que sentía, cuánto la quería yo y hasta qué punto ella comprometía esa felicidad, frágil y sutilísima como una burbuja de cristal, que me estaba deseando de corazón, y qué clase de terror me despedazaba por dentro cada vez que pensaba en un futuro más simple que el precario encaje de improbabilidades con el que ya estaba dispuesta a conformarme, y cómo no quería ni imaginar siquiera que algún día la vida me obligara a elegir, la besé y la abracé como cuando era pequeña, y hasta la cogí en brazos para planificar en voz alta el plan ideal para su primer día de verdadero regreso, pero en una época marcada por la caprichosa inseguridad del destino, cuando nada significaba al final lo que al principio había parecido, la tardía adhesión de mi hija me inquietó más que su previa hostilidad, y estuve todo el día con un nudo en el estómago y una terca nube negra en el centro de la frente. Ni uno ni otra cedieron ante la cotidiana presión del trabajo de todos los días, ambos resistieron una concienzuda visita al mercado y, para mi sorpresa, permanecieron indemnes durante las horas que pasé en la cocina, preparando para Amanda todo lo que no había podido, o querido hacer la tarde anterior. Cocinar sin prisas es el trabajo más relajante de cuantos sé hacer, pero esta vez, mientras recordaba sin querer, e incluso no queriendo, lo que había ocurrido sólo veinticuatro horas antes, fracasé estrepitosamente en el intento hasta cuando mi hija volvió con un humor excelente de una larga comida con sus abuelos y se sentó en una silla a darme conversación. A las siete y cinco sonó el teléfono y el nudo se estrechó en un instante como si pretendiera partirme por la mitad. No llegué a cogerlo, Amanda estaba más cerca, pero me lo tendió enseguida, sin comentarios y con un gesto deliberadamente pacífico.
—Hola —la voz de Javier actuó como la única llave capaz de liberar mi cuerpo de las imaginarias cadenas que lo apresaban—. ¿Cómo tienes la tarde? Es que he pensado que podríamos quedar en alguna terraza, a tomar una horchata o algo… —me eché a reír instantáneamente y él protestó—. ¿De qué te ríes?
—De lo de la horchata…
—¿Por qué? —y adoptó un tono profesoral que evidentemente dominaba—. Es de chufa, muy rica y refrescante, tiene muchas vitaminas… —la risa me impidió continuar y él siguió por los dos— . Bueno, a las siete y media, ¿qué me dices?
Cuando colgué, riéndome como sólo se ríen los niños pequeños y los amantes desesperados, le dije a Amanda que era Javier, y que iba a salir a tomar un café aunque volvería, como muy tarde, a las ocho y media, con tiempo de sobra para desplegar sobre la mesa su cena favorita y llevarla luego al cine, a ver una película española que no había llegado a estrenarse en París y le apetecía mucho, tal y como habíamos quedado por la mañana, y ella me contestó que le parecía muy bien. No tardé ni un minuto en arreglarme, cogí el bolso, y salí a la calle como si hubiera vivido años enteros en un calabozo, soñando solamente con pisar una acera. Respiré el aire sofocante y recalentado de la tarde de junio con el mismo placer, el mismo minucioso detenimiento, que habría empleado para paladear el plato más delicioso, y advertí que, más allá de mis buenas, y de mis malas intenciones, esa especie de angustia grumosa, espesa y sucia, que había digerido con el desayuno como una secreta infección, se había disuelto sin esfuerzo en un regocijante hormigueo, muy parecido al que me explotaba por dentro de pequeña, al estrenar las vacaciones de verano.
Llegué al Comercial a las siete y veinte, pero él ya me estaba esperando en una mesa situada
justo enfrente de la boca del metro, una elección que me pareció muy rara, de puro expuesta, para un amante adúltero hasta en una ciudad de cuatro millones de habitantes. Tal vez por eso no me atreví a acercar mucho mi silla a la suya, pero él salvó audazmente esa distancia al responder a mi saludo con un beso largo, larguísimo y profundo, que quizás llegó a durar minutos enteros, o quizás no, pero fue suficiente de todas formas para producir un efecto paradójico y seguramente deliberado, evocando con precisión una fiebre por cuya injustísima ausencia pretendía recompensarme. La llegada del camarero, que tuvo que carraspear un par de veces para conquistar nuestra atención, puso fin a aquel aparatoso premio de bienvenida, pero después de que él pidiera un whisky con hielo y yo, desde luego en su honor, una horchata, volvimos a besarnos. Cuando por fin pude levantar la cabeza vi, en la mesa de al lado, a tres adolescentes, dos chicos y una chica de la edad de Amanda más o menos, que se estaban retorciendo de risa, y comprendí que les parecíamos demasiado mayores para exhibir en público una pasión tan exasperada. Javier, que descubrió la dirección de mi mirada y la siguió hasta tropezarse con ellos, debió de interpretar su alborozo igual que yo, porque se irguió en el asiento, me cogió de la mano, y sonrió.
—Es horroroso, ¿verdad? —y su sonrisa se precipitó en un brote de risa auténtica—. Estar aquí, haciendo manitas…
Las carcajadas me impidieron contestarle, y me limité a mover la cabeza para darle la razón, un gesto que se estrelló contra sus propias carcajadas, cada vez más espesas, más ruidosas, nos reíamos con ganas de nuestras miserias, de nosotros mismos, de nuestra edad y de nuestra forma de besarnos, y era una risa limpia, desprovista de sarcasmo, de vergüenza y de sentido del ridículo, y yo descubrí que me alimentaba extrañamente, aquella risa, que me daba fuerza, y valor, pero no decidí inclinar la frente hacia delante, fueron mis labios quienes decidieron besar la mano que apretaba mi mano, yo sólo me di cuenta de que en aquel brevísimo trayecto había dejado de reírme, y él tampoco se reía y a cuando sentí su cara pegada a mi cabeza, sus labios besándome en el pelo, igual que besaba yo a mi hija cuando era pequeña, como si dos personas adultas pudieran naufragar a media tarde en la mesa de un café.
Pero, a veces, las cosas cambian.
Parece imposible, es increíble, pero a veces, pasa.
—El otro día se me ocurrió una cosa… Verás, lo he visto muchas veces en las películas de espías, tú has tenido que verlo también, seguro, se trata de establecer una serie de citas fijas, todos los días, elegir dos o tres horas especialmente… bueno, cómodas, lo he estado pensando, claro que a ti te gusta mucho ir a la playa, ¿no? —asentí con la cabeza para inspirar una mueca de desaliento que amargó casi instantáneamente las comisuras de sus labios—. Eso complica un poco las cosas, porque si estuvieras en casa a la una, por ejemplo… Adelaida suele marcharse con los niños a las once y media, como mucho, y yo muchos días ni siquiera voy a buscarles, pero… En fin, podríamos quedar a las doce y media… ¿Eso sería muy duro para ti? —volví a mover la cabeza, esta vez para negar, sonriendo, porque no tenía ni idea de qué me estaba contando, pero ninguna cosa que me pidiera sería nunca demasiado dura para mí—. Bueno, entonces a las doce y media. Pero como tengo que contar a la fuerza con el clima del Cantábrico, y seguro que se tirará la mitad del tiempo lloviendo, pues un montón de días me tocará salir de excursión con el perrito, que mira que se lo he dicho un millón de veces a la tonta esa, tanto comprarse bañadores y decir que está deseando ponerse morena y nos tenemos que ir a veranear al único sitio de la puta península donde no hace sol en agosto, joder… Total, que tendríamos que fijar dos horas más. Yo creo que las cuatro y media de la tarde estaría bien, porque en verano siempre se come más tarde, pero no tanto como para que a esa hora todo el mundo no se haya ido ya a dormir, y tampoco es tan tarde como para que tú te quedes sin siesta, con lo dormilona que eres. Y si la cita de las cuatro y media falla, podríamos quedar tres horas después, un poco antes de que salgas de paseo, porque me imagino que saldrás de paseo, a tomar algo y eso, ¿no? —volví a asentir—, que es una buena hora para mí porque siempre me quedo en casa por las tardes, estudiando… Ya sé que es un coñazo, pero es que en la casa que Adelaida tiene alquilada no hay teléfono y… No me gustaría estar un mes entero sin hablar contigo.
Entendí por fin el sentido de aquel discurso y apreté con tuerza la lengua contra el paladar para impedir que el corazón se escapara de mi cuerpo por la boca, y le miré, para comprobar que aquella fluida confesión de dependencia no había alterado su expresión en lo más mínimo. Parecía tan tranquilo y risueño como antes de emprenderla, una calma tan asombrosa al menos como la naturalidad que había sido capaz de desplegar para hablar de un tema tan fronterizo con las palabras prohibidas, porque a mí, en cambio, me temblaban hasta las uñas cuando me atreví por fin a aprobar su plan.
—Creo que yo no lo resistiría…
El 1 de agosto ya había comenzado, y avanzaba a buen ritmo mientras nosotros seguíamos despiertos, en mi cama, apurando el largo fin de semana de libertad incondicional que nos había regalado, al expirar, el mes de julio más complicado y más intenso que he vivido en mi vida. Aquel lunes, que ya se había convertido en martes, no había tenido que ir a trabajar, pero eso no lo sabían ni mis padres ni Amanda, que se habían marchado el viernes anterior a Fuengirola, compadeciéndose amargamente de mi mala suerte y poniendo a parir los estrictos criterios laborales de la editorial, la única empresa de España que obligaba a sus trabajadores a seguir firmes en sus puestos cuando la semana empezaba un 31 de julio. Aquel milagroso capricho del calendario me permitió compensar de alguna forma a Javier por la pobreza de mi respuesta a su ilimitada oferta de los últimos quince días, porque él había conseguido convencer a Adelaida para que se marchara a Santander quince días antes que él, pero nadie lograría convencer jamás al jefe de personal de mi editorial, que no consentía que ningún departamento se tomara vacaciones escalonadamente, de que los fascículos siguen saliendo en el mes de agosto aunque en España no trabaje nadie, y por mucho que supiéramos de antemano que tendríamos que dejar cerrados ocho, y no cuatro números, en un solo mes, habíamos acumulado un retraso suficiente como para volver a trabajar por las tardes en pleno verano. Por supuesto, aquello no era culpa mía, pero no podía evitar sentirme culpable por el despilfarro de todas aquellas horas extras. La única vez que me atreví a decirle a Javier que habíamos tenido muy mala suerte, él me contestó que no me preocupara, que para él estar solo en casa era ya un premio suficiente, pero esa absolución no acortó mis jornadas laborales, que llegaron a resultarme tan insoportablemente injustas y extenuantes como las de un forzado en una cantera de granito.
Y sin embargo, incluso antes de la partida de Adelaida, empezamos a vernos muchísimo, todos los días, algunos hasta dos veces, porque podíamos comer juntos y quedar después, a la caída de la tarde, o por la noche, incluso sabiendo por anticipado que las circunstancias de aquel día concreto nos abocaban necesariamente a la castidad. A cambio, esos días se fueron haciendo cada vez más raros porque, cuando la llegada de Amanda, cuya proximidad ambos elegimos tácitamente eludir, nos echó de mi casa, no tardamos mucho en montar una infraestructura sumamente eficaz. Foro me dio un juego de llaves de su casa y me dijo que, si le avisaba por la mañana, podíamos ir allí siempre que quisiéramos, y cuando me agobiaba mucho la idea de recurrir a él más de dos días seguidos, buscaba el amparo de Marisa, que nunca me negó su propia casa por más que refunfuñara como una niña pequeña —no, si en la calle se está de puta madre, buah, no veas, cuarenta y dos grados, ideal para ir de paseo, ya te digo…— mientras buscaba el llavero dentro de su bolso. Javier disponía del piso de aquel amigo suyo que se había ido a vivir a Valencia, aunque lo compartía con otro profesor de la facultad y muchos días no estaba utilizable, y también me llevó algunas veces a casa de Felipe Villar, nuestro autor de los gráficos, que vivía solo, viajaba mucho y, con una generosidad difícil de olvidar, accedía inmediatamente a bajarse a la calle a tomar una cerveza que podía durar dos o tres horas, cada vez que hacíamos sonar su teléfono, así que estuvimos casi un mes saltando de casa ajena en casa ajena, igual que si nos hubiésemos mudado al tablero de un juego de mesa.
Para mí, por aquel entonces, meterme con Javier en una cama se había convertido ya en el fin primero y último de toda mi existencia, y esa certeza, la indesbancable conciencia de que nada era más justo, ni más sabio, ni más correcto que perseguir ese propósito a cualquier precio, me ayudaba
a digerir sin esfuerzo cualquier dosis de sordidez que pudiera llegar a interponerse en mi camino. Pero, tal vez porque aquello era tan importante para mí, lo que jamás conseguí fue proponer con naturalidad un plan concreto. Las llaves de Foro, las de Marisa, me quemaban en las manos mientras empezaba a dar rodeos, a empezar frases que no me atrevía a terminar nunca, bueno, si quieres…, le decía, a lo mejor, podríamos…, no sé, ¿qué te apetece…? Javier no era más directo que yo, aunque solía traerse una frase preparada pero, de todas formas, igual que habíamos aprendido a hablar con medias palabras, aprendimos muy pronto a vivir en los puntos suspensivos, y después, cuando volvía a mi propia casa y buscaba afanosamente una película en la televisión para poder fingir que su argumento me apasionaba y limitarme a aprobar con monosílabos los comentarios de Amanda, pensaba que tal vez era mejor así, porque nuestra historia se habría parecido mucho más a un lío convencional si hubiéramos optado por la comodidad de los hoteles o los apartamentos amueblados que se alquilan por semanas, en lugar de atarnos mutuamente a aquella trabajosa rotación de casas prestadas.
