—¿Y por qué la ha aceptado? —parecía sinceramente sorprendida.

—Pues porque soy imbécil, así de claro… Porque Miguel me ha convencido de que meterla de buenas a primeras en su propio departamento resultaría escandaloso, porque me ha jurado que en cuanto pueda se la llevará a trabajar con él, porque sabe de sobra que vamos de culo y que nos vendría muy bien un ayudante que haga de todo, yo qué sé… He conseguido retrasar su incorporación un par de meses, hasta que empecemos un nuevo tomo, a ver si se hace defensora de las focas y se le olvida, o si nosotras, por lo menos, podemos ir haciéndonos a la idea. Al final he

pactado que mi cuñada pasará dos semanas trabajando con Rosa, dos semanas con Ana, y cuatro semanas con Marisa, porque los ordenadores son lo que más le interesa, ya ve, si lleva uñas de medio metro, qué le va a interesar a esa imbécil… Y cuando se lo he contado, se me han puesto contentas, claro, sobre todo Marisa, que se lleva la peor parte, porque la verdad es que estamos agobiadas de trabajo, y lo que nos faltaba era precisamente esto. Total, un desastre. Tendría que haber mandado a Miguel a la mierda, amenazar con colocarle a cambio a cualquiera de mis sobrinos en su libro de Lengua, negarme en redondo a cargar con Mari Pili, pero me ha pillado en un mal día, y eso es lo malo de mi hermano, que no se cansa jamás de discutir, y yo no sé estar una hora y media chillando y él sí…

Entonces callé, y la miré a los ojos, y encontré en ellos exactamente lo que esperaba. Desde que, en el preciso comienzo de la primera sesión, le advertí que prefería que no me preguntara nada, solamente se atrevía a interrumpirme para pedirme alguna aclaración trivial, o para glosar mis propias palabras. Las preguntas importantes, sin embargo, asomaban a sus ojos con tanta claridad como si pudiera escribirlas con alguna tinta mágica en el borde de sus párpados. Nuestras sesiones se habían ido convirtiendo poco a poco en un misterioso diálogo entre una voz que hablaba y otra que callaba, pero acertaba a expresarse siempre con silencios rotundos, más eficaces que cualquier sílaba. Aquella voz me preguntaba ahora por qué había tenido un mal día, y había sido tan malo de verdad, que me sometí a su voluntad sin calcular muy bien los efectos de mi respuesta.

—Estoy muy mal —admití, como un mínimo preámbulo—. Hace dos días le conté a mi marido que me estoy psicoanalizando.

Me pareció captar un fugacísimo destello de luz en sus pupilas, un inaudito síntoma de emoción que se extinguió muy pronto, sin embargo, en el acento neutro, convencionalmente profesional, que adoptó

para formular una pregunta inevitable, a la que mi raro acceso de sinceridad le daba cierto derecho.

—¿Y cómo reaccionó él?

—Me dijo que él creía que nosotros no hacíamos esta clase de cosas.

Eso fue exactamente lo que dijo, yo creía que nosotros no hacíamos esa clase de cosas, y se desmoronó en una esquina del sofá, echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, para cambiar en un instante el signo de aquella escena, mi valerosa confesión deshinchándose hasta encajar en los mediocres límites de una inconveniencia, un error de cálculo, un comentario desafortunado e irreparable ya, otro desastre. Mi mirada vagó entre las familiares esquinas del salón de mi casa como si demarcaran un paisaje jamás visitado hasta entonces y después se hundió en mí misma, en mi vientre cansado, súbitamente atormentado por la inclemencia de mis propios ojos. La desnudez se me antojó de repente un estigma de mi propia decadencia, el eco de un clarín tardío que avisa de la ruina de un edificio cuyos muros se precipitan ya hacia el suelo, cayendo sin control en un violento estrépito de asombro y polvo. Como una Eva improvisada pero consciente, apenas fui expulsada del Paraíso corrí al dormitorio en busca de cualquier cosa que sirviera para cubrirme. Cuando regresé al salón, envuelta en un albornoz que ocultaba la ropa interior en la que había buscado una dosis suplementaria de seguridad, él todavía no había abierto los ojos.

Martín el lapidario, le llamaban en la facultad, porque le gustaba hablar a golpe de sentencias, frases cortas, afiladas, crueles a veces, certeras casi siempre e inapelables como sus propias convicciones, como las dudas que me confesaba últimamente con una angustia creciente y una frecuencia insólita hasta en alguien que practica en la duda una especie de metódica gimnasia intelectual. Yo le admiraba también por eso, y por la disciplina con la que pisaba el freno cuando estaba a punto de hacer daño de verdad a quien no lo merecía. Martín cultivaba la brillantez en los huecos libres de una bondad esencial, un sentimiento mucho más ligado al concepto de la dignidad individual y de la justicia universal, que a las blandas caridades en las que se asienta el desprestigio

contemporáneo de la virtud. Tal vez por eso, cuando me vio por fin, encogida en el sillón, aferrando las solapas del albornoz con las dos manos, cruzándolas tenazmente sobre mi pecho para cubrir hasta el último centímetro de piel visible, me llamó, y logró envolver sus palabras en el amable tono de una súplica.

—Ven aquí —me ordenó y me rogó al mismo tiempo, abriendo los brazos.

Yo tardé algún tiempo en decidirme. Le miré primero, fijamente, intentando adivinar qué sentía él en realidad, qué sentía yo, indecisa entre el desaliento provisional y la derrota definitiva. Mi resistencia acabó por descolocarle, y cuando echó nuevamente la cabeza hacia atrás, chasqueando los labios como un signo de impaciencia, fui hacia él y busqué sus brazos, enredándome en su cuerpo con el mismo tozudo desvalimiento que me había empujado hasta él al principio de aquella tarde cargada de preguntas.

—Yo creía que tenías un amante —dijo luego, después de besarme muchas veces en los labios, una ordenada ráfaga de besos breves, dulces, que posaron una nota amarga en la frontera de mi paladar.

—Y lo habrías preferido… —musité, con un registro ignorado de mi voz, una débil hebra sonora que parecía nacer de la hondura de mi propio miedo.

—No —contestó, con una rotundidad sospechosa de puro automática—. Desde luego que no.

Y sin embargo mentía. Estaba segura de que me estaba mintiendo. a pesar del aplomo con el que me sonreía ahora, como si la verdad acabase de quitarle un insoportable peso de encima, mentía, y yo no supe qué decir después, cómo excusar una inocencia que se había convertido de golpe en el más brutal de los delitos.

—No podéis pasaros toda la vida jugando al amor puro y eterno —me había dicho Marita una vez, muchos años antes, cuando el mundo entero parecía apenas un pequeño jardín que ella cultivaba en sus ratos libres—. Eso no funciona nunca. Hazme caso o acabaréis mal…

Si no le hubiera gustado tanto follar, habría sido la perfecta reencarnación de la virgen roja. Se llamaba María Tadea, santa del día, y cuando la conocí, poco tiempo después de desembarcar en la universidad, exhibía su nombre completo como una herida de guerra, una condecoración del destino, una especie de contraseña del origen rural y proletario que la destinaba inevitablemente a los puestos de mando, a la cabeza de las voluntariosas huestes revolucionarias que se nutrían sobre todo de los cachorros de una burguesía urbana más que complaciente con la dictadura, los auténticos beneficiarios del desarrollismo franquista, hijos de familias más o menos bien que no entendían ya por qué el pan está bendito, y reían entre dientes al escuchar la enésima versión del ancestral discurso que empezaba con cualquiera de aquellas frases memorables, yo he comido muchas berzas para que tú te hartes de filetes todos los días, o a tu edad yo ya llevaba muchos años trabajando y me compré mi primer coche a fuerza de matarme a horas extras, o mi padre me dio a mí diez pesetas a los veinte años para que me fuera de excursión a la Boca del Asno, y tú ya has estado en media Europa y todavía te quejas.

—En fin, éstos son los bueyes que tenemos para arar… —solía murmurar, fidelísima siempre a su prestigiosa estirpe agraria y cabeceando de desaliento, cada vez que pasaba revista a sus tropas. Pero, a pesar de la intensidad de su perpetua, fingida decepción, mandar le gustaba todavía más que follar. Por eso, luego levantaba la voz para soltar unos discursos aterradores, tan ardientes que las palabras parecían quemarle el paladar, con tal vehemencia escapaban de su boca, y tan feroces que más de un cortejador de la revolución pendiente agachó la cabeza antes de abandonar discretamente aquellas reuniones por la puerta de atrás, andando como los cangrejos, y se perdió para siempre en el confortable limbo de la socialdemocracia, donde nadie se atrevía a mencionar conceptos como el sacrificio, el combate, el dolor, el polvo, el sudor, o las lágrimas de esas madres heroicas que entregan sin vacilar a sus propios hijos a una muerte digna por una causa justa, que era el golpe de efecto preferido por Marita para concluir sus sanguinarias y melodramáticas arengas.

Ella fue la primera persona que me habló de Martín, casi un año antes de que le conociera, y desde luego, no pudo hablarme peor. Mi futuro marido, que la detestaba y era correspondido por

ella con creces, porque ocupaba el escalón inmediatamente superior en el complejo organigrama del partido de entonces, fue quien empezó a llamarla María Tarada, un mote que tuvo tanto éxito que algunos despistados llegaron a tomarlo por su nombre de pila. Él fue también quien, muchos años después, me reveló que Marita coleccionaba fotos, grabaciones y hasta películas de Pasionaria, y las estudiaba con ahínco para reproducir escrupulosamente los gestos, las poses, el tono y hasta el acento norteño de Dolores, en sus intervenciones. Copiaba frases enteras de los discursos emitidos por la radio durante la guerra —de ahí su insistencia en el sacrificio de las madres, en una época donde esa expresión remitía más bien al régimen de los hidratos de carbono, que se había puesto de moda—, pero, en mi opinión, lo hacía muy bien. Aunque ella estudiaba Derecho y yo Filosofía, nos veíamos casi todas las semanas en las reuniones del Comité Universitario de Solidaridad con Latinoamérica donde las dos representábamos a nuestras respectivas organizaciones, un invento que funcionaba en realidad como banderín de enganche para el Partido Comunista, porque ninguno de sus restantes miembros podíamos competir, ni de lejos, con la arrolladora capacidad de persuasión que Marita era capaz de desplegar ante cualquier indefinido aspirante a la tarea revolucionaria, incluso al precio de aterrarlo para el resto de su vida. Yo la admiraba por esa facilidad con la que acometía cualquier propósito que se hubiera empeñado en alcanzar, por descabellado que pareciera a primera vista, y me llevaba estupendamente con ella, aunque no me atrevo a decir que fuéramos amigas porque, en aquella época, Marita interpretaba seguramente la amistad como una debilidad urbana y pequeñoburguesa.

—Tú y yo somos interlocutoras —dijo una vez, definiendo nuestra relación con la rotundidad que caracterizaba su idea de todas las cosas, y era cierto. Durante toda la carrera, incluso después de que mi encontronazo dialéctico con Martín anulara el horizonte de mis ambiciones políticas concretas, y hasta cuando autodisolvimos el comité, seguíamos quedando casi todas las semanas para intercambiar puntos de vista, como decíamos entonces, aunque en realidad hablábamos un poco de todo, de la carrera, de la infinita nómina de sus novios de una noche, de música, de libros, de cine. Me gusta recordarla como era entonces, bajita y regordeta, con mucho pecho y las piernas ligeramente cortas, pero muy mona de cara, a pesar de las gafas redondas con montura de concha, deudoras del gusto de León Trotski y paradójicamente seleccionadas por la Seguridad Social franquista entre las monturas que se suministraban gratuitamente, que escogían todos los progres de la época.

Luego, la perdí de vista. Creí que sería para siempre, pero casi un año después de verla por última vez, cuando ya ni siquiera merodeaba por la facultad de Derecho porque había terminado la carrera y trabajaba en la editorial, me la encontré por sorpresa al otro lado del teléfono.

—¿Fran? —preguntó, con un acento tan resuelto como si sólo hubieran pasado un par de días desde que nos tomamos la última copa juntas, y después se identificó con la misma naturalidad—. Marita. ¿Qué tal? ¿No estarás ya de vacaciones?

—No… —murmuré, mientras sujetaba el teléfono con la barbilla para terminar de abrocharme la blusa. Eran las siete y media de la mañana, pero ese detalle no sería ni remotamente el dato más excéntrico de nuestra conversación.

—Pero por lo menos tendrás jornada intensiva, ¿no?

—Pues sí —contesté—. Por eso estoy levantada a estas horas…

—Ya —se excusó—, ya sé que no son horas para llamar a nadie, pero temía no encontrarte, y no duermo nada últimamente, verás… —en ese momento, a pesar del sueño insatisfecho que aún embotaba mis reflejos, comprendí que estaba nerviosa y algo peor, preocupada, asustada, o muy angustiada y empeñada a la vez en ocultarme los motivos de su angustia—. ¿Tienes algo superimportante que hacer mañana por la tarde?

Lo primero que me pasó por la cabeza fue que se había metido en un grupo terrorista, cualquiera de esas rebuscadas siglas de extrema izquierda que había aprendido a descifrar sobre los muros de la facultad aun sin llegar a conocer jamás a ninguno de sus miembros pero, aunque lo último que me apetecía era dar cobijo a un fusil humeante o a su tembloroso propietario, le debía cierta lealtad

de camarada, y fui sincera.

—No.

—Estupendo —parecía muy aliviada—. Entonces podemos quedar. Es que…, bueno, voy a abortar, y he pensado que es mejor ir acompañada, porque me han dicho que seguramente tendré que esperar un buen rato, y después…

—Claro, claro… —no necesitaba más aclaraciones—. Desde luego.

Me citó a las cuatro en punto en una salida de la estación de metro de Canillejas —así te dará tiempo a comer algo, precisó, con una serenidad que me devolvió a la Manta que siempre había conocido— y se despidió con la misma rotunda eficacia con la que me había saludado. No tuve mucho tiempo para pensar, pero salí a la mañana de julio, tan calurosa como pueda haber sido la peor mañana de julio de la historia, calculando que si había recurrido a mí, una simple interlocutora, era porque no tenía a nadie más a quien acudir, y esa idea conmovió tan profundamente a la niña sin amigas que yo también había sido que llegué a contemplar la cita del día siguiente desde una perspectiva mucho más amable de la que me depararía la realidad.

Me esforcé por ser puntual pero, naturalmente, ella ya me estaba esperando. La encontré exactamente igual que la última vez. Llevaba unos vaqueros y una camiseta amarilla metida por dentro, y procuré no mirar su cintura ni siquiera de reojo, pero ella prefirió desbaratar cualquier tentativa de delicadeza de una vez por todas.

—Estoy de siete semanas —me dijo, con la misma sonrisa con la que me habría recibido si acabáramos de quedar para ir al cine—. No debe de medir ni diez milímetros. Como comprenderás, no es un niño.

Inicié una conversación trivial, el consabido repaso al estado sentimental, laboral y militante de nuestros conocidos comunes, mientras la seguía por un par de bocacalles hasta un edificio corriente, una casa de pisos de aspecto vulgarísimo, sin ningún tipo de placa en el portal. Subimos andando hasta el segundo, y llamamos al timbre que quedaba a la derecha de la escalera. En el tiempo que tardaron en abrirnos, percibí el eco de un par de transistores sintonizados en distintos programas musicales, el llanto de un bebé, gritos de niños que jugaban y hasta un lejano olor a pisto manchego que debía de provenir del patio interior. Sin embargo, más allá de aquella puerta corriente, tras la que parecía vivir una familia igual que todas las demás del mismo bloque, la realidad perdió de golpe todo el color. En el vestíbulo, muy amplio y recién pintado de blanco, apenas había media docena de objetos, una mesa de oficina con sus correspondientes accesorios —teléfono, interfono, un par de bandejas llenas de papeles, un bote con bolígrafos—, una silla desierta, previsiblemente destinada a una recepcionista ausente, un banco de madera en el que tampoco se sentaba nadie, y dos pósters tan impersonales y previsibles, vista nocturna de Manhattan, playa tropical con palmeras, que lo mismo podríamos haber entrado en el despacho de un agente de bolsa que en la consulta de un dentista.

Seguimos a la mujer que nos había abierto la puerta —una chica muy delgada, morena, el pelo corto y un indefinible aire masculino en cada gesto, tal vez incentivado por el pecho casi completamente plano bajo una camiseta grandísima de algodón blanco, que asomaba, como los vaqueros, bajo la bata que la identificaba como sanitaria de un rango aún desconocido para nosotras, porque no se presentó—, por un pasillo largo y muy limpio, el suelo de linóleo recién fregado acusando las huellas de sus zuecos, hasta un despacho lleno de ficheros, con otro póster, vista diurna y luminosa de Notre–Dame esta vez, y otra mesa de oficina, tras la que tomó asiento. Entonces, invitándonos a imitarla, se dirigió a Marita en un tono sorprendentemente suave.

—El otro día no te abrimos una ficha, ¿verdad? —y esperó la respuesta con una gran sonrisa.

—No —contestó Marita, y me sonrió a mí, como si yo necesitara algún consuelo, antes de empezar a responder a una exhaustiva serie de preguntas con el aplomo que esperaba.

—Dime cómo te llamas.

—María Tadea. Ya sabe, la santa del día…

En ese instante, no sé por qué, se me hizo un nudo en la garganta que no cedió ante cuestiones

más técnicas —sí, creo que pasé el sarampión a los siete años, no, que yo sepa en mi familia nadie se ha muerto de nada raro, tampoco, que yo sepa, no soy alérgica a ninguna cosa— y que permaneció firme, manteniéndome a un paso de una emoción tan intensa como inexplicable, hasta que abandonamos aquel lugar para instalarnos en la sala de espera contigua. En aquella habitación, parecida a todas las salas de espera del mundo, mis sentimientos cambiaron de una forma radical. En el sofá situado exactamente enfrente del que nosotras elegimos, una mujer de unos cuarenta años, de aspecto humilde y con pinta de haber sido madre ya de varios hijos, lloraba sin esperanza, con tal desconsuelo y tanta mansedumbre al mismo tiempo, que las lágrimas resbalaban por su rostro sin hacer ruido y sin que ella hiciera nada por detenerlas, a pesar del pañuelo pequeño y arrugado que estrujaba con los dedos de la mano derecha. A su lado, otra mujer, tan parecida a ella que a la fuerza tenía que ser su hermana, lloraba también, sin dejar de murmurar frases de ánimo que no podíamos escuchar, pero adivinábamos en la caricia rítmica e incansable de sus dedos, que apartaban el pelo de la frente de la más desconsolada, y recorrían sus mejillas, y acariciaban su nuca, y trataban en vano una y otra vez de detener aquella imparable explosión de tristeza. Sobre sus cabezas, un flamante cartel del Sindicato de Sanidad de Comisiones Obreras, recién legalizado, ponía un contrapunto objetivo a la dureza de aquella escena. Sólo al mirarlo comprendí que, al margen de la humillación, del dolor y del miedo, todos nosotros, Marita y yo, las hermanas que teníamos delante, y la pareja de jovencitos silenciosos y asustados, casi dos niños, que las contemplaban desde nuestra izquierda, estábamos a punto de cometer un delito, si no habíamos empezado a cometerlo ya.

Cuando se abrió la puerta y una enfermera de aspecto apacible, una clásica madre de familia teñida de rubio, con la radiante sonrisa que uniformaba a todas las personas que trabajaban en aquel lugar, reclamó a la mujer triste por su nombre de pila —acompáñame, Socorro, tu hermana puede venir también, si quieres—, ella dejó escapar un quejido largo y puro, un ay que sonó exactamente así, ¡ay!, antes de levantarse. Entonces, sin pensar en lo que hacía, cogí a Marita de la mano, y ella estrechó la mía entre sus dedos, sin decir nada. Seguimos así, cogidas de la mano, durante casi una hora, hablando de tonterías, el verano, el viaje que más nos apetecería hacer, los libros que nos habían gustado últimamente, lo bueno y lo malo de comprarse un coche, y no sé lo que pensaría ella, pero yo estaba aterrada, creo que no he pasado más miedo en mi vida, y sólo podía pensar que todo aquello era siniestro, la blancura de las paredes, las sonrisas de aquellas mujeres de la bata blanca, la limpieza que se respiraba en cada objeto, siniestro, y temblaba sólo de pensar que algo pudiera salir mal, que Marita no se recuperara de aquella intervención tan sencilla —ni anestesia ni nada, me había dicho—, que la policía llamara al timbre cuando mi amiga estuviera a medias, tumbada sobre una camilla, absolutamente indefensa, a la pura merced del azar.

Como casi siempre ocurre, lo que sucedió a continuación fue mucho menos horrible que todo lo que había calculado previamente. Marita no perdió la calma en ningún momento. Con una fortaleza asombrosa, pagó cada sonrisa con sonrisas y no se quejó de dolor alguno, en ningún momento. Cuando la llamaron, se levantó sin vacilar e hizo sólo una pregunta.

—¿Puede pasar mi amiga conmigo?

Aquella fue la primera vez que me llamó amiga. Yo estuve a su lado, de pie, cogiéndola de la mano y hablando sin parar, mientras la miraba directamente a la cara para obligarla a devolverme la mirada y ahorrarle la tentación de estudiar el monitor situado a su izquierda. De repente, todo me pareció rápido, fácil e indoloro, demasiado técnico y complicado además corno para comprender a simple vista lo que estaba sucediendo. Entonces, la madre de familia teñida de rubio desconectó la pantalla y dijo que ya habíamos terminado. Media hora después, cuando Marita demostró que podía andar y hasta correr si hacía falta, ya estábamos en la calle.

Agradecí la bofetada de calor, ese aire reconcentrado, agotado de sí mismo, que sofoca las ciudades en las tardes de verano, como una indudable contraseña de la realidad, de esa libertad que había sentido misteriosamente perdida durante unas horas. De repente, me encontraba de tan buen humor que me habría atrevido a hacer cualquier cosa, cualquiera menos interpretar la expresión del

rostro de Marita, frío ahora, y duro, muy lejos del sereno alivio que yo, que jamás he tenido que pasar por un trago semejante, le había adjudicado sin pararme a pensarlo siquiera.

—Mi abuela tuvo a mi padre sola —dijo al principio, parada en la acera con un gesto de determinación casi fiero, los pies firmes y juntos contra el suelo, los puños cerrados dentro de los bolsillos del pantalón, y al principio no la entendí, no fui capaz de descifrar el brillo de sus ojos, la tensión de sus labios, que se curvaban hacia abajo como si su lengua retuviera aún el sabor de un líquido muy amargo—. Mi abuelo era un juez de la capital. Estuvo tres o cuatro años en el pueblo, la dejó preñada y se largó, pero ella pudo con todo. Yo también habría podido. Acabo de cumplir 23 años, estoy sana, soy fuerte, soy abogada…

Acerté a tender los dos brazos hacia delante un instante antes de que se desmoronara entre ellos, y sostuve a pulso su cuerpo pequeño, desmadejado y blando, como si todos sus huesos se hubieran fundido solos, de puro pesar, hasta que recuperó el control preciso para levantar primero la cabeza, el rostro deformado por el llanto, y luego los hombros, que no recuperaron del todo su tiesura mientras se apartaba de mí con la inseguridad de un bebé desorientado que intenta calcular si será capaz de dar dos pasos seguidos sin la ayuda de nadie. Durante unos pocos, larguísimos minutos, las dos seguimos así, clavadas en la acera, absolutamente inmóviles, ella intentando en vano recobrarse a sí misma, llorando todavía, yo contemplándola y reprochándome por dentro mi incapacidad para ayudarla, para tirar de ella hacia cualquier sitio mejor que aquél, cualquier lugar donde sus lágrimas perdieran la misteriosa facultad de inmovilizar mis piernas y mi imaginación de un solo golpe. La gente empezaba ya a pararse para mirarnos, cuando Marita se atrevió a levantar la cara otra vez.

—Lo siento —me dijo, y me cogió del brazo para echar a andar—.

