Primera parte – Cuerpos negros

cuerpo negro (Fís.). Cuerpo que absorbe completamente toda emanación de calor o radiación de luz que cae sobre él. Un cuerpo negro mantenido a una temperatura regular emite un espectro continuo de rayos a esa temperatura, puesto que cualquier cuerpo negro permanece en equilibrio entre la radiación que llega hasta él y la que se desprende de él.


radiación de cuerpo negro (Fís.). Radiación que sería emitida por un cuerpo negro ideal. La distribución de la energía depende sólo de la temperatura y está descrita por la ley de radiación de Planck. Véase ley de Stefan-Boltzmann, leyes de Wien.


Diccionario científico y tecnológico Chambers

1

Más adelante, Tannis se preguntó a menudo si se habría producido un aviso, una pista que hubiera pasado por alto. Presumiblemente alguien lo había estado vigilando, por tanto se había producido un cambio en la rutina de su vida diaria que él debería haber notado. No le gustó. No le gustó la idea de que cualquiera pudiera arrebatarle lo mejor de sí mismo. No era «operativo» desde hacía años, pero seguía siendo un profesional…

Repasó los días precedentes intentado recordar: los coches detrás del suyo de camino a Los Ángeles, las llamadas telefónicas que había recibido, o un hombre desconocido al salir de su banco. Se preguntaba: ¿Se había alterado algún detalle, entre todos los detalles sobre los que se mantenía ojo avizor? ¿Se había producido alguna diferencia sutil, crucial? No estaba seguro…

En realidad, no sospechaba nada. Todo parecía como de costumbre, y aquel viernes por la noche no parecía diferente de otros cientos. En cualquier caso, desde su retiro, los días habían transcurrido idénticos unos de otros y nunca estaba completamente seguro de dónde estaba; ¿abril?, ¿noviembre?, ¿1958?, ¿1985? Qué más daba. Carecía de la conciencia del tiempo, como el desierto, y nunca «miraba atrás» en el sentido habitual; su pasado se desvanecía como la estela de un avión a reacción en un cielo lejano y blanco. Su vida era así; en apariencia no había llegado a materializarse nunca completamente, o hacía largo tiempo que se había disipado y dispersado. Había llegado a vivir los últimos coletazos de una guerra que se había convertido en un mito y había esperado a la siguiente, otro mito en cierto modo, pues no se había producido en absoluto y ahora parecía tan extraña como las películas de la última sesión, parte de un mundo que permanecería quizá misteriosamente silencioso, o que podría ser atacado desde el espacio exterior. Pero no había ocurrido. Habían liberado el poderoso átomo y roto la barrera del sonido, pero nada había ocurrido después de todo. Ya nadie hablaba de aquellos tiempos y sólo los viejos como él mismo, según había advertido, seguían llevando aún las camisas cien por cien tergal, el «tejido milagroso», o recordaban lo sorprendentes que eran los transistores. Tal vez formaba parte de una generación que había esperado su momento demasiado tiempo, y ese momento no había llegado nunca. Ahora se veían atrapados en un pasado peculiar, héroes de una historia que no conducía hasta el presente en el que se hallaban. Como consecuencia, no eran del todo visibles para quienes los rodeaban. En otro tiempo habían resultado familiares, incluso famosos, pero ahora los habían olvidado, como las viejas canciones que no se oían ya en ninguna radio. El caso de Tannis era un ejemplo evidente. Sin el uniforme de la Marina era irreconocible, y cuando la gente conseguía recordarlo, solía sorprenderse: ¿No se había muerto? ¿No se había ido a vivir a otro lugar veinte años atrás? No es que a él le preocupara. Por el contrario, prefería el anonimato. Quizás era anacrónico, pero vivía en gran medida en su propia época. No compraba aparatos japoneses, no sabía lo que era la música «disco», o lo que había sido. Además, todavía recordaba las letras de aquellas viejas canciones. Probablemente, esperando a que el semáforo se pusiera verde, había marcado el ritmo de la música contra el volante: When the moon hits your eye like a big pizza pie that's

Sin embargo, aunque no estuviera al día, Tannis sabía que se hallaba en algún momento de la «Era Reagan», que la copa que sostenía en la mano tenía aquel sabor a viernes por la noche, y que debía de ser a finales de primavera o verano, porque no había fuego de ramas de tamarugo crepitando en la chimenea detrás de él. Pero podía haber sido cualquier otra noche en el Mojave [2]. Bebiendo tequila, fumando un Lucky Strike, estaba de pie delante del gran ventanal de la sala de estar y contemplaba el sol poniente, pensando ociosamente en los valores en oro en los que había invertido, Hemlo, Franco-Nevada, Breakwater. El tequila y la puesta de sol: para Tannis era casi un ritual, y durante unos veinte minutos se limitó a estar allí de pie, silencioso, el peso de su cuerpo decantado ligeramente hacia un lado, sorbiendo el licor y mirando fijamente, por encima del desierto, las bajas y negras colinas que ocultaban Los Ángeles a la vista. Al llegar a un cierto punto (en algún lugar más allá de las dunas, de las llanuras salinas, de las lisas y alargadas sombras de las grandes rocas rojas) sus ojos perdieron el enfoque, o éste se alteró, de modo que se produjo aquella «flexión» interna característica, un cambio en su persona, y su ser se perdió en aquel exterior, como un espíritu. Su visión adquirió así una extraordinaria claridad, como alguien que mirara a través del extremo equivocado de un telescopio, o en realidad alguien que fuera clarividente, y si hubiera habido una premonición en aquella soledad, la hubiera sentido. Pero no fue así. Su mente se limitó a moverse, pensando en el oro y en los hombres que lo habían buscado allí, en el Mojave, en Randsburg y en el Panamint, y luego, en general, en otros hombres que habían mirado más allá del desierto justo de aquel mismo modo: Rommel, Cochise, san Antonio, Lawrence de Arabia. Empezó a confeccionar una lista, preguntándose qué cualidad habrían compartido, y al final decidió que todos ellos eran hombres clarividentes en busca de esperanza, gloria y descubrimientos. Pero no se podía decir que aquello fuera un presagio del futuro, aunque fue exactamente en ese momento, las 7.42 de la tarde, cuando el teléfono empezó a sonar.

Se volvió de espaldas al ventanal en sombras, escuchando. Luego recorrió el pasillo hasta el otro extremo, donde tenía su pequeño despacho, y respondió como solía (como siempre contestaban los de seguridad), sin dar su nombre:

– ¿Sí?

– ¿Tannis?

– ¿Quién es?

– ¿Tannis…? ¿Eres tú, verdad? Reconozco tu voz.

Y por un fugaz instante, un instante crucial, Tannis estuvo a punto de reconocer la voz del otro, emergiendo de un pasado que se abría como un sueño olvidado… pero no, no podía ser, estaba muerto, no, se había ido hacía mucho tiempo. ¿Acaso no habían muerto todos, como él mismo, veinte años atrás? Y entonces se le fue. Era la voz de… pero se había ido.

– Perfecto -replicó entonces-, pero yo no conozco la suya.

– No esperaba otra cosa. Hace mucho tiempo, comandante.

En realidad, aquél no era su rango, pero, aunque lo hubiera sido, Tannis percibió de inmediato que su interlocutor no pertenecía a la Marina porque… porque comandante era meramente un modo de llamarle y no un rango superior o subordinado al de la persona que le llamaba. No, su interlocutor no tenía rango. Pero había algo en su voz que recordaba, aunque, incluso a medida que se iba formando el recuerdo, se dio cuenta de que aquella voz se había ocultado a sí misma deliberadamente, se había tragado a sí misma, se había amortiguado con el tiempo y la distancia, con todos aquellos años y todos aquellos kilómetros de desierto en la noche. Entonces, mientras Tannis se acercaba cada vez más, la voz volvió a cambiar, dando la vuelta en otra curva del túnel.

– Nos conocimos muchos años atrás, mi almirante. Yo soy un amigo. Un viego amigo [3]

Tannis se detuvo a pensar y, durante unos últimos segundos, el día, tan corriente, recobró su impulso. Había estado en el banco, había arreglado un rastrillo, había contemplado la puesta del sol… El teléfono había sonado. Aquel hombre había contestado: «Un viejo amigo, de hace muchos años…» Era posible, por supuesto. Le había llamado «comandante», aunque años atrás le habían ascendido a capitán. O quizá se trataba de una broma y debía seguirla. Pero no era del tipo de bromas que a él le gustaba y raramente las seguía.

– ¿Quién demonios es usted? -preguntó-. ¿Cómo se llama, amigo?

– Mi apellido… no tiene importancia -replicó el hombre.

«Mi apellido no tiene importancia…» Pero, de repente, Tannis supo que sí la tenía. Se sintió irritado, simplemente porque no lograba recordar quién era aquel bromista, aunque lo había tenido en la punta de la lengua.

– Escuche -dijo-, escuche amigo, yo no respondo a nadie a menos que sepa con quién demonios estoy hablando. Así que, ¿cómo se llama?

Un sonido peculiar le llegó del otro lado de la línea, una especie de cloqueo, un sonido reprobatorio y decepcionado, algo remilgado y característico, que, cuando pensó en él más tarde, creaba la impresión de que el hombre podía ser europeo, alemán u holandés, francés incluso, pero definitivamente no mexicano. Tannis se había pasado la vida en el desierto y conocía todas las variedades del mexicano, desde los suaves acentos de las ciudades fronterizas a la pastosa elocuencia del distrito federal, y sabía que aquel hombre no era nativo. El hombre volvió a cloquear:

– No, Jack. Deberías comprenderlo. Mi nombre no. Por teléfono no.

– Como quiera. Voy a colgar.

– No. Escucha…

– Cinco segundos. Le doy cinco segundos. Éste es el primero. Dos, tres, cuatro…

– No cuelgues, Jack. Si quieres un nombre, te daré un nombre. Harper. Ahí tienes un nombre. David Harper. Si realmente no sabes quién soy, por lo menos debes recordarlo a él.

Harper… Tannis no había oído ese nombre al menos en veinte años y no había pensado en él desde… pero no recordaba ya desde cuándo. Y por raro que parezca, aunque reconoció el nombre al instante, no fue exactamente en Harper en quien pensó, o al menos no directamente; otro recuerdo le vino a la mente, en realidad el recuerdo de un recuerdo. Años atrás, viajando en su coche camino de San Diego y en un cierto momento, había apartado la mirada de la autopista (un instante como el del cierre del obturador de una cámara) y había vislumbrado un pequeño rancho, enclavado entre dos grandes zonas urbanizadas, una visión tan anacrónica que era por sí misma una apertura hacia el pasado: un potrero con la cerca pintada de un blanco resplandeciente, una mujer cabalgando a su alrededor sobre un caballo negro como el carbón, un sombrero de vaquero colgando del cuello y dando saltos sobre su espalda. Entonces, el sombrero le había dado la clave, de repente un rostro arrebolado y nervioso lo miraba y una melodiosa voz inglesa exclamaba «¡Cielos, debo parecerme a Dale Evans!» La mujer de Harper… Ahora recordaba incluso su nombre. Diana. La recordaba porque… pero con Harper, la mujer y todo lo que había ocurrido no era cuestión de tener que recordar en absoluto, una vez más sencillamente lo sabía. Excepto por una extraña particularidad, puesto que al tratar de evocar el rostro de Harper no halló nada, sino un vacío absoluto. ¿Cómo había sido Harper? Tannis no tenía la menor idea. Pero su hombre misterioso le urgía ya:

– ¿Tannis? ¿Estás ahí?

– Usted no es Harper.

– No. Por supuesto que no. Por lo que yo sé, Harper podría estar muerto. Pero te acuerdas…

– Me acuerdo de Harper.

– Bien, amigo mío. Tenemos que hablar de eso. De los viejos tiempos, si te parece. Los buenos y viejos tiempos.

– Hable pues.

– Ya te lo he dicho. Por teléfono no.

– Entonces quizá no sea tan importante.

– Sin juegos, por favor. No tenemos tiempo, créeme. Escucha, hay un restaurante en Ridgecrest al que solía ir todo el mundo, el Hideaway. Aún está ahí, por lo que veo. Ve allí…

– No pienso ir.

– Irás. Digamos que correré ese riesgo. Ve allí a las nueve. Entra…

– Ni hablar.

– Calla un momento y escúchame. Entra. Pide alguna cosa si quieres. Yo llegaré más tarde. ¿Comprendes? Debo asegurarme de que estás solo.

– Vete a la mierda. No iré.

– Eso es todo…

Y la línea quedó muerta.

Harper…

Durante unos instantes Tannis no se movió. Exteriormente demostraba una perfecta calma. Y cuando se movió, fue sólo para encender otro Lucky con su viejo Zippo de latón. Volvió sin prisa a la sala de estar, siguiendo exactamente sus pasos anteriores y terminando exactamente en el mismo lugar donde antes había estado. Y todo era igual, nada había cambiado en absoluto. El ventanal, el desierto, el sol poniente… Parecía que, después de todo, no había ocurrido nada. El tequila estaba justo donde lo había dejado y levantó el vaso, como ofreciendo un brindis a los últimos rayos de sol que caían oblicuos sobre la arena: mezcal, el sol del desierto destilado. El sabor del licor recorrió su cuerpo (aquel sabor a madera quemada en los dientes) y cuando bajó el brazo vio aparecer la imagen de su rostro durante un instante, como un fantasma, en el cristal oscurecido del ventanal, pero miró fijamente a través de él. ¿Por qué no recordaba cómo era Harper? Más allá de las llanuras alcalinas y de aluvión, el vacío sin límites. Un momento antes… ¿En qué había estado pensando? Sería mejor que volviera a pensar en ello, seguir donde lo dejó. Algo sobre… Había estado pensando… «No hay nada ahí fuera.» No, eso es lo que pensaba ahora; y entonces recordó que había estado pensando en otros hombres que habían mirado más allá del desierto como había hecho él tan a menudo, preguntándose qué habrían estado buscando, hombres como Rommel, Cochise, san Antonio. Eran todos hombres clarividentes, y en otro tiempo también él…

Pero interrumpió de inmediato aquella cadena de pensamientos, puesto que le conducía, inevitablemente, hacia delante y él quería seguir hacia atrás, como si esperara hallar un lugar para desviarse, un camino que le permitiera «dar un rodeo». Así pues, dio media vuelta y sus ojos se posaron sobre el libro que había estado leyendo antes, Doctor Faustus, de Thomas Mann. Era típico de Tannis. Sólo leía las más grandes obras, aquellos libros que todo el mundo afirmaba haber leído aunque no fuese cierto, como Don Quijote o Moby Dick. Se trataba de una edición en rústica que había doblado para señalar el lugar donde estaba leyendo. Lo abrió de nuevo y repasó la página buscando la palabra que había señalado con el pulgar: teonómico, ya que había detenido la lectura para buscarla en el diccionario (siempre lo hacía cuando no conocía el significado de una palabra). «El estado de sometimiento a la autoridad y gobierno de Dios.» ¡Sometido a Dios! Le hizo reír, y luego pensó: «No es extraño que esos bastardos lo hicieran», refiriéndose a Mann, a los alemanes y a la guerra.

Pero su mente empezó a retroceder, a lo largo del camino que el libro había trazado, porque lo había comprado en el camino de regreso de Los Ángeles la semana anterior. Recordaba lo siguiente: había conducido de vuelta como era habitual, y estaba completamente seguro de que nadie lo había seguido, pero había tomado el camino más largo hacia casa, conduciendo por la autopista de la costa hasta Point Mugu (el emplazamiento del Centro de Pruebas de Misiles del Pacífico) y dando un rodeo por Pacific Palisades. Fue justo entonces, cuando recorría la serpenteante y estrecha carretera a través de Rustic Canyon, con sus cabañas de troncos de millones de dólares situadas en lo profundo del bosque, cuando Tannis recordó que Mann había pasado la guerra allí, y se le ocurrió que, a pesar de hablar alemán con total fluidez (aquél era, de hecho, uno de los cimientos de su carrera como agente), no había leído nunca una sola palabra de la obra de Mann. De modo que prolongó el rodeo hasta Bakersfield y compró el libro. Lo había estado leyendo aquella tarde antes de que… Pero aún no estaba preparado para «antes» y «después» y ya se adentraba de nuevo en el pasado, esta vez siguiendo las huellas de la guerra y de Alemania. Abril de 1945. Bavaria. Sí, había caminado de vuelta a su jeep (no necesitaba recordar, estaba allí, oliendo el bosque, sintiendo la densa capa de agujas de pino bajo sus pies, y deteniéndose luego al ver al alemán por entre los árboles; la conmoción que le produjo le cortó la respiración, como si se hubiera topado con un animal salvaje) y, al llegar a su altura, había visto a un soldado alemán hurgando en la parte de atrás. Probablemente buscaba comida, estaba medio muerto de hambre. Todos lo estaban. El alemán no llevaba armas y su uniforme estaba hecho jirones. Mirándolo, mirándolo mientras el hombre no sabía que él estaba allí, algo ocurrió. Se sintió absolutamente tranquilo. Sabía que iba a matarlo. Podía hacerlo. Encendió un Lucky. El alemán sólo se dio cuenta de su presencia cuando él amartilló el Colt, y entonces levantó las manos, sonriendo, incrédulo quizás, intentando despertar un sentimiento amistoso, suplicante. Y entonces, mirándole directamente a los ojos, Tannis le disparó justo entre ambos, viendo en los ojos del hombre, justo en el instante antes de apretar el gatillo, un reflejo de los suyos. En el cuerpo del alemán halló unos pocos documentos de identidad, que quemó, pero también un encendedor Zippo de latón, que el alemán debía de haberle quitado a un soldado americano muerto… Y, al tiempo que se desvanecía el recuerdo, pensó en lo extraño que resultaba que pudiera recordar exactamente cómo era el alemán, pero que no lograra recordar a Harper. Harper. Pensó en Harper. Al parecer, de algún modo había conseguido tomar el desvío. Volvía al aquí y ahora. Sí, ¿cómo era? Sin duda habría una foto suya en el despacho. Harper. Resultaba difícil dar expresión a lo que significaba para él. ¿El cadáver enterrado? ¿El esqueleto en su armario? ¿Casi su Waterloo? Harper había sido británico, así surgían tales asociaciones en la mente. «Una mancha en tu historial, viejo.» En general, una catástrofe cercana a él. Pero no del todo. Y lo que había ocurrido en el pasado ya no tenía importancia, se dijo. Harper era una puerta que se estaba abriendo misteriosamente, pero ya sabía que no había nada detrás.

Tannis tomó aire, parecía haber estado conteniendo la respiración, y le dio la vuelta a su viejo Zippo de latón que llevaba en la mano. Estaba ahora en su despacho y recordó que había ido allí a buscar una foto de Harper. Sus ojos se movieron hacia la pared detrás del escritorio, una pared cubierta de fotografías. La mayoría eran de sí mismo en diferentes épocas y lugares, su vida en blanco y negro: junto a Little Giant, la máquina que los científicos de CalTech [4] habían utilizado para la extrusión de propelente; con su nuevo y elegante uniforme, listo para irse a Alemania a descubrir los secretos científicos del Reich… Marzo de 1945: cruzando el Rin en un bote de goma, diecinueve horas después que Montgomery… Abril: sentado en su jeep, en alguna olvidada carretera bávara, con un Lucky colgado de los labios… Unas semanas más tarde: con el aspecto de todo un espía vestido con una trinchera caqui, charlando tranquilamente bajo los pinos del Instituto Hermann Göring con Adolf Busemann, inventor del ala en forma de flecha; habían cablegrafiado sus cálculos directamente a la firma Boeing a tiempo para rediseñar el B-47… Finalmente, doblándose por la cintura, Tannis halló lo que había estado buscando, una foto de grupo de ciertos científicos de visita en NOTS, en su mayor parte británicos de Aberporth, la base británica de Gales, presumiblemente en 1959 o 1960. Harper estaba de pie al fondo, pero debía de haberse movido, porque el rostro aparecía borroso, y Tannis apartó la vista de nuevo. No, ni siquiera podía recordar cómo era Harper. ¿Dónde estaba ahora? «Podría estar muerto por lo que yo sé.» Sí, pero regresando para perseguirle como un fantasma del pasado, recordado de nuevo por aquel hombre misterioso, el viego amigo. Que lo conocía desde hacía mucho tiempo. O al menos eso afirmaba. Pero ¿cuánto exactamente? Presumiblemente de la época en la que se había hecho aquella foto de Harper. Pero no era Harper. De pie en el despacho, Tannis rememoró la llamada en su mente, bastante seguro de lo que se había dicho. ¿Quién demonios podía ser? Varios nombres desfilaron de nuevo por su pensamiento, media docena. Trató de hacerlos corresponder con la voz, y si uno le pareció el más lógico (un científico que sin duda había conocido a Harper) también le pareció imposible, aunque sólo fuera porque aquel hombre estaba muerto. Muerto. Sí, todos estaban muertos, o al menos deberían estarlo.

Encendió otro Lucky. ¿Importaba acaso? Todo aquello pertenecía a un pasado muy lejano. El hombre que él había sido también había desaparecido tiempo atrás, y los acontecimientos, los hechos, incluso en su mente, no eran más que un borrón difuso. La Exhibición Aérea Tushino, 9 de junio de 1961, y las fotografías de los Mig-15 con el misil copiado claramente visible debajo de las alas. Las fotografías habían sido la confirmación final; lo sabían desde mucho antes, pero entonces habían entrado en acción todos los equipos de investigación oficial. Harper, el pobre imbécil, sólo había estado en el lugar equivocado en el momento equivocado. No era extraño, decidió, que no pudiera recordar cómo era, porque en realidad nada tenía que ver con todo aquello, tan sólo había sido el cabeza de turco más conveniente desde el punto de vista generalizado. «Jack, ¿por qué demonios arriesgas el cuello por ese pequeño bobo? El chaval lo hizo, acabemos con ello de una vez. ¿De verdad quieres que continúe esta investigación?» Claro está que no había habido el menor peligro de que eso ocurriera. ¿No le iba a servir toda una vida pasada en la Marina para comprender cómo funcionaba la burocracia? Sabían reconocer a un primo mejor que nadie en el mundo; hubieran impedido que se hiciera público lo de Adolf Hitler de no haber creído que sacarían provecho de la situación, ascensos para sí mismos, por ejemplo. Y la inteligencia británica, recordó, «tus colegas, viejo», se había mostrado de acuerdo y plenamente satisfecha tras un breve arranque de lealtad, pero claro, también habían estado a punto de mantener en secreto lo de Philby [5]. Al final era probable que Harper estuviera agradecido. Porque ni siquiera lo acusaron… aunque en realidad él les estaba haciendo un favor, ya que si hubieran presentado cargos contra él habría habido un juicio y titulares en los periódicos: TRAIDOR BRITÁNICO ENTREGA A LOS RUSOS NUESTRO MEJOR MISIL. No, era más sencillo y mucho más discreto retirarle sus acreditaciones, ponerlo en la lista negra y negarle el trabajo en cualquier laboratorio que hubiera soñado siquiera con sacar un centavo al Tío Sam. Tannis se preguntó qué habría sido de él. Sin duda habían arruinado su carrera como científico y por entonces no tenía más allá de la veintena. Había nacido un niño, lo sabía, justo en medio de todo aquel asunto, pero en cualquier caso, su mujer lo había dejado. Recordó de nuevo a la mujer, Diana, con aquella chillona voz británica que hace que cualquier mujer parezca virgen, incluso cuando suspira por dejar de serlo.

Apagó el Lucky. Desprecio, eso era lo que sentía, por todos ellos. ¿Pero por qué debía preocuparse? No corría el más mínimo peligro, de eso estaba totalmente convencido. Como amenaza, Harper no significaba nada, ya no. En realidad sólo existía una dificultad. Harper era inocente. Lo habían incriminado injustamente, como Tannis había afirmado en su momento, sugerencia que había supuesto una amenaza entonces, pero que ya no podía serlo. Sin embargo, significaba que Harper era un cabo suelto y que alguien, su bromista amigo, quizás intentaba desenmarañarlo. Nunca se sabía lo que podía ocurrir cuando se desenmarañaban las cosas. Tannis recordó de nuevo al alemán en la carretera bávara y la mirada de sus ojos antes de que apretara el gatillo. Sí. Podía hacer lo mismo con aquel tipo, si resultaba necesario. ¿Pero por qué tomarse la molestia? Que aquel personaje fuera al Hideaway si le apetecía. Servían allí una excelente costilla de primera calidad. Y luego, si seguía buscando problemas, podía presentarse en su casa… él estaría esperándolo.

Pero aunque tales pensamientos y preguntas acudieran a su mente, eran esencialmente formales y académicos. Durante unos instantes Tannis dudó, porque lo habían pillado con la guardia baja, aunque no le gustara admitirlo, porque habían perturbado la satisfacción que sentía de sí mismo después de tantos años. Pero supo en todo momento lo que debía hacer. En aquella parte del desierto todo el mundo sabía que Tannis tenía un secreto. Algunos creían que era personal, otros lo suponían profesional. Unos pocos percibían que se había producido un giro peculiar en su carrera. Desde luego, muchos suponían que aún tenía contacto con los «servicios de espionaje»; los enterados apostaban por el DIA o el NIS, mientras que los menos informados hablaban de la CIA o el FBI. Y unos pocos, los que le conocían a fondo, señalaban que había empezado como científico, en el CalTech, y especulaban que un fracaso había acabado con su carrera. Un fracaso… muy pocas personas podían haberlo relacionado con Harper, pues sólo unos pocos, incluso entre los militares estadounidenses (tan grande fue la discreción de la Marina sobre el patinazo) conocían la verdadera historia de cómo el Sidewinder, el primer misil del mundo con sistema de guiado por calor, había caído en manos rusas. En cualquier caso, no era necesariamente fracaso la palabra que Tannis le atribuía. Pero Tannis no iba a confesarlo de ningún modo, ni siquiera después de tantos años, e incluso mientras aquellos pensamientos se apoderaban de su mente, Tannis se arrodilló para abrir el cajón cerrado con llave de su escritorio. Dentro había una caja cerrada con un candado en cuyo interior guardaba su grande y viejo Colt, la misma pistola con la que había matado a aquel alemán. Lo sacó, le puso un cargador y montó el arma. Luego puso el seguro y se lo metió en el bolsillo, pesado como un martillo… Por supuesto, iría. Iría porque la curiosidad mató al gato. Porque quería darle una vuelta más a la pista. Porque todo lo que le restaba por hacer con sus secretos era llevárselos a la tumba. Las razones no importaban demasiado. Tannis era quien era y hacía lo que hacía; ni más ni menos.

Hubo, de hecho, otro detalle. Pues cuando salió de la casa, Tannis sintió el viento golpeando su rostro y se detuvo para girarse. Moviéndose incesante por la faz de la tierra, el viento había elegido tocar su rostro, y él alzó los ojos. La noche en el Mojave estaba salpicada de brillantes estrellas y durante un instante le dieron luz suficiente para ver. Lo vio, lo sintió: aquel día, más de veinte años atrás, la suave arena caliente bajo sus botas, cuando subía con dificultad por la quebrada en Darwin Springs, los hombres del FBI jadeando a su lado, siguiendo los surcos de las huellas del jeep. Y finalmente la cara de Harper, pero aún no lo bastante clara como para reconocerla, tan joven, tan asustada, y tan inocente.

2

La base de China Lake está a 240 kilómetros al noreste de Los Ángeles, tomando la salida 395 de la autopista. Fundada en 1943, se la conoció originalmente por Estación de Pruebas de la Artillería Naval, o NOTS [6]. En 1967 se cambió este nombre por el de Centro de Armamento Naval (NWC) [7]. Sin embargo, casi nadie ha oído hablar de ninguna de ambas organizaciones, en contraste, por ejemplo, con la cercana Base Edwards de las Fuerzas Aéreas, donde Chuck Yeager rompió la barrera del sonido y donde aterriza la lanzadera espacial, o con la Estación Aérea Miramar de la Marina, en San Diego, donde se ubica la escuela Top Gun. Incluso dentro de la misma Marina, China Lake es prácticamente desconocida. Y quienes la conocen, a menudo hablan de ella recelosamente como de algo «fuera del círculo», reputación inconformista que sirve para realzar el hecho de que NOTS (para usar el antiguo término, como Tannis hacía normalmente) es diferente de cualquier otra base que dirija la Marina estadounidense. Opera bajo el mando de la Marina, pero su historia la relaciona con instituciones externas civiles, sobre todo el Instituto Tecnológico de California, en Pasadena. Y aunque una parte del personal de la base pertenece a la Marina, en particular los pilotos del escuadrón VAX, la mayoría de la población es civil. Además, esa población está constituida por científicos, ingenieros y técnicos; «los condenados profesores», como los llamaban al principio. Pero sus logros son innegables y silencian a los críticos, pues China Lake ha producido algunos de los materiales bélicos más efectivos del mundo, desde los cohetes en barrera utilizados durante la invasión del norte de África en 1943, a las cargas de explosivos de vidrio óptico de las primeras bombas atómicas y un amplio espectro de misiles con sistema de guiado y bombas: Zuni, ASROC, Shrike y, sobre todo, el Sidewinder (o AIM-9, como se lo conoce oficialmente).

La mayor parte de estas armas se lanzan desde portaaviones, lo que ha condicionado en gran parte la base, especialmente en cuanto a su aislamiento y tamaño. China Lake es enorme, más de cuatro millones de hectáreas, cuatro mil kilómetros cuadrados, un área mayor que todo Rodhe Island. Ese inmenso territorio está dividido en dos grandes zonas, separadas una de otra por un estrecho pasillo civil que recorre el Valle Panamint atravesando la ciudad de Trona. En años recientes la extensión al sur de esa línea se ha utilizado para desarrollar tecnología «furtiva» y contramedidas electrónicas de guerra (ECM), pero la parte más importante es la sección noroeste de la base, puesto que el aeródromo, los laboratorios y la comunidad propiamente dicha se ubican allí. Formando un rectángulo aproximado, esta área es ya de un tamaño considerable, puesto que se extiende unos 70 kilómetros de este a oeste y unos 40 de norte a sur. La mitad norte está formada por una meseta, colinas escarpadas y valles por los que aún rondan los caballos y los burros cimarrones, y en lo alto, en las caras de los riscos, que tienen nombres como Cañón del Renegado o Pico del Cactus, todavía se pueden ver los dibujos grabados llamados petroglifos, realizados por una raza de indios extinguida largo tiempo atrás. (Los dibujos están considerados lugar histórico oficial y la Marina los protege escrupulosamente.) Hacia el sur las colinas desaparecen, el terreno se hace más llano, confundiéndose con el desierto, y finalmente, en una pendiente abrupta, discurre cuesta abajo hasta la depresión llamada, propiamente, China Lake. Por supuesto no hay ningún lago allí desde hace diez mil años, aunque en otro tiempo aquella parte del Mojave había estado cubierta por toda una serie de ellos, de cientos de metros de profundidad, desde Sierra Nevada, en el oeste, y cruzando todo el territorio hasta el Valle de la Muerte. Ahora tan sólo quedan los secos lechos de aquellos lagos; éste en particular semejante a una enorme cicatriz, dura y muy caliente, resplandeciente por el blanco de los depósitos de bórax, calcio y sílice, que los trabajadores chinos explotaron durante la década de los ochenta en el siglo XIX, contribuyendo así a darle nombre.

Debido a que forma una clara y lisa extensión, casi como de hormigón natural, resulta perfecta para los polígonos de pruebas de la base, que están dispuestos formando un gran arco que la atraviesa y se extiende hacia atrás unos quince kilómetros; los polígonos Baker, Charlie y «G» (nunca George, porque significa Campo [8]). Al sur de los polígonos, a lo largo de la orilla del antiguo lago, está la base misma. Originalmente todos los edificios eran barracas prefabricadas, y no son mucho más aparentes en la actualidad, sino sencillos y funcionales edificios, en su mayor parte de una sola planta. De hecho, la parte de la base en la que se trabaja ha cambiado poco con el paso de los años. Por otro lado, la zona residencial, donde se vive, es mucho más pequeña. En un principio albergaba de diez a quince mil personas, pero en la actualidad la población no alcanza la mitad de esa cifra. No obstante, la decadencia es más aparente que real y es mera consecuencia de un tecnicismo. En sus comienzos, China Lake era oficialmente una instalación «temporal» en tiempo de guerra que, en teoría, la Marina hubiese podido cerrar en cualquier momento, de modo que ningún banco estaba dispuesto a conceder hipotecas a personas de la base que quisieran construir en la zona. Pero aquello cambió en 1962, con la ayuda del presidente Kennedy, nada menos; la base fue declarada «permanente» y la mayoría de los civiles escaparon de inmediato a los rigores del alojamiento en la base, aunque tan sólo llegaron a Ridgecrest, la ciudad civil que ha crecido alrededor del perímetro de la base. En la actualidad tiene una población de unas veinte mil personas, con colegios, un hospital y una community college [9] (el mayor orgullo local), y sus pulcras calles se extienden hasta alcanzar casi la autopista. La mayoría de casas son agradables bungalows estilo rancho y no hay signos exteriores de que muchos de sus habitantes sean ingenieros y químicos de primera categoría. De hecho, la única cosa extraña de la ciudad es su nombre, puesto que no hay colinas ni crestas [10] en varios kilómetros a la redonda, pero eso forma parte de la tradición local. En 1940, antes de que llegara la Marina, los noventa y seis habitantes de la zona habían solicitado una estafeta de correos, a la que quisieron poner por nombre Vista de la Sierra, sugerencia que no carecía de fundamento, puesto que desde allí se ve Sierra Nevada, pero el gobierno rechazó la petición aduciendo que California tenía ya bastantes sierras sin necesidad de una más. Por lo tanto, se pidieron alternativas que se clavaron sobre el tablero de noticias del Almacén General de Bentham. Barranco de la Serpiente de Cascabel tuvo algunos adeptos, así como Gilmore, la marca de gasolina que vendía Bentham, pero al final fue un extranjero de paso quien proporcionó el nombre ganador. Años antes había disfrutado de una buena época en un lugar llamado Ridgecrest, en Missouri. En cualquier caso la elección ha funcionado, con sus bungalows y garajes para los coches y las polillas zumbando en abundancia en torno a las luces de los porches. La inspiración evidente de la ciudad son las zonas residenciales; de no haberse llamado Ridgecrest, podría haber sido perfectamente Buena Vista, Maple Heights o Greenwood Glen.

Para Tannis aquél era el paisaje de su historia personal. Había pasado la mayor parte de su vida en el desierto y lo conocía como la palma de su mano. Solía decir que había nacido en Sparks, Nevada, aunque su historial militar mencionaba la otra candidata, Los Ángeles. En realidad, Tannis no podía estar seguro: era hijo ilegítimo. No tenía la menor idea de quién era su padre natural y su madre, a los seis meses de unirse al hombre que le había dado el apellido a Tannis, se largó para siempre. Tannis tendría unos cinco años por aquel entonces, aunque ni siquiera estaba seguro de la fecha de su nacimiento. Si su padre (Tannis lo consideraba como tal) la había sabido alguna vez, la había olvidado, pues aquel tipo de detalles nunca le habían importado demasiado. Era la clase de hombre que estaba siempre en movimiento, mirando hacia delante, nunca hacia atrás. Le gustaban los planes y proyectos, los sueños y los viajes, aunque los suyos no le habían llevado nunca más allá de Oregón hacia el norte, y Panamá hacia el sur. Trabajaba en la construcción y en las vías férreas, vendía casas unifamiliares y camiones Mack, pero siempre pensó en sí mismo como en un buscador de oro. Durante el transcurso de los años había llegado incluso a hacer unos cuantos descubrimientos. El mayor de ellos, cerca de Riddle, Oregón, le permitió llevar a Tannis a Los Ángeles, pero por lo general le llegaban tan sólo para unos pocos meses de juego.

