Ése era el tema de conversación favorito de mi madre, y la gran amenaza que pendía sobre lo mejor de mi cena, el monstruoso caparazón rojizo relleno de una indefinible sustancia de aspecto semejante al cieno, en la que navegaban pequeños pedazos de esa materia rugosa de relieve casi cerebral y color muy vivo que se suele llamar coral y se eleva, en mi opinión, sobre todos los demás productos comestibles de este mundo hasta el rango de lo esencialmente delicioso. Eso me estaba jugando mientras mi madre, negándose a cualquier impulso de misericordia, volvía a la carga con lo de siempre.

—Es culpa vuestra, desde luego… —dejó caer mientras despojaba de su cáscara una pata de centollo con una delicadeza no por ensayadísima menos admirable—. No sé para qué os sirve ser tan listas, si después sois incapaces de comprender que estáis echando a los hombres a perder…

—No digas tonterías, mamá —opuse, sin grandes energías.

—Por supuesto que no, lo que digo es la pura verdad… Y lo tuyo es una verdadera pena, hija, porque… Tú todavía tienes una oportunidad, estoy segura.

—¿Una oportunidad de qué? —la clarividencia nunca ha formado parte del limitado patrimonio de mis habilidades, pero a aquellas alturas, mientras me despedía definitivamente de mi apetito, ya ni siquiera tenía sentido invocarla—. ¿Para qué, mamá?

El sonido de mi voz, apagado y opaco, apenas traducía una mínima porción del cansancio al que había sucumbido en un instante. Ella lo sabía, porque no entendía nada, pero era capaz de anticipar mis reacciones por pura repetición, tantas veces nos habíamos estancado en los mismos silencios.

—No voy a volver con Félix, mamá. —Hice una pequeña pausa y sonreí, como una garantía de que mi postura no tenía nada que ver con ella—. Olvídalo. No voy a volver nunca con él.

Ella insistió con ojos turbios.

—¿Por qué?

—Porque no. No me apetece, no me interesa, no me da la gana de vivir con Félix. No le quiero, no me gusta, no es mi tipo. Se acabó.

—Pues al principio, bien que chillabas… —la corté en seco para ahorrarme la descripción exacta de aquellos chillidos. Demasiado bien me acordaba yo de lo que chillaba entonces.

—Al principio era al principio. Ahora es ahora. Y en medio caben veinte años, más o menos.

—Pero él siempre te ha querido, Ana Luisa…

—¿Siempre? ¿Cuándo? —chillé, lamentando por enésima vez la genial intuición que había impulsado a Félix, que siempre la había odiado, a buscar el apoyo de mi madre, que antes le correspondía puntualmente, cuando decidió que no quería envejecer solo y que, en consecuencia, ya era hora de que alguien me cogiera de la mano para devolverme a mi único y verdadero hogar—. ¿Cuando se llevaba admiradoras a la cama en mi propia casa, me quería? ¿Cuando me mandaba callar en las fiestas disculpándose porque su mujer era una pobre españolita ignorante, me quería? ¿Cuando se gastaba un pastón en meterse de todo y luego dormía la borrachera durante el día entero mientras yo me ocupaba de la casa, y del estudio, y de la niña, porque él no pensaba contribuir con su dinero a la explotación que significa el servicio doméstico, me quería? ¿Cuando me pedía que hiciera una cena especial porque iba a venir gente importante y luego me decía que había pensado que era mejor que no me sentara a la mesa porque Amanda nos interrumpiría sin parar y lo echaría todo a perder, me quería? Muy bien, pues si eso es lo que él entiende por amor, que se lo meta con mucho cuidado por el culo.

—¡Ana! —mi madre estaba a punto de llorar.

—¿Qué? —yo, en cambio, me había puesto tan furiosa como siempre que me obligaba a hablar de ese tema.

—¡No hables así!

Respiré profundamente un par de veces para imponerme al menos una apariencia de tranquilidad.

—Perdona, mamá.

—No te entiendo, hija, tanto rencor… —y por fin explotó en un llanto que yo comprendía tan mal como ella decía entender mi vida, o peor aún—. ¿Adonde te lleva el rencor? ¿Adonde vas con esa dignidad de la que tanto cacareas? Todos cometemos errores, y Félix se ha equivocado muchas veces, muchísimas, eso es cierto y él es el primero en reconocerlo, pero está arrepentido, y yo creo que es sincero, y te quiere, en serio… ¿Te mentiría yo en algo así? Yo lo único que quiero es tu bien, hija, y la verdad… Mírate, Ana Luisa, mira a tu alrededor… Eres tan guapa, y tan joven todavía… ¿Y qué? Pues nada. Nada… ¿Cuánto tiempo llevas viviendo así? ¿Diez años, once…? Pasándolo mal sin necesidad, sin aceptarla ayuda de nadie…

—No seas tramposa, mamá —nunca me perdonaría que me negara a vivir a su costa cuando regresé a Madrid, e incluso después de haber aceptado la vajilla de la Cartuja, y la cristalería tallada, y el abrigo de cuero con el que tuvo que conformarse cuando la convencí de que jamás consentiría que me regalara un visón, sé que para ella siempre seré una ingrata—. Sabes de sobra que hace ya

mucho tiempo que no necesito ninguna ayuda.

—Económica quizás no, pero… Ana Luisa, hija, ¿tú te das cuenta de la vida que llevas, de la cantidad de años que hace que estás sola? Sola porque eres una cabezona, una orgullosa, y… hasta una soberbia, hija mía, perdona que te lo diga, que no se puede ir por el mundo así, de Escarlata O'Hará… —no tenía ninguna gana de reírme, pero fui incapaz de controlar una mínima carcajada con la que celebrar aquella ironía, el reproche que me dirigía la única Escarlata genuina que he conocido en mi vida—. ¡Sí, ríete! Ríete, anda… Que el panorama que tienes por delante es como para morirse de risa…

—Si no me río» mamá, es que… —entonces mis labios empezaron a temblar sin haber tenido el detalle de avisarme previamente y, como si quisieran certificar mi última afirmación, mis ojos se sumergieron de repente en un pantano de llanto, y acabamos como siempre, el centollo desperdiciado y las dos tiradas en el sofá del salón, ella llorando por mí y yo también, ella queriéndome sin condiciones aunque no me comprendiera en absoluto, y yo preguntándome cómo era posible aquel fenómeno, tanto amor sin un solo gramo de conocimiento.

Aunque mi madre también estuviera formalmente separada, no teníamos apenas experiencias comunes. Cuando los enrevesados cálculos de quien a la sazón era ya mi cuñado Miguel Ángel cuajaron por fin en una serie de espectaculares operaciones inmobiliarias y mi padre, definitivamente bendecido por la fortuna, dio por fin el paso con el que ella le llevaba amenazando desde que tengo memoria, su nuevo estado, lejos de acercarla a mis posiciones, la distanció todavía más. Ella se tomó la separación como una especie de largas y merecidas vacaciones, y si se empeñó con pasión, a partir de entonces, en hacer, más que lo que siempre había deseado, todo lo que a mi padre le había molestado siempre, nunca asumió que se tratara de una situación definitiva ni, muchísimo menos, irreversible. Él se esforzó más por guardar las formas, y salía de vez en cuando con alguna señora bastante más joven, pero seguía llamando a su ex mujer por teléfono a todas horas para consultarle cualquier cosa, y la invitaba a cenar con las excusas más tontas, y estoy segura de que se acostaban juntos, así que, de todas formas, seguían viviendo el uno para el otro y yo, sin saber muy bien cómo, seguía estando exactamente en medio, como la pieza suelta que no encaja en un rompecabezas donde ya no se ven otros huecos.

Lo que ocurrió en realidad puede resumirse en unas pocas palabras: lo intenté, pero no salió. Algunos eran demasiado tontos, otros eran demasiado listos, unos pocos estaban bien, dos o tres hasta muy bien, pero no les excitaba la idea de irse de vacaciones con una niña de otro, o se habían forjado una idea más sencilla de lo que iba a ser su vida, o conocieron a alguien que les gustó más, o Dios sabrá qué cono pasó, pero no llamaron la cuarta o la quinta vez que prometieron hacerlo. A los demás, yo misma me los fui quitando de encima en el momento exacto en el que sentía que hasta las ilusiones más endebles me abandonaban con la implacable, rigurosa disciplina que organiza a las burbujas para ayudarlas a escapar a toda prisa por el cuello de una botella de champán, después de un taponazo inapelable. Tapones hubo muchos, de variadas formas y colores, a veces una frase, y otras un determinado tipo de silencio, opiniones que me daban asco, opiniones que me daban miedo, opiniones que me traían absolutamente sin cuidado, detalles sin importancia o, algunos, muy importantes, pieles que me repelían, polvos aburridos, voluntariosos o estúpidos, amantes tan jactanciosos, tan satisfechos de sí mismos y de sus sofisticadas y prodigiosas técnicas, que daban primero risa y luego como una especie de pena universal, lástima por el pobre destino de esta Humanidad a la que, al fin y al cabo, todos pertenecemos, entonces escuchaba el taponazo, ¡pum!, a menudo hasta en la primera cita, cuando aún no estaban claras ni sus intenciones ni las mías, ¡pum!, pero los tapones no perdonan, y el de la esperanza saltaba en mi interior sin previo aviso para liberar un millón de burbujas puntiagudas, esponjosas, frenéticas, partículas de una repentina conciencia gaseosa que despejaba mis ojos y aceleraba mis pasos para susurrar en mi oído una verdad que llegaría a hacerse tremendamente desagradable, éste tampoco, qué le vamos a hacer… Mientras amontonaba sus nombres, sus rostros, sus cuerpos progresivamente borrosos, finalmente idénticos entre sí, en una región lateral de mi memoria, registraba también el carácter de

mis propias expectativas, una compleja gama de espejismos en la que ha cabido de todo, desde el proyecto más razonable hasta el fruto más descabellado de cierta peculiar demencia transitoria. Pero ahora ya ni eso, me dije cuando conseguí echar a mi madre de casa aquella noche, ahora ya ni siquiera soy capaz de pensar locuras…

—¿Tienes algún plan para comer? —hacía un par de meses que Rosa había entrado en mi despacho a media mañana, tan sigilosamente como si viniera a proponerme un atentado con explosivos.

—El comedor de la empresa —le contesté en un susurro, mientras le enseñaba mi talonario de tiquets amarillos—. Ochocientas pelas, tres platos, dieta mediterránea…

—No, en serio… —protestó, devolviendo su voz al tono de siempre—. Vente conmigo al Mesón de Antoñita. Quiero preguntarte una cosa, yo… —bajó la cabeza y mantuvo los ojos fijos en el suelo—. Tengo que hablar con alguien.

—¿Es importante?

—Sí… —contestó, y me miró a los ojos para reafirmarlo—. Creo que sí, muy importante.

Durante dos horas me preparé para diversas versiones de lo peor y de lo mejor, desde que Nacho Huertas se hubiera manifestado por fin para rogar explícitamente que dejara de perseguirle, hasta que hubiera ocurrido todo lo contrario y quisiera consultarme la redacción de la nota que pensaba dejarle a su marido en el espejo del cuarto de baño, pero podría haber estado un siglo pensando y jamás habría logrado adivinar la inaudita naturaleza de aquella confidencia.

—Verás… —arrancó por fin mientras nos instalábamos en una mesa discreta, sin ninguna pareja de oídos interesados a la vista—, Fue una cosa que pasó la última vez que me enrollé con Nacho, hace unos seis meses…

—¿Cuando quedasteis en aquel bar y te llevó a su estudio? —pregunté, temiéndome ya algo mucho más terrible que lo peor, y ella asintió—. Entonces hace por lo menos un año, Rosa.

—Bueno, da lo mismo, ¿no? —y me miró tan fijamente que no me quedó más remedio que darle la razón con la cabeza—. El caso es que en aquel momento no me fijé y ahora, en cambio, me parece muy importante, no sé… ¿Tú dices mucho amor mío?

—¿Qué?

—La expresión amor mío, así—y movió en el aire los dedos índice y corazón de las dos manos, un gesto que seguramente había aprendido de Fran—, entre comillas… ¿Tú le has dicho muchas veces eso a alguien?

—No.

—¿Verdad que no? —me miraba con ojos incendiarios, dignos de una pastorcilla que acabara de descubrir a la Virgen encima de una peña, mientras sus labios se curvaban en una sonrisa de triunfo tan plena como si intentara hablar con la boca llena de caramelos, una cara que daba miedo—. ¡Y yo tampoco! Pero él sí lo dijo, y me lo dijo a mí. ¿Qué te parece?

—Pues no sé… —y la verdad es que no sabía qué decir. Estaba perpleja.

—Mira, te lo voy a explicar… Estábamos follando, ¿no?, a oscuras, él me había tumbado boca arriba y se había montado encima de mí, siempre empezamos así, ¿sabes?, y de repente se salió sin avisar y me dio la vuelta para metérmela por detrás, ¿comprendes…? —hizo una pausa que no supe muy bien cómo valorar, pero asentí con la cabeza para que supiera que, desde luego, eso lo comprendía—. Bien, entonces se pegó a mí con todas sus fuerzas pero, como estábamos ya tan puestos y él es mucho más grande que yo, pues, de puro ansioso, no consiguió acertar a la primera, ni a la segunda, por cierto, y me dio la impresión de que se estaba poniendo nervioso, y para tranquilizarle, y porque tampoco es que tuviéramos prisa, yo le dije, no seas impaciente, y precisamente en ese momento fue cuando él me contestó, no soy impaciente, amor mío… —calló el tiempo justo para encender un cigarrillo, y yo aproveché aquella mínima tregua para preguntarme si ella habría dicho de verdad todo lo que yo había creído escuchar hasta entonces, y en ese caso, mucho más que probable, qué clase de rollo le iba a largar cuando, indefectiblemente, rematara su historia pidiéndome una interpretación de aquellas dos palabras—. Me dijo amor mío, ¿entiendes?,

y en aquel momento ni me di cuenta, si seré tonta, pero ahora llevo un montón de tiempo pensándolo, porque… —y no pudo evitar el sonrojo antes de lanzarse sin paracaídas—. ¿Tú crees que se puede decir una cosa así sin sentirla?

Lo que yo creo es que estás colgada, Rosa, me dije a mí misma, pero lo que se dice hecha polvo, tía, y eso es lo que tendría que haberle dicho a ella, que no había derecho a que llevase tanto tiempo así, secuestrada por su propia necesidad de creer en una historia que no iba a ir jamás a ninguna parte, atascada en un par de palabras, o en un gesto, o en un simple detalle airoso de un amante accidental que no daba señales de vida desde hacía más de un año, perdida en un laberinto de recuerdos inútiles mal disfrazados de pistas preciosas, eso tendría que haberle dicho, que la había llamado amor mío igual que podría haberla llamado chata, o cordera, o monumento, a saber, lo que de verdad necesitaba era que alguien le abriera los ojos de una vez y yo nunca encontraría una ocasión mejor, y sin embargo no fui capaz de ahorrarle otra mentira porque la entendía demasiado bien, porque me recordaba con demasiado detalle a la loca que yo misma había sido en otras épocas, y porque en el fondo no estaba segura de que la verdad la sentara mejor que esa tibia alucinación en la que se acunaba al acostarse, cada noche, y se apoyaba al levantarse, cada mañana.

—No, supongo que no —contesté al final, sintiéndome a medias cómplice y miserable—. Yo creo que en aquel momento debía de creer en lo que te decía…

Un par de meses después, mientras tiraba a la basura los restos de aquel centollo interrumpido, calculando cuánto tiempo tardaría mi madre en llamar a París para informar a Félix de los detalles del fracaso de su última embajada, tuve envidia de Rosa y de su cuelgue, ese amor fabuloso que jamás se agotaba, la absurda pasión que tanta lástima me inspiraba cuando estaba menos lúcida y más sobria que entonces. Porque habían pasado muchos años ya desde que descubrí la verdadera trascendencia de ponerse cachonda, porque ya casi se me había olvidado que estar cachonda había resultado la causa principal entre todas las que habían cooperado para arruinar mi vida, porque ya ni siquiera era capaz de pensar locuras y eso, en el fondo, resultaba más aterrador que la más terrorífica de las enajenaciones. Luego, tumbada en el sofá, empalmando una copa con la siguiente, intenté medir mis propias fuerzas, calcular cuánto tiempo más —años, meses, semanas— sería capaz de seguir resistiéndome al ataque aliado, mi madre abogando por los intereses del yerno a quien peor conocía, mi ex marido, que estaba a punto de cumplir cincuenta años, llamándola «mamá» en justa correspondencia. El balance no resultaba muy halagüeño. Aquella noche me acosté con la certeza de que, me gustara o no, Félix acabaría siendo el único hombre de mi vida, y eso porque, sencillamente, no habría ninguno más.

Pero, a veces, las cosas cambian.

Ya sé que parece imposible, que es increíble, pero a veces, pasa.

Cuando sonó el despertador no había dormido ni cinco horas, y aunque me apresuré a interrumpir la alarma de un manotazo, su eco continuó zumbando dentro de mi cabeza mientras me arrastraba hasta el cuarto de baño y controlaba la amenaza de náusea que mi desconsiderado organismo oponía a mi firme proyecto de lavarme los dientes. Después, con la boca limpia, las cosas fueron algo mejor, pero mis energías se agotaron en la proeza de extenderme crema en la cara con los ojos cerrados, y si al abrir el armario no me hubiera tropezado con las mallas negras que me pongo siempre que no se me ocurre qué ponerme, quizás me habría vuelto a la cama sin más. Pero ahí estaban, recién lavadas y planchadas, señal suficiente de que los dioses habían previsto que me vistiera y me marchara a trabajar. Elegí una camisa estampada en colores brillantes para contrarrestar la palidez de mi rostro, me concedí a mí misma la gracia de desayunar en la calle, y salí de casa con la inconcreta sospecha de estar olvidando algo muy importante, pero ampliamente resignada a que la cabeza no me diera para más aquella mañana.

Bajé las escaleras sin encender la luz y, todavía en el portal, me parapeté tras las gafas de sol con el mismo gesto ansioso de una diva sedienta de intimidad, pero al abrir la puerta no llegué a acusar

siquiera la claridad de un cielo despejado, que ya presentía al sol. Los gritos y las risas de la despiadada turba de adolescentes que había escogido el fragmento de acera situado exactamente delante de mi casa para darse cita a la hora más absurda —las ocho y diez—, me aturdió mucho antes de que mis maltrechos reflejos averiguaran si iba a sentarme bien o mal sacar a la resaca de paseo. Tras un instante de indecisión, que consumí parada en el umbral, tratando de encontrar algún sentido al hermético discurso que parecía aglutinar a toda aquella gente, decidí abrirme paso igual que en las rebajas.

—… farolas, por ejemplo —decía un misterioso gurú cuando di el primer codazo—, de varios tipos, la más altas, destinadas a iluminar la calzada, y las que forman parte propiamente del mobiliario urbano, tanto las exentas como las adosadas a los inmuebles. A ver…, ¿quién quiere ocuparse del alumbrado?

—¡Nosotros! —alguien gritó con un entusiasmo atroz en el borde de mi oreja.

—Perdón… —yo en cambio susurraba, casi sería mejor decir que suplicaba, en el tono más cortés que conozco—, perdón… ¿Me dejas pasar, por favor?

—Resumiendo… —a medida que avanzaba por la acera llena de gente me iba acercando más y más a aquella extraña voz cantante, que trinaba con un vigor intolerable en mis circunstancias—. Farolas, papeleras, bancos y otras dotaciones públicas o municipales, y después, sector terciario… Oye, perdona… Hola… —no se me pasó por la cabeza que aquel saludo tuviera nada que ver conmigo, pero alguien me retuvo, sujetando mi brazo izquierdo, cuando ya creía haber roto definitivamente el cerco—. Yo te conozco…, ¿no?

Me quité las gafas de sol con la mano libre, miré hacia delante, y me bastó un poco de interés para descifrar la mitad del enigma de una simple ojeada. Aquella pequeña tropa de jovencitos armados con bolígrafos y carpetas eran desde luego estudiantes, seguramente universitarios, aunque no se me ocurría muy bien qué tenían que ver los bancos y las farolas con ninguna asignatura, sobre todo después de reconocer a su profesor, Javier Álvarez, aquel energúmeno que me había echado una bronca por teléfono un año y medio antes, por lo menos, y con quien no había vuelto a cruzar una palabra, a pesar del tímido intento de reconciliación que había detectado en las sonrisas que me dedicaba cuando nos encontrábamos, de Pascuas a Ramos, por los pasillos de la editorial. Lo que me faltaba, me dije, sin decidirme a contestar o a salir corriendo, tropezarme en ayunas precisamente con éste.

—Tú eres Ana Hernández… —se encasquilló en mi segundo apellido, pero compensó su distracción con una sonrisa que me dejó ver todos sus dientes, y comprendí que no tenía más que una opción.

—Peña —completé, mientras estrechaba la mano que me tendía—. Sí, soy yo. ¿Cómo estás?

—Bien…

En la editorial le llamábamos el riguroso autor, aunque después de su explosiva presentación no había dado la lata mucho más de lo que es habitual entre los profesores universitarios, que siempre son los autores que menos colaboran y mejor se quejan. De todas formas, le teníamos mucha manía, porque Fran se ponía sistemáticamente de su parte en cualquier conflicto, y porque resultaba demasiado joven para ser catedrático y hasta demasiado listo en general, un tanto repelente, sobre todo en mi opinión, porque a mí me gustaba desde la primera vez que le vi, y no le podía perdonar que se hubiera dado tanta prisa en desmentirme. Aquella mañana, en cambio, se comportaba como si pretendiera más bien dejarme en ridículo conmigo misma.

—¿Qué haces por aquí, a estas horas? —me preguntó sin dejar de sonreír, mientras los estudiantes comenzaban a alborotarse.

—Eso deberías decírmelo tú a mí… Yo vivo en esa casa.

—¿En serio? —parecía sorprendidísimo—. ¡Qué casualidad!, ¿no?

—Pues… supongo que sí —retrocedí dos o tres pasos para iniciar la maniobra de retirada, que ejecuté moviendo mucho las manos—. En fin, me voy corriendo porque no he desayunado todavía, ¿sabes?, y yo, hasta que no me tomo un café…

—Voy contigo —aseguró, con un acento tan rotundo que a él mismo debió de parecerle inconveniente—. Bueno, si no te importa…

—No, no, no… —Le aseguré a mi vez, mientras un indeseable tono rojizo se hacía cargo de mis mejillas, y luego mentí con un estilo espléndido—. Claro que no me importa, pero… ¿y tus alumnos?

—¡Oh! Ellos tienen mucho trabajo —y sonrió de nuevo—. Espérame aquí un momento, voy a ponerles a contar farolas…

Se alejó unos metros para organizar a los estudiantes en grupos y le oí repetir una extravagante lista de objetos —farolas, papeleras, bancos, árboles, columpios, contenedores de vidrio para reciclaje, depósitos de pilas, relojes digitales, paneles de información municipal, garajes, zonas peatonales, vados permanentes, accesos dotados de rampas para sillas de ruedas, accesos inaccesibles para minusválidos y un montón de cosas por el estilo— a la que puso fin con dos palmadas y una expresión de ánimo, como si fuera un entrenador de baloncesto.

—Ya está —dijo simplemente al volver a mi lado, y no pude resistir la curiosidad ni un minuto más.

—¿Qué es exactamente lo que hacen? —pregunté, mientras echaba a andar.

—Prácticas de Geografía Urbana —me contestó—. Tienen que anotar todas las características de un tramo concreto de una calle concreta, describirla, enumerar sus dotaciones, medir la frecuencia con la que se repiten, registrar cualquier accidente singular… y luego, interpretar los datos que resulten, es decir, tratar la ciudad como un paisaje más. Esta plaza es estupenda para ellos, porque tiene de todo, una boca de metro, un mercado, un colegio, una zona arbolada con juegos para los niños, una fuente, un aparcamiento subterráneo, un monumento histórico–artístico y varios edificios protegidos.