Lo siento mucho, Fran. Yo… no contaba con esto. Estaba muy segura de todo, no sé…

—¿Cómo estás? —pregunté, para acabar de sentirme irremediablemente imbécil.

—Fatal. Muy mal. Y no lo entiendo, la verdad es que no lo entiendo, yo había pensado mucho en todo esto, y no quería ese niño, no quería a ese niño, no lo quería…

Mientras se doblaba hacia delante, para volver a llorar con todo el cuerpo, recobré al mismo tiempo la movilidad y la cordura.

—No era un niño —sentencié, al tiempo que levantaba la mano para parar un taxi libre.

La empujé dentro del coche y le di al conductor la dirección de mi casa. Aquel dato la hizo reaccionar.

—No —me pidió—. No quiero ir a tu casa. Vamos a la mía, mejor…

—Pero si estoy sola —aclaré—. Mis padres ya están en la playa.

—De todas formas. Mejor vamos a mi casa.

En aquella época, después de muchos cursos de casas compartidas, Manta vivía sola, en una buhardilla muy pequeña pero tan asombrosamente bien organizada como era de esperar, que se asomaba al cielo de Madrid justo encima de la plaza del Conde de Barajas, cuyos límites apenas se atisbaban sacando medio cuerpo por una de las dos claraboyas abiertas en el techo. Allí, mientras una botella de vodka más bien malo menguaba al mismo ritmo que una Coca–Cola de dos litros, Marita, tirada en la cama, me fue contando los últimos episodios de su vida, que escuché sentada a su lado, en la única butaca que poseía. La convicción con la que aplicaba todo su bagaje teórico a una sórdida historia de amor accidental con un tipo siniestro, citando a Wilheim Reich cada tres frases, y enunciando los presupuestos básicos de la liberación femenina, el amor libre y la lucha de clases para explicarme que él estaba casado pero no se lo había dicho, y que ella no lo sabía pero tenía la obligación de comprenderlo, y que él se había quitado de en medio nada más conocer la noticia del embarazo y ella había asumido libremente la decisión de abortar, me conmovió tanto como la tristeza que no se disolvía bajo la mecánica eficacia de un discurso que, irónico presagio de tiempos aún insospechadamente venideros, por muy justo que fuera en sus intenciones, no servía absolutamente para nada.

El último de sus desastres amorosos daba en realidad tan poco de sí que antes de que se acabara

el vodka ya estábamos hablando de su familia y de la mía, de la vida, del destino y de la Historia, tal y como la entendíamos entonces. Cuando me serví la última copa, instalada en el recuento de los primeros años de la carrera y borracha ya sin remedio, le conté que no había podido olvidarme de Martín, y esa confesión por fin la arrebató, haciéndola saltar en la cama de pura indignación.

—No le conoces —me dijo—. Pero yo sí, yo tengo la desgracia de conocerle de sobra. Y será guapo, no te digo que no, pero además es un estalinista, un machista y un pedazo de gilipollas. Entérate bien porque eso es lo que hay.

Media hora más tarde, mientras inflaba la colchoneta de goma en la que me disponía a dormir, al lado de su cama, casi me alegré de haber tenido que escuchar estas cosas y otras peores, porque al menos, el odio que sentía por Martín parecía haberle ayudado a superar la crisis del aborto. A la mañana siguiente, en cambio, despertó mustia, y tan triste otra vez, que llamé al trabajo para avisar de que no me encontraba bien, lo cual era muy cierto, y me quedé con ella. Era viernes, y no nos separamos en todo el fin de semana. El lunes por la tarde, cuando volví a acompañarla a Canillejas para que le hicieran una revisión, ya habíamos alcanzado un grado de intimidad superior al que yo había tenido nunca con nadie. Y sin embargo, la perdí otra vez.

—Estoy pensando en irme a mi pueblo, ¿sabes?, a pasar unos días con mi familia. A lo mejor, empalmo con las vacaciones y me quedo hasta septiembre…

Eso fue lo único que me dijo, y yo la animé tanto como pude, porque me pareció una idea estupenda. Quedamos en vernos a su vuelta, pero ya no fui capaz de encontrarla. Cuando su teléfono enmudeció del todo, me acerqué hasta su casa y el portero me contó que había dejado la buhardilla a primeros de octubre. Lo único que sabía de Marita es que ahora vivía en Cuenca, pero en la guía de aquella provincia no encontré ningún número a su nombre. En el colegio de abogados tampoco supieron darme ninguna pista, y me resigné a echarla definitivamente de menos.

Fue durante aquel otoño, en noviembre del 77, cuando me encontré con Martín en Bolonia. Me acordé mucho de ella, y hasta pensé en invitarla a mi boda, pero entonces, un año y medio después de verla por última vez, ya ni siquiera intenté localizarla, porque su recuerdo había empezado a habitar en ese desván de la memoria donde se amontonan los náufragos que han perdido toda esperanza de rescate. Una tarde cualquiera del verano de 1982, mientras esperaba a mi marido, que contra todo pronóstico había logrado aficionarme al fútbol, para ver el correspondiente partido del Mundial, no fui capaz de presentirla tras la sonrisa cómplice que iluminaba su rostro de estalinista escéptico.

—¿A que no sabes a quién me he encontrado en la comisaría de Aluche?

Cuando la vi, en el marco de la puerta del salón, chillé de sorpresa y de alegría.

Entonces recuperé a una Marita básicamente feliz, más gorda pero igual de mona y, por supuesto, tan eficaz como siempre. Se había casado seis meses después que yo, en octubre de 1979, embarazada —ya ves, el destino, dijo sonriendo—, con un chico de su pueblo, Paco, que era médico y militaba en el PSOE. Al principio se instalaron en Cuenca capital, donde nació su hija mayor, Teresa, que no lleva el nombre de la santa del día, me aclaró su madre, y allí estuvieron hasta que él consiguió un traslado que les permitió volver a Madrid.

—Yo estoy encantada, desde luego —proclamó en voz alta cuando Martín, que se había ofrecido para poner copas, volvió de la cocina, ausencia que había aprovechado para darme dos o tres risueños codazos de felicitación por haber logrado salirme con la mía, hay que ver, la mosquita muerta, dijo exactamente, cuando me lo contaron no me lo podía creer—, pero te advierto que el trabajo está bastante peor que allí… Durante un par de años he sido prácticamente la única mujer matrimonialista de izquierdas de Cuenca y no daba abasto, la verdad, pero aquí es distinto, y encima, nada más llegar, me quedé embarazada otra vez… Mi hijo pequeño tiene ocho meses. Se llama Paco, igual que su padre, que se puso de lo más cerril con lo del nombrecito, no veas, pero yo le llamo Fran, que me gusta mucho más…

La final de aquel Mundial la vimos todos juntos en su casa, un piso moderno y bastante grande, situado en una bocacalle del Paseo de Extremadura, que parecía un modelo de cualquier revista de

decoración para familias de clase media, tan exhaustivamente explotado estaba cada rincón, tan limpio y bien resuelto y armonizado todo. Encontré a Marita muy identificada con su papel de madre de familia, pendiente de la menor necesidad de los niños, severa y dulce al mismo tiempo, y también me gustó su marido, aunque era aproximadamente el último hombre que habría podido imaginar jamás a su lado. Paco era mayor que nosotros, y aparentaba serlo todavía más. Al borde de los cuarenta años —Martín acababa de cumplir veintinueve, Marita y yo teníamos todavía veintisiete—, estaba casi completamente calvo, y su perfil proyectaba hacia delante una barriga, indiscutible estigma de la edad, con la que aún no habíamos tenido tiempo de familiarizarnos. Se había enamorado de Marita cuando era casi una niña, y seguía viviendo para ella. Era un hombre muy apacible, silencioso, cariñoso y paciente, pero carecía de cualquier veleidad intelectual, y a veces daba incluso la sensación de que le molestaba un poco la brillantez de su mujer, que seguía compitiendo tenaz, aunque ahora risueñamente, con Martín por convertirse en el motor de todas las conversaciones. En política era muchísimo más moderado que nosotros tres, aunque en aquella época, cuando su partido estrenaba gobierno, aquel detalle, que al cabo de unos años terminaría provocando discusiones atroces, no tenía tanta importancia.

A pesar de todo, le cogí cariño enseguida y creo le querré siempre, como Martín, que antes de que terminara aquel partido ya le había catalogado como un tío estupendo. Desde el primer momento, advertí también el empeño con el que se había propuesto hacer feliz a Marita, y tuve muchas ocasiones para comprobar hasta qué punto lo conseguía, aunque llegué a conocer tan bien a mi amiga que ni siquiera me sorprendió descubrir en ella, en la misma medida en la que pasaba el tiempo, una cierta envidia impregnada de viejas nostalgias. Marita, que siempre había aspirado a la perfección en todo, me miraba como si mi vida le gustara más que la suya, como si ella hubiera planificado siempre vivir como yo, en lugar de esperar la vida que le había tocado vivir. Durante años, Martín y yo cultivamos cuidadosamente el papel de adolescentes perpetuos. Viajábamos mucho, gastábamos todo lo que ganábamos sin preocuparnos por saber en qué se esfumaba el dinero, nos hacíamos regalos constantemente, y nos permitíamos otro tipo de lujos, como meternos mano en público o intercambiar despreocupadamente alusiones sexuales, que estaban absolutamente fuera de su alcance, porque ellos habían traspasado la línea que convierte a una pareja en una familia, una frontera que yo me proponía no atravesar jamás.

—Lo que os pasa es que, por mucho que lo neguéis, sólo sois dos niños ricos —me regañaba ella—, que siempre habéis tenido las espaldas cubiertas por la familia y nunca os habéis tomado la vida en seno…

Seguramente tenía razón, pero la razón jamás ha bastado para cambiar nada en este mundo. Por eso nunca le hice mucho caso cuando me advertía que no podíamos jugar siempre a ser novios eternos, que si no evolucionábamos en alguna dirección, nuestra historia acabaría muy mal. Estaba empeñada en que tuviéramos hijos, pero yo le contestaba siempre lo mismo, ya los has tenido tú, yo puedo malcriarlos, regalarles muchos juguetes y jugar con ellos. Mi versión de las cosas era muy distinta, porque Martín era exactamente el hombre del que había querido enamorarme siempre, con él me bastaba, y él me protegía del hastío que atenazaba periódicamente a Marita, con su vida llena de hijos, de proyectos de futuro, y de episódicos, pero fulminantes, deseos de escapar, que justificaba con afán cuando yo los enfrentaba con la soleada placidez de mi vida.

—Pero es que, no lo entiendes, los problemas también son necesarios… Forman parte de la realidad. Ayudan a valorar lo que es importante de verdad. No es sensato rehuirlos eternamente.

Y así, en polémicas tan irresolubles como una amistad que se hacía hasta demasiado estrecha para caber cómodamente en ese nombre, fue pasando el tiempo. Los niños crecieron y los mayores engordamos, pero nada cambió, y el tiempo siguió pasando, no había dejado de pasar mientras Marita depuraba sus tres o cuatro convicciones básicas, entre ellas que los seres humanos debemos de ser mucho más duros de lo que los médicos dicen, porque &u marido era médico y no hacía nada de lo que sus colegas nos recomiendan hacer a los demás, no dejó de pasar el día que me pidió que la acompañara al hospital, otra vez, después de tantos años, porque le habían encontrado un bulto en

el útero que seguramente sería una tontería, y siguió pasando cuando una biopsia confirmó que el tumor era maligno. Ni siquiera se detuvo el 13 de julio de 1992, cuando perdí a Marita otra vez, pero ahora para siempre, víctima de la mala suerte y del mal Dios que permite que muera a los treinta y siete años una persona necesaria para tanta gente. El tiempo no deja nunca de pasar. No conoce la piedad. Y cada segundo seguía perdiéndose sin remedio en el vacío cuando Martín, que estaba convencido de que yo tenía un amante, y había provocado en nuestras vidas una especie de primavera tardía que no era de ninguna forma el final de una mala racha, le dio la razón a Marita por fin, después de tantos años.

—A lo mejor nos hemos equivocado. A lo mejor no se puede vivir siempre igual, como si el tiempo no pudiera hacernos daño, como si la vida no cambiara por sí sola, como si el mundo no se nos fuera a venir encima de un momento a otro.

—Lo que dijo mi marido no es ninguna tontería, no crea. Es verdad que nosotros no hacemos esta clase de cosas. No hacemos las cosas que suelen hacer los demás. A lo mejor, lo único que pasa es eso, no sé… Le he hablado ya de Marita, ¿verdad?, mi mejor amiga, que murió hace un año y medio, de cáncer de útero. Yo la quería mucho, muchísimo, y todavía no me he acostumbrado a la idea de que se haya muerto, porque entró y salió de mi vida varias veces, pero siempre acababa sucediendo algo que me la devolvía, ¿sabe?, siempre volvíamos a encontrarnos. Ahora, sin embargo, nadie me la devolverá. Me cuesta mucho trabajo aceptarlo. La muerte siempre es una salvajada, desde luego, sobre todo cuando no se espera, y nadie podía esperar una muerte como la suya, una mujer tan joven, con hijos pequeños, casada con un médico, con todas las papeletas para morirse de vieja… Estos finales destrozan cualquier guión. La muerte siempre es una salvajada, pero hay muertes más terribles que otras, y la de Marita ha sido brutal para mí, para nosotros.

Y no sólo porque cuando alguien cercano se muere a destiempo, siendo aún tan joven, tan fuerte, el dolor te obliga a tomar conciencia de la precariedad de tu propia vida, le obliga a preguntarte por qué no habrás muerto tú, en lugar de ella, y a asumir de golpe que esto no va a durar siempre, que esto puede acabarse sin avisar, cualquier día, sino porque, además, cuando Marita murió, empecé a comprender que se estaban muriendo muchas cosas, que mi propia vida, el mismo mundo, había enfermado de gravedad sin que yo lo hubiera advertido siquiera…

Hubo una última cena. Sin pretexto, sin fútbol, sin nada que celebrar, una cena más, los cuatro solos, un sábado cualquiera, treinta y seis horas antes de que volviera a sentarme con Marita en una sala de espera bajo la advocación de un cartel del Sindicato de Sanidad de Comisiones Obreras, el mismo logotipo, los mismos colores, un peso infinitamente más liviano del que tuvo una vez un cartel tan parecido. España se preparaba para vivir su gran momento, quinientos años de gloria, Barcelona, Sevilla, alta velocidad. En los ojos de Paco brillaba una fiebre insana, la última y más astuta pincelada del esmalte que había barnizado ya un país entero, millones de corazones y de conciencias complacidas en el espesor de esa frágil capa de pintura nueva que asfixiaba los poros de la historia, quinientos años de penuria, de miseria, y de sueños soñados con la dignidad de los perdedores. Recuerdo su exasperación, sus gritos, las gotas de sudor que se remansaban un instante en sus cejas, en sus pestañas, antes de trazar su propio camino sobre las mejillas, y la rabiosa amargura de aquellas preguntas que parecían quedar suspendidas un instante en el aire antes de estrellarse contra el muro que levantaban mis respuestas, las respuestas de Martín. ¿Quiénes sois?, nos preguntaba, ¿qué queréis?, ¿a qué aspiráis? Mi marido parecía muy tranquilo, pero los pulgares de sus manos se disparaban hacia arriba, y el color huía a toda prisa de sus mejillas, secretos signos de su cólera, el primero, y de una prematura resignación a la soledad, el segundo, que no había manifestado nunca hasta entonces. Soy el mismo que hace veinte años, respondía, articulando concienzudamente cada sílaba, quiero lo mismo que hace veinte años, aspiro a lo mismo a lo que aspiraba hace veinte años… Entonces, mientras le escuchaba, intuí que mi amor por Martín, un patrimonio tan ajeno hasta aquel momento a todo lo que no fuera su propio objeto, desbordaría

pronto sus propios límites para convertirse en una especie de garantía de supervivencia en la derrota secreta, la más amarga, el voluntario destierro privado de quien persevera en una verdad que nadie quiere entender, que nadie quiere escuchar, que a nadie le interesa ya. Y mientras me estremecía por dentro de un orgullo salvaje y tal vez insensato, mientras me armaba de valor para los días más negros, Marita cambió de bando, y se lanzó a entonar el popular estribillo del progreso palpable, más vale pájaro en mano que cien utopías volando.

—Lo que pasa es que no tenéis hijos —remató, para que yo enrojeciera hasta el último pelo de la vergüenza que ella parecía haber perdido—. No os preocupa el futu…

—¡Vete a la mierda, Marita! —la corté, ignorando cuánto llegaría a lamentar aquellas palabras, y no sólo porque desde el día siguiente su cáncer se sentaría siempre a la mesa con nosotros, para presidir tácita o expresamente todas las conversaciones, sino porque mi exclamación endureció su discurso, forzando quizás a Martín a encontrar un argumento que me heló la sangre en las venas.

—Pues mira, sí, me alegro de no tener hijos —dijo, sin rastro alguno ya de pasión, un cansancio tremendo en la voz—, porque si los tuviera, estaría moralmente obligado a defender un mundo en el que vivirían mucho peor que en el que les espera, en el que van a vivir tus hijos, consumistas españoles postindustriales que se lo van a pasar de puta madre sin enterarse siquiera del precio que otros pagan por su diversión.

Ahí se acabaron la cena, los argumentos y la conversación. Nos despedimos deprisa, y volvimos a casa en coche, sin hablar, él seguramente arrepentido de haber cedido a la tentación de revelar la última verdad desagradable, yo masticando despacio las consecuencias de aquella profecía, y sin hablar entramos en casa, nos desnudamos y nos metimos en la cama. Me acerqué a él y le abracé, como todas las noches, y sus dedos se cerraron sobre mis brazos para darme la bienvenida, pero el silencio permaneció intacto, como un desconocido indeseable que se hubiera colado en nuestra casa sin que nadie lo invitara y no mostrara la menor intención de dejarnos solos. Sólo por ahuyentarle, quise decir algo más que buenas noches.

—Me alegro de que no hayas querido tener hijos… —murmuré.

—Yo nunca he dicho exactamente eso —me contestó, y entonces cobré conciencia de los estrechos límites de mi pobreza.

Tal vez, en ese preciso instante empecé a resbalar. Al final de la cuesta, la psicoanalista me miraba con curiosidad, esperando detalles concretos de esa agonía del mundo que ella no parecía percibir en ningún grado.

—La muerte de Marita —proseguí, escogiendo con precaución cada palabra— ha resultado una metáfora de mi propia crisis, una especie de frontera entre la vida de la persona que he sido hasta ahora, y la persona, distinta, que seré en el futuro. El problema es que siempre he creído saber quién era y no estoy muy segura, en cambio, de saber quién voy a ser. A veces tengo la impresión de haber vivido todos estos años en un sueño. Y no es eso lo que me preocupa, no crea, los sueños son casi siempre mejores que la realidad. El problema es que, un buen día, los sueños se mueren, y no es posible recuperarlos, revivirlos, zambullirse voluntariosamente en ellos. Estamos condenados a la vigilia perpetua, a llamar a las cosas par su nombre, a plegarnos bajo el peso de los hechos, a aceptar la realidad exactamente como lo que es, un paisaje tan inalterable como la sucesión de los días y las noches, y no como un inevitable punto de partida hacia una realidad mejor, que a lo mejor nunca ha existido, y que nunca existirá ya, eso seguro… —la miré y recogí en su mirada una expresión de tal perplejidad que por un momento pensé que hasta se estaba divirtiendo—. No entiende nada, ¿verdad?

—No —admitió.

—Muy bien, intentaré explicárselo de otra manera… El día que se murió Marita comprendí que la vida que yo estaba viviendo desde que la conocí agonizaba mucho más despacio, pero tan inexorablemente como ella. Una de sus frases favoritas, en aquellas asambleas universitarias de hace veinte años, era que iodos los seres humanos estamos condicionados por la historia, que todos somos hijos de una época determinada, y nos movemos en ella como los actores de teatro se

desenvuelven en un decorado, y la pobre se ha muerto sin llegar a saber hasta qué punto tenía razón. Marita y yo nos conocimos en un año concreto, en unas condiciones concretas, y nos hicimos amigas porque en aquel momento todo nos empujaba mutuamente, todo, nuestra edad, nuestra ideología, nuestros gustos, nuestra manera de entenderlas cosas, todo conspiraba para que acabáramos siendo amigas. Mi amor por Martín es un ejemplo todavía más claro de lo que le estoy diciendo. Yo, que me había criado sin dioses, me enamoré de un hombre al que mi fe logró elevar a la categoría de dios, ¿eso lo entiende? —asintió con la cabeza, y yo proseguí, muy lentamente, porque necesitaba ordenar cada idea antes de expresarla—. Y, por supuesto, cuando me encontré con Martín en Italia, cuando me casé con él, empecé a vivir una vida que tenía mucho que ver con todo esto, con la época en la que vivíamos, con las ideas que teníamos, con el mundo que perseguíamos, en fin… Luego, Marita volvió a Madrid, volvimos a encontrarnos, durante diez años fuimos inseparables, y tal vez, ella contribuyó sin querer a mantener vivo el espejismo, tal vez su propia presencia me impidió comprender que todo estaba cambiando sin que yo me diera cuenta, y que si Martín y yo nos quedábamos cada vez más solos en todas las discusiones, no era porque fuéramos los más coherentes, los más sólidos, o los más listos, sino porque el decorado del teatro había cambiado, y los demás actores ya se sabían su papel cuando a nosotros no se nos había ocurrido ni pedirlo siquiera… O a lo mejor sería más exacto que hablara en primera persona, porque tengo la impresión de que Martín percibió todo esto antes que yo, aunque se haya negado a aceptarlo. A eso me refería cuando le dije que los sueños también se morían. Mi sueño ha muerto, el sueño de la izquierda española se ha muerto en su cama, de viejo, sin hacer ruido. Y ha dejado pocos huérfanos, pero nuestra orfandad es absoluta. A veces pienso que, en el fondo, somos mucho más desgraciados que nuestros padres, que nuestros abuelos, porque no hemos conocido la guerra, ni la cárcel, ni la clandestinidad, ni el exilio, pero nuestro bienestar, nuestra libertad, nuestra paz, no nos sirven para nada, porque ni siquiera podemos soñar, no podemos afirmar ninguna cosa con certeza, no tenemos futuro alguno en el que creer, estamos solos, en el centro del mundo, encadenados a un discurso que nadie quiere escuchar, a una fe que nos falta a nosotros mismos… Y no hay salida.

—Yo no creo que la situación sea tan terrible —matizó ella, con cierta preocupación en los ojos, preludio de una expresión que yo conocía muy bien.

—Porque usted cree que le estoy hablando de política, y los socialistas han vuelto a ganar las elecciones, y a su izquierda existe un grupo parlamentario independiente, pero es que la política apenas tiene algo que ver con esto… Yo le estoy hablando de mi vida, de una manera de mirar el mundo, una manera de entender la amistad, el amor, el sexo, le hablo de esa especie de eterna juventud a la que creíamos estar abonados para siempre, y que ha encogido y se ha arrugado de pronto como la piel de una ciruela pasa. Y a lo mejor, esto ha pasado siempre. A lo mejor, todas las generaciones, desde el principio del tiempo, han creído tener argumentos suficientes para creerse inmortales en vano. No lo sé. Pero le estoy contando lo que me pasa a mí, lo que siento yo, que jamás habría creído que fuera a llegar este momento, que he vivido de espaldas a todas las señales que anunciaban el fin del mundo, que me quedé colgada a conciencia de la asombrosa capacidad de gozo, de la inagotable capacidad de asombro que marcó mi juventud, cuando los adolescentes lo estrenábamos todo en una ciudad adolescente, que también estrenaba todas las cosas, y era la capital de un país adolescente, que se estrenaba todos los días a sí mismo. Hasta el desencanto del que se hablaba entonces, ¿recuerda?, tenía un tinte épico, heroico casi, de derrota flamante, intensa, al que ahora no podemos aspirar, porque la historia se ha hecho pequeña, práctica, portátil, porque en teoría no ha pasado nada. Pero antes, más allá de las decisiones de todos los días, existía un horizonte universal y, si me permite la cursilería, trascendente, que ahora ha desaparecido de golpe, dejándonos a solas con el modelo de coche nuevo que hay que comprar o con el sitio ideal para irnos de vacaciones. El mundo se ha estrechado, se ha vuelto grisáceo, uniforme. No es un buen sitio para vivir, pero no tenemos otro, y tampoco sabemos resistir, porque nunca hemos aprendido antes, nosotros no, nosotros éramos los benditos elegidos para cambiar el curso de la historia, los

que teníamos el viento a favor, y ya ve cómo estamos, deseando que la derecha llegue por fin al poder a ver si salta todo por los aires… No se puede dejar de creer de golpe en lo que se sigue creyendo todavía, Justicia, Progreso, Futuro, ya sabe, el simple intento deja huellas terribles. Porque cuando el gran sueño muere, arrastra en su agonía a todos los sueños, y quizás, ese sueño general que nos ha dejado huérfanos sostenía mi pequeño sueño de amor pasión por los siglos de los siglos. Quizás…

O no. me dije a mí misma, cuando me detuve a tomar aliento. Quizás esto no es más que una excusa, quizás no sé nada de lo que está pasando, por qué se ha muerto Manta, por qué mi marido duerme fuera de casa, por qué necesita creer que yo tengo un amante para volver a comportarse como antes, por qué se hundió al conocer la verdad de estas sesiones tan inocentes.

