El desarrollo que este AAM completamente israelí, creado por la Autoridad para el Desarrollo Armamentístico Rafael a partir de los primeros Sidewinders, se inició en 1961. Al llegar a 1965 el Shafrir había superado en muchos aspectos al misil americano. Muchos detalles son aún materia reservada, pero es evidente que todos los modelos tienen un sistema óptico de Cassegrain tras una gran cabeza hemisférica, planos de deriva neumáticos y alas fijas colocadas en línea que contienen rodillos empotrados similares a los del Sidewinder.
Bill Gunston, Misiles aéreos modernos: guía ilustrada
De rodillas, Tannis se inclinó hacia delante y se echó el agua fría y clara del manantial sobre el rostro. Se lamió los labios. El agua era tan pura que era totalmente insípida. Pero tenía un efecto maravilloso sobre su piel. También allí, a la sombra de las altas rocas, hacía mucho calor.
Las gotas que chorreaban de su cara ondularon la superficie del estanque, pero en unos segundos volvió a alisarse. Al mirar su imagen reflejada en el agua, Tannis llegó a ver el fondo, que estaba formado por una gran roca gris tan suavemente curvada como una lente, pero agrietada en el centro; por allí donde brotaba el manantial. Había una pequeña corriente, un temblor que reflejaba la luz, pero la superficie estaba totalmente tranquila y todo se veía con total claridad. Justo entonces, mientras estaba mirando, apareció la imagen de otro rostro, el del hijo de Harper (que se inclinaba también para beber) y tan pronto como lo vio, Tannis lo supo. «Verte a ti mismo tal y como te ven los demás.» Durante unos instantes su respiración quedó suspendida entre el horror y el asombro y luego, al soltar el aire, agitó la tranquila superficie del estanque y brevemente ocultó la verdad. Pero no había la menor duda. El agua se calmó, la brillante imagen del muchacho se mezcló con la suya propia y fue su propio rostro con el aspecto que había tenido cuarenta o cincuenta años antes. Sus ojos. Su boca. Incluso su expresión. Sólo faltaba su vida grabada en él.
Tannis no podía creerlo, pero no le quedaba otro remedio. Con cuidado para no desvelar nada, miró hacia la derecha para ver el perfil del muchacho. Lo estuvo observando durante largo rato, y no le cupo la menor duda, una vez visto, no podía ignorarse. «Hijo, tienes mis ojos.» Una extraña sensación le recorrió el cuerpo. Se sintió inseguro y sus ojos se negaron a enfocar correctamente. Tras unos instantes, percibió finalmente otro horror. Hijo de puta, pensó, por eso se había suicidado Diana. Eso era lo que debía haber ocurrido. Cuando el chico había entrado en la habitación, ella los había visto juntos, uno junto al otro, y ella había visto lo que él acababa de descubrir. Y había sabido. Todo. Y no había podido soportarlo.
Cuando se echó hacia atrás le vino una imagen a la mente. Una mujer rodando, alejándose de él, sobre una de esas playas inglesas que era toda suaves y redondas piedras. Sí, ésa había sido la primera vez. Tres piedras mojadas se le habían quedado pegadas en la suave carne de las caderas y él se las había quitado y había visto la piel cobrar un tono rosado. Pero, se dijo, ése no podía haber sido el momento, el chico no podía ser consecuencia de aquello. Pensó en ello. Aquella primera vez había viajado como agente de seguridad y vigilancia de una delegación científica de NOTS y más tarde, aquel mismo verano (¿o había sido al verano siguiente?) Harper y su mujer habían ido a China Lake. Así que debía haber ocurrido allí, sí, quizás incluso junto a ese mismo manantial, bueno, no era probable. Pero era justamente el tipo de lugar donde ella había ido a reunirse con él, montando aquel caballo, o él la había llevado a algún motel. Dudó. Trató de evocar alguna imagen de ella, algún detalle sensual, sus pechos, su piel, su aroma, pero sólo veía aquellas tres pequeñas piedras y luego aquel otro recuerdo, el primero, el más claro de hecho: su voz, el sombrero balanceándose sobre la espalda: «¡Cielos, debo parecerme a Dale Evans!» Todo lo demás se había desvanecido. Excepto, al parecer, su hijo.
Discretamente, mientras el chico se llevaba la mano ahuecada a la boca para beber, Tannis se inclinó más hacia atrás, eliminando su imagen en el estanque. Y su voz, enteramente normal, no delató nada.
– ¿Estás seguro de que era tu padre? -preguntó.
– Sí.
– ¿Y estaba desnudo?
Tim, boqueando ante el frío impacto del agua, se enjugó la boca y asintió.
– Totalmente en cueros.
– Supongo que no le harías gestos con la mano ni correrías cuesta bajo para decirle hola.
– No parecía el momento más adecuado.
A Tannis le gustaba Tim. Todo salvo el nombre. Pero daba la cara por él. Lo que resultaba un poco sorprendente, dado su aspecto. Un novato. Aún no había salido del cascarón. Tejanos tan pulcros como los pantalones de un traje.
– ¿Y qué hay de esa mujer?
– No estoy seguro. Esa roca, ya sabe, está detrás del remolque, no se puede ver la parte de delante porque la tapa. Sólo he visto a mi padre porque dio la vuelta hasta la parte de atrás. Parecía buscar algo. Así que quizá la mujer estaba dentro y cuando ha salido yo no la he visto.
– Pero cuando la has visto bajaba por esa cuesta, donde el terreno desciende bruscamente.
– Exacto.
– ¿Y estaba desnuda?
– Casi, en realidad. Es muy atractiva. Tiene unos hermosos cabellos.
– ¿Rubios, con muchos tonos cobrizos?
– Sí. -Tim alzó la vista-. ¿Sabe quién es?
– Lo vi con una mujer atractiva de larga cabellera rubia como ésa en Escocia.
Con un giro de muñeca Tim hizo que el agua del estanque saliera impulsada hacia el otro lado.
– Podría ser ésa. Tiene una amiga allí. No la conozco, pero se llama Anne Brahe. Allí estaba él cuando ocurrió. Lo llamé allí.
– ¿Brahe? -gruñó Tannis-. ¿Qué tipo de nombre de los demonios es ése?
– Es danés. Su marido era danés. Hacía películas. Recuerdo que cuando yo era más joven pusieron una película suya en la BBC. Mi padre trabajó en ella también.
Tannis retrocedió alejándose del estanque y Tim lo miró.
– ¿Qué cree entonces que está ocurriendo?
– Quién sabe… pero si van por ahí desnudos es de suponer que se han hecho bastante amigos.
– Mi padre debe de saber algo.
– Tú crees haber visto a Vogel en Aberporth. Quizá tu padre también lo vio. Podría haberlo seguido. Aunque no importa. Está aquí.
Tim se sentó.
– Entonces, ¿tengo que volver a la roca?
Tannis sacudió la cabeza.
– No te preocupes. Come algo. Se quedarán donde están. Sólo un idiota se pasearía por el desierto a esta hora del día.
Tannis había colocado su hornillo Coleman bajo un profundo saliente. Era un campamento perfecto. En el desierto el agua potable lo es todo, pero no había visto nunca aquel manantial en un mapa. El alto risco que había tras ellos y los profundos salientes los ocultaban a la vista y al mismo tiempo les proporcionaban sombra. Más allá del estanque, que tenía tan sólo un metro o un metro y veinte centímetros de ancho, el suelo rocoso se elevaba en una pronunciada pendiente y luego volvía a descender hasta llegar a un estrecho cauce seco sin salida donde tenían el mulo. Era el tipo de lugar que no se encontraba, o se conocía o no se podía encontrar.
Tim empezó a hacer café, le gustaba hacer cosas. Tannis le dejó. Necesitaba tiempo para pensar. Después de lo que había visto en el estanque, el chico representaba una doble complicación. Su mera presencia ya era bastante mala. En Gales había sido natural dejar su número: «Si ves a alguna de estas personas, quiero que me llames de inmediato.» Pero por supuesto nunca había esperado esa llamada; y cuando había llegado (nada menos desde Los Ángeles), Tannis se había quedado atónito. Pero había sido positivo. El chico había resultado útil. Podía recoger el correo. Era mucho más fácil mantener la vigilancia entre dos, y teniendo a Tim para hacer los encargos, podía mantenerse a cubierto. Simpatizaban mutuamente, y dado lo que acababa de descubrir, era lo más natural. Pero había otro tipo de complicaciones, lo que había visto en el estanque. Contempló al chico mientras éste cebaba el hornillo. ¿Sospecharía algo? Al observarlo Tannis decidió que no, aunque tal vez no tenía necesidad, quizá había percibido tan sólo una relación, había captado algo sin saber lo que era. Parecía concordar con lo que parecía haber emprendido. Tannis se dio cuenta de que, de un modo algo enigmático, Tim quería reescribir su propia historia. Oír hablar de su padre le había liberado de una carga (Tannis no sabía exactamente cuál era) y ahora veía su vida bajo una nueva luz, estaba tratando de ser una persona completamente diferente, algo diferente al típico chico de Oxbridge [52]. En todo caso, ésa parecía ser la mejor explicación de por qué había ido hasta allí y también era la raíz, supuso Tannis, de su propio atractivo: belicista, una aparición, yanki, un pistolero del salvaje Oeste, era ahora una curiosidad, una atracción. Hay más cosas entre el cielo y la tierra, Horacio, de las que se sueñan en [53] el New Statesman, o cualquier otra mierda que leyeran ahora. En cierto sentido el chico le recordaba realmente al Harper de años atrás, porque siempre había tenido la impresión que de Harper estaba intentando poner tierra de por medio entre él mismo y algo de su pasado, de donde él procedía. Y Tim era un buen chico del mismo modo en que lo había sido su padre. Inocente. Asustado. ¿Sería virgen? Presumiblemente no. Pero uno se lo preguntaba. Tannis aceptó una taza de café y un bocadillo; en algún sitio había encontrado un selecto embutido italiano que no estaba nada mal.
– Ojalá me hubiera traído la cámara -se quejó Tim-. Estaba mirando las colinas, el mellado perfil negro que formaban las crestas en el cielo.
– ¿Te gusta la fotografía?
– Sí. En realidad soy bastante bueno.
Tannis recordó que la mujer, su madre, tenía una buena cámara cuando llegó.
– Aquí ya se ha fotografiado todo -aseguró-. El desierto y todas las colinas de los alrededores.
– Ansel Adams.
Tannis sacudió la cabeza.
– Se dedicaba más a las montañas. Así me lo imagino yo.
– Pero también fotografió el desierto, aunque supongo que tiene razón. Edward Weston sería un ejemplo mejor.
– Sin duda. Recorrió todo esto.
– ¿Conoce a Edward Weston?
– Conozco el desierto.
Tim sonrió.
– En cualquier caso, sólo porque él también hiciera fotos aquí no quiere decir que yo no pueda interesarme.
– No sería lo mismo. Si uno hace una fotografía de algo, este algo cambia. Debido a sus fotografías todo lo que ves aquí es diferente.
Tim volvió a sonreír.
– Me recuerda a uno de esos nativos… ya sabe, de Borneo o algún sitio parecido. Si me haces una fotografía me robas el alma.
– Curioso.
– ¿Cree que el desierto tiene alma?
Tannis se encogió de hombros.
– Es inútil.
– Bueno, piense en la pintura. ¿Cuántos miles de cuadros se han pintado de las colinas de Roma, o de los diques holandeses o de los pastos ingleses con vacas?
– Estás demostrando mi teoría. Todo eso ha cambiado; nadie puede ver ya esas colinas, todo lo que se ven son abstracciones, salpicaduras. O si no, piensa en un jarrón con flores. Ya nadie los pinta; la gente se reiría. Las flores ya no son tan hermosas como antes.
– No sé si tomarlo como filosofía «elemental» o «de andar por casa» -replicó Tim sonriendo de nuevo-, pero creo que es muy americana y quiero decirle que se lo agradezco, como parte de la visita, me refiero.
El chico era así, podías provocarlo, pero sólo hasta un cierto punto. Sabía mantener su posición.
Sin embargo, por agradable que esto fuera, no podía disimular el hecho de que el descubrimiento en el estanque le había dejado conmocionado. El chico era su hijo. Estaba relacionado… relacionado con… no podía decir con qué. Aunque eso también formaba parte de su inquietud. De todas formas era un hallazgo que lo había conducido al extremo opuesto del conocimiento. ¿Quién soy yo? La respuesta parecía haberse respondido con toda claridad, y sin embargo parecía aún más misteriosa. Y su propio rostro, su propio pasado, expresado de manera tan perfecta sobre la superficie del agua (¿no era la imagen juvenil de sí mismo lo que veía en el espejo de su mente?) abría todo un abanico de posibilidades sólo para cerrarlo de inmediato, casi como una burla. Lo que podría haber sido. Todo podría haber sido, todo podría haber sido diferente. Pero ahora él era… quien era… ¿y qué era eso? No es que importara en realidad, pensó Tannis. Todo estaba hecho y terminado. También eso estaba claro y era lo que más le preocupaba. En el momento mismo en que había visto el rostro del chico agitándose junto al suyo, en el momento mismo en que había comprendido lo que significaba, había comprendido también que algo había terminado. Y sintió una oleada de ira. Le habían engañado. La mujer le había engañado, le había exprimido, le había… Pero qué poco razonable estaba siendo. Después de todo, ella fue la engañada y había sido tan horrible el descubrimiento que se había suicidado. Se quedó embarazada a propósito, que era para lo que ellos estaban allí… ¿Qué significaba? ¿Por qué significaba algo…? Le molestaba poder recordar tan poco de lo que había sucedido, tan sólo aquellos tres guijarros, tres puntos rosados en la blancura de su cadera. Y ni siquiera había sido ése el momento. No, debía de ser la época en que… pero no la recordaba. No recordaba ningún momento, ni con esa mujer ni con cualquier otra en quien pudiera pensar… sintió algo de pánico. Pero luego se dijo a sí mismo: «No estás obligado a recordarlo. Era un sentimiento. Lo sentiste, luego ya no; y lo sentiste cuando lo sentiste.» Pero ya no lo sentía. ¿Volvería a sentir algún día? No, no… temía que fuera verdad. Quiso correr entonces, huir; podía hacerlo, sí, podía. ¿O no podía? Las selvas de Brasil, una arenosa playa en Tahití, una habitación sobre un bar con vistas a una plaza empedrada en Nicosia. Podía irse a cualquiera de esos sitios, podía ir a donde quisiera. Pero sería inútil, lo sabía. No podría vivir en ninguno de ellos. ¿Podría vivir lejos del desierto? Ignoraba si el desierto o él tenían alma, pero sí sabía que moriría si decidía marcharse de allí. Le era tan imposible vivir en la selva como a un cacto cirio. Aquella arena estaba a diez mil años del mar. Los griegos no beben tequila.
Sí, ahora todo había terminado. Todo lo que le quedaba por hacer era su movimiento. Contempló a un gorrión con la garganta negra revoloteando nerviosamente sobre la creosota. Sintió la brisa fría sobre su rostro aún húmedo. Volvió en sí. No vio una sola nube en el cielo ardiente de tiza. Sí, el día había alcanzado su culminación en el desierto, pero él sabía que tenía que hacer su movimiento; ésa era la decisión que sopesaba en su mente. Había estado agotando la cuerda y ahora había llegado al final. Lo que había visto en el estanque le había forzado a dar el paso. Porque no había camino de retorno. Eso era lo que Tim significaba. Había perdido una ilusión que ni siquiera había sabido que tenía, una libertad que no era en absoluto libre. Aun así. Olvidarlo todo. A pesar de todo. No le había gustado lo que había oído esa mañana cuando había llamado a su teléfono. La cinta no parecía funcionar bien, no se había rebobinado correctamente. Casi se podía pensar que alguien había estado allí, rebobinando la cinta. En cualquier caso, no había ningún mensaje de Stern, si es que realmente era Stern, aunque cada vez estaba más convencido de que lo era. Pero no le gustaba. Y el FBI estaba ya cerca. El había tenido una salida fulgurante, pero no había llegado muy lejos, y luego estaba aquel hombre que habían visto un par de días antes, con la palabra policía escrita por todas partes (incluso su mente debía correr a noventa kilómetros por hora), y que había visitado a la chica de Vogel en el remolque. Ahora Harper estaba allí también. Y aunque no hubiera pasado ninguna otra cosa, pensó, eso sólo habría forzado una decisión. No obstante, no se culpaba a sí mismo. Era imposible predecir que Harper iba a aparecer. Se suponía que Harper iba a rodar sobre sí mismo y a hacerse el muerto; eso era lo más seguro. De haber creído otra cosa, de haber pensado que Harper iba a hacer lo que demonios estuviera haciendo ahora, quizá Tannis no lo habría salvado en aquel risco. Aunque no había tenido más remedio. Si Harper hubiera muerto allí y teniendo en cuenta lo que ya le había pasado a su mujer, se habrían desatado las iras del infierno, ni siquiera la Marina habría podido fingir que no ocurría nada. De todas maneras lo hecho, hecho estaba, y podría haber sido mucho peor. Tim, Harper y la mujer eran complicaciones, pero no sólo para él, sino para cualquier otro. Aún podía conseguirlo, pero tenía que decidirse ya. La cuestión era qué iba a hacer con el chico, aunque ¿por qué tenía que preguntárselo? Sorbió el café, encendió un Lucky y le dio la vuelta a su viejo Zippo de latón en la palma de la mano. Suponiendo que llegara a eso. Por qué iba a ser Tim diferente de su alemán, sólo porque él había derramado su semen en el interior de aquella mujer, cosa que por otra parte ni siquiera recordaba. Pero era diferente, lo era. El estanque había cambiado. Tannis contempló a Tim. Era como la condenación. Estaba condenado si lo hacía y condenado si no lo hacía. Pero al menos el chico permanecía totalmente ajeno.
