2. La Oveja Disfrazada – Lo Que No Es Compasión

Un ciego no puede ayudar a otro ciego. Los que están dando tumbos en la oscuridad no pueden ayudar a los demás a encontrar la luz. Los que no conocen la inmortalidad no pueden ayudar a los demás a perder el miedo a la muerte. Los que no viven total e intensamente, aquellos cuya canción aún no sale del corazón, cuya sonrisa solo es una sonrisa pintada en los labios, no pueden ayudar a los demás a ser auténticos y sinceros. Los hi-. pócritas o farsantes no pueden ayudar a los demás a ser honestos.

Los que todavía no son ellos mismos, los que no saben nada de sí mismos, los que no tienen ni idea de su individualidad -y siguen perdidos en su personalidad, que es falsa y creada por la sociedad- no pueden ayudar a nadie a alcanzar la individualidad. Aun con las mejores intenciones, esto no es posible.

Si tu llama de la vida no está ardiendo, ¿cómo puedes encender las llamas apagadas de los demás? Tienes que estar ardiendo para lograr que los demás ardan. Tienes que ser rebelde para extender la rebelión a tu alrededor. Si estás ardiendo, si estás en llamas, puedes originar un gran fuego que se extienda más allá de tu vista. Pero antes tienes que estar en llamas.

El ciego que guía a otro ciego… el místico Kabir dice que ambos caen en el pozo. Sus palabras origínales son: Andha andham thelia dono koop padant. «Un ciego guiaba a otro ciego y ambos cayeron al pozo.»

Para llevar a un ciego al médico tienes que tener ojos, no hay otra posibilidad. Solo puedes compartir con los demás lo que tienes. Si eres infeliz, compartirás tu infelicidad. Y cuando dos infelices se juntan, no solo se dobla la infelicidad, sino que se multiplica. Lo mismo ocurre con tu dicha, con tu rebelión y con todas las experiencias.

Antes tendrás que ser el modelo de lo que quieres que sea el mundo. Deberás pasar la prueba de fuego para demostrar tu filosofía de la vida con tu ejemplo. No basta con discutir sobre ello. El razonamiento y la discusión no sirven para nada, solo tu experiencia puede dar a los demás una prueba del amor, la meditación, el silencio y la religiosidad.

No intentes ayudar a nadie sin antes experimentarlo tú mismo, porque solo los confundirás aún más. Ya están confundidos. El bagaje de los siglos ha confundido a todo el mundo. Y sería muy amable por tu parte no ayudar, porque puede ser arriesgado; tu ayuda podría poner a la otra persona en un serio peligro.

Antes debes haber hecho el camino y saber perfectamente adónde conduce, solo entonces podrás cogerlos de la mano y enseñarles el camino.

En este mundo es muy difícil comunicarse. Debes aprender a comunicar tus experiencias para que llegue a los demás exactamente lo que quieres decir; de lo contrario, quizá estés pensando que estás compartiendo néctar y, sin embargo, estés introduciendo veneno en las vidas de los demás. ¡Ya están bastante envenenados!

Antes es mejor que te limpies y que tus ojos estén más transparentes para poder ver con más claridad. Quizá -y aun así, solo quizá- seas capaz de ayudar a los demás. La intención es buena, pero el bien no ocurre solo porque haya buenas intenciones.

Hay un antiguo refrán que dice que el camino hacia el infierno está hecho de buenas intenciones. Hay millones de personas que intentan ayudar con muy buena intención, dando consejos a los demás y sin preocuparse de seguir ellos mismos sus propios consejos. Es tan grande la felicidad de dar consejos que ¿a quién le importa que yo los siga?

La felicidad de dar consejos a los demás es una felicidad muy sutil y egoísta. La persona a la que aconsejas se convierte en un igno-rante y tú eres quien sabe. El consejo es lo único que todo el mundo da pero nadie sigue; y es mejor que así sea, porque quienes los dan no saben nada, aunque no vayan con malas intenciones.

Recuerda, si quieres cambiar el mundo tienes que cambiarte primero a ti mismo; esta es la naturaleza de las cosas. La revolución empieza por uno mismo. Solo así podrás irradiarla a los corazones de los demás. Primero, debes comenzar el baile y entonces verás el milagro: los demás también empezarán a bailar.

El baile es contagioso, el amor también lo es, y la gratitud, y la religiosidad, y la rebelión; todos son contagiosos. Pero antes tienes que encender la llama que quieres ver en los ojos de los demás.

BONDAD AMOROSA Y OTROS DELIRIOS DE GRANDEZA

La compasión es el florecimiento absoluto de la conciencia. Es la pasión despojada de toda la oscuridad, liberada de todas las ataduras, purificada de todo el veneno. La pasión se convierte en compasión. La pasión es la semilla y la compasión es su florecimiento.

Pero la compasión no es bondad y la bondad no es compasión. La bondad es una actitud que, guiada por el ego, fortalece tu ego. Cuando eres bondadoso con alguien sientes que tienes ventaja. Cuando eres bondadoso con alguien hay oculto un profundo insulto; estás humillando al otro y te sientes feliz con su humillación. Por eso, la bondad no se puede perdonar nunca. De alguna forma y en algún lugar, la persona con la que has sido bondadoso estará enfadada contigo y se tomará inevitablemente la revancha. Esto sucede porque en la superficie, la bondad surge como si fuese compasión, pero en el fondo no tiene nada que ver con la compasión. Tiene otros motivos ulteriores.

La compasión es inmotivada, no tiene ningún motivo en absoluto. Ocurre simplemente porque tienes, porque das, y no porque el otro necesite nada. En la compasión no hay ninguna consideración hacia el otro. Tienes tanto que te desborda. La compasión es como la respiración, espontánea y natural. La bondad es una actitud que hay que cultivar. La bondad es una especie de artimaña, calculada y matemática.

Habrás oído uno de los dichos más importantes que está, de una forma u otra, en casi todas las escrituras del mundo:

«Compórtate con los demás como te gustaría que se comportasen contigo». Esto es una actitud calculada, pero no es compasión. No tiene nada que ver con la religiosidad, y es un tipo de moralidad muy baja, una moralidad muy mundana. «Compórtate con los demás como te gustaría que se comportasen contigo.» Es una especie de transacción, pero no tiene nada de religioso. Lo estás haciendo sencillamente porque te gustaría recibir lo mismo a cambio. Es egoísta, egocéntrico e interesado. No estás al servicio del otro, no estás amando al otro, sino que, de una manera indirecta estás haciéndote un favor a ti mismo. Estás utilizando al otro. Es un egoísmo iluminado, pero es egoísmo; es un egoísmo muy inteligente, pero es egoísmo. La compasión es un florecimiento no calculado, es algo que emana. Das porque no puedes hacerlo de otra manera.

Recuerda esto: en primer lugar, la compasión no es bondad en este sentido -en el sentido en el que se usa la palabra bondad-, no es bondad. En otro sentido, la compasión es la única

verdadera bondad. No estás «siendo bondadoso» con alguien, simplemente eres la otra persona y te desprendes de una energía que recibes de la totalidad. Procede de la totalidad y vuelve a la totalidad; simplemente no te metes en medio como si fueses un obstáculo.

Cuando Alejandro Magno viajó a la India fue a ver al gran místico Diógenes. Diógenes estaba tumbado a la orilla del río, tomando el sol. Alejandro siempre había abrigado el deseo de conocer a Diógenes, porque había oído decir que ese hombre no tenía nada y, sin embargo, no había nadie tan rico como él en la tierra. Tenía algo, era un ser luminoso. La gente decía: «Es un mendigo pero, en realidad, es un emperador». De manera que Alejandro estaba intrigado. Mientras viajaba oyó decir que Diógenes se hallaba cerca y fue a verle.

Al amanecer, Diógenes está desnudo sobre la arena mientras sale el sol, y Alejandro le dice: «Me alegro de verle. Todo lo que he oído decir parece ser verdad, nunca he visto a nadie tan feliz. ¿Puedo hacer algo por usted, señor?». Y Diógenes dijo: «Apártate un poco, me estás tapando el sol, recuerda que no debes obstruir el sol. Eres una persona peligrosa, puedes impedir que el sol le llegue a mucha gente. Apártate un poco». La compasión no es algo que das a los demás; simplemente es no tapar el sol. Date cuenta de este detalle, se trata sencillamente de no obstruir la divinidad. Es convertirse en un vehículo de la divinidad, permitir que lo divino fluya a través de ti. Te conviertes en un bambú hueco y lo divino fluye a través de ti. Solo un bambú hueco se puede convertir en una flauta, porque solo un bambú hueco es capaz de permitir que la música fluya a través de él.

La compasión no proviene de ti, forma parte de la existencia, de lo divino, pero la bondad proviene de ti; esto es lo primero que debes comprender. La bondad es algo que tú puedes hacer pero la compasión la hace la existencia. Tú sencillamente no lo impides, no te colocas en medio. Permites que dé el sol, que penetre y llegue hasta donde quiera.

La bondad fortalece el ego, pero la compasión solo es posible si el ego ha desaparecido del todo. No dejes que los diccionarios te confundan, en ellos encontrarás que compasión y bondad son sinónimos, pero no es así en el verdadero diccionario de la existencia.

El zen solo tiene un diccionario y es el del universo. El Corán son las escrituras de los musulmanes, los hindúes tienen el Veda, los Sikhs tienen el Gurugranth, los cristianos tienen la Bi blia y los judíos tienen el Talmud. Si me preguntases cuál es la escritura del zen, te diría que el zen no tiene escrituras, sus escrituras son el universo. Esa es la belleza del zen. El sermón está en cada piedra, Dios está recitando en el sonido de cada pájaro, la existencia misma está bailando en todo lo que sucede a tu alrededor.