—El Cine Barceló —sugerí, pero él me miró frunciendo las cejas como un signo de perplejidad—. Pacha era antes el Cine Barceló. Lo sé porque vine alguna vez, de pequeña, a ver Sissi Emperatriz, por ejemplo. Me imagino que te refieres a él.

—Sí. Y a tu casa, sin ir más lejos.

—Ya… Creía que lo tuyo eran las plataformas continentales.

—Más bien los relieves kársticos, pero sí, tienes razón, me dedico sobre todo a la Geografía Física. En realidad este grupo no es mío, sino de un amigo que se ha cogido algo así como un año sabático por su cuenta. Yo estoy dando sus clases de primero, Geografía General, o sea, un poco de todo.

—¿Y tu asignatura?

—La doy yo también.

—¿Pero eso se puede hacer?

—Bueno, en teoría… no, pero si el departamento se muestra comprensivo y los alumnos no protestan..,

—Pues vaya morro que tiene tu amigo, ¿eh? —concluí empujando la puerta de una cafetería bastante fina, a la que nunca hubiera ido para desayunar yo sola, pero que resultaba mucho más acogedora y silenciosa que la barra del bar del mercado, donde jamás he logrado invertir más de tres minutos en despachar un desayuno.

—No creas —dijo él, dejando caer su cartera en una mesa pequeña, al lado de una ventana. Luego, con mucha parsimonia, se sentó en una silla y esperó a que yo me sentara enfrente—. No le quedaba otro remedio.

—¿Ha matado a alguien?

—No. Mucho peor —y sin embargo volvió a sonreír—. Se ha enamorado de una chica que vive en Valencia… Y de momento se ha ido a vivir allí, claro. Ella no podía venir, tiene dos niños y trabaja en el Ayuntamiento, me parece… En fin, que son muy felices, por eso el departamento se ha mostrado tan comprensivo, como lo de los traslados está tan mal últimamente… Un café por favor —le escuchaba con tanta atención que ni siquiera me había dado cuenta de la aparición del ca–marero— y dos porras.

El desayuno por el que habría sido capaz de degollar a cualquiera diez minutos antes había dejado de interesarme, así que opté por el camino más rápido —para mí lo mismo, gracias— mientras trataba de digerir mi propio asombro, porque nunca me habría imaginado que el altivo catedrático precoz que jamás condescendía a apreciar una iniciativa ajena, fuera capaz de hacerle a nadie un favor así.

Tres cuartos de hora después, cuando cogí un taxi para llegar al trabajo a una hora medio decente, ya estaba en condiciones de creerme cualquier cosa, y sabía que a su amigo, el de Valencia, le había abandonado dos años antes una mujer que ahora estaba que se subía por las paredes, que a Javier ella siempre le había parecido una bruja, que él —por supuesto— estaba casado y tenía dos hijos, que su mujer —la de Javier— se había empeñado en comprar un perro aunque a él no le gustaban los animales, que cuando se conocieron —eran compañeros de carrera— ella jamás había dicho que le gustaran los perros, y que, para la resaca, lo mejor que podía hacer era desconfiar del prestigio del Alka–Seltzer y tomarme un Frenadol como el que él llevaba siempre encima por si las moscas. Además, me pidió perdón de diez o doce maneras distintas por la escena que me había montado a cuenta del título del Atlas, y me juró que él nunca solía comportarse así, que aquella noche estaba fuera de quicio.

—Ya no me acuerdo muy bien, pero seguramente sería por culpa del perro… —concluyó, y me reí con él.

Yo ya había encontrado diez o doce maneras distintas de perdonarle, y le había contado que estaba divorciada —no era exactamente cierto, pero a él le daba igual—, que tenía una hija de quince años —¿tan mayor?, respondió, con la reglamentaria exhibición de asombro, es increíble…—, que Amanda ahora vivía con su padre en París, que yo odiaba París —a él tampoco le gustaba, me alegré mucho al escucharlo—, que tampoco me gustaban los animales —él se alegró tanto como yo un poco antes—, que tenía una resaca descomunal, y que no, no me había ido de juerga por ahí ni mucho menos, ya me habría gustado, simplemente mi madre había aparecido a la hora de cenar —no me digas más— y habíamos acabado discutiendo. Luego, y ésa ha debido de ser la única inspiración genial que he tenido en mi vida, porque todavía no me la explico, se me ocurrió recordarle que teníamos pendiente una reunión para discutir el estilo de la cartografía del último tomo, que estaría dedicado exclusivamente a mares y océanos.

—Tengo un montón de modelos de muestra… —dije, y era verdad, aunque solamente un par de días antes le había dicho a Fran que con Álvarez se iba a reunir ella, porque lo que era yo…—. Aunque a lo mejor prefieres mandarme un fax especificando los signos convencionales, la gama croma…

—No, no, no, no —se apresuró a aclarar—. Mejor quedamos. Lo que pasa, déjame pensar… —y consultó con el pavimento durante unos segundos, como si las baldosas pudieran hablar—. Yo es que entre semana lo tengo muy mal, porque con esto de las dos asignaturas estoy todo el día metido en la facultad. Podría acercarme a la editorial el miércoles a la hora de comer, o si no… ¿te vas a quedar en Madrid el fin de semana que viene?

Miré al cielo como si repasara mentalmente una agenda imaginaria, sólo para quedar bien. Naturalmente que me iba a quedar en Madrid, aunque se tratara del superpuente de mayo, uno, dos, tres, cuatro y cinco, de miércoles a domingo, a mí me daba lo mismo, no tenía ningún sitio a donde ir.

—Pues… Todavía no lo sé seguro, pero creo que sí, ¿sabes?, porque

estoy muy cansada y lo que más me apetece es tirarme en un sofá a no hacer nada.

—¿Y mirar una docena de mapas conmigo te cansaría mucho?

—No creo —sonreí.

—Entonces te llamo el martes. Podemos quedar el miércoles por la tarde, a última hora.

Así nos despedimos, él se fue andando a recoger a sus alumnos, y yo cogí un taxi para llegar antes a la editorial. El retrovisor me devolvía la imagen de mi cara mientras pronunciaba la

dirección en voz alta, y lo que vi me gustó tanto que, al callar, sonreí sola, y era tan fascinante aquella sonrisa, tan grande, tan autónoma, que no lograba apartar los ojos de mis propios labios, que parecían los labios de otra, de cualquier mujer con más suerte. Mi resaca había cambiado lentamente de naturaleza, se alejaba de la náusea para mecerme en una suerte de convalecencia deliciosa, y el sol calentaba ya a través de los cristales, yo me reía por dentro contemplándome por fuera hasta que el taxista, casi un anciano bienhumorado y animoso, me regañó con la misma blandura que habría empleado para corregir a un niño pequeño.

—No se mire usted tanto, señorita —dijo exactamente—, que no le hace falta. Está usted guapísima, se lo digo yo…

Él me llamó amor mío.

Me había llamado amor mío y eso era lo único que yo quería saber, eso y que sus muslos temblaron una noche contra la palma de mis manos y después me miró muy fijamente, sin decir nada, como si pretendiera destruirme, aniquilarme, borrarme para siempre de su memoria o grabar cada detalle de mi rostro en el relieve de sus propios ojos, yo lo sabía y eso era lo único que me importaba, porque sólo vivía para recuperar aquel temblor, para regresar una y otra vez a esa pequeña habitación de hotel, una cama grande, un armario empotrado, dos butacas tapizadas en la consabida cretona estampada, una especie de cómoda con cajones y, en el centro, la figura remota y sin embargo familiar de una viajera cuyos gestos son idénticos a los que yo repito todos los días, una mujer que abre la puerta, y se quita los zapatos, y enciende un cigarrillo, y se tumba encima de la colcha para marcar un número de teléfono o para descansar un momento con los ojos cerrados, sin sospechar lo valioso que llegará a ser el tiempo que está viviendo, sin descubrir el rastro de ninguna cosa nueva en su interior, sin advertir siquiera que es feliz, que vuelve a ser feliz después de tanto tiempo, y ella era la trampa, una espiral sin fin y sin principio, el laberinto irresoluble como las leyes del tiempo donde mis días expiraban de un dulce mal sin respuestas, ésa era la verdad, aunque nunca me atreví a insinuarla en el oído de ningún confidente, aunque a duras penas puedo aún admitirla ante mí misma, aunque entonces la habría negado a gritos hasta que mi lengua se secara para siempre dentro de mi boca, la verdad es que no pensaba en aquel hombre, sino en la despreocupada viajera que le acompañó en Lucerna, y no soñaba con él, sino con mi propia, efímera plenitud desperdiciada, y no buscaba con desesperación sino un método, un sistema, una fórmula que me ayudara a deslizarme bajo la ropa de esa mujer que era yo y era distinta, que era feliz y no se daba cuenta, que jugueteaba con las riendas del destino sin reconocerlas y sin aspirar a gobernarlas siquiera, eso creía yo, y eso quería, dar marcha atrás a la película de mi vida, tropezarme de nuevo con los viejos errores, encontrar una sola fisura en la piel de las horas inconscientes para colarme dentro y animar su memoria, con eso soñaba, en eso pensaba, qué habría pasado si hubiera hecho esto, y hubiera dicho aquello, y hubiera :do más allá, y después me sentía tan poca cosa, tan de sobra, tan insignificante, que agotaba el catálogo de los insultos conocidos para derrumbar lo poco de mí que quedaba en pie, si seré tonta, me decía, si seré mema, imbécil, idiota, y a veces me preguntaba si no estaría volviéndome loca, si ese febril estado de disolución interior, como una lenta y meticulosa podredumbre, no se resolvería en un diagnóstico tan sencillo, puro terror, porque mi obsesión se adornaba hasta con los menores matices que caracterizan a ciertos oscuros psicópatas en esos telefilmes norteamericanos que, antes de empezar, advierten al espectador que va a contemplar una historia basada en hechos reales, todas esas personas solas, abandonadas de sí mismas, incapaces de piedad, que terminan precipitando los asesinatos más estúpidos, víctimas o verdugos atrapados por igual en una esperanza antigua y devoradora de toda sensatez, maridos engañados que juran entre dientes que será suya o de nadie, hurañas solteronas que aún no han renunciado a estrenar el apolillado traje de novia que lleva treinta años colgado de una lámpara, madres amantísimas de un hijo ingrato, o una hija desnaturalizada, que no pueden permanecer con los brazos cruzados mientras su pequeñín. su chiquitina, echa a perder los mejores años de su vida, honorables militares degradados por un lamentable malentendido de quienes no comprenden las últimas consecuencias del amor a la patria, todos tienen una escopeta de caza escondida en un armario y todos terminan matando o muriendo con ella en las manos, todos reclaman a gritos su razón y su cordura, y ninguno es culpable del todo pero ninguno, tampoco, acaba bien, y en la televisión es muy sencillo adivinar por qué, están locos, así de claro, locos, y yo tenía los mismos síntomas, la misma facilidad para negar ojos y oídos a las evidencias que no me

convenían, la misma rapidez para interpretarlas en el sentido exactamente opuesto al evidente, una repentina, ilimitada capacidad para convencerme de lo inconcebible, y la fe más tenaz en un futuro inventado a mi medida sin otra herramienta que mis propios deseos, y nada más, porque nada existía fuera de mi cabeza, nada tenía sentido más allá de los límites de mi imaginación ocupada, invadida, asaltada por un único fantasma de apetito tan atroz que devoraba instantáneamente cualquier cosa que sucediera, y cada cosa que me pasaba acababa conduciéndome a él, cada historia que escuchaba, cada libro que leía, cada película que veía, y los nombres de las calles que atravesaba, y los escaparates de las tiendas en las que entraba, y hasta las marcas de los productos que escogía en el supermercado, el mundo entero se había convertido en un gigantesco libro cifrado y todos los signos resultaban ser uno solo, todas las flechas señalaban en la misma dirección, entonces me preguntaba si no estaría volviéndome loca, porque los locos sufren tanto como los cuerdos, pero enseguida yo misma me negaba hasta ese venenoso y mínimo consuelo, porque los cuerdos sufren tanto como los locos y sin embargo nunca, ni en el peor momento de una enajenación brutal, logran extirparse el conocimiento de las verdades más duras, y yo conocía el carácter apacible y estático de la realidad, la decepcionante solución que se agazapa tras el telón de tantos misterios insolubles, la insoportable ambigüedad de los sentimientos humanos, yo no estaba loca pero sufría, vivía atenazada por una angustia inextinguible, me moría de dolor estando sana, y sin embargo, a ratos, precisamente en esos ratos en los que i ni impaciencia parecía a punto de descolgarse por el barranco de la desesperación, era capaz de contarme una historia muy sencilla, muy verosímil, muy clara, y comprendía la situación de un fotógrafo llamado Nacho Huertas, que era medianamente feliz cuando encontró en una pequeña ciudad de Suiza a una editora llamada Rosalía Lara Gómez, y ella le gustó, y él le gustó a ella, y se fueron a la cama y echaron un polvo estupendo, así que siguieron juntos un par de días y luego cada uno volvió a Madrid por su cuenta, y él se limitó quizás a clasificarla entre otros accidentes afortunados de su vida, o tal vez la consideró incluso, durante algún tiempo, como una fuente de complicaciones más sería, y es posible que ella le gustara más de lo que estaba dispuesto a admitir, y hasta que al principio se quedara un poco colgado del recuerdo de aquella mujer sorpresa, quizás por eso, y en contra de lo que ya había decidido, le envió unas fotos, y contestó a su llamada, y quedó con ella en su estudio, todo eso lo entendía, me parecía lógico, casi evidente, y también podía admitir que después se asustara, que fuera incapaz de afrontar la avidez de quien aspiraba a apoyarse en él para mover montañas, que decidiera que, por muy bien que se entendieran en la cama, ella no representaba una razón suficiente para cambiar de vida, hasta aquí todo iba bien, y aquí habría acabado todo si yo pensara de verdad en él, si yo soñara de verdad con él, porque los amores contrariados se acaban consumiendo en un estanque de lágrimas dulces, una tibia borrachera de melancolía que se agota en un rosario de resacas sucesivas, como el efecto de un suero desintoxicante que convierte poco a poco el dolor en ironía para arrojar al final una sustancia limpia, armoniosa, ajena por igual al rencor y a la vergüenza, el verdadero amor siempre salva a sus hijos, pero mis cálculos eran muy diferentes y mi angustia mucho más oscura, porque yo nunca dejé de pensar en mí misma, nunca dejé de soñar conmigo misma, yo quería empezar otra vez para arreglar definitivamente mis cuentas con el tiempo, para retener los días que se escurrían como gotas de agua entre mis uñas, para reprimir de una vez por todas el motín de los años rebeldes que desertaban en masa y a traición de mi memoria, y antes había perseguido un amor más poderoso que la muerte pero ahora no estaba dispuesta a renunciar a infinitamente menos, porque había rozado un nuevo principio con la punta de los dedos y sin embargo mis manos seguían estando vacías, y conformarme con eso era casi peor que morir porque, al menos, la muerte traza una raya al final de la vida, pero a mí me esperaba una vida lisa, sin otras rayas que las de una muerte sucedida al cabo de muchos años inertes, fugaces, estériles, años enteros de cientos de días vividos sin ganas, y eso no podía aceptarlo, ya no, si nunca hubiera emprendido aquel viaje podría haber seguido viviendo como antes, resignada en general y hasta contenta de vez en cuando, viendo crecer a mis hijos, consolidando mi carrera profesional por todos los medios posibles, cambiando periódicamente la distribución de la casa, apuntándome a una

clase de bailes de salón, echando algún polvo suelto por ahí o decapando una cómoda, pero ahora ya no podía, no quería pensar siquiera en la posibilidad de volver a asumir algún día estos pobres ritos de autocompasión, ya no pretendía arreglar mi vida, ahora necesitaba romperla, pulverizarla, destrozarla para siempre, hacer de ella pedacitos tan pequeños que jamás pudieran unirse y conspirar en favor de la nostalgia de los tiempos perdidos, y yo sola no lo haría, sola no podría, me temblaban las piernas de miedo cada vez que lo pensaba, nunca estaría segura, nunca tendría valor pero, si él quisiera esperarme fuera, todo sería más fácil, tal vez hasta muy fácil, tanto que no me servía para nada una historia clandestina, segura, secreta, un confortable adulterio conservador de corte clásico, de esos que a la larga terminan uniendo a los matrimonios distanciados, porque yo no quería refundar mi matrimonio, yo quería volarlo, hacerlo saltar por los aires, y necesitaba pólvora, metralla y una buena mecha, y lo necesitaba pronto, porque antes o después me curaría de esta fiebre, eso lo sabía, y que entonces las aguas volverían a un viejo cauce estancado y estrecho, arrastrando despacio hasta la orilla una locura distinta, un veneno más ponzoñoso y fulminante, y una mañana me levantaría con buen cuerpo, mucho apetito, y el recuerdo de aquel repostero de madera labrada, tan bonito, que era de la abuela y siempre había estado en la casa de la sierra, y con las galletas del desayuno masticaría la idea de pintarlo de un azul especial, quizás añil manchado con esmalte sintético blanco, quedaría estupendo en el cuarto de Clara, me diría, y si se lo pido, mamá me lo regala, eso seguro, punto final, y luego un nuevo principio tan amarillento y pasado de moda como mi traje de novia, esa especie de túnica de princesa hippy con una goma debajo del pecho y encajes y puntillas por todas partes que mi hermana Natalia me había pedido prestada en Carnaval para disfrazarse de Yoko Ono, y yo no me merecía un final así, por eso apretaba los labios, y cerraba los ojos, y taponaba mis oídos con determinación para esquivar cualquier verdad que comprometiera el dulce estado de inconsciencia sentimental en el que nadaba como en un tibio lago de gelatina incolora, el milagro de ese diminuto alfiler suspendido en el firmamento del que colgábamos yo, con todo mi peso, y cualquier futuro posible, y me tranquilizaba diciendo que el momento de las decisiones importantes no había llegado aún mientras comía el loto narcótico de la obsesión, la flor perversa que logra que todo se olvide, y así lo olvidaba todo, todo menos que él me llamó amor mío, y que sus muslos temblaron una noche contra la palma de mis manos y después me miró muy fijamente, sin decir nada, como si pretendiera destruirme, aniquilarme, borrarme para siempre de su memoria o grabar cada detalle de mi rostro en el relieve de sus propios ojos, porque me había llamado amor mío, y yo lo sabía. Eso era lo único que yo quería saber.

Él, en cambio, ignoraba que con estas palabras me estaba dando el empujón definitivo que me llevaría rodando desde la cima más alta de un barranco hasta el fondo de un abismo que en aquella época ni siquiera yo alcanzaba a divisar.

—A ti no te digo nada, bonita, que ya sé que tú, estas cosas…

Se llamaba Bartolomé, pero sus íntimos le llamaban Bambi porque su primer novio le había dicho una vez, cuando aún no se había despojado de la piel ambigua de la adolescencia, que estaba enamorado de sus ojos de gacela asustada.

—Era guardia civil —al borde de los cincuenta seguía rizándose las pestañas y recordándole con nostalgia—, casado y todo, pero muy creativo, eso desde luego…

Bambi, porque jamás resistí la tentación de llamarle así pese a no formar parte de sus íntimos, era el jefe de la estafeta del grupo, un pequeño almacén situado en el sótano que funcionaba como una auténtica oficina de correos en miniatura. Toda la correspondencia de todos los despachos de todas las editoriales que tenían su sede en el edificio pasaba forzosamente por sus manos, pero eso no era mucho, ni siquiera contando con la mensajería propia que —renovarse o morir, decía él con pomposa convicción— acababa de empezar a funcionar, sobre todo porque la estafeta era el único departamento de la casa donde sobraba personal. Dos aprendices, nadie supo nunca muy bien de

qué, atendían tras un mostrador, sin atreverse a traspasar, salvo en ocasiones excepcionales, la puerta del despachito situado al fondo, donde Bambi habría llegado a aburrirse, de puro ocioso, si no viviera entregado al gobierno de regiones mucho más tenebrosas que la propia de los precintos de plomo y las máquinas de franquear, porque en los cajones de su mesa, estas y otras herramientas de su oficio —cajas de clips y gomas de borrar, estadillos de control y pliegos de etiquetas autoadhesivas, lápices corrientes y otros ya muy raros, rojos por una punta y azules por la otra, ambas primorosamente afiladas—, convivían con tres o cuatro tarots de diferentes familias y diseños, una ouija plegable, una colección completa de santos de todos los cielos —desde una estampa de Teresita del Niño Jesús hasta una efigie en cera del san Simón guatemalteco, gran estrella de la santería centroamericana—, velas de muchos colores y tamaños distintos, y hasta una bola de cristal sobre una peana de madera pintada de negro.

—Yo es que me pirro por todo lo paranormal… —me confesó una vez, cuando me juzgó digna de confianza, como si de verdad creyera que yo no estaba al corriente de su exótico tinglado desde antes de que me lo presentaran.

Ya entonces, su reserva me pareció absurda, porque todo el mundo se refería al consultorio de la estafeta con la misma naturalidad con la que hablaba de la secretaria de contabilidad o del alicatado de los cuartos de baño y, de hecho, entre todos los misterios relacionados con su persona, el único que a mí me interesaba de verdad era precisamente ése, la sorprendente impunidad con la que se dedicaba al más allá mientras, cada fin de mes, seguía cobrando un sueldo estrictamente terrenal por un trabajo muy distinto. Con el tiempo averigüé que, entre sus visitantes más asiduos, se contaban no sólo el gerente del grupo —un señor muy alto, bastante gordo y casi completamente calvo, que trotaba por los pasillos secándose el sudor con un pañuelo blanco, complemento de una estampa nada espiritual—, sino también María Pilar, la mujer de Miguel Antúnez, una señora de su casa con inquietudes que venía a la editorial de vez en cuando solamente para ponerse en manos de Bambi. La protección de estos dos incondicionales había bastado por el momento para neutralizar la radical oposición de Fran, que le detestaba casi tanto como a su cuñada, porque nuestro oráculo particular también tenía intereses en el mundo y, en concreto, profesaba una devoción casi enfermiza por todas las casas reales de Europa y, de propina, por la de Japón, y cuando terminaba con la conjunción de los astros y las letanías para enamorar, empezaba con los matrimonios morganáticos y la limpieza de la sangre.

—Eso, como si no tuviéramos ya bastante con la ultratumba… —Fran le cortó en seco la única vez que intentó explicarle por qué el príncipe de Asturias no podía casarse con una plebeya, y Ana no dijo nada, pero se marchó detrás de ella.

Yo, que no soy más monárquica, decidí en cambio ser más comprensiva, y le aguanté el rollo de pie, al lado de la fotocopiadora, un gesto que sin embargo no mejoró mucho el concepto que tenía de mí desde que me preguntó por el zodiaco de mis hijos y no pude recordar si Ignacio era Sagitario o Capricornio, porque siempre me hago un lío con los dos signos. Ya, otra escéptica…, dijo solamente, pero esas tres palabras bastaron para confirmar un descrédito definitivo. A mí, sin embargo, él me parecía muy divertido, pero cuando se me ocurrió acompañar a Marisa a la estafeta, después de comer, no fue por simpatía, sino porque estaba fatal.

Mis días se sucedían entonces con el ritmo caprichoso, imprevisible, que convierte la vida de un condenado a muerte en un motor de dos velocidades, una rápida, capaz de empujar las horas hacia delante, tras la burlona liebre del indulto, y otra lentísima, pesada como un cielo de plomo y muy amarga, que se apodera de cada segundo para clavarlo en la única pared de la celda desde donde se contempla el patio de la cárcel, escenario de una ejecución inminente. Así, oscilando entre un final feliz y otro mucho más que triste —porque al fracaso de una historia de amor imaginaria debería sumar la vergüenza pasada y la por venir, y cuando me quedara sola conmigo misma, con mi marido, con mi casa, con mis hijos, el recuerdo de la enloquecida persecución de un hombre que huye camuflado en la piel transparente de un fantasma, resultaría mucho más difícil de sobrellevar, infinitamente más ridícula, que los accesos de calor que puedan haberse apoderado de mis mejillas

en cada episodio concreto de este asedio—, pasaba mi vida, y mientras fingía trabajar o trabajaba de verdad, al preparar la comida o ver una película en la televisión, cuando jugaba con los niños o hacía la compra, me plegaba con destreza a la antigua rutina de un personaje que ya no era exactamente yo, porque en la zona más profunda de mi cerebro, el tiempo obedecía a una regla impasible, y se hacía veloz, y soportable, sólo si cada segundo no era eterno, y no había más pasado, ni más presente, ni más futuro, que un laberinto con dos salidas, el tesoro o la muerte, como en el más viejo y ruin de los acertijos.