Meterme con Javier en una cama se había convertido en el único acto importante de mi vida, pero eso no tenía tanto que ver con el placer como con el sexo en sí mismo, con esa clase de intimidad que solamente el sexo puede ofrecer a dos personas que no viven juntas. Porque lo que ocurría en aquellas camas extrañas, de sábanas sorprendentemente ajenas, era verdad, y por eso nada podría cambiarlo, ni atacarlo, ni desmentirlo jamás. Incluso si las cosas hubieran sucedido después de otra manera, nunca habría podido olvidar aquel escalofrío, una alegría misteriosamente innata y general, el gozo irracional, de puro primario, que me colonizaba en un instante y por completo desde el primer centímetro de mi piel que entraba en contacto encima de una cama con la piel desnuda de aquel hombre de quien entonces no podía dudar, de quien entonces lo sabía todo, a quien entonces se lo debía todo, un hombre al que amaba ya como no había amado nada en toda mi vida, tanto que acabé encontrando una manera de decírselo.
Aquella noche me di cuenta de que, a pesar de todo, éramos ya una pareja, con los tics y los ritos, las obligaciones y los derechos, esa imprecisa comunidad de intereses que define a todas las parejas que llegan a serlo de verdad, al margen de su situación tácita o de un estatuto legal expreso, y aquel descubrimiento me regocijó extraordinariamente, aunque estuviera a punto de echar a perder la noche del 30 de julio, que a aquellas alturas me parecía ya la víspera de todo lo bueno. Habíamos ido al cine a media tarde porque yo tenía que volver a casa pronto para hacer mi equipaje, que viajaría sin mí en el coche de mi padre, y supervisar el de Amanda, que era capaz de llenar varios baúles con todas sus pertenencias si nadie la convencía de lo contrario, pero descartamos la posibilidad de coger un taxi en la Gran Vía porque, después de que la despiadada refrigeración de la sala nos hubiera hecho tiritar de frío en nuestras butacas, la temperatura de la calle, en ese preciso instante en que el calor se resigna ya a ceder, evaporándose pausadamente, como un humo invisible, era demasiado agradable como para no volver andando. Cuando pasábamos justo delante de la boca de metro de Callao, nos tropezamos literalmente con Juan Carlos Prat, un fotógrafo venezolano al que conocí cuando acababa de desembarcar en España y a quien le había encargado muchas cosas, entonces y después. Era un profesional estupendo, concienzudo y muy responsable, pero se sentía extrañamente obligado a agradecerme todos y cada uno de los reportajes que había hecho para mí cada vez que me veía, con una profusión de besos, caricias y abrazos que llegaba a resultarme agobiante, y aquella vez no fue distinto, porque nada más verme, me arrancó prácticamente del brazo de Javier para rodearme con los suyos. Lo que jamás pensé es que aquel gesto tuviera consecuencias, porque Mimosín Prat; como solía llamarle Rosa, era un chico joven, alto, moreno y muy guapo, pero tenía una pluma tan aparatosamente exagerada que ninguno de los gestos del cariño que me profesaba podría llegar a alcanzar jamás, ni de lejos, la categoría de dudoso. Eso creía yo y, sin embargo, cuando me lo quité por fin de encima, Javier, que había asistido a nuestro encuentro en un silencio absoluto, echó a andar a mi lado sin mirarme, y su brazo derecho no quiso responder a mi brazo izquierdo cuando intentó volver a enroscarse a su alrededor.
—¿Qué te pasa? —le pregunté.
—Nada —me contestó, metiéndose las manos en los bolsillos.
Caminamos entre Callao y la Red de San Luis a una distancia casi prudente, como si no nos conociéramos de nada, él mirando a algún punto perdido al final de la cuesta, yo apostando conmigo misma a que estaba equivocada, advirtiéndome íntimamente que era imposible tener tanta suerte, repasando una y otra vez todo lo que había dicho y hecho desde que habíamos salido del cine para no encontrar ningún otro motivo posible para ese inexplicable cabreo que parecía crecerle por dentro con cada paso que daba, y al embocar Hortaleza se lo pregunté otra vez.
—¿Qué te pasa, Javier?
—Nada —y subrayó su afirmación con una mirada de impaciencia—. No me pasa nada.
La acera se hizo mucho más estrecha, y el río de gente que se dirigía hacia la Gran Vía en dirección contraria a la nuestra acabó por separarnos. Hicimos buena parte del trayecto en fila india, él delante, sin volverse a mirarme, y yo detrás, maravillándome de cuánto podía llegar a gustarme su nuca, hasta que llegamos a la esquina de Mejía Lequerica, a cuatro pasos de mi casa. No podía dejarle marchar así. Aprovechando la pausa forzosa de un semáforo en rojo, le aplasté contra la pared y, manteniéndolo sujeto con las dos manos, le miré a los ojos.
—No estoy dispuesta a dar un solo paso más hasta que me cuentes qué ha pasado.
—Eso deberías contármelo tú a mí.
—Ya me gustaría, pero no tengo ni idea.
—¿No? Entonces es que debe ser un hobby.
—¿Qué?
—Lanzarte a los brazos del primer gilipollas que sale del metro.
—¡Oye! —sonreí, pero él no me siguió, parecía enfadado de verdad—. Yo no me he lanzado a los brazos de nadie.
—No poco.
—Ni poco ni mucho —aflojé las manos de puro placer—. Ha sido exactamente al revés. Yo no he tenido nada que ver. Este tío siempre es así de pegajoso, ¿qué quieres?, en la editorial lo llaman Mimosín, así que…
—No lo sabía. No me lo has presentado.
—¡Claro que te lo he presentado! Te he dicho que era fotógrafo y que se llama Juan Carlos… — de repente me pareció tan ridículo seguir con esa clase de explicaciones, que le cogí del brazo y crucé la calle con él—. ¡Qué tonto eres, Javier!
—¡ Ah! Ahora encima soy tonto.
—Pues sí, tonto perdido… Porque parece mentira que a estas alturas no te hayas dado cuenta todavía de que yo ni siquiera busco poseerte —paré en seco y le abracé, para que no se me escapara—. Lo único que yo quiero es pertenecerte.
Esto sí lo entendió. Entonces fue él quien me miró a los ojos, él quien me abrazó hasta hacerme daño, y me besó en la boca, y mantuvo después mi cabeza pegada a la suya con la mano derecha, la izquierda firme alrededor de mi cintura, durante mucho tiempo.
Aquellas manos no me abandonaron en toda la noche, me mantuvieron sujeta a su recuerdo mientras hacía mi equipaje, y el de Amanda, mientras dormía plácidamente y aun después, porque no cedieron ni un milímetro mientras me despedía de mi hija en el portal de mi casa, me acompañaron siempre en el desordenado bullicio de la última mañana de trabajo, y se hicieron más intensas, más apremiantes, más firmes todavía, durante la comida anual de despedida que Fran solía ofrecer a todos los equipos de su departamento, el último obstáculo, una cita de la que me zafé lo antes posible sin esperar siquiera al café. Rosa se me unió en el último momento, cuando ya me despedía desde la puerta del Mesón de Antoñita con un beso colectivo.
—¿Vas a tu casa? —me preguntó—. Déjame en el metro de Avenida de América, anda, que he pagado todas mis deudas y me acabo de dar cuenta de que me he quedado sin un duro…
Cuando estábamos ya instaladas en el taxi, y en el colosal atasco que suele rematar las comidas
de empresa en el último día de trabajo, apoyó el codo en el filo de la ventanilla abierta, dejó caer la cabeza en la palma de su mano izquierda, se volvió hacia mí y resopló como si estuviera muy cansada.
—¡Qué asco, tía! Te juro que no me apetece nada irme de vacaciones este año… Y eso que estoy agotada, no creas…
—¿Os vais a Cercedilla?
—Claro, esta misma tarde, a casa de mi suegra, un plan apasionante… ¿Y tú? ¿Qué vas a hacer?
—Irme el martes a Fuengirola, al chalet de mis padres, con Amanda, mis dos hermanas, mis dos cuñados y mis cinco sobrinos. Tampoco está mal.
—¿Pero tus padres no estaban separados?
—Sí, pero como se gastaron una millonada en hacerse una especie de palacio en una urbanización de lujo, y ninguno de los dos está dispuesto a desprenderse de ella, y a los dos les encanta la Costa del Sol y hacerse la vida imposible mutuamente, pues veraneamos todos juntos. Es todo igual que antes salvo que ahora mi padre duerme en el cuarto de mi hermano Antonio, que afortunadamente tiene los mismos metros que el antiguo dormitorio conyugal, porque si no, habrían tenido que hacer una reforma. Como todavía sobran cuatro o cinco cuartos más, si
Antonio tiene la debilidad de aparecer, que no la tendrá, se puede instalar en el que más le guste…
—Ya… ¿Y Javier?
—Se va a Santander.
—¡Joder! —se rió—. Porque no hay nada que esté más lejos —no quise hacer ningún comentario y se recompuso rápidamente—. Y se va con toda su familia.
—Sí —no pude evitar fastidiarla un poco a cuenta de la distancia Norte–Sur—. Se va también el martes… Ellos ya llevan quince días allí.
—¿Y cómo lo llevas?
—Bien —la miré y encontré una mueca escéptica que a pesar de todo me pareció razonable, y por eso insistí, hablando también para mí misma—. Lo llevo bien. Todavía bien. En serio…
La verdad es que no sabía muy bien cómo lo llevaba, porque procuraba no pensar en ello, vivir en un trapecio, balanceándome alegremente justo encima de la realidad. Analizaba con un cuidado infinito y una paciencia que jamás habría creído ser capaz de reunir, cada una de las palabras de Javier, cada una de sus reacciones, de sus gestos, buscando cualquier indicio que me permitiera adivinar qué sentía él, qué intenciones tenía, qué pensaba hacer conmigo, pero todavía no me había atrevido a afrontar nunca la posibilidad de que nuestra historia se estancara mientras el tiempo siguiera pasando, quizás porque me sentía sin fuerzas para imaginarlo siquiera. Tampoco me había atrevido todavía a pensar nunca lo que le dije a Rosa a continuación, y sin embargo mientras hablaba me di cuenta de que lo creía de verdad, y me alegré infinitamente de escucharlo.
—Yo creo que está colgado de mí, ¿sabes? Prefiero no darle muchas vueltas pero estoy casi segura de que sí, y él no me parece el tipo de tío… —capaz de llevar indefinidamente una doble vida, iba a decir, pero en ese punto se quebraron a la vez mi voz y mi valor—. Bueno… No te lo vas a creer pero anoche nos encontramos con Juan Carlos Prat por la calle, que ya sabes cómo es de besucón, y le dio un ataque de celos…
—¿Celos de Mimosín? —asentí con la cabeza y se echó a reír—. ¡Pues ya son ganas de tener celos! —marcó una pausa antes de hacerme la pregunta que esperaba desde el principio de aquella conversación—. ¿Y qué crees que va a pasar?
—¿Al final…? Pues no lo sé. Pero, de momento, de lo único de lo que estoy absolutamente segura es de que yo estoy muy colgada de él, pero colgadísima, en serio, es que no puedo estar más colgada… Lo único que me importa ahora es que esto no se acabe, así que no le presiono. Nunca hablamos de ese tema.
—Ya… —me dio la razón con la cabeza antes de ofrecerme una versión ligera, pero no por eso menos sobada, del monótono discurso con el que todo el mundo parecía empeñado en machacarme
a todas horas durante los últimos tiempos—. Es que los hombres son muy cobardes.
—Eso es lo mismo que decir que los hombres son mancos, Rosa… Los habrá mancos, y los habrá con brazos.
—Bueno, bueno… Yo no digo nada.
Y efectivamente no volvió a abrir la boca hasta que el taxi paró al lado de la boca del metro, un par de minutos después.
—Cuídate —me recomendó, después de despedirse de mí.
—Lo haré —la prometí, diciendo adiós con la mano.
Cuatro días después, instalada en el Talgo que, más que avanzar, me alejaba sin piedad de un coche rojo que circulaba al mismo tiempo en una dirección casi matemáticamente opuesta, me dije que desde luego aquél no era un mal propósito, sobre todo porque apenas podía hacer otra cosa que cuidarme durante la implacable estación que estaba a punto de comenzar. Pero comer bien, dormir mucho, nadar en el mar, tomar el sol, pasear sin rumbo fijo todas las tardes, leer durante horas enteras y asistir cada noche al cine de verano, actividades que habrían sido suficientes para elaborar una definición personal del placer en cualquier otra época de mi vida, se convirtieron en una especie de intolerable obligación durante los días de plomo que habría preferido pasar en balde, sin hacer nada, sentada simplemente al lado del teléfono, en una casa que siempre me había encantado y ahora me parecía una especie de cárcel, y en un lugar demasiado parecido a un jardín para caber tan exactamente en el perfil del asolado desierto que castigaba mis ojos. Estaba tan ausente de mí misma, del espacio y del lugar que ocupaba mi cuerpo, que ni siquiera pasé calor, como si el aire tórrido, pero necesariamente respirable, de aquellas largas siestas de julio, se hubiera convertido en la contraseña de un tiempo preciso que ningún termómetro me ayudaría a recuperar. Entonces, por primera vez tuve miedo, miedo de que aquellas vacaciones no se terminaran nunca, de que aquella aterradora variante de la inexistencia marcara la pauta del resto de mi no vida, de que mi mirada se anclara para siempre en la estrecha gama de grises que contemplaba, como si un mundo enfermo hubiera perdido de golpe el color, el brillo, el volumen, que sólo retornaban, misteriosamente rabiosos, vivos, resplandecientes, cuando el teléfono sonaba en las horas justas, las doce y media de la mañana, las cuatro y media, las siete y media de la tarde.