Podría haberle contado muchas cosas más. El acidísimo comentario que se le escapó a Martín sólo un par de semanas antes, la última vez que le hice un regalo sin otro motivo que haber notado cómo lo admiraba ante un escaparate, la tarde anterior, mientras íbamos al cine caminando. Era un jersey doble, de lana gruesa, con cuello de camisa polo y grandes cuadros oscuros, y estoy segura de que le gustaba, porque se lo puso inmediatamente, sin perder el tiempo en quitarle la etiqueta, pero luego, mientras se miraba en el espejo, dijo algo entre dientes, y seguramente no quería que yo lo escuchara, pero lo escuché, ¡qué bien!, fue lo que dijo, otro caprichito, ya sólo nos falta entender de vinos… Ella no habría sido capaz de descifrar una clave tan aparentemente tonta, la maldición oculta tras la transparencia de esa hilera de palabras corrientes, inofensivas, pero yo le habría revelado el sentido de aquel lamento que no lo parecía, le habría explicado que, entre nosotros, esa clase de insignificantes, prestigiosas sabidurías —entender de vinos, de tabernas típicas, de hoteles con encanto, de pueblos escondidos, de dulces de convento— eran una contraseña de la futilidad, un estandarte de esas vidas tan vacías que pueden llenarse con un puñado de direcciones, con un índice de sucedáneos de las emociones verdaderas. Nosotros sólo compramos lo que anuncian por televisión, solíamos afirmar antes, como una irónica provocación que jamás nadie quiso recoger.

Podría haberle contado muchas cosas más, lo que sucedió unos meses atrás, después de que Martín me anunciase que había descubierto que no estaba yendo a ningún gimnasio y yo no fuera capaz de perseveraren mi mentira ni de renunciar a ella, porque mis labios sucumbieron a una repentina parálisis que sólo me consintió callar y mirar al suelo. Entonces ya debía de pensar que yo tenía un amante, y su respuesta fue inmediata, fulminante. Al día siguiente, viernes, a inedia tarde, me avisó de que se iba a cenar a la sierra, con un par de amigos, sin inventarse siquiera cualquier celebración corno pretexto. Ya había comenzado el sábado cuando llamó de nuevo, uf, menos mal que te encuentro levantada, creo que no voy a ir a dormir a casa, ¿sabes?, porque Alfonso, que nos ha traído en coche, está muy borracho, nos hemos pasado mucho y no nos atrevemos a volver a Madrid, mejor nos quedamos a dormir por aquí… Eran las seis y media de la mañana cuando me lo encontré de pie, al borde de la cama, despeinado y sudoroso, la camisa medio abierta, el nudo de la corbata a punto de deshacerse, una manga de la chaqueta embutida en su brazo izquierdo y la otra en vilo, columpiándose a sus espaldas. Me miraba como si pudiera atravesarme, encontrar una respuesta en la cara oculta de mis ojos, no dejó de hacerlo mientras se desnudaba con torpeza, mientras recorría la corta distancia que le separaba de la cama, mientras se reunía conmigo debajo de las sábanas. Luego me abrazó, tan fuerte que me hizo daño, y de la profundidad de aquel abrazo brotó su voz, voz de borracho solo y hastiado.

—Yo te quiero mucho, Fran. Te quiero mucho. Yo quiero estar contigo hasta el final, quiero…

No terminó la frase. No hacía falta. Comprendí su silencio mejor que sus palabras. Me estaba pidiendo ayuda, ayuda para enfrentarse a mí, ayuda para enfrentarse a sí mismo, ayuda para seguir teniendo ganas de vivir conmigo, para seguir teniendo ganas de vivir consigo, para seguir teniendo ganas de vivir. Me pedía ayuda y yo sólo tenía amor, un amor infinito e inútil, porque tanto amor y a no era suficiente. Me pedía ayuda, y yo sólo podía abrazarle, devolverle el dolor, y su silencio.

Podría haberle contado todas estas cosas, pero sentí de repente que ya no podía más, y fue eso lo que dije.

—Estamos muy cansados.

Luego, recogí mis cosas y me fui.

Cuando llegué a casa, Martín no estaba esperándome.

Al escuchar el timbre de la puerta, eché un último vistazo a mi alrededor y me convencí de que, definitivamente, los mapas que había abierto a medias para distribuirlos después sobre la mesa con la vulgar intención de sugerir un espontáneo, trabajado desorden, parecían un mal ensayo de bodegón de una mala estudiante de decoración. Enrollé cuatro o cinco a toda prisa hasta que el timbre sonó de nuevo y fui a abrir por fin, resignada a aceptar los signos del caos que parecía cernirse sobre una cita que no tenía nada de especial, por más que yo estuviera tan nerviosa como para sentir la necesidad de repetírmelo a cada paso.

Vestirme había resultado una tarea tan ardua como disponer los mapas, o hasta peor. Nadie que me hubiera visto con unos vaqueros y una blusa amarilla de verano, sin mangas, discreta concesión al sol de mayo que todavía calentaba cuando salí de la editorial, habría podido calcular la cantidad de ropa que había llegado a amontonarse sobre la colcha de mi cama una hora antes de que me decidiera por un atuendo tan vulgar, pero la verdad es que hacía mucho tiempo que no me apetecía ponerme un vestido ceñido, una falda corta o un body escotado, y no renuncié al pequeño placer de mirarme en el espejo, lista para seducir, aun sabiendo que nada resultaría tan ridículo como reunirme a las ocho de la tarde de un día laborable con un autor vestida para una cacería, y que cuanto más arriba me dejara llevar por mi imaginación, más me dolerían los huesos después del batacazo. Como una mínima e higiénica precaución, me había propuesto adoptar todas las medidas posibles para encubrir hasta el menor indicio del estado en el que me encontraba, una especie de reliquia arqueológica que tomó por asalto mi propio organismo y, lo que fue peor, mi entumecida memoria, que no acertó a rescatar, de puro antiguas, las huellas más recientes de un hormigueo semejante. Esto va a acabar mal, me advertía a cada paso, retocando el decorado que debería convencer a mi invitado de que me había pillado trabajando, pero que muy mal, repetía mientras me pintaba, mientras me miraba en el espejo, y me limpiaba la cara, y volvía a pintarme más discretamente, y sin embargo, cuando por fin lo tuve delante, sus ojos huyeron de mi rostro a tal velocidad que me dije que podía haberme ahorrado todo el trabajo. Tardé un par de segundos en comprender que el gran cuadro colgado a mis espaldas había secuestrado instantáneamente su atención.

—¿Es un retrato tuyo? —preguntó, contemplando el violento conjunto de brochazos de colores vivos sobre el que un grueso trazo negro demarcaba la silueta de la más legítima descendiente directa de la Venus de Willendorf.

—Sí—admití a mi pesar, preguntándome una vez más si Félix, que abominaba furiosamente en público del hiperrealismo, habría pretendido machacarme para siempre coronando aquella montaña de carne desparramada con una reproducción casi fotográfica de mi rostro, o si, como él decía, sucumbiendo a un instante de íntima y brutal desolación, yo nunca había sido capaz de captar el espíritu alegórico del cuadro—. ¿Te gusta?

—Bueno… —frunció los labios en un torpísimo gesto de indecisión del que decidí rescatarle antes de que empezara a ponerse colorado.

—No, en serio… Dime la verdad.

Me miró un momento y sonrió, al comprobar que yo había sonreído primero.

—La verdad es que no me gusta nada.

—Me alegro… —y mi sonrisa desembocó en una risa breve—. Es de mi ex marido.

—¡Joder! —Él rió con más fuerza—. No me extraña que sea ex…

Mientras le rogaba que se sentara, y averiguaba lo que le apetecía tomar, y me iba a buscar un par de cervezas a la nevera, me pregunté por qué no me había atrevido a descolgar nunca aquel cuadro horrible, por qué cargaba con él como si fuera una especie de maldición indisoluble incluso ahora, cuando Amanda ya no necesitaba vivir entre recuerdos de su padre porque disfrutaba a diario del irreemplazable original, y mientras recorría el pasillo en sentido inverso con una bandeja entre las manos, me propuse incluso quitarlo de la pared aquella misma noche, ahorrarme para el resto de mi vida esa pequeña tortura a la que jamás había llegado a acostumbrarme, el instante de repeluzno que me asaltaba al contemplarme así, tan horrorosa, cada vez que ponía un pie en mi propia casa.

Creo que eso fue lo último que pensé con serenidad en muchas horas.

Cuando volví al salón, él no estaba de pie, estudiando los mapas, como había previsto, sino sentado en el mismo sillón en el que lo dejé, mirándolo todo con mucha atención, interpretando tal vez la realidad, mi realidad, recordé, como si fuera un paisaje más. Desde la primera vez que le vi, e incluso después de su acceso de cólera telefónica, demasiado violento para ser habitual, me había parecido un hombre muy tranquilo, y no sólo por sus gestos lentos, reposados, sino por una extraña cualidad, relacionada tal vez con su capacidad para comprender lo que le rodeaba, que le permitía integrarse casi instantáneamente en cualquier lugar, como si fuera uno de esos animales miméticos que pueden cambiar a voluntad de forma y de color. Por eso estaba ahí, más recostado que erguido, con Las piernas cruzadas de esa enrevesada manera típicamente masculina, el tobillo izquierdo encabalgado sobre la rodilla derecha, dejando caer la ceniza de su cigarrillo sobre el cenicero que tenía más a mano, relajado y divertido, con tanta naturalidad como si llevara toda la vida viviendo en mi casa, sentándose en aquel sillón, ensuciando aquel cenicero.

—¿Se cotiza mucho? —me preguntó, señalando otro enorme cuadro de Félix que tenia delante.

—Bastante, no creas… Si expusiera ahora mismo, los grandes podrían costar más de un millón.

—Pues tienes un capital aquí mismo.

—Ya, pero son la herencia de mi hija.

—Claro, claro… —dijo, como arrepintiéndose de haber sido demasiado sincero, y entonces, no sé muy bien por qué, menos por proteger a Félix que por defenderme a mí misma, que al fin y al cabo me había casado con él, le revelé que, al fin y al cabo los dos tenían un punto, aunque sólo fuera uno, en común.

—Él también fue profesor, ¿sabes? —me senté en un taburete, frente a él, y encendí uno de mis cigarrillos—. Concretamente, mi profesor de dibujo.

—¿Sí? —no parecía muy emocionado—. ¿Tú estudiaste Bellas Artes?

—No. Yo me casé con él a los dieciocho años. Me matriculé en primero de Periodismo, pero ni siquiera terminé…

Interrumpí el brevísimo recuento de mis experiencias universitarias al darme cuenta de que había empezado a mirarme de otra manera, como si una linterna oculta acabara de encenderse detrás de cada una de sus pupilas, y durante un momento los dos estuvimos callados, él calculando en silencio, yo calculando también si sería cierto lo que podía leer en aquella mirada. Entonces, se frotó la cara con las manos, sonrió, y recapituló en voz alta, mirándome de nuevo como un autor bien educado.

—Vamos a ver —dijo para empezar—. En Periodismo no se da dibujo, ¿no?

—No —a pesar de que él guardaba admirablemente la compostura, se me escapó la risa al comprobar que la dirección de sus cálculos era exactamente la que yo había previsto.

—O sea, que te dio clase en el colegio y os encontrasteis luego por la calle, o algo así… — levantó la mano en el aire, como imponiendo una pausa, al comprender que el margen de su última resta era demasiado estrecho—. No, espera, eso no puede ser, porque si te casaste a los dieciocho años, no te dio tiempo… ¿o sí?

—¿A qué?

—A encontrártelo por la calle.

—Yo nunca he dicho que me lo encontrara…

—¡Aaahg! —subrayó su impaciencia dándose un manotazo en la pierna, un gesto infantil que intensificó una sonrisa abierta y levemente ansiosa, la expresión de un niño que busca un regalo escondido en el instante en el que acaba de atisbar por fin una esquina del envoltorio de colores tras el vuelo de una cortina. Yo me estaba divirtiendo, y tenía ganas de divertirme mucho más, así que no me quedaba otro remedio que colaborar.

—Bueno —accedí—. Te lo voy a contar. Me dio clase en COU.

— ¿Y?

—Y me enrollé con él.

—¿En COU?

—Sí.

—Tiene gracia… —se tapó de nuevo la cara con las manos antes de dejar caer la cabeza, que oscilaba suavemente a un lado y a otro, y se mantuvo así, negando para sí mismo, un par de segundos. Luego me miró. Parecía sencillamente encantado por lo que acababa de oír.

—¿Por qué? —le pregunté, a punto de quedarme atrapada yo también en una sonrisa boba.

—Pues no sé, es que no me lo esperaba… —hizo una pausa antes de pasar al ataque—. Al fin y al cabo las alumnas han sido una de las grandes fantasías sexuales de mi vida.

—¿Y ya no lo son?

—Bah, ahora es distinto… Ellas son siempre unas niñas, y yo soy cada vez más viejo. Hace años que me llaman de usted. Pero al principio… Bueno, yo entré en la facultad muy joven, con la carrera recién terminada…

—Eras un chico listo —le interrumpí.

—El más listo —sonrió—. Así que a los alumnos de mis primeros cursos les sacaba solamente dos años, tres años, y entonces sí, en aquella época no lo podía evitar, al empezar el curso me fijaba en las chicas, calculaba sus posibilidades, o mejor dicho, las mías, las estudiaba durante meses… Y en fin, ya sabes…

Decidí demostrar que sí sabía.

—Te liaste con muchas.

—Con algunas —confesó, con una expresión de pesar fingido que le favorecía mucho.

Intenté mirarlo con los ojos de cualquier alumna de primero, imaginármelo en la facultad, dando clase, un hombre que parecía más alto de lo que indicaba su estatura, más corpulento de lo que revelaría su peso, mucho más joven de lo que era en realidad, y muy listo, con una cara peculiar, porque sería convencionalmente guapo si su cabeza no fuera un poco demasiado grande, sus orejas un poco demasiado grandes, sus cejas un poco demasiado grandes, aunque aquellos excesos le sentaban bien, tanto como para seducir a promociones enteras de futuras geógrafas, o para seducirme a mí, que a aquellas alturas, cuando introdujo una matización más que previsible, ya podía mirarle con ojos de alumna.

—Pero todas eran mayores de edad.

—Yo era casi mayor de edad.

—Casi. Ahí está la gracia… ¿Cuántos años tenías?

—Diecisiete. Lo siento.

Se echó a reír y yo le acompañé mientras mi sangre me insinuaba que aún podía recordar el peligrosísimo camino que solía desembocar en el estado efervescente.

—No —dijo entonces—. No lo sientas, pero cuéntamelo.

—Ni hablar —respondí sin pararme a pensarlo siquiera, antes de disponer incluso de tiempo para sospechar que aquel juego podía volverse en contra mía.

—Sí, anda —él parecía muy interesado—, cuéntamelo, por favor.

—Es que es una historia muy larga.

—No tengo prisa. Mi mujer se ha ido esta tarde con los niños y el perro a pasar el puente en casa de una amiga suya que me cae especialmente gorda, una especie de apóstol del amor canino que tiene una casa muy grande, en Santander, con doce o catorce perros babosos y malolientes. Se van a divertir muchísimo…

—¿Y tú? —pregunté como de pasada, como si no me hubiera dado cuenta de que él acababa de aprovechar la primera coyuntura mínimamente favorable para informarme de que estaba solo en Madrid, como si a mí no me hubiera saltado el corazón dentro del pecho al enterarme, y aún más, como si mi imaginación, atrapada ya entre las cadenas de la alucinación más deliciosa, no hubiera comenzado instantáneamente a conspirar para sugerirme que él había planificado esta situación al milímetro cuando me citó precisamente aquella tarde, y cuando eligió hacerlo precisamente en mi casa.

—A mí me ha salvado, otra vez, el bendito karst —contestó, con tanta tranquilidad como si no hubiera advertido la velocidad a la que yo procesaba su información—. Estoy escribiendo un libro sobre mis montes favoritos y tengo que ir a Los Monegros este fin de semana a medir un montón de cosas, así que puedo estar escuchándote hasta mañana —hizo una pausa estratégica—, o hasta pasado mañana, si hace falta…

Acusé el golpe con un nuevo acceso de risa floja que no me impidió calcular deprisa la clase de riesgos a los que me había expuesto yo sola.

—No, en serio, es que… —opté por la posición más conservadora—. No me apetece.

—¿Por qué?

Él, que me hablaba ya en un tono premonitorio, casi propio de un amante, no parecía dispuesto a rendirse. A mí tampoco me apetecía quedar como una tonta, por eso fui sincera.

—Es que no vas a pensar bien de mí, después de escucharlo.

—¿Qué pasa? —y en su mirada, la sagacidad se mezcló con ciertas notas de una excitación precoz—. ¿Que empezaste tú?

—¿Por qué dices eso? —protesté, y miré al suelo sólo por no mirarle a la cara, aunque tuvo margen de sobra para comprobar que me acababa de poner roja como un tomate.

—¡Eh! —me llamó, poniéndome una mano sobre la rodilla, como una forma de reclamar mi atención—. Yo también soy profesor. En la universidad es peligroso, en un instituto, y en aquella época, tuvo que ser directamente suicida. Así que tuviste que empezar tú. Y la tentación debió de ser formidable, desde luego, irresistible. Como para arriesgarse a ir a la cárcel…

—Pues no creas… —protesté de nuevo—. No fue tan sencillo, en realidad no empezó nadie, yo… Yo era muy pequeña y no entendía bien… Además, lo que tenemos que hacer es mirar los mapas.

—No —sonrió.

—¿Cómo que no? Claro que sí.

—No. Tú pones los que tú quieras y a mí me parece todo muy bien. Cuéntamelo, anda.

—Eso no es muy riguroso, precisamente…

—Claro que es riguroso —y empezó a mover la mano, que no había abandonado mi rodilla, para trazar una caricia lenta y circular—. No lo sabes tú bien…

—¡Javier, por favor! —supliqué entre risas—. Pero ¿por qué quieres que te lo cuente?

—Porque estoy muerto de envidia —admitió, con una sinceridad que me desconcertó—. Porque me habría encantado que fueras alumna mía a los diecisiete años. Y porque no habría perdido el tiempo en hacerte retratos espantosos, por cierto.

A partir de ahí, caí en picado. Mis últimos forcejeos fueron meramente simbólicos y él lo sabía.

—Pues te advierto que la historia no te va a gustar.

—Claro que sí. Me va a encantar.

—Es que no vas a pensar bien de mí, después de escucharla.

—Mejor. Voy a pensar muchísimo mejor.

—No creas, porque me jode mucho reconocerlo, pero la verdad es que me porté como una calientapollas…

—Estupendo. Seguro que él no se merecía otra cosa

—¿Y tu solidaridad?

—Estoy dispuesto a ser absolutamente solidario contigo, ya te lo he dicho.

—Muy bien. Pero antes necesito una copa.

—Ponme a mí otra, anda…

Mientras dejaba caer los cubos de hielo entre las paredes de dos vasos de cristal con una parsimonia que traicionaba gráficamente mi in–certidumbre, intenté en vano anticipar los efectos que mi historia con Félix podría llegar a producir en el delicado y fragilísimo embrión de algo, una cosa de rango todavía indeterminado, que parecía haber brotado a lo largo de mi conversación con Javier Álvarez. Pero si al final decidí contárselo todo con pelos y señales no fue porque sospechara que era fácil que se quedara colgado de la enloquecida adolescente que fui una vez, y difícil que

pudiera ver en mí, tantos años después, una fiel prolongación de aquella caprichosa aventurera que cayó de cabeza en su propia trampa. Sí se lo conté fue porque de repente me dije que, a lo mejor, todo aquello había sucedido solamente para que yo pudiera contárselo a Javier, aquella noche.

Cuando se marchó por fin, al tercer intento, eran las doce y media de la mañana.

Yo le acompañé desnuda hasta la puerta, me escondí detrás de la hoja, y le besé en la boca. Ninguno de los dos dijo adiós, ni siquiera hasta luego. Después, cuando deduje por el ruido del motor que el ascensor había comenzado a descender, me pregunté qué podía hacer yo. Levanté los ojos hacia el Retrato de Ana como diosa de la fecundidad que tenía delante y pensé en descolgarlo en aquel mismo instante, pero no me sentía con fuerzas ni siquiera para eso. Mis párpados cayeron suavemente sobre mis ojos y sólo entonces me di cuenta de que estaba sonriendo, y mi sonrisa parecía despegarse de mis labios, dibujarse en el aire, multiplicarse entre las esquinas de aquella habitación, entre las esquinas de mi cuerpo y de mi alma, como la feroz sonrisa del gato de Chesire. Pero tú no te llamas Alicia, me advertí, e intenté ponerme seria.

—No estás enamorada, Ana —me dije en voz alta a mí misma—. No te has enamorado, no lo creas porque no es verdad, no puede ser verdad, no es posible…

Ha estado bien, seguí negociando en silencio con mi propio deseo, bueno, vale, ha estado muy bien, un tío cojonudo, unos polvos estupendos, una noche de amor… No, de amor no. Bueno, de amor, pero ¿y qué? Está casado, tiene un montón de alumnas más jóvenes que tú para ligar con ellas, y no lo vas a volver a ver, así que…

—¡Oh, Dios mío! —mis labios rompieron de nuevo el silencio cuando comprobé que toda mi inteligencia, toda mi sensatez, todo el peso de la experiencia acumulada en treinta y seis años de vida, no lograban acortar la amplitud de mi sonrisa ni en una miserable milésima—. ¡Dios mío! —y no encontré nada mejor que decir—. ¡Dios mío!

Entonces comprendí que mi estado era muy parecido a la convalecencia de una enfermedad imprevista y fulminante, y volví a la cama, me tendí en el lado en el que había dormido él, acerqué el cenicero a la esquina de la mesilla, y me fumé el pitillo más espléndido de toda mi larga trayectoria de fumadora. Me había enamorado de Javier Álvarez, y aunque me empeñara en vivir negándolo desde aquel mismo momento hasta el instante previo al de mi muerte, la verdad es que estaba muy contenta de haberme precipitado de golpe en el abismo sin fin donde se pierden los únicos seres humanos que han llegado alguna vez a estar vivos.