Aquel día, desde que me levanté, y a esas horas aún era de noche, el desastre acechaba desde el fondo de todos los caminos. Era 3 de diciembre, exactamente un año después de emprender mi viaje a Suiza, pero no me alarmé, la efemérides no podía empeorar lo que ya era peor, y estaba acostumbrada a esa clase de días, sabía domarlos, aunque jamás lograría destripar el mecanismo de un fenómeno ligado a sus peores excesos, la misteriosa duplicidad que, precisamente entonces, yo misma distinguía en mí misma con mucha más nitidez que en los buenos momentos, cuando el indicio más insignificante dotaba a mi esperanza de alas tan poderosas como para elevarme sin dificultad sobre el vasto y sólido universa de la sensatez. Los Hombres X, mutantes voladores, anfibios, amorfos, inermes o invencibles, con láser en los ojos, garras de acero en los dedos, muelles en los pies o visión de larga distancia, me contaban cada tarde la historia de mi vida, mientras trataban de recuperar sin éxito la condición humana que habían perdido contra su voluntad. Porque en mi caso, como en el suyo, no se trataba de vivir dos vidas diferentes, que eso al fin y al cabo no es tan difícil, sino de vivir una sola vida desde dos naturalezas distintas, registrar cada acontecimiento en dos memorias separadas y simultáneas, duplicar una sola mirada que contempla un mundo único para interpretar después dos informaciones paralelas, aisladas entre sí, quizás contradictorias, la de los humanos que fueron, la de los mutantes que son. A veces me sentía como si algún espíritu parásito, arteramente cobijado en mi interior, hubiera decidido aflorar a la superficie para divertirse, poseyéndome sólo a ratos, o tal vez, porque ninguna pieza de aquel rompecabezas tenía sentido fuera de mí misma, como si una zona oscura y anterior de mi propia conciencia pudiera medrar a placer, y a traición, hasta convertirse en un ser completo, capaz de suplantar al que yo había creído encarnar hasta aquel instante. No encuentro otra manera de explicar lo que me ocurría, la tumultuosa coexistencia de una mujer que era, y otra que deliraba, en los concretos límites de mi propia persona, y la angustia que nos atenazaba a las dos por igual en días como aquél, cuando la que existía no tenía fuerzas para delirar y la otra había perdido ya cualquier esperanza de existir de verdad alguna vez. Por eso, porque habría sido capaz de cualquier cosa con tal de no volver sola a mi mesa a seguir asfixiándome por dentro, seguí a Marisa hasta la estafeta, pero en ningún momento pensé en llegar hasta el final, y no lo habría hecho si ella no hubiera tenido que pasar un momento por el despacho de Ramón a recoger la lista completa del pedido que acababa de llegar de California, del sitio ese al que se pasan la vida pidiendo programas.

—¿Qué tal, Rosa? —el chico más listo de la editorial, que seguía discretamente mis estados de ánimo desde que fue testigo de esa euforia que importé de Lucerna, me saludó con una sonrisa, mientras Marisa, a mi lado, subrayaba en un papel palabras incomprensibles.

—Regular —contesté, y me esforcé en sonreírle a mi vez.

—Ya —dijo, y ladeó la cabeza para dirigirme una mirada entornada, que daba miedo—. Se te nota en la cara, ¿sabes?, porque estás muy guapa, pero como con una especie de belleza… trágica.

—Me apostaría esas dos tetas que no tengo a que la Bodoni extrafina no ha llegado —Marisa, totalmente ausente hasta ese instante, me liberó de la obligación de decir algo—, y la Times completa…, habrá que ver, seguro que viene sin eñe, lo de las fuentes es un desastre. Bueno, luego vengo a contarte lo que hay, vámonos, Rosa…

Ella siguió parloteando sin parar y yo la seguí en silencio, resistiendo a duras penas la tentación de taparme la cara, esa bella tragedia, con las dos manos, y cuando Bambi, harto de no hacer nada, como casi siempre, la invitó a pasar a su despacho después de entregarle un paquete, yo fui detrás, y mientras sus dedos, con gestos calculadamente perezosos, iban colocando las cartas encima de la

mesa, pensé por primera vez en mi vida, porque en algo tenía que pensar, que tal vez hubiera algo de verdad en todo aquello.

—Ésta es la Doncella de la Cornucopia… —forzando la voz hasta lograr un sorprendente susurro ronco, como si las palabras brotaran de algún recóndito reducto de su cuerpo que los demás no poseíamos, el encargado de la estafeta y legitimista borbónico que yo conocía se había transformado, sin mayor atrezo, en un profesional del destino, como los que se anuncian en las cadenas privadas a las tres de la mañana—, que indica cambios positivos en el aspecto económico…

—¿Y un novio? —Marisa, que nos había jurado cientos de veces que Bambi acertaba un montón de cosas, estaba tan relajada como si la estuvieran pintando las uñas—. ¿Un novio no me sale?

—Mira, niña, esto, o nos lo tomamos en serio o no…

—Perdón.

—Veamos… —en aquel momento, yo seguía ya la evolución de los naipes con mucho más afán que la interesada—. El Caballero Negro. Puede ser… Mmm… A ver… No, querida, no está nada claro lo del novio, porque la Rueda del Tiempo ha salido boca abajo, ¿ves?, pero esto, por otro lado, podría significar que, dentro de unos meses…

—¡Siempre me dices lo mismo, tío! —la risa que acompañó esta queja me indujo a sospechar que, en el fondo, Marisa se tomaba lo del tarot como un pasatiempo inofensivo—. Bueno, mírame la salud que de eso seguro que estoy estupendamente.

—Pues sí… —Bambi siguió adelante sin detenerse esta vez a captar las ironías de su cliente-—. Fíjate, la Luna, la Encina… Tendrás una larga vida, y hay algo más. Aquí… —señaló una carta en la que aparecía una nave de reminiscencias vagamente vikingas—. El Barco. Esto anuncia un viaje, una aventura de la que puedes esperar cualquier cosa…

En ese instante, la cara de Marisa cambió, como si la última frase de Bambi hubiera activado un interruptor oculto y secretísimo, una palanca que pusiera en marcha un mecanismo automático de paralización, porque todos los músculos de su rostro se congelaran a la vez, y mientras sus ojos se agrandaban, tensando los párpados, sus mejillas llegaron a ahuecarse, como si su cabeza entera estuviera desecándose de asombro. El fenómeno no duró más de un par de segundos, pero el adivino celebró su intensidad con una carcajada de júbilo.

—He acertado, ¿no? —preguntó, regodeándose en su propio triunfo.

—Bueno —por algún motivo que no logré descifrar, Marisa, en cambio, decidió escamotearle esa satisfacción—, no creas… Ya veremos.

En la incómoda pausa que se abrió entonces fue cuando Bambi se dirigió a mí, dando por sentado que rechazaría tajantemente sus servicios, pero él no podía saber que yo tenía un mal día, que estaba a punto de estrellarme contra mí misma, que necesitaba como fuera, al precio que fuera, otra dosis de veneno para despegarme de la realidad, un par de alas nuevas para seguir flotando, un maquillaje eficaz para cubrir mi cara marcada, y por eso no titubeé al contradecir a quien creía saberlo todo.

—No —-dije resueltamente—. Voy a probar. A ver, échame las cartas…

Mi decisión sacó bruscamente a Marisa de su alelamiento, y no asombró menos al inminente juez de mi destino, pero ambos callaron, y la ceremonia comenzó de nuevo. Bambi barajó, me dio a cortar, y levantó el primer naipe con todo el misterio del mundo en sus dedos, mientras me miraba igual que el Doctor X desde su silla de ruedas, con tanta intensidad como si pretendiera hipnotizarme, guardando silencio, para incrementar la expectación, hasta que la mesa estuvo cubierta de cartas.

—Ésta es la Dama del Lago —dijo luego, posando la yema del dedo índice sobre una figura de mujer cubierta con velos blancos que ocupaba el centro de una hilera—, que en este caso te representa a ti… Aquí aparece el Rey, una figura masculina muy sólida, muy importante. Puede señalar a tu marido.

—No —no quise añadir nada más, mientras mi corazón multiplicaba alarmantemente la frecuencia de sus latidos. Él me miró un instante, dejándome adivinar que se moría de curiosidad,

pero acabó adoptando una indiferencia muy profesional.

—Bueno, en cualquier caso se trata de algo clave para ti, y tal vez no sea una persona, sino un objetivo, un propósito, un deseo muy fuerte… Si es un ser humano, es masculino, eso desde luego —hizo una pausa por si yo me animaba a aclarar algo, pero no dio resultado, y prosiguió en un tono cada vez más confidencial—. Está muy cerca, ¿ves?, en buena posición. Tú sabrás lo que significa eso, yo sólo puedo decirte que ese hombre, o esa meta, se cruza en tu destino, que de alguna forma va a intervenir en tu vida, y que, desde luego, está bien dispuesto, aunque para decírtelo todo, aquí… Mira —y señaló otra figura femenina situada exactamente al lado del Rey y vestida de un rojo llameante—, ésta es la Doncella de Fuego. Este naipe representa un obstáculo, y muy serio, para ti, en relación con lo que te decía antes, ese hombre o esa meta que tú persigues. Y con ella pasa lo mismo que con la otra carta. Si se trata de un ser humano, es una mujer. Si no, puede significar una dificultad de otro tipo, no sé…

En ese punto interrumpí su discurso con una vehemencia que no habría querido demostrar, pero mi estómago se retorcía ya, presa de una tensión insoportable, y amenazaba con trepar hasta mi garganta mientras cada fibra de cada uno de mis nervios se hacía notar dolorosamente y a la vez, y mi cerebro estaba bloqueado, mi razón había dejado de existir, a la fuerza tenía que haberse esfumado sin despedirse siquiera, porque no se me ocurrió pensar que todo lo que me había dicho y nada eran la misma cosa, que en la vida de cualquier persona hay algún hombre importante, y alguna mujer hostil, que todos acariciamos en sueños alguna meta improbable, desdeñando obstáculos que la vigilia revela como montañas coronadas de nubes ante los ojos de un niño descalzo, nada de esto pensé, tan indefensa me había quedado frente a mi propio deseo que estaba creyendo ya en el poder de media docena de cartones extravagantemente impresos y ni siquiera alcanzaba a sentir compasión por mí misma.

—¿Puedo vencerla? —fue exactamente lo que pregunté.

—¿Qué? —Bambi dio un respingo, pero su sorpresa tenía más que ver con la novedad de que me hubiera decidido a consultarle que con el sentido concreto de mi pregunta.

—Que si puedo derrotar a ese enemigo, si las cartas dicen quién ganará al final.

—Para contestarte, tengo que hacer una nueva consulta… —recogió todas las cartas de la mesa y barajó de nuevo, exagerando aún más la cadencia de sus movimientos, como si actuara para la adepta más ferviente, pensé para mí, sin reparar en que eso era exactamente lo que sucedía—. Veamos con qué armas podemos contar… Mmm… ¡Bravo! La Espada aparece a tu derecha, ¿lo ves?, y ésa es una gran ventaja. Pero tienes el Castillo enfrente, mala cosa… Sin embargo, la Fortuna está de tu parte, mírala. Yo diría que, desde luego, tienes más posibilidades de vencer que de salir derrotada…

Luego estuve a punto de preguntarle si estaba seguro de su diagnóstico, pero conseguí frenar rni lengua un segundo antes de que traicionara prácticamente todo lo que yo había sido hasta aquel momento. No logré, sin embargo, reprimir una sonrisa tan amplia que Marisa, en el umbral de su pecera, se sintió obligada a defenderme de mis propias ilusiones.

—Rosa —me llamó cuando yo ya le había dado la espalda para marcharme a mi despacho, y sólo cuando giré sobre mis talones, quiso seguir, mirándome a los ojos—. Ha–azme caso, por favor, n–no te tomes esto muy en serio…

Ana me hizo una advertencia parecida, pero eso fue muy al principio, cuando el olor de Nacho aún estaba fresco en mi memoria y el futuro todavía era futuro, una incógnita más a despejar, un escenario vacío donde ningún personaje fijo tenía un lugar asignado.

—¡ Ay! —no había entrado del todo en el despacho de Fran cuando, al descubrirme allí, se llevó las dos manos a la cabeza y, mirándome, se quejó de esta manera.

—¿Pasa algo, Ana? —Fran, asustada por su irrupción, ya debía de estar calculando de qué país del mundo nos habíamos quedado sin fotos otra vez.

—Sí, pero no… Bueno… —y entonces me miró—. quiero decir que no pasa nada con la colección. Es que me acabo de acordar de que tengo una noticia para Rosa.

En aquel momento no podía prever que llegaría el día en que cualquier mínimo indicio de novedad me ahogara de impaciencia, y la verdad es que conservé la calma incluso cuando Ana, al salir de aquel despacho, me cogió del brazo para formular un pronóstico aún más alarmante.

—Me vas a matar…

—Pero ¿qué pasa? —pregunté, con una curiosidad aún pura, incontaminada de cualquier afán.

—Anoche, cuando llegué a casa, me encontré con un mensaje de Nacho Huertas en el contestador. Quería que le diera tu teléfono… —mi vanidad generó una intensa punzada de placer que, desde el centro, se expandió hasta la última esquina de mi cuerpo—, y al final, se me olvidó llamarle, tía, ¿te lo puedes creer? Claro, que tampoco puedes ni imaginarte siquiera la noche que me dieron entre todos. Mi madre se había peleado con mi padre, mi padre quería darme su versión, todos mis hermanos se habían pronunciado ante la crisis, y luego, por si esto fuera poco, mi hija llamó para pedirme dinero, mi ex marido para anunciarme no se qué ruina con Hacienda, y los de la lavadora para decir que no habían podido arreglármela porque mi asistenta se había largado de casa sin avisar un par de horas antes de lo que debía… Total, que se me quitaron de golpe las ganas de hablar con nadie. Y luego, el cretino del autor, que Fran te habrá contado ya… ¿no?

—¿Qué? —pregunté por pura cortesía, mientras la ansiedad empezaba a dejarse sentir.

—Lo del título del Atlas, que le parece fatal que lo hayamos cambiado, y ya no sabe si va a querer firmar la obra, porque las plataformas continentales no son precisamente humanas y lo único que él pide es un poco de rigor…

—¿Eso te dijo?

—A chillidos.

—Será gilipollas…

—Perdido, hija, pero eso es lo que hay. Te juro que si lo hubiera tenido delante le hubiese metido dos guantazos —y abofeteó al aire con el gesto de ofendida dignidad de un espadachín de película antigua— que se habría enterado él de una vez por todas de lo que es rigor… El caso es que al final no hablé con Nacho. ¿Quieres que lo llamemos ahora?

—¿Ahora? —en algún momento tenía que ponerme nerviosa, y ese momento por fin había llegado—. No sé… Pero… ¿Cómo?

—¿Pues cómo va a ser? Ven conmigo, anda…

Un instante después, sentada enfrente de Ana, llegué a maravillarme de la naturalidad con la que descolgó el teléfono, marcó un número que previamente había tenido que localizar en su agenda, y empezó a hablar con un hombre al que yo había visto más veces desnudo que vestido, no sólo como si lo conociera de toda la vida —lo cual, en definitiva, era casi cierto— sino, además, como si yo no estuviera delante.

—¿Nacho? Hola, soy Ana Hernández Peña, ¿cómo estás? —y aprovechó la pausa para sonreír y guiñarme un ojo—. Ya, claro, por eso te llamo. Es que anoche llegué a casa muy tarde, y ya no eran horas… Sí, las fotos estupendas, como casi siempre, ésa es la verdad, que da gusto trabajar contigo… ¿Qué? —su sonrisa creció tanto que pareció derramarse por las esquinas de sus labios, y mientras ponía los ojos en blanco, sacudió la mano libre en el aire con fingida violencia para darme a entender que lo que estaba escuchando era muy fuerte—. Sí, bueno, ella me ha contado que coincidisteis en Lucerna, creo, y que os lo pasasteis muy bien. Le has caído estupendamente, por lo visto… No, te juro que no. ¿A qué te refieres? —tapó el auricular del teléfono con una mano para exagerar aún más lo que a aquellas alturas era ya una colección completa de muecas—. Claro que somos amigas, pero las mujeres no somos como los hombres, ¿qué te has creído…? Pues nada, sólo me ha contado lo que te he dicho, que eres muy divertido, que se rió mucho contigo… ¿Hubo algo más? —en ese instante fui yo quien colocó las manos en un gesto de oración para rogarle que parara ya porque, a pesar de la exhibición, no acababa de fiarme de sus dotes de actriz, pero ella parecía divertirse tanto que. sin atender a mis súplicas, se adentró por su propia voluntad en terrenos cada

vez más pantanosos, mintiendo siempre impecablemente—. Que no, en serio, dímelo tú… ¿Quién empezó7 No, mira, eso sí que no, me da igual que no te lo creas… Que no, tío, que yo no voy mirándole el culo a mis amigas por los pasillos, ¿pero por quién me tomas…? Muy bien, tiene un cuerpo estupendo, ¿y qué más…? Es mucho más seductora de lo que parece a primera vista… ¿En serio? ¡Quién lo diría…! ¿Pero tú eres tonto, Nacho? ¿Cómo voy a contárselo a ella? ¿No te das cuenta de que yo lo que quiero es estar en medio para enterarme de todo? ¡Claro que soy una cotilla, ya ves, menuda novedad…! —entonces volvió a tapar el auricular, y me habló en un susurro, parece colgadísimo, dijo, no sé cómo lo has hecho, y yo por fin aflojé la válvula que había aspirado todo el aire de mi interior, las vísceras pegadas unas con otras, encajadas a presión en el espacio de un puño, y sentí con alivio cómo se aflojaban de repente, para recuperar enseguida la humedad, y su posición de siempre—. No, te juro que no me ha contado ni la mitad de lo que te imaginas, ni siquiera estaba segura de que os hubierais enrollado, así que… Sí, supongo que le gustas, o, mejor dicho, creo que le gustas mucho… Eso no lo sé exactamente, aunque tengo la misma impresión. Espera un momento, que me están llamando por otra línea, a ver… —tú le contarías que estabas casada, ¿no?, me preguntó, con un dedo encima de la tecla que mantenía provisionalmente cortada la comunicación, pero así y todo, yo contesté que sí con la cabeza para no correr ningún riesgo, y Ana siguió suponiendo correctamente en voz alta, y le dirías que las cosas no iban muy bien, que estás un poco harta, que ya no estás enamorada de Ignacio, y todo lo demás, ¿no?, yo volví a asentir y ella levantó el dedo—. ¿Nacho? Perdóname, pero es que tengo un follón… Sí, bueno, ella se casó hace la tira de años, claro que estos temas, ya sabes… No, hombre, supongo que la puedes llamar a casa sin ningún problema, su marido es un tío encantador, por cierto, nada caníbal, pero, de todas formas, ahora mismo Rosa está en la editorial, si quieres te la paso y le pides a ella el teléfono… ¿No? Bueno, pues yo te lo doy, apunta… Cinco, cuatro, tres, cinco, tres, dos, cuatro… Sí, claro que puedo pasarte con ella o, mejor dicho, puedo intentarlo hasta que dé con la tecla correcta, porque te juro que estos aparatos modernos me están volviendo loca…

Cuando a Ana se le ocurrió decir que podía pasarle conmigo para que me pidiera el teléfono directamente, me puse de pie con tanta rapidez como si acabara de darme cuenta de que llevaba un buen rato sentada sobre un círculo de brasas al rojo vivo, pero esa repentina agilidad me abandonó enseguida, dando paso a la no menos instantánea parálisis que mantenía mis pies clavados en el suelo y mi mente encadenada a la repetición de una sola pregunta sin respuesta, qué voy a hacer ahora, qué voy a hacer ahora, qué voy a hacer ahora…

—¿Qué pasa, que no quieres hablar con él? —la voz de Ana rompió el hechizo.

—Claro que quiero… —contesté, pero ni siquiera entonces me moví.

—¡Pues vete a tu despacho, joder, que se debe estar pensando que me he vuelto subnormal!

No puedo correr, decidí, así que iré andando, lo más deprisa que pueda pero andando, eso haré, me dije para darme ánimos mientras por fin lograba ponerme en marcha, y mientras avanzaba por el pasillo, aún llegué a oír la penúltima excusa.

—¿Nacho? Soy Ana otra vez. Espera un momento, que es que me había hecho un lío pero ahora creo que ya sé cómo se hace…

El teléfono atronaba desde el otro lado de la puerta, pero todavía me concedí tres timbrazos. Cuando descolgué, ya estaba sentada en mi silla y contemplaba un familiar paisaje de facturas, bandejas de diapositivas, galeradas corregidas y por corregir, juegos de fotolitos, y otros plácidos ingredientes de mi vida cotidiana, una especie de bodegón editorial que me tranquilizó lo suficiente como para imprimir a mi voz un desapasionado tono profesional.

—Rosa —afirmó él, reconociéndome sin dudar.

—Sí… —afirmé yo a mi vez, y decidí que no iba a estar a su altura—. ¿Quién eres?

—Soy Nacho Huertas… —entonó con cierta ironía—, no sé si te acordarás de mí, estuvimos juntos en Suiza hace quince…, no, unos veinte días.

—Claro que me acuerdo —admití, y fui sincera—. De hecho me acuerdo muy a menudo…

—Menos mal, porque tengo encima de la mesa un montón de fotos tuyas, y no hay nada que me

moleste tanto como trabajar en vano.

—¡Qué bien! —dije para ganar tiempo, pero enseguida se me ocurrió por dónde seguir—. ¿Y son fotos mías porque aparezco yo en ellas, o son mías porque las has hecho para mí?

—Son tuyas por las dos cosas, aunque modestamente debo advertirte que yo también salgo en alguna.

—Mejor… —la risita satisfecha con la que celebró mi apostilla rne animó a ir un poco más allá— . Así podré recordar más aspectos del viaje.

—Bueno, si eso te interesa, las fotos son lo de menos…

—No sé si me estoy imaginando bien lo que me quieres decir.

—Seguro que sí.

—¿No me das más datos'7

—Todos —me eché a reír ante semejante rotundidad, y mi risa pareció gustarle—. Estoy dispuesto a darte todos los datos del mundo, pero antes tendrás que venir a recoger las fotos, de todas formas.

—¿Aunque sean lo de menos9

—Precisamente porque son lo de menos… —hizo una pausa e imprimió a su voz un acento más convencionalmente seductor—. Me gusta hacer las cosas en orden. Soy un hombre muy metódico, ya sabes…

—Muy bien —reí de nuevo—. Pues tú dirás…

—Llámame el jueves por la mañana —estábamos a martes, no podré olvidarlo nunca—. y te invitaré formalmente a tomar una copa por la tarde. El teléfono de mi estudio ya lo tienes, ¿verdad?

—Sabes perfectamente que no.

—¡Uy, no caigas en la tentación de sobrevalorarme! —protestó—. Yo casi nunca sé nada de nada.

Entonces me dio el número, y nos despedimos como lo harían dos viejos amantes, sin palabras de más, ni de menos, en un tono cálido, risueño, nada solemne, que parecía descartar por sí mismo cualquier contratiempo, pero no pude apreciar entonces ninguno de estos matices porque, antes de que me diera tiempo a colgar, Ana estaba ya en la puerta exigiendo novedades.

—Ya está —resumí, con una sonrisa que no me cabía en la boca—. Hemos quedado pasado mañana.

—¿Sí? ¡Qué envidia, tía!

—¡Anda ya!