Para Tannis, adolescente aún, aquella vida no era tan pintoresca como se pueda suponer, parecía pasar la mayoría del tiempo esperando, ignorado, olvidado a medias: «Espera aquí unos minutos, hijo»… Pero nunca enteramente olvidado, porque su padre siempre lo llevaba consigo. Y tenía otro don salvador, la inteligencia, que le permitió descubrir la de su hijo. Después de los cinco años de edad Tannis no perdió nunca a damas con él y tampoco tras su tercera partida de ajedrez. De modo que, siempre que era posible, su padre lo enviaba a la escuela. Finalmente, cuando Tannis tenía catorce años más o menos, lo llevó a Los Ángeles tras su hallazgo en Oregón y lo matriculó en un instituto. Debido a que Tannis carecía por completo de historial académico, lo sometieron a una serie de pruebas para determinar en qué curso debía empezar. La mayoría de las pruebas eran matemáticas, pues supusieron que ésa sería su debilidad. En realidad era todo lo contrario; en cualquier librería de segunda mano los textos de trigonometría son baratos, y Tannis los había leído por puro placer. Así pues, a pesar de que apenas había oído hablar de Shakespeare y le hubiera resultado difícil situar la India en el mapa, empezó a estudiar en el penúltimo curso y pasó al último cuando aún no había finalizado el año escolar. Se graduó el tercero de su clase, luego realizó un examen para una beca que lo llevó al CalTech. Y fue el CalTech quien lo condujo a China Lake.

De hecho, para ser absolutamente precisos, el CalTech lo llevó de vuelta a China Lake, puesto que, como le gustaba contar a la gente, había estado allí antes de que nadie supiera que existía ese lugar, trabajando con su padre, que había realizado una poco entusiasta búsqueda de la Mina Perdida de Gunsight, que según afirmaban algunos se hallaba en Coso Hills. Llegó incluso a encontrar un poco de mercurio y a delimitar su propiedad, que la Marina compró más tarde a Tannis, tras la muerte de su padre. Pero eso fue años más tarde. En el CalTech, desde luego, nunca se le hubiera ocurrido que su historia personal y la más amplia historia del mundo fueran a converger. Sus objetivos eran meramente personales, aunque incluso esta afirmación resulta acaso demasiado precisa, pues su idea del éxito era por completo abstracta. Sus notas, en ese sentido, fueron una buena aproximación. Como estudiante más joven del centro (debió ser al menos uno de los más jóvenes) tuvo que esforzarse para mantenerse a la altura y no dispuso de tiempo para pensar en la guerra que se desarrollaba en Europa. Sin duda apenas oyó hablar del Consejo para la Cooperación en la Defensa, organismo mediante el que CalTech planeaba cómo iba a contribuir dicho instituto al esfuerzo para la guerra. Por otro lado, Tannis conocía de vista a Charles Lauritsen, el jefe del Consejo, ya que Lauritsen era algo parecido a un héroe, por haber sido el hombre que había creado el primer aparato de rayos X de un millón de voltios del mundo. Pero nada sabía del viaje de Lauritsen a Inglaterra en la primavera de 1941, donde le fue mostrada la cordita, un nuevo explosivo británico. Ni tenía la menor idea de una de las peculiares propiedades de aquella sustancia, que podía moldearse, estirarse, hasta convertirse en el propelente ideal para el motor de pequeños cohetes.

Con el tiempo todo el mundo se familiarizó con el programa de cohetes. Los esfuerzos iniciales de Lauritsen fueron discretos: un cohete que remolcaba objetivos para la práctica artillera naval, un proyectil antisubmarino «retropropulsado»; pero su primer gran éxito fue del dominio público. Se trataba de un cohete de barrera de 4,5 pulgadas que el CalTech diseñó, desarrolló, probó y fabricó en sólo setenta días para que pudiera ser utilizado en grandes cantidades para apoyar a las tropas americanas que desembarcaron en las playas de Casablanca el 8 de noviembre de 1942. Fue un esfuerzo tan imponente que monopolizó el Instituto. Las secretarias de CalTech hicieron en realidad gran parte del trabajo final de ensamblaje en el gimnasio y las fundas de los cohetes se apilaban en los pasillos.

En cualquier caso, ya por aquel entonces Tannis estaba absolutamente involucrado en el proyecto. Era perfecto para aquel trabajo. El objetivo de sus investigaciones incluía el comportamiento de los gases bajo presión y su consejero académico era Bruce Sage, que estaba a cargo de la extrusión de propelente en Eaton Canyon (y que se convertiría después en el jefe del Departamento de Explosivos en China Lake). Además, tenía experiencia práctica; ¿cuántos de los otros estudiantes habían manejado nitroglicerina por primera vez a la edad de nueve años? Pues fue entonces cuando se ganó el apodo de Cracker Jack [11]. Y lo que era más, Tannis sabía utilizar tornos, mezclar disolventes, arreglar un motor y, por encima de todo, conocía el desierto. Aquel conocimiento adquirió importancia en el otoño de 1942. Para entonces se había hecho evidente que los cohetes de CalTech necesitaban instalaciones seguras para los tests de ensayo y un amplio terreno para las pruebas. Todos los cohetes se lanzaban al aire, y trabajar con explosivos en medio de Pasadena implicaba riesgos obvios. Ya habían muerto dos hombres: el 27 de marzo de 1942, Raymond Robey había detonado accidentalmente varios cientos de kilogramos de propelente en el Laboratorio de Radiación Kellogg, y en junio de ese mismo año, Carl Sanborn, un técnico, se había matado mientras realizaba una mezcla de polvo de magnesio y perclorato potásico en Eaton Canyon. Para resolver el problema, Lauritsen recurrió a la Marina, que ya había estado involucrada en el tema de los cohetes de barrera. En junio una orden del comandante en jefe de la flota de Estados Unidos exigía la expansión de las pruebas con cohetes en la Costa Oeste. Más adelante, durante el verano, después de sobrevolar durante horas el Desierto del Mojave en un Beechcraft monomotor, Lauritsen se limitó a mirar hacia abajo y descubrió China Lake. Era en todos los aspectos exactamente lo que andaba buscando. Había incluso un viejo aeródromo militar de dispersión justo al lado.

Pero al día siguiente, cuando Lauritsen encabezó una partida que se adentró en el desierto para inspeccionar China Lake sobre el terreno, la arena, las rocas y la creosota detuvieron su marcha. Pero para Tannis aquél era su elemento natural. Unos pocos días más tarde, cuando decidieron volver a intentarlo, fue Bruce Sage quien sugirió que pidieran a Tannis que los acompañara.

– ¿No me dijiste que habías atravesado el Valle de la Muerte conduciendo un camión Mack?

– Sí, señor. Un Bulldog. Puede ir por cualquier parte.

– Bien, entonces ven con nosotros. O eres tú o cualquier antropólogo del USC. Probablemente nos encontraremos con paiutes [12].

Tannis conocía el desierto como nadie. Sabía cómo mantener la nariz limpia de arena, y también un carburador. Sabía usar un arma. Siempre se aseguraba, si tenía que adentrarse en el desierto, de llevar bastante agua, que con frecuencia se antojaba demasiada al empezar, pero apenas suficiente al final. Era mañoso y siempre bien dispuesto. De modo que estuvo siempre rondando por allí y llegó a ver los primeros ensayos, los primeros despegues de la pista, los inicios de la construcción. Sin embargo, a sus propios ojos, su posición era anómala. Se sentía un poco… ¿como una mascota?, ¿como el último chico con quien jugar? Era injusto, nunca sufrió el menor desaire. No obstante, experimentaba una constante frustración que no lograba precisar. Estaba cerca, pero quería estarlo aún más; quería saltar cierta barrera, salvar un obstáculo. No estaba seguro de lo que quería. Deseaba… volar. Eso fue lo que finalmente decidió. Le encantaba volar. El primer avión en el que voló fue un NE-1 (la versión de la Marina del L-18 Grasshopper) que había sido asignado a NOTS, y se hizo amigo del piloto que era jefe de pruebas, Tom Pollock. De hecho, aún tenía una foto de sí mismo con Pollock, en equilibrio por encima del NO PISAR sobre el ala de un TBF Avenger, con la dedicatoria «Algún día estarás aquí arriba conmigo».

Pero, por supuesto, aquello no ocurrió. En 1944 había muy pocos jóvenes solteros con una licenciatura en química y que hablaran un alemán científico fluido. La Marina se llevó a Tannis, le dio un nombramiento de oficial en setenta y dos horas y lo envió a Europa como miembro de una misión técnica de espionaje. Trabajando como espía (bueno, más o menos), permaneció en Alemania hasta 1947, tiempo suficiente (aunque acaso empezó a ocurrirle antes de marcharse) para eliminar al científico que había en él. Cuando regresó, todavía en la Marina, todavía en seguridad, fue casi inevitable que lo asignaran a un centro de investigación como White Sands, Dahlgren o China Lake.

Durante todos los años transcurridos desde entonces, no se había ido nunca, aunque había tenido oportunidades. En los años sesenta, cuando se vaciaron los servicios de información para proporcionar personal al DIA (Agencia de Inteligencia de Defensa) -una venganza por el fracaso de la Bahía de Cochinos-, podría haber acabado allí, en Washington. Pero se quedó donde estaba (a Tannis no le gustaban las guerras burocráticas) a pesar de que, según sus propias palabras, se vio reducido a ser un destacado guardia de seguridad. Y cuando el espionaje naval volvió finalmente, se le ofreció un puesto en el NIS (Servicio de Investigación Naval), pero lo rechazó. Acababa de terminar la casa, al sur de la Base Edwards de la Fuerza Aérea, donde pensaba retirarse, y no quería cambiar de opinión. O al menos eso dijo. Pero la gente que lo conocía percibió que la verdad era otra. Era extraño decirlo, porque se trataba del desierto, pero hubiera sido como un pez fuera del agua en cualquier otro sitio. Aquél era su mundo, su universo. Podía respirar aire de ciudad, de mar, de selva. Necesitaba el desierto. «Soy como un viejo lagarto», decía algunas veces; era un orgullo que cultivaba. Tannis, era tan familiar que uno no se daba cuenta de él. Tannis, como una yuca arbórea más señalando desde una colina. Tannis, tan sólo un cartel más en la autopista por la noche: VIENTOS RACHEADOS DURANTE LOS PRÓXIMOS QUINCE KILÓMETROS. Saboreaba ese anonimato, esa familiaridad, y era de lo más apropiado, aquel viernes por la noche, que se encaminara al Hideaway. Era otra de aquellas cosas que siempre habían estado allí, una parte más de un paisaje inalterable. Como cualquier otra «empresa de la ciudad», China Lake había tenido siempre un lugar especial adonde ir, el tipo de lugar, decía la gente, donde podías beber, pero también llevar a la mujer. Tannis recordaba aún el primero de tales lugares, un bar llamado Poppa Ludo's (del que algunas personas decían que se había construido realmente con mate riales robados de la construcción de la base misma), y después de ése, el Village, o el Towne's. El Hideaway quedaba prácticamente camuflado en aquella cadena, típico de un cierto tipo de restaurante en California, el establecimiento local que conoce todo el mundo, pero que mantiene también una peculiar discreción, recordatorio quizá, de que su antecedente es el bar de carretera. Bajo, oscuro, oculto, traicionado tan sólo por un único trazo de neón, estaba situado bastante lejos de la autopista, detrás de un aparcamiento grande y sin iluminación. Aferrado a la noche del desierto, parecía incitar a las intenciones clandestinas. La risa de una mujer sugería parejas saliendo a la oscuridad, y la fosca entrada, dando la vuelta a un lado del edificio, implicaba que tal vez fuera necesario llamar a la puerta para ser admitido. Pero por supuesto no lo era y Tannis no tuvo que llamar. Sabía, como todo el mundo, que la costilla de primera calidad del Hideaway siempre era excelente y conocía su calurosa y amigable bienvenida.


Había llegado tarde. Pero no le importó. Su misterioso interlocutor esperaría, no tendría más remedio, y quizás, en cualquier caso, Tannis había ya adivinado que el Hideaway era sólo el inicio del camino. De modo que se había tomado su tiempo en atravesar el desierto, limitándose a las carreteras secundarias, poco transitadas, o a lo que ni siquiera llegaba a ser carretera. Al llegar a cierto punto había girado a la derecha para alejarse de la autopista, recorriendo ochocientos metros sobre el duro terreno, y luego, de pie, imperturbable y con las manos en los bolsillos, subido a la cabina de su vieja camioneta Dodge, había comprobado la ruta que había dejado atrás. En el Hideaway, cuando llegó, se mostró igualmente cuidadoso, fijándose en los coches y las matrículas, puesto que se trataba de un lugar público. No quería sorpresas. Quizás en el fondo de su mente pensaba que quien le había llamado temía, por improbable que fuera, que su teléfono estuviera intervenido, de modo que, aunque nadie lo estuviera vigilando en ese momento, cada uno de sus movimientos tendría quizá que ser explicado, se convertiría tal vez en un asunto susceptible de investigación. «Según la cinta, quien le llamó le dijo que estuviera en el Hideaway a las nueve en punto, pero según la camarera…» Era una mujer alta y coja con un peinado ahuecado (manteniéndose fiel a Jackie [13], a su adolescencia), y no había modo alguno de que no lo reconociera, así que ni siquiera lo intentó. Encendió un Lucky con su Zippo y le dedicó la más amigable de sus sonrisas.

– Capitán Tannis… Me alegro de volver a verlo. Hacía mucho tiempo.

– Eso mismo estaba pensando yo.

Sin embargo, desde cualquier punto de vista, quería ser discreto. No intentaría ocultarse, pero tampoco deseaba hacerse notar. Si su comunicante estaba allí, no quería asustarlo y que se fuera. Y si todo se quedaba en nada, quería ser capaz de negarlo todo con un encogimiento de hombros («Llegué, vi, me comí un bistec… ¿qué más quieren que les diga?»). De modo que pidió lo de siempre, costilla de primera calidad (poco hecha), patatas asadas (con nata agria), ensalada revuelta (y aliño ranchero), Schlitz, y trató de mantenerse en un segundo plano, esperando que nadie más lo reconociera, se acercara a él y lo saludara. Luego, instintivamente, estuvo casi seguro de que el hombre no estaba allí, de que aquello era una especie de prueba, o de preparación. O quizá le estaban tomando el pelo. Sé algo que tú no sabes. ¿No lo adivinas? Harper. Sidewinder. Principios de los años sesenta. Le hacían retroceder a aquel tiempo, que casi se burlaba de él, pues la misma gente, cuando miró a su alrededor, podía haber estado sentada allí veinte años atrás. Tampoco el restaurante había cambiado gran cosa. Su decoración de un tono oscuro uniforme, el ambiente que recordaba vagamente al viejo Oeste, con mesas espesamente barnizadas y un mural ocupando toda una pared, en el que se representaba un tipo mexicano y un lema. Tannis pensó que Harper debió de estar allí y leerlo. «La mañana. El cálido sol absorbe el frío y la humedad. Mis ojos se abren lentamente. Hoy voy a beber un vaso de vino y a comerme una buena tortilla. Hoy voy a estar a gusto conmigo mismo y con los que entren en mi vida.» Cuando llegó la camarera, llevaba consigo una barrita de pan en una pequeña bandeja de madera, al estilo ranchero, y cuando mordió una rebanada (desde luego había leído a Proust), se preguntó si su sabor le recordaría el nombre de su comunicante, o al menos el rostro de Harper. Pero no se produjo la revelación, y se dio cuenta de que, tanto Harper como su hombre misterioso, podrían estar sentados en cualquiera de aquellas mesas contiguas sin que él lo supiera. No reconocía ninguno de los rostros presentes, y siendo viernes por la noche había un buen puñado donde escoger. Intentó adivinar. Un profesor del Cerro Coso College. Un ingeniero de McDonnell Douglas. Un inspector de autopistas. Un agente de la propiedad inmobiliaria pensando en comprar un terreno urbanizado. Muchas parejas. Pero también un numeroso grupo de la Marina que procedía sin duda de la base, tripulantes de aviones con sus gorras, un aviador naval con su cazadora y un par de civiles con traje y corbata. El nivel de ruido de la sala decayó súbitamente y todo el mundo pudo oír al aviador que decía: «Por supuesto, una esposa de la Marina es inconfundible, es la que siempre va vestida con ostentación.» Todos en la sala rieron, típico del Hideaway, que siempre había poseído la cómoda atmósfera confidencial de un lugar cuya clientela está compuesta en su mayor parte por los habituales. «Pero el que me ha llamado -concluyó Tannis- no será uno de ellos, de lo contrario yo lo conocería, y un extraño destacaría entre los demás.» Así que, lo mirara por donde lo mirara, todo indicaba que no estaba allí, y la investigación que no dejaba de imaginar tendría un espacio en blanco, como mucho el tipo de pista que supone tan sólo mucho trabajo y poco provecho:

– Así pues, ¿no estaba allí cuando usted llegó?

– Diría que no.

– Aun así no entró en el bar ni en la sala lateral. ¿Por qué?

– Intentaba que se confiara. No quería asustarlo y que se fuera. Según el plan, él tenía que abordarme.

– En cualquier caso no vio a nadie conocido.

– Hasta más tarde no. En el comedor no había nadie conocido.

Luego Howard Angell salió del bar.

– ¿Cuándo fue eso?

– Yo ya estaba comiendo, digamos que diez o quince minutos después. Iba con otra persona a la que yo no conocía.

– ¿Quién es Howard Angell?

– Era director de seguridad en Ford Aerospace. Quizá todavía lo es. Trabajamos juntos cuando establecimos los límites para el Sidewinder en la playa de Newport.

– ¿Y él le vio a usted?

No. Me hubiera saludado. Pero estaba allí. Pregúnteselo.

– ¿Podría haber sido Angell quien le llamó?

– En absoluto.

– Eso suena muy definitivo.

– La voz no era la suya. Sencillamente, la voz por teléfono no podía ser la suya, por mucho que se hubiera alterado. Además, no veo qué relación podría tener él con todo esto. No tendría el menor sentido.

– Muy bien. Pero cuando usted miraba a su alrededor, ¿no le pareció ver a nadie? Intente recordarlo. ¿Qué nombres acudieron a su mente?, ¿qué asociaciones?

Pero no acudieron. Miró a un centenar de rostros y no descubrió miedos, ni amenazas, ni secretos ocultos, ni cualquier otra cosa que se remontara quizás a muchos años atrás. Llegó su café. Lo bebió. Pidió más. Seguía sin ocurrir nada. Se levantó para ir al lavabo, dando así ocasión al hombre para que le dejara una nota sobre la mesa. En otro momento compró cigarrillos. No cabía la más mínima duda: Tannis le había dado todo tipo de facilidades.

– Así que, hacia las once…

– Y cuarto. Miré el reloj. Sabía que lo preguntarían…

– En cualquier caso, usted se figuró que no iba a aparecer.

– O que no sería en aquel lugar. Yo hice exactamente lo que me pidió.

No tan exactamente. Llegó tarde.

– ¡Qué demonios! Si quería verme, allí estaba. Eso no podía tener importancia. Pero imaginé que alguna otra cosa lo habría asustado. O tal vez se trataba únicamente de una prueba. En cualquier caso, no tenía sentido seguir allí, y no lo hice. Aquello había terminado.

Pero en realidad Tannis no creía que hubiera terminado.

Y sabía que eso, implícitamente, era una admisión de que el hombre, el que le había llamado, representaba algo serio, puesto que un aficionado quizá se hubiera dado a conocer en el interior del Hideaway, pero un profesional no. Un profesional habría comprendido exactamente los problemas que el Hideaway presentaba para él; hubiera percibido la vigilancia invisible, las preguntas inevitables. De modo que si su comunicante aparecía ahora significaba que… pero no podía significar nada… no tenía ni idea de lo que…

Tras él, el bajo y oscuro edificio se extendía bajo la noche, mezclándose con ella, y más allá del aparcamiento, las luces y el tráfico de la carretera zumbaban distantes. A sus espaldas, una ráfaga de sonido y conversación irrumpió en el vacío; debía de haberse abierto una puerta. Pero luego se cerró, y el silencio se plegó en torno a él de nuevo. Esperó unos instantes. Encendió un cigarrillo. Podía permitírselo, lo sabía. No había testigos allí, no contradecía el relato que eligiera ofrecer. Estaba fuera de la vista. La frase «ventana de oportunidad» [14] se formó en su mente y una leve sonrisa asomó a sus labios. Era del tipo de frases modernas que no le gustaban, como «quintaesencia», «allanar el terreno», «ventana de oportunidad». Prefería «hora cero», «dados cargados» o «dar el primer paso». No obstante, en ese momento la expresión cuadraba perfectamente con la situación, aunque al revés, lo cual le complacía, puesto que su ventana de oportunidad era su invisibilidad, una zona de oscuridad. De ese modo se hallaban en términos de igualdad, quien le había llamado y él, por primera vez. Y de repente pensó: «Eres igual que yo», y, rápidamente, ganando confianza con cada paso que daba sobre lo que iba a encontrar, atravesó el aparcamiento hasta llegar a su camioneta.

Por supuesto, había un sobre bajo el limpiaparabrisas. Lo abrió cuidadosamente. Desdobló una única hoja de papel con un mensaje escrito con letras recortadas del Times de Los Ángeles: MEDIANOCHE CARRETERA AEROPUERTO TRONA.

Miró a su alrededor instintivamente, pero por supuesto el hombre hacía tiempo que se había ido. El aparcamiento estaba vacío, sólo había coches y el viento, y el desierto detrás, y las farolas a lo largo de la carretera que tenía delante. La oscuridad y la luz, el silencio y el ruido, formando franjas en la noche. Tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó. Bien, bien. Aquello se ponía interesante, pensó. Comprobó la hora en su reloj. 11.20. No tenía tiempo para idear un plan, ni para cualquier otra cosa que no fuera lo que su comunicante anónimo pedía. Qué bien le conocía aquel hombre. Había adivinado con suma precisión su capacidad de paciencia, cuánto tiempo se quedaría esperando en el interior del Hideaway. ¿Era eso una pista? Quizá todo aquello era una especie de búsqueda del tesoro, con las claves dispuestas frente a él: Harper, el Hideaway, ahora la carretera del aeropuerto Trona. Pero no tenía por qué seguirlas. Había jugado según las reglas. Ahora podía irse a casa. Aunque más tarde se descubriera que le habían dejado un mensaje, podía decir simplemente que no lo había recibido. Un chico lo había llevado, voló, era una noche ventosa. O qué más daba… la discreción es la mejor parte del valor. ¿Por qué tendría que ir a la maldita carretera de Trona? El problema era que sabía que quien le había llamado volvería. Nadie se metía en aquel tipo de líos para dejarlo correr sin más. Por otro lado, cuando llamara otra vez él estaría preparado… Pero aquello estaba ocurriendo en ese momento, aquella noche. Había algo en el aire. El viento, o una premonición, le erizó el vello de la nuca y olía, sí, olió a sangre y vio la mirada en los ojos de aquel alemán. Aquella noche era la noche de alguien, lo sabía. De modo que se subió a la camioneta y maniobró en semicírculo, incorporándose a la corriente de tráfico de China Lake Boulevard. Era un tráfico intenso: coches, camionetas, mocosos en viejos cacharros y animadas furgonetas celebrando un viernes por la noche en una ciudad pequeña. Las luces de McDonald's y Carl Jr. parpadearon al pasar. En algún lugar tocaba Johnny Cash. Llegó a la esquina de Ridgecrest Boulevard (la misma intersección en la que había estado antes la tienda de Bentham), luego giró hacia el este y aceleró. A su derecha había una zona de neón, moteles y cines y restaurantes para automovilistas; a su izquierda, la oscuridad, con unas cuantas luces despidiendo destellos a lo lejos; era el perímetro sur de la base. Pero estaba demasiado oscuro para ver nada. Los faros de su coche alejaron las sombras de la verja y recogieron la imagen del conducto del agua, pero en un segundo se desvaneció y quedó sólo el desierto vacío y la noche, negra y reluciente. Después de un par de minutos no hubo ni una sola luz en su espejo retrovisor y estuvo seguro de que nadie lo seguía. La carretera parecía devanarse como un ovillo. Discurría hacia el este durante unos veinticinco kilómetros, luego le hizo girar hacia el norte, a través de Poison Canyon, haciéndole subir y atravesar una estribación de la Cordillera Argus, un pequeño paso que se abría a una larga vista en picado a través del Valle de Searles, el nombre de la prolongación sur del Valle del Panamint. En más de una ocasión, aquella vista le había hecho pensar en Dante: como humo negro que desprendiera un espantoso fuego, se extendía la noche a lo lejos durante ochenta kilómetros, y a cada lado se alzaban picos devastados, quemados, mellados, negros. La carretera zigzagueó rodeando un saliente rocoso y Tannis miró hacia abajo. Unas cuantas estrellas centelleantes revelaban el terreno del valle, ilimitado, de una vaga fosforescencia, como la lengua de un moribundo, una excrecencia de carbonato sódico y sedimento salino, bórax, litio y bromo. Eran las sales del antiguo lecho del lago que se extraían en Trona. Descendió hacia sus luces furtivas; los ojos relucientes de un perro junto a la carretera, resquicios ansiosos tras las cortinas en las casas remolque metálicas, rojas luces de advertencia para señalar las torres de borrosa silueta de las fábricas de la Compañía Americana del Potasio. Luego también éstas desaparecieron y, una vez solo, aunque no se había encontrado con ningún coche, apagó los faros. Tragado así, invisible, avanzó a la deriva durante kilómetro y medio. Pero sabía exactamente donde estaba y al llegar a cierto punto empezó a reducir la marcha. Sesenta metros antes de llegar a la curva, aunque no podía verla en realidad, paró el motor y cambió a punto muerto. Flotó a través de la negra y silenciosa noche; los neumáticos rechinaban suavemente, el viento ululaba al pasar. Bajó el cristal de la ventanilla. El aire frío le enrojeció la piel. Notó que la camioneta reducía la velocidad con lentitud; por fin, instintivamente, giró el volante y la camioneta osciló fácilmente al tomar la curva. Se deslizó cuesta abajo por una suave pendiente. Vagas formas desfilaron ante sus ojos; una grúa inclinada con una polea oscilante, oscuros pozos cavados en la arena y, de repente, junto a él, un enorme ojo circular, pestañeando crudamente, como una especie de tótem… en realidad era el radar del aeropuerto, con el resonante latir de un zumbido procedente del generador que le suministraba potencia. El radar, recordó, era la excusa para la carretera. Y cuando el radar desaparecía detrás de el llegó al final de la carretera, que terminaba en un trozo circular de asfalto para cambiar de sentido. Apretó el freno suavemente. La camioneta había perdido casi todo su impulso y se detuvo de inmediato.

Tannis no se movió. Durante un largo minuto, como si se tratara de una apuesta, no se movió. Con las manos bien visibles sobre el volante, pero plenamente consciente del peso del arma en su bolsillo, se quedó sentado, absolutamente inmóvil.

No ocurrió nada.

El viento hizo danzar las sombras por delante del capó; flotaron reflejos sobre el cristal del parabrisas, pero la noche estaba vacía.

Un tanto relajado, sacó la cabeza por la ventanilla. A su izquierda, al borde del círculo de asfalto, distinguió una vieja carretilla, a la que faltaba un mango, volcada sobre un lado, y una parte de grava salpicada de cemento endurecido, pero no había señal alguna de otro vehículo. Y puesto que no había encontrado ningún coche al bajar, ni había visto que hubiera alguno aparcado a lo largo de la autopista, no creía que fuera posible que hubiera un coche allí, a menos que cayera del cielo. Se agachó hacia atrás dentro de la cabina y consultó el reloj. Pasaban tres minutos de la medianoche. Su comunicante, si había estado allí, no podía haberse marchado. Sintió una leve incertidumbre. Abrió lentamente la puerta de la camioneta y se bajó, pero mantuvo con todo cuidado la puerta abierta para tener así protección, al menos por un lado. El viento le golpeó el rostro. Los ojos y la nariz se le quedaron secos. Manteniéndose pegado a la camioneta, la rodeó por su parte posterior y miró carretera arriba. Tuvo que entrecerrar los ojos a causa del viento. La pendiente era muy suave, apenas un pequeño declive, pero bastaba para ocultar la autopista. Aun así, por lo que podía ver, no había nada allá arriba, tan sólo las borrosas formas de las montañas, guardianas de la base, que ocupaban el horizonte. Ya más abiertamente, rodeó la camioneta por delante, y luego caminó de un lado al otro del terreno asfaltado. Después, con un movimiento brusco, se agachó, poniéndose por debajo de cualquier horizonte. Entornando los ojos de nuevo, inspeccionó el paisaje, pero siguió sin ver nada.

Estaba solo. Apretó los dientes. En realidad no pensaba, sencillamente había un vacío allí, y él lo llenaba. Pero la lógica era evidente. El hombre había cometido un error. Quizá por un exceso de cautela, el miedo a que se cerrara una trampa en torno a él, había creado exactamente esa posibilidad, montar una trampa que podría caer sobre él. Tannis, casi acuclillado, salió corriendo, montando el arma al tiempo que corría, y se adentró en el desierto con sus botas deslizándose sobre la arena. Veinte metros hacia la derecha de su camioneta se alzaba un montículo creado por la creosota; en el momento en que se agachó detrás fue invisible.

¿Lo haría? ¿Mataría a aquel hombre? No estaba claro. Pero quizá lo haría, eso sí estaba claro. Le latía el corazón con violencia. Conteniendo la respiración le quitó el seguro a la pistola y volvió a mirar en dirección a la carretera donde la camioneta resplandecía como una sombra nacarada a la luz de las estrellas, como el cebo de una trampa, donde él estaba emboscado. El peculiar silencio del desierto se cernía a su alrededor, un silencio que susurraba sin pausa, como si el viento transmitiera mensajes de una estrella a otra. Y mientras escudriñaba a través de la noche, recordó al alemán, cómo se había acercado a él, junto al jeep (igual que la camioneta), cómo había sorprendido a aquella figura surgida de der Totentanz, con el uniforme hecho jirones y que, sin embargo, había permanecido firme al final, cuando vio la pistola y finalmente comprendió… Al observar fijamente de aquella manera, a Tannis le pareció que la oscuridad se disolvía bajo la misma fuerza de su mirada. Su mano, arrastrándose junto a él, escarbó en el duro terreno -caliche-, el presente se desmenuzó en la palma de su mano y se encontró repitiendo una de las lecciones de su padre, nombrando cada piedra, planta o animal que pudiera ver: creosota, encelia, viburno y corniera. Bajo las variaciones del sonido del viento oyó un pequeño chirrido y supo que era un grillo mormón. Y cuando sus dedos extrajeron un puñado grumoso de la arena, se lo llevó a los labios y notó el sabor de la sal, sabiendo que probablemente era halita. Luego, por encima de su cabeza, advirtió el movimiento de un murciélago, lo cual significaba que había una mina en las cercanías. Pero había cientos de ellas y, claro está, él las conocía todas. Al este: Ophit, Redhill, Virginia Ann, la Gold Bottom, Stockwell, Standard. Y dentro de la misma base (se suponía que la Marina las había cerrado, pero nadie se lo creía del todo): la Mariposa, El Conejo, Mohawk, Ruth, la Sterling Queen… Los nombres, los recuerdos, parpadeaban como brillantes luces, tan reales en aquel instante como el tic de un vaso capilar en el ojo. En el silencio de aquella espera todo aquello cobraba existencia de golpe, su padre, el alemán muerto, el zumbido del radar giratorio. Entonces el viento volvió a levantarse. Una brisa le acarició la nuca, se retiró, le rozó la mejilla. Un remolino se alzó y dio vueltas en lo alto hasta desaparecer, y luego una gran ráfaga de viento suave bajó ondulante desde el enorme cielo y avanzó junto a él, obligando a la tierra a inclinarse a su paso. Un viento que su piel caliente sintió como hielo. Durante aquellos momentos, con la pistola apretada contra sí, Tannis formaba parte de todo aquello, y cada ráfaga de aquel viento parecía individual y vivida, como espíritus separados que se movieran a su alrededor, respirando sobre él, llamándolo… ¿diciendo qué? ¿Y cuánto tiempo transcurrió? No lo sabía a ciencia cierta. Cinco minutos seguro. O diez. Pero de repente tenía la boca seca. Olfateó, tan imperiosa era su necesidad de algún olor. La sangre se le agolpaba en las sienes. Forzó la vista… Sabía que algo estaba a punto de suceder. Su dedo apretó… Y entonces ocurrió, una explosión tan cercana a él que casi sintió su fuego, tan violenta que le pareció la compresión última del universo, o de su propio corazón. O al menos eso le pareció por hallarse él mismo al borde de la violencia, aunque su mente identificó al instante aquel ruido con una simple (pero real) descarga de un fusil de alta potencia.

La sorpresa fue extraordinaria, como ese momento al límite mismo del sueño en que te despiertas sobresaltado. Y por un instante pensó que su propio dedo había apretado el gatillo, y al siguiente que le habían dado. Pero, incluso mientras se le aceleraba la sangre, se dio cuenta de que el áurea sangrienta que veía por el rabillo del ojo era el reflejo del estallido en la boca del cañón. Lo cual significaba que el disparo procedía de la zona por detrás suyo y a su derecha. Se giró hacia ese lado. La oscuridad brilló trémula. Quizá había oído un grito, pero no estaba seguro. Y casi simultáneamente el silencio descendió, como si dos manos se hubieran cerrado sobre sus orejas. Luego la brisa volvió a levantarse y escuchó el ruido de la arena deslizándose por el duro terreno y el sordo zumbido del transformador del radar. No se movió, o se movieron sólo sus ojos. Pero no había nada que ver, o nada definido, sólo formas que se perfilaban en la oscuridad y sombras que se abrían a otras sombras.

Durante cinco minutos se quedó paralizado. Estaba absolutamente inmóvil. Por fin, al sentir el vacío frente a él, se aflojó su tensión. Pero siguió demostrando una gran cautela. Miró carretera arriba y de nuevo la camioneta. Nada. Miró a izquierda y derecha. Nada. Sólo entonces se permitió liberar sus ojos del concentrado esfuerzo y consultó el reloj. Eran las doce y veintisiete minutos, o sea que llevaba allí casi media hora… ¿Qué había ocurrido? Esperó; cinco minutos de reloj. No habiéndose producido ningún ruido, se levantó, manteniéndose en cuclillas, y empezó a moverse hacia la derecha, desplazándose de una zona de sombra a otra en un amplio círculo en torno al área de desierto de donde había procedido el disparo.

Diez minutos más tarde halló el primer signo evidente, grotesco y ridículo: un sombrero, enganchado en el arbusto que había delante de él.

Un sombrero típico del oeste, pero hecho con paja; un sombrero de granjero, un sombrero para protegerse del sol. De paja amarilla. Visto su perfil contra el cielo tenía un aspecto cómico; podría haber sido el sombrero que llevara el gordo compañero del héroe, llamado Andy o Gaby o Slick, el que se cae de culo y queda aplastado, pero resucita siempre y se sacude el polvo. Estuvo contemplando el sombrero durante unos segundos, oscilando ante el fuerte viento, luego corrió hacia el sombrero y lo arrancó del arbusto de un manotazo… era un vulgar sombrero de paja barato, pero con el ala empapada de sangre. Lo aplastó sobre la arena. Mirando a su alrededor no descubrió huellas de su dueño. Pero el viento soplaba desde la izquierda, debía de haber empujado el sombrero hasta allí, y empezó a moverse cautelosamente en aquella dirección. Quizá cinco minutos más tarde estuvo a punto de tropezar con algo, literalmente, levantó el pie sobre un pozo de sombra, luego lo retiró al darse cuenta de lo que era.

Se quedó paralizado y lo miró fijamente.

El cadáver yacía en un hoyo escarbado en la arena. Estaba acurrucado en una postura fetal, con las manos metidas entre las piernas y los hombros encorvados hacia delante, como si hubiera intentado comprimirse, meterse a la fuerza por el último y oscuro túnel. Tenía un disparo en el pecho; probablemente le había atravesado los pulmones; había mucha sangre. Relucía en la oscuridad como aceite, y el rostro del hombre, inclinado sobre el pecho, estaba empapado en ella. Tras unos instantes, Tannis se arrodilló, para verlo mejor, colocó el cañón de su pistola contra el pecho del hombre y le echó la cabeza hacia atrás.

De inmediato Tannis supo que nunca antes había visto a aquel hombre; y que no tenía nada que ver con David Harper.