Lo intuía ya cuando serví la segunda copa, mi relato avanzando muy despacio entre las continuas interrupciones que forzaban sus preguntas —¿en el muslo?, ¡no me digas!, pero ¿dónde exactamente?—, sus minuciosas puntualizaciones de alumno aplicado —un momento, un momento…, eso no lo he entendido, yo creo que a través de las medias no se puede leer nada—, sus sutiles matizaciones de profesor en ejercicio —pero tú no debías de ser nada aniñada, ¿verdad?, claro que tiene que ver, porque en un grupo de COU el aniñamiento es la norma, todo lo contrario que en la universidad—, entonces lo intuí, casi lo supe, porque no había conocido a nadie como él, y esa insólita mezcla de curiosidad y conocimiento, de serenidad y agitación, de jocosidad y reflexión, que le convertía en un hombre muy joven y muy maduro al mismo tiempo, me gustaba mucho más que cualquier otra posible combinación de aquellos ingredientes. Y no sé cuánto aprendió él de mí mientras me escuchaba con una sonrisa indescifrable, que parecía irónica a veces, y a veces incrédula, pero siempre complacida, mientras me miraba con la contenida avidez de un entomólogo que estudia minuciosamente la mariposa que dentro de un instante va a clavar sin piedad en un cartón, pero yo, que estaba al acecho de la menor de sus reacciones, descubrí también algunas de sus cartas, porque me di cuenta de que no era absolutamente nada tímido, por más que se esforzara en cultivar la apariencia de lo contrario, justo al revés de lo que hace todo el mundo, e incluso llegué a sospechar que su agudísima curiosidad, ese interés pretendidamente ingenuo con el que me pedía detalles cada vez más difíciles de confesar en voz alta, era sobre todo una estrategia

que buscaba alargar la historia, fomentar mi excitación, y también la suya, conducir la situación hasta un punto para el que sólo existía una salida posible, a Ja que llegamos, sin embargo, de una manera imprevista.

Antes me equivoqué al menos media docena de veces, porque no se abalanzó sobre mí cuando le conté de qué manera había devuelto Félix mi falda a su lugar en pleno examen de historia —grave error, opinó, yo te hubiera dejado las piernas destapadas—, ni cuando le expliqué cómo había dejado testimonio escrito de mi gratitud sobre mis muslos —¡pero eras el mismísimo demonio!, dijo solamente—, ni cuando recordé el anónimo taconeo que puso fin a nuestro primer beso en la misma aula donde dábamos clase —me habría encantado ser yo, comentó—, ni cuando le tocó el turno a la conferencia sobre el simultaneísmo —¿hace mucho calor?, me preguntó justo entonces, riendo, y yo le dije que no lo tenía, y él me replicó, no, lo decía porque estoy empezando a sudar mucho—, ni cuando le confesé con qué clase de ceremonia había decidido conmemorar la muerte del tío Arsenio —porque fuiste a su casa a follar, claro, afirmó, y yo lo negué, no exactamente, y él volvió a afirmarlo, ¡anda que no!—, y ni siquiera cuando terminé, trazando sin ganas un boceto apresurado y muy resumido de las miserias de mi vida conyugal.

—Bueno —dije entonces, todas mis expectativas intactas pese a su control, o su cautela, o su pereza, porque sus ojos quemaban, y por eso no podían mentir—. Ya está. ¿Qué, te ha gustado?

—¿No hay más? —preguntó, haciéndose el desconcertado.

—Pues… no. Quiero decir, divertido no. Si te apetece, te puedo contar mi divorcio.

—No, gracias. En mis circunstancias, un empujón podría ser peligroso —no quise acusar recibo directamente de aquel comentario para no volverme loca demasiado pronto, y él aprovechó la pausa para insistir—. Pero a ti, desde los veinticuatro años hasta ahora, te habrán pasado un montón de cosas…

—No creas —le contesté, preguntándome por dentro si sería posible que efectivamente él estuviera indagando en esa dirección para averiguar si en aquel momento concreto yo estaba sola o no, y resignándome justo después a haberme vuelto loca demasiado pronto—. Nada divertido. A veces pienso que quemé de golpe a los diecisiete años todos los cartuchos que me iban a tocar en esta vida.

—No, eso es imposible… —y me miró, una mirada tan honda que me atravesó, para clavarse en algún punto situado detrás de mi nuca—. Estoy seguro de que te quedan un montón.

—Eso espero.

—De todas formas es una lástima, porque me encanta escucharte…

—Y a mí me encantaría escucharte a ti.

—¿Qué quieres, que te cuente mi vida?

—Es lo justo, ¿no?

—Vale —aceptó—. Pero tendrá que ser después de cenar. ¿No tienes hambre?

—Pues… —miré el reloj y casi grito al comprobar que eran ya las once y media—, la verdad es que sí. Podemos ir a la nevera, a ver qué hay…

—Y si no hay nada, yo invito a pizza.

—No hará falta —afirmé, con un acento mucho más firme que mis rodillas, porque, al levantarme, mis piernas acusaron de golpe todas las copas que había tomado, aunque la excitación mantenía mi cabeza sorprendentemente despejada, agudizando incluso esa fibra lateral de la inteligencia que permite percibir al instante los pequeños detalles de lo que está sucediendo—. Ayer fui a la compra, y como nunca acabaré de acostumbrarme a vivir sola, seguro que he comprado de más.

Esforzándome por mantener mi cuerpo a la altura de mi entendimiento, emboqué el pasillo vigilando las paredes, que se portaron bien y no se me acercaron en ningún momento, y entré en la cocina delante de él, que me siguió en silencio, y se apoyó en el tramo de encimera situado justo enfrente del frigorífico mientras yo ya estudiaba atentamente su contenido.

—Verás… —le anuncié—, tengo ingredientes para hacer tres o cuatro ensaladas distintas, setas

de cardo, que a la plancha están estupendas, jamón serrano bueno, dos rodajas de salmón fresco, raviolis rellenos de carne…

Pensaba continuar con la fruta, pero en ese momento sentí que su brazo izquierdo rodeaba mi cintura, y un segundo después, su mano derecha colaboró para darme la vuelta. Cuando lo consiguió, estábamos tan cerca que nuestras narices casi se rozaban. Entonces, manteniendo el tronco erguido, dejó caer sus piernas sobre las mías para sumergirme en una insólita paradoja térmica, mi espalda contra las baldas de la nevera abierta, presintiendo el frío que apenas se insinuaba al principio, y mi vientre pegado al suyo, acogiendo a través de la ropa la huella diagonal de su sexo lleno y duro, como una inmediata promesa de calor, y a pesar de la estricta urgencia de la situación, aún pude reservar un mínimo resquicio de calma para mirarme desde fuera, con esa inteligencia de las cosas pequeñas, y si he deseado algo en esta vida, deseé que aquella escena fuera una metáfora del tiempo que me quedaba por vivir, y que el frío apenas lograra ya arañarme la ropa por la espalda. Luego le pregunté qué quería cenar, y él me besó para demostrarme en un instante de qué manera el hombre más tranquilo puede perder en un solo gesto hasta el menor asomo de tranquilidad, y en ese momento, dejé de vivir, para instalarme en un territorio diferente del mundo conocido, donde las sonrisas flotan en el aire, y el tiempo puede detenerse horas enteras en un solo segundo, y las mujeres como yo se enamoran como bestias alunadas, aterradas y cautivas para siempre al mismo tiempo.

No recuerdo cómo llegamos a la cama. Me acuerdo, en cambio, de que me rompió un botón de la blusa y de que yo misma tuve que desprender los pantalones de mis tobillos, porque la habilidad de sus dedos se extinguió bruscamente más allá de mis rodillas, y me miró, y resopló, las manos abiertas, como diciéndome que él ya no podía hacer más. Recuerdo muy bien el peso de su cuerpo, el filo de sus dientes, el flequillo que caía sobre su cara pero me permitía entrever sus ojos cada vez que abría los míos, recuerdo sus ojos, hondos y líquidos como bocas de un pozo infinito, sus ojos abiertos, esa extraña cualidad puntiaguda de sus ojos, afilados como puntas de lanza, como clavos amables, como trépanos sabios que conocen lo que existe más allá de la piel, lo que la carne y los huesos esconden, recuerdo cómo me penetraron sus ojos, cómo se apoderaron de mí incluso cuando no podía verlos, cómo desarbolaron en un instante el centro de gravedad de mi cuerpo, y me recuerdo también a mí, al margen de todas las leyes físicas que rigen este planeta, a salvo de mi memoria, a la merced de la suya, al borde de la imprudente emoción que hace saltar a un perro de ciudad cuando le sueltan un día en un pinar, a un enfermo terminal cuando le anuncian un tratamiento nuevo e infalible, a un condenado a muerte cuando escucha en un transistor lejano una imprevista crónica de la revolución que acaba de estallar, y recuerdo que traspasé ese borde sin darme cuenta, sin haberme decidido a hacerlo, sin llegar a saber quién dio el paso que me situó al otro lado del significado de las palabras, en los dominios de otro placer, otro terror, otra alegría, una felicidad distinta de la que pueda nombrar sin sobresalto cualquier día. Y sin embargo, Javier Álvarez no me conquistó, no me poseyó, no me sedujo, porque los ejércitos no conquistan las ciudades que los esperan con las puertas abiertas, porque nadie toma posesión de algo que ya le pertenece, porque el prestigio de un seductor nace precisamente de la resistencia, siquiera simbólica, de su objetivo. Lo que ocurrió fue mucho más sencillo y mucho más difícil de explicar al mismo tiempo, porque ocurrió que sus brazos, sus manos, disolvieron la codiciosa avidez de sus ojos en calor, el signo de un verano instantáneo y portátil que me envolvió como si apenas una vez, más allá del más remoto umbral de la infancia, hubiera alcanzado a presentirlo, como si desde entonces hubiera vivido solamente para esperar su regreso. Había algo profundamente perverso en aquel abrazo bífido, la tibia inocencia de sus brazos agudizando esa ambición oscura, ilimitada, que esmaltaba sus ojos, un guiño familiar atrapado en el color de un misterio indescifrable. Eso ocurrió, y no sé en qué tramo de la caída perdí pie, pero apenas tuve la oportunidad de recordar que aquélla era la primera vez mientras mis titubeos, mi rígida inseguridad de principiante, se resolvían por sí solas en una prodigiosa armonía sin aristas.

Luego sí. Luego salió de mí muy despacio, y pegó su cuerpo al mío, y me besó y me acarició con

una delicadeza que de alguna forma yo ya conocía. Entonces me di cuenta de que nunca me había acostado con un hombre de imaginación tan sucia, y nunca me había acostado con un hombre tan bien educado, y nunca, jamás, ni remotamente, me había atrevido a sospechar que existiera un hombre de imaginación tan sucia y tan bien educado al mismo tiempo. Aquel descubrimiento me dolió tanto como si el destino me hubiera clavado un puñal por la espalda, porque voy a perderlo, me avisé, aunque no quiera. Y ya estaba segura de que no quería.

—¿Tienes pan? —me preguntó, cuando yo ya estaba calculando qué fórmula elegiría para despedirse.

—¿Pan? —repetí, y tardé algún tiempo en conectar—. Sí, claro.

—Pues me comería in par de huevos fritos con jamón, ¿sabes? Yo los hago,

—Ni hablar —dije, rebuscando en el armario hasta encontrar una bata de raso estampada con pagodas y doncellas japonesas, que me pareció muy propia para la ocasión—. Los haré yo, porque tú seguro que me destrozas el teflón con la espumadera, y estoy harta de comprar sartenes…

—Te equivocas —me replicó, enfundándose directamente en los pantalones—. Soy muy cuidadoso… Pero si te empeñas en despreciar mis habilidades, siempre puedo poner la mesa.

Cuando terminó, se sentó en una silla, exactamente detrás de mí. Lo sé porque mientras ponía mis cinco sentidos en freír unos huevos perfectos, con la yema esponjosa, ni cruda ni pasada, y la clara bien cuajada, con un adorno de puntillas tostadas en los bordes, dijo algo que me obligó a volverme.

—Me gustas mucho, Ana.

Estaba sentado tranquilamente, desnudo de cintura para arriba, fumando y mirándome con los ojos muy abiertos. Yo no fui capaz de tanto, y devolví la vista a la sartén, apostando conmigo misma a que se me rompía la última yema, antes de corresponderle.

—Y tú me gustas mucho a mí —dije, mientras sacaba el cuarto huevo ileso del aceite.

—¡Qué bien! —resumió cuando llevé los platos a la mesa, aunque nunca he sabido si estaba glosando mi confesión o celebrando la aparición de la comida, que despachó deprisa, pero con evidente placer.

Después recogió la mesa muy cuidadosamente, apilando los platos en el fregadero con los vasos y los cubiertos encima —eso tuve que reconocerlo en voz alta—, llenó la jarra de agua antes de devolverla a la nevera junto con el recipiente del jamón, y se apoyó en la pared, frente a mí.

—Pues podemos volvernos a la cama, ¿no?

A aquellas alturas, menos atónita que maravillada por la facilidad con la que fluía, a un ritmo sereno, pero sin pausas, mi particular versión de esa especie de guión universal en el que ya había perdido toda esperanza de obtener un papel que no fuera secundario, fui incapaz de articular una respuesta ingeniosa. Cuando me levanté, con una sonrisa en los labios, él salió de la cocina y le seguí sin decir nada. Eran más de las dos de la mañana, y al quitarme la bata tuve frío. Me lancé sobre la cama como si me zambullera en una piscina, el mismo gesto apresurado y torpe, y él, que estaba tendido de perfil, contemplándome con una sonrisa divertida, tiró de mí hacia sí antes de que yo hubiera tenido tiempo de buscarle bajo las sábanas. Entonces me di cuenta de que nuestros últimos movimientos, los huevos fritos, su propuesta de volver pronto a la cama, mi silencio al seguirle por el pasillo, ese impulso automático de apretarse contra el otro para entrar en calor, podrían corresponderse exactamente con la rutina cotidiana de una pareja que llevara muchos años compartiendo la misma casa, el mismo tiempo, el mismo sistema para emplearlo, una pareja satisfecha, armoniosa, quizás incluso feliz. No me atreví a estar segura de que eso fuera una buena señal, pero la placidez con la que lograba abandonarme en los brazos de un hombre que apenas doce horas antes era un simple contacto laboral ni siquiera me asustaba.

—Cuéntame algo más —dijo entonces.

—¿Más?

—Sí, me gusta mucho escucharte.

—Pues no sé…

—Por ejemplo. ¿Tienes hermanos?

—Tres, dos chicas y un chico.

—¿Cómo se llaman?

—Mariola, Antonio y Paula.

—¿Mariola es la mayor?

—Sí.

—¿Y tú?

—Yo soy la tercera—sonreí—. ¿Qué, es muy interesante?

—Muchísimo.

—¿Y tú?

—Yo soy el primogénito de ocho hermanos, seis varones y dos mellizas.

—¡Qué barbaridad!

—Me gustas mucho, Ana.

—Y tú me gustas mucho a mí.

—Estás buenísima, y me encanta cómo hablas…

—¿Cómo hablo?

—No lo sé exactamente, pero tienes una forma especial de contar las cosas.

—Nunca me lo habían dicho.

—¿No? Bueno, si sólo te has relacionado con gente como tu ex marido tampoco me extraña.

—¿Y cómo es mi ex marido?

—Gilipollas.

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque lo sé.

—¿Y por qué lo sabes?

—Porque es tu ex marido.

—¿Te molesta la idea?

—¿De que tengas un ex marido? —asentí con la cabeza—. Claro que sí. Muchísimo.

—No me lo creo.

—¿Por qué? —rió—. ¿Te molesta que me moleste?

—No, claro que no —hice una pausa para anticipar que iba a ser sincera—. Me gusta… Aunque tú tienes una mujer.

—Sí, pero a mí me gustaría que te molestara.

—Me molesta.

Celebró mis palabras con una sonrisa peculiar, la expresión de un niño indeciso entre una travesura y una gamberrada.

—A mí también.

—¡Anda ya!

—En serio… ¿Sabes una cosa, Ana?

—¿Sabes una cosa tú?

—¿Qué?

—Que tienes mucho morro.

—Sí, eso es verdad. Pero también tienes que reconocer que soy encantador.

—Eres encantador.

—Te voy a echar otro polvo. Ahora mismo.

—¿Qué?

—Ésa es la cosa que quería decirte antes. Bueno, si no te parece mal.

—No, no me parece mal —admití—. Incluso me parece muy bien.

No sé si la segunda vez fue mejor que la primera. Sé que todo fue más lento, aunque no exactamente más tranquilo, sé que sus ojos no cambiaron, aunque en el preciso hueco del asombro brotara una luz distinta, la risueña complacencia con la que su mirada convirtió mi cuerpo en un

paisaje conocido, y sé que su avidez no disminuyó, sé que incluso creció, aunque mudó de signo y de ambición para hacerse mucho más profunda, más global, y sin embargo sí ocurrió algo nuevo e importante dentro de mí, porque en algún momento empecé a escuchar un sonido pequeño y rítmico, el eco del cabecero de la cama, que celebraba jubilosamente cada embestida de mi amarte a pesar de los tornillos que lo mantenían unido a la pared, un repique discreto, incesante. como un código íntimo, una canción extraña que antes se me había escapado y ahora colonizaba sin esfuerzo mis oídos para advertirme qué estaba pasando exactamente, para obligarme a comprender que por encima de la sorpresa, de la emoción, y hasta de ese inconcreto bienestar gaseoso que sólo necesitaba reposar unas cuantas horas para convertirse en un auténtico enamoramiento, yo estaba follando con aquel hombre, y su cuerpo estaba dentro del mío, y se movía, y nunca aquel gesto me había parecido tan brutal porque nunca lo había sentido como un destino tan necesario, y entonces el sexo se impuso sobre todo lo que había ocurrido antes, y ya no me hice más preguntas, el futuro dejó de esperarme al cabo de unas pocas horas, su vida y la mía dejaron de existir más allá de la frontera de las sábanas, y en lugar de esperarlo blandamente, como un don, como una gracia, como un regalo inmerecido, me concentré en perseguir mi propio placer sin calcular ninguna consecuencia, ni siquiera la dosis de generosidad que encierra esa clase de egoísmo, y nunca mi imaginación había sido tan sucia, y nunca me había costado menos comportarme como una chica bien educada, y nunca, jamás, ni remotamente, me había atrevido a sospechar que pudiera llegar a convertirme en una mujer con la imaginación tan sucia y tan bien educada al mismo tiempo, y estoy segura de que eso me unió a él más que ninguna otra cosa de las que habían sucedido, de las que habíamos dicho, de las que habíamos hecho aquella noche.

Después me dormí. Sabía que lo que estaba pasando iba a ser muy importante para mí, y me propuse incluso quedarme despierta un rato para fijar cada detalle en mi memoria, para encontrar una clave que me permitiera luego reconstruir toda la historia sin esfuerzo, para saborear aquel imprevisto estado de gracia, pero Javier se movió un par de veces hasta encontrar la mejor postura, y me acoplé sin dificultad a su cuerpo, recibí un último beso que me hizo saber que aún estaba despierto, y temo que hasta me quedé dormida antes que él. La mañana siguiente me encontró en el mismo maravilloso país donde me había despedido del mundo, pero después de los besos, y los abrazos, y las risas tontas que certificaron que todo lo que recordaba había sucedido en realidad, el horizonte se desplomó repentinamente sobre el suelo.

—Bueno, pues me voy a tener que ir…

—¿Ya? —pregunté, y para disfrazar la alarma que parpadeaba en mis ojos como un semáforo en rojo, recurrí a la infalible sensatez del ama de casa—. ¿No quieres desayunar?

Él respondió a mi pregunta con una sonrisa.

—Claro —dijo luego—. Voy a tener que irme después del desayuno.

Pero no lo hizo. Se vistió, se reunió conmigo en la cocina, se tomó despacio una taza de café con leche y cuatro o cinco madalenas, encendió un cigarrillo y me miró. Yo le sonreí. No lograba recordar cuánto tiempo había pasado desde que me sentí igual de bien por última vez, si es que la primera había llegado a existir y, paradójicamente, la certeza de que aquello se acababa no era suficiente para arañar siquiera la invulnerable coraza con la que sus efectos me habían protegido. Él pareció darse cuenta de todo. Como si mi sonrisa envolviera una invitación tácita, miró el reloj, y fingió no haber sabido antes que era tan pronto.

—Son sólo las ocho y media… —anunció—. No se puede salir de viaje a estas horas, Seguro que me quedo dormido encima del volante y muero en el acto.

—¿Sí? —pregunté, burlona.

—Claro. Haz una cosa por mí, anda. Sálvame la vida…

Se levantó, rodeó la mesa para situarse detrás de mí, colocó las manos bajo mis axilas para insinuar el ademán de levantarme en vilo, y después, sin dudar en un solo movimiento, me guió de vuelta al dormitorio, me quitó la bata, se metió vestido en la cama y empezó a hablar sin previo aviso.

—Ayer te conté que era el mayor de ocho hermanos, ¿verdad? Bueno, pues me acabo de acordar de un juego que se me ocurrió cuando tenía… no sé, nueve o diez años, quizás incluso menos, una tontería, desde luego, aunque tuvo mucho éxito, porque toda la familia acabó jugando a lo mismo, bueno, todos menos mis padres, claro… Yo me lo había inventado para chinchar a mi hermano Jorge, el segundo, porque aunque le saco solamente un año, siempre nos hemos llevado muy mal, siempre, y de pequeños mucho peor. Los dos somos muy competitivos y ninguno de los dos sabe perder —hizo una pausa para mirarme y sonrió—. Pero él tiene mucha menos paciencia, y por eso no consiguió ganarme casi nunca.

—¿Y en qué consistía el juego''

—En hacer que lo bueno durara. Sólo podíamos jugar cuando nos daban algo que nos gustara mucho, yo qué sé, un caramelo, un chupa–chups, un bombón, o incluso cosas que se gastaban rápido aunque no fueran de comer, como los tarritos aquellos de jabón que servían para hacer burbujas, por ejemplo, los globos o los sobres de cromos. El juego consistía en guardarlo, en hacer lo que fuera para seguir poseyendo el tesoro intacto cuando el otro ya lo hubiera perdido. Y no había reglas, ¿sabes?, valía todo, meterse un caramelo en la boca procurando no tocarlo con la lengua y darse la vuelta enseguida para envolverlo otra vez y esconderlo en un bolsillo, romper trocitos de periódico con un sobre de cromos delante para que, al escuchar el ruido, el otro creyera que ya estaba abierto, pasear por el pasillo con el artilugio aquel de fabricar pompas y soplar, pero sin llegar a mojarlo nunca en el jabón, cosas así… Ganaba el que, vanas horas después, cuando el enemigo ya ni se acordaba del bombón que se había comido, lo sacaba despacio de su escondite, lo exhibía lo más aparatosamente posible, y se lo comía muy despacio y con mucho placer, porque el sabor del chocolate se mezclaba con el de la victoria.

—O sea, que jugabas a cultivar la envidia de tu hermano… —resumí.

—O a conocer los límites de mi propio deseo —me respondió—. También era una especie de gimnasia de la voluntad, y si lo piensas bien, un ejercicio casi ascético. Eso decía mi padre, por lo menos, que aprobaba mucho mi invento porque decía que fortalecía el carácter. A mi madre, en cambio, le daba mucha rabia, porque decía que, al vernos, cualquiera pensaría que pasábamos hambre. La verdad es que ahora mismo, al contártelo, me acabo de dar cuenta de que parece un juego de niños pobres, y nosotros no lo éramos, tampoco ricos, clase media pelada, con demasiados hijos como para permitirse algún lujo, nunca íbamos de veraneo, por ejemplo, pero pobres tampoco éramos, aunque me costó Dios y ayuda que me dejaran hacer una carrera de letras y, a cambio, mi padre me puso a trabajar por las tardes, en tercero, para ahorrarse una secretaria. Tenía una empresa de transportes, ahora la lleva mi hermano Jorge, y yo estaba en la oficina, cogía el teléfono, hacía las rutas, me ocupaba de los albaranes y las facturas, cosas así…

De todas formas, aquel juego nos obligaba a apreciar el valor de las cosas, incluso por encima del que tenían en realidad. No sé, es curioso… Se me había olvidado completamente, ¿sabes? Me acordé de todo anoche, de golpe, antes de dormirme, y pensé que, desde luego, la vida tiene gracia, porque entonces, cuando era un niño y los mayores tomaban las decisiones importantes en mi nombre, yo ganaba siempre, siempre conseguía que lo bueno durara, y ahora que soy adulto, ahora que en teoría soy el dueño de mi propia vida, las cosas buenas, que nunca pasan, cuando pasan, nunca dependen sólo de mí…

Le miré con atención y encontré una mirada limpia, ligeramente nostálgica, aunque sonriente, que no me ayudó a comprender el sentido de aquella historia, pero todavía no había decidido si lo que acababa de escuchar era una oferta, la petición de una prórroga, una despedida elegante, o un simple recuerdo recuperado por puro azar, cuando él, que me acariciaba la espalda muy despacio, se apretó contra mí y encajando la barbilla en la curva de mi cuello, dijo algo que acabó de desconcertarme por completo.

