Las fuentes de radiación infrarroja pueden ser naturales o creadas por el hombre, pero una clasificación más útil para el que trabaja con tecnología de rayos infrarrojos es la de blanco y fondo. Un blanco es un objeto que debe ser detectado, localizado o identificado por medio de técnicas de radiación infrarroja. Un fondo es cualquier distribución o diagrama de flujo radiante externo al equipo observador, que es capaz de interferir en dicho proceso. Por tanto, un objeto puede ser en un momento dado un blanco y en otro formar parte del fondo, dependiendo del propósito del observador… En resumen, podría decirse que «el blanco de un hombre es el fondo de otro».
Holter, Nudleman, Suits, Wolfe y Zissis, Fundamentos de la tecnología de la radiación infrarroja
David Harper miró al otro lado de la habitación donde Anne Brahe estaba tejiendo un suéter para Derek, su hijo de diez años. Trabajaba con rapidez, la cabeza agachada, sin darse cuenta de que él la estaba mirando.
Se hallaban en la casa de campo de ella, situada en las afueras de Kirkcudbright, al sudoeste de Escocia, y se sentaban a ambos lados de una pequeña chimenea de piedra. Entre ellos había una larga mesa de caoba. En el lado de David la mesa había sido despejada para que él pudiera reparar una cámara de cine Aaton de 16 mm., mientras que en el de Anne había una cesta de mimbre que contenía dos ovillos de lana de color azul marino. Junto a ella había una revista de patrones que una taza de café vacía mantenía abierta por la página que estaba utilizando.
Habían estado trabajando afanosamente durante una hora más o menos, charlando en ocasiones, pero sobre cosas banales.
Ambos tenían una lámpara junto a ellos y se sentaban bajo su luz, pero el resto de la pequeña habitación de techo bajo estaba a oscuras, en sombras que atravesaban las paredes toscamente enyesadas y que, encima de la repisa de la chimenea, se hallaban iluminadas por el reflejo de una hilera de fotografías enmarcadas. Las imágenes se perdían en la oscuridad, pero ambos sabían qué retrataban: un oso polar, un colibrí, un leopardo saltando. Era después de la medianoche. El ambiente era afable y pacífico.
Las agujas de Anne golpeaban una contra la otra. De vez en cuando se oía el chirriar de los muelles cuando se movían de posición. Anne estaba sentada en un antiguo sofá y David en una enorme y mullida butaca. En ocasiones una ráfaga de viento, llegada desde Solway Firth, golpeaba el cristal de la ventana.
David la contempló durante unos instantes más y luego cogió la última pieza de la cámara que colocó en su sitio y atornilló. Cuando hubo terminado, sopesó la cámara en su mano y la volvió a dejar sobre la mesa. Luego volvió a colocar el destornillador en su sitio; había estado usando uno de esos destornilladores de cinco en uno, en los que cada uno se deslizaba dentro del mango del siguiente de mayor tamaño. Tras enroscar la tapa sobre el último, lo dejó sobre la mesa con un sonido que llamó la atención de Anne.
– ¿Has terminado?
– Es todo lo que yo puedo hacer.
– ¿Tú crees que funcionará?
– Probablemente. Pero de todas formas tengo otra cámara.
Ella había continuado tejiendo mientras hablaba, pero ahora sus manos se quedaron quietas sobre el regazo y miró a David, viéndolo rápidamente en toda su familiaridad, notando tan sólo, como siempre ocurría, su fuerte boca, hermosa pero muy masculina, que en ese momento esculpía el contraste entre la brillante luz y las sombras.
– ¿No arreglaba cámaras tu padre? -preguntó.
David asintió, pero se sintió extraño hablando. De repente se dio cuenta de esa extrañeza.
– Cierto -contestó-. En la RAF. Eran cámaras de reconocimiento, muy grandes. Si él se hubiera encargado de ésta habría acabado hace media hora.
– Así que la fotografía es algo natural en ti, cuando piensas en ella.
– En cierto sentido. Pero nunca me interesó de chico. Sólo me interesaban los aviones. Quería ser piloto, y luego mecánico de avión. Supongo que podría haberlo sido de no haber ido a la universidad.
– Pero fuiste.
– En efecto. Así que ahora soy un mecánico aficionado.
Ella sonrió y luego volvió la vista a su trabajo. Había resuelto terminar la primera manga, al menos hasta el puño, antes de acostarse. Mientras trabajaba permaneció silenciosa, aunque sólo por un instante. Después volvió a dejar caer las manos sobre el regazo y a alzar la vista.
– No creo que haya muchos niños que consigan hacer lo que quieren cuando son mayores. Al menos hoy en día. Derek quería ser explorador, como Scott. Luego capitán de barco. Pero por supuesto lo guiarán hacia otros caminos y acabará estudiando una carrera.
– Salvo por el hecho de que hay capitanes de barco. Y todas las bailarinas empiezan siendo niñas. Supongo que algunos lo consiguen.
– Quizás entonces ésa sea una de las grandes divisiones. Los que lo consiguen y los que no.
Él no contestó y ella siguió tejiendo. Mientras hablaban, David había ido replegándose sobre sí mismo y ahora, apoyándose contra el respaldo, se refugió más en las sombras, lejos de la lámpara. Cuando se movió, porque se movió, una corriente cruzó la habitación, flotando en la oscuridad desde el lado opuesto de la habitación, las oscuras ventanas, y derramándose en una brillante catarata donde ella estaba sentada. Luego se arremolinó sombríamente en torno a él. David la contempló en silencio desde dentro de aquella corriente. Su mirada, bajo las cejas finas y oscuras, era firme y directa. Sólo quería mirarla. Podía verla muy claramente, como si estuviera sentada al sol, quizá recién salida del agua; tenía este tipo de brillo. Llevaba una bata de rizo blanco sobre un camisón de algodón azul que la tapaba desde el cuello hasta los tobillos, por encima de las sandalias de paja que calzaba. Se había lavado antes los cabellos, que ahora, casi secos, caían en grandes y suaves mechones peinados hacia atrás, dorados, pero llenos de iridiscencias cobrizas. Del mismo modo, su misma blanca piel parecía empolvada de cobre y oro, y sus labios oscuros y carnosos estaban perfectamente delineados por una línea más pálida de color plateado. En una ocasión David había visto un artefacto vikingo, una hebilla de hierro perfilada con una filigrana de plata, y entonces se le había ocurrido. Ella tenía una belleza vikinga, nórdica, azotada por el viento. No había nada voluptuoso o exótico en ella. Era una belleza simple. A los treinta y seis años tenía la belleza de una colegiala, y el placer de mirarla, simplemente de mirarla, era como el placer de un muchacho que contempla a una muchacha del otro lado de la clase, quien no tiene la menor idea de que él la está mirando. Ensimismada, sus dedos realizaban los intrincados movimientos de las agujas. Sus manos no eran elegantes según los cánones. Tenía los dedos afilados y huesudos, con nudillos levemente abultados. Enseguida le vino un recuerdo a la memoria, arrastrando tras de sí su historia y contexto particulares, su cómo y su porqué, pero no se preocupó en retener este recuerdo en la mente. Todo lo que quería era la imagen de ella. Se había metido en una corriente de agua poco profunda y lenta y estaba arrodillada sobre una roca, lavando un suéter. Los tejanos estaban mojados y oscuros hasta las rodillas, hasta donde se había metido, y la blanca camisa que llevaba se le subía cuando se inclinaba hacia delante, revelando su morena espalda y las vértebras de la espina dorsal. El cabello le caía hacia delante y no podía verle el rostro, pero sus manos, cerradas en puños infantiles, restregaban el tejido del suéter hacia delante y hacia atrás, hacia delante y hacia atrás…
La polla se le endureció, desenroscándose y apretándose contra su estómago. Pero él no se movió. Durante unos instantes sintió una maravillosa, profunda y plena satisfacción, pero luego le invadió el temor. Sus miembros se volvieron de mantequilla, se le aceleró el pulso, la ansiedad lo acometió en oleadas. Tenía miedo, no de ella exactamente, sino de un modo más misterioso, como si tuviera miedo de sí mismo, como si realmente fuera un colegial de nuevo, como si la inocencia primigenia de su deseo hubiera sido condenada por un perverso juicio o proceso, como un impulso diferente, o más oscuro. ¿Qué iba a hacer? ¿Lo haría? En la oscuridad no podía verse a sí mismo, ¿y qué vería ella? No estaba claro, pero en los ojos de ella, saliendo de la oscuridad, sin duda él quedaría transformado en monstruo o en ángel. En cierto sentido y por esa causa recordó aquella primera vez; las circunstancias no eran tan diferentes. Sentía la garganta seca y estrangulada, ahogada por las palabras que no podía pronunciar. Ahí estribaba precisamente la dificultad; se veía virtualmente compelido a permanecer tan mudo como un colegial. La historia entera de su relación y la particular situación de él en la casa (habían sido amigos durante tanto tiempo; había sido amigo del marido muerto de ella; era una especie de tío para el hijo de ella) hacía imposible las palabras. Cualquier cosa que él hubiera dicho y cualquier cosa que ella hubiera respondido, hubiera tratado de evitar el riesgo y conservar lo que (él lo sabía) sólo podía ser un recuerdo. Si lo hacía no habría forma de retroceder. Súbitamente se dolió, lamentándose por aquellos recuerdos, pensando en esa misma tarde, cuando ella se había dado la vuelta en el umbral de la puerta y lo había llamado para preguntarle si quería algo del pueblo. La fácil familiaridad de su voz era algo que no volvería a escuchar de nuevo, o no lo escucharía de esa misma manera. Habían estado muy unidos, pero su misma intimidad definía un abismo que sólo se podía franquear mediante un salto. Así que esperó, aún en la oscuridad. Al final su ansiedad pasó y en su lugar llegó la debilidad, el temblor. Y ya no la tenía dura. Casi se reprochaba a sí mismo, sentía una furia infantil, una terrible frustración. Pero como una vieja y mala costumbre, sabía que también eso era un reflejo del pasado que debía ser ignorado. De modo que se quedó sentado allí mirándola, viéndola tan absorta, contemplando su rostro, sus encantadoras manos, sus pechos, todo a la luz, y entonces se le endureció de nuevo. Se levantó, cruzó el oscuro espacio entre ellos y se sentó a su lado.
Se sentó tan cerca que ella levantó la cabeza sobresaltada, con los oscuros labios entreabiertos por la sorpresa. La besó de inmediato, no le dio oportunidad de vencer la confusión. Los labios de ella se abrieron suavemente bajos los suyos cuando los oprimió con su boca. Fue un largo y lento beso que lo decía todo, desde ese momento no podría caber ya la menor duda. Pero no bien acababa de soltarla, ya estaba besándola de nuevo, muy suavemente, buscando con delicadeza, hasta que le cogió el grueso labio superior entre los suyos y los cerró dulcemente alrededor, estirando suavemente hasta que se deslizó con lentitud volviendo a su lugar. Entonces la dejó ir de nuevo y esta vez se echó hacia atrás, apartándose.
Al liberarla, se sintió él mismo liberado. El alivio lo invadió como una suave bocanada de aire, como una brisa que acariciara su piel. Estaba en trance. Podría haberse dormido. Era como un jugador en el instante antes de que rueden los dados, enfrentado al destino con los ojos cerrados. Ahora quedaba en manos de ella. Pero no del todo. Ella apartó la vista, se dio la vuelta. Era el momento en que diría no, o al menos pensaría en decirlo. Él vio la duda en sus ojos, y el temor. Mientras la contemplaba, vio la luz morir en sus ojos y su piel perder el brillo, ya no se veía la luz reflejada en su piel. Vio cómo se alejaba de él pero, con gran tranquilidad, como si facilitarle el escape o atraerla de vuelta no estuviera, por un instante, del todo claro, levantó las manos hacia el rostro de la mujer, hacia su mejilla, y su pulgar la acarició hasta reposar en el blando hueco bajo la oreja. Con ese leve punto de apoyo, combatió la tensión de su cuerpo hasta que ésta se aflojó. Ella murmuró, con un débil sonido de asentimiento, desde lo más profundo de su pecho, como si hablara consigo misma, y luego se dio la vuelta, se aproximó a él y ya estaba entre sus brazos, con la boca entreabierta y ansiosa de que la respiración de él le insuflara nueva vida.
¿Cuánto tiempo había estado ella esperando? Sólo más tarde se preguntaría él cuándo la habría poseído un hombre por última vez. Su boca era tierna, torpe, como la de una niña. Ya no conocía todo aquello, o lo había olvidado. Sus labios lo excitaron, captaron un momento pasado de la vida de ella y lo evocaron: la alegría, una mañana feliz, su marido, besos a su hijo, un beso de buenas noches. Del mismo modo, cuando él le abrió la bata, sus pechos parecieron sorprenderla por su inmodestia, hinchados antes de que la mano de él se cerrara sobre ellos. Y cuando los dedos del hombre encontraron los pezones, ella se quedó boquiabierta, de nuevo como sorprendida, luego gimió, recordando, hallando una vez más las sensaciones. Al sacarse el largo camisón por la cabeza pareció ofrecerle toda la historia de su belleza. Era una niña, era una niña pequeña, y cuando emergió y se sacudió los cabellos, ese movimiento tan inconsciente, rápido e íntimo como si él no hubiera estado allí, a él se le cortó la respiración, tan hermosa era. Una mujer realmente hermosa. Los cabellos relucían en torno a su faz, su piel pecosa centelleaba a la luz. Al reclinarse, sus pechos se alzaron y ella los miró ufana, ruborizándose de placer, como una muchacha secretamente orgullosa de que sus pechos sean mayores que los de las otras muchachas. Ése era su secreto. Le encantaban sus tetas. Bueno, él le demostró cuán encantadoras eran en verdad. Las besó y ella suspiró con cada beso. Jugó con sus pezones, los chupó y los oprimió, mientras más abajo sus dedos se deslizaban en su interior y la hacían feliz de otra manera. Ella gemía. Sin embargo se contuvo. Lo apartó de ella, los dedos clavados contra su pecho impidiendo que se acercara. Por un momento, casi inmóviles, sus cabezas asintieron a un tiempo, mejilla contra mejilla. Luego ella lo apartó un poco más. Estaba medio de pie, medio arrodillado sobre el sofá, con la polla erecta entre los muslos. Ella la miró. Quería mirarla, así que lo hizo. Luego extendió la mano y la cogió, asiéndola firmemente, pero con bastante torpeza, como si deseara asegurarse de que era real, de que estaba realmente allí. Lo tuvo así cogido durante un instante, luego lo empujó aún hacia atrás.
Y cuando alzó la vista para mirarlo con sus hermosos ojos azules, era ella misma por completo, adulta, puesta de nuevo al día; con él, aceptando las consecuencias de lo que había ocurrido. Sabía quién era ella y quién era él. Como prueba de ello, habló por primera vez, susurrando su nombre, David, David, y luego, casi como por casualidad, como un animal que fuera a beber, deslizó la boca sobre su miembro. Él apenas lo notó, tan suave era ella, tocando pero sin tocar, lamiendo pero tan leve como el aire, dulce, considerada, zalamera, tentando, exprimiéndola con gran lentitud, primero con los labios y descendiendo luego más profundamente, succionando, cubriéndola, pero casi con igual rapidez dejándola escapar, antes de hundirse finalmente hasta el fondo. Entonces él bombeó hacia su interior, metiéndosela hasta el fondo de la garganta, entregándose completamente a ella. Él gimió.
Y eso era lo que ella quería. Gimoteó en respuesta; un pequeño eco de su propio deseo, un pequeño grito temeroso que se perdió en un murmullo de placer, como si de nuevo hubiera perdido algo y acabara de encontrarlo. La lamió. La chupó. Y entonces su boca se volvió salvaje. Él perdió casi el control, pero una dulce y leve frialdad se iba extendiendo por su cuerpo. La boca de ella era como un manantial, fluyendo de una oscura y secreta fuente, refrescando a ambos, bañándolo incluso mientras ardía, enfriándola para que pudiera así mantener el calor de él. Finalmente retiró la cabeza; le brillaban los labios. Tan sencilla como una niña, se los enjugó con el dorso de la mano. Luego se echó hacia atrás el cabello (con una mano a cada lado del rostro apartó el pelo y echó la cabeza hacia atrás) y luego se tumbó de espaldas sobre el sofá, con el rostro vuelto hacia un lado sobre un cojín. Él estaba aún medio vestido. Se quitó la ropa calmadamente y luego se quedó de pie junto al sofá con la polla erecta apuntando hacia ella. Ella separó las piernas y él se arrodilló delante, con un pie aún sobre el suelo. La penetró con un único impulso. Ella sonrió, y tal vez él hubiera reído, tan fácil le resultó. La mujer lo atrajo hacia sí, oprimiendo su rostro contra la mejilla. Todo él empezó a moverse, hasta el fondo cada vez. Eso era lo que ella quería, allí era donde lo quería, y con un malicioso y pequeño apretón lo retuvo allí. Gimió y lo dejó ir, pero volvió a tomarlo inmediatamente. Era suyo. Había esperado largo tiempo y no iba a dejar que se escapara. Dentro y fuera, una y otra vez, como jugando al corre que te pillo o al escondite. Entonces ella empezó a menear el culo y alzó la cabeza para darle un amistoso beso. Tan dulce fue el beso que él se metió dentro de ella, hasta lo más profundo, suspirando cuando llegó. Entonces, henchido dentro de ella, descansó con la cabeza sobre sus pechos. Ella estaba doblada en torno a él, cerrada en torno a él, abrazándolo. Él esperó en la profunda y callada oscuridad. Luego se levantó. Lentamente la sacó. Luego volvió a meterla. Y entonces la folló, cada golpe tan suave y fácil como si pasara un cepillo sedoso por sus cabellos. Ella se perdió, estaba esperándolo, todo estaba esperándolo, y lo único que él tenía que hacer era tomarlo, continuar. La penetró, luego la penetró aún más, y entonces la poseyó. Pero precisamente en ese. momento sintió que empezaba a correrse; el inicio, un profundo y pesado espesamiento tras los testículos, la presión que ejercía. Inmediatamente una breve imagen pasó por su mente. Durante unos instantes pudo verse a sí mismo, su rostro. Sabía lo que estaba haciendo. Estaba haciendo el amor con Anne Brahe en su pequeña y oscura casa de campo escocesa. Pensó en Axel, el marido muerto y viejo amigo suyo. Y supo que su propio nombre era David Harper. En otro tiempo… en otro tiempo: toda su historia pendió de aquel instante; quién era, sus habilidades, sus gustos, sus costumbres, sus conocimientos. Era él mismo, dominaba la situación. Entonces se clavó, se detuvo, y una violenta, resuelta y amortiguada fuerza se extendió por su polla, que volvió sigilosa sobre sí misma, a su interior. Podía continuar durante horas. Estaba tan dura como el hierro. Acero. Saliendo de ella, estaba tan brillante como un cuchillo a punto de envainarse. Sin embargo todo aquello ocurrió en un instante. Y ella lo sintió, lo comprendió. Pero no se asustó. «Por favor, David», dijo, con una voz que mantenía una calma total, completamente normal. «Oh, por favor», exclamó, con una voz que sencillamente pedía lo que quería. Lo cual, milagrosamente, era lo mismo que él deseaba dar. Le invadió un sentimiento a la vez grave y ligero, como el perdón. Y lanzó al viento toda precaución, se liberó de algo, y también ella, meneándose de nuevo, sintiéndolo dentro de ella por completo, sacudiéndolo hasta su misma raíz y gritando en sus brazos. Con una última, profunda y tierna penetración se perdió en su interior.
Más tarde, en la cama de ella, volvieron a hacer el amor, calladamente, uno junto al otro, pues ella pensaba en su hijo, que dormía en el ático encima de ellos. Después durmieron. Y luego se despertaron. Permanecieron juntos en la cama. Le contó a ella el cómo y el cuándo. Le contó el porqué, tal como él lo entendía. Ella le contó a él que no se había dado cuenta, pero tenía que haberlo notado. Con la fría noche en su piel charlaron hasta que amaneció, el instante que vivían era apenas suficiente para contener todo lo que tenían que decirse. En cuanto al pasado, parecía por fin muerto y enterrado, en lo que a Harper se refería. Era imposible que volviera. Había sobrevivido, había llegado hasta allí, todavía seguía vivo y no pensó en ningún momento que la casualidad, el poder arbitrario del mundo exterior pudiera alcanzarlo. De modo que no pensó, ni habló del laberinto de la historia pasada que conducía, a través de él, a China Lake.
Pero una mitad de la casualidad, aunque David no lo supiera, ya se había producido. Lo que había ocurrido entre él y Anne era irrevocable y su pérdida, implícitamente, sería catastrófica. Aquél acabaría siendo el momento decisivo. En ese sentido los dos días siguientes sirvieron tan sólo para intensificar la inevitabilidad de lo que sucedería. Porque estaban enamorados. En aquellas primeras pruebas con las que se enfrentan los nuevos amantes, transmitieron al mundo exterior sus sentimientos, desde susurros en la oscuridad a voces ordinarias a la luz, y nada lo estropeó. Se amaban cuando no hacían el amor. Se amaban en silencio. Se amaban cuando estaban callados. Estando en pleno campo un cierto día en busca de águilas reales que filmar (ése era el motivo por el que había ido a Escocia), David se concentró tanto en su tarea que no pensó en Anne durante toda una hora. Cuando se dio cuenta, experimentó un momento de pánico, como si despertara de una pesadilla. Pero no había razón para asustarse; todo lo que sentía estaba allí, esperando. En otra ocasión se le metió una melodía en la cabeza de la que no se podía librar. No sabía qué era, pero cuando se la tarareó a Anne, ésta la recordó de inmediato; parte de la letra decía: «¿Crees en la magia?» Claro está que resultó bastante cómico, y ellos se rieron. Se rieron mucho de sí mismos durante aquellos dos primeros días, pero tenía cierto sentido, pensó David. Era
como si volviera a cruzar aquellas puertas de la infancia, cuando se deja de creer, cuando se pierden los héroes y los sueños, pero hacia el otro lado. Había recuperado aquel tiempo y aunque la magia que poseía era bastante modesta, era todo lo que necesitaba. Con los labios apretados contra el pecho de ella, sentía toda una vida en su interior. El sol no brillaba con más fuerza para ellos, pero veían toda la luz que tenía para ofrecerles. Había encontrado con ella el poder de cambiar, y así, cambió también el mundo dentro de los límites que él deseaba.
En aquella situación sólo dos cuestiones hubieran podido turbarlos, pero a la postre no supusieron ningún problema en absoluto. La primera era Axel, el marido de Anne, que, para más complicación, había sido un amigo decisivo en la vida de David. En realidad David lo había conocido antes a él que a Anne. Era un fotógrafo de la vida salvaje que había muerto en Kenia en un accidente de avión y que había ayudado a David en sus comienzos, o más bien en su segunda vida. David había diseñado un equipo de infrarrojos especial para él cuando Axel estaba filmando sobre los animales nocturnos y había sido por incitación suya que David había acabado por dedicarse a la fotografía. Ése había sido el principio de muchas cosas, de su «nueva vida», como él lo había considerado en un tiempo, así que, después de la muerte de Axel, sus atenciones para con Anne habían sido una especie de retribución. Podría pensarse quizá que había sobrepasado ahora la cuantía de la deuda, pero Axel había tenido mucho de melancólico perro danés y había ostentado un modo vehemente y apremiante de intentar procurar la felicidad de cuantos le rodeaban. Cuando hablaron de él, sentados en el pequeño salón de la casa, con sus fotografías sobre la repisa de la chimenea, resultó sencillo invocar su bendición.
Por otro lado, el segundo problema, Derek, podría haber sido más complejo. Ya la primera noche, David se había percatado de lo pendiente que estaba Anne de su hijo, que dormía sobre ellos. Derek se había instalado en el viejo desván al fondo de la casa. Incluso había eliminado las escaleras que conducían a él, reemplazándolas por una escala de cuerda que recogía tras de sí. ¿Le estaba recordando Anne que pertenecía a otra persona, que ella y Derek tenían unos vínculos inextricables? Pero tal vez, pensó, el mensaje había sido muy otro, un recordarse a sí misma que el muchacho no podía ser toda su vida, que ya se estaban separando. No obstante, al final, si Derek era un problema, él mismo lo resolvió. Lo supo desde esa primera mañana. Les echó una mirada mientras estaban sentados en la cocina (ni Anne ni David osaban hablar; Anne rompió en pedazos una tostada al untarla de mantequilla) y abrió unos ojos como platos. Pero luego sonrió, aceptando lo obvio como lo que era, «por supuesto», incluso «ya era hora». David notó entonces que sus relaciones cambiaban, como los presos de una celda. Pero estaban más unidos. En su aceptación había incluso una sensación de alivio. Se quedó ensimismado por un momento, sentado sin hablar, y luego, con el desayuno delante de él, pareció sencillamente reanudar el transcurso normal de la vida.
– ¿Vas a ir a filmar águilas hoy? -preguntó.
– Sí. Si tengo suerte. Pero estoy casi seguro de que sólo hay una. No he podido encontrar ningún nido.
– ¿Por qué tendría que haber sólo una?
– No estoy seguro. No creo que sea un águila joven, o sea que…
– ¿Cómo lo sabes?
– Tienen manchas blancas en la cara inferior de las alas.
– Entonces quizás está buscando pareja.
– O tal vez sólo está cazando.
– De acuerdo. -Derek desvió la vista hacia su vaso de leche. Luego, sin el menor asomo de rubor, preguntó-: Tienes un hijo, ¿verdad?
Anne se quedó de piedra.
– Sí -respondió David, asintiendo con la cabeza-. Pero es bastante mayor que tú. Estudia en la universidad.
– Sin embargo, yo creía que no estabas casado, ¿no?
– Pero bueno, Derek…
– Me divorcié hace mucho tiempo, cuando él todavía era un bebé.
– Entonces…
– En serio, Derek. Por favor. No seas grosero.
Imperturbable, con el rostro inexpresivo, Derek se volvió hacia ella.
– ¿No recuerdas, madre, lo que el señor Robinson dijo acerca de lo mejor de ser escocés?
– No, no lo recuerdo.
– No tener que ser inglés.
– Bueno, yo sí soy inglesa. Y sospecho que tú sólo eres escocés honorario. Así que compórtate.
– Ya está todo correcto -replicó Derek, levantando una mano, gesto que era en realidad absolutamente americano, y luego se fue corriendo a prepararse para irse al colegio.
Aparentemente todo, o al menos algo, había sido resuelto a su plena satisfacción y David, sólo ligeramente perplejo, notó un cambio en su posición. Al terminar aquel día Derek los trataba con una discreción que implicaba que a sus ojos eran ya una pareja. También notó que a Anne eso la complacía y aliviaba. En Anne no había ansiedad alguna en particular sobre el pasado de David y su situación en ese momento, y su curiosidad durante esos dos primeros días se limitó al presente. Conocía el alejamiento de David con respecto a su hijo, que sólo se veían para unas cenas rituales y bastante penosas; en una ocasión había estado con David la noche en que se disponía a acudir a una de ellas. Pero aunque comprendía que aquél debía ser un factor importante en la vida de él, no tenía razones para creer que pudiera afectar su relación. En cuanto a su divorcio, no pensaba nada. David no había mencionado nunca a su mujer, y ella tenía que esforzarse para poder recordar su nombre, Diana; pero puesto que la había dejado antes de conocer siquiera a Anne, a ésta no le pasó nunca por la mente la idea de que pudiera causarle problemas. Como mucho era consciente de que había algo oscuro en su pasado, una ruptura, algo que no estaba completamente explicado. Pero eso no equivalía en ningún sentido a que él le ocultara algo (lo que hubiera sido importante para ella), o que no fuera sincero con ella. Nunca se le hubiera ocurrido que no le pudiera preguntar cuanto quisiera.
Y estaba en lo cierto. David no le había contado jamás lo que le había ocurrido porque no había tenido motivo para ello. En su vida privada hacía ya mucho tiempo que había asimilado las consecuencias y no pensaba en ello. De haberlo hecho, habría supuesto que la historia surgiría simplemente un día, en su momento y, desde luego, en la mañana de aquel tercer día ni siquiera sospechaba que su peculiar pasado fuera a perseguirle en ese preciso momento. Tan sólo se produjo un mínimo presagio de lo que iba a ocurrir. Solo en la casa -Derek se había ido a la escuela y Anne estaba de compras en Kirkcudbright- se tomó su segunda taza de café en la galería, que era además el despacho de Anne. Tras la muerte de Axel, en parte debido a sus propias recomendaciones, Anne había empezado a realizar traducciones técnicas y científicas. Ociosamente, dando una vuelta por el despacho, David cogió el documento sobre el que ella estaba trabajando. Estaba en alemán (ella sabía alemán, holandés, francés, danés y algunas de las otras lenguas escandinavas) y trató de leerlo, recorriendo lentamente las primeras páginas. Podía entender el vocabulario e incluso, de un modo general, el tema. Se refería a la «dispersión anómala», el comportamiento de las longitudes de onda en ciertos materiales, y eso debió de darle pie para recordar lo lejos que estaba aquella parte de su vida. Sin embargo no pensó en ello directamente, sino que, dejando caer el documento sobre el regazo, le vino a la memoria otro tipo de recuerdo, la imagen de los setos en un extremo de RAF Benson, donde jugaba de niño. Tuvo un súbito recuerdo del aire en sus cabellos, del olor a alheña y agracejo, perifollo y álsine entremezclados, todo lleno del sonido de los pájaros y el aleteo de las mariposas. Se vio mentalmente como un niño vestido con pantalones cortos y un basto suéter de lana, de pie, inmóvil, conteniendo la respiración, paralizado, esperando, observando. Y cuando una mariposa emprendía el vuelo, se quedaba boquiabierto ante su belleza, mientras la mariposa subía revoloteando, como un punto de luz, la mariposa monarca, la almirante, la pavón… Se había aprendido todos sus nombres por libros que tomaba prestados de la biblioteca y las coleccionaba en frascos y cajones. Algunas veces, con la vista fija en el cielo azul, también había captado el brillante destello de un avión descendiendo sobre la pista de aterrizaje. El recuerdo se hizo tan claro que entornó los ojos como si realmente estuviera viéndolo de nuevo. En aquel entonces sí lo había visto, era un bombardero Canberra, el reactor que utilizaban para proveer a las Unidades de Reconocimiento Fotográfico que volaban fuera de la base. Los aviones le habían fascinado. También había aprendido sus nombres y sus denominaciones. Los PR.3 eran los Canberras, los PR.10 eran los Gloster Meteors, y recordaba que su padre le había enseñado uno de los viejos Mosquitoes, un PR.34 de Malaya, ya que se trataba de un extraño avión de madera en el que había trabajado su padre durante la guerra y que había pilotado Miroslav, su padrino. En aquella época habían utilizado algo llamado cámara F.52. Le pareció incluso oír la orgullosa voz de su padre explicándolo: «Fue todo un descubrimiento, ¿sabes?, aquellas cámaras marcaron la diferencia.» Todo aquello le pasó por la mente. Trató de recordar qué edad debía de tener él por entonces. Sin duda estaba en la edad en que empezaba a descubrir la ciencia y a odiar a las chicas; un muchacho que daba los primeros pasos hacia todo lo que después iba a ganar para perder posteriormente. Aunque en realidad no pensaba en esto ni mucho menos. Una elisión en sus pensamientos hizo que su mente pasara directamente al presente, a Derek, que tendría en ese momento más o menos la misma edad, que se dedicaba al aeromodelismo, como su propio hijo había hecho en otro tiempo. Y luego recordó otra cuestión completamente distinta, la conversación que había mantenido con Anne, cuando ésta le había confesado que sentía cierto temor. Derek estaba a punto de entrar en la pubertad, en realidad se había vuelto tan reservado que, por lo que ella sabía, podía haber entrado ya. Pero ¿y si no cambiaba?, ¿y si seguía siendo siempre un niño? David se había reído al oír esto, y ahora sonrió de nuevo, y le había dicho que no se preocupara, que Peter Pan siempre se hacía mayor.
Pero aquellos recuerdos y pensamientos, que al menos en teoría podían haberse relacionado en su mente con China Lake, desaparecieron en un segundo, y enseguida emprendió la marcha, apresurándose, diciéndose a sí mismo que tenía trabajo por hacer. Y lo hizo. Estaba filmando las últimas tomas para una película sobre las águilas reales y esa área del sur de Escocia había formado parte en otro tiempo de su territorio. Esperaba que aún quedaran algunas. Así pues, cogió el coche y se fue a Kirkcudbright. La pequeña población de pescadores y turistas, enclavada en la cuenca del río Dee, había sido largo tiempo atrás lugar favorito de pintores, sobre todo de acuarelistas, pero aquel día el sol la hacía brillar como una postal: relucían las fachadas recién pintadas de las tiendas, la luz deslumbrante lanzaba mensajes entre los primeros turistas cuando pasaban con sus coches. Cruzó el río observando la curva del puerto que dejaba atrás: un hombre que calzaba rojas botas de goma caminaba con dificultad por el fango resbaladizo en dirección a un velero, cubierto de un barniz tan brillante como el primer penique de un niño, y la flota pesquera alineada junto al malecón en una alegre mezcla de cabos y mástiles. Después desapareció todo de su vista tras los árboles, aceleró y se adentró en el campo. También allí brillaba el sol, el ganado de las tierras altas parpadeaba protegiéndose de él en las laderas de las colinas y las blancas margaritas y los amarillos botones de oro se extendían por los valles señalando las riberas de los arroyos. Ya no pensaba en nada. Simplemente dejaba que el luminoso día fluyera a su alrededor. Se sentía feliz, ligero, como la luz que se filtraba por entre los robles, y tranquilo, como las apacibles sombras en las oscuras curvas protegidas por paredes de piedra por las que zigzagueaba la carretera. Se dirigió hacia el norte hasta llegar a Gatehouse of Fleet, un pueblo con una larga y estrecha calle principal y un par de pubs, donde se afirmaba, y no era del todo improbable, que Burns había escrito algunos de sus poemas. Allí los turistas se dedicaban a la pesca y se hablaba sólo «del agua». Dos cabezas inclinadas una junto a la otra sobre el puente le dirigieron la lenta mirada del hombre del campo cuando pasó. Giró justo un poco más allá, por donde la carretera se estrechaba entre campos en pendiente a su izquierda y un profundo valle a su derecha. A través de una cortina de robles ancestrales cubiertos de musgo, vislumbró el Big Water of Fleet en el fondo. Un cuervo volaba perezosamente bajo la luz del sol, unas ovejas se apartaron de él con remilgado y grotesco pánico. Después de recorrer un kilómetro y medio aproximadamente, la carretera giraba bruscamente hacia la izquierda. Al acercarse a la curva redujo la velocidad. Ante él había cambiado el paisaje, los bosques se alzaban por encima de una áspera cordillera de montañas. Un estrecho camino corría paralelo a esos bosques, con una verja de entrada y un discreto cartel: RESERVA NATURAL NACIONAL – CAIRNSMORE OF FLEET. Giró. Al principio había poco que ver, sólo el bosque a la izquierda y luego una vieja granja a la derecha, cuyos vastos campos cubiertos de hierba se extendían hasta el río. Pero después los bosques se abrían y descubrió lo que había más allá, el terreno elevándose hasta un páramo rocoso bordeado por un alto y escarpado risco. Era el Clints of Dromore, un precipicio que caía treinta metros en picado. Una línea férrea abandonada, que también había permanecido oculta por los bosques, rodeaba la base del precipicio, pasaba después junto a la granja y atravesaba el Fleet por un inmenso viaducto de ladrillo. Cruzando la granja (el granjero lo saludó amistosamente con la mano como de costumbre), David siguió la carretera que bajaba hasta el río, luego pasó por debajo de uno de los grandes arcos, tan inmenso que el Rover parecía un juguete en miniatura. Al otro lado la carretera retrocedía sobre sí misma y subía la empinada ladera sobre la que estaba construido el viaducto. Redujo y subió por esa colina. Por fin se halló en lo alto, contemplando el camino por donde había llegado. Tenía los Clints of Dromore, aún más altos, a su derecha. Detrás de él, extendiéndose desde el Dromore, se extendía el páramo, y justo por debajo tenía el valle y la granja, con sus suaves y verdes campos cercados por el río. El águila cazaba allí, sobrevolando el páramo, cogiendo impulso desde el risco, lanzándose en picado sobre el valle para matar.
Recogió su equipo: la cámara Aaton de 16 mm., un cinturón con una batería incorporada, dos rollos de película, exposímetros, su Leica, los prismáticos, y emprendió el camino. El terreno estaba cubierto de montículos de hierba y piedras escondidas. Tuvo que trepar por encima de los cascotes de algunas viejas cercas de piedra, pero conocía la ruta más fácil porque ya había subido hasta allí cuatro veces aquella semana. No era tan difícil. El Dromore era como un gigante que se alzaba a su lado, contemplando el valle más abajo. La pendiente desde el hombro hasta el pedregoso pecho formaba un gran risco, imposible de escalar desde el valle, pero la parte superior del viaducto donde David había aparcado estaba más arriba, alrededor de los tobillos, así que pudo ascender con relativa facilidad por el declive de pierna y muslo; luego se hacía más escarpado al subir por el torso. Le llevó unos cuarenta minutos llegar a la cima. Ahora estaba a una gran altura. Los edificios de la granja parecían diminutos. El río serpenteaba a su alrededor en un suave y oscuro recodo. Podía ver los verdes campos del valle que llegaban hasta las marrones colinas del otro extremo, e incluso más allá, y sobre todo ello se desplegaba el brillante cielo. El viento le golpeaba la cara obligándole a entornar los párpados. Sintió, como siempre, el placer de estar solo en el gran espacio del mundo bajo esa luz; un placer que había sido la salvación de su vida, de modo que, una vez más, podría haberle recordado el pasado. Pero no pensaba nada en absoluto. Se limitaba a estar allí de pie, la espalda liberada de la mochila y su húmedo y encendido rostro enfriado por el viento. Luego se puso a trabajar. Como todos los fotógrafos de la vida salvaje, a menudo se había encontrado desprevenido al aparecer la presa antes de que estuviera preparado. Se dio prisa por tanto. Tenía allí gran parte del equipo que había dejado previamente en una maleta de aluminio, atada fuertemente con cuerdas bajo una lona impermeable. Abrió la maleta. Contenía un equipo de escalada, cuerdas, polipastos, piquetas. Ya había colocado las clavijas de escalada, así que poca cosa quedaba por hacer y estuvo listo en un momento. Caminó hasta el borde del risco. Con un movimiento estándar pretendía descender hasta mitad de camino por ese lado, dejando de tal forma el horizonte despejado, fuera de los límites de la habitual percepción de peligro del ave. Como de costumbre tenía tres cuerdas por separado. Con la primera bajó cámara y objetivos hasta una ancha roca que sobresalía del costado del risco y sobre la que podría situarse él mismo. La segunda era una cuerda de seguridad, que sujetó al arnés de cables que llevaba en el pecho. Y la última, metida por un polipasto de tres piezas, estaba unida a una silla de contramaestre a la que se ató él mismo. Miró hacia abajo. Era un largo descenso; primero una larga caída hasta la antigua vía del ferrocarril y luego una segunda hasta el fondo del valle. Pero no tenía miedo a las alturas. Se dio la vuelta, se echó hacia atrás (un risco se baja siempre de espaldas) y saltó al vacío.
Durante unos instantes colgó ingrávido. Todo su peso lo soportaba la cuerda, pero luego extendió el pie y con la punta de la pesada bota encontró una grieta unos centímetros más abajo y movió el cuerpo hacia ella. Se detuvo tan sólo unos segundos, comprobando, luego bajó el pie izquierdo. La cuerda estaba tensa. Imaginó la cuerda tensándose contra la escalonada hilera de clavijas en la cima del risco y la soltó un poco. Dio otro paso. Parecía muy peligroso, incluso espectacular, pero sólo hacía falta una cosa: tener los nervios bien templados. Echando todo el peso hacia atrás y con suficiente tensión en la cuerda, su cuerpo mantenía un ángulo constante con el risco, que él utilizaba como punto de apoyo. En unos pocos minutos había alcanzado la única parte difícil. Unos dos metros y medio más abajo, el lado del risco sobresalía ligeramente formando una especie de cuerno. Para sobrepasarlo tuvo que darse impulso para oscilar hacia fuera, soltar la cuerda y caer, y luego interrumpir la caída, cogiendo la cuerda con fuerza y dejando que el brazo soportara el tirón, de modo que volvió a oscilar hacia el risco. Con los pies por delante, golpeó la piedra. Recuperó el equilibrio. Después todo resultó más sencillo. Se limitó a bajar a saltos, siguiendo un ritmo, y rápidamente alcanzó el saliente rocoso. Desató la cuerda, clavó tres clavijas en el risco con el martillo y pasó una cuerda por en medio que enganchó a su blindaje de cables de seguridad. De ese modo tenía la cuerda principal, la de seguridad, más esa otra suplementaria. Asegurado de tal forma, comprobó la solidez de la roca. Era firme y bastante plana, pero no lo bastante espaciosa para que pudiera darse la vuelta. Sin embargo, por detrás de él, el risco se curvaba ligeramente hacia dentro, de modo que podía apoyarse fácilmente. En conjunto sería un buen lugar para trabajar. Se puso manos a la obra. Atrajo hacia sí la mochila donde llevaba la cámara. Se colocó la batería alrededor de la cintura, con la cámara conectada a ella. Enroscó un objetivo de distancia focal variable de 50- 150 mm. y luego tomó una serie de lecturas con el exposímetro; contra el cielo, a derecha e izquierda y del oscuro valle. Preparó la cámara en consecuencia, abriendo el diafragma al máximo posible, práctica que seguía habitualmente cuando filmaba aves en vuelo, sacrificando profundidad de campo para captar el máximo de color. Por supuesto, no había nada que filmar. Después de todo aquel esfuerzo, el cielo estaba vacío, ni siquiera vio un cuervo. Lo cual significaba que no podía hacer otra cosa que esperar.
Aburrimiento. A los demás les resultaba difícil de creer, pero aquel era el riesgo principal de su profesión. Colgarse de aquel modo del borde de un precipicio, balancearse bajo una cascada, abrirse paso hasta la copa de un árbol; había descubierto que también el peligro podía resultar tedioso. Además, era invariablemente incómodo. El viento soplaba frío. Las cintas de la silla de contramaestre se le clavaban en los muslos. Sus músculos empezaron a palpitar con un dolor tenso y rítmico. Sus ojos, moviéndose incesantemente, no abandonaban la vigilancia, aunque a los cinco minutos ya estaba convencido de que no obtendría ninguna recompensa. Tan sólo su mente estaba libre. Sus pensamientos vagaban sin rumbo, siguiendo una hilazón casual. La gran bóveda celeste le hizo pensar en el universo de los antiguos y sus esferas encajadas. Paseó la mirada por el horizonte contemplando las colinas marrones que tenía delante, y pensó en Conrad y en las novelas que escribía sobre los mares del sur en su casa de Londres, vestido con traje y corbata. Lo que le llevó a recordar a Axel Brahe (¿por el acento que no había perdido nunca?, ¿o el melancólico perfil de aquellas colinas distantes?) y su carácter complaciente, su tolerancia, su racionalidad, que, no obstante, habían representado una cierta resistencia en él, una tozudez, los límites que él nunca atravesaría, una negación. ¿Acaso no había apartado así a Anne de algo vital?
Anne. Por supuesto pensó en Anne. Recordó una ocasión, en Londres, en la que habían comido juntos los tres, aunque recordó también en ese momento que Axel se había levantado de la mesa cuando Anne había sonreído y le había dicho a David: «¿No vas a decirme quién es ella?» Sí, sonrió, lo recordaba con perfecta claridad. Se había ruborizado. No se lo había dicho, pero resultaba interesante, pensó, que ella hubiera querido hacerle saber que lo había adivinado. Había comprendido lo que le había sucedido y, desde luego, no podía haber sido más normal. Acababa de volver de sus primeras vacaciones en años, las primeras «desde» (pero no pensó «desde qué»), dos semanas en una isla caribeña. Allí, bajo aquel sol, aquella luz cegadora, había redescubierto la belleza del mundo, y se había maravillado ante ella. Había pasado todo el tiempo en la playa, junto al mar, o caminando por las colinas. Había escalado una montaña. Había visto monos, garcetas, pelícanos. Había contemplado la puesta del sol cada atardecer. Incluso había llegado a ver el rayo verde en dos ocasiones. Aunque no tenía tubo de respiración, había alquilado una barca y había buceado, deslizándose por el brillante fondo hasta que le ardían los pulmones. Pájaros, mariposas, el incesante viento; todo lo había sentido. Durante dos días había estado al borde de las lágrimas y el sacerdote adecuado, había sospechado más tarde, hubiera podido convertirlo a cualquier religión. Pero había habido una mujer, pues allí fue donde puso fin al celibato, casi desapercibido en su vida, que había persistido durante años. Una aventura de vacaciones. Rechazó, incluso en el recuerdo, sentirse violento por este motivo. Incluso entonces seguía sintiéndose demasiado agradecido. Era algo trivial para los demás, pero extraordinario para él. Y Anne se había dado cuenta. Sin duda tenía un significado. Aunque cuando empezó a buscarlo, su mente lo rehuyó, manteniéndose fiel al «libro»(Zen en el arte del tiro con arco [30], un libro que había leído veinte años después que todos los demás), y sus pensamientos siguieron vagando, revoloteando como una mariposa sobre el prado, las mariposas que había visto en el Caribe posándose sobre los setos y al fondo de la pista de aterrizaje de Benson que había recordado aquella misma mañana. Volvió a pensar en ello. Recordó cómo las capturaba y las mataba con una gota de cloroformo en un algodón. Para conocer la naturaleza hay que matarla. Naturaleza, Diente y Garra. Luego intentó decidir si la cámara que sostenía en su mano era realidad muy diferente de su frasco de coleccionista. Un año antes había estado de nuevo en el Caribe, trabajando en esa ocasión, y había oído a un niño mofándose de un turista: «Quiere una foto mía, tiene que pagar diez mil dólares.» Así de hartos estaban de ser especímenes, de ser coleccionados por un objetivo. ¿Y no diría su águila lo mismo si pudiera hablar? El problema era, pensó, que no existía esa cosa llamada naturaleza. Cada ave y animal sobre la faz de la tierra existía tan sólo con el consentimiento del hombre. La naturaleza había sido humanizada por completo. Sólo había naturaleza humana, ¿y qué era eso? Una gran pregunta que ocupó su mente durante la hora siguiente; de hecho, hasta que el águila llegó.
Lo pilló por sorpresa. No debería haber sido así, pero así sucedió. Llegó volando por encima del páramo que se abría a sus espaldas y entonces apareció súbitamente, como una sombra negra, casi inmóvil, contra el brillante azul del cielo. Una docena de metros por encima de él. Cuarenta y cinco metros a su izquierda. Alzó la cámara de inmediato, con el motor en marcha. Enfocó. La gran ave se ladeó ligeramente y él la contempló en toda su gloria, con la luz filtrándose por entre su plumaje, su cabeza oro y cobre y las plumas del borde de sus alas buscando el aire como dedos. Una joven águila, puesto que veía la pálida mancha bajo su cola, pero aun así inmensa, cerca de un metro de altura y un metro ochenta de envergadura con las alas desplegadas. Durante unos instantes se quedó suspendida allí. Luego halló un remolino que retrocedía desde el risco y ascendió siguiéndolo (nunca luchaban contra esas corrientes de aire ascendente) más y más hasta que se convirtió en una mera silueta. David la mantuvo en su objetivo de todas maneras y un momento después se vio recompensado, pues volvió a descender, más cerca de él, aunque tuvo que volverse hacia la derecha dentro del arnés del pecho, porque el águila también se había acercado más a la cara del risco, y luego se deslizó lateralmente aún más cerca y pudo filmarla en un perfil perfecto, con la feroz y plana cabeza y el gran pico curvado, aquilino, aquila chrysaetos, de ahí procedía la palabra. Luego el águila se ladeó e incluso se dignó batir dos veces las alas perezosamente, y voló alejándose hacia los campos del valle. La siguió en la esperanza de que cazara, pero en realidad ya había filmado todo lo que quería. Había estado trabajando en ese proyecto durante un año, filmando a las aves en Lewis, Skye, Rum y Tiree, y todo lo que necesitaba eran unas pocas tomas allí para que el narrador pudiera salmodiar: «Expulsadas de gran parte de su territorio, aún persisten unas pocas parejas, incluso en el extremo sur de Galloway.» Pero diez minutos más tarde consiguió una propina. El ave volvió. La había perdido de vista, más allá del río, pero luego apareció otra vez a su izquierda, volando a lo largo del margen del risco, por encima de la antigua vía férrea. Casualmente acababa de cambiar la película y empezó a filmar de nuevo, con un enfoque estrecho. El ave siguió volando, acercándose cada vez más a él, tan estrecho era el enfoque, de hecho, que no podía ver el terreno y no tenía la menor idea de lo que había allí. Hasta que el águila descendió en picado. Como una bomba o un misil, propulsada tres veces por el gran batir de sus alas, perturbando de tal manera el aire que David casi lo sintió en su mejilla. Volaba en picado con tal rapidez que David se dio cuenta de que la toma saldría borrosa (pero eso también serviría) hasta que volvió a enfocar y vio al conejo corriendo impulsado por el pánico, extendidas las patas en toda su longitud, a través del camino de grava por donde habían discurrido los raíles. Pero a campo abierto nada podía ser lo suficientemente rápido. El ave golpeó y se produjo una explosión de polvo y alas batiendo para detenerse en el aire. Una garra anaranjada se extendió y se cerró (¿había oído un grito?), y el conejo pataleó, pataleó, pataleó y murió. En tan breve tiempo todo había terminado. Pero entonces, como ocurre tan a menudo, se cambiaron las tornas. Los extraños movimientos del ave en el suelo expresaban su miedo, la ventaja que había perdido. Ansiosamente agarró su presa, avanzó a saltitos, vaciló, avanzó torpemente y luego volvió a ser todo gracia de nuevo, alzándose y levantando del suelo, subiendo el risco y desapareciendo de la vista. «Irónicamente, una vía de ferrocarril abandonada, monumento de la civilización que ha destruido su hábitat, proporciona aquí a la más noble de las aves británicas un perfecto terreno de caza.»
David se relajó, se recostó contra la pared de piedra y se quedó allí encajado. Había utilizado menos de siete minutos de película, pero estaba exhausto, empapado en sudor, y la cámara parecía de plomo en su mano. Pero no podría haberlo hecho mejor. Era ya casi mediodía. Respiró hondo. Descansó un rato. Tenía la prudencia necesaria para no desear moverse hasta que hubiera recuperado las fuerzas, pero lo hizo. Desde luego, no había razón alguna para quedarse. Tenía todo lo que había ido a buscar. Así pues, con cautela, extendió la mano para coger la mochila y metió en ella todo el equipo. Necesitó de una cierta disciplina para no apresurarse, comprobándolo todo una y otra vez, sin ansiedad, pero sí con una experta minuciosidad. Comprobó la cuerda de seguridad con un tirón realmente fuerte, tanto en la parte que estaba unida al arnés del pecho como en la parte que ascendía hacia la cima del risco. Y conservaba aún la cuerda más corta que pasaba por las clavijas que había clavado en la roca justo por encima de donde él estaba. Finalmente probó la cuerda que lo impulsaría hacia arriba, cuyo extremo libre subía hasta la cima del risco. Pasaba luego por el polipasto, que le daba la fuerza de palanca de un gran torno, y descendía de nuevo hasta llegar a dos puntos de unión, uno en la silla de contramaestre y un segundo en el arnés del pecho. Le dio un buen tirón al extremo libre. Todo parecía correcto. Pero en cuanto tiró del otro extremo, algo pareció fallar. Había demasiada elasticidad. Con el ceño fruncido volvió a tirar. Y otra vez. La cuerda se desprendió literalmente, en su mano. Sencillamente, se había soltado. Bajó serpenteando por las rocas del risco y quedó colgando unos nueve metros por debajo de él.
Se quedó atónito.
Nunca antes le había ocurrido una cosa así.
Ni siquiera pensó en que, de no haber probado la cuerda, hubiera caído; aunque era de esperar que la cuerda de seguridad lo hubiera detenido en su caída, ésta hubiera sido terrible de todos modos. Al principio, estaba más enfadado que asustado. Subió la cuerda y miró el extremo. Pero no pudo decir qué había ocurrido. La cuerda era casi nueva, pero de algún modo se había roto o desligado. O algo la había cortado. ¿Una roca? ¿El reborde de una polea del polipasto? Pero la cuerda era de Kevlar, un material que entre otras cosas se utilizaba para llantas de neumáticos y chalecos antibalas. Era inconcebible que se hubiera roto de aquella manera. Pero lo había hecho. ¿Qué iba a hacer él?
Miró hacia arriba. El borde del risco parecía estar en ese momento a una gran distancia, como un abrupto perfil negro contra el brillante cielo que se burlaba de él. Y el afloramiento rocoso que tenía por encima se había convertido de repente en un gran inconveniente. Bien. Lanzó unas cuantas imprecaciones, contra sí mismo, pero sabía lo que iba a hacer. Ahí estaba precisamente la razón por la que se tenía una cuerda de seguridad. Tendría que escalar el risco. Había escalado las veces suficientes para saber que podía hacerlo, que no era tan difícil. Tenía una piqueta y clavijas. Disponía incluso de un buen trozo de cuerda, por sospechoso que resultara. Treparía desviándose un poco hacia la derecha para sortear el afloramiento mientras subía por la pared de roca, y volvería luego a la izquierda, donde había una grieta en la roca que le serviría de apoyo para los pies. Sólo estaba a seis metros de altura, pero, claro está, parecía que fueran mil quinientos metros. Se sentía intimidado. Estaba asustado. Quizá su temor se debía más a lo que había ocurrido en aquellos pocos días, porque ahora la vida significaba mucho más para él. Pero no pensó en eso. Estaba cogido en un trampa y tendría que buscar una escapatoria. Eso era todo. Miró hacia abajo.
Y luego volvió a mirar.
Algo había captado su vista. Había alguien allá abajo, sobre la vieja vía férrea, observándole a él. Un hombre. Con la cara vuelta hacia arriba. Con prismáticos. A causa de los prismáticos y debido a que estaba a unos treinta metros por debajo de él, David no le distinguió la cara y sólo captó una vaga impresión de él: un hombre alto con una chaqueta de nailon azul que el viento impulsaba hacia atrás, lejos de su cuerpo, un hombre mayor. Pero estaba claro que debía de haber visto lo ocurrido, porque levantó una mano y saludó. Sin embargo, un instante más tarde dio media vuelta y se alejó a grandes pasos sendero abajo. Un momento después, debido a una curva en el risco, despareció de su vista. Probablemente era un observador de pájaros. También él debía de haber estado contemplando el águila. David esperó. ¿Qué haría ese hombre? Si iba en busca de ayuda, era probable que fuera a la granja y el granjero saldría en busca del guarda forestal. David entrecerró los ojos; se había levantado viento, ahora frío bajo el brillante sol. Pero no había nada que ver, al menos por el momento, y se dio cuenta de que la desaparición del hombre, irracionalmente, lo había irritado. Estaba molesto. No quería que lo rescataran. Tuvo una imagen relámpago de lo que podría salir en las noticias de la noche: enviarían un helicóptero que lo alzaría como un paquete. Ridículo. Por otro lado… Volvió a maldecir la condenada cuerda. ¿Qué podía haberle ocurrido? Intentó pensar en lo que debía hacer. Tenía que admitir que estaba en un apuro. Pero dejando a un lado los argumentos más ridículos, había motivos por los que cualquier tipo de ayuda sería un estorbo. ¿Sabría cualquiera lo que se debía hacer? Quizás el guarda forestal. Sin embargo, ¿iba a confiar en la cuerda que le lanzara cualquiera? Miró hacia delante, a lo largo del risco. Seguía sin ver al hombre. Sólo podía haber seguido un camino: a lo largo del sendero de grava de la vía férrea hasta el viaducto, para bajar luego hasta la carretera que retrocedía a través de la granja. Siguió mirando, indeciso, tal vez por curiosidad, pero el hombre no volvió a aparecer. Después de diez minutos seguía sin verse un alma. Apartó la vista diciéndose a sí mismo que era como esperar a que hirviera el agua de una olla, se afanó en comprobar la cuerda de seguridad (se convertiría en la cuerda principal, si la utilizaba para subir), y luego se volvió hacia el extremo colgante de la cuerda que se había roto. ¿Podría utilizarla?, ¿podría confiar en ella? Finalmente miró una vez más, pero no vio a nadie y sintió una irritación de diferente tipo. ¿No habría visto aquel tonto lo que le había ocurrido? ¿Dónde estaba? Miró el reloj. Transcurrieron otros cinco minutos. Al diablo, pensó. No tenía sentido esperar. Tendría que escalar el risco, que era lo que debía haber hecho desde el principio.