Con destreza profesional, Tannis lo cogió en brazos. El hombre no era muy alto, uno setenta o uno setenta y cinco. Sesenta y cinco kilos. Finos cabellos blancos. Era sin duda un hombre mayor, al menos tan viejo como el mismo Tannis, con rasgos duros y huesudos, mejillas hundidas, nariz aguileña y ojos metidos en profundas cuencas huesudas. Tenía los ojos abiertos y conservaba la expresión de la cara, fruncida en una mueca de dolor o de concentración. Tannis pensó de nuevo en un túnel y en un hombre tratando de hallar la luz al otro extremo. ¿Un minero? Pero por entonces ya nadie trabajaba las minas en aquella zona. Sin embargo, era un trabajador, o al menos esa impresión daba. Tenía las manos grandes y bastas. Y llevaba una chaqueta de la Marina de gruesa tela, y también gruesos eran los pantalones, de una especie de sarga. En los pies llevaba unos pesados zapatos negros de cordones. Un trabajador… pero quizás era un trabajador vestido para hacer una visita, ya que, bajo la sangre, había una camisa y una corbata. En cualquier caso, probablemente era forastero. Al reptar hasta allí en su agonía final, una de las perneras de sus pantalones se había desgarrado por encima de la espinilla, revelando unos baratos calcetines de fibra y un trozo de pálido tobillo. Piel de invierno, piel de ciudad. Para hacer juego con el sombrero, un hombre de ciudad, temeroso del sol del desierto. O al menos era una posible conclusión. Para confirmarla, Tannis utilizó de nuevo la pistola para hacer que el cuerpo rodara sobre un lado. Los miembros del hombre se movieron libremente dentro de la ropa, ya incoherentes. Arrodillándose junto a él, palpó el bolsillo del pantalón, notó una cartera, tiró de ella para sacarla, y luego buscó con dificultad en el interior de la chaqueta, de la que sacó un puñado de papeles. Se alejó unos pasos, de espaldas al viento, extendió sus hallazgos sobre un pañuelo y encendió el Zippo. En la oscuridad, la llama anaranjada se inclinaba y vacilaba con un leve sonido cortante, revelando una tarjeta de embarque para un vuelo de la Pan Am de Berlín a Frankfurt, y un pasaporte alemán, emitido en Bonn dos semanas antes. Lo hojeó rápidamente. En vida, en la fotografía en blanco y negro, el hombre había sido algo diferente a como era en la muerte. Pero aparentemente tenía los ojos azules y el pelo cano. Estatura: 168,3 cm., peso: 71 kg. Su nombre era Buhler, Walter Joseph, nacido en Leipzig, 1920. Pasando las páginas del visado halló que había un único sello, estampado en Nueva York nueve días atrás. Un alemán… un viejo trabajador alemán… Esto constituía sin duda una sorpresa, pero nada comparado con la que descubrió cuando abrió la cartera. Estaba confeccionada con piel marrón, vieja y suave por el uso, y contenía una buena cantidad de dinero, billetes de veinte dólares y algunos deutsche marks, así como un talonario del Berliner Bank, una factura de un motel en Lone Pine… y un carnet de identidad a nombre de Walter Joseph Buhler, emitido por la Volkspolizei en Karl-Marx-Stadt, República Democrática Alemana, la DDR. Es decir, el pasaporte era de Alemania Occidental, pero Joseph Buhler procedía de Alemania Oriental.

Un alemán oriental muerto, allí.

Un alemán oriental muerto de un disparo a menos de quince kilómetros del Centro de Armamento Naval de Estados Unidos, China Lake. Tannis se quedó muy quieto y oyó las preguntas que empezaban de nuevo.

– ¿Qué pensó en aquel momento, al mirar el cadáver de Buhler? Juguemos a psiquiatras. ¿Cuál fue la primera cosa que le vino a la mente?

– Alguien delató a Harper. Nos dieron el soplo. Ésa era la relación. Eso fue lo que me vino a la mente. Era el mismo hombre que nos había dado el soplo sobre Harper.

No comprendo. ¿Me está diciendo que Buhler era un delator?

No, todo lo contrario. Estaba pensando en el hombre que me había llamado por teléfono. Esa era la conexión, ¿comprende? De repente me di cuenta de que no existía relación real con Harper en absoluto, aquello no tenía nada que ver con el caso original, excepto que el hombre que me había llamado nos había dado el soplo entonces. ¿Lo entiende? Ahora, de algún modo, había descubierto a Buhler, ese alemán oriental, y todavía tenía mi nombre, por eso había acudido a mí, para darme otro soplo. En realidad Harper no tenía nada que ver.

– ¿Recibió usted un soplo anterior sobre Harper?

– Sí.

– ¿En qué consistió?

– Está en los archivos. Una vez a la semana Harper iba al desierto, a una carretera en particular. Supuestamente, dejaba algo allí. Una hora más tarde, un coche se acercaba y lo recogía.

– ¿Una entrega de material secreto?

– Sí.

– ¿Pero usted no estaba seguro?

– Sonaba demasiado bien para ser verdad.

– ¿Y qué opina esta vez con Buhler?

No estoy seguro de que no pensara lo mismo. Excepto…

– ¿Excepto qué?

– Quizás esta vez era yo el tipo al que le tendían la trampa.

De hecho, eso fue lo que pensó, ésa fue la primera cosa que se le ocurrió. Pero mientras contemplaba el cadáver de Buhler no estaba seguro de creerlo. Resultaba difícil imaginar que aquel viejo, con un cómico sombrero de paja, pudiera ser un agente comunista. Sin embargo, sabía que era eso lo que debía suponer, porque todo el mundo lo supondría. Pero ¿quién demonios era en realidad? ¿Y qué tenía que ver Buhler con él? Yaciendo allí de aquel modo, con hormigas en columnas marchando ya hacia la sangre, el cuerpo parecía curvado en un signo de interrogación que resumía la situación perfectamente. El viento suspiró y Tannis dejó vagar su mente con entera libertad, escuchando su sonido al escarbar en la creosota y la arena. Quería marcharse, sólo marcharse. ¿Y quién iba a enterarse? ¿Acaso oiría alguien una campana en el desierto? Pero sabía que no podía… no podía marcharse como si tal cosa. Supo enseguida que tenía que contárselo a ellos, e imaginó rápidamente lo que iba a suceder. Los coches patrulla del sheriff en la carretera con sus luces intermitentes… la zona acordonada alrededor del lugar donde yacía Buhler… los ayudantes trabajando codo con codo en la «búsqueda de huellas» alrededor del cadáver… El FBI, los agentes de seguridad de China Lake. Todos estarían allí… Lo imaginó claramente, con la vista baja, fija en el oscuro y confuso montón que era el cadáver. Luego levantó la cabeza y miró a lo lejos, en la noche. No distinguió nada. La oscuridad era tan profunda como una sima, y los arbustos parecían ir a la deriva por entre las sombras, y la arena alzarse y caer en oleadas. Pero sabía también que nadie lo descubriría a él en aquella oscuridad. Estaba solo, totalmente solo en la noche, y sintió una precisa resolución peculiar en él, como si los elementos en una lente alcanzaran una convergencia perfecta; dejó escapar lentamente el aire, luego llenó fácilmente sus pulmones. Estaba al borde de una deducción, de una revelación. Pero todavía no del todo. Aún le faltaba recorrer cierta distancia, la distancia, exactamente, entre él mismo y el alemán muerto. Justo entonces, casi sin darse cuenta, volvió a mirar el cuerpo de Buhler. Bien, bien, ¿qué tenemos aquí? Se acercó a él. Se paseó a su alrededor. Se quedó de pie junto al cadáver, mirando hacia abajo. Era como escudriñar un profundo y negro agujero. Le acometió una gran repugnancia, pues las hormigas, formando una delgada línea negra, trepaban en ese momento por la mejilla del muerto, bajaban por sus labios, dudaban, y luego se introducían en su boca. Aquel alemán muerto… «Esos hijos de puta alemanes»… La frase, escupida por tantos rostros terrosos, le pasó por la cabeza, como el recuerdo de un aroma familiar, pero exótico. Falaise. Ardennes. Remagen. ¿No serían acaso los nombres de perfumes en alguna lengua medio olvidada? No obstante, la recordaba. La guerra. El principio. Ahora volvía. Todos aquellos pobres mamones alemanes muertos. Tan sólo hombres que matar… y recordó entonces al alemán muerto, junto al jeep, al que las hormigas se habían comido hacía siglos. Así. Los soldados de grandes y antiguos ejércitos. Las contemplaba ahora. Picoteaban la oreja del pobre Buhler. Trazaban la línea de su floja mandíbula. Se metían en su boca, se afanaban entre sus dientes… Este alemán, aquel primer alemán muerto. «¿Por qué lo he hecho?» ¿Por qué había hecho todo aquello…? Pero era otra pregunta que por fin hallaba respuesta. La distancia se acortó, su mente hizo algo nuevo, la pequeña deducción llegaba ahora, después de haberse evadido antes. Las aletas de su nariz se estremecieron. Sí. Él era, después de todo, el único testigo. Era el único hombre que había conocido la experiencia de aquella noche, que se había ocultado en aquella oscuridad y sentido el auge y el declinar del viento del desierto. Y por lo tanto, sería quizás el único hombre en formular la pregunta. «¿Cómo había llegado el asesino y se había marchado luego?» Sí, él sería el único en preguntarlo porque la respuesta parecería evidente, había usado un coche o camioneta que Tannis sencillamente no había visto. Pero no había habido ningún vehículo; sobre ciertos asuntos Tannis sabía que era infalible. Así pues, ¿cómo lo había hecho el asesino? La pregunta era tan curiosa que encendió un Lucky y reflexionó sobre ella, se quedó allí de pie, con una pierna a cada lado del cadáver de Buhler, y la resolvió. Luego, moviéndose con rapidez, volvió a la camioneta. Encontró una linterna en la guantera. Miró hacia atrás en dirección al cuerpo, para recordar su posición, luego cruzó el pequeño círculo de asfalto en la dirección opuesta. Después de dar tres pasos echó a correr, con la pistola en la mano derecha oscilando junto a su costado y la linterna en la mano izquierda, aunque apagada, de modo que corría en la oscuridad. Corrió más rápido. Luego más rápido aún. Corría como un espíritu escapado de Ballarat, el pueblo fantasma que se hallaba carretera adelante, o un poseso, o un loco, o un indio, como un paiute loco, pues es una locura correr por el desierto en la oscuridad; ése es justo el momento en que tu pie tropezará con una serpiente. Pero siguió corriendo de todas formas a zancadas regulares y respirando con extraña facilidad, como si el viento soplara a través de él; finalmente dio la vuelta, trazando un enorme círculo de regreso hacia Buhler, para que así nadie descubriera nunca sus huellas o supiera lo que había hecho. Y entonces estuvo a punto de caer en lo que sabía que debía encontrar.

Una quebrada.

Una barranca seca.

O lo que pasaba por tal en aquel espantoso lugar. Las lluvias de siglos (cayendo apenas a gotas de año en año) habían excavado un canal en la llanura del desierto. Deslizándose por la pendiente alcanzó el fondo. Era sorprendentemente profundo, ya que las paredes le llegaban hasta los hombros. Encendió la linterna. Siguió con la vista el haz de luz, como si descendiera por un túnel o el pozo de una mina (¿se habría sentido Buhler en su elemento allí?) y su luz procediera de la lamparita de un casco de minero. Parecía estar descendiendo. Sentía una corriente de aire cálido y seco. El viento soplaba más arriba. Al doblar una esquina, una ráfaga arrojó arena como humo sobre su cara. Bizqueó y agachó la cabeza. Un ave pasó volando junto a él con un suave y lento batir de alas de lechuza. Un fragmento de creosota pasó rodando frente a él. Hizo oscilar la luz hacia atrás y hacia delante. En el terraplén y desde pequeñas madrigueras unos ojos blancos lo observaban fijamente y después de un instante fugaz, atrapada bajo el haz, una serpiente rey escarlata siguió su camino reptante. Durante veinte minutos estuvo avanzando con rapidez, luego más lentamente y por fin las descubrió, grabadas como con sólido hormigón sobre el caliche gris… tan fáciles de seguir como la blanca línea central de una carretera. Las huellas de un caballo. Era así de simple. Frescas como un escupitajo, pensó, y sonrió, conteniendo el aliento. Pero luego empezó a correr de nuevo con un trote regular, mientras la luz señalaba la zigzagueante marcha de las huellas. Tras recorrer cuatrocientos metros llegó a un lugar donde las huellas se confundían consigo mismas. Supo que el caballo había sido atado allí y vio las marcas en el terraplén que había dejado el jinete al encaramarse hasta arriba. Él mismo trepó, enfocó con la linterna y vio, incluso desde allí, el lugar donde yacía el cadáver de Buhler.

Un caballo… así era como lo había hecho. ¿Había llegado Buhler también a caballo? ¿O tal vez por un camino diferente? Con el viento golpeando con mayor fuerza su rostro, Tannis se deslizó terraplén abajo y alzó la linterna, apuntando con ella a lo largo del aluvión, buscando la respuesta. Pero la oscuridad se arremolinó en torno a él, el haz de luz vaciló como una vela y no había nada más que ver.

Pero lo que había descubierto bastaba. Se arrodilló, colocó la palma de la mano sobre la huella del casco del caballo y sonrió. Volvería y los llamaría. Sin embargo, allí había algo de lo que no debían enterarse. Un secreto. Del tipo más precioso, puesto que Tannis sabía que sin duda le conduciría a alguna parte.

3

Durante los seis días que siguieron, es decir, desde el viernes hasta el jueves siguiente, Tannis vio cómo se desplegaba la investigación oficial sobre la muerte de Buhler.

Disfrutaba de una posición privilegiada, pero no necesariamente cercana, ya que la dinámica de la mayoría de investigaciones sobre seguridad era centrífuga y él se vio rápidamente impulsado hacia la periferia. Pero no resultaba difícil adivinar lo que estaba ocurriendo; él mismo lo había hecho demasiadas veces. Habría mucho caos y confusión mientras se establecieran oficinas y comunicaciones, y luego el pesado trabajo de la rutina: entrevistas, informes y reuniones. Y todo, él ya lo sabía, se combinaría por el volumen mismo del esfuerzo, que en aquel caso era considerable. Llegaron muchos forasteros a Ridgecrest aquella semana y todo el mundo se enteró de que el FBI había tomado posesión de todas las habitaciones del Miracle City, el viejo motel justo enfrente de la base, donde la Marina aloja siempre a la gente.

Sin embargo, el lunes por la mañana, las cosas se habían calmado un tanto. Tannis se enteró de que el sheriff estaba fuera de la investigación y se fue a Independence, sede del condado, donde lo encontró en una cafetería. Tannis lo conocía desde hacía años. Era un hombre corpulento, sagaz y ecuánime, no del tipo que buscaba problemas, y Tannis sospechaba que se sentía muy aliviado de no verse mezclado en aquello. Pero, por principio, fingió resentimiento con poca convicción (el hombre desplazado de su propio territorio a causa de extraños) y permitió que le sonsacara los detalles de la autopsia. No obstante, no había grandes revelaciones; a Buhler le habían disparado a bocajarro con un rifle calibre 30-30 y había muerto más o menos de forma instantánea. El sheriff confirmó asimismo, aunque Tannis había visto ya la factura en el bolsillo del cadáver, que Buhler se había alojado en un motel en Lone Pine. En el camino de vuelta Tannis giró hacia el interior para echarle un vistazo. Sierra Peaks se llamaba, y estaba construido con troncos partidos por la mitad y tejado de placas de cedro. Los aparcamientos estaban señalados con postes para amarrar caballos. Sentado al otro lado de la carretera, Tannis pensó en Buhler con su sombrero de paja y su grueso traje azul; todo en él era incongruente, aunque en realidad se lo imaginaba perfectamente en aquel lugar. El motel tenía justamente la calidad rústica que podía atraer a un alemán, a un hombre que quizá no había disfrutado nunca de unas vacaciones y se había puesto aquel cómico sombrero para ambientarse. Pero aquello no olía a espionaje.

Al día siguiente se las compuso para descubrir algo más. En Trona hay un periódico semanal llamado Argus, que había recibido cierto número de llamadas con respecto a lo ocurrido el viernes por la noche. La gente hablaba de «extrañas luces en el desierto», y el FBI estaba preocupado por que se divulgara el tipo de historia equivocado. De modo que el agente especial encargado de la investigación le pidió a Tannis, quien conocía al editor, que mantuviera una charla con él. Desde luego, aquélla era una forma de involucrar a Tannis en el asunto, de tenerlo con ellos y, a modo de recompensa, le comunicaron un resumen informal sobre el curso de los acontecimientos hasta aquel momento. De esta forma se enteró de que el agregado legal del FBI en Bonn (conocido en su jerga como el Legat) había comprobado que la identidad de Buhler aparentemente era auténtica y que había cruzado legalmente a Berlín Oeste unos seis meses antes. Había cruzado solo, no tenía dinero, no había hecho intento alguno de ocultarse y, en apariencia, no abrigaba intenciones clandestinas en absoluto.

Más adelante, el miércoles, Tannis consiguió otro exquisito bocado, aunque tardó varios días en comprender su importancia, en esa ocasión aprovechándose del tipo de anomalía burocrática que sólo alguien como él podía descubrir. Ciento cuarenta y cinco kilómetros al sudoeste de China Lake se encuentra Barstow, una pequeña población sin mayor importancia, salvo por el hecho de que en aquel punto se concentran varias importantes autopistas interestatales y otras menos importantes (incluyendo la vieja carretera 66). Como consecuencia, prácticamente todo fugitivo que huya del sur de California está obligado a pasar por ella y, por lo tanto, hace tiempo que el FBI estableció allí una unidad de tres hombres, una Agencia Permanente. Éstos son los órganos más pequeños dentro de su burocracia, pero da la casualidad de que la Agencia de Barstow es la oficina más cercana a China Lake y, por consiguiente, el agente más antiguo, un hombre llamado Iverson, había sido el primer federal en presentarse en escena el sábado anterior. En realidad había hecho bien poca cosa, ya que resultaba obvio que el caso acabaría siendo llevado desde Los Ángeles, pero lo había «federalizado» (según la Sección 533, Título 28, del Código de Estados Unidos). Por este motivo, la Agencia de Barstow se convirtió automáticamente en la Oficina de Origen, la OO, para la investigación, lo que significaba que, según los métodos habituales del FBI, recibía una copia de todos los informes relacionados con el caso. Tannis conocía a Iverson, se presentó en su oficina el miércoles y almorzaron juntos. Sin tener que insistir demasiado, descubrió que Barstow había recibido un profuso mensaje directamente desde Bonn, en apariencia un abundante historial de seguridad que los alemanes habían recopilado ya acerca de Buhler. Era del tamaño de un libro, pero Iverson le enseñó a Tannis una única página. «Esto es lo que los puso nerviosos. Tú sabes alemán, quizá puedas decirme por qué.» Tannis lo leyó. Era un informe médico corriente en el que se afirmaba que Buhler padecía una enfermedad del corazón llamada cardiomiopatía. Iverson asentía al tiempo que Tannis concluía la traducción. «Eso lo explica todo. Les entró el pánico. Llevaron el cadáver a Los Ángeles e hicieron otra autopsia.» Tannis buscó el término y descubrió que la cardiomiopatía es una grave enfermedad cardíaca, a menudo consecuencia del alcoholismo.

No sabía qué significaba aquello. El miércoles por la noche estaba tan confundido como todos. Pero había participado en suficientes investigaciones como para saber que siempre se cerraban en círculo, lo cual implicaba que volverían a él. Así pues, aprovechó el tiempo para fisgonear y actuar un poco. Llamó a Howard Angell a Newport Beach para comprobar si el FBI se había puesto en contacto con él, cosa que no había ocurrido, y una tarde volvió a Lone Pine, donde conocía a un hombre que alquilaba caballos. Alquiló uno (hacía años que no montaba) y luego charló acerca de veterinarios y de dónde se podía comprar la comida, y de si había jinetes por el Panamint. No, que él supiera… No podía haber nada concreto sobre aquel punto. Algo ocurriría, o tal vez no.

Y entonces ocurrió. Bill Matheson, el director de seguridad de China Lake, es decir, el hombre que detentaba el cargo que Tannis había ocupado durante tantos años, le llamó y le pidió que fuera a verlo a la mañana siguiente.

– Han decidido que tienen que saber lo de Harper. Por supuesto, es evidente que tú eres la persona a quien hay que preguntar.

– ¿Es oficial?

– Digamos que apreciaríamos tu cooperación. Pero lo haremos aquí, en la base. El NIS ha enviado un equipo desde Washington. Quieren que todo quede en casa.

Una petición y no una orden, formulada por Matheson y no por el FBI directamente, que se realizaría en la base en lugar de en una oficina del FBI. Tannis sacó la conclusión obvia: la investigación estaba en un atolladero, necesitaban favores y lo animaban a unirse a sus filas. Lo que probablemente Tannis subestimaba, sin embargo, era el efecto de su reputación: estaban siendo delicados con sus susceptibilidades. A lo largo de los años había inculcado el temor del Señor a unas cuantas personas y hasta el último momento había mantenido la reputación de solitario recalcitrante. Además, según recordaba, podía hacer valer su rango sobre todos ellos. En todo lo que después siguió, aquello lo colocó en una situación ventajosa y, más sutilmente, de un modo que él no percibió, también le confirió otra ventaja: sólo un anacronismo andante podía haber comprendido lo que estaba pasando, y únicamente Tannis vivía tanto en el pasado como en el presente.

El jueves por la mañana, cuando se hubo levantado, afeitado y vestido, fue como si hubiera recuperado su antiguo trabajo. Su mente retrocedió hacia aquellos años. Condujo el coche a través del desierto bajo un cielo tan blanco como mahón [15] bien lavado; lo mismo podía haber sido veinte años atrás. Había un cambio sutil en su percepción, como si por un retroceso de la tecnología una película a color se hubiera convertido en blanco y negro. Estaba en una máquina del tiempo que lo devolvería a un mundo de férreas máquinas, tubos de vacío, baquelita y cigarrillos con filtro de corcho.

Extrañamente, en China Lake, tan modernizada en lo científico, no le resultó difícil mantener la ilusión. Había cambiado muy poco con el paso del tiempo, pues la misma distribución del lugar, planeada tan cuidadosamente como una zona residencial, lo constreñía a los modelos del pasado, un pasado fechado por la misma «modernidad» de sus edificios bajos y de techos planos. Existían diferencias, por supuesto. En los viejos tiempos había existido un control vigilado por marines, con M-1 en posición de tercien, pero aquella mañana hizo cola detrás de vendedores procedentes de Raytheon y Martin Marietta (con trajes de tres piezas y elegantes maletines) y recibió el pase de manos de una sonriente secretaria que trabajaba totalmente desprotegida en una recepción con aire acondicionado. Por otra parte, la carretera principal de la base, Lauritsen Drive, ya no estaba sucia, sino que era del más inmaculado asfalto, tan suave como una cinta de raso… de nuevo, una reciente subdivisión de la carretera le vino a la memoria. Pero estos pequeños toques eran tan sólo amables imposiciones del presente. En todo lo demás persistía el pasado. Por ejemplo, la entrevista se realizó en «la Casa Blanca», como se llamaba a la oficina principal de la base, uno de los edificios de madera originales, inundado de luz y reluciente barniz, como un club náutico o el hotel de una isla tropical. Las oficinas se abrían elegantemente desde el entresuelo y en la sala de juntas, donde el sol penetraba a través de las rendijas de las persianas, se tenía la sensación de que el tiempo estaba suspendido, como si al mirar al exterior a través de las persianas uno pudiera ver una amable escena de palmeras y agua reluciente, con un Mitsubishi Zeke dando vueltas haciendo su ronda. En realidad, como la mayoría de instituciones militares americanas, China Lake le debía mucho a Pearl Harbor, y en aquella habitación el pasado no parecía tan lejano. La sonriente expresión del presidente Reagan simbolizaba claramente esta ambigüedad, una sutil confusión entre el ayer y el hoy.

En cualquier caso, aunque no comprenderían por completo la causa, aquella dislocación del tiempo los afectaba a todos. Cuando Tannis entró, los dos agentes del FBI, e incluso los oficiales del Servicio de Investigación Naval, se apiñaban al fondo de la habitación, con aspecto incómodo y sintiéndose fuera de lugar. Con la punta del zapato uno de los agentes del FBI estaba jugueteando con la tapa de latón reluciente que cubría una toma eléctrica empotrada en el suelo: un anacronismo, acababa de decidir, que probablemente estaba pensado para utilizar otra cosa, quizá un proyector de películas de 16 mm. Asimismo, al mirar a Tannis, los dos hombres de la Marina encontraron algo que no era del todo correcto, aunque ninguno de los dos supo concretarlo: Tannis, de hecho, vestía un viejo uniforme, el de color caqui claro que solía servir de traje de fajina en la Marina antes de que se introdujeran los blancos de verano. Bien es cierto que ninguno de ellos había visto nunca tal uniforme, salvo en fotografías. En conjunto, todo aquello confería a Tannis todas las ventajas. El «sujeto», como el FBI lo había denominado, era quien en realidad llevaba las riendas; el interrogado halló respuestas para todas sus preguntas. El agente especial encargado, un hombre llamado Olin Nickel (venía de Los Ángeles, donde era jefe de un importante equipo de contraespionaje), no halló el modo de darle la vuelta a la tortilla. Más tarde le explicó a su ayudante (el hombre más joven, un agente especial ayudante llamado Colarco; el que había estado jugueteando con la tapa de la toma de electricidad) que aquel resultado era inevitable cuando la autoridad estaba dividida, aunque ambos sabían que en realidad no era ésa la explicación. En cuanto a los oficiales de Marina, lo vieron de un modo algo más positivo. Su postura (como ellos lo llamaban) era en parte defensiva, para proteger tanto su propia posición burocrática como la reputación de la Marina frente a un organismo civil, y así, el hecho de que ocurriera muy poco fue, si no una victoria, al menos no peor que una retirada. Su equipo estaba dirigido por un comandante, un hombre llamado Benson, joven, aunque veterano en las guerras burocráticas de Washington y Norfolk, pero tenía al lado un ayudante, un corpulento y lustroso negro, que estaba ganando peso en la cintura y el estómago, el teniente comandante Rawson, y que era la nota discordante final. En aquella habitación, bajo la tenue luz dorada, su rígido uniforme blanco pedía a gritos una servilleta doblada alrededor del brazo y una expresión muy diferente de su fácil y confiado aplomo. Fumaba un Kool lánguidamente; de vez en cuando miraba su gran reloj Rolex. Cuando se había construido «la Casa Blanca», la Marina de Estados Unidos no aceptaba negros en absoluto. Matheson, el director de seguridad de la base, su anfitrión y presidente, nominalmente quien se hallaba a cargo de todo, estaba más pendiente de sí mismo que de los demás. En realidad no le molestaban los negros, pero nunca había habido demasiados en China Lake y, a pesar suyo, seguía siendo de Arkansas. De modo que se encontraba cohibido y estaba empezando a tener un tic en el ojo. Por lo demás, era menudo y ágil, y estaba ya, a los cincuenta, camino de convertirse en un viejo menudo, correcto y honesto, como un diácono en su iglesia.

Tannis no se percató de aquella variedad de corrientes de inmediato. Él se sentía como en casa (¿a cuántas reuniones había asistido en aquella misma sala?), estaba en realidad algo perplejo por el embarazo de los otros y al principio se mantuvo tranquilo, mientras hallaba una salida a la tensión. Ésta se reveló típicamente mediante una discusión sobre el procedimiento. Tras hacer las debidas presentaciones e invitarlos a sentarse alrededor de la mesa (los hombres de la Marina y los del FBI tomaron posiciones opuestas, mientras que Tannis, el hombre de Estado de mayor edad, ocupó el lugar de honor a la cabecera), Matheson hizo algunos comentarios introductorios, que fueron sumamente precavidos. Dio las gracias a Tannis por haber acudido. Se señaló, para que constara, que lo había hecho voluntariamente. Todo el mundo esperaba sacar gran provecho de su vasta experiencia. Por supuesto, podía hablar libremente, puesto que todos estaban plenamente acreditados por la más alta instancia. Luego se refirió a un «acuerdo general» por el que estaban menos interesados en una repetición de los acontecimientos del viernes por la noche que en obtener una información general.

– En resumidas cuentas, Jack, en realidad lo que deseamos es utilizar tu cerebro. Queremos ampliar la perspectiva. Como le decía al agente Nickel, en estas cuestiones eres un archivo andante. Puedes hablarnos de lo de Harper, darnos una lección de historia, todo lo que consideres necesario.

Pero ese consenso se desmoronó rápidamente. Saltaba a la vista que no se había mantenido una discusión previa. Nickel se inclinó hacia delante; era un hombre que literalmente pretendía imponer sus puntos de vista. Existían ciertas cuestiones, dijo, que podría ser útil tratar, ciertos detalles que precisaban aclaración. Estaba seguro de que al capitán Tannis no le importaría. Sí, Nickel quería algo más que una información general. Había determinados puntos en la historia del capitán que no concordaban exactamente…

Pero Rawson, el negro, dio una calada a su Kool y torció el gesto.

– Olin, habíamos acordado que no íbamos a entretenernos con intrigas.

Discutieron tercamente y al contemplarlos Tannis empezó a captar por vez primera el alcance de su desacuerdo, no sólo entre ellos, sino que desentonaban también con aquel lugar, consigo mismo y con cualquier cosa que pudiera estar ocurriendo. Era especialmente cierto en el caso de Nickel. Aquella sala había devuelto a Tannis a los viejos tiempos, cuando los agentes del FBI compartían ciertas cualidades con el clero; tenían fe, o al menos responsabilidad, teman una racionalidad resuelta y creciente; mientras que Nickel era un burócrata puro. De un modo discreto, al menos de cara al público, Tannis había llegado a despreciar a tales hombres. El día anterior se había sonreído con aire de complicidad cuando el sheriff había dicho: «Nickel es el tipo de polizonte al que nunca se le quedarán los pies planos, pero apuesto a que es un caso desesperado de hemorroides.» Era la reacción de un hombre de acción frente a un hombre de despacho. Tannis se había pasado la vida en acción, pero en realidad los hombres como Nickel le interesaban, aunque sólo fuera porque demostraban cuánto había cambiado el campo de acción. Ahora eran los burócratas quienes dirigían las operaciones de inteligencia para conseguir objetivos burocráticos, de modo que era inevitable que hombres como Nickel las comprendiera mejor. Además, no había nada blando en Nickel, ni siquiera en lo físico. El traje se le arrugó alrededor de los hombros cuando se inclinó sobre las notas que estaban esparcidas por encima de la mesa; su rostro estaba grisáceo por la tensión. Sus expresiones, una rápida mirada hacia arriba, una leve sonrisa, marcaban los hechos, les conferían una forma invisible. Sabía adónde iba. Tenía dos objetivos primordiales. El primero resultaba obvio: el hombre que había llamado a Tannis; pero el segundo era más sutil, ¿qué significaba «Harper» exactamente? Pero abordó el tema desde un punto de vista inesperado e hizo que todo dependiera del comentario casual que Tannis había hecho sobre un delator en el caso Harper, una información crucial que había relacionado a Harper con los rusos. Nickel, que al final acabó venciendo a Rawson, preparó el terreno para llegar a ese punto.

– Según su declaración, capitán, ¿usted creyó que el hombre que lo llamó quería en realidad hablar de Harper?

– Sí.

– ¿Esa fue su primera impresión?

– En efecto.

– ¿Pero no es cierto que luego cambió de parecer?

– No. No fue así exactamente. Cuando reflexioné acerca de ello, me di cuenta de que quizá lo había dicho por otro motivo. Quizá me estaba diciendo: «Quiero hablar de Harper.» Pero podía estar utilizando ese nombre sólo para llamar mi atención. Si repasa mi declaración verá que él sólo sacó a relucir el nombre de Harper cuando le amenacé con no acudir a la cita.

– O sea que está de acuerdo en que tal vez mencionó el nombre de Harper sólo para llamar su atención. Y continuando a partir de este punto, esto no está en su declaración; creo que usted especuló con la posibilidad de que hubiera sido el individuo que le dio a usted la información sobre Harper en la época de aquel caso.

– Sí.

– ¿Lo confirma?

– Como hipótesis, por supuesto.

– Todos hemos leído el archivo, pero dejemos las cosas claras. Se trató de un individuo que le telefoneó el 5 de abril de 1960…

– Sí.

– ¿Y disfrazó entonces la voz?

– Sí.

– ¿Del mismo modo en que lo hizo el hombre que le llamó el viernes?

– No, el antiguo delator… se limitó a tapar el auricular del teléfono con un pañuelo, si mal no recuerdo. Nada del otro mundo. Mientras que el hombre que me llamó el viernes… en realidad disfrazó la voz con un acento mexicano.

– Aun así, volviendo al pasado, le dio a usted la información de que Harper iba a hacer una entrega…

– No exactamente. Dijo que Harper iba a conducir por una carretera concreta, a una hora en particular, cerca de Darwin Springs. Supuestamente lo hacía a menudo. Harper apareció allí, efectivamente, y más tarde un coche con cuatro rusos pasó por la misma carretera, pero no hubo ningún intercambio. Harper estuvo bajo vigilancia durante todo ese tiempo y no ocurrió nada.

– Y Harper explicó todo aquello -Nickel comprobó sus notas-, afirmó que se lo habían dicho, que alguien se lo había dicho…

– Fue su mujer. Él declaró haber recibido una carta anónima donde le contaban que su mujer tenía una aventura. Por lo visto ella tenía que encontrarse con alguien en aquel lugar. Ella solía salir a cabalgar con frecuencia. También lo hizo aquel día. Lo recuerdo…

– ¿Pero creyó usted esta versión? Harper no presentó nunca la carta.

– No. No creí este final. Lo inventó sin pensarlo en el momento de apuro y luego se aferró a él. No tengo la menor idea de qué demonios hacía allí.

– Bien, olvidemos esta cuestión por el momento. Usted tenía la información de que estaría allí, y así ocurrió. Lo que me preocupa ahora es ese delator. Quiero que recuerde. El delator ¿habló con usted entonces y sólo con usted?

– Sí.

– Así pues, teniendo en cuenta que disfrazó la voz, ¿podría haberse tratado del mismo hombre en ambos casos?

– Sí.

– ¿Y en ambos casos, probablemente era alguien que le conocía?

– Probablemente -contestó Tannis, sacudiendo la cabeza-, pero no necesariamente. Ni entonces ni ahora. Trabajamos mucho para descubrir quién podría ser aquel hombre y cómo sabía que Harper iba a estar allí, pero sólo llegamos a la conclusión de que debía ser un hombre de la zona.

– O sea que podría ser alguien que le conociera.

– Podría. Sí.

– ¿Y el hombre del viernes podría conocerle?

– Sí.

– De hecho, el viernes dio por sentado que usted lo reconocería. O al menos creyó que quizá lo reconociera. Fue sólo al comprobar que usted no lo hacía cuando sacó a relucir a Harper, como acaba de señalar.

– En efecto.

– Y entonces usted pensó…

– Agente Nickel, no hagamos una montaña de esto. Se me ocurrió, especulé, que esa persona no estaba ya interesada en Harper, pero que Harper podría haber sido la base de nuestra primera conexión, una conexión previa que ese hombre insistía en afirmar que habíamos tenido. Así que recordé a aquel delator. En aquella época, obviamente había sabido algo de Harper, lo suficiente para llamarme. Y quizá yo estaba en lo cierto. Después de todo, si quería hablar de Harper el viernes, ¿por qué no lo hizo?

Rawson, apoyado sobre un codo, medio reclinado sobre la mesa, murmuró:

– Un viejo principio legal, Olin. Existe intención en las consecuencias naturales de nuestros actos.

– Algo así -concedió Tannis-. Si se concentra en lo que ocurrió realmente, el nombre de Harper me atrajo hasta el Hideaway, y luego la nota me condujo al Panamint, por lo tanto, el objetivo de todo aquello era probablemente conseguir que yo fuera a Trona. Por la razón que fuera. Quizá Harper no tenía nada que ver con todo aquello. Al mismo tiempo, yo diría que usted no quiere que los árboles le oculten el bosque. Cualesquiera que fueran sus motivos, él sabía lo de Harper, y sabía que yo también lo sabía.

– Oh, no se preocupe, capitán… comandante… Ese hecho delimita nuestro universo de sospechosos. Lo que ahora me gustaría hacer…

Rawson empezó de nuevo a discutir. Tannis escuchó con menos atención. No estaba seguro de qué iba todo aquello, pero estaba llegando a una conclusión por la línea del interrogatorio de Nickel. Aunque estaban interesados en Harper, en realidad querían evitarlo. De hecho, aquélla era su primera impresión global: estaban evitando algo, retrocediendo. Había un cierto punto obsesivo que les preocupaba, tanto que no habían acertado con la gran pista, ni siquiera cuando él se la había dado. Y en realidad el mismo Tannis estaba tan concentrado en descubrir lo que ocurría que casi la pasa por alto él también. Pero consiguió cazarla al vuelo y no cabía duda de que se añadiría a sus ventajas: la extrañamente favorecedora luz que caía sobre él en aquella habitación, los ecos de voces que recogía de los rincones, su sentido de algo déjà vu como el sonido del agua reluciente sobre la larga y barnizada mesa de reuniones. No había estadísticas, ni probabilidades o parámetros; se trataba de pura deducción.