—A ti no te apetecerá…

Me revolví entre sus brazos para mirarle a la cara. Estaba muerto de risa.

—¿Qué? —pregunté, a medio camino entre el asombro y la euforia.

—Pues… —cerró los ojos y se rió, como si de repente le diera mucha vergüenza seguir—. Follar un poco…

—Hombre, si es un poco… —yo también me reía, la risa total, incrédula y ruidosa de un niño que acaba de ganar el juguete más grande en una tómbola—. Pero tendré que concentrarme —le advertí.

—Bueno, yo también… —admitió—, y si desfallezco en el intento, tienes que prometer que me respetarás.

—Te lo prometo.

—Muy bien.

Aquellas dos palabras actuaron como el disparo del juez de una carrera, y no sé si aquel ejercicio infantil de guardar los caramelos durante horas tuvo o no algo que ver, pero la verdad es que la fase de concentración fue mínima, y el resultado brillante como un castillo de fuegos artificiales. Después volvió a anunciar que tenía que irse, y esta vez hasta llegó a ducharse. Yo no me levanté de la cama mientras seguía su rastro a través de la puerta entreabierta, el chorro de la ducha, el ruido del calentador, el silencio que precedió al eco de sus pasos sobre las baldosas. Pero tampoco esta vez logró marcharse. Cuando volvió a entrar en el dormitorio, desnudo y chorreando todavía, se metió en la cama sin decir nada. Allí estuvimos por lo menos una hora más, y me di cuenta de que no encontraría un momento mejor para intentar asegurarme un pedazo de futuro, preguntarle qué pensaba hacer conmigo, qué pasaría después de que se fuera, cuándo creía él que nos volveríamos a ver, o si, simplemente, creía que volveríamos a vernos algún día, me di cuenta de que aquél era el momento de preguntar todas esas cosas, pero tuve miedo de echarlo todo a perder, de destruir aquella concreta versión del bienestar, los besos blandos, exhaustos, que se sucedían sin palabras, aquellas pausas mudas que podían expresar cualquier cosa, y al final, a las doce y media, le dejé marchar sin preguntarle nada, como si nada hubiera ocurrido.

A las dos menos cuarto ya había agotado todas las ganas de preguntarme cómo había podido llegar a ser tan rematadamente tonta. Me sobraba hasta tal punto mi prudencia, o mi cortesía, o mi respeto, o mi miedo, como quiera que pudieran definirse aquellas raquíticas reservas, que lo único que me apetecía era llorar. Me advertí que nunca jamás le volvería a ver y que me lo tendría muy bien empleado, y las lágrimas se asomaron efectivamente hasta el borde de mis párpados, para subrayar la inminencia de mi derrota.

Pero a veces las cosas cambian.

Parece imposible, es increíble pero, a veces, pasa.

Por eso, justo en aquel instante, y sé que eran las dos menos cuarto porque me tropecé con la ventanita del despertador al ir a descolgar, sonó el teléfono.

—Hola, soy Javier.

—¿De verdad? —pregunté, como una imbécil atrapada en su propia buena suerte.

—Sí —y presentí que sonreía al otro lado del teléfono—. Estoy casi en Guadalajara, pero he pensado que, si me invitas a comer, doy la vuelta ahora mismo.

Cuando atravesé las puertas de cristal que conducían al inmenso vestíbulo que cruzaba sin ganas todos los días, me detuve un momento para dedicar un recuerdo a la miserable mujer que no era yo, aunque con el mismo cuerpo, con el mismo rostro, hubiera recorrido el camino exactamente opuesto apenas cinco días antes. Giré sobre mis talones y aún pude ver a Javier, que arrancó justo entonces, como si estuviera esperando a que me volviera para ponerse en marcha. No tenía más remedio que seguir su ejemplo pero, y ésa era otra asombrosa novedad, la idea de pasarme ocho horas mirando, anotando, clasificando, midiendo y escaneando imágenes, no me pesaba. Jamás una mañana de lunes ha sido tan magnífica. Lo comprobé mientras salvaba las escaleras con pies ligeros, adelantando por la izquierda a una legión de pobres víctimas de sueños atrasados o nunca satisfechos, mientras recorría el pasillo fijándome en detalles tan triviales como la longitud de los tramos de moqueta azul marino o el número de pasos que podía dar entre la puerta de un despacho y

la del siguiente, y sobre todo, al comprobar que el enorme estudio que compartía a mi pesar con otros dos editores gráficos y el último maquetista convencional que trabajaba en la casa —una especie de reliquia laboral al que se recurría sólo para trabajos muy urgentes o especialmente delicados— estaba casi vacío. Teresa, la editora de Texto, literalmente tapiada por un muro de sobres y carpetas, respondió a mi saludo con un gruñido. Nuestros dos compañeros, mucho más parlanchines, estaban desaparecidos, y así permanecieron durante la mayor parte de la mañana, quizás solamente porque yo no tenía ganas de hablar con nadie.

Acerqué mi mesa a la ventana, me empapé de la luz poderosa, purísima, radical, de aquella mañana hecha para personas felices, y cerré los ojos. Aún podía respirar su olor, presentir sus manos, escuchar el exacto acento de su voz, aún podía regresar a él, al tiempo ganado en él, sólo con cerrar los ojos. Cuando los abrí, sentí que el aire se había espesado, que se había vuelto denso y sonrosado, sólido, igual que el aire que recordaba, y me sostenía sin esfuerzo, repentinamente ingrávida, leve, como fabricada con plumas de pájaro, en una especie de cámara de espuma tibia que era el mundo y tenía la misma temperatura que mi cuerpo. Aquella insólita sensación de conformidad, la prodigiosa armonía que se desprendía de mí misma y alcanzaba a todas las cosas, se prolongó durante más de dos horas, mientras trabajaba a una velocidad inaudita en una mañana de lunes, limpiando mi mesa de encargos atrasados sin ningún esfuerzo ni atención alguna hacia aquel trabajo, mi imaginación, mi voluntad y mi razón felizmente secuestradas en la línea de sus cejas, en el perfil de su rostro dormido, en su manera de sonreír o de pedir las cosas por favor. Nunca la realidad me ha sido tan ajena. Por eso fue tan cruel el despertar.

—Oye, por favor…

Una voz tan chillona que parecía casi una caricatura sonora hirió mis oídos en el preciso momento en que mi hombro registraba una impertinente sucesión de golpecitos. La ausencia desde la que me obligaron a regresar era tan profunda que mis hombros se contrajeron en un espasmo violento, y mi respiración se aceleró como si acabaran de amenazarme de muerte.

—Perdóname —escuché justo detrás de mi nuca—. No pretendía asustarte.

—No, perdóname tú… —y me di la vuelta para comprobar que había identificado correctamente a la propietaria de esa voz de papagayo bien entrenado—. Estaba distraída.

María Pilar Nosequé de Antúnez, que había decidido aprender a trabajar justo después de cumplir los cuarenta, porque acababa de darse cuenta de que se aburría mucho haciendo pesas en casa, me sonrió aliviada. La estudié en silencio durante un par de segundos, reparando en la novedad de su pelo, recién teñido en algún recio color leñoso, nogal quizás, o caoba, y cuidadosamente recortado para enmarcar su frente con un flequillo recto, como de voluntariosa colegiala tardía, un estilo que cultivaba con afán desde hacía demasiados años en todos los demás aspectos posibles, desde las sutilísimas cadenitas de oro que descargaban toda una colección de joyas minúsculas —un corazón, una letra, otra letra, un brillante, un perrito, una manzanita— sobre su clavícula, hasta las medias gordas de licra oscura que se dejaban ver desde el vuelo de la minifalda de cheviot hasta el borde de unas botas de diseño convencionalmente infantil, con un indudable punto ortopédico. Siempre que la veía, recordaba a su marido desnudo, embistiéndome con furia en el suelo del salón, pero aquella vez, por gratitud a Javier, no me asombré de que un hombre como Miguel pudiera vivir con una mujer como aquélla, sino de la buena idea que había tenido yo al no liarme con él.

—¿Te gusta? —me preguntó, tocándose el pelo—. Se lo vi en una portada a Linda Evangelista.

—Te queda fenomenal —respondí, calculando ya una fórmula para quitármela de encima—. Y te hace jovencísima.

—Sí… —convino con modestia, arreglándose las lacias puntas del pañuelo de seda estampada, de función estrictamente inútil, que se había colocado alrededor del cuello, sobre un jersey de cuello alto que habría podido llevar mi hija al colegio cuando tenía doce años—. Bueno, pues aquí estoy. Tú me dirás lo que tengo que hacer…

—Verás… —dije, levantándome al fin, una radiante sonrisa en mis labios—, me temo que ha

habido un cambio en tu programa. Espérame aquí un momento, ¿quieres? Voy a enterarme bien de cómo ha quedado todo. Puedes ir mirando esas fotos —añadí, ya casi en la puerta, señalando vagamente en dirección a mi mesa—, y así te vas haciendo una idea…

Apenas puse un pie en el pasillo, me di cuenta de que se parecía demasiado al sombrío corredor de todos los días, pero la pecera estaba cerca, y mis pies avanzaban muy deprisa mientras rezaba por dentro para pillar a Marisa en un buen momento. En los últimos tiempos, por algún misterioso motivo que nadie había descubierto aún, estaba muy nerviosa y como ensimismada, incluso ausente a ratos, un estado insólito en alguien que sólo hablaba de sí misma para quejarse de la monótona transparencia de su vida, el hastío de los días iguales marcados apenas por la salida y la puesta del sol. Aquélla no era la mejor época para pedirle esa clase de favor, pero no tenía otra posibilidad. Rosa, atascada en su propia pasión sin salidas, seguramente no llegaría a sentir grandes simpatías por mi causa. Y con Fran nadie se ha atrevido todavía a hablar nunca de un asunto privado.

No tuve suerte. Antes de llegar a la pecera, escuchaba ya sus gritos, el innovador método al que recurría últimamente para resolver sus problemas, que por otro lado eran muchos, porque Ramón y ella se habían convertido en una especie de sabios brujos con mano de santo a los que recurría cualquier empleado de cualquier departamento cuando las máquinas se volvían locas.

—¿Qué pasa? —dijo al verme, a modo de saludo, y crucé los dedos.

—Marisa, por favor, tengo que hablar un momento contigo —murmuré, mientras dirigía una temerosa mirada al ordenador destripado que yacía encima de su mesa, para consolarme inmediatamente después, al darme cuenta de que no era el suyo—. Es una emergencia…

—¿Otra? —me preguntó, con cara de susto—. ¡Qué lunes llevo, Dios mío, qué lunes…! Ha–as vuelto a meterle al PhotoShop pa–aráme–tros imposibles, ¿verdad?, como si lo viera. Y se te ha colgado el sistema, ¿no? Claro. Te tengo dicho que un escá–aner no es una cafetera, tía, hay que tratarlo con cuidado…

—No es eso, no es eso… —tiré literalmente de su brazo para arrastrarla conmigo hacia un rincón — -. A mi escáner no le ha pasado nada. Por lo menos de momento… —añadí, al pensar que Mari Pili llevaría un rato ya hurgando a sus anchas en mi mesa—. Pero a mí sí…

—¿Qué, a ver? —dijo inmediatamente, como si llevara horas esperándome.

—Pues es que… Este fin de semana me ha pasado una cosa tremenda, tremenda… —cogí aire y lo solté de golpe—. Me he enamorado.

—¿Qué? —repitió, mirándome con una expresión cercana a la que habría adoptado si acabara de confesarle que tenía un cáncer.

—Que me he enamorado.

—¿De un tío?

—No, del arte barroco… ¿Tú qué crees?

—Pero… ¿tú?—estaba absolutamente perpleja—. ¿A–así de claro?

—Así de claro.

—¡ Joder! —se quedó callada, como si necesitara masticar despacio mis palabras y de repente se echó a reír—-. ¡ Joder, joder, joder!

—Sí —añadí sin poder evitarlo, riendo yo también—, la verdad es que eso ha tenido algo que ver…

—¡Mira, n–ni me lo digas! —chilló, apoyando el dorso de su mano derecha sobre la frente para fingir que estaba al borde del desmayo—. Eso no me lo digas siquiera. ¡Serás puta, cabrona, a–asquerosa, suertuda de m–inierda…!

—Llámame lo que quieras, pero ponte en mi lugar.

—Ya–a me gustaría.

—No. en serio… Tengo a Mari Pili esperando en mi despacho y no puedo cargar con ella, Marisa, no puedo, te juro que no, hoy no, esta semana no… Cámbiamela, por favor, cámbiame esta semana por la próxima que te toque y te lo agradeceré hasta en la hora de mi muerte, seré tu esclava, haré lo que tú quieras, te lo juro, te lo juro… Hace demasiado tiempo que no me monto en

una nube, Y no me quiero bajar tan rápido, no quiero, no puedo, no sería justo.

—Pero es que estuvo conmigo la semana pa–asada. Va a pa–arecer muy raro…

—Dile a Fran que ha mejorado mucho, que está muy dotada para la informática…

—Pero si es completamente tonta —aceptó mi sugerencia igual que si acabara de contarle un chiste—. Y ella lo sabe de sobra, es su cuñada. No se lo va–a a creer.

—Bueno, pues dile que esta semana tienes muchísimo trabajo y que te viene muy bien un ayudante…

—No se lo va a creer tampoco, pero… —se quedó un momento en silencio, mirando hacia arriba sólo con los ojos, como si todavía estuviera calculando algo que yo sabía que ya estaba decidido— Vale. Ca–argaré con Mari Pili… con una condición.

—Lo que tú quieras, ya te lo he dicho.

—Tienes que contármelo. Todo. Lo a–antes posible.

—Desde luego —ya contaba con esa especie de ineludible peaje—. ¿A la hora de comer te parece bien?

—Estupendo. Y una cosa más, para ir a–abriendo boca… ¿Le conozco?

—¿A él?

—No, a–a mi padre…

—Sí que le conoces.

—¿Y quién es?

Mi primera respuesta fue un ataque de risa nerviosa. Después, todavía intenté ganar un poco de tiempo.

—Es que no te lo vas a creer.

—¡Pero qué dices, tía! A esta–as alturas yo ya me creo lo que me cuen…

Muy bien, tú te lo has buscado, dije para mis adentros antes de interrumpirla sin más preámbulos.

—Javier Álvarez.

— ¡¿Qué?!

Si le hubiera confesado que me acababa de acostar con Dios, sus ojos habrían reflejado el mismo purísimo estupor, pero ni una gota más del que pude contemplar en aquel instante. Luego se frotó la cara con las dos manos, como preparándose para lo que le faltaba por conocer, y recordé en voz alta mi advertencia para sugerirle que, a pesar de todo, podía entender muy bien su asombro.

—Ya te dije que no te lo ibas a creer…

—¿Pero lo estás diciendo en serio?

—No he dicho nada más en serio en toda mi vida.

—Ja–avier Álvarez… El único que yo conozco, o sea, el riguroso autor…

—Ese mismo.

—¡Joder…! —y me miró como si las dos nos hubiéramos vuelto locas—. Mándame a la tonta esa, anda, que al final hasta voy a a–acabar haciendo un buen negocio…

—Muchas gracias, Marisa —le di dos besos para cerrar el trato.

—Na–ada de gracias —me advirtió—. A la hora de comer te espero.

Mari Pili hizo como que lo entendía todo y aceptó el cambio de planes sin protestar. La acompañé hasta la puerta con una profunda sensación de alivio, aunque su irrupción hubiera desbaratado irremediablemente ya el milagro de aquella mañana, porque el simple hecho de haber tenido que contarle a Marisa lo que había ocurrido, por muy escueta que hubiera sido nuestra conversación, había trazado una línea nítida, implacable, en mi confusa percepción del tiempo, y mi historia con Javier, que había seguido sucediendo en presente hasta el instante en que la cuñada de Fran empujó la puerta, ya era eso, una historia, algo sucedido en el pasado y tal vez completo, circular, acabado, un puro recuerdo prematuro. Sólo de pensarlo, sentí que me quedaba sin aire.

Cuando regresó, el jueves a la hora de comer, ya había desechado de golpe todas mis preocupaciones previas acerca del futuro, clasificándolas como las indeseables consecuencias de

una neurosis típicamente femenina y precisamente por eso impropia de mí. El lunes por la mañana, la llegada del avión procedente de Santander que desembarcaría en Barajas a una mujer borrosa, acompañada de dos niños igual de inconcretos, y un perro al que conocía mucho mejor, gracias al riguroso parecido físico entre todos los individuos de su misma raza, me parecía un destino lejanísimo, una fecha tan astronómicamente distante que bien podría no llegar a cumplirse nunca. Esa sensación se prolongó durante todo el viernes, y alcanzó también al sábado, mientras apuraba cada momento como un regalo y el lunes se perfilaba como una meta distinta, un lugar al que llegar, y no en el que separarse. El domingo, en cambio, contagiada quizás de la intrínseca tristeza de ese día de despedidas, sí fui capaz de comprender lo que se me venía encima, y hasta me atreví a lanzar una pregunta oblicua sobre sus planes más inmediatos que él comprendió perfectamente, aunque prefiriera contestarla sólo a medias.

—Y por cierto… —le interrumpí, mientras se quejaba entre risas de no haber dedicado ni un solo minuto del puente a empezar a leer una tesis doctoral de cuatro tomos sobre la evolución morfológica de la meseta meridional, un proyecto muy interesante, según él, cuyo tribunal estaba convocado para el siguiente jueves— ¿qué vas a hacer con Los Monegros?

—¡Oh! —me contestó, después de un rato—, pues dejarlos en su sitio. No me echarán de menos, ¿sabes? Eso es lo bueno de trabajar sobre el relieve, las montañas no caducan ni se pasan de moda, hacen taita dos, o tres mil años, para llegar tarde… Sin embargo, como lamentablemente yo no voy a vivir tanto, tendré que ir algún fin de semana de éstos, no me queda más remedio… Podrías venirte conmigo. Desde la ventanilla de un coche, parece un sitio muy feo, pero cuando lo conozcas te darás cuenta de que no existe un paisaje más intenso, más auténtico, más representativo de la realidad de este planeta… —parecía tan emocionado que no pude reprimir una sonrisa—. De verdad, no te rías. Todas esas montañas cambiando de forma sin parar, cediendo al agua, al hielo, asumiendo cada cambio climático… Son los testigos más fieles de la historia de la Tierra, guardan huellas precisas y ordenadas de los ciclos que se han sucedido desde mucho antes de que nosotros existiéramos, no nos las merecemos, en serio. Es algo fabuloso…

—A mí me gusta más el mar —me atreví a opinar.

—¿Qué? ¿Los pueblecitos de pescadores, las calas escondidas, las islas del Mediterráneo y demás? —asentí con la cabeza—. ¡Bah! Menuda mariconada…

Creo que ésa fue la única vez que uno de nosotros sugirió la posibilidad de un encuentro posterior, y como la iniciativa fue suya, a mí me pareció bastante. No me atreví a decirle que iría con él a Los Monegros, a una pensión de Móstoles o al fin del mundo, adonde quisiera llevarme, pbrque él eludía aquel tema con tanto cuidado como yo, aunque por razones distintas. Yo procuraba no parecer exigente, posesiva, pesada, para demostrarle que no formo parte de esa legión de mujeres que ceden su cuerpo a cambio de algo, esos fantasmagóricos derechos fundados en el sexo que acaban sugiriendo siempre que sus orgasmos son fingidos y su piel artificial, ajena, incapaz de satisfacerse en la piel del otro. Él, y de eso me di cuenta desde el principio, y desde el principio se lo agradecí, evitaba tratarme como a una querida, una amante típica, estable, canónica, y se apresuró a aprovechar la primera oportunidad que se le presentó para dejar claro que nunca había estado liado con nadie que pudiera encajar en aquel papel.

—¿Sabes lo que me apetece? —dijo el jueves, después de comer y haber alabado convenientemente la comida, y como yo no contesté, se respondió a sí mismo—. Echarme una siesta larguísima…

—¿Tú solo?

—No… —sonrió—, contigo. Bueno, si es que estás dispuesta a dormir… Si no, lo dejamos. No me gustaría quedar mal, pero no sé exactamente lo que debo hacer. Esto es nuevo para mí.

—¿Esto? —me eché a reír—. ¿Qué?

—Pues la siesta del día siguiente… Soy un amante muy voluntarioso, pero de una sola noche.

—¿Nunca has dormido dos noches seguidas con la misma mujer? —le pregunté, en el tono preciso para hacerle saber que no me creía ni una palabra.

—Sí. Con la mía.

—¡Anda ya!

—Te lo juro —yo seguía sin creérmelo, pero él se esforzaba por hablar en serio—. No te voy a decir que soy un marido fiel porque no es verdad, reconozco que soy hasta muy infiel, pero no me gustan los problemas. No necesito buscármelos yo solo para tener de sobra.

—¿Y yo soy un problema?

—Desde luego —rió—. Y gordo.

Ya había descubierto su habilidad para desconcertarme a base de golpes de sinceridad, pero de todas formas, me llevó algún tiempo reaccionar.

—¿Sabes una cosa? —dije solamente—. Tengo mucho sueño.

—Lo celebro.

Desde entonces, y hasta que me dejó el lunes en la puerta de la editorial, camino del aeropuerto, ambos nos comportamos como si nunca nos hubiera pasado nada antes de conocernos, como si él no estuviera casado, como si yo no lo supiera, como si el mundo fuera a disolverse irremediablemente después de aquel fin de semana. El viernes por la mañana, me anunció que iba a bajar a la calle a comprar el periódico, revisó sus bolsillos en busca de dinero suelto, y aunque tenía cerca de trescientas pesetas, me pidió que le prestara cuarenta duros más. Antes de ir a buscarlos, ya había comprendido que iba a llamar por teléfono, pero no se me ocurrió decirle que podía llamar desde el mío, porque sabía que preferiría que yo no estuviera delante. El sábado por la tarde, cuando llamó Amanda, un tanto preocupada por mi silencio, que duraba ya tres días, se Levantó enseguida para anunciar que iba a la cocina a por algo de beber, y no regresó hasta que colgué. Entonces me di cuenta de que me habría costado trabajo hablar con naturalidad estando él presente, aunque más trabajo me costó convencerme de que no era verdad que hubiera preferido que mi hija no me llamara.

Sin embargo hablamos mucho, y no sólo de la niñez, que había sucedido casi simultáneamente, porque era apenas dos años mayor que yo, sino también de pasados más cercanos, cuyas ramificaciones rozaban el presente, Cuando apuró hasta el final mi historia con Félix, se decidió a contarme algunos episodios de su propia vida, cosas sin importancia y otras tan importantes que las escuché en vilo, sin atreverme casi a respirar. Se las arregló para contarme que estaba harto de vivir con su mujer sin llegar a hablar mal de ella en ningún momento, al contrario, como comprendiéndola, amparándola, envolviéndola en adjetivos piadosos que en ningún caso lograban esconder una realidad implacable. Pobre Adelaida, decía, la pobre Adelaida, la llamaba, y asumía en solitario todas las culpas, Adelaida no entiende nada, pobre, es culpa mía, no tiene ni idea, claro, que cómo va a tenerla, si hace siglos que no le cuento las cosas que me pasan, es asombroso, ¿verdad?, bueno, pues le encanta ser mi mujer, qué quieres que te diga, yo no lo entiendo pero es así, pobre Adelaida, tiene una tienda de regalos, dice que la Geografía la aburre mucho, no entiendo por qué hizo la carrera, aunque, eso sí, cuando saqué la cátedra se alegró infinitamente más que yo, y ahora se ha comprado un perro, la pobre… Por supuesto, en ningún momento cedí a la repulsiva tentación de ponerme de parte de la pobre Adelaida. Por supuesto, en ningún momento él pretendió en absoluto que lo hiciera.