Pero diez minutos más tarde, cuando estaba a punto de empezar, se dio cuenta de que había alguien en la cima del risco.
Oyó un gruñido, unas pocas piedras cayeron rodando y entonces el extremo libre de la cuerda que se había roto súbitamente saltó hacia arriba. Miró en esa dirección rápidamente, pero no pudo ver nada excepto el extremo de la cuerda cuando desaparecía por el reborde del risco. Y luego, un momento más tarde, una nueva cuerda bajó hasta él y lo sobrepasó, yendo a parar más abajo. La cogió con la mano. Pero casi inmediatamente volvía a subir. Dejó que se deslizara por sus dedos, mirando hacia arriba, y entonces vio a alguien, vislumbró una cara, coronada por una espesa cabellera, enrojecida, oculta tras unas gafas de aviador. Luego desapareció y apareció más cuerda bajando hacia él; distinguió perfectamente el sonido que emitía al pasar por el polipasto. Era el otro extremo de la cuerda y tenía un lazo. El hombre le había hecho un nudo marinero. Bajó hacia él, enganchándose en el saliente que había por encima, retrocediendo hacia arriba un momento, y separándose luego del saliente. Siguió bajando; el hombre largó demasiada cuerda y le sobrepasó de largo. Luego se detuvo. David miró hacia arriba esperando ver al hombre, que evidentemente no había ido en busca de ayuda, sino que lo estaba ayudando por sí mismo. No obstante, no apareció nadie, y tras unos instantes cogió el extremo libre de la cuerda y le dio un tirón. Notó la resistencia del polipasto, pero se deslizaba suavemente y el extremo con el lazo se elevó hacia él. Estaba indeciso. Era evidente que el hombre conocía el problema y que sencillamente había reemplazado la cuerda rota. ¿Pero quería David confiar en él? Parecía saber lo que se hacía. El lazo, aunque David no lo necesitaba en realidad, parecía correctamente atado por el nudo marinero. Y la escalada libre que había estado considerando emprender era arriesgada. Por fin ató el extremo con el lazo en su silla de contramaestre y empezó a subir. En breves instantes trepaba por encima del reborde del risco, de vuelta al lugar de partida.
Durante un rato la ansiedad que había experimentado hizo mella en él y se quedó tumbado donde estaba, sin pensar en nada más. Así pasó un minuto o dos antes de que se diera cuenta de de un hecho: el hombre, fuera quien fuese, se había ido. No había nadie alrededor. La árida y rocosa cima estaba desierta. Se puso en pie y gritó: «¿Hola?» Pero no hubo respuesta. Caminó a lo largo del risco por donde se elevaba ligeramente. Desde allí descubrió un largo sendero, cuesta abajo por la pierna del gigante, y finalmente vislumbró una figura, tan sólo unos segundos, andando con prisa, cerca del viaducto. Pero entonces el hombre, suponiendo que ése fuera el hombre, desapareció otra vez cuando el terreno bajó en declive. Era extraño. Siguió mirando, y un poco más tarde vio un pequeño coche que recorría la carretera de la granja. ¿Su salvador? No se había quedado siquiera a recibir su agradecimiento.
Durante un momento David se quedó clavado donde estaba, al borde del risco, mirando a lo lejos. Estaba perplejo. ¿Por qué se había marchado el hombre tan precipitadamente? Quizá se hubiera sentido incómodo al recibir las gracias. Parecía una floja explicación, pero tampoco tenía por qué buscar explicación alguna. Así que intentó olvidarlo. Sin embargo, en ese momento, por primera vez, sintió que algo no marchaba bien. Algo había ocurrido. No tenía idea, sin embargo, de lo que podría significar, pero ya sabía que era importante. Y quería alejarse de allí.
Por supuesto, al mismo tiempo que tenía esa sensación, la rechazaba; aunque no del todo. Apretó el paso. Se sentía preocupado. No veía el momento de marcharse. Se dio prisa. Pero tenía que hacer dos viajes, uno con la bolsa de la cámara y luego un segundo con la maleta de aluminio en la que guardaba las cuerdas y aparejos. Hizo sus viajes, caminando con la cabeza gacha, los ojos fijos delante de él, trabajando con tanta rapidez como le era posible. Pero no fue lo bastante rápido. Las circunstancias, como un cazador, lo habían acorralado. Cuando volvió la segunda vez miró de nuevo en dirección al valle y vio el coche de Anne, un viejo y abollado Polo, que pasaba por delante de la granja. Cuando llegó al viaducto ella estaba esperándolo allí, la ansiedad pintada en su rostro, junto al Rover. Se acercó a él. Estuvo a punto de echarle los brazos al cuello, pero dudó. Tenía el rostro desencajado.
– David, lo siento, pero tengo malas noticias. Es tu mujer. Parece ser que… no sé cómo decirlo. Tu hijo ha llamado justo cuando yo volvía a casa. Había conseguido mi número…
– ¿Qué ha ocurrido?
– Está muerta. Se ha suicidado. Oh, David. En Gales, en un sitio llamado Aberporth.
Se quedó atónito. Hubiera podido tener cualquier premonición menos ésa. Y por un momento la misma sorpresa impidió la conmoción. Se sentó sobre la maleta de aluminio.
– No me lo creo -dijo-. No es posible.
– Lo sé, pero…
– ¿Qué te ha dicho?
– En realidad no ha dicho nada. Sólo lo que había ocurrido. Y que era importante que tú fueras. Sintieras lo que sintieras, ha dicho que tenías que ir.
– Dios mío… -Diana. ¿Qué sentía? ¿Qué debía sentir? ¿Debía sentir algo?-. ¿Se encontraba bien él?
– Sí, creo que sí. Parecía tranquilo. No me ha… ya sabes que nunca lo he visto, no me ha parecido bien preguntarle. Sólo le preocupaba, creo, la posibilidad que tú no fueras.
– Dios mío. Sí, claro que iré.
Ella se apretó contra él y lo abrazó.
– ¿Quieres que vaya yo también? -preguntó.
Él la abrazó. Negó con la cabeza.
– No. Creo que será mejor que no. Le molestaría. Estaba muy unido a ella. Dios mío. Jesús.
– Es horrible -dijo ella, abrazándolo con más fuerza.
– Sí.
– ¿Estás bien?
Asintió sobre su hombro.
– Es sólo que no puedo creerlo.
– Lo sé. Pero David, esto no…
Su voz se apagó y su objeción quedó colgada en el aire, pero él sabía lo que quería decir y la estrechó aún más entre sus brazos para sentirla siempre. No, no tenía nada que ver con ellos. No supondría ninguna diferencia para ellos. Eso era lo que decían sus brazos alrededor de ella, pero David ya empezaba a dudar. Ya empezaba a percibir el parecido con viejos tiempos. ¿Por qué se sentía descubierto? ¿Atrapado? Como si alguien lo hubiera estado vigilando, esperando a que saliera a la luz. ¿Y por qué, cuando conducía de regreso a casa, detrás del coche de ella, veía de nuevo aquella cara por encima de él en el risco y pensaba en Tannis, Tannis, Tannis, Tannis, aquel americano de la Marina, caminando hacia él por el vacío desierto?
David no tenía más remedio que ir.
Anne lo llevó en coche hasta Glasgow. Desde allí cogió un avión hasta Cardiff. A las siete de la tarde estaba en la carretera, la A48, Swansea a Carmarthen, luego en dirección norte hasta Cardigan. Conducía demasiado deprisa, probablemente a propósito, para mantener la mente concentrada en la carretera y alejar los pensamientos de lo que había ocurrido. No necesitó mucho tiempo. Girando hacia el norte a lo largo de la costa, tuvo a la vista Aberporth cuando aún no eran las diez.
Como tantos lugares de Gales, el nombre describía a la población. Aber significa río que desemboca en el mar, porth significa lugar de desembarque, que en ese punto toma la forma de una vieira de guijarros y arena al final de una bahía. No era una gran playa, pero en aquella costa de altos y rocosos acantilados antiguamente había proporcionado el refugio necesario para un pueblo de pescadores y ahora era la excusa para un pequeño centro turístico. Pero era demasiado pronto para los veraneantes. Al acercarse por la autopista no encontró ni un alma y cuando llegó al pueblo parecía casi desierto. Las tiendas estaban cerradas y el restaurante chino de comidas para llevar estaba oscuro. Muchas de las casas ostentaban bonitos nombres: Calm Calch, Gwyn Hafod, Pen Llys, y alquilaban habitaciones para los turistas, pero había pocos coches aparcados en las puertas. Pasó desapercibido cuando atravesó el pueblo en la oscuridad y tomó un pronunciado declive que bajaba hasta el mar. Al final de aquella calle había un pequeño parque, bajo el que estaba la playa, que relucía oscuramente, bañada por las olas fosforescentes de la marea menguante.
David apagó el motor y bajó del coche deseando estirar las piernas. Había telefoneado desde Cardiff para reservar alojamiento con desayuno, y habían accedido a esperar hasta las once, así que disponía de mucho tiempo. Caminó hacia un muro de piedra que daba sobre la playa y se apoyó en él. Entonces se agolparon en su mente todos los pensamientos y sentimientos del día, tan lúgubres como el mar y la noche. Se dio cuenta de que estaba totalmente aturdido. No estaba seguro de lo que debía sentir. Cualesquiera que fueran sus sentimientos. Por mucho que sintiera, no parecía bastante. Cuando bajó la vista hacia el agua, una fina llovizna de agua le salpicó el rostro y le trajo un recuerdo de los días en los que él y Diana habían empezado a salir juntos. Fue en Cambridge, a principios de verano. Habían estado paseando por detrás del King's College, cruzando el Great Lawn en dirección al río. El cielo había estado lleno de luz, excepto una única nube oscura cuya sombra se había movido lentamente hacia ellos sobre la verde hierba. Sin decir nada, se habían detenido para contemplarla y se habían dado la mano para correr bajo ella mientras una fina lluvia caía sobre sus rostros, deslizándose por sus mejillas, y Diana reía sin parar. Casi le parecía escuchar su risa y pensó en lo extraño que resultaba después de tanto tiempo. También le parecía extraño que él y Diana hubieran tenido ese tipo de vivencias juntos. ¿Pero era verdadero dolor lo que sentía? Sabía que una parte de sí mismo deseaba llorar, pero también sabía que no iba a hacerlo. Pues, incluso mientras experimentaba todo aquello, se había estado preguntando si su emoción no sería excesiva, casi una presunción. Sin duda eso era parte del problema. No sabía qué sentir porque no estaba seguro de lo que tenía derecho a sentir. Después de todo lo que había pasado, ¿qué clase de derechos tenían el uno sobre el otro?
Las consecuencias de esta pregunta eran inevitables: sintió la culpa, tan negra como el mar que se movía frente a él, que era la base de todo lo demás. Nadie podía afirmar racionalmente que él fuera el responsable del suicidio de Diana, pero eso no cambiaba nada. De no haber sido por él… Echó una rápida ojeada, casi subrepticiamente, a su izquierda, y entonces vio lo que había estado evitando mirar cuidadosamente, el bajo y oscuro promontorio con las luces rojas y blancas parpadeando por encima: los radares, los postes de radio, los sistemas telemétricos que señalaban la Instalación Aeronáutica Real, la RAE Aberporth. No parecía haber cambiado desde el día en que la había visto por primera vez, más de veinte años atrás. Notó una pequeña oleada de ansiedad en su pecho y luego, tal como había supuesto que haría, tal como ya sabía que debía hacer, empezó a caminar en dirección hacia ella a lo largo de la corta y oscura calle que atravesaba el pequeño puerto. Cruzó la entrada a la playa con sus deprimentes urinarios públicos y luego tomó Pennar Road para subir la colina al otro lado del pueblo.
La carretera, densamente bordeada de árboles galeses, oscuros, espesos, subía en pendiente y luego se allanaba. Tras un rato de marcha vio una curva iluminada por un haz de trémula luz amarilla sobre el asfalto. Siguió avanzando. Después de la curva encontró la entrada principal, la valla iluminada por focos, coronada por tres cables de alambre de espino electrificados y los carteles que advertían sobre los perros guardianes en inglés y galés: RHYBUDD. CWN GWARCHOD AR WAITH. Todo muy discreto. La barrera de emergencia era un muro de ladrillos. El cuerpo de guardia era poco mayor que una cabina telefónica. Los carteles, debidos a la poco conocida mano de «La Dirección de Suministros, Ministerio de Defensa», señalaban meramente que toda persona que deseara entrar debía tener el correspondiente permiso extendido por la Policía del MoD. En realidad, considerando que aquélla era una de las más secretas instalaciones de defensa del Reino Unido, parecía completamente vulgar y tenía una aire universal de institución, como un psiquiátrico o un reformatorio o, en el peor de los casos, una prisión. Con respecto al pueblo siempre había sido así, discreta, la otra vertiente de la economía local, asumida, o definida vagamente tan sólo como «la base», «allí arriba», «la instalación», «en lo alto de la colina». Caminó más despacio a medida que se acercaba. Los focos que había alrededor de la entrada proyectaban sombras entre los edificios que había detrás, aunque algunos de los más importantes disponían de iluminación propia: el edificio de administración, el laboratorio principal, el edificio de pequeños explosivos. Todas las estructuras se parecían: no más de dos o tres pisos de altura, construidos con ladrillos rojos entre los que se veía la argamasa pulcramente realzada, los marcos de las ventanas relucientes con una capa reciente de pintura blanca. Los terrenos circundantes mostraban los cuidados del MoD, con el césped pulcramente segado, los senderos de grava dispuestos en curvas perfectas y los setos perfectamente recortados. No, decidió, nada había cambiado, o al menos nada que él percibiera y, cuando se detuvo y miró, creyó reconocerlo casi todo. Pero también se dio cuenta de que ese reconocimiento no contenía nada de específico, no tenía recuerdos o imágenes exactos, ni tampoco sensaciones. Tan sólo un extraño sentido de la distancia. Entonces, curiosamente, consiguió una definición precisa de esa distancia, pues vio a un hombre acercarse a él por un lado de la carretera. Era un individuo bajo y corpulento paseando elegantemente con las manos metidas en los bolsillos del impermeable. Sin duda estaba dando su paseo higiénico de cada noche. Un pequeño terrier escocés trotaba vigorosamente tras él. Cuando David se percató de la presencia de la pareja se dio cuenta de que era demasiado tarde para irse sin que lo vieran, de modo que se quedó donde estaba. El hombre se acercó a él y su rostro se tensó en una sonrisa. Le dedicó una pequeña inclinación de cabeza y un entrecortado «Buenas noches». David le devolvió el saludo y luego se dio cuenta de que sabía quién era aquel hombre. Por supuesto. Se llamaba Eric Williamson. Era químico. Cabezas de guerra… explosivos de barra… una pequeña cadena de asociaciones le vino a la memoria cuando se dio media vuelta y echó un último vistazo al perro y a su dueño mientras desaparecían en la oscuridad. Pero no cabía la menor duda, aquel hombre era Williamson. Por alguna razón su paso apresurado y con las piernas rígidas había quedado grabado indeleblemente en su memoria. Habían empezado a trabajar más o menos por la misma época. Habían organizado una recepción para darles la bienvenida a ambos, y había compartido un brindis con aquel hombre, bebiendo el mal jerez sudafricano que se suministraba a toda institución militar británica de aquel tiempo. Se dijo que era una extraordinaria coincidencia. O quizá no lo fuera. Williamson se había quedado allí (¿por qué no?) para disfrutar del tipo de carrera que a él mismo le hubiera gustado. Presumiblemente, había ido subiendo en el escalafón, en todos ellos: primer matrimonio, segundo, hijos, escuela, segundo ayudante, primero, director, jefe del laboratorio, director, división. De hecho Williamson había vivido la vida que él podría haber tenido, lo cual tan sólo venía a subrayar cuán diferente, cuán irrevocablemente diferente había sido su vida. Resultaba increíble que en otro tiempo aquel lugar hubiera formado parte de ella, que él hubiera atravesado aquella puerta cada mañana dispuesto a representar su papel de joven genio en prácticas. No era de extrañar, pensó, que no supiera cómo sentirse con respecto a Diana. Se había vuelto muy diferente del hombre que la había conocido. La persona que había sido hacía más de veinte años era un fantasma que trataba de lamentarse por la muerte de una extraña. Era inevitable que sus sentimientos parecieran desgastados y sospechosos.
Pero ahora, mientras contemplaba la verja de entrada, iluminada como una llama en la oscuridad, se apoderó de él otro tipo de alienación, un sentimiento de distanciamiento que también resultaba amenazador. Las luces amarillas relucían sobre la carretera mojada. La valla de hierro de tres cables desparecía por la curva. La iluminación fantasmagórica de los edificios quedaba suspendida en la noche. Un perro ladró. Se acercaba una patrulla. Tuvo la sensación de que lo estaban vigilando. Dio media vuelta y se alejó. Tuvo que refrenarse para no salir corriendo. Quería huir. Aquel lugar, Aberporth, Diana, ¿también su hijo?, representaban una catástrofe a la que había conseguido sobrevivir con dificultad. Y sabía que ésa era otra de las razones por las que no podía sentir gran cosa. No podía llorar porque, inevitablemente, las lágrimas serían en parte por sí mismo. Y sabía de igual forma que no podía permitirse el riesgo de la autocompasión. La había superado con anterioridad y no podía volver a intentarlo. Aún no se sentía completamente a salvo de ella, mucho menos allí, donde el pasado era tan palpable, donde aún vivía y respiraba. Eso era lo que le asustaba, que el pasado hubiera seguido existiendo, que hubiera persistido a pesar de él o de sus deseos, de forma que toda suerte de preguntas que él había supuesto resueltas volvían a surgir.
La ansiedad hizo presa en él. En su alojamiento de media pensión, a pesar de la hora, lo recibieron con una taza de té, y la taza tembló en su mano. Tratando dé relajarse tomó un baño en el frío cuarto de baño iluminado con fluorescentes que había al otro extremo del pasillo, pero cada vez que se ponía a pensar la tensión lo agarrotaba. ¿Qué estaba ocurriendo, qué había empezado en aquellos últimos días? ¿Tenía algo que ver con él? ¿Qué sentía realmente con respecto a Diana? Con las luces apagadas y en bata, se tumbó sobre la cama. Pero no pudo dormir. Pensó en Anne en un intento por tranquilizarse. Pero sólo consiguió plantear más preguntas. ¿Qué pensaba ella de él? ¿Qué imagen acudía a la mente de ella junto con su nombre? ¿Su cuerpo entero, desnudo? ¿Su rostro? ¿Su voz? ¿Qué tal le sonaba su voz? ¿Pensaba ella que era bueno?, ¿bondadoso?, ¿amable? No tenía teléfono en su habitación. Pero si hubiera teléfono, pensó, la llamara y le preguntara al respecto, ¿qué diría ella? Ella tenía una amiga íntima, una americana llamada Jessie, que vivía en Cornualles. Se escribían casi cada semana. Se preguntó si le habría mencionado a él en su última carta, y qué habría escrito. ¿Le habría hablado de él antes? Creo que debo haberte mencionado a un viejo amigo mío llamado David Harper. También es un viejo amigo de Axel. Un fotógrafo. Algunas veces se queda en casa y ha estado aquí toda la semana. Diría alguna cosa más acerca de él, pero no se andaría con rodeos ni se haría la remilgada. Sí, lo abordaría directamente. «Le quiero.» No diría «creo». Pero, se preguntó, ¿de quién estaba ella enamorada?, ¿y podría habérselo dicho él? Se dijo que quizás ése era el problema de aquel lugar. La existencia de esa antigua personalidad provocaba dudas sobre su nueva vida, lo convertía en alguien provisional, en un sospechoso, en un interrogante. Eso era lo que había pasado. Eso era lo que significaba volver allí. Y entonces buceó en la memoria, en el recuerdo de una mala época, casi tan mala como la que años antes había tenido cuando había dejado a Diana, cuando se había rendido. Había estado bebiendo demasiado, acababan de echarle de otro trabajo de profesor, ni siquiera sus títulos de Cambridge le habían servido. Y el coche había acabado de arreglarlo. No había podido pagar el presupuesto del mecánico, porque no tenía dinero. Estaba desesperado. Era la última cosa que conservaba, el coche, aunque era sólo un Vauxhall, un buen y prudente coche de clase media, ¿por qué se lo había comprado? Pero estaba desesperado y decidió repararlo por sí mismo. Así que pidió prestadas unas cuantas herramientas, se hizo con un manual y durante tres días, con el coche estacionado en un aparcamiento vacío, había trabajado en él. Más tarde se había dado cuenta de que lo que estaba haciendo era reescribir la historia de su vida. Había dado un rodeo para esquivar Cambridge, donde había «brillado», donde todos aquellos profesores lo habían descubierto, lo habían empujado; y había retrocedido hasta la época en que era tan sólo el mismo tipo de chico que eran sus amigos, cuando podían arreglar cualquier cosa con sus propias manos. No hablaban de esas cosas ni las escribían, se limitaban a ver cómo estaban dispuestas las piezas y las dominaban. Había sido una revelación para él. Querías algo, lo cogías. Sólo lo cogías. Sencillo. Había olvidado lo fácil que resultaba. Y aquél, en cierto sentido, había sido un momento crucial, aunque en ese momento no se había dado cuenta. Pero seis meses más tarde, al salir para ir a comprar la habitual botella de Bell's (y quizá una segunda), sencillamente no la había comprado, sino que se había metido en un cine en el que pasaban una película titulada Morgan, una comedia sobre un artista chiflado (que igualmente podría haber sido un científico) que se disfrazaba continuamente de gorila. Se había reído, cómo se había reído, sentado allí toda la tarde y parte de la noche. Desde entonces, el Vauxhall y la película se habían unido en su mente. Al reconstruir el coche había empezado a reconstruirse a sí mismo. ¿Pero qué había construido? ¿Era él? ¿O algo falso?
Acabó durmiéndose pensando en la película. Le distrajo lo suficiente, fue como si se hubiera pillado a sí mismo mirando desde el otro lado y se escondió. Se agachó tras un gran muro negro y desapareció. Se había ido. Sólo su mente continuó funcionando; aquello que le inquietaba, fuera lo que fuese, volvió en un último y ansioso recuerdo. No estaba completamente dormido, pero parecía soñar. Había olvidado algo. Estaba en un centro académico. Su facultad. Aparentemente iba a examinarse, había intentado evocar el curso entero en su mente y había olvidado algo. Vio una habitación llena de pupitres, fila tras fila, y él había olvidado algo. No conseguía recordar lo que era. La fórmula de Wien, la de Rayleigh y Jeans, la de Planck, la ley de Stefan, la constante Boltzmann… «la excitancia radiante, M, para una longitud de onda dada, lambda, es igual a la primera constante más uno partido por lambda elevado a la quinta»… Nombres, fórmulas, ecuaciones, todos pasaron por su mente. Intentaba recordarlo todo de golpe y no podía, faltaba algo. Su mente se afanó, una y otra vez, buscándolo. Finalmente se despertó sobresaltado, o recuperó la conciencia. Incorporándose en la oscuridad, empezó a susurrar de repente como una plegaria o un artículo del catecismo: «5,735 + 10-5 erg/cm-2 g-4 seg-1.» Lo repitió dos veces tontamente, sin saber por un momento qué significaba la expresión. Pero luego se dio cuenta de que era el valor real de la constante de Stefan, sigma, que permitía hallar el flujo radiante por unidad emitido por un cuerpo negro a una temperatura determinada.
Cuerpo negro.
La frase lo arrastró hasta la plena conciencia.
Durante unos minutos, con el corazón latiendo apresuradamente, se quedó tumbado en la cama, inmóvil, como si acabara de tener una pesadilla. Estaba asustado y perplejo de esa misma manera. Pero luego, al tiempo que recuperaba el aliento, miraba a su alrededor y encontraba una franja de luz en la ventana, se preguntó en qué había consistido la pesadilla exactamente, ¿en que había recordado muchas cosas?, ¿o en que, después de todo, había olvidado algo? Entonces el largo día hizo mella en él, la cabeza se reclinó, los ojos se le cerraron y durmió.
A la mañana siguiente, al recordar la noche y el día precedentes, le pareció como si una puerta se cerrara tras de él, atrapándolo en un peculiar laberinto donde el pasado lo esperaba a la vuelta de cada esquina. Había perdido su futuro, daba vueltas en círculos, volviendo sobre sus pasos, regresando al lugar de partida, que tan seguro estaba de haber dejado atrás. Al despertarse tenía la boca llena del recuerdo del sabor del whisky, un sabor tan intenso y que tan terribles asociaciones evocaba, que corrió hacia una ventana lateral y escupió. Pero luego, al levantar la vista, todo lo que vio fue Aberporth, sus tejados húmedos, el mar gris acercándose reacio a la tierra, con todos sus recuerdos. La determinación que se propuso mantener parecía tan sólo una resistencia triste y desesperanzada ante lo inevitable. La tierra se había movido bajo sus pies y ahora él se deslizaba cuesta abajo.
Todo vino a reforzar esta creencia.
Cuando telefoneó a su hijo la conversación fue breve, pero la hostilidad era palpable, como una cuerda que le quemara las manos al deslizarse. Llamó a Anne (si había alguna esperanza, estaba en ella), pero por supuesto no contestó. No esperaba que lo hiciera en realidad (habría acompañado a Derek al colegio; racionalmente lo sabía), porque había vuelto a tener aquella vieja sensación de que su suerte había cambiado. Su antigua mala suerte había vuelto. Cuando salió en dirección a la casa de Diana, todo lo que le rodeaba minaba su confianza. En la zona en la que siempre había vivido la mayoría de científicos, entre la autopista y la base, en torno a la única pista de aterrizaje, las calles y caminos empinados eran tan complejos como un mapa topográfico, pero él halló el camino sin dificultad, como si hubiera vuelto veinte años atrás y regresara a casa después del trabajo. En el camino de entrada de una casa, además, como una especie de demostración, divisó un Morris Minor turquesa, el primer coche que él y Diana habían comprado juntos. Y aunque no la había visto en años, reconoció la casa de inmediato. Similar a la de sus vecinos, tenía dos plantas, recordaba vagamente el estilo Tudor y tenía las vigas, los postigos y los marcos de ventanas pintados del mismo color verde oscuro de siempre. Él mismo había instalado la luz del porche y aún estaba allí, una falsa antigüedad de hierro y vidrios de colores. Sin embargo, el soporte que la sujetaba se había doblado y la lámpara estaba ladeada. Sí, todo resultaba familiar, y sin embargo, cada recuerdo y asociación le eran arrancados de sí mismo contra su voluntad.
Se quedó sentado en el coche durante unos instantes con el motor en marcha, como si no se hubiera decidido completamente a pararse. Le parecía increíble que alguna vez hubiera vivido allí, o hubiera pensado siquiera en hacerlo. Sintió una súbita oleada de desprecio por sí mismo. No era extraño, se dijo. Mirando la lámpara se imaginó a Williamson subido a una escalera con el destornillador en la mano, para repararla. La casa, pensó, era el sueño de Williamson hecho realidad. Se odió por haber hecho suyo ese sueño, siquiera durante un minuto, aunque se hubiera resistido. Porque se había resistido, aunque débilmente; se debía esa concesión a sí mismo. El padre de Diana la había comprado para ellos como regalo de boda, no la habían podido rechazar. Pero incluso en aquella época había sentido un vago resentimiento. Y años más tarde, después del divorcio, había pensado en ocasiones que Diana se había casado con él como un medio para escapar de su casa, pero que su padre sencillamente no la había dejado marchar. Era todo tan banal, pensó. Hijas resentidas, padres posesivos, chicos de instituto llenos de inseguridad; menudo serial hubiera sido su vida allí. ¡Qué irreal parecía! Al mirar la casa, rodeada de los impenitentes robles, imaginó una película antigua, una película americana, pero rodada en Gran Bretaña porque el protagonista sería Cary Grant, que conduciría un coche de dos plazas por las calles que quedaban tras él y se detendría allí, donde su chica bajaría corriendo los escalones con la raqueta de tenis en la mano. Zona residencial en un pueblo. Y todo mera ilusión. La ilusión, pensó, era fe. Todo el mundo allí se dedicaba a mirar el traje nuevo del emperador. Claro está que también él había tenido fe, como Diana… pero no estaba seguro, cuando reflexionó sobre ello, de Diana. ¿Se había creído realmente el guión, o se había limitado a representar su papel? Ahora parecía mucho más misteriosa que antes. Recordó que en la época en que habían vivido allí siempre había asumido un aire de superioridad, como si estuviera engañándolos a todos o supiera un secreto que los demás ignoraban. Siempre había dado a entender ese desprecio. ¿Se había extendido también a él? Ciertamente, a menudo había sentido que ella lo respetaba más después de su divorcio que durante su matrimonio. Ella había sido mucho más refinada que él, más compleja y sutil en la expresión de sus sentimientos, así que no debía carecer de un cierto gusto por lo retorcido. Pero, por otro lado, si ella no había creído lo que todos los demás creían, ¿en qué había creído? Porque tenía que haber creído en algo, o haber sentido algo. Su suicidio lo demostraba. Había valido la pena morir por algo. ¿Dinero? ¿Algún hombre, un amante? ¿Su salud?; ella siempre había estado preocupada por sus ojos, porque su gran pasión era pintar y, antes de eso, la fotografía. Si algo le había ocurrido a su visión quizá se habría sentido lo bastante desesperada como para quitarse la vida.
Pero tan pronto como pensó esto le pareció increíble. El problema era que «desesperada» no era una palabra que casara con su carácter. Él había sido el desesperado. Al recordar el pasado lo vio claramente. El sentimiento de alienación que tenía en ese mismo momento (todo lo que había más allá del diáfano cristal del parabrisas era tan remoto) parecía tan sólo un eco de lo que había sabido tantos años atrás, que no pertenecía a aquel lugar, como si, desde el principio, hubiera sabido que se iba a producir alguna calamidad, igual que en ese preciso instante sabía que volvería a producirse: la suave y silenciosa explosión de ansiedad en su pecho se lo indicaba. Quiso huir. Quiso huir en ese mismo momento. Vete, vete ahora mismo; percibía todos sus instintos diciéndole que se marchara.
Pero, por supuesto, no huyó. Por el contrario, se inclinó hacia delante y apagó el motor del coche. Sabía que aunque huyera primero tendría que ver a Tim. Quizás esa especie de resolución, la determinación de seguir adelante a pesar de saber de antemano lo que iba a ocurrir, era característica de la relación con su hijo, el extraño y casual resultado de la catástrofe, China Lake, Aberporth, y su vida con Diana en aquella horrible casa. Su hijo era el receptáculo mismo del dolor, tanto más cuanto que era inocente. ¿Cómo se lo habría tomado? ¿Cómo sería? David lo ignoraba, no podía saberlo, nunca lo supo. Se habían tratado de un modo tan extraño, tan irregular, que sus relaciones habían carecido siempre de toda sincronía. Tim, Timothy, Timmy… siempre cambiaba de nombre justo cuando David se había acostumbrado a utilizarlo. Intentó darse bríos aspirando el olor del aire y de los árboles, dejando que le tonificara. Caminó hacia la casa. En el porche reinaba un olor a hojas húmedas y a ladrillos mojados. De repente le asaltó un recuerdo, el olor del cristal al apretar la nariz contra una ventana; la ventana y las circunstancias concretas se habían perdido, pero el peculiar olor a polvo persistía como un símbolo de la soledad. Nunca había estado completamente seguro sobre cuál de los dos, Tim o él mismo, había perdido más por la separación, quién había sido el más solitario por este motivo. En cualquier caso, Tim reconocía tan sólo un cierto resentimiento o justicia que nunca acababa de convertirse en cólera y solía ocultarse tras su reservada actitud. Típico de él, tuvo a David esperando un buen rato, y cuando finalmente abrió la puerta, vaciló, obstruyendo la entrada, como si dudara seriamente en dejar entrar a su padre. Era alto, tan alto como David, y tapaba todo el hueco. Excepto por la talla, sin embargo, no había un parecido especial entre ellos. David, con su pelo oscuro y su cuerpo más fofo y corpulento, tenía quizá algo de galés en su aspecto, mientras que Tim era rubio, con la piel cubierta de pecas y parecía vagamente irlandés.
David, como de costumbre, tuvo que ser el primero en hablar:
– Tim, ¿cómo te encuentras? ¿Estás bien?
– Sí, por supuesto que estoy bien.
David notó que algo dentro de sí mismo se encogía, retrocedía. Desde luego había dicho algo improcedente, pero siempre decía lo que no debía, ¿y qué se decía a un hijo cuya madre acaba de suicidarse?
Esperó. Luego, en un gesto de concesión, Tim retrocedió, en un brusco y extraño movimiento, como el de un muchacho que, un poco violento, acaba de recordar sus modales. Ésa había sido siempre su paradójica cualidad: que exteriormente fuera adolescente, inmaduro, pero que tal aspecto arropara a una persona que parecía siempre mayor para su edad. Y no carecería de atractivo, había pensado David a menudo, si consiguiera conmover esa reserva interior. Pero ése era el núcleo inviolable y secreto de Tim. Llevaba unas Adidas, se preocupaba apasionadamente por Sudáfrica, lucía todos los distintivos de su grupo, y sin embargo no parecía pertenecer a ninguna parte.
David lo siguió al recibidor.
– Llamé anoche desde Cardiff, para decirte que venía, pero no contestó nadie.
Tim le lanzó una mirada que era casi de desafío, como dándole a entender que no tenía siquiera el derecho de aludir a este tipo de preocupación. Pero la base de su relación había sido siempre la insistencia de David en que tenía ese derecho. Estoy aquí, formo parte de tu vida, tengo derecho a preocuparme por ti, a pesar de todo. David no había cedido nunca. Se había mostrado dispuesto a soportar cualquier ofensa a sus sentimientos con tal de mantener esta prerrogativa. Al mismo tiempo no había ido nunca demasiado lejos. Por un momento sintió el deseo de abrazar a su hijo, pero sabía que tal gesto estaba al otro lado de una línea que resultaría desastroso atravesar.
– Lo siento -añadió finalmente-. Sé lo mal que debes sentirte.
– Salí a dar un paseo con el coche -replicó Tim, ignorando su comentario-. Tenía que salir. No volví hasta tarde. -Vaciló-. Acabo de levantarme. He hecho café, si quieres.
– De acuerdo.
– No tienes que tomártelo por obligación.
– No. Me apetece.
Tim dio media vuelta y se alejó, dejando a David en el recibidor. Se dio la vuelta para seguirlo, pero no se movió. Solo, sintió de repente una peculiar sensación de transgresión. Aquélla era la casa de Diana y ella no estaba, ella no volvería a estar nunca. Su mera presencia era una especie de violación. No era correcto que él estuviera allí. Diana estaba muerta y sin embargo el fantasma era él. Por otro lado, todo era muy normal. Tim estaba en la cocina y cuando David pasó por debajo de un arco para entrar en la sala de estar, se halló en una habitación perfectamente vulgar: la sala de estar de Williamson en la casa de Williamson, pensó. La alfombra color azul pálido de Williamson estaba perfectamente centrada en el pulido suelo de roble, mientras que el sofá y dos sillones, inmaculadamente tapizados de un tejido brillante y un azul más oscuro, aparecían pulcramente dispuestos en torno a una chimenea alicatada en azul y crema. Las paredes y el techo estaban pintados de un suave color crema, y la luz del sol quedaba amortiguada por unas cortinas transparentes. En el aire pendía un discreto aroma, de la limpia alfombra, esencia de limón, del jarrón con lirios sobre la mesa de caoba frente a la ventana. Todo parecía pacífico y agradable, pero volvió a acometerle la peculiar sensación de náusea que había tenido antes en el coche, pues tuvo la sensación de entrar en un hogar de clase media de su infancia, el tipo de lugar en el que siempre había mostrado sus mejores modales. Las personas que vivían allí debían tener sonrisas condescendientes y un acento perfecto, habrían leído Punch y conducirían un A40 o incluso algo mejor, un Wolsley o un Jaguar. Miró al techo; en el centro había un florón de yeso, pintado del mismo azul que el de la alfombra. Antes de que las modas hubieran cambiado, una pequeña araña de cristal habría demostrado mayores pretensiones. Sintió asco de haber querido vivir en una casa semejante alguna vez. Aunque, ¿lo había deseado? Y a pesar de que era el tipo de habitación en la que Diana había vivido toda su vida, resultaba igualmente chocante imaginarla allí sentada, sobre ese sofá. Claro está que ella habría sabido cómo sentarse, con las piernas cruzadas y su taza de té perfectamente en equilibrio sobre el regazo, con la mano izquierda toqueteando lánguidamente una única ristra de perlas alrededor del cuello mientras escuchaba a su anfitrión, porque sin duda ella habría sido la visita en aquella habitación, y una mitad de ella se habría reído de la misma. Ella había abandonado aquel tipo de estancia. Aquélla era la sala de estar de la casa de sus padres y representaba todo aquello de lo que había huido. David tuvo una súbita fantasía. Diana no se había suicidado, sino que había fingido su muerte para poder desaparecer y vivir en otro lugar con una nueva identidad. Volvía a empezar. Él había vuelto al pasado, ella había huido de los viejos tiempos. De un modo peculiar habían intercambiado los lugares. Por un instante consiguió imaginar realmente que era cierto, y se quedó tan impresionado que cuando Tim entró en la habitación se quedó mirándolo.
– ¿Ocurre algo malo?
– No lo sé -contestó David, dejando escapar el aire-. Es esta habitación. Hay algo…
– ¿Qué?
– No es como ella. No puedo imaginármela aquí.
Tim iba a discutir, pero se contuvo. Se encogió de hombros.
– Supongo que ésta era la habitación para otras personas, en lo que a ella se refería. Se pasaba la mayor parte del tiempo en el piso de arriba. Había hecho tirar una tabique en su dormitorio de modo que tenía espacio suficiente para un sofá y un sillón. Y utilizaba un rincón para pintar. Creo que cuando estaba sola comía a menudo allí. Vivía allá arriba.
En una torre.
Rapunzel, la señora Rochester, María Estuardo. Pensó en mujeres encerradas en torres, atrapadas por brujas malvadas o la locura o reinas rivales. ¿Qué había atrapado a Diana? Incluso cuando pensó: «No seas tonto», sabía que no estaba siendo tonto, porque ella se había suicidado. Si tenía que imaginarse eso, tenía todo el derecho a imaginar cualquier otra cosa. No había nada tonto en todo aquello. Pero Tim seguía hablando:
– Tampoco yo paso mucho tiempo aquí. He servido el café en la cocina, si lo quieres.
Se encaminaron hacia la parte de atrás de la casa. También la cocina estaba pasada de moda, todo databa de los cincuenta. Era tan moderna como la «era a reacción». Armarios empotrados con tiradores de aluminio. Una vieja nevera Electrolux. Y unas cuantas sillas con una mesa hechas de tubos de acero y cubiertas de algún material primitivo de «fácil limpieza», pero nada barato. En otro tiempo ese tipo de cosas habían sido realmente lo más moderno. En una de las sillas asomaba un poco del relleno de crin; la espuma aún no se había inventado. Se dio cuenta de que aquella cocina no debía de haber cambiado desde el día en que se habían instalado en la casa. Sobre el mármol vio un juego de botes de claro Perspex para té, harina y azúcar, que su tía les había enviado como regalo de boda. Así que la señora Haversham debía añadirse a su lista de mujeres atrapadas, pensó, abandonadas, avergonzadas, viviendo perpetuamente con la evidencia de su fracaso, pero ¿por qué? No tenía obligación alguna. La pregunta que lo había atormentado por la noche volvió a su mente. ¿Por qué se había quedado en Aberporth? Pero entonces se sentó y Tim le sirvió el café. David intentó mirarlo, pero Tim desvió los ojos.
– Tim, escucha, sobre todo ahora, tenemos que hallar el modo de comunicarnos.
– Supongo que sí. Supongo que querrás saber lo que ha ocurrido.
– No es eso lo que quiero decir.
– Pero quizá ya lo sabes. Probablemente lo sabes mejor que yo.
– Lo dudo.
– Lo digo en serio. Esta mañana estaba pensando… -Se interrumpió. Luego prosiguió con perfecta calma-: ¿Sabes?, tengo que estar siempre pensando que se ha muerto. Tengo que decírmelo cada diez…
– Tim, si quieres…
– No, no. Iba a decir que el día que llegué aquí… En el jardín, desde ahí puedes verlo, por esa ventana, en realidad no es nada, sólo que ella tenía problemas con los lirios, porque no crecían como debían. En realidad no le gustaba demasiado la jardinería, pero quiso que yo la ayudara. Creo que los dividimos o algo así. Así que ahora, allí fuera, hay un hoyo que ella cavó y un lugar sobre el que esparcimos el estiércol y esta mañana he pensado ir a taparlo, pero no he podido, ya sabes, comprendes el porqué, pero me ha hecho pensar en el jardín y cuando has telefoneado esta mañana he recordado cuánto me gustaba de niño. Solía pasarme todo el día jugando allí. Pero en la parte del fondo, bajo las lilas, estaba siempre terriblemente oscuro y siempre que me metía allí me asustaba. Sabía que había ocurrido algo, ¿comprendes? Cuando era pequeño, me refiero. Algo iba mal. Y yo no sabía lo que era. Ella nunca me lo dijo y después de un tiempo no volví a preguntarlo más. Pero tú lo sabías, por supuesto. Era algo que se sobreentendía. Y espero que ahora lo sepas. Por qué ocurrió. Por qué lo ha hecho.
David apartó la vista sintiéndose culpable por un instante. Porque nunca le habían contado a Tim lo que le había ocurrido a él, lo que les había ocurrido a todos. Años atrás se había dado cuenta de que había sido un error y había querido decírselo, pero Diana se había negado siempre. Ahora trató de mantener su posición un poco cautelosamente:
– No estoy seguro de comprender lo que dices.
– ¿No? Bueno, para mí está bastante claro. Se ha suicidado por la misma razón que os divorciasteis. Así de sencillo.
– Eso no puede ser cierto, Tim. Tu madre y yo nos divorciamos hace años. Se suicidó ayer…
– En realidad fue anteayer. No llamé el mismo día. No podía… No hubiera podido… decirlo, supongo. En voz alta.
David cerró los ojos. Durante unos segundos no pudo soportar mirar nada. Y luego, dándose cuenta de que los tenía cerrados, volvió a abrirlos. Sin embargo, su voz sonó tranquila.
– De acuerdo, Tim. ¿Pero qué relación tiene? ¿Por qué crees…?
– ¿Qué otra cosa podría ser?
– No lo sé. Dinero. Un problema amoroso. Su salud. Tú.
– No. Ya he pensado en todas esas cosas. No tiene sentido. Cuando llegué todo seguía igual, estaba completamente… no sé. Sencillamente era ella misma. Estaba contenta de verme. Estaba… -Se encogió de hombros.
David esperó un momento y luego dijo:
– No estoy muy seguro de la cronología de los hechos. ¿Hace unos días que estás aquí?
– Sí. Llegué el pasado viernes. Iba a tomarme una semana para estudiar. Aún tengo tres exámenes pendientes. -Miró a su padre-. ¿Pero no niegas…?
– ¿Qué?
– Que ocurrió algo, cuando os divorciasteis.
– Por supuesto que ocurrió algo.
– No me refiero a eso. Ocurrió algo… algo…
– De acuerdo. Sí. Ocurrió algo. Deberíamos habértelo dicho, yo quería contártelo, hace años. Pero Diana se oponía, no estoy seguro del porqué, pero no quería. Tiene que ver conmigo más que con ella y si realmente quieres saberlo te lo contaré ahora, pero no puede ser ése el motivo después de tantos años. Porque todo ocurrió hace más de veinticinco años. Y tú tienes que contarme, Tim, lo que ocurrió aquí anteayer, en voz alta.
Tim bajó la vista y David percibió su conmoción. Evidentemente debía haber supuesto que el secreto oculto en la oscuridad bajo las lilas era incognoscible, inconfesable. Haber obtenido su concesión tan fácilmente, era casi aterrador. Y quizá, después de todo, no estaba seguro de querer oírlo, pues su voz le llegó apresurada y baja:
– No hay mucho que contar. He repasado ese día un millón de veces. Desayunamos juntos y luego fuimos a pasear. Llegamos hasta el pueblo, bajamos hasta la playa, luego subimos y paseamos por el pueblo. No ocurrió nada. Absolutamente nada. Ella vio un pájaro que le interesó especialmente, una especie de reyezuelo. Nos cruzamos con unas cuantas personas a las que conocía y las saludamos, pero eran del pueblo. Todo fue perfectamente normal y ella estaba absolutamente tranquila. Cuando regresamos me puse a estudiar, arriba, en mi habitación, y no volví a verla hasta la hora de comer. Comimos juntos en su habitación. La preparó ella y luego me avisó llamando a mi puerta. No pensé en ello, pero supongo que estuvo allí toda la mañana.
– ¿Pintando?
– No. Le pregunté por la pintura, pero dijo que le iba a dar un descanso durante un tiempo. Había sacado su cámara, un par de cámaras en realidad. Me dijo que las estaba limpiando. No creo que las hubiera usado. En cualquier caso todo era normal y sostuvimos el mismo tipo de conversación que habíamos mantenido un centenar de veces antes. No parecía diferente. Yo no vi nada diferente. Sigo sin verlo.
– Muy bien. Así que comisteis…
– Sí. Luego recogí las cosas y las bajé a la cocina. Ella me dijo que no lo hiciera, pero fregué los platos y luego subí para volver a estudiar. Después de eso no volví a verla hasta las cuatro. No estoy seguro de dónde estuvo hasta entonces, pero creo que en su dormitorio, o al menos en la casa. De todas formas, a las cuatro llamó a mi puerta con unas cartas en la mano. Quería que me acercara en coche hasta Cardigan para echarlas al correo. Me explicó que el correo llegaba un día antes si se enviaba desde allí y que tenía algunas facturas urgentes.
– ¿Es eso cierto, lo del correo?
– Supongo que sí -replicó, encogiéndose de hombros-, si ella lo dijo. ¿Por qué iba a dudar de ella?
– No había ningún motivo. ¿Pero no pensaste que era tan sólo una excusa para que te fueras de casa?
– Bueno, por supuesto que lo pienso ahora, pero entonces no, no sospeché nada de eso.
– De acuerdo. ¿Entonces cogiste el coche?
– Sí, pero justo cuando me marchaba me dijo que iba a cenar con alguien y que tomara algo en Cardigan o que me las tendría que apañar sólo. Así que cuando llegué, eché las cartas al correo, di una vuelta por allí y luego me tomé un sandwich en un pub. No regresé hasta las siete, o un poco más tarde. No estaba aquí. Pero lógicamente no esperaba que estuviese. Me puse a estudiar. No volví a mirar la hora hasta las nueve y la policía llegó a las diez. -Tim se recostó contra el respaldo de su silla. Era evidente que había llegado al momento crucial. No obstante, parecía relajado casi por primera vez, como si se sintiera aliviado, seguro ya de que iba a superarlo y sentirse bien-. ¿Conoces el sendero que lleva a Tresaith, a lo largo de la cima del acantilado?
– No estoy seguro.
– Empieza en el extremo más alejado del pueblo y corre paralelo a la costa. Probablemente está a unos treinta metros desde la cima del acantilado hasta el agua.
– Sí, ahora lo recuerdo. ¿Hay una cascada?
– Sí. Una pequeña. Dos. Bueno, alguien había encontrado sus ropas allí, un tipo de Tresaith que realiza su paseo higiénico cada noche por allí. Vio un montón de ropas a un lado del camino, al final de un promontorio. Todo estaba pulcramente doblado. La policía dijo que era un detalle bastante frecuente. Incluso se había quitado las gafas y las había colocado sobre la pila de ropa. Sólo quedaba una pila de ropa y las gafas. El hombre llamó a la policía. Se presentaron allí y encontraron una nota en su bolso, así supieron lo que había ocurrido. Me lo dijeron y tuve que ir para confirmar que las ropas eran realmente suyas, aunque no tenían la menor duda. A la mañana siguiente organizaron el rastreo. Hay unos cuantos Marines Reales [31] en la base que se encargaron de la búsqueda con lanchas y un hombre buzo. La encontraron ayer por la mañana, enganchada entre las rocas.
– Dios mío, Tim.
– Sí. Ha sido horrible.
– ¿Y qué hay de la nota?
– La tiene la policía. Dijeron que la devolverían, pero yo les contesté que no la quería, que debían quemarla. Decía: «Hago esto por voluntad propia. Esto no puede volver a ocurrir.» Estaba firmada. Firmó «Diana Harper». -Tim lo miró entonces con absoluta sencillez, sin hostilidad, y añadió-: Por eso en parte estaba seguro de que la razón… «Esto no puede volver a ocurrir.» Sabes lo que significa, ¿verdad? ¿Sabes lo que quería decir?
David tomó aliento.
– Sí. Lo supongo. Pero no comprendo por qué tendría que significar algo ahora.
– Sin embargo, se refiere al pasado. Yo tenía razón. ¿A la época en que os divorciasteis?
– Sí, pero eso fue hace tanto tiempo, Tim…
– ¿Tiene algo que ver con un americano llamado Tannis?
– Sí. Tal vez. ¿Por qué?
– ¿Quién es?
– Un oficial de la Marina Norteamericana. O lo era. Era el director de seguridad en una base americana, un centro de investigación, como el que hay aquí. Se llamaba Estación de Pruebas de Artillería Naval y estaba en un lugar llamado China Lake, en California. ¿Pero cómo te has enterado de su nombre?
– Vino aquí.
– ¿Cuándo?
– El martes por la tarde.
– ¿Y qué ocurrió?
– Bueno, no estoy del todo seguro. Habló con mamá.
– ¿Estaba ella nerviosa?
– No, no creo…
Pero entonces Tim vaciló y David pensó que iba a hacerle una pregunta.
– No, espera un poco, Tim. Cuéntamelo todo.
– Sí, sólo estaba pensando. Porque sí se puso nerviosa. Yo no estaba aquí cuando él vino. No creo que ella lo esperara, se presentó de repente. Cuando llegué yo estaban hablando en la sala de estar. Le había invitado a café. Entonces no parecía trastornada, pero cuando nos presentó… no sé. Nos dimos la mano y ella sonreía del mismo modo que tú, y por un instante me pareció muy extraña; tenía una mirada curiosa. No sé lo que era. No estaba asustada ni nada parecido, era otra cosa. Creí que quizá estaba enferma.
– Pero eso fue cuando tú llegaste; él ya estaba allí, ¿no?
– Sí, pero fue un momento extraño.
– ¿Qué pasó después?
– En realidad nada. Se recobró. Sólo tuvo esa breve reacción. Luego se rió y dijo que el capitán Tannis estaba interesado en dos alemanes y que si yo los había visto. Hizo que pareciera una broma.
– ¿Qué alemanes?
– Se llamaban Buhler y Vogel. El americano, Tannis, me preguntó si alguna vez había oído hablar de ellos.
– ¿Y habías oído hablar de ellos?
– No. Por supuesto que no. ¿Quiénes son?
– No tengo la más mínima idea. ¿Crees que tu madre sabía algo de ellos?
– No. Estoy seguro de que no.
– Bien… -Y luego, al ver que Tim estaba a punto de protestar, agregó-: Te estoy diciendo la verdad. No sé nada de esos alemanes.
– Pero el resto…
– Sí. Pero espera un momento. Tengo que saber más cosas de Tannis. ¿Viste su coche?… ¿era un coche oficial?
– No.
– ¿Vestía de uniforme?
– No. Yo diría que era demasiado viejo. Si estaba en la Marina, debe haberse retirado.
– ¿Pero había algo que pareciera oficial en él? Documentos, quizás, algo que pudiera haberle enseñado a tu madre. Un maletín.
– No. Mira, en realidad no recuerdo gran cosa de él. Era americano. Se notaba a primera vista, tenía todo el aspecto de un americano. Recuerdo que llevaba gafas de sol, del tipo que llevan los pilotos, y las llevó puestas todo el tiempo. Incluso aquí dentro.
– De acuerdo. Si no venía por un asunto oficial, si no fue así, ¿cómo explicó tu madre lo que había venido a hacer aquí?
– En realidad no lo hizo. Sólo me explicó que lo conocía de antes, de América y que te conocía a ti. Dijo que no sabía de qué se trataba todo aquello, pero que era extraordinario volver a verlo después de tanto tiempo. Se lo tomó a la ligera, en cierto sentido. Pero yo diría que no quería hablar de ello, no quería que yo le hiciera preguntas.
Porque, pensó David, ella ya lo sabía. Todo volvía a empezar. Y ya había tomado una decisión. Sí, al día siguiente se había mostrado tranquila y serena porque ya se había decidido. Se sintió enfermo. Era verdad. El hombre de la cima del risco había sido Tannis. Tannis sabía algo. Había venido…
– Padre, ¿qué está pasando? ¿De qué se trata?
– No estoy seguro. Nunca he… -Pero David dudó y en cierto sentido también Tim hizo una pausa. Ninguno de los dos sabía qué decir o lo que estaban escuchando. Porque David apenas podía recordar que Tim le hubiera llamado padre en alguna ocasión. Con una extraordinaria destreza gramatical solía evitar referirse a él en absoluto, ni por el nombre, ni de ningún otro modo, y menos aún como padre. Ahora la palabra estaba suspendida en el aire, entre ellos, reconocida durante un único instante por su mutuo silencio, como un tributo a los muertos, e ignorada luego. «Estamos en Gales -pensó David-, podemos ser más ingleses que los propios ingleses.» Luego continuó-: Nunca te lo dijimos porque no parecía tener mucho sentido. Pero eso no significaba que quisiéramos ocultártelo. Si realmente quieres saberlo…
– Excepto que os asegurasteis de que no lo preguntara. Os asegurasteis de que no pudiera preguntarlo.
– Lo siento, Tim. Intentamos… Supongo que debería ser honesto. De acuerdo, te lo ocultamos. No queríamos que nos pre guntaras nada acerca de ese tema. Si te lo hubiéramos contado te hubiera resultado más difícil perdonarnos. Nada de todo esto fue fácil. Y no podíamos pensar en todo. Ahora me doy cuenta de que no pensamos en ti lo suficiente, pero teníamos que salvarnos a nosotros mismos. Tendrás que perdonarnos, a ambos.
– ¿Pero qué ocurrió?
– Bien -David se encogió de hombros-, ¿por qué crees que vinimos aquí a vivir, a Aberporth?
– Porque tú trabajabas en la base.
– Siempre supuse que lo sabías, ¿pero no sabías lo que hacía yo?, ¿no te lo contó nunca tu madre?
– En realidad no. Eras una especie de científico. Pero no hablamos nunca de ello. Era algo que se daba por entendido, algo de lo que no se tenía que hablar.
– De acuerdo. Pero ése no era el misterio. Yo era un científico, aunque era muy joven. Eso es algo que también debes recordar. De hecho, yo era algo así como un joven genio. Cambridge, física, los mejores profesores. Y también era una especie de tópico: el chico de la escuela pública que es inteligente. Entonces yo no lo entendía, pero… bueno, no importa. En cualquier caso, mi especialidad era la radiación infrarroja. ¿Sabes lo que es?
– Calor. Creo. Misiles dirigidos por calor.
– Correcto. Una gran parte del desarrollo y pruebas de los primeros misiles británicos se realizó justo aquí. Firestreak, se llamó el primero, y a éste lo siguió el Red Top. Pero el primer misil guiado por calor, y el más importante con mucho, fue un misil americano llamado Sidewinder.
– Creo que he oído hablar de él.
– Lo utilizan todos los ejércitos occidentales. Los americanos, por supuesto, la RAF, los alemanes. Todos los países de la OTAN. Los israelíes. Todos. Es el misil pequeño más importante del mundo. Fue el primer misil de la historia que abatió un avión enemigo en combate. Lo fabrican en diferentes modelos…
– ¿Y tú trabajabas en eso?
– No. O al menos no directamente. Empezaron a desarrollarlo justo después de la guerra y los primeros modelos empezaron a ser operativos a finales de los años cincuenta. El hombre que lo creó realmente, casi sin ayuda, fue alguien llamado McLean, uno de esos genios americanos. Algunas personas afirman que el primer misil lo construyó en su propio garaje. Era el director técnico de China Lake.
– ¿De dónde viene ese tal Tannis?
– Sí. Pero yo lo conocí aquí. Era un oficial de seguridad, ¿comprendes? Escoltaba a un grupo de americanos que vino aquí en un programa de intercambio. Y unos meses más tarde yo fui allí por el mismo tipo de acuerdo.
– ¿Cuándo sucedió eso?
– Justo antes de que tú nacieras. De hecho, de no haber ocurrido nada, quizá hubieras nacido allí. Nos habíamos preocupado por el tema de la doble ciudadanía.