En aquel momento había trazado un círculo desde Harper hacia atrás para llegar de nuevo al comunicante anónimo de Tannis, y Nickel se apuntó otro tanto sobre Rawson, quien finalmente cruzó los brazos sobre el pecho y miró de soslayo la mesa con una expresión que expresaba en parte aburrimiento y en parte desprecio. Matheson estaba nervioso; cualquiera que hubiera sido su propósito estaba claro que no había funcionado. Benson, el jefe nominal del equipo de la Marina, apenas había pronunciado una palabra. Colarco, el ayudante de Nickel, miraba alrededor con ojos brillantes, curiosos y penetrantes. Estaba aprendiendo de todo aquello, como el chico listo de la clase. Al final Nickel empezó a leerle a Tannis en voz alta una lista de nombres. Pretendía refrescarle la memoria. Como un último disparo Rawson murmuró:

– ¿Es eso lo que llaman asociación libre, Olin?

Nickel lo ignoró.

– Son todos nombres que usted debe de conocer, capitán. Lo que quiero saber es si alguno de ellos podría haber sido quien le llamó.

– Ajá. Si me suena…

– Robert Chapman.

Tannis sacudió la cabeza.

– ¿Es eso una negativa?

– Negativo.

– Johnathan Frank.

– Negativo.

– Carver Davis… -Era una lista interesante. Tannis se preguntó cómo se las habrían arreglado para reuniría. Sus antiguas facturas de teléfono. Su archivo personal. Algunos habían sido compañeros de estudios en CalTech, a quienes apenas recordaba. Y también tenían los archivos de seguridad que él había manejado más de veinte años antes. Y disparos al azar.

– Denovan Hill.

– Negativo. Está muerto.

– Por amor de Dios, Olin…

Pero recordaba a Hill. Formó parte del equipo que había ido a Formosa en 1958. El grupo estaba compuesto por tres científicos de China Lake, más los de la Marina, más los de la CIA. En secreto habían equipado un escuadrón de Sables Nacionalistas con misiles Sidewinder que, al día siguiente, habían derribado catorce Chicom Migs, los primeros aviones de la historia en causar víctimas con misiles con sistema de guiado. La crisis de Formosa había concluido rápidamente… Nickel continuaba. Científicos, personal de apoyo, tipos de la Marina. No parecía seguir ningún orden, pero entonces, en un determinado momento, Nickel dejó de leer e inclinó la cabeza en dirección a Colarco, quien se sacó un magnetófono con microcasette del bolsillo y apretó un botón.

– La misma idea, capitán, pero ahora se trata de voces.

En realidad muchas de esas voces (borrosos recuerdos acudieron a su mente) pertenecían a nombres de la lista anterior, lo cual significaba que debían de proceder de conversaciones telefónicas intervenidas con veinte años de antigüedad. La mayoría habían sido modificadas. Estaba escuchando tan sólo una parte de una conversación. Varias voces tenían acentos extranjeros; Colarco rebobinaba tranquilamente la cinta y pasaba esas voces dos veces. Un par correspondía sin duda a ingleses. Al oír otra, aguzó el oído. «Es la toma de fuerza… Eso es cierto. Pero tendré que irme a Oxford en cualquier caso. Evidentemente ellos no… No. No, si llegan esos cheques, hay que pagarlos como de costumbre… Correcto…»

– Ése es Harper -declaró Tannis de inmediato. En realidad lo dijo casi involuntariamente. Había reconocido la voz al instante, aunque también supo instintivamente que así era como sonaba la voz de Harper ahora. La voz era más madura, más fuerte… aunque, a pesar de ese instantáneo reconocimiento, seguía sin recordar su rostro, seguía sin tener la menor idea de cómo era el hombre. Pero ellos tendrían una foto. La cinta seguía sonando. Más voces. Sus buenos diez minutos de cinta, fragmentos, retazos. Incluso unas cuantas mujeres, que provocaron un gruñido de Rawson. Luego una voz hablando alemán. Su mente tardó un instante en ajustarse. «Ya se lo he dicho muchas veces, he venido por mi corazón, porque necesito una atención médica especial, y porque ya no tengo lazos familiares allí. Mi familia está muerta y la mayoría de mis amigos… Sí, es cierto, mi hermana aún vive, y supongo que sí, lo arreglaré para que venga. Pero ni siquiera eso es seguro. Es más joven que yo. No podrá jubilarse hasta dentro de unos años, y para entonces…»

– Negativo -dijo Tannis-. Pero yo diría que ése era Buhler.

Momento en el que, por primera vez, intervino Benson.

– Tiene razón, capitán. Pero si no le importa, agente Nickel, creo que está llevando las cosas demasiado lejos. La declaración del capitán fue muy clara. Quien le llamó podía haber tenido acento alemán, pero hablaba inglés. ¿Estoy en lo cierto, capitán?

– Ajá.

Y entonces Rawson, aún apoyado sobre la mesa, exhaló un poco de humo y murmuró:

– Comprendido, capitán. No sabemos gran cosa de Walter Buhler, pero sí sabemos una cosa, no hablaba una sola palabra de inglés. Ni una palabra. No hay forma de que pudiera haber sido su misterioso comunicante.

«No hablaba una palabra de inglés.» Ahí estaba. Tannis percibió su importancia de inmediato, aunque no supo exactamente por qué. Pero no se le pasó por alto. Quedó grabado. Y Tannis se reclinó y esperó a que los otros sacaran provecho de aquello, pero siguieron adelante.

– De acuerdo, capitán -dijo Nickel-. No continuaré. Doy por supuesto que si recuerda algún nombre, nos lo hará saber.

– Por supuesto.

– Independientemente de las consecuencias.

– No creo que sea necesaria tal reserva -intervino Matheson.

– Lo retiro entonces. Pero creo que en el archivo del caso se menciona, capitán, que usted no creyó nunca que Harper fuera culpable.

– Está en el archivo.

– Y, de hecho, capitán, ése fue el caso más importante de su carrera.

– No.

– ¿No?

– Tuve casos más importantes que ése en Alemania. Se podría decir que Harper fue el caso sin resolver más importante de mi carrera.

– Capitán, ese caso se cerró oficialmente hace veinticinco años. No hay nada sin resolver en él.

– No esté tan seguro. Nadie fue nunca a la cárcel.

– Los dos sabemos muy bien lo que significa eso: absolutamente nada.

Tannis comprendió entonces adónde apuntaba Nickel, pero Benson lo interrumpió, bien en una obstrucción deliberada, o en una sutil connivencia, no estaba seguro.

– No lo llevemos demasiado lejos, capitán, pero si Harper no lo hizo, ¿quién fue? ¿Quién cree usted que le dio el Sidewinder a los rusos?

– Si el caso está resuelto, sin duda mis teorías al respecto están fuera de lugar.

– Bien… -Benson sonrió-. Quizá. Pero debe comprender, capitán, que yo no tengo ninguna teoría acerca de ello. Y como dice el comandante Matheson, usted es el cronista, el historiador.

– De acuerdo -contestó Tannis, encogiéndose de hombros-. ¿Por qué no? Tendremos que remontarnos en el tiempo. Es de suponer que los rusos tuvieron el Sidewinder ya en el 58, pero tendrán que remontarse aún más, al 56. Veintinueve de octubre, ésa fue la fecha en que se inició la Guerra de los Seis Días…

– Quizá tenga que explicársela a nuestros colegas civiles… -le interrumpió Rawson.

– Los israelíes, los británicos y los franceses invadieron Egipto. Los israelíes destruyeron la fuerza aérea egipcia antes de que despegara, y sin cobertura aérea, su ejército fue destruido. El Canal de Suez quedó fuera de servicio.

– En realidad -adujo Nickel-, conocemos la historia. Nuestros chicos ganaron.

– Excepto por el hecho de que surgieron dificultades. Para Eisenhower. Si apoyaba a los israelíes y los británicos, se convertía en un imperialista y empujaba a Nasser y a los árabes hacia los rusos. Pero los israelíes eran nuestros chicos, todo el mundo lo sabía. Así que al final Eisenhower los detuvo. Eso supuso el fin de los británicos, esa única semana. Pero en los años inmediatamente posteriores a aquella guerra nosotros intentamos mantener una postura de equilibrio, tratando de no favorecer a ningún bando. O de parecer que no favorecíamos a uno de los bandos. Tal era el caso especialmente cuando se trataba de armas, en concreto aviones y misiles. Para los israelíes los aviones y los misiles eran vitales. Superados en número como estaban, debían tener la superioridad aérea. Eso significaba que debían tener el Sidewinder, y debían tener además un suministro seguro, un suministro que no pudiera ser suspendido por el Congreso y que no nos creara una mala imagen. La solución era evidente. En 1958, 1959 y 1960, este lugar era un hormiguero de científicos israelíes. En el comedor se servía comida kosher [16]. Y en 1961 la Autoridad Rafael para el Desarrollo Armamentístico empezó a producir una versión del Sidewinder bajo el nombre de Shafrir… ¿Comprende?, no estoy diciendo que los israelíes se lo dieran, pero sí que ocurrió durante este proceso.

Benson irguió la cabeza y lo miró pensativo.

– No se menciona nada de esto en el archivo.

– ¿Le sorprende?

– Entonces, lo que está diciendo -gruñó Rawson- es que Harper era verdaderamente apropiado. Eso significa. Incluso el hecho de que no hubiera pruebas suficientes para acusar a Harper resultaba perfecto. Con ello se conseguía que todos los demás quedaran libres de responsabilidades. -Se reclinó en su asiento, que crujió bajo su peso-. Pero permítame que le haga una pregunta. ¿Tiene alguna prueba que sugiera que la muerte de Buhler, algo que haya ocurrido desde el viernes por la noche, apoya su teoría?

– No.

Rawson asintió y miró a Benson de reojo. Eso era lo que estaban buscando desde el principio. Pero de inmediato Nickel se lanzó hacia delante.

– ¿Pero no es cierto que le gustaría que se reabriera el caso Harper?

– No especialmente. -Tannis alzó la mano-. Esto es ridículo. Lo que usted está tratando de sugerir…

– No estoy sugiriendo…

– Yo creo que sí, y no me gusta. Está insinuando que yo he usado la muerte de Buhler para reavivar el caso Harper. Pero recuerde que soy un oficial retirado de la Marina de Estados Unidos. En otro tiempo fui director de seguridad de este lugar. Y usted conduce una investigación sobre una amenaza para la seguridad de esta nación. Por lo tanto, no voy a darle a usted, ni a ningún otro federal, pruebas falsas sobre nada, cualesquiera que sean mis sentimientos personales.

Los labios de Matheson se convirtieron en una delgada y forzada línea.

– Bien dicho, Jack. Era necesario puntualizarlo.

– En cualquier caso -prosiguió Tannis-, si hay una relación, Buhler tiende a confirmar, ¿cómo debo llamarlo?, la versión estándar, que Harper lo hizo.

Tannis observó que el rostro de Nickel cobraba una expresión burlona, ansiosa. Entonces comprendió el porqué. Había planteado una estrategia, y era instructiva. La única evidencia que relacionaba la muerte de Buhler con Harper era su informe sobre la llamada telefónica, y estaban intentando afirmar que él se lo había inventado, que su interlocutor no había mencionado a Harper en absoluto o, al menos, que tenía una intención diferente al sacar a relucir su nombre. Eso significaba que, por alguna razón que se le escapaba, querían desligar por completo la muerte de Buhler de toda consideración sobre seguridad. Lo cual le parecía bien, Dios lo sabía. Había jugado como ellos habían querido, y aun así había ganado.

– No comprendo adónde quiere ir a parar -manifestó Nickel finalmente.

– Yo diría -intervino un Benson pacificador- que lo que usted quiere decir, capitán, es que Buhler procedía del Este, que quizá era del KGB, y por lo tanto, crearía un contexto desfavorable, desde el punto de vista de Harper, en el que volver a destapar aquel asunto.

– Algo parecido. Usted ha leído el expediente. La mayor prueba que existía contra Harper era su viaje a Checoslovaquia.

De hecho, Benson se había leído el expediente.

– Adujo que había ido a visitar a un amigo, Miroslav… el Impronunciable. Un viejo amigo de su padre, que había pagado su educación o algo parecido.

– El padre de Harper era un técnico -explicó Tannis, tras asentir-, un armero de la RAF Benson durante la guerra. Allí tenía su base el Reconocimiento Fotográfico británico. Miroslav Rechcigl era piloto, primero en Spitfires y luego en Mosquitoes. Acabaron conociéndose. Fue el padrino de Harper. En 1948, cuando los comunistas tomaron el poder en Checoslovaquia, volvió para intentar detenerlos. Por supuesto, no lo consiguió. Y se quedó atrapado allí. Pero tenía un montón de dinero en la cuenta corriente de un banco británico, en su mayor parte su paga acumulada desde la guerra. Se las arregló para transferir el dinero a Harper y así fue como éste llegó a Cambridge. Le estaba muy agradecido. Quería darle las gracias a Rechcigl y fue a verlo.

– Sin decírselo a nadie -afirmó Benson.

– Pero ése no era el punto principal -intervino Nickel-. Lo que no ha dicho, capitán, es que Rechcigl siguió volando después de la guerra para los británicos, quienes enviaron Mosquitoes en misiones fotográficas de espionaje sobre Rusia hasta 1950. Debemos suponer que los checos lo sabían. Debieron trabajarse a Rechcigl y a partir de ahí, el paso hasta Harper era muy corto.

– Puede pensar lo que quiera -replicó Tannis-, pero nunca hubo ninguna prueba. Justo lo contrario. La visita de Harper fue improvisada. Rechcigl no tenía la menor idea de que iba a presentarse. Y por el modo en que Harper lo contó, Rechcigl se mostró preocupado todo el tiempo, porque su visita lo señalaba como alguien que tenía conexiones con el Oeste.

Nickel zanjó la cuestión en aquel punto:

– No voy a discutir con usted, capitán. No tiene sentido. Porque no veo qué conexión podría tener todo eso con Buhler. Buhler era un germano oriental, no checo. Por lo que hemos podido averiguar, no tenía relación alguna con ningún servicio de inteligencia, ni en la época de Harper ni ahora. Déjeme establecerlo así en el acta: hasta este momento no hemos conseguido establecer ningún nexo de unión entre la muerte de Buhler y el caso Harper.

– Excepto -lo interrumpió Rawson- que usted dice que su comunicante nombró a Harper.

– Pero eso podría tener varias explicaciones -añadió Benson-. Por eso es un punto tan crucial. Y admito que me intriga la teoría del capitán, en cuanto al soplo sobre Harper, quiero decir. Podría tener sentido. El delator es un hombre de la zona. Ahora descubre que un germano oriental se aloja en un motel en Lone Pine. Llama al capitán Tannis para contárselo. Cuando le parece que quizás el capitán no le escucha, nombra a Harper para que el capitán se lo tome en serio.

– Por supuesto -dijo Tannis-, el problema es que no me contó nada. Y Buhler no estaba sólo alojado en un motel; acabó en el desierto con una bala en el cuerpo.

– Así pues -adujo Rawson-, no cree usted en su propia teoría… No, no, comprendo. No la presentó como teoría. Lo que me pregunto es una cosa; volviendo a su teoría, y es su teoría, sobre los israelíes, me refiero, suponiendo que tuviera razón. Prácticamente convierte el soplo original en parte de una conspiración.

– Tal vez. O quizá tan sólo de una metedura de pata.

– Pero nadie le creyó en su momento. De hecho, algunas personas dijeron que estaba usted tan convencido de que su amigo Harper era inocente que…

– No era mi amigo, comandante. En general no me caen bien los británicos. Y él no era más que un mocoso británico arrogante y estirado…

– … que estuvo a punto de suprimir aquel soplo, de no emprender ninguna acción y que había habido otros.

– Tiene suerte, comandante -contestó Tannis, sonriendo-. Nunca golpeo a las personas que llevan gafas.

– ¿Gafas?

– Exacto. «Algunas personas dijeron», ésas son sus gafas. Por supuesto, si desea quitárselas, cuéntenos lo que usted opina…

Tannis inició el movimiento de levantarse de la mesa, gesto que era casi con toda seguridad teatral, aunque Rawson pareció rápidamente aturdido por el pánico, y Benson, apartando su silla hacia atrás, no lo parecía mucho menos. Nickel sonrió. Delante de él tenía un antiguo archivo del caso Harper. Alguien había escrito en el margen: «Tannis (lo habían subrayado con tanta fuerza que el bolígrafo había atravesado la página), qué hijo de puta, es del tipo que te metería una serpiente de cascabel en el bolsillo y luego te pediría una cerilla.»

Al final Benson hizo el papel de diplomático, se calmaron los ánimos y Tannis se apaciguó, aunque a cierto precio. Hicieron una pausa para tomar café, pero inmediatamente después Tannis tomó la iniciativa por completo.

– Bien, aclárenme un punto -preguntó-. ¿A qué se debe que todos estén tan seguros de que Buhler no era un espía?

Al decir estas palabras, Tannis no tenía ni idea de lo que esperaba como respuesta. Se limitó tan sólo a exponer el problema fundamental. Y a pesar de las tensiones existentes entre el grupo de Nickel y el de Benson, era un problema al que ambos grupos se enfrentaban. Por eso se mantenían oscilando entre la lucha cuerpo a cuerpo y la connivencia. Se hallaban en tierra de nadie. Se enfrentaban con algo que sin duda iba más allá de su experiencia habitual: métodos policiales, técnicas de seguridad perimétricas, reglas para mantener a raya a los diplomáticos. Pero Tannis no estaba en absoluto nervioso. Encendió un Lucky. Después de todo había matado a un hombre a sangre fría (¿lo habría hecho alguno de aquellos hombres?), conocía esa definición de la guerra fría. Había estado en el meollo desde el principio, sabía todo lo que había que saber acerca de China Lake. Eso era lo que sentía, una continuidad entre su propia vida, el aire en aquella habitación y lo que había estado escuchando, un sentido de que había estado allí mucho tiempo atrás, una continuidad que Nickel no experimentaba. Ni tampoco Benson. Tannis lo contempló mientras empezaba a hablar. Tannis recordaba un tiempo en que los oficiales de la Marina habían sido hijos de oficiales de Marina, o hijos de alguien: el hijo del propietario del Primer Banco Nacional de alguna pequeña y decente población, o el hijo del hombre que era dueño de los grandes almacenes locales, o el hijo del tipo que vendía acciones y bonos. Estaban en la Marina porque eso era lo que ellos eran y actuaban en consecuencia. Tannis lo comprendía. Pero Benson no era hijo de nadie. Benson tenía la carrera naval. Tenía estudios. Asistía a cursos. Podía comunicar y dirigir. No fumaba y sólo tomaba una copa por compromiso social. Si tenía estrés, tomaba un Valium. Buhler, fuera quien fuese, procedía de un mundo diferente, y también Tannis, así como la habitación. Todos formaban parte de una historia de la que Benson se había visto separado, y en realidad debía concedérsele el mérito de ser lo bastante consciente de ello como para sentirse incómodo.

– Bien… es demasiado tajante, capitán, decir que Buhler no era un espía, y yo no diría que estamos seguros. Pero es cierto que no hay pruebas de que Buhler constituyera una amenaza para la seguridad en absoluto. Por ese motivo la relación con Harper es tan desconcertante, por eso nos hemos mostrado tan interesados en esclarecer ese punto.

Miró un expediente que tenía delante. Junto a él, Rawson hacía girar su asiento con un brazo por encima del respaldo. Nickel se arrellanó, como indicando que su tarea había concluido. Entonces empezó Benson.

– Sabemos muchas cosas de Buhler, demasiadas, pensaría uno, si realmente era un espía. Para empezar, los documentos que usted le halló encima eran todos auténticos. Era exactamente quien decía ser. Nació en Leipzig. Tenía un hermano mayor y una hermana menor. Toda la familia trabajaba en los ferrocarriles alemanes y, esto nos inquietó por un tiempo, eran todos comunistas. Quiero decir con eso que todos eran miembros del Partido Comunista de Alemania, el KPD. La policía alemana tiene una lista completa de sus miembros, de modo que podemos estar seguros.

– El problema es -dijo Tannis- que hay un montón de nombres en esa lista.

– En efecto. Si todos los antiguos comunistas alemanes fueran espías… Y Buhler era muy joven en todo caso, de modo que probablemente no llegó a estar demasiado involucrado. Pero tanto su padre como su hermano mayor tenían cargos importantes en sindicatos y cuando los nazis llegaron al poder los metieron a todos en un campo de concentración. Buchenwald.

– Allí fue adonde enviaron a la mayoría de KPD -corroboró Tannis.

– Eso me han dicho. En cualquier caso, el padre murió allí. Pero a los dos hermanos los trasladaron a un campo satélite cerca de una ciudad llamada Nordhausen. En una confluencia de vías


férreas no muy lejos de Erfurt. Por supuesto, también esto me lo han contado. Por lo visto se trataba de un campo de trabajo, no de un campo de la muerte, aún estamos tratando de descubrir más cosas sobre él, pero también estaba dominado por los comunistas y había una especie de Resistencia interna. Al hermano de Buhler lo mataron por pertenecer a ella. Sin embargo Buhler sobrevivió. Estaba muy delicado, en la enfermería, pero vivo, cuando el campo fue liberado. Eso fue en abril de 1945. Tercera División Blindada, Primer Ejército Americano…

– Entonces debió de tener contactos con americanos, ¿no?

– Sí, y estamos tratando de descubrir algo, pero hasta ahora nuestros esfuerzos han sido en vano. Probablemente nada conseguiremos, puesto que no se entretuvo allí demasiado tiempo. A finales del verano estaba de vuelta en Leipzig. Aseguró estar buscando a su hermana y cuando la encontró se fueron a vivir juntos. Consiguieron salir adelante. En realidad, todo lo que ocurrió después de la guerra resulta muy normal. Ninguno de los dos se casó. Leipzig acabó en la zona oriental, pero eso no les preocupó puesto que ambos eran rojos. Buhler volvió a trabajar para los ferrocarriles, era maquinista, y así continuó hasta el retiro laboral. Todo eso puede demostrarse documentalmente, por cierto, porque los ferrocarriles estatales publican una revista interna y cada tantos años se hacía merecedor de un premio o elogio, hay incluso un par de fotografías. En cualquier caso pasó el tiempo. Y entonces, el año pasado cumplió los sesenta y cinco y se retiró. -Balanceándose hacia atrás en la silla, Benson dio unos golpes con el lápiz sobre un expediente-. Ése es un punto importante -prosiguió-. Al parecer, bajo ciertas condiciones, cuando un germano oriental llega a los sesenta y cinco, es libre de abandonar el país. A menos que se haya tenido un trabajo comprometido, uno se puede marchar tranquilamente. No te pagan la pensión y sólo puedes llevarte lo que puedas transportar en una sola maleta, pero puedes marcharte. Es un modo muy limpio de trasladar sus problemas geriátricos a Occidente. Eso fue lo que hizo Buhler. Sencillamente, atravesó caminando el Control Charlie el pasado enero. El doce de enero. Miles de alemanes orientales hacen lo mismo cada año, y en Alemania Occidental tienen programas que se ocupan de ellos. Siguiendo el procedimiento rutinario, Buhler fue enviado a un centro de recepción de Giessen. Allí lo sometieron a un control de seguridad, que es de donde ha salido la mayor parte de esta información; de ahí procede también la cinta que hemos escuchado. Era un control rutinario, pero lógicamente los alemanes occidentales estaban interesados. Era comunista. Probablemente podría haberse escapado en 1945, pero no lo intentó. ¿Por qué se iba ahora? La dificultad estribaba en que tenía respuestas perfectamente válidas para todas sus preguntas. Afirmó que tenía mal el corazón y que quería estar cerca de los medicamentos y los hospitales occidentales. Los alemanes lo comprobaron y era cierto. Nuestros médicos lo corroboran; les pedimos que hicieran otra autopsia en Los Ángeles. Además, según los alemanes, probablemente estaba preparando las cosas para la llegada de su hermana. Ella era más joven, pero sólo faltaban unos pocos años para que se retirara. Todo fue comprobado; para los alemanes occidentales Buhler parecía totalmente inofensivo. Lo establecieron en Berlín. Solicitó pasaporte, el BND se tomó su tiempo, pero lo aprobó. Dos días más tarde cogió un avión con dirección a Nueva York. Se quedó allí a pasar la noche y luego tomó otro avión para venir a Los Ángeles. Era evidente que estaba haciendo algo. Se fue del Este a la primera oportunidad. Solicitó un pasaporte alemán federal con la mayor prontitud. Pero todo lo hizo abiertamente; siempre utilizó su propio nombre, no intentó en absoluto ocultar sus pasos. Por lo que sabemos, no vino a esta base ni se puso en contacto con nadie que trabajara aquí. De hecho, no estamos absolutamente seguros de que estuviera alguna vez en Ridgecrest. Además, al parecer no sabía apenas inglés. Consiguió que alguien en Alemania (creemos que fue alguien que conoció en Giessen) le escribiera las respuestas en inglés al tipo de preguntas que se han de contestar en el impreso para alquilar un coche, y en Los Ángeles se limitó a entregarle el impreso a la mujer de Hertz. Y el encargado del lugar en el que se alojó en Lone Pine dice que apenas sabía decir hola. -Benson se giró un poco en la silla y se encogió de hombros-. Así que ya sabe lo que tenemos. Un hombre mayor con una enfermedad del corazón que no sabía hablar inglés. No era el tipo de persona que se escoge como agente, en especial el KGB.

– No. ¿Pero qué estaba haciendo allí? ¿Y por qué lo mataron? Aún tienen que responder a eso.

– Esto es como una vieja película de Audie Murphy -intervino Rawson-. Ya sabe, fueron aquellos soldados americanos en 1945. Buhler se metió en una partida de póquer y le ganó un mapa a uno de ellos. Se suponía que señalaba el emplazamiento de una mina de oro. Así que, en cuanto llegó, salió a buscarla, pero alguien le ganó por la mano.

– Quizá no esté tan lejos de la verdad como cree -observó Tannis.

– Lo estamos comprobando -dijo Nickel-. Es decir, seriamente, tratamos de encontrar una explicación personal para sus movimientos.

– Pero si fue así como ocurrió -adujo Benson-, no es asunto de nuestra competencia. Lo que, como debe suponer, nos lleva de vuelta a Harper. Por eso Harper es tan importante.

Tannis asintió. Ahora lo comprendía. Claro está que sólo se lo tragó a medias. No descartarían a Buhler tan radicalmente como pretendían. Había sido asesinado, era un germano oriental y todo había ocurrido demasiado cerca de la base. Pero no era un agente, no cabía la menor duda. El único nexo era Harper y ese nexo lo había establecido él. Lo que significaba que él, Tannis, era el piano que tendrían que mover si querían barrer todo aquello bajo la alfombra. Por lo tanto, le había llegado el turno de echarse atrás. De hacer el trabajo pesado. No negó ni se contradijo a sí mismo (no se desvió de la verdad ni una sola vez), pero, en una especie de autoinvestigación, planteó dudas, sopesó posibilidades y exploró alternativas. Intentó darle cierto crédito a la «teoría del primer delator», puesto que ya había conseguido cierta aprobación. «Yo no insistiría. Es sólo una idea. Pero debo admitir que, cuando pienso en ello, creo que realmente tenían el mismo aire…» Les vio relajarse mientras hablaba, volverse comprensivos. Hicieron otra pausa para café. El tono mejoró. Mantuvo una tranquila conversación confidencial con Nickel. No se retractaría (lo dejó bien claro), pero tampoco causaría problemas. Siguieron trabajando hasta la hora de comer. A medida que iban sintiéndose más cómodos juntos alrededor de aquella mesa, la deformación del tiempo en aquella habitación volvió a desempeñar su papel, pero de un modo totalmente distinto. La polaridad se invirtió. Tannis retrocedió mucho, mucho tiempo. Tannis conocía épocas de las que ellos sólo tenían vagas referencias, pero lo único que eso quería decir, bien mirado, era que Tannis resultaba un perro viejo interesante. Era realmente viejo. Su época había pasado. Nadie quería tomárselo demasiado en serio. Dios sabía lo que habría oído en realidad aquel viernes por la noche. Tannis vio aquellos pensamientos en sus ojos, en su mirada cristalina e indulgente. Y, mientras seguía hablando, hubiera jurado que se estaban aburriendo como ostras. Pero a ellos se les había escapado. Eso era lo que él estaba descubriendo mientras volvía una y otra vez sobre lo mismo, dándoles una oportunidad tras otra de descubrir lo que estaba debajo de sus narices. Y cuando Matheson dio por finalizada la reunión, «Jack, creo que los demás estarán de acuerdo conmigo en que nos has sido de gran ayuda», por fin se convenció de que literalmente se les había pasado por alto. Claro está que, con el tiempo, acabarían por descubrirlo. Cuando todo estaba dicho y hecho, aquellos hombres eran policías profesionales, pero en ocasiones se veían atrapados por esa misma circunstancia. Habían realizado cada paso de la rutina (adónde había ido Buhler, con quién había hablado, dónde se había gastado el dinero) antes de empezar a hacer deducciones, antes de permitirse a sí mismos pensar. Pero acabarían pensando. Así que, de un modo u otro, probablemente les sacaba ventaja, pero no por mucho tiempo. De modo que, cuando lo invitaron a comer con ellos, declinó su ofrecimiento: «Caballeros, a mi edad, si se toma una copa al mediodía, pierde uno todo el día», porque eso era precisamente lo que no quería hacer. Un viejo con el corazón enfermo que no sabía hablar inglés. ¿Por qué, entonces, había ido a China Lake? Tannis no conocía la respuesta, o al menos no toda. Pero sabía una cosa: si era cierto que Buhler no sabía inglés, sólo podía significar que el hombre a quien había ido a ver desde tan lejos, el hombre que probablemente lo había matado, debía dominar el alemán con fluidez. Y allí, en toda aquella extensión de arena y rocas, ¿cuántas personas podían dominar el alemán?

4

Tannis no se engañaba a sí mismo. Había tenido suerte. Los del FBI y los de la Marina habían pasado por alto lo más obvio de Buhler porque no querían verlo, pero acabarían por verse obligados a mirar. Por consiguiente, su ventaja era sólo temporal; podía durar una hora, o un día, pero contar con que durara mucho tiempo era una estupidez. Tenía que moverse con rapidez. Pero también sabía que aquélla sería tal vez su única oportunidad, de modo que debía tener éxito, lo cual implicaba que debía tomarse tiempo para pensar. Además, estaba en libertad de hacerlo. Por ejemplo, ahora estaba seguro de que la llamada del viernes no había sido intervenida, lo que sin duda le confería otra ventaja. Así que, aquella tarde, sentado en su despacho, a la tenue luz de su lámpara flexo, con las fotos de la pared, se relajó y pensó. Pensó en todo aquello mientras se tomaba una copa de tequila y contemplaba la puesta de sol. Reflexionó mientras las estrellas comenzaban a puntear el cielo.

Empezó a repasar sus propias teorías. Punto uno: Buhler y Harper estaban relacionados, ése era el aspecto fundamental. Nickel y Benson podían jugar con las palabras, pero no podía existir otra explicación para lo que había ocurrido el viernes por la noche. Él, Buhler y el misterioso interlocutor tenían una cosa en común, y esa cosa era David Harper. Punto dos: por extrañas que parecieran las acciones de Buhler, planeaba algo; incluso Benson había tenido que admitirlo. A la primera oportunidad, aquel vulgar maquinista germano oriental había ido derecho a China Lake, que no era precisamente un popular destino turístico; debía de tener algún plan en la cabeza. Y punto tres: puesto que Buhler no hablaba inglés, su propósito, fuera cual fuese, tenía que involucrar a una persona que hablara alemán; literalmente, no podría haberse comunicado con nadie más. Finalmente, era esa persona que hablaba alemán la que lo había asesinado, bien a causa de algo impredecible que había ocurrido aquella noche en la carretera de Trona, o como parte de un plan deliberado, probablemente para involucrar al propio Tannis. Aquellas suposiciones parecían irrecusables, y en conjunto establecían tres requisitos que debía cumplir el asesino de Buhler: tenía que estar relacionado con el caso Harper, hablar un alemán decente y seguir viviendo en el Panamint.

Tomando estos datos como base, Tannis empezó a compilar una lista de nombres. Naturalmente, el primero era el suyo. No lo hacía del todo a la ligera. Había un leve componente de duda en su última suposición, es decir, que el hombre a quien Buhler había ido a ver también lo había matado. Así que, consideró Tannis, era teóricamente posible que Buhler hubiera realizado su extraordinario viaje para verlo a él. ¿Pero por qué no lo había hecho? Llevaba en Lone Pine una semana, según el FBI, y todo lo que tenía que hacer era buscar el nombre de Tannis en el listín telefónico. Aun dejando aquella cuestión de lado, existía otro problema. Si Buhler había querido ir a verlo, eso significaba que a Buhler lo habían matado seguramente para evitar el encuentro. Pero entonces, ¿por qué el hombre que lo había llamado el viernes por la noche, evidentemente el asesino, le había alertado sobre la presencia de Buhler? Había respuestas para estas preguntas, pero eran todas muy hipotéticas. Al mismo tiempo, Tannis tenía que admitir que cumplía todos los demás requisitos. Su alemán era excelente. Lo había aprendido en un principio en México de un viejo buscador alemán, un amigo de su padre, y más adelante lo había estudiado en CalTech. Por supuesto, sus conocimientos del idioma era una de las razones por las que la inteligencia naval lo había reclutado. Finalmente, cuatro años en Alemania, una gran parte dedicada a interrogar a alemanes, le habían dado una auténtica fluidez, de modo que incluso ahora podía cambiar su mente y oír sus pensamientos auf Deutsch gesprochen [17]. Por consiguiente, podría haber hablado con Buhler y desde luego había estado relacionado con el caso Harper y nunca había abandonado el Panamint. Sin embargo, era demasiado improbable, pensó. Repasó sus recuerdos, sus archivos, incluso las viejas fotografías, pero continuó prácticamente convencido de que él y Buhler no se habían conocido nunca. No podía afirmar categóricamente que no se hubieran encontrado nunca (se había encontrado con un montón de alemanes), pero resultaba difícil creer que un sólo encuentro que él no recordaba pudiera haber sido tan importante para Buhler, como para haber ido a buscarlo cuarenta años más tarde.

Tras haberse eliminado a sí mismo, continuó con el siguiente nombre, y era el de Harper. También improbable. Pero no imposible. ¿Se hallaba en el Panamint? El tercer requisito parecía descartarlo. Porque el FBI ya habría comprobado si estaba allí. Estaba dispuesto a jurar que la cinta que había escuchado con la voz de Harper había sido grabada en las últimas veinticuatro horas. No cabía duda de que no era una vieja grabación extraída de la antigua investigación sobre Harper, y nadie hubiera intervenido su teléfono a esas alturas. De modo que el británico debía de haber hecho un trabajo especial, rápido y sucio. Pero si Harper no encajaba en ese punto, sí lo hacía en los otros. Él era el caso Harper. Y hablaba un buen alemán. Ésa había sido incluso una parte de los motivos por los que se había sospechado de él. Tannis dejó volar su imaginación hacia los días pasados y las sesiones de interrogatorios, el espejo por un lado que era cristal por el otro, las emborronadas transcripciones, las cintas que parecían grabadas en el fondo de un pozo y después las interminables sesiones de información. Fue el checo. El aviador checo le había enseñado a Harper un poco de alemán cuando éste era un muchacho, sobre la base de que debemos odiar a los nazis pero no al pueblo alemán. Harper lo había aprendido de buena gana: «Había una especie de inquietud subversiva en ello…» Tannis recordaba a Harper pronunciando aquella frase y esbozando una mueca de disgusto; no era el tipo de debilidad que se debía confesar cuando a uno le interrogaban sobre espionaje. Y luego, la última carta del checo hablando sobre el dinero estaba escrita en alemán.«Ich werde es nie verwenden. Vielleicht wird es für Davids Ausbildung behilflich sein[18] ¿Pero qué podía significar eso? Imaginar un nexo entre Harper y Buhler era aceptar que Harper había sido culpable y Tannis estaba absolutamente seguro de lo contrario. Era una de las pocas cosas de las que podía estar seguro. ¿Y por qué habría vuelto si no? ¿Venganza? ¿Nostalgia? ¿Un intento por reconciliarse con el pasado? Ninguna de estas respuestas servía, aunque sólo fuera porque Harper odiaba aquel lugar, odiaba el desierto, siempre lo había odiado (aunque a su mujer le encantaba), y por lo tanto Tannis no conseguía imaginárselo allí ahora, en un motel, con un coche aparcado fuera, escuchando cómo soplaba el viento. Se había sentido incómodo, tenso, desplazado, inhibido. No. Sencillamente no era Harper.