Hablamos mucho, y follamos mucho, tanto que cuando volví a sentarme ante mi mesa, tras despedir a Mari Pili en la puerta del estudio, sentí aún la ambigua compañía de un millón de alfileres, huellas casi romas, apaciguadas ya, de las agujetas que me habían obligado a ser consciente de mis piernas durante las últimas horas. Hasta entonces, las había recibido siempre con una intensa punzada de satisfacción, pero entonces, forzada a contemplar la realidad desde ángulos distintos al creado por mi propio deseo, me pregunté más bien si alguna vez llegarían a significar algo en realidad, más allá de un íntimo y templado dolor.

El resto de la mañana fue un desastre. No hice absolutamente nada excepto mirar por la ventana, como si los árboles pudieran escucharme, conocer de antemano todas las respuestas, y mi ánimo se meció blandamente entre sus ramas igual que una hoja más, una diminuta porción de vida animada

por el viento que oscilaba arbitrariamente entre la euforia, la tentación de recordar desde la inocencia absoluta, y el desaliento nacido de mi propia experiencia de las cosas. Entretanto, como un martillo obsesivo, una ley sin matices, una condena perpetua, latía entre mis sienes la única pregunta, la misma trampa en la que se desollaban ya, de tanto tiempo presos, los tobillos de Rosa, enloquecida y absorta mientras me preguntaba en voz alta si sería posible que él no hubiera sentido lo mismo, el primer pronombre idéntico, el segundo distinto, de primera persona y mucho más terrible, desafiándome desde el recuerdo de mi piadosa ironía de entonces. Pensaba en lo que Javier estaría haciendo en aquel preciso instante, concentrado y distraído al mismo tiempo quizás, y sonreía, o indolentemente reintegrado al ritmo de su vida previa, y quería morirme. Al llegar a ese punto, reaccionaba, desconfiaba de mi propio pensamiento, tanta insensatez concentrada en un pliegue tan pequeño del tiempo, y me proponía quedarme en blanco, desconectar de mí misma, controlarme con dureza, pero todo volvía a empezar, y en algún momento, no recuerdo si rozando las nubes o el infierno, Marisa repiqueteó con los nudillos en la puerta para reclamar su premio.

Su llegada me obligó a descender al plano de los asuntos prácticos y solamente eso ya me hizo bien. Calculé a toda velocidad mientras avanzábamos sin rumbo fijo por el pasillo y, desdeñando riesgos aparentes, me decidí por el comedor de la empresa a pesar de que estábamos a primero de mes. Aunque Marisa protestó lo suyo —buah, no veas, parece que el amor nos vuelve tacañas— decidí romper la tradición de celebrar las buenas noticias con una comida fuera del edificio porque me pareció más seguro. A aquellas horas ya sabía que Mari Pili estaría comiendo con su marido, que Fran tenía una cita con los distribuidores y que Rosa llevaba toda la mañana encerrada con un fotógrafo francés al que tendría que invitar a comer a la fuerza, así que el Mesón de Antoñita e incluso otros restaurantes de los alrededores bien podrían acabar resultando un bosque de orejas.

—Te lo digo —advertí a Marisa— para que no te vayas de la lengua, ¿eh? Ni con Ramón.

—¡Pero bueno! —fingió indignarse—. Pa–arece mentira…

—Por si acaso… —concluí, mientras me colocaba detrás de ella en la cola del autoservicio.

Rellené la bandeja con lo primero que vi. No tenía ganas de comer ni de no hacerlo, todo me daba lo mismo, pero escogí la mesa con cuidado, en el rincón más aislado que encontré, y me senté de cara a la puerta, para controlar posibles compañías. Luego, bebí un sorbo de vino, y la miré.

—Soy toda oídos —dijo.

Empecé a contarle la historia desde el principio y, resignada ya a mi incapacidad para aprehender el hilo de mis propios cambios de humor, el frenesí emocional que impulsaba una especie de noria disparada a toda velocidad en el centro de mis tripas, conseguí revivir sin esfuerzo cada escena, cada frase, cada sensación que recordaba en voz alta, y me sentí mucho mejor porque Javier existía de verdad, porque de verdad había ocurrido todo lo que yo contaba, y tal vez eso fuera ya bastante, aunque no volviera a verle nunca más. Llegué a entusiasmarme hasta tal punto que olvidé las condiciones que yo misma había impuesto a mi interlocutora y, lo que fue peor, aunque estaba sentada enfrente de la puerta, no vi entrar a nadie, nadie cruzó ante mis ojos mientras Marisa separaba exageradamente las palmas de las manos para componer un gesto característico, y eso sucedió en el preciso instante en que una voz familiar alcanzaba mis oídos por la izquierda.

—¿Quién tiene ese pedazo de polla?—Rosa, tranquila y sonriente, dejó una bandeja sobre la mesa con toda la naturalidad del mundo y se sentó a mi lado, para indicar, más allá de toda duda, que se disponía a comer con nosotras.

—¿Pero tú no estabas con un francés? —pregunté con un hilo de voz, sobre el que se impuso sin dificultad la respuesta de Marisa, mucho más contundente.

—El riguroso autor.

—Seguro —Rosa asintió con la cabeza sin mirarnos a ninguna de las dos, absorta en su pelea con un frasco de catchup abierto que se negaba obstinadamente sin embargo a dejar escapar ni una sola gota de su contenido—. Todos los hijos de puta la tienen enorme. Qué le vamos a hacer, así es la vida…

—No es ningún hijo de puta —murmuré, aunque no estoy segura de que mis palabras lograran

abrirse un hueco entre el chasquido de los azotes con los que la recién llegada castigaba la base del frasco de cristal—. Y tampoco es… —tan enorme como dice ésta, iba a añadir, pero acerté a callarme a tiempo. Mira por dónde, os vais a joder, pensé, tan molesta como si Rosa no le hubiera insultado a él, sino a mí.

—¿Y quién es el beneficiario y/o beneficiaría de semejante prodigio? —volvió a preguntar mientras observaba satisfecha el caudaloso río de líquido rojo, brillante y espeso como sangre impostora, que caía, imparable ya, sobre sus patatas fritas.

Marisa me miró, encogiendo los hombros y torciendo los labios simultáneamente, una mueca que quería decir «lo siento pero nos han pillado» y «al fin y al cabo, ¿qué más te da?» al mismo tiempo, y como no logré responder en el brevísimo periodo de tiempo que estaba dispuesta a concederme, ella misma interpretó mi silencio como mejor le convino.

—A–aquí… —y marcó una pausa para crear expectación—, mi prima.

Rosa se atragantó con un trozo de fílete empanado, y tuve que alargarle mi propio botellín de agua cuando parecía ya a punto de reventar.

—¡¿Quién?! —preguntó, como si no estuviera muy segura de haber recuperado el oído tras una vida entera siendo sorda, y decidí que ya estaba bien de exclamaciones.

—Yo —respondí, en voz alta—. A ver. ¿Qué pasa?

Entonces se echó a reír.

—¡Cono! Pues sí que tiene que ser riguroso…

—Y co–oncienzudo —añadió Marisa entre carcajadas.

Estaban muertas de risa, tan divertidas que no pude resistirme a acompañarlas, y reí yo también, de puras ganas de reír, hasta que Rosa recuperó el control de su rostro, y sus labios se cerraron a medias para insinuar una sonrisa nostálgica, casi triste, y desesperanzada. Entonces, enarbolando un testigo que nadie le había entregado, Marisa rescató el rastro de nuestra conversación previa.

—Resumiendo —dijo, dirigiéndose a la rezagada—, que ésta quedó con Ja–avier Álvarez el miércoles por la tarde, y el tío se empeñó en que le contara su vida, y se les hizo tarde, y cuando se levantaron a preparar la cena, él atacó delante de la nevera, y se fueron a la cama, y le echó dos polvos, y a la mañana siguiente, otro, ¿qué me dices?, con cua–arenta tacos…

—Con treinta y ocho —corregí, pero ella pasó por alto aquel matiz.

—Y luego dijo que se tenía que ir a Los Monegros porque está escribiendo un libro sobre la zona, que ya se ve que lo suyo es el rigor en todo, pero enseguida volvió a llamar y le dijo a A–ana que si le invitaba a comer se daba la vuelta… Ahí nos habíamos quedado. Para conocer detalles sexuales, tendrías que ha–aber llegado antes…

—¿Y volvió? —Rosa me miraba con la misma expresión que iluminaba los ojos de Amanda cuando era muy pequeña y no podía resistirse a preguntar, un poco antes del final del cuento, si la princesa prisionera acababa muriendo o casándose con el príncipe.

—Sí, volvió —contesté.

—Y se volvió a ir…

—Esta mañana.

—¡Joder! —escondió un instante la mirada en su regazo antes de imponerse una sonrisa forzada—. ¡Qué bien! ¿No?

—Sí… —admití, antes de seguir hablando.

Al llegar al final, tuve la impresión de que mi historia había desatado más cabos de los que era capaz de calcular, porque no solamente Rosa me miraba de una forma especial. Marisa también se había puesto nerviosa, hasta el punto de que la vi encender un cigarrillo y fumárselo, aunque no se tragara el humo, por primera vez en mi vida. Estaba extrañamente callada, pensativa, y no miró en mi dirección ni aproximadamente mientras Rosa me sometía a una descabellada balería de preguntas que se contestaba a sí misma antes de que yo pudiera hacerlo.

—Pero ¿cuándo te diste cuenta de que te habías enamorado de él?

—Enseguida.

—Ya, pero enseguida quiere decir cuando pudiste reflexionar y repensarlo todo, cuando te

quedaste sola, ¿no?

— -Pues… no sé qué decirte. Es posible. Pero entonces ya estaba enamorada de él, eso seguro,

porque me acuerdo de que lo pensé antes de dormirme. —¿Cuándo9

—El miércoles por la noche.

—No puede ser.

—Bueno…, yo creo que sí.

—¡No! —hablaba ya con tanta pasión como si le fuera la vida en cada sílaba—, porque el enamoramiento es un acto cerebral, una creación, una elaboración de la realidad…

—Pues a mí me pilló follando.

—¡Que no! —parecía furiosa—. Es imposible.

—¡Que sí —y consiguió enfurecerme a mí—, joder, Rosa, qué quieres que te diga!

—Porque no te has dado cuenta, porque has tenido mucha suerte y ha pasado todo muy deprisa, pero yo te digo a ti que el enamoramiento es un proceso muy lento.

—Será a veces… —concedí, sin atreverme a decirle que ya estaba bien de que intentara manipular cualquier cosa que sucediera a cualquier hora de cualquier día en cualquier parte del mundo para justificar su obsesión por Nacho Huertas.

—Siempre.

—Ni hablar.

La discusión acabó de golpe, cuando Marisa decidió volver al mundo para hacerme la única pregunta que no podía contestar.

—¿Y qué vas a ha–acer ahora?

La había comprendido perfectamente, pero no quise admitirlo tan deprisa.

—No te entiendo —musité.

—Pues sí, es muy sencillo —hablaba alto y claro—. ¿Qué vas a ha–acer? ¿Vas a buscarle, vas a pasar de él, vas a esperar a que él te llame, va–as a llamarle tú?

—Te lo vas a encontrar aunque no quieras —intervino Rosa—, dentro de diez días… En la fiesta de la editorial, ¿no te acuerdas? Todos los autores están invitados. Él también, seguro. Y Nacho. Espero que venga…

Ella cruzó los dedos mientras yo sentía que las alas de un ángel misericordioso me elevaban sin esfuerzo hasta el techo del comedor, y estuve a punto de besarla sólo por tener tan buena memoria mientras recuperaba en un instante la información que nunca tendría que haber olvidado, un rito anual, la fiesta de la editorial, en la azotea del edificio, un par de semanas antes de que empezara la Feria del Libro, barra libre y música bailable, era muy divertida y siempre venía todo el mundo, todos los autores venían, siempre…

—Te lo digo porque es lo único que importa de verdad en este mundo —Marisa insistió, su frente súbitamente sombría—. Y yo lo sé, porque todo lo demás lo tengo. Tengo una casa, tengo trabajo, gano dinero, me sobra el tiempo libre, estoy conectada a la red, voy mucho al cine, ya te digo… Pero duermo sola por la–as noches. Y eso es lo mismo que no tener n–nada.

Sus dos últimas frases se quedaron prendidas en el aire, para planear sobre nuestras cabezas como una extraña suerte de amenaza.

Pero, a veces, las cosas cambian.

Ya sé que parece imposible, que es increíble pero, a veces, pasa.

Dormir sola por las noches es lo mismo que no tener nada.

Ahora la frase me suena bien. Parece inteligente, concisa y verdadera, casi impropia de mí, porque cuando pienso no tartamudeo, pero un instante después de pronunciarla a bocajarro, sin haberme parado a meditar el sentido de cada palabra, me di cuenta de que nunca, nunca, ni siquiera en las largas conversaciones que sostengo conmigo misma, me había atrevido a definir así la esencia de la vida, y me molestó más aquel extravagante acceso de brillantez que no haber sido jamás brillante antes. Por aquel entonces, ya había asumido la crueldad de la paradoja a la que estaba abocada desde que el cielo decidiera concederme de golpe, abruptamente, en una sola dosis, la única gracia que me había atrevido a pedir durante años. Las cosas habían cambiado por fin, desde luego, eso era indiscutible, pero ni siquiera me quedaba el consuelo de reprochárselo vagamente al azar, porque yo había sujetado sus riendas con firmeza entre mis manos. Fui yo quien aplastó a Forito contra la fachada del hotel Ritz. Yo le besé.

Aquélla fue la primera noche que no pasé sola en mucho, muchísimo tiempo, pero también fue la primera noche que pasé casi en blanco desde una fecha incluso anterior a la víspera de aquel lejano viaje de regreso desde Túnez. Soy una máquina de dormir, y sin embargo el sueño me esquivó un minuto tras otro para tejer horas cada vez más largas con una paciencia ruin y exasperante. Soy una mujer sin intuición, y sin embargo aquella indeseable vigilia desplegó ante mis ojos, abiertos en la oscuridad, súbitamente sagaces, el mapa detallado y minucioso del conflicto imposible y vulgar al mismo tiempo en el que se han consumido ya muchos días que han vuelto a ser iguales otra vez, porque ninguno de ellos me ha consentido hallar una salida.

Forito, tan impecable como el más insignificante de los actores secundarios cuyo oculto talento hubiera escogido el destino para depositar entre sus manos el único papel capaz de consagrarlo definitivamente, dormía a mi lado con el silencioso, profundo abandono de un niño dormido. Pero ni siquiera los ronquidos y los carraspeos que aceché en vano mientras intentaba mecerme en el ritmo exacto de su respiración, habrían hecho las cosas más fáciles, porque todos mis demás cálculos habían fallado estrepitosamente. Los repasé despacio, uno por uno, mientras desplegaba una ironía aún amable, tibiamente complaciente con mis propios errores. La verdad es que, durante el breve tiempo en que pude pensar, pensé solamente que estaba equivocando todos mis pasos, que cada beso, cada abrazo, cada gesto más o menos brusco, más o menos estudiado para expresar un deseo aún inconcreto, que crecía solamente hacia dentro, era apenas un tramo sucesivo del largo callejón sin salida donde se acaban estrellando las pobres ilusas que aspiran a seducir a un alcohólico. Y cuando descubrí al fin que el único axioma bueno es el axioma cojo, ya no podía pensar, porque todos los alcohólicos serán impotentes, pero Forito, que después de todo no debía de ser tan alcohólico, me estaba enseñando ya que Fernanda Mendoza, buah, no veas, por poco que le quisiera, ya te digo, no le había querido sólo por su cuenta corriente.

Yo nunca he tenido éxito con los hombres, ésa es la verdad. Pero también es verdad, y de eso estoy segura, que aquella vez tuve éxito, porque muy pocos hombres son capaces de hablar, de acariciar, de querer a alguien, como Forito me quiso a mí mientras me convertía en la suprema emperatriz del universo, una protagonista de novela, una estrella de película, un personaje soñado en tantos fines de semana consumidos a solas, a base de novelas y de películas. Y a lo mejor, si hubiera sido un hombre apasionante, guapo, inteligente, prestigioso, capaz de follar tres veces en cuatro horas, esa sabia manera de llamarme chata, cielo, corazón, su tembloroso culto de una ternura antigua, una ejecución tan virtuosa de la desfasada partitura del caballero español, quizás habrían estado de más, pero yo nunca me he acostado con hombres apasionantes, y a estas alturas de la vida, sé ya que nunca lo haré. El problema es que me sobran razones para sospechar que no

volveré a encontrar un hombre como Forito. Y que a pesar de todo, por mucho que abomine de mí misma cada vez que lo pienso, por muy miserable que me sienta, por mucha vergüenza que me dé reconocerlo, Forito sigue siendo un problema para mí.

Eso fue lo que me quitó el sueño. Eso y pensarme a mí misma, pensarlo a él, recorriendo los pasillos de la editorial, a la mañana siguiente, el borracho simpático e inútil, la tartamuda esa de los ordenadores, siempre hay un roto para un descosido, diría algún gracioso, tal para cual, y recordé las palabras de Ramón, nosotros somos pobre gente, Marisa, a nosotros nunca nos toca la lotería, ninguna lotería, y sin embargo, si Ramón hubiera querido acostarse conmigo, me habría sentido halagada, pero no quiso, y había querido éste, que había apagado la luz un instante después de sentarse en el borde de la cama para desnudarse a oscuras, que me había dado la oportunidad de imitarle en el otro extremo del colchón, y por nada del mundo habría querido yo que me viera desnuda, mi torso de niña avejentada, mis caderas de matrona ficticia, este culo injusto, inmenso, y mi piel fea, blanca pero no de porcelana, por nada del mundo habría querido yo enseñarle mis heridas y sin embargo eso es lo que más me cuesta perdonarle, que me incluyera en su propia compasión con aquel gesto inocente, que asumiera de antemano mi miseria fundiéndola a partes iguales con la suya, que le confesara al interruptor de la luz, cuando todo estaba aún por comenzar, cuando todavía no era necesario, que él y yo no éramos más que pobre gente. Tal vez, si hubiera llegado a contemplar su cuerpo, el sucinto andamiaje de piel y de huesos que no me atreví a hurtarle a traición, mientras dormía, mi memoria albergara un recuerdo más agrio de aquella noche en la que apenas conocí sus manos, descarnadas y largas, cálidas, y su boca de coñac, dulce y constante, y su sexo imprevisto, confiado, paciente, pero ahora, cuando ya conozco ese cuerpo tan bien que puedo verlo sólo con cerrar los ojos, sigo echando de menos la mínima audacia que tal vez no habría hecho más que empeorar las cosas.

No recuerdo siquiera cuándo fue la última vez que dispuse de razones tan poderosas para comprenderme a mí misma, y sin embargo sé que nunca me he comprendido menos que ahora, porque nunca la conciencia de lo que soy ha llegado a alcanzar un precio tan alto, nunca un tajo tan profundo me ha partido por la mitad tan limpiamente. Porque es injusto, y es mezquino, y es terrible, pero me cuesta mucho trabajo aceptar que el hombre de mi vida vaya a llamarse al final Carpóforo Menéndez, un nombre tan ridículo, y sin embargo sé que no voy a encontrar nada mejor, y que dormir sola por las noches es lo mismo que no tener nada, y lo que más me duele, lo que me avergüenza hasta en la esquina más oscura de la piel del alma, es que sólo por pensar lo que pienso, sólo por sentir lo que siento, sé que soy indigna de él, y sin embargo no puedo hacer nada por evitarlo.

Abomino de Alejandra Escobar, mujer de mundo, criadora de pájaros en cabeza ajena, pero sé también que Alejandra Escobar nunca ha existido.

Rescaté aquel folleto de la montaña de correspondencia atrasada que se había ido amontonando en la mesita del recibidor desde el día en que murió mi madre. Un par de semanas después del entierro, cuando me impuse la obligación de poner orden en sus papeles, me sorprendió aquella foto de playa con palmeras que habría jurado no haber visto nunca antes, y el nombre impreso en la etiqueta adhesiva, que no era el mío, sino el de otra María Luisa que ha vivido siempre en el piso de arriba y a la que nunca hubiera supuesto yo tan cosmopolita. Por eso lo hojeé, y porque me intrigaba el escueto rótulo que flotaba como una isla postiza en el horizonte azul de un mar maravillosamente falso, tan intenso que parecía pintado con guache. Club Mediterranée, leí. Pero entonces yo no estaba para lujos.

Unos meses después, sin embargo, cuando varias visitas al notario y una mutación de varios ceros en el estado de mi cuenta corriente me convencieron por fin de que era moderadamente rica, fue precisamente la promesa de un lujo que parecía de pronto tan razonable lo que me decidió a conseguir mi propio ejemplar. Me enfrentaba a las primeras vacaciones auténticas que disfrutaría en

mi vida, un mes entero para mí sola, sin responsabilidades, sin remordimientos, sin la tenazmente cultivada necesidad de llamar todos los días a Madrid temiéndome lo peor, para encontrarme en efecto casi lo peor al otro lado del teléfono, los suspiros de mi madre, sus quejas apagadas, ¿cuándo vas a volver?, esta enfermera me tiene manía, no tardes tanto, por favor, me voy a morir cualquier día de éstos… La verdad es que hasta entonces siempre me había tentado la distancia, irme lo más lejos posible por la menor cantidad de dinero posible, pero ya estaba harta de viajar de mochilera, en programas de agencias de viajes exóticos a precios sorprendentes que al final nunca resultaban serlo tanto, arriesgadas expediciones que no se podían afrontar sin toallas, insecticida y alcohol para desinfectar las bañeras, y en las que cada año mi edad me descolgaba un poco más del espíritu del grupo, porque nunca lograba convencer a nadie para que me acompañara, y mis accidentales compañeros de viaje eran apenas universitarios, cada año más jóvenes, más pandilleros, más proclives a tratarme con el cariño que se reserva a una madura tía soltera. Por eso pensé que tal vez me merecía un discreto barniz de glamur, una playa con palmeras, un bungalow individual, cócteles en corteza de pina, animación nocturna, esquí acuático, sol, cigalas, y un par de pareos nuevos. En la oficina del club —porque esto es mucho más que una agencia de viajes, me explicaron nada más entrar—, me informaron de otros detalles que acabaron de convencerme. Daba igual que viajara sola porque era muy fácil hacer amistades. Para las comidas, se distribuía a los residentes en mesas de ocho comensales, y casi todas las noches se celebraban bailes, concursos, barbacoas y diversiones de todas clases. Nuestros clientes, me dijo la azafata, tienen un nivel económico medioalto, muchos son profesionales libres, ejecutivos, funcionarios de alto rango, gente culta en general, distinguida, y el descanso está asegurado. Las posibilidades, entre hacer turismo y tumbarse a leer al sol, son infinitas, me aseguró, y dependen solamente de las necesidades de cada cual.