La compasión es cuando permites que esta canción eterna fluya a través de ti, cuando permites que suene a través de ti, cuando cooperas con la divinidad y vas al mismo ritmo. No tiene nada que ver contigo y tú debes desaparecer para que pueda existir. Para que pueda existir la compasión tienes que desaparecer absolutamente, porque solo puede fluir en tu ausencia.

La bondad cultivada te vuelve egoísta. Es evidente que las personas buenas son mucho más egoístas que las personas crueles. Es extraño pero quien es cruel al menos tiene cierto complejo de culpabilidad, pero la persona supuestamente buena se siente perfectamente bien, siempre es más devota que tú y mejor que los demás. Se siente muy segura de lo que hace, y todos los actos de bondad van dándole más energía y poder a su ego. Cada día se vuelve mejor. Todo esto es un engaño del ego.

Lo primero que hay que comprender es que la compasión no es la supuesta bondad. Contiene la parte esencial de la bondad: ser delicado, indulgente, tener empatia, no ser duro, ser creativo y ayudar. Pero por tu parte no hay ninguna acción, todo fluye a través de ti. Procede de la existencia y tú estás feliz y agradecido de que la existencia te haya escogido como vehículo. Te vuelves transparente y la bondad pasa a través de ti. Te vuelves tan transparente como el cristal y permites que el sol pase a través de ti, no lo obstruyes. Es bondad pura sin ego.

Lo segundo es que la compasión tampoco es el supuesto amor. Tiene la calidad esencial del amor, pero no es lo que tú conoces por amor. Tu amor no es más que lujuria disfrazada de amor. Tu amor no tiene nada que ver con el amor; es una especie de explotación del otro pero con un bonito nombre, un gran eslogan.

No haces más que repetir, «te quiero», pero ¿alguna vez has querido a alguien? Simplemente has utilizado a los demás, pero no los has querido. ¿Cómo es posible que utilizar a los demás sea amor? En realidad, utilizar a los demás es el acto más destructivo del mundo, porque utilizar al otro como un medio es un acto criminal.

Immanuel Kant, al describir su concepto de moral, dice que la utilización del otro es inmoral, es el mayor acto inmoral. Nunca utilices al otro como un medio, porque todo el mundo es un fin en sí mismo. Respeta al otro como un fin en sí mismo. Cuando respetas al otro como un fin en sí mismo, lo estás amando. Cuando empiezas a utilizar al otro -el marido que usa a la mujer o la mujer que usa al marido- es porque hay algún motivo. Y esto lo puedes comprobar en cualquier sitio.

La gente no se destruye por odio, la gente se destruye por lo que llaman amor. No pueden analizarlo porque lo llaman amor. Como lo llaman amor, creen que debe de ser bueno, pero no es así. La humanidad sufre por esa enfermedad que llaman amor. Si lo analizas en profundidad no encontrarás más que pura lujuria. La lujuria no es amor. La lujuria quiere poseer, pero el amor quiere dar. La lujuria insiste en «consigue todo lo que puedas dando lo menos posible. Da menos y consigue más. Si tienes que dar, hazlo para que piquen».

La lujuria es un buen negocio. Sí, tienes que dar algo para conseguir algo, pero la idea es conseguir más y dar menos. Esta es una mentalidad comerciante. Si puedes conseguir sin dar, ¡mejor! Si no puedes conseguir sin dar nada, entonces da un poquito; pero finge que estás dando mucho y arrebátale todo al otro.

La lujuria es aprovechamiento. El amor no es aprovechamiento. La compasión no es amor en el sentido habitual y, sin embargo, es amor en el verdadero sentido. La compasión solo da, no piensa en recibir nada a cambio, pero eso no significa que no reciba nada a cambio, no, no se te ocurra pensarlo ni por un instante. Cuando das sin pensar en recibir nada a cambio recibes mil veces más, pero eso es algo que no tiene nada que ver contigo. Cuando quieres recibir demasiado, solo te decepcionas y no recibes nada. Al final solo consigues desilusionarte.

Todas las aventuras amorosas acaban con una desilusión. ¿No te has dado cuenta de que las aventuras amorosas al final te sumen en un pozo de tristeza y depresión, y tienes la sensación de haber sido engañado? En la compasión no hay desilusión porque la compasión no empieza con una ilusión. La compasión nunca pide nada a cambio, no necesita nada. En primer lugar, porque la persona compasiva siente que «no es mi energía lo que estoy dando, sino la energía de la existencia misma. ¿Quién soy yo para pedir algo a cambio? Ni siquiera tiene sentido esperar recibir las gracias».

Esto es lo que le ocurrió a Jesús cuando se le acercó un hombre que se curó cuando lo tocó. El hombre le dio las gracias a Jesús, naturalmente, estaba extraordinariamente agradecido. Padecía desde hacía muchos años una enfermedad que no tenía cura y los médicos le habían dicho «No se puede hacer nada, tienes que aceptarlo». ¡Y luego se curó! Pero Jesús le dijo: «No señor, no me lo agradezcas a mí, agradéceselo a Dios. ¡Es algo que ha ocurrido entre tú y Dios! Yo no tengo nada que ver. Es tu fe la que te ha curado y gracias a ella has podido disfrutar de la energía de Dios. Yo, como mucho, soy un puente, un puente a través del cual la energía de Dios y tu fe se han dado la mano. No tienes que preocuparte por mí ni debes estarme agradecido. Da gracias a lo divino, da gracias a tu propia fe. Entre tú y lo divino ha sucedido algo. Yo no tengo ninguna parte en esto».

Esto es la compasión. La compasión no tiene la sensación de estar dando pero sigue dando, no tiene la sensación de «yo soy quien da». Pero después, la existencia responde de mil maneras. Si doy un poco de amor empieza a fluir el amor por todas partes. El hombre compasivo no está intentando arrebatar nada, no es codicioso. No espera nada a cambio, continúa dando. Y no para de recibir, pero eso no está en su mente.

En segundo lugar, la compasión no es lo que llamamos amor, sino el verdadero amor.

Y en tercer lugar: la compasión es inteligencia pero no intelecto. Cuando la inteligencia se libera de todas las formas, de todas las formas lógicas, cuando la inteligencia se libera del raciocinio, cuando se libera de la supuesta racionalidad -porque la racionalidad es una reclusión-, cuando la inteligencia es libertad, entonces es compasión. Un hombre compasivo es terriblemente inteligente, pero no es un intelectual. Puede ver hasta el trasfon-do, tiene una visión absoluta, tiene verdaderos ojos para ver, no hay nada que se le pueda ocultar, pero no se trata de adivinar. No usa la lógica ni la deducción, es porque tiene una visión clara.

Recuérdalo: el hombre compasivo no es un hombre falto de inteligencia pero no es un intelectual. Tiene una extraordinaria inteligencia, es la personificación misma de la inteligencia. Es puro resplandor. Sabe pero no piensa. ¿De qué sirve pensar cuando sabes? Pensar solo es un sustituto. Cuando no sabes, piensas. Pensar es un proceso sustitutivo -y recuerda que es un mero sustituto-. Cuando puedes saber, cuando puedes ver, ¿para qué vas a molestarte en pensar?

El hombre compasivo sabe; el intelectual piensa. El intelectual es un pensador y el hombre compasivo es un no pensador, un no intelectual. Es inteligente, tiene una enorme inteligencia pero su inteligencia no funciona a través del patrón del intelecto. Su inteligencia funciona intuitivamente.

Y en cuarto lugar: la compasión no es un sentimiento, porque un sentimiento tiene dentro de sí muchas cosas que no son compasión en absoluto. El sentimiento tiene sentimentalismo y emotividad, pero estas cosas no existen en la compasión. El hombre compasivo siente, aunque sin emociones. Siente, pero no hay sentimentalismo. Hará lo que sea necesario hacer sin que esto le afecte. Debemos comprender esto a fondo. Cuando comprendes lo que es la compasión, comprendes lo que es un buda.

Si alguien sufre, un hombre de sentimientos empezará a llorar. Llorar no sirve de mucho. A alguien se le está quemando la casa, el hombre de sentimientos empezará a gritar y a llorar, y se dará golpes en el pecho. Eso no servirá de nada. ¡El hombre compasivo empezará a hacer algo! No llorará, porque no tiene sentido; las lágrimas no sirven para nada. Las lágrimas no pueden apagar el fuego, las lágrimas no van a convertirse en medicinas para los que sufren, ni pueden ayudar a un hombre que se está ahogando. Hay un hombre ahogándose en la orilla y tú estás llorando y gritando, llorando y gritando desesperadamente. Eres un hombre de sentimientos, seguro, pero no un hombre compasivo. El hombre compasivo pasa inmediatamente a la acción. Su acción es inmediata, no lo duda ni un instante. Su acción es instantánea; en cuanto surge algo en su visión, inmediatamente lo convierte en acción. No es que él mismo lo convierta sino que se convierte en acción. Su comprensión y su acción son dos aspectos del mismo fenómeno, no son dos cosas independientes. Una parte se llama entendimiento y la otra parte se llama acción.

Por eso digo que un hombre religioso, por su propia naturaleza, está implicado y comprometido con la vida. No llorará o gimoteará. Un hombre de sentimiento aparenta ser a veces un hombre de compasión. Pero no os dejéis confundir, el hombre de sentimientos no sirve para nada. Al contrario, complicará aún más las cosas. No ayudará sino que aumentará la confusión; en vez de ayudar dificultará.

El hombre compasivo es muy perspicaz, simplemente actúa, sin lágrimas, sin emociones. No es frío pero tampoco es caliente. Simplemente es cálido y fresco. Esta es la paradoja del hombre compasivo. Es cálido porque es amoroso, sin embargo se mantiene fresco. Pase lo que pase, nunca deja de estar fresco y actuar desde esta calma. Puede ayudar porque conserva la calma.