De aquel modo quedaba despejado el terreno, eliminando, en su propia mente, la posibilidad de una solución «engañosa». Ahora se puso a trabajar en serio. Dejó que sus pensamientos vagaran libremente, volviendo hacia atrás más de veinte años, viendo con los ojos de la mente antiguos expedientes, viejos rostros, recordando voces medio olvidadas. Empezó a anotar nombres al azar en un bloc. Y aunque recordara un nombre con mayor frecuencia, aunque un candidato le pareciera más probable que los demás, siguió siendo profesional, metódico. Repasó cada departamento de la base, el Mike Lab en especial (el Laboratorio Michelson), donde Harper había trabajado, y luego trazó un somero gráfico de la organización del Programa Sidewinder y lo rellenó cuidadosamente: Código 352, el ingeniero del proyecto; 3525, controles de producción y calidad; 3527, aerodinámica, propulsión, lanzamiento; 3529, estudios sobre sistemas de guiado, espoletas, cabezas de guerra. Harper habría conocido a personas de la mayor parte de aquellas áreas. Mediada la tarde, cuando Tannis se tomó un descanso (una botella de Corona, media papaya y lima), tenía un buen puñado de hojas apiladas sobre su escritorio. Casi sin excepción se trataba de científicos o técnicos. Su edad, en aquel momento, debía de oscilar entre la muerte y la cuarentena, pero la mayoría debían de estar jubilados y viviendo en cualquier lugar desde Florida a Costa Rica. Stern, por ejemplo, había acabado en San Miguel de Allende. Sí, lo recordaba. De hecho, pensó mucho en Stern. Era el hombre de los instrumentos. Stern montaba artilugios que medían microvoltios a nueve mil metros de altura, y luego transmitían de vuelta cada oscilación de la aguja. Era un genio de ingenuidad, un manitas. Su pasatiempo, todo el mundo lo sabía, era arreglar relojes, con la cabeza inclinada y la lupa en el ojo. Al tratar de recordar su rostro lo que le vino a la memoria fue su cabeza inclinada, todo concentración, como una cigüeña abalanzándose sobre un pez. Habiéndolo medido todo, Stern lo había sabido todo, al menos en teoría era un sospechoso básico que, además, hablaba alemán. Pero no podía ser Stern porque aquel hombre estaba muerto, había muerto allí, en México, Tannis estaba seguro. Claro está que se podía amañar cualquier cosa en México, pero él lo había comprobado en su momento; lo recordaba. Él mismo había investigado a Stern sin hallar nada anormal. No obstante, tenía que estar seguro, tenía que volver a comprobarlo y sabía cómo hacerlo. Stern había sido una persona peculiar con respecto al dinero. No era tacaño, pero sí estricto, cuidadoso. Así pues, Tannis se dio un bonito paseo en coche por la 395 hasta Mojave y desde una cabina telefónica llamó a la base, donde solicitó hablar con un viejo conocido de Pagos y Pensiones. Quería un favor, le dijo. Estaba intentando encontrar a unos cuantos tipos de los viejos tiempos y quería sus direcciones. Le dio los nombres: Stern, Pritchard, Jackson, Kowalchuk… Pritchard era una invención, pero Kowalchuk estaba también en su lista. Un experto en diseño reticular, en gatillos por vibración, imágenes de objetivos y campos de visión. Resultó que vivía en San Diego. De Jackson no tenían constancia. Y habían interrumpido el pago de la pensión de Stern hacia más de diez años. «Murió en México. No hay ningún superviviente que reciba su pensión, así que no hay esposa. He tenido que mirarlo en los viejos archivos, no los han cambiado nunca.» Bien, Tannis conocía a su Stern: de haber estado vivo, de un modo u otro se las habría apañado para cobrar la pensión.

Por lo tanto tachó a Stern de su lista, pero luego, mientras se tomaba el café, aún en Mojave, repasó cuidadosamente los demás nombres. Todos eran americanos. Todos hablaban alemán.

Además del hecho de conocer a Harper, o poder haberlo conocido, ése era el rasgo común. Pero en realidad, decidió, el mejor modo de hacer la selección era en términos de destreza lingüística. Todos eran científicos y, como el mismo Tannis, mayores que Harper. Formaban parte de una generación para la que el alemán había sido todavía el idioma de la ciencia y de las matemáticas, de modo que todos ellos lo hablaban un poco. Pero él buscaba unos conocimientos que fueran más allá de lo rudimentario. Al repasar sus recuerdos, aquel dato consiguió mermar la lista. Pero aún quedaba otra consideración pendiente. Tenía que ser alguien que estuviera en aquella zona, puesto que Buhler había viajado hasta allí. Volvió pues al teléfono y marcó el número de información para pedir los nombres de todas las ciudades y condados de la zona, desde Los Ángeles hasta Bakersfield y Bishop. Le llevó más de una hora y exasperó a varias operadoras de larga distancia, pero al final consiguió reducir la lista a cinco nombres, cinco hombres que probablemente habían conocido a Harper, que hablaban alemán y que aún vivían en aquella parte del desierto.

El siguiente paso era fácil. Sencillamente, se limitó a llamar a cada uno de ellos por turno, dirigiéndose a la persona que contestó al teléfono en su excelente alemán. De los cuatro primeros, sólo dos consiguieron responder, y uno de ellos era en realidad el hijo del hombre al que buscaba, un antiguo especialista en cargas de «barra» que ahora estaba postrado en cama. Así llegó al candidato final, después de Stern, el más probable de todos, motivo por el cual lo había dejado para el final: Kenneth Helmsley, un eminente químico que había ofrecido su amistad a Harper, amistad que, al recordar Tannis los detalles, demostraba lo brillante que había sido Harper, puesto que, a pesar de su juventud y el hecho de que no fuera americano, Harper había sido nombrado miembro del Grupo de Trabajo sobre Medios de Infrarrojos (WGIRB), un comité de élite formado por las fuerzas armadas americanas en 1954 para estudiar las aplicaciones militares y problemas de los rayos infrarrojos. Dos científicos de China Lake habían formado parte de este grupo, uno de ellos era Helmsley. Hablaba un alemán excelente porque había estudiado en Alemania; era la relación viviente con los primeros trabajos sobre los infrarrojos que se había realizado en Alemania entre guerras, lo cual tenía su importancia (se dio cuenta Tannis) por otros motivos. Helmsley había estudiado en la Universidad de Frankfurt con un profesor llamado Czerny, cuyo trabajo había sido dirigido hacia la Zeiss Company de Jena en los años cuarenta. En esa compañía, un equipo había desarrollado un dispositivo de rayos infrarrojos, conocido como Kiel IV, que podía montarse en un avión de combate para detectar bombarderos enemigos de noche. Por lo tanto, ahí existía una pequeña línea de investigación. ¿Habría tocado esa línea a Buhler? Jena estaba en el Este (una buena parte del complejo Zeiss había sido desmantelada y enviada a Rusia). Además, como Tannis había descubierto durante su época en la Misión Técnica, la mayor parte del resto del trabajo de investigación alemán sobre la radiación infrarroja había acabado en las zonas central y orientales de la Alemania que los rusos habían ocupado. En cualquier caso, cualesquiera que fueran los vínculos que lo relacionaran con Buhler, no cabía la menor duda de que existía una relación entre Helmsley y Harper: se conocían ya antes de que Harper llegara a China Lake. Y lo que resultaba más intrigante de todo, Helmsley aún vivía en Ridgecrest. Así que Tannis marcó su número con cierta esperanza, pero tras cinco minutos de escuchar la respuesta desconcertada y balbuceante (aunque con un acento pasable) de Helmsley, estuvo completamente seguro de que Buhler no había hablado nunca con él.

El día llegaba a su fin, era lo bastante tarde como para decidir que su suerte se había esfumado, lo bastante tarde como para volver a casa. Pero no estaba desanimado y seguía convencido sobre el punto esencial: Buhler había ido a China Lake para hablar con alguien que sabía alemán. Se mantendría firme en esta convicción.

A la mañana siguiente, aunque sin abandonar definitivamente su lista inicial, decidió abordar el problema desde otro punto de vista. En lugar de investigar a partir de Harper y de la base hacia el Panamint, le daría la vuelta al problema; repasaría todos los nombres de la zona del Panamint y seleccionaría los que sonaran a alemán. Para estrechar un poco el campo de acción, supuso que el lugar de la muerte de Buhler no había sido casual y que el asesino vivía en algún lugar del Valle del Panamint a lo largo de la carretera de Trona, es decir, en la zona sudeste del condado de Inyo. Tannis sabía que no era necesariamente una elección defendible. Estaba seguro de que la carretera de acceso había sido escogida como lugar de encuentro porque el cercano radar hacía muy difícil todo tipo de vigilancia electrónica y, por lo tanto, lo más probable era que el misterioso comunicante viviera en realidad en otra parte. Pero la conveniencia, derivada de la peculiar complejidad administrativa de la zona, hizo que ignorara este punto. Casualmente, China Lake se sitúa casi exactamente en el punto de intersección de las fronteras de tres condados. Ridgecrest y la mayor parte de las secciones residenciales de China Lake caían dentro del condado de Kern, que se extiende hasta Bakersfield y tiene una población de alrededor de medio millón de habitantes; de modo que a un hombre le resultaría muy difícil encontrar algo en los registros del condado. Pero la situación era aún peor en cuanto a Trona, la población más cercana al lugar del crimen, porque se halla situada exactamente en el condado de San Bernardino, que se extiende hacia el sur hasta la periferia misma de Los Ángeles. En consecuencia, el condado de Inyo era la elección más fácil. Aunque este condado cubre un área enorme a través del Valle de la Muerte hasta la frontera con Nevada, al norte, hasta el Parque Nacional Yosemite, tiene una población de menos de veinte mil habitantes. En cualquier caso, ese viernes por la mañana muy temprano, recorrió los ciento sesenta kilómetros por la carretera 395 que lo separaban de Independence, la sede del condado, a donde llegó hacia las nueve de la mañana. Examinando exhaustivamente los registros de hacienda, el censo electoral y el listín telefónico, empezó a reunir una lista de todos los nombres que sonaran a alemán en la sección del Panamint del condado y hacia el mediodía, cuando llegó al número nueve, dio con un nombre que le sonaba.

Vogel, Karl Rudolph.

Formó las palabras en su mente pronunciándolas en inglés y en alemán… y se produjo algo. No era un viego amigo exactamente, tampoco una explicación segura para la llamada, pero era algo. Y luego le vino a la mente una asociación que no habría esperado: caballos. Cerró los ojos y mientras sostenía el auricular vio la misma imagen que había visto una semana antes: la carretera hacia San Diego y la breve visión de una mujer con la espalda erguida cabalgando una y otra vez alrededor de un blanco corral con el sombrero volando al viento tras de ella. «¡Cielos! ¡Debo de parecerme a Dale Evans!»

Sí. Lo recordó todo. La mujer de Harper. Lo bastante británica y lo bastante burguesa como para diferenciar un lado de un pony del otro, le había encantado montar y durante su estancia en China Lake había alquilado caballos de un hombre llamado Vogel. El mismo Tannis había ido a cabalgar con ella en una ocasión y recordaba que ella le había contado dónde alquilaba las monturas, una «heredad», lo había llamado ella, un pobre rancho que pertenecía a un hombre cuya mujer había muerto. Tenía que cuidar de una niña pequeña, había una especie de situación doméstica vagamente trágica. Pero no podía recordar si Vogel hablaba en realidad alemán, de hecho, no recordaba al hombre en absoluto, aparte de su relación con Diana Harper. ¿Habría alquilado Harper también caballos? Pensando en ello, Tannis no estaba seguro, le parecía improbable, y no podía haber existido otro medio por el que Harper conociera a Vogel, ya que estaba seguro de que Vogel no había trabajado en la base y no había conocido a ningún científico, ni a Stern ni a Helmsley, a ninguno de ellos. Así pues, la única relación que existía era a través de su mujer y los caballos. Y ni siquiera eso era absolutamente seguro. Existía una dificultad que no podía aclarar. El rancho de Vogel, y sin duda la zona por donde Diana Harper solía cabalgar, estaba en el Valle de Indian Wells, al sudoeste de la base, pero el Vogel que acababa de encontrar pagaba sus impuestos por una tierra en el Valle del Panamint, 30 o 50 kilómetros al noreste. Tras investigar en la oficina del catastro descubrió que había comprado aquella tierra tan sólo dos años antes. O bien se había trasladado o no se trataba del mismo hombre.

En realidad Tannis no creía esto último. Quedaban un montón de preguntas sin respuesta. Si él no conocía a Vogel, ¿cómo lo conocía Vogel a él? La coincidencia era demasiado evidente: Harper, caballos, Vogel, todo encajaba a la perfección. Pero si era cierto, si los dos Vogel eran la misma persona, sabía que era prácticamente seguro que había descubierto al asesino de Buhler, de modo que incluso la más leve duda podía resultar desastrosa. Tenía que comprobarlo. Lo que de nuevo lo condujo a topar con el enrevesado gobierno local de aquella parte del desierto, ya que el Valle de Indian Wells está situado en el condado de Kern, cuyas oficinas gubernamentales se encuentran en Bakersfield, y Bakersfield quedaba a doscientos cuarenta kilómetros de donde se hallaba. Sin embargo no lo dudó. Llenó el depósito de la camioneta, compró cuatro barras KitKat y se puso en camino. Llegó hacia las tres de la tarde. Para entonces había situado mentalmente el rancho de Vogel, es decir, el rancho donde Diana Harper alquilaba caballos, con tanta precisión que lo encontró en el segundo libro de registro de la propiedad que le entregaron. Los dos hombres eran el mismo: Karl Rudolph Vogel. Tenían que ser el mismo… no obstante, había un detalle curioso. Según el registro, Vogel no había pagado impuestos por la propiedad del condado de Kern desde 1960 y ahora había una serie de gravámenes y embargos sobre la tierra. Así que, al parecer, la había abandonado, incluso se había ido de aquella parte del país, sólo para regresar muchos años más tarde y comprar una segunda propiedad. ¿Qué había ocurrido? ¿Adónde había ido y por qué había vuelto? ¿Y por qué había comprado una segunda propiedad cuando sólo pagando los impuestos atrasados podría haber reclamado la anterior? Pero aunque éstas eran preguntas muy interesantes, su importancia última dependía de la respuesta a la pregunta principal: ¿hablaba alemán Vogel? Había un modo de descubrirlo. Desde una cabina telefónica marcó el número de Vogel. Contestó una mujer. Su voz era fuerte, clara y con un acento totalmente americano. Tannis vaciló, estuvo a punto de colgar, casi habló en inglés, pero luego decidió intentarlo:

Ja, ich möchte Karl Vogel sprechen [19].

– Ah… lo siento… Er ist in diesem Augenblicke nicht da… [20] Lo siento, no hablo muy bien alemán. Mi padre no está.

– Comprendo. De acuerdo. ¿Sabe cuándo volverá?

– En realidad no. Está en Los Ángeles. ¿Quiere darme su nombre?

– No importa, señorita Vogel, no sabría quién soy. Pero llamaré más tarde. Gracias.

Colgó y, con el auricular aún en la mano, aspiró profundamente. Quizá el alemán de la chica no había sido perfecto, pero no había demostrado sorpresa alguna cuando le había preguntado por su padre en ese idioma. Sí, estaba casi seguro. Había dado en el clavo. Vogel era el hombre a quien Buhler buscaba, el hombre que había causado su muerte.

Eran ya las cuatro de la tarde, una hora razonable para tomar una copa cuando se acababa de resolver un caso de asesinato. Y Tannis estaba cansado. Había trabajado durante todo el día anterior y desde la siete de la mañana había recorrido 400 kilómetros o quizá más. Pero no se le ocurrió detenerse en ningún momento, como tampoco a un jugador de dados (él lo habría podido expresar así) se le ocurriría jamás pasar los dados al llegar su turno. De Bakersfield viajó a Ridgecrest, otros ciento treinta kilómetros, lugar donde se detuvo a poner gasolina y a comprar un montón de latas de Coca Cola en el Qwik Korner Deli; pero pronto estuvo en camino de nuevo. Un paso seguía a otro, la lógica del impulso lo arrastraba. Ridgecrest Boulevard. La carretera de Trona. A su izquierda apareció brevemente China Lake más allá de la valla, llano, marchito, cubierto de polvo, un paisaje de un marrón blanqueado sobre el que se cernía Lone Butte, una cicatriz gibosa y púrpura con una señal en cal para los aviones. La lógica del impulso. Como un mapa con su clave. Y él la había descubierto. Buhler-Harper-Vogel. Él había rastreado las conexiones. Al reclinarse en el asiento del coche y encender un cigarrillo, se produjo aquel salto característico en su interior, de modo que todo se veía aumentado, más lúcido y las perspectivas cambiaban, emergían los esquemas. Todo adquiría significado. Los primeros principios estaban claros. Si x, entonces… Sí, los primeros principios se abrieron paso a través de los datos, ordenando, seleccionando. Todo significaba algo, desde Buhler atravesando el Control Charlie hasta Diana Harper montando a caballo; desde la Tercera División Blindada entrando en Nordhausen hasta la Exhibición Aérea Tushino y, finalmente, «no hablaba una sola palabra de inglés». Sí, el significado había surgido de todo aquel caos. Como un destello de oro en la arena de la criba. Pero él era el único que lo veía. Era su secreto. Cuando subió por el Valle de Salt Wells y Poison Canyon, cuando alcanzó la cima que dominaba Trona, el mundo entero le pareció su secreto. Él mismo era un secreto. Solo. Las torres de hierro sobre las fábricas, los interminables giros de las cintas transportadoras, los montones de ceniza y sal, los negros estanques de desperdicios que se evaporaban, sólo él podía verlos. En todo el valle no había nadie más para verlos, sólo él y Dios, si había un Dios… y si no lo había, él era ciertamente invisible. Estaba solo en aquel vasto lugar, nadie más lo conocía, así que allá donde mirara se contemplaba en un espejo, como en un estanque donde brillara un perfecto reflejo de su rostro. Sabía todo lo que debía saber, todo se había vuelto inevitable, el destino. Sus ojos recorrieron todo el lado de la carretera, como rastreando huellas de caballos, como si buscar la relación entre el cadáver de Buhler y el nombre de Vogel fuera una mera continuación de la investigación que había iniciado a lo largo de aquel aluvión, un rastro evidente perdido en una zona de esquisto, recuperado de nuevo, borrado con un arbusto a modo de rastrillo, traicionado por fin por las brasas enterradas del fuego de la noche anterior descubiertas por el viento de la mañana. Y justo en el momento adecuado sus ojos se alzaron. En el desierto ciertas figuras son más claras con la distancia, como los cimientos de antiguos edificios que se revelan únicamente desde una cierta altitud. La carretera de Vogel era así. Al alzar la cabeza, Tannis la vio a ochocientos metros de distancia. Era una línea demasiado regular, demasiado blanca, que se curvaba hacia el norte y el oeste atravesando la llana superficie arenosa. Pero una vez que alcanzó el final con la mirada, aquella línea se perdió casi en detalles. No había letreros ni buzón, ni prueba real de que existiera una carretera en absoluto. Pero unas negras marcas de neumáticos revelaban el lugar donde alguien había girado, y las siguió.

Al principio persistió la ambigüedad de la pista. La camioneta iba dando violentas sacudidas a medida que el terreno se hacía más pedregoso y casi pensó que se había equivocado, que no había ninguna carretera. Pero también sabía que lo descubriría. Por supuesto que sí. Y justo entonces dio con una recta aplanada en la que se podían ver los surcos dejados por un refinador al dar media vuelta marcha atrás. Con un ojo en el odómetro apretó el acelerador: seiscientos cuarenta metros… ochocientos… novecientos sesenta metros… Alrededor de él no parecía haber nada más que roca negra, creosota y una neblina salada; un paisaje que continuamente se replegaba sobre sí mismo, un punto indistinguible de cualquier otro. Pero en tal lugar, monótono, monocromático, hipnotizante, incluso el más leve cambio en la configuración del terreno podía ocultar o revelar mucho y, de repente, a un kilómetro y medio exactamente, la carretera ascendió ligeramente, rodeó dos grandes cantos rodados y bajo él, en medio de una amplia y poco profunda cuenca, vio una vivienda remolque sobre tacos de madera. Bruñido por el viento y la arena, el remolque relucía al sol. De las ventanas a cada extremo sobresalían aparatos de aire acondicionado, en el techo se cimbreaba una antena curvada y tres peldaños de hormigón conducían hasta una estrecha puerta. Esparcidos a su alrededor había un par de bidones de aceite, trozos de silenciador de tubos de escape y un montón de ladrillos. Era como un pedazo de yermo industrial y la casa podía haber sido un furgón abandonado en una vía muerta. Redujo la velocidad, luego frenó a unos treinta y cinco metros y esperó mientras la estela de polvo que había provocado la camioneta subía en remolinos hacia el cielo y el zumbido del motor se desvanecía en el silencio. Pero no apareció nadie. Tras unos minutos tocó la bocina. Nadie. Pero tenía que haber alguien dentro, pues distinguió un viejo coche polvoriento (le costó un rato reconocer un Peugeot) aparcado junto a la puerta. Bajó de la cabina y se movió muy lentamente, con cuidado de mantener su cuerpo tras la puerta. Después de todo, Vogel sabía usar un arma. Al mismo tiempo, deliberadamente, evitó coger el arma que había tras el asiento, el 30-30 Marlin que siempre llevaba allí. Para mantener su incertidumbre. Para no alarmarlo… todavía. Pero tampoco él estaba seguro, ya que cuando entornó los ojos para protegerse del sol y olió el viento seco y cálido, empezó a sentirse muy expuesto. Estaba a punto de volver a subir a la camioneta cuando finalmente vio a alguien.

Una niña pequeña.

Salió corriendo desde detrás del remolque. Corría tan rápido como podía con la lengua entre los dientes y los brazos extendidos tratando de mantener el equilibrio. Había tomado una dirección que la alejaba de él y de la casa y en su determinación no lo vio durante un momento, pero cuando lo hizo, se detuvo en seco. Lo miró fijamente. Y luego volvió lentamente la cabeza hacia atrás y llamó: «¡Mami!» Volvió a mirarlo, observándolo de pies a cabeza, luego volvió a llamar: «¡Mami!» Pero su voz tenía más de orden que de alarma, y cuando volvió una vez más a mirarlo, añadió, con toda tranquilidad:

– Debemos tener cuidado. Hay una serpiente de cascabel bajo nuestra casa.

La sorpresa de Tannis, extrañamente, se debió más a la presencia de la niña que a su declaración. Los niños, siempre que los encontraba, suponían un trastorno, un aspecto de la vida que olvidaba normalmente, o pasaba por alto. No eran uno de sus supuestos. Pero por esta misma razón los tomaba siempre en serio, lo cual, en aquellas raras ocasiones en que tropezaba con ellos, ellos solían percibir y en general apreciaban. Pero ahora, aunque la creyó a pies juntillas, vaciló, preguntándose qué podía tener que ver una niña pequeña con Harper, Buhler y Vogel, y la niña lo interpretó aparentemente como una duda. Se adelantó y con un tono de cierta seriedad repitió:

– He dicho: hemos de tener cuidado porque hay una serpiente de cascabel debajo de nuestra casa. -Luego agregó-: ¿Cómo se llama, por favor?

– Cracker Jack. -La niña sonrió al oírlo y Tannis le preguntó-: La serpiente, ¿en qué lado de la casa está?

– En el centro, creo.

– ¿No te ha mordido?

– Por supuesto que no. Si me hubiera mordido, estaría llorando, tonto.

No había réplica posible y Tannis se volvió hacia el remolque, mirando atentamente la negra línea de sombra que había debajo. En el calor de aquel día era justo el lugar a donde iría una serpiente. No vio nada y se volvía ya de nuevo hacia la niña cuando apareció otra figura, también corriendo y también desde detrás de la casa. Esta vez era un mujer. Jadeaba y tenía una herida sangrante en la mejilla. Al igual que la pequeña parecía apartarse del remolque, pero tan pronto como descubrió a Tannis se detuvo. Y entonces él tuvo su primera impresión sobre ella; una poderosa impresión de miedo y de belleza. Era una belleza morena, de baja estatura, pelo oscuro, ahora algo revuelto, y una cara alargada y bronceada con grandes ojos oscuros. El miedo estaba en los ojos, y en aquel vasto paisaje, aquellos ojos parecían todo lo que había por ver.

Estaba lo bastante lejos como para que Tannis tuviera que alzar la voz, pero habló con tono calmado:

– ¿Adónde ha ido?

Ella se inclinó hacia delante, la manos apoyadas en las rodillas, y respiró ávidamente. Alzó la mirada y finalmente contestó:

– Debajo de la casa.

– ¿Qué aspecto tenía exactamente?

– De un color claro. Amarillo… -Su voz empezó a temblar, pero era una voz profunda. Era la misma mujer que había contestado al teléfono, la mujer que se había identificado como la hija de Vogel-. Tenía manchas marrones en el lomo y…

– Muy bien. -Casi seguro era una serpiente de cascabel-. Espere aquí -le dijo-. Puede enseñarme el lugar. Tengo un arma en la camioneta.

Pero ella gritó desesperadamente:

– No, no, no pasa nada. No pasa nada. Cuando se haga de noche se irá. Esta noche… ya no pasará nada…

«Esta noche… ya no pasará nada.» La rima [21] se le quedó grabada mientras la miraba de nuevo. Estaba asustada, había visto una serpiente de cascabel. Bajo tales circunstancias no había motivo para tomarla demasiado en serio. Pero sus palabras le parecieron tan raras que se quedó mirándola fijamente y vio que algo vacilaba tras sus ojos, como si aquellas palabras hubieran sido una admisión, una revelación involuntaria. Así que Tannis imaginó «esta noche» cuando «ya no pasará nada», y a ella tumbada en la cama y despierta en la oscuridad mientras la serpiente se movía bajo la casa. ¿Cuántas otras noches habría estado despierta de ese modo? Oh, bastantes, pensó Tannis. Se lo imaginaba perfectamente. Y entonces se produjo la primera conexión entre ellos, porque él supo que ella sabía lo que él había visto, pues se giró al llegar a la altura de la niña y dijo con voz entrecortada:

– Lo siento, no sé… Dios santo… no sé.

Tannis sonrió. Era una mujer. Y al contrario que los niños, las mujeres no constituían un aspecto de la vida que Tannis hubiera ignorado. Respondió:

– Recupere el aliento, tómese su tiempo. A cualquiera le asustarían. Normalmente no se ven en pleno día.

– También yo pensaba eso -replicó ella, tras respirar hondo e intentar una sonrisa.

– Probablemente algo la ha asustado, un halcón o una serpiente rey. Lo crea o no, cazan serpientes de cascabel.

Volvió a sonreír. Sin pretenderlo, se había acercado más a ella. De repente estaba allí, junto a la mujer. Lo bastante cerca como para notar que llevaba perfume, un ligero aroma floral, un toque fuera de lugar, pero en realidad estaba cuidadosamente arreglada e incluso vestida «haciendo conjunto» de una manera sencilla: una fresca camisa blanca con los puños arremangados y unos tejanos desteñidos metidos por dentro de unas botas Frye de color marrón. Retrocedió un poco alejándose de él, pasándose los dedos por los cabellos y echando la cabeza hacia atrás para revelar un destello de plata en su cuello, alguna especie de adorno navajo. Por un instante a Tannis se le ocurrió que podía ser india; su piel era lo bastante oscura. En cualquier caso resultaba evidente que no era de por allí; sin embargo, resultaba difícil decir de dónde procedía. ¿México? No era imposible, su oscura piel tenía algo de mexicana, y Vogel había hablado mexicano, suponiendo que él fuera el hombre que lo había llamado y, sí, eso era lo que suponía. Por otro lado… Su mente rondó la pregunta. Luego resistió. ¿Qué significaba aquella mujer para él? Nada. Pero ése era el problema. Después de todo, él era el único que había encontrado significado en el caos y ahora todo cobraba sentido. Todo, precisamente, tenía sentido. Incluyendo aquella extraña pareja. La mujer tenía la mitad de su edad. Cuando Harper había estado en aquel desierto, ella debía de ser una niña, una niña de la edad de su propia hija, o incluso más pequeña. Siguió con el pensamiento la cadena de aquella descendencia, los vínculos por separado, una fornicación conduciendo a otra. Para entonces ella había recuperado el aliento, se había repuesto y sonreía.

– Lo siento. No he oído su nombre.

– Jack -contestó él. Y también sonrió-. Jack Tannis.

– Marianne Vogel -anunció ella, tras una inclinación de cabeza.

– He venido para ver a su padre.

– Usted es el que ha llamado, ¿verdad?, esta mañana.

Él volvió a sonreír y asintió, todo amabilidad.

– Estaba en Ridgecrest y he pensado que podía acercarme. Hace mucho tiempo que no he hablado con su padre, pero tiene una propiedad en el condado de Kern que intento comprar.

– No tiene ninguna propiedad en el condado de Kern.

– ¿No? -inquirió Tannis, irguiendo la cabeza-. Bien, a duras penas, supongo que podría decirse. El condado está a punto de adueñarse de ella. -Sacó entonces una fotocopia del registro de la propiedad de su bolsillo y se la pasó. Ella la miró con el ceño fruncido y él siguió hablando rápidamente, tratando de no darle tiempo para dudar o preguntar-. Mire, con respecto a esa serpiente, probablemente tiene razón, en cuanto refresque se irá. Pero quizá no. Ése es el problema. No se puede decir con seguridad. Y una mordedura de una serpiente como ésa… si mordiera a su hija, sería probablemente…

Mientras pronunciaba estas palabras ambos miraron a la niña. Se había alejado al azar y estaba en cuclillas sobre el polvo, jugando con dos pequeñas figuras de plástico no más grandes que las chucherías que se daban como obsequio en las fiestas. Les hablaba con una voz suave, confidencial. Debbie, una de las figuras, al parecer se marchaba de viaje a Búfalo. Tenía que escribir sin falta. Cuando volviera, William iría a buscarla al autocar. Mientras continuaba con su diálogo, Tannis se enteró de que la pequeña se llamaba Anna y de que no estaba en absoluto asustada. A Tannis le pareció que de algún modo aquello formaba parte de la situación, el hecho de que la mujer hubiera absorbido todo el miedo.

– Déjeme echar un vistazo -dijo-. Usted quédese aquí con ella, o quizá quiera jugar en la trasera de la camioneta.

Marianne asintió, lo miró… y entonces, cuando se dio media vuelta, hubo un momento, no del todo reconocido, en que la fotocopia pasó permanentemente a las manos de ella, como el pequeño regalo que él le hacía, el secreto de su papá… Al poco, él llevaba el arma y caminaba hacia la casa.

No la engañó. Rodeó dos veces el remolque. Pero si la serpiente estaba allí, había vuelto a reptar hacia el espacio que había debajo. Se asomó con cuidado y vio un revoltijo de tablones, herramientas rotas, trozos de alambrada, viejo cable eléctrico; pero ninguna señal de la serpiente. Volvió a dar la vuelta hasta la parte de atrás. Allí había más chatarra, esparcida de manera tan aleatoria que desafiaba todo esquema: viejos ladrillos y bloques de cemento, tablillas para tejados, rollos de cable, un viejo bidón de aceite lleno de basura, e incluso una vieja hormigonera, fosilizada por su último proyecto. Pero también había cinco neumáticos viejos y un generador Yamaha de dos kilovatios con un cable que salía de allí y se metía por la ventana de la cocina. Junto a él había además un tanque de gasolina medio lleno. Hizo rodar un par de neumáticos hasta el borde de la base del remolque, los situó a cierta distancia uno de otro y les prendió fuego con gasolina del tanque del generador. Al principio no pareció causar efecto alguno, tan sólo una andanada de calor y una ondulación en el aire demostraron que se estaban quemando, pero el fuego arreció y empezaron a arder sin llama. El viento era perfecto, no demasiado fuerte, pero constante. En un momento había volutas de un denso humo negro rodando por debajo de la casa.

Tannis dio la vuelta hasta la parte delantera.

Sabía que Marianne y la niña estaban mirando desde la camioneta, pero él mantuvo los ojos fijos en las sombras bajo la casa. Olía la goma quemada. Tras unos instantes apareció una espiral de humo gris y arenoso, seguido, unos cinco minutos más tarde, por la serpiente. Emergió, de hecho, justo por debajo de la puerta delantera, serpenteando por el segundo peldaño, como una extraña grieta en el cemento. Era de un color amarillo arenoso, tal como la mujer la había descrito, con un dibujo de manchas más oscuras en forma de diamante a lo largo del lomo. Tenía unos ciento veinte centímetros de largo, calculó Tannis; era una serpiente de cascabel del Mojave muy larga. Se movió lentamente escalones abajo, luego hacia el otro lado, luego se dio la vuelta, dudó, su negra lengua estaba probando, y se deslizó a lo largo de los escalones.

Tannis la contempló.

Sentía a la mujer observándola.

Tuvo la tentación de volverse, de contemplarla a ella contemplando, pero había pasado demasiado tiempo en el desierto para quitarle los ojos de encima a una serpiente, así que se movió con mucho cuidado, rodeándola, para que una bala rebotada no pudiera llegar hasta la mujer y la niña. La serpiente se deslizó alrededor de una roca, serpenteó por el polvo, siguiendo su sinuoso trazado, moviéndose un poco más rápido. Inclinándose hacia delante, Tannis la observó, con el tórrido sol cayendo sobre su nuca, la frente perlada de sudor. La siguió. Pero no quería que se fuera, que estuviera allí fuera, campando por sus respetos, y cuando sobrepasó el Peugeot (Tannis temió que se metiera debajo del coche), dio cuatro rápidas zancadas tratando de detenerla, acercándose así bastante. Con una sorprendente velocidad, la serpiente se dio la vuelta y se enroscó. Tannis se detuvo. Estaba a unos cuarenta centímetros. Levantó el rifle y echó hacia atrás la palanca. Luego, con toda delicadeza, casi discretamente, la cabeza de la serpiente se irguió para examinar y se mantuvo rígida, momento en el que a Tannis le vino a la memoria un recuerdo de Harper y su mujer en un determinado día, al anochecer, en que había paseado con ellos (una de las pocas veces que habían salido los tres juntos) y habían visto una serpiente, un crótalo cornudo americano, que avanzaba hacia ellos con su típico movimiento lateral por la ondulada arena en sombras. Diana había retrocedido aterrorizada, refugiándose en los brazos de Harper (como una heroína de películas de serie B, había bromeado ella misma más tarde, y había sido la única ocasión en que les había visto abrazarse siquiera tan ligeramente), y Harper había explicado, sí, todavía recordaba su voz, pero seguía sin poder imaginar aquel rostro joven y sin rasgos, que aquél era el primer detector de infrarrojos del mundo (pensando, naturalmente, en el misil): la serpiente, de sangre fría, como si no estuviera totalmente viva, mientras que nosotros éramos como carbones, como pequeños soles perpetuos, de modo que nuestro calor llegaba hasta las fosas debajo de sus ojos y, al compararlo con su propia frialdad, sabía dónde estábamos. Un tercio de un grado bastaba. Si uno excedía la temperatura ambiente tan sólo ese tercio de grado, la serpiente lo localizaba. Ahora, en el Panamint, aquella serpiente sin duda tenía a Tannis, y él lo sabía. Lo miraba fijamente con sus ojos sin párpados, con la cola erguida, aunque aún no sonaba, y su gran cabeza triangular encajaba perfectamente con el paisaje que la rodeaba. Una vez más, ¿qué significaba? Porque todo aquello también significaba algo. Entonces apretó el gatillo y la cabeza de la serpiente explotó en una nube rosa. Acabó así de rápido. Se bajó el rifle del hombro cuando escuchó el eco del disparo. Se volvió hacia la mujer, que había palidecido y tenía un puño apretado contra la boca. Mientras, la niña sencillamente observaba el resto de la serpiente retorcerse y agitarse y morir. Finalmente se quedó quieta. Tannis se acercó. Sus botas levantaban polvo. Notó la mirada de la mujer fija en él. Ella había tenido miedo de la serpiente. Él había matado a la serpiente. Ahora le temía a él. Tannis sabía exactamente qué pasaba por su mente. Podía sentirlo en la nuca, podía sentir el modo en que lo encajaba a él en el modelo de su miedo. Pero no se volvió a observarla de nuevo. Cogió a la serpiente por la cola, la llevó detrás del remolque, el bicho era pesado y grueso y se balanceaba en su mano, y lo tiró dentro de un bidón de aceite que estaba lleno de basura. Echó luego más desperdicios por encima para que los pájaros no la alcanzaran, luego apartó los neumáticos ardientes de la casa y les echó arena por encima hasta que se apagaron. Todo esto le llevó sus buenos diez minutos y cuando volvió a rodear el remolque para salir a la parte de delante, la mujer y la niña se habían ido.