Elegí Hammamet. un club mediterráneo situado en la costa de Túnez, por el clima, por la playa, y por la belleza del lugar que aparecía en las fotos, y ninguna de estas cosas me defraudó. Me gustó el pueblo, que era precioso, y el recinto, mi bungalow, que parecía una casita de muñecas, la playa, espléndida, los cócteles servidos en recipientes previsiblemente exóticos, y hasta el despiste de nuestra guía belga, que me regaló el nombre y la memoria de Alejandra Escobar. La compañía, en cambio, no elevó mucho el nivel de los jóvenes mochileros, que al fin y al cabo eran muy simpáticos y me invitaban todo el rato a fumar canutos, detalle que contribuía a mejorar considerablemente mi humor durante la segunda mitad de aquellos descabellados viajes, que apuraba muerta de risa y comiendo galletas sin parar. Las drogas que estimulaban a mis nuevos vecinos eran muy diferentes. A mi izquierda, en la mesa, se sentaba una pareja de españoles tan insoportables que el primer día llegué a celebrar que ninguno de los restantes comensales hablara nuestro idioma, para no tener que pasar más vergüenza de la imprescindible. Él, que se engominaba el pelo hasta para ir a la playa, tenía ademanes de rey del mundo, y era empresario teatral en una capital de provincia bastante opaca, la verdad, aunque se comportara como si Broadway se le hubiera quedado pequeño. Su mujer juraba haber sido actriz en su juventud, y se asombraba mucho de que yo no recordara ni su nombre ni su cara, sobre todo siendo las dos de la misma edad, mentía candorosamente al final. Ahora le había dado por la astrología, detalle que fomentó su amistad con el elemento femenino de una pareja de franceses, tan insoportables como ellos, que se sentaban justo enfrente. Aquella fulminante alianza hispano–francesa partió felizmente la mesa por la mitad, dejándome a solas con dos italianos que bordeaban los treinta años, y un galés que estaba ya cerca de los sesenta.

Guido y Cario eran muy guapos y muy parecidos entre sí. De la misma altura, un metro ochenta más o menos, con el mismo corte de pelo, un rapado radical, casi militar, el mismo cuerpo lujoso, trabajado con mimo en un gimnasio hasta el sabio límite más allá del cual no se puede esconder este detalle, y el mismo buen gusto para vestirse, ambos trabajaban en la filial italiana de la misma multinacional de software, una empresa que yo conocía muy bien. Pero si esa circunstancia no hubiera animado una pintoresca conversación en dos idiomas desde el primer día, habría acabado

charlando con ellos de cualquier cosa, porque eran muy simpáticos, corteses y divertidos, a pesar de que no habían ido hasta allí precisamente para hacer amistades. Se tenían el uno al otro y les sobraba todo lo demás, hasta el punto de que no llegué a verles nunca fuera de las comidas, o mejor dicho, de las cenas. Por las mañanas, se iban a una playa nudista que estaba bastante lejos, a unos cuarenta minutos andando por las dunas, y no volvían hasta el atardecer. Por las noches, justo después del postre, se encerraban en su bungalow y nadie les veía el pelo hasta el desayuno de la mañana siguiente. Para bailes y diversiones, desde luego, los suyos, porque nadie se divertía tanto como ellos.

Jonah, en cambio, era una compañía bastante fúnebre, aunque fue lo más parecido a un amigo que llegué a hacer allí. Típico ejemplo de hombre hecho a sí mismo, había sido minero durante su juventud y, siendo siempre el mejor, me explicaba en un español incierto, había llegado a la cima. Sin embargo, cuando por fin le nombraron gerente de la mina y empezó a ganar dinero de verdad, a su mujer le diagnosticaron una cirrosis bastante avanzada. Se había quedado viudo cinco años antes y desde entonces el gran drama de su vida era el tiempo libre. Sus hijos le habían obligado literalmente a venir a Túnez, pero no podía pasárselo bien porque cada cosa que hacía, cada bocado que probaba, cada gota que bebía, le hacían pensar en su pobre Meg. A Meg le habría encantado esto, era su frase favorita incluso cuando me convencía de que jugara con él al dominó. Yo le escuchaba con ojos de luto mientras pensaba solamente en dos cosas, lo mucho que me habría gustado divisar los monasterios tibetanos tras una espesa niebla de humo de hachís, y que el día menos pensado iba a seguir clandestinamente a los italianos hasta su playa nudista para espiarles, y morirme de envidia, y divertirme un poco yo también, aunque fuera de lejos. Y si Said no hubiera aparecido, creo que habría acabado arriesgándome a hacerlo.

Pero Said apareció, de improviso, el viernes de la primera semana que pasé allí, una noche tonta, como las cinco que habían transcurrido antes de aquélla, barbacoa con baile y juego de las sillas, y un montón de gente mayor sin sentido alguno del ridículo, dando saltitos y emborrachándose con una sola copa. Yo estaba apartada, con Guido y Cario, que excepcionalmente habían decidido pedir un whisky antes de esfumarse, y ellos lo vieron antes, una mancha blanca al fondo, entre los matorrales que delimitaban la piscina, y al principio sólo noté que se reían, que se daban codazos y de repente se abrazaban, un abrazo auténtico, estrecho, nunca les había visto abrazados, entonces Guido, que era el más fuerte, obligó a Cario a girarse para poder mirarme desde encima de su hombro, y me dijo algo que no entendí pero me obligó a fijarme con más atención en lo que sucedía, sólo entonces le vi, un hombre joven, moreno, que se había adelantado un par de pasos para que yo lo viera y desde lejos me miraba, y sonreía, y de repente lo entendí todo aunque no hablara italiano, adiviné que ellos lo habían visto primero, y les había gustado, y habían fingido una mínima comedia de celos hasta que se dieron cuenta de que él me miraba a mí, no a ellos, y estaban esperando a que hiciera algo, pero yo no sabía qué hacer, yo me quedé quieta, como clavada en la hierba, y no tuve tiempo para planear ningún movimiento, porque Guido soltó a Cario para venir hacia mí y darme un empujón, riendo, dai, Alessandra, dijo solamente, y yo eché a andar como un muñeco al que acabaran de darle cuerda.

—Buenas noches —el desconocido me saludó en español.

—Buenas —le respondí, distinguiendo en la penumbra sus ojos negros, relucientes, sus dientes blanquísimos—. ¿Por qué me miras?

Se echó a reír, desbaratando el aire con las manos, para hacerme entender que, aparte de la convencional fórmula de su bienvenida, no hablaba español, y repetí la pregunta en francés, mientras me atrevía a mirarle con más detenimiento y una punta de descaro para descubrir que los italianos no se habían equivocado. Era un chico guapo de verdad, no muy alto, pero más alto que yo, no tan joven, pero bastante más joven que yo, la piel oscura, pero brillante como un espejo, el pelo rizado, las manos bonitas y un cuerpo de niño grande bajo la camisa blanca, ancha, casi completamente abierta, y los pantalones blancos, limpios, más estrechos que ajustados.

—Pareces aburrida —me contestó por fin, en un francés bastante mejor que el mío—, y eso no

me gusta. Nuestra misión es que no se aburra nadie.

—¿Trabajas aquí? —le pregunté, sorprendida no tanto por no haberlo visto antes como por la precaución con la que había abandonado su escondite detrás del seto, un detalle que me indujo a pensar que se había colado saltando la verja.

—Claro. Soy el responsable de todo esto… —su dedo índice, extendido, hizo un gesto circular que pretendía abarcar todo cuanto nos rodeaba, y sólo entonces me fijé en que llevaba prendida sobre el bolsillo de la camisa una placa de plástico en la que me costó trabajo descifrar la palabra Entrenen.

—¡Ah! —exclamé, más para mí misma que para él, misteriosamente aliviada por el hecho de que en efecto trabajara en aquel lugar.

—Me he fijado en ti… —me confesó, con una naturalidad pasmosa—. ¿Por qué no bailas?

—Porque nadie me invita a bailar.

—¿El inglés no? —me di cuenta de que se refería a Jonah, y me eché a reír—. Me he fijado en ti —repitió, riendo él también.

—Ya lo veo…

—¿Quieres bailar conmigo?

Me prohibí terminantemente a mí misma pensar siquiera que podría contestar que no, y le cogí de la muñeca para conducirle a la pista de baile, pero él no quiso mover los pies del suelo.

—No, ahí no… —dijo—. Es mejor aquí. Aquí no nos verá nadie.

Al echarle los brazos al cuello, un instante antes de desaparecer con él detrás del seto, pude ver aún a Guido y a Cario, abrazados y sonrientes, haciendo gestos de ánimo con los brazos en alto, y de repente me sentí muy bien, muy segura, capaz de cualquier cosa, una súbita fortaleza que probó enseguida su eficacia, porque Said me sujetó entre sus brazos como si tuviera miedo de que pudiera salir volando, y pegó su cuerpo contra el mío hasta obstaculizar cualquier posible movimiento de mis piernas, y sólo después inició un dudoso simulacro de baile moviendo despacio la cintura al ritmo de la música que llegaba de muy lejos, tanto que no llegué a identificar la canción, una típica balada lenta de los años setenta, Noches de blanco satén, quizás, no lo sé, yo apreciaba su presión y seguía vagamente el balanceo que imprimían sobre mi cuerpo sus manos abiertas, una en el centro de la espalda, la otra mucho más abajo, deslizándose con cautela hasta lograr posarse encima de mi culo con una franqueza que me desconcertó. Entonces, como si cualquier objetivo ulterior hubiera estado supeditado a esa conquista preliminar, esencial, movió la cabeza y pensé que iba a besarme, pero hizo todo lo contrario, porque separó su cara de la mía, como si necesitara mirarme y, sin soltarme el culo, alargó la otra mano hasta mi cabeza para acariciarla muy despacio.

—Tienes un pelo muy bonito —susurró—, rubio, rubio…

Después sí me besó, y lo hizo como nadie me había besado desde que tenía catorce años, con nervios, con prisa, con una torpeza inmensa, su lengua presionando contra mi paladar como el puño de un náufrago desesperado, empujando con saña a mi propia lengua hasta negarle el menor lugar donde replegarse, hasta lograr que de repente me sobrara entera, igual que me sobraban mis dientes, mis encías, mis labios tensos, inútiles, toda mi boca, que no era más que una accesoria prolongación de su boca, todo mi cuerpo, que no era más que un asombrado pretexto de su ímpetu, el afán que me obligaba a la forzosa quietud de una estatua de cera. Aquella irresistible pasividad instaló en mis ojos una mirada ajena, alumbrando un foco de luz blanquísima bajo el que me contemplé con el mismo moderado y distante interés que me habría merecido aquella escena si su protagonista hubiera sido otra mujer, quizás la turista rubia, fea y sola que me había precedido una semana antes de mi llegada, o esa otra, tan parecida, que ocuparía sin duda mi lugar una semana después de que yo partiera. Las veía tan claramente como si las hubiera conocido desde siempre, biografías discretas, físicos discretos, ambiciones discretas, y la discreta elegancia de quien no tiene que cuidar de nadie excepto de sí misma, y lleva siempre los zapatos brillantes y el bolso medio vacío. Sabía que ésas eran sus presas favoritas, las más fáciles, porque se había fijado en mí, que era fácil, y sin embargo no entendía muy bien qué obtenía a cambio un hombre como él, y a la amable hipótesis de

que las turistas guapas nunca viajan solas, sucedió una sospecha mucho más terrible, tanto, que antes de comprender que jamás podría atreverse a pedirme dinero porque esa audacia podría costarle el trabajo, sufrí un ataque de pánico que multiplicó en un instante la fuerza de mis brazos, y apenas tuve que esforzarme para apartarlo de mí.

Él se me quedó mirando con una expresión divertida, como preguntándome qué iba a pasar después, y yo, que no lo sabía, eché de menos su calor, la brutal complicidad de su abrazo. Entonces, una sensatez distinta, profunda y verdadera, se abrió paso de golpe desde el sótano al que destierro las cosas que no quiero saber que sé, y en silencio escuché mi propia voz, una pregunta neutra, desapasionada, sinceramente interesada en obtener una respuesta, ¿y para qué quieres tú el dinero, Marisa?, eso decía, si tienes treinta y cinco años, y estás sola en el mundo, y follar te gusta tanto como el chocolate a los niños pobres, y no te comes un colín ni por casualidad, imbécil, ¿quieres decirme en qué cono estás pensando? La dignidad, me contesté tímidamente, y yo misma me mandé a la mierda. Luego, tendí los brazos hacia él, y le besé, y le dije en español, vamos, y él me entendió, pero tampoco esta vez quiso seguirme hasta mis dominios, y tiró de mí en dirección contraria para llevarme a una especie de almacén, un edificio rectangular de paredes de cemento, lleno de maquinarias y herramientas de todas clases, que incluía, al fondo, un cuarto pequeño, con una cama de hierro que encontré extrañamente acogedora a pesar de su estricta desnudez.

Cuando todo acabó, y fue enseguida, no me arrepentí de haber escuchado mi voz más afilada, la más oscura, la que más ferozmente defendía mis verdaderos intereses. Said no era un buen amante, o al menos nunca fue un buen amante para mí, pero su belleza, su edad, el equilibrado conjunto de atributos que lo convertían en un ejemplar insólito en mi raquítica colección de conquistas, una versión juvenil y exótica de esa clase de hombres apasionantes a los que nunca me he atrevido a aspirar, compensaban misteriosamente su inconstancia, su apresuramiento, y hasta el mecánico desinterés con el que insinuaba apenas, tan rápidos eran sus labios, sus dedos, ciertas caricias aprendidas que en ningún momento lograron convencerme de que mi placer le importara en lo más mínimo, un grado de indiferencia que en Occidente habría rebasado el rango de lo imperdonable, pero que en él era tan natural, tan inocente como respirar. Lo absolví de sus pecados sin esfuerzo mientras me vestía de nuevo, y lo seguí en silencio por el camino que me devolvía a mi bungalow sintiéndome mucho más ligera, más satisfecha conmigo misma, de lo que recordaba haber estado en años. Me despidió con un beso mudo al borde de la piscina y no quise esperar a verle marchar. Recuerdo aún mi gozoso reencuentro con las sábanas limpias, la serenidad con la que renuncié al orgasmo que él no había sabido proporcionarme, y la gloriosa pesadez del sueño que me abrazó apenas posé mi cabeza en la almohada, contraseñas físicas de una gesta tan pobre, y tan importante en cambio para mí.

Mi idilio con Said se prolongó hasta el final de mi estancia en Hammamet, acumulando noche tras noche etapas siempre parecidas, casi idénticas entre sí. Los días dejaron de tener importancia hasta el punto de convertirse en un engorro, un ineludible contratiempo, el paréntesis que de repente me apetecía llenar renunciando a la playa para jugar al dominó con Jonah o fingir que leía en el porche de mi bungalow, con la vaga esperanza de distinguirlo a lo lejos, transportando un motor o recortando un seto. Al atardecer amanecía el día verdadero, el tiempo de las cosas importantes, el plazo de la vida. Un par de horas antes de cenar, me encerraba en el cuarto de baño para bañarme, lavarme la cabeza y pintarme lo mejor que sé, que no es mucho, mientras meditaba con cuidado la ropa que me pondría para ir a cenar. En la mesa, Guido y Cario, los únicos residentes que llegaron a estar en el secreto, celebraban ruidosamente mi aspecto, hacían bromas, me pedían detalles, colaboraban en mi euforia a su manera. Luego, alejándome discretamente de la animación, paseaba por los alrededores de la piscina esperando la aparición de Said. Y Said siempre apareció, siempre llegó a tiempo para llevarme con él a la cama de hierro del cobertizo de las herramientas. Aunque para mí fueran bastante, nuestros encuentros eran muy breves. Nunca dormimos juntos. Él decía que tenía que volver a su casa, en el pueblo, y yo jamás le pregunté por qué, ni siquiera se me ocurrió preguntármelo a mí misma, y llegué a lamentarlo, porque lo que ocurrió tal vez me habría

resultado más fácil si hubiera sentido la necesidad de hacerme y de hacerle preguntas.

El viernes por la mañana lo vi aparecer detrás del bar, llamándome con un gesto del dedo índice. Tengo la tarde libre, me dijo, y he pensado que podríamos ir al pueblo, tomar algo, puedo enseñártelo todo y luego llevarte a cenar pescado al bar de un amigo mío, pura cocina árabe, precisó, no esta mierda… A las siete en punto me lo encontré, muy sonriente, en una de las puertas laterales del club, acelerando en vacío el motor de una Vespa cochambrosa, con un bollo enorme encima de la rueda de atrás y mordiscos de óxido por todas partes. Una cuerda, destinada a sujetar algo que no fui capaz de identificar cruzaba en diagonal la zona delantera y el asiento de plástico estaba tan rajado como si un psicópata se hubiera hartado de darle cuchilladas, pero era su moto, me había hablado alguna vez de ella, parecía muy orgulloso de poseerla, y no tenía motivos para decepcionarle, así que sonreí yo también, todo lo que pude, antes de sentarme a su espalda y abrazarle fuerte, porque ya presentía que viajar en aquel cacharro sería lo mismo que sentarse encima de las aspas de una batidora.

Nos detuvimos en una calle corriente, ni ancha ni estrecha, ante una hilera de casas encaladas de tamaño y aspecto parecidos. Said se entretuvo en asegurar la moto a un poste con una cadena, y luego me dirigió, sus manos sobre mis hombros, hasta apoyarme en una pared, lo suficientemente cerca de la moto como para disuadir a un merodeador, pero lo suficientemente lejos como para que cualquier paseante despistado no me vinculara a la fuerza con aquella ruina. Después, a modo de explicación, se tiró de la camisa blanca con la que siempre le había visto, voy a cambiarme, dijo, espera aquí. Le vi cruzar la calle con sus andares de James Bond de bajo presupuesto y entrar en una de aquellas casas, ni mejor ni peor que las demás, y durante un cuarto de hora no pasó nada más y apenas nadie, una pandilla de niños que me miraron sin mucha curiosidad y una anciana velada que parecía ir hablando para sus adentros. Los gritos me pillaron desprevenida, tanto que ni siquiera me esforcé en averiguar de donde venían, pero se hicieron más altos, más frecuentes, más violentos, y reconocí la voz de Said un minuto antes de verle salir, peinándose con un esmero incompatible con la furia que incendiaba sus ojos.

Llevaba unos vaqueros muy nuevos, planchados con raya, y una camisa Lacoste color salmón, que fue por donde le agarró la mujer que salió de la casa detrás de él, una chica muy guapa, mucho más guapa que yo, y muy joven, más joven incluso que él, que era quien más chillaba, y lo hacía con tanto calor, con tanta rabia, con un convencimiento tan rayano en la desesperación, que al principio no llegué a ver a los dos niños pequeños que debían de haber salido con ella para buscar cobijo en la sombra de su cuerpo, abrazados los dos a las piernas de su madre hasta que ella les obligó a salir y les empujó hacia mi amante. Él respondió a aquel gesto con un último chillido, tan desmesuradamente feroz que provocó una explosión de llanto en el más pequeño, un niño de unos tres años que se tiró al suelo, se hizo un ovillo, y se quedó allí, en medio de la calle, como vencido por su propio desconsuelo. Entonces, Said cambió radicalmente de actitud. Hablando con dulzura, en un susurro rítmico, casi musical, se acercó al crío, le atrajo hacia sí, abrazándolo, y lo meció entre sus brazos hasta que calló, sin advertir siquiera que la mujer había aprovechado aquel paréntesis para meterse de nuevo en la casa cerrando violentamente la puerta. La niña, que era poco mayor que su hermano, giró entonces la cabeza, buscándome, sin dudar por un momento de que yo, o cualquier otra mujer como yo, pudiera no estar cerca de ellos en aquel momento, y cuando me encontró, se me quedó mirando fijamente con ojos indescifrables, intensos pero no expresamente hostiles, una mirada mineral, cansada de puro vieja, de puro sabia, y sin embargo curiosa, la mirada de un animal joven que acecha una presa pero está a punto de huir detrás de una mariposa. Ése fue el detalle que más me impresionó.

Said se acercó a mí por fin, llevando todavía al niño en brazos. Son mis hijos, dijo solamente, tengo que quedarme con ellos esta tarde, y yo no le dije nada, no le pregunté nada. Él sólo me había contado que tenía veintiocho años y ahora vivía en la antigua casa de sus padres, la casa donde él se había criado, pero cuando nos instalamos en una terraza para turistas, al lado del castillo, se sintió en la obligación de inventar sobre ¡a marcha una historia vulgar, previsible, patética, él no quería a

su mujer, nunca la había querido, sus padres le habían casado siendo todavía un niño, nunca había podido elegir, me explicaba todo esto en francés, apretándome disimuladamente la mano por debajo de la mesa, y yo apenas le escuchaba, yo sólo quería que se callara, que dejara de decir estupideces, que se limitara a sonreír para no echar a perder aquella noche, y la noche siguiente, que sería la última. El niño se cansó enseguida de oírnos hablar en francés y se fue a corretear por la playa, pero la niña se negó a levantarse de la silla, desafiando la cólera de su padre con una calma infinita. De rodillas sobre el asiento, con los codos apoyados en la mesa, me miraba sin parpadear, la misma mirada extraña, insólita, que nacía de una proporcionada mezcla de interés, de cansancio y de desconfianza. Me caía muy bien, aquella niña, la sentía muy cerca de mí. Supuse que su madre le había encargado que me vigilara y lo entendí, entendí también a aquella mujer furiosa que ahora debía de estar deseándome la muerte. Por eso, cuando Said levantó la mano para llamar al camarero, y volvió a negarle a su hija el helado que le había pedido, que le había exigido ya varias veces, con la voz alta, firme, que hablaba en un idioma que yo no podía entender, me ofrecí a invitarla, pedí una carta, se la enseñé, le dije por señas que escogiera el helado que quisiera, pero ella ni siquiera se dignó a dirigir la vista hacia el cartón que yo sujetaba en vano. No estaba dispuesta a consentir que la invitara a nada, y después de comprenderlo, me di cuenta de que me caía incluso mejor que antes.

Aquella noche me acosté con Said en el cobertizo de las herramientas como si nada hubiera pasado, y sin embargo, nunca he olvidado a aquella niña, y nunca he olvidado a su padre, a pesar de la trivialidad de aquella historia, a pesar de la amargura de aquel helado imposible, nunca, y no sé por qué, la verdad es que no lo entiendo, pero todavía, alguna vez, cuando menos me lo espero, me encuentro pensando en la hija de Said, pensando en su padre.

Los ojos de Said, rasgados y negrísimos, risueños, me miraban también aquella mañana hasta que decidí ahuyentarlos abriendo mis propios ojos. Forito, tendido sobre el costado derecho, dormía aún, la sábana cubriéndolo casi por completo, consintiéndome apenas ver su nuca, el pelo blanquecino que raleaba sobre su cráneo, una cabeza de anciano, me dije, antes de reprocharme con dureza el imperdonable arrebato que me había empujado hacia sus brazos sólo unas horas antes. Decidida a reconquistar lo antes posible el fabuloso territorio que Alejandra Escobar había cedido a la realidad en una sola noche, me levanté deprisa, posando los dos pies en el suelo al mismo tiempo como una íntima promesa de determinación, pero cuando rodeé la cama para abrir las cortinas, confiando a la luz del sol el esfuerzo de inaugurar un día nuevo y distinto, ajeno a la memoria de la noche anterior, vi los zapatos que Forito había colocado con mucho cuidado al pie de la cama antes de acostarse, uno al lado del otro y ambos perfectamente alineados, con su correspondiente calcetín dentro, como los zapatos de un niño que se ha dormido esperando la llegada de los Reyes Magos, y sucumbí sin condiciones a la ternura de aquel objeto, un par de zapatos marrones medio muertos ya de puro viejos, a punto de reventar por las costuras. Él abrió los ojos justo en aquel momento, y le sonreí sin llegar a ser muy consciente de querer hacerlo. Sin embargo, su sonrisa me devolvió lo mejor de la noche pasada, un amante atento, cariñoso y confiado, casi lo mejor a lo que he podido aspirar nunca.

—Buenos días —me saludó con su voz rota, invitándome con la mano a sentarme en el borde de la cama, y deseé que metiera la pata, que dijera cualquier cosa inconveniente, que decidiera por mí, que se expulsara a pulso de mi vida, pero cogió una de mis manos entre las suyas, la acarició con dedos ligeros, y volvió a sonreír, tímidamente—. ¿Qué tal estás?