– ¿Así que mamá te acompañó?
– Oh, sí. A ella le encantó todo aquello. Fue mucho más feliz allí que yo. Pero ése no es el asunto. El asunto es éste: los americanos se habían enterado de que los rusos tenían el Sidewinder. Lo estaban fabricando; copias exactas. No era una creación independiente, sino copias. Lo habían robado de algún modo. Y debes comprender lo importante que era eso. El avión a reacción había revolucionado la guerra en el aire en muchos aspectos, y por todo tipo de razones, pero una de las más evidentes era que resultaba muy difícil abatir un reactor. Un reactor volaba literalmente más rápido que las balas de las ametralladoras o los proyectiles de los cañones antiaéreos. Así que el Sidewinder le había concedido a los americanos una gran ventaja. Y esa ventaja se había perdido. Estaban furiosos. Iniciaron una investigación de alta seguridad para descubrir lo que había sucedido.
– ¿Y qué reveló esa investigación?
– Que un traidor había entregado los planos a los rusos. Y el traidor era yo, ¿comprendes?
Tim lo miró fijamente.
– ¿Qué quieres decir?
– Exactamente lo que he dicho. Según los americanos yo era un espía. La Marina estadounidense me odiaba especialmente. Yo era el primer espía ruso que había conseguido abrir una brecha en la seguridad de una instalación naval americana.
– No me lo creo.
David sonrió.
– Bien. Pero los americanos sí se lo creyeron. Se convencieron a sí mismos de que yo era un traidor. Querías saber lo que había ocurrido, Tim, y yo te lo estoy contando. Dijeron que yo era un espía, probablemente uno de los más importantes desde la Segunda Guerra Mundial. El segundo después de Philby, supongo.
– Pero no lo eras.
– No, no lo era. En realidad ni siquiera tenían pruebas suficientes para arrestarme, acusarme o llevarme a juicio. Pero no supuso ninguna diferencia. Tienes que comprender lo que esto significa. Yo era un científico que trabajaba en laboratorios militares. Todo lo que yo hacía, todo lo que escribía, leía, garabateaba en un pizarra, era material secreto. La lista de la compra de tu madre era top secret. Pero una vez que los americanos dieron a conocer su informe, perdí mis acreditaciones de seguridad, primero en Estados Unidos, pero luego también las británicas. Nuestra gente se puso de mi parte, pero sólo por mantener las apariencias, porque también estaban convencidos. Además, no tenían alternativa. Ya en aquella época, la investigación para la defensa de británicos y americanos estaba muy unida, y los americanos no hubieran financiado ni cooperado en ningún proyecto en el que yo estuviera involucrado. Incluso los laboratorios universitarios mantenían relaciones con los militares. Estaba acabado como científico. Estaba acabado… lo que yo era, todo se había terminado. Todo aquello por lo que había luchado se perdió. Tanta gente había estado orgullosa de mí, ¿sabes?… y todo lo había perdido. No podía trabajar, ni siquiera podía enseñar. Así que empecé a beber. Perdí a tu madre. Te perdí a ti. Perdí… bueno, lo perdí todo.
– Es increíble.
– Sólo porque me ocurrió a mí. A alguien que conoces. Pero estoy seguro de que no fui el único.
– No. Sigo sin poder creerlo.
– Quizás esto sea lo que me diferencia de otras personas. Ahora ya me creo cualquier cosa. Puedo creer que algunos niños nazcan sordomudos. Puedo creer que gente inocente vaya a la cárcel, que personas que esperan el autobús sean atropelladas por conductores borrachos, que se torture a personas y se las asesine, que haya gente…
David se interrumpió. Y se percató de que Tim había completado la frase en su mente: que haya gente que se suicide. Tenía el rostro desencajado, como si el pensamiento hubiera penetrado en él como un hacha a través de la madera. Y David pudo ver por fin su interior, pudo ver que el interior y el exterior eran igual después de todo. Dios mío, era joven, su miedo, su ira, su amor, eran inocentes por igual, como la blanca madera de un árbol.
Tim se levantó. Dio media vuelta y se acercó a una de las ventanas que daban al jardín.
– No sabes lo terrible que es esto. ¿Sabes?, yo te odiaba. Te odiaba por todos estos años.
– No, no me odiabas.
– Quería odiarte.
– Pero ella no te dejó.
– Quizá la odiaba incluso a ella por eso. Pero aunque no te odiara…
– Tim, en un momento dado ya no hubiera tenido importancia. Deberías haberlo sabido antes. Pero aunque lo hubieras sabido, yo no podría haber sido un padre como los demás. Aniquilaron esa posibilidad. China Lake mató eso. Tuve que aceptarlo. Tuve que hacer lo que pude. No fue culpa mía, ni tuya o de tu madre…
– ¿Pero por qué no podías haber…? No sé…
– Tim, escucha. Es absurdo que finjamos. Sí, podría haber hecho las cosas de un modo diferente. Podría haberos ido mejor a ti y a tu madre. Pero yo luchaba por mi vida. Intentaba sobrevivir. No siempre se tiene elección. Si hubiera habido otra forma de hacerlo, lo habría hecho. Diana lo comprendió. Por eso…
Tim se dio la vuelta.
– Sí, por eso te perdonó, por eso estuvo siempre de tu parte. Y por eso, ¿no es cierto?, por eso lo hizo. Eso es lo que quería decir, que todo estaba empezando de nuevo.
– Sí.
– ¿Y también tú lo crees?
– No lo sé… Sí.
– ¿Por qué?
– Porque lo hizo. Y por Tannis.
– ¿Crees que él la amenazó?
– No, todo lo contrario, en cualquier caso. Creo que vino a avisarle. Mira, él estaba de mi parte. Siempre afirmó que yo era inocente.
– ¿Y la investigación que realizaron…?
– Todo se llevaba desde Washington, estaba por encima de él. Él era el hombre local, estaba por debajo en el escalafón. Por supuesto, yo no sé en realidad lo que pasó, prácticamente era un prisionero, pero un oficial de seguridad de la RAF me dio a entender que Tannis era el motivo por el que nunca me llegaron a acusar. No querían hacerlo sin su apoyo.
– Entonces, ¿en tu opinión qué significa el que haya venido aquí?
– Sinceramente, no lo sé.
– ¿Intentarás hablar con él?
– Tendré que encontrarlo. Y quizá él no quiera hablar conmigo. Quizá hablar conmigo sea ya demasiado peligroso para él… No lo sé.
Tim volvió a darle la espalda. Permaneció en silencio frente a la ventana durante un rato y luego volvió a hablar, muy suavemente.
– ¿Todo eso es cierto? ¿Lo juras?
– Sí. Lo juro.
– Entonces tengo que contarte una cosa. Cuando ocurrió esto… cuando me enteré. Al principio no iba a llamarte. Quería ocuparme yo de todo. De la investigación y del funeral, de todo. Sabía que quizá no era lo que ella hubiera deseado, pero no me importaba. Así que no iba a decírtelo. Pero también sabía que tenía que hacerlo. Porque cuando fui a Cardigan, cuando me envió a echar aquellas cartas al correo, cuando las eché, creo, estoy seguro, de que una de ellas estaba dirigida a ti… con esta dirección. ¿Comprendes? Te la enviaba a ti, pero con la dirección de esta casa.
– ¿Qué decía la carta?
– No lo sé. Sólo vi tu nombre en el sobre. Me di cuenta justo cuando la metía por la ranura del buzón.
– ¿Pero dónde está ahora?
– Bueno -Tim se encaró con él-, aún no ha llegado. Deberíamos recibirla hoy. El correo no llega hasta justo antes del mediodía.
Así pues Diana había escrito una segunda nota. De eso se trataba. Sólo entonces comprendió David y se quedó inmóvil en su asiento, asimilando las posibles implicaciones. Ella había querido decirle algo. Eso sólo podía significar que su suicidio tenía que ver con él, que realmente todo volvía a empezar de nuevo.
Tim había vuelto a darle la espalda. David se levantó y vio por encima del hombro de Tim el amplio jardín que se extendía desde la casa hacia una hondonada, con las oscuras lilas al fondo y los alisos y el gran roble, y más cerca de la casa, las madreselvas y jeringuillas y los arriates con el trozo de tierra recién excavada donde Diana y Tim habían plantado los lirios, y supo que Tim había estado mirándolo y pensando en su madre. Pero cuando David se acercó a él (¿era realmente posible?, ¿podían, después de tanto tiempo, abrazarse?) Tim se dio la vuelta para encararse con él. Y entonces, en el rostro de Tim, David vio esa mirada peculiar e impotente de comprensión. Ahora Tim sabía, pero en realidad no sabía nada, y se daba cuenta. No había modo de que pudiera comprender o explicar o ser parte de lo que le había ocurrido a su padre, ni siquiera podía ya odiar, y se daba cuenta. No podía hacer nada. Todo estaba hecho, concluido, era el pasado. Al ver aquel nuevo dolor en el rostro de su hijo, el dolor que él mismo sentía como algo familiar, David extendió la mano y le tocó un brazo, durante unos instantes. Luego Tim apartó la mirada y dijo:
– No sé qué decir o pensar.
– No tienes que decir nada.
– Sí. -Volvió a mirar a David y trató de sonreír, era una especie de disculpa-. Supongo que estaba enfadado porque ella te hubiera escrito a ti y no a mí.
– Bueno…
– ¿Qué crees que significa?
– No estoy seguro.
Tim desvió la mirada hacia el jardín.
– ¿Sabes?, siempre me había preguntado por qué nos habíamos quedado aquí, en Aberporth. Parecía un lugar extraño para ella. ¿Por qué no se fue a otro lugar? Y siempre había pensado que la razón tenía algo que ver contigo, con vuestro divorcio. Pero es todo lo contrario, ¿verdad? Cuando uno piensa en ello, sabiendo lo que en realidad sucedió, aún le resulta más enigmático.
«Sí -pensó David-, así es.» También él se lo había preguntado, ¿por qué Diana se había quedado en Aberporth?, y ahora que otra persona se lo preguntaba, la respuesta, tan obvia, le vino a la mente. ¿Había estado la traición tan cerca de él?
En todo caso, Tim le hablaba:
– Mira -le dijo-, si no te importa… tengo que pensar… creo que iré a dar una vuelta en coche. En realidad no hay motivo…
– Escucha, Tim…
Pero ya había salido por la puerta y un momento después David oyó el motor del coche de Diana. ¿Sería posible que Tim hubiera adivinado la respuesta a su pregunta?
¿Por qué se había quedado Diana en Aberporth?
¿Por qué, después de todo lo que había sucedido, no se había ido nunca de allí?
No se había alejado de aquella base y sus secretos. Ni de los científicos que vivían sus secretas vidas allí. Ni del peculiar escenario de la catástrofe personal de David.
David sabía que él era inocente. Él no había entregado el Sidewinder a los rusos. Pero alguien lo había hecho.
Querido David… Llevo diez minutos aquí sentada preguntándome si debía llamarte «querido», si alguna vez habías sido querido para mí o yo lo había sido para ti. Pero ahora sí me eres querido, aunque supongo que en realidad ya no importa, que ni siquiera entonces importaba demasiado. No lo digo por crueldad, pero nos utilizamos mutuamente, ¿no es cierto?, cada uno a su modo. La otra noche estaba tomando una copa en el Hotel Penrallt (no creo que lo recuerdes, probablemente entonces todavía era una casa particular, pero ahora es el sitio donde se alojan y toman copas todos los que están en la base de visita) y oí por casualidad los cuchicheos de dos viejas cacatúas en el salón. Una de ellas decía: «Estaba enamorada del amor», y la otra contestaba: «No, querida, estaba enamorada del matrimonio.» Pensé en nosotros. O en mí. En realidad no estaba ni siquiera enamorada del amor ni del matrimonio, pero sabía que estaba bien, que nadie podía objetar nada. Sobre todo mi querido papá, oh, querido papá querido. «Arthur, Diana quiere casarse.» Sí, bueno, ¿qué podía hacer él al respecto? Creí que de esa manera podría escapar de él, aunque era imposible, demasiado tarde. Lo que sentía por ti se mezclaba con todo eso y supongo que a ti te sucedió lo mismo, aunque nunca estuve completamente segura de tus propósitos. Sólo, creo, que no tenías elección. Pobre David. Pero no tengo remordimientos, ni siquiera ahora que sé… Sí, debes creerme. No te culpo de nada. Nunca he tenido derecho a culparte, y nunca lo he hecho. En todos los años sucesivos siempre que nos veíamos para nuestros pequeños almuerzos (así solía pensar en ellos y los esperaba con ansia para charlar de Tim o de cualquier otra cosa) pensaba siempre: qué hombre tan atractivo, y si tú hubieras estado interesado, sin duda también yo. Así que realmente nos conocimos en el momento equivocado. Deberíamos habernos conocido más tarde y tener un hermoso romance, que es, creo, lo que a mí más me va. O me iba. Ése es mi ritmo: hoteles, moteles, fines de semana, tardes. Te pido disculpas. Vuelvo a empezar…
Fíjate. ¿Te das cuenta? Es uno de mis infantiles estados de ánimo, los estados de ánimo de papá. ¡Qué dulce puedo ser cuando quiero! Diversión, eso es lo que estropea mi pintura, la niña que hay en mí intentando salir, pero sin conseguirlo del todo, una joven y virtuosa dama victoriana de dos caras, toda ella rígidas enaguas y perfecciones, o una niña repelente, una especie de hippy, creo, psicodélica, colgada (no sé por qué, no, en realidad sí lo sé, mi mente ha estado divagando sobre aquella época y he recordado todas las palabras que la gente usaba y que yo nunca tuve el valor de utilizar), con un peinado afro, largos vestidos de cachemira, pálida, con aspecto de medio ida y el rimel corrido (nunca me pongo). Carnaby Street. Dios mío, soy vieja. Esto no será tan malo después de todo. ¿Qué más puedo esperar ya? Todo, que todo empiece de nuevo. Tenía diez años y eso era todo, lo mismo una y otra vez, fuera y dentro, dentro y fuera. Pero mi pintura, en eso es en lo que estaba pensando. Probablemente debería haber sido ilustradora. Vara eso sirven las niñas. Para mascotas y mimos. De nuevo mi ritmo: tu mejor propaganda con un libro infantil de ilustraciones en el fondo de mi cajón, esperando ser terminado. O quizá debería haberme quedado con la fotografía. Pero está uno tan desnudo, ¿verdad?, y con la pintura se puede engañar, con las metáforas: «como» esto, no esto «es», ¿comprendes? Por fin estoy llegando al verdadero asunto… Tannis. Weston. Un hombre muerto en el desierto. Tú. Charis. Tú y yo. Saqué mi vieja cámara, la que tú me regalaste, ¿recuerdas? Era muy buena, una Leica, y miré las fotografías que había tomado allí. En China Lake. Siempre me cuesta pronunciar ese nombre, pensar en él. En el desierto, más bien. Las quemaré. Uno debería llevarse ciertas cosas consigo a la tumba. Secretos. Todas esas recónditas imágenes que uno tiene en la mente y que ocurrieron o quizá no. Click click. Debo pensar en fotografías. Tannis. Vino a verme. Ya está…
eso es a lo que conduce todo esto. No llamó, de lo contrario te lo hubiera dicho. Se presentó aquí, me llevó a cenar (al Penrallt) y al final me dijo que iría a verte, pero no lo sé. No confíes en él, no debes confiar en él. Yo confié en él porque estaba asustado, lo adiviné aunque él no lo admitió. Ahora está retirado, pero sigue viviendo cerca de allí. Tiene una casa, dice, desde donde se ve la puesta de sol. Sobre Hollywood. En Tecnicolor. Hizo ese tipo de broma, bromas fáciles, como si no estuviera seguro de mí. Qué diría yo. Cómo reaccionaría ante él. Si yo… Pero no sabía, volviendo a papá, que yo nunca me dejaría coger, no podría soportarlo. (No por lo que dijera, sino por lo que tuviera que decir, y no ser capaz de fingir.) Pero lo que dijo fue (y estoy segura de que no fingía): Una noche alguien le llamó por teléfono, no sabía quién, porque querían verlo, pero no dijeron para qué, y cuando él contestó que no iría, ellos pronunciaron tu nombre. David Harper. David, recordaba quién eras. Le dijeron que era algo relacionado contigo. Tannis no está del todo seguro de que fuera cierto, posiblemente sólo pretendían demostrar, de un modo general, que debía tomarlos en serio. (Estoy hablando de ellos, pero sólo era uno.) Así que finalmente acudió a la cita. Fue siguiendo una especie de reguero de mensajes, pero acabó en el desierto, cerca de la base, y encontró al hombre, aunque muerto… ¿Te das cuenta?, la cámara que me regalaste, fotografías, todo vuelve a empezar, estoy siendo perfectamente lógica, aunque supongo que no sabes en qué fotografía estoy pensando, ya que no compartes mis obsesiones particulares. En realidad no lo supe hasta años más tarde, cuando la vi en un libro. Click. Él la tomó (Weston, quiero decir, tú ni siquiera sabes de quién estoy hablando, el dulce, dulce Edward, todas las chicas estábamos enamoradas de él, una detrás de otra, debo decir) con la guapa Charis durante un viaje, el viaje en el que se casó con ella, que tenía la misma edad que los hijos de él. Lo comprendí. La comprendí perfectamente, lo que ella había deseado, cuánto lo había deseado. Tenían un Ford sedán negro (en aquella época todos los coches eran negros, como las fotografías que él hacía) y cuando conducían por el desierto vieron un cartel hecho con un cartón en el arcén que decía que había un hombre enfermo junto a un arroyo (¿el Caruso Creek?). Alguien lo había dejado allí para ir en busca de ayuda. Así que se desviaron y lo encontraron muerto y bien muerto (recuerdas que realmente hablaban así, a lo howdy slowpoke [32], «bueno ahora no sé»), tumbado y con un pañuelo atado y lleno de cupones de leche (al parecer si los guardas te dan luego una cuchara de plata) y Weston hizo una fotografía, «hizo un negativo», como dice siempre Charis, click, ¡cómo la envidio!, del hombre yaciendo allí pacíficamente, helado, pero totalmente relajado, natural. Claro que la muerte es natural ¿no?, nada que deba asustamos. Click. Era de Tennessee, no, era de Alemania Oriental, click, click, estoy cogiéndole el truco a esto, ahora la foto es del hombre muerto que encontró Tannis, sin duda tomada con flash, y se llamaba Buhler. Tannis dijo que no tenía ni idea de quién era, y yo lo creo. Estoy segura de que yo nunca había oído hablar de él. Era un hombre mayor, de 65 años, lo que resultó un detalle importante, porque los germano orientales retienen a sus ciudadanos como a ovejas hasta que cumplen los 65 y luego los dejan marchar. (O los alemanes occidentales les pagan, algo así.) Así que en cierto sentido no había nada raro en ese hombre, todo era legal y no cabía duda de que no era un agente. De modo que, oficialmente, no hay nada seguro. Click. Flash. Secretos. Secretos secretos. Pero sabía tu nombre, o el hombre que lo mató sabía tu nombre. (Alguien lo había matado allí mismo, en el desierto, Tannis lo oyó. Me resulta muy difícil seguir con esto. Soy como una actriz que ha olvidado el guión y tiene que ir improvisando mientras actúa, pero… No te preocupes. No te preocupes, dirán. No te preocupes, querido. Quiero contártelo. Tienes que saberlo y me temo que él no lo hará.) Es posible que ellos no creyeran lo que Tannis dijo («ellos», esa policía especial de la Marina), pero con el tiempo lo creerán. El ha investigado por su cuenta (todos los hombres, sobre todo papá, tienen algo de detective privado), dice que se les ha adelantado. Cree saber quién lo mató (a Buhler), un hombre llamado Vogel. Trato de ir más deprisa. Click, click, click. Tannis no lo conoce, no lo recuerda, dice que ha huido, pero yo sí lo recuerdo. Sí. Click. Click. ¿Recuerdas el lugar donde alquilaba los caballos? Diablo. Estuviste allí en una ocasión, ¿sabes? Recuerda cuando viniste a cabalgar conmigo y yo me adelanté. Tenía una pequeña casa al otro lado de aquel asqueroso pueblo (¿Indian Wells?) en el desierto. Y tenía una niña pequeña. No sé si tú la viste, pero yo sí. Hablaba con ella cuando iba a buscar el caballo. Su madre había muerto. Era una niña muy bonita, su padre la quería muchísimo. Click. Click. No tiene sentido llorar para que venga mamá cuando en realidad es a papá a quien quieres. Pero un día su papá no estaba allí cuando llegué (por la mañana, tan brillante ya, como la luz del sol cuando lo miras a hurtadillas), así que me llevé a Diablo, pero cuando lo devolví aún no había vuelto y la niña bonita estaba sola. Click. Marianne. Click. Click. Así se llamaba. Me la imagino perfectamente, con grandes ojos oscuros y cabello oscuro, como una mexicana, aunque estoy segura de que no lo era. Había estado sola toda la noche me dijo. (Pero yo no la había visto por la mañana, creo que se había escondido.) Yo no quería dejarla sola porque sabía que estaba asustada, me dijo que tenía miedo de que las serpientes se metieran debajo de la casa. Hice unos dibujos para ella, intentando tranquilizarla, le hice un retrato. Ella me contó historias e hicimos libros ilustrados. Finalmente apareció otro hombre, sucio, quiero decir que con la cara y las manos sucias, exhausto, parecía un campesino bóer tras un largo viaje en carreta, pero tenía un acento parecido, quizás era también alemán. Dijo que Vogel había tenido que irse de improviso a alguna parte (había toda una historia, pero la he olvidado) y que iba a llevarle la niña a Los Angeles, o a México, no lo recuerdo. Click. Un hombre alto como un rastrillo que se agacha para recogerte como a una hoja muerta. ¡Aarriba Dina! Diana. No estoy segura, no lo recuerdo exactamente, de si le creí o no. Pero Marianne lo conocía y se fue con él, y aunque seguí esperando no volvió (Vogel), así que dejé el dinero y me fui. Pero ése era Vogel. Es. Tannis no lo sabía. Aunque no sé si creerle. Debería saberlo, a pesar del tiempo transcurrido, quizás es que no se acuerda. ¿Por qué habría de acordarse de mí o de ti? ¿Por qué la señora Hanson habría de recordar a papá jugando conmigo en el columpio, dándome impulso para que subiera más y más hasta que me di cuenta de que enseñaba las bragas? Pero sabía que yo me había llevado el caballo porque se lo conté todo a ellos. Porque ésa fue la nota, ¿no es cierto?, la que te metió en la trampa. Cuando te pillaron. No dejes que atrapen. Hagas lo que hagas, no dejes que te atrapen. Vuelve libre a casa. «Si quiere saber adónde va su mujer a cabalgar y lo que hace realmente, pruebe en…» No recuerdo el nombre de la carretera a la que te indicaron que fueras. Porque nunca fui allí. Pero sí fui a cabalgar. Oh, David, tenía que contarte todo esto, pero no puedo decirte más, si lo hiciste sabes por qué, comprenderás… cuidarás de Tim. Tienes que hacerlo. Lo salvé para ti. Siempre he tenido miedo de que me atraparan, de que alguien lo descubriera. No podía soportar la idea. Finjamos, David. No sé. No puedo seguir aquí. ¿Pero adónde puedo ir? Muy lejos. Querido David, márchate tan lejos como yo.
David había leído la carta en la sala de estar sentado en una de las suaves sillas azules junto a la prístina chimenea, rodeado por la alfombra inmaculadamente azul, las paredes de color marfil y el aire ligeramente impregnado del aroma de los lirios.
Cuando terminó miró alrededor preguntándose qué trataba de decirle la carta.
No estaba seguro. Había sido difícil imaginar a Diana viviendo en aquella estancia, y también había sido difícil creer en su muerte. Ahora, paradójicamente, la misma vivacidad de su carta le convencía de que estaba muerta. Ahí estaba la Diana que recordaba. Pero la habitación… la habitación, pensó, seguía siendo un error. «¿Te das cuenta? Es uno de mis infantiles estados de ánimo, los estados de ánimo de papá. ¡Qué dulce puedo ser cuando quiero! Diversión, eso es lo que estropea mi pintura.» David se dijo que para la mujer que había escrito aquella carta esa habitación había sido un extraño escenario. ¿Pero qué papel había estado representando? ¿Cómo se había presentado a sí misma? Como viuda… divorciada… artista… dama misteriosa… Podía haber representado una docena de papeles. ¿Pero cuál, y por qué?
Se recostó en la silla y reordenó las páginas que ella había escrito, quince hojas de papel azul de avión, cubiertas en su mayor parte por su fácil caligrafía, pero degenerando hacia el final en garabatos de bolígrafo. Sin duda era su letra; sin duda era su voz, sólo ella podía haber dado aquellos detalles. David admitió que en el fondo de su corazón se había preguntado si no habría habido algo más siniestro en su muerte que el mero suicidio, pero ya no le cabía la menor duda. Se había suicidado y él sintió el carácter definitivo de su muerte extendiéndose en arcadas por su estómago, convirtiendo la vivacidad de su voz («Para eso sirven las niñas. Para mascotas y mimos») en algo grotesco. Así que dobló la carta para no poder leer una sola palabra más. Pero aun cuando en su mente ahora más que nunca la muerte de Diana era una «representación», seguía sin tener la menor idea de cuáles eran su causa y su proposito. Se dijo que, como explicación, la carta era peor que inútil, sólo conseguía acrecentar el misterio. Se había sentido desesperada, culpable y confusa. «Secretos. Todas esas secretas imágenes que uno tiene en la mente y que ocurrieron, o quizá no. Click. Click.» ¿Pero cuál era la causa de su desesperación, de su culpabilidad y de su confusión? ¿O era esa pregunta, pensó, tan sólo otro modo de formular el interrogante cuya respuesta se le había escapado el día anterior? ¿Por qué se había quedado allí? ¿Por qué se había quedado en Aberporth todos aquellos años?
Se levantó y se acercó a la ventana. Separó las cortinas y sus ojos se movieron como el objetivo de una cámara por el vacío camino de asfalto, el césped, la calle moteada por la dorada luz del sol filtrándose por entre las copas de los robles que la sombreaban. Qué paz. Tranquilidad. Pero agazapado bajo la superficie… vislumbrado entre las cortinas… ocultándose tras el tapiz… estaba el espía. ¿Cuántas veces había visto aquella película? Tan a menudo que había acabado por captar su sentido del humor. «Me descubrirán en cualquier momento.» Sí, todas aquellas películas en blanco y negro con actores de segunda fila cuyos nombres no reconoces del todo, que buscan espías comunistas en vulgares calles de las zonas residenciales, o en el piso del vecino, o en el asiento de al lado en el tren. O justo allí, en Aberporth. ¿Por qué no? Después de todo, alguien había entregado el Sidewinder a los rusos y sabía que no había sido él. ¿Diana?
Se dijo que era la respuesta obvia a su pregunta (¿por qué se había quedado ella en Aberporth?) y presumiblemente la razón por la que había sido tan difícil formularla. Ella había sido el espía. Se había quedado allí para seguir espiando. ¿Pero podía ser eso cierto? Se le ocurrió entonces que nunca antes había considerado esta pregunta, ni siquiera en su sentido más general. ¿Quién lo había hecho? Siempre había supuesto (¿o no había supuesto nada?) que el verdadero espía había sido un profesional, anónimo por definición, cuya auténtica identidad no podía ser conocida y que, finalmente, carecía de importancia. Pero podría haber sido Diana. Sencillamente era posible. Un aspecto fundamental del caso había sido el hecho innegable de que la versión rusa del Sidewinder, apodada Atoll por la secretaría de la OTAN, había sido una copia exacta del misil de los americanos. Sólo se había podido fabricar a partir de planos muy detallados. Y él había tenido los planos, por error, aunque, por supuesto, había sido su error, y de ahí había surgido uno de los elementos del caso contra él. Había querido examinar ciertos detalles del sistema de guiado, pero había llenado un formulario incorrectamente y le habían entregado todos los planos, en realidad los planos reales de fabricación del propio misil. Aquello había sucedido en China Lake cuando Diana estaba con él. Sí. Y aunque ella no tenía conocimientos científicos (había estudiado historia del arte, pero no había terminado la licenciatura) tenía una memoria fantástica y, claro está, una cámara fotográfica. «Saqué mi vieja cámara, la que tú me regalaste, ¿recuerdas? Era muy buena, una Leica, y miré las fotografías que había tomado allí. En China Lake. Siempre me cuesta pronunciar ese nombre, pensar en él.» Bueno. Sí. ¿Pero lo creía él? Diana, o cualquier otra persona, podía haber sido el espía. ¿No era eso lo que se había supuesto de él? Le parecía ridículo. Súbitamente sintió que le invadía un sentimiento de culpabilidad. Estaba haciendo con ella exactamente lo que habían hecho con él. Diana no lo había hecho y él lo sabía, simplemente por ser quien era. «No soy un espía.» ¿Cuántas veces se lo había gritado a ellos a la cara? Además, si Diana había sido la espía (¿era ella quien había fraguado la trama?, ¿y había vivido luego todos esos años con la culpa?), ¿por qué no lo había dicho? Absurdo. Si se había suicidado por un sentimiento de culpa o de miedo a que la descubrieran, hubiera confesado o no hubiera escrito nada en absoluto. Entonces, ¿qué significaba la carta? ¿Qué había ocurrido? Ella no lo había sabido, se dijo David finalmente, sintiendo de nuevo unas náuseas de debilidad en el estómago. Ella no lo había sabido y ésa era la cuestión. Algo ocurría y ella no sabía qué. Tannis. Alemanes. Recuerdos de caballos y niñas… Por eso lo había hecho.
«Todo ha vuelto a empezar.»
«Todo ha vuelto a empezar y no puedo soportarlo.»
David permaneció inmóvil frente a la ventana, junto a la mesa con los lirios, y no se movió. Siguió allí en el silencio. Luego tuvo esa sensación en la nuca, como si alguien estuviera vigilándolo. Pero sólo era él mismo. Vigilándose a sí mismo. ¿Qué iba a hacer? ¿Qué podía hacer? Quería huir. Había huido antes y había creído que todo quedaba atrás. Ahora quería volver a huir. Pero no se movió. ¿Qué había ocurrido? ¿Qué había ocurrido veinte años atrás? No lo sabía. Pero entonces sintió que cambiaba algo en su interior, como el reflejo de la sesgada luz de un microscopio hacia la corredera (después de todo era un científico), y cuando se movió, avanzó hacia el misterio. Pero temblando y con miedo. Subió las escaleras, cada paso hundiéndose sin ruido en los alfombrados peldaños, la mano deslizándose por la suave barandilla encerada, deseando todo el tiempo gritar, como para alejar a los monstruos… «dijo que le daba miedo que se metieran serpientes debajo de la casa»… Pero no tenía ni idea de cuáles podrían ser. No sabía qué iba a encontrar, o qué estaba buscando. Contuvo el aliento. Hizo acopio de toda su fuerza de voluntad para seguir adelante y, sin embargo, si no lo hubiera hecho, sabía que habría perdido toda voluntad. «Supongo que a ti te ocurrió lo mismo, aunque nunca estuve segura de lo que intentabas hacer, sólo que tú, creo, no tenías elección. Pobre David.» El pasillo estaba en la penumbra. La segunda puerta daba a la habitación que había sido su dormitorio conyugal. No lo recordaba, pero, después de todo, había fornicado con la mujer que había dormido allí, la suicida. Giró el pomo y entró.
Dentro ya de la habitación (estaba oscura) se apoyó contra la puerta y dejó escapar el aliento. Luego volvió a inspirar y entonces olió su aroma. Casi le dio náuseas. El aroma de su piel y sus cabellos, suspendido aún en el aire, había evocado un recuerdo de más de veinte años de antigüedad. Diana. Tumbada junto a él. Diana, cuando se inclinaba sobre ella para besarla. Había estado viva, allí, tan sólo unas cuantas horas antes, y su vida no había acabado de marcharse.
Espantoso. Macabro. Grotesco. Su muerte era todo eso, tanto más cuanto que se enraizaba en el absurdo que había destruido sus vidas. Y él nada podía hacer al respecto, nada en absoluto. Así pues, ¿qué estaba haciendo allí? La pregunta provocó su pánico, porque no sabía la respuesta, porque, aunque la hubiera sabido, no habría representado diferencia alguna. Habría estado allí de todas formas. No tenía elección. Se sintió acorralado. Intentó calmarse mirando a su alrededor, orientándose. No recordaba la habitación, pero la renovación que Tim había mencionado debía haberla cambiado completamente, alterando sin duda las proporciones. Se había tirado un tabique para unir la habitación con la contigua, de modo que ahora el dormitorio ocupaba todo un lado de la casa, justo hasta el fondo, donde una única ventana daba al jardín. Para ser un dormitorio era demasiado largo y estrecho, como un pasillo. Pero, pensó, en realidad no era un dormitorio. Como Tim le había explicado, ella vivía allí y él se dio cuenta. La sensación llegó hasta él como una especie de alivio. Estaba muerta, pero al menos allí había estado viva. También percibió que se había vuelto una persona bastante diferente de la mujer que él había conocido, aunque era una diferencia que él podía apreciar precisamente porque conocía su historia, porque podía remontarse a su Diana. Aquel día en Cambridge volvió a su memoria con el brillante sol y la solitaria nube lluviosa. Ella había cambiado desde entonces, pero nunca había abandonado completamente su antigua personalidad. Volvió a pensar en la carta, en la crítica sobre su estilo: «Diversión, eso es lo que estropea mi pintura,» y vio huellas de lo que ella quería decir, apuntes de lo exótico que no acababa de imponerse, estilos que eran reviváis, algo francés y con volantes, a lo Fragonard, alrededor de su cama; algo oriental, pero también Victoriano (vestido de morisco, como los árabes de Gérome), que se limitaba a la parte de la habitación dedicada a sala de estar, con mimbre, alfombras y cojines de seda; y más allá, en el fondo de la habitación, donde tenía el caballete y las pinturas, junto a un sofá con una alfombra echada por encima, se sugería incluso el estilo de los prerrafaelitas, los burgueses soñadores de lo decadente. Diana le había enseñado los nombres de todos esos pintores muchos años antes, mientras le conducía por el Louvre durante su luna de miel. Aquellas asociaciones hacían de la estancia definitivamente su habitación, aunque en realidad le resultaba difícil distinguir los detalles porque las cortinas estaban corridas y reinaba la oscuridad. Las formas flotaban ante sus ojos. Se preguntó si eso habría sido lo último que ella habría hecho, correr las cortinas de todas las ventanas. Pero se dijo que ella nunca había sido dada a los gestos, otra de las razones por las que su suicidio resultaba tan difícil de digerir. No obstante siempre le había gustado la oscuridad, la necesitaba para dormir. Así que aquella mañana probablemente no se había molestado en descorrer las cortinas. En cualquier caso la luz principal de la habitación, cuando se acostumbró a ella, procedía de una pequeña lámpara sobre el pequeño escritorio que había cerca de la cama. Otro signo de su vida que persistía. A menos que Tim la hubiera encendido. Pero no era probable, pensó David. Dudaba de que Tim hubiera visitado la alcoba desde que había ocurrido. Cruzó la habitación, su primer movimiento dentro de ella, y se acercó al escritorio. Estaba en lo cierto, el bloc de papel de escribir de avión aún estaba allí encima y sus últimas palabras se habían quedado grabadas en él: «Querido David, márchate tan lejos como yo.»
Le dio la vuelta al bloc y se giró hacia la cama. La había hecho. Era típico de ella, tan limpia y organizada. Al menos en lo superficial solía saber lo que estaba haciendo. Así que se había despertado, se había bañado (el cuarto de baño era la puerta contigua) y luego había vuelto allí, vestida. Pero no necesariamente. En ciertos estados de ánimos disfrutaba prolongando el sueño, sin arreglarse. «En Escocia, ¿sabes?, siempre se duermen, y sé exactamente lo que quieren decir.» A David le parecía oír su voz al decirlo. Y entonces, antes de que el pensamiento se hubiera formado del todo en su mente, sintió una débil y temblorosa sensación que le bajaba por los brazos. Los extendió, levantó la almohada y dejó al descubierto el camisón de Diana, que le arrojó otro soplo de su aroma a la cara. Al instante devolvió la almohada a su sitio. Pero luego sus dedos se entretuvieron en la colcha de encaje y recordó: «papá jugando conmigo en el columpio, dándome impulso para que subiera más y más hasta que me di cuenta de que enseñaba las bragas».
Sólo entonces, cuando se alejó de la cama, David se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Retomaba los pasos de Diana, pensando con ella durante los últimos momentos de su vida. Era como si se hubiera puesto la máscara de la muerte para intentar desentrañar el misterio. ¿Qué le había ocurrido? Al final, ¿qué había querido decir? Sintió una mezcla de pena y rabia. Ya sabía, en realidad, adónde le habían conducido sus pasos y nada podía hacer él por remediarlo. Pero no pudo contenerse, siguió avanzando hacia las sombras, recorriendo la habitación. Se hallaba ahora en una especie de salita de estar: una alfombra kilim, crujientes muebles de mimbre, una mesita baja con la parte superior de latón grabado: su arabesco. Sobre la mesa había una bandeja de caoba donde reposaban los restos del té de la mañana.
La tetera estaba vacía, se lo había bebido todo, aunque la fragancia persistía. Un desayuno irlandés, algo más abundante de lo que él hubiera supuesto. También la jarra de la leche estaba vacía, pero no consiguió encontrar la taza. Miró a su alrededor buscándola. Era, pensó, como si estuviera reuniendo las piezas de un rompecabezas infantil del que finalmente surgiría una cara. ¿Y si no lograba dar con la taza? ¿Y si había perdido la pista? Sin embargo, sintió una confianza instintiva en que por fin llegaba a alguna parte. Y allí estaba, aún más al fondo, en la parte de la habitación que ella utilizaba como estudio. Había un sofá tapizado en una especie de brocado descolorido con un ribete de borlas y otro kilim echado por encima. También había una tosca y vieja mesa cubierta por sus utensilios de pintar: botellas con pinceles, montones de trapos y tubos de pintura. La taza estaba sobre una mesita baja frente al sofá, en realidad un viejo taburete de piano. Se la imaginó sentada allí, dejando la taza a un lado e inclinándose hacia delante para mirar el frágil caballete de acuarelas que sostendría el cuadro en el que estuviera trabajando. Como una dama eduardiana liberada en su solitario alojamiento. Pero el caballete estaba vacío. ¿Se habría sentado ella para contemplar aquel vacío? Habría sido otro gesto insólito en ella. Se había sentado allí con un propósito definido. La siguiente pieza… La encontró en el suelo, junto a la mesa. Un álbum de fotos.
Era un viejo álbum de gruesas hojas negras en el que las fotos estaban enganchadas mediante pequeños fijafotos adhesivos. Lo reconoció al instante. Eran las fotografías que ella había tomado durante su viaje a América. Nueva York. Instantáneas: vistas desde Battery Park, luego otra hacia atrás, mirando hacia el otro lado del agua. Diana había insistido en tomar el Staten Island Ferry: «Quiero hacer todo lo que hacen los turistas.» Él se había sentido incómodo, rígido, fingiendo un mayor refinamiento, aunque, recordaba que, en secreto, la ciudad lo había aterrorizado. Había fotos de tiendas en una cantidad sorprendente, y luego unas cuantas tomadas en el Bronx Zoo. A Diana le encantaban los zoológicos. Greenwich Village, a donde ella había querido ir y él no, porque el refinamiento, claro está, lo tenía ella. Así que habían ido a una cafetería y habían tomado café exprés y habían escuchado canciones folk… CC Rider, see what you done done… Recordó la canción al mirar una foto de sí mismo, veinticinco años atrás, en la esquina de la calle MacDougal. Llevaba una americana de mezclilla y las suelas de sus zapatos debían tener dos centímetros y medio de altura. Gracias a Dios, se dijo, que tenía buena vista, si no hubiera llevado esas gafas de la Seguridad Social que hacían parecer un topo a cualquiera. ¿Qué había visto Diana en él? La pregunta siguió rondando su mente mientras pasaba las hojas del álbum. Habían tomado un tren con dirección al oeste. Habían hecho paradas a lo largo del trayecto, fotos por la ventanilla: una, que debía haber hecho él, de Diana, haciendo gestos exagerados en un coche panorámico, con las Rocosas y los pinos tras ella. Los Ángeles. Al contemplar aquellas fotografías, Santa Mónica, las playas, las palmeras, recordó a un viejo amigo de Cambridge, un físico llamado Kevin Elton, que le había enseñado a conducir, la única habilidad social que poseía, lo que le había conferido una ventaja inicial sobre Diana. Había fotos de un viaje que habían hecho siguiendo la Autopista de la Costa, recordaba, que conocía de antes por los libros de Raymond Chandler, quizá su única relación con toda aquella parte de Estados Unidos. Imágenes del mar rompiendo sobre las rocas, arremolinándose en una cala, de árboles increíbles con raíces fantásticas… raíces de ciprés. De Carmel, recordó. Y había una fotografía muy buena de dos nutrias marinas flotando de espaldas en el agua en mutua camaradería. Recordó asimismo que Carmel era el hogar de Edward Weston (¿no era interesante, se dijo, que Diana hubiera supuesto que él no recordaría el nombre, aunque ahora él mismo fuera una especie de fotógrafo?). Con aquel pensamiento en su mente se concentró en las fotografías, pues saltaba a la vista que a medida que pasaban eran mucho mejores, más serias. Eran ya más fotografías que instantáneas. Ella siempre había pintado, aunque, que él supiera, nunca se había mostrado interesada por la fotografía, y le había comprado la cámara sólo como un medio de dejar constancia de su viaje. Pero a ella le había gustado aquella cosa con tantos botones y palancas, aquella pequeña y compleja máquina que ella podía dominar. No obstante, era evidente que había acabado por interesarse más seriamente. Lo adivinaba por las composiciones, por el modo en que empezaba a jugar con la profundidad del campo. Había una foto de sí mismo tomada con un objetivo más largo que ella debía haber comprado por allí. Cuando miró aquel rostro extrañamente familiar admitió que su matrimonio había sido peculiar, «desigual». Él siempre había sido consciente de la distancia social que los separaba y de la diferencia de sus temperamentos, cosas ambas que habían sido superadas de algún modo mediante el deseo mutuo de salir de sus respectivas posiciones para llegar a algún otro lugar. Pero lo que David veía ahí era que Diana había sido mucho más refinada que él, que el ojo que había tomado aquellas fotografías había sido mucho más culto que el suyo y que él hubiese tardado años en alcanzarla. «Realmente nos conocimos en el momento equivocado. Deberíamos habernos conocido mucho más tarde y tener un hermoso romance, que es, creo, lo que a mí más me va. O iba. Ése es mi ritmo: hoteles, moteles, fines de semana, tardes. Te pido disculpas. Vuelvo a empezar…» Sí, él había sido demasiado inocente. ¿O precisamente había sido ése su atractivo? «Vuelvo a empezar.» Recordó la fantasía que había tenido, que Diana no se había suicidado sino que se había limitado a desaparecer por un deseo de volver a empezar. ¿Pero no habría estado intentado, ya en aquella época, volver a empezar? O quizá la posibilidad se presentó de nuevo, él había sido el objetivo, o la tapadera perfecta, o cualquiera que fuera la palabra que utilizaran, si ella era el espía. Siguió hojeando el álbum buscando el centro de todo aquello, lo que Diana también debía de haber buscado: las fotografías de China Lake. Pero tan pronto como llegó a esa parte supo que algo fallaba. Sencillamente, no había las suficientes. Unas pocas páginas, ocho en total, eso era todo.
Medio rollo: vistas generales del desierto. Montañas, cerros, cañones, panorámicas. El resto: instantáneas de la base misma. Apretadas hileras de bungalows. El edificio principal con la bandera americana. No había fotos de los laboratorios porque estaba prohibido. Todo salpicado por coches, estrafalarios cruces de lancha motora y nave espacial. Una de él en un jeep con un marine por chófer. La misma con Diana y el marine, con un pie fuera, sonriendo ampliamente, sus ojos perdidos en la sombra.
Un segundo rollo mostraba primeros planos del agrietado suelo del desierto y monumentales rocas. Instantáneas «artísticas» que no eran demasiado buenas. Un tercero retrataba el desierto, las paredes de los cañones cubiertas de extraños dibujos. Primeras tomas de los dibujos: abstracciones, toscas figuras humanas, venados o cabras monteses, que, según recordaba, se debían a los indios. Él no los había visto, pero se había organizado una excursión para las esposas de los científicos visitantes. Un cuarto rollo contenía fotos de unas cuantas personas, los científicos con los que había trabajado: Jerry no sé qué, Walter O'Hara, Don no sé cuántos y sus respectivas esposas. Algunas habían sido tomadas durante una fiesta, y los rostros ya olvidados sonreían a la cámara y alzaban las copas. Pero eso era todo. La siguiente página mostraba más desierto, pero reconoció las fotos como parte de una excursión por el Valle de la Muerte.
Ninguna de Tannis.
Casi ninguna de sí mismo.
Sólo dos fotos de Diana.
Ni una sola fotografía que pudiera relacionarse con lo que había ocurrido.
Sin embargo, ella había estado mirando el álbum pocas horas antes de suicidarse.
Pensó David que aquello era un silogismo con una única conclusión: Diana había sacado varias hojas del álbum. Casi en ese mismo instante descubrió, al mirar alrededor, una caja de cerillas sobre la mesa. Ella no fumaba. Había una papelera en el rincón. Cuando miró en su interior descubrió que había una gruesa capa de cenizas removidas para asegurarse de que nadie pudiera descubrir lo que antes habían sido.
Se recostó sobre el sofá.
Miró hacia el otro lado de la larga y estrecha habitación, tan oscura como una cueva. Miró a través del vacío caballete, de la mesa de latón, de sus alfombras kilim, de la cama cubierta de encajes. Luego cerró los ojos y le vinieron a la mente imágenes de ella. Todo era una paradoja. Ella había muerto, pero estaba más viva para él de lo que había estado nunca. En aquella habitación había aprendido más acerca de ella de lo que había sabido nunca como marido suyo, pero eso sólo demostraba que seguía siendo una extraña para él.
De repente se sintió exhausto. Trató de pensar. Había estado reuniendo las piezas del rompecabezas. El impulso de hallarlas, una tras otra, lo había ido guiando, pero ahora notaba que iba más lento, que se hundía. ¿Qué le había ocurrido a Diana?
Tannis. Intentó pensar en lo que Tim le había contado. Tannis había llegado sin previo aviso. Al parecer ella le había dado café, amigablemente, cómodamente, pero luego algo había cambiado. Al menos tal era la impresión de Tim: que algo había cambiado en su madre. Pero David no acertaba a adivinar de qué podía haberse tratado. En cierto sentido, Tim había sido el resultado de China Lake, era el recordatorio constante de todo aquel asunto. Pero bajo aquellas circunstancias, con Tannis allí al lado, resultaba difícil creer que Diana se hubiera puesto nerviosa por eso. No. Era otra cosa. Su mente trató de hallarla. Alemanes. Vogel. Los caballos. Se acordaba de los caballos: «Lord David, pareces un vaquero, no puedo creerlo.» Y realmente había disfrutado, cabalgando bien y con bastante naturalidad, aunque era la primera vez que montaba. Pero Tannis lo había olvidado, o había fingido olvidarlo, ¿acaso era eso importante? Entonces pensó en aquel terrible día en que había encontrado la nota y había cogido el jeep para ir al desierto. La nota le había conducido hasta otra, «queme esta nota o no habrá otra, le estamos vigilando». Las había ido siguiendo hasta que se halló caminando por aquel seco lecho de un río, «una barranca seca», miró hacia atrás, y allí estaban ellos, avanzando hacia él. «Dios mío, el sheriff llevaba una estrella en el pecho…»
¿Pero qué significaba eso? ¿Qué significaba ahora? Se sintió mareado. La cabeza le daba vueltas. Se dio cuenta de que si intentaba ponerse en pie se caería. De nuevo estaba metido en el lío. Todo volvía a empezar. Ésa era la cuestión. Eso era lo que Diana había comprendido. No había modo de escapar. Si ella hubiera sabido lo que estaba ocurriendo, se lo habría contado. Por supuesto. Si ella había sido la espía, ¿por qué no habría de habérselo confesado en la carta? Ella no comprendía todavía lo que estaba ocurriendo y tratar de averiguar lo que ella sabía sólo lo conduciría hasta su ignorancia. Y su desesperación. Y ahora, eso era también lo que él sentía, inundándolo como en una oleada. Oh, no tenía esperanza.
Sin embargo, fue entonces cuando David se levantó. Parecía resuelto. Su rostro lo demostraba y con aquella nueva firmeza parecía mucho más joven, muy semejante a la imagen de las fotografías, el inocente chico en Nueva York, el joven desgarbado con el chófer de la Marina en el jeep. Pero él no era consciente de ello, sólo que tenía que superarlo, aunque no estaba claro, por el momento, lo que eso significaba exactamente, hasta que, cuando se vio en el recibidor caminando hacia la puerta, se dio cuenta de que debía completar la tarea que había iniciado, tenía que seguir los pasos de Diana hasta el final. Tenía que acabar lo que había empezado. Ella había tomado una decisión. Había quemado las fotografías. Había escrito la carta, «Querido David…» Luego se había desembarazado de Tim y por última vez había abierto la puerta delantera de la casa, la había cerrado tras de sí y había caminado hacia la carretera. Él iba a salir un poco antes de la hora en que había salido ella, lo sabía. La sombra bajos los árboles debía de haber sido un poco diferente, la brisa algo más intensa, la brisa nocturna que llegaba del mar. Pero no tenía remedio. Ella debía de haber tomado aquel camino. Directo. Colina arriba hasta descubrir la bahía, brillando bajo el sol, más allá del promontorio y de la base.
David caminó hasta allí. El sol se reflejaba en el agua. Nubes altas barrían el cielo azul. Sin encontrarse con nadie caminó a lo largo de la vacía carretera hasta que alcanzó las casas del pueblo, las tiendas, la pequeña cala con su playa en forma de media luna y su baranda de hierro. Oyó el agua chapoteando debajo, lamiendo la playa. Sobre las olas se balanceaba un bote hinchable de un llamativo color naranja que transportaba a un hombre y a un muchacho, con el cuerpo abultado por los amarillos chalecos salvavidas, afanándose por arribar hasta la arena. Se detuvo para contemplarlos durante un momento, distraído por completo. No tenía ni idea de dónde estaba ni de lo que pretendía hacer. Luego prosiguió. El camino se empinó de nuevo. Pasó junto a un cobertizo que pertenecía a una empresa de pompas fúnebres. Una ironía macabra a la que apenas prestó atención. Luego, subiendo unos peldaños que cruzaban una cerca, se encontró en el sendero que conducía a Tresaith. La brisa le agitaba los cabellos y el resplandor del sol en el agua lo deslumbraba. Olió el agua del mar en el viento. Pensaba en Diana caminando por allí, abrazándose para protegerse del frío. Debía de haber mantenido la cabeza en alto. David percibía que en aquellos últimos momentos Diana tenía que haber sentido una particular curiosidad por sí misma. Iba a hacerlo, ¿pero se decidiría realmente? A la izquierda de David el sendero estaba bordeado por espesos setos tras de los cuales se hallaba el borde del acantilado. A su derecha se extendían los campos abiertos en los que había caravanas, deshabitadas en ese momento, y escaso ganado apacentando. Una de las caravanas estaba pintada de un verde brillante. «Wendy's», decía. El sendero descendía hacia una hondonada donde los setos eran tan altos que ocultaban el mar. Luego el terreno se nivelaba. No había setos. Se podía pasear tranquilamente por el borde del acantilado, que allí se curvaba hacia dentro, formando una cala. En el extremo más alejado, que apareció ante su vista cuando se acercó al borde, había una cascada, un largo y fino penacho de agua que se deslizaba hacia abajo para terminar en el mar. Las olas rompían allí debajo, encrespándose contra las rocas, llenando con ruido sordo las cuevas y recovecos del acantilado. Ahora estaba justo en el borde. Miró hacia delante. No había necesidad alguna de mirar hacia abajo. Seguía sin tener miedo de las alturas, pero no podía recordar (¿había tenido alguna vez ocasión de descubrirlo?) si Diana las temía o no. ¿Qué le había ocurrido? La sentía. No había estado enfadada, a pesar de lo que le hubiera ocurrido, lo había aceptado, justo al final. Pero David sabía que él no lo aceptaba. La ira se apoderó de él. Estaba lleno de odio. Apretó los dientes. Quería gritar a la cara del viento. Se odiaba a sí mismo. Qué cobarde había sido de no luchar contra ellos la primera vez, de no devolverles el golpe. ¿Pero cómo hubiera podido hacerlo? Había aceptado, había aceptado. Ésa era la ironía. Por supuesto que había aceptado. «No tienen que contarme nada de los rusos.» Y luego, insensatamente, su corazón se colmó de odio contra los británicos, contra su timidez, su hipocresía, su absurdo sentido de la superioridad, que se mantenía tan sólo por la repugnante depravación de la que se habían servido para sojuzgar a los demás. Él se había visto atrapado por todo eso. ¿Qué oportunidad había tenido? Era una víctima tan educada, tan alegre. «Gracias, señor, ¿podría volver a repetir?» También ella debió de sentirse atrapada. ¿Pero por qué? Bueno, él no lo sabía en realidad. No importaba. Ni lo más mínimo. No tenía escapatoria. Tan pronto como se encontraba una, ellos la eliminaban. Pensó en Anne. Qué estúpido había sido, y como todos los estúpidos, él mismo constituía el peor de los peligros. Sí, todo volvía a empezar, no sólo a él. Por supuesto, tendría que hacérselo a alguien más.
Un perdedor.
Sí.
Miró hacia delante.
Sabía que iba a ocurrir.
No estaba seguro, sin embargo, de si iba a saltar o a caer. No estaba del todo claro. Quizá ninguna de las dos cosas. Uno volaba. Hacia arriba por un instante, en dirección al sol. Luego el viento soplaba y uno se tambaleaba, mientras un rugido llenaba sus oídos y descendía hacia una helada oscuridad, llena de resplandecientes estrellas.
Aquella caída en el mar, cada uno de los momentos de que se componía, quedarían grabados en la mente de David durante el resto de su vida y nunca llegaría a saber realmente qué había ocurrido. ¿Había saltado? ¿Había caído? Hubo un momento de sorpresa, al mismo tiempo que caía, casi como si no lo hubiera esperado. Pero su caída libre, su «movimiento de descenso en un campo gravitacional sin estorbo por parte de un medio retardatriz», fue tan larga (sesenta metros quizá; más de seis segundos) que tuvo tiempo de prepararse. Se zambulló en el agua… pero nunca estuvo completamente seguro de cómo había entrado, si con los pies por delante, sobre la espalda, el trasero. Sólo supo que su entrada había sido tan limpia, tan precisa, que más tarde pensó en ella en términos de las leyes de refracción, «el cambio de dirección que un rayo sufre cuando entra en otro medio transparente». Pues el mar era transparente. Al caer, él y el agua eran absolutamente lúcidos. Pero sólo sintió movimiento. No tuvo la sensación, por ejemplo, de estar mojado. Tampoco tuvo miedo. Su movimiento de aceleración lo envolvió, lo mantuvo a salvo. Se había transformado, era más energía que masa. Sin embargo, era totalmente consciente del elemento en que se hallaba, la vasta oscuridad oceánica que lanzaba destellos a su paso y tuvo un recuerdo absolutamente claro (y más tarde, no tendría dificultad en recordar que lo había recordado) de su pa
dre, levantándolo por los brazos, arriba y abajo, arriba y abajo. «Arriba, arriba.» Le pareció que casi reía a carcajadas, como lo había hecho de niño, a seis metros bajo el agua.
De repente todo se detuvo.
Durante unos instantes se quedó suspendido, inmóvil. El empuje del fluido hacia arriba compensó la aceleración de descenso de su caída. Newton y Arquímedes en equilibrio. El corazón flotó en su pecho. Su centro estaba en una total inmovilidad. Se sintió en paz. A su alrededor había un resplandor, un torbellino de luz, su propia turbulencia exorcizada y reflejada de nuevo sobre él.
Pero todo aquello en conjunto duró tan sólo unos segundos y luego se invirtió. De energía a masa; lo que estaba fuera de él, volvió al interior. Y todo fue dolor. Supuso que se había aplastado el pecho porque los pulmones le ardían. No había aire, ni vida. El pánico gritó a través de su cuerpo mientras se veía lanzado hacia arriba, disparado hacia la superficie con un rugido en los oídos, los ojos desgarrándose y un gran golpe en la nuca. Por fin salió de nuevo al brillante firmamento cegador.