—Que sí, de verdad… —suspiró—. Un rollo primaveral en pleno invierno siempre es una cosa estupenda —entonces se detuvo un instante para mirarme de reojo—, si lo aguantas, claro está.

—¿A qué te refieres con lo de aguantar?

—No lo sé, Rosa, pero antes, cuando te has ido, me he quedado pensando y, la verdad… — parecía repentinamente preocupada por algo, pero yo no alcanzaba a imaginar la razón—. A lo mejor me he pasado, ¿no? Al fin y al cabo, tú estás casada, tienes dos hijos, yo qué sé… Debe ser que llevo tantos años viviendo sola que me cuesta trabajo ver las cosas de otra manera, pero no me gustaría que pensaras que disfruto metiendo en líos a los demás, porque no es eso, yo solo…

—¡Ana, por favor! —la miré a los ojos para subrayar el encendido asombro de mi protesta—. ¿Cómo puedes pensar así de mí? No necesito que me des ninguna explicación. Ya soy mayorcita, ¿sabes? Si no me apeteciera volver a ver a Nacho no te hubiese dejado llamarle por teléfono, y todo lo demás es asunto mío. Él está separado, así que…

—¿Separado? —ahora era ella la sorprendida—. ¿En serio? No me había enterado.

Hasta aquel momento aún no había juzgado necesario pararme a pensar en serio sobre el papel que mejor le sentaría a Nacho Huertas en el reparto de mi vida, y sin embargo, las palabras de Ana actuaron como un disolvente capaz de abrir un agujero en el suelo, justo debajo de mis pies.

—Bueno —continué, apretando firmemente los tacones contra la moqueta—, por lo menos, eso fue lo que me dijo él.

—Ya —dijo solamente—, puede ser…

No quiso añadir nada más y yo me atreví a terminar la frase por ella.

—Pero tú no te lo crees, ¿verdad?

—Pues… Sinceramente, Rosa —me miró de tal forma que a partir de entonces podría haberse ahorrado el cuidado con el que escogía cada palabra—, me imagino que ya te habrás dado cuenta de qué tipo de hombre es Nacho. Muy listo, muy guapo, muy divertido, muy mujeriego… Para tener una aventura tonta, así, sin consecuencias, pues… no hay un tío mejor, eso desde luego. Y en un momento dado supongo que sería capaz de decirte cualquier cosa, pero no creo que te convenga tomártelo muy en serio…

Aunque en teoría yo misma estaba de acuerdo en aquella inconveniencia, la verdad es que la última observación de Ana no me sentó demasiado bien, pero ni su previsible escepticismo ni mi sorprendente reacción llegaron a interesarme más allá de un par de minutos, porque cuarenta y ocho horas son muy pocas cuando se pretende rozar la perfección, y yo, después de haber fantaseado durante tanto tiempo con el perfil ideal de un amante imaginario, no estaba dispuesta ahora a conformarme con menos. Pero la vida, o el azar, o el destino, perpetuos recursos contra la arbitraria incertidumbre de cada día entre los que algunos se empeñan en incluir a Dios, se resisten a jugar limpio, y a veces urden trampas más complejas, pegajosos encajes de hilos invisibles, abismos camuflados en los huecos de los ascensores, esperanzas que se desvanecen al simple contacto con el aire contaminado de las ciudades modernas, y así, ni el martes, mientras me encerraba en mi dormitorio para escoger la ropa que mejor me sentaba, ni el miércoles, mientras iba a la peluquería y me pintaba las uñas a la francesa, ni el jueves, mientras saltaba de la cama media hora antes para arreglarme, por si no me daba tiempo a volver a casa después del trabajo, quise distraer un solo minuto para meditar sobre las consecuencias de lo que estaba a punto de ocurrir, y sin embargo, la voz de Nacho Huertas en el contestador automático, a las once de la mañana del día acordado, inauguró precisamente el tiempo de pensar.

Cuando colgué el teléfono, después de haber dejado un mensaje tan largo, tan torpe e inconexo como me consintió el propio aparato antes de pitar, me dije a mí misma que no había ningún motivo para alarmarse. Habrá salido un momento a la calle, me expliqué, echando mano de toda la capacidad de convicción que pude reunir, a comprar el periódico, o a lo mejor todavía no ha llegado, porque tenía que ir antes a otro sitio, o… Acepté de buena fe mis propias explicaciones y me propuse esperar una hora entera antes de intentarlo de nuevo, algo así como esconder una carta en la manga mientras se hace un solitario, porque en realidad no buscaba serenarme, sino concederle un margen más que suficiente para que devolviera mi llamada. A las doce, sin embargo, ni me había llamado él, ni me había llamado nadie, un insólito prodigio que me animó a sospechar que nuestra sofisticada centralita automática se habría estropeado o que las líneas estarían sobrecargadas, pero no tuve suerte, porque conecté a la primera con el mostrador de recepción, y allí fui implacablemente informada de que los teléfonos funcionaban tan bien como siempre. Cinco minutos, decidí entonces, cinco minutos más, y vuelvo a llamar. Todavía no había expirado el tercero cuando el eco del primer timbrazo comunicó de golpe todos los compartimentos de mi corazón, que amenazaba seriamente con reventar mientras yo contaba tres pitidos por pura superstición. El fenómeno cesó tan repentinamente como había nacido, porque al otro lado me tropecé con Néstor Paniagua, buenísima persona pero pesadísimo corrector de pruebas que no había encontrado mejor momento para consultarme una lista de, por lo menos, tres docenas de dudas. Me lo quité de encima como pude y, sin llegar a colgar del todo, marqué de nuevo un número que ya me sabía de memoria, diciéndome que, al fin y al cabo, mucha gente no escucha los mensajes del contestador inmediatamente, y que a mí misma, por ejemplo, me da mucha pereza. El segundo mensaje fue más breve que el primero, aunque agoté igualmente el fragmento de cinta que tenía asignado, esperando en silencio ya no sabía muy bien qué. Eran las doce y veinticinco y aún resistía, aunque los voluntariosos argumentos que oponía a la realidad para justificar a Nacho ante mí misma alternaban ya, peligrosamente, con ciertos indicios de lo que podría desembocar en un

derrumbamiento completo. Entonces, el teléfono resucitó de repente, y atendí tres llamadas seguidas, la primera del encargado de una fotomecánica a la que no había llegado todavía el mensajero que les había enviado a las nueve de la mañana, la segunda de un redactor que quería saber qué criterio utilizábamos para traducir los nombres comunes asociados a los propios de los accidentes geográficos—valle del Roncal, por ejemplo, me dijo, ¿cómo escribís la palabra «valle», con mayúscula o con minúscula?— y la tercera de Fran, convocándome a su despacho para discutir la previsión del cuarto tomo, en el que empezábamos a acumular un retraso ligeramente preocupante. Permanecí un par de minutos sentada en la silla, sin mover un músculo, conjurando aquel silencio que estaba volviéndome loca, y aunque triunfé sobre mí misma al levantarme sin tocar siquiera el auricular, no logré pasar al lado de Adela —la secretaria que comparto con Ana—, sin rogarle que contestara a mi teléfono, para explicarle después, con muchos más detalles de los imprescindibles, que estaba esperando una llamada muy importante de un fotógrafo llamado Nacho Huertas, y que debería pasarme inmediatamente esa llamada, pero sólo ésa. al despacho de Fran. Allí, sin embargo, no llegó a interrumpirnos ruido alguno. Mi jefa me preguntó un par de veces si me ocurría algo, y cuando, después de negar por segunda vez, me vi obligada a indagar en los motivos de su curiosidad, me dijo que desde hacía un rato tenía la impresión de estar hablando sola. Salí del paso contándole que no había dormido muy bien la noche anterior, lo cual era rigurosamente cierto, y entonces miró el reloj, me anunció que eran ya las dos y media, y decidió que lo que más nos convenía era irnos a comer para seguir por la tarde. Agradecí la interrupción, porque mi cabeza parecía ya una olla exprés a punto de reventar, y me fui corriendo a mi despacho con el pretexto de coger un tíquet con el que pagarme la comida, aunque ella me había ofrecido uno de los suyos. Adela no me dijo más que lo que ya sabía, no me había llamado nadie pero, esta vez sin pensarlo siquiera, llamé al estudio de Nacho por tercera vez, y por tercera vez me estrellé con el silencio mecánico de su contestador, al que opuse esta vez un tono despreocupado y amable, como si antes no hubiera marcado nunca aquel número. Esta especie de improvisada, alegre confianza, duró lo mismo que la comida, en la que hablé por los codos y celebré cada chiste durante un par de segundos más de lo que su calidad merecía, mientras me reprochaba por dentro mi ridícula impaciencia, advirtiéndome que Nacho había quedado conmigo por la tarde, por la tarde y no por la mañana, y que por tanto, no había pasado nada todavía. Cuando volví a mi despacho, después de la reunión con Fran, Adela se me adelantó para informarme de que no había llamado ningún fotógrafo. A las cuatro y media dejé un mensaje seco, y no ocurrió nada. A las cinco y media volví a llamar, pero no llegué a despegar los labios. A las seis termina mi horario laboral. Permanecí inmóvil, como soldada a la silla, todavía media hora más, antes de advertirme que aquella llamada sena la última, y sin embargo, al llegar a casa, a las siete y cuarto, aún lo intenté otra vez, a la desesperada. Luego me desmoroné sobre el respaldo del sillón y cerré los ojos.

Intentaba sentir lo que siente una piedra, o un alga marina, o una diminuta oruga ciega con muchas patas, no aspiraba a más que eso porque sabía que cualquier otra cosa sería peor, y sin embargo, la tarde se me complicó tanto como se le pueda complicar a un ser humano.

—¡Qué guapa estás, mami! —Mi hijo Ignacio me miraba con la boca abierta desde el centro del salón—. Pareces una de esas chicas que salen en la tele…

Llevaba un vestido morado de terciopelo elástico, muy corto y muy ceñido, encima de uno de esos bodys sencillamente milagrosos que comprimen las caderas sin dejar marca, un artificio modesto pero eficaz, incentivado por el diseño de unos pantis de licra modelo una–talla–menos y la considerable altura de los tacones de mis mejores zapatos de piel negra. Mi melena aún se plegaba, con milimétrica obediencia, al severísimo plan que le había sido impuesto veinticuatro horas antes por el cepillo de mi peluquera, y la hilera de perlas y amatistas que se alternaban, falsas todas ellas por igual, alrededor de mi garganta desnuda, resplandecían sobre el amplio escote de barco con la misma avidez que me había deslumbrado aquella misma mañana. Suponiendo que mi maquillaje estaba mucho menos maltrecho que mi alma, tendí los brazos hacia mi hijo sin decir nada, y él, poco propenso ya a mis ofensivas de besos y abrazos, se lo pensó un momento antes de tomar

impulso para venir a estrellarse alegremente contra mi cuerpo, pero su paciencia se agotó mucho antes de lo que yo pretendía. Zafándose con un par de gestos expertos de la no menos experta llave con la que le mantenía inmovilizado, su cabeza encajada en la curva de mi cuello, se revolvió sobre el estrecho margen de mi falda y me miró con asombro.

—Estás llorando, mamá… —dijo, en su acento la fría curiosidad que habría empleado para anunciar que la cola de la lagartija a la que acababa de partir en dos seguía moviéndose sola, y luego, como siempre, preguntó—, ¿por qué?

—Porque te quiero —contesté, con una voz húmeda y viscosa que apenas podía reconocer.

—Pero eso no es de llorar… —protestó.

—A veces sí —insistí, y él se detuvo a reflexionar antes de asentir con la cabeza.

—Vale.

Entonces se levantó y se fue.

Yo me quedé pensando si existirían palabras para explicar a un niño de nueve años que, a pesar de lo que me enseñaron cuando tenía su edad, ni todos los hombres son iguales, ni todos van siempre detrás de lo mismo, y que yo lo sabía bien porque uno de ellos me acababa de rechazar precisamente ese día en que estaba tan guapa como una de esas chicas que salen en la tele.

Quizás los humildes ingredientes de aquel tosco razonamiento de urgencia puedan explicar mejor lo que sucedió que los propios hechos. porque el golpe más duro, el matiz más difícil de aceptar en toda la caótica trayectoria que Nacho Huertas llegó a proyectar en mi vida fue precisamente ése, la naturaleza ilógica, imprevisible, de su rechazo, una clave capaz de sostenerme con idéntico vigor en la obsesión y en el desconcierto, una copa más amarga que la hiel que llegó a contener nunca, porque en su fondo todavía sedimentan los posos de todos los fracasos que lograron hundirme antes.

Y sé bien que no hay excusa que valga, pero también estoy casi segura de que nadie, en mis circunstancias—género, edad, nacionalidad, y la moraleja de los cuentos que me contaron de pequeña—, habría encontrado la manera de encajar sin daño un desprecio semejante, sobre todo porque entonces, cuando Nacho se encarnó por primera vez en su propia ausencia grabada en la cinta del contestador, yo sólo pensaba en él como en el hombre que había querido ser en Suiza, un amante ocasional, un figurante oportuno, un recurso eficaz contra el implacable proceso de solidificación de la capa de aburrimiento que barnizaba mi vida, y tal vez, si aquel jueves hubiera contestado al teléfono, todo se habría quedado en eso, y eso en nada, porque no existe riesgo más mortal para un deseo que su ejecución inmediata, un axioma tan reversible como una gabardina de buena calidad, porque no existe incentivo mayor para un deseo que su inmediata frustración, ni frustración mayor que aquella cuyos motivos no se comprenden. Si se tratara de amor, todo habría sido distinto pero, al cabo, aquello sólo era sexo, y al rechazarme, Nacho no había rechazado otra cosa que mi cuerpo o, definiendo con mayor precisión, eso que ningún hombre rechaza jamás, un polvo fácil. Paradójicamente, eso era lo peor, porque algo más que estupor, un sonrojo emparentado con la vergüenza estricta, primaria, de las adolescentes que asisten a una fiesta para permanecer durante horas sentadas en la misma silla sin que nadie las saque a bailar, se sumaba a la decepción para provocar un abatimiento completo. Y había más. Nunca me había sentido tan poca cosa, pero mi propia nimiedad palidecía ante una novedad más cruel. Supongo que a todo el mundo le pasa, antes o después, y que deben de existir miles de razones capaces de sustentar un descubrimiento tan atroz, pero yo le debo, además, a Nacho Huertas el primer indicio de mi propia vejez, porque es difícil recordar que los jóvenes también sufren por despecho cuando te rechazan al borde de los treinta y cinco aunque te gastes la mitad de tu sueldo en cremas. Y quizás esto no hable muy bien de mí, pero lo cierto es que enterré a la irresistible cantante pop que fui una vez con un dolor inmenso, una aterradora sensación de vacío. Después, me propuse despedir bruscamente cualquier duelo, y comencé a reconstruir mis pedazos con el poco amor que me quedaba hacia mí misma y toda la

paciencia que me pude imponer. Lo habría conseguido antes de lo que esperaba si una mañana cualquiera, más de tres meses después de aquel primer fracaso, cuando ya había logrado extirpar el eco de su voz de mi cabeza —esa docena escasa de palabras grabadas que resonaron como una maldición entre mis sienes durante muchas semanas—, no hubiera recibido un sobre acolchado de papel marrón, sin ningún remite, mi nombre escrito con letras de molde bajo una pegatina impresa en dos colores —FOTOGRAFÍAS ¡NO DOBLAR!—, entre la correspondencia que Adela posó sobre mi mesa con la indiferencia de todos los días.

Más tarde, cuando empecé a perseguir los esquivos favores del destino, cortejando una realidad no sólo más amable, sino también más coherente consigo misma que el intrincado laberinto que dibujaban mis días, intenté convencerme muchas veces de que aquel sobre había sido la primera señal, la advertencia más temprana, porque no tenía remite, ningún detalle especial, y sin embargo, y a pesar de que recibo envíos de fotógrafos todos los días, mi corazón pareció reconocerlo, tan desenfrenadamente rompió a latir dentro de mi pecho, y mis dedos quisieron abrirlo antes que ninguna otra carta para sostener después mi propia sonrisa congelada, una mirada tan luminosa como el recuerdo del mejor verano ante la estampa convencionalmente invernal de una hilera de casitas de cuento. Seguí adelante para encontrarme de nuevo en una plaza, y después junto al pretil de un puente, el lago al fondo, y sentada a la mesa de un café, al lado de la ventana y, por fin, con él, delante de la puerta de un teatro, apoyados en una estatua, en un parque. Recordaba a los improvisados autores de casi todas aquellas fotos, el botones del hotel, un camarero de uno de los bares de la plaza principal de la ciudad, un turista italiano que nos encontramos por casualidad, iba reconociendo cada imagen, calculando el día en que fue tomada, la hora y la intensidad del frío que había soportado en cada pose cuando, de repente, justo detrás del retrato más inocente, un soleado primer plano de mi cabeza recortándose en el fondo de un cielo inesperadamente azul, contemplé una fotografía tan asombrosa que el mazo entero se me cayó de las manos, desparramándose sobre mi falda. En una penumbra tan equilibrada como si fuera obra de una minuciosa iluminación de estudio, una mujer desnuda dormía boca abajo en una cama deshecha. Este último detalle me hizo dudar, porque yo soy incapaz de adormecerme siquiera con el vientre aL descubierto y siempre, hasta en las más irrespirables noches de agosto, me las arreglo para taparme a medias con una sábana, pero él debía de haberme despojado de ella con dedos sigilosos, porque en la segunda foto de la serie, un plano mucho más corto, reconocí mi rostro sin ninguna duda. En la tercera, la cámara estaba situada exactamente a mis espaldas, y sólo se distinguía una melena revuelta en el extremo de un cuerpo mucho más hermoso que el que yo habría jurado poseer. Tal vez por eso, o por la oscura emoción que crecía como un sabor repentino y dulcísimo dentro de mi garganta, mis labios empezaron a temblar, y una lágrima densa y redonda se detuvo un instante entre las pestañas de mi ojo derecho. Su rastro ya se había secado cuando encontré una nota autoadhesiva escrita a mano sobre la última foto del paquete, un puro anuncio de Kodak, Nacho y yo riéndonos juntos al lado de un puesto de flores donde tuvimos que comprar un ramo de dalias enanas para convencer a la florista, una mujer extrañamente sombría, muy antipática, de que pulsara el botón de la cámara. Me alegro de que hayas llegado hasta aquí, leí, tengo muchas ganas de verte, llámame, y debajo su nombre de pila sin rúbrica alguna, Nacho.

Aquella vez sí contestó al teléfono, y aunque yo ya había decidido ahorrarme la aplazada humillación de pedirle explicaciones, insistió en justificar su primera espantada con la más elaborada de las disculpas, un encargo repentino, un larguísimo viaje, nervios de último momento, siempre había tenido intención de avisarme pero lo había ido dejando para el final y justo entonces se le olvidó, para volver a acordarse de mí sólo a bordo de un Jumbo que volaba a Ecuador vía Miami. Luego, me dio vergüenza llamarte, dijo por fin, en un tono tan aparentemente sincero, tan desprovisto de cualquier artificio, que disolvió todos mis buenos propósitos, el cansancio que sentí ante la posibilidad de empezar de nuevo una historia que ya había dado por enterrada, la disciplina con la que acepté el plazo de tres días que me había impuesto antes de marcar de nuevo aquel número odioso, la infinita cautela con la que volví a pronunciar su nombre, todo se deshizo en un

momento, y es cierto que ya no me esforcé por parecerle irresistible, que acudí a la cita con la ropa corriente de un día de trabajo y una simple raya negra en los ojos, que mientras empujaba la puerta del bar en el que habíamos quedado sentía sobre mis hombros el abrumador peso de una experiencia que aún no había empezado a padecer del todo, como si llevara toda la vida esperándole en vano, registrando sus ausencias con la ociosa caligrafía inglesa de una señorita soltera de otros tiempos, pero él estaba allí, estaba allí, y me llevaba la ventaja de una serenidad no fingida.

Cuando llegué a su lado no supe muy bien qué hacer, cómo saludarle, pero él se acercó y me besó en los labios con mucha naturalidad, ejecutando limpiamente la primera escena de un guión bien aprendido, quizás hasta rutinario, pero al hacerlo, me permitió recuperar su olor, y ese detalle fue para mí un gesto más valioso que cualquier saludo. Luego, mientras me contaba episodios de su viaje a Ecuador con el acento despreocupado, divertido de puro frívolo, que ya conocía, me dediqué a mirarle despacio, anotando los rasgos de su rostro que mejor habían esquivado a mi memoria, y apenas hablé para reírle las gracias o comentar sus afirmaciones con monosílabos, absorta en la tarea de demostrarme cuánto me gustaba, hasta qué punto justificaba cualquier dosis de inquietud, cómo merecía la pena haber esperado tanto para escuchar aquella pregunta que atenuó de golpe la iluminación del bar, y nos acercó más aunque permaneciéramos a la misma distancia que antes, y penetró en mis oídos como la promesa de un final jubiloso e inminente.

—¿Te gustaron las fotos? —preguntó primero, como un inevitable e inocente preámbulo.

—Sí —contesté, presintiendo con certeza la etapa sucesiva—. Mucho.

—¿Todas las fotos? —insistió, y yo me eché a reír como se ríen los niños pequeños, y mi cuerpo entero pareció ablandarse, encogerse, sucumbir al peso imaginario de mi risa.

—Sobre todo ésas —admití, y él debió de juzgar que ya no hacía falta esperar más, pero aún añadió algo antes de abalanzarse sobre mí con el bendito afán de devorarme.

—Cuánto me alegro… —llegué a escuchar antes de dejar de oír nada, de ver nada, de saber nada, sus manos desmenuzando mi razón, sus labios bebiéndose mi conciencia, su lengua colonizando la inmensa cavidad que era mi cuerpo, sus sentidos absorbiendo los míos hasta que no quedó nada en mí que fuera yo, excepto el impulso que había decretado esa implacable rendición masiva.

Cuando salimos de aquel bar, me aturdió la belleza de una calle vulgar. Cuando llegamos a aquel portal, me asombró la brevedad de un paseo tan largo. Cuando encendió la luz de su estudio, me admiré de la amplitud de treinta metros escasos. Cuando me condujo hasta la cama disimulada detrás de medio tabique, me deslumbró la intimidad lograda en un hueco tan pequeño. Cuando sus dedos se posaron sobre mi piel desnuda, me maravillé de que se dirigieran a mis pechos sin dudar. Cuando me penetró, me estremecí sólo porque él hubiera decidido hacerlo. Cuando me dio la vuelta, le pedí que no fuera impaciente, y él me contestó, no soy impaciente, amor mío.

Luego me recosté sobre su cuerpo y me advertí a mí misma que cada segundo de aquella noche sería el más hondo y afortunado de mi vida, y que debía fijarlo escrupulosamente en mi memoria para poder recuperarlo después. Todavía ignoraba hasta qué punto esa tarea gozosa llegaría a pesarme como la maldición que gobernaría sin piedad días y noches, semanas y meses, años enteros de mi vida perdidos en la obsesiva reconstrucción de una misma e infinita secuencia, la repetición monótona, tenaz, de cada movimiento que hicimos, cada palabra que dijimos, cada gesto, por nimio que fuera, que cada uno de nosotros pudiera haber llegado a esbozar en cada instante concreto, mi imaginación convertida en el burro ciego que mueve agónicamente la rueda de una enorme noria, encadenada por mi voluntad más propia y más ajena a la tarea de rastrear sin pausa en cualquier parte, una grieta, un signo, una palabra o un símbolo capaz de explicarme lo que pasó después. Pero cuando me despedí de Nacho estaba segura de haber llegado a alguna parte, y jamás habría sospechado que una vez llegaría a sorprenderme la luz tenue, casi mortecina, que alumbra en mi memoria aquella noche que iba a ser la única noche, aquellas horas que iban a ser las últimas horas y ahora en cambio resultan una especie de versión descolorida del radiante recuerdo de los días de Lucerna, días que resplandecen aún con el brillo de las estrellas recién nacidas cuando tengo la debilidad de evocarlos.