Cuando terminaron, Tim empezó a limpiarlo todo. Con aquel tono que tenía, como si se burlara de sí mismo, dijo:
– Me siento como si fuera el petimetre de un western. Debería llevar elegantes botas y sombrero.
– ¿Sí? Bueno, eres un petimetre. Escucha, ¿estás seguro de que quieres seguir adelante con esto?
– ¿Qué quiere decir?
– Quiero decir que no tienes por qué hacerte el héroe. En este guión ni siquiera te llevas la chica al final. Has sido un buen chico, un buen hijo, en serio. Lo que me contaste era importante.
– ¿No pretenderá que me vuelva a Inglaterra?
– No, ¿pero qué me dices de Los Ángeles? Un buen hotel. O uno de los moteles de Ridgecrest.
– «Mo-teles.» Me gusta.
– Pero no es una broma. Las cosas se van a poner difíciles. No quiero insultarte ni a ti ni a tu inteligencia. ¿Comprendes lo que digo? Se necesitaban redaños para venir hasta aquí, para pensar en venir hasta aquí. Lo agradezco. Y no te ha causado ningún mal. Una dosis del mundo real nunca viene mal. Deja la universidad. Ahora puedes hacer algo útil, como llevar un restaurante o vender cintas de vídeo.
Tim rió.
– No estoy seguro de adónde quiere ir a parar.
– Lo que quiero decir es que no querrás salvar a tu padre matándote a ti mismo.
– No estoy seguro de que viniera aquí por eso… por salvar a mi padre.
– Podría llevarte el resto de tu vida averiguar por qué viniste aquí. Pero déjame que te advierta de antemano que al final la respuesta será absolutamente egoísta.
– Ahora todo es diferente.
– De acuerdo. Y para ti está bien. Pero yo no tengo tiempo para eso. Para mí, en cierto modo, eso es algo serio.
– ¿Qué quiere decir?
– Ha llegado el momento. Voy a hacer mi movimiento.
Tim vaciló. Tenía sus propias preguntas, después de todo. ¿Por qué había ido allí? ¿Qué quería hacer? Desde lo de Aberporth, desde que David le había contado la verdad, había tenido que corregir drásticamente el punto de vista que había gobernado su vida. Siempre había sido consciente de que no sabía… la verdad, un secreto, algo. Había estado implícito, casi aceptado tácitamente entre su madre y él. De niño había esperado siempre una revelación; descubriría que su padre no había perecido en un naufragio al final, sino que había sido enviado a Australia como convicto, donde había muerto dejando una inmensa fortuna… Sin embargo ése era el problema. Sus fantasías habían tenido invariablemente un final feliz, mientras que aquello parecía mucho más complejo. No podía culpar a su padre, en cualquier caso no lo culpaba como lo había hecho en el pasado. Pero tampoco podía exonerarlo por completo. ¿Realmente no había tenido más opción que abandonarlos a ellos? Además, la verdad sólo planteaba más preguntas, sobre todo acerca de su madre, precisamente porque había sabido la verdad desde el principio. ¿Por qué, por ejemplo, no le había contado ella misma la verdad? No obstante, pensó, ahora había dejado claro un punto, algo que no había comprendido hasta que había mirado hacia el remolque esa mañana. Su padre y la mujer. Estaban juntos, era obvio. ¿Escandaloso? Pero también distanciador. Eso era lo que había comprendido. Su padre con una mujer que no era su madre. Había hecho que David pareciera más un individuo con una vida propia que continuaba. Su padre había seguido su camino. Todo lo que le había ocurrido estaba convirtiéndose en pasado. Tim se daba cuenta de que él aún vivía en ese pasado, cosa que, en realidad, aclaraba el pequeño misterio de su comportamiento, la razón por la que había acudido a Tannis en lugar de su padre. Había consideraciones de tipo práctico, claro está. David había desaparecido, mientras que tenía un número de teléfono, con un prefijo de California, de Tannis. Pero además se daba cuenta de que había reconocido en el americano una relación con el pasado que era mucho más semejante a la suya propia, así como preguntas similares que aún estaban por contestar. Miró a Tannis.
– ¿Cree que voy a irme a un motel?
– Sólo quiero asegurarme de que sabes lo que estás haciendo.
– Pensaba que lo que estábamos haciendo era esperar a que Vogel fuera hasta su hija… o a que su hija fuera hasta él.
Tannis asintió.
– Pero tu padre ha hecho que cambiara. Allí abajo ha ocurrido algo. Él sabe algo que yo ignoro. No sé qué demonios sabe, pero sabe algo.
– Quizá deberíamos preguntárselo a él.
– No, no. Estamos en un western como antes has dicho. Así que dejemos que él juegue su mano. Él no lo sabe, pero nosotros somos su as en la manga.
– «Nosotros». Ha dicho «nosotros».
– ¿Estás seguro?
– Sí.
Tannis no sabía si ésa era la respuesta que había buscado, pero si no se llevaba al chico, ¿qué demonios iba a hacer con él?
– De acuerdo -anunció-. Pongámonos en marcha.
– ¿Ahora? Acaba de decir que sólo un idiota saldría al desierto a esta hora del día.
– Sí, bueno. Yo soy un perro loco y tú eres inglés. Vamos a tomar un poco de ese sol del mediodía.
Era poco después del mediodía cuando se marcharon.
Tannis se dijo que el chico realmente valía. No hacía preguntas estúpidas y también trabajaba rápido, empaquetando algo de comer, borrando sus huellas y llevando la camioneta todo lo lejos que era posible. Finalmente, solo, había llenado de agua las jarras, jarras de plástico para la leche vacías, y había ayudado a atárselas a Príncipe, el mulo. El mulo, sin embargo, constituía un pequeño problema. Lejos de sus lugares predilectos se había mostrado proverbialmente tozudo. Y el único camino que iba a sacarlos de su agujero, su única desventaja, los dejaba al descubierto durante un rato, ya que tenían que bajar rodeando las colinas y alejándose de ellas, por lo que serían visibles incluso desde la carretera. Así que Tannis no quería perder tiempo y envió a Tim a comprobar que no había moros en la costa.
– Tú has dicho que esto era un western, así que baja ahí y hazme señales.
Tim cogió la tapa de unas de las jarras para utilizarla como espejo y unos diez minutos más tarde Tannis vio el destello e incitó a Príncipe a moverse. Se movió; quizá se había sentido encerrado en el fondo del cauce seco, porque se había mostrado casi complaciente al ponerse en marcha titubeante. Tannis excitó su nervio golpeándolo para que se pusiera al trote. El mulo obedeció, pero con una especie de movimiento espasmódico, irritado, como si quisiera decir «Oye, no fuerces tu suerte». Con mayor rapidez de la que hubiera esperado, alcanzaron las colinas de nuevo y se pusieron a cubierto tras una enorme roca, donde esperaron a que Tim llegara hasta ellos. Su paseo de no más de ochocientos metros le había dejado empapado en sudor.
Encaramado en el mulo, Tannis lo miró.
– Vas a pasarlas moradas con este calor. Si quieres volver, sólo tienes que decirlo. -Se preguntó mientras pronunciaba estas palabras por qué seguía ofreciéndole al chico una segunda oportunidad, sobre todo teniendo en cuenta que sabía que no iba a aceptarla.
Tim se dobló sobre sí mismo jadeando. Alzó la cabeza.
– ¿Por dónde? -Señaló con el dedo-. ¿Por allí arriba?
Como hombre de la Marina que era, Tannis era reacio a depositar una fe excesiva en el Cuerpo de Ingenieros del Ejército, pero desde su último viaje se había equipado con mapas y había trazado un esbozo de ruta. Ahora la señaló con un gesto de la mano. En esencia se trataba de recorrer tres largas pendientes o desfiladeros que subían por entre el confuso mar de rocas de la ladera de la montaña. Uno de los desfiladeros era más alto que el otro y cada uno se extendía más hacia el norte, como las rayas cruzadas sobre los palotes en el muro de la celda de una prisión para tachar tres días. Claro está que en la práctica no fue tan sencillo. Tim no tenía ni idea de adónde se dirigían y Tannis se contentaba con un «más o menos». Sus «pendientes» no eran senderos, sino meramente líneas de menor resistencia, trazados apenas perceptibles en el caos de rocas y piedra erosionada. Además, al final de cada uno de esos tramos se enfrentaron con el problema de cómo subir hasta el siguiente, lo cual supuso tener que realizar dos brutales escaladas, subiendo directamente por la cara de la colina. En la primera los vaqueros de Tim quedaron hechos jirones, la segunda dejó una fea herida por encima de la rodilla de Príncipe. El calor era espantoso. El sol quemaba. No había sombra alguna. Tim no hubiera creído nunca que pudiera sudar tanto y beber tanto. Y cuanto más subían, más cegadora era la luz. La negra roca la absorbía y les quemaba las manos, basalto áspero como escoria, obsidiana afilada como cristal. Sin embargo, una vez puestos en camino, no quedaba más remedio que seguir adelante. Una mirada hacia atrás le daba valor incluso a Príncipe, que además, cuando el último trazo del mapa de Tannis los llevó más cerca de la cima (estaban a unos ciento ochenta metros por debajo), los ayudó. Habían llegado a un lugar en el que tres grandes cantos rodados, como bombas que se hubieran negado a explotar, creaban un alto escudo de protección.
Tannis las señaló.
– Mira allí.
La cima entera de la colina se había resquebrajado y se había movido, y el repecho así creado formaba una suave y lisa pendiente tan cómoda como el paseo de un parque. Al parecer llegaba hasta la cima.
Tim respiró hondo.
– Parece demasiado bueno para ser verdad.
– ¿No crees que yo lo hubiera previsto?
– No, no creo que lo hubiera previsto.
Tannis reflexionó durante unos instantes. Al traspasar la última cresta estarían al descubierto, sus figuras se perfilarían contra el cielo.
– Pero no podemos esperar hasta que oscurezca -dijo en voz alta-. Y cuanto más esperemos, más tendremos el sol detrás de nosotros. Así que será mejor que sigamos.
De nuevo se pusieron en marcha. El último ascenso fue la simplicidad misma. Resultó entonces que no estaban tan a la vista como parecía desde abajo. Justo un poco más allá de donde acababa su camino se elevaba un bloque de roca (el trozo de alguna intrusión de batolito) que los ocultaba a la vista desde el extremo más alejado y absorbía su perfil desde el más cercano.
Siguieron un centenar de metros más, llegaron a una pequeña depresión y Tannis se detuvo.
– Hagamos una pausa.
Tim se dejó caer pesadamente.
– Por amor de Dios -Tannis podía ser implacable-, hay que darle de beber.
Se refería al mulo. Habían llevado un poncho con ojales en las esquinas. Tim lo instaló entre unas rocas y vertió cuatro jarras en el centro. Príncipe se bebió el agua ruidosamente. Por fin se tumbaron todos, hasta el mulo. Acostado de bruces Tim notaba el corazón latiendo contra el suelo, resonando sobre la piedra. El calor del animal a diez metros de ellos era como una hoguera. Tannis lo contempló. Y si lo que había descubierto en el estanque se había ido de su mente mientras ascendían, ahora volvía otra vez. Porque el parecido era verdaderamente extraño cuando se sabía mirar: sus caras, su estatura e incluso su manera de moverse. Pero Tim no sospechaba nada. ¿Por qué habría de sospechar? ¿Y qué diferencia habría en cualquier caso para ninguno de los dos? Sus genes. Su sangre. Una inmersión de su mecha en el cieno universal. Así que el chico no sabía quién era su padre. Ni tampoco él, puestos a pensarlo. Pensó en Edipo. Había leído la obra en el libro The Complete Greek Drama, editado por Whitney Oates y Eugene O'Neill, Jr., en dos volúmenes, en caja, elegantemente encuadernados; le gustaba leer obras de teatro. Edipo había matado a su padre en una encrucijada sin saber quién era. Bueno, Tim Harper no iba a matarlo a él, «Dios lo sabe». Pero luego, en el otro lado estaba Herodes, que masacraba a los inocentes, que ordenaba matar a todo recién nacido varón judío para asegurarse de que moría aquel que estaba buscando, «eso dice la Biblia». ¿Pero por qué habría de matar a Tim? ¿Por qué lo pensaba siquiera? Bueno, ¿por qué no? Pero ni siquiera conocía el secreto, él no iba a contárselo. Lo que le ponía nervioso, se dijo, era la mujer; no estaba seguro de por qué. «Se lo lanzaste en cualquier caso»; no era como si lo hubiesen robado. Pero había ocurrido algo a sus espaldas, eso era lo que quería decir. Mami y papi. Ése había sido el juego en gran parte. El había tenido edad suficiente para ser su padre, y ¿qué estaba haciendo ella, follando con él con un marido reciente esperándola? Era extraño. No. Él había provocado en ella una excitación especial, hacerlo con Jack, su primer yanki, entonces lo recordó, a ella le había gustado eso. «Eres mi hombre Marlboro», le había dicho ella, Jesús, pero luego le había engañado. Haciendo que jugara a ser Dios Padre engendrando a su Hijo Unigénito, él mismo una vez más. «Eso es -pensó, mirando a Tim-, ése eres tú, el siguiente, eres el siguiente en la línea.» Eso era lo que significaba todo. Tannis estaba haciendo su movimiento y aún podía tener éxito, «pero lo que viene después…» Luego, contemplando a Tim, pensó de nuevo: «Por Dios, es sólo un mocoso», e intentó tomárselo a risa: «Tantos polvos y esto es lo consigues.» Pero en su mente estaba ya lo que vendría después, aunque tuviera éxito. Y él lo sabía.
Era hacia el final de la tarde. Tras un descanso Tannis volvió a iniciar la marcha, siguiendo el camino con cierta comodidad a lo largo de la cresta y justo por debajo y desviándose después progresivamente pendiente abajo. Su plan era alcanzar el punto donde había estado tumbado esperando en aquella otra ocasión, en aquel saliente que se proyectaba hacia delante desde la ladera de la colina, con el barranco que llevaba hasta el valle de debajo. Y quería llegar allí antes de que se pusiera el sol. Suponía que la mujer, Marianne, los guiaba y que no cruzaría el valle a la luz del día, y en aquella época del año no oscurecería hasta casi las nueve. Por otro lado, era posible que no quisiera cruzar en plena oscuridad. Así que apretó el paso. Durante un rato dejó que Tim montara el mulo, experiencia, no obstante, que no inclinó a Tim necesariamente a reconocer en él una gran compasión. Por fin llegaron al sitio y apenas eran las siete. Los robles y pinos empezaban entonces a extender sus sombras por la alta y marchita hierba.
Tannis detuvo el mulo y Tim desmontó, todo él piernas anquilosadas y espalda dolorida. Tannis le cedió las riendas y señaló en dirección al barranco.
– Vendrán por allí. Aléjalo un par de cientos de metros y dale un poco de agua. Hay hierba suficiente. Pero asegúrate de que está bien lejos. Si los oliera podría armar un jaleo de mil demonios.
Mientras Tim se alejaba sobre sus propios pasos, Tannis sacó algo de comer: trozos de queso suizo, más embutido y naranjas. Comieron en silencio y luego Tannis obligó a Tim a beber mucha agua.
– Bebe hasta que tengas ganas de mear -le ordenó-, luego mea. Luego bebe hasta que tengas que mear otra vez.
Finalmente se tumbaron sobre la hierba. Tim vio dos reactores volando alto en el cielo que se oscurecía lentamente. Eran F-15, le informó Tannis, no eran siquiera aviones de la Marina, no debían preocuparse por ellos.
– Están volando en par suelto, practicando la patrulla aérea de combate.
– ¿Par suelto?
– El nombre de la formación. Dos aviones, uno al lado del otro. Han de mantener una separación horizontal de unos mil seiscientos metros. Un avión entra en combate, el otro lo cubre. O van uno detrás del otro, intercambiando el lugar. Y no te quepa duda de que ambos llevan Sidewinders en las alas.
Tannis había sustituido los prismáticos rotos de Vogel por unos buenos binoculares «Trinovid» de ocho por treinta y dos. Tim los utilizó para seguir a los aviones hasta que desaparecieron.
– Es increíble -exclamó- pensar que alguien pueda hacer realmente eso.
– ¿El qué?
– Volar a mil seiscientos kilómetros por hora mientras otros tratan de matarte… y tú tratas de matarlos a ellos.
– ¿Qué hay de extraordinario en ello? ¿Qué quieres hacer tú cuando seas mayor?
– No lo sé. -Tim rió-. Eso no.
– Una mierda. ¿Cómo lo sabes? Quizá te gustara.
Mientras Tim reflexionaba sobre ello, e incluso lo pensaba muy seriamente durante un momento (puesto que su mente estaba más abierta que nunca), Tannis lo contempló y pensó en todas las elecciones que aún le quedaban por hacer, todas las veces que tendría que cambiar de opinión, que volver a empezar. Mientras que a él, por otro lado… ¿qué elecciones le quedaban a él? Tim vería lo que él nunca vería, iría a sitios adonde él nunca iría… y sin embargo sabía que la única razón por la que pensaba todo eso era el estanque, ¿y qué más daba? Pero no daba igual. Como para alejar aquellos pensamientos, dijo en voz alta:
– ¿Sabes que en otro tiempo fui un científico?
– ¿En serio?
– Oh, sí. En CalTech. Todo lo que hay aquí alrededor, mira arriba y abajo, y casi todo lo que veas, excepto las rocas, habrá sido concebido en CalTech.
– ¿Pero no trabajó nunca como científico con mi padre, en la base?