Pero no fue hasta que bajó y subió una segunda vez cuando se dio cuenta de la peligrosa situación en la que se hallaba.
David estaba de espaldas en un seno entre dos olas. El cielo parecía asombrosamente alto por encima de él, muy distante, y de un azul deslumbrante. El rocoso borde marrón del acantilado se cernía sobre él, amenazador, como un solo peñasco, como Gibraltar. Junto al claro perfil que separaba el risco del cielo, tres gaviotas argénteas volaban hacia arriba siguiendo un remolino de aire que igualaba la turbulencia del mar a su alrededor. Había caído en un vértice del acantilado que formaba ambos; en lo alto el viento lo golpeaba, allá abajo provocaba el oleaje del mar que se alzaba, con engañosa suavidad y luego se abalanzaba en enormes olas encrespadas sobre la roca. No estaba demasiado lejos de la «costa», es decir, de la cara del acantilado, pero al instante comprendió que una vez metido en aquella resaca era hombre muerto. Estaba muy cerca, cada ola lo arrojaba más cerca. También sabía que existía otro peligro, que notaba ya tirando de sus piernas, porque el mar debía de haber cavado grutas y cuevas bajo las olas, de modo que, si no era aplastado hasta morir en la superficie, se vería succionado hacia abajo. Sin embargo, David tenía la ventaja de ser un nadador experto y conservaba todavía parte de la calma peculiar que había experimentado bajo el agua, así que el pánico no se apoderó de él. En realidad se tomó su tiempo para quitarse el zapato (el otro había desaparecido), esperó a que lo alcanzara un seno entre olas, tomó aire y se sumergió. David había comprendido ya que ésa era su única alternativa, bajar desde la violenta superficie hacia una zona más tranquila. Buceó apartando el agua con cada movimiento de los brazos (tres suaves brazadas) y halló una rápida y fría corriente que lo arrastró hacia el exterior, un remolino procedente del acantilado. Así ganó nueve metros. Se encontró de nuevo en la superficie, resoplando. A punto estuvo de acabar allí, pues una ola rompiente se abalanzó sobre él y tragó agua. Tosió, medio ahogado, y sintió, ahora sí, un poco de pánico, pero no tanto como para no poder tomar aire y volver a sumergirse. Salió a la superficie en la siguiente zona de calma. Flotó de espaldas durante unos instantes. Entonces vio la salvación. A su derecha, donde la curva del acantilado se arqueaba hacia el mar, dos grandes rocas recibían el impacto de la resaca en una sucesión de enormes olas. Pero detrás de ellas, entre las rocas y el acantilado propiamente dicho, había una zona más resguardada. Tomó aire una vez más, se sumergió justo a tiempo y nadó en dirección a aquel lugar. Lo alcanzó en una segunda etapa. Boqueando, emergió entre los remolinos de las olas rompientes. Sólo entonces percibió realmente el sonido, el rugido de la resaca, de las chillonas gaviotas y del suave borboteo del agua más tranquila que lo rodeaba.
Durante unos minutos se quedó allí.
Pero apenas unos minutos, porque David sabía que si se quedaba allí demasiado tiempo moriría de otro modo. El agua estaba muy fría. Ya empezaba a notar una especie de calor enfebrecido en las entrañas al tiempo que su cuerpo se retraía sobre sí mismo. En cinco minutos más sufriría una hipotermia sin remedio y al cabo de un cuarto de hora habría muerto. Tenía que salir del agua. Extendió los brazos para aferrarse a la roca, pero al mismo tiempo giró hacia atrás, hacia el acantilado. Estaba tan sólo a seis metros de distancia y en realidad lo tenía por encima de su cabeza, ya que el mar lo había cortado por la base en aquel punto. Al mirar hacia arriba vio una fisura, una grieta justo en la cara del acantilado y más arriba, una profunda hendidura de donde habían caído los dos grandes bloques de piedra que ahora constituían su pequeña isla. Si consiguiera subir hasta allí…
Se tumbó de espaldas. El agua lo sostuvo, levantándolo y haciéndole descender. Notó que cada ola lo alzaba más alto que las anteriores y que esas olas más altas lanzaban un penacho de espuma, como un géiser, al interior de la fisura. Una vez hubo comprendido la situación, no lo dudó. Buscó con el pie la roca que tenía debajo y dio una patada, golpeándola con fuerza, para subir hasta la grieta justo cuando sintió por detrás, dándole alcance, una de las olas más grandes. Lo atrapó. Lo alzó de una acometida. Se arañó los hombros contra la roca, tan estrecha era la fisura, y luego las manos, extendiéndose hacia arriba, se aferraron a algo, a una grieta. El agua se alejó entonces hacia atrás y él quedó colgando de las puntas de los dedos. Pero lo había logrado. La siguiente oleada cayó sobre él, pero ahora se había encajonado en la grieta, como un guijarro. Otra ola encrespada. La dejó marchar. Pero mientras el agua caía, David empezó a subir retorciéndose. Tan sólo consiguió avanzar unos centímetros, pero cuatro oleadas más tarde ya había salido. El agua se lanzaba contra él, pero ya no lo tocaba. Rió. Era una locura, pero lo había conseguido. Siguió ascendiendo. «Bueno, sabes escalar, ¿no es cierto?» Sí, sabía. Más arriba veía la línea donde cambiaba la roca. La línea de la marea. Por encima la piedra tenía un tono más claro. Al llegar allí, se prometió a sí mismo, descansaría. Era tan fácil como encogerse de hombros; era como si uno se desperezase dándose impulso con los pies, como si quisiera deshacer la rigidez de la región lumbar. Encontró un recoveco donde pudo acurrucarse en posición fetal. También le llegaba el sol. Lo sintió sobre la mejilla. Y luego hubo algo más, un hallazgo… un trozo de grueso papel empapado. Lanzado allí. Arrojado allí. Metido en la fisura por la presión del viento o de las olas, se había quedado allí aprisionado.
Le dio la vuelta.
E hizo un mágico descubrimiento.
Pero también era científico. Porque la turbulencia está asimismo gobernada por leyes estrictas («sistemas variables») y el mar que tenía debajo no era sino salvaje. Era de presumir que cualquier cosa que sobreviviera a aquel torbellino fuera arrojado hasta allá arriba como él mismo. Así que lo que él tenía en las manos era una hoja del álbum de fotos de Diana. No lo había quemado todo. Lo que había escrito era literal: «Uno debería llevarse ciertas cosas consigo a la tumba.» Mientras sostenía la hoja, uno de los empapados bordes se desintegró en su mano. De hecho, una de las fotografías había desaparecido por completo (un secreto que estaba totalmente a salvo), pero otras tres desvelaban… ¿qué? Estaba demasiado cansado para intentar adivinarlo.
Un hombre moreno y bajo que sostenía la brida de un caballo, sobre el que estaba montada una niña pequeña.
Una choza azotada por el viento, desolada, con el desierto del Mojave extendiéndose más allá.
Y una mujer a quien David no conocía, con los labios fruncidos para dar un beso.
Exhausto, David puso un cuidado singular y torpe en extraer cada fotografía de su esquina y deslizaría con todo esmero dentro del bolsillo con botón de su camisa. Si ésa era la recompensa, la había ganado. Y merecía un descanso. Diez minutos, pensó. Ni uno más. Ahora sentía verdaderamente el calor del sol. Miró su Rolex. Luego siguió descansando. Se recostó hacia atrás y observó el cielo. Contempló a una pequeña golondrina de mar, Sterna albifrons, y a una gaviota de dorso negro, Larus marinus, que revoloteaban y se lanzaban en picado en el punto vertiginoso en el que el acantilado, el cielo y el mar se convertían en una sola cosa.
Desde el momento en que empezó a moverse de nuevo, David tardó otros cuarenta minutos en alcanzar la cima del acantilado.
En realidad la escalada resultó menos difícil de lo que parecía a primera vista, aunque probablemente sólo una persona con la experiencia de David en la escalada podría haberla llevado a cabo. Una vez que llegó a la cavidad en la que terminaba la fisura y donde la roca se había quebrado para caer al mar, el único camino de ascenso discurría a lo largo de un saliente empinado y estrecho que también debía de haberse formado cuando la roca cayó. Sin apoyo que la sostuviera, toda la cara del acantilado se había resquebrajado. La fisura se había ido erosionado hasta formar aquel angosto camino, que tenía quizá de unos quince a veinte centímetros de ancho, así que tuvo que realizar la mayor parte de la ascensión sobre las puntas de los pies con los tobillos suspendidos en el aire. Los últimos cuatro metros fueron los peores. La cima del acantilado se había ido desmoronando y había muchas piedras sueltas. Además, al llegar a ese punto estaba verdaderamente agotado. No obstante, por fin consiguió izarse por encima del reborde, rodar sobre sí mismo varias veces y quedarse luego tumbado de espaldas mirando hacia lo alto, al cielo azul que se acercaba desde Irlanda.
Yació allí durante cinco minutos, jadeando. Luego se incorporó apoyándose sobre un codo. Miró por el camino en dirección a Tresaith y vio entonces a un hombre que se acercaba. Era un hombre mayor con gorra de tweed. Un paseante con bastón. David lo contempló durante un rato. Pero luego, sin pensarlo, se agachó y gateó hasta ponerse a cubierto tras una aulaga. No estaba seguro de por qué lo hacía, sólo sabía que no quería que lo viesen. Encorvado, jadeando, tratando de controlar su agitada respiración, se ocultó allí hasta que el hombre pasó de largo. Sólo cuando el camino quedó despejado se levantó y avanzó cautelosamente hacia el sendero. Vaciló. Le pareció improbable que pudiera volver hasta su alojamiento sin que lo vieran y, por razones sobre las que no quería siquiera reflexionar, sabía que no quería que nadie advirtiese su presencia. Sin embargo no podía permanecer allí, por ejemplo, hasta que cayera la noche y pudiera moverse sin ser conspicuo. Estaba demasiado cansado, frío y mojado. Necesitaba un refugio. Sus ojos se movieron de forma automática hacia las caravanas de vacaciones que había visto antes en el otro extremo del camino. Estaban alineadas de cara al mar y tenían un aspecto bastante descuidado, destartalado, como un borrón en el paisaje, salvo por un cierto aire excéntrico, vivaz: una estaba pintada de verde oscuro con los marcos de las ventanas de amarillo limón, otra estaba decorada como un vagón de circo, mientras que una tercera lucía una colección de veletas: las tradicionales veletas en forma de gallo, pero también de galeones españoles, de una bruja sobre una escoba, de Cupido lanzando su flecha, que chirriaban dando vueltas con el viento. Parecían deshabitadas, incluso abandonadas. Aun así, David se mostró precavido cuando se acercó a la caravana pintada de verde y amarillo, manteniéndose entre los arbustos tanto tiempo como le fue posible y caminando luego rápidamente cuando llegó a campo abierto, sintiendo la planta de los pies lacerada por los rastrojos.
Las vacas lo miraron durante unos segundos desde el lado opuesto del campo, luego siguieron pastando. En la parte posterior de la caravana había un desvencijado porche con una puerta pintada de amarillo para hacer juego con las ventanas. Estaba cerrada con un candado. Tanteó el suelo al pie de la caravana tratando de hallar una piedra lo bastante grande para romperlo, pero descubrió algo mejor: una pesada estaca. Con un brusco giro hizo palanca hacia atrás sobre el cierre y tras haber transgredido una seria ley por primera vez en su vida, entró.
A pesar de la fatiga sintió que se sorprendía levemente de sí mismo. Se detuvo un momento, casi como si esperara que lo acusaran, pero la caravana estaba vacía. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra vio que se hallaba en una cocina que había sido limpiada y ordenada antes de la partida. Parecía evidente que nadie había estado por allí en varios meses. En el fregadero había un par de botas de goma y la puerta de la nevera estaba abierta dejando ver que habían colocado la bombilla sobre uno de los estantes de dentro. También habían sacado los fogones de la cocina y los habían dejado allí en la encimera. Sobre los agujeros dejados por los fogones en la cocina había unos platos puestos del revés. Silenciosamente, volviendo a cerrar cada puerta con delicadeza, inspeccionó todos los armarios: platos de melamina, tazas y platillos, todo de un verde o amarillo chillón y bastante rayados y gastados. Cuatro de cada. Había restos de cuberterías en un cajón y bajo el fregadero halló un cubo de plástico. Nada más. Apartó una cortina de cuentas y entró en la siguiente estancia. Estaba igualmente desprovista, era una especie de sala de estar. Las ventanas habían sido tapadas con cartones, pero la luz se filtraba por los bordes. Estaba oscura y olía a humedad. Contuvo la respiración, las cuentas de la cortina se balanceaban detrás de él, sintió entonces la extrañeza de estar allí solo, ilícitamente. Trató de imaginar quién podría ocupar aquella caravana. ¿Un viejo? ¿Una pareja de jubilados? ¿Grotescos personajes? Sobre una cómoda había una televisión con la antena en forma de V. Frente a ella había un sofá y una mecedora tapizada, ambos envueltos por un grueso plástico que estaba pegado al suelo con cinta adhesiva. Así de cuidadosos eran con sus miserables posesiones. Una puerta normal conducía presumiblemente al lavabo. Al traspasar otra cortina de cuentas se halló en un dormitorio. También olía a humedad y a moho y, debido a que las paredes estaban pintadas de amarillo y el suelo cubierto de linóleo verde, el efecto del conjunto era casi anfibio. Una pareja de ancianos inventada por un dibujante, como ranas. Una cama plegable, pero sin colchón, en un rincón, una alfombra trenzada colgada en la pared de un clavo y una cómoda con cajones bajo otra ventana tapada con cartón. La cómoda estaba vacía, pero en un armario descubrió un chubasquero y dos mantas metidas en una doble bolsa de plástico. Volvió con ellas a la cocina, donde se arrancó la ropa y se secó con una de las mantas, luego se envolvió con la otra. Para su sorpresa descubrió que había electricidad. Puso los fogones en la cocina y encendió el horno. Se calentó y luego calentó agua para lavarse. Lentamente empezó a sentirse humano de nuevo. ¿No tenía acaso el señor Sapo, se dijo, una caravana? Poco a poco empezó a repasar lo que había sucedido.
Porque había sucedido algo.
Durante un rato no estuvo seguro de lo que era y casi receló de pensar en ello, de tenerlo demasiado cerca, pero cuando se reclinó sobre la silla, cerró los ojos y recordó que había mirado hacia arriba, en lo alto, por encima de él, a través del mar verde oscuro, mientras la luz del sol se movía, temblaba, tan tranquila y remota. Recordó que le había parecido increíblemente lejana. Volvió entonces a él esa pacífica, tranquila soledad de aquel momento, y entonces supo, en su sentido más simple, lo que había ocurrido: había cambiado. Él había cambiado y la primera consecuencia de ese cambio (una consecuencia, no una decisión, puesto que no había sido necesaria) era ya evidente; iba a actuar.
No iba a esconderse o a correr en busca de ayuda, o a fingir que no había ocurrido. «Todo vuelve a empezar», había dicho Diana y se había suicidado. Pero él no iba a permitir que ocurriera esta vez. Habían cometido un error, le habían dado una segunda oportunidad. Pensó que en el acantilado les había desafiado. De eso se había tratado. Comprendió que había tenido que hacerlo. Era exactamente lo que tenía que hacer. Le había dado una oportunidad a la muerte, pero la muerte no la había aprovechado. Ahora que le había sido devuelta la vida nadie iba a arrebatársela, al menos sin lucha. Deliberadamente evocó la imagen de Anne. Sí. No quería perderla. Le resultó fácil entonces admitir la verdad sobre Diana, que en realidad no la había tenido nunca. Había sido demasiado joven, un muchacho demasiado inocente. Por eso había funcionado, por eso habían podido tenderle aquella trampa. Era completamente inocente. No había hecho nada. Había sido una pura y y perfecta maquinación. Él había sido una especie de tabula rasa en la que habían escrito y dibujado exactamente lo que habían querido. Pero esta vez no sería así. Tendrían que matarlo… y sabía que esto era verdad, que lo decía en serio. Era algo que merecía una reflexión. Tendrían que matarlo. Pero entonces la tensión se rompió cuando el sonido de algo que raspaba sobre la encimera le obligó a levantar la vista. Era un ratón que avanzaba hacia el fregadero. David contempló cómo se sentaba sobre los cuartos traseros, fruncía el hocico, volvía a correr y luego se detenía de nuevo. Sonrió. Era un símbolo perfecto. Él era un hombre, no un ratón. O un hombre, no un muchacho. Pero al pensar en ello, encontró algo en la imagen (¿el autodesprecio?) que resultaba incongruente. En realidad era el tipo de comentario que podría haber hecho en alguna ocasión con respecto a sí mismo. ¿Pero y ahora? No estaba seguro. Desde luego, no sonaba bien. Era un hombre diferente y, aunque de un modo confuso, notaba esa diferencia a pesar de que no se identificaba plenamente con ella. Era como si no se hubiera alcanzado a sí mismo. Esos dos caracteres que había en su mente, los cuales creaban el interminable diálogo de su conciencia, no estaban totalmente sincronizados. «No consigo darte el pie -pensó-, no sé cómo apuntarte, es decir, apuntarme.»
Este pensamiento, a su vez, lo llenó de impaciencia. El ratón desapareció por detrás de la encimera. (Aquel lugar debía de estar plagado de ellos, no dejaba de decirse, de ahí los plásticos sobre los muebles. Habían anidado incluso en la cocina.) Porque sabía que no podía perder tiempo, que no tenía tiempo para estudiar su nueva personalidad, tan sólo podía representarla, representarse a sí mismo. Sin embargo, ése era precisamente el problema. Si ahora actuaba, ¿qué iba a hacer? No tenía recursos ni autoridad. No disponía de aliados, estaba solo. Sí, por su mente pasaron velozmente las implicaciones de lo que iba a emprender. Pero se había embarcado en ello y su nueva personalidad, a pesar de que aún no se hubiera sincronizado con ella, había puesto en marcha los preparativos. Desnudo (sus ropas estaban secándose aún sobre el respaldo de una silla) repaso sus pertenencias. En la cartera había 428 libras y la tarjeta de Barclay, American Express. Tenía el talonario en la guantera del coche y podía conseguir más dinero si lo necesitaba. ¿Qué había de su casa?, ¿y del trabajo? Era de suponer que aquello le llevaría tiempo. Pero la señora Simpson (su secretaria dos días y medio por semana) podría encargarse de todo, al menos durante un tiempo. Anne. Tim. En su mente los había unido ya y había decidido también que quizá corrieran peligro, aunque no estuviera seguro de cómo ni por qué. Así que enviaría a Tim a Escocia y luego los obligaría a marcharse. Derek debía de estar a punto de terminar la escuela, así que no habría problema.
Todas sus preguntas parecían encontrar respuesta antes incluso de que las formulara. Lo mismo le ocurrió con el problema principal: la estrategia a seguir. A pesar de todo, le pareció que tenía ciertas ventajas. Aún conservaba la carta de Diana, empapada, corrida la tinta, pero más o menos intacta. Aunque fuera enigmática en los detalles, representaba un hecho simple. Diana se había suicidado a causa de lo que estaba ocurriendo, a causa de su relación con lo que estaba ocurriendo, lo cual significaba, se dijo David, que esa relación debía haber sido mucho más importante de lo que él había imaginado nunca. Había estado involucrada en los sucesos acaecidos en China Lake tanto como él. Ella, por sí misma, al margen de él. Aunque no comprendía lo que eso significaba, sospechaba que él era la única persona que comprendía la importancia de Diana, de modo que tenía cierta ventaja. Además, tenía sus fotos, sus secretos. Volvió a envolverse en la manta y esparció las fotografías por encima de la mesa. Estaban arrugadas por el agua y la fina capa de las imágenes se había emborronado, pero se veían con bastante claridad. La primera mostraba a una atractiva mujer con un largo flequillo rubio. Tenía una mirada feliz y los labios fruncidos, haciendo muecas o quizá ofreciéndole un beso a la persona que sostenía la cámara. No estaba seguro, pero pensó que podría haberse tratado de la mujer de un científico de China Lake. Sin duda la brillante luz del sol cayendo sobre el jardín de un bungalow (una valla de madera roja, una curva de peldaños enlosados, una hilera de farolillos chinos) le recordaron el desierto, y la expresión brillante, forzada de la mujer (una voz risueña, cantarína con los cubitos de hielo en una copa, «la próxima vez nos toca a nosotros», y luego una retirada confidencial, brazo con brazo, en dirección al lavabo) le trajo el recuerdo de las esposas de los científicos, imitaciones de Doris Day y Debbie Reynolds (¿o eran esas alusiones tan sólo otro de los aspectos de su inocencia?). Estuvo a punto de recordar, lo tenía en la punta de la lengua, a un hombre en concreto, un ingeniero, un especialista en servomecánica. Habían celebrado una fiesta, Diana y su mujer se habían hecho amigas y habían pasado algunos ratos juntas yendo a comprar, acercándose a Los Ángeles o Bakersfield por las tardes. Pero su nombre y cualquier otra certeza de que se correspondiera con esa cara se le escaparon.
La segunda fotografía, cuando se dedicó a ella, resultaba aún más enigmática. Una choza ruinosa con el desierto detrás. Sin embargo, tenía una particularidad: no era una instantánea sino una fotografía, es decir, el intento de crear una imagen. Recordó la carta de Diana: «Weston hizo una fotografía, hizo un negativo, como dice siempre Charis, click.» De eso se trataba, pensó, era una composición pensada, deliberada. Pero resultaba difícil saber lo que significaba esa imagen. La choza, con dos plantas en realidad, estaba cubierta de tela asfáltica, despegada a trozos y sobre la que aún eran visibles fantasmales mensajes publicitarios: BIDAS SUAVES EDS OTEL. Pero los marcos de las ventanas estaban blanqueados como huesos y se podía ver a través de las ventanas el otro lado de la choza y una duna del desierto. En la parte de delante había una escalera medio derrumbada lo bastante larga, supuso, para alcanzar el segundo piso, y una tosca mesa con dos sillas pegadas a ella, como dispuestas para la comida, así que el efecto en general era un tanto surrealista. Realmente como fotografía quedaba bastante bien. ¿Pero por qué destruirla? ¿Cómo podía ser aquél un secreto que mereciera la pena llevarse a la tumba?
No tenía la menor idea de cuáles eran las respuestas a esas preguntas y cogió la última fotografía, que, comparada con las otras, parecía más fácil de entender. Un hombre bajo y de cabellos oscuros sujetaba las riendas de un caballo sobre el que montaba una niña pequeña, inclinada hacia delante alegremente, sonriendo al sol. Tenían que ser Vogel y Marianne, su hija. Y Diablo, el caballo que Diana le alquilaba. Vogel, que había matado al otro alemán, el llamado Buhler. Al menos eso pensaba Tannis.
Sin embargo, Diana, según rezaba su carta, no estaba segura de si debía creer a Tannis. «Ése era Vogel. Es. Tannis no lo sabía. Aunque no sé si creerle.»
Colocó las fotografías en fila. Sus secretos, o la mayor parte de ellos, seguían siendo secretos. Pero todo, se dijo, convergía en un punto. La muerte de Diana, la carta, las fotografías, lo que había ocurrido en los Clints of Dromore, todo ello se concentraba en Tannis. Y parecía que la nueva personalidad de David ya había preparado el terreno. Encontrar a Tannis era la clave; eso estaba ya decidido. Una vez más, y a pesar de todo, comprendió que tenía otra gran ventaja: nadie, ni siquiera Tannis, sabría que David estaba buscando, ni lo esperaría. Recordó su fantasía sobre Diana desapareciendo en el mar para volver a aparecer con una nueva identidad. ¿No era eso exactamente lo que había hecho él? Justo en ese momento, sentado en aquella caravana, nadie sabía dónde estaba. Al llegar a la cima del acantilado y ver que un hombre se acercaba por el camino se había escondido, y su instinto había sido correcto. Su propia existencia era el mayor secreto que poseía. Nadie más sabía que él estaba en el juego. No tenía recursos ni autoridad, excepto la sorpresa y las manos completamente libres. Podía hacer todo lo que quisiera. Por el momento decidió que ése tenía que ser su principal objetivo: la conservación de su anonimato.
Objetivo que puso en práctica de inmediato.
Tuvo algo de suerte. Había pasado ya el mediodía y sus ropas se habían secado un tanto, pero tardarían horas, toda la noche, en recuperar un aspecto presentable. Reflexionó sobre la posibilidad de quedarse a pasar la noche en la caravana, pero no quería retrasarse tanto. Por otro lado, si se paseaba por el pueblo tal como iba vestido sería tan visible como un espantapájaros. Entonces empezó a llover en un súbito tamborileo sobre el techo de la caravana y una gota regular cayó resueltamente desde el techo a la parte superior de la nevera y de ahí a un charco que iba creciendo en el suelo. Un estanque dentro del estanque. Después de media hora, cuando la lluvia caía aún con mayor intensidad, comprendió que le proporcionaría una protección perfecta. Se puso la camisa y los pantalones, pero en lugar de los zapatos se calzó las botas de goma que el señor Sapo había dejado en el fregadero y, por encima del suéter, se colocó el chubasquero que había visto antes en el dormitorio. Se sintió húmedo y miserable, pero no tenía un aspecto más húmedo y miserable, se dijo, que cualquier otro observador de pájaros o excursionista desafortunado a quien la lluvia hubiera pillado por el camino.
Salió de la caravana. A pesar de que el cielo se oscurecía ya, la luz le hizo parpadear. No había nada que ver, ni nadie que lo viera a él, excepto las vacas en el campo que había más allá y que levantaron sus babeantes hocicos hacia él apenas un instante. No encontró un alma a lo largo del camino del acantilado y llegó al pueblo, borroso por la lluvia que llegaba como niebla desde la bahía y el horizonte gris. Dos chicos con sendos impermeables amarillos pasaron junto a él corriendo con las cabezas gachas y los cuerpos algo vueltos hacia atrás para protegerse del viento. Apenas lo miraron. Una furgoneta azul traqueteó doblando una esquina justo detrás de él y desapareció. Y eso fue todo. Anónimo, sin que nadie lo percibiera, llegó a la casa. Su coche estaba donde lo había dejado. El de Diana no estaba en el camino de entrada, de modo que Tim no había vuelto aún. Una vez dentro de la casa lo primero que hizo fue bañarse y luego, envuelto en una toalla, llamó por teléfono a Kirkcudbright para hablar con Anne. Cogieron el teléfono al vuelo y David tuvo la impresión de que había estado esperando.
– Hola.
– Me alegro de oír tu voz -dijo ella.
– Sí. Yo también. ¿Cómo estás?
– Bien. -Rió-. Odio esto. Suena tan cerca, pero no lo estás.
– Pero es mejor que nada.
– Desde luego. -David notó que sonreía-. De todas maneras no puedo creerlo. Soy demasiado vieja para esto. No dejo de pensar que realmente debería tener alguna duda…
– Con D mayúscula quieres decir. ¿Como el vicario de una novela de Trollope?
Ella rió.
– Exactamente.
– Escucha… han ocurrido muchas cosas.
– Lo sabía. Que ocurrirían.
– Bueno, es cierto. Diana se ha suicidado realmente.
– Oh, David. Es horrible. ¿Cómo…? No, no me lo digas.
– No pasa nada. No estoy trastornado, o al menos no lo estoy de esa manera. Se ha ahogado. Se ha tirado al mar.
– Dios mío.
– Sí, pero es más complejo. Tengo que decirte una cosa. Lo hubiera hecho en su momento, pero debes saberlo ahora. O quizá no tenga que contártelo. Se lo conté a Axel. ¿Te habló él alguna vez de lo que me ocurrió? ¿En América… en un lugar llamado China Lake?
Ella vaciló y David se preguntó, por un instante, si estaría luchando con su fidelidad a la memoria de Axel, puesto que, lógicamente, éste le había jurado guardar el secreto. Luego contestó:
– Me contó algo, o lo sugirió. Siempre decía que tenías un secreto. Pero no recuerdo los detalles. Era algo político, ¿no es cierto?
– No. -Pero entonces David se interrumpió-. En realidad me equivoco, sí fue político, aunque no lo pareció. Pero lo era. Ahora ha vuelto otra vez bajo otra forma, no estoy seguro de cuál. -Entonces se lo contó todo, la historia al completo, sin ambages. Su carrera en Cambridge. Su estancia en Aberporth. Luego China Lake y todo lo que había ocurrido después, y en ese momento: Tannis, la carta de Diana, los Clints of Dromore. Tan sólo pasó por alto su peculiar bautismo porque no quería asustarla. Cuando hubo terminado, Anne permaneció muda durante tanto rato que acabó por preguntar-: ¿Sigues ahí?
– Sí. Es sólo que no sé qué decir. Nunca lo había sabido, nunca lo había comprendido. Es espantoso. No puedo creer que sucediera algo así. Destruyeron tu vida por un delito que no cometiste.
– Bueno, yo no fui el único. Precisamente he estado pensando en eso. Pero no destruyeron mi vida, o la destruyeron sólo en tanto que yo se lo permití. Además, ahora mi vida no está destrozada, ni voy a dejar que la destruyan de nuevo.
– ¿Pero qué puedes hacer tú?
– No estoy seguro, pero quiero encontrar a Tannis.
– ¿Pero no está él buscándote a ti?
– Algo debe de haber ocurrido. Vino aquí a visitar a Diana y se mostró totalmente abierto, dijo que quería encontrarme, advertirme. Pero luego, cuando me encontró allá arriba, en el risco, no me dijo nada, ni siquiera se mostró. Me salvó, pero luego no habló conmigo y no comprendo por qué.
– Quizá sea por lo de Diana.
– Bien, no lo sé, pero me gustaría encontrarlo. Y quizás esté todavía en Escocia.
– Podría comprobarlo si quieres. Probablemente se alojó en Dumfries, o en Gatehouse of Fleet. Sencillamente podría telefonear a todos los pubs y hoteles.
– De acuerdo.
– ¿Y qué hago si todavía está aquí? Podría estar…
– No quiero que hagas nada. Limítate a colgar el teléfono. No quiero que él conozca, que nadie conozca, si no lo saben ya, la relación que existe entre nosotros. Entre tú y yo. Debes tener cuidado. Si Tannis le dijo la verdad a Diana todo volvió a empezar de nuevo cuando uno de esos alemanes mató al otro… Vogel y Buhler. Así que ya han matado a una persona. Y luego hay algo en lo que no había pensado nunca. Me tendieron una trampa. Eso significa que alguien se salió con la suya… desde el principio. Podrían estar muy asustados en este momento.
– No me gusta, David.
– Entonces no…
– No quiero decir eso y tú lo sabes. Yo no estoy en peligro, pero tú sí.
– Sí, y no puedo hacer nada por evitarlo. Así son las cosas. Lo que quiero que hagas, escúchame bien, no quiero ponerme furioso, es que compruebes lo de Tannis y te marches. Coge a Derek y vete a algún lugar seguro. Si tuvieras que irte de Kirkcudbright, ¿adónde podrías ir?
– A Edimburgo. Tengo amigos allí. A Londres.
– Más lejos.
– Bueno, podríamos ir a casa de la abuela de Derek, la madre de Axel. Vive en Copenhague.
– Perfecto. Eso es lo que harás entonces. Comprueba si Tannis sigue ahí. Luego llama a mi oficina, no me llames aquí. Te di el número…
– Sí.
– Te contestará la señora Simpson, o bien el contestador automático. Deja el mensaje. Es del tipo al que se puede llamar para que te repita los mensajes.
– De acuerdo. ¿Pero qué harás tú mientras tanto? Sigue sin gustarme esto. Es horrible. Me siento como la chica de una película del Oeste que se retuerce las manos mientras el héroe lo soluciona todo a mamporros con el villano.
– Es de esperar que no haya nada de eso.
– Pero podría haberlo.
– No lo sé. Pero no importa. Tengo que hacerlo. No puedo dejar que penda sobre mí durante del resto de mi vida, de nuestra vida.
– David, tengo miedo. -El la oyó suspirar-. Te quiero mucho.
– Yo también te quiero. No te preocupes. Todo saldrá bien. Recuerda que tengo una ventaja: nadie espera que yo haga nada. Creen que será como la otra vez, que me pillarán desprevenido. No me buscarán porque supondrán que he salido corriendo en la dirección opuesta.
Charlaron un rato más, él apuntó la dirección de Copenhague y luego le dijo adiós. Después de colgar se quedó sentado junto al teléfono. Necesitaba tiempo para dejarla, para acostumbrarse. Luego volvió a coger el teléfono.
Tannis. ¿Dónde estaba? ¿Cómo encontrarlo?
Quizás estaba en Escocia, pero era igualmente probable, pensó, que estuviera en Gales. Era casi seguro que se había alojado en Aberporth; había llevado a Diana al Hotel Penrallt. Era posible que siguiera allí o que hubiera dejado alguna pista. Le dio a Tim media hora más y luego inició las llamadas. Pretendía seguir la misma estrategia que Anne, pero llamó primero al Penrallt y tuvo suerte a la primera. Aunque en realidad llamó dos veces. La primera vez el recepcionista le dijo, con una evidente brusquedad, que allí no había ningún Tannis. Una brusquedad tan evidente que, después de errar el tiro con una docena de sitios más, volvió a llamar y preguntó por Tannis directamente:
– ¿Podría hablar con Jack Tannis, por favor?
– Señor, no hay nadie aquí que responda a ese nombre, como creo que ya le he dicho antes, y como le dije al otro caballero ayer.
David dudó.
– No comprendo… ¿otro caballero?
– No damos información sobre nuestros huéspedes. Buenas tardes.
La línea se cortó. Durante unos segundos David volvió a dudar. Tardó ese tiempo en comprender la ambigüedad. Pero lo hizo. Tannis no era un huésped, de haberlo sido y puesto que David había pedido directamente por él, le habrían pasado la comunicación. Y no cabía la menor duda de que la negativa a dar información sobre sus huéspedes era una norma general. Pero quizá el recepcionista había querido decir otra cosa, que el «otro caballero», el que había estado preguntando por Tannis, se había convertido en huésped.
Era una posibilidad que debía ser investigada. Pero David esperó, con el teléfono en la mano. ¿Iba a hacerlo realmente? ¿Podía dar él siquiera ese primer y pequeño paso? Era una persona diferente ahora y si en el minuto siguiente seguía adelante, después sería aún más diferente. Se sonrió para sus adentros. Qué absurdo era. Se sentía como un proscrito dispuesto a enarbolar el estandarte de la revolución. Sin embargo, se contuvo aún. Tim. ¿Dónde estaba? Subió las escaleras, a su dormitorio, como si pudiera así a obtener la respuesta. Si la hallaba, tal vez le diría que se había ido para siempre, porque todo lo que sentía era soledad. Viejos libros escolares se apoyaban unos contra otros en los polvorientos estantes, el despertador que había sobre la mesita de noche estaba mudo y le faltaba una manecilla. Supuso que Tim había colgado los pósters que había en la pared: Harold y Maude, una de las películas de Fassbinder, pero probablemente databa de años atrás. Había estado estudiando; tenía una libreta de apuntes y un libro de texto sobre estadística abiertos sobre el escritorio. Pero al lado estaba la Lonely Planet Guide to India, que parecía sugerir la gran separación que tal vez existía entre sus auténticos deseos y su vida. El ambiente de aquella pequeña habitación parecía transitorio, escasamente relacionado con la casa. ¿Había pasado realmente tanto tiempo allí? ¿Dónde estaba su corazón? David se preguntó, mientras miraba a su alrededor, si durante todos aquellos años habría malinterpretado la relación existente entre madre e hijo, si no habrían existido problemas de los que él nada había sabido. ¿Sospechas? Cuando menos era muy curioso que Tim hubiera pensado en la misma pregunta: ¿por qué se había quedado Diana en Aberporth? Tim había visto su vida en aquel pueblo. ¿Habría percibido algún misterio en el fondo de todo aquello? Pero luego se dijo que ni siquiera estaba seguro de lo que él mismo sentía al respecto. Sin embargo no podía esperar más. Tenía que encontrar la respuesta a pesar de Tim. Al fin y al cabo no estaba seguro de que no fuera mejor que se hubiera ido. Se había alejado de la posibilidad de salir dañado, estaba fuera del foco de peligro en que se había convertido David. No obstante, existía un vínculo entre ellos, por el que tanto y durante tanto tiempo había luchado, que ahora se negaba a romperlo, así que tomó prestados una camisa, un suéter y unos pantalones de su hijo. Para entonces ya eran más de las cinco. O daba el paso o no lo daba, y sí, lo iba a dar. Se puso el chubasquero (estaba casi seco) y salió. Se metió en el coche y se encaminó hacia el Hotel Penrallt, en busca del «otro caballero» que conocía a Jack Tannis.
Como era habitual, el nombre describía el lugar.
Pen significa cima; allt es una colina o un acantilado poblado de árboles. A gran altura por encima del mar y cerca de la base (debía de haber pasado cientos de veces por allí) David tomó una larga carretera bordeada de setos a ambos lados que formaba una curva para entrar en una prolongación de la pendiente del terreno y luego descendía hacia los prados y una arboleda de robles. El hotel estaba justo detrás. Como tantas otras casas de la zona, recordaba vagamente el estilo Tudor por la abundancia de gabletes, chimeneas y entramado de maderas, pero en todo lo demás resultaba difícil de situar en el tiempo. Probablemente era un edificio Victoriano, pero era posible que se hubiera construido en una época tan tardía como los años veinte, puesto que era una imitación en todos los aspectos, a pesar de que no conseguía discernir qué modelo copiaba, si un pabellón de caza, una granja o una gran finca. Pero la vista compensaba cualquier deficiencia, conducía la mirada hacia las lomas arboladas y los barrancos, y hacia los suaves y verdes campos de las granjas que llevaban hasta el pueblo.
En el aparcamiento, con el asfalto reciente, fresco y reluciente tras la lluvia, David se detuvo un momento y tomó aire. ¿Cómo iba a hacerlo? Sabía que el verdadero problema estaba en él mismo: ¿cómo podía creerse que iba a hacerlo? Recordó las primeras horas después de que lo arrestaran y su obstinada negativa a aceptar que se pudiera pensar que él era un espía. Todo era una equivocación y en cualquier momento se darían cuenta. No era él. Así: no era él. Sintió algo parecido en ese momento, aunque quizás a la inversa, una sensación de su propia irrealidad (¿era realmente él quien actuaba así?) que transformaba el mundo más allá del cristal del parabrisas, la curva de la carretera rodeando el hotel, los cuidados terrenos de césped y la amplia vista, una imagen en blanco y negro bajo la mortecina luz de las bajas nubes grises. Recordó que, cuando lo encerraron en una habitación de China Lake la primera noche, el sonido de la llave al dar la vuelta en la cerradura le había hecho evocar a Burt Lancaster o a Mickey Rooney, a alguien que bramara furiosamente a través de los barrotes de una película de presos. Aquello también era una película; tenía que serlo. No había dejado de pensar en ello. Pero no lo era. No formaba parte del público que contemplaba la película, estaba en la pantalla, actuando. Sin embargo, tampoco eso era totalmente cierto. Era peor. Porque estaba sucediendo realmente; no estaba representando un papel del que podría escapar; era él mismo. En ese momento había sentido el verdadero horror y ahora parecía recibir una reverberación de aquel horror, salvo que, una vez más, era a la inversa, porque él era el responsable. Por entrar en el aparcamiento… por insistir… No. No estaba completamente seguro de lo que hacía, excepto que lo hacía. No iba a permitirles que se salieran con la suya. Al salir del coche y mirar los otros vehículos aparcados pensó: «el Juego de Kim». De ahí debía de proceder el seudónimo de Philby (no se le había ocurrido antes), y antes de que se diera cuenta (¿acaso no era un científico?, ¿no eran ésos sus poderes de observación?) había memorizado todas las matrículas. Luego examinó los coches más de cerca. Había cinco en total. Dos eran turismos, un Toyota y un Polo abollado. Otros dos tenían pegatinas del MoD en las ventanillas, lo que presumiblemente significaba que eran de la base. Era razonable; el hotel estaba lo bastante cerca como para servir de alojamiento y sin duda, hallándose de paso, el más cercano. Pero después miró en el interior de un Ford Escort azul, alquilado a Godfrey Davis, y justo delante de él, en el asiento trasero, vio la Guía de Escocia Occidental y Central. Fue una conmoción verla allí, tan real. Casi como si fuera el resultado de su conjuro, una ilusión. No era una ilusión, sin embargo. Y a menos que se tratara de una coincidencia debía significar que… Bueno, ¿qué podía significar? Sin duda Tannis había estado en Escocia, pero no estaba registrado en el hotel, al menos bajo su verdadero nombre. ¿Pero por qué iba a utilizar un nombre falso? Sólo quedaba una alternativa. El hombre que había cortado la cuerda. Es decir, más o menos lo que andaba buscando. Pero vaciló. Nunca se le había ocurrido que fuera a tener un éxito tan pronto. Ahora que el momento había llegado no estaba seguro de lo que debía hacer.
No obstante, estaba resuelto a no dejar escapar aquella oportunidad. Se dio la vuelta de inmediato para encaminarse hacia la puerta del hotel. No tenía un plan concreto, pero cuando entró en él descubrió que la recepción, un mostrador empotrado en un ángulo al pie de un descansillo, estaba desierta. A través de una puerta y doblando un recodo oyó los sonidos de un bar y débilmente, al otro lado de un pasillo, una aspiradora zumbaba y rodaba con gran estrépito, pero no había nadie a la vista. Miró escaleras arriba. Había una puerta en el descansillo, trabada para que no se cerrase, y al otro lado vio un oscuro rectángulo de pared. Vaciló. Seguía sin aparecer nadie. Miró arriba y abajo. Las molduras alrededor de las puertas eran decorosas, casi se podía oler el revestimiento de madera. Pero el lugar tenía el aire melancólico de la casa particular transformada con propósitos comerciales, impresión que se veía intensificada por la luz tenue, respetable y digna. Todo ello contribuyó a facilitar que se estirara por encima del mostrador para encontrar el libro de registro que había detrás. La página en uso estaba señalada por una cinta de caucho. Le temblaba la mano, pero todo lo que tuvo que hacer fue abrirlo. Repasó la lista de arriba a abajo… no había ningún Tannis, y esa sola página contenía todos los nombres registrados durante la semana. No se había registrado nadie ese día, y tan sólo un huésped lo había hecho el día anterior: un tal doctor Keller de Los Ángeles. Habitación 22.
Keller.
Cerró el libro de registro, volvió a depositarlo en su lugar dándole la vuelta y se apoyó sobre el mostrador.
No estaba seguro. Por supuesto, era posible que Tannis se hiciera llamar Keller. Pero no veía ninguna razón para ello. Ke ller. Repitió el nombre para sí. Era extranjero, pero con cierta ambigüedad. Alemán. Pero no demasiado alemán. Sin duda no era Vogel ni Buhler. Pero Los Ángeles era el sitio. Allí era donde Vogel había matado a Buhler, o Buhler había matado a Vogel, lo que fuera. Y Tannis y California eran inseparables en la mente de David.
Pero justo entonces una joven que pasaba por el pasillo en lo alto de la escalera asomó la cabeza por la esquina.
– Hola. Buenas tardes. Lo siento. No le había visto. -Le dedicó una amplia sonrisa a David, bajó presurosa y se metió tras el mostrador-. ¿Hace mucho que espera? Deberíamos tener un timbre. Teníamos un timbre…
– No importa, en serio. Acabo de llegar.
– No esperaba a nadie. No pensaba que tuviera que venir nadie hoy. ¿Tiene habitación reservada?
Le pareció más sencillo no contradecir la suposición que la joven claramente había formulado, así que David asintió:
– Eso espero. Debería tenerla. Señor Harper. Un caballero llamado Tannis la reservó por mí.
La joven había encendido una lamparita y estaba revolviendo una caja. Luego buscó debajo del mostrador. Aparentemente el nombre de Tannis no le había causado ninguna impresión y tras unos instantes murmuró:
– Bueno, no sé qué puede haber sucedido. No parece que tengamos nada…
– Debió telefonear hacia finales de la semana pasada, creo.
– Bien, no se preocupe. Tenemos muchas habitaciones libres. -Alzó la vista alegremente-. Aunque todavía no hemos abierto del todo. Por supuesto, está abierto todo el año, para la base en realidad, pero sólo con unas cuantas habitaciones disponibles. Me llevaría una media hora prepararle una. Si le parece bien.
– Sí. Sí, por supuesto.
– Perfecto entonces. El bar está por allí. El restaurante está abierto…
David firmó, ofreciendo su tarjeta de crédito.
– Me estaba preguntando… El señor Tannis tenía previsto venir con otra persona, un americano. Creo que su nombre era Keller.
– Oh, bien, está aquí.
– Ah. Es un alivio. Eso quiere decir que Jack vendrá también.
– ¿Son ustedes amigos, entonces?
– Bueno, colegas. Yo conozco al señor Tannis, pero no he visto nunca al doctor Keller.
– Está en el bar, creo. Un caballero de edad, bronceado. Con una chaqueta deportiva. -Le dio la vuelta al mostrador-. ¿Se quedará a comer? Porque no tendrá la llave y yo debería decírselo a Wilma para que pueda usted firmar.
– Sí, creo… me parece…
Pero ella se apresuraba ya a cruzar la puerta que conducía al bar. David vaciló. Su engaño lo había dejado casi sin aliento. Pero lo había logrado, pensó, aunque no estaba seguro de con qué fin. Entró en el bar en pos de la recepcionista. Era pequeño, cuadrado, nuevo, o al menos recientemente renovado. Demasiado barniz brillante para su gusto, pero así resultó más fácil distinguir a Keller. Como le habían descrito, era un hombre alto y bronceado que estaba sentado solo con un whisky y una jarra de agua delante de él. Levantó la vista cuando entró David, le echó una larga y penetrante mirada y luego apartó los ojos. Pero la mirada había sido demasiado larga y se produjo una extraña situación, pues David estaba convencido de que aquel hombre había intentado matarlo. Era extraordinario. Había intentado matarlo. Y ahora estaba sentado allí. Más tarde David comprendió que aquel peculiar encuentro había sido una bendición para él, porque él no había dado muestra alguna de saber quién era Keller. Sencillamente, no había nada en su propio vocabulario de gestos y emociones que se correspondiera con aquel momento. Así que Keller no supo que él sabía. Casi de inmediato se restableció la normalidad y David sintió disminuir su incredulidad, al menos hasta el punto de poder pensar. Pero no cabía duda. Si aquél no era el hombre que había intentado matarlo en el risco, entonces tenía que haber sido Tannis, y eso era imposible. Con su americana de mezclilla y la camisa abierta la apariencia de Keller era tan juvenil y deportiva como podía serlo, pero seguía siendo un hombre de edad. Mayor incluso que Tannis. Además, se dijo David, no tenía la corpulencia de éste y su rostro no se le parecía en nada. Recordaba que Tannis era un hombre corpulento y tenía el rostro de un hombre corpulento: sólido, carnoso, macizo. Keller, aunque bastante alto, era delgado, y tenía una cabeza pequeña, dura y huesuda que estaba extrañamente hundida: una hendidura bajo la boca hacía sobresalir la barbilla; tenía las mejillas hundidas y los ojos profundamente metidos en las cuencas, y cuando giró la cabeza para pedir otra copa, David distinguió una profunda depresión en la base del cráneo, como si un gigante hubiera metido la mano en su cuna y hubiera estrujado su blanda cabeza de recién nacido entre los dedos. Creaba una curiosa impresión, notó David. Prácticamente era una cabeza deforme, pero parecía basada en un principio de consistencia de modo que no incitaba a apartar la vista, como suele hacer la fealdad. Muy al contrario, David tuvo que esforzarse para dejar de mirar al hombre y comprendió que se hubiera percatado de él aun en muy diferentes circunstancias. Pero no era Tannis; ésa era la cuestión. Y tampoco era Vogel, porque la mente de David, exprimiendo hasta la última posibilidad, también había pensado en él. Sacó la fotografía que Diana le había hecho a Vogel, la apoyó contra el pie de su copa de jerez y comprobó que no se parecían en absoluto. El hombre que sostenía las riendas de Diablo era bajo y moreno, rechoncho. Por mucho que hubiera envejecido, David no veía cómo habría podido convertirse en Keller. Aunque, a pesar de que esos detalles exluían a Keller, también había una relación. Porque Keller tenía el mismo bronceado intenso que David asociaba siempre con el desierto. Keller, Vogel, Tannis; juntos o por separado procedían del mismo mundo. ¿Pero cuál era su lugar en él?
No fue hasta después de la comida cuando David empezó a encontrar la respuesta.
Para entonces se había instalado ya en una habitación. Era larga y estrecha, una habitación más grande que había sido dividida, pero bastante cómoda y con grandes ventanales que se abrían a un pequeño balcón desde el cual se veía la carretera y el coche de Keller. Lo estuvo vigilando hasta las ocho; entonces bajó de nuevo al bar. Keller estaba sentado allí con un menú entre las manos. David también pidió uno. Los condujeron al comedor al mismo tiempo. Hubo un momento incluso en que David creyó que iban a sentarlos juntos, pues, con excepción de una pareja de ancianos, ellos eran los únicos comensales. Pero acabaron en extremos opuestos del amplio salón revestido de oscura madera. Estaba tenuemente iluminado; las filas de mesas vacías contribuían a hacer la sala más oscura, como una iglesia vacía, o, pensó David, unos de esos grandes seminarios sobre los que se lee en ocasiones que ahora albergan tan sólo a tres o cuatro seminaristas, o, para ser precisos, como uno de los mejores colegios en los que había dado clases antes de que su problema con la bebida se volviera realmente grave. Esa impresión se vio reforzada por una única camarera con aire de matrona y por su propia decisión de pedir pescado. Que en realidad estaba bastante bueno. Se dio cuenta entonces de que también Keller lo había pedido, así que sus movimientos, cuando quitaban las espinas, parecían imitarse mutuamente. Por esa causa estuvo a punto de pasar por alto el hecho de que Keller comía como un europeo y no como un americano, es decir, que no se cambiaba el tenedor de mano, aunque David no sabía qué importancia podía tener este detalle. Mientras se desarrollaba la escena, sintió una especie de vértigo; no comprendía el significado de nada en absoluto. Los cuchillos chocaban con los platos, el chirrido de una silla echada hacia atrás. Había algo de macabro en todo aquello. Aquel hombre había intentado matarlo, pero la vida continuaba. Quizá se había vuelto loco. O era Keller quien estaba loco. Sí, Keller se levantaría en cualquier momento y trataría que apuñalarlo con el cuchillo de la mantequilla.
Pero el momento pasó. Era curioso. David se dio cuenta de que nada podía hacer. Tenía que vigilar a Keller y no quería que sospechara que él sabía quién era. Así que no podía levantarse sencillamente y marcharse. Y tampoco lo hizo Keller, aunque sus motivos debían de ser diferentes, puesto que en realidad no tenía razones para creer que David supiera quién era. Quizá temía que David lo supiese, pero no podía estar seguro. En cualquier caso, cuando captó la mirada ocasional que Keller lanzó en su dirección, empezó a formarse en su mente la impresión opuesta. Keller no parecía temer nada en absoluto. Cuando Keller lo había visto en el bar por primera vez debía de haber pensado que estaba viendo a un fantasma, pero ahora parecía bastante tranquilo, incluso satisfecho de sí mismo, como si todo hubiera salido a pedir de boca. Mientras untaba una galleta de Caerphilly, David se dijo que podía imaginar al menos una razón para semejante comportamiento. Después de todo, Diana había muerto en extrañas circunstancias. Si él hubiera caído y se hubiera matado en Escocia, una segunda muerte violenta tan cercana en el tiempo a la otra habría creado una coincidencia demasiado grande para ser ignorada. Se hubieran encendido bombillas; no estaba seguro de dónde ni de qué hubieran significado. Pero suponía que Keller se sentía aliviado porque no se habían encendido. De todo esto sacaba las siguientes conclusiones: (a) que Keller no había matado a Diana y (b) que ni siquiera había sabido, en Escocia, que Diana estaba muerta. ¿O acaso estaba dejando que sus pensamientos huyeran con él? Porque seguía en el aire la pregunta: ¿qué estaba haciendo Keller en Aberporth? Existía una posibilidad extrema de que hubiera llegado allí siguiéndolo a él, buscando una segunda oportunidad de matarlo. Pero David lo dudaba. Él había descubierto a Keller y no al revés. Y Keller, en el bar, había pensado que él estaba muerto. Así que la única relación que quedaba era Diana. Y si Keller no la había matado, ¿cuál era esa relación? Finalmente fue ésa la pregunta que se llevó consigo a la sala de estar.
La sala de estar, donde les sirvieron el café, estaba tan oscura como el comedor, y dominada por una enorme chimenea en la que estaba preparado un fuego, pero no encendido. Tan perfectamente preparado, casi ceremonioso en su disposición, que David dudó de que lo encendieran nunca. A su alrededor se desplegaban blandas sillas y sofás, sorprendentemente modernos. La pareja de ancianos se desenvolvía por su cuenta, hubiera resultado inoportuno unirse a ellos. Pero David, que no había previsto tal posibilidad en absoluto, se dio cuenta de que resultaría igualmente difícil que él y Keller no se sentaran juntos e intercambiaran unas cuantas palabras. De hecho, fue Keller quien tomó la iniciativa, inclinándose hacia delante después de que la camarera depositara la bandeja para decir:
– Una cena agradable.
– Sí.
– Mejor de lo que recordaba por lo menos.
– ¿En serio? Yo no había estado nunca aquí.
– Oh, tampoco yo, en este hotel quiero decir. No creo que existiera cuando solía venir por aquí. Pero en aquellos tiempos no había ningún sitio decente en Aberporth donde alojarse.
– Yo nunca tuve ese problema. Vivía aquí.
– ¿Entonces trabajaba usted en la base? Quizá nos encontráramos incluso. Yo tenía muchos amigos allí… Me llamo Keller. Rudolph Keller.
El hombre estaba inclinado sobre sí, con una sonrisa en la boca. No había modo alguno de que David pudiera evitar darle su nombre. A punto estuvo de balbucear un nombre falso antes de darse cuenta de que hubiera sido fatal para él, puesto que le hubiera indicado a Keller que David sabía quién era y lo que había hecho. Pero se contuvo a tiempo, tomó un sorbo de café y se sonrió para sus adentros.
– David Harper. No creo…
– Sin duda yo estuve allí antes que usted. Y por supuesto no trabajé nunca en la base. Fui siempre uno de sus visitantes americanos. Eso fue cuando aún estaba en Hughes.
– ¿Vive aún en California?
– No, no. Hace muchos años que me retiré. Vivo en México. Un bonito lugar, una colonia llamada San Miguel de Allende. Está plagada de artistas, incluso yo pinto. Pero tiene usted razón, me encantan el calor y el sol. Me encantaban en California. Pero viviendo de la pensión de jubilación el sol mexicano es un poco más barato.
– Comprendo. Pero da la impresión de que es una vida placentera.
– Sí, desde luego. Y puedo viajar. Nunca pensé en ello en su momento, pero mi trabajo me proporcionó amigos por todo el mundo.
– Incluyendo Gales.
– Exactamente. Pero es la primera vez que vuelvo desde hace mucho tiempo. Y uno pierde la pista, claro está.
– Sí.
– ¿Y usted, señor Harper? ¿Qué le ha traído de vuelta?
– Mi mujer. Bien, mi ex mujer. Se quedó aquí después de que se rompiera nuestro matrimonio, pero ha fallecido recientemente.
– Lo lamento.
– Bueno, ha sido difícil.
– Dice usted recientemente…
– Sí. Esta misma semana en realidad.
– Lo lamento mucho entonces. Me temo… que he sido indiscreto.
– No, por supuesto que no. Pero es usted más afortunado que yo. Resulta que no tengo aquí ningún amigo en absoluto. No me había dado cuenta del tiempo transcurrido. Dice usted… en los viejos tiempos, ¿trabajaba usted para Hughes?
– Sí. Radio. Telemetría.
– No me diga. Yo trabajaba, entiéndame, hace muchos años que ya no tengo nada que ver con eso, en el campo de la física. Los infrarrojos.
– O sea que usted debía de enviar hacia lo alto experimentos cuyo progreso mi equipo se encargaba de transmitir de vuelta a la tierra.
– Sin duda.
– Sin embargo, ahora, ¿dice usted que ha dejado ese trabajo?
– Sí. Hago documentales. Sobre la naturaleza.
– Fascinante. Como he mencionado antes, he aprendido a pintar. Podría preguntarle, ¿qué prefiere, las artes o la ciencia?
– Bien, yo no me considero un artista.
– Quizás es usted demasiado modesto. O no del todo sincero. En un documental, ¿no es cierto?, toda creatividad debe ser cuidadosamente disimulada.
– Creo que sé a lo que se refiere. Sí.