Para tener una visión en cuatro dimensiones de qué es la compasión debes comprender estas cuatro cosas. ¿Cómo surge la compasión? La compasión no se puede cultivar, si la cultivas se convierte en bondad. ¿Cómo se puede dar vida a esta compasión? No puedes profundizar en las escrituras, no puedes leer, lo que ha dicho Buda o lo que ha dicho Cristo no te puede ayudar porque eso introduce el intelecto pero no aporta inteligencia. No puedes seguir amando del modo que has amado hasta ahora. Si siempre vas en la misma dirección no alcanzarás la compasión. Tu amor no va en la dirección adecuada. Si sigues yendo por el mismo camino -si escuchas a Buda hablando del amor o a Cristo hablando del amor y piensas: «Bien. Tengo que seguir amando como he amado hasta ahora»- obtendrás más cantidad, pero la calidad seguirá siendo la misma. Seguirás yendo en la misma dirección.

Lo que está básicamente mal es la dirección. No has amado. Cuando esto cale a fondo en tu corazón, que «todavía no he amado»… Sí, es terrible sentir que «todavía no he amado», es muy duro. Podemos pensar que los demás no han amado -eso es lo que pensamos: «nadie me ha amado. Está bien, la gente es difícil»-, pero darte cuenta de que no has amado te destroza el ego.

Por eso los seres humanos no quieren darse cuenta del simple hecho de que todavía no han amado. Y como no quieren darse cuenta, no ven. Y como no ven, nunca podrán transformarse. Seguirán girando en el mismo surco; seguirán repitiendo las mismas cosas mecánicamente. Y volverán a desilusionarse una y otra vez.

¿Cómo originar la compasión? Si se hubiese tratado solo de tu amor podrías haber seguido en la misma dirección. Lo adecuado sería ir más rápido, correr más y ser más veloz. Pero no estás yendo en la dirección correcta, de manera que si vas más deprisa, en vez de acercarte, te estarás alejando a más velocidad. La velocidad no va a ayudarte porque, para empezar, estás yendo en la dirección equivocada, que es la dirección de la lujuria y el deseo. Entonces, ¿cómo originar la compasión? Insisto en que tampoco es sentir; puedes llorar amargamente, flagelarte, llorar mil y una lágrimas por los mil y un sufrimientos que hay a tu alrededor, puedes convertirte en un sentimental y que te afecte toda la gente de Vietnam, Pakistán o cualquier otro sitio, puedes dejar que todos los pobres te afecten.

León Tolstoi recuerda a su madre en sus memorias. Dice que era una buena mujer, muy buena; buena en el sentido que he descrito, pero no en el sentido de la compasión. Era muy buena, tan buena que solía llorar siempre en el teatro. Eran muy ricos y pertenecían a la nobleza. Había un sirviente que solía acompañar a la madre de León Tolstoi al teatro cargado de pañuelos, porque le hacían falta durante toda la obra. No paraba de llorar. Tolstoi dice: «Pero me sorprendía ver que en Rusia, incluso cuando era invierno y hacía mucho frío, con temperaturas bajo cero y nevando, ella entraba en el teatro mientras el conductor de la carroza se quedaba esperando de pie, fuera de la carroza, helándose de frío bajo la nieve, incluso llegando a ponerse enfermo, pero ella nunca se acordaba de este hombre que sufría esperándola en la gélida noche, aunque derramara lágrimas por algo que había visto en el teatro».

Son personas sentimentales, emocionales… no les cuesta nada llorar ni sentir. Pero ser compasivo cuesta mucho, ser compasivo te cuesta la vida. Una persona compasiva es una persona muy realista. Una persona de sentimientos simplemente vive un sueño, vagas emociones, fantasías. De manera que la compasión no puede originarse tampoco por los sentimientos. Entonces, ¿cómo originarla? ¿Cuál es la forma zen de originarla? La única forma de hacerlo es la meditación. Se logra a través de la meditación. Por eso tenemos que entender qué es la meditación.

Gautama Buda, el fundador del zen, el fundador de todas las grandes técnicas de meditación del mundo, lo define con una palabra. Alguien le preguntó un día: «¿Qué es la meditación? ¿De qué se trata?». Y Gautama Buda dijo una sola palabra: «¡alto!». Esa fue su definición de la meditación. Dijo: «Si se detiene, es meditación». La frase completa es: «La mente enferma no se detiene. Si se detiene, es meditación».

La mente enferma no se detiene, si se para, es meditación. La meditación es un estado de conciencia sin pensamientos. La me-ditación es un estado de conciencia no emocional, no sentimental, no pensante. Simplemente estás consciente, te conviertes en un pilar de conciencia. Simplemente estás despierto, alerta, atento. Eres conciencia pura.

¿Cómo se alcanza ese estado? Los que practican el zen tienen una palabra especial para la puerta hacia ese estado, lo llaman hua t'ou. Esta palabra china significa antes del pensamiento o antes de la palabra. La mente recibe el nombre de hua t'ou antes de ser alterada por un pensamiento. Entre dos pensamientos hay un intervalo, ese intervalo recibe el nombre de hua t'ou.

Observa. Un pensamiento pasa por la pantalla de tu mente; en ese radar, un pensamiento pasa como si fuese una nube. Primero es indefinido -va llegando, va llegando-, después aparece de repente en la pantalla. Sigue avanzando hasta que sale de la pantalla y vuelve a ser indefinido, desaparece… Llega otro pensamiento. Entre estos dos pensamientos hay un intervalo, por un instante o una fracción de segundo no hay en la pantalla, ningún pensamiento.

Ese estado puro de no pensamiento recibe el nombre de hua t'ou: prepalabras, prepensamiento, antes de que se agite la mente. Se nos sigue escapando porque en nuestro interior no estamos alerta; de lo contrario, la meditación sucede en cada instante. Simplemente tienes que ver lo que sucede, darte cuenta del tesoro que llevas dentro de ti en todo momento. No es que tengas que traer la meditación de ningún otro sitio. La meditación ya está ahí, la semilla está ahí. Solo tienes que reconocerla, nutrirla y cuidarla para que empiece a crecer.

El intervalo entre dos pensamientos se llama hua t'ou, y es la puerta para entrar en la meditación. Hua t'ou, este término significa literalmente «cabeza de palabra». «Palabra» es una palabra hablada y «cabeza» es lo que precede a la palabra. Hua t'ou es el momento antes de que surja el pensamiento. En el momento que surge un pensamiento se convierte en hua wei, que significa literalmente «cola de palabra». Y después, cuando el pensamiento o la palabra se han ido y vuelve a haber un intervalo, vuelve a ser hua t'ou. La meditación es mirar en ese hua t'ou.

«No deberíamos tener miedo de que surjan los pensamientos -dice Buda-, sino del retraso en percibirlos.» Este enfoque de la mente es completamente nuevo, antes de Buda nunca se había experimentado. Buda dice que uno no debería tener miedo de que surjan pensamientos, sino que solo debería temer una cosa: no ser consciente de ellos, retrasar la conciencia.

Cuando surge un pensamiento, si además del pensamiento hay conciencia, si lo ves surgir, ves cómo llega, ves que está ahí y lo ves marcharse, entonces no pasa nada. El simple hecho de verlo se convierte, poco a poco, en tu defensa. La propia conciencia da muchos frutos. Primero puedes ver, y cuando lo haces, te das cuenta de que no eres el pensamiento. El pensamiento está separado de ti, no te identificas con él. Tú eres la conciencia y el pensamiento es el contenido. Va y viene; es un invitado, y tú eres el anfitrión. Esta es la primera experiencia de la meditación.

El zen habla del «polvo extranjero». Por ejemplo: un viajero se detiene en una posada para pasar la noche o para cenar; después recoge sus cosas y continúa su viaje, porque no puede quedarse más tiempo. Por su parte, el regente del hostal no va a ningún lugar. El huésped es el que no se queda; quien se queda es el anfitrión. Lo que no se queda es «extranjero». O dicho de otro modo: un día claro sale el sol y los rayos entran por la ventana de la casa; se puede ver el polvo moviéndose en los rayos de luz, pero el espacio vacío permanece inmóvil. Lo que está quieto es el vacío, y lo que se mueve es el polvo. «Polvo extranjero» es el falso pensamiento y el vacío es tu propia naturaleza; el anfitrión que no va detrás del huésped en sus idas y venidas.

Este concepto es muy importante. La conciencia no es el contenido. Tú eres la conciencia: los pensamientos vienen y van, pero tú eres el anfitrión. Los pensamientos son los huéspedes, vienen, se quedan un rato, descansan un poco, comen o pasan la noche, y después se van. Tú siempre estás ahí. Tú eres siempre el mismo, no cambias, estás eternamente ahí. Eres la eternidad misma.

Fíjate. A veces estás enfermo, a veces estás muy bien, a veces estás deprimido y a veces estás contento. Fuiste un niño muy pequeño, luego te convertiste en un joven y después te hiciste viejo. Antes eras fuerte y llegará un día en el que serás débil. Todas estas cosas van y vienen pero tu conciencia sigue siendo la misma. Por eso, si miras en tu interior no podrás darte cuenta de tu edad, porque la edad no existe. Si miras en tu interior e intentas saber cuántos años tienes, no encontrarás ninguna edad porque el tiempo no existe. De niño o cuando eras joven eras exactamente igual; por dentro sigues siendo exactamente igual. Para saber tu edad tienes que mirar el calendario, el diario, tu certificado de nacimiento o tienes que buscar algo del exterior. En tu interior no encontrarás edad ni habrá envejecimiento. En tu interior está la intemporalidad. Sigues siendo el mismo, tanto si pasa una nube llamada depresión como si pasa una nube llamada alegría.