La puerta estaba cerrada; hubiera apostado dinero a que la habían cerrado con llave.

Empezó a subir los escalones, pero se detuvo. Algo le impedía continuar. Sintió una peculiar concentración de la atmósfera. Miró alrededor. A lo lejos, destacando sobre el horizonte hacia el oeste, distinguió las negras y dentadas colinas de Argus Range. Pero más cerca no podía ver nada más allá del borde de aquella cuenca polvorienta y rocosa. No soplaba el viento. Nada se movía. Desde el remolque no llegaba ningún sonido, ningún signo de que hubiera alguien allí. Pero desde luego, ella lo vigilaba y, por un momento, Tannis pensó que simplemente había sentido su mirada, que estaba siendo enfocado. Pero entonces recordó algo acerca de Harper. Harper había sido un experto en «cuerpos negros», absorbentes y emisores perfectos de los rayos infrarrojos; los atraían hacia sí con total eficacia, o les permitían irradiar desde su seno sin interferencia alguna… era, por tanto, un foco de otro tipo. Eso era lo que él sentía. Era el mismo fenómeno que antes. No había nadie más que lo viera, nadie más que lo observara. Aquélla era la única partícula de vida y todo se veía atraído hacia ella o irradiaba de ella. Había atraído a Vogel hasta allí; también a Buhler; también a él. ¿Por qué? La mujer lo sabía. La mujer, la niña, incluso la serpiente; de momento eran el meollo del misterio. Alzó los ojos hacia la puerta. Ella tenía la respuesta. Pero por supuesto mentiría, aunque se preguntaba por qué, porque él había sabido, siempre sabía, cuándo una mujer decía no pero en realidad quería decir sí, o cuándo un hombre hacía una apuesta pero era un farol. Nunca se equivocaba. Así que cuando llamó a la puerta y ella no la abrió inmediatamente, la aporreó con tal fuerza que el marco tembló. Y cuando finalmente ella la abrió, a Marianne apenas le fue posible ofrecer una excusa: «Estaba preparando el baño de Anna.» E incluso así, Tannis subió los peldaños tan rápidamente y con tal determinación que ella apenas pudo apartarse y él pasó rozándola. Se quedó cerca de ella, demasiado cerca para ser completamente normal, pero, tal como él había pensado, el hecho de que ella se alejara hubiera desvelado demasiadas cosas. Miró en derredor. Después de estar a la brillante luz del exterior, el remolque parecía muy oscuro. Parpadeó, oyendo más que viendo: el zumbido de un ventilador y una cinta colgada que revoloteaba empujada por su brisa, un grifo abierto, un silbido que no logró determinar. Sus ojos se adaptaron. Una salita de estar reducida y oscura, más allá, dos puertas. Y un umbral con una cortina de cuentas. La cocina estaba a la derecha.

– Debería darle las gracias… por lo de la serpiente.

Pero ni siquiera le concedió aquello.

– No, si no quiere.

Ella se apoyaba en el umbral de entrada a la cocina. Intentó encogerse de hombros, pero no lo logró. Él veía claramente que estaba asustada. Después de todo, tenía un arma en la mano y era un hombre corpulento. En aquel pequeño remolque parecía muy grande. Tannis podía pegarle. Podía sacarle la verdad a golpes, así de sencillo. Pegarle con la mano abierta. Eso era, pensó Tannis, tenía miedo de eso, pero no querría admitirlo. Así pues, su truco consistiría en permitirle comprender la verdad sin contársela de sus propios labios, sin que tuviera que pegarle. Se convertía de ese modo en una especie de juego. Una comedia. Sonrió otra vez. Cerca de ella, casi sentía su calor… bueno, era como la serpiente. Tannis dio media vuelta para adentrarse en la oscura y fría salita de estar. Estaba claro que iba a echar un vistazo, tanto si ella quería como si no, pero él percibía que la apariencia de normalidad era tan importante para ella que en su mente se estaría formando el pensamiento «¿Por qué no entra y se sienta?» Pero claro está, no lo dijo; no podía confiar en que su voz no la delatara. Todo había ido ya demasiado lejos. Tannis se encaminó hacia el umbral con cortina de cuentas. Era el dormitorio de la niña. Tenía una litera de madera pegada contra la pared; había unas muñecas agradablemente colocadas bajo la ropa de la litera inferior mientras que el vestido de la niña aparecía extendido sobre la superior. En la pared había un póster desvaído, los colores apenas visibles: «El Desierto Viviente de Walt Disney.» Retrocedió. Las cuentas sonaron al volver a su sitio. A un lado de la salita había un corto pasillo. Oyó a la niña al otro extremo, salpicando agua en el baño. Aparte de esa puerta había tan sólo una más y la abrió. Dentro encontró otro dormitorio con dos camas individuales pegadas a paredes opuestas y un tocador en medio. Estaba muy desnudo, una cárcel, un monasterio, un internado. Sin alfombras. Sin cuadros. El único signo de que alguien lo habitaba era un cepillo para el pelo sobre el tocador y un espejo colgado encima en el que vio a la mujer tras él, observándolo. Tannis sonrió, mirando las camas, de modo que ella pudo verle sonreír. «Pero no diré nada.» Cerró la puerta. Se dio media vuelta. Y ella se alejó hacia la salita de estar. Ésta tenía un toque más personal. En el suelo, esparcidas por todas partes, había capas de alfombras y mantas; mantas indias, mantas navajo, y otras colgando de las paredes. No había auténticos muebles, sólo cojines y más mantas enrolladas, para sentarse encima. En realidad la habitación en la oscuridad recreaba verdaderamente el ambiente de una tienda india, o de la de un beduino. ¿Sería aquello parte de la verdad? Se preguntó de nuevo si ella sería medio india, pero luego descartó tales pensamientos. La verdad sobre ella, sobre ella y sobre la niña y Vogel, era mucho más evidente. Como la carta robada [22]. Estaba a la vista de todos. En realidad, ya la había visto. Oyó a la niña cantando desde el otro lado del remolque, «You deserve a break today…» Vio un único parpadeo en los ojos de la mujer cuando la atención de él se centró en su hija, y fue aquello lo que finalmente le hizo hablar.

– Lo siento, mi padre no está.

– ¿Cuando vio a su padre por última vez?

– No he estado aquí en toda la semana. Estaba en Laredo.

Indios… Laredo… Río Grande…

– ¿Pero cree que está en Los Ángeles?

– Ha dejado una nota.

– Así pues, ¿cuánto tiempo cree que estará fuera?

– No mucho. -El tono fue lo bastante conversacional como para que se relajara un poco, pero aun así, se contuvo. Él la observó. Su cara era hermosa, como la forma que el ojo captaba en las aguas onduladas tras los helechos. Se ocultaba bajo el agua o entre los helechos. Lo miró con sus ojos asustados. ¿Lo había visto él? Eso fue lo que Tannis vio en sus ojos-. Sólo ha ido a comprar unas cuantas cosas, dice la nota -prosiguió ella-. Es un entusiasta de las piedras. Busca… -Se encogió de hombros.

– ¿Un tesoro enterrado? ¿El filón de Gunsight?

– Algo parecido -asintió ella, intentado sonreír. Se echó hacia atrás, apoyándose en el umbral de la cocina. Sacó cigarrillos del bolsillo superior de la camisa, Virginia Slims, y encendió uno-. Esa propiedad de la que hablaba…

Él la contempló. Sí, era como un juego: animal, vegetal o mineral. Veinte preguntas. ¿Caliente, caliente? Encendió un Lucky.

– ¿No la recuerda?

– Creo que ahora sí. Pero nos fuimos de allí cuando yo era aún más pequeña que Anna. Nos fuimos a Arizona. Luego a México.

– ¿Entonces no sabe nada sobre ella?

– No.

– ¿No recordará, por casualidad, si tenía caballos allí?

– No. No lo creo.

– ¿Los tiene ahora?

– No. No tiene caballos.

Mentía, sin duda, y él sonrió. En el bidón de aceite al que había arrojado la serpiente había visto tres o cuatro frascos con la etiqueta de sulfametanina, un medicamento para curar ahogos o neumonía a los caballos. Se fumó el cigarrillo. Se miraron. ¿Quién había parpadeado primero?; todo era así. Todo seguía teniendo significado. La mujer, la niña, la serpiente. Todo estaba relacionado, con Buhler, Vogel, Harper. Todo estaba relacionado, y empezaba a recordarlo todo. Aquélla era en cierto sentido la parte más extraordinaria de todo el asunto, pensó. Buhler había ido del campo de concentración a Alemania Oriental. Cuarenta años más tarde se había presentado allí. Vogel había abandonado el condado de Kern hacia 1960; ahí estaba ahora, a menos de cincuenta kilómetros. Y no podía olvidarse de sí mismo, el observador que formaba parte intrínseca del experimento. También él había acudido. ¿Qué significaba que estuviera ahí, que hubiera matado a la serpiente? La serpiente, como el emblema sobre un timbre o un medallón, parecía enroscarse entrelazando así la belleza de la mujer y su miedo. Adán y Eva. La carta robada. Estaba de pie allí, estableciendo aquellas asociaciones que le suscitaron un recuerdo, Munich, justo después de la guerra, cuando le habían enviado a entrevistar a un judío que había estado en Dachau, y él había ido al hospital para visitarlo cada día durante una semana. Era un moribundo. No podían reanimarlo. Pero estaba contento de poder hablar, en especial con un americano, y le pidió que le llevara algunos libros, sobre todo de Jack London, a pesar de que no tenía siquiera la fuerza necesaria para sujetarlos con las manos. Le pidió a Tannis que le leyera los títulos, los títulos de los relatos y de los capítulos: «Bátard», «Hacia lo primitivo», «La ley del garrote y el colmillo», «La dominante bestia primitiva», «El que se ganó la primacía», «El rastro de la carne», «El grito del hambre», «El cubil», «El reino del odio», «El indomable». Aquéllas eran las verdades que lo habían mantenido con vida, o al menos eso afirmaba… Y Tannis, emergiendo del paréntesis del recuerdo, continuó, pensando todavía en la serpiente enroscándose alrededor de la belleza de la mujer y de su miedo, pensando en Eva en el Paraíso. Pero se equivocaba, porque la mujer no era inocente; la niña era la prueba. Y además, podía notarlo en ella. Lo percibía. Era una mujer que lo había hecho por todas partes. Pero claro, también la inocencia era otra mentira. Siempre lo hemos sabido; él lo sabía. Lo sabía en ese preciso instante. Y ella sabía que él lo sabía. Estaba justo ahí, abiertamente, sí, igual que la carta robada. Ella notaba que estaba ocurriendo igual que lo notaba él, aquello que crecía en él, aquella lenta y cálida excitación. Ella nada podía hacer al respecto. Podía tomarla. Podía tirarla de espaldas. Follarla. En ese mismo momento. Podía llevarla a la otra habitación y follarla con la niña justo detrás de la cortina de cuentas. Si se acercaba y le tapaba la boca con la mano ella no gritaría. No, le encantaría. Miró sus ojos, con aquella mirada lenta, apagada y sobrecogida… Pero entonces, de repente, mientras estaban allí de pie los dos, con gran ímpetu y estrépito la niña se acercó corriendo desde el cuarto de baño, completamente desnuda, y se tiró al suelo. Hacía muecas y reía y aquello, extrañamente, los devolvió a la normalidad, como si hubiera sido un vecino que se hubiera dejado caer por allí para charlar un rato.

– ¡Anna! ¿Qué crees que estás haciendo? Fíjate cómo vas.

La niña rió.

I took off my clothes! You have big toes! Nobody knows! Have a long doze! [23] -Entonces se puso seria al darse cuenta de que Tannis estaba allí; Marianne la levantó del suelo, le dio una pequeña bofetada y se produjo un pequeño lío: Tannis apurando el cigarrillo, girándose de lado cuando la mujer pasó rozándolo, un grito de Anna y todo terminó en la puerta del remolque. Pero no le importó. La iniciativa de la mujer era pura ilusión. Había conseguido lo que había ido a buscar. Pero quería llevárselo a casa. Convencerse de que no cabía la menor duda, mantener el mismo ritmo, porque sabía que seguía disponiendo de muy poco tiempo. Así pues, al llegar al último escalón se volvió y dijo:

– Será mejor que se lo diga a su padre cuando lo vea. Dígale que he venido. Y dígale que el viernes por la noche hablé con Buhler. Buhler. El sabrá lo que quiero decir.

Y se fue, sin más. Sabía que ella sabía que él sabía. Ahora ella correría. Correría y dejaría huellas tras de sí. Y él las seguiría.

5

Tannis se encontraba en su elemento. La mujer estaba asustada, terriblemente asustada, y Tannis percibía el miedo como una brújula reconocía el norte: era sensible a él como a una fuerza misteriosa y primitiva. Para Tannis el miedo era la mayor de las magias, y se había enseñado a sí mismo cada principio y cada truco mágicos. Escojan una carta, cualquier carta… él siempre adivinaba cuál era.

Tenía ese don, talento, intuición o genio; llámenlo como quieran. Su mente podía saltar. Tenía ideas que nadie había tenido antes. En una ocasión, sentado en la playa de Santa Mónica (estaba aún en CalTech, debía ser alrededor de 1942, año en el que la playa y la contemplación filosófica aún no se excluían mutuamente), se había pasado toda una tarde recreándose en las olas y tratando de resolver el enigma. Escuchando el ruido del oleaje al romper sobre la playa, había intentado imaginar el momento en el que a Beethoven se le ocurrió el tema para su Novena Sinfonía, alle Menschen werden Brüder [24], sin duda una de las ideas más importantes que se hubieran tenido nunca. Había cambiado el mundo, el mundo había sido un poco diferente después de que aquel tema se hubiera compuesto. ¿Pero qué había ocurrido? ¿De dónde había venido aquella idea? Se preguntaba si el propio mundo habría cambiado, se habría agrietado o descompuesto, permitiendo así a Beethoven idear aquella serie particular de notas. ¿O en realidad lo habría pensado él por sí solo? ¿O había sido una casualidad? Quizás el tema ya estaba allí y él se había limitado a tropezar con él, como Colón al descubrir América. Se decía que, en el fondo, la pregunta era: ¿existía Dios? Si Beethoven sólo había encontrado el tema, Dios debía ser el auténtico compositor, mientras que, si Beethoven lo había creado por sí mismo, él era Dios, o algo tan parecido que no implicaba ninguna diferencia, cosa que la gente odiaba admitir, así que inventaba palabras como suerte y talento. En cuanto a él, incluso en aquella época, había sabido a qué atenerse. Ya se le habían ocurrido ideas que nadie más había tenido nunca, y sabía que no tenían nada que ver con la suerte. En cambio estaban muy vinculadas al miedo. El miedo era la clave. Uno siempre pensaba como reacción contra el miedo, y había miedo en todas las ideas verdaderas. Era indudable que se podía oír en alle Menschen werden Brüder, se podía sentir esa emoción que hace estremecer. Las grandes ideas habían asustado incluso a los hombres que las habían concebido. Algunas veces el miedo a sus propias ideas los habían llevado a la locura. ¿Por qué? Creía saberlo. Porque todas las ideas verdaderas, por definición, empezaban siendo secretos, quien las pensaba era el único que las conocía. Sí, todas las grandes ideas, en el instante en que uno las pensaba, mientras la melodía seguía silbando en la cabeza, eran secretas. Lo cual planteaba otra pregunta. ¿Por qué revelar el secreto? ¿Por qué contárselo a nadie? ¿Por qué no guardarse la melodía para sí? Bien, conocía la respuesta: el miedo era demasiado poderoso. Al contarlo, al confesar el secreto, incluso los grandes hombres escapaban a ese temor. Su secreto poder, el poder de su secreto, era excesivo. Pero no para Tannis.

Desde entonces había sabido que él era más fuerte. Conocía el miedo y no lo temía. Y aquella tarde, largo tiempo atrás, había contemplado el Pacífico llegar ondulante hasta la playa y se preguntó por los demás hombres como él que habían rechazado, que habían resistido el miedo, que habían jurado guardar los grandes secretos para sí mismos. No tenían miedo y por lo tanto mantenían el poder del miedo, que los alejaría eternamente de los demás hombres. Había sonreído al pensarlo. Todo había empezado con alle Menschen werden Brüder.


Esa tarde (ya avanzada) Tannis no estaba pensando en realidad en eso, pero cuando dejó el remolque de Marianne Vogel y caminó de vuelta a su camioneta, todo aquello volvía a ser cierto. La serpiente. La niña. La mujer y su mirada sorprendida. Su mente había saltado, Tannis se hallaba en aquel claro y brillante espacio en el que tanto le gustaba estar. Cuando el sol se puso tras los volcanes dormidos y se levantó una seca brisa, disfrutó de una bocanada de ozono, el olor que se esparce antes de la tormenta, y que era también el olor del miedo. Quizá se mezclaban, porque había tenido la sensación de que la mente de Marianne también había saltado, de que la mujer se había acercado a un secreto más allá incluso de los secretos que ella conocía. Parecía que de repente todo entre ellos era recíproco; se basaban en la misma suposición; también ella conocía las leyes del miedo.

El cazador y la presa; tal era el código establecido. En la penumbra del miedo alrededor de Marianne, estaban unidos indisolublemente, como el antílope cuyo brinco final provoca el asalto del león, o el conejo que se queda paralizado cuando el armiño se acerca furtivamente. Pánico y parálisis: el equilibrio era demasiado delicado. Él quería que Marianne corriera, pero no a ciegas. Ella debía correr hacia Vogel, así que necesitaba suficiente autocontrol; él tenía que proporcionárselo. Por consiguiente, y tal como Tannis lo sentía, habían establecido un pacto sobre esas bases: él fingiría y ella fingiría, y así él no tendría que asustarla y ella no tendría que estar asustada. Estos pensamientos eran meros murmullos que confirmaban sus instintos, puesto que sabía exactamente qué debía hacer. Dos grandes piedras, como dos dientes de conejo, sobresalían del reborde del cráter donde se hallaba el remolque. Ocultó la camioneta y trepó por el hueco que se abría entre ellas. Desde allí veía todo lo que había debajo. Pero era tan discreto que apenas miró. De hecho, se tumbó de espaldas y miró hacia otra parte, dándole a ella todo tipo de facilidades para escapar, porque así no lo haría. Cuando extendiera la mano hacia la puerta, los ojos de él se moverían y paralizarían su alma, como la paz de la oscura mirada del armiño, o la dulce promesa del olvido en la del león. Así que ella permaneció inmóvil. Tannis miró hacia abajo, la casa, el Peugeot, las sombras que se alargaban lentamente; miró fijamente a lo lejos. Era una mirada muy sencilla y, sin embargo, pensaba a menudo que en la visión de sus ojos estaba la primera forma de magia, su primer auténtico secreto. El más antiguo. Al principio los ojos de los bebés no pueden enfocar; luego aprenden a hacerlo, y entonces todo se resuelve, en belleza, terror, magia. Esa primera mirada. A primera vista. La clarividencia se limita a recaptar esa primera mirada, y él era un maestro. El espacio se colapso. Ahora, al observar hacia abajo, Tannis estaba tanto aquí como allí, era un vidente, podía verla a la perfección, y luego desvió la mirada para quitarle el miedo. Casi oía los pensamientos de ella. Como una mujer que camina por una calle solitaria y escucha pasos detrás de ella. Está sumamente asustada, pero sólo se volverá a mirar cuando esté segura de que se han detenido. Y luego tiene miedo de echar a correr, porque tan pronto como acelere los pasos se oirán de nuevo, oh, mucho más deprisa. Pero aquél era su pequeño pacto. ¡Dése la vuelta! ¡Mire hacia atrás! ¿Ve?, ¡no hay nada de qué asustarse! Así que Tannis desvió la mirada hacia arriba, y vio luces deslizándose por el cielo que se oscurecía. Era un F-18 de regreso a Armitage Field, porque la torre cerraba con la puesta de sol. Miró hacia atrás, donde las plantas del desierto se esparcían en exuberantes sombras (como si crecieran sólo en ausencia del sol). E incluso miró hacia dentro, dejando que sus pensamientos vagaran por su cuerpo, el hombro que le dolía, la boca seca; hasta que de repente se dio la vuelta y allí estaba ella.

Se había movido, y estaba demasiado lejos para retroceder.

El sol se había puesto ya. Era la oscuridad, en otras ocasiones causa de pavor, lo que le había dado por fin el coraje suficiente. Porque suponía que él no podía verla. Aunque, por supuesto, sí que podía. No obstante, pensó Tannis, se había comportado muy bien. Había apagado todas las luces del remolque. La puerta, al abrirse, había provocado el mínimo cambio en la oscuridad. Pero algo la había traicionado y, al tiempo que descubría su silueta, Tannis se dio cuenta de que llevaba a la niña en brazos envuelta en una manta, como si la salvara de un incendio o corriera a llevársela al médico; ahí estaba el pánico que había atraído la atención de Tannis. La mujer avanzó hacia el coche, o hacia el lugar donde debía estar, y desapareció al amparo de su sombra más profunda. Tannis prestó atención. La puerta se abrió con un chasquido, tan intenso era el silencio, como la detonación de un disparo, aunque, unos segundos más tarde, cuando la cerró, el mismo ruido sonó extrañamente amortiguado, remoto, infinitamente distante. De un modo misterioso le hizo sentir que estaba viendo el pasado, que todo aquello ya había ocurrido y que la había perdido, que él se había quedado muy lejos, atrás. Por un instante la perdió de vista por completo. Pero en realidad seguía allí. No se había metido en el coche, sólo se había inclinado hacia el interior para meter a la niña en la parte trasera. Y ahora estaba allí de pie, por encima del techo del coche, Tannis veía el contorno de su cabeza y de sus hombros a contraluz. Volvió a la casa, cerró la puerta. Volvió al coche. Tannis la seguía en la penumbra. Por fin se apresuró a rodear el coche y abrió la puerta del conductor, luego, aparentemente, se inclinó hacia dentro, quizá buscando algo bajo el salpicadero. Tannis no comprendía. ¿Un arma? Pero casi inmediatamente entró en el coche y el motor emitió un profundo y carrasposo rugido en la noche del desierto. Unos segundos más tarde Tannis se vio sorprendido al menos de dos maneras distintas.

Había supuesto que la mujer iría recto hacia él, en dirección hacia la autopista, y por tanto había ocultado su propio vehículo completamente detrás de las rocas. Pero Marianne hizo girar el coche en redondo y tomó exactamente la dirección opuesta, alejándose de él; pasó junto a la casa y se adentró en el desierto y las colinas. La segunda sorpresa: no había encendido ninguna luz. Se sorprendió ante el hecho en el mismo momento en que comprendió que también se estaba alejando. Con una imprecación bajó gateando por la roca, luego dio un salto, golpeó la arena con un gruñido y cayó rodando sobre el hombro. Tumbado allí escuchó, pero el sonido del coche se había perdido ya, obstaculizado por la pendiente del cráter. Mientras corría hacia la camioneta decidió que no podía arriesgarse a encender las luces, pero se inclinó lo más cerca posible del parabrisas cuando pisó a fondo el acelerador para sobrepasar el borde de la cuenca y la parte delantera se levantó lo suficiente para permitirle vislumbrar brevemente el Peugeot a lo lejos. Pero después ya no estaba y él se deslizaba cuesta abajo hacia el interior del cráter, donde un pálida nube de humo emergía en remolinos en la noche, como niebla. Instintivamente giró el volante para evitarlo, pero estuvo a punto de estrellarse contra el remolque. En realidad, el polvo era todo lo que podía perseguir. Con un golpe de volante, volvió en pos del polvo, patinó por un área de terreno de suave arena y volvió a encontrarlo: espirales de granos de arena, luego una neblina en capas a la deriva, luego una nube más espesa. Sacó la cabeza por la ventanilla. Conduciendo con una mano en el volante, entornó los ojos y mantuvo la camioneta dentro de una especie de penumbra fluorescente. Enseguida se le llenó la nariz de polvo y tuvo los dientes y encías tan secos como papel. Pero mantuvo la cabeza fuera inflexiblemente, mientras la camioneta saltaba y brincaba y le hacía golpearse la cabeza contra los lados de la ventanilla. En un momento dado se hundió el morro de la camioneta y con un fuerte sonido metálico el depósito del aceite chocó con una roca. Tannis lanzó un juramento, pero luego empezó a dominar la situación. Después de todo, en el desierto nada podía derrotarlo. Y comprendió entonces lo que había estado haciendo la mujer cuando se había inclinado por debajo del salpicadero. El Peugeot no tenía luces, pero como Harper podría muy bien haber explicado, una de las primeras aplicaciones de los infrarrojos eran los faros y los convertidores de imagen que los alemanes habían adaptado a sus tanques para que pudieran moverse de noche. Supuso que Vogel debía de haber adaptado al Peugeot un sistema similar que ella había conectado y que ahora le permitía «ver en la oscuridad» sin que nadie pudiera descubrirla a ella. Sin embargo, no todo eran ventajas. Resultaba extraordinario que su coche se desenvolviera tan bien en aquel terreno, pero tendría que mantenerse a una baja velocidad, pues incluso los neumáticos con cadenas tenían sus limitaciones. Al rato el polvo empezó a clarear y Tannis se dio cuenta de que estaba rodando por roca desnuda, una dura cresta que probablemente sobresalía a lo largo de una bajada que se extendía, como un enorme abanico, desde la boca del cañón que había delante. La negra noche pasaba rápidamente por su lado. Metió la cabeza. Había recorrido un kilómetro y medio, calculó, lo cual significaba que las colinas debían de estar a tan sólo unos kilómetros y que ella tendría que detenerse. Así que, durante unos minutos, siguió con el pie en el acelerador, pero luego empezó a aminorar, quedándose atrás, hasta que apenas se movía. Finalmente se detuvo, ya que sintió que el terreno descendía abruptamente bajo él. Volvió a sacar la cabeza, pero la oscuridad era impenetrable. Aun así, ella sólo podía estar unos cuantos cientos de metros más adelante. Tannis tomó una decisión. Bajó de la camioneta y la rodeó corriendo hasta alcanzar la parte posterior. Con la punta del gran Colt rompió ambas luces traseras. Luego puso en marcha la camioneta y le dio la vuelta hasta que se encaró con el camino por el que acababa de llegar y encendió los faros. Durante un instante iluminaron el terreno con una brillante fosforescencia, pero en el desierto la dirección lo es todo, y puesto que las luces traseras no se habían encendido, sabía que ella no vería nada. En cuanto a él, había visto exactamente lo que quería ver. Como había supuesto, había conducido el coche a lo largo del lomo de una roca, con piedras a ambos lados y trozos de suelo más ligero y liso en medio. Cuando ella regresara (pues en eso era en lo que ahora estaba pensando), tendría que seguir aquel camino, así que, deliberadamente, sacó la camioneta de allí, bajándola a uno de los huecos arenosos, bien lejos de su camino. Finalmente, detuvo la camioneta y apagó el motor. Escuchó atentamente unos segundos, pero no oyó nada salvo el viento.

El desierto. La noche. Persecución. Para Tannis formaba parte de una segunda naturaleza, sabía exactamente qué hacer. Se quedó parado un instante junto a la camioneta, orientándose, sintiendo la curiosa sensación de claustrofobia que forma parte de la oscuridad del desierto: aquel vasto espacio cerrado sobre él, como el profundo pozo de una mina en el que un mal paso podía hacer que uno cayera hacia la eternidad. Pero estaba tan acostumbrado a esa sensación y la oscuridad formaba parte de él en tan gran medida que la ignoró y empezó a caminar rápidamente. Sólo podía ver veinte metros por delante, pero el viento era regular y se guió por él para decidir la dirección. Se movía con cuidado (sería muy fácil torcerse un tobillo) y cada pocos minutos se detenía y escuchaba. Pero no había sonido alguno excepto el de la brisa sobre la arena y las rocas y sus cabellos. Estaba todo en silencio; casi podía oír sus párpados moviéndose. Entonces, después de un rato, se dio cuenta de que estaba en un cañón; el viento se arremolinó y él percibió paredes invisibles alzándose a ambos lados. Por supuesto, ya lo esperaba. Empezó a contar los pasos. Tras dar cincuenta, el terreno empezó a descender más abruptamente bajo sus pies; pronto tuvo que apoyarse en él y, rápidamente, el terreno cambió por completo. Piedras enormes se erguían a su alrededor, imponentes, silenciosas, implacables en la oscuridad, grandes bloques de roca que habían caído de altos riscos mil años antes. Instintivamente miró hacia arriba y dudó. Y aunque seguía sin distinguir nada, sabía exactamente qué había allá arriba. Había estado subiendo por la entrada de un cañón y ahora se acercaba a su cara, o posiblemente a uno de los lados. No había manera de saber hacia qué lado debía girar.

Un cañón al pie de Argus Range. Podía tener una profundidad cualquiera entre treinta y cinco y trescientos sesenta y cinco metros. En cualquier caso, la mujer tenía que estar en algún lugar por allí. Ni siquiera con un vehículo oruga podría haber ido más lejos. Finalmente, al azar, se encaminó hacia la izquierda, que era más o menos el sur. Luego, manteniendo el viento sobre la mejilla derecha, caminó unos cuarenta y cinco metros hasta que una hilera de rocas, como fragmentos de una gigantesca espina dorsal, lo detuvieron. Ahora, incluso en la oscuridad (aún no había estrellas), vislumbró un vasto risco que se elevaba junto a él. Era la pared del cañón. Lentamente, con la mano izquierda extendida hacia el lado, dio la vuelta y empezó a caminar rodeando la base. Formaba una pendiente rocosa, como un contrafuerte, y se movió lentamente a su alrededor, sabiendo que, en teoría, si seguía caminando, acabaría por encontrarla. En realidad no tuvo que ir demasiado lejos. Dos minutos después percibió el destello de una luz. Se paró en seco. La luz volvió a destellar. Se mantuvo. Era una pequeña luz blanca. Tannis no se movió. Una luz en la oscuridad puede resultar muy engañosa, pero él hubiera jurado que aquélla se encontraba a no menos de cuarenta y cinco metros. Miró fijamente un poco hacia un lado de la luz para aprovecharse de su visión periférica, y de nuevo la luz destelló. Pero entonces se dio cuenta de que en realidad no había lanzado ningún destello. La luz era constante, estacionaria, sencillamente la mujer, o alguien más, había pasado por delante de ella. Volvió a hacerlo, su sombra se movía, y luego Tannis vio que la luz era una baliza que señalaba la entrada de una cueva en el fondo de la pared del cañón. Una caverna. La contempló fijamente. Una gran sombra bostezó. Un escondite dentro de un escondite; y ella estaba esperando que Vogel acudiera.

Cualesquiera que hubieran sido sus expectativas, suponiendo que Tannis hubiera formulado alguna, ciertamente no había esperado aquello. Sin embargo, la misma medida de su sorpresa era satisfactoria. Aunque no comprendía qué significaba todo aquello, pensó que debía significar algo. Aun así no parecía guardar relación con nada más. Agazapándose tras una roca, trató de descubrir qué era. No se habían alejado mucho, la carretera de Trona debía de estar tan sólo a unos diez o doce kilómetros. No obstante, no estaba seguro. Seguía sin haber estrellas y no podía distinguir ninguna señal, pero dudaba de poder reconocer el lugar ni siquiera a plena luz. Un cañón, pero había docenas de ellos. Todos los grandes tenían nombres: Revenue, Homewood, Shepherd, Knight, Thompson; pero la mayoría carecían de nombre, eran desconocidos, raramente visitados. Todos ellos eran fallas de la Argus Range, que se elevaba mil ochocientos metros delante de él, y a lo largo de su cumbre se extendía la línea de sensores electrónicos que marcaban la frontera de la base. ¿Qué estaba haciendo Vogel allí? Como escondite era excelente, justo delante de sus narices, el último sitio en el que buscarían, pero obviamente era algo más. Todo lo que había descubierto ese día había requerido un plan de meses y años, no de unos pocos días. Por tanto, ¿qué pretendía Vogel? ¿Qué había interrumpido Buhler? Ésa parecía ser la pregunta, pero, habiendo llegado tan lejos, seguía sin tener la menor idea de la respuesta. Sólo le quedaba aguardar allí, esperando que apareciera.

Transcurrió más de una hora. Entonces, muy cerca ya de la medianoche, oyó un sonido, una rápida cadencia de piedras cayendo. Algo metálico golpeaba sobre roca y con los ojos de la mente vio una chispa, pero no estaba seguro de dónde. Dándose lentamente la vuelta, miró hacia atrás, pero un momento después, desde el lado opuesto del cañón y desde más alto, llegó una tos bronca y un peculiar gañido aspirado que tardó un instante más en identificar como el rebuzno de un borrico o de un asno. Después, unos instantes más tarde, oyó resoplar a un caballo. Gradualmente estos sonidos fueron acercándose, unidos, y comprendió que una pequeña hilera de animales recorrían un camino que debía de descender por la superficie del cañón. Tannis escudriñó hacia arriba con ojos inquisidores; una pequeña avalancha de piedras desparramaron un color plata en la noche y finalmente, como los detalles del tenebroso fondo de una antigua y oscura pintura, las formas se perfilaron sobre las sombras. Estaban bastante cerca. Cuatro borricos. Y luego un caballo conducido por un hombre. Surgieron de un salto, casi de las tinieblas, como si estuvieran justo encima de él. La luz parpadeó de nuevo en la cueva. Entonces cobró intensidad y se movió hacia delante. La mujer sostenía en alto una lámpara de tal manera que el resplandor caía sobre su cara. Los ojos centelleaban. Sus cabellos relucían, llenos de dorados puntos luminosos. Las sombras danzaban como antorchas durante la misa del gallo en una gran catedral, y casi se podía decir que así era, pues a la luz Tannis distinguió que la cueva estaba resguardada por un enorme porche de roca que sobresalía por encima. La mujer levantó aún más la lámpara. Tannis oyó el siseo… era una lámpara de gas con un manguito de incandescencia. Luego la mujer avanzó unos pasos sobre el terreno del cañón, el gas siseó con más fuerza contra el viento, y cuando ella se detuvo, el círculo de su luz cayó a no más de tres metros por delante de él. Tannis contuvo el aliento. Alrededor se alzaban las rocas como centinelas y se movían formas más allá de la luz como criaturas en torno a una hoguera. También aquella escena podría haber salido de la mano de un antiguo maestro y las sombras arremolinarse alrededor de un tema clásico, The Midnight Watch, The Flight, The Caravan Returns. Durante unos breves instantes, le invadió una sensación particular, la de algo ya visto; en alguna parte, ya había visto aquello antes. Su mente, de aquel modo tan característico, realizó casi su salto, lo proyectó a través del abismo entre el aquí y el allí. Pero en realidad él no se movió. Entonces, desde algún lugar más atrás, la niña llamó: «¡Mami! ¡Mami!», y luego la mujer misma exclamaba:«Bist du? Bist du?» [25]

Y la voz de un hombre respondió con brusquedad: «Ja, ja, Marianne. Nach innen! Innen!» [26]

Alemán.

Hablaban en alemán.

Por supuesto. «Adentro.» No obstante, ella no obedeció de inmediato, sino que, en cambio, alzó aún más la lámpara y Tannis distinguió los animales que se acercaban, los borricos con sus grandes orejas gachas y pesadas cajas sobre el lomo, verdaderamente como una antigua caravana que volviera al hogar, y luego el caballo y el hombre entraron en el círculo de luz: el hombre alto sobre la silla, pero encorvado y con un sombrero de ala ancha sujeto fuertemente a la cabeza con una cinta de cuero que pasaba por el mentón. Antes de que Tannis pudiera ver su rostro (¿quién es?, ¿por qué no le conozco?), la mujer apartó la lámpara y, con lentitud, golpeando suavemente la arena con los cascos, los animales se adentraron en las sombras de la caverna y desparecieron.