– Pero eso puede aplicarse a todo, claro está. El mejor arte es el más simple. O si no fijémonos en la naturaleza. En San Miguel pinto a menudo flores, pájaros. Si los consideráramos creaciones, obras artísticas y a Dios como el más grande de los artistas…
– Sí.
– Bueno, por otro lado, su arte, su auténtica belleza, pasan desapercibidos con demasiada frecuencia. Siempre estamos hablando de las bellezas de la naturaleza, pero en realidad no nos lo creemos. Se convierten en una estampa barata para colgar de un marco roto en la pared. Siempre lo pasamos por alto. ¿Quién se detiene a pensar en lo hermosa que es una naranja?
– No podemos. Hay demasiada belleza en la naturaleza. Nos sobrepasaría. Ése es, creo, el motivo por el que destruimos la naturaleza con tanta despreocupación.
– ¿No estamos a su altura?
– En cierto sentido.
– Así pues, en cierto modo el hombre no es digno de la naturaleza. Es un punto de vista interesante. El hombre no puede apreciar el arte de Dios. Sería pedirle demasiado. Por eso nos volvemos hacia la ciencia, porque exige mucho menos. Así de ínfimos podemos ser. ¿Qué opina usted?
– No estoy seguro. Quizá me reserve mi opinión, doctor.
– Sí… Bueno, puede hacerlo esta noche, señor Harper, pero no para siempre. ¿No cree usted que, en un momento dado, uno tiene que elegir… arte o ciencia?
– Supongo que podría contestar que en un principio me decanté por esta última, pero que ahora me acerco más al primero.
– También yo. O quizá nos estemos haciendo viejos los dos. En cualquier caso, escuche, ha sido un placer conocerle.
– ¿Se marcha usted?
– Creo que sí. Mañana tengo que salir temprano.
– Pero quizá nos encontremos para desayunar.
– No, no. Quiero decir muy temprano. Debo hacerlo.
– Bien, buenas noches entonces. Ha sido un placer.
– Adiós. -Pero justo en ese instante Keller vaciló y dio media vuelta-. Me preguntaba… quizá conozca usted a un amigo mío, un hombre llamado Stern. Solía trabajar con él. ¿Quizás usted…?
– Creo que recuerdo el nombre -contestó David negando con la cabeza-, pero no estoy seguro.
Keller sonrió.
– Por alguna razón acabo de acordarme de él. Él también se fue a México cuando se retiró, ¿sabe?, pero perdimos el contacto. -Y luego, con una sonrisa y un saludo con la mano (no se la ofreció) se fue.
David se quedó donde estaba.
Respiró hondo y notó que el corazón le latía alocadamente. No osó mover un solo músculo. Porque justo allí, al final, había estado a punto de soltarlo todo. Había sido tan inteligente en lo de su nombre, en la astucia de su propia honestidad, que casi había caído en la trampa al final. Pero mientras contemplaba a Stern dirigirse a la recepción, tenía aún la esperanza de haber conseguido engañarlo. Porque «Keller» era Stern. Tan pronto como David había oído el nombre lo había recordado, lo había sabido. No demasiado, pero suficiente. «Stern» había sido el hombre de la telemetría, el experto en instrumental, el hombre que había transmitido el resultado de sus experimentos de vuelta a la tierra. No era el amigo de Keller, sino el mismo Keller. Stern. Sí, era Stern, de acuerdo. A pesar de su rareza, David no recordaba aún su rostro, habían pasado demasiados años, pero había reconocido el nombre de inmediato, aunque a Stern se le había escapado de algún modo ese destello de reconocimiento. Se había mostrado demasiado confiado. Había pestañeado en el momento equivocado, se había descubierto a sí mismo en lugar de descubrir. Y había mucho que ver. Porque para David era un reconocimiento que verdaderamente iba más allá del momento inmediato. La crudeza misma de la mentira, cara a cara, resultaba reveladora. Después de aquello, no podría negarse a creer, no había modo de esquivarlo. Lo peor era cierto. Stern, o Keller, cualquiera que fuera el nombre que quisiera emplear, había intentado matarlo en aquel risco. Ahora le tomaba por tonto. Pero David no iba a hacer el papel de tonto; esta vez no. De modo que, esa noche, en su habitación, se agazapó en una esquina del ventanal para vigilar el aparcamiento. Observó y esperó, sentado y absolutamente inmóvil en la oscuridad, esperando, como había esperado tan a menudo, que un zorro o un tejón se pusieran al alcance de su cámara, manteniéndose despierto mediante un centenar de trucos que había aprendido, con un sexto sentido alerta a cualquier movimiento. Hasta que, a las 3.02 de la madrugada, Stern se mostró por fin.
La noche había refrescado, con ese frío que te mantiene despierto. Las nubes habían desaparecido y había estrellas y luna. Era una preciosa noche de principios del verano. Dos altos árboles enmarcaban su vista: por las hondonadas y valles hasta el pueblo, donde destellaban algunas luces bastante separadas unas de otras, distintas, solas en la oscuridad. El coche de Stern aún estaba allí. David se incorporó para mirar, pero volvió a dejarse caer. Pues antes de ver realmente a Stern, oyó el sonido de sus pisadas y luego, de repente, estaba allí, con el maletero del coche abierto ya en la oscuridad. Definitivamente era él. Su postura y un rápido vistazo de perfil a su extraña cabeza aplastada lo confirmaban.
David contuvo la respiración.
Boom. Stern había cerrado el maletero.
Durante unos segundos David lo perdió de vista. Pero luego lo vio junto al flanco del coche, el lado del conductor, metiéndose en él. La luz del interior se encendió y David se había alzado ya, recogiendo las mantas… pero entonces se quedó inmóvil. Porque Stern no había subido al coche, sólo estaba inclinado hacia dentro, buscando algo y después volvió a salir. Cerró la puerta y echó la llave. Se alejó. Desapareció de la vista.
Pero David oía sus pasos y éstos no se dirigían de vuelta al hotel, sino hacia el camino de entrada. David se movió. No era lo que esperaba. Había supuesto que Stern se marcharía por la mañana temprano, a las seis o las siete, digamos, pero no eso. ¿Qué estaba haciendo Stern? El hotel estaba silencioso. No había nadie en recepción. David abrió la puerta de entrada al hotel y salió, el oído alerta. Nada. Pero Stern sólo podía haber ido hacia un sitio, hacia el camino de entrada principal que conducía de vuelta a la carretera. David caminó hasta allí. Se acuclilló, un viejo truco, para crear un horizonte, y durante un instante captó el movimiento de Stern.
Lo siguió.
Resultó bastante fácil. Stern sólo podía dirigirse a un sitio y tras unos minutos David había acortado el terreno que los separaba, acercándose lo suficiente para verlo. Llegaron al final del camino. Giraron a la izquierda. Alejándose del pueblo. A lo largo de la cresta de la colina, la allt. Entonces David supo que sería visible sobre el horizonte, ya que Stern estaba por debajo de él, y cruzó a grandes zancadas hasta llegar al borde para adentrarse en las susurrantes sombras de los setos. Allí estaría a cubierto. Al llegar al pie de la colina Stern giró. A la izquierda. Hacia el interior. Era de nuevo el único camino a seguir. Se metieron en un sendero muy oscuro flanqueado por grandes árboles. Al final, otro giro. Todas las casas estaban a oscuras. Dos giros más. Otros dos. Stern parecía saber adónde se dirigía, pero David estaba perdido, aunque suponía que estaban cerca de la pista de aterrizaje. ¿Pero por qué Stern iría allí? Era noche cerrada. Allí, entre los árboles, no se veían las estrellas. El viento empujaba las ramas y la oscuridad a su alrededor. Stern seguía andando. Caminaba deprisa y no miraba nunca hacia atrás. Y no se dirigía a la pista de aterrizaje en absoluto. De repente se encontraba junto a un campo abierto, un amplio prado plateado por el rocío y jorobado por los bultos de las durmientes ovejas.
Sin una sola pausa, Stern traspasó la cerca. Y David tuvo que seguirlo, quedando al descubierto, porque al otro lado había una oscura línea de árboles y si no estaba cerca de Stern cuando la alcanzara, nunca lo encontraría. Así que todo lo que podía hacer era caminar directamente sobre la estela de Stern, un rastro perfectamente visible sobre el rocío, poniendo los pies sobre sus huellas como si se tratara de un juego (aunque mirara casualmente hacia atrás, lo pasaría quizá por alto) y luego, cuando el cuerpo de Stern se giró de lado para pasar por encima del deteriorado alambre del otro lado, se dejó caer sobre las rodillas. Stern desapareció. Rápidamente, corriendo, David traspasó la cerca. Súbitamente supo dónde se hallaba. A su derecha el terreno descendía abruptamente hacia una hondonada, un camino que serpenteaba hasta llegar a un arroyo que brillaba en la oscuridad. Más allá, en lo alto de una colina, había una pequeña casa a oscuras. Pero a su izquierda el sendero continuaba recto y llano entre dos largas hileras de árboles cuyas gruesas raíces atravesaban el sendero y cuyas ramas formaban una bóveda sobre él. Un túnel. Stern se había ido por ese lado. La carretera que había al final del sendero estaba a menos de cien metros de la casa de Diana.
Era el único destino que Stern podía tener en mente y Davis sintió un súbito miedo. Pensaba en Tim, naturalmente. ¿Habría vuelto? Consiguió llegar a la casa antes que Stern, abriéndose paso entre los árboles y después cortando camino a través del amplio jardín de un vecino, que lo condujo hasta la parte trasera del jardín de Diana, hasta los mismos lirios en los que Tim se ocultaba de pequeño. Y desde allí distinguía el camino de entrada a la casa. El coche de Diana no estaba en él; cabía suponer que Tim no había vuelto. Se quedó donde estaba, perfectamente oculto, y contempló la casa. Era una oscura sombra voluminosa que se perfilaba contra la negritud más intensa de los árboles que había al otro lado de la carretera, pero en las ventanas de la cocina brillaba una tenue luz. Unos cinco minutos más tarde vio el parpadeo que provocaba un movimiento. Stern estaba en la puerta trasera no creyendo que la puerta delantera estuviera abierta, aunque en realidad lo estaba, porque la había cerrado sólo con el golpe para que Tim pudiera entrar. Pero de todas maneras no le costó demasiado tiempo, en unos noventa segundos, juzgó David, Stern se había metido dentro. Eran entonces las cuatro menos veinticinco. Durante la hora siguiente, hasta las cuatro y cuarto de la mañana, David esperó y vigiló, escondido entre los lirios; estaba terriblemente oscuro y siempre que me metía allí me asustaba. Sabía que había ocurrido algo, ¿comprendes? Cuando era pequeño, me refiero. Algo iba mal. Y yo no sabía lo que era. Ella nunca me lo dijo y después de un tiempo no volví a preguntarlo nunca. Pero tú lo sabías, por supuesto. Era algo que se sobreentendía. Y espero que ahora lo sepas. Por qué ocurrió. Por qué lo ha hecho. Y quizá ahora lo sabía, porque no tenía la menor duda de lo que Stern estaba haciendo, lo sabía: Stern estaba buscando. Stern había ido a Aberporth por Diana y ahora buscaba… cartas, un diario, las fotografías que David ya había encontrado. En tal caso, había llegado demasiado tarde. ¿Pero cuál era la que buscaba en particular? ¿La de la mujer, con ese flequillo de cabellos rubios sobre los ojos, o la choza destartalada en el desierto, el hotel de una ciudad fantasma, o la fotografía de Vogel y Marianne y el caballo Diablo… o una fotografía completamente diferente que se había desmenuzado bajo las olas? Pero, pensó David, era posible que no estuviera buscando una fotografía en concreto, sino que tan sólo quisiera asegurarse de que no había nada en la casa que lo incriminara a él. Incriminarle a él… ¿en qué? ¿Y por qué iba a poseer Diana tal evidencia? La única respuesta que pudo encontrar a aquellas preguntas era la más obvia. ¿Cuál era la única relación posible entre Stern y Diana? ¿Por qué no se fue nunca de Aberporth? Y la respuesta seguía pareciendo inabordable cuando Stern salió. En aquel momento había una especie de luz en el cielo, húmeda, plateada, que convertía el mundo en el negativo de una fotografía en blanco y negro. Entre las sombras Stern era un fantasma. David lo contempló mientras se desvanecía en la niebla suspendida sobre la carretera. David vaciló. Sabía que podía perder a Stern, pero algo lo atraía hacia la casa. Corrió hacia ella con el cuerpo anquilosado, entró por la puerta posterior. Stern la había forzado con tal destreza que resultaba difícil descubrir que hubiera estado allí. Una vez dentro, supuso que buscaba alguna prueba que rebatiera sus sospechas. Pero, claro está, se dijo, era como tratar de probar una negación. Aun así, independientemente de lo que Stern hubiera encontrado, David sabía lo que él mismo había encontrado. ¿Cómo podía ya eludir la verdad de lo que Diana había hecho? A su alrededor sintió la casa, fría, muerta, abandonada; al final todo lo que podía proporcionar era una especie de fría comodidad. Estaba a punto de marcharse cuando lo vio: un sobre sobre la mesa del recibidor. La letra era casi ilegible, pero debía decir «Padre». Cuando lo abrió, encontró dentro una nota de Tim, que debía de haber regresado, y se habría vuelto a marchar al comprobar que David no estaba allí. «Debería volver. Tengo que realizar los exámenes. No hemos hablado sobre ello, pero el policía de Cardigan es Wilson, si quieres hablar con él. Creo que habrá una investigación, pero no hasta dentro de un par de semanas.» David se metió la nota en el bolsillo y lo tomó como una señal del camino a seguir. Tim… Diana… todo lo que había ocurrido: todo estaba allí, delante de él. Correr de vuelta al hotel fue como caer de nuevo en el mar. Efectivamente, era otra persona y podía revivirlo otra vez. Nada podía detenerlo. Hacía tiempo que el coche de Stern había desaparecido, pero ¿adónde podía haber ido? A menos que pretendiera introducirse en las profundidades del Gales más agreste, sólo podía haberse dirigido a Cardiff y a Londres. Veinte minutos más tarde, en la A478, halló el pequeño Escort de Stern dirigiéndose a toda velocidad, literalmente, hacia la temprana luz de la aurora.
David alcanzó el coche de Stern hacia las cinco y media de la mañana. Lo perdió, al norte de Bristol, en algún momento después de las ocho. Y lo volvió a encontrar, en Londres, a la una de esa misma tarde.
Aquella sucesión de acontecimientos había sido dictada por la suerte; la mala suerte primero y luego la buena.
Al principio seguir a Stern había resultado bastante fácil, porque prácticamente no había otros coches en la carretera. Pero el tráfico se intensificó a la altura de Abergavenny y en la M4, cruzando el Severn Bridge, se había vuelto muy denso. David era un buen conductor y rápido, pero también lo era Stern. Poco a poco le resultó más difícil mantenerse cerca de él. Luego, durante un tramo de ocho o nueve kilómetros, se quedó encajonado entre dos grandes camiones y para cuando consiguió librarse de ellos Stern se había esfumado. No pudo hacer nada; David condujo tan rápido como pudo, pero Stern sencillamente no estaba allí. Aun así no se rindió, siguió conduciendo. Porque la M4 llega hasta Londres y sin duda aquél era el destino más probable de Stern. ¿Pero qué lugar de Londres? David sólo tenía una pista y la utilizó en Reading. Tomó la salida, se metió en la ciudad, compró un elegante maletín con un elegante cierre y esperó incluso a que le grabaran las letras RS en oro. Luego se dirigió a la agencia local de Godfrey Davis e inventó una historia que, según le pareció, era lo bastante confusa para ser verosímil. Había conocido a Stern en Gales. Habían cenado juntos. De alguna manera, cuando se habían separado, cada uno había cogido el maletín del otro. Acababa de descubrirlo. ¿Podían decirle dónde estaba Stern? No, no podían, pero le permitieron llamar a su oficina central en Londres, y tras diez minutos de lenta burocracia, terminó hablando con un hombre llamado Fortsmann.
– ¿Dice usted que el nombre de esa persona era Rudolph Stern, señor Harper?
– Así es. Me dijo que era de Los Ángeles. Comparamos notas durante la cena, ¿comprende? Yo tengo un coche de Baker's. Él mencionó que el suyo se lo había alquilado a ustedes.
– Sí, está en nuestros archivos.
– ¿Tiene idea de dónde puede estar? ¿Podría darme su dirección?
– Bueno, no es posible; como usted comprenderá preferimos no dar información personal sobre nuestros clientes. Le sugiero que deje el maletín donde está ahora y nosotros nos encargaremos de hacérselo llegar.
– Pero eso a mí no me sirve de nada. Doy por sentado que él tiene el mío. Ha de tenerlo. Y dentro hay unos documentos muy valiosos.
– Bueno… supongo que él aparecerá tan pronto como descubra lo que ha ocurrido. Realmente no veo que se pueda hacer nada más.
– Pero eso podría llevar días. Semanas.
David oyó el sonido de la teclas en la terminal del ordenador.
– Según nuestros registros, señor Harper, alquiló el coche en Heathrow y debe devolverlo allí mañana. Por supuesto, podría alargar el periodo de alquiler. Pero lo más probable, ya que, como usted dice, es de Los Ángeles, es que mañana tome el avión de vuelta a Estados Unidos. Si para entonces no le ha devuelto su maletín, lo que podría hacer…
Heathrow.
Como descubrimiento no era precisamente espectacular. Cuando reflexionó sobre ello David se dio cuenta de que, al llegar a un cierto punto, Stern estaba prácticamente «obligado» a ir a Heathrow. Y estaba seguro de que hacia allí se encaminaba en ese momento, no al día siguiente. Su certeza era en parte instinto y en parte deducción. Cuanto más pensaba en ello, más le parecía que había algo intencionado, algo «terminante», en las acciones de Stern. El registro de la casa, su temprana salida, la veloz conducción hacia el amanecer; Stern estaba zanjando las cosas. En cualquier caso, fuera cual fuese el origen de aquella impresión, David actuó de acuerdo con ella. Volvió al coche y siguió su camino. Entonces tuvo la buena suerte. Quizá le había tocado el turno a Stern de verse atrapado en el tráfico; posiblemente se había detenido a comer. Pero de un modo u otro David consiguió adelantarlo, pues Stern llegó al aeropuerto de Heathrow veinte minutos más tarde. No cabía la menor duda; su corpulenta figura, coronada por aquella peculiar cabeza, era inconfundible. Y luego no le costó nada seguirlo hasta la terminal donde Stern comprobó el tablero de salidas, compró un billete y reservó plaza para un vuelo de la British Airways, Frankfurt-Berlín. David esperó un intervalo prudente y luego se compró un billete. Cuarenta minutos más tarde estaba en el aire.
El viaje mismo careció de incidentes. David no tuvo dificultad en evitar a Stern en la sala de espera y aunque el avión se abordaba por filas y tanto él como Stern estaban en el primer grupo, Stern había escogido un asiento de la parte trasera y David estaba ya instalado y hundido tras el respaldo de su asiento antes de que Stern se hubiera acomodado. Por lo que David pudo comprobar, Stern no se movió de su sitio en todo el viaje. Era posible que Stern bajara del avión en Frankfurt y si a todo el mundo se le permitía bajar allí, tendría que seguirlo hasta la terminal. Pero el problema no se materializó, puesto que a los pasajeros que continuaban el viaje se les indicó que permanecieran en sus asientos, y después de un cuarto de hora el avión estaba de nuevo en el aire, iniciando la serie de súbitos descensos y giros con el aparato inclinado lateralmente que parecían caracterizar los vuelos por el Pasillo Occidental. David miró por la ventanilla. Cuando uno volaba hacia Berlín tenía en ocasiones esa rara experiencia: vislumbrar otro avión en vuelo. En una ocasión había visto un Mig distante. Pero aquella tarde no había nada excepto grandes nubes esponjosas; todo era rutinario. O al menos era rutinario para él. Había estado en Alemania muchas veces y en Berlín tres o cuatro, pero se preguntó si sería la primera vez para Stern. Cuando aterrizaron en Tegel pareció inseguro sobre la dirección a tomar y David, aunque había tratado de mantenerse alejado, acabó por tomar el taxi de delante. Sin embargo se trató tan sólo de un pequeño trastorno, al fin y al cabo se hallaba en el centro de operaciones del espía que llegó del frío, y una sola palabra al conductor le bastó. Discretamente se dejaron sobrepasar por el tráfico y siguieron a Stern a un hotel corriente, moderno y de varios pisos, que estaba en la Hardenbergstrasse y se llamaba Excelsior. Cuando Stern se registró en recepción, David no se hallaba a más de seis metros de él.
Aquella cadena de acontecimientos, por un lado tan ordinarios, tan tópicos (había aguantado un tedioso vuelo sin película y con el mediocre vino de costumbre), pero por otro tan extraños (realmente había dicho «Folgen Sie dieses Taxi!») [33], creó exactamente, por extraño que pareciera, la atmósfera que él necesitaba. Le proporcionó una especie de respiro, de alivio. No había tenido que hacer nada, había permanecido suspendido en el espacio y el tiempo. Y así se había encontrado yendo a la deriva, contemplando todo aquel procedimiento desde un punto de vista indeterminado, pero distante, que le permitía verse a sí mismo como parte de una acción que no podía ser del todo real. Se había producido un error. Por supuesto que Stern era sólo un hombre mayor. Lo había imaginado todo. Pronto se despertaría; todo era un sueño. Sí… Stern lo conducía hasta Tannis, o Buhler, o Vogel, o a algún sitio, pero también lo conducía de vuelta a su propio y extraño pasado. En el avión, después de dejar Frankfurt, después de saber que se dirigían a Berlín, había empezado a pensar en todas aquellas novelas y películas de los años sesenta sobre espías, muchas de las cuales habían sido comedias, como Our Man Flint o Modesty Blaise, películas que había visto desde una perspectiva totalmente curiosa, escuchando las risas a su alrededor mientras él recordaba el olor a tabaco en el aliento de uno de sus interrogadores de la seguridad de la RAF, un hombre llamado Bill Tell [34]. Nombre disparatado que sin duda le daba derecho a ocupar un lugar entre los personajes de la pantalla. Toda aquella época había sido así, y en el avión había vuelto a recordarla: Carnaby Street, James Bond, los Beatles, Philby, películas como Blow Up, sí, Jane Birkin y ese pequeño hueco entre sus dientes; había estado navegando durante todos aquellos años por entre vapores alcohólicos. La bebida había sido su manera de volverse loco o seguir cuerdo, nunca había estado seguro de cuál de las dos cosas. Pero por muy loco que aquel mundo loco loco hubiera sido, no había sido lo suficientemente alocado. Seguía sin existir relación alguna entre lo que le había ocurrido a él y el mundo en el que creían otras personas, por extravagante que fuera. En última instancia, había tenido que olvidar el primero para poder introducirse en el segundo y creer como todos los demás. Pero nunca lo había conseguido del todo. No obstante, ahora eso se había convertido en una ventaja. Las realidades ordinarias eran tan hilarantes como «Siga a ese taxi», así que podía tomar a Stern por lo que era y al mismo tiempo actuar como si no fuera cierto. Como si. A pesar de. Extraño en verdad. Aquéllas eran las frases que mejor conocía: restricciones, reservas, condiciones, negativas a comprometerse, que permitían echarse atrás, al menos mentalmente, aunque supiera desde el principio que no suponía diferencia alguna, que no había elección, que era parte de ello tanto si le gustaba como si no. Pero el truco consistía en no dejar que se convirtiera en una carga. Ése era el truco que le había sacado de la bebida, y era también el que utilizaba mientras seguía a Stern. Actuaba completamente en serio, pero conseguía no demostrarlo, ni siquiera a sí mismo. Admitiendo lo que ocurría, pero ocultándoselo a sí mismo al mismo tiempo, entró en el bar del hotel, Rum Corner lo llamaban, y pidió un coñac doble, una de sus bebidas favoritas. Se tomó un trago y luego le dio la espalda al espejo. A pesar de todo, en algún lugar se establecían las conexiones. Unos anzuelos daban lugar a otros anzuelos, como una cinta de Velcro entre el pasado y el presente. El Berlín de ese momento. Los años sesenta. Stern. Sidewinder. La parte superficial de su mente trataba de dilucidar cómo evitar perder de vista a Stern, un auténtico problema, ya que el hotel prácticamente carecía de vestíbulo y no había ningún lugar donde sentarse y parapetarse tras un periódico. Pero el fondo de su mente recordaba el sueño que había tenido en Aberporth, la ciencia básica de los infrarrojos y los vínculos que tenía con el país en el que se hallaba. ¿Existía alguna relación? Alemanes. Buhler: según Tannis era el alemán al que había matado Vogel, el propietario de Diablo, el padre de Marianne. Pero Stern no podía ser el hombre de la fotografía. Por otro lado, podría ser Buhler. La única prueba de que Buhler estuviera muerto procedía de Diana citando a Tannis, y era verosímil que Tannis, queriendo quizá asustar a Diana, hubiera inventado ese asesinato. Bueno, no podía saberlo, pero ahora había un hecho cierto. Lo que le había ocurrido en China Lake había acabado allí, en aquella ciudad extraña y especial. Así que no le sorprendió particularmente que a la mañana siguiente, domingo, un día tranquilo, soleado y ventoso en el que sonaban las campanas por encima del reducido tráfico, Stern, a pie, vistiendo una cazadora y un gorro de tela, no sólo le condujera por Berlín, sino también al pasado.
Desde luego Berlín era anacrónico en todos los aspectos, y en un domingo esa impresión no hacía más que acrecentarse. La ciudad había hecho una breve pausa y parecía haber perdido su propio paso. En cualquier caso, cada día de la semana se vivía la paradoja de una antigua capital europea que era al mismo tiempo el más puro ejemplo de una ciudad de los años cincuenta fuera de Texas o California, una ciudad cuyas amplias avenidas pedían a gritos coches americanos y cuya «moderna» arquitectura de acero y cristal estaba tan pasada de moda como las aletas en los coches. Allí, América era todavía el rey y en los cafés la gente luchaba contra el viento para leer sus International Herald Tribune. Allí aún era y sería siempre el ayer. No había necesidad de sentir nostalgia. Seguía siendo una ciudad de espectáculos de variedades y Johnnie Walker Red, de ocurrencias graciosas, de asuntos peligrosos y «mujeres». David captó la atmósfera; en un domingo por la mañana, ¿qué había más natural que seguir a alguien por la Ku'damm? Esperando fuera del hotel a que Stern apareciera, David se había sentido parte normal de la muchedumbre. Vigilancia. Subversión. Subterfugio. La ciudad parecía diseñada para todo ello, con sus anchas aceras y sus prácticos pirulís para los carteles publicitarios. De todas maneras, a Stern no parecía preocuparle en absoluto que alguien lo siguiera; no se había vuelto a mirar hacia atrás, pensó David, ni una sola vez desde que habían abandonado Aberporth. Aunque se preguntó qué pensarían las personas que había en los cafés. ¿Habrían adivinado lo que estaba ocurriendo? Levantaban la vista de sus periódicos y cigarrillos, mientras cubrían con la palma de la mano los ceniceros para protegerlos de la turbulenta brisa, y lo miraban un instante antes de volver al remolino de crema sobre la superficie del café. Pero vieran lo que vieran en aquella acera: enanos, ángeles, llamas o espías, ya lo habían visto antes. En cuanto a Stern, David seguía sin decidirse. ¿Conocía bien la ciudad o no había estado nunca allí? Caminaba con paso vivo y un propósito determinado y no consultaba mapa alguno, pero David tenía la sensación de que estaba siguiendo una ruta cuidadosamente trazada y de que probablemente había tomado el camino más largo, pero sencillo, dando un rodeo. Ku'damm hasta Potsdamstrasse, luego a lo largo del canal; calles principales y puntos de referencia obvios. Se mantuvo en la orilla derecha, que zigzagueaba volviendo hacia atrás, y luego cruzó hasta la Potsdamerplatz por el primero de los puentes. Pero sólo cuando llegaron a Anhalter Strasse y David sintió, y luego vio, el Muro, se dio cuenta de que se encaminaban al Control Charlie. Lo cual no debería haberlo sorprendido. Si Berlín era un anacronismo, el Control era el umbral perfecto hacia su pasado, puesto que el pasado de la ciudad ya había sido engullido por sus propios mitos y aquél era uno de los mayores, pero menos real, justo delante de él, que en las antiguas noticias de los periódicos. Había un museo, autocares de turismo, quioscos de souvenirs. Incluso una torre para que los tímidos pudieran subirse y echar un vistazo al comunismo. El Control Charlie era un objeto expuesto en el museo de Madame Tussaud o el plato de rodaje de una película. Cuando lo atravesó le resultó difícil no creer que el guarda de la línea fronteriza, que tan directamente lo miraba a la cara (comprobando la fotografía de su pasaporte en obediencia a un curioso e implacable entrenamiento), no fuera uno de esos actores que uno ha visto cientos de veces en las películas, pero cuyo nombre uno no puede nunca recordar, igual que el oficial de mayor edad que se estiraba un poco el uniforme era probablemente Curt Jurgens, y el espía británico, dos cabezas por delante de Stern, era sin duda Dick Bogarde. Tras pagar por su visado y cambiar los obligatorios veinticinco marcos, David cruzó la línea que dividía el mundo en Tecnicolor de una vieja y rayada copia en blanco y negro, una antigua producción de una compañía desaparecida largo tiempo atrás cuyo nombre, logotipo y antecedentes ya no eran comprensibles, como la RKO International o la Vitaphone. Incluso la meteorología reforzaba esa irrealidad; el brillante sol y el viento, las esponjosas nubes que cruzaban el cielo de un azul perfecto, reducían los grises y ennegrecidos edificios a decorados o ilustraciones de un oscuro texto histórico, como si la naturaleza misma hubiera dejado ese mundo atrás. Stern, a su manera, hizo lo mismo. No prestó atención a nada de lo que le rodeaba y se limitó a seguir andando, mientras David lo seguía, perdiéndose fácilmente entre el barullo de gente que se encaminaba a la avenida Unter den Linden y a los grandes museos. Pero Stern no tomó ese camino. Siguió a pie, ignorando los taxis que había en la Leipzigerstrasse, dobló a la derecha y se alejó de las multitudes. En aquel momento David empezó a dudar de su primera intuición. Stern parecía saber exactamente adónde iba. Cruzando el Spree hasta la isla. David supuso que la Marx-Engels Platz estaba en algún lugar a su izquierda y luego identificó el ayuntamiento en una esquina de la calle por la bandera que ondeaba al viento. Cruzó el Spree de nuevo. Pasó por debajo del S-Bahn [35]. A la izquierda. A la derecha. David pronto estuvo enteramente perdido. Al mirar hacia atrás, lejano en la distancia, vislumbró la forma de un avión lanzándose en picado por el maravilloso cielo azul hacia Tempelhof, en el extremo más alejado del Muro, un mundo aparte. Y él estaba en un mundo diferente que se cerraba a su alrededor como una pesadilla. Los grandes almacenes parecían aparcamientos de coches, los pisos parecían fábricas y las fábricas prisiones. Hasta los sonidos pertenecían a una época diferente. Una cadena golpeó contra el tablón posterior de la plataforma de una camioneta. Las botas de un niño golpeteaban presurosas una escalera metálica. El agua corría oscura bajo una rejilla. David trataba de anotar mentalmente unos puntos de referencia (¿y si tenía que regresar solo?) pero era inútil. Posiblemente habían pasado junto a una estación de trenes, porque había tenido la impresión de un espacio abierto tras una línea de edificios. Había notado una oficina de correos, un pequeño parque. Y luego se encontraron en una zona urbanizada de anodinos pisos de corroído hormigón y Stern desapareció. Ocurrió tan rápidamente que durante unos segundos Davis siguió caminando; el impulso de sus propios pasos lo llevó, como si su ritmo lo hubiera hipnotizado. Pero luego se dio cuenta de que Stern no estaba delante de él, aunque, con igual presteza, comprendió lo que había sucedido. Había una escalera, como la de una boca de metro, que conducía a una entrada en el sótano del edificio de la esquina. En realidad había una especie de hueco que recorría el costado del edificio y que estaba protegido al nivel de la acera por una verja de hierro de escasa altura. David comprendió que el edificio era en realidad una iglesia. No se había dado cuenta en un primer momento porque la calle era muy estrecha (de un sólo sentido) y la entrada principal estaba en el lado opuesto, pero inclinándose hacia atrás vio que había un achaparrado campanario y ventanas con un aire vagamente eclesiástico. Durante unos minutos, mientras asimilaba todo aquello, David no se movió. Y justo cuando empezaba a preguntarse qué estaría haciendo Stern y a decidir que debía de haberse encontrado con alguien, Stern reapareció subiendo las escaleras con una bicicleta bajo el brazo. La transportaba cuidadosamente, llevándola en alto para que las ruedas no tocaran los escalones, y la depositó con suavidad sobre la calzada. Luego, con un rápido vistazo arriba y abajo, se dio impulso golpeando el bordillo con el pie, se bamboleó un poco y se alejó pedaleando. Entonces desapareció realmente: giró a la izquierda en la esquina y se perdió de vista.
Para David (aunque apenas se dio cuenta por la rapidez con que todo había sucedido) aquello fue casi el final. Estuvo a punto de perder todo contacto con Stern. Al contrario que la M4, aquella pequeña calle no tenía un destino evidente y no tenía ninguna pista, ninguna agencia de la Godfrey Davis que pudiera ayudarlo. También se retrasó. Malinterpretó lo ocurrido. Por alguna razón supuso que Stern había colocado allí la bicicleta de antemano o había acordado que alguien la dejara allí para él. Y se quedó preguntándose el porqué. Todo lo que pensó en realidad fue demasiado complejo y sólo cuando se acercó al edificio y miró escaleras abajo comprendió la sencilla verdad. Stern había robado la bicicleta, ni más ni menos. Definitivamente el edificio era una iglesia, desde tan cerca percibía el murmullo del sermón que se pronunciaba dentro, y las escaleras conducían hasta una puerta lateral. Por debajo del nivel de la calle, en el hueco que bajaba por el costado del edificio, habían colocado un soporte para bicicletas. En él había quizá unas veinte o treinta bicicletas, la mayoría de ellas trabadas, pero muchas otras no. Stern se había limitado a llevarse una de estas últimas. Y ahora a David no le quedaba otro remedio que robar una también… sin embargo, volvió a pensárselo. Le costaba decidirse. ¿No había algo especialmente horrible en robar una bicicleta? Cuando por fin subió una por las escaleras, hacía tiempo que Stern se había ido. Asaltado por el pánico, dándose cuenta de lo que ocurría, David pedaleó velozmente hacia la esquina, pero la calle transversal por la que Stern había tomado estaba vacía. La siguió hasta el siguiente cruce; nada. Siguió rodando por la siguiente y cuando, al mirar arriba y abajo, siguió sin ver a nadie, tuvo la tentación de dar media vuelta, por hacer algo. Lanzó una maldición para sus adentros. Estaba convencido de que lo había perdido, después de haberse mantenido pegado a él durante todo el camino desde Aberporth. Pero finalmente decidió seguir adelante. Y fue una elección afortunada, puesto que, cuando miró hacia la derecha en la siguiente esquina, vio a Stern, dos manzanas más allá, esperando a que un semáforo se pusiera verde. David embocó la calle. El semáforo cambió; David pedaleó con más fuerza… y durante las siguiente cinco horas no volvió a perder de vista a Stern.
Fue una extraña jornada desde cualquier punto de vista.
David tuvo largo tiempo para reflexionar acerca de ello (cuarenta o cincuenta agotadores kilómetros), pero no acabó de decidir por qué Stern lo había hecho de aquel modo. Le hubiera sido mucho más fácil en coche, y la DDR tenía autobuses y trenes tan buenos como cualesquiera otros. Además, robar una bicicleta suponía correr un riesgo, quizá no demasiado grande, pero un riesgo de todas maneras. Por otro lado, era perfectamente anónimo. Un coche implicaba rellenar impresos; un tren implicaba presentar un billete. Pero incluso en la Alemania Oriental la burocracia consideraba que una bicicleta no era digna de interés. Parecía demasiado inocente. El sol estaba en lo alto. Había viento suficiente para volar una cometa. Y mira, un señor mayor montando en bicicleta. Nadie imaginaría la duración de su jornada, puesto que sólo habría visto una ínfima parte de ella y supondrían que aparcaría al doblar la siguiente calle, en el siguiente cruce. Pronto se encontraron en el campo y David, sin un mapa, se encontró completamente perdido. Pero decidió que ahí radicaba su brillantez. Nadie sabía dónde estaba Stern ni, después, seguirían capaces de seguir el rastro hasta su destino. Una vez que regresara a la parte occidental, el único vestigio de su viaje al Este estaría en su pasaporte, que podía destruir en un minuto. Aunque tal idea, como todas las demás especulaciones de David, eran meras suposiciones. En realidad no sabía qué se proponía Stern en absoluto.
De hecho, a medida que transcurrían los kilómetros, no fue consciente más que del dolor constante que sentía en los muslos y de la porfiada determinación de su ritmo respiratorio. Al acercarse más a él en un par de ocasiones David comprobó que Stern se había equipado con una máquina bastante decente, no era una bicicleta de carreras, pero tenía una especie de cambio de marchas Sturmy-Archer. La de David, en cambio, era tan pesada y lenta que sólo podía descender sin pedalear en las más inclinadas cuestas, que casi le había matado subir. Lo peor de todo, se dijo, era no saber hasta dónde tendría que seguir pedaleando. No había un sentido de la progresión, o expectativa alguna de alivio. Sencillamente seguía y seguía. Stern se detuvo tan sólo una vez, e incluso esa parada fue una tortura. Se habían adentrado ya en el país (aunque David sólo sabía que se dirigían hacia el sur y que habían pasado por debajo de una Autobahn [36]) y estaban en una carretera secundaria, asfaltada, pero muy estrecha, que durante un rato corrió paralela a una autopista. La vislumbró a lo lejos. Al llegar a un cruce, que debía de continuar hasta llegar a aquella otra carretera más amplia, un emprendedor germano oriental había instalado una parrilla de carbón y vendía salchichas a la gente que salía de la autopista. Por supuesto, Stern se detuvo y David, sentado en una zanja a unos doscientos metros, lo contempló mientras aquél disfrutaba de un almuerzo sin prisas. En cambio, todo lo que él pudo conseguir, cuando prosiguieron la marcha, fue una botella de una bebida gaseosa germano oriental, una asquerosa mezcla de cerveza de raíces y Coca-Cola. Era aproximadamente la una y media.
David no tenía modo de saberlo, pero sólo le quedaba una hora más de viaje, aunque el final, cuando llegó, lo hizo sin avisar apenas. Habían estado rodando por sembradíos que iban estrechándose hacia un valle poco profundo. Los verdes campos de las laderas descendían para encontrarse en la carretera, como si ésta fuera un arroyo. Más adelante David vio que zigzagueaba en una suave curva y unas cuantas casas y árboles apiñados junto a ella a ambos lados. Era un bonito lugar, pero no había nada que distinguiera aquella aldea (ni siquiera llegaba a Dorf [37]) de muchas otras por las que habían pasado. Pero Stern redujo la velocidad justo allí. Tanto que, de hecho, David tuvo que detenerse completamente. Y cuando Stern siguió pedaleando David se quedó donde estaba, presintiendo que habían llegado. Todos los kilómetros que los separaban de Aberporth conducían hasta allí; en medio de aquellas colinas, con el sol brillante aún en el cielo, el día había esperado ese momento.
El instinto de David le fue de gran utilidad. Stern siguió unos cuantos cientos de metros más y luego se metió en un baldío lleno de maleza, donde desapareció entre unos árboles, para volver a aparecer un poco más tarde a pie. Pero David ya estaba fuera del camino y había metido la bicicleta bajo un grupo de cedros, cuyas profundas sombras lo ocultaron. Aquellas sombras fueron probablemente decisivas, ya que en ese momento Stern miró hacia atrás. Hasta entonces sólo había echado un vistazo por encima del hombro en un par de ocasiones, pero David había estado tan lejos que no había existido el peligro de que Stern lo reconociera. Yendo en bicicleta, había razonado David, Stern no iba a escapársele, y por lo tanto se había mantenido prudentemente alejado de él, acortando terreno tan sólo cuando se habían acercado a poblaciones o a curvas. Pero ahora Stern miraba directamente hacia él, protegiéndose los ojos del sol. David no movió ni un músculo e incluso después de que Stern se hubiera dado la vuelta y echado a andar hacia la aldea, se quedó inmóvil. Sólo cuando Stern se perdió finalmente de vista al doblar la curva del camino, David salió corriendo e incluso entonces se esforzó por mantener tres grandes pinos, que crecían justo donde el camino iniciaba la curva, entre él y la figura de Stern que se alejaba. Jadeando llegó hasta esos tres árboles. Al asomar la cabeza tras ellos vio que más allá no había otro lugar donde ocultarse.
En cualquier caso, Stern no estaba a la vista. Había desaparecido completamente, lo cual significaba que debía de haber entrado en una de las casas.
Conteniendo la respiración, David se arrodilló tras el mayor de los pinos y examinó aquella pequeña y recóndita aldea. Ahora que Stern ya no estaba, no había signos de vida, con la excepción, según comprobó, de dos gallinas marrones que picoteaban a lo largo del borde del camino a unos cien metros de él. Pero ninguna persona. No salía humo de las chimeneas, pero era lógico que no estuvieran encendidas en aquella época del año. Probablemente todo el mundo estaba descansando en casa después de comer, o quizá (¿cuántas personas vivirían allí, veinticinco?) todos en pleno estarían de visita en la población más cercana. Contó las casas. Había sólo ocho en total. La más grande era también la más alejada, asomada al camino donde éste se curvaba de nuevo. Estaba parcialmente oculta por un pino tan grande como el que lo ocultaba a él. Más cerca y en el mismo lado de la carretera, había cuatro pequeñas casas en hilera, separadas por senderos fangosos y bajos establos de madera. Quizá los pollos tenían allí su hogar. Justo enfrente había otras tres casas que estaban unidas por un muro de cemento. Éste tenía unos dos metros y medio de alto y formaba la parte delantera de cada una de las casas. Los tejados sobresalían por encima. David supuso que habría jardines tras el muro. Todos los edificios estaban construidos de la misma manera, de ladrillos tan irregulares que la argamasa se había caído. Por consiguiente, los habían cubierto de cemento, que a su vez se había desprendido en grandes trozos. Sin embargo, también aquél era un lugar que parecía, de un modo casi extravagante, fuera de un posible presente, y debido a su aislada situación casi conseguía dar ese efecto. Tras seguir a un hombre en bicicleta, había acabado de forma natural en una aldea campesina, hacia 1935, una curiosa combinación de Cabaret y Sonrisas y lágrimas. En cualquier momento aparecería un enorme Duesenberg rugiendo y dando bocinazos por la colina. Sí, era una imagen apropiada, ¿pero qué papel desempeñaba Stern en ella? Resultaba imposible adivinarlo y por el momento David fue consciente de que nada podía hacer para hallar la respuesta. Porque no podía acercarse más. Stern podía reaparecer en cualquier momento y pillarlo a campo abierto. Además, Stern tenía que regresar por el mismo sitio; tenía que hacerlo si pretendía recuperar la bicicleta. Los pinos bajo los que se hallaba David le proporcionaban un buen escondite, aunque estaban tan sólo a unos pocos metros de la carretera, pero eran el único refugio que había por allí. No tenía más remedio que permanecer donde estaba. Durante los siguientes treinta y dos minutos eso fue justamente lo que hizo.
Muy poca cosa ocurrió. Las gallinas asentían enérgicamente arriba y abajo por el margen de la carretera. Un hombre que llevaba arremangadas las mangas de su blanca camisa apareció brevemente en el umbral de la puerta de la gran casa y luego volvió a meterse dentro. En lo alto el cielo azul, el sol brillante y las nubes blancas, la hermosa tarde de domingo que hacía que todo aquel país pareciera incongruente, iban transformándose en atardecer. Entonces Stern salió por la puerta de la más lejana de las tres casas unidas por la pared.
No estaba allí y de repente sí estaba. Dos segundos más tarde y al acercarse por la carretera David no hubiera sabido de dónde había salido.
Así de rápido fue.
No obstante, nada había de subrepticio en él. Allí ni siquiera parecía extranjero. Era sólo un hombre mayor con una gorra de tela, un visitante de domingo, el tío o el abuelo de alguien. Parecía apoyarse ligeramente más sobre la pierna derecha sin llegar a ser una cojera y posiblemente era puro artificio, pero de un modo u otro le hacía parecer aún más inocente. Sólo cuando llegó a la altura de los pinos David se dio cuenta de que llevaba algo debajo de la cazadora. Estaba más ancha y plana y se la había metido por dentro de los pantalones. Posiblemente era una carpeta con documentos o fotografías. Incluso podía tratarse de un libro. David no hubiese podido decirlo. Pasó de largo y David contempló su espalda de nuevo. Siguió por la carretera, alargando quizá un poco sus zancadas y finalmente despareció por el sendero donde había ocultado su bicicleta.
Sin embargo David permaneció en el mismo lugar. Ya había decidido que no tenía demasiado sentido seguir a Stern de vuelta a Berlín, que era el lugar a donde debía dirigirse. Y el hecho de que aparentemente se llevara algo con él reforzaba su decisión. Stern había buscado algo en Aberporth, pero lo había encontrado allí y, pensó David, si quería descubrir lo que era, tendría que ir a aquella casa.
Le dio a Stern cinco minutos para cambiar de idea y luego salió a la carretera.
En ese momento David se sintió más tranquilo de lo que se había sentido en todo el día. Estaba cansado y dolorido, pero se había librado de la bicicleta robada y de Stern, y sólo ahora podía admitir cuánto le había preocupado haber transgredido las leyes en un estado totalitario cuya policía secreta parecía tan ridicula como Boris Karloff, pero que, desgraciadamente, era también real. Supuso que técnicamente había violado su visado, pero eso no podía ser el final del mundo y, de todos modos, mientras estuviera de vuelta a medianoche, nadie iba a enterarse. Así que no creyó estar en peligro. Sobre todo, se dijo para sus adentros, porque cualesquiera que fueran los asuntos en los que andaba metido Stern, era obvio que trabajaba por su cuenta y que no tenía más aliados a ese lado del Muro que él mismo. Así pues, con cierta confianza, siguió por la carretera. No tenía sentido tratar de ocultarse, aunque cuando la carretera giró para adentrarse en la calle principal de la aldea, se dio cuenta de que había más gente alrededor de la que había supuesto. En el otro extremo, tras una de las casas adosadas, vio a dos niños jugando con arco y flechas. La niña, vestida con sus mejores galas domingueras, chilló cuando su flecha acertó en la diana de papel clavada sobre una estaca. Y tras el muro, cuando llegó hasta él, oyó alzarse unas súbitas voces y un estallido de risas, así que quizá se trataba de una especie de fiesta. Pero nadie se percató de su presencia. En realidad no había nadie en la calle. El muro, cuando caminó a lo largo de él, era de unos dos metros y medio de alto, de sucio hormigón que se estaba desconchando. Pero alguien había barrido cuidadosamente al pie del mismo; vio las marcas de la escoba sobre la suciedad, y las casas, a pesar de sus destartalados ladrillos, estaban bien cuidadas. Todas las puertas y ventanas lucían pintura nueva y cada una de las puertas que se abría en el muro había sido también pintada de marrón brillante. En la tercera casa, la que Stern había visitado, la puerta estaba entornada. En realidad no accedía a un camino de entrada para coches, no era lo suficientemente amplia y uno tenía que agacharse para traspasar el pequeño umbral, pero David vio un pequeño coche blanco aparcado junto a un costado de la casa, así que presumiblemente un sendero por detrás de las tres casas conducía de vuelta a la carretera. Y también era de suponer que la persona a quien Stern había ido a ver todavía estaría allí. David caminó a lo largo del muro hasta llegar a la parte delantera de la casa. Durante unos breves instantes vaciló. ¿Qué iba a decir? ¿Cómo explicaría su presencia? Ni siquiera estaba seguro de que tuviera importancia. Probablemente lo más importante sería descubrir el nombre de la persona que vivía allí.
Llamó a la puerta.
No obtuvo respuesta.
Después de otros tres intentos siguió sin recibir respuesta.
David miró alrededor. No vio a nadie en la calle, pero donde él estaba debía ser demasiado evidente, incluso sospechoso. Se inquietó. En un lugar como aquél la gente responde cuando llamas a la puerta. Debía de ocurrir algo malo. A menos… que Stern tuviera una llave y hubiera entrado con ella. O que el lugar estuviera vacío y él hubiera forzado la puerta. Pero eso no parecía probable. Algo había ocurrido y en su interior sólo podía oír una voz que le decía «corre». Pero no podía hacerlo después de haber llegado tan lejos. Rápidamente y con la intención de que no lo descubrieran, caminó hacia el lado y cruzó la puerta en el muro. Se encontró entonces en un oscuro y frío jardín lateral, oculto no sólo a la calle, sino también a la casa contigua, puesto que había una valla de madera. Escuchó, y las voces y risas de más allá le parecieron totalmente normales. No le habían descubierto. Miró a su alrededor. El jardín era de tierra desnuda, apenas con el espacio suficiente para el coche, un Skoda, que estaba muy pegado a la casa. Lo rodeó con apuros para mirar por una ventana, pero el interior de la casa estaba tan oscuro y tenebroso como una vieja pintura. Desde otra ventana, en la parte posterior, descubrió la cocina; vacía, una mesa y cuatro sillas de madera; latas iguales para harina, azúcar y café alineadas pulcramente sobre una encimera. La ventana por la que miraba estaba justamente encima del fregadero y en él vio un tazón con una cuchara. Pero no vio ni oyó a la persona que había bebido de él. Siguió moviéndose a lo largo del muro hasta la valla de madera, que era una especie de cobertizo adosado. Estaba justo en la parte posterior. Más allá había un sendero, que era por donde debían de sacar el coche. Al otro lado distinguió las frondosas y pulcras hileras de un huerto muy bien cuidado. Pero allí se encontraba de nuevo al descubierto. La valla terminaba antes de llegar al sendero. Así que se movió deprisa. Dos peldaños de madera conducían hasta una puerta que tenía un cierre para un candado, pero no había ninguno, tan sólo un pestillo. Lo abrió fácilmente y se halló dentro de la casa.
Parecía estar muy oscura. Esperó un momento para dejar que sus ojos se adaptaran. Luego descubrió que estaba en una especie de mezcla entre almacén y despensa. En la esquina más alejada había una pila de viejos neumáticos de coche. En todas las paredes había estanterías de madera llenas de tarros de cristal llenos de remolachas en vinagre de un intenso color rojo, cebollas rojizas, conservas de pepino y melocotones. Por alguna razón había un gancho metálico con un trozo de cadena de hierro negro colgando del techo. Un gran artefacto de latón, que pensó que podría ser un conducto para humos, estaba metido bajo una mesa pintada, y contra la pared trasera de la casa había un enorme fregadero de cemento con un grifo de acero. David permaneció inmóvil asimilando todo aquello. El lugar olía a polvo, humedad y pintura desconchada. Quiso luego llamar en voz alta, pero no lo hizo, aunque de repente se dio cuenta de que estaba tan tenso que temblaba. Tomó aliento. Se acercó a la puerta que conducía a la casa propiamente dicha. Tenía un pomo de cristal que giró con facilidad. La traspasó. Luego se dirigió directamente a la puerta que había enfrente llamando en voz alta: «Entschuldigung… Entschuldigung!» [38] Pero no hubo respuesta y ahora ya estaba seguro de que no la habría. Delante de él había un corto pasillo que conducía hasta la puerta delantera que se perfilaba contra la luz exterior. Caminó lentamente hacia ella. Sus pasos eran silenciosos sobre la alfombra del pasillo que por algún motivo captó su atención. Le recordó una pensión victoriana de tan fea, renegrida y recargada como era. No había ninguna luz, excepto el perfil de la puerta, pero podía ver ya en la penumbra. Se acercó a un arco, a su izquierda, que se abría a la habitación que había visto desde el jardín, pero incluso antes de verlo realmente sus ojos se movieron hacia el otro lado del pasillo. Supuso que era la «sala de las visitas». Tenía una especie de decoro desesperado y resuelto, limpia y ordenada, pero raída, anticuada, como una radio de lámparas, aunque había un televisor, con una gran pantalla redonda y azulada, en un rincón de la habitación sobre unas largas patas metálicas. Era una estancia para los domingos. Un servicio de té para dos; porcelana sobre una bonita bandeja de madera en la que había grabadas unas bailarinas todas con lederhosen [39]. Había un tapete bajo la violeta africana y abultados cojines sobre el voluminoso sofá de respaldo alto. La pintura de la pared era indescifrable. Un reloj repetía su tictac pesadamente. Había una luz encendida: una lámpara de pie con una pantalla marrón adornada con borlas, que proyectaba un amarillo círculo de luz sobre la mitad inferior del cuerpo de la mujer, sus regordetas piernas enfundadas en unas medias de algodón marrón y la falda gris un poco subida. Seguramente se había deslizado por el sofá hasta el suelo. Estaba apoyada contra él. En la parte superior llevaba una blusa blanca bajo un suéter abotonado. Un roto collar de perlas colgaba del cuello dejando caer las perlas por el pecho.
Durante unos instantes David no movió un solo músculo.
Sabía que estaba muerta y en realidad no le sorprendía (desde el momento en que el eco de su llamada había vuelto vacío a él), salvo quizás el hecho de que fuera una mujer y no un hombre. Pero aunque estaba seguro, fue una dura conmoción. Tenía miedo. No estaba asustado de nada en concreto. Sentía sencillamente el miedo, como el silencio, a su alrededor. Tuvo que cerrar los ojos unos segundos para encontrarse a sí mismo, pero lo hizo y avanzó al centro de la estancia. Sí, estaba muerta. Pensó que tal vez la había estrangulado por el aspecto de su cara, retorcida, abotargada. Al inclinarse un poco para ver, para estar absolutamente seguro, olió los polvos cosméticos, lo que le hizo pensar en su tía, en su pequeña casa de Burslem, la pequeña habitación de la parte de atrás, no mayor que un armario, en la que se había alojado él, que caía dormido mientras escuchaba las voces de los adultos murmurando en las profundidades de la casa.
Su tía. Aquel olor. El casi silencio. La habitación delantera… Su bolso, nunca la había visto sin él, su cara se volvía ansiosa en el momento mismo en que lo echaba de menos bajo su mano. Quizás aquella mujer había sido igual, pues tenía el bolso junto a ella y su contenido estaba esparcido por el suelo. Hurgó rápidamente en aquel batiburrillo. Y descubrió (había un montón de documentos, papeles, tarjetas) que su nombre era Buhler, Elsa Margrit Buhler, que aquel lugar se llamaba Niederberg, y que la semana siguiente habría cumplido sesenta y tres años de edad.
David apagó la luz. Se alejó del cadáver de Elsa Buhler, lo cubrió instintivamente de oscuridad. Era lo menos que podía hacer; era lo único que podía hacer. Y luego salió al pasillo. Quería ir más allá, pero no se atrevía. Desde allí se podía ver la cocina y la habitación opuesta a cuyo interior había mirado desde el jardín. Solo allí, con el perfil de la cerradura de la puerta delante de él, estaba completamente seguro.
Permaneció apoyado contra la arcada mientras su corazón emprendía una loca carrera provocada por una segunda conmoción. Pero en el otro lado del horror que sentía estaba la conciencia clara de lo que había descubierto. Buhler. Era un modo terrible de descubrirlo, pero al menos era una prueba. No se había lanzado a una búsqueda inútil. Buhler era uno de los nombres que Tannis había mencionado, que Tim había oído y que Diana había escrito en su carta. Así que todo era real. Buhler, Vogel, Stern; todos estaban relacionados.
Se retiró unos cuantos pasos para no poder ver así el interior de la habitación. Después de un rato notó que el horror disminuía. Estaba aún allí, pero al otro lado de… traspasando una línea, en cualquier caso. Se dio cuenta de que esa línea lo separaba del horror y también de una definición previa de sí mismo. No, no estaba tan horrorizado como… ¿hubiera estado?, ¿podría haber estado?, ¿debería haber estado? En realidad, a medida que
superaba la conmoción, sentía que le picaba la curiosidad. Volvió a atravesar la arcada y miró a la pobre Elsa Buhler. Y sintió todo tipo de reacciones ante su visión (la cabeza recostada sobre el sofá, las piernas abiertas bajo la mesita, como una gorda matrona japonesa a punto de cenar), pero también éstas estaban al otro lado de la línea, eran respuestas perfectamente razonables que podía incluso reconocer como propias, pero que parecían imposibles, absurdas. Entonces su memoria despertó a un recuerdo, debido en parte a la oscuridad de la habitación, pero también a la luz, que veía con el rabillo del ojo izquierdo, que se filtraba por la rendija alrededor de la puerta delantera, como si fuera el final de un túnel interminable, un recuerdo del breve periodo de tiempo (en realidad unas pocas horas) en el que lo habían retenido en la cárcel de un cuartel militar, en el que lo habían interrogado en una auténtica habitación para interrogatorios, con una pesada puerta, una ventana con barrotes, focos brillantes y un suelo de baldosas blancas como las de un urinario o de un depósito de cadáveres. Finalmente se había rebelado. «Quiero hablar con un abogado. No contestaré a ninguna otra pregunta hasta que hable con un abogado. Tengo derecho. Estoy en mi derecho.» Después se había acobardado ante la inocencia de su petición. ¡Un abogado! Por supuesto, si hubiera insistido le hubieran concedido uno; sin duda tenían varios bajo contrato. Y si hubiera pedido ver a su propio abogado también se hubieran ocupado de él.