– No. Fue antes de que él llegara, al principio de la guerra. Durante toda mi vida, de un modo u otro, he estado aquí. La primera vez fue… no sé cuántos años tenía, pero era sólo un crío. Mi padre era un jugador. Había ganado una camioneta en una partida de póquer en Las Vegas y con ella llegamos hasta el Valle de la Muerte. Pasamos justo por aquí. Quería venderla en Los Ángeles.
Tim dejó los prismáticos; ya sólo quedaba la estela de vapor. Anochecía por momentos.
– ¿Cuándo cree que llegarán? -preguntó.
– Dales una hora. Si no llegan para entonces, probablemente tardarán mucho más. Después de medianoche.
– Según lo entiendo yo, ¿espera que la Vogel y mi padre vayan hasta «él»?
Tannis se había estirado con las manos detrás de la cabeza. Estaba callado, pero de repente, en apariencia tras haber tomado una decisión, se dio media vuelta apoyado sobre un codo.
– Exacto -replicó-. Sólo que él no es Vogel.
– ¿Qué quiere decir? Le dije que había visto a Vogel en Aberporth.
– Es el mismo hombre, pero en Aberporth se hacía llamar Keller y su auténtico nombre es Stern. Finge ser Vogel. El verdadero Vogel… No estoy seguro de quién demonios es. O era, porque creo que hallé su cadáver. Pero no vivía en ese remolque. Hay un sitio al otro lado de la base, el condado se lo va a quedar por impuestos atrasados, pero está a nombre de Vogel. Aunque Vogel está muerto. Hace años que lo está.
– ¿Lo mató Stern? -Ajá.
– ¿Y usted encontró su cadáver?
– Sólo es una suposición. Pero si hay suficiente luz te lo mostraré cuando pasemos por allí. -Rodó sobre su estómago para poder mirar hacia abajo, hacia el valle y señaló con una brizna de hierba-. Solía haber indios en todas estas colinas. No me refiero a los indios que conocemos, sino a los de mucho antes.
Ni siquiera tenían arcos y flechas. Cazaban con una especie de lanza arrojadiza llamada atlatl…
– Ya sé lo que es un atlatl.
– Siempre se me olvida que has ido a la universidad. En todo caso, cazaban con magia. Podrás verlo allí abajo. Grababan dibujos en las rocas y levantaban esculturas de piedra para hacer que los carneros -eso era lo que cazaban, carneros monteses- se acercaran a esos pequeños escondrijos de reclamo. Los indios se agazapaban en escondites de piedras, como pequeños fortines, saltaban fuera y los mataban. Los eliminaron a todos en realidad. Eso fue lo que acabó con ellos. Con los indios, quiero decir. Pero la cuestión es que cuando estuve allí, miré hacia unos de los escondites. Se había desmoronado hacia dentro. Había un montón de huesos en el interior, huesos carbonizados. Stern mató a Vogel. Pero no pudo enterrar el cuerpo porque el terreno aquí es rocoso. Así que tiró las piedras del escondite encima y lo quemó.
– Dios mío.
– Ya te había dicho que esto podía ponerse feo. ¿Sabes usar un arma? No, claro que no. Los británicos sólo se preocupan por cómo se deben usar el tenedor y el cuchillo. Mira. -Llevaba consigo su Marlin calibre treinta, dispositivo de palanca, un buen rifle barato, y empezó a enseñarle al chico a usarlo. Era del tipo de cosas que debía haber aprendido a los doce años. Tim lo montó con indecisión.
– Está hecho de acero, por amor de Dios. No se va a romper.
– Aún no me ha contestado. ¿Por qué mató Stern a Vogel?
– Por el oro; ésa podría ser la razón. Ya te enseñé su cueva. Aun del modo en que él lo está haciendo puede sacar mucho dinero. No estoy seguro por supuesto, quizá sea al revés. Pero yo diría que Vogel, quien demonios fuera, encontró la mina, que debe de ser la veta madre que superará a todas las vetas madre. Entonces acudió a Stern. Probablemente necesitaba dinero para el equipo o algo parecido. Tal vez le pidió ayuda a Stern para sacarlo de la base, eso hubiera sido un problema.
– Usted sabe quién es Stern, ¿verdad?
– Si es él, sí. Era un científico. Uno de los alemanes que vino después de la guerra. Hubo bastantes aparte de Werhner. La mayoría de ellos fueron a White Sands y de ahí a Alabama, pero algunos vinieron aquí. Era el hombre de instrumental. Podía medir el movimiento de tus párpados, cualquier cosa. Era muy eficiente, pero también era muy, muy fácil hacerle chantaje.
– ¿Porque era un nazi?
– Ese árbol de ahí abajo. Apunta… Fácil. Es una mirilla, así que mira. Relájate… No, no importaba que fuera nazi o no; todos eran nazis. Von Braun era de la SS. Pero los nazis aprobaron una ley en 1933, llamada Ley para el Restablecimiento del Funcionariado Público de Carrera, que expulsaba a los no arios de todas las instituciones estatales, incluyendo las de investigación, y Stern la utilizó. Ahí empezaron sus problemas. Era joven, ambicioso. Arregló las cosas para deshacerse de unos cuantos que estaban por encima de él, un judío en particular, uno de sus antiguos profesores. Consiguió que lo mandaran a Auschwitz junto con su hija. Éste fue realmente el problema. Había nacido en Chicago. Técnicamente era ciudadana estadounidense. Probablemente eso no hubiera bastado para colgarlo, pero no le habrían dejado trabajar aquí… seguir adelante. La gente nunca oye un disparo, el primer disparo. Creen sólo que han oído algo. Así que se ponen a escuchar.
Tim disparó. Para su sorpresa, voló la rama del árbol.
– Ahí lo tienes. Recuerda que con esto puedes darle a alguien a cien metros de distancia, pero lo que es más importante, mientras disparas mantendrán las cabezas agachadas.
– ¿Cómo se enteró de todo eso sobre Stern?
– Bien, yo era oficial de seguridad. Estaba en Alemania justo después de la guerra. Yo conduje esa investigación. Lo sabía todo acerca de él, créeme.
– ¿Así que usted podría haberle hecho chantaje?
– Sin duda. Quizá lo hubiera hecho. De haber sabido lo del oro, lo habría hecho. Y habría funcionado. Si lo que yo sabía se hubiera hecho oficial, habría acabado con Stern, no lo dudes, y creo que Vogel descubrió lo mismo que yo.
– ¿Cómo?
– No tengo ni idea. Quizá estuviera en el campo de concentración con ellos, quizá conocía a la hija. Quién sabe. Pero lo descubrió, trató de utilizarlo y Stern lo mató. O al menos eso es lo que creo.
– Así que Stern mató a Vogel y luego… ¿usurpó su identidad?
– Exacto. Fue muy inteligente. Se retiró; tenía que hacerlo.
Recuerdo que se marchó a México y le perdí la pista, en realidad creía que había muerto. Pero cuando mató a Vogel debió de quedarse con sus documentos. Inteligente. En cualquier caso, ahora ya sabes cómo usar ese rifle. Recuérdalo. Stern es un asesino. Así que tal vez tengas que disparar sobre él.
– Tenemos que contarle todo esto a mi padre -declaró Tim.
– No, no será necesario. Ya te lo he dicho, somos el as de su manga. Somos la caballería llegando por la colina. Stern no esperaría nunca una cosa así.
Tannis se sentó mientras hablaba, sacó el vacío envoltorio de lonchas de queso Kraft y lo aplastó. Sobre el cartón garabateó: «Matheson, crea todo lo que le cuente.» Luego firmó: «Cracker Jack.» Se lo tendió a Tim, que preguntó:
– ¿Quién es Matheson?
– Es el jefe de seguridad de la base; el que ocupa mi antiguo puesto. Escucha. Si ocurre algo se lo das a él y le cuentas todo lo que yo te he dicho. ¿Comprendes?
Tim dobló el cartón y se lo metió en el bolsillo. Se quedó allí de pie, con aire torpe y el rifle en las manos. No estaba seguro de qué decir o hacer y, extrañamente, todo lo que Tannis le había contado sólo había conseguido acrecentar aún más su ignorancia, que lo rodeó como el lento atardecer. Aunque tampoco estaba seguro siquiera de si en realidad importaba. Todo había ocurrido hacía mucho tiempo. Era una historia demasiado antigua. Los hechos eran asombrosos, pero su persistencia era extraordinaria. De repente sintió claustrofobia; no había modo de escapar a China Lake y toda aquella historia. «No puedes retroceder ahora.»
Y Tannis, a su manera, mientras lo contemplaba, pensaba en gran parte lo mismo. Se sentó al pie de un roble y se tumbó. Sintió el peso de la tierra oprimiéndole la espina dorsal. Se fumó un Lucky; estuvo a punto de reír. Miró al chico, quien lo miró a su vez. Inmortalidad; ¡qué ironía que hubiera tomado aquella forma! «Las células de tus pelotas lo hicieron mejor que tú. Dieron su salto y luego continuaron. Mientras que tú, sin importar lo que hicieras o quién fueras, te ves reducido a esto.» Entonces pensó en la mujer. Qué zorra era. Se preguntó si no sería ése el modo de devolvérsela, matando a su hijo unigénito. Lo que sin duda podía hacer. Todavía podía hacer todo lo que le viniese en gana. Sí. ¿No había sido por eso por lo que le había contado al chico tantas cosas, para colocarlos a ambos en una situación precaria? «No tienes elección.» Pero, pensó, debía considerar la otra cuestión, ¿de qué le iba a servir? Si a uno no le gustaba el problema en el que le había metido su polla, siempre podía cortársela. Eso era lo que pasaba. Pasara lo que pasara, él podía aún ganar, pero ¿qué venía después? El infierno. Eso era lo que intentaba decirse a sí mismo. «No sirve de nada.» Así que sólo le quedaba esperar.
No tuvieron que esperar demasiado. El sol se había puesto. El cielo se había vuelto de ese profundo e intenso azul marino. Apareció entonces la neblina crepuscular como polvo dorado en el aire. Tim había estado durmiendo un rato. Tannis comprobó cómo seguía el mulo dos veces a medida que iba oscureciendo y finalmente lo ató de un ronzal a una roca. Pasaron de las nueve; a partir de entonces oscurecía muy deprisa y Tannis sabía que Marianne llegaría en ese momento o ya no llegaría.
Llegó. No se oyó nada, tan sólo ese sonido que es dislocación de otros sonidos, el de los hombres moviéndose por el mundo. Silencio. Después un casco provocó una pequeña caída de rocas, un caballo resopló, crujió el cuero. Tannis los vio entonces bajando por el barranco. Se movían entrando y saliendo de su campo de visión; los perdía y luego volvían a estar allí. Ensimismados, ignorantes de que los vigilaban. Tannis se dio la vuelta y vio el rostro de Tim; vio que estaba en trance. Por primera vez observaba cómo se movían los hombres a lo lejos, inadvertidos. Pero sólo había un hombre, claro está. Marianne Vogel iba a la cabeza seguida por la mujer de cabellos cobrizos, ambas sobre burros, mientras que Harper, a caballo, cubría la retaguardia. Al final, cuando el barranco se hizo más profundo, se hundieron en las sombras y desparecieron.
En ese momento Tannis notó que Tim empezaba a moverse y lo cogió por el brazo.
– No -siseó.
– Pero mi padre ha dejado caer algo.
– No te muevas. Podrías resbalar. El caballo podría olerte… ¿Qué dices?, ¿ha dejado caer algo?
– Lo he visto.
Tannis lo sujetó con más fuerza. Esperó. Luego lo soltó.
– De acuerdo. Ve a buscarlo.
Tannis vio que se deslizaba cuesta abajo por el barranco. En los breves minutos que tardó Tim anocheció perceptiblemente. Resultaba difícil distinguirlo. Cuando apareció de nuevo dio la impresión de surgir de un salto ante sus ojos.
– Mire. -En la mano llevaba un bola de papel de aluminio Reynolds arrugado, brillante y reluciente, más o menos del tamaño de una pelota de golf-. ¿Qué cree que es?
Tannis lo miró. Sacudió la cabeza.
– Quién sabe. No te preocupes por eso. Coge los prismáticos, ve hasta el borde y mira a ver si puedes divisarlos. Yo iré a por el mulo.
Cuando Tannis volvió con el mulo, Tim ya había visto a Marianne y los otros al pie del barranco junto al valle. Allí abajo, al descubierto, había un poco más de luz.
– Están esperando, supongo. No estoy seguro, pero parece que están bebiendo.
– Muy bien. Los dejaremos que se alejen un poco antes de movernos. Debemos asegurarnos de que no darán media vuelta.
Transcurrieron diez minutos. Entonces atravesaron unos momentos de ansiedad porque aparentemente Harper y sus acompañantes habían desaparecido, pero era la luz que les jugaba malas pasadas. Así que emergieron de nuevo, adentrándose ya en el valle. Tannis propinó a Príncipe una patada. El mulo se mostraba reacio; había supuesto que su jornada de trabajo ya había concluido, pero se animó en el barranco (olores familiares, ruta familiar) y continuó más alegremente. Llegaron al inicio del valle y se detuvieron junto a la misma gran roca. Ambos lo vieron al mismo tiempo: otra bola de papel de aluminio reluciente en la arena.
– Jack, sabe que estamos aquí -afirmó Tim-. Nos está dejando un rastro.
– Ajá. Imaginaba que ibas a decir eso. -Sonrió en la oscuridad-. Un tipo listo, tu padre.
– ¿Qué debemos hacer?
– No creo que tengamos que hacer nada. Sólo seguir adelante. Quizá esto facilite las cosas. Al menos no tendremos que preocuparnos de que nos vean.
– ¿Por qué no vamos a reunimos con ellos?
– Escucha, él piensa con nosotros, así que piensa tú con él. Quiere que guardemos la distancia. Así que no te sulfures y camina.
Echaron a andar. Mantuvieron un paso cómodo. Tannis, montado en Príncipe, los veía con los prismáticos como largas sombras sobre la claridad del terreno. Tampoco ellos iban demasiado rápido. Empezaban a despuntar las estrellas, pero también se estaba nublando. Sintió la brisa. Era una fría y oscura noche. Les iba de perlas. Y no había aviones a esas horas. El mulo caminaba pesadamente. A cada paso balanceaba la cabeza hacia abajo, como si estuviera considerando la posibilidad de echarse a dormir o quizá, tal y como Tannis había pensado la primera vez, estaba siguiendo un rastro de olor. En todo caso continuó su camino. Llegaron al barranco donde había encontrado las huellas de Vogel la primera vez, ¿o eran de Stern? (¿quién demonios era Vogel?, ¿quién demonios era Buhler?, probablemente no lo sabría nunca), y halló tres bolas más de papel de aluminio y luego, al otro lado, dos más. Sí, Harper iba dejándoles un rastro. Ya habían recorrido más de medio camino; las ásperas colinas se alzaban a cada lado como un horizonte negro. Pensó: «Vamos a ir hasta allí.» Y de improviso Tannis se sintió alegre, a sus anchas. Quería caminar, sentir de nuevo el desierto bajo los pies, la dura piedra y el suave y constante calor que incluso a esa hora surgía de él. Así que desmontó e intentó pensar, trató de concebir todos los pensamientos que no había tenido nunca antes. Podía ganar, ¿pero qué venía después? Empezó a recordar, ¿por qué no podía uno recordarlo todo de inmediato? Siguió caminando. Gracias a Dios, no había nada más que hacer. De forma gradual se hizo más difícil verlos allá delante. A medida que se acercaban al otro extremo, las formas que tenían delante se confundían con la oscuridad de las montañas que se alzaban más allá. Luego, muy levemente, advirtió que el terreno se elevaba bajo sus pies cuando empezaron a pisar el antiguo lecho de la corriente de roca y grava depositada un millón de años antes (todo allí se remontaba a un millón de años) y de modo casi imperceptible, a ambos lados, la sombra del cañón fue arropándolos. Ya estaban dentro. Tannis imaginó el paisaje mentalmente, recordando la primera vez. Caminó más despacio. El cañón continuaba así durante un trecho, bastante amplio, con terraplenes bajos e indistintos a ambos lados. Luego se estrechaba, formaba un desfiladero. Al otro lado, el cañón era mucho más estrecho y súbitamente sus paredes tenían una pendiente más pronunciada y eran más elevadas. Ahí estaban los petroglifos, los escondrijos de caza, los huesos de Vogel, si su suposición era acertada, y más arriba, en los riscos, los cazadores falsos. Recordaba haber visto agua, o un «tanque de arena» al menos. Y más allá de ese punto había una segunda curva que él no había alcanzado nunca. Pero la mina de Vogel tendría que estar allí.
Tannis se detuvo.
No estaba seguro, pero le parecía que los de delante habían hecho un alto.
Tiró de las riendas para detener a Príncipe, estiró el brazo hacia el lado y lo cruzó sobre el pecho de Tim.
– Espera.
Esperaron.
Tannis no sabía qué estaba ocurriendo. Apenas los vislumbraba, el sol se había puesto ya completamente y había muy pocas estrellas. No podía distinguir a Harper de las mujeres. Pero entonces las formas parecieron separarse. Parpadeó preguntándose si sus ojos no le estarían jugando una mala pasada.
Los ojos de Tim eran mejores:
– Se están separando.
– Despacio ahora. ¿Hacia dónde…? ¿A la derecha…?
– Sí. Veo los burros. Llevan el caballo atrás. No veo a mi padre.
– Sigue mirando. -Él usó los prismáticos, pero no le sirvieron de gran cosa. Se dijo, sin embargo, que era evidente lo que estaban haciendo. En aquel lugar aún resultaba fácil subir por los lados del cañón. Subirían y luego seguirían la cresta. Esperó. Dos minutos más tarde, por un instante, Tannis vio su perfil recortado contra el cielo: dos burros y el caballo detrás. En aquella dirección había unas cuantas estrellas que los iluminaban.