—Bien —dije, bajando la cabeza para no afrontar el brillo de sus ojos—. Pero voy a–a hacer el desayuno o llegaremos ta–arde a trabajar…

Cuando le vi entrar por la puerta de la cocina, tan elegante como lo había encontrado en el bar del Ritz, el traje de lino crudo, la camisa rosa, la corbata amarilla con dibujos menudos, me asombré de cuánto puede mejorar cualquiera, si no con la felicidad, sí al menos con la buena suerte, y

mientras servía el café, sin captar el carácter específicamente íntimo de aquella acción hasta después de haberla emprendido, pensé que tal vez se habían terminado las Navidades para mí sola, las vacaciones para mí sola, los cumpleaños para mí sola, y registré una sensación nueva, rarísima, como si dentro de mi pecho creciera una esponja que se expandiera sin cesar, mi cuerpo relleno de otro cuerpo de algodón ingrávido, un parásito placentero que lo devoraba todo generando a cambio una extraña serenidad. Sin embargo, no cambié ni una coma del discurso que había preparado a solas, mi atención aparentemente dividida entre la cafetera y el tostador.

—M–mira, Foro… —empecé, amontonando las migas con el dedo índice en una esquina de la mesa, sin atreverme a mirarle pero decidida a no volver a llamarle Forito nunca más—, he pensado que es mejor que no cuentes na–ada de esto en la editorial, ¿sa–abes?, porque la gente…, bueno, ya sa–abes cómo es, y no tendría ninguna gracia que empezaran a–a hacernos chistes, en fin, eso es lo que yo…

—Como tú quieras —dijo, y le miré por fin, y vi que me sonreía, y eso terminó de ponerme nerviosa.

—Bueno, quiero decir a–ahora, hoy, ma–añana… Porque al fin y al cabo tampoco ha pasado na–ada… todavía, quiero decir, no sé, n–no me gustaría que pensaras que yo… En fin, que no sé qué opinas tú, pero yo creo que es mejor que no se entere nadie… De m–momento por lo menos… Me pa–arece…

—Que sí, que lo que tú quieras —insistió, tan sonriente como antes, y me di cuenta de que mi mala conciencia había empezado a jugarme malas pasadas.

Nos separamos en el portal, porque él tenía que pasar por su casa a recoger unas fotos, y me subí en el autobús hecha un lío. Cuando bajé, media hora después, no tenía las cosas ni una pizca más claras, y los ordenadores se negaron a echarme una mano. Habría dado cualquier cosa por una buena avería, una catástrofe de las que me sacaban de quicio cualquier otro día, un monstruoso rompecabezas informático capaz de sorberme el seso como si alguien estuviera aspirándolo con una pa–jita, pero no pasó nada, todas las máquinas estaban a punto, todos los sistemas funcionando, todos los periféricos, sumisos como nunca, se mantenían dócilmente a la expectativa del menor de mis caprichos, y el trabajo pendiente, la maquetación de las columnas de apoyo del sexto tomo, era mecánico y aburrido como pocos, así que no me quedó más remedio que cargar con mi propia cabeza, contar con paciencia las bur–bujitas que predecían su inminente estado de ebullición, y esperar.

Ya me había alarmado en vano un montón de veces cuando una ligera y repentina inquietud, como el presentimiento de otros ojos, me obligó a levantar la vista de la pantalla para dirigirla a las paredes de cristal de mi pecera, y allí le encontré, con la misma ropa de domingo y un nuevo control en el rostro, mirándome. Cuando obtuvo el pequeño premio de mi mirada, tosió ligeramente con la mano sobre la boca, improvisando una torpe táctica de distracción, y desapareció inmediatamente por mi derecha. En esto, como en todo lo demás, se portó siempre como un caballero, respetando las reglas que yo había impuesto con un escrúpulo que a veces parecía rayar en el temor. Por eso, porque sospechaba que la misión de no defraudarme era muy importante para él, siempre que le pillaba mirándome a hurtadillas, o le veía apartarse para dejarme sitio en un pasillo mucho antes de llegar al punto en el que íbamos a cruzarnos, o me sorprendía de la rapidez con que desviaba la mirada si nos encontrábamos en un ascensor, dejaba de pensar por un instante en mi propia confusión para preguntarme qué sentiría él en realidad, qué pensaría de mí, qué papel me habría asignado en su vida si es que él era como yo, incapaz de aceptar lo que el azar le ponía delante sin buscarse por su cuenta problemas que tal vez ni siquiera existieran. Entonces recordaba las bromas amables, inofensivas, casi tradicionales, con las que el resto del equipo celebraba los síntomas de la predilección que Foro solía mostrar hacia mí, las canciones que tarareaba cuando me veía aparecer, el gesto automático de adelantarse a pagarme el café o los imprevisibles accesos de timidez que le asaltaban sin motivo cuando me sumaba por sorpresa a la conversación más inocente. Rosa había afirmado siempre que estaba enamorado de mí, y Ramón la secundaba con tanto entusiasmo que

más de una vez, en los tiempos en los que tener razón o no tenerla me daba exactamente lo mismo, llegué incluso a pensar que tal vez supiera algo que no quería contarme, pero que entonces, tan poco me interesaban los sentimientos de Foro, ni siquiera se me ocurrió preguntar. Después de la noche del Ritz, en cambio, porque las cosas por fin habían cambiado aunque todavía no hubiera logrado precisar en qué dirección, la idea me gustaba y me aterraba a partes iguales, tan milimétricamente equilibradas como para animarme a seguir con la boca cerrada. Y sin embargo, había cosas que me daban más miedo que el amor de Forito.

Si hubiera leído mi propia historia en una novela, si la hubiera visto en una película o en una serie de televisión, sé con certeza lo que habría dictaminado sin dudar, ella es una hija de puta. Pero la ficción adorna a los personajes más insignificantes con encantos inéditos en el mundo real, yo lo sé muy bien, porque formo parte de ellos, y sé que la belleza interior ni es belleza ni nada, apenas un pretexto para que los que son bellos por fuera afirmen una calidad moral que no tienen porque no se puede tener, sencillamente. En el mundo no habitan maestritas esmirriadas con alma de poeta capaces de seducir a Gary Cooper, ni fantasmales espectros con el rostro quemado por el ácido y un espíritu tan exquisito como para rendir de amor a la novia del tenor más apuesto, todo eso es mentira. Las maestritas esmirriadas se masturban como locas después de cumplir treinta años y los espectros fantasmales se mueren de asco poco a poco decorando su guarida con los posters del Playboy, y al resto del mundo le importa una mierda la pobreza de su destino, por eso son necesarias las mentiras. Y las mentiras, como todas las drogas necesarias, son peligrosas, porque convierten a una pobre mujer confusa, una criatura tan insignificante que la vida jamás ha condescendido a ponerla a prueba en casi cuarenta años de existencia vana, en toda una hija de puta, y esa miseria ficticia puede llegar a destrozarla tanto como el crimen más cruel, más auténtico y sangriento que haya podido cometer jamás. Pero ni siquiera era eso lo que más me dolía, porque habría renunciado mucho más fácilmente al ficticio galán capaz de enamorarse de la ficticia belleza que me adorna por dentro si, al encontrarnos, Foro no hubiera formado parte ya de la reducidísima parcela de este mundo que es el mío, si lo hubiera conocido fuera de la editorial, en terreno neutral. Entonces, tal vez todo habría sido distinto, y mi silencio habría tenido otro valor.

Él sabía portarse como un caballero, y no me miraba, no me hablaba, no me buscaba por los pasillos, pero después de pasearse por la editorial con aquel traje de lino que nadie había visto nunca, apareció al día siguiente con un blazer azul marino con botones dorados, audazmente combinado con unos vaqueros casi nuevos, y este cambio radical de imagen no pasó desapercibido para las observadoras más malévolas, dos secretarias de dirección solteras y cincuentonas que no tenían nada que hacer y dedicaban las mañanas a pasearse por el edificio en busca de cualquier cosa que desmenuzar durante la comida con sus colmillos de hienas menopáusicas. Y fue en la cola del comedor donde escuchamos sus comentarios, ¿has visto a Forito, cómo se ha puesto?, ¡sí, hija, qué barbaridad!, ¿y a quién habrá enganchado?, a cualquier desesperada, vete tú a saber, desde luego que sí, porque ¡para cargar con eso, ya hay que tener ganas…!, bueno, mujer, ya sabes, siempre hay un roto para un descosido…

Fue Ana la que les plantó cara, Ana la que defendió a Foro, la que se rió de ellas sin mirarlas, pero en un tono lo suficientemente público como para que no dudaran de a quién iban dirigidas sus palabras cargadas de ironía, cargadas de desprecio, cargadas de un cariño incondicional por aquel hombre que se arrojaba por mí a las garras de las arpías, fue Ana, y no yo la que arremetió contra ellas en voz alta, no hay nada más patético que escuchar a alguien que habla de lo que no sabe, ¿verdad?, y fue Fran quien contestó en el mismo tono, desde luego, a mí no hay nada que me dé tanta pena, una de ellas volvió la cabeza a tiempo para comprobar que Ana volvía a la carga, por ejemplo los hombres, dijo entonces, si una sólo los conoce en sueños… ¿no os parece que debería estar callada en lugar de meterse con los que existen de verdad?, pero es que entonces se darían demasiada lástima a sí mismas, apuntó Rosa, sí, Fran se reía, y la cosa acabaría en un suicidio colectivo, pues mira, remató Ana, mucho más económico, y todas rieron, y el honor de mi amante fue vengado por ellas, que no se habían acostado con él, por ellas, que no lo habían negado fuera de

las paredes de su casa, por ellas, que no habían oído hablar a su madre, a su tía y a su abuela igual que hablaban aquellas dos mujeres malas e infelices a la vez, y que por eso nunca se habían prometido por dentro no llegar a ser jamás igual que ellas. Y yo estuve callada, y aún más, decidí no volver a acostarme con Forito en el resto de mi vida.

Al día siguiente todavía estaba satisfecha de haber tomado aquella decisión. Veinticuatro horas más tarde, ya había empezado a dudar. El siguiente paso no lo di exactamente yo, sino esa voz feroz que albergaba sin saberlo hasta que trepó por mi garganta desde su remotísimo escondrijo para empujarme a los brazos de Said, una voz que sonó como una alarma cuando Foro se las arregló para tropezarse conmigo el viernes por la tarde y yo no le dije nada, una voz que atronó como el eco de un pelotón de fusilamiento cuando volví sola a casa y cerré la puerta por dentro, una voz que no me dejó dormir, y me atormentó el sábado entero con palabras rotundas como cañonazos, imbécil, imbécil, imbécil, me decía, mira que eres imbécil, y tristísima, y cobarde, injusta, y penosa, sobre todo penosa, porque en el fondo él te gusta, claro que te gusta, si estoy hablando yo, cómo no te va a gustar, y aquí estás, haciendo el imbécil, ¿y a qué esperas?, dime, tonta, ¿qué estás esperando exactamente?, ¿encontrar un novio que le guste a la secretaria del director?, ¡qué pena, Marisa, hija, qué pena!, mira que eres imbécil, imbécil, imbécil, bien que se dio cuenta el tunecino aquel que ahora va a resultar el amor de tu vida, porque en otra como ésta no te vuelves a ver, imbécil, de eso ya puedes estar segura… Fue aquella voz la que el domingo por la mañana levantó el auricular del teléfono, y marcó un número que debía de saberse de memoria, y saludó a Foro, y le invitó a comer paella, y me empujó luego a la calle, a comprar una barra de pan y medio kilo de pasteles, y un ramo de clavellinas preciosas, pétalos de color fucsia atravesados por unas hebras blancas que parecían dibujadas a mano, y mucho muguete, un ramo que quedó estupendamente dentro de un jarrón de cristal, en el centro de una mesa para dos.

La paella la hice yo, y salió buenísima. Fui yo también quien escogió sentarse muy cerca de Foro, en el sofá, después del café, y quien pagó una amarga confidencia —estoy muy contento de que me hayas llamado, dijo, con esa peculiar elegancia natural que le permitía bordear cualquier precipicio por el sendero más precario, sin desprender jamás ni una sola china con el tacón de sus viejos zapatos marrones, ya pensaba que no nos volveríamos a ver— con un beso sincero, asombrosamente sincero, como lo fue mi dedo índice al encender la luz del dormitorio un instante después de que él la hubiera apagado, acertando a activar al mismo tiempo el ventilador del techo, que ya no quiso chirriar con su viejo acento de niño desamparado. Fui también yo, un yo tan puro, tan desprovisto de argucias íntimas que casi lo desconocía, quien desterró de mi conciencia esa confusa amalgama de mentiras innatas y verdades adquiridas que perdió lastre como un globo que se eleva a toda prisa, la noción de que mi cuerpo era feo, mi carne triste. Yo decreté su alegría, pero después, cuando el silencio dejó de ser un sonido armonioso para convertirse en un ruido que no podíamos escuchar mientras fabricaba aplicadamente un obstáculo invisible sobre la almohada, donde nuestras cabezas permanecían inmóviles, y tan juntas como si estuvieran condenadas a compartir un solo aliento a los dos lados de un muro de aire durante toda la eternidad, fue Foro el único que se atrevió a hablar.

—Es… Es una suerte eso de que se haya pasado de moda lo de comentar los polvos después de echarlos, ¿verdad?, porque era un coñazo, buah, no veas, aunque, en fin, también tenía su lado bueno, ya te digo… —entonces soltó una risita, y me miró—. Porque, bien mirado, la verdad es que uno se quedaba más tranquilo.

—Si es por eso —sonreí— puedes quedarte tranquilo. Has estado muy bien.

Hizo una pausa que no conseguí interpretar, cabeceando aparatosamente, como si se felicitara de poder darse la razón a sí mismo.

—Hay una cosa tuya que me hace mucha gracia —dijo después—. ¿Tú te has dado cuenta alguna vez de que después de follar no tartamudeas?

—No… —me quedé más muda que callada, mi lengua paralizada por el asombro.

—Pues es verdad. Me di cuenta la otra noche y ahora te he dicho la tontería esa de hablar de los

polvos sólo para comprobarlo, ya te digo. Y me has contestado de un tirón.

—¿En serio? —asintió con la cabeza y me resigné a que llevara razón—. Bueno, puede ser… Tampoco tartamudeo siempre. Digo bien la mayoría de las letras, normalmente me engancho en las aes, en las enes, y a veces, si estoy muy nerviosa, en las emes también —Alejandra nunca tartamudea, pensé entonces, lo sé desde el principio, desde que la escuché hablar en Túnez, su francés tan pobre como el mío—. ¿He tartamudeado ahora?

—No.

—¿Seguro? —volvió a asentir y yo le creí—. Desde luego, parece mentira… Avísame la próxima vez que lo haga.

—Vale —se rió—. Pero lo que yo estaba pensando es que… A ver si me entiendes, si tartamudeas más cuanto más nerviosa estás, entonces es que follar te tranquiliza.

—Claro, como a todo el mundo.

—O sea, que si te echaras un novio que te gustara, y vivieras con él, y follaras un día sí y otro no, por decir algo, y él estuviera bien, ya te digo… Pues dejarías de tartamudear.

—N–no… n–no lo sé.

—Has tartamudeado.

—Ya–a me he da–ado cuenta.

—Lo siento.

—N–no, déjalo tumbado.

Rió conmigo aquel chiste malísimo y no quiso añadir nada más, porque no hacía falta. Fui yo quien decidió ir un poco más allá cuando se agotaron los besos, y los abrazos, y otros temas de conversación mucho menos peligrosos —su memoria infantil de Carabanchel era como la chistera de un mago, un lugar del que podía salir cualquier cosa—, y lo hice sin pensar. Estaba a punto de ofrecerme a preparar algo para cenar, porque se había hecho de noche en la ventana, y en el reloj de mi mesilla, sin que nos diéramos cuenta, cuando aquellas palabras, prodigiosamente enteras, brotaron de mi boca sin permiso.

—¿Sabes una cosa? Me lo he pasado muy bien esta tarde, Foro.

—Ahora no has tartamudeado.

—Porque no quiero ta–artamudear. A lo mejor eres tú lo que me tranquiliza.

—Pues ya sabes.

—¿Qué?

—No tienes más que llamarme.

Esa oferta sin condiciones, lo más parecido a una declaración de amor que he llegado a recibir nunca, inauguró una época marcada por la desconcertante insubordinación del tiempo.

Mis días, que hasta entonces parecían incomprensiblemente felices en la estrecha horma de una pauta siempre idéntica, exacta, matemática, veinticuatro horas en total, ocho para trabajar, ocho para dormir, dos o tres para alimentarme, el resto sólo para hacerme consciente de su paso por mi vida, empezaron a escapar de mi control, a estirarse y encogerse como si fueran de goma, a escurrirse entre mis dedos —días de agua, de gas, de humo—, o a permanecer quietos, sólidos e inamovibles, durante muchas más horas de las que les correspondían —días de piedra, de tierra, de plomo—, al margen de mi voluntad y de mi capacidad para aprehender el destino que los guiaba. Y sin embargo, mi situación se prolongó sin un solo cambio verdadero durante muchos meses. En el exacto corazón del vértigo, podía percibir muy bien mi propia inmovilidad.

Mi vida sucedió a partir de entonces en dos planos diferentes, contiguos y paralelos como esas dos rayas infinitas que jamás acertaban a juntarse sobre la pizarra del colegio. El mejor de ellos era íntimo, fértil, casi perfecto, porque mi historia con Foro trabajaba por sí misma sin cesar, consolidando poco a poco triunfos menores pero definitivos, y primero dejé de comprar pasta de dientes con sabor a canela porque a él no le gustaba, y más tarde desterré definitivamente el

pimiento verde de todos mis guisos incluso cuando no iba a venir a comer conmigo, porque le sentaba mal, y después tiré a la basura un pijama de franela marrón muy abrigado, porque él decía que me convertía propiamente en una patata cruda, y ni siquiera llegué a echarlo de menos cuando regresó el frío. Pero ninguno de estos gestos logró arañar siquiera el signo de otro tiempo que era peor y también sucedía, nunca a la vez, siempre un poco antes, o un poco después, un plano público, frío y objetivo, que yo vivía como una espectadora imparcial de mi propia historia, manejando los datos que poseían los demás, utilizando sus mismos códigos, sucumbiendo a sentimientos que no por ajenos dejaban de pertenecerme, y que traían consigo la hora de jurar que ni un día más, ni una noche más, ni un solo beso más, a despecho de esa voz cruel que vigilaba siempre, esperando mi menor descuido para insultarme con el brutal acento de esas verdades que pueden ser más falsas que cualquier mentira.

La realidad se fue contagiando poco a poco de la repentina cualidad elástica que enrarecía el paso del tiempo, e interpretarla se convirtió en una tarea impredecible, muy sencilla algunos días, terriblemente complicada otros, irresoluble casi siempre. Cuando estaba con él, Foro me gustaba, me divertía su manera de hablar, de entender las cosas, las historias que contaba, y hasta su manía de interrumpir continuamente los diálogos de las películas que veíamos juntos por la televisión con chistes y opiniones que lograban que me retorciera de risa, compensándome de sobra por las frases que no conseguía escuchar. Era incapaz de tomarse una película en serio, de involucrarse en las vidas de los personajes, de arriesgar la menor emoción por cualquiera de ellos, y ni siquiera comprendía muy bien la codiciosa avidez con la que yo escrutaba la pantalla, al acecho del menor hueco que me consintiera meterme en el argumento, para reír o llorar o enamorarme o morirme de miedo en el cuerpo del actor correspondiente. A veces pensaba que precisamente ahí, en la exacta longitud del abismo que nos separaba frente a cualquier historia inventada, residía su ventaja sobre mí, su capacidad para apreciar el mundo verdadero, un territorio del que yo le había desterrado sin darme mucha cuenta desde que mi propia confusión, mis propios miedos, y esa repugnante versión de la vergüenza en la que detestaba reconocerme, construyeron para él una realidad aparte. Porque Foro existía tan indudablemente como existía yo misma, cuando Alejandra Escobar salía a la calle, pero el tiempo que pasaba junto a él no formaba parte del mundo de todos los días, el mismo mundo que yo estaba dispuesta a negarle. Allí. Foro parecía eternamente condenado a ser un hombre viejo y derrotado, borracho e inútil, gracioso a destiempo, un figurante secundario en un sainete malo y antiguo, un intocable. Y eso volvía a ser, sin matiz alguno, en cuanto se separaba de mí unas cuantas horas. El tiempo también puede desangrarse.

En medio de todo, estaba el amor, que salva o condena, que legitima los crímenes más atroces. Yo estaba segura de no amar a Foro porque el amor habría salvado por sí solo todos los obstáculos, yo lo sabía, lo había leído en los libros, lo había visto en las películas. Pero también sabía que lo echaba de menos por las noches, justo antes de dormirme, y eso se parecía mucho a un amor distinto, pequeño, de andar por casa, demasiado corriente como para que los libros se ocupen de él. A veces me preguntaba si no existirán amores diferentes, como son diferentes las personas, las estaciones del año, los cielos de las ciudades, pero no sabía qué contestarme, porque nunca había estado enamorada de nadie que me correspondiera, no tenía muy claro cómo funcionan estas cosas. Ni siquiera estaba segura de que estar enamorada fuera imprescindible para ser feliz con alguien, me preguntaba si no sucedería más bien lo contrario, y a ratos dudaba de que enamorarse bastara para todo. Pensaba mucho en la historia de Ana con Javier Álvarez, que había empezado poco después de que Foro y yo nos encontráramos en el bar del Ritz, y trataba de calcular cómo habría reaccionado ella si el azar le hubiera asignado un amante como el que me había tocado a mí, pero tampoco llegué a resolver aquel enigma, quizás porque se apoyaba en premisas erróneas, y a las mujeres como Ana no se les pasa siquiera por la cabeza la posibilidad de enrollarse con hombres como

Foro. Por eso cuentan en voz tan alta sus amores con hombres apasionantes, a los que no se les pasa siquiera por la cabeza enrollarse con mujeres como yo. Eso creía, pero tal vez estaba

equivocada, a ratos me convencía de que Ana nunca habría llegado a caer tan bajo, y esa sospecha me dolía más que la aceptación de que existieran dos clases diferentes de destino, para dos clases diferentes de hombres y de mujeres, pobre gente, gente apasionante. No lo sabía, no sabía nada de mí, nada de nadie, con una única excepción, porque existía una sola cosa que sabía con certeza, con una apabullante seguridad de que iba a ocurrir, como sé que la noche sucede al día, que las nubes se disipan cuando cesa la lluvia, que la muerte implacable paraliza los cuerpos. Así sabía que si dejaba escapar a ese hombre me labraría un futuro de soledad completa, el horizonte que vislumbraba ya cuando la suerte tiró para mí unos dados que seguramente no me correspondían, y sacó un tres. Podría haber sacado un seis, pero la mitad de seis es mucho más que cero, y dormir sola por las noches es lo mismo que no tener nada, y sin embargo, y sabiendo todo esto, no sabía qué hacer con mi vida. Jamás me había imaginado que intentar ser feliz pudiera llegar a resultar tan difícil.

Y sin embargo, eso fue lo único que hice durante mucho tiempo, intentar ser feliz, aprovechar lo que traía de bueno ese tiempo que pasaba deprisa y parecía no pasar nunca, apreciar el calor de otro cuerpo bajo las sábanas, esmerarme en cocinar platos nuevos y difíciles para las cenas de los viernes, veranear en Madrid, con las persianas echadas y el ventilador en marcha, aguardando la tregua del atardecer para emigrar a la Casa de Campo y desplegar un botín de tortilla y filetes empanados en una buena mesa, al fresco, justo delante del lago, en la gloria, ya te digo. No eché de menos Katmandú, ni Bali, ni Hammamet, aquel verano, pero eché de menos a Foro cuando se marchó con David a la playa, a primeros de agosto, aunque fuera lo que más le da por culo en este mundo, y llegué a arrepentirme de no haber aceptado su invitación, porque me quedé en casa, sola, para pensar, esas tonterías que se dicen a veces, y no hice más que ver la televisión y aburrirme como una de esas ostras que se estarían comiendo en las Rías Bajas. Cuando volvieron, me asombré de cuánto estaba empezando a parecerse Foro a su hijo.

Загрузка...