No lo podía saber cuando cogí aquel taxi que me llevó a casa. El conductor llevaba la radio encendida, iba escuchando uno de esos pintorescos programas de madrugada en los que la gente llama por teléfono para contar su vida, lo primero que se les pasa por la cabeza o todo lo contrario, y yo no podía pensar en otra cosa que en la historia que acababa de contarme. No lo podía saber cuando entré en casa de puntillas, y me desnudé sin hacer ruido, mirando cada objeto, cada mueble, como si fuera la última vez que lo contemplaba. No lo podía saber cuando me metí en la cama sonriendo, y oí los ronquidos de Ignacio sin escucharlos, y recordé como algo muy lejano mi propia, previa desesperación de tantas noches de insomnio en la compañía de aquel estruendo arrítmico, polifónico, más digno de La Cosa que de aquel extraño que roncaba, un hombre del que lo sabía todo, desde la marca de sus calcetines favoritos hasta el segundo apellido de sus abuelas, y al que sin embargo ya no reconocía, como si estuviera roncando a mi lado por puro azar.

No podía saber a qué horrible especie de soledad me encaminaba, porque Nacho me había llamado amor mío, y eso era lo único que yo quería saber.

Los bares de los hoteles de lujo son mis favoritos.

Nadie sospecha de una mujer sola que se toma tranquilamente una copa en una mesa discreta del bar de un hotel muy caro. En los hoteles baratos, no sé por qué, el efecto es diferente, como si las ejecutivas en viaje de negocios, las parientes lejanas que acuden a una boda, las funcionarías de provincias que se presentan a una oposición en la capital, o cualquier otra categoría de huésped contemporánea en la que me hayan clasificado por error alguna vez, solamente se animaran a aventurarse más allá del vestíbulo al sentir sobre su cabeza el relampagueante destello de la luz que viaja sin pausa entre las lujosas lágrimas de una araña de cristal, y una alfombra de tres dedos de grueso bajo sus tacones. En el bar de un hotel barato, una mujer sola, no sé por qué. inspira incluso en quienes la contemplan una ambigua punzada de compasión, como si su soledad nunca fuera accidental, ni escogida, ni transitoria, y desvelara a cambio, aun sin proponérselo, la huella de una tragedia reciente. En los hoteles baratos, todas las mujeres solas parecen viudas de un viajante, o huérfanas de un sargento, o amantes clandestinas y abnegadas de un hombre sin corazón.

Los bares de copas son menos solidarios y tal vez, y justo por eso, mucho más amables, aunque no estoy muy segura de que las bebedoras sin pareja lleguen a apreciar de corazón sus intenciones, porque el contacto con el aire azulado de humo y desteñido de sudor amontonado de cualquier local de moda, convierte instantáneamente a la más desvalida de las viajeras solitarias en lo que mi abuela, mi tía y mi madre solían definir con inapelable concisión en una sola palabra, buscona. Ahora ya nadie se atreve a utilizar esa etiqueta rancia y maloliente, un hechizo capaz de destejer el tiempo para evocar con instantánea precisión los días perdidos en un país sucio, tristísimo, que existió de verdad y sólo por eso sigue dando miedo, pero, a pesar de que ya no se reúnan aquellos espontáneos tribunales de matronas veladas que sentenciaban la desventura del prójimo en los pórticos de las iglesias, su espíritu aún no ha llegado a disolverse del todo. Aunque parezca mentira, los bares de copas son uno de sus últimos reductos. La información se procesa desde un punto de vista diferente, casi opuesto, eso es verdad, pero los resultados poseen un inquietante aire de familia con la mirada que las busconas recibían cuando aún conservaban ese nombre, y sin embargo, a veces pienso que quizás entonces mereciera la pena arriesgarse, porque la imagen de una mujer sola, bebiendo una copa detrás de otra en cualquier barra del Madrid de los años cuarenta, de los cincuenta, de los sesenta, evoca una clase de arrogancia que yo nunca me he podido permitir. Al margen de cualquier desafío, de cualquier consolador escándalo, los bares de copas de los años noventa tienen la dudosa virtud de desnudarme de cualquier disfraz para transparentar exactamente lo que soy, una mujer sola, que sale sola por no quedarse en casa, es decir, un habitante marginal del mundo que no inspira ya la condena de los protagonistas del reparto pero conserva íntegramente su bondadosa lástima y, lo que es peor, una especie de autómata obligado a desarrollar, aun al margen de su voluntad, el odioso don de convertir a cualquiera con quien se tropiece en un prototipo de ser superior. Más allá de todo esto se sitúa mi reputación, una inmaculada urna de la que, desde hace ya muchos años, lo único que me preocupa es su desoladora limpieza. En el otro extremo se alinean factores más sutiles. Los clientes de un bar de copas jamás piensan que una mujer sola pueda estar de paso en la ciudad, y así, sin una mínima dosis de misterio, sin la garantía de un anonimato que vaya más lejos de un nombre propio y dos apellidos, no sé divertirme, porque me cuesta demasiado trabajo encajar en el personaje que me haya inventado antes de salir de casa. Y luego están los hombres, esa masa inconcreta de desconocidos de la que siempre acaba destacándose un pesado dispuesto a conquistar a cualquier precio a la chica que está sola en una mesa, por muy horrorosa que pueda llegar a ser. Ya sé que nadie en el mundo estaría dispuesto a creerlo, pero ligar no es exactamente lo que me propongo.

Por eso me gustan los bares de los hoteles muy caros. Allí, los hombres que están solos suelen parecer cansados, pero nunca desesperados. Me gusta verlos circular entre las mesas, rastrear las huellas de un día agotador por las arrugas de una americana que apenas conserva en la tiesura de sus solapas el impecable apresto de las ocho de la mañana, anotar la pátina sudorosa y grasienta que demasiadas horas de lectura aplazada han acabado por imprimir en las esquinas de un periódico descompuesto ya, de tantas veces abierto y cerrado tan sólo en un instante, o medir el grado exacto de sinceridad de las sonrisas que cruzan con hombres tan parecidos a sí mismos que a veces tengo que pararme un momento a pensar a cuál de ellos estaba siguiendo yo con la mirada desde el principio. Sus colegas femeninas se cuidan más, pero de todas formas resulta fácil distinguirlas de las emperifolladas acompañantes de los trabajadores con corbata, que se suelen reunir con sus amantes o maridos —a menudo, la duda es un requisito puramente metódico— a la caída de la tarde, con el rostro a un tiempo radiante y relajado de quien acaba de rematar una siesta de cuatro horas con una sesión de compras en un centro comercial de lujo. Mi propia experiencia laboral me hace absolutamente implacable al menos en este punto: las detesto. En cambio, me conmueve registrar los esfuerzos de quienes, después de haber pasado diez horas trotando por la ciudad —de taxi en taxi, de reunión en reunión, de problema en problema—, se proponen acudir a la cita de la cena como unas señoras, más o menos lo que sus madres hubieran querido que fuesen a todas horas. Las ojeras y las bolsas se insinúan bajo el maquillaje en polvo por muy carísimo y de última generación que sea, los labios conservan intacta la tensión de la jornada a despecho de las mejores intenciones del rojo más fresco y más frutal, y la falta de sueño descuelga párpados y mejillas cuando toda la cara no presenta la uniforme hinchazón que delata los efectos de un éclat, esas ampollas de emergencia que prometen una tersura instantánea y consiguen casi siempre provocar en cualquier rostro una repentina inflamación que parece más bien síntoma de un colapso circulatorio. Y sin embargo, ninguno de estos indicios puede competir en eficacia con la señal que, como una indeleble marca de fábrica, identifica a una mujer trabajadora allí donde se encuentre, vinculándola en secreto con todos los restantes individuos de su especie repartidos por el mundo. El trabajo emancipa, esclaviza, eleva o degrada, pero siempre, e inexorablemente, dilata los tobillos de quien lo realiza. Los bares de los hoteles de lujo están repletos de mujeres que intentan descalzarse con disimulo, que colocan los pies de lado o los apoyan apenas sobre las plantas de los dedos para librarse del taladro de los tacones mientras están sentadas, que aprovechan el travesaño de las sillas para encajar sus zapatos en ellos, y que se atreven incluso, cuando ya no pueden más, a elevar las piernas para apoyar los talones en el canto de una columna, de un arcón, de cualquier mueble lateral y discreto. Yo las miro con cariño, pero se me parecen demasiado para convertirse en mis favoritas. Porque a pesar de que, en estos tiempos, los ejecutivos de cualquier género y categoría, con eventuales aportes de políticos y periodistas —cada vez más similares a los anteriores y más idénticos entre sí—, integren el capítulo principal de la clientela de los hoteles de lujo, los auténticos amos del mundo, los de verdad, los de toda la vida, todavía se dejan ver de vez en cuando.

Ellos, si son europeos, suelen hacer ostentación de una calculadísima sobriedad que se define nítidamente en la línea de sus trajes hechos a medida. Ellas adoran las perlas. Huyen de los peinados aparatosos como de la peste y, si son españolas, suelen recogerse el pelo, apenas cardado en la zona delantera, en un moño bajo, muy sencillo, desdeñando la melenita con mechas rubias de las burguesas con pretensiones. En general, llevan pocas joyas, pero siempre, en alguno de sus dedos, reluce un brillante ofensivo, de puro enorme, y aunque se resisten a hacer publicidad gratuita, contemplan ciertas proverbiales excepciones. Con las panteras de Cartier que pueblan sus inmaculadas solapas, sin ir más lejos, podría formarse una manada de tamaño regular. Por lo demás, cultivan de tal modo la elegancia en todos sus gestos que llegan a resultar aburridos. Los millonarios americanos, en cambio, saben dar espectáculo. Ellos, con toda la estridente vulgaridad que sugiere, aunque seguramente casi nunca sea cierto, que encontraron petróleo antesdeayer en el patio trasero de su casa, son las estrellas indiscutibles de esas noches de las que jamás hablo con

nadie. Y sin embargo, tampoco salgo de casa para mirarlos.

No me gusta lo que soy. No me gusta mi cara, ni mi cuerpo, ni mi historia, ni mi vida. Una vez, hace ya muchos años, la inexplicable deserción de Alejandra Escobar —una mujer de la que nunca he llegado a saber nada salvo su nombre, que había pagado por adelantado un viaje a Túnez, y que no se presentó en el correspondiente mostrador de Barajas a la hora acordada, pese a haber volado esa misma mañana de Sevilla a Madrid— me dio la oportunidad de irme de vacaciones con otro nombre, porque la guía del grupo, una belga medio tonta, se negó a comprender que alguien hubiera podido subirse a un avión en Sevilla, y luego, por más que en el apartado «destino» de su billete se leyera claramente «Túnez», hubiera decidido quedarse en Madrid. Se lo expliqué una vez y, quizás para disimular que su dominio del castellano distaba mucho del que prometían los folletos, asintió vigorosamente con la cabeza como si me hubiera entendido pero, aunque pasé el control de pasaportes con mi propio nombre, ella siguió llamándome Alejandra porque había tachado ya al pasajero María Luisa Robles Díaz de su lista, y no hubo manera de hacerla rectificar. Al llegar a Hammamet, casi lamentaba ya que aquel malentendido tuviera que deshacerse, porque en el autobús, mientras miraba de reojo a mis compañeros de trayecto para intentar hacerme una idea de la clase de amistades a la que podría aspirar en los siguientes quince días, se me había ocurrido que tal vez a Alejandra Escobar le fueran las cosas mejor que a mí, y que no estaría mal usar su nombre como amuleto. Cuando me di cuenta de que en aquella especie de campamento de lujo para adultos no me iban a pedir la documentación, porque dentro del recinto no había otra ley que la lista de nuestra guía belga, recogí, junto con las llaves de mi bungalow, una nueva identidad que asumí sin el menor resquicio de inquietud.

Alejandra Escobar me dio suerte, y por eso no me he atrevido a abandonarla todavía. Su nombre reposa en una esquina de mi memoria como un abrigo de pieles suave y lujoso, enfundado con mimo en los primeros días de mayo y colgado en el rincón más fresco del armario a la espera del regreso del invierno. Y cuando cualquier invierno acecha, igual que haría con ese abrigo que no he tenido nunca, lo rescato de la oscuridad, le quito el polvo con mucho cuidado, me lo pongo, y noto enseguida el bienestar de su compañía, una oleada de aire cálido y seco que me devuelve a un verano de días mejores. Entonces, Alejandra Escobar vuelve a salir de mi casa una noche sintiéndose tan segura de sí misma como María Luisa Robles Díaz no se ha sentido jamás, y escoge uno de los grandes hoteles del centro con la naturalidad de quien no ha llegado a conocer un mundo diferente, y taconea con aplomo, casi con gracia, al pasar junto al portero uniformado en dirección al imponente vestíbulo, y cuando la música de cámara se esponja ya dulcemente en sus oídos, se detiene un instante para mirar a su alrededor y, sin equivocarse nunca, elige la mejor mesa, discreta y con buenas vistas. Alejandra Escobar bebe whisky escocés con hielo y un poco de agua, y fuma de vez en cuando un cigarrillo rubio sin tragarse el humo, porque descubrió enseguida que dejar pasar el tiempo resulta más fácil con las manos ocupadas.

Sé que no debería hacerlo. Sé que es una estupidez, y a veces pienso que hasta algo peor, un vicio dañino, un juego peligroso. Pero no me gusta lo que soy, no me gusta mi cara, ni mi cuerpo, ni mi historia, ni mi vida, y Alejandra es como un hada madrina, mi único recurso, la única salida por donde escapar, aunque sea durante un par de horas, de la rutina tediosa y exasperantemente lenta de los días de plomo, que tardan una eternidad en reunirse con los que se fundieron antes en el mar plano de metal que es mi memoria. Y mientras estoy sentada ante una mesa discreta del bar de un hotel de lujo, contemplando a toda esa gente que parece vivir una vida de verdad, mientras registro sus gestos, sus hábitos, esos pequeños ritos sin importancia que por un instante llegan a envolverme a mí también, contagiándome de su propia velocidad, de su propio y frenético ritmo, ya no soy una mujer sola que sale sola por no quedarse en casa, sin más propósito aparente que la confección de un exhaustivo catálogo de la clientela de los bares de Madrid, sino una criatura muy distinta, Alejandra Escobar, una mujer de mundo que mira el reloj cada pocos minutos porque ha quedado con alguien que incomprensiblemente no va a aparecer, o apoya durante un instante las yemas del pulgar y el índice de su mano derecha sobre las comisuras de sus párpados cerrados, para informar a

quien la esté mirando de que es una ejecutiva con muchas responsabilidades que disfruta de una copa a solas para relajarse tras un día de trabajo agotador.

Aunque rara vez tenga ocasión de contársela a alguien, Alejandra siempre arrastra una intensa historia personal. Algunas noches está soltera y otras casada, pero también ha estado separada, e incluso viuda, y tiene un hijo único, o un par de hijas, o ha renunciado a la descendencia en pos de una brillantísima trayectoria profesional. Los detalles están siempre en función de mi humor, de la racha que esté atravesando cuando decido resucitarla, porque no siempre me salva del hastío o de la tristeza. A veces recurro a ella por puro aburrimiento, cuando ya ni siquiera me apetece conectarme a Internet. Es tan inagotable, tan poderosa, que ha sobrevivido a todos mis cambios de fortuna. La arrolladora irrupción de la informática en mi vida, sin ir más lejos, la consagró definitivamente.

Por supuesto, cuando Ramón me tendió por sorpresa aquel billete de avión, nunca jamás había asistido a ninguna convención de la empresa. Las teclistas de fotocomposición apenas teníamos una vaga noción de aquellas multitudinarias reuniones, concebidas en teoría para poner en contacto a los editores, que allí mostraban los proyectos en los que habían trabajado durante el último año, con los distribuidores, que tendrían que promocionar y vender esos mismos productos durante el año siguiente, y que, en la práctica, se habían convertido en una complejísima representación de la propia vida de todos ellos, como una especie de termómetro simbólico, pero infalible, que medía sin compasión el grado de éxito y de fracaso de cada aspirante a un presupuesto propio. En los primeros días de septiembre, los pasillos se poblaban de rostros cenicientos, cejas demasiado rotundas, que parecían pintadas con carboncillo, sobre ojos alarmantemente hundidos, y mejillas tan demacradas como si estuvieran condenadas a devorarse a sí mismas, un espejo de la desolación que, de tanto en tanto, se oscurecía por completo al cruzarse ante cualquier despacho con algún despiadado portador de la luz más cegadora, el rostro sonrosado y terso, las mejillas ruborosas, y una sonrisa espontánea, maravillada de sí misma, todo el improvisado candor de una infancia recuperada de golpe, por obra y gracia del consejo de administración. Ambas categorías de notables, los príncipes depuestos y los por deponer, tan íntimamente imbricados como la voz y su eco, se alternaban durante algún tiempo sin conciencia alguna de estar representando un espectáculo fascinante para los trabajadores corrientes, los que no aspirábamos a la menor migaja de poder pero, a cambio, durante un par de semanas al año, teníamos el privilegio de divertirnos en el trabajo más que en el cine, A resguardo de cualquier tormenta, tan por encima de los ejecutivos convocados en la campaña anterior pero con los que no se contaba en el año en curso, como de quienes, habiendo estado ausentes doce meses antes, habían sido invitados a participar esta vez, estaban los imprescindibles, participantes de todas las convenciones pasadas y futuras, como Fran y sus hermanos. El irresistible progreso de la autoedición obró el milagro de situarnos a Ramón y a mí misma en este último grupo durante algún tiempo, mientras los jefes supremos aprendían a superar un miedo innato, reverencial, por cualquier máquina que no fuera una fotocopiadora a pesar de parecerlo, y que hizo de nosotros algo parecido a los hechiceros de una tribu primitiva antes de devolvernos, al extinguirse, a nuestra previa y confortable condición de técnicos que no toman decisiones sobre la línea editorial.

La primera convención a la que asistí se celebró en Barcelona, ciudad que estará asociada para siempre en mi memoria con cierta clase de revelaciones que tienen menos que ver con el asombro que puedan llegar a provocar que con el escepticismo que siembran en quien las padece. Representante escasamente original de la primera generación de españoles abocada por fin a viajar con naturalidad por el extranjero —una condición muy incentivada por mis circunstancias de soltera con sueldo propio y carga familiar agobiante, mi madre, de la que escapaba apenas dos semanas al año en las que intentaba llegar lo más lejos posible—, apenas conocía la ciudad, en la que había estado de paso en tres ocasiones, dos de las cuales no me llevaron más allá de la zona de tránsito del aeropuerto. A los treinta y seis años, por tanto, después de haber llegado hasta Bali, y cuando ya conocía Londres tan bien que podía recorrerlo en metro sin consultar ningún plano, descubrí que Barcelona es, en primer lugar, una ciudad bastante pequeña, y además muy bonita, preciosa, pero con cierto aire de joyero de dama noble venida a menos, una conciencia de sí misma tan

exageradamente alerta de! menor daño que pueda traer consigo el paso del tiempo, que barniza el ajetreo de la vida cotidiana con un afán de solemnidad más cercano a la precariedad de cualquier recinto monumental de provincias que a la soberbia de las grandes ciudades de verdad, complicadas maquetas a escala del propio mundo donde el futuro tiene tanta prisa que nunca sobra tiempo para mirarse el ombligo, y es tan cierto que no tiene ningún sentido intentar amarrarlo con el garfio de las obras públicas. Hija del caos organizado y magnífico de un laberinto que encierra docenas de ciudades posibles, me sometí con instinto de turista al pintoresco narcisismo de mis anfitriones, y dejé escapar todas las exclamaciones admirativas de rigor mientras detectaba con creciente asombro cómo el histórico complejo de inferioridad de una madrileña de Chamberí, puede transformarse en una inesperada conciencia de distancia, un sentimiento muy semejante a la superioridad, en el inocente trayecto de un recorrido panorámico. Decidí guardar para mí las consecuencias de este descubrimiento, pero algún cabo suelto debió de aflorar a la superficie porque, ante la fachada de una vieja estación, yo, que jamás, en ningún otro momento de mi vida, me habría atrevido a desatar una polémica tan previsible, no pude reprimir los ecos de mi memoria, y recordé una vehemente y caducada sentencia, aquel apasionado juicio que nunca llegué a escuchar de los labios de mi abuelo Anselmo, aunque la mujer a la que abandonó muchos años antes de dejarla viuda solía citarlo, sin saltarse una coma, siempre que le interesaba probar que su marido no era más que un ateo, un bárbaro y un desgraciado. Antes de empezar a sospechar que nunca debió de merecerse esos adjetivos, yo había descubierto ya que tenía razón, pero nunca me atreví a discutirlo en voz alta con mi abuela Pilar. Sin embargo, aquella mañana, tan lejos de casa, afirmé con una convicción más profunda que la indecisión de mi lengua tartamuda que si yo hubiera sido el general Rojo también habría decretado sin dudar la muerte de Durruti, porque la defensa de Madrid era un prodigio, un puro encaje estratégico, tan sutil, tan milagrosamente equilibrado, que lo último que necesitábamos era un héroe solitario y enamorado de sí mismo, un gilipollas dispuesto a romper, él sólito y desde dentro, el cerco con el que no habían podido los nacionales en un asedio tan largo y tan intenso como el sacrificio de la población civil, y los fascistas quieren entrar en Madrid, pero Madrid será la tumba del fascismo, y no pasarán, amén. Aunque Ramón aplaudió mi discurso sin reservas, el distribuidor de la Costa Brava, que precisamente había introducido a Durruti en la conversación, me dirigió una mirada asesina de tal calibre que bastó para restaurar en un instante la innata flaqueza de mi espíritu y ya no volví a abrir la boca, ni para enderezar el rumbo de la verdad histórica ni para decir ninguna otra cosa, hasta que el autobús se detuvo en la puerta del hotel.

Entre las adustas paredes de aquel modernísimo edificio, donde el lujo se expresaba con una frialdad extrema, casi conventual, la realidad me asestaría un nuevo golpe aquella misma noche. Tras la aburrida sesión de la tarde, dedicada a exponer nuevas perspectivas comerciales, y la correspondiente cena, que esta vez se celebró en un restaurante del puerto, descarté la última etapa del programa oficial, copa en una macrodiscoteca muy de moda, para unirme a un pequeño grupo que decidió regresar al hotel caminando. Cuando llegamos, no era todavía la una de la mañana, y yo no tenía sueño, pero no logré convencer a Ramón, que bostezaba aparatosamente mientras la recepcionista iba a buscar su llave, ni a ningún otro de mis ocasionales acompañantes —un par de vendedoras de Zaragoza, muy simpáticas, el distribuidor de Málaga, que había venido con su mujer, y otra pareja más, a cuyos miembros no llegué a identificar— de que me acompañaran al bar del hotel Como sabía que me iban a mirar raro si anunciaba mis intenciones de tomarme una copa yo sola, me despedí diciendo que quería mirar unas plumas que había visto por la mañana de pasada, en el escaparate de una de las tiendas de la planta baja, y me dirigí, con pasos lentos y firmes, a un bar escondido en una especie de semisótano, al que se accedía por unas escaleras situadas en un extremo del vestíbulo.