Sin embargo, ésa había sido su reacción, que sentía ahora formándose de nuevo, a pesar de todo. Depositar la confianza en alguna autoridad legítima. Oh, sí. Limitarse a contar la verdad. Ser razonable. Y podía sentir todo eso una vez más, desde el otro lado de la línea: llamar a la policía en ese mismo momento y explicárselo todo. O volver a Berlín y llamar desde allí a las autoridades. Podían seguir a Stern. Ellos harían… Sí, esa reacción estaba allí, dispuesta y esperando; sólo tenía que tomarla. Lo que excitaba su curiosidad, no obstante, era que no iba a hacerlo, que ni siquiera iba a pensar seriamente en hacerlo. Y no tenía nada que ver con el hecho de estar en la DDR. Era la línea… y ahora estaba de «este» lado. Él era diferente. Aquel salto al mar le había cambiado para siempre y el cambio operaba sobre él. Al observar el cadáver de Elsa Buhler comprendió incluso en qué consistía ese cambio. Ella no tenía nada que ver con él, nada en absoluto. Era como si estuviera leyendo una noticia en un periódico sobre un completo extraño, fotos de un asesinato en las páginas del Sun… y de repente descubriera su propio nombre en el artículo. Eso era exactamente lo que había pensado en China Lake. «Esto no tiene nada que ver conmigo, puedo explicarlo todo.» Salvo que tenía mucho que ver con él y que no podía explicar nada. Eso era lo que había aprendido, ahora lo sabía. Nadie le ayudaría excepto él mismo. ¿Pero qué ayuda necesitaba?
Volvió a salir al pasillo, pero ya estaba totalmente tranquilo. Stern, Vogel y Buhler estaban relacionados (Tannis debía de haberlo sabido) y la relación consistía en lo que Stern se había llevado de la casa. ¿Qué podía haber sido? Era obvio que él no iba a encontrarlo; con todo, ¿no sería posible que hubiera otro medio de descubrir la relación? Se dijo que tenía unas cuantas pistas sobre lo que Stern había estado buscando. En primer lugar, lo que había encontrado allí, fuera lo que fuese, también lo había estado buscando en Aberporth. Dos: la señora Buhler le había ofrecido un café, así que era de suponer que no lo había reconocido como enemigo y que probablemente no lo conocía en absoluto. Y había aún algo más. Stern apenas había permanecido media hora en el interior de la casa, tiempo en el que la mujer lo había recibido, le había hecho café y se lo había servido y luego él la había matado y… Semejante secuencia no dejaba mucho tiempo para un registro. Así que lo que Stern andaba buscando no había estado demasiado escondido. Lo más probable era que no hubiera estado escondido en absoluto. Era algo que estaba a la vista y cuya importancia la señora Buhler sencillamente no había comprendido. Pero, y deducción final, una vez que su atención había sido atraída hacia ello, quizá lo había comprendido y por eso Stern la había matado. Todo lo cual significaba, pensó David, que debía mirar más que buscar, mantener los ojos bien abiertos en lugar de revolver toda la casa. No sabía qué estaba buscando, pero tenía que asegurarse de que lo reconocería cuando lo viera. Algo sencillo, algo que lo relacionara todo.
Así pues, con calma, sin apenas tocar nada, empezó a moverse por toda la casa tratando de conseguir que el lugar penetrara en él. Se requería una habilidad especial para ello que él creía poseer. Rodeado de naturaleza, con la cámara colocada por detrás de la oreja, había intentado moverse en silencio, desaparecer en medio del mundo que lo rodeaba, dejar de buscar algo conscientemente, dejar de tener conciencia por completo, permitir que las formas del exterior penetraran dentro de él, de modo que cualquier leve movimiento de las mismas le pusiera sobre aviso. Así obró de nuevo en aquel momento. ¿Qué había sido movido, tocado, desplazado? La señal podía ser algo imperceptible, una nota metida en el marco de un espejo… un calendario… un nombre en una agenda… o algo más evidente, más grande: la disposición de los muebles, los cuadros de las paredes. Vio un teléfono, con una agenda junto a él. Pero no había ningún Vogel, Stern o Tannis, y el único calendario que encontró estaba en blanco. Los muebles estaban tan fijos como los rasgos del rostro de una vieja y en cuanto a los cuadros… eran más interesantes. Se encontró de pronto mirándolos. Había dos en el pasillo, pósters, reproducciones, con marcos de caoba. Un leopardo con una pantera de ojos verdes agazapada detrás, de un estilo que recordaba vagamente al art nouveau, probablemente de los años veinte, cuando los niños de menos de doce años pagaban veinte pfennig para entrar en el zoo de Munich. El otro le hizo pensar en Klimt o en Rossetti: figuras caballerescas flotando juntas místicamente, brillantes como mariposas. Y en el comedor, la habitación oscura al otro lado de la habitación de delante, había una reproducción de un paisaje del Staatliches Museum, Berlín, Haupstadt der DDR [40], de un pintor llamado Menzel, al que no conocía. Era bastante tenebroso, tradicional, jardines con una especie de gran casa detrás, un palacio. Arriba, en el pasillo del piso superior, había otros parecidos. Esas imágenes le proporcionaron el primer indicio de una pista, porque la pantera y los brillantes caballeros eran muy diferentes de los demás. Elsa y Buhler. Ambos habían vivido allí, pero esos dos cuadros, pensó David, eran las únicas huellas o indicios de que Buhler se había marchado, eran una expresión suya, mientras que el resto de la casa, las oscuras mesas y las sillas apiñadas, una especie de ersatz [41] al estilo victoriano, correspondían a Elsa. A menos que lo hubiera entendido al revés. Pero estaba seguro de que no. En cierto modo la partida de Buhler era la prueba. Y luego, mientras se limitaba a seguir mirando, obtuvo una recompensa más concreta. Él había supuesto que Elsa Buhler y el Buhler que había muerto en el desierto, el Buhler de Vogel, eran marido y mujer, pero antes de que se lo hubiera probado a sí mismo ya sabía que no lo eran. Dormitorios separados a lo largo del pasillo del piso superior y, en general, un ambiente doméstico sin intimidad, compartir la casa y la compañía, pero nada sexual, por el contrario, una pulcra y esmerada esterilidad. Se percibía en la misma atmósfera de las habitaciones. En el dormitorio de la mujer halló una colección de fotografías sobre una mesa bajo la ventana. Enmarcadas y dispuestas en filas escalonadas mostraban la historia familiar. Tres de las fotos eran sin duda muy antiguas: papá y mamá en rígidos retratos por separado, levantando las cabezas por encima de cuellos almidonados y con una seria actitud, y luego una de los dos juntos en la que mamá sostenía a un niño con pañales. Su mirada se posó después en una instantánea menos formal de Elsa con trenzas llevando una cesta de paja sobre el brazo y un niño a cada lado, ambos cogidos a ella de la mano, uno más joven que el otro, uno con pantalones cortos y el otro con pantalones largos, aunque ambos iban abotonados casi hasta la barbilla en sus chaquetas de mezclilla. Debían de ser sus hermanos. Dos. No había indicación alguna de sus nombres, pero a medida que David les seguía el rastro a lo largo de los años por las fotos se dio cuenta de que, en la época en la que se habían hecho las fotografías modernas (junto al funicular con destino al Weisser Hirsch, delante de la Thomas Church, llevando pantalones cortos de paseo delante de un taller en Seiffen), uno de ellos había desaparecido. De hecho, la última fotografía en la que aparecían los dos hermanos juntos databa claramente de antes de la guerra; el corte de las chaquetas, las pesadas botas, una cierta luz característica, lo dejaban patente. Así que uno de los dos, el mayor, no había conseguido sobrevivir a la guerra. No era nada sorprendente. Pero lo había descubierto él y eso le dio cierta confianza. Y preguntas, que también sirvieron para definir una pista. ¿Por qué no se había casado Buhler? ¿Qué relación mantenía con su hermana? ¿Y por qué vivía en una casa que era mucho más de ella que de él?
El dormitorio de Buhler era el lugar donde hallar las respuestas. Separado del de su hermana por el cuarto de baño, estaba en la parte de atrás de la casa y a causa del techo inclinado parecía una especie de buhardilla, cómoda, pero también como una celda, un refugio, un lugar donde descansar. El mobiliario era sencillo, casi institucional (la tosca cama de madera podía haber sido una litera cortada por la mitad), y en el aspecto emocional (luz grisácea cayendo sobre un suelo de madera gris) daba precisamente una impresión de soledad, que es obsesión en una vida comunal, la vida de barracas y dormitorios comunes. ¿Abandonado? Sí, pero no huido de… David tuvo la impresión de que Elsa Buhler no había tocado nada, ni quería hacerlo. Aquella habitación seguía esperando, siempre había estado esperando, ¿una sala de espera para qué? Ignoraba la respuesta, pero eso era lo que sentía: alguien que esperaba, que esperaba el momento oportuno. En el ínterin Buhler había leído, había montones de libros en los estantes, y había coleccionado sellos. Sus álbumes cubrían una pared por debajo de una pequeña mesa que consistía tan sólo en una tabla de madera contrachapada sobre caballetes. Su nombre era Walter Joseph Buhler, o sencillamente Walter Buhler. Estaba claramente escrito en casi todas las guardas de los libros. David los repasó al azar. Unas cuantas novelas y algo de poesía de autores clásicos alemanes, Heine, Mann, Feuchtwanger, Fontane. Unos cuantos extranjeros, Jack London, ¿Por quién doblan las campanas?, Jules Romains. Pero en su mayoría eran libros de consulta, textos sobre varios temas: geografía, geología, aves, puentes, mariposas; todos pulcramente ordenados, como si hubiera realizado cursillos sobre cada uno de los temas, como si hubiera aprendido lo que había en esos libros y rara vez los hubiera vuelto a hojear después. ¿Pero para qué se había preparado con todo aquel estudio? ¿O había sido precisamente un fin en sí mismo, su modo de llenar la espera?
Con tales ideas en la mente David examinó la colección de sellos, que parecía representar en gran medida lo mismo. Recordaba que él también había coleccionado sellos de niño, pero de un modo bastante diferente, puesto que sus álbumes habían sido como libros, con pequeños dibujos de los sellos; uno encontraba el que correspondía al dibujo y lo pegaba encima. Según ese modelo Buhler había sido un auténtico coleccionista, casi un profesional. Sus álbumes eran carpetas ordinarias de tres anillas, pero tenían hojas de plástico especiales y los sellos estaban metidos en pequeños departamentos. Muchos eran de Sudamérica o Centroamérica, también de África, aunque, cuando David los repasó, se dio cuenta de que Buhler no los coleccionaba por países o épocas, sino por temas. Todos los sellos eran de aves o mariposas, de cualquier cosa que volara. En opinión de David esto confirmaba su primera impresión acerca de los pósters. Era una hermosa y colorista colección. Sellos de Costa Rica y Zanzíbar, Venezuela, Perú, Mozambique, algunos triangulares o muy grandes, la mayoría muy vistosos: esmeraldas, monarcas, pavones, entre las mariposas, y las excitantes y brillantes aves: periquitos, guacamayos, cacatúas, papagayos, colibríes, cóndores, águilas. Eran tan ligeros, tan brillantes, tan frivolos, tan contradictorios con el mundo de Buhler, que al final pareció lo más adecuado que fueran ellos quienes lo desvelaran, pues fue la mariposa esmeralda, deslizándose de su página y volando hasta el suelo, la que reveló el secreto. Al agacharse para recogerla, David se percató de que una de las tablas del piso junto al borde de la cama estaba cortada. Era un corte limpio, en un ángulo, por lo que resultaba prácticamente invisible. Pero introdujo la navaja, hizo palanca y la sacó. Bajo la tabla, en el espacio entre el suelo y el techo de la habitación de debajo, había una caja metálica empotrada en el hueco.
El escondite de Buhler.
Pero estaba vacía.
Los lados metálicos de la caja, esmaltados en amarillo, destellaron ante sus ojos con un reflejo dorado y burlón. Lo que había habido allí, cartas, fotografías, un diario, había sido extraído. Desde luego guardaba cierta lógica. Todo lo que él podía hacer era descubrir aquellos indicios negativos de lo que Stern había estado buscando. Con todo, era una decepción y se dejó caer sobre los talones con un suspiro. Esto sirvió únicamente para frustrarlo aún más, puesto que al balancearse hacia atrás, los ojos de David quedaron al mismo nivel que la pequeña mesa pintada junto a la cama de Buhler y distinguió con toda claridad, impresas por el paso de los años sobre la superficie de la madera, las huellas de dos pequeños marcos. Se levantó para pasar los dedos por encima. Fotografías, supuso. Dos fotografías enmarcadas como las que había en el dormitorio de Elsa. Pero éstas habían sido diferentes, no eran imágenes de una historia familiar sino de algo más, algo crucial para Buhler, puesto que las mantenía junto a él día y noche. Y algo crucial para Stern, puesto que las había robado. ¿Qué mostraban? Alguna atrocidad. Stern mismo en una situación comprometida. Era imposible adivinarlo, pero sin duda se trataba de lo que Stern estaba haciendo: borrar. Ocultar su rastro. Lo mismo que había estado haciendo en Aberporth. ¿Sobre los Clints of Dromore? Borrar su relación con… ¿pero con qué?
Bien, no lo sabía, ésa era la pura y simple verdad. David soltó una imprecación y se sentó en el borde de la cama de Buhler. Durante esos breves instantes su resolución se debilitó. De repente se acordó de Elsa Buhler, muerta en la habitación de abajo, de la luz del sol filtrándose por entre las rendijas de la negra puerta delantera, creando un arco de luz que los ojos de ella no volverían a ver. Pero ese momento pasó y de improviso sintió una lúgubre satisfacción. Puesto que había descubierto algo, después de todo, había confirmado la dirección del propósito de Stern. Y también había confirmado su propio método. Al margen de lo que encontrara y de lo que Buhler tuviera para ofrecerle, aquél era el modo de buscarlo. Una vez más obedeció a su instinto y se levantó. Salió de la habitación dejándose llevar, buscando por el cuarto de baño y en un armario (jabón, champú, un cubo de hojalata, una estantería con trapos cuidadosamente doblados), aunque quince minutos más tarde, cuando finalmente lo encontró, encontró todo lo que iba a encontrar, estaba de nuevo en el dormitorio de Buhler. Había tomado una decisión. Echaría un último vistazo allí, luego volvería a intentarlo en el piso de abajo y si seguía sin tener suerte, cogería el coche de Buhler para volver a Berlín, aún podría llegar antes que Stern y enfrentarse con él. Pero tan pronto como cruzó el umbral de la puerta, miró hacia abajo y vio el pequeño cesto de mimbre sobre la mesa de Buhler. Era el tipo de cesto que se usa para guardar la fruta, pero estaba lleno de sellos, sobres y trozos de sobres rotos que la gente debía de haberle llevado. Hurgó en ellos, sin mirar en realidad. Pero para encontrar algo lo mejor es no buscarlo, así que sacó un trozo de sobre y vio que tenía dos grandes y brillantes sellos americanos. Eran sellos de veinte centavos, ambos iguales, para conmemorar la flor estatal de California, la amapola, y el ave, la codorniz de los valles de California, que debían de haber interesado a Buhler. Y se distinguía claramente el matase llos: Lone Pine, CA, de tan sólo unas semanas antes. Pero el «sobre» era aún más interesante. En realidad no era un sobre sino una esquina arrancada a un aeorograma, una carta doblada en fino papel azul para avión. Además, el aerograma era alemán, una Luftpostleichtbrief, lo cual significaba que Buhler debía de haberla comprado en Alemania Federal y habérsela llevado consigo a California, donde había comprado el tipo de sello que le interesaba y que Elsa Buhler (¿por costumbre?, ¿como una especie de gesto privado?) había guardado. Pero esa explicación se le ocurrió a David sólo de paso; lo que atrajo de inmediato su atención fueron las pocas líneas que habían sobrevivido en el reverso.
No era demasiado, sólo las coletillas de media docena de líneas separadas. Recordando cómo se doblaba un aerograma supuso que eran de la mitad del texto, pero a causa de la gramática alemana en la que los verbos tienden a apilarse al final de las frases y oraciones, ni siquiera podía estar seguro de eso. ¿Habría escrito Buhler de arriba abajo o de un lado a otro? En cualquier caso sólo quedaban unas cuantas palabras entrecortadas.
la verdad sobre nuestro hermano y Vogel. La Cruz Roja, amigos, otros refugiados, la organización UNRRA
todas las cartas en la caja bajo Nordhausen y Dora recuerda. Siempre parece tan pequeño. Yo como la última vez. Pero fue elección mía. completado. Sin embargo, aún puedo verlos.
Cuando lo leyó, David apenas comprendió su significado, y sin embargo estaba bastante claro. Cartas, refugiados, «la verdad sobre nuestro hermano». UNRRA. Las iniciales estaban en inglés, pero a David le llevó un rato recordar su significado exacto: United Nations Relief and Rehabilitation Administration [42]. Después de la guerra se habían ocupado de alimentar a los refugiados, de hallar acomodo para personas sin hogar. En apariencia Buhler les había escrito, y a otros, buscando a un hermano, o a Vogel, ¿o a ambos? Y había guardado esa correspondencia en la caja bajo su cama. Lo que Elsa sabía y Stern había descubierto. ¿Se lo habría mostrado antes de matarla? Esas cartas y lo que en ellas se revelaba habían constituido un secreto tan secreto que posiblemente Buhler ni siquiera se lo había contado a su hermana hasta que salió del país.
En cualquier caso, las relaciones que desvelaban habían sido un secreto por el que se había cometido un asesinato. Y también había otra relación que David habría encontrado en su momento, pero que de hecho ya había percibido, al menos a medias, puesto que no habían recibido una especial preeminencia en las estanterías de Buhler: un par de pequeños panfletos, uno de los cuales se titulaba «Chronik der antifaschistischen Mahn-und Gedenkstätte Mittelbau Dora» [43].
Era una desnuda narración de hechos, modestamente impresa y no demasiado memorable, ilustrados con fotografías en blanco y negro bastante malas. Pero sus páginas le dijeron a David lo que necesitaba saber. Dora era un campo de concentración en las cercanías de una estación de empalme de ferrocarriles llamada Nordhausen.
En muchos aspectos, como mostraba el panfleto, no se había diferenciado demasiado, ni siquiera en sus horrores, de cualquier otro campo. Había fotos del horno crematorio sobre una pequeña colina y de die Häftlinge, los prisioneros, junto a las barracas tras las alambradas. Asimismo, había fotos, tomadas después de la guerra, de colegiales, delegaciones de sindicatos y otras organizaciones, depositando coronas de flores delante de los monumentos a los miles de caídos. Había incluso poemas:
Viele haben das Lager D gekannt,
D wie Dora, so habens dies Faschisten gennant [44], etc., etc.
Sí, todo aquello le resultaba familiar, pero lo que captó la atención de David fueron otras fotografías e imágenes, fotos de una enorme fábrica subterránea donde los prisioneros habían trabajado como esclavos, y de las terribles armas que habían montado allí. Pues había sido en Dora donde los alemanes habían construido el V-2, el Arma de la Venganza II, el primer misil balístico del mundo. Los habían construido en el Konzentrationslager Mittelbau-Dora en los Montes Harz, justo mientras la Marina estadounidense recorría los desiertos de California y se establecía en China Lake.
David tardó unas tres horas en llegar a Nordhausen con el coche. El viaje careció de incidentes. Realmente no existía motivo para que ocurriera nada más. El coche era un riesgo, pero sólo momentáneo. Una vez fuera de la aldea, donde alguien podría haberlo reconocido como el de Buhler, hubiera sido mala suerte que alguien lo parara. Se mantuvo escrupulosamente dentro de los límites de velocidad. En cuanto le fue posible abandonó la carretera principal para adentrarse en otras secundarias. Había mucho tráfico en el que pasar desapercibido. Extrañamente, «la salida de los domingos», la gran tradición americana de los años cincuenta, seguía manteniéndose en el Este. Mientras conducía, David no se dio cuenta de que corría un peligro potencial mayor: quedarse sin gasolina. Tan sólo tenía unos cuantos marcos germano orientales y, por supuesto, ninguno de los cupones intercambiables por Benzin que se obligaba a comprar a los turistas cuando entraban en la DDR; de esa forma se vería obligado a usar deutsche marks para llenar el depósito y, aunque se los aceptarían, eran ilegales y harían que se fijaran en él. Aun así no tenía demasiada importancia. Nadie andaba buscándolo. El problema, de todas formas, no se presentó, puesto que el depósito estaba lleno y no empezó a quedarse vacío hasta la noche, cuando volvió a Berlín Oeste.
Pero eso fue al final del viaje, cuando estaba pletórico del júbilo y la ansiedad del último tramo en dirección al Muro. Al inicio del viaje, cuando torció hacia el sur y el oeste bajo el sol de la tarde, lo que sentía era curiosidad y una particular determinación.
Sabía, de un modo absoluto, que debía llegar hasta el final, ¿pero adónde lo llevaría? En realidad contaba con muy pocas pistas que seguir. Todo lo que sabía era:
Que él no tenía nada que ver con Elsa Buhler.
Pero sí tenía que ver con Elsa Buhler. Debía ser así, puesto que era una de las dos únicas personas en el mundo que sabía que estaba muerta.
No tenía nada que ver con Dora, un campo de concentración en la Alemania del Este.
Pero sí tenía que ver con Dora, el Konzentrationslager, de no ser así, ¿por qué se dirigía hacia allí en ese momento?
Y no tenía nada que ver con lo que había ocurrido en China Lake, a ocho mil kilómetros, en el desierto.
Salvo que en eso también estaba completamente equivocado. Tenía mucho que ver con China Lake; ¿no era allí donde había empezado?
Pero David era siempre cauteloso sobre tales especulaciones, aunque fueran ciertas. Era la historia de su vida, pensó. Su vida nunca le había pertenecido en realidad; siempre había sido decidida por otras personas, era algo que le había ocurrido a él. Pero eso no lo convertía en nadie especial. Mirando a través del parabrisas podía ver un mundo «comunista» y a «comunistas» conduciendo sus coches junto al suyo. El «comunismo» era una expresión taquigráfica para describir lo que les había ocurrido a ellos. Desde luego era una locura. Había sido sospechoso de «colaborar con los comunistas», pero si la policía germano oriental lo pillaba ahora, lo acusarían de trabajar para la CIA… lo cual supondría un perfecto final, se dijo, como en uno de esos programas de la televisión en los que el protagonista acaba donde empieza y la música suena solemne, o parece provenir del espacio exterior. Sonrió. Bueno, era un consuelo. La vida, fuera cual fuese, no podía ser como un programa de la televisión. Estaba sonriendo. Sin embargo, tan sólo una hora antes había descubierto el cadáver de Elsa Buhler. Pero también eso formaba parte del conjunto. Era parte de lo que había ocurrido en Aberporth, pensó, de lo que él mismo había hecho, por fin, después de tantos años: tomar su vida en sus propias manos. Ahora podía ya admitirlo. Se había librado completamente del mundo exterior, aunque nada tuviera que ver con el cariz político de este último o con la propia e inmediata situación. Verdaderamente se había sentido a menudo igualmente desplazado conduciendo por los Cotswolds o por Francia, y ese mundo, después de todo, nunca le había hecho ningún daño. Todo lo que pudiera temer ahora de la policía germano oriental, lo había sufrido ya en manos del FBI y de la seguridad de la RAF. Sí, si no se sentía a gusto allí, ¿cómo había de sentirse en California? Pero lo cierto era que su distancia frente al mundo había existido desde mucho antes de lo de China Lake. Todo lo que había cambiado era que aceptaba el hecho, y podía hacerlo porque había algo más allá de ese mundo por lo que vivir. Así fue como pensó en Anne, así fue como acudió ella a su pensamiento. La sintió en su interior. O más exactamente, sintió que él mismo se convertía en la persona en que se había convertido con ella. Dos momentos se mezclaron en su mente. El primero fue el momento, bajo el mar, en que había dejado de caer, cuando el agua había detenido su impulso y por un instante había flotado, ingrávido, suspendido por su propia velocidad. Después se había soltado, había dejado que el último resto de su aliento saliera de él, en forma de brillantes burbujas; luego había sido lanzado hacia la luz. Unido a éste, se presentaba el instante en que hizo el amor con ella por primera vez, cuando ella lo había llamado y él había estado también suspendido, muy por encima de sí mismo, y luego se había dejado ir, se había dejado caer dentro de ella. No comprendía lo que había sucedido en ninguno de los dos casos, pero no le preocupaba. Había ocurrido. Y las consecuencias eran irreversibles. No había modo de perderlo. No debía perderlo. Aquellos dos momentos, que eran en realidad el mismo, lo habían salvado. Anne lo había salvado. Literalmente le había salvado la vida. Era una enorme e improbable coincidencia, pero en eso se resumía todo. Mientras conducía sintió que se aflojaba su tensión, la de los brazos que estiraba para coger el volante y la de los hombros, de modo que pudo recostar la cabeza y abrir los ojos más fácilmente al mundo. Se encontraba bien, pensó. Iba a salir de todo aquello. Pero si no hubiera sido por Anne, si él no hubiera cruzado la habitación aquella noche para besarla, si ella no hubiera pronunciado su nombre, ya estaría muerto. Se habría suicidado, como Diana, porque ella había tenido razón al final. Todo volvía a empezar, pero peor, con cadáveres. En ese instante recordó el bulto blanco de la parte inferior del muslo de Elsa Buhler, cuyo cadáver se había deslizado hasta el suelo y chafaba una cucharita de café que tenía debajo. Lo veía en su imaginación y podía soportarlo. Pero el hombre que había sido antes de Anne…, no, no estaba en absoluto seguro de él. No estaba seguro de que no hubiera abierto la boca en el mar de Irlanda y se hubiera ahogado.
Pero, por supuesto, el día no había concluido aún. David sabía que tendría que soportar aún más cosas. No obstante, lo superaría, eso también estaba decidido, así que siguió conduciendo, con un ojo en el retrovisor, aunque no vio nada excepto ese extraño mundo que no guardaba ninguna relación con él, pero del que, a pesar de todo, formaba parte. Dessau, rodeando Halle, hacia el oeste hasta Eisleben. Finalmente vio las montañas Harz, tenues bajo la neblina, y luego siguió hasta Nordhausen, donde empezó a buscar letreros. ¿Pero qué tipo de letreros se utilizan para indicar un campo de concentración? ¿En qué tipo de atracción se había convertido? De hecho, cuando lo divisó, le recordó al de una Administración de Montes, el tipo de letrero, colocado junto a un mirador, que te indica los animales que pueden verse. Era bastante grande, con una tradicional «llama eterna» y grandes letras. Mahn-und Gedenkstätte Mittelbau Dora, decía, «Monumento Conmemorativo al Mittelbau Dora». Claro está que debía haber una administración que se encargara de dirigir el lugar, con una junta y burócratas. El horario de visitas estaba indicado debajo: de septiembre a abril, hasta las cuatro y media de la tarde, de mayo a agosto, hasta las tres y media. Montags geschlossen [45]. En su reloj eran casi las seis, o sea que supuso que había llegado demasiado tarde, pero tomó el desvío de todas maneras. Una enorme colina empezó a llenar el paisaje a su derecha y vio que aún había varios coches en el aparcamiento.
Continuó a pie. A primera vista había muy poco que ver. Una gran colina cubierta de arbolitos y rocas sueltas, la impresión de una cantera o un erial que estaba siendo roturado. Pero había un sendero y lo siguió hasta que llegó a un plano guía que estaba colocado sobre una especie de atril. «Usted está aquí.» Indicaba carreteras, una línea férrea. La colina a su derecha se llamaba Kohnstein. Otras zonas estaban dibujadas y debidamente etiquetadas. Appellplatz. «Plaza de Revista.» Wachtturm. «Torre de Vigilancia.» Hier wurden 7 Italianer erschossen. «Aquí fueron muertos 7 italianos.» Mehrzweck-Gebäude. «Edificio de Utilidad General.» Museum ehem. Krematorium. «Museo antiguo. Crematorio.» Cada una de esas «vistas» se describía sobre el mapa con un dibujo algo esquemático, pero David no las vio inmediatamente. Por delante tenía una línea de árboles y una elevación del terreno, pero se dio cuenta de que dos de los puntos indicados estaban casi directamente frente a él. A-Stollen. «Túnel A.» B-Stollen. «Túnel B.» En el diagrama estaban representados mediante raíles que conducían a entradas de túneles dibujadas según el modelo estándar. Eran dibujos muy parecidos a las señales de una carretera de montaña cuando se llega a un paso subterráneo; aunque todo lo que vio en la colina misma fue dos zonas que parecían cicatrices en la roca. Sin embargo, los raíles aún estaban allí, hundiéndose en los desmoronados restos del firme de cemento de una carretera. Más adelante encontró un gran bloque de hormigón que en un cierto punto alguien debía haber intentado volar, pues estaba renegrido, agrietado e inclinado de un lado. Pero los bloques de hormigón eran tan enormes que su propósito original era aún reconocible. Una plaza fuerte. Un fortín. En realidad, al acercarse más se dio cuenta de que debía haber sido la entrada al campo. No resultaba difícil imaginar la barrera de vigilancia y los soldados con ametralladoras y los camiones parados esperando mientras se comprobaban sus documentos. Finalmente, pasando junto a los bloques, llegó a las puertas del monumento: K-Z Mittelbau Dora. Las cruzó.
Pero tampoco allí había mucho que ver.
Delante de él había una vasta zona abierta, aproximadamente del tamaño de un campo de fútbol. Era muy llana y pavimentada en parte con el mismo viejo cemento sobre el que se habían hundido los raíles de los túneles. A juzgar por las indicaciones del mapa, supuso que aquello debía haber sido la Appellplatz. Al otro extremo, en lo alto de una plataforma, reconoció la torre de vigilancia, absurda, como el decorado de una película, aterradora por lo real. Y sobre la colina, que seguía llenando el paisaje a su derecha, se alzaba un edificio de ladrillos con una alta chimenea, que sólo podía ser el museo, ehemals Krematorium. Una larga escalinata conducía hasta allí a través de los árboles. Miró en aquella dirección durante un rato, porque había un pequeño grupo de gente alrededor. Parecían las figuras que uno ve agrupadas alrededor de una tumba durante un funeral. Pero luego desvió la mirada hacia la otra estructura que se elevaba sobre el terreno. Estaba en el centro de la zona abierta y consistía en un muro hecho de bloques de roca, tal vez de unos tres metros de alto y unos cuatro metros y medio de ancho: un monumento conmemorativo, como una enorme lápida mortuoria. Miraba hacia la colina, como si todo aquel espacio abierto fuera un cementerio, como si la tierra bajo sus pies estuviera llena de cuerpos enterrados. Cuando se acercó más empezó a sospechar que no era un «como si»; literalmente estaba caminando sobre una enorme tumba. Al llegar junto a él se detuvo. Lo miró. Ahora que podía verlo debidamente el monumento resultó una visión irresistible. Había figuras esculpidas en bajorrelieve sobre la roca. Figuras fantasmales, esqueléticas, apiñadas, encorvadas, agachadas. Enterradas. Retorcidas en posturas de moribundos. Muchas tenían picos y palas en las manos. Cavadores. Constructores de túneles. Excavadores. Cavando incluso en la roca que los conmemoraba. Mineros enterrados por un desprendimiento o… lo que le vino a la cabeza fue una fotografía que había visto en un libro sobre arqueología, un esqueleto extraído de una cueva en Shandinar, un ejemplo de homo erectus (¿o acaso su mente le jugaba una mala pasada con tal ironía frente a aquellos espectros doblegados?) enterrado bajo el hogar comunal un millón de años atrás. La importancia de aquel descubrimiento, si recordaba bien, era la huella de polen hallada con el cadáver, prueba de que se había puesto una flor en la tumba (¿habría puesto alguien flores sobre aquellas tumbas?). Este pensamiento le hizo volver la cabeza hacia el Krematorium de la cima de la colina, puesto que allí se veían flores, montones de ellas, y se dio cuenta de que debía de estar celebrándose alguna especie de servicio o práctica religiosa. Entonces su mente quedó libre de todas aquellas disquisiciones y sencillamente sintió el sol y la brisa. ¿Qué otra cosa podía sentir? Todo sentimiento se veía ahogado por la vergüenza, burlado por su insuficiencia. ¿Cómo podía atreverse uno a sentir? ¿Cómo se atrevía uno a vivir para sentir? ¿De qué servían los sentimientos? También esto pasó. Inesperadamente descubrió que no tenía miedo en absoluto. Allí estaba protegido. Era un auténtico santuario. Más aún, tuvo una sensación de reconocimiento, de una expectativa cumplida. No le sorprendía estar allí. Todo lo que iba a descubrir ya lo sabía. En eso consistía. Había muchas conexiones. Y todas ellas acudieron a su mente. Cohetes, guerra y ciencia. Esas conexiones que, al principio, habían sido decisivas en su propia vida. La sencilla relación con Alemania. Pensó en Wernher von Braun, el primer científico de los cohetes. Si habían construido el V-2 allí, Von Braun, tanto si se había dado a conocer como si no, debía de haber estado allí, justo en aquel sitio. ¿No había dicho alguien de China Lake que los cine-teodolitos [46] que había en la base habían sido llevados desde Peenemünde o alguna otra base alemana? Sí: «Nuestros alemanes son mejores que vuestros alemanes.» Seguía siendo una pequeña broma, incluso en su época. ¿No podría Stern haber sido uno de esos alemanes? Al menos era una posibilidad. Buhler había estado en el campo y Tannis también había sido atraído hasta él, puesto que, según recordó David, Tannis hablaba muy bien alemán, aprendido sin duda mientras servía en Alemania. Pero había algo más que esos datos concretos, que esa sensación de conexión. Allí era donde había empezado. Allí era donde se habían sentado los primeros principios del resto.
¿Cuáles eran esos principios?
¿En qué se concretaban?
David dio media vuelta y miró hacia el crematorio, el museo. Si existían respuestas a esas preguntas, debían estar allí, y tenía que hallarlas rápidamente. Aún había una tenue y nebulosa luz en el cielo, pero pasaban de las seis y Berlín estaba al menos a cuatro horas de camino. Por otra parte, tenía la sensación de que no debía actuar con excesiva premura. Aquel lugar, más que cualquier otro, exigía discreción. En la cima de la colina el grupo que había visto antes seguía congregado celebrando su ceremonia. Un soplo de viento llevó el sonido de las voces hasta él y lo atrajo, campo a través, hacia la colina. Al pie de la misma se dio cuenta de lo alta que era. Unos peldaños de piedra zigzagueaban ladera arriba. Eran escalones amplios, como si quisieran asegurar una ascensión pausada; uno tenía que subir lentamente por entre la alta hierba y los árboles. Cuando alcanzó la cima David descubrió que un segundo monumento ocupaba la cresta de la colina. Un pequeño cuadrado pavimentado con la misma piedra gris del monumento con una escultura en el centro, cuyas demacradas figuras también recordaban a las de abajo, y una llama eterna, un palidísimo parpadeo a la luz del sol. Alrededor de la escultura se amontonaban flores y coronas. Un poco más allá, a un lado, había una doble hilera de colegiales uniformados que escuchaban a un hombre mayor. Veinte o treinta personas más los contemplaban. David vaciló. Uno de los hombres de la muchedumbre volvió la cabeza y lo descubrió. David lo miró a la cara. Durante unos segundos vio una pregunta posada sobre él, pero luego el hombre sonrió y volvió la cabeza, y fue casi como un permiso. «Siga con sus asuntos. Nosotros le dejaremos en paz.» En silencio, rodeando a la multitud por detrás, David se dirigió hacia el museo. La puerta estaba abierta, en realidad sólo entornada, y él se deslizó dentro.
El museo era muy pequeño, como una escuela rural o el vestuario de una playa. No había nadie, pero las luces estaban encendidas. El techo era bajo. Después de un rato David se dio cuenta de que estaba encorvado sin necesidad. Se irguió y empezó a observar alrededor. No había mucho que ver. En todo aquel lugar, pensó, no había gran cosa que ver: espacios vacíos, ausencias, mapas de edificios que ya no estaban allí. No quedaba casi nada. Así que lo que se exhibía no era demasiado espectacular, ni siquiera el crematorio (una vagoneta sobre raíles que iban hasta un viejo horno de hierro colado). La mayor parte de las cosas estaban agrupadas a lo largo de las paredes del edificio. Caminó pausadamente frente a ellas. Una vitrina mostraba una Gummi, palabra que David identificaba con la traducción alemana de goma, pero que en apariencia era también una porra que usaban para golpear a los Stücke, o «desechos», como la SS llamaba a los prisioneros. Otra mostraba un uniforme de prisionero hecho jirones, el típico uniforme de rayas anchas de un ladrón de película muda, con una boina a rayas llamada Mütze. Y en otra más se exhibía un cubo, con el que se mataba a los prisioneros ahogándolos en sus propias heces y orina; aunque el cubo eran tan sólo un viejo cubo oxidado. Otros «objetos de exhibición» era maquetas: de los túneles, de los V-2 que se fabricaban, de los V-2 saliendo del campo en vagones de tren. Y muchos otros eran fotografías: de barracones del campo; de los misiles; de Wernher von Braun, de Von Braun recibiendo una medalla del presidente Eisenhower; y bastantes más de alguien llamado Albert Kuntz, un diputado comunista del Reichstag que había sido asesinado allí; de un guardián de la SS llamado Sander que había sido juzgado por numerosos crímenes y sentenciado a ocho años por los tribunales de Alemania Federal. Todo en un tono muy austero. David no halló botones que apretar, cintas que escuchar o diapositivas que ver, pero impresionaba igual. A medida que se movía por entre aquella modesta exhibición, aprendía todo lo que tenía que saber acerca de Dora.
Qué historia.
Conocía ya una parte, pues la historia de Dora formaba parte de la historia de la tecnología moderna sobre cohetes. Aberporth y China Lake también eran parte de ella. Pero en Alemania los cohetes se remontaban a una época anterior, de hecho a 1927, cuando un grupo de jóvenes entusiastas de la ciencia habían fundado la Sociedad para la Propulsión por Cohete, o VfR (Verein für Raumschiffahrt), y había empezado a construir una serie de pequeños motores para cohetes en Breslau. Eran aficionados, pero los mejores del mundo. En 1930 ya habían lanzado un cohete con un empuje de 7 kilogramos, y sólo dos años más tarde el éxito de su motor Repulsor había atraído la atención de los militares alemanes. El grupo estuvo a punto de separarse por este motivo. Unos cuantos opinaban que su investigación debía ser puramente científica y pacífica, mientras que los otros no eran tan escrupulosos. Quizás al final fuera el dinero lo que precipitó la decisión, ya que en 1932 Alemania estaba en las garras de la depresión y tanto los miembros del VfR como sus recursos financieros menguaban velozmente. Así que fue el «bando de la guerra» el que se llevó el gato al agua. La guerra, después de todo, era tan sólo la continuación de la ciencia por otros medios. Por supuesto, Wernher von Braun era el líder. En el otoño de 1932 empezó a trabajar para la Oficina de Artillería del Ejército bajo el patrocinio de un joven oficial llamado Walter Dornberger, y durante los trece siguientes años aquellos dos hombres dominaron la investigación alemana sobre cohetes. Von Braun era un aristócrata, el hijo de un financiero que había pertenecido al gabinete de Hindenburg, mientras que Dornberger era de origen más modesto. Su padre era farmacéutico y él era oficial de artillería de carrera. Pero ambos eran ingenieros y sus talentos se complementaban a la perfección. Von Braun era uno de esos raros científicos que sabía de política, en especial de política militar, y Dornberger era uno de esos raros soldados que sabían de ciencia. Aunque ellos no hubieran utilizado la frase, el punto de intersección entre la ciencia y lo militar era su comida y su bebida. Pronto convirtieron Alemania en la máxima potencia mundial en cohetes, aunque pocas personas lo supieran. En 1934, un primer ensayo, el A-4, alcanzó una altitud de dos mil metros por encima de la isla de Borkum en el mar del Norte. En 1936 iniciaron la construcción de una importante instalación de pruebas en Peenemünde, un pequeño pueblo de pescadores en la costa del Báltico. Y en 1941, cuando el fracaso de la Luftwaffe en la Batalla de Inglaterra convenció finalmente a Hitler de que debía otorgar a sus proyectos prioridad absoluta, estaban listos para construir el cohete realmente grande, que fue conocido como V-2. De casi quince metros de largo y un peso de unas quince toneladas en el despegue, podía alcanzar altitudes de más de ciento setenta kilómetros y velocidades de cinco mil seiscientos kilómetros por hora. En octubre de 1942 había sido probado y disparado con éxito, y a final de año se había ordenado la producción del misil. Inicialmente debía realizarse en dos lugares, en el mismo Peenemünde y en la fábrica de Zeppelin en Friedrichshafen, junto al lago Constanza. El objetivo de los alemanes era alcanzar una producción de 600 misiles al mes en septiembre de 1944, objetivo ambicioso y sin esperanza, pero mucho antes intervinieron los aliados. También esa historia la conocía David, como la mayoría de los chicos de su generación. Era una historia de temerarias misiones de reconocimiento a la luz del día sobre el Báltico en pequeños aviones de combate Mosquito de madera, de misteriosos objetos que mostraron las fotografías tomadas por ellos, una especie de bomba, pero diferente de las bombas que se conocían, y de la deducción final a que había llegado una auténtica heroína, Constance Babington-Smith (papel que llevó a la pantalla… David no se acordaba): que se trataba de cohetes. En cualquier caso, aunque la historia era algo menos melodramática (los británicos sabían desde hacía años que algo se tramaba en Peenemünde), el resultado final no podría haber sido más espectacular. El 17 de agosto de 1943, bombarderos 595 de la RAF dejaron caer 1.800 toneladas de altos explosivos y bombas incendiarias sobre la base, causando graves daños y sin duda dando por concluida la idea de utilizar esa base como centro de producción. Tuvieron que hallar una alternativa y la encontraron. Dos semanas más tarde llegaban los primeros prisioneros a la colina en las montañas Harz, que sería finalmente conocida como Dora: mil doscientos franceses, rusos y polacos que habían sido trasladados desde Buchenwald.
El plan alemán era sencillo. El secreto de Von Braun se había descubierto y cualquier intento de fabricar su arma en instalaciones convencionales sólo conseguiría atraer más incursiones aéreas. Así pues, construyeron una fábrica subterránea, literalmente dentro de una montaña. Se eligió la colina Kohnstein por varias razones. En primer lugar, estaba en las afueras de Nordhausen, y Nordhausen era una importante estación de empalme de ferrocarriles, de modo que los cohetes terminados podían ser fácilmente transportados a los lugares de lanzamiento dentro del radio de alcance de Gran Bretaña, en concreto Londres. En segundo lugar, los alemanes ya habían inspeccionado Kohnstein y sabían que representaba, de forma rudimentaria, lo que ellos querían, ya que originalmente Kohnstein había sido el emplazamiento de una mina de amoníaco, desarrollada en 1917 con un campo de trabajo desde la Primera Guerra Mundial. Se había abandonado en 1934, pero siguiendo el consejo de I. G. Farben (y qué apropiado resultaba, pues Farben suministraba el gas venenoso a Auschwitz), sus túneles y minas se habían convertido en un depósito de almacenaje subterráneo para petróleo, gasolina y otros productos químicos. Todo lo que tenían que hacer entonces los alemanes era ampliar los túneles y… Pero, claro está, no lo hicieron los alemanes, sino los Stücke, y «todo» era el infierno.
Los primeros prisioneros, todos procedentes de Buchenwald, eran transportados en camiones, luego se les ordenaba que bajaran para entrar en los viejos pozos que se adentraban en la ladera de la colina. Los guardias de la SS los conducían. Con picos, palas y dinamita golpeaban y dinamitaban la roca,, cavando cientos de metros de túneles y cuevas. Dormían en los mismos agujeros que cavaban. No tenían camas excepto las repisas que excavaban en la piedra y no tenían agua excepto las gotas que lamían de las desnudas paredes de roca. Morían a centenares, pero había centenares más en el lugar del que procedían, y cuando murieron por miles tampoco constituyó un problema. Eran infinitamente reemplazables. Trabajaban hasta la extenuación, y cuando ya no podían trabajar más, los golpeaban hasta la muerte; a los que no estaban del todo muertos los llevaban de vuelta a Buchenwald para ser gaseados y quemados, dado que, en aquella primera fase de la historia, Dora no tenía su propio horno crematorio. Los Stücke trabajaron durante todo el otoño y el invierno de 1944. Los que no murieron en las primeras semanas (y la mayoría murieron), aquellos que de alguna manera lograron sobrevivir, pasaban días enteros sin ver el sol ni respirar una bocanada de aire fresco. Pero construyeron la fábrica de Von Braun. Era enorme. Los dos túneles principales, que distaban unos ciento cincuenta metros entre sí, alcanzaron tres kilómetros de longitud, doce metros de ancho y nueve metros de alto. Estaban conectados por cuarenta y siete túneles transversales, Hallen, de nueve metros de ancho y seis metros de alto. En total sumaban más de trescientos mil metros cuadrados de espacio útil. Por encima de todo ello estaba el techo de la montaña Kohnstein, de sesenta metros de espesor.
Cuando se acabó de construir la fábrica, se inició la producción de los cohetes. La segunda fase de la historia de Dora fue inaugurada con dos grandes visitas. La primera fue la de Albert Speer, el jefe de producción armamentística alemana, quien realizó una gira de inspección a principios de diciembre de 1943. Se sintió abrumado por lo que vio. No había utilizado expresiones como «tecnología punta», ni había llamado al V-2 «IRBM [47] tierra-tierra», aunque eso es lo que era, pero sabía que los exhaustos esqueletos de Dora eran incapaces de construir nada que requiriese precisión. Inmediatamente llamó a Peenemünde y Von Braun llegó al campo el 25 de enero de 1944. Acompañado por su séquito y un guardia de la SS («Mützen ab!», ordenaron a los prisioneros, «¡Gorras fuera!») recorrió los túneles y se mostró de acuerdo con Speer. Tanto la calidad del campo como la de sus prisioneros no estaba a la altura de su cohete. De modo que ambas cambiaron. A finales de marzo los Stücke estaban fuera de los túneles y vivían en barracones, fríos, con corrientes de aire e infestados de piojos, pero secos y libres del asfixiante polvo de la piedra de los túneles. Llegaron nuevas oleadas de prisioneros. Franceses. Checos. Italianos. Rusos. Polacos. «En realidad -dijo el secretario personal de Von Braun-, conseguimos trabajar bastante bien con los extranjeros. Era un auténtico crisol. Pero a menudo luchaban entre ellos. Recuerden que muchos se habían convertido en prisioneros por criminales u homosexuales, así como por sus creencias políticas o religiosas. Necesitábamos a los trabajadores, así que intentábamos no maltratarlos. Se trataba de una operación de alto secreto, y una vez dentro, allí te quedabas.» Siempre que uno conservara el adecuado sentido de la ironía, había mucha verdad en aquellas palabras. De las sesenta mil personas que pasaron por el campo, muchas se quedaron, puesto que quizá muriera la mitad de ellas. En cuanto al cariz político de aquellos hombres, cualesquiera que pudieran ser sus hábitos sexuales, la mayor parte se oponía sin duda a los nazis. Algunos, en especial los alemanes, eran comunistas, y muchos eran combatientes de la resistencia capturados. Estos últimos eran sobre todo franceses, los cuales formaban una proporción mucho más elevada en Dora que en otros campos. Sin duda Dora era un crisol, una caldera infernal de kapos y commandos y Sonder-Truc, el término que utilizaba la SS para designar un «evento especial»: una flagelación o un ahorcamiento, con las víctimas atadas en el Holzhof, un recinto de madera junto a la enfermería, o en los mismos túneles. Sin embargo, a pesar de los horrores, los misiles fueron fabricados. Diseñados con precisión por Von Braun para ser montados bajo los túneles de las vías principales, fueron enviados a sus lugares de lanzamiento y disparados, unos tres mil en total. El objetivo más famoso era Londres, que fue alcanzado 517 veces, pero más de 1.200 cayeron en Antwerp y cantidades menores en París, Lieja, Lille, Maastricht y Hasselt. Por supuesto, no fue suficiente. Ni siquiera aquellas asombrosas armas pudieron contener el avance de los aliados. Así, en los últimos días de la guerra, se inició el periodo final de la historia de Dora, en algunos aspectos el más horrible de todos. La población del campo aumentó, ya que se evacuaban prisioneros del Este ante el avance de los rusos, incluyendo miles que procedían de Auschwitz, quienes hallaron Dora peor que lo que habían dejado atrás. Los guardianes y la administración del campo, temiendo que pudieran pedirles cuentas por sus crímenes, empezaron a eliminar testigos. Hubo ahorcamientos en masa y rápidas ejecuciones. Los cadáveres se amontonaron. Cientos de ellos. Tantos que los hornos no daban abasto y tenían que quemarlos con leña empapada en petróleo en la Appellplatz… Pero finalmente concluyó. El 11 de abril de 1945, una semana después de que Von Braun y sus colegas hubieran huido del campo, entraron en él los tanques de la Tercera División Acorazada del Primer Ejército Americano.
Eso era Dora.
Eso era.
Poco más había que decir. Con el folleto del museo en la mano («KZ Dora: Produktionstätte Des Todes») David paseó por entre las vitrinas cuatro veces, comparó las maquetas con los mapas, observó atentamente las fotografías, pero finalmente comprendió que era inútil, no había nada más. No cabía la menor duda de que cada cohete fabricado, cada nave espacial que el hombre lanzara jamás, tenía sus orígenes en ese lugar. No obstante, había menos indicios allí de los que un arqueólogo pudiera descubrir en un emplazamiento menor de la época romana. Stücke. «Desechos.» Bueno, encajaba. Y en conjunto, suponía, era suficiente. Lo que se veía, pensó, lo que se sentía, era una cierta consistencia. Las mentes que habían fabricado los cohetes también habían construido el campo. Una cosa implicaba la otra. Todo era una pieza. No sólo había sido necesario construir los cohetes, había sido necesario hacerlo exactamente de esa manera.
¿Pero cómo encajaba él en todo aquello?
Era algo espantoso… pensar que él encajara. Resultaba casi insoportable, aunque en el sentido peculiar de que era un honor, o un título, que no merecía. Se sentía muy pequeño. Lo que le había ocurrido a él… pertenecía a otra dimensión… y sin embargo, había ocurrido. Y Elsa Buhler estaba muerta, y Vogel y Stern, si Stern no era Vogel bajo otro nombre, tenían una terrible, legítima relación con aquellos acontecimientos. Quizá también Tannis, pero él había sido oficial de información, sabía todo aquello. Luego estaba toda la historia de cómo Von Braun y sus hombres habían llegado a América y de cómo unos pocos habían ido a China Lake. Un oficial de información podía saber todo eso. ¿Conocía Tannis a Buhler? David decidió que esa pregunta tenía probablemente tres respuestas. Buhler tal vez fue un prisionero de Dora. O un guardián. O, de hecho, uno de los científicos.
Entonces, mientras intentaba concentrar su mente en esas preguntas, se abrió la puerta del museo. Un hombre de edad entró desde la claridad del día. Caminaba con premura y por un instante no reparó en David. Cuando lo vio, pareció sobresaltado.
– Oh, lo siento, ¿es usted de la delegación? -preguntó en alemán. Por algún extraño motivo, David respondió en inglés.
– No, no lo soy. He entrado yo solo. Espero no haber hecho nada incorrecto.
El hombre pasó al inglés.
– Sí, sí, por supuesto, pero ahora estamos oficialmente… por favor, espere un momento. Mi colega habla muy bien inglés.
– No importa… -había dicho David en alemán, pero el hombre ya había salido por la puerta. Un momento más tarde, cuando la puerta se abrió de nuevo, entró un hombre mucho más joven. Sus ensortijados cabellos y su espesa barba eran pelirrojos. Parecía ansioso y al mismo tiempo algo nervioso.
– ¿Sí? ¿Es usted inglés?
– Pero hablo alemán -contestó David en alemán.
– No, por favor. Me gusta hablar inglés. Lo que ocurre es que ahora está cerrado. Estamos aquí todavía debido a la ceremonia.
– Lo siento. No lo sabía.
– No tiene importancia. -Sonrió-. Mire. Mire.
– Es usted muy amable, pero creo que ya lo he visto todo.
El primer hombre sostenía la puerta abierta y David tuvo la impresión de que querían que se fuera, probablemente para poder marcharse ellos también. Pero no querían ofenderlo. Sonriendo, pasó junto a ellos y parpadeó ante la claridad del exterior; después de todo su visita a Dora no le había llevado demasiado tiempo y aún era de día. En la entrada el hombre más joven le sonrió.
– ¿Es usted inglés? ¿De Inglaterra?
– Sí.
El joven asintió, aparentemente complacido. Y fue entonces cuando David preguntó:
– Me preguntaba… ¿no tendrán ustedes registros de los prisioneros, verdad? Me refiero a las personas, los nombres.
– ¿Nombres? -El joven pareció vacilar.
– Exacto. Quería hallar información de un prisionero en particular. De un hombre que estuvo aquí.
El joven pelirrojo empezó a sacudir la cabeza, pero luego se detuvo. «Por favor, un momento», se dio media vuelta y salió corriendo hacia la llama eterna y la estatua, gritando mientras corría. David lo siguió lentamente. La ceremonia había terminado. Los colegiales, vestidos con sus uniformes, bajaban las escaleras, y los adultos, en grupos de dos y de tres, se preparaban para marcharse. Pero el joven rompió uno de esos grupos y le llevó a David uno de los hombres. Era bajo y parecía estar muy en forma, el rostro levemente picado de viruelas y tostado por el sol y el viento. David calculó que andaría por los sesenta. Vestía un buen traje gris sobre un suéter de color azul marino por encima del cual asomaba un blanco cuello y un apretado nudo de corbata. Tenía una expresión curiosa, inquisitiva. Algo en él, su vigor, hizo que David pensara en Joseph Conrad. En realidad, cuando el joven del museo hizo las presentaciones, resultó ser checo y no polaco. Se llamaba Jan Zalenda. Hablaba un inglés correcto.
– Rickert dice que quería saber usted algo sobre un nombre.
– Sí. Quería pedir información sobre Walter Buhler.
Inmediatamente el hombre negó con la cabeza.
– No está aquí.
– ¿Pero fue uno de los prisioneros de Dora?
– Sin duda. Pero hoy no está aquí. Normalmente tendría que estar. Pero no está siquiera en la DDR.
– No comprendo.
– Bueno, es su política, señor Harper. Al llegar a la jubilación, bajo ciertas condiciones, te puedes marchar. Lo vi hace seis meses en Praga, y me dijo que iba a marcharse. Pero normalmente hubiera venido hoy. Es miembro de nuestro grupo.
Rickert, el joven pelirrojo, los miraba y sonreía.
David titubeó.
– Pero Walter Joseph Buhler ¿estuvo definitivamente prisionero aquí?
– Sí. Walter y también su hermano. Su padre estaba en Buchenwald. No salió nunca. Pertenecían a un sindicato, eran ferroviarios. Se llevaron a su padre y luego a él y a su hermano. Su hermano era un hombre capacitado. Y Walter era joven. Tenía mi edad. Yo cumplí los veinte una semana después de que llegaran los americanos.
– Comprendo. Pero ¿y el hermano?
– Johannes. Lo ahorcaron.
– ¿Lo ahorcaron?
– Sí. En el Túnel B. ¿Por qué lo pregunta?
– Sería largo de explicar.
Jan Zelanda se encogió de hombros, aunque no pareció demasiado molesto por la falta de explicaciones. Por el contrario, pareció relajarse.
– Bueno, ellos lo ahorcaron. Yo lo vi. No lo dude. Siempre lo hacían del mismo modo. Cogían un palo de madera, el extremo de un mango o de una escoba, y te lo metían en la boca a modo de cuña para que no te tragaras la lengua o te la arrancaras. Y te ataban. Te ahogabas. Siempre había unos cuantos ahorcamientos, para asustarnos.