A veces en el cielo hay nubes negras, pero el cielo no cambia a causa de esas nubes. A veces también hay nubes blancas y el cielo no cambia a causa de esas nubes blancas. Las nubes vienen y van, pero el cielo permanece. Las nubes vienen y van, pero el cielo se mantiene.

Tú eres el cielo y los pensamientos son las nubes. Si observas minuciosamente tus pensamientos, si no se te escapan, si los miras de frente, lo primero que tendrás es esta comprensión; y se trata de una gran comprensión. Es el principio de tu budeidad, es el principio de tu despertar. Ya no estás dormido, ya no te identificas con las nubes que vienen y van. Ahora sabes que tú te mantienes así para siempre. De repente, desaparece toda la ansiedad. No hay nada que te pueda cambiar, nada te cambiará jamás; entonces, ¿para qué sentir ansiedad, para qué estar angustiado? ¿De qué sirve estar preocupado? La preocupación no te puede afectar. Son cosas que vienen y van, solo son pequeñas ondas en la superficie. En el fondo de tu ser no se forma ninguna onda. Tú estás ahí y eres eso. Tú eres ese ser. La gente de zen llama a ese estado el estado de ser el anfitrión.

El sufrimiento surge porque normalmente te identificas demasiado con los huéspedes. Cuando llega un huésped, te apegas demasiado a él, y cuando el huésped hace las maletas y se va, empiezas a llorar y a lamentarte y le sigues al menos para ver cómo se marcha y despedirte de él. Luego vuelves llorando; se va el huésped y te sientes muy triste. Después llega otro huésped y de nuevo vuelves a caer, te identificas con el huésped, y otra vez se va…

¡Los huéspedes vienen y van, no se quedan! No pueden quedarse, no es necesario que se queden, su destino no es quedarse.

¿Has observado los pensamientos? Nunca se quedan, no se pueden quedar. Aunque quieras que se queden, no lo harán. Inténtalo. A veces la gente intenta mantener una palabra en la mente. Por ejemplo, quieren mantener un sonido, el sonido aum, en la mente. Se acuerdan durante unos segundos pero después el sonido se va, desaparece. Y vuelven a pensar en su trabajo, en su mujer y sus hijos… Y de repente, se dan cuenta, ¿dónde está el aum?. Se ha escapado de la mente.

Los huéspedes son huéspedes, no se van a quedar para siempre. En cuanto te das cuenta de que todo lo que te sucede va a desaparecer, ¿para qué preocuparse? Fíjate: déjales estar ahí, déjales hacer las maletas, déjales marchar. Tú te quedas. ¿Te das cuenta de la paz que surge cuando sientes que tú siempre estás ahí? Esto es silencio. Es un estado sin preocupaciones. Es la ausencia de angustia. El sufrimiento cesa en el momento que cesa la identificación; simplemente no te identifiques. Y si te fijas en una persona que vive en esta intemporalidad eterna, sentirás la gracia, la tranquilidad y la belleza que hay a su alrededor.

Había una vez… esta es una historia sobre Buda, una bella historia. Escúchala atentamente porque debes entenderla.

Un día, a la hora de la comida, el muy Venerable se puso su túnica, cogió su cuenco y entró en la gran ciudad de Sravasti para mendigar su comida. Después de mendigar de puerta en puerta, se quitó la túnica y guardó el cuenco, se lavó los pies, arregló su asiento y se sentó.

Ve despacio porque la película va muy despacio. Es una película de Buda, y las películas de Buda son muy lentas. Lo voy a repetir de nuevo…

Un día, a la hora de la comida, el muy Venerable se puso su túnica, cogió su cuenco y entró en la gran ciudad de Sravasti para mendigar su comida. Después de mendigar de puerta en puerta, se quitó la túnica y guardó el cuenco, se lavó los pies, arregló su asiento y se sentó.

Visualiza al Buda haciendo todo esto y sentándose en su asiento.

Esto muestra que la vida de Buda y sus actividades diarias no eran nada extraordinarias y se parecían a las de todos los demás. Sin embargo, hay algo poco corriente pero que muy poca gente sabe.

¿Qué es? ¿Cuál es esa cualidad poco corriente, única? Porque Buda está haciendo cosas corrientes: se lava los pies, arregla su asiento, se sienta, guarda su túnica, guarda su cuenco, se acuesta, vuelve… son las cosas que hace todo el mundo.

… Subhuti, que estaba en la asamblea, se levantó de su asiento, descubrió su hombro derecho, se arrodilló sobre su rodilla derecha, juntó respetuosamente las manos y le dijo a Buda: «Es extraordinario, ¡oh, muy Venerable! ¡Es extraordinario!».

Sin embargo, en la superficie no parece que haya nada raro. Buda guarda su túnica, guarda su cuenco, arregla su asiento, se lava los pies y se sienta en la silla… no parece haber nada extraño. Pero este hombre, Subhuti… Subhuti es uno de los discípulos de Buda más clarividentes; muchas de las más bellas historias sobre Buda tienen que ver con Subhuti. Esta es una de esas historias y es muy rara.

En aquella época, el anciano Subhuti, que estaba en la asamblea, se levantó de su asiento, se descubrió el hombro derecho, se arrodilló sobre su rodilla derecha, juntó respetuosamente las manos y le dijo a Buda: «Es muy raro, ¡oh, muy Venerable! ¡Es muy raro!».

Nunca se había visto algo parecido, es único.

Las actividades diarias de Tathagata eran muy parecidas a las del resto de las personas, pero había algo distinto, y los que se sentaron frente a él no se habían dado cuenta.

Ese día, de repente Subhuti lo desveló, alabándolo y diciendo: «¡Qué raro! ¡Es muy raro!».

¡Qué lástima! Tathagata había estado treinta años con sus discípulos y aún no conocían sus actos cotidianos. Como no sabían, creían que se trataba de actos ordinarios, por lo que pasaron inadvertidos. Pensaban que era como todos los demás y por tanto desconfiaban de él y no creían lo que decía. Si Subhuti no hubiese tenido tanta claridad, ahora nadie conocería a Buda.

Esto es lo que cuentan las escrituras. Si Subhuti no hubiese existido, nadie se habría dado cuenta de lo que ocurría en su interior. Pero ¿qué estaba ocurriendo en su interior? Buda continúa siendo el anfitrión. En ningún momento pierde su eternidad, su intemporalidad. Buda permanece meditativo. En ningún momento pierde su hua t'ou. Buda permanece en samadhi incluso cuando se lava los pies: lo hace estando presente, estando alerta, consciente, sabiendo perfectamente que «yo no soy estos pies», sabiendo perfectamente que «yo no soy este cuenco», sabiendo perfectamente que «yo no soy esta túnica», sabiendo perfectamente que «yo no soy este hambre», sabiendo perfectamente que «todo lo que hay a mi alrededor no soy yo. Yo solo soy un testigo, un observador de todo ello».

De ahí la gracia de Buda, de ahí la belleza no terrenal de Buda. Él permanece tranquilo. Esa tranquilidad es la meditación. Se consigue estando más atento al anfitrión, estando más atento al huésped, no identificándose con el huésped, desconectando del huésped. Los pensamientos vienen y van, los sentimientos vienen y van, los sueños vienen y van, los estados de ánimo vienen y van, el clima cambia. Lo que no cambia eres tú.

¿Hay algo que permanece inmutable? Eso eres tú y eso es la divinidad. Saberlo, serlo, estar en ello, es alcanzar el samadhi. El método es la meditación, el objetivo es el samadhi. La meditación, dyana, es la técnica para destruir la identificación con el huésped. Y el samadhi es disolverse en el anfitrión, permanecer en el anfitrión, quedarse centrado ahí.


Todas las noches mientras uno duerme abraza a un buda,

todas las mañanas uno se vuelve a despertar con él.

Al levantarse o al sentarse, ambos se observan y se siguen mutuamente.

Tanto si hablan como si no, ambos están en el mismo espacio.

No se separan ni un instante pero son como el cuerpo y su sombra.

Si deseas conocer el paradero del buda,

está en el sonido de tu propia voz.

Hay un dicho zen: «Todas las noches mientras uno duerme, abraza a un buda». El buda siempre está ahí, el no buda también está ahí. En ti se encuentran el mundo y el nirvana, en ti se encuentran lo inmaterial y la materia, en ti se encuentran el espíritu y el cuerpo. Dentro de ti se encuentran todos los misterios de la existencia, tú eres el punto de encuentro, tú eres el lugar donde confluyen. De un lado, todo el mundo, y del otro, la totalidad del mundo espiritual. Tú no eres más que un vínculo entre los dos. Solo es una cuestión de énfasis. Si te sigues enfocando en el mundo, permanecerás en el mundo. Si empiezas a cambiar el foco, lo desvías y empiezas a enfocarte en la conciencia, eres dios. Solo se trata de un pequeño cambio, como un cambio de marcha en el coche, no es nada más que eso.

«Todas las noches abrazas a un buda al dormir, todas las mañanas te vuelves a levantar con él.» Siempre esta ahí porque la conciencia siempre está ahí, no se pierde ni un solo instante.

«Al levantarse o al sentarse, ambos se observan y se siguen mutuamente.» El anfitrión y el huésped, ambos están ahí. Los huéspedes van cambiando, pero siempre hay alguien en el hostal. Nunca está vacío, a menos que no te identifiques con el huésped. Entonces surgirá un vacío. A veces puede ocurrir que tu hostal esté vacío y solo esté el anfitrión sentado tranquilamente, sin ser molestado por los huéspedes. El tráfico se detiene, no viene nadie. Esos son momentos de beatitud, son momentos de una gran bendición.