Tannis bajó los prismáticos.
– Muy bien -dijo casi para sus adentros.
– ¿Qué quiere decir?
– Sólo que vas a subir tú también allá arriba. Coge el mulo. No lo montes, condúcelo. Sube la pendiente por aquí. Luego pasa al otro lado, no demasiado lejos, lo suficiente para que no te descubran. ¿Comprendes? Luego vuelves a subir hacia ellos. Pero lentamente, no los asustes. Van a encontrarse más tarde, ¿comprendes? La Vogel sabe adónde se dirige. Van a esperarlo.
– ¿Y qué hará usted?
– Bueno, tu padre va a pie. No me será difícil seguirlo. Entraremos juntos.
– Quiero ir con usted.
– Ajá. Muy bien. Lo has dicho y te honra, pero no seas estúpido. No necesitamos bajar tres armas a una mina para atrapar a un viejo. Acabaríamos por dispararnos unos a otros. Te quiero aquí arriba con ellas. Pongamos que ocurre algo. Nunca se sabe. Al menos así tendrán un rifle.
– Jack, no me gusta esto.
– No tiene por qué gustarte. En esta película, teniendo en cuenta que es sólo un mulo, probablemente no soy más que un Rory Calhoun, pero tú eres un Richard Egan.
Tim sonrió.
– Ya sé que es un fallo, pero no creo haber oído hablar ni de Rory Calhoun ni de Richard Egan.
– Exactamente. -Tannis rió entre dientes-. Pero eres realmente atractivo, créeme. El tipo adecuado para las mujeres. Ve con ellas. Te necesitan, siempre te necesitan. Eso es algo que debes aprender pronto en la vida.
Tim no contestó, se limitó a sonreír en la oscuridad. Porque Tannis había hallado el tono preciso para permitirle aceptar lo que estaba ocurriendo. Aunque sabía que lo estaba manipulando, tenía que aceptarlo. Cogió las riendas de manos de Tannis. Sólo cuando se alejó conduciendo al mulo unos pocos metros Tannis le oyó susurrar:
– Buena suerte entonces.
Pero ya la tenía, pensó Tannis, ases y picas. Y el chico había contribuido. A todo. Y qué demonios, era mejor así, y él quería realmente que se salvara. Así que esperó a que Tim desapareciera por la cresta antes de seguir adelante. Por supuesto, no tenía la menor intención de alcanzar a Harper. Y si Harper lo esperaba… pero no, ése era un puente que no tenía que cruzar. No obstante, Harper tenía un plan, eso se hizo patente bien pronto, puesto que, cuando Tannis alcanzó el punto en el que las mujeres habían girado para subir, encontró tres pelotas más de golf de Harper dispuestas en forma de triángulo, señalando hacia delante. Siguió caminando con mayor premura. Se metió por la abertura. Más allá estaba muy oscuro. Las empinadas paredes del cañón se elevaban aún más; el cielo se reducía. Miró a su alrededor, halló los escondrijos de caza, oscuros charcos de sombra cuando pasó de largo con prisa. Mirando hacia arriba apenas distinguió los petroglifos como débiles trazos sobre el cristal negro de la noche. Sólo los cazadores falsos sobre las altas cumbres eran bien visibles ya que captaban la poca luz que quedaba, mirando hacia abajo en silencio, cuando llegó al tanque de arena (más papel de aluminio) y luego la segunda curva. Era muy estrecha. A cada lado los elevados riscos de roca se erguían rectos y la entrada estaba prácticamente bloqueada por grandes piedras. Los carneros debieron morir allí a centenares, atravesados por las lanzas y balando por el pánico. Se abrió camino tan deprisa como pudo. No había motivo alguno, pensó, para retrasarse o tener un cuidado especial. Stern no podía sospechar que llegara nadie; probablemente estaba durmiendo. Pero esperaba divisar a Harper. Marianne Vogel debía de haberle explicado con exactitud dónde estaba la entrada de la mina, y quizás a él le sería difícil encontrarla si no veía a Harper entrando.
Tal como resultaron las cosas, no vio a Harper en absoluto. Una vez traspasada la abertura del desfiladero, estaba realmente oscuro. Apenas veía su propia mano delante de las narices, por no hablar de otra figura y, claro está, la primera vez no había llegado tan lejos, así que no podía estar seguro de la configuración del terreno. En realidad, apenas estaba configurado. Las paredes del cañón eran tan altas que bien podía hallarse en el fondo de un pozo. El suelo de aquel pozo era un pedazo de terreno cubierto de cantos rodados de no más de veinte metros de superficie. Al final (empezaba a orientarse) aquel revoltijo de rocas se elevaba, formando una empinada rampa que ascendía hasta la propia pared del fondo del cañón, como el curso turbulento y petrificado de una catarata. Claro que de eso precisamente se trataba. Con el paso de los siglos, cantos rodados y rocas habían caído desde el risco y se habían ido apilando allí, atrapados por la estrechez de la abertura hacia la parte externa del cañón. En la oscuridad y en medio de tal confusión pétrea hubiera resultado quizá difícil descubrir la entrada a la mina, pero en realidad fue sencillo. Stern, o presumiblemente Vogel al principio de todo, había trazado un sendero a través de las rocas, usando palancas para apartarlas a un lado; tarea que debió de suponer un prolongado esfuerzo. Pero tan pronto como Tannis se dio cuenta de lo que veía, el camino resultó obvio; zigzagueaba por entre las rocas de la rampa para desaparecer finalmente en un oscuro agujero en la pared del risco. La mina tenía que estar allí.
Por un momento, agachado tras una rocas, Tannis esperó y vigiló.
Sacó el Colt y lo amartilló, pero mantuvo el seguro puesto. No creía que hubiera nadie allí. Miró hacia arriba. Tuvo que echar la cabeza hacia atrás todo lo que ésta dio de sí para ver más allá de aquel macizo callejón sin salida, y sólo la débil luz de dos estrellas demostró que las paredes del cañón no llegaban al infinito. Un extraño y tenue sonido llegó hasta sus oídos. El aire estaba absolutamente inmóvil junto a su cara, pero en lo alto se movía, como aliento por encima del cuello de una botella. Sin embargo, aparte de esto, el silencio era perfecto y seguía sin tener sensación de peligro. Decidió que no había razón para tenerla. Debía haber estado muy cerca de Harper. Era evidente que Stern no había disparado sobre él y aunque hubiera tratado de matarlo con las manos, con un cuchillo, Tannis hubiera oído el ruido de pelea.
Aun así, cuando volvió a salir al camino, mantuvo la pistola en alto y se movió despacio. El camino tenía aproximadamente un metro de ancho y se veía claramente que el terreno había sido trillado por animales, lo que le hizo pensar: ¿dónde guardaba Stern su caballo? Pregunta que su olfato se encargó de contestar de inmediato. Si el aire se hubiera movido lo habría olido antes, pero fue entonces cuando captó el hedor a calor y transpiración, y luego comprobó que sus ojos lo habían engañado. Había supuesto que la oscuridad en la que terminaba el sendero señalaba la abertura en la pared del risco, pero en su lugar había una profunda hendidura en la roca, una gubia tan profunda que casi formaba una amplia cueva. La parte superior había sido prolongada levemente por medio de una especie de techo (arbustos y cartones con rocas esparcidas por encima a modo de camuflaje) sostenido por dos troncos. Bajo ese toldo dormía un caballo cómodamente acostado sobre un lecho de paja. Mirando en derredor, Tannis comprobó que la entrada a la mina no estaba en el fondo de la hendidura, sino en la pared derecha. Nada se había hecho para ocultarla, pero desde luego no hubiera podido encontrarla a menos que hubiera llegado justo hasta allí.
Tannis se detuvo unos segundos preocupado por el caballo, pero éste apenas se movió. Satisfecho, estudió la entrada desde más cerca. Se percató de que en realidad era la entrada natural de una cueva. Tenía alrededor de dos metros de ancho, pero era bastante baja. Tendría que agacharse para traspasarla. Vaciló; era hombre muerto si había alguien esperándole dentro, pero ya no tenía elección, así que se agachó tanto como pudo y entró.
De inmediato la oscuridad, la total, completa, última oscuridad, lo envolvió. Era una negrura tan intensa que podría haber sido galáctica. Era una ausencia de luz tan absoluta que tenía una fuerza peculiar que le era propia. Se quedó paralizado. Durante unos instantes sencillamente no se pudo mover. Y luego, con una muda maldición contra sí mismo, se dejó caer de rodillas. Esperó. Sin duda sus ojos acabarían por adaptarse. Pero no lo hicieron. Estaba ciego. Era un moribundo. Sus ojos se habían cerrado y todo lo que le quedaba eran los sonidos de su cuerpo, el roce del aire sobre su mejilla. Uno a uno, también ellos se desvanecerían. «Joder.» Llevaba consigo una pequeña linterna pero no quería usarla. Con ella sólo conseguiría descubrirse. Así que empezó a gatear hacia delante sobre manos y rodillas, tentando el camino cuidadosamente. ¿Habría utilizado Harper una luz? Con independencia de lo que representara aquel oscuro agujero, lo había atravesado con cierta rapidez. ¿Le habría dicho la mujer que no corría peligro llevando una luz? Quizá sí, quizá sí, pero estaba condenado si se demostraba que su fe en esa posibilidad era excesiva, de modo que siguió adelante, estirando primero la mano antes de deslizar todo el cuerpo, prudencia que se vio recompensada cuando su brazo se agitó en el vacío. No había nada por delante de él. Estaba en un saliente. Su mano, arrastrándose hacia él, topó con un borde de piedra. Se asió a él. Colocó también la otra mano. Y moviéndose arbitrariamente hacia la derecha, fue siguiendo el reborde hasta que se golpeó la rodilla con algo duro. Se detuvo en seco. Pero la mano derecha descubrió un trozo de cable. Lo recorrió; estaba unido al ajuste metálico con el que había tropezado, y un poco más allá, descubrió la misma unión a medio metro. Se dio cuenta de que era una escala que se adentraba en el negro vacío que tenía ante sí.
Tenía que seguir.
Lo sabía, pero no le gustaba. «Hijo de puta. Hijo de puta. Bueno, todos lo somos, ¿no…?» Sacó su viejo Zippo y lo encendió. La mecha prendió con una llama amarilla y un olor a gasolina tan acre que pareció devolverlo al mundo. Su luz le mostró un poco del lugar donde se hallaba: un saliente de piedra, al cual se fijaban los dos pesados escudetes de hierro. El cable estaba sujeto a ellos mediante tensores. Pero eso no bastaba. ¿Qué era aquel lugar? ¿Qué demonios había allá abajo? ¿Y qué profundidad había hasta allí? Así que al final sacó la linterna y apuntó con ella hacia la entrada (la vio fugazmente) y luego, con cautela, hacia el techo de la cueva, el vestíbulo y el camino que acababa de recorrer. Emergieron formas. Una especie de torre perforadora. Poleas y cables que en apariencia llegaban hasta un motor… Era el equipo que debía esperarse, teniendo en cuenta lo que había en la otra cueva de fundición. De algún modo se izaba el mineral hasta allí para cargarlo en los burros. Apagó la luz. Se inclinó hacia delante. La cuestión era si debía bajar.
Tumbándose de bruces asomó la cabeza por el reborde. No vio absolutamente nada. Cada nueva zona de oscuridad era más impenetrable que la anterior. Sin embargo captaba un cambio en la atmósfera, un indicio de aire moviéndose, una corriente fría. Pero ni un solo sonido. Se dijo a sí mismo: «No hay nadie ahí.» Y no había oído nada. Si Stern estaba esperando, tendría que haberse desembarazado primero de Harper y sin duda él lo habría oído… Tenía sentido, ¿pero era suficiente para sacar el culo por el borde? Sí. Giró en redondo, se apoyó sobre el estómago, pasó las piernas por el borde, se agarró a aquellas dos gruesas barras de metal con fuerza y tanteó el vacío con los pies… Halló el primer peldaño. El segundo. El cable osciló un poco y crujió. Si alguien enfocaba una luz en dirección a él era hombre muerto. Su cabeza estaba por debajo del nivel del saliente. Siguió y siguió, pero dejó de contar a los treinta peldaños. Al menos había cincuenta. Sus pies tocaron suelo por fin y estiró la mano en medio de la oscuridad más intensa que había conocido nunca.
No podía dar un solo paso. Acercó la mano a la nariz y no se vio los dedos. Y cuando volvió a encender el Zippo, sus pupilas estaban tan dilatadas que la llama lo deslumbró, hiriente. Pero no le proporcionó luz alguna. Extendió el brazo hacia delante y al moverse en círculo todo lo que vio fue la llama amarilla y vacilante moviéndose con él. Su pequeña luz se burlaba de él no desvelando nada en absoluto. Finalmente, una vez más tuvo que encender la linterna. Halló la escalera bajo el haz de luz. Al recorrer el suelo halló a unos diez metros de donde él estaba unos raíles metálicos. Un cable discurría por un costado de los mismos. Supuso que el cable debía de estar atado a un torno a un extremo, y a una especie de vagoneta, que discurriría por los raíles, por el otro. Así era como Stern transportaba el mineral. Enfocó el cable con la luz de la linterna y lo siguió hasta que lo vio atravesar una pequeña abertura por donde se salía de la caverna en que se hallaba. Fue entonces, justo mientras su mente encajaba las piezas de aquel rompecabezas de industriosidad, cuando oyó el primer disparo.
Al instante Tannis apagó la linterna.
Se produjo el eco del sonido, reverberó. Se extinguió. Pero sin duda había sido un disparo. Aunque a distancia considerable. Escuchó y le llegaron dos nuevos disparos en rápida sucesión; los sonidos y sus ecos se superpusieron en ondas. Un rifle. Y una pistola. Eso le pareció, al menos. Y muy lejos. Siguió un profundo silencio. No oía nada. El silencio, tras el súbito estallido de los disparos, llevaba a sus oídos el sonido de su sangre, del latido de su corazón, de la ráfaga de aire en sus pulmones. Esperó un rato. Luego, cuando siguió sin oír nada, extendió los brazos hacia delante y caminó hacia la abertura que la linterna había iluminado. Era evidente que los diparos debían de proceder de alguna caverna más profunda a la que que aquella abertura conducía. Tanteó los bordes de la misma con los dedos. Tendría que agacharse. Se metió dentro con la mano extendida por delante y encontró una pared curvada de metal. Encorvado, caminó arrastrando los pies y sólo después de haber recorrido unos doscientos metros comprendió que la estructura en la que se hallaba, aunque muy parecida a una alcantarilla, estaba en realidad fabricada con los paneles del fuselaje de un avión. No estaban completos (había tocado un hueco de piedra desnudo), pero desde luego tenía sentido; si uno se dedicaba a buscar por aquel desierto, podía encontrar muchos paneles de antiguos aviones usados como objetivo. Rezumaba agua y caía en gotas. La mano que extendía ante él se cubrió de arenisca. Vislumbró una pequeña luz. No era el final del túnel, sino una curva, y un pequeño destello de luz, que debía proceder verdaderamente del final del túnel, llegaba hasta allí.
Se acercó cautelosamente a la curva. Luego, acuclillado, miró fijamente la luz para comprobar si se perfilaba alguna sombra contra ella. Sólo cuando estuvo seguro de que no había nadie siguió adelante. Vio entonces el final del túnel, un truncado disco de luz tenue y dorada, y avanzó más deprisa. Por fin se detuvo y volvió a acuclillarse a un metro más o menos del final. En aquel punto veía el exterior, pero permanecía oculto.
Sin embargo, no había gran cosa que ver. Obviamente estaba mirando el interior de una caverna mucho más grande que la anterior, iluminada en apariencia por algún medio, puesto que sobre la húmeda piedra relucían largas lenguas de luz. Tan sólo desveló un detalle. A unos tres metros de la abertura del túnel había un pequeño montículo de piedras quebradas. Esperó de nuevo. Seguía sin oír nada. Salió corriendo muy agachado en dirección al montículo.
Nada ocurrió en respuesta a su movimiento, pero se acurrucó bajo las piedras. Con la cabeza gacha recuperó el aliento. Cuando se sintió seguro miró alrededor. La pila de piedras le daba protección por la parte de delante, y a su derecha las piedras se esparcían también, como un dique, cubriéndolo por ese lado. Sólo su izquierda quedaba expuesta, pero cuando giró el cuerpo hacia ese lado rodando sobre la espalda y apuntando con la pistola a la penumbra, se dio cuenta de que también estaba a salvo por aquel lado, pues no vio nada más que la desnuda pared de la caverna que se elevaba (la siguió con los ojos) hasta alcanzar una asombrosa vastedad. Era inmensa. Ni siquiera la otra caverna le había preparado para aquello. Ésta tenía el tamaño de una antigua estación de ferrocarriles. Ni podía percibir, y mucho menos ver, el techo con aquella luz. Sin embargo fue la luz, por encima de todo, lo que le llenó de asombro. Era una luz oscura, hermosa, suave. Penetraba allí desde algún lugar distante, como la luz que ilumina un frondoso bosque o las profundidades del mar. Y era dorada, porque aquella era verdaderamente la mina de Vogel, un hallazgo, una concesión minera más allá de toda concesión, el sueño de las vetas madre, el tesoro de los paiutes. En ese momento a Tannis le vino a la mente la antigua leyenda del Panamint; la cueva secreta guardada por una roca en equilibrio (¿los cazadores falsos?), pues a pesar de que era antropológicamente imposible, era un tesoro legendario. Mirándolo, Tannis sintió en la mente un eco de las presiones que lo habían formado: el magma brotando, explotando entre silbidos, y finalmente manando de la tierra, tan puro como oro fluyendo de un caldero de colada. Aquella caverna había quedado atrás, el oro había crecido a través de la piedra en forma de ramas y hojas, cubriéndola como escamas de un enorme pez, salpicándola de cristales, octaedros y cubos, envolviéndola en zarcillos e hilos, surgiendo de ella en copos tan perfectos como la nieve. Y a lo largo y ancho del brillante fraguado del oro, cadenas y cadenas de cristales, tenues, resplandecientes, de blanco argentino. Algo en el fondo de su mente le decía que era pirita arsenical, pero eso era pensar, ¿y cómo podía pensar él? Durante unos instantes lo olvidó todo. La pistola que tenía en la mano. Vogel, Stern, Harper. Se olvidó de sí mismo incluso. Sintió que se le iba la respiración y luego le invadió un horrible, espantoso deseo, como el de un moribundo, por la vida. ¡Qué tesoro! Temblaba… Pero finalmente, cuando se recobró, la conmoción que acababa de sufrir dejó tras de sí una auténtica satisfacción. Bueno, ahí estaba. Ésa era la razón de todo. No era necesario preguntar por qué.