– Y… ¿lo ahorcaron sin más? ¿No hubo motivo?
– Pensaban que era de la Resistencia.
– ¿Lo era?
– No -contestó el checo, meneando la cabeza-. Siempre había querido serlo, creo, hacer algo. Sabía que yo lo era. Pero no podía a causa de Walter. Hubiera sido demasiado fácil para la SS apretarle los tornillos, ¿comprende? Hubieran amenazado con matar a Walter…
– Sí, ya comprendo.
Pensativamente, el checo asintió. David se dio cuenta de que estaba mareado. Se preguntó si no estaría enfermo. Pero entonces el checo prosiguió:
– Además, Vogel dio su nombre.
Vogel. Así pues, ahí estaba, la relación. Pero David mantuvo un tono imperturbable para preguntar:
– ¿Quién era Vogel?
– ¿Conoce la historia de los campos, señor Harper? Había una Resistencia, muchas Resistencias. Cada nación tenía la suya. Los franceses eran muy importantes. Como nosotros los checos. Había una Resistencia rusa, otra de los polacos… Cada nación tenía su grupo. Pero también había una cierta coordinación. El centro de todo estaba en la enfermería. Estaba allí abajo. No era en realidad una enfermería, pero era el lugar al que iban los «musulmanes», así es como llamábamos a los pacientes, los que estaban demasiado exhaustos para trabajar; estaban rogándole a Alá para que los liberara. En cualquier caso, el médico tenía una radio, que algunos de nosotros podíamos escuchar, y propagábamos las noticias. Así que era muy importante, y la SS y la Gestapo estaban siempre intentando meter en la enfermería a confidentes y agentes provocadores. De alguna manera, cogieron a Vogel y lo torturaron.
– ¿Así que él trabajaba en la enfermería?
– En efecto. Como una especie de enfermero y estaba a cargo de ciertos registros. Eso lo convertía en alguien importante, puesto que significaba que tenía cierta libertad… ¿de movimiento? ¿Se dice así?
– Sí.
Asintió. Luego se encogió de hombros.
– Pero lo cogieron. No sé cómo. Lo apalearon con sus Gummis. Luego, una mañana, al pasar revista, estábamos todos ahí abajo, formados sin la gorra, con nuestra cabeza de «hurones», y los SS pasearon a Vogel por las filas y él señaló a los «líderes de la Resistencia».
– No comprendo. Señaló al hermano de Buhler, y usted acaba de decir que él no era de la Resistencia.
– Oh, sí. Eso era cierto. Vogel escogió a nueve hombres al azar, cada uno de los cuales fue colgado por los SS, y ni uno solo pertenecía a la Resistencia. Los SS no lo sabían, pero la Resistencia seguía intacta.
David guardó silencio unos instantes. Estaba horrorizado. Mientras permanecía allí callado, el checo extendió la mano y le tocó el codo, dirigiéndolo escaleras abajo. También él quería marcharse. Empezaron a bajar la colina en dirección a la antigua Appellplatz, que caía ahora bajo la sombra de la colina.
Finalmente David preguntó:
– ¿Qué le hicieron a Vogel después de eso?
– Bueno, ¿sabe?, eso fue siempre un misterio, porque no lo ahorcaron. No lo sé. Al final, quién sabe qué juegos creían los SS que estaban jugando. Quizá pensaron en utilizarlo más tarde. En todo caso, desde luego fue una catástrofe, al menos para la reputación de Vogel. La mayoría de gente del campo no pertenecía a la Resistencia, así que no sabían lo que Vogel había hecho. Supusieron que era un delator. Sólo gente como yo, que no podía hablar, sabíamos la verdad. Luego… después de que llegaran los americanos… fue todo tan confuso. Los supervivientes fuimos separados por grupos según nuestra nacionalidad. Todo lo que supe de Vogel fue que había conocido a una mujer, una de las personas que había llegado aquí desde Auschwitz, y que estaban juntos. Ella era judía. Pero también era americana. Así fue como Walter trató de encontrarlos. Ella había nacido en Chicago. Sólo había vivido allí de recién nacida, apenas unas semanas, pero técnicamente era americana, así que pudieron marcharse a aquel país. Walter escribió a todos los organismos, ¿comprende?, a las Naciones Unidas y a la Cruz Roja. Después de la guerra había muchas organizaciones semejantes. Tenía cientos de cartas. En una ocasión me las enseñó.
Cientos de cartas, pensó David, que había ocultado bajo las tablas del suelo junto a la cama.
– ¿Cuál era el propósito de Buhler… si los encontraba?
– Oh, bueno. Juró que mataría a Vogel, que iba a seguirlo hasta el fin del mundo. ¿Qué otra cosa podía pensar con el cuerpo de su hermano colgando por encima de él en el túnel? Pero más tarde, no lo sé. Porque Walter sabía la verdad. Yo mismo me encargué de ello. Se lo aseguro. No lo sé… -Vaciló. Habían alcanzado el último peldaño. Zalenda se detuvo allí un momento y miró hacia la piedra conmemorativa-. Sinceramente, resulta difícil saber qué pensaba Walter realmente. Debió de comprenderlo. ¿Qué podía haber hecho Vogel? Unos hombres iban a morir. Todo el mundo era inocente. Vogel hizo lo que todo el mundo hizo, lo que tenía que hacer para seguir con vida. Pensaba que él mismo iba a morir, estoy seguro de eso. Así que probablemente estaba pensando en cómo iba a vivir aquel último segundo mientras mordía el palo, y al menos habría sabido, ¿comprende?, que no había traicionado a sus amigos. De ese modo hizo su elección. Sí. Creo que Walter debió de comprenderlo. Vogel trataba de sobrevivir, como todos los demás. Podría decirse incluso que ayudó a Walter a sobrevivir, gracias al odio que le tenía a él. -Zalenda sonrió; fue un rápido destello en su tosca piel morena. Agregó-: ¿No quiere decirme por qué ha venido aquí?
– Como ya le he dicho…
– No, no. Está bien. Pero ¿es importante que yo le cuente esto?
– Sí, para mí es muy importante.
– Bien. Bueno, entonces puedo decirle algo más -manifestó, dándose la vuelta mientras hablaba y empezando a caminar al pie de la colina-. Le diré por qué vengo yo aquí. Ahora sólo vengo en este día, es el día en que la mayoría de nosotros, los checos, nos encontramos lo bastante recuperados para marcharnos y empezaron a enviarnos de vuelta a nuestro país. Y supongo que vengo para recordar. Uno puede recordar, ¿comprende?, u olvidar… aunque me asustaría, si no recordara, que pudiera olvidar. En cualquier caso existe otra razón. Me avergüenzo de lo que hice para sobrevivir. ¿Sabe usted lo que es eso? ¿Es usted cristiano?
– No. Bueno, no lo sé.
– De todas formas, no quisiera ofenderle. Pero yo sobreviví por la fe.
– ¿Era usted cristiano?
– No, no exactamente. Pero llegué a tener fe en Dios. O fe, en cualquier caso. Antes de llegar no creía, pero aquí lo aprendí todo sobre ella. ¿Comprende?… Tiene que comprenderlo. Aquí lo que uno deseaba era vivir un día más, o incluso una hora más, y cuando sobrevivías, estabas agradecido. ¿Y a quién podías darle las gracias? Otros morían y tú no. ¿Cómo podías explicarlo? No había modo alguno. Así que hallabas la fe. Pronto la fe parecía realmente la razón de tu supervivencia, la razón por la que no te rendías mientras que los demás caían muertos a tu alrededor. ¡Dios! Sí, y cuanto más fuerte era tu fe, más parecía una razón en sí misma que justificaba y perdonaba todo lo que hacías para sostenerla. Incluso las traiciones, traiciones también a uno mismo. -El checo había estado caminando mientras hablaban, tan rápido que David había tenido que esforzarse por mantenerse a su paso, pero se detuvo entonces y miró al otro lado de la colina, hacia las cicatrices en la roca que señalaban las entradas de los túneles. Sacudió la cabeza y las señaló con un gesto de la mano-. No, olvida a Dios. Siempre pienso eso aquí. ¿Conoce esa frase de Dostoievsky: «Sin Dios todo es posible»? Es una tontería y nadie la dice nunca. Jamás la he entendido. Siempre tuvimos a Dios y justamente todo ha sido posible. Ése era el problema con Von Braun. Siempre decía eso cuando apuntaba hacia Londres con sus cohetes; tenía los ojos puestos en las estrellas y la gente siempre se reía. Pero yo le creía. Sí. Exactamente. Puesto que tenía los ojos puestos en el cielo, no veía nunca Londres, ni este sitio. Ése era el problema general. Aquí los hombres creían en Dios, pero también sabían fórmulas químicas. Creían en la ciencia.
David no dijo nada. Allí la única respuesta que uno podía ofrecer parecía ser el silencio. Pero luego, cuando la sonrisa se desvaneció del rostro del checo, se dio cuenta de que aquel hombre quería librarse de él, de que había estado siguiéndolo, impidiéndole que se marchara hacia una cita quizá, para encontrarse con unos amigos, para seguir con su vida, puesto que todos aquellos sucesos y las ideas que surgían de ellos y que para David eran tan extraordinarios, para él eran tópicos. Así que dijo:
– Perdone, ¿podría hacerle una pregunta más?
Zalenda frunció el ceño, luego se encogió de hombros.
– Sí, claro. Pero tengo que coger el coche y llegar esta noche a Erfurt. Se está haciendo tarde, ¿comprende?
– Lo siento. Pero… cree… Sólo quiero preguntarle una cosa: ¿Sería posible que aún hoy Walter Buhler matara a Vogel, que quisiera hacerlo?
Por primera vez el checo pareció alarmado.
– No… no lo sé. No comprendo. ¿Por qué quiere saberlo?
– Bueno, ¿podría usted mirar esta fotografía? El hombre que sostiene las riendas del caballo, ¿podría ser Vogel?
– ¿Vogel?
– Sí.
– Pero usted no sabía nada de Vogel. Preguntó por Buhler…
– Ya, pero ¿podría mirar la fotografía? ¿Podría decírmelo…? Es muy importante.
El checo dudó todavía un momento. Luego cogió la fotografía y la miró. La sostuvo en un ángulo determinado para captar la luz, y David se preguntó si no habría visto, tan sólo durante unos segundos, un destello de reconocimiento; también se preguntó después si las sospechas de un hombre no le impedirían decir la verdad. Pero finalmente sacudió la cabeza.
– No estoy seguro. Quizá. No podría asegurarlo. -El checo alzó la vista-. ¿Es una fotografía vieja?
– De hace más de veinte años.
– ¿Esto es el desierto?
– Sí, el desierto del Mojave.
– Bueno, no podría decirlo. Lo siento. La última vez que lo vi era un esqueleto, su cara era del color… -Se encogió de hombros.
– Comprendo. Gracias.
– ¿Y sigue sin querer decirme por qué desea saber todo esto?
– Es difícil de explicar, créame. Pero nadie saldrá dañado. Esto no hará daño a nadie.
El checo asintió y pareció a punto de hablar. Pero luego, con una rápida sonrisa, dio media vuelta y sencillamente echó a andar. David lo dejó marchar, contemplándolo mientras se alejaba a paso firme hacia la entrada del campo, con la espalda totalmente erguida, sin mirar ni una sola vez atrás. Luego desapareció y una vez que David estuvo seguro de que se había ido (rápidamente ahora), se encaminó hacia su propio coche. Tenía un largo trayecto por delante. Pero su viaje había valido la pena hasta el último kilómetro. Su mente estaba llena de miles de pensamientos. Pensara lo que pensase sobre la metafísica del checo, había hallado la gran conexión, había encontrado la premisa sobre la que se basaba todo lo demás. Mientras conducía en la noche estuvo seguro de ello. Vogel había matado al hermano de Buhler y Buhler había ido en busca de venganza, después de tantos años. Pero Vogel seguía siendo el superviviente y había vuelto a salir con vida. Había matado a Buhler y, viajando como Stern, estaba ahora borrando sus huellas, eliminando los últimos vestigios que lo relacionaban con ese lugar. Tenía que ser cierto… o gran parte de ello tenía que ser cierto. Y a medida que transcurrían los kilómetros, se preguntó si tenía algún derecho a entrar en aquella disputa. ¿Podía él juzgar a Vogel? ¿Podía él siquiera contemplar lo que aquel hombre había soportado, o las elecciones con las que se había enfrentado? No era asunto suyo. Sin embargo, lo era. Ésa era la cuestión. Aunque, incluso después de tanto tiempo y de ese terrible viaje, seguía sin comprender por qué, de forma que, a medida que iba conduciendo, sus pensamientos volvieron al punto en que se hallaban cuando había iniciado el viaje. Cuando llegó a Berlín y vio las brillantes luces del control delante del coche, se aseguró de estar pensando en Anne. Sabía que ése era el único medio de sobrevivir. A las 11.32, en compañía de una docena de turcos y tres estudiantes de Illinois, estaba de vuelta en el Oeste.
Copenhague estaba preciosa bajo el sol de junio, con el agua lanzando destellos en el puerto y los canales y el cielo azul sobre las agujas de las iglesias. Es una ciudad en la que se mira hacia arriba y siempre hay algo que ver: una aguja, una torre de reloj, una cúpula verdinegra, los rojos tejados de las altas y estrechas casas de la ciudad vieja. David no conocía bien la ciudad, pero siempre le había gustado. Caminando por ella uno podía vislumbrar un pedazo de mar al final de una calle, y calentada por el sol la piedra adquiría tonos de tierra, uniéndose así la ciudad a la tierra que la rodeaba, ese paisaje danés llano, ondulante, que se encuentra con el cielo en una línea perlada. Stroget, la principal zona comercial de la ciudad, bullía de agitación. Gente a pie. Bicicletas. Turistas desplegando mapas y esforzándose, innecesariamente, con guías de pronunciación. En el café una joven y su novio se sentaron en la mesa contigua. Ella enlazó los pies tras las patas de su silla y se metió la falda por entre los muslos: ¡Ya está!, pareció decirle a su novio cuando se inclinó hacia delante, con el mentón apoyado en la mano. Todo el mundo parecía feliz y David estaba resuelto a no quedarse al margen. Se divertía consigo mismo. Pero eso no iba a detenerlo. ¿Lo hacía eso más divertido aún? Contemplando a Anne, disfrutando de Anne, sorbió su Calsberg. Era martes por la tarde. Había llegado el día anterior. Había descubierto que Anne y Derek estaban disfrutando de una agradable fiesta danesa. Nada desafortunado les había seguido desde Escocia. Frue Brahe, la suegra de Anne, resultó ser un encanto. Vivía en un agradable y espacioso apartamento en un maravilloso edificio antiguo con escaleras de piedra y una hermosa barandilla de bronce. David no la conocía, pero era evidente que Axel le había hablado de él, así que su examen fue sumamente amable. David había percibido una diminuta pausa, un deje de melancolía. Supuso que la constatación de Anne junto a otro hombre le resultaba una confirmación más de la pérdida de su hijo. Pero sólo fue un momento, puesto que también tenía muy buen humor y una vasta colección del equivalente danés de los chistes de polacos, historias sobre personas que vivían en un lugar llamado Mol. Para su gran deleite, pues estaba chocha por su nieto, Derek no podía evitar nunca interrumpirla con una gracia o una explicación. «Debes comprender, David, que nuestros campesinos de Mol son gentes muy sencillas…» Dos campesinos de Mol están sentados en una taberna y se les apaga la linterna. Cada uno tiene una cerilla, pero uno de los dos deja caer la suya. El otro gatea por el suelo buscándola hasta que la suya se apaga. Y así se quedan en una total oscuridad. «¿Lo coges? Son tan estúpidos…»
David sonrió, recordando, mientras Anne sorbía su Campari con sifón. Le encantaba el Campari. Le había explicado a David que ahora estaba viendo su personalidad de ciudad. Habían ido de compras. Ella no había llevado maquillaje, sólo un brillo transparente en los labios, y sus cabellos rojo dorado caían libremente sobre los hombros de su vestido de lino, un contraste que le daba un aspecto muy atractivo. Junto a ella David se sentía tan desaliñado que se había comprado algo de ropa, para salir ya de la tienda con su nueva chaqueta deportiva puesta. Entonces sí tenía buen aspecto. Y se sentía bien. Tras una buena noche de sueño y unas cuantas horas de sencilla cordura danesa, empezaba a comprender lo que tenía que hacer. Contempló a Anne cuando ésta depositó su vaso sobre la mesa. Le contó que había seguido el rastro de Tannis en Escocia. Había pasado dos noches en un hotel en Dumfries, pero ya se había marchado cuando ella telefoneó. Y David le contó toda la historia referente a Stern, Vogel y Buhler, yendo de atrás adelante y de delante a atrás, calibrando el significado de todo aquello. Sobre la mesa y entre ellos estaba la fotografía que Diana le había hecho al hombre, al caballo y a la niña, y Anne dijo:
– Quiero aclarar una cosa sobre la fotografía. ¿Estás diciendo que Stern no es Vogel?
– No, no. Son la misma persona y sin duda su nombre es Vogel. Pero Vogel no es este hombre, el de la fotografía.
– Pero Diana creía que lo era. ¿Qué otra cosa podría significar la fotografía? Incluso hay un caballo y ella le había alquilado un caballo cuando estabais en China Lake.
– Sí, todo eso encaja. El problema es que el hombre que encontré en Aberporth y que se llamaba a sí mismo Stern, era indudablemente más alto que este hombre. En realidad no se parecen. Todo es diferente. Partimos pues de esa base, ¿comprendes? Y llegamos a Buhler. Sabemos que Vogel envió al hermano de Buhler a la muerte en Dora. También sabemos que Buhler apareció en China Lake y fue asesinado. Es obvio: Buhler trataba de vengar a su hermano, pero Vogel ganó. Desde entonces ha estado intentado borrar toda relación entre él y Buhler en Europa. Por eso mató a la hermana de Buhler. Pero, por supuesto, el hombre que mató a la hermana de Buhler era el hombre que conocí como Stern, así que Stern y Vogel tienen que ser la misma persona.
– Y no el hombre de esta fotografía.
– Cierto. Dios sabe quién es. Probablemente no tiene nada que ver con todo eso. Cuando miras las otras fotografías que encontré, tampoco parecen estar relacionadas.
– Pero tú sí estás relacionado, David. Quiero decir que tienes que estarlo, porque viste a Stern, o más bien a Vogel, entrar en la casa de Diana en Aberporth.
– Sí, pero me pregunto si eso no nos lleva a otra conclusión obvia. Creo que Vogel era el espía. Vogel fue el hombre que entregó el Sidewinder a los rusos. Y de alguna manera me tendió una trampa para que pagara por él. -Se inclinó hacia delante-. No es tan descabellado, si piensas un poco en ello. El Sidewinder era mi vínculo original con China Lake, la única razón por la que estoy involucrado en todo esto. Había tres elementos principales en el caso contra mí. El primero era el material al que yo tenía acceso. Quiero decir que sin duda podía haberlo hecho. Probablemente Vogel no lo sabía. Pero podía saber que yo era un científico, hubiera sido natural que Diana se lo contara…
– Y ella podría también haber dejado caer que tú realmente…
– No, lo dudo. Diana era siempre cuidadosa en el cumplimiento de las reglas. Pero él podría haber descubierto fácilmente que yo era un científico que trabajaba en la base y eso era todo lo que en realidad necesitaba saber. Punto dos. Ese viaje que hice a Checoslovaquia cuando era estudiante para visitar a mi padrino. Quizá lo he visto siempre desde el ángulo equivocado. Estaba tan preocupado por convencerlos de que los rusos no me reclutaron que tal vez pasé por alto lo más importante. Muy bien hubiera podido ser que los rusos supieran que yo estaba allí. Podrían habérselo dicho a Vogel, si éste trabajaba para ellos. Hubieran sabido exactamente cómo reaccionarían los americanos.
– Y el tercer punto fue la carta…
– Sí. Bueno, yo destruí la carta, lo que resultó ser una estupidez, aunque supongo que de no haberla hecho desaparecer habrían dicho que la había escrito yo mismo.
– Pero en ella se decía que Diana tenía una aventura. ¿Crees que podía ser cierto?
– No lo sé. Supongo que sí. Aunque acabábamos de casarnos. Pero ella estaba muy por delante de mí. Yo era demasiado inocente. Supongo que es la única palabra. Pero no estoy seguro de que tenga importancia. Trato de ver las cosas desde el punto de vista de Vogel. Ella le alquiló un caballo. Solía estar sola. Quizás eso le diera la idea a Vogel. Todo lo que necesitaba era conseguir que yo me paseara por el desierto. Así que inventó esa carta. Luego se las arregló para que los rusos se encontraran conmigo. ¿Comprendes?, eso era lo que parecía…
– Sí.
– Pero la verdadera cuestión es Tannis. De un modo u otro, sé por qué estoy involucrado en esto. Sabemos lo que ocurrió con Buhler y con Vogel. Pero si todo el asunto, lo que ha ocurrido ahora, era tan sólo una rencilla privada entre ellos que se remontaba a la época del campo de concentración, ¿por qué habría tenido que enterarse Tannis?
– Bueno, tiene que haber sido el hombre que estaba en los Clints de Dromore aquel día.
– Sí, y sin duda también estuvo en Aberporth. Estaba pensando… mira, le pregunté a Tim si parecía que Tannis tuviera una misión oficial cuando estuvo en la casa, y él creía que no.
Y yo lo comprendo perfectamente. Imagínatelo. Buhler, un alemán oriental, es asesinado en China Lake, justo en la base, por lo que sabemos. Tienen que hacer algo al respecto. No pueden ignorarlo.
– Sí.
– Y digamos que existía una relación con lo que me ocurrió a mí. Tal vez algo que hallaron en el cadáver. No estoy seguro de lo que pudo ser, pero debió de ser algo. Quizá pensaron que tenían que poner en marcha una investigación, pero se mostrarían reacios…
– Así que tuvieron una charla oficiosa con Tannis.
– Exactamente. Le pidieron que buscara por su cuenta, que descubriera si había fuego bajo el humo. Pero si Vogel se enteró, debió de asustarse. Desde su punto de vista, todo podía llegar a destaparse.
– Así que Tannis es la clave.
– Sí. Al final. -David titubeó. Tannis era la clave y él sabía lo que eso significaba. La noche anterior había comprendido que debía volver a China Lake. Allí estaba Tannis. Y también Vogel, con toda probabilidad. Buhler había sido asesinado allí. Allí era donde había empezado todo. Pero se mostraba reticente. ¿Asustado? Vogel, quien era en realidad Stern, ¿había intentado matarlo en el risco aquella tarde? Probablemente. Pero eso sólo tenía sentido…
– ¿David?
– ¿Sí?
– No querrás volver allí, ¿verdad?
– No estoy seguro. En cierto modo, sí. Pero no estoy seguro de que deba hacerlo. Tal vez no tenga derecho. Supongamos que Vogel es el espía. Piensa en lo que le ocurrió en Dora. ¿Tengo realmente derecho a…?
– Sí. Piensa en lo que te ocurrió a ti. Tienes todos los derechos.
David se encogió de hombros.
– Supongo. Pero además está Tim. He vuelto a telefonear. Nadie parece saber dónde está. -Anne empezó a decir algo, pero él sacudió la cabeza-. No, no creo que se haya suicidado. Pero estaba muy transtornado. No era sólo lo de Diana, sino lo que le conté acerca de mí. Creo que a ese respecto cometí siempre un error. Ocurría algo que yo no comprendía. No quiero ni pensar en lo que estará haciendo.
– Entonces, ¿qué hacemos?
– Tal vez deberíamos volver a Londres. Olvidarnos de todo. Dejar el pasado atrás.
– ¿Pero harán los demás lo mismo? Stern, o Vogel, o cualquiera que sea su nombre. Sin duda él no.
– Lo sé. Ése es el problema.
Anne terminó su bebida.
– David, sé que depende de ti. Podemos volver a Inglaterra, o podemos ir a California, lo que tú quieras. Recuerda, sin embargo, que yo te acompañaré.
Ese punto al menos había sido establecido de antemano. Anne había insistido. Derek estaría a salvo en Copenhague y ella no dejaría que David se marchara solo. Él no había intentado contradecirla. No lo deseaba. Pero su objetivo inmediato y concreto era algo a considerar. No tenía pistas que seguir, nadie como Stern que le condujera. Por supuesto que irían a California. Desde que había salido trepando del mar de Irlanda no había tenido la menor duda de que iba a seguir adelante. Pero ¿qué haría cuando llegara allí? Encontraría a Tannis, pero ¿qué le diría? Sintió entonces una especie de sospecha sobre sí mismo. ¿Tendría el valor suficiente? No obstante, no sabía con seguridad en qué podría fallarle el valor. ¿Tenía miedo de salir corriendo? O quizá, se dijo, al buscar a Tannis estaba intentando hacer la paz, llevar a cabo una especie de reconciliación. Tannis estaría en contacto con el FBI. Dados los acontecimientos de las pasadas semanas, sin duda tendrían que volver a plantear sus antiguas conclusiones. ¿Se conformaría con eso? ¿Podía considerarlo una victoria? Por otro lado, su verdadera intención tal vez estaba en el extremo opuesto. Quizá, después de todo, lo único que quería era vengarse. Sí, a pesar de sus bonitas palabras acerca de Vogel y Dora, ¿no querría él también saldar una cuenta? Anne le había dado permiso, si eso era lo que pedía. Y cabía otra posibilidad: el simple deseo de saber… aunque no era tan sencillo. Aquélla era su historia, había sido moldeado por ella, de eso se trataba, tanto si lo comprendía ahora como si no lo conseguía nunca. En lo más profundo de su corazón, seguía siendo un científico. ¿Realmente iba a continuar viviendo el resto de sus días en la ignoran cia de cómo se había definido esa vida? No obstante, al tiempo que se planteaba tales preguntas, las descartaba. Le parecía crucial, de hecho, no insistir en las respuestas. Reconocería la respuesta cuando ésta apareciera, y eso definiría la pregunta de sobra. Mientras tanto tenía una certeza, y era Anne.
Volaron hasta Los Ángeles pasando por Londres; necesitaba conseguir algún dinero en cualquier caso y además así tendría la oportunidad de ponerse en contacto con Tim, aunque no lo hizo. No estaba en Aberporth ni en la universidad y no había dejado mensajes en ninguna parte. Le preocupaba. Pero mientras se tragaban los kilómetros a diez mil metros de altura, a David no le cabía la menor duda de que quería a Anne junto a él. No dejaron de repetirse mutuamente que Tannis era la clave, pero David sabía que la clave era ella, al menos para él. Literalmente, ella era su salvación una vez más, tal como ya había comprendido en Alemania, era la única razón por la que estaba mirando las nubes que tenía debajo. Más que cualquier otra cosa, David no podía pasar por alto la coincidencia. Sabía que, formalmente, la historia de lo que le había ocurrido había empezado con Vogel y Buhler, mucho antes de China Lake, pero no podía evitar pensar que el verdadero inicio se había producido también en la pequeña casa de campo de Anne, cuando él había cruzado la habitación para besarla. Y eso había estado a punto de no ocurrir. En ese momento su valor se había enfrentado con una pequeña prueba y los nervios casi lo habían traicionado. ¿Y si hubiera sido así? Todo lo que había ocurrido después, los Clints de Dromore, la muerte de Diana, lo hubieran separado de Anne y de cualquier esperanza para sí; hubiera estado perdido, lo sabía. Aquel momento había cambiado el curso de todas las cosas, a pesar de que entonces él no había sabido que existiera un curso a cambiar. Ella lo había cambiado a él, o acaso se había cambiado a sí mismo. Aún percibía los cambios operando en su interior. Sintió un cierta timidez en su sentido más simple, pero también más profundamente.
En el aeropuerto Kennedy (se limitaron a cambiar de avión para seguir volando) David se desnudó, se lavó y se cambió de camisa. Cuando se miré la cara en el espejo apartó la vista de inmediato. Sí, era él, pero con un rostro algo diferente de lo que había esperado. Hubiera jurado que hasta su voz había cambiado. Parecía respirar con mayor facilidad.
No mencionó nada de todo aquello. No estaba seguro de lo que significaba y en cierto sentido tampoco le importaba. La presencia de Anne, justo allí, a su lado, era mucho más importante. Se sentía impaciente. Pensó en todas las conversaciones que no habían tenido. Quedaban muchos huecos por rellenar. Casi lamentó la urgencia de sus sentimientos hacia ella, ansiaba un momento normal, un día ordinario. Tal y como estaban las cosas, disfrutaba de los instantes que tenía a su alcance: los cabellos de Anne acariciando su rostro mientras dormía sobre su hombro, o el modo en que ella se cogía de su brazo cuando caminaban juntos.
Finalmente, cuando llegaban a Los Ángeles, deslizándose en lo alto por encima de piscinas y bungalows y grandes autopistas, sintió que se retraía un poco. Desde lo de China Lake se las había arreglado para evitar Los Ángeles, y no era de extrañar, se dijo al tiempo que le venían los recuerdos a la memoria, ya que todos ellos parecían vagamente humillantes, recuerdos de incertidumbre, perplejidad, impotencia. ¿O era que estaba haciendo una montaña de un grano de arena? ¿No se debía a que entonces era muy joven, demasiado joven?
– Qué simples somos -le dijo a Anne-. Pretendemos fingir que somos complejos, pero no es más que una fachada ridicula. Nos pasamos la vida intentando evitar la más banal de las revelaciones. ¿No será también banal decir esto?
Ella rió.
– Por supuesto, tal vez ser inglés consista en eso.
– Me sentía como un pez fuera del agua. Las gentes de aquí eran unos salvajes, sin duda, pero no parecían saberlo.
– ¿Pero a Diana le gustaba?
– Ella quería quedarse, creo. Cuando quedó embarazada, eso fue sólo una semana más o menos antes de que todo se desmoronase, estuvo informándose sobre lo que significaría que Tim naciera aquí. Recuerdo una ocasión… íbamos en un coche que alguien nos había prestado. Yo estaba paralizado, apenas podía conducir y por supuesto tenía que hacerlo por el lado equivocado de la carretera. Pero llegamos aquí y nos detuvimos a poner gasolina por el camino. Era de noche y había otro coche, un descapotable lleno de gente. Estábamos en el desierto y recuerdo que miré el interior de aquel coche, con toda aquella gente en las sombras y riendo y la luz brillando en los cabellos y los hombros de las chicas, y entonces oí a Diana decir: «¡Oh, ojalá pudiéramos ir con ellos!»
– ¿Te horrorizó la idea?
– No, no. Probablemente yo también quería ir, sólo que no sabía cómo. No debería darte la impresión de que era un mojigato total, y aunque lo fuera, no quería serlo. El problema consistía en que sabía que si intentaba adaptarme, sólo conseguiría hacer el ridículo.
Caminando por la playa de Santa Mónica, con el último calor del día aún en la arena, su tono era fácil y podía hablar de aquel modo. Pero se preguntaba cómo estaría viendo las cosas si no hubiera cambiado, si no hubiera ocurrido nada mientras él estaba allí, si se hubiera limitado a añadir más líneas a su curriculum, si hubiera continuado en Aberporth, o en Ferranti-Packard, o en BAe… si hubiera vivido la vida del hombre que había visto en Aberporth paseando a su perro. ¿Cómo se llamaba? Siempre he tenido debilidad por California, ¿sabe? Timmy es un producto de allí después de todo. Recordaría reuniones y seminarios y coloquios, y sus éxitos, y un experimento en particular (con los medios que ellos tienen, uno podía hacer realmente una prueba como es debido) que habría aumentado la «mirada» del Sidewinder un decisivo número de grados. Habría tenido contactos (Bob y yo nos conocemos desde hace un buen puñado de años) y recuerdos de Diana: Diana junto a una piscina, sobre aquel caballo, sorbiendo el vino de California.
Después de todo, esas cosas también habían pasado. Podía recordarlo de esa manera. Pero dijo:
– Era torpe, arrogante, solitario, asustado, pomposo, remilgado, joven; brillante, por supuesto…
– Aún eres brillante.
– Gracias. -La besó.
– Aquí no.
– Nadie se dará cuenta. Estamos rodeados de americanos. Ya te lo he dicho, son salvajes. Bien alimentados, bien acicalados, pero salvajes.
– Aun así… Además, tenemos que pensar en mañana.
Mañana significaba Tannis.
Se pasaron la mañana buscándolo, lo que resultó más tedioso que difícil. Estaba en el listín telefónico, pero todo lo que consiguieron al llamar fue un mensaje grabado, con una mala imitación de la voz de Mae West pidiendo a los que llamaban que dejaran un mensaje. La dirección mencionada en el listín era una carretera numerada. Tratando de concretarla más, llamaron a la oficina de correos de Ridgecrest, pero no les sirvió de gran cosa. Tampoco la compañía del gas. Finalmente, utilizando algo de la ingenuidad yanqui y apelando al espíritu empresarial, David llamó a un agente de la propiedad inmobiliaria de Mojave, le contó una historia improbable (que quizás el acento de David hiciera sonar más convincente) sobre que quería mudarse a California, que tenía un viejo amigo en el desierto y que estaban pensando: ¿no sería agradable tener una propiedad por allí? Funcionó, pero tuvieron que pagar su precio, puesto que no hubo manera de evitar tener que ir hasta allí y hacer la visita. Vieron cuatro casas, les dieron folletos sobre nuevas urbanizaciones, incluso vieron toda una zona de edificios de apartamentos construidos al borde de la autopista en medio de ninguna parte, con vistas a kilómetros de roca y arena. Pero al final su paciencia se vio recompensada. Hacia las cuatro el agente dijo: «Creo que su amigo debe de estar justo por aquí», y tenía razón, porque a los pocos kilómetros vieron su buzón, J. Tannis, al final de un largo camino asfaltado que se metía en un cañón y luego lo rodeaba, subiendo hasta el risco. Vieron su casa, un bungalow, metida entre las rocas.
Dos horas más tarde, en su propio coche, estaban de vuelta.
A esa hora del día el cielo aún estaba claro y azul, pero ya las sombras empezaban a oscurecer los cañones y a trepar desde debajo de las rocas. Al igual que ellas, David advirtió que se rebelaba su prudencia, pero el único camino para acercarse a la casa los dejaba al descubierto. Siguieron directamente por el sendero asfaltado, visible desde la casa, visible de hecho desde quince kilómetros antes.
– ¿Qué haremos si no está?
David sacudió la cabeza.
– No sé. Le dejaremos una nota. No me importaría entrar en su casa. Ver lo que… -Pero se interrumpió, sus ojos miraron alrededor, aunque en realidad no había nada que ver.
Anne estaba nerviosa. Cuando se detuvieron y salieron del coche sintió el cálido y seco viento contra la cara, pero no lo oyó. Nada se movía, ni una rama, ni una hoja. La intranquilizó. «¿Te gusta el desierto?» La pregunta se formó en su mente, pero entonces los pensamientos corrientes empezaban a parecer fútiles. En su lugar dijo:
– Ése debe de ser su coche.
Donde terminaba el asfalto había un cobertizo para el coche que consistía en unos postes de madera de secoya con un tejadillo de enrejado. Dentro, un viejo Chevrolet sobre el que zigzagueaban las sombras. David asintió.
– Sí, pero probablemente tendrá otro. O una camioneta. -En realidad, en el polvo junto al costado izquierdo del coche había una mancha oscura de aceite. David vaciló un momento, esperando para comprobar si salía alguien de la casa, pero luego se acercó a la puerta. En el fondo estaba convencido de que Tannis no estaba allí, de todas formas llamó al timbre. O más bien, repicó: tres separadas notas, una musicalidad que no parecía concordar con el recuerdo que tenía de aquel hombre. No acudió nadie y, después de unos instantes, hizo señas a Anne para que lo siguiera; luego la precedió rodeando la casa por uno de sus lados. Como tantas otras viviendas en el desierto, era poco más que una pretenciosa choza con postes en las esquinas y vigas de troncos partidos por la mitad, toscas paredes de tablas y un tejado de tablillas de cedro. Aunque era más grande de lo que parecía. Sus pasos se arrastraron por un sendero de cuatro ladrillos de ancho que discurría alrededor de la casa para evitar que las aguas no absorbidas erosionasen los cimientos, supuso, y en la parte de atrás, rodeado por un muro de ladrillo, había una patio enlosado. Tenía un aire formal y agradable. El muro era realmente espectacular porque a lo largo de toda su parte superior crecían los cactos «cola de castor»; había cientos de plantas y todas en flor, grandes terraplenes de rosas y alhucemas. Una puerta de hierro forjado se abría en el muro y en medio del patio había una rejilla ornamental de hierro, una especie de desagüe con un tamarugo plantado en el centro. Había una mesa de plástico blanco y una par de sillas bajo la escuálida sombra del árbol y todo estaba cubierto por una fina película de arena.
– Da la impresión de que no ha habido nadie aquí desde hace semanas -manifestó Anne.
David asintió. También él tenía esa impresión. Tannis no estaba allí, y su ausencia se hacía más significativa aún; se había marchado. Pensó en dejar un mensaje, ¿pero qué sentido tendría? Finalmente dijo:
– Voy a entrar.
Una gran puerta cristalera que daba al patio conducía a la parte posterior de la casa, pero estaba cubierta por un diáfano visillo blanco y una cortina de color azul oscuro, bien cerradas. No se podía ver el interior. Había una carretilla apoyada contra la pared y dentro una paleta y una pala. La paleta parecía más pesada. Anne se dio cuenta de que estaba asustada cuando David rompió el cristal; aquello era ilegal. Pero no dijo ni una sola palabra. Pensó: «Has venido para ayudarle, no para deternerlo», y cuando él devolvió el pico a su lugar, algo puntilloso, como para enmendar lo hecho, apartó la cortina y entró la primera.
Silenciosamente, David la alcanzó.
No se movió y le alegró que ella no hablara. Se dio cuenta de que estaba tratando de fijar aquella imagen en la memoria, como alguien que al despertar intenta recordar un sueño. Había vuelto a China Lake; por primera vez lo sintió realmente. Sin embargo, no estaba seguro del motivo. ¿Por qué no se había sentido así en Los Ángeles? Durante toda la mañana había estado intentando decidir si debían ir a visitar la base. Allí, pensaba, descubriría si todavía le quedaba algo por sentir. Pero ya lo sentía ahora claramente, en aquella sala de estar corriente, con una chimenea de ladrillo en el extremo más alejado y el habitual mobiliario de estilo californiano, un sofá bajo y sillas de piel. No había recuerdos explícitos del pasado, ni una sola fotografía, nada emblemático, todo era neutro. Desde luego, la característica más obvia de la estancia, la enorme alfombra de borra beige que cubría el suelo de pared a pared, era anacrónica en todos los sentidos, pasada de moda, aunque no se había inventado siquiera cuando David había estado allí. Algo hizo que todo acudiera de nuevo a su mente. Quizá fuera sencillamente el hecho de estar una vez más en una habitación vacía, ese olor a cerrado, el silencio que yacía dentro de una quietud más profunda. Cuando aguzó el oído, sin embargo, le pareció reconocer el sonido de agua, como el lento goteo de los evaporadores que utilizaban para el aire acondicionado en las oficinas y laboratorios, y muy distante, oyó otro sonido familiar, el zumbido de un lejano avión.
Finalmente, Anne llamó:
– ¿Señor Tannis?
David sonrió y notó que se relajaba.
– No pasa nada. No hay nadie.
Y era cierto. Tannis se había ido, efectivamente, o, mejor dicho, probablemente no había vuelto de Aberporth, de los Clints of Dromore. Sin embargo, no resultaba tan fácil determinar exactamente lo que había ocurrido, los términos de su partida, por así decirlo. Recorrieron la casa. Encontraron ropas en el armario de su habitación y dos maletas Samsonite sobre el estante superior, de modo que tal vez no se había ido demasiado lejos. Por otro lado, no había calcetines ni ropa interior en la cómoda. Y aunque no quedaba leche en la nevera, el grifo del fregadero de la cocina goteaba, como si acabara de salir y fuera a volver en cualquier momento. Ni siquiera el gran hallazgo que hicieron les dio la respuesta a su pregunta. Fue en el despacho. Resultaba evidente que lo habían ordenado, los lápices en tarros, un bloc de papel alineado con una esquina del escritorio. Pero tampoco se podía deducir claramente si el hombre que había estado trabajando allí se había ido para siempre o si volvería a la mañana siguiente. En cualquier caso, ambos se dieron cuenta de inmediato de que la luz del contestador automático parpadeaba.
– Y mira -anunció Anne, cogiendo la papelera-. Debe de ser recién comprado. Aquí está el cartón en el que venía envuelto.
– Sí. No puede estar muy lejos. De lo contrario, ¿para qué molestarse?
– Vamos, rebobina la cinta.
David dobló el flexo de la lamparita de viejo latón que ocupaba una esquina del escritorio y la encendió sobre el contestador. Hizo retroceder la cinta hasta el principio. El teléfono había sonado. El que llamaba había colgado. Un agente de bolsa, que llamaba desde Denver, había dejado nombre y número de teléfono. Vendedores ambulantes: vendían revistas, bombillas para los minusválidos. «Llamaba sólo para recordarle, capitán, que la próxima reunión de la VFW [48] es el martes a la hora habitual.»
– ¿Qué es la VFW?
– Ni idea -replicó David, sacudiendo la cabeza. ¿Veteranos…?
Pero luego lo descubrieron. Desgraciadamente, no había indicio alguno de dónde procedía la llamada. Al parecer, nadie allí tenía la costumbre de mencionar el día y la hora en que había dejado el mensaje. De todos modos tampoco había demasiados mensajes, así que aquél no podía datar de hacía mucho tiempo.
«¿Jack? Bill Matheson. Mira, eh… No quiero ser demasiado inseguro sobre esto, pero eh… los otros creen que han encontrado al sujeto con el que B, ya sabes, el infortunado individuo extranjero que descubriste allí, podría haber querido ponerse en contacto. ¿Alguien llamado Vogel? A mí no me sonaba el nombre, pero, bueno, evidentemente… evidentemente tiene una granja o una casa cerca de Indian Wells y el condado se la va a quedar porque… Mierda.» Se interrumpía en ese momento, pero la siguiente llamada era del mismo hombre. «Soy yo de nuevo, Jack, creo que se había acabado la cinta. Pero quiero acabar con esto. ¿Has oído hablar de ese Vogel? Hay alguien con ese mismo nombre al final de la carretera de Trona. Enviaron a un agente allí y encontraron a una mujer que vive en un remolque con un crío. Dice que su padre no está allí. Se supone que está en México. ¿De acuerdo? ¿Podrías llamarme para hablar de esto? Gracias.» Había colgado. La cinta siguió. El agente de bolsa una vez más. Alguien que había colgado. Otro. Y luego media docena de llamadas más antes de la suya, esa misma mañana.
David apagó el contestador.
– Esto lo demuestra, David -dijo Anne-. Hay una investigación en marcha.
Él sonrió.
– Ahora empiezas a creerte todo esto, ¿no es cierto?
– Ahora es real, de un modo diferente. -Su rostro estaba serio.
Él le tocó la mano, luego abrió el cajón del escritorio y encontró la agenda de Tannis. Buscó a Matheson.
– Es de la Marina, un comandante. Trabaja en China Lake.
– No irás a llamarlo.
De hecho, durante unos instantes, eso es lo que había pensado hacer. Pero sacudió la cabeza negando.
– No, sospecho que soy la última persona a la que querrían ver llegado este punto.
– Sí, a las burocracias no les gusta admitir los errores, ¿verdad?
– Exactamente.
– ¿Qué hacemos entonces?
– Sigo queriendo hablar con Tannis. La cuestión es si va a volver aquí.
– ¿Sabes?, no tiene por qué hacerlo. ¿No has oído un par de pitidos? Mira la caja, David. Es como el mío. Tiene un busca, puede llamar desde cualquier teléfono para oír los mensajes del contestador.
– Bueno, eso podría servirnos. Él llama, empieza a rebobinar la cinta, yo cojo el auricular y hablo con él. Todo lo que tenemos que hacer es esperar a que llame.
Era la solución más sencilla y probablemente hubiera funcionado, pero no llegaron a comprobarlo.
Ya eran las siete. No habían comido desde la mañana, así que, a pesar de que resultaba bastante extraño actuar como si estuvieran en su casa, Anne calentó una lata de sopa y se la comieron en la sala de estar, sentados en medio del suelo con las luces apagadas, puesto que una luz se hubiera visto en varios kilómetros a la redonda. Anne estaba silenciosa. Tenía miedo de la oscura casa, del desierto, de lo que estaba ocurriendo. Lo más aterrador de todo era darse cuenta de que no tenían ningún sitio al que acudir en busca de ayuda. Ahora que él había decidido lo contrario, Anne comprendió cuánto había deseado que David fuera a la policía, que una solución «razonable» se presentara por sí sola, que con unos pocos hechos adicionales y unas discusiones racionales se reinstaurara la «normalidad». Pero ahora sabía que era imposible; cierto matiz en la voz de Matheson, su tono desenfadado, habían acabado por convencerla. Matheson iba a hacer su trabajo. No tenía interés por conseguir soluciones, ni por David, su única preocupación consistía en preservar la «normalidad» misma, la del tipo que suponía que personas como David no podían existir. Así que la policía, la autoridad, «otras personas», no les ayudarían.
También comprendía en ese momento que para David todo aquello era muy importante. «Fingía» creer en los demás, podía representar su papel con absoluta perfección, pero en realidad no creía ni lo más mínimo. No podía. Era demasiado peligroso. Pero creía en ella. ¿Cómo había ocurrido? ¿Por qué la había elegido a ella? Formuló estas preguntas en su mente, pero no insistió en ellas, porque sabía, se decía a sí misma, que estaba empezando a comprender la profundidad de su confianza en él. «Ahora empiezas a creerte todo esto, ¿no es cierto?» El tono de David había sido despreocupado, ¿o era eso lo que pensaba? No, no quería decir eso, pero había cierta verdad en sus palabras. Cada día era como una nueva confirmación de él en su mente. Entonces comprendió adónde la conducían sus pensamientos. «Le quiero más que a Axel», reflexionó. Hasta entonces no hubiera podido soportar hacer la comparación, pero ahora sí: «Le quiero más a él.» Y luego pensó en Derek. «Oh, a él le quiero mucho también.»
No obstante, no dijo nada, y David tampoco adivinó lo que ella estaba pensando, su mente estaba ocupada en miedos e ideas más inmediatos. Aún meditaba acerca de Tannis y el contestador automático. Habían sacado únicamente la conclusión obvia: Tannis quería mantener una cierta conexión con su casa, al menos con el teléfono. «Pero podría ir más lejos», pensó. Tannis había comprado el contestador recientemente porque quería grabar mensajes, pero también porque estaba esperando uno. ¿De quién? Matheson… el FBI… David no lo creía; Tannis podía llamarlos siempre que quisiera. No, cuanto más pensaba en ello, más seguro estaba de que Tannis esperaba una llamada de Vogel. Ése era el mensaje que no se quería perder. Pero esa conclusión tenía un aspecto alarmante. En el momento en que había entrado en la casa, había tenido el presentimiento de que Tannis había abandonado el lugar, y ahora estaba convencido de que se había ido por temor a Vogel. David comprendía el porqué. Era un lugar muy aislado y totalmente al descubierto. Por eso había insistido en mantener las luces apagadas. Ni siquiera cuando recogió los platos de sopa y los llevó a la cocina encendió las luces. Los lavó en la oscuridad («Si vamos a mudarnos aquí, deberíamos comportarnos como buenos invitados») y durante todo el tiempo no le quitaba el ojo a la ventana, puesto que la cocina era la habitación que tenía mejor vista de la carretera, de la que se veían varios kilómetros, así que había estado siguiendo las luces de un coche durante varios minutos cuando se dio cuenta de que aminoraba la marcha. Aminoraba la marcha justo al girar para tomar el camino de entrada a la casa.
– Anne. Ven. Rápido.
El miedo saltaba en su pecho cuando el coche giró, pero en realidad no giraba como él había pensado. El coche (aunque no era un coche, sino una furgoneta) dio una vuelta en U y luego se detuvo. Cuando Anne entró en la cocina y una figura se movió por entre el haz de luz de los faros, se percató súbitamente de lo que ocurría.
– ¿Qué pasa?
– El correo. Por Dios, no había pensado en eso. Mira, tendremos que salir…
– ¿Es Tannis?
En realidad, al ver pasar la sombra delante de los faros no había creído que fuera Tannis; la figura parecía demasiado esbelta y delgada. En realidad había pensado en Tim porque el movimiento había tenido algo de juvenil, pero no podía ser y dijo:
– No lo sé. Quizá. Pero podría ser Vogel. Anne, quiero que tú… -Quería que ambos salieran de la casa; no quería verse atrapado allí. Después de todo Vogel podía matarlos. Había matado a Buhler, había matado a la mujer en Alemania. Pero mientras hablaba se dio cuenta de que la furgoneta, en lugar de acercarse a la casa, retomaba su camino anterior y volvía a la autopista.
– No pasa nada -dijo Anne.
Los sentimientos de David cambiaron de repente y por completo.
– Sí, sí que pasa. Si ése era Tannis… fuera quien fuese, vamos a seguirlo. Mira, sal y pon el coche en marcha.
Y es que David no llevaba puestos los zapatos; estaban en la sala de estar. Lo que tenía de gracioso esta escena lo alivió; consiguió tranquilizarlo. Finalmente, con los cordones de los zapatos aún por anudar, salió corriendo de la casa y se metió en el asiento de pasajero. Anne condujo por el largo y empinado camino de asfalto que rodeaba el cañón. Probablemente representaba un kilómetro y medio. Pero no tardaron en alcanzar a la furgoneta. Cuando bajaron la colina vieron sus luces traseras moviéndose por la autopista. Y aunque lo perdieron al descender aún más, sólo fue un momento, hasta que Anne pisó el acelerador y volvieron a captar las luces. Era una buena conductora.
Había pocos coches en la carretera, unas luces tan sólo, muy atrás, y todavía no era noche cerrada, de modo que no tenía que enfrentarse con esa desconcertante vaciedad del desierto, el negro de la carretera fundiéndose con la noche del desierto, la sensación, al girar una curva, de que uno se adentra en la nada. Además, la furgoneta no iba demasiado rápido. Desde luego, no daba la menor impresión de querer huir de nada. Así que, manteniéndose a distancia, evitando que sus luces se vieran reflejadas en el retrovisor de la furgoneta, la siguieron hacia el norte y hacia el este, a lo largo de la carretera 14, mientras el día moría detrás de ellos y su sombra corría por delante. Después la furgoneta giró y David vio, extendiéndose en la caída de la noche, las luces de Ridgecrest, aunque todo lo que él pensaba era «China Lake», y cuando Anne lo miró, negó con la cabeza.
– No, no recuerdo nada en absoluto. Era mucho más pequeño. Mira eso. -A su derecha vieron una larga cuesta no demasiado alta toda ella iluminada, como una especie de Vía Láctea… y también había muchos más coches, coches del desierto, furgonetas de reparto, sueños del Oeste: bruñidos tubos de escape, hileras de luces en el techo de los taxis, grandes ruedas de aleación de magnesio y melodiosas bocinas.
– Creo que debería acercarme más -opinó Anne.
Por el rabillo del ojo vio la placa de una calle; CHINA LAKE BLVD., decía, y pensó: «Ahora hemos llegado oficialmente.» Se sentía menos nerviosa si hablaba.
– ¿Dónde está exactamente la base? ¿Es allí adónde va?
– Está por allí, justo delante y luego a la derecha.
Pero la furgoneta no llegó tan lejos. Había otro coche entre ellos cuando giró (todos se pararon en el semáforo) y luego el coche de delante se separó camino de un motel.
– No te acerques demasiado ahora.
– No creo que pueda vernos desde aquí.
– No, pero podría aminorar la velocidad y entonces no parecería normal que no lo adelantaras. En realidad no tienes que preocuparte por si nos ve. Tú conduces, somos una pareja. No es eso lo que él esperaría ver.
Anne asintió.
– ¿Dónde estamos?
Porque de repente ya no había luces. La carretera y todo lo que la rodeaba era negro, todo negro salvo las dos luces rojas de delante.
David tenía un mapa en las rodillas.
– Estamos en la autopista 178 en dirección oeste. La próxima población se llama Trona, y luego sigue durante treinta kilómetros y se divide, hay un cruce. Girando a la izquierda se corta por la parte norte de la base y se sale de la autopista a la carretera 14, en la que estábamos antes. Girando hacia la derecha se va hacia el Valle de la Muerte y a Las Vegas.
Guardaron silencio.
Anne mantuvo el coche cerca del otro, pero no demasiado. Se retrasaba y luego aumentaba un poco la velocidad, acortando la distancia cuando cruzaron Trona y alargándola luego cuando volvieron a la suave y negra carretera. Estaba asustada. Lo notaba en los hombros y cuando desvió los ojos hacia la derecha, en dirección al Panamint, apartó la vista sobresaltada; no podía soportar el vacío.
Luego, bruscamente, las luces de la furgoneta desaparecieron.
– David…
– No, no frenes. Eso es… sólo un poco. -Sacó la cabeza por la ventanilla-. Allí, ¿ves?, ha girado.
Ella miró, pero en realidad no llegó a verlo. En aquella dirección se recortaba el enorme perfil de una montaña en el cielo.
– ¿Hay una carretera? No he visto ningún letrero.
– No lo sé. Pero sigue. Si viera nuestras luces… -No completó la frase, pero Anne comprendió lo que quería decir. Rápidamente llegaron al punto en el que la furgoneta había abandonado la autopista, y luego, cuando pasaron de largo, David giró la cabeza y miró hacia atrás, intentando fijar el lugar en la memoria-. No creo que haya una carretera. Sencillamente se ha metido en el desierto por la derecha.
– ¿Qué hago?
– El problema es que aquí en medio se ven las luces desde muy lejos…
– Sí.
– Bueno, sigue durante unos kilómetros, digamos tres. Pisa a fondo. Luego apaga las luces. Si nos está mirando creerá que hemos desaparecido tras una pendiente. Luego da media vuelta. Pero mantén las luces apagadas.
– Dios mío.
Pero lo hizo. Con David de lado en el asiento intentando ver la furgoneta (pero no estaba), siguieron, dieron media vuelta, Anne se sobresaltó cuando las ruedas delanteras entraron en la arena, y volvieron por donde habían ido, todo en la oscuridad. Mantuvo el cuentakilómetros a treinta por hora, luego se dio cuenta de que debían ser invisibles por detrás y echó una ojeada al espejo retrovisor interior.
– No, manten la vista en la carretera. Yo vigilaré por si viene alguien detrás.
Entonces Anne bajó la ventanilla, sacó la cabeza y condujo con una mano, para evitar ver a través de los reflejos del parabrisas. Entornó los ojos para protegerse de la arenisca, sintió el viento del desierto flotando por entre sus cabellos, sintió la excitación de una curva y luego volvió bruscamente a meter la cabeza y dijo:
– Eso es una carretera.
– No, no, aún no hemos llegado.
– Pero es una carretera. Mira, justo ahí.
Aminoró la velocidad. Se detuvo.
Tenía razón. Había una carretera, o al menos una pista toscamente nivelada que se adentraba en el desierto.
David meneó la cabeza.
– Esto no es. Al menos nos quedan otros tres kilómetros. -Pero luego dudó-. Sin embargo, ¿crees que podríamos seguir por aquí?
Escudriñó la oscuridad; sobre un mar de arena más claro se se extendían sombras de creosota y cormiera, encelia y salvia, como una enorme red.
– Sí, podría seguir por aquí. No es muy ancha, pero parece bastante sólida.
– Enciende las luces.
– No, así está bien. Conduciré despacio.
No fue a más de ocho kilómetros por hora, poniendo la primera y manteniéndola durante todo el rato. Volvió a sacar la cabeza por la ventanilla para ver, aunque la línea de suelo nivelado captaba la luz más claramente que el desierto y no era tan difícil de seguir. Por fin subieron por una pendiente en cuya cima hallaron dos grandes rocas, afiladas como dientes. Luego se encontraron mirando hacia una amplia y profunda cuenca donde brillaban las luces.
Anne frenó instintivamente.
Lo pensaron al mismo tiempo, pero fue Anne quien lo dijo. -David, en el contestador automático decían que habían enviado a alguien a la carretera de Trona. Ése es el remolque. Hemos encontrado a Vogel.
David entrecerró los ojos. No era exactamente un remolque, pero lo parecía.
– Todo encaja, ¿no es cierto? Tannis debe de estar vigilando este sitio. Por eso la camioneta ha girado antes. Está en esas colinas, en alguna parte, vigilándonos a nosotros ahora.