Por primera vez en mi vida, yo misma suplanté a Alejandra Escobar, y los resultados no pudieron ser más desastrosos. Es cierto que ni ella ni yo habríamos escogido nunca aquel escenario gélido, desabrido, que evocaba la tristeza antiséptica de un hospital recién estrenado, el suelo desnudo de mármol blanco, ¡os pilares revestidos de acero pulido, la fría amenaza del metal

serpenteando entre las mesas, las sillas, las lámparas, mucho cristal opaco y mucho laminado con tacto de plástico y engañosa vocación de madera noble, un espejo helado capaz de empequeñecer y desarbolar la imagen de cualquiera que tenga el valor preciso para enfrentarse a su inmaculado rigor. Mientras me daba cuenta de que ninguna mesa resultaba más discreta que las demás en aquel recinto dispuesto como un escenario, recordé las espléndidas fachadas de algunos viejos hoteles de lujo que había contemplado en el paseo de Gracia, y lamenté el dudoso criterio de quienes hubiesen descartado cualquiera de ellos en favor del templo polar donde nos habían alojado por un precio seguramente no muy inferior al que decretan prestigio y tradición. Sin haberme decidido todavía a sentarme, eché un vistazo a la clientela y sentí una punzada de nostalgia por mi habitación de la tercera planta, la cama inmensa, tan bien hecha, el televisor manso y complaciente, incapaz de discutir mi voluntad, y una novela de seiscientas páginas sobre la mesilla, todo un proyecto de bienestar en comparación con la pobre oferta de aquel local medio vacío, tres mesas ocupadas por grupitos de individuos bien trajeados, incluyendo a alguna mujer con el preceptivo traje de chaqueta de corte clásico —muy parecido al que yo misma llevaba en aquel momento— que se ha convertido en una especie de sinónimo femenino de la corbata, y dos turistas varones de aspecto nórdico y unos cincuenta años, ataviados como para asistir a una póstuma edición del festival de Woodstock, que lucían sus piernas canosas desde los altos taburetes enfrentados a la barra gracias a unos bermudas modelo aventurero de un color indescifrable ya, de tan lavados. Cuando estaba a punto de volver sobre mis pasos-, me dije que yo no me llamaba Alejandra Escobar ni necesitaba pretexto alguno para tomarme una copa en aquel lugar, así que, imponiéndome a un certero desaliento, me senté en la silla que estaba más a mano, llamé al camarero con un gesto mudo, y pedí un whisky con hielo y un poco de agua, porque Alejandra y yo siempre bebemos lo mismo. Tres cuartos de hora después, cuando me levanté para marcharme, mi vaso aún contenía dos dedos de un líquido vagamente amarillento. Ése era el único detalle revelador de que se hubiera producido cierto progreso desde el momento en que entré en aquel bar.

Quizás a Alejandra no le hubieran ido las cosas mejor que a mí en esta ocasión. Es difícil saberlo porque ella, que aprendió muy pronto que no se debe esperar gran cosa de los hoteles de lujo recién estrenados e inmediatamente ocupados por una insulsa horda empresarial de medio pelo, jamás habría escogido un escaparate semejante. De todas formas, cuando entré en mi habitación muerta de sueño, sin ganas de tiranizar al televisor, sin ánimo para hacer avanzar la señal a lo largo de las cuatrocientas y pico páginas de la novela que me faltaban por leer y, lo que es más grave, sin fuerzas para embadurnarme la cara sucesivamente con leche limpiadora, tónico y crema nutritiva, tal y como me había propuesto hacer sin falta cada noche desde el día en que me di cuenta de que iba a cumplir cuarenta años mucho antes de lo que me imaginaba, estaba ya segura de que la clave de aquel fracaso tenía que ver sobre todo con mi propia identidad, porque es muy difícil ser feliz cuando una sabe que lleva un vestido feo, incómodo y pasado de moda, y Cenicienta nunca habría llegado a ser princesa con sus viejos harapos manchados de hollín.

El poder de Alejandra Escobar reside también en su propia identidad, el hueco maleable y acogedor donde cabemos cientos de historias diferentes y yo misma, feliz por estrenar un vestido nuevo cada noche, capaz de quererme un poco mientras me apropio de un personaje que no es el mío. Ése es el único propósito de mis noches secretas, esas noches de las que no puedo hablar con nadie y en las que no busco nada que no esté ya dentro de mí misma, de la mujer ajena que soy yo, y que es a la vez mucho mejor que yo. Alejandra jamás fracasa, y si alguna vez nadie se apercibe de su presencia, no falla ella, que es siempre una criatura apasionante, que arrastra una historia intensa y tiene un larguísimo futuro por delante, falla el mundo, incapaz de reconocer a la mejor de sus hijas. Por eso, no importa que no ligue, que llegue a aburrirse, que no hable con nadie. Su único sentido es existir, y con eso basta.

Después de aquella noche de Barcelona, no volví a suplantar a Alejandra nunca más, y sin embargo, casi tres años después de aquel viaje y en unas circunstancias muy distintas, ella se disipó de nuevo para cederme un puesto que yo no contaba con ocupar. Sucedió en el bar del vestíbulo del

hotel Ritz, uno de nuestros refugios tradicionales, el salón de aire casi íntimo que se trocó de repente en un páramo hostil, escenario de una muda pero feroz batalla que llegué a creer perdida para siempre. Sin embargo, había empezado aquella pequeña aventura con buen pie. Al volver del trabajo recogí del tinte el vestido rojo que había comprado para consolarme del penoso malentendido que hizo de Ramón el más efímero de mis amantes, y descubrí con satisfacción que no quedaba ni rastro de la mancha de vino que me hizo temer por él la última vez que me lo quité. Aunque sabía que estaba desafiando a la suerte, porque hacía más de un año que Alejandra lo escogía casi invariablemente entre todos los trajes de mi armario, no resistí la tentación de ponérmelo una vez más, porque nada me sentaba mejor que aquel cuerpo ceñido de manga larga, con un considerable escote entre las hombreras, que se cortaba al llegar a la cintura para dar paso a una falda con pinzas estratégicamente colocadas, que se iba estrechando con sabiduría hasta rozar la frontera de mis rodillas. Me mostré más prudente en la elección del lugar, porque aunque tenía más bien cuerpo de Santo Mauro, hacía más de tres meses que no pisaba el Ritz, y siempre he procurado no resultar excesivamente familiar para los camareros, un propósito al que me ayudan ciertas crisis de amarga lucidez que culminan con el abandono de Alejandra durante un periodo de tiempo siempre imprevisible. La compra de aquel vestido de punto rojo, cuyas frecuentes visitas al tinte se empezaban a leer en la liviandad del tejido que recubría los codos, había puesto fin a la última de aquellas separaciones, así que las precauciones estaban más que indicadas, y sin embargo, no habría podido tomar medida alguna para evitar lo que pasó. La que parecía más joven de las dos aparentaba unos veinticinco años. La mayor andaba más cerca de los treinta pero era más guapa que la primera, aunque la verdad es que ambas, hasta sin parecerse a Ava Gardner, reclamarían instantáneamente la atención del espectador más displicente, incapaz de afrontar la belleza ajena con más generosidad que yo misma. Altas, delgadas, una morena y la otra sabiamente teñida de rubio, lucían un bronceado envidiable a mediados de abril, y la certeza de que lo hubieran obtenido por medios artificiales consolaba tan poco como calcular el número de horas semanales que debían de enterrar en un gimnasio para lograr un cuerpo tan espectacularmente fronterizo con la perfección. De todas formas, al principio no les presté más atención que la precisa para anotar estos datos y algún detalle más, como el acento gangoso, afectadísimo, que hirió mis oídos en el breve fragmento de conversación que capté por azar, al pasar a su lado, o ciertos aspavientos de las manos que me permitieron relegarlas en un instante al archisabido y caricaturesco limbo de las pijas rematadas. Sin embargo, su esplendor debió de arrugar alguna fibra secreta del formidable ánimo de Alejandra Escobar porque, al mismo tiempo que completaba una secuencia de gestos neutros, inevitables —desabrocharme la chaqueta, dejar el bolso sobre la mesa, sacar un paquete de tabaco y un mechero, sentarme, cruzar las piernas, volver a coger el bolso para enganchar la correa en el respaldo de la silla, abrir el paquete de tabaco, sacar un cigarrillo, encenderlo, llevármelo a la boca, dejar escapar una gran bocanada de humo, levantar la mano para llamar la atención del camarero, esperar su llegada, pedirle una copa y, por fin, echar una ojeada a mi alrededor—, me di cuenta de que estaba cargando aparatosamente las tintas en cada etapa del proceso, y estiraba los dedos que sostenían el cigarro un poco más de lo imprescindible, me apartaba el pelo de la cara con una frecuencia inaudita, fruncía los labios en un premeditado alarde de hosquedad que carecía de cualquier motivo, improvisaba una mirada de desprecio por el mundo que me extrañaba hasta a mí misma, y todo esto sucedía al margen de mi voluntad, sin que yo conociera la causa, sin que pudiera por tanto evitarlo.

Quizás, esta especie de representación intensificada de lo que no era otra cosa que una representación atrajo sobre mí la atención que menos buscaba, esa que, más precisamente, habría deseado no provocar nunca. Alertada por un inconcreto hormigueo, un repentino sentimiento de mi propia presencia, volví bruscamente la cabeza hacia la izquierda y me topé de frente con cuatro ojos impecablemente maquillados. Ejerciendo sin inmutarse un privilegio de su divinidad, las dos estatuas bronceadas a quienes ya había decidido ignorar, mantuvieron su mirada fija en mí, cuchicheando entre sonrisas que me permitieron entrever sus perfectas, feroces dentaduras. La

simple sospecha de que estuvieran riéndose de mí bastó para derrotar en un instante a una luchadora tan curtida como Alejandra Escobar, que se disolvió en el aire sin dejar noticia de su paradero, abandonándome en los brazos de mi propio ridículo. Intenté resucitarla por todos los medios posibles, pero la repetición mecánica de sus ademanes de mujer elegante, que ahora más bien me parecían las esperpénticas muecas de una loca, no hizo más que empeorar la situación. No me atrevía a mirar al enemigo ni siquiera de reojo, pero tenía la impresión de que sus carcajadas, rotundas ya, y desbocadas, alcanzarían mis oídos de un momento a otro mientras me manoseaba el pelo como si me lo estuviera lavando y encendía un pitillo antes de que se extinguiera el humo del anterior. Entonces decidí marcharme. Nadie había conseguido echar jamás a Alejandra Escobar de ningún sitio, pero yo estaba sola, y no era ella. Miré el reloj con mucho detenimiento y un gesto de extrañeza, como si no pudiera comprender el retraso de quien jamás iba a llegar a aquella cita. Dejé pasar tres o cuatro minutos y me fijé en la esfera de nuevo, con tanta atención como si el movimiento de las agujas desvelara la clave de algún enigma vital para mi futuro. Una vez más, me dije, aguanto sólo un ratito, miro el reloj otra vez, me levanto y me voy. Pero entonces, justo cuando dirigía hacia ningún lugar en concreto esa mirada vaga y despaciosa de los que no tienen nada que hacer, excepto tiempo, lo descubrí a lo lejos, perfectamente centrado entre dos columnas, y sentí lo mismo que debe de sentir un náufrago preso en un peñón de dos metros de diámetro cuando distingue la silueta de un barco sobre la línea del horizonte.

Forito me había visto primero. Levanté los brazos como si llevara toda la vida esperándole y le vi arrancar en mi dirección con pasos indecisos.

Supongo que, si es que lo hizo alguna vez, él describiría aquella escena diciendo que entonces se echó la muleta a la izquierda y se fue para los medios, pero lo cierto es que más bien llegó hasta mí con la justa mezcla de pavor y determinación que agarrota las rodillas de esos diestros muy viejos, muy gordos, muy sabios, que se acercan al toro preguntándose si tanto miedo se puede comprar con todo el oro del mundo. Su desconcierto era tan patente que, absorta como estaba en mi papel, no pude negarle una brizna de atención, y temí que lo echara todo a perder antes de ganar el modesto objetivo de mi mesa. Cuando lo tuve delante comprendí que, a la sorpresa de encontrarme allí, sola pero arreglada como para ir a una boda, se habían sumado una vaga intuición de que yo no era exactamente yo, la mujer que él conocía, y un recelo todavía más intenso, y más turbio, nacido de la euforia que su presencia había desatado. Él, que me había visto aquella misma mañana, no podía entender que mis brazos, tendidos hacia delante con el gesto de gran señora que nunca antes había tenido la ocasión de practicar, y esa sonrisa plena que parecía celebrar un reencuentro acariciado en secreto durante años, no tuvieran otro propósito que convocarle a mi lado, y hasta cuando pronuncié su nombre en voz muy baja, porque decididamente existen pocos nombres menos glamurosos, pero con un acento de infinita satisfacción, se comportó como si creyera que todo aquello iba dirigido a un desconocido que caminara sólo un paso detrás de él.

Mientras se sentaba a mi lado, giré rápidamente la cabeza para comprobar qué cara se les había quedado a esas dos imbéciles que creían haber desentrañado mi impostura, y tuve que encajar el único chasco genuino que la suerte decidió repartir aquella tarde, porque en alguna inadvertida fracción de los últimos dos o tres minutos, ambas se habían levantado y se habían marchado sin hacer ruido ni atender, seguramente, a ningún detalle de lo que yo me prometía como un triunfo apoteósico. Mi primer impulso fue desmentir a mis propios ojos. Luego, cuando ya sospechaba que tal vez ni siquiera hubieran llegado a fijarse de verdad en mí, me pregunté por qué siempre tenían que ser así las cosas. Después, me vine abajo, tanto que me dolió reconocer la voz que se esforzaba por devolverme a la silla en la que estaba sentada.

—Qué casualidad, encontrarnos aquí, ¿no?

—Sí… —reconocí, imponiéndome una sonrisa menos tranquilizadora para él que para mí misma, mientras acababa de hacerme una idea de la ratonera en ia que me había encerrado yo sólita.

—Pues… Voy a pedir una copa, ¿no?

—Cla–aro.

Con un gesto de caballero antiguo, uno de los muchos que descubriría en él aquella misma noche, se levantó y echó a andar en dirección a la barra en lugar de esperar la aparición de un camarero. Aproveché su ausencia para trazarme un plan que me permitiera sobrellevar con dignidad los errores cometidos hasta entonces y marcharme a casa lo antes posible. En aquel momento, no sólo no me apetecía nada pasar un rato con él, sino que incluso, y a sabiendas de que ninguna otra sensación podía ser más injusta, sentía un fulminante acceso de antipatía por el inocente peón súbitamente asociado al fracaso de aquella noche, pero todavía teníamos por delante un año de trabajo en común, tal vez más, porque Ana lo llevaría consigo a donde ella fuera, y nadie sabía aún si Fran tenía la intención de disolver el equipo cuando el Atlas estuviera terminado. Aunque sólo fuera por eso, no me quedaba más remedio que comportarme de una manera coherente con mi estruendoso recibimiento, pero además, y sobre todo, a pesar de que lo único que deseaba era desaparecer, marcharme corriendo para que no me encontrara cuando volviera con una copa en la mano, sabía muy bien que él no había tenido la culpa de nada, y que me sentiría fatal a la mañana siguiente si optaba por este o por cualquier otro improvisado proyecto de fuga.

Lo cierto es que siempre me había caído bien. Me obligué a recordarlo mientras le veía cruzar el salón con una actitud muy distinta al temeroso encogimiento de antes. Ahora andaba erguido, los hombros tan firmes, tan crecidos en su firmeza que, de lejos, hasta parecía otro hombre, más alto que desgalichado, más delgado que raquítico, y con cierto aire ensimismado, esa melancólica mirada extraviada de los ojos alcohólicos, que prestaba a su nimiedad física la difícil dosis de espiritualidad que han perseguido sin resultados todos los actores que alguna vez se han atrevido a fracasar con Alonso Quijano. Estaba ya muy cerca cuando me pregunté si no estaría viendo visiones pero, por alguna razón que no acerté a explicarme aunque seguramente tenía que ver con los violentos altibajos que habían estrujado mi ánimo durante la última hora como si fuera una pelota de esparto, al fijarme en su rostro logré distinguir, con una claridad que parecía más bien clarividencia, los rasgos primitivos que aún latían, aunque muy débilmente, bajo la tosca careta tallada gota a gota por el coñac. Claro que, además, iba muy elegante. Acostumbrada a verle con sus eternos pantalones oscuros de color incierto, una mezclilla de lana opaca que, según la luz, parecía a veces gris, a veces marrón, y a veces negra, pero siempre tejida con la gelatinosa sustancia que aplica un brillo siniestro a las alas de los insectos, y una camisa de algodón crema tan usada que el tejido se había deshecho ya en el canto del cuello invariable prenda invernal que cambiaba en primavera por un par de camisas polo de marca anónima, una verde oscura, la otra burdeos, ambas finísimas y lavadas con tal saña que la piel se transparentaba casi con detalle en algunos claros repartidos tan caprichosamente como las calvas de un monte—, quizás me dejé impresionar más de la cuenta por la impecable línea de su traje de lino crudo, tan nuevo que sus arrugas estaban recién hechas, en lugar de acomodarse a los surcos abiertos por la tenacidad de las arrugas precedentes, un atuendo excesivamente veraniego para una noche de primavera, pero de tan buen gusto que hasta se le podía perdonar que no lo hubiera combinado con algo mejor que una camisa rosa, sobre la que apenas destacaba una corbata de tono amarillo pálido estampada con dibujos muy menudos, es decir, rigurosamente de moda.

En cualquier caso, cuando se sentó a mi lado, ya había descubierto que él también tenía los ojos verdes, aunque empañados por un velo acuoso, grisáceo, y una nariz que habría sido bonita antes de que la sanguinolenta hinchazón de las aletas, ahora una esponja rugosa y dilatada, los poros tan abiertos como los de una fresa, hubiera anulado el nítido perfil del tabique, digno del más severo emperador romano, un rasgo que aún destacaba, sin embargo, por ser la única arista visible en un rostro informe de puro abotargado, que se prolongaba en una papada discreta, pero muy llamativa en un hombre tan delgado como él. Predispuesta como estaba a salvarle de mi propia arbitrariedad a cualquier precio, encontré en el conjunto, pese a todo, cierto aire de nobleza, como el que distingue a las ruinas clásicas menos visitadas, esos montones de piedras sueltas, irreconocibles ya, sobre los

que se yerguen, absurdas, solas, pero auténticas, dos columnas desmochadas que desafían el desprecio de los turistas con una especie de enloquecida arrogancia.

Él, que ignoraba por fuerza el proceso que le había convertido en sujeto de tan meticulosa observación, se sentó de nuevo a mi lado, bebió un trago considerable de su copa de coñac, la depositó sobre la mesa con el pulso todavía tembloroso, y me miró, como preguntándome qué iba a pasar a continuación.

—Ha–a sido una suerte encontrarte aquí —rompí el hielo con el acento de templada cortesía que mejor se ajustaba a la bola que iba a soltarle inmediatamente después—, porque he quedado con una a–amiga, ¿sabes?, y no ha aparecido…

—Ya, yo tampoco contaba con encontrarme a nadie de la editorial, porque he venido a la presentación de los carteles de San Isidro.

—¡ Ah! —exclamé, sólo por hacer tiempo, aunque no se me ocurrió gran cosa qué decir—. Pero pa–ara eso falta mucho, ¿no?

—Bueno, no tanto… —me miró—. Un mes y medio. Hay que cerrar las corridas con mucha antelación, ya te digo…

—Claro —asentí, y resignada a la uniforme laguna en la que se resumía mi cultura taurina, cambié de tema sin sospechar que un elogio tan trivial como el que escogí casi al azar para burlar al silencio, iba a abrirme las puertas de una historia que no olvidaría jamás—. Va–as muy elegante…, y llevas una corbata preciosa.

—Sí… —admitió él, bajando la cabeza como si necesitara estudiarse un instante para recordar cómo iba vestido—. El traje me lo ha regalado un colega mío de toda la vida, ¿sabes? Su viejo era utillero de la plaza de Vista Alegre, no sé si te acordarás, una que había en Carabanchel, que le echaron el cierre hace muchos años… —me interrogó con una mirada a la que respondí negando con la cabeza, y siguió hablando—. Bueno, pues, ya te digo, el caso es que le conozco desde chavalín y, buah, no veas lo que hemos pasado los dos… Lo más grande. íbamos juntos a todas partes, hasta le acompañé un montón de veces a tentar vacas, ¿sabes?, cuando tenía permiso del dueño y hasta cuando no lo tenía, porque se le metió en la mollera lo de ser torero, oyes, la verdad es que le tenía al toro una afición que no veas, y eso que ya se veía de largo que él no… Porque es que eso se nota, no sé, lo notaba hasta yo, siendo tan crío como él, que no tenía trapío, ese toque especial de los que van para figura, pero él, dale que te pego, ya te digo… Llegó a debutar, ¿sabes?, como novillero sin picadores, Chulito de Vista Alegre, se quería llamar, pero entre su padre y el mío le quitaron esa idea de la cabeza y al final lo cambió por Chicuelo, Chicuelo de Vista Alegre, que suena mucho mejor. Su primera novillada fue en San Sebastián de los Reyes, yo estuve allí y, buah, no veas, la verdad es que al pobre le tocaron dos chotas que sabían más que Lepe, yo creo que hasta las habrían soltado ya en algún encierro de esos que hacen en los pueblos de la sierra… Total, que el pobre hizo lo que pudo y… ruina total, te lo puedes figurar, pero el infeliz salió hasta contento, no he estado mal, ¿verdad?, me decía, ¿a que no he estado mal…? Tres novilladas más le salieron, antes de que le convenciéramos de que recogiera los trastos para siempre. Bueno, pues, lo que es la vida, cuando parecía que el Antoñito iba para abajo, porque al dejar de torear se quedó sin ganas de nada, oyes, pues se le ocurrió montar un videoclub, uno de los primeros, allí, en los Carabancheles, y le fue de puta madre, ya te digo, no te lo puedes ni figurar, y entonces un día se llegó a la Escuela de Tauromaquia esa que ha montado la Comunidad, habló con un par de chavales, se convirtió en su apoderado, con la guita que ganó montó un mesón en Marqués de Vadillo, le volvió a ir de puta madre y ahora…, buah, no veas, está el tío en grande, pero en grandeza máxima, oyes, tiene dinero para quemar una vaca, el tío. Total, que como le gusta ir hecho un figurín, y no tiene tiempo de ponerse toda la ropa que se compra, pues, de vez en cuando me cae un ternito. Éste lo heredé casi nuevo, porque está echando barriga, el Antonio, aunque hace unos meses se metió a socio de un gimnasio, se lió a hacer pesas y adelgazó un montón. Entonces se compró este traje, pero como se cansa enseguida de todo, que es lo que les pasa a los ricos, que acaban hartos de todo, pues, ya te digo, lo dejó, volvió a engordar, me lo pasó, y yo tan contento… Me pagó hasta el arreglo, porque la

verdad es que se estira, eso desde luego, cada vez que quedo con él, cuando traen la cuenta…, buah, no veas, me aparta con la mano y siempre dice, quita de ahí, que yo me hago empresa, eso dice, y luego lo paga todo, las cosas como son. Y yo me alegro de que le vaya tan bien, oyes, me alegro mucho por él, porque es el único chaval del barrio que ha levantado la cabeza de verdad, ya te digo, lo que se dice salir por la puerta grande… El peluco —y estiró el brazo para mostrarme un reloj dorado muy aparatoso— también me lo dio él. Parece de oro, pero no es, a tanto no llega, claro… La corbata no es suya, sin embargo. Ésta me la regaló mi chico. Bueno, ésta y las demás, porque casi todos los años me viene con un paquetito del Simago, el pobre. Regalo del Día del Padre, te lo puedes figurar…

—N–no tenía n–ni idea de que tuvieras un hijo —intervine, con asombro genuino y una punta de la curiosidad que iría creciendo minuto a minuto durante toda la noche, hasta convertirse en una irrefrenable necesidad de llegar hasta el final—. Yo creía que eras un soltero empedernido, igua–al que yo…

—Ojalá —me contestó, sin disimular la amargura que fermentaba en las vocales de aquella palabra—, ojalá me hubiera quedado soltero, como tú…

Hizo una pausa, se miró los zapatos, unos mocasines marrones viejísimos, descoloridos y a punto de reventar por las costuras, en los que tampoco yo había reparado hasta entonces, levantó la cabeza, me sonrió sin ganas y, cabeceando como si nada en el mundo tuviera remedio, prosiguió en un voluntarioso tono de normalidad.