– ¡Harper! -gritó con toda la potencia de sus pulmones-. ¡Harper! ¿Dónde demonios estás?
Le llegó el eco de su voz en la vasta oquedad. Se extinguió. Y luego oyó la respuesta, con sorprendente calma:
– ¿Tannis?
– Sí.
– Empezaba a preguntarme si vendrías.
– ¿Dónde demonios estás?
– Aquí arriba.
La voz de Harper había llegado desde su izquierda y delante de él, pero ahora explotaron dos disparos a su derecha. Estaba mirando hacia el otro lado y no vio los destellos y, decepcionado, disparó su propia pistola al aire. «Hijo de puta. Bueno, todos lo somos, ¿no? Sí señor.» Pero sus disparos no tuvieron respuesta (no había nada que ver en la penumbra) y sólo cuando la voz de Harper dijo «Cuidado» supo dónde se hallaba Harper.
Al pie de la pared izquierda de la caverna (ahora empezaba a captar los detalles) había una especie de andamio improvisado e inseguro. Presumiblemente le había permitido a Harper alcanzar un sedimento especialmente rico (aunque, ¿cómo lo había elegido?), y debajo había un montón de escombros en varias pilas del mismo tipo que lo ocultaban a él. De ahí era de donde había surgido la voz de Harper, aunque no podía verlo. Sus ojos se movieron. La luz era mágica, pero no había demasiada, tan sólo unos pocos faroles que se balanceaban en el andamio o colgados en ganchos clavados en la piedra iluminaban la escena. Pero se dio cuenta de que había muchos montones de escombros en el suelo, y luego vio que el suelo mismo estaba lleno de agujeros. Dondequiera que Stern clavara el pico hallaba oro. Al fondo de la caverna, iluminada por otro farol, había una zona de oscuridad, una cavidad o un túnel.
– ¿Está allí? -exclamó-. ¿Al fondo? -Y antes de que le llegara la respuesta había apuntado ya al farol. Era un tiro muy largo, pero él tenía una excelente puntería, «ojalá te diera en el ojo!», ¡boom! El farol explotó-. ¡Allí!
– No -contestó Harper-. Allí está la habitación donde vive. La niña está dentro.
«¿Qué niña?»
– ¿Dónde demonios está, entonces?
– Justo al otro lado de donde yo estoy. Hay dos túneles separados unos doce metros entre sí. Se adentran directamente en la roca. Y luego un túnel transversal los une. Forman casi una H.
– ¿Estás seguro?
– Tengo un mapa.
La mujer le habría dado el mapa. «Bien pensado, hijo.» Por eso había llegado tan rápidamente hasta allí, con tanta seguridad. Conocimiento local del terreno. Tannis miró hacia delante intentando distinguir las aberturas. Estaban más allá, en el lado derecho de la cueva: dos oscuros agujeros en forma de cono, fácilmente apreciables cuando se sabía dónde mirar.
– Quiero intentar hacerle salir.
«Por supuesto.» Pero quizá no era muy buena idea. Stern hablaría. Trataría de hacer un trato. O quizá lo haría, en última instancia. Tannis se preguntó cuánto sabría Harper. Tenía que saber mucho para haber llegado tan lejos. Realmente asombroso. «Bien hecho, muchacho. ¡Estos jodidos británicos!» Por otro lado, ¿qué importaba? Al final, quería decir. Salvo que podía haber complicaciones. Después de todo Harper tenía un arma. O presumiblemente tenía un arma.
– ¡Harper! ¿Vas armado?
– Sí. Tengo un rifle.
– Entonces, oblígale a salir, si quieres.
– Tannis, dile algo. Te conoce. De hecho me ha confundido contigo. Creo que por eso le ha entrado el pánico.
– Bueno, no se le va a pasar por oír mi voz… Pero de acuerdo… ¡Stern! ¡Soy Tannis! ¡Stern! Somos dos. ¡No tienes elección! ¡Sal! -Eso sonaba muy bien, pensó. Esperó un momento mientras el eco de su voz se extinguía. No ocurrió nada-. Adivina. No va a salir.
– Tannis, cuidado. Dice que la entrada tiene una trampa explosiva. Creo que tiene una especie de transmisor.
– Si crees eso, te lo creerás todo.
– Tannis…
– Calla y escúchame. Apunta con tu rifle al más alejado de los túneles, al que tienes a tu izquierda. Cuenta hasta cinco y luego empieza a disparar; es muy fácil.
Silencio. Una vacilación. ¿Qué iba a hacer Harper? Probablemente había puesto a prueba sus redaños durante veinte minutos y no iba a hacerlo. No es que fuera culpa suya. Después de todo se dedicaba a hacer películas sobre ardillas. Se follaba a educadas damas. Seguro que nunca se había follado a una tía con las botas puestas, eso sí que era comodidad, follarlas con tanta facilidad como mear. Así pues sus planes estaban cumpliéndose. «¿Qué viene después? Esto viene después.» Contar tres, cuatro, cinco. Hasta que la caverna rugió y estalló cuando Harper empezó a disparar, manteniendo a Stern apartado del túnel más alejado, con un poco de suerte obligándole incluso a adentrarse más en él. E incluso Tannis, levantándose y echando a correr como una vieja liebre americana [54], echó toda la carne en el asador, boom, boom, boom, al tiempo que zigzagueaba al descubierto, el cuerpo completamente agachado, y se tiraba luego al suelo para rodar hasta un montón de rocas esparcidas. Pero rodaba hacia su izquierda. Lejos de los túneles. Ése era el truco. Y Stern, bendito fuera, le ayudó incluso con un par de tiros, una pistola, pero grande, no mucho más pequeña que su propio trabuco. De modo que se produjo ruido y polvo suficiente y resonó el metal lo bastante para mantener gachas todas las cabezas, pero no la de Jack. No señor, él se deslizaba, se retorcía, su gran estómago se arañaba contra las rocas, medio ahogado por el polvo. Moviéndose muy deprisa; los hombres corpulentos a menudo se mueven mucho más deprisa de lo que se supone. Así que, para cuando el humo se aclaró, nadie tenía la menor idea de dónde demonios estaba. Sin duda Harper no sabía que ahora Tannis estaba detrás de él. «Admítelo, hijo, no estás hecho para este tipo de cosas. Realmente, no; tú limítate a seguir mirando hacia ese lado, justo delante de ti.» Trepó unos metros más. «Eso es, dame un minuto más para encontrarte.» Pero por el momento no lo conseguía. Había dado un rodeo hacia la izquierda. Al fondo de la caverna ahora distinguía claramente los túneles (casi estaba a su nivel), pero no veía a Harper; estaba demasiado oscuro. No obstante, Tannis sabía más o menos dónde estaba. El andamio, que se alzaba en la oscuridad como una grúa, señalaba el sitio, aunque la luz de los faroles colgantes, más que desvelar a Harper lo ocultaban en un laberinto de sombras. Probablemente estaba allí, justo delante de él. Si se moviera o… Tannis traspasó la oscuridad con su mente tratando de sentir la de Harper, de incitarle: «¡Haz un intento! ¡Haz un intento!» ¿No era eso lo que se decía a un británico? Por supuesto que sí. Y funcionó. «Bien hecho, muchacho.» Porque entonces Harper disparó dos veces, dos fogonazos borrosos que iluminaron la escena, aunque sólo fuera por un instante, como la luz del día. Allí estaba. Tannis vio su pierna, su espalda, su forma encorvada bajo unas rocas, concentrada en el extremo más alejado de la cueva. Mientras el eco de los disparos de Harper volvía una y dos veces, trepó para acercarse más aún. Pero justo antes de que se hubiera acercado lo suficiente, dos disparos más estallaron junto a él. La pistola de Stern. Uno de los faroles se balanceaba locamente, poof, se apagó, y un segundo explotó en una bola de fuego naranja.
Tannis cayó de bruces.
Pero no vio nada.
Estaba mucho más oscuro, aunque una de las luces aún estaba encendida, pero ése no era el problema, sino el recuerdo de la imagen de la bola de fuego de la linterna, que era tan cegadora como el sol. Se movió delante de sus ojos, tan brillante y real que incluso movió la mano para alejarla, pero no vio nada a través de ella. Pasó un minuto. La luz creció y palpitó, pareció a punto de desvanecerse, pero volvió a brillar una vez más. Oyó un sonido y lanzó un juramento para sí. ¿Se habría movido Harper? Luego, el silencio. Después sonó un estrépito, algo que había caído. Tanteando con una mano Tannis se aseguró de que estaba detrás de una roca. Su visión empezó a aclararse. Pero no estaba seguro de lo que ocurría. Otro minuto. Y cuando recuperó la visión, no vio a Harper. Estaba más oscuro y la forma que su ojo esperaba no apareció. Pero tenía que estar allí. No podía haberse ido muy lejos. Tannis asió el viejo y gran Colt, se levantó, avanzó. Vio el andamio, el único farol. No le gustaba aquello… y entonces pasó por un momento de confusión. Porque allí estaba Harper. Pero de cara a él, apoyada la espalda contra una roca.
– Harper. -Siseó el nombre.
Entonces una voz le llegó desde detrás:
– Jack, no te muevas. No muevas ni un músculo. No respires.
Tannis se quedó paralizado. Miró a Harper. Y reflejado en sus ojos, casi consiguió ver al hombre que había detrás suyo.
– ¿Stern?
– Jack, tienes cerebro, pero yo sé cómo funciona. Sabía que primero irías a por él. ¿Te das cuenta?, te has metido en tu propia trampa.
– Stern…
– Solías llamarme Rudy. Nos conocimos muchos años atrás, mi almirante. Yo soy un amigo. Un viejo amigo. ¿Lo recuerdas?
– Así que fuiste tú quien telefoneó. Deberías habérmelo dicho antes.
– No, no. Tenía miedo de que te hubieran intervenido la línea. Recuerda, fuiste tú quien me enseñó a ser prudente. Buhler me lanzó muchas amenazas; estaba obsesionado. Yo no sabía con quién habría hablado. No sabía a qué atenerme con respecto a ti. Además, un antiguo espía como tú… tal vez escuchar tus conversaciones telefónicas fuera mera rutina.
«Haz que siga hablando. No quiere matarte. Tiene miedo de matar. Todos tienen miedo, ¿no es cierto? Si quisiera matarte ya lo habría hecho.»
– ¿Entonces por qué no viniste al restaurante?
– Los planes cambian… Jack, la pistola. Está en tu mano derecha. No te preocupes, la veo. Arrójala lejos de ti, a la derecha. No pienses siquiera en intentar… Estoy detrás de una roca, aunque consiguieras disparar no me darías. Así que tira el arma.
Y Tannis arrojó suavemente el arma, pero justo delante de él, no demasiado lejos de Harper.
– Jack, a la derecha he dicho.
– Entonces dispárame, Rudy. Aprieta el gatillo, Rudy.
Una pausa. Silencio. Pero Tannis no sintió nada. Sabía que no iba a morir de esa manera. Y después de unos segundos Stern dijo:
– Camina hacia él. Luego date la vuelta y siéntate. Junto a las rocas.
Tannis se encogió de hombros, luego dio un paso mirando a Harper, que no había hecho un solo movimiento ni había pronunciado una palabra. Pero parecía bastante tranquilo, indiferente. Su rifle brillaba en la oscuridad, pero demasiado lejos. Tannis se dio la vuelta al tiempo que se sentaba, sí, ése era un buen movimiento, hacer que se sentara, pero a metro y medio o dos metros de Harper, bastante lejos. No se puede disparar a dos hombres al mismo tiempo. Tendría que recuperarse del retroceso, apuntar de nuevo. ¿Era eso lo que tenía que conseguir, que disparara a Harper primero? Sin duda no iba a ser tan idiota. A menos que consiguiera que Harper hiciera algún movimiento, intentar coger la pistola… Pero Harper no iba a hacerlo. Harper no haría nada. Esperaría. Harper no servía. Era un milagro que hubiera llegado tan lejos… Y se olvidó de Harper, dejó que se alejara, lo miró tan sólo por el rabillo del ojo, mientras Stern emergía de detrás de unas rocas. Sí, Tannis quería captar su mirada, y lo hizo susurrando: «Rudy», sólo para atraerlo hacia sí, lo bastante cerca como para alcanzarlo y captar su mirada.
– Rudy, es increíble verte después de todos estos años.
Stern lo sintió, sintió su poder. Vaciló; sonrió.
– Jack…
– Sobre el restaurante…
– Eso es ya historia. ¿No es eso lo que tú dices? Agua pasada.
– Claro. Todo es historia. -Sonrió con los ojos. Lo tranquilizó un poco. Casi lo tenía ya. «Eso es. Relájate. No hay nada que temer, encanto, no te va a doler en realidad…»-. Sin embargo, tengo curiosidad. ¿Cómo llegó Buhler allí, a aquella carretera?
– Eso fue muy sencillo. Cuando te llamé estaba en una cabina cerca de Darwin Springs y él estaba fuera. Iba a llevarlo para que se encontrara contigo. Ése era el trato. Pero tenía que ser en secreto. Él se lo creyó, ¿sabes?, por lo de la base. Él no sabía que estaba allí hasta que llegó; no tenía ni idea. Así que planeé todo aquello y luego lo dejé allí de camino. El mismo lugar donde solíamos encontrarnos, ¿no lo recordaste? ¿Por el radar? ¿Porque no podían oírnos a causa del radar? En cualquier caso, fui hasta la ciudad y te dejé la nota. Pero entonces estaba pensando, así que dejé mucho tiempo…
– Y volviste al remolque para coger el caballo.
– O sea que descubriste lo del caballo. Siempre fuiste muy inteligente, Jack.
– Sin embargo, lo mataste.
– Pero eso podría haber ocurrido de todas maneras. ¿Comprendes? Y debo admitirlo. Me asustaste. Estabas allí, de repente estabas allí. Y yo no había oído tu coche. Ya me entiendes, yo quería hablar contigo un momento antes, explicártelo, para que así supieras qué debías decir. Hubiera sido muy fácil, ¿comprendes?, hubiéramos podido hablar justo delante de sus narices, porque él no sabía inglés.
– Pero hubiera sido mucho más fácil, Rudy, si hubieras entrado en el Hideaway. No. Confiésalo. Tú lo planeaste. Ibas a jugármela. («Lo digo casi a la ligera, Rudy, es casi como una broma, pero ni siquiera puedes sonreír, ya has perdido incluso eso. Eso es. Mírame a los ojos.») Ibas a tenderme una trampa.
– Si lo prefieres. O podrías decir mejor que iba a involucrarte en ello tanto si te gustaba como si no. ¿Comprendes? Tendrías que protegerte a ti mismo, y eso significaría protegerme a mí también. -Vaciló. Estaba nervioso ahora, pero de un modo diferente-. Eso es lo que necesito saber, Jack. Si lo has hecho bien. Qué está pasando, qué me espera ahí fuera.
– En Escocia estuviste a punto de hacerlo explotar.
– Me doy cuenta. Pero no sabía… lo de la mujer… que la mujer ya no era una amenaza. Pero me salvaste. ¿O nos salvaste? -No a Harper, que estaba sentado junto a ellos. Ni siquiera lo miraron; en realidad Tannis no movía los ojos ni un centímetro, apenas pestañeaba. Con calma, succionó los ojos de Stern y los sintió debilitarse. «Ahora te tengo. Siempre te he tenido. Yo conocía tus secretos y tú estabas satisfecho de que los conociera, oh, sí, lo estabas.»
– ¿Y Vogel, Rudy? -murmuró.
– Eso está arreglado, te lo aseguro.
– Buhler llegó buscando a Vogel, pero te encontró a ti en su lugar. Ése fue el problema, ¿verdad?
– Sí, sí. Pero está todo arreglado. Vogel sabía lo que tu sabías, Jack. Desde el principio. Había una mujer que salió de Auschwitz, una judía, y al final la metieron en el campo en el que estaba Vogel. Ella… se lo contó. ¿Comprendes?
– Ajá.
– Sólo quería dinero. Creo que se casó con ella. En todo caso me encontró…
– Rudy, deberías habérmelo contado.
– Sólo tenía que darle dinero. Pero hubo problemas, ¿comprendes?, Buhler tenía un hermano en ese campo y hubo problemas entre él y Vogel, no estoy seguro de qué ocurrió, pero Buhler le siguió la pista. Casi estaba loco. En serio, Jack, estaba obsesionado. Me contó cómo lo había hecho. Tenía cartas, fotografías, todo… pero me he ocupado de eso. Ya no representa ningún problema.