—Te echo mucho de menos, Ana —eso fue lo primero que me dijo el once de agosto, por sorpresa, a la hora de la siesta—. Y estoy muy desconcertado, ¿sabes?, porque la verdad es que creía que iba a llevar esto mejor. Pero me acuerdo mucho de ti, todo el tiempo… Pasado mañana tengo que irme a Madrid, porque voy a participar en uno de esos Cursos de la Complutense, en El Escorial, una chorrada interdisciplinar, sobre el paisaje… Bueno, pues yo odio la moda esta de las universidades de verano, ya lo sabes, y cuando no me las puedo quitar de encima, estoy una semana de mala leche sólo de pensar en que tengo que trabajar en medio de las vacaciones, y sin embargo, esta vez me apetece mucho volver a Madrid, en serio, estar allí, simplemente, un par de días, aunque tú no estés… Porque tú no tendrás nada que hacer en Madrid pasado mañana, ¿verdad?
—No lo sé todavía… —le contesté después de un rato, cuando logré gobernar mi propio aliento.
Supongo que en aquel momento ya estaba todo decidido, por mucho que él me hubiera advertido después que nunca podría perdonarse que yo interrumpiera mis vacaciones sólo para ir a verle, por más que me hubiera recordado que Fuengirola estaba muy lejos, por muy amargamente que se hubiera reprochado en voz alta la debilidad de haberme contado sus planes, supongo que en aquel momento yo había decidido ya que no tenía nada que hacer excepto irme a Madrid un par de días, pero no me atreví a tomar ninguna decisión aquella noche, y tampoco fui capaz de hacerlo por la mañana, mientras valoraba obsesivamente las ventajas y los riesgos de aquella entrega sin matices, y cuando cayó la tarde todavía no me había atrevido a insinuarlo siquiera, y supongo que ya sabía que me iba a ir, pero también sé que no sabía muy bien qué hacer hasta que, después de cenar, escuché desde la cocina un griterío tan ensordecedor que dejé a medias la copa en la que intentaba encontrar una definitiva dosis de coraje, y corrí al salón para averiguar qué estaba pasando.
Cuando entré por la puerta, la voz de Amanda, llamándome —mamá, corre, mamá, ven a ver
esto— se imponía con esfuerzo a un ensordecedor guirigay de comentarios sorprendentemente divididos entre la risa y la indignación. Todos los habitantes adultos de la casa estaban pendientes del televisor, atrapados en el desarrollo de una escena que al principio no fui capaz de interpretar. Una adolescente fea y bastante gorda se debatía como un coloso maltrecho entre los tres pares de brazos de otros tantos hombres que la sujetaban y que, a pesar de todas sus ventajas, no llegaban a impedir que avanzara de centímetro en centímetro, dejando caer todo el peso de su cuerpo hacia delante mientras embestía con la cabeza como un toro bravo, hacia un objetivo que aún no pude distinguir. La boca grotescamente desfigurada por un grito perpetuo, el pelo largo y lacio empapado por el llanto, aquella chica no terminaba de chillar ni de llorar, instalada más bien en el territorio intermedio de un formidable ataque de histeria, y al principio pensé que se trataba de la superviviente de alguna catástrofe, o de una manifestante radical de cualquier signo, tal era el empeño sobrehumano con el que se oponía a sus enemigos, pero la cámara se movió entonces hacia la izquierda para mostrar el rostro perplejo y asustado de un cantante de moda que seguramente jamás había contado con provocar una reacción semejante, y entonces me di cuenta de que los hombres que la sujetaban no eran policías, sino guardias de seguridad, y cuando pude oírla por fin, lo entendí todo. Presa de una pasión que la dominaba hasta un límite que ella misma quizás desconocía, aquella chica se expresaba en un lenguaje radicalmente impropio de su edad, de los gustos y la manera de ser que se adivinaban en su forma de ir vestida, pronunciando palabras dignas de la más atribulada heroína de un culebrón de sobremesa, frases que parecían copiadas de cualquier novela romántica barata, y sin embargo, mi piel se erizó de emoción al escucharlas, y unas lágrimas conscientes de sí mismas se asomaron a mis ojos mientras la veía, mientras distinguía su voz distorsionada por la desesperación, mientras sentía que me llamaba con todos sus gestos, mírame, le decía a aquel cretino que se negaba a complacerla, girando la cabeza en dirección contraria para exhibir una sonrisa plastificada y hueca, miserablemente indigna del penoso espectáculo que estaba provocando, mírame, por favor, sólo una vez, mírame, te lo suplico, te lo suplico, mírame sólo una vez y me iré de aquí, te lo estoy pidiendo de rodillas, ¿por qué no quieres mirarme?, te lo suplico, mírame, por favor, mírame…
—¿Has comprado hoy el periódico de aquí, papá? —pregunté cuando terminó el reportaje, sin apartar la vista del televisor.
—Sí —mi padre rebuscó entre un montón de revistas tiradas en el suelo, junto a su butaca, y lo encontró enseguida—. ¿Para qué lo quieres?
—Aquí vienen los horarios del Talgo, ¿no? —volví a preguntar, mientras hojeaba ya las últimas páginas detectando al mismo tiempo con el rabillo del ojo la mirada de alarma de mi madre.
—Sí, creo que sí… Pero ¿por qué…? —mi padre, que estaba en Babia, como casi siempre, interpretó mi curiosidad en la dirección más errónea—. ¡Qué bien! No me digas que mañana viene Antonio…
—No —contesté, cuando ya había elegido el tren de las diez y media—. Pero mañana yo me voy a Madrid.
El calendario nos había precipitado de golpe en el otoño, pero el cielo del 22 de septiembre amaneció pintado de un azul purísimo, presintiendo el luminoso castigo del sol que se cebaría a placer y sin dar tregua al reloj mucho antes de que llegara el mediodía, en los descarnados perfiles de la tierra seca, esa arisca sucesión de cimas arenosas, montañas peladas, desnudas de todo que, esa mañana sí, me parecían el lugar más grandioso de la Tierra. Estábamos desayunando en el comedor del hostal, un antiguo porche acristalado desde el que se divisaba el inmutable paisaje del desierto en todas las direcciones, y Javier, que ya se había tomado dos cafés mientras revisaba el contenido de una bolsa llena de cuadernos y aparatitos, tomando notas en un bloc, parecía tan involucrado en el territorio que nos rodeaba que, de repente, me miró como si mi presencia le sorprendiera.
—Lo siento, pero hoy vamos a tener que trabajar un poco —me dijo—. Espero que estés moralmente preparada para caminar algunas horas. Al fin y al cabo, si no he podido venir antes, fue por culpa tuya, así que…
Se echó a reír pero yo no pude seguirle, porque había llegado el momento de correr algunos riesgos.
—Oye, Javier… Lo que me has dicho esta noche…
Él terminó de reunir sus propiedades en la bolsa, la cerró, y se echó hacia atrás en la silla para quedarse quieto, mirándome, con los brazos cruzados y una sonrisa dulce e irónica a la vez.
— ¿Qué?
Crucé los dedos por debajo de la mesa hasta que me dolieron, antes de repetirlo en voz alta.
—Que estás muy enamorado de mí.
—Sí —asintió, como si ya le hubiera preguntado algo.
—¿Es verdad?
—Sí —volvió a decir, con el mismo tono con el que se habría identificado si yo le hubiera preguntado si se llamaba verdaderamente Javier Álvarez.
—¡Ah! —murmuré—. Bueno, pues… Quiero decirte que yo también estoy muy enamorada de ti… —y entonces me quedé callada, como si no pudiera añadir en toda mi vida ni una sola palabra más a lo que acababa de decir, pero entonces recordé que ya le había dicho muchas veces que haría cualquier cosa por él—. Bueno, ya lo sabes. Lo que pasa es que como nunca habíamos hablado de esto… —y entonces sí me eché a reír—. Quería decirlo yo también.
Me miró en silencio, con la misma sonrisa dulce e irónica de antes, durante segundos que se alargaron hasta convertirse en minutos, o durante minutos que se evaporaron tan pronto como si fuesen segundos, un plazo tan incierto que el sonido de su voz, al romperlo, me sobresaltó como el eco de un grito.
—¿No me vas a preguntar nada más?
Medité el sentido de aquella invitación hasta que encontré una fórmula que me permitió aceptarla y rehusarla al mismo tiempo.
—No me atrevo.
—Muy bien —se levantó, se colgó la bolsa del hombro, y volvió a mirarme—. De todas formas, habrá que hacer algo al respecto… Sube a la habitación a por una chaqueta, anda, que seguro que ahí fuera hace frío.
No volvimos a hablar del tema en todo el día, ni por la mañana, mientras caminábamos alguna más que algunas horas, ni durante la comida, que se convirtió en una minuciosa lección sobre la función y la naturaleza de esos misteriosos instrumentos que le había visto usar sin comprenderlos, ni después de una siesta brevísima —demasiado apresurada para que me atreviera a estar segura de que algo había cambiado ya definitivamente entre nosotros, como si nos hubiéramos desprendido a la vez del último abrigo, una capa invisible y finísima que se evaporó de puro calor, para dejarnos mucho más desnudos de lo que nunca llegamos a estar mientras nos protegíamos con silencios—, ni en el viaje de vuelta a Madrid, que fue muy rápido, porque habíamos salido con tiempo de sobra para evitar el atasco de los atardeceres de domingo, pero cuando el coche de Javier se detuvo en el portal de la casa de mi madre, a las ocho de la tarde más o menos, me volví hacia él para decirle, por segunda vez en un solo día, algo que seguramente sabía ya.
—Oye, Javier… Quiero que sepas que, si decides hacer algo al respecto, puedes contar conmigo para lo que quieras, cuando quieras y como quieras. Todo lo que yo tengo, mi casa, mis cosas, mi sueldo, yo misma… En fin, ya sabes. Y gracias… Por todo.
Él alargó un brazo hacia mí, posó su mano sobre mi nuca, acercó mi cabeza a la suya y me besó. Nos despedimos sin decir nada más, y afronté el desastre que me esperaba en casa de mi madre con un extraño ánimo, más eufórica de lo que jamás había supuesto que nadie pudiera llegar a estar por un lado, terriblemente desanimada sin embargo ante la idea de que aquel fin de semana se hubiera acabado ya, y aterrada a la vez por los efectos que el resto de aquel día pudiera llegar a arrojar sobre
mis hombros, demasiado cargados de emociones fuertes como para sostener con eficacia el suplementario peso de la culpa, una amenaza que había logrado eludir hábilmente desde el miércoles anterior, cuando escuché por fin, y con retraso, la más terrible secuencia de mensajes que mi hija podría haber llegado a volcar sobre la memoria de mi contestador.
Amanda acababa de suspender el examen de ingreso en la academia de ballet a la que había asistido durante los dos últimos años, pero eso, con ser tremendo, ni siquiera era lo peor. Florence, su profesora, animada por un espíritu que al principio no me decidí a clasificar entre la honradez o la crueldad, le había confesado en una larguísima conversación que, sinceramente, no creía que estuviera dotada para llegar a la cima. Mi hija había reaccionado como era previsible en una criatura de su edad, es decir, derrumbándose por completo, con toda la amargura, la desconfianza en sus propias fuerzas y la experiencia de la derrota que es posible acumular en diecisiete años de vida. Aunque sabía que la admitirían sin dificultad en otras escuelas menos exigentes, había decidido dejar de bailar, porque el horizonte de llegar a ser una bailarina mediocre no le compensaba por el sacrificio de las dietas brutales, las horas de barra y los pies llagados, el regular martirio al que la danza había reducido su vida.
Yo, que llevaba años preparándome para escuchar ese discurso, me vine abajo tanto como ella, y tuve que agarrarme las manos para resistir la tentación de llamarla antes de haber recuperado la serenidad imprescindible para afirmar con convicción que no pasaba nada, que tenía toda la vida por delante para encontrar una vocación más clemente y más justa que aquélla, que me alegraba de tener una hija que no estaría acabada a los treinta años, y que lo importante era que se centrara en otra cosa, que se dedicara a estudiar y que escogiera bien la próxima vez.
—Ni siquiera has empezado la carrera, Amanda, tienes un año por delante todavía, y la suerte de tener una idea clara de lo que quieres hacer. Eso no le pasa a todo el mundo a tu edad, ¿sabes?, muchas veces este tipo de fracasos son los que construyen a las personas para siempre…
—Estoy fatal, mamá —ella no llegaba a escucharme, atascada por su propia voluntad en el relato de su propio dolor—, muy mal, es que me siento una mierda, una mierda, en serio… Y no quiero seguir aquí. Quiero volver a casa. Enseguida, ya, mañana. Odio esta ciudad, odio a Florence, odio la Ópera de París…
—Muy bien, estupendo, maravilloso, no te preocupes por nada… Puedo ir mañana mismo a tu instituto a ver si tienen plazas libres de COU, y si no, te encontraré plaza en cualquier otro sitio… Conozco a muchos profesores de instituto por lo de los libros de texto de la editorial, ya lo sabes. No habrá ningún problema, Amanda, ningún problema. No creo que ni siquiera haya empezado el curso todavía…
A las nueve y media de la mañana siguiente, mi hija ya estaba matriculada en el Lope de Vega, donde estudiaba antes de marcharse a París. La subdirectora, a la que llamé después de arreglarlo todo por pura cortesía, sólo porque Javier se había apresurado a llamarla antes, al recordar que habían sido compañeros en los cursos comunes de Geografía e Historia, me informó de que el curso no empezaría hasta la primera semana de octubre. Cuando llamé a Amanda para informarle de todo esto, pareció tranquilizarse por fin, pero me informó a cambio de que Félix le había sacado ya un billete de vuelta en un vuelo que llegaría a Madrid el sábado siguiente, aproximadamente a la hora de comer.