—Pero no, chica, no. Nada de eso. Yo estuve casado, casadísimo, no te puedes figurar cuánto… Es que, ya te digo, no tengo remedio. Soy todo lo contrario del Antonio, pero todo lo contrario, oyes… A mí nadie me mandaba meterme en aquella ruina, pero nadie, porque yo tuve mucha suerte al principio, a mí me iban muy bien las cosas. Mi padre era fotógrafo taurino, ¿sabes?, igual que yo. Él me enseñó el oficio, y puso mucho cuidado en que no metiera la pata en los mismos hoyos donde él se había hundido. Yo siempre trabajé por mi cuenta. Vendía fotos sueltas y reportajes completos a agencias del mundo entero, nunca quise estar fijo en un periódico, como mi viejo, y enseguida pude contratarle, no te digo más. Puse estudio, y retraté a todas las figuras del escalafón, buah, no veas, pues no era nadie, yo, en aquella época… Luego me asocié con un primo mío y empezamos a hacer películas. Aquello empezó a parecer una empresa, pero grande, ya te digo, yo entraba a las Ventas cada tarde con seis o siete empleados, el operador, un par de chavales que le ayudaban, mis propios ayudantes, mi viejo, que iba con otra cámara, total… Lo del cine acabó de arreglarme el cuerpo, porque te hablo del principio de los setenta…, o por ahí, yo debía tener poco más de 20 años, y todavía no habían quitado el No–Do, así que les colocábamos la mayoría de las películas que hacíamos, como cambiaban todas las semanas, pues, buah, no veas, durante la temporada nos lo llevábamos manso, pero manso, ya te digo, sacábamos guita de sobra para pasar el invierno, no te digo más… Fíjate que durante un par de años, el 74 y el 75, creo, porque Franco se murió por entonces, hasta fuimos a América, Méjico, Colombia, Venezuela, y no compensaba, así de claro, yo se lo dije a mi viejo, oyes, para lo que nos llevamos de aquí, mejor nos quedamos en casa. Luego se acabó el chollo del No–Do, pero yo seguí estando en grande, porque le vendía muchas películas a la televisión y empecé a tener muchos clientes entre los aficionados, esos tíos forrados de pasta que van con sus señoras a la barrera, siguiendo a un torero de plaza en plaza… Les cogí el tranquillo enseguida, ¿sabes?, y siempre, antes de que empezara la faena, les filmaba un momento, ellos gordos y con un puro en la mano, ellas cargadas de joyas y con un clavel en la solapa, y cuando salían las mulillas, un poco más de lo mismo y, buah, no veas, es que se volvían locos, me compraban lo que les quisiera vender. Y mientras tanto seguía con las fotos, claro, que era lo mío, así que, ya te digo, me iba de puta madre… Pregúntale a Ana y verás.

Mientras me interpelaba de esta manera, yo todavía estaba haciendo números para mis adentros. Cuando nos conocimos, en una de las reuniones preparatorias del Atlas, yo debía de tener treinta y siete años recién cumplidos y, sin pensármelo mucho, le situé más cerca de los sesenta que de los cincuenta, y allí se había quedado hasta apenas un par de minutos antes. La insinuación de su

verdadera edad, que le hacía sólo cinco o seis años mayor que yo, me había dejado atónita, porque ni siquiera el alcohol podía ser el único responsable de semejante desgaste, la cabeza monda, atravesada al azar por unas pocas hebras de un blanco purísimo, el cuello descolgado, la piel cayendo hacia abajo en temblorosos pliegues asimétricos, las manos salpicadas de flores de cementerio, esas manchas oscuras que anuncian el final, y canas en el pecho, que la camisa, abierta un botón por debajo del límite que marca la elegancia, la corbata floja, me permitía entrever furtivamente. Me preguntaba qué otras catástrofes estarían asociadas a la perenne copa de coñac que habitaba en el hueco de su mano derecha, cuando la alusión a Ana me obligó a intervenir, excitando al mismo tiempo mi ya avarienta curiosidad en una dirección distinta.

—¿A–ana y tú os conocéis desde hace tanto tiempo?

—Bueno, poco más o menos… Yo la conocí cuando acababa de volverse a Madrid, justo después de dejar a su marido, sería el año 83, o el 84, ya te digo, porque mi chico era muy crío todavía… Me acuerdo porque una vez lo llevé al archivo y ella me dijo que tenía una hija de la misma edad. Entonces quedamos para ir con ellos al parque de atracciones, y buah, no veas cómo se lo pasaron, de puta madre para arriba, así que quedamos otras veces, siempre los fines de semana, con los niños, claro está, a ver si te vas a pensar cosas raras, oyes, y no, para nada, pero yo estaba solo y, ya te digo, no sabía qué hacer con el David los fines de semana, y Ana, que trabajaba como una burra, andaba medio peleada con la familia, porque su madre quería que dejara el archivo y se fuera a vivir con ella, o algo por el estilo, así que, buah, no veas, los sábados nos juntábamos y llevábamos a los chavales al cine, o a comer a la Dehesa de la Villa, o a merendar chocolate con churros a la Plaza Mayor, cosas de esas que entretienen a los críos… Ellos se cansaban mucho, porque estaban todo el tiempo a la greña, peleándose cada dos por tres, y luego se tiraban media hora llorando porque no querían separarse, ya te digo, y bueno, al llegar a casa no había más que acostarlos y a la mañana siguiente estaban como una malva, oyes… Claro que yo ya no era el de antes, ésa es la verdad, que yo ya iba para abajo, pero todavía tenía muchísimo material colocado en todos los archivos y vendía muchas fotos. Podía vivir de las rentas, no muy bien, pero sacaba para ir tirando… hasta que se fue todo al carajo. Primero el negocio, porque el mundo del toro cambia muy deprisa, y los toreros a los que yo había seguido se fueron retirando, y salieron otros muy jóvenes, que yo ya no conocía, y los retrataban otros chavales jóvenes también, total, una ruina… Luego acabé de irme al carajo yo solo, la verdad, que si hubiera seguido trabajando como entonces ahora estaría en grandeza máxima yo también, pero… Así es la vida, oyes. Cuando Ana me llamó para lo del Atlas, estaba canino, pero canino de verdad, buah, no veas, a punto de dejar el apartamento y meterme por la patilla en casa de mi hermana, ya te digo…

Bajando de nuevo la vista hacia sus zapatos, hizo una pausa que no supe interpretar. No quería ofenderle con cualquier fórmula de compasión convencional, pero tampoco encontraba una manera digna de acercarme a él, ningún hilo del que tirar para animarle a seguir hablando, ahora que ya comprendía la naturaleza del vínculo indestructible que obligaba a Ana a jugarse su puesto todos los días, ese intrincado misterio que seguramente nadie, en toda la editorial, había llegado a desentrañar antes que yo. Todavía buscaba ese cabo suelto que no terminaba de asomar por ninguna parte, cuando él dio por concluido el exhaustivo examen de su calzado y, mirándome, remató con una media verónica más que previsible.

—Pedimos otra copa, ¿no?

Asentí con la cabeza y le seguí, con más gestos que palabras, en una especie de conversación de entreacto —¡Qué bien está este sitio, ¿verdad?! Éste y el Palace serán siempre los mejores hoteles de Madrid, ya te digo, por mucho que inauguren otros de esos modernos, tan horteras…—, hasta que, de un solo trago, dejó su copa por la mitad, pero más vacía que llena. Luego se restregó la frente con la mano derecha y una sorprendente violencia, y siguió hablando en la dirección que más me interesaba, como si fuera capaz de leer en mi pensamiento.

—Pues, aquí donde me ves, la culpa de todo la tengo yo sólito por haberme casado con quien no debía, ya te digo… Y que las mujeres sois muy malas.

—A–algunas —protesté.

—Casi todas.

—Si tú lo dices…

—Desde luego que sí, no te digo lo que hay… Claro, que yo me llevé el premio gordo, oyes. La peor, la más perra. Y eso que nadie me engañó, todo lo contrario. Mira que me lo dijeron mis amigos, el Antonio me lo dijo un montón de veces, pero… ya te digo, se me metió en la mollera lo de casarme y me casé, y buah, no veas… Es que yo siempre he sido un romántico, aquí donde me ves, y un tontaina, un gilipollas, eso es lo que soy, y cuando la vi allí, en aquella carpa tan sucia, que olía a meados de caballo, y ella medio desnuda, con los tacones tan altos encima del serrín, y aquel frío que hacía, madre mía, que yo me estaba quedando helado, oyes, que no llegué a quitarme el abrigo mientras la veía bailar, y oía las voces que daba la gente, cuatro hijos de puta, porque casi todas las sillas estaban vacías, pero había un grupito que chillaba sin parar, guarra, tía buena, lo típico, ¿a qué hora sales?, ya te digo, pues me puse malo, pero malo, te lo juro, me entró… Buah, no sé lo que me entró, y me volví y les dije que se callaran, un respeto para la artista, chillé, y fíjate en qué tono lo diría que me hicieron caso, a mí, que no soy más que un tirillas, no veas, pero se callaron, y entonces fue casi peor, porque en el silencio aquel la música sonaba como si los altavoces estuvieran metidos dentro de una lata vieja, y la canción, que era como de estriptis, se volvió de repente tan triste que me di cuenta de que las lentejuelas de su vestido no relucían ya, de puro viejas, y de que tenía un roto en una malla, le brillaban los ojos como si estuviera a punto de llorar de rabia, y todo aquello me daba tanta pena… Es lo malo del toro, ya te digo, que cuando lo mamas desde pequeño acabas siendo torero de una manera o de otra, porque eso es lo que toca, así de claro, y ella era mal ganado, y yo lo sabía, pero lo último que me esperaba cuando aquella mañana salí de Madrid a cubrir la novillada de uno de los chavales que llevaba Antonio en aquella época, era encontrármela precisamente allí, oyes, en El Tiemblo, un pueblo perdido de la provincia de Ávila… o de Salamanca, vete a saber, que ya ni me acuerdo. Estaban en fiestas, claro, por eso había toros, y debí pasar por delante de aquellos carteles un montón de veces, porque todas las tapias estaban empapeladas con ellos, pero ni me fijé, eran como pasquines de papel muy fino, ya te digo, impresos en tinta azul, y al final los miré por puro aburrimiento mientras hacía tiempo para que abrieran las puertas de la plaza. Ella ni siquiera aparecía como la vede–te principal, que estaba en el centro, sino justo debajo, como segunda vedete… Primero leí su nombre, Fanny Mendoza, y tuve que forzar la vista para reconocerla en aquella foto tan pequeña y tan mala. Actuaba todas las noches en una especie de teatro chino de tercera, medio circo y medio cabaré ambulante, buah, no veas, una ruina, y ni siquiera sé por qué se me ocurrió ir a verla… Bueno, sí que lo sé, lo sé de sobra, yo… Total, que uno acaba enamorándose siempre de quien menos le conviene.

—Porque ya la conocías… —sugerí, dispuesta a hurgar en la herida hasta el fondo por mucho que doliese, aunque siempre podré alegar en mi defensa que nadie habría presentido dolor en un rostro tan radiante, porque la expresión de su cara había cambiado como si de repente se hubiera hecho de día en su interior. El hombre hastiado y tembloroso que yo conocía recordaba aquel episodio con la ilusión de un niño que cuenta sus canicas una y otra vez, sin cansarse nunca de mirarlas, de acariciarlas, de sostenerlas sobre la palma de sus manos para apreciar su peso o de acercarlas a la luz para maravillarse de su transparencia. Aquélla había sido su gran historia, esa historia que marca una vida para siempre pero no siempre llega a marcar todas las vidas, una historia como la que yo no había vivido jamás, y que ahora envidiaba hasta el punto de necesitar vivirla por mi cuenta en las pausas que dejaban sus palabras.

—Claro que la conocía, ya te digo… O, mejor dicho, conocía a otra mujer, una tía imponente, guapísima, buenísima, uf, tendrías que haberla visto entonces, pues no era nadie, Fernanda, si ni siquiera parecía de verdad, si parecía un póster de esos del Playboy, buah, no veas… Fue querida del Antonio durante una buena temporada. La había sacado de un coro de revista y se colgó con ella… pero bien, oyes, yo nunca le había visto así. Entonces, cuando la empezó a pasear por Madrid, iba siempre como una reina, llevaba un traje distinto cada día, y unas joyas para caerse de espaldas, él

le compraba todo lo que se le antojaba, perfumes, visones, ropa, y hasta un coche, nuevo y todo. Le comía en la mano, oyes, y podría haber seguido así, viviendo de puta madre, durante un montón de años, pero ella era mal ganado, ya te digo, no era buena, y siempre quería más, más, más, y de tanto ir el cántaro a la fuente… Un buen día, le fue al Antonio con el cuento de que estaba embarazada y quiso colgarle el mochuelo, y el otro… Buah, no veas, pues sí, bueno es Antoñito, encoñado y todo, y a su señora ni tocarla… ¿No ves que está rico? Le dio boleto en menos que se tarda en decir amén. Entonces se perdió de vista. Debió venderlo todo, poco a poco, hasta que no le quedó más remedio que volver a trabajar, y entonces, ya te digo, como tres años después…, más o menos, fue cuando me la encontré yo en aquel pueblo. A mí me gustaba mucho, muchísimo, y ella lo sabía, no lo iba a saber, total, que se pasaba las noches enteras coqueteando conmigo, de coña, claro, que si Forito por aquí, que si Forito por allí, que si hay que ver, Forito, cómo te las gastas, ese tipo de cosas… A Antonio no le importaba, porque sabía que yo no era competencia y además, Fernanda nunca llegó a tomarme en serio, pero yo estaba loco por ella, oyes, loco de verdad, porque sólo a un loco se le habría ocurrido hacer lo que yo hice. Aquella noche, en el teatro chino, vino a verme en cuanto terminó su actuación. Se sentó a mi lado y, buah, no veas cómo cambia el tiempo, si no parecía la misma con la cara lavada y aquella ropa, una faldita tableada de las que llevaban entonces las estudiantas y un minipul desgastado en las coderas, ya te digo, una ruina… Empezó a contarme cómo vivía, en una ruló cochambrosa, todo el tiempo viajando de pueblo en pueblo, aguantando al baboso del empresario, ganando lo justo para comer… Como esto siga así, dijo al final, me meto en una barra americana, eso dijo, y nunca sabré si lo hizo aposta, pero a mí me dio… Mira, no sé qué me dio. Mucha pena, y mucha rabia, y unas ganas muy grandes de matar a alguien. Haz la maleta, le dije, que te vienes conmigo a Madrid esta misma noche. Eso le dije, y no chistó, oyes, y luego, cuando ya estábamos en el coche, se me echó a llorar, Fernanda, y empezó a decirme que yo era su padre, que era el único hombre bueno que había conocido, que nunca me podría pagar lo que estaba haciendo por ella… Eso por lo menos fue verdad, que nunca me lo pagó, ya te digo…

Con unos reflejos que jamás habría imaginado en alguien tan absorto en su propia memoria, levantó la mano para detener a un camarero que pasaba a nuestro lado con una botella de coñac, y pidió que le rellenara la copa con un gesto del dedo pulgar. Luego me miró, sonriendo de una forma diferente a la que yo había visto hasta entonces.

—Tú me recuerdas a ella —disparó sin anunciarse.

—¿Yo–o? —estaba tan asombrada que me encasquillé en la o, una vocal que siempre pronuncio a la primera—. Si yo no soy una tía imponente…

—Ni falta que hace, pero eres muy rubia, igual que ella, y tienes los ojos claros, y la piel blanquísima, y se te hacen dos hoyitos en las mejillas cuando te ríes.

—Pero yo soy buena —sonreí.

—De momento… —soltó una carcajada y yo reí con él—. Es broma —aclaró enseguida—. no te enfades. Lo que pasa es que ella también fue buena al principio, o mejor dicho, se comportaba como si le gustara estar conmigo, y yo creía que éramos felices, ¿sabes?, yo por lo menos fui muy feliz entonces, ya te digo… Empezamos a vivir juntos por esta época del año, más o menos, y yo no se lo conté a nadie porque me conozco a mis clásicos, y a ver a quién cono le importaba lo que hiciéramos o lo que dejáramos de hacer, pero luego empezó la feria y… ruina. Ahí me perdió la vanidad, oyes, y lo reconozco, que si la hubiera dejado en casa, quién sabe, pero ella se había aficionado a ir a Las Ventas con el Antonio y, buah, no veas, cualquiera la decía de perderse una corrida, pues no era nadie, Fernanda, cuando se cabreaba… Y además, que estaba otra vez, uf, buenísima, pero buenísima, oyes, sólo le hizo falta dormir mucho y comer bien durante un par de semanas para ponerse como siempre, de bandera, ya te digo. Yo no me cansaba de mirarla, ésa es la verdad, que a veces me tiraba la noche en vela viéndola dormir, intentando convencerme de que aquella mujer era la mía, de que estaba en mi cama de verdad, y no me lo creía, ni yo me lo creía, así que te puedes figurar cómo me puse la primera vez que hicimos juntos el paseíllo, buah, no veas… Ya en el mentidero liamos una que para qué. Nos miraba todo quisqui, pero todo, oyes, y yo

me fijaba en la cara de mis conocidos y adivinaba lo que estaban pensando, joder con el Forito, la tía que se ha llevado, ver para creer… Corté las dos orejas, ya te digo, hasta que el Antonio me amargó la tarde. Primero, porque estaba celoso, eso lo primero, por mucho que siga negándolo hasta ahora, que lo niega, y fíjate si ha llovido, pero la verdad es que estaba muerto de celos, si lo sabré yo, oyes, verde de envidia, estaba, y luego, que lo diría por mi bien, no digo y o que no, pero aquello me sentó como una patada en los cojones, así mismo me sentó… Ten cuidado, Foro, me dijo en un rincón, que ésa está muy toreada, que tiene menos formalidad que el cono de una cabra, que te lo digo yo, que la conozco… Yo no le contesté nada, no creas, yo, chitón, pero le cogí por las solapas y le solté dos hostias que si no llegan a separarnos, acabamos mal, pero mal… Años enteros estuvimos sin hablarnos, hasta que nació mi chico y vino a conocerlo al hospital, muy señor, eso sí, que lo primero que hizo fue pedirme perdón, y luego nunca se ha atrevido a decirme que él ya me lo advirtió, y yo eso se lo agradezco mucho, oyes… Alguna bronca más tuve en aquella feria, pero la verdad es que Fernanda no tenía la culpa, todavía no, porque ella llamaba mucho la atención, ya te digo, pero no podía remediarlo, y hay mucho cabrón suelto por ahí, mucho bocazas y mucho chulo de vía estrecha, y en el toro…. buah, no veas, menudo ganado hay en el toro, pero la sangre nunca llegó al río. Luego, enseguida, empezó el calor. Madrid se fue quedando vacío, que es como más me gusta, y yo le dije que, si quería, nos podíamos ir a la playa unos días, y hasta un mes entero, lo que ella quisiera, porque a mí todo me daba igual con tal de que Fernanda estuviera contenta, oyes, que si me hubiera pedido que me tirara por una ventana, me habría tirado, te lo juro, y eso que nunca había disfrutado tanto estando vivo, pero habría hecho por ella lo que fuera, lo que fuera, hasta meterme un mes a pensión completa en un hotel de Benidorm, que es lo que más me da por culo en este mundo, ya te digo… Pero no, porque ella tenía gustos de señorita, y me dijo, mejor nos vamos en septiembre, que no hay nadie, y estamos en un hotel de lujo por el precio que ahora nos cuesta uno barato, y yo pensé para mí, gloria, y le dije que sí, que lo que ella quisiera, y pasamos julio y agosto en grande, pero en grande de verdad, buah, no veas, todo el día encerrados en casa, con las persianas echadas para que no entrara el calor, ganduleando en la cama hasta la hora de comer… Luego, a la caída de la tarde, ella hacía una tortilla de patatas y unos filetes empanados y nos íbamos a la Casa de Campo a cenar y, ya te digo, allí estábamos hasta las dos o las tres de la mañana, tan ricamente…

Justo entonces, en el peor momento, porque sus ojos habían empezado a arder con la súbita necesidad de consumirse que acelera la muerte de esos carbones que parecen ya apagados cuando un golpe de viento les devuelve de pronto al temblor rojo de la vida, tres individuos que respondían con una precisión casi sospechosa, tan ajustada al modelo como un disfraz, a la imagen que las turistas nórdicas deben de tener de los toreros de paisano —tupés negros engominados, relucientes, las patillas largas, las camisas abiertas, unas medallas de El Rocío de oro puro y cinco o seis centímetros de diámetro enredadas en el vello ensortijado y brillante que trepa hasta la clavícula, pantalones muy ajustados, botines oscuros, enormes gafas de sol y anillos en los dedos que sostienen un puro habano—, se acercaron a nuestra mesa para despedirse de mi confidente, que se levantó enseguida para intercambiar palmetazos en la espalda, bromas desgastadas por el exceso de uso e inmejorables deseos para el futuro de todos. Antes, por supuesto, me los presentó, utilizándome como excusa por haberlos dejado solos en el bar, y añadiendo al nombre propio de dos de ellos un mote que tal vez sirviera de nombre artístico. El tercero se llamaba Antonio, a secas. Mientras lamentaba que mi presencia no fuera a apabullarles en absoluto, sin advertir siquiera que ese sentimiento no era otra cosa que el principio de una rampa por la que me estaba deslizando, una vez más, en una historia que me pertenecía tan poco como la vida que usurpo a los protagonistas de las novelas que leo los fines de semana, como la vida que me invento para Alejandra Escobar antes de salir de casa, me pregunté si aquel hombre no sería el mismo que flotaba en el aire desde el principio de nuestra conversación.

—Ese Antonio, ¿no será…? —pregunté en voz baja apenas nos dieron la espalda, pero enseguida me di cuenta de que era demasiado joven para haber compartido la infancia de mi interlocutor.

—¿Ése? No, qué va… —Forito me había entendido, de todas formas, pero no quiso ser más explícito. Se entretuvo durante algunos segundos en impulsar su mechero con los dedos para hacerlo girar encima de la mesa y luego, después de un suspiro que parecía anunciar un cambio de tercio, se dio dos palmadas en las rodillas, y me miró—. Nosotros también nos vamos, ¿no?

—¿A–adónde? —pregunté, sin tratar de disimular mi inquietud.

—Pues… no sé —ahora, él parecía tan desconcertado como yo misma un segundo antes—. Nos vamos, ¿no?

Cuando ambos tuvimos claro que, en aquel extraño intercambio de preguntas, ninguno de los dos había pretendido proponerle al otro ningún final comprometedor, se abrió un silencio turbio y espeso como un charco de aceite, una inconcreta señal de que Forito estaba arrepentido de haber hablado demasiado. Sin embargo, yo, que había empezado a escucharle por pura cortesía, todavía no sabía lo suficiente para dejarle marchar sin más. Por eso, cuando él ya había levantado la mano para pedir la cuenta, me dije que aquella noche no me podría dormir sin conocer antes el final de la historia, y me atreví a preguntar a bocajarro.

—¿No me va–as a contar lo que pasó después?

—Es que… —y de nuevo su mirada buscó refugio en sus zapatos— no sé, no entiendo por qué me ha dado por contarte mi vida de repente. Me da hasta un poco de vergüenza, tengo la sensación de estar haciendo el ridículo… Es lo que me pasa, ya te digo, que me tomo un par de copas y se me suelta la lengua, no puedo evitarlo, oyes… Y que no sé hablar de otra cosa, hay que joderse. Pero a ti no te importa un carajo todo esto, debes estar harta de mí…

—Llevas tres copas —precisé—, y no estoy harta de ti, todo lo contrario… Mira, Foro, a mí no me pasa nunca nada, ¿sabes? Yo podría conta–arte mi vida en tres minutos. Todos los días me levanto, me voy a trabajar, vuelvo a casa, me hago la cena y me meto en la cama, poco más o menos… Por eso me encanta escuchar las historias de los demás, te lo digo en serio…

—Pero ésta… yo qué sé. Si es una historia corriente.

—No tanto —le miré—. A mí nunca me ha pasa–ado nada por el estilo.

—Mejor para ti.

—N–no. Peor, mucho peor para mí.

—¿Sí…? —me dirigió una mirada esquinada, asombrosamente sagaz, y muy sabia—. Espera a saber el final.

—Eso es lo que llevo intentando desde hace un rato —sonreí—, sa–aberel final…

Entonces se echó a reír, cabeceando, como si acabara de admitir para sus adentros que no podía conmigo.

—Pues tendremos que pedir otra copa, ¿no?