– Pero Vogel halló este lugar y fue a pedirte ayuda. Y tú viste tu oportunidad. Lo mataste…
– Bueno…
– Pero quedaron cabos sueltos, Rudy.
– No sabía que tenía una hija. Pero eso no representa un problema, te lo aseguro…
– Pero, Rudy, todavía hay cabos sueltos. Su casa. ¿Por qué no pensaste en eso? Aún está a su nombre. Lo descubrirán. Son lentos, pero al final atarán cabos.
– Quizá sí, Jack, pero ése es el tipo de cosas que tú sabes cómo arreglar. ¿No es cierto? Tú podrías hacerlo, Jack. Creo que tú podrías.
– Si quisiera.
– Jack…
– Se ha terminado. Todo. Todo ha concluido. -Sí, qué venía ahora, ésa era la cuestión.
– No. Tengo mucho dinero, de aquí. Más del que podrías soñar.
Dinero. Si eso era lo que quería…
– Has tenido mucho tiempo para disfrutarlo.
– Jack, escucha… -Eso era, hacerle suplicar. Ahora lo había perdido todo. Apenas podía sostener la pistola en la mano. «Te necesita y lo sabe. Bueno, estos tipos siempre te necesitan. Alguien con quien compartir sus secretos. No tienen la fortaleza suficiente.» Podía acercarse sencillamente y arrebatarle la pistola. ¿Pero qué venía después? Esa era la cuestión. Y Stern prosiguió-. Podríamos hacerlo. Todo saldría bien. No habría ningún problema, excepto… -No, Stern no era ningún problema. Stern ya era hombre muerto. Podía matarlo y no quedaría nada por hacer excepto… Harper. ¿Qué otra cosa podía haber querido decir Stern? Excepto Harper. Aunque Harper nunca había sido un problema. Difícilmente podía serlo, excepto… Fue justo entonces cuando Harper hizo su movimiento. Incluso Tannis lo vio. Bueno, ambos lo vieron: un cambio de postura, un movimiento que levantó su pierna; estaba sentado, reclinado a medias, así que, si lo que quería era subirse los calcetines, no tenía más que extender las manos. Los ojos de Stern parpadearon incluso. Por primera vez apartó los ojos de Tannis, pero sólo para echar un vistazo al rifle que relucía en la oscuridad a cuatro metros y medio de distancia. Sin embargo su pistola no se movió. Seguía apuntando a Tannis. Quien, por su parte, sólo comprendió lo que ocurría en el mismo instante en que sucedía. Pero entonces ya era demasiado tarde. Nunca hubiera pensado que David llevara otra arma, que supiera nada de armas. Aunque era posible. Al fin y al cabo era de esperar que un hombre que había hecho películas sobre serpientes, sobre animales agresivos en zonas salvajes del mundo supiera distinguir el cañón de un arma de la culata, e incluso saber cómo llevar un arma pequeña con desenvoltura, si tenía que estar metido en un escondrijo o subido a un árbol. En cualquier caso, Tannis sólo vio en el último segundo lo que Harper llevaba atado a la pierna: el barato y pequeño revólver Charter Arms que Marianne le había dado. Tannis llegó a moverse, para detenerlo, pero estaba demasiado lejos y aunque hubiera estado mucho más cerca no habría supuesto diferencia alguna. Porque Stern había movido los ojos; lo había perdido durante ese instante crucial en que Harper había alzado el revólver y el dedo de Stern había apretado el gatillo. Los disparos cayeron uno detrás de otro, el de Stern y el de Harper. Sonaron con estrépito y Tannis lanzó un grito de agonía, oyendo su propio grito en la distancia, mientras notaba que le volaba la rodilla y contemplaba a Stern doblarse por el estómago. Cayó y rodó. Stern se había agachado en la penumbra que había bajo el andamio. Tumbado, temblando, con una conmoción («eso es, deja que pase»), Tannis jadeó buscando aire y un momento después vio a Stern dirigiéndose hacia el túnel. Y luego debió de perder el conocimiento («eso es, recupéralo, aguántalo, sigue»), porque entonces vio a Harper, agachado, cauteloso, caminando en pos de Stern. «Hijo, quizá no sea una buena idea.» Luego sonó un disparo, y otro. Después un último y horripilante grito, qué sonido, pero ahí estaba. ¿No era absolutamente auténtico? Un grito, palabras no, ni risas, ni ninguna de las diversas posibilidades que distinguen realmente a los hombres de los animales. No era un grito de agonía, sino de la certeza de saber que uno va a morir. Sí, a eso se reducía todo. Aquel gran cerebro lleno de ecuaciones, hechos, puntos de fusión y números atómicos, coeficientes de expansión, espectros, longitudes de onda, problemas, métodos, definiciones, en realidad era lo mismo que sangre roja y sangre amarilla coagulada, juntas en tus manos, nada más, todo junto, exactamente la misma mierda. «¡Sí! ¡Grita cuanto quieras! Todo es jodidamente igual…» ¿O era Tannis, mordiéndose el brazo, tratando de no gritar por su propia agonía? Porque estaba sudándola. Se ocultaba en sus ojos. Yació allí, escuchando, oyendo el terrible silencio, pero pensando aún. «Puedes ganar, aunque no ha acabado.» Oh, sí. Eso estaba claro. Pero entonces la tierra tembló y hubo un tremendo estallido, una conmoción tan potente que hizo rodar a Tannis. Al parecer Stern no se estaba echando un farol.
Aquel lugar tenía trampas explosivas. Tannis se cubrió la cabeza cuando llovieron las piedras a su alrededor y luego se ahogó en medio de la terrible polvareda. A través de la cual, un momento después, apareció el rostro de Harper, desencajado, fantasmal, pero finalmente visible, cercano, junto al suyo. Y una cosa más. Sus manos estaban vacías. El horror del túnel había sido demasiado para él. No llevaba arma.
El polvo era terrible.
Tannis lo vio arremolinarse, impelido por la explosión, en una gran oleada que se extendió por toda la caverna y se levantó luego en un encumbrado penacho irritante.
En un momento, tumbado de espaldas, mirando hacia arriba, apenas pudo ver. La arenilla lo cegó y lo ahogó; una bocanada y ya jadeaba buscando aire. Giró la cabeza hacia el costado, pero allí el polvo se hizo más denso. Parecía surgir de todas partes. Además, se habían apagado todas las luces, de modo que el polvo era una especie de humo, como si la caverna se hubiera convertido en una caldera o en una chimenea.
Sin embargo, en medio de todo aquello, Tannis supo que lo había conseguido; ahora estaba libre. Y el hecho de que Harper lo hubiera hecho por él era el perfecto punto final. Pobre Harper. Era el paso final. Y entonces todo habría concluido, todo. El polvo se arremolinó en torno a él. Cerró los ojos para protegerlos. Sus dedos apretaron la pistola; sí, a pesar del dolor la había encontrado en la oscuridad. Reflexionó. Era el tipo de cosas de las que uno debía estar seguro. No quería quedar como un idiota. Había disparado al farol del fondo de la cueva. Uno. Luego había disparado al aire, sin motivo. Eso hacía dos. Luego había alentado a Harper con tres, cuatro, cinco. ¿O había habido otro? Pongamos seis. De todos modos resultaba perfecto. Casi
poético; sólo una bala, la única que necesitaba, el séptimo tiro, limpio y cómodo, de su pistola automática calibre 45 de reglamento.
Todo concluido…
Ése era el problema. Claro está que ya lo sabía. ¿Acaso no lo había sabido desde el principio? Era su misma finalidad, el círculo cerrándose de manera perfecta, lo que le hacía pensar a uno: «¿Y qué viene después?»
¿Por qué no?
¿Por qué no ahora, después de todo?
Pero la respuesta se le escapó, llevándose la pregunta con ella, por el momento. («¿Olvidas algo en realidad?, ¿no está tan sólo esperando el momento de reaparecer?»)
Pero no ahora. Ni en ese momento. Cuidadosamente, con cautela, se volvió de lado. El dolor de la pierna no era muy intenso, pero estaba ahí. Bueno, aún podía sentirla. Según decían, si puedes sentirlo aún no está muerto. Y además había una luz. Tumbado de espaldas había estado mirando hacia la nada que había sobre su cabeza, así que no era de extrañar que no pudiera ver. Pero ahora había una luz más allá. Harper había ido a buscarla, recordó, era un farol que colgaba de los restos del andamio a cierta distancia por el otro lado. Brillaba oscuramente en las tinieblas. Sin embargo proporcionaba claridad y a su luz el polvo no era negro en realidad. Las motas de color plata, claro, o de gris claro, danzaban locamente, al azar. Gruñó. Bueno, probablemente era el arsénico. Cerró los ojos. La pierna era puro dolor. Pero no era tan malo Lo peor era el sabor que tenía en la boca. Empezó a escupir tratando de librarse de él. Jesús. Apenas podía respirar. Observó a Harper. Lo veía como a una sombra. La luz estaba bastante alta en el andamio y trataba de bajarla. Luego volvería junto a él. Tannis oprimió la pistola. Un tiro, eso era todo lo que necesitaba. Luego se habría acabado todo. Todo habría concluido. Sí, bueno, lo sabía, pero su mente volvió a desviarse. Recordaba… el recuerdo era muy borroso, aunque sabía exactamente de qué se trataba; la peculiar oscuridad, su malestar, la pistola, todo se combinaba para excitar su memoria: 2 de diciembre de 1943. ¿O era el tres? Nadie lo sabía con exactitud. Ninguno de ellos se había parado a tomar notas sobre sí mismos. Pero fue la noche anterior a la primera prueba en China Lake y siempre que la recordaba se preguntaba por qué había fingido estar dormido. En realidad no era nada, pero siempre se lo preguntaba. Había estado tumbado allí, despierto toda la noche, enroscado en su saco de dormir y les había oído llamándole y él había cerrado los ojos fingiendo. Fingiendo estar dormido. Hacía mucho tiempo. Sin embargo lo recordaba muy bien. Había viajado con los otros en las carretas de CalTech y en unas cuantas camionetas para reunirse con el equipo principal, Emory Ellis, Burnham Davis, Calvin Mathieu. Aquéllos eran los jefes. Los recordaba a todos. Ellis le caía bien. Era un hombre de rostro anguloso con gafas. Un químico. Estaba especializado en bacterias. Bueno, ahí estaba. Era del Medio Oeste, de Illinois, y había trabajado para empresas de alimentación o algo parecido, pero sabía cómo funcionaban las cosas. Por ejemplo, era un excelente conductor en el desierto. Exacto. Sabía cómo se tenían que hacer las cosas, cosas prácticas, que lo convertían en alguien perfecto para China Lake. De hecho, fue él quien salvó el día, porque había llevado pistola. Ese había sido el problema. Al llegar a la base, con cohetes de 3,5 pulgadas, habían descubierto que no había seguridad, ni siquiera un cobertizo con un candado para guardarlos. No había un solo edificio en la base que estuviera terminado. Aunque en realidad, nunca llegó a terminarse nada, al menos durante años; siempre estaban construyendo, la arena y el polvo del cemento eran tan malos como el que ahora padecía. Y aquella noche hacía un frío helador. Se congelaba uno los sesos en el jodido desierto. Habían desplegado sus sacos de dormir en una cabaña prefabricada sin puertas ni ventanas. Alguien colocó un panel de una caja de embalar sobre el hueco de la puerta para intentar evitar que entrase el viento. Y nadie pudo dormir. Tannis no pudo dormir. Tenía demasiado frío. Estaba nervioso. Pero la idea era que se habían turnado para hacer guardia con la pistola de Ellis, la única arma en una base militar que iba a derrotar a los japoneses nada menos, y ahí estaba el quid de la cuestión: cuando llegó su turno, cuando alguien susurró: «Hey, Cracker Jack», fingió estar dormido. Eso fue lo que recordó en ese momento, tumbado en medio del polvo, que se había quedado tendido allí, acurrucado en su saco de dormir (tapada la cabeza, con las manos entre las piernas) intentando calentarse y fingiendo estar dormido. ¿Por qué? ¿Por qué había sido tan importante? No estaba dormido, no había dormido un solo minuto, había estado tumbado escuchando la sosegada charla de los otros, una radio. Recordaba aún el zumbido de aquella radio, un boletín de noticias, entonces estaban luchando en Italia, en el frente invernal («Jesús, no puede hacer más frío que aquí»), pero tan pronto como había oído su nombre había cerrado los ojos, fingiendo. Simulando que dormía. ¿Por qué era eso tan importante? Fingir que dormía. Sabía que estaba despierto, pero ellos no, ¿era eso?
– ¿Tannis?
Era Harper. De repente había aparecido justo delante de él con el farol.
– ¿Estás bien?
La luz osciló en la penumbra por delante de él. Vio el rostro de Harper y luego ya no, porque la luz se balanceaba de un lado a otro. ¿Lo comprendía Harper? ¿Tenía idea de lo que estaba ocurriendo? ¿De lo que iba a ocurrir?
Tannis se oyó a sí mismo decir:
– Tiene que haber algo… un trozo de madera o algo. Quiero levantarme.
– No te muevas. Necesitas un médico.
Sí, presumiblemente y con independencia de lo que ocurriera después, eso también formaría parte del todo.
– Me sentiré mejor de pie. Búscame algo.
Apretó la pistola de nuevo. Sí, la había encontrado en la oscuridad, había sentido el peso en su mano. Harper se alejó. Unos segundos más tarde volvía con una paleta de mango corto. Perfecto. Se apoyó en ella para levantarse. Ahora la pierna le daba punzadas de dolor, pero de otra manera. Hasta la rodilla le dolía horriblemente. Por debajo las cosas eran un poco vagas. Harper le ayudó. Tantearon en la penumbra y encontraron uno de los montones de escombros. Sentado a medias, Tannis se apoyó contra él. Recuperó el aliento.
– ¿No habrá en ese mapa otro camino trazado para salir de aquí?
– No.
Pero sí había uno. Tenía que haberlo. Al ponerse de pie había notado una corriente de aire muy débil en el rostro. Entrecerró los ojos tratando de captar alguna forma en el remolino de polvo, pero aun con el farol estaba demasiado oscuro. No importaba, estaba allí. Podría encontrarlo. Y quizás estaba pensando en eso cuando sacó el paquete de Lucky y su Zippo y sostuvo el cigarrillo encendido entre los dedos.
– Tengo que hacer algo con la niña -anunció Harper.
Tannis tosió y escupió, diciéndose para sus adentros que no le iría mal beber agua.
– ¿Es la hija de la Vogel?
– Anna.
– ¿Dónde está?
– En esa habitación del fondo.
Tannis asintió.
– Tú mismo. Yo estoy bien aquí si quieres ir. Pero quizá será mejor mantenerla alejada hasta que se asiente el polvo. -Sí, y sin duda acarrearía menos complicaciones.
Harper vaciló, meditaba. Tannis volvió a escupir y lo observó. Vigiló a Harper. Harper era un hombre corpulento, casi tanto como él. «Sí, pero tienes tu pistola», y él no había vuelto con la suya. No obstante, le sorprendió, en cierto modo, que Harper fuera tan corpulento. ¿La habría tirado por repugnancia, por horror? Por supuesto, entonces era muy joven. Un muchacho. El genio adolescente. Pensó en la mujer de Harper. «Bueno, todos cometemos equivocaciones.» Pero ahora Harper era diferente. Sí, considerándolo todo, Tannis se alegraba de tener la pistola. Harper no era duro, pero estaba claro que era más duro de lo que parecía. Parecía que no iba a darse por vencido así como así. Y tenía que ser listo aquel genio despistado. Realmente listo para haber llegado tan lejos Ahora también él tenía todas las respuestas. Vogel, Buhler. Buhler había tirado del hilo y todo se había desenmarañado. Se veía en el rostro de Harper. «Naturaleza, Diente y Garra, hijo. A nadie le gusta matar a un perro viejo.» ¿Qué era lo que había en su rostro, horror o ira? En realidad ninguno de los dos. Ésa era la cuestión. Sencillamente lo sabía, eso era todo. Lo sabía todo. ¿Por qué no admitirlo?
– Así que ahora ya lo sabes todo. Incluyendo lo mío.
– Creo que de todos modos ya lo sabía. Stern robó el Sidewinder, pero no lo hizo solo.
– ¿Y lo habías descubierto?
– Gran parte.
– Interesante… Quiero decir que tuviste que hacerlo justo al revés. Tuviste que volver hacia atrás, empezando por ti mismo.
– Pero ésa era la ventaja que yo tenía, ¿no? Sabía que no lo había hecho yo. Stern no me conocía y yo no lo conocía a él, pero alguien me había metido en ello. Durante todos estos años sólo he tenido eso para seguir adelante. Tenía que hacerse público que los rusos se habían apoderado del Sidewinder, así que debían encontrar un chivo expiatorio que resultara conveniente para todo el mundo. Y yo fui el designado. Pero no fue Stern. Necesitaba a alguien más. Durante un tiempo he pensado que quizá había sido mi mujer, porque quien lo preparó lo sabía todo acerca de mí, cómo iba a reaccionar yo, dónde iba a estar. Pero por supuesto no fue ella, ¿verdad?
«Vaya, vaya, realmente lo ha descubierto todo», pensó Tannis. Y también ella debió de hacerlo al final. Una mirada, y ella lo había sabido, no sólo lo del chico, todo. Ella le había traicionado de «aquella» manera, y también de todas las demás. «Sin embargo, perdona y olvida, lo pasado, pasado está, y no querrás que él lo sepa todo, ¿no? Nunca se sabe, nunca está de más guardarse algo en reserva.» Por otra parte, estaba el chico. Era mejor evitar «aquello». Así que dijo:
– ¿No recuerdas cómo ocurrió? Tu mujer no tuvo nada que ver… salvo que dije, en aquella nota, que estaba follando con un mexicano, o no sé quién. ¿O creíste que era cierto? Bueno, quizá lo hiciera, pero no tenía nada que ver conmigo. Pura coincidencia. Yo sólo necesitaba que tú salieras al desierto. Y luego lo arreglé para que los rusos se cruzaran contigo, por supuesto dando la impresión de que tú ibas a encontrarte con ellos. Pero no la culpes a ella, por amor de Dios.