—¡Oh, hija, qué mala suerte! —y era mala suerte de verdad, porque hacía más de quince días que Javier y yo habíamos planeado ir de excursión a Los Monegros precisamente aquel fin de semana—. Yo el sábado no estaré en Madrid. Tengo que ir a una convención de la editorial… Bueno, no pasa nada. Ahora llamo a la abuela y que vaya ella a buscarte. Puedes estar en su casa hasta el domingo por la tarde. Cuando yo llegue a Madrid me voy derecha a recogerte y ya nos venimos las dos aquí, ¿vale? Todavía tendrás una semana de vacaciones…
En aquel momento no me di cuenta de que ya ni siquiera había considerado necesario pararme un instante a decidir qué haría, marcharme con Javier o quedarme en casa para consolar a mi hija en el peor momento de su vida, y cuando lo comprendí, sentí por un momento que me faltaba la tierra
debajo de los pies, pero lo arreglé todo inmediatamente diciéndome que al fin y al cabo, Amanda volvía a casa para siempre, y que me sobraría tiempo, meses, años enteros, para compensarla por aquella justificada deserción. Mi madre no lo vio de la misma manera, pero cuando me cansé de escucharla, le colgué el teléfono. Mientras recorría el breve tramo que separaba la puerta del ascensor de la puerta de su casa, tres días después, ya sabía que ahora no sería tan fácil. En las distancias cortas era mucho más temible.
—Las ocho de la tarde, muy bien… ¡Estarás contenta!
—¿Dónde está Amanda? —pregunté, como única respuesta, entrando con precaución en el vestíbulo.
—Se ha ido al cine con su tía Mariola y con sus primos… Claro, como su madre está tan ocupada…
—Ya está bien, mamá.
—No. No está bien, no está bien… —me precedió hasta el salón y me señaló una butaca, justo enfrente de la que ella escogió para sentarse, como un inequívoco preámbulo de la sesión de tortura que había diseñado para mí—. Ana Luisa, hija, ¿qué te pasa? Es que no lo entiendo… Tú siempre has sido una loca, eso sí, una loca impulsiva y una tonta, perdona que te lo diga, pero es que es verdad, tonta perdida es lo que eres, que no hay más que verte… Pero siempre habías sido una madre estupenda, las cosas como son, eso lo he dicho yo desde el principio, desde que dejaste a Félix y sacaste a Amanda adelante tú sola, una madre ejemplar, ésa es la verdad, y ahora, en cambio… Pero ¿cómo puedes hacer una cosa así? ¿Tú sabes cómo está tu hija? Deshecha, enferma, triste, hecha polvo, y tú, en cambio… ¡Hala! Pensando solamente en acostarte por ahí con ese cabrón que…
—¡Mamá! —chillé—. Como digas una palabra más, me levanto y me voy.
—Pues la voy a decir… —me levanté y empecé a atravesar el salón—. Te lo voy a decir bien claro, que por ahí no vas a ninguna parte, que está jugando contigo, que estás haciendo el imbécil, que nunca va a dejar…
Salí al descansillo dando un portazo que mutiló piadosamente el final de su discurso, y me apoyé en la puerta para echarme a llorar de rabia, y de cansancio, y de hartazgo de aquella frase maldita que me perseguía por todas las esquinas de mi vida como un sabueso infaliblemente entrenado para destrozarme con sus dientes antes o después.
Pero, a veces, las cosas cambian.
Parece imposible, es increíble pero, a veces, pasa.
Yo lo sé porque el doce de octubre, fiesta, antiguo Día de la Raza, sonó el timbre de mi puerta a las dos menos cuarto de la mañana, justo en el instante en el que creía haber empezado a dormir. Amanda se había acostado casi una hora antes, y por eso salté de la cama deprisa, y me puse mi bata de pagodas y doncellas chinas para correr por el pasillo sin pensar siquiera en quién estaría al otro lado de la puerta, pendiente sólo de que un segundo timbrazo no llegara a despertarla, y al abrir me encontré con Javier, absurdamente enfundado en una gabardina gris en una noche de cielo limpio y luna llena.
—Siempre te despierto… —dijo, mientras atravesaba el umbral—. Lo siento.
—No importa —le aseguré, sonriendo—. Me encantaría que me despertaras todas las noches.
—¿Sí? —me preguntó con una sonrisa, mientras deslizaba la mano izquierda dentro de mi bata, un segundo antes de besarme en los labios—. Pues estás de enhorabuena… Porque acabo de decirle a Adelaida que me voy de casa.
ÍNDICES Y MAPAS
Cuando Marisa rne advirtió que tenía los ojos raros, al mismo tiempo que fabricaba sobre la marcha aquella tonta excusa sobre el cepillo del rímel y el algodón empapado en desmaquillados me di cuenta de que ya estaba mucho mejor, y ni siquiera lamenté el pequeño duelo que había celebrado a solas conmigo misma en el cuarto de baño, como si pudiera presentir que aquel rito íntimo e inútil encerraba al mismo tiempo el final de la peor época de mi vida adulta, la odiosa tiranía de una debilidad que se había hecho fuerte en mi interior a costa de dejarme casi definitivamente exhausta. Aunque habían pasado ya dos meses y medio desde que mi hermana Natalia pagó mi invitación a comer con la confidencia más nimia y más deslumbrante, la definitiva prueba del método favorito de mi marido para emplear el tiempo libre, y aunque ella se hubiera cansado de interrogarme con los ojos en las comidas familiares, la verdad es que lo tenía todo rigurosamente controlado, y cada pieza, cada detalle, cada elemento del plan que diseñé casi sobre la marcha para irlo perfeccionando después poco a poco, había ido ocupando el lugar previsto con tanta facilidad como si me tocara por fin cobrar los intereses de aquel inmenso capital de fe que antes había depositado en el destino sin ningún resultado. La enorme cantidad de trabajo que los índices de la colección, como el rompecabezas más desquiciante, depositaba cada mañana sobre mi mesa, me ayudó a pensar y a hacerme invisible en casa por las noches, porque nada resulta más convincente que advertir que una está agotada cuando el cansancio se lee sin dificultad en cada esquina de su rostro. Siempre había pensado que lo mejor sería irme de viaje con los niños justo después de devolver a mi marido la libertad precisa para follar con otras en su propia cama, y Fran había decidido que, como el cierre del último fascículo del Atlas coincidía con la primera semana de abril, podíamos tomarnos las vacaciones de Semana Santa cinco días antes de lo previsto. A Ignacio padre, que en aquel preciso momento debió de empezar a repasar de memoria su agenda de teléfonos, le había parecido muy bien, y en el colegio, el tutor de Ignacio hijo, que ya me había advertido de ciertos indicios de una misteriosa reconciliación del niño con las matemáticas, no vio ningún inconveniente en mi proyecto de acortar el segundo trimestre en cuatro días lectivos, y ni siquiera me miró mal cuando le anuncié que tenía la intención de separarme de mi marido. Hubo un momento incluso en el que sospeché, mientras me contaba que él también estaba separado y me daba ánimos para el futuro, que me estaba mirando bien, y no sé si acerté o no, pero el caso es que salí de su despacho con un humor estupendo, agradeciendo por dentro aquel empujón tanto si había sido real como figurado. Los niños, por supuesto, estaban encantados de venirse conmigo a Roma. Había tenido suerte con la hora del vuelo, con la situación del hotel y hasta con las tarifas que escogí en la agencia de viajes, por eso me afectó tanto que una mañana apacible y soleada del mes de marzo, cuando absolutamente todo se encaminaba con pasos medidos, tranquilos, mansos, hacia su fin, la voz de Adela me anunciara desde el interfono que tenía una llamada de un tal Nacho Huertas, fotógrafo.
No tuve que forzar ni siquiera la voz para pedirle a mi secretaria que le dijera que estaba muy ocupada, que le llamaría yo cuando tuviera un momento libre, y después no dudé ni un instante de haber hecho no ya lo correcto, sino lo único posible, pero no pude evitar recordar, y fantasear un rato con el desconcierto en el que mi respuesta debía de haber sumido a un hombre que tendría que aprender ahora a que yo le rechazara, e incluso imaginé un último encuentro, una última sesión en la que yo fuera quien decide, quien elige, quien controla, y sin embargo, antes de que me atreviera a sugerirme que tal vez no me vendría mal un polvo póstumo, yo misma me abofeteé con los dedos
de mi memoria y me prohibí con éxito seguir por ese camino, por muy inofensivo que, de puro imaginario, me pareciera hasta a mí misma. No devolví esa llamada ni entonces ni nunca, y no esperaba que Nacho volviera a llamar, pero lo hizo, una semana más tarde, y entonces hablé con Ana, le pedí que le llamara expresamente en mi lugar, que le dijera que yo estaba muy liada y ella dispuesta a resolver cualquier pega que hubiera surgido, y pensé que eso sería suficiente, porque Ana me confirmó lo que las dos sabíamos ya, que Nacho no tenía ningún problema, que simplemente quería hablar conmigo. Estaba decidida a que no lo lograra nunca más cuando, en el salón de mi casa, aquella misma tarde, mientras Lobezno buscaba frenéticamente por los túneles del subsuelo al científico loco capaz de proporcionarle un antídoto para el veneno que estaba paralizando sus mutantes vísceras después de haber sumido ya a Júbilo en una especie de letargo mortal, sonó el teléfono y lo cogí sin curiosidad alguna por la voz que iba a escuchar al otro lado de la línea.
Vaya, Rosita, ¡por fin!, empezó, pero yo estaba ya inmunizada contra sus diminutivos y aquel tono festivo me molestó más de lo que podría haber llegado a suponer, así que no contesté, ¿dónde te metes?, insistió él, estoy viendo una serie de dibujos animados con mis hijos, le informé, ¡qué divertido!, pues sí, nos estamos divirtiendo mucho, desde luego… En la pausa que se abrió a continuación me pregunté si se atrevería a pasarse de listo, pero no tuve suerte, me parece que no te apetece hablar conmigo, dijo solamente, sí, te parece bien, respondí, y colgué el teléfono sin despedirme, pero no llegué a enterarme de los efectos del líquido verdoso de la ampolla de cristal que el hombre–lobo estaba a punto de inyectarse en su peludo y moribundo brazo, no comprobé si le devolvía o no a esa vida que le abandonaba por momentos, porque miré el reloj y me dije que por una vez no estaría mal que me arreglara con tiempo, y estaba tranquila cuando me levanté, tranquila y conforme conmigo misma, y esa sensación no me abandonó cuando cerré la puerta del cuarto de baño, me hizo compañía mientras me duchaba, mientras me vestía, mientras me daba un poco de colorete con una brocha, pero cuando tenía ya el cepillo del rímel en la mano, me di cuenta de que mis ojos brillaban demasiado, y aunque hace años que mi cara no me sorprende ni siquiera cuando me corto el pelo, tuve que admitir que estaba a punto de echarme a llorar.
A cambio, me di cuenta de que mi plan tenía un fallo gravísimo, y aunque cogí antes de salir el sobre que dormía en el cajón de mi escritorio desde hacía casi dos meses, entre las fotos de los niños y las facturas desordenadas, aunque llegué incluso a ponerle uno de esos sellos que llevo siempre en el monedero, comprendí que nunca debería haber escrito esa carta de despedida, una trampa tan pobre como esas otras cartas de amor que habían compuesto la crónica más dolorosa y más feroz de mi desesperación por Nacho Huertas. Porque entre la nobleza de la resistencia y la vileza de la cobardía sólo hay un paso, no me quedaba más remedio que hablar con Ignacio aquella misma noche, no podía hacer otra cosa que decírselo todo a la cara antes de marcharme. Ése era el precio justo de la paz.
Después de descubrir que Rosa estaba muy rara y que Fran estaba rarísima, tuve que preguntarme si no sería más bien yo misma quien se estaba comportando de una manera extraña. Motivos tenía, desde luego. Al salir de la editorial había pasado por la agencia para recoger los billetes y el programa de mi viaje. A la mañana siguiente, inauguraría una semana de vacaciones suplementarias marchándome a Cartagena de Indias, Colombia, nada menos. Era la última vez, por eso no me importaba tirar la casa por la ventana. Y sonaba estupendamente, desde luego, pero no había escogido aquel lugar por la exótica belleza de su nombre, sino porque fue el más lejano que encontré entre los clubs de vacaciones situados en países donde se habla español. Aquel detalle, al que Alejandra Escobar no habría concedido jamás ninguna importancia, a mí me parecía fundamental, en cambio, porque no podría tomar ninguna decisión verdaderamente importante si no llegaba a enterarme bien de todo lo que me decían. Ya sabía que, por mucho que estuviera decidida a viajar con su nombre, ella nunca volvería a ser del todo yo, y yo seguiría siendo más yo que nunca
para siempre, pero esa íntima reconciliación con mi identidad, lejos de tranquilizarme, empezó a proyectar las sombras más negras sobre mi conciencia desde que metí los billetes en el bolso, y aunque los dejé en la mesa del recibidor al salir de casa, más por perderlos de vista que por temor a perderlos de verdad, aquel peculiar presentimiento de la catástrofe salió conmigo del coche, entró como mi sombra en el restaurante, y se sentó a mi lado, entre Rosa y Fran.