Durante cinco minutos también ellos vigilaron. Mirando fijamente y en silencio desde el coche la pequeña hilera de luces… como un único vagón de ferrocarril, eternamente olvidado en aquella vía muerta irreal. Se movió una sombra. David estaba seguro de que era una mujer. Pero no del todo. ¿Y si Vogel estaba allá abajo? Volvieron sus miedos. Pero si Vogel estaba realmente en el remolque, dedujo David, Tannis no se limitaría a vigilarle, hubiera bajado a por él. Tannis estaba aguardando a que apareciera, lo cual significaba que Vogel no estaba allí. Puso la mano en la manecilla de la puerta. -David…
– No discutas. Maniobra con el coche para ponerlo de cara a la carretera. Luego bajaré. No creo que Vogel esté ahí dentro, pero si ocurre algo conduce como si te fuera en ello la vida. Vete a Trona y trae a la policía.
Abrió la puerta y salió sin darle oportunidad de discutir. Luego esperó a que ella hubiera dado la vuelta. Anne bajó la ventanilla.
– Si no pasa nada -dijo-, hazme señas desde la puerta y bajaré también yo.
– De acuerdo.
– Ten cuidado.
David bajó rápidamente la cuesta; sus pies resbalaban en la arena, pero si Tannis o cualquier otro estaba vigilando, no se sintió observado. Sobre todo no vio movimiento alguno en la casa. Se acercó a la oscura sombra de un coche. Era un Peugeot, lo cual le sorprendió. Oyó música, sonidos de música pop en una radio. Esperó unos segundos, pero no salió nadie, sin duda no había nadie montando guardia. Así que continuó. Un par de peldaños de cemento conducían a una endeble puerta. Llamó. Tras unos instantes la radio se apagó y él volvió a llamar. Entonces habló una mujer y él respondió:
– ¿Señorita Vogel? Me llamo David Harper.
Se hizo una pausa, luego se abrió la puerta. David tuvo que descender los peldaños y se halló así mirando el perfil de una mujer joven y esbelta; un cuadrado de luz amarilla relucía detrás de ella, lo bastante brillante para deslumbrar. Luego sus ojos se adaptaron y él pensó: «Si Stern era Vogel, entonces era un viejo con un gusto excelente para las mujeres jóvenes.» La mujer estaba fumando un cigarrillo. Su rostro flaco y bronceado estaba iluminado por un fulgor rojizo. Era muy hermosa.
– Creo que no le conozco -dijo ella.
– ¿Está su padre aquí?
– ¿Para qué quiere saberlo?
– ¿O está en México? ¿En San Miguel de Allende? -David contempló el rostro mientras éste asimilaba la información, y luego añadió-: Conozco a su padre, señorita Vogel. Nos conocimos en Gales. ¿Podría entrar?
Con un gesto de asentimiento ella retrocedió, pero inclinada hacia delante para sostener la puerta abierta. David entró en la luz, rozando el cuerpo de la mujer y oliendo su perfume, algo suave y con esencia de rosas. Era muy atractiva, cosa que determinó un tanto lo que siguió luego.
– Vengo con una amiga, señorita Vogel, está arriba en el coche. ¿Le importaría…?
Ella pareció indecisa. Tenía grandes ojos castaños y David esperaba verlos agrandarse por el miedo. Pero su miedo se detuvo en las mandíbulas apretadas y asintió con una rápida inclinación de su pequeña y oscura cabeza.
Él se dio la vuelta y movió la mano en dirección a Anne, luego la vio salir del coche. Le llegó el sonido de la puerta al cerrarse, amortiguado en la distancia. Se preguntó desde dónde podría oírse, pero decidió que Tannis no estaría tan cerca.
– ¿Le apetece tomar algo? Una copa…
David miró alrededor. Era una pequeña y extraña habitación, puesto que en realidad no había muebles, sólo mantas indias cubriendo el suelo y formando una colorida alfombra. Había más colgadas de las paredes, e incluso dos que colgaban del techo, como banderas o deflectores. Era como una tienda. En una esquina había una manta enrollada para formar un cojín y ella debía haber estado sentada allí, puesto que al lado vio la radio que había oído, una botella de licor y una pequeña bolsa de tela con cuentas brillantes.
– Creo que no quiero nada -replicó.
– ¿No? ¿Un cigarrillo? Tengo algo de hierba.
– La he encontrado por casualidad, señorita Vogel. Estaba siguiendo a un hombre llamado Tannis. -Contempló su rostro-. ¿Ha oído ese nombre?
– Quizá. -Se encogió de hombros-. ¿Por qué?
– Creo que sí lo ha oído.
– Alguien quería una granja, un lugar que por lo visto pertenecía a mi padre, al otro lado de Ridgecrest. Podría haber sido él.
– Está vigilando hasta que venga su padre, señorita Vogel. ¿Sabe por qué lo hace?
Oyeron que Anne llegaba a la puerta y la chica miró en aquella dirección. Luego, con cuidado, se sentó, cruzando las piernas, en el mismo sitio donde estaba antes.
David vaciló y después se sentó junto a ella.
– ¿Por qué está vigilando, señorita Vogel?
– Marianne. Ése es mi nombre. No está interesado en mi padre, señor… ¿David?
– ¿Ha oído hablar de un lugar llamado Dora?
Ella sacudió la cabeza.
– ¿De un hombre llamado Buhler?
Volvió a sacudir la cabeza, pero David no quedó convencido; podía estar mintiendo.
– ¿Tiene una hija, Marianne?
Bajó la vista cuando respondió:
– Anna. Está con su padre.
Anne. Anna. Marianne.
– ¿Cree que está segura?
– Ya se lo he dicho. Sea quien sea esa persona, no está interesado…
– ¿Entonces por qué está vigilando?
– Quiere oro.
– ¿Oro?
– Eso es. Es casi exactamente de este color… -Cogió la botella de tequila y con sorprendente delicadeza echó un trago.
Anne estaba de pie en el umbral de la puerta. Marianne Vogel la miró y sonrió en reconocimiento: «Sí, tú también eres hermosa.» Luego, abriendo su pequeño bolso, dijo:
– Estoy tomando un poco de peyote [49]. ¿Le gustaría unirse a mí? -Y metiendo la mano en el bolso sacó un puñado de yemas oscuras y semejantes a cuero. Se las tendió ofreciéndoselas.
– No, gracias -las rechazó él.
– Debería tomarlas. De verdad.
David vaciló. Y luego, ante una atónita Anne, cogió una, se la metió en la boca y masticó.
Por qué había cogido David peyote? ¿Qué estaba haciendo en compañía de aquella extraña mujer?
David vio esas preguntas en los ojos de Anne y no estaba necesariamente seguro de las respuestas. Había aprovechado la oportunidad, podría haberle dicho. Parecía lo único que podía hacer. Había intuido que no tenía alternativa.
Y era bastante cierto, pero no era sólo una cuestión de intuición. Por un lado era algo más concreto, puesto que sencillamente había respondido al miedo evidente de Marianne tratando de calmarla, sentándose a su lado. Mira, le estaba diciendo, estoy contigo, no hay nada que temer. Al mismo tiempo era algo más sutil y complejo. En la raíz del miedo de Marianne había un misterio (estaba asustada hasta el pánico), pero (y ésa era la cuestión) ella ya sabía la solución. Ya conocía la respuesta. El truco consistía en obligarla a reconocerlo. David lo comprendió de inmediato; formaba parte de darse cuenta de que estaba un poco loca. Tenía que significar algo: aquella mujer hermosa y loca, sola en el desierto con Tannis vigilándola. Sí, el misterio de su miedo parecía congruente con el misterio mayor: Vogel, «Stern», Buhler, Tannis, Sidewinder AIM-9B. La solución a uno daba la respuesta del otro. La respuesta a su propio misterio, pensó David, estaba en el de ella.
Y el peyote formaba parte de todo ello. El peyote era un misterio. El peyote era parte del misterio del desierto. Y el peyote relacionaba la época que había vivido en el desierto con el presente. Le hacía retroceder en el tiempo, a la época que él se había perdido, en la que todos los demás se habían saturado de sexo, drogas y política, pero que él se había perdido. ¿No había visitado Aldous Huxley, el primer apóstol del ácido lisérgico, aquel lugar? Abrir la mente. Bueno, eso no podía hacer daño. En cualquier caso el peyote parecía tener relación con todo lo demás; allí estaba su segunda oportunidad en una forma más. También por eso había aceptado la droga. Pero lo más importante de todo era que David seguía siendo un científico. Al tomar el peyote estaba realizando un experimento. Sobre sí mismo. Sobre la situación. Estaba poniendo a prueba algo, estaba probándose algo. ¿Funcionaría? No lo sabía, pero cuando se metió el botón en la boca y empezó a masticar (la primera maravillosa e impredecible consecuencia de su acto) se dio cuenta de que con aquel acto Anne se había convertido en alguien imprescindible. Todo entonces se movió hacia ella. De algún modo, con perspicacia, David había renunciado a sí mismo, se había convertido a sí mismo en un objeto, se había ofrecido a ser examinado, de modo que el científico se había fundido con su propio experimento. Se había aliado con Marianne (se convirtieron en la pareja) y así Marianne había quedado desarmada; ésa era una parte. La otra era que Anne se había convertido en su secreto testigo. Ella era sus ojos y sus oídos, pero también podría descubrir cosas que él no podía oír ni ver. Por tanto casi todo tendría que solucionarse a través de ella. David se dio cuenta de todo ello sólo en el último momento y trató de comunicárselo, puesto que se dio cuenta de que al entrar ella en el remolque y ver lo que estaba sucediendo, se había quedado atónita. Y de que se sentía abandonada; era la persona que sobraba, rechazada sobre sí misma. Así que David la miró y trató de que sus ojos le comunicaran que todo iba bien. «Aún estoy aquí -intentaba decir-. Limítate a seguir el juego. Hazlo lo mejor posible. Sé tu misma…» Pero no fue tan fácil, desde luego, sobre todo al principio, mientras no pudo decirle nada de palabra. Ella lo miró meterse el peyote en la boca y no pudo creerlo. ¿Qué estaba haciendo? David… Extrañamente, de pronto Anne se sintió ridicula. Sí. Se sintió como una idiota. Lo cual era una tontería, puesto que él lo había hecho. No estaba segura de qué ocurría. No comprendía nada en absoluto. Pero claro está que eso, en cierto sentido, era perfecto. Por el momento era precisamente lo que David quería. Ella no comprendía, todo lo que podía hacer era darse cuenta. De él mismo. De la chica atemorizada. Del remolque. De la solución al misterio, cualquiera que fuera ésta.
Anne miró a su alrededor. Estaba escandalizada. Por eso se sentía ridicula. Se suponía que uno no se escandalizaba ya por nada en aquellos tiempos. Al menos por las drogas. Las drogas estaban pasadas de moda. Eran un «rollo». Bueno…
El remolque era extraño, estaba decorado como el interior de una tienda de pieles rojas. En realidad la mujer, Marianne, se parecía un poco a una india. O a una mexicana. Sí, así era la habitación. Las lámparas derramaban la luz sobre el suelo, que estaba cubierto de vistosas alfombras tejidas, pero todo lo demás estaba oscuro, en penumbra…
– Siéntese -pidió Marianne-. Mire, si no toma drogas no pasa nada. Tengo mucho tequila. En serio. No pasa nada.
El peyote, Anne tuvo que admitirlo, la asustaba un poco. Y no hubiera creído nunca que David lo tomara. No iba con él. Salvo que tenía que ir, puesto que lo había hecho. Y muy fácilmente.
Entonces comprendió el porqué: el hecho de que fuera capaz de hacerlo estaba relacionado con lo que le había ocurrido durante los años siguientes a China Lake. Mientras lo contemplaba, el hecho se hacía cada vez más real. Para David un poco de peyote no podía significar gran cosa. Había estado desesperado, lo sabía todo sobre la desesperación, eso era lo que había visto en la mujer. Al mirarla también Anne lo vio. Sí, ése era el primer punto. Marianne estaba desesperada.
– Anne. Me llamo Anne. Gracias. Sólo un poco, lo justo para cubrir el fondo del vaso. De acuerdo… me gusta la lima… pero no creo que la sal…
Las alfombras eran hermosas y extrañas: eso fue lo primero de lo que Anne se dio cuenta.
Tenían un suave y cálido olor a almizcle. Bajo sus dedos tenían un tacto ligeramente grasiento, o suave, como el lino. Los dibujos eran diamantes, como estrellas o serpientes. Se enroscaban alrededor de los bordes, formaban cadenas, giraban sobre sí mismos. Eran de color rosa oscuro, índigo, sepia. Eran los colores de la arena, de esa blanca y caliente arena de la superficie bajo el sol, y luego de ésa más oscura y profunda, cuando se escarba con los dedos. Y eran los colores de la sangre: pálida y casi lechosa en la carne, pero surgiendo carmesí de una herida. Todos tenían nombres y Marianne los enumeró, tocando cada uno por turno: moki, ganado, klagetoh, arcilla blanca, dos colinas grises, agua cocida, yei.
Desde luego, Marianne sabía mucho acerca de los indios.
– No, las alfombras son navajo. Los indios de por aquí no aprendieron nunca a tejer. Eran paiutes de las sierras, al otro lado de la carretera 14, y shoshones por aquí. Eran como hombres primitivos. Vivían de raíces y piñas y liebres americanas (las mataban con palos, ni siquiera tenían arcos y flechas). Eran quizá de un metro cincuenta de estatura, y eso para un paiute era una gran altura. La mayoría de ellos no habían visto nunca a un hombre blanco hasta 1860, cuando se abrió la Nevada Comstock. Sacagawea fue la más famosa de los shoshones. Los crow la capturaron cuando era niña y la vendieron como esclava a los mandan, que se la llevaron al este. Más tarde Lewis y Clark se la encontraron y ella los guió hasta el Pacífico. Luego consiguió encontrar el camino de regreso a su pueblo. Estoy segura de que rodaron una película sobre su historia. Wovoka fue el más famoso de los paiutes. Su verdadero nombre era Jack Wilson y casi siempre llevaba traje y un gran sombrero. Inventó la religión de la Danza Fantasma. Los blancos dejarían de ir hacia el oeste y los indios heredarían la tierra, siempre que, claro está, bailaran su danza. Duraba más o menos una semana. Eran como Shakers [50] indios. En serio. Los Shakers estaban entonces en su apogeo, esto es, alrededor de 1870, y Wilson los conocía. Cuando los indios bailaban entraban en un trance de locura y creían que eran invulnerables. De ahí Camisas Fantasmas o Rodilla Herida. Cargaban contra los soldados creyendo que las balas no les harían daño. En realidad el peyote no formaba parte de todo eso, aunque todo estaba relacionado. El peyote era magia. El peyote le hacía a uno invulnerable también, le protegía a uno de brujerías. Los tarahamara lo creían y también los apaches, los lipan, los mescaleros. Los modernos cultos al peyote se iniciaron no muy lejos de aquí y a eso se dedicaron todos. Realmente sabían cómo vender drogas. Joaquin Brown era un paiute de los alrededores de Fallón. Joe Green era paiute. El jefe Caballo Gris, es decir, Ben Lancaster, era, creo, un washo, o medio washo, de Gardnerville, Nevada. Trabajaba en los bares de Reno y era el más importante. Extendió el consumo. Vivía con Mary D. Creek. Sé dónde conseguía el suyo y de ahí procede éste. Él lo cortaba y lo secaba cerca de Sanderson, igual que yo. Está casi extinguido; tienes que saber dónde buscar. También él se extinguió, naturalmente. Murió en 1937. Wyatt Earp murió en 1929 en Hollywood. Creo que es una de las fechas más importantes. Pero en realidad nunca hubo indios. Toda la lana de estas alfombras la sacaron los navajos de los españoles, como los caballos, las armas, o el hierro. Lo que tenían los indios, la belleza y la sabiduría que habían acumulado desde el inicio de los tiempos, cabría en una pequeña bolsa. Por supuesto si los hubieran dejado solos el tiempo suficiente, también ellos habrían acabado por inventar el transistor, pero no los dejaron, ¿verdad? Y tan pronto como toparon con los blancos estuvieron acabados. Tan pronto como se toparon con los blancos se convirtieron en mitos. Por «tan pronto como» me refiero a, digamos, treinta y seis meses. Así que, si una de las cosas que uno tuviera fuera una droga, y a uno lo hubieran convertido en un mito, probablemente habría deseado tomarla.
– ¿Ha estudiado antropología?
– Sólo durante un año. Pero aquí lo que sobra es tiempo para leer.
Marianne estaba asustada, así que continuó parloteando. Eso era lo que David había visto: que estaba muy asustada. Hubo un momento, cuando Marianne miró hacia otro lado, en que Anne pudo observar la oscuridad de sus grandes y negros ojos, una oscuridad absoluta y absorbente que daba terror. Sólo fue un instante, luego también ella apartó la vista.
– ¿Cuántas hay que tomar? -preguntó David.
– ¿Lo había tomado antes?
– No.
– Sólo una. O dos o tres. Yo tomaré media docena al menos. -Siempre se dirigía a David, pero Anne sabía que también la vigilaba a ella. Entonces Marianne le dijo-: ¿Está segura de que no quiere una?
– No lo sé. Esperaré, si no le importa.
– ¿De dónde procede? -inquirió David.
– Ya se lo he dicho. De Sanderson, Texas. Los indios solían hallarlo por Laredo, a lo largo de Río Grande. Pero ahora ya no queda. Hay que ir a México.
¿Quería David, por así decirlo, que ella se mantuviera sobria? ¿Contaba con eso? Bueno, ella no había tomado nunca drogas, sólo un poco de hierba, por supuesto, pero nunca había sido nada importante. «Admítelo, básicamente eres una buena chica. Una buena chica. Una madre. Estás bien educada, además de ser inglesa. No eras virgen cuando te casaste porque creías que ser virgen sería más vergonzoso que lo contrario. Pero la vergüenza era sin duda la clave.»
Había dos lámparas en el suelo que derramaban su luz por las brillantes alfombras. Marianne les había explicado que el rojo de las alfombras era de cochinilla. Procedía de un insecto que aplastaba hasta convertirlo en tinte. «Se ven fácilmente;
parecen pedacitos de cera sobre los cactos. Succionan el jugo de los cactos.» El sol, el cactos, el jugo, el insecto, el tinte, la alfombra…
– ¿Cree que alucinan cuando se alimentan de peyote?
– Prefieren la chumbera -aseguró David-. Opuntia polyacantha.
Un haz de luz llegaba más allá de las alfombras y cruzaba el umbral de la cocina, reluciendo sobre los baratos armarios de metal revestidos de una imitación de madera. «No soportaría vivir en un sitio como éste», pensó Anne, y luego se giró hacia David. Aún estaba allí. Por así decirlo. Todo allí. Como Opuntia polyacantha, verdaderamente. ¿Qué hacía o esperaba? Sólo recientemente y de forma retrospectiva, se había dado cuenta Anne de la gran confianza que tenía David en su instinto. Fingía creer lo que los demás hacían y era muy convincente, como un excelente actor, pero sólo confiaba en lo que podía ver, tocar, oler, adivinar.
Tannis había matado una serpiente de cascabel que había debajo de su casa, contó Marianne. Ésa era una de las razones por las que le alegraba que su hija estuviera con su padre. Vogel. Que no era Stern, tenía que recordarlo. ¿O era al revés? Y quizás, en cualquier caso, a Marianne no le alegrara tanto como aseguraba. No. La bebida, la droga, por eso lo hacía, por eso estaba tan asustada. Su hija, Anna. Al otro lado de la habitación, en una esquina, Anne vio una foto de la niña con un marco de plata que le hubiera ido muy bien a Marilyn Monroe. Pero probablemente había sido la propia Anna quien lo había escogido.
Para Anne era evidente que Marianne había estado tomando la droga desde mucho antes de que ellos llegaran. Y había estado bebiendo tequila. Era resistente. También eso era parte de algo que había entre las dos mujeres. «He conseguido que tu hombre tome la droga conmigo, y tú no lo harías.» O sea… ¿O sea, qué?
– Quisiera tomar un poco de agua -dijo David después de la segunda yema.
Marianne pareció súbitamente alerta.
– Salgamos fuera. Hace una noche preciosa y conozco un bonito sitio. -Se levantó-. Que todo el mundo coja una manta. «Que todo el mundo coja una manta, yo cogeré el agua y saldremos fuera.» Sólo una madre, pensó Anne, podía captar ese ritmo; y era una buena chica, así que hizo lo que le decían. Aunque en verdad era una noche preciosa. Ya era noche cerrada y el negro cielo de terciopelo estaba cubierto de estrellas como diamantes. Anne no había visto nunca unas estrellas tan brillantes. Tan blancas. A lo lejos se alzaba la oscura masa de las montañas y al otro lado, hacia la autopista, se veía el pálido reflejo del Panamint, como un lago en el cielo. Anne llevaba sandalias. La arena se le metía por dentro y estaba bastante fría. El aire era frío pero suave. David le tocó la mano.
– ¿Cómo estás?
– Bien.
– Yo no…
– No te preocupes. Lo entiende todo. Lo sabe todo.
Marianne los alcanzó. Se puso a la cabeza hasta que llegaron a una pequeña cuenca entre unas grandes rocas. Extendieron todas las mantas en el suelo. Era maravilloso tumbarse en ellas. Estaba uno rodeado y oculto por las rocas, pero allá arriba estaba todo al descubierto entre la tierra y las estrellas. El agua había llegado en un cubo de metal. Había también un tazón. David sacó agua con el tazón y bebió, pero inmediatamente se alejó para meterse detrás de una de las grandes rocas y Anne le oyó vomitar. Siguió vomitando.
– ¿Estás bien? -le llamó.
– No se preocupe -dijo Marianne-. A casi todo el mundo le pasa, sobre todo cuando se bebe algo.
– David…
– Puede resultar solitario -insinuó Marianne-, cuando eres el único que no tomas.
No.
Pero luego pensó: «Deberías hacer lo que menos esperan.»
La yema de peyote parecía un fruto seco.
Una manzana seca.
O un albaricoque.
O un higo seco.
Anne se lo metió en la boca y lo mordió. Tenía un gusto salado y amargo y áspero, como la piel interior de una nuez. Y se volvió correoso cuando lo masticó, como un duro y cartilaginoso trozo de carne. En realidad no conseguiría masticarlo del todo. ¿Debía tragárselo? Pronto tuvo la boca llena de saliva que flotaba alrededor del peyote. Y se le volvió insensible, no como en el dentista, sino en toda la superficie, hormigueando, aunque la lengua notaba bajo aquella insensibilidad la increíble suavidad de su boca.
Al final se lo tragó. Ya que, al parecer, después lo vomitaría.
Lenta y brillantemente, el cielo nocturno empezó a girar detrás de las estrellas. Anne lo siguió dando vueltas y más vueltas. Se mareó, pero también todo en su interior daba vueltas con perfecta calma.
Las estrellas pasaban fugaces. Adquirían colores, como cintas, o neones, o lápices de pastel. Fotogramas acelerados de Picadilly. Times Square. «Realmente – se dijo-, es bastante…» pero no encontró la palabra.
El tejido de la manta era increíblemente fino y tupido. Urdimbre y trama. Tela cruzada y tapiz de diamantes. Siguió un único hilo, por encima, por debajo y de vuelta. Pensó que lo había perdido, pero luego lo volvió a encontrar. Alzó la vista y el rojo diamante del dibujo se alzó con sus ojos, adquirió alas (cenizas rojas arrastradas por encima de un fuego) y salió volando, veloz, silbando, brillante como un papagayo.
Sola, tras una roca, Anne tenía náuseas. Iba a ponerse a gatas, pero al final sólo se dobló por la cintura. Iba a vomitar. Lo sabía. Nada podía evitarlo. Suavemente, notó que se le estrechaba el ano. No tuvo tiempo de respirar. Su estómago se crispó y luego subió, la garganta y el cuello estaban abiertos y boqueaban como un pez y vomitó, el ano y el estómago se crispaban para sacarlo todo fuera. «Dios mío.» Era como respirar, hacia atrás. «Dios mío.» Volvía a vomitar. «Oh, joder.» Le había caído un poco sobre el pie y por supuesto llevaba sandalias.
David. Divad.
– ¿Sabía que su nombre es un palíndromo? O casi.
– ¿Qué significa eso? -preguntó Marianne.
– Bueno, que es lo mismo de izquierda a derecha que de derecha a izquierda. Hacia arriba que hacia abajo.
Leche azul manando de la Vía Láctea… Toda aquella experiencia, pensó Anne, era de ese nivel: banal, como el verso de una famosa canción. Lucy, o quien fuera, en el cielo con diamantes. En realidad los efectos eran menos intensos que los de un sueño, aunque en cierto sentido el aspecto más importante era que no estaba soñando. Era como un sueño, pero uno sabía que no estaba soñando. Aunque no sabía qué relación guardaba eso con Marianne. Pero las estrellas, las constelaciones, eran en verdad increíbles.
Se tumbaron sobre las mantas para mirar las estrellas. David conocía el zodíaco, y aquello era California después de todo; la ciencia y la astrología no estaban tan lejos una de la otra.
– Pero ya no sirve. La Tierra se ha movido. Las estrellas no están en sus casas. Se supone que el sol está en Aries en el equinoccio, así era como los antiguos lo vieron, pero creo que ahora se ha movido hasta Piscis.
Qué tranquila sonaba su voz. Anne, mirando fijamente las estrellas, dejó que se le cerraran los ojos. Dentro, en lo alto, se movía a saltos un amigable león amarillo. Anne lo contempló. Se suponía que iba a pararse y a bostezar y a rugir, pero no lo hizo. Anne abrió los ojos y el león siguió adelante, moviéndose a enormes saltos por las cumbres de las montañas, saltando claramente de un pico a otro. Oyó a David decir: «Apuntaba a las estrellas y no pensó nunca en Londres en absoluto.»
Bebió un poco más de agua y se fue detrás de las rocas. Pero en esta ocasión no sintió náuseas. Esperó, creyendo que vomitaría, levantando los ojos y mirando hacia el Panamint, pero estaba totalmente tranquila. Tras un rato, sin embargo, se inclinó hacia delante. No estaba totalmente segura de querer probarlo, pero sentía curiosidad por ver si podía o no. Relajó la garganta y abrió la boca, aflojó la mandíbula. Luego forzó los músculos del estómago. No ocurrió nada. Entonces se puso la mano en el estómago y apretó, y la resistencia le dio a los músculos algo contra lo que luchar. Se agitaron. Tuvo que cerrar los ojos, concentrarse y relajarse al mismo tiempo. Volvió a hacer que se agitaran, como una bailarina de la danza del vientre, pensó, pero por dentro. Y empezó. Súbitamente estaba aterrorizada. Pero se negó a estar asustada. Una, dos, tres. Brotó el agua en un perfecto chorro cristalino. Lo miró mientras fluía. Las gotas individuales eran tan brillantes como diamantes y absolutamente ingrávidas, salían volando hacia el cielo como globos.
Houdini podía hacerlo. Se tragaba una llave y luego la echaba para salir de la caja o de lo que fuera. Podía vomitar a voluntad.
¿Dónde estaba Marianne?
Colores, pensó Anne. Todo trataba sobre luz y colores. Una caja de lápices de colores Eagle. Colores primarios. Como los asientos de un McDonald's. Los niños de la flor, el flower power… [51] decididamente había un lado infantil en todo aquello. ¿Pero había algo de malo en ello?
Ahora estaba muy cansada. «Quiero ir más despacio.» Pero los colores no se detenían. Cerró los ojos y siguieron allí, como un elemento separado. Nadando a través de ellos, como bancos de peces brillantes, corales, temblorosas algas. Pero se movía muy suavemente. Era como nadar desnuda. Muy agradable. Deslizarse tan sólo. Así era, seguir las corrientes, las brisas, rodando bajo el sol cuando uno tenía demasiado calor. Tumbarse sobre la alfombra y dormir. Cerrar los ojos y dormir.
Y entonces, al parecer, se durmió.
Pero Anne no recordó exactamente el final de todo aquello.
Más tarde tendría recuerdos nebulosos de haberse apoyado en David para caminar sobre la arena. Y había un extraño asunto sobre «tomar el camino más largo». Pero no recordaba haber vuelto al remolque y sólo cuando se despertó unas horas más tarde recordó las peculiares dificultades que había tenido para dormirse. Ello debido a los colores, que eran sin duda el principal efecto de la droga. Tan pronto como cerraba los ojos y trataba de relajarse, empezaban. Al parecer uno no podía controlarlo. Tenía cierto poder sobre las formas que asumían los colores, pero no sobre los colores mismos; sencillamente no se iban. Resultó bastante molesto. «De acuerdo, ya he tenido bastante.» Era como escuchar a alguien contándote una historia que habías oído una docena de veces. Notaba incluso esa expresión particular, fija, formándose en su rostro. Cuando se despertó, fue ésa la primera prueba que hizo, cerrar los ojos y tratar de hallar los colores y luego mirar a su alrededor y comprobar si estaban «ahí fuera». Aunque, tan pronto como se dio cuenta de lo que estaba haciendo, pensó: «Bueno, al menos puedes distinguir la diferencia.» Al final le pareció que estaban, pero sólo levemente. Para verlos tenía que esforzarse.
Aliviada, se incorporó, apoyándose sobre un codo.
Estaba en la habitación principal del remolque y entonces se dio cuenta de que estaba tumbada sobre un colchón muy estrecho con algunas de las mantas navajo por encima. David estaba a su lado, tapado también y todavía dormido. Lo intentó, pero no pudo recordar cómo había llegado hasta allí. Escuchó, pero no pudo oír a Marianne ni ninguna otra cosa en realidad, excepto el suave zumbido de un ventilador que no supo localizar. Luego aquel sonido se desvaneció bajo los sueltos, tranquilos sonidos de sí misma. Al cabo se dio cuenta de que quería orinar. Y en lugar de ir equivocándose por ahí en busca de un lavabo, se enrolló en una de las mantas, puesto que estaba desnuda, y salió del remolque.
Hacía mucho frío y el cielo estaba nublado. Para ella fue un alivio. El cielo parecía ahora envolver el vasto paisaje, de un modo casi protector, en lugar de retirarse a la aspereza del espacio. Pero aún se veían algunas estrellas y no parecía haber luz suficiente para que hubiera amanecido. Se preguntó dónde estaría su reloj. Pero bajó los peldaños y se alejó del remolque. Finalmente, a unos cien metros, se puso en cuclillas. Se tranquilizó, se contuvo durante unos segundos. El aire era hermosamente frío, inspiró una bocanada, luego dejó escapar el aire, meando al mismo tiempo. Sobre los dedos de los pies, rebotando hacia los muslos… estiró la espalda, sacudiéndose los cabellos, sintiéndolos sedosos y encantadores sobre la espalda. Se sentía bastante bien en realidad. Miró hacia abajo. «Si es de color azul brillante no te asustes.» No lo era. No tenía nada con qué limpiarse, así que esperó un momento, dejando que cayeran las últimas gotas. «Dios mío -se dijo-. Qué locura. Eres una hippy. ¡Mantas navajo! ¡Sólo te faltan los abalorios!» Parecía todo muy divertido. Luego, echándose la manta a un hombro, dejando que su piel disfrutara del aire frío, caminó de vuelta al remolque. El cubo con el tazón estaba junto a los peldaños de entrada. Se preguntó si volvería a vomitar de nuevo, decidió que no y tomó un trago. Luego se roció los muslos. Finalmente entró. El remolque estaba en silencio. David no se había movido y ella volvió a dormirse.
Estuvo dormida una hora larga, más o menos. Cuando se despertó, David estaba sentado junto a ella, y para su sorpresa, estaba fumando uno de los cigarrillos de Marianne. -¿Te encuentras bien? -susurró Anne.
– Un poco acelerado, pero bien. -Hablaba con voz normal-. Está en el dormitorio, como un tronco. Tardará horas en moverse.
– ¿Estás seguro? -Anne notó que aún susurraba.
– Dios sabe cuánto se habría tomado de eso. -Se inclinó y la besó en la mejilla-. ¿Estás enfadada? No tenías por qué tomarlo, ¿sabes?
Anne se quedó pensativa unos segundos, luego sonrió.
– No, no estoy enfadada. No sé si me gustó… Bueno, supongo que sí. No hacía más que ver colores.
– Sí, yo también.
– ¿Pero qué pretendías hacer?
– No estoy seguro. Quería sorprenderla. Ver lo que haría.
Cómo reaccionaría… Frente a ti en parte. Y cómo reaccionarías tú, lo que verías.
– Supuse que sería algo así. Pero no estoy segura de haber visto mucho, excepto que está aterrorizada.
– Es por su hija. Vogel tiene a la niña. Es su modo de tenerla bajo control. Estoy seguro.
– ¿Y qué significa? -inquirió Anne.
David vaciló, reflexionando, y si contestó la pregunta, ella no recordaba la respuesta, ya que casi de forma inmediata, le pareció, volvió a despertarse. Así que debía de haberse vuelto a dormir. Sí, porque volvía a despertarse. Y tenía la sensación de que había pasado el tiempo, igual que si se hubiera dormido en un tren y ese tiempo que había dormido, sus sueños, el movimiento de su cuerpo, se hubieran podido medir también en kilómetros. Había mucha más luz: tumbada en el suelo sólo podía mirar a través de las rendijas de la persiana de una de las ventanas y ver el sol. El aire se estaba calentando. Ahora David estaba sentado en el extremo del colchón y la miraba silenciosamente. Su cara estaba húmeda; gotas de agua relucían en sus mejillas sin afeitar. Estaba desnudo y tenía la piel enrojecida, como si acabara de frotársela con una toalla. Tumbada allí, Anne se dio cuenta de que lo deseaba, aunque con el habitual retraso en su reacción; había siempre un instante de embotada sensación y su mente se obnubilaba, como si sus sentidos lucharan por no sentir. Luego sentía realmente y su corazón empezaba a latir más deprisa. Siempre sentía el deseo primero en los labios y los pechos.
Apartó la manta.
Para mostrarse a él.
Pero aún seguía indecisa. Se oyó a sí misma susurrar:
– ¿Aún está dormida?
David asintió.
– Como una piedra.
David se puso de rodillas. Anne comprobó que ya la tenía dura y erecta y cerró los ojos. ¿Podría ella convertir su polla en una serpiente? O quizá en una flor, en un tulipán, un bonito tulipán holandés aún sin abrir, un gordo y rojo capullo justo al extremo del tallo, tan pesado que se inclina sobre él. Pero no funcionó. Si el peyote tenía algún efecto, era sólo para prestarle cierto brillo al mundo. David relucía. Ella extendió los brazos.
Inclinándose hacia delante, él empezó a besarla perezosamente. Abriendo la boca a los labios de David, ella sintió un suave aliento frío penetrando en su garganta y luego le mordió los labios como diciendo, venga, venga, no tan perezoso. Suspiraba. De repente estaba más excitada de lo que habría supuesto. Giró la cabeza y sintió los dedos masculinos recorrer sus cabellos hacia la nuca, luego el dorso de su mano le acarició con cuidado la garganta, deslizándose a lo largo de su mandíbula y volviéndose luego para cubrir el hombro, atrayéndola hacia él. Bajo las palmas de sus manos los hombros de ella eran redondos y suaves. Asiéndola por los hombros, la besó en la base de la garganta. Su lengua era suave, fría, tranquila. Luego todo eran sus manos. Sus manos quemaban y ella no podía mantener su ritmo; ella estaba aún jadeando por su peso sobre los pechos cuando empezaron a acariciar sus muslos. Su estómago tembló bajo su tacto. Los dedos de David tironearon los pezones hasta que le dolieron los pechos y luego su boca hizo desaparecer el dolor. Tenía unas manos grandes, duras, callosas, manos de jardinero. Sabían exactamente lo que debían hacer. Le abrieron las piernas, y luego los pulgares, apretando juntos, descubrieron todos sus secretos. Ella empezó a mover las caderas, no podía parar de moverlas, pero la lengua del hombre era incansable, imperturbable, malvada, porque él se limitó a inclinarse un poco hacia delante y lamerle el ano, adivinando justo lo que ella quería, que calmara allí su ansia. Y siguió y siguió. Entonces ella empezó a correrse. O notó que empezaba a correrse. Se puso tensa de ese modo particular que ella tenía, del mismo modo en que siempre lo hacía. Sin embargo, ante su pasajera consternación, no funcionó. Se puso tensa, pero había algo que fallaba. Faltaba algo, que se deshacía o se desviaba. No obstante era una grata sensación, cálida, suave, flotante. Suspiró. El suspiro recorrió su cuerpo hasta abajo y gritó. Algo estaba ocurriendo. La lengua de David no se detenía y ahora volvía a sentir sus manos. ¡Qué fuerte era! Podía escalar riscos. Podía subir por cuerdas. Ahora sus fuertes manos la cogieron por detrás de las rodillas y le echaron las piernas hacia atrás, y sus dedos, en el interior de los muslos, las separaron. Sus manos eran grandes y poderosas. Le hicieron doblar las piernas hacia atrás y separarlas aún más. Más hacia atrás y más separadas. Más separadas… Su mente se llenó de confusión. Se sintió mal. «Oh, no.
Para.» No lo dijo, pero lo pensó con toda claridad. Sin embargo, David siguió apretando hacia atrás y hacia abajo. A ella no le gustaba. No, no le gustaba. Suavemente la besó. Pero era doloroso que a una la doblaran tanto. O quizá no era exactamente dolor. Estaba sufriendo… una imposición. Sí, estaba enfadada. La estaba forzando. Quería gritar. Pero cuando empezó a gritar se ahogó, o al menos se produjo una oclusión en su garganta y durante unos segundos creyó que no podía respirar. Tenía náuseas. Empezó a entrarle pánico. Tensaba las piernas haciendo fuerza hacia delante para rechazar a David, pero no podía gritar, aunque quería, y no le dijo en realidad que parara. ¿Sabía él lo que le estaba haciendo? Quizá no. Pero él hizo exactamente lo que era necesario, pues se apretó aún más hacia delante, haciendo que ella se doblara aún más (tenía las piernas tan abiertas hacia atrás que que creyó que iba a partirse, que de su cuerpo manaría alguna terrible porquería. Entonces, apretando la cara contra su mejilla, él bajó las manos y le acarició el culo muy suavemente. Y el tacto de sus manos fue mágico. Sencillamente no podía resistir la deliciosa caricia de sus manos. Esa caricia se metió dentro de ella, desde el ano, pasando por el estómago, hasta los pechos. Y la ira salió de su interior, y el dolor, como si el dolor fuera en realidad la ira encerrada en su interior, allá abajo, justo en sus caderas. Al darse cuenta, sobresaltada, tomó aire (bien, se percató de que en realidad había estado conteniendo la respiración durante todo ese tiempo) y sin el más mínimo esfuerzo, por sí sola, echó las piernas hacia atrás aún más y sintió que estaba hinchada y abierta para él, tan abierta como los labios de su boca. Lo aspiró. Era muy agradable. Lo amaba. Sintió una loca felicidad que no acabó de comprender. Era muy agradable, ¿pero por qué tan loco? Jadeó cuando le metió la polla. Lentamente empezó a follarla y fue como un juego, porque parecía follarla siguiendo el ritmo de su respiración, dentro y fuera al tiempo que ella respiraba. Entonces ella echó la cabeza hacia atrás porque ya no sentía la luz alrededor de la ventana más allá del hombro de David. Estaba en una penumbra fría y tranquila. Con asombrosa claridad, tanta que podría haberse preguntado si su cerebro no estaría todavía bajo los efectos de la droga, vio la imagen de las manos de su padre. Era extraordinario. Eran manos grandes, fuertes, bastas, morenas; gordezuelas y fuertes. Estaba mirando los pulgares, la gran base con el corto y encorvado dedo encima. Miraba sus manos apretadas, pero desde el lado de las palmas, por así decirlo. Y en alguna parte de su mente sabía exactamente lo que era esta imagen: ella estaba en el columpio del jardín y su padre sujetaba las cuerdas para darle impulso. Aquel polvo era como estar en el columpio. Él la empujaba más deprisa cada vez y sus piernas también se movían, dándose impulso, y luego se inclinaba hacia atrás y todo su cuerpo la elevaba aún a mayor altura. Hasta que aparecía el miedo, justo en el centro de su cuerpo, en el seno de su estómago, y estaba a punto de gritar de terror. Pero naturalmente no estaba asustada en realidad. Abrió los ojos. Y sus manos no estaban en las cuerdas del columpio, sino en los hombros de David. Descendieron por su espalda hasta llegar abajo y se apretó contra él y se corrió, tan fácilmente como un beso en la mejilla.
Eso fue lo que hizo que ocurriera. La droga, el sexo. El despertarse y el dormirse, el dormirse y el despertarse. Pero ella seguía sin tener ni idea. Eso, la idea, no llegó hasta más tarde, hasta…
Se había despertado de nuevo, pero David seguía durmiendo. No había oído ningún sonido procedente del dormitorio de Marianne, así que había vuelto a envolverse en la manta y había vuelto a salir ella sola. Aún estaba medio dormida. Había notado mucho calor, pero había una espita de agua a un extremo del remolque y se había lavado; después también había lavado la blusa y las bragas, porque estaban demasiado sucias para poder ponérselas. Por fin, mientras buscaba un sitio donde tenderlas a secar, había divisado las dos grandes rocas que se alzaban sobre la depresión en la que estaba el remolque. Y había caminado hacia allí.
Había mirado en derredor. No pensaba en nada especial. No había nada que ver salvo rocas y creosota, creosota y rocas, calor y vacío. Sabía que no podía verla nadie. Puso un par de cantos sobre la ropa para que no se la llevara el viento y se tendió sobre una de las rocas. Abrió la manta y se ofreció al sol. Bueno, ¿por qué no, si no había nadie que la viera? Cerró los ojos y dejó la mente vagar a su antojo. «Te ha follado bien follada, ahora puedes freírte.» Sonrió. Sentía que su cuerpo absorbía el calor de la roca que tenía debajo y el sol que tenía encima. Salvador Dalí, Georgia O'Keeffe. Blancas calaveras. Relojes fundiéndose bajo el calor. Hora de chocolate. Aquellos colores.
No pensaba en nada especial. Pero después de un rato empezó a preguntarse si podía estar embarazada sabiendo que no quería estarlo, no, definitivamente no, ya había pasado por eso, y empezó a contar los días desde su último periodo. ¿Cuántos días hacía?… pero al final resultó ser un esfuerzo demasiado grande y lo dejó correr. Sólo que entonces se le ocurrió algo que, en apariencia, surgía del azul, justo cuando su mente se perdía a la deriva, de hecho en el momento en que cerró los ojos, cambió el azul del cielo por un oscuro pálpito de oscuridad que luego se transformó, tras sus párpados, en un movedizo pedazo de amarillo. Y era bastante extraño. Había una especie de ausencia en su mente, como si hubiera olvidado algo. Pero unida a esa sensación había un estado peculiar de alerta, como si tuviera que estar al acecho de algo… lo había olvidado, o eso suponía ella. Pero lo que se le ocurrió fue el pensamiento de que el sexo no tenía nada que ver con quedarse embarazada en cualquier caso. Lo pensó, pero no comprendió totalmente lo que significaba. Tuvo que pensar en ello de nuevo y se refería al sentido del sexo, a que la razón por la que un hombre y una mujer se unían de esa manera en particular no era el embarazo, sino el orgasmo. Físicamente, incluso biológicamente, ésa era la razón. El sexo se practicaba para correrse, no para tener niños. Los niños eran un aspecto secundario, sobre todo considerados según el punto de vista del método. La reproducción podía conseguirse por muchos medios (división celular, época de celo, o lo que fuera), pero tal como lo hacemos los humanos, uno se corría, y eso era lo más importante. Anne lo comprendió claramente, pero al mismo tiempo se quedó bastante sorprendida. No era el tipo de cosas en las que solía pensar. Además, no estaba segura de si su pensamiento era original o completamente banal, aunque después de considerarlo, supuso que la mayoría de la gente lo vería al revés. El objetivo del sexo era el embarazo. El orgasmo era una recompensa, un premio. Un soborno. Un aliciente para follar como conejos con el fin de reproducirse como ellos. Pero eso no era cierto ni siquiera biológicamente. El sentido del método por el cual nos reproducíamos era el orgasmo, sentirse así, tener esa cálida y agradable sensación por todo el cuerpo, una especie de descanso, como si uno se despertara después de un sueño especialmente profundo. No obstante, con los ojos aún cerrados, frunció levemente el ceño. ¿Estaba en realidad de acuerdo con esto? Olía a sangre, a mística, a algo en lo que D. H. Lawrence hubiera podido pensar, y a ella nunca le había gustado Lawrence; recelaba de cualquier tipo de filosofía que tuviera al cuerpo, a la biología, como centro. Por otro lado, era cierto. Lo sabía. Algo le había ocurrido con David. Ahora era diferente. Y en esa diferencia radicaba todo. El sexo, cualquiera que fuera el modo en que había empezado, había evolucionado hasta convertirse en eso, no en un modo de tener hijos, sino de rehacernos a nosotros mismos. ¿Sí? ¿No era ésa la verdadera ventaja que teníamos sobre los animales? Entonces un recuerdo inundó su mente, nunca estaría segura de si habría sido a modo de sanción de toda aquella línea de pensamiento. Qué joven había sido, tan joven como el mundo es viejo, pero lo veía todo muy claro. Era muy sencillo. Su padre la sostenía. Ella estaba en sus brazos. Las manos de su padre la sujetaban. Podía ver el rostro de su padre, la curva de su mejilla. Podía oler a su padre, allí en California, podía oler a su padre. Y luego su madre se había inclinado sobre ella, con ojos sonrientes, y la había besado en la mejilla, y ella había sabido que era su padre quien la sostenía en lugar de su madre.
Sí, ése parecía ser el significado, y era tan sorprendente (era el recuerdo más lejano en el tiempo de sí misma que había tenido nunca) que le devolvió de golpe la conciencia. Y esa conciencia, cuando se sentó con la espalda tiesa, fue tan aguda que apenas tuvo un instante para disfrutar de su recuerdo, porque de inmediato comprendió por qué lo había tenido. Nada de todo eso era casual. Ninguno de aquellos pensamientos y sentimientos era irrelevante, sino todo lo contrario. De las manos de David a las de su padre, mano tras mano había llegado hasta ese punto, como si hubiera ascendido un risco. David le había dado el impulso para trepar a la cabeza por una ruta que él no hubiera podido tomar. Y ahora ella estaba en la cumbre, junto al borde. Que era esta pregunta: si Marianne hubiera tenido el recuerdo que ella acababa de tener, ¿qué manos habría visto? Padre e hija eran dos eslabones separados, ¿pero cómo se unían? Vogel era el padre de Marianne, pero ¿quién era el de Anna? O, dicho de otro modo, ¿quién era el marido de Marianne, el padre de su hija?
Le invadió entonces una gran premura. Se bajó de la roca a gatas, recogió sus ropas y se puso las bragas aún húmedas. Echó a andar, luego a correr, por la arenosa cuesta, hasta llegar al remolque. Una vez dentro, la oscuridad la confundió, tan brillante había sido el sol, y luego se dio cuenta de que tenía que volver a salir al exterior porque quería las fotografías que David había encontrado en Aberporth y éstas se habían quedado en su maleta, en el maletero del coche. Se produjo cierto barullo, pero David no se despertó. Pensó en despertarlo, pero le pareció que era asunto suyo completar la tarea. Él era el científico, él había iniciado el experimento, pero había funcionado porque la había conducido a ella a aquella conclusión. Después, en silencio, cogió la fotografía de Anna que había visto la noche anterior y la sacó del reluciente marco de Hollywood. Era un retrato, según el sello del dorso, realizado en Sears. Formal, artificial, con una luz y una pose demasiado pensadas, pero era cuanto necesitaba. Se lo llevó al dormitorio donde Marianne Vogel seguía dormida sobre la litera. Una ojeada bastó. No cabía la menor duda, aunque no la había tenido en realidad. Anna era la hija de Marianne. El rostro de la madre era tenso, estirado, tirante, como si sus mejillas y su frente trataran de reprimir el miedo que escondían sus grandes y oscuros ojos, pero su hija tenía exactamente la misma belleza. De vuelta en la sala de estar, se sentó sobre una de las alfombras indias y colocó las dos fotografías una junto a la otra. Una vez más el parecido era indiscutible. Verdaderamente la niña que montaba a caballo podría haber sido Anna, pero por supuesto no lo era, puesto que la foto había sido tomado veinte años atrás. Tenía que ser Marianne, algo más mayor entonces que su hija ahora. Y había un segundo punto, se dijo Anne, que era igualmente obvio. Uno no podía mirar la fotografía sin creer que el hombre bajo y moreno que sujetaba las riendas del caballo era el padre de la niña. Se notaba, percibió Anne, que Marianne se había enorgullecido de hacer que su padre se enorgulleciera de que ella montara con tanta soltura.
¿Qué significaba eso? El corazón saltaba en su pecho, porque había comprendido la respuesta instintivamente y de inmediato. Sin embargo, se obligó a sí misma a desvelarla poco a poco. Movió los dedos por encima de las fotografías, como una niña que recorriera las letras al tiempo que aprendía a leer. Siempre había habido un Vogel en aquella parte del desierto. La mujer de David le alquilaba un caballo. Se había mencionado una segunda propiedad, no lejos de esa misma, que le había pertenecido en otro tiempo. Marianne era la hija de ese hombre. Pero ¿quién era el padre de su hija? Anne supo que ésa era la pregunta que se ocultaba tras el miedo de Marianne, el horror que tanto ella como David habían visto, el más antiguo de los miedos. ¿No resultaba obvio? Vogel, de quien Marianne pensaba que era su padre, había engendrado a su hija. Su padre y su amante eran el mismo hombre, de modo que su hija era también su hermana. Pero ahí estaba lo extraordinario. «No era así.» No podía ser. David había estado completamente en lo cierto. El hombre que él había conocido en Aberporth, que se había llamado a sí mismo Stern, no era el hombre de la foto con Marianne de niña, el hombre que era evidentemente su padre. Vogel era Stern, o Stern era Vogel, pero no importaba. Anne se percató de que, de un modo decisivo, lo habían entendido todo al revés.
Cuando Anne llegó por fin a esta conclusión y estuvo convencida de que tenía razón, descubrió que no estaba segura de qué hacer. Estuvo a punto de sacudir a David para despertarlo; quería contárselo todo. Sin embargo cambió de idea. Sintió una especie de delicadeza que se lo impidió. En parte debido a la peculiar naturaleza de su descubrimiento, pero también estaba relacionado con la lógica que la había conducido hasta él. No quería violar esa intimidad. Era muy personal, incluso para ella. Así que finalmente recogió las fotografías y se fue al dormitorio. Marianne aún dormía y era de suponer que su mente seguía discurriendo por los coloreados sueños de la droga. Sí, también ése era un motivo más para esperar. La única silla era pequeña y muy baja, la silla de Anna. Se sentó en ella, colocó las dos fotografías sobre su regazo y trató de pensar cómo le contaría a Marianne la asombrosa verdad.
David estaba fuera cuando empezaron los gritos y, por el modo en que se desarrollaron las cosas, no tuvo demasiado que ver en ello. Lo cual resultaba perfecto porque, aunque él no lo sabía, su experimento había sido un éxito y todo lo que tenía que hacer era anotar los resultados.
Eran entonces más de las diez. Al despertarse se había sentido descansado, relajado, y había supuesto que Anne estaría fuera. Así que había ido en su busca y luego, como la primera vez que se había levantado, había llenado el cubo de la noche anterior con agua fresca y se había sumergido en él. Buscó a Anne por detrás del remolque y justamente volvía a la puerta de delante cuando empezó. Gritos de terror. Gritos de desesperación. Gritos de la más asustada niña del mundo.
Se quedó paralizado, pero luego echó a correr, aunque se había dado cuenta enseguida de que no era la voz de Anne. Pero descubrió entonces que se las había apañado para cerrar la puerta tras de sí y cuando consiguió abrirla a empellones, entrar y llegar al dormitorio, ya casi había concluido. Anne estaba sobre la cama, sosteniendo a Marianne, cuyos gritos se habían convertido en ahogados sollozos. Jadeaba como alguien que hubiera estado corriendo durante kilómetros y le faltara el aire. Al principio David pensó que era a causa del peyote, de un mal viaje, el peor de los viajes posibles, pero Anne trató de explicárselo, sosteniendo a la mujer, acunándola, alzando la voz por encima de sus sollozos.
– Lo he descubierto, David. Vogel es el padre de su hija y ella cree que Vogel también es su padre. ¿Comprendes? Pero no lo es. No puede serlo, ella es la niña del caballo, en la foto. Mira la foto de su hija y podrás ver…
– Es mi padre -repetía Marianne entre jadeos-. Es mi padre, mi padre…
Siguió y siguió y Anne trató de calmarla.
– Es tu padre, de acuerdo, es tu padre… ¿Ves? El otro hombre no lo es, ¿no comprendes? El padre de Anna… Ése no es.
– Pero él me llevó. Me llevó con él. Fue él quien lo hizo. Y tú estabas allí, estoy segura, porque tu voz…
Anne sacudió la cabeza mirando a David.
– No lo comprendo. No deja de repetir lo de mi voz. Eso es lo que la asustó, tan pronto como he intentado hablar con ella… Por algún motivo al despertarse y oír mi voz se ha puesto frenética.
Pero entonces David lo comprendió. Si hasta ese momento había estado actuando indirectamente, ahora contribuyó con un presentimiento crucial, particular. Estaba de rodillas junto a la cama. Extendió el brazo y obligó a Marianne a darse la vuelta para que pudiera verlo a él.
– Trata de recordar. No es la voz de Anne, ¿comprendes?, es su acento. Escucha. Tiene acento inglés. Había una mujer con acento inglés cuando aquel hombre te llevó consigo, pero era una persona diferente, mi mujer, creo. Su nombre era Diana. Alquilaba caballos a tu padre. Alquiler de caballos. ¿Recuerdas?
– Pero mi padre no me llevó consigo.
– Eso es cierto.
– No volvió. Yo era una niña pequeña.
David lo comprendió entonces con toda claridad. Asintió y dijo:
– Es verdad, tu padre no volvió y el otro hombre vino a buscarte. Y mi mujer lo vio, la mujer con acento inglés. Le contó a ella alguna historia y te llevó consigo. Luego fingió ser tu padre, ¿verdad? ¿Y se casó contigo cuando fuiste mayor y tú tuviste una niña?
– Sí, Anna. Él tiene a Anna.
– Sí, tiene a Anna. Pero, ¿comprendes?, no es tu padre en absoluto. Nunca fue tu padre. Era una persona diferente. Tu verdadero padre no volvió. ¿Entiendes? ¿Sabes dónde está tu padre? ¿Tu auténtico padre?
– No… No. Sólo sé que no volvió, aquel día.
– Pero sabes dónde está Vogel, ¿verdad?, con tu hija.
Ella asintió y David se echó hacia atrás sobre los talones. Ella sabía dónde estaba Vogel, pero en realidad aquel hombre no era Vogel. Vogel, su auténtico padre, había desaparecido años atrás, no había vuelto nunca. Alguien había usurpado su identidad, incluso su papel de padre. Y Diana había sido testigo, desde el primer momento. Diana había devuelto el caballo, tal y como había explicado en su carta, pero Vogel no estaba allí. Su hija estaba nerviosa, asustada, así que ella se había quedado a esperar: «Hice dibujos para ella, tratando de calmarla, le hice un retrato, ella me contó historias e hicimos libros ilustrados, y por fin llegó otro hombre, sucio, quiero decir con las manos y la cara sucias, exhausto.» Y esa otra persona se había llevado a la niña y a partir de entonces había fingido, durante todos aquellos años, que era el padre de la niña, sellando el secreto entre ambos mediante una horrible seducción. ¿Quién era ese hombre? Ahora David estaba casi seguro de la respuesta: Stern, sin duda tenía que ser él, que no había trabajado para Hughes Aircraft, sino justo allí en China Lake. Stern se había convertido en Vogel, tal como Buhler había descubierto. Porque Buhler había conocido al verdadero Vogel en Dora. Había descubierto el cambio. Ahí era donde debía de haber empezado todo. Buhler había llegado buscando a Vogel, pero había encontrado a Stern en su lugar, y a Stern le había entrado el pánico y había llamado a Tannis… ¿Por qué?… Porque…
– ¿David? -Anne abrazaba a la mujer, meciéndola en su silencio lleno de lágrimas-. ¿Qué vamos a hacer?
David se inclinó y la besó. Luego se encaró con Marianne.
– Tranquila -susurró-. Descansa un rato. Luego nos llevarás hasta Anna. ¿De acuerdo?
– Está con él.
– Eso es -asintió él-. Sé que está con él. Iremos todos juntos a buscarlo. Tú nos enseñarás dónde.