Observó a Harper meditar sus palabras, creerlas y asentir. Y luego preguntó Harper:
– Pero hay una cosa que aún no comprendo. Tú tenías poder sobre Stern…
– Claro. Un hijo de puta con mala suerte. Estas cosas ocurren. Envió a una chica judía a Auschwitz y resultó que tenía tíos y tías por todo Chicago.
– De acuerdo. Eso en lo que se refiere a Stern. ¿Pero tenían los rusos poder sobre ti?
– No seas idiota. Nadie tenía poder sobre mí. -Tannis rió entre dientes-. ¿No pensarás que soy un comunista?
– No, no lo creo. ¿Por qué entonces… por qué lo hiciste?
Tannis esbozó una mueca. Bien, ahí estaba. ¿Por qué no ahora? Este ahora en lugar del siguiente ahora, o del siguiente, el que va después. Pero contestó:
– ¿Aún no sabes por qué?
– ¿Cómo voy a saberlo? ¿No es ése tu gran secreto?
– Quizá tenga otros.
– Pero ése es el más grande, el que cuenta. Si alguien lo descubriera…
¿Qué se proponía Harper? ¿Por qué no huía? Tannis notó que sus dedos se tensaban sobre el gatillo. Se tensaban. Se tensaban. Pero no lo apretó… «No es este ahora. Espera un poco más.» Se reclinó hacía atrás y sintió que el dolor lo inundaba. «Sólo está en tu mente, sólo está en tu mente.» Y dijo:
– ¿Realmente quieres saberlo? -Sí.
Pero Tannis empezó a hablar:
– Hay una cosa que no para de darme vueltas en la cabeza. No dejo de recordar la primera vez que estuve aquí.
– ¿Cuándo fue eso?
– Antes de que estuviera la base, antes de todo y de todos. No había aviones entonces, sólo halcones y buitres. Yo era un mocoso. Mi padre era un jugador, ¿te lo he contado alguna vez?
– No, no me lo has contado.
– Bueno, pues lo era. También buscaba oro, ¡Dios, lo que hubiera pensado de este sitio! Estuvo buscando por aquí. Pero, claro está, es todo lo mismo, jugar y buscar oro. En cualquier caso… -Tosió. Su boca se llenó de un horrible sabor. Pero siguió hablando, se oyó a sí mismo. Su voz decía-: Ganó una camioneta en Las Vegas, en una partida de póquer. Era un modelo antiguo, bueno, supongo que entonces no era tan antiguo, un Mack Bulldog de cuarenta caballos, sólidos neumáticos de caucho, radiador detrás del motor, una especie de tracción de cadena. La idea era venderla en Los Ángeles. Me llevó con él. Cruzamos el Valle de la Muerte. En aquellos tiempos podían matarte por el camino, pero lo conseguimos. Teníamos dos barriles de cerveza llenos de agua. Dormíamos en la parte de atrás. Pero entonces, al llegar por aquí se paró. No estoy seguro de la carretera. Quizás estaba asfaltada, quizá sólo aplanada. Pero en cualquier caso, aquella vieja camioneta se paró y no pudo seguir…
– ¿Y fue cerca de aquí?
Sí, Tannis se imaginaba perfectamente a su padre. Aunque sabía que no lo era. Pero no importaba. Estaba hecho una furia porque el vehículo se les había parado justo cuando estaban a punto de llegar. «Tendremos que ir a pie.» Por supuesto Tannis sabía que no debía hacerse, se suponía que uno debía quedarse en el coche. Había letreros junto a la carretera. Pero se pusieron en marcha. Y tuvieron suerte en seguida. Apenas habían perdido de vista la camioneta cuando divisaron un coche o una furgoneta. No estaba en la carretera en realidad, sino a unos ochocientos metros, aparentemente aparcado en el desierto. Parado allí de aquella manera resultaba una extraña visión. Jack se dio cuenta de que la mano de su padre se deslizaba dentro del bolsillo lateral de la chaqueta donde guardaba la pistola. Pero allá se dirigieron siguiendo las marcas de los neumáticos que tan nítidas se veían sobre la arena. Al acercarse más el coche les pareció aún más extraño, era un sedán negro corriente, pero al que se le habían añadido unas alas o aletas, estructuras metálicas entre las que se habían extendido unas lonas extraídas de los lados y de la parte posterior del coche, y que creaban tres oscuras zonas de sombra. En la parte trasera, protegidos de esa manera, dos hombres y una mujer estaban montando una gran cámara cuadrada sobre un trípode de madera.
– En efecto, eran fotógrafos, de Los Ángeles, supongo. Nunca llegué a saberlo. No, miento. Dijeron que eran de Glendale. Y se presentaron a sí mismos. Dios, ojalá pudiera recordar quién era. El tipo de mayor edad tenía cuarenta años y espesos cabellos rubios, y el chico, que era su hijo, rondaba la veintena. Pero te aseguro que era la chica a quien mirabas. Llamaba la atención.
La recordaba como si hubiera sido ayer. Un rubia alta y bronceada, vestida con una camisa de ante con flecos, pantalones grises y pesadas botas militares. No era mayor que el hijo, pero se notaba que estaba liada con el padre. Y Tannis se dio cuenta, o al menos lo comprendió en parte, aunque no supo entonces que era lo que sabía. Quizá ella percibió incluso la perturbación que provocaba en él. En todo caso, ella fue la única de los tres que le prestó un mínimo de atención, sonriéndole amistosamente al tiempo que le tendía la mano, una mano larga y fría con una palma sorprendentemente callosa.
– ¿Sabes?, creo que fue la primera mujer hermosa que vi. O al menos la primera mujer que me pareció hermosa. Ya sabes lo que quiero decir.
– ¿Qué ocurrió después?
– Bueno, qué ocurrió. No lo sé, no mucho más. Cargaron la cámara en el coche y nos llevaron de vuelta a nuestra camioneta. -Fue como un sueño. Él estaba en el asiento de atrás, incrustado entre su padre y el chico, la mujer justo delante de él, de modo que podía ver los finos cabellos dorados que se le rizaban alrededor de la nuca, y oler el sudor que subía de ella. Como un sueño. Fue como un sueño. La chica, el extraño coche negro, el trozo de sol amarillo e intenso sobre su rostro, los improbables y extraños aparatos apilados tras él. Y cuando llegaron a la camioneta, los acontecimientos se desarrollaron también como en un sueño-. Bueno, el tipo mayor estaba furioso, por supuesto, estaba perdiendo la luz, ¿pero qué podía hacer? Tenía que echarnos una mano. Recuerdo que la chica lo besó para calmarlo, para animarlo, y luego su hijo y mi padre se fueron en el coche en busca de un taller y nos dejaron solos a los tres. Solos a los tres, ¿comprendes? -En el último momento la mujer sacó del coche la cámara y el trípode, para hacer sitio, según dijo. Y luego los tres se quedaron allí de pie en el viento y el polvo del desierto: Jack, la chica de cabellos de oro, el hombre. El coche desapareció. Y justo entonces Tannis se dio cuenta de que sentía como si todo se acabara en su profundo interior. No estaba asustado, no tenía nada que ver con el hecho de que su padre se hubiera ido. Quizás en parte se debía a que el hombre y la mujer eran ricos y él era pobre, pero algo le hizo sentirse muy pequeño. Puso mala cara. Pobre chica. Señor, ahora ya eran dos, porque el hombre, aunque no pusiera mala cara, sin duda estaba contrariado. Ella trató de animarlo una vez más. Mira, le dijo, ya que estaban allí quizá podrían sacar algo; tenían que sacar una foto. Pero el hombre sacudió la cabeza. Le quedaba muy poca película, ¿y sabía ella lo que le costaba cada placa? Veintisiete centavos, le dijo, veintisiete centavos. Entonces ella le llamó aguafiestas y cuando él le echó una mirada de lascivia, ella le sacó la lengua y entonces (Tannis apenas podía creer lo que veían sus ojos) empezó a dar saltos, arriba y abajo, arriba y abajo, junto a la carretera, dando círculos y más círculos alrededor del hombre, pateando el polvo, con las manos metidas en los bolsillos de los pantalones. El se limitó a cruzar los brazos sobre el pecho y a decir: «Querida mía, eres encantadora», luego rodeó la averiada camioneta en busca de un poco de sombra, pues el sol ya estaba alto en el cielo.
En ese momento ella dio media vuelta hacia Tannis. Le dedicó una bondadosa sonrisa y se inclinó hacia él. Era tan alta que sus dorados cabellos le cayeron sobre los ojos y ella sacudió la cabeza para echarlos hacia atrás. Después se inclinó aún más, de modo que él pudo oler su cálido y sabroso aliento rozando su mejilla.
Sin embargo, no le gustó aquella sonrisa; no le gustó que le sonriera de esa manera. Y ella quizá se diera cuenta, porque se puso seria.
¿Sabía él lo que era una cámara?, le preguntó.
Él asintió y era verdad. En una ocasión había leído un artículo acerca de cómo hacer una cámara con una caja de zapatos.
¿Y le habían hecho una foto alguna vez?
Nunca.
¿Le gustaría?
No.
¿Por qué no…?
Él deseaba con todas sus fuerzas decirle que sí para complacerla, pero no podía. Seguía pensando en su sonrisa, aquella sonrisa demasiado bondadosa. Y tal vez adivinaba lo que ella estaba pensando. Tannis, a los trece años, con una vieja chaqueta de mezclilla y pantalones holgados, como los de montar, con su gorra plana de lana, era perfecto para que ella le pidiera que se encaramara a la capota del coche, triunfante, o se sentara en la parte de atrás, con las piernas estiradas por delante, con su cara de chico pobre blanco mirando ansiosamente el objetivo. Pero él no iba a aceptarlo. Ella trató de captar su mirada con aquellos maravillosos ojos gris claro, pero él apartó la vista y su rostro, su mandíbula y su corazón se cerraron, tan apretados como un tornillo de banco; era la última resistencia de la virginidad. Sólo que al final espetó:
– ¿Quiere una fotografía, señorita?
– Sí. Quiero hacerte una fotografía.
Él volvió a negar con la cabeza, pero luego dijo:
– Puedo mostrarle una bonita fotografía.
– ¿Dónde?
– Por allí.
Señaló en dirección a un cañón distante, la única maldita cosa que había para señalar.
– ¿Dónde es por allí?
– Tiene que verlo.
– Dímelo.
Pero no iba a hacerlo, por supuesto, ya que no tenía ni idea de que hubiera algo por allí. Tannis no estuvo nunca seguro, ni siquiera con la distancia que da el tiempo, de qué había intentado hacer: escapar, salir del apuro, rechazar a la mujer…, pero también aferrarse a ella un último segundo más.
Y ella vio que se debilitaba su voluntad.
– Dímelo -volvió a pedir.
Entonces él se volvió tan obstinado como sólo pueden serlo los adolescentes. Al tiempo que negaba con la cabeza observó que algo cambiaba en el interior de la mujer; de repente se había aburrido de aquel pequeño juego, súbitamente consciente del calor, del tedio que los esperaba. En un arranque se irguió y hundiendo las manos en los bolsillos traseros del pantalón, se puso a mirar la vacía carretera.
Tampoco ella, sin embargo, podía dejarlo ir del todo. Se dio media vuelta girando sobre los pies fijos en el suelo.
– ¿Por allí?
– Puedo enseñárselo.
– Pero no podías -oyó decir a Harper-. ¿No es cierto? ¿Habías estado antes allí?
– Ya te lo he dicho, era la primera vez que veía esta parte del país. Lo que importa es que ella me creyó. Eso fue lo primero. Nunca lo comprendí en realidad. ¿Pretendía gastarle una broma a aquel hombre, fastidiarle, o qué? Cualquier cosa. Nunca lo supe. Ocurrió muy deprisa. Ella dio media vuelta y cogió la cámara, y yo cogí el trípode. -Dios, pensó, le pesaba tanto sobre los hombros, se le clavaba como la hoja de un cuchillo, pero por supuesto no podía demostrarlo. Así que echaron a andar por el desierto, con la chica por delante. Tannis escuchaba los latidos de su corazón como los de un pájaro. Se dirigía a ninguna parte. No tenía ni idea de adónde podía ir. Diez pasos y ya estaba desesperado. Se dijo que si no encontraba algo para que ella hiciera una fotografía se moriría allí mismo, y luego se dio cuenta de que no se iba a morir de verdad (era un chico juicioso), pero sí que sufriría algo peor: una herida, un golpe que se curaría al final, pero que le dejaría deforme para siempre. Así que estaba realmente desesperado, motivo sin duda por el que fue capaz de transportar aquel trípode como lo hizo. En diez minutos estaba sudando, tropezaba. Diez minutos más tarde, cuando echó una rápida mirada hacia atrás, apenas se veía ya la camioneta. En cuanto a la chica, caminaba con dificultad por delante, cada paso de sus botas militares dejaba una nítida huella sobre la arena que él iba siguiendo, y sólo se volvió para mirar una vez. Su mano se movió entonces hacia la mejilla para echarse el pelo por detrás del hombro y sus labios esbozaron una sonrisa para animarlo a continuar. Finalmente llegaron a un barranco que se extendía en un amplio estuario de arena que se fundía con el desierto. Ambos estaban exhaustos y se desplomaron sobre unas rocas al unísono, como si les hubieran dado una señal. La chica inclinó el torso, con la cabeza a la altura de las rodillas y los brazos colgando a los costados. Entonces, furtivamente, Tannis la contempló. El modo en que pequeñas guedejas de oro salían en rizos desde la raya del pelo. El modo en que su bronceada piel se arrugaba alrededor de los diminutos huesos de sus largas muñecas dobladas. El modo en que brillaba el sudor en sus sienes. Nunca había visto el cuerpo de una mujer de aquella manera. Durante unos instantes, como una gota de lluvia temblando sobre el cristal de una ventana antes de resbalar, la sintió y luego la amó. Y cuando ella alzó la vista y le miró a los ojos, él no los apartó.
La mujer sonrió.
– ¿Estás bien?
Tannis asintió.
– Intercambiemos los pesos.
– Estoy bien.
– Lo sé. Pero debe dolerte el hombro y a mí me da la impresión de que se me va a caer el brazo.
Tannis estaba atónito. Le asombraba que ellos dos, justo allí, no se hubieran desvanecido en un chorro de humo. Entonces, al captar el movimiento en sus ojos, se dio la vuelta y vio al hombro de pie junto a la camioneta. Se irguieron de inmediato y cuando reemprendieron la marcha a paso vivo notó los ojos del hombre quemándole la espalda. Delante de ellos, el barranco se estrechaba hasta convertirse en una pista compacta de arena y rocas, con un lado profundamente cortado en su base que estaba bordeado de ralos tamarugos. Durante un cuarto de hora más avanzaron penosamente hasta que por fin llegaron a un cañón. Que no tenía nada que lo distinguiera de otro centenar: la caja de un cañón arrancado a aquel grupo de montañas, con paredes alzándose unos sesenta metros impresionantes, pero no espectaculares. Sin embargo, tan pronto como estuvieron en él, Tannis tuvo una sensación de espacio, envolviéndole, convirtiéndose en suyo. Y entonces lo vio, exactamente lo que había deseado, y se detuvo en seco, su corazón se detuvo en seco y gritó a la chica: «¡Espere!», una orden pronunciada con tanta convicción que ella la obedeció de inmediato. Sin embargo, lo que había visto no era tampoco nada fuera de lo corriente. La pared del fondo del cañón, en el punto donde empezaba a formar el ángulo de la caja, se había desmoronado, derramando una gran rampa de rocas sobre el suelo del cañón y formando una estructura que los geólogos llaman talud. Lo único que aquél tenía de peculiar era la calidad de la roca misma, porque las piedras eran de un color gris oscuro uniforme, el color de la roca volcánica llamada andesita. ¿Lo sabía Tannis? ¿Lo había visto antes? ¿Se lo había mostrado su padre? Era posible, aunque no importaba. El hecho era que Tannis se abalanzó en aquella dirección de inmediato, saliendo a trompicones del barranco y arrastrando la gran cámara peligrosamente tras de sí. La chica lo siguió, y desde la parte superior del terraplén, a través de un hueco en el tamarugo, vio al hombre caminando pesadamente por el desierto. Corrió en pos de Jack y un momento después ambos estaban junto a la primera de las grandes y oscuras piedras. Tannis se oyó decir:
– ¿A qué distancia tiene que estar?
– ¿De aquí, quieres decir? ¿De esas rocas?
– Ya lo verá.
– ¿Qué?
– Póngala ahí, por encima de las rocas. Prepárela.
Mientras ella se afanaba con la cámara y el trípode, Jack buscó en derredor y empezó a coger pequeñas piedras hasta que tuvo la mano llena. Lo hizo casi con lentitud, con confianza, como si tuviera todo el tiempo del mundo, como si aquél fuera el único sitio del mundo donde quisiera estar. Luego se irguió de nuevo y contempló a la mujer, con suficiencia casi. Porque ahora ya sabía. No iba a perder. No iba a morir. Viviría para siempre. Transmitió algo de su convicción a la mujer, porque ella trabajó con rapidez, sin preguntas, y cuando hubo terminado asintió con la cabeza en una pequeña y silenciosa señal. Tannis miró hacia las rocas. Eran tan oscuras que retenían el calor del día y el rocío de la noche del desierto se condensaba sobre ellas formando pequeños estanques en las grietas. Entonces extendió el brazo y los guijarros volaron, como el que mató a Goliat, y cuando aterrizaron, las rocas explotaron en una enorme y bulliciosa nube blanca. Mil, diez mil mariposas de alas de perlado mármol, que se quedaron suspendidas en el aire, relucientes, como una tormenta de nieve en el desierto. Y aunque no percibió el click del obturador, oyó a la chica aspirando el aire asombrada. «Jack…»
Su rostro resplandecía, más hermoso que cualquier otra cosa que él hubiera visto hasta entonces. «Dios mío.»