Tannis no se movió. Se sintió decepcionado. No, no había reconocido al hombre, pero tampoco lo había visto. Y su mente no había saltado, como él esperaba, aunque algo en su interior se había mantenido tenso y dispuesto, la mitad de él había ido hacia delante. Así que, cuando la procesión desapareció, se sintió como si retrocediera de un salto que no se había completado. Esperó. La luz lo había deslumbrado momentáneamente y la oscuridad, cuando volvió, era una especie de ausencia. Se sintió seco, vacío. No podía moverse. Había pasado por alto… ¿qué? El tiempo se había detenido. Entonces, de repente, alguien ocultó la luz. Una abultada sombra se acercaba a él. Era Vogel, que se marchaba de nuevo. Era demasiado tarde, pero Tannis se dio cuenta súbitamente de que la mujer sencillamente le había advertido que se fuera. Vogel, montando una pequeña yegua negra que debía de haber olido a Tannis, pues resopló y dio unos pasos laterales, fue visible tan sólo un momento antes de ser tragado por la noche. El ruido del los cascos del caballo desapareció por el camino del cañón, por donde antes habían llegado. Lentamente Tannis volvió a desviar la mirada hacia la cueva. La luz aún ardía, pero después de un rato parpadeó y bajó y luego pareció moverse hacia la derecha, hasta que se apagó. Esperó. Quizá transcurrió un minuto. Luego una luz mucho más débil se agitó en dirección a él y se dio cuenta de que era sencillamente la mujer con una linterna. Se acercó tanto que Tannis la vio. La niña, envuelta una vez más en una manta, iba colgada de su cuello. La linterna iluminó delante de ella y el coche brilló sombríamente durante unos segundos en un trozo de terreno despejado junto a unas rocas. Oyó los sonidos que hizo al subirse a él y arrancar. De nuevo sin luces. Tannis escuchó. El sonido se alejó; en un momento también el coche había desaparecido.

Se habían ido: la mujer, de vuelta al remolque; Vogel, a las colinas.

Pero Tannis permaneció inmóvil, impotente ante la escena que acababa de presenciar. Se habían ido y se había liberado una cierta presión, pero ésta se transformó casi inmediatamente en una tensión diferente, una irresistible curiosidad. ¿Qué había ocurrido? ¿Qué estaba ocurriendo? Tenía que averiguarlo. Tenía que verlo. Caminó hacia delante tentando con las manos extendidas en la oscuridad y, finalmente, sin aliento, conteniendo la respiración, se encontró delante de la cueva de Vogel.

Había sido «guiado» en tan gran medida que no estaba seguro de dónde se hallaba. La oscuridad era aún más profunda. Pero ya no notaba el viento en la cara y percibió una corriente baja de la atmósfera más fría. Supuso que estaba en el interior del pórtico abovedado, el montón de rocas que guardaban la entrada de la cueva. Sacó el Zippo del bolsillo, lo sostuvo a un lado de su cuerpo, lejos de la línea directa de visión, y lo encendió. Por fin podría ver algo. Su corazón latía con fuerza cuando se elevó la pequeña llama. Pero se produjo un instante de frustración salpicada de imprecaciones: estaba justo en el exterior de la entrada, una arcada de roca con un pronunciado ángulo que tenía dos veces su altura, y más allá todo estaba completamente oscuro, demasiado oscuro; la llama del encendedor no reveló nada excepto a sí misma. Pero, según recordó, la mujer había movido la lámpara de gas antes de apagarla. Avanzó con cautela de lado siguiendo la curva del arco a medida que éste descendía. En el punto en que se unía con la pared, encendió de nuevo el Zippo y relució un metal. Era la lámpara, depositada a un lado para la siguiente ocasión. Con un gruñido la recogió, giró la válvula y un segundo más tarde, el manguito lanzaba una blanca aureola de luz a su alrededor.

Agachándose por debajo del arco, finalmente entró.

Pero luego, indeciso, se detuvo. Delante de él tenía una vertiginosa sensación de espacio sin aire; la cueva era enorme. Pero cuando sus ojos se acostumbraron, se dio cuenta de que no se enfrentaba con un declive sino con una pendiente más suave, una rampa de una roca totalmente lisa, tan amplia como una autopista, que discurría hacia el fondo. Cautelosamente empezó a caminar por esta rampa sosteniendo la lámpara en alto. Siguió unos diez metros y volvió a detenerse. Muy por encima de su cabeza se curvaba el techo rocoso y por todas partes las sombras se desplegaban como estandartes. Podía haberse encontrado en el patio de un castillo, o de una torre, o, cuando volvió a emprender la marcha, la gran bóveda de roca podría haber sido la nave de una gran catedral, pues la lámpara osciló ante él como un incensario y su reflejo iluminaba velas diminutas en la oscuridad. Avanzó aún más; las rocas rezumaban humedad y oyó un pequeño salto de agua. Estaba pisando grava. Ahora tenía una sensación de constricción, como si el espacio que había a su alrededor se estuviera estrechando; como si estuviera atravesando un pasaje, o una línea divisoria. Resultaba difícil de determinar, pero pensó que el color de la roca estaba cambiando, que se volvía más claro, como de arenisca. Pero en realidad no lo sabía. La oscuridad se tragaba la luz y todo lo que veía era sombra. Instintivamente, cada pocos pasos, vacilaba. Seguía temiendo, en su ignorancia, caer en algún vasto y oscuro agujero. Pero siguió su andadura y enseguida tuvo la sensación de que el espacio crecía de nuevo. El terreno se niveló y pareció emerger a un gran valle, a un gran cañón de roca enterrado bajo la montaña.

Se detuvo una vez más y giró sobre sí mismo con la lámpara por encima de la cabeza, extendida tan lejos como le permitía el brazo. A su derecha se elevaban grandes escalones de piedra, como peldaños, o como asientos en un anfiteatro, mientras que a su izquierda el suelo era llano, casi como un escenario. Nerviosamente, reacio a abandonar el camino, se movió hacia la izquierda, como alguien que entrara en una sala con las luces apagadas para presenciar un ensayo. Realmente tenía ese aspecto abandonado pero expectante, como si en cualquier momento fuera a aparecer alguien y fuera a escuchar una voz resonante leyendo unos versos vagamente familiares. Pero, presumiblemente, tal actor habría sido un gigante, ya que el escenario era inmenso. Su tamaño creaba una desproporción peculiar, puesto que, a medida que sus ojos penetraban un poco más la penumbra, vio que el decorado de aquel llano teatral era doméstico, pacífico, incluso bucólico.

De hecho, pensando de nuevo en la catedral, tenía algo de belén. En el fondo de la cueva vio unos borricos moviéndose plácidamente alrededor de un largo pesebre de madera y un abrevadero metálico, colocados en una zona cubierta de paja iluminada por un tenue charco de luz. Calmosamente, los animales alzaron los ojos hacia él y luego, con leves gruñidos, siguieron comiendo. Esperó, contemplándolos. Su aparición había revivido la impresión de antigüedad que la llegada de Vogel, a la luz de la lámpara sostenida en alto, había creado en su imaginación. Realmente le parecía haber viajado en el tiempo hasta el pasado. Sin embargo, la realidad palpable de lo que contemplaba le confería una calidad de parodia. Cuando se acercó a los animales sosteniendo él mismo la lámpara, podría haber sido cualquier caballero explorador Victoriano cuyos ojos de hombre blanco fueran los primeros en diez mil años en contemplar una tumba perdida largo tiempo atrás, precisamente la prueba de la existencia de un importante y antiguo mito, un dios que había utilizado a una mujer virgen para cobijar la semilla que había de engendrarlo a sí mismo.

Pero cuando estuvo más cerca de los animales se detuvo y apartó la lámpara a un lado para atenuar el resplandor. Porque más allá de los animales y hacia la derecha había otro cuadro, aún más sorprendente que el primero. Era menos doméstico, pero también antiguo en sus asociaciones: un grupo de tres máquinas de hierro, evidentemente muy antiguas y de una configuración tan extraña que podrían haber sido instrumentos de tortura en una mazmorra medieval. Artefactos. Parecían poseer la connotaciones más antiguas de esa palabra.

Se acercó lentamente. Desde algún lugar más arriba llegaba una luz que le permitió verlos. Los tres estaban cubiertos en parte por una fina capa de polvo blanco, pero también estaban ennegrecidos en ciertas partes y oxidados en otras. Uno tenía una pesada rueda de hierro, como una inmensa rueca o quizá una especie de torno de grúa, aunque Tannis sabía que no era eso, puesto que tenía una enorme mordaza, como la de un tornillo de banco, sujeta con pernos. El segundo era en apariencia una cabria, semejante a una bomba para un pozo profundo, quizá un pozo de petróleo. En la parte superior, quizás a unos seis metros por encima del suelo de la cueva, había una rueda rodeada por una correa, presumiblemente para levantar pesos. Finalmente, el tercero y más sencillo de aquellos aparatos era sin duda una especie de crisol o retorta, renegrido y picado, del que salían varios tubos.

Tannis contempló todo aquello durante unos instantes. Los animales y aquellas máquinas formaban un conjunto estrafalario. Los animales, moviéndose tan plácidamente alrededor del pesebre, eran tan sentimentales como una barata estampa religiosa coloreada, mientras que las máquinas parecían ilustraciones de finos grabados en una vieja enciclopedia, con sus diversas partes señaladas por letras de la a a la f.

Se acercó aún más a las máquinas y advirtió que aquella sección de la cueva formaba una sala aparte. Una pared de roca que se elevaba hasta el techo (aunque en realidad estaba demasiado alto para verlo) la separaba del resto. Contra esa pared había una gran mesa, algunas estanterías metálicas y un batiburrillo de las herramientas más usuales: martillos, almádenas, palancas, una sierra para madera. Y también un generador. Oyó su zumbido y luego lo vio, ingeniosamente rodeado de deflectores profusamente acolchados, como los lados y la parte superior de una caja que no ajustan bien. Seguramente los huecos evitaban el sobrecalentamiento. Se acercó a él y miró en su interior. Era un generador Yamaha de gasolina, pero mayor que el del remolque, que funcionaba silenciosamente. Junto a él había un pequeño panel eléctrico con una serie de interruptores. No tenían etiqueta alguna, pero él accionó uno y oyó el traqueteo de una bomba en algún invisible hueco de la caverna. Luego, al accionar otro, se encendió una hilera de luces a su alrededor: una línea de bombillas desnudas a lo largo de la pared del fondo y dos focos en un poste metálico a unos tres metros de altura justo a su derecha.

Dejó en el suelo su lámpara y miró alrededor, capaz de ver realmente por primera vez. Tannis reconoció por fin de qué se trataba. Aquellos extraños aparatos no eran reliquias de la Inquisición, sino anticuada maquinaria minera. Más exactamente, constituían un «equipo» de máquinas de desbaste de mena. El artilugio con rueda y mordaza era una sencilla trituradora de roca, la torre era un bocarte y el crisol una especie de retorta de extracción. Sólo podía significar una cosa: en alguna parte, y muy cerca, había una mina.

Tannis se quedó con la vista fija.

Durante unos segundos sencillamente no dio crédito a sus ojos, tan fantástica era la visión. Pero extendió la mano y tocó la cabria y era totalmente real, de frío hierro negro. Estuvo a punto de romper a reír. Pensó que debía de estar loco, o que alguien lo estaba. De repente recordó la letra de la vieja canción: In a cavern in a canyon/Excavating for a mine/Dwelt a miner, forty-niner/And his daughter Clementine [27]. La canción se adecuaba extrañamente a aquella curiosa escena: la caverna, el equipo, Vogel y Marianne, y también le retrotrajo a su adolescencia, cuándo la fiebre del descubrimiento era tan intensa como aquélla; una época en la que se aceptaban retos y se tenían héroes y se reía uno de las chicas, se cavaba en busca de un tesoro y se destripaban ranas para ver lo que había dentro. En realidad aquel descubrimiento, que era evidentemente el descubrimiento de un secreto celosamente guardado, le contagió exactamente de aquel modo adolescente y engreído. Sí, por Dios, ahí estaba, él lo había conseguido. Y los había vencido a todos, a Benson y Rawson y a aquellos memos del FBI.

Con tal acopio de energía (enfebrecido, pero resuelto a luchar contra ella y ya por fin inflexiblemente seguro de que sobreviviría y triunfaría; ése era su estado de ánimo), caminó hasta la peculiar rueca. Estaba en lo cierto; era una trituradora de roca. Prueba: había dos cajas apiladas junto a ella como las que había visto a lomos de los borricos. Las abrió. Estaban llenas de piedras; cuarzo, monzonita de cuarzo, riolitas, según iba identificando rápidamente, al vuelo; pedazos de roca de unos quince a veinte centímetros de diámetro. Impulsó la rueda. Pesadamente empezó a girar, haciendo que la gran mordaza de hierro girara afuera hacia un lado y descendiera para meterse en una tolva de hierro sujeta con pernos a un lado. La llenó de piedras (no era diferente de una tolva para una trituradora de carne); encontró un botón. Lo pulsó. Las luces parpadearon. Se puso en marcha un motor diésel. Todo el aparato tembló. Luego, lentamente, la rueda empezó a moverse, girando con un tosco esfuerzo, un movimiento no demasiado moderno, como si estuviera provocado por el vapor, pero en perfecta armonía con la naturaleza del lugar; como los molinos de los dioses. Igualmente implacable, la mordaza oscilaba hacia un lado y descendía al interior de la tolva, mientras la rueda se estremecía y se detenía casi, entonces aplastaba la roca y volvía a su lugar original. El ruido se hizo ensordecedor. Se elevó una neblina de polvo gris y saltaron chispas del hierro que golpeaba la piedra dentro de una espesa nube. Tannis notó que se le secaba la garganta y que el suelo temblaba bajo sus pies. A medida que iba siendo triturada, la roca caía a través de una criba en un recipiente que había debajo. Obedientemente, inclinándose y levantándose al ritmo cadencial de la máquina, Tannis arrojó más piedras a la tolva, piedra tras piedra hasta que sus manos quedaron llenas de arañazos y sangraron. Pero finalmente todo quedó reducido a gravilla, varios kilos de piedras reducidas a un diámetro de dos centímetros y medio.

Apagó el aparato. Le zumbaban los oídos y tenía el cuerpo empapado en sudor. Pero apenas se permitió una pausa. El recipiente de recogida tenía asas, como una carretilla. Con un fuerte gruñido (necesitó de toda su fuerza) la hizo rodar hasta la segunda gran máquina de la batería, la que parecía una pequeña cabria de petróleo. En realidad se trataba de un bocarte, increíblemente tosco, pero que funcionaba. La gravilla se introducía por una compuerta en la parte inferior del bocarte y se amontonaba en una serie de pesados matrices de acero del interior, un mortero, de hecho. Cuando puso en funcionamiento el aparato, una rueda levantó una columna de hierro (una mano de mortero de cuatro toneladas o más de peso) hasta alcanzar su tope y luego la dejó caer. La tierra tembló cuando aplastó los matrices de debajo. El eje volvió a levantarse. Tannis sintió que se mareaba y, cuando cayó una vez más, se quedó sin aliento. Tambaleándose hacia atrás cerró los ojos y se ahogó con otra nube de polvo duro y seco. Pero entonces una fina lluvia fresca le golpeó la cara. En algún lugar, automáticamente, se había puesto en funcionamiento una bomba y una delgada fuente manaba del ajuste flojo de una manguera, porque la gravilla, al tiempo que era pulverizada, debía ser continuamente humedecida por una corriente de agua que la arrastraba, sacándola de los matrices a través de una fina criba, y la llevaba hasta un estrecho e inclinado canal de descarga. La columna se elevaba y caía con un ritmo pesado y rápido (quizá daba setenta y cinco golpes por minuto), mientras Tannis alimentaba el aparato con gravilla como un fogonero haría con una caldera, o como un revolucionario haciendo funcionar la guillotina. La máquina no paraba y él, para mantener el ritmo, tampoco podía detenerse. Pasó una hora. Finalmente, cuando se sentía a punto de desfallecer, Tannis comprobó que el recipiente de recogida de piedra molida estaba vacío, apagó el bocarte y se quedó, jadeando, en silencio.

Soltó la manguera de la bomba y se roció la cara, después bebió un largo trago de agua fría. Descansó, aunque sólo cinco minutos, controló el tiempo tan cuidadosamente como un capataz. Luego, haciendo acopio de fuerzas, empezó a hurgar en las matrices de la base del bocarte con un pie de cabra. Había seis apilados en una caja metálica, muy parecidos a los de una imprenta. Supuso que los habían recubierto levemente de mercurio, ahora tenían incrustada una gruesa capa de fina arenisca rojiza. De la parte superior del canal de descarga retiró una placa de cobre semejante a las antiguas placas fotográficas, que también había sido recubierta con mercurio y que también estaba incrustada de arenisca. Se quedó atónito por la cantidad que había. Miró a su alrededor, sabiendo lo que tenía que encontrar, y lo halló al fondo de la cámara: una tosca mesa de trabajo con estanterías y herramientas. Cogió un martillo y un escoplo. Sabía que su siguiente tarea debía realizarse con sumo cuidado para que la delicada capa de mercurio sobre los matrices y la placa se estropeara lo menos posible, pero ése sería problema de Vogel, no suyo, así que arrancó la costra trabajando intensamente con el escoplo. Justo al alcance de la mano, pues era obviamente el lugar donde Vogel llevaba a cabo aquellas mismas operaciones, descubrió un almirez y una mano de mortero de acero con los que machacó los pequeños trozos de arenisca hasta convertirlos en un fino y brillante polvo. Después sus ojos recorrieron las estanterías para encontrar una botella fuertemente taponada. Mercurio, por supuesto. Como un hechicero, vertió la espesa corriente plateada sobre la arenisca pulverizada. De inmediato el polvo empezó a separarse, en parte se hundió, pero un buen puñado se quedó flotando en la superficie como espuma. Extrajo esta parte, agitó la mezcla y repitió el proceso. Finalmente vertió el resto del mercurio que quedaba libre, dejando así una especie de fango en el fondo del almirez. Con una cuchara de madera lo sacó y lo puso en una bolsa de tela, que luego estrujó y retorció, escurriendo así el mercurio del fango a través de la tela porosa, dejando que cayera en el almirez. Cuando hubo escurrido todo el mercurio, le dio la vuelta a la bolsa y una gota de «amalgama», mercurio combinado ahora con el metal atraído hacia él, cayó sobre la mesa. Formó con ella una bola. Tan sólo quedaba entonces un paso en el proceso y, aunque no lo había hecho nunca antes, sabía cómo realizarlo. Después de todo, tenía su licenciatura en químicas, por mundano que pudiera parecer ese título en aquel extraño lugar. Así que llevó la amalgama hasta el crisol, la última de las extrañas estructuras de Vogel. Era, en realidad, la menos extravagante. Consistía meramente en un pequeño tambor de acero, algo mayor que una lata de pintura, que estaba suspendido por encima de un vulgar quemador de propano. En el fondo había una junta de metal atornillada. La abrió, metió dentro la amalgama, luego volvió a cerrarla, tomándose la molestia de encontrar una llave inglesa, pues sabía que tenía que estar herméticamente cerrado. De la parte superior del tambor salía un tubo que se doblaba luego hacia la derecha para llegar hasta el suelo. Encontró un cubo, lo llenó de agua y luego metió el extremo del tubo en el interior.

Tras estos preliminares prendió el quemador, dándole toda la potencia que le fue posible, aunque en realidad la llama no iba a proporcionar demasiado calor. No era necesario; ésa era la cuestión. El mercurio alcanza la ebullición y se evapora a una temperatura increíblemente baja para ser un metal, a menos de 360 grados centígrados, mientras que el valor correspondiente a la plata es de 2.212, para el cobre de 2.594 y para el oro… para el oro es de casi 3.000 grados centígrados. De esa forma el mercurio de la amalgama se transformaría en gas, que saldría flotando a través del tubo inclinado y llegaría al agua, dejando un metal sólido detrás.

Al menos ésa era la teoría. En la práctica tardó más de una hora en demostrarse. Exhausto, olvidando casi el entorno peculiar en el que se hallaba, en parte mazmorra, en parte taller de trabajo, en parte laboratorio secreto, Tannis esperó. Dormitó, pero no logró conciliar el sueño. Oyó a los animales, el gas que burbujeaba en el cubo. Intentó seguir, más allá de las sombras, las corrientes de aire que secaban su sudorosa piel. ¿Qué distancia alcanzaría aquella cueva? ¿Cuándo y cómo la había encontrado Vogel? ¿Qué había llevado a Vogel hasta allí? Dejó que su mente se entretuviera con estas preguntas, sabiendo que no encontraría las respuestas, hasta que supuso que el proceso alquímico había concluido. En cualquier caso, no iba a esperar más. Se levantó, apagó el quemador y mojó el crisol con agua. Luego, cuando se hubo enfriado, desatornilló la juntura. Agitó el tambor. Un fragmento de material cayó de él. Era algo más grande que una canica, pero más pequeño que una pelota de golf, y era bastante poroso, con una escoria de ceniza o un trozo de caramelo masticable, y tenía el color apagado y grasiento del oro sucio.

Oro.

Por supuesto, como él había imaginado. «El secreto que regía todas las cosas.» El secreto tras todos los secretos. Ahora lo tenía, en su mano, y lo apretó. Luego, exhausto, cerró los ojos y jadeó en la oscuridad.

6

Con el oro en la mano Tannis sufrió un desmayo, ésta era la única palabra para describirlo. Era como si acabara de estar con una mujer. Igualmente cayó hacia delante hasta que su cuerpo se apoyó contra la estructura férrea del bocarte, donde quedó encajado en posición vertical. Perdió el conocimiento y su sueño fue tan profundo que no podría haber dicho si duró treinta segundos o una hora. No soñó. El oro es el material del que están hechos los sueños, pero aquel oro era real. Aquel oro era diferente del sueño, como la imagen de la mujer de un adolescente es diferente del tacto de la carne. En realidad, cuando abrió los ojos el sueño por fin había terminado; finalmente el trance mesmérico creado por la extraña llegada de Vogel se había evaporado.

O así lo experimentó Tannis cuando pestañeó y miró a su alrededor en el silencio y el polvo de aquella extraordinaria cámara. Se desperezó estirando la dolida espalda y luego encendió uno de sus Luckys, como una manera de decirse a sí mismo que había retornado a la normalidad. Después, para subrayar esta sensación, fumó tranquilamente y contempló a los animales alrededor del pesebre… «¡Un pesebre, por Dios! -pensó-, no puedo creerlo», frase que le pareció de lo más normal.

Sin embargo, normal o no, todo había cambiado, todo se había alterado. Ya recuperado, Tannis no tuvo la menor duda. Apre


tó la pequeña pepita en la mano y supo que representaba algo realmente fabuloso. Imaginó lo que su padre hubiera pensado. El mineral de oro se clasifica en gramos por tonelada. En Estados Unidos dos gramos se considera bueno, cinco o seis sería extraordinario, pero el que tenía en la mano era probablemente de más de una onza, treinta o cuarenta gramos por lo menos, comparable con el descubrimiento de Moodies, en Sudáfrica. Tannis sabía que, si Vogel había descubierto realmente una veta comercial de mineral de esa riqueza, valdría miles de millones, literalmente, y que incluso un descubrimiento pequeño valdría millones.

¿Era posible?

Suponía que sí.

Pero no probable.

Los grandes descubrimientos del Panamint habían sido de filones de plata: Cerro Gordo, Darwin, Greenwater, Skidoo. No obstante, siempre había habido algo de oro, y había habido un montón al oeste de aquel lugar, cerca de Randsburg. Todo el mundo sabía, además, que en algún sitio entre Tin Mountain y Wingate Pass estaba la cueva del tesoro, protegida por una roca en equilibrio, donde se guardaba el oro de los paiutes. Todo el mundo menos los antropólogos, claro está, quienes afirmaban que para los paiutes el oro era un material inútil. ¿Pero qué sabían ellos? Las viejas leyendas se habían demostrado en otras ocasiones y, a la postre, nadie podría negar lo que tenía en la mano, pues no hay nada en el mundo más tangible que una pepita de oro. El hecho de que Vogel lo hubiera descubierto formaba parte sin duda de un cuento de locos que sólo un loco creería. Vogel el alemán; Buhler, un sobreviviente de los campos de concentración; los últimos días de la guerra, el Reich en llamas; un mapa doblado sobre el corazón de un soldado americano muerto. Uno podía imaginar lo que quisiera. Porque el oro era real. Y este hecho, por increíble que pareciera, lo cambiaba todo. Modificaba las motivaciones de todos. El oro explicaba el viaje de Buhler desde Alemania. El oro explicaba por qué Vogel lo había matado. Pero lo que no explicaba, lo que aún se le escapaba, era la relación consigo mismo y con Harper. ¿Qué había ocurrido aquel viernes por la noche? Buhler, Marianne, la cueva, el oro. ¿Por qué contárselo a él?

La respuesta a esta pregunta parecía tan remota, tan impro ble, que en realidad se le antojó el argumento perfecto para irse a casa y olvidarlo todo. No veía qué tenía que perder. Desde luego, no tenía nada que temer del FBI. Su método «científico» tenía una hipótesis: toda la historia estaba escrita y predicha en la biblia de sus archivos. Todo era una repetición. Siendo una novela, la historia de Vogel se volvía esencialmente inconcebible. Así que, si él, Tannis, se limitaba a marcharse ahora… Pero estos pensamientos, en realidad, sólo le pasaron por la mente. Había despertado de un sueño, pero éste lo había conducido demasiado lejos. Mientras reflexionaba se había ido deslizando por la estructura del bocarte, de modo que tenía la espalda apoyada contra el aparato y estaba en cuclillas. Entonces, con un rápido e inconsciente gesto, se balanceó hacia delante y se echó la mano atrás para palpar el Colt, y lo que pensó reveló su verdadera intención: no, no tenía sentido volver a la camioneta para coger el rifle. Porque…

Realmente no tenía que ser explícito sobre su conclusión, sabía que intentaría encontrar a Vogel y que no tenía sentido disparar sobre él y menos a la distancia de un rifle. Primero tenían que hablar para descubrir qué significaba todo aquello. Por tanto el Colt era todo lo que necesitaba. Sí, iba a encontrar a Vogel. Cogería uno de sus burros o su caballo y cabalgaría cañón arriba hacia las colinas para atraparlo. Lo cual significaba que iba a meterse en la base, porque allí era donde estaba Vogel. Era el único lugar donde podía estar; había bajado por esa montaña y había vuelto a subir por el mismo sitio, y no había nada más al otro lado. Pero tenía que moverse deprisa, una buena estrategia en general, pero sobre todo ahora, puesto que Tannis consultó su reloj y vio que ya eran las tres de la madrugada. Un retraso significaba esperar hasta la noche del día siguiente, ya que tenía que viajar en la oscuridad. Aparte de los obstáculos que planteaba el terreno mismo, aunque eran considerables, ponerse a salvo en aquella parte inexplorada de la cordillera sería sencillo, al menos sobre el terreno. No había vallas y los sensores electrónicos no distinguían entre un caballo y un ciervo, o entre un hombre y un coyote. Pero una vez que saliera el sol aparecerían las patrullas aéreas. Por eso Vogel había dado media vuelta inmediatamente, quería estar a cubierto antes del amanecer. Por ese mismo motivo, concluyó Tannis, tenía que marcharse enseguida, si es que decidía emprender la marcha.

Pero no cabía duda de que así sería. Conocía como pocas personas las dificultades de semejante viaje, pero en aquel momento, después de haber llegado tan lejos, nada le hubiera impedido llevarlo a cabo. Además, las condiciones podrían haber sido mucho peores. Era extraordinario que se sintiera casi descansado. Por otra parte, la cueva mágica de Vogel le proporcionó abundantes provisiones. Había agua junto al bocarte y halló cuatro cantimploras de latón y un depósito cauchutado Nauta para transportarla. Una caja de latón le ofreció una selección de comidas liofilizadas: judías Hardee, chile Big Bill, filete «que no necesitaba nevera», así como un hornillo de cámping Coleman, una manta, un sombrero, un hacha y un viejo par de prismáticos con una lente rota, que llevaría en lugar de volver a la camioneta en busca de los suyos. Lo que buscó, pero no encontró, fue un mapa. Tendría que confiar en su instinto. En cuanto al medio de transporte, tenía donde elegir: el establo de Vogel consistía en ocho burros, un caballo y un mulo. Cuatro de los burros estaban frescos, pero los ignoró por ser demasiado pequeños. El caballo, el que Vogel montaba a su llegada, estaba bien aposentado en su paja, ya que Vogel había montado un segundo animal fresco para su viaje de vuelta. Sólo le quedaba el mulo. De todos modos lo hubiera escogido. Sería más lento que a caballo, pero tenía los pies firmes de un burro, cualidad que le resultaría más valiosa que la velocidad para ir por las montañas. Había una silla colgada cerca y se la puso al mulo, después le colocó la brida y luego ató la carga. Finalmente montó. Ahora, quizás inevitablemente, se produjo un momento cómico. Con Tannis en la silla, el mulo no se movía. Tannis tiró de las riendas, lo aguijoneó, le dio patadas, pero sin resultado. Al final se bajó. Inmediatamente, sin más estímulo, moviéndose sin prisa pero sin pausa, el animal empezó a avanzar y le condujo hasta la entrada de la cueva. El mulo era un rey, o al menos un príncipe, y gobernaría con mano de hierro.

Y así fue más o menos como resultó. Fue un viaje que continuó como había empezado, de un modo un tanto extraño, basándose en la suerte y el instinto, hallando su dirección en el camino de menor resistencia. El mulo era crucial, sabía adónde se dirigía, presumiblemente porque había estado antes con Vogel. En cierto sentido no resultaba demasiado difícil guiarse a través de aquellas rocas, grietas y estrechos salientes. Sólo había un camino que pudiera seguirse; Tannis cedió la iniciativa al mulo y dejó que lo encontrara. Pero esto fue más fácil para los dos por una especie de buena suerte. Al alcanzar la entrada de la cueva y permitirle el mulo que se subiera a la silla, Tannis vio de inmediato que el tiempo había cambiado. No había viento y las estrellas brillaban en una noche dura y profunda del desierto. Mirando hacia arriba descubrió una docena de constelaciones, Draco el Dragón, Lyra el Cisne, Boötes el Labrador y Hércules el Hombre Arrodillado. Iluminaron su camino o, al menos, el del mulo y, puesto que no tenía brújula, le permitieron comprobar toscamente la dirección de su ruta. Casi tan providencial como esa luz fue que cesara el viento. De lo contrario, mientras subían regularmente cada vez más arriba, hubiera sentido demasiado frío, ya que no tenía chaqueta, sólo la manta que había encontrado en el fondo del cajón de comida de Vogel. Luego resultó que el esfuerzo de mantenerse sobre la silla era suficiente para calentarle. Además, la inmovilidad del aire ayudaba al mulo, puesto que se conservaba la estela de olor del caballo que iba delante. En cualquier caso, a intervalos regulares se detenía para disfrutar de un buen olfateo.

De todas formas, nunca había supuesto un problema seguir la pista a Vogel. Como Tannis bien sabía, no se podía cruzar al otro lado de las montañas, ya que tenían al menos mil doscientos metros de altura, tan altas que incluso el verde teñía sus cumbres. Si uno tenía la suerte de encontrar una ruta, la seguía. En el caso de Vogel debía ser más evidente, o así lo supuso Tannis, porque normalmente debía viajar con su recua de burros cargados. A medida que subían, Tannis empezó a comprender incluso cómo discurría la ruta; era un saliente que conducía hasta la pendiente de un barranco, que, a su vez, daba un rodeo para sobrepasar un risco. También había señales, tres piedras apiladas unas encima de las otras en cada recodo o lugar ambiguo a lo largo del camino, y en diversos puntos era evidente que una roca había sido empujada para llenar un hueco, o apartada del camino con una palanca. El mulo recorrió todo aquello con su paso melindroso y prudente. No tenía sentido incitarle a ir más deprisa; sólo había un paso, y Tannis dejó que el animal lo estableciera. Ante un tramo difícil, el mulo se detuvo en seco y Tannis tuvo que bajarse y gatear detrás del animal hasta que el camino se hizo más cómodo. En cierto punto, un saliente liso y amplio, el animal se detuvo y miró a su alrededor expectante. Tras unos instantes, Tannis comprendió. Alimentó al mulo (Príncipe, según lo llamaba en su mente) de su propia mano con una ración de judías liofilizadas Hardee y luego le dio agua con el sombrero.

Después de beber él mismo, miró su reloj. En aquella primera parada ya eran las cuatro y veinte. Probablemente no habían recorrido más de kilómetro y medio, pero habían subido cuatrocientos cincuenta metros. Esto les dejaba aún un largo camino por delante. Volvió a subir al mulo. El sendero siguió subiendo. De hecho, en aquel aire negro y puro, con el cielo brillante sobre su cabeza, su ascensión pareció casi ilimitada, como si estuviera subiendo por una escalera de la música pop hacia el estrellato: la distancia desde aquí hasta allí era infinita, pero el camino se presentaba absolutamente claro. Y quizá porque él mismo estaba tan alto, porque la oscuridad se extendía a ambos lados, por encima y por debajo de él, había algo mágico en todo aquello, una especie de levitación. Pero eso era poner a mal tiempo buena cara; en realidad, al cabo de media hora le dolía cada músculo y cada hueso por el traqueteo del prudente paso del mulo.

Tenía el trasero entumecido y las piernas de plomo. Empezó a sentir punzadas de dolor en la cabeza. Sin embargo, al final lo consiguió, a las cinco y media, Tannis y Príncipe el Mulo habían alcanzado la cumbre.

Cumbre no era probablemente la palabra adecuada. Tannis no estaba muy seguro de dónde se hallaba, pero suponía que había atravesado un paso y no por encima de las colinas directamente. Por fin habían trepado por una suave cresta. Desde la cima vio que el terreno se inclinaba abruptamente por debajo. Refrenando al mulo se dio media vuelta en la silla. Estaban a una gran altura, la suficiente para encontrar maleza y pinos piñoneros, como pesadas y oscilantes sombras en la oscuridad. Aquello no era el desierto, sino la sierra, tierra alta. Una brisa formando remolinos, un complejo movimiento del aire, acarició su rostro, sensación que no se tenía nunca más abajo. Se olía incluso a agua, o a algo que no era el seco aire inoloro, y el dulzón olor a sudor del mulo. Uno no olía nunca a sudor en el desierto. Pero verdaderamente estaba muy por encima del desierto. Mil quinientos metros, lo sabía; quizá mil ochocientos. Aquel paso era un punto bajo, una V entre las colinas, que se levantaban a izquierda y derecha altas y empinadas, y tras ellas, otras se levantaban aún más altas, como sombras contra el cielo. No estaba seguro, pero era posible que la vertiente que se perfilaba inmediatamente al norte de donde él estaba fuera Maturango Peak, el pico más alto de Argus Range, casi dos mil setecientos metros sobre el nivel del mar, lo cual significaba que la montaña a su izquierda era Parkinson Peak, sólo trescientos metros más baja. Pero no estaba seguro. Había cuatro picos principales en aquella zona, como los nudillos de un puño, y podía haber estado en un paso demasiado alto o demasiado bajo. Aunque eso no suponía diferencia alguna en cuanto a la decisión con que se enfrentaba, porque todas las montañas descendían hacia un yermo rocoso y abierto de llanuras, barrancos y cañones llamado el Valle de Etcheron, el tipo de terreno en el que un hombre a caballo, visto desde un helicóptero, resaltaría tanto como una baliza luminosa. Admitió por un momento que Vogel lo había vencido. Por supuesto era posible que estuviera tan sólo unos cientos de metros por delante, escondido. Pero si se había dirigido hacia el otro lado del valle, ya debía de estar a medio camino, avanzando a galope tendido. No había modo de alcanzarlo, al menos antes de que amaneciera. Detrás de él ya empezaba a iluminarse el cielo y Tannis podía percibir su propia figura formándose entre las sombras. Pronto llegaría el alba. En los viejos tiempos de la Estación de Pruebas, cuando todos los aviones llevaban hélices, habían seguido las horas tropicales, haciendo sus salidas aéreas antes de que el calor del desierto aumentara, cuando aún había aire bastante para que las hélices cogieran impulso y, siguiendo esta tradición, China Lake aún gustaba de enviar a volar temprano a sus aviones. Tannis sabía por tanto que debía buscar un escondite. Tiró de las riendas a fin de obligar al mulo a girar para avanzar a lo largo de la cresta, que se elevaba suavemente y luego más empinada al unirse con el rellano de la colina, donde formaba un punto escarpado: rocas apiñadas formando un enorme saliente al que se aferraba un viejo roble negro. Mirando desde ese promontorio a la derecha y a través de una cortina de pinos ponderosos, distinguió de nuevo el sendero, una profunda garganta de sombra serpenteando más abajo en el desfiladero. Miró también la extensión que se tendía a sus pies, pero no había nada en absoluto, tan sólo la completa y lúgubre negrura del vacío. Aquel punto sobresalía tanto de la colina que supuso que una vez que saliera el sol, desde allí dominaría todo el valle. No hallaría otro punto de observación mejor. Esperaría allí y vería lo que ocurría al despuntar el día, luego decidiría si debía arriesgarse a seguir adelante; mientras tanto, mantenía también vigilado el camino por si acaso Vogel daba media vuelta.