Ya me había resignado a que aquella voz oscura y detestable que gobernaba mis actos por anticipado fuera tan mía como las decisiones que la desmentían, y no la distinguí entre el barullo de gritos, burlas y advertencias más o menos sombrías que atronaban entre mis sienes desde días antes, un estridente coro que había logrado controlar con éxito hasta aquel momento, que era el último, pero cuyo tono se elevó hasta rozar el límite de un estruendo ensordecedor mientras miraba la pequeña, elegante y escogida carta de aquel restaurante sólo por mirar a alguna parte. Entonces, precisamente porque no habría ya otro momento después, no encontré una manera de esquivar los pronósticos más negros, aquellas preguntas cargadas de un desprecio familiar, el que solamente yo he podido llegar a acumular durante cuarenta y un años de vida conmigo misma, ¿adonde vas, Marisa?, me preguntaban aquellas voces, ¿adonde vas, hija mía?, que mira que eres imbécil…, y yo intentaba contestar al principio, a Colombia, afirmaba, pero no me creían. ¿A Colombia…?, repetían sin piedad, no. Vas mucho más lejos, o mucho más cerca, según se mire, porque en realidad no tendrías por qué moverte de Madrid, todos los días compras el periódico, eso sería suficiente, ciento veinticinco pesetas nada más, las páginas de anuncios por palabras están repletas de reclamos de hombres apasionantes que sólo quieren hacerte feliz, chicos jóvenes, guapos, sobrios, y entrenados para susurrarte en el oído que eres una mujer muy especial, rubia, rubia… Basta ya, basta ya, basta ya, no es eso, no es eso, no es eso, ¿ah, no?, claro que es eso, no, no es eso, sí, sí lo es, tu casa respira, Marisa, toma aire primero, como una persona, y lo expulsa después, muy despacio, eso son las vigas de madera, viejas, y el cañizo que sostiene las escayolas, mi primo Arturo me lo contó una vez, y es arquitecto, los muros se hunden cada día en el suelo, las casas antiguas nunca dejan de asentarse, tu casa respira, Marisa, como una persona, demasiado silencio, en e! silencio absoluto los ruidos se escuchan mejor, eso no tiene nada que ver, y además no voy a hacer nada malo, me voy a Colombia, de vacaciones, una semana, nada más, te vas sola, sí, sola, ¿y qué?, y nada, siempre es igual, ya sabes, vacaciones para ti sola, Navidades para ti sola, cumpleaños para ti sola, alguien te enterrará, eso seguro, no van a dejar que te pudras en un tercer piso de la calle Santísima Trinidad, un vecino llamará a los bomberos, o algo así, no te preocupes, cállate, no quiero, callaos de una vez, no queremos, callaos, me voy a Colombia, no, a Colombia no, sí, a Colombia, a Colombia, a Colombia… Muy bien, a Colombia, ¿y qué esperas encontrar allí? En el peor de los casos, ya sabes, nada de nada, siempre ha sido así, siempre, excepto aquella vez, ¡y qué suerte tuviste!, un tunecino de veintiocho años casado y con dos hijos, que apenas sabía leer y tardaba dos minutos en correrse, y no has vuelto a saber nada de él, por supuesto, porque las turistas feas, rubias y solas nunca se agotan, no habrá tenido tiempo siquiera para acordarse de cómo te llamas, claro que nunca llegó a saber en realidad cómo te llamas, en fin, ¡menudo chollo!, cállate, no quiero, no lo entiendes, claro que lo entiendo, yo estaba allí, ¿ya no te acuerdas?, déjame en paz, no es eso, sí lo es, me voy a Colombia, Foro te quiere, cállate, Foro te quiere, ¿y qué?, no voy a hacer nada malo, me voy una semana de vacaciones, nada más, Foro te quiere, ya lo sé, la vida pasa factura por los errores que cometen los imbéciles como tú, eso no es verdad, sí lo es, Foro te quiere, imbécil, me voy a Colombia, en Colombia nadie te quiere, no es eso, sí lo es, pero yo no estoy enamorada de Foro. Y en el silencio repentino de la nada absoluta, lo pensé otra vez, lo repetí despacio, marcando las sílabas, como si lo estuviera diciendo en voz alta. Yo no estoy enamorada de Foro.
Tal vez, si ahora te quedas, dentro de un año lo estarás… Aquella voz solitaria, principal, la más oscura, me mintió entonces con un acento muy distinto del que solía escoger para martirizarme. No me insultó, imbécil, imbécil, imbécil, no abusó de su superioridad sobre mí, no quiso maltratarme. Entonces comprendí que no había podido distinguirla de las demás porque no había querido intervenir hasta entonces en aquella insoportable sesión de tortura sonora. Y no añadió una sola
palabra más, pero proyectó una serie de imágenes concretas, pequeñas, apacibles, sobre la atormentada pantalla de mi memoria. Dos zapatos marrones, viejos y sucios, deformados por el uso, a punto de reventar por las costuras, cuidadosamente alineados a los pies de mi cama, con su correspondiente calcetín dentro, como los zapatos de un niño que se ha acostado esperando la llegada de los Reyes Magos. La foto de un adolescente dentro de una funda de plástico, en una cartera de piel tan desgastada que parecía de cartón. Dos vestidos rojos, uno corto, que descubrí en un escaparate por azar, mientras volvía a casa andando por la calle Goya, y otro mucho más elegante y ceñido, con tirantes, el primer vestido largo hasta los pies que he tenido en mi vida. Una tartera de plástico blanco, con la tapa amarilla, encima de un mantel de papel, en una mesa de hierro de ese merendero de la Casa de Campo que está justo enfrente del lago. Un ventilador moviéndose despacio sobre mi cama, en la sofocante oscuridad de las noches de verano. Una caja de música como la que nadie me ha regalado jamás.
Rosa le estaba contando a Fran que se iba a Roma con los niños al día siguiente. Cuando me preguntó a qué hora salía mi avión, por si llegábamos a coincidir en el aeropuerto, le dije que a lo mejor, después de todo, acababa quedándome en Madrid.
El pliegue de la nuca de mi hijo medía seis milímetros.
El jefe de servicio movía el detector del ecógrafo sobre la piel de mi vientre, apenas abultado en la decimosexta semana de embarazo, cuando pronunció aquel dato en voz alta, con un acento estrictamente neutral. Creo que entonces dejé de notar el tacto gélido, viscoso, de la gelatina transparente con la que me había embadurnado la tripa antes de empezar, y fue entonces desde luego cuando distinguí por fin, nítida, inequívocamente, la cabeza de mi hijo, reproducida a una escala más que gigantesca en un enorme monitor situado frente a la camilla donde yo estaba tumbada. A su izquierda, la cabeza de Martín, que lo miraba con la boca abierta, era casi del mismo tamaño. Yo escuché aquello, pliegue de la nuca, seis milímetros, y una enfermera, tan pendiente como nosotros de la pantalla, apuntó algo en un impreso donde antes había escrito sólo mi nombre, mis dos apellidos y mi edad, Francisca Antúnez Martínez, 39 años. A mi izquierda, una genetista auxiliar presenciaba la escena en silencio, y le pregunté casi sin pensarlo, ¿qué significa eso? Ella me miró, sonriendo, antes de contestarme, eso quiere decir que no es un Down.
El dios de la bata blanca empezó a mover el detector más deprisa, mientras pronunciaba en el mismo tono neutro, pero apacible, una larga serie de palabras que interpreté sin esfuerzo. Veamos, dijo primero, corazón, pulmones, hígado, riñón izquierdo…, espera, a ver…, y riñón derecho, la enfermera lo apuntaba todo con diligencia, sin interrumpirle en ningún momento, vesícula, prosiguió él, aparato genital…. Entonces se dirigió a mí. ¿Quieren conocer el sexo? Yo apenas me atreví a mover la cabeza de arriba abajo pero Martín contestó en voz alta, sí queremos. Es un varón, dijo él sin ningún énfasis, ¡bien!, mi marido no logró reprimir una expresión de ánimo que hizo sonreír a todos los presentes. Esto es un pene, añadió el genetista, mirándome por debajo de las gafas, y uno…, y dos testículos, y prosiguió tranquilamente, vamos hacia la cabeza, columna vertebral única, de desarrollo normal, estructuras cefálicas completas, cara…, le estamos viendo la cara, aclaró, y era cierto. En esa grisácea masa de un líquido de apariencia extrañamente sólida, donde aquel ser diminuto nadaba sin saberlo, como una rana simple y feliz de su simpleza, se destacaban entonces los huecos de los ojos, la prominencia mínima de una nariz, la línea de la boca. Yo le miraba sin acabar de creérmelo del todo, primípara añosa dividida entre el pánico, que se resistía a ceder, y la emoción de comprobar que aquel hijo que aún no había logrado sentir efectivamente existía, más allá de la masa borrosa de las primeras ecografías convencionales, existía porque tenía cara, porque yo la estaba viendo. Vamos a medir la frecuencia cardíaca, dijo el médico entonces, y añadió algunas cifras indescifrables antes de levantar el detector de mi tripa y encajarlo en el aparato donde había tecleado todo el tiempo con la mano izquierda. Está todo muy bien, me dijo, ahora vamos a extraer el líquido amniótico.
La genetista situada a mi izquierda volvió a embadurnarme con gel y posó el detector de un ecógrafo distinto exactamente encima del feto. El jefe de servicio se inclinó sobre mí con una gran jeringa entre sus dedos enguantados. Esto no le va a doler, me aclaró, es sólo un pinchazo. El niño, porque ahora ya era un niño, se movía con gestos graciosos de puro torpes, como un mal bailarín en una película rodada en cámara lenta. Hasta que la aguja penetró en mi vientre. Entonces, mientras el ecógrafo nos consentía ver su extremo afilado a través de las paredes de mi cuerpo, se quedó quieto, inmóvil, como si se hubiera muerto. ¿Por qué se ha parado?, pregunté. Es pequeño, pero no es tonto, me contestaron, en su hábitat acaba de entrar algo extraño y él, por si las moscas, prefiere pasar desapercibido… Luego, cuando la jeringa estuvo llena de un líquido blanquecino, misteriosamente turbio, y la aguja desapareció de la pantalla, mi hijo, ignorante aún de lo satisfecha que su madre estaba de su instinto, volvió a moverse para recuperar el dominio de su territorio. Si hubiera estado sola, en aquel momento habría liberado las lágrimas que mantenía a raya, estancadas, inmóviles, un milímetro más allá de mis ojos, pero siempre me ha dado mucha vergüenza llorar delante de extraños.
Mientras esperaba a que llegaran las demás, sentada a la mesa de aquel restaurante, leí una vez tras otra el informe que había recogido del buzón antes de salir de casa. Allí estaban todos los resultados del estudio genético prenatal, consignados uno por uno, con el detalle que no había obtenido un par de semanas antes, cuando llamé por teléfono para que me informaran concisamente de que todo estaba bien y de que ya no había ninguna duda de que era un varón. Ahora, en cambio, podía leer y leer hasta aprenderme de memoria toda una larga lista de nombres incomprensibles, todos aquellos ignorados síndromes reconfortantemente descartados por la palabra situada a su derecha, negativo, negativo, negativo, todas aquellas insospechadas proteínas felizmente consagradas en la misma columna por una palabra diferente, pero con las mismas sílabas, positivo, positivo, positivo, y el resumen de la ecografía de alta precisión, pulmones, sí, corazón, sí, hígado, sí, riñón izquierdo, sí, riñón derecho, sí, estructuras cefálicas, sí, cara, sí. Porque le habíamos visto la cara.
Creo que ningún compromiso de todos a los que me he sentido obligada en mi vida, incluido aquel ya remoto psicoanálisis de los jueves, ha llegado a resultarme tan arduo como aquella cena, por más que la hubiera dispuesto yo misma como una cita festiva, hasta triunfal. Habíamos acabado con el Atlas, lo habíamos liquidado. Nunca había albergado el menor temor de que no llegáramos a conseguirlo, pero lo habíamos conseguido y había que celebrarlo. Sin embargo, no me apetecía nada estar allí, agradeciendo el esfuerzo de mi equipo, más que cenando, y no veía el momento de volver a casa para enseñar a Martín aquel prodigioso rosario de fórmulas milagrosas, todos aquellos negativos y positivos, los síes y los noes que recompensaban a tiempo su fe, una certeza que se había impuesto a todas mis dudas, a todas las suyas, hasta el punto de que, mucho antes de conocer los resultados de la amniocentesis, él le había anunciado mi embarazo a todo el mundo y yo todavía no me había atrevido a contárselo a nadie. Y sin embargo, aquella misma noche debería hablar del tema con las demás, porque seguramente llegaría un momento en que tendría que abusar de ellas. La fecha prevista de parto coincidía con las vacaciones, primera semana de agosto, pero ya había decidido cogerme el permiso de maternidad tan íntegramente como cualquier secretaria, lo que significaba que no me reincorporaría al trabajo hasta el mes de diciembre. Y habría trabajo. Ésa sería la segunda noticia de la noche.
Todavía no había decidido por dónde empezar cuando Rosa me ofreció un pitillo por segunda vez mientras Ana ocupaba por fin el sitio libre que quedaba a mi derecha. ¿Has dejado de fumar?, me preguntó, extrañada. Sí, contesté, y además tengo que contaros un par de cosas…
Nunca me había resultado fácil ir de compras con mi madre, pero aquella tarde estuve a punto de dejarla sola en el probador, con los veinte o veinticinco modelos de bañador que había ido desechando uno por uno después de estudiar minuciosamente el efecto que producían sobre su cuerpo. Todos le hacían tripa porque tenía tripa, todos le marcaban arrugas en el escote porque tenía arrugas en el escote, ninguno le señalaba la cintura porque ya no tenía cintura, pero me cuidé mucho
de advertírselo en voz alta porque no estaba dispuesta a comprometer por nada, ni por nadie, el esplendoroso bienestar que, como una buena borrachera, tenaz y perpetua, me mantenía flotando muy por encima de las cabezas de los miserables habitantes de este mundo, toda esa pobre gente capaz de desesperarse en el probador de una tienda al principio de la temporada. Cuando se lo conté a las demás, para justificar mi retraso, Rosa me preguntó si yo también iba a aprovechar mis quince días de vacaciones para marcharme a alguna parte, y contesté que no, porque no tenía un puto duro. Eso era tan rigurosamente cierto como que me daba igual no tenerlo, conclusión que Marisa extrajo en voz alta del acento con el que acababa de confesar mi indigencia. La verdad es que ningún viaje al lugar más maravilloso de este, o de cualquier otro planeta, podría apetecerme más que el plan que Javier y yo habíamos diseñado para las dos siguientes semanas, y que consistía en encerrarnos en casa para follar mucho, leer mucho, ver muchas películas por la televisión, cenar muchas porquerías después de la medianoche y salir a la calle a tomar muchas copas de licor nacional inmediatamente después. Ésa era la fórmula de la felicidad, y era barata.
La separación de Javier le había dejado en la ruina, pero yo nunca creí que nadie pudiera llegar a disfrutar tanto pagando facturas como disfrutaba yo entonces, cuando seguí haciéndome cargo de todos los gastos de mi casa, igual que antes, aunque ahora él durmiera en mi cama todas las noches y Amanda hubiera regresado al dormitorio del final del pasillo. Cada peseta de la que me desprendía encerraba un pequeño triunfo, a medio camino entre el premio y el desafío, y a fin de mes, cuando mi cuenta corriente rozaba los números rojos, en lugar de preocuparme, murmuraba para mí, no vais a poder conmigo… La pobre Adelaida había sido implacable, y el correspondiente juez de familia —que confirmó mi vieja intuición de que a los altos estamentos de cualquier Estado, por muy laico y progresista que se declare, le jode que la gente se divorcie— le había asignado una pensión compensatoria temporal, durante un periodo de diez años, a pesar de que, en la práctica, no era solamente una mujer trabajadora, sino hasta una mujer empresaria. En la sentencia provisional se reconocía de forma tácita que era lícito valorar económicamente el dolor moral de la demandante, y que ésta, al coger el teléfono, recoger la correspondencia del buzón y hacer la cena cada vez que había invitados, había contribuido esencial e indiscutiblemente al éxito profesional del demandado, y en consecuencia tenía derecho a compartir sus ganancias. Mi primera reacción, al leer aquella sarta de barbaridades, fue echarme a reír, y hasta hice bromas sobre la compensatoria que Angustias podría pedirme a mí cuando decidiera dejar de ser mi asistenta, pero la verdad es que el asunto tenía muy poca gracia y Javier, cada vez que se acordaba, echaba humo por la nariz. Sin embargo, ni siquiera su certero discurso sobre el putrefacto imperio de la reacción arteramente maquillado con vagos enunciados feministas logró echar a perder ni un solo minuto de un tiempo incalculablemente nuevo y precioso.
Aunque la circunstancia de cobrar cada mes apenas una cuarta parte de su sueldo obligó a mi novio a viajar muchísimo, para asistir a todas las conferencias, mesas redondas, congresos o cursos de doctorado que cualquier amigo suyo pudiera proporcionarle en cualquier facultad de Geografía, dentro o fuera de España, y aunque yo casi nunca podía viajar con él, la verdad es que a aquellas alturas, cuando llevábamos ya seis meses viviendo juntos, lo único que no acababa de cuadrar eran los números. Amanda, después de todo, había aceptado a Javier sin dificultad, y había colaborado de una forma decisiva en la adaptación de los hijos de Adelaida a una situación que era necesariamente mucho más conflictiva para ellos que para sí misma, aunque la hubieran conocido tres meses después que mi hija. A pesar de esta y de otras precauciones, las cosas no fueron nada fáciles al principio. Javier hijo, el mayor, tenía once años y estaba muy bien educado, pero aunque quería mucho a su padre, a veces llegué a pensar que me odiaba. Carlitos, el pequeño, acababa de cumplir siete y, a cambio, tuve la impresión de haberle caído tan bien desde el primer momento como él a mí. Pero los dos adoraban a Amanda, que los llevaba al cine, y a cenar hamburguesas, y jugaba con ellos al fútbol en el parque, y quedaba con sus primos pequeños para organizar sesiones de escondite que abarcaban toda la casa sin quejarse nunca por ser siempre la que buscaba, y les contaba cuentos de miedo por las noches, renunciando cada quince días a planes de fin de semana
que a la fuerza tenían que seducirla mucho más que aquellas improvisadas tareas de niñera perfecta. Yo le daba las gracias de todas las maneras que se me ocurrían, aumentando su paga y dejándola llegar más tarde por las noches, pero ella, sin dejar de agradecer mis concesiones, quiso aclararme enseguida su posición, yo también soy hija de padres separados, mamá, sé muy bien lo mal que se pasa.
En cualquier otro momento de mi vida, esa sucinta confesión me habría hecho tanto daño como el que sólo llega a producir cualquier verdad amarga e indudable, pero mi amor por Javier, que me había hecho por una parte extrañamente consciente del valor de las cosas, del paso del tiempo, de los pequeños placeres domésticos, de la edad de mi cuerpo, y hasta de la muerte que llegaría un día para arrebatarme todo cuanto he poseído, me había sumergido a la vez en una extraña suerte de insensibilidad por cualquier cosa que ocurriera fuera de mí misma, de mi amor por él, hasta el punto de que cada vez me costaba más trabajo indignarme frente al mundo que nos cobijaba. Misteriosamente dividida entre una generosidad tan plena que implicaba mi propia anulación, y un egoísmo tan exacerbado que me impedía mirar con atención cuanto me rodeaba, nada de lo que hacía mecánicamente, obedeciendo a una rutina apenas soportable de puro cotidiana, me interesaba en lo más mínimo si no me abocaba por fuerza a la memoria, al nombre, al cuerpo de aquel hombre. Entre los objetos de ese desinterés se incluía desde luego la cena conmemorativa del final del Atlas. Antes de llegar al restaurante ya había decidido marcharme a casa inmediatamente después del postre, sin aceptar la menor prórroga alcohólica, pero la verdad es que nunca me arrepentí de haber asistido, porque sobre mi futuro inmediato, por mucho que yo me negara a pensar en ello, pendía una amenaza concreta, inminente y temible, que era precisamente la que Fran conjuró en la pausa que precedió a la llegada del segundo plato.
—¿Qué dices? —Ana sonreía—. Si estoy sin un puto duro…
Cuando la escuché, sentí que mis piernas se vaciaban de golpe aunque no tuvieran que soportar peso alguno.
—Bueno, no parece importarte mucho… —Marisa comentó su respuesta en un murmullo en el que llegué a detectar un impreciso punto de rencor.
—No, la verdad es que no me importa nada.
Ana, que seguía sonriendo, me miró.
—Pues a mí sí que me va a importar —dije, sin haberlo previsto previamente, y todas me miraron a la vez, pero ninguna se atrevió a preguntar nada—. Me voy a separar de Ignacio.
—Me parece muy bien —Ana me daba la razón con la cabeza.
—A–a mí también —Marisa se sumó enseguida, cabeceando al mismo ritmo. Fran no dijo nada, pero insinuó un gesto parecido, y yo agradecí cada uno de estos signos, aunque supiera de sobra que no me iban a servir para nada cuando tuviera a mi marido delante.
—Bueno… —continué, sin embargo, porque lo único que tenía ya sentido era seguir hasta el final, y porque repasar mis planes en voz alta me prestaba un raro consuelo—. Por eso me voy a Roma con los niños, para quitarlos de en medio al principio, porque… Ignacio todavía no lo sabe. Le había escrito una carta, lo típico, querido Ignacio, no te extrañe luego de que empiece llamándote querido porque en el momento de escribir estas palabras te quiero de verdad, pero ya no puedo seguir viviendo contigo… En fin, ya sabéis. Se la pensaba mandar mañana por correo, desde el aeropuerto, pero me acabo de dar cuenta de que eso es una tontería. Intentaré hablar con él esta noche, o mañana, antes de salir, en el desayuno, no lo sé… A lo mejor lo de la carta no era tan mala idea, porque la verdad es que esa conversación me da pánico…
—No te preocupes —Ana me puso una mano encima del brazo—. Con el tiempo, acaba saliendo callo.
—Pero te quedarás con la ca–asa, ya te digo… —supuso Marisa en voz alta.
—No, no —y moví la mano en el aire para negar dos veces, como si esa sola suposición bastara
para aterrarme—. Desde luego que no. Odio esa casa. Odio Capitán Haya. Odio a mi portero. Odio a mis vecinos y odio el alto estanding… Quiero volver a mi barrio de cuando era pequeña, entre Recoletos y Hortaleza, más o menos. Barquillo, Fernando VI, Almirante, Conde De Xiquena, Bárbara de Braganza, Piamonte… La calle me da lo mismo, pero quiero una casa con techos de tres metros. Intentaré convencer a Ignacio de que vendamos el piso y nos repartamos el dinero, y si no quiere, le diré que me compre mi parte, aunque tenga que pedir un crédito, porque lo que no puedo es cobrársela a plazos, que es lo que va a intentar, que lo sé porque le conozco. Pero el viaje a Roma ha dejado mi cuenta corriente más bien… escueta, y ahora que se acaba el Atlas… Ya sé que no me voy a morir de hambre, pero de todas formas…
—Vamos a ser vecinas —no tuve tiempo de prestar atención al comentario de Ana porque la voz de Fran se impuso milagrosamente sobre sus palabras.
—Por el dinero no te preocupes. Hay trabajo —dijo solamente, y entonces todas la miramos a la vez, aunque ninguna se atrevió a preguntar nada—. No me miréis así, ya lo sabíais, ¿no?
—N–no —Marisa contestó después de un rato.
—Sí —Fran insistió—. Hace ya meses que os conté que tenía un proyecto.
—Ya–a, pero proyectos, proyectos… Buah, n–no veas, siempre hay un montón de proyectos circulando, y del proyecto a–al hecho…
—Bueno, pues éste ha salido. Sólo hay una cosa que me preocupa, pero primero… En fin. ¿Cómo sois de melómanas?
—Todo lo que haga falta —aseguré, notando que empezaba a respirar mucho mejor.
—¿Una historia de la música? —supuso Ana en voz alta, y la interrogada le dio la razón con una sonrisa que fue inmediatamente pagada con otra, mucho más radiante aún.
—La civilización occidental desde el cencerro hasta el cencerro —resumí en un murmullo, mientras sentía que de repente la música me apasionaba como ninguna otra cosa en este mundo.
—Exactamente —confirmó Fran—, pero todavía no sabéis lo mejor… Doscientos veinte fascículos.
—¡Cuatro años! —grité.
—Y medio… —me corrigió Marisa—. Entre unas cosas y otras…
—Cua–tro a–ños y me–dio —sumó Ana, marcando el ritmo de cada sílaba encima de la mesa con los puños cerrados y una expresión jubilosamente intensa.
—¿Cómo lo veis?
—M–muy bien.
—De puta madre…
—¿Cuándo se empieza?
—Ya —Fran estaba incluso en condiciones de dar detalles—. Con la prórroga aquella que tuvimos que añadir cuando Planeta–Agostini nos pisó el título del Atlas, vuestros contratos terminan el 1 de mayo. Podéis tener contrato nuevo el mismo 1 de mayo. Vamos un poco pilladas, pero si empezamos a trabajar a la vuelta de Semana Santa, podríamos salir en Navidad. Sería mejor octubre, pero no vamos a llegar, eso desde luego… Pero antes de nada, ya os he dicho que hay una cosa que me preocupa. He colado el tema con una condición. En teoría, el precio de cada fascículo incluye un cd con la obra de! compositor correspondiente, que eso por supuesto se compra y punto, no tenemos que hacerlo nosotras, pero además regalamos un cd–rom con cada número. Naturalmente, no es un regalo auténtico, pero eso da igual, ya conté con ese detalle al presupuestar la colección. El problema no es el precio, sino el cd–rom en sí —entonces se giró completamente hacia la izquierda—. ¿Vas a poder con eso, Marisa?
—A–anda, pues claro… —contesté, sin disimular el asombro que me producía aquella pregunta— . N–no faltaría más. Podría empezar mañana mismo. Ra–amón lleva un par de años liado con ese tema y la verdad es que es como hacer churros, en serio, visto uno, vistos todos… Claro que tendré
el doble de trabajo, las demás no, porque supongo que re–aprovecharemos el ma–aterial de los fascículos —Fran asintió con la cabeza—, pero yo sí, porque los cd–rom hay que diseñarlos, igual que un libro, y maquetarlos, y por mucho que intente acoplar las pa–áginas a las pantallas, habrá que ir viendo si se puede hacer, una por una… Además n–necesitaremos un equipo nuevo, y seguramente un duplicador de cd, y… —calculé un momento para mis adentros—, yo, como mínimo, un a–ayudante, porque no puedo llevarlo todo a la vez. Pero eso está hecho. Ya–a… —y cuando me di cuenta de que iba a volver a repetir la expresión más característica de Foro, paré en seco—. Ya.
—Lo del ayudante está claro… —Fran me sonrió, aliviada—. Se lo comenté a Ramón hace un par de días, y me dijo que sería mejor contratar a dos personas. Puedes empezar a entrevistar gente a la vuelta de las vacaciones.
—¿ Yoo…? —pregunté, genuinamente asombrada esta vez—. ¿Voy a entrevistar gente yo?
Se abrió una pausa para que las tres me miraran al mismo tiempo, con una expresión idéntica, e idénticamente expresiva de que no entendían el sentido de mi última pregunta.
—Si quieres, los puedo entrevistar yo —me contestó Fran, cuando adivinó por fin lo que le había preguntado exactamente—. O puede hacerlo Rosa, pero es una tontería, porque ni Rosa ni yo sabemos lo que se espera que sepa hacer esa gente…
—N–no, no… —afirmé, después de vencer un acceso de risa, respuesta íntima a mi propia, inédita imagen de ejecutiva con amplios poderes—. Yo los entrevistaré. Y seré m–muy rigurosa…
Mi advertencia desató un coro de carcajadas que se prolongó inmediatamente en una animadísima conversación a tres voces sobre la historia de la música en general y la nuestra en particular, una multitud de preguntas lanzadas al azar que no podían ser satisfechas aún por ninguna respuesta concreta, ¿por dónde vamos a empezar?, ¿cuánto va a costar cada ejemplar?, ¿qué criterio vamos a seguir?, ¿dedicaremos más de un número a los compositores verdaderamente importantes o habrá sólo un fascículo por músico?, ¿cuánto esperáis vender?, ¿quién seleccionará las piezas de los cd?, ¿habrá publicidad en televisión?, ¿cuántas cadenas…? Rosa parecía muy contenta, y Ana incluso entusiasmada por la perspectiva de volver a trabajar como una burra después de aquellas mínimas vacaciones cuya memoria iba a extinguirse antes de que llegaran a terminarse del todo, mientras Fran contestaba a cada cuestión con una paciente sonrisa que parecía desmentir la monotonía de sus respuestas, no lo sé todavía, aún no lo he pensado, no me atrevo a decírtelo, eso tendremos que decidirlo también… Yo, en cambio, no estaba muy segura de lo que sentía. Nunca había sido colaboradora contratada, como ellas. Mi remoto pasado de teclista de fotocomposición me había asegurado una plaza de trabajadora de plantilla, con contrato indefinido, y mis ingresos no dependían del hecho de que estuviera asignada o no a un proyecto concreto. Y aquella historia de la música, por un lado, parecía garantizarme un ascenso profesional, y gordo, porque los cd–rom iban a convertirme en la jefa de mi propio equipo, pero al mismo tiempo me asociaba a Foro casi definitivamente, porque Ana no estaría dispuesta a prescindir de él, y después de los cuarenta, cuatro años y medio son ya demasiado tiempo. Cuando llegáramos al cencerro posmoderno, como decía Rosa, yo estaría al borde de los cuarenta y seis, más allá de la línea tras la que deja de parecer razonable tomar una decisión importante. O eso, al menos, me pareció entonces, mientras me obligaba a valorar al mismo tiempo la paz y la armonía en la que había trabajado con Fran, con Rosa y con Ana, en los tres años que habíamos tardado en hacer el Atlas, y los conflictos y desazones que quizás se habrían derivado de mi inclusión en un equipo distinto si aquel proyecto, que ya era también mi proyecto, no hubiera triunfado por fin.
—¿Qué te pasa, Marisa? —Fran puso fin abruptamente a mis reflexiones—. ¿No te apetece?
—Sí, sí… —y protesté con las dos manos para enfatízar mi afirmación—. Me apetece mucho. Es que… Bueno, estoy hecha un lío, últimamente. N–no lo entenderíais, pero… N–no sé. Tengo que hacer algo, y no sé qué…
—Ya me había dado cuenta —dijo Ana.
—Yo también —asintió Rosa—. Estás rarísima, hija… ¿A que es un hombre?
El silencio interior que me había consentido reflexionar sobre las ventajas y los inconvenientes
de aquel auténtico desafío que me parecía de repente infinitamente trivial, se extinguió como por ensalmo cuando mis oídos captaron aquella pregunta, para que todas las voces que vivían dentro de mi cabeza chillaran súbita y simultáneamente una sola palabra, como una orden terminante, un despiadado ultimátum, una ruidosa fórmula de esperanza y de desprecio, cuéntaselo, eso gritaron, habla, insistieron, díselo, pronuncia su nombre y será verdad, sólo existe lo que se puede nombrar, cuéntaselo, habla, díselo, habla, atrévete, habla, cuéntaselo de una vez, habla, habla, habla…
—No estarás embarazada, ¿verdad?
Estaba a punto de tirar la toalla, de rendir definitivamente los castillos de mi conciencia, de abandonarme a la verdad como si fuera la droga más consoladora y mansa, cuando Fran me asaltó con una vehemencia más que extravagante en ella.
—N–no —contesté cuando pude hacerlo—. N–no es eso… —y entonces miré a Rosa—. Y sí. Es un hombre.
—¡ Ah! —mi mirada se concentró entonces en los ojos que esquivaban a los míos, estudiando atentamente el fragmento de mantel que se extendía a mi izquierda—. Pues yo sí.
—Yo sí estoy embarazada —repetí, alzando la cabeza, para disipar definitivamente cualquier duda—. Ésa es la segunda cosa que tenía que contaros. Por supuesto, no ha sido una casualidad, ni un error de cálculo, ni nada. Queríamos ese hijo, y bueno, hemos ido a por él. Es un niño, por cierto. Se va a llamar Martín, igual que su padre.
—¡Enhorabuena, Fran! —Ana se inclinó sobre mí y me dio un beso en la cara. No esperaba aquel gesto, que demostró una eficacia ambigua, porque bastó para serenarme pero sólo al precio de encender mis mejillas, que se colorearon como las de una colegiala sin motivo alguno.
—¡Enhorabuena! —repitió Rosa, cogiéndome la mano a través de la mesa—. ¿Estás contenta?
—Sí —confesé, acatando ya sin resistencia mi sonrojo—. Mucho. Aunque al principio lo pasé regular. Tenía mucho miedo, ésa es la verdad. Bueno, cumplo cuarenta años dentro de quince días, y es el primero, así que… Pero me he hecho una amniocentesis y un montón de pruebas más, y ahora estoy mucho mejor. El niño está perfectamente. De todo. Hasta tiene el fémur más largo de la cuenta…
Ana se echó a reír.
—Pero si lo has hecho tú… —me dijo—. ¿Cómo iba a estar?
—Im–mpecable, como todo —añadió Marisa—. Es estupendo, Fran.
—Sí —admití—, la verdad es que sí. Y me alegro mucho de que os lo toméis así porque, bueno… Vais a tener que echarme una mano.
Entonces, Ana y Rosa se inclinaron sobre la mesa al mismo tiempo, dispuestas a procesar cualquier dato que quisiera confiarlas, como dos madres expertas y decididas a no consentir la menor duda acerca de su experiencia. En aquel momento tuve la sensación de que acababa de ingresar en un club cuya existencia nunca había llegado a sospechar hasta entonces, y la experiencia me resultó bastante extraña.
—¿Cuándo será el parto? —Ana preguntó primero.
—La primera semana de agosto —contesté, y me anticipé a su silencio con una sonrisa—. Nadie es perfecto. Yo tampoco.
—No pasa nada —Rosa volvió a cogerme la mano—. Yo tuve a Clara a mediados de septiembre, que es peor, porque me chupé el verano entero. Y por otra parte, te pilla en vacaciones, y eso está bien.
—Puedes irte a la playa a mediados de julio —sugirió Ana entonces.
—No —respondí, acompañando mi negativa con la cabeza—. Quiero que mi hijo nazca en Madrid. Aunque me tenga que tirar dos meses con las piernas en alto.
—Haces muy bien. A mí me sigue jodiendo que Amanda sea parisina…
—Eso es lo de menos —Rosa nos regañó con un acento blando e impaciente a la vez—. ¿Vas a
coger el…?
—Ya–a me había da–ado yo cuenta de que estabas muy guapa, Fran —interrumpió Marisa, y se defendió de Rosa antes de que tuviera tiempo de regañarnos de nuevo—. Eso n–no es lo de menos. Es importante…
—Y además es verdad —Ana le daba la razón con la cabeza—. Eso pasa siempre. Si los llevas bien, los embarazos sientan maravillosamente, en serio…
—¿Puedo hablar un momento? —Rosa volvió a la carga, para demostrar que había recuperado íntegramente ese fervor por la organización y el mando que me había recordado tanto los fervores de Marita durante los primeros tiempos del Atlas—. ¿Vas a cogerte el permiso de maternidad?
—Sí —respondí—. Entero.
—Por supuesto —aprobó Marisa.
—Desde luego —añadió Ana.
—Y la gente del consejo… ¿lo sabe? —contesté a Rosa con la cabeza, todos lo sabían desde aquella misma tarde—. ¿Y cómo se lo han tomado?
—Bueno… —respondí—. Ha habido de todo. A mi hermano Miguel, por ejemplo, no le parece mal. Antonio en cambio se ha rebotado mucho, porque opina que no nos lo podemos permitir… — ¡que se joda!, dijo alguna, yo insistí—. A mí me da lo mismo. Me lo voy a coger entero, digan lo que digan. Quiero darle el pecho todo el tiempo que pueda. Pero eso nos va a complicar las cosas.
—N–no —Marisa se inclinó sobre mí con los ojos brillantes, como si hubiera escuchado algo capaz de estirar su lengua, un misterioso remedio para esa especie de aturdimiento que la mantenía muy lejos de aquella mesa, muy dentro de sí misma, desde que había anunciado que la historia de la música sería nuestra propia historia en los próximos años—. ¿Por qué? Te puedo montar un puesto de trabajo en casa en menos de lo que se tarda en decir amén.
—¿Eso puede ser? —le pregunté, sin acabar de decidir si me gustaba la idea.
—¡Anda, pues claro! En tu casa hay teléfono, ¿no? Pues no necesitamos nada más. Cuando dejes de venir a la oficina, cojo tu ordenador, te lo monto donde tú me digas, y en un cuarto de hora te tengo conectada a todas las terminales de la planta. No hace falta ni que llames. Podrás comunicarte con nosotras por la red. Y ver cada página, cada portada, cada texto, antes de lo que tardaríamos en llegar a tu despacho andando por el pasillo. Eso está hecho. Es facilísimo.
—Y te advierto que los recién nacidos son los que menos guerra dan… —Rosa me daba ánimos desde la otra punta de la mesa—. Entre toma y toma, tienes dos horas y media para hacer lo que quieras. Están todo el día dormidos.
Hasta aquel momento, no se me había pasado ni siquiera por la cabeza compatibilizar la lactancia con el trabajo. Pensaba más bien en una ruptura total, cuatro meses de ausencia absoluta, un plazo mínimo pero imprescindible para un aprendizaje que me daba mucho más miedo que el parto, por más que todo el mundo sacara siempre a relucir esa muy dudosa teoría del instinto en todas las conversaciones. No contaba con trabajar entre toma y toma, y ni siquiera sabía si quería hacerlo. Intenté decidirme en silencio y Ana acabó por darse cuenta.
—Eso, si tú quieres —me dijo—. Si prefieres desaparecer, podemos hacerlo todo nosotras.
—No —contesté por fin, reconociéndome—. Creo que sería incapaz. Lo de llevarme el ordenador a casa me parece muy bien. Si no quiero, siempre puedo no encenderlo.
—Claro —Ana me dio la razón antes de inclinarse sobre la mesa para clavar los ojos en Marisa, que estaba sentada justo enfrente—. ¿Y mi escáner? ¿Podría llevármelo también a casa y mandar las imágenes por la red?
—No me mires así —dije, echándome a reír ante la expresión de pánico que había convertido la cara de Marisa en una máscara de carnaval—. Es una broma. —Sí, sí… A–así se empieza, y luego… —Y luego nada —insistí—. No tenemos dinero para mantener a los niños que juntamos entre los
dos… Ni siquiera cabemos bien en casa. O sea, como para tener otro…
—Pero lo has pensado —Rosa afirmaba.
—No, en serio —la desmentí, y era sincera, pero ninguna me creyó—. En serio que no, no os pongáis pesadas. De verdad, que no estamos precisamente para tonterías… Ahora, que si la situación cambiara, a lo mejor me lo empezaba a pensar dentro de un par de años. Y no porque tenga ganas, que no es exactamente eso, porque me da una pereza horrible, me pongo mala sólo de pensar en volver a llevar empapadores dentro del sujetador, sino porque, bueno… Esto nunca se lo podré contar a Amanda porque lo interpretaría al revés, nunca lo entendería, y la verdad es que no tiene nada que ver con ella, yo adoro a mi hija, y la querré siempre igual, de eso estoy segura, y de que mi relación con ella siempre será única, y hasta especial, por todo lo que hemos pasado juntas, eso no va a cambiar ni aunque tenga trillizos, pero lo que a veces sí que me da rabia… No sé. Haber tenido una hija con aquel gilipollas de Larrea y no tener un hijo con éste, que es el hombre de mi vida de verdad… —Rosa y Marisa aplaudieron estruendosamente mi última frase—. Iros a la mierda, os lo estoy diciendo en serio… Pero ahora estoy demasiado bien como para atreverme a tentar a la suerte, y el momento más maravilloso de mi vida empieza cuando Amanda se va a París a ver a su padre cualquier fin de semana en el que no nos tocan los hijos de Javier. Os juro que en ese momento lo que siento es que si sobra algo en este mundo son precisamente niños. Pero, de todas formas, algunas veces pienso que, si las cosas me hubieran pasado de otra manera, en otro tiempo, con otro sueldo, me encantaría tener un hijo que se apellidara Álvarez.
—¡Estás como una cabra, Anita! —Rosa me miraba moviendo la cabeza, con el mismo gesto de desaliento que habría improvisado si yo acabara de confesar un cáncer en estado terminal—. Ya sabes, Fran, tú no tires nada, ni la ropa de embarazada, ni la cuna, ni el coche, ni la bañera… Nos va a hacer falta antes de que lleguemos a Béla Bartók.
—¡Que no! —protesté.
—¡Que sí! Ya verás —y se dirigió a las otras dos—. ¿Cuánto os apostáis?
—N–ni un duro… —contestó Marisa—. Y por supuesto que podría instalarte el escáner en casa y conectarte a la red. No lo dudes ni por un momento.
—El gran hechicero ha hablado —recurrí a la broma habitual para intentar zanjar el tema—. Amén. No voy a tener más hijos. ¿Está claro?
—Yo, por si acaso, no tiraré nada…
Hasta Fran se reía cuando las abandoné tranquilamente a su error. Porque era verdad que no lo había pensado, por mucho que intuyera que quizás llegaría un momento en que lo pensaría, pero la idea era tan vaga aún, tan fundamentalmente remota y nebulosa, que ninguna broma sobre aquel tema podría llegar a molestarme, ni siquiera sabiendo de antemano que nadie en el mundo sabía tan bien como yo hasta qué punto pueden cambiar las cosas.
—De todas formas —intenté regresar a Bartók por un camino diferente—, la verdad es que ahora mismo no necesito ni siquiera un embarazo para confesaros que la música me ha salvado la vida. En serio,
Fran. Te diré que ya había empezado a mirar por ahí, y la verdad es que no había encontrado gran cosa.
—En Santillana están preparando una enciclopedia escolar ilustrada —Rosa intervino para demostrar que yo no era la única mujer previsora de la mesa—. Pero van a dar muy poco trabajo fuera.
—Sí, ya lo sé —y era cierto que lo sabía—. Sólo política y actualidad, como siempre. Y luego, hay un manual de bricolaje…
—Sí, de eso me he enterado yo también, pero creo que lo van a traducir directamente del inglés aprovechando los fotolitos.
—Ya, esa moda va a acabar con nosotras.
—O no. Siempre nos quedará el punto de cruz.
—Y los cursos de inglés para desesperados.
—Y la decoración a su alcance.
—Y la cocina práctica…
—Bueno —Fran interrumpió con decisión el recuento de los episodios menos ejemplares de nuestra vida laboral—. De momento, podemos ir brindando por el inventor de la música…
Se sirvió dos dedos de vino tinto en una copa y dirigió las operaciones con el aplomo habitual. Después, mientras yo buscaba ya una excusa para no acompañarlas al bar donde solíamos rematar aquellas celebraciones con un número indeterminado de mojitos, trajeron la factura. Fran la pagó con la tarjeta de la empresa, dejó una propina que ascendía exactamente a la décima parte del total, y se levantó.
—Yo me voy a casa —anunció, cuando ya tenía la chaqueta puesta—. Estoy cansadísima, es que me caigo de sueño a todas horas. Y además como no puedo fumar, ni tomar copas…
—Ya… —Rosa, la mirada repentinamente opaca, los dedos temblones, incapaces de acertar con el broche del bolso, asentía con la cabeza, sacando de alguna parte una esforzadísima apariencia de serenidad—. A mí también me pasaba, los primeros meses… Bueno, yo también me voy.
—Y yo…
Marisa fue la primera no sólo en repartir besos sino hasta en parar, sorprendentemente, un taxi, a pesar de que no vivía más lejos que yo de aquel restaurante. Fran se ofreció a llevarme, pero le contesté que no merecía la pena. Después, mientras arrancaba a andar, no logré dedicar más de una hebra de mi pensamiento a aquella formidable masa de miedo que había estado suspendida sobre la mesa durante toda la cena como una nube incapaz de sostener su propio peso, el miedo de Rosa, concreto e inmediato, casi masticable, el miedo de Fran, oscuro y tibio, conocido, el miedo de Marisa, ignorado y grave, tal vez por eso el más duro de todos. Pero yo había dejado de tener miedo. Calculando por anticipado el número de los mejores días que me quedaban por vivir, llegué casi a olvidarlas, y hasta pensé en celebrar mi flamante opulencia cogiendo yo también un taxi, a pesar de que estaba a un cuarto de hora escaso de mi casa.
Cuando abrí el portal, ya me había hecho a la idea de la repentina insubordinación de mis dedos, ese temblor autónomo, ingobernable, odioso, que me había convertido en una especie de inválida desentrenada en el preciso instante en que he necesitado más desesperadamente ser capaz, pero no contaba con que mi corazón se sumara de repente a aquel poltergeist particular como una bomba de relojería con el tempo–rizador averiado. Sin embargo, eso fue lo que ocurrió, hasta el punto de que la enloquecida frecuencia de aquellos latidos, una taquicardia en toda regla, llegó a asustarme de verdad. Era lo que me faltaba, pensé, que ahora me dé un infarto, y cogí el ascensor para subir al segundo, aunque solía prohibirme a diario aquella perezosa tentación.
Antes de abrir la puerta de mi casa, me quedé un rato de pie, en el descansillo, mirando sin parpadear el hueco de la mirilla, como si esperara que, de un momento a otro, fuera a agrandarse para consentirme ver lo que sucedía dentro. Podía distinguir el eco palidísimo, remoto, del televisor encendido en la casa de al lado, o tal vez en la mía, y creo que nunca me he sentido peor. Cuando metí la llave en la cerradura, sosteniendo mi mano derecha con la mano izquierda, el interior de mi cuerpo se dividía ya nítidamente en dos mitades, dos unidades diferentes, separadas entre sí por los efectos de un poderosísimo puño de hierro que había ido estrangulando mi estómago poco a poco hasta partirlo con limpieza para crear dos estómagos distintos, uno arriba y otro abajo, en las dos orillas de una extensión de nada que coincidía meticulosamente con los límites de mi cintura. En aquel momento, pensé que jamás me arrepentiría lo suficiente de haber desaprovechado la oportunidad de estar callada durante aquella cena, porque la confesión que había escapado de mis labios sin pararse a consultarme, me había sumergido durante dos horas en una realidad muy distinta de la que me esperaba detrás de las puertas del salón, que ahora distinguía sin esfuerzo gracias a la lámpara, encendida, como si contar que me iba a separar de Ignacio fuera lo mismo que haberme separado ya de él, como si decírselo a mis amigas en voz alta fuera lo mismo que decírselo a él, con
él delante.
No seré capaz, me dije mientras avanzaba por el pasillo, no seré capaz, me advertí al abrir la puerta, no seré capaz, repetí cuando me dejé caer en un sillón, a la derecha del sofá donde él, con el pijama puesto, miraba la televisión por la estrecha rendija de sus ojos, sus párpados casi vencidos por el sueño.
—¿Qué tal? —me preguntó, y le miré, y comprendí que sí iba a ser capaz.
—Bien. Oye, Ignacio, mira… Yo… Te había escrito una carta, pero bueno… Tengo que decirte una cosa, y me alegro de que no te hayas acostado porque… Va a ser mejor así… —me dijo algo que en aquel momento no quise entender, y seguí hablando, mi mirada fija en el dibujo de la alfombra— . Esto ya no tiene ningún sentido, Ignacio. Me habría encantado que nunca hubiera llegado este momento, pero… Nadie tiene la culpa. Te quiero mucho, eres el padre de mis hijos, y un tío estupendo, en serio, creo que te querré siempre, eres como un hermano para mí, pero precisamente por eso no quiero seguir viviendo contigo —levanté la cabeza por fin, y mis ojos se estrellaron contra otros ojos muy abiertos, en una cara familiar y a la vez extrañamente dilatada por el asombro—. Creo que lo mejor es que nos separemos.
—Pero… ¿por qué? —logró articular después de una indefinida serie de balbuceos—. Si somos muy felices…
—¡Ignacio! —exclamé, y aunque ningún gesto habría resultado menos oportuno, me eché a reír.
Cuando levanté la mano para parar un taxi, ya no tenía fuerzas para seguir discutiendo en solitario con todas esas voces que eran mi propia voz y eran ninguna, porque no habrían existido si yo hubiera logrado decidirme a no escucharlas. Mi carácter es mucho más que débil, y quizás esa razón basta para explicar por qué los dados me tientan, por qué siempre me han tentado. No soy muy buena resistiendo tentaciones.
Por eso, y aunque ya había decidido lo que iba a hacer, porque aquel gesto de parar un taxi no tenía otro propósito que concederme unos minutos de ventaja sobre Ana, asegurarme de que yo llegaría a mi teléfono antes de que ella lograra coger el suyo, cuando ya tenía el auricular en la mano, decidí invertir sobre la marcha el orden de aquellas dos llamadas, tirar los dados por última vez. Primero Foro, me dije. Si no descuelga al tercer timbrazo me voy a Colombia, tampoco pasa nada, insistí, no es más que una semana, un viaje como cualquier otro. No escuché ninguna opinión contraria a aquel pacto íntimo y rematadamente idiota, pero tampoco llegué a escuchar más de un timbrazo, aunque eran ya las doce y media.
— ¿Sí?
—Hola, soy yo… Ya sé que es un poco tarde pero es que… Bueno, al final he decidido que no me voy a marchar mañana de viaje, porque… En fin, podemos irnos juntos en Semana Santa, si quieres, aunque no sé si Jaén te apetecerá mucho, tampoco…
—Muchísimo.
—¿Sí? —se acabó, me dije por dentro, se acabó, ni una Navidad más para mí sola, ni un cumpleaños más para mí sola, ni unas vacaciones más para mí sola—. Oye, Foro, mira… Ya sé que es muy tarde, pero… ¿Tú serías capaz de coger ahora mismo el coche para venirte a dormir conmigo?
—Claro que sí —contestó, con una dulzura que yo no merecía—. No tardo nada.
Después marqué el número de Ana y la suerte me concedió el mínimo favor de disponer los resortes mecánicos del contestador donde yo temía encontrar la voz de Javier Álvarez.
—¿Ana? Soy Marisa… No pasa nada. Es que quería que supieras… Bueno, la novia de Foro, ¿sabes…? Bueno, pues que soy yo.
Cuando colgué estaba sonriendo, pero un sabor muy agrio, muy amargo, trepó sin solución por mi garganta.
Martín se había ido ya a la cama, pero no dormía. Recostado en el cabecero sobre una improvisada arquitectura de almohadas y cojines, leía un folio impreso por una cara que en algún momento debió de formar parte del montón de papeles que ahora podía ver desparramado encima de la colcha, el sumario de un proceso, quizás, o una sentencia. No dijo nada, pero se quitó las gafas y me sonrió, a modo de saludo. Yo me senté a su lado, en el borde de la cama, y estiré el brazo hacia la mesilla para coger un pitillo de su paquete, pero él atajó mi brazo antes de que conquistara aquella plaza.
—¿Cuántos llevas hoy?
—Tres.
—No me lo creo.
—Te lo juro… No he querido fumar en la cena porque tenemos algo que celebrar… —entonces saqué del bolso mi propio folio impreso por una cara, y empecé a leer en voz alta—. En todas las metafases analizadas procedentes del cultivo de células existentes en la muestra obtenida de líquido amniótico, se han encontrado 46 cromosomas normales, siendo la fórmula sexual tipo XY… —sólo me detuve para atrapar el cigarrillo que él me estaba poniendo entre los labios.
—Enhorabuena —murmuró, mientras me besaba en la cara y me daba fuego al mismo tiempo.
—Lo mismo… —la primera calada siempre ha sido la mejor, pensé mientras la aspiraba— digo.
Al final hice todo el camino andando y, al llegar a casa, me fui directamente a la cama. Al pasar por el salón, debí de advertir que el piloto rojo del contestador automático estaba parpadeando, pero de eso no me di cuenta hasta después, cuando Javier, medio dormido ya, respondió a la avalancha de besos con los que mis labios celebraron la proximidad de su espalda con una frase inconexa, desarticulada por el sueño. Ha llamado… alguien…, dijo, no sé… Me abracé a él, y sólo entonces recordé que yo misma había visto parpadear una luz roja antes de sentir que me estaba quedando dormida. En la débil frontera de la inconsciencia, todavía pude pensar que, sólo unos meses antes, la simple sospecha de que en aquel aparato pudiera dormir toda la noche un mensaje dirigido a mí habría bastado para desvelarme durante horas enteras, y no sé si me dio tiempo a sonreír.
Porque, a veces, las cosas cambian.
Ya sé que parece imposible, que es increíble pero, a veces, pasa.