Aún seguían aleteando en el aire.
– Jack…
– Ya se lo había dicho. Ya se lo había dicho. -Se sentía débil y sin aliento. Todo su cuerpo temblaba.
– Sí… Pero ¿se posarán de nuevo?, ¿volverán? ¿Podrías volver a hacerlo? Debería cambiar la velocidad. Dios mío, son muy hermosas.
– Claro, claro. Espere un momento.
No podía mirarla, así que se dio la vuelta y miró hacia atrás, hacia el desierto, contempló al hombre que se acercaba hasta que le distinguió el rostro. Pero no le importaba. Esperó. Quería que él lo viera. Lentamente fue recogiendo otro puñado de piedras, y cuando el hombre estaba a punto de llegar, echó el brazo hacia atrás… pero justo antes de lanzarlas, miró a la chica y susurró:
– ¿Está enamorada de él?
Su voz tenía un tono tan bajo, habló tan para sus adentros, que probablemente ella no lo oyó. Era una cosa más que nunca sabría. Sin embargo, durante un instante fugaz, ella alzó la vista y lo miró y podría haber estado a punto de hablar, pero él no le dio tiempo de romper su corazón o de robárselo. Su brazo salió impulsado hacia delante, las piedras brillaron en el aire y el milagro se produjo de nuevo.
– Por eso. ¿Lo comprendes?
– Tranquilízate ahora.
¿Por qué no huía? ¿No comprendía lo que había ocurrido luego? Era casi como si imaginara que no tenía que comprenderlo, que aquél era el final y que no importaba. Ahora. Este momento y el siguiente. Pero eso era ahora. Ahí estaba. Aunque, al fin, ¿qué venía después? Oh, podía hacerlo. Lo había conseguido. Tenía derecho a matarlo. ¿Pero qué venía después? Ése era el problema; siempre sería el problema. Y lo que era peor, al mirar a Harper ahora en aquella espantosa penumbra comprendió que Harper lo sabía.
– ¿Lo comprendes?
– Sí, lo comprendo, lo de las mariposas…
Las mariposas. ¿Le había contado eso?
– Tú querías saber por qué lo había hecho. Bueno, porque podía. Puedo hacerlo todo. Cualquier cosa.
– Pero tómatelo con calma.
No obstante, ahora, al final, su mente siguió trabajando. Trataba de pasar el tiempo. Pensó en todo lo que alcanzaba a recordar. Pensó en el tiempo en que había tenido un sueño de tres yucas arbóreas señalando desde una colina, un sueño tan vivido que cuando despertó estaba seguro de que debía ser real y se había pasado días enteros conduciendo por el desierto intentando encontrarlas. Pensó en eso y luego no pensó más en eso. Pensó en otras cosas. Trató de recordarlo todo a un tiempo. ¿Por qué no se podía recordar todo a un tiempo? Recordó… El sendero de la memoria. Silbando Dixie [55] por el sendero de la memoria… Se perdió en un largo ensueño, del que despertó para preguntar:
– ¿Por qué no intentas quitarme la pistola, Harper?
– ¿De qué serviría?
– Haz un intento. ¿No es eso lo que decís vosotros los británicos? Haz un intento, colega. Salta sobre mí. Tendrías una oportunidad. Tienes mi palabra de honor de que sólo hay una bala en la pistola. Así que podrás decir que fallé.
Una vez se había tirado a una chica en lo que los británicos llaman una playa, guijarros, toda una cantera de grava. Y cuando él le había dado la vuelta unas pequeñas piedras se habían quedado pegadas en su blando y blanco muslo, y con un solo movimiento de su mano, él se las había quitado… El cielo azul tiza, como tejanos desteñidos y ajustados al culo de una chica…
– No me serviría de nada.
– ¿Qué quieres decir?
– Eres indestructible. No podría matarte ni con cien pistolas.
Tannis esbozó una mueca. Bueno, mierda. Así que lo sabía después de todo. ¿Le había estado siguiendo el juego? ¿Lo había sabido siempre? Era un genio despistado, así que quizá fuera posible. De todas formas, no se le podía quitar el mérito. Lo había averiguado todo empezando por él y retrocediendo en el tiempo.
– Aquellas mariposas, ¿lo comprendes? ¿Lo que significaban? El poder de una mujer, ¿lo has cogido bien?
– Comprendo.
– Yo tenía ese poder. Tengo el poder. Yo decido.
– Comprendo.
– Tú, hijoputa. Tú, Harper, hijo de la gran puta.
Y Tannis apuntó con su viejo Colt a la cabeza de David Harper. Pero luego pensó: «¡Qué demonios! Este momento o el siguiente. ¿Qué viene después? Hijo de puta. Bueno, ¿no lo somos todos?» Así que le dio la vuelta al arma y se encontró mirando el cañón, como el alemán en 1945. «Y no te he contado ni la mitad. Hay un millón de cosas que nunca sabrás. Como…»
Tannis tuvo que usar el pulgar, pero apretó el gatillo, suave y fácilmente, exactamente del modo en que se supone que debe hacerse, y no oyó nunca el rugido que lo lanzó a kilómetros y kilómetros.
Así que Tannis estaba muerto y en medio del polvo y la penumbra de la mina de Stern se transformó, casi de forma instantánea, en un fantasma. Resultaba difícil de creer, tan poderosa había sido su presencia, aunque David había estado convencido de que estaba acabado tan pronto como le había puesto la vista encima. La bala de Stern le había dado de pleno en el pecho y ni siquiera en un hospital hubieran podido hacer nada. En realidad había sido extraordinario que hubiera conseguido levantarse, apoyándose en aquella pala. Por alguna razón que David no comprendía, se había ido arrastrando, como si hubiera estado herido en la pierna. Parecía querer engañarse a sí mismo. Y luego había hablado, o al menos había divagado. ¿Qué había querido decir? ¿Qué pretendía decir? ¿Había querido decir tanto? David distaba mucho de estar seguro, aunque las mariposas y la hermosa chica (no estaba seguro, pero podía verlo) tenían cierto sentido. Y aunque eso no estuviera totalmente claro, el Colt había sido definitivo. Cubierto por su propia sangre de arriba a abajo, Tannis había tenido la fuerza necesaria para apretar el gatillo; de eso no cabía duda. ¿Quién de los dos iba a morir? Finalmente había sido «su» decisión. ¿No era ése el significado que había tras todos los demás? En cualquier caso, lo había conseguido, y había añadido una simbólica fioritura; al caer, había golpeado el farol, de modo que ahora David estaba en la más completa oscuridad.
No tenía miedo. Cuando niño, no había hallado consuelo especial en la oscuridad, pero tampoco lo atemorizaba. Más que miedo, sentía ahora una curiosa reticencia, la contención de un sentimiento en su garganta, en las ventanas de la nariz, una reticencia a respirar demasiado hondo. Una especie de repugnancia, o de aversión. Tannis, muerto, yacía a unos pocos metros en aquella absoluta oscuridad. Pronto olería su sangre, su putrefacción. Y en el túnel estaba Stern, tumbado sobre el charco de su propia sangre vil, que debía de estar rezumando por el suelo, buscando su equilibrio en aquel horrible lugar, inundándolo. Sintió horror. Pero no pánico. Sencillamente, quería salir. Aquello era el final. Sin duda la extinción de todo lo viviente era aquel lugar fantasmagórico.
Allí, de un modo u otro, estaba lo que todo aquello significaba: el horror peculiar de la historia que había estado a punto de destruirle.
Tenía que salir de allí. Quedaba ese último paso por dar. Pero sabía que ya nada podía detenerlo, que todo lo que tenía que hacer era mantener la calma. No veía nada. No se veía ni a sí mismo. Pero estaba allí, entero, podía confiar en eso; sí, podía… ver, tan pronto como se inclinó hacia el suelo y lo tanteó, encontró algo. Metal. Un encendedor. Un viejo Zippo. Mientras charlaba, Tannis había encendido un cigarrillo con él. Cuando David lo prendió, su vacilante llama no sólo le mostró el farol, sino también que el aire se movía. O parecía moverse. Avanzó hacia él. Y lo llevó justo a donde quería ir, al fondo de la caverna, donde estaba la niña. El suelo era traicionero, tan agujereado como la superficie de la luna, pero el farol, alimentado por una bombona de gas, funcionaba bastante bien. Pudo moverse con mayor rapidez. Su sombra se balanceaba por delante de él. Apenas se fijó en las grandes paredes doradas de la caverna, la riqueza. Tan sólo quería ver el camino de salida y lo vio, siguiendo la pared del fondo de la caverna hasta tocar la abertura que Marianne Vogel había señalado en su mapa. Se adentró en ella en pos del brillante arco de luz del farol. Pensó: «Eres la luz al final del túnel.» Pero no, no lo era. Ese honor le correspondía sin duda a Anne. Pero allí pudo ver, por fin pudo realmente ver. El túnel tenía un metro ochenta de alto aproximadamente (sólo tuvo que agachar un poco la cabeza) y estaba apuntalado con troncos. Parte de su trazado tenía un techo de paneles metálicos. Se apresuró hacia delante. A unos seis metros halló otra puerta, a la izquierda. Había luz a su alrededor. Ésa era la habitación, el cuarto de Stern donde debía de estar la niña. Pero no se detuvo porque ahora sentía una brisa, olía aire fresco. Nueve metros más allá descubrió el porqué: un extremo del túnel se había derrumbado completamente. Y si ésa era una segunda entrada, de la que Stern no había hablado nunca a Marianne, o era la explosión la que la había provocado en realidad, bueno, no le importaba. Dejó la lámpara en el suelo y movió una de las piedras más grandes. Se escurrió entonces por el hueco y se halló en el fondo de una chimenea, una grieta en un único y enorme bloque de roca, una roca fantástica. Debía de haber veinticinco, veintiocho, treinta metros hasta la superficie, pero era todo una roca. Y por encima descubrió el cielo iluminado por unas pocas y débiles estrellas.
Le entró entonces la prisa. Estaba tan cerca que casi podía tocar lo que había estado anhelando, casi sabía el nombre que tenía. De modo que se apresuró a ir en busca de Anna, la niña, pero estaba asustada y le costó un rato convencerla de que abriera la puerta. Finalmente cedió. Tenía la mirada de terror de un niño cuando sabe que no tiene elección. Estaba demasiado desesperada incluso para llorar. Pero él la cogió de la mano, le prometió que su madre estaba muy cerca y le dejó que ayudara: ella sostuvo la lámpara mientras él buscaba cuerda y una pala y luego despejaba el camino. Finalmente la levantó en brazos.
– ¿Sabrías ir a cuestas, cogiéndote de mi cuello? -preguntó.
– Sí -contestó ella.
– Bien. Quiero que te subas a mi espalda, pero ataré una cuerda alrededor para que nos mantenga unidos.
– ¿Por qué?
David señaló.
– Porque voy a trepar hasta ahí arriba.
– No puedes.
– Oh, sí puedo.
Y sí pudo. Fue un acto heroico. Era un escalador, y muy bueno, sabía reconocer la dificultad de una escalada. Y aunque nadie lo vio y la niña, gritando, aferrándose a su cuello, no era un buen testigo, en fin, no importaba. Al final supo que iba a conseguirlo. Respiró aire fresco. Volvía al mundo y oía la brisa que se agitaba sobre la superficie del desierto. Luego vio también la noche, un borde de nube tras el que brillaban las estrellas. Por fin tuvo el borde de la tierra bajo sus manos, se impulsó hacia arriba y pasó al otro lado.
Estaba exhausto.
Con los brazos de la niña rodeándole el cuello, gateó para alejarse del borde y casi se desmayó. Después, cuando la niña lo soltó por fin, rodó sobre la espalda y se quedó tumbado.
David cerró los ojos y no se movió.
Cuando volvió a abrirlos estaba mirando hacia lo alto. Vio un par de estrellas que parecían hincharse y encogerse con los latidos de su corazón, cuyo pulso fluía a través de su retina. Las contempló hasta que se detuvo su movimiento, hasta que su respiración se calmó y fluyó el aire tranquilo por su cuerpo, como la brisa. Ahora sabía que ya lo había conseguido. Lo había hecho. Sintió un gran alivio. El aire salió de su interior en un largo y suave suspiro. Todo había concluido y lo había hecho él. Investigando desde el presente a partir de sí mismo y hacia atrás en el pasado, como Tannis había dicho… Se quedó allí tendido. Su mente estaba muy quieta. No pensaba. No obstante, ahora veía muy claro el significado de todo lo que había ocurrido. Se había cambiado a sí mismo, era una persona diferente, por eso había ganado. Bueno, no era para tanto. Por otro lado, parecía que había renunciado a muchas cosas (en su momento había parecido mucho), así que merecía un cierto reconocimiento. El científico. El hombre de ciencia. Maestro de las leyes y principios eternos. Pero tales conocimientos, por su misma definición, sólo podían convertirse en poder, que entonces buscaría tan sólo más poder en un círculo interminable: poder sobre el mundo que sólo conseguía separarte del mundo. Él había evolucionado… a eso se reducía todo. Y en los meses que seguirían a todo aquello, mientras empezaba a construir una nueva vida, se preguntaría en ocasiones si el mundo no habría evolucionado también. ¿Creía aún la gente que la ciencia salvaría a la humanidad? ¿Creía aún la gente en ese tipo de verdad? No estaba seguro (se podían dar argumentos a favor y en contra), pero en otra época el mundo se había visto a sí mismo a través de los ojos de Dios y eso había acabado. Quizá las cosas estaban empezando a cambiar de nuevo. Quizá podía abrigar esperanzas: 1952, la bomba H; 1955, la vacuna de Salk [56]; 1958, el Sidewinder se convierte en el primer misil guiado que destruye a un avión enemigo en combate. Los historiadores sin duda lo verían a su manera, pero ¿no estaba el gran apogeo científico en ese lugar intermedio, antes de que la ciencia se hubiera convertido en talidomida, en veneno y en contaminación? En otra época la gente había creído y ahora ya no creía. Él había formado parte de ello y había sobrevivido, ¡había escapado!
Pero ahora, pensó, ¡adelante! Quizás estaba un poco loco, allí, en aquel desierto. Eso era precisamente lo que el desierto podía hacerle a una persona. Lo que él necesitaba en realidad era un medio de locomoción. De modo que se puso en pie, lo que impulsó a Anna, quien había decidido que probablemente estaba muerto, a correr hacia él y abrazarse a su pierna. Empezó a llorar. Quería ver a su mami. Tuvo el valor suficiente para decir: «Lo has prometido.»
En verdad lo había hecho, y ése era el último problema. No tenía ni idea de dónde estaban. De algún modo habían emergido a un tiempo por detrás del cañón y por encima de él, que no era, desde luego, el lugar donde debían estar ellas. Pero entonces recordó que aún llevaba el Zippo de Tannis. Lo abrió y le dio a la rueda. Se encendió con una llamarada, tan fuerte que sólo pudo cogerlo por la bisagra con dos dedos calientes mientras trazaba círculos con él por encima de su cabeza. Unos instantes más tarde vio la luz de respuesta, tan sólo un destello y con el rabillo del ojo, y, por supuesto, justo en el último lugar donde se le hubiera ocurrido mirar. Quizá tampoco ellas habían distinguido con certeza el lugar de donde procedía su luz, porque se apagó de inmediato. Pero él había tenido bastante. Delante de ellos el desierto se elevaba en un alto y hendido montículo y por detrás, al borde de un banco de nubes, distinguió una estrella. Sólo tenía que mantenerse en esa línea.
Pero tan pronto como se apagó la pequeña luz, la niña se asustó mucho. Estaba muy oscuro, se habían perdido y ella no encontraría nunca a su madre. David se arrodilló y trató de consolarla asegurándole que encontraría el camino, pero ella no se consolaba. Necesitaban una luz, no podían ver. Deberían haber cogido el farol.
– No te preocupes -dijo David-. Tengo algo mejor que un farol. Es un poema sobre un farol. Si te lo aprendes de memoria, ¿sabes cómo aprenderte un poema de memoria?, te prometo que lo veremos todo.
Miró a la niña desde arriba. Parecía sumida en la duda. Pero luego alzó la cabeza expectante y, antes de que tuviera tiempo de cambiar de opinión, David empezó:
The Lantern is to keep the Candle Light,
When it is windy and a darksome Night.
Ordained it also was, that men might see
By Night, their Day, and so in safety be [57].
David contempló su rostro y tras unos segundos oyó: «Dilo otra vez», y él lo repitió, esta vez jugando con las palabras, alargándolas, soplándolas por encima de ella. Los ojos de la niña empezaron a sonreír y luego también sonrieron sus labios. Al final acabó retorciéndose de risa. David lo repitió una vez más. Y por fin Anna lo intentó, y lo volvió a intentar, hasta que se lo aprendió de memoria. Entonces David la cogió de la mano y la niña recitó el poema. Con sus palabras y la estrella que le servía de guía para orientarse, David dio un paso, luego otro, con cautela, porque el terreno era abrupto y rocoso, hasta que halló el camino de bajada desde el borde del cañón, alejándose de China Lake.