«Tanto si hablan como si no, ambos están en el mismo espacio.» Cuando estás hablando, también hay algo en silencio dentro de ti. Cuando estás sensual, hay algo más allá de la sensualidad. Cuando estás deseando, hay alguien que no tiene deseos en absoluto. Obsérvalo y te darás cuenta. Sí, estás muy próximo; sin embargo eres diferente. Te encuentras y, sin embargo, no te encuentras. Es como el agua y el aceite, no se juntan; la separación se mantiene. El anfitrión está muy cerca del huésped. A veces se cogen de la mano y se abrazan, pero el anfitrión es el anfitrión y el huésped es el huésped. El huésped es el que va y viene; el huésped va cambiando. Y el anfitrión es el que se queda, el que permanece.

«No se separan ni un instante, pero son como el cuerpo y su sombra. Si deseas conocer el paradero del buda, está en el sonido de tu propia voz.» Deja de buscar a Buda en el exterior. Reside en ti y además es el anfitrión.

Pero ¿cómo llegar a este estado del anfitrión? Me gustaría hablarte de una técnica muy antigua; esta técnica te será de gran ayuda. Esta es una de las sencillas fórmulas que propuso Buda para llegar al anfitrión incognoscible, para llegar al misterio supremo de tu ser:

Despójate de todas las posibles relaciones y observa lo que eres. Supón que no eres el hijo de tus padres, ni el marido de tu mujer, ni el padre de tus hijos, ni el pariente de tu familia, ni el amigo de tus conocidos, ni un ciudadano de tu país, y así sucesivamente… entonces, lo que queda eres tú dentro de ti mismo.

Simplemente desconecta. Siéntate en silencio en algún momento del día y desconecta de todas las conexiones. Desconéctate de todas las conexiones como si estuvieses descolgando el teléfono. Desconecta… deja de pensar que eres el padre de tus hijos. Ya no eres un padre para tu hijo, ya no eres un hijo para tu padre. Desconecta de la idea de que eres un marido o una mujer; ya no eres una mujer ni un marido. Ya no eres un jefe ni un sirviente. Ya no eres negro ni eres blanco. Ya no eres indio, chino o alemán. Ya no eres joven ni eres viejo. Desconecta y sigue desconectando.

Hay mil y una conexiones; sigue desconectándote de todas ellas. Cuando lo hayas hecho, pregúntate de repente: ¿Quién soy yo? Y no habrá ninguna respuesta porque te has desconectado de todas las respuestas que podría haber.

«¿Quién soy yo?», y surge la respuesta «soy un médico», pero te has desconectado de todos tus pacientes. Surge la respuesta «soy un profesor», pero te has desconectado de tus alumnos. Surge la respuesta «soy chino», pero te has desconectado. Surge la respuesta «soy un hombre» o «soy una mujer», pero te has desconectado. Surge la respuesta «soy un anciano», pero te has desconectado.

Desconecta todo lo que hay; entonces estarás dentro de ti. Por primera vez, el anfitrión está a solas y no hay huéspedes. A veces es muy bueno estar a solas y sin huéspedes porque puedes ver tu calidad de anfitrión más de cerca, más atentamente. Los huéspedes crean confusión, los huéspedes hacen ruido, llegan y reclaman tu atención. Los huéspedes dicen: «Haz esto, necesitamos agua caliente, ¿dónde está el desayuno?, ¿dónde está mi cama?, ¡hay chinches!», te exigen mil y una cosas y el anfitrión tiene que ocuparse de los huéspedes: «Sí, por supuesto, ¡tienes que hacerte cargo de toda esa gente!».

Cuando estás completamente desconectado, nadie te molesta, nadie puede molestarte. De repente, estás en toda tu soledad, en la pureza de tu soledad, esa inmaculada pureza de la soledad. Eres como una tierra virgen, una cima virgen del Himalaya a la que no ha subido nadie todavía.

Eso es la virginidad. Es eso lo que quiero decir cuando digo: «Sí, la madre de Jesús era virgen». Eso es lo que quiero decir. No estoy de acuerdo con los teólogos católicos, lo que dicen es una tontería. Esto es la virginidad: María debió de concebir a Jesús cuando se encontraba en un estado de desconexión. En ese estado de desconexión, si liega un niño solo puede ser Jesús, nadie más.

En la antigua India había varios métodos para concebir un hijo. A no ser que estés en un estado de meditación profunda, no hagas el amor. Haz que la meditación sea una preparación para el amor: ese es el significado del tantra. Haz que la meditación sea la base: solo entonces debes hacer el amor, de ese modo invitarás a almas más elevadas. Cuanto más profundo seas, más elevada será el alma que invites.

María debía de estar absolutamente desconectada en el momento en el que Jesús entró en su cuerpo. Debió de estar en esa virginidad; debió de ser una anfitriona. Ya no era un huésped, no la acosaba ningún huésped ni se identificaba con ningún huésped. No era el cuerpo ni era la mente, ni sus pensamientos, ni una esposa, no era nadie. En este no ser nadie, ella estaba ahí, sentada en silencio, pura luz, una llama sin humo alrededor, una llama sin humo. Virgen.

Cuando fue concebido Buda o Mahavira, o Krisna, o Nanak, te digo que sucedió lo mismo, porque no se puede concebir a este tipo de personas, de otra manera. Este tipo de personas solo pueden entrar en el vientre más virgen. Pero este es mi concepto de virginidad, y no tiene nada que ver con todas las ideas absurdas que circulan por ahí: que ella nunca hubiese hecho el amor con un hombre, que Jesús no hubiese sido concebido con un hombre, o que Jesús no fuese el hijo de José. Por eso los católicos dicen: «Jesús el hijo de María». No hablan de su padre, no era su padre. «Hijo de María» e «Hijo de Dios», pero no hablan de José. ¿Por qué la toman con el pobre José? Si Dios puede usar a María, ¿por qué no puede usar también a José? ¿Qué hay de malo en ello? Usa a María por su vientre y esto no afecta a la historia, ¿por qué no puede usar a José también? El vientre es la mitad de la historia porque se ha usado el óvulo de la madre; ¿por qué no usar entonces el esperma de José? ¿Por qué tanto enfado con este pobre carpintero?

No, la existencia usa a los dos. Pero el estado de conciencia debe haber sido el del anfitrión. Y realmente, cuando eres el anfitrión no es una sorpresa recibir a un huésped importante; ¡viene Jesús! Si no te identificas con todos los huéspedes, lo divino se convierte en tu huésped. Primero te conviertes en el anfitrión, en un anfitrión puro, entonces lo divino puede convertirse en tu huésped.

Cuando te desconectas vuelves a ti dentro de ti. Pregúntate ahora: ¿qué es ese «ti dentro de ti»? Nunca podrás responder a esa pregunta, no hay ninguna respuesta porque se ha desligado de todas las relaciones que conocemos. De este modo tropezamos con lo incognoscible; eso es entrar en meditación. Cuando te estableces en ella, cuando te estableces en ella totalmente, se convierte en iluminación.

No te será difícil entender este cuento zen.

EL MAESTRO ZEN Y EL LADRÓN -UNA PARÁBOLA DEL PERDÓN

Cuando Bankei llevaba a cabo sus semanas de retiro en meditación, venían alumnos de muchas partes de Japón para participar en ellas. Durante uno de esos retiros, descubrieron a un alumno robando. Informaron a Bankei del hecho y le pidieron la expulsión del culpable. Bankei hizo caso omiso de este suceso.

Más tarde el alumno fue descubierto en un acto similar y, de nuevo, Bankei volvió a zanjar la cuestión. Esto provocó el malestar de los demás alumnos, que hicieron una petición pidiendo la expulsión del ladrón, manifestando que de lo contrario se marcharían todos ellos.

Cuando Bankei leyó la petición les convocó a todos. «Sois hermanos sabios -les dijo-, sabéis lo que está bien y lo que no lo está. Podéis ir a estudiar a otro lugar si lo deseáis, pero este pobre hermano ni siquiera sabe distinguir lo bueno de lo malo. Si no le enseño yo, ¿quién lo hará? Él se va a quedar aquí aunque os vayáis todos los demás.»

Un torrente de lágrimas purificó el rostro del hermano que había robado. Su deseo de robar se había desvanecido.

Esta historia sucede en un campo de meditación, en una sesión de meditación, por tanto debes entender qué es la meditación. Por eso he querido profundizar tanto en la meditación, si no, se te escaparía el significado de esta historia. Estos cuentos no son cuentos corrientes, precisan de un gran trasfondo. Si no entiendes qué es la meditación, podrías leer: «Cuando Bankei llevaba a cabo sus semanas de retiro en meditación», pero no lo comprenderías.

… venían alumnos de muchas partes de Japón para participar en ellas. Durante uno de esos retiros descubrieron a un alumno robando.

Esos alumnos están en todas partes porque el ser humano tiene una mentalidad mercantilista. Y no pienses que quien robaba era muy diferente a aquellos a los que robaba; todos están en el mismo barco. Todos tienen mentalidad mercantilista. Unos tienen dinero y el otro no tiene, pero esa es la única diferencia. Aun-. que ambos tienen la misma mentalidad.

Informaron a Bankei del hecho y le pidieron la expulsión del culpable. Bankei hizo caso omiso de este suceso.

¿Por qué desestimó la cuestión? Porque ambos tenían una mentalidad mercantilista. Ambos son ladrones, solo se trata de un ladrón que intenta quitarle algo a otro ladrón, eso es todo. En este mundo, si acaparas dinero te conviertes en un ladrón, si tienes algo te conviertes en un ladrón. Hay dos tipos de ladrones en el mundo: unos son los respetables y reconocidos, aprobados, registrados y autorizados por el Estado; y los otros son los no autorizados que lo hacen por su cuenta. Robo legal e ilegal. Los legales son los respetados; por supuesto, los ilegales no son respetados, porque van contra todas las normas.

Los avispados nunca van contra las normas, buscan la forma de robar sin transgredirlas. Pero hay algunas personas que no son tan listas y se dan cuenta de que siguiendo las normas, nunca obtendrán nada, por lo que se olvidan de ellas y empiezan a cometer actos ilegales. Pero todos ellos son maniáticos del dinero. Por eso Bankei desestimó la cuestión.

Más tarde el alumno fue descubierto en un acto similar y, de nuevo, Bankei volvió a zanjar la cuestión.

Él sabe que los dos están en el mismo barco, y no hay mucha diferencia entre ellos.

Sorprendentemente, cuando una persona tiene éxito en sus delitos, se convierte en una persona respetable. Solo se convierte en un criminal cuando falla. Los ladrones con éxito se convierten en reyes y los reyes fracasados se convierten en ladrones. Solo es una cuestión de tener éxito. Si tienes mucho poder, eres un gran emperador. ¿Quién fue Alejandro Magno? Un gran ladrón, pero tuvo éxito.

Vuestros supuestos políticos son todos unos ladrones. Intentan acabar con otros ladrones, pueden estar contra el contrabando, contra el robo, contra esto y aquello pero, en el fondo, son los más ladrones y los mayores contrabandistas. Simplemente hacen las cosas legalmente o por lo menos consiguen aparentar que las están haciendo legalmente. Y lo consiguen, al menos mientras están en el poder. Cuando dejan de estarlo, desaparecen todas esas bonitas historias sobre ellos.

El político, una vez depuesto, se convierte en un fenómeno desagradable. Puede tratarse de Richard Nixon o de Indira Gan-dhi. Una vez depuesto, cuando desaparece el poder, cuando ya no tienes el poder para protegerte, todo queda en evidencia. Si sabes de qué modo se ha enriquecido alguien, no serás capaz de respetarle. Pero si la persona es realmente rica puede lograr mantener a la gente callada. Y la gente tiene muy mala memoria, se olvidan.

He leído, en un libro de historia, que expulsaron de Inglaterra a veinte personas por ser piratas. ¿Y qué pasó al cabo de treinta años? De esas veinte personas, algunas se fueron a Australia y otras se fueron a Estados Unidos. Algunas se habían convertido en gobernadores de Estados Unidos, otras en banqueros o terratenientes, pero las veinte se habían convertido en personas muy respetables.

Por eso Bankei desestimó la cuestión. No le prestó mucha atención y la desestimó. «No pasa nada, así es como funciona el mundo.» Alguien sin mentalidad mercantilista lo ignora.

Esto provocó el malestar de los demás alumnos, que hicieron una petición pidiendo la expulsión del ladrón, manifestando que de lo contrario se marcharían todos ellos.

Esas personas no habían ido para meditar en absoluto. Si has ido a meditar, tienes en cuenta algunos requisitos: estar menos centrado en el dinero y conseguir estar más desapegado de tus posesiones. No tiene mucha importancia que alguien te quite unos céntimos, eso no importa demasiado porque no es una cuestión de vida o muerte. Tienes que entender cómo funciona la mente y el apego al dinero de la gente.

Estás contra el ladrón porque te ha robado el dinero. Pero ¿cómo lo has conseguido tú? Se lo habrás robado a alguien de una forma u otra, porque nadie nace con dinero, todo el mundo llega con las manos vacías. Mantenemos que todo lo que poseemos nos pertenece, pero no hay nada que pertenezca a nadie. Esa sería la actitud de una persona que realmente ha ido a meditar, que nada pertenece a nadie. Cada vez tiene menos apego por las cosas.

Sin embargo, estas personas tenían una mentalidad mercan-tilista. Y cuando tienes esa mentalidad, empieza la política. Al ver que Bankei no censuraba al ladrón dos veces, debieron de pensar: «¿Qué clase de maestro es este? ¡Parece que está defendiendo al ladrón!». No podían entender por qué no les escuchaba. No lo hacía para mostrarles que tenían que olvidarse de centrarse en el dinero. Sí, robar está mal, pero centrarse en el dinero tampoco está bien.

Cuando vieron que no censuraba al ladrón dos veces se enfadaron. Hicieron una petición; enseguida entra la política: protestas, peticiones, o «pedir la expulsión del ladrón, manifestando que de lo contrario se marcharían todos ellos».

No habían ido a meditar en absoluto. Si realmente hubiesen ido a meditar, su forma de abordar este problema habría sido completamente distinta. Habrían sido más compasivos con ese hombre y con su anhelo por el dinero. Si realmente fuesen medi-tadores habrían contribuido con su dinero para dárselo a este hombre: «Por favor, quédate con este dinero en vez de robar». Eso habría indicado que estaban ahí para meditar, para transformarse.

Pero en su lugar hicieron una petición de expulsión del ladrón. Y no solo eso, sino que amenazaron con irse todos si no se expulsaba al ladrón. No se puede amenazar a un maestro como Bankei.

Cuando Bankei leyó la petición les convocó a todos. «Sois hermanos sabios -les dijo-, sabéis lo que está bien y lo que no lo está. Podéis ir a estudiar a otro lugar si lo deseáis, pero este pobre hermano ni siquiera sabe distinguir lo bueno de lo malo. Si no le enseño yo, ¿quién lo hará? Él se va a quedar aquí aunque os vayáis todos los demás.»

Hay que entender muchas cosas. Cuando el maestro dice:


«


Sois hermanos sabios», está ridiculizándolos y les está asestando un duro golpe. No está diciéndoles que son sabios, sino que son absolutamente necios. Pero todos los necios se creen sabios. De hecho, uno de los requisitos básicos para ser necio es creerse sabio. Los sabios no piensan que son sabios. Los necios siempre piensan que son sabios.

Todos ellos son necios. No estaban ahí para tener dinero, no estaban ahí para conseguir dinero, sino para algo más importante, más elevado, aunque se habían olvidado completamente de ello. Ese hombre les estaba dando la oportunidad de darse cuenta. Si realmente fueran meditadores se lo habrían dado todo a ese hombre, incluso las gracias: «Nos has dado la oportunidad de ver lo mucho que nos aferramos al dinero. ¡De qué manera nos has influenciado! Nos has hecho olvidar completamente la meditación, nos has hecho olvidar el motivo por el que habíamos venido aquí. Nos hemos olvidado del maestro Bankei».

Seguramente habían viajado cientos o incluso miles de kilómetros; China es un país enorme. Debían haber viajado durante meses, porque en aquella época no era tan fácil viajar. Oyeron hablar de este maestro y viajaron desde muy lejos para estudiar meditación con él. ¡Y basta que alguien robe para que se olviden de todo! Deberían haberle dado las gracias al ladrón: «Hiciste aflorar algo a nuestra conciencia, ha salido a la superficie nuestro apego enfermizo al dinero».

Cuando Bankei dice: «Sois hermanos sabios», está bromeando. En realidad está diciendo: «Sois absolutamente necios, pero os creéis muy sabios, creéis que sabéis distinguir lo que está bien de lo que está mal. Incluso habéis intentado enseñarme a lo que está bien y lo que está mal. Me estáis diciendo: "O echas a este hombre o nos vamos". Estáis intentando imponerme condiciones. ¿Creéis que sabéis lo que está bien y lo que está mal? En ese caso podéis ir donde queráis, porque como sois tan sabios, podéis aprenderlo en cualquier parte. Pero este hombre ¿dónde va a ir? ¡Él sí que es un necio!».

Date cuenta del detalle, de la ironía. Recuerda que la rectitud de los rectos nunca es correcta. Los que creen tener la razón casi siempre son estúpidos. La vida es tan compleja y tan sutil que no es tan fácil decidir si tienes la razón o sí el otro está equivocado. De hecho, la persona que tenga un mínimo entendimiento se dará cuenta de que nunca cae en la trampa de la rectitud.

Los alumnos de Bankei creen saber lo que está bien y lo que está mal, el ladrón ha hecho algo malo y el maestro debería echarle. Si el maestro no lo hace, entonces el maestro también está equivocado. Están demasiado imbuidos en su sabiduría; creen que saben. No ven la compasión del maestro y no ven la meditación del maestro. No ven que el maestro se ha convertido en un buda; Bankei es uno de los grandes maestros del zen. No reconocen a la persona que tienen delante de ellos; protestan y le amenazan.

El hombre es tan necio que a lo largo de los tiempos ha hecho toda clase de tonterías. Y siempre que hay un buda se cometen las mayores tonterías, porque no entiendes, no te das cuenta de quién es la persona que tienes enfrente. Sigues actuando de forma infantil e inmadura; sigues diciendo tonterías.

Bankei dice:

Sois hermanos sabios, sabéis lo que está bien y lo que no lo está. Podéis ir a estudiar a otro lugar si lo deseáis, pero este pobre hermano ni siquiera sabe distinguir lo bueno de lo malo. Si no le enseño yo, ¿quién lo hará?

De manera que os podéis ir, yo me quedaré con él y le enseñaré.

Él se va a quedar aquí aunque os vayáis todos los demás.

A veces sucede que es más difícil enseñar a alguien que piensa que tiene razón que a alguien que piensa que está equivocado. Es más fácil enseñar a un criminal que a un santo. Es más fácil enseñar a una persona que en el fondo está haciendo algo malo, porque está dispuesto a aprender. Él mismo quiere salir del estado en el que está. Pero alguien que piensa «estoy haciendo lo correcto», no quiere salir del estado en el que está porque es completamente feliz en ese estado. Es imposible cambiarle.

¿Por qué dice el maestro: «Os podéis ir todos pero yo me quedaré con este hombre, este pobre hermano»? ¿Por qué lo dice? Porque este pobre hermano tiene una posibilidad, un potencial.

Había una vez un hombre, un terrible criminal, asesino y pecador, que fue a ver a Buda para ser iniciado. Cuando llegó temía que no le dejaran entrar; tal vez los discípulos no le permitirían ver a Buda. Por eso llegó en un momento en el que no había mucha gente. Y no entró por la puerta principal, sino que saltó un muro.

Dio la casualidad de que Buda no estaba ahí porque había salido a mendigar, y le cogieron. Él dijo a los discípulos: «No he venido a robar ni nada parecido, solo temía que no me dejarais entrar por la puerta principal. Todo el mundo me conoce, soy un hombre famoso por aquí. Soy la persona más odiada y más temida de los alrededores, todo el mundo me conoce. Por eso tenía miedo de que no me dejaseis entrar, tal vez no creáis que quiero convertirme en discípulo de Buda».

De manera que lo llevaron ante uno de los grandes discípulos de Buda, Sariputra, que también era astrólogo y tenía un talento especial, un talento telepático para leer las vidas pasadas de la gente. Le pidieron a Sariputra: «Mira en el interior de este hombre. Sabemos que en esta vida es un asesino, un pecador y un ladrón, y que ha hecho toda clase de fechorías. Pero tal vez haya tenido alguna virtud en sus vidas pasadas; quizá por eso se quiere convertir en sannyasin. Indaga en sus vidas pasadas».

Sariputra miró dentro de sus ochenta mil vidas pasadas… ¡y siempre había sido igual! Hasta Sariputra empezó a temblar al ver a este hombre. Era muy peligroso; había sido un asesino y un criminal ochenta mil veces, siempre había sido un pecador. ¡Era un auténtico pecador! Era imposible cambiar a ese hombre, no había ninguna posibilidad. Ni siquiera Buda podía hacer nada.

Sariputra dijo: «Echadle, lleváoslo inmediatamente porque incluso Buda fracasará con este hombre. Es un auténtico pecador. He visto ochenta mil vidas suyas y no puedo ir más allá. ¡Es más que suficiente!».

De modo que le expulsaron. El hombre estaba muy dolido porque para él no había escapatoria. No podía estar cerca de Buda en vida, así que decidió suicidarse. Se acercó al muro que había a la vuelta de la esquina de la puerta principal, y estaba a punto de estamparse la cabeza contra la pared para matarse cuando, de repente, Buda volvió de su ronda de mendigar y le vio. Le detuvo, se lo llevó dentro y le inició.

La historia cuenta que a los siete días ese hombre se convirtió en un arhat, en un iluminado. Todo el mundo estaba perplejo. Sariputra fue a Buda y le dijo: «¿Cómo puede ser? ¿Toda mi clarividencia y mi astrología no son más que un desatino? ¡Hé indagado en ocho mil vidas de este hombre! Si puede iluminarse en siete días, ¿qué sentido tiene indagar en las vidas pasadas de la gente? Entonces es todo absurdo. ¿Cómo puede ocurrir algo así?».

Y Buda le dijo: «Has mirado en su pasado pero no has mirado en su futuro. ¡Y el pasado, pasado está! Una persona puede cambiar en el momento que decida cambiar, la propia decisión es decisiva. Cuando alguien ha vivido ochenta mil vidas de miseria, lo sabe y anhela cambiar, y la intensidad de su propósito de cambiar es infinita. Por eso puede suceder en siete días.

»Sariputra, tú no te has iluminado. Eres un buen hombre, tienes buenas vidas, tu pasado no es una pesada carga. Hay cierta rectitud en tu ser. Has sido brahmán durante muchas vidas, erudito, una persona respetada. Pero fíjate en ese hombre. Estaba cargado con esas ochenta mil vidas y quería ser libre. Realmente quería ser libre; por eso se obró el milagro y a los siete días salió de su prisión. La intensidad de su pasado le estaba obligando.»

Esta es una de las cosas básicas que hay que comprender en la transformación de las personas. Los que se sienten culpables se pueden transformar fácilmente. Las personas que se sienten bien y son correctas, son muy difíciles de transformar. Las personas religiosas son muy difíciles de transformar; las no religiosas son más fáciles de transformar. Por eso, siempre que viene a mí una persona religiosa, no le hago mucho caso; pero cuando viene una persona no religiosa, me tomo más interés. Me dedico a él, estoy con él y me vuelco, porque existe una posibilidad.

Eso es lo que dice Bankei:

«Si no le enseño yo, ¿quién lo hará? Él se va a quedar aquí aunque os vayáis todos los demás.»

Un torrente de lágrimas purificó el rostro del hermano que había robado. Su deseo de robar se había desvanecido.

Y rociado por la compasión del maestro, el ladrón ya no es un ladrón y se purifica absolutamente. Empezó a llorar y esas lágrimas purificaron su corazón. «Un torrente de lágrimas purificó el rostro del hermano que había robado. Su deseo de robar se había desvanecido.» Este es el milagro de la presencia del maestro. Y la historia no dice nada de qué ocurrió a toda esa gente políticamente correcta.

Este es el misterio de la vida. Nunca te sientas justo ni pretendas estar en lo cierto, no te aferres a esta idea. Y no pienses que los demás están equivocados, porque las dos cosas van juntas, si sientes que estás en lo cierto siempre estarás descalificando a los demás y pensando que la otra persona está equivocada. No descalifiques a nadie ni te alabes a ti mismo; de lo contrario, te equivocarás. Acepta a la gente como es. Eso es lo que son y ¿quién eres tú para decir si está bien o mal? Si están equivocados sufren y si están en lo cierto son dichosos. Pero ¿quién eres tú para criticarlos?

Tu crítica aumenta tu ego. Por eso la gente habla tanto de lo que los demás hacen mal, porque les produce la sensación de estar haciendo las cosas bien. Si alguien es un asesino eso les hace sentirse bien: «Yo no soy un asesino; por!o menos no soy un asesino».

Si alguien es un ladrón ellos se sienten bien: «Yo no soy un ladrón». Y así sucesivamente, mientras tanto, su ego se va fortaleciendo. La gente habla de los pecados de los demás, de los delitos de los demás y de todo lo malo de la vida de los demás. La gente no hace más que hablar de eso. Lo exageran y lo disfrutan… así sienten que «yo soy bueno». Pero esta sensación pronto se convertirá en una barrera.

Sé compasivo, sé inteligente y amoroso. Mira a los demás sin juzgarlos. Y nunca empieces a sentirte una persona recta, ni empieces a sentir una especie de santidad. No te conviertas en «Su santidad». Nunca.

Mantente común; no seas nadie. Y en ese no ser nadie llega el último huésped… en ese no ser nadie tú te conviertes en el anfitrión.

CORAZONES Y MENTES – RESPUESTAS A PREGUNTAS

¿Qué significa intentar ayudar a los demás? A menudo es más parecido a intentar cambiarlos que a respetarlos y quererlos in-condicionalmente. ¿Puedes hablar sobre esto?

Hay una gran diferencia, y extraordinariamente significativa, entre intentar cambiar al otro y ayudarle. Cuando ayudas a alguien le ayudas a ser él mismo; cuando intentas cambiar a alguien, intentas cambiarlo de acuerdo con tus ideas. Cuando intentas cambiar a alguien intentas hacer una fotocopia. No te interesa la persona; tú tienes cierta ideología, una idea fija, un ideal, e intentas cambiar a la persona de acuerdo con ese ideal. Lo más importante es el ideal, el ser humano en sí no te importa nada.

En realidad, es violento intentar cambiar al otro de acuerdo con algún ideal. Es una agresión, un intento de destruir al otro. No es amor ni es compasión. La compasión siempre le permite al otro ser él mismo. La compasión no tiene ideología, la compasión es una atmósfera. No te da una dirección, solo te proporciona energía. Entonces te desarrollas. Entonces tu semilla tiene que brotar según su propia naturaleza. No hay nadie que te imponga nada.

Cuando digo: «Ayuda a los demás», quiero decir que les ayudes a ser ellos mismos. Cuando digo que el mundo no es religioso debido a la existencia de tantos predicadores, quiero decir que hay demasiada gente que intenta cambiar, convertir y transfor-. mar a los demás según su propia ideología. Una idea no debería ser más importante que una persona. Ni siquiera toda la humanidad tiene más importancia que un solo ser humano. La humanidad es una idea; el ser humano es una realidad.

Olvídate de la humanidad y recuerda al ser humano; lo verdadero, lo concreto, lo que palpita, lo que está vivo. Es muy fácil sacrificar a los seres humanos en nombre de la humanidad. Es muy fácil sacrificar a los seres humanos en nombre del islam, el catolicismo o el hinduismo; es muy fácil sacrificarlos por la idea de Cristo o de Buda. Ayuda pero no sacrifiques. ¿Quién eres tú para sacrificar a nadie? Cada individuo tiene su propio fin. No lo utilices como un medio.

Cuando Jesús dice: «El sábado está hecho para el hombre, no el hombre para el sábado», ese es el significado. Todo está hecho para el hombre; el hombre es el valor supremo. Incluso la idea de Dios es para el hombre; el hombre no es para la idea de Dios. Sacrifícalo todo para el hombre pero no sacrifiques al hombre por ninguna cosa. Entonces estás ayudando.

Si empiezas a sacrificar al ser humano, no estarás ayudando. Estarás destruyendo y mutilando al otro. Eres violento, eres un criminal, del mismo modo que lo son tus llamados maestros religiosos que intentan cambiar a los demás. Uno solo puede amar, ayudar, estar listo para dar in-condicionalmente.

Comparte tu ser, pero permite que el otro vaya hacia su propio destino. Ese destino es desconocido; nadie sabe qué va a florecer. No le des un patrón, de lo contrario aplastarás la flor. Y recuerda que cada individuo es único. Nunca ha existido un ser así antes y nunca volverá a existir. La existencia no se repite, no es repetitiva. No cesa de inventar.

Si pretendes que un hombre sea como Jesús estarás siendo destructivo. Jesús no podrá repetirse nunca. ¡Y tampoco hay ninguna necesidad! Uno es hermoso pero muchos serían sencillamente aburridos. No intentes hacer a una persona como Buda. Déjale que se convierta en él mismo, esa es su budeídad. Tú no sabes qué es!o que lleva dentro de sí y él tampoco. Solo el futuro puede mostrarlo. Y no solo te sorprenderás tú, sino que la propia persona se sorprenderá cuando se abra su flor. Todo el mundo lleva dentro de sí una flor con un potencial infinito y con un poder de infinitas posibilidades.

Ayúdale, dale energía y amor. Acepta al otro y hazle sentirse bienvenido. No le provoques un sentimiento de culpabilidad, no le hagas creer que lo desapruebas. Todos los que intentan cambiarle le hacen sentir culpable y la culpabilidad es un veneno.

Cuando alguien dice «¡Sé como Jesús!», está rechazando tu forma de ser. Siempre que alguien te dice que seas como otra persona, no te está aceptando a ti. No eres bienvenido, eres como un intruso. No serás amado a menos que te conviertas en otra persona. ¿Qué clase de amor es ese que te destruye y solo se da cuando te conviertes en algo falso y no auténtico?

Si eres auténtico, solo puedes ser tú mismo. Todo lo demás será falso, serán máscaras, personalidades, pero no será tu esencia. Puedes decorarte con la personalidad de Buda, pero nunca te llegará al corazón. No estará relacionado contigo, no tendrá nada que ver contigo. Solo estará en el exterior. Un rostro que nunca será tu rostro.

Quien sea que esté intentando convertirte en otra persona y te diga «Te querré si eres como Buda o como Cristo…», no te quiere. Tal vez ame a Cristo, pero a ti te odia. Y su amor por Cristo tampoco puede ser muy profundo porque si realmente ama a Jesús habría comprendido la singularidad absoluta de cada individuo.

El amor es una comprensión profunda. Si has amado a alguien, habrás desencadenado dentro de ti una cualidad de visión diferente. Ahora puedes ver con claridad. Si has amado a Jesús, te encuentres con quien te encuentres, verás la realidad de esa persona, de ese ser humano específico, de su potencial aquí y ahora. Amarás a esa persona, le ayudarás a convertirse en lo que él o ella pueden convertirse. No esperarás nada más. Toda expectativa es una descalificación, una negación, un rechazo. Simplemente das tu amor sin esperar una recompensa, sin esperar un resultado. Ayudas sin tener en la mente un futuro.

Cuando el amor fluye sin un futuro, hay una enorme energía. El amor ayuda cuando fluye sin motivación, y no hay nada que pueda ayudar tanto como eso. Aunque solo haya un ser humano que te acepta, eso te hará sentirte centrado. La existencia no te ha recibido mal. Por lo menos hay un ser humano que te quiere in-condicionalmente. Eso te da un arraigo, te centra y te da la sensación de estar en casa. Cuando estás lejos de ti mismo estás lejos de la existencia, de tu casa. La distancia entre tú y tu ser es la distancia entre tú y tu casa, no hay más distancia. De manera que quienquiera que diga «Sé otra persona», te está alejando de tu casa. Te volverás falso y te pondrás máscaras. Tendrás personalidades, carácter y mil otras cosas, pero no tendrás alma; no tendrás lo esencial. No serás una conciencia sino una decepción, un seudofenómeno; no serás auténtico.

Por eso, cuando digo ayuda, estoy diciendo que simplemente crees una atmósfera alrededor de las personas. Lleva esa atmósfera de amor y compasión vayas donde vayas y ayuda a los demás a ser ellos mismos.

Es lo más difícil del mundo -ayudar a los demás a ser ellos mismos- porque va contra tu ego. A tu ego le gustaría que los demás fuesen imitadores. Te gustaría que todo el mundo te imitase; te gustaría convertirte en el arquetipo y que todo el mundo fuese como tú. Entonces tu ego estaría muy, muy satisfecho. Te crees el original y los demás tienen que copiarte. Te conviertes en el centro y todo el mundo se vuelve falso.

No, al ego no le convence. Quiere cambiar a los demás con arreglo a sus ideas. Pero ¿quién eres tú para cambiar a nadie? No te hagas responsable de eso. Es peligroso; así es como nacen todos los Adolf Hitler. Son personas que se responsabilizan de cambiar el mundo con arreglo a sus ideas. En la superficie hay una gran diferencia entre un Mahatma Gandhi y un Adolf Hitler. Pero en el fondo no hay ninguna diferencia, porque ambos quieren cambiar el mundo con arreglo a sus ideas. Uno puede estar usando métodos violentos y el otro puede estar usando métodos no violentos, pero los dos están usando métodos para cambiar a los demás con arreglo a sus ideas.

Uno puede usar una bayoneta y el otro amenazarte con que «Voy a hacer un largo ayuno si no me haces caso». Uno puede estar amenazándote con matarte y el otro puede estar amenazándote con matarse si no se le sigue, pero los dos están usando la fuerza. Los dos están creando situaciones en las que pueden obligarte a ser algo que no quieres ser y que nunca has querido ser. Los dos son políticos. Hitler no te ama, y Gandhi tampoco. Gandhi habla del amor, pero no ama. No puede amar porque la idea en sí -el ideal de cómo deberías ser- se lo impide.

Solo hay una forma de amar a las persona y es amarlas tal como son. Y ahí está la belleza: cuando las amas como son, cambian. No según tu criterio sino según su propia realidad. Cuando las amas se transforman. No se convierten; se transforman. Se vuelven algo nuevo, alcanzan nuevas alturas del ser. Pero eso sucede en su ser y de acuerdo con su naturaleza.

Ayuda a la gente a ser natural, ayuda a la gente a ser libre, ayuda a la gente a ser ellos mismos y no intentes obligar a nadie, no intentes tirar, empujar y manipular. Ese es el camino del ego. Y eso es política.

¿Cuándo el sentir cariño por alguien se acaba convirtiendo en una intromisión en su vida?

En el momento que entra la ideología se convierte en una intromisión. El amor se vuelve amargo, se convierte casi en un tipo de odio y tu protección se convierte en una prisión. La ideología es la que marca la diferencia.

Por ejemplo, si eres una madre cuidas a tu hijo. Tu hijo te necesita, no puede sobrevivir sin ti. Eres imprescindible porque necesita alimentos, amor, cariño… pero no necesita tu ideología. No necesita tus ideales ni tu cristianismo, hinduismo, tu islam o tu budismo. No necesita tus escrituras ni tus creencias. No necesita tus ideales de cómo debería ser. Simplemente evita los ideales, los objetivos, las metas; entonces el cariño será hermoso, será inocente. De lo contrario, será interesado.

Cuando en tu cariño no hay ideologías, no quieres convertir a tu hijo en cristiano, no quieres hacer de él esto o lo otro, comunista o fascista, no quieres que se convierta en empresario, médico o ingeniero… No tienes ideas preconcebidas para tu hijo. «Yo te querré y cuando crezcas, tú elegirás -le dices-, sé lo que naturalmente quieras ser. Seas lo que seas, tienes mi aprobación y decidas lo que decidas, por mi parte lo acepto y lo apoyo. Esto no significa que te vaya a querer si te conviertes en el presidente de la nación, y no te vaya a querer y me avergüence de ti si solo eres un carpintero. No te daré una buena acogida solo cuando llegues con una medalla de oro de la universidad, y me sentiré avergonzado si fracasas. No vas a ser mi hijo solo si eres bueno, virtuoso, moral, y esto y aquello, y si no es así, no tendrá nada que ver contigo y tú no vas a tener nada que ver conmigo.

En cuanto introduces una idea empiezas a corromper la relación. El cariño es algo hermoso, pero cuando ese cariño comporta alguna idea, entonces es interesado. Es un trato, tiene sus condiciones. Y todo nuestro amor es interesado; de ahí la infelicidad que hay en el mundo, el infierno en el que se vive. No es que no haya cariño, hay cariño, pero muy interesado. La madre cuida, el padre cuida, el marido cuida, la mujer cuida, el hermano, la hermana… todo el mundo cuida. La gente cuida demasiado y sin embargo el mundo es un infierno. Aquí debe de haber un error, algo está fundamentalmente equivocado.

¿Cuál es ese error fundamental? ¿Dónde fallan las cosas? El cariño tiene condiciones, «¡Haz esto! ¡Sé aquello!». ¿Alguna vez has amado a alguien sin poner condiciones? ¿Alguna vez has amado a alguien tal como es, sin querer mejorar a la persona, sin querer cambiarla; aceptándola absolutamente, totalmente? En-tonces sabes qué es el cariño. A través de ese cariño te sentirás satisfecho y ayudarás inmensamente al otro.

Y recuerda, si cuidas sin ningún interés, sin ambición, la persona a la que cuidas te amará para siempre. Pero si tu cariño tiene alguna intención, la persona a la que has cuidado no será capaz de perdonarte jamás. Por eso los niños no pueden perdonar a sus padres. Pregunta a los psicólogos o a los psicoanalistas; casi todos los casos que tratan son de personas cuyos padres les cuidaban demasiado cuando eran niños. Y su cariño era interesado, frío y calculado. Querían satisfacer algunas de sus ambiciones a través de sus hijos.

El amor debe ser un regalo. En el momento que tiene una etiqueta con un precio deja de ser amor.

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