Desmontó. Al sufrir aquel cambio en la rutina, el mulo pareció algo confuso, pero encontró unas briznas de hierba y empezó a alejarse por entre los árboles. Tannis lo dejó marchar. Ahora que había desmontado se sentía exhausto, tembloroso. Bebió agua, luego se obligó a sí mismo a continuar con sus tareas: encender un fuego, apilar rocas alrededor para ocultarlo, alimentarlo con hierba y piñas. Sus llamas abrieron un pequeño agujero en la noche. Se calentó y luego mezcló un poco de chile Big Bill en una taza esmaltada, añadiendo obedientemente un paquete de especias a medida que se calentaba. Unos minutos más tarde estaba comestible, o al menos él se lo comió con la punta de su cuchillo Buck. Finalmente, se envolvió en la manta, se apoyó contra una roca y se fumó un Lucky. Lentamente notó la fatiga extendiéndose por su miembros, su cuerpo por fin no pedía otra cosa. La suave noche se movió en torno suyo, las sombras y el viento. Cerró los ojos.

Pero no durmió. Cayó por el contrario en un agitado duermevela provocado por la fatiga, en la que su mente no dejaba de funcionar. Su cerebro se llenó de imágenes: Vogel y los burros iluminados por la lámpara; la cueva y sus máquinas de hierro; la niña de Marianne jugando entre el polvo con sus muñecas, sentada y con las piernas abiertas; y oro en barras y pepitas, oro lavado de la arena, oro vertido de férreas calderas de colada. Pero estas imágenes no acabaron de configurar un sueño. Luego una idea empezó a rondarle la cabeza de forma insistente, la idea de que no estaba siguiendo a Vogel, sino que estaba siendo «guiado» por Vogel. Era como un perro que intentara morderse la cola. Vogel sólo era importante porque había mencionado el nombre de Harper, pero la única prueba de que Harper tenía algo que ver era que Vogel lo había dicho. ¿Podía estar seguro siquiera de eso? ¿Estaba absolutamente seguro de que Vogel era el misterioso personaje que le había llamado por teléfono? Le dio vueltas y más vueltas en un círculo interminable y, sin que tuviera el menor sentido, recordó lo que siempre se decía de China Lake, que estaba «fuera del círculo». Allá donde mirara, allá donde dirigiera la vista, veía siempre lo mismo, y por lejos que caminara, acababa siempre en el punto de partida. ¿Qué estaba haciendo él allí? No era por Vogel. Vogel no significaba nada para él. En lo que a él concernía, Vogel era un anciano que había vivido en un tiempo cerca de la base, se había ido y después había vuelto, y quizá había tenido un golpe de fortuna. Pero eso no tenía nada que ver con él. El viernes por la noche anterior habría colgado el teléfono si Vogel no hubiera mencionado el nombre de Harper. Por lo tanto, Harper era la clave. Harper, cuyo rostro seguía sin poder recordar. Todo lo demás había sido consecuencia de esa mención. Pero Harper, teniendo en cuenta lo que había descubierto en los últimos días, tampoco tenía nada que ver con todo aquello. Harper nunca había sido un espía, no tenía relación con Alemania Oriental ni con Buhler, ni tampoco con una caverna en el desierto. Entonces, ¿por qué lo había mencionado Vogel? ¿Cómo se había enterado Vogel siquiera de que Harper existía? Sólo tenía sentido de un modo, o así empezó a pensar, y quizás, en su mente, sentía de nuevo la extraña atracción que lo había llevado hasta la imagen de la llegada de Vogel. Pues concluyó que la única explicación lógica era que Vogel era él mismo, o que Vogel era un parte de sí mismo, escindida. El viernes por la noche se había llamado a sí mismo. Había fingido ser Vogel. O había soñado aquella llamada. Lo cual era absurdo, pero por algún extraño motivo, esa solución lo satisfizo durante un rato, y quizá llegó a dormir realmente, y a soñar, pues, de repente, se despertó sobresaltado. Abrió los ojos. Miró a lo lejos, muy lejos, la negrura más allá de la montaña, donde el viento de la noche cambiaba. Entonces un único pensamiento se apoderó de él: irse. Debía levantarse y marcharse, olvidarlo todo, irse. En su imaginación vio un ladrillo en particular de su patio bajo el cual había enterrado largo tiempo atrás la pesada caja de caudales de hierro llena (y repuesta periódicamente) de billetes de avión de primera clase para Río, Hong Kong, Singapur, Bombay; pasajes para París, Frankfurt, Roma; pasajes de una docena de distintas líneas aéreas, Pan Am, Qantas, JAL, Air France, Lufthansa. Eran tan buenos como dinero en efectivo y podían llevarle adonde quisiera. Podía salir volando. Cuando sus ojos regresaron del vacío y miró hacia el valle, donde el resto de la negra y reluciente noche pendía del cielo como una gran sábana hacia el oeste, quiso asomarse, descansar sobre el cielo del desierto y alejarse deslizándose. Sin embargo sabía que no lo haría, que no podría. Algo sin nombre lo retenía, y todo lo que podía hacer era alzar los ojos hacia las estrellas que aún brillaban, que oscilaban en lo alto por encima de Wild Horse Mesa, Louisiana Butte, Darwin Wash. Aún las contemplaba cuando finalmente cayó hacia atrás y se durmió.

Pero Tannis no descansó mucho tiempo. Con las primeras luces nebulosas del amanecer estaba de nuevo despierto, helado, rígido, agotado. La agitación de la noche volvió a él como una vaga sensación de inquietud que despertó sus recelos, aunque, al margen de como hubiera pasado la noche, se hubiera sentido igual. A partir de aquel momento, sabía que sus movimientos tendrían que ser muy cautelosos. O encontraba a Vogel ese mismo día o no lo haría nunca, así que estaba cerca del final, fuera cual fuese.

Pero al menos podía ser prudente. Por primera vez vio realmente dónde estaba y adónde se dirigía. Después de beber agua miró a su alrededor y descubrió que había acampado sobre un saliente rocoso que sobresalía desde la colina, pero que luego se curvaba hacia atrás siempre muy levemente. Estaba muy bien escondido. Directamente debajo del saliente, la colina descendía escarpada hasta unirse con una larga y rocosa pendiente (crestas, barrancos, una larga caída para un acantilado), que al final descendía hasta el gran valle que tenía a sus pies. A la derecha y mucho más suave, la ladera de la colina conducía a través de pinos y robles hasta un amplio y rocoso barranco. El barranco formaba el desfiladero por el que Vogel había atravesado la montaña. Cuando miró hacia abajo, Tannis pudo seguir su curso en descenso, que luego giraba sobre sí mismo, desaparecía un tramo por entre las rocas y emergía finalmente en el valle. El saliente donde se hallaba, de hecho, era el lugar perfecto desde donde se dominaba el panorama. Se dio cuenta de que, si hubiera tenido más tiempo, la mejor estrategia habría consistido en esperar el regreso de Vogel, suponiendo que regresara, y tenderle allí una emboscada. Pero no tenía tiempo, ni la comida o el agua necesarias, así que, de un modo u otro tendría que atravesar aquel valle, puesto que sin duda Vogel estaba al otro lado.

En teoría no había motivo alguno para que le resultara difícil. Con los prismáticos de Vogel sobrepasó el valle para escrutar la línea gris de colinas y riscos que había al otro lado. El prisma o la lente de uno los cristales estaba torcido, por lo que tenía una visión extrañamente escorada, pero estaba lo bastante clara como para calcular la distancia y evaluar el terreno. Supuso que eran unos doce kilómetros, incluso menos, y el terreno, aunque accidentado (rocas, firme, grava, pavimento) era ciertamente transitable. En realidad tardaría tan sólo unas pocas horas en llegar al otro extremo. Pero existían otras complicaciones. Vogel se había metido en la tierra; puesto que había encontrado una especie de mina, aquello era, con toda probabilidad, literalmente cierto. Así que tendría que seguir su rastro y luego descubrir dónde se escondía. Eso podría llevarle mucho tiempo. Y por supuesto, se combinaba con el segundo problema: la posibilidad de una patrulla que, allí abajo, pensó enfocando el valle con los prismáticos, lo divisaría sin dificultad.

¿Debía arriesgarse? La tentación era jugársela. Vogel tenía que estar cerca; en el desierto, aunque uno sea tortuoso, nunca se elige el camino más largo. Mirando hacia abajo desde el saliente, Tannis vio que el sendero alcanzaba el valle tan sólo ochocientos metros al norte de donde él se hallaba. Era casi seguro que Vogel había cruzado el valle directamente desde ese punto, o que se había desviado a derecha o izquierda tan sólo unos pocos grados. Por ejemplo diez, pensó Tannis, y con los prismáticos trazó una vista panorámica a lo largo del arco de terreno hasta llegar al otro lado. Lo que vio en su mayor parte fueron riscos, mesas, importantes bajadas, terreno demasiado escarpado para un caballo. Pero había varios barrancos. O bien atravesaban las colinas o bien a iban a desembocar en un cañón. En cualquier caso, Vogel debía de haber tomado uno de ellos, sólo era cuestión de encontrar sus huellas. Y si no tenía suerte, Tannis podría sencillamente entrar en cada uno de los barrancos por turno hasta dar con el rastro. Desde luego así se expondría a la vista, sobre todo desde el aire, pero una vez que hubiera atravesado la llanura del valle encontraría donde ponerse a cubierto. De todas formas, las patrullas de seguridad tendían a concentrarse a lo largo del perímetro.

Todos eran argumentos en favor de ponerse en camino de inmediato, pero Tannis bajó los prismáticos y no se movió. Porque, aunque resultaba tentador, sabía que no debía hacerlo. Porque no sólo habría patrullas regulares, sino también especiales. El asesinato de Buhler y la investigación eran la causa. Tras consultar con las instancias gubernamentales pertinentes y la NIS, se ha incrementado el número de patrullas de helicópteros en todo el perímetro. Sí, pensó, aumentarían las patrullas porque era el modo más sencillo de cubrirse, de demostrar que estaban haciendo algo. Así que volvió a adentrarse entre los árboles, le dio agua a Príncipe y lo ató bajo el mayor de los robles de los pantanos. Luego halló un hueco para sí mismo lejos del saliente.

Esperó.

Cuarenta y tres minutos más tarde oyó el helicóptero.

Estaba detrás de él, más atrás, sobre los cerros más altos. El sonido del rotor reverberaba pendiente abajo, desapareció cuando el helicóptero se metió en un barranco, luego latió más cerca. Pero en realidad no estaba demasiado cerca, ya que el sonido jugaba malas pasadas en las montañas. Cuando por fin vislumbró un destello del helicóptero, éste se hallaba a más de un kilómetro y medio, ladeándose en un giro que lo llevó hasta el valle. Al elevarse permitió a Tannis ver su blanca identificación; era un SH-2 Seasprite, el helicóptero estándar de la Marina. Se hundió después para cruzar un barranco, de vuelta a las montañas, y desapareció rápidamente. Pero Tannis se echó al suelo y se escondió debajo de una roca, porque sin duda llevaban cámaras a bordo y probablemente sensores infrarrojos. La caliente superficie de la roca enmascararía su presencia. Transcurrieron tres o cuatro minutos, pero ni siquiera entonces se acercó; pasó por detrás de él, colina arriba, y todo lo que oyó fue el zumbido de las turbinas y el pesado golpeteo de los rotores. Después, súbitamente, también el sonido desapareció; el helicóptero debía de haber descendido y algún alto lo ocultaba. Cautelosamente Tannis asomó la cabeza. Pero no había nada que ver, y aunque, tras unos instantes, el sonido de los motores volvió en su dirección cuando el helicóptero cruzó por entre las montañas y barrancos, poco a poco fue desvaneciéndose a medida que el trazado de su ruta lo alejaba del lugar. Tannis sabía exactamente lo que estaban haciendo: volar a lo largo del perímetro, consiguiendo así que fuera casi imposible cruzar los límites. No buscaban nada en particular, pensó, se limitaban a cumplir el trámite, a cubrir el expediente. Sobre todo, y puesto que se mantenían tan pegados al perímetro, no sospechaban que alguien estuviera ya dentro de la base.

O al menos tal era su deducción y ahora sabía que debía arriesgarse a estar equivocado. Existía una posibilidad de que el helicóptero diera media vuelta para pasar de nuevo por allí, pero quizá tendría que esperar horas antes de estar absolutamente seguro de que se había ido, y no podía permitirse este lujo. No podía retrasarlo más. Corrió hacia el mulo y se subió a la silla de un salto. Antes de que el animal supiera lo que estaba ocurriendo, lo conducía ya colina abajo, de nuevo a través de los pinos, en pos de Vogel. Continuó descendiendo sin pausa alguna. Primero sobre el mulo, luego, cuando la cuesta se hizo demasiado empinada, se bajó y lo condujo tirando del ronzal, eligiendo su camino por encima de rocas y a través de pequeños bosques de envarados y espinosos pinos. En algunos aspectos la bajada era más difícil de lo que había sido la subida; pero ahora podía ver, y resultaba muy diferente. El sendero seguía la disposición del terreno, y en cada lugar que se prestaba a ambigüedad (¿debía girar a izquierda o a derecha?), buscaba una de las discretas señales de Vogel y siempre la encontraba. Tuvo que azuzar al mulo y gritarle; Príncipe protestaba, echaba las orejas hacia atrás y se afianzaba sobre sus pezuñas, pero cuesta abajo Tannis tenía todas las ventajas y se limitaba a tirar de él. Para empezar, estaban a cubierto, ya que los robles y pinos les servían de camuflaje y los escarpados lados del barranco proyectaban oscuras sombras por entre las que se movían. Pero progresivamente, a medida que bajaban, fueron saliendo al descubierto. Los árboles daban paso a matorrales y maleza, y la ruta del barranco se perdía en un amplio abanico de piedras y roca. Pronto el cálido y polvoriento aire del desierto, que ascendía hasta ellos, intensificó la luz del sol de la mañana. Finalmente, parpadeando ante su resplandor, Tannis se encontró en la llanura, al borde del desierto.

Se detuvo. Un poco más allá, como un faro que señalara aquella árida playa, había una gran roca, agrietada como por un rayo, y apremió al mulo para alcanzar su sombra. Sería el último refugio a cubierto en varios kilómetros. Inmediatamente por delante de él, aprovechando a duras penas la última sombra de las montañas, había un montículo formado por una artemisa y creosota, pero después empezaba el llano, agrietado, aplastado, silencioso, inmóvil; una única imagen gris que llenaba la mirada, repitiéndose interminable. Era casi hipnótico, cansaba sólo mirarlo. Pareció necesitar de un esfuerzo de voluntad para levantar la vista hacia la oscura línea en el horizonte donde la tierra se erguía de nuevo, formando las montañas y estribaciones donde Vogel se había ocultado. Entrecerrando los ojos contempló aquella imagen y repasó sus cálculos previos. En realidad la distancia no era tan grande. El mulo estaba fresco. Si lo mantenía a buen paso podría cruzar la extensión en una hora. Pero, claro está, no podía mantenerlo a buen paso. ¿Adónde había ido Vogel? Desde aquel punto la pregunta sería más difícil de contestar. Quizás el mulo conocía el camino, pero eso significaba mantenerse a su paso, que sería lento. Dudaba de que hubiera señal alguna. Aunque habitualmente Vogel pasara por allí de noche, habría luz suficiente para ver y quizá utilizaba una brújula. Tannis concluyó por tanto que tendría que rastrear sus huellas. No era imposible ni difícil si tenía un poco de suerte, pero le llevaría tiempo. Dos horas. Tres. Durante este período él y el mulo serían tan visibles como una mancha de pintura.

Fue ese pensamiento, conscientemente, el que le hizo dudar, pero en el fondo era la ansiedad que sentía al pensar en la caída de la noche. Mientras sus ojos recorrían el cielo (el perfecto e inmaculado azul de un pintor surrealista, punteado de tres nubes blancas, tan algodonosas como las que dibujaría un niño), tuvo de nuevo la sensación de que había pasado por alto algo decisivo que tenía justo delante de las narices. Todo era demasiado evidente. Pero no conseguía descubrir qué era. Había olvidado algo, en cualquier momento lo recordaría y exclamaría ¡claro! Y una vez más una voz le aconsejó que diera media vuelta, que se fuera mientras estuviera a tiempo. Como un alquimista, Vogel le iba guiando, como le había atraído hasta la carretera del aeropuerto de Trona, ¿pero cómo iba a dar media vuelta ahora? Haciendo pantalla con la mano, miró a lo lejos, pero si buscaba una señal que le diera permiso para marcharse, lo que vio fue exactamente lo contrario. En el éter parpadeaba un ojo brillante, un rápido destello, muchos kilómetros a su izquierda, bajo en el horizonte al oeste. Comprendió enseguida que se trataba de un reactor. El avión desapareció, pero sus ojos se movieron instintivamente a lo largo de su trayectoria y volvió a captarlo un instante más tarde. Debía acabar de salir del Armitage Field y ahora daba círculos, ganando altura. Cogió los prismáticos de Vogel que llevaba detrás. Pero antes de que los tuviera en la mano, el avión se ladeó y Tannis vio el perfil de sus alas altas en forma de flecha y luego, cuando se acercó a él, la entrada de aire del motor en el morro le enseñó los dientes como un tiburón. De este modo supo que se trataba de un F-8, un Crusader. Era un modelo antiguo. Se remontaba casi a la misma época que el propio Tannis. «El último de los Gunfighters», lo llamaban y en 1957 John Glenn había utilizado uno para realizar el primer vuelo supersónico atravesando Norteamérica. Aquellos aviones ya no estaban en funcionamiento, pero aún sobrevivían unos pocos por allí, ya que el centro de armamento los utilizaba como banco de pruebas aéreo. Ésa era la cuestión. Porque era imposible que el oficial de seguridad del polígono hubiera permitido que volara un avión de pruebas con un helicóptero dando vueltas por los alrededores. Así que no había absolutamente nada que lo detuviera, y cuando el sordo ruido de los remolinos de los grandes turborreactores Pratt & Whitney lo alcanzó, Tannis arreaba ya al mulo para adentrarse en el desierto.

Tannis se sentía inquieto, pero esto no afectó en absoluto a su eficacia. Siguió la pista de cualquier cosa, desde jeeps a coyotes, por aquel desierto, sabiendo en todo momento lo que estaba haciendo. Dejó que Príncipe hiciera el trabajo, Príncipe y sus propios ojos penetrantes, que captaban el fugaz vislumbre de un casco de caballo sobre la dura arcilla, siguiendo el vuelo de un cuervo durante kilómetro y medio hacia delante hasta que se posaba sobre un montón de estiércol. Y en una ocasión se agachó, caminó en cuclillas y examinó el horizonte hasta que descubrió la estructura medio enterrada de un avión zángano [28] Firebee, uno de los antiguos objetivos del Sidewinder. Había cientos de ellos esparcidos por el desierto. Aquél tenía el morro ligeramente enterrado y la pintura roja pulida por treinta años de viento de modo que ahora, a la luz del sol, brillaba como una baliza.

Y eso era precisamente, un mojón en el camino, ya que cuando llegó hasta allí a lomos del mulo descubrió una multitud de huellas de Vogel en la arena alrededor de la estructura. Había girado allí. Al parecer Príncipe recordaba incluso el lugar, pues bajó el hocico como un sabueso y trotó hacia delante. Así pues no le resultó tan difícil después de todo, y al otro extremo fue aún más fácil, ya que durante kilómetro y medio encontraron una serie de huellas claras a lo largo de tierras yermas cubiertas por una costra de sal. Se acercaba cada vez más. Utilizó los prismáticos. Por delante se alzaba la línea de acantilados, colinas como montones de arcilla gris que se hubieran amontonado allí y secado hasta convertirse en dura roca, agrietándose por el borde. Las fisuras eran barrancos o cañones. Había tres más o menos enfrente de él, los acantilados se desmenuzaban hasta llegar a tres abultados puntos, como muñones de una mano mutilada. Supuso que Vogel estaría en uno de ellos, aunque no era seguro. También cabía la posibilidad de que un barranco atravesara uno de aquellos acantilados hasta el valle y las colinas del otro lado, las cuales formaban Coso Range. La Mina Coso había sido un famoso filón de plata. Cuando la Marina llegó a aquel lugar había cientos de minas y había tenido que comprar los derechos de más de mil propiedades registradas, incluyendo la de su padre. Tannis se dijo, sin embargo, que si Vogel había tomado aquel camino, había escogido el más largo. Le hubiera resultado mucho más sencillo bajar desde el perímetro norte de la base, desde Darwin, permaneciendo en las colinas durante todo el trayecto, en lugar de atravesar aquel peligroso campo abierto. No, estaba seguro, Vogel estaba cerca, justo delante, en uno de aquellos barrancos.

Tannis reemprendió la marcha. El sol había subido en el cielo. Él y el mulo proyectaban una sombra negra sobre el liso terreno gris, tal era el efecto que causaban. A medida que se acercaban a los riscos, Tannis se convertía más claramente en una figura en el paisaje, empequeñecida por su tamaño, pero moviéndose con mayor claridad en comparación con su quietud e inmovilidad. Era una jugarreta de su imaginación, pero los pasos de Príncipe le parecieron sonar más alto y los músculos de sus hombros le parecieron más definidos, notando sus intrincadas conexiones bajo la reluciente chaqueta. Sin embargo el cielo era del mismo azul claro y las tres nubes no se habían movido. Tampoco parecía que hubiera avanzado ni un centímetro en relación con ellas. Pero paulatinamente iba acercándose a las colinas que tenía delante. Las huellas de Vogel oscilaban ligeramente hacia un lado y luego giraban más bruscamente, eliminando casi con toda certeza el más oriental de los tres barrancos, dejando sólo dos, que formaban una vaguada. A unos cuatrocientos metros quizás antes de llegar a ellos, el terreno cambiaba y se elevaba en una pendiente de roca y grava. Era el montículo de limo dejado por los ríos que en otro tiempo habían discurrido por sus canales. Allí se perdían las huellas de Vogel; el terreno era pedregoso y cubierto de rocas, pero Tannis se limitó a aflojar las riendas y dejar que el mulo hallara el camino por sí solo. Se dirigió hacia la izquierda, rechazando de nuevo y definitivamente la abertura hacia el este. El declive se hizo más empinado, lo suficiente para que el mulo tuviera que buscar y escarbar un apoyo seguro para las patas delanteras. Casi de forma imperceptible, la boca del barranco empezó a engullirlos, aunque al principio no resultó demasiado impresionante, ya que formaba una abertura amplia e indistinta con paredes de suave inclinación a ambos lados que no sobrepasaban los nueve metros de altura. Parecía no conducir a ninguna parte, como si no hubiera ningún sitio al que llegar. Daba la impresión de que más adelante los dos lados se elevaban mucho más alto, pero doblándose sobre sí mismos, acabando en un cañón en forma de U. Sin embargo, cuando alcanzó ese punto, Tannis comprobó que el barranco daba un brusco giro y se constreñía a un estrecho desfiladero, más allá del cual volvía a abrirse. Vaciló, luego prosiguió la marcha. Y tan pronto como empezó a cruzar el desfiladero, vio que el barranco se prolongaba, mucho más estrecho, con paredes más altas y escarpadas a ambos lados, paredes de dieciocho a veinticinco metros de altura, tan altas y empinadas que los rayos del sol bañaban tan sólo la parte superior y el suelo del barranco yacía en una profunda y fría sombra. Recorrió aquel camino durante cuarenta y cinco metros y entonces se dio cuenta de que estaba atrapado.

Detuvo al mulo. No se movió. Miró a su alrededor y no le cupo la menor duda de que estaba en un trampa. Una trampa, comprendió, que tenía al menos dos mil años de antigüedad. Cogió los prismáticos de Vogel para examinar los riscos a ambos lados por encima de él y por todas partes vio los petroglifos, centenares de ellos, miles, grabados en la superficie de cada roca: estilizadas figuras de hombres, ovejas y perros; y abstracciones, escudos blasonados de armas y figuras humanas apenas esbozadas, como hombres de pesadilla, con un pie de tres dedos, fálicos, con cuernos y con múltiples ojos. Alzando los prismáticos hacia el borde rocoso vio tres cazadores simulados, piedras enormes balanceándose unas encima de otras para formar la figura de un hombre, como si fueran muñecos de nieve o espantapájaros. Sabía exactamente lo que representaban, puesto que él en persona había descubierto muchos de aquellos emplazamientos. Había varios centenares esparcidos a lo largo de las colinas y cañones de la base. Habían sido realizados por una raza desconocida de indios, que había desaparecido mucho antes de que los indios históricos llegaran a aquella parte del desierto. Eran los «antiguos». Habían cazado con lanzas llamadas atlatls, antes de que se inventara el arco y las flechas, y su presa había sido el carnero de grandes cuernos cuyas imágenes eran caraterística principal de los petroglifos, en los cuales aparecían dibujados con grandes cuernos curvados y patas saltadoras. Los indios modernos habían supuesto que aquellas representaciones eran religiosas, pinturas de dioses o espíritus, pero los científicos del NOTS, tomándose el rompecabezas de su significado como un pasatiempo, las habían tomado por lo que eran: ecuaciones, cálculos, descripciones. Habían sido dibujadas para atraer a los carneros hacia los cañones y desfiladeros donde los cazadores emboscados, ocultos en escondrijos de piedra a lo largo de las paredes del cañón, los habían matado. Como ciencia había sido suprema, perfectamente predictiva y capaz de réplica en generaciones sucesivas, hasta el punto de haberse extinguido los carneros y haber desaparecido los cazadores. Aquellas extrañas señales eran la única huella que había sobrevivido, aunque a partir de las mismas Tannis sacó sus propias conclusiones. La más importante: no estaba en un barranco, un paso a través de las montañas, sino en un cañón, un camino sin otra salida que el lugar por donde había entrado. Por lo tanto Vogel estaba sin duda por delante de él. Tannis adivinó incluso que debía de estar en una cueva, uno de los antiguos lugares ocupados por los indios y muy bien pudiera ser que en ese mismo momento lo estuviera observando. No percibía esta sensación en absoluto. No tenía la sensación de que alguien estuviera vigilándolo. Pero seguía sin gustarle.

Sobre todo le incomodaba su expuesta situación sobre el mulo, de modo que se deslizó rápidamente de la silla y dio unos pasos atrás, manteniendo a Príncipe entre él y lo que hubiera delante. Con una vara lo azuzaba para que siguiera avanzando. Tras recorrer veinte metros, el terreno rocoso terminó bruscamente en un suelo arenoso, un «tanque de arena» lo llamaban. Los borricos y caballos que todavía vagaban por aquella zona del desierto irían allí y escarbarían con las patas el blando suelo, ya que en aquel lugar habría agua durante la mayor parte del año. Tannis recorrió toda su extensión y descubrió las huellas del caballo de Vogel, al paso, aparentemente sin ninguna prisa. Miró hacia arriba y en torno suyo. En aquel punto las paredes del cañón era muy altas y sólo el reborde más occidental recibía la luz del sol. Más allá todo se veía a contraluz y Tannis sabía que si alguien se ocultaba allí, él no podría verlo. ¿Pero cómo hubiera podido Vogel subir hasta allí? En cualquier caso, tenía que seguir o bien dar media vuelta. Sencillamente no le quedaba otra alternativa. Así pues, le dio otro golpe al mulo con la vara. Más adelante el cañón se volvía más estrecho. Podía imaginar a los carneros amontonándose allí por el pánico, y a ambos lados, derecha e izquierda, vio los antiguos escondrijos de caza. Los habían construido en lo alto de las pendientes, de modo que los cazadores arrojaran sus lanzas hacia abajo, desde ruedos de rocas apiladas unas encima de otras, como nidos fosilizados o infantiles fortificaciones de nieve. Tenían muy poca altura, lo suficiente para ocultar a un hombre agachado. Se quedó allí parado durante unos instantes, inspeccionando cada uno de ellos por turno, motivo por el cual descubrió que había uno diferente: se había desmoronado. Podía no haber tenido importancia, sobre todo porque era imposible que nadie se ocultara allí, pero únicamente porque destacaba de los demás y llamaba su atención, se acercó a Príncipe, cogió las riendas y súbitamente lo azuzó vivamente cuesta arriba en aquella dirección.

Tal vez fue el azar; en otras palabras, la casualidad. No tenía un propósito definido, tan sólo el instinto de interrumpir la regularidad del camino que seguía recorriendo el cañón. Pero cuando llegó allí, se alegró de haberlo hecho. Ahora miraba hacia abajo y eso era una ventaja. Con los prismáticos podía ver las huellas de Vogel encaminándose hacia el otro extremo del cañón y también que a otros cuarenta y cinco metros habían dado un brusco giro. Decidió que no avanzaría más allá de aquel punto subido en el mulo, sino que haría un reconocimiento a pie.

Tras tomar esta decisión, se acercó a Príncipe y cogió la cantimplora. Echó un trago con un pie apoyado sobre las piedras del escondrijo de caza y volvió a examinarlo. El escondrijo, hecho de trozos de basalto, se había desmoronado sobre sí mismo, aunque, según advirtió, de un modo bastante ordenado, de manera que las paredes habían caído formando un montículo cónico. En consecuencia, no se trataba tan sólo de una pila de rocas. Y cuando pensaba en lo curioso que resultaba (¿pues qué podría haber removido aquellas piedras y mucho menos reordenarlas de tan regular modo?), vislumbró un destello en la arena, a sus pies. Se agachó para recoger una moneda de diez centavos, una reluciente y fina moneda americana con Roosevelt en una cara y la Estatua de la Libertad en la otra. In God We Trust [29], 1959. Era una fecha muy cercana al año decisivo. El año de Harper… aunque, claro está, alguien podía haberla perdido en cualquier fecha desde entonces. Pero cuando retrocedió y miró las rocas que formaban la pila, se dio cuenta de que no la habían perdido en absoluto. Retiró las rocas, apartándolas a un lado y casi instantáneamente, porque en realidad no había muchas, imaginó lo que iba a descubrir. El escondrijo de caza había sido transformado en un recordatorio funerario. Bajo las rocas había huesos y más huesos, una pila de viejos huesos renegridos. Un esqueleto humano, de hecho. La calavera estaba aplastada, pero los largos huesos de las piernas y las acanaladuras de la pelvis eran inconfundibles. Las costillas habían sido separadas del pecho y también unas de otras, pero yacían pulcramente agrupadas formando una progresión de curvas y, en el fondo, sobre la arena, vio una mano. Con la palma hacia abajo. Negra y reseca, pero delicada, perfecta. Como la mano de una vieja señora negra.

Retrocedió. Durante unos instantes permaneció inmóvil. Lo cual parecía muy necesario. Pero le resultó imposible no mirar a su alrededor, los signos de muerte esculpidos en las rocas, los pétreos cazadores cerniéndose en lo alto de la pendiente y el cañón que conducía hasta aquel giro más adelante. La respiración parecía contenida dentro de su pecho; todo estaba suspendido en equilibrio, puesto que ahora Tannis sabía ya con toda seguridad que había caído en una trampa, que lo habían conducido, seducido, que no había descubierto, sino que le había sido revelado, que no había deducido brillantemente nada más que a sí mismo. Lo habían conducido hasta allí tan fácilmente como a aquellos carneros de la antigüedad. Sin embargo, ahora, en el último minuto, nada quedaba por hacer sino enfrentarse abiertamente con la situación. No comprendía nada. ¿Por qué veinticinco años antes que a Buhler habían asesinado a otro hombre allí, en ese desierto, a cuarenta y cinco metros de las huellas de Vogel? ¿Y quién era? Y, una vez más, ¿qué tenía eso que ver con Harper? No conocía ninguna de las respuestas. Ahora sólo le quedaba su voluntad, el poder peculiar de su inercia, tirarse un farol, «te desafío». En consecuencia, aunque era una locura, volvió a donde estaba Príncipe y se subió a la silla, exponiéndose doblemente. Lo condujo entonces con perfecta calma cuesta abajo y se encaminó hacia la segunda curva. Miró fijamente en aquella dirección. Los ojos clavados en la curva. Y algo en su visión… Muy a menudo era su visión, no sólo lo que veía, sino cómo lo veía, lo que más mandaba en sí mismo; la brillante y pequeña imagen a través del extremo equivocado del telescopio; un haz de luz quebrado a través del agua quieta y clara, o nada más que el pulido cristal de la ventana. Pero ahora Tannis lo veía claramente mientras observaba el recodo del barranco. Sin embargo, también debía de tener ojos en la nuca. Ésta fue la secuencia: se agachó hacia abajo y hacia la derecha. Una bala le pasó rozando la nuca. Luego el mulo se alzó sobre los cuartos traseros cuando el rugido del disparo estalló en el cañón.

Desde detrás de él.

Tiró de las riendas para que el mulo se diera la vuelta.

Miró y treinta y cinco metros más atrás (debía de haber pasado andando por su lado) vio a un hombre con un rifle en las manos. Era alto y delgado, un viejo delgado con un amplio sombrero de paja. Estaba de pie en uno de los escondrijos de caza.

– Jack…

Eso fue todo lo que dijo. Pero había algo en su voz. Entonces volvió a levantar el arma. Apuntó. Tannis tenía que morir.

Sencillamente, no había otra alternativa, pues cualquier hombre que se toma la molestia de comprarse un arma aprenderá a utilizarla lo suficiente para efectuar este simple disparo, un objetivo del tamaño de un hombre a menos de treinta y cinco metros. Sin embargo, Tannis no creyó en ningún momento que fuera a morir. Ahora que el momento había llegado, lo temía, temía los siguientes dos segundos, no más, digamos, de lo que hubiera temido tomarse un sorbo de café. Aunque era evidente que no tenía salvación. Salvo por la mano de Dios. Y fue Dios, en verdad, quien lo salvó, Dios desde una máquina, deus ex machina, literalmente, como si Tannis lo hubiera invocado. Porque en ese mismo momento, el F-8 que había visto antes, llegó volando por encima del cañón. Probablemente no tenía nada que hacer allí. Era un avión demasiado antiguo y pesado para ir haciendo maniobras espectaculares. Pero quizá el piloto, ocultándose de los radares, estaba haciendo novillos, divirtiéndose por una vez, recorriendo aquel desfiladero a baja altura a seiscientos cincuenta kilómetros por hora sólo por placer, por probar su pericia. Y voló a lo largo del desfiladero tan certeramente, acercándose a Vogel tan directamente desde detrás, que Vogel no lo oyó llegar en ningún momento, no oyó el rugido del motor a noventa metros. De repente apareció allí, una gran presencia bruta con el bruñido casco sin pintar, justo encima de él, un puro sonido de potencia, un sonido para sí mismo. Vogel se tiró de bruces. Disparó, pero sin saber hacia dónde iba la bala. Luego el avión pasó por encima del mulo y de Tannis, y el mulo se volvió loco, se desbocó y cargó cañón adelante por el mismo camino que había llegado. Galopó hacia Vogel y lo sobrepasó. Para entonces Tannis había empuñado el Colt y disparaba tras de sí, sin oportunidad de dar en el blanco, sólo para mantener la cabeza de Vogel agachada. Luego ya fue demasiado tarde. Jack se había ido. Jack se había ido hacía largo rato, Jack era parte del pasado. Por fin, lo sabía todo con certeza.

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