—Claro.

—¿Dónde estábamos?

—Cena–ando filetes empanados en la Casa de Campo… Que es una cosa que, dicho sea de paso, no entiendo muy bien, porque si tu mujer tenía gustos de señorita, no le pega mucho lo de lleva–arse la comida a un merendero…

—Ya, pero es que, aunque le tuviera tanta afición al lujo, aunque se pirrara por vivir muy bien, ella se había criado en Mesón de Paredes, ya te digo, y no podía remediar que le gustaran también otras cosas, las que había mamado desde pequeña… Era muy castiza, Fernanda, muy recia, le gustaban hasta los bocatas de gallinejas, que a mí me dan un asco que…, buah, no veas, y eso que he nacido en Carabanchel. Total, que muchas noches nos íbamos derechos a Lavapiés, y yo me tomaba un agua de cebada, que eso sí que me gusta, mientras ella se ponía ciega de guarrerías de ésas… La volvía loca toda la comida que se vende por la calle, pero en aquella época, ella todavía se preocupaba por mí, le gustaba que yo estuviera a gusto, y por eso, las más de las veces, yo me salía con la mía, una tortillita, unos filetitos, y gloria bendita… Hasta que, de repente, cuando mejor estábamos, empezó a hacer frío por las noches, ya te digo, y se nos echó encima septiembre sin avisar. Entonces le pedí que se casara conmigo, porque algo tenía que hacer, para que durara más

aquel verano…

—Y ella te dijo que sí.

—Pues, no, no creas que fue tan fácil. Lo primero que me preguntó fue si me había vuelto loco, ya te digo, y luego, buah, no veas… ¿Es que no me conoces?, me soltó, ¿es que todavía no sabes quién soy yo? Eso me dijo, pero yo le contesté que la quería, y que todo me daba igual, lo que pensaran los demás, lo que fuera a decir la gente, todo eso me la sudaba, así de claro, oyes, y ella se quedó pensando y no quise insistir más… Yo, a ver si me entiendes, yo sabía que no estaba enamorada de mí, pero con eso y más, yo la adoraba, estaba tan enamorado que habría hecho cualquier cosa por vivir con ella hasta los restos, incluso a sabiendas de que ella seguía conmigo porque no había encontrado a otro mejor que la aguantara, hasta con eso habría tragado, así que, ya te digo… ¿Qué podía hacer yo? Pues intentar que se casara conmigo, que me fuera cogiendo cada vez más cariño, que tuviéramos un crío o dos, total, el cuento de la lechera… Estuvo pensándoselo cerca de un mes. Luego, a principios de octubre, me dijo que sí en Torremolinos, en un hotel de cinco estrellas donde pasamos quince días que me costaron un huevo y parte del otro, pero hasta eso se me olvidó, oyes, cuando me dijo que sí, que nos casábamos, porque me puse como loco, buah, no veas… Nos casamos al año siguiente, en abril, porque ella quería llevar un traje de novia de los más aparatosos, con mucho escote y una cola de diez metros, ya te digo, y tuvimos que esperar a que volviera el buen tiempo, pero aquel invierno pasó rápido, con los preparativos. Vendí el piso que acababa de comprarme en una bocacalle de la Avenida de los Toreros y compré otro, mucho más caro, en la Fuente del Berro, porque Fernanda no quería vivir al lado de Las Ventas, y luego hubo que amueblarlo, y poner la cocina nueva, y elegir el restaurante para el banquete, y hacerse los trajes de la boda, y buah, no veas… Firmé más letras que un tonto, pero tan a gusto, oyes, lo que es la vida. Y nos casamos, ya te digo, a lo grande, y todo se fue a la mierda antes de que mi mujer hubiera aprendido a usar los electrodomésticos…

Me miró, como pidiéndome una opinión sobre lo que acababa de oír, y me atreví a ir un poco más allá.

—¿Tú crees que lo hizo aposta?

—¿El qué?

—Pues… eso —de repente, tuve miedo de estar pasándome de lista, pero no encontré la marcha atrás—. Ca–asarse contigo primero, quiero decir, y mandarlo todo a la mierda después…

—No sé, chica, yo también lo he pensado muchas veces, pero es demasiado fuerte, ¿no?, demasiado horrible… Yo creo que lo que pasó es que, de repente, se creyó que por estar casada conmigo tenía derecho a todo, ya te digo, que todo era suyo y que la única que mandaba allí era ella, y… ruina, claro, ruina total, porque cada día quería más de todo, más ropa, más dinero, más joyas, más cosas, más, más y más, igual que con el Antonio. Se le antojaba todo lo que veía en la televisión, cualquier cosa que apareciera en un anuncio, pero todo, oyes, y buah, no veas… Y eso que yo entonces vivía bien, pero bien, y hasta me podía permitir algunos lujos, pero todo lo que ella quería, pues no, claro. Y un buen día tuvimos una bronca, y dos días después, otra, y así siempre, que si yo era un tacaño, que si yo era un desgraciado, que si era poco hombre para ella, ya te digo, te lo puedes figurar… Luego me salió con que no la volviera a llamar Fernanda, porque ella se llamaba Fanny, y eso sabiendo de sobra que ese nombre es el que más me da por culo del mundo, y empezó a quedar con sus amigas a todas horas, bueno, a mí me decía que quedaba con sus amigas, quiero decir, hasta que una noche volvió a casa con una cadena de oro que yo no conocía, que me dijo que se la había comprado ella con su dinero, o sea, con el mío que yo la daba, y no me lo creí, y tuvimos una pero gorda… Entonces me fui de casa, me emborraché, y cuando ya no me cabía ni una gota más, me quedé sobado en un banco de la calle Goya, buah, no veas, fue el principio del fin… Me encontró un coche de la madera y me llevó a casa a las seis de la mañana, ya te digo. Fernanda, que estaba muy asustada, me pidió perdón y me prometió que todo iba a volver a ser como antes, y durante una temporada, por lo menos, guardó las apariencias, pero no era buena, ésa es la verdad, y que además no pensaba, y no tuvimos ni seis meses de tranquilidad, y volvieron las broncas. Ella

me decía que yo era un celoso, que si me creía que la había comprado, que no tenía derecho a meterme en su vida, y que a ver si no iba ella a poder entrar y salir a su antojo, con treinta años que iba a cumplir. Y no tenía razón, no la tenía, pero yo lo veía todo tan mal, tan a punto de irse a la mierda para siempre, y tenía tantas ganas de que saliera bien, que al final hasta me convenció, oyes, y llegué a sentirme culpable, que… buah, no veas, es que es el colmo, si seré gilipollas, yo, pues llegué a creerme lo que me decía, fíjate si estaría loco por ella. Pero todo fue a peor, ya te digo, y llegó un momento en que no habría engañado ni a un niño de teta. Y lo que más rabia me da, lo que me pone malo todavía, es que no fuera por amor. Porque si se hubiera enamorado de otro, pues bueno, qué le íbamos a hacer, oyes, pero putear así, a lo tonto…, uf. Entonces empecé a beber, pero bien, porque mi vida era una mierda, y no quería dejarla, todavía no, ésa es la verdad, que no podía dejarla, cómo iba a marcharme de casa si la adoraba, si no podía vivir sin ella… En éstas, viene y me dice que se ha quedado preñada, igual que hizo con el Antonio, pero esta vez de verdad. Y ahí sí que me mató, te lo juro, porque no sabía qué hacer, no lo sabía… Por un lado, por mucho que jurara, ni siquiera estaba seguro de que el crío fuera mío, pero por otro… No sé, llevábamos dos años casados, no era tanto tiempo, y yo pensé, a lo mejor, con el niño…, pues no sé, oyes, sienta la cabeza y deja de hacer tonterías, así que… ya te digo. Me liré todo el embarazo rezando para que se pusiera como una foca, pero no, estaba cada día más guapa, la hija de puta, aunque no le quedaba más remedio que quedarse en casa, claro, y parecía que el niño le hacía ilusión, y a mí también me la hacía, mucha, la verdad, así que pasamos una buena racha. Cuando nació el David, me dije que una criatura tan pequeña, tan débil y tan importante al mismo tiempo, a la fuerza iba a cambiar las cosas, pero no… Qué va. Se negó a darle de mamar para no estropearse las tetas, y no tendría mi hijo ni tres meses cuando empezó a dejarle conmigo para irse por ahí. Y a mí no me importaba, ya te digo, porque me encantaba estar con el crío, que además salió bueno, pero bueno, oyes, que ni una mala noche me dio, el pobrecito, y se tomaba los biberones en diez minutos, que así se puso, hecho una fiera, que daba gusto enseñarlo por la calle… Eso es lo que más rabia me da, que cuando me dejó se llevara al niño, y que el hijo de puta del juez no me escuchara, que cuando salió la sentencia me entró…, buah, no veas, no sé lo que me entró, pero es que le hubiera matado, y a ella, porque no la he vuelto a tener delante a solas, que si no, la mato también, ya te digo…

—A–así que fuiste a juicio… —resumí, más para mí misma que para él, porque lo que acababa de escuchar me parecía sencillamente asombroso, aunque hacía ya rato que habría jurado que mi capacidad de asombro se había disuelto por saturación.

—Claro que sí, no te digo… Pa chasco. Tú nunca has tenido hijos, ¿no? —negué con la cabeza— . A lo mejor por eso no lo entiendes, pero sí, claro que fui ajuicio, a varios juicios, porque recurrí la sentencia hasta quedarme sin un puto duro, y para nada, oyes, que no hubo manera… Yo quería que mi hijo viviera conmigo. Estaba dispuesto a meter en casa a mi madre, a contratar a una muchacha interna para que lo cuidara, lo que fuera, pero conmigo. Alegué que ella había abandonado el hogar conyugal, que se había llevado al niño sin avisar, que la vida que hacía no le permitía cuidarlo, buah, no veas, hasta me metí en un grupo de alcohólicos anónimos y estuve año y medio sin probar una gota, porque ella alegó que yo bebía, ya te digo… Pero no, el niño con la madre y yo, dos fines de semana alternos y dos tardes entre semana, lo típico… Así hemos estado hasta ahora, porque no le perdono ni un minuto del tiempo que me toca, pero ni un minuto, oyes, y aunque me muera de ganas de tomarme una copa, cuando estoy con él, sólo bebo vino con la comida, y nada más, te lo juro, es que ni olerlo… No quiero que me vea borracho nunca, nunca. Es lo único que tengo, pero es bastante, y además, me adora, ésa es la verdad, que me quiere un montón, el David, y yo a él… Fíjate que estoy ahorrando, con lo que me cuesta ahorrar a mí y con la mierda que gano ahora, para que se haga alguien… importante, no sé, ingeniero o arquitecto, o algo así, y él, en cambio, dice que quiere ser fotógrafo, como su padre, buah, no veas… Se me hace un nudo en la garganta cada vez que lo oigo. El año pasado se vino a mi casa el diez de mayo y estuvo conmigo toda la feria porque le dio la gana, ya te digo, y su madre no pudo hacer nada para impedirlo, porque él le dijo, si denuncias a papá, voy yo a hablar con el juez y se lo explico, eso le dijo, mi chico, con catorce años

y un par de cojones, oyes, y ella se achantó, y no pasó nada. Todas las tardes, nos íbamos a los toros por la patilla, porque yo tengo muchos amigos en Las Ventas, y me dejan pasar gratis, y estaba todo el rato preguntándome, qué va a pasar ahora, por qué hacen esto o lo otro, se ponía de un pesado… Yo se lo explicaba todo, y él me decía, es que tengo que aprender, papá, para cuando venga a trabajar aquí, dentro de unos años… Por eso he venido hoy, para enterarme de los carteles porque, dentro de nada, lo tengo en casa otra vez, ya hemos hablado de eso y él, dale que te pego, que quiere ser fotógrafo, igual que yo… No se le quita de la cabeza, ya te digo, y entonces pienso que, a lo mejor, todo lo que he pasado ha estado bien empleado, que al final he tenido suerte y todo… Y ya sé lo que estás pensando, lo sé, aunque me digas que no, porque es lo que piensa todo el mundo, yo mismo lo pensaría, si alguien me contara una ruina como ésta, pero el niño es mío, oyes, mío, pero mío, estoy seguro, y no porque su madre me lo haya jurado, que esa tía ni tiene palabra, ni seso, ni nada dentro, sino porque yo soy su padre, he sido su padre desde que nació y seré su padre hasta que me muera, y punto. Y encima, es clavado a mí, fíjate…

Se sacó del bolsillo una cartera que parecía de cartón, tan desgastada estaba la piel que el uso había mordido las esquinas hasta hacerlas desaparecer, convirtiendo el rectángulo original en un objeto oblongo, delicado de puro precario, y extrajo con mucho cuidado una foto embutida en una funda de plástico que me tendió con la punta de los dedos. La miré, y no pude contener una sonrisa. Lo que tenía delante era todo un premio para la minuciosa labor de reconstrucción en la que mis ojos se habían empeñado con un tesón creciente, casi amoroso, a lo largo de toda la noche. Por eso, porque aquella imagen tenía algo de triunfo, me felicité íntimamente mientras contemplaba una fotocopia del rostro que una vez había poseído el hombre que ahora me miraba en vilo, aguardando con impaciencia un veredicto. Allí estaban sus ojos verdes, de mirada limpia, incontaminada de cualquier veneno, la nariz romana, recta y severa, y el ángulo de una barbilla nítida, equidistante entre dos pómulos salientes y afilados.

—Desde luego, es hijo tuyo —sentencié, al devolvérsela.

—Claro que sí —exclamó con disimulada euforia, mientras la guardaba de nuevo—. si lo dice hasta el Antonio, y eso que no puede ver a la madre… Cuando era pequeño, que no se notaba tanto, pensé que, si no era mío, por lo menos podía agradecerle al destino que se me pareciera, pero desde que pegó el estirón… buah, no veas, si no hay duda, oyes, si es que es escupido, pero escupido a mí, ya lo ves… Y además, que igual que te digo que con lo de la boda no sé qué pensar, con lo del crío siempre lo he tenido claro, que Fernanda se quedó embarazada aposta para poder largarse de casa y seguir viviendo de mí, ya te digo…

—Pues la historia no termina ta–an mal… —resumí, mientras advertía que nos habíamos quedado solos en un bar de mesas vacías. Hasta los músicos —dos violines y un violoncelo— que llevaban un rato recogiendo sus bártulos, se habían marchado ya. Forito pidió la cuenta a un camarero que esperaba pacientemente, apoyado en una columna, a que nos diéramos cuenta de que eran casi las dos de la mañana, y ya no fui capaz de tender ninguna trampa eficaz para detenerle.

Le dejé pagar, porque sabía que cualquier otra solución le ofendería, y recorrimos en silencio los pocos metros que nos separaban de la calle, mientras una tremenda sensación de vacío, como un hueco húmedo y frío que avanzara sin pausa desde el centro de mi cuerpo para conquistar hasta el más insignificante residuo de calor, me anulaba un poco más a cada paso. Conocía muy bien ese fenómeno, la garra de la desolación que me esperaba, agazapada entre los magníficos muebles de la cocina de mi casa, cada domingo por la noche, cuando el reloj me obligaba a abandonar la novela que estaba leyendo para imponerme la obligación de hacer una cena mínima, la tortilla francesa que engulliría a solas, sin ganas, a veces hasta de pie, antes de acostarme por pura disciplina para afrontar una semana idéntica a la anterior, idéntica a la inmediatamente sucesiva, ese tiempo entre paréntesis que es mi vida.

Entonces, por mirar a alguna parte, miré mis propios zapatos forrados de tela roja, los elegantes zapatos de Alejandra Escobar, y comprendí de repente que aquella noche sí me pertenecería para siempre, que aquella noche había sido mi noche, aunque no hubiera tartamudeado apenas, aunque

hubiera bebido más de la cuenta, aunque apenas hubiera hecho otra cosa que escuchar, y la conciencia de mi propia identidad cambió el signo de ese fantasmagórico parásito interior, que mutó en un instante desde la negra naturaleza de la desolación hasta un dolor mucho más confortable, que nacía del simple presentimiento de la ausencia. El final de aquella noche, de aquella historia, me producía una tristeza inmensa, casi insoportable.

Fuera hacía mucho frío. Forito, que no era un personaje de novela, supuso en voz alta que querría coger un taxi. Yo, a cambio, le aplasté contra la fachada lateral del hotel Ritz, y le besé.

—Perdóneme… —me excusé en el umbral de la puerta—. No me gusta llegar tarde, pero he tenido problemas de última hora en la editorial.

Me dirigió una mirada apacible, todas sus miradas lo eran, antes de invitarme a ocupar mi sitio con un gesto de la mano derecha. Salvé la distancia que me separaba del sillón de costumbre andando muy despacio, como si la lentitud que imponía a mis piernas, a mis brazos, pegados al cuerpo, indiferentes al movimiento, pudiera disolver, o encubrir al menos, las huellas de la indignación que todavía palpitaba en mis sienes, coloreando mis mejillas con una contundencia que descartaba por sí sola cualquier posible interpretación de sonrojo o de apresuramiento. Era rabia, pura rabia. Ella frunció las cejas al descubrirlo.

—No ha tenido un buen día —comentó solamente, sin embargo.

—Desde luego que no —corroboré, con parejo laconismo.

Llevaba más de un año hablando para ella cada jueves, más de un año mirándola a la cara, contándole mi vida, desplegando ante sus ojos fragmentos más o menos sinceros del desnudo brutal de mi memoria, y sin embargo, todavía no era capaz de tutearla. Nunca lo haría, como nunca sería capaz de dejar de ver en ella una borrosa versión del enemigo, una especie de testigo insobornable, eterno, de todas mis miserias. Pero la bronca de aquella tarde estaba muy lejos de la frontera que separa la intimidad superficial de la más oscura, esa que no se comparte ni siquiera con uno mismo, y al fin y al cabo, por alguna parte había que empezar.

—Me he peleado con mi hermano Miguel —anuncié, encendiendo el primer cigarro de la tarde—. La verdad es que me he pasado la vida pegándome con él, en casa primero, de pequeños, y luego en el trabajo, y eso sería lo de menos si yo hubiera ganado alguna vez, pero no, porque soy tan imbécil que siempre acaba saliéndose con la suya.

—Miguel es el mediano, ¿verdad?, y es mayor que usted…

—Sí, dos años. Antonio, el primogénito, le saca quince meses, pero se llevan mucho mejor entre sí de lo que yo me llevo con cualquiera de los dos, aunque con Antonio no he discutido nunca, la verdad, porque nos ignoramos mutuamente, lo cual resulta mucho más civilizado, pero también es cierto que le tengo menos cariño, en fin, creo que ya hemos hablado de esto alguna vez… —asintió con la cabeza y seguí hablando—. Bueno, no sé si le he contado que Miguel acabó casándose con una amiga mía del colegio, María Pilar, que era buena chica, bastante cursi, eso sí, porque no consentía que nadie la llamara Pilar a secas, y un poco pava, pero simpática y muy divertida. Era muy guapa, también, una chica que llamaba la atención, como mi hermano, por otra parte, y aunque parezca mentira, los dos se cuidan tanto que ahora resultan incluso más guapos que antes, porque a los veinte años quien más y quien menos tiene buen tipo y una piel estupenda, ya sabe, pero a estas alturas es más raro destacar, y ellos destacan, desde luego… También es verdad que no hacen otra cosa. Desde que tuvo a sus hijos, y el pequeño debe de estar a punto de cumplir trece años, María Pilar se ha pasado la vida entre la peluquería y la esthéticienne, porque ella siempre lo dice así, en francés. Cada vez que alguien le comenta que está más guapa cada día, confiesa que su secreto consiste en dormir mucho, como si levantarse todos los días a las once de la mañana estuviera al alcance de cualquiera. Se ha montado un gimnasio en el sótano de su casa y se pasa la mañana haciendo pesas, luego va a nadar, y después queda con sus amigas para ir de compras, porque gastar dinero es lo único que la cura de la neurosis. Ella dice que está expuesta a la neurosis del ama de casa, y que las mujeres que trabajamos no podemos imaginarnos siquiera lo que se cansa una sin hacer nada en todo el día, y lo que se sufre sin salir de casa, bueno, ya se puede imaginar, su vida parece un chiste machista, y con fundamento, no le digo más… Una gilipollas integral, desde el último pelo de la cabeza hasta la uña meñique del pie izquierdo, y me quedo corta.

—Está claro que ya no son amigas…

—Está claro —admití, notando con alivio los efectos del rutinario catálogo de insultos que había soltado sin detenerme a respirar siquiera, y que empezaba, a desalojar un pesado estanque de agua sucia de mi interior—. Hace ya muchos años que dejamos de serlo. La novedad es que, a partir de hoy, somos más bien enemigas. O, mejor dicho, que estamos a punto de empezar a serlo, porque no la aguanto y voy a tener que cargar con ella todos los días… Por eso me he peleado con Miguel. Me ha venido esta mañana con que Mari Pili…, bueno, mi marido siempre la llama así y yo me apunté al diminutivo hace muchos años, en fin, que su mujer tiene una especie de crisis, que está triste y como desorientada, que no sabe lo que quiere ni lo que le pasa. O sea que, por una vez, ha sucumbido a la vulgaridad y está igual que todo el mundo, igual que yo, por lo menos. Lo han estado hablando, y se les ha ocurrido que lo que necesita es trabajar. ¿Se da cuenta? Trabajar, así, por las buenas, como si fuera lo mismo que pasar una temporada en un balneario. María Pilar necesita trabajar, eso me ha dicho. Y aunque él tiene un departamento entero para él solo, aunque hace doce o trece libros de texto cada año, no ha tenido una idea mejor que endosármela a mí, porque como es una mujer y yo trabajo con mujeres… —tenía el mechero en la mano, y lo encendí sin motivo, oprimiendo el pulsador con el dedo pulgar hasta que el metal empezó a quemar, pero ni siquiera así logré tranquilizarme—. Es que es la hostia, vamos, pero la hostia, no sé… Estoy harta, de verdad, harta. A veces tengo la impresión de que nadie nos toma en serio, de que somos una especie de Chicas de la Cruz Roja en versión editorial, y tiene cojones, desde luego… —volví a encender el mechero y esta vez me quemé, y lo hice aposta—. Perdóneme. No he querido hablar tan mal.

—No importa.

—Ya me lo imagino, pero no me gusta.

—Porque le molesta perder el control —sugirió.

—Desde luego —a veces pensaba que si el mérito de un psicoanalista consiste en sacar ese tipo de conclusiones, tenía la vida resuelta aunque no volviera a hacer un libro en toda mi vida—. A todo el mundo le molesta, ¿no? —hice una pausa, pero ella no quiso añadir nada—. De todas formas, en este momento he formado un equipo con mujeres por puro accidente. Me costó Dios y ayuda fichar a la documentalista, Ana, que es la mejor editora gráfica de todo el grupo. Se la quité a mi hermano Antonio en el último momento. La coordinadora, Rosa, había trabajado conmigo muchas veces, como redactora, como correctora, como traductora. Hace de todo, y lo hace bien, así que no se me ocurrió nadie mejor para que controlara la edición. El tratamiento informático se lo encargué a un hombre, sin embargo, Ramón Estévez, un tío estupendo, listísimo, pero que anda siempre muy sobrecargado de trabajo y no podía hacerse cargo de un proyecto más. Por eso me recomendó a Marisa Robles, una de sus ayudantes, y la verdad es que no me hizo ninguna gracia renunciar a él, que acepté a Marisa de mala gana, eso lo reconozco, y sin embargo, todo ha funcionado estupendamente. Hasta el punto de que lo único que tengo claro es que, pase lo que pase después del Atlas que estamos haciendo ahora, voy a intentar quedarme con ella para siempre, porque tener a un buen informático a mano es un verdadero lujo. Pero igual que le digo esto, le digo que si Ramón me hubiera recomendado a un hombre, lo habría contratado sin dudar, créame. He trabajado con muchísimos hombres hasta ahora, y no he tenido más problemas con ellos que con las mujeres. Y con cualquiera, por supuesto, menos problemas de los que voy a tener con Mari Pili, eso